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Carter, Angela - El Doctor Hoffman Y Las Infernales Maquinas Del Deseo (v1.2)

Carter, Angela - El Doctor Hoffman Y Las Infernales Maquinas Del Deseo
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EL DOCTOR HOFFMAN Y LAS INFERNALES

MQUINAS DEL DESEO

ANGELA CARTER
Ttulo original: The Infernal Desire Machines of Doctor Hoffman
Traduccin de Carlos Peralta
Primera edicin: junio de 1990
Angela Crter, 1972
de la traduccin, Carlos Peralta, 1990
de la presente edicin, Ediciones Minotauro, 1998
Impreso en Espaa Printed in Spain
Scan:Jack!2010
***

Sinopsis:
Angela Crter es una de mis drogas favoritas.
Tom Robbins
El diablico doctor Hoffman se ha propuesto librar una guerra sin cuartel contra las
estructuras de la razn, y liberar as definitivamente a los seres humanos de las cadenas del principio de realidad. El campo de batalla de esta guerra ser las mentes y corazones de hombres y mujeres. En las ciudades pobladas de espejismos nada es lo que
parece, y la vida cotidiana se ha convertido en un complejo laberinto donde caben todas las posibilidades. Slo Desiderio, que vive en la ciudad desde los comienzos de la
guerra, puede detener al doctor Hoffman.
***
ndice
Introduccin
1. La ciudad sitiada
2. La mansin de medianoche
3. El pueblo del ro
4. Los acrbatas del deseo
5. El viajero ertico
6. La costa de frica
7. Perdidos en el Tiempo Nebuloso
8. El castillo
***
Introduccin
Recuerdo todo.
S.
Recuerdo todo perfectamente.
Durante la guerra, la ciudad estaba llena de espejismos y yo era joven. Pero ahora todo est muy tranquilo. Las sombras slo caen como y cuando se las espera. Como soy
tan viejo y famoso, me han dicho que tengo que escribir mis memorias de la Gran Guerra puesto que, al fin y al cabo, lo recuerdo todo. De manera que he de reunir todo ese
frrago de experiencias y ponerlo en orden, tal como ocurri, comenzando por el principio. Deshacer mi vida como si fuera una labor de punto, y elegir de esa manera la nica,
original hebra de mi ser, el ser que fue un joven que se convirti en un hroe y ms tarde envejeci. Primero, permitid que me presente.
Mi nombre es Desiderio.
Yo viva en la ciudad cuando nuestro adversario, el diablico doctor Hoffman, la cubri de espejismos para que todos enloqueciramos. Nada en la ciudad era lo que pareca,
nada! Porque el doctor Hoffman, sabis?, libraba una guerra total contra la misma razn humana. Nada menos. Oh, era mucho lo que se jugaba en esa guerra, ms de lo que
yo poda pensar, porque era un joven sarcstico y de todos modos la idea de la humani-

dad no me convenca mucho. Aunque luego, cuando me convert en un hroe, me dijeron que haba salvado a la humanidad.
Pero yo, de joven, no quera ser un hroe. Y cuando viva cu aquella asombrosa ciudad, durante los primeros das de la guerra, la vida era un complejo laberinto: todo lo
que poda existir, exista. Y semejante complejidad, una complejidad tan rica que apenas
se puede expresar con palabras, llegaba a aburrirme.
En aquel tiempo tumultuoso y dinmico, el tiempo de los deseos realizados, yo mismo tena un nico deseo. Y era que todo se detuviera.
Me convert en un hroe slo porque sobreviv. Sobreviv porque no poda rendirme
al torrente de espejismos. No poda mezclarme y confundirme con ellos; no poda olvidar mi realidad y perderme para siempre como hacan otros, reducidos definitivamente
al no ser por la feroz artillera de la sinrazn. Yo era demasiado sarcstico. Demasiado
indiferente.
Cuando era joven, admiraba muchsimo a los antiguos egipcios porque buscaron,
consiguieron y perfeccionaron una postura esttica totalmente satisfactoria. Una vez que
cada uno de ellos alcanz a perfeccionar la actitud que haba sido universalmente aprobada, el perfil en un sentido, el torso en otro, el ombligo mirando a los ojos del observador y los pies alejndose, la mantuvieron durante dos mil aos. Yo era el secretario confidencial del ministro de Determinacin, quien deseaba congelar en una actitud de perfecta correccin el circo de monstruosidades en que se haba convertido la ciudad, y yo
comparta con l la admiracin por la stasis. Sin embargo, a diferencia del ministro, yo
no crea que la stasis fuera posible. Pensaba que la perfeccin era, per se, inalcanzable;
y por eso los fantasmas ms seductores no conseguan conmoverme, porque saba que
no eran reales. Aunque, por supuesto, ya nada de lo que yo vea era idntico a s mismo.
Slo vea reflejos en espejos rotos. Lo cual era natural, porque todos los espejos estaban
rotos.
El ministro le orden a la Polica de Determinacin que rompiera todos los espejos, a
causa de las absurdas imgenes que reflejaban. Como los espejos ofrecen alternativas,
se haban convertido en fisuras o grietas en el mundo, hasta ese momento compacto, del
aqu y el ahora; y por esas grietas se deslizaban furtivamente toda clase de monstruos
amorfos: los guerrilleros del doctor Hoffman, soldados disfrazados, completamente irreales aunque existieran.
Hicimos lo posible para mantener fuera lo que era exterior y dentro lo interior; construimos una enorme muralla de alambre de pas alrededor de la ciudad para poner en cuarentena a la irrealidad, pero pronto aparecieron colgados a lo largo de toda la muralla
los cadveres en descomposicin de quienes -al serles negado el permiso de salida por
parte de la escrupulosa Polica de Determinacin- demostraban hasta qu punto eran reales muriendo sobre las pas. Pero aunque la ciudad estaba en estado de sitio, el enemigo acechaba dentro de las empalizadas, y viva en la mente de cada uno de nosotros.
Yo sobreviv a todo eso porque saba que algunas cosas eran necesariamente imposibles. No cre cuando vi el fantasma de mi madre muerta aferrando el rosario y gimiendo
entre los pliegues de la sbana mortuoria que le haba dado el convento donde fue a morir pretendiendo que le perdonaran sus pecados. No cre cuando los agentes del doctor
Hoffman reemplazaron burlonamente mi nombre, Desiderio, en la placa de la puerta,
por Wolfgang Amadeus Mozart o Andrew Marvell, porque siempre elegan los nombres
de mis hroes, personas de prstino y exquisito genio. Y yo saba que tenan que estar
bromeando, puesto que, como cualquiera poda comprobar, yo era un hombre tan sencillo como una cama sin hacer. En cuanto a mi ministro, l era Milton, Lenin, Beethoven o
Miguel ngel: no un hombre sino un teorema claro, duro, integrado y armonioso. Yo lo

admiraba. Me recordaba la estructura interna los cuartetos de cuerdas. Al igual que yo,
tambin l era bastante inmune a la lluvia radiactiva de oropel del efecto Hoffman, aunque por razones muy distintas de las mas.
Y yo, por qu era inmune? Porque, a causa de mi descontento, haba elaborado mis
propias definiciones, y esas definiciones correspondan casualmente a la verdad. Por eso
hice un viaje a travs del tiempo y del espacio, a travs de una montaa, por el mar, y
por un bosque. Hasta que llegu a cierto castillo. Y
Pero no he de adelantarme a m mismo. Describir la guerra exactamente como ocurri. Empezar por el principio e ir hasta el final. Tengo que escribir todos mis recuerdos, a pesar del dolor casi insoportable que sufro cuando pienso en ella, la herona de mi
relato, la hija del mago, la enigmtica mujer a cuya memoria dedico estas pginas, la
milagrosa Albertina.
Si yo creyera que en este pellejo cubierto de costras hay algo trascendente capaz de
sobrevivir a la muerte que, lo s, vendr a buscarme dentro de poco, sera feliz, porque
entonces podra engaarme con la ilusin de que me reunir con mi amada. Y si Albertina, ahora, se ha convertido para m en una de esas mujeres que slo la memoria y la
imaginacin pueden evocar, pues bien: eso es lo que ocurre siempre, al menos en parte,
con los seres amados. La veo como una serie de formas maravillosas generadas al azar
en el caleidoscopio del deseo. Oh, era digna hija de su padre, de esto no hay la menor
duda! Por eso dedicar a la memoria de la hija este informe de la guerra contra el padre.
Hoy hace exactamente cincuenta aos que ella cerr esos ojos que eran para m un
inagotable manantial de pasin. Como siempre pens que hara, tomo la pluma en el dorado aniversario de su muerte. Despus de todos estos aos, las vestiduras de mi espritu
estn hechas jirones, y la mitad ha sido arrancada por los vientos de la fortuna, que han
hecho de m un poltico. A veces, cuando pienso en mi viaje, no slo me parece que todo ocurri al mismo tiempo, como una especie de fuga de la experiencia, exactamente
igual a la manera en que lo hubiera imaginado, sino tambin que todo en mi vida parece
haber tenido el mismo valor, de modo que la rosa que sacuda sus ptalos como si se
estremeciera de xtasis al or la voz de Albertina, arroja una sombra de significacin tan
profunda como las extraordinarias palabras que ella pronunciaba.
Esto no quiere decir que mi memoria se haya disuelto por completo en el entorno de
Albertina. En realidad, su padre ha obtenido desde la tumba una victoria tctica sobre
m, imponindome, al menos, la aprehensin de un inundo alternativo en el cual todos
los objetos son emanaciones de un solo deseo. Y mi deseo es ver nuevamente a Albertina antes de morir.
Pero en la partida de ajedrez metafsico que jugbamos, me apoder de la reina de su
padre y el jaque mate nos derrot a los dos, porque aunque me consume por completo,
ese deseo es tan impotente como desesperado. Mi deseo jams puede encontrar su objeto, y quin podr saberlo mejor que yo?
Porque he sido yo quien la mat.
Pero no esperis una historia de amor o de crimen. Esperad un relato de aventuras picarescas o incluso de aventuras heroicas, ya que he sido un gran hroe en mi tiempo a
pesar de que ahora sea un anciano, no el yo de mi propio relato, y a pesar de que mi
tiempo ya haya transcurrido, aunque podis leer acerca de m en los libros de historia,
cosa que rara vez ocurre en vida. Eso convierte a un hombre en la prostituta de la posteridad. Cuando haya completado mi autobiografa, mi degradacin ser completa. Estar
para siempre plantado en el ayer, como una estatua conmemorativa de m mismo en un
sitio pblico, serena, ecuestre, sobre un pedestal. Ahora estoy viejo y triste, condenado a
vivir sin ella en un mundo descolorido y gris, como un desvado daguerrotipo. Por lo
tanto,

yo, Desiderio, dedico todas mis memorias


a
Albertina Hoffman
con mis insaciables lgrimas.
***
I. La ciudad sitiada
No puedo recordar exactamente cmo empez. Nadie, ni siquiera el ministro, lo recuerda. Pero s que empez bastante despus de que mi lejana infancia hubiera concluido
piadosamente. Las monjas que enterraron a mi madre me proporcionaron un destino seguro como empleado subalterno en una oficina del gobierno. Alquilaba una habitacin
con cama y una mesa, una silla y un hornillo de gas, un armario y una cafetera. La propietaria era an bastante joven y extremadamente servicial. Yo siempre estaba un poco
aburrido pero, sin embargo, perfectamente contento. De todas maneras pienso que puedo haber sido uno de los primeros habitantes de la ciudad que advirtieron cmo las
sombras empezaban a caer de una manera sutilmente oblicua y cmo una curiosa sensacin de rareza lo invada todo. En verdad, yo tena tiempo de mirar. El doctor empez
con cosas muy pequeas. El azcar tena a veces un ligero sabor salado. Una puerta que
uno haba visto siempre azul iba cambiando de un modo apenas perceptible y de pronto
era una puerta verde.
Cuando aparecieron entre las manzanas y las naranjas del mercado frutas extraordinarias, como pinas con el color y la textura de las fresas, o nueces que saban a caramelo,
todo el mundo lo atribuy al crecimiento de nuestras importaciones, pues los negocios
haban progresado desde el momento en que el hombre que ms tarde sera ministro de
Determinacin ocup el puesto de ministro de Comercio. Siempre fue un modelo de eficiencia. Yo ordenaba los archivos de la Junta de Comercio. Ms tarde, empec a ayudar
al ministro con sus problemas de palabras cruzadas, y ese pasatiempo engendr una espuria intimidad que hizo que nuestros ascensos fueran paralelos. l admiraba la rapidez
con la cual yo lo conduca de arriba abajo por el engaoso damero blanco y negro; creo
que l nunca comprendi que esa rapidez proceda slo de la indiferencia.
Cmo era la ciudad antes de cambiar? Pareca que nunca cambiara.
Era una ciudad slida, opaca y, sin embargo, no del todo inamistosa. Una ciudad dedicada a los negocios, prspera, burda, y estpidamente masculina. Algunas ciudades
son mujeres y deben ser amadas; otras son hombres y slo admiten la admiracin y la
negociacin, y mi ciudad haba acomodado vulgarmente las posaderas en un silln de
cuero. Tena los bolsillos repletos de dinero, y el vientre, de buenas comidas. Histricamente, haba dado un rodeo para llegar a esa impenetrable, satisfecha opulencia burguesa; en un principio haba sido un pistolero, un proxeneta, un explotador de esclavos, un
asesino y un pirata, un villano libertino, la escoria exiliada de Europa Y miradla luego, enseoreada de Europa. La ciudad haba sido construida sobre un ro con mareas, y
en los barrios bajos y en la zona que rodeaba los muelles todava pululaban negros, orientales e indios que vivan en una pintoresca sordidez que los padres de la ciudad, en
sus galeras de los suburbios, trataban de ignorar. La ciudad era fea, pero rica y, adems,
estaba un poco nerviosa. Casi nunca se atreva a espiar por encima del hombro lujosa-

mente tapizado para no ver las montaas amarillas que se extendan muy lejos hacia el
norte, atvicos recordatorios del interior de un continente que inspiraba un miedo sin
palabras en aquellos que haban llegado tardamente. La palabra indgena no poda
mencionarse. Sin embargo, algunos de los edificios del perodo colonial eran magnficos: la catedral, la pera, monumentos de piedra que evocaban un pasado al que pocos
de nosotros -si haba alguno- habamos contribuido, aunque, por ser de origen indio, yo
saba que mis antepasados haban construido los cimientos del Estado con una buena
cantidad de su sangre.
Yo era de origen indio. S. Mi madre proceda de pobres inmigrantes centroeuropeos,
y su profesin, que era la prostitucin ms ruin, la arrastr con frecuencia a los barrios
bajos. No s quin fue mi padre, pero llevo en el rostro su huella gentica, aunque mis
colegas siempre trataron cortsmente de ignorarla ya que las piadosas monjas blancas
respondan por m. Y yo era un joven bastante despreocupado, pues no dejaba de darme
cuenta de que haba perdido mi herencia.
Cuando tena dinero iba al Teatro de la pera, porque la inhumana estilizacin de la
pera naturalmente me agradaba mucho. Me gustaba sobre todo La flauta mgica. Durante cierta representacin de la obra, una noche del mes de mayo, mientras gozaba en
la ltima fila de la divina ilusin de perfeccin que Mozart me impona, y que yo interpretaba a mi manera porque no poda olvidar que era falsa, alcanc a ver un curioso destello verdoso en los palcos de ms abajo. Me inclin hacia adelante. Papageno sacudi
sus campanillas, y en ese mismo momento, como si las campanillas fueran una seal, vi
que el teatro estaba lleno de pavos reales con la cola desplegada que en seguida empezaron a chillar con voces intolerablemente roncas, ahogando la msica. Me sent aburrido
e irritado. El aburrimiento fue mi primera reaccin al incipiente delirio. (Cuando mir
en torno vi que todo el mundo, en las ltimas filas, tena una cresta verde de pavo real y
que detrs de cada espectador se agitaba un abanico de plumas incandescentes. Todava
no recuerdo con exactitud por qu no me llev en seguida la mano al culo para averiguar si tambin yo estaba adornado as; quiz saba ya que las limitaciones de mi sensibilidad impedan concretamente que esa cosa pudiese ocurrirme, puesto que yo admiraba
de veras la belleza formal de los pavos reales. A mi alrededor se inici un considerable
pnico: los pavos reales chillaban y aleteaban como arcos iris angustiados, y pronto cay el teln de seguridad, porque en esas condiciones la representacin no poda seguir.
Fue el primer golpe disolvente del doctor Hoffman. De modo que me fui a casa, descontento, privado de mi Mozart, y la maana siguiente empez el verdadero asedio.
Hasta mucho ms tarde no comprendimos los medios con los que el doctor modificaba la naturaleza de la realidad. Habamos sido tomados por sorpresa y el caos sobrevino
inmediatamente. Las alucinaciones se sucedan a velocidad mgica en todos los cerebros. Se declar el Estado de Emergencia. El gabinete se reuni especialmente en una pequea barca, con una mar tan tormentosa que la mayora de los ministros vomitaron a lo
largo de toda la sesin, y el de Finanzas fue barrido por encima de la borda. Mi ministro
se atrevi a caminar sobre las aguas y encontr a su colega totalmente seco ya que all
no haba, en realidad, una sola gota de agua; posteriormente, el gabinete le otorg plenos poderes para hacer frente a la situacin y muy pronto gobern por s solo la ciudad.
Ahora bien: lo que haba hecho el doctor Hoffman, en primer lugar, era esto. Considerad las caractersticas de una ciudad. Es un vasto depsito de tiempo, los tiempos olvidados de todos los hombres y mujeres que han vivido, trabajado, soado y muerto en
las calles que crecen como una obstinada materia orgnica, se despliegan como los ptalos de una rosa plantada en el fango, aunque no se esfuman sino que preservan el pasado
en capas dispuestas al azar, de modo que esta callejuela es vieja mientras la avenida que
corre a su lado est recin construida, pero de todos modos ha sido construida sobre la

reliquia muerta de la antigua, y quizs original, maraa de callejuelas que fue el fundamento de todo el barrio. Los gigantescos transmisores del doctor Hoffman emitan una
serie de vibraciones ssmicas que abran grandes grietas en la superficie, hasta entonces
inmutable, de la ecuacin espacio-tiempo que habamos postulado informalmente para
comprender nuestra ciudad, y nadie saba qu poda aparecer a travs de esas grietas.
Una especie de pnico orgistico se apoder de la ciudad. Esas engaosas, complacientes avenidas y plazas eran sbitamente tan frtiles en metamorfosis como un bosque
mgico. Esas apariciones, ya fueran sombras de lo muerto, reconstrucciones sintticas
de lo vivo, o bien rplicas de algo desconocido, habitaban la misma dimensin que lo
viviente, pues el doctor Hoffman haba ampliado enormemente los lmites de esta dimensin. Las piedras mismas eran bocas que hablaban. Llegu a la conclusin de que
los espectros eran objetos -quiz ideas personificadas- capaces de pensar, pero no tenan
existencia. Esta pareca la nica hiptesis que poda explicar mi propio caso, porque yo
las reconoca, las vea: chillaban y se mofaban de m. Sin embargo yo no crea en ellas.
Esta fantasmagrica redefinicin de la ciudad fluctuaba constantemente, porque prevaleca el reino de lo instantneo.
Palacios de nubes que se haban construido a s mismos se derrumbaban en silencio
revelando por un instante los familiares almacenes que haba debajo, hasta que eran reemplazados por una nueva audacia. Un grupo de pilares salmodiantes explotaba en mitad de un mantra, y de pronto eran los faroles callejeros de siempre, hasta que por la
noche se convertan en flores silenciosas. Gigantescas cabezas en los yelmos de los conquistadores se alzaban como tristes cometas pintadas sobre las chimeneas que rean tontamente. Rara vez alguna cosa perduraba ms de un segundo, y la ciudad no era ya un
producto consciente de la humanidad: se haba convertido en el reino arbitrario de los
sueos.
En los bulevares haba un susurro de mendicantes que llevaban largos abrigos sueltos
hechos de retazos, collares de cuentas, andrajosos turbantes y bculos decorados con
maraas de cintas abigarradas. Se decan refugiados de las montaas y lo nico que saban hacer para ganarse la vida era vender a las personas crdulas hechizos y talismanes
contra los espectros domsticos que agriaban la leche o devoraban las llamas escondidos en el hogar, para que el fuego no prendiera. Pero esos mendigos posean slo la ms
dudosa condicin de realidad y en cualquier momento podan ser alcanzados por las
descargas de radar que emanaban del Ministerio de Determinacin, y entonces se desvanecan con un leve gemido y dejaban a algn ciudadano con las monedas en la mano extendida y mirando el aire vaco. A veces los talismanes que vendan se desvanecan con
ellos aunque estuvieran guardados en los altares domsticos de los compradores; otras
veces no.
El tema de la naturaleza de los talismanes provocaba a la vez conjeturas serias y profanas, porque en algunos casos los espectrales vendedores tenan que haber tallado sus
vulgares iconos en madera slida, que no tena la facultad de desvanecerse; pero en ese
caso, cmo poda un cuchillo de sombra cortar la carne verdadera de un rbol vivo?
Evidentemente, los fantasmas eran capaces de imponer una forma a las sustancias naturales. El temor supersticioso de los ciudadanos creci hasta un delirio febril, y con frecuencia abucheaban c insultaban a cualquier infortunado cuyo aspecto tuviese algn aire
de transparencia o contra cualquiera que pareciese demasiado real. Los sospechosos
eran frecuentemente despedazados. Recuerdo el tumulto que se desencaden cuando un
hombre arrebat a un nio de su coche cuna y lo arroj al suelo, quejndose de que la
sonrisa del nio era demasiado verosmil.
Al final del primer ao ya no hubo manera de adivinar qu vera uno al abrir los ojos
por la maana, pues los sueos de otras personas invadan insidiosamente el dormitorio

cuando uno dorma, aunque el sueo pareca ser la ltima intimidad posible porque, al
menos, mientras dormamos sabamos que estbamos soando, en tanto que la tela de
nuestras horas de vigilia, tan golpeadas por los fantasmas, se haba vuelto tenue, insustancial, como una mera apariencia o el frgil margen de nuestros sueos. Recuerdos dolorosos envueltos en sbanas al pie de la cama aguardaban a que despertramos; con
frecuencia eran recuerdos de un pasado ajeno, aunque nos desearan buenos das con
dcsoladora familiaridad cuando abramos nuestros ojos hechizados. Nios muertos nos
visitaban en camisn, frotndose los ojos para quitarse el sueo y el polvo de la tumba.
No slo regresaban los muertos, sino tambin los vivos que andaban perdidos. Amantes
abandonados eran atrados con frecuencia al falso abrazo de mujeres infieles, y esto preocupaba gravemente al ministro: tema que algn da un hombre dejara embarazada a
una ilusin, y que una generacin de fantasmas mestizos infectara an ms la ciudad.
Sin embargo, aunque yo senta a menudo que yo mismo era un fantasma mestizo, eso
no me preocupaba! Era evidente que la gran mayora de las cosas que aparecan a nuestro alrededor nada tenan de familiares, a pesar de que muchas veces recordaban aspectos
de alguna experiencia pasada, como si fueran recuerdos de recuerdos olvidados.
El sentido del espacio estaba violentamente afectado, de modo que ciertos edificios y
paisajes urbanos alcanzaban de pronto enormes, ominosas proporciones o se repetan
una y otra vez en una ondulante infinitud. Con frecuencia, bajo los abovedados arquitrabes de las estaciones ferroviarias, se poda ver pascar con sus sombrillas a unas mujeres
en estado de perlada, heroica desnudez, los cabellos elaboradamente recogidos en apretados rodetes fin de siecle, tan serenas como si estuvieran en el Bois de Boulogne, detenindose de vez en cuando para acariciar, con el tacto juicioso y apreciativo de los propietarios de caballos de carrera, los costados de las humeantes locomotoras que ya no
volveran a moverse. Las mismas aves del aire parecan posedas por demonios. Algunas crecan hasta alcanzar el tamao y el temperamento de jaguares alados. Golondrinas
con garras arrancaban los ojos de los nios pequeos. Bandadas de estorninos caan gruendo sobre algn hambriento miserable que hurgaba en una alcantarilla entre la confusin de sueos y basuras, y le arrancaban la poca carne que le quedaba. Las palomas se
dejaban caer desde ilusorios pedestales hasta los antepechos de las ventanas como locos,
emplumados voltiles, canturreando coplas obscenas, riendo con voces speras y guturales, o se posaban en las chimeneas y all vociferaban citas de Hegel. Y muchas veces,
en mitad del vuelo, las aves olvidaban la tcnica y la mecnica del acto mismo de volar,
y caan a plomo de modo que cada maana haba en el pavimento montones de pjaros
muertos, como hojas otoales o como nieve sucia arrastrada por el viento. A veces el ro
corra hacia atrs y unos peces enloquecidos saltaban a la orilla y se retorcan sobre el
vientre hasta que moran asfixiados. Era tambin el momento culminante del trompe-l'oeil, porque las formas pintadas se aprovechaban de la vida que trataban de imitar.
Los caballos de los cuadros de Stubbs de la Galera Municipal de Arte relinchaban, sacudan las crines y salan delicadamente de los marcos para mordisquear la hierba de los
parques pblicos. Un rollizo Baco, vestido slo con unas pocas uvas, huy de un Tiziano a un bar y all organiz una fiesta dionisaca.
Pero slo unas pocas transmutaciones eran lricas. Con frecuencia, masacres imaginarias llenaban las alcantarillas de sangre, y el desorden psicolgico causado por todas estas distorsiones, sumado a la alteracin de la vida cotidiana y a las privaciones y dificultades que empezbamos a sufrir, desemboc en una ansiedad permanente y en una profunda melancola. Pareca que todos estuviramos atrapados en una espiral descendente
de irrealidad, de la que no se poda escapar. Muchos se suicidaron.
El comercio haba desaparecido. Todas las fbricas cerraron y el desempleo era total.
Siempre haba olor a corrupcin en el aire; los servicios pblicos estaban completamen-

te desorganizados. La tifoidea cobr un pesado tributo y haba sombros rumores de clera o algo peor. El nico medio de transporte que el ministro permita en la ciudad era
la bicicleta, puesto que slo un esfuerzo constante de voluntad, que descarta la imaginacin, permite impulsarla. La Polica de Determinacin impuso un estricto sistema de racionamiento, para que las decrecientes reservas de alimentos duraran todo lo posible,
pero los ciudadanos mentan deliberadamente acerca de lo que necesitaban, robaban en
las tiendas y presentaban con regocijo a las autoridades las tarjetas falsas para comprar
pan con las que el doctor Hoffman haba inundado las calles. Despus de que el ministro cerr la ciudad, nuestras nicas noticias acerca del campo provenan de los lacnicos
informes de la Polica de Determinacin y de los chismes de los escasos campesinos
provistos de credenciales que podan pasar por los puestos de guardia con una o dos cestas de hortalizas o algunas jaulas de gallinas.
El doctor Hoffman haba destruido el tiempo y se entretena jugando con los objetos
que lo medan. Muchas veces consult mi reloj slo para descubrir que las manecillas
haban sido reemplazadas por el vigoroso desarrollo de una hiedra o madreselva que mientras yo miraba se extenda desvergonzadamente y ocultaba toda la esfera del reloj.
Los trucos con relojes eran sus juegos favoritos, porque as nos demostraba que ya no
haba una estructura temporal comn. Excepto los perodos de luz y oscuridad no haba
otras divisiones, porque los escasos relojes daban todos una hora diferente, y adems
nadie confiaba en ellos. El tiempo pasado ocultaba la ciudad durante das enteros, de
modo que a veces las calles de cien aos atrs se superponan a las de hoy, y yo iba a la
oficina por calles que nunca haba visto antes, que parecan tan indestructibles como el
mundo mismo, y que sin duda se desvaneceran cuando algn empleado del doctor Hoffman se aburriera y apretara un botn.
Las estadsticas de robo, incendio, asalto con violencia y violacin se elevaron a cifras astronmicas, y ya no era seguro, fsica ni metafsicamente, salir por la noche, aunque nadie estaba tampoco particularmente seguro si se quedaba en su casa. Hubo dos
casos sospechosos de peste negra. A principios del segundo ao dejamos de recibir noticias del mundo exterior pues el doctor Hoffman haba bloqueado las ondas radiales.
Lentamente todo cobr una soledad majestuosa. Una cierta belleza creci en la ciudad
-o la ciudad creci hasta alcanzar esa belleza, la belleza de lo desesperado, una belleza
que apretaba el corazn y cubra los ojos de lgrimas. Nadie habra credo posible que
esta ciudad fuera bella.
En ciertos momentos, especialmente por las tardes, cuando las sombras se alargaban,
la madura luz solar del fin del da caa con un peso peculiar y sugestivo, envolviendo los
desmayados edificios en una dulce, slida calma, como si los conservara en miel. Dorado por los rayos de Midas del poniente, el ciclo pareca una finsima hoja de oro batido,
como el fondo de ciertas pinturas antiguas, de modo que las formas sin profundidad,
monolticamente malogradas, tenan la exaltada atraccin de lo que es completamente
artificial. Entonces, nosotros -aquellos que conservbamos alguna nocin de lo que era
y no era real- sentamos el vrtigo de quienes vacilan al borde de un precipicio mgico.
Nos sorprendamos conteniendo la respiracin, casi expectantes, como si estuviramos
en el umbral de un gran acontecimiento, paralizados en el portentoso instante de la espera, aunque interiormente estuviramos perturbados, porque esa nueva y espantosa orquestacin del tiempo y del espacio bien poda ser slo el principio de algo ms, de un
asalto an ms audaz a las cosas cotidianas. El ministro era la nica persona a quien yo
conoca que aseguraba no haber experimentado ni siquiera una vez esa sensacin de inmanencia.
El ministro no haba sentido en toda su vida el menor escalofro de incertidumbre emprica. Era la cosa ms dura que haya existido nunca; jams el destello de un espejismo

le deform por un fugaz instante la austera c intransigente objetividad del rostro, aunque, para m, lo que l naca esencialmente era poner lmites al pensamiento, puesto que
el doctor Hoffman, a mi juicio, estaba multiplicando el bombardeo de imgenes sobre la
oscura y controvertible frontera que separa lo pensable de lo impensable.
- Muy bien -dijo el ministro-. El doctor ha inventado un virus que produce un cncer
en la mente, de modo que las clulas de la imaginacin proliferan sin control. Nosotros
tenemos que descubrir el antdoto, y lo haremos!
Pero an no saba cmo operaba el doctor, aunque era evidente que se superaba da a
da. De modo que el ministro, quien no tena nada de supersticioso, tuvo que convertirse
en un exorcista, tratando de asustar a los duendes de las calles endemoniadas; y aunque
dispona de una buena cantidad de medios tecnolgicos, al fin tuvo que recurrir a los
mtodos de los cazadores medievales de brujas. Yo evitaba pasar ante el Laboratorio C
de Prueba de la Realidad porque el olor a cerdo asado me daba nuseas, y me preguntaba si el ministro, por pura desesperacin, se propondra redefinir el cogito cartesiano como sufro, luego existo, y fundar en l sus pruebas; porque en casos de obstinada y
extrema confusin procedan a la prueba del fuego. Si la cosa sala viva del incinerador,
era evidentemente irreal; si se haba convertido en un puado de cenizas, haba sido
autntica. Al final del segundo ao, todos los dems mtodos -el radar y otros- se haban
demostrado falibles. La Polica de Determinacin afirmaba que el incinerador haba carbonizado a varios agentes de Hoffman, pero yo tena mis sospechas acerca de la Polica
de Determinacin. Aquellos abrigos de piel hasta los tobillos, los cinturones truculentos,
las gorras pequeas de ala ancha y las botas demasiado lustradas despertaban en m una
incmoda serie de asociaciones. Me parecan reclutados al por mayor en una pesadilla
juda.
En los primeros das de la guerra creamos una primera arma, el Sistema Determinante
de Radar, que era a la vez defensiva y ofensiva, pues incorporaba un lser. El Sistema
Determinante de Radar se fundaba en la teora de que una sustancia no slida, pero que
los sentidos podan reconocer, posee una estructura molecular erizada de proyecciones.
El modelo del tomo de irrealidad que haba en el despacho del ministro consista en un
tetrahidrn improvisado con cierta cantidad de cepillos para el pelo.
Los rayos de radar, se supona, deban lastimarse en ese lecho de pas y dejar escapar
un quejido inaudible pero inmediatamente visible en las pantallas del cuartel general.
Este quejido desencadenaba automticamente el lser, que aniquilaba en el acto a la
no-sustancia agresora. Durante un tiempo, en la ltima mitad del primer ao, el ministro
conserv una dbil sonrisa, pues diariamente desintegrbamos batallones enteros de esa
guerrilla fantasmal; pero los laboratorios de investigacin del doctor reestructuraron a
toda prisa su propia molcula prototipo y, hacia la Navidad, las pantallas del cuartel general empezaron a quedar silenciosas, dejando escapar apenas algn quejido ocasional
cuando un rayo rozaba accidentalmente los dientes de lo que era ya sin duda una ilusin
obsoleta y probablemente usada slo como un seuelo -por ejemplo, un hombre cuyo
sombrero se converta en su cabeza-, mientras los espectculos que se bailaban y se gritaban en una ciudad slo intermitentemente reconocible eran cada vez ms osados. La
sonrisa del ministro desapareci. Nuestros fsicos -todos ellos tenan grado de tres estrellas en realismo, y la paciencia de Job- elaboraron un nuevo modelo hipottico de esa
modificacin del tomo de irrealidad. Era una esfera de espejo, como una lgrima reflectora, y el jefe del equipo, el doctor Drosselmeier, nos explic al ministro y a m que
las molculas tenan que ajustarse entre s como gotas de lluvia.
En ese momento, el doctor Drosselmeier se volvi loco. Lo hizo sin aviso previo pero
de modo muy melodramtico. Se vol a s mismo junto con todo el laboratorio de fsica,
los registros que contenan la suma de sus investigaciones y a cuatro de sus asistentes.

No creo que la causa de este colapso fuera alguna oscura maquinacin del doctor Hoffman, aunque yo ya empezaba a pensar que el doctor era quiz omnipotente; sospecho
que Drosselmeier se haba expuesto sin darse cuenta a una dosis excesiva de realidad, y
que sta le haba hecho perder la razn. Ese desastre nos dej totalmente indefensos y el
ministro se vio obligado a confiar cada vez ms en los mtodos primitivos y cada vez
ms brutales de la Polica de Determinacin, al tiempo que supervisaba personalmente
un proyecto que segn l nos salvara del doctor Hoffman. Cuando hablaba de ese proyecto, un brillo contenido pero mesinico le animaba los ojos habitualmente fros y escpticos.
Estaba empeado en la tarea de construir un inmenso centro de computacin que encontrara un procedimiento sistemtico para calcular la coherencia intrnseca de cualquier objeto. El ministro pensaba que el criterio de realidad consista en creer que una cosa
era un objeto determinado, y que la identidad de una cosa dependa de que se pareciese
o no a s misma. Era el ms asceta de los lgicos; pero haba en l un error fatal: un cierto toque de escolasticismo. Crea que la ciudad, a la que interpretaba como un microcosmos del universo, contena un conjunto finito de objetos y una serie finita de combinaciones, y que por lo tanto se poda hacer una lista de todas las formas lgicamente posibles. Segn l, no era tampoco difcil contar y organizar estas formas dentro de un marco
de referencia conceptual, componiendo as una especie de inventario para la verificacin de todo fenmeno, instantneamente disponible por medio de un sistema de bsqueda de informacin. El ministro se dedicaba as a la tarea casi sobrehumana de programar computadoras con datos fcticos referentes a todas las cosas que -hasta donde era
posible saber- haban existido alguna vez, aun cuando fuera slo una vez y momentneamente. De este modo se poda verificar, a lo largo de toda la historia del mundo, la
existencia de cualquier objeto, por extrao que pareciera a primera vista, al que se le
asignaba luego un ndice de posibilidad. Sin embargo, una vez que una cosa quedaba registrada como posible, faltaba todava un procedimiento infinitamente ms complejo
para descubrir si era probable.
A veces me hablaba de poltica. La filosofa poltica del ministro tena la magnificencia inerte de la msica contrapuntstica anterior al clasicismo. Me describi un conjunto
de instituciones interconectadas y gobernadas por la idea de un gran decoro. La llamaba
mi teora de los nombres y las funciones. Todos los ciudadanos tenan sin duda cierto
nombre que les confera a la vez cierta posicin en una sociedad considerada como una
serie de anillos entrelazados que a pesar de moverse continuamente no estaban sujetos a
cambio alguno, porque jams haba ningn trastorno ni usurpacin de nombres, rangos
o roles. Y la ciudad giraba de esa manera profundamente armoniosa con la radiante serenidad de un sitio donde todo era inevitable, porque en cuanto la muerte de un gobernante completaba un movimiento de este concierto celeste, la proclamacin de otro gobernante sealaba el inicio de otro movimiento exactamente similar. El ministro tena
una rara pasin por Bach. Pensaba que Mozart era frvolo. Era tan sombro y sosegado
como un mandarn.
Pero aunque era el hombre ms racional del mundo, en semejantes condiciones no
pasaba de ser un hechicero, aun cuando los fantasmas que se haba comprometido a eliminar no fueran verdaderamente fantasmas sino fenmenos producidos por un hombre
que era quizs el fsico ms grande de todos los tiempos. Sin embargo, en esencia, se
trataba de una batalla entre un enciclopedista y un poeta, porque Hoffman, aunque era
un cientfico, slo empleaba sus formidables conocimientos para hacer visible lo invisible, aunque a nosotros, por cierto, nos pareca que su proyecto final era gobernar el
mundo.

El ministro pasaba noche tras noche entre sus computadoras. Tena el rostro tenso y
gris por exceso de trabajo y las elegantes manos le temblaban de fatiga y, sin embargo,
continuaba infatigablemente. Me pareca que intentaba arrojar su red, de malla arbitrariamente fina, a lo que era slo un ocano de espejismos porque se negaba a reconocer lo
palpables que eran los fantasmas, hasta qu punto podan ser vistos y tocados, besados y
comidos, penetrados y reunidos en ramos para colocar en un jarrn. El abigarrado espectculo de rarezas que nos rodeaba era tan complejo como un hombre real y caminando, pero el ministro slo vea una superficie arrugada de diversos tonos de gris: su propio cadver incoloro. Esa limitacin de su imaginacin c permita ver la ciudad como un
problema existencial de palabras cruzadas que quizs pudiera resolverse algn da. Yo
pasaba los das a su lado, preparando innumerables tazas de t negro, que l beba sin limn ni azcar, vaciando los ceniceros repletos y cambiando los discos de Bach y de litros msicos preclsicos que pona todo el tiempo a bajo volumen para concentrarse mejor. Yo estaba en el corazn de las cosas, pero aun as era indiferente. Mi madre vena a
verme; mi nombre oscilaba en la placa; mis sueos eran tan sorprendentes que, a pesar
de m mismo, tena miedo de dormirme. Sin embargo, no consegua experimentar el
menor inters por todo esto.
Me senta como si viese una pelcula en la cual el ministro fuera el hroe y el doctor
invisible el indudable villano; pero era una pelcula interminable y la encontraba aburrida porque, aunque los admiraba, no simpatizaba con ninguno de los personajes, y todas
las situaciones parecan las construcciones falaces de un mago ineficaz. Pero tena una
alucinacin curiosa y recurrente que me turbaba de un modo oscuro, porque nada en ella
era familiar y porque jams cambiaba. Todas las noches, cuando estaba en el limbo de
un sueo que se haba vuelto estticamente tan agotador como Wagner, me visitaba una
joven con un nglig de una tela con el color y la textura de los ptalos de amapola, que
la cubra pero no ocultaba su carne extraordinariamente transparente, de modo que la
exquisita filigrana del esqueleto se le vea con toda claridad. All donde tena que haber
estado el corazn, revoloteaba un manojo de llamas como cintas; y toda ella se estremeca un poco, como el aire de un da muy caluroso de verano. No hablaba; no sonrea; no
se mova, aparte del leve temblor de su inimaginable sustancia. Nunca dej de visitarme. Ahora s que las manifestaciones de aquellos das eran -como tal vez ya sospechaba
entonces aunque me negaba a admitirlo- un lenguaje de signos que me confunda por
completo porque no poda descifrarlo. Cada fantasma era un smbolo palpitante de tremenda significacin y, sin embargo, slo ella, mi visitante de carne de cristal, me hizo
una tmida sugerencia acerca de la naturaleza de los misterios que nos rodeaban y aterrorizaban a muchos de nosotros.
Permaneca conmigo hasta que me dorma, balancendose, brillando, cubierta con esa
roja tela difana, y ocasionalmente dejaba un imperativo escrito con lpiz de labios sobre el polvoriento cristal de mi ventana. S AMOROSO, me exhort una noche; otra, S
MISTERIOSO. Ms tarde escribi: NO PIENSES, MIRA. Y poco despus me advirti:
CUANDO EMPIEZAS A PENSAR, PIERDES EL OBJETIVO. Esos mensajes me irritaban, y me fascinaban. Escocan todo el da dentro de mi cabeza, como una mota de
polvo debajo del prpado. Ella era cualitativamente distinta de la cmica aparicin que
pretenda ser mi madre, quien se encaramaba sobre el hogar de la chimenea como un
bho blanco vociferando plegarias y pidindome perdn. Ese esqueleto visible, ese milagroso haz de huesos, elementos formales de lo fsico, pertenecan al tercer orden de las
formas que en ese momento podan invadirnos: el orden de los ngeles, los caballos alados y los leones que hablaban; los milagrosos visitantes que la ciudad pareca esperar a
veces en silencio y que slo podan ser los asombrosos heraldos del Emperador de lo
Maravilloso; cuando l llegara, todos seramos sus criaturas.

Conocamos el nombre de nuestro adversario. Sabamos la fecha en que se haba graduado en fsica, con honores, en la universidad nacional. Sabamos que su padre haba
sido un banquero que practicaba ocasionalmente el ocultismo, y su madre, una seora a
quien le gustaba organizar ollas populares en los barrios pobres y escuelas de costura
para las prostitutas arrepentidas. Descubrimos incluso, para la discreta confusin del ministro, que mi propia madre, durante uno de sus accesos de expiacin, haba cosido para
m, en una de las escuelas de la seora Hoffman, unas prendas interiores de franela que
se desintegraban patticamente y que us durante un da antes de que las costuras se abrieran por completo, un apropiado smbolo del arrepentimiento de mi madre. Supongo
que esta coincidencia me daba una extraa sensacin de vnculo con la familia Hoffman, como si una tarde lluviosa hubiera hablado brevemente con una ta suya acerca
del tiempo en un tren rural que se detena a cada rato. Sabamos hasta la fecha -18 de
septiembre de 1867- en que el bisabuelo del doctor Hoffman haba llegado a este pas:
un aristcrata menor, de escasos medios, que hua de los inenarrables disturbios de cierto principado montaoso de Eslavonia, asolado por los lobos, que se vio relegado al
no-ser legislativo durante la guerra franco-prusiana o alguna otra guerra semejante. Sabamos que, cuando naci su hijo, el padre del doctor Hoffman traz su horscopo y luego le dio a la partera una propina de varios miles de dlares. Sabamos que el joven
Hoffman haba estado envuelto en un escndalo homosexual en sus aos de escuela secundaria, y tambin cunto haba costado acallar el escndalo. El ministro dedic un
programa completo de computacin a analizar los datos del doctor Hoffman. Tabulamos
incluso sus enfermedades infantiles, y el ministro hall especialmente significativos un
ataque de fiebre cerebral a sus siete aos y una crise de nerfs a los diecisis.
Sin embargo, un da, unos veinte aos atrs el doctor Hoffman, un muy distinguido
profesor de fsica de la universidad de P., despidi con unas pocas palabras amables y
un esplndido regalo al valet que lo atenda, hizo una hoguera con sus cuadernos de
anotaciones, guard en una muleta un cepillo de dientes, una muda de ropa interior, una
camisa y una seleccin de libros cabalsticos de la biblioteca de su padre, fue en taxi a la
estacin central del ferrocarril, adquiri un pasaje de ida al refugio montaoso de L., y
se dirigi al andn correcto, donde compr en un quiosco un paquete de cigarrillos importados y una bolsa de mandarinas; un mozo de cuerda lo vio pelar y comer una; otro
lo vio entrar en el lavabo de caballeros, y luego se desvaneci. Desapareci con tal eficacia que hasta hubo notas necrolgicas en la prensa.
Durante los aos que precedieron a la Guerra de la Realidad, un itinerante empresario
teatral que deca llamarse Mendoza se ganaba modestamente la vida participando en las
ferias rurales con un pequeo teatro. Su teatro no tena actores: era un cosmorama combinado con cine, pero que ofreca imgenes en tres dimensiones, y quienes lo vieron quedaron impresionados por el realismo de lo que vean. Mendoza prosper. En cierto momento, concurri con su teatro a la Feria de Whitsun, en la capital; su arte haba progresado y ofreca entonces un viaje en una mquina del tiempo. Se invitaba a los asistentes
a quitarse sus ropas y a vestirse con los trajes de poca que el empresario proporcionaba. Cuando estaban adecuadamente disfrazados, las luces se apagaban y Mendoza proyectaba en la pantalla antiguos noticieros y ocasionalmente alguna comedia de cine mudo. Esas pelculas tenan, por as decirlo, hendeduras a travs de las cuales podan incorporarse los espectadores, quienes de ese modo se convertan en participantes del espectculo de sombras que contemplaban. Yo habl con un hombre que, en su infancia, haba sido testigo, de esa manera, del crimen de Sarajevo. Afirmaba que en ese momento
llova con fuerza y que todo el mundo se mova con los movimientos espasmdicos de
las figuras animadas por un mecanismo de relojera. Ese empresario, Mendoza, deba de
ser uno de los primeros discpulos del doctor Hoffman, o quizs incluso uno de sus pri-

meros misioneros. Entre los alumnos de Hoffman, en la escuela, haba un estudiante llamado Mendoza, de quien se deca que era psicolgicamente inestable y que no complet sus cursos. Pero un da una muchedumbre ebria incendi el local, y Mendoza sufri
quemaduras tan graves que muri pocos das ms tarde en un annimo hospital de caridad, atendido por las Hermanas de la Misericordia. Una frase reiteradamente murmurada lo vinculaba sin la menor ambigedad con Hoffman: Cuidado con el efecto Hoffman!. En su lecho de muerte, duro como una tabla, cubierto de hilachas de lino, pas
a mejor vida sin dejar de murmurar, como recordaba una anciana monja. Pero ahora
Mendoza estaba irrecuperablemente muerto y el ministro se preguntaba si no haba sido
un mito.
El ministro haba construido un modelo hipottico del invisible doctor Hoffman, de la
misma manera en que el doctor Drosselmeier haba construido un modelo del tomo de
irrealidad. Por los informes acadmicos del cientfico sabamos que casi no exista una
rama del conocimiento humano con la cual no estuviese familiarizado. Conocamos su
predileccin por el ocultismo; su estatura, la medida de sus sombreros, sus guantes y sus
zapatos; sus marcas favoritas de cigarros, su agua de colonia y el t que le gustaba. El
modelo construido por el ministro era el de un genio enloquecido, un megalmano que
deseaba el poder absoluto y llegara a extremos increbles para alcanzarlo. Pensaba que
Hoffman era satnico; sin embargo, yo conoca demasiado bien a mi superior para no
dejar de advertir que senta una pizca de envidia por ese poder del mal el doctor abusaba
con toda indiferencia, el poder de subvertir el mundo. Eso no disminua mi admiracin
por el ministro. Por el contrario: yo careca a tal punto de ambicin personal que el espectculo de la suya - devoradora- me impresionaba enormemente. Era como un Fausto
que no pudiese encontrar a un demonio amistoso. Y que si lo encontrara no fuera capaz
de creer en l.
El ministro tena todos los deseos de Fausto, pero como haba rechazado lo trascendente, haba cortado sus propias alas. En mis das de reflexin yo sola pensar que la leyenda de Fausto era una versin deformada del mito de Prometeo, que desafi la ira de
Dios para conquistar el premio del fuego y por eso fue castigado. Yo no entenda qu
poda tener de malo el conocimiento en s, cualquiera que fuese su precio. A pesar de mi
cargo, no haba tomado partido en la lucha entre el doctor Hoffman y el ministro. Incluso a veces pensaba que Hoffman era el mismo Prometeo, no Fausto, puesto que Fausto
se haba contentado con algunos conjuros, mientras que las manifestaciones que nos rodeaban parecan formadas, en algunas ocasiones, de autnticas llamas. De todos modos,
reservaba para m estos pensamientos. Debis comprender, asimismo, que los adversarios tenan igual estatura. El ministro posea sin duda una energa mental sobrenatural para resistir tanto tiempo, y slo su gigantesca intransigencia sostena la ciudad.
En realidad, el ministro se haba convertido en la ciudad. l era la muralla invisible
de la ciudad; representaba la resistencia de la ciudad. Sus movimientos empezaron a
adoptar una grandeza megaltica. Deca continuamente: No nos rendiremos, y yo no
poda negar su dignidad. Incluso la reverenciaba. Pero, personalmente, no tena nada en
juego.
El sitio comenz su tercer ao. Las provisiones de alimentos estaban casi agotadas.
Una epidemia de clera diezmaba los suburbios del este y esa semana se haban denunciado treinta casos de tifus. Incluso la disciplina de la Polica de Determinacin flaqueaba, y de vez en cuando alguno de sus miembros se deslizaba en el despacho del ministro con habladuras acerca de un colega. La propietaria de mi casa desapareci. De algn
modo, sin que nadie lo supiera, haba muerto en alguna parte, de manera que ahora estaba solo en la casa. Todos los das, la polica utilizaba gases lacrimgenos y fuego de
ametralladoras para contener los tumultos. El verano era ftido, hmedo, cegador, ola a

mierda, a sangre y a rosas. Crecan en todas partes y goteaban un fuerte y embriagador


perfume, que pareca emborrachar los mismos muros. Los sentidos se fundan: a veces
las rosas emitan leves pero intolerablemente penetrantes melodas pentatnicas, el sonido de su rojo profundo que oamos en las ventanas de la nariz. El limn del plido sol
matutino resplandeca como una multitud de violines y yo senta un sabor de manzanas
inmaduras en la extraa lluvia verde de medianoche.
La vspera de mi vigsimo cuarto aniversario, por la (arde, la catedral expir en un incendio de melodiosos fuegos artificiales.
Era nuestro mayor monumento nacional, enorme y de una arquitectura admirablemente casta. Hasta ese momento su severa fachada del renacimiento clasicista haba ignorado dignamente los caprichosos intentos del doctor Hoffman de transformarla en una
feria de diversiones, un mausoleo de mascarones de proa o un matadero, de modo que
finalmente la hizo volar con recursos pirotcnicos. El ministro y yo miramos los efectos
luminosos desde nuestra ventana. La cpula se elev y se disolvi sobre el claro cielo
azul, en mitad de la tarde, como un parasol inflamado; pero mientras yo lamentaba discretamente que el espectculo no se hubiera celebrado de noche, para gozar mejor de l,
el ministro lloraba. Berlioz atronaba alrededor de nosotros; estbamos en el corazn de
la Sinfona fantstica, esperando el clmax -la muerte- que llegara en la forma de un
circo fatal.
En la cena com una ensalada de dientes de len que recog de la pared de mi casa, y
que haban empezado a florecer. Prepar una taza de sustituto de caf, de mi racin semanal de cien gramos, y recuerdo que le un poco. Le algunas pginas de The Rape of
the Lock. A la hora de dormir, vino ella. Por primera vez, le sonre; no respondi. Me
dorm y a la maana siguiente, muy temprano, despert, aunque saba que an estaba
durmiendo porque mi lecho era, en realidad, una isla en mitad de un inmenso lago.
Se acercaba la noche aunque yo saba que era casi la madrugada porque afuera -es decir, afuera del sueo- un gallo cantaba. Dentro del sueo, las sombras de la noche tomaban los colores de las aguas turbulentas y una suave brisa agitaba las agujas de los pinos, porque mi isla estaba cubierta de pinos. Nada se mova excepto esa pequea brisa
solitaria. Aguard, porque el sueo exiga imperiosamente que aguardara, y cre esperar
infinitamente. No recuerdo haberme sentido nunca tan solo, como si yo fuera la ltima
cosa viva que haba quedado en el mundo y esa isla y ese lago lo nico que haba quedado del mundo.
Entonces vi al objeto de mi desvelo. Una criatura se acercaba sobre el agua; no alivi
mi soledad porque si bien poda ver que estaba viva, no pareca estar viva de la misma
manera que yo, y me estremec de terror. S que yo deba de estar en la actitud de quien
escucha con espanto, como anticipando el araazo de las garras de lo desconocido en la
corteza exterior del mundo. La ms fuerte y antigua emocin de la humanidad es el miedo, y la clase ms fuerte y antigua de miedo es el miedo a lo desconocido; yo estaba
atemorizado. Haba tenido miedo cuando, en la infancia, velaba de noche y oa a mi
madre jadear y gruir como un tigre en la oscuridad, detrs de la cortina, y crea que se
haba convertido en un animal. Ahora tena an ms miedo que entonces.
Cuando se acerc, vi que era un cisne. Un cisne negro. No puedo deciros hasta qu
punto era feo, y maravilloso. Sus ojos inexpresivos estaban demasiado juntos y reflejaban una especie de maldad involuntaria y desprovista de encanto, aunque la maldad, siempre desafiante, es usualmente atractiva. Su largo cuello careca de la gracia que se atribuye tradicionalmente a los cuellos de los cisnes, y se meca tontamente, ya hacia un
lado, ya hacia el otro, como un trozo de manguera. El pico, rosa plido como el de las
rosas sin aroma, con una sola franja blanca, era chato, ancho y en forma de esptula, apto nicamente para extraer gusanos del fango. Nadaba terrible y despiadadamente hacia

m, pero cuando slo haba entre nosotros unos pocos metros de aguas turbulentas se detuvo para desplegar sus enormes alas como si abriera un paraguas herldico.
Yo no he visto negrura comparable; un negro tan suave, alado, absoluto, tan intenso
como la negacin de la luz, como el color de la extincin de la consciencia. El cisne
movi el cuello como una serpiente a punto de atacar, abri el pico y empez a cantar,
entonces supe que estaba a punto de morir, que era un cisne y adems una mujer, porque
de su garganta brot una ertica y conmovedora voz de contralto. Su cancin era un salvaje lamento sin palabras con la cadencia dramtica del flamenco y en una escala cuyas
notas no me eran familiares, aunque parecan las de una tonalidad platnica esencial,
una msica elemental. Las sombras se hicieron ms profundas, pero el ltimo rayo del
sol invisible arranc un destello del collar de oro que llevaba en su cuello palpitante. En
el collar haba grabada una sola palabra: ALBERTINA. El sueo se desvaneci como
una tormenta, y me despert.
La habitacin estaba llena de mortecina luz solar. El gallo haba dejado de cantar. Pero no me despert completamente aunque mis ojos estaban abiertos: el sueo haba cubierto de telaraas mi mente y apenas advert la maana, a pesar de haber ido, como de
costumbre, a la oficina. Encontr al ministro leyendo su correspondencia. Estudiaba una
carta cuyo sobre estaba sellado en uno de los suburbios del norte de la ciudad. Se ech a
rer suavemente.
- El agente especial del doctor Hoffman deseara que ' lo invitara a comer hoy mismo
-dijo, tendindome la carta-. Ponga esto inmediatamente a prueba.
La carta pas por innumerables computadoras. Estuvo en los laboratorios A y B de
Prueba de la Realidad, y la fotocopiamos antes de enviarla al laboratorio C. Eso fue
afortunado, porque era autntica.
Yo deba acudir a la cita junto con el ministro. Mi tarea era sencilla. Deba registrar
cada palabra intercambiada entre el ministro y el agente en un diminuto magnetfono
escondido en un bolsillo. El ministro me envi a casa para que me cambiara de traje y
me pusiera una corbata. Debo reconocer que yo esperaba, ante todo, una buena comida,
porque esas cosas no eran frecuentes; no obstante, poda ver lo que el ministro no vea:
que el doctor Hoffman no habra enviado la invitacin si no hubiera credo que estbamos de rodillas.
El restaurante era lujosamente sobrio. Todo el personal tena un indiscutible ndice de
realidad, incluso los lavacopas. Esperamos a nuestro contacto en un bar oscuro y confidencial, demasiado impregnado de dinero para padecer la tempestad de fantasa del exterior, que no podamos ver porque las ventanas estaban cubiertas por pesadas cortinas.
Mientras sorba su gin tonic el ministro alternativamente consultaba su reloj y repiqueteaba con el pie; me llam la atencin comprobar que era incapaz de realizar simultneamente estas acciones, quiz porque en su mente slo caba una idea por vez. Irradiaba tensin. Un msculo de su mejilla se contraa de manera espasmdica. Encendi un
cigarrillo con la colilla del que haba terminado. Supimos apenas entr que era nuestro
contacto, porque las luces se apagaron de inmediato.
Una docena de pequeas lucirnagas brotaron de una docena de encendedores, pero
slo pude distinguir el vago perfil del emisario del doctor Hoffman cuando los camareros trajeron varios candelabros de muchos brazos y qued iluminado como el icono al
cual se pareca. Una brisa que agitaba las pequeas llamas pareca revolotear a su alrededor; mantena en constante movimiento los innumerables volados de su camisa de encaje, y arrojaba multitud de sombras sobre su rostro. Probablemente fuera de origen
monglico o contara entre sus antepasados, como yo mismo, a algunos de esos indios
olvidados que an habitan miserablemente en las montaas ms inaccesibles o se deslizan furtivamente por los canales, porque su piel era como el bronce pulido, a la vez ver-

dosa y amarillenta, sus prpados, slo vestigios, y sus pmulos inusitadamente altos. El
pelo, brillante, tan negro que pareca morado, haca de su cabeza un yelmo demasiado
pesado para que lo sostuviera la fina columna de su cuello; y su boca, de labios bien dibujados, sensuales, tambin era de color prpura, como si acabara de comer moras. Alrededor de sus ojos, hierticamente castaos e inexpresivos como los de los antiguos
egipcios pintados en los sarcfagos, haba un grueso anillo cosmtico de oro puro, y las
uas de sus largas manos estaban esmaltadas de rojo oscuro, como las de sus pies, igualmente elegantes y completamente expuestos por unas sandalias que slo consistan en
unas tiras de oro. Usaba pantalones acampanados de ante morado y llevaba a modo de
cinturn muchas hileras de perlas. Animaba todos sus gestos una fluidez de reptil, refinada pero extraordinaria; cuando nos levantamos para ir a comer, observe que pareca
desenroscarse suavemente. Creo que era el ser humano ms hermoso que he visto nunca, es decir, considerado solamente como un objeto, una estructura de carne, huesos, piel y tela; sin embargo, a pesar de su ambigua sofisticacin, y quizs incluso por su misma naturaleza, sugera un salvajismo hbilmente hecho a la medida de ese comedor,
aunque de ningn modo deslucido. Era un leopardo con las uas pulidas, un evidente
cmplice del caos. Seguro, amparado en su ambigedad, usaba con nosotros un tono
condescendiente. Sus maneras expresaban una reserva irnica y superior. No era un
agente comn. Se conduca como el embajador de un principado muy poderoso que visita un Estado pequeo, aunque de ningn modo insignificante en trminos diplomticos. Nos trataba con la deferencia regia de una primera dama; y el ministro y yo nos
sorprendimos actuando como aburridos provincianos que dejan caer el tenedor, hacen
ruido al tomar la sopa, vuelcan las copas de vino y se manchan la corbata con mayonesa, mientras l nos miraba con discreta irona y un desdn apenas manifiesto.
Con el amable propsito de hacernos sentir cmodos, habl despreocupadamente de
msica barroca en una voz grave y sombra, aterciopelada. Pero el ministro rehus una
conversacin intrascendente. Tom con disgusto su consom, gruendo de vez en cuando, sus fros ojos clavados con suspicacia en la engaosa sirena que coma con una serie
de gestos poco familiares, aunque graciosos como los de una bailarina javanesa. Yo tomaba mi sopa y los miraba. Pareca un dilogo entre una flor con tentculos y una piedra. Un camarero retir los platos y sirvi el sol vronique. Nadie hubiese podido creer
que estuviramos en guerra. El joven atraves una uva con su tenedor. Abandon a Vivaldi y a sus contemporneos menos conocidos y los hizo a un lado. Mientras desmenuzbamos el pescado, se sostuvo la siguiente conversacin. Encontr la grabacin en un
cofre de plomo, en las ruinas de la Oficina de Determinacin, muchos aos ms tarde, y
por eso puedo transcribirla verbatim.
EMBAJADOR.-El doctor Hoffman viene a asaltar el castillo ideolgico cuyo rey actualmente es usted, mi querido ministro.
(Era una pequea salida preliminar. Agit sus pestaas ennegrecidas y emiti una risa diminuta.)
MINISTRO.-Ha logrado que sus intenciones en ese sentido sean suficientemente claras. Podemos decir que ha abierto las hostilidades hace quizs tres aos y ahora ya no
quedan direcciones en la ciudad, en tanto que los relojes no responden al tiempo.
EMBAJADOR.-As es, en verdad! El doctor ha liberado a las calles de la tirana de
la direccin y ahora pueden ir adonde quieran. Tambin ha puesto en libertad a los relojes, que ahora son autnticos trozos de tiempo y pueden decir a todo el mundo la hora
que se les antoja. Yo me siento especialmente feliz por los relojes. Sus rostros eran tan
inocentes Tenan la cara de los esclavos de ojos opacos, comedores de sandas, y el

doctor ya se ha demostrado un Abraham Lincoln horolgico. Ahora liberar a todos, ministro.


MINISTRO.-Acaso las calles deben gobernar a la ciudad?
EMBAJADOR.-No cree usted que debemos darles una oportunidad de vez en cuando? Pobres cosas, eternamente orientadas por los pies insensibles de quienes las pisotean. El tiempo y el espacio tienen sus propiedades, ministro; y quizs stas poseen un valor superior al que se les concede habitualmente. El tiempo y el espacio son las verdaderas tripas de la naturaleza y por eso, lgicamente, ondulan a la manera de los intestinos.
MINISTRO.-Veo que tiene usted el hbito de las analogas.
EMBAJADOR.-Una analoga es una seal indicadora.
MINISTRO.-Se han llevado ustedes todas las seales indicadoras.
EMBAJADOR.-Pero hemos poblado la ciudad de analogas.
MINISTRO.-Querra, sinceramente, saber la razn, el porqu.
EMBAJADOR.-Por amor a la libertad, ministro.
MINISTRO.-Qu idea tan bonita!
EMBAJADOR.-Por supuesto, no esperaba que esa respuesta le agradara. Y si le dijera que nos dedicamos a descubrir la infinita potencialidad de los fenmenos?
MINISTRO.-Sugerira que trasladaran a algn otro sitio esas investigaciones.
(El embajador sonri y cort una tajada translcida de lenguado.)
MINISTRO.-Hace poco empec a percibir que el doctor se propona suprimir por
completo todo vestigio del tejido social de m pas, un pas del cual l ha sido, en otro tiempo, uno de los ms bellos adornos intelectuales.
EMBAJADOR.-Habla usted de l como si fuera una pieza de famille rose!
(El ministro ignor esta amable reprimenda.)
MINISTRO.-Slo puedo pensar que su nica motivacin es la malicia.
EMBAJADOR.-Ah!, el cientfico loco que cultiva vengativas plagas en sus tubos
de ensayo? Si sus motivos fueran tan simples, le aseguro que en este momento ya habra
destruido todo.
(El ministro empuj su plato. Me di cuenta de que se propona hablar directamente
con el corazn.)
MINISTRO.-Ayer la catedral se disolvi en una exhibicin de fuegos artificiales.
Creo que nada me afect ms que la infantil alegra que muchos demostraron al ver los
cohetes, las ruedas de fuegos artificiales, las estrellas y los meteoritos de muchos colores, porque la catedral era una obra maestra de la sobriedad. Se hizo con ella la pira funeraria ms vulgar que podra haberse imaginado. Sin embargo, haba custodiado la ciudad durante doscientos aos como el ms conventual de los ngeles de piedra. El tiempo, ese tiempo esclavo que usted desprecia, haba tenido suficiente libertad para colaborar en partes iguales con el arquitecto; los albailes tardaron treinta aos en construir la
catedral y, cada ao, el invisible trabajo del tiempo profundizaba la conmovedora belleza de esa lneas que ascendan al cielo. El tiempo formaba parte de su estructura. Yo no
soy un hombre religioso; sin embargo, la catedral era para m una especie de smbolo
del espritu de la ciudad. Era un artificio
EMBAJADOR.- y por eso la incendiamos con feux d'artfice
(El ministro lo ignor.)
MINISTRO.-Y su magnificencia, que aumentaba ao tras ao a medida que creca
dentro del tiempo mismo, haba sido programada en ella por el ingenio de los arquitectos. Era una ilusin de lo sublime, y su simetra expresaba la simetra de la sociedad que
la haba producido. La ciudad, y, por extensin, el Estado, es un artificio de naturaleza
similar. La estructura de una sociedad

(El embajador alz sus hermosas cejas ante estas palabras, y se golpe los dientes
con una ua pintada como si reprobara, divertido, esa jerga.)
MINISTRO. (Intransigente.)-La. estructura de una sociedad es la mayor obra de arte
que puede lograr el hombre. Como el arte ms grande, es perfectamente simtrica. Tiene
la estructura arquitectnica de la msica, una simetra que se le impone para resolver un
juego de tensiones que podra trastornar el orden pero sin el cual el orden carecera de
vida. En esa armona abstracta y serena, todo se mueve con la solemnidad de lo absolutamente previsible y
(Aqu el joven interrumpi con impaciencia.)
EMBAJADOR.-Debera temer usted a las abstracciones! (Consumi con petulancia
las ltimas migajas de pescado y estuvo en silencio hasta que los camareros reemplazaron los platos, para mi asombro y deleite, con tournedos Rossini. El embajador rechaz
con brusquedad las pommes allumetes que le ofrecieron. Cuando volvi a hablar, su
voz tena un tono ms sentencioso.)
EMBAJADOR.-Nuestra diferencia primaria es filosfica, ministro. Para nosotros, el
mundo slo existe como un medio en el que practicamos nuestros deseos. Fsicamente,
el mundo mismo, el mundo real si usted quiere, est hecho de arcilla maleable; su estructura metafsica es igualmente maleable.
MINISTRO.-La metafsica no es asunto mo.
(El pelo del embajador emiti de pronto un surtidor de luces azules; una instantnea
Charlotte Corday amenaz al ministro con una daga.)
EMBAJADOR.-El doctor Hoffman har que la metafsica sea asunto suyo!
(El ministro cort flemticamente la carne.)
MINISTRO.-No lo creo.
(Las palabras cayeron de su boca pesadamente y me asombr que no atravesaran la
mesa. Yo estaba muy impresionado por la gravedad del ministro. Apag incluso el entusiasmo que yo haba experimentado mientras excavaba en mi pat la gema negra de
una trufa: jams haba sentido, como en ese momento, el poder de una negativa absoluta. El embajador respondi de forma visible a este cambio de tono. En el acto dej de
parecer un ngel vengador: instantneamente se volvi menos epiceno.)
EMBAJADOR.-Por favor, dgame su precio. Al doctor le agradara comprarlo.
MINISTRO.-No.
EMBAJADOR.-Permtame que le proponga una cifra estimativa Cinco provincias;
cuatro sistemas de transporte pblico; tres puertos; dos metrpolis y una administracin
civil completa.
MINISTRO.-No.
EMBAJADOR.-El doctor ir incluso ms lejos, usted sabe.
MINISTRO.-No!
(El embajador se encogi de hombros y todos seguimos comiendo nuestra deliciosa
carne hasta que lleg la ensalada. Bebamos vino tinto. La piel de la garganta del embajador era tan delicada que podamos ver la sombra brillante del borgoa mientras
descenda despus de un sorbo.)
EMBAJADOR.-La campaa del doctor slo est en sus etapas preliminares y, sin embargo, ya ha hecho de esta ciudad un sitio sin tiempo fuera del mundo de la razn.
MINISTRO.-Todo lo que ha hecho es encontrar algunos medios para hechizar a la inteligencia. Slo ha provocado una desaparicin de la incredulidad. Como en los primeros das del cine, los ciudadanos saltan a la pantalla para tocar con sus manos a la seora
desnuda en su baera.
EMBAJADOR.-Y en realidad sus dedos tocan la carne.
MINISTRO.-Eso creen. Pero lo nico que tocan es una sombra sustancial.

EMBAJADOR.-Qu hermosa definicin de la carne! Usted sabe que yo soy slo una
sombra sustancial, ministro; pero si me hiere, sangro. Tqueme: palpito.
(Por cierto, yo nunca haba visto un fantasma tan manifiestamente irreal como el embajador, ni uno en que pareciera latir tal promesa de erotismo. El ministro sonri.)
MINISTRO.-Sea usted real o no, s con seguridad que yo no lo estoy inventando.
EMBAJADOR.-Por qu?
MINISTRO.-Porque no tengo bastante imaginacin.
(Al embajador le toc entonces el turno de rer, y luego se detuvo y escuch atentamente, como si oyera una voz invisible. Una treta infantil, pero muy eficaz.)
EMBAJADOR.-La oferta del doctor acaba de elevarse en cuatro teatros de pera y
las ciudades de Roma, Florencia y tambin Dresde antes del incendio. Y le cederemos a
Johann Sebastian Bach como Kapellmeister para cerrar el trato.
MINISTRO. (Con aire displicente.)-Nada de eso. Estamos trabajando activamente en
nuestras contramedidas.
EMBAJADOR.-Es verdad. Hemos observado con inters considerable los progresos
de su harn electrnico.
(Yo no haba pensado nunca en el centro de computadoras del ministro como un harn electrnico. La comparacin me pareci admirable. Pero el ministro se mordi el
labio.)
MINISTRO.-Cmo?
(El embajador ignor la pregunta.)
EMBAJADOR.-Usted se ha dedicado a tabular todas las cosas sobre las cuales puede
poner sus manos. En el sagrado nombre de la simetra, las mete en una serie de chalecos
de fuerza y las rotula con, oh, Dios mo, qu rtulos tan increblemente aburridos! Sus
prostitutas mecnicas reciben a sus clientes con un balbuceo extrao totalmente distinto
del lenguaje humano mientras usted, su madame, se ocupa de los abortos. Usted, ministro, asesina la imaginacin en el tero.
MINISTRO.-Alguien debe imponer lmites. Si yo me ocupo de abortos, su amo es un
falsificador. Nos ha cubierto con una emisin ntegra de fenmenos falsificados.
EMBAJADOR.-Considera usted que los objetos iconogrficos -o, podramos decir,
las proposiciones de funcionamiento simblico- que transmitimos son un arsenal maligno, enemigo de la raza humana, cuyo microcosmos es para usted esta ciudad?
(El Ministro puso simtricamente el tenedor y el cuchillo en el plato vaco y habl
con gran concisin.)
MINISTRO.-S.
(El embajador se ech atrs en su silla y sonri con la ms seductora de las sonrisas.)
EMBAJADOR.-Entonces, se equivoca usted. Son slo manifestaciones de lo asimtrico, ministro; lo asimtrico que usted niega. El doctor sabe cmo atravesar las apariencias para permitir que las formas reales emerjan a la sustancialidad desde su transparencia inmanente. No puede usted destruir nuestra imaginera: puede aniquilar las apariencias, pero la esencia asimtrica no se puede crear ni destruir. Slo se puede cambiar. Y si
desintegra usted las imgenes con sus rayos lser o infrarrojos, ellas mismas volvern a
sus partes constitutivas y pronto retornarn en otra forma, que usted habr vuelto an
ms arbitraria con su interferencia. El doctor est a punto de revelar la verdad completa
de su cosmogona. Por favor, espere usted con paciencia. No llevar mucho tiempo.
(Trajeron fruta y queso. El embajador cort para l una tajada de brie.)
EMBAJADOR.-Comprender usted, ministro, que muy pronto la muerte recorrer
estas populosas calles con sus innumerables disfraces.
MINISTRO.-Ya lo hace.

(El embajador se encogi de hombros, como diciendo: Todava no ha visto usted nada. Cort un pequeo racimo de uvas.)
EMBAJADOR.-Est dispuesto a capitular?
MINISTRO.-Cules son los trminos de su amo?
EMBAJADOR.-La autoridad absoluta de establecer un rgimen de liberacin total.
(El ministro aplast su cigarrillo y cort un trozo de Stilton. De la fuente de fruta escogi una manzana Cox's Orange Pippin.)
MINISTRO.-No capitulo.
EMBAJADOR.-Muy bien. Preprese para un largo, profundo y deliberado trastorno
de los sentidos. Creo que ha roto usted todos los espejos.
MINISTRO.-Ha sido para impedir que engendren imgenes.
(El embajador sac del bolsillo un espejito que puso delante del ministro, de modo
que viera su propio rostro. El ministro se cubri los ojos y grit pero casi instantneamente recobr la compostura y continu mondando la piel de su manzana. Las paredes del mundo no cedieron, y no vacil la sonrisa felina del embajador. La comida
concluy. El embajador no acept el caf pero retorn a sus maneras condescendientes
del principio y se puso de pie para despedirse. Mientras sala del restaurante, todas las
flores de todos los jarrones dejaron caer hasta el ltimo de sus ptalos. Apagu el magnetfono; a partir de aqu debo confiar en mi memoria.)
Yo ped caf y el ministro tom su habitual t, aunque esa tarde volc en su taza el
contenido de una copa de coac. Me hizo repetir la grabacin del dilogo y luego permaneci un rato enfrascado en su pensamiento, perdido en la nube del humo del cigarrillo.
- Si yo fuera un hombre religioso, Desiderio -dijo finalmente-, dira que acabamos de
sobrevivir a un encuentro con Mefistfeles.
El ministro me haba parecido siempre un hombre profundamente religioso.
- Le contar una parbola -prosigui-. Un hombre hizo un pacto con el diablo. La
condicin era sta: el hombre entregaba su alma apenas Satans asesinara a Dios. Nada
ms sencillo, dijo Satn, mientras acercaba un revlver a su propia sien.
- Quin es el doctor Hoffman en su reparto? Dios o Satans?
El ministro sonri.
- Como sugiere mi parbola, los papeles son intercambiables -respondi-. Vmonos.
Por mi parte, estaba asombrado, porque cierto timbre en la voz del joven haba evocado ntegramente mi sueo de noches anteriores y, como si su voz alcanzara esa nota
misteriosa que se supone capaz de quebrar el cristal, un lino dibujo de grietas haba aparecido instantneamente en la superficie de mi indiferencia. El joven me fascinaba. Mientras el ministro firmaba un cheque, vi que el extrao embajador haba olvidado en su
silla un pauelo del mismo exquisito encaje que su camisa. Lo recog. En el orillo, bordado con una seda tan blanca que era virtualmente invisible, apareca ese nombre que
slo haba visto en mi sueo: ALBERTINA. El canto hiertico del cisne negro volvi a
sonar en mis odos; vacil como si estuviera a punto de desvanecerme.
El ministro entreg al camarero principal una importante propina y encendi otro cigarrillo al tiempo que me llevaba del brazo hacia la equvoca tarde donde la luz solar se
haca ms densa.
- Desiderio -dijo-. Le agradara hacer un pequeo viaje?
***
2. La mansin de medianoche

El ministro se aferraba a unas briznas de paja, pero se aferraba ferozmente.


Esa misma maana, mientras yo pona a prueba la carta del embajador en otra seccin
de la Oficina de Determinacin, las computadoras sorprendieron al ministro con el registro de una analoga significativa. Descubrieron algunos datos interesantes en las actividades del propietario de un cosmorama instalado en el muelle de la zona turstica de
S. durante el verano, que ahora pareca a punto de establecer all su cuartel de invierno.
Me pareca una pista muy pequea, insuficiente para justificar la importancia que le atribua el ministro y ni siquiera mi nuevo ascenso. De todos modos fui ascendido; entre
la comida y la hora del t me convert en el agente especial del ministro, y la misin
consista en asesinar al doctor Hoffman tan discretamente como fuera posible, si lograba
encontrarlo.
Fui elegido para esa misin por las siguientes razones: a) estaba en mis cabales; b)
era una persona prescindible, y c) las computadoras del ministro haban decidido que mi
habilidad para resolver palabras cruzadas sugera facilidad para los razonamientos analgicos que podan llevarme hasta el doctor, lo que nadie haba logrado. Creo que el ministro mismo me consideraba una especie de computadora ambulante. Aun as, y a pesar
de la voz alentadora con la cual me despidi, supuse que aquella meta era slo una plida esperanza.
Las computadoras me construyeron una identidad suficientemente slida como para
atravesar los puestos de control de la Polica de Determinacin, porque yo era el ms
secreto de los agentes. Deba representar a un Inspector de Veracidad de primera clase.
En la ciudad de S., a unos cien kilmetros por la costa, deba elaborar un informe especial sobre el misterioso enigma del alcalde, que haba desaparecido algn tiempo antes.
La indescifrable actividad de la burocracia prosegua con guerra o sin ella, y mis credenciales burocrticas eran impecables. Me entregaron un coche pequeo, una gran cantidad de tarjetas de gasolina y un arsenal de revlveres de bolsillo, etctera. Puse en un
bolso un par de cuadernos y una camisa. No llevaba conmigo souvenirs u objetos de valor sentimental porque no los tena. Aunque no saba cundo volvera a verla, ni siquiera
si tal cosa ocurrira, no me molest en decir adis a mi fra habitacin.
Abandon la ciudad la maana siguiente: al pasar frente a la Oficina de Determinacin descubr una leyenda pintada en la pared. Deca: EL DOCTOR HOFFMAN MEA
RAYOS. Conduje a travs de una gran tormenta. Part antes de la hora del desayuno,
pero el cielo estaba tan negro que una oscuridad anormal inundaba las calles, que ese
da, como si se propusieran apresurar mi partida, haban recuperado las formas que yo
haba conocido siempre: calles sin magia ni sorpresa, calles tan aburridas como slo pueden ser las del hogar.
No tena muchas esperanzas de regresar a ellas, y tampoco crea que la ciudad sobreviviera mucho tiempo despus de mi partida, no slo porque siempre haba sentido oscuramente que yo era uno de los invisibles soportes racionales que haban ayudado a
mantenerla tanto tiempo en pie, sino porque pareca inevitable su colapso a breve plazo.
Sin embargo no senta nostalgia cuando, despus de acelerar las interminables negociaciones con la polica mediante el regalo de varios cartones de cigarrillos del ministro,
tom la ruta hacia el norte. Yo esperaba, supongo, que si la ciudad se derrumbaba, por lo
menos se llevara a la tumba el entorno que haba engendrado mi inagotable aburrimiento. No haba en ese gran montn de piedra, ladrillo y estuco que dejaba atrs nada por lo
que sintiera el menor apego, excepto el recuerdo de cierto sueo, recuerdo que llevaba
conmigo. Si sent alguna excitacin mientras los kilmetros se desenrollaban detrs de
m, era a causa de ese sueo y de ese nombre que pareca contener tres entidades mgicas: la mujer de cristal, el cisne negro y el embajador. El nombre era un indicio que se-

alaba a un ser viviente debajo de ciertos trucos mgicos, porque esos trucos implicaban
la presencia de un mago. Yo abrigaba una esperanza: desgarrar esa camisa con volados
y averiguar si se expandan debajo de ella los pechos de una verdadera mujer, si alrededor de su cuello haba un collar de oro con el nombre ALBERTINA grabado.
Y entonces? Entonces caera de rodillas con adoracin.
A pesar de mi escepticismo yo era un joven romntico, pero hasta ese momento las
circunstancias jams me haban ofrecido una oportunidad suficientemente importante
para ejercitar mi exaltada pasin. Slo por pura necesidad haba optado por las heladas
restricciones del formalismo. Y por eso, comprendis?, me aburra.
El paisaje del campo no se haba alterado. Los cultivos de hortalizas de los alrededores de la capital se extendan, como siempre, hasta el horizonte, y aparentemente seguan produciendo las races y los tubrculos ms vulgares. Los pueblos haban cerrado los
postigos para no dejar entrar la lluvia, pero en todo lo dems parecan tan vindicativamente campesinos como siempre. Incluso los espantapjaros parecan slo espantapjaros. El camino era la nica vctima, o la primera, porque el volumen del trnsito de vehculos se haba reducido prcticamente a nada, y ya vigorosas matas de cizaa y de flores brotaban en las grietas del asfalto; y como no se haban reparado los pozos, oscuros
canales de agua se abran en todas partes. El viaje dur varias horas ms de lo debido;
llegu a mi destino a mitad de la tarde, con un magnfico arco iris desplegado sobre la
ciudad; junto con el resplandor brillante del cielo sobre el mar, anunciaba el final del
chaparrn. Mientras entraba en los suburbios, la lluvia empez a caer oblicuamente, y
luego ces por completo. Sali el sol y el pavimento empez a despedir vapor.
S. era una ciudad alegre, agradable, de color pastel, que ola a peces muertos y a toallas mojadas, limpia como si el abrasivo mar la frotara dos veces por da. Antes de la guerra, las familias venan de la capital a pasar una quincena, en el verano, en casas de huspedes donde el felpudo estaba siempre lleno de arena, y los pasillos, de pequeos cubos y palas de lata. Haba un muelle de hierro entrelazado como un encaje, que pareca
el esqueleto de una enorme ave o un dibujo de l mismo hecho con pluma fina y tinta
china sobre el papel azul claro de ese mar de buenos modales. Los pescadores residan
en el otro extremo de la playa, en alegres cottages enjalbegados y cubiertos de las abundantes rosas de ese verano, y ponan a secar sus redes, con bolas de vidrio verde oscuro
en los ngulos, colgadas de pintorescos y antiguos postes. Llegu a fines de agosto, y
las tiendas ofrecan piedras rosadas, coloridas tarjetas postales, copos de caramelo hilado, sombreros de paja y otros objetos para los veraneantes, pero, aunque tenan las puertas abiertas, no vi vendedores detrs de los mostradores, y la ciudad ntegra estaba desierta de presencia humana.
A lo largo del paseo martimo, parasoles a rayas arrojaban sombras sobre mesas abandonadas, encima de las cuales slo se vean platos con restos de helados y vasos con bebidas verdes, rosas y anaranjadas, en los cuales el hielo an no se haba derretido y las
caas de papel conservaban en la punta la huella de los labios. La plida extensin de
arena estaba desierta excepto por unas pocas aves marinas que se contoneaban, y vi un
cadver que yaca donde la arena lo haba dejado, atendido nicamente por una nube de
moscas. En el molinete del muelle no haba nadie para recibir mi moneda. Algunos puestos estaban cerrados, pero media docena de pelotas de ping-pong saltaban sobre un
chorro de agua y haba varios rifles que no invitaban a ningn tirador. Aunque la cama
estaba hecha, lista para derribar a la dama, la seora haba desaparecido. Sin embargo
los altavoces aullaban una msica vivaz y nada pareca abandonado. Era como si toda la
poblacin de la ciudad se hubiera dirigido a otro lugar, para contemplar algn acontecimiento al que slo yo no haba sido invitado, y todos retornaran a su sitio dentro de cinco minutos. La brisa del mar agitaba hacia uno y otro lado brillantes banderas. Pas jun-

to a la tienda de una adivinadora de la fortuna, y de otra que ola a salchichas cocindose solas en una gran olla de agua caliente. Y luego, con sospechosa facilidad, encontr
mi primera presa, el cosmorama.
Era una rplica exacta, en colores, de la tienda de lona que haba visto en blanco y
negro en los archivos de la Oficina; en colores desvados por su exposicin a las lluvias
de aos. Una caja combada de lona a rayas rosadas con una solapa levantada que haca
las veces de puerta, sostenida por una cuerda deshilachada. Un cartel amarillento de tipografa antigua anunciaba que LAS SIETE MARAVILLAS DEL MUNDO EN TRES
VVIDAS DIMENSIONES aguardaban en el interior; agach la cabeza y entr en la clida y oscura cueva. Slo estaba iluminada por los rayos del sol de la tarde que se filtraban por los agujeros de la lona. Cuando entr, una gaviota asustada, posada sobre una
rueda de hierro, se ech a volar aleteando frenticamente y revolote en el interior hasta
que encontr la salida. Al or el ruido, un anciano cuya fisonoma dormida haba estado
oculta entre las densas sombras despert entre gritos y maldiciones. Se oy caer y rodar
una botella y el aire se llen de vahos de licor.
- Es que no hay paz? -pregunt el anciano, retrocediendo como una foca sobre un
crujiente montn de paja y cayendo en seguida con un gemido. Era el primer ser vivo
que yo vea desde mi llegada a la ciudad, y slo era un desecho agusanado con una mata
blanca sobre la cabeza. No tena un solo diente y una barba sucia y desgreada se extenda sobre la parte inferior de su cara, mientras la superior estaba oculta por unas gafas
con aro de metal y cristales verdes, el izquierdo quebrado de lado a lado. Usaba los restos de unos pantalones a rayas y un smoking, quiz reliquias de das ms prsperos, y
no tena camisa; slo un chaleco desgarrado y sucio. Estaba descalzo y las negras uas
de sus pies haban crecido como garras. Tante a su alrededor y finalmente encontr
apoyo en una de las extraas mquinas que llenaban la tienda y, aferrndose a ella, volvi a incorporarse. Mir en mi direccin, pero no me encontr; recorri la tienda como
si tratara de localizarme y luego movi fatigadamente su desgreada cabeza.
- Aunque esto no es Gaza, igualmente estoy ciego -dijo, y supe que era verdad-. Si es
usted un cliente -agreg- ponga, por favor, veinticinco cntimos en el platillo que; hallar colocado en la mesilla junto a la puerta, y srvase a su voluntad las maravillas del
mundo. Pero si no lo es -dijo, y su voz empez a perderse-, entonces no Pero sea quien sea, por favor, devulvame la botella.
Al rodar hasta el centro del local, se haba derramado todo el contenido.
- No queda una gota -advert, mientras se la alcanzaba. La sacudi para averiguar si
algo sonaba en su interior, oli voluptuosamente su aroma y luego, dndose vuelta, abri las paredes de lona y la arroj al mar, donde gorgote y se hundi.
- De todos modos, he bebido suficiente humillacin -dijo-. Por favor, deposite su moneda, haga lo que tenga que hacer y mrchese.
Volvi a caer sobre su jergn y no emiti otro sonido que el de su ruidosa respiracin.
En un platillo haba dos botones de pantaln, una conchilla y una moneda que identifiqu como una pieza japonesa de un sen, fuera de curso desde haca largo tiempo, pero
de todos modos puse all mis veinticinco cntimos. Las mquinas eran de viejo y herrumbrado hierro fundido, decorado con impresiones de guilas, cupidos y cintas enlazadas. Todas tenan la forma y el tamao de un horno anticuado, y en la parte delantera
sobresalan un par de oculares en el extremo de unos largos tubos huecos. Examin todas las piezas en exhibicin. En el interior de cada una, debajo del objeto representado,
haba un cartel torpemente escrito a mano con su ttulo.
Pieza nmero uno: HE ESTADO ANTES AQU.

Las piernas de una mujer, levantadas y abiertas, como preparadas para recibir a un
amante, formaban un arco triunfal curvilneo. Adornaban los pies unos zapatos de cuero
negro con tacos en punta. Ese corte anatmico, compuesto de cera rosa ahuecada a la altura de las rodillas, no admita la posibilidad de la existencia de un torso. El erizado vello del pubis formaba una especie de escudo de armas sobre un proscenio circular; pero
aunque los pelos haban sido insertados uno por uno para obtener el mximo grado de
verosimilitud, el efecto general era de asombrosa artificialidad. Las almenas de color
morado y rojo oscuro que rodeaban la vagina eran el marco de un agujero perfectamente
redondo a travs del cual el espectador vislumbraba el hmedo y lujurioso paisaje interior.
All se extenda sin fin ante sus ojos la imagen en miniatura pero irresistible de un
bosque semitropical donde frutos sorprendentes colgaban de los rboles, mientras que
los moteados y abigarrados clices de flores inmensas, del tamao de piedras de molino,
exhalaban aromas tan ptenles que se hacan visibles como un roco suave y brillante.
Pequeas aves brillantes trinaban silenciosamente en las i a mas; animales de exquisitas
formas y colores, unicornios, jirafas y leones herbvoros, entre otros, mordisqueaban
margaritas y campanillas entre la hierba imposiblemente verde; mariposas, liblulas e
innumerables insectos enjoyados aleteaban, volaban o se escurran entre las plantas, de
manera que todo estaba en constante movimiento, inclusive la vegetacin misma se
transformaba constantemente. Mientras yo miraba, la presin del dulce zumo que contena revent una ciruela y de su piel hendida surgi una bandada de aves cantoras, anaranjadas. Un capullo alargado a punto de abrirse cambi de idea y se convirti en una fresa y no en un nenfar. Un pez brot del ro, se transform en un conejo blanco y se alej
saltando.
Pareca que el invierno y los vientos fuertes nunca podran tocar esas luminosas regiones del olvido ni agitar la superficie del ro reluciente que segua su sosegado curso en
el centro del valle. El ojo del espectador sigui el curso del ro hasta la fuente y as vio,
por primera vez, despus de algunos instantes de feliz contemplacin, las nebulosas murallas de un castillo. Cuanto ms se miraban sus borrosos contornos, ms siniestro se
tornaba, como si sus vsceras de granito alojaran tantas cmaras de tortura como el Chteau de Silling.
El resto de las mquinas contena los siguientes espectculos.
Pieza nmero dos: LAS VISIONES ETERNAS DEL AMOR. Cuando mir por las
ventanillas de la mquina, lo nico que vi fueron dos ojos que a su vez me miraban. Cada uno tena un metro de dimetro, su prpado y su conducto lacrimal, y estaba suspendido en el aire sin soportes visibles. Igual que el vello del pubis del modelo anterior, las
pestaas haban sido implantadas una por una, escrupulosamente, en los estrechos bordes de cera rosa; pero esta vez el artesano haba alcanzado un grado perturbador de realismo que se sumaba a la cualidad sinttica de la imagen. El blanco de los ojos tena
delicadas venas rojas que producan un efecto similar al provocado por el costoso mrmol que se usaba en Italia a fines del perodo barroco para construir los altares de las capillas de los potentados; los iris eran simples anillos de vidrio de botella castao oscuro,
en tanto que en las pupilas poda ver, reflejados en dos espejos circulares, mis propios
ojos, enormemente ampliados por las lentes de la mquina. Como mis propias pupilas
reflejaban los falsos ojos que tenan delante, y esos reflejos a su vez se reflejaban, pronto comprend que contemplaba un modelo del eterno retorno.
Pieza nmero tres: EL PUNTO DE ENCUENTRO ENTRE EL AMOR Y EL HAMBRE.

Sobre un plato de cristal tallado de los que se usan para servir postres, haba dos porciones perfectamente esfricas de helado de vainilla, cada una coronada por una cereza,
de modo que la semejanza con dos pechos femeninos era casi perfecta.
Pieza nmero cuatro: TODO EL MUNDO SABE PARA QU SIRVE LA NOCHE.
Aqu, la figura de cera del cuerpo sin cabeza de una mujer mutilada yaca en un charco de sangre pintada. Slo llevaba los restos de unas medias de malla negra y de un liguero rasgado de brillante goma negra. Sus brazos sobresalan rgidamente a los costados y una vez ms repar en el amoroso cuidado con que el artesano haba simulado el
vello de las axilas. El seno derecho estaba parcialmente cortado y abierto, revelando dos
superficies de carne tan falsa y brillante como los solomillos de yeso que cuelgan en las
carniceras de juguete; su vientre estaba cubierto por una pintura que pareca eternamente hmeda y, de la pintura, emerga el mango negro de un enorme cuchillo que vibraba
incesantemente por la accin (probable) de un resorte.
Pieza nmero cinco: TROFEO DE UN CAZADOR EN LAS SELVAS DE LA NOCHE.
Una cabeza -presumiblemente tomada de la vctima de la pieza anterior- estaba suspendida en el aire, nuevamente sin cuerdas o ganchos que revelaran cmo se sostena.
Desde el borde seccionado chorreaban gotas de sangre artificial, plop, plop, plop, pero
el recipiente donde caan estaba fuera del campo visual del espectador. Una abundante
peluca negra caa sobre los plidos rasgos de la mujer, que mostraban una repulsiva
expresin de resignacin. Sus ojos estaban cerrados.
Pieza nmero seis: LA LLAVE DE LA CIUDAD. Una vela en forma de pene de
enorme tamao, con su escroto, en estado de pronunciada tumescencia. El arrugado prepucio estaba suficientemente echado hacia atrs como para descubrir en toda su insolente integridad la punta ostensiblemente hinchada, del color del poniente, y una parte del
miembro mismo; en la diminuta hendedura central, donde debera haber estado el pbilo, arda una pequea y limpia llama. Mientras el espectador miraba, la vela se inclinaba
hacia delante sobre esas bolas y lo sealaba de modo acusador.
De pronto se me ocurri que esto pretenda representar el pene del ministro.
Pieza nmero siete: MOVIMIENTO PERPETUO. Como era de esperar, aqu un
hombre y una mujer practicaban el acto sexual sobre un divn de crin negra. Las figuras, tambin exquisitamente hechas de cera, parecan modeladas en una sola pieza; y a
causa de un mecanismo de relojera oculto en el divn, se mecan continuamente hacia
atrs y hacia adelante. Ese acoplamiento posea una cualidad fatal, inevitable. No era
posible imaginar un cataclismo suficientemente violento como para separar esas formas
entrelazadas, ni concebir un principio en el pasado, porque estaban tan firmemente unidas que parecan haberse formado as en el inicio de los tiempos y que, paralelamente
encerradas, seguiran as hasta el infinito. No eran tan erticos como patticos, pobres
romeros del deseo que jams se apartaban un centmetro en su incesante peregrinaje. El
rostro del hombre se amoldaba al cuello de la mujer y no se poda ver; pero la cabeza de
ella estaba construida de tal modo que poda oscilar sobre el cuello, y como se mova de
un lado a otro, sus rasgos eran intermitentemente visibles.
Reconoc de inmediato aquel rostro, aunque estaba inmovilizado en el atormentado
gruido del orgasmo. Lo mir detenidamente. Era el hermoso rostro del embajador del
doctor Hoffman. El anciano interrumpi mi fantasa. Su voz era tan ronca como la de un
gallo.

- Hay bastante dinero en el plato para una botella? -pregunt.


- Lo invitar a una copa con todo placer.
- Gracias, muchas gracias -respondi, y se puso de pie, con dificultad. Busc algo en
un rincn hasta que por fin encontr una gorra con visera como las que usaban Lenin y
los bolcheviques. Una vez que se la encasquet cuidadosamente inici una nueva bsqueda, pero yo descubr en seguida su bastn blanco.
Ahora el muelle estaba poblado. Un joven desharrapado, con mocos endurecidos en
las ventanas de la nariz, estaba junto al stand de tiro, investigando ociosamente con una
ramita el interior de una de sus orejas; y una mujer desaliada, con una enagua de rayn
y el pelo teido de color albaricoque, bostezaba y se rascaba las nalgas frente a la tienda
del adivinador. Tres chicos, con los pies apoyados en la barandilla, sostenan, con una
mano, sendas caas de pescar y, con la otra, botes de mermelada llenos de agua, atados
con una cuerda. La playa presentaba el habitual panorama veraniego de perros retozando, nios construyendo castillos de arena y gran cantidad de piel expuesta al sol. Pero
todos estos recin llegados tenan el aire ausente de los que acaban de despertarse de un
profundo sueo; caminaban con inseguridad, a veces sin direccin, echndose a correr y
detenindose con igual brusquedad para mirar a su alrededor con ojos vacos y asombrados, o bien se volvan a hablar con un amigo y de pronto se quedaban con la boca abierta como si ya no lo reconocieran. Adems, hacan demasiado poco ruido para ser tanta
gente, como si supieran que no tenan el derecho existencial de estar all.
El propietario del cosmorama era ciego y cojo, pero saba cmo moverse en la ciudad, y me llev sin titubear a un pequeo bar enclavado en el barrio de los pescadores,
donde las calles ya no se preocupaban por mantener las apariencias y se dejaban caer
agradecidas en la sordidez. Nos sentamos frente a una mesa de mrmol, y sin esperar
nuestro pedido, un negro nos trajo dos vasos y una botella del burdo licor que pasa por
coac entre los pobres. Dej la botella en la mesa. El propietario del cosmorama apur
su vaso de un trago.
- La finalidad de mi exposicin -observ- es aclarar la diferencia entre decir y mostrar. Los signos hablan. Las imgenes muestran.
Llen otra vez su vaso y el lo agradeci inclinndose sobre la mesa y tocando cuidadosamente mi cara con las puntas de sus dedos rugosos, como si estudiara mis rasgos
para esculpirlos.
- Quin lo enva? -pregunt bruscamente.
- He venido a investigar la desaparicin del alcalde -respond con cautela.
- Ah, s -dijo-. Est como Mariana en la granja rodeada por el foso, pobre chiquilla.
Mary Anne, la bella sonmbula.
Volvi a beber, con menos prisa, y observ:
- Mi vida no es otra cosa que un trapo al viento.
Luego call. Yo an ignoraba que slo hablaba mediante series de afirmaciones inconexas, muchas veces gnmicas y teidas de melancola, amargura, autocompasin o las
tres cosas juntas. Yo beb tranquilamente mi aguardiente y esper que hablara de nuevo.
Lo hizo despus del tercer vaso.
- Yo no era Mendoza. Nunca tuve ese honor.
- Quin era usted, entonces?
Se torn tmido y confidencial.
- En un tiempo fui un hombre importante. Incluso se podra decir que un gran hombre. La gente se quitaba el sombrero cuando yo pasaba por la calle, me hablaba en voz
respetuosa y los camareros se enorgullecan de que fuera su cliente, s, seor. Se sentan
orgullosos y felices. En lugar de limitarse a tolerarme de mala gana.

El barman, quien seguramente haba odo esto muchas veces, me sonri mostrando
los dientes, como estableciendo cierta complicidad. Yo serv ms coac en el vaso del
anciano.
- Solan decir: Es un honor que nos honre con su presencia, profesor. -Se interrumpi, como si supiera que haba dicho demasiado, lo cual era cierto: me haba dado
las letras principales de la clave y ahora yo slo tena que llenar los blancos. Hice una
suposicin inicial.
- El mayor xito que puede tener un maestro es que un alumno lo sobrepase.
- Entonces, por qu me ha humillado as? -gimi el anciano, y yo confirm que le
haba enseado fsica elemental al doctor Hoffman en la universidad, muchos aos antes. Cuando termin su quinto vaso, los ltimos vestigios de su discrecin desaparecieron-. Ni siquiera me permite trabajar en sus laboratorios. Me dio un conjunto de muestras y me despidi, para que yo vagabundeara de arriba abajo, por aqu y por all, llevando mi carretilla, tropezando con las piedras y arruinndome las tripas con este licor
inmundo
- Un conjunto de muestras?
- Hay muchas ms en mi saco -dijo-. Montones y montones. Decenas y veintenas y
centenares y millares de muestras. Uno dira que se reproducen all; yo simplemente las
pongo en las mquinas, verdad, les pongo un ttulo y a veces la gente paga y a veces no
paga, a veces gritan y a veces se ren y, otras, la polica me expulsa de la ciudad y vuelvo al camino empujando mi carretilla. Todo marcha peor desde que l ha empezado a
poner las cosas en accin. Ya no queda dinero para gastar en las demostraciones desagradables pero didcticas de un anciano; se puede obtener lo mismo en casa. Pronto tendr que cobrar slo un alfiler, un bote de mermelada, o una tarjeta para cigarrillos. Y quin querr cambiar semejantes cosas por licor entonces? Cuando llegue ese da, el pobre petirrojo tendr que meter la cabeza debajo del ala, pobrecillo, y fingir que no tiene
fro!
Pero -agreg, mientras serva su sptima copa-jams se me concedi el singular privilegio de convertirme en Mendoza. Me permitan hacer mis propias transformaciones,
pero ya ve usted el xito que he tenido.
Detrs de sus gafas cay una lgrima; me di cuenta, entonces, que tena ojos aunque
estuviera ciego, y cre recordar parte de mi informe del archivo donde se sostena que el
antiguo profesor del doctor Hoffman haba sufrido lesiones en un accidente de laboratorio muchos, muchos aos antes. Estim que el anciano estaba suficientemente ebrio y le
devolv la botella al camarero.
- Me gustara matarlo -dijo el propietario del cosmorama-. Si fuera diez aos ms
joven, ira al castillo y lo matara.
- Sabe el camino al castillo?
- Seguira mi olfato -respondi.
Pero entonces cant un gallo y ese sonido afect de manera curiosa al anciano. Se irgui y escuch atentamente; el gallo cant una segunda vez y luego una tercera.
- Atrs, Satans! -chill el profesor.
Al mismo tiempo me golpe de lleno en la cara con su bastn, y la sangre del tajo que
me produjo en la frente me cay sobre los ojos; cuando volv a ver, haba desaparecido.
Corr inmediatamente al muelle pero, aunque el anciano slo poda cojear, no lo encontr en el camino; cuando llegu al lugar donde estaba su tienda, tambin, por supuesto,
haba desaparecido. Me dirig entonces al Ayuntamiento, a cumplir con mi misin oficial.
Las volutas y guirnaldas de yeso del pomposo exterior del Ayuntamiento se estaban
resquebrajando como bizcochuelo seco y, aunque todas las ventanas estaban cubiertas

con cortinas verdes, las pesadas puertas de caoba se abrieron con bastante rapidez; brotaron nubes de polvo cuando pis la suntuosa moqueta marrn, y la mayora de los despachos estaban ocupados nicamente por las telaraas tejidas desde los tinteros hasta los
portaplumas sobre la borrosa superficie de los escritorios, pero finalmente un funcionario sali bostezando de la antesala del despacho del alcalde para saludarme. Unos brazaletes metlicos sostenan las mangas de su camisa para dejar sus muecas al descubierto
y facilitar su tarea; haba quedado a cargo de todo.
El despacho del alcalde era un mausoleo. Haba sido ordenado despus de su partida,
de modo que no haba papeles ni archivos a la vista, y su pomposa silla labrada se encontraba tan cerca de su escritorio escrupulosamente limpio que pareca prohibir la admisin a cualquier cuerpo futuro. El secante rosa del alcalde estaba cubierto de musgo,
y su botella de agua, con un vaso invertido encima, haba desarrollado jorobas de polvo.
Las infatigables araas haban tejido un dosel sobre la foto del ltimo presidente que
colgaba de una pared. El funcionario abri un armario y descubri media botella de
jerez, ahora viscoso como la melaza; luego me mostr el abrigo con cuello de piel que
el alcalde haba abandonado la nevada maana en que se haba desvanecido. Los bolsillos slo guardaban un nico guante apelotonado y un pauelo sucio: nada significativo.
Despus de un brevsimo registro de los otros despachos, encontr la prueba de que
cierto propietario de un cosmorama haba solicitado oficialmente una autorizacin para
presentar su espectculo en el muelle en el mes de abril pasado; el documento, firmado
con una cruz vacilante, esperaba la aprobacin oficial, de modo que mi arruinado amigo
haba seguido adelante por su cuenta, abriendo su tienda sin la autorizacin oficial. Por
lo menos era un dato. Guard el documento para llevrselo al ministro, anot el nombre
del funcionario y rpidamente compar con mi informacin su ndice de realidad. Pareca satisfactorio. Entonces le ped que llamara por telfono a casa del alcalde, donde an
viva su hija con una criada. El funcionario slo demor siete u ocho minutos y advert
que los servicios an estaban en condiciones satisfactorias, aunque me dijo que la central telefnica no poda hacer llamadas de larga distancia, ni recibirlas, y que incluso las
comunicaciones locales eran interrumpidas constantemente por voces que hablaban en
lenguas desconocidas. Despus de un rato de charla pueblerina con la casa del alcalde,
me asegur que podra alojarme all algunos das, en el origen probable de mi enigma
burocrtico.
- Todo est muy decado desde que el alcalde se fue -dijo el funcionario dubitativamente-. Slo viven all la mujer y la, hum, muchacha
Su tono de voz indicaba que en la chica haba algo extrao. Ergu las orejas de mi
mente, anot rpidamente la direccin que me dio y fui hasta mi coche. Atardeca, y como me detuve para cenar pastel de carne en un bar lleno de moscas y demasiado srdido
para ser irreal, llegu a la casa cuando casi era de noche. Se encontraba a cierta distancia
de la ciudad, en el extremo de un antiguo camino con surcos profundos, en el cual no
haba otra construccin que un establo abandonado. El cielo tena el azul plido y transparente de las noches del final del verano, y la luna se insinuaba sobre un bosquecillo de
pinos, aunque las azucenas del poniente an protestaban en el oeste. Dej el coche en el
camino; cuando el motor dej de palpitar no se oy otro sonido que la leve fluctuacin
del canto de las aves y el rumor de las agujas de los pinos.
Aunque saba que la casa estaba habitada, al principio pens que no era posible, porque el extenso jardn que la rodeaba sugera una desidia de aos. La persona que haba
creado ese jardn, fuera quien fuese, deba de amar las rosas; ahora las rosas se haban
apoderado del jardn formando cercos impenetrables, y emitan tales andanadas de perfume que muy pronto me sent mareado. Los rosales amenazaban con sus ltigos florecidos desde cpulas que casi se desmoronaban por su propio peso, formaban bosquecil-

los de troncos del tamao de jvenes encinas e invadan con zarcillos finos como los de
la vid las sombras ramas de los tejos, de los decorativos fresnos, de los cerezos y de los
manzanos ya sofocados a medias por el murdago, de modo que ese verano, que tan bien haba sentado a los rosales, pareca conspirar con el jardinero para producir una jungla orgistica de toda clase de rosas; y aunque yo no poda distinguir sus formas y colores
por separado, sus aromas individuales se fundan en una esencia nica e intolerablemente dulce que causaba ardor y dolor en cada nervio de mi cuerpo.
Las rosas haban trepado por los muros ya abundantemente cubiertos de hiedra y se
arracimaban en los techos, junto a las hierbas que florecan entre las tejas verdes de
musgo; un gran olmo con su cabellera infestada de cuervos se inclinaba sobre la casa
como si estuviera a punto de dejar caer sobre ella sus enormes miembros y demolerla,
mientras sus races le daban a los cimientos un feroz abrazo debajo de la tierra. El jardn
reclamaba la casa y la destrua a su talante arborescente; sus moradores estaban ya a la
caprichosa merced de la naturaleza.
Enormes masas de artemisa haban roto el portal y cerraban el paso por completo, de
modo que me vi obligado a trepar a la desmoronada pared, derribando unas cuantas piedras ms. Cuando mir los speros contornos de la casa, advert en la planta baja el
resplandor verdoso de la luz que se filtraba a travs de las hojas que cubran las ventanas y me orient por l para salir de la hostil maraa vegetal que me pinchaba y azotaba
mientras me mova, dejndome sangrante y mareado con su fragancia abrumadora. Cuando me acerqu a la casa o, por encima del golpeteo de la sangre en mis odos, notas
de msica que caan, plop, como peces dorados en un sereno estanque. Sin aliento, me
detuve un instante para saber si ese sonido era verdad. Continu triunfalmente. Alguien
en esa casa en ruinas tocaba Debussy en el piano.
Por fin llegu a la ventana iluminada y, apartando el follaje que la cubra, espi el interior. Vi un saln con gastadas alfombras persas y las paredes cubiertas con un papel
floreado antao rojo y ahora descolorido, manchado por la humedad y el moho. Haba
un hogar de alabastro con un ramo de flores de ncar debajo de una campana de cristal
opaco y un abanico de papel plateado en la rejilla. Aqu y all colgaban, desalineados,
cuadros al leo tan barnizados que no se distinguan los dibujos, con pomposos marcos
dorados deslucidos, y en una araa de cristal tallado, apagada, suspendida del cielo raso,
centelleaba la luz de las velas de un candelabro de dos brazos, puesto sobre el piano,
que derramaban suave luz sobre la muchacha que lo tocaba.
Estaba de espaldas a m, pero cuando inclin el cuello pude ver sus dedos blancos, finos, nerviosos, sobre el teclado, y vislumbr el plido perfil de su mejilla. Su pelo, del
castao desvado de un bosque en invierno, caa sobre su vestido negro. Tocaba con extraordinaria sensibilidad. La habitacin estaba llena de una angustia punzante y nostlgica que pareca emanar de la delgada figura cuyo rostro no poda ver.
Me pareci mejor no molestarla y segu rodeando la casa hasta la parte trasera, donde
encontr un gato negro lamindose sobre un cubo dado vuelta y, detrs de una puerta
abierta, a una mujer vieja y gorda en una cocina a oscuras, para ahorrar, segn dijo,
electricidad; sa era la razn por la cual obligaba a la duea de casa a tocar el piano a la
luz de las velas. La criada supo quin era yo apenas vio mi borrosa figura entre las
sombras. Me salud efusivamente y encendi las luces en mi honor, revelando una bendita cocina tradicional, con una cocina de gas, una nevera y un platillo de leche para el
gato. Me invit a sentarme frente a una mesa bien fregada, con una taza de t y un plato
de bizcochos, me pregunt cmo haba viajado y expres, con excesiva solicitud, su esperanza de que el alojamiento me pareciera adecuado.
- Aunque, cmo podramos, seor, ofrecerle algo ms lujoso, quiero decir, en estas
circunstancias

Tena una astuta manera de congraciarse, destinada a desarmarme, pero que por algn
motivo me ofenda; se lanz a parlotear de naderas mientras la muchacha del saln segua tocando exquisitamente y la msica resonaba en el pasillo. La mujer hablaba del alcalde desaparecido sin embarazo ni curiosidad. Al parecer haba incorporado tan bien
esa desaparicin a su propio mundo que, si un da l regresaba, se sentira sutilmente agraviada. Sugiri la sospecha de que hubiera una mujer de por medio, porque, dijo, pocas mujeres querran una hijastra como Mary Anne. Oh, no. Oh, no. Movi significativamente sus ojos y continu su charla, ahora sobre la dificultad de encontrar revistas femeninas y lana para tejer. De pronto se interrumpi la msica y Mary Anne apareci en
la cocina, para buscar algo que olvid apenas me vio, ya que la criada no se haba molestado en decirle que un husped inesperado vendra a su casa. Permaneci en el vano
de la puerta, llena de aprensin y sorpresa; en su rostro, slo unos ojos del color de un
da lluvioso se movan de un lado a otro, como si buscaran una manera de huir.
Tena la delicadeza artificial de una planta criada en un armario. No pareca que por
sus venas corriera sangre, sino algn otro lquido menos importante e infinitamente menos rojo. Su boca era del rosa ms plido, aunque responda exactamente al modelo de
las tres cerezas que los maestros de arte disponen en forma de tringulo invertido para
ilustrar la boca clsica, y no haba ningn rubor en sus mejillas. De pie, como estaba
ahora, quedaba casi oculta por su vestido, y su carita, de forma de medalln, pareca an
ms pequea por la desordenada abundancia de su pelo, tan lacio como si acabaran de
pescarla en el ro. El pelo y el vestido estaban cubiertos de ramitas y ptalos del jardn.
Pareca Ofelia ahogada; lo pens desde el primer instante, sin saber cuan pronto se ahogara verdaderamente, porque estaba abandonada y desesperada. Una glacial y reprimida pasividad haca que su desesperacin fuera an ms pattica. La criada cloque al
ver descalzos los pies de duende de la muchacha:
- Pngase en seguida sus chinelas, seorita. Con los pies descalzos sobre las losas de
piedra. Yo no lo he hecho jams. Se puede morir.
Mary Anne se apoy sobre un pie y luego sobre el otro, como si las probabilidades de
morir por pisar el suelo de piedra de la cocina se redujeran a la mitad si slo un pie entraba en contacto con l. Tena alrededor de diecisiete aos. Su mirada distante vag al
azar por la mesa y susurr en tono implorante:
- Quizs un poco de t
- No hasta que pise el tapiz -dijo la criada, tal vez demasiado autoritaria para el caso.
La chica avanz hasta la franja brillante del tapiz y dej que sus ojos volvieran a posarse en m cuando la criada le dio una taza e incluso un bizcocho, aunque murmurando
para sus adentros.
- Yo soy Mary Anne, la hija del alcalde. Quin es usted?
- Un funcionario del gobierno; me llamo Desiderio.
Ella repiti suavemente el nombre pero con un curioso estremecimiento en la voz que
podra haber sido placer, y luego dijo:
- Desiderio, el deseado, sabe que tiene los ojos de los indios?
La criada dijo tch, tch, porque se supone que nosotros los blancos no debemos reconocer a los indios.
- A mi madre siempre le pareci embarazoso -respond, y la muchacha, aparentemente complacida, extendi su mano con un gesto tan brusco e inesperado de cordialidad
que pareca un golpe. Pero tom su mano, y la sent helada. Ella retuvo mi mano largamente.
- El seor Desiderio se quedar por algn tiempo en la habitacin de huspedes -dijo
la criada de mala gana, como si no quisiera compartir la informacin con su ama-. Lo
enva el gobierno.

A Mary Anne esto le pareci muy misterioso; sus ojos se agrandaron.


- No encontrar a mi padre -me inform.
- Por qu no? -pregunt. Mis dedos estaban an en la trampa de nieve de los suyos.
- Si no volvi a tiempo para podar los rosales, no volver nunca -dijo, y se estremeci
con una risa silenciosa pero tan fuerte que el t se volc de la taza a su vestido, ya
manchado de toda clase de alimentos y bebidas.
- Qu cree que le ha ocurrido, Mary Anne? -pregunte con delicadeza, porque aunque
saba, por los registros y por mi propia intuicin, que era perfectamente real, jams haba visto a una mujer que pareciera tan familiarizada como ella con las sombras.
- Por supuesto que se desintegr -respondi-. Se disolvi en sus elementos Un tubo
de ensayo de aminocidos, uno o dos mechones de pelo.
Movi la taza para pedir ms t. No me haba dado ninguna de las respuestas que yo
esperaba y, cuando trat de interrogarla nuevamente, slo volvi a rer y sacudi la cabeza de tal manera que una trenza de hojas de manzano cay al suelo y el pelo se desbord sobre sus ojos. Luego deposit su taza en la mesa con el excesivo cuidado de los
que han nacido torpes y se alej por el oscuro pasillo. Sin duda dej abierta la puerta del
saln porque ahora el piano sonaba con ms fuerza, y por algn motivo incomprensible
cambi de meloda: ahora tocaba un lcido disparate de Erik Satie. Con un suspiro, la
criada recogi las tazas.
- Un tornillo flojo -dijo-. Una pieza que le falta.
En seguida me condujo a una habitacin sencilla pero agradable en la parte posterior
de la casa, con una cama cubierta por una colcha de retazos. Era una noche tranquila y
clida y la muchacha del piano bord un adorno angular de encaje audible en la superficie de mi primer sueo. Creo que despert porque la msica se interrumpi. Quiz sus
velas se haban consumido.
Ahora la luna se haba elevado completamente y brillaba en mi habitacin a travs de
la cortina de hiedra y de rosas, y las sombras caan con escrupulosa nitidez sobre la cama, las paredes y el suelo. El interior pareca el negativo de una foto del exterior, donde
la luna ya haba tomado una foto en blanco y negro del jardn. Me despert repentina y
completamente, sin vestigios de sueo en mi mente, como si aquella fuera la hora de levantarse, aunque slo poda ser algo ms de medianoche. No poda quedarme en la cama y me levant para mirar por la ventana. El terreno era mucho ms extenso de lo que
me haba parecido inicialmente; y el jardn posterior de la casa se hallaba mucho ms
cerca de las zonas deshabitadas que los terrenos que haba recorrido durante el viaje. La
luna brillaba con tal intensidad que no haba un solo rincn oscuro, y pude ver el lecho
seco de un gran estanque o de un pequeo lago que era ahora un valo de lirios de ptalos lisos donde las rosas haban envuelto por completo en su abrazo a una ondina de
mrmol reclinada sobre un costado en una conmovedora actitud de gracia provinciana.
Delineada con la precisin de un grabado en madera por la luz de la luna, una familia de
jvenes zorros rodaba y jugaba en un claro que haba sido un parque. No haba viento.
La noche suspiraba bajo el lnguido peso de su propio romanticismo.
No creo que ella hiciera el menor ruido que pudiera sorprenderme, pero de pronto advert su presencia en la habitacin y un sudor fro me eriz la nuca. Me apart despacio
de la ventana. Ella viva en el umbral crepuscular de la vida y por eso siempre la recuerdo de pie, en el vano de una puerta, vacilante, como alguien que no ha sido invitado y
no sabe si ser bien recibido. Tena los ojos abiertos, aunque no miraba, y sostena una
rosa sobre los dedos extendidos. Se haba quitado el vestido negro liso y llevaba un camisn blanco de algodn, como los que usan las pupilas de las escuelas religiosas. Nos
acercamos uno al otro, y tom la rosa porque aparentemente me la ofreca. Una espina
me lastim el pulgar, y sent que la rosa roja palpitaba como un corazn y dejaba caer

una gota de sangre, como si fuera una devoradora de pecados y hubiese asumido por m
el dolor de la herida. Mary Anne me rode con sus frgiles brazos y apoy su boca en la
ma. Su beso fue como un sorbo de agua fra y sin embargo excit mi deseo, porque estaba henchido de angustioso anhelo.
La llev a la cama y, entre el dibujo de las sombras, penetr su carne suspirante, tan
helada como la de una sirena o la ondina de mrmol de su propio jardn. Su respuesta
era curiosamente atenuada, como si recibiera mis caricias a travs de un velo; debis
comprender que yo tena perfecta consciencia, todo el tiempo, de que estaba dormida;
adems de la evidencia de mis sentidos, recordaba que el propietario del cosmorama haba hablado de una hermosa sonmbula. Sin embargo, si estaba dormida, Mary Anne soaba con una pasin, y ms tarde me dorm sin sueos porque haba experimentado un
sueo en la realidad. Cuando despert aquella maana trivial, slo quedaban de ella, en
la cama, algunas hojas muertas; y no haba otra seal de su presencia en la habitacin
que una rosa marchita en mitad del suelo.
Mary Anne no apareci a la hora del desayuno, aunque la criada me obsequi con
panqueques, huevos, tocino, salchichas, fruta y caf, y pens que, por alguna razn, estaba satisfecha de su husped. A la brillante luz de la maana, la cara lgubre y rolliza
de la vieja pareca indefiniblemente siniestra e incluso malvada. Insisti en que regresara a la casa del alcalde para la cena y, finalmente, para tranquilizarla, acept y le dije
que regresara a las siete, aunque no saba si estara an en la ciudad a esa hora. Cuando
fui a mi habitacin a buscar la maleta, pas por delante de una puerta abierta: mi visitante nocturna estaba sentada ante el espejo de una mesa de tocador, en una habitacin desordenada y llena de partituras. An vesta su austero camisn y se peinaba el pelo enmaraado, probablemente por nica vez en el da.
- Mary Anne?
Me dirigi una sonrisa remota a travs del espejo y comprend que estaba despierta.
- Buenos das, Desiderio -dijo-. Espero que haya dormido bien.
Me sent desconcertado.
- S -dije balbuceando-. Oh, s.
- A veces la gente se asusta de los ruiseores, que son tan ruidosos.
- Mary Anne, has soado anoche?
Su peine se enred en un nudo y tirone con impaciencia.
- So con un suicidio por amor -dijo-. Pero siempre sueo lo mismo. No cree que
sera maravilloso morir de amor?
Es perturbador hablar con una persona a travs de un espejo. Adems, ese espejo era
contrabando. Su voz era alta y clara y, aunque siempre hablaba suavemente, tan penetrante como la imagen de la luna en invierno.
- No estoy del todo seguro de que sea maravilloso morir por ningn motivo -dije.
- Una slo vuelve a sus elementos -aadi con un dejo de pedantera precoz. Entr en
la habitacin, dejando en su alfombra blanca las toscas huellas de mis pasos pesados y,
levantndole el pelo, me inclin para besar su cuello. Vi entonces mi propia imagen en
el espejo, por primera vez desde el principio de la guerra. Comprob que haba envejecido un poco y que ahora era tan cnico como los stiros de las pinturas renacentistas.
Y tan inescrutable, pobre madre, como los indios. Me salud como a un amigo. Mary
Anne me dej que la besara, pero no creo que lo advirtiera.
- Qu hars hoy, Mary Anne?
- Tocar el piano, por supuesto. A menos que se me ocurra algo mejor, claro.
No s si por un instante vi a otra persona mirando a travs de sus ojos porque no la
miraba a ella; slo a m mismo.

Cuando sal, la casa se haba convertido en una caja de msica: Mary Anne ya estaba
tocando. Ahora practicaba los estudios de Chopin. A la luz del da vi que la casa era
muy grande, una de esas casas rurales que se extienden en todas direcciones, mitad
mansin y mitad granja, aunque ya deba de estar derrumbada en sus tres cuartas partes
cuando el alcalde viva all, porque sectores enteros del techo se haban hundido bajo el
monstruoso peso de la vegetacin. Y los antiguos establos y construcciones auxiliares
estaban ahora a la intemperie, y el denso manto verde que cubra todo no poda ser obra
de unos pocos meses. A la clara luz de la maana, los ladrillos cados, las vigas expuestas, las rosas y los rboles parecan dormir, murmurando y agitndose como si un vago
sueo imposible de recordar turbara un reposo tan profundo como el de su duea, la bella del bosque durmiente, a quien nada tan suave como un beso poda despertar.
Fui al Ayuntamiento y examin distradamente una vez ms los archivos del alcalde,
pero no encontr nada que pudiera arrojar ms luz sobre una desaparicin que yo ahora
me inclinaba a considerar totalmente desvinculada del doctor Hoffman, un simple suicidio que poda haber ocurrido en cualquier lugar, en cualquier momento, en un rapto de
desesperacin, porque por algn motivo yo supona que el alcalde haba sido un hombre
angustiado. Despus de cumplir las exigencias de mi cargo de Inspector de Veracidad
volv a dejar el Ayuntamiento en manos del funcionario que bostezaba y fui al bar adonde me haba llevado el propietario del cosmorama. Pero ni siquiera estaba all el negro
corpulento. Slo una chica de tez dorada, mucho ms india que yo, con un corto y colorido vestido de algodn a rayas, lavaba los vasos y miraba vagamente la luz del sol en la
calle, donde los moscardones zumbaban en los desages obstruidos; describ al propietario del cosmorama, pero ella no recordaba haberlo visto nunca.
Entonces beb un solo coac y luego me ech a andar por el paseo martimo, entregado ahora exclusivamente a las alegras del verano, aunque se gozara de ellas con una
singular y silenciosa languidez. Apoyado sobre la barandilla de hierro, miraba el ondulado y tranquilo mar cuando o un golpeteo a mis espaldas. Tan disimuladamente como
pude, me di vuelta. l pas a mi lado, acompaado por el stacatto de su bastn, murmurando para sus adentros; lo segu a una distancia prudente.
No puedo describir su andar agachado, desordenado, bamboleante; golpeaba primero
con su bastn, luego lo apoyaba firmemente y se impulsaba hacia adelante con un asmtico suspiro de triunfo, como si a cada paso desafiara y derrotara las leyes ordinarias del
movimiento. Practicaba esta acrobacia senil con una velocidad increble, como si tuviese resortes en el bastn y en los gastados tacones de sus botas. Adems estaba indescriptiblemente sucio. Poda haber pasado la noche en una cloaca.
Haba trasladado su tienda a un deprimente barrio de almacenes donde, a juzgar por
el olor, se guardaba pescado seco. Al final de un callejn embanderado de ropa lavada
haba un pequeo altar en homenaje a la Virgen de los pescadores, con unas pocas flores
muertas metidas en una astillada botella de Coca Cola y, ms atrs, un pequeo terreno
baldo que ocupaba casi por completo la familiar tienda a rayas rosadas. Y ah lo perd.
En un momento, estaba all, saltando entre las barreras de ropa hmeda, y en el momento siguiente haba desaparecido, quizs en alguna de las cabaas que haba en el camino.
Decid esperarlo un rato en su propia tienda.
Esa vez el cartel deca: VEA CON LOS COLORES DE LA REALIDAD LA EXPERIENCIA MS SIGNIFICATIVA DE UNA MUCHACHA. Para matar el tiempo, fui
de mquina en mquina, inexplicablemente perturbado por las cosas que vea, aunque
ninguna contena elementos grotescos, como las siete maravillas del mundo que haba
visto la vspera. Todas eran tan fascinantes como las cartas del Tarot, y el ttulo mismo
de cada objeto era como un medalln que se integraba en un elegante diseo. No eran,
como los del da anterior, modelos, sino verdaderos cuadros pintados al leo con vivi-

dos colores sobre lminas rectangulares, de modo que los oculares gemelos creaban un
efecto estereoscpico. Las lminas estaban dispuestas en varias capas que se desplazaban unas sobre otras mediante un sistema programado de relojera que se anunciaba con
un clic, y daba la impresin de que las figuras se movan a sacudidas. Tambin permitan bruscas transformaciones. Cada cuadro estaba iluminado desde atrs y posea un brillo que no era natural, de modo que la luz de la luna que inundaba la primera escena era
mucho ms clara que la verdadera, y pareca su imagen platnica. Esa radiacin trascendente baaba unas ruinas cubiertas de hiedra; las diapositivas cambiaban para permitir
el rgido revoloteo de los murcilagos a su alrededor. Un lgubre bho estaba posado en
una deteriorada chimenea y mova lentamente las alas en el aire oscuro donde colgaban
en caracteres iridiscentes las palabras: LA MANSIN DE MEDIANOCHE.
En la segunda mquina, la mansin se divida por el medio para revelar una habitacin roja y una advertencia: SILENCIO! ELLA DUERME! Era tan blanca como mi
anmica amante de la vspera y al igual que ella vesta de negro; pero sta llevaba un
vestido medieval de terciopelo con mangas que se estrechaban hacia el dorso de la mano, y su pelo ondulante posea varios matices de oscuridad. Estaba echada con el voluptuoso abandono del sueo en un silln labrado; las araas suban y bajaban sobre los hilos que ellas mismas haban tejido entre los tapices.
Cuando mir por la tercera mquina vi un feroz cerco de espinos, pero luego, ante
mis ojos, apareci sobreimpreso un joven prncipe con jugosos racimos de rulos dorados
sobre los hombros de su jubn acolchado, en una actitud implorante de ballet, y de su
boca brot un rollo de papel donde deca: HE LLEGADO! El cerco se abri y revel,
en una serie de ingeniosas perspectivas, a la mujer dormida dentro de la casa encantada
de la primera mquina, con su bho encima, etctera.
UN BESO PUEDE DESPERTARLA. En la habitacin roja, el bello prncipe de piel
rosa como azcar cande y labios color helado de fresas se inclinaba sobre la muchacha
dormida; otra diapositiva se superpona a la anterior y los mostraba tan prximos, los
rulos de l mezclados con el pelo de ella y las caras tan juntas, que la palidez de ella tomaba el rosa del prncipe y se ruborizaba. Un clic del mecanismo interno. El color de la
carne viva regresaba bruscamente al rostro de la muchacha. Sus ojos se abran. Sus labios, ahora rojos, se separaban.
Con esto, el encanto se desvaneca. En la quinta mquina, la maldad triunfaba. De las
flores deformes surgan monstruosos colmillos y trompetas terminadas en dientes fulgurantes que desgarraban las paredes rojas; el voraz jardn se lanzaba sobre su presa y se
vea cada ladrillo en el instante de caer. En medio de la violencia de esta transformacin
continuaba el abandono del abrazo. La muchacha despierta, llena de joven encanto,
aferraba an entre sus brazos a un amante de cuyo cuerpo haba desaparecido toda la
carne. Era un esqueleto sonriente. Con las falanges de una mano sostena una guadaa y
con la otra apretaba uno de los maduros senos de ella, mientras le separaba los muslos
con la rodilla huesuda. El texto deca: LA MUERTE Y LA DONCELLA.
Las otras dos mquinas estaban vacas.
Era medioda, y el calor dentro de la tienda era sofocante. Sal y me sent en el umbral; prend un cigarrillo mientras esperaba, pero el propietario del cosmorama no apareci. Una nia de pelo rizado recogido en las innumerables trenzas que usan los pobres y
los supersticiosos, segn creo siguiendo prcticas vud, se acerc y me mir. Sus trenzas eran tan apretadas que dejaban ver parte de la piel castaa y brillante que cubra su
crneo; aunque le hice preguntas, me respondi algo incomprensible en la jerga multilinge de los barrios pobres y empez a remover con un palo un desage tapado. Tena
el rostro cubierto por las erupciones espiraladas de alguna enfermedad de la piel. Las

buenas monjas me haban alejado de esos pasatiempos y penurias, pero de todos modos,
como ya habris advertido, haba en m cierto grado de ambivalencia acerca de la visin
arquitectnica que tena el ministro acerca del Estado perfecto. Esto se deba a que yo
no ignoraba cul habra sido mi posicin en ese esquema cerrado.
El somnoliento medioda no proyectaba sombras. Pregunt en varias casas pero incluso aquellos que hablaban el lenguaje corriente slo saban del propietario que su tienda
haba llegado sbitamente a la plazoleta del altar la noche anterior. Mi camisa estaba
empapada de sudor y por fin me dirig hacia el mar con la esperanza de encontrar alguna brisa.
Me pregunt si los veraneantes eran slo fantasmas. De todos modos, la gran mayora
se haba ido a comer, y las playas estaban casi desiertas. Camin por la orilla del agua,
entre los restos de las sandalias y los potes de plstico de los bronceadores que el mar
no poda digerir, viendo bailar el blanco encaje de las enaguas del ocano, y entonces,
mientras pensaba solamente en la luz del sol, las olas la trajeron hasta mis pies.
Mary Anne, por cierto, haba encontrado ese da algo mejor que tocar el piano. Ya haba sufrido un cambio marino. Estaba envuelta en guirnaldas de algas y las conchillas se
adheran a su blanco camisn. Cuando la levant, brot agua de su boca. Su piel no era
ms blanca que en vida. Estaba muerta. Pero igual intent revivirla.
Me qued perplejo y horrorizado. Senta que de algn modo haba sido un instrumento de su muerte. Me agach sobre la mueca perdida en el mar en una actitud que, lo saba, era una cruel parodia de la noche anterior, con mis labios apretados contra su boca,
y pens que apenas haba diferencia entre lo que haca ahora y lo que haba hecho la vspera, porque su sueo era tambin una muerte. Esa idea me abrum de remordimiento y
espanto. No s durante cunto tiempo estuve tratando de devolverle la vida a su cuerpo
inerte; pero cuando por fin un clamor de voces interrumpi mi pesadilla, el sol estaba
muy al oeste y sus largos rayos caan sobre la arena con una peculiar intensidad. Mary
Anne y yo estbamos totalmente cubiertos de arena mojada y parecamos esos shamanes indios que se pintan con barro coloreado para evocar los espritus de los que se han
ido. Yo no intentaba hacer otra cosa. Levant la vista.
En el paseo martimo vi una figura oscura y jorobada que me sealaba con su bastn
blanco. Por los escalones de hierro que bajaban a la playa avanzaba ruidosamente un
destacamento de la Polica de Determinacin, con sus largos abrigos de cuero, encabezado por el funcionario del Ayuntamiento, con los rasgos deformados por una inusitada
excitacin, y por la corpulenta criada de la casa del alcalde, todava con su delantal
blanco, que corra a trompicones, roja y sin aliento pero irradiando una horrible satisfaccin. Eran la imagen perfecta de la felicidad perversa, y tuve la conviccin de que ambos, en complicidad, haban asesinado al alcalde por algn propsito comn, probablemente relacionado con dinero o propiedades, y con la esperanza de que la confusin de
la poca ocultara su culpabilidad. Crean que yo poda descubrirlos. Quizs incluso haban asesinado a la pobre Mary Anne, arrojndola al mar para inculparme, porque si yo
mismo era acusado, cmo podra acusarlos a ellos?
Se acercaban cada vez ms, y comprend que deba escapar sin demora.
No s por qu levant el cadver mojado de la muchacha e intent escapar con ella.
Creo que deseaba salvarla de la criada porque, con brusca clarividencia, supe que la vieja la odiaba, viva o muerta. Cargado con Mary Anne, corr tal vez unos cien metros por
la playa, mientras su cuerpo, doblemente pesado por el agua absorbida, se me escurra
entre los brazos como si llevara un gran pez. Entonces un miembro de la Polica de Determinacin sac su pistola y dispar. Sent un dolor desgarrador en el hombro y ca. La
segunda bala silb junto a mi odo y destroz los exquisitos rasgos de la muchacha muerta, de modo que su sangre y sus sesos me salpicaron la cara. Me desvanec.

Fui acusado de cuatro delitos.


1. cometer estupro con una menor (en realidad, Mary Anne era an ms joven de lo
que pareca: slo tena quince aos);
2. provocar la muerte por inmersin de la menor mencionada;
3. practicar la necrofilia sobre el cadver de la menor, acto que la polica pudo ver
con sus propios ojos, y
4. simular que era un Inspector de Veracidad de tercera clase, cuando en realidad era
el hijo sin padre de una conocida prostituta de origen indio, lo que infringa el Reglamento de Determinacin, pgina 4, pargrafo 1 c: Toda cosa o persona que se aparte
significativamente de s misma o de su propia identidad conocida comete un delito y puede ser capturada y sometida a pruebas.
Por la actitud de la Polica de Determinacin, pareca muy probable que yo no sobreviviera a la prueba para llegar al juicio.
Me aterroriz comprobar hasta qu punto haba crecido el poder autnomo de la polica. Aunque ped que me dejaran llamar al nmero telefnico privado del ministro, se
echaron a rer y me golpearon la cabeza con las culatas de sus pistolas. Por supuesto, los
papeles de mi maleta haban sido alterados y ahora eran completamente increbles, lo
que sin duda fue obra del funcionario, mientras yo examinaba los archivos. Mis armas
haban desaparecido. No poda determinar el papel del propietario del cosmorama con
exactitud, salvo que deseaba librarse de m y haba espiado ciegamente todo lo que yo
haca.
Las celdas del cuartel policial estaban repletas de infractores a la realidad, de modo
que me llevaron al Ayuntamiento, al despacho del alcalde. Me haban vendado el hombro burdamente, despus de lavar la herida con un poco de cido fnico diluido, pero fueron suficientemente sensibles como para permitir que me quitara la sangre de Mary
Anne. Le entregaron al funcionario una ametralladora enorme y lo apostaron detrs de
la puerta para asegurarse de que no escapara. O girar la llave en la cerradura, y el fuerte
ruido de sus botas que se alejaban. Despus de un rato, o el cacareo de una risa femenina, y luego nada ms.
Era de noche y la habitacin estaba en completa oscuridad. Yo senta mucho dolor,
pero una furia inconmensurable me impeda caer en la desesperacin. Saba que deba
dormir un poco para aclarar mi cerebro desorientado antes de enfrentar la ordala que,
sin duda, traera el da siguiente; pero era imposible dormir. Adems, tena hambre voraz y una sed terrible. A tientas busqu el frasco de jerez del alcalde y descubr tambin
all una lata cerrada de bizcochos, que devor a pesar de su sabor a tierra. Quit con los
dientes el corcho de la botella. El jerez se haba convertido en jarabe, pero me lo beb;
eso y el alimento me dieron suficientes fuerzas para sentarme ante el escritorio del alcalde y examinar framente la situacin. Cuando lo hice, me di cuenta de que era tan desesperada que pareca risible.
Sali la luna, redonda, llena, y su luz me permiti ver bastante bien mi improvisada
prisin. Escuch atentamente y no o ningn ruido del otro lado de la puerta. Me puse
de pie, fui hasta la ventana, y abr un poco la persiana. La habitacin estaba en la parte
delantera del edificio, en el segundo piso, y un par de diosas de piedra flanqueaban la
ventana. Cualquiera podra haber descendido por la fachada, porque los senos, nalgas,
pilares y pedestales que la formaban ofrecan mltiples apoyos; pero ya en el antepecho
de la ventana hubiera sido tan visible para cualquier persona que estuviese en la plaza
como si fuera de da; apenas cerr la persiana con un leve ruido, ste provoc una lluvia
de golpes en la puerta, lo cual quera decir que mi guardin estaba atento. Busqu una
salida mejor y mis ojos encontraron el hogar.

Tambin l estaba flanqueado por dos caritides que sostenan sobre sus frentes serenas una slida repisa de mrmol. La reja tena, labrado, el escudo de armas de la ciudad.
Aunque senta el hombro inflamado y apenas poda usar la mano derecha, logr mover
la pesada reja sin el menor ruido, y luego met la cabeza en la chimenea. Al mirar hacia
arriba vi un disco de lmpido cielo azul en el cual brillaban unas pocas estrellas. Una leve lluvia de holln me cay sobre la cabeza y me apart, pero cuando volv a observar el
interior de la chimenea, descubr, recubiertas por el holln de aos, una serie de hendiduras practicadas en los costados para facilitar el trabajo del deshollinador, que constituan una escalera apta para mi propsito. Casi no pude creer mi buena suerte.
Esper hasta que, por la posicin de la luna, calcul que haban pasado algunas horas
despus de la medianoche. En ese momento mi brazo derecho estaba apretado por una
tenaza de dolor y completamente inutilizado. Adems, la fiebre suba, me torturaba, no
quedaba nada para beber, y deba luchar contra un mareo que bordeaba el delirio. Pero
estaba decidido a huir. Me acerqu a la puerta y escuch. Cre or un suave ronquido y, a
pesar de mi fiebre, eso bast para alentarme. Me haban quitado la ropa excepto los pantalones y la venda; estaba perfectamente vestido para escalar una chimenea. Me acerqu
al hogar.
Un holln fino y hmedo me cubri la boca y las ventanas de la nariz y, antes de que
ascendiera con esfuerzo tres o cuatro metros, mi mano izquierda estaba tan negra como
el muro en que se apoyaba y la sangre brotaba de mi vendaje goteando sobre el brazo
derecho. El cielo me miraba desde arriba con un solo ojo azul que pareca tan alegremente indiferente a mi situacin que unas lgrimas de autocompasin abrieron profundos surcos en mis sucias mejillas. El deshollinador deba de utilizar a un nio para que
le ayudara a subir y bajar con los cepillos, pero yo era un adulto y el reducido espacio
de la chimenea pareca una cmara de tortura que se haca cada vez ms insoportable a
medida que mis movimientos eran ms torpes, y el temor de provocar el menor ruido
me prohiba incluso aclararme la garganta. Adems, mis agotados sentidos me convencieron de que el recinto era cada vez ms angosto y que las paredes se estrechaban para
aplastarme. El edificio tena unos seis pisos de alto. En cada oscura boca que anunciaba
el hogar de alguna habitacin me estremeca el temor de que la cada del holln denunciara mi ascensin a alguien que estuviera all; y cada vez que, con una sola mano, no lograba asirme de una hendedura, casi mora de miedo al or cmo mis propios esfuerzos
me traicionaban.
Pero sub y sub, como una rata ambiciosa que atraviesa un agujero demasiado pequeo, y poco a poco llegu a la conclusin de que en los pisos superiores no haba nadie,
excepto yo y mi dura lucha. Sin embargo, eso no disminua mi temor porque el recuerdo
del rostro deshecho de la muchacha muerta me acechaba constantemente y por momentos crea llevar todava su peso en mi palpitante brazo derecho o vea brillar sus dientes
en aquella masa de carne cuando miraba hacia abajo. A veces el cielo pareca a un kilmetro de distancia; otras, crea que poda tocarlo si estiraba la mano, por lo cual cuando
mi cabeza asom al aire libre me sorprend tanto como un nio que emerge bruscamente
de la matriz. Al principio, slo pude aspirar aire puro a bocanadas sedientas, an aprisionado por la chimenea; pero apenas recobr el aliento logr salir peligrosamente y rodar
por el techo hasta la canaleta, donde permanec largo rato, porque estaba casi al borde
de mis fuerzas.
Las canaletas eran piadosamente anchas, y un reborde de piedra labrada de casi un
metro de altura esconda de la calle el techo, de modo que yo quedaba perfectamente
oculto. En cuanto recobr el aliento, vi que la luna empezaba a desaparecer y que tendra una o dos horas de completa oscuridad antes de las primeras seales del alba. Esper
esa oscuridad como a una amiga. Las vendas de mi herida estaban tan desgarradas y su-

cias que me las arranqu y las tir. Un sordo y permanente latido de dolor me record
que no me haban extrado la bala y que si no vea pronto a un mdico quiz no sobreviviera mucho tiempo. Pero todava me quedaban suficientes fuerzas para escapar.
El edificio ms prximo era el banco de la ciudad. Estaba del otro lado de una callejuela, a dos metros de distancia y, por milagro, tena un techo plano; era un edificio de
tres pisos y se encontraba unos seis metros ms abajo. No obstante, una escalera de incendio me invitaba en la parte ms oscura del edificio: si lograba alcanzarla, era un camino abierto hacia la libertad. Creo que no me habra atrevido a dar ese terrible salto si
la fiebre no hubiese afectado mi entendimiento. Cuando estuvo suficientemente oscuro,
salt: ca al abismo y la cada me dej sin respiracin, pero llegu al otro lado, vivo.
En aquel techo haba un depsito de agua y, aunque slo contena una charca sucia,
recog un poco en mis dedos cubiertos de holln y me refresqu en proporcin a la calidad del lquido, es decir, no mucho. Vi la bandeja de plata del ocano y la plida sombra
del alba en la orilla, aunque la noche era profunda porque las luces de la ciudad no funcionaban. Baj por la escalera de incendio con los pies descalzos y lastimados despus
de armarme de valor, y camin por las calles tratando de mantener los ojos bien abiertos
para que no me sorprendiera el destello de la linterna de algn polica de patrulla ni los
perros guardianes, a pesar de tener los ojos afiebrados y sentir involuntarios temblores
antes de dejar la ciudad a mis espaldas.
En el camino rob unos pantalones y una camisa de una cuerda de ropa tendida y me
apoder de las sandalias de un campesino borracho dormido en un umbral; pero no me
detuve a lavarme en las goteantes bombas de agua. Cuando llegu a un arroyo, ms all
de los ltimos suburbios, me lav con agua helada. Grit al contacto del agua con la herida. Ocult mis antiguos harapos debajo de una piedra y me vest con las ropas nuevas.
No quedaba nada del joven y vivaz funcionario del gobierno que poco antes haba salido de la capital. Pareca un autntico vstago de los antepasados que mi madre haba negado con tanta firmeza, y quizs a eso deba mi vida.
Llegu al camino principal y encontr una cabina telefnica desde donde intent llamar al ministro; pero la lnea estaba descompuesta o cortada porque el aparato no produjo el menor sonido. Sal del camino y segu un verde sendero entre setos cubiertos de
roco donde pronto empezaron a cantar dulces aves. El da haba comenzado y la niebla
de la madrugada era cada vez ms brillante. Hubiera deseado no ver permanentemente
el rostro de Mary Anne entre los espinosos arbustos cuyos frutos ya estaban rojos. Pas
frente a una taberna, lejos de todas partes; apoyada en un rstico banco, al lado de la puerta, haba una bicicleta. Mont en ella y me alej, guiando con una sola mano; slo se
puede andar en bicicleta mediante un esfuerzo continuo de voluntad, y la voluntad de
vivir era lo nico que me quedaba.
No conservo un recuerdo muy claro de esa parte de mi fuga. Estaba agotado por la fiebre y me senta dbil por el hambre: slo haba comido los pobres bizcochos del alcalde desde el traicionero desayuno servido por la criada veinticuatro horas antes. S que
llegu a un ro muy ancho al final de la maana y segu a lo largo de la ribera mientras
el sol castigaba mi cabeza descubierta. Mis ruedas dibujaban extravagantes curvas a mis
espaldas. En ese momento, cre que estaba muy cerca del fin.
Vi un caballo tobiano que pastaba junto al sendero y, apoyado contra un poste, a un
hombre alto, moreno, delgado, con ropas holgadas, que fumaba una meditativa pipa. Me
mir con curiosidad mientras yo avanzaba tambalendome hacia l, y extendi los brazos para sostenerme antes de que me cayera. Recuerdo su cara morena y fina, muy parecida a la que poco antes haba visto en el espejo de Mary Anne, y recuerdo la sensacin
de ser transportado en vilo por dos brazos robustos, luego el crujido de unas tablas y la
sensacin de que el suelo se meca, por lo cual deduje que estaba en alguna clase de bar-

ca en el ro. Recuerdo el roce de una fresca tela de lino contra mi mejilla y la voz de una
mujer que hablaba en un lenguaje fluido y melodioso que me transport a mi primera
infancia, anterior a la poca de las monjas.
Despus, por mucho tiempo, nada ms.
***
3. El pueblo del ro
Los portugueses nos hicieron el honor de descubrirnos hacia mediados del siglo XVI,
pero se marcharon demasiado tarde, cuando ya haba pasado su esplendor imperialista y
por eso nuestra nacin se inici como un pensamiento posterior, o una nota al pie, de otras conquistas de mayor celebridad. Los portugueses encontraron un estrecho litoral
pantanoso infectado por las fiebres; y cuando de mala gana penetraron en el interior
descubrieron que haba terreno firme y extensas y soleadas praderas. A su paso distribuyeron generosamente la sfilis y la palabra de Dios, llegaron hasta las hostiles laderas de
las montaas y regresaron porque all no haba oro ni plata de los cuales apoderarse: slo paludismo y fiebre amarilla. Permitieron entonces que, un siglo ms tarde, los industriosos holandeses desecaran los pantanos y trazaran un intrincado sistema de canales,
que luego completaron y extendieron en una breve visita los ingleses, a quienes el pas
debera gran parte de su ulterior riqueza.
Los caprichos de algn tratado de paz europeo le robaron a los holandeses el fruto de
su trabajo, aunque algunos se quedaron para aadir an mayor confusin a nuestra incomprensibilidad tnica y al brbaro lenguaje que se desarroll lentamente a partir de
tal multiplicidad de elementos. Pero fueron sobre todo los ucranianos, los escoceses y
los irlandeses quienes convirtieron las tierras, ahora frtiles, en opulentas plantaciones,
mientras una fuerza de trabajo compuesta por esclavos y convictos despejaba el interior
y un arquitecto barroco, importado con ese propsito, se dedicaba a construir la capital,
que se fund a principios del siglo XVIII en el lugar donde el ro principal formaba una
laguna. All construyeron una casa para Jess, un banco, una prisin, una bolsa, un manicomio, un suburbio y un barrio bajo. Estaba terminada. Prosper.
Durante los doscientos aos siguientes, una mezcla de centroeuropeos, alemanes y escandinavos acudi a cultivar las llanuras; y aunque una breve pero sangrienta rebelin
puso fin a la esclavitud en la poca de la Revolucin Francesa, muchos esclavos negros
huyeron de las plantaciones del norte para proporcionar mano de obra barata a las fbricas, astilleros y minas a cielo abierto que produjeron la prosperidad del pas hasta el siglo veinte. No se poda decir que furamos una nacin subdesarrollada aunque, si no hubiramos existido, el doctor Hoffman no podra haber inventado un pas mejor para desarrollar sus experimentos y, si l puso en su trabajo la ambivalencia del expatriado,
acaso no ramos casi todos nosotros -excepto yo mismo- expatriados?
Incluso aquellos remotos antepasados que haban atravesado el ocano en barcos de
madera sentan, ante la presencia salvaje de las montaas, que eran poco ms que extranjeros residentes. Los expatriados haban impuesto una fachada totalmente europea al
inhospitalario paisaje en el que vivan con angustia, cubrindose con un abrigado chal
de recuerdos familiares aunque, con los aos, esa antigua prenda se haba deshilachado
y por sus agujeros soplaban rfagas que les daban escalofros. El aire mismo estaba lleno de fantasmas, de modo que los recin llegados llevaban la inquietud a sus pulmones
cada vez que respiraban. Hasta la introduccin del DDT, la regin situada entre la capital y el mar era un criadero de mosquitos; hasta que no se empez a filtrar el agua para
beber, transmita el clera. Todo, en el pas, era sutilmente hostil.

La burguesa, muy poderosa, y la inmensa mayora del campesinado de los alrededores de la capital, desde los granjeros acomodados hasta los ms empobrecidos, provenan de diferentes lugares de Europa y slo estaban unidos por el frgil vnculo de un lenguaje comn aunque con frecuencia imperfectamente comprendido; en cambio, los habitantes de los barrios pobres, incluso con grandes diferencias raciales entre ellos, se
distinguan por su color de piel, ya que casi todos eran en cierta medida negros. Si los
conquistadores no haban encontrado riquezas, los jesuitas que los acompaaban haban
logrado una rica cosecha de almas; a los informes acerca de los intentos de conversin y
a los diarios de esas infatigables tropas de asalto del Seor debemos la mayor parte de
nuestro conocimiento de los aborgenes. Muchas costumbres y caractersticas que los
jesuitas les atribuyen son claramente falsas; ni siquiera es necesario desmentir las famosas versiones acerca de indgenas montaeses que tenan una tiesa espina musculosa en
la base de la columna vertebral, de modo que todos sus bancos estaban perforados. Pero
ninguna de las tribus poda escribir el lenguaje que hablaba, domesticar caballos ni
construir con piedras. No eran aztecas ni incas sino hombres y mujeres ingenuos, morenos, que pescaban, cazaban, atrapaban aves y luego moran en grandes cantidades: quienes no se convirtieron en blancos vivos para las ballestas de los portugueses, sobrevivieron para ser presa de los falsos ingleses, quienes les dirigan alegres gritos de caza y
los perseguan como a zorros, con sus rojas chaquetas importadas. La mayor parte de
los sobrevivientes sucumbieron a la sfilis, la viruela, la tuberculosis, o las enfermedades de las nurseries europeas, como el sarampin o la tos convulsa, que suelen demostrarse mortales cuando se exportan a otro continente.
Aquellos difuntos amerindios posean un singular encanto. Cerca de la costa, una tribu que haba vivido en cabaa de paja en las islas del litoral saba unir plumas para hacer vestidos y mantos, y corran en zancos sobre el agua quieta como brillantes aves de
largas patas. Podan hacer tapices sin figuras, slo con gradaciones de color, tejidos de
tal modo que los colores parecan en movimiento. He visto los restos de uno de esos
mantos de plumas en el poco frecuentado Museo de Arte Popular; estaba hecho jirones,
pero los rojos, los morados y los rosas, no desteidos por el tiempo, todava bailaban.
Otra tribu que viva junto al mar, de seres hoscos y respetuosos que se alimentaban de
pescado crudo, posea un dialecto en el cual no haba palabras para s o no: slo
una para quiz. En el interior, la gente resida en colmenas de barro sin puertas ni
ventanas, a las que se entraba por un agujero en el techo. Cuando las lluvias de primavera arrasaban sus hogares, como ocurra inevitablemente todos los aos, se retiraban con
estoicismo a unas cavernas, donde labraban en la piedra elocuentes ojos por razones que
los jesuitas jams comprendieron. Aqu y all, en la tundra seca e incluso al pie de las
montaas, los jesuitas indujeron a los indios, por naturaleza amables y deseosos de agradar, a construir enormes iglesias con floridas fachadas de estuco rosado. Pero los indios,
una vez levantadas esas iglesias, despus de contemplarlas con asombro y complacencia, se alejaban para sentarse al sol y tocar tritnicas melodas en sus primitivos instrumentos musicales. Los jesuitas decidieron finalmente que entre todos los indios no haba una sola alma, y eso puso un finis irrevocable a la historia de su regeneracin.
Pero los indios no murieron. Los europeos prearon a las mujeres y los hijos de esas
uniones prearon a las blancas pobres. Los negros prearon al resultado de la cruza y finalmente la sangre india original, aunque filtrada y difusa, se distribuy con ecuanimidad entre el proletariado urbano y las personas que se ocupaban de tareas que tanto los
blancos como los negros consideraban viles, como recoger desechos humanos para usarlos como abono. Sin embargo era perfectamente posible -y as le ocurra en efecto a la
mayor parte de la poblacin- vivir toda la vida en la capital o en las ciudades de la llanura y saber muy poco o nada de los indios. Eran los hombres malos con los cuales se

asusta a los nios traviesos, recolectores de trapos y basuras, buhoneros, vaciadores de


pozos spticos: realizaban todas las tareas para las cuales no se necesita una cara.
Algunos de ellos se dirigieron al ro, como si desconfiasen incluso de la tierra seca.
Era la ms pura estirpe india sobreviviente; vivan vidas secretas y esotricas, olvidados, inadvertidos. Se deca que muchos miembros del pueblo del ro no haban puesto el
pie en la costa en toda su vida, y yo saba que era tab para las jvenes solteras y las
mujeres embarazadas abandonar las barcas donde vivan. Eran orgullosos, reservados,
tmidos y rgidamente selectivos en sus tratos con el mundo exterior. Se prohiba a quienes se casaban fuera de los clanes del ro regresar junto a sus familias e incluso hablar
con cualquier miembro de la tribu mientras viviera; pero el tab de cualquier forma de
exogamia con los robustos caucasianos que se instalaban en las costas del ro era muy
estricto, y no creo que ms de media docena de mujeres -y entre los hombres, slo los
patrones de las barcas, o mejor barcazas- hubiesen cambiado ms de una veintena de
frases con personas que no pertenecieran a su pueblo. Adems, conservaban una versin
de uno de los dialectos indios; y creo realmente que eran los remotos descendientes, a
pesar de las mutaciones, de los hombres-pjaros de los pantanos, porque el significado
de las palabras no dependa tanto de la pronunciacin como de la entonacin. Hablan
con una especie de canto; cuando, por la maana, un grupo de mujeres charla en las barcas mientras preparan el desayuno y arrojan los desperdicios por las bordas, parece el
canto del alba. La nica forma en que podra transcribirse su lenguaje es mediante la
escritura musical. Y he encontrado muy pocas de sus costumbres en los escritos de los
jesuitas.
A lo largo de los aos, su sociedad aislada y autoabastecida haba desarrollado una lgica absolutamente coherente que deba poco o nada al mundo exterior; navegaban entre puertos y ciudades con tanta despreocupacin como si ros y canales fueran un tapiz
mgico de indiferencia. Pronto comprend que eran totalmente inmunes a las visiones.
Si los feroces ancianos de nariz de halcn que gobernaban con su sabidura tradicional
decan que algo era as, era as, y se habra necesitado algo ms que los trucos de un terrqueo astuto para debilitar sus convicciones. Y como, en definitiva, no sentan la menor
buena voluntad hacia los blancos y muy poca hacia los negros, contemplaban con fro
placer, desde la seguridad de sus ojos de buey, el ocasional desastre de las ciudades por
donde pasaban.
Las gotas de sangre india que mi madre haba maldecido toda su vida me haban dado
el pelo suficientemente negro y los pmulos suficientemente altos como para ser considerado, entre el pueblo del ro, uno de ellos, en el momento en que eran los nicos que
podan ayudarme. El barquero que me recogi saba perfectamente que yo vena de la
ciudad; hablaba bastante bien la lengua corriente y me dijo que sentan buena disposicin hacia los fugitivos de la justicia, siempre que fueran de origen indio. Me cont que,
durante mi desvanecimiento, me haba extrado la bala del hombro con un cuchillo mientras su madre sostena bajo mi nariz una infusin de hierbas narcticas cada vez que
daba seales de recuperar la conciencia. Luego me puso sobre la herida una hirviente
cataplasma de hierbas, la vend y me dej al cuidado de la anciana.
Al principio cre, cuando ella me sonrea, que no tena un solo diente en su boca, porque la fiebre an nublaba mis ojos; pero pronto supe que las mujeres solan pintarse los
dientes de negro. Cada vez que ella entraba en la cabina, cerraba la puerta rpidamente,
pero no antes de que yo vislumbrara una muchedumbre de nios curiosos que trataban
de verme desde la cubierta. No obstante, no conoc a la familia hasta que Nao-Kurai me
ense a cantar algo de su lenguaje.
El lenguaje del pueblo del ro planteaba problemas lingsticos y tambin filosficos.
Por ejemplo, como no tenan una regla para los plurales sino un elaborado sistema de

nmeros alterados para denotar cantidades especficas de un objeto dado, no exista el


problema de la oposicin entre lo particular y lo universal, y la palabra hombre significaba todos los hombres. Eso determinaba profundas consecuencias en su socializacin.
No haba un equivalente preciso para el verbo ser, por lo cual se despojaba de su esencia
al sistema cartesiano y slo quedaba el hecho desnudo e indiscutible de la existencia,
porque el estado de ser era indicado por una terminacin verbal que poda traducirse como alguien se encuentra en la situacin o el desempeo de cierta cosa o accin, y el
aria exiga mucho virtuosismo para una ejecucin demasiado frecuente, de modo que se
reemplazaba por el acuerdo tcito. Los tiempos verbales dividan el tiempo en dos grandes trozos: un pasado simple y un presente continuo. Ninguno de los dos contena ulteriores matices temporales. Se creaba un futuro agregando diversos sufijos que indicaban
la esperanza, la intencin y diversos grados de probabilidad o posibilidad. Haba tambin una marcada ausencia de nombres abstractos, que eran muy poco tiles para ellos.
Vivan en una compleja, vacilante pero absoluta inmediatez.
Adems de pintarse de negro los dientes, la madre de Nao-Kurai, a quien pronto me
invitaron a llamar Mam, usaba una buena cantidad de pintura en la cara, a pesar de
su edad. La pintura se dispona de modo peculiar y estilizado. Una capa de blanco mate
cubra la nariz, la frente y las mejillas, dejando las orejas y el cuello tal como la naturaleza los haba hecho. Sobre esa capa blanca haba un punto rojo en mitad de cada mejilla y un corazn cuidadosamente delineado sobre la boca, que ignoraba por completo el
contorno real de los labios, perceptibles como un vago reborde, como de paredes enterradas en la nieve. Gruesas lneas negras rodeaban sus ojos, y de ellas irradiaban una serie de cortos rayos regulares. Las cejas estaban pintadas, pero encima de ellas otras cejas
paralelas le otorgaban al rostro una expresin de gran sorpresa. A veces, Mam se pintaba, con color negro, una medialuna, una estrella o una mariposa en el ngulo de la boca,
en las sienes o en alguna otra parte absurda. Vi que las chicas que venan a espiarme estaban pintadas de la misma manera, aunque menos sofisticadamente. Ese maquillaje tradicional quiz estuvo destinado originalmente a rechazar a los hombres de tierra firme;
lo cierto es que provocaba rechazo.
Mam esconda sus rizos de pelo negro en un colorido pauelo anudado en la nuca.
Siempre llevaba pantalones amplios ceidos en los tobillos con cordones rojos o verdes;
calcetines de algodn negro con el dedo grande separado y sandalias con tiras de cuero;
una blusa de algodn a cuadros o floreada y, encima, un delantal blanco, almidonado e
inmaculado, sin mangas, atado en el cuello y la cintura, que cubra casi por completo la
parte superior del cuerpo. Los delantales, as como las sbanas de las camas y las cortinas de los ojos de buey estaban bordadas con un encaje blanco y spero que las mujeres
hacan por las noches, reunidas en grupos de tres o cuatro alrededor de una sola vela.
Era, creo, un arte que les haban enseado las monjas en el siglo XVII, antes de que el
pueblo del ro se apartara del mundo, porque los diseos eran muy antiguos.
El traje de Mam era igual al que usaban todas las mujeres. Les daba un aspecto inconmovible; pareca que si uno las empujara no se caeran, simplemente se meceran de
un lado a otro. Pens que, si bien haba visto algunas veces las barcas que se movan
lentamente por el ro, jams haba advertido esa figura peculiar de las mujeres en la cubierta; ms tarde supe que las mujeres deban permanecer en el interior cuando llegaban
a algn pueblo de cierta importancia.
Mam ola siempre levemente a pescado, pero tambin las sbanas y las mantas; su
olor impregnaba la madera misma del casco, porque el pescado era su fuente principal
de protenas. Cuando me traa la comida, Mam nunca me daba un cuchillo, un tenedor
o una cuchara: slo traa una fuente honda con una masa firme de maz cocido, cubierta
con pescado y una salsa aromtica; ms tarde descubrira que la familia sola comer al-

rededor de una mesa redonda en la cabina principal. Cada uno recoga un puado de
maz de una fuente comn, lo arrollaba entre las palmas de las manos hasta que se endureca, y luego lo hunda en otro bol comn de salsa.
Siempre que me traa la comida, vendaba mi herida, me lavaba, tenda la cama o
cumpla las tareas ms ntimas sin disgusto ni embarazo, Mam utilizaba un pequeo repertorio de gestos rgidos y exactos, como si esos gestos fuesen el nico acompaamiento posible para sus acciones y tambin las nicas expresiones fsicas posibles de hospitalidad, solicitud o cuidado maternal. Luego descubrira que todas las mujeres se movan de esa misma manera estereotipada, como autmatas benvolas; por eso, y por su
lenguaje de caja de msica, era factible sentir que no eran completamente humanas y
comprender hasta cierto punto el motivo de los prejuicios de los jesuitas.
El aspecto y las costumbres de los hombres no eran de ningn modo tan extraos, quiz porque, aunque de mala gana, estaban obligados a mezclarse con la gente de la costa
y por eso haban adoptado algunas caractersticas y la vestimenta de los campesinos.
Usaban camisas blancas sueltas sobre unos amplios pantalones, y un chaleco igualmente
amplio, sin mangas, en general de pequeos cuadrados multicolores que se ponan cuando haca fro. En invierno, los hombres y las mujeres usaban chaquetas acolchadas de
algodn. Mam ya estaba remendando y reacondicionando un bal de esas chaquetas
para el prximo invierno.
A veces los hombres llevaban pendientes y varios talismanes colgados del cuello, pero slo adornaban sus rostros con grandes bigotes cuyas lneas cadas acentuaban el aspecto meditativo de la nariz y el mentn indios. Tambin yo luca un bigote as antes de
levantarme; y una vez que creci, no me molest en afeitarlo porque me gustaba mucho
ms mi cara de entonces que la anterior. Las semanas de dolor y malestar pasaron con el
resto del verano; por mi ojo de buey, vi los rastrojos de la llanura y los colores del otoo, que brillaban y luego caan de los rboles. Mi mejor compaero era el gato de a bordo, un animal obeso y furtivo, blanco, con manchas negras irregulares en la grupa, la
pata delantera izquierda y la oreja derecha, que me dedic gran atencin por algn desconocido motivo, quiz porque yo estaba muy quieto y l poda dormir tranquilamente
sobre el clido cojn de mi estmago durante horas, mecindome con las vibraciones de
su ronroneo. Me gustaba porque tena los mismos colores que Mam.
Cuando Nao-Kurai me dijo que ya estaba lo suficientemente bien como para salir a la
cubierta, vi que todo el barco estaba adornado con guirnaldas hechas con centenares de
aves de papel plegado, cosa que no slo serva para anunciar a los dems habitantes del
ro que haba un enfermo a bordo, sino que era adems una ofrenda a los espritus que
haban causado mi mal. Esas aves acrecentaron mi conviccin de que la tribu de
Nao-Kurai descenda de los pintores de plumas. Cuando conoc un poco mejor su medicina, me pregunt cmo haba sobrevivido a sus cuidados, porque Mam haba esterilizado el cuchillo usado por Nao-Kurai para su ciruga con orina fresca de una virgen
muy sana mientras recitaba cierta cantidad de antiguos mantras.
Nao-Kurai ocupaba una posicin importante en la tribu y yo haba tenido mucha suerte al estar bajo su proteccin. Su trabajo consista en el transporte de mercaderas de una
parte a otra de la llanura central a travs de los ros y los canales; como el doctor Hoffman haba inutilizado los ferrocarriles, el negocio estaba en plena expansin. Remolcbamos una hilera de barcas que transportaban madera de importacin a una ciudad del
norte donde la vida prosegua como de costumbre. En el pas escaseaban los bosques y
estbamos obligados a importar madera para la construccin e incluso para la fabricacin de muebles. Nao-Kurai posea la ms completa flota de barcas de todo el pueblo del
ro, y su facilidad para entender el lenguaje de la ciudad, como un notable olfato para la
aritmtica mental, lo haban convertido en el vocero y administrador de toda la comuni-

dad. La tribu comparta en gran medida sus bienes, y tenda a considerarse una familia
dispersa pero unida. Cuando yo viva con ellos, haba quinientas o seiscientas personas
que viajaban en convoyes de cinco o seis barcas, pero supongo que su nmero debe de
haber disminuido mucho desde entonces, y quiz ya han abandonado el ro, las mujeres
han lavado definitivamente sus rostros y se han convertido en pequeos comerciantes
establecidos en tierra.
Nao-Kurai era un hombre imponente, de ojos hundidos y de carcter ms bien amargo; era inteligente y tena una considerable capacidad intelectual, aun cuando era extremadamente cnico, pero, al igual que toda la tribu, era completamente analfabeto. Cuando estuve en condiciones de levantarme todos los das, ya haba aprendido varias frases
para cantar el saludo matutino a la familia y pude participar en la comida comn sin derramar el alimento. Nao-Kurai empez a tratarme con creciente confianza y por fin me
pidi que le enseara a leer y a escribir, porque estaba seguro de que la gente de la costa
lo estafaba en sus tratos comerciales. Cuando nos detuvimos en un pueblo, envi a uno
de sus hijos a comprar papel, lpices y algn libro, que fue una traduccin de Los viajes
de Gulliver. As fue como, todas las noches, despus de que las barcas quedaran amarradas, el caballo descansando y despejada la mesa de la cena, nos sentbamos bajo una oscilante linterna, a fumar y a estudiar el alfabeto mientras los nios, con estrictas rdenes
de portarse bien, permanecan en un rincn o en cubierta, demasiado intimidados incluso para jugar en silencio, mientras Mam y dos de las nias hacan encaje, y la hija menor eructaba y gorgoteaba como un grifo defectuoso, porque era subnormal.
Me haban cedido la cabina de Nao-Kurai; y l no quiso que me trasladara cuando ya
me encontraba bien aunque eso representaba un problema a la hora de dormir, porque
toda la familia deba acomodarse como pudiera en la cabina principal con hamacas suspendidas de ganchos y colchones extendidos sobre las tablas del suelo. La otra habitacin de la barca era una cocina donde Mam preparaba nuestras comidas en dos pequeas
hornallas de carbn, valindose de utensilios extremadamente simples y basta primitivos.
Haba seis nios. La esposa de Nao-Kurai haba muerto en el ltimo alumbramiento,
el de un nio que ahora tena tres aos. El mayor tambin era varn, y tena labio leporino; dos siglos de endogamia haban producido generaciones de manos malformadas,
pestaas encarnadas, orejas sin lbulos, otras deformidades leves y, tambin, me dijo
Nao-Kurai, un alto ndice de subnormalidad. La hija menor tena cinco aos y apenas
poda gatear. Pero los dems eran fuertes y sanos. Todava recuerdo a los dos mayores,
altos, hermosos, cuando por la maana se zambullan en el ro para lavarse. No s cmo
eran las nias a causa de la gruesa capa de pintura blanca que cubra sus rostros. Hasta
la de cinco aos estaba pintada, aunque babeaba tanto que las pinturas roja y blanca corran cmicamente juntas. La siguiente tena siete y la mayor nueve. Aunque sta, Aoi,
era una nia robusta que trabajaba duramente en las faenas domsticas bajo la supervisin de su abuela, todava jugaba con muecas. La vi acunar muchas veces a una mueca
vestida como los nios pequeos del ro, con un gorro tejido en la cabeza para ahuyentar a los demonios que agarraban del pelo a los niitos y se los llevaban por los ojos de
buey, y el cuerpo metido en un saco para refrenar a otros demonios que chupaban las
entraas de los nios por sus culitos. El saco era adems de un rojo brillante, porque el
rojo mantena a distancia a los demonios que provocaban el crup, los clicos y la neumona. Cierta vez me ofreci la mueca para que yo jugara: no era una mueca sino un
gran pescado vestido con ropas infantiles. Cuando el pescado empezaba a pudrirse, Mam lo reemplazaba por otro igual, de modo que la mueca, aunque cambiaba, era siempre la misma.

El hecho de que me prestara la mueca demostraba que estbamos en buenos trminos, porque las nias exhiban incluso ante sus familiares una timidez coreogrfica; se
rean si alguien se diriga a ellas y se tapaban las bocas ep,n la mano en una bonita pantomima, demasiado intimidadas para responder. A medida que pasaban las semanas, yo
me adaptaba cada vez ms al ritmo lento y a la vida amnitica del ro; aprend a cantar
su lenguaje tan bien como los dems y me convert, supongo, en una especie de hermano mayor de los nios, aunque Nao-Kurai haba trazado ciertos planes que haran de m
algo ms ntimo que un hermano. No repar en ello porque pens que Aoi era evidentemente demasiado joven para casarse.
En cuanto a m mismo, saba que haba encontrado un sitio perfecto para ocultarme
de la Polica de Determinacin; y adems, cierta avidez atvica de mi corazn, jams reconocida anteriormente, estaba satisfecha. Yo no slo me ocultaba de la polica, sino
tambin de mi ministro y de mi propia bsqueda. Haba abandonado la bsqueda.
Yo tena una vigorosa sensacin de retorno al hogar.
En poco tiempo mi nuevo lenguaje reemplaz al otro. Ya no me regocijaba la idea de
otro alimento que el maz y el pescado con abundante salsa. Incluso ahora llevo en mi
corazn el clido recuerdo de esa barca y esa familia adoptiva. Recuerdo especialmente
una noche. Deba de ser a fines de noviembre, pues la noche era bastante fra y Mam
haba encendido la estufa. Era de lea y su larga chimenea dejaba escapar un humo que
creaba un clido ambiente hogareo; nos daba calor con su gran vientre redondo y metlico que emita un rojo fulgor. Mam puso en la mesa una fuente de maz y Aoi otra de
pescado guisado. Nao-Kurai pronunci una breve oracin pagana y empezamos a arrollar la masa de maz hasta que su consistencia permiti sostener el peso del pescado. Comimos tranquilamente; siempre comamos as. Durante la cena intercambiamos algunas
trivialidades domsticas acerca del tiempo y de la distancia que habamos recorrido ese
da. Aoi le daba de comer a la nia menor, que no poda alimentarse sola. La lmpara se
meca con el movimiento de la barca, al antojo de la corriente, iluminando y ensombreciendo alternativamente los rostros que rodeaban la mesa.
Yo no adverta nada extrao en las caras blanqueadas de las nias. Ninguna me pareca ya un Pierrot en una mascarada, porque conoca cada uno de sus rasgos debajo del el
maquillaje: el hoyuelo de la mejilla de la de siete aos, el quien haba perdido su ltimo
diente de leche la semana V anterior, el pequeo araazo del gato en la nariz de Aoi. Y
Mam se pareca a cualquier madre del mundo. Ya no me oprima la limitada gama de
ideas y sentimientos que expresaba con su escaso repertorio de gestos; por el contrario,
representaba el leve sentimiento de clida claustrofobia, que haba aprendido a identificar con la idea de hogar. Met la mano en el guiso picante y, por primera vez en mi ' vida, supe exactamente qu significaba ser feliz.
Al da siguiente llegamos a la ciudad de T. y las mujeres desaparecieron mientras
amarrbamos al muelle. Nao-Kurai me pidi que lo acompaara a ver al vendedor de
madera, y as fue como abandon la barca por vez primera desde que haba entrado en
ella. Descubr que me tambaleaba al caminar. Logr convencerlo de que el mercader de
maderas, al menos, era uno de los hombres honestos de la costa; pero cuando fuimos al
mercado a comprar reservas de maz para el largo viaje ro abajo, pude hacer al pueblo
del ro un favor que Nao-Kurai estim en ms de lo que vala.
T. era una ciudad pequea, de costumbres tradicionales, situada tan al norte que del
otro lado del ro se vean las estribaciones de arenisca de las montaas. La vida pareca
poco afectada por la guerra, y la gente realizaba sus tareas cotidianas como si la capital
no hubiese quedado segregada tres aos y medio antes. La sensacin de tiempo suspendido me reconfort. Me hizo sentir que la capital, la guerra y el ministro nunca haban
existido. Haba olvidado casi completamente a mi cisne negro y al ambiguo embajador,

porque haba regresado al lado de mi pueblo. Desiderio mismo desapareci, ya que el


pueblo del ro me haba dado un nuevo nombre. Tenan la costumbre de cambiar los
nombres de aquellos que haban sufrido algn infortunio como suponan que me haba
ocurrido, de modo que yo me llamaba Kiku. Las dos slabas estaban separadas por el intervalo de una tercera menor. El nombre significaba ave hurfana, nombre que me pareca perfectamente apropiado.
En el mercado, los campesinos y granjeros ofrecan cestos de brillantes berenjenas,
retorcidos pimientos, jugosos nsperos demasiados maduros y mandarinas esplendorosas: todos los frutos del final del otoo. Haba cestas con gallinas vivas, toneles de mantequilla y quesos como ruedas de carro; tenderetes de ropas y juguetes, telas por metro,
dulces y alhajas. Un cantante de baladas se subi a una piedra para ofrecernos una demostracin de sus orgenes irlandeses, y un oso con un afeminado sombrero adornado
de margaritas artificiales parodiaba un vals acompaado por una gitana con cintas rojas
en el pelo. En el mercado haba un bullicio permanente y haba tantas caras indias entre
la multitud que nos sentamos ms cmodos que de costumbre en tierra, porque esa ciudad, por motivos que conocera ms tarde, era una especie de cuartel general del pueblo del ro.
En primer lugar fuimos a comprar maz y pedimos que nos enviaran a la barca doscientas libras de maz descascarado; luego vagamos por el mercado mientras nos ocupbamos de la lista de compras de Mam. Mientras metan en bolsas de papel tres gallinas
que chillaban, un hombre cuyos rasgos y ropas demostraban que perteneca al clan se
acerc corriendo, sin aliento, y derram sus quejas tan dramticamente como Verdi.
Salvo algunos detalles histrinicos, era una historia comn. Le haba trado una partida de granos a un vendedor de cereales. Haba hecho una marca en un contrato que no
haba podido leer, y ahora el vendedor afirmaba que, segn su contrato, debera haber
transportado dos toneladas ms de las que haba entregado en sus silos, y nuestro hermano, Iinoui, deba pagar de su bolsillo la diferencia. Era la ruina. Las lgrimas le corran por sus mejillas morenas. Era gordo, viejo, pobre, y estaba derrotado.
- Eso se puede arreglar fcilmente -dijo Nao-Kurai-. Kiku sabe leer y escribir.
Los ojos de Iinoui se llenaron de admiracin. Se inclin reverentemente c hizo uno o
dos cumplimientos en el elaborado lenguaje que usaban cuando deseaban honrar la capacidad o la belleza de alguien, porque les complaca reconocer la superioridad de otros.
De modo que fuimos los tres a casa del vendedor de cereales. Durante el camino, en el
escaparate de una tienda, vi el reflejo de tres hombres de piel oscura con amplias ropas
blancas, rotosos sombreros de paja cados sobre los ojos oblicuos, un hirsuto bigote negro sobre el labio superior, debajo de una austera nariz que expresaba el desdn por las
personas diferentes a ellos mismos. Yo poda ser el hijo mayor o el hermano menor de
Nao-Kurai. Esa idea me caus gran placer.
El vendedor de granos era un hombre plido, fofo, ladino. Cuando lanc un torrente
de invectivas en el lenguaje ciudadano, empez a echarse atrs; y cuando le exig ver
los contratos, sus ruidosas protestas eran la evidente prueba de que haba mentido desfachatadamente. Amenac con buscar un abogado y reclamar diez mil dlares por difamacin de Iinoui. El sudor perlaba su frente, de aspecto poco saludable. Yo senta ya
marcado disgusto por el color inspido y los cuerpos fofos de la gente de la costa; parecan las figuras cmicas que Mam modelaba a veces en maz para hacer rer a la hija
idiota. El hombre le ofreci a Iinoui quinientos dlares en compensacin por el error
de su empleado, y cuando se lo dije a Iinoui, tanto l como Nao-Kurai me miraron como si yo fuera un hechicero. Con su instintiva bondad, Iinoui acept el dinero al contado. Mientras el vendedor contaba los billetes, los dos patrones de las barcas intercambiaron algunas palabras entre ellos y luego conmigo; cuando Iinoui guard el dinero en el

bolso que colgaba de su cinturn interior, yo tuve el placer de informarle al comerciante


que a partir de entonces ningn hombre del pueblo del ro transportara mercancas para
l. Como las barcas eran la nica forma de transporte interno, era l, y no su anterior
vctima, quien ahora enfrentaba la ruina. Lo dejamos temblando de rabia impotente.
Iinoui insisti en que aceptara la mitad de su dinero, pero yo no lo hubiera aceptado si
Nao-Kurai no me hubiese dicho que en caso contrario herira los sentimientos de Iinoui.
Luego fuimos a un bar que admita a los indios, y bebimos una buena cantidad de coac; como me halagaban exageradamente me senta casi avergonzado. Debis comprender que, a pesar de su ingenio y de su inteligencia natural, Nao-Kurai no haca grandes
progresos en sus lecciones. En primer lugar, era demasiado viejo para empezar a aprender. Despus de tantos aos de amarrar y desamarrar barcos y de cargar sacos de trigo,
sus dedos eran demasiado torpes para manejar con sensibilidad un lpiz. En segundo lugar, su mente, que retena el dibujo de las corrientes en todos los ros del pas y recordaba la ubicacin y los defectos de todas las esclusas de medio millar de canales; esa mente que era un repertorio fabuloso de la ciencia del agua, de viejas tradiciones y mitos del
pasado, esa mente que poda calcular como un rayo cunta carga de carbn poda llevar
una barca, esa mente que funcionaba magnficamente, no tena ya un solo rincn libre
para guardar el alfabeto romano. Adems, no pensaba en lnea recta, sino en sutiles e
intrincados crculos entrelazados.
Conceba ciertas polaridades -la luz y la oscuridad, el nacimiento y la muerte- que, si
bien eran inmutables, mantenan estrechos vnculos. Poda comprender oralmente los
conceptos ms sofisticados en un segundo, pero no poda coordinar la mano y el ojo para formar una secuencia lineal tan elemental como el gato est en el cojn. Pero Kiku
-deca-. El gato est en tu rodilla, y aunque no es la nica gata del mundo, es para m la
esencia de un gato. Las formas mismas de las letras lo desconcertaban.
Se entretena con sus ngulos, que trazaba una y otra vez, riendo de placer, hasta que
se convertan en letras abstractas, hermosas en s pero totalmente carentes de significado. Nuestras noches de estudio se haban convertido en una tortura compartida. Yo saba
que jams aprendera a leer ni a escribir. Su fracaso slo lo impulsaba a respetarme ms.
Mi acierto con el vendedor de granos termin de definir una decisin que sin duda creca en su mente desde haca algn tiempo.
Por fin nos separamos de Iinoui y fuimos a terminar nuestras compras exhalando amigablemente vapores de coac a travs de nuestros bigotes. Me detuve para gastar un poco de mi nueva riqueza en un ramo de dalias jaspeadas para Mam y en un alegre pauelo de seda con violetas pintadas.
- Es un regalo para alguien? -pregunt Nao-Kurai con el bello y cuidadoso tacto de
mi pueblo.
- Para Aoi -respond.
Llevaba las gallinas en un brazo y una gran naturaleza muerta de hortalizas en la otra,
mientras yo cargaba con un queso, un montn de mantequilla envuelta en paja y un cesto con cuatro docenas de huevos. Pero aun as logr apretar mi mano.
- Te gusta mi Aoi?
Estbamos en el mercado, a mitad de la tarde. La nia gitana bailaba todava con su
oso, y la caja de monedas brillaba como un cajn de arenques por el dinero que les haban dejado. El irlands acababa de embarcarse en un largo lamento por la muerte de Napolen, y en su gorra extendida haba algunos peniques. Record la ciudad, la pera, la
msica de Mozart. Las voces de Mam y de Aoi eran ahora para m la msica de Mozart, y mientras recordaba la ciudad le dije alegremente adis. El coac que haba bebido, el regalo de Iinoui y las palabras amables me ponan sentimental. Y, a juzgar por las
apariencias, Nao-Kurai poda ser mi padre; ya lo amaba.

El pueblo del ro haba heredado o desarrollado un intrincado sistema familiar que era
tericamente matriarcal aunque en la prctica todas las decisiones recaan en el padre.
El padre -o nominalmente la madre- adoptaba como hijo al hombre con quien se casaba
su hija mayor. Cuando mora, el yerno heredaba la barca y todo lo que contena. Por lo
tanto, Nao-Kurai me ofreca mucho ms que una novia: un hogar, una familia y un futuro. Si yo mataba a Desiderio y me converta definitivamente en Kiku, no debera temer
a nada, nunca ms. No debera temer la soledad ni el aburrimiento ni la falta de amor.
Mi vida fluira como el ro en que viva. Me convertira oficialmente en un proscrito;
pero si firmaba una alianza con los proscritos dejara de ser un fugitivo con una delicada
sonrisa en el rostro, deseoso de morir o de ser el capitn Marvel. Mis ojos se llenaron de
lgrimas. Apenas logr hablar.
- S -balbuce-. Me gusta.
- Entonces, es tuya -dijo con sencillez rabe; y de mutuo acuerdo, dejamos caer todos
nuestros paquetes y nos abrazamos.
En ese instante la gitana ech atrs la cabeza al terminar el fandango y pude ver su
rostro por encima del hombro de Nao-Kurai. Durante un segundo fugaz ese rostro fue el
del bello embajador del doctor Hoffman, y toda mi resolucin tambale, porque habra
seguido a aquel rostro hasta el fin del mundo. Pero cuando levant la mano para limpiarse la transpiracin, la cara del embajador desapareci: era nuevamente una muchacha
gitana comn y corriente, incluso tea, con una nariz ancha y chata, ojos pequeos y con
monedas de oro colgando de sus orejas perforadas. Mis ojos me haban engaado, pero
de todos modos parte de mi gloria se evapor y volv ms sereno a la barca, aunque
Nao-Kurai rea sin parar de pura alegra.
Como Aoi slo tena nueve aos, pens que habra un largo perodo de noviazgo, pero todos me aseguraron que ya haba llegado a la pubertad y me ofrecieron una demostracin visual si no les crea. Abandon los ltimos vestigios de mi mojigatera ciudadana y Nao-Kurai fij la fecha de mi boda para el solsticio de invierno -pocas semanas
ms adelante-, en que volveramos a la ciudad de T. despus de un viaje destinado a
transportar una carga de objetos manufacturados de papel por el sistema de los canales;
ms abajo de T. el ro se ensanchaba y formaba un lago natural donde el pueblo del ro
se reuna tradicionalmente para celebrar las bodas, que entre ellos eran ocasin de grandes fiestas.
Mam me bes y me dijo que era muy feliz. Aoi salt a mis brazos como si hubiese
sido impulsada por la energa de su propia risa; la hermana del medio tirone con timidez de los faldones de mi camisa y me pregunt si tambin me casara con ella; la menor pareca babear con inusitado entusiasmo, y todos los varones apretaron mi mano y
murmuraron felicitaciones ms reticentes. Empavesaron todas las barcas con flores de
papel dorado para anunciar al ro que habra una boda, y los hombres de todas las barcas
que encontrbamos suban a bordo a abrazarme. Era el principio del rito de la adopcin.
Mam y las nias empezaron a coser un elaborado ajuar para la novia y para m, y a hacer listas de la comida necesaria para la fiesta. Pero cuando pregunt qu platos serviran, rieron convulsivamente y dijeron que eso deba ser una sorpresa.
Aoi empez a tratarme con gran familiaridad. Vena a sentarse en mis rodillas cuando
tena un rato libre, retorca los extremos de mi bigote, me daba besos hmedos e infantiles en la boca y las mejillas, se apoderaba firmemente de mis manos, las meta debajo
de su delantal y de su blusa y me preguntaba si sus pechos haban crecido desde la vez
anterior, y cunto. Tres noches despus de nuestro compromiso, hubo una cena especial:
sopa de ostras con huevos batidos, adems del maz y el pescado habituales. Tomamos
esa sopa en tazones especiales, de vidrio rosa y morado. Nunca haba visto esos tazones;
al parecer se reservaban especialmente para los casamientos. Aoi se arrodill delante de

m para ofrecerme el tazn y acompa el ofrecimiento con ciertas frmulas verbales


demasiado complejas y arcaicas como para que yo pudiera comprenderlas; pero
Nao-Kurai, que rea sugestivamente, se neg a traducirlas. Por primera vez sent, aunque levemente, que mi ignorancia de sus costumbres era para ellos objeto de bromas
privadas.
En realidad, y aunque pareciera extrao, me senta menos seguro de m mismo entre
el pueblo del ro desde la curiosa ilusin ptica que me haba revelado el rostro del embajador superpuesto al de la nia gitana, a pesar de que ahora tena un papel importante
en la pera. Empec a percibir, o a creer que perciba, cierta ambivalencia, en especial
en la conducta de Nao-Kurai. En primer lugar, arroj por la borda Los viajes de Gulliver
y anunci, con alegra ms bien infantil, que nuestras lecciones haban terminado. Eso,
para m, representaba un gran alivio; pero de ningn modo poda interpretar en ese momento lo que slo puedo considerar ahora incipiente triunfo en la insondable profundidad de sus ojos castaos, que tenan forma de comas y que, como ya saba, no revelaban
su alma. Pero la fuente principal de mi inquietud era sta: el compromiso y la subsiguiente boda me envolvan desde un comienzo en una intrincada maraa de rituales en que
yo deba desempearme sin error; mi padre adoptivo pareca sentir un extrao placer negndose a darme indicios que me orientaran. Yo ya haba comprendido que una de mis
obligaciones era masajear con entusiasmo los pechos de mi prometida cada vez que ella
me los ofreciera, aunque lucra delante de todos. Como supona que la sopa de ostras de
aquella noche era afrodisaca, tom los tres tazones que ella me dio, chasqueando ostentosamente los labios, y luego cre que deba pedir ms. La cabina entera se sacudi de
jbilo, lo cual confirm mi suposicin. Poco despus de medianoche, tal como esperaba, o un dbil golpecito en mi puerta.
- Quin es? -pregunt en voz baja.
- Una pobre muchacha que tiembla de fro en la noche -respondi ella con la voz de
una nia que recita un poema aprendido de memoria. Las palabras eran tan anticuadas
como las de su invitacin a la sopa, pero esta vez comprend perfectamente y me levant para abrir.
Se haba quitado la pintura; tena trenzas atadas con cintas amarillas y un camisn
blanco sencillo que me record a la pobre Mary Anne, a quien hubiera preferido olvidar.
Me conmovi que trajera su mueca-pez aferrada por la cola de su camisn rojo; deba
de ser por la fuerza de la costumbre, para tener compaa. Se dirigi de inmediato a mi
cama, se meti de un salto entre las sbanas y puso cuidadosamente las branquias de su
mueca sobre la almohada de blancos volados. Se conduca mucho ms solemnemente
que de costumbre, pero pareca haber estudiado cada palabra y cada movimiento en un
libro de buenas maneras. Mam deba de haberle enseado todo. Cuando me acost a su
lado, ella se acomod con gracia entre mis brazos, busc directamente mi pene y empez a acariciarlo con singular destreza.
Las costumbres sexuales del pueblo del ro eran para m un libro cerrado; yo me senta capaz de aprender con rapidez, pero en esa situacin particular sencillamente no saba si lo que se esperaba de m era el coito concreto o no. La sopa afrodisaca as lo indicaba; pero de algn modo entend que Aoi no habra sido tan ostensiblemente directa en
ese caso. Mi excitacin creciente bajo sus deditos diablicamente sagaces tornaba mucho ms difcil la decisin, pero cuando la acost significativamente sobre su espalda dej escapar un graznido de escandalizada sorpresa y yo interrump de inmediato lo que
me propona hacer y me qued totalmente inmvil, contentndome con oprimir sus pezones adolescentes, hasta que ella sola con sus manos me provoc un orgasmo irresistible; mientras gema me pregunt si eso era incorrecto y si todo el ejercicio no estara

destinado a poner a prueba mi estoicismo, ya que ellos valoraban mucho ese don y
jams lloraban en los funerales.
Pero Aoi pareca satisfecha y se acurruc para dormir hasta que Mam nos trajo el desayuno a la cama la maana siguiente, con muchas expresiones de aprobacin y besos
para ambos. Cuando encontr a Nao-Kurai en la cubierta grit efusivamente y me palme la espalda. Como esperaba encontrarlo abatido porque yo haba aprobado otro examen, me sent ms desconcertado que nunca.
La noche siguiente no hubo sopa, pero Aoi me visit a la misma hora. Esa vez llevaba
cintas verdes en las trenzas. Supuse que Mam, Nao-Kurai y probablemente toda la familia tena las orejas pegadas al tabique para no perderse ningn detalle; como sospechaba que mi deber era tener el orgasmo ms ruidoso posible, cumpl con l. Esa noche
Aoi me permiti que acariciara su diminuta hendidura y descubr, para mi sorpresa, que
su cltoris era tan largo como mi dedo meique, cosa que me desconcert. Jams haba
visto nada parecido; aunque estaba seguro de que no era habitual, decid interrogar a
Mam al da siguiente. Me pareci mejor que fuera ella, y no su hijo, quien me explicara el fenmeno, ya que Mam no demostraba ante el inminente casamiento otra cosa
que honesto placer.
La encontr sola, por milagro, mientras preparaba sabrosos platos para nuestra comida, y se embarc en un gorjeante discurso cargado de arcasmos y de referencias a antiguas tradiciones, cuyo resumen fue el siguiente: era costumbre que las madres masajearan a sus hijas durante una hora por da desde la niez en adelante, para estirarles el pequeo y sensitivo rgano hasta que alcanzara una longitud que el pueblo del ro consideraba deseable esttica y sexualmente. La tcnica de dichos masajes maternales se
transmita de madre a hija; pero a la muerte de la madre de Aoi, Mam haba tomado a
su cargo esa indispensable tarea y senta justificado orgullo por los excelentes cuidados
que les haba dispensado a sus nietas. Acaso no haba logrado maravillas? Respond
con toda sinceridad que s. El origen de esa prctica de estiramiento se perda entre la
bruma de mitos y rituales; en cierto momento us la frase pentatnica que significaba
serpiente, y en su mitologa haba serpientes extraordinarias. Quizs esa prctica equivala a las ceremonias de circuncisin de los varones. Nao-Kurai me haba dicho que la
inevitable circuncisin se realizaba siempre sin excepcin en una ceremonia quirrgica
colectiva cuando los muchachos llegaban a los doce aos. Durante tres semanas, las barcas donde vivan los chicos circuncidados remontaban desde los mstiles cierta cantidad
de cometas de papel rojo brillante. Afortunadamente, las monjas se haban ocupado de
hacerme operar cuando yo era demasiado pequeo para enterarme, y me ahorre el temor
de que un tardo cuchillo descendiera sobre mi prepucio antes de que pudiera casarme.
Quiz, cuando advirti mi curiosidad acerca de estas costumbres, se pregunt si yo no
crea que ella deseaba ocultar alguna malformacin natural de su nieta, porque cerr la
puerta de la cocina y me pidi que me diera vuelta. O deslizarse las ropas y luego me
invit, con esos gestos refinados que siempre me conmovan, a inspeccionar su propio
cltoris, una esplndida protuberancia palpitante en lo alto de los labios interiores rojo
oscuro. La piel de sus muslos era suave, y comprend que a causa de la pintura blanca
del rostro jams haba podido estimar su edad y ni siquiera si era atractiva. Como todas
las mujeres del ro se casaban en la pubertad, no deba de tener mucho ms de cuarenta
y cinco aos; cuando la acarici experimentalmente, ya estaba empapada. Mam gorje
unas palabras admonitorias pero, al mismo tiempo, asegur el cerrojo de madera de la
puerta y me apret contra el casco de la barca en medio de muchos suspiros, mientras
una sartn con gambas bailaba y chisporroteaba sobre la cocinilla de carbn.
Sent un profundo arrepentimiento cuando termin el acto: no poda imaginar una sociedad que no considerara un grosero abuso de hospitalidad el acceso carnal a la duea

de casa y abuela adoptiva; pero Mam, sonriente (me pareca), mientras suspiraba y esparca besos de mariposa por mi cara culpable, me dijo que no gozaba del sexo desde el
ltimo festival de la circuncisin en la ciudad de T. en el pasado mes de abril, es decir
haca mucho, mucho tiempo; que mi desempeo, aunque improvisado, le haba procurado gran placer, y que ella estaba siempre disponible en la cocina por las maanas, despus del desayuno y antes de la comida. Luego nos sec a ambos con una toalla de mano, se puso nuevamente los pantalones y volvi a ocuparse de las gambas, que se haban
chamuscado un poquito.
Fui a echarme un rato en la cama, para examinar la situacin. Una vez ms, haba credo que resbalaba a lo largo de una serpiente cuando, en realidad, estaba trepando por
una escalera. Acababa de adquirir una aliada muy poderosa. La amabilidad de Mam
aument considerablemente. En el desayuno que nos traa a Aoi y a m aparecieron toda
clase de manjares especiales, como anguilas a la brasa. A veces la oa susurrar elogios
de m a su hijo, cuando estaban solos. La promiscuidad que haba heredado de mi madre, y que tantas veces haba sido causa de confusin, me pona ahora en el buen camino.
En realidad yo estaba a punto de reconciliarme con todas las madres.
Pens que esa noche mi novia-nia y yo llegaramos a la verdad, porque ella traa cintas moradas; pero se dedic a la fellatio y eso fue todo. Mam confirm mi sospecha de
que el coito completo estaba prohibido hasta la misma noche de la boda, para que el novio tuviera an una primicia que cosechar, y pas esas noches de otoo entregado a elaborados entretenimientos amorosos con mi sonriente juguete ertico, adornado cada vez
con moos de distinto color, mientras follaba por las maanas a la abuela del juguete
apretada contra las tablas de la barca. Empec a sentirme como un esclavo ertico. Me
daban excelente comida y nadie me peda que hiciera tareas a bordo, excepto el control
ocasional de listas de carga o cuentas de compras porque, apenas entregamos nuestra
mercadera y recibimos por ella una paga adecuada, iniciamos el regreso a la ciudad de
T. Nao-Kurai empez a acumular suntuosos bienes para la boda. Compr cinco docenas
de jarros de vino dulce que hacen en esta parte del pas con miel y cerezas; un tonel de
cuarenta litros de spero coac; una lata de quince libras de albaricoques secos, y muchas otras cosas, entre ellas un cordero vivo que se matara para la fiesta. Todo se guard
abajo, en la bodega, excepto el cordero, que fue atado en la cubierta de la barca que nos
segua y alimentado con avena y cebada cocida. Engordaba mientras uno lo miraba; engord tanto que casi dej de balar. Pero cuando pregunt si sera el plato principal, asado como una pice de rsistance, dijeron que no: habra algo mejor. No queran decirme
de qu se trataba porque deseaban darme una sorpresa. Y luego se rieron suavemente.
As fuimos navegando por el melanclico paisaje de principios del invierno, por terrenos llanos donde la luz caa de un cielo desmesurado con una intensidad peculiar y
quimrica. Eran los ltimos das en que poda elegir libremente: todava poda abandonarlos, pero despus de mi boda la barca y el ro seran mi nico mundo; a pesar de estar
suficientemente ocupado con mis dos amantes, a veces senta una perturbadora nostalgia al recordar aquellas feas calles donde nadie se preocupaba de m ni yo me preocupaba por nada, nostalgia que slo se desvaneca cuando pensaba que era un fuego fatuo de
la mente. No haba ninguna noticia de la capital en los pueblos de los canales y aunque
por la noche extraordinarias luces brotaban de las montaas a las que volvamos a acercarnos, no haba otras seales de la guerra en ese pas buclico que pareca tan encerrado en s mismo bajo el peso opresivo del cielo que nada tena significado fuera de l.
se era el cielo que cubra el mundo del pueblo del ro. Yo me senta intolerablemente
expuesto a ese paraso abrumador. En defensa propia me volv introspectivo, pero cuanto ms meditaba, ms me convenca de que esa tortuosa formalizacin de la vida que ellos me ofrecan compensaba el peligroso ritual de iniciacin.

Los canales estaban llenos de barcas y cuando llegamos al ro principal encabezamos


un gran convoy adornado con gallardetes de papel. Por la noche otros patrones de barcas se reunan con nosotros en la cabina mientras se relegaba a las mujeres a la cocina o
a mi pequea habitacin, y los hombres bebamos coac y fumbamos pipas de mazorca
de maz: o muchas discusiones polticas o que versaban especialmente sobre el mantenimiento de las barcas y los arreglos para las bodas-adopciones que los vinculaban entre
s. Ms que nunca comprenda que su vida era un complejo subuniverso con sus propias
reglas, inaccesible para un extrao, ya que pasaba desapercibido para l. Haba frialdad
en esos hombres. Hasta el mtodo de servir una copa estaba santificado por la tradicin
y jams se alteraba. Uno levantaba la copa ante el jarro que se le ofreca; cuando estaba
llena, tomaba el jarro y le serva al vecino, de modo que nadie llenaba nunca su propia
copa. Hasta ese extremo imperaba el espritu comunitario. Esa falta de identidad empez a provocarme una singular falta de conciencia de m mismo, aquella triste autoimpuesta limitacin de la experiencia que reconoca en m mismo y que deba de ser, como
mis pmulos, mi herencia india. Sin embargo, yo saba que anidaba en m, y aunque me
senta coercionado, estaba aprendiendo a amar ese encierro. Nao-Kurai me trataba con
visible orgullo; sin embargo yo senta, ms que nunca, una corriente profunda de velada
hostilidad, y me pregunt si no era simplemente su temor de que, a ltimo momento, lo
abandonara.
Entramos nuevamente en la ciudad de T. e hicimos nuestras ltimas compras para la
boda en un mercado lleno de oropeles, rboles de Navidad y otras reminiscencias de una
celebracin que nosotros ramos demasiado paganos para comprender. En todas partes
haba carteles que anunciaban una feria que se instalara en la ciudad la vspera de Navidad, y la iglesia proclamaba que celebrara una misa de medianoche; pero nosotros slo
encenderamos nuestros cirios ante los espritus primordiales del solsticio, cuyas races
se hundan en el cambio de las estaciones y en el principio de la fertilidad. Era, deca
Nao-Kurai, la poca ms adecuada para una boda. Esta vez no recibimos encargos sino
que remontamos el ro hasta el lago, donde pareca que todas las barcas del mundo nos
aguardaban, adornadas con emblemas y linternas de papel decoradas en mi honor con
smbolos flicos, porque al da siguiente era la boda.
Por inescrutables, hierticas razones, Aoi no acudi esa noche a mi lecho y la luna de
invierno brillaba con tal intensidad a travs de las cortinas blancas de mi ojo de buey
que hera mis ojos y me impeda dormir. Finalmente sal a cubierta y encontr a
Nao-Kurai, tambin desvelado, sentado sobre un rollo de cuerdas, bajo una gran nube de
humo de pipa, bebiendo un jarro de coac, recogido de su gran tonel. Pareca contento
de verme, aunque no me salud por mi nombre. Busc una copa y la llen. Advert, por
la forma en que camin hasta la cocina, que ya haba estado bebiendo a solas cierto tiempo.
Miramos juntos un buen rato la luz de la luna reflejada en el agua, en silencio. Luego
l empez a hablar y enseguida comprend que estaba muy ebrio, porque las palabras
parecan surgir al azar de una mente que se haba convertido en un estanque de memorias, donde de vez en cuando las ideas afloraban a la superficie como algas ociosas. Mientras hablaba, yo dudaba cada vez ms de que supiese quin era yo; cuando termin
estaba seguro de que lo ignoraba. Quiz me confundi con su hijo mayor o con alguno
de los barqueros que haban subido a bordo a felicitarlo. Usaba el dialecto ms arcaico
del ro y empleaba muchas expresiones que haban desaparecido haca mucho tiempo
del lenguaje comn, pero yo poda seguir bastante bien el hilo de la narracin.
- Era hace mucho tiempo, oh, mucho tiempo, antes de que viniramos a vivir sobre el
agua. Vivamos en cabaas hechas de trozos de plumas y para conseguir una tela fuerte
que pudiera resguardarnos de la intemperie los pegbamos con saliva; as deca la madre

de Mam, y ella nunca dijo una mentira. Adems, era bastante vieja para recordar todo y
haba nacido de un huevo de loro cuando era muy pequea, as fue. Era bastante vieja
para recordar lodo y tan vieja, cuando muri de tos, que estaba doblada como una serpiente comindose la cola, y ella haba comido serpientes, sabes? Ya hablar de eso ms
adelante.
Estaba tan enroscada cuando muri que nos cost muchsimo trabajo enderezarla y
meterla en un atad normal, oh s, cunto trabajo. Pero todo eso ocurri hace mucho tiempo; cuando ocurri lo que recuerdo esta noche era hace tanto tiempo que apenas haba oscuridad de noche y, en general, era una buena poca porque no haba gente en la
costa, pero tambin era una mala poca porque no sabamos cmo hacer fuego, verdad? As que siempre haca un poquito de fro y no podamos cocinar nada, por supuesto, ya que no tenamos fuego.
Es mentira decir que no sabamos hacer fuego hasta que llegaron los barcos negros.
Qu mentira! Aun as, en aquellos das, los das de los cuales hablo, no comamos ms
que caracoles y serpientes y cosas que se arrastraban y vivan en el agua porque si bien
no vivamos sobre el agua, pasbamos el tiempo, por as decirlo, en ella. O mejor dicho,
en aquellos tiempos no haba tantas diferencias, ninguna de esas divisiones tan marcadas. Ni da ni noche, pero bastante luz; ni slido ni lquido, pero bueno para agarrarse;
ni duro ni blando, pero todo se poda masticar Todo a la vez, como debera ser. O as
deca mi abuelita. Excepto que haca un poquito de fro.
La mayor parte de la ltima secuencia brot de su boca con el extrao canturreo de
quien narra detalles de un pasado legendario, y me alegr hallar ms pruebas de que mi
familia proceda del hermoso pueblo de los pjaros de la antigedad. El aire de la noche
me congelaba, de modo que tom uno o dos sorbos de coac. A nuestro alrededor las
barcas dormidas se mecan suavemente, ancladas, decoradas con jardines de papel para
celebrar mi boda, y mi novia dorma en la cabina probablemente acunando en sus brazos inocentes a su extraa mueca. Nao-Kurai continu con voz soolienta, pronunciando mal involuntariamente algunas palabras, con lo cual alteraba sutilmente el significado, y yo escuchaba porque esas pintorescas supersticiones eran la historia oral de mi pueblo, verdad?
- Pues bien, en esos das las mujeres no deban tocar las serpientes, es decir, con sus
manos. Pero una muchacha recogi del suelo la cabeza de una serpiente que haba capturado su padre, y la serpiente escupi su veneno entre las piernas de la muchacha, que
inmediatamente concibi. De modo que ella tena una serpiente en el vientre: se mova,
cascabeleaba, se retorca. Ella se senta muy incmoda y dijo: Seor Serpiente, no quiere salir, por favor?. Serpiente le respondi: Lo har cuando me convenga. Ella
continu haciendo sus quehaceres y lo ms maravilloso era que nunca senta fro, aunque soplara el viento. Serpiente dijo: Eso se debe a que he encendido un pequeo fuego. o sabes lo que es el fuego?. Y la muchacha respondi: Pues no. No exactamente. Entonces la serpiente sali de su vientre con un poco de fuego en la boca y ella
se frot las manos al sentir el calor, salt de alegra y dijo: Es bueno. Serpiente le ense la palabra que significaba caliente, que la muchacha desconoca porque nunca se
haba sentido as antes.
Bien, ella estaba a punto de comer su cena, un trocito de lagarto, lo nico que tena
para comer, y Serpiente le dijo: "Por qu no calientas tu trozo de lagarto sobre mi fuego? Lo encontrars mucho ms sabroso". Fue lo ms delicioso que haba comido nunca, mucho ms que esos caracoles y cosas crudas. Entonces oyeron que alguien se acercaba y Serpiente se meti dentro de ella rpido como un rayo y todo continu como siempre. Salvo que desde entonces, cada vez que estaba sola, Serpiente sala de su vient-

re, ella asaba su cena y, de esa manera, se mantuvo caliente y hermosa durante todo el
invierno.
Pero su padre y sus hermanos empezaron a levantar la nariz y a relamerse la boca
cuando olan el delicioso aroma de la cabaa y un da encontraron algunos huesos que
ella no haba limpiado bien, mordieron la carne y les pareci deliciosa, aunque no saban por qu. La muchacha estaba redonda como una bola, sin embargo no daba seales
de parir, as es que decidieron apoyarse contra su vientre, pero como no saban qu era
un horno no pensaron que estaba caliente como un horno.
Otro da el hermano menor se escondi en el armario de la cabina y vio que Serpiente sala de su hermana y una gran llama recorra la cabaa y asaba su cena. "Qu es esto?", pens, peg un salto, se apoder de Serpiente y dijo: "Ensame ese truco o te mato". Pero Serpiente se desliz de sus manos y se hundi en su hermana antes de que se
pueda decir "Jack Robinson". Ella grit e implor, pero no se poda hacer nada porque
ella no saba cmo hacer el fuego, verdad?
Nao-Kurai hablaba cada vez ms lentamente y empezaba a dejar grandes huecos entre
las frases, que llenaba el triste roce del agua contra los costados de la barca, mientras su
cabeza caa sobre su pecho. En alguna parte un perro atado aullaba.
- Cuando Padre y los dems Hermanos regresaron, Hermano Menor les dijo lo que
haba visto, de modo que tomaron sus grandes cuchillos y abrieron a Hermana de la
misma manera en que se limpia un pescado. Pero Serpiente estaba de mal humor y no
quera ensearles. Lo amenazaron y sacudieron la cabeza de Hermana delante de sus ojos, hasta que finalmente consinti en ensearles cmo hacer fuego. Todos los das, por
la noche, despus de la cena, frotaba dos palitos, haca una llama y deca: Veis? Es fcil. Pero ellos no podan aprender por ms que lo intentaban. Torturaban sus pobres cerebros y se llenaban los dedos de tinta pero no podan aprender el A, B, C ni cmo se
deletrea gato, verdad? Entonces comprendieron que era magia, mataron a Serpiente
y lo cortaron en trozos. Luego cada uno comi su trozo y despus de eso todos pudieron hacer fuego
Cada uno de ellos poda garabatear con fuego en un abrir y cerrar de ojos, con toda
facilidad
Con eso, sus ojos se cerraron y no habl ms, excepto para murmurar con intensa satisfaccin: Hacan cualquier cosa con toda facilidad. Luego cay en un profundo sueo. Yo tom el jarro y beb un gran trago de coac porque estaba temblando, y esa vez,
no de fro: temblaba de terror y desesperacin. Record una historia que haba ledo alguna vez en un viejo libro, acerca de una tribu de Asia Central que infaliblemente mataba y coma, en su territorio, a cualquier extranjero bastante imprudente para hacer un
milagro o mostrar cualquier signo particular de santidad, porque as absorba su mgica
virtud. El nombre de la tribu -Hazara- me haba ayudado a resolver un difcil problema
de palabras cruzadas; ahora el recuerdo de aquella historia me ayudaba a resolver otro
problema. Si el pueblo de los pjaros hubiese querido apoderarse de la magia de los
jesuitas, se habra comido a los sacerdotes. Como me comera a m.
Enseguida llen todos los huecos sospechosos que mi solitario sentimentalismo se haba negado a reconocer. El aire de sigiloso triunfo de Nao-Kurai cuando acept a su hija;
la excesiva cordialidad de Mam; su ansiedad por adoptarme aunque saban, a pesar de
todas las apariencias, que slo era un temido y misterioso habitante de la costa, alguien
que no siempre haba sentido debajo de sus pies el movimiento del ro insustancial y
que, sin embargo, posea un conocimiento precioso y secreto que ellos slo podan adquirir con medidas desesperadas. Admit, tan claramente como si Nao-Kurai lo hubiese
cantado, que se proponan matarme y comerme, como haban hecho con Serpiente, el
portador del fuego de su fbula, para que todos aprendieran a leer y a escribir despus

de un festn en el cual yo sera el plato principal del men de mi propia comida de bodas. Me debata entre la risa y el horror. Por fin me puse de pie, cubr con mi chaqueta a
mi suegro para que no tomara fro y baj en silencio, buscando ms pruebas.
En la cabina principal mis hermanos y hermanas dorman dulcemente y la luna se
mezclaba con la festiva luz de las linternas, entraba oblicuamente por los ojos de buey y
brillaba sobre sus amados rostros. Porque as era, no me avergenza decirlo: los amaba
a todos, incluso a la niita que no poda decir su nombre y ventoseaba cuando la pona
en mis rodillas. Mam y mi novia infantil compartan el mismo colchn y cuando vi, abrazadas, las dos carnes, la vieja y la joven, que eran en cierto sentido intercambiables y
cuya doble textura era ya parte de la ma, ca de rodillas ante ellas, dispuesto a comprometerme ntegramente e incluso a darles mi propia carne, en la forma que quisieran, si
crean que poda servirles de algo. Estaba casi abrumado de confianza y buena fe. Creo
que llor, joven necio como era. Aoi tena la mueca a su lado: sus manos aterraban su
vestido rojo. Era un detalle indescifrablemente conmovedor.
Entonces la nia cambi de posicin en medio del sueo y murmur algo. Al moverse, descubri lo que debera haber sido la escamosa cabeza de su niito, con su gorro
blanco. Pero debajo del encaje no haba una cabeza de pescado sino la punta de uno de
los cuchillos ms grandes que usaba Mam en la cocina. La barca se meci en la corriente y Aoi, a medias despierta, apret el cuchillo contra su pecho. Con mucha claridad
dijo:
- Maana. Debes hacerlo maana.
Luego se volvi sobre la espalda y empez a roncar.
Quizs el cuchillo era parte de algn extrao ritual de desfloracin. Quiz no. Me
sent sobre los talones y me sequ el sudor de la frente; luego comprend que no deseaba correr el menor riesgo de equivocacin pensando que no deseaban hacerme mal. Pero de todos modos bes sus frescas mejillas antes de partir, primero la de la pobre Aoi,
que me hubiera matado porque se lo pedan, una mueca programada de rostro de harina que no era duea de sus propias manos, y luego la de Mam, cuya piel jams haba
saboreado libre del olor a la grasa de carnero que era la base de sus cosmticos. Creo
que mi corazn esa noche estuvo a punto de romperse, es decir romperse como era posible antes de decirle adis a Albertina, cuando finalmente se rompi para siempre.
No tena que llevarme nada de la barca excepto mis recuerdos. Sal y murmur un silencioso adis a la figura adormecida de mi suegro, que se haba cado de su silla y estaba despatarrado junto al jarro de coac que lo haba traicionado. Mientras me dejaba caer por la borda al agua fra, sin hacer ruido, las velas de las linternas de papel empezaron a vacilar, y cuando llegu a la costa se apagaron una a una.
El viento atravesaba mis ropas empapadas y el fro despert al viejo Desiderio. En
cuanto volv las espaldas a las barcas y mir las lejanas luces de la ciudad, me di la bienvenida al viejo hogar de mi ser anterior con aburrido disgusto. Desiderio haba salvado a Kiku de los queridos padres que se lo queran comer; pero Kiku todava no encontraba en su corazn un motivo para agradecerle a Desiderio, porque todas sus esperanzas
de paz y sosiego se alejaban velozmente de l como el agua del ro que goteaba de sus
ropas a cada paso.
El reloj de la plaza del mercado me dijo que eran las cuatro menos cuarto de la maana; la plaza estaba ocupada por las tiendas de la feria de Navidad, cerradas y desiertas a
aquella hora. Pens que poda encontrar algn abrigo para lo que restaba de la noche en
alguna de ellas, de modo que recorr las calles de tiendas hasta que encontr la entrada
de una, abierta y sostenida por una cuerda, como si alguien, en el interior, me esperara.
Reconoc de inmediato la tienda. Esta vez, el cartel deca: UN REGALO ESPECIAL
DE NAVIDAD PARA TODOS. Entr. l se agit sobre la paja.

- Vela y cerillas en la caja -dijo-. Y ahora que ests adentro, cierra la solapa. Un tiempo de perros, maldito sea.
Tal como esperaba, vi en la mquina, que giraba sobre un eje, la cabeza de una mujer
echada hacia atrs como si estuviera en xtasis, su pelo negro desplegado a su alrededor
como una bandera grandilocuente. La cabeza del embajador del doctor Hoffman giraba
como el mundo y una mano cortada apretaba el ndice contra sus labios y pareca decirme que guardaba un delicioso secreto, la otra estaba extendida y pareca celebrar jubilosamente que yo hubiera regresado a su lado.
Se titulaba: TENUE CENTELLEO; UNA CABEZA SUSPENDIDA DEL INFINITO.
***
4. Los acrbatas del deseo
- Si ya has visto lo que deseas, no gastes la vela -dijo, y yo la apagu.
La nica luz que nos iluminaba era el dentado disco brillante que proyectaba en el
techo una pequea estufa de petrleo. Me arrodill con agradecimiento junto a la estufa
porque estaba temblando, mientras l murmuraba y buscaba algo para ofrecerme de comer. Me sorprendieron y me conmovieron sus torpes preparativos. Abri una caja de
cartn, su despensa, y puso medio pan y un trozo de queso para ratoneras en un plato de
metal; luego verti caf fro de una botella en una olla esmaltada y desconchada y la coloc sobre la estufa.
- He recibido rdenes diferentes -explic-. Tengo que cuidarte. Debo ocuparme de
que llegues all sano y salvo. Ella vino personalmente a decrmelo.
- Ella?
- La ms ella de todas las ellas. Su hija.
- Albertina?
Yo jams haba pronunciado ese nombre en voz alta.
- Eres inteligente -aplaudi-. Oh, comprendes todo enseguida.
- Puedo -dije- sumar dos y dos.
- Dnde has estado desde que terminaste con la pobre Mary Anne? -Mientras hablaba, haca muecas y ladeaba la cabeza, por lo cual comprend que saba que yo saba que
l saba que yo no haba matado a esa desventurada nia pero que, por algn motivo,
deba dar por sentado que lo haba hecho. De cualquier manera yo estaba demasiado
cansado para esas perplejidades bizantinas.
- Escondido -respond brevemente.
- Ellos pensaron que probablemente trataras de encontrarme tarde o temprano, es decir, si estabas vivo.
Comprob con el pulgar la temperatura del caf.
- Ya que soy tu nica pista -agreg con cierta complacencia.
De esa forma me devolvi a mi bsqueda, pero yo no estaba en condiciones todava
de pensar en ella. Com y dej que me envolviera en una manta porque tena escalofros
y por ms que me acercara a la estufa mis dientes no dejaban de castaetear.
- No debes enfermarte -dijo-. Tenemos un largo viaje por delante.
- Debo ir con usted, de verdad?
- Oh, s. Te contratar como mi asistente y tambin te dar una identidad: sers mi
sobrino. Conducirs mi nuevo camin viejo, levantars la tienda y aceitars las maquinas y dems, porque estoy envejeciendo y ya no soy tan activo como antes.
- Cunto tardaremos en llegar all?

- Oh, habr suficiente tiempo -dijo-. l ha resuelto muy bien lo del tiempo, verdad?
Ests preocupado por tu ciudad?
- No particularmente -confes.
- Probablemente l podra usar a un joven inteligente como t en su organizacin.
Me dio un jarro de caf caliente y yo calent en l mis manos.
- Pero tengo mis propias rdenes, sabe?
Mi lengua tropezaba con el lenguaje urbano y como, por vez primera en mi vida, haba adquirido conciencia de una positiva felicidad entre el pueblo del ro, ahora conoca
por fin el sabor de la verdadera miseria porque ya nunca volvera a hablar su lengua musical. El anciano lade inquisitivamente la cabeza y esper que me preguntara dnde me
haba escondido, pero slo escuchaba lo que yo deca; no la forma en que lo deca.
- Tienes licencia para matar? -pregunt.
- Cul es exactamente su relacin con el doctor Hoffman?- par el golpe.
Me hizo un gesto para que le pasara el jarro y tom algunos amargos sorbos de caf
antes de responder. Cuando lo hizo, su voz haba perdido parte de su quejumbrosa senilidad, y me pregunt en qu medida representara un papel autntico en el drama del
doctor siendo un viejo borracho.
- No estoy necesariamente relacionado con l -dijo-. No existen cosas como las relaciones necesarias. Las relaciones necesarias son bestias fabulosas. Como el unicornio.
De todos modos, desde que las cosas ocasionalmente se renen en varias combinaciones
cambiantes, se podra decir que el doctor y yo hemos llegado a una interseccin casual.
l se acord de m cuando estaba ciego. Yo estaba ciego y viejo y casi muerto a fuerza
de emborracharme. Se acord de m y me salv. Incluso me ha nombrado curador de su
museo.
Haba en su voz un dejo de sereno orgullo que no concordaba con la destartalada tienda donde estbamos ni con el jergn de paja donde dorma; confirm as que l posea
ms importancia de lo que pareca, y que las computadoras del ministro saban lo que
hacan cuando me pusieron sobre su rastro.
- Su museo? -pregunt a tientas.
- El saco, detrs de ti. Mira.
El saco era pesadsimo y contena innumerables cajitas que llevaban en la tapa una
marca dentada, para que el anciano, a pesar de su ceguera, pudiera reconocer su contenido al tacto. Cada una de las cajas contena, como yo esperaba, los modelos, diapositivas
y cuadros que las mquinas aumentaban con sus lentes hasta que adquiran su tamao
real. Esas cajas encerraban un universo de figuras de hombres, mujeres, animales, habitaciones, autos de fe y escenas de toda clase, pero ninguna era ms grande que mi dedo
pulgar. Dej caer en mi regazo un puado de esos objetos diversos, algunos de complejidad apenas creble y, todos, maravillas de la miniaturizacin.
- Estoy orgulloso de que haya sido mi discpulo -dijo el propietario del cosmorama-.
Si de vez en cuando tengo algn resentimiento, cuando me duelen los huesos de viajar Bueno, es lo que se puede esperar. Yo no he sido ni siquiera su Juan Bautista, sabes? Puse en tela de juicio su tesis de doctorado. Me burl de su amigo Mendoza. Sin
embargo, l me ha confiado sus muestras.
Se inclin y recogi un puado de figuras.
- Mralas. No parecen juguetes?
- S. Juguetes.
- Son elementos simblicos de las representaciones de elementos bsicos del universo. Si se ordenan adecuadamente pueden representar todas las situaciones posibles del
mundo, y cada mutacin posible de esas situaciones.
- Como el centro de computacin del ministro?

- De ningn modo -replic-. Mediante el uso correcto de estas muestras, sera posible
negar la realidad del ministro de Determinacin. Paradjicamente, el ministro busca el
mismo anlisis final que mi antiguo discpulo logr hace largo tiempo. Pero el doctor
fue ms all.
Extendi hacia m un grupo de feroces imgenes de deseo.
Parecan saltar de su mano, tal era su energa artificial.
- Los smbolos sirven como modelos a partir de los cuales se pueden generar objetos
fsicos y acontecimientos reales por un proceso que l llama desenvolvimiento efectivo. Yo voy por el mundo con mi saco como Santa Claus, y nadie sabe que est lleno de
transmutaciones.
Me serv ms caf porque necesitaba toda mi inteligencia. Despus de todo, alguna
vez haba sido un racionalista, aunque ahora fuera un charlatn.
- No comprendo -dije-. Dme al menos alguna idea de su metodologa.
- Primera teora de la Dinmica de los Fenmenos -respondi-. El universo no tiene
un sustrato estable de sustancias estables y su nica realidad est en sus fenmenos.
- S -dije-. Eso lo comprendo.
- Segunda teora de la Dinmica de los Fenmenos: slo el cambio es invariable.
Eso me pareca ms bien un aforismo que una hiptesis, pero mantuve la calma.
- Tercera teora de la Dinmica de los Fenmenos: la diferencia entre un smbolo y un
objeto es cuantitativa y no cualitativa.
Luego suspir y guard silencio. Vi por una rendija de la tienda que, si bien adentro
todava era de noche, afuera amaneca con un cielo color violeta; luego me dorm.
A partir de ese momento me escond tanto de la polica -mi foto con la palabra BUSCADO estaba expuesta en las paredes exteriores del cuartel de polica- como del pueblo
del ro. Me convert en el sobrino del renegado del cosmorama. Mi nueva identidad era
perfecta en todos sus detalles. Me cort el pelo y el bigote y me despoj de las ropas indias, para vestir en cambio unas ropas oscuras y sobrias que recib con mi nueva identidad. Supuse que en los registros del ministro yo aparecera como muerto, entre las vctimas de la guerra, y por eso el doctor Hoffman se tomaba tantas molestias conmigo; todo
lo que deba hacer era ocultarme entre las sombras de la tienda, limpiar las lentes de las
mquinas, ver cmo mi jefe montaba cada da un nuevo e inquietante espectculo y escuchar las variadas versiones de las actividades de su antiguo discpulo que me daba por
las noches cuando, terminada la tarea del da, nos sentbamos junto a la estufa.
Yo no estaba capacitado entonces para juzgar las informaciones que reciba, y tampoco lo estoy ahora, aunque he visto los laboratorios, los generadores y hasta al mismo
inescrutable doctor trabajando entre ellos con la terrible conviccin de un demiurgo. Pero de las notas que tom en ese momento he extrado las siguientes e improbables aproximaciones a los principios intelectuales que sustentaban las demostraciones del doctor.
Sus principios bsicos eran los siguientes: todo lo que es posible imaginar puede existir. Una vasta enciclopedia de referencias mitolgicas sostena esta hiptesis inicial: los
chamanes de Oceana, que dan forma de barco a toscos bloques de madera cantando, sin
emplear un hacha; los poetas de Irlanda medieval cuyas terribles odas causaban llagas a
los enemigos de su rey, y otros por el estilo. Muy al comienzo de sus estudios Hoffman
se haba alejado francamente del reino de la ciencia pura, resucitando toda clase de seudociencias antiguas, como la alquimia, la geomancia y la investigacin emprica de
aquellas esencias que, segn sostenan los chinos, creaban fenmenos mediante la interaccin de los aspectos elementales de la masculinidad y la feminidad. Y adems estaba
la idea de la pasin.

En un bolsillo de mi traje oscuro hall un trozo de papel con la siguiente cita de Sade,
escrita con la ms exquisita caligrafa femenina; aunque el mensaje no tena destinatario
ni firma, yo saba que era para m y que proceda de Albertina.
Mis pasiones, concentradas en un solo punto, se parecen a los rayos del sol reunidos
por una lente de aumento: inmediatamente encienden cualquier objeto que encuentran
en su camino.
Como no pude descubrir un mensaje personal en esas palabras, decid que deban referirse a la maquinaria del cosmorama, porque haba comenzado a creer que la manipulacin de esas milagrosas muestras poda realmente reestructurar los acontecimientos ya
que, de un modo significativo y potico, haban ayudado a organizar la desastrosa noche
que haba pasado en la casa del alcalde.
Pero me llen de ilusin la grandilocuencia de Sade y de la muchacha que lo citaba
para m, porque saba que yo era, aunque romntico, un hombre sin grandes pasiones. Si
nuevamente exista slo por la vaga esperanza de ver a Albertina algn da, no poda
imaginar que ese deseo pudiera hacerme suficientemente incandescente para percibir su
presencia a mi propia luz, y menos an utilizar lo que mi maestro de hiperfsica describa como la energa radiante del deseo para abrir un sendero de fuego hacia ella. Un
anciano ciego con sus juguetes a cuestas en una feria, perdido en una enmaraada red de
recuerdos de cosas que no haba visto Era el caso del ciego que conduce a otro ciego,
porque tampoco l poda haber sido nunca un hombre enardecido por la pasin. De modo que, cuando hablaba de Albertina como si fuera una llamarada hecha carne, sus palabras sonaban falsas, aunque yo recordaba mi sueo del inextinguible esqueleto y me
preguntaba si ella tambin lo haba visitado en un sueo, puesto que slo poda ver cuando estaba dormido.
Haba establecido un laxo vnculo con la gente de la feria, as es que el anciano, la feria y yo viajbamos juntos. Descubr que el propietario del cosmorama, anticipando mi
llegada, le haba alquilado un destartalado camin al armenio que se ocupaba de la rueda de la fortuna. se era su nuevo camin viejo, y yo lo conduca cuando nos trasladbamos de un sitio a otro con nuestros nuevos compaeros, parte del tumultuoso desfile
que siempre se diriga a otras ciudades por los caminos invernales. Durante los viajes
estaba tan a salvo de los indios como lo haba estado de la polica cuando viva en el ro.
Estaba tan seguro como en la pera escuchando Las bodas de Fgaro, porque el camino
era otra especie de ro coherente consigo mismo.
La feria ambulante era un mundo cerrado que no reconoca situaciones geogrficas o
temporales, porque el lugar donde nos detenamos, una vez que se armaban las tiendas y
las barracas, era exactamente igual al anterior. Comediantes mexicanos; intrpidas amazonas de Nebraska, Kansas, Ohio, en cuyas caras lavadas y piernas interminables se lea
Made in USA; enanos japoneses que luchaban en el barro; motociclistas noruegos
que rugan verticalmente en sus muros porttiles de muerte; un grupo de bailarines albinos cuyas descoloridas gavotas evocaban luminosos fantasmas; la mujer barbuda y el
hombre lagarto: stos eran mis nuevos vecinos, unidos slo por el sombro atractivo de
sus diferencias con la gente comn y asociados para defender y perpetuar esas diferencias. Nativos de la feria, no reconocan otra nacionalidad ni podan imaginar otro hogar.
Una babel polglota poblaba las tiendas de atracciones, el tiro al blanco y el tiro con cocos a la cabeza esquiva, el hombre bala, el tnel de la confusin, y los tiovivos donde
los caballos pintados, hierticos como los de ajedrez, describan crculos perpetuos, tan
inmunes como las rbitas de los planetas al opaco mundo del aqu y ahora donde habitaban quienes venan a mirarnos con la boca abierta. As como bamos ms all de lo cor-

riente, bamos ms all del lenguaje. Como tenamos pocas lenguas en comn, utilizbamos un idioma de gruidos, ladridos y gestos que es, tal vez, la matriz universal de todos los lenguajes. Y como habitualmente no necesitbamos comunicarnos ms que el
estado en que se encontraban los caminos, todos nos llevbamos bastante bien.
Mis compaeros no tenan la menor conciencia de que eran extraordinarios porque se
ganaban la vida con lo grotesco. Su pan era la deformidad. Sus biografas, por raras y
trgicas que fueran, se parecan por su singularidad, y muchos de ellos -como yo mismo- se escondan permanentemente de un mundo real que conocan mal hasta el punto
de ignorar cunto haba cambiado desde el principio de la guerra. A veces pensaba que
todo ese grupo salvaje y disoluto no era otra cosa que la tropa de asalto del doctor; pero
no saban nada del doctor. Ninguno haba odo su nombre. Apenas saban algo sobre s
mismos, y ese conocimiento, de hecho, era suficiente para crear un microcosmos con
una estructura tan llamativa, circunscrita, rotativa y absurda como la de un tiovivo.
Muchas veces vea girar los tiovivos en sus estticos viajes.
- Nada se completa nunca -deca el propietario del cosmorama-, slo cambia. -Combinaba a su antojo los espectculos que jams haba visto, y murmuraba:- No hay unidad encubierta.
Los nios de la feria pegaban sus caritas sucias de mocos y tierra a los oculares y se
rean de las imgenes que vean. Nada asombraba a esos chicos cuyos padres corran
por el muro de la muerte tres veces por da y cuyas madres definan elegantemente la
gravedad sobre una sola y tensa pierna encima del lomo blanco de un caballo en plena
pirueta. Vean tan poco a sus padres que podran haber nacido por generacin espontnea en la fugaz parafernalia de la feria que, apenas instalada, era desmantelada, embalada por partes en errticos camiones y trasladada a algn otro sitio. La feria era una juguetera ambulante, una exposicin de rarezas que slo viva por movimientos espasmdicos cuando la procesin se detena, y que slo estaba regida por la conciencia tcita de
carecer de normas.
- Primero vendr el Tiempo Nebuloso, un perodo de mutabilidad absoluta, en el cual
nicamente los reflejos de los rayos de una fuente absolutamente hipottica de luz y sus
trayectorias irregulares revelarn adecuadamente una superficie que cambia de modo
continuo, como la superficie del agua, pero un agua que es slo una piel reflectora y que
no tiene profundidad ni volumen. Nunca debes olvidar, sin embargo, que la filosofa del
doctor no es tanto trascendente como incidental. Utiliza todos los incidentes que agitan
las superficies sin fondo del mundo sensual. Cuando el mundo sensual se rinda incondicionalmente a la intermitencia de la mutabilidad, el hombre quedar definitivamente libre de la tirana de un solo presente. Y viviremos en tantos niveles de conciencia como
podamos, y al mismo tiempo. Cuando el doctor nos libere, por supuesto. Slo despus
de eso.
Del queso que tostbamos cayeron unas gotas de grasa sobre la llama de la estufa, y
ardieron con mal olor. Llen el vaso que me extenda, mirando el reflejo de la llama que
chisporroteaba en sus partidas gafas oscuras. A veces pareca un predicador viejo y ciego. A medida que se acostumbraba a tener oyentes otra vez, ordenaba sus frases con
ms concisin y daba ms resonancia a sus pequeas clases. No me impresionaba tanto
la calidad de su discurso como el respetuoso asombro que transmita. A veces combinaba el fervor proftico con una vaguedad sibilina. Como yo siempre me levantaba antes
que l por las maanas, con frecuencia vea su despertar. Era conmovedor ver cmo abra sus ojos muertos y parpadeaba un poco, como si esta vez pudiera deshacerse de la
oscuridad para siempre.
Obligado a tal intimidad con el propietario del cosmorama, empec a sentir, sin poder
evitarlo, cierto afecto por l, y as me encontr atendiendo las necesidades de un anciano

ocasionalmente incontinente y siempre desagradable con una generosidad que no hubiera imaginado, aunque l peda poco de m, sobre todo en relacin a mis cuidados.
Mis tareas eran sencillas y domsticas, ya que l no me permita manipular el conjunto de las muestras. Yo preparaba las comidas, barra la tienda, sacuda la paja en que
dormamos, limpiaba las mquinas y, detrs de un par de discretas gafas de sol, atenda
la taquilla durante sus frecuentes escapadas a los bares, porque su alcoholismo era absolutamente real. Yo anotaba entonces todo lo que me deca y trataba de extraer alguna
idea acerca de los medios prcticos con los que su antiguo discpulo haca sus trucos
mgicos, aunque era una tarea muy difcil porque la esencia de la teora de Hoffman era
la fluidez de su estructura y, adems, porque me interrumpa constantemente la visita de
manadas errantes de nios y tambin de mayores.
Un rumor de escamas me anunciaba la llegada del homo reptilis en busca de una
charla distrada y de varios de mis cigarrillos; una vaharada de olor a perfume importado y a plvora, la de Mamie Buckskin, la experta tiradora, en tanto que un frgil y discreto carraspear me deca que haba llegado Madame la Barbe. El bigote castao de Madame la Barbe, que estaba moderadamente recortado a la manera de Vermeer, ocultaba
un temperamento excepcionalmente maternal. Me traa brioches recin salidos del horno que haba instalado en su caravana, decorada como una casa francesa de provincias,
llena de tiestos de plantas, gatos, sillones cubiertos con fundas y fotos enmarcadas de
sus familiares, los muertos con moos de cinta negra.
Debo admitir que todos mis huspedes me encantaban y yo, a mi vez, tambin los
fascinaba porque posea el don nico de la normalidad. Era extico precisamente en la
medida en que era mundano. El sobrino del propietario del cosmorama era un pequeo
comerciante en bancarrota a raz de la catstrofe de la capital, y aquellos seres monstruosos nunca se cansaban de or mis relatos del mundo de los telfonos y las mquinas de
escribir, los inodoros con cisterna, los cuartos de bao con azulejos, la luz elctrica y los
electrodomsticos. Ante esa obra maestra de esterilidad que yo recordaba para ellos, se
extasiaban como si se tratase de un paraso terrestre del cual haban sido expulsados para siempre. Mientras yo les daba una imitacin de otra realidad, el propietario del cosmorama me ofreca alimentos mucho ms sustanciosos.
Proposicin: El tiempo es una composicin consecutiva de instantes aparentemente
indivisibles.
Desde el principio del estado de conciencia que llamamos el mundo, el hombre siempre ha imaginado el tiempo como un movimiento hacia adelante, una corriente que
avanza dejando atrs slo unos pocos desechos. La transitoriedad es la esencia del tiempo. Dado que la temporalidad es el medio en el cual se ha expresado este modo de conciencia; como el tiempo es, por as decirlo, la tela en que estamos pintados, la investigacin emprica de la estructura del tiempo plantea agudos problemas metodolgicos.
Acaso podra Mona Lisa darse vuelta, araar el fondo del cuadro y hacer analizar en un
laboratorio la sustancia que tiene en las uas?
Por supuesto que no!
Ahora bien, esta analoga, por cierto sorprendente, implica que todos los fenmenos
son de naturaleza necesariamente temporal y que marchan en masa, sobre ruedas colocadas en los cuatro ngulos del bloque cuadrado que ocupan, hombro contra hombro y
llevando siempre a la espalda el muro contra el cual todos ellos deben enfrentar ese pelotn de fusilamiento que es la mortalidad. Sin embargo, este modelo del mundo ni siquiera reconoce formalmente el aspecto sintetizable del tiempo como haca, en relacin
con el espacio, la introduccin de la perspectiva en la pintura. En otras palabras: sabemos tan poco acerca de la geometra del tiempo -para no hablar de sus propiedades fsi-

cas- que ni siquiera podramos simular adecuadamente la forma fsica de un solo instante.
La introduccin de la cinematografa nos permiti confinar el tiempo pasado, retenindolo no slo en la memoria -en el mejor de los casos, un receptculo falsificador- sino
en un medio conservador objetivo, una cinta de pelcula. Pero si el pasado, el presente y
el futuro son las dimensiones del tiempo, son notoriamente verstiles. Los tiempos verbales no transcurren y sin embargo siempre estn a punto de coagularse. El presente es
una jalea que se aquieta en una masa temblorosa y pasiva, el pasado, tan pronto como
tenemos conciencia de l como presente, e incluso antes. Sin embargo esa masa era intangible y slo exista conceptualmente hasta que apareci el medio a travs del cual
empez a conservarse, el cine.
El cine normalmente est considerado slo como una especie de representacin de
sombras, y pocos se preocupan por investigar las paradojas ontolgicas que plantea.
Porque nos ofrece en tiempo presente nada menos que la experiencia de un tiempo irrefutablemente pasado. La pelcula enlaza, por as decirlo, fenmenos inertes de los cuales
el presente se ha alejado y a los que la proyeccin en la pantalla otorga una momentnea
resurreccin.
Mi discpulo Mendoza me mostr algunas investigaciones hechas al respecto para
justificar las muchas horas que pasaba por da en los cines de la vecindad mirando el panorama de los fenmenos revividos con ojos visionarios. Una vez me dijo:
- No ha sido Lumire el padre del cine, sino el sargento Bertrand, el violador de tumbas.
Sin embargo, las imgenes del cine carecen de toda autonoma. Encerradas en una
trama programada, simplemente trasladan el pasado al presente; y no pueden, por su naturaleza, responder a los impulsos magnticos del futuro, porque el inalcanzable futuro
no existe en ninguna dimensin, pero de todos modos organiza los fenmenos y los conduce a sus conclusiones potenciales. El modelo cinematogrfico consiste slo en repeticiones cclicas, aunque sean voluntariamente activadas, por ejemplo por la mano del
proyeccionista, y no por la mano del destino. Sin embargo, en otro sentido, la accin del
tiempo es realmente visible en las rasgaduras, las manchas y las huellas digitales sobre
la cinta misma de la pelcula, productos del roce solapado y corrosivo de la mortalidad;
como la copia puede renovarse a voluntad, esas manchas de vejez, cuando se conservan,
slo acrecientan la presencia del pasado en la forma de una falsificacin, como cuando
un hombre reproduce en la madera los agujeros que hacen los gusanos en ella o ahuma
con una vela una pintura fresca para producir un efecto de vejez.
Mendoza afirmaba que si algo era suficientemente artificial, equivala a lo autntico.
Su mente lanzaba ideas al aire como las semillas de diente de len a los que tanto se pareca su pelo, pero nosotros no tombamos en serio sus ideas; ninguno de nosotros, y
tampoco ninguno de ellos. Con todo, Hoffman puli las hiptesis de Mendoza, inicialmente toscas, acerca del tiempo discontinuo y la autenticidad sinttica, y las organiz
para construir un modo de conciencia totalmente distinto. Pero no lo sabamos. Nos
contentbamos con rernos de Mendoza. Reamos a carcajadas.
l soaba con la discontinuidad del tiempo, con destruir la escala diatnica con sus
dos notas, pasado y presente, en una fanfarria cromtica con todos los tiempos concebibles y muchos por ahora inconcebibles puesto que no hay lenguaje que los describa.
Produca folios y folios de clculos con su caligrafa neurtica para demostrar que el tiempo se poda someter al rigor del anlisis cientfico como cualquier otra nocin; y en
realidad acab por convencerme de que el tiempo era elstico, porque siempre pareca
estirarse hasta la eternidad cuando yo lea sus trabajos!

[1]
Su actitud a propsito de las abstracciones era la siguiente: las abstracciones slo son
verdaderas porque, como no existen, pueden probarse o desaprobarse al antojo del investigador. Cmo brillaban sus ojos salvajes cuando hablaba!
A fines del segundo ao de la universidad, Mendoza era el payaso de la sala de profesores. Esperbamos sus ensayos como los miembros de los clubes londinenses esperan
el Punch cada semana. Cmo nos reamos mientras bebamos nuestro oporto cuando yo
lea en voz alta los fragmentos ms selectos! Tambin sus compaeros se burlaban de l.
Slo Hoffman, con esa teutnica falta de humor, escuchaba al absurdo Mendoza sin pestaear. Ms tarde, l y Mendoza se hicieron casi inseparables, aunque no hacan buena
pareja y daban la impresin de trabajar en un teatro de variedades ms que en un laboratorio, porque Mendoza llevaba el pelo largo y suelto, corbatas abundantes, camisas de
colores y trajes de pana negra, y su mirada ardiente y apasionada aconsejaba dar tres vueltas a su alrededor antes de acercrsele. En cuanto a Hoffman, era un modelo de correccin, siempre bien vestido y almidonado, con uno de sus fros ojos azules agrandado
por un monculo. Su apretn de manos era hmedo y glacial; su sonrisa tena una austeridad alpina y siempre ola a jabn antisptico. Ya era brillante y sus profesores le teman. Mendoza era su nico amigo.
Trabajaban juntos y untos se divertan. Pronto empezamos a or historias muy poco
edificantes de sus hazaas en el barrio de las luces rojas. Mendoza tena unas gotas de
sangre mora y lea el rabe sin dificultad. Sigui ciertas indicaciones de libros oscuros y
se volvi cada vez ms obsesionado por la naturaleza del tiempo en relacin con el acto
sexual. Al final concibi una cmica tesis sobre la naturaleza fisible/flexible del orgasmo. Sostena que el orgasmo no suceda en el pasado, el presente o el futuro, sino que
precipitaba una fusin policroma exponencial de los tres, especialmente si provocaba la
concepcin. Me entreg una tesis final titulada, recuerdo, El potencial risible de la aniquilacin voluntaria del instante orgsmico. Describa un experimento que empleaba el
talento de siete de las prostitutas ms notorias de la ciudad y, aunque no probara otra cosa, demostraba que Mendoza era un verdadero atleta, en tanto que su asistente tcnico,
nada menos que nuestro decoroso Hoffman, posea, contra todas las apariencias, una notable versatilidad sexual.
Mendoza resuma sus resultados como la perpetracin de un estado sin duracin que
posiblemente sintetiza el infinito. Aseguraba que su entusiasmo haba provocado vibraciones tan intensas que todos los relojes del lugar haban estallado. Present tambin a
la universidad las cuentas por los servicios de las prostitutas y los del relojero. Por supuesto que lo expulsamos. Cuando se enter, irrumpi en el laboratorio y manch los pizarrones con heces. Despus de eso, no volvimos a or hablar de l. Pero Hoffman, por
supuesto, no dej de verlo. En realidad, se fue el comienzo del primer gran perodo de
sus investigaciones
Y as sucesivamente.
El anciano se acostumbr a mi presencia permanente, y me obsequiaba con estas
embriagadoras mezclas de teora y biografa tres o cuatro veces por semana; haba recuperado varios olvidados artificios de catedrtico. Con frecuencia buscaba una tiza para
dibujar diagramas en un pizarrn que slo exista en su recuerdo de la universidad, o apretaba con los dedos una invisible toga acadmica. Esos gestos me parecan conmovedores. Le llenaba la copa y escuchaba.
Sin embargo, esos fragmentos y migajas surgidos de una mente entorpecida por la
edad y el infortunio no tenan gran sentido para m. A veces una hora entera de discurso
caa como la lluvia y yo slo anotaba una frase que me haba interesado: Las cosas no
se pueden agotar, o En la imaginacin, nada es pasado, nada puede olvidarse. O bi-

en: El cambio es la nica respuesta vlida a los fenmenos. Advert que la Dinmica
de los Fenmenos de Hoffman implicaba una dialctica hipottica entre mutualidad y
transformacin; el descubrimiento de cierta frmula aceleraba los procesos de mutabilidad y muchas veces le haba hablado a su profesor de una continua improvisacin de
correlativos. Pero en general, yo estaba completamente desorientado. Mientras tostaba
un poco de queso en la estufa, para comer con el pan y la cerveza de la cena, murmuraba sonidos vagos e indeterminados con la esperanza de que el anciano los interpretara
como expresiones de vivo inters, y meditara en los cambios que yo haba sufrido personalmente.
- Combinaciones permutables -deca l. Beba cerveza y eructaba. Luego recoga un
puado de muestras mgicas y las arrojaba al aire como en el juego de las cinco piedrecillas; las dejaba caer con solemnidad y yo senta casi la tentacin de creer, como l, que
los conjuntos as formados al azar determinaban ecos reales en la ciudad sitiada que, como me inform con irritacin, an lograba sostenerse.
De vez en cuando le haca algunas preguntas, aunque stas se referan principalmente
a la vida de Hoffman y no a sus concepciones.
- Por qu se pele con Mendoza?
- Por una mujer -dijo-. Eso me dijo una vez Hoffman, con la voz sofocada por las lgrimas o la furia. No podra decir cul, porque en ese momento, por supuesto, yo ya era
ciego y me haba reducido a poco ms que una mera cifra en sus frmulas.
Pas mucho tiempo antes de que me dijera que esa mujer haba sido la madre de Albertina.
- Y qu fue de Mendoza?
- Finalmente se desvaneci a lo largo del infinito en una curva cromtica, como el arco iris.
Entonces, nadie conocera ya la causa del fuego que destruy su mquina itinerante
del tiempo.
Y yo tena otras distracciones.
Madame la Barbe era tan reservada como una muchacha. Alzaba la solapa de la tienda, depositaba sus dones en nuestra taquilla -pasteles, jarros humeantes de exquisito caf, de vez en cuando un sabroso cassoulet- y se desvaneca con la ms fugaz de las sonrisas. Sin su barba, habra sido una gorda campesina francesa, de boca apretada, cara severa y delantal, que jams se alejara a ms de medio kilmetro de su pueblo natal. Con
su barba, era extraordinariamente hermosa, la mujer ms viajera y ms solitaria del
mundo. En su caravana arrancaba melodas sentimentales al armonio, y cantaba tristes
letras de amor y ausencia en una voz atiplada y demasiado impostada. Poco a poco, cuando vio que yo no la consideraba ridcula ni desagradable, empez a confiar en m.
Slo tena un sueo: despertar un da en la ciudad donde haba nacido, en la cama de
su infancia, con el geranio en la ventana, la jarra y la jofaina en el lavatorio. Y luego
morir. A m me pareca simptica. Ella exhiba eso que la diferenciaba para ganarse la
vida, y lo haba hecho durante treinta aos; pero cada vez que los campesinos iban a su
tienda y ella posaba en raso blanco y flores artificiales anaranjadas, la Novia Barbuda
senta todas las angustias de la desfloracin porque, naturalmente, era virgen.
- Cada vez -deca con su bonita voz entrecortada- una nueva violacin. Me siento penetrada por sus ojos.
La barba le haba crecido al mismo tiempo que los pechos; tena trece aos. Nunca
haba sido guapa; gorda y tosca, slo quera pasar inadvertida. Quizs algn vecino comerciante de esa ciudad gris y aburrida del valle del Loire, donde todas las sillas tenan
una funda y hasta las sombras caan con pulcritud, se habra casado con ella por su dote.
Su padre era notario. Haba tomado la primera comunin con un velo que no ocultaba la

sombra azul de la barba de las cinco de la tarde. La madre muri de cncer y el padre
empez a usar dinero ajeno en beneficio propio. Al ser descubierto, se cort la garganta
con una navaja. Una tragedia vulgar. Ella tena quince aos. Viva sola en la casa pequea y llena de ecos, escondida detrs de las cortinas. Pronto no qued nada por vender, y
la caridad de los vecinos se agot. Un circo lleg a la ciudad. Temblando, vestida de luto, escondida tras los crespones, visit al director y al da siguiente era una mujer con
una profesin. Celebr sus diecisis aos en Ro, durante el carnaval, y luego visit, en
el curso de su carrera, todas las ciudades fabulosas del mundo, desde Shangai a Valparaso y desde Tnger a Tashkent.
No slo su barba la haca nica; tambin el hecho de que jams en su vida haba conocido un momento de felicidad.
- sta -deca, tocando las hojas onduladas de una de sus plantas- es mi monstra deliciosa, mi delicioso monstruo.
Sus ojos siempre se desviaban involuntariamente al pequeo espejo de la pared. Haba puesto en su marco dorado uno de sus negros moos de luto. Yo visitaba su caravana
con mucha circunspeccin y nunca sin un pequeo regalo: un ramo de violetas, caramelos, una novela francesa comprada en una librera de ocasin. Ella me ofreca chocolate
caliente, tocaba y cantaba para m.
- Plaisirs d'amour ne durentplus qu'un moment
Pero ella no haba conocido ningn placer. Y era una perfecta dama. Tena el nostlgico encanto de una flor apretada entre las hojas de un libro. Siempre me llamaba Dsir. Era refrescantemente tedioso visitarla, como visitar a una ta a quien se ha amado
mucho en la infancia.
En el limbo oracular, entre el sueo y la vigilia, mi jefe grit una vez:
- Todo depende de la persistencia de la visin.
Se refera al cosmorama o a los fantasmas de la ciudad? Yo aprovechaba su ceguera
y las horas en que dorma para examinar su coleccin de muestras, e hice, en la medida
de lo posible, un catlogo de ellas, aunque era muy difcil establecer cuntas eran, ya
que la cantidad variaba constantemente y era casi imposible clasificarlas porque si uno
las miraba dos veces, jams eran las mismas.
Perd los cuadernos donde haba anotado esa lista aproximada e incompleta en el terremoto que, segn la teora de Mendoza, estaba ya organizando los acontecimientos que
lo precedieron con la retrica formal de la tragedia. Por cierto, no s si recordara a Madame la Barbe con tanta pena, a Mamie Buckskin como a una mujer tan feroz o a mi
jefe con tanto afecto si no supiera, al mirar hacia atrs, qu pronto iban a morir. Sin embargo, recuerdo que, a pesar de las alteraciones del contenido simblico de las muestras,
todas posean una de las tres formas siguientes:
a) modelos de cera, dotados frecuentemente de mecanismos de relojera, como ya he
descrito;
b) diapositivas de cristal, y
c) series de fotos estticas, cuyo aparente movimiento era producido con la misma
tcnica de aquellos libros de nuestra infancia que se hojeaban velozmente.
Estas series consistan normalmente en seis o siete imgenes diferentes de la misma
escena, una niera descuartizando a un beb, por ejemplo, cocindolo en el hogar de la
nursery y devorndolo con aire de satisfaccin. Cuando uno pasaba de una mquina a
otra, los diversos cuadros de la narracin desplegaban otras facetas de la misma accin,
de modo que se reciba la impresin de observar un hecho con lo que se podra llamar
profundidad temporal. Las fotos mismas parecan totalmente reales. Me impresion en

particular una serie en la cual una muchacha era pisoteada hasta la muerte por caballos
desbocados, porque la actriz se pareca a la hija del doctor Hoffman. Tambin haba
imgenes de catstrofes naturales como el terremoto de San Francisco, pero yo no tuve
ningn presentimiento mientras las manipulaba; incluso coloqu en una mquina una
serie de variaciones sobre el tema del terremoto cuando mi jefe estaba afuera, bebiendo.
Tal vez hubiera sido mejor que no tocara las mquinas, como l me haba advertido,
ahora que lo recuerdo Aunque Albertina me dijo que su padre siempre retroceda ante
las fronteras de la naturaleza, no creo que yo haya sido realmente culpable de aquel sesmo.
Mis investigaciones acerca de las muestras me convencieron de que los modelos representaban verdaderamente todo lo que era posible imaginar, por medio de la simulacin
directa o, incluso, del simbolismo freudiano. Haba tambin, segn el propietario del
cosmorama, objetos excesivamente milagrosos. Jams permita que yo mismo los colocara en las mquinas, e incluso me haba prohibido tocar el saco donde los guardaba.
- Si te encuentro revisando mi saco -dijo-, te cortar las manos.
Pero yo era demasiado astuto para que me sorprendiera.
Mamie Buckskin viva sola en la caseta de tiro al blanco. Todas las maanas colocaba
una hilera de botellas de whisky sobre un muro cercano y les rompa el cuello a balazos.
As practicaba su arte. Afirmaba que le poda arrancar las plumas de la cola a un faisn
en vuelo; o atravesar el corazn central de un cinco de corazones a veinte metros, o una
determinada manzana de un rbol determinado a cuarenta, y muchas veces me encenda
el cigarrillo con una sola bala de travs. Sus rifles eran la prolongacin de sus brazos,
incluso su lengua escupa fuego. Se vesta siempre con las ropas de cuero con flecos de
los pioneros del Oeste, pero llevaba el abundante pelo amarillo rizado y peinado alto al
estilo monumental de las beldades del saloon, y un relicario muy femenino con una foto
de su difunta madre alcohlica bailoteaba siempre sobre sus generosos pechos. Era
contradictoria: una mujer decididamente flica, con los senos de una madre que cra y
un revlver erctil y letal sobre el muslo. Se jactaba de su coleccin de ms de cincuenta rifles, pistolas y revlveres antiguos, algunos de los cuales haban pertenecido a Billy
the Kid, Doc Holliday y John Wesley Hardin. Dedicaba tres horas diarias a pulirlos, aceitarlos y acariciarlos amorosamente. Estaba enamorada de las armas. Tena veintiocho
aos y era tan impermeable como si estuviera laqueada.
Haba sido detenida en el lejano Oeste por matar al acreedor de la hipoteca cuando
trat de tomar posesin de la granja familiar mientras su padre agonizaba; sedujo sin dificultad al carcelero, se escap y se deshizo de los perseguidores del sheriff matndolos
uno por uno. Pero pronto se aburri de esa vida criminal porque, en realidad, era una artista: matar slo era una consecuencia de su virtuosismo. Un Winchester de repeticin
era para ella un Stradivarius, y su mundo se compona exclusivamente de dianas. Sexualmente prefera a las mujeres. En un tiempo haba actuado en un teatro de variedades
americano, donde, vestida como el hroe de un film de vaqueros, le arrancaba a balazos
hasta el ltimo jirn de ropa a su adorada amante, una rubia delicada y exuberante de
origen vienes a quien haba raptado de un convento. Pero la flamante actriz huy con un
mago y emprendi una nueva carrera, en la que era aserrada en dos todas las noches.
Despus de ese desencuentro amoroso, Mamie, an ms cnica, sigui disparando a solas.
Amaba viajar, y se uni a la feria slo para recorrer el mundo. Adems, si trabajaba
sola, poda retener toda la ganancia en sus manos; despus de las armas de fuego y de
un camino abierto, nada le gustaba ms que el dinero. Mamie lleg a sentir gran afecto
por m, porque admiraba la serenidad ms que ninguna otra cualidad en un hombre, y
me ofreci empleo como asistente, para preparar las dianas y dejarle arrancar de mi ca-

beza sombreros y naranjas en el escenario. Pero mi to no poda prescindir de m. La


estridente energa de Mamie era a la vez estimulante y agotadora. De vez en cuando, si
no lograba atraer a alguna amazona a su saco de dormir forrado de piel, se resignaba a
quedarse conmigo y esas noches eran como tripular un bote diminuto en un mar embravecido por la tormenta. Su caravana no contena otra cosa que blancos, rifles y una casi
invisible cocinilla, instalada precariamente, donde a veces preparaba picantes chiles y
unos bizcochos de plomo que con un poco de melaza y un caonazo de whisky constituan su desayuno. Sin embargo, mientras dorma, sorprenda sus rasgos de bronce relajados, y volva a parecer la ansiosa y varonil chiquilla que haba robado el Colt 45 de su
padre para asustar a las serpientes de cascabel y haba llorado al herir por error en la pata al ovejero alemn de la familia. A veces la vea mirar con cierta envidia la barba de
Madame la Barbe. Mamie era tambin una mujer trgica.
A todos ellos los veo ahora con el halo crepuscular de la tragedia consumada, avanzando inexorablemente hacia la muerte violenta como los condenados.
En la feria era evidente que las cosas no eran lo que parecan. Mamie me llev en una
ocasin a espiar a las bellas amazonas que atendan a sus caballos en la intimidad del
improvisado establo. Nos escondimos entre el heno mientras ellas conjugaban el ltimo
verbo debajo de nosotros. Los relinchos que escuchbamos podan surgir de la garganta
de los padrillos o de sus cuyres; y la violencia de sus movimientos agitaba tan tempestuosamente las paredes que corramos el riesgo de caer de nuestro precario escondite. Las bamboleantes lmparas de petrleo que colgaban del techo daban a esa escena
espectral un claroscuro dramticamente expresionista y tan intermitente que empec a
dudar de algunas cosas que vea, y record que el propietario del cosmorama haba murmurado en sueos: Todo depende de la persistencia de la visin. Entretanto, mi viril
amante, excitada por la lujuria ambiente, me aferr entre sus garras de tal manera que
nuestra posicin se hizo an menos segura; y debo reconocer que, en aquel establo resonante de pasin, experiment realmente el infinito sin duracin al que se refera Mendoza. Comprob su existencia porque no tengo idea del tiempo que dur la orga cuando
camos dando tumbos al tremedal de miembros de satn y cascos restallantes; si hubiera
habido all un reloj, no dudo de que habra explotado. El hecho de que la escena tuviese
cierto parecido con la secuencia de fotos de la muchacha pisoteada por los caballos me
perturb, aunque sta fuera dolorosamente distinta. Me pregunt hasta qu punto poda
haberla provocado yo mismo. Aunque la feria ntegra pareca muchas veces slo un nuevo surtido de muestras.
La patada de un caballo le rompi una costilla a Mamie, quien anduvo un tiempo con
un precario cors de vendas. Sus ojos, grises como el can de un rifle, adoptaron desde
entonces una curiosa expresin de inters, como si aquella noche yo hubiese revelado
insospechados talentos; finalmente me sorprend por completo cuando se ofreci para
ensearme a tirar mejor.
Un da descubr que el propietario del cosmorama tena la costumbre de practicar la
adivinacin utilizando las muestras, aunque nunca supe qu era exactamente lo que adivinaba o predeca, cmo lo realizaba, ni por qu. Por cierto, no previo el terremoto, porque de lo contrario habra escapado. A veces manoteaba a ciegas el saco y extraa las
primeras cajitas que tocaba. Lea las inscripciones en Braille, con el ceo fruncido o
agudos chillidos de jbilo.
- Expresar autnticamente un deseo -me deca- es satisfacerlo categricamente.
Medit largamente en esa expresin gnmica. Quera realmente decir eso que era un
evidente disparate? O se refera a la otra teora de Mendoza, que si algo era suficientemente artificial se volva genuino?

Toqu suavemente su hombro para despertarlo con el t de la maana, y en sueos


exclam:
- Objetiva tus deseos!
Pareca algo muy importante, aunque yo no estaba muy seguro de por qu.
El tercero de mis amigos, el Hombre Lagarto, me ofreca placeres ms sencillos. Era
crele, y a veces tocaba la armnica o cantaba toscas y oscuras melodas en un francs
de sabor incomparable. Nacido en una cinaga de Louisiana, su afliccin era gentica:
se deba a la infortunada combinacin de los genes de su extraa y pintoresca madre,
que se meca el da entero en la galera con un camisn blanco mientras la casa se hunda en la ruina, con los de su loco y pintoresco padre, que se dedicaba a construir un arca en la ensenada del ro porque estaba convencido de la inminencia del segundo diluvio. El Hombre Lagarto haba pasado la infancia sumergido hasta el cuello en otra parte
de la cinaga porque se encontraba mejor solo que con su familia; entre la hierba, bajo
los fantasmas flotantes del musgo de Florida, tocaba la armnica sin hacer dao a nadie.
A los doce aos, el padre lo vendi al director de un teatro ambulante a cambio de siete
kilos de clavos, y sa fue la ltima vez que vio a sus padres, quienes no se molestaron
siquiera en despedirlo. Pas el resto de su vida sumergido hasta el cuello en un tanque
de cristal lleno de agua, donde permaneca sooliento como un tronco, mirando a quienes venan a contemplarlo con una malicia despiadada.
Tena, para ser un hombre que haba pasado la mayor parte de la vida debajo del
agua, un notable conocimiento del mundo; y de toda la gente de la feria, era el nico
que posea cierta informacin acerca de la guerra o de su evolucin. l y su tanque haban pasado tres meses en una galera de monstruos en los barrios pobres de la capital al
principio de las hostilidades, y haba comprendido de manera sorprendente qu ocurra,
aunque le hastiaban los cambios, como seguramente le hastiaban a cualquier piedra inmutable. En su tanque haba adquirido paciencia, astucia y duplicidad. Haba cultivado
una actitud de apata absoluta.
- La monstruosidad -deca- es la norma.
Le gustaba el cosmorama y a veces sala de su tanque, dejando una huella hmeda,
para visitarnos: pasaba de una mquina a otra, chapoteando sonoramente en el suelo con
sus pies chatos como si aplaudiera con desgana. Las escamas cubran todo su cuerpo y
su rostro, excepto una pequea zona de suavidad infantil, clara, de color melocotn, encima de sus genitales, que eran perfectamente normales. No poda soportar la luz del sol
y tena escalofros si estaba fuera del agua ms de dos o tres horas. No padeca ningn
sentimiento humano; pero a m me agradaba mucho porque haba refinado su subjetividad a tal punto que no crea en nada. Me ense a tocar la armnica y finalmente me regal la que tena de reserva. Creo que fue el primer regalo que hizo en su vida. Aunque
me alegr recibirla, lament que la inflexible misantropa del Hombre Lagarto se resquebrajara.
Entre unas cosas y otras, la vida transcurra agradablemente y yo jams me aburra.
La feria ambulante se mova de un lado a otro sobre la meseta, a veces se trasladaba al
pie de la montaa y luego se retiraba hasta la llanura. Pero, en sueos, el propietario del
cosmorama musitaba:
- Se llega al sur por el camino del norte.
Y yo saba que deba ponerme en sus manos, y no osaba apresurar las cosas, aun cuando los tmidos anuncios de la primavera ya se hacan sentir.
Mientras conduca nuestro destartalado camin por los caminos llenos de surcos, vi
cmo la hierba joven perturbaba las hojas amontonadas del ao pasado, y Madame la
Barbe nos obsequiaba tmidamente ramitos de frgiles campanillas blancas que recoga
con disimulo durante el ocaso. Haban pasado seis meses desde que sal de la capital, y

an no hallaba forma de comunicarme con el ministro. De vez en cuando intentaba llamar a su nmero telefnico privado, pero todas las lneas estaban muertas. A pesar de
todo sent una vaga agitacin de mi sangre que era casi el escozor de la accin incipiente, como si yo tambin despertara con la primavera y ahora la caravana se lanzaba incontrovertiblemente hacia la cima de las montaas, y el camino ascenda todo el tiempo.
Debamos participar en la feria de Pascua de la ciudad ms alta del pas, donde se deca
que las guilas anidaban en los campanarios. Nuestras ruedas consuman el asfalto picado de viruela.
- Al Tiempo Nebuloso -dijo el propietario del cosmorama con cierta excitacin anticipadora- le seguir el tiempo sinttico.
Pero no ampli esa afirmacin.
En nuestra ltima parada, antes del destino definitivo de todos mis compaeros, aunque ellos lo ignoraban, se uni a nosotros un grupo de acrbatas marroques. Eran nueve
y un msico, y sin embargo lograban convivir empaquetados en una fea caravana motorizada a la ltima moda americana, pintada del vivido rosa de las orqudeas de plstico y
adornada con varios talismanes islmicos, entre ellos algunas manos impresas con tinta
negra para alejar el mal de ojo. Rara vez hablaban con los dems, y lo hacan en un
francs incluso ms desarticulado que el del Hombre Lagarto; pero mi francs se haba
hecho ms fluido durante mis conversaciones con Madame la Barbe, y logr ganarme su
confianza para que me permitieran asistir a los ensayos de su extraordinaria representacin, aunque hablar con ellos era como charlar con hienas, porque sus maneras eran viciosamente escurridizas. Me inspiraban un poco de miedo, aunque pensaba que era maravilloso.
Los nueve tenan la misma altura, una sinuosidad casi femenina y marcado desarrollo
pectoral. Durante el da usaban elegantes pantalones acampanados y alegres camisas estampadas con flores y palmeras, ms apropiadas para Las Vegas o las playas de Florida
que para los ridos picos amarillentos adonde nos conduca el camino; para sus asombrosas pruebas vestan unas ropas que podran haber sido diseadas por Cocteau o por
Calgula: cortas tnicas hechas con una red de medias lunas doradas con una prominencia entre los cuernos, de modo que sus pieles color mbar quedaban cubiertas como de
pecas entrelazadas, y no pareca que estuviesen vestidos, sino extravagantemente desnudos. De la oreja izquierda de cada uno penda una media luna ms grande; sombreaban
sus ojos con abundante kohl y rizaban tanto su pelo que sus cabezas parecan racimos de
uvas negras. Llevaban doradas las uas de las manos y los pies, y pintaban sus labios de
rojo oscuro. As vestidos negaban la realidad: parecan totalmente artificiales.
Entrar en su escenario circular era pisar directamente el reino de lo maravilloso. Al
comps de la rara msica de la flauta que tocaba un nio cubierto de velos, creaban todas las imgenes que el cuerpo humano puede producir, una diseccin abstracta y geomtrica de la carne que me dejaba sin aliento.
Cuando le habl de ellos al propietario del cosmorama, maldijo su ceguera.
- Han llegado los acrbatas del deseo! -exclam-. El Tiempo Nebuloso est casi
sobre nosotros!
Pero ellos jams haban odo el nombre de Hoffman, aunque cuatro veces por da
trascendan de sus cuerpos y se convertan en anagramas plsticos de ellos mismos. Yo
sospechaba un sistema de espejos. Examin su escenario y slo encontr aserrn donde
brillaban aqu y all doradas medias lunas cadas. Su representacin era aproximadamente como sigue.
Un precario proyector alumbraba su minsculo crculo de aserrn. La flauta gema
una frase. El leve tintineo de sus tnicas metlicas anunciaba su llegada. Entraban uno a
uno. Primero formaban una pirmide sencilla: tres, tres, dos y uno; luego cambiaban de

posicin y formaban la pirmide invertida: uno apoyado sobre sus manos sostena a dos
con los pies, y as sucesivamente. Sus figuras se movan tan coreogrficamente unas tras
otras que era imposible ver cmo se liberaban y se reunan. No escapaba de ellos el menor olor a transpiracin, ni un gruido de esfuerzo. Durante quiz treinta minutos agotaban el repertorio habitual de los acrbatas de cualquier parte, aunque con incomparable
gracia y pericia. Luego, Mohammed, su lder, se quitaba la cabeza del cuello y todos
jugaban con ella y tambin entraban gradualmente en el juego las cabezas de los dems,
de modo que una fuente de cabezas suba y bajaba sobre el escenario. Eso era slo el
principio.
Despus, miembro por miembro, se desmembraban. Manos, pies, antebrazos, muslos
y finalmente torsos integraban un diagramtico multihombre cuyos elementos eran los
de todos ellos. Por momentos, esos fragmentos volantes componan una imagen semejante al Kuan-Yin de los Cuatro Puntos Cardinales y de los Mil Brazos, cuya multiplicidad de miembros y atributos significaba para los antiguos chinos el vigor infinito y la
velocidad del rayo; pero esta imagen rabe estaba en continuo movimiento, sntesis visual de las curvas y superficies por las cuales cualquier cuerpo aislado se mova siempre
repentinamente y donde todo suceda al mismo tiempo.
Luego, la piece de rsistance: los juegos malabares con sus propios ojos. Las cabezas, brazos, pies y ombligos cortados jugaban con dieciocho ojos sombreados que no
parpadeaban.
Mientras los miraba, me repeta la mxima del propietario del cosmorama: Todo depende de la persistencia de la visin. Porque naturalmente no poda vencer mi incredulidad, sino apenas hacerla a un lado por un momento. Pero cuando al final todos aquellos ojos se reunan y me miraban, yo no poda creer en lo que vea. Qu armoniosa concatenacin de fragmentos de hombre adornados con lunas incompletas y pupilas castaas!
Al final esa demostracin de yuxtaposicin y transposicin conclua. Cada torso recoga del montn sus correspondientes fragmentos y los nueve marroques otra vez completos se inclinaban ante la concurrencia.
Yo iba a verlos siempre que poda y visitaba con frecuencia su tienda. Pero nunca
logr descubrir su secreto.
El glacial resplandor del comienzo de la primavera
arrancaba destellos de mica de los desfiladeros de arenisca de las montaas. Eran terriblemente ridas, porque el pobre suelo apenas poda nutrir esas plantas que aman los
sitios secos y estriles, cactos espinosos y unas florecillas bajas y contrahechas, semejantes a margaritas, cuyos tallos eran suficientemente afilados para cortar los dedos. Ese
siniestro camino nos llev a un lugar siniestro, porque la ciudad, que era apenas un centro comercial, era tan aterradora como las perspectivas perpendiculares que la circundaban. Atravesamos un largo puente sobre un ro cauda loso en el ms desapacible de los
valles y descubrimos la ciudad posada como un guila en una saliente rocosa sobre el
torrente. La ciudad estaba llena de santos malvolos. El, cerrados en s mismos por su
aislamiento, eran una mezcla endogmica de polacos de los Crpatos y franceses de la
montaas; sus antepasados haban huido de Europa a fin del siglo XVII y principios del
XVIII debido a la persecucin de las escrupulosas sectas reformistas a que pertenecan
Entre ellos se contaban calvinistas y jansenistas, y como la ciudad haba terminado por
desarrollar una combinacin tan severa de los aspectos ms mortificantes de ambas, me
asombr que toleraran una feria como la nuestra, ya que su nico entretenimiento habitual eran las reuniones para cantar himnos de la ms elemental estructura meldica. Pero el enrarecido aire de la montaa haba determinado singulares mutaciones en sus
prcticas. Despus del ayuno de la Cuaresma, durante el cual slo beban agua y coman

frijoles, pasaban todo el Viernes Santo sin moverse de sus casas con las cortinas corridas, meditando en la maldad innata de la raza humana, y luego dedicaban la Pascua a
exponerse a las tentaciones de la carne, que la feria, segn entendan, representaba con
acierto. Mi cnico amigo, el Hombre Lagarto, descubri halagadsimo que lo consideraban una sirena y no cesaba de alisarse lascivamente las escamas en su tanque. Todos,
hasta cierto punto, nos volvimos ms voluptuosos para autojustificarnos.
La gente de la ciudad era muy amable con nosotros y nos
traa pequeos regalos de vino y pasteles. Pronto comprend que esa caridad proceda
de la compasin. Crean que estbamos irremediablemente condenados.
El propietario del cosmorama cambiaba diariamente sus muestras. stas eran los ms
desaforados cuadros de blasfemia y erotismo; Cristo practicaba innumerables obscenidades con Mara Magdalena, san Juan y Nuestra Seora; y en esa ciudad santa yo fui
follado por el ano contra mi voluntad (es decir, en la medida en que tena conciencia de
mis propios deseos) por los nueve acrbatas marroques, uno tras otro.
Los que posean caravanas las colocaron en un terreno vecino a la plaza del mercado,
que se usaba habitualmente para apacentar las cabras y tender la ropa; las tiendas fueron
erigidas en la plaza misma. Cuando cerramos por la noche, el anciano, que haba bebido
con la cena el vino de diente de len que le haban regalado, se durmi junto a la cotufa,
y yo sal a ver la ltima representacin de los rabes. Desde el anochecer se avecinaba
una tormenta, y en ese momento un fuerte viento azotaba la plaza, empujando los carteles y los banderines en todas direcciones. Haca tanto fro que slo el arraigado puritanismo de los habitantes de la ciudad les permita salir a divertirse. En la tienda de los
acrbatas, las sobrias ropas del pblico rodeaban de slida sombra a los centelleantes
malabaristas; la conviccin general de que contemplaban la obra del demonio cargaba el
aire de desaprobacin. Los rostros blancos, dispuestos en la oscuridad en crculos concntricos alrededor del escenario, eran tan inexpresivos como los dientes de una quijada
de animal, aunque los rabes lanzaban contra ellos sus dedos y sus uas doradas como
una pedrea de confeti, cuando los actores recuperaron hasta el ltimo tomo de carne y
lo pusieron en su sitio, el auditorio dej escapar un gran suspiro convulsivo que agit la
lona, un suspiro de gratificacin porque ninguno de ellos haba sucumbido al regocijo.
Salieron en silencio.
Mohammed y sus tintineantes hermanos se frotaron con sus toallas y me invitaron a
tomar caf en su casa ambulante, un inesperado gesto de hospitalidad que atribu al reconocimiento del entusiasmo que yo siempre haba expresado por su trabajo. La tormenta se haba convertido en tempestad y corrimos a travs de una cortina de lluvia.
Relampagueaba, y los nueve, con su atuendo digno de Heliogbalo, centelleaban fugazmente como el magnesio, con un brillo tan brusco y violento que hera la retina, y luego
desaparecan en medio de la lluvia.
Una estufa de carbn llenaba la caravana de un calor sofocante. El interior era agradable y acogedor como la cama de una prostituta, porque dorman de a tres en tres divanes cubiertos de cojines de satn de colores de lencera, que ocupaban la mayor parte de
la habitacin. El olor a sudor, linimento y semen era abrumador. No haba ventanas ni
era posible ver las paredes, cubiertas de espejos y fotos de cada uno de los pasos de su
segmentacin; despojados de sus tnicas, con sus tangas de tela elstica iridiscente, extendidos en sus lechos, ellos y sus partes reflejadas o fotografiadas -aqu una cabeza, all
un hombro, ms lejos una rodilla- parecan continuar, de modo sutilmente enervante, el
apogeo de su actuacin.
Acaso no haba sabido siempre que todo se haca con espejos? No haba visto demasiados desde el principio de la guerra.

Mohammed prepar caf a la turca en una olla de bronce colocada sobre la estufa, y
me invitaron a sentarme en un cojn rosa adornado con un desnudo color malva. El msico se quit su velo y se instal en una tira de piel de oso blanca extendida en lo que
quedaba de suelo. Era un nio de seis o siete aos, muy negro, quizs etope; era eunuco. Pareca sentir un todopoderoso temor hacia sus amos. Yaca en una actitud de sumisin total. Los marroques sugirieron que yo estara ms cmodo sin mi camisa, incluso
desnudo, pero yo insist en conservar mis pantalones. Despus charlaron un rato en rabe mientras yo hojeaba algunas revistas de culturismo desparramadas sobre las camas.
Mohammed nos sirvi a cada uno una racin de su espesa infusin.
Bebimos lentamente. Hubo un silencio y de pronto sent cierta inquietud. Comprend
que estaba all por algn motivo, y mi primera reaccin fue de incredulidad. Me puse
nervioso y volv a felicitarlos por su virtuosismo.
Mohammed dijo con una sombra de amenaza:
- Somos capaces casi de cualquier cosa.
No puedo decir, por lo tanto, que no fui advertido. El viento azotaba las paredes y el
carbn arda en la estufa. Con un suave movimiento, el nio negro castrado recogi su
flauta de la pila de velos que se haba quitado. Se sent con las piernas cruzadas en una
cama y empez a dibujar en el aire una meloda aguda, tritnica, que se repeta una y otra vez como un conjuro sin palabras.
Los espejos no slo reflejaban diversas partes del cuerpo de los rabes; tambin reflejaban sus reflejos, de modo que los hombres se repetan infinitamente y que de pronto
dieciocho oj os, a veces veintisiete y en cierto momento treinta y seis, se clavaban en m
con una intensidad que variaba de acuerdo con la distancia que separaba las imgenes
de dichos ojos y sus originales. Estaba rodeado de ojos. Yo era san Sebastin traspasado
por los punzantes rayos visibles de unos ojos castaos y translcidos que tejan en el
aire una red de finas hebras brillantes, como de caramelo. Una vez ms repitieron sus
juegos malabares con los ojos hipnticos y utilizaron sus miradas palpables para atarme
con ligaduras invisibles. Estaba atrapado. No poda moverme. Estaba lleno de furia impotente cuando esa ola de ojos rompi contra m.
El dolor fue terrible. No s cuntas veces fui ultrajado en lo ms ntimo. Gem, susurr, supliqu, sangr, pero nada poda calmar una avidez tan despiadada e indiferente como la de la tormenta que bramaba afuera como un huracn de pesadilla. Me tiraron boca
abajo sobre una colcha de seda artificial de color anaranjado claro y se turnaron
para sujetar mis brazos y mis piernas. Dej de contar las penetraciones; pero creo que
cada uno me sodomiz al menos dos veces. Parecan fuentes inagotables de deseo y
pronto perd conciencia de mi cuerpo, aunque no dej de sentir que un arsenal de espadas horadaban la ms privada e innombrable de las aberturas. Yo estaba tan fuera de m
mismo que tambin podran haberme cortado en pedazos para jugar con ellos, y por lo
que s as lo hicieron. Me proporcionaron la ms completa leccin de anatoma que haya sufrido alguna vez un hombre, y aprend todas las modulaciones posibles de los rganos masculinos, incluso algunas que hubiera credo imposibles.
De pronto, como si obedecieran a un silbato inaudible, se detuvieron. El viento y la
lluvia no haban cesado, pero los acrbatas haban terminado su representacin, aunque
no daban muestras de hartazgo o cansancio; simplemente haban concluido. Era como si
hubiesen realizado un mero ejercicio gimnstico; volvieron a secarse con sus toallas,
buscaron las pequeas prendas que se haban quitado y cubrieron los pistones de sus cuerpos con la indiferencia ms ofensiva. Yo, un gemebundo despojo humano, segua sobre la colcha, creo que llamando a mi madre aunque probablemente se tratara de Albertina. Un poco ms tarde, Mohammed se acerc; traa ms caf y un poco de arak, me dio
un abrazo lleno de calidez y consuelo y murmur en su lamentable francs que yo haba

sido iniciado, aunque ignoro en qu. El licor ardi en mi garganta y gradualmente recuper mis sentidos.
Mohammed me visti y, despus de consultar con sus colegas, busc algo en un cajn
oculto debajo de una cama. Por fin las imgenes brillantes y los reflejos de los hombres
se haban aquietado. Estaban apoyados sobre sus codos, con una alegra infantil en los
rostros, como si hubieran recuperado la inocencia. Me senta perturbado. Quera marcharme, pero no osaba moverme mientras no me lo ordenaran por temor a desencadenar
un nuevo asalto. Mohammed se volvi hacia m; traa algo escondido detrs de la espalda. Su taparrabos lata como una red llena de peces vivos.
- C'estpour toi -dijo-. Unpett cadeau.
Puso en mis manos un pequeo bolso de cuero pintado y adornado como los que les
venden a los turistas en Port Said. Tena dibujada la figura de un rey egipcio escuchando
a sus msicos, y la imagen del antiguo Egipto preservada durante dos mil aos por el
fro mbar de la poca casi me hizo llorar. Entonces Mohammed me levant suavemente de la cama y me envolvi en uno de esos grandes mantos rabes del desierto, con caperuza, para protegerme del mal tiempo, segn me dijo. Luego me llev a la puerta y
me dej entre las fauces del vendaval. Senta un terrible dolor al caminar.
El aire estaba lleno de tejas y chimeneas arrancadas, de papeleros y de sogas con ropa
tendida. El viento haba aferrado a la ciudad por el cuello y atormentaba especialmente
a las dbiles tiendas de la feria, que sacuda con violencia. La lluvia caa como una cortina negra movida por el viento, y el ro pareca un torrente de aguas furiosas. Segu un
camino ascendente, alejndome de los lugares habitados, tan rpido como me lo permitan el dolor y la tormenta. Necesitaba dejar atrs a la humanidad por un tiempo.
Atraves trastabillando un pramo y descubr un estrecho sendero que me llev hasta
un acantilado que dominaba el ro. Caminaba agazapado, por el temor de que el viento
me arrojara a la hondonada. El sendero luego descenda y vi de pronto, en el frente del
acantilado, la boca de una pequea caverna. Entr en ella sin vacilar, me arrebuj en mi
manto beduino y trat de serenarme, aunque empezaba a sentir un shock terrible. Record que an aferraba el bolso que me haba dado Mohammed, y lo abr. Contena veintisiete ojos, del color de la cerveza, como esferas achatadas. Pens que deba de haberlos
arrancado de los espejos. Yo estaba algo confundido y, por lo que recuerdo, pas la mayor parte de aquel da tempestuoso jugando a un solitario pero complicado juego de canicas con esos objetos, que haca rodar sobre el suelo arenoso de la caverna, riendo con
placer infantil cuando chocaban unos con otros. Alrededor del medioda, recuerdo, o un
tremendo rugido y parte del techo se derrumb, sepultando media docena de mis juguetes, lo cual me irrit. Pero no prest ms atencin al mundo exterior hasta que de un
modo u otro, perdidas en las grietas, en los pozos o en las secas matas que haba en la
entrada de la caverna, todas las canicas desaparecieron; yo no tena paciencia para buscarlas.
Cuando desapareci la ltima, me sent recuperado. Estaba mareado y lastimado, pero tena hambre y pens que probablemente el propietario del cosmorama, si estaba sobrio, me necesitara. Adems, la furia de la tormenta se haba consumido y la lluvia haba
cesado casi totalmente. Sal entonces de la caverna y descubr que el sendero que me
haba llevado a ella se haba esfumado. Trep con las manos el acantilado, mientras el
ro mostraba, muy abajo, dientes de espuma, y flotaban a la deriva toda clase de objetos.
Durante mi desvaro el paisaje se haba reorganizado por completo. Todo pareca
afectado por una explosin, y el viento an me morda y azotaba mientras yo descenda
ansiosamente a la ciudad, como si me castigara por haber sobrevivido. Y descubr que la
ciudad ya no estaba all.

Se haba esfumado de la faz de la tierra, dejando atrs slo su cadver de piedra a manera de lpida. El promontorio donde se levantaba estaba ahora tan pelado como un huevo y, en mitad del ro turbulento, humeando, haba un gran montn de escombros amarillentos de donde emergan aqu y all un campanario o el gallo de una veleta. El puente comenzaba en el extremo opuesto y se detena en mitad del ro. Un trozo de albailera, truncado, se proyectaba sobre el valle, a punto de caer, y de este lado haba desaparecido toda huella del viejo puente porque la ciudad haba sido arrancada de sus cimientos y arrojada descuidadamente a las aguas devoradoras. Baadas por la luz gris y agonizante del atardecer, las ruinas casi no se distinguan de las dems rocas de ese valle infernal atravesado por las vidas aguas. Al acercarme al ro descubr que estaba lleno de
cadveres insignificantes como troncos a la deriva. Santos y rprobos haban muerto
juntos y slo unos pocos cuervos sobrevolaban sin rumbo fijo, lanzando gritos desconsolados. Nada humano se mova.
La catstrofe era demasiado grande como para que yo pudiera comprenderla en el acto. Me dej caer en una piedra y ocult mi cabeza entre las manos.
***
5. El viajero ertico
Al principio pens que el terremoto era obra del doctor, pero ninguna lgica, por bizantina que fuera, poda justificar ese desastre. No podra haber obtenido ninguna ventaja tctica destruyendo esa ciudad olvidada. Adems, su conjunto de muestras haba desaparecido por completo, y el cosmorama era el arma ms importante de su arsenal;
jams lo habra destruido. De modo que el terremoto slo poda ser una demostracin de
poder de la naturaleza que, nicamente al servicio de la arbitrariedad, haba reintegrado
la ciudad al caos, abandonndola desdeosamente una vez cumplida su obra. Era un
acontecimiento demasiado arbitrario como para que yo pudiera comprenderlo; pero mientras la luz lavada por la lluvia caa ms tristemente sobre la gigantesca saliente rocosa
que haba matado a mi mujer barbuda, a mi amigo reptil, a mi campeona de tiro y a mi
filsofo ciego, tom conciencia del problema de la mortalidad. Ni siquiera los acrbatas
del deseo haban podido rehacerse despus de esa disolucin. Ningn fantasma se atreva a flotar sobre el aire desolado, aunque el agua ruga con una exhibicin de energa
tan violenta como jams haba visto. Un extranjero no habra podido imaginar que la
tarde anterior, a la misma hora, el pico estaba coronado de bien trazadas calles atestadas
de puritanos y de monstruos. La luz mora sobre las rocas. Volv la espalda a todo ese
subuniverso que haba sido borrado como por una inmensa goma y al cadver de otra de
mis personalidades, la del sobrino del propietario del cosmorama. Me alej trastabillando por el spero terreno, nuevamente vencido, y esta vez ms all de las lgrimas.
Estaba en una regin que desconoca por completo.
Poco despus descubr una granja construida con grandes bloques de piedra y sin
ventanas, pero soltaron una jaura de flacos perros amenazantes, de modo que ni siquiera pude pedir all un mendrugo de pan. Luego se elev una gran luna blanca y err por
un abrupto sendero con mi desvada sombra como nica compaa, dos plidos fantasmas contra un fondo de montaas tan afiladas y poco naturales como si las hubiera dibujado el torpe lpiz de un nio. Pens que si iba suficientemente lejos, llegara al castillo de Hoffman. Slo saba que deba poner un pie delante del otro, infatigablemente
en la direccin incorrecta, como me haba dicho el anciano, y mi instinto me guiara

hasta all, aunque no saba qu hara entonces, aparte de buscar a Albertina. As continu
fatigosamente hasta que llegu a un desfiladero por donde pasaba un angosto camino.
A su vera haba un rbol seco y un ave nocturna, posada en una rama desnuda, emita
un spero castaeteo, la anttesis del canto. Mir el camino en ambas direcciones, y de
pronto la esperanza me abandon, porque no saba dnde estaban el norte ni el sur. De
pronto me sent muy, muy agotado. O, a lo lejos, el rugido de un len de la montaa, y
me pregunt con indiferencia si no sera devorado durante la noche. La idea no me afect en ningn sentido. Me sent bajo el rbol y me cubr la cabeza con la caperuza porque el aire alto y enrarecido cantaba amargamente en mis odos y haca latir mis sienes.
Mir cmo la luna se mova por el cielo sin nubes y vi muchas estrellas desconocidas.
Ca en una inconsciente fantasa, con la mente en blanco.
O entonces el eco de ruedas y cascos entre las rocas. Un coche ligero, de dos ruedas,
del siglo dieciocho, apareci en el camino; dos personas compartan el angosto asiento:
un hombre alto, vestido de negro, con notable aire de autoridad, y un joven delgado que
sostena las riendas. Los cascos de los caballos negros arrancaban chispas del pedernal
del camino. Las ruedas giraron ms lentamente. Los viajeros se detuvieron.
- Si usted es un rabe, por qu no duerme? -pregunt el hombre mayor, en el lenguaje corriente, que hablaba sin dificultad, aunque con leve acento extranjero y tono de
gran formalidad.
- Temo a mis sueos -respond, y al levantar la cabeza encontr unos ojos terribles,
como brasas quemadas en un rostro tan flaco que los huesos hendan la piel.
- Entonces venga con nosotros -invit. Yo estaba dispuesto a ir a cualquier parte, de
modo que trep por la rueda hasta el espacio que abrieron para m, y continuamos el camino en silencio baj o la luz de la luna. El perfil del hombre era tan escarpado y arrogante como el de las montaas. Deba de tener entre cuarenta y cincuenta aos. Su cara
estaba erosionada por la amargura y el orgullo.
Llevaba un manto negro con muchos volados en los hombros y un sombrero de copa
con negros crespones en la parte posterior. Pareca vestido para un funeral, y tena un
bastn coronado por una bola de plata capaz de matar. Su diablica elegancia no habra
sido la misma sin su terrible delgadez: la llevaba en los huesos, como un color que rezumara de su esqueleto esencial y riera sus ropas; no haca un movimiento que no fuera
una sombra pero cautivadora obra de arte.
El camino que seguamos nos llevaba a la ciudad devastada, porque pronto encontramos el ro, tan crecido que pens que no podramos pasar. Los asustados caballos alzaban sus patas, pero el conductor los maldijo y los azot hasta que los oblig a continuar,
a pesar de que el agua se arremolinaba alrededor de sus corvejones. Cuando comprend
que volvera a ver la tumba de la ciudad, gem involuntariamente.
- Msica! -murmur el hombre mayor-. Msica!
No supe nunca si se refera a la expresin de mi dolor o al ruido del agua, sonoro como un carilln. Cuando el camino desapareci debajo del agua, el conductor oblig a
los animales a entrar en la corriente. El coche flot fcilmente y los caballos nadaron.
Seguimos ro abajo a la luz de la luna y navegamos sobre el corazn mismo de las ruinas, que desaparecan rpidamente entre las olas tempestuosas.
El conductor exclam:
- Oh, qu terrible tragedia!
Pero el hombre mayor lo abofete y dijo secamente:
- Lafleur, debo reprocharte otra vez por tu tierno corazn? Haz como yo: saluda a la
naturaleza cuando nos ofrece un nuevo coup de thtre.
Luego sac una petaca de su bolsillo y me ofreci un trago de coac.
- Lo ha visto usted? Murieron muchos?

- Toda la poblacin de la ciudad y tambin los miembros de una feria ambulante.


Suspir con gratificacin.
- Cmo me hubiera gustado verlo! Y sentir el jbilo de ese clamor wagneriano! Los
gritos, el estruendo de las rocas partidas. Los nios hechos trizas por los peascos rodantes. Qu espectculo! Debe saber, joven, que soy un connoisseur de catstrofes. He
visto la erupcin del Vesubio, durante la cual miles de personas quedaron atrapadas por
la lava hirviente. He visto reventar ojos, chorrear grasa en la crepitante carne asada de
Nagasaki, Hiroshima y Dresde. He hundido mis dedos en la sangre al pie de la guillotina durante el Terror. Soy un demonio de los cataclismos.
Arrojaba sus palabras como un guante, pero yo estaba demasiado fascinado por su
misantropa para recogerlo. Finalmente vimos vestigios del camino en la costa y pronto
los caballos volvieron a galopar por tierra seca, bajo la luz de una luna indiferente.
- Adonde va usted? -pregunt. Ms que responder a mi pregunta, expuso los secretos
de alguna fantasa imposible de conocer.
- Slo el viaje es real, no el terremoto. No tengo una brjula que me gue. Trazo mi
rumbo segn las veleidades de la fortuna y slo percibo las fortuitas seales de la inextinguible llama de mi lujuria.
Eso me redujo al silencio. Las ruedas del coche seguan el hilo de un ovillo invisible
y yo empec a sentir los efectos de la extraa presin que se ejerca sobre m, la fascinacin perversa y negativa del inflexible aristcrata que tena a mi lado; pero tuve un escalofro al ver sus dientes curiosamente afilados, porque parecan los colmillos que la tradicin atribuye a los vampiros. De todos modos, atraa. Su personalidad era ms densa
que la de cualquier otro hombre que hubiera conocido, con excepcin del ministro, por
supuesto. Sin embargo, adems de su aplastante inteligencia, creo que me atraa sobre
todo su irona, que marchitaba todas sus palabras antes de que las pronunciara. En l todo era excesivo, pero moderaba su vulgaridad -era vulgar en todo sentido- con un humor trgico y negro del que slo ocasionalmente era consciente.
Era extraordinario por esto: tena la apasionada conviccin de ser el nico personaje
significativo del mundo. Era el emperador de los megalmanos, pero haba sometido su
personalidad a una rigurossima disciplina de estilizacin de modo que, cuando asuma
posturas tan chocantes como las de un mal actor, por ridculas que fueran, despertaba
admiracin por la fuerza abstracta de su artificialidad. Slo posea algn vestigio de realismo y no obstante era muy real. No poda decir nada que no fuera grandioso. Sostena
que slo viva para negar el mundo.
- No es de ningn modo inslito afirmar que quien niega una proposicin al mismo tiempo la afirma secretamente, o, al menos, afirma algo. Pero, en lo que a m respecta, niego hasta el ltimo jirn de mi memorable ser que mi magnfica negacin signifique algo ms que un simple no. A veces me parece que mis finos y burlones labios han sido
conformados por la naturaleza slo para escupir la palabra no, como si sta fuera la
blasfemia final. Querra pronunciar esa blasfemia final y luego adormecerme con la seguridad de la condenacin eterna pero, como no hay Dios, tampoco hay, desafortunadamente, condena. Por lo tanto, ay, tampoco existe una negacin final. Soy una horrible
anttesis personificada, y juro ante todo aquel que acepte la palabra de un conde heredero de Lituania que no hay en m la menor secreta ni benigna afirmacin de ninguna clase.
Se interrumpi para acariciar a su valet, que, con la sumisin de la vctima, volvi hacia l un rostro tan plido como la putrefaccin. Despus del primer shock de horror,
comprend que no se trataba de un rostro real, sino cubierto de vendas blancas. Aquel
complaciente valet estaba casi consumido por su servilismo. Su mismo andar era una

especie de genuflexin ambulante. Se inclinaba obsequiosamente en todo momento. Era


slo una herramienta de la voluntad del conde.
- Hay en el mundo alguna cosa que no condene usted en cierta medida? -pregunt al
conde.
Guard silencio por tanto tiempo que pens que no haba odo y repet la pregunta;
an no me haba acostumbrado al carcter egocntrico de su discurso. Slo responda a
una pregunta cuando crea que l mismo se la haba planteado. Pero cuando finalmente
habl, lo hizo sin su acostumbrado desdn.
- El desafo definitivo del doble salto mortal del amor.
El valet emiti alguna clase de exclamacin reprimida, probablemente de aplauso, y
el conde apoy el mentn en el puo de su bastn, clavando los ojos en el camino que
tenamos delante. Cuando empec a hablar de la guerra me encontr con el mutismo
ms absoluto y comprend que el conde no saba nada de ella. El viaje continu en un
silencio de morgue hasta que, mientras descendamos a la llanura, el conde habl nuevamente.
- Yo cabalgo el torbellino de mis deseos, y atribuira a ese torbellino, que me ha conducido a los cuatro redondeados ngulos del globo, la forma emblemtica del tigre, la
ms feroz de las bestias, cuya piel todava muestra las marcas de una flagelacin que debe de haber ocurrido antes de la alborada del tiempo.
Era imposible conversar con l; no tena inters ms que en l mismo, y slo ofreca a
su acompaante una serie de monlogos que con frecuencia parecan contradecirse pero
siempre, como una espiral, se mantenan fieles a su infernal egosmo. No recuerdo a otro hombre que usara la palabra yo con tanta frecuencia. Pero perciba una cualidad ejemplar en su desesperado ensimismamiento. Desde que dejara al ministro no haba conocido a nadie que viviera con tan frrea determinacin. Me recordaba al ministro.
- Sin embargo siempre estoy acosado por un dolor que no puedo sentir. Aislado en mi
invulnerabilidad, siento nostalgia por la familiar sensacin del dolor
La espuma sangrienta de la boca de los extenuados caballos caa sobre nuestras caras,
pero galopamos sin piedad hasta que llegamos a un extrao lugar, una de esas capillas
flamgeras construidas por los jesuitas con la falaz expectativa de una conversin masiva de indios, y abandonadas hace tiempo. La luna agonizaba pero an iluminaba adecuadamente la desmoronada fachada y los arbustos que crecan en el interior, sin techo,
donde una rana asustada salt de la charca que la lluvia haba formado en la pila bautismal cuando entramos con el cesto de la comida, porque el conde quera desayunar. Como por hbito, orin en el altar mientras el valet preparaba el desayuno; el conde era siempre un iconoclasta, aun cuando los iconos estuvieran ya derribados.
Del cesto brot un festn como yo no haba probado desde aquella memorable comida
con el ministro y Albertina: una lata de pat de ganso trufado; aspic de caza; una bandada de faisanes asados fros; queso importado cuyo sabroso hedor picaba en la nariz; un
salmn ahumado del que el valet cortaba lminas enroscadas; una extica granizada de
varios tipos de caviar; una caja hermtica de ensalada y otra de uvas y melocotones, y
media docena de botellas de Veuve-Clicquot en una nevera. Haba porcelana y copas de
cristal de la mejor calidad. Los cubiertos eran de plata maciza. El valet dispuso esa incomparable Fete champetre y todos nos lanzamos sobre ella de buena gana. El conde
coma con placer; en realidad, con tan ciega voracidad que el valet y yo nos vimos en
dificultades para satisfacer el hambre, a pesar de la abundancia. Cuando no quedaron
ms que huesos pelados, platos sucios, huesos de melocotn y botellas vacas, el conde
suspir, eruct y aferr al valet. Su sombrero cay al suelo.
- Mreme! Mreme! -grit, como si para medir el efecto de sus propias acciones necesitara que lo miraran. Pero la iglesia estaba demasiado oscura para ver algo. O los

suspiros entrecortados del valet y los extraos rugidos que acompaaban la prolongada
ascensin del conde hacia el orgasmo. La bveda del cielo se oscureci, y terribles gritos y atroces blasfemias brotaron de la garganta del conde. Relinchaba como un padrillo; maldeca el vientre que lo haba concebido; finalmente el orgasmo se apoder de l
como un acceso de epilepsia. El xtasis aparentemente aniquil al libertino y hubo un
silencio que slo interrumpan los quejidos patticos del valet hasta que, en la aterciopelada y luminosa oscuridad, el conde habl con voz dbil.
- He dedicado mi vida a la humillacin y a la exaltacin de la carne. Soy un artista;
mi material es la carne; mi instrumento es la destruccin, y mi inspiracin, la naturaleza.
El valet recogi los platos con dificultad. Poco despus hubo suficiente luz para distinguir la figura del conde apoyada en el profanado altar, con la cabeza descubierta. Su
pelo, de un gris spero y uniforme, caa hasta sus hombros.
- Soy invencible porque estoy siempre en un estado de espantosa tensin. Mis crisis
me convierten en un ser bestial y, en ese estado, soy infinitamente superior al hombre, y
me parezco al tigre que, si no es tonto, ataca al hombre. Mi angustia es el precio de mi
exaltacin.
Empec a preguntarme si el conde no poda ser uno de los agentes del doctor y luego
pens no. Ese hombre poda ser el doctor mismo, con una falsa identidad! La sospecha me estremeci.
Apenas puedo describir la abrumadora lucidez del conde. Pareca un cadver animado nicamente por una diablica voluntad intelectual. Apenas descans un momento,
trepamos nuevamente al coche y cruzamos el campo verde y espacioso bajo un vertiginoso arco de cielo que empezaba a aclararse y animarse. Las montaas quedaron detrs
de nosotros. El roco centelleaba en los setos florecientes. Una alondra levant vuelo
cantando. Era una hermosa maana de principios de primavera.
- El universo mismo es un escenario estrecho para montar la gran pera de mis pasiones. Desde la cuna he sido un blasfemo libertino, un corrupto sediento de sangre. Recorro el mundo slo para descubrir nuevos mtodos de castigar la carne. Cuando abandon por vez primera mi Lituania nativa, fui a China, donde me ofrec como asistente
del verdugo imperial y aprend de memoria una escala de torturas de doce tonos tan pintorescas como viles. Cuando termin mis estudios, at a mi maestro al tronco de un albaricoque en flor, cuyos rosados ptalos llovan sobre sus crecientes mutilaciones mientras yo, con increble delicadeza y un cuchillo muy afilado, arrancaba finas lonjas de
su carne viva: la tortura del rebanado, el temido ling ch'ih. Era una escena terrible. El
albaricoque lloraba lgrimas de flores perfumadas sobre l; as se manifestaba la piedad
de la naturaleza, sublime pero ineficaz.
Despus visit el resto de Asia, donde, entre otras infamias, amput los pechos apenas perceptibles de todas las ocupantes de una casa de geishas de Kyoto, ciudad exquisitamente animada por las campanas. Luego estamp mi sello con lacre en los dilatados
anos de los reales eunucos de la corte de Siam. Posteriormente fui a Europa, donde, en
recompensa por mis villanas, fui condenado a arder en la hoguera, en Espaa; a ser colgado del cuello en Inglaterra y a ser destrozado en la rueda en una Francia poco hospitalaria; all, sentenciado a muerte in absentia por los jueces de Provenza, fui ejecutado en
efigie en la plaza central de Aix.
Fui a Norteamrica, donde saba que mis barbaridades pasaran inadvertidas, y en
Quebec contrat a mi valet, Lafleur, cuya interesante nariz se ha hundido bajo el peso de
una sfilis hereditaria. Joven como es, su rostro ha sido casi totalmente arrasado por el
horrible efecto de placeres pretritos que l no ha probado personalmente. Juntos recorrimos los diversos estados. Aport ciertas pruebas en los juicios de Salem, Massachusetts, que condenaron a dieciocho personas absolutamente inocentes a morir en las prensas.

Instigu una rebelin de esclavos en una plantacin de Alabama, que condujo a una
sangrienta retribucin al por mayor: atados a fardos de algodn, fueron quemados por
ululantes miembros de Klan. Luego, en un perfumado burdel de Nueva Orleans, estrangul con las piernas a una prostituta mulata mientras me extraa el incienso del miembro
con una boca cuya forma, color y textura parecan una cereza demasiado madura.
Pero luego me convert en el objeto de la venganza de su airado chulo, un negro de
la ms sobrehumana inhumanidad, en quien cre encontrar un mellizo. Por eso debo evitar que me alcance: s demasiado bien lo que me hara si me encontrara. Lafleur y yo
huimos por el desfiladero del continente, atravesando desiertos que me embelesaron
porque eran demasiado estriles para soportar la vida; junglas envenenadas de odio a las
larvas humanas que se atreven a vivir en semejante carne verde y podrida, y finalmente
las altas montaas que ahora estn detrs de nosotros: no he visto nada ms rido ni hostil que ellas, ni siquiera en las estepas del Asia Central. Reanimados, viajamos ahora hacia la costa, porque siento brotar en m el extrao deseo de regresar a los picos donde
nac, y quizs intente morir all. Es decir, a menos que ese vengativo proxeneta me atrape primero. Horror que ni siquiera puedo considerar.
A medioda me invit a comer pan, queso y cerveza en una posada. No me haba hecho una sola pregunta sobre m ni pareca preguntarse qu haca ese extrao a su lado,
pero comprend que ahora me consideraba parte de su squito. Hice algunas suposiciones acerca de mi posible papel. Era yo su observador, cuyos ojos miraban y verificaban sus acciones? Exiga su narcisismo un testigo permanente? O tena otros planes
para m, y me contaba quizs entre sus futuras diversiones? El valet, callado y enmascarado, y yo ramos su pequeo mundo. Si uno era por contrato su vctima, para qu fin
haba sido contratado el otro? Me pregunt si su sirviente no gozaba de mayor autonoma de la que el conde crea. Algo en la presencia del valet sugera cierta afectacin de
su esclavitud. A veces, cuando gimoteaba, su degradacin pareca exagerada. Quiz no
estaba totalmente acostumbrado a su situacin. En qu me convertira yo cuando, a mi
vez, supiera cul era mi situacin?
Aunque el conde me haba proporcionado una detallada autobiografa, an sospechaba que pudiera ser realmente el doctor; y por lo tanto yo deba viajar con l, de todos
modos. Adems, era extraordinario! Pareca arrojar una sombra tan slida como el plomo. Continuamos el viaje toda la tarde, y llegamos por fin a un solitario cruce de caminos donde el conde anunci bruscamente:
- Lo s, lo s! Debemos girar a la derecha!
El cartel, que sealaba el norte, slo llevaba en desteida pintura azul la leyenda: A
LA CASA DEL ANONIMATO, y un desolado sendero cubierto de hierba y de prmulas
se extenda a lo lejos entre las praderas donde se insinuaba dbilmente la primavera. No
haba huellas de edificios a los costados. El sol se haba puesto y el cielo era ahora de un
gris plomizo. Como todo era llano, el cielo pareca hinchado; ocupaba tanto ms espacio
que la tierra que pareca sofocarnos con una almohada transparente. El da no haba
cumplido la brillante promesa de la maana: el tiempo pareca cargado de presagios.
Lafleur condujo los caballos hacia el norte, ahora tan fatigados que el sudor corra por
sus costados y sus ojos parecan darse vuelta. El conde estaba excitado. Gritaba y murmuraba para sus adentros mientras avanzbamos por el desolado sendero; las nubes se
amontonaban pesadamente en el cielo y unas gruesas gotas de lluvia estallaban en nuestras caras.
- Ms rpido! Ms rpido!
Los caballos endurecieron sus grupas negras como el carbn y relincharon bajo el ltigo de Lafleur. A un costado del camino vimos entonces un espantapjaros; aunque no
haba nada que proteger en el campo desnudo, llevaba un arco y una flecha. No tena ca-

beza dentro de su sombrero; slo un crneo humano, y el viento, cargado de lluvia, azotaba la andrajosa chaqueta que cubra miserablemente sus huesos de palo de escoba. De
su cuello colgaba una tira desgarrada de papel que deca: ESTOY COMPLETAMENTE
VACO. HE OLVIDADO MI NOMBRE. SOY PERFECTO, PERO T ESTS EN EL
BUEN CAMINO. CONTINA.
El conde ri estruendosamente y seguimos hasta encontrar una puerta en una pared
blanca. All terminaba el sendero. Lafleur descendi y golpe a la puerta. Se abri una
ventanilla enrejada y vimos unos ojos.
- Quin es? -pregunt una voz de mujer.
- El conde heredero de Lituania -present Lafleur a su amo.
- Mustranos el color de tu dinero -dijo la voz, y el conde dio a Lafleur un grueso rollo de billetes de banco. Su exhibicin result satisfactoria para la mujer; asinti con aprobacin y dijo-: Se le entregar la cuenta cuando se marche, seor.
Despus de algunos minutos ms de espera, mientras caa la triste lluvia, la puerta se
abri hacia adentro, con gran estrpito de barras y cadenas, y entramos en el patio. La
puerta se cerr detrs de nosotros y la portera, una mujer corpulenta de rostro plido e
hinchado y boca severa, nos ayud a descender. Llevaba un vestido negro y un delantal
blanco. No saba sonrer. Pero no tena mscara. Ninguno de los criados estaba enmascarado: su papel los haca suficientemente annimos.
El conde despidi de inmediato a su valet, quien llev el coche al establo. Segu a
Lafleur con la vista y vi que, apenas dejaba a su amo, se ergua como una rama atada
que se libera. Su figura delicada adopt una firme y elstica actitud decidida; luego desapareci. El conde y yo estbamos ante la puerta de la Casa del Anonimato, siempre
abierta para cualquier persona que tuviese dinero suficiente.
Era un edificio grande y alargado del estilo gtico de finales del siglo diecinueve, con
innumerables torrecillas que se erguan como tentculos hacia el cielo sombro y nublado, y estaba ntegramente construido con ladrillo rojo. Todas las ventanas tenan las persianas cerradas. La portera toc perentoriamente la campanilla y apareci una mujer que
podra haber sido su hermana y que nos condujo por una serie de oscuros corredores, en
los cuales resonaban nuestros pasos, hasta que llegamos a unas habitaciones ms formales y alfombradas y subimos por una escalera de caracol hasta un pequeo cuarto de
vestir forrado de terciopelo rojo, como el interior de una matriz. Ella nos invit a desnudarnos y mientras lo hacamos sac de un armario dos pares de ceidos pantalones que
dejaban enteramente expuestos nuestros genitales, incluidos los testculos. Luego nos
dio unos cortos chalecos de una sustancia suave, parecida al ante, y nos asegur que era
la piel curtida de una joven virgen negra. El conde empez a murmurar suavemente, lleno de expectativa, y su miembro, que era de tamao monstruoso, se irgui tan resueltamente como la ilustracin de la satiriasis de un diccionario mdico. Entonces la mujer
nos ofreci unas mscaras a modo de caperuzas que se unan con botones a los ojales de
nuestros chalecos, de modo que nuestras cabezas se convirtieron en torres redondas,
alargadas, rosadas, sin rasgos. La nica interrupcin de esa superficie convexa de cartn
tostado eran dos hendiduras para poder mirar. Esas mscaras o caperuzas completaban
nuestro atuendo, que era antiesttico, pripico y suprima por completo nuestros rostros
y nuestra autoestima; la indumentaria destacaba nuestra virilidad al tiempo que negaba
nuestra humanidad. Y no perteneca a ningn tiempo ni lugar. Estbamos preparados.
Con nuestras expresiones ocultas y las partes menos diferenciadas de nuestras anatomas expuestas, ella nos condujo por otra escalera a un saln de recepcin donde se inclin, sonri formalmente y abri la puerta.
- Bienvenidos al Saln Bestial -dijo.
Y all nos abandon.

El interior de las ventanas estaba pintado de negro, de modo que aun abriendo las
cortinas de terciopelo negro, nada poda perturbar la noche artificial de la habitacin.
Los muros estaban recubiertos de brocado con figuras, de un prpura tan intenso que el
conde murmur:
- El mismo color de la sangre de suicidio por amor.
En todas partes, aferrados a las cortinas, encaramados en los pesados marcos dorados
de los innumerables e inmensos espejos, agazapados entre las guirnaldas del hogar de
mrmol, haba docenas de vocingleros monos vestidos como criados con chaquetas de
pana carmes con galones. Eran candelabros vivos: tenan velas negras en las patas, en
las colas enroscadas, o metidas en los soportes de los aros metlicos que todos llevaban
en la cabeza. Cuando la cera caliente goteaba sobre su piel o sus ojos, chillaban lastimeramente.
Tambin el mobiliario estaba vivo.
Haban empleado a un taxidermista y no a un tapicero, y le haban enviado un grupo
de leones con la instruccin de hacer un sof con cada pareja. En los extremos de los
brazos gticos de cada sof, haba una melenuda cabeza de len. Sus congestionados ojos dorados rezumaban humedad, y sus cavernosas fauces rojas permanecan entreabiertas dispuestas a abrirse del todo en un sooliento bostezo o para emitir un gruido grave
y prolongado. Los cmodos sillones eran osos negros sentados sobre sus grupas con la
melancola de todas las Rusias en sus ojos lquidos. Cuando una muchacha se sentaba
en su hirsuto regazo, el oso grua, le abra bien las piernas con sus romas patas delanteras y se echaba hacia atrs. Las ocasionales mesas corran de un lado a otro, con obsequiosos gaidos; eran serviles hienas que traan atadas a sus lomos moteados bandejas
de plata con botellas, copas y platillos de nueces saladas y olivas rellenas. Otras hienas,
agazapadas en los rincones, con sus largusimas lenguas como franelas rojas empapadas
colgando, balanceaban entre sus erguidas orejas un tiesto de flores carnvoras o un jarrn de porcelana japonesa con manos sin cuerpos, elegantemente dispuestas. Haba, esparcidas en el suelo de oscura madera lustrada, vividas pieles de jaguar que se movan
bajo los pies: su clido aliento quemaba los tobillos cuando alguien las pisaba. Lo nico
que no pareca vivo en el saln eran las prostitutas, los maniques de cera del amor, inmviles como estatuas. Pero eran los nicos seres encerrados enjaulas.
Aunque los barrotes eran muy slidos y esmaltados de negro, su forma y la caprichosa sofisticacin de su intrincada herrera recordaban las jaulas de los salones victorianos, a pesar de que los primeros tenan algo ms de dos metros para poder alojar a sus
ocupantes, quienes parecan ms altas que un ser humano normal, porque todas las jaulas estaban montadas sobre pedestales de mrmol cubiertos de hiedras de un metro de
altura. Grandes candados aseguraban las puertas y todas las llaves colgaban de una cinta
que rodeaba el cuello de la Madame, quien se mantena tan quieta que no se oa ningn
tintineo. La luz de las velas bailaba sobre los pechos enjaulados, tan blancos como los
de las inmortales, nicas flores que se abran en ese jardn zoolgico impregnado por el
tufo, y el terrible eco de las voces de las bestias salvajes que lo amueblaban.
Los espejos reflejaban las cortinas, los sillones, las mesas, los candelabros y las jaulas
de escultura venrea, pero no devolvan el vaco rostro del conde ni el mo porque all
no tenamos nombre.
La Madame estaba al lado de la puerta, ante una elaborada caja registradora de hierro
forjado de estilo fin de siecle como las que an se encuentran en las cerveceras de Pars; sonaba una campanilla cada vez que registraba el precio de cada artculo que compraban sus clientes. Todava era joven, y estaba completamente desnuda, vestida slo por
su collar de llaves, un cache-sexe hecho de ojos amonedados, unas medias de malla
negra muy abierta y una mscara de fnebre cuero negro flexible, como las que usaban

los verdugos de otrora. Esa mscara cubra todo su rostro excepto la peona marchita de
su boca y la zona que la rodeaba. Estaba desnuda porque era humana, y tampoco a ella
la reflejaban los espejos. Su piel tena el vago brillo de un metal amarillo que ha sido
atacado por el verdn y exhalaba un olor a almizcle apenas tolerable.
Al final habl. Me avergenza decir que no reconoc su voz, aunque me emocion.
- Mi casa es el refugio de quienes no pueden encontrar el equilibrio entre el interior y
el exterior, la mente y el cuerpo o el cuerpo y el alma, o viceversa y etctera, etctera,
etctera.
Una hiena salt, deseosa de servir y de recibir la recompensa, y la Madame nos sirvi
a cada uno una copa de curaao. La Madame hizo sonar la campanilla de la caja y ambos, copa en mano, fuimos a inspeccionar la mercadera.
- Un vigor meridional surge dentro de m -dijo el conde. (Haba de ser yo, entonces,
su confidente?)
Las ropas que impona la Casa quizs ocultaban el aspecto del conde pero tambin lo
transfiguraban. Acechaba, erecto, ese jardn de delicias artificiales con una grandeza loca y apocalptica. Era tan magnfico y absurdamente obsceno que cada sof inclinaba
sus cabezas cuando pasaba y todas las mesas corran a rodearlo y a lamer sus manos.
Cada vez que nos aproximbamos a una muchacha, los monos se lanzaban a su jaula y
se colgaban de los barrotes en peludos racimos, extendiendo sus velas para que los encantos sutilmente espurios de la prisionera fueran claramente visibles, mientras ella tenda sus brazos y abra y cerraba los ojos en una amanerada imitacin de las vampiresas.
Haba, quizs, una docena de muchachas en las jaulas en la sala de recepcin. Se erguan sobre nosotros en su interior como diosas de alguna olvidada teogona, encerradas
porque eran demasiado sagradas para que nadie pudiera tocarlas. Parecan tan circunscriptas como figuras retricas, y no era posible imaginar sus nombres, porque la rigurosa
disciplina de su vocacin las haba reducido a la esencia indiferenciada de la idea de
hembra. Esa femineidad ideal adoptaba formas sorprendentemente distintas, aunque su
naturaleza no era la de la Mujer; cuando las examin desde ms cerca, vi que ninguna
de ellas era ya, o quiz jams haba sido, una mujer. Todas, sin excepcin, estaban ms
all del reino de la simple humanidad, o ni siquiera haban entrado en l. Eran mutaciones siniestras, abominables, en parte mquinas, en parte vegetales, en parte bestias.
Sus pieles eran rayadas, manchadas o veteadas, y algunas se estremecan hasta el
punto de regresar por completo a la bestia. Si las bestias de rapia se haban convertido
en muebles, algunas de las mquinas sexuales del establecimiento estaban a punto de
convertirse en sus vctimas. Quiz por eso las tenan enjauladas. Los ojos suaves y
asombrados de una jirafa se movan sobre sesenta centmetros de cuello moteado por
encima de los vellosos hombros dorados de una muchacha, y otra tena el rostro rayado
de una cebra y una rgida crin negra a lo largo de su columna vertebral. Si algunas tenan la cornamenta de los ciervos, otras, con ramas de rbol que brotaban de sus frentes,
mostraban las rosas que crecan en sus axilas cuando nos tendan sus brazos. Una chica
frondosa estaba cubierta de murdago, y en una parte del torso en que la corteza estaba
desprendida, se vean girar las ruedas internas que la articulaban. Otra tena muchas caras superpuestas y su cabeza se abra como un libro, pgina por pgina, y en cada pgina haba una expresin seductora diferente. Todas presentaban una fusin onrica de diversos estados de existencia, seres ciegos y sin habla de un bosque nocturno donde los
rboles tenan ojos y los dragones andaban sobre ruedas. Y una chica deba de haber venido directamente del cuarto del ltigo, porque su espalda era un desgarrado palimpsesto de marcas; no era animal, vegetal ni objeto tecnolgico: esa mujer maltratada y sangrante era la revelacin ms dramtica de la naturaleza de la carne que he visto jams.

Un calor sofocante y oloroso llenaba el saln. Los muslos de las mujeres eran opulentos, pero yo temblaba como si exhalaran rfagas de aire glacial, aunque no creo que ninguna de ellas respirara. Esas imgenes libidinosas desnudaban sus partes sexuales con
una desafiante ausencia de provocacin que no era fruto de la inocencia; las doce exponan escandalosamente con primitiva sencillez los doce orificios, las feas, innegables,
insaciables bocas inferiores de la arcaica y desvergonzada Afrodita annima, la indiferenciada compaera del acto ciego que tiene muchas bocas, aunque ninguna pregunta
nunca por un hombre. Yo haba ido all con rdenes de adorar; yo, Desiderio, el deseado, deba arrodillarme ante los doce velludos altares de esa iglesia universal de la lujuria, con un uniforme que me converta en un simple ttem de la carnalidad.
El conde empez a aumentar su estatura con tal esfuerzo de voluntad que las venas
hinchadas de su frente parecan a punto de estallar. Su pecho se agitaba como el trueno.
Pareca contemplar el cielo raso con la punta redondeada de esa caperuza concupiscente, suave como un melocotn, que converta su misma cabeza en un smbolo monumental de la sexualidad. Su paso era majestuoso y eclesistico, como si usara una especie de
mitra, l, el papa de lo profano, oficiando un ltimo sacramento, el hombre-falo consagrado, omnipotente, autoordenado; y cuando arrebat una vela de la pata de un mono y la
us para encender el plumaje rosado de una muchacha alada, me di cuenta de que estaba
a punto de pronunciar un sermn y que ella sera su texto.
Sus ojos giraban con delirante agitacin, como si pudieran salir rodando por los agujeros de su mscara. Adoptando la actitud del posedo, ech atrs la cabeza y de su boca
atronadora brot el siguiente salmo agnico con la cadencia y los intervalos del canto
llano, mientras las mujeres abran y cerraban silenciosamente los brazos detrs de los
negros barrotes, con la reaccin inevitable y automtica de las anmonas marinas; los
muebles resoplaban, gruan y aullaban, y el ngel arda instantneamente con una llama tan humeante que comprend que slo era una construccin de papier mach sobre
una armazn de mimbre.
Soy el hombre salamandra zodiacal
porque la carne es una constelacin de llamas
y yo soy carne universal,
soy el lpiz de oxiacetileno
que garabatea sobre el rostro del cielo
con furia incendiaria
segmentadas constelaciones carnosas novas.
Soy la aniquilacin voluntaria del momento orgistico en persona, seoras.
Levant mis orejas. Poda ser el conde, no el doctor, sino ese otro hombre misterioso, Mendoza, quien haba escrito acerca de ese mismo tema antes de aniquilarse de
modo desconocido? Mendoza no poda haberse reconstituido a partir del infinito, quiz
pasando al revs la pelcula de su propia explosin, naciendo as del huevo de una implosin sin una mancha sobre l? Pero el conde no me permiti reflexionar sobre esto, y
se lanz a un despiadado torrente de metforas.
Cabalgo el tigre pirotcnico que slo se alimenta de fuego.
Ardo inexorablemente
hasta que slo queda el hueso desnudo y retrico
que arde y arde y jams se consume.

Al rojo blanco arde mi carne eterna de amianto!


Pens inmediatamente en Albertina, pero el conde hizo girar toda la imaginera del
deseo en su cabeza e invirti diablicamente su sentido, como un brujo que recitara el
padrenuestro al revs. Me confundi totalmente. Y continu como el terremoto que haba devorado el conjunto de muestras.
Yo, el veneno del hueso.
Yo, el cometa esqueleto desnudo.
Yo, enigma volcnico, aspiracin flica, caro no cado.
Llegu entonces a la conclusin de que lamentaba solamente su propia frigidez. Su
voz descendi una octava, como si estuviera a punto de cantar una bendicin.
Soy mi propia anttesis.
Mi virilidad se exalta. Desencadeno la negacin.
Las flechas ardientes de la negacin.
Ven!
Incinrate conmigo!
El ngel de papel vacil y se apag. Sus cenizas formaron un montn sorprendentemente pequeo. La Madame anot en la caja el precio del ngel de repuesto.
- S -dijo con la voz de una institutriz que felicita a un nio por lo bien que ha recitado-. No hay asunto ms serio que el placer.
El conde rasg los barrotes de la jaula de la muchacha flagelada.
- Dame mi rayada mujer tigre! Azotada hasta ms all del hueso, es fuego sangrante,
un festn canbal.
La Madame abri la puerta de buena gana y el conde se apoder vorazmente de la
carne. Mientras la llevaba hacia la puerta, cargada a la espalda, como un mozo de cuerda, me dijo:
- Elige a tu cortesana de inmediato! Necesito un estmulo!
Yo estaba en un aprieto. Ninguno de esos objetos metamorfoseados que me rodeaban
despertaba en m el menor deseo. Aunque revestan todas las formas de cada perverso
deseo imaginable, slo parecan stiras maliciosas del erotismo, y yo senta la misma
mezcla de burla y revulsin que me haba inspirado la oda del conde. Pero le perteneca
y deba hacer lo que l deseara. La Madame me salv. Despus de hacer sonar la campanilla para registrar la compra del conde, baj de su sitio y me rode firmemente la
mueca con su mano amarillenta.
- Yo misma ir contigo -dijo, y sus dedos se cerraron tan autoritariamente que no tuve
otra opcin que seguirla. Como no la haba tocado nunca, nadie poda esperar que la reconociera al tacto, aunque era conmovedor. Adems, estbamos en la casa del Anonimato, y todos nos habamos desnudado de nosotros mismos al colocarnos las mscaras.
Toda la casa tena la ntima humedad de una ingle; y el humo azul del incienso que
arda por todas partes en quemadores de cermica le otorgaba el olor de la tienda de un
embalsamados La Madame nos gui por una ceremoniosa escalera alfombrada con piel
de pantera negra pero, ahora que nos encontrbamos fuera del Saln Bestial, las pieles
estaban saludablemente muertas. La luz proceda de los ojos ardientes de unas aves de
bronce con las alas desplegadas, que colgaban de la bveda de basalto sobre nuestras

cabezas; tanto esos ojos como los del taparrabos de la Madame nos guiaban lascivamente de vez en cuando. Ella ola como un leopardo en celo. Tena la piel casi verde.
La pesada puerta de caoba de nuestra alcoba comn estaba defendida por dos colosos
de jaspe, monstruos babilonios con picos curvos y brazos emplumados que rozaban el
rostro de quienes entraban con una amenazante caricia voluptuosa.
- A esta habitacin la llamamos la Esfera de las Esferas -dijo ella.
Nos condujo a una cmara circular de miscelneos colores fluctuantes proyectados
por una lmpara con una pantalla de colores que giraba lentamente, en el centro del cielo raso. El conde llev a su vctima a la cama tan ceremoniosamente como si fuera el
altar del sacrificio; pero no me molest en observarlo, ni siquiera en mirar mejor ese recinto de placeres consumados porque la Madame se volvi hacia m y puso un dedo en
sus admirables labios. Yo recordaba perfectamente esa boca y ese gesto. Deslumbrado,
creo que solloc. Me quit la mscara y me bes suavemente en los labios. Vi sus ojos
por las hendiduras de su mscara de cuero negro; las lgrimas empaaban su hondura
incalculable.
- Soy Albertina -dijo.
Se quit la mscara y el pelo negro se derram alrededor de su bien recordado rostro.
No s por qu ella me am a primera vista, como la amaba yo desde la primera vez
que la vi en un sueo. Sin embargo, ambos nos habamos perseguido a travs de las barreras del tiempo y del espacio; desafibamos todas las vicisitudes de la fortuna por un
solo beso antes de la separacin, y veamos slo a la luz de nuestros rostros los acontecimientos de una guerra en la cual militbamos en bandos opuestos.
La tom en mis brazos. Tenamos exactamente la misma estatura y los arcos de nuestros pechos chocaron con ruido. El terrible alarido de la prostituta del conde no interrumpi nuestro primer abrazo. El mundo giraba sobre el pivote de su boca. El sentido de inmanencia serfica que yo haba experimentado en la ciudad se justificaba ahora. Me rode el cuello con los brazos y apret su vientre contra mi desnudez, como si se esforzara
por trascender el defecto mortal que nos separaba y quisiera lograr una unin visceral,
completa, eterna, para que la misma sangre fluyera en los dos cuerpos, nuestros nervios
se entretejieran y nuestras pieles se derritieran y fundieran por accin de la electricidad
que generbamos.
Nos movimos hacia el lecho redondo que giraba como el mundo alrededor de su eje
en el centro de la habitacin. El conde estaba encorvado sobre las ruinas de la infortunada prostituta, que slo era un sangrante gemido. Los miramos con la indiferencia natural
de los amantes y yo ech atrs el cobertor de piel oscura para depositar a mi Albertina
sobre unas sbanas cuyas manchas eran tan trgicas y misteriosas como las que se ven
en el pavimento cuando han arrojado un desnudo desde un balcn. Me arrodill sobre
ella y bes sus pechos. Sorb grandes bocanadas del agua fra de sus pechos, como si mi
sed fuera imposible de saciar. Los ojos de la nica prenda que llevaba se cerraron uno
tras otro.
En ese instante una rfaga de ametralladora atraves las ventanas y las cortinas de terciopelo, y las balas se incrustaron en el colchn, debajo de nosotros.
El conde se lanz a la ventana destrozada, gritando una invitacin a ulteriores violencias. Una racha violenta estamp un tatuaje de fragmentos de cristal en la caperuza que
an llevaba. Nuevas balas cayeron sobre la mujer flagelada, que bail y se abri. Albertina estaba silenciosa e inmvil. Dej que yo la arrastrara de la cama y la pusiera al amparo de las balas; inerte como una mueca, ahora lloraba amargamente.
- Te buscan a ti -dijo-. No puedo evitarlo. Desde que se perdi el conjunto de muestras, el infierno se ha desencadenado.
Me abraz con fuerza, llorando como una nia.

Fuera de la habitacin se oyeron pasos a la carrera y golpes en la puerta.


- La polica! -grit la portera-. La polica busca a dos asesinos! Hay dos asesinos
con usted en la cama!
Albertina me apart y abri la puerta.
- Ella te llevar por la puerta trasera -dijo a travs de las lgrimas-. Ahora vete.
- Lgrimas? -dijo el conde, acercndose a ella-. Lgrimas de puta?
Se quit la mscara para lamerle golosamente su rostro, pero ella lloraba demasiado
para advertirlo.
- No te dejar -dije, y la tom nuevamente en mis brazos.
- No! -dijo ella-. Eso es totalmente imposible.
Yo me senta ms fuerte que nadie en el mundo.
- Cmo puede la hija de tu padre decir que algo es imposible?
La alc y la llev en brazos por el pasillo, pero empez a disolverse como una mujer
de nieve. Mientras la sostena era cada vez menos. Se disolva. Todava llorando, se disip en el aire. Yo la vea. La senta. Senta disminuir su peso. Primero tembl un poquito, luego vibr continuamente y se volvi ms y ms indistinta, como si ella misma estuviese borrando su propio contorno en el aire. Los ojos fueron lo ltimo que se fue y
las lgrimas finales quedaron suspendidas en el aire como pendientes de diamante olvidados. Todo lo que qued de ese frgil legado de lgrimas fue una evanescente huella de
humedad en mi hombro. En medio de mi asombro y mi dolor, las balas que venan de la
casa repiqueteaban a mi alrededor, y o las crueles voces de la Polica de Determinacin;
o sus voces que resonaban y rechinaban como sables.
De pronto hizo mucho fro.
Las luces de las linternas brillaban en los abrigos de cuero de los policas, porque todas las luces se apagaron cuando los monos, aterrorizados y con el pelaje encendido,
huyeron como meteoros. Las velas que haban dejado caer rodaban por el suelo y los
cortinados empezaban a arder aqu y all. El conde recogi una vela cada e incendi todas las cortinas que encontrbamos, con tal destreza que el fuego pareca brotar de sus
dedos y no de la llama. La portera nos gui ya en una, ya en otra direccin y luego se
desliz como una aguja habilidosa por angostos corredores en desuso e inesperadas escaleras en espiral, y a travs de galeras llenas de ecos, de instrumentos de tortura, de la
parafernalia del fetichismo. Podamos or el profundo rugido de los leones, porque el
mobiliario hua a la desbandada. En determinado momento, empujamos un silln que
avanzaba pesadamente; una manada de mesas escap aullando hacia un saln de oscuros espejos, que nosotros tambin cruzamos a la carrera justo a tiempo, pues mientras
atravesbamos la cortina de cuentas que colgaba sobre la puerta, las balas convirtieron
los espejos en astillas de cristal. Albertina deba de haber liberado a las prostitutas de las
jaulas, que una vez exentas de la petrificacin de su profesin, tambin intentaban eludir
a la polica, enemiga declarada de seres tan cndidamente irreales. De vez en cuando
vislumbrbamos una figura recubierta de hojas o de plumas clavada en el rayo de luz de
una linterna; dejaba escapar un grito estremecedor antes de que el impacto de una bala
autntica la desintegrara, o se desmoronaba en un crujido como el del papel estrujado
cuando las balas partan su caparazn y todos los resortes y ruedecillas saltaban silbando.
Mientras la portera luchaba con un cerrojo herrumbrado en una oscura galera, el conde, que contemplaba el holocausto desde la balaustrada con vivo pero distante inters,
se inclin hacia m, estremecido.
- Est all -dijo con cierta irona, como si saboreara una desconocida sensacin, que
quiz fuese el miedo.

Una figura se haba materializado en la sombra, debajo de nosotros: un negro de casi


dos metros, con los hombros de un bisonte y una cabeza plutoniana, armado con un cuchillo, que aguardaba en el pozo de la escalera. Vesta el abrigo de cuero de los policas,
pero yo comprend que no era otro que el perseguidor del conde, por la ominosa magnitud de su presencia y la increble presin que ejerca y haca vibrar mis tmpanos, como
si estuviese sumergido a gran profundidad. Slo pareca esperar que el conde apareciera. Su vigilancia no era agresiva; saba que a su debido tiempo, el conde acudira a l,
que rodara hacia l como una gota de mercurio rueda hacia otra en un platillo. Pareca
un hombre hecho de piedra imn.
- Ese hombre, si es quien es, es mi castigo -dijo el conde-. Es mi hermano gemelo. Es
mi sombra. Una terrible inversin: yo, el cazador, me he convertido en mi propia presa.
Sostngame, o correr a sus brazos.
Por fortuna, la portera tirone impaciente de su hombro, porque haba abierto la puerta de una nueva escalera que nos condujo al techo, al viento y a la lluvia, de modo que
el conde se salv de s mismo por el momento. Descendimos por la hiedra, la portera en
ltimo lugar. Luego ella nos gui diestramente por un jardn excepcional, donde no podamos ver nada, excepto las llamaradas de los caones de las ametralladoras all emplazadas. Cuando mir hacia atrs, vi que casi toda la casa arda, pero no tuve tiempo de
quedarme a contemplarla. La portera nos llev a una pequea puerta, y all estaba Lafleur, con caballos y mantos de viaje. Me alegr verlo. Eran alrededor de las nueve. Detrs
de nosotros, el burdel incendiado tea ya el cielo de rojo. La portera busc algo en su
bolsillo, y nos present la cuenta. El conde, con gran irona, salt a su cabalgadura e,
inclinndose, puso en las manos de la mujer un fajo de billetes de banco.
- Es preciso pagar por los placeres -dijo.
Huimos al galope a campo traviesa despreciando los caminos, el conde y yo an llevbamos nuestros flicos disfraces y cabalgamos salvajemente, como enloquecidos.
Llegamos a un bosque de lamos y nos detuvimos un momento para ver qu habamos
dejado detrs. Todo, en la Casa del Anonimato, se haba convertido en aire y fuego en
una terrible transmutacin elemental, y se elevaba sobre sus altos muros; la bola de fuego pareca tironear con impaciencia de sus amarras en tierra firme, mientras las torres
lanzaban chorros de fuego al corazn de las nubes. Incluso a una milla de distancia, podamos escuchar una sinfona de agona y ladrillos que se quebrantaban, orquestada al
modo de Berlioz. La satnica risa del conde prevaleca sobre el tumulto de la destruccin.
- Yo, el seor del fuego! -dijo en voz baja pero penetrante, pensando, creo, que su
cazador habra muerto. Yo estaba demasiado acongojado por mi propio infortunio para
compartir su alegra, puesto que l nada significaba para m.
Haber tenido a Albertina tan inesperadamente en mis brazos, y verla desaparecer un
momento despus! Como si sus besos hubieran brotado de un simple fantasma nacido
nicamente de mi anhelo, el primer fantasma que me haba engaado en tantos aos de
visitas fantasmagricas Sent que slo era una paja arrastrada al azar por los vientos
de la desgracia, y que la nica luz que me guiaba era la engaosa iridiscencia del rostro
de mi amada. Los japoneses creen que los zorros encienden hogueras entre las cinagas
para atraer a los viajeros. El zorro japons es una mujer hermosa, una maravillosa prestidigitadora con una caja llena de engaosos deleites; apenas te tiene en sus brazos seductores, lanza un chorro de rancias secreciones, te muestra el verdadero color de su pelaje y se desvanece riendo burlonamente. El rostro de Albertina era la mscara traidora
de los ms raros y preciosos zorros negros; sin embargo sus lgrimas eran lo ltimo de
ella que desapareca. No podan ser las lgrimas una seal de engao? Deba yo confiar en el autntico dolor de sus lgrimas?

Vimos luego los faros de los coches policiales que se acercaban a nosotros y, entre
sus rectos rayos, la gran figura del chulo negro que iba al frente en su motocicleta. El
conde blasfem horriblemente y gimi. Nosotros espoleamos nuestros caballos.
Mucho ms tarde, nos detuvimos junto a un arroyo para que nuestros animales abrevaran, y Lafleur se acerc mientras yo miraba abstrado el agua negra. Se arrodill a mi
lado. La curva sumisa de su espalda tena una gracia exquisita. Me habl con suavidad.
El vendaje ahogaba su voz.
- No la has perdido -dijo-. Est a salvo.
Aunque ignoraba por qu hablaba con tal seguridad, me alivi. Luego volvimos a cabalgar. El campo pasaba velozmente a la luz cambiante de la noche y el da. Continubamos en silencio, y slo nos detenamos a comprar un pan o un trozo de salchicha que
nos metamos de prisa en la boca en la misma tienda. Yo le tema a la Polica de Determinacin; pero mucho menos que el conde al chulo negro, cuya persecucin era el impulso de nuestra desesperada carrera. El terror del conde se manifestaba en accesos de
risa histrica o estallidos de locas blasfemias. Su miedo tena una intensidad dramtica
que no desentonaba con el carcter de un demiurgo que se hubiera creado a s mismo,
que era como yo vea al conde. Tuve la cortesa de verlo como l quera que se lo viera,
como la viva imagen de la ferocidad, aunque a veces lo encontraba risible. Su miedo
nos infectaba a todos con una fiebre tan estremecedora que me pregunt nuevamente si
no sera el doctor disfrazado, pues poda comunicarnos con absoluta fidelidad sus propias fantasas. Cada vez que tropezbamos con una ramita temblbamos.
Pero si era el doctor, por qu no lo haba reconocido su hija en el burdel? Slo por
delicadeza y discrecin?
En la primera oportunidad que tuve, me quit el uniforme de los clientes de la Casa
del Anonimato, y ped al conde que me comprara ropas nuevas. Eligi el traje ms sobrio y elegante que pudo encontrar en una pequea sastrera rural, porque me haba ofrecido que fuera su secretario y deseaba verme bien vestido. Yo no saba cules eran las
tareas que ese cargo exiga, aparte de admirar al conde todo el tiempo, pero lo acept;
no tena muchas opciones, aunque saba que el conde pensaba embarcarse apenas llegramos a un puerto de mar, y que yo debera acompaarlo a Europa, a otro continente, a
otro hemisferio, donde todo sera nuevo porque era muy viejo y no haba guerra, doctor
Hoffman, ministro, bsqueda ni Albertina; nada familiar excepto yo mismo. No puedo
decir que la decisin de abandonar todo para irme con el conde fuera consciente. Aunque l no me agradara, bajo la influencia de su sombra, slo era posible hacer lo que l
deseaba. Yo le perteneca ya tan completamente como el miserable Lafleur.
El conde se neg a quitarse sus ceidos pantalones y su chaleco, aunque el traje era
an ms ridculo sin la mscara.
- La librea de la hipersexualidad me sienta bien -dijo, aunque era suficientemente hipcrita para envolverse en su manto cuando llegaba el momento de visitar una tienda.
Los das se fundan con las noches de tal manera que, a causa de la fatiga, no poda
casi distinguir unos de otras. Al final, una maana vimos la franja gris del ocano en el
horizonte y, antes del ocaso, entramos en el puerto, mientras nuestros llagados y exhaustos caballos se desmoronaban debajo de nosotros. Inmediatamente fuimos al muelle en
busca de un barco y, despus de hablar con varios capitanes, encontramos un buque de
carga de bandera liberiana que parta a La Haya con la marea de ese misma noche y cuyo capitn acept llevarnos por una suma sustancial. Subimos a bordo de inmediato,
abandonando nuestros caballos en el establo de una taberna.
Nos dieron a los tres un solo camarote angosto, con dos duras literas una sobre la otra, y una hamaca para Lafleur. Nos extendimos en ellas y camos agotados en un sueo

profundo. Cuando nos despertamos, al da siguiente, muy tarde, estbamos en las manos
grises, hmedas y mviles del agua, y no haba seales de tierra por ninguna parte.
Me pareci estar navegando involuntariamente contra la corriente ms poderosa del
mundo, una corriente de lgrimas, porque pensaba que ese barco me alejaba de Albertina. No comprend entonces que el movimiento de nuestros corazones, como la oscilacin de las olas, era una fuerza eterna y natural y que tratar de separarnos era como intentar separar con un gran peine las aguas del ocano. Tampoco saba que viajaba conmigo,
porque ella estaba inextricablemente unida a su imagen en mi mente y porque su materia era tan flexible que habra podido usar el guante izquierdo en la mano derecha, es
decir, si lo hubiera deseado.
***
6. La costa de frica
Ahora el mundo se reduca al barco y a su tripulacin de hoscos lascares, suecos severos y escoceses de granito, que cantaban roncamente canciones obscenas mientras se
balanceaban colgados de gruesos cabos entre los palos y realizaban todas las tareas que,
sumadas, mantenan esa frgil cscara de lona y madera en su derrotero a travs de un
mar que se confunda con el cielo en la bruma de la maana y que, por la noche, contena en su seno tantas estrellas como las que brillaban encima de nosotros; estbamos totalmente expuestos al tiempo y al cielo. Al principio, afligido por el mareo, no pude salir de mi litera, pero pronto recobr mis piernas de marino, y a partir de ese momento fui
presa del terrible aburrimiento de quien viaja por mar.
No haba nada que hacer en todo el da, salvo no entorpecer el trabajo de la tripulacin, contemplar el ciclorama del cielo, aplaudir las danzas de las aves marinas y los peces voladores, escuchar el viento en las velas y esperar el espeso guiso de patatas y pescado salado, nico men a bordo. El conde sobrellevaba su tedio con un estoicismo que
yo no habra esperado encontrar en l. Quiz restauraba su energa con un perodo de silencio, ya que nunca o rara vez hablaba; se pasaba el da entero echado en nuestro camarote, tan quieto como un cadver, y slo emerga por la noche, cuando los marineros,
despus de limpiar la cubierta, se sentaban a beber jarros de ron con agua sobre las jaulas de las gallinas que provean los huevos del desayuno del capitn, fumaban sus pipas o bailaban al son asmtico de un acorden. A veces yo participaba en esas diversiones, ejercitando las habilidades que me haba enseado el Hombre Lagarto con una armnica prestada, y les ofreca alguna danza popular de la ribera; tambin Lafleur acuda
y agregaba al coro una voz grave, insegura, adolescente, una voz que a veces me pareca
disfrazada y despertaba en m extraos y vibrantes ecos, tan misteriosos como si el mismo mar cantara para m.
El conde desdeaba esos simples placeres. Caminaba directamente hasta la proa, entre los pliegues ondulantes de su manto, y all se quedaba en aquilina soledad, contemplando la noche hacia la que avanzbamos, dejando atrs el sol que plegaba en el oeste
sus banderas rojas. A veces permaneca all toda la noche, como el mascarn de proa de
un barco que hubiera podido llamarse El judo errante o El buque fantasma; se haba retirado a una impenetrable impasibilidad, y sin embargo por momentos pareca haberse
convertido en el principio que mova el barco, como si no fuese el viento lo que nos llevaba hacia Europa sino el poder de esa brbara y sombra voluntad. La conviccin del
conde de que era una fuerza de la naturaleza siempre lograba vencer mi incredulidad,
aunque no por mucho tiempo.

Hambrientos de mujeres y soando con sirenas, los marineros, que solan satisfacerse
recprocamente, nos dirigan a Lafleur y a m encubiertas pero indudables miradas de
deseo; yo haba aprendido ya a mantenerlos a distancia. Extraos, azules das en el
mar! Un da se pareca tanto al otro que con frecuencia iba a mirar nuestra cremosa estela para hallar una prueba visible de que habamos avanzado unos centmetros. Pero en
aquella aparente inmovilidad, las millas marinas se enhebraban como cuentas en el hilo
de la travesa, de modo que desaparecieron todas las plantas que se vean en el mar y
muy pronto estuvimos demasiado lejos de la tierra y slo veamos a las ms intrpidas
aves marinas. Yo dorma pero no soaba. Toda mi vida pareca un sueo del que haba
pasado al tedio del viaje. Sufrimos una tormenta; sufrimos una trrida calma. Me reconcili con el anhelo devorador de ver a una muchacha a quien no volvera a ver a menos
que su padre estrujara el mundo y lo convirtiera en un planisferio. No tena idea del tiempo o el lugar a donde el conde me conduca, aunque como sus medios de transporte
eran los caballos, las calesas y los barcos de altos mstiles, calcul que deba de ser a
principios del siglo diecinueve.
Una especie de silenciosa camaradera haba nacido entre Lafleur y yo. Con frecuencia se sentaba a mi lado, una pequea sombra oscura con el rostro oculto en que slo se
vean los ojos, que parecan tiernos, tan inmensos y de un castao tan transparente que
me recordaban los de algn melanclico animal de los bosques. Nos engaamos cuando
decimos que el ojo es un rgano expresivo; son las lneas que rodean los ojos las que
cuentan una historia, y en Lafleur esas lneas estaban ocultas. Yo presenta que el pequeo y vapuleado valet esconda una gran ternura, aunque rara vez hablaba y pareca comunicarse solamente por medio de suspiros. Sin embargo, me seal uno o dos curiosos
anacronismos a bordo.
El cocinero, un agrio marsells dispptico, tena un gramfono de cuerda con una
gran corneta, y las noches estrelladas haca sonar discos de antiguas cantantes parisienses cuyas voces traa la brisa y que, al confundirse con el ruido de las olas, me provocaban una extraa e ilusoria nostalgia de lugares que jams haba visto. El desagradable
finlands, el primer oficial, conocido por su mal genio y sus juramentos obscenos, tena
su arcn de marinero lleno de revistas con fotografas de muchachas regordetas en cors
y botas hasta los muslos; una vez me las mostr, durante un arranque de amabilidad. El
camarero le habl una vez a Lafleur de una motocicleta que tena en Liverpool, en casa
de su padre, pero cuando le pregunt por su juguete con curiosidad, sacudi la cabeza y,
negando todo conocimiento de l, se alej de prisa fingiendo que deba alimentar de inmediato al cerdo maloliente que llevbamos en la cubierta por si llegara a escasear el
pescado.
En algunas ocasiones, los marineros se interrumpan en mitad de una saloma, con las
bocas abiertas, como actores que de pronto olvidan su texto, y movan los labios, ausentes durante algunos segundos, con las manos colgando como si ya no supieran sostener
los cabos. Pero estas interrupciones slo duraban un instante. Luego todo volva a ser
salado y nutico, al modo de los grabados antiguos. A veces tena la impresin de que el
barco que nos transportaba estaba de algn modo superpuesto a otro de carcter muy
distinto, y empec a sentir cierto malestar, que se agravaba cuando oa los sonidos que
el capitn extraa del aire con su radio mientras descansaba, al final de la tarde, en su camarote. Lafleur pareca restar importancia a estos datos, pero el conde ni siquiera los
adverta. No adverta nada. Incluso ignoraba a sus criados.
Yo decid que l no poda ser el doctor, a menos que fuera alguna de sus extraas
emanaciones. Llegu a la conclusin de que poda ser un aficionado a la ontologa, capaz de determinar el perodo en que navegaba el barco, lo cual incentivaba mi imaginacin. Yo no hubiera credo posible una cosa semejante antes de partir de viaje. Su mutis-

mo era absoluto, y su imagen se me desmoron por completo de tal forma que nunca
ms pude volver a admirarlo. Porque fuimos traicionados.
Nos traicion la pequea radio del capitn.
Una brillante maana azul el capitn escuchaba la onda corta mientras coma huevos
en su cama y, aunque su lengua era el holands, comprendi en el idioma de mi pas que
el conde y yo ramos buscados por asesinato. Y que mi cabeza tena precio, porque era
un criminal de guerra.
Vinieron a buscarnos, armados, cuando dormamos. El capitn y el primer oficial nos
maniataron y nos metieron en una ftida sentina donde nos encadenaron a unas anillas,
y all nos abandonaron al infortunio y las privaciones mientras el capitn cambiaba de
rumbo en mitad del ocano y se diriga hacia el punto de partida, pues tanto el Estado de
Louisiana como la Polica de Determinacin ofrecan recompensa a quienes entregaran
al conde a esta ltima y a m a los agentes del primero.
Yo esperaba que el conde soportara este cambio con irnica circunspeccin, pero no.
Durante las primeras veinticuatro horas de nuestra prisin, chill sin cesar y cuando el
primer oficial vino a traer nuestra magra racin de comida, se ech atrs como si esperara un puntapi del finlands, un temor perfectamente justificado. Esa exhibicin de
pusilanimidad me fascin. Yo esperaba con ansiedad que el conde hablara. Tuve que esperar slo dos das.
En qu consista nuestra racin? Era la tradicional. El primer oficial pona en el suelo dos veces por da un plato de metal con tres trozos de galleta marinera llenos de gorgojos que a duras penas podamos agarrar, maniatados por nuestros grillos. Nos traa
tambin un jarro de agua estancada y era suficientemente humano como para desencadenarnos de modo que pudiramos hacer nuestras necesidades en un cubo. Jams so
que poda llegar a extraar aquellos guisos de pescado; de todos modos poda tolerar
bastante bien el cautiverio, quiz porque regresbamos al pas de mi amada, aunque lo
nico que me esperaba all era una cmara de tortura. Lafleur, misteriosamente, pareca
contento. Tal vez senta que el sombro perodo de sumisin al conde haba terminado. A
veces, en la oscuridad de la celda, con los pies mojados por el agua que se filtraba a travs del casco, le oa rer para sus adentros.
Al tercer da, el conde habl. Deba de ser al atardecer, porque se oa el acorden y
los pasos de los marineros que bailaban en la cubierta. En la oscuridad no haba otra forma de saber la hora. Los gritos del conde se haban convertido en un gemido grave y
montono que termin transformndose en una queja con palabras.
- Estos hombres no son mis iguales! No tienen derecho a privarme de mi libertad!
Son adversarios que no estn a mi altura. Esto es injusto!
- La justicia no existe -observ el valet con inusitada vivacidad, pero el conde lo ignor. En ese momento preparaba otra oracin y no estaba dispuesto a que lo interrumpieran.
- Segn todas las leyes de la justicia natural, mi preeminencia se deba a que yo, viajero estelar y explosin ertica, trascenda todas las leyes. En un tiempo, antes de encontrar a mi otro, poda haber convertido una montaa en un volcn. Podra haber encendido estos podridos maderos que nos rodean con un solo estornudo, elevndome de
la pira como el Fnix.
El terror del incendio en el mar! Cmo los marineros se pisotean brutalmente unos
a otros! Apualan a muerte a sus compaeros en la loca pelea por el bote salvavidas; pero el bote salvavidas es lo que ha ardido primero. Mis tumultuosas vsceras vomitan nuevas llamas. Y no he olvidado invitar a la cena a los tiburones, oh, no. Forman un crculo alrededor del barco, su mesa; esperan que su comida est a punto. Esperan el involuntario tributo de los fuertes miembros de los hombres de mar.

Pero cuando abr la boca para ordenar este plat dujour, la gramtica se modificaba
en mi boca. Ya no era activa; era pasiva.
l ha puesto ligaduras a mi lengua. La ha amordazado.
Yo siempre he eludido el lecho de Procusto de la circunstancia, hasta que l logr
atarme.
(Lafleur sufri un acceso de tos que slo dur unos segundos.)
- Si realmente soy el Prometeo Negro, debo invitar ahora a cenar a otros comensales.
Venid a este suntuoso festn, guilas todas del mundo: mi hgado.
(Sus cadenas resonaron como si quisiera echarse atrs con absoluto abandono, pero
no haba suficiente espacio para tales ejercicios. Nuevamente su quejido se convirti en
un grito hasta perderse en otro gemido.)
- Me han devorado hasta reducirme a un ncleo inmvil, a m, que era puro movimiento. Mi yo es ms dbil de lo que era antes su sombra. Yo soy ahora mi sombra. Sufro
el convulsivo pnico de un viajero sin mapas en un vaco virgen. Debo explorar ahora la
otra cara de mi luna, mi oscura zona de esclavitud.
Yo era el amo del fuego y ahora soy el esclavo de la tierra. Dnde est mi antiguo,
mi invencible yo? l lo ha robado. Lo ha arrebatado de la percha donde yo lo colgaba
junto a la cama de la mulata. Ahora slo estoy seguro de mi esclavitud.
No s cmo ser un esclavo. Ahora soy un enigma para m mismo. Me he vuelto discontinuo.
Temo a mi sombra perdida que acecha en todas las sombras. Yo, que he perpetrado
atrocidades para devolver al mundo la prueba incontrovertible de que mi gloriosa misantropa lo superaba, yo Yo existo ahora solamente como una atrocidad que alguien
est a punto de infligirme.
El permite que sus esclavos me esclavicen.
Durante el largo recitado de estremecedores quejidos sin palabras que sigui, Lafleur
dijo inesperadamente, con el tono de un erudito:
- No es una mala imitacin de Lautramont.
Pero el conde, sin escuchar, enton feliz y arrebatado:
- Sufro las ms agudas punzadas de la angustia!
Con esto concluy su aria. Slo interrumpan el renovado silencio el ruido de las olas
y los pasos de los bailarines sobre nuestras cabezas, hasta que Lafleur, con ms insolencia que solicitud, pregunt:
- Siente algn dolor?
El mar estaba transformando al valet.
El conde suspir.
- No siento dolor. Slo angustia. A menos que la angustia sea el nombre de mi dolor.
Quisiera aprender a darle un nombre a mi dolor.
Fue la primera vez que le o responder a una pregunta, por indirectamente que fuera;
pero era difcil saber si, al responder, reconoca la presencia de la persona que le haba
hecho la pregunta, o si crea que sta era una exteriorizacin fortuita del ensimismamiento que haba duplicado o triplicado sus cadenas, hasta el punto de que ya no poda respirar sin que oyramos cmo resonaban. Pero, para mi sorpresa, Lafleur volvi a toser
para aclararse la garganta y, con un toque de pedantera, con voz curiosamente grave y
afectada, afirm lo siguiente:
- Amo y esclavo existen por la tensin necesaria de una misma realidad que slo se
trasmuta por el proceso del devenir. Un sabio de la antigua China, el erudito Chuang
Tzu, so que era una mariposa. Cuando despert, no supo si era un hombre que haba
soado que era una mariposa, o si era una mariposa soando que era un hombre. Si considera objetivamente su situacin, querido conde, quiz descubra que la causa principal

de su actual malestar es una versin del dilema de Chuang Tzu. Si lo intentara usted,
podra realmente convertirse en una persona a partir de esta deplorable situacin.
Pero el conde era incapaz de la humildad de la objetividad, y slo recogi de las palabras de Lafleur algunas sugerencias para continuar su soliloquio.
- Soy el esclavo o el amo de mis aspiraciones? Slo s con seguridad que he aspirado a una exaltacin continua y que mis anhelos han ahondado el abismo al cual he cado. En sus profundidades encuentro al proxeneta negro.
Lafleur continu desarrollando su exposicin.
- Usted era un hombre enjaulado con un monstruo. Y no saba si el monstruo era parte
de su propio sueo, o si era usted el sueo del monstruo.
El conde sacudi sus cadenas con furia.
- No! No! No!
Pero esta triple negacin se diriga a las sombras, y no a Lafleur, quien coment con
cierta aspereza:
- Ahora cree ser, supongo, el sueo del chulo negro. Eso es lo contrario de la verdad.
Pero el conde no lo oy.
- He cado de mi tigre pirotcnico y mientras me precipito al abismo infinitamente,
como Lucifer, me pregunto: Cul es el hecho ms milagroso del mundo?. Y me respondo: Voy a caer en mis propios brazos. Se extienden hacia m desde el fondo del pozo.
Estoy completamente solo. Mi sombra y yo llenamos el universo.
Lafleur qued boquiabierto y tambin yo, que me sent instantneamente negado. Para mi horror, descubr que me volva ms tenue, menos slido. Sent, cmo decirlo, que
la oscuridad circundante se trepaba por mis poros para aniquilarme. Vi el resplandor
blanco del rostro de Lafleur y le tend mis manos implorantes rogndole que me acompaara a ese olvido al que nos arrojaba el conde, para tener alguna compaa en esa fra
noche del no ser. Pero antes de perder el sentido, o un brusco y aterrador clamor en la
cubierta.
El acorden chisporrote un acorde final desesperado, asustado. Hubo golpes, gritos
y un horrible gemido, interrumpido de repente, que emiti sin duda el cerdo cuando los
piratas le cortaron la garganta y cien lenguas anunciaron la llegada del caos. De pronto
sal del crculo mgico del ensueo del conde; mi proceso de disolucin se interrumpi.
El fin de nuestra prisin haba llegado. El barco haba sido atacado por piratas.
Eran hombres recios, amarillentos, de baja estatura, dotados de inmensas espadas y
bigotes. Hablaban un idioma impersonal de ladridos y repiqueteos y no sonrean, aunque cuando decapitaron a la tripulacin en un largo ritual a la luz de las teas de la cubierta echaron a rer al ver rodar y rebotar las cabezas. Apenas supieron que ramos asesinos, nos trataron con respeto y cortaron nuestras cadenas con rpidos golpes de sus espadas, increblemente filosas, y nos permitieron subir a la cubierta a contemplar la masacre.
Slo nosotros nos salvamos. Una vez degollada toda la tripulacin, los piratas arrojaron los torsos al mar mientras improvisaban pequeas hogueras para curar las cabezas,
que se proponan guardar como souvenirs. El conde recuper su antiguo vigor con el
olor de la sangre. Observ el horrible ballet de la ejecucin con la satisfaccin de un cliente en un cabaret. Cuando arroj lejos el manto y los piratas vieron que an vesta el
uniforme de la Casa del Anonimato con todo su arrogante exotismo, dejaron escapar
exclamaciones admirativas y se inclinaron ante l en actitud servil. Este nuevo cambio
restableca la continuidad del conde. Estaba nuevamente en ascenso.
Lafleur, en cambio, perdi toda la dureza que haba exhibido en nuestra prisin. Pareca inquieto y preocupado y se mantena a mi lado, muy cerca. Ms tarde supe que haba

tenido miedo y que haba estado a punto de revelar quin era para que no muriramos
sin reconocernos, porque los piratas eran los mercenarios de la misma Muerte.
Navegaban por esas aguas furiosas, lejos de la tierra que los haba engendrado, en
una nave negra con ojos pintados en la proa y la popa diseada como la cola de un pez
negro. Las velas triangulares eran negras y negra su bandera. Eran miembros de alguna
tribu mixta de kurdos, mongoles y malayos, pero sus rostros saturninos sugeran un origen diablico y adoraban a una espada.
En cuanto acabaron con los tripulantes, empezaron a desmantelar el barco y a trasladar su contenido a su propia nave. Cuando hallaron en el puente toneles de ron, los saludaron con terribles gruidos de placer, pero no los abrieron en ese momento. Los apilaron como una ofrenda alrededor del altar de la espada que haba en la popa de la nave
negra. Lafleur y yo nos aferrbamos al conde como nios asustados porque los piratas
lo trataban con instintiva reverencia. Cuando vieron nuestras muecas lastimadas por
los grillos, nos vendaron con trapos empapados en aceite y especias; nos dieron un camarote mucho ms espacioso que el cedido al conde por el capitn -una amplia habitacin-, con alfombras de paja en el suelo, colchones y una bonita acuarela que representaba
a un gallo negro, algo manchada por la humedad del mar. Nos trajeron una deliciosa cena de arroz, pescado con curry y encurtidos. La nave era de construccin ligera. Yo me
senta mucho ms cerca del mar y por lo tanto de la muerte, porque una brisa poda volcarla y arrojarnos al mar. Pero eran marinos muy avezados.
Durante sus aventuras en Oriente, el conde haba aprendido fragmentos de muchas
lenguas y descubri que poda compartir algunas palabras y frases con el jefe de los piratas, de modo que pasaba la mayor parte del tiempo con ese asesino meditabundo y diminuto cuyo rostro era tan severo como el objeto de su adoracin, decidido a aprender
algo de su arte de la espada. Tambin averigu nuestro destino. Atravesaramos el Atlntico en esa lamentable conchilla, abordando todas las naves que encontrramos, para
bordear luego el cabo de Buena Esperanza, cruzar el ocano Indico y cualquier otro ocano que hubiera en el camino para fondear finalmente en una isla cerca de China, donde
se encontraban su botn, sus templos, sus herreras y sus mujeres. Nos aguardaba un viaje largo y fatigoso, lleno de peligro, y luego un puerto que, yo no lo dudaba, estara repleto de horrores. Ahora que ramos libres, me senta mucho ms asustado que cuando
estbamos encadenados.
El altar de la cubierta consista en una espada depositada entre dos pilares de bano.
De un travesao colocado encima pendan varias guirnaldas de cabezas ahumadas, negras, reducidas al tamao de cabezas de mono por el proceso de curacin. Todas las maanas, despus de una plegaria, el jefe de los piratas se quitaba el taparrabos negro que
era su nica vestimenta y se inclinaba ante el altar, mientras sus hombres desfilaban detrs de l en devoto silencio, le besaban las nalgas desnudas, emitan un agudo ladrido de
adulacin y le daban un rpido azote de plano con sus espadas. La fidelidad a su jefe era
tal que cada pirata pareca slo uno de sus aspectos, de modo que esos muchos eran
uno. Eran como esas figuras idnticas que los nios recortan en hojas de papel. Era imposible identificarlos. Despus de esa exhibicin o renovacin de fidelidad, practicaban
con sus espadas.
Eran pesadas armas de acero de doble filo, tan largas que llegaban a la cintura de los
piratas, con la empuadura hecha de tal manera que era preciso aferrara con las dos
manos. Su manejo exiga gran habilidad, pero no delicadeza, porque el golpe ms caracterstico era un hachazo asesino que poda cortar fcilmente a un hombre por la mitad.
Con un arma semejante era imposible la esgrima. Igualmente imposible era defenderse,
excepto atacando primero. Eran armas que impedan la reflexin, meros impulsos destructivos hechos de acero. Y los piratas mismos, tan veloces, tan silenciosos, tan crueles,

tan bidimensionales, parecan haber integrado sus seres a sus espadas, como si stas fueran sus almas o el medio a travs del cual se manifestaban sus espritus, porque el centelleo de las armas pareca un lenguaje mucho ms expresivo que el stacatto monosilbico que tan de mala gana brotaba de sus labios. Sus ejercicios duraban seis horas por
da. Transformaban la cubierta en una galera de destellos, pues las hojas dejaban tras de
s huellas brillantes que persistan largo tiempo en el aire. Al terminar, pulan sus armas
durante otra hora y, cuando el sol caa, se unan para cantar un himno monocorde que
podra haber sido un rquiem por el da que haban matado con sus espadas. Despus,
una noche de perfecto silencio.
Los piratas nos daban de comer y nos dejaban en paz, cosa que yo agradeca con todo
mi corazn. La nave era una negra ave marina, un cuervo de mar. Flotaba en lugar de
cortar las olas; slo una finsima piel de tablas nos separaba de la muerte, pero el virtuosismo de los marineros nos mantena en el rumbo correcto, como si navegramos sobre
una cuerda tensa. Eran tan eximios marinos como espadachines y, a juzgar por los riesgos que asuman, ntimos cmplices de la muerte. Lafleur y yo, solos en nuestro camarote, pasbamos los das en silencio, meditando. Descubr que sus ojos intensos y luminosos me miraban con afecto e incluso con devocin, y empec a sentir que lo conoca
de toda la vida y que era mi nico amigo; pero nadie habra podido decir que esa nueva
calidez floreciera, porque Lafleur adopt un silencio casi trapense, y apenas me deca
algo ms que buenos das o buenas noches. Yo comenc a sospechar que pronto
perdera el uso de la lengua. Contaba los das con marcas de la ua en la pared de nuestro camarote. Despus de doce montonos das hubo luna llena, y cuando abrieron los
toneles de ron comprend que se disponan a liberar sus pasiones reprimidas.
Iniciaron el proceso de embriagarse con la misma sombra diligencia que caracterizaba todas sus acciones. Era una noche de calma opresiva y amenazante. La luna encenda
la fosforescencia de las aguas, y el barco negro se meca sobre un lecho de fras llamas
centelleantes; aparejaron las velas para que el barco continuara navegando por s solo
toda la noche y la mayor parte del da siguiente, si era preciso, porque todos ellos estaban decididos a beber hasta la insensibilidad total. Luego se dispusieron en hileras sobre
la cubierta, con las piernas cruzadas sobre las alfombras redondas de paja, como hacan
habitualmente, mirando hacia la popa; all estaba su jefe, debajo del altar, con su husped, el conde, y un tonel de ron delante. Cada hombre tena su jarro; y el jefe, despus
de ladrar una plegaria, sac del tonel un cucharn de ron y llen primero el jarro del
conde y luego el suyo propio. Los piratas acudieron a buscar su racin uno por uno. Sus
ntidas siluetas recordaban las marionetas indonesias. Todos llevaban sus taparrabos
negros, las espadas en sus vainas, y negros turbantes anudados a sus cabezas. Ninguno
superaba el metro cuarenta de estatura: unos extraos duendes de la muerte. Cuando reciba su jarro desbordante, cada pirata se quitaba la espada y la depositaba junto al jefe
en una pila cada vez ms alta, como gesto de confianza o en prevencin de los estragos
que podran provocar una vez borrachos.
Mientras los tripulantes alzaban los jarros para recibir ms ron, Lafleur, que miraba
por la ventana, a mi lado, me tirone del brazo.
- Mira -dijo-. Hay tierra contra el cielo.
A travs de la ondulante llanura de aguas brillantes, lejos, muy lejos, una selva tropical alzaba sus frondosos brazos al cielo blanco. Ya habamos recorrido muchos cientos
de millas hacia el sur; ese distante paisaje era para m tan poco familiar como el de otro
planeta, sin embargo era tierra, y me alegr el corazn, aunque me vera finalmente privado de su consuelo.
- Aqu las corrientes son engaosas y los tornados suelen aparecer sin aviso, veloces
y traicioneros -dijo Lafleur-. Han elegido mal el momento para su borrachera.

- Las exigencias del ritual siempre son ms fuertes que las de la razn -respond-. Cuando llega la luna llena, se emborracharan en medio de un huracn.
- Preferira que no adoraran el acero -dijo-. El acero es tan inflexible
Era un placer hablar nuevamente con alguien, sentir su buena voluntad, aunque una
vez ms su disfraz era demasiado astuto y completo para que yo pudiera descubrirlo.
- No podemos persuadir a un huracn a que destruya el barco y nos permita sobrevivir -dije.
- No, desde luego -respondi Lafleur-. Pero slo el azar gobierna al huracn, y el
azar, por lo menos, es neutral. Se puede confiar en la neutralidad del azar. Ahora que
miro el cielo, creo ver una tormenta.
Yo tambin mir al cielo, pero slo vi la luz de la luna y las cambiantes figuras de las
nubes. Los piratas ya formaban fila para una segunda ronda, gruendo con salvaje alegra y empujndose unos a otros; tenan una idea muy primitiva de la diversin. Su comportamiento oscilaba entre los polos del melodrama y la farsa. En cuanto se quitaron su
frvola armadura, dejaron sus espadas, y tuvieron en sus cuerpos uno o dos tragos de
ron, empezaron a jugar con la inconsciencia, pero no con la inocencia de los nios. Desde el camarote poda ver que el conde se desilusionaba progresivamente. Haba admirado su tendencia a la muerte, y ahora vea que, despus de la tercera ronda, se quitaban
los taparrabos y celebraban un concurso de pedos. Una batera de ventosidades reson
bajo la radiante bveda del cielo. Exponiendo a la luna los hemisferios gemelos de sus
mejillas posteriores color de limn, cada uno produca la explosin ms sonora que poda, entre risotadas, y pronto empezaron a encender con cerillas los gases que expelan,
de modo que una llama azul flotaba brevemente sobre cada trasero.
- Las nubes se amontonan -dijo Lafleur, sin aliento; el cielo se haba vuelto amenazador y la luna se ocultaba con un triste brillo que los piratas, demasiado ebrios, no podan
ver.
Empezaron a bromear y a luchar, empujndose unos a otros mientras desfilaban para
recibir el ron aparentemente inagotable; el jefe, que beba dos o tres jarros por cada uno
que reciban sus hombres, con frecuencia no acertaba y verta el contenido del cucharn
sobre la cabeza de alguno de ellos. Eso provocaba convulsiones de risa. Uno desat los
trofeos del altar y empezaron a jugar a la pelota a trompicones. El conde permaneca en
silencio, meditando en esa mascarada breugheliana, con un aristocrtico disgusto grabado en el rostro.
- La luna tiene un halo -dijo Lafleur con excitacin.
Cuando levant la vista, la luna iracunda estaba rodeada por un aura sulfurosa y su
boca blanca eructaba ahora viles rfagas calientes. Los piratas estaban ms all de la
conciencia y la preocupacin. Algunos se caan donde estaban y empezaban a roncar de
inmediato. Otros vomitaban dbilmente y se tambaleaban antes de echarse en la cubierta. O simplemente se desmoronaban y dorman el profundo sueo de los recin purificados. Los gritos, las risas y los estallidos de canciones ebrias se desvanecieron lentamente. El jefe, aunque haba bebido ms que nadie, resisti hasta el final. Resbal despacio
de su posicin erguida, abraz el tonel de ron para evitar la cada y luego l y el tonel
rodaron hasta detenerse en una charca de bebida derramada. El conde se puso en pie y
tom la espada sagrada del altar, dando a entender con un gesto que ese dios era demasiado bueno para ellos. Era tan alto como una cigea y tan salvaje como el espritu de la
tormenta que ahora descargaba sobre nosotros un chubasco repentino. El relmpago bailaba sobre la hoja y la lluvia golpeaba a los embotados marineros con furia tropical mientras el conde susurraba Escoria! y escupa sobre el jefe de los piratas. Camin con
fastidio entre los cuerpos y las charcas de vmitos y excrementos, se dirigi hacia el puente del barco y nos llev inexorablemente hacia el ojo del cicln.

Salimos corriendo de la cabina y nos agazapamos a su lado como perros en busca de


proteccin, pues haba recuperado todo su vigor. El vendaval pareca su herramienta: la
usaba para destruir a los piratas y a su nave negra.
El aire mismo se convirti en fuego. El palo mayor, incandescente, se quebr y cay;
la luminiscencia nacida de la tormenta bailaba sobre todas las superficies, y la lluvia y
las olas nos azotaron y empaparon casi hasta ahogarnos antes del naufragio. Lafleur y
yo nos abrazamos mientras el barco escoraba hacia uno y otro lado arrojando de banda a
banda su cargamento de marranos dormidos, lanzndolos inconscientes al mar hirviente
o aplastndolos bajo la arboladura desintegrada. Las negras velas se desplegaron y volaron; el conde esgrima la espada como si fuera una vara mgica o una batuta; conduca
la tempestad como si fuera una orquesta sinfnica y omos nuevamente su risa descabellada, ms alta que el estruendo del viento y del oleaje. El viento y la corriente nos acercaban cada vez ms a la tierra bajo la azarosa luz de los relmpagos. Veamos gigantescas palmeras azotando el aire e inclinndose como en homenaje al conde. No podamos
ver nada con claridad porque el movimiento era demasiado violento; la nave se destroz
con una serie de sacudidas y todos sus tripulantes fuimos arrojados al mar.
Ninguno de los piratas embriagados movi siquiera un prpado mientras el mar los
devoraba; nosotros, los supervivientes, fuimos arrastrados a una blanca playa donde el
viento modelaba sin cesar nuevas dunas entre muchos maderos negros y cadveres amarillos.
S, nos salvamos, Lafleur, el conde y yo, aunque no ramos ms que pellejos hinchados por el agua salada y en nuestros odos an resonaba el huracn como si apretramos
conchas contra ellos, tapando cualquier otro sonido. Pero el bisabuelo de todas las olas
me arroj con negligencia sobre uno de los mstiles de la nave, al que me aferr casi
hasta el lmite del bosque y Lafleur me sigui, en otra ola menor, cogido del timn.
Trastabillando por la playa, lo arrastr a la arena, fuera de peligro, y luego un relmpago
ilumin al conde, que sala del agua como si hubiera estado bandose, con una extraa
expresin de satisfaccin en sus ojos y, en la mano, la poderosa espada.
Lo seguimos hacia el bosque y all Lafleur y yo hicimos una especie de nido entre la
maleza y nos dormimos apenas nuestras castigadas cabezas tocaron el cojn de hierba,
pero el conde permaneci en vela toda la noche como si montara guardia con su espada.
Cuando nos despertamos segua arrodillado en los matorrales. Monos juguetones nos
apedreaban con hojas, ramitas y cocos. El sol estaba alto. El susurro misterioso del bosque tropical estremeca dulcemente mis odos despus del clamor del ocano. El aire era
suave y perfumado.
La tormenta haba terminado y una paz milagrosa llenaba las bvedas imperiales de
las palmeras. Una telaraa de lianas filtraba una traslcida luz verde sobre nosotros tres,
un desparejo grupo de nios en el bosque, y ya haca tanto calor que brotaba vapor de
nuestras empapadas ropas y del vendaje, ahora inmundo, que Lafleur se negaba obstinadamente a quitarse. Era maravilloso sentir nuevamente tierra firme debajo de los pies,
aunque ignoraba a qu continente perteneca esa tierra. Pens que poda ser mi propio y
lejano Sur de Norteamrica, pero el conde optaba por el frica salvaje, en tanto que
Lafleur observaba desinteresadamente que no tenamos la menor idea de nuestra situacin y que probablemente habamos sido arrastrados a la costa de alguna isla distante. Cuando bajamos a la playa para lavarnos descubrimos que los pobladores eran negros y tuvimos la certeza de que estbamos en frica.
La marea, al retroceder, haba dejado a lo largo de la infinita playa blanca cadveres
cubiertos de conchillas, y la brillante pureza de la arena destacaba el color bano de los
nativos que, vestidos con largas tnicas de algodn de vivos colores y collares de guisantes secos, buscaban entre los restos un botn de espadas. Eran hombres y mujeres de

gran estatura y dignidad, acompaados por nios extraordinariamente encantadores que


rean; al vernos cuchichearon entre ellos, como una congregacin de ganado discreto.
Nuestras ropas humeaban. Inmviles, permitimos que se acercaran. Lo hicieron con lentitud; algunos arrastraban las espadas de los piratas. En sus rostros y en sus pechos tenan cicatrices espiraladas de marcas tribales, incisiones desteidas porque las haban frotado con arcilla blanca. Mientras esperbamos, emergieron de la jungla cientos de nativos, caminando con tanta gracia como si trajeran enormes cntaros en la cabeza, rodeados de nios desnudos que bailaban como marionetas esculpidas en carbn. Cuando
vio su color, el conde tembl como si tuviera un ataque de fiebre, pero yo saba que era
de miedo. En cambio, aquellas figuras robustas se movan sin miedo y pronto formaron
un gran crculo alrededor de nosotros y comprendimos que nos haban capturado.
Omos entonces una msica marcial y un airoso destacamento de amazonas brot de
la selva. Eran mujeres mayores y esteatopigias. Parecan peras maduras henchidas de
zumo y sus senos arrugados colgaban, sueltos, dentro y fuera de las corazas de plata que
usaban, pero, igualmente, eran una visin maravillosa, algunas vestidas con mantos rojos y amplios pantalones blancos recogidos entre las piernas, otras con mantos de color
chocolate y pantalones azul oscuro, todas con yelmos de metal coronados con adornos
de crin negra. Sus oficiales, aparentemente elegidas por el tamao de sus traseros, marchaban a su lado tocando largas trompetas de bronce y pequeos tambores; estos soldados femeninos estaban agresivamente armados con trabucos, mosquetas y dagas afiladas
como navajas, un museo de armas antiguas. Sin dificultad nos comunicaron por seas
que estbamos arrestados y nos llevaron bajo su custodia celosa y extraa por un verde
sendero hasta el claro donde estaba el pueblo, mientras la poblacin negra se quedaba
atrs con la misma circunspeccin que caracterizaba todas sus acciones.
Era un bonito pueblo de amplias cabaas de adobe; nos condujeron a una casa limpia
y nos ofrecieron un desayuno de cereal molido Con trozos de cerdo, servido en hojas de
palmera. Lafleur y yo comimos de buena gana pero el conde, otra vez acobardado, un
tembloroso esqueleto, no prob bocado. Se arrebuj entre las mantas que nos haban dado para descansar, repitiendo constantemente: NMESIS SE APROXIMA. Ellos eran
tan corteses que ni siquiera levantaban las cejas cuando lo miraban. En realidad, la nica
nota discordante entre tanta armona eran los taburetes donde nos invitaron a sentarnos
y las mesas bajas donde comamos, ingeniosamente construidos con huesos que, por su
forma, slo podan ser humanos. Estaban tan bien decorados que al principio costaba
comprender que eran huesos porque estaban pintados de rojo oscuro y adornados con
mosaicos de plumas y conchillas.
Nos despojaron de nuestras inmundas, harapientas ropas con exclamaciones corteses
de disgusto, y Lafleur se ocult en un rincn con virginal, conmovedora modestia hasta
que nos trajeron algunas de sus telas de algodn estampadas en negro, ndigo y rojo para que pudiramos cubrirnos. Nos las pusimos al modo de las togas romanas y luego
Lafleur y yo nos sentamos en la puerta de nuestra cabaa, al sol, tratando de conversar
sin palabras con los nios, que nos miraban con ojos grandes y solemnes. Los nios tocaban el vendaje de Lafleur con curiosidad, pensando que era una especie de mscara, y
l rea con ellos de modo tan maternal que yo debera haber sospechado pero no lo hice. Para m cambiar de forma era pura magia. La maana transcurri pacficamente, sin
la menor insinuacin de temor, hasta que vimos que las mujeres preparaban afanosamente vastos calderos suspendidos sobre el fuego al aire libre y, cuando el sol estuvo
sobre nuestras cabezas, la capitana de las tropas femeninas se acerc y nos inform que
debamos acudir a saludar al jefe del pueblo, cuya gran cabaa de ceremonias se encontraba a cierta distancia. Alisamos nuestras togas y nos pasamos los dedos por el pelo. El

conde no quiso venir por su propia voluntad y la capitana tuvo que golpearlo con la culata de su mosquete hasta que, de mala gana, nos sigui.
Qu demiurgo tan desaliado! Sus calzas negras estaban rotas y andrajosas, con los
pies al aire, y su pene colgaba por la abertura flccido y triste como un globo desinflado. Cojeaba como un guila con un ala rota. Pobre tigre cobarde! Sin embargo, haba
montado triunfalmente sobre la tempestad la noche anterior; e incluso ahora, mientras
caminbamos a travs del pueblo, se recobr como si convocara todo su vacilante coraje, algunos jirones de su enigmtico carisma, los suficientes para echar atrs orgullosamente la cabeza, quiz reconfortado por la voz estridente de las trompetas que nos
acompaaban.
El sendero trepaba entre los abovedados arquitrabes de las palmeras erguidas como
prodigiosas columnas gris azulado hacia los parasoles de plumas esmeralda que formaban los capiteles de esta frondosa catedral. Un silencio solemne acompaaba el paso de
nuestras centinelas. La msica se hizo ms triste hasta convertirse en un lamento y, cuando llegamos a una cascada, todo el mundo se arrodill. Detrs de la cascada, en un
paredn rocoso haba una caverna con la entrada cubierta por el mismo algodn estampado que nos cubra. Las mujeres soldado volvieron a arrodillarse y as nos enteramos
de que all resida su jefe, y que sus sbditos sentan por l una veneracin religiosa. El
conde palideci como si su cuerpo hubiese perdido toda su sangre, aunque conservaba
en parte su antiguo espritu desafiante. Las trompetas y los tambores callaron, pero podamos or la msica lquida de la cascada y el crepitar del fuego que arda debajo de un
gran caldero.
Cuando mir hacia atrs vi que todo el pueblo nos haba seguido y que en medio de
ese silencio silvestre ramos los nicos hombres de pie, pues todos los dems estaban
acostados sobre el suelo o agachados, con el rostro hundido en la hierba. La presencia
de cien personas silenciosas llenaba el verde crepsculo de un sagrado sosiego que me
inquietaba. Entonces surgi de la caverna la sensual procesin de esposas y concubinas
del jefe; como no levantaron las cortinas, no pudimos ver qu haba en su interior. Intensamente negras y perfectamente desnudas, esas mujeres llevaban en el pelo plumas de
avestruz; se dispusieron alrededor de la entrada de la caverna en actitud de sumisa adoracin. Muchas llevaban sangrientas marcas de gigantescas mordeduras en los pechos y
en las nalgas. A algunas les faltaba un pezn; a la mayora, uno o varios dedos de las
manos y los pies. Una jovencita tena un rub en lugar de un ojo perdido y otras llevaban
dientes postizos de colmillos de elefante, labrados en extraas formas. Sin embargo, todas haban sido hermosas y sus diversas deformidades las hacan conmovedoras. Atrs
de ellas aparecieron varios eunucos, el barbero, el castrador real y otros crueles funcionarios, hasta que toda la corte qued reunida frente a la caverna como si posara para
una fotografa.
Los tambores volvieron a sonar, con un ritmo lgubre parecido al de los latidos de un
corazn agonizante. La tribu continuaba boca abajo, pero dos de las esposas reales se
arrastraron hacia adelante y finalmente corrieron las cortinas mientras las trompetas
acompaaban el redoble de los tambores. Al final apareci. El jefe.
Estaba sentado en un trono de huesos sobre una plataforma que, mientras mirbamos,
rod pesadamente hacia adelante sobre cuatro ruedas hechas con crneos, que aplastaron las manos de media docena de concubinas antes de detenerse. Sentado, tena un
metro noventa y cinco de alto. Era mucho ms negro que la noche ms negra. Era un
dolo muy sagrado y muy monstruoso.
Llevaba en la cabeza una peluca ritual, compuesta por tres gruesos rizos concntricos.
El que se apoyaba sobre la cabeza era castao oscuro, el del medio, rojo, y el ltimo,
oro brillante, como una diadema. De la peluca penda una cadena de rubes, y alrededor

de su cuello, vistiendo virtualmente la parte superior del cuerpo, muchas cadenas de oro
con dijes, talismanes y crneos de nios. Tena cuatro discos pintados en cada mejilla,
amarillo, verde, azul y rojo brillante, rodeados de un crculo blanco. En la frente tena
pintado un ojo castao. Llevaba, a modo de cetro, el fmur de un gigante, pintado de rojo y decorado con plumas e incrustaciones. Estaba envuelto en la piel de un tigre y los
dedos gruesos como races que emergan de sus sandalias llevaban anillos con gemas de
sorprendente tamao y aguas pursimas. Sus manos estaban recargadas de anillos. Su
desafiante rostro auguraba algo peor que los horrores aztecas, y al abrirse la cortina vi
que el interior de la caverna era una galera de esqueletos humanos.
- Bienvenidos a las regiones de los nobles hijos del sol -dijo en voz cavernosa, mientras los tambores redoblaban. Pero no se diriga a Lafleur ni a m sino solamente al conde.
- T eres mi nico destino -respondi el conde-. Has alterado mi brjula para que seale solamente hacia ti, oh sombra hipcrita, mi doble, mi hermano.
Advert entonces que aquel terrible caudillo era el chulo negro, quien ahora se dispona a vengar la muerte de su amada, porque eso era lo que el conde esperaba que hiciera.
El jefe se puso de pie, baj de la plataforma a un escabel de serviles concubinas, y le dio
al conde un abrazo clido y apasionado. Pero lo termin con tal golpe que el conde resbal de sus brazos negros y cay al suelo. El jefe apoy un pie sobre el pecho del conde,
como si fuera un cazador victorioso y habl, dirigindose al cielo, que mostraba jirones
de electricidad azul a travs del vivido follaje de las palmeras.
- Las costumbres de mi pas son tan brbaras como la precisin con que se ejecutan.
Por ejemplo, ni uno solo de estos nios encantadores que parecen salidos de la pluma de
Jean-Jacques Rousseau, ha dejado de comer un solo da, desde que les brotaron los dientes de leche, una nalga asada, una chuleta, un guiso, una fricasse o una albndiga de
carne humana. A este alimento, tan aborrecido, deben el brillo de sus ojos, el vigor de
sus miembros, su cutis maravillosamente saludable, la longevidad y una virilidad notable mientras sea discretamente practicada, porque esta dieta triplica la energa libidinal,
como atestiguarn de buena gana mis esposas y concubinas. Pero hemos aprendido a
permitir que la circunspeccin agudice nuestros placeres y llevamos a cabo el ms repugnante desenfreno sin la menor indecencia y sin ostentacin.
Cmo gobierno mi pequeo reino? Con absoluta severidad. Un rey slo conserva
su poder si es absolutamente despiadado, si endurece su corazn hasta darle el temple
del metal ms inflexible. Yo soy un jefe a la vez secular y divino. Defiendo mis caprichos, a los que denomino leyes, con temores supersticiosos. El menor pensamiento rebelde que brota como una mala hierba en el corazn de cualquiera de mis sbditos, llega
inmediatamente a m, transmitido por mi sistema de espas telepticos cuyas mentes son
mgicos espejos que no slo reflejan los rostros sino tambin los pensamientos. Esos
potenciales rebeldes y sus familias son condenados mucho antes de que puedan actuar,
por el menor atisbo de rebelda. Se envan directamente a las cocinas del ejrcito, donde
los convierten en sopas nutritivas que contribuyen al excelente estado fsico de mi ejrcito. Mis castigos se extienden incluso a sus almas, esa entidad insustancial, cuya creencia yo aliento para aterrorizarlos mejor. El menor impulso rebelde condena al culpable y
a su descendencia por tres generaciones. Por eso les conviene atender bien su jardn y
permitir que slo crezcan en l los lirios de la obediencia.
El conde se puso penosamente de pie, pero el caudillo negro lo devolvi instantneamente a la posicin anterior con un puntapi, y el conde permaneci de rodillas a sus
pies durante el resto de la entrevista.
- Por qu, preguntaris, mi ejrcito est formado por mujeres cuando se suele afirmar que son el sexo dbil? Seores, si libris vuestros corazones del prejuicio y exami-

nis las bases de la idea tradicional acerca de la figura femenina, encontraris que todas
se fundan en la remota imagen que habis credo vislumbrar en vuestra primera infancia, inclinada sobre vosotros, ofreciendo leche clida y azucarada, canturreando una suave cancin de cuna y alejando, con el halo de su presencia, la serpiente que acecha. Arrancad de vuestros corazones esta idea de madre. Vengativa como la naturaleza misma,
la mujer slo ama a sus hijos para devorarlos mejor; la madre, si se quita sus propios velos de autoengao, percibe en s misma ocultos abismos de crueldad tan sutil como refinada. Cada miembro de mis tropas calipigias ha ganado su rango devorando vivo a su
primer hijo, masticando sus miembros y chupando la mdula de sus huesos. As ha obtenido sus galones. Con el resto de las mujeres son absolutamente despiadadas. Han ido
ms all de todo sentimiento humano.
El ejrcito, como una sola mujer, alz la cabeza y sonri al or este elogio; pens que
an eran capaces de responder al halago.
- Y, como mis investigaciones iniciales me demostraron muy pronto que la intensidad
de los sentimientos de la mujer estaba directamente vinculada con la capacidad de gozar
durante el acto sexual, mis cirujanos y yo tomamos la precaucin de extirpar brutalmente el cltoris de todas las nias de la tribu apenas llegan a la pubertad. Y tambin el de
todas mis mujeres y concubinas que provienen de otras tribus donde esta prctica no se
observa. Por lo tanto, me enorgullece afirmar que ni una sola mujer de mi harn, ni una
sola de estas madres ms que romanas que veis, ha experimentado jams el xtasis ms
pasajero y ni siquiera el menor placer en mis brazos o en los brazos de cualquiera de
mis sbditos. Por esta razn todas nuestras mujeres son frgidas y responden slo a la
crueldad y al abuso.
Hubo entonces un sonoro murmullo de aprobacin por parte de los hombres; muchos
prorrumpieron en aplausos espontneos. Las mujeres soldado recorrieron de inmediato
las filas de los hombres, golpendolos de plano con sus espadas hasta tranquilizarlos.
- En estas regiones podis observar al Hombre en su forma constitucionalmente viciosa, instintivamente perversa y calculadamente feroz, es decir, en una palabra, en la ms
ntima armona posible con el mundo natural. Yo, con mi estilo duro de corazn, amo
apasionadamente la armona. Adoptara, como un emblema de esa armona, la tormenta
que destruy anoche vuestro barco, disolviendo ese conmovedor artificio humano en
sus elementos constitutivos, que estn en armona con este mundo siempre que el hombre no intervenga, es decir, naturalmente. Tomara como emblema al len que despedaza
a la oveja. En una palabra, a todas las imgenes de la destruccin aparente; y observad
cmo uso la palabra aparente, porque, en esencia, nada se crea ni se destruye. Por lo
tanto, mi idea de armona es una inmovilidad perpetua y convulsiva.
Slo soy feliz en la medida en que soy un monstruo.
Ahora bien: cuando lo pens, comprend que ese hierofante comedor de hombres que
nos hablaba de sus preferencias con tan pomposa arrogancia no poda ser, realmente, el
proxeneta negro de Nueva Orleans; slo su imagen viviente. Pero el conde lo haba
identificado con exactitud, porque ese prncipe de los antropfagos era otro demiurgo, y
algo hermanaba al salvaje y al aristcrata lituano: ambos formaban parte de las tropas
de asalto del mundo mismo. Es decir, del mundo del terremoto y el cataclismo, el cicln
y la devastacin; la matriz violenta, el mundo real de tensiones fsicas indmitas c indomables que son absolutamente hostiles al hombre a causa de su indiferencia. El ocano,
el bosque, la montaa, el tiempo: stas son la inflexibles instituciones de ese mundo de
incuestionable realidad, tan alejadas de las instituciones sociales que rigen nuestro mundo, que debemos conspirar para ignorarlas, a pesar de nuestras diferencias. Porque de
otro modo estaramos obligados a reconocer nuestra incomparable insignificancia y la
insignificancia de aquellos deseos que podran ser los tigres pirotcnicos de nuestro

mundo, pero que slo son, bajo la luna glacial y la frgida danza circular de los planteas
indeciblemente ajenos, simples animales de juguete recortados en papel de color.
Todo esto atraves mi mente mientras el monstruo arengaba al conde y la pequea
mano de Lafleur buscaba la ma y la aferraba solicitando consuelo.
- Nada, en nuestras tradiciones, evoca la historia. He suprimido la historia cuidadosamente porque mis sbditos podran aprender de las muertes de los reyes. He quemado
todos sus dolos anteriores apenas llegu al poder, y he instituido un amplio monotesmo
cuyo objeto soy yo. He permitido que el pasado subsista como una serie de rituales vinculados con la naturaleza de mi omnipotente deidad. Soy una leccin, un modelo, un tipo perfecto de rey y de gobierno. Soy mucho ms que la suma de mis partes.
En ese momento, le dirigi al conde una sonrisa amable. Para mi sorpresa vi que reflejaba perfectamente el rostro del conde, como si su propio rostro fuera un lago de agua
negra y los adornos pintados, flores flotando sobre la superficie.
- Una vez, en cierto burdel de la ciudad de Nueva Orleans, vi, querido conde, cmo
estrangulabas a una prostituta solamente para aumentar tu xtasis ertico. Desde ese
momento te he perseguido con diligencia a travs del tiempo y el espacio. Has excitado
mi curiosidad. Y me ha parecido que yo poda coronar mis propias atrocidades convirtiendo a mi hermano de atrocidades en mi vctima. Que yo poda, en cierto modo, inmolarme para saber cmo puedo soportarlo.
Deseara saber cmo puedo sufrir.
Poseo gran curiosidad emprica. En una oportunidad un jesuita de sotana negra vino
aqu y vivi un ao con mi tribu. Cuando conoci mis obras, me censur tan duramente
en nombre de la piedad, que para comenzar, lo hice crucificar -l profesaba gran admiracin hacia esta forma de tortura- y, mientras an se estremeca en la cruz, le arranqu
luego el corazn con mis propias manos para ver si un rgano tan profundamente compasivo tena una estructura diferente a la de los corazones comunes. Pero no. No era as.
Ahora querra ver si nosotros, querido conde, tenemos corazn. A tal punto somos
esclavos fsicos de la naturaleza?
Y deseo saber si puedo sufrir como cualquier otro hombre. Tambin quiero conocer
el sabor de mi carne. Deseo probar mi propia carne. Porque soy un gran gourmet.
Atadlo.
Dos oficiales derribaron al conde y le ataron con cuerdas las muecas. Un ser humano sonriente y regordete emergi de la comitiva del jefe, vestido nicamente con un
gorro blanco de chef y un cinturn del que colgaban cucharones, trayendo en una mano
un cuenco de sal y en la otra, un manojo de hierbas aromticas. Condiment generosamente el agua que ahora burbujeaba en el caldero, mientras el conde echaba a rer suavemente.
- No crees que soy demasiado viejo, flaco y correoso para que se pueda preparar
conmigo un plato sabroso?
- Ya lo haba pensado -dijo el canbal-. Por eso har contigo una sopa.
Las mujeres soldado abrieron los pantalones del conde con la punta de sus espadas, y
cayeron de sus piernas blancas y esculidas como ptalos. Le cortaron el chaleco, que
tambin cay. Desnuda, su alta figura esqueltica con su gran melena gris de hierro pareca an revestida por ese extrao manto intangible de exaltada soledad. Era un rey, y
su orgullo se acrecentaba precisamente porque no posea un pas. El chef arroj al caldero una ristra de cebollas, agreg pensativamente un poco de sal, revolvi y prob el
caldo con un cucharn. Asinti. Dos mujeres soldado llevaron al conde hacia el fuego,
se apoderaron cada una de uno de sus codos, lo levantaron en vilo y lo metieron de pie
dentro del agua, de modo que su cabeza sobresala. Su rostro no cambi de expresin
mientras enrojeca. Soport en perfecto silencio mucho ms tiempo del que yo hubiera

credo posible. Cuando estaba rojo como una langosta, empez a rer con alegra, pura
alegra.
- Lafleur! -dijo desde el caldero-. Lafleur! Sufro! He aprendido a darle nombre a
mi dolor! Lafleur
Valindose del ltimo resto de sus fuerzas, se elev en el caldero con un salto, como
un hombre totalmente liberado.
Pero en el punto culminante del salto su corazn seguramente estall, porque cerr la
boca, sus ojos quedaron fijos, brot sangre de su nariz y cay hacia atrs, salpicando de
caldo hirviente a media corte. Esta vez, su cabeza desapareci totalmente, y muy pronto
un delicioso aroma brot del caldero, y toda la concurrencia chasque los labios al unsono. El chef cubri al conde con la tapa.
Me emocion ver que las vendas de Lafleur se empapaban de lgrimas; y en seguida
comprend que l y yo seramos tambin entremets del inminente festn. El chef orden
a un grupo de aprendices que prepararan largos lechos de brasas ardientes, y empez a
aceitar una parrilla.
- Desollad primero al conejo ms pequeo -orden el jefe descuidadamente, y no se
molest en adobarnos con palabras, pues para l slo ramos comida.
Dos mujeres soldado aferraron por los hombros a Lafleur y se lo llevaron a la rastra.
Le arrancaron la ropa, aunque l se resista, y vi entonces, no el torso liso de un joven,
sino la magnificencia curvilnea de una mujer dorada cuya carne pareca hecha del sol
que la tocaba de un modo infinitamente ms delicado que las negras manos de esa diablica infantera. La reconoc incluso antes de que le arrancaran los vendajes y apareciera, no un rostro ulcerado, desfigurado, sin nariz, sino la cara de Albertina.
Yo no haba realizado nunca, en toda mi vida, una accin heroica.
Actu instantneamente, sin pensar. Cog el cuchillo de una de mis guardias y el mosquete de la otra. Las her en el vientre y luego acuchill a las mujeres que preparaban a
Albertina para la parrilla. Arroj lejos el cuchillo y la abrac al mismo tiempo que, con
el otro brazo, apuntaba con el mosquete a la cabeza del jefe y apretaba el gatillo.
La antigua bala, ms grande que una uva, atraves el ojo pintado en su frente.
Brot un gran chorro de sangre, como de un grifo roto, describiendo un arco tan extenso que nos empap. Debe de haber muerto instantneamente, pero algn espasmo
muscular lo puso en pie. El juggernaut se alz en su plataforma y all permaneci vacilante, una fuente de sangre, mientras la muchedumbre gema y se estremeca como si
estuviera frente a un eclipse. Sus movimientos espasmdicos liberaron las ruedas de la
plataforma, que, lentamente al principio, empez a moverse porque el suelo tena cierto
declive. El cadver segua erguido, como si el rigor mortis se hubiese producido de inmediato. Sin embargo continuaba manando sangre, como si sus arterias fueran inagotables. Luego la plataforma avanz a la carrera, aplastando a esposas, eunucos y miembros
de la tribu que, enloquecidos por esa visin, sintiendo desesperacin o histeria ante la
brusca extincin de su cometa autocrtico, se arrojaban bajo las ruedas con alaridos de
mnade.
Sobre un camino de carne, rebotando y arrastrando una torre vacilante de cuerpos, la
loca marcha de esa carroza la llev hacia la orilla del ro y la arroj al espumoso torrente, y ste, a su vez, al borde de la cascada. All el vehculo se separ del pasajero; el
agua los lanz al aire y luego ambos cayeron en la garganta de la cascada y se hicieron
aicos en las rocas.
Albertina y yo nos besamos.
Las mujeres soldado hubieran debido matarnos en ese momento, porque ramos absolutamente felices. Pero entre ellas reinaba la ms total confusin; el sentido de su
mundo haba desaparecido. Las esposas, las concubinas y los eunucos se arrancaban el

pelo y geman, porque lo nico en que podan pensar era en comenzar de inmediato el
elaborado ritual del duelo. Los nigromantes trazaron un crculo y, dentro de l, intentaban conjurar el espritu de su caudillo. La generala dispuso un ejercicio de orden cerrado, mientras el populacho corra sollozando de un lugar a otro; las mujeres soldado formaron ceremoniosamente de a cuatro en fondo y pasaron sus trabucos de un hombro a
otro con una disciplina que, en otras circunstancias, habra sido un espectculo casi sublime, porque demostraba una devocin al deber llevada mucho ms all del absurdo. Pero yo besaba a Albertina y no miraba, aunque hubiera podido asegurar que el conde estaba casi a punto por el aroma que exhalaba. Albertina se agit entre mis brazos.
- Debo darle mi ltimo adis -dijo-. Hemos recorrido juntos un largo camino. Y, despus de todo, yo lo admiraba.
Desnuda como un sueo, alz la tapa del caldero y revolvi la espuma que haba aflorado junto con algunas hojas de laurel.
- No puedo negar que era un digno adversario. El menor de sus gestos creaba el vaco
que l haba previsto.
Dej caer ruidosamente la tapa y con precisos gestos empez a desvestir el cadver
de una mujer soldado. Una vez cubierta con un delantal azul oscuro y un manto color
chocolate, recogi una brazada de armas y me dijo decididamente:
- Ven.
Nadie intent detenernos. Pronto incluso los ruidos del convulsivo duelo desaparecieron tras la inmensa puerta verde de la selva que se cerr a nuestras espaldas.
***
7. Perdidos en el Tiempo Nebuloso
Hubo una vez un joven llamado Desiderio que sali de viaje y muy pronto se extravi
por completo. Cuando crey que haba llegado a su destino, comprob que slo era el
comienzo de otro viaje infinitamente ms azaroso que el primero, porque ahora ella sonrea un poco y me deca que estbamos muy lejos de las leyes formales del tiempo y del
espacio, y que, en realidad, era as desde que yo la haba encontrado disfrazada. Nos
movimos a travs del paisaje del Tiempo Nebuloso que su padre haba creado y que
ahora no poda controlar porque el conjunto de muestras estaba enterrado debajo de una
montaa. Pareca lejana y abstrada.
Al principio ese paisaje era como cualquier selva tropical, lo cual era en s mismo
maravilloso para m. Nada de lo que haba visto en las tierras bajas, templadas y escasamente arboladas, me haba preparado para la tremenda energa de las columnatas de palmeras coronadas por un techo de ramas y hojas entrelazadas a gran altura encima de nuestras cabezas. Yo habra experimentado un gran pnico all, entre esas formas gigantescas mucho ms antiguas incluso que mi vieja raza, si Albertina no hubiese estado a mi
lado, eligiendo el camino seguro con la delicadeza de un gato en la espesura, donde extraas flores carnvoras se retorcan como si alguien hubiera perturbado su sueo, porque
esa selva era tambin canbal y estaba llena de peligros.
Todas las plantas destilaban venenos. Esa hostilidad esencial no se diriga contra nosotros o contra cualquier otro visitante; la selva era maligna inevitable y gratuitamente.
Las flores de las enredaderas cerraban sus dientes alrededor de algo o de nada, liblula,
serpiente o brisa silenciosa, con una espontaneidad objetiva. No podan contener su hostilidad. Las hojas slo dejaban pasar un resplandor verdoso y un solitario silencio oprima nuestros odos como un gorro de piel, porque los rboles crecan demasiado prxi-

mos para permitir el vuelo o el canto de las aves. Albertina, armada hasta los dientes,
avanzaba con el orgulloso desafo de una Emperadora de lo Extico.
- Albertina, cmo podas ser al mismo tiempo Lafleur y la Madame?
- Nada ms simple -respondi ella. Tena un ligero acento extranjero, y elega sus palabras y organizaba sus frases con la pedantera de quien habla a la perfeccin una segunda lengua, aunque jams descubr cul era la primera. Sin embargo, su lengua materna, o la lengua de su madre, era el chino.
Me proyect en la carne disponible de la Madame. Despus de todo, no estaba en
venta? Lafleur, desde el establo, entre los caballos que coceaban, se proyect, o yo me
proyect en la vestidura corporal de la Madame, en el Saln Bestial. La Madame era
una representacin real, pero efmera. Bajo la influencia de un intenso anhelo, el espritu -incluso podramos decir el alma- de quien sufre puede crear un doble que se une al
amado ausente, mientras la plantilla original cumple sus tareas cotidianas. Oh, Desiderio! Nunca subestimes el poder del deseo cuyo nombre llevas! Una noche, Yang Yu-chi
dispar contra lo que crey un toro salvaje, y su flecha se hundi en una roca hasta las
plumas a causa de su apasionada conviccin de que esa roca estaba viva.
No me importaba que me diera lecciones porque era hermosa. Le dije, en ese momento, que la deseaba con la mayor intensidad posible, pero ella slo respondi que tena
rdenes precisas, y que, segn tema, debamos esperar.
- Seamos amorosos y tambin misteriosos -dijo, citando a una de sus personalidades
con una gracia irnica que me encant, y encogindome de hombros dej de lado mi decepcin y me resign a caminar a su lado por el bosque. Dispar contra un pequeo animal parecido a un conejo, que se lavaba la cara con una pata, y cuando llegamos a un
claro y las sombras se confundan con la noche, lo desoll y ella encendi un fuego con
el yesquero que haba encontrado entre las ropas de la mujer soldado. Despus de comer
nos quedamos contemplando las brasas hasta que se extinguieron, y hablamos.
S, el conde era peligroso. Yo lo tena bajo vigilancia. sa ha sido mi misin ms
importante en toda la guerra. Si hubiera podido, lo habra llevado al castillo de mi padre, para incorporarlo a nuestras filas; era un hombre que posea un gran poder, aunque a
veces pareciera grotesco; el mundo real era ms pobre que sus deseos. Haca lo posible
por transformarlo a la medida de sus propios deseos, pero su voluntad era superior a su
sabidura. Por eso invent aquellos macabros payasos, los Piratas de la Muerte.
Lo que era asombroso, y aterrador, en la rapacidad del conde, era su carcter puramente cerebral. Era el ms metafsico de los libertinos. Sus pasiones eran tan lcidas e
intelectuales como las de un matemtico. Se acercaba a los cuerpos como alguien que
quiere demostrar un teorema; y aunque sus pasiones le parecan exiguas, jams eran
impremeditadas. Era un tirano respecto de sus pasiones. Por convulsivo que fuera el desenfreno al que se entregaba, lo haba planeado de antemano y lo haba ensayado tantas
veces que pareca completamente natural. Su deseo era autntico porque era totalmente
sinttico.
Sin embargo, siempre era una simulacin. Quizs haya lanzado verdaderos torrentes
de esperma, pero nunca liber energa. Liberaba, en cambio, una fuerza que era lo contrario de la energa, una fuerza desvitalizadora muy distinta -aunque igualmente poderosa- de la electricidad que fluye naturalmente entre un hombre y una mujer durante el acto sexual.
(Ella retir mi mano de su pecho con suavidad, y murmur entre parntesis: Todava
no.)
- Sin embargo, su desempeo era notable. En la cama cualquiera hubiera credo que
una dnamo externa impulsaba al conde. Ese impulso galvnico era su voluntad. Y precisamente, su error fatal era confundir su voluntad con su deseo

La interrump con cierta irritacin.


- Pero, cmo se puede distinguir entre la voluntad y el deseo?
- No es posible contener el deseo -dijo Albertina con la precisin de una pedagoga,
aunque en ese mismo instante estaba refrenando el mo.
l determinaba con su voluntad sus propios deseos.
La interrump otra vez.
- Cmo no descubri que eras mujer?
- Porque siempre me posea por detrs, es decir, in anum -explic pacientemente Albertina-. Y adems, porque la lujuria del conde lo cegaba por completo a todo lo que no
fuera sus propias sensaciones.
Despus retom su discurso.
- Su yo, orientado hacia s mismo, impona su voluntad de ser un monstruo. Ese yo
distante, externo y a la vez interno, era su dramaturgo y su pblico. Primero decidi creer que estaba posedo por demonios. Luego prefiri creer que se haba convertido en un
demonio. Incluso se dise un traje para ese papel Esos pantalones abiertos adelante!
Ese chaleco de piel! Cuando alcanz la reconciliacin final con su otro yo, ese icono de
su propia fuerza destructiva, el negro abominable, slo haba perfeccionado la arrogante
perversidad que aplastaba el mundo a su paso, como una versin existencial de la carroza del jefe canbal. Pero su insistente creencia en su propia autonoma lo converta tanto
en un tirano como en su vctima porque dependa de la idea de que la materia estaba sometida a l.
Por esa razn, cuando sinti dolor por vez primera, muri de un shock. Sin embargo
muri feliz, porque quienes infligen sufrimiento sienten curiosidad acerca de la naturaleza del sufrimiento.
Apenas me puse bajo sus rdenes, comprend que deba abandonar mi plan de reclutarlo, porque era evidente que jams servira a otro amo que a s mismo. No obstante, si
l lo hubiese deseado, o se lo hubiese propuesto voluntariamente, podra haber aplastado el castillo de mi padre simplemente con su aliento, y destrozado todos los tubos de
ensayo slo rindose de ellos. De todos modos, continu viajando con l para mantenerlo en una especie de cuarentena.
- Al principio, pens que era tu padre, el doctor.
- Mi padre? -exclam asombrada, y sonri-. Nosotros, al comienzo, creamos que
era el ministro! Incluso despus de conocer al ministro, me pareca posible. Los dos tenan una manera de caminar que haca temblar la tierra.
- Cundo dejaste de considerarme un agente enemigo?
- Apenas mi padre verific que estabas enamorado de m -dijo, como si eso fuera obvio.
La noche haba cado completamente, y luces tenues, ojos de serpiente y efluvios de
lucirnagas salpicaban la superficie de terciopelo negro que nos circundaba, pero los ojos de Albertina brillaban como soles inextinguibles. Eran de un inexpresable color castao radiante, y parecan dos lgrimas. Pero la forma y el color no eran la principal cualidad de esos ojos sin precedentes, sino el escandaloso grito de pasin que surga clamorosamente de sus profundidades. Sus ojos eran la voz del cisne negro; sus ojos confundan los sentidos; el sueo y la muerte no podan acallarlos ni extinguirlos. Estaban
ligeramente velados por un polvo incandescente.
Durante la primera parte de la noche, ella durmi mientras yo montaba guardia, por
temor a los animales salvajes. Ella vigil durante la segunda parte de la noche, y as organizamos nuestro reposo durante el resto del viaje, aunque pronto los das se confundieron con las noches y perdimos la nocin del tiempo, a tal punto que ni siquiera sabamos si esa nebulosa materia se haba disipado antes de que la selva perdiera densidad.

Luego llegamos a una regin ms acogedora y femenina de aves enjoyadas con rostros
de muchacha y rboles ovparos, donde no haba nada que no fuera maravilloso.
- Como todo este territorio existe solamente en el Tiempo Nebuloso, no tengo la menor idea de lo que puede ocurrir -dijo-. Ahora que el profesor y su conjunto de muestras
han desaparecido, mi padre no puede estructurar nada hasta que construya nuevos modelos. Mientras tanto, los deseos tomarn la forma que les plazca. Quin puede saber lo
que encontraremos aqu?
Si su proyecto fracasa, no encontraremos nada.
- Por qu? -pregunt.
- Porque el deseo masivo indiferenciado no sera bastante fuerte para perpetuar sus
propias formas. -Cuando advirti que yo no comprenda, aadi de mala gana:- Eso significara que el castillo todava no genera suficiente erotoenerga.
Tampoco entend, pero asent para salvar la cara.
- De todos modos, debemos contemplar el cielo de da, y mantener un fuego encendido por la noche; quizs as podamos establecer contacto con alguna de las patrullas
areas de mi padre.
- Ha extendido tanto los lmites de la guerra?
- Oh, no -respondi ella-. Pero mantiene constante vigilancia area sobre las regiones
ms apartadas para descubrir qu puebla el vaco, si es que algo lo puebla.
Todo esto me sonaba a folie de graneur, pero me alegraba poner mi destino en sus
manos, ahora que la haba encontrado, y proseguimos la marcha por ese peligroso pas
de las maravillas.
Pronto aprendimos a identificar los arbustos gris verdoso que llambamos rboles de
dolor por las invisibles zonas de sus hojas y de su corteza que nos pinchaban al rozarlos y dejaban en nuestra piel grandes ronchas que ardan durante mucho tiempo. Los rboles cuyos troncos tenan escamas como los de los peces no hacan dao, aunque apestaban cuando el sol estaba alto, al contrario de las gardenias blancas, de exquisita fragancia, que lloraban slidas lgrimas de resina perfumada, con las cuales hice un collar
de mbar para Albertina. Con frecuencia caminbamos entre el aroma embriagador de
los rboles de incienso, o por bosques de extraas y altas plantas que deban de ser una
variedad de cactos porque su carne, suave y blanca como la nieve, formaba copos redondos que terminaban en una especie de borlas rojas. Cuando acercbamos nuestras
bocas a esos pezones, bebamos una dulce leche que nos refrescaba. Esos maravillosos
cactos crecan de a cientos; si el pas hubiese mostrado alguna seal de estar habitado,
podramos haber pensado que se cultivaban a propsito. Pero no vimos seales humanas, aunque s algunas huellas de cascos de caballos salvajes.
A ras del suelo y entre las ramas encontramos enredaderas que tenan espigas moradas, y a menudo oamos cantar a unas flores que no podamos ver. Cierto arbusto de
plumaje moteado pona seis o siete huevos pequeos de color castao y del mismo tamao que los de gallina, en arenosos huecos debajo de sus races. Cuando los pona, el
arbusto temblaba y cloqueaba; luego suspiraba. Aparentemente, en ese bosque, la naturaleza haba eximido a sus criaturas de respetar las divisiones formales, de modo que la
zoologa y la botnica se hallaban entremezcladas y los nicos animales que vimos, reptantes, de carne verde, marsupiales, con un solo ojo, parecan ms bien vegetales ambulantes que otra cosa. Asados, tenan el sabor del apio a las brasas.
Por lo que puedo recordar, habamos estado unos tres das en la tena nebulosa cuando
encontramos el ms extrao de los rboles. Creca aislado en la parte superior de una sierra baja; tena cuatro patas trmulas y un tronco macizo coronado de ramas semejantes
a las de una encina europea, y debajo del tronco y encima de las patas apareca el esqueleto de un caballo, con las entraas a la vista. Una verde savia lata en sus entraas con

un zumbido comparable al de una colmena de abejas felices. La primera prueba de la


presencia del hombre que habamos visto desde que entramos en el bosque estaba clavada en las ramas de ese rbol equino. Estaba decorado con ornamentos de hierro forjado
que el viento haca entrechocar; talismanes en forma de herradura y, en una rama prominente, un arco muy grande partido en dos. Todo el tronco estaba cubierto de tablas votivas e inscripciones cuneiformes y clavos votivos hundidos en la corteza; de todas las ramas bajas colgaban mechones de crin de caballo en ordenados lazos. La esponjosa hierba que rodeaba el rbol estaba cubierta de estircol y marcas de herraduras.
Estbamos en la colina, junto a esa cosa biforme, mitad rbol, mitad caballo, mirando
los lricos contornos de un valle de Tecrito repleto de opulentos trigales que un viento
suave agitaba, cuando Albertina los seal. Cuatro magnficas siluetas salieron de los
trigales y se acercaron con un andar tan silencioso como el de los caballos de los sueos; pero no eran caballos sino centauros.
Uno era bayo, otro negro, otro rucio y el cuarto completamente blanco; de lejos sus
torsos de bronce resplandeciente parecan cubiertos de telaraas a la altura de los l
hombros porque estaban cargados de enmaraados adornos, a la manera de chales de
encaje. El pelo, lacio, caa por sus espaldas. Sus rasgos se ajustaban al molde ms estricto y autocrtico del clasicismo puro. Sus largas narices eran tan rectas que se podran
haber dejado caer por ellas bolitas de mercurio; los labios mostraban austeros pliegues
magistrales. Estaban perfectamente afeitados. Los genitales se encontraban en la parte
inferior del vientre, igual que en el hombre; por ser animales, no sentan vergenza pero, como tambin eran hombres, aunque no lo supieran, eran orgullosos. Mientras trotaban hacia nosotros, con los brazos cruzados sobre el pecho, la luz del sol poniente brillaba sobre sus cuerpos, que parecan obras maestras griegas nacidas cuando los dioses
todava caminaban entre nosotros. Sin embargo, no se crean dioses, crean que marchaban por una cuerda tensa por encima de la condenacin.
Cuando se acercaron vi que estaban completamente desnudos; lo que me haba parecido ropa era el tatuaje ms complicado que yo haba visto nunca. Diseado como un
todo, cubra la espalda y los brazos hasta el codo, dejando libre, en los machos, el centro
del pecho, la parte superior del abdomen, el cuello y la cara. El tatuaje de las mujeres
cubra todo el cuerpo, incluso el rostro, para causarles mayor sufrimiento, pues crean
que las mujeres slo nacan para sufrir. Los colores, sutilmente combinados, tenan la
ventaja esttica de limitarse al negro azulado, el celeste claro y el rojo ardiente. Los dibujos eran curvilneos, imgenes arabescas de dioses y demonios equinos entretejidas
con flores y espigas y representaciones estilizadas de los cactos mamiformes, grabados
en la piel de un modo que recordaba los bordados.
Cuando llegaron a la colina, volvieron sus rostros hacia el rbol y emitieron tres veces consecutivas, al unsono, un peculiar relincho mientras cagaban. Luego el bayo, con
la ms asombrosa voz de bartono que he odo jams, inici una cancin sacerdotal, o
un himno hiertico, al estilo de los cnticos judos ortodoxos, aunque con el agregado
de una vivaz pantomima dramtica. Era la hora en que el Padrillo Sagrado, en su forma
ms vigorosa, el Caballo del Sol, entraba al Establo del Cielo y cerraba las puertas durante la noche; el bayo daba las gracias por el final del da, porque en su teologa, cada
acontecimiento del mundo fsico dependa slo de la eterna piedad del Padrillo Sagrado
y de la eterna expiacin de sus adeptos por el inmencionable pecado cometido en los albores del tiempo, que retorna inexorablemente cada ao. Yo, en ese momento, ignoraba
sus costumbres. El bayo utilizaba su voz como un instrumento musical, pero como no
comprenda su lenguaje, pens que se trataba de una cancin sin palabras. Los dems
centauros lo acompaaban en un esplndido contrapunto polifnico, al tiempo que golpeaban el suelo con los cascos para marcar el ritmo. El resultado era conmovedor.

Cuando el bayo termin, inclin la cabeza para indicar que la plegaria haba concluido. Su crin y su cola, negras, tenan mechones grises, y en su rostro se vean las huellas
de la edad, que acrecentaban su heroica belleza. Luego nos habl, a Albertina y a m,
con una estruendosa secuencia de sonidos profundos.
No pudimos comprender una sola palabra porque su lenguaje careca de gramtica y
vocabulario. Era slo un juego de sonidos. Se requeran, para comprenderlo, odo fino y
aguda intuicin; pareca haberse desarrollado naturalmente a partir del canto de sus escrituras, que ellos consideraban vitales para la supervivencia de su especie.
Cuando advirti nuestra perplejidad, el bayo se encogi de hombros e indic mediante un gesto que arrojramos nuestras armas. Luego sugiri que montramos en el negro
y en el rucio. Yo objet, con una pantomima, que no ramos dignos de cabalgar en ellos,
y l sonri y nos respondi sin palabras que aunque no lo furamos debamos montar.
Slo mucho despus, cuando supe que habamos cabalgado en dos prncipes de su Iglesia, comprend el privilegio concedido, porque el negro era el Herrero, y el gris rucio el
Escribano, cargos equivalentes al de cardenal. Los centauros nos alzaron con sus fuertes
brazos y nos colocaron sobre su lomo, tan fcilmente como si furamos nios. Aunque
yo no poda creer que hubieran llevado nunca a un jinete, trotaban majestuosamente; no
era en consideracin a nuestro precario equilibrio sino porque jams se movan de otra
manera. Atravesamos el trigal hasta el conjunto de establos ubicados entre los viedos y
los campos de flores ms all del valle. Y all nos depositaron en una especie de plaza o
lugar de reunin, donde haba un enorme escenario de madera de cuya barandilla colgaba una trompeta de bronce. El bayo toc la trompeta.
Los centauros vivan en grandes establos de troncos, con techos de paja a dos aguas
pronunciadas, un estilo arquitectnico de virgiliana rusticidad, que combinaba el carcter severo y pensativo del clasicismo con la simpleza de la paja y la madera. Las grandes dimensiones se deban al tamao de nuestros huspedes; un centauro adolescente
me llevaba una cabeza. Todas las puertas eran arcos de madera de cuatro metros de altura y tres de ancho, por lo menos. Llegamos a la hora de la cena, y el humo de la lea ascenda al cielo desde varios agujeros ubicados en los techos pero, cuando el bayo toc la
trompeta, todos los pobladores vinieron trotando desde sus casas hasta que nos vimos
rodeados por una multitud de criaturas fabulosas, que olisqueaban sin cesar el aire a nuestro alrededor, arqueando el cuello y aspirando reflexivamente; aunque eran hombres,
tenan todos los movimientos propios de los caballos.
Pensaban que, como nos haban encontrado en la Colina Sagrada, ramos sagrados a
pesar de nuestro humilde aspecto.
Si no hubiesen credo que ramos sagrados, nos habran pisoteado hasta la muerte.
Eran hombres, pero no saban qu era un hombre; crean ser una variedad degenerada
del caballo, al que adoraban.
Cuadrillas de caballos salvajes llegaban con frecuencia a pisotear sus plantaciones de
cereales y sus granjas de cactos, a atravesar los poblados como un ro de cascos fuera de
cauce y a montar a las hembras de los centauros si las hallaban. Los centauros crean
que el Padrillo Sagrado alojaba las almas de los muertos en los caballos salvajes, y llamaban a sus depredaciones Visitas de los Espritus. Despus de stas, practicaban durante semanas el ayuno y la flagelacin a los cuales eran adictos, y estudiaban la parte
de la escritura equina que celebraba la creacin del principio primero, la esencia mstica
del caballo, el Padrillo Sagrado, a partir de la fusin del aire y el fuego en la alta atmsfera. Aun antes de comprender su lenguaje, me sent profundamente conmovido al or la
apasionada declamacin de su mtico pasado, que slo podan realizar los machos de cierta casta. Aunque todos cantaban permanentemente y sus cantos eran himnos o salmos,
la poesa narrativa sagrada era privilegio exclusivo de un solo cantor; para conquistarlo,

ste deba pasar con los caballos salvajes toda una estacin, prueba que superaban pocos
candidatos. Luego, al alcanzar los treinta aos, deba estudiar los clsicos arcanos bajo
la gua del nico anciano que los conoca. A los cuarenta y cinco haba aprendido el canon completo y los gestos y pasos correspondientes, ya que era una posea cantada y bailada, y entonces presentaba por vez primera en pblico, en la plaza, la cancin del caballo que haba penetrado en las sombras a buscar a su amigo muerto.
Apreciaban la fidelidad por encima de cualquier otra virtud. Una mujer infiel era desollada viva; la piel se le entregaba a su marido como cobertor para el siguiente lecho
matrimonial -advertencia muda a la nueva mujer, para que no se descarriara- y el amante era castrado y obligado a comerse su propio pene, crudo. Como todos ellos sentan
profundo horror por la carne, llamaban a este mtodo de ejecucin Muerte por la nusea. Sin embargo, este riguroso puritanismo no impidi que la misma noche de nuestra llegada todos los machos del pueblo violaran a Albertina; sus rganos eran tan prodigiosos, su virilidad tan inconmensurable, que ella estuvo a punto de morir. A m me impusieron las caricias de todas las hembras, porque no tenan nocin de la humanidad a
pesar de su extraordinaria nobleza espiritual. Como eran mucho ms gloriosos que el
hombre, ignoraban qu era un hombre. No tenan una palabra para la vergenza, y nada
humano les era ajeno porque eran ajenos a todo lo humano.
Estos amantes de la equinidad crean que su dios se revelaba en el estircol eliminado
por su parte equina, que manifestaba la esencia ms pura de su naturaleza; era sin duda
un dolo tan lgico como el pan o el vino, aunque los centauros tenan demasiado buen
sentido para descender a la coprofagia. Gobernaba la comunidad una junta espiritual integrada por el Cantante, depositario e intrprete del evangelio; el Escribano; el Herrero,
y el Maestro del Tatuaje. Cuatro, como era natural.
Los centauros no se llamaban unos a otros con nombres personales, porque se consideraban aspectos indiferenciados de la voluntad universal de ser caballo. Por ese motivo, en la conversacin cotidiana se aluda a los cuatro cardenales por los smbolos de
cada una de sus artes, aunque no en su presencia. Se llamaba Canto al Cantor; Punzn,
Gubia o Tintura al Maestro del Tatuaje; Clavo al Rojo al Herrero, y al Escribano, Pincel
de Crin. No se necesitaba esta terminologa porque los individuos requirieran un nombre, sino porque las tareas que cumplan los distinguan de los dems. No era precisamente el bayo quien era conocido como Canto, sino la idea del cantor que representaba.
No tenan mucho intercambio social cotidiano. Las mujeres no hablaban en horas de trabajo, aunque siempre estaban cantando. La vida cotidiana no tena sentido para ellos,
porque cumplan todas sus actividades a la sombra de la continua pasin del Padrillo
Sagrado; slo este drama csmico era real para ellos. No tenan una palabra que expresara la duda. Y no eran capaces de expresar la idea de la muerte. Cuando era preciso
identificar dicho estado, utilizaban los sonidos que significaban tambin nacimiento,
porque la muerte era la suprema piedad. Al darles la muerte, el Padrillo Sagrado les conceda la reconciliacin final. Ms tarde, renaceran en la forma de caballos salvajes.
La msica era la voz del Padrillo Sagrado. El estircol expresaba su presencia entre
ellos. La Colina Sagrada era una montaa de estircol. El mover sus vientres dos veces
por da era a la vez plegaria y divina comunin. Un profundo sentimiento religioso impregnaba todos los aspectos de sus vidas; incluso el potrillo que an careca de dientes de
leche era una especie de sacerdote o de mediador espiritual. Pero slo los machos posean el secreto de los misterios. Las mujeres eran la tropa rasa: se afanaban tanto en labrar
los campos, dar a luz, ordear los cactos, hacer queso, moler el grano y construir las casas, que apenas si les quedaba tiempo para rezar, marcando un staccato con sus cascos y
lanzando el agudo relincho que significaba Aleluya!. Las hembras eran ritualmente
envilecidas y degradadas. Deban soportar una proporcin mayor de doloroso tatuaje.

Arrastraban grandes troncos de rboles para construir los establos mientras los machos
rezaban. Sin embargo, las mujeres eran an ms hermosas que los hombres: cada una,
Godiva y su caballo al mismo tiempo. Se movan como ros de distintos colores, ostentando orgullosamente sus rojas aberturas debajo de la cola semejante a un arco iris. El
acoplamiento de una pareja de centauros era una visin herldica.
En esa primera noche, el sol poniente doraba de modo mgico sus hombros, cascos y
perfiles de nfora griega, y yo sent la extraa veneracin que haba experimentado entre las catedrales de la jungla, porque una vez ms estbamos rodeados de gigantescas
formas indiferentes. Sent que me empequeeca. Pronto fui slo un mueco que haca
equilibrio torpemente sobre dos palitos rgidos, tan mal diseado y tan dbil que un soplo de aire poda derribarme, tan desgarbado al caminar que mis herrumbrados engranajes internos rechinaban, tan lento que nuestros huspedes me alcanzaran de inmediato,
porque hasta poda ser suficientemente estpido como para intentar la fuga. Cuando mir a Albertina, vi que an era hermosa, pero se haba convertido tambin en una mueca, una mueca de cera medio fundida en la parte inferior.
El bayo me habl y le respond en mi propia lengua; luego en francs, en el lenguaje
semiolvidado del pueblo del ro, en mi defectuoso ingls y en mi an ms pobre alemn.
Emiti un relincho profundo, gutural, posiblemente admirando mi facilidad para hacer
ruidos; luego, Albertina pronunci algunas frases en chino y rabe, y tambin en lenguas que yo ni siquiera poda identificar. Pero el bayo se encogi de hombros, provocando
una confluencia caleidoscpica de los colores tatuados; me aferr con su poderosa mano
y empez a estudiarme en silencio, mientras el rucio inspeccionaba a Albertina.
Pronto descubrieron que nuestras ropas se desprendan, la imagen de esos tegumentos
descartables que se agitaban al viento provoc un dulce trueno de risa entre esa especie
acostumbrada a ropas bordadas con dolor y tan ntimamente ceidas que slo se podan
quitar mondando la piel como una manzana. Arrodillndose al modo de los caballos, el
bayo y el rucio tocaron, examinaron y manosearon todas las partes de nuestros cuerpos
y en especial nuestra bifurcada e insustancial mitad inferior, porque no saban con qu
compararla. Nuestros pies fueron objeto de la mayor atencin, y a juzgar por sus sonoras exclamaciones, de abundantes conjeturas. Cuando un joven de un ao se acerc con
un hacha, pens que el bayo se propona cortar uno de nuestros pies para tomarlo en sus
manos y examinarlo de cerca. Interpret mi grito involuntario como una escandalizada
protesta, lo que me pareci interesante, y rechaz el hacha. Una expresin de intensa curiosidad atraves su cara y me someti a una nueva andanada de preguntas incomprensibles. Yo no saba cmo responder salvo con murmullos sin palabras, porque an no
haba comprendido la naturaleza esencialmente no verbal de su lenguaje, y l pronto
abandon toda tentativa de hablarme y se inclin a contar los dedos de mis pies, lanzando exclamaciones al ver las uas, que evidentemente le fascinaban. Como empezaba a
oscurecer, trajeron teas ardientes con soportes de hierro para iluminar la plaza y nos dejaron tendidos de espaldas en el escenario mientras el bayo iniciaba la oracin vespertina. El servicio consista en un recital de escrituras y plegarias. La exposicin completa
de sus escrituras ocupaba el ao entero, que conclua con la muerte y la resurreccin del
Padrillo Sagrado en mitad del invierno. Haba entonces cuarenta das de duelo, a los que
segua un festival de tres das, y el ciclo recomenzaba. Ahora bien, por una de las metstasis temporales que ocurran constantemente en el Tiempo Nebuloso, habamos cado
en sus manos en el momento en que el Padrillo Sagrado, desde las profundidades de su
compasin, les enseaba el arte del tatuaje, de modo que, aunque el pecado de su padre
les haba vedado la forma verdadera del caballo, al menos podan llevar imgenes de caballos en sus pieles transfiguradas. La leccin de aquel da tena el siguiente texto:

TRANSMISIN DEL ARTE DIVINO, NMERO UNO.


Aunque esta frase no era ms ni menos significativa que cualquier otra de su dramaturgia teolgica, provoc ciertas repercusiones en el tipo de hospitalidad que nos ofrecieron. Su ritual no era en modo alguno inflexible; se poda alterar y ampliar para incluir
cualquier nuevo elemento que surgiera. As como haba incorporado las incursiones de
los caballos salvajes, ms tarde los centauros lo modificaron para incluirnos a nosotros.
Pero esto lleg despus.
Por su naturaleza, la TRANSMISIN DEL ARTE DIVINO, NMERO UNO era uno
de los oficios menos coreogrficos, aunque la representacin era imponente. Inspiraba
respeto.
Para comenzar, las mujeres reunidas empezaron a marcar un ritmo moderado con sus
cascos, y un joven alazn aclito llev ceremoniosamente al escenario una bandeja de
madera donde haba un ltigo, un pincel, un tazn lleno de un lquido negro y una especie de instrumento metlico que no logr identificar. Se arrodill ante el bayo, que al
principio pareca hosco e impasible, y adopt una actitud estatuaria, con los brazos cruzados. Cuando el ritmo se hizo ms rpido empez a cantar en la ms gloriosa voz de
bartono, y en respuesta lleg el nasal coro de aleluya que constituye mi recuerdo ms
vivido de nuestra vida entre los centauros, porque cada da saludaba el alba y el anochecer, inevitablemente, y en mi mente es inseparable del olor a estircol fresco de caballo.
Mientras la msica que l y su congregacin hacan se volva ms fuerte y veloz, la
excitacin del bayo creca. Buscando la expiacin, se purific. Gema, se postraba y luchaba consigo mismo; por fin tom el ltigo y se azot los flancos hasta que sangr. Al
ver la sangre, algunas mujeres se entregaron a un extrao xtasis solitario. Azules llamaradas brotaron de sus aberturas naturales; retrocedieron relinchando convulsivamente.
Cuando el Cantor dej caer el ltigo y se arrodill, cubrindose el rostro, en una actitud
de abnegacin completa, todo el mundo call estremecido y pude ver que hasta los machos adultos lloraban.
Entr entonces en el espectculo un segundo actor, que inici un do con el bayo. El
centauro blanco se adelant. El ritmo se convirti casi en el de un vals. El blanco era tenor y, aunque yo apenas comprenda el sentido por las variaciones del sonido, supe que
su canto se refera al perdn, mientras que el bartono peda que se le permitiera sufrir
ms. La piedad del tenor era inexorable. ste recogi luego de la bandeja el pincel y el
objeto metlico, que era una especie de punzn, y, apartando el pelaje del bayo para revelar su piel, hundi el pincel en el tazn de tinta y realiz una serie de pases evidentemente estilizados sobre la carne expuesta del bayo arrodillado, que respondi con un xtasis tan contagioso que arrastr a la mayor parte de la congregacin; entre un clamor de
lgrimas, risas de abandono y una general y delirante alegra, el servicio termin con la
explosiva expulsin del estircol de todos los vientres presentes, con la excepcin del
mo y el de Albertina.
Despus de esta visita de dios, las mujeres fueron a buscar cubos de madera y escobas
a los establos y barrieron el estircol formando montculos, para usarlo posteriormente
como fertilizante en sus campos, ya que no desperdiciaban nada. Mientras las mujeres
hacan la limpieza a la luz de las teas, el Cantor y el Maestro del Tatuaje volvieron a dedicarnos su atencin. Ahora concentraban su exploracin en nuestras partes naturales,
que aparentemente encontraban familiares aunque estaban entre unas piernas tan poco
familiares. El centauro blanco se ocupaba de Albertina; con gesto reflexivo, le meti
tres dedos en la vagina. Ella grit y l evalu juiciosamente el grito, con la cabeza ladeada. Baj el morro y empez a olera. Olfate cada centmetro de su piel y la lami para
que su paladar controlara las pruebas reunidas por su nariz. El clido aliento y la spera

lengua del bayo le hacan cosquillas; Albertina se ech a rer; y cuando el bayo empez
a olisquearme, tambin yo me re, aunque era una risa prxima a la histeria.
Los dos sacerdotes alzaron las cabezas e iniciaron un coloquio de relinchos que termin de la siguiente manera. Ambos fuimos transportados en vilo hasta el establo del
bayo y depositados en la mesa; su esposa se apresur a retirar los platos de la cena. El
resto del pueblo nos sigui, de modo que en la enorme habitacin estaban reunidos todos los machos, las hembras y los nios. Cuando intent incorporarme para proteger a
Albertina, el bayo me retuvo con una sola mano. Tena una fuerza irresistible. Entonces,
el blanco le abri a ella las piernas y examin la abertura que involuntariamente se le ofreca; era obvio que la comparaba con el tamao de su rgano erecto, el de un caballo y
no el de un hombre. Pero de todos modos atrajo a Albertina hasta el borde de la mesa y
el miembro penetr despus de un horrible forcejeo.
El pblico, maravillado, relinchaba suavemente y de vez en cuando bata el suelo con
los cascos y luego, uno tras otro, todos los machos la poseyeron. Muy pronto estuvo cubierta de sangre pero, despus de la primera exclamacin, no volvi a gritar. Yo luch y
mord al bayo que me sujetaba; murmur algo, como si le sorprendiera que existiera algn vnculo entre dos miembros de una especie que, sin duda, le pareca inferior. La luz
rojiza baaba a los centauros, y sus tatuajes florecan como danses macabres sobre sus
lomos. Ninguno de los machos pareca experimentar el menor placer; realizaban el acto
gravemente, como si fuera una obligacin.
Lo nico que yo poda hacer era mirar y sufrir con ella; conoca por mi propia experiencia el dolor y el ultraje de una violacin. Los centauros me mantenan apartado, quiz
porque mi nica ofrenda era demasiado angosta, o porque desconocan esa forma de
acoplamiento. En el fondo de mi mente revoloteaba la imagen torturante de una muchacha pisoteada por caballos. No recordaba cundo ni dnde haba visto esa terrible escena; pero era el ms grfico y obsesivo de mis recuerdos; luego una voz, la voz quebrada, spera, ebria, del propietario del cosmorama me dijo que de algn modo, sin saberlo,
era el instigador de esta horrible situacin. Mi dolor y mi agitacin crecieron desmesuradamente.
Mientras los machos practicaban aquel horrible y prolongado asalto a Albertina, el
bayo organiz en fila a las hembras, y comprend que no quedara excluido de ese juego
salvaje. Pero me trataron con mucha menos severidad, porque respetaban el principio
viril y despreciaban al femenino, y el objetivo de mi tormento slo era humillar a sus
propias mujeres, que me acariciaron por turno, como se les haba ordenado, pero con
gran suavidad. Fui vctima de las caricias de veinte o treinta de las ms tiernas aunque
perversas madres, y algunas se inclinaron para besarme con sus bocas de terciopelo empapado y sus rostros cubiertos de permanentes mscaras de encaje, de modo que no pude contener el placer mientras el bayo me sostena con tanta fuerza que apenas poda gemir. sa fue la ms sutil de las torturas: yo goc de exquisitas sensaciones en la misma
mesa en que los machos abusaban cruelmente de la carne de mi bienamada. Varios olores llenaban mi nariz: a caballo, al humo de sus teas de pino, al aceite perfumado que las
mujeres usaban en el pelo, a sangre, a semen y a dolor; el aire mismo pareca condensarse y enrojecer. Aunque Albertina era objeto de una violacin, los machos evidentemente lo ignoraban. No demostraban entusiasmo ni gratificacin. Slo era una nueva
forma de ritual, una nueva invocacin al Padrillo Sagrado.
Haba en ellos una clara actitud masoquista. No se limitaban a usar el ltigo con fines
religiosos, lo empleaban continuamente contra s mismos y contra los dems, haciendo
de la ms leve falta real o imaginaria el pretexto para una flagelacin. Se enorgullecan
cuando ms delgado era el lecho de paja que podan soportar para dormir.

Les gustaba sentir el hierro al rojo en sus cascos cuando el sacerdote los herraba, pues
el Padrillo Sagrado les haba enseado el arte del herrero; y si les hubiese ordenado llevar bridas con pas, las habran ostentado orgullosamente. Los centauros tenan todas
las virtudes y defectos del estilo heroico.
El bayo fue el ltimo que sirvi a Albertina, mientras el blanco Maestro del Tatuaje,
me sujetaba. De todos los violadores, el bayo fue el ms impasible. Despus, en silencio, todos se marcharon a sus hogares y slo quedaron en el establo el bayo y su familia.
La pareja del bayo, una yegua ruana con el rostro de Juno, puso sobre el fuego un caldero colgado de un gancho, y me pregunt si se proponan acabar la noche cocindonos
vivos. Pero el bayo resopl, sec su entrepierna con un poco de heno, tom un libro encuadernado en cuero de un alto estante y se sent junto al fuego. Los tres hijos -un varn de doce aos, todava sin herrar; una hembra de quince, mitad ninfa de los bosques,
mitad alazana, y un potrillo que apenas poda mantenerse en pie- se alinearon frente a l
y se pusieron de rodillas, para recitar el catecismo mientras l los interrogaba.
La muchacha estaba completamente cubierta de una rplica de caballos y racimos que
le daban el aspecto de estar espiando desde atrs de un viedo, pero el artista apenas haba comenzado su tarea con el chico, que slo tena en su piel el esbozo de la figura
central de un dibujo completo: un padrillo rampante. Iba a visitar al Maestro del Tatuaje
todas las maanas, despus de las oraciones, y el dibujo se iba completando progresivamente de modo que, delante de nuestros ojos, esa figura viva se haca cada vez ms clara a lo largo de nuestra estada y podamos medir el paso del tiempo por los delicados
progresos de la tarea. El padre haca las preguntas, y los nios daban las respuestas rituales; pareca que nos haban olvidado y yo me arrastr por la mesa hasta Albertina. Haba perdido el conocimiento. La abrac y hund mi cara en su pelo desordenado.
Las dimensiones del establo y de los seres que all vivan eran apenas superiores a las
de los seres e instalaciones humanos; eso, sumado a la fuerza sobrehumana y a la inconmovible gravedad de nuestros huspedes o captores me haca sentir como un nio a
merced de adultos incomprensivos, y no de ogros. Incluso, la violacin pareca uno de
esos castigos de los que suele decirse que causan ms dao a quien los inflige que a quien los sufre, aunque no s por qu haba sido castigada Albertina, como no fuera por ser
hembra en una medida desconocida para ellos. Cuando la yegua ruana levant la vista
del fuego y me vio afligido junto a mi amada desvanecida, se despert su carcter esencialmente maternal. Se acerc, mir a Albertina, respetuosamente desaprob la conducta
de su amo y acarici el rostro de Albertina con mano compasiva. Cre que con el agua
que estaba calentando se propona lavar la mesa porque estaba muy sucia y la casa era
muy limpia; pero retir la olla del gancho y me la ofreci para que me lavara, mientras
ella con un puado de heno humedecido limpiaba cuidadosamente la sangre y las secreciones del cuerpo de Albertina. La olla de los centauros era una tina que me llegaba a la
cintura; cuando termin, me indic que me secara delante del fuego; ella acost a Albertina en un lecho de paja y cuando advert que los prpados de mi amada se movan, corr a su lado.
La yegua volvi a hablar con su marido y luego se dirigi a m, en tono interrogativo.
Cre que me preguntaba si Albertina era mi mujer, y repet el sonido que ella haba emitido en tono decididamente afirmativo. Pareci sorprenderse, sonri con ternura, permiti que nos echramos juntos y nos cubri de paja, mientras la leccin de catecismo
continuaba en voz baja.
Durante la noche debi de haber hablado con su marido, porque cuando l se acerc a
nuestro lecho a la maana siguiente, me pidi excusas por haber abusado de mi mujer, y
por lo tanto de mi propiedad, y me bes los pies. Llor. Se azot con el ltigo. Despus
sali a oficiar el servicio de la maana y ms tarde tom el desayuno con toda la familia,

sentado en un tronco que su esposa me ofreci mientras los hombres, sentados sobre sus
patas traseras, coman con las manos de unos platos de madera. Las mujeres deban esperar que los hombres terminaran antes de ocupar su lugar. Albertina no poda moverse
de su lecho, y con gran esfuerzo logr beber algunos sorbos de la leche que le ofrec.
La dieta de los centauros era sencilla. Las mujeres molan el grano con utensilios de
piedra y hacan unos panes chatos, delgados y redondos que coman con miel silvestre,
que a veces utilizaban para conservar deliciosas frutas. Por la maana y por la tarde ordeaban los cactos y recogan la leche en cubos de madera; fermentada, se converta en
una bebida agria pero reconstituyente. Hacan quesos blancos, de sabor delicado, que se
desmigajaban con facilidad. Cultivaban huertos de frutas, races y tubrculos; recogan
setas y verduras en el bosque, y las coman crudas, aliadas con aceite y vinagre. Hacan jarabe de bayas, pero el Padrillo Sagrado no les haba revelado el misterio del alcohol, de modo que su religin era una variante abstemia y espartana del culto de Dionisos, y slo usaban las uvas en las ensaladas y para hacer dulces. Esa dieta vegetariana
les daba msculos de hierro. Sus dientes eran blancos y perfectos. Moran nicamente
de accidentes y de vejez, pero sta slo llegaba al cabo de muchos aos.
Sin embargo, sus vidas eran tranquilas slo en apariencia. Cada da de la semana y
cada semana del ao estaban impregnadas del continuo drama divino que se revelaba en
la voz de los cantantes y en el transcurso de las estaciones, de modo que todo lo vivan
en trminos dramticos, lo cual les otorgaba a las mujeres cierta dignidad que de otro
modo no se les hubiera concedido, porque cada una de las ms insignificantes tareas domsticas, buscar agua en la fuente, hacer la limpieza, quitarse unos a otros los piojos de
las crines y las colas, se cumplan como en un teatro divino, como si, por ejemplo, cada
hembra fuera la encarnacin de la arquetpica Yegua Nupcial en el momento de limpiar
el Establo del Cielo; aunque la Yegua Nupcial fuera slo una pecadora penitente, era un
elemento esencial en la pasin del Padrillo Sagrado.
Por lo tanto, tanto hombres como mujeres ocupaban cada minuto del da en tejer y
bordar la maravillosa tela del mundo en que vivan; como Penlope, nunca acababan su
labor. Y esto era esencial: que fuese interminable, porque la deshacan al concluir el ao
y, cuando reapareca el sol despus del da ms breve, la reiniciaban. El rbol caballo de
la Colina Sagrada era el centro de su universo, porque era el esqueleto viviente del Padrillo Sagrado, puesto all para ellos, como una advertencia autoritaria, por la deidad misma. Su conducta estaba reglamentada por las respuestas del rbol a las estaciones, y el
Padrillo Sagrado mora cuando caan las hojas. Sin embargo, a pesar de su santidad, el
rbol no era en realidad ms que una especie de reloj vegetal antropoide, que les marcaba el momento adecuado para entonar ciertas cantatas en coro. Como he dicho, su liturgia era suficientemente amplia y flexible; si una noche un rayo hubiera cado sobre el
rbol, la Iglesia del caballo habra absorbido el acontecimiento con una nueva mutacin
del mito central, tras un perodo de reorientacin espiritual.
No eran bestias fabulosas: eran enteramente mticas. A veces crea que no eran centauros sino hombres con una conviccin tan arraigada de que el universo era un caballo
que les resultaba imposible admitir ninguna prueba que sugiriera otra cosa.
Su lenguaje era mucho ms sencillo de lo que yo haba credo inicialmente. Consista,
sobre todo, en grupos de sonidos y en intuiciones, y aunque era muy distinto de cualquier lenguaje humano, no era difcil comprenderlo; antes de que transcurrieran tres semanas, Albertina y yo poseamos ya los rudimentos necesarios para sencillas conversaciones con los centauros, que nos revelaron la consternacin en que los haba sumido nuestra llegada.
Habamos perturbado su ciclo, y an estaban atravesando un penoso perodo de reajuste. Haban examinado sus libros sagrados, sin encontrar frmulas de hospitalidad.

ramos los primeros visitantes que reciban en toda su historia legendaria y cuando aprendimos a decir el equivalente de buenos das su consternacin alcanz la cumbre
del vrtigo, porque no haba un solo sonido en su lenguaje para denominar a un ser sensato y capaz de comunicarse que no fuera, en su mayor parte, caballo.
Pero como nos haban encontrado en la Colina Sagrada saban que ramos una seal
del cielo, aunque no haban desentraado su significado. Mientras debatan el problema,
tomaron ciertas precauciones higinicas. No nos permitan participar de sus maitines ni
de su oracin vespertina; tampoco nos dejaban completamente solos, temiendo que pudiramos propagar otras maravillas indigeribles antes de que ellos nos digirieran a nosotros. De todos modos, nos trataban con amabilidad, y cuando obtuve el permiso del
bayo para leer sus libros, empec a llenar los das aplicando mi vieja habilidad con las
palabras cruzadas para resolver el enigma de sus runas.
La pobre Albertina necesit mucho tiempo para reponerse de su ordala. La yegua ruana y yo la cuidbamos y la alimentbamos con leche caliente endulzada con miel y una
cremosa papilla de cereal; aunque la mantenamos abrigada su fiebre slo cedi al tercer
da, y durante ms de dos semanas sigui cojeando. Valientemente, muy pronto dej de
asustarse al ver al bayo; los nios le traan fresas silvestres sobre hojas frescas o ramos
de amapolas y margaritas que crecan en los campos, porque la consideraban un ser sagrado. Yo me instalaba junto a Albertina, con mis libros, mientras la yegua ruana haca
los quehaceres domsticos. Albertina me hablaba, como suelen hacer quienes estn enfermos y lejos del hogar, de su infancia en el castillo de Hoffman, de su padre, a quien
rara vez vea pero admiraba profundamente, de su frgil madre de ojos almendrados que
haba muerto muy joven, de sus pjaros, sus conejos y sus juguetes. No hablaba de las
investigaciones de su padre ni de la guerra; pareca contentarse con descansar y recuperar las fuerzas. Me pidi que estuviera alerta a las patrullas areas, de modo que todas
las maanas suba a examinar el cielo desde la Colina Sagrada; aunque slo vea nubes
y aves, ella no abandonaba la esperanza y deca: Quiz maana. Mis visitas a la
Colina Sagrada sirvieron para confirmar la teora de los centauros, que nos atribua la
naturaleza de los nmenes.
Cuanto ms tiempo pasaba al lado de Albertina, ms la amaba.
Finalmente consegu entrever algunos aspectos de la cosmogona de los centauros.
Los libros del Padrillo Sagrado haban sido escritos con los pinceles que usaban para
el tatuaje, sobre una especie de pergamino hecho con la corteza de ciertos rboles cuyas
hojas semejaban colas de caballo, porque crean en un elaborado sistema de correspondencias. La escritura cuneiforme se basaba en las marcas de sus propias herraduras;
aunque todos los hombres saban leer, slo el Escribano tena derecho a escribir. Era un
conocimiento hermtico que se transmita de hijo mayor a hijo mayor. Si la mujer del
Escribano no le daba hijos, se le permita que la abandonara y tomara una nueva esposa.
La descendencia era tan importante que slo en este caso permitan el divorcio. La escritura era la sencillez misma: el tamao de las marcas guardaba correspondencia exacta
con los sonidos; y despus de unas pocas lecciones del bayo, pude descifrarla bastante
bien, para su asombro.
Se llamaban a s mismos Simiente Deformada del Arquero Oscuro, aunque ese nombre era tan terrible que no se deba pronunciar en alta voz, y slo se lo poda susurrar el
Cantor a su sucesor durante las tres semanas de iniciacin. La conciencia de la condena
inminente los obligaba a rezar con fervor y a imprimir en sus lomos la marca de Can.
Ostentaban orgullosamente sus mutilaciones. sta era la contrapartida, secreta pero reconocida, que explicaba la pasin con la que cumplan su culto.
Separ del contenido la gruesa corteza retrica, ignor las historias de los hroes menores y obtuve el siguiente esquema: la Yegua Nupcial se casa con el Padrillo Sagrado,

que la prea enseguida, pero ella lo engaa con un pretendiente anterior, el Arquero Oscuro. Espoleado por los celos, el Arquero Oscuro hiere en el ojo al Padrillo Sagrado con
una flecha. Al morir, el Padrillo Sagrado condena al Arquero Oscuro a tener hijos deformes. El Arquero Oscuro y la Yegua Nupcial se comen al Padrillo Sagrado para ocultar
su crimen, pero la desolacin cae de inmediato sobre el pas. Arrepentidos, se azotan feroz y mutuamente durante treinta y nueve das. (Este perodo corresponde al ayuno invernal y sin duda hubiera sido asombroso contemplarlo, pero no nos quedamos entre los
centauros el tiempo suficiente.) Al cabo de cuarenta das, la yegua, en un parto urobrico, da a luz, con mucho sufrimiento, nada menos que al Padrillo Sagrado mismo, que
asciende al Establo del Cielo en la forma de un potrillo. El resto del ao litrgico se
ocupa del supremo y prolongado perdn del dios, y de sus enseanzas: el arte de cantar,
la tcnica de la herrera, el cultivo del cereal, el cultivo de cactos, la elaboracin del queso y la escritura as como tambin las incontables normas que deben cumplir para expiar sus pecados. Cuando ha crecido, el Padrillo Sagrado desciende del cielo y vuelve a
casarse con la Yegua Nupcial.
Por eso menospreciaban a las mujeres! Por eso no probaban la carne! Por eso colgaban un arco roto del rbol caballo! As comprend que no se limitaban a tejer una tela
ritual que los cubriera, sino que usaban las herramientas rituales para revestir los mismos muros del mundo.
Albertina estaba tan interesada como yo en la vida de los centauros, pero no con una
curiosidad tan simple y pueril como la ma. Le preocupaba el problema del grado de realidad de los centauros, y cuanto ms hablaba de esto, ms admiraba yo su despiadado
empirismo, porque estaba convencida de que, aunque todos los machos del pueblo la
haban posedo, esas bestias slo eran emanaciones de sus propios deseos, surgidos de
los oscuros abismos del inconsciente y objetivamente realizados. Y me dijo que, segn
la teora de su padre, todos los objetos y personas que habamos encontrado entre la desquiciada gramtica del Tiempo Nebuloso derivaban de fuentes similares: mis deseos, los
de ella, los del conde. Al principio, especialmente los deseos del conde, porque l viva
ms prximo a su inconsciente que nosotros. Pero ahora, quiz, nuestros deseos haban
alcanzado el da de su independencia.
Record las palabras de otro sabio alemn y las cit: En el inconsciente, nada se puede crear ni destruir
[2]. Sin embargo, vimos al conde destruido; y yo mismo mat al jefe canbal.
- La destruccin es slo otro aspecto del ser -respondi Albertina categricamente, y
tuve que conformarme con eso.
No obstante, comamos el pan de los centauros y nos nutra. Comprend entonces
que, si lo que ella crea era verdad, esos fantasmas no eran en modo alguno insignificantes, porque la existencia de la metdica realidad en cuyos lechos de paja dormamos, cuyo lenguaje estbamos obligados a aprender, esa compleja realidad, con sus fuegos, sus
quesos, su complicada teologa y su magnfica escritura; ese mundo concreto, autntico,
coherente, slo haba sido engendrado por la dinmica de los fenmenos, slo era el
producto de un devenir al azar, la primera de las maravillosas flores que se abriran en la
tierra que Hoffman haba abonado para ellas por medios de los que Albertina, hasta ahora, no haba dicho una palabra, aunque reconoca su relacin con el deseo, la energa radiante y la persistencia de la visin. Por lo tanto, vivamos segn las leyes autnomas de
un grupo de fenmenos sintticamente autnticos.
Como no posean una palabra para husped, ni siquiera para invitado, comenzaron a tratarnos finalmente con una exasperada compasin; pero mientras no nos incorporaran a su liturgia, slo ramos, en el mejor de los casos, irrelevancias irritantes que

los distraan de la majestuosa pompa de su vida ritual. Ni siquiera podamos ensearles


algo. Saban todo lo que necesitaban saber; una vez intent explicarle al bayo que la
gran mayora de las instituciones sociales del mundo haban sido creadas por seres bpedos, dbiles y de piel delgada, muy parecidos a Albertina y a m, pero me contest que
menta. Porque, precisamente por ser hombres, tenan muchas palabras para describir la
mentira: no eran Houyhnhnms.
Cuando pudimos hablar con fluidez su lenguaje y Albertina se recuper, la pusieron a
trabajar en el campo con las mujeres durante la poca de la cosecha. Deban segar las
mieses y traer los haces cargados a la espalda. Una vez completada la cosecha trillaban
el grano en un terreno comunal, mientras se cantaban himnos semiseculares. Albertina
pronto adquiri el tono trigueo de una india, ya que la pigmentacin amarillenta de su
piel oriental reciba el sol tan amistosamente como mi propia piel. Volva a casa al dorado atardecer con collares de espigas, como las deidades paganas de las pastorales, y desnuda como una piedra, porque jams nos devolvieron nuestras ropas y tampoco necesitbamos cubrirnos, pues el clima era siempre clido. Aun cuando todas sus heridas estaban curadas, Albertina no me permita que la tocara ni me deca por qu, excepto que
todava no haba llegado el momento. Vivamos como hermanos que se aman y ella a
veces me inspiraba leve temor porque en sus ojos fulguraban oscuros relmpagos o surcaban su cara las profundas arrugas del busto de un filsofo. Saber que era distinta me
angustiaba, porque Albertina era la nica heredera del reino de su padre, y ese reino era
el mundo entero. Y yo no posea nada. La familiaridad no disminua el magnetismo que
Albertina tena para m. Cada da la encontraba ms maravillosa y la miraba durante horas, como si me alimentara de sus ojos. Por lo que recuerdo, ella tambin me miraba.
ramos prisioneros de los centauros y no sabamos si algn da seramos libres, a menos que las patrullas areas de su padre nos localizaran.
A m, por ser hombre, no me permitan trabajar y parecan satisfechos de verme errar
por el pueblo, aprendiendo lo que poda. Quizs al verme inclinado sobre sus libros,
pensaban que podran utilizarme en sus ceremonias, como portador de la tinta o fustigador asistente. No lo s. Pero s que trazaban planes para nosotros. Cuando el Cantor, el
Maestro del Tatuaje, el Herrero y el Escribano se reunan, siempre hablaban en susurros.
Luego empezaron a reunirse con mayor frecuencia. El Escribano, rodeado por un coro,
se sentaba por las noches ante la mesa de su establo y escriba en un gran libro nuevo.
Cuando supe cmo se haca el tatuaje, descubr que era un arte tan notable como atroz. En primer lugar, elegan un dibujo entre los antiguos volmenes de modelos, y lo
copiaban sobre la piel. En seguida empezaba el dolor porque el artista no usaba agujas,
ms humanas: en un cofre sagrado guardaba su arsenal de punzones de punta triangular
y sus gubias. l mismo mezclaba y mola sus pigmentos. Con sus hijos -sus aprendicessala al bosque a buscar los ingredientes; los colores, provenientes de minerales o de
plantas secas y pulverizadas, en general eran suficientemente txicos como para provocar un efecto comparable a una quemadura y un terrible escozor, aunque la piel de la
parte hombre de los centauros era mucho ms gruesa que la humana. Por la maana, era
comn ver jvenes que se rascaban febrilmente la espalda a medio tatuar contra los
troncos de los rboles, despus de visitar al Maestro. Cuando trabajaba, el establo del
Maestro del Tatuaje se converta en una mezcla de quirfano y capilla.
La mujer del Maestro fregaba la mesa y pona una almohada de paja: all la joven vctima apoyaba la cabeza mientras se echaba boca abajo y los tres hijos del artista, en fila,
ofrecan, uno los punzones, otro la pintura y el tercero agua y una esponja. El Cantor, en
la cabecera de la mesa, empezaba a celebrar la magia simptica del emblema: el que llevaba el caballo impreso en la piel asuma las virtudes equinas. Entonces el Maestro sumerga el pincel en la pintura con su mano izquierda y, con la derecha, tomaba un pun-

zn o una gubia, segn la profundidad de la lnea deseada, frotaba contra el pincel el


instrumento e introduca el colorante debajo de la piel; luego el tercer hijo limpiaba la
sangre con una esponja. Cada sesin duraba una hora. El Maestro del Tatuaje trabajaba
todo el da. Los dibujos ms complicados -reservados a los hijos de los dignatarios eclesisticos- le demandaban un ao de trabajo; las mujeres sufran terriblemente con los tatuajes que rodeaban los pezones. El canto que acompaaba al trabajo del Maestro era el
nico analgsico.
El tatuaje del hijo del bayo estaba casi terminado. En pocas horas ms sera una obra
de arte religioso tan magnfica como absurda. Pero no llegamos a ver su ridculo esplendor final porque un da el bayo me dijo, durante el desayuno:
- Ella no debe ir hoy a los campos. Vendr a buscaros a ambos despus de las plegarias, y vendris a la Colina Sagrada.
Sonri torvamente aunque con cierto afecto o, ms bien, cierta condescendencia, dado que yo ni siquiera poda sentarme decentemente sobre mis cuatro patas, mientras Albertina esperaba con su esposa y su hija su turno para el desayuno.
No tenamos la menor idea de lo que nos ocurrira en la Colina Sagrada, porque estbamos en el Tiempo Nebuloso. Todo lo que pudimos hacer fue ayudar a la yegua ruana
a limpiar los platos de madera y esperar a que el bayo regresara. Yo saba por mis estudios que ese da no estaba previsto ningn rito especial. Estbamos en la poca de la
TRANSMISIN DEL CONOCIMIENTO DIVINO, NMERO DOS, que se refera al
arte del herrero. Sin embargo, neciamente, no sospech nada. Apenas ellos comprendieron el dao que la violacin le haba causado a Albertina, concluyeron que nuestra
constitucin era ms dbil que la suya y empezaron a tratarnos con el mayor respeto. De
todas maneras no creo que hayan imaginado nunca hasta qu punto ramos ms dbiles.
No les era posible. Y, como todos los adultos, estaban absolutamente seguros de que siempre saban qu era lo mejor.
A pesar de todo, tuve los primeros presentimientos cuando vi una solemne procesin
alineada ante el establo del bayo; el Cantor inici un himno que yo jams haba odo.
Evidentemente, era un da especial, porque ninguna de las mujeres haba salido al
campo. Hasta el Maestro del Tatuaje haba abandonado su mesa para ocupar un lugar
destacado en la procesin junto a sus hijos; el Herrero, cubierto de holln, haba abandonado su forja, mientras el Escribano encabezaba la marcha. Su hijo sostena ceremoniosamente el libro nuevo en que haba estado trabajando. Quizs era un da de fiesta, porque todas las mujeres traan cestas de picnic; pero los centauros no tenan una palabra
para fiesta. Entonces, el bayo nos tom de la mano, a Albertina y a m, y todos salimos del pueblo mientras l cantaba un nuevo himno llamado CONSAGRACIN DE
UN LIBRO DE ESCRITURAS RECIENTEMENTE DESCUBIERTO.
Una dbil niebla cubra los campos esa maana, y no podamos ver ms all de las
doradas espigas que rozbamos al pasar, ni or otra cosa que la voz de bartono color de
caoba del bayo y el rumor regular de los cascos en el fangoso sendero. Como era el Tiempo Nebuloso, cualquiera poda imaginar que se trataba de la primera madrugada, el
instante anterior a todos los tiempos, ya que el Tiempo Nebuloso era el tero del tiempo.
Por primera vez, conducido como un nio por el gran bayo cuya forma era tanto ms
noble que la ma, y cuyo sentido de la coherencia del universo era tan inflexible, empez a vacilar mi propia conviccin de que yo era un hombre llamado Desiderio, nacido
de cierta madre en cierta ciudad, amante de cierta mujer. Si yo era un hombre, qu era
un hombre? El bayo me ofreca una definicin lgica: un caballo en un estado de decadencia definitiva; bpedo, sin crin, sin cola. Era un enano deforme, maltrecho, desnudo,
que un da olvidara para qu fin serva su propio nombre. Y la cosa morena y con senos
que el bayo llevaba con su otra mano era mi mujer. De la cintura para arriba era tolerab-

le aunque fea, pues no era equina; de cintura para abajo era vil. Adems estaba incompleta, porque su piel careca de las cicatrices indispensables. Qu desnudos estbamos!
Yo haba empezado a considerar que los centauros eran nuestros amos, aunque Albertina
me lo haba advertido: Slo las presiones del Tiempo Nebuloso nos obligan a vivir con
semejante conviccin. Tal vez yo buscaba realmente un amo; quiz toda la historia de
mis aventuras podra titularse Desiderio en busca de un amo. Pero yo slo quera encontrar un amo -el ministro, el conde, el bayo- para apoyarme en l un momento y rer
burlonamente despus.
Si Albertina hubiese sabido hasta qu punto yo era despreciable, no habra pensado
en m dos veces.
Cuando llegamos a la Colina Sagrada, todos relincharon Aleluya! y evacuaron.
Luego esparcieron la paja que traan para que Albertina y yo no tuviramos que descansar sobre el estircol al acostarnos. El Escribano clav el nuevo libro en el rbol. Las
plegarias fueron interminables. El Maestro del Tatuaje y el Cantor entonaron una largusima cantata para tenor y bartono mientras los tres nios que traan los instrumentos de
tortura aguardaban con la ciega indiferencia de los rboles.
Al final descubr cules eran sus propsitos.
Seramos tatuados en la Colina Sagrada, all donde el Padrillo Sagrado nos haba puesto inicialmente. Nos haba enviado al mundo para que su rebao supiera qu horribles
formas podra tener si no obedeca an ms estrictamente a sus dogmas. Pero en su infinita piedad, el Padrillo haba decidido integrarnos a la caballada celestial. Imprimiran
en nosotros su imagen y, para que fusemos an ms parecidos, clavaran a nuestros pies, con clavos al rojo, herraduras. Luego nos llevaran a la selva y nos entregaran a los
Espritus. Es decir, a los caballos salvajes, que seguramente nos pisotearan hasta la muerte.
Clavo Ardiente en persona relinch y ech atrs su crin. Omos todas las palabras.
Mir a Albertina y vi que lloraba. Extend mi mano y apret la suya. Cualquiera que fuese la realidad de los centauros, ciertamente posean la capacidad de privarnos de toda
realidad, porque era seguro que moriramos juntos, si no a causa del primer sacramento,
a causa del segundo; y si logrbamos sobrevivir el tercero acabara sin duda con nosotros. Recobr la calma porque la situacin estaba totalmente fuera de nuestro control: si
ramos vctimas de deseos desconocidos y desenfrenados debamos morir, porque mientras esos deseos subsistieran, terminaramos matndonos mutuamente.
S. Ya entonces lo pens.
El Maestro del Tatuaje se arrodill y cogi el pincel. Ella tembl cuando sinti la helada y hmeda lengua de crin que lama su columna vertebral, y apret an ms su mano. La congregacin marcaba el ritmo con sus cascos. El Cantor enton y represent,
creo, la DANZA DEL PINCEL DE CRIN. No s cunto tiempo transcurri antes de que
su espalda estuviera completamente tatuada; no s cunto tiempo fue necesario para que
me tatuaran pero, cuando terminaron, detuvieron la ceremonia para comer y nos dieron
leche y panes, aunque no permitieron que nos levantramos porque la pintura an estaba
fresca. Albertina temblaba, y yo record su expresin cuando era Lafleur. Saba que ella
era infinitamente ms valiente que yo.
Al final de la maana, el sol brillaba con fuerza. La niebla del alba se haba desvanecido y el cielo estaba sorprendentemente azul y claro. Ella se incorpor sobre los codos
y, protegiendo sus ojos con la mano, mir a los lejos. Record a Lafleur cuando presenta una tormenta; ella buscaba las patrullas areas de su padre. Yo no crea en las patrullas. Aunque Albertina segua temblando, no era de miedo sino de esperanza, o quiz de
cansancio. Apret mi mano con tanta fuerza que sus uas se clavaron en mi palma. Me

acord del papel en el bolsillo del sobrino del propietario del cosmorama. Mis deseos,
concentrados en un solo punto
Estoy seguro de que lo que ocurri despus fue una casualidad. No lo dudo. Apostara
mi vida a que lo fue.
- Mira! -susurr, respirando triunfalmente.
A lo lejos, el sol resplandeca en las alas de un pjaro metlico.
No era eso lo ms sorprendente; no era sa la coincidencia ms extraordinaria. La letana se reanud, y el Cantor derram casi encima de nosotros un xtasis tan maravilloso que ya no pude ver nada, salvo sus cascos y su grupa sudorosa girando a nuestro alrededor. Su consumacin lo derrib: extendido en el suelo, sacudi espasmdicamente los
cascos. En ese momento o el zumbido de un motor; ellos estaban demasiado excitados
para escucharlo, o lo confundieron con el zumbido de un insecto en el trigal. La savia
del rbol caballo sigui zumbando. Lleg el momento culminante. El Maestro levant el
pincel y el punzn. Y sa fue la coincidencia: en el mismo instante en que se inclinaba
para hacer la primera incisin, el rbol caballo se incendi.
encendern todo lo que encuentren a su paso.
Quizs el Escribano haba terminado un nuevo libro, pero no haba tiempo para tales
improvisaciones. El libro arda. El estircol seco, al pie del rbol, crepit instantneamente, y un lazo de llamas captur la cola del bayo. Sacudi en todas direcciones su
tea ardiente, aullando, y expeli estircol, aterrorizado. El Maestro del Tatuaje se convirti en un caballo de marfil y de fuego y sbitamente todos ardieron, todos los sacerdotes que nos rodeaban y tambin nuestro lecho de paja. Albertina y yo nos pusimos de
pie de un salto y atravesamos la muralla de fuego, corriendo tan velozmente como podamos, entre la barahnda de relinchos, hacia el helicptero que acababa de posarse en el
trigal.
***
8. El castillo
Mientras el copiloto registraba la escena con una cmara de televisin, el helicptero
se elev entre un torbellino de estruendo intermitente. Cuando mir hacia abajo, vi abrirse el amplio valle de los centauros como un abanico francs neoclsico del siglo dieciocho pintado por un discpulo de Poussin, y cerrarse progresivamente mientras volbamos a tan baja altura que las ramas rozaban el aparato. Los ltimos meses de nuestras
vidas se desvanecieron sin dejar rastros; o que el piloto llamaba a Albertina Seora y
luego Generalsimo Hoffman. Cuando me apart de la ventanilla, ella se haba puesto
ya un traje de combate, de tela fuerte de sobrio color oliva, y en ese momento se peinaba el pelo negro que haba crecido casi hasta su cintura durante nuestro cautiverio. El
copiloto dej su cmara y busc ropas para m. Ahora que ella estaba vestida me avergonzaba mi desnudez y me cubr de prisa aunque con torpeza.
- Soy un explorador de avanzada del general? -pregunt, pero ella se limit a sonrer,
ausente, y examin el mapa que el copiloto le haba dado. Tanto l como el piloto eran
jvenes robustos y silenciosos de birrete negro, y fumaban largos cigarros negros. Hablaban un lacnico francs y yo pens que muchas veces haba visto hombres parecidos,
pero slo en los noticieros cinematogrficos. Me dieron caf de un termo y me hicieron
sitio para que pudiera sentarme. Haca tanto tiempo que no estaba en el siglo veinte que
me sent atolondrado. La radio empez a graznar mensajes en el lenguaje de mi pas. No
lo haba escuchado durante mucho tiempo; mientras vivamos con los centauros, Albertina y yo lo usbamos como una lengua privada, como las que inventan los nios para

sus secretos, y me asombr recordar que era una propiedad comn. El caf era fuerte y
estaba caliente; abrieron un paquete de sndwiches de jamn. Albertina alis displicentemente su pelo y, al hacerlo, dej a un lado todo su romanticismo. Su rostro era duro,
moreno e impersonal. Beb el caf. Ella habl por la radio pero no pude entender qu
deca, por el ruido del motor.
Cuando dej de hablar le devolvi el micrfono al piloto, suspir, sonri, y se acurruc a mi lado.
- No eres mi explorador -dijo-. El doctor te dar una misin. Me lo acaba de decir.
- Aunque pertenezca al bando contrario?
- Irs adonde yo vaya -me contest, con tal conviccin que guard silencio, porque
acababa de comprobar que sus pasiones podan incendiar un rbol y ahora que nos encontrbamos en el mundo real no estaba convencido de querer arder con ella, por lo menos todava. Senta una inexplicable indiferencia hacia ella. Quiz porque era una nueva
mujer, la anttesis de mi cisne negro y de mi ramo de huesos ardientes: era un soldado
recio y antisptico ante quien se inclinaban los subordinados. Yo empezaba a sentirme
prfido, porque no tena el menor respeto por la jerarqua ni por la subordinacin.
- Y mi ciudad? -pregunt, chupando el cigarro que me haba dado el piloto.
Ella frunci el ceo, sobre su vaso plstico de caf.
- El curso de la guerra ha sido dramticamente alterado por la destruccin del conjunto de muestras. Mientras mi padre modificaba los transmisores, el ministro complet su
equipo de computadoras c inaugur un programa denominado Rectificacin de Nombres. A pesar suyo, se vio obligado a utilizar armas filosficas o, como l probablemente
preferira llamarlas, armas ideolgicas. Decidi que slo poda mantener un estricto
control de cada objeto real si haca que su nombre concordara con l perfectamente. De
ese modo, comprendes?, no habra ninguna sombra entre la palabra y la cosa descrita.
El ministro supone que mi padre acta en la zona de sombras que se extiende entre lo
pensable y la cosa pensada, y que si logra destruir esa diferencia, destruir tambin a mi
padre. Me sigues?
- Ms o menos.
- El ministro ha creado un nuevo slogan: El nombre exacto hace la luz. Es un
hombre de poderoso intelecto pero escasa imaginacin. Y por eso puede oponerse a mi
padre, naturalmente. Piensa que cuando los nombres sean exactos, la consecuencia automtica ser el orden perfecto y, por lo tanto, el gobierno perfecto en trminos confucianos. Por eso ha despedido a todos sus fsicos y ha organizado un equipo de positivistas
lgicos de la Escuela de Filosofa de la Universidad Nacional, a quienes ha impuesto la
tarea de fijar todos los fenmenos compilados en sus computadoras en el slido cemento armado de un conjunto de nombres que se corresponden con ellos. Irnicamente, su
tarea se ha visto facilitada por la flexibilidad de la identidad producida durante la etapa
del Tiempo Nebuloso.
Hizo una pausa. Un resplandor amarillento inundaba la cabina.
- Mira. Estamos cruzando el desierto, la madre de los espejismos -dijo.
No haba ms selva; slo arena que se mova en secas espirales del color de la esterilidad y, encima, un cielo tan inerte como la tierra.
- ste es el mundo de tu ministro -continu ella-. No tiene bastante imaginacin para
comprender que las ms monstruosas aberraciones florecern una vez que el suelo haya
sido desinfectado de la imaginacin.
Aunque yo la amaba ms que a nada en el mundo, record la msica de Mozart y le
susurr a la Reina de la Noche:
- No pienso lo mismo.
Pero ella no me oy a causa del ruido de los motores y las hlices.

- Cuando los transmisores volvieron a funcionar, las imgenes que envibamos rebotaron en las murallas intelectuales que el ministro haba construido. Mi pobre padre
se desconcert, porque yo me haba extraviado en el Tiempo Nebuloso cuando ms me
necesitaba.
El helicptero segua a su propia sombra sobre el reino de la muerte espiritual.
- Pero ahora, por fin me he comunicado con l: slo espera nuestro regreso para abrir
el Segundo Frente.
- Nuestro regreso? Te espera y me espera?
- S -dijo Albertina, y volvi hacia m sus ojos hechiceros de modo que el deseo me
dej sin aliento y la cabina se disolvi en nuestro beso. No obstante, en el centro de mi
corazn persista la duplicidad. Yo estaba identificado desde el principio como el hombre del ministro, a pesar de mi apata e incluso de mi frialdad, porque tambin yo habra
rendido culto a la razn si alguna vez hubiera descubierto su altar. La razn estaba impresa en m como un cromosoma, aunque amaba a la suprema sacerdotisa de la pasin.
Sin embargo nos besamos, y los pilotos se cubrieron los ojos como si no pudieran aguantar nuestro resplandor.
Luego el piloto divis un fuerte amurallado y, a su lado, un campo de aterrizaje donde
haba dos austeros aviones militares. Tocamos tierra en un helipuerto dentro del fuerte,
como haba visto en una pelcula sobre la Legin Extranjera. Haba un destacamento de
soldados. Eran tan morenos y reales como los pilotos del helicptero; tambin ellos llamaban a Albertina Generalsimo. Fuimos a tomar un bao y me cortaron el pelo al estilo militar, porque me haba crecido tanto como el de Albertina. Luego cenamos frugalmente raciones del ejrcito porque, a pesar de su rango, ella no reciba trato preferencial. Nos acostamos en dos duras camas de hierro con delgadas almohadas y speras mantas grises, donde no habra podido hacerle el amor aunque ella me lo hubiera permitido,
porque all dorman otros veinte hombres. Yo haba olvidado qu cmodo era el mundo
real; cmo, por ejemplo, del grifo que llevaba una C brotaba un chorro de agua caliente; qu agradable era dormir entre sbanas; cmo, aunque no haba relojes en el fuerte, los soldados haban llegado a un acuerdo formal acerca del tiempo, para que nuestro
desayuno, repleto de sabores nostlgicos -t, tostadas, tocino, mermelada-, se sirviera a
la hora en que todos coincidimos en despertarnos. Luego, cuando todo estuvo preparado, el comandante del fuerte bes a Albertina en ambas mejillas; subimos a un avin
militar y volamos en lnea recta hacia el castillo de Hoffman; fue ms sencillo pero
mucho ms largo que en los sueos. Nada perturbaba la serena y reconfortante superficie de los acontecimientos, excepto la presencia constante de los ojos de Albertina.
Ocano y jungla, y finalmente unos picos que se recortaban contra el cielo del atardecer. Yo esperaba con expectativa el regreso al hogar, pero no sent nada. Con un leve dolor en el corazn, cuando el avin descenda pens que quizs ahora sera un extranjero
en todas partes.
El descenso era peligroso, porque el campo de aterrizaje de Hoffman estaba escondido entre las montaas, tanto que mientras bajbamos no logr ver el castillo, sino los picos que giraban. Un jeep nos esperaba; nos llev por un sendero desparejo entre las largas sombras oscuras de la noche inminente; entre los paredones rocosos vi cuatro lunas
que brillaban sobre las cumbres secretas. Eran cuatro inmensos platillos cncavos de
metal muy pulido que giraban como molinos de viento, vueltos hacia la ciudad que estaba, como yo saba, hacia el sur. Evidentemente eran parte del sistema de transmisin: un
verdadero alarde tecnolgico. Estaba tan absorto en su contemplacin que no vi el castillo, delante de nosotros, hasta que el jeep se detuvo, y Albertina, con voz conmovida,
exclam:
- Casi hemos llegado.

Casi pero no del todo, porque an debamos cruzar un profundo precipicio por un puente de madera tan frgil que slo permita el paso a pie, y tan angosto que debamos ir
uno tras otro. El conductor del jeep hablaba una extraa mezcla de francs y espaol, y
llevaba un gastado uniforme de tela verde; bes a Albertina en ambas mejillas y se alej
ruidosamente, dejndonos a solas. Fuimos hasta el puente. El abismo tena unos veinte
metros de ancho, y sus paredes caan a pico hasta una profundidad de trescientos metros
o ms, tanto que era imposible ver el fondo. Ms all del puente haba un bosquecillo de
unas dos hectreas, rodeado por los acantilados en cuyas cumbres estaban instalados los
transmisores. Era un dulce refugio femenino en medio de las viriles montaas. Los rboles estaban cargados de frutas; los clices moteados y abigarrados de enormes flores
parecan exhalar todo el perfume atesorado durante el da. Aves brillantes cantaban sobre las ramas; bulliciosas ardillas colgaban de ellas, por la hierba tupida se deslizaban los
conejos, y bellos ciervos se movan entre los rboles, llevando orgullosamente la cabeza
en alto, como prncipes, bajo el peso de sus coronas de astas. No pareca que ese sitio
hubiese conocido jams un invierno; cuando nos acercamos, con pasos que sonaban a
hueco sobre el puente de tablones, record que haba visto una imagen del parque de
Hoffman, un cuadro mgicamente transformado en el que todos los detalles estaban realzados, pero donde se reconoca la visin soada de este mismo parque. Lo haba visto
en el cosmorama. Era el parque enmarcado por el orificio femenino en la primera de las
mquinas; cuando mir ms all de los rboles, vi el mismo castillo que haba visto entonces.
El castillo se apoyaba contra la montaa. Sus murallas evocaban el origen teutnico
de Hoffman: haba construido un castillo wagneriano como un monumento romntico
de piedra. A medida que la luz se desvaneca, el castillo abra sus mltiples ojos de colores, porque todas las ventanas eran vidrieras. Saba que no era un sueo: mis pies dejaban huellas en la hierba y Albertina arranc una manzana, me la ofreci, la frot para
sacarle brillo, la mord y mis dientes produjeron un crac, mientras los transmisores
centelleaban y un rugido en el cielo anunciaba que el avin haba partido, se u otro, ya
que haba un hangar atestado de mquinas en la base militar del campo de aterrizaje.
- Ha sido un ao maravilloso para los manzanos -dijo Albertina-. Mira qu cargados
estn; las ramas casi tocan el suelo. Cuando sal a poner al conde en cuarentena, estaban
en flor. No sabes qu hermosos son los manzanos en flor, Desiderio.
Termin mi manzana y arroj a lo lejos las pepitas. La princesa daba por sentado que
a m me interesaban sus patrimoniales manzanos en flor. Cunta presuncin! Quiz no
hubiera debido decirme tan claramente, en tono de propietaria, que todo esto era suyo,
el castillo, el parque, el huerto, las montaas, la tierra, el cielo y todo lo que contena.
No lo s. Slo s que yo no poda ir ms all de m mismo, tanto como para heredar el
universo. Aunque era real, saba que la perfeccin que me rodeaba era imposible. Quiz
tena razn. Ahora soy demasiado viejo para saberlo, o para preocuparme por ello. Ya
no s la diferencia entre la memoria y el sueo. Comparten el mismo tipo de ilusin. En
aquel momento, crea ser un terrorista de la razn, aunque probablemente intent justificarme ms tarde con esa idea. Sin embargo, cuando cierro los ojos, an la veo caminar
por el huerto hacia la casa de su padre, con un uniforme militar y sus gruesas trenzas
negras a la espalda, como una nia.
Nadie sali a recibirnos pero la puerta de entrada estaba abierta, una puerta en lo alto
de una escalinata nada grandilocuente, sino resquebrajada y cubierta de musgo, porque
no se trataba en realidad de un castillo sino de una casa de campo construida al estilo de
un castillo. Entramos primero a un saln sombro, de cielo raso bajo, perfumado con
potpurr y amueblado con sillones labrados, jarrones chinos y alfombras orientales. No
s qu esperaba, pero ciertamente no esa tranquilidad, esa paz domstica. Acaso no es-

tbamos en la casa del mago? Los transmisores enviaban sus ondas ms all de las montaas, pero no afectaban al refugio del enemigo. Aqu todo era seguro. Todo estaba en
orden.
Lo nico que me desconcertaba eran los cuadros de las paredes. Eran leos barnizados del estilo y las dimensiones de la pintura acadmica del siglo diecinueve, y en todos
ellos haba rostros o escenas que yo reconoc por haberlos visto en viejas fotografas y
en las reproducciones verdes o sepias de obras de arte olvidadas que las monjas nos
mostraban en nuestra infancia cuando nos portbamos bien. La placa metlica del primer cuadro al que me acerqu deca: Len Trotsky componiendo la Sinfona Heroica;
las gafas con aros de metal, los ojos ardientes, el pelo eran absolutamente familiares. En
sus ojos la luz de la inspiracin; de su pluma brotaban corcheas que caan sobre las hojas que volaban encima del pao rojo de la mesa de caoba, impulsadas por el maravilloso
frenes del genio. Van Gogh escriba Cumbres borrascosas en el presbiterio de Haworth
con la oreja vendada. Me impresion una tela gigantesca: Mil ton pintaba a ciegas frescos divinos en la Capilla Sixtina. Al ver mi asombro, Albertina dijo sonriendo:
- stas son algunas de las cosas que todo el mundo reconocer como verdaderas cuando mi padre reescriba la historia.
Aunque en todas partes haba signos evidentes del escrupuloso trabajo de los criados,
la casa pareca completamente desierta. Slo acudi a nuestro encuentro un perro viejo
que se levant pesada y penosamente de una alfombra, delante de un hogar donde ardan unos pocos leos, no porque hiciera falta calentar la habitacin sino por el aroma que
desprenda la madera de manzano y por el espectculo de las llamas.
- Cuando yo era nia, me llevaba sobre su lomo -dijo ella-. Qu blanco se le est poniendo el hocico!
El gran dans nos sigui por la escalera y por una galera, jadeando, hasta otra habitacin cuyas vidrieras tean el parque de rojo y morado, y donde un sofisticado equipo
emita msica de Ravel. En un divn, con el rostro dado vuelta, yaca una mujer muy
pequea, de pelo negro y con un vestido largo, tambin negro. El doctor, sentado en un
taburete bajo, acolchado, le sostena la mano. Lo reconoc de inmediato, aunque, por supuesto, era mucho ms viejo que en las fotos que yo haba visto; todava llevaba monculo, como me haba dicho su antiguo profesor. En la habitacin haba fuerte olor a incienso, que no ocultaba por completo el hedor de la incipiente putrefaccin. Cuando abandon la mano que sostena, sta cay inerte. La nica nota discordante en la suntuosa residencia de ese hombre rico era el cadver embalsamado de su esposa, extendido en una
bergre, en aquella habitacin de paredes blancas. El doctor tena el pelo gris, ojos grises, la cara gris. Vesta un traje oscuro de muy buen corte y tena las manos exquisitamente cuidadas. Ahora su principal cualidad era la serenidad. No exista el menor parecido entre el anciano y su hija.
Ambos hablaban en el lenguaje corriente. Las primeras palabras del doctor fueron:
- Ir maana a la ciudad, y llegar ayer.
- Por supuesto -respondi Albertina-. Porque la sombra del ave que vuela jams se
mueve.
Ambos sonrieron. Parecan entenderse a la perfeccin.
l la bes en las mejillas, con el beso correspondiente a un Generalsimo.
Rieron suavemente y yo sent que se me erizaba el pelo. En esa habitacin, que flotaba en el castillo como una burbuja de silencio, experiment un miedo espantoso. Quiz
porque estaba en presencia del poder disciplinado de lo irracional. l pareca muy gris y
sereno, y acababa de decir algo absolutamente insensato en un tono perfectamente razonable. De inmediato comprend qu solos estbamos all, muy lejos, en las montaas,

con la nica compaa del viento, en la casa del hombre que converta los sueos en realidad.
Acarici el cabello nocturno del cadver y susurr:
- Ya ves, querida; ha vuelto a casa, como te dije que hara. Ahora deberais dormir mientras cenamos.
Pero son una campanilla; aparentemente antes debamos vestirnos. Albertina me gui a una casta habitacin masculina en la parte delantera de la casa, que tena un silln
de cuero negro y una cama angosta, muchos ceniceros y un revistero donde haba ejemplares de Playboy, The New Yorker, Time y Newsweek. En un tocador haba cepillos
con mango de plata. Abr la puerta de un armario y encontr un cuarto de bao donde
tom una ducha caliente, usando gran cantidad de jabn de limn. Cuando sal, envuelto
en el toalln blanco que me haban preparado, hall un smoking, con todos los accesorios, extendido sobre la cama. Hasta haba calcetines de seda y un pauelo blanco de hilo.
Cuando termin de vestirme, met la mano en el bolsillo y encontr un encendedor de
oro y una cigarrera que haca juego con l, llena de cigarrillos negros rusos Sobranie.
Me mir en el espejo oval enmarcado en caoba. Nuevamente me haba transformado. El
tiempo y el viaje me haban cambiado a tal punto que me costaba reconocerme. Pareca
una versin varonil de Albertina. Por eso s que fui bello en mi juventud. S que me pareca a Albertina.
Desde mi ventana poda ver el huerto de manzanos, el precipicio y el camino que llevaba a travs de las montaas peladas hasta la base militar. Todo perfectamente ordenado e impregnado del aroma a vino y a hongos del otoo. Son la campanilla y baj por
la escalera alfombrada hasta la galera de cuadros donde Albertina y su padre beban
jerez seco. La cena estaba servida en una mesa inglesa del siglo dieciocho en otra de
aquellas habitaciones castas, reservadas, de paredes blancas, con un arreglo floral de estilo japons sobre el aparador; la porcelana, Tos vasos y los cubiertos eran de tan buen
gusto que apenas se adverta su presencia. La comida era sencilla y acorde con la estacin: sopa; trucha; media liebre asada; setas; ensalada; fruta; queso. Los vinos eran los
que correspondan. Acompaaron al caf, muy negro y fuerte, una seleccin de rebuscados licores, y todos fumamos unos puros que probablemente no tenan precio. No apareci ningn criado. Todos los platos haban subido desde las cocinas subterrneas en un
pequeo montacargas de donde la misma Albertina los haba tomado para servirnos. No
se habl durante la cena, pero de otro equipo de msica escondido detrs de una reja esmaltada de blanco surga un ciclo de canciones de Schubert, El viaje de invierno.
- No cree usted -dijo el doctor con voz suave y penetrante- que las presencias invisibles son ms reales que las visibles? Ejercen mayor influencia sobre nosotros. Nos hacen llorar con mayor facilidad.
sa fue la nica expresin de sentimiento que l revel mientras estuve a su lado. Durante la cena empec a percibir en su serenidad, su casi inmovilidad, su silencio, sus suaves movimientos, una poderosa concentracin mental que, bien aprovechada, poda gobernar el mundo. Su presencia me angustiaba. Era la serenidad misma. Se haba refinado casi hasta desaparecer. Era un fantasma gris con una chaqueta a rayas, sentado frente
a una mesa muy elegante, y sin embargo era tambin Prspero; aunque, irnicamente,
no era posible juzgar el poder de Prspero en su propio castillo porque no poda alterar
los elementos constituyentes del aromtico caf que saborebamos. Esa era la fuente de
mi amarga decepcin. Yo hubiese querido que su casa fuese un palacio enteramente dedicado a las maravillas.
Incluso en un nivel ms mundano me senta decepcionado, porque l era muy rico y
yo muy, muy pobre. Y yo senta, como los pobres, que los ricos slo pueden justificar su
riqueza cuando la exhiben generosa y conspicuamente. La comida me haba irritado; su

buen gusto me inspiraba desdn. Si yo fuera tan rico como l, servira pavos reales todas
las noches. Adems, el buen gusto siempre me haba aburrido un poco y, en el cuartel
general del enemigo, estaba un poco aburrido. En ese momento, para reavivar mi decado inters por lo que me rodeaba, record que yo era un agente secreto del bando opuesto. No eran ellos el enemigo, sino yo.
El blanco vestido de noche de una herona romntica victoriana susurraba alrededor
de los tobillos de Albertina y se adhera como escarcha a sus senos de mbar. Sin embargo yo hubiera preferido la ropa de travest del embajador de su padre, o que hubiera
venido desnuda a la mesa, con amapolas en el pelo, como lo haca en el pas de los centauros. Mi desilusin era profunda. No me senta en el reino de lo maravilloso. Yo haba
ido ms lejos y haba llegado a la central de lo maravilloso, donde estaba la tonta y estrepitosa maquinaria teatral. Incluso si es un sueo encarnado, lo real, una vez que se hace real, slo puede ser lo real. Cuando no la conoca, ella me pareca sublime. Cuando la
conoc, la am. Pero mientras mondaba un nspero con un cuchillo de plata, me pregunt si la posesin carnal de Albertina no sera la peor de las desilusiones.
El hbito de la contemplacin sardnica es el ms difcil de romper.
Cuando terminamos el caf, el doctor se excus, diciendo que deba atender sus obligaciones en su estudio, alojado en una torre, pero antes de retirarse me ofreci otro de
sus magnficos puros. Albertina me invit a disfrutar de l mientras caminbamos por el
parque. He olvidado qu mes era, pero, por la fragancia, supongo que deba de ser octubre.
- Por aqu -dijo.
La pared del precipicio se abri ante ella, pero yo saba que se haba abierto slo porque haba oprimido un nada mgico interruptor. Con sus abundantes faldas revoloteando
delante de m, me condujo hacia una profunda grieta excavada en la roca, un pasaje secreto hasta la cumbre de la montaa, entre los grandes peascos amontonados donde uno
de los transmisores giraba como un molino de viento transfigurado. Pero sigui de largo
y me llev ms all, entre las rocas, debajo de la media tajada de limn de la luna; ambos estbamos tan elegantes con nuestros vestidos de noche que parecamos un vivo
anacronismo proyectado hacia atrs en el tiempo, a un desierto primigenio. Llegamos a
una especie de anfiteatro circular cavado en la roca amarillenta y poblado por una silenciosa multitud de formas inmviles dispuestas en hileras y columnas, como guardianes.
- Era un cementerio -dijo Albertina-. Lo hicieron los indios antes de que llegaran los
europeos. Pero stos no vinieron aqu. Y los indios murieron, casi todos. Esto es todo lo
que de ellos ha quedado.
En el centro del anfiteatro haba un tmulo cuadrangular que contena, presumiblemente, los huesos de mis antepasados muertos; los mudos espectadores que lo rodeaban
eran los encargados de ahuyentar a los ladrones de tumbas, a los leones de la montaa, a
los perros o a cualquier cosa que pudiera molestar a los durmientes. Los indios haban
representado en su cermica sin vidriar hombres a caballo armados con espadas, mujeres con arcos, perros que mostraban los dientes, urnas, casas pequeas e implementos
de cocina: una ciudad para los regimientos de tierra cocida, las toscas figuras morenas
deterioradas por el tiempo y la intemperie, cuyos ojos eran agujeros por donde se poda
ver que el interior era hueco. Descendimos por el empinado costado del anfiteatro; las
faldas de Albertina ondulaban y su pelo caa sobre sus desnudos hombros atezados, tan
libremente como el pelo de una sacerdotisa druida. Ella, hecha del color de la roca y de
las estatuas, de la oscuridad y la luz de la luna.
El amor es la sntesis del sueo y la realidad; el amor es la nica matriz de lo que no
tiene precedentes; el amor es un rbol donde florecen como rosas los amantes. Con su
blanca majestad vestal ella me hablaba de amor entre los ornamentos funerarios de la

montaa pelada, y entonces yo, como un nadador intrpido, me arroj a las furiosas
rompientes de sus enaguas y puse mi boca en el velloso centro del amor. Eso fue lo ms
cerca que estuve de la consumacin. Sucedi en el cementerio de mis antepasados.
Albertina se sent en una roca, quiz un viejo altar, y me indic que me sentara a su
lado. ramos el centro de la mirada de los ojos ciegos de un innumerable pblico de alfarera.
- El estado del amor es como el sur en la paradoja de Hui Shih: El sur, a la vez, tiene
y no tiene lmites. Lu Te-ming hizo el siguiente comentario de esta paradoja: l hablaba del sur, pero slo como un ejemplo. Existe el espejo y existe la imagen, y tambin
la imagen de la imagen; dos espejos se reflejan mutuamente y sus imgenes pueden
multiplicarse sin fin. El nuestro es un encuentro supremo, Desiderio. Somos dos espejos como aqullos.
En el espejo de sus ojos, vi cmo mi ser giraba, se fragmentaba y se recompona infinitamente.
- El amor es un viaje perpetuo que no atraviesa el espacio, un permanente movimiento pendular que se mantiene inmvil. El amor posee ciertos elementos en comn con el
eterno retorno, porque este intercambio de reflejos no se agota ni se destruye, aunque no
es un retorno. Es un progreso sin lugar ni duracin hacia un estado final de aniquilacin
exttica.
Con hermosa gravedad, ella disertaba frente a m y a los ornamentos de las tumbas y,
si mi atencin decaa, era slo por el fro aire de la noche y por la fastidiosa presencia,
en mi bolsillo, del puro que el doctor me haba dado y que me pareca descorts encender en ese momento. Adems, en las ventanas de mi nariz persista la fragancia almizclada de su piel. Me puso la mano en la mueca; el roce me electrific.
- Mi padre ha descubierto que el campo magntico establecido por nuestro recproco
deseo -s, Desiderio, nuestro deseo- posee una intensidad incomparable. Ese deseo puede constituir la fuerza ms poderosa del mundo y, si logra cristalizarse, se convertir en
el residuo definitivo de las asociaciones ms poderosas. El deseo es tambin el origen
de la mayor fuente de energa radiante de todo el universo!
Su capacidad intelectual me impresionaba, pero yo hubiera deseado que fuera un poco menos seria. Haba heredado toda la falta de humor de su padre. El propietario del
cosmorama me haba hablado de ello. Sin embargo, cuando Albertina estaba seria, yo la
encontraba encantadora. En el momento en que pensaba que era encantadora, la vi idntica al ngel que las monjas ponan en la punta del rbol de Navidad del convento. Era
elocuente, y su elocuencia me conmova, como me haban conmovido con frecuencia la
msica de Mozart y las pinturas murales de los antiguos egipcios.
- En teora, todo se reduce a una serie de elementos ltimos. Cuando mi padre perfeccione esta teora, lo que har quizs en tres o cuatro aos ms, la llamar Principio Hoffman de la Sencillez no Condicionada; cuando deduzca sus leyes, reducir el mundo a
los elementos naturales de los cuales se compone. Destruir el mundo y construir otro
nuevo.
Cmo? Ese hombre gris con monculo, que odiaba a la humanidad, que no soportaba ver a un criado y reservaba su afecto a una esposa muerta? S. Ese hombre gris. La
negra melena de Albertina roz mi mejilla; toqu sus hombros. Su piel era suave como
el ante.
- El mundo est compuesto de estos elementos. Todo lo dems es accesorio e irrelevante. Esos elementos poseen un tipo de realidad que no pertenece a ninguna otra cosa.
El elemento ltimo, Desiderio, es el amor. Es decir, el deseo, Desiderio. Que es generado por cuatro piernas en una cama.

Excitado como estaba fui suficientemente ingenuo para tomar esto por una invitacin;
la ech hacia atrs sobre el tmulo sepulcral y me hund entre sus espumosas faldas.
Aunque logr besar su elemento ltimo, ella me rechaz tan hbilmente que no pude hacer nada. Luego se ech a rer.
- No ves que en este momento est fuera de la cuestin? -dijo-. Todava no me has
hecho el amor porque, desde que me conoces, slo la fuerza de tu deseo ha sustentado
mis diferentes apariencias.
Me desconcert ver mi deseo fsico refutado por la metafsica. Le golpe el rostro con
el duro dorso de mi mano. En uno de sus labios apareci una gota de sangre, pero ella
no parpade ni me recrimin.
- Oh, Desiderio, pronto, muy pronto. Cuando vayamos juntos al laboratorio, me vers
como realmente soy.
No la comprend. La media luna dejaba caer una leve luz fea, sepia, que daba formas
degeneradas a todo lo que nos rodeaba. Mi mente estaba turbada e inquieta, porque el
castillo del mago no era el hogar de la sinrazn sino la escuela de cierta especie de lgica, incomprensible para m, y ahora ella me deca que debamos volver all, ya que su
padre me esperaba para llevarme a visitar el laboratorio.
Me gui hasta su estudio, en lo alto de una de las torres, en un ascensor que se deslizaba suavemente, y me dej ante una puerta. Me bes en la mejilla y prometi:
- Esta noche. Ms tarde.
Se desvaneci detrs de las puertas del ascensor, como un ave blanca devorada; la vi
desaparecer no s con qu presentimiento infortunado. Cmo poda saber entonces
que, cuando volviera a verla, no tendra otra opcin que matarla?
Llam a la puerta. El doctor abri. Se haba puesto una bata blanca, porque era un cientfico; pero su aspecto segua siendo tan impersonal como al principio. Era gris, fro,
silencioso e insondable; no un hombre sino el mar. Comprend que le tema.
Su estudio, su taller privado, su sanctasanctrum, su cubil, su observatorio, tena ventanas desde donde poda controlar el movimiento de los transmisores. Tambin deba de
contemplar las estrellas, porque en una pared haba colgado un viejo mapa del cielo. Sin
duda, yo haba imaginado antes, por lo menos parcialmente, el decorado de esa habitacin, porque satisfizo por completo mi imaginacin. Lo contempl con aprensin, aunque
recordaba que el propietario del cosmorama me haba dicho que su antiguo discpulo
haba escarbado profundamente en la pseudociencia rabe, china y medieval. Era a medias el laboratorio de Rottwang en la Metrpolis de Lang, el gabinete del doctor Caligari e, incluso, tal como lo evoca mi memoria probablemente falaz, el laboratorio de un
aristcrata de fines del siglo diecisiete, aficionado a la filosofa natural y a veces a la
necromancia, porque all se vean, conservadas en frascos, las formas martirizadas de
las mandrgoras, y un olor combinado de mbar y azufre impregnaba el aire.
La habitacin estaba atestada de curiosidades, dientes de ballena, colmillos de narval,
esqueletos de criaturas extinguidas, tal como los haban depositado, cubiertos de polvo
y telaraas; y a la derecha del gran armario negro, cerrado, que dominaba la habitacin,
haba alambiques, hornallas, mecheros de Bunsen y diversos instrumentos de qumica,
frascos de monstruos y pilas de fsiles que no hubiera podido imaginar cuando conoca
menos el mundo. En una biblioteca, a la izquierda del armario, los estantes se torcan
bajo el peso de los libros. En su mayora eran muy antiguos; algunos estaban en rabe y
muchos en chino. Esa biblioteca pareca dedicada a extraos tratados sobre distintas formas de adivinacin, aunque no haba una rama del conocimiento humano que no estuviera representada. En un banco de carpintero haba una curiosa coleccin de juguetes pticos, un taumatropio, una linterna china con un caballo que avanzaba; todos operaban
segn el principio de la persistencia de la visin. Estaban limpios y parecan el objeto de

sus estudios ms recientes. Record que estaba tratando de recomponer el conjunto de


muestras.
El doctor puso la mano sobre el banco.
- En este mismo banco de carpintero, ayudado nicamente por mi hija y por mi antiguo profesor, cuyos dedos an no se movan a ciegas, yo personalmente recog, seleccion y clasifiqu todos los complejos fenmenos del universo antes de que pudiera comenzar a cambiarlos.
Murmur mi admiracin con un sonido gutural. l sac del bolsillo un llavero y abri
el armario. La puerta negra se abri y revel tres largos estantes repletos de gruesos archivos.
- Aqu est el registro tabulado de mis investigaciones.
Pero a m me interesaban mucho ms los seis estantes destinados a las materias primas que usaba para fabricar las imgenes del cosmorama: dos estantes de bandejas de
diapositivas de cristal, dos de sobres rotulados negs que deban de contener los negativos de las secuencias fotogrficas, y otros dos de moldes para hacer pequeos objetos
de cera, ordenadamente dispuestos bajo inescrutables ttulos consistentes en diversas
combinaciones de conjuntos de tres lneas enteras o quebradas, como -|-|-, -|-|-, -|-|-, y
as sucesivamente.
Hoffman dijo:
- Una vez que las muestras han sido elegidas, interpretadas, pintadas, moldeadas y articuladas, puedo exhibir el dolor tan concretamente como el color rojo. Muestro el amor
como una lnea recta. Y el miedo como algo torcido. Y el xtasis, y un rbol, y la desesperacin y una piedra, todo de la misma manera. Puedo hacer que usted perciba ideas
con sus sentidos, porque no reconozco diferencias esenciales entre las bases fenomenolgicas de las dos formas del pensamiento. Todas las cosas coexisten en parejas, pero el
mo no es un mundo o/o bien.
Mi mundo es un mundo "y + y".
Slo yo he descubierto la clave del "ms" inagotable.
Su voz era siempre montona, jams expresaba entusiasmo ni invitaba al asombro.
En l, la pedantera que haba legado a su hija no estaba modificada por el encanto ni
encendida por la pasin intelectual.
- Cul es la naturaleza de esa clave, doctor?
- La erotoenerga -respondi sin nfasis-. Aqu tengo algo que te interesar.
Tom un magnetfono de las entraas del armario y lo encendi. Despus de algunos
ruidos, o la voz del ministro. Al cabo de mucho tiempo, de tantos cambios, volv a or
su voz. Deba de ser la grabacin de una emisin de propaganda en la ciudad sitiada.
y aunque nos han asolado verdaderas plagas, y en la mayor parte de nuestros edificios ya no hay piedra sobre piedra, y los sobrevivientes nos ocultamos como ratas en
las ruinas; aunque durante cierto tiempo nuestros espritus han sido atormentados sin cesar por engaosas imgenes procedentes de esa parte oscura de nosotros mismos que la
humanidad debe ignorar para que todos podamos vivir en paz; aunque la irracionalidad
ha corrido triunfante por nuestras calles, a pesar de todo, la razn puede -debe!- restaurar el orden. La nica luz que puede guiarnos es la razn. Noche y da, da y noche,
trabajamos infatigablemente para resolver el problema inmediato. Nuestra nica arma
en la lucha es el racionalismo inflexible; como la batalla ha sido guiada por la razn, ya
los relojes nos dan la misma hora al mismo tiempo, y ya
La grabacin registraba un tremendo estallido y luego se quedaba muda. La cinta corri silbando hasta que el doctor apag la mquina.

- La razn no puede producir la poesa que produce el desorden -dijo sin entusiasmo-.
Y si l cree que yo slo puedo actuar sobre el intervalo que hay entre las cosas y sus definiciones, me tiene muy poco respeto.
Yo call, porque el decidido y tranquilo discurso del ministro me haba devuelto las
viejas certidumbres y la armona que tantas veces me haba conmovido.
Descubr que la parafernalia de la ciencia del doctor me disgustaba cuando la vea de
cerca. Sus ojos fros me perturbaban. Saba que nunca llegara a ser mi amo. Quiz yo
no quera el mundo del ministro, pero tampoco el del doctor. Me sent atrapado en un
dilema; tena dos alternativas, y llegu a la conclusin de que el doctor deba de estar
equivocado porque ninguna de ellas poda coexistir con la otra. Quiz conociera la naturaleza de lo infinito; pero de todos modos era un hombre totalitario. Yo estaba en esa infortunada posicin: a m, entre todos los hombres, se me ofreca el voto de desempate
entre dos opciones, una tranquilidad estril pero armoniosa, y una tempestad frtil, pero
cacofnica.
Pues bien, ya sabis qu eleg. Nada, en esta ciudad, lucha contra su nombre. Todos
los relojes estn en hora. El tiempo avanza hacia adelante sobre las cuatro ruedas de las
dimensiones, como avanzaba antes de la poca del doctor. Cuando concluya este captulo, me traern una taza de leche caliente y un plato de bizcochos ligeros, con mantequilla; cuando concluya mi vida, me envolvern en un sudario y me llevarn a una bveda
en la catedral. Han reconstruido tan bien la catedral que nadie podra creer que alguna
vez fue demolida. Nunca ms ver a Albertina. Las sombras caen de manera inmutable.
En la plaza, el castao dejar caer sus hojas de otoo sobre los hombros de mi estatua.
En esta ciudad no se ha roto la copa de oro. Es tan redonda como un pastel, y todos pueden coger su porcin, segn sus necesidades. La necesidad no se parece al deseo.
El viejo Desiderio le pregunta al joven Desiderio: Cuando l te ofreci una noche de
xtasis perfecto a cambio de toda una vida de satisfaccin; cmo pudiste elegir la ltima?.
El joven Desiderio responde: Soy demasiado joven para conocer el arrepentimiento.
Pero no es tan sencillo, por supuesto. Ni siquiera he sentido tal satisfaccin. Otros s
la han sentido. Nada extraordinario, slo una serena satisfaccin. Gracias a mi opcin,
todo el mundo est relativamente satisfecho: como no pueden dar nombre a sus deseos,
stos no existen, de acuerdo con la teora del ministro. Supongo, por lo tanto, que mi
obra ha servido al bien comn. Por eso hicieron de m un hroe, aunque yo no saba, en
ese momento, que serva al bien comn. Quizs actu impulsivamente. Quizs l no me
ofreci una recompensa suficientemente elevada; slo me ofreci lo que deseaba mi corazn.
Adems, l era un hipcrita.
Haba encerrado al deseo en una jaula y deca: Mirad! He liberado el deseo!. Era
un hipcrita. Por eso, yo, un hipcrita de carcter menos dramtico, lo mat hipcritamente.
Pero me estoy adelantando otra vez. Ahora he echado a perder el suspenso. Casi he
estropeado el clmax. A fin de cuentas, merecis un clmax? Slo estoy tratando de narrar, lo ms fielmente que puedo, lo que realmente ocurri. Ya sabis perfectamente que
fui quien mat al doctor Hoffman; lo habis ledo en los libros de historia y recordaris
la fecha mejor que yo. Deba de ser en octubre, porque el aire ola a setas.
Lo habra odiado menos si l hubiese estado menos aburrido de sus invenciones.
- Por supuesto, la fuente de la erotoenerga es inagotable, como propona mi antiguo
colega e investigador asociado, Mendoza.

Seal por la ventana el transmisor que giraba sin cesar en la cumbre del acantilado,
junto a la casa.
- Durante estos ltimos cinco aos, esos transmisores, impulsados por una simple
energa radiante, es decir, la erotoenerga, han enviado a la ciudad la infraestructura elemental de:
a) fenmenos sintticamente autnticos;
b) combinaciones variables de fenmenos sintticamente autnticos, y
c) suficiente radiacin para reforzar un smbolo hasta convertirlo en un objeto, segn la ley de evolucin efectiva o, si prefiere usted una expresin ms clara, la ley del
mltiple devenir.
Mediante la liberacin del inconsciente, liberamos, naturalmente, al hombre. Y el
hombre desnudo podr entrar y salir de los sentidos de todo el mundo.
El doctor Hoffman era una de esas personas a quienes no es posible imaginar desnudo. Sufri un acceso de tos que ahog con un pauelo blanco inmaculado.
- Lo positivo es el correlato implcito de lo negativo; una vez que se dota al deseo de
forma sinttica, se deduce inevitablemente que el pensamiento y el objeto operan en el
mismo nivel. Esto es bsico para
Este era el hombre cuya hija haba recomendado al ministro que temiera las abstracciones Lo interrump. Quera hacerle una pregunta.
- Qu le ocurri realmente a Mendoza?
- Mendoza?
Tom un frasco de un estante. Contena un cerebro humano flotando en formaldehdo.
- Esto es todo lo que logramos salvar. Se haba quemado horriblemente. Algo ocurri
en su mquina del tiempo; sea lo que fuere, lo quem hasta el hueso y adems trastorn
por completo su mente. Agoniz delirando cinco das antes de morir en una sala del
hospital de beneficencia. Mendoza y yo no nos hablbamos desde haca cinco aos, por
supuesto. Logr obtener su cerebro porque me inspiraba gran curiosidad. Sin embargo,
todo lo que contena muri cinco das antes que el resto de su cuerpo, y la estructura en
nada se diferenciaba de la estructura de cualquier otro cerebro.
Por algn motivo, ese relato me pareci deprimente. El doctor puso el frasco en su lugar y sonri.
- Ahora, permtame que lo lleve a visitar la planta destiladora y las mquinas que modifican la realidad. Estoy seguro de que las encontrar fascinantes; verdaderamente
cumplen la etapa preliminar en la sntesis de los fenmenos.
Hubiera podido invitarme a hacer una visita guiada a una fbrica de chocolates. Me
pregunt por qu su hija lo amaba. El conde se adaptaba a mi idea de Prometeo mucho
mejor que el verdadero Prometeo; sin embargo, de vez en cuando, el menosprecio burln que senta por ese pulcro ladrn del fuego se combinaba con un terrible estremecimiento, sobre todo cuando recordaba que era la Mente ms lcida en persona, y que para l la materia era slo un juguete ptico. Pero no poda comprender por qu un hombre como l senta tal deseo de liberar al hombre. No poda imaginar cmo se haba metido en su cabeza esa idea de liberacin. Yo estaba seguro de que slo buscaba el poder.
Quiz lo mat por incomprensin.
Descendimos hasta los niveles subterrneos del castillo en un funcional ascensor
elctrico. All, donde deberan haber estado los calabozos, haba pasillos de cermica
blanca con silenciosos suelos de goma negra, iluminados por tubos de nen, mucho ms
brillantes que la luz del da. Todo era blancura y silencio. Entramos en un febril laboratorio, desierto, lleno de equipos de destilacin. En las cubas y tuberas de cristal burbujeaba una sustancia blanquecina, lechosa, vagamente luminosa.

- No es necesario que nos demoremos aqu, aunque pens que le agradara echar un
vistazo. Esta es simplemente la planta de destilacin. Aqu se procesan las secreciones
del deseo satisfecho para obtener una esencia que an no ha alcanzado su forma germinal. Ni siquiera con un microscopio electrnico sera posible detectar la ms mnima huella de raz, semilla o fundamento en esta metasopa biolgica, por as llamarla; pero podemos afirmar que hemos cocido, en nuestras ollas de cristal, la esencia pura del ser.
Ahora bien, qu hacemos con nuestra metasopa? Pues la precipitamos. Venga por
aqu.
El muro de la destilera se abri para permitirnos el paso y se cerr detrs.
- Permtame que le presente -dijo Hoffman con una plida sonrisa- mis mquinas de
modificar la realidad.
Las mquinas funcionaban con un murmullo musical, interno, discontinuo; podran
haber estado creando msica electrnica. Eran seis cilindros de acero inoxidable que giraban sobre ejes invisibles con la misma aterrorizadora, incesante serenidad de los transmisores que giraban ahora, quizs, a ms de un kilmetro por encima de nuestras cabezas. Los cilindros tenan la altura de un hombre y un metro de circunferencia, con una
ventanilla cerrada en la base. Un tubo flexible de plstico sala de la parte superior de
cada cilindro y desapareca en la pared de maylica blanca; y unos cables que salan de
los cilindros alimentaban una confusin de formas ectoplsmicas que crecan y menguaban incesantemente alrededor de un haz central de luces centelleantes en seis brillantes
pantallas. Esas pantallas, parecidas a las de TV, estaban agrupadas en la pared, encima
de los complicados tableros de interruptores del extremo opuesto del laboratorio.
Aunque el laboratorio estaba muy iluminado y, obviamente, en pleno funcionamiento,
las nicas huellas de la existencia de personal tcnico eran un refrigerador, varias sillas
de tubos de acero y una mesa donde haba varios anotadores. Era un lugar antisptico.
- Estas mquinas estn diseadas conforme al modelo de la probabilidad objetiva, entendiendo por probabilidad objetiva la definicin de la suma total de todas las alternativas que controlan un destino individual. Funcionan igual que los transmisores, con
erotoenerga, de modo que su accin es modificada, adems, por el efecto Mendoza, es
decir, el efecto temporal secundario de la erotoenerga.
Dentro de las mquinas modificadoras de la realidad precipitamos la esencia del ser.
Abri una de las ventanillas, y yo logr ver una oscuridad en movimiento salpicada
de chispas brillantes, como el cielo una noche de viento. La cerr inmediatamente.
- Durante el proceso de precipitacin, la esencia del ser genera espontneamente la
molcula germinal de una alternativa no creada. Es decir, la molcula germinal del deseo objetivado.
Se interrumpi para darme tiempo a digerir aquella informacin. Otro hombre hubiera exhibido cierto modesto orgullo al mostrar aparatos que podan trastornar completamente la conciencia humana, pero el doctor Hoffman slo demostraba cierta fatiga y un
deprimente hasto. Bebi un poco de agua, estruj desanimado el vaso de papel y suspir.
- Dentro de las mquinas modificadoras de la realidad, en un medio de indiferenciacin esencial, esas molculas germinales se agitan hasta que, siguiendo ciertas tendencias
innatas, se unen en secuencias divergentes que actan como lo que yo llamo grupos de
transformacin. Eventualmente, nace un cuerpo multidimensional que acta solamente
en funcin del principio de la indeterminacin. Estos cuerpos aparecen en la pantalla,
all, como una compleja notacin de puntos y rayas. Se requiere una gran persistencia
de la visin para comprender el cdigo en esta etapa. Sin embargo, estos grumos informes son, por as decirlo, los embriones de apariencias palpables. Una vez que estas ideas indiferenciadas, pero ya comprensibles, de deseo objetivado encuentran su objeto

correspondiente, su apariencia es reestructurada orgnicamente por los deseos latentes


del objeto. Por supuesto, esos deseos deben subsistir, puesto que desear es ser.
Esta era, entonces, la versin Hoffman del cogito cartesiano! DESEO, LUEGO
EXISTO. No obstante, a m me pareca un hombre sin deseos.
- De este modo, un fenmeno sintticamente autntico adquiere finalmente forma. He
utilizado la capital de este pas como terreno de pruebas de mis primeros experimentos,
porque la estructura existencial inestable de sus instituciones no poda suprimir la conciencia latente tan efectivamente como una estructura con una organizacin social ms
firme. Yo hubiera tenido mucho menos xito en Pekn, por ejemplo, a pesar de la influencia que ha tenido la China sobre mis investigaciones.
Mi esposa -explic casualmente- es una mujer muy brillante.
Pens en el cadver, arriba, y me estremec.
- Slo eleg la capital porque se adaptaba perfectamente a mis experimentos. Casi estuve a punto de claudicar cuando la poca cre al ministro y el ministro cre sus defensas. Yo pensaba que no haba defensas contra el inconsciente liberado. No persegua la
guerra cuando inici las transmisiones. No me vea como un guerrero, aunque he llegado a serlo.
Por su significativa pausa, comprend que haba hecho un chiste y me re por cortesa.
- De inmediato contrat mercenarios y, por necesidad, tuve que intervenir personalmente cuando desplegu mi imaginera, porque era el nico que poda controlar en cierta medida la evolucin de los fantasmas mediante el conjunto de muestras; mi viejo profesor ciego, que aprendi de mi esposa algo de adivinacin, poda sugerir ciertas mutaciones de los acontecimientos que, por lo general, sucedan. Sin embargo, yo siempre
haba intentado mantenerme fuera de las operaciones, dado que posea claras pruebas de
la autonoma de los deseos concretados. Pero cuando el conjunto de muestras qued accidentalmente destruido, mis clculos fracasaron. El Tiempo Nebuloso lleg instantneamente, no en el curso de la disolucin programada del tiempo mismo, y yo no saba si
sus manifestaciones podan mantenerse, por as decirlo, sobre sus dos pies, o sobre la
cantidad de pies que decidieran usar.
Pero da tras da las patrullas areas descubran nuevos desarrollos de una flora hasta
entonces inimaginable, y rebaos de una fauna biolgicamente dudosa que habitaban un
terreno an no explorado. Por supuesto, los detallados informes de Albertina acerca de
una tribu en una costa africana absolutamente fantstica y las actividades verificables y
fotografiables de bestias sin el menor rasgo de realidad indicaban que las muestras funcionaban de un modo perfectamente adecuado. Incluso se haban reificado a tal punto
que se crean firmemente arraigadas en el sustrato imaginario del tiempo mismo.
Pareca que disertar lo fatigaba. Se sirvi otro vaso de agua y disolvi dos pastillas
antes de beberlo. se era el hombre que deseaba establecer una dictadura del deseo.
- El jefe canbal era bastante real -objet.
- El jefe canbal era una creacin triunfal del Tiempo Nebuloso. Slo naci a causa
del deseo de autodestruccin del conde. -Ocult un bostezo detrs de una mano desecada.
- S que era real porque yo lo mat.
- Qu prueba eso? -pregunt Hoffman con una sonrisa glacial, y yo sent de inmediato la punzada de la duda, porque matar al jefe era la nica accin heroica que haba realizado en toda mi vida y era consciente de que no concordaba con mi naturaleza-. La
existencia de las cosas es como un caballo al galope -prosigui con su sonrisa paternal,
condescendiente-. No hay un movimiento que no las modifique ni un tiempo en que no
cambien. Lo que he logrado se ha realizado gracias a ciertos agujeros de la metafsica;
slo he logrado fundar una metatecnologa, por as decirlo, sobre la metafsica, median-

te la ms escrupulosa adhesin a las leyes de la investigacin emprica. Y apenas he comenzado. Comparado con la que vendr, hasta ahora mi trabajo slo ha sido un perodo
de inactividad, como el que los antiguos chinos llamaban el comienzo de la anterioridad al principio.
Yo saba que l haba examinado el mundo a la sola luz del intelecto, y que haba visto una construccin totalmente distinta de la que ven los sentidos a la luz de la razn. Se
mova con la fatiga de un hombre que est cerca de la muerte.
- Creo que ya ha visto lo suficiente aqu -dijo-. Pasaremos a los generadores de deseo.
Abandonamos los vibrantes cilindros y el ballet de formas incipientes, y una vez ms
recorrimos esos infinitos pasillos blancos que eran las vsceras del sueo. En ese momento, yo estaba casi en posesin del secreto, y no me pareca que valiera gran cosa.
Estaba condenado a la perpetua desilusin? Todos los potenciales maestros que el
mundo me ofreca deban ser embaucadores, charlatanes o monstruos? Mi experiencia
afirmaba claramente que esos deseos que l pareca desvalorizar cuando hablaba de ellos eran, una vez liberados, mucho ms grandes que su liberador y ms luminosos que
mil soles; yo no crea que l supiese lo que era el deseo. Al final del pasillo haba dos
puertas corredizas con inscripciones en chino.
- Obra de mi esposa -dijo Hoffman-. Es la poetisa de la familia. La traduccin aproximada de nuestro lema es: Entre el hombre y la mujer hay una intercomunicacin de simientes, y de ella proceden todas las cosas. Es perfectamente apropiado.
Yo no estaba preparado para lo que vi detrs de esas puertas.
La electricidad del deseo iluminaba todo con un fuego helado y engaoso; techos y
paredes eran de espejos sin costuras. Ante un escritorio de acero, con la cabeza inclinada, mirando varios libros de historietas, estaba el primer tcnico que vea en el laboratorio. Era un bello hermafrodita con un vestido de noche de gasa morada, y monedas de
plata alrededor de los ojos.
- Soy una armoniosa concatenacin de macho y hembra, y por eso el doctor ha confiado a mi cargo exclusivo los generadores -dijo en una voz que era como un violoncelo
sexual-. Yo era el travest ms hermoso de todo Greenwich Village cuando el doctor me
ofreci el puesto de intermediario. Represento la simetra inherente en la simetra divergente.
El doctor le acarici afectuosamente el hombro. El intermediario era invlido, y tena
que impulsar su silla de ruedas para mostrarnos las celdillas del amor.
Estaban instaladas en ese recinto abandonado y angosto de varios centenares de metros de largo, un ondulante tentculo que se insinuaba en el corazn mismo de la montaa.
A lo largo de las paredes de espejo haba literas metlicas de tres pisos. En el cielo raso, sobre cada una de las literas, haba unos extractores de cobre en forma de embudo,
que conducan a una nave superior donde mquinas invisibles bramaban con el estruendo de un torrente, ruido que casi ahogaban los gemidos, los gritos, los suspiros y los
gruidos de Tos ocupantes de esos atades abiertos; las mejores cien parejas de amantes
del mundo se fundan en los ms fervientes abrazos que la pasin poda imaginar.
Todos estaban completamente desnudos y eran muy jvenes. Procedan de todas las
razas del mundo; haba negros, cobrizos, blancos y amarillos, y formaban un diccionario
visual de todas las cosas que podan hacer un hombre y una mujer dentro de los lmites
de una cama de malla metlica de dos metros por uno. Haba tal cantidad de configuraciones de vientres y nalgas, muslos y senos, pezones y ombligos, todas en constante movimiento, que record la leccin de anatoma de los acrbatas del deseo, y tambin al
conde cuando hablaba, con inslito respeto, del peligroso doble salto mortal del amor.
Yo senta repugnancia y fascinacin.

- Se aparean en estos cubculos de malla metlica para que todos puedan verse mutuamente, es decir, si les interesa verse y orse; de esa manera, si es necesario, reciben
constante estmulo audiovisual -coment el doctor, con tono eficiente.
Las ruedas de goma de la silla del hermafrodita chillaban un poco en el suelo de espejo mientras pasbamos lentamente delante de las celdillas. Los muros pulidos reflejaban
y multiplicaban la visible propagacin de erotoenerga, como aquella noche de tormenta
en la caravana de color orqudea, cuando los equilibristas rabes y yo habamos invocado involuntariamente un terremoto. Nuestros pasos resonaban. El doctor tirone de las
trencillas castaas de un pimpollo britnico, una chica regordeta, blanca y rosada, pecosa, que se debata debajo de un pequeo mongol con un miembro muy grande; ella ni siquiera volvi la cabeza porque estaba justamente al borde del alarido, mientras su amante de piel color de albaricoque la penetraba.
- Mire! Estn tan absortos en su vital actividad que ni siquiera reparan en nosotros!
El hermafrodita ri obsecuentemente. A pesar del cuidado de su disfraz, yo ya la haba reconocido. La haba visto disfrazada en demasiadas oportunidades para no reconocerla.
- Les damos hormonas por va intravenosa -inform el doctor-. Sus abundantes secreciones caen a travs de la malla metlica a las bandejas que hay debajo de cada litera, es
decir, de cada conjunto dinmico de amantes; se recogen varias veces por da mediante
grandes esponjas, de modo que nada se pierde. Y la energa que liberan, la erotoenerga,
la forma de energa radiante ms simple y ms poderosa del universo, asciende por los
extractores a las cmaras generadoras del piso superior.
stos eran los verdaderos acrbatas del deseo; los marroques eran un mero ejemplo.
El doctor suspir y trag dos aspirinas sin agua, ya que no haba refrigerador en ese
laboratorio. Los ojos del hermafrodita parecan dos lgrimas y tenan la tonalidad del
tremendo clamor que brotaba de aquellos amantes aprisionados eternamente en la trampa de sus brazos, pues no haba grillos ni barrotes: podan marcharse cuando quisieran.
Sin embargo, peregrinos petrificados, entrelazados iconos del movimiento perpetuo, slo se preocupaban por el progreso de su viaje esttico hacia la voluntaria aniquilacin
mutua.
- Estos amantes no mueren -dijo Albertina-. Han trascendido la mortalidad.
- Despus de un perodo indefinido de tiempo sin dimensin -agreg cansadamente el
doctor- se reducen a dos elementos bsicos: puro sexo y pura energa. Es decir, fuego y
aire. Es una gran explosin. Y -dijo luego, creo que con leve asombro- cada uno de ellos
se ha ofrecido voluntariamente.
Debajo del escote de su vestido de baile, vi el corazn de Albertina: un ramo en llamas. Atravesamos las filas de literas, nosotros y nuestros reflejos; ella, l y yo. Y llegamos al final. Nos haba llevado un cuarto de hora, a buen paso. All haba una litera vaca. La ms alta de las tres.
Apenas la vi, supe que era mi lecho nupcial.
Era el momento preciso. Mi novia aguardaba. Tenamos la bendicin de su padre.
- Ir maana a la ciudad -dijo el doctor- y, como el tiempo ser completamente negado
- llegars ayer -concluy Albertina.
Ambos rieron tiernamente. Yo comprend por fin ese intercambio gnmico. Nuestra
unin, demorada y tan profundamente anhelada, liberara tal carga de energa que nuestra eternidad invadira el mundo; y en ese vaco emprico, el doctor descendera a la ciudad para iniciar la liberacin.

Albertina se quit las monedas de plata y el vestido morado cay a los pies de la diosa de los trigales, ms triunfal y salvajemente hermosa que cualquier fantasa, mi otro
platnico, mi extincin necesaria, mi sueo hecho carne.
- No! -grit-. No, Generalsimo, no!
Mi grito fue tan fuerte que atraves incluso el voluntario abandono de los esclavos
del amor, quienes mientras yo corra hacia la puerta se menearon con menos entusiasmo
y uno o dos de ellos, sin mover la cabeza, me miraron con aquellos ojos vacos que languidecan al tiempo que se secaba el sudor de su piel. La luz vacil un poco, anticipando
un fallo elctrico.
Son una alarma. El doctor tena una pistola y dispar varios balazos; pero los espejos lo engaaron y las balas rebotaron en las paredes causando gran derramamiento de
sangre entre los practicantes del deseo, peligrosamente expuestos. Me lanc contra las
puertas de acero, pero deban de haberse cerrado automticamente cuando son la alarma. Desesperado, desarmado, medio cegado por las lgrimas, me volv para enfrentarme a mis adversarios.
El doctor haba saltado a la silla de ruedas para moverse con mayor rapidez por el laboratorio, dado que caminaba con lentitud. Por fin demostraba alguna emocin. Su rostro estaba agitado y haca muecas de furia mientras blanda el intil revlver descargado.
Ella Ella era como un ngel vengador, me amaba de verdad y tena en la mano un
cuchillo que centelleaba bajo la luz blanca, temblorosa y artificial. Todos los amantes
desnudos haban abandonado su comunin para llorar a los muertos y a los agonizantes
en cuya hermosa carne haba florecido la sangre.
Yo no haba visto en el cosmorama nada que pudiera advertirme el grotesco desenlace
de mi gran pasin.
l se lanz contra m en su silla de ruedas e intent derribarme, pero yo aferr los
brazos de la silla y la volqu. El doctor pesaba menos que un mueco. Cay inerte, con
los brazos y las piernas abiertas, y el revlver huy de su mano girando sobre el espejo
hasta que encontr la pared, mientras su cabeza daba contra el suelo en un ngulo tan
agudo que el cuello debe de haberse quebrado instantneamente. Un poco de sangre
corri desde su nariz hasta el reguero que suba desde la nariz del espejo. Luego luch
con Albertina sobre el cuerpo de su padre.
Nos debatimos sobre el cuerpo inanimado del doctor por la posesin del cuchillo, tan
apasionadamente como si fuera por la posesin de nuestros propios cuerpos.
Resbalamos como peces mojados sobre los espejos, pero ella no soltaba el cuchillo
aunque yo le apretaba tan fuertemente la mueca que no hubiera podido herirme con l.
Me morda y me desgarraba la ropa; yo tambin la mord y la golpe con los puos.
Golpe sus pechos hasta que estuvieron tan azules como sus prpados, pero no soltaba
el cuchillo y le mord el cuello como si yo fuera un tigre y ella el trofeo elegido en las
selvas de la noche. Resisti hasta que sus fuerzas se agotaron. En ese momento la mat.
Es muy difcil para m escribir esto. Ya os he contado cmo mat al doctor: sin proponrmelo. No os dais cuenta de que no merezco ser un hroe? Por qu debo contaros
cmo mat a Albertina? Creo que la mat para evitar que ella me matara a m. Estoy casi seguro de que fue por eso. Casi seguro.
Cuando sus dedos se aflojaron, le quit inmediatamente el cuchillo y la her debajo
del pecho izquierdo. O quizs en el vientre. No, fue debajo del pecho izquierdo, porque
el fuego se desvaneci cuando el acero entr hasta las llamas, pero me habl antes de
morir. Dijo:
- Siempre he sabido que slo se puede morir de amor.
Luego cay hacia atrs. Deba de tener escondido el cuchillo en su vestido morado,
aunque, por supuesto, jams sabr por qu. Era un cuchillo de cocina comn, como los

que se usan para cortar la carne, por ejemplo para hacer albndigas o cosas as. Su carne
se abri para dejar salir la hoja y sus ojos, todava de forma de lgrimas horizontales,
callaron para siempre.
Si el doctor hubiera sido un verdadero mago, el laboratorio subterrneo, el castillo,
todo el edificio de piedra, vidrio, nubes y niebla habran desaparecido. Se habra odo un
trueno y un vendaval habra arrastrado las maquinarias, los libros, los alambiques, las
mandrgoras embalsamadas y los esqueletos de lagarto, y yo me habra encontrado solo
en la montaa, bajo la luna menguante, con los jirones de un sueo en mis manos. Pero
no. La alarma segua sonando, y algunos de los amantes supervivientes de las balas empezaban a caminar por el insomne dormitorio sobre sus piernas vacilantes, como si obedecieran a una oscura obligacin de acercarse al espectculo de la muerte, aunque ninguno de ellos, medio ciegos, pareca advertirlo. La nica puerta se mantena firmemente
cerrada, y yo estaba a un kilmetro debajo de la superficie de la tierra, encerrado en un
saln de espejos. Mientras limpiaba el cuchillo con el pauelo que me haban dado para
usar con el traje sent, cmo decirlo, la perturbadora sensacin de la libertad absoluta.
Libertad, s. Sent que estaba libre de ella, comprendis?
Pero no haba forma de salir del laboratorio, excepto por la puerta cerrada. Cmo
poda estar libre de ella mientras yo mismo viviera?
Saba que la alarma provocara algn efecto, y mi primer pensamiento fue huye; el
segundo, que la huida era imposible.
Los amantes que no lloraban a sus muertos o lamentaban sus heridas se agrupaban
tan desconcertados e inseguros como potrillos recin nacidos. Slo saban que haban sido interrumpidos en mitad de la tarea ms importante del mundo, pero ignoraban cmo
y por qu, incluso aquellos que con el rostro cubierto de sangre se aferraban a los brazos
o a las piernas de sus compaeros y les pedan que se acostaran nuevamente, o de pie,
vacilantes, engaados por los espejos, besaban el reflejo de esos labios tan seductores.
Muy pocos o quiz ninguno de ellos repar en mi cuchillo, o vio con cunta crueldad yo
haba traicionado al amor mismo. Me escond entre las literas hasta que se abrieron las
puertas de metal. La alarma dej de sonar.
No apareci un batalln de soldados; slo un representante del hasta entonces invisible personal tcnico, armado con una jeringa. Y ni siquiera se molest en cerrar la puerta
a sus espaldas. Obviamente, la alarma siempre haba indicado alguna leve indisposicin
de los amantes, que se poda resolver con una o dos inyecciones de hormonas; quizs
interpretaban la fluctuacin de las luces como una seal de deficiencia hormonal. Cmo poda saber nadie la verdadera naturaleza del trastorno? Qu tumulto podan ocasionar los amantes? Acaso era preciso llamar a la guardia para solucionar un descenso de
vitalidad entre los esclavos del amor? Yo estaba dispuesto a hacer frente a cincuenta rifles mercenarios. Quera una lucha heroica. Quera una lucha heroica para justificar ante
m mismo mi crimen. Y todo lo que hice, finalmente, fue apualar al inofensivo tcnico
en la parte posterior del cuello con toda facilidad, mientras l miraba boquiabierto la silla de ruedas rota, al sabio encogido, a la muchacha muerta. Dej a mis tres muertos a
mis espaldas, sal al pasillo y apret el botn que cerraba la puerta.
Si vosotros tenis cierta sensacin de anticlmax, cmo creis que me senta yo?
An llevaba el cuchillo. Advert que inconscientemente haba guardado en el bolsillo
delantero el pauelo manchado con la sangre de Albertina: pareca una rosa roja.
Todas las luces se apagaron y comprend que el resto del personal, fuera quien fuese,
pronto despertara. Saba que, en primer lugar, deba destruir las mquinas modificadoras de la realidad; era mi obsesin, pues crea que de esa manera podra reivindicarme
ante la historia, como efectivamente sucedi. Corr por el helado laberinto de blancos
pasillos, encontr el laboratorio, entr, romp las pantallas, arranqu del muro cables y

tuberas y quem los archivos con mi encendedor de oro. Fue tarea de un momento. Para completarla, fui a la planta de destilacin y destroc todo lo que encontr all, aunque
antes sorprend a otro tcnico a quien tambin tuve que matar. Estas depredaciones no
pusieron en marcha ninguna alarma, porque, dada la estructura del sistema del doctor,
los trastornos eran imposibles. Las luces vacilaban cada vez ms, y comprend que no
estara libre mucho ms tiempo en el castillo, y que no tendra tiempo de destruir el estudio de la torre. Sospech que el doctor le permita slo a su hija el acceso a sus secretos ms arcanos, cosa que luego comprob ya que todo se detuvo en cuanto l muri.
Los esclavos del amor se desbandaron, porque los deseos objetivados no podan sobrevivir sin la erotoenerga Lo comprob ms tarde. Son los tristes cabos sueltos de la
historia. Debo atarlos o dejarlos como estn? Los libros de historia los atan mucho mejor que yo, pues yo estaba en las entraas de la tierra con cuatro marcas en mi cuchillo.
Sal sin dificultad, aunque el ascensor ya no funcionaba. Encontr la salida de emergencia: estaba junto al ascensor. Sub en espiral, atolondrado, hasta el saln de entrada del
castillo, donde el viejo perro dormitaba todava ante las cenizas grises de los troncos de
manzano.
Cuando olfate la sangre de Albertina, salt contra m con las ltimas reservas de su
fuerza senil, y dej clavado en su garganta el cuchillo de cocina. Fue mi ltima vctima
en el castillo del doctor.
En ese parque sagrado, las aves dorman con sus cabecitas debajo de las alas y los ciervos, como estatuas. El castillo cerr sus ojos de colores, uno por uno, como un pavo
real que recoge lentamente la cola. Las cuatro lunas giraban cada vez ms despacio, y
ya eran perceptiblemente menos luminosas en los bordes, como una luna real al final de
la noche. Yo todava llevaba mi smoking, mi corbata negra, mi flor sangrienta en la solapa, y hua por la hierba cubierta de roco como una persona no invitada que ha sido
rechazada en la puerta una noche de fiesta.
Ech a correr. El puente de madera reson como una ametralladora debajo de mis pies. Arranqu un arbusto seco al borde del precipicio; con ayuda de mi encendedor de
oro quem el puente para no poder volver al castillo aunque lo deseara. Slo quem el
puente para no poder regresar al lado de ella. Se parti y cay ardiendo al abismo: la tierra lo trag.
El cielo se llen entonces de un enjambre de helicpteros que descendieron en la terraza del castillo agonizante, y pens que los militares por fin se haban puesto en movimiento; luego comprend que deban de haber acudido en cumplimiento de un plan preestablecido, seguramente para llevar al doctor a la ciudad.
Bajo las estrellas, yo era el nico hombre viviente que conoca la muerte del doctor.
El nico hombre viviente que saba que el tiempo haba recomenzado.
El camino llevaba al campo de aterrizaje y a la base, de modo que no lo segu. Una
vez ms me intern en las montaas. Vagu entre ellas durante quiz tres das, escondindome entre las rocas cuando vea un helicptero, porque zumbaban por todas partes
como irritadas moscas. Me pregunt si el ejrcito heredara el reino que el doctor haba
creado para s. Al tercer da, por accidente, encontr una granja india. Habl en la lengua del pueblo del ro, me dieron avena cocida y me permitieron dormir en el jergn de
paja colectivo. A cambio de mi encendedor de oro me dieron una flaca y hambreada yegua blanca en la que me alej, y el hijo menor, con sus amplios pantalones blancos y las
piernas cubiertas de llagas, me acompa hasta un sendero que conduca al valle, entre
crueles acantilados amarillos que lastimaban con su infinita monotona mi fatigado cerebro. Los helicpteros patrullaban cada vez menos el cielo abandonado; a fin de cuentas, los soldados del doctor eran slo mercenarios y, si no reciban su paga, trataran en
vano de descifrar los libros, los paneles de instrumentos y los generadores, saquearan el

castillo y se marcharan en busca de otra guerra. Acaso no hay siempre una nueva guerra? Los tcnicos eran slo tcnicos Pero de esa fase de la guerra, de la agona final,
no saba nada. Slo saba entonces que los helicpteros eran cada vez menos frecuentes
y que finalmente desaparecieron.
Ya no hubo ms transformaciones porque los ojos de Albertina se haban extinguido.
Continu la marcha, a travs de la inerte vegetacin del invierno, y me sent libre de
todo lazo, como un viajero que ha negado su propio destino. No vea colores a mi alrededor, por ninguna parte. La comida que mendigaba no tena sabor, no era dulce ni agria. Saba que estaba condenado a la desilusin eterna. Mi castigo haba sido mi crimen.
Regres lentamente a la capital. No tena motivo ni deseo. Slo por mi propia inercia,
tanto tiempo dormida, que ahora se afirmaba nuevamente y me arrastraba por su propia
fuerza miserable, pasiva, aptica. En esta ciudad soy, o he sido, como sabis, un hroe.
Fui uno de los impulsores de la nueva constitucin, sobre todo por el impulso negativo
de mi propia inercia; cuando me pusieron honrosamente sobre el plinto no fui capaz de
gritar Os habis equivocado, porque senta que si lo que haba hecho haba servido al
bien comn, poda igualmente disfrutar de los beneficios. Mi expresin es la burla; mi
gesto, encogerme de hombros. Si ella era aire y fuego, yo soy agua y tierra, ese residuo
de la materia inerte, inmvil, que por su propia naturaleza no puede ser irradiado, no puede ascender aunque lo quiera. Soy el control, el impulso de la restriccin. Me convert
en un poltico. Yo, un antiguo hroe, una estatua que se desmorona en una plaza abandonada.
Regres lentamente entre las nieblas del invierno. El tiempo era ms denso a mi alrededor que la niebla. Estaba tan desacostumbrado a moverme a travs del tiempo que me
senta como si caminara debajo del agua. El tiempo ejerca una enorme presin sobre
mis venas y sobre mis tmpanos, sufra terribles dolores de cabeza, nuseas y debilidad.
El tiempo endureci los cascos de mi yegua hasta que se dej caer al suelo y muri. El
Tiempo Nebuloso era ahora el tiempo pasado; yo me arrastraba como un gusano sobre
el pegajoso barro del tiempo comn y los rboles desnudos mostraban las formas tristes
de un infinito noviembre del corazn, porque a partir de ese momento, todos los cambios seran, como haban sido antes, absolutamente predecibles. As pude identificar por
fin el sabor de mi pan cotidiano: era y sera siempre el de la pena. No el arrepentimiento. Slo la pena, esa pena insaciable con la que reconocemos que lo imposible es, per se,
imposible.
Pues bien. Gast mis calcetines de seda, las suelas de mis zapatos de charol, me echaba para dormir y me levantaba para volver a andar hasta que ese inmundo espantapjaros vestido de andrajos, el pelo enmaraado hasta el hombro y la barba descuidada,
con una oscura rosa de sangre endurecida sobre el pecho, vio una madrugada, a la luz de
la luna, las ruinas humeantes de la ciudad familiar.
Apenas me acerqu, descubr que las ruinas estaban habitadas.
El viejo Desiderio deja la pluma. Pronto me traern una bebida caliente, antes de que
me acueste. Me agradan estas pequeas atenciones porque son el consuelo de la vejez,
aunque no tengan ningn sentido.
Me duele la cabeza de escribir. Qu libro tan grueso forman mis memorias! Qu libro tan grueso es el atad del joven Desiderio, que era tan delgado y flexible. Me duele la
cabeza. Cierro los ojos.
Sin que la llame, ella viene.

[1] Un chiste dudoso, destinado a producir discretas risas entre los estudiantes ms
jvenes. (Nota de Desiderio.)

[2] Sigmund Freud, La interpretacin de los sueos. (Nota de Desiderio.)

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