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No Apagues La Luz - A.M. Caliani

El documento presenta el inicio de una historia de terror dividida en capítulos sobre una familia que se muda a un nuevo apartamento que parece perfecto pero donde sucederán eventos extraños, especialmente en la habitación de la hija pequeña.

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No Apagues La Luz - A.M. Caliani

El documento presenta el inicio de una historia de terror dividida en capítulos sobre una familia que se muda a un nuevo apartamento que parece perfecto pero donde sucederán eventos extraños, especialmente en la habitación de la hija pequeña.

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Annotation

Atrvete a acompaar al autor de 'El secreto de Boca Verde' (Premio Pandemia a mejor novela de
ficcin 2013 y n 1 en Amazon Espaa) en un nuevo viaje a travs de quince relatos de terror que te
perseguirn mucho despus de apagar tu e-reader.
En este libro encontrars a una madre que reclama a su hija despus de morir, un juego prohibido
que abrir las puertas del infierno, un extrao personaje que ejecutar una terrible venganza, una reliquia
asesina en manos de una nia inocente, un demonio islmico sediento de almas, la ciudad de Miami
tomada por muertos vivientes... y mucho ms.
Tienes un reto ante ti: lee e intenta no apagar la luz, o lo que habita en el interior de estas pginas
electrnicas ser liberado para jugar a un juego macabro contigo.
Quedas advertido.

A.M. CALIANI
Sinopsis
No Apagues la Luz
A.M. Caliani

NO APAGUES LA LUZ EL CUARTO DE SONIA LA TABLA OUIJA WHISKYMAN


PURGATORIO VISIONES DE LA PARCA EL ALFILER INMUNE UN TIPO CABAL AISHA
KANDISHA QUID PRO QUO LOS NIOS DEL MOLINO LOXSCELES LAETA LUNA TOTAL
YA PUEDES APAGAR LA LUZ Sobre el autor Copyright NO APAGUES LA LUZ

EL CUARTO DE SONIA

NOCHE 1
NOCHE 2
NOCHE 3
NOCHE 4
DIA 5
CUATRO MESES DESPUS
LA TABLA OUIJA

WHISKYMAN

PURGATORIO

VISIONES DE LA PARCA

EL ALFILER

INMUNE

UN TIPO CABAL
AISHA KANDISHA

QUID PRO QUO

LOS NIOS DEL MOLINO

LOXSCELES LAETA

LUNA TOTAL

YA PUEDES APAGAR LA LUZ


A.M. CALIANI

No apagues la luz

Prema Ediciones
Sinopsis

Atrvete a acompaar al autor de 'El secreto de Boca Verde' (Premio Pandemia a mejor
novela de ficcin 2013 y n 1 en Amazon Espaa) en un nuevo viaje a travs de quince relatos
de terror que te perseguirn mucho despus de apagar tu e-reader.
En este libro encontrars a una madre que reclama a su hija despus de morir, un juego
prohibido que abrir las puertas del infierno, un extrao personaje que ejecutar una terrible
venganza, una reliquia asesina en manos de una nia inocente, un demonio islmico sediento de
almas, la ciudad de Miami tomada por muertos vivientes... y mucho ms.
Tienes un reto ante ti: lee e intenta no apagar la luz, o lo que habita en el interior de estas
pginas electrnicas ser liberado para jugar a un juego macabro contigo.
Quedas advertido.

Autor: Caliani, A.M.


2014, Prema Ediciones
ISBN: 9788415511199
Generado con: QualityEbook v0.72
No Apagues la Luz
A.M. Caliani
ndice
NO APAGUES LA LUZ EL CUARTO DE SONIA LA
TABLA OUIJA WHISKYMAN PURGATORIO
VISIONES DE LA PARCA EL ALFILER INMUNE UN
TIPO CABAL AISHA KANDISHA QUID PRO QUO LOS
NIOS DEL MOLINO LOXSCELES LAETA LUNA
TOTAL YA PUEDES APAGAR LA LUZ Sobre el autor
Copyright NO APAGUES LA LUZ
LO HICISTE. Sin darte cuenta, acabas de cometer la imprudencia de tu vida. Entre los miles de libros
que tenas a tu disposicin, tuviste que elegir este.
Precisamente este.
Acabas de abrir la caja de Pandora, el cofre de los truenos, la tapa de tu atad. La tinta que pugna
por escapar de estas pginas se ha transformado en sangre negra. Has empezado algo que ya no puedes
detener. O tal vez s. Todava tienes una oportunidad. Te proponemos un juego. En el fondo somos unos
bromistas... nos gusta pasarlo bien, aunque sea a vuestra costa. Las reglas son fciles. En realidad, las
reglas se resumen en una:
No apagues la luz.
Ni se te ocurra.
Si lo haces, liberars a quienes habitamos aqu dentro; infectaremos tu casa y seris nuestro juguete.
Cuando oigas a tu beb llorar, apuesta a que no estar solo: estaremos aterrorizndole, solo por
diversin. T no podrs vernos, pero para l seremos tan reales como t. Corromperemos sus sueos,
tornaremos el aire que respira en un halo nauseabundo y atormentaremos su vigilia.
Tu pareja empieza a comportarse de un modo extrao? Sus ojos ya no son los que eran y una luz
roja brilla en el fondo de sus pupilas? Quin controla en realidad ese cuerpo que tanto te ha hecho
suspirar de deseo? Sers capaz de conciliar el sueo a su lado? Yo de ti desconfiara...
Cuando vuestro hijo adolescente comience a juntarse con malas compaas, llegue tarde a diario y
sus ojeras parezcan fosas comunes, adivina quines sern sus consejeros: nosotros. Nada ms placentero
que ver a alguien pudrirse en su autodestruccin.
Tienes un perro? O tal vez sois de esos que prefieren los gatos? Cada vez que vuestra mascota se
quede mirando fijamente al fondo del pasillo, pregntate qu es lo que est viendo, porque algo invisible
estar al acecho para haceros la vida imposible. Todo lo bueno que te rodea mutar en oscuridad, tristeza
y degeneracin.
Objetos que cambian de sitio, papeles que se pierden, ira que brota de repente de lo ms profundo
de vuestro ser. Casualidad? No seis ingenuos! Tomaremos el control. Seris nuestras marionetas: un
teatro de tteres humanos a merced de nuestros deseos ms inmundos. Si vieras la cara tan cmica que
tienes ahora mismo... Nos haces rer. Y estamos cerca, muy cerca, justo detrs de ti.
Por qu giras la cabeza? Es broma. Todava no estamos a tu lado. An no has apagado la luz. Por
ahora ests a salvo. Pero qu pasar si se te ocurre apagarla? Puede que se te olvide dejar una luz
encendida. Eso nos desatar y comenzar tu pesadilla. Tenlo muy en cuenta.
No apagues la luz. Ni se te ocurra.
Somos tus peores miedos, somos lo que ms temes. Una legin de demonios, monstruos, pesadillas...
llmanos como quieras, no te revelaremos nuestro nombre, aunque tenemos tantos que tardaras varias
vidas en poder aprendrtelos. Ahora mismo nos tienes presos entre tus manos, y te vemos sonrer. Puede
ser que no nos creas.
As que eres una de esas almas escpticas, alguien que se encuentra a gusto jugando con el miedo.
Pues te retamos a seguir leyendo. Te esperan historias que removern lo ms profundo de tus terrores, a
no ser que seas uno de esos elegidos que no temen a nada. Venga, valiente! Avanza y empieza a leer!
De hecho, nos sentimos generosos y te proponemos algo: si terminas todos los relatos antes de que
apagues la luz, volveremos al pozo negro de donde procedemos y te dejaremos en paz, a ti y a tus seres
ms queridos. Sers feliz, y la luz inundar vuestras ridculas vidas. Has odo ese ruido? Somos
nosotros, estamos deseando salir y joderte la vida. Lo vas a permitir?
Comienza el juego. Empieza a leer. No descanses o lo pagars.
Y sobre todo, recuerda:
No apagues la luz.
EL CUARTO DE SONIA
JULIN Y CAROLINA SE QUEDARON CON EL PISO de la calle Po Baroja sin pensrselo dos veces.
Ciento noventa mil euros por un tercero con ascensor, tres habitaciones bien hermosas, pertrechadas con
muebles nuevos, funcionales y comprados con buen gusto, un cuarto de bao grande y un aseo ms que
decente, era una ganga impensable hasta para estos tiempos de crisis. No era de nueva construccin, ni
mucho menos, pero estaba recin reformado y por dentro se vea flamante. Ni siquiera les hizo falta
hipotecarse: tenan noventa mil euros ahorrados, y el padre de Julin les regal los cien mil que faltaban.
Dnde est el truco? le pregunt Julin al de la inmobiliaria antes de firmar el contrato de
compra previo a las escrituras. El piso est por estrenar. Por qu no se lo qued el propietario?
Tuvo que mudarse a otra ciudad por motivos de trabajo le explic el agente, con esa sonrisa de
cera que esgrimen ciertos vendedores que fingen ser simpticos pero que no lo son. Necesita el dinero
urgentemente, de ah que haya puesto un precio tan bajo.
Carolina, al lado de Julin, le inst a firmar con la mirada. Un piso cntrico a ese precio era una
bicoca. Obedeciendo la orden mental de su esposa, Julin firm encantado.
Dejaron el apartamento de alquiler en cuanto terminaron de darle los ltimos toques a la decoracin
de la casa, tres semanas despus de comprarla. Lo que a Carolina le haca ms ilusin era el cuarto que
ya se haban encontrado montado para Sonia, su hija de trece meses. Era perfecto. La habitacin, al fondo
del pasillo, era la ms grande y luminosa de todas. Estaba pensada para el futuro: tena una cama
integrada en un mueble de color pino con su mesa de estudio y todo; un armario de doble puerta remataba
el conjunto, y un complejo de estanteras y altillos servan de almacn para juguetes presentes y
venideros. En ese momento, el ejrcito de peluches de Sonia pareca vigilar el cuarto, en formacin
militar. En medio de la habitacin haban puesto la cuna, que tena los meses contados: en cuanto la nia
creciera, acabara en el trastero del padre de Julin, aguardando la posible venida de un hermanito para
Sonia. Ya se vera con el tiempo.
Julin y Carolina decidieron que aquel era un momento idneo para sacar la cuna de su dormitorio.
Tarde o temprano, Sonia debera acostumbrarse a dormir sola. El nico inconveniente que vio Carolina
fue que haba una habitacin entre el cuarto de la nia y el suyo y, para su gusto, le quedaba algo lejos.
Julin no tard en buscar una solucin a esa lejana: algo parecido a una pareja de walkie-talkie para
bebs.
Ves? Julin colg el emisor en los barrotes de la cuna y lo encendi. Con este chisme
oiremos todo lo que pasa en la habitacin. Si Sonia llora, nos enteraremos. Vamos a hacer una prueba,
vers qu bien funciona.
Jugaron durante unos minutos con los walkies. El receptor captaba hasta el mnimo susurro de
Carolina, quien dio el visto bueno a los aparatos y accedi a sacar a su hija del dormitorio. Julin grit
albricias para sus adentros: adis a dormir con un ojo abierto y otro cerrado, y hola al retorno del sexo
perdido. Solo pensar en la primera noche que pasara a solas con su mujer se la puso dura.
Vamos a casa de mis padres a recoger a la nia? le pregunt Julin a Carolina, impaciente por
estrenar la casa de una vez por todas.
Carolina le obsequi con un beso en los labios, que l interpret como una promesa de lo que
podra venir despus.
Vamos dijo ella. Me muero de ganas de pasar la primera noche en casa.
NOCHE 1

CAROLINA le dio el bibern a Sonia antes de las diez. Mientras la nia coma, Julin se despatarraba en
el chesln que vena de serie con la casa. Como complemento perfecto del sof, se haba adjudicado un
televisor LED de cuarenta y dos pulgadas y alta definicin que transformaba cualquier evento deportivo o
pelcula en un espectculo digno de estallar en aplausos. Para rematar la jugada, se haba agenciado un
cilindro de patatas Pringles y una Alhambra 1925 recin salida del frigorfico. Armado con el mando a
distancia, daba rienda suelta a uno de sus hobbies favoritos: hacer zapping. En ese momento, se senta el
hombre ms feliz del mundo.
Poco despus de las diez, Sonia apareci por la puerta del saln, con el receptor inalmbrico en la
mano.
Ya se ha dormido anunci, enchufando el aparato en una toma de corriente libre.
Ponen una pelcula a las diez y media dijo Julin, cambiando de cadena. Al menos no es una
antigualla... Te apetece verla?
S, necesito relajarme. Voy a prepararme un sndwich de jamn y queso. Quieres uno?
Julin acept, y Carolina los prepar en un santiamn. Sac otra cerveza del frigorfico para
acompaar a su marido y se recost junto a l en el sof.
Poco antes de las diez y media, el receptor cobr vida de repente, dndoles un susto de muerte. No
era un llanto de beb lo que sonaba. Era un llanto de mujer, y no se oa en el pasillo: solo en el altavoz
del aparato.
Julin le hizo un gesto a Carolina para que se quedara sentada y fue a ver a Sonia. La nia dorma, y
la habitacin pareca en orden. Tan solo vio una cosa rara en la barandilla de seguridad de la cuna: unas
manchas de algo gris y pegajoso. Pens que Carolina habra tocado los barrotes de la cuna con las manos
llenas de crema o cualquier otro potingue y no le dio mayor importancia. Regres al saln.
Nada. Probablemente se haya metido alguna frecuencia de radio en el aparato.
Pues vaya mierda gru Carolina. Era un llanto escalofriante. Daba miedo.
Julin le dio un beso.
No me digas que a estas alturas te vas a acojonar por una interferencia. Se ech a rer.
Venga, disfrutemos de la pelcula y luego ponemos a prueba la cama nueva.
Me parece muy bien acept Carolina, llevndose la mano de Julin hacia uno de sus pechos;
comenz a acaricirselo con ella. A pesar de estar todo el tiempo a tu lado, comenzaba a echarte de
menos, sabes?
Esa noche no acabaron de ver la pelcula. De hecho, se dejaron olvidado el receptor en el saln, por
lo que tampoco oyeron los extraos ruidos procedentes del cuarto de Sonia. Unos ruidos que no cesaron
en toda la noche.
NOCHE 2

EL alarido metlico que brot del receptor les despert a las dos menos veinte de la madrugada
siguiente. Se levantaron de la cama de un salto, casi atropellndose entre ellos, y recorrieron los pocos
metros del pasillo como si les persiguiera una manada de toros por la calle Estafeta. Cuando llegaron al
cuarto de Sonia, la encontraron sentada en la cuna, llorando a moco tendido, con una desesperacin que
nunca hasta hoy haban visto.
Mi nia! exclam Carolina, abrazndola. Qu te ha pasado?
Saba que Sonia no le iba a contestar. Con trece meses que tena, an no se haba dignado a
pronunciar ni unos mseros "mam" o "pap". Hasta que decidiera arrancar a hablar, era como si fuera
muda.
Mira esto. Julin seal unas manchas pastosas en la cuna, en el suelo y en el pijama de Sonia
. Anoche tambin vi esta mierda en los barrotes. Qu coo es?
No parece que haya vomitado aventur Carolina, examinando el pijama de la nia. Tampoco
huele a vmito. La verdad es que no huele a nada.
Voy a por una fregona gru Julin, dirigindose a la cocina.
Sonia durmi esa noche en la cama de sus padres, en medio de los dos. Julin logr conciliar el
sueo al cabo de un rato, cuando Sonia se calm, pero Carolina no poda quitarse de la cabeza el grito
que haba odo a travs del receptor. Aquello no proceda de la garganta de un beb de trece meses.
Ni siquiera pareca humano.
NOCHE 3

ESTA vez, fue mucho peor.


Eran las tres y cuarto de la madrugada, y aparte del sonido estridente que brot del receptor, que
pareca querer estallar en mil pedazos, oyeron a Sonia gritar de terror. No lloraba: aullaba como si la
estuvieran matando. No hay nada peor que el alarido de terror de un beb: es como si pretendieran
aferrarse a la vida con la voz. Una vez ms, Julin y Carolina corrieron los cinco metros de pasillo que
separaban su dormitorio del de Sonia como si les fuera la vida en ello, pero esta vez, sucedi algo que no
esperaban.
La puerta se les cerr en las narices, impidindoles la entrada.
Los intentos de Julin por abrirla fueron en vano. Estaba atrancada, aunque no haba pestillo que
pudiera cerrarla por dentro. Sonia haba cambiado sus gritos por un llanto desconsolado. Carolina
comenz a chillar en el pasillo:
Hay alguien en el cuarto de la nia, Julin! Hay alguien ah dentro!
Treme el destornillador plano de la caja de herramientas! le orden, sin dejar de empujar la
puerta.
Carolina corri a la pequea terraza donde estaban la lavadora y el calentador de gas y abri la
taquilla de plstico donde guardaban la caja de herramientas junto a mil y un productos de limpieza.
Temblando y llorando sin parar, consigui abrirla y desparramar por el suelo una mirada de tornillos,
tuercas, clavos, espiches y dems mierda que Julin almacenaba por si acaso. Localiz dos
destornilladores: uno de estrella y otro plano. El de estrella se lo qued, por si haba que clavrselo
hasta el mango en un ojo al hijo de puta que estaba haciendo sufrir a su nenita. Ignorando las punzadas de
dolor que le producan las pequeas piezas de acero en sus pies descalzos, regres corriendo al pasillo,
donde Julin segua pelendose con la puerta cerrada.
Toma!
Julin introdujo la parte plana del destornillador entre el batiente y el marco de la puerta, haciendo
palanca con todas sus fuerzas a la vez que empujaba con el cuerpo. Detrs de l, Carolina empuaba el
destornillador de estrella como si fuera un cuchillo, entonando una letana a base de repetir "por favor" a
toda velocidad. Aunque no era muy creyente, se sorprendi a s misma rezando todas las oraciones
aprendidas durante su niez. Rez por muchas cosas, pero sobre todo por una: despertar y descubrir que
todo aquel horror no haba sido ms que fruto de un mal sueo.
Con un chasquido de victoria, la puerta se abri hacia adentro y Julin irrumpi en la habitacin con
su mujer pegada al culo. Lo que vieron les dej paralizados de miedo.
El cuarto de Sonia se haba transformado en una ventana abierta a un mundo infernal. La luz del
pasillo, que iluminaba desde fuera la habitacin a oscuras, pareca chocar con la fosforescencia gris
verdosa que lo dominaba todo. La extraa luz mortecina emanaba de algo parecido a una columna de
humo slido que acababa definindose en unos brazos raquticos envueltos en unos jirones casi
inmateriales, y un rostro que recordaba al de una figura de cera fundindose a fuego lento. La nia
pareca flotar entre los brazos aterradores de aquella cosa que recordaba ligeramente a una mujer tan
esculida como muerta. En cuanto la pequea vio a sus padres, proyect sus manitas hacia ellos, logrando
componer un grito de socorro sin necesidad de articular palabras.
La aparicin emiti un grito agudo y desgarrador que pareci venir de todas partes a la vez. Julin
le lanz una estocada a fondo con el destornillador, y solo logr sumergir su brazo entero en aquella
sustancia que, cuando estaba viva como ahora, tena una temperatura glacial. Otros brazos o tal vez
fueran tentculos brotaron de la columna informe, rodeando a Julin por todas partes, reptando por su
pecho y por su cuello, intentando cubrir su boca y sus fosas nasales.
La cara de pesadilla del monstruo baj hasta colocarse a dos centmetros de la de Julin, que trataba
de huir reculando y resbalndose en los charcos helados. La boca de aquella cosa, sin dientes, no era ms
que un pozo negro que pareca conectar con el infinito ms inmundo. A pesar de no tener lengua, habl
con voz inhumana:
Mi nia! Esta es mi nia!
Carolina no pudo soportar ms ver a su pequea en brazos de aquel ser. Sorteando a su marido, que
an luchaba desesperadamente en el suelo contra aquella masa que intentaba sofocarle, agarr a Sonia
por las axilas y se la arrebat a aquella ladrona de nios de un fuerte tirn. Otro alarido, este an ms
ensordecedor que el anterior, pareci rasgar el mundo en mil pedazos. La fosforescencia gris verdosa
brill con fuerza durante una milsima de segundo y de repente se extingui, dejando que la bombilla del
pasillo arrancara brillos tenues a los charcos del suelo, que comenzaban a encoger, como si murieran
poco a poco. El monstruo se haba ido y Julin qued libre de aquello que intentaba asfixiarle. Las
manchas en su pijama fueron la nica prueba de que todo aquel episodio haba pasado de verdad.
Carolina encendi la luz del dormitorio y se arrodill junto a su marido, con la nia en brazos.
Sonia an lloraba, pero su llanto ya era normal. Julin rompi a llorar tambin y abraz a su esposa, la
autntica salvadora de su hija. Bajo la luz de la lmpara, todo pareca diferente. Los peluches, testigos
mudos de aquella demo del infierno que haba tenido lugar en la habitacin, se vean ms bonachones y
cndidos que nunca. A los pocos minutos, ni Julin ni Carolina estaban seguros de lo que haba pasado
all. De todos modos, Julin tom una decisin inmediata:
Nos largamos de aqu. Voy a llamar a mi padre para decirle que vamos a pasar la noche en su
casa. Le voy a dar un susto de muerte, llamndole a estas horas...
No ser peor que el susto que acabamos de llevarnos nosotros...
Carolina prepar un par de maletas a una velocidad increble para hacerlo con una sola mano. No
estaba dispuesta a separarse de Sonia bajo ningn concepto.
NOCHE 4

ESA tarde, justo despus de salir del trabajo, Julin se dirigi a la agencia inmobiliaria. Comprob que
no haba ningn cliente e irrumpi en ella como un tifn, agarrando del cuello al vendedor sin ningn tipo
de miramientos. Se pas por los cojones sus amenazas de llamar a la polica, y destroz el telfono
inalmbrico contra la pared. Despus de lo que haban pasado la noche anterior, enfrentarse con la pasma
o con el vendedor de sonrisa de hiena le pareca un puto chiste. Tras encajar dos puetazos, con la nariz
rota y la chaqueta empapada en su propia sangre, el de la inmobiliaria result ser un to muy locuaz.
Mientras sorba un excelente maridaje de sangre, lgrimas y mocos, confes la autntica razn por la que
el propietario haba puesto el piso a un precio tan atractivo.
Se trataba de una pareja joven, con una nia de dos o tres meses, prcticamente recin nacida. l se
llamaba Jess, y ella Ana. Haban recibido el piso como parte de una herencia, y se haban gastado una
buena parte de ella en reformarlo. Justo el da antes de la mudanza definitiva, el beb muri en su cuna,
en casa de los padres de ella, donde haban vivido hasta ahora. Fue una muerte sbita, de esas que te
tocan como si fuera el premio gordo de una lotera maldita. Ana no pudo soportarlo. Mientras Jess y sus
padres llamaban al SAMUR, desesperados y con su pequea enfrindose entre sbanas de ositos y nubes,
ella abandon la casa corriendo. Horas despus, cuando la muerte de su nia se plasm en un certificado
mdico, la encontraron en su casa nueva, en el que iba a ser el dormitorio de su hija, con una bolsa de
plstico en la cabeza. A pesar de ser una forma angustiosa de morir, la polica no encontr signos de que
hubiera intentado arrancarse la bolsa o practicarle un agujero para poder respirar en el ltimo segundo.
Ana haba decidido irse de este mundo tomando una ruta que segn los creyentes va directa al infierno.
Demolido por la doble desgracia, su marido pidi traslado en la entidad bancaria en la que trabajaba y
puso la casa en venta a un precio ridculo. Se fue de la ciudad, para no volver jams.
Julin se dirigi a casa de sus padres con pasos aligerados por la rabia, rumiando el pleito que
pensaba ponerle a la inmobiliaria y en cmo expondra los hechos ante un tribunal. All les esperaban
Carolina y Sonia, como dos refugiadas, fugitivas de su propia casa. Los ltimos rayos de sol daban paso
a la noche, que ahora pareca cernirse sobre ellos con unas tinieblas repletas de miedos. Julin maldijo
en silencio: el sueo de su familia se haba vuelto una pesadilla en solo tres das. Abri el portal con la
llave. Justo cuando estaba a punto de llamar al ascensor, son su telfono mvil. Era su esposa. En cuanto
descolg, la oy hablar atropelladamente:
Julin, por favor, ven, est sucediendo de nuevo... aqu.
Estoy en el ascensor. Llego en un minuto.
Encontr la puerta de la calle abierta, con todas las luces del vestbulo y del saln encendidas,
como cuando se celebraba la cena de Nochebuena. Sus padres estaban junto a Carolina, que abrazaba a
Sonia en una pose dramtica, como de celuloide rancio. Era evidente que le esperaban.
Qu ha pasado? pregunt Julin.
Carolina no poda hacer otra cosa ms que llorar. Su padre le hizo una sea a Julin.
Ven.
Su padre le condujo a la que haba sido su habitacin hasta que se marchara de casa para empezar
una nueva vida con Carolina. Haban puesto una cama ms y haban vaciado los armarios; tambin haban
desterrado de las estanteras los recuerdos de su niez y adolescencia, confinados dentro de cajas de
cartn en el trastero del garaje. En una esquina del cuarto se encontraba el viejo moiss de Sonia. Se le
haba quedado algo pequeo, pero an no haban tenido el valor de volver a casa a recuperar la cuna.
Mira el suelo le indic a Julin su padre. Carolina se ha puesto muy nerviosa cuando ha
visto eso.
Justo alrededor del moiss, haba un charco de una sustancia que Julin reconoci de inmediato: los
restos que dejaba aquella cosa que una vez fue una madre, como Carolina, cuando visitaba el mundo de
los vivos en busca de su hija perdida. Tuvo ganas de ponerse a gritar. Tan solo tres das atrs, los
fantasmas no existan, y el mundo le pareca un lugar repleto de alegra y felicidad. A partir de entonces,
la vida no era ya tan hermosa. La rabia dio paso a la desesperacin, y Julin se ech a llorar. Si el
espectro de aquella mujer era capaz de perseguir a su hija, para qu abandonar su casa? Su padre le
puso la mano en la espalda, tratando de consolarle. l la rechaz con dulzura.
Maana mismo volvemos a casa. No vamos a traeros el infierno a la vuestra.
Pero hijo... ests seguro de que eso que decs que visteis anoche fue real? El padre de Julin
se resista a creerlo; le pareca demasiado surrealista. No puede ser sugestin? Por qu no hablis
con un profesional?
Te juro que lo haremos le asegur Julin. Pero mientras tanto, esta batalla la libraremos en
casa. Y la ganaremos.
DIA 5

A pesar de estar muy asustada, Carolina accedi a regresar a la casa nueva, y eso que su marido la haba
puesto al corriente de la tragedia que haba tenido lugar entre sus muros. A la luz del da, los
acontecimientos de haca dos noches parecan muy lejanos. Julin se plant en mitad del cuarto de Sonia
y le habl a las paredes cubiertas de juguetes y animales de peluche:
Ana, sabemos que sufriste mucho por la prdida de tu hija. Su voz pareca estar a punto de
quebrarse a cada slaba, y lamentamos la forma en la que afrontaste la situacin, quitndote la vida.
Pero esta es ahora nuestra casa. Ahora vivimos aqu. Sonia es nuestra hija, y no te la llevars. Ni ella ni
nosotros tenemos la culpa de lo que te sucedi. Mrchate! Djanos en paz de una vez!
No obtuvo respuesta. Carolina, con Sonia en brazos, le contemplaba desde el pasillo. En ese
momento, Julin sinti que estaba haciendo el ridculo.
CUATRO MESES DESPUS

ESTA noche, como todas las noches desde que regresaron a la casa de la calle Po Baroja, Julin hace
guardia al pie de la cuna de Sonia. Ha habido noches mejores y noches peores, pero nunca tan intensas
como la del tercer da. Acudieron a mdiums y a un grupo de parapsiclogos, as como a un sacerdote
que bendijo la casa. Una de las mdiums result ser una charlatana que sali despavorida cuando todos
los peluches de la estantera se volvieron a mirarla a la vez, sin que nadie los tocara; la otra tambin
poda haberse ahorrado la visita: dijo que perciba una presencia muy fuerte, sobre todo en el dormitorio
de la nia, pero fue incapaz de solucionar nada. Fue ella quien les recomend a los parapsiclogos, que
llenaron de aparatos la casa, convirtindola en un set de Gran Hermano a base de micrfonos y cmaras.
Ellos les hablaron del ectoplasma (celebraron la recogida de la primera muestra del suelo del cuarto de
Sonia como si hubieran encontrado una corrida de Elvis Presley) y de las ondas electromagnticas. La
electricidad y la luz inhibe estos fenmenos, le haba dicho el jefe del grupo, un hombre joven con
perilla y gafas de pasta. Desde entonces, la casa permanece encendida da y noche como si fuera una
feria. El ltimo en visitarla fue el cura. Vino a desgana, ley unas bendiciones y se fue con viento fresco:
veni, vidi, et non vici, porque los fenmenos no remitieron ni un pice. Seguramente celebr un
exorcismo de fogueo, para calmar lo que l consider una pareja de pirados.
Julin se turna con Carolina para las guardias. A veces oyen ruidos, como si alguien rascara el
armario, pero se han acostumbrado a ello, como se han acostumbrado a los gritos que surgen de la nada, a
los charcos de ectoplasma y a los cajones y puertas que se abren y cierran de repente. Mientras todo est
encendido y estn ellos de guardia, Ana no tendr posibilidad de materializarse y hacerles dao a ellos o
a su hija. Han aprendido a echarle huevos a esa madre desgraciada que cumple condena en el infierno y
que viene a visitarles a la hora del patio. Julin tiene la teora de que cuando Sonia crezca, Ana
desaparecer. Mientras tanto, siguen intentndolo a diario, improvisando exorcismos a base de valenta y
mucho amor. A veces incluso intentan hablar con ella y confortarla. Hasta rezan por el descanso de su
alma, aunque donde Ana se encuentra no existe la amnista.
Sonia, mientras tanto, duerme en paz. Sus padres intentan mantenerla al margen de lo que pasa a su
alrededor a toda costa, transformndolo todo en un juego. Incluso celebran cuando se forma un charquito
verde grisceo a los pies de su cuna. En esos casos, encienden toda la casa y juegan a que la expulsan.
A propsito: Sonia ha empezado a hablar. Ahora tiene diecisiete meses, y dice perfectamente mam,
pap, caca, agua...
...y Ana.
LA TABLA OUIJA
HOY HACE DIEZ DAS que mi hermana y yo compramos la tabla ouija en la vieja juguetera de la calle
Desengao. Maldita sea la hora en que lo hicimos. De hecho, mi hermana debe estar a punto de morir.
Hace horas que no la oigo rascar la puerta del vestidor donde la encerr hace ya nueve das. Cremos que
la tabla era un juguete.
Ahora s que estbamos equivocadas.
Estrenamos la tabla al da siguiente de comprarla, respondiendo a un impulso que hasta hoy no he
podido entender. Ni mi hermana ni yo hemos sentido nunca la necesidad de hablar con los muertos o
conocer lo que nos depara el futuro. Somos dos mujeres jvenes y autosuficientes, y esas cosas siempre
nos han parecido propias de esa clase de gente que compra el dcimo de lotera terminado en ochenta y
seis porque han pisado una mierda de perro al salir de casa. Por desgracia, la curiosidad pudo ms que la
prudencia.
Poco despus de oscurecer, desplegamos la ouija sobre la mesa y nos pusimos manos a la obra.
Suavemente, rozamos con los dedos la placa de plstico en forma de corazn que vena dentro de la caja.
Las instrucciones la llaman planchette. Un nombre ridculo para describir la llave que abre la puerta del
infierno.
Al poco rato de tocar la planchette, esta comenz a vagabundear por el tablero. Sealaba letras y
nmeros aleatorios, en un movimiento errtico. Entre risas, mi hermana y yo nos culpamos mutuamente de
mover aquel chisme. Fue entonces cuando la planchette comenz a formar palabras, y las palabras a
componer frases. Nada de lo que escribi fue agradable: solo presagios de dolor, sufrimiento y muerte.
Ninguna de nosotras habra sido capaz de bromear con algo tan horrible. Cuando mi hermana pregunt en
voz alta al supuesto ente quin o qu era, este escribi: demonio dentro de ti.
Fue en ese preciso instante cuando me di cuenta de que los ojos de mi hermana haban cambiado.
Ahora semejaban los de un reptil, y sus labios, agrietados y fruncidos en una mueca de odio, dejaban
entrever unos dientes afilados y una lengua bfida que emita un siseo repulsivo.
No lo pens dos veces: jams dejara que aquel ser tomara control sobre mi hermana. La embest
con tal fuerza que las dos atravesamos la puerta de su dormitorio. Camos sobre la cama. Ella se resista,
pero logr arrastrarla hasta el interior del vestidor. La golpe con todas mis fuerzas hasta hacerla caer de
espaldas. Luego me apresur a cerrar la puerta y empuj la cama contra ella. Luego las cmodas, las
mesitas de noche... todo lo que haba en la habitacin. Dese con todas mis fuerzas que aquella barricada
de muebles contuviera la ira del demonio. No pude evitar llorar de miedo.
Durante nueve das, aquella criatura malfica en la que se haba convertido mi hermana aull y
ara las puertas. Ahora ya no se la oye. He dejado que su cuerpo muera para que su alma goce del
perdn de Dios. Me da pavor abrir el vestidor. No s si el cuchillo de cocina que llevo en la mano ser
eficaz contra el demonio. No esperar ms: voy a abrir.
Mi hermana est inmvil en el suelo, sin vida. Nueve das de agotamiento, miedo, hambre y sed han
podido con ella. Levanto la vista y me enfrento entonces a mi propia imagen en el espejo del vestidor. Mi
corazn da un vuelco dentro de mi pecho: lo que veo es un ser con ojos de serpiente, dientes aterradores
y lengua bfida. El demonio, dentro de m, se re al comprobar que su engao ha dado resultado: l nunca
estuvo dentro de mi hermana. Habit en m desde el principio.
Por suerte, tengo el cuchillo. El primer tajo que me doy duele horriblemente. El segundo es an peor.
El tercero es insoportable. Mis pies descalzos chapotean en un charco de sangre, y los ojos muertos de
mi hermana contemplan el espectculo desde la tarima flotante.
El demonio, mientras hago jirones mi carne, no para de rer a travs de mis labios.
WHISKYMAN
Whisky Man es mi amigo, est conmigo, siempre cerca de m Cada vez que bebo me acompaa, y nos
ponemos a gusto... (The Who)

Jueves, 18 de julio de 1963 Dos das antes del eclipse total de sol La noche en que todo comenz

A LAS NUEVE Y MEDIA DE LA NOCHE DEL JUEVES, el vocero de los jvenes y la msica de
los autorradios convertan el murmullo del ro Penobscot en una suerte de ruido blanco que acababa
pasando desapercibido para todos. Haba al menos veinte coches aparcados en el estacionamiento del
Shelley's Dream, uno de los bares de Old Town que permaneca abierto hasta bien entrada la madrugada.
El Shelley's Dream se encontraba justo a la salida del puente que comunicaba la zona residencial de
French Island con la margen izquierda del ro. Un buen local para tomar una copa despus del trabajo,
intentar ligar con la divorciada de turno o, simplemente, comer alguno de los colesterlicos manjares de
su cocina.
Shelley Randall, la propietaria, atenda personalmente la barra junto a un joven camarero llamado
Brad, un tipo cumplidor y de pocas palabras, poseedor de un odo y una mirada neutra diseadas por
Dios para escuchar, impasible, historias de borrachos. Shelley, mucho ms locuaz y pizpireta que Brad,
tena una edad indefinida escamoteada detrs de un peinado exuberante y un maquillaje estratgico. Su
cuerpo, glorioso en la dcada de los cuarenta, conservaba mucho de su atractivo veinte aos despus. No
eran pocos los jovenzuelos que le tiraban los tejos mientras les serva una copa. An siendo cuarentona,
tena un escote de lo ms interesante. Shelley se pasaba por el arco del triunfo la prohibicin de venta de
alcohol a menores de veintin aos; le pondra por delante una cerveza al mismsimo Nio Jess si
pagaba el medio dlar que vala. El negocio es el negocio, sola decir. A sus pretendientes les daba la
coba justa para que se fundieran hasta el ltimo centavo en su establecimiento, luego les echaba con
buenas palabras y los emplazaba hasta la prxima. Hasta la prxima vez que tuvieran dinero, claro.
La cocina del Shelley's estaba al mando de Leroy, un mastodntico cocinero negro que pareca
capaz de fabricar la carne picada de las hamburguesas triturando vacas vivas con sus manos. Enfundado
en un uniforme blanco salpicado de grasa, sus ojos refulgan como dos bombillas cuando vociferaba a
Tammi y a Lisa, las camareras encargadas de servir las mesas, las rdenes de recogida de las comandas.
Ambas eran jovencitas, mascadoras compulsivas de chicle y contestonas por naturaleza, por lo que la
fiesta estaba servida. No haba orden que no llevara consigo una discusin, un intercambio de
imprecaciones y una intervencin a tiempo de Shelley que, como jefa eficiente, impeda que la sangre
llegara al ro. Shelley nunca se pona excesivamente seria reprimiendo estos enfrentamientos: estaba
convencida de que a sus parroquianos les encantaban. Seguro que lo consideraban uno de los atractivos
de su establecimiento.
Shelley's Dream era un local grande. Contaba con diecisis mesas de cuatro asientos cada una
destinadas a los hambrientos, y una barra bien larga que acoga a los sedientos, que eran mayora, sobre
todo por las noches. Una mesa de billar con ms cicatrices que el monstruo de Frankenstein y un jukebox
Wurlitzer con unos neones capaces de dejar en vergenza al Caesar's Palace, completaban el mobiliario
del bar.
Shelley! llam una voz desde el extremo de la barra ms cercano a la puerta de los lavabos;
era el rincn ms oscuro y sombro de todo el bar. Me pones un Jack Daniel's, por favor?
Ahora mismo, Bernie respondi ella, mientras preparaba cuatro cervezas destinadas a una
mesa ocupada por sendos tipos con pinta de camioneros. Estoy contigo en un segundo.
Me haba olvidado de un elemento perenne de la decoracin del Shelley's Dream, de martes a
domingo, a partir de las ocho de la tarde: Bernie Steinhardt, uno de los borrachos oficiales de Old Town,
y tal vez el ms querido de todos. Tena unos cuarenta aos, espaldas algo cargadas y expresin
melanclica. No era ni feo ni guapo, ni gordo ni delgado. Tan solo un tipo ms que aficionado al alcohol,
sin oficio ni beneficio, que jams se meta con nadie. Su traje de chaqueta, adquirido por su difunto padre
durante la crisis del veintinueve, an estaba en uso, algo rado por algunas zonas, pero siempre limpio.
Dos parches ovales escondan sendos rotos en los codos. Doris, su anciana y sufrida madre, se ocupaba
de mantenerle decente y arreglado, a pesar de su problema. Era ella, con su pensin, quien mantena a su
hijo, cuyo currculum se reduca a haber combatido en Italia durante cinco minutos: el tiempo suficiente
para que una bala alemana le mandara de vuelta a casa. De sus aventuras en Europa se trajo una fea
cicatriz en la pierna y un corazn prpura que su madre custodiaba con veneracin, como si del Santo
Grial se tratase. Al fin y al cabo, era todo lo que Bernie haba conseguido en la vida, aparte de una buena
coleccin de comas etlicos e innumerables resacas que eran combatidas por ms dosis de alcohol.
El nico consuelo que le quedaba a Doris era que su hijo, por muy alcohlico que fuera, nunca haba
tenido problemas con la ley. Jams buscaba pelea y evitaba cualquier pleito. Tampoco dejaba deudas en
los bares, lo que era toda una hazaa para alguien como l. Por otro lado, haca tiempo que haba
abandonado la idea de buscar trabajo. Cuando eres uno de los borrachos oficiales de una comunidad
pequea como Old Town, ya puedes ser licenciado en fsica nuclear que todas las puertas se te cierran en
la cara con siete candados de seguridad. Su madre le proporcionaba diariamente dinero para su problema
como ella lo llamaba, l gastaba hasta el ltimo centavo y regresaba dando tumbos a casa, donde lo
peor que haca era mearse en la cama. Doris daba gracias a Dios mientras lavaba las sbanas: mucho
peor lo tena la pobre Marsha Jenkins con su marido. Ese s que tena un problema, y ella tambin. Cada
vez que Ron Jenkins beba cosa que suceda con bastante frecuencia, llegaba a casa tambalendose,
le recordaba a Marsha sus obligaciones como esposa y, a empujones, la arrojaba sobre la cama de
matrimonio. Marsha, que viva en un estado perpetuo de terror, jams se atrevi a oponerse a sus deseos.
Lo peor de todo es que la polla de Ron era lo primero que se le dorma con el alcohol. Cuando fracasaba
en el intento de mantener su pingajo tieso, Ron la emprenda a correazos con Marsha. Marsha, una mujer
que un da fue guapa, y que con apenas cuarenta aos aparentaba tener la edad de Doris. Azotada por el
cuero del cinturn y asfixiada por la vida de mierda que llevaba, haba acabado convertida en un
fantasma. Bernie, en cambio, nunca levant la voz a su madre (ella no se cansaba de decir que era un
buen nio), aunque se hubiera metido entre pecho y espalda botella y media de Jack Daniel's.
Y precisamente fue un Jack Daniel's lo que le sirvi Shelley Randall a Bernie Steinhardt la noche
del 18 de julio de 1963. Bernie era un bebedor especialista: nunca se le haba visto con una cerveza,
degustando una copa de vino o metindose un golpe de tequila. Bernie beba exclusivamente whisky.
Cuando su madre se mostraba generosa como aquella noche, elega Jack Daniel's; cuando andaba
corto de pasta, se castigaba con el bourbon ms barato del Shelley's Dream: un whisky no identificado
ideado originalmente para preparar ccteles molotov. Esa noche, con veinticinco dlares en el bolsillo,
Bernie se senta Aristteles Onassis.
Cmo ests hoy, Bernie? le pregunt Shelley mientras le serva el whisky.
Bien. Hoy espero a alguien. Bernie an no haba comenzado a beber y hoy se le vea
especialmente fresco. Debe estar a punto de llegar.
No me digas que tienes una cita! Shelley le gui el ojo. Si es as, le dir al reverendo
Mirren que toque la campana de la iglesia.
No, no es lo que piensas ri. Ojal. Es un amigo. Le conoc anoche. Me dijo que est de
paso por Old Town. Es un tipo extrao, pero muy agradable.
Shelley apret la mano de Bernie durante un segundo. Le caa bien. Siempre en su penumbroso
rincn de la barra, prcticamente invisible a las miradas de la clientela, Bernie jams daba la lata, nunca
dejaba un bigote ni se tambaleaba lo suficiente para llamar la atencin.
Pues espero que no tarde. Te dejo, vale? Tengo que seguir trabajando. Si necesitas algo, silba,
ok?
Ok.
Bernie la despidi con la mano, agradecido, y se concentr en su vaso de whisky. De repente, una
voz le sorprendi a su espalda:
Buenas noches. No he llegado demasiado tarde, verdad?
Bernie gir su taburete, salud al recin llegado con una sonrisa y elev su whisky hacia l.
Me alegro de verte. Quieres tomar algo? Te invito: hoy tengo pasta.
El hombre mene delante de sus ojos un vaso lleno que apareci como por arte de magia en su
mano. El whisky que contena pareca oro puro.
Perdona, no he visto cmo Shelley te lo serva dijo Bernie, extraado.
No es de Shelley. Es de mi propia cosecha. El recin llegado se abri la chaqueta y le mostr
una botella sin etiqueta, llena hasta el cuello. Nunca has probado algo como esto. Hoy la priva corre
de mi cuenta...
Bernie ech un vistazo de reojo a Shelley, que en aquel momento impona paz en una de las trifulcas
de Leroy con Lisa y Tammi, quienes le calificaban paradjicamente, de negrero.
Si nos pilla consumiendo bebidas de fuera nos echar a la calle advirti Bernie, que lo ltimo
que deseaba era ser desterrado del Shelley's Dream, aunque fuera temporalmente.
El hombre desestim la idea con un gesto:
No se va a enterar en la vida asegur. Deja ah tu Jack Daniel's para despistar y prueba este.
Disimuladamente, le sirvi un vaso por debajo de la barra, de forma que Shelley no pudiera verlo.
Al parecer, el tipo no solo llevaba la botella encima, sino tambin la cristalera. Bernie cogi el vaso y
moj sus labios en el brebaje dorado. Le pareci lo mejor que haba probado en la vida. Era
increblemente suave, mucho menos amargo que el whisky habitual, y embriagaba los sentidos como una
nube mgica. Se sinti ms fuerte y ms seguro que nunca.
Cmo me dijiste que te llamabas? pregunt Bernie. A veces me falla la memoria...
Estuvo a punto de aadir: a causa del alcohol.
Bonam respondi el hombre, olfateando su bebida antes de darle otro sorbo. Puedes
llamarme Bonam.
Bernie estudi el rostro de su amigo. Era delgado, de tez plida y pmulos abultados, como si su
calavera pugnase por salir a travs del pellejo que cubra sus mejillas. Sus ojos tenan una mirada fra y
mortecina, y sus labios eran finos y rectos. Podra pasar por un lord ingls, elegante y decadente a la vez.
Vesta un traje negro de corte rancio muy acorde a su aspecto fsico.
Este whisky es formidable dijo Bernie dando otro buche, pero me da apuro que me invites
durante toda la noche...
Eso no tiene que preocuparte, amigo Bernie. Siempre que necesites que te llene la copa, yo te la
llenar de mil amores. Eso no va a ser problema.
No vas a dejar que pague ni una?
Bonam neg con la cabeza. Los msculos de su rostro no se movieron ni un milmetro:
De ningn modo. Somos dos lobos solitarios. T me ofreces compaa, y yo te ofrezco el mejor
whisky que hayas probado jams. Tu madre tambin se merece un descanso en su economa. Mientras
est en Old Town, no te faltar un trago, ni a m conversacin.
Bernie alz su vaso en un brindis y se ech a rer:
Muchas gracias, Bonami. Eres como uno de esos superhroes tan de moda ltimamente... Podras
ser... Bernie pens un nombre durante unos segundos. Ya est: Whiskyman.
Bonam se ech a rer:
Me parece un nombre divertido.
Ambos entrechocaron sus vasos y bebieron a la vez. Desde su escondite en las sombras de la
esquina, los dos observaron a la clientela del bar. La mayor parte de ellos charlaba con una cerveza en la
mano. Los camioneros de la mesa pedan otra ronda, con sus cabezas tocadas por gorras con emblemas
de equipos de beisbol. Unas jvenes que ni por asomo tenan los veintiuno necesarios para tomar
alcohol, jugueteaban con unos martinis tratando de poner cachondos a unos estudiantes pazguatos que
evitaban sus miradas, enrojecidos por el rubor que causa la virginidad masculina. En la cocina, Leroy
anunciaba con voz de trueno que dos hamburguesas con queso y un perrito caliente acababan de salir de
la plancha. Bernie y Whiskyman dominaban la escena desde su escondrijo, comentando como dos buenos
amigos todo lo que aconteca en el Shelley's Dream. Haca aos que Bernie no se lo pasaba tan bien.
Bonam era generoso, ingenioso y mordaz. Un compaero inmejorable de borrachera. En silencio, Bernie
dese que el da de la marcha de Bonam quedara muy lejos.
Continuaron bebiendo del whisky de contrabando sin que Shelley se percatara de ello. Ella ech un
vistazo a la esquina y se extra al ver el Jack Daniel's de Bernie intacto. Se encogi de hombros y no
hizo el menor comentario. Sigui sirviendo bebidas a sus clientes y dej a Bernie y a Bonam en paz,
inmersos en las tinieblas de la peor esquina del bar.
Pero la noche an no haba terminado. Algo estaba a punto de pasar. Algo que iba a cambiar el
rumbo de la noche de Bernie Steinhardt.
Lo que ocurri ms tarde, no fue en absoluto agradable.

Roger "Jet" Campbell era la oveja negra del rebao de tres de Gordon Campbell. Su hija mayor,
Sarah, tena veinticuatro aos. Haba terminado con nota su carrera de msica que nunca llegara a
ejercer, tena un novio formal (licenciado en Derecho) que haba empezado a trabajar en un bufete de
Bangor, y estaban a punto de casarse por la iglesia. Como su padre deca, al menos, a esta ya la tengo
colocada.
Gary, el pequeo de los Campbell, pronto cumplira los catorce. Brillante en sus estudios, comedido
en sus modales y muy pegado a las faldas de su madre, jams dio un problema a la familia. Todo lo
contrario que su hermano Jet, que calificaba a Gary como el aspirante perfecto a maricn del culo.
Jet tena veinte aos recin cumplidos, de los cuales haba pasado ms de cuatro en el reformatorio.
Su primer delito fue a los quince: una noche de sbado, bastante pasado de cerveza, decidi robarle el
coche a un vecino. Este le denunci sin piedad, a pesar de que Gordon Campbell le haba rogado de
rodillas que no lo hiciera. Claro est, que Gordon tampoco tena los dos mil dlares en efectivo que
costaban los arreglos del Chevrolet, que haba acabado sus das estampado contra un roble, con Jet al
volante. Sin dinero para cubrir las espaldas de su hijo, Jet fue confinado en el reformatorio de Castle
Rock en marzo de 1958. En un principio, tendra que cumplir ocho meses de internamiento. Al final,
cuadruplic su condena.
En lugar de redimirse de sus pecados, all se junt con la flor y nata de la delincuencia juvenil de
Maine. Ms inteligente y preparado que los chavales de barrio que arrastraban su juventud quebrada de
reformatorio en reformatorio, no tard en convertirse en un lder. Su cuerpo atltico y fibroso, junto con
su mala leche y falta de escrpulos, le permitieron mantener a raya a lo peor del centro y hacerse un sitio
entre los ms fuertes. Jet particip en trifulcas da s y da tambin. Incluso se vio envuelto en una reyerta
donde un joven acab en la enfermera con un pincho enterrado en el glteo derecho. Aunque no pudieron
probar su culpabilidad inventaba coartadas maestras corroboradas a pies juntillas por sus seguidores
, era vox ppuli que l haba sido el autor de la pualada. Al final, entre una cosa y otra, se chup casi
cinco aos de reformatorio. Su regreso a casa no fue celebrado por nadie de la familia. Eso s: los
pandilleros de chupa de cuero, navaja automtica y nada que perder ms que la vida, le recibieron como
un hroe. Tambin fue objeto de admiracin de las tpicas chavalas idiotas con ansia de riesgo. Chicas
bien que caen en las redes de los malos, para acabar tres aos despus protegiendo a su beb, con su
cuerpo como escudo, de las palizas de sus propios padres, asesinos en potencia. Porque Jet tena el
atractivo letal de los asesinos, aunque nunca hubiera matado a nadie.
Esa noche de jueves, Jet lleg al aparcamiento del Shelley's Dream en el asiento del conductor del
Pontiac Silver Streak de Buzz Willard. Buzz, con su cara de boxeador sonado, estaba al volante. En el
asiento trasero, empalmado como un mono en celo, Les Harrison soportaba el peso de Bonnie Anonby,
una rubia de bote de tetas puntiagudas capaz de exhalar por su boca ms humo que el USS Missouri a
toda mquina. En su bolso, adems de un pintalabios y un monedero, haba paquetes de Marlboro para
amurallar Old Town. Apretujadas a su lado, y sin dejar de rerse como si estuvieran drogadas (no estaban
ni drogadas ni bebidas: simplemente eran medio tontas de serie), Carol Preston y Amber Delano
sealaban un hueco libre en el aparcamiento, como si Buzz no lo hubiera visto ya. El habitculo de aquel
coche reuna a los tres individuos menos prometedores de todo el estado de Maine con tres de las
jvenes ms simples y facilonas del instituto. Todo un plan.
Vas a invitarme a una Pepsi? pregunt Amber a Buzz, besuquendole la oreja; l, que era tan
romntico como un vikingo, intentaba zafarse de ella a cualquier precio. Por favor, por favor, por
favor?
Jet la mir de reojo. Su boca, de labios estrechos, compuso una mueca de asco:
Esta noche nada de Pepsi. Elegid: cerveza o whisky?
Nos servirn alcohol ah dentro? se pregunt Buzz en voz alta. An no haba cumplido los
diecinueve.
Si tienes dinero, la zorra de Shelley Randall te vende a su madre en bragas y sostn dijo Les,
que en su interior se senta triste porque pronto se apearan del coche y l acabara con un calentn de mil
pares de demonios y sin el agradable peso del culo de Bonnie Anonby sobre l; con un poco de suerte,
esta noche conseguira emborrachar a Carol Preston. Con Bonnie no tena nada que hacer: por las
miradas que haba detectado durante el trayecto en coche, ella estaba ms interesada en Jet que en l,
aunque eso no haba sido obstculo para ponerle a cien por hora, probablemente a cosa hecha.
Jet fue el primero en salir del coche, como manda el manual del buen lder de la manada. Los dems
abandonaron el Pontiac y se dispusieron por parejas. Como Les haba profetizado para sus adentros,
Bonnie se coloc a la izquierda de Jet, lanzndole una bocanada de humo a la cara, que ella consider
sexy y l molesta. Amber se mont a caballo de Buzz, que soport su peso gruendo. Por descarte, Les
pas su brazo por la cintura de Carol, y esta se dej hacer. La joven tena la tez plida, ojos negros del
montn y un pelo negro peinado con laca que la haca diez centmetros ms alta. A Les no le entusiasmaba
la chica, pero si se le pona a tiro, se la metera sin pensrselo dos veces. Una muesca ms en su Colt,
aunque tampoco es que su Colt tuviera muchas. Con un movimiento disimulado, comprob que llevaba
las gomas en el bolsillo. Ah estaban. La mquina de sexo solo necesitaba ahora suficiente alcohol para
engrasarse y una hembra receptiva como Carol.
Caminando en cuadrilla, entraron en el Shelley's Dream como si fueran uno. La duea del bar
frunci el ceo en cuanto detecto la presencia del sexteto cruzando la puerta de entrada. Les y las niatas
no le preocupaban demasiado Les era bocazas y provocador, pero era sabido por todos que acababa
mendose en los pantalones si alguien haca frente a sus bravatas, pero a Jet y a Buzz les preceda una
mala fama ms que merecida. Shelley capt cmo algunos de sus clientes murmuraban al paso del grupo,
incmodos, sobretodo, por Jet. Desde el mostrador que comunicaba la cocina con el bar, Leroy les
dedic una mirada corrosiva con sus ojos ahuevados.
Buenas noches salud Jet con su mejor sonrisa; cuando quera poda ser extremadamente
educado. Y era precisamente cuando se mostraba extremadamente educado cuando ms miedo daba.
Podra servirnos unas cervezas, seora Randall?
Shelley estudi los modales de cobra de Jet. Acostumbrada a bregar de vez en cuando con tipos
duros, Shelley no se achant:
Si os comportis correctamente, s.
Durante unos segundos mantuvieron un duelo de miradas. La sonrisa de Jet se le antoj burlona, y
Shelley sinti que le herva la bilis. De buena gana les habra echado, a l y a su rebao de borregos.
Pero Shelley tena muchos aos de barra a sus espaldas, y saba que si les mandaba a la mierda
desencadenara una bronca que, en el mejor de los casos, echara a perder una noche inmejorable de
jueves. Jet dej unos billetes encima de la barra:
Seis Budweiser, por favor pidi, sin dejar de sonrer.
Yo quera una Pepsi! protest Amber.
Cllate le orden Buzz, taladrndola con la mirada. Bebers cerveza, como todo Dios.
Amber mir a Shelley pidiendo auxilio, pero esta le sirvi una cerveza sin piedad, como a todo
Dios. Que se joda, pens. Tiene lo que se merece. Seguro que hay una docena de buenos chicos
detrs de ella en el instituto y ella les da de lado para convertirse en la zorrita de esta panda de
capullos. Con un gesto brusco, Shelley recogi los billetes de la barra. Jet reparti las botellas sin
perder su sonrisa lobuna.
Veis qu fcil?
Desde su esquina, Bernie y Bonam observaban en silencio a los jvenes. Los ojos diminutos de
Bonam estudiaban al grupo con atencin:
Quines son?
El alto y delgado se llama Roger Campbell, pero todo el mundo le llama Jet inform Bernie en
un susurro. Conozco a su padre, Gordon Campbell. Un buen hombre. Lstima que le haya tocado ese
regalo de hijo. Al cara de mono no le conozco, y el otro es Lester Harrison. Me sorprende verle con Jet.
Siempre fue un chico revoltoso, pero de ah a juntarse con alguien como l...
Y las chicas? De repente, Bonam cay en que su amigo tena el vaso vaco. Oh, perdona,
ya acabaste tu whisky! Aqu tienes otro Bernie le gui un ojo, agradecido. Las conoces?
Sus caras me suenan. Old Town es una ciudad pequea, y alguna vez me las habr tropezado...
pero no s cmo se llaman.
Bonam asinti con la cabeza. Era lgico que no lo supiera. El horario de Bernie no coincida con el
de la gente normal. Mientras todo el mundo trabajaba, estudiaba, se baaba en el ro o iba a la compra, l
vegetaba en su cuarto, luchando contra la resaca que preceda a la siguiente borrachera. Y as sera hasta
que su hgado aguantase, por los siglos de los siglos, amn.
Fue cuestin de tiempo y tres rondas de cerveza que Jet y sus aclitos se fijaran en Bernie. Lo
siguiente que pidieron fue whisky para ellos. Las chicas iban entonndose con la cerveza, as que les
permitieron seguir bebiendo Budweiser. Tampoco las queran en coma etlico. Era mucho ms divertido
cuando movan bien el culo sin vomitarles encima. Jet, Buzz y Les no paraban de mirar a la esquina
donde Bernie y Bonam beban en silencio. Carol, la del pelo a lo Audrey Hepburn, distrajo la atencin
de los chicos durante unos instantes:
Os habis enterado de lo del eclipse total? Dicen que la luna ocultar el sol este sbado...
No jodas rezong Buzz. Cmo va a ser eso?
Lo vi esta maana en el peridico. Llevan semanas hablando de ello... Espera un momento.
Carol llam a Shelley, que en aquel momento secaba unos vasos con un trapo blanco y cara de pocos
amigos; hasta que el grupito no se fuera a tomar viento, no estara feliz. Seora, tiene por ah el
peridico de hoy?
Shelley gir sobre sus talones y busc junto a la vieja caja registradora. Removi unos papeles y
sac un ejemplar del Bangor Daily News que pareca tener diez aos, a pesar de ser del da. La clientela
del Shelley's Dream no era demasiado cuidadosa, y las manchas de caf, mantequilla de cacahuete y
grasa en general convertan el peridico en una gigantesca servilleta usada. Carol le dio las gracias con
un gesto y busc la noticia:
Aqu est: El prximo da 20 de julio, tendr lugar un eclipse total de sol que podr ser
observado desde Maine a partir de las 17:41, hasta las 17:45... Carol continu leyendo en silencio; al
parecer, la informacin que digera no le pareca lo suficientemente relevante como para compartirla con
sus amigos. De hecho, Jet estaba ms pendiente del borracho de la esquina que de la noticia. ...Si
quieren observar el fenmeno, deben tener en cuenta que hay que tomar precauciones: mirar directamente
al eclipse puede producir daos irreversibles en los ojos y, en el peor de los casos, ceguera. Joder,
tos... esto tenemos que verlo!
Buzz se rasc la cabeza:
Ahora me acuerdo... Esta maana haba un tipo vendiendo unos chismes parecidos a cajas de
cartn en la puerta del supermercado Riverside. Deca que eran para mirar el eclipse...
Maana por la tarde podemos ir t y yo a comprar algunos propuso Amber a Buzz.
Bonam, que no perda punta de lo que hablaban los chicos, se dirigi a Bernie, que disfrutaba de su
whisky casi en xtasis:
Sabas lo del eclipse?
No. Acabo de enterarme ahora mismo.
Me gustara verlo. Podras levantarte antes ese da. Haras ese esfuerzo por m?
Por ti hara lo que fuera, amigo mo. Bernie se zumb su vaso de un trago. Hay para otro?
Para otros trescientos, si hace falta.
Y volvi a rellenarle el vaso.
Eh!
Bernie y Bonam giraron la cabeza hacia la voz. Era Jet. Bernie maldijo en silencio: saba que tarde
o temprano el chulo del barrio se fijara en l. Trat de concentrarse en su copa, pero no pudo evitar
lanzar al chico una mirada de soslayo: su sonrisa se haba tornado an ms desagradable por el alcohol.
Buzz y Les parecan alentarle a sus espaldas. Algo tramaban.
Eh! repiti Jet. Ven aqu un momento, to.
Bernie no supo si se diriga a l o a Bonam, e intercambi una mirada con su amigo. Este clavaba
unos ojos de hielo en Jet. Bernie no consider inteligente esa postura: nada peor para comenzar una pelea
que llevar la contraria a un matn ebrio.
Es a m, Roger? pregunt Bernie, forzando la sonrisa ms falsa de su vida.
Anda, Jet..., pero si sabe tu nombre! cacare Les, echndose a rer. Las chicas le rieron la
gracia, como una coral de gallinas mal afinadas.
A quin va a ser, Bernie? Ven orden, sealando un taburete vaco con el ndice. Exactamente
igual que llamamos al perro cuando empezamos a perder la paciencia con l. Ven aqu y sintate con
nosotros.
Bonam sujet a Bernie por el brazo, impidiendo que se levantara:
Ni se te ocurra dijo.
Solo vamos a invitarte a una copa dijo Buzz, que ya le sobaba una teta a Amber Delano,
aprovechando que le haba pasado el brazo por encima del hombro. Venga, to, no nos hagas ir a
buscarte a tu madriguera.
Bernie quiso obedecer. Si se sentaba con ellos y dejaba que se rieran un poco de l, terminaran
cansndose y la cosa no llegara a ms. Maana sera otro da y, probablemente, olvidara la humillacin
con la cogorza.
Pero no pudo. Bonam le mantena aferrado por el brazo. A pesar de su delgadez, tena una fuerza
sobrehumana. Por mucho que intent abandonar su taburete, Bernie no lo consigui.
Puede saberse qu cojones te pasa? Jet comenzaba a impacientarse. Te he dicho que vengas
aqu silabe.
Tengo una idea mejor dijo Bonam. Por qu no vienes t aqu y me chupas la polla, marica?
Dicen que era tu especialidad en el reformatorio de Castle Rock...
La sonrisa de Jet se descolg como si todos sus msculos faciales hubieran muerto a la vez. Buzz,
Les y las chicas dejaron de rer. Era la primera vez, desde que conocan a Jet, que alguien le insultaba de
forma tan directa y contundente. Y para colmo, delante de todos. Despus de soltar su frase incendiaria,
Bonam mantuvo su mirada desafiante, esperando a que realmente se acercara. Bernie quera volverse
invisible y desaparecer del Shelley's Dream, de Old Town, de Maine y del planeta Tierra. Jet, al borde
de la combustin espontnea, le arrebat la botella de Budweiser a Bonnie y la rompi contra el
mostrador, transformndola en una daga de cristal de mltiples puntas. El estruendo alert a Shelley que,
sin pensrselo dos veces, cruz la barra en tres zancadas y sujet a Jet por la mueca:
Nada de peleas en mi bar!
Jet, mucho ms fuerte y nervudo que Shelley, se deshizo de la presa de un tirn. Estuvo a punto de
cortarla con la botella rota. Durante un instante, se enfrent a la mujer, y la idea de rajarla un poco para
demostrar quin mandaba all pas fugazmente por su cabeza. Mostrando los dientes superiores como un
depredador, y sin soltar su arma improvisada, se dirigi a Shelley:
Ese hijoputa me ha insultado, y pienso darle su merecido aqu y ahora rugi. Quin va a
impedrmelo? T y quin ms?
En ese preciso momento son algo parecido a una bomba detrs de Jet y su banda. Cuando este se
dio la vuelta para ver qu haba producido aquel estruendo, se encontr con Leroy. En su mano sujetaba
el bate de beisbol con el que acababa de golpear uno de los sillones acolchados de la mesa nueve. En el
respaldo de este, an se vea la depresin que haba dejado el bate.
Te parece bien que te lo impida yo, o prefieres que llamemos a la polica para que te metan otra
temporada donde realmente deberas estar? Te aseguro que al jefe Allen no le importar demasiado si te
entrego con las piernas rotas... Le encanta desayunar aqu, y adora mis tostadas.
Jet solt una risa cnica y levant ambas manos, como si su rendicin fuera fruto de su benevolencia.
Dej caer el cuello de botella roto al suelo, donde estall en una constelacin de fragmentos. Buzz y Les
le observaban en silencio, sin saber muy bien qu hacer. Las chicas se agarraban a ellos, asustadas. Si
apareca la polica, sus padres se enteraran de con quin andaban y acabaran recluidas en sus
respectivos cuartos hasta bien pasada la menopausia. Jet lanz una mirada de reojo a la esquina donde
Bernie y Bonam permanecan sin moverse. El otro camarero, Brad, se materializ junto a Leroy con un
taco de billar. Muy despacio, Jet meti la mano en el bolsillo y sac un estrecho y arrugado fajo de
billetes de uno, cinco y diez dlares:
Tengamos la fiesta en paz dijo. Lamento haberme comportado as en su establecimiento,
seora Randall: hoy he tenido un mal da. Cunto le debo?
Dieciocho dlares dijo Shelley, sin quitar la vista de encima a Jet. Leroy y Brad tambin
estaban preparados, por si Jet intentaba algn truco.
No pas nada ms. Jet pag las copas y sali del Shelley's Dream acompaado de sus amigos, que
le preguntaban, en susurros, por qu se haba rajado.
Callaos orden Jet. No pensis que esto acaba aqu. Ya pillar a ese hijoputa la prxima vez
que le vea. Buzz, vamos al drugstore de la calle Jefferson. Vamos a comprar una botella de whisky y
algunas cervezas. La noche promete ser larga.
Bonnie, a quien el susto del bar le haba bajado un poco la borrachera, estaba muy nerviosa. Si
seguan bebiendo a ese ritmo, acabaran perdiendo los papeles y metindose en algn lo.
Chicos, si el plan de esta noche consiste en pillar una borrachera y luego buscarnos problemas,
preferira que nos llevaseis a casa. Si nuestros padres se enteran...
No pudo terminar la frase. Jet la cogi de la mueca con diez veces ms fuerza de la que Shelley
haba empleado con l en el bar. A pesar de que le dola, y mucho, Bonnie no os protestar:
Vosotras cerraris el puto pico y vendris con nosotros a donde nosotros digamos. Lo primero
ser bebernos unos tragos, y luego, ya veremos qu hacemos. Y si no os gusta el plan, ya sabis: siempre
podis ir andando a casa. Es vuestra decisin. Entendido?
El paseo de vuelta, las tres solas y de noche, no era un panorama demasiado halageo para tres
nias de diecisiete aos. Resignadas, se quedaron con los chicos, deseando en silencio que la noche no
desembocara en algo gordo. Lo que al principio prometa ser una velada divertida, se estaba
convirtiendo por momentos en algo peligroso.
Mientras tanto, en el bar, Shelley se interesaba por Bernie. An estaba asustado, y la mano le
temblaba ms que de costumbre. Bonam, sin decir palabra, desapareci por la puerta de la calle. Shelley
comprob que el Jack Daniel's que haba servido dos horas antes a Bernie segua sobre la barra, intacto.
Hoy no has bebido nada observ. No s por qu, pero est bien. Algn da tendrs que
dejarlo, o esto acabar matndote.
Bernie estuvo a punto de confesar que s haba bebido, pero sera delatarse a l mismo y a Bonam.
Si Shelley se enteraba de que haba estado consumiendo bebida de fuera, se enfadara, y con razn.
Bernie se encogi de hombros, resopl por toda respuesta y dej el Jack Daniel's evaporndose en la
barra. Ni punto de comparacin con el whisky de Bonam.
Cmo se te ha ocurrido provocar a ese bestia, Bernie?
Iba a decirle que no haba sido l, pero tampoco quiso meter a Bonam en el ajo. En vez de
contestarle, pregunt a Shelley cunto le deba. Ella neg con la cabeza:
A esta invita la casa. Anda, Bernie, vete a descansar, de acuerdo?
Gracias, Shelley. Bernie le apret la mano. Ojal todos fueran como t...
Shelley se quit importancia con un gesto de la mano y se despidi de Bernie. Este sali del bar y
atraves el parking con miedo, intentando fundirse con las sombras, lejos de las luces de nen. Busc a
Bonam con la vista, pero no le encontr. Se haba marchado sin despedirse. Ojal no haya ido a
buscar a Jet y a los chicos, pens. Bernie recorri el permetro con la vista. Ni rastro de Jet.
Bernie camin con pasos rpidos hacia Oak Street, la paralela a Center Street, que era la calle que
tomaba habitualmente para regresar a casa. Viva en una casita colonial de dos plantas situada en la
bifurcacin de la avenida Stillwater. Si Jet quera emboscarle, lo lgico sera que lo interceptara durante
su ruta habitual (eso en el improbable caso de que Jet supiera dnde viva). Evit en lo posible la luz de
las farolas, tratando de avanzar por las zonas ms sombras. Las filas de robles que daban nombre a la
calle le ayudaron a ocultarse como a un guerrillero en una misin nocturna. Consult su reloj: pronto
seran las dos de la madrugada. Si segua a este paso, estara en su cama antes de media hora.
Curiosamente, caminaba mejor que otras noches. Whiskyman tena un material de primera: entonaba de
maravilla y no perjudicaba tanto como el bourbon nuestro de cada da.
Tras un paseo exento de sobresaltos, Bernie lleg al cruce de Oak Street con la calle Jefferson. Gir
la esquina a la derecha y enfil la acera rumbo a Center Street, penltima etapa de su viaje. Y justo
cuando estaba llegando a la interseccin, unos faros le alumbraron por detrs. Se dio la vuelta y qued
cegado por las largas, inmvil como un conejo sorprendido de noche en la carretera. No se dio cuenta de
la amenaza hasta que la puerta del copiloto se abri de golpe, lanzndole por los aires. Aterriz varios
metros por delante del Silver Streak de Buzz Willard, rodando por el suelo, conmocionado.
A cuatro patas, trataba de levantarse cuando tres siluetas se acercaron corriendo hacia dnde estaba.
El resplandor de los faros le impeda ver quines eran, y l, con la ingenuidad que caracteriza a quien
carece de maldad, an no haba adivinado que la intencin del tro era muy distinta a auxiliarle. Bernie,
desde su posicin perruna, levant una mano para tranquilizarles:
Estoy bien..., creo que no tengo nada roto.
La voz de Jet Campbell restall en sus odos como un ltigo:
Todava no, borracho hijo de puta.
La primera patada la recibi en las costillas, cerca del bazo. Su aliento sali despedido de su boca
con un ticket de solo ida en el bolsillo. Ni siquiera pudo gritar. Rod hacia la derecha, solo para ser
interceptado por la bota de Buzz Willard, que ya se haba adelantado para rematar el baln. La segunda
patada, menos certera pero no por ello menos dolorosa, impact en el omoplato izquierdo. A travs de
las ventanillas del coche le llegaron gritos de nimo: Bonnie, Amber y Carol, exudando alcohol por cada
poro de su cuerpo, haban guardado el miedo en el bolso y ahora, con el sentido del bien y del mal
desterrado de sus mentes, azuzaban a sus sementales en un combate tan desigual. Bonnie era la que ms
gritaba de las tres:
Dale fuerte, Jet! Jode a ese mamn!
Al da siguiente las tres, sin excepcin, se arrepentiran de lo poco que lograron recordar de aquella
noche. Pero mientras disfrutaron del show en directo, se comportaron como un pblico entregado.
Lester, dale t tambin! grit Carol, cuyo cardado a lo Audrey Hepburn se haba convertido en
la Pompeya de los peinados. Dale, no seas maricn!
Bernie se encogi en el suelo, sin fuerzas para excusarse y decir que no haba sido l quien haba
insultado a Jet, aunque daba igual: sus atacantes no eran de los que se detienen a escuchar a la vctima en
mitad de una paliza, sobre todo si estaba resultando tan fcil como aquella. La batera de patadas que
sigui a las dos primeras impactaron en sus piernas, en los brazos y en el culo (esta le arrebat el poco
resuello que haba podido recuperar). Las manos le dolan, ya que se protega la cabeza con ellas y estas
reciban golpes que le levantaban la piel, dejando erosiones rosadas que ms tarde se encostraran hasta
adquirir el color del vino tinto.
Por fin cesaron las patadas, solo para dar paso a una lluvia de gargajos que, a estas alturas, Bernie
agradeci como si fuera lluvia refrescante. Por lo visto no iban a matarle, al fin y al cabo. Cuando todo
hubo pasado, Bernie not cmo le izaban por las solapas de su viejo traje, que ahora estaba hecho un
asco. Su madre se iba a poner hecha una furia. A la luz de los faros del Pontiac, un contraluz de sombras
dibuj en su mente el rostro crispado de Jet:
Si vuelvo a verte, hijo de puta, te obligar a que nos chupes la polla a los tres. Pero antes te
arrancar esos dientes de mierda uno a uno, para que no puedas mordernos mientras nos corremos en tu
boca. Entendido?
Bernie, derrotado, asinti con la cabeza, exhausto y sin poder siquiera articular un s. Jet le solt y
l qued panza arriba, en una postura extremadamente vulnerable. Por suerte para l, Jet, Buzz y Les
haban gastado demasiada energa en la tunda, y ahora estaban casi tan cansados como Bernie. Buzz dio
una arcada estruendosa y vomit las cataratas del Nigara cerca del coche. Al menos, no me ha
vomitado encima, celebr Bernie en silencio. Jet se dio la vuelta, palme la espalda de Buzz y se
metieron en el Pontiac. Les Harrison ech un ltimo vistazo a la piltrafa en la que haban convertido a
Bernie, y estuvo tentado de darle una ltima patada. Al final, lo pens mejor y no lo hizo: Les era
cobarde hasta para ser cobarde.
El Pontiac Silver Streak, con su cargamento de cabrones, se perdi de vista al doblar la esquina de
Central Street. El sonido de su motor se perdi en la noche. Bernie se lament de que Bonam no hubiera
estado all para defenderle. Seguro que el tipo tena los cojones bien puestos para hacer frente a esa
panda de niatos. l, en cambio, era tan solo un saco de boxeo que se rompa con facilidad.
Los dos primeros intentos de levantarse fueron fallidos. A la tercera, como mandan los cnones,
Bernie consigui ponerse en pie. Ms le vala. Cuando eres un borracho oficial, poca gente te auxilia en
la calle. Si te da un infarto en mitad de Main Street y caes al suelo con los ojos mirando hacia tu propio
cogote, lo ms probable es que el personal se ra y comente la trompa que llevas.
Cuando eres un borracho oficial, tienes que llegar a tu casa a pie, aunque cada paso que des dibuje
en tu cara llena de venas estalladas una mueca de dolor. Cuando eres un borracho oficial, tienes que
disimular tus heridas para que no las vea tu madre, so pena de recibir un sermn, intentando convencerte
por ensima vez de que vuelvas a la clnica y luches contra tu problema. Cuando eres un borracho
oficial, ests ms solo que la una.
Incluso con un amigo tan generoso como Bonam, acabas estando solo.
Buceando en las simas abisales de su soledad, y rezando a Dios para no tener nada roto, Bernie
Steinhardt se durmi, o tal vez perdi el conocimiento, en la cama de su habitacin. La misma que haba
presenciado tantos dramas a lo largo de aos de alcohol, llantos y vmitos.
Viernes, 19 de julio de 1963 Un da antes del eclipse total de sol El da en el que todo se fragu

Ese da, Bernie se despert a las once y veinte de la maana. Sorprendentemente, no tena resaca.
Not dolor en todo el cuerpo al sentarse en la cama, pero era soportable. Tal vez era ms resistente de lo
que crea. Abri la ventana de su cuarto y mir hacia la calle vaca. El descuidado jardn de su madre se
pareca mucho a las fotos que haba visto del Desierto de Mojave, en Las Vegas. Decidi que solo le
faltaba una maraa esfrica atravesndolo de lado a lado y una calavera de bfalo blanqueada por el sol.
Caminando despacio para no sentir ms dolor del necesario, Bernie se asom a la puerta de la
cocina. Llam a su madre, pero nadie respondi. Dirigi su mirada a la nevera y encontr una nota
escrita con la cuidada caligrafa de su madre. Tena una letra bonita que conservaba a pesar de la edad.
Cuidando de que el imn que la sujetaba un perro oligofrnico con sombrero de charro que pareca
rerse del personal no cayera al suelo, Bernie retir la nota.
Querido Bernie:
Estoy en casa de la viuda Trammel. Se ha puesto enferma, y su hija Sheila se encuentra de viaje en
Nueva York.
Sheila me ha pedido que me quede con ella hasta maana por la tarde, que es cuando tiene previsto
regresar. Si quieres, puedes pasar a verme cuando quieras. Me vendr bien la compaa.
Te he dejado veinte dlares en el recibidor, y tienes pollo asado en la nevera. O si lo prefieres,
vente a comer a casa de los Trammel. Me hara mucha ilusin.
Te quiere,
Mam.
P.D. Maana no podemos perdernos el eclipse!
Cojonudo. La casa para l solo.
Bernie revis la nevera y descubri el pollo de cuerpo presente dentro de un recipiente de plstico.
Tan solo la idea de tener que encender el horno para calentarlo le dio pereza. Mir el reloj de la cocina.
Ni siquiera eran las doce del medioda. Subi al cuarto de bao, se dio una ducha caliente y se sinti
mejor. Se mir al espejo. Por fortuna, tan solo tena una contusin visible a dos centmetros por encima
de la ceja izquierda. El resto quedara oculto bajo la ropa. Las manos las tena despellejadas, pero lo
peor era el trax, las costillas y las piernas. Abri el botiqun de su madre y encontr linimento. Aunque
siempre haba pensado que aquello era cosa para viejas, el potingue le alivi el dolor. Tal vez fuera un
efecto placebo, pero se sinti mejor.
Mientras se vesta, invent una excusa ms o menos creble para las heridas de las manos y la frente.
Por suerte, su madre era fcil de convencer. Decidi ir a casa de la viuda Trammel y as matar dos
pjaros de un tiro: se librara de hacer la comida y le dara una alegra a su madre.
Bernie se mir en el espejo del recibidor por ltima vez, recogi los veinte dlares y los guard
junto con los billetes que le haban sobrado de la noche anterior. Una pequea fortuna. Abri la puerta al
pequeo Mojave y, para su sorpresa, se encontr con una cara conocida:
Bonam, colega dijo. Sabes lo que me pas anoche...?
Bonam le interrumpi con un gesto. Avanz dos pasos y coloc su mano en el hombro de Bernie. Lo
hizo tan suavemente que ni siquiera le doli, a pesar de los moratones.
Claro que s lo que te pas. Bernie baj la cabeza. Todo ha sido por mi culpa. Lo siento.
Tiene guasa..., t insultas a ese cabrn y l la toma conmigo...
Fui a buscarlos a la calle mientras t hablabas con Shelley, pero ya se haban largado en el coche
explic Bonam. Cuando regres al bar, ya no estabas. Te busqu por Central Street, pero no te
encontr...
Me vine por Oak, pero no sirvi de nada. Al final, me pillaron en Jefferson.
Esto no va a quedar as asegur Bonam, con esa expresin neutra que haca imposible adivinar
lo que se coca dentro de su casi visible calavera. Voy a darle una leccin a ese Jet y a los mierdas que
le acompaan. Es lo menos que puedo hacer por ti.
Ni se te ocurra! Qu quieres, que me vuelvan a zurrar otra vez? Anoche tuve suerte de salir
vivo.
La paliza que recibiste era para m. Si pretendes que viva con esa culpa, ests loco. Hasta que no
te resarza por ello, no estar en paz.
Y qu hars? Zumbarles t solo a los tres?
El rostro de Bonam se ensombreci, y Bernie sinti un poco de miedo al or sus palabras:
No tienes ni idea de lo que soy capaz de hacer. Les dar su merecido a esos mierdas, quieras o
no. No te estoy pidiendo que participes, ni siquiera que me acompaes.
Ni de coa. Por favor, deja las cosas como estn...
Si Jet y los dems quedan impunes, se abrir la veda para los dems pandilleros de Old Town
dijo Bonam. Cada vez que se aburran, te buscarn y te darn para el pelo. Te proclamarn tonto
oficial del reino y te convertirs en el puching ball de los niatos del instituto. Es eso lo que quieres?
Es mi problema, as que djalo estar. No hablemos ms de esto. Bernie decidi cambiar de
tema. Tengo que ir a ver a mi madre. Est en casa de la viuda Trammel, a una milla avenida abajo. La
vieja se ha puesto enferma, su hija est de viaje y mi madre se quedar a cuidarla hasta maana.
Si quieres te acompao hasta la casa se ofreci Bonam. La viuda Trammel me suena... Su
marido no era el inspector Trammel?
Bernie asinti con la cabeza:
Le conocas? Pens que solo estabas de paso por Old Town...
Que est de paso no significa que no haya venido con anterioridad dijo. De hecho, estuve en
su casa en un par de ocasiones.
En serio? Pues tuvo que ser hace aos. John Trammel muri a principios de los cincuenta.
Bonam se detuvo en seco y gui un ojo a Bernie:
No tena Trammel una coleccin de armas? Recuerdo una vitrina llena. Haba de todo: rifles,
pistolas, revlveres... An estn all?
S, pero la polica las inutiliz todas cuando Trammel muri. Segn o decir una vez a mi madre,
la viuda solo conserva un arma que funciona: el ltimo revlver que adquiri su marido, un Smith &
Wesson modelo 36 de cinco tiros. Se lo qued como arma de autodefensa. Se ech a rer. No me
imagino a la viuda Trammel apuntando a alguien con su parkinson. Seguro que nunca lo ha sacado del
aparador del saln...
As que sabes dnde lo guarda? La sonrisa de Bonam se ampli, y sus labios finos mostraron
unos dientes estrechos y descarnados.
S... y qu? Bernie se puso serio; no le gustaba el cariz que estaba tomando la conversacin.
No me estars sugiriendo que lo robe, verdad?
Te sentiras ms seguro si lo llevaras en el bolsillo Bonam sacudi la mano, como si espantara
moscas. Da igual, no me hagas caso. No ser yo quien te diga lo que tienes que hacer...
Siguieron paseando por la avenida Stillwater hasta que llegaron al jardn de la viuda Trammel. Era
muy diferente al de los Steinhardt. La dulce mano de Sheila Trammel, la hija soltera de la viuda, se
notaba en los arriates llenos de flores y en los setos pulcramente cuidados. Sheila era una bendicin a la
vista y un ngel del cielo que dedicaba el poco tiempo libre que le dejaba su empresa una modesta
tienda de ropa a cuidar a su madre.
Quieres pasar, Bonam? No creo que le importe a mi madre...
De ningn modo. Tengo que hacer algunas cosas antes de que nos relajemos esta noche... Me
queda poco tiempo de estar aqu y me gustara compartirlo contigo.
Me da miedo volver al Shelley's Dream. Si Jet y los dems aparecen...
No tenemos por qu salir. Tu casa est vaca esta noche, no?
Bernie vio el cielo abierto. La idea de ponerse ciego de whisky en su propia casa le pareci un lujo
difcil de igualar.
No haba cado en eso! Claro que s! Ves? Eres el poderoso Whiskyman!
Bonam se ech a rer.
Pues all nos veremos. No te aburras demasiado con las abuelas.
Bonam se despidi con la mano y desapareci tras el seto. Bernie llam a la puerta con los
nudillos. Su madre le abri a los pocos segundos. Su expresin de alegra se troc en disgusto cuando
divis el chichn abierto en la frente de su hijo:
Bernie! Qu te ha pasado?
Nada mam la tranquiliz, dndole un beso en la frente; por mucho que le perdiera la bebida,
nunca haba dejado de ser un hijo carioso. Un tipo me pidi que le ayudara a cargar unos troncos en
su furgoneta. Se ve que no lo hicimos demasiado bien, porque cuando la furgoneta estaba casi a tope, se
nos vino encima una avalancha de troncos... El dueo tambin result herido, pero nada de gravedad.
Jess!
No te preocupes. Ya me vio el mdico y solo son rasguos minti.
Doris Steinhardt condujo a su hijo al saln. El mobiliario databa de los aos treinta, o quiz de
antes. Las cortinas, pasadas de moda, velaban la vista de la estancia desde el exterior. No haba ni rastro
de la viuda Trammel. Bernie supuso, acertadamente, que se encontraba acostada en su dormitorio, en la
planta superior.
Te quedas a comer, verdad? pregunt Doris a su hijo. Voy a hacer arroz blanco. Te
apetece? Bernie asinti con la cabeza. Antes vi unos trozos de bacn y huevos en la nevera. Tambin
puedo frerlos. Me apuesto el cuello a que no has desayunado!
Si lo haces, ganas! ri Bernie. Doris lo mir con ternura; cuando no estaba bebido, era el hijo
que toda madre deseara tener. Y curiosamente, ese da pareca mucho menos resacoso que de costumbre,
como si su problema no existiera. Tengo el motor de un John Deere en las tripas.
Pues ve al saln mientras yo preparo la comida. Pon la tele, o lee algn libro..., la biblioteca del
difunto seor Trammel es todo un espectculo.
Sigue all su coleccin de armas?
Doris frunci la nariz en un gesto de asco:
Armas, armas... Aun estando inutilizadas, me siguen poniendo los pelos de punta. Menos mal que
a tu padre nunca le dio por comprarse una. Me habra divorciado de l sin pensarlo.
Venga, mam, no seas exagerada!
Lo que oyes! Venga, vete y no me desconcentres. Pierdo mis dotes de cocinera cuando tengo que
trabajar en una cocina ajena...
Bernie obsequi a su madre con otro beso y sali de la cocina, rumbo a la antigua biblioteca (que
haca tambin las veces de despacho) del difunto inspector Trammel. Al pasar por el saln descubri,
azorado, que la puerta de la calle estaba abierta. Su corazn se aceler como si le hubieran metido un
enema de adrenalina por el culo. Se asom afuera, pero no vio a nadie sospechoso. Tan solo a un par de
cros que jugaban en la acera de enfrente con un cocker que pareca recin escapado del frenoptico.
Cerr la puerta y registr el saln: nadie. El bao del piso de abajo tambin estaba desierto, y la puerta
que daba al stano, cerrada con candado por fuera. Descart el piso de arriba: los viejos peldaos de la
viuda Trammel crujan como las puertas del castillo de Drcula. Si alguien hubiera subido por esas
escaleras, se habran enterado en Derry. Le quedaba por investigar la biblioteca. Con pasos cautelosos,
se asom por la puerta doble acristalada que daba paso a la habitacin, que estaba completamente llena
de estantes a rebosar de libros, excepto en la pared de la derecha, donde se encontraba la vitrina que
albergaba la coleccin de armas. Mir debajo de la mesa de despacho y detrs del sof. Al agacharse, se
resinti de los golpes de la noche anterior. Nadie. Probablemente, su madre o l mismo se haban dejado
la puerta de la calle abierta. Quit importancia al asunto y se dedic durante un buen rato a admirar las
armas expuestas en la vitrina: entre todas distingui un viejo Winchester de palanca, tpico de los
westerns; junto a este, encontr un M1 Garand idntico al que l llev en Italia. Para su sorpresa, sinti
cierta nostalgia al verlo. Haba ms armas largas que l no reconoci, adems de una coleccin bastante
extensa de revlveres y pistolas semiautomticas. Saber que todas estaban inutilizadas le hizo sentir
triste, como si contemplara una manada de sementales castrados.
Bernie se entretuvo admirando armas muertas y curioseando libros viejos hasta que su madre entr
en la biblioteca anunciando que la comida estaba lista. Doris y l comieron en la cocina. Arriba, la viuda
Trammel dorma el sueo de los justos, ayudada por la medicacin que el doctor Prescott le haba
recetado tan solo unas horas antes. Su enfermedad no era grave: un catarro de verano de esos que son una
broma para los que tienen menos de setenta y una espada de Damocles para los que rondan los ochenta. A
pesar de su edad, la viuda Trammel tuvo suerte, y no solo sobrevivi a este bache, sino que vivi feliz,
junto a su hija Sheila, los dos primeros aos de la dcada de los setenta.
Doris rechaz la ayuda de su hijo a la hora de fregar los platos, y le sugiri que se echara la siesta
en el sof del saln. Doris saba que era por la tarde cuando el problema de su hijo se agravaba. La
siesta diaria le mantena, al menos durante unas horas, lejos de la botella. Bernie no poda dejar de
pensar en la noche venidera. El whisky de Bonam, el asombroso Whiskyman, enganchaba como la
herona. Qu hara cuando Bonam no estuviera? Tendra que volver al Jack Daniel's o a lo que fuera
que pudiera pagarse. Tal vez Bonam podra venderle algunas botellas, o quiz le indicara dnde
conseguirlo...
Dio vueltas en el sof durante hora y media, escuchando la emisora cristiana que su madre haba
puesto en la radio. A pesar de lo soporfero de la emisin, fue incapaz de pegar ojo. Finalmente se
levant, bes a su madre en la mejilla y se fue:
Voy a dar un paseo, de acuerdo, mam? Dale un beso de mi parte a la viuda Trammel y desale
que se mejore.
No empieces a beber demasiado pronto, vale? La naturalidad con la que se lo dijo result
pasmosa. Siempre resultaba pasmosa.
Hoy no pienso salir, mam. Doris alz las cejas, sorprendida; no recordaba desde cundo
Bernie no pasaba una noche entera en casa. Hasta maana, y si necesitas algo, llmame.
Con las bendiciones de su santa madre, Bernie vagabunde por las calles secundarias, rezando para
no tropezarse otra vez con Jet. Lo ms probable era que a esa hora, el chico estuviese an durmiendo,
tomando fuerzas para la noche de viernes que, sin lugar a dudas, no perdonara.

Bonam espiaba desde detrs de un rbol al vendedor ambulante que haba montado su tenderete de
visores-especiales-para-eclipse en la acera del supermercado Riverside, justo al lado del dispensador
automtico del Bangor Daily News. Como parte de su marketing callejero, haba usado un ejemplar del
diario abierto por la pgina donde se anunciaba el eclipse. Un letrero de cartn, pintado a brocha con
pintura negra, rezaba: Observe el eclipse sin peligro! Visores especiales garantizados por la NASA: 4
US$. Un precio muy razonable para ser tecnologa espacial, pens Bonam desde su escondite.
Llevaba esperando desde haca un par de horas. Con un poco de suerte, alguno de los cabrones que
haban dado la paliza a Bernie asomara el morro por all. Segn recordaba, una de las putitas pretenda
comprar visores para el da del eclipse con el tipo de la cara de mono. Por fin, la espera dio su fruto: el
Pontiac Silver Streak de Buzz Willard hizo su aparicin al fondo de la calle. Al acercarse ms, Bonam
observ que la puerta del copiloto estaba abollada all donde haba impactado contra Bernie. Whiskyman
mostr sus dientes superiores en una mueca de ira. Del Pontiac se bajaron Buzz y Amber, como esperaba.
Al parecer, el padre de la joven no la haba condenado a cadena perpetua. Los chicos se acercaron al
vendedor, y estuvieron un rato hablando con l. Este les mostraba su visor de muestra, que no era ms que
una caja de cartn con agujeros y un espejo dentro. Tecnologa de la NASA, evidentemente. Tras una
somera explicacin y cinco minutos de charla ininterrumpida, Buzz y Amber compraron tres. Uno para
cada pareja, adivin. Eso significa que planean contemplar juntos el eclipse.
Buzz y Amber subieron al coche y desaparecieron por el lado contrario de la calle. El Pontiac pas
peligrosamente cerca del escondite de Bonam, pero ni Buzz ni Amber le vieron. Dej que el coche se
esfumara del todo y se dirigi al tenderete de los periscopios solares atmicos. Al verle, el vendedor le
dedic la mejor de sus sonrisas y le mostr su artculo con orgullo. Visto de cerca, el visor deprima an
ms.
No se deje engaar por su aspecto canturre el vendedor, que acerc osadamente el chisme al
ojo de Bonam; este cogi el aparato y mir a travs de l. Tan solo vio el cielo de la tarde. El vendedor
baj la voz hasta convertirla en un susurro y mir a un lado y a otro de la calle. Compartir un secreto
con usted, porque s que no se lo contar a nadie. Ya sabe... la CIA tiene ojos y odos en todas partes. El
visor que tiene usted en sus manos est basado en un prototipo sovitico, importado por la empresa para
la que trabajo. De ah su aspecto tosco. Ya sabe cmo fabrican los comunistas: eficaz, fuerte y duradero...
pero feo como el culo de un mandril.
Bonam decidi que la fbrica de dichos artefactos estaba en el trastero del vendedor, pero as y
todo sac cuatro dlares y compr uno. Eso le garantizaba tener en el bote al importador de tecnologa
prohibida por el Gobierno:
Puedo pedirle un favor? No le costar nada. Es solo informacin.
Claro, dispare...
Recuerda a los dos chicos del Pontiac que acaba de atender, verdad?
Por supuesto. El vendedor solt una risotada. An no he perdido la chaveta, amigo, aunque
por lo que charlo y por lo que digo pueda parecerlo.
Bonam baj la voz, a pesar de que no haba nadie ms por los alrededores:
La joven es mi hija minti. No me gusta un pelo el chico con el que va...
El vendedor resopl. A l tampoco le haba entusiasmado el aspecto de Buzz. La verdad es que el
aspecto de Buzz no le gustaba ni a su propia madre.
Le entiendo. Esta juventud de hoy da solo sabe dar problemas...
Les he visto antes hablando con usted. Recuerda si han mencionado adnde irn a ver el eclipse?
Me gustara tenerles vigilados..., no me fo ni un pelo de ese chaval.
El vendedor no lo dud ni un instante:
Tiene suerte, amigo: s que lo comentaron. Conoce la colina que est al final de la pista de tierra
que hay junto al antiguo almacn militar de la carretera Penbroke? Bonam asinti con la cabeza.
Pues si no cambian de opinin a ltima hora, irn all. Me preguntaron si era un buen sitio para ver el
eclipse, y yo les dije que s. Para su tranquilidad, su hija no ir sola con ese muchacho: han comprado
dos visores ms, por lo que supongo que irn en pandilla.
Bingo.
Me ha hecho usted un gran favor dijo Bonam, estrechando la mano del vendedor. Gracias
por la informacin.
Si su hija le pilla y le pregunta, no le diga que fui yo quien se chiv, ok?
Tranquilo dijo Bonam. Ese secreto y el de la procedencia sovitica de su mercanca
morirn conmigo.
Confo en ello. Hable a sus amigos de m, lo har?
No lo dude ni por un momento.
Bonam se alej del Riverside con el visor en la mano. Ya tena las dos cosas que necesitaba para el
eclipse total de sol. La primera era el visor.
La segunda descansaba en el bolsillo de su pantaln desde haca un par de horas.

Bernie se despert alrededor de las nueve de la noche tumbado en el sof del saln de su casa. No
se acordaba exactamente de cundo se haba quedado dormido. En la televisin, una Lassie en blanco y
negro se dejaba acariciar por un Roddy McDowall adolescente que no tardara mucho tiempo en
convertirse en un simio parlante. Bernie se desperez, se levant del sof y encendi la lmpara de pie.
Le apeteci una copa de inmediato pero ni se molest en buscarla: en casa no haba whisky. A su madre
le rompa el corazn verle beber y prefera que lo hiciera fuera, donde ella no pudiera verlo. Esa era la
razn de que nunca hubiera alcohol en el domicilio de los Steinhardt.
Las nueve pasadas. Bonam no tardara en llegar. Y l, como el asombroso Whiskyman que era,
jams olvidaba su arma secreta: el formidable whisky exclusivo, solo para paladares selectos. Bernie
descorri la cortina de la ventana del saln para controlar el jardn. Para su sorpresa, Bonam estaba all,
esperando. Bernie le abri la puerta y le invit a entrar:
Llevas mucho tiempo ah fuera? Por qu no has llamado a la puerta?
Estabas dormido, y prefer no molestarte respondi.
Bueno, no habra pasado nada si me hubieras despertado, pero te agradezco el detalle. Te
apetece algo de picar?
En absoluto dijo Bonam. Solo saca dos vasos. Hoy no traje los mos.
Bernie entr en la cocina y sac dos vasos limpios del escurridor. Ni se molest en buscar hielo.
Sera un sacrilegio mancillar tan maravilloso nctar con agua bajo cero. Si Dios hubiera querido que le
echaran hielo al whisky, habra dispuesto que lo destilaran los esquimales del demonio. Sin ms dilacin,
regres al saln. Bonam ya haba tomado asiento en uno de los sillones que haca juego con el sof.
Bernie le alarg un vaso.
Aqu tienes.
Bonam prepar dos whiskies. Bernie sujet el suyo y admir su resplandeciente color dorado.
Lstima que la visita de Whiskyman a Old Town tuviera fecha de caducidad:
Por qu brindamos? pregunt.
Bonam mene su copa, como si le costase trabajo decidir el motivo.
Por las buenas obras dijo al fin.
Bernie entrechoc su vaso contra el de Bonam:
Es curioso... Creo que hoy he hecho una buena obra: he hecho feliz a mi madre comiendo con ella
en casa de los Trammel. Tambin le ha alegrado saber que hoy me quedara en casa. Sufre mucho cuando
salgo, y lo hago todas las noches. Hasta conmigo mismo he hecho una buena obra: esta es mi primera
copa. Normalmente, empiezo a castigarme el hgado mucho ms temprano rio.
T eres una buena persona, Bernie. A veces demasiado... y tal vez sea ese tu fallo.
Bernie se dio cuenta de que la pelcula de Lassie haba terminado. En su lugar, un locutor trajeado
daba las noticias de la noche. No se oa nada. Probablemente, Bonam le haba quitado el sonido a la tele
mientras l estaba en la cocina.
Nunca he sabido ser mala persona reconoci Bernie. Mi padre me deca que a veces pareca
tonto.
La vida es una balanza: si haces muchas cosas buenas, puedes permitirte alguna que otra mala. Es
un equilibrio krmico. Y tambin hay buenas malas obras... o malas obras que son buenas, como prefieras
verlo.
Bernie se ech a rer:
Qu se supone que es eso? Algn tipo de adivinanza?
Bonam bebi un sorbo de whisky sin dejar de sonrer.
Djalo, no me hagas caso deposit el vaso sobre la mesita auxiliar de mrmol y seal al
aparador. Te he trado un regalo. Est ah.
Bernie fue al aparador y recogi el visor:
Para qu sirve este chisme?
Se supone que para ver el eclipse.
Ah, s! Tengo ganas de verlo... Bernie hizo una pausa antes de aadir: Aunque si te soy
sincero, me da miedo salir a la calle.
Yo estar contigo en todo momento. No te pasar nada.
Bernie resopl:
Pues deberas haber estado conmigo anoche... Sigo vivo de milagro.
Te duelen mucho los hematomas? quiso saber Bonam.
La verdad es que menos de lo que esperaba.
Maana contemplaremos el eclipse desde un lugar apartado, donde no haya nadie que nos moleste
propuso Bonam, sirviendo otros dos vasos de whisky. Tomaremos unos tragos y lo pasaremos en
grande de repente, su rostro enjuto se ensombreci. Maana es mi ltimo da en Old Town, as que
hagamos lo posible para que sea un da grande, de acuerdo?
Bernie sinti que se deshinchaba. Cuando Bonam se marchara, l volvera a su rutina, y seguir con
su rutina no le haca ninguna gracia. Sin querer pensar en ello, bebi con su amigo durante horas. La
noche dio paso a la madrugada, y cuando se vino a dar cuenta ya estaba en brazos de Morfeo. Ni siquiera
oy a Bonam salir de casa.
La Luna, mientras tanto, recorra la ltima etapa del viaje hacia su encuentro con el Sol. Un
encuentro donde el pequeo satlite vencera, por una vez, al astro rey.
Y ese da, durante su breve encuentro con el Sol, la Luna fue testigo de cmo las alas membranosas
de la locura y el infortunio se cernieron sobre el estado de Maine.
Sbado, 20 de julio de 1963 El da del eclipse total de sol La tarde en la que todo acab

El da del eclipse, Bernie se despert alrededor de las doce. Se senta bien, sin resaca. El whisky
de Bonam era mgico.
Abri el armario y busc ropa adecuada para salir al campo. Bonam le haba advertido que
tendran que caminar un buen rato por una pista de tierra y luego remontar una colina. En fin, tampoco era
escalar el Himalaya. Mientras elega unos pantalones de lona caqui que no se haba puesto en aos, una
camisa color mostaza y unos zapatos viejos y cmodos, oy el ruido de la puerta de la calle al abrirse.
Bernie? llam su madre. Bernie, ests en casa?
S, mam, ahora mismo bajo!
Baj las escaleras mientras terminaba de ajustarse el cinturn, y encontr a su madre en la cocina,
ordenando sobre la mesa el contenido de una bolsa de la compra. Le dio un beso y se interes por la
viuda Trammel:
Est mucho mejor dijo Doris. La he dejado con Sheila. Ha llegado hace un rato de Nueva
York.
Buenas noticias celebr Bernie. Mam, despus de comer me voy a ir a ver el eclipse. Me
gustara que vinieras conmigo, pero voy a verlo en el campo, y es una caminata larga...
No te preocupes por m dijo Doris. Ir a la cancha de beisbol de la Escuela Elemental.
Algunas de mis amigas han quedado all. Habr puestos de limonada y de comida. Lo pasaremos bien
afirm.
Estupendo dijo Bernie. Me alegra saber que tienes planes.
Bernie almorz con su madre y descans un rato en el sof. Se senta mejor que nunca. Ni tena
nauseas, ni le dola la cabeza, ni senta malestar alguno. No lleg a dormirse. Haba quedado con Bonam
a la una y media. A esa hora, se asom a la ventana y le vio esperando en la calle. Iba vestido con su traje
de siempre, que no era nada adecuado para un da de campo. Probablemente, al estar de paso, no llevara
ropa apropiada en la maleta. Bernie cay en la cuenta de que ni siquiera le haba preguntado a Bonam
dnde se alojaba. Se dijo que le daba igual. Bernie se despidi de su madre y sali por la puerta, con el
visor que le haba regalado Bonam en la mano.
Puntual, como siempre dijo Bernie.
T tambin respondi Bonam. Nos parecemos ms de lo que creemos.
Listo para una caminata?
Claro que s. Te sigo.
El camino hasta el viejo almacn militar era simple y recto. Tendran que seguir por la misma
avenida Stillwater direccin suroeste, hasta toparse con l a mano derecha. Despus, solo haba que
seguir la pista de tierra y fin de trayecto.
Bernie y Bonam hablaron poco, como si el paseo acaparara toda su atencin. En ningn momento
dejaron la acera derecha de Stillwater, apendose de ella tan solo cuando los setos asilvestrados la
invadan como una ola verde y espinosa. De vez en cuando, Bernie giraba la cabeza hacia atrs, temeroso
de que el Pontiac de Buzz Willard apareciera en cualquier momento con Jet y su troupe dentro, prestos a
terminar lo que haban dejado a medias dos noches atrs.
A lo lejos se divisaban nubes oscuras que amenazaban con verter agua y decepcin sobre los
habitantes de Derry y Dexter. Bernie rez para que el viento no las empujara hacia Old Town. Se acord
de su madre. Probablemente ya estara con sus amigas, parloteando alegremente, formando parte de la
multitud que se reunira en el campo de beisbol de la escuela. Al final, el eclipse le haca hasta ilusin,
quin iba a decirlo...
Las siniestras nubes negras no pasaron de ser una amenaza, y alrededor de las tres de la tarde, l y
Bonam llegaron al almacn abandonado con un sol bien visible en el cielo. El edificio, una nave grande
de dos plantas usada por la Guardia Nacional hasta finales de los cuarenta, llevaba desocupado y dejado
de la mano de Dios ms de veinte aos. El tejado pareca haber soportado una lluvia de meteoritos. Sus
paredes blancas, hoy grises, estaban dudosamente adornadas por grafitis que iban desde el inocente
Pete estuvo aqu hasta Mary Ellen Kowalski: la mayor chupapollas de Old Town, seguido de la
direccin completa de la presunta feladora. Todo ello ilustrado por obras pictricas de carcter
miscelneo, indignas de adornar el vter de un lupanar de carretera comarcal.
Y llegamos a la pista de tierra anunci Bernie, detenindose un segundo para enfrentarse a la
pendiente terrosa que les llevara a la cima de la colina. Irs bien con esos zapatos, Bonam?
Este lanz una mirada de desdn a sus zapatos de punta fina. Bernie advirti, no sin sorpresa, que
estaban inmaculados, como recin sacados de la caja.
Podra cruzar el Sahara con ellos afirm Bonam. No te preocupes por m.
La pista ascenda en una pendiente poco pronunciada. A los lados, haba rboles dispersos y
arbustos enmaraados que se espesaban paulatinamente conforme suban. Bonam comprob, satisfecho,
que no haba huellas recientes de neumticos. Los chicos an no haban llegado.
Bien.
Por fin alcanzaron la cima de la colina. La pista acababa unos doscientos metros atrs. Bonam se
pregunt si el Pontiac de Buzz podra seguir ms all del camino de tierra, y decidi que no tendra
problema en hacerlo. Ahora haba que buscar un lugar propicio para esperar sin ser vistos. A l, el
eclipse le traa sin cuidado. Era tan solo la excusa para obsequiar a su amigo Bernie con lo que l
consideraba el mejor regalo: la venganza. Mientras desparramaba la vista por el paisaje que se divisaba
desde lo alto del cerro, Bernie despleg la pgina del Bangor Daily News que traa en el bolsillo de la
camisa. Tras echarle un vistazo, consult su reloj.
Son solamente las tres y media dijo. Todava faltan ms de dos horas para el eclipse...
Tienes algn plan hasta que...?
Bernie ni siquiera tuvo tiempo de terminar la frase. Bonam le tendi un vaso lleno de magia dorada
que l acept sin dudarlo un momento. El formidable Whiskyman tena otro en la mano izquierda, y en el
suelo, reposaba una botella de un litro. Velocidad sobrehumana, se dijo. Cosas de superhroes.
Por las buenas malas obras brind Bonam.
Bernie solt una risita.
Otra vez con ese acertijo?
Bonam entrechoc su vaso con el de Bernie, y ambos dieron un profundo trago al licor. Bonam
sugiri que se instalaran detrs de unos matorrales donde estaran resguardados de la vista, en caso
(improbable segn Bonam) de que alguien tuviera la misma idea que ellos y eligiera la colina como
observatorio.
Me parece bien acept Bernie. Vamos.
Se sentaron detrs de unos arbustos de gran tamao, a unos cuarenta metros de la cima del cerro. Al
amparo de la vegetacin, el whisky corri como nunca. Un vaso tras otro, sin mesura. Bernie not que
esta vez haba algo distinto en el whisky. Hoy pareca ms intenso, ms embriagador. En las otras
ocasiones en las que lo haba probado, le haba parecido mucho ms suave. Ahora, aunque segua siendo
ligero al paladar, quemaba por dentro, como el brebaje malo que tena que consumir en el Shelley's
Dream cuando estaba a dos velas de pasta. Bernie beba, y mucho, pero jams perda los papeles. Poda
caerse al suelo, completamente ebrio, pero siempre saba lo que haca.
Pero esa tarde, en lo alto de la colina, Bernie rea como un loco, elevaba su vaso hacia el cielo y
proclamaba frases sin sentido a los cuatro vientos. A su lado, Bonam no haca ms que repostar
combustible una y otra vez. Los minutos pasaron tan lentos que a veces parecan manejados por una
moviola que los haca bailar adelante y atrs.
Otra copa! exiga Bernie. Otra copa! Otra ms!
Y Bonam complaca a su amigo, como un buen anfitrin.
Joder, Whiskyman balbuce Bernie. Este es el mismo whisky de siempre? El otro no
contest; a pesar de que beba al mismo ritmo que Bernie, pareca como si el alcohol no le afectase en
absoluto. Le has echado algo dentro? Contstame, coo...
Justo en ese momento, Bonam le call tapndole la boca con la mano. Haba odo un ruido. Bernie
intentaba protestar, pero la zarpa de Whiskyman le impidi articular palabra. Bonam agudiz el odo y
distingui el ruido de un motor acercndose por la pista. La presa se acercaba a la trampa. Bernie le
agarr la mueca con las dos manos, pero Bonam era ms fuerte de lo que su aspecto sugera. El Pontiac
de Buzz Willard llegara pronto a la cima de la colina, y Bonam no tena tiempo para forcejear con un
borracho.
Ejecutando un rpido movimiento, Bonam recogi la botella del suelo. Con sus dedos esquelticos,
apret las mejillas de Bernie hasta que sus labios formaron una O a juego con sus ojos desorbitados por
la sorpresa. Una O donde encaj la botella de whisky, obligndole a tragar a bocanadas. Bernie pens
que se ahogaba. El licor, que ahora le pareca gneo, rebosaba por sus fosas nasales, en un vano intento
de su cuerpo por echar fuera la mayor cantidad posible. Sus esfuerzos fueron en vano. Whiskyman le
tena a su merced, y la botella pareca no agotarse nunca.
Bernie convulsion y, girando los ojos dentro de su rbita hasta mostrar una esclertica estriada de
capilares a pique de explotar, pareci dedicar una ltima frase a Bonam: Cre que eras mi amigo.
Y lo soy dijo Bonam en voz alta, acostando al inconsciente Bernie en la hierba. Lo que voy
a hacer a continuacin, voy a hacerlo por ti... y por tu dignidad.
Asom la cabeza fuera del arbusto, cuidndose mucho de que no le vieran. Tal y como esperaba, el
ruido del automvil se hizo ms fuerte, acompaado ahora del sonido de la tierra al ser araada por los
neumticos. Ya faltaba poco para el eclipse. El coche se detuvo en lo ms alto de la colina, y de l
desembarcaron los mismos que le haban dado la paliza a Bernie haca dos noches. Jet Campbell, Buzz
Willard y Les Harrison acompaados, una vez ms, por las fulanas reidoras de gracias. Bonam sac el
revlver del bolsillo. El pavonado brillante del Smith & Wesson del inspector Trammel haba aguantado
bien el paso de los aos. Abri el tambor y comprob que estaba cargado. Cinco balas y seis objetivos.
Uno de ellos sufrira ms que los dems.
Tendra que matarlo a golpes.
A quin dejara para el final? Le habra gustado dejar al mierda de Jet, pero desech la idea
enseguida: era, junto con Buzz, el ms peligroso de los chicos. Enseguida se hizo el esquema mental del
ataque: primero Jet, luego Buzz... Les se cagara en los pantalones con el primer disparo. Poda acabar
piadosamente con las chicas y luego reventarle la cabeza a Lester Harrison con la culata del revlver,
pero tampoco le pareci buena idea: el pequeajo saldra corriendo como una liebre enfangada en mierda
y escapara. No. Definitivamente, la tercera bala sera para Les.
Muy a su pesar, decidi que la vctima del sacrificio final debera ser una de las chicas. Cul?
Bonnie Anonby? Bonam se pregunt si seguira echando humo por la boca una vez muerta. No..., tal vez
se defendera con uas y dientes. Tena cuerpo de animadora, y esas estn en mejor forma que los
deportistas a los que se tiran. Las candidatas para el fin de fiesta se reducan, pues, a dos: Amber Delano
y Carol Preston. Desde su observatorio, Bonam las estudi como un depredador. Las dos parecan
investigar el funcionamiento de los visores. El eclipse no tardara en producirse.
Tras un minuto de reflexin, Bonam otorg a Carol Preston el primer premio del concurso de
mrtires. chale la culpa a Audrey Hepburn, gru Bonam para sus adentros. Se pregunt si aquel
nido de estorninos que tena en la cabeza amortiguara los culatazos. Se dijo que el primero se lo
estampara en la frente, por si las moscas. Imagin el reguero de sangre manando de la brecha abierta y
sonri.
Bonam consult su reloj.
Cinco y treinta y cinco pasadas.
Fue paciente. El sol comenz a oscurecerse por un lado. El ambiente se torn extrao, como el
escenario de un sueo. Pas un minuto, y luego otro. Los chicos, que haban descorchado unas cervezas,
estaban de espaldas a l, mirando el cielo por parejas a travs de los visores. La luz del mundo se
apagaba en Maine, y Bonam avanz en silencio, empuando el Smith & Wesson con su carga mortal de
calibre treinta y ocho.
Fue a las cinco y cuarenta y dos minutos, exactamente, cuando la nariz de Jet se abri como una rosa
roja, de dentro hacia afuera. Ni se enter, ni le doli. La bala que le haba entrado por la nuca realiz un
trabajo limpio. Los cinco chicos que seguan vivos dieron un respingo a la vez, tan solo para presenciar
cmo Buzz caa en redondo de un tiro en la frente.
Las chicas gritaron a la vez. Un alarido casi musical, que a Bonam le hubiera gustado armonizar:
Bonnie, t en DO sin que se te escape el humo del cigarrillo, por favor, Amber, preciosa, t en
MI, y Carol, la rata ms chillona de las tres, en SOL, y procura que no te estalle el peinado. Lester
Harrison, cumpliendo todo pronstico, no se hizo el hroe y sali corriendo. Solo tuvo tiempo de dar dos
pasos antes de caer de bruces sobre la hierba. Una bala en plena espalda puso fin a su carrera. La parte
ms difcil del trabajo estaba hecha.
Bonam se enfrent a las tres supervivientes, tomndose un respiro despus de la rpida salva de
disparos. Se dio cuenta de que jadeaba. Su corazn lata como nunca. Las jovencitas, manos arriba,
haban dejado de gritar y le imploraban en silencio, con los ojos desencajados. An no haban tenido
tiempo de romper a llorar. Bueno, Amber s haba llorado, pero por abajo, aunque Bonam no pudo
apreciarlo a causa de la falta de luz. Un reguero amarillo de orina descenda por su pierna, empapando
sus calcetines blancos.
El silencio se prolong durante diez segundos que parecieron una eternidad. Fue Bonnie quien lo
rompi, en un vano intento de apelar a la cordura del asesino:
Por favor, seor... nosotras no hicimos nada... nosotras...
La cuarta detonacin seg la vida de Bonnie, que cay como un ttere al que le cortan las cuerdas.
Bonam se sinti decepcionado: no sali humo del orificio de bala en la frente. Rompiendo a llorar como
una Magdalena pelando cebollas, Amber se arrodill en el suelo, con los dedos entrelazados en un
dramtico gesto de splica. A su lado, la silueta de Carol, ensombrecida por el eclipse, an sostena el
visor de cartn como si se lo hubieran pegado a la mano. Amber se arrastr hasta los pies de Bonam:
No me mate! Har lo que usted quiera! Diga qu quiere que haga y lo har, pero no me mate!
Por supuesto que lo haras, zorra..., pero yo solo quiero esto:
Y el ltimo disparo de la tarde acab con los aullidos de Amber.
Cinco balas. Cinco cuerpos. Cien por cien de xito. Ahora solo quedaba el detalle final, que
responda al nombre de Carol Preston y que reculaba lentamente hacia el Pontiac de Buzz, el fiambre.
Carol esperaba un disparo de un momento a otro. Ignoraba que el tambor del Smith & Wesson que haba
ejecutado a sus amigos solo tena capacidad para cinco cartuchos. Tal vez, si esquivaba la bala, podra
salir corriendo. Incluso si le daba en el brazo, o en el hombro, tendra alguna posibilidad de escapar.
Y en vez de quedarse paralizada por el miedo, Carol comenz a moverse de un lado a otro, como un
jugador de baloncesto que intenta driblar al contrario. No era eso lo que se esperaba Bonam. En vez de
la chica encogida de miedo que haba imaginado, tena a seis pasos de l a un manojo de nervios que ni
siquiera haba roto a llorar. Carol le miraba desafiante, esperando el momento de saltar a un lado y
esquivar la bala.
Y entonces, Carol distingui, en la oscuridad del eclipse, cmo Bonam giraba el revlver y lo
agarraba por el tambor. Era evidente que el sexto disparo jams se producira.
Carol sali corriendo campo a travs, por el lado contrario de donde estaba la pista de tierra.
Bonam maldijo en silencio y la persigui, preguntndose si sera capaz de alcanzarla. Ella era ms
joven, y el miedo la haca correr como una gacela. En el cielo, la Luna segua su camino y peda
disculpas al Sol por su intrusin, cediendo el paso a los primeros rayos solares despus del eclipse. El
crepsculo artificial proporcionaba una atmsfera surrealista a la persecucin.
Carol tropez con algo. Nunca supo qu fue lo que la hizo caer. Pudo ser una piedra, una raz, o la
mano de un indio resucitado por el mismsimo Manit surgiendo de su tumba en busca de venganza. El
resultado fue que acab de bruces en el suelo, despus de un breve vuelo por cortesa de Nuestra Seora
de la Inercia. A pesar de lo fuerte del impacto, no solt el visor, que se espachurr entre sus manos con
una versin sorda del sonido que produce una pieza de vajilla al romperse. Por suerte para ella, no se
hiri las manos.
Transformando sus dedos en garras, destroz lo que minutos antes haba sido el orgullo de
fabricacin rusa del charlatn del Riverside, extrayendo del amasijo de cartn un trozo de espejo roto en
forma de tringulo. No era lo suficientemente grande como para matar a alguien pero, al menos, tena un
arma capaz de hacerle dao a aquel cabrn.
Bonam lleg justo cuando Carol se incorporaba, pero no la pill por sorpresa. Preparada para el
golpe, ella se cubri la cabeza con las manos, protegindose de la culata que ya iniciaba su trayectoria
descendente. El arma impact contra su brazo izquierdo, y le doli horriblemente. Pero segua
consciente, en pie y con un cristal roto en la mano. Cuando Bonam levant el revlver para descargar un
segundo golpe, Carol le agarr el brazo con el que sujetaba el arma con la mano izquierda y le asest un
tajo en la mueca con todas las fuerzas que fue capaz de reunir. El cristal cort venas y tendones,
obligando a Bonam a soltar el Smith & Wesson. Para satisfaccin de Carol, ahora era l quien aullaba de
dolor. Pero la tregua dur poco. Bonam, babeando de furia, lanz un izquierdazo casi a ciegas que
aterriz en la mejilla de la joven, que perdi el cristal en su segundo viaje hacia el suelo. Era la primera
vez en su vida que reciba un puetazo y se pregunt, mientras caa, por qu oscura razn a los chicos les
gustaba tanto pelearse. Aquello le haba dolido, y mucho. Pero, al menos, no haba perdido el
conocimiento.
Mientras trataba de incorporarse, not el peso de Bonam cayendo sobre ella. Tras un breve
forcejeo, acab tumbada de espaldas, defendindose como poda. La mano izquierda de Bonam buscaba
su cuello, y su codo derecho intentaba inmovilizarla presionndole el pecho. El cristal del visor se haba
portado de fbula: la mano derecha de Bonam no solo estaba inutilizada, sino que perda sangre a
chorros. Que se joda!. La rabia creci dentro de Carol, que tena la cara de su agresor tan solo a unos
centmetros de la suya. Sin parar de luchar, solt la mano izquierda con la que agarraba la mano til de
Bonam y decidi jugrselo todo a una carta.
Una vez libre, la garra del hombre se cerr sobre su cuello. Ella hizo fuerza con la barbilla hacia
abajo, dificultando el estrangulamiento. Bonam pens que sera cuestin de tiempo que dejara de
resistirse. Eso si no se desangraba l antes. En mitad del forcejeo, Carol consigui escurrir una mano por
debajo del codo de Bonam y, sin mostrar piedad alguna, hundi la falange de su pulgar en el tajo abierto
de la mueca.
Un dolor sin parangn oblig a Bonam a aflojar su presa. Carol, revolvindose como una lagartija,
agarr con ambas manos la cabeza de Bonam y la atrajo hacia su boca. Lo que se dispona a hacer a
continuacin le provocaba un asco inenarrable... pero era cuestin de vida o muerte.
Y esa tarde no estaba dispuesta a morir a manos de un mierda como aquel.
Carol mordi la mejilla derecha de Bonam con todas sus fuerzas. No fue un mordisco instintivo.
Hundi los dientes y succion la carne que llenaba su boca todo lo que pudo, garantizndose as que
arrancara un buen bocado. Movi la cabeza de un lado a otro, rasgando piel, msculo y grasa. Cuando
Bonam se incorpor para escapar de la que hasta entonces haba sido su presa, qued conectado a ella
por un fino hilo rojo que solo Dios, o un mdico cualificado, habra podido identificar. Un puente de
tejido que, al romperse, provoc que Bonam cayera panza arriba, al lado de Carol, sumido en un
paroxismo de dolor.
Ella no se lo pens dos veces: rod unos metros, se levant dando traspis y ech a correr como
alma que lleva el diablo. Bonam fue testigo de su huida. Jams podra alcanzarla. Haba perdido y lo
saba.
En cuanto se vio capaz de asimilar el dolor que atormentaba su mueca y su rostro, se puso en pie.
Apenas poda cerrar la mano derecha, y la mejilla no era ms que un lago de lava roja. Haba
subestimado a la caricatura de Audrey Hepburn con su moo ridculo y esta le haba ganado por goleada.
Encontr el revlver en el suelo y lo empu como si estuviera cargado. Si hubiera tenido una bala
ms, todo habra sido ms fcil.
Volvi a remontar la colina hasta que lleg donde estaba el Pontiac y los cuerpos. Los cont de
nuevo. Seguan siendo cinco. Su mirada barri el terreno y se desplaz hasta el matorral tras el que
dorma Bernie. Con pasos tambaleantes, prcticamente sin sangre en el cuerpo, Bonam recorri la
distancia que le separaba de l. Rode el arbusto y le vio, dormido. Un hombre que haca buenas obras y
soportaba las malas. Bonam sinti que la vida le abandonaba. Ya ni siquiera senta dolor. Cunta sangre
haba perdido? Ech la vista atrs y vislumbr, a la luz de la tarde, el interminable reguero de sangre que
haba dejado en la hierba. Pens en despertar a Bernie. A lo mejor le apeteca tomarse una ltima copa
con l antes de que muriera.
Nunca tomaron esa copa. A las seis y diez de la tarde, Bonam se desvaneci en el aire. Se fue con
el eclipse, a la misma hora en la que Bernie Steinhardt muri desangrado.
Eplogo

Esa misma tarde del eclipse, alrededor de las siete y media, cuatro coches de polica y dos
ambulancias acudieron a lo que ms tarde se conocera en Old Town como la Colina de la Masacre. Uno
de los coches oficiales se detuvo un poco ms atrs del escenario del crimen. En l viajaba una medio
drogada Carol Preston, a quien unos vecinos haban encontrado, cubierta de sangre e histrica, corriendo
por la avenida Stillwater. Las palabras reconfortantes de la doctora Marla Wilson y una dosis justa de
tranquilizantes haban obrado maravillas. A su lado, los padres de Carol le agarraban ambas manos.
No es necesario que bajes, cario le dijo la doctora Wilson a Carol. Has sido muy valiente
viniendo hasta aqu.
La madre de Carol, que comparta con su hija su tez plida y su peinado, intervino, nerviosa:
Cogern a ese bastardo, verdad?
Delo por hecho. Las carreteras estn cortadas y hay varios agentes apostados en su casa. La
doctora Wilson hizo una pausa. Adems, no puede haber ido muy lejos con esas heridas. Por lo que nos
cont Carol, me extraara que siguiera vivo...
La oscuridad rein en la colina por segunda vez aquella tarde. Los faros de los coches y las
linternas rasgaban las tinieblas, trazando haces brumosos. Desde detrs de un arbusto, un agente avis a
gritos a Brian Allen, el jefe de polica de Old Town, de que haba encontrado algo:
Jefe, aqu est!
Allen trot hacia el matorral seguido de cerca por el doctor McLaren, un forense al que le faltaban
tan solo dos aos para jubilarse y era tristemente clebre por su dudoso sentido del humor. Tambin le
acompaaban tres agentes y un par de sanitarios. Cuando llegaron al matorral, el polica que haba
descubierto el cadver vomitaba ruidosamente con las manos apoyadas en las rodillas.
Empezamos bien se quej el forense. Ests embarazado, hijo?
Y se ech a rer. Por supuesto, nadie ms lo hizo.
Allen enfoc el haz de su linterna, iluminando a un hombre tendido sobre la hierba teida de rojo.
Sostena un revlver chato en la mano izquierda, y la derecha se vea retorcida en un extrao ngulo.
Tena una herida profunda en la mueca. Su rostro, a pesar de faltarle media mejilla y tener el hueso al
aire, conservaba un escalofriante rictus de paz.
Joder, yo conozco a este tipo! solt uno de los sanitarios que contemplaban la escena desde
detrs del hombro del jefe Allen.
Puede identificarle? pregunt este.
Claro que s! exclam el enfermero, con el mismo entusiasmo que habra mostrado si hubiera
acertado la ltima pregunta de un concurso de televisin. Alguna que otra noche he tenido que llevarle
al hospital, borracho como una cuba. Siempre que le he visto, andaba bebido. Creo recordar que se llama
Bernard Steinhardt.
Se llamaba rectific el forense, quitndose el estetoscopio de las orejas y dejndolo colgar del
cuello. Si tena un problema con el alcohol, ya es cosa del pasado. El doctor McLaren revis la
herida del pmulo a la luz de su linterna. Humm..., no debi ser un buen cristiano: no puso la otra
mejilla el forense celebr con una risita lo que l, y solo l, consider un chiste ingenioso; en vista de
que nadie ms se ri, el doctor McLaren dio dos palmadas para despejar el lugar de polis curiosos y
enfermeros sabelotodos. Venga, todo el mundo fuera! Tengo trabajo que hacer...
Y no le faltaba razn. Seis fiambres en una noche son demasiados hasta para un forense que tena tan
mal gusto haciendo chistes como eligiendo el color de las pajaritas con las que remataba su manido
atuendo. El juez tard poco en llegar, y a las once de la noche ya se haban levantado los seis cadveres.
Los padres de los muertos pasaron un mal rato reconociendo a sus hijos en el depsito. Gordon
Campbell, el padre de Jet, abraz fuertemente a su mujer, mientras intentaba consolarla con un
desafortunado Quin sabe si no es lo mejor que ha podido pasarle, que le cost el divorcio dos meses
despus. Los padres de los dems chicos sufrieron lo indecible, porque no existe desgracia ms atroz que
la de ver morir a un hijo, y ms cuando su vida le es robada de forma violenta.
Como una madre ms, sostenida por dos de sus mejores amigas, Doris Steinhardt acudi al depsito.
No hizo falta que entrara. Shelley Randall, que se haba personado como testigo por requerimiento del
jefe Allen, con quien mantena cierta amistad, le ahorr el mal trago a la anciana. Fue ella quien
reconoci el cadver. No caba ninguna duda: era Bernie quien yaca, desfigurado, encima de la camilla.
Shelley declar, durante el breve y amable interrogatorio al que fue sometida en comisara, que
haca tres das que no vea a Bernie, y que la ltima vez que haba estado en el Shelley's Dream le haba
parecido raro que ni siquiera hubiera probado su copa. Lo que ms me extra fue la forma en la que
le ech huevos a Jet Campbell. Nunca antes haba sido capaz de hacer algo as. Es... como si en ese
momento no fuera l.
Los resultados de la autopsia de Bernie Steinhardt revelaron que no haba rastro de alcohol en su
sangre. El doctor McLaren coment que, si haba bebido, haba tenido que mear la priva como un elefante
sondado. Despus de rerse de su chiste y de entonar un era broma, certific (ya en serio) que Bernie
Steinhardt llevaba varios das sin beber ni una sola gota de alcohol.
Fue Shelley Randall quien se ofreci a llevar a casa a Doris Steinhardt. Una de las amigas de Doris,
Paula Feldmann, se ofreci para pasar la noche con ella. No iban a dejarla sola en la peor noche de su
vida. Doris, en la oscuridad de la camioneta de Shelley, pareca an ms vieja. Repeta una y otra vez:
Mi Bernie... No haba hijo mejor en el mundo que mi Bernie... Era un buen nio, mi Bernie. Shelley
se dijo que Doris tena razn. Pareca mentira que Bernie hubiera sido capaz de perpetrar aquella
masacre.
Bernie Steinhardt fue enterrado el 25 de julio de 1963, en el cementerio de Forest Hill. Su madre,
deshecha fallecera un ao despus sin haber superado la muerte de su hijo, acudi a la ceremonia
acompaada por varias amigas, todas embutidas en anticuados trajes negros. Shelley, Brad, Leroy y el
resto del personal del Shelley's Dream, se situaron discretamente detrs de la anciana, a quien sus amigas
tenan que sujetar para que no cayera dentro de la tumba an abierta. El jefe de polica Allen tambin
asisti a la ceremonia desde un lugar discreto. El sacerdote dio un responso exprs (no dur ni dos
minutos) sin ponerle demasiado nfasis. Un canalla como ese solo mereca arder en el infierno y que
Lucifer en persona le metiera el palo del tridente por el culo, amn.
Nadie repar en una figura enjuta que avanz a travs de los asistentes como una brisa de aire
rancio. Nadie le vio descender al agujero donde comenzaba a pudrirse el cuerpo grapado en forma de
Y de Bernie Steinhardt. Nadie le vio sacar una botella y dos vasos antes de atravesar la tapa del atad.
Pueden proceder dijo el sacerdote, dando la ceremonia por finiquitada.
Los empleados del cementerio comenzaron a cubrir la fosa de Bernie con tierra. Una paletada, luego
otra, y otra... Doris no lo soport, y se deshizo en llanto hasta tal punto que sus amigas optaron por
sacarla a rastras del cementerio. Allen, Shelley y sus empleados se fueron detrs de ella, dejando solos a
los enterradores.
Qu hijoputa, este to dijo el ms joven de los dos, aplastando la tierra con su pala. Hay que
ser muy cabrn para hacerle algo as a esos cros...
Y que lo digas corrobor el otro. Esto ya est... Largumonos y que le den por culo a este
borracho de mierda. Ojal arda en el infierno...
Y la tumba se qued sola. Tan sola como su dueo lo haba estado durante toda su vida.
Ninguno de los asistentes not nada raro durante el entierro de Bernie. Bueno, s: todos coincidiran,
das despus, en que aquella maana de julio, en el cementerio, y tan solo durante unos breves instantes,
el aire oli a whisky.
PURGATORIO
HAY DESEOS que es mejor no expresar en voz alta. Por mucho que el alma nos lo exija, es preferible
usar la cabeza y no el corazn, porque a veces no sabes qu fuerzas oyen tus plegarias y deciden, a su
libre albedro, si te conceden o no lo que pides.
El da que muri Regina cre morir con ella. O mejor dicho, dese hacerlo. El tiempo estuvo a juego
con el suceso: las nubes, negras y furiosas, infectaron el azul del cielo vomitando agua y electricidad
como si la marcha de mi esposa anunciara el fin del mundo. Para ella lo fue, como lo es para todos los
que mueren. Para los que quedamos aqu, es algo parecido a un purgatorio.
El puado de amigos que me quedaba, la mayora de ellos compaeros de trabajo, me acompaaron
todo el tiempo a pie de tumba. Al funeral asisti muy poca gente, ya que nuestra vida social era casi
inexistente. Vivamos el uno para el otro, sin hijos que bendijeran o maldijeran nuestra unin, y casi
nunca salamos de casa, ni viajbamos. Cuando los empleados del cementerio comenzaron a cubrir de
tierra la caja de roble barnizado, la mejor del catlogo de la funeraria, pronunci mi deseo en ese
momento:
Ojal pudieras llevarme contigo, Regina.
Los pocos que oyeron mis palabras las achacaron a una sobredosis de pena y me condujeron hasta
las puertas del cementerio. Ya haba tenido demasiado por ese da. Cuando cruc la verja, bajo la lluvia,
me sent desfallecer. Por suerte, mis piernas fueron ms fuertes que mi nimo. Ral, uno de mis amigos
del instituto, tuvo el detalle de llevarme a casa en coche. Eso fue lo ltimo que hizo por m. Nunca ms
volv a saber de l.
No hay nada ms triste y lgubre que una casa que acaba de ser abandonada para siempre por uno de
sus moradores. La ausencia de Regina era ms fuerte que su presencia. Su olor haba mutado en algo
muerto, una estela triste y rancia, que se mezclaba con el alcanfor de su lado del armario. Durante los
ltimos meses, el nico vestuario de Regina haban sido pijamas y batines hospitalarios. Abr las puertas
del ropero y vi su contenido: prendas melanclicas, que ahora asemejaban cadveres de tela y lana. En
ese momento me dije que tal vez las dejara all, para siempre, rodeadas del penetrante olor a
antipolillas. Destrozado, me tumb boca abajo sobre la cama, y una vez ms dese dejar de respirar,
sumirme en un sueo eterno y encontrarme con Regina al final de ese tnel luminoso, donde cuentan que
nos esperan los seres queridos que se fueron antes que nosotros.

Es curioso cmo las heridas del alma cicatrizan como las del cuerpo. Cuando son recientes duelen;
luego se forma una costra que las protege, y cundo esta cae, queda una cicatriz indolora que no es ms
que un recuerdo.
Despus de la muerte de Regina, pas dos aos de casa al trabajo y del trabajo a casa, un viaje de
ida y vuelta a pie que impidi que me atrofiara en el sof donde vegetaba la mayor parte del da viendo
la tele, en una casa tan vaca que un estornudo desataba una tormenta de ecos. Conforme pasaron los
meses, algunos compaeros de oficina comenzaron a sacarme a tomar una cerveza de vez en cuando, no
s si para animarme o porque realmente les agradaba mi compaa. No es que tuviera muchas ganas de
empezar a salir a mis cuarenta y dos aos, y menos ahora sin Regina. Pero para m, esas salidas se
convirtieron en una especie de huida: con mi esposa, viva mi propia versin del Shangri-la entre las
paredes de nuestro piso, un monasterio de amor, cario y autosuficiencia. Ahora que ella no estaba, me
desagradaba estar all. Fue por ello que empec a ir a casa solo a dormir. Me levantaba temprano, y
despus de una ducha desayunaba en la calle. Mi tiempo libre lo dediqu a dar largos paseos, y cuando
tena lugar, a tomar unas cervezas con mis compaeros. Nunca beb demasiado, ni llegu a
emborracharme, pero s que cruzaba la puerta de casa en un estado mental que me haca no pensar en
Regina ni en mi dolor por su prdida.
Fue poco despus, en una de esas reuniones al salir del trabajo, cuando conoc a Nerea. Era la
amiga de la amiga de un compaero, esa tpica persona que te cruzas en un momento de tu vida por
casualidad y es fcil que se te escape si te acobardas. Tal vez fueron las cervezas, o puede que ese estado
rayano en la locura en que me haba sumido la muerte de Regina, lo que me hizo pedirle el telfono
haciendo alarde de una valenta que no haba tenido ni en mi adolescencia, cuando todo lo haces para
demostrarte a ti mismo que eres capaz de hacerlo. Me lo dio sin tener que rogarle.
Nerea y yo comenzamos a vernos una o dos veces por semana, y esa periodicidad se torn diaria
dos meses despus de conocernos. Era cuatro aos ms joven que yo y vena de un largo noviazgo
demolido por aos de decepcin, a la espera de un matrimonio que nunca lleg. Tampoco tena hijos. Nos
sentamos como cros de diecisis aos, pero con la vida resuelta y sin las preocupaciones de tener que
sacarse un ttulo universitario, encontrar trabajo y ver qu demonios nos depara la lotera de la vida. Ella
trabajaba de enfermera en un hospital del centro de la ciudad, que quedaba a veinte minutos a pie de mi
oficina y a treinta de mi casa. Era divertida, inteligente y muy atractiva. Qu ms poda pedir? Despus
de casi tres aos de condena, la vida pareca sonrerme de nuevo. Y lo ms importante: volva a ser libre.
Una noche regres a casa alrededor de las diez, despus de visitar a Nerea en el hospital; le tocaba
turno de noche. Le hice una proposicin que hasta entonces no me haba atrevido a plantearle: le ped que
viniera a pasar el fin de semana a casa. Hasta ese momento, me haba dado cierta aprensin invitarla.
Ella no desconoca el amor que haba sentido por Regina, ni el respeto reverencial con que haba
guardado el luto hasta haca bien poco. Nerea me pregunt cuatro veces si estaba seguro de querer
hacerlo, y yo le respond con cuatro rotundos ses.
Quise preparar el terreno para Nerea. Lo primero que hice al llegar a casa, fue desmantelar la
especie de altar que le haba dedicado a Regina encima del aparador de mrmol que ella insisti en
comprar poco despus de casarnos, un mueble que a ella le encantaba y a m me pareca anticuado y que
solo acept meter en el saln por complacerla. Guard en el armario de ese mismo aparador los doce
marcos con fotos en las que aparecamos Regina y yo en diferentes momentos de nuestra historia. En
todas se nos vea pletricos, rebosantes de felicidad. Las guard sin detenerme a mirarlas, decidido a
pasar pgina. Tambin me atrev a abrir las dos puertas del armario del dormitorio donde an seguan
colgados sus vestidos, blusas y abrigos. Despus de tanto tiempo, el olor a alcanfor me azot la cara
como los efluvios que escapan de una tumba profanada. Aguantando la nusea que me produca aquel
hedor, retir todos los colgantes antipolillas, los tir directamente a la basura, y comenc a apilar las
prendas encima de la cama. Lo hice sin miramientos, con rapidez, sin regodearme en los recuerdos que
cada una de ellas me inspiraba. A la vez que lo haca, marcaba el nmero de una entidad de beneficencia.
Se lo dara todo, sin excepcin. Hasta las medias y la ropa interior acabaron en bolsas de plstico, as
como sus cosmticos y hasta su cepillo de dientes, cuyas cerdas estaban resecas por el paso del tiempo.
El pasado de Regina haba acabado empaquetado, a la espera de los dos voluntarios que amablemente se
llevaron sus cosas con una sonrisa de agradecimiento en sus rostros. Cuando cerr la puerta de la calle,
me enfrent a lo que ahora pareca una casa an ms vaca.
El armario, an abierto, segua oliendo a antipolillas, y eso que no quedaba ni un colgador en el
ropero. Los cajones, saqueados, asemejaban bocas abiertas en un gesto de protesta. Cuando los cerr y
gir la llave de la puerta, me dio la impresin de cerrar una mazmorra. La tarde tormentosa que eligi
Regina para irse me pareci lejana e irreal, como un mal sueo. Yo haba decidido salir adelante. Estaba
en mi derecho. Haba renacido de mis cenizas, cosa que, por desgracia, mi esposa no podra hacer. Mi
estado de mortificacin absoluta haba evolucionado poco a poco hacia la felicidad. Cerr los ojos y
quise creer que Regina, all donde fuera que estuviera, estara contenta por m.
El viernes lleg, con ilusiones de enamorado y nervios de primerizo. Eran poco ms de las tres de
la tarde cuando recog a Nerea en la puerta del hospital. Llevaba una pequea maleta con ruedas; su
equipaje para nuestro primer fin de semana juntos. An no habamos tenido sexo. Apenas besos y caricias
en el coche. Ella haba estado de acuerdo conmigo en ir despacio. Yo no me senta preparado y a ella no
le import esperar. De hecho, creo que hasta le gust demorar el poder culminar nuestro deseo.
Abr la puerta de casa y la invit a entrar, con un gesto de galantera tal vez pasado de moda pero
que a ella le arranc una sonrisa. Ech un vistazo al aparador que haba sido hasta el da anterior el
catafalco de Regina, y por un momento tem ver los marcos con las fotografas de vuelta en su sitio, como
si una mano invisible los hubiera colocado de nuevo. Solo estaban los dos candelabros de plata que nos
regalaron en la boda, an con las velas originales que nunca encendimos para no estropearlas. Junto al
aparador, estaba la mesa del comedor, con cubiertos preparados para dos sobre un mantel bordado a
mano. No recordaba haber usado la cristalera de bohemia ni la vajilla inglesa de porcelana hasta ese
da. Fue un regalo de los padres de Regina, e iba a estrenarla ese da con otra mujer. Intent acallar el
remordimiento que aguijoneaba mis tripas. Era normal. Cualquiera en mi lugar lo habra sentido.
Le indiqu a Nerea el camino al dormitorio principal y le mostr la que ahora iba a ser su parte del
armario. Cuando lo abr para ella, el olor a alcanfor me asalt de nuevo. Me pregunt si desaparecera
algn da. Las perchas vacas, como murcilagos esquelticos de metal, madera y plstico, se
balanceaban en un vaivn danzarn, como si alguien los hubiera movido con una caricia. Le propuse que
deshiciera la maleta y colgara su ropa en el armario. Mientras tanto, yo me encargara de la cena.
Tres aos de soledad no fueron suficientes para convertirme en un cocinero medio decente.
Comenc a preparar una ensalada como entrante, present en un plato unas lonchas del mejor jamn
ibrico que encontr en la tienda de delicatesen y encend el horno para dorar el pato que me haban
precocinado en uno de los ms prestigiosos restaurantes de la ciudad. Mientras tanto, oa cmo Nerea
colgaba sus prendas en las perchas. Pens, divertido, que eso las hara revivir. Saqu el lambrusco
helado de la nevera y llen de cubitos de hielo la champanera de alpaca plateada. Otro regalo de boda
que nunca se haba usado ms que para decoracin. Acab de dar los ltimos toques a la mesa que
prometa ser prembulo de una noche muy especial. Desde el dormitorio, Nerea me pidi permiso para
usar el cuarto de bao. Quera prepararse. La excitacin comenz a hervir en mi estmago, y los
engranajes de mi imaginacin comenzaron a funcionar, engrasados por una pasin que crea olvidada.
O el suave bramido del calentador de gas certificando que Nerea estaba duchndose. La casa
pareca distinta ahora, como si su halo de permanente tristeza comenzara a disiparse gracias a una nueva
presencia. En cierto modo, la vida triunfaba sobre la muerte. Minutos despus, me lleg el ruido del
secador. Algo ms tarde, capt los pasos rpidos de unos pies descalzos en el pasillo y luego la puerta
del dormitorio al cerrarse. Nerea se estaba poniendo guapa para m.
Se present en el saln, radiante, con el maquillaje justo y con un vestido corto de color azul que
dejaba ver sus piernas enfundadas en unas medias oscuras. Sus zapatos de tacn eran negros, con adornos
dorados. Estaba esplndida. La invit a sentarse y le serv una copa de lambrusco helado, advirtindole
que era la primera de tres botellas que tena preparadas. Bebimos y comimos devorndonos con los ojos,
como solo se hace en una primera cita que sabes a ciencia cierta que va a ser inolvidable. La ensalada
qued intacta, olvidada a causa de los roces de su zapato con mi pierna por debajo de la mesa. No
recuerdo ni el sabor del jamn, y me cost un esfuerzo horrible ir al horno a por el pato. Cenamos en
tensin, respirando como si estuviramos a punto de ahogarnos en nuestro deseo. Nos pusimos en pie y
nos abrazamos, a punto de tirar al suelo lo que haba encima de la mesa. Nunca haba estado tan excitado
como en ese momento. Mientras mi boca y mi lengua recorran su cuello, ella me arrastraba hacia el
dormitorio, con las manos agarrando mi cabeza.
Llegamos a la cama tropezando con la mesita de noche. Yo estaba fuera de m. Nerea me arroj
sobre la colcha, y yo no mostr resistencia. Si quera llevar la iniciativa, adelante. Desabroch la
cremallera del vestido azul, dejndolo caer al suelo, mostrando un body neblinoso, con algunas zonas de
encaje estratgicamente colocadas para insinuar ms que ensear. Hinc la rodilla junto a mi costado y
me sujet las manos como si acabara de vencerme en un combate de lucha libre. Su cabello cay sobre su
cara y su respiracin se agit an ms que la ma. La melena corta le cubra los ojos, pero el jadeo se
estaba convirtiendo en un gruido casi animal. Mi cabeza se alegr tanto como mi pene, que creci como
nunca en aos. Por primera vez en mi vida, tena a una diosa del sexo en mi cama, algo muy diferente a
Regina, que supla con cario y amor lo que ella siempre haba considerado vicio y lujuria.
Nerea comenz a lamerme como si fuera un animal, sin liberarme de su presa que empezaba a
hacerme dao en las muecas. Le perd de vista el rostro, extasiado como estaba, dejndome hacer. Cerr
los ojos. Yo era suyo. Me hiciera lo que me hiciera, se lo permitira. Y cuando baj con su lengua a mi
entrepierna, se incorpor, deslizndose como una serpiente hasta mi boca, arrastrando sus pechos por mi
torso.
Fue entonces cuando me vino el olor a alcanfor rancio. Abr los ojos, y me encontr el rostro de
Nerea esbozando una sonrisa tensa, que ms que sonrisa era una mueca de msculos forzados, como si
unos cables invisibles la estuvieran electrocutando. Sus ojos mostraban la esclertica blanca, como si no
tuvieran iris ni pupilas. Su cabello despeinado dej de parecerme sexy para recordarme a las greas de
una paciente de psiquitrico. Entonces, ella habl, con un tono de voz muy diferente al habitual:
Esto es lo que deseabas todos esos aos, verdad? Ni siquiera tuve valor de contestar; intent
quitrmela de encima, pero para mi sorpresa, Nerea pareca ser ms fuerte que yo. Una perra en celo,
una zorra en la cama. Por algo as me has sustituido?
Yo no entenda nada. Pens que le haba sentado mal el vino. Pero aquella mscara en la que se
haba convertido Nerea sigui hablando:
Te acuerdas del deseo que formulaste al pie de mi tumba? En ese momento, mi corazn
pareci darme un puetazo en el pecho desde dentro; la sangre abandon mi miembro para helarse en mis
venas. Pues he vuelto para concedrtelo: vengo a llevarte conmigo.
Su boca cubri la ma. Introdujo en ella una lengua gruesa e hinchada que me impeda respirar.
Tena sabor a tierra mojada y a tumba. Sus dedos, tenaces como garras, me rodearon el cuello. Me asfixi
poco a poco, en una lenta agona en la que mis esfuerzos por luchar fueron patticos y mi derrota cantada.
No hubo tnel de luz, ni un comit de recepcin formado por familiares resplandecientes, ni siquiera un
San Pedro de barba blanca cargado de llaves para darme la bienvenida.
El otro lado no es muy distinto al de los vivos. Ahora veo a Nerea, como despertando de un sueo,
agitando mi cuerpo sin vida. Me pregunto cmo explicar esto al servicio de emergencias, al que est
llamando como loca, atragantndose con las lgrimas y sonando poco convincente mientras cuenta que su
novio ha muerto de repente. Las marcas alrededor de mi cuello le pondrn las cosas difciles con la
polica.
En una versin etrea de mi dormitorio, donde apenas distingo a los vivos como fantasmas
evanescentes a punto de disiparse, veo a Regina despedirse de m. Desaparece por el armario que sigue
apestando a alcanfor incluso en el reino de la muerte. Se marcha, y s que es para siempre. Me deja solo,
convertido en un espectro, atormentado y condenado a ser testigo de mil y un infortunios en el mundo de
los vivos. Entre ellos, el desdichado destino de mi amada Nerea.
Espero que esto no sea definitivo. Espero que esto sea el verdadero Purgatorio.
VISIONES DE LA PARCA
LA PRIMERA VEZ QUE LA VI fue el sbado. Ni siquiera me asust. No me preguntis por qu, pero si
tuviera que asignarle un gnero a ese monstruo sera femenino, aunque no haya nada en l que recuerde a
una mujer. Simplemente s que es ella.
Al principio la vislumbr por el rabillo del ojo como una sombra de lneas rectas, desangeladas,
ptridas, oscuras y fantasmales. Se fundi con la pared del cuarto de bao como si esta se la hubiera
tragado. Ni siquiera me pareci del todo real. Me acord de los hongos alucingenos y los cidos que
prob a principios de los noventa, y me pregunt si no sera uno de esos flashbacks que dicen que a
veces se producen aos despus de un buen viaje: intereses tardos del plan de pensiones de quien
coquetea con los psicotrpicos. De su presencia fugaz me qued tan solo una leve taquicardia y una
sonrisa de incredulidad.
Al da siguiente la vi con mucha ms claridad mientras navegaba por internet desde mi porttil,
sentado en el sof frente a una televisin a la que nadie haca caso. Laura, mi esposa, se encontraba en
ese momento en la cocina, tratando de descifrar una receta rapiada de una revista del corazn; Tere, mi
hija de seis aos, estaba concentrada dibujando un adefesio en uno de mis folios, fruto de sus saqueos a
la pequea oficina que tengo instalada en uno de los cuartos vacos, donde a veces me traigo trabajo del
despacho y me sirve de refugio dentro de mi propio hogar.
All estaba la sombra, esta vez mucho ms definida y slida que la primera vez. Ocupaba el marco
de la puerta que da al pasillo como si acabara de tomar posesin de ella. Un guardia de seguridad del
infierno, sin uniforme ni placa. Razor, nuestro caniche enano, se crisp y le gru un par de veces, para
luego desatarse en una serie de ladridos agudos que sonaban a bravata vaca. Aquello no era producto de
mi imaginacin. El perro la vea tambin.
Cllate, Razor! le orden Tere con un tono de voz an ms chilln que sus ladridos de marica
. Cllate de una vez!
Razor se escondi entre mis piernas, no s si amedrentado por la regaina de mi hija o por la
sombra sin rostro que observaba la escena familiar desde el quicio de la puerta. Razor siempre me
pareci demasiado nombre para tan poco perro. Si hubiera sido un pitbull o un stanford terrier, o
cualquiera de esas bestias de mala reputacin que obligan a registro en la Guardia Civil aunque luego
sean unas nenazas lamedoras de nios, el nombre le habra venido a medida. Pero para un caniche enano
mis amigos le llamaban el perrito come-coos, llamarse Razor era como bautizar USS Eisenhower a
una patera.
Esta vez, aquella cosa no se movi durante unos segundos y pude verla con bastante detalle, a pesar
de que toda ella pareca una proyeccin siniestra. La reconoc enseguida: la haba visto representada en
infinidad de cuadros, ilustraciones, comics, incluso en dibujos animados. Busqu la guadaa aunque no la
encontr. La habr dejado en casa, pens, a punto de echarme a rer. Porque no sent miedo. Tan solo
cuando se desvaneci como un fundido en negro empec a preguntarme si aquello sera producto de los
residuos de LSD; o tal vez estaba volvindome loco. Puede que el acojone del perro fuera casualidad y
todo estuviera dentro de mi cabeza. Exceso de trabajo en la corredura de seguros. Demasiado bregar con
clientes y tomarse los disgustos demasiado a pecho. En ese momento ca en que, para disgustos, tena uno
cojonudo para mi esposa y mi hija, si es que la Parca estaba all para llevarme con ella.
Porque no tuve ninguna duda: era ella, la Parca. Esa seora oscura que dicen que ves cuando vas a
emprender el viaje al otro lado, a ese Cielo que los creyentes tienen siempre presente en sus oraciones y
que los que no creemos en nada nos pasamos por el forro de los huevos. Me pregunto por qu para
algunos nos resulta ms fcil creer en el Infierno y en el Diablo que en el Cielo y en Dios. No s si
nacimos marcados para estar jodidos cuando le vemos las orejas al lobo, pero en ese momento me
sorprend a m mismo dirigindome sin palabras a alguien que no estaba presente. Rogando clemencia a
algo cuya existencia nunca me haba planteado despus de tener uso de razn de verdad, mucho ms viejo
de los siete aos de rigor que manda la Santa Madre Iglesia.
Que no sea real.
Dicen que los nios tambin son sensitivos a las presencias ocultas, pero Tere ni se inmut. Me fij
en su dibujo, esperando encontrar una representacin infantil del terror que nos acababa de visitar, pero
descubr que no era ms que un intento fallido de dibujar a Sullivan, el monigote peludo y grandulln de
Monstruos, S.A. Algo muy distinto a la Parca, aunque con sus mismas aficiones. Me dije, una vez ms,
que todo podra haber sido producto de mi imaginacin. Y si tena un tumor cerebral? Haba ledo en
alguna parte que a veces producen alucinaciones muy vvidas. Tan vvidas que te llevan de la mano a la
tumba, mientras el invasor de carne en tu interior te devora a mordiscos lentos, deleitndose con los
sesos recocidos en el microondas de tu crneo.
El tiempo transcurri muy deprisa, y cuando me vine a dar cuenta, Laura haba aparecido
transportando una bandeja sobre la que reposaba su experimento culinario:
Tempura de merluza a las finas hierbas! anunci, con una sonrisa radiante en su rostro que
pareci exorcizar con su luz el recuerdo de la horrible presencia que haba tomado al asalto nuestro
saln.
En ese preciso instante, todo el amor que haba sentido por mi esposa pareci estallar en una
palmera de fuegos artificiales sin parangn. Incapaz de hablar, abrac a mi hija y a mi mujer como haca
mucho tiempo que no lo haca. Tere incluso protest un poco, y a Laura casi se le cae la tempura encima
de la alfombra.
Y esto? pregunt, extraada. A qu viene este arranque de efusividad?
Os quiero. Fue mi nica respuesta.
No fui capaz de aadir ni una palabra ms.

Al da siguiente volv a verla, esta vez de forma an ms ntida que cuando se plant en la puerta del
saln. Laura se haba ido a llevar a Tere al colegio, y yo estaba solo en casa con Razor. Era evidente que
el perro la vea. Esta vez, ni siquiera os ladrarle o gruirle: huy con el rabo entre las patas y se refugi
debajo de la mesa de comedor. La Parca se ergua en toda su oscuridad frente a la puerta del bao, al
final del pasillo.
Qu quieres? me atrev a preguntarle, sabiendo que aquella silueta encapuchada con harapos
cenicientos que yo imaginaba con hedor a tumba profanada no se dignara a contestarme. Si has venido
a por m, por qu no me llevas ya?
Como haba supuesto, la Parca no me respondi. Se limit a enfocar hacia m la negrura infinita
donde deba haber estado su rostro. Por mucho que escudri en su oscuridad no vi calavera alguna de
sonrisa eterna clavando sus cuencas vacas en m. En ese momento lo tuve claro: si la vea, era que mi
hora estaba cerca. Por dnde me vendra la muerte? Estaba ms o menos en forma, y mi ltima analtica,
no demasiado lejana, presentaba unos niveles bastante aceptables para mis treinta y ocho aos.
Un accidente? Me dije que no cogera el coche en los prximos das. Mi oficina no quedaba a ms
de veinticinco minutos caminando, as que iba a descartar el accidente de trfico, y eso que es difcil de
cojones palmar circulando por ciudad. Un atropello. Eso s que sera factible: un golpetazo con mala
suerte y acabas tirado en el suelo con el cerebro desparramado en la calle para deleite de comadres y
morbosos. Decid que ira con sumo cuidado por la acera, como un nio aplicado con la leccin bien
aprendida. Y si resulta que me iba al otro barrio a cuenta de un clsico? Una maceta en la cabeza. O
mejor an, un piano. Uno de esos Steinway & Sons de gran cola, que cuestan la friolera de cien mil euros;
eso sera ms glamouroso que ser arrollado por un Mercedes Benz deportivo a toda hostia en plena Gran
Va. Mientras bajaba en el ascensor, imaginaba mltiples formas diferentes de morir en una ciudad:
asesinato, mala cada, un rayo desafortunado...
O tal vez un infarto, un derrame cerebral, una asfixia, un sncope... Sin poder quitarme de la cabeza
cmo sera mi ltimo suspiro, llegu a la corredura. Rafi, la secretaria que comparta con Miguel, mi
socio, me pregunt si me pasaba algo nada ms llegar. Tan mala pinta tena? La tranquilic con una frase
hecha y me encerr en el servicio. Ola a ambientador industrial con aroma a chicle. Examin mi rostro
en el espejo que presida el lavabo. No me vi demasiado mal para estar codendome con la Muerte. Pero
como deca mi ta Cata, la del pueblo: para morirse solo hay que estar vivo. Sal del aseo y salud de
pasada a Miguel, que en ese momento atenda con sonrisa de oreja a oreja a una seora que se quejaba
del arreglo de su Ford Fiesta. El pan nuestro de cada da en nuestro trabajo.
Cerr la puerta de mi despacho y saqu del archivador mi propio seguro de vida. Estaba todo en
orden. Tampoco era una pliza para tirar cohetes, ya se sabe: en casa del herrero... Pero al menos les
quedara un buen pellizco a Laura y Tere, y mi esposa ganaba un buen salario como profesora de ingls
en la Facultad de Humanidades. No se moriran de hambre, ni tampoco de pena. Mi muerte sera un palo
para Laura, pero era muy joven y podra rehacer su vida con facilidad. La nia era demasiado pequea
para acordarse siquiera de m cuando fuera mayor. Mejor. Yo no sera ms que un grato recuerdo
difuminado por el torrente del tiempo, y no dudaba ni por un momento de que Laura sacara adelante a
nuestra hija haciendo que este trago amargo fuera para ella lo ms llevadero posible.
Entonces pens en m mismo. La idea de morir no me asustaba. Siempre imagin que sera algo muy
parecido a quedarse dormido. Lo que viniera despus no me inquietaba: si era la nada, no tena de qu
preocuparme, y si haba algo ms, tendra la eternidad para asimilarlo. Levant la cabeza de la mesa
imaginndome a la Parca frente a m, como uno de nuestros clientes preocupados por las coberturas de su
seguro de hogar. No haba nadie all conmigo: estaba ms solo que la una.
Sal de mi despacho, le solt una excusa que son poco creble a mi socio y me desped de Rafi, que
a estas alturas ya no le caba la menor duda de que algo me pasaba. Recorr el camino de vuelta a casa
tomando mil precauciones para no facilitarle el trabajo a la Parca. Cada minuto, cada hora, cada da junto
a mi familia mereca la pena, y estaba dispuesto a pelear por ello. Al llegar al ascensor de mi edificio,
not que el corazn me iba acelerado. Joder, a ver si iba a ser una taquicardia de mierda lo que me lleve
al otro barrio. Mientras el ascensor traqueteaba lentamente, piso a piso, inspir hondo, como si quisiera
tragarme todo el aire de la cabina. A mis pituitarias llegaron decenas de olores distintos: el del perfume
de la ta buena del 1F, la locin barata del gordo del 2A, las raspas de pescado de las bolsas de basura
y los pedos confederados de la coalicin de vecinos con gases de la calle Machado n 27. Por fin se
abrieron las puertas de acero y apareci el descansillo de mi casa. Vaco. Habra estado bien ver a la
Parca plantada all, como una versin espectral del Cobrador del Frac. Estaba cabreado. Muy cabreado.
Cabreado con la Muerte, tiene cojones.
Entr como una exhalacin en casa y not la ausencia de Razor, que en lugar de venir a recibirme
con sus ladridos y saltos desproporcionados a su pequeo tamao, lloriqueaba desde alguno de sus
escondites anti-fantasmas. El pobre animal lo estaba pasando muy mal desde que la Parca se haba
autoproclamado reina y seora del piso. Ya eran mayora de mujeres en casa: tres contra dos machos,
aunque uno de ellos no levantara ni treinta centmetros del suelo y fuera el paradigma de la cobarda
canina. Eso si la Parca era una ta como realmente la describan los documentos que daban fe de su
existencia. Si era as, tena que tener chumino, y me dije que dara lo que fuera por no verlo.
Encend la tele y me dej caer en el sof. A las diez y veinte de la maana, solo en casa, no tena
otra cosa que poner que un programa de esos de marujas que tocan cualquier tema de actualidad: desde el
ltimo escndalo poltico hasta el cotilleo de moda, pasando por algn crimen abominable, alimento del
morbo de quien no tiene otra cosa que hacer ms que languidecer delante de una pantalla de televisin a
esas horas.
Miraba la tele como quien contempla una naturaleza muerta. Sin entender lo que all suceda,
hipnotizado por la mirada de diodos que formaban rostros hiperrealistas en la Philips de 42 pulgadas;
absorto en las frases que no llegaba a comprender, como si escuchara un noticiario en rabe. Y entonces
la vi a mi izquierda. Haba aparecido sbitamente, en una actitud ms humana que de costumbre. Estaba
sentada en el sof de dos plazas que normalmente ocupaba Tere, erguida, con la nada que cubra su
capucha harapienta, que cada vez era ms tangible, clavada en m. Me pregunt si la Parca necesitaba
descansar. Si tena ese rasgo de humanidad. Sin poder remediarlo, me ech a llorar. No es que tuviera
miedo. Senta resignacin.
Por qu no acabas con esto de una vez por todas?
No me contest. La nada de su rostro segua taladrando mi ser.
Aqu me tienes. No alarguemos ms esto. Saca tu guadaa, acaba conmigo y deja que Laura
descubra mi cuerpo sin vida. Venga, hazlo!
La Parca movi la cabeza, como si clavara su vista en la mesita baja de madera. Pareca
apesadumbrada. An quedaba una lata de Coca-Cola Light de Laura encima del mueble auxiliar. Bendita
ella, capaz de dormir como un ngel incluso con una sobredosis de cafena corriendo por sus venas. As
nos quedamos los dos, la Parca y yo, en silencio. En una extraa comunin amenizada por las frases sin
sentido que manaban del televisor.

Laura me despert de un par de sacudidas en el hombro. Intent hacerlo con suavidad, pero el susto
que se llev al verme dormido en el sof a las dos y media de la tarde haba convertido su conato de
caricia en empellones.
Qu haces aqu? Te has puesto malo?
Sacud la cabeza, intentando espabilarme. Tere estaba apoyada en mis rodillas, mirndome desde
abajo:
Ests malito, pap?
No, hija, no le respond, cogindola en brazos; le di un beso de esos que suenan a infancia feliz
. Pap ha salido hoy antes del trabajo y se ha venido para casa. Eso es todo.
Laura entrecerr los ojos y me interrog con mirada inquisidora. Nunca he sido bueno mintiendo, y
ella es un detector de mentiras con tetas. Le gui el ojo con complicidad, asegurndole sin palabras que
no intentaba engaarla. Mis ojos se desviaron un momento al sof de dos plazas. La Parca ya no estaba
all. Ni siquiera haba quedado la forma de su culo en el cojn, si es que tena de eso.
Vamos a lavarnos las manos antes de comer dijo Laura, conduciendo a nuestra hija al cuarto de
bao; sin pronunciar las palabras, tan solo moviendo los labios, me pregunt: Seguro que ests bien?
Voy a cogerme unos das de descanso respond. No creo que a Miguel le importe, y me
vendr bien despejarme un poco en casa.
Si ests malito tienes que ir al mdico me aconsej Tere.
Me levant y las acompa al cuarto de bao.
Si me encuentro mal ir le promet. Pero ahora mismo me siento mejor que nunca.
Tere no me pill la mentira, pero mi esposa s.

Esa tarde no par de ver a la Parca, incluso mientras discuta con Laura acerca de la necesidad de ir
al mdico. Mi cara deba ser un poema, y por mucho que le juraba a mi mujer que no me haca falta ir a
urgencias, ella no acababa de aceptarlo. Tere estaba en sus actividades extraescolares, esas que todos los
padres contratamos con el oscuro fin de poder disfrutar de un rato de tranquilidad por las tardes.
Laura se repantig justo en el lugar donde se haba sentado la Parca esa maana. El espectro
permaneca cerca de la puerta del saln, donde se me haba aparecido por segunda vez. Me resultaba
difcil tranquilizar a mi mujer con la presencia imponente de la Muerte asistiendo a nuestra conversacin.
Pasa algo en el trabajo? Va todo bien con Miguel?
S, cario. Te juro que no sucede nada fuera de lo normal. Si algo fuera mal te lo dira... Eso lo
sabes, verdad? Simplemente estoy cansado.
Aquello son a mentira, ms que nada porque lo era.
Te veo raro. No reconozco la expresin de tu rostro.
Tan solo necesito descansar dije por ensima vez ese da.
Laura se qued mirando la mesita donde an reposaba el cadver de la Coca-Cola Light y, despus
de unos minutos, me propuso algo:
Y si nos tomamos un par de cervezas bien fras?
Sonre. Si me quedaba poco tiempo en este mundo, nada mejor que disfrutar de los pequeos
placeres de la vida:
Me parece perfecto.
Hice amago de levantarme, pero ella me detuvo con un gesto:
Ya voy yo. T qudate aqu.
Se puso en pie y atraves a la Parca de camino a la cocina. Esta no se inmut. Segua mirndome
con su rostro inexistente, y yo no apart la mirada de donde este deba estar. Razor segua encogido
debajo de la mesa de comedor, atrincherado contra las fuerzas del Ms All. Laura estaba tan preocupada
por mi estado de salud que ni siquiera haba advertido el extrao comportamiento del animal. Qu
estara pasando por su diminuta cabeza perruna? Me encog de hombros: jams podra averiguarlo.
Laura reapareci a travs de la Parca sosteniendo dos latas de cerveza. Antes de sentarse me tendi
una. La abr y beb directamente de la lata. Inmejorable. Pens en sacar una tercera para la sombra inerte,
pero me dije que le dieran mucho por culo.
A qu hora vuelve Tere? pregunt.
A ninguna me sorprendi Laura. Esta noche duerme en casa de mi hermana. A las siete y
media la recoger de Ingls. Le he explicado que no te sentas bien, y ella misma se ha ofrecido a
quedrsela.
Laura...
S?
Te quiero.
Lo s. Yo tambin a ti...
Y nos dimos el ltimo beso. Fue largo, profundo, de esos que dijo el poeta que tienden un puente al
Paraso. O quiz no lo dijera nadie antes. Nunca fui de leer mucho.
Y entonces Laura se separ de m.
Su rostro se crisp en una mueca de dolor. Apenas pudo dejar la lata de cerveza encima de la mesa.
Detrs de ella la Parca asista a la escena como una convidada de piedra o, mejor dicho, de oscuridad.
Laura! Qu te sucede?
Su boca se abri a juego con los ojos, y su mano se aferr a la zona izquierda del pecho. Ese pecho
que me haba vuelto loco desde que la conociera, recin terminada la universidad. Su diestra busc el
aire, y mi mano agarr sus dedos, que se cerraron alrededor de los mos como si fueran su nico nexo con
la vida.
Y entonces vi la silueta de la guadaa.
La Parca efectu un movimiento descendente y la hoja curva y negra como la peste atraves el
cuerpo de mi esposa. No fue nada sangriento, tan solo una sombra que desgarr un trozo de luz diminuto
que brot de Laura y qued enganchado de la punta, como un jirn luminiscente. Abrac su cuerpo inerte
y lo sacud, como si pudiera rebobinar aquella pelcula horrible y cambiar la muerte por vida.
Con el rostro desencajado de Laura sobre mi hombro, vi a la Parca y a su guadaa desvanecerse en
la atmsfera cargada de electricidad del saln. Se llev con ella el jirn luminoso que supe que era el
alma de mi esposa. As que no estaba all por m, sino por ella. Aferrndome a una esperanza vana, llam
al 061, aunque ya saba, mucho antes de que el doctor diagnosticara muerte por fallo cardiaco, que Laura
no se encontraba con nosotros.

Han pasado cuatro aos desde que la Parca me arrebatara a Laura. He cumplido como padre lo
mejor que he sabido, y tanto mi cuada como mis padres me han ayudado en lo que han podido y ms.
He seguido con la corredura, aguantando los embates de la crisis trabajando el doble de lo habitual.
Mi socio y yo ya no compartimos secretaria: no podemos permitrnosla. Entramos en la oficina una hora
antes de lo que solamos y salimos dos horas despus, para ganar la mitad. Y encima, no podemos
quejarnos.
Hoy mi hija cumple diez aos, y he aprovechado que es puente para pasar el fin de semana en la
playa. Le encanta nadar, y lo hace tres veces por semana en la piscina del polideportivo de la Ciudad
Universitaria. A veces me gusta llamarla pececillo. Y aqu est ahora, en su hbitat natural de arena y
agua. Yo no soy amante de tomar el sol y torrarse vuelta y vuelta recibiendo radiacin como si fuera
confeti. Ella tampoco. A ella le apasiona el agua.
No te alejes demasiado, cielo le grito desde la orilla, al amparo de la sombrilla de colores que
me protege de la furia solar.
Tranquilo, papi! me grita, mientras se interna en el agua, parando la espuma de las olas con su
pecho an de nia.
No la pierdo de vista ni un momento. Mantengo su cabecita localizada entre las muchas que hay en
la orilla. Se ve que, a pesar de la crisis, la gente ha aprovechado el puente. Un par de seoras gordas,
ms que gordas, paquidrmicas, se me plantan delante, de pie, charlando de cosas de marujas, supongo. A
ver si se mueven, porque he dejado de ver a Tere, y aunque s que nada mejor que bien, me pone
nervioso no verla. Me levanto, abandonando la proteccin de la sombrilla y dejando que los rayos
ultravioletas, disfrazados de vitamina E, muerdan con saa mi piel.
Tere! grito, aunque s que estoy lejos para que me oiga. Sin darme cuenta, comienzo a avanzar
por la arena en direccin a la orilla. Definitivamente, la he perdido de vista. El suelo quema como si
fueran brasas. Joder, cmo quema el muy cabrn...
Y entonces la veo pasar a mi lado, despus de cuatro aos. Va con la cabeza baja, desplazndose
como si flotara sobre la arena incandescente que me tortura. Aunque ahora ya no siento dolor. Mi
estupefaccin se torna en terror cuando veo a la Parca yendo directa hacia la orilla. Atraviesa sombrillas,
tumbonas de plstico y baistas por igual, y nadie parece verla.
Solo yo.
No, no, no, hija de puta! No!
La playa entera me mira mientras corro detrs de la Muerte, que ya lleva su guadaa, negra como los
rescoldos de una hoguera, alzada sobre su hombro esqueltico. Tropiezo antes de llegar a la orilla, y un
seor con bermudas y una gorra, en otra dimensin paralela, me pregunta si me siento bien. Su voz no es
ms que un eco distorsionado por una realidad que solo yo veo. La Parca camina sobre las aguas, como
una caricatura fantasmal de Jesucristo, levanta la guadaa y la sumerge en el mar. Grito con todas mis
fuerzas, y un par de hombres me sujetan. Tal vez piensen que estoy loco o drogado, porque yo no paro de
gritar:
No! Llvame a m! A m, a m, a mi nia no! A mi nia no!
Cuando la guadaa de la Parca emerge de nuevo, lleva algo brillante colgando de la punta, como un
jirn de vida despus de la muerte.
S que es el alma de mi hijita, cuyo cuerpo sin vida flota entre dos aguas, a merced de las olas. Yo
solo grito a pleno pulmn.
El grito de alguien que est muerto en vida. El grito de alguien que pasar el resto de sus das en un
sanatorio.
EL ALFILER
ROBERTO CALDAS LUCHABA COMO PODA contra el asedio al que estaba siendo sometido por el
desarrapado viejo cuya piel, negra como el betn, brillaba sudorosa bajo el implacable sol de Hait. El
anciano, sin dejar de entonar una incomprensible letana que probablemente sera un formidable
argumento de venta en taino, sostena insistentemente ante los ojos de Roberto un extrao alfiler, de unos
siete centmetros de largo, que se curvaba en su extremo superior para ser rematado por una pequea
cabeza de inquietantes ojos saltones y enorme boca carente de labios que se asemejaba sin demasiada
fortuna a un grotesco rostro humano. Mientras Roberto rechazaba estoicamente una y otra vez los intentos
del zarrapastroso interceptor de turistas por clavar el alfiler en la solapa de su chaqueta de lino beige,
Blanca, su mujer, adoptaba una postura ms solidaria, trocando la repulsin que provocaba el viejo por
compasin.
Pobre hombre dijo Blanca, compungida ante el pauprrimo aspecto del anciano. Fjate en su
cara, en sus manos... lo menos debe tener noventa aos...
Pues tiene una tenacidad a prueba de bomba rezong Roberto, que segua intentando deshacerse
del viejo sin demasiado xito. Ya no s qu hacer para quitrmelo de encima.
Cmpraselo le anim Blanca, apoyando sensualmente el peso de su cuerpo en el hombro de su
marido. Hars feliz a ese viejo por el mismo precio que nos cobra el hotel por dos cervezas.
Aplastado por el argumento de su esposa, Roberto decidi ser el junco que se doblega ante el
huracn. Cmo deca Bruce Lee en aquel anuncio? Ah, s! Be water, my friend. Comprar tranquilidad
por un par de dlares o por un puado de gourdes le pareci en aquel momento un negocio perfecto.
Bien, mon ami comenz a decir en francs. Combien a coute?
Por primera vez, los ojos de Roberto se encontraron con los del viejo. O aquel pobre desgraciado
sufra alguna enfermedad desconocida para l o aquellos eran los ojos ms mortecinos y vidriosos que
Roberto haba contemplado en su vida, ojos que recordaban de manera espeluznante la mirada sin vida
del pescado que espera comprador sobre el sanguinolento mrmol del mercado. Los dedos del viejo,
dolorosamente esculpidos por su vieja compaera la artritis, consiguieron ensartar al fin el alfiler en la
solapa de la chaqueta de Roberto. Sin saber muy bien cunto pagarle, este sac del bolsillo un billete de
doscientos cincuenta gourdes que el anciano ignor como si estuviera ciego.
Cjalos le inst Roberto. Son para usted.
El anciano rechaz el dinero con aspavientos y, arrastrando los pies, desapareci como alma en
pena por la calle solitaria, dejando al matrimonio estupefacto, incapaces de entender nada.
Quera hacerme un regalo? se pregunt en voz alta Roberto, que an sostena el billete de
doscientos cincuenta gourdes en la mano. Solo quera hacerme un regalo?
Eso parece dijo Blanca sin dejar de mirar hacia la esquina por la que haba desaparecido el
anciano. Pobre hombre, debe estar mal de la cabeza...
Roberto se quit el alfiler de la solapa y lo examin de cerca, enfrentndose cara a cara con el
diminuto e inexpresivo rostro que lo coronaba:
Tampoco es tan... horroroso decidi tras inspeccionarlo durante unos segundos.
Blanca solt una carcajada:
Es peor que horroroso sentenci, silabeando la palabra. Fjate en los ojos de esa cosa: son
parecidos a los del viejo.
Roberto sonri y rode con sus brazos a su esposa. La amaba inmensamente. Ni diez aos de
matrimonio haban sido capaces de empaar la admiracin que senta por aquella preciosa mujer de
cabello rubio y rizado, de proporciones dignas de adornar las paredes de un taller mecnico y poseedora
de una inteligencia que la haba llevado a dirigir el departamento comercial de una prestigiosa
distribuidora de productos informticos. Solo otra mujer estaba por encima de ella en el pdium de sus
afectos: su hija Cintia, de ocho aos, que se haba quedado a regaadientes en casa de sus abuelos
paternos sobornada por la promesa de un cargamento de regalos.
Sabes lo que vamos a hacer? Vamos a salir de esta calle de mala muerte y daremos una vuelta
por el paseo martimo; all tomaremos un aperitivo y luego devoraremos un par de esos monstruos
marinos acorazados que tanto te gustan.
Langosta o bogavante? pregunt Blanca, poniendo los ojos en blanco.
Lo que la seora elija concedi Roberto, imitando el ridculo acento francs de los matres del
celuloide. Si quiere uno de cada, parfait pour moi.
Monsieur: esa es una oferta que no puedo rechazar.
Pues entonces, a qu estamos esperando?
Roberto y Blanca dieron media vuelta y abandonaron la solitaria calle para encaminar sus pasos
hacia la zona turstica de primera lnea de playa. No volvieron a recordar el episodio del anciano durante
todo el viaje. De hecho, el alfiler qued olvidado en la solapa de la chaqueta de lino, como a veces
quedan olvidadas las banderitas adhesivas que nos pegan el da de la Cruz Roja o los coloridos lazos
luchadores contra el sida, contra el cncer, contra el terrorismo o contra lo que sea que toque ese da.
Aquel viaje fue una segunda luna de miel para la pareja. Ambos disfrutaron de la playa, de paisajes
exticos y de veladas maravillosas a la luz de las velas a la orilla del mar. Durante aquellos diez das,
Roberto y Blanca tuvieron ms sexo que en los ltimos seis meses. Un paraso con fecha de caducidad
que dejaron atrs con el nico consuelo de volver a abrazar a su pequea hija Cintia.

En cuanto son el portero automtico de la casa de los abuelos, Cintia tom la puerta como si fuera
de su absoluta propiedad. La nia estaba preparada: llevaba tres horas de guardia en el recibidor. Nada
ms ver a sus padres en el descansillo, salt a los brazos de Blanca y luego a los de Roberto,
bombardendoles con preguntas y espiando los bultos que traan esperando descubrir cul de ellos
esconda regalos. Tras el tpico intercambio de preguntas intranscendentes que se produce en estas
ocasiones entre adultos, los Caldas regresaron por fin a casa, donde aspiraron el aire a cerrado como si
de brisa alpina se tratase.
Cintia no pudo esperar a que Blanca deshiciera el equipaje y opt por iniciar ella misma el saqueo
de maletas y bolsas: camisetas, muecos y un sinfn de chucheras conformaron el suculento botn. Una
vez finalizado el episodio de la recoleccin de presentes, Blanca acometi la tediosa tarea de deshacer
las maletas, inevitable y desagradecido eplogo de cualquier viaje.
Te ayudo, mam?
Desde la puerta del dormitorio, Cintia observaba a su madre organizando sobre la cama de
matrimonio las prendas que acabaran en la lavadora y las que solo necesitaban un planchado. Con una
dulce sonrisa, Blanca acept la oferta de su hija:
Por supuesto, cielo. Por qu no me ayudas con la ropa de pap?
Cintia se dirigi al lado opuesto de la cama donde se ergua la montaa de ropa masculina que su
padre haba amontonado a la carrera antes de huir estratgicamente a la sala de estar con la excusa de
revisar el correo coronada por la chaqueta de lino beige. La nia repar enseguida en el diminuto
rostro de ojos redondos que pareca observarla desde la solapa. Aunque en un primer momento se asust,
no tard en ser vctima de esa fascinacin que ejercen los monstruos en los nios. Aprovechando que su
madre no miraba, la pequea quit el alfiler de la solapa y obedeciendo a un inusual e irrefrenable
impulso lo ocult en su mano. Era la primera vez en su vida que Cintia haca algo as. Fue la voz de su
padre desde la sala de estar lo que le impidi replantearse aquella mala accin:
Cintia, aqu tengo esa revista que recibes por correo!
Las W.I.T.C.H.?
Esa misma, cielo. Estaba en el buzn. Ven a por ella.
Venga ve la anim Blanca, guindole un ojo. Yo acabo con esto enseguida.
Huyendo de la escena del crimen, Cintia se dirigi a la sala de estar para recoger el sobre que le
tenda su padre. Trotando por el pasillo, la nia se refugi en su cuarto y sepult el alfiler robado en el
fondo del cajn de su mesita de noche, bajo un montn de papeles, lpices de colores, sobres vacos de
cromos y dems cachivaches intiles que los nios guardan en sus dominios como oro en pao. Intentando
acallar los reproches de su conciencia, Cintia se concentr en hojear el ltimo nmero de las W.I.T.C.H.
hasta que su madre apareci en el quicio de la puerta sacudiendo dos muecos de trapo burdamente
confeccionados por una mano infantil:
Y esto, cielo? pregunt la madre aguantando la risa a la vez que agitaba los muecos como si
fueran un mudo sonajero. Estaban en tu maleta.
Ay, se me olvidaba! exclam Cintia, dndose una palmada en la frente. Es un trabajo para el
cole... Tenemos que hacer unos muecos de trapo que se parezcan a alguien Cintia solt una risita
malfica. Si vieras el que est haciendo Noem! Ella dice que es Pocahontas, pero est tan mal hecho
y es tan feo que nos burlamos de ella y le decimos que es Cacahontas!
Blanca se ech a rer y examin los muecos. Uno de ellos tena una melena larga y rubia hecha de
lana, un par de tetas bastante sobredimensionadas y un proyecto de falda que determinaba el sexo
femenino del espantajo. El otro era an ms minimalista, con dos ojos azules pintados con rotulador, lana
negra rizada por cabello y una sonrisa dibujada de un solo trazo. Este, sin lugar a dudas, era varn.
Y estos quines son? pregunt Blanca, intuyendo la respuesta de su hija.
Pap y t respondi Cintia, que se adelant a cualquier crtica pasando a la defensiva a la
velocidad del rayo. No estn terminados, eh? Esper a que volvieras para que me ayudaras; a la
abuela no se le dan demasiado bien estas cosas, ya sabes...
Blanca obsequi a Cintia con una de esas sonrisas que solo una madre puede dedicarle a un hijo y le
pellizc la nariz:
Maana por la noche les haremos ropita decente le prometi, dejando los muecos sobre la
cama. Ver si encuentro algo viejo en el armario para vestirlos, te parece bien?
Me parece chupi!
Pues ahora, acustate. Blanca rubric la orden con un beso. Maana toca currar duro!

Como profetiz Blanca, el da siguiente fue un da duro, sobre todo para Roberto y para ella, que
tuvieron que ponerse al corriente de todo tras diez das de ausencia a la par que luchaban por no
sucumbir a los sntomas del sndrome postvacacional. La jornada de Roberto se prolong
inesperadamente al tener que asistir, junto a su jefe, a una cena de trabajo con unos inversores franceses
recin llegados de Pars. Blanca, por su parte, se sinti afortunada al poder escapar de la oficina poco
antes de las seis de la tarde, aunque de todas formas, no iba a haber piedad para ella: nada ms llegar a
casa, una Cintia rebosante de energa la asalt esgrimiendo los alter egos de trapo de sus padres como si
estos fueran unas maracas.
Blanca se conform con cinco escasos minutos de descanso en los que sustituy los zapatos de tacn
y la falda por las zapatillas y el chndal, para luego sentarse en la mesa del comedor junto a Cintia, que
la esperaba impaciente. Sobre la superficie de madera, un par de vetustas camisas, un vestido antiguo y
una corbata vieja esperaban ser recicladas en versiones en miniatura de las mismas, para as cubrir las
asexuadas vergenzas de las efigies de Roberto y Blanca.
Convirtamos a estos mamarrachos en estrellas de Hollywood! exclam Blanca, como si
aquello fuera el proyecto ms importante de su carrera.
Madre e hija trabajaron hasta bien pasada la medianoche, permitindose solo un receso de menos de
media hora para la cena. Roberto lleg poco antes de las doce, bes a su esposa y a su hija con aire
cansado y tras desearles buenas noches, se fue directamente a la cama.
Creo que esto ya est dijo al fin Blanca, cerca de la una de la madrugada, contemplando con
orgullo la mejora experimentada por los peleles.
Guau!
Ahora, el mueco que representaba a Blanca luca un vestido verde esmeralda sacado de un
modelito pasado de moda rescatado del fondo ms recndito del armario. El pelo rubio de lana, bastante
mejorado por las hbiles manos de Blanca, haba sido peinado hacia atrs, y los pies, parecidos a
muones, haban sido calzados con recortes de cartulina negra que imitaban zapatos de mujer. El mini
Roberto haba quedado mucho ms conseguido: Blanca haba logrado confeccionarle una americana
bastante resultona y una corbata de seda roja que daba un toque de color a la austeridad del traje.
Para cuando tienes que entregarlos? le pregunt su madre.
Maana mismo! respondi la nia, admirando una vez ms el trabajo de su madre. Puedo
decirle a la seo que me ayudaste?
Vale, cielo, pero di que solo te ayud un poquito. De acuerdo?
Cintia gui a su madre. Una mentirijilla de vez en cuando no haca dao a nadie.
De acuerdo!

A la maana siguiente, Roberto entr en la cocina mientras su esposa y su hija desayunaban. Como
de costumbre, iba vestido impecablemente con un costoso traje de marca y una elegante corbata de seda
italiana, esta adornada con un pisacorbatas dorado.
Perdonad que no os acompae se disculp, pero tengo que irme ya. Espero que los franceses
se marchen hoy gru. No me apetece tener que comer fuera de nuevo.
Cintia se fij en el adorno de oro que su padre llevaba prendido en la corbata, y entonces se le
ocurri una idea para mejorar an ms su mueco. Sin que nadie se diera cuenta, sac el alfiler que
ocultaba en el cajn de su mesita de noche y lo guard en la mochila, junto con los libros y el resto del
material escolar. No iba a descubrir su delito delante de su madre, as que esper a que esta se
despidiera de ella en la puerta del colegio para atravesar la corbata con el alfiler, clavndola en el pecho
del mueco. Perfecto: la punta no sobresala por ningn sitio, y la corbata luca ahora la cabeza de ojos
saltones a modo de ornato. Un detalle de lujo para el magnfico trabajo de su madre.
Pocos minutos ms tarde, en mitad de una reunin, Roberto sinti un dolor agudo en el pecho que
provoc que las sonrisas de su jefe y de los inversores franceses fueran sustituidas por expresiones
desencajadas de alarma. Roberto, que se haba levantado de su silla como accionado por un resorte, no
pudo dar ms de dos pasos antes de caer de bruces sobre la moqueta de la sala de reuniones. Lo ltimo
que oy fue la voz desesperada de alguien pidiendo una ambulancia a gritos. Despus de eso, todo se
volvi negro para l.

Blanca tuvo que tragarse muchos sollozos mientras le explicaba a su hija, omitiendo innecesarios y
dolorosos detalles, que su pap se haba ido al cielo. Cintia, que an no haba digerido en su totalidad la
trascendencia del suceso, apoy la cabeza en el pecho de su madre y verti lgrimas que humedecieron el
vestido negro que esta eligi para el entierro. Blanca no paraba de darle vueltas a la muerte sbita de su
marido. Por qu l? Roberto no perteneca a ningn grupo de riesgo: no tena sobrepeso, practicaba
deporte regularmente, llevaba una dieta variada, no fumaba y beba de higos a brevas. Por qu su
corazn se par tan de repente? Por qu ahora, Dios, por qu ahora que todo iba mejor que nunca?
Mam... me gustara que pap se llevase una cosa con l.
Sin aadir palabra, la nia se dirigi a su cuarto. Blanca haca esfuerzos sobrehumanos por no
romper a llorar: las lgrimas no ayudaran a su pequea. Por fin, Cintia regres a la sala de estar con el
mueco de trapo que representaba a Roberto:
La seorita me puso un sobresaliente, sabes? dijo Cintia, mirando al suelo y sorbiendo los
mocos. Crees que a pap le har ilusin llevrselo? Le har compaa...
Blanca no pudo aguantar ms y rompi a llorar, fundindose con su hija en un abrazo. Laura, la
vecina de confianza que sola tener llave de casa y que se haba ofrecido gentilmente a quedarse con
Cintia hasta que su madre regresara del entierro, le record a Blanca que ya eran casi las cinco y media.
Esta asinti con la cabeza, bes la frente de la nia y desapareci por la puerta de la calle. Una vez a
solas con la cra, Laura advirti que esta esconda algo en su mano:
Qu llevas ah, Cintia?
Nada respondi cabizbaja. Cosas mas. Voy a mi cuarto, quiero estar sola...
Antes de tenderse boca abajo en su cama a llorar, Cintia volvi a guardar el alfiler en el fondo del
cajn de su mesita de noche. Laura, la vecina, puso la tele en la sala de estar para intentar distraer su
atencin del desgarrador llanto que le llegaba desde el dormitorio de la nia. Laura subi el volumen
para acallar los sollozos. Si la pequea deseaba estar sola, hgase su voluntad.
Laura se concentr en el programa de televisin, repitindose que Dios era injusto.

Una vez finalizado el entierro, el nicho que contena el atad con los restos mortales de Roberto fue
cerrado con una losa provisional hasta que el marmolista tuviera lista la lpida definitiva. Una hora
despus del sepelio, el cementerio cerr sus puertas y qued desierto. Nadie oy los alaridos de
Roberto, ni mucho menos los golpes que propin a la tapa del cajn de madera en el que haba
despertado. En uno de sus histricos manoteos, Roberto se quit de encima el mueco de trapo, sin saber
realmente qu demonios era aquello. Sumido en una absoluta y asfixiante oscuridad, Roberto consumi el
poco aire que le quedaba en desesperadas bocanadas, hasta agotar la ltima gota de oxgeno. Con los
ojos en blanco y una expresin de angustia indescriptible, Roberto muri por segunda vez.

Esa misma noche, una vez que Laura se hubo marchado, Blanca se qued dormida en el sof,
ayudada por una buena dosis de calmantes que una mdico amiga haba tenido la misericordia de
facilitarle sin receta. Cintia, que no haba sido capaz de pegar ojo, se levant de la cama y se dirigi
hacia la sala de estar donde su madre yaca dormida. Dios, qu guapa estaba con aquella cola de caballo
y sus preciosos ojos cerrados, soando quiz que su pap segua con ellos, vivo y rebosante de esa
felicidad que le iluminaba el rostro. La nia sostena en su mano izquierda la mueca que representaba a
su madre y en la derecha el alfiler que haba adornado la corbata del que haba representado a Roberto.
Con gestos lentos, Cintia pein el cabello de lana hasta imitar el peinado de su madre, para seguidamente
clavar el alfiler en la cabeza de trapo, sujetando as la cola de caballo.
Ahora s que est guapa tu mueca, mam le susurr Cintia a su madre al odo, dejando la
mueca a su lado, en el sof. Despus de darle a Blanca un ligero beso para no despertarla, la nia
regres a su cama, donde se qued dormida inmediatamente.
Eran poco ms de las ocho de la maana cuando Laura, con el corazn a punto de salrsele por la
boca, tuvo que irrumpir en el domicilio de los Caldas alertada por los desesperados alaridos de Cintia.
La nia se encontraba sentada en el suelo de la sala de estar, abrazada a la mueca de trapo y gritando sin
parar. A pocos metros del sof, tumbada boca abajo sobre la alfombra, se encontraba el cuerpo inerte de
Blanca, cuyas manos se aferraban a la parte trasera de su cabeza en una postura que Laura describira
ms tarde como atroz. Al intentar reanimarla, Laura comprob que el rostro de su amiga estaba congelado
en un rictus de dolor inenarrable. Temindose lo peor, la vecina llam al servicio de urgencia, que lleg
raudo solo para certificar la muerte de Blanca. Derrumbndose en el sof, Laura no poda dar crdito al
terrible drama del que estaba siendo actriz secundaria. Cintia, interrogada amablemente por uno de los
mdicos, guardaba silencio en estado de shock, sin dejar de abrazar la mueca de su madre.
Aquella noche, en casa de sus abuelos, Cintia arranc el alfiler de la cabeza de la mueca de trapo y
lo guard en el cajn ms abarrotado del aparador del saln. A partir de ahora, la casa de sus abuelos
sera su casa, donde crecera aorando el amor de unos padres que la haban dejado sola de manera tan
repentina. Una casa que no era la suya, donde se sentira triste durante muchos aos.
Justo en aquel momento, una chirriante sierra radial se aproximaba a la frente de Blanca en la sala
de autopsias del hospital forense. Aunque Blanca sinti por un instante el terrible dolor que le provoc la
cuchilla al cortarle el crneo, su muerte fue mucho ms rpida que la de su marido. Por suerte para ella,
no sufri cuando le rompieron el esternn y la abrieron en canal para sacarle los rganos.
El forense jams sospech que aquella noche haba practicado una autopsia a una mujer viva.
INMUNE
EL FIN DEL MUNDO NOS SORPRENDI SIN AVISAR, a las diez y veinticinco de la maana del 21 de
septiembre de 2016. No hubo profecas que lo anunciaran, ni nada por el estilo. Habamos pasado
dcadas mirando al cielo y al mar, esperando el azote definitivo que borrara a la Humanidad de la faz de
la Tierra. Los misiles nucleares nunca abandonaron sus silos; las naves extraterrestres no despegaron de
sus bases para invadirnos; las tormentas solares no tostaron el parque de aparatos electrnicos del
planeta, como los agoreros haban predicho, ni llovieron meteoritos del cielo. Tampoco se fundieron los
polos, ni se abri la Madre Tierra deshecha en un mar de lava, ni los ocanos se rebelaron contra los
continentes, ahogando a millones de almas a golpe de tsunami.
Ni siquiera hubo tiempo de que los telediarios se hicieran eco de la noticia.
Nunca supe qu sucedi, pero ese da, el demonio de la locura brot desde lo ms profundo de
nuestras mentes. Bueno, de la ma no.
Yo, por suerte o por desgracia, soy inmune.
A esa hora, yo estaba en la portera del edificio donde trabajo de conserje, viendo las noticias de la
CNN TV online en mi tablet. De repente, la locutora se abalanz contra la cmara, echando espuma por
la boca. Menudo susto me dio. Lo siguiente que recuerdo es el estruendo de los coches chocando en la
calle. Me asom al portal y vi cmo los automviles se embestan entre s, hasta que apareci el autobs
215 e impuso la ley de sus ocho toneladas de peso, arrasando con todos ellos. Los peatones invadieron la
calzada, y muchos dejaron de sufrir en ese mismo instante, atropellados sin que nadie se dignara a pisar
el freno.
Las aceras tambin eran escenario de una extraa performance que recordaba la parodia de una
coreografa de musical alternativo: una seora octogenaria bailaba al son de una msica inexistente a la
vez que desparramaba el contenido de la bolsa del sper por la acera; una madre solt de la mano a su
hija, de unos cuatro aos, y estall en carcajadas cuando un Opel fuera de control se la llev por delante.
Su hermano, algo mayor que ella, se tumb en el suelo y empez a proferir unos alaridos que recrearon la
atmsfera de una sala de tortura del infierno. Algunos deambulaban como zombis, otros se agredan con
saa, otros se golpeaban la cabeza contra la pared y la mayora lo que haca era correr sin rumbo fijo,
aullando como posesos. Muy por encima de los edificios, vi un avin de pasajeros descender sobre la
zona este de la ciudad en un ngulo de cuarenta y cinco grados. Luego vino la explosin y la columna de
humo negro. En ese momento, supe que todo lo que estuviera sobrevolndonos nos caera encima. Por
suerte, mi mujer y mi hija estaban en casa. Cmo es que Rebeca no se haba asomado para ver qu
pasaba?
Me refugi en el portal y lo cerr desde dentro. Arranqu los cables del portero automtico para que
ningn vecino abriera la puerta desde casa y nos dejara vendidos frente a la horda de locos que tomaba la
calle. La situacin era grave. Mir la pantalla de mi tablet: ni CNN ni conexin a internet. Imagin que
los responsables de mantener las lneas a flote estaran tan locos como todo el mundo y se habran liado a
arrancar el cableado de las centrales.
Entonces pens en mi mujer y en Miranda, mi hijita de seis meses. Irrump como una tromba en el
apartamento de dos habitaciones, amueblado como el culo y casi sin luz natural, que formaba parte del
pack de conserje. La televisin estaba tan muerta como mi tablet, y presentaba la tpica marabunta de
interferencias. La puerta del cuarto de Miranda estaba abierta.
Encontr a Rebeca, mi esposa, sentada en la cama que mi hija empezara a ocupar dentro de dos o
tres aos, cuando dejara la cuna. Se araaba el rostro con las uas, sin piedad y sin mostrar dolor alguno.
Me qued mudo del horror. Ni siquiera not mi presencia en el quicio de la puerta. Miranda, mi hija,
dorma en su cuna. Tal vez aquella locura no afectara a los bebs, pero s que estaba claro que mi mujer
haba sido contaminada por aquel virus, pulso electromagntico o lo que coo fuera que haba conseguido
enloquecer a la gente. Rebeca segua escarbando en su rostro sin reparar en la sangre que perda y sin
alterar un msculo de su cara. Susurr su nombre, pero ni siquiera me mir, absorta en su automutilacin.
Ya no era mi mujer: tan solo era una loca como las que haba visto en la calle. Entonces, tom una
decisin.
Tena que acabar con ella antes de que hiciera dao a mi nia.
Corr a la cocina y cog el cuchillo ms grande y afilado que encontr. Regres al cuarto de Miranda
llorando, con la mano que sujetaba el cuchillo escondida tras la espalda; la ltima vez que hice eso fue
cuando ramos novios, y en vez de un cuchillo llevaba una docena de rosas. Iba a hacer algo muy duro,
pero iba a hacerlo por mi hija.
Os aseguro que degollarla no se me hizo tan difcil como podra parecer. Ver a mi esposa
desfigurada, cubierta de sangre e ida, anestesi de algn modo mi conciencia. Ni siquiera se resisti. De
todos modos, no habra podido sobrevivir al estropicio que ella misma se haba infligido sin atencin
hospitalaria. Me convenc a m mismo de que era una muerte piadosa.
La arrastr hasta el portal y abr la puerta de la calle. Afuera, la fiesta continuaba. La gente segua
peleando entre s, usando como arma lo primero que encontraban; muchos de ellos lo hacan a puetazos,
mordiscos y patadas. En cuanto me vieran, vendran a por m. Dej a Rebeca tirada en la calle con todo
el dolor de mi corazn. En esta nueva era que acababa de comenzar, no haba lugar para sepelios.
Un fuerte olor a humo inundaba la calle. Elev la vista y vi varios incendios en los inmuebles
vecinos. Normal. Las amas de casa locas descuidan los fogones. Mir hacia mi edificio: libre de
incendios... an.
Volv a cerrar el portal por dentro y regres a mi casa. Miranda segua durmiendo, tranquila.
Respir hondo y pens en la situacin: lo primordial era la seguridad de mi hija. Tena que mantener todo
bajo control.
Lo primero era comprobar si mis vecinos estaban locos o haba algn otro inmune, como yo. Antes
de que pudieran hacerle dao a mi hija o provocar un incendio, los matara sin pensrmelo dos veces. En
ese momento, o tiros en la calle y me asom con sigilo por la ventana enrejada de la portera: un polica
local disparaba a los transentes mientras cantaba una cancin en una lengua desconocida que pretenda
ser ingls. De repente, se qued mirando fijamente el can de su pistola y apret el gatillo. Cay hacia
atrs, con un agujero pequeo en la frente y uno enorme en el occipital.
Nada peor que la locura.
Me hice con las copias de las llaves de las diecisis viviendas, que guardaba en una pequea caja
fuerte en la portera. Ojal encontrara a alguien con la cabeza en su sitio, y ojal ese alguien fuera la
profesora de instituto del 4C. Era joven, hermosa y tena un cuerpo cojonudo. Sera una buena madre
para mi hija y una candidata inmejorable para repoblar el mundo, si es que era verdad que se estaba
yendo al carajo. No recordaba haberla visto salir esta maana, por lo que probablemente se habra
quedado en casa.
De entre todas mis herramientas, eleg una llave inglesa enorme que solo usaba para apretar las
uniones de las tuberas de la caldera. La balance en el aire y descubr que era un arma temible.
Antes de embarcarme en la cruzada contra propietarios e inquilinos del nmero once de la calle
Santana, visit a Miranda en su cuna. Me apeteca darle un beso, pero no me atrev a despertarla. No
quera dejarla llorando mientras yo exploraba lo que ahora consideraba mis dominios. Con los vveres
de todas las viviendas a mi merced, reunira un alijo de comida que nos permitira sobrevivir meses
dentro de nuestra fortaleza improvisada.
Menos mal que no us el ascensor. La corriente se interrumpi justo cuando suba el primer tramo de
escaleras. Mucho haban tardado los locos de la central elctrica en cargarse el chiringo. Podra haber
muerto de hambre en el elevador, condenando a Miranda a un destino similar. Vaya mierda.
Alcanc el primer rellano y cruc la puerta del 1A blandiendo la llave inglesa en la mano derecha.
Capt ruidos al final del pasillo. En mitad de este me top con Carlota, la mujer de Ignacio Revilla,
tumbada boca abajo, inmvil sobre un charco de sangre. Estaba muerta. Entonces, un alarido infantil
procedente del cuarto de bao me puso los pelos de punta.
Corr hasta donde estaba el aseo y vi cmo Ignacio aplicaba una plancha caliente a Nachete, su hijo
de nueve aos, en plena cara. Lo haba amarrado con toallas. No s qu coo hacan all a esa hora: el
padre debera estar trabajando, y el nio en el cole. Tal vez Nachete se haba levantado pachucho.
Ignacio desvi su mirada hacia m y se me abalanz, esgrimiendo la plancha enchufada. Me salv la
longitud del cable, que hizo que se le cayera al suelo. Antes de que pudiera recogerla, descargu un nico
golpe en su cabeza que le hizo derrumbarse como una marioneta con las cuerdas cortadas. El nio segua
llorando y gritando sin parar; su cara an humeaba.
Tranquilo, Nachete, ya ests a salvo le dije, mientras comenzaba a librarle de las toallas que le
inmovilizaban.
En cuanto pudo moverse, Nachete me mordi en el brazo con todas sus fuerzas. Intent zafarme de su
mordisco, pero era como un puto pitbull. Le rogu a gritos que me soltara, asegurndole que era su amigo
y que no tena que tener miedo. Ni caso. Estaba tan enloquecido como los dems.
Le dorm para siempre de un certero golpe en la cabeza. El mordisco me dola horrores. Encontr
alcohol en un armario auxiliar y me roci la herida, con dos cojones. Me doli un huevo, pero apret los
dientes y aguant. Si se me infectaba, estaba perdido: los mdicos estaran como cencerros, as que a
partir de ahora tendra que valrmelas por m mismo. Pens en Miranda. A partir de ahora yo tendra que
ser su padre, su madre, su maestro, su pediatra, su todo. Ser inmune era casi peor que estar loco. Al
menos, me quedaba el consuelo de haber conquistado el 1A. Esto prometa ser la partida de Risk ms
despiadada de todos los tiempos.
Abr una ventana y tir a Ignacio a travs de ella. Luego, repet la operacin con Nachete y su
madre. Me asom y contempl los tres cuerpos despatarrados en la acera. Dos tipos que deambulaban
por ella se pararon a mirarlos, muertos de risa; una joven hermosa que vesta top, minifalda y taconazos,
se detuvo muy solemne delante de la pila de cuerpos, se acuclill y comenz a comerse al nio. Apart la
mirada, aterrado.
Revis la nevera y la despensa. Lstima que no hubiera fluido elctrico. Tendra que consumir los
alimentos perecederos que encontrara cuanto antes. Cont muchas latas de refrescos y botellas de
Bezoya, lo que me hizo acordarme del agua corriente. Prob a abrir el grifo y funcion. El aljibe estara
lleno, por lo que no tendra que preocuparme de morir de sed. Tambin haba leche, para Miranda. No
era leche infantil, pero no tendra ms remedio que acostumbrarse a la de tetrabrik. Cerr la nevera y los
armarios que haba registrado y volv a salir al descansillo.
Tal y como hice con el 1A, proced a abrir, uno por uno, los pisos del rellano. En el 1B, me
encontr a la seora de la casa muerta en la cocina, despus de haberse dado un atracn de vasos de
cristal; la catarata de sangre que manaba de su boca era para ponerte al borde de la lipotimia. Como hice
con los habitantes del 1A, la tir por la ventana a la calle. No iba a dejar ningn cuerpo
descomponindose en lo que ahora consideraba mis dominios. En el 1C, tuve que acabar con dos
hermanas ancianas: una de ellas me confundi con un tal Celedonio y empez a recriminarme cosas del
pasado de las que yo no tena ni idea, mientras la otra se parta de risa. Acab con ellas de dos golpes y
tambin fueron por la ventana, como el resto de vecinos a quienes encontr muertos o no tuve ms
remedio que cargarme. Por suerte, hall la mayor parte de los pisos vacos: la epidemia de locura haba
pillado a la mayora de los adultos en sus trabajos y a los ms jvenes en clase.
De todos modos, conforme avanzaba, senta cada vez menos remordimientos. Todas las salvajadas
que estaba haciendo eran para velar por la seguridad de mi hija.
No s qu demonios ha pasado esta maana, pero todo el mundo se ha vuelto loco justo el da que
me haba pedido por asuntos propios para terminar el cuadro que le haba prometido a mi madre haca ya
dos aos: Soraya, acbalo de una vez. Me muero por colgarlo en el saln. Pues me parece que hoy no
va a poder ser, mam, donde quiera que ests ahora... Porque no s si estars loca o cuerda, viva o
muerta.
Me di cuenta de que algo no iba bien cuando empec a or coches chocando y derrapando debajo de
casa. Me asom al balcn y presenci la peor pelcula de catstrofes que un director de telefilmes
canadienses pudiera parir jams. Un autobs atraves la calle a toda velocidad, destrozando coches y
atropellando peatones; haba peleas y gritos por doquier, gente corriendo como loca dando alaridos, y
otros, aparentemente ms tranquilos, que parecan conversar con su propia sombra. Vi un avin
precipitarse en medio de la ciudad. La explosin fue tremenda. Lo primero que me vino a la mente fue
que estbamos bajo un ataque terrorista. Puse la televisin, a ver qu demonios estaba pasando.
Hice zapping a toda velocidad, y los programas en directo me dejaron alelada: una presentadora
famossima de un magazine matutino exhiba sus pechos desnudos mientras rezaba el Credo a gritos; en el
siguiente canal, el pblico se enzarzaba en una batalla campal, que qued fuera de encuadre en cuanto el
cmara decidi unirse a la fiesta; algunos canales ya haban dejado de emitir. Cambi a los de va
satlite, y me top con Al Jazeera por casualidad: el locutor gritaba como un idiota en rabe y solo se
detena para mordisquear su micrfono, emitiendo unos crujidos terribles, amplificados por el sistema de
sonido; luego vino la RAI, donde una italiana recauchutada intentaba apualarse la cabeza con la punta de
un bolgrafo. Hu de esa escena horrible para caer en la BBC, donde un seor con pintas de lord ingls
agreda a silletazos a otro, que cloqueaba como una gallina, sin apenas defenderse de los ataques del
locutor. De repente, la tele dej de emitir, la luz parpade dos veces y se fue, para nunca ms volver.
Por lo visto, la locura se haba desatado a nivel mundial. A todo dios se le haba ido la olla a la
vez... menos a m. Yo me encontraba bien, o al menos todo lo bien que uno puede encontrarse afrontando
un desastre sin precedentes como aquel. Si haban lanzado algn agente enloquecedor o alucingeno, o
haban empleado extraas frecuencias elctricas, como durante aquellos experimentos de la CIA de los
aos cincuenta lo que se llam el MK-Ultra, yo tena una cosa clara:
Era inmune.
En ese momento, di gracias a Dios por vivir sola. Intent llamar a mi madre, pero el telfono emita
un zumbido extrasimo. Saqu mi mvil del bolso y busqu su nombre en la agenda. La foto de mi madre
me sonri desde la pantalla, pero en cuanto intent llamarla, el dispositivo me alert de que no haba
servicio. Estaba incomunicada, en el 4C de la calle Santana, nmero once.
Qu poda hacer? Pedir ayuda me pareca arriesgado. Si mis vecinos estaban tan locos como el
resto de la poblacin de la Tierra, lo ms probable sera que se liaran a golpes conmigo, o algo peor.
Entonces, o disparos en la calle. Me asom al balcn con cautela. No quera ofrecer un blanco fcil.
Abajo, un polica local acababa con todo aquel que se le cruzaba en su camino. De repente, se vol la
cabeza. Di un respingo y me tap la boca y la nariz con las manos, reprimiendo un grito que podra llamar
la atencin a los locos de la calle. Dese con todas mis fuerzas que aquello fuera algo transitorio. Si era
as, me mantendra encerrada en casa hasta que pasara, sin hacer ruido, para no atraer a nadie, ni siquiera
a mis propios vecinos.
Corr al vestbulo y gir dos veces la llave de la puerta blindada. Para ms seguridad, ech un
cerrojo de acero enorme, que mi madre se haba empeado en instalar cuatro aos atrs, y la cadena.
Hija, vives sola. Ese cerrojo te garantiza que no podrn abrir la puerta aunque fuercen la
cerradura. No s por qu demonios las madres siempre tienen razn. En silencio, rec para que
estuviera sana y salva.
Si aquella catstrofe estaba sucediendo a nivel mundial, ya no tenamos nadie en quin apoyarnos.
No podamos fiarnos de la gente. Y si yo misma estaba afectada y no era consciente de ello? Sucedera
eso con los dems?
Me sent en el sof, abrac mis rodillas y me ech a llorar. Si no estaba sola en el mundo, cmo
podra volver a confiar en alguien?

Era poco despus de medioda cuando invad el rellano del cuarto piso. Mi llave inglesa estaba
llena de sangre y trocitos de algo que ni me atreva a tocar. Podran ser pedacitos de hueso, cartlago,
cerebro o sabe Dios qu. Me dije que tendra que lavarla a conciencia en cuanto terminara su trabajo. Era
mi arma sagrada, el Mjolnir del currela, exterminador de orates y purificador de almas en pena. Pronto,
mi castillo estara asegurado, convirtindose en el ltimo baluarte de la razn.
Mientras registraba el 3D, descubr que el edificio de enfrente estaba envuelto en llamas, al igual
que muchos otros inmuebles de la zona. Algunos desgraciados saltaban por las ventanas convertidos en
teas humanas, mientras que otros, empujados por el fuego y el humo, se arrojaban al vaco sin tantos
efectos especiales. Me entretuve un rato vindoles caer y estrellarse contra el suelo, que ahora era un
festival de cadveres. Me felicit por haber acabado con las viejas: seguro que habran organizado un
incendio en cuanto hubieran entrado en la cocina. Afuera, el cielo estaba gris por el humo, y la calzada
intransitable a causa de los coches y los muertos. Para atravesarla, haba que escalar un amasijo de
vehculos que se haban ido apilando por toda la calle. Intent imaginarme cmo estara la Gran Va o
Sol en mi ciudad, las Ramblas de Barcelona, Times Square en Nueva York, Piccadilly Circus en Londres
o Los Campos Elseos en Pars. Las imgenes que acudieron a mi mente me parecieron alucinantes.
Entr en el 4A y me encontr a la chica de servicio domstico muerta. La reconoc enseguida. La
haba visto infinidad de veces: era una chavala colombiana con un culo digno de ovacin. Tena
desgarradas las muecas y la boca manchada de sangre. Se las haba mordido ella misma y haba muerto
desangrada. Le enroll un par de toallas en la cabeza para no manchar demasiado el piso no sin antes
comprobar que su culo estaba tan duro como yo haba imaginado, y la arroj por el balcn del saln,
como a los dems vecinos. El status de seores y criadas haba llegado a su fin. Abajo, en la acera, se
apilaban los cadveres sin distincin de raza, edad o sexo. Cuando se calmara un poco la cosa tendra
que retirarlos de la acera, o el prximo enemigo a batir seran las ratas. Joder, no me lo haba planteado.
Y si las ratas haban enloquecido tambin? Y los insectos? Y los pjaros? Prefer no pensar en eso.
Todava me queda trabajo por hacer.
Decid dejar el 4C para el final. Cmo se llamaba la profe? Su nombre me vino a la cabeza de
repente: Soraya. So con que fuera inmune, como yo, porque lo ltimo que deseaba era romperle la
cabeza a esa monada. No pude evitar que el recuerdo del cadver ensangrentado de mi esposa me
asaltara a traicin. Confi en que esa visin no me acompaase de por vida. Tena que pasar pgina: hoy
haba vuelto a nacer.
Tuve suerte y no encontr a nadie, ni vivo ni muerto, en ninguno de los pisos de la cuarta planta.
Solo me quedaba por revisar el de Soraya. Me puse nervioso: si estaba all, que era lo ms seguro,
tendra que comprobar si se haba vuelto loca o no. Aquello me pareci una lotera estpida, pero algo en
mi interior me deca que me iba a tocar.
Introduje la copia de la llave en la cerradura y la gir dos veces, pero al intentar abrir, no pude
hacerlo. Empuj la puerta, sin xito. Haba un cerrojo echado. Eso significaba dos cosas: ella estaba
dentro y asustada. Era buena seal. Los afectados no parecan sentir temor ante nada ni nadie. Me atrev a
llamar con los nudillos.
Soraya, soy Luis, el portero grit, a travs de la puerta. No se asuste. He estado limpiando el
edificio. Puede abrir?
No vi claridad en la mirilla. Saba que ella estaba al otro lado de la puerta, mirndome, pero sin
atreverse a abrir. No iba a forzarla a hacerlo. Necesitaba ganarme su confianza, y no quera meterle
presin:
No se preocupe intent tranquilizarla. Solo quedamos usted, mi hija Miranda y yo en el
edificio, y est cerrado a cal y canto. Nadie podr entrar, estamos seguros. Voy a bajar a darle de comer a
mi nia y volver a ayudarla en cuanto termine. Se encuentra bien?
Una voz temblorosa y compungida por el llanto me lleg desde el otro lado de la puerta:
Estoy bien, pero muy asustada.
Mi corazn brinc en el pecho, feliz y nervioso al mismo tiempo. En principio, no pareca
contaminada por la epidemia.
Espreme ah, por favor le rogu. Volver dentro de un rato.
Aguard unos segundos en el rellano, por si oa su voz de nuevo, pero solo alcanc a or sollozos.
Decid dejar que se desahogara.
Baj los cuatro pisos saltando los peldaos de dos en dos, rumbo a mi casa, en el bajo. Pronto
dejara ese cuchitril. Como amo y seor de mi castillo, elegira las mejores dependencias para vivir una
vida maravillosa junto a Soraya y Miranda.
A pesar de haber matado a mi esposa y de haber acabado con todos los vecinos a los que me haba
encontrado, me senta feliz.

Me qued pegada a la mirilla hasta que el conserje desapareci de la panormica a ojo de pez que
abarcaba todo el descansillo. Al marcharse, pude ver que llevaba una llave inglesa descomunal en su
mano. Le o decir que haba limpiado el edificio, y que ya solo quedbamos dentro su hija, l y yo. En
qu sentido lo haba limpiado? Todo apuntaba a que haba desahuciado a los vecinos a golpe de llave
inglesa.
Tena dos opciones: la primera era ser cobarde y fortificarme en casa. Cunto tiempo podra
atrincherarme en ella? Revis mi nevera, y apenas haba comida. En el armario, unos cereales, caf
instantneo y poco ms. Maldije mi dieta eterna. Racionndolo al mximo, calcul que podra
permanecer aqu dos semanas, antes de que el hambre me venciera. La segunda opcin era ser valiente y
salir. Quiz debera darle una oportunidad al conserje. Tal vez fuera cierto que haba limpiado de locos
el edificio, cosa que yo misma habra hecho de tener el valor suficiente. De todos modos, haba algo que
en ese momento me qued muy claro:
Necesitaba un arma, pero ya.

Miranda segua durmiendo, ajena al caos que nos rodeaba. Intent despertarla, pero su sueo era
profundo. Le prepar un bibern, dando gracias a Dios por el da en que Rebeca exigi fuegos de gas en
lugar de una placa vitrocermica. Me dio pena despertar a Miranda, as que intent darle el bibern
dormida, como a veces haca mi esposa. Hoy se negaba a tragar, pero al menos, no se despert. Me dije
que daba igual. No iba a ponerme histrico porque la nia no comiera una vez. Ya comera cuando tuviera
hambre. Le cambi los paales y la vest con uno de esos conjuntitos cursis que tanto le gustaban a su
madre. Estaba preciosa.
Me di una ducha. Despus del ingrato trabajo de esa maana, el agua templada me pareci una
bendicin. Rec para que el suministro de gas tardara mucho en cortarse. Me perfum y eleg unos
pantalones de vestir, unos mocasines lustrosos y una camisa negra que solo usaba en contadas ocasiones.
Quera dar buena impresin a Soraya. Al fin y al cabo, era mi princesa.

Ya tena el ojo en la mirilla cuando el portero llam con los nudillos. Llevaba a su hija en brazos y
vena arreglado como si quisiera a invitarme a salir. Si esa era su intencin, no pudo elegir un da peor.
Tena miedo de abrir, pero cuanto antes afrontara mi encuentro con Luis, mejor. ramos los nicos
cuerdos de todo el edificio y, tal vez, los nicos de toda la ciudad. Nosotros dos y la pequea.
Descorr el cerrojo y quit la cadena. Una vez que abr la puerta, tan solo medio metro de aire me
separaba de l.
Puedo pasar? me pregunt, con una sonrisa.
Adelante conced, consciente de que es as como los vampiros entran en las casas antes de
morderle el cuello a su vctima.
Pas al saln y contempl el paisaje urbano cargado de humo negro que haba ms all de mi balcn
abierto. Entonces, mis ojos se encontraron con los de la nia. Me miraba con sus ojos de beb, abiertos
como platos, en un rostro que tena una expresin indescifrable; eran unos ojos que se clavaban en m
cual puales invisibles, como si pudieran leer mi mente. De repente, su boca se abri, como si su
mandbula en miniatura le pesara demasiado.
Luis comenz a hablar de la locura que se haba desatado en la calle, de cmo ya casi no se oan
gritos ni sonidos de coches, de lo afortunados que ramos al ser inmunes a esta tragedia...
Y mientras l hablaba, yo no poda apartar los ojos de su hija.
l continuaba con su retahla, pero yo ya no me enteraba de lo que deca. Sus palabras se haban
convertido en un galimatas ininteligible y mis ojos seguan clavados en los del beb, que perforaban mi
mente de forma dolorosa.
Luis, sin dejar de hablar en esa lengua extraa, seal algn punto ms all de las azoteas de los
edificios y dej de sujetar la cabeza de la nia, que qued colgando hacia abajo, mostrando unas marcas
de dedos en la piel blanca su diminuto cuello.
Por eso tena la mirada tan extraa.
Era la mirada de una muerta.
No le di tiempo a reaccionar. Soltando un alarido que pretenda ser una inyeccin de valor, le hund
el cuchillo de cocina a Luis en el cuello, atravesndoselo de lado a lado. l no solt a Miranda, pero
intent taponarse las heridas con la mano libre. Dej indefenso su estmago. No lo pens dos veces: le
clav la hoja hasta el mango y volv a extraerla. Lo hice hasta en tres ocasiones. Perda sangre a chorros,
pero segua sin soltar a su hija.
Finalmente, ambos cayeron sobre la alfombra del saln. Recog a Miranda del suelo y la dej
acostada en el sof. Envolv a Luis en la alfombra y le arrastr hasta el balcn. Antes muerta que
quedarme a solas con el cadver de un loco asesino y parricida en mi casa. Reuniendo todas mis fuerzas,
le apoy en la barandilla de mi balcn y levant sus piernas. Luis cay encima de los cuerpos que l
mismo haba arrojado a la acera esa maana. Los cuerpos de nuestros vecinos.
En ese momento, me di cuenta de que yo era la nica inmune, y me ech a llorar.

He de reconocer que Luis hizo un buen trabajo con los vecinos. Encontr las copias de las llaves en
la portera, y ahora vivo en el nmero once de la calle Santana, sintindome segura, con un providencial
suministro de gas que me proporciona agua caliente y me permite cocinar.
Afuera, las cosas se han tranquilizado. Sigue sin haber electricidad, as que no s qu pasar en el
resto del mundo. No pierdo la esperanza de que haya ms inmunes como yo.
Y como Miranda.
Qu mal hueles, pequea! Te has hecho caca de nuevo?
Le reviso los paales por cuarta vez esa maana. Limpios. Bueno, del todo limpios, no. Tengo que
quitar los gusanos a veces, y tener cuidado con sus deditos. Hace dos das perdi uno, y creo que pas
porque no fui delicada al cogerla. S, huele mal, pero es mi nica compaa.
Eres una bendicin, Miranda.
Y le canto una nana, la ltima nana del fin del mundo, contenta de que sus ojos, que me miraban de
aquella forma tan rara, hayan desaparecido de su rostro como por arte de magia.
UN TIPO CABAL
NO creo en fantasmas, pero me dan miedo. O al menos, eso me est pasando ahora. Me considero un tipo
cabal: nunca me interesaron los temas paranormales, jams le un libro de terror, ni vi una pelcula de
miedo, ni malgast un minuto de mi vida plantendome la existencia de fenmenos extraos...
Hasta hace unos das.
Algo raro sucede en casa. Los objetos cambian de lugar constantemente, las ventanas se abren y se
cierran solas y no paro de or risas y extraas conversaciones cuyo significado no logro entender. Creo
distinguir las voces de un hombre, de una mujer y de un cro, aunque lo peor es un perro al que tampoco
veo: grue todo el tiempo en el pasillo, y me provoca un miedo irracional.
Ayer descubr que la foto de mis padres ha sido sustituida por otra fotografa. En esta aparece una
familia que no conozco de nada: un matrimonio joven con una nia de unos cinco aos y un perro viejo y
horroroso. He intentado huir de casa pero no puedo: de algn modo, estoy atrapado aqu. Y entonces, lo
he entendido todo.
Sent una gran tristeza al darme cuenta de que el fantasma era yo.
AISHA KANDISHA
17 de octubre de 1946 Fuerte Biarritz A veinticinco kilmetros al sur de Alhucemas (Protectorado
Espaol en Marruecos)

Los dos camiones Henschel descendieron por la pista de tierra en direccin al castillo de adobe que
se ergua humeante en mitad del pedregal. Detrs de ellos, se difuminaba una estela de polvo visible a
muchos kilmetros de distancia. Los vehculos, con sus cajas cargadas de soldados armados con fusiles
Mauser, traquetearon hasta detenerse a una distancia prudencial del Fuerte Biarritz. Dos horas antes, unos
ingenieros de transmisiones encargados de instalar una radio nueva en el fuerte, se encontraron con que el
baluarte haba sido pasto de las llamas. No haba seales externas de ataque enemigo. El capitn de
Ingenieros que lideraba a los de transmisiones decidi regresar a Alhucemas inmediatamente e informar
sobre el presunto ataque.
El Alto Mando envi un destacamento de treinta hombres para hacerse cargo de la situacin. La
presencia de buitres y cuervos sobrevolando el fuerte no presagiaba nada bueno. El conductor, un cabo
espaol vestido con el uniforme color arena de Regulares rematado por el tarbush, el gorro cilndrico
tpico de las tropas indgenas de Marruecos, inform al nico pasajero de la cabina del Henschel:
Hemos llegado, mi teniente coronel.
A su lado, el teniente coronel Ral Fras asinti con la cabeza y abri la portezuela del copiloto.
Desabroch la funda de su pistolera y salt a tierra. Los soldados, al mando de cuatro sargentos y dos
tenientes, ya comenzaban a tomar posiciones alrededor del fuerte, rodendolo. Dos cabos, con sus
respectivos servidores, corran agachados con las ametralladoras ligeras, en busca de un par de buenos
emplazamientos.
El teniente coronel examin los muros del Fuerte Biarritz, una fortaleza que durante la Guerra del
Rif tuvo cierta relevancia, pero que ahora no era ms que una vieja reliquia del pasado, an en activo por
razones ms romnticas que prcticas. No apreci impactos de bala en el muro lateral. Ni uno solo. Las
paredes, en ese sentido, se vean vrgenes. La muralla era muy alta, alrededor de doce metros. Dos torres,
ahora ruinas ennegrecidas, dominaban las esquinas nordeste y sudoeste. Los sombrajos instalados en su
cspide para que el sol no friera los sesos de los centinelas, haban sucumbido a las llamas y mostraban
ahora un esqueleto ceniciento y quebradizo. Las aves carroeras no se amilanaron por la presencia de los
hombres. Fras se dijo que haba llegado a un cementerio. Un teniente joven se acerc a l. Llevaba un
Mauser, como el resto de la tropa:
Tenga cuidado, mi teniente coronel se atrevi a recomendarle. No sabemos si el enemigo
sigue dentro.
Fras agradeci el celo de su oficial con una sonrisa tranquilizadora y seal hacia los buitres:
Esos no estaran ah arriba si hubiera vivos ah dentro, Prez. Adems, no hay seales de fuego
enemigo en el exterior dijo Fras, examinando las paredes del castillo. No he visto ni un solo
agujero de bala, ni un casquillo por los alrededores. De repente, se call; haba visto algo en el suelo,
a pocos pasos de donde se encontraba. Un momento...
El teniente coronel se acerc hasta un pequeo objeto cuyo brillo haba llamado su atencin cerca
del muro y se agach junto a l. Era un manojo de llaves, y haba ms, desperdigados por los
alrededores. Los fue recogiendo uno por uno, sacudindoles el polvo y revisando las etiquetas de cartn
grueso marcadas con palabras escritas con tinta china: herramientas, cuerpo de guardia, plana mayor,
compaa... El teniente Prez recogi otro, este con un par de llaves grandes de aspecto antiguo y robusto.
Ley la etiqueta en voz alta:
Puerta principal. Qu harn aqu estos llaveros, mi teniente coronel?
Alguien los tir desde la almena dedujo Fras, revisando el impacto que haban dejado los
llaveros en el polvo. Este fuerte no ha sido atacado desde fuera repiti. Ah dentro ha sucedido
algo.
Prez estuvo a punto de soltar un taco, pero prefiri guardarlo para mejor ocasin. El teniente
coronel Fras le pidi la llave de la puerta principal y se encamin hacia la esquina sudoeste del fuerte.
Prez le sigui, con sus cinco sentidos alerta. Su superior torci a la izquierda, rumbo a la entrada. Los
soldados haban reconocido el terreno alrededor del baluarte y haban llegado a la misma conclusin que
su jefe: no haba signos de combate fuera de los muros.
La austeridad de la fortaleza se rompa un poco con la belleza del arco festoneado que remataba las
dos hojas de madera gruesa. No eran unas puertas demasiado grandes, y mucho menos vistosas. Por el
vano apenas podra pasar un camin militar. No haca falta ms: era un fuerte de control presencial, en
una de las zonas ms tranquilas del Protectorado. Un destacamento de veinticinco hombres para patrullar
zonas yermas y gritar de forma muda que Espaa estaba all.
La puerta tena dos cerraduras. Fras prob las llaves grandes hasta que una de ellas hizo girar un
mecanismo pesado en su interior. La siguiente hizo sonar varios engranajes y las puertas se abrieron. Los
Regulares tomaron posiciones. Los ametralladores encaonaron sus mquinas hacia la puerta. El teniente
Prez intent tomar la iniciativa de empujarlas, pero Fras se lo impidi, sujetndole el brazo.
Como desee, mi teniente coronel acat el teniente. Yo le cubro.
Fras desenfund su Astra 400, su fiel puro como la llamaban cariosamente los soldados por la
forma cilndrica de su can del 9 largo, y empuj ambas puertas a la vez. Lo hizo de forma
imprudente, pero su instinto, muy desarrollado despus de tres aos de guerra civil y tres ms en frica,
le gritaba al odo que el peligro real haba pasado. Desde la puerta, se enfrent con lo que una vez haba
sido el Fuerte Biarritz. Nunca haba estado all, pero s haba visto los planos la noche anterior, en el
Cuartel General.
El interior del fuerte albergaba varios edificios: entrando, a la derecha, el cuerpo de guardia;
adosado a este, formando una ele, se encontraba el barracn de la compaa, donde pernoctaba la tropa;
adyacente a l, estaban las duchas y las letrinas. Al fondo, se ubicaban la oficina de la plana mayor, los
aposentos de los oficiales y la enfermera. En el ala izquierda, haba una cuadra con un pequeo almacn
que constaba en el plano como cuarto de herramientas. Seguidamente, estaban la cocina y el comedor, que
tambin haca las veces de cantina.
Todo estaba destruido, consumido por las llamas. Las escaleras gemelas de madera que llevaban al
adarve de las murallas haban sido devoradas por el fuego. Junto a las puertas encontraron cuerpos, unos
quemados y otros no, que comenzaban a descomponerse bajo el sol de la maana. Haban sido picoteados
por las aves carroeras, y las moscas zumbaban como escuadrones de bombarderos. Haba algunos
agujeros en los muros, como si los hubieran echado abajo a mazazos. Algo ms all, unos buitres daban
cuenta de un caballo muerto. Fras apunt a uno de los pajarracos y apret el gatillo. Era buen tirador. Le
dio. Los dems levantaron el vuelo y los cuervos les siguieron. Al menos, se ahorraran el espectculo
del banquete.
Pero lo que ms pareca fuera de lugar era una mesa de madera en mitad del patio de armas, justo en
el centro. Fras se acerc, seguido del teniente Prez y del resto de los Regulares.
Encima de la mesa descansaba un cuaderno de tapas duras, cerrado, y sobre ella una estilogrfica
Waterman. Fras la cogi y vio que tena unas iniciales grabadas en el clip: J.H.C. Medio metro ms all,
algo retirada, haba una silla ocupada por un hombre repantigado en ella, que pareca estar echndose la
siesta. El teniente coronel, absorto en el descubrimiento, no vea el terror que crispaba los rostros de sus
hombres a sus espaldas, sobre todo los de los marroques. Reconoci al hombre a la primera, a pesar de
que los cuervos ya haban dado cuenta de sus ojos. Adems, las iniciales de la pluma coincidan con su
nombre.
Aquel desgraciado tena la cabeza echada hacia atrs, y en su mano todava sujetaba la pistola con
la que se haba pegado un tiro en la sien.
Prez llam Fras. Que registren todo el fuerte, hagan un recuento de muertos y busquen
supervivientes. Esto ltimo lo dijo por decir. Estaba claro que all no haba nadie.
A sus rdenes. Prez se volvi hacia la tropa y repiti la orden en rabe; los indgenas
obedecieron a regaadientes. Cuando todos se dispersaron en pequeos grupos, el oficial se volvi a su
superior. Es el capitn Higueras, mi teniente coronel?
S. Jos Higueras Claros. Por lo que se ve, se ha pegado un tiro.
Qu ha pasado aqu, mi teniente coronel?
No lo s. Fras recogi el cuaderno de la mesa y lo abri. Sus cejas se elevaron al leer el
primer prrafo escrito con la clara caligrafa del capitn Higueras. Ley durante un par de minutos varias
hojas sueltas y cerr el cuaderno. El teniente Prez le interrogaba con la mirada. Fras se dijo que no le
hara comentario alguno. Guard el cuaderno en el portaplanos que llevaba cruzado en bandolera e
imparti una nueva orden a su oficial. Nos largaremos de aqu en cuanto terminen el registro. Que
suban a los camiones lo que haya recuperable e identifiquen a los muertos. Informar al Cuartel General y
que ellos decidan qu hacer con el fuerte. Si por m fuera, dejara que se cayera a pedazos. En cuanto
regrese a Alhucemas enviar un destacamento a recoger los cadveres. Mientras tanto, deje aqu un retn
para que mantenga alejados a los buitres.
El teniente asinti con la cabeza.
A sus rdenes, mi teniente coronel.
Prez acompa a los hombres durante el registro. No encontraron nada recuperable: todo haba
sido arrasado por el fuego. Fras comprob que el cuaderno que haba guardado en su portaplanos an
estaba dentro, como si pudiera haber desaparecido o, peor an, haber sido fruto de su imaginacin. Se
mora de ganas de leerlo. El fruto de su ojeada haba picado su curiosidad. A pesar de que lo correcto
sera informar al general y entregarle el manuscrito, se dijo que lo leera antes de hacerlo.
Lo poco que haba ledo en aquella crnica pstuma era una autntica locura.

La habitacin de la residencia de oficiales donde viva el teniente coronel Fras era casi tan austera
como una celda monacal. Tena la distribucin de un pequeo apartamento, con una salita amueblada con
un escritorio con silla, unas estanteras, una radio Telefunken de antes de la segunda guerra mundial, un
sof viejo, un silln a juego y una mesa camilla. Un telfono militar negro como la noche, sin disco,
estaba adosado a la pared, junto al escritorio; una puerta llevaba al dormitorio, ms sobrio an que la
salita, y otra a un pequeo aseo con baera propia, lavabo y vter. Lo mejor de la salita era su luz natural.
A las cinco y media de la tarde, entraba un sol limpio que haca que los espartanos muebles de madera
oscura parecieran incluso agradables a la vista.
El teniente coronel Ral Fras sac una botella de coac y una copa. Saba que necesitara una buena
dosis de alcohol para poder tragarse aquel disparate que tena entre las manos y olvidar el espectculo
dantesco del Fuerte Biarritz. Se sirvi un golpe que se ech al coleto de un trago. Una vez que el licor le
calent las tripas, abri el cuaderno.

16 de octubre de 1946... o eso creo recordar.


Maldigo el da en que me enviaron a este fuerte. Creo que nunca merec un destino de mierda como
este. Durante la guerra, mat a todo aquel que me mandaron matar, quem todo lo que me ordenaron
quemar y obedec hasta la orden ms absurda que me dieron. Soy uno de esos militares que han nacido
para serlo, de esos que aunque hayan empezado desde abajo nunca cejan en su empeo por superarse y
llegar al mismo nivel que los oficiales de carrera.
Estuve de teniente en Tetun. All me cas con Teresa, mi mujer, y tuve a mi nico hijo, Pablito.
Ahora tiene cuatro aos. Fue un destino tranquilo, que cre merecido despus de haberme jugado las
pelotas por Espaa en Teruel y el Ebro. Soaba con que el ascenso a capitn me llevara a alguna
localidad tranquila, tal vez a la Pennsula o a Canarias, pero lo que me encontr nada ms recibir mis
flamantes tres estrellas doradas fue una carta envindome a este fuerte al sur de Alhucemas. Un destino
provisional de seis meses en mitad de un pedregal desierto. Me lo vendieron como unas vacaciones
pagadas. Seis meses pasan pronto, Higueras. Esas fueron las palabras del coronel. Las mas fueron "a
sus rdenes", pero me guard para m el hijo de la gran puta.
Llegu al puerto de Alhucemas poco despus de las diez de la maana del da 14, es decir, anteayer.
A pie de pasarela me esperaba un cabo de veintitantos aos, moreno de piel, rostro afilado y cejas
pobladas, ms moro que El Raisuni. Estaba solo. Esperaba que el capitn saliente de destino, Martn,
estuviera all para traspasarme el mando del Fuerte Biarritz. All no haba nadie ms que el joven cabo,
que me salud llevndose la mano altarbush.
A sus rdenes, mi capitn. Se presenta el cabo Dris Ahmed.
Baja la mano le orden, despus de devolverle el saludo militar. Dnde est el capitn
Martn?
Se fue anoche, mi capitn, en el ltimo barco a Melilla. Parece que se puso enfermo por la tarde y
decidi no esperar el relevo.
Quin est ahora al mando del fuerte?
El teniente Villar, mi capitn.
Hice un gesto de desagrado que no pas desapercibido al cabo. Dris insisti en llevar el petate que
era mi nico equipaje y me condujo hasta el Jeep Willys que nos esperaba estacionado unos metros ms
all, regalo de los americanos antes de irse de frica. Sub al pequeo vehculo y abandonamos
Alhucemas por una carretera que pronto se convirti en la pista de tierra ms polvorienta que hubiera
visto jams. Al menos no tena demasiados baches. Despus del viaje en barco, mi estmago no estaba
para tonteras. Mientras dejbamos atrs las cabilas aledaas a la ciudad, Dris me explic que el da
anterior haban tenido un problema en el fuerte. Cuando le pregunt qu tipo de problema, su respuesta
me dej an ms intrigado:
Ser mejor que hable con el pter, mi capitn, y que luego lo vea usted con sus propios ojos.
Djate de acertijos y no me toques los huevos. Dime de qu se trata.
Uno de nuestros soldados, mi capitn. Mustafa Jalil. Est embrujado.
Solt una carcajada que reson por el paisaje desierto y se fundi con la estela de polvo que
dejaban atrs las ruedas del Willys. Dris me lanz una mirada de reojo. A l no le pareca divertido. De
hecho, su cara era la de un hombre que ha pasado una noche de perros.
Pues cuando yo llegue ser mejor que se le pase el embrujamiento, porque de la mano de hostias
que voy a arrearle va a estar cagando suras del Corn hasta que me canse.
Dris se encogi de hombros ante mi blasfemia islmica y sigui conduciendo en silencio. Media
hora despus, divisamos un castillo de adobe, ladrillo y tejas. Era ms grande de lo que haba imaginado.
Mi domicilio durante los prximos seis meses, lejos de mi esposa e hijo. El mamn de mi coronel dira:
Ves, Higueras? Vas a vivir como un marqus, en tu propio castillo. Me cago en su puta madre.
Fuimos recibidos en la entrada por el centinela de puerta y por el cabo de guardia, que celebraron
nuestro paso con sendos saludos militares. En las dos torres vi a otros centinelas. Apuesto a que estaban
aburridos como ostras. All haba poco que vigilar. El Fuerte Biarritz estaba puesto all como un
recordatorio para las cabilas cercanas de que Espaa an tena dientes que ensear en la zona norte de
Marruecos. Quin iba a atacar un fuerte en mitad de ninguna parte?
Dris detuvo el Willys y ech un vistazo al destacamento que me tocaba mandar. Todos los soldados
eran marroques de piel oscura y curtida como cuero viejo. Algunos llevaban el tarbush y otros, turbantes
de tela blanca. Una voz atronadora anunci mi llegada y todos los soldados, excepto los centinelas,
corrieron a formar al patio de armas. No tardaron demasiado en hacerlo: al menos estaban bien
instruidos. Un poco ms all, tambin en formacin pero algo ms relajados, distingu a dos oficiales y
dos suboficiales.
Atencin! Firmes! Un joven teniente de mandbula cuadrada y gesto decidido se cuadr ante
m y me dio novedades. A sus rdenes, mi capitn! Se presenta el teniente Salvador Villar, al mando
de una fuerza de veintitrs hombres...!
Decid que no iba a or todo el parte de novedades, as que le orden descanso. Pas revista a las
tropas. No me parecieron los mejores soldados del mundo, pero tampoco los peores. Me ahorr soltarles
una arenga: ms que un cuartel, aquello era una familia numerosa.
Que rompan filas, Villar. Quiero ver a los oficiales y suboficiales en la plana mayor ahora mismo
seal el pequeo edificio al fondo del castillo. La plana mayor es esa, verdad?
El teniente me confirm que lo era, ladr la orden de romper filas y la compaa se disolvi. Dris se
qued en el patio de armas, por si yo pudiera necesitarle. Los tres oficiales y los dos sargentos entraron
conmigo en la oficina y cerraron la puerta a sus espaldas. Todos tenan caras circunspectas y las mismas
trazas de insomnio del cabo. Antes de nada, el mdico y el pter se presentaron: el sacerdote castrense
era Rafael Bolaos, un teniente de unos treinta aos, con un cctel de calvicie incipiente y gafas de
montura redonda que le daban cierto aire a Manuel Azaa; el mdico, Manuel Romero, aparentaba ms
edad, aunque tambin debera rondar la treintena. Era un tipo algo entrado en carnes, de esos que no se
sabe si son ms mdicos que militares o todo lo contrario. Villar era el que tena ms pinta de
combatiente: tena unos veinticinco aos, y se le vea un tipo bragado, tan curtido por el sol de frica
como los indgenas a su mando. Manzanares y Herrero, los dos sargentos, eran tan chusqueros como yo, y
se les notaba a leguas que haban comenzado en el Ejrcito sacando cubos de mierda de las letrinas. Lo
que les diferenciaba de m era que yo haba sabido subir puestos en la escala de mando, y a ellos les
haban regalado sus galones cuando ya no haba ms remedio, por la nica razn de que un cabo de
cuarenta aos queda fatal en un cuartel.
Sargento Luis Manzanares, mi capitn se present el primer suboficial, todo un desertor del
arado que haba trocado la boina, el pantaln de pana y el azadn por el uniforme y el fusil.
Julio Herrero a sus rdenes, mi capitn se present el segundo sargento, que tambin exudaba
aldeanismo por sus poros. Este pareca un poco ms joven y algo ms espabilado que Manzanares.
El cabo Dris me ha dicho que hay un problema en el fuerte con uno de los soldados decid ir al
grano. Segn sus palabras, est embrujado. Se puede saber qu cojones est pasando?
Los presentes se miraron unos a otros, como si nadie deseara el privilegio del primer turno de
palabra. Observ que el pter y el mdico cruzaron una mirada algo torva entre ellos. Adivin que
sostenan opiniones distintas sobre el asunto: el eterno enfrentamiento entre ciencia y religin. El
capelln fue el primero en hablar:
Romero y yo tenemos diferentes puntos de vista sobre lo que le sucede a Mustafa Jalil, mi
capitn. Hace dos das, el capitn Martn envi al sargento Herrero, al cabo Mohammed Didi, y a los
soldados Mustafa Jalil y Laarbi S'bihi a reconocer una pequea charca que est a unos ocho kilmetros,
al sudeste. En nuestros mapas figura como la posicin F. Los nativos evitan ese lugar, porque afirman que
est habitado por un espritu maligno... una especie de demonio.
En ese momento me ech a rer. Si hubiera sabido lo que iba a pasar esa maldita noche, le habra
prendido fuego al fuerte y habra sacado de all a todos mis hombres. Me habra enfrentado al Tribunal
Militar con dos cojones y veintitantos testimonios a mi favor, y no sentira la desesperacin y las ganas
de morirme que tengo mientras escribo estas lneas.
Un fantasma moruno? Les mir fijamente uno por uno, puse las manos junto a mi rostro y abr
mucho los ojos a la vez que ululaba. Uhhhh, uhhhh! Creo que me estoy cagando en los pantalones!
Iba cubierto por una sbana y arrastraba cadenas, o este llevaba chilaba y una pipa de kiffie? No les
convid a una fumadita? fing enfadarme, levantando una ceja. A ver si va a ser que le dan ustedes a
la grifa... Lo comprendera, en un lugar emplazado en el culo del mundo, como este.
Nadie movi un msculo de la cara. Debo ser un psimo cmico: a nadie le hizo gracia mi
interpretacin, y eso que lo di todo en ella.
Era la primera vez que se reconoca esa zona prosigui el pter, impasible ante mis burlas.
Los indgenas siempre se haban mostrado reticentes a ir y, la verdad, all no hay nada de inters: cuatro
rboles, unos cuantos matojos y una charca de agua de la que yo no bebera ni aunque me estuviera
muriendo de sed. Hasta ese da, el capitn Martn nunca les haba ordenado ir. Para qu? Pero hace dos
das envi a una patrulla. Creo que lo hizo como una forma de celebrar su marcha.
Como una ltima gracia se atrevi a rectificarle el sargento Herrero, con un gruido grave.
Me volv hacia l. Haba estado all, y su testimonio me pareca interesante.
Vio usted lo que sucedi en la posicin F?
Llegamos alrededor de medioda comenz a relatar el sargento. Haba un sol que picaba,
pero ese lugar es como una zona muerta, mi capitn. Todo lo que hay all parece absorber la luz del da.
Los moros se pusieron muy nerviosos y se negaron a bajar del Willys. Les obligu a hostias, tanto a los
dos soldados como al cabo Didi. El capitn Martn me haba dejado muy claro que quera que les
demostrara que eso de la Aisha Kandisha es una gilipollez...
Cmo ha dicho usted? La Aisha qu...?
El sargento Herrero tartamude su respuesta en voz muy baja:
Aisha Kandisha, mi capitn... no es bueno nombrarla, crame. Trae ruina.
Me ech a rer de nuevo:
No me joda, Herrero... esto es como el chiste: "mi capitn, el recluta ya sabe decir carchuto".
El caso es que orden a los regulares avanzar hacia la charca y rodearla, para reconocer el
permetro de la posicin F prosigui el sargento. Antes de ese da, ninguno de esos soldados se
haba atrevido a incumplir una orden, pero en ese momento se negaron a dar un paso, a pesar de que cada
negativa era respondida por m con un guantazo. Me fij en sus manos callosas; un bofetn de Herrero
hara escupir sangre a una vaca. Me acerqu a la charca para demostrarles que no pasaba nada, pero
no hubo manera. Entonces me cabre y me fui hacia Mustafa, que era el que estaba ms cerca. Le agarr
de la hombrera y lo arrastr hasta la charca. Empez a llorar como un nio, mi capitn. Los otros dos, al
lado del Willys, gritaban en rabe como locos. El cabo Didi lleg a ponerse de rodillas, suplicando que
nos furamos de all el sargento hizo una pausa para tragar saliva. Yo arroj a Mustafa al agua
cenagosa de una patada, y l se hundi en ella hasta desaparecer, como si el fondo se lo hubiera tragado.
Tan profunda es la charca? le pregunt, extraado. La cosa ya empezaba a no ser tan divertida.
Mucho ms de lo que parece, mi capitn reconoci Herrero. Me puse nervioso y le llam,
como si pudiera orme. No sala a flote ni para Dios, pero yo no tuve huevos de tirarme al agua a
rescatarle. Cuando al final apareci, medio ahogado, le tend la mano y le ayud a salir del agua. Entre
llantos, jur que una mujer le haba abrazado en el fondo del estanque. Pero luego pas algo que me
acojon an ms...
Empec a preocuparme. Aquella historia se estaba saliendo de madre. El sargento Herrero sigui
hablando ante mi mirada inquisidora:
La superficie de la charca empez a burbujear, mi capitn, como un caldero puesto a hervir.
Aquello no fue normal. De repente, un viento helado nos azot, y comenz a formarse una tormenta de
arena, como las del desierto. Yo mismo empec a pensar que aquella leyenda moruna tena sentido
confes. Mustaf Jalil perdi el conocimiento. Se qued como muerto. Entre Didi, S'bihi y yo le
subimos al Willys y salimos de all a todo gas.
El teniente mdico Romero intervino:
Me trajeron a Jalil a la enfermera. No tena otros sntomas ms que un simple desmayo. Le dej
dormir tranquilo en una cama del botiqun. Cuando despert, destroz la radio y desmantel la antena,
dejndola completamente inservible.
Aquello s que me cabre:
Me est diciendo que estamos incomunicados, Romero?
Ahora mismo, el Willys es nuestro nico nexo con la civilizacin, mi capitn. Antes de recogerle
a usted en el puerto, Dris llev el informe de daos a Transmisiones, en Alhucemas. Le han dicho que no
tiene arreglo. Tienen que pedir una radio nueva al Regimiento de Ingenieros de Melilla para que la
traigan en el prximo barco. Eso ser, como mnimo, en dos o tres das.
Dnde est ese moro hijo de puta? Ni est embrujado ni pollas en vinagre! No se dan cuenta de
que puede ser un saboteador? Ahora estamos solos en mitad de esta mierda de pedregal...
Perdone, mi capitn, pero no creo que sea eso. El teniente Romero hablaba con voz pausada, la
misma voz que usara si tuviera que comunicarme que estaba jodido con una enfermedad mortal de
necesidad. En ese sentido, le aseguro que podemos estar tranquilos. De todas formas, antes de seguir
hablando, me gustara que viera con sus propios ojos al soldado Jalil.
Dnde le tienen preso? pregunt. Not mi respiracin agitada. Hara falta un milagro para que
no le retorciera el pescuezo a ese cabrn traidor.
El teniente Villar intervino:
Vaciamos el cuarto de herramientas de la cuadra y le encerramos all, mi capitn. Le atamos a la
pared con sogas gruesas. Se ha vuelto muy agresivo. De hecho, hicieron falta varios soldados para
reducirle.
Vamos a ver a ese mamn. Como esto sea cuento yo mismo le pegar un tiro en la cabeza.
El teniente Villar y el mdico encabezaron la marcha hacia la cuadra, un recinto de madera
destinado a albergar a tres caballos de monta y al mulo ms horrible que he visto en mi vida: una especie
de burro peludo que asemejaba un yak sin cuernos. El pter y los dos sargentos iban detrs de m. Dris
nos vio salir y nos sigui a distancia, con pasos lentos. Cuando los regulares marroques que haba en el
patio de armas se dieron cuenta de que nos dirigamos hacia donde estaba preso Mustafa Jalil, se
alejaron, como si no quisieran ver ni or nada de lo que pudiera pasar en el establo. Su miedo era real, e
infectaba el aire, convirtindolo en algo gelatinoso. Yo ya no saba qu pensar. Aquellos hombres tenan
pinta de tener un par de huevos, y ahora se vean asustados como conejos. Con disimulo, desabroch el
cierre de la pistolera de cuero que alojaba mi fiel Astra del 9 largo, que de tantos apuros me haba
sacado antes.
Tranquilo, mi capitn dijo el teniente Villar, que ya tena la llave en la mano. Est bien
atado.
Quit el candado de la puerta de madera con una actitud parecida a la del torilero que libera al toro
en la plaza. La luz de frica rompi la oscuridad del cuarto de herramientas en pedazos, dejando escapar
los flecos de una atmsfera pestilente y opresiva. Di un paso atrs y me llev la mano izquierda a la boca
y a la nariz; la otra fue automticamente a la empuadura de la pistola.
El cuarto estaba vaco, y no haba recoveco alguno donde esconderse. El pter y el mdico
intercambiaron una mirada preocupada. Las cuerdas amarradas a unas argollas en la pared se vean rotas,
o mejor dicho, rodas. Haba manchas de sangre en el suelo, adems de restos de orina y excrementos. El
preso haba cortado sus ataduras y se lo haba tragado la tierra. No haba otra explicacin. Ya no me
import que todos vieran que tena la pistola en la mano. Villar se puso a mi lado, con la mano en la
funda de la suya. Tenerle cerca me inspir seguridad.
Vamos orden.
Cruzamos el umbral de la mazmorra improvisada casi a la vez. De repente, un alarido que proceda
del techo nos paraliz el corazn. Todos elevamos la vista al mismo tiempo y lo que vimos redujo a
escombros nuestra lgica.
Mustafa Jalil se encontraba de espaldas al techo, pegado a l como una mosca gigante. Su rostro no
era humano: sus ojos no tenan esclertica, sino que eran completamente negros, de animal. Su tez,
habitualmente oscura, se vea plida y surcada por venas violceas que se rompan en hematomas
multicolores. Su boca, ensangrentada, se abra contra natura en un aullido salvaje que nos amenazaba
desde las alturas. Sus dientes estaban medio rotos a causa de haber rodo las cuerdas que le sujetaban a
la pared de la fortaleza.
Santa Mara, madre de Dios... comenz a decir Bolaos, agarrando la pequea cruz de madera
que colgaba de su cuello.
Fue en ese momento cuando Mustafa Jalil se dej caer del techo con un alarido horrible para
aterrizar encima del capelln, que solo pudo protegerse como Dios le dio a entender, rodando por el
suelo terroso lleno de mierda, bailando un vals demonaco con aquello que ni siquiera pareca un
hombre. He de reconocer que aquello me dej paralizado. El mdico, el teniente Villar y los dos
sargentos se lanzaron sobre Jalil, que trataba de estrangular al pter. Manzanares sali despedido contra
la pared, proyectado por un pie de Jalil. Luego le sigui Villar. Aquel cabrn tena una fuerza
sobrehumana. El pter suplicaba ayuda con un hilo de voz: se estaba asfixiando. Por fin reaccion, agarr
la pistola por el can y me fui hacia el enredo de cuerpos y extremidades que se debata en al suelo,
buscando la cabeza del marroqu. De repente surgi de la mel, taladrndome con una mirada desafiante
que me hel la sangre en las venas. No me cagu encima de milagro. Sin pensarlo dos veces, le atic con
la culata en la cabeza.
Le di fuerte, sin miramientos. No era el primer culatazo que daba. Normalmente, el que lo reciba
caa al suelo inconsciente o intentaba taponarse con las manos el surtidor de sangre. Esta vez fue
diferente. Su crneo se abri como un huevo duro relleno de salsa de tomate, pero no se desmay. Lo
nico que consegu fue que su rabia aumentara. Escurridizo como una anguila, salt hacia m y me hizo
caer de espaldas, manchndome el uniforme color arena de rojo. Los disparos me sorprendieron a m
tanto como a los dems. No me conform con un tiro: le met dos. Una baba negruzca, mezclada con
sangre, cay sobre mi cara cuando Jalil se qued inmvil encima de m.
Cojonudo. Veinte minutos en mi nuevo destino, y ya me haba cargado a uno de mis hombres. Me
dije que estara patrullando el Shara hasta pasar a la reserva.
Entre todos me quitaron de encima al muerto, nunca mejor dicho. Afuera, los soldados no queran ni
asomarse. Se oan lamentos lejanos y sordos, eclipsados por el ruido nervioso de las bestias, que estaban
a pocos metros, separadas de nosotros por una delgada pared hecha de tablones. Me incorpor y
contempl al soldado que acababa de despachar. Haca tiempo que no mataba a nadie, desde la guerra.
Su rostro reflejaba ahora cierta paz: la muerte le haba devuelto humanidad a sus facciones.
De qu forma le ataron que ha podido cortar las cuerdas? Fue lo primero que se me ocurri
decir. A m mismo me son a justificacin barata.
Con las manos en la espalda, mi capitn respondi el teniente Villar. No s cmo demonios
ha podido retorcerse para poder cortar las cuerdas con los dientes. Se agach y me mostr una de las
sogas mordidas; eran gruesas, de las que se usan para atar a las caballeras. No me explico cmo pudo
hacer esto.
El capelln se recuperaba en una esquina del recinto, jadeando en cuclillas y con una mano en la
garganta. An no se haba recolocado las gafas, y las tena torcidas sobre el puente de la nariz, dndole
un aspecto cmico.
Ese hombre... estaba posedo por un espritu maligno. Por un demonio...
Ya no me atreva a rerme. La broma haba costado un muerto. El teniente mdico, que estaba ms
entero que el cura, neg con la cabeza:
He estado en manicomios, mi capitn. All se ve de todo. Yo discrepo de esa versin tan...
Pareci dudar a la hora de escoger la palabra espiritual del teniente Bolaos. Esto podra ser un caso
de esquizofrenia aguda potenciado por el episodio de la charca.
No me joda, Romero le espet, mientras guardaba mi Astra en su funda. Usted conoce algn
loco que se retuerza, roa unas cuerdas gordas como su puta madre, y luego se pegue al techo como si
fuera una salamanquesa?
Nunca supe si el capitn tena una buena respuesta para esa pregunta, porque una voz a nuestras
espaldas se entrometi en la conversacin:
Perdone que me meta, mi capitn, pero esto es mucho ms grave de lo que ustedes piensan. Los
ojos de Dris se fijaron en el cadver de Jalil; no pareca demasiado impresionado. Usted le ha
arrebatado su marioneta, y ahora ella est enfadada. Poseer a otro de nosotros, y ese intentar matar al
resto. Al final, todos moriremos, menos uno. Siempre deja a alguien vivo para que pueda dar testimonio
de todo el terror que es capaz de desencadenar.
No lo vi realmente, pero supe que el pter se santigu detrs de m al or las palabras de Dris. El
rostro del cabo estaba esculpido por la serenidad y la resignacin. Tena la mirada de un hombre que
sabe que puede morir en cualquier momento, pero que se siente en paz y encara su destino con un
estoicismo a prueba de balas, como si todos sus asuntos mundanos estuvieran resueltos y solo le quedara
afrontar el ms all con la seguridad de un triunfador. Borr empleos, estrellas, galones y razas. Me
acerqu a Dris y lo saqu de las cuadras, donde dos acemileros ms nerviosos que las bestias trataban de
tranquilizarlas. El patio de armas estaba desierto.
Y la tropa?
Rezando en la compaa, mi capitn me inform Dris. Cada uno de ellos reza por no ser el
siguiente.
A pesar de lo que haba visto en el cuarto de herramientas, an me resista a creer aquella locura.
Estar bajo el ataque de una diablesa moruna era algo tan surrealista que daba hasta risa. Y eso que por su
culpa me haba tenido que cepillar a uno de mis regulares. Joder, con lo bien que viva yo en Tetun...
No hay nada que podamos hacer para impedirlo? le pregunt. Alguna solucin habr...
Lo ms sensato sera abandonar el fuerte, mi capitn.
Antes prefiero que me cuelguen por las pelotas con alambre de espino oxidado. Nadie se ir de
mi fuerte, y si alguien lo intenta le pegar un tiro en la cabeza. Alguna otra alternativa, cabo?
Dris mantuvo mi mirada durante unos segundos:
Hay un santn en Guercif capaz de enfrentarse a la Aisha Kandisha y devolverla a la charca
donde estaba encerrada, mi capitn. Tambin puede curar a los embrujados. Su nombre es Abdellh
Kintawi.
El pter dijo antes que ese hombre estaba posedo...
Dris se encogi de hombros:
Posedo, embrujado, Dios, Al, Satn, Iblis... qu ms da, mi capitn? Usted ha visto con sus
propios ojos que esto no es un cuento para asustar nios. Tenemos un problema que no se puede
solucionar con eso. Seal la Astra que descansaba, an caliente, en la funda de cuero. A no ser que
quiera matarnos a todos.
Podemos ir en busca de ese Kintawi a Guercif?
Espere aqu un momento, mi capitn.
Cuando los dems oficiales y suboficiales vieron que el cabo Dris se alejaba, se me acercaron. Les
hice partcipes de mi decisin:
Al parecer, hay un santn en Guercif que puede acabar con este problema.
No sera mejor evacuar el fuerte? pregunt el capitn mdico. Si esto se convierte en una
epidemia de locura, vamos a acabar matndonos entre nosotros.
Le respondo lo mismo que al cabo Dris: de ningn modo. Hasta hoy, y quitando lo de ese tipo que
est enfrindose ah adentro, mi expediente est impoluto, y no voy a joderlo abandonando una posicin
espaola en frica por una supersticin moruna. Si podemos solucionar esto a su manera, lo haremos.
Traeremos a ese puto santn y que l bregue con los espritus malignos o con lo que sea que tenemos
aqu.
Me costaba trabajo asimilar que estaba hablando as. Tan solo diez minutos antes, me estaba
descojonando de todo aquello.
Dris volvi a los pocos minutos con tres soldados marroques. Se cuadraron delante de m,
mirndome a los ojos. En ellos le que saban lo que haba hecho con Jalil. Estaban atrapados entre dos
terrores: el humano, un oficial con una pistola que poda acabar con sus vidas, y el diablico, que poda
convertirlos en un monstruo babeante como el que acababa de liquidar.
Estos tres hombres se han ofrecido voluntarios para ir con el Willys hasta Guercif, mi capitn.
Nadie conoce el domicilio de Abdellh Kintawi, por lo que tendrn que buscarlo en la ciudad.
No vas t con ellos? le pregunt a Dris.
Creo que le ser ms til aqu, mi capitn me respondi, y en ese momento me dije que estaba
ante un hombre con dos cojones bien plantados y con unos principios como las columnas del Partenn.
Hablo el mismo idioma de la tropa y s cmo calmarla. Yo tambin tengo miedo, pero soy capaz de
dominarlo.
Le puse la mano en el hombro al cabo Dris, agradecindoselo en silencio. Los soldados prepararon
el Willys y partieron rumbo a Guercif, dejando tan solo una polvareda de recuerdo. Los dems soldados
amortajaron el cadver de Mustafa Jalil, alternando rezos con una versin islmica del signo contra el
mal de ojo. El ambiente en el fuerte, a pesar de ser pleno da, era tenebroso. Poco a poco, sent cmo el
miedo se iba instalando en mis tripas. Respir hondo. Era el jefe. No poda permitirme el lujo de
flaquear.
Villar! llam al teniente, que se present a la carrera. Les he dado las llaves del portaln a
los del Willys. Hay ms copias?
Un juego ms, en la plana mayor, mi capitn. En el armarito de los llaveros.
Muy bien. Quiero que retire al centinela de la puerta y que la cierre con llave. Cuando lo haya
hecho, devulvalas a su sitio. Ese armarito, puede cerrarse?
S, mi capitn. Quiere que le traiga la llave del armario cuando haya guardado las otras?
Le gui un ojo:
Es usted un puto genio, Villar. Quiero el cuartel cerrado a cal y canto. Ninguno de esos regulares
supersticiosos va a desertar porque una bruja mora nos toque los cojones.
A sus rdenes, mi capitn.
Cuando ya se iba a cumplir mi orden, le llam de nuevo:
Ah, Villar!
S, mi capitn?
Dgale a los dems oficiales que tengan las armas listas. No descarto que estos cabrones se nos
subleven. Puede que teman ms a la Aisha Kandisha que a nosotros.
Villar asinti y se fue a buscar las llaves que convertiran el fuerte en una ratonera. Mir mi reloj:
eran las cuatro y media de la tarde, y an no haba pasado nada. Unas nubes extraas flotaban sobre
nosotros, envenenando el aire como un gas txico. Hice recuento de hombres: veinte, contando a las
tropas indgenas y a los mandos.
Algo me deca que esa noche iba a ser la ms larga de mi vida.
Dispusimos a los centinelas de dos en dos en las torres, para que as compartieran su miedo y no
entraran en pnico por el mero hecho de estar solos. Orden meter todos los fusiles en el armero, a
excepcin de los de los centinelas y las pistolas de los mandos, que por supuesto conservaron. Qu
habra pasado si Jalil hubiera tenido un arma? Probablemente los habra matado a todos antes de que
pudieran reducirle. Si hubiramos tenido la radio podramos haber pedido ayuda. Aunque pensndolo
mejor, cmo explicar al alto mando que una especie de demonio haba posedo a un soldado y que yo
haba tenido que pegarle dos tiros? Y peor an, que estbamos bajo la amenaza de un nuevo ataque desde
el ms all. De locos. Esto tendra que resolverlo solo, y luego apechugar con lo que viniera.
Mientras esperaba a que la noche cayera sobre nosotros, me sorprend al darme cuenta de que hasta
ese momento no me haba acordado de mi mujer ni de mi hijo. Tal vez lo haba evitado de forma
inconsciente, como si la presencia maligna que nos acechaba pudiera leer la mente y saber de su
existencia.
Dris me habl de ella esa tarde: me dijo que su forma humana es la de una mujer increblemente
bella que seduce a los hombres, que se vuelven locos al ver que sus piernas son realmente patas de
cabra; que puede poseer a hombres, mujeres y bestias; que hay incautos que la invocan pronunciando su
nombre tres veces en la oscuridad, mientras se miran en un espejo. Tiene cojones.
Aisha Kandisha: su nombre significa la amada del Diablo. El pter dijo que en la tradicin cristiana
existen unas diablesas llamadas scubos que son algo parecido: seducen a los hombres para arrastrarlos
a las tinieblas. Tambin me habl del mito de Lilith, la primera esposa de Adn, antes de Eva, que se
exili voluntariamente del Paraso y fornic con los demonios. Y tambin mencion la leyenda de los
indios americanos de la mujer ciervo. Leyendas todas muy parecidas entre s.
Si ese da fue siniestro, el atardecer lo fue an ms. La llegada de la noche nos arrebat el resuello y
nos sumi en el silencio. Estbamos todos juntos, mandos y tropa, en el barracn de la Compaa. Nos
mirbamos las caras con recelo, tratando de distinguir algo fuera de lugar en alguno de los rostros. Las
rdenes eran claras: en caso de que alguien resultara embrujado como decan los musulmanes, haba
que inmovilizarlo y atarlo, pero no como hicieron con Jalil, sino como si lo amortajramos con cuerdas.
As se quedara hasta que llegara el santn o vinieran los ingenieros con la radio nueva.
Habamos encendido braseros de lea para ayudar al alumbrado elctrico del patio de armas a
transformar las tinieblas en luz. La oscuridad nos ganaba la batalla. Record lo que cont el sargento
Herrero sobre la charca: al igual que en ella, haba algo invisible rodeando el fuerte que pareca comerse
la luz. Me acord de los soldados que hacan guardia en las torres. Deban estar aterrorizados.
Manzanares, ordene a los centinelas que se acuartelen con nosotros.
A sus rdenes, mi capitn respondi, saliendo al patio de armas al trote.
Villar y Herrero cruzaron una mirada desconfiada entre ellos. No era normal dejar el permetro sin
vigilar, pero yo en ese momento estaba convencido de que el enemigo al que tenamos que combatir ya
estaba dentro. Pens que lo ms sensato sera permanecer todos juntos. Desde la puerta abierta de la
compaa, o cmo Manzanares ordenaba a los centinelas que bajaran. Lo hizo en rabe, por lo que
deduje que llevaba ms tiempo en Marruecos que lo que a m me gustara estar. Los regulares bajaron las
escaleras y corrieron hacia la Compaa. Manzanares supervisaba la operacin desde el centro del patio.
Les quit los fusiles Mauser a los centinelas en cuanto cruzaron el umbral de la puerta.
Herrero, guarde estos fusiles en el armero le orden. Yo me quedo con este, por si acaso...
El teniente Villar me hizo una sea:
Mi capitn, podra dejarme otro a m? Tiro mejor con arma larga que con pistola.
De acuerdo. Aunque confo en no tener que usarlos...
Herrero guard los dos Mauser restantes bajo llave, en el armero que haba al fondo de la
Compaa. Eso me dej mucho ms tranquilo. Cuantas menos armas hubiera por medio, mejor. Afuera
solo quedaba ya el sargento Manzanares, quien tena la mirada fija en el ala noreste del castillo, donde se
ubicaban las letrinas. En lugar de venir hacia la Compaa, comenz a dirigirse hacia ellas. No tena
pinta de ir a mear.
Manzanares! Adnde va? Vuelva aqu inmediatamente!
Caminaba como si estuviera hipnotizado. Enseguida me tem lo peor y los latidos de mi corazn se
desbocaron como nunca antes lo haban hecho. Los oficiales se asomaron conmigo a la puerta y
contemplaron en silencio cmo el sargento Manzanares se diriga al edificio donde estaban las duchas.
Accion el cerrojo de mi fusil.
Ustedes qudense aqu! orden. Voy a ver qu coo pasa...
Comenc a dar pasos tmidos en la extraa oscuridad iluminada por el fuego de los braseros y la luz
temblorosa de las bombillas. El ambiente era de cuadro de la poca negra de Goya. Conforme caminaba,
apuntaba mi arma unos pasos por delante de Manzanares, que segua avanzando como un autmata. Le
orden detenerse de nuevo, pero no dio seales de haberme odo. Entonces la vi, a unos veinte metros de
donde yo estaba.
Se encontraba agazapada entre unos cajones de intendencia que haba en la esquina que formaban las
letrinas con la oficina de la plana mayor. Las sombras la protegan, pero pude distinguir una silueta
femenina con un cabello largo que pareca tener vida propia. Sus brazos, largos, terminaban en unas
manos delgadas de dedos puntiagudos; pareca estar desnuda, y sus formas eran las de una mujer joven y
hermosa. Intent gritarle otra vez a Manzanares, pero la voz se negaba a brotar de mi garganta. Me detuve
e intent centrar las miras en la silueta femenina, pero el pulso me temblaba demasiado. Qu coo, estaba
aterrorizado. Y cuando cre que ya no poda estarlo ms, aquella cosa volvi su rostro hacia m y pude
ver sus ojos.
Pareca como si alguien hubiera dado una calada profunda a dos cigarrillos en la oscuridad. As fue
como sus ojos se encendieron durante un momento, gneos y amenazadores en la negrura de aquella noche
en la que el calor africano haba sido repudiado por un helor infernal. Dispar una vez, pero aquellos
ojos no se apagaron. Volv a acerrojar el Mauser y esta vez apunt con ms cuidado. Dej deslizar el
dedo suavemente por el gatillo hasta que me sorprendi el segundo disparo. Manzanares segua
caminando como un sonmbulo, sin asustarse de las detonaciones, que en la noche sonaban como si Dios
diera puetazos en la mesa con un cabreo digno del Antiguo Testamento. No puedo decir que lo viera,
pero podra jurar que aquella criatura escapada del infierno me estaba dedicando una sonrisa burlona.
Se movi a una velocidad endiablada, avanzando a brincos como lo hara una cabra montesa, pero
infinitamente ms rpida. Cruz la lnea de visin de las miras de mi Mauser en un suspiro y se llev
consigo a Manzanares, que ni siquiera grit. Al segundo siguiente ya no saba dnde estaban. Cuando la
busqu con la vista, me di cuenta de que a mi lado estaba el teniente Villar, apuntando a las almenas con
su fusil. El pter, el nico de nosotros que iba desarmado, esgrima el crucifijo que haba descolgado de
su dormitorio. A la luz de los braseros, sus labios se movan a velocidad vertiginosa. Rezaba.
No les dije que se quedaran en la Compaa? les reprend.
No me joda, mi capitn me solt Villar; en ese momento no me pareci una falta de respeto,
sino una respuesta digna de un to con dos huevos. Dnde se ha llevado a Manzanares?
No lo s. T tambin la has visto, verdad, Villar? le pregunt, tutendole.
Como le estoy viendo a usted, mi capitn. De cuerpo estaba hasta buena, pero tena pinta de ser
fea como un choco...
Agradec el chascarrillo con un amago de sonrisa. Hay que tenerlos muy bien puestos para soltar una
gracia en un momento as. Detrs de nosotros, el pter segua rezando, aferrado a su crucifijo de madera,
donde se retorca una imagen de Jess fundida en plata vieja que pareca querer escapar del madero. No
miento si digo que en ese momento tambin se me pas eso por la cabeza: coger las llaves, abrir las
puertas del fuerte y salir pitando de all. Incluso la prisin militar comenz a parecerme una opcin
atractiva. Volv a meter un cartucho en la recmara. En la Compaa se oan rezos en rabe.
Volvamos dentro orden. No quiero dejarles solos mucho tiempo.
Y Manzanares, mi capitn? pregunt Villar.
No voy a arriesgarme a ir a tras l respond, mientras reculaba hacia la Compaa, sin quitar la
vista de la zona donde me figuraba que haba desaparecido el monstruo con el pobre sargento. Si se
vuelve loco como Jalil vendr a por nosotros, y le estaremos esperando.
Y si no viene? o preguntar al pter detrs de m.
Pues estar jodido hasta que llegue ese santn de Guercif.
Dentro de la Compaa, el ambiente no poda ser peor: Dris intentaba controlar el terror de los
regulares, que lloraban sentados en las literas, con los ojos desencajados. Uno de ellos se daba
cabezazos contra los barrotes de la cama, jurando en un espaol con un fuerte acento rabe que la haba
visto, y que l iba a ser el siguiente. Ahora los comprenda mejor. Yo la haba visto, y definitivamente no
era humana. Estaba cagado, pero no era momento de recular. Tena que demostrar quin estaba al mando:
Vosotros dos seal a un par de soldados que estaban algo ms tranquilos que los dems; estos,
al menos, no intentaban partirse el crneo contra una superficie slida, estad preparados con la cuerda
por si entra el sargento Manzanares me dirig al resto de la tropa. Vosotros, lanzaos encima de l en
cuanto entre e inmovilizadlo. Recordad: el santn vendr pronto y todo esto acabar.
Dris repiti mis palabras en rabe y exigi calma, adems de abofetear al de los cabezazos, que
entre la hostia recibida y las que l mismo se haba dado, cay al suelo de rodillas, atontado. Yo me
mantena en pie, con el Mauser en la mano, junto a la puerta entreabierta, con ms miedo que siete viejas
a pesar de que demostraba ms aplomo que Milln Astray. Romero, el capitn mdico, se acerc adonde
yo estaba y me ofreci un cigarrillo.
Gracias, Romero lo acept, dejndole que me diera fuego con un encendedor de gasolina. l se
encendi otro, le dio una calada profunda y mir hacia afuera, soltando el humo en bocanadas cortas. El
patio de armas estaba tranquilo.
Mi capitn... comenz a decir.
Llmame Pepe, Romero le correg.
Ya no estoy tan seguro de que se trate de un trastorno mental...
Viste a esa... mujer?
Solo vi una sombra que se llev a Manzanares en un abrir y cerrar de ojos. Nadie es tan rpido.
Bolaos est aterrorizado... y yo tambin.
Y yo, y Villar. Qu te crees? Esa cosa asustara al miedo. Qu tal est Herrero?
Ayuda al cabo Dris a mantener calmada a la tropa. No quiere ni pensar en lo que le ha podido
pasar a Manzanares. Son amigos desde hace mucho tiempo.
Buen tipo, ese Dris...
Ese chaval es lo mejor que nos ha podido tocar en este fuerte. Fue criado por una fami...
El estruendo producido por algo que cay justo delante de nosotros interrumpi nuestra charla.
Romero y yo dimos un salto hacia atrs e, instintivamente, cerramos la puerta de la Compaa. Un
silencio sepulcral rein en el barracn. Una vez se nos pas el susto inicial, que casi nos deja en el sitio,
entreabrimos la puerta para ver qu demonios nos haban arrojado desde el tejado.
Joder! exclam el mdico. El cigarrillo cay de su boca y choc con un pliegue de su camisa
color arena, creando un espectculo de fuegos artificiales en miniatura. A m me pareci que todo suceda
muy despacio, como si el tiempo se hubiera ralentizado por arte de magia.
Lo que haba cado del tejado era el cuerpo destrozado del sargento Manzanares. Tena el cuello
roto, y su rostro, araado por unas zarpas inmisericordes que haban convertido la piel en colgajos
sanguinolentos, nos miraba con unos ojos abiertos y blancos como faros. Tena la camisa hecha jirones
por la espalda, con varias heridas profundas que parecan pualadas o balazos. Sobre nuestras cabezas,
en el tejado, omos una especie de estertor ronco y unas pisadas muy distintas a las de unos pies humanos.
Era como si una cabra enorme correteara por encima de las tejas.
Ayudadme ped, mientras agarraba a Manzanares por la hombrera de su camisa. Mientras lo
arrastrbamos dentro de la Compaa, escrut las almenas del fuerte por si vea al monstruo. No lo vi.
Como si se lo hubiera tragado la tierra.
Metimos a Manzanares en el barracn entre Romero, Villar y yo. Esta vez s que cerramos la puerta
detrs de nosotros, y la atrancamos con una silla. Cuando los moros vieron lo que Aisha Kandisha haba
hecho con el sargento, comenzaron a llorar de nuevo. El mdico se agach a examinar las heridas de la
espalda de Manzanares. No tard en llegar a una conclusin:
Estas heridas son de pezuas. Lo ha matado a coces. Lo ha pateado con una fuerza bestial.
Sigui examinando el cuerpo, detenindose en el rostro. Tambin le ha desgarrado la cara de un
zarpazo... y tiene el cuello fracturado. No s si se lo habr roto ella o se le habr partido al arrojarlo
desde el tejado. No creo que se haya limitado a dejarlo caer: el impacto ha sonado demasiado fuerte.
Seguramente lo ha tirado desde lo alto con todas sus fuerzas.
Dris estaba junto a los oficiales, observando el maltrecho cadver de Manzanares a la vez que
mandaba callar a los ms llorones a base de gestos. Cuando logr cierto silencio, se acerc a nosotros y
nos habl en voz baja:
Esto confirma algo que me coment una vez un santn: Aisha Kandisha solo puede embrujar a
musulmanes.
Me volv hacia Dris y mantuve su mirada de acero. Su templanza era increble. Pareca ser
espectador de todo aquello, ms que alguien que probablemente no volvera a ver un amanecer:
A los que no somos musulmanes nos atacar en su forma corprea prosigui, a la vez que
sealaba mi Mauser con la barbilla. Eso no nos valdr de nada, mi capitn. Para ella, somos borregos
a la espera del sacrificio. Antes del amanecer nos habr matado a todos menos a uno.
El pter le agarr de un hombro y le hizo volverse hacia l. El rostro de Bolaos estaba ceniciento:
Has dicho a los que no somos musulmanes....
Soy cristiano revel Dris, dejndonos a todos de piedra. Catlico, apostlico y romano,
como dice mi madre adoptiva. Aunque no lo fui siempre.
Y cmo sabes tanto de ese demonio? le pregunt, sospechando (y con razn) que Dris iba a
soltarnos otra bomba.
Mat a toda mi familia menos a m respondi, sin inmutarse; nosotros tampoco reaccionamos.
De alguna manera, creo que ya sospechbamos algo de eso. Fue hace diecisis aos, en la cabila
donde vivamos, cerca de Dchar Tigart. Yo tena nueve aos. Acab con cuatro familias completas:
hombres, mujeres y nios. A m me dej vivir. Esa maldita noche, yo fui el elegido para dar fe de su
leyenda.
El pter se santigu:
Lo siento mucho, Dris.
Me adopt una familia espaola continu, y me bautic cuando cumpl los catorce. S que
suena raro, pero renegu de mis creencias. Estos no lo saben dijo, refirindose a los musulmanes.
No hay nada peor que ser un converso: sigo siendo moro para los cristianos y un gauri traidor para los
musulmanes. La verdad es que no practico ninguna de las dos religiones. Creo que no tengo que
agradecerle nada a Dios, y esta noche me demuestra una vez ms que hago bien en no hacerlo. Nadie
merece pasar por este horror dos veces.
Justo cuando Dris pronunciaba esas palabras, el muro de la izquierda de la puerta estall hacia
adentro, sobresaltando a todos y golpeando seriamente al soldado que trataba de recuperarse de los
cabezazos que l mismo se haba propinado. Trozos de ladrillo, emplaste y pintura seca saltaron hacia
todas partes como si hubieran golpeado el muro con una bola de demolicin. La nube de polvo nos ceg a
todos. Entre la neblina artificial, pudimos vislumbrar dos manos delgadas, pardas y afiladas, cogiendo de
la cabeza al soldado. Siguiendo mi instinto, apart a los oficiales y me plant de tres zancadas frente al
agujero de la pared. No me dio tiempo a apuntar mi arma: el marroqu lanz un aullido horrible y se
lanz hacia m como propulsado por una catapulta. Mi disparo se clav en el techo de la Compaa. Su
fuerza era sobrehumana. Ca encima de las literas donde an haba soldados sentados.
Sujetadle! bram el teniente Villar, sin atreverse a usar su fusil por miedo a darme. Los de
la cuerda, a qu coo esperis?
El sargento Herrero fue el primero en lanzarse contra el embrujado, tal vez arrastrado por el ansia
de vengar a Manzanares. Los dos que llevaban la cuerda, a pesar de estar a punto de mearse encima de
miedo, se arrojaron contra el poseso con ms mpetu que acierto, ya que tropezaron con los escombros y
cayeron sobre la montaa de cuerpos que comenzaba a formarse junto al agujero de la pared. Cre
morirme cuando not cmo aquel enajenado me arrebataba el Mauser con la misma facilidad con la que
se le quita un juguete a un cro pequeo. Por cmo lo aferr, no tena intencin de disparar: lo cogi
como una maza y describi un arco con l que acab destrozndole la cabeza a uno de los que llevaban la
cuerda. Muri en el acto, con el crneo abierto y los sesos desparramndose por sus hombros. Por fin
conseguimos inmovilizarle, aunque aquello era como sujetar a un toro bravo. Desde debajo del amasijo
de cuerpos entrelazados en el que nos habamos convertido vi al pter esgrimiendo su crucifijo, lanzando
plegarias que tal vez funcionaran con Satans o con cualquier otro de sus demonios. Para este, desde
luego, eran oraciones de fogueo. Cuando se vio atrapado, el soldado, o mejor dicho, el ente que lo
dominaba, nos atac de una forma que no esperbamos.
Su alarido fue tan agudo y estridente que todos los cristales de la Compaa estallaron hacia afuera.
Las bombillas le siguieron, y las sbanas que cubran las literas se deslizaron hasta caer al suelo. Ahora
que no tenamos luz, el miedo fue a ms. Aunque no podamos verlas, las puertas de las taquillas se
abran y cerraban solas. El sonido de los portazos era aterrador. A oscuras, con ese aullido
perforndonos los tmpanos, tuvimos que soltarle para taparnos los odos. La escasa luz que nos llegaba
proceda del patio de armas. Entonces sent una patada en el pecho que me dej sin respiracin.
El endemoniado se puso de pie y empez a reventar crneos a diestro y siniestro con el fusil. El
crujido de los huesos al romperse era escalofriante. Alguien desatranc la puerta de la Compaa y los
musulmanes salieron corriendo de all como miuras a los que acaban de abrirle el toril, pisotendose
unos a otros. Entonces, un fogonazo ilumin la penumbrosa atmsfera del barracn a la vez que un
estampido nos sobresalt a todos. El embrujado cay de espaldas, a mi lado. Villar haba hecho lo que
tena que hacer. Esto era la guerra. Qu coo... mucho peor que la guerra.
Los marroques corran hacia las puertas cerradas en desbandada, con Dris detrs, ordenndoles en
rabe que regresaran. Por supuesto, nadie le haca caso. En ese momento, empec a plantearme
seriamente ir a la plana mayor, coger las llaves del portaln y largarnos de all. Entonces, Romero lanz
un grito de alerta:
All arriba! En la torre!
Las dos ascuas que Aisha Kandisha tena por ojos refulgieron en el puesto de centinela de la torre
sudoeste. Villar accion el cerrojo y apunto con parsimonia, como si estuviera en el campo de tiro. La
bala vol desde el can estriado del Mauser hasta la sombra oscura que contemplaba con deleite cmo
los regulares intentaban abrir las puertas sin xito. Villar baj el arma. En su rostro, iluminado por los
tonos ardientes de los braseros, vi decepcin.
Le he dado, mi capitn me asegur, con voz compungida. Le he dado.
Le cre. Por supuesto que le haba dado, pero Dris ya nos lo haba advertido: las balas no le haran
dao en su forma corprea. Le busqu con la mirada y le vi, entre la caterva de marroques aterrorizados
que intentaban echar abajo la puerta y nosotros. Estaba erguido, sereno, como siempre, y ya no le gritaba
a las tropas. Su vista se elev hacia la torre, donde aquella criatura salida de las profundidades del
infierno segua disfrutando de su propio horror. A continuacin, Dris gir la cabeza hacia nosotros. A
pesar de la poca iluminacin, le resignacin en sus ojos. Tena una mirada resignada pero digna. Con
pasos lentos, se acerc adonde nos encontrbamos el pter, el mdico, Villar, Herrero y yo.
No podemos luchar contra ella, mi capitn nos record Dris. La nica opcin es abrir las
puertas, salir de aqu y confiar en que no nos persiga. Si nos quedamos, embrujar a otro, y ese acabar
con los dems. Luego vendr a por nosotros.
Como si obedeciera a las palabras de Dris, el monstruo salt primero a la almena para luego caer
encima del aterrorizado grupo. Un aullido inhumano surgi de la masa de hombres que luchaba por salir
de all con las manos ensangrentadas de tanto golpear las pesadas hojas de madera de quince centmetros
de espesor. Las bestias en el establo comenzaron a cocear sin parar, componiendo una pieza de percusin
que sonaba a danza de la muerte.
No nos separaremos decid, volviendo de alguna manera a tomar el mando. Vamos todos a la
plana mayor, a por las llaves.
Echamos una ojeada rpida a la batalla que tena lugar en las puertas: los marroques intentaban
inmovilizar, sin xito, al nuevo esclavo de la diablesa, cuya forma corprea haba vuelto a disolverse en
las tinieblas. Los golpes secos de las coces en el establo comenzaron a convertirse en crujidos. Las
bestias, desesperadas, estaban echando abajo la cuadra. Si seguan coceando de esa manera, no tardaran
en escapar.
Romero, Herrero y yo sacamos nuestras pistolas, por si el embrujado decida venir a darnos caza.
El pter segua musitando oraciones, armado con el crucifijo. Su rostro era el de un tipo que ha pasado
las ltimas veinticuatro horas enterrado vivo dentro de un atad. Las puertas se despejaron de repente:
los soldados haban desistido en la lucha por inmovilizar al posedo y se desperdigaban por el patio de
armas sin parar de vociferar en rabe. Cont tres cuerpos inertes en el suelo, junto a la puerta. Si mis
clculos no fallaban, quedbamos nosotros seis, el poseso y ocho soldados. Entonces vimos cmo el
embrujado daba caza a uno de ellos, mordindole la nuca con una ferocidad que me puso los pelos de
punta. El desgraciado aull de dolor como si quisiera derrumbar el cielo a gritos. Los dems corran a
esconderse donde podan. El teniente Villar apunt al endemoniado con su fusil, pero Dris le baj el
can del arma empujndolo suavemente con la mano:
No es buena idea, mi teniente. Mientras ella est dentro de ese soldado, no tomar a otro. Djelo
vivo y ganaremos tiempo.
Un estruendo procedente de la cuadra puso punto y final a la sinfona de coces, para dar paso al
sonido de cascos contra el suelo.
Los caballos! grit el pter, con los ojos muy abiertos.
Los tres caballos salieron al patio de armas, desbocados y soltando coces sin parar. El mulo, al
parecer, segua dentro del establo. Con lo feo que era, lo nico que le faltaba era ponerse agresivo para
transformarse en una alegora del horror equino. Sin tener adnde ir y sin poder salir del recinto, los
animales se haban convertido en una nueva amenaza. Trotaban sin rumbo fijo, encabritndose como si
intentaran patear algo invisible. Gir la cabeza hacia la puerta, y pude distinguir en el suelo, boca abajo,
al soldado al que el embrujado le haba mordido la nuca. Otro menos: ya solo quedaban siete regulares.
Ni rastro del poseso. Nos pegamos a la pared para llamar la atencin de los caballos lo menos posible.
Ignorbamos si ella los controlaba de alguna manera.
Justo cuando estbamos a pocos metros de la oficina de la plana mayor, vimos al embrujado en la
torre norte. Lanz un alarido desgarrado hacia el cielo nocturno y se tir de cabeza desde lo alto,
rompindose el cuello en el acto. Seis soldados. Eso asust an ms a los caballos, que chocaban unos
con otros en su carrera por el recinto cerrado. Inmediatamente despus de la cada, vimos una sombra
familiar avanzando a saltos hacia la cuadra: una vez ms, se mostraba en su forma demonaca. Entr en el
establo a travs de la cerca destrozada, y un segundo ms tarde omos un berrido que nos hel la sangre
en las venas. Todos nos quedamos an ms paralizados de lo que ya estbamos, con los ojos fijos en el
establo. Como invocado por nuestros peores temores, lo que haba sido el mulo ms feo del Ejrcito
Espaol surgi de entre los maderos rotos transformado en una versin an peor de s mismo. Las lanas
que le hacan parecer un yak flotaban a su alrededor con ese mismo movimiento sinuoso que posea el
cabello de Aisha Kandisha. Una parodia equina de la Gorgona, de ojos fulgurantes, belfos babeantes,
dientes amarillos y cascos mucho ms rpidos que los de un caballo de carreras. Vena directo hacia
nosotros. Dispar dos veces con mi pistola. O no le di lo ms probable o las balas del 9 largo no
fueron capaces de detener a aquella abominacin. Alguien grit, no me preguntis quin. Solo s que yo
no fui:
Corred!
Y obedecimos la orden porque era cierto que nos iba la vida en ello. Aquella nueva arma de la
Aisha Kandisha iba a alcanzarnos con la fuerza de un torpedo. Cuando estbamos a punto de llegar a la
puerta de la plana mayor, omos un relincho y un grito a nuestras espaldas. Al girar la cabeza para ver
quin haba sido el desgraciado alcanzado por el monstruo, descubrimos a Herrero tumbado de espaldas
en el suelo. Levantaba las manos hacia el cielo, intentando protegerse del ataque del mulo que, como un
len rampante, estaba a dos patas con los cascos alzados. Apunt de nuevo mi pistola, pero mi disparo
lleg tarde. Villar y Romero se unieron al tiroteo. Aquella pesadilla descarg sus patas delanteras tres
veces sobre Herrero antes de caer abatida, con la lengua del tamao de un filete fuera. Villar acerroj su
Mauser y apunt al caballo ms cercano. Lo abati a la primera. Repiti la operacin con el siguiente y
su puntera no decepcion. Recarg el fusil con otro peine de cartuchos y apunt al tercer caballo, que
galopaba en crculos por el patio de armas, como si presintiera su destino. Villar haca lo correcto: si
aquel monstruo poda poseer a las bestias a su antojo y volverlas contra nosotros, haba que acabar con
ellos antes de que pudiera hacer de nuevo lo que ya haba hecho con el mulo.
El mdico, Villar, Dris y yo disparamos a la vez, con la sincronizacin de un pelotn de
fusilamiento. El pter se aplastaba contra la pared como si intentara atravesarla, tal vez en la creencia de
que Dios otorga ese poder en situaciones de emergencia. Esa noche, desde luego, no se lo concedi. El
caballo, cosido a balazos, patin en el firme y cay al suelo, con un ltimo relincho que nos rompi el
alma de pena. Corrimos a auxiliar a Herrero, pero el capitn nos detuvo a mitad de camino:
Es intil! Entremos dentro de una vez y cojamos esa maldita llave, joder!
Tena razn. Donde haba estado el rostro pueblerino de Herrero no haba ms que un agujero
sanguinolento. En ese momento me record a un changurro hecho de carne cruda, pero en lugar de estar
servido en el caparazn de un centollo, pareca preparado dentro de un crneo humano por el cocinero
personal de Lucifer. En tres aos de guerra, nunca haba visto nada igual. Pero los sustos estaban lejos de
acabar.
Un siseo llam nuestra atencin detrs de nosotros. Nos volvimos lentamente y, por primera vez,
vimos de cerca a Aisha Kandisha en su forma corprea. En ese momento, no nos pareci tan aterradora.
Tena forma de mujer de muslos hacia arriba. Estaba completamente desnuda. Sus patas, de cabra,
incluso le daban un punto morboso. Sus curvas eran deliciosas, y el color de su piel no se vea ahora tan
oscuro a la luz de las pocas bombillas que iluminaban el patio. Sus pechos eran perfectos, as como sus
manos, que ahora no asemejaban garras mortales. Su rostro era hermossimo, con unos ojos algo oblicuos
de un color extrao, entre amarillo y anaranjado, nada parecido a las ascuas iracundas que relucan en la
oscuridad. Sus labios, entreabiertos, dejaban entrever unos dientes blancos como lgrimas de nieve entre
los que una lengua tmida y prometedora haca amago de asomar. Su cabello, en lugar de flotar a su
alrededor como un aura de terror obsceno, caa despreocupadamente sobre su desnudez. Su vulva pareca
tener vida propia. Al caminar sobre las pezuas, su vagina se nos mostraba en todo su esplendor. Se
mova como una boca ms, en un espasmo lascivo y vido que nos dej hipnotizados. Mir de reojo a mis
compaeros, y no pude evitar echar un vistazo a sus pantalones. No me equivoqu: al igual que yo mismo,
todos los tenamos a punto de reventar. Hasta el pter haba bajado el crucifijo que le serva de
inspiracin y arma y babeaba de lujuria ante aquella diablesa transformada en diosa.
Cmo es posible que un monstruo tan aterrador como aquel nos fascinara ahora de esta manera?
Con saltitos grciles, se coloc a nuestro lado, y fue mirndonos uno a uno, susurrndonos en una lengua
que no reconoc como rabe. Tal vez fuera la lengua del infierno. Nos observ con dedicacin y
complacencia, como si estuviera eligiendo entre nosotros quin disfrutara de los placeres de su cuerpo.
Cuando me lleg el turno, me acarici los labios con la punta de su dedo. Estuve a punto de correrme de
gusto. Clav sus ojos en los mos.
Sucedi muy rpido, y a punto estuvo de costarme el ensimo ataque al corazn de la noche: su
rostro, a un palmo del mo, se transform en un segundo en la mscara ms aterradora que uno pueda
imaginar. El cabello se le eriz, flotando de nuevo, salvaje y enmaraado, alrededor de su figura. Sus
ojos se encendieron y se fruncieron en un gesto de infinito sarcasmo; las cejas desaparecieron, restndole
humanidad a aquel rostro que se crisp, abriendo una boca enorme con los dientes ms afilados y
horrendos de la creacin. Su lengua, que pareca una serpiente, restall cerca de mi nariz, como un ltigo
de carne azulada. Cre que me haba llegado la hora, pero en lugar de eso, Aisha Kandisha dio un salto
increble hacia arriba y desapareci por las tenebrosas almenas del fuerte. Su ausencia rompi el
hechizo, devolvindonos al estado de terror en el que llevbamos penando desde que cay la noche.
Se ha ido? pregunt el pter, que se daba la vuelta avergonzado, intentando disimular la
ereccin que hinchaba su bragueta.
Lo dudo dijo Dris. Lo que s es seguro es que ya ha elegido al superviviente. Ahora entrar
en otro de esos soldados y atacar a sus compaeros hasta conseguir que se maten unos a otros hizo
una pausa. Luego vendr a por nosotros.
De repente, Villar seal hacia un lugar cercano al portaln del fuerte:
Mire, mi capitn!
Su ndice apuntaba hacia las escaleras de madera que conducan al adarve de las almenas. Los seis
soldados supervivientes escalaban los peldaos a toda prisa. Saltar los doce metros que separaban el
muro del pedregal que rodeaba el fuerte era peligroso, probablemente mortal, pero al menos tendran una
oportunidad de sobrevivir. Mientras les vea desertar, rec con todas mis fuerzas para que lo
consiguieran.
Pero aquel monstruo tena todos los caminos tomados. Como una sombra vertiginosa, surgi de las
tinieblas y se plant al final de la escalera. Los marroques dieron la vuelta y bajaron los escalones a
toda prisa, y ella vol hacia ellos como un proyectil. Enseguida, uno de los regulares comenz a bramar y
a golpear a sus compaeros. Dos de ellos saltaron desde la mitad de la escalera al patio de armas. Estaba
claro que Aisha Kandisha no iba a dejarlos escapar. Solo si nos dbamos prisa podramos salvar a
alguno de ellos.
Cojamos de una vez las putas llaves y largumonos de aqu dije.
Abr la puerta de la oficina y entr en la plana mayor, seguido por el pter, el mdico, Villar y Dris.
Lo que descubrimos al encender la luz hizo que el alma se nos cayera a los pies.
Ella haba estado all. Pareca una casa despus de un registro policial a mala leche. La mesa y las
sillas estaban volcadas, y los papeles por el suelo. El contenido de los cajones de la mesa estaba
desparramado por toda la oficina. Hasta la foto enmarcada del Generalsimo Franco estaba rota sobre el
sof despanzurrado, cuyos muelles y relleno brotaban de l como tripas en carne viva. El armarito de las
llaves haba sido reducido a astillas. Todos nos pusimos a buscarlas por la estancia, sabiendo de
antemano que no bamos a encontrarlas. Aquella cosa tena la fuerza de un animal salvaje, la maldad de
un demonio y la inteligencia de un dios. Y ser a prueba de balas le otorgaba la invulnerabilidad de un gas
venenoso. Mientras tanto, afuera se oan cada vez menos gritos. Los supervivientes se exterminaban entre
ellos, mientras nosotros, a cuatro patas, nos mirbamos unos a otros sabiendo que cada vez nos quedaba
menos tiempo para sufrir una muerte atroz.
Estamos encerrados dijo al fin Romero. Su voz son quebrada, como si estuviera a punto de
echarse a llorar.
An nos quedan las almenas, mi capitn me record Villar. La piel alrededor de sus ojos estaba
perlada por gotitas de sudor. La expresin de su mirada era de terror, pero su mandbula cuadrada
afirmaba de alguna manera que an le quedaban recursos y un buen instinto de supervivencia. Prefiero
arrastrarme hasta Alhucemas con las dos piernas rotas a morir aqu como un perro.
Yo tambin aprob, incorporndome. Probablemente nos matemos al saltar, pero cualquier
cosa es mejor que quedarse aqu.
Salimos al patio y comprobamos, con horror, que el barracn y las cuadras estaban ardiendo. Ahora
no podamos quejarnos por no tener luz. El fuego se extenda con velocidad consumiendo el mobiliario,
lamiendo las paredes de ladrillo y adobe y tindolo todo de luto. Para nuestro desmayo, las dos
escaleras de madera que llevaban a lo alto de las almenas tambin estaban en llamas. Nuestra ltima
esperanza se haba evaporado junto con el humo de los incendios. Estbamos encerrados, y la ruta
dolorosa de las almenas haba sido clausurada por un muro de fuego. Cerca de las escaleras, yacan los
cuerpos sin vida de los ltimos regulares. Cinco. Faltaba uno. El ltimo embrujado.
Sali de la cocina dando traspis, movindose como un ttere manejado por hilos invisibles.
Llevaba en la mano un palo que haba convertido en una antorcha improvisada. Tambin haba prendido
fuego a la cocina y a los muebles del comedor. La lea apilada all convertira el Fuerte Biarritz en una
pira. Aquel pobre desgraciado nos mir por ltima vez, se lanz l solo hacia las llamas y empez a
gritar con alaridos muy humanos. Ella le haba obligado a inmolarse. A mi lado, el pter se arrodill,
abraz el crucifijo, y empez a rezar en voz alta, con los ojos muy cerrados, como si quisiera despertar
de una pesadilla:
Padre nuestro que ests en los Cielos, santificado sea Tu nombre...!
De entre las llamas surgi la silueta ya familiar de Aisha Kandisha, rodeada de un resplandor
anaranjado y de astillas encendidas que pintaban un universo de estrellas a su alrededor. Sus ojos
refulgieron con ese latido luminoso que ya habamos visto antes.
...venga a nosotros Tu reino, hgase Tu voluntad, as en la Tierra como en el Cielo...!
No nos atrevimos a disparar. No nos atrevimos a nada, qu cojones: estbamos paralizados de
terror. No s qu esperbamos, la verdad. Creo que en nuestros rezos silenciosos, rogbamos al Seor
para que aquella bestia tuviera piedad de nosotros. No es Dios todopoderoso? Por qu no se manifiesta
abiertamente como lo hace esta abominacin? Por qu no le parte la cara a esta cosa que ha acabado hoy
con un buen puado de sus siervos? Y si Dios no existe y el Diablo s?
... el pan nuestro de cada da, dnosle hoy... perdnanos nuestras deudas, as como nosotros
perdonamos a nuestros deudores...!
Aisha Kandisha fij su atencin en el pter. Su rostro no era la versin hermosa y seductora, casi
divina, de antes. Era lo ms parecido a un depredador bpedo, que se acercaba a su presa sabiendo que
no tendra que esforzarse demasiado para cazarla.
...no nos dejes caer en la tentacin, mas lbranos del Mal...!
Un parpadeo es un intervalo demasiado largo para compararlo con la forma en la que se llev al
pter antes de que fuera capaz de rubricar su oracin con un amn. Fue como si hubiera desaparecido por
arte de magia. El crucifijo de madera qued tirado en el suelo, mirando hacia el cielo surrealista y
maldito que cubra la tumba que era el Fuerte Biarritz. No se oy gritar al pter. Una pequea explosin
de llamas en la Compaa nos hizo pensar que lo haba arrojado al interior de la hoguera. Vivo? Espero
que no. Ojal no.
Romero, Villar, Dris y yo seguamos en mitad del patio de armas, rodeados de incendios por todas
partes. Habamos perdido las ganas de pelear. Ahora ramos prisioneros en espera de ejecucin. El
nico consuelo era, si Dris estaba en lo cierto, que uno de nosotros iba a sobrevivir para contarlo. Una
lotera mortal que todos queramos ganar.
Aisha Kandisha nos arranc a Romero de nuestro lado con la misma velocidad que lo haba hecho
con el pter, aunque esta vez, s que vi cmo se lo llevaba al interior de la cocina en llamas. l s que
grit. Joder, cmo grit!
Entonces, sucedi algo que me sorprendi casi ms que los vertiginosos ataques del demonio.
Villar apunt a la cabeza de Dris con su Mauser. El cabo se enfrent con un par de cojones al nima
oscura del can, como si pudiera ver la punta de la bala que le miraba a los ojos. Levant mi Astra y
apunt a mi vez a la cabeza de Villar. No me esperaba que la pelea final fuera entre nosotros mismos.
Villar gir el fusil y me encaon a m. Su mandbula ya no era desafiante. De hecho, colgaba babeante y
aterrada. Sus ojos vertan lgrimas de miedo y vergenza. Una vida de bravura militar echada por tierra
en el ltimo momento.
Ella dejar a uno vivo balbuce, sin dejar de apuntarme. Si les mato ahora, no tendr ms
remedio que dejarme a m. No es nada personal, mi capitn... es cuestin de supervivencia. En la
academia me ensearon a sobrevivir a toda costa, y en esta guerra, yo ser el ltimo hombre en pie.
Eso ser si no te pego un tiro yo antes le dije.
Villar esboz una sonrisa de medio lado:
Es un farol, mi capitn. He contado los disparos que ha hecho y no le he visto cambiar el
cargador: ocho. Solt una risita. Su pistola est vaca. No se ofenda, mi capitn, pero soy un
profesional.
No creo que sufriera. La bala le entr justo por encima del entrecejo y le sali por la parte trasera
de la cabeza, acompaada de una nube roja rebajada con masa gris y trocitos de crneo. El tercer ojo de
nueve milmetros que pareca mirarme indignado verti una lgrima de sangre, y el teniente Villar cay al
suelo, despatarrado, con el fusil an en la mano. Dris, a mi izquierda, me lanz una mirada interrogadora.
Le respond, a pesar de que sus labios no haban formulado la pregunta:
Los autnticos profesionales cargamos ocho cartuchos en el cargador y uno en la recmara, para
casos como este. A pesar del sarcasmo, no me senta bien por haber tenido que ejecutar a Villar de esa
forma. Su acto final haba sido rastrero, vil y encima le haba salido mal, pero nadie est preparado para
vivir una pesadilla como aquella sin volverse completamente loco. Que Dios le perdone dije, como
ltimo responso.
Dris y yo nos miramos. Solo quedbamos los dos. Le tend mi mano, y l la estrech con fuerza, en
uno de esos apretones que dicen ms de una persona que un discurso de su madre.
Te he conocido poco, pero ha sido suficiente para saber qu clase de hombre eres. Ha sido un
honor tenerte a mi mando.
Lo mismo le digo, mi capitn...
Le interrump con gesto cansado:
Llmame Pepe. Creo que el grado ya no importa.
Dris se ech a rer.
Juan Jess dijo.
Cmo?
Juan Jess. Es mi nombre de bautismo.
Me gusta ms Dris.
El cabo se encogi de hombros y gir su cabeza hacia la cocina en llamas. Entre esta y nosotros se
ergua la silueta de nuestra anfitriona. Dris, o Juan Jess, no movi ni un msculo de su rostro. Volvi a
mirarme a los ojos y puso su mano izquierda sobre las dos que ya estaban estrechadas.
Valor, Pepe. No le demos a esta zorra el gusto de vernos temblar de miedo.
Nos soltamos y nos enfrentamos a Aisha Kandisha cara a cara. Estaba a unos diez metros de
nosotros. An me quedaba otro cargador en el bolsillo. Pens en introducirlo en la Astra y morir
luchando, aunque no sirviera de nada. En lugar de eso, guard el arma en su funda de cuero. Dris y yo
fuimos al encuentro de Aisha Kandisha. La bestia sonri y se lanz contra nosotros.
Lo siguiente que recuerdo es estar tirado el suelo, en mitad del patio de armas. Estaba solo. Me
levant, y busqu a Dris con la mirada. Ni rastro de l. El fuego segua propagndose lentamente,
asomando por las ventanas de los barracones, como lenguas lascivas y burlonas a la vez. Por ahora, el
nico edificio que pareca haberse salvado de los incendios era la plana mayor. Di unos pasos
tambaleantes, y entonces o un siseo a mi espalda.
All estaba ella, hermosa, exultante de belleza, acercndose hacia m como la mejor puta que una
mente calenturienta pudiera imaginar. Caminaba sobre sus pezuas con la misma gracia que una vedette
sobre sus tacones. Me dije que haba llegado mi hora, pero el destino que me tena reservado Aisha
Kandisha era muy distinto.
Me tumb en el suelo, me arranc la guerrera y el cinturn. Mi pistola qued fuera de mi alcance. Su
rostro, de una belleza sin parangn, me gritaba de deseo, y todo mi ser quera corresponderla. Me quit
las botas altas con sendos tirones que podran haberme arrancado los pies de cuajo. Los pantalones
siguieron al calzado, volando por el patio de armas. Mientras acariciaba sus pechos, mi mano derecha se
desliz hasta su vagina. Ella sonri, satisfecha. Not cmo mis dedos eran succionados como si fueran
una segunda boca, clida, hmeda. Entonces se coloc encima de m y me mont.
Fue indescriptible. Su entrepierna me succionaba hasta un punto en el que el placer y el dolor se
confundan. Arqueada sobre m, ella se convulsionaba con furia. Pareca que aquello no iba a tener fin,
hasta que me corr como nunca antes lo haba hecho, sintiendo a la vez el calor del fuego y el fro del
hielo. Mi mente viaj por el Infierno, por la Tierra, por el Purgatorio y por el Cielo, dejndome luego
suspendido en un limbo de agotamiento que adivin cercano a la muerte. As debe ser morir. Un orgasmo
de abandono y paz.
Me qued tendido en el suelo, panza arriba, y ella me habl al odo por primera y ltima vez. Un
mensaje que esta vez s pude entender:
Si quieres volver a verme, pronuncia mi nombre tres veces frente a un espejo, en una habitacin
completamente a oscuras. Vendr desde el Infierno a visitarte.
Y desapareci.
Me vest, sintindome violado. Amaneca, y la luz naciente del sol comenzaba a exorcizar las
tinieblas diablicas que nos haban envuelto desde el da anterior, golpendome en el estmago con un
ariete de realidad. Mir a mi alrededor. Haba perdido a todos mis hombres. A algunos de ellos los haba
matado yo mismo. Qu le contara al tribunal militar durante el juicio? Que una diablesa mora haba
acabado con un destacamento de Regulares? En mi mente reson el martillazo del juez sobre la mesa con
su veredicto: culpable.
Recog el cinturn de cuero y me lo puse. Saqu la pistola y cambi el cargador. Los edificios an
ardan. Me dirig a la plana mayor y saqu la mesa de madera a rastras. La coloqu justo en el centro del
patio de armas. Luego rescat una de las sillas de madera y el cuaderno cuadriculado en el que escribo
estas lneas. Dos minutos despus de hacerlo, las llamas alcanzaron la oficina.
Comenc a escribir la crnica de este desastre hace casi veinticuatro horas. Sin comer, sin beber,
rodeado de muertos y de llamas, en mitad de un patio de armas desierto, como un rey antiguo en una tierra
asolada por las plagas. No hay noticias de los soldados que fueron a Guercif, ni del maldito santn.
Seguro que mis regulares desertaron. No les culpo: hicieron lo ms sensato. Pronto llegarn los
ingenieros con la radio nueva. Menuda sorpresa se van a llevar. Espero que encuentren este documento.
Es la ltima crnica de lo que sucedi en Fuerte Biarritz.
Solo ruego al Ejrcito que se invente una excusa digna, y que mi esposa nunca sepa que fui yo
mismo quien se quit la vida. No puedo seguir ni un da ms en este mundo habiendo visto lo que he
visto, con la responsabilidad de muchas muertes a mis espaldas y menos an habiendo tenido contacto
carnal con el Diablo.
Si es verdad que existe Dios, espero que me perdone. Por suerte, an me queda un cargador entero.
Si todo va bien y no me tiembla el pulso, me sobrarn siete balas.
Firmado, capitn Jos Higueras Claros.
Ruinas del Fuerte Biarritz, a 16 de octubre de 1946.

El teniente coronel Fras cerr las memorias del capitn Higueras y las solt encima del escritorio.
Mir su reloj: eran las nueve y media de la noche, y la oscuridad ya se haba instalado en el cielo
norteafricano. Comprob su copa. Estaba casi vaca. La apur y se sirvi otra. La botella agonizaba. Se
la haba pimplado entera mientras lea la crnica de la pesadilla que haba tenido lugar haca dos noches
en el Fuerte Biarritz.
Se levant de la silla y dio un traspi. Estaba borracho. Como una puta cuba. Dio un trago a su copa
y se ech a rer l solo.
Aisha Kandisha. Menuda mierda. Joder, Higueras, el sol te volvi loco.
No poda haber sido de otra forma. Intent reconstruir la verdad con la lgica aplastante que da el
alcohol. Seguramente se habran emborrachado en el fuerte y se les haba ido la cabeza. Priva y armas
hacen mala combinacin. Tiraron las llaves, quemaron los accesos a las almenas y comenz una fiesta de
asesinatos. Sabe Dios por qu empez todo. Cuando moros y cristianos se juntan, la chispa puede saltar
por cualquier cosa.
Higueras, qu cabrn. Fras eruct y dio otro trago.
Al menos los del Willys se haban salvado. Segn la lista del Cuartel General, faltaban tres
regulares, todos marroques. Esa misma maana, una patrulla de la Legin haba encontrado el vehculo
abandonado a cinco kilmetros de Guercif. Ni rastro de sus ocupantes. Seguro que haban cambiado sus
uniformes por chilabas y ahora estaban escondidos en sabe Dios qu cabila. Si no hubieran desertado,
ahora estaran muertos, como todos los dems.
Fras entr en el bao a mear. Mientras lo haca, record las palabras que Aisha Kandisha le haba
dicho a Higueras al odo. No pudo evitar echarse a rer. Se la sacudi tres veces, como manda la Santa
Madre Iglesia, y apag la bombilla desnuda que alumbraba el cuarto de bao. Cerr la puerta y la
contraventana y se qued completamente a oscuras. Camin hacia el lavabo a tientas, lo reconoci con
las manos y se enfrent al espejo. No vea nada. Solt una carcajada. Ni l mismo se crea lo que iba a
hacer:
Aisha Kandisha. Aisha Kandisha...
Esper unos segundos antes de pronunciar su nombre por tercera vez, y volvi a echarse a rer.
Aisha Kandisha.
Se olvid de respirar cuando vio dos ascuas ardientes reflejarse en el espejo. Se dijo que era una
broma de su imaginacin, una alucinacin producto del alcohol. Una alucinacin especialmente vvida,
que ahora le abrazaba desde atrs. Not cmo unas manos de mujer acabadas en uas puntiagudas como
zarpas de gato le acariciaban el pecho. Sinti una lengua reseca lamindole la nuca y, de repente, pudo
ver un rostro horrible brillando tenue en la oscuridad. Unos cabellos vivos, como serpientes, comenzaron
a rodearle. Aquello le arrastr al dormitorio.
Aisha Kandisha posey al teniente coronel Fras encima de su colcha, con todo el salvajismo del
infierno, en su forma ms terrorfica, con los ojos como simas de volcn y los dientes afilados como
puales en miniatura. Fras nunca lleg al orgasmo.
Lo ltimo que oy antes de expeler su ltimo aliento fue la carcajada aterradora de Aisha Kandisha.
Una carcajada que le acompa directamente en su viaje hacia el Infierno.
QUID PRO QUO
RICHARD RANDALL SE ASOM A LA VENTANA DEL SEGUNDO PISO de su casa a travs de los
visillos. No se vea un alma por la calle, ni viva ni muerta. El cruce de Tyler Street con la 35 Norte
estaba desierto, y no en demasiado mal estado comparado con otras calles de Miami que haban sido
arrasadas por el fuego y las explosiones durante las ltimas semanas. Tan solo unos cuantos coches
abandonados, algunos de ellos empotrados en las fachadas de los edificios vecinos, y un par de cuerpos
picoteados por los cuervos, hacan que el paisaje no fuera del todo normal. Pero, acaso era normal algo
desde que haba empezado todo, tres meses atrs? Ahora lo raro era no ver muertos caminando por las
calles, vivos corriendo delante o detrs de ellos, gente corriente armada hasta los dientes, militares
usando armas pesadas contra unos y otros, y fuego y sangre tindolo todo de rojo. Sin embargo, en los
tres ltimos das, Richard no haba visto movimiento en la calle. O el Ejrcito haba exterminado a los
muertos vivientes, o estos se haban ido a otra parte en busca de carne fresca que llevarse a la boca.
Richard fue previsor desde el primer momento; tena una familia a la que proteger. Dos das despus
de que se filtrara la noticia de que un virus desconocido estaba transformando a los muertos recientes en
monstruos hambrientos, Richard comenz a acaparar provisiones para atrincherarse en su casa, en el
3501 de Tyler Street. Para ello cont con la ayuda de su hija Lea, de veinte aos, y de Ron, su hijo de
diecisis. Richard, con sus cincuenta y cinco aos de edad y un sobrepeso importante que ya le haba
costado un par de anginas de pecho, jams podra haberlo hecho solo.
Entr en el cuarto de Timmy, su beb de ocho meses, fruto de su segundo matrimonio con Sarah, una
hermosa joven de veintisis aos, que antes de esposa haba sido su secretaria en el bufete de abogados
de su propiedad. Su hija Lea nunca le haba perdonado que se casara con ella a los diez meses de morir
su madre. Sarah no le caa bien. Lea tena la teora de que su padre se la tiraba cuando su madre an
agonizaba a causa del cncer de pncreas que se la llev por delante. Aquellas ausencias de casa y los
frecuentes viajes cantaban a leguas. Sin embargo, a su hermano Ron le encantaba Sarah. A sus diecisis
aos y con una libido capaz de reventar un traje de neopreno, era su fan nmero uno. Sus tetas de silicona
(pagadas por su padre), tripa plana a pesar de haber sido madre, culo de tanga marcado, melena castaa
ondulada y rostro agraciado con ojos verdes de infarto, poblaban sus fantasas cada vez que se encerraba
en el cuarto de bao. Aquello le daba mal rollo y cargo de conciencia, ya que, oficialmente, era su
madrastra, pero eso no impeda que se la machacara como un chimpanc en celo a su salud, da s, da
tambin. Despus de cada paja culpaba a su progenitor por meterle la tentacin en casa. A veces se
preguntaba qu cojones habra visto aquel bellezn en su padre, aparte de la cuenta corriente y del hecho
de ser su jefe. Ron recordaba haber ledo en alguna parte algo sobre la ertica del poder. Por lo visto,
funcionaba de miedo.
Sarah estaba sentada al lado de la cuna, dndole el bibern a Timmy. Cuando este vio a su padre, le
mir de reojo y le sonri a travs de la tetina, mostrando sus cuatro incipientes dientecillos recin
salidos y formando espumarajos de leche con las risas. Richard bendijo el da que decidi colocar
paneles solares en el tejado y conectar el pozo del patio a las tuberas de casa. Gracias a eso, tenan agua
corriente y electricidad, al menos para encender aparatos de baja potencia, calentar agua y cocinar.
Cmo sigue todo ah afuera? le pregunt ella.
Igual que ayer y anteayer. Nadie por la calle.
Tal vez se est calmando la cosa aventur Sarah, cambiando de postura a Timmy, que no dejaba
de succionar el bibern. Cmo andamos de provisiones?
Tenemos para poco ms de una semana, aparte de las mochilas con los kits de supervivencia que
Ron y yo metimos en el coche. Tarde o temprano tendremos que salir de aqu. Hace das que no pasa un
vehculo militar por la zona. Ni un puto helicptero, ni un avin. Es como si la guerra se hubiera
trasladado a otro sitio...
Una sombra de tristeza oscureci las facciones de Sarah.
O como si la hubiramos perdido dijo, con la mirada fija en el suelo. A veces me arrepiento
de haber tenido a Timmy. Si esto no se soluciona, habr sido como traerlo al infierno.
No digas eso. El tono de Richard mezcl reproche y lstima a partes iguales. Somos la
nacin ms poderosa del mundo. Saldremos de esta. Decidi cambiar de tema radicalmente; lo ltimo
que necesitaba era verse arrastrado en el bajn de Sarah. Los chicos estn abajo?
Estn en el saln. Ron anda enredando con un trasto viejo que encontr en el garaje.
Un trasto viejo? Richard frunci el ceo. Voy a ver qu es.
Baj las escaleras que llevaban al saln, intrigado. La estancia, al igual que todas las del primer
piso, tena las ventanas cerradas y protegidas por rejas de seguridad. La puerta del jardn y de la casa
eran blindadas, y haban demostrado ser a prueba de cadveres andantes. Desde el piso de arriba,
Richard les haba visto intentar abrir la puerta del jardn a base de zarandeos, con el mismo xito que
tendra un mono forzando la cmara acorazada del Banco Nacional. Al rato se aburran y se iban, con ese
caminar errtico que daba escalofros.
Lea estaba repantigada en el sof, con unos auriculares de botn en las orejas, leyendo un viejo
ejemplar de Salem's Lot rescatado de la biblioteca de su padre. Lecturas ttricas para tiempos
tenebrosos. Ron estaba junto al televisor LCD de cuarenta y siete pulgadas. Ya haca al menos dos meses
que solo podan ver pelculas en DVD: la televisin haba dejado de emitir, e internet pareca no haber
existido nunca. Ron trasteaba un viejo aparato del tamao de un libro que Richard reconoci a la
primera:
Mi radio multibanda. Pens que la haba tirado hace aos...
La encontr por casualidad, mientras registraba el garaje por si haba algo que pudiera servirnos
para sobrevivir ah afuera dijo Ron, mientras enchufaba una clavija a una toma que haba en la pared y
que conectaba con una vieja antena de radio que ya estaba en el tejado mucho antes de que Richard
comprara la casa. Este chisme puede captar emisoras en todas las frecuencias, incluso las de
radioaficionado.
Es un friki sentenci Lea, quitndose los auriculares por un instante. Anda todo el da
buscando armas y cachivaches para sobrevivir en la calle. En el fondo, le gustara que todo esto fuera a
peor...
Quieres callarte? le espet Ron, encendiendo la vieja radio; enseguida se oy ruido blanco.
Voy a hacer un barrido por todas las bandas, a ver si oigo algo...
Su padre le felicit:
Seran las primeras noticias en semanas. Buena idea, Ron.
Richard despein a su hijo y regres al cuarto de Timmy. Ron se dedic a hacer barridos lentos con
la rueda de sintona. Prob todas las bandas. Solo ruido. Sin darse por vencido, sigui moviendo el dial
con precisin quirrgica, micra a micra.
Veinte minutos despus, su esfuerzo dio frutos.
Pap! Pap, baja! Ron pareca muy excitado. Lea, ven aqu! Od esto!
Richard baj acompaado de Sarah, que haba dejado a Timmy durmiendo en la cuna despus de
comer. Lea tambin se acerc. Ron movi un poco la rueda de sintona para intentar que la voz grave que
hablaba a travs del altavoz se oyera lo ms ntida posible. La estampa era de pelcula en blanco y negro:
toda la familia reunida alrededor de la radio, atenta al parte de guerra.
Les habla el Coronel Woodward, de la Guardia Nacional. Si estn en Florida y captan esta
transmisin, dirjanse a Orlando. Hemos establecido un permetro alrededor del centro de la ciudad, y en
estos momentos podemos afirmar que es segura. Se ha restablecido el suministro de electricidad y agua
corriente. Aunque la presencia de contagiados por la plaga alrededor de la ciudad est bajo control, les
aconsejamos que no bajen la guardia. Hemos despejado de obstculos la Interestatal 95 desde
Jacksonville hasta Miami para que puedan venir en coche. Desde la I-95 debern enlazar con la 528,
luego con la 417 y por ltimo con la 408. Accedern a Orlando por el este, donde hemos desplegado
nuestros controles. Les esperamos con los brazos abiertos. Que Dios les bendiga.
El mensaje grabado empez de nuevo, en un bucle sin fin.
Orlando repiti Richard. Eso est a unas doscientas cuarenta millas en coche.
Y dicen que han despejado el acceso por carretera apunt Lea, bajando el volumen de la radio
. Crees que seramos capaces de llegar hasta all?
Richard asinti con la cabeza:
El coche est cargado de diesel hasta la boca, y hay mochilas con ropa y provisiones en el
maletero.
Sarah no estaba tan segura de querer abandonar la seguridad de su fortaleza del 3501 de Tyler
Street:
An quedan alimentos en casa para una semana comenz a decir. Y si en ese tiempo
mejoran las cosas y ni siquiera hace falta que nos vayamos? No me entusiasma la idea de salir ah fuera
con Timmy, y menos an sin un arma de fuego...
El arma. Durante los primeros das de crisis, Sarah y Ron haban insistido hasta la extenuacin
acerca de la necesidad de comprar una. Richard haba rechazado la idea una y otra vez, objetando que la
polica y el ejrcito estaban para protegerles y, por consiguiente, ellos no necesitaban ningn arma.
Aunque saba que su negativa haba sido un error, prefiri obviar el tema y mostrarse flexible con su
esposa.
Sarah tiene razn concedi Richard. Podemos esperar unos das y ver cmo evoluciona esto.
Si todo sigue igual, cogeremos el coche y nos iremos a Orlando. Qu opinis?
Ron no puso pegas:
Por m, bien. Nos iremos cuando t digas, pap.
Sarah se limit a agradecerle a su marido la prrroga con una sonrisa. Lea se recost contra la
chimenea apagada y compuso una expresin soadora:
Se habrn infectado los muecos de Disney World? Dara dinero por ver a Blancanieves y a los
siete enanitos a medio descomponer, persiguiendo nios por la calle!
Ron aplaudi la ocurrencia de su hermana y expres la suya propia:
O a la Sirenita arrastrando la cola de goma por la calle, intentando morderle los tobillos a
Mickey Mouse! Molara!
Richard se ech a rer. Todos lo hicieron menos Sarah, que no poda quitarse de la cabeza una
imagen aterradora: la de ella corriendo con Timmy en brazos, perseguida por una horda de muertos
vidos de la carne blanca y tierna de su beb.

Al da siguiente, sucedi algo que precipit el viaje a Orlando. Faltaban unos minutos para el
medioda cuando el eco de unos disparos reson en la avenida 35 Norte.
Venid! grit Ron, mirando a travs de los cristales de la ventana de su habitacin, en el
segundo piso. Ah afuera est pasando algo!
Otro disparo. Un breve lapso de silencio y otros dos ms. Sarah dej a Timmy en la cuna y se asom
a la ventana que daba a Tyler Street. Richard se apost en la ventana del dormitorio principal, que daba a
la 35 Norte, y Lea se apoy en el hombro de su hermano. Este se la quit de encima y la empuj lejos de
la ventana:
T escndete! le orden. Si son saqueadores y te ven, querrn entrar para violarte!
Lea puso los ojos en blanco:
Tienes que dejar de leer esos cmics horribles resopl. Adems, si quieren cepillarse a
alguien, lo tienen ms fcil con Sarah. Esa est acostumbrada a abrirse de patas. Cualquier da mata a
pap a polvos apuntill, malvola.
Ron dedic una expresin de asco a su hermana y volvi a sus tareas de viga. Precisamente fue
Sarah la primera en comprobar que no eran saqueadores. Desde su atalaya en la esquina del inmueble,
divis al autor de los disparos. Era un soldado vestido de camuflaje, que corra avenida arriba y se
volva de vez en cuando a vigilar su espalda. Aunque Sarah no poda ver a nadie ms, era evidente que le
perseguan. El soldado hinc una rodilla en tierra, apunt su fusil de asalto durante unos segundos y
efectu otro disparo. Se levant y retrocedi unos cuantos metros, como si esperara a que otros objetivos
se acercaran un poco ms. Camin de espaldas hasta que estuvo a la vista de todos los habitantes del
3501 de Tyler Street.
Es un militar, pap! exclam Ron, entusiasmado. Le est disparando a algo que no alcanzo
a ver!
De repente, oyeron a Sarah gritar desde el cuarto de Timmy:
Se acercan dos por la calle Tyler! El ruido de los disparos ha debido atraerlos! Lo van a pillar
por la espalda! Sarah abri la ventana de par en par y avis al soldado a gritos. Cuidado! Vienen
dos ms por esta calle!
Alertado por la llamada, el soldado levant la vista y le hizo notar a Sarah que la haba odo. Desde
la ventana del dormitorio, Richard maldijo entre dientes: l habra preferido ver cmo terminaba aquello
antes de revelar su presencia. Se dijo que Sarah poda haberse metido la lengua por donde cargan los
camiones.
Los dos monstruos estaban ahora a pocos metros del soldado. Este apunt a uno de ellos a la cabeza
y los sesos salieron despedidos a travs del occipital como si hubieran estallado desde dentro. Timmy,
asustado por la detonacin, rompi a llorar, proporcionando a la escena una trgica banda sonora. Abajo,
en la calle, el soldado esquiv al que ya tena casi encima y le propin una patada brutal en el estmago.
La criatura cay al suelo y el soldado le destroz el crneo con la culata de su M4. Descarg uno, dos,
tres golpes, hasta que dej de moverse. Tom aire y se enfrent con los tres cadveres andantes que
aparecieron por la avenida. Apunt su rifle con precisin de tirador olmpico y abati a uno de ellos. No
le dispar al siguiente hasta que estuvo seguro de acertarle en la cabeza. Otra detonacin.
Bien! celebr Ron, a punto de hacerle la ola al soldado; en ese momento, le vea como un
autntico superhroe. Mata al que queda! Mtalo, joder!
El soldado sac la pala que colgaba de su cinturn y la despleg. Esper a que la criatura estuviera
a su alcance y le atiz con ella en la cabeza con todas sus fuerzas, encajndosela varios centmetros por
encima de la oreja izquierda. El ser titube un instante, como si aquello le hubiera sorprendido, y dobl
las rodillas. El soldado hizo fuerza con el pie y recuper la pala, dejando un charco de sangre oscura en
el suelo. Jadeante, con un arma en cada mano, elev la vista hacia las ventanas del segundo piso y le
dedic una sonrisa cansada a sus ocupantes, a la vez que agradeca el aviso a Sarah:
Gracias. De no ser por usted, me habran pillado desprevenido.
En lugar de contestarle, Sarah desapareci de la ventana. Desde la calle, el soldado la oy gritar.
Estaba muy nerviosa. Timmy, de fondo, no paraba de llorar:
Richard! A qu esperas para abrirle la puerta? Un silencio demasiado largo, que el soldado
interpret como que Richard estaba pensndoselo dos veces, por muy soldado del Ejrcito de los
Estados Unidos de Amrica que fuera. No podemos dejarlo ah fuera, por el amor de Dios! Y si
vienen ms? otra pausa. A la mierda lo que pienses! Si no le abres t lo har yo!
El soldado vigil la encrucijada de calles. Por suerte, no haba nada ni nadie a la vista. Esper
durante un par de minutos hasta que la puerta blindada del jardn se abri y revel la oronda figura de un
cincuentn malhumorado. El gordo le hizo una sea:
Pase, antes de que venga alguien ms.
El soldado obedeci y Richard volvi a cerrar la puerta del jardn con llave. En la entrada de la
casa le esperaban Ron, Lea y Sarah con Timmy en brazos. Los mimos de su madre empezaban a apaciguar
la rabieta del beb.
Gracias por dejarme entrar dijo el soldado, quitndose el casco; era un joven de unos
veinticinco aos, moreno, algo churretoso y con unos ojos vivos y claros que haban visto demasiadas
cosas en las ltimas semanas como para tener una expresin del todo normal. Estn ustedes solos
aqu?
Sarah tom la iniciativa de las presentaciones, adelantando una mano que el soldado estrech con
delicadeza:
Estamos solo nosotros. Me llamo Sarah Randall.
Yo soy el cabo Mark Kowalski, pero todo el mundo me llama MK.
MK repiti Sarah, dedicndole una sonrisa encantadora que dispar todas las alarmas de
Richard; l conoca esa sonrisa demasiado bien. Se la haba dedicado a l en innumerables ocasiones,
sobre todo durante las primeras etapas del flirteo. A su espalda, Lea sinti un estremecimiento de placer
al ver el ataque de cuernos de su padre. Que se joda. Sarah termin con las presentaciones. l es
Richard Randall, mi marido, y ellos son Ron y Lea, sus hijos. Y este es mi beb, Timmy.
MK estuvo a punto de soltar que era obvio que Ron y Lea no eran hijos de Sarah, pero se dio cuenta
de la metedura de pata a tiempo, fue prudente y se call. Mejor no cabrear ms a su anfitrin. Este le
seal el sof y le invit a sentarse. Richard no hizo ningn esfuerzo por sonrer, ni por caerle bien a
aquel joven bien parecido y todopoderoso armado con un fusil de asalto M4 reglamentario.
Cmo van las cosas ah afuera? le pregunt, en un tono neutro muy distinto del que usaba
cuando trataba de engatusar a un cliente de su bufete para que recurriera una sentencia y as continuar con
un costoso pleito. Nos encerramos en casa cuatro das despus de que empezara toda esta mierda,
mucho antes del toque de emergencia.
Ha habido muchsimas bajas comenz a decir MK. Muchos de los nuestros fueron mordidos
por esas cosas, y entonces no sabamos que la plaga era contagiosa. Los que se levantaban de las
camillas atacaban a sus compaeros por sorpresa y as comenz el contagio. Esos monstruos atacan en
grupos grandes, y es muy fcil quedar acorralado. Nos vimos obligados a usar armas incendiarias en el
centro de Miami y en Miami Beach hizo una breve pausa. En algunas zonas, la concentracin de
infectados era tan alta que tuvimos que pedir apoyo areo.
Las Fuerzas Areas han bombardeado Miami? Ron no se lo poda creer.
En Nueva York y en Los ngeles ha sido an peor. MK solt una risita triste. All fue tan
grave que no hubo ms remedio que utilizar armas nucleares tcticas. Ha sido horrible: se calcula que
han muerto decenas de miles de civiles.
Richard se dej caer en su silln de orejas como si acabaran de pegarle un tiro. Se haba imaginado
muchas soluciones drsticas a lo largo de las ltimas semanas, pero orlas de boca de otro y saber que
eran verdad le pareci demasiado. Sarah se sent en el otro silln, junto a su marido, y los chicos
flanquearon a MK en el sof.
Y usted? le pregunt Sarah, meciendo un poco a Timmy para mantenerle entretenido y que no
empezara a llorar de nuevo. Cmo es que no est con su unidad?
La perd hace una semana. Mi escuadra se qued aislada cerca de un club de tenis que hay en la
calle Fillmore. Aquello era un hervidero de muertos andantes. Nos sorprendieron entre los coches. Mi
compaero Fisher y yo conseguimos escondernos en el edificio del Regions Bank que hay cerca, no s si
lo conocern. MK solt un suspiro profundo, casi lastimero. Nos masacraron. He estado escondido
all hasta que se me terminaron las provisiones.
Y Fisher? quiso saber Ron. Dnde est?
Le mordieron en la pierna. Tuve que pegarle un tiro.
En el saln se hizo el silencio. En ese momento, todos se plantearon qu pasara si alguno de ellos
resultaba contagiado. Seran capaces de acabar con su vida para evitar la terrorfica resurreccin?
Tendran agallas de ver a MK hacer el trabajo sucio por ellos? Richard se lo imagin disparndole a la
cabeza a Lea o a Ron y sinti un escalofro. Y si le mordan a Sarah o a Timmy? No quera ni pensarlo...
Ayer recibimos una seal militar procedente de Orlando inform Ron, conectando la radio.
Escuche esto...
MK escuch el mensaje dos veces y lo recibi como una gran noticia. Si era verdad que las
carreteras estaban despejadas y salan al da siguiente por la maana, estaran en Orlando mucho antes
del atardecer.
Podramos irnos maana, pap le sugiri Ron. Llevamos la mejor escolta que podramos
desear: un soldado de los Estados Unidos de Amrica bien entrenado y armado hasta los dientes.
Richard asinti a regaadientes. En ese momento, lo nico que le apeteca era vomitar.

A la maana siguiente, el silencio de la calle fue roto por el ruido del motor del Chevrolet
Avalanche de los Randall. MK ocupaba el asiento del copiloto, asomado por el techo corredizo abierto y
con el M4 en la mano, lo que proporcionaba al 4 4 un aire militar. Ron, Lea y Sarah (esta con Timmy en
brazos) iban en el asiento trasero. Haban dejado el porta-beb homologado en el garaje para poder
caber todos. Como bien haba dicho Richard, seguramente no quedaba en Florida ni un puto polica de
trfico para multarles por ello.
Encontraron las calles ms despejadas de lo que esperaban, y tan solo en un par de ocasiones tuvo
que bajar MK para quitar de en medio un coche atravesado en mitad de la va. No vieron ningn cadver
ambulante de camino a la I-95. De los otros, de los remuertos (como les llamaba Ron) vieron muchos,
tanto de infectados como de humanos sin transformar. Todos tenan una cosa en comn: o estaban
completamente calcinados o tenan la cabeza agujereada.
A pesar de que ms adelante encontraron algunas calles bloqueadas, no tener que hacer caso a las
seales de prohibido el paso les facilit mucho la ruta hacia la Interestatal 95. A la salida del ncleo
urbano s que vieron, muy a lo lejos, a algunos infectados deambulando en pequeos grupos de dos o tres
individuos.
Es como si se estuvieran dispersando coment MK, sin quitarles ojo de encima. Yo he
llegado a ver a cientos de ellos atacando a la vez. Esto ha sido una guerra... la peor que pudiramos
imaginar.
Crees que habrn migrado a otro lugar? le pregunt Ron, que llevaba uno de los palos de golf
de hierro Callaway de su padre junto a l; bien usado, era un arma capaz de romper una cabeza con
facilidad.
No tengo ni idea reconoci el soldado. No s a qu instintos obedecen, ni siquiera s si se
comunican entre ellos. Se desplazan como una manada, atacan a la vez y se orientan por la vista, el odo y
el olfato. De eso s estoy seguro. Una vez vi a un infectado con los ojos arrancados perseguir a un tipo
por un supermercado lleno de estanteras. Chocaba contra ellas, pero no perda el rastro de su presa. El
pobre hombre corra como un loco, cagndose de miedo. Esos monstruos no son rpidos, pero son
tenaces.
Y qu pas con el tipo? se interes Lea. Se salv?
Le pegu un tiro en la nuca al que le persegua explic MK con total naturalidad, como si
aquello fuera lo ms normal del mundo. Luego lo acompa hasta uno de los autobuses de evacuacin.
Supongo que le llevaran a un lugar ms seguro. Eso pas en la avenida Collins; estaba completamente
tomada record. Tendrais que haber visto a los turistas comindose unos a otros. Esa fue una de las
zonas que tuvo que ser arrasada por la aviacin. No hubo ms remedio. Los hoteles de Miami Beach no
son ahora ms que un montn de ruinas.
Por fin llegaron a la salida a la I-95. Justo all se encontraron con una infectada que deambulaba por
mitad de la autopista como un ama de casa despistada que acaba de perder el carrito de la compra. La
mujer clav sus ojos muertos en el Avalanche y comenz a avanzar hacia l. Richard la esquiv sin
problemas, pero tuvo ocasin de verla de cerca. Era espantosa. Su vestido estaba tan sucio que era
imposible distinguir el estampado floral que lo adornaba. Haba perdido los zapatos, y sus pies
negruzcos parecan haber caminado por las sendas cenagosas del infierno. Sus manos, agarrotadas, le
sealaron implorantes, como un mendigo abominable que pide carne y sangre en lugar de un dlar. En uno
de sus brazos tena un desgarrn tal vez el que la haba convertido en uno de ellos que dejaba a la
vista el hueso. Pero lo peor era su cara: lvida, destrozada, con los dientes roosos a la vista y unos ojos
de pescado podrido que eran capaces de ver, desafiando a las leyes de la naturaleza.
Vaya mierda rezong Ron, apartando la vista del espectro.
Aunque nadie dijo nada, todos coincidieron en que esas dos palabras resuman perfectamente la
situacin que se viva en ese momento en todo el planeta.

Tal y como aseguraba el Coronel Woodward en su transmisin, la I-95 estaba despejada. Haba
coches destrozados a ambos lados de la carretera, como si hubieran sido apartados por el paso de algo
muy grande y potente.
Blindados explic MK, girando la cabeza hacia el asiento trasero. Se han abierto camino a
lo bestia utilizando blindados.
Sarah y Lea le dedicaron una sonrisa. La mayora de los comentarios de MK iban dirigidos a los
ocupantes del asiento de atrs, ya que lo ms que haba obtenido de cualquier intento de conversacin
con el padre de familia haban sido refunfuos o monoslabos. Richard conduca en silencio, con cara de
pocos amigos, y MK sospechaba y con razn que su presencia le molestaba. Hasta ayer, Richard
haba sido el mximo responsable de la seguridad de su familia; se haba sentido orgulloso de defender
el baluarte en el que haba convertido el 3501 de Tyler Street y de cmo haba desempeado su labor
logstica para que a su familia no le faltara de nada. Pero fuera de su fortaleza, Richard Randall durara
medio asalto contra un par de infectados, y eso lo saban todos los pasajeros del Chevrolet, sin
excepcin. MK despleg el mapa de carreteras de Florida que encontr en la guantera:
Segn la transmisin, tenemos que salir por la 528 dijo, siguiendo la I-95 con el dedo. Luego
la 417 y por ltimo la 408. Si encontramos todo igual de despejado, llegaremos a Orlando en tres o
cuatro horas. MK se dirigi a Richard, intentando entablar conversacin con l por ensima vez. Es
una buena noticia, verdad, seor Randall?
Este ni siquiera se dign a mirarle a la cara:
Usted sabr. Su trabajo es defender a los civiles. Nosotros somos civiles, as que es su deber
llevarnos hasta un lugar seguro. Para eso pagamos impuestos, no?
MK tena unas cuantas respuestas posibles para aquella salida de tono, una de ellas romperle la
nariz de un puetazo, pero prefiri callarse y plegar el mapa. Fue Lea quien sali en su defensa de
manera espontnea:
Pap, cmo puedes ser tan grosero? Cada vez que MK intenta hablar contigo, o le ignoras o le
sueltas una inconveniencia. l nos protege, y t le tratas as...
Richard interrumpi a su hija:
Quid pro quo silabe.
Qu? Lea no entenda nada; su padre, como abogado que era, a veces soltaba latinajos que a
ella le importaban un pimiento. Qu demonios significa eso?
Algo a cambio de algo. Richard circulaba entre los dos carriles, avanzando por el corredor
dejado por los blindados. l nos protege y nosotros le llevamos a Orlando. No es un jodido hroe:
solo cumple con su deber a cambio de ir en nuestro coche.
Ron afront la tensin en silencio, aunque en ese momento le habra gustado que un gorila con bata
blanca le hiciera a su padre un tacto rectal de urgencia. Lea clav sus ojos en los de su progenitor a
travs del retrovisor, pero sus miradas no se cruzaron. Sarah abraz ms fuerte a Timmy, que dormitaba
en su regazo, y fulmin la nuca de su marido con la vista. MK fue el nico que habl, girando la cabeza
hacia Lea:
Tu padre tiene razn dijo, forzando una sonrisa. Es mi trabajo, y os agradezco de corazn
que me llevis a Orlando. Le gui el ojo. No te preocupes, no pasa nada.
Lo que le jode a mi padre es que ya no es el macho alfa de la manada. La frase de Lea tuvo en
Richard el efecto de una colleja bien dada. Antes de que empezara esta mierda, era un abogado forrado
de pasta, con buena casa, buen coche, socio del mejor club de golf de Miami y con una esposa
veinteaera que era la envidia de sus amigos babosos. Y ahora, de qu coo le sirve todo eso?
Lea, por favor... la interrumpi Sarah, ms aterrorizada que ofendida. La reaccin de Richard
poda ser impredecible.
Lea, cllate! bram su padre. Cierra el puto pico!
Y una mierda prosigui Lea, implacable. Jode or la verdad, eh? Ahora el mundo ha
cambiado. El dinero ya no vale para nada. Esto es la puta selva, y aqu solo sobreviven los fuertes. Y
ahora aparece un autntico superviviente que puede mantenernos con vida y t lo insultas, porque en el
fondo lo que te da miedo es que tu mujercita, que se senta atrada por tu posicin y tu cuenta bancaria, se
d cuenta de que en este nuevo escenario t solo eres comida, y no el todopoderoso Richard Randall...
Richard fren tan bruscamente que los ABS crujieron como si fueran a romperse; Sarah apenas pudo
agarrar a Timmy, que se golpe la cabeza con el respaldo del asiento del copiloto y rompi a llorar como
si pretendiera batir un record Guinness. Richard solt el volante y gir su grueso torso todo lo que fue
capaz para encararse con su hija que, para su sorpresa, mantena su mirada desafiante y sin mostrar un
pice de miedo. MK guardaba silencio. Jams se haba sentido tan incmodo como ahora. Hasta record
con nostalgia las horas interminables en el stano del edificio del Regions Bank, rodeado de infectados
por todas partes y con el cadver de su amigo Fisher pudrindose en un rincn, con un agujero en la
frente.
Qu vas a hacer, pap? La voz de Lea son como la de una mujer adulta, casi anciana.
Quieres que me baje del coche? Si eso es lo que quieres, lo har.
Richard compuso una expresin de ira infinita en su rostro, golpe el volante con la palma de la
mano y pis el acelerador. Ron mir de reojo a su hermana. Por primera vez en mucho tiempo, sinti una
profunda admiracin por ella. Cuando se pusieron en marcha de nuevo, Sarah habl muy despacio, en un
tono cargado de amenaza:
Como vuelvas a frenar as y pongas a mi beb en peligro, te juro por Dios que te estrangular con
mis propias manos, pedazo de cabrn.
Richard no contest. Sigui conduciendo. Pero todos en el Avalanche supieron que su reinado
acababa de terminar. En tan solo unas horas, se haba convertido en una caricatura de lo que haba sido
en su vida anterior.
Ahora solo era comida, como haba dicho su hija.
Tras una travesa silenciosa y sin sustos, abandonaron la Interestatal 95 y tomaron la US 528. El
corredor hecho por los blindados segua abierto. Las casas desiertas a ambos lados de la autopista
formaban un pueblo fantasma, y el silencio en el interior del Avalanche acompaaba perfectamente la
escena. El aire dentro del vehculo era pastoso, como una papilla infestada de grumos.
Cruzaron unos cuantos puentes y recorrieron varias millas hasta llegar a las cabinas de peaje. All
encontraron decenas de coches empotrados unos contra otros. Los semforos y las indicaciones
luminosas estaban apagadas, y las cabinas de los empleados abandonadas. Haba cuerpos por todas
partes, como si hubiera tenido lugar una batalla. Por primera vez en su vida, Richard se salt un peaje sin
aflojar la cartera y conduciendo a ms velocidad de la indicada. El miedo a las multas haba dado paso a
miedos ms reales, horribles y mortferos.
Joder, cmo haba cambiado todo...

Abandonaron la 528 para tomar la 417 poco antes de la una de la tarde. Era la tercera autopista que
recorran y an no haban visto ni un solo coche en marcha. Ron lleg a pensar que tal vez eran los
ltimos supervivientes de Miami. Aquella idea le pona casi tanto como imaginarse a Sarah vestida con
un salto de cama transparente, tacones, medias negras y liguero.
Continuaron durante cuatro millas ms, hasta que divisaron a lo lejos dos carteles verdes que se
elevaban por encima de la autopista. El de la derecha anunciaba la salida hacia el este, a Titusville; el de
la izquierda indicaba que la salida 33B oeste hacia la US 408, que llevaba a Orlando, quedaba a media
milla. Esa era la que buscaban.
Espero que la rampa de salida est despejada tambin dese MK en voz alta, repasando al
mapa de carreteras. Por la 408, hay unas diez o doce millas hasta Orlando.
Una vez ms, bendijeron al Coronel Woodward y a sus blindados. Entraron en la 408 tras circular
por una rampa de un solo carril que rodeaba un bosquecillo. Abajo haba coches destrozados, por lo que
supusieron que haban sido sacados del camino sin miramientos. Si todo segua tan despejado como hasta
ahora, el viaje llegara a su fin antes de una hora. Aquello no estaba siendo muy diferente a un paseo de
domingo, antes de que los muertos decidieran echarse a la calle para zamparse a la Humanidad.
Pasaron por debajo del puente que sobrevolaba la zona de Chickasaw y divisaron a la derecha el
complejo urbanstico de Pine Crossing Circle. Estaba formado por unas preciosas casas de ladrillo visto
y tejados rojizos, rodeando una laguna de ensueo con varios embarcaderos repletos de barcas de recreo.
La flota de coches de importacin que inundaba el aparcamiento revelaba que era una urbanizacin de
lujo.
Richard desvi su mirada hacia el complejo, y se dijo que aquel sitio sera bueno para invertir
cuando todo aquello pasara. Seguramente, muchas de esas casas estaran ahora vacas, y sus ocupantes
pasendose por los alrededores buscando un muslo humano que echarse a la boca. Muslo o pechuga? Si
l fuera una de esas criaturas, preferira el muslo, sin lugar a dudas. ltimamente, las mejores pechugas
que conoca tenan un relleno que tena que saber a rayos: silicona. Justo estaba pensando en ello, con la
mirada perdida en Pine Crossing Circle, cuando una mujer sali corriendo de entre los coches que
flanqueaban el corredor abierto por los blindados.
Cuidado! le grit MK, pero la advertencia lleg tarde.
Si Richard hubiera tenido la mente fra, habra arrollado a la mujer sin miramientos y habra seguido
recto, pero su instinto le oblig a dar un volantazo para evitarla. El 4 4 roz su aleta derecha contra un
Ford abandonado, Richard intent enderezarlo sin xito y, cuando se vino a dar cuenta, giraba sin control
por la 408. No hubo forma de impedir que el Chevrolet se saliera de la carretera y se empotrara contra el
muro bajo de ladrillos que separaba Pine Crossing Circle de la autopista. Los airbags delanteros y
laterales saltaron, impidiendo que MK, que no llevaba puesto el cinturn, se destrozara la cara contra el
salpicadero. Richard, que s que lo llevaba puesto, se quit de encima el airbag como pudo. Casi no
poda respirar. Gir el torso para ver cmo estaban Sarah y sus tres hijos. A pesar del impacto, su esposa
no haba soltado a Timmy, aunque tampoco haba podido impedir que volviera a golpearse contra el
respaldo de cuero del asiento del copiloto. El cro se quej un poco y luego se call. Sarah, al borde de
un ataque de nervios, le acariciaba la cabecita y lo meca sin parar, como si estuviera en trance. Lea, a su
lado, se frotaba el pecho izquierdo; el cinturn de seguridad se lo haba aplastado y le dola. Ron
sangraba un poco por la nariz. Al ver la expresin preocupada de su padre, se apresur a tranquilizarlo:
Solo me he dado un golpe contra el respaldo dijo, con voz nasal. Sobrevivir.
MK apart el airbag desinflado y vio, con horror, que el cap abierto y abollado del Avalanche
dejaba escapar una columna de humo procedente del motor, que se haba parado despus del golpe.
Aquello tena muy mala pinta.
Puede arrancarlo de nuevo? le pregunt a Richard, que resoplaba como una embarazada a
punto de parir trillizos.
Richard gir la llave dos veces, pero no logr ms que arrancarle un quejido al motor. Y entonces,
una mano manchada de barro y sangre golpe su ventanilla, dndole un susto de muerte.
Abra, por favor, abra! grit la mujer, desesperada. Era la misma que haba causado el
accidente. Tendra unos treinta y tantos, pero por su aspecto, su edad era difcil de adivinar. A pesar de
estar sucia y desaliada como una indigente, su ropa llena de manchas se vea de marca. Abra!
Es uno de ellos? le pregunt Richard a MK; este la examinaba concienzudamente desde el
asiento del copiloto. El gesto de horror y asco del abogado se reflejaba en el cristal de su ventanilla
como una aparicin espectral.
Pronto lo ser dijo MK. Mire su brazo.
Todos dentro del Avalanche dirigieron su mirada al brazo derecho de la mujer. Tena un mordisco a
dos dedos por debajo del codo. La piel, hecha jirones, colgaba dejando visible un buen trozo en carne
viva. Aquello tena que doler, y mucho.
Mrchese! le grit Richard a travs del cristal. Ya no podemos hacer nada por usted!
Va a atraer a esas cosas con sus gritos llorique Lea.
Vamos a tener que bajar del coche de todos modos gru MK. Este ya no nos sirve. Hay que
buscar otro. Seora Randall, tpele los odos a Timmy. Lo que voy a hacer ahora no es de mi agrado,
pero es lo nico que puedo hacer por esa pobre mujer.
MK se asom a travs del techo corredizo del Avalanche y le dispar a la desconocida en la cabeza.
Ella no se lo esperaba, ni lo vio venir. Cay al suelo, muerta en el acto. Richard dio un respingo en su
asiento. Mir a travs de la ventanilla y contempl el cuerpo de la mujer tendido en el suelo.
Le ha pegado un tiro a sangre fra a esa mujer? Su voz son como si no terminara de creerse lo
que acababa de presenciar.
Estaba infectada dijo MK. En cuestin de horas se habra convertido en una de esas cosas,
tal vez antes.
Timmy, que segua en brazos de su madre, apenas se movi. El beb estaba callado y no se quejaba,
a pesar de tener un buen chichn en la cabeza. De hecho, se estaba quedando dormido. Demasiadas
emociones para alguien con tan solo ocho meses de edad. Sarah se dijo que mejor dormido que
berreando.
Salgamos del coche orden MK, abriendo la puerta del Avalanche. Si hay algn infectado
por los alrededores, vendr atrado por los gritos y el disparo.
Ojal encontremos otro coche pronto le dijo Richard a Sarah; jadeaba como un perro sediento
. Prefiero que me coman vivo antes que ir a pie y cargado con la mochila hasta Orlando...
Tenemos a MK dijo ella, mientras se ajustaba al pecho una mochila porta-beb en la que aloj
a Timmy; el cro estaba profundamente dormido. Con l no nos pasar nada...
Richard encaj aquellas palabras como una bofetada invisible. Una vez ms, se vio desplazado,
abocado a un papel secundario en aquella pelcula de terror. Lo peor de todo es que Sarah tena razn, y
no poda hacer nada para que fuera de otro modo.
MK ech una ojeada a la urbanizacin de casas de ladrillo. A lo lejos, ms all del aparcamiento,
distingui a cuatro infectados deambulando por los alrededores de un supermercado abandonado. Las
cristaleras del establecimiento estaban destrozadas. Un camin de reparto con el logotipo de Kellogg's se
haba empotrado en uno de los escaparates. El compartimento de carga, abierto, se vea vaco,
probablemente saqueado haca tiempo. Buscando una panormica mejor, MK puso un pie en el muro que
serva de lpida al Avalanche y trep hasta su techo, cuidando de no caerse a travs de la escotilla por la
que se haba asomado para ejecutar a la mujer. Escrut los alrededores desde esa posicin elevada, y lo
que vio no le gust nada.
La cosa pintaba peor de lo que pareca a ras del suelo. Al otro lado de la autopista, a milla y media
de distancia, haba decenas, tal vez ms de un centenar de criaturas dirigindose hacia la urbanizacin
con pasos lentos y trastabillantes. Caminaban muy juntos unos de otros, como un ejrcito doliente e
implacable a la vez.
Mierda mascull MK. Seor Randall, esto va a ponerse feo! Est todo el mundo listo para
salir pitando de aqu?
Los Randall corearon un s como respuesta. MK hizo recuento mental de municin: un cargador
entero de treinta cartuchos, aparte de los que quedaban en el que iba puesto. Ron llevaba su palo de golf
en la mano.
Ron, sers capaz de usarlo contra esas cosas?
El chico asinti con la cabeza. Estaba plido como un muerto. MK saba cmo se senta: estaba
cagado de miedo, y tena motivos para ello.
Tiene ms palos como ese, seor Randall? le pregunt. Su esposa y su hija deberan llevar
uno, por si acaso...
Tengo el juego completo en el maletero dijo Richard. Pens que seran un arma decente
contra esas cosas, por eso los met.
Richard le dio sendos hierros Callaway a Lea y a Sarah y se qued uno para l. Le haban costado
un rin, y le daba dolor de estmago usarlos para machacar crneos. Se consol pensando que si sala
vivo de all, cosa que dudaba, no volvera a jugar al golf en su puta vida. MK dio el visto bueno a los
hierros: eran un arma eficaz y manejable hasta para un tipo obeso y un par de muchachas sin
entrenamiento. Si el terror no les paralizaba en el ltimo instante, tal vez podran abrirse paso a travs de
los infectados que vagabundeaban por la urbanizacin. Al menos, esos no estaban tan agrupados como la
horda que se aproximaba por el sur.
Le queda alguno para m? le pregunt MK. Solo disparar si es estrictamente necesario. No
nos interesa hacer ruido explic.
Richard le tendi un hierro del seis:
Sabe? comenz a decir. Estoy acojonado.
Yo tambin confes MK, pero no tenemos ms remedio que seguir.
Adnde vamos? pregunt Sarah, extraada al verles conversando.
MK seal la fila de vehculos estacionados en el aparcamiento:
Tal vez alguno tenga las llaves puestas. Vamos, en marcha.
Saltaron el muro y avanzaron por los aparcamientos de Pine Crossing Circle. Lo hicieron medio
agachados, como comandos, tratando de permanecer ocultos entre los coches. Todos llevaban los palos
de golf en las manos. MK les orden detenerse cerrando el puo. Aunque ninguno de ellos haba recibido
entrenamiento militar previo, entendieron la seal a la primera. El soldado asom la nariz por encima del
cap de una furgoneta y ech un vistazo a la zona del supermercado. Cont hasta cuatro infectados,
aunque desde su posicin no poda ver si haba ms dentro del establecimiento. Los muertos andantes
estaban bastante separados entre s. No sera difcil abatirlos.
Voy a por ellos dijo MK, colgndose el M4 a la espalda. Si alguno se acerca por aqu, ya
saben lo que tienen que hacer: duro y a la cabeza.
MK sali de detrs de los coches empuando el palo de golf como si fuera una espada samuri. El
monstruo ms cercano se volvi hacia l y le mostr los dientes, emitiendo un sonido gutural. El
Callaway descendi y se estamp en la sien de la criatura, que cay al suelo como una marioneta a la que
le cortan las cuerdas. MK le golpe de nuevo, para cerciorarse de que no volvera a levantarse. El
segundo estaba a unos diez pasos, y tampoco hizo amago de parar el golpe. Eso era una ventaja para los
vivos: aquellos seres no se defendan, solo atacaban. Dos menos. El hierro del seis se estaba revelando
como un arma cojonuda.
Qu demonios! gru Richard, desde detrs de la furgoneta. Voy a echarle una mano...
Y antes de que alguien pudiera intentar disuadirle, se lanz, con sus ciento treinta kilos de peso, a
por el ms lejano de todos. MK le vio pasar por el rabillo del ojo mientras le reventaba la cabeza al
tercero. Richard se enfrent cara a cara con el monstruo: una jovenzuela de unos quince aos, con el
rostro casi completamente devorado a mordiscos. Su aspecto helaba la sangre. En ese momento, Richard
imagin a Lea transformada en una de esas cosas y sinti una rabia inusitada crecer en su interior. Baj el
palo con todas sus fuerzas y le hendi el crneo. La chica cay sin emitir sonido alguno. Por lo menos,
eran silenciosos al morir.
Joder, pap se ha cargado a uno! celebr Ron, desde su escondite. Aquello le supuso una
inyeccin de confianza: si su padre, que era un cincuentn mastodntico que jadeaba al subir un tramo de
escaleras, era capaz de zumbarse a uno de esos monstruos, para l, que era ms gil y fuerte, sera pan
comido.
Sin pensrselo dos veces, corri a reunirse con su padre y MK. Las mujeres, reacias a quedarse
solas, le siguieron. Timmy segua dormido, acurrucado sobre el pecho de Sarah. Mejor. Al menos, l se
ahorraba el estrs. Por ahora, el aparcamiento se vea despejado de muertos vivientes. MK, con el hierro
ensangrentado en la mano, imparti instrucciones a la familia Randall:
Los del otro lado de la autopista llegarn en unos tres minutos, tal vez cuatro calcul.
Tenemos ese tiempo para encontrar un coche con las llaves puestas.
No podemos hacerle un puente a uno? le pregunt Ron.
MK contest a su pregunta con otra:
T sabes hacer un puente?
Ron le mir, extraado:
No sabes hacerlo t? Eres militar...
Has visto demasiadas pelculas. Venga, no perdamos ms tiempo.
Se desplegaron por el aparcamiento, intentando abrir las puertas de todos los coches que
encontraban a su paso. Todos estaban cerrados con llave. El ir a contrarreloj era lo ms estresante. De
repente, Ron grit a pleno pulmn junto a un Mercedes que era rojo debajo de la espesa capa de polvo
que lo cubra:
Este est abierto, MK! Venid todos! Este est abierto!
MK le chist, ponindose el ndice en los labios. Despus de los gritos de Ron se hizo un silencio
que fue seguido por el eco de un murmullo gutural que pareca emitido por varias voces a la vez.
Segundos despus, MK los vio aparecer por la esquina del supermercado. Eran una decena, ms o menos.
Atrados por los gritos, caminaban formando un grupo muy compacto, por lo que atacarles con los palos
sera extremadamente peligroso: con suerte, abatiran a uno o dos antes de que los dems se lanzaran a la
vez sobre ellos. Cada vez que MK haba visto algo as, siempre haba acabado llorando la muerte de un
compaero:
Ron, corre!
Pero Ron estaba demasiado ocupado registrando la guantera del Mercedes en busca de las llaves.
Nada. Baj los parasoles y tampoco. Ech una ojeada a travs de la luna trasera y descubri, aterrado,
que los infectados se encontraban a pocos pasos del coche. MK corra hacia l con el fusil de asalto por
delante. Ron sali del coche blandiendo el palo de golf. El primero de los monstruos estaba casi encima
de l.
Richard tambin corra hacia su hijo lo ms rpido que le permitan sus kilos, resoplando como una
olla exprs a punto de estallar. Las chicas se haban quedado junto a unos coches, paralizadas por el
miedo. Sarah protega a su pequeo con los brazos, como si eso pudiera librarle de cualquier mal. A Lea,
que estaba pegada a ella, se le haba olvidado hasta respirar.
Ron golpe al primero de ellos en la rodilla, hacindole caer. Los dems tropezaron y comenzaron a
perder el precario equilibrio que mantenan al andar. Varios brazos se extendieron hacia el chico. El palo
de golf volvi a descender, y una cabeza se abri vertiendo sangre y trozos de cerebro mezclados con
astillas de hueso. Los que estaban en el suelo seguan avanzando a rastras, y los otros comenzaban a
rodear a Ron, a pesar de que este daba pasos hacia atrs sin dejar de lanzar mandobles con el palo. Poco
a poco se quedaba sin espacio para maniobrar. MK, a pocos metros del Mercedes, apunt su M4 y le
vol la cabeza a uno de los monstruos:
Venid a por m! les provoc. Por desgracia, los seres intuan que Ron era una presa mucho ms
fcil que l.
MK casi le dio un balazo a Richard cuando este atraves su lnea de fuego con el Callaway en la
mano. El padre de Ron se lanz contra el grupo de infectados, golpeando a uno de ellos en la cabeza. El
golpe no fue lo bastante fuerte como para abatir a la criatura. El chico, con la pernera del pantaln tejano
agarrada por la zarpa de uno de los que estaban en el suelo, era incapaz de salir corriendo. Golpe dos
veces la cabeza del que le impeda huir, pero a pesar de dejarlo completamente inmvil, este no afloj su
presa. Otro monstruo se aferr a su pierna, y Ron sinti cmo unos dientes irregulares y torcidos se
clavaban en su pantorrilla. El dolor fue atroz, y el miedo an ms. MK no se atreva a disparar por miedo
a darle a Richard, que segua descargando bastonazos a diestro y siniestro. Les golpeaba por la espalda,
rompindoles los crneos y abatindolos uno tras otro. Pero por muchos golpes que dio, no pudo impedir
que los infectados se arrojaran encima de su hijo. Ron aull de dolor cuando uno de ellos le arranc un
trozo de carne del hombro, desgarrndole el trapecio.
Sarah y Lea presenciaban la carnicera desde lejos, aterrorizadas. MK comenz a disparar a
bocajarro a las cabezas de los infectados que se disputaban a Ron. Su padre, llorando de rabia, los
remataba con el palo. Uno tras otro fueron cayendo, hasta que Ron qued semienterrado en una mele de
cadveres medio descompuestos. Pero aquello no haba terminado: el ejrcito de muertos procedente del
otro lado de la 408 comenzaba a saltar torpemente los cincuenta centmetros de altura del muro donde se
haba estrellado el Avalanche. Para colmo, si haba ms infectados en la urbanizacin, acabaran
acudiendo atrados por los gritos y los disparos. MK saba que se le acababa el tiempo:
Seor Randall, tenemos que irnos. Ya no podemos hacer nada por Ron.
Richard sujet con fuerza el can del M4, lo apart de su hijo y se encar con el soldado. MK se
dio cuenta enseguida de que el padre del chico haba tomado una decisin inamovible:
No vas a pegarle un tiro a mi hijo delante de m como hiciste antes con esa mujer. Richard
seal con la cabeza a Sarah y a Lea. Llvalos a Orlando sanos y salvos. Sobretodo cuida de Timmy.
Promteme que lo hars...
Y qu pasar con Ron? pregunt MK. Y con usted...?
Richard le interrumpi:
Yo entretendr a esos que vienen por ah para que podis escapar. Respecto a Ron, prefiero que
se levante y camine como uno de ellos. Quien sabe... tal vez algn da encuentren una cura para esta
mierda. S que es una locura, pero en este nuevo mundo, tal vez nos vaya mejor en el bando de los malos.
MK iba a decir algo, pero Richard se lo impidi:
Yo no aguantar mucho ms entre los vivos: mi corazn est al lmite. As que lrguese de aqu.
Ya no quedaba tiempo para discutir. Los infectados comenzaban a invadir el aparcamiento. Richard
golpe varias veces el cap del Mercedes con el palo de golf, produciendo un ruido infernal que hizo que
todas las miradas convergieran en el coche.
Venid aqu, hijos de la gran puta! bram. Cogedme si podis!
Y sali corriendo hacia el interior de la urbanizacin, dejando a Ron moribundo junto al coche. El
ejrcito de muertos fue tras l, y MK empuj a Lea y a Sarah hacia el bosque de pinos que daba nombre a
Pine Circle Crossing.
Ni su hija ni su esposa permitieron que el sacrificio de Richard Randall fuera en vano. Sarah tena
un beb de ocho meses que criar, y el instinto de supervivencia de Lea impuls su carrera frentica hacia
la arboleda. Corrieron a toda prisa, sin mirar atrs, rezando para que no les aguardara otra horda de
muertos hambrientos entre los rboles.
Por fortuna, no se encontraron con nada ni nadie en el bosque.

Tres millas ms adelante, ya fuera del abrigo de la espesura, vieron un Humvee de la Guardia
Nacional circulando por Goldenrod Road, en direccin sur. MK les llam, acompaando sus gritos con
ademanes de desesperacin. El artillero que asomaba por el techo del vehculo, al mando de una
ametralladora M60, lanz una maldicin y orden al conductor que diera la vuelta.
Menuda sorpresa! exclam el artillero al llegar a su altura. Hace das que no vemos a
ningn superviviente. Algn herido?
Estamos todos ilesos le asegur MK. Podemos subir? Ni te imaginas lo que hemos pasado...
Imagino que las habris pasado putas adivin el artillero. James, deja entrar a estos civiles!
El soldado James abri la puerta y les invit a acomodarse en el Humvee. Aparte del conductor, el
artillero y l, haba un tercer soldado. Este seal a Timmy:
Da alegra ver que una criaturita tan pequea es capaz de sobrevivir en este infierno coment
. Es un soplo de esperanza para todos nosotros.
El Humvee retom la 408 por la derecha, en direccin a Orlando. Lo haban conseguido. Lea se
ech a llorar, y James le tendi un kleenex sin decir palabra. Supuso que la chica acababa de perder a
alguien querido, pero fue discreto y no pregunt. La dej desahogarse en paz. MK, mientras tanto,
intentaba relajarse recostado en el asiento. Demasiadas emociones acumuladas, hasta para un soldado.
Sarah separ un poco a Timmy de su pecho. Le extra que llevara tanto tiempo dormido.
Timmy?
El beb mene la cabeza, y su madre le roz los labios con el ndice. Justo en ese momento, Timmy
abri los ojos. No eran los de siempre: parecan de pez, grisceos y sin vida. El pequeo abri la boca y
clav sus cuatro dientecitos en el dedo de su madre. Lo hizo con mucha ms fuerza de la que empleaba
habitualmente cuando morda y todos le rean la gracia. Esta vez, lo hizo con hambre. Sarah no pudo
reprimir un chillido de sorpresa.
Mierda! grit James, apuntando su M4 hacia Timmy. Para el coche, John! El beb est
infectado, y acaba de morder a su madre!
Sarah tir del dedo para liberarlo del mordisco, y la piel se le desgarr. Timmy, con los labios
manchados de sangre, lanzaba dentelladas al aire a la vez que emita un sonido gutural.
No, por favor rog Sarah, al ver que el Humvee se detena y los soldados la agarraban de los
brazos. No, por favor, a mi beb no...
James y su compaero no tuvieron ms remedio que cumplir con el protocolo. Sacaron a Sarah del
coche y la condujeron hasta una calle cercana, lejos de la vista de todos. Ella no se resisti. Llorando en
silencio, abrazada a aquello que colgaba de su pecho y que antes haba sido Timmy, se arrodill con los
ojos cerrados.
Sonaron dos disparos. En el Humvee, Lea no dejaba de gritar el nombre de su hermano. MK la
sujetaba con fuerza para que no saliera del todoterreno. Un par de minutos despus de que se oyeran las
detonaciones, James y su compaero regresaron al coche. Sus ojos estaban empaados por las lgrimas.
Ni siquiera tuvieron fuerzas para dedicarle a la joven unas palabras de consuelo.
Lea no dej de llorar hasta que lleg a Orlando. Una vez a salvo, detrs de la empalizada que
rodeaba la ciudad, sigui hacindolo hasta caer rendida. Nadie os hacerla callar. MK estuvo a su lado
en todo momento. No poda ser de otro modo: se lo haba prometido a su padre.

Seis meses despus, Lea estaba apostada en la torre de vigilancia en la que sola hacer sus guardias,
en la empalizada de hormign, ladrillo y metal que el Ejrcito haba levantado alrededor del centro de la
ciudad de Orlando. Contemplaba el paisaje urbano a travs de la mira telescpica de su rifle M40. En
eso no haba salido a su padre: a ella las armas se le daban de maravilla, hasta tal punto que el propio
Coronel Woodward la haba asignado como francotiradora en la defensa de la ciudad.
En ocasiones, algunos infectados se acercaban demasiado a la empalizada y ella los abata sin
piedad con un preciso disparo en la cabeza. Siempre los observaba un rato antes de apretar el gatillo, y
no lo haca hasta que estaba segura de que era un desconocido. Se preguntaba a menudo si su padre
habra adelgazado despus de convertirse en uno de aquellos monstruos, y si sera capaz de reconocerlo
en su nuevo estado. Y cmo estara su hermano Ron? Sola imaginrselos sucios, desastrados y
mutilados pero siempre juntos, como padre e hijo, caminando sin rumbo en una bsqueda eterna de
comida. Le gustaba pensar que no sentan dolor, ni miedo... tan solo hambre.
Se haba prometido a s misma que si algn da los reconoca entre los muertos que se acercaban a
la ciudad, no los abatira. Ella y MK estaban vivos gracias a ellos. Se lo deba. Y en cierto modo, su
padre haba elegido su destino.
Lea contempl el tatuaje que se haba hecho en el brazo tres meses atrs. Cada vez que lo haca, se
acordaba de su padre al leer las tres palabras escritas en tinta negra, entrelazadas por unas enredaderas
de color verde esperanza:
Quid pro quo.
LOS NIOS DEL MOLINO
TRES.
Ese era el nmero de aspiradoras que Jules Sigly llevaba vendidos en el mes de marzo de 1969, y
estbamos a da veinte. Tres: un nmero que penda sobre l como una granada de mano suspendida de un
cordel desde haca una semana, cuando le encasquet el ltimo a una viuda gorda y enjoyada en Baker
City. Si no colocaba al menos otras tres antes de fin de mes, su jefe de rea le pegara una patada en el
culo y lo mandara de cabeza al paro. Estaba acostumbrado a que le echaran de las casas, pero llevaba
cinco aos trabajando para Kirby y no quera que lo largaran de su plantilla de vendedores.
Conduca su Chevrolet Chevelle color celeste desvado por una carretera comarcal dejada de la
mano de Dios y del Departamento de Transporte de Oregn. El sol se haba dado un banquete con la
pintura, y ahora se vea mate y apagada. Los baches y zonas infestadas de gravilla hmeda entonaban una
marcha fnebre de abandono al paso de los neumticos del coche. Era un modelo especial de Chevelle
bautizado por el fabricante como "El Camino", un evocador nombre hispano para un aborto mal parido de
automvil y furgoneta que Jules haba comprado con el nico propsito de atiborrar su amplio espacio de
carga con el mayor nmero de cajas de la joya de la corona de Kirby: el Dual Sanitronic 80. Un engendro
de acero inoxidable y plstico de color verde militar, capaz de aspirarte el alma por los orificios
corporales, gracias a su poderoso motor made in USA, financiable en cmodos plazos.
El cielo se entristeca con gigantescas nubes de algodn negro dispuestas a llorar su pena sobre
valles y montaas. La radio del coche anunci que eran las doce del medioda y atac con un informativo
donde un locutor de voz neutra habl, entre otras cosas, de la boda de John Lennon y Yoko Ono en
Inglaterra. As que al final la japo de los cojones haba cazado al genio, para desgracia de los Beatles.
Despus de esa noticia, el resto le trajo sin cuidado a Jules. Luego vino un parte meteorolgico que
confirm lo evidente: muy pronto empezara a llover. Por el color de las nubes, se avecinaba una secuela
del diluvio universal sobre Oregn. El vendedor de aspiradoras gru una maldicin entre dientes. An
le quedaban cuatro o cinco horas de viaje para llegar a su destino: Prineville. Su compaero, Pete
Fowler, fue quien le dio la idea de acercarse a una localidad pequea y dejar, de momento, las ciudades
grandes. La mejor clientela est en los pueblos, le haba dicho Fowler, dando una calada a su eterno
Lucky Strike. Fowler fumaba ms que respiraba, incluso cuando venda aspiradoras cosa que haca de
maravilla, dejando caer la ceniza sobre la alfombra de la casa en la que estaba de visita, para luego
hacerla desaparecer como por arte de magia en la bolsa color US Marine Corps de la Dual Sanitronic 80.
Esa gente te da las gracias por sacarles los cuartos, Jules. Ve a Prineville y te aseguro que cubrirs
la cuota del mes. Para ellos, que alguien de la ciudad venga a traerle el ltimo grito en
electrodomsticos es como recibir la visita del puto Santa Claus.
Y Jules Sigly le hizo caso al rey de las ventas de Kirby en el estado de Oregn. Y por su culpa
tendra que luchar contra el aguacero que se acercaba desde el oeste, circulando por una carretera que
pareca haber pasado por su Hiroshima particular. Menuda mierda.
Condujo durante varias millas ms, al encuentro de la tormenta que se derramaba en el horizonte.
Unas centellas, por ahora discretas, iluminaron las nubes, anunciando un aparato elctrico que se
preparaba para descargar la furia de Thor sobre el Chevrolet. A Jules no le haca ninguna gracia tener
que atravesar una cortina de agua con rayos cayendo a su alrededor. Maldijo una vez ms y encendi los
faros. Y justo en ese momento, vio el cartel que anunciaba el desvo a la derecha:
Broken Mill, 6 millas, poblacin 573 habitantes.
Jules dio un volantazo y meti al Chevelle por una versin an ms baqueteada y tenebrosa de la
carretera por la que llevaba circulando media maana. Quinientos setenta y tres habitantes. Se pregunt si
el sheriff cambiara el nmero del cartel por cada nacimiento u bito que tuviera lugar en el pueblo y
dej escapar una risita sorda. Se sinti animado transitando por el can en miniatura que formaban dos
montes cargados de rboles y matorrales, a pesar de que los socavones del suelo le hacan botar en su
asiento. Pronto llegara al pueblo, alquilara una habitacin en algn hotel y, por qu no?, tratara de
colocar all las tres aspiradoras que necesitaba para cumplir su objetivo. Seguro que a ninguno de sus
compaeros de curro se le haba ocurrido visitar Broken Mill. Qu coo! Ni Dios sabra dnde estaba
ese pueblo. Si Pete Fowler estaba en lo cierto, le recibiran con los brazos abiertos y, quin sabe, tal vez
vendiera las catorce unidades que llevaba en el coche. Su jefe estara feliz y se ahorrara el viaje a
Prineville.
Ahora conduca paralelo a la tormenta que se enfureca cada vez ms cerca. Aceler un poco ms.
Llevaba la gabardina y el paraguas en el compartimento de carga, y no le apeteca que le pillara el
chaparrn antes de encontrar refugio. Nada peor que su traje de lanilla empapado. Funcionaba como una
toalla y absorba la humedad hasta duplicar su peso. Era muy incmodo y, mojados, los pantalones a
juego picaban como ortigas cabreadas.
Tom una curva y vio un puente de madera que podra tener un siglo de antigedad. Deceler hasta
detener el coche. Las tablas que formaban el piso estaban negras, como los tizones quebradizos de lo que
fuera una barbacoa. Aguantara? Busc con la mirada una seal de peligro o algn cartel de advertencia.
No encontr nada. Joder, si el puente estuviera en mal estado habra algn aviso a la vista. Se dijo que
era un paranoico y lo cruz despacio. Se imagin la estructura crujiendo y desmoronndose como si
estuviera construida con arena mojada, pero no sucedi nada de eso. El Chevrolet super el arroyo seco
que debera haber corrido bajo el puente. Pronto dejar de estar seco, apost. Pasado el obstculo,
suspir aliviado y volvi a acelerar.
Un rato despus, un cartel corrodo por el xido le daba la bienvenida a Broken Mill. Sobre l,
haba dibujada la silueta negra de un viejo molino de viento en ruinas, como un gigante herido y comido
por la herrumbre. Probablemente sera la atraccin local y el origen del pueblo. Las primeras casas no
tardaron en aparecer a ambos lados de la carretera, dispuestas al ms puro estilo del viejo oeste. La calle
principal era ancha, y terminaba en una iglesia que pareca ser anterior al nacimiento de Jesucristo. Tan
solo dos camionetas cochambrosas que parecan abandonadas componan el parque de vehculos
visibles. Jules agach la cabeza para espiar por las calles perpendiculares a la desierta avenida
principal. Ni un alma a la vista. Estuvo tentado de dar la vuelta, pero enseguida se dijo que la ausencia
de transentes se debera al inminente aguacero. Haba que ser idiota para salir de casa en un da as, y
ms an en un pueblo con menos vida que los huesos de una vaca blanqueados por el sol. Aunque algo en
su interior le deca a gritos que se largara de all, prefiri enfrentarse a Broken Mill antes que a una
tormenta en carretera.
Espero que haya un puto hotel en este pueblucho dijo Jules en voz alta. No recordaba haber
hablado solo jams, y eso que haba pasado los ltimos aos de su vida conduciendo a solas por esas
carreteras de Dios. Apenas vea a Lucy y a los nios los fines de semana, y haba ocasiones en que tena
que pasarlos fuera de casa. Cualquier da descubrira que su esposa se la estaba pegando con el vecino,
pero qu cojones... no tendra fuerza moral para reprocharle nada.
Estacion justo al lado de unos almacenes que, adems de tener todo lo que una comunidad de
pueblerinos dedicados a la agricultura y ganadera podra necesitar, haca las veces de oficina de
correos: Mildred's Empire. Un nombre excesivamente suntuoso para una general store de lo ms rural.
Con el coche parado, desparram la vista por los cuatro puntos cardinales, y no vio absolutamente a
nadie. Haba odo hablar de pueblos fantasma en Estados Unidos, pero este no tena pinta de ser uno de
ellos: las casas se vean ms o menos bien pintadas, los tejados enteros, y los porches de los comercios y
viviendas bien acicalados. Jules sali del coche y puso los brazos en jarras para examinar los pisos
superiores de las casas. No haba ninguna de ms de dos plantas. Tampoco vio siluetas furtivas
ocultndose detrs de las cortinas. Sin embargo, tena la sensacin de que un ejrcito de ojos se clavaba
en l. Se encogi de hombros y se dirigi al Imperio de Mildred. Empuj la puerta de hierro y cristal
esmerilado y unas campanillas colgantes delataron su presencia. El interior era tal y como lo haba
imaginado: un mostrador de madera inmenso y slido como la muralla de un fuerte, sacos conteniendo
piensos y grano para consumo animal parapetaban su frontal. Herramientas de todo tipo, algunas colgadas
del techo y otras apoyadas formando pabellones; jaulas para pjaros se codeaban con sartenes y cazuelas,
vasos de cristal con bidones de plstico para gasolina y monos de trabajo con rollos de tela de
estampado floral. Era un milagro que cupiera tanta mercanca en el local, pero as son los almacenes de
los pueblos, capaces de desafiar las leyes de la fsica con tal de aprovechar diez centmetros de espacio.
El eco de las campanillas alert a una anciana que emergi detrs de un vetusto escritorio de nogal,
herencia de tiempos ancestrales, cuando las diligencias recorran los caminos polvorientos perseguidas
por indios y forajidos. Su moo cano, su nariz ganchuda, sus ojos hundidos y sus gafas estrechas le daban
un aire de institutriz de orfanato, de esas que ocupan su tiempo libre torturando nios desdichados. Un
tenue brillo en la cuenca de sus ojos indic a Jules que la vieja le haba visto. Una boca amparada por
labios finos, dirase que inexistentes, se abri mostrando una caverna negra y tenebrosa que compona lo
que pareca una expresin de sorpresa.
Buenas tardes salud Jules, sintindose incmodo ante el silencio de quien podra ser Mildred,
la propietaria del imperio de mierdas agrcolas. Perdone que la moleste... hay algn hotel en el
pueblo?
La anciana se coloc las gafas empujando el puente con un dedo corazn huesudo como el de un
esqueleto. Abandon el refugio de su escritorio, sede de la oficina de correos de Broken Mill, y sali al
mostrador.
Quin es usted y qu hace aqu?
A Jules el saludo le hizo enarcar las cejas. Calcul la edad de la seora: unos ciento veinte aos, se
dijo, y con una mala leche fermentada en barrica de roble que le otorgaba un trato hacia terceros con un
bouquet digno de un ogro.
Me llamo Jules Sigly se present, extendindole una tarjeta que se qued en el aire sin que la
presunta Mildred se dignara a aceptarla; tras unos segundos de embarazoso silencio, la devolvi al
bolsillo interior de su americana. Soy agente de Kirby silencio. Ya sabe, aspiradoras ms
silencio. Me preguntaba si hay algn hotel en el pueblo donde pasar la noche dijo al fin,
absolutamente doblegado por la mirada de acero negro de la vieja.
Qu le trae por aqu? le interrog la anciana con voz glacial.
Realmente no tena previsto parar en el pueblo respondi Jules. Se acerca una tormenta y no
me apeteca viajar bajo una cortina de agua con aparato elctrico.
Escuche, seor Sigly. A Jules le sorprendi que la anciana recordara su apellido. No me
malinterprete, no pretendo ser grosera. Debe irse de aqu inmediatamente. Mtase en su coche, vyase y
olvide que ha estado en Broken Mill. Si ha venido para vender, se ha equivocado de lugar, as que ser
mejor que se marche. Es ms, por su bien, mrchese insisti.
Jules proces en su cerebro el tono que la anciana haba empleado con l. No era exactamente de
amenaza, aunque sus palabras fueran tan inquietantes como la hoja de una navaja automtica abierta.
Aquella vieja le estaba aconsejando que se fuera de all, como si le hiciera un favor.
Aunque no venda nada, seora...
Danson. Mildred Danson.
Aunque no venda nada, seora Danson, me gustara pasar la noche en el pueblo. Ah fuera se est
formando una tormenta de las gordas, y no quiero que me pille en carretera. Hay algn hotel en el
pueblo?
El brillo distante de los ojos hundidos de Mildred Danson se clav de nuevo en los de Jules,
perforndolos como una broca incandescente. Un hormigueo de miedo comenz a subir por su esfago,
como un reflujo de bilis formada por una sensacin de creciente terror. El duelo de miradas dur unos
segundos antes de que la anciana pronunciara su ltima frase:
Haga lo que quiera. Yo ya le he advertido.
Jules Sigly asinti inconscientemente con la cabeza, murmur un agradecimiento ms falso que un
billete de tres dlares y abandon el Imperio de Mildred, detenindose en el porche. Elev sus ojos al
cielo, y vio los nubarrones parados, como si esperaran su decisin de quedarse o largarse de all
dndose patadas en el culo. No corra viento alguno. De hecho, los olores campestres se haban
estacionado, convirtindose en un gas extrao que pareca intoxicarlo todo con su invisible presencia.
Qu cojones! susurr Jules. Me largo de aqu!
Se meti en el Chevrolet Chevelle y se sinti como esos nios que juegan al pilla-pilla y tocan la
valla que les sirve de salvacin. Dud durante unos instantes, pero una nueva ojeada al cementerio que
era la calle principal de Broken Mill le empuj a arrancar el coche y maniobrar hasta dar media vuelta y
dejar el pueblo a su espalda. Por el retrovisor, la iglesia que presida la calle se empequeeca. Gir el
interruptor de la radio y una msica de rgano sumergida en una catarata de esttica pugn por salir del
altavoz. Ni la radio funcionaba bien en aquel reducto de olvido.
Broken Mill, que te den mucho por el culo.
Gir el interruptor de la radio hasta or el clic del off y sigui rodando por la misma carretera por la
que haba venido. No poda ver la tormenta a causa de los montes que se alzaban a ambos lados del
camino, pero se la imagin acechando detrs de estos, como un depredador que espera el momento
propicio para saltar sobre la yugular de su presa. Le pareca increble, pero senta una nostalgia
inexplicable por la carretera secundaria que era el ro de aquel siniestro afluente de asfalto herido.
Tendra precaucin y atravesara la tormenta hasta llegar a Prineville, su pedacito de tierra prometida, en
lo que amenazaba con ser la peor noche de la historia de Oregn.
Justo estaba sumido en esos pensamientos esperanzadores cuando las nubes surgieron por encima de
los montes, negras como el humo de un incendio en una fbrica de neumticos. El da dio paso a una
noche artificial, rota tan solo por amagos de relmpagos que parecan tomar fuerza en el corazn oscuro
de aquella masa gaseosa que clavaba unos ojos invisibles sobre el Chevelle de Jules Sigly. Una bobina
tesla hecha de algodones de oscuridad. Y entonces, el primer rayo incendi un rbol a unos treinta metros
de la carretera, convirtindolo en una gigantesca antorcha de ramas quejumbrosas. El trueno reson tan
fuerte que la cabeza de Jules se hundi entre sus hombros de forma involuntaria.
Su puta madre! jur en voz alta. Por lo menos, haba conseguido no salirse de la carretera.
El puente. A unos cien metros se recortaba la sombra de la estructura de madera que atravesaba el
arroyo seco. Jules estuvo tentado de acelerar y cruzarlo a toda velocidad. Nunca haba deseado algo tanto
como dejar atrs aquella tormenta digna de haber ilustrado un cuento de terror. Y entonces, la masa
nubosa descarg una salva brutal que son como si hubiera estallado un polvorn.
Varios rayos alcanzaron las traviesas ms altas del puente, pulverizndolas en una fiesta de
rescoldos, chispas y pequeas hogueras. Jules fren en seco, contemplando boquiabierto cmo uno tras
otro, una serie de relmpagos incendiaban la obra de ingeniera centenaria, que tras recibir los brutales
impactos se deshaca como una construccin de palillos de dientes, envuelta en llamas. Agarrado al
volante, el vendedor de aspiradoras no daba crdito a sus ojos. La tormenta acababa de atraparlo en una
ratonera cuya nica salida pasaba por Broken Mill. El estruendo de otro trueno cercano y la cada de un
segundo rbol partido por la mitad le hizo reaccionar: dio marcha atrs, maniobr lo ms rpidamente
que pudo, y enfil el morro del Chevrolet hacia el pueblo.
Lo que vio reflejado en el retrovisor interior desafiaba a las leyes de la naturaleza: la tormenta ya
no pareca avanzar, sino que gravitaba, estacionaria, sobre el puente en llamas. Jules imagin unos ojos
relampagueantes presenciando su huida hacia Broken Mill, entrecerrados en una mueca burlona dibujada
con electricidad. Mientras trataba por todos los medios de mantener el coche en la carretera, luchaba
contra la idea de que la tormenta haba dirigido los rayos como una salva artillera disparada con
precisin militar. Ha sido puta casualidad, se repeta, uno de esos malos das en los que varias
casualidades nefastas orquestan una sinfona de desgracia.
Una vez ms, el cartel de Broken Mill le restreg en la cara su mensaje de bienvenida. Poco
despus, el pueblo, tan muerto como antes, se irgui frente al parabrisas del Chevelle. Estacion el coche
frente al Imperio de Mildred, se baj a toda prisa y sac del compartimento de carga su maleta, la
gabardina y el paraguas. Las cajas de las Sanitronic parecan atades dentro de una fosa comn de metal.
Se puso la gabardina y cerr el gigantesco maletero. La tormenta pareca avanzar ahora a paso lento,
acercndose al pueblo. Es como si estuviera jugando conmigo al gato y al ratn, pens, y se dio
cuenta de que tena ganas de echarse a llorar.
Entr en el almacn con pasos rpidos, acompaado de nuevo por el repiqueteo de las campanillas
chivatas. Mildred Danson estaba de pie, con su mirada oscura clavada en la puerta, como si le esperara.
El puente... comenz a decir Jules.
Sin mediar palabra, la anciana camin con una rapidez asombrosa, pas a su lado y cerr una puerta
slida que dejaba ciegas a las abatibles; ech dos cerrojos grandes y se encar con l:
Sgame.
No quiero molestar se excus Jules. Si me dice donde hay un hotel...
No hay hotel en Broken Mill. Sgame insisti.
Jules pas a la trastienda, con todos sus sentidos en alerta mxima. Tena miedo, y eso que l meda
uno setenta y siete, pesaba ochenta kilos y la seora Danson no llegara a los cincuenta. Si se asustaba de
una vieja, es que su valor haba tocado el fondo de la letrina de sus temores. La sigui a travs de una
puerta que conduca a un almacn an ms repleto de cachivaches que la zona abierta al pblico. Una
escalera de madera llevaba al piso superior. Desde fuera, no pareca que el edificio fuera tan grande. La
anciana puls un interruptor y una luz se encendi en la segunda planta. Al menos tienen electricidad,
pens Jules.
La distribucin de las habitaciones superiores indicaba que la casa estaba diseada para albergar a
ms personas, aparte de a la tendera cascarrabias. Mildred Danson se detuvo ante una puerta abierta y le
indic que pasara al interior. Jules se asom antes de entrar. Lo que vio no le sorprendi: un dormitorio
con una cama sencilla, una mesita de noche, un escritorio diminuto y un armario tan viejo como el mueble
antediluviano de la tienda.
Esa puerta de ah da a un bao le inform. Le traer algo de comer. Y muy importante: no
salga de esta habitacin hasta que pase la tormenta.
Seora Danson, le agradezco su hospitalidad, pero... he de reconocer que me est asustando. Todo
esto es muy extrao...
Lo s volvi a interrumpirle. Broken Mill es un lugar extrao, seor Sigly, pero si hace lo
que yo le digo y se queda aqu esta noche, maana podr coger su coche, marcharse lejos y olvidar que
alguna vez tuvo la desgracia de visitar este pueblo. Hgame caso y no sea estpido. La anciana seal
un gancho que colgaba de la puerta y un aro de metal atornillado al quicio. Eche el pestillo, y no abra a
nadie que no sea yo. Dar cinco golpes, espaciados un segundo uno de otro. Entendido?
Entendido, pero... y el puente?
No piense en eso ahora. Tan solo siga mis instrucciones y no le pasar nada.
La seora Danson cerr la puerta a sus espaldas, dejndole solo en la habitacin. Esper el sonido
de una llave al otro lado de la puerta, pero no oy nada. Ni siquiera haba cerradura, tan solo el
rudimentario pestillo. Jules lo ech. Al menos era l quin se encerraba a s mismo y no al contrario. De
todos modos, la puerta y el gancho no tenan pinta de aguantar la carga de un cro enclenque de diez aos.
Por qu querra mantenerle oculto en la habitacin? Qu pasaba en Broken Mill?
Jules abri la maleta y rebusc entre la ropa hasta encontrar lo que buscaba: unos prismticos
Omega de 16 50 aumentos. Sola llevarlos en la maleta para observar pjaros durante el poco tiempo
libre que le dejaba la venta puerta a puerta. Rara vez los sacaba de su estuche, pero hoy dio gracias al
Cielo por tenerlos. Quit las tapas opacas de plstico que protegan las lentes y descorri las cortinas
para espiar la calle. Ni siquiera intent abrir las ventanas. Ote el cielo y se encontr con la tormenta
acercndose a pasos lentos al pueblo. Definitivamente, no era normal. Sera algn experimento del
Gobierno? Al menos, bajo el techo de la seora Danson se encontraba a resguardo de la furia elctrica y
del aguacero que pronto se desatara sobre Broken Mill. Adems, el pestillo le proporcionaba una
ridcula sensacin de seguridad. Mir a travs de los binoculares y barri la calle con ellos, girando la
ruedecita de enfoque. Su ojeada se detuvo en la iglesia. Era una construccin de madera, grande y
cochambrosa, tal vez la peor cuidada de toda la calle. Acerc un poco el zoom y vio algo que llam su
atencin: justo enfrente del templo, haba un poste con una argolla de hierro a la altura de las manos.
Pareca puesto ah para azotar a un reo.
Entonces, empez a llover.
Las primeras gotas tmidas dieron paso, en cuestin de segundos, a un aguacero furioso. Con los
prismticos colgando del cuello, Jules recorri la calle con la vista. No haca viento, y el agua caa a
plomo sobre la calzada y los coches. El celeste mortecino de su Chevelle se revitaliz bajo el brillo de
la lluvia. Divis varios pararrayos en los tejados ms altos. Al menos, estaba protegido de la mala leche
de la tormenta, que por ahora no haba empezado a disparar rayos a diestro y siniestro. Al amparo de la
habitacin, le pareca ridculo el terror cerval que haba sentido ante la salva que convirti el puente en
una ruina humeante. Casualidad. Ninguna tormenta, por muy perfecta que sea, dirige su furia a voluntad.
Mir su reloj: las tres y media de la tarde. El tiempo haba pasado deprisa. Mucho ms de lo que
haba calculado. El primer golpe de los cinco le hizo dar un salto en la cama. Levant el pestillo y se
encontr con la seora Danson sosteniendo una bandeja con un plato que serva de lecho a un sndwich
fro de pollo, un paquete de galletas, una manzana roja digna de Blancanieves, una jarra a rebosar de
agua y un termo cerrado que contena caf recin hecho. Jules se apresur a aliviar de la carga a su
anfitriona:
Muchas gracias, seora Danson. Coloc la bandeja en el escritorio y se volvi hacia ella.
Espero que me permita pagarle esto...
No diga tonteras. En ese momento, algo en el brillo de los ojos hundidos de la seora Danson
pareci mutar de una tensin constante a un resplandor clido. No me pregunte por qu, pero usted me
ha hecho acordarme de mi hijo Marcus. Disculpe mis modales... no solemos recibir visitas en Broken
Mill, y menos en un da como hoy.
No se preocupe. As que le recuerdo a su hijo Marcus. Vive fuera del pueblo?
Muri hace mucho tiempo le cort ella. Hoy tendra ms o menos su edad.
Lo lamento.
Tuvo mala suerte. La seora Danson pareca hablar ms para s misma que para Jules. Ese
ao le toc...
Qu le toc?
La anciana pareci despertar de un trance y neg con la cabeza. Por primera vez, se prodig en una
sonrisa que, para sorpresa de Jules, dulcific su rostro hasta convertirlo en el de la abuela entraable que
sera si cambiara su expresin de mala baba por la bondad inherente a la vejez:
Ahora no viene al caso. Coma algo y duerma. Maana la tormenta habr pasado y podr seguir su
camino.
Jules iba a preguntarle cmo podra salir del pueblo con el puente destrozado, pero l mismo se
contest la cuestin: seguramente habra otra carretera que unira Broken Mill con la principal. Qu
idiota haba sido! Pues claro! Mucho ms tranquilo, despidi a la seora Danson no sin antes
agradecerle una vez ms sus atenciones. Los modales de la anciana estaban tejidos con alambre de pas,
pero su fondo era hasta entraable.
Afuera, el primer trueno son a lo lejos. El aguacero no amainaba, y Jules, despus de comerse el
sndwich y la manzana, se tumb sobre la colcha y se dej vencer por el sueo.
Para su sorpresa, no so nada.

Un trueno ms fuerte de lo normal le arranc de los brazos de Morfeo. Abri los ojos y se descubri
envuelto en la oscuridad de la noche. Tan solo el alumbrado de la calle rasgaba las tinieblas del cuarto
donde haba pasado la tarde.
Busc a tientas el interruptor de la lmpara de la mesita y lo encontr a mitad del cable. La luz de la
bombilla le ceg durante unos instantes. Tena la boca seca, y se sirvi un vaso de agua de la jarra que
reposaba en la bandeja. Mientras lo haca, sus ojos viajaron de manera inconsciente hasta la calle y
entonces descubri algo que casi provoc que se le derramara el agua.
No me lo puedo creer murmur, al ver cmo un gran nmero de personas se aglomeraba junto a
la iglesia, que abra sus puertas derramando una luz amarillenta que rasgaba la noche pasada por agua.
Dej el vaso en la bandeja y cogi sus binoculares. La gente cruzaba las puertas del templo, y
algunos parecan apremiar a los ms rezagados. Lo sospechaba: una comunidad de fanticos religiosos
presta a rezar a gritos al Seor para que apartara la tormenta del pueblo. Razn no les faltaba: los
cultivos estaran sufriendo horrores bajo una lluvia tan gruesa, y la supersticin siempre ha sido el clavo
ardiendo al que se agarran quienes dependen de la Madre Naturaleza para sobrevivir. Entonces distingui
la silueta delgada y menuda de Mildred Danson. Como si un mecanismo interno le hubiera avisado de que
estaba siendo vigilada, la anciana gir la cabeza. En el crculo de visin aumentada del binocular, los
ojos como simas parecieron advertirle una vez ms: qudese ah, y ni se le ocurra moverse.
Jules se ocult y apag la luz, como si le hubieran pillado espiando a la mujer del vecino en la
ducha. Protegido por la oscuridad, volvi a la ventana, como un francotirador, conteniendo la respiracin
aunque no hubiera nadie a cien metros a la redonda para orle. Consult su reloj: las diez menos cinco de
la noche. Pues s que haba dormido.
El trfico de personas decreci hasta que la calle qued tan desierta como lo haba estado por la
maana. Jules sigui observando la puerta de la iglesia, ahora cerrada, que alojaba en su interior a los
ms de quinientos habitantes de Broken Mill. Se pregunt si quedara alguien en casa. Un relmpago
blanque la noche. La tormenta segua sobre el pueblo sin moverse. Un rayo golpe el pararrayos de un
edificio cercano, de forma mucho ms discreta que los que haban destruido el puente. El trueno, en
cambio, fue aterrador. Era como si la tormenta se entretuviese descargando su exceso de ira mientras se
preparaba para algo mayor. Las agujas del reloj de pulsera de Jules marcaron las once y, justo en ese
momento, las puertas de la iglesia se abrieron para vomitar a un grupo de personas que avanzaba a
trompicones.
Asustado, Jules enfoc los Omega hasta centrar la visin en el grupo que acababa de abandonar la
Casa de Dios como el apndice furioso de una bestia multiforme. A golpe de ruedecilla, las lentes
dibujaron con una nitidez espantosa una escena que puso los pelos de punta al vendedor.
Unos hombres empujaban a una joven hacia el poste que haba frente a la iglesia. Los binoculares
comenzaron a temblar en las manos de Jules. A pesar de haber poca luz, pudo calcular la edad de la
chica. Por todos los santos, no tendra ms de diecisis aos. Dese tener un cargamento de
ametralladoras Thompson en lugar del arsenal de Dual Sanitronic 80 que dorma en el compartimento de
carga del Chevelle "El Camino". Haciendo de tripas corazn, sigui contemplando aquella
representacin tenebrosa alumbrada por linternas huidizas. No haba transcurrido un minuto cuando la
avanzadilla que haba surgido de la iglesia se repleg tras sus puertas, dejando a la chica sola, atada al
palo, como el Hijo de Dios a punto de ser flagelado. Ni siquiera llevaba impermeable, y la lluvia
empapaba su vestido. La pobre cra debera estar helndose. Pero, por qu la haban dejado all, a la
intemperie, a merced de la tormenta?
A merced de la tormenta o a merced de algo ms?
El corazn de Jules Sigly comenz a redoblar en su pecho, hacindole la base rtmica a la voz de su
conciencia, que interpretaba a gritos el tema Ten huevos y ayuda a la chica. Entonces tom una
decisin: guard las pocas cosas que haba sacado en su maleta, se puso la gabardina y empu el
paraguas del revs, como si fuera una porra; se acercara a la iglesia con el coche, liberara a la joven y
escaparan los dos de ese pueblo de locos. Seguro que ella conoca la otra salida de Broken Mill, la que
no pasaba por el puente.
Se encontr con la puerta del Imperio de Mildred cerrada con llave, pero no escatim en destrozos.
En un almacn como aquel, repleto de herramientas, no tard en encontrar un hacha. Cojonudo: ahora
tena un arma. Tambin se meti en la parte trasera del pantaln unas tijeras de podar. Le serviran para
desatar a la joven. Si usaba el hacha en la oscuridad, con los nervios que gastaba, sera un milagro que no
la mutilara sin querer. En cuanto acab con la puerta de Mildred's Empire, sali al exterior,
sumergindose en el aguacero implacable que haba convertido las zonas carentes de asfalto de la calle
en unos charcos barrosos que asemejaban fosas de alquitrn. Abri el compartimento de carga y guard
la maleta y el paraguas; luego se puso al volante y gir la llave de contacto. El Chevelle arranc a la
primera.
No encendi las luces para llamar la atencin lo menos posible. Avanz despacio por la calle,
iluminado de vez en cuando por los relmpagos que convertan el negro en blanco e impriman en su
retina una herida de luz anaranjada. La iluminacin de la calle era tan tenue que pareca agonizar bajo la
fuerza de la tormenta. Jules solo encendi los faros cuando estuvo cerca del poste. All vio a la joven,
que levant la cabeza, sobresaltada al ser baada con las largas. Era evidente que el constante aguacero y
el estruendo intermitente de los truenos haban enmascarado el sonido del motor, tomando a la joven por
sorpresa. Jules se baj del coche con las tijeras de podar en ristre, y la expresin de horror de la chica se
amplific.
No te asustes! grit Jules a travs de la lluvia. Vengo a ayudarte!
De cerca pareca an ms cra de lo que aparentaba a travs de los prismticos. Su cabello, corto y
empapado, chorreaba sobre su rostro de piel blanca, dejando entrever unos ojos azules agrandados por el
miedo y una naricilla goteante. Aquella panda de malnacidos haba usado cinta americana para
inmovilizar a la nia al poste. Alumbrado por los faros del automvil, Jules cort de un tajo sus ataduras.
Por suerte para l, la iglesia no tena ventanas delanteras, por lo que nadie pudo ver el rescate
improvisado de Kirbyman. Solo le faltaba tener que enfrentarse a un pueblo cabreado con unas putas
tijeras. Una vez libre, la chica se qued de pie, junto al poste, con la cabeza gacha.
Venga, sube al coche! le inst Jules, tirando de ella por la mueca. La joven, para su sorpresa,
se resisti.
Quin eres? le pregunt esta, sin levantar la vista del suelo.
Joder, soy quien te acaba de salvar de Dios sabe qu gru l, indignado. Me llamo Jules
Sigly, y ahora, largumonos de aqu. Si se enteran de que te he liberado estamos perdidos los dos.
No lo entiendes... los nios...
Qu nios?
Los nios del molino. Ellos castigarn al pueblo entero si me voy.
Pero qu cojones ests diciendo?
Los nios repiti ella; el agua disimulaba sus lgrimas de miedo, pero el temblor en su voz
delataba el llanto. Ellos vendrn y acabarn con todos.
Pues que les den mucho por el culo, encanto. Vamos, dentro!
Jules tir de ella con fuerza y la oblig a entrar en el coche. La resistencia inicial pareci sucumbir
ante la decisin del vendedor de aspiradoras, como si la chavala se lo hubiera pensado mejor. Jules
cogi el hacha y la apoy junto a la puerta, lejos del alcance de ella. Tampoco se fiaba demasiado de la
nia: si todo el pueblo estaba loco, ella podra estar igual de zumbada que los dems. Meti marcha atrs
y se separ unos metros de la fachada de la iglesia, que pareca dedicarles una mirada de reprobacin.
Conoces una salida del pueblo distinta a la carretera que atraviesa el puente?
No hay otra salida le inform ella, con la vista clavada en sus pies. Solo hay dos carreteras
que salen del pueblo: la que va a la general y la que va a las ruinas del molino.
No podemos ir por la del puente. Un rayo lo ech abajo esta maana.
Pues entonces estamos encerrados musit ella, jugueteando con el charco que se haba formado
a sus pies, en el suelo del coche.
Dnde est la carretera que va al molino? Tal vez podamos abandonar el pueblo campo a
travs...
Est por ah dijo ella, sealando una calle a la izquierda de la iglesia, pero hagamos lo que
hagamos nos cogern. Ya estamos muertos.
Eso lo veremos.
Jules no se lo pens dos veces. Aceler el Chevrolet y circul por una calle perpendicular a la
principal. Dos rayos seguidos cayeron a ambos lados de la carretera, provocando que la chica soltara un
gritito. Los truenos fueron ensordecedores, pero a estas alturas, a Jules le daban igual. Quera largarse de
all a toda costa, aunque fuera conduciendo entre los rboles o dando vueltas de campana por un
terrapln. Ahora no haba nada que ansiara ms que sentir bajo las ruedas los baches de la carretera
comarcal. No debera haberla abandonado jams.
Vas hacia el molino? le pregunt la joven, deslizando sus iris azules en una mirada de reojo.
Voy a buscar algn hueco por donde escapar de este maldito pueblo. Cmo te llamas?
Amy.
Por qu te ataron a ese poste y te dejaron bajo la lluvia?
Los nios tenan que llevarme con ellos. Este ao me toc a m.
Qu nios?
Los nios del molino.
A ambos lados del Chevrolet, las casas se distanciaban unas de otras, aliviando la pista embarrada
que era la carretera de su fantasmal presencia. El alumbrado tambin fue quedando atrs, y ahora solo los
faros del coche rasgaban la cortina de agua que caa sin piedad sobre los campos que rodeaban Broken
Mill. Jules segua sin entender nada:
Quines son esos nios del molino, Amy?
Ocurri hace mucho tiempo, mucho antes de que yo naciera, en el viejo molino que da nombre a
Broken Mill, antes de la guerra. La culpa de todo la tuvo Magda Roberts, una maestra que vino a hacerse
cargo de la escuela del pueblo.
Los nios juraban que estaba loca: les castigaba sin motivo y les azotaba sin piedad. Denunciaron
su comportamiento a los padres, pero estos aprobaban la dureza de sus mtodos. Eran otros tiempos...
Jules trataba de permanecer atento a la carretera mientras escuchaba cmo Amy desgranaba el relato
de lo que pareca ser una leyenda pueblerina en toda regla. Un rayo pulveriz un rbol a unos cincuenta
metros a su derecha. De nuevo, tuvo la sensacin de que la tormenta jugaba con l.
Una tarde se llev a todos los nios de excursin al molino, a pesar de que amenazaba tormenta
prosigui Amy. Los haba de todas las edades, desde cros de cinco aos hasta adolescentes de mi
edad. Ya sabe cmo eran esos colegios antiguos de pueblo. Cuando empez a llover, ella no hizo caso a
los lloros de los ms pequeos ni a las advertencias de los mayores. Los encerr a todos en el molino en
ruinas, a pesar de lo peligroso que era. Sostena que a los alumnos haba que educarlos con sufrimiento,
para que de mayores pudieran hacer frente a las calamidades de la vida.
Cay un rayo en el molino y prendi fuego al tejado. Este se derrumb sobre los cros. Los que no
murieron aplastados, fueron pasto de las llamas. Desde entonces, cada ao, los nios del molino exigen
un sacrificio a los descendientes de quienes desoyeron sus ruegos y les dejaron a merced de Magda
Roberts.
Y este ao te ha tocado a ti?
S. Tuve mala suerte al sacar mi nmero.
Cmo era posible que un pueblo entero creyera a pies juntillas en una leyenda tan absurda como
aquella? No haba un sheriff que pusiera fin a tal locura? Nadie con dos dedos de frente, de los
quinientos y pico que rezaba el cartel?
Conoces a la seora Danson?
S.
Su hijo...
Se lo llevaron los nios, aos antes de nacer yo dijo Amy. Pronto llegaremos al molino, y
all nos cogern llorique, resignada.
Jules redujo la velocidad y escudri el terreno a travs del parabrisas chorreante. Estaba en medio
de un pequeo valle entre colinas infestadas de rboles que no dejaban hueco para el coche. Gir el
volante y maniobr un poco a la izquierda. Sobre un cerro cercano, un relmpago dibuj la siniestra
silueta del molino, el origen de los males de Broken Mill. Amy se engurru en el asiento y ocult la
cabeza entre los brazos. Jules no se lo reproch. Si no fuera porque su instinto de supervivencia le
mantena activo y alerta, a l tambin le habra gustado encogerse y hacerse pequeo hasta desaparecer
del mapa. Si exista un marcador para medir las revoluciones del miedo, el suyo haba invadido la zona
roja haca rato.
Entonces los vio. Etreos, casi transparentes, con un tono gris azulado que brillaba con cada
relmpago. Parecan estar hechos de humo, un humo que a cada segundo que pasaba se tornaba ms
espeso, amenazando con solidificarse en una masa de puro horror. Lo peor eran sus ojos: brillaban como
bombillas anaranjadas. Se aproximaban sin andar, a modo de niebla espectral de brazos alargados y
garras afiladas como estiletes. No tuvo la sangre fra de contarlos, pero formaban un grupo heterogneo
de al menos una treintena. A travs del parabrisas, parecan un ejrcito de las tinieblas.
Los nios del molino.
Jules tuvo que respirar hondo dos veces para no desmayarse. El infarto. As es como viene: de
repente te quedas sin aire y la vida se te escapa por los poros y los ojos pugnan por huir de tu crneo.
Aquello no poda estar pasando. El caonazo de un trueno le hizo reaccionar y meter la marcha atrs.
Pis el acelerador ms de la cuenta, y el barro sali disparado por aspersin. Golpe un rbol con el
enorme compartimento de carga del Chevelle y maniobr como un loco para regresar al pueblo. Los
nios, cada vez ms definidos, se arremolinaban alrededor del automvil, proyectando unas manos
fantasmales y abriendo sus bocas en una mueca sin dientes.
Agrrate! le grit Jules a Amy, que se enroscaba en el asiento del copiloto como una
cochinilla.
El coche atraves la masa de espectros como si estos no fueran ms que un espejismo. Un alarido
estridente reson por encima del fragor de la tormenta, y la nube de aparecidos pareci adherirse a la
trasera del coche y viajar en su estela. Jules poda verlos por el retrovisor, tanto sus siluetas grisceas
como sus ojos incandescentes. Por mucho que aceler, no pudo dejarlos atrs. De algn modo, se haban
agarrado al Chevrolet, si es que eso era posible. Por suerte para Amy, esta segua encerrada en su refugio
imaginario.
Las luces de Broken Mill aparecieron en la lejana. Jules no saba qu era peor, si regresar a aquel
pueblo infernal donde poda pasar cualquier cosa o detener el coche, abrir la puerta y que todo acabara
de una vez. Tena la impresin de que los nios espectrales estaban jugando con l, como lo haban hecho
los rayos de aquella tormenta que ahora saba no era natural. Estaba siendo perseguido por almas en
pena, y hasta ayer su nica preocupacin haba consistido en no poder vender tres putas aspiradoras. Sin
dejar de luchar por mantener el coche dentro de la calzada, Jules solt una risa histrica. En qu mala
hora tom aquel desvo!
De nuevo circulaba por las calles del pueblo, con una cola de cometa hecha de fantasmas que de vez
en cuando proferan alaridos inhumanos. Entonces divis la iglesia a su izquierda. Segua con las puertas
cerradas. En un momento de desesperacin, pens en embestirlas con el Chevrolet y dejar a todo el
pueblo a merced de aquella ameba de muertos vivientes. Pero entonces sucedi algo que le tom por
sorpresa.
El Chevrolet se elev del suelo, sostenido por decenas de manos neblinosas que izaban el automvil
hacia el cielo. Las caras de los nios del molino se hicieron ms reales a travs de los cristales, pero no
por ello menos horripilantes. Sus ojos de fuego se clavaban en Jules, que notaba cmo las ruedas giraban
sin asfalto del que tomar impulso. El motor se apag, y las luces del coche agonizaron hasta morir. El
pueblo giraba a su alrededor, porque los nios estaban jugando.
Jugaban con l, dndole vueltas al Chevelle como si fuera una peonza a tres metros del suelo. Y sin
poderlo remediar, Jules Sigly perdi el conocimiento.

En el interior de la iglesia, todos rezaban en silencio. Estaba a rebosar de gente. No faltaba nadie
del pueblo. Eran pocos los nios que se contaban entre sus habitantes. La gente de Broken Mill prefera
no tener descendencia a jugrsela en la lotera de la muerte anual. Los padres de Amy lloraban
desconsolados junto al altar, oyendo las palabras de nimo que el reverendo Masden les prodigaba. Al
menos tenan la seguridad de que Jonathan, el menor, estara fuera de la lotera. Eran las reglas: un hijo
por familia. Los habitantes del pueblo oraban al Seor: unos por el alma de Amy, otros para aplacar la
clera de los nios del molino.
Entonces se oy el alarido de los espectros. Un coro de chillidos infernales que hizo que todo el
mundo abandonara su recogimiento y mirara alrededor con expresiones de terror dibujadas en sus
rostros.
Qu ha sido eso? pregunt alguien a voz en grito.
Mildred Danson se levant del reclinatorio. Sus rodillas aguijoneadas por la artritis le dolan a
rabiar despus de un buen rato hablando con esa nada que ella identificaba con Dios. Supo
inmediatamente cul era la causa del alboroto: su invitado. Algo haba hecho para enfurecer a los nios
del molino. No se atrevi a decir nada. Estaba cerca de la puerta, donde los ms curiosos y los ms
valientes se agolpaban para escuchar lo que pasaba fuera.
Estn ah dijo el seor Robertson, el carnicero que regentaba su establecimiento desde 1947,
en la calle paralela a la principal. Nunca han hecho tanto ruido. No es como las otras veces. Algo raro
pasa...
Estn gritando dijo una voz enmascarada por la multitud que se aglomeraba junto a la puerta.
Sin embargo no se oye a Amy coment el seor Robertson, con la oreja pegada a la madera.
Recemos! grit alguien. Recemos y nada nos pasar!
Mildred se acerc a la puerta y apart con decisin al carnicero. Cuando la anciana puso sus manos
en los cerrojos, este se la qued mirando, extraado. En ese momento, ella lo tuvo muy claro. Haba
perdido a su hijo, y muchos otros como ella haban permitido durante dcadas que aquellos engendros del
demonio, sedientos de venganza, azotaran Broken Mill. No tena nada que perder, tan solo los pocos aos
de vida que le quedaban, asfixiada por noches en vela rebosantes de remordimiento y pesadillas. A la
mierda las quinientas almas del pueblo. El azar haba trado a un forastero inocente a Broken Mill, y
probablemente estara enfrentndose al mal que todos teman por ayudar a una nia desconocida. La gente
grit al unsono cuando abri las puertas de par en par, revelando la escena que se desarrollaba frente a
la iglesia.
El Chevrolet giraba en el aire a la velocidad de una atraccin de feria. Una masa que recordaba a
una torre hecha de cuerpos retorcidos pareca jugar con l. El aire ola a ozono y a muerte a partes
iguales. La anciana dio dos pasos al frente y sali a la intemperie, donde el agua y la niebla mortecina la
empaparon. Detrs de ella se oy un golpe sordo.
Sus paisanos haban cerrado la puerta, dejndola sola ante el peligro.
Mildred ni siquiera mir hacia atrs. Sigui caminando hacia aquella masa fantasmagrica que eran
los nios del molino. Su cabello, recogido en un moo, se solt, liberando una melena blanca que no
tard en transformarse en mechones mojados. Con sus ojos hundidos entrecerrados, luchando por no ser
cegada por la lluvia, la anciana se dirigi a ellos a gritos. Pero no a todos en general, sino a uno en
particular:
Marcus! Marcus Danson, s que ests ah!
El coche se detuvo en seco, y todos los ojos gneos de los espectros se clavaron en la silueta
empapada de la vieja seora Danson. Tal como se haba elevado, el Chevrolet fue bajado por la neblina
multiforme hasta tocar el suelo. Ahora, la torre humanoide se despleg en una multitud de nios etreos.
Era una visin aterradora, pero Mildred no se amilan:
Marcus! No me reconoces? Soy mam...
Una de las siluetas ms altas brot de la masa, despegndose de ella lentamente, quedando
conectada por unos hilillos evanescentes de humo azulado que acabaron por rasgarse. Sus ojos eran tan
candentes como los de sus compaeros. Aquel espectro de otro mundo flot hasta estar a medio metro de
la anciana.
Marcus le salud ella, intentando tocar con sus dedos la protuberancia neblinosa donde debera
haber estado la mejilla de su hijo; sus lgrimas saladas se mezclaron con el agua de lluvia. Marcus,
perdname. Debimos detener esto antes...
Un agujero negro del tamao de las puertas del infierno se abri en el rostro de Marcus, lanzando un
aullido que hizo que todas las ventanas de la calle principal estallaran en mil pedazos. Las luces de las
farolas reventaron, as como los cristales del Chevrolet Chevelle de Jules Sigly. Mildred Danson cay de
espaldas sobre la escalera mojada, sumida en una oscuridad tan solo violada por el resplandor de los
relmpagos. Los alaridos de los otros nios se unieron al de Marcus, y el cielo pareci abrirse en un mar
de electricidad. Rayos azules comenzaron a golpear la iglesia, haciendo saltar trozos de tejado e
incendiando las vigas de madera. El clamor de los vivos se uni al de los muertos cuando el edificio
empez a arder.
Y por el hueco del tejado destruido por la tormenta, los nios del molino irrumpieron en la iglesia.
Nadie fue capaz de correr los cerrojos de las puertas. Parecan soldados a fuego. El agua de lluvia se
apartaba de las llamas para no estorbar su trabajo. Muy pronto, el hedor a carne quemada rein en
Broken Mill.
Mientras tanto, afuera, tan solo qued el Chevrolet Chevelle. Tanto Jules como Amy permanecan
sin conocimiento. Cuando los gritos de los quinientos veinte habitantes actuales de Broken Mill dejaron
paso al silencio de la muerte, los nios del molino salieron al exterior, dejando que la iglesia ardiera
hasta sus cimientos.
Lentamente, los espectros rodearon el coche.
La luz del sol despert a Jules Sigly de su sueo. Estaba repantigado en el asiento del conductor, y
le dola la espalda como si hubiera estado los ltimos dos aos de su vida cargando sacos de cemento.
Dio un respingo al recordar los acontecimientos de la noche anterior y mir a su derecha: Amy segua
hecha un ovillo en el asiento del copiloto. Sinti fro, y era normal: no quedaba un cristal sano en el
Chevelle. Mene un poco a la cra, que protest en sueos. Suspir aliviado. Estaba viva. Lo primero
que hizo fue salir del coche para quitarse la gabardina y abrigar con ella a la nia. Enseguida descubri
que no estaba en la calle principal de Broken Mill, sino en un lugar fcil de reconocer:
Qu demonios...
Estaba al otro lado del puente, a unos quince metros de la ruina requemada en la que la tormenta lo
haba convertido. Sin dejar de mirarlo, tap a Amy con la gabardina y abri el compartimento de carga
del coche. De su maleta sac su abrigo de repuesto, sin dejar de vigilar el esqueleto del puente. Se
acerc unos metros y vio la estructura daada. Ni una tabla sana. Sin embargo, su coche estaba al otro
lado.
Sin perder un segundo ms, se sent al volante y gir la llave. El Chevelle se port bien y arranc a
la primera. Con parsimonia, sin prisas, sac su dedo corazn por la ventanilla rota y pis el acelerador.
Comparado con Broken Mill, Prineville le parecera el Paraso. Qu cojones... cualquier lugar de la
Tierra sera mejor que Broken Mill.
Al tomar la carretera principal, Jules Sigly no vio el cartel oxidado que anunciaba la llegada al
pueblo. Si hubiera echado un vistazo por el retrovisor, se habra dado cuenta de que haba cambiado.
Ahora rezaba: "Broken Mill, 6 millas, 1 habitante".

Mildred Danson se haba dado un bao reconfortante en su casa a media maana. Tosa un poco,
pero saldra de esta. Era enjuta pero fuerte, y pasar unas horas a la intemperie, bajo la lluvia, no la iba a
matar.
Se visti, se sent en el porche y se puso a tejer. Era una labor que tena abandonada desde haca
tiempo: una bufanda para su hijo Marcus. Hoy haba decidido retomarla. Teji hasta el atardecer, con la
tranquilidad de que ya no tendra que atender su negocio nunca ms.
La enorme pira funeraria en que se haba convertido la iglesia segua humeando como si nunca fuera
a dejar de hacerlo. Las tinieblas cayeron sobre el pueblo, y la oscuridad, sin alumbrado pblico, fue
total. Una vez que la negrura se impuso en la calle principal, un susurro mortecino vibr en la noche.
Lentamente, una fosforescencia espectral asom al final de la calle, moteada de puntos de luz anaranjada.
Venid conmigo, nios... venid. Marcus, ven con mam. Mira lo que tengo para ti.
Y las siluetas de los nios del molino rodearon a la seora Danson, como si se sentaran a su
alrededor. Ella les mir con sus ojos hundidos, y una lgrima se desliz por los canales de sus arrugas.
Os quiero. Os quiero a todos...
Rodeada de fantasmas, Mildred Danson se sinti feliz por primera vez en muchos aos.
LOXSCELES LAETA
MI VIDA CAMBI EL 12 de abril de 2004. Ese da fui incapaz de controlar la moto que conduca.
Celebraba mi doctorado en qumica y me pas con las caipirinhas. Todos mis sueos quedaron
estampados en aquella carretera secundaria de mi Ro de Janeiro natal, junto al alma de mi columna
vertebral y mi autosuficiencia. Mi estado se resume ahora en dos palabras: parlisis total.
Me comunico con mi familia como un espritu: un parpadeo es s, dos significan no. La espina dorsal
hecha aicos me impide mover las extremidades, hablar o comer. Mi lengua se mueve lo justo para colgar
a un lado de mi boca, componiendo una caricatura de m mismo que provoca pena y risa al mismo
tiempo. Como parte integrante de mis treinta y cinco kilos de anatoma menguada, estn los paales
pestilentes y la sonda nasogstrica por la que me meten los purs a fuerza de mbolo. Me he convertido
en una carga para mi familia, en un lastre molesto que malvive a cmara lenta.
Pero as y todo quiero vivir. Hay algo en m que an se aferra a la vida. He aprendido a apreciar la
msica, los programas de televisin, las pelculas de vdeo, las visitas de mis amigos aunque sean por
compasin, los escasos mimos que recibo de mi madre y mis hermanas, que en el fondo sospecho que
desean mi muerte.
Una muerte que acabo de vislumbrar por el rabillo del ojo. Una muerte diminuta, de unos tres
centmetros de envergadura. La identifico enseguida, porque siempre la he temido. Su caminar veloz y
elctrico me produca escalofros cuando mi columna vertebral funcionaba. Ahora solo me produce
miedo. Est en la pared, a unos dos metros de mi cama una de esas que se incorporan mediante un
mando a distancia y te permiten estar sentado para ver la tele o mirar el paisaje esttico de la ventana.
Es una araa de rincn, tambin conocida como araa reclusa marrn; o ms tcnicamente, loxsceles
laeta. Un arcnido rpido como el demonio, capaz de alcanzar los quince kilmetros por hora, que en
proporcin a su diminuto tamao es una velocidad supersnica. Un bicho que salta como si tuviera
muelles en las patas y posee un veneno mortal. Me pregunto qu sucedera si me mordiera. Mis treinta y
cinco kilos de hueso y piel macilenta le duraran un suspiro a esa neurotoxina que produce una necrosis
instantnea alrededor de la picadura.
Entonces salta.
Est encima de mi cama, con sus ocho patas crispadas sobre el cubrecama de color blanco hospital.
Ya hace rato que no presto atencin a las palabras de Tyrion Lannister en el captulo de Juego de Tronos
que ilumina la pantalla de mi televisor. Presiento que sus seis ojos estn fijos en los mos, que la vigilan
deseando con todas mis fuerzas que se vaya. Comienza a venir hacia m. Hace calor, y solo me mantienen
tapado hasta el plexo solar por una sbana ligera; tengo el pecho y los hombros desnudos. Si traspasa la
frontera de tela blanca, voy a gritar. A gritar? Ojal pudiera! Mis cuerdas vocales no son capaces de
articular ni una slaba.
El pequeo monstruo prosigue su paseo hasta llegar a mi pecho. No s si soy capaz de sentir sus
patas o no, pero mi cerebro procesa una especie de ilusin que hace que note unas uas imaginarias
araando mi piel. A cada paso de sus ocho extremidades de pesadilla me invento un dolor de quemadura
de cigarrillo. Mi corazn se dispara y el aire comienza a brotar de mi garganta intentando componer un
grito que no surge. Quiero que mi madre venga. Quiero que me proteja. En ese momento, me doy cuenta
de lo que significa realmente la palabra indefensin.
Ahora trepa por mi cuello alargado, de jirafa, tenso y nervudo a causa de mi accidente. Si me pica
ahora, ser fatal. En pocos minutos se me har un agujero horrible en la zona afectada, una necrosis que
se transformar en un pozo putrefacto, una anafilaxia marca de la casa que se conoce por loxoscelismo.
Morir ms paralizado an de lo que me encuentro, y ese pensamiento me lleva al borde de una histeria
que no consigo manifestar.
Pero su caminata an no ha terminado.
Llega a mi cara, y yo soy incapaz de cerrar la cueva informe que es mi boca, cuyo habitante, otrora
hmedo y ahora reseco como un trozo de salazn, cuelga temblando lo justo para llamar la atencin de la
araa. Pero antes pasea por mi mejilla y se planta sobre mi ojo cerrado. La noto. La noto perfectamente y
casi la oigo respirar. Sus quelceros estn a menos de un milmetro de mi prpado que, respondiendo a un
demencial instinto de riesgo, se abre de par en par. Su forma arcnida eclipsa mi habitacin en toda su
grandeza de tan solo tres centmetros. En ese momento, es lo ms poderoso del universo: un monstruo
capaz de ocultar el mundo. Ahora solo existe l, o ella, porque no s si mi torturador es macho o hembra.
Y entonces salta a mi boca abierta.
La noto mientras explora la cavidad bucal con sus patas como zancos esculpidos de horror puro.
Pero no es solo ella lo que se mueve. Mi lengua, normalmente muerta, comienza a dar espasmos. Y
entonces noto el pinchazo.
Una asfixia lenta me atenaza por dentro, mientras imagino al monstruo clavndome sus dientes,
inyectando su ponzoa, alzando las dos patas delanteras en seal de triunfo. Pero s que an me quedan
minutos de agona. Unos minutos en los que siento que se avecina alguna cosa an peor.
Algo eclosiona en el interior de mi boca, y decenas, o tal vez cientos de pequeas rplicas del
monstruo que me ha condenado al descanso eterno convierten los ltimos instantes de mi vida en un
maremgnum de pnico. Noto cmo tratan de comer. Noto cmo la madre comienza a tejer su tela. Siento
que me he convertido en la nueva guarida del asesino mortal.
O mejor dicho, asesina.
Porque ahora s que mi loxsceles laeta no solo es hembra.
Tambin es madre.
Una madre que debe alimentar a su prole.
LUNA TOTAL
LAS ALARMAS SE DISPARAN A LA VEZ en el Centro Espacial Johnson de Houston, en el RKA de
Korolyov, Rusia, y en el resto de los controles de misin de la Estacin Espacial Internacional. La
tranquila noche texana se transforma en un concierto de pitidos electrnicos y luces centelleantes,
mientras todos los ingenieros se abalanzan contra sus monitores como si una fuerza invisible les pateara
la espalda con el embate de una coz.
Joder! exclama uno de los ingenieros brincando de su asiento. Se estn registrando daos
internos en la ISS! Cortes de energa en el mdulo Unity!
Ron Lawson, el ingeniero jefe, que esa noche est de un humor de perros a cuenta de una discusin
con su esposa, vuelca el vaso de papel que contena su caf al ponerse de pie y empieza a vociferar
rdenes con voz de trueno:
Qu pasa con las cmaras? Por qu no recibimos imgenes del interior de la estacin? Se
vuelve hacia otro de los encargados de los monitores, cuyo rostro se ha convertido en una alegora de la
tensin. Jonah, psame con los rusos, a ver si ellos saben qu cojones est sucediendo all arriba!
Anticipndose a la llamada, el telfono directo que conecta Houston con Korolyov cobra vida.
Lawson casi derriba a dos ingenieros en su camino al auricular. Justo cuando lo levanta, los telfonos de
Europa y Canad ululan al unsono. Se est liando una gorda.
Coged esos telfonos! brama Lawson, ponindose el aparato en la oreja; odia hablar con los
rusos. En ms de una ocasin, ha tenido que vrselas con algn gilipollas con resaca de la Guerra Fra.
Aqu Houston!
Una voz con acento ruso responde al otro lado de la lnea:
Aqu el comandante Dragunov! va al grano. Han programado algn simulacro de
emergencia sin comunicrnoslo?
Lawson se siente aliviado. Conoce al comandante Sergei Dragunov de alguna que otra reunin
mantenida en la sede Europea del proyecto. Por lo que sabe de l, es un tipo razonable y competente, muy
distinto a los vejestorios cabrones de la antigua Unin Sovitica, algunos de los cuales an pululan por la
Agencia Espacial Federal Rusa.
Hola, Sergei, soy Ron Lawson se identifica. No es ningn simulacro. Pens que habais sido
vosotros. Puede tratarse de un fallo general en el sistema? El ingeniero jefe se vuelve hacia la sala de
control. Qu pasa con las putas cmaras? Quiero ver cada mdulo de la estacin como si fuera la
casa de Gran Hermano!
No funcionan, seor anuncia alguien cercano a la pared repleta de monitores, y no es un fallo
elctrico. Son averas locales. O las han roto a cosa hecha, o han arrancado los cables de alimentacin.
La boca de Lawson forma una O del tamao de una pelota de tenis:
Cmo dice?
Otro ingeniero se levanta de su asiento para dar otra mala noticia:
Seor, estamos detectando nuevos daos en el interior del mdulo Destiny. Es como si estuvieran
destrozando la estacin desde dentro.
Ron. Sergei Dragunov tambin soporta un caos idntico en el centro de control ruso, con
ingenieros dando informes similares a los que recibe Lawson. Qu puede estar pasando? La nica
explicacin lgica a todo esto es que alguno de los astronautas se haya vuelto inestable.
Lawson pierde su mirada en las pantallas plagadas de mensajes de daos. Inestable, un buen
eufemismo para decir loco o psictico. Y si se trata de eso? Es una posibilidad dentro de los parmetros
establecidos: gran parte del entrenamiento de los astronautas tiene como objetivo no perder la chaveta en
el espacio. De hecho, muchos aspirantes son rechazados precisamente por razones psicolgicas. Cuando
el ingeniero jefe de Houston piensa que nada puede ir a peor, alguien le obsequia con una noticia an ms
grave:
Seor, acabamos de perder el contacto con la Estacin Espacial.

La criatura extrava la mirada en el pasillo interminable que forman las compuertas abiertas de los
mdulos Destiny, Unity, Zarya y Zvezda. Las luces del interior de la ISS, blancas a rabiar, comienzan a
parpadear hasta apagarse, dejando tan solo unos pilotos de emergencia que lo tien todo de un color rojo
que le recuerda a la sangre y la enfurece an ms. El zumbido eterno que reina en la atmsfera ingrvida
de la Estacin Espacial Internacional ha agonizado hasta morir. La poca visibilidad no es obstculo para
la abominacin, que flota como un monstruo de pesadilla y aguza el odo y abre las fosas nasales para
detectar a su siguiente vctima.
Ya se ha cobrado tres presas. Los restos del astronauta canadiense navegan a su lado rodeados de
las amebas rojas de su propia sangre. Una mano crispada, amputada de su brazo, surca el aire hasta
quedar enredada en una de las infinitas maraas de cables y correas que cuelgan de las paredes, suelos y
techos de la estacin. Porque donde no hay gravedad, ni arriba ni abajo, ni pies ni cabeza, todas las
superficies son suelo, pared y techo a la vez. Un ordenador porttil, arrancado de su soporte, choca
contra la criatura, y esta lo parte en dos, en un alarde de fuerza sobrehumana. Es un estropicio mudo; ni
un chisporroteo. El suministro elctrico se ha interrumpido en las mangueras seccionadas. Las paredes,
de lona plstica, han sido desgarradas con saa. Cuando el monstruo no encuentra seres vivos que
despedazar, enfoca su ira con lo que le rodea.
En el momento en que se dispone a impulsarse para avanzar por el pasillo, escucha un leve ruido a
su espalda. El chasquido habra pasado desapercibido para cualquier otro, pero para l tiene la
sonoridad de un trueno. Proviene del mdulo laboratorio Kibo, la aportacin japonesa al proyecto. La
criatura enfila proa hacia l, desplazndose como un tiburn por un agua hecha de aire.
Tuerce a lo que en ese momento equivale a su derecha y divisa a Hideo Tanaka tratando de
embutirse en uno de los trajes de astronauta. El cientfico japons sabe que es posible que muy pronto
falte el aire en la estacin y quiere araar unas horas ms de vida, aunque su miedo le hace sentirse ms
muerto que vivo. Entonces descubre la figura del asesino doblando la esquina que comunica el mdulo
Harmony con el Kibo. Es la primera vez en muchos aos que Tanaka entra en pnico. Con el traje
espacial a medio poner, sus manos se encuentran atascadas en las mangas, aunque si las hubiera tenido
libres tampoco habra supuesto una gran diferencia. El japons sabe que no tiene ninguna posibilidad
contra su atacante.
Dos segundos despus, la cabeza del cientfico flota en el mdulo Kibo, en mitad de una explosin
roja a cmara lenta.
El monstruo se asoma por un ojo de buey y contempla la Luna en todo su esplendor. Enorme, ha
convertido en propios los rayos solares y los emite con un brillo tan espectacular como sereno. Se ve
inmensa, pintada en infinidad de tonos grises, plasmada sobre un lienzo infinito plagado de estrellas.
Poco a poco, la Luna va quedando atrs. Pronto ser eclipsada por su madre, la Tierra. Conforme se
pierde de vista, la criatura abandona la escotilla y deambula por la Estacin Espacial hasta que cae en
una especie de letargo.
La Luna total la ha abandonado.

El doctor en medicina Frank Roberts se despierta en un recoveco del mdulo Zarya. Las luces rojas
le sorprenden al abrir los ojos. Sabe lo que eso significa: el suministro de energa se ha interrumpido, y
enseguida descubre por qu: mangueras de cables a su alrededor han sido arrancadas de cuajo; los
ordenadores han sido destrozados y las paredes forradas de lona plstica del complejo han sido
desgarradas como si hubieran soltado dentro a un tigre de bengala cabreado. Las pelotas del doctor
Roberts se contraen dentro de su mono espacial: si hay un escape de oxgeno, la cuenta atrs hacia la
muerte por asfixia ha empezado. Pero eso no es lo peor. El aliento le falta en la garganta cuando se topa,
flotando a la deriva, con el cuerpo descuartizado de uno de sus compaeros, rodeado de unas burbujas de
sangre perfectamente redondas, como canicas. Ms all descubre otro cuerpo ms, que no logra
identificar. Dos muertos de seis astronautas, y un silencio sepulcral en la Estacin.
Tiene ganas de ponerse a gritar, pero se reprime: lo primero que le viene a la mente es que alguno
de sus compaeros ha sufrido un brote psictico y ha diezmado a la tripulacin. Siente que le falta el
aliento y el miedo le pone en movimiento. En lo nico que piensa es en salir de esa ratonera.
Solo hay una va de escape: la lanzadera Soyuz. Debe ponerse un traje espacial, abrir la exclusa de
aire y entrar en ella. Una vez dentro, ha de contactar por radio con el control de Tierra y suplicar a gritos
que le lleven de vuelta a casa. Eso si consigue conectar la radio: es cientfico, no piloto, y sabe que los
malditos mandos de la nave estn en un cirlico que no entiende.
Encuentra su traje espacial encajado en un compartimento dentro del mdulo Destiny. Por suerte,
est intacto. Se mete dentro y comienza a accionar los cierres. Tiene prisa por largarse de all, y las
manos le tiemblan como si estuviera montado en una atraccin de feria. Se mete en un recoveco del
pasillo y se pega a la pared lo ms que puede: lo ltimo que desea es toparse con el asesino que se ha
ensaado con sus compaeros. En cuanto asegura su casco, avanza flotando hacia la zona rusa de la ISS,
donde le espera la lanzadera Soyuz. An no cierra el visor: quiere aprovechar el oxgeno del traje para
ms tarde, y mientras an quede aire en la ISS, ser ese el que respirar.
El doctor Roberts acciona la exclusa, para despus abrir el acceso a la Soyuz. Una vez dentro,
acerroja la escotilla. Ahora se siente un poco ms seguro. Si el asesino anda suelto, no podr entrar en la
nave de emergencia aunque le descubra. Otra cosa es que pueda sabotear la Soyuz desde fuera.
Como quien juega a una suerte de Buscaminas, pulsa interruptores rotulados en cirlico hasta que las
luces se encienden de pura casualidad. El habitculo de la Soyuz le parece ms estrecho que nunca, y ms
que una nave espacial se le antoja un atad. Solo piensa en volver a ver a su mujer y a sus hijas. Respira
justo como le decan que no tena que hacerlo cuando las reservas de aire son limitadas: jadea y se bebe
el aire a bocanadas, proyectando la mandbula inferior al hacerlo, como un animal herido y acosado.
Sentado frente a las palancas y controles de la lanzadera rusa, se pregunta si desde Tierra podrn
llevarle de vuelta a casa sin un piloto a bordo. La radio! Tiene que conectar la radio! Habrn saltado
las alarmas en Houston? Y si an no se han enterado de lo que est pasando en la ISS? Entonces, se
plantea una posibilidad que en realidad se le antoja una locura: y si algo que no es humano se ha colado
en el complejo desde el exterior? Sin poderlo remediar, es asaltado por las peores imgenes de la saga
Alien. Y para colmo le ha tocado interpretar el papel de Sigourney Weaver.
Intenta localizar el sistema de comunicaciones de la lanzadera, pero los nervios y el hecho de que
todos los controles y pantallas rusas le parezcan idnticas convierte esa tarea en un pasatiempo
imposible. Maldice por lo bajo esa austeridad, heredera de la Unin Sovitica. En ese momento, dara lo
que fuera porque Vladmir Dmtriev, el piloto ruso que le trajo a la Estacin hace tan solo dos das, haya
sobrevivido al ataque de lo que sea que ha acabado con la tripulacin. Si Dmtriev estuviera vivo, las
oportunidades de volver a abrazar a su familia se multiplicaran. Con este pensamiento en mente, acciona
un interruptor y una voz en ruso resuena dentro de su reino de claustrofobia. Sin saber si realmente va a
ser escuchado por alguien, el mdico se identifica:
Aqu el doctor Frank Roberts! Por Dios, hay alguien ah?!
Es el propio Sergei Dragunov quien le contesta en ingls:
Doctor Roberts, aqu Korolyov; Sergei Dragunov al habla. Puede informarnos de qu est
pasando ah arriba?
No lo s con exactitud, pero es algo malo. Muy malo insiste. Todo est destrozado, y he
encontrado dos cadveres flotando. A uno de ellos le faltaba un brazo puntualiza. Est todo lleno de
sangre... Es horrible.
Un brazo? La voz de Dragunov deja entrever sorpresa e incredulidad.
S, un brazo confirma el doctor. O alguien ha perdido el juicio y est descuartizando a la
tripulacin como en la matanza de Texas o algn tipo de criatura aliengena ha entrado en la Estacin.
Cuando pronuncia estas ltimas palabras, siente cierto reparo rayano en la vergenza, pero es lo que cree
y punto. Pueden sacarme de aqu? Si no lo hacen, voy a morir!
Sergei Dragunov se lo piensa, dndole vueltas a lo de la criatura aliengena. Descarta esa
posibilidad y la achaca al estado de nervios del doctor Roberts. La hiptesis del psicpata le parece
mucho ms slida. Una cosa tiene clara: no van a iniciar el protocolo de regreso automtico de la Soyuz
sin estar absolutamente seguros de que no queda nadie ms con vida en la ISS. Todas las miradas de los
ingenieros confluyen hacia l, y la losa de una responsabilidad mastodntica gravita a pocos centmetros
de su cabeza coronada de canas:
Podemos hacerlo, doctor, pero tenemos que efectuar algunas comprobaciones antes de tomar esa
decisin. No abandone la Soyuz bajo ningn concepto...
Eso tngalo por seguro le interrumpe el mdico, amagando una risa nerviosa.
Mantenga la calma y tranquilcese. Es el mejor consejo que se le ocurre en ese momento,
aunque suena al "no te va a doler" que suelta el mdico antes de perforarte el hgado para una biopsia.
No est solo.
En eso, Sergei Dragunov tiene toda la razn.
El doctor Frank Roberts no est solo.

Al otro lado de la estacin, dentro del mdulo americano Columbus, Vladmir Dmtriev se despierta
flotando. Se siente desorientado al abrir los ojos. Las luces rojas tien de pesadilla los estrechos pasillos
de la Estacin Espacial. Con el corazn a mil por hora, se pregunta qu demonios ha pasado. Es entonces
cuando descubre uno de los cadveres despedazados, y el miedo dispara todas las alarmas de su cerebro.
Reconoce, aterrado, el cuerpo sin vida de William Dickens, el piloto americano; el nico, adems de l,
capaz de pilotar la Soyuz de vuelta a casa. Es como si una bestia descomunal le hubiera abatido de un
certero zarpazo que ha arrancado carne y piel, dejando las costillas fracturadas al descubierto. Dmtriev
apenas puede respirar y, durante un breve lapso de tiempo, cree que va a sufrir un ataque al corazn.
Tanto entrenamiento para que el motor le reviente en el pecho, como a un sesentn obeso aficionado a la
vida sedentaria. Sin saberlo, llega a la misma conclusin que el doctor Roberts: o alguno de sus
compaeros ha sucumbido a la locura, o algo que no es humano ha entrado en la ISS. Porque lo que ha
perpetrado esa carnicera no puede ser humano. Un poco ms all de los restos del canadiense, salteados
por la sangre convertida en bolas, descubre una danza de brazos, manos, un pie con la zapatilla de
deporte an calzada...
Rehye esa visin, agarrndose y enredndose con los cables y tubos mutilados de los mdulos.
Desde donde est, observa que se han producido destrozos en el Harmony y en el Kibo. Al fondo del
laboratorio japons, reconoce a Tanaka, flotando como una marioneta con los hilos cortados. Tambin ha
cado. Dmtriev tiembla: lo que sea que lo ha matado ha tenido que estar muy cerca de l.
Con los sistemas principales de energa daados, Dmtriev ignora si seguir fluyendo oxgeno al
interior del complejo espacial por mucho tiempo ms. Tiene que escapar antes de que lo que ha acabado
con sus compaeros le encuentre a l. Durante un segundo, se le pasa por la cabeza gritar, por si quedaran
supervivientes. Si l sigue con vida, es posible que alguien ms haya podido ocultarse del peligro. Se lo
piensa mejor y descarta la idea: si el asesino le oye, est perdido.
Ahora solo piensa en regresar a la Tierra, a su casa de campo a pocos kilmetros del Cosmdromo
de Baikonur, en Kazajistn. All le espera su familia, y no puede fallarles. Le da un miedo atroz
abandonar el mduloColumbus, que sorprendentemente sigue intacto, como si la destruccin se hubiera
tomado una tregua con l. Un Shangri-la de metal, plstico y poliester intacto, impoluto, tan solo
maculado por la sangre que forma burbujas siniestras a su alrededor.
El tiempo corre en su contra. Si no le mata la falta de oxgeno, lo har el destripador de la ISS. Lo
primero es hacerse con un traje espacial; lo siguiente es largarse de all a bordo de la Soyuz. Y todo eso
ha de hacerlo sin que el psicpata, o el aliengena, o lo que sea que ha acabado con la tripulacin se d
cuenta. Y para ello tendr que atravesar el enorme corredor que forman los mdulos que le conectarn
con la zona rusa de la Estacin.
Avanza hacia el mdulo funcional Zarya, donde le espera su traje espacial. Durante el trayecto, a
gravedad cero, tiene que esquivar los miembros cercenados que flotan a su antojo por toda la estacin.
Va con la boca cerrada, los labios apretados para no tragarse accidentalmente la sangre que navega a
contracorriente. Tiene ganas de vomitar, pero se guarda muy mucho de hacerlo. Al pasar cerca del pie
calzado, hace de tripas corazn y estudia la herida abierta. Descarta la idea de que alguno de sus
compaeros haya usado una de las hachas que hay en el complejo o una sierra radial: el corte no es
limpio. Es un desgarro, como si el pie hubiera sido arrancado de mala manera. La hiptesis de la criatura
extraterrestre cobra fuerza en su mente. Ya le queda menos para llegar al mdulo ruso. Desplazndose
por los asideros dispuestos a tal efecto, Dmtriev deja atrs el Destiny y el Unity y llega a la primera
escala en su viaje hacia la libertad: el mdulo Zarya. Su corazn redobla como un tambor de guerra.
Encuentra su traje espacial amarrado con correas. Lo inspecciona a fondo y comprueba que se halla en
perfecto estado. Una sola grieta le condenara a una muerte segura.
Los gigantescos paneles solares de la Estacin Espacial Internacional contemplan, a travs de un ojo
de buey, cmo Vladmir Dmtriev se prepara para embutirse en su traje espacial. Es una maniobra que
normalmente requiere ayuda, pero hasta donde l sabe, est solo. Despus de haber recorrido todo el
pasillo que forman los diferentes mdulos, y tras haber hecho un involuntario recuento de cuerpos y
miembros cercenados, le extraa mucho que haya sobrevivido alguien ms.
Como quien se desliza en unos pantalones gigantescos, el piloto se deja caer dentro del traje de diez
millones de dlares. Mientras se lo ajusta, su mente trata de evadirse del reino de terror donde l es el
nico sbdito.
Pronto comprobar que no est solo.

Las llamadas telefnicas y las videoconferencias cobran protagonismo en la NASA, la RKA y la


ESA, la Agencia Espacial Europea. Desde que empez el proyecto, en 1998, nunca se ha vivido una
crisis como esta. Los presidentes de las naciones que participan en el proyecto ya estn reunidos en torno
a los monitores, y han llegado al acuerdo de apoyar a Sergei Dragunov en apurar el tiempo antes de
iniciar la secuencia de retorno de la Soyuz. Algunos han sido sacados de sus camas y digieren la mala
noticia ayudados por litros de caf negro. Negro como el futuro de la ISS. Miles de millones de dlares
que se van por el retrete, junto con aos de investigacin y las vidas de, al menos, cinco astronautas.
Desde Tierra optimizan el flujo de oxgeno hacia la lanzadera, y comprueban que, al contrario que
ocurre con la Estacin Espacial, an tienen control sobre ella. Cuando los ingenieros dan el proceso
como concluido, su portavoz se dirige a Dragunov:
Lanzadera Soyuz lista para el regreso, comandante.
Habr oxgeno suficiente para el viaje de retorno? pregunta este, secndose las gotas de sudor
que brotan de su frente con un pauelo de papel.
De sobra.
El ingeniero jefe de Korolyov inspira por la nariz, abriendo sus fosas nasales como un toro a punto
de embestir:
Dmosles quince minutos ms.

El doctor Roberts permanece inmvil, en el asiento de la Soyuz, pegado a l como si el sudor que
empapa su cuerpo pudiera traspasar el traje espacial. A travs de una de las escotillas ve la Tierra, que
le parece una quimera inalcanzable; por la otra, la negrura infestada de estrellas del Universo y, ante esa
visin, se siente ms pequeo e insignificante que nunca. Le han comunicado desde Rusia que muy pronto
le sacarn de all. El silencio es su nico compaero, hasta que tres golpes al otro lado de la compuerta
de la Soyuz hacen que su corazn quiera escapar de su pecho.
Se asoma a un pequeo visor y ve a alguien metido en un traje espacial, al otro lado de la exclusa de
aire. Desde dentro, no reconoce al compaero que llama a la puerta. El otro seala su propio casco y el
doctor Roberts adivina enseguida lo que quiere. En un segundo, ha conectado el intercomunicador que le
permitir hablar con el otro astronauta. Una voz con acento ruso suena en su auricular:
Soy Vladmir! Quin eres?
Frank se identifica el doctor Roberts, asaltado por dos sentimientos a la vez: miedo por si
Dmtriev pudiera ser el psicpata que ha acabado con la tripulacin, y una alegra inmensa porque sabe
que es el nico a bordo capaz de entender hasta el ltimo interruptor de la lanzadera. Joder, qu ha
pasado ah dentro, Vladmir?!
Ni idea, pero abre! Si el que ha matado a los otros me encuentra, estoy jodido!
Cmo s que no has sido t quin lo ha hecho? espeta Roberts, sin cortarse un pelo.
Lo mismo podra pensar de ti, no te jode! responde el piloto, ofendido. De verdad crees
que ha sido uno de nosotros? Acaso no has visto los miembros amputados? Como mdico deberas saber
que no han sido cortados por una herramienta, sino arrancados de cuajo. Ninguno de nosotros es lo
suficientemente fuerte para hacer algo as.
Quieres decir que lo ha hecho algo que ha entrado en la estacin? Aunque su razn le patea las
neuronas gritndole que eso es imposible, la opcin no le parece del todo ilgica.
No queda otra explicacin. breme y nos largaremos de aqu!
Frank Roberts duda. Si Vladmir Dmtriev embarca a bordo de la nave, sabe que sus posibilidades
de supervivencia sern mayores; pero tambin baraja la posibilidad de que l sea el responsable de la
carnicera en la que se ha convertido la Estacin Espacial y, en ese caso, va a dejar entrar a Drcula en
su alcoba. Joder, si hasta se llama Vlad, como el puto psicpata que dio nombre al vampiro...
El piloto ruso intenta abrir la escotilla, pero esta est cerrada por dentro. El tiempo corre en su
contra:
Mierda, Frank! No me dejes morir aqu!
Mascullando una maldicin, el doctor Roberts decide jugrsela y abre la compuerta de la Soyuz.
Detrs del visor del casco, encuentra la mirada agradecida de Dmtriev, que cierra la exclusa de aire
detrs de l, sellando la Estacin Espacial para darle estatus de panten flotante. Ojal estalle en un
trilln de pedazos y acabe con lo que sea que ha asesinado a sus compaeros. Flotando como una
bailarina poco estilizada, Dmtriev cierra la compuerta que les separa de la ISS y se acomoda en el
asiento del piloto de la nave. Revisa los controles y vuelve a poner en la posicin correcta los
interruptores que el mdico ha accionado al azar. Cuando todo est conforme, contacta con Korolyov:
Aqu el comandante Vladmir Dmtriev anuncia. Me encuentro en la Soyuz, iniciando el
protocolo de escape. Me acompaa el doctor Frank Roberts. No quedan ms supervivientes. Nos
largamos de aqu.
Al otro lado de la radio, un grito de jbilo estalla en los distintos centros de control de Tierra. Las
personas implicadas en el proyecto se sienten felices de que al menos un tercio de la tripulacin lo haya
conseguido. El ingeniero jefe Sergei Dragunov da la orden para que asistan a la lanzadera en su viaje de
regreso a casa y suspira, con el pobre consuelo de que el desastre no ha sido total.
Con un fogonazo, la Soyuz se separa definitivamente de la ISS.
Es, sin lugar a dudas, el mausoleo ms caro de la historia de la Humanidad.

La lanzadera rusa comienza a enfilar su rbita de descenso. An tendr que dar varias vueltas a la
Tierra antes de entrar en la atmsfera. Dmtriev y Roberts guardan un silencio incmodo, y no dejan de
lanzarse miradas furtivas a travs del casco cerrado. Desconfan el uno del otro y, en silencio, se
preguntan si su compaero de viaje es realmente el responsable de la matanza. El piloto ruso acciona
algunos interruptores que escapan al conocimiento del doctor Roberts, que observa cmo, de vez en
cuando, Dmtriev se rasca el brazo derecho. Es una maniobra absurda debido al grosor del traje, as que
es ms un acto reflejo de consuelo que un alivio real. Rompiendo el hielo, el mdico le pregunta al
piloto:
Qu te pasa en el brazo, Vladmir?
El ruso niega dentro del casco:
No es nada: un araazo que me hice el otro da, en el campo, cerca de casa.
No te lo vieron los mdicos?
Lo ocult confiesa. Esos tipos son capaces de dejarte en tierra por un corte sin importancia.
Se toman las cosas demasiado en serio.
El doctor Roberts se encoge de hombros y se echa a rer:
Es curioso. Yo tambin me hice una herida el da antes del despegue. Tambin la ocult. Suelta
una carcajada.
El piloto arquea las cejas y gira la cabeza dentro del casco para mirar a su compaero. En ese
momento, por primera vez desde que abandonaran la ISS a bordo de la Soyuz, se crea cierto ambiente de
complicidad.
No me jodas!
S re el americano, y de repente seala al frente. Luego te lo cuento. Mira esa maravilla:
probablemente sea la ltima vez que tengamos ocasin de verla en directo.
Ambos pierden la vista a travs de la escotilla, donde la Luna reaparece detrs de la Tierra, enorme,
majestuosa y cargada de luz. Se quedan hipnotizados ante un espectculo que muy pocos elegidos, a
travs de varias dcadas, han tenido el privilegio de admirar.
Los ojos del ruso estn fijos en la Luna llena. Una Luna desproporcionada que les bendice con
resplandor de estrella. Es tan formidable que el corazn parece detenerse en su pecho. Se siente
hipnotizado por ella, obnubilado por su belleza, como si de algn modo le llamara en el silencio del
espacio.
Y entonces, el visor de su casco se quiebra. Una fuerza sobrehumana tira de la manga de su traje, y
Vladmir Dmtriev ve, con horror, cmo se rasga como si estuviera hecho de papel tis. Gira la cabeza y
no da crdito a lo que ve: del guante del doctor Roberts surgen unos dedos desproporcionadamente
largos y peludos, rematados por unas uas afiladas y largas como cuchillas.
En todos los controles de Tierra resuenan los gritos de terror del piloto ruso y un rugido que no es
humano. Lo ltimo que ve Dmtriev antes de morir es la cara de su compaero: unos ojos amarillos, un
rostro crispado cubierto de una pelambrera gruesa y un hocico chato que muestra unos dientes agudos de
depredador detrs del casco. La zarpa se hunde en el traje espacial del piloto y los intestinos abandonan
el refugio del abdomen, quedando suspendidos en gravedad cero.
Una vez muerto Dmtriev, la bestia en la que se ha convertido el doctor Roberts contempla la Luna y
alla dentro de la Soyuz. Entonces se ensaa con los controles de la nave. Sus luces parpadeantes le
molestan, le hieren los sentidos. De los tableros de mandos brotan llamas y chispas, y la lanzadera pierde
el rumbo, salindose de la rbita programada.
Mientras el cascarn se dirige directo hacia la Luna, la criatura se apoya en el ojo de buey,
ignorando la sangre y las vsceras que danzan a su alrededor. La Luna total le abstrae, y babea dentro de
su casco, embelesado por su esplendor. Una vez ms, levanta la cabeza y emite un aullido sin fin.
En la mente animal del doctor Roberts solo permanece un recuerdo de su otro yo humano: la imagen
de aquel perro enorme que le mordi das atrs cerca de su casa de Austin, Texas. Una sola mordedura,
no demasiado profunda, y una huida hacia el interior del bosque a la que el mdico no encontr
explicacin racional. Ningn animal salvaje acta as.
En el control de Tierra reina un silencio sepulcral. Ron Lawson y Sergei Dragunov solo piensan en
una cosa.
En la mentira que urdirn para justificar la catstrofe.
YA PUEDES APAGAR LA LUZ
AS QUE HAS LLEGADO HASTA AQU. Felicidades, has conseguido bucear por aguas oscuras y sacar
la cabeza para atragantarte con bocanadas de realidad. Ya ests de vuelta de tu viaje por el miedo y has
regresado de una pieza.
Apagaste la luz en algn momento? Tal vez lo hiciste y te reste al descubrir que no haba pasado
nada. O s pas? Y si no ha pasado y est por pasar? Haz memoria... No te sucedi nada fuera de lo
normal durante la lectura de estos relatos? No has pensado que tal vez podamos retrasar nuestro castigo
hasta que nos apetezca? No pongas esa cara. Ya sabes que nos gusta jugar. Puede que esto no haya sido
ms que una broma y que nuestros poderes estn solo en nuestras palabras.
Sea como sea, ya eres libre. Has terminado tu aventura, y este libro descansar en tu estantera y
ser un lomo ms en tu biblioteca. Cada vez que lo veas, piensa en lo que contiene, e imagnanos dentro.
Latiendo, vivos, o tal vez muertos, esperando nuestro momento.
Djanos reposar en los anaqueles del olvido, desde donde te seguiremos vigilando.
El juego ha terminado.
Ya puedes apagar la luz.
Porque cuando no hay luz, es cuando para nosotros brilla la oscuridad.
Ceuta, 29 de junio de 2013.

Sobre el autor

A.M. Caliani nace en Ceuta, en 1963. A los tres aos aprende a leer y a escribir solo, sin ayuda de
padres o profesores, gracias a un programa de televisin, por lo que podemos afirmar que es un
autodidacta nato. Ya de pequeo, escriba alguna que otra historia en sus cuadernos del colegio, y a veces
en los mrgenes de los libros, lo que le cost algn que otro coscorrn de los padres Agustinos. En los
80, aparte de dibujar cmics, escribe en calidad de redactor en las hoy desaparecidas revistas Staffel y
Star Kits, as como algn trabajo espordico como colaborador en Modelismo e Historia. En las dos
primeras revistas tambin publica tiras cmicas, aunque pronto relegar el mundo de las historietas a un
recuerdo del pasado. Lo suyo es escribir. Alrededor de 1985 se hace cargo, durante veinte aos, del
negocio familiar. Durante ese tiempo, escribe algunos relatos cortos que, a base de ser prestados y no
devueltos, se perdieron en cajones ajenos y fueron olvidados por los velos del tiempo.
Es en 2003 cuando decide ponerse a escribir en serio, y comienza a trabajar en su primera novela:
El secreto de Boca Verde (2013 Ed. Lampedusa, Barcelona). Alterna la documentacin de la novela
con algunos relatos cortos. Con uno de ellos, El caballero del viento, consigue el primer premio en el
Certamen de Relatos Cortos de la Librera Ttem, en 2008.
Otras obras publicadas:
* Antologa Camada (Ed. Mandala relato El taxista del infierno)
* Antologa 200 La novela negra (Ed. Artgerust microrrelato Cuenta pendiente)
* Antologa La hora de la bella y otras historias para leer en Navidad (Ed. La Destilera 1
premio relato La ltima navidad de Todd Banning)
* Antologa Fantasmas, espectros y otras apariciones (Ed. La Pastilla Roja)

No apagues la luz
2013, Alberto Martnez Caliani
Diseo de portada: David Astorga
Primera Edicin Digital: Enero, 2014
2014, Prema Ediciones, por esta edicin.
Todos los derechos reservados.
Queda prohibida la reproduccin total o parcial de esta obra sin el permiso expreso del editor de la
misma.
Nota del editor: La tipografa que se ha usado para algunas partes de la maquetacin de
Whiskyman tiene licencia para uso comercial y personal. Queremos hacer constar el nombre de su
autor Daniel Midgley en agradecimiento a este tipo de acciones desinteresadas. Puedes encontrar ms
datos sobre esta tipografa en fontsquirrel

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