Treinta Anios de Retrospectiva Etnografica
Treinta Anios de Retrospectiva Etnografica
Philippe Bourgois Al igual que los dems investigadores de este libro, yo no busqu voluntariamente el tema de la violencia. Se impuso debido a su papel central en la organizacin de la vida cotidiana y en las polticas de desarrollo en las Amricas, especialmente en Guatemala. Como antroplogo que escribe desde 1979 acerca de la violencia, primero en Centroamrica y despus en Estados Unidos, ha llegado a preocuparme el riesgo de estar contribuyendo inadvertidamente a un voyeurismo o una pornografa de la brutalidad. Sin embargo, existe un problema mucho mayor para los etngrafos y los cientficos sociales: el de no reconocer la violencia que fluye a nuestro alrededor y que generalmente abruma a las personas que estudiamos. La violencia castiga desproporcionadamente a los sectores estructuralmente vulnerables de la sociedad y frecuentemente no es reconocida como violencia ni por las vctimas ni por los verdugos, que a menudo son uno y lo mismo. La omnipresencia de la violencia y las formas perniciosas en las que sta se transforma y se vuelve invisible o es malinterpretada tanto por protagonistas como por vctimas precisa una aclaracin terica que tiene ramificaciones polticas.
Este re-anlisis retrospectivo de la problemtica visibilidad de la violencia en mis terrenos de trabajo de campo durante las ltimas tres dcadas, lo construyo sobre una interpretacin de la violencia como algo que opera a lo largo de un continuo que Nancy Scheper-Hughes y yo, a principios de la dcada del 2000, propusimos inicialmente como una categorizacin terica preliminar (vase Bourgois 2001; vase ScheperHughes y Bourgois 2004). Las taxonomas conceptuales con frecuencia opacan tanto como aclaran. Por ello, para ms precisin terica, me voy a enfocar en tres procesos de violencia que son invisibles: la estructural, la simblica y la normalizada. El continuo en el que se encuentran est impregnado de poder y eso hace que se permeen jerrquicamente unas sobre otras al mismo tiempo que se traslapan horizontalmente, reproducindose no slo a s mismas sino tambin a las estructuras polticas de desigualdad que las fomentan y las impulsan (vase crtica de Robben 2008). Enfocar estas tres categoras tericas de violencia que no son visibles de inmediato, permite demostrar los vnculos entre las manifestaciones y formas especficas de violencia virtualmente infinitas que uno encuentra en la vida cotidiana y a lo largo de la historia. Mi objetivo al llamar la atencin sobre ellas como productos y mecanismos de la dominacin discursiva y fsica y de la desigualdad, es subrayar las bases para unas formas punitivas de gubernamentalidad en la era neoliberal que han llegado a ser cada vez ms aceptadas como legtimas tanto por las vctimas como por los perpetradores, quienes con frecuencia se transforman en los agentes de la destruccin de sus comunidades y de s mismos (Bourgois 2003; Bourgois y Schonberg 2009).
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Reconocer estas dinmicas es especialmente crtico para formaciones sociales como la de Guatemala donde la historia reciente de violencia poltica masiva sigue siendo un secreto pblico (Taussig 1992), y donde la poblacin en general se ve atrapada en el miedo a los niveles muy visibles -y hasta espectaculares- de violencia interpersonal y criminal que se desbordan a travs de la vida cotidiana. En Guatemala, las manifestaciones ms palpables de violencia a menudo adoptan la forma de delitos menores, broncas de cantina y/o brutalidad domstica, junto con el secreto pblico del crimen organizado y de los constantes asesinatos con mvil poltico de finales de la dcada del 2000 (ver Fundacin Myrna Mack 2009). En trminos ms generales, llamar la atencin sobre las formas en las que la violencia ntima se conecta con las formas invisibles de violencia simblica, estructural y normalizada que se superponen y se traslapan en un continuo, es particularmente importante en la era contempornea de neoliberalismo globalizado cuando la creciente ostentacin de acciones abusivas criminales, delincuenciales y auto-infligidas oscurece las jerarquas de poder histricamente arraigadas que imponen un sufrimiento desproporcionado sobre los pobres segn patrones predecibles. El miedo a ser vctima de la violencia ntima genera el apoyo pasivo y a veces el compromiso activo- a las muertes organizadas, aprobadas por el Estado o movilizadas por la comunidad. Son notables en Guatemala los fenmenos conocidos como limpieza social, asesinatos extra-judiciales y linchamientos. Las tres categoras tericas generales subrayadas en mi reconceptualizacin de un continuo permeable de formas invisibles de violencia no excluyen docenas de otras manifestaciones empricas de violencia ms especficas que pueden ser identificadas en combinaciones virtualmente infinitas. Las tres categoras tericas analizadas en este documento quieren ser un punto de partida analtico pragmtico para promover el reconocimiento de las races, vnculos, tentculos, diversidad, omnipresencia y mala fe de la violencia en la vida cotidiana. Una vez ms, es mucho lo que est en juego, ya que la violencia de un grupo social muchas veces es la virtud de otro y va acompaada de jerarquas de capital cultural y simblico (Bourdieu 2000); por lo general, violencia y concepciones de lo moral acompaan a la distribucin desigual de recursos. El concepto de violencia estructural procede del marxismo y la teologa de la liberacin pero fue acuado formalmente por primera vez por un socialdemcrata noruego, Johan Galtung, como crtica de la visin hostil de Estados Unidos, durante la Guerra Fra, frente a los movimientos revolucionarios nacionalistas, populistas o socialistas (Galtung 1969). Paul Farmer destaca como uno de los defensores contemporneos ms elocuentes de la importancia de abordar la violencia estructural en la antropologa y la medicina social (Farmer 2004; Farmer et al., 2006). Su enfoque hace nfasis en la forma en la que grandes fuerzas polticas y econmicas histricamente arraigadas causan estragos en los cuerpos de los sectores de la poblacin socialmente vulnerables. Otros han aportado crticas (Scheper-Hughes y Bourgois 2004b; Wacquant 2004) o elaboraciones de la violencia estructural en la salud pblica (Singer 1996; Pedersen 2002; Walter, Bourgois, y Loinaz 2004; Heggenhougen 2005). A pesar de su invisibilidad, la violencia estructural est moldeada por instituciones, relaciones y campos de fuerza identificables, tales como el racismo, la inequidad de gnero, los sistemas de prisiones y los trminos desiguales de
intercambio en el mercado global entre las naciones industrializadas y las no industrializadas. El concepto de violencia simblica fue desarrollado inicialmente por Pierre Bourdieu y se refiere al mecanismo por el cual los sectores de la poblacin socialmente dominados naturalizan el status quo y se culpan a s mismos por su dominacin, transformndola de este modo en algo que parece legtima y natural (Bourdieu y Wacquant 1992:16273, 2005; Bourdieu 2000; 2001). Los insultos de por s no son violencia simblica. La violencia simblica se da a travs del proceso vil del reconocimiento errneo por el cual los socialmente dominados llegan a creer que merecen los agravios que sufren y que las jerarquas de estatus que les dominan son legtimas. La violencia simblica nos ayuda a entender el misterio de la reproduccin social: Por qu toleran los subordinados el status quo? El trmino violencia normalizada ha sido adaptado del concepto inicial de Scheper-Hughes sobre violencia cotidiana que esta autora acu, basndose en Franco Basaglia (Scheper-Hughes y Lovell 1987), para llamar la atencin sobre la produccin social de indiferencia ante las brutalidades institucionalizadas. Se refiri, por ejemplo, a cmo el genocidio invisible de los nios que mueren de hambre en un barrio marginal de Brasil se convierte en una rutina legitimizada a travs de acciones como los rituales burocrticos, los procedimientos banales de la medicina y el consuelo religioso a las madres (Scheper-Hughes 1996). Siguiendo a Franco Basaglia y Erving Goffman (1961), Scheper-Hughes tambin identific como violencia cotidiana los rituales humillantes a los que enfermeras y doctores someten en su asistencia diaria a los internos psiquitricos de los manicomios (Scheper-Hughes y Lovell, eds. 1987). El concepto de violencia normalizada coincide con el argumento de Michael Taussig sobre la cultura del terror y el sistema nervioso por el cual la omnipresencia de la brutalidad y las violaciones a los derechos humanos crea un espacio de muerte que normaliza la muerte y la tortura y silencia la oposicin (Taussig 1984; 1992). El reconocimiento del fenmeno de la violencia normalizada nos permite ver cmo ciertos discursos habituales vuelven invisibles unos patrones sistemticos de brutalidad, tales como cuando el amor romntico se transforma en violencia domstica o cuando los dictmenes de la masculinidad llevan a la tolerancia del feminicidio por parte del Estado y a que un hecho de violacin sea errneamente reconocido como inofensivo o merecido. La lnea entre violencia simblica y normalizada resulta particularmente permeable, cuando las vctimas llegan a aceptar la violencia normalizada como legtima, se convierte en violencia simblica. El reconocimiento del proceso de la violencia normalizada tambin es consistente con el llamado de Walter Benjamin, durante el apogeo de Adolf Hitler, a reconocer que para los marginados cada da es un estado de emergencia (Benjamin 1968). Inicialmente, incorpor la violencia ntima que estaba documentando entre los consumidores y vendedores de droga de un barrio urbano de Estados Unidos al concepto de Scheper-Hughes sobre violencia cotidiana. Me preocupaba especialmente llamar la atencin sobre la forma en la que las relaciones de poder basadas en el gnero normalizaban la violencia interpersonal (Bourgois 2003b; 2004), y batallaba con entender el fenmeno de la violencia auto-administrada y personificada del consumo crnico y compulsivo de herona y de crack (Bourgois 2003: 34). Pero, de hecho, la
brutalidad interpersonal no est provechosamente conceptualizada como una categora terica de la violencia. Es ms bien una manifestacin emprica muy visible de violencia que tiene que ser analizada con relacin a categoras procesuales ms tericas de violencia invisible, tales como la violencia estructural, simblica y normalizada. Es necesario identificar las fuerzas que generan jerarquas y conflicto interpersonal, as como subrayar el papel poltico discursivo que tiene, en consecuencia, la violencia interpersonal para fomentar la violencia simblica entre los socialmente vulnerables. Especficamente, la dramtica visibilidad de violencia ntima, en contraste con la invisibilidad de otras formas de violencia en el continuo permeable de procesos de la violencia invisible, legitima la ideologa neoliberal de culpar-a-la-vctima y oculta el poder generador de la violencia estructural, los efectos legitimadores de la violencia simblica y los efectos invisibilizadores y la omnipresencia de la violencia normalizada. Esto es particularmente cierto con el auge a travs del planeta de una hegemona neoliberal dominada por Estados Unidos que defiende el recorte de servicios para los pobres a favor de las intervenciones punitivas y que provee subsidios y apoyo militar para que las corporaciones multinacionales dominen los mercados libres. La violencia criminal y delincuencial interpersonal se da por regla general entre familiares, amigos y vecinos. Cuando se observa aisladamente, sin el beneficio de analizar su lugar en el continuo de los procesos de la violencia invisible y contra el dinmico teln de fondo de los procesos estructurales, parece que est provocada por unos individuos que son socipatas, criminales, o en el mejor de los casos, irresponsables o enfermos.
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2.1
Guerra civil tnico-nacionalista en Nicaragua, 1979-1981 Mi primer trabajo de campo fue de antropologa aplicada para el Ministerio de Reforma Agraria en Nicaragua durante los tres primeros aos de revolucin sandinista. Era un momento idealista de la Guerra Fra cuando unos revolucionarios carismticos derrocaron a Anastasio Somoza, el dictador apoyado por Estados Unidos, e iniciaron una redistribucin socialista de los recursos y la reforma de la economa y del sistema de tenencia de tierras. Me enviaron a la Mosquitia, la regin ms pobre del pas, a lo largo de la frontera nororiental con Honduras. Se supona que yo tena que organizar cooperativas y redactar un informe sobre las necesidades polticas y econmicas de la poblacin indgena: amerindios miskitos y sumus. Para mi desgracia, fui testigo de cmo una inspiradora movilizacin a favor de los derechos indgenas se converta en una sangrienta guerra civil, dinamizada por ambos bandos rivales en un discurso tnico-nacionalista y racializado. La movilizacin de los miskitos fue inspirada inicialmente por el discurso del Estado sobre una redentora agenda poltica nacionalista y populista que inclua la valoracin de la dignidad de las culturas populares. Sin embargo, el cuadro del gobierno sandinista que entr en la regin consideraba a las demandas miskitas por derechos culturales indgenas y autonoma poltica regional como planteamientos reaccionarios y contrarios a su ambicioso proyecto de desarrollo econmico centralizado, que estaba basado en fomentar una visin latina de la lucha de clases, el anti-imperialismo y la solidaridad entre los campesinos (Bourgois 1986). Me expulsaron del pas despus de que fui coautor de un informe que defenda la
autonoma regional para la Mosquitia (Centro de Investigaciones y Estudios de la Reforma Agraria 1981). FOTO 1 Guerrilleros miskitos a inicios de los ochenta, autor desconocido. Los miskitos se estaban rebelando contra la violencia simblica y estructural del colonialismo interno. El racismo de los latinos contra los amerindios y la poblacin de ascendencia afrocaribea de la Mosquitia era palpable durante esos aos y estaba profundamente arraigado en las estructuras econmicas locales. Los mercados locales de granos e insumos agrcolas de los que dependa el campesinado indgena estaban controlados por emigrantes latinos de la Costa Pacfica. Irnicamente, el modelo estatal de reforma agraria socialista centralizada exacerb las tensiones latinos/amerindios, ya que la regin se llen de funcionarios estatales no indgenas apegados a un lenguaje anti-imperialista, nacionalista y latino de progreso y civilizacin para todos los agricultores pobres. Hablaban de elevar el bajo nivel cultural de los indios y el pas fue empapelado con carteles revolucionarios que aclamaban La Costa Atlntica: un gigante que se despierta. En aquel tiempo, yo viajaba a las remotas comunidades de la Mosquitia como empleado del programa de reforma agraria que promova cooperativas y ofreca crdito y semillas. Iba acompaado de un representante indgena de la recin formada organizacin de masas para los derechos indgenas (MISURASATA) que haba sido inicialmente autorizada por el gobierno central en respuesta a la demanda popular para una representacin indgenas ms organizada en el proceso revolucionario. A diferencia de mis ofrecimientos de apoyo tcnico para la formacin de cooperativas, sus discursos sobre la dignidad revolucionaria del pueblo miskito eran recibidos con aclamaciones y gritos del slogan sandinista Patria libre o muerte. Varios lderes de MISURASATA empezaron a abogar por la expulsin de los racistas colonos y funcionarios latinos y en cuestin de un ao hubo una incipiente organizacin guerrillera que exiga la formacin de un Estado miskito independiente. La violencia y volatilidad de la respuesta nacionalista cultural miskita estaba orientada principalmente por un rechazo de la violencia simblica. Este rechazo estuvo representado, en parte, por una revitalizacin del idioma miskito, que de repente se empez a or hablar claramente y con orgullo por las calles de Puerto Cabezas, la capital de la regin de la Mosquitia poblada mayoritariamente por los miskitos. Individuos en puestos de liderazgo en la burocracia local que anteriormente haban pasado por latinos o afrocaribeos de pronto recordaron cmo hablar miskito y pronunciaban discursos elocuentes en su idioma natal, mostrando orgullo por su anteriormente despreciada cultura. En cierto modo, el auge tnico-nacionalista de los miskitos fue reflejo del auge del nacionalismo latino de los sandinistas con su discurso de rechazo al imperialismo estadounidense. Ambos bandos del conflicto indgenaslatinos se movilizaron en respuesta a patrones histricos de racismo internalizado patrones que de pronto estaban invertidos por su movilizacin poltica violenta. Los movimientos redentores en el contexto de una guerra civil con frecuencia son especialmente sangrientos (Kalyvas 2006). El rechazo de la violencia simblica genera brutalidad interpersonal entre vecinos e incluso dentro de las mismas familias. Por ejemplo, los guerrilleros miskitos a veces cortaban las orejas y las lenguas de los campesinos indgenas que se aliaban con los sandinistas (Americas Watch Committee 1985). De hecho, durante la guerra argelina de la independencia de Francia que se 5
inici en 1954, el psiquiatra y revolucionario martiniqus Franz Fanon document elocuentemente las sangrientas consecuencias de vencer el racismo internalizado (promovido por la violencia simblica) del colonialismo (Sartre 1963). Sin embargo, el beneficio de la perspectiva histrica con respecto a la guerra de Argelia ha demostrado los lmites de la interpretacin romntica de Sartre sobre su potencial para la violencia revolucionaria libertadora. De forma similar, en el contexto de Guerra Fra de la Nicaragua revolucionaria, EE.UU. aprovecho el populista movimiento miskito e inund la regin de dinero, armas automticas y agentes de la CIA. EE.UU tambin fragu una alianza entre la guerrilla miskita y la contra, un ejrcito irregular capitaneado por antiguos miembros de la Guardia Nacional del dictador nicaragense. El gobierno sandinista respondi enviando tropas para incendiar las aldeas indgenas y reasentar a las poblaciones civiles en zonas controladas. Despus de dos aos y medio de amargas luchas, los sandinistas declararon un mea culpa oficial y cambiaron su poltica hacia los miskitos. Concedieron la autonoma regional a la Mosquitia e instituyeron, entre otras polticas, la educacin primaria bilinge y el control descentralizado de los recursos naturales. Significativamente, los miskitos respondieron a estas acciones renunciando casi inmediatamente a la lucha armada y abandonando a sus aliados de la CIA a finales de 1985. En contraste, la contra latina sigui aceptando dinero y rdenes directas de la CIA hasta el alto el fuego de Sapo en marzo de 1988. Segn estndares latinoamericanos, esta dramtica reestructuracin cultural, econmica y poltica represent un modelo positivo para la institucionalizacin de los derechos indgenas (Hale 1994) y un paso hacia el desmantelamiento de la violencia estructural y simblica del colonialismo interno. 2.2 Lucha laborales en una bananera multinacional en Panam y Costa Rica, 1981-1984
En mi segundo trabajo de campo segu documentando la experiencia de colonialismo interno y de racismo institucionalizado mientras viva en los barracones de trabajadores de una finca bananera de 6,000 empleados, de la United Fruit Company, que abarcaba las fronteras de Panam y Costa Rica (Bourgois 1988; 1989a). La finca al lado costarricense, durante esos aos, estaba sumida en violentas luchas laborales y varios trabajadores fueron asesinados por el gobierno durante las huelgas que abarcaban todo el pas. Sin embargo, Costa Rica supuestamente era un pas de paz en esos aos, adems de ser considerada internacionalmente un modelo de democracia no violenta en comparacin con sus vecinos centroamericanos. Mis notas de campo sobre la plantacin documentan detalles de la lucha de clase que eran palpables en las interacciones diarias entre la administracin de la multinacional y los obreros agrcolas. En mi anlisis vincul estos conflictos a la violencia estructural impulsada por los desiguales trminos de intercambio entre los productos primarios (bananos) y los bienes industriales. Tambin document la represin poltica de los derechos humanos y la hegemona cultural y poltica, tanto del gobierno estadounidense como de la United Fruit Company, sobre la nacin estado de Costa Rica y su burocracia (Bourgois 2003c).
Mis notas de campo contienen referencias ocasionales a la violencia domstica, junto con mis propias reflexiones en torno a la angustia que me provocaba no saber cmo intervenir dada mi condicin de investigador externo. Tambin report los ataques brutales sufridos por mis amigos en pleitos de borracheras. A uno de ellos le cortaron el cuello con un machete en un bar. En varias ocasiones tuve que escapar corriendo de peleas espontneas de cantina. Document estos incidentes de paso, porque surgieron directamente delante de m, pero no trat de analizar sistemticamente la violencia interpersonal que ocurra tan visiblemente a m alrededor. No me daba cuenta de la importancia del vector gnero en la violencia interpersonal que me rodeaba, ni tampoco la relacionaba con la violencia estructural y con la represin poltica de los trabajadores sindicalizados. No me daba cuenta de la manera complicada en la cual cada da es un estado de emergencia para los sectores vulnerables, como Michael Taussig (2006) argumentara aos despus. Al contrario, la violencia interpersonal me pareca la excepcin, casi un epifenmeno, en vez de la regla. No haba ledo la literatura autobiogrfica de los sobrevivientes del Holocausto que brinda perspectivas sobre cmo el poder coercitivo de las instituciones totalizadoras puede convertir en monstruos a los dominados. Especficamente, me habra sido til el concepto de Primo Levi (1988) de la zona gris, que explica cmo los imperativos de la supervivencia en los campos de exterminio de los nazis transcendan la decencia humana cuando los reclusos se disputaban desesperadamente un poco de ventaja dentro de las jerarquas de la administracin cotidiana del campo, luchando para sobrevivir slo un da ms. Cuatro dcadas despus de Auschwitz, Levi pidi elocuentemente a sus lectores que reconozcan la zona gris que opera banalmente a nuestro alrededor en la vida cotidiana aunque slo queramos entender qu pasa en una gran fbrica industrial (Levi 1988:40). Los 6,000 jornaleros del aislado enclave pantanoso de la finca bananera de la United Fruit Company en Centroamrica que yo estudiaba no estaban confinados en un campo de exterminio, pero pasaban por grandes dificultades en una zona gris impuesta por las transnacionales agro-exportadoras y las maquiladoras que predominan en muchos enclaves del mundo no industrializado. 2.3 Violencia revolucionaria redentora en El Salvador, 1981 Mi tercer trabajo de campo comenz en El Salvador en 1981, al mismo tiempo que llevaba el trabajo de campo que acabo de describir en la bananera transnacional. Esta investigacin en El Salvador contina en la actualidad. Inspirado por las teoras de revolucin campesina desarrolladas por Eric Wolf (Wolf 1969), ingres en territorio controlado por combatientes guerrilleros del FMLN (Frente Farabundo Mart para la Liberacin Nacional). Adems de mi inters terico con respecto a los debates histricos sobre movilizacin poltica y conciencia de clase en los estudios sobre campesinos (Marx 1972; Paige 1975; Gramsci 1978; Skocpol 1979), tambin quera contribuir a una antropologa aplicada en solidaridad con los movimientos populares. En consecuencia, estaba comprometido a documentar y denunciar las violaciones a los derechos humanos perpetradas por el gobierno militar de El Salvador con fondos y ayuda tcnica proporcionados por Estados Unidos (Schwarz 1991).
Esta era la primera vez que yo elega deliberadamente un terreno violento como trabajo de campo. Sin embargo, mi definicin de violencia estaba todava focalizada en la violencia estructural y en la represin poltica y la resistencia revolucionaria que eran tan visibles durante los debates de la Guerra Fra. En El Salvador, los campesinos se esforzaban en ser agricultores independientes, pero los patrones desiguales de propiedad de la tierra y los trminos usureros de mercado les obligaban a completar sus necesidades mnimas de dinero buscando trabajos temporales en las fincas de caf y de algodn o participando en relaciones laborales de peonaje con los ganaderos terratenientes locales. Mi hiptesis terica era que la articulacin de tres modos de produccin contradictorios -agricultura de semisubsistencia, trabajo por contrato semifeudal y trabajo a destajo en la agroexportacin capitalista- estaba creando un fenmeno de violencia estructural que estaba movilizando polticamente a los campesinos de El Salvador. La economa agrcola de subsistencia subsidiaba el costo de la reproduccin de la mano de obra agrcola, permitiendo que las fincas agroexportadoras y los terratenientes locales impusieran condiciones laborales abusivas. El costo de crear y mantener una familia recaa sobre la comunidad basada en la subsistencia que despus se vea obligada a mandar a sus jvenes, en pleno auge de su ciclo vital productivo, a trabajar en las fincas de los terratenientes. Adems, los trabajadores poco saludables, discapacitados, problemticos y muy mayores de edad estaban excluidos de la economa agroexportadora (Burawoy 1976; Meillassoux 1981; Wolf 1982; Walter 2004). Los beneficios del sector agroexportador estaban basados y siguen estndoloen llevar lentamente a la poblacin campesina a una muerte prematura por desnutricin. La insostenible posicin de los campesinos empobrecidos salvadoreos, que queran ser pequeos agricultores independientes, fue la base estructural de la violencia de su movilizacin poltica contra un Estado represivo mucho ms poderoso y contra una clase terrateniente que movilizaba escuadrones de muerte paraestatales. En mi segundo da en este nuevo terreno de campo en un rincn remoto de la provincia de Cabaas, en la frontera con Honduras, me vi atrapado en una invasin de tierra arrasada por parte del gobierno militar y sal de guinda con la poblacin. Humos bajo el fuego con los aproximadamente 1,500 residentes locales de docenas de aldeas en un radio de 40 kilmetros cuadrados. Estbamos rodeados por las tropas del gobierno, que nos disparaban desde tierra y nos bombardeaban desde el aire. Haba unos 150 combatientes del FMLN defendindonos. Prcticamente todos ellos eran adolescentes u hombres jvenes del lugar. Encima de su compromiso poltico para conseguir acceso a la tierra y a mercados justos, estaban resueltos a defender a sus familias de ser masacradas y a sus aldeas de origen de ser quemadas. Durante dos semanas, la poblacin civil -que inclua a ancianos ciegos y mujeres cargando a bebs recin nacidos- corramos por la noche y nos escondamos por el da, perseguidos por las tropas del gobierno que mataban a todo el que se encontraban y prendan fuego a todo el territorio que lograban ocupar. FOTO 2: Escondindose en un barranco al amanecer despus de cruzar por la noche la lnea de fuego de las fuerzas gubernamentales que nos encerraba Cuando la granada cay sobre el combatiente adolescente que suba por delante, me tir de cabeza al suelo, detrs de unos matorrales. Accidentalmente 8
empuj a una joven madre que ya estaba acurrucada detrs de los matorrales en los que yo aterric. Asust a su beb de seis meses y empez a llorar. La madre me buf al odo Vete! Vete de aqui! Rpido. Al principio, asombrado, pens que estaba enojada conmigo y que estaba siendo cruel, dicindome que me largara bajo una lluvia de balas. De pronto, me di cuenta de que estaba tratando de salvarme la vida: el llanto de su beb empezaba a dejarse or entre el sonido de los disparos. Me levant de un brinco y sal corriendo hacia adelante, justo cuando otra rfaga de ametralladora disparaba en direccin a los gritos de madres y bebs a mis espaldas (Bourgois 1982a:C5; 2001). Veinte aos despus, Armando, un sobreviviente que tena 7 aos durante la campaa de tierras arrasadas, reporta que fue capturado por las tropas del gobierno una noche cuando huan. Le perdonaron la vida, pero primero le obligaron a llamar a su madre de un extremo al otro de un barranco. No haba luz. Ella le contest desde el otro lado del barranco, revelando su posicin, y los militares inmediatamente descargaron granadas y fuego de ametralladoras, matndola a ella y a todas las personas a su alrededor (Asociacin Pro-busqueda de Nias y Nios Desaparecidos 2002). Aproximadamente 250 campesinos murieron durante las dos semanas que dur la campaa de tierra arrasada, incluyendo unos 25 combatientes. Esta matazn ocurri en el punto lgido de la intensificacin de la Guerra Fra por parte del presidente Ronald Reagan. Consegu publicar un resumen de la operacin militar en los medios de comunicacin estadounidenses como opinin editorial. Aos despus supe que fui denunciado por la CIA como agente guerrillero del FMLN, en una proyeccin de diapositivas presentada a miembros del Congreso, y presumiblemente a miembros selectos de la prensa con quien haba hablado (United States Congress 1982). A pesar del hecho de que trataba de documentar las violaciones a los derechos humanos de modo que pudieran ser denunciadas internacionalmente, no reconoc de inmediato el fenmeno de los nios soldados en el conflicto salvadoreo. De hecho, observ este fenmeno mientras revisaba mis diapositivas slo despus se estableciera la categora de nio soldado como derecho humano (en respuesta a las guerras civiles en frica entre mediados y finales de la dcadas de 1990). Siguiendo la lgica cotidiana de la guerra, los adolescentes son ms sanos, corren ms rpido y son ms valientes de cara a la violencia extrema que la mayora de la poblacin, y en 1981 se consideraba normal que se reclutaran nios soldados. De hecho, el FMLN estaba orgulloso de la dedicacin revolucionaria de sus nios soldados y, en un esfuerzo para demostrar el apoyo de sus bases y la justicia de su causa, documentaba la presencia de adolescentes en sus filas en las filmaciones para la solidaridad internacional (ej.: Drehsler y Christopher 1985). Mi trabajo de campo entre los miskitos me haba alertado sobre la forma en la que los rechazos redentores de la violencia simblica producen nuevos vectores de violencia poltica que cargan un sentimiento de rabia y de dolor. Los campesinos revolucionarios salvadoreos estaban orgullosos de haber tomado conciencia y se referan a s mismos como concientizados en un discurso que combinaba teologa de la liberacin y marxismo. Tambin hablaban de su participacin en la violencia poltica en trminos explcitamente redentores. Menos de un ao antes de conocerles, la mayora de ellos eran jornaleros descalzos, analfabetos, endeudados a terratenientes locales 9
que les trataban peor que a ganado (Bourgois 1982b). Como revolucionarios, de repente se encontraban haciendo el papel de ser el pueblo elegido de Dios, mostrndole al resto del mundo el camino hacia la justicia. Por ejemplo, un campesino de 46 aos con el nom de guerre de Hrcules evocaba a su hijo, que acababa de morir en combate: Oh t, que nos enseaste tan claramente de qu se trata la lucha, desde el cielo escuchas nuestras oraciones, oh hijo mo queridsimo Por cuntas noches de rezo nos has guiado? Pero estamos contentos porque ests en el cielo y tu destino fue ser un buen combatiente guerrillero, tu recuerdo permanecer siempre en los corazones de tus compaeros. Revolucin o muerte, el pueblo armado vencer Estaban peleando explcita y articuladamente contra la violencia estructural, pero tambin hablaban de superar la desenfrenada violencia delincuencial interpersonal que haba dominado sus vidas como campesinos rurales. Uno de los combatientes me dijo: Antes ramos machistas. Tombamos mucho y nos pelebamos a machetazos entre nosotros. Pero despus la organizacin nos ense el camino y hemos canalizado la violencia para el beneficio del pueblo. En pocas palabras, la violencia ntima interpersonal fue poderosamente canalizada en forma de resistencia poltica y la ruptura de las cadenas de la violencia simblica se manifest en actos heroicos y en dedicacin poltica. Vase por ejemplo en las novelas de Manlio Argueta, la poderosa evocacin de la metamorfosis de los campesinos salvadoreos de vctimas de represin y abusos a revolucionarios dedicados (Argueta 1983; 1987); vase tambin el anlisis de Oscar Lewis acerca de la revolucin cubana en 1959: Un oficial cubano me dijo que prcticamente haban eliminado la delincuencia dndoles armas a los delincuentes!... Las personas tenan un sentimiento nuevo de poder y de importancia. Estaban armados y les daban una doctrina que glorificaba a la clase baja como la esperanza de la humanidad (Lewis 1970:75). Por desgracia, la lgica de la violencia interpersonal normalizada sigui fermentando durante la revolucin y el desplazamiento de la violencia simblica tambin se manifest en actos de brutalidad y sadismo, como se dio en la movilizacin miskita contra los sandinistas poco despus del fin de la guerra. Las manifestaciones de violencia ntima, domstica y autodestructiva resurgieron con fuerzas redobladas, como habra de descubrir cuando reanud mi trabajo de campo diez aos ms tarde entre los mismos campesinos revolucionarios sobrevivientes de la lucha. 2.4 Apartheid East Harlem, 1985-1991 Durante mi siguiente proyecto importante de trabajo de campo viv con mi familia cerca de la casa de unos distribuidores de crack en East Harlem a fin de documentar el fenmeno que yo llamo apartheid de facto en los guetos estadounidenses (Bourgois 2003a: 19-47). Me hice amigo de una red social de vendedores de crack, sus familias y sus clientes. A diferencia de mi investigacin anterior entre campesinos revolucionarios en El Salvador no cre que iba a tener que documentar el fenmeno de la violencia, y mucho menos teorizarlo. Todava tena un conocimiento limitado de la violencia
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delincuencial y lo consideraba como algo casi incidentalmente local e individualizado. No la reconoca como un fenmeno histrico en evolucin que surge de y es legitimado por procesos invisibles de violencia (estructural, simblica y normalizada). No obstante, mi siguiente trabajo de campo me oblig a empezar a teorizar acerca del fenmeno de la violencia ntima, intersubjetiva, interpersonal y auto infligida. Me senta abrumado por los golpes y balazos que sobrevolaban los hogares vecinos y por la decrepitud de los adictos y alcohlicos crnicos que deambulaban por las calles. Tambin comparta con mis vecinos un miedo crnico a ser asaltado o robado. Mi experiencia de trabajo de campo en Centroamrica durante la Guerra Fra me ayud a reconocer las relaciones entre violencia estructural y violencia simblica. Mi desafo era documentar la complicada normalizacin de la violencia ntima en el gueto estadounidense. Mi periodo de residencia en East Harlem coincidi con el fin de la Guerra Fra y la consolidacin del neoliberalismo estadounidense (acentuado por la guerra contra las drogas). Durante estos aos Estados Unidos se convirti en la nacin con mayor ndice per capita de poblacin encarcelada del mundo. Teorizar acerca de la violencia delincuencial result ser un tema poltico e intelectual urgente. Desde que termin la Guerra Fra, el fenmeno de la violencia ntima se convirti en un objetivo central de mis proyectos etnogrficos y del re-anlisis de mis notas de campo en tiempo de la Guerra Fra. Mi trabajo de campo en East Harlem me hizo reconocer la forma en la que las relaciones de poder basadas en el gnero distribuyen desigualmente muchas cargas de violencia (Bourgois 1996; 2003a:213-317). Adems, siguiendo a Paul Willis (1981) y a Bourdieu (1990), desarroll una explicacin de las expresiones de resistencia y oposicin en East Harlem como mecanismos para la reproduccin simblica de la dominacin que es exacerbada por la visibilidad de la violencia ntima. FOTO 3: El administrador de una casa de crack y su guardia. Foto por Vctor Vargas La mayora de los traficantes de crack haban desertado de la escuela en sus primeros aos de adolescencia y se haban excluido del mercado laboral legal al rechazar lo que consideraban condiciones humillantes de trabajo. Buscaban el xito como empresarios independientes en la economa clandestina del narcotrfico y en la cultura callejera del hip hop. La dinmica cultura de la calle que surge de la economa del narcotrfico representa una respuesta creativa a la exclusin y crea nuevos foros para el xito masculino, tales como ser lder de una pandilla o ejecutivo en la industria del narco, pero tambin se basa en ser semi-analfabeto, expresivamente agresivo, no dejarse explotar y vivir empapado en violencia y abuso de drogas y alcohol. Los traficantes vendedores de droga deben participar en exhibiciones pblicas de violencia para reforzar su credibilidad, y la adiccin es uno de sus riesgos laborales (Bourgois 1989b; 1997). La forma popular de arte hip hop del rap gnster celebra triunfalmente el dinero sucio, el asesinato, la violacin de mujeres y el consumo de drogas, as como la oposicin a la represin policial. 2.5 Violencia de las pandillas y las secuelas del militarismo estadounidense de la Guerra Fra, 1991-1993
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Mi siguiente trabajo de campo, realizado conjuntamente con Jim Quesada y Jeff Schonberg, fue con una pandilla de barrio de la esquina del bloque donde yo viva en el Mission District de San Francisco. Esta misma esquina tambin era el punto de reunin de trabajadores indocumentados que se exponan a los coches que circulan en el bulevar con la esperanza de encontrar trabajo. Hicimos amistad con unos adolescentes de ascendencia centroamericana de segunda generacin que alternativamente coexistan con y asaltaban a los nuevos inmigrantes jornaleros que buscaban trabajos de jornaleros. Muchos de los trabajadores inmigrantes indocumentados eran veteranos de guerras internacionales financiadas por Estados Unidos durante la Guerra Fra. Consecuentemente, la esquina representa la quintaesencia de un espacio pblico neoliberal globalizado post-Guerra Fra donde poblaciones vulnerables se devoran unos a otros mientras proporcionan una fuente conveniente de mano de obra flexible y barata para los ricos. La mayora de los jornaleros se vieron obligados a dejar sus comunidades de origen cuando la economa agrcola de sus pases result afectada por las importaciones baratas de la industria agrcola estadounidense. Parados ansiosamente en la esquina trataban desesperadamente de establecer contacto visual amigable, saludando y sonriendo a los conductores de los vehculos que reducan la velocidad o se detenan en el semforo. Muchos de ellos exhiban literalmente sus msculos con una sonrisa, como si se estuvieran subastando a s mismos en una versin contempornea neoliberal de un mercado de esclavos. Se esforzaban en proyectar una imagen de cuerpos sanos, fuertes, y de demostrar su sincero deseo de un trabajo duro, disciplinado. Esta postura estilizada, que expresaba fuerza masculina, pero tambin docilidad, les volva especialmente vulnerables a las burlas ocasionales de los peatones que pasaban a su lado. La presencia de los pandilleros en la esquina donde buscaban trabajo les enfureca. A menudo hablaban de cunto les preocupaba que los ocupantes de los vehculos ser confundidos con vagos, borrachos o drogadictos como los adolescentes que les rodeaban. Por entonces, el distrito Mission se haba puesto de moda, estaba siendo ocupado por jvenes burgueses y los precios se haban vuelto inaccesibles, de modo que en cuestin de tres aos las familias de los pandilleros se haban mudado a casas de alquiler ms baratas en las afueras de San Francisco. Sin embargo, el nmero de jornaleros indocumentados de la esquina fue creciendo con los aos. Sobrevivan principalmente limpiando jardines y trabajando para contratistas informales, renovando las antiguas casas de trabajadores y convirtindolas en residencias millonarias para los nuevos propietarios, en su mayora, blancos. Elegimos deliberadamente este lugar para poder vincular sus manifestaciones locales de violencia interpersonal con los efectos macro-histricos de la violencia militar de EE.UU en Centroamrica y tambin con la violencia estructural del mercado laboral bsico estadounidense donde el orden pblico impone bajos salarios y altos niveles de disciplina laboral a los inmigrantes indocumentados que temen ser deportados. Al mismo tiempo, dentro de esta pesadilla americana de hperexplotacin persiste el sueo americano del ascenso social a travs de trabajo duro y buena suerte. La trayectoria econmica de nuestro principal protector, un desertor de las fuerzas areas jordanas, copropietario de la tienda de la esquina, era un ejemplo de la
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perseverancia de esta ilusin. Su negocio principal consista en mantener mquinas ilegales de pker, vender cervezas y cigarrillos a pandilleros adolescentes y comida rpida a los jornaleros indocumentados. Su socio era un inmigrante refugiado palestino y toda su actividad econmica se rega en la confianza. Nunca vimos evidencia alguna de contratos o de contabilidad formal. Trabajaba en la caja en el peligroso turno de noche y mantena buena relacin con los pandilleros adolescentes que se reunan en su esquina. Lograba hacerse respetar con algn puetazo ocasional, o incluso amenazndoles con su revlver, cuando rompan botellas, destrozaban rboles o vehculos aparcados o vendan drogas indiscretamente delante de la tienda. Cuando apareca una incursin de bandas rivales en el vecindario para luchar por el territorio, l simplemente bajaba las persianas y esperaba. Estudiaba administracin de empresas en la universidad local y eventualmente se mud al centro donde invirti en un caf internet. Mi ltimo contacto con l fue cuando me invit a su boda con una mujer rusa que haba aprovechado el legado de la Guerra Fra para emigrar a Estados Unidos como refugiada juda. Tambin nos hicimos amigos de dos jornaleros salvadoreos sin papeles que haban estado en bandos contrarios durante la guerra civil. Juan por ejemplo, era alcohlico, antiguo miembro de un escuadrn de la muerte, y trabajaba eliminado asbestos. Rodrigo era un ex combatiente del FMLN que haba utilizado los 4,000 dlares que recibi de las Naciones Unidas cuando entreg su AK-47 para pagar a un coyote que le llev a Estados Unidos. Los dos hombres evitaban hablar de poltica, reconociendo su vulnerabilidad compartida como jornaleros indocumentados, semianalfabetos, en Estados Unidos (Quesada 1999). Ambos se sentan traicionados por los lderes que siguieron durante la guerra. El miembro del escuadrn de la muerte de vez en cuando se echaba a llorar, temblando: Fui muy maldito! Mat a mucha gente, Felipe! S, mat a mucha gente. Pero no daba ms detalles. En contraste, Rodrigo, cuyas piernas estaban surcadas de cicatrices provocadas por balas de ametralladora, estaba orgulloso de haber luchado por sus derechos como campesino pobre. Sin embargo, era muy consciente de que la historia le haba traicionado y de que muchos de sus antiguos comandantes ahora manejaban autos con aire acondicionado pagados por ONG internacionales. La paz le haba transformado de hroe revolucionario a jornalero ilegal, repudiado y mal pagado. Despus de todos estos aos, no tengo estudios! Slo s trabajar. No obstante, tena la ventaja de haber crecido en territorio del FMLN donde el alcohol y las drogas haban estado prohibidos, y aborreca el abuso de drogas de los jvenes pandilleros que nos rodeaban. De hecho, a veces bromeaba acerca de utilizar su experiencia militar para matarles a todos. Inicialmente, el objetivo principal de Rodrigo era ganar dinero para envirselo a su mam y a los hijos que tuvo con varias mujeres diferentes durante la guerra. Sin embargo, cuatro aos despus, consigui obtener el estatus de residente legal como refugiado de guerra y se cas con una latina indocumentada con la que tuvo un hijo. Compraron con varios primos una casa compartida de medio milln de dlares. Ninguno de los propietarios ganaba salarios superiores a 12 dlares la hora y la mayora eran contratados sin papeles por contratistas irregulares para proyectos a corto plazo. A menudo pasaban varias semanas o meses sin trabajo. Su casa estaba exageradamente abarrotada de gente y estaba situada enfrente de un gran proyecto de
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viviendas ocupadas principalmente por afroamericanos y con uno de los ndices ms altos de muertes por pandilleros en San Francisco. Perdieron su casa, vctimas de la estafa de los crditos hipotecarios subprime con tasa variable y de la aplicacin de una ordenanza de rezonificacin de la ciudad que aument sus impuestos debido al excesivo nmero de ocupantes de su casa. Mientras pasaba por esta crisis con su vivienda, la mujer de Rodrigo se fue con su hija a vivir con otro trabajador indocumentado. Ella y su nueva pareja trabajaban dobles turnos lavando platos en restaurantes, sin seguro mdico. Rodrigo fue encarcelado temporalmente por cargos de violencia domstica que fueron sobresedos por el Fiscal del Distrito porque Rodrigo tena ms marcas en su cuerpo que las que tena su exmujer en el suyo. Rodrigo aleg que l no la haba pegado, que slo la haba empujado para alejarla cuando ella le golpeaba. Sin embargo, me dijo que en su pueblo de origen no conoca a una sola familia en la que el marido no golpeara a su mujer y a sus hijos. De hecho, dijo que una de las razones por las que se haba unido al FMLN a los 14 aos fue para huir de la violencia domstica de su padre. La violencia en las vidas de los pandilleros tambin estaba focalizada principalmente en las relaciones de pareja, pero se exacerbaba dramticamente por el consumo de drogas. Un adolescente se suicid cuando le dej su novia, y a otro lo encerraron indefinidamente bajo la ley californiana de reincidencia por atracar a una pareja con una pistola despus de un exceso de crack. Un poco antes, esa misma tarde, haba abofeteado ritualmente a mi co-trabajador de campo, James Quesada, y haba amenazado con hacerme lo mismo si me quejaba. Haba estado fumando crack y estaba enojado porque haba perdido jugando al billar con nosotros. Cuando ya nos bamos, de repente decidi darnos una leccin de masculinidad delante de sus homies [colegas] y nos impuso un impuesto de 5 dlares a cada uno. FOTO 4: Miembros de la pandilla en la esquina. Foto por Jeff Schonberg Eventualmente, los jvenes pandilleros desaparecieron. La mayora de ellos simplemente siguieron a sus madres a barrios de alquileres ms reducidos. Un joven particularmente sociable regresaba a veces a pedir limosna delante de la tienda de la esquina para comprar cerveza. Me dijo confidencialmente que ya no poda volver a su casa porque su padre haba salido de la crcel donde cumpla condena por asesinato y que sola golpearlos a l, a su madre y a su hermana menor cuando beba. 2.6 El Salvador: Recuerdos revolucionarios tras la globalizacin neoliberal, 1994-2007
En pleno trabajo en la esquina de los jornaleros indocumentados y los jvenes pandilleros, empec a visitar de nuevo los reasentamientos de combatientes y partidarios del FMLN en El Salvador donde me haba quedado atrapado durante la invasin militar de tierra arrasada de 1981. Lo ms tangible a primera vista era la pobreza de unos pequeos agricultores que trataban de subsistir cultivando maz y frijol. Tena esperanzas de que esta visita de regreso fuera una reunin catrtica con las personas con las que haba forjado vnculos humanos y polticos durante los catorce das de guinda bajo el ataque militar en 1981. Result ser una experiencia extraa y, a ratos, decepcionante, en la que parecamos andar de puntillas en torno a campos minados de fechoras, decepcin y deslealtad. Mis amigos rememoraron los odiosos
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detalles que son comunes a todas las guerras civiles populares: las muertes innecesarias debidas a la estrategia militar, el abandono de los camaradas en emboscadas, la asfixia impremeditada de bebs que lloraban durante las guindas nocturnas bajo fuego y bombardeos, la desercin de los combatientes, el tiro de gracia a los camaradas heridos para impedir que fueran capturados y torturados por el enemigo (Bourgois 2001). Al igual que Rodrigo, en San Francisco, se sentan traicionados por la poltica, pero sin embargo seguan apoyando los ideales revolucionarios socialistas populares de la dcada de 1980. La lucha armada les haba causado mucho sufrimiento y generado recuerdos ms conflictivos que empoderadores. Vindolo retrospectivamente, parece evidente que el movimiento revolucionario en El Salvador fue distorsionado por la violencia represiva del gobierno militar contra la que se estaba organizando. A travs de un proceso casi mimtico, la brutalidad del ejrcito fue trasladada a las estructuras organizacionales del FMLN. Se apoyaban en la violencia como una necesidad instrumental banal para reforzar la disciplina y para protegerse de la infiltracin de espas enemigos. Durante toda la dcada de 1980, el gobierno salvadoreo mat y tortur a todo el que fuera incluso vagamente sospechoso de subversivo comunista. Aunque en numeros mucho menores, la guerrilla tambin mat a individuos de sus filas, sospechosos de traicin (Americas Watch Committee 1991). Estos asesinatos internos tenan una lgica de sobrevivencia que les haca parecer normales en el momento lgido de la guerra: cuando haba dudas con respecto a la lealtad de un individuo, no podan arriesgarse a dejar en libertad a esa persona porque, si era realmente informante del gobierno, todos ellos seran capturados, torturados y/o asesinados. Una persona aadi el morboso detalle de que los cuchillos del ejrcito suizo, como el que yo le haba dado a un combatiente el ltimo da que le vi durante la incursin militar de 1981, se utilizaban para torturar a los sospechosos de informar al enemigo. La literatura sobre guerras civiles confirma que, a pesar de su lenguaje utpico liberador, el asesinato de presuntos infiltrados a menudo es un componente central de la resistencia partisana a gobiernos centrales represivos (Kalyvas 2006). Es ms, los individuos que se sienten desesperados por la violencia estructural en los intersticios ms marginales de la economa contempornea -tales como los campesinos empobrecidos que estn obligados a incorporarse como trabajadores migrantes estacionales marginales- son especialmente susceptibles de ser vctimas y verdugos brutales frente a la represin poltica. Los asesinatos internos interpersonales e instrumentales cometidos por el FMLN en nombre de unos ideales polticos estaban moldeados con frecuencia por relaciones de poder basadas en el gnero, que es tambin una forma de desigualdad social que normaliza y legitima la violencia en tiempos de paz tambin. A pesar de que los asesinatos eran invariablemente justificados durante la guerra en un lenguaje poltico, un anlisis retrospectivo revela que a menudo siguieron un patrn romntico patriarcal de construccin de moral y jerarqua. Hombres celosos acusaban de ser espas del gobierno a ex amantes que les dejaron plantados o a los novios rivales que les suplantaron. Sus acusaciones no necesariamente eran siempre inverosmiles: tal es la naturaleza de la traicin conyugal en los contextos violentos y politizados de la guerra civil.
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Las mujeres sufran el impacto de estas acusaciones porque podan cruzar las lneas durante la guerra y porque la lucha revolucionaria remolde las relaciones tradicionales de poder en las familias y comunidades, volvindolas socialmente sospechosas. Por ejemplo, Clara, una mujer carismtica con la que hice amistad en un campo de refugiados despus de la incursin del ejrcito en 1981, era lder de una de las asociaciones de mujeres revolucionarias del FMLN. Se ofreci voluntaria para regresar al territorio controlado por el gobierno militar camuflada de vendedora de golosinas a fin de hacer espionaje militar y de conseguir medicamentos y suministros mdicos para sus compaeros combatientes. Luego de varios meses en esta peligrosa misin, circul el rumor de que era agente doble porque estaba teniendo amoros con un miembro de un escuadrn de la muerte en la aldea militarizada que visitaba regularmente. Fue asesinada por sus compaeros de armas despus de que varios combatientes perdieron sus piernas por unas minas antipersonales que parecan estratgicamente colocadas en los caminos que llevaban a sus campamentos. Diez aos despus, a nadie le quedaban dudas de la lealtad de Clara a la causa revolucionaria. Es posible que siguiendo unos vectores de poder en torno al gnero, ella se viera obligada, de hecho, a desarrollar relaciones sexuales o incluso afectivas con un oficial militar de la aldea en la que se haba infiltrado. Esto la habra protegido de toda acusacin que la vinculara como simpatizante de la guerrilla, y de ser torturada y asesinada si la detenan. Al mismo tiempo, durante los aos revolucionarios, ella haba surgido como la lder local de la organizacin de masas de mujeres de su comunidad y haba exigido a los comandantes locales que abordaran los derechos de las mujeres. Resumiendo, haba transgredido las normas patriarcales de liderazgo poltico y debate ideolgico. La violencia normalizada que operaba a travs de las lgicas y tensiones especficas de violencia romntica, seguridad militar y desacuerdo poltico que hicieron que su asesinato pareciera necesario e incluso juicioso, est encapsulada en el relato del ex combatiente que me habl de ello aos despus: A la mala hierba hay que cortarla. As decan. Vase la descripcin de Silber (2006) sobre cmo una mujer exmiembro del FMLN fue marginada por sus vecinos en una comunidad campesina de exguerrilleros de El Salvador, acusada de transgresin sexual por haber violado las estructuras de autoridad masculina durante la guerra. Este tipo de experiencias confusas de violencia patriarcal interpersonal en nombre de la poltica crea una dinmica post-blica de violencia simblica que nutre la auto culpabilidad entre los antiguos revolucionarios por la conducta irresponsable de ciertos cuadros, o por haber sido engaados (nos engaaron), y que oscurece dinmicas opresivas de violencia represiva mucho ms graves durante la guerra. El papel decisivo de las violaciones a los derechos humanos del gobierno militar, y las desigualdades en relaciones de poder basadas en el gnero que dinamizaron tanto los celos masculinos romnticos como el dogmatismo poltico, todava no han sido analizados en el discurso popular. Al contrario, el recuerdo de los asesinatos interpersonales injustificables desmoraliza a los antiguos revolucionarios y deslegitima la crtica poltica radical del status quo que les haba movilizado hacia la lucha armada. Tcnicamente, El Salvador est en paz desde 1992, pero segn las estadsticas oficiales mueren ms personas cada ao debido al crimen y a la delincuencia que las que murieron a causa de la represin y la lucha armada en el momento lgido de la
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guerra civil. La cifra oficial en 1998 era de 77.1 muertes por cada 100,000 habitantes, la ms alta de Latinoamrica (DeLugan 2005). La violencia criminal ha crecido exponencialmente bajo el neoliberalismo, espoleada por una lgica de recurrir al uso de una violencia estratgica y pragmtica que fue necesaria para mantenerse vivo durante la guerra y que en la paz sigue siendo normalizado el uso de la fuerza para obtener un beneficio instrumental, reafirmar la autoridad masculina o arreglar conflictos. Se manifiesta interpersonalmente en la violencia domstica, el robo de autos, los asaltos, las violaciones, las peleas entre pandillas y broncas de cantina. La relacin directa de la guerra civil con el aumento de la violencia en tiempos de paz con frecuencia es claramente visible en las logsticas especficas de un hecho violento individual. Por ejemplo, dos aos despus de mi visita de regreso en 1993, uno de mis amigos, Alberto, fue asesinado por su hermano de 14 aos, con la misma arma que l haba usado durante la guerra, para impedir que Alberto golpeara a su madre ella le neg dinero para comprar ms alcohol en una borrachera. A mediados de la guerra, Alberto pis una mina antipersona. Despus de la paz, pas de ser un hroe revolucionario convaleciente a ser un campesino incapacitado que no poda trabajar su milpa situada en una escarpada montaa a kilmetro y medio de distancia del rancho maltrecho en el que viva. Se convirti en un alcohlico que viva principalmente de manipular a las mujeres. Dedicaba gran parte de su tiempo a recordar la guerra, pero algunos de sus antiguos camaradas aadieron insultos a sus heridas criticndole por haber sido solamente un correo entre zonas de combate y no un autntico combatiente. El constante continuo de violencia desde la guerra civil, en este caso particular, no ces con la muerte de Alberto. Al contrario, su hermano se volvi pandillero mientras cumpla su condena en prisin por asesinar a su hermano. Ahora vive en San Francisco y est cubierto de tatuajes y cicatrices pandilleras. La ltima vez que le vi fue en el bautizo de uno de sus primos recin nacido e insisti en que le prestara 20 dlares. Me dio demasiado miedo negarle el dinero y l se fue corriendo a fumar crack. Uno sospecha que un ex combatiente de cualquiera de ambos bandos del conflicto puede llegar a cometer una cantidad desproporcionada de violencia instrumental en tiempos de paz. Dicha violencia tambin puede ser moldeada traumticamente, en cierto modo, y estar impulsada logsticamente por la antigua violencia de tiempos de guerra, como en el caso del hermano pequeo de Alberto. No obstante, sta es una cuestin emprica que tiene que ser mucha ms documentada. A medida que pasa el tiempo, el efecto de la violencia ntima en tiempos de paz oscurece los vnculos con la historia de la guerra y con las estructuras de la pobreza y la desigualdad social especialmente en el caso de la segunda generacin, como el hermano menor de Alberto, que hoy aparece como un adicto socipata en vez de cmo el producto de un sistema social en violenta transicin histrica. 2.7 El abuso lumpen entre los toxicmanos en la calle bajo el neoliberalismo En mi siguiente proyecto a largo plazo, la etnografa de un grupo de hombres y mujeres desamparados en San Francisco, mi trabajo con ex revolucionarios salvadoreos y con distribuidores de crack en East Harlem me facilit el reconocimiento de la importancia de los vectores de gnero en legitimar la violencia ntima. Durante ms de diez aos, mi colaborador, Jeff Schonberg, y yo hemos estado dndole 17
seguimiento a una red social multitnica de adultos adictos a la herona y al crack, que viven y envejecen en la calle, bajo un entramado de pasos elevados de la autopista, como a unos seis bloques de mi casa, en un barrio multicultural de San Francisco que recientemente se ha ocupado por clases altas (Bourgois y Schonberg 2009). FOTO 5: Inyeccin por la maana en uno de los campamentos. Foto por Jeff Schonberg Adems de documentar sus historias de vida y estrategias de supervivencia, nos enfocamos en sus interacciones con las instituciones del sector pblico que fueron diseadas para servirles y abarcarles; principalmente, la polica, el hospital pblico y bienestar social. Subsisten en la zona gris, como dice Primo Levi (1988), de la traicin mutua impuesta, en este caso, por la guerra contra el narcotrfico y por la ausencia de servicios sociales coherentes, especialmente viviendas subsidiadas y tratamiento de rehabilitacin de drogas. La mayora cuentan historias desgarradoras sobre la violencia a la que sobrevivieron de nios y sobre la violencia que ahora de adultos infligen a sus hijos, hijas y parejas. Todos ellos han estado encarcelados y muchos fueron encerrados en su adolescencia. En sus aos de madurez, la mayor parte de su violencia est orientada contra ellos mismos. Han subordinado toda su vida vivienda, sustento y familia- al consumo diario de drogas. Sufren el dolor y la ansiedad crnica del hambre, la vida a la intemperie, las enfermedades infecciosas y el ostracismo social mientras rebuscan las drogas. Abscesos, infecciones de piel, heridas, contusiones, huesos rotos, gripes, catarros y sntomas de abstinencia de herona son caractersticas constantes de sus vidas. Con ayuda de Bridget Prince y Sarah Thibault, tambin hemos dado seguimiento a varias redes sociales adicionales de jvenes sin techo, adictos a la herona, en un barrio blanco de San Francisco conocida como Haight Ashbury District. Ellos todava estn en pleno auge de su fuerza fsica y son ms activamente violentos. Frecuentemente se pelean y confrontan abiertamente a la polica que a menudo les arresta y les hostiga. La violencia est normalizada en sus interacciones cotidianas. FOTO 6: Jvenes de la calle en el Haight. Foto por Jeff Schonberg La mayora de los hombres sin techo consideran que la violencia instrumental es algo tico. Es una brjula moral para definir su autoestima y castigar a transgresores inmorales. Construyen un sentido de masculinidad ejemplar golpeando a amigos y rivales por cuestiones como insultos, deudas incobrables y acceso sexual a las mujeres. Muchos de los que consiguen establecer relaciones de pareja con mujeres (generalmente ms jvenes que ellos) caen habitualmente en patrones de violencia domstica allegados a los modelos patriarcales para imponer la disciplina y el control sobre la mujer que est considerada indigna o inmoral. Sus relaciones sentimentales estn cargadas de celos violentos. Las mujeres sin techo de las calles de San Francisco que se mantienen solas son vctimas habituales de rapaces ataques sexuales y muchas veces buscan conscientemente emparejarse con hombres celosos y violentos para protegerse del acoso sexual y del riesgo constante de violacin (Bourgois 2004). El anlisis del continuo de la violencia nos ha permitido desarrollar una teora del abuso del lumpen para entender el fenmeno del extremo sufrimiento fsico y psicolgico entre un gran nmero de drogadictos indigentes en una de las ciudades
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ms ricas del mundo (Bourgois y Schonberg 2009). La guerra contra las drogas, el recorte de los servicios sociales para los pobres y la precarizacin del mercado laboral asalariado bsico a partir de la dcada de 1980 con la consolidacin de un modelo punitivo neoliberal en Estados Unidos, ha producido un nmero creciente de consumidores crnicos de drogas que carecen de relacin productiva con la economa legal. Sus vidas cotidianas estn cada vez ms envueltas en violencia interpersonal. Estados Unidos constantemente queda en mal lugar en las comparaciones internacionales de las estadsticas de calidad de vida que miden expectativa de vida, salud, segregacin tnica, alfabetizacin e indigencia. De seguido ha tenido los niveles ms altos de desigualdad en la distribucin de los ingresos y de encarcelamiento per capita que cualquier otra nacin prspera del mundo y su ndice de asesinatos es de 6 a 44 veces ms alto que el de la mayora de las dems naciones industrializadas (New York Times 2003; Public Safety Performance Project 2008; United Nations Development Programme 2006:295-6; Wacquant 2007). El mal definido trmino de Marx lumpen es util para identificar a los sectores sociales que corren mayor riesgo de ser tanto vctimas como perpetradores de la violencia. l us muchas veces este trmino como un juicio arbitrario moralizante para criticar enemigos polticos, pero tcnicamente la categora lumpen se refiere a las personas que fueron expulsadas o excluidas (frecuentemente de forma sbita o violenta) del sistema econmico productivo de su poca histrica (es decir, por transiciones desreguladas de sus modos de produccin). En el concepto de Marx, el lumpen son los que se encuentran como desechos histricos de las grandes transformaciones a largo plazo en la organizacin de la economa, y representan el fracaso de los sistemas polticos para crear sociedades inclusivas, solidarias (Draper 1972; Marx 1972:75; Bovenkerk 1984; Stallybrass 1990; Parker 1993). El lumpen fue un concepto particularmente flexible para Marx, porque los individuos lumpenizados procedan de cualquier origen de clase: aristcrata, campesino, proletario e, incluso, burgus. La interpretacin de Foucault sobre subjetividad, biopoder y gubernamentalidad es til para ampliar y desestabilizar el concepto economicista de clase transformndolo en una caracterstica modificante y parcial ms que en una categora delimitada y totalizadora. En la dcada del 2000, por lo tanto, el trmino lumpen se entiende mejor como adjetivo y no como marcador estable. En el concepto de Foucault, las subjetividades son identidades y sentimientos propios de la persona que surgen en momentos histricos. Parecen ser opciones premeditadas pero, de hecho, se imponen a s mismas sobre los individuos en un proceso de subjetivizacin. Nos disciplinamos a nosotros mismos (sea en oposicin o en sumisin) para convertirnos en lo que creemos que tenemos que ser, recurriendo a los discursos ticos existentes. El biopoder, segn Foucault, era una nueva modalidad de poder del Estado que surgi durante la era moderna con el objetivo de gestionar eficazmente el bienestar y la salud de los ciudadanos. La gubernamentalidad son los procesos que operan a travs de las iniciativas, las instituciones, las leyes y los discursos sobre tica, desde las vacunas para mejorar la salud de la poblacin, a las prisiones para la rehabilitacin de los criminales y a las formas disciplinarias del conocimiento, tales como la jurisprudencia o la psicologa, que luego contribuyen a definir nuestro sentido de la normatividad, la ciencia y el progreso. Foucault desarroll estos conceptos para marcar el contraste con la represin sangrienta arbitraria que los 19
reyes feudales infligan a sus sbditos, cuando la tortura era un espectculo pblico y los sbditos obedecan al soberano por temor y por miedo y no por el deseo de ser ciudadanos sanos, normales y modernos. El biopoder opera con valencias diferentes bajo la socialdemocracia o bajo el neoliberalismo. En los estados de bienestar social, el compromiso de la gubernamentalidad es implementar resultados positivos, productivos y de cierto modo solidarios para los ciudadanos vulnerables. Como consecuencia, gran parte del control de la poblacin general ocurre a travs de la autodisciplina. Los discursos de normatividad y modernidad estn internalizados. Se convierten en parte de las almas es decir, de las subjetividades- de los individuos que se esfuerzan por ser saludables, productivos e inteligentes. Podra decirse que ha habido un aumento dramtico de las poblaciones lumpenizadas en todo el globo a principios del siglo XXI, debido a la versin del neoliberalismo punitivo que ha sido impulsada bajo el dominio global de Estados Unidos, las transnacionales y el capitalismo financiero. Los mercados libres se mantienen con las guerras internacionales; el capital financiero recibe grandes subsidios de los contribuyentes; los complejos carcelarios se han expandido y se han vuelto ms deliberadamente brutales y los subsidios para los pobres se han recortado. Desde la dcada de 1970 ha incrementado dramticamente la distribucin desigual de ingresos. La gubernamentalidad y el biopoder se est volviendo ms abusiva que solidaria y es cada vez ms alta la cifra de ciudadanos que estn desarrollando subjetividades violentas y autodestructivas. En resumen, se puede definir como lumpen a aquellos sectores de la poblacin cuya subjetivacin est generada por una relacin abusiva con el biopoder y la gubernamentalidad y que mantienen relaciones parasitarias con el modo de produccin de su era, sacrificndose en el proceso a ellos mismos y a la comunidad que les rodea. El neoliberalismo es una olla a presin que fomenta la violencia interpersonal mientras camufla sus causas. En tiempos de paz, el lumpen arremete a la gente en su crculo ntimo y se daa a s mismo. Esto desata despus ms cadenas de violencia visible e invisible que refuerzan el desconocimiento (mconnaissance) de los vnculos que produce la violencia ntima. Lo que es ms importante, las fuerzas estructurales que impulsan la violencia interpersonal y que empujan al lumpen a brutalizar sus propios cuerpos se vuelven invisibles por la patologa altamente visible de sus vidas ntimas. Este proceso genera una poderosa violencia simblica en contra de los pobres y establece nuevas cadenas de violencia, incluyendo ms violencia estructural en forma de polticas sociales punitivas, instituciones represivas, racismo, etc. Los grupos de poblacin marginal sufren la peor parte de la violencia simblica y se vuelven especialmente susceptibles a la movilizacin en movimientos que promueven conversiones evanglicas o violencia poltica redentora, sea sta en forma de revoluciones o de guerras represivas e invasin extranjera. Asimismo, es ms fcil reclutar soldados efectivos en los sectores de la poblacin cuyas vidas en tiempos de paz han estado empapadas en una violencia interpersonal normalizada. El lumpen, consecuentemente, se convierte en carne de can para los ejrcitos del estado o para los combatientes suicidas en resistencia, cuando invierte la violencia simblica que carga a travs de una movilizacin poltica como patriticos defensores de la libertad democrtica (como el caso de los marines de EE.UU) o como hijos elegidos de Dios (como el de las bombas humanas suicidas fundamentalistas). 20
Un primer paso para abordar el fenmeno de la creciente ola de lumpenizacin es reconocer el vnculo entre la violencia ntima interpersonal y las fuerzas estructurales, a fin de romper el ciclo que genera humillacin simblica y que normaliza la brutalidad al extremo de volverla invisible o de hacer que parezca merecida. Esto implica identificar la direccionalidad de las diversas formas de violencia y documentar la carga desproporcional de sufrimiento impuesta sobre las poblaciones estructuralmente vulnerables en la era neoliberal. Los esquemas acadmicos pueden generalizar exageradamente, pero con suerte, la conceptualizacin de las formas invisibles de violencia que se reproducen jerrquicamente en un continuo que se desborda en formas visibles de violencia interpersonal ntima y de violencia poltica, y que alimenta el proceso de desconocimiento que legitima la celebracin neoliberal de la desigualdad, de las fuerzas del mercado libre y de las intervenciones sociales punitivas. El desconocimiento en torno a la hper visibilidad de la violencia ntima en Estados Unidos, por ejemplo, ha generado un apoyo popular para la expansin masiva desde la dcada de 1980 de sus complejos carcelarios de un modo similar a cmo la violencia delincuencial genera apoyo para la limpieza social en Guatemala. En muchas partes del mundo, el fenmeno del abuso lumpen se manifiesta en movilizacin de nios soldados por parte de los seores de la guerra, en limpieza tnica o genocidios regionales, en nuevas epidemias de enfermedades infecciosas y en abuso de substancias, o en terror redentor evanglico (incluyendo la llamada guerra contra el terror). Hoy, una proporcin creciente de la poblacin mundial vive precariamente en campos de refugiados, terrenos baldos urbanos y rurales, barrios marginales, complejos de viviendas subvencionadas, guetos segregados, prisiones, refugios para indigentes o asentamientos de poblaciones sin hogar, debido a las fuerzas econmicas, las intervenciones militares y la degradacin del medio ambiente que son productos orgnicos del neoliberalismo punitivo contemporneo. Reconocer la magnitud de la violencia estructural globalizada as como el poder capilar y discursivo de la violencia simblica y normalizada puede ser abrumador. Sin embargo, el fin de la Guerra Fra ofrece nuevos caminos para movimientos creativos y no dogmticos de organizacin poltica y humanitaria, especialmente con respecto al medio ambiente y la salud. El frecuente reduccionismo de clase y los patrones autoritarios de la movilizacin popular de masas en contra de la violencia estructural que tuvieron lugar durante la Guerra Fra en un idioma poltico a menudo dogmtico, desperdici grandes dosis de idealismo bienintencionado, incluso cuando en ocasiones logr redistribuir recursos econmicos y re-canalizar el flujo de violencia ntima convirtindolo en resistencia poltica. Lamentablemente, las visiones revolucionarias redentoras muchas veces tienden a dogmatizarse y muchas terminaron en violentos callejones sin salida. Por lo tanto, los estragos del neoliberalismo, irnicamente, abren las posibilidades para unir a unas poblaciones dispares en torno a causas comunes. Tienen el potencial de generar solidaridades a travs de las naciones y de re-moldear subjetividades disciplinarias transformndolas en directrices liberadoras. La crisis en cuanto a salud y degradacin del medio ambiente -muy especialmente el calentamiento global, las epidemias de enfermedades infecciosas (como el VIH) y los patrones
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crecientes de enfermedades crnicas (como la diabetes y el asma)- y por ejemplo requieren una solucin global. El desafo de estas amenazas muy graves puede generar una cooperacin entre naciones basada en el inters mutuo y la solidaridad. En resumen, el incremento de la lumpenizacin de una proporcin creciente de la poblacin que es excluida de una relacin productiva con la economa global tiene el potencial de generar nuevos movimientos sociales en torno a la biosocialidad, tal como la ciudadana teraputica frente a la infeccin de VIH (Epstein 1996; Nguyen 2005). El trabajo de Paul Farmer y su organizacin, Partners in Health, revela cmo el aporte de servicios mdicos puede convertirse en un movimiento poltico para la redistribucin de los recursos de los pases ricos hacia los pobres (Kidder 2003). Estas formas de organizacin en la dcada del 2000 pueden resultar ms capaces de movilizar a los desposedos que las tradicionales modalidades nacionalistas y las basadas en intereses de clase de la Guerra Fra en la dcada de 1980. Al mismo tiempo, pueden subrayar las irregularidades estructurales de la distribucin global de recursos, tales como, por ejemplo, los beneficios del biocapital internacional (las tecnologas de las grandes farmacuticas) (Comaroff 2007) y, por otro, el vertido de txicos a zonas pobres de parte de las corporaciones (Auyero 2009). La salud, la dignidad cultural, la paz y la seguridad personal como movimientos de derechos humanos, as como las demandas para responsabilizar a las transnacionales por la destruccin del medioambiente, representan causas prometedoras en ciernes para la dcada del 2010. El desafo es movilizar tanto a los ricos como a los desposedos en torno a sus propios intereses mutuos y en el proceso redistribuir los recursos a travs del planeta.
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