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García Venturini, Jorge L. - Ante El Fin de La Historia

Filosofía de la historia. Editado en 1962

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DIALOGOS DEL PRESENTE JORGE L. GARCIA VENTURINI _ ANTE EL FIN Por primera vez -en escala mundial- se presenta un analisis del fendmeno central y motivador de las grandes transformaciones de nuestra época: la aceleracion de la historia; expone el autor las decisivas nociones de compresion, masa y energia historicas, obteniendo como sintesis una ontologia fundamental del ser de la historia. Este libro fascinante, brusco, magico por momentos a fuerza de imponer una revitalizada realidad, nos enfrenta con hipotesis tlenas de inteligencia y aventura que juegan su originalidad sobre verdades casi obvias, exhibiendo una dramatica busqueda del hombre esencial, Extremadamente valiente, este libro esta lejos de ser audaz o iracundo, seguin la moda. Se trata simplemente, de que Garcia Venturini, profesor uni- versitario.y una de las mentes de mayor hondura filosofica*de nuestro pais, ha decidido no pactar con inveterados supuestos y- arraigadas convenciones, que han negado en el hombre su dignidad tras- cendente. Demasiado seguro de su cultura para oscurecer el estilo, no vacila en entregarnos un idioma cefiido, claro, de atractiva y punzante adjetivacion, donde la Supuesta metafora alcanza, * -como en la poesia, la condicion de ser la unica, legitima, profunda realidad. Estamés ante el fin de la historia; conclusion terminante, definitiva: 0 el fin de la vida humana sobre el planeta, o la inauguracion de una nueva historia, que casi no. guardard analogias con la que el hombre ha vivido desde sus origenes. Estamos ante la clausura del ciclo adanico, nada menos. “Si un cataclismo partiera el tiempo -ha dicho Spiller- un libro como éste sera el eslabon entre dos eras, la continuidad, la coherencia a pesar de todo. porque es un libro que profetiza hacia adentro de los hombres.” ANTE EL FIN DE LA HISTORIA Ante el fin de lia historia EDICIONES TROQUEL / BUENOS AIRES PRIMERA EDICION Noviembre de 1962 SEGUNDA EDICION Noviembre de 1963 TERCERA EDICION Octubre de 1966 CUARTA EDICION Noviembre de 1968 QUINTA EDICION Agosto de 1971 Printed in Argentina Impreso en la Argentina Queda hecho el depésito que previene Ia ley N* 11.723 @ by Enirortat Troguet, S. A., Buenos Aires, 1962. “Mi alma est4 mas alta que la conste- lacién de Orién y se une en el Abismo.” Pirdmide de Kheops Lo que sigue es un intento de mostrar algunas claves del proceso histérico y una sencilla meditacién sobre el destino humano. Buena parte de los puntos de vista aqui expuestos han echado a andar en articulos varios apa- recidos en los tiltimos seis afios. Pero, porque creimos que reclamaban un contexto mds amplio y porque su reiteracién podia no resultar ociosa, hoy les damos for- ma de libro. Esperamos no haber ido més alld de lo que su significacién merecia. Juuio pe 1962. PALABRAS PARA LA CUARTA EDICION Este libro fue escrito hace algo mds de seis afios y las ediciones segunda y tercera salieron sin modificaciones. La cuarta ha reclamado apenas unos arreglos en notas al pic de pdgina y algunos renglones afadidos. El resto apurece como en la edicién originaria, aun en los casos en que un par de fechas han sido superadas: el sentido de las mismas no ha cambiado por eso. Hemos creido oportuno también agregar un breve epilogo. Este quiso ser y quiere seguir siendo un libro abierto, que Sugiera cosas y mueva la inteligencia del lector. Sus tesis no estdn cerradas, sino que esperan y reclaman nuevos apor- tes ideoldgicos y facticos. Si las tres primeras ediciones han logrado estos propésitos mds alld de lo previsto, confiamos en que la presente prolongue tales frutos. Novremsry De 1968. CaPituLO PRIMERO LA ACELERACION DE LA HISTORIA “Hay historia porque el hombre es finito, inconcluso e inconcluible.” K. Jaspers I A esta altura de la historia pocas reflexiones se mues- tran tan apremiantes como la reflexién sobre la historia, justamente. Esta afirmacién queda certificada, entre otras cosas, por la importancia creciente que han alcanzado los estudios histéricos y, sobre todo, los estudios acerca de la historia como tal en las ultimas décadas. Y es que la historia es una de esas cosas que los hombres han demo- rado més en descubrir, lo cual no es, por supuesto, casual. Tal circunstancia se debe a que ella no fue siempre algo evidente, algo a la mano y a la vista de cualquier pesqui- sador, ni siquiera de los mds avisados, sino que, por el con- trario, se ocult6 en buena medida y por largo tiempo a la mirada de los hombres. La reflexién sobre la historia implica una cierta incomo- didad, porque —claro esta— debemos hacerla desde la historia misma; y ésta no est4 quieta sino andando, y esto es, precisamente, lo que demoré en advertirse. En rigor, somos nosotros los que andamos y debemos reflexionar sobre nuestro propio andar. Este es el motivo decisivo que difi- culta la inteleccién de lo histérico, mucho més que el que frecuentemente se denuncia como tal: que la Historia estudia una realidad que ya no es; lo cual, de algiin modo, 11 también es cierto y tiene asimismo sus consecuencias. Sin embargo, la movilidad que padecemos como ingredientes del proceso es la que torna particularmente dificil la inda- gacién histérica. De ahi que resulte mucho més complica- da la apreciaci6n de los acontecimientos més recientes y préximos a nosotros —la llamada historia “contempora- nea”— que los m4s remotos, con los cuales nos manejamos con mucha mayor facilidad. Es que se nos aparecen como més quietos, quiz4 porque hace més tiempo que dejaron de moverse. Si la causa decisiva de la dificultad fuera la otra que mencionamos sucederia exactamente lo contrario. Ir Pero, y ya est4 dicho, la historia es algo que tiene que ver con el movimiento. Esta afirmacién, naturalmente, no pretende ser descubrimiento alguno. Desde el siglo xvm —desde Vico y Herder en adelante— se ha tenido concien- cia m4s o menos clara de este fenémeno, y algunas pAginas valiosas atestiguan la preocupacién por el problema. Sin embargo, pensamos que no se le ha destacado adecuada- mente ni se han agotado sus implicaciones. Por lo demés, aunque algunos especialistas hayan visto la cuesti6n, la inmensa mayoria de los hombres —incluidos los que se hallan instalados en puestos decisivos de coman- dos— mantienen una imagen estAtico-espacial de la historia, deformacién radical que ocasiona no pocos inconvenientes }. En el siglo xvim se asocié el acaecer histérico con la idea de progreso, lo cual —si bien contribuyé a proporcionar una imagen din4mica de la historia— significaba permanecer 1 La historia esté hecha de momentos y no de lugares, como dicen las guias de turismo. Esto se pierde de vista con frecuencia. Es que los “lugares histéricos”, los museos (que son también lu- gares), las fotos y reproducciones dificultan el logro de una imagen dindmico-temporal. 12 en la superficie de la misma, sin penetrar en la naturaleza intima de los acontecimientos. Progresar significaba mar- char hacia grados de perfeccién —moral o material— cada vez mayores, concepcién esta que no llega a superar, por el contrario, la vieja sabiduria agustiniana acerca de una historia lineal, con una determinada direcci6n y opuesta a toda imagen ciclica al estilo antiguo. Algo semejante puede decirse de la evolucién de la historia a la manera hegeliana como proceso hacia el autoconocimiento del espiritu y la realizacién de su libertad. Empero, la visién honda de Hegel superé a los teéricos de la Ilustracién y alcanzé a vislum- brar el movimiento de la historia como tal. Desde entonces varios filésofos e historiadores han hecho mencién del mo- vimiento, de la evolucién, del crecimiento o del tiempo de la historia, sobre todo del movimiento, pero sin precisar suficientemente estas nociones, y confundiéndolas més de una vez, Tt Deciamos que la historia tiene que ver con el movimiento, lo cual no significa que se parezca a un automévil, y esto, al menos, por dos razones: porque el automé6vil puede dete- nerse, y la historia, no (sino una vez y para siempre), y porque el automévil no es su propio movimiento, y la his- toria, si. Porque la historia no est4 en movimiento, sino que és movimiento, ya que el moverse no le acontece como algo extrinseco o accidental, sino que afecta esencialmente su mismisimo ser. La historia es ontolégicamente un ens mobile. 1 Esta confusién queda plenamente de manifiesto en un buen tibro de José Antonio Maravall: Teorfa del saber histérico, Madrid, 1958. En su capitulo IV —“Teorfa del crecimiento histérico”— hace un resumen de las teorfias sobre estos temas, colocando en un mismo plano el movimiento de la historia en cuanto tal, el crecimiento de la vida en el sentido ortegueano, la idea de evo lucién, etc, 13 Cuando decimos que la historia es movimiento queremos expresar su mutabilidad esencial, el estar constituida por cambios, que no otra cosa es el movimiento de cualquier especie. La comunidad de los hombres no se da sino en una sucesién de cambios desde sus comienzos —y no desde que los historiadores lo advirtieron—, lo cual equivale a decir que siempre fue transformacién, mutacién, alteracién, en fin, movimiento. Y porque es movimiento, la historia es algo que necesa- riamente avanza, dicho esto absolutamente al margen de toda concepcién lineal o ciclica y fuera también de toda apreciacién axiolégica. Cada cambio —que es como decir cada instancia histérica— supone indefectiblemente un avan- ce, que ser mayor o menor segtin la naturaleza del cam- bio. La mutabilidad inherente al ser de la historia la deter- mina como permanente avance y constante movimiento. Este movimiento, intrinseco e inevitable, es cosa bien distinta del llamado “progreso” y también de aquellos otros sefialados. por ejemplo, por un Spengler o por un Ortega y Gasset. El pensador alem4n —como se sabe— apunté que cada cultura desarrolla un ciclo biolégico —nace, crece, madura, decrece y muere (Untergang)— lo cual implica una concepcién dina- mica de las mismas, pero poco tiene que ver eso con el movimiento de la historia como tal. Desde distintos supues- tos, Ortega ha sefialado un fenémeno muy importante, pero que tampoco es el movimiento que ahora nos interesa. Ortega ha dicho que la vida humana en general, como repertorio de perspectivas y posibilidades, ha ascendido, ha crecido en nuestro tiempo, y que cada tiempo tiene un cierto nivel, mayor, menos o igual que el de otros tiempos. Pero ni el nivel de una civilizacién ni la altura de los tiempos, que pueden crecer, decrecer o estabilizarse, permiten ser identificados con un movimiento que es siempre y sustan- cialmente avance y adelanto. 14 Iv Hay pues un movimiento —que !lamaremos ontolégico— y que afecta la entrafia més intima del ser histérico. La aguda mirada de Toynbee parece no haber valorado sufi- cientemente este detalle fundamental, al pensar que la dife- rencia entre las “civilizaciones” y las “sociedades primitivas” radicaria en el hecho de que las primeras son dinamicas y las segundas estdticas, es decir, faltas de movimiento. Tal posibilidad es inadmisible. No puede concebirse una sociedad, por més primitiva que sea —si es sociedad humana. absolutamente privada de movimiento histérico. Ello signi- ficaria o adjudicarle tan sélo un movimiento fisico o un movimiento biolégico —reduciéndola a una condicién ani- mal— o atribuirle una intemporalidad imposible, pues fuera del tiempo no hay historia sino eternidad. De ahi la falsedad que encierra cuando se pretende darle un significado lite- ral a la expresibn tan comin de “quietud oriental” u “Oriente inmutable” (the unchanging East), porque Orien- te, por supuesto, también se ha movido y se mueve incesan- temente. Naturaleza o eternidad o historia; no queda otra posibilidad. Lo que hay son velocidades diferentes, que en algunos casos —las sociedades primitivas— pueden ser de muy bajo registro!, La impresién de inmovilidad surge a veces de la comparacién entre dos registros disimiles, tal el caso entre Oriente y Occidente, o entre zonas diversas de una misma 1 Ortega advirti6 esto, comentando a Toynbee justamente. En una fugaz observacién, dice: “Probablemente la diferencia entre la sociedad primitiva y la civilizacién no esté en esa contrapo- sicién radical entre una presunta vida estética y una vida mo- vimentada, sino mds bien en un diferente grado de aceleracién.” Estimamos, en este caso y dado el contexto ortegueano, que hu- biera sido m4s adecuado hablar de velocidad que de aceleracién. El juicio de Ortega pertenece a Una interpretacién de la historia 15 civilizacién. No hay sociedad humana sin hechos histéricos, es decir, sin hechos que de alguna manera signifiquen un cambio en su estructura. De haberlas, quedarian fuera de la historia, y en tal caso no vemos que puedan ser humanas, desde el momento que el hombre —y aqui no conocemos discrepancias— es un ser radicalmente histérico, un ser al cual la historia le es inseparable como algo que emana de su propia esencia; y esto sin llegar a decir que la historia es la esencia misma del hombre, como afirman los histo- ricistas, v Los hechos histéricos no admiten repeticién. Tal caracte- Tistica ha sido Hamada irreversibilidad, y est4 bien. Pero en el orden ontolégico a que nos referimos, la irreversibilidad posee un cardcter tan radical que no siempre se advierte. No se trata solamente de que nunca se puede reproducir una situaci6n similar a otra anterior en el tiempo —lo que vulgarmente se llama “volver atr4s”—, lo cual es bastante discutible y a veces de importancia secundaria. Se trata de que lo sucedido no puede ser ya jamés borrado de la historia, es decir, no puede no haber sucedido. Ya ha tenido lugar y alli esta, pues ya ha acontecido para siempre. En un ejemplo concreto, no se trata de determinar si la Restauracién de los borbones franceses en 1814 significé reproducir el estado de cosas anterior a 1789 —esto es lo discutible—; lo decisivo es que entre Luis XVI y su hermano Luis XVIII aconte- cieron la Revolucién y el primer Imperio. Y aunque la Restauracién hubiese “borrado” esos hechos infinitamente més de lo que pudo hacerlo, lo-ya inevitable es hacer que universal, Madrid, 1959, p&g. 262, libro en el que somete a Toynbee a una critica implacable y —a nuestro entender— evi- dentemente excesiva. 16 no hayan acontecido. Si es posible, aunque improbable, bo- rrar hechos de la superficie de la historia, no lo es, en absoluto, borrarlos de las entrafias del proceso histérico, es decir, borrarlos ontolégicamente. Si empiricamente hablando toda Restauracién es, en cierta forma, un “volver atras”, desde el punto de vista ontolégico no puede sino estar siem- pre més adelante, y esas mismas restauraciones y aun los “retrocesos” mas notorios significan un avance, a veces gran- de, en el acontecer histérico. La historia no admite retornos pues su curso es irrevocable e incontenible, ontolégicamente progresivo e irreversible. Estas apreciaciones respecto de la irreversibilidad, que no son nuevas en un sentido general, han. sido —nos parece— descuidadas respecto del ser histérico, y los fenémenos de movimiento y avance de la historia se analizan preferente- mente desde un punto de vista que podriamos llamar em- Pirico. Estimamos que de esta naturaleza es el enfoque de Vico acerca del corsi e ricorsi, en cierto modo el de Hegel respecto del progreso del espiritu, los de Spengler y Toyn- bee en torno a los ciclos culturales, el de Ortega en su ca- racterizacién del nivel vital de una época, etcétera. Concluimos asi que hay un doble enfoque posible de la su- cesién de los hechos histéricos. Uno puramente empirico, que advierte un movimiento llamado por lo general “creci- miento” o “progreso” y al cual le es dado el progresar, el retroceder, el decaer y aun el “detenerse”; otro, m4s hondo, que penetra la esencia misma de lo histérico y que descu- bre un movimiento indefectiblemente signado por el avance y la progresién. Ambos son importantes, ambos hacen a la intelecci6n cabal de la historia. Mas, justamente por eso, es menester distinguirlos claramente 3. 1 Esta distincién entre dos aspectos del proceso histérico parece haberla querido expresar Croce, aunque s6lo le dedicé un breve parrafo: “Bien puede hablarse y en efecto se habla, de deca- dencia...; pero en sentido absoluto (donde Croce dice absoluto 17 VI Pero vamos a lo que nos interesa. La historia es movi- miento, y éste, como tal, puede registrar velocidades diver- sas y también incrementos de velocidad, es decir, acelera- ciones. El tema de la aceleracién histérica ha sido menc: nado algunas veces, pero no ha merecido atin la atencién que le corresponde. Parece que el primero en advertir el fenémeno fue Jules Michelet, quien hace noventa aiios comentaba que el curso de los acontecimientos era més rd- pido por entonces que en épocas pretéritas; tratabase de una intuicién profunda del historiador francés, pero que no pas6é de ahi*. La cuestién quedé sin desarrollar, hasta que en los ultimos afios algunos se han aproximado a ella aun- que sin decisién. Tenemos el caso tipico del francés Daniel Halévy, que en 1959 publica un libro que lleva nada menos que este titulo: Essai sur Vacceleration de Vhistoire. Y des- pués de este audaz y promisorio anticipo no dice una sola pa- labra sobre el tema, excepto citar a Michelet. Cuando en 1961 sale una segunda edicién, en un prélogo a la misma opunta: Je n’ai nulle part dit et je ne pense pas, que cette caractéristique (se refiere a la aceleracién) en touche l’essen- nosotros decimos ontolégico), en historia, no hay jamés decadencia que no sea a la vez formacién y preparacién de nueva vida, y por lo tanto de progreso.” (La storia come pensiero e come azione, prim. parte, X; trad. cast.: La historia como hazafia de la libertad, México, 1960.) 1 S6lo en 1872 (murié en 1874) intuyé Michelet este fend- meno, y expuso la idea de un prefacio a su Histoire du XIXe siécle, Gltima de sus obras, en una observacién hecha al pasar y des- tacdndola como un signo de su tiempo y, por lo tanto, como algo accidental al ser de la historia, Hacia 1880 debié redactar J. Burck- hardt el capitulo IV de su Weltgeschichtliche Betrachtungen (trad. esp.: Reflexiones sobre la historia universal, México, 1961), donde, al referirse a la idea de crisis, hace una fugaz e imprecisa mencién a procesos acelerados. De cualquier modo, esta obra no aparecié sino en 1905. 18 tiel. Es decir, que a pesar del titulo, aqui no ha pasado nada. Algunas observaciones fugaces de dos o tres pensa- dores sin desarrollo alguno del tema completan el panora- ma de esta cuesti6n fundamental, y llama la atencién que importantes trabajos en torno a la naturaleza del acontecer hist6rico escritos en este siglo no mencionen vez alguna el vocablo “aceleracién”. VIL Aceleracién es incremento de velocidad, es decir, que aquello que se mueve lo hace cada vez con mayor rapi- dez. El movimiento topografico de un vehiculo padece una velocidad que se mide por la distancia que el mismo reco- tre en un tiempo determinado. Algo semejante sucede con la historia, con la diferencia de que ésta no recorre distan- cia alguna. Lo que determina la velocidad de la historia, en lugar de la distancia, es la cantidad de cambios o nove- dades mds o menos significativos que tienen lugar en un tiempo dado. La dificultad consiste, por cierto, en saber cudndo un cambio es suficientemente significativo. Cambios ha habido siempre en la historia. Mas ain, son Ja trama misma de la historia. Para determinar una mayor © menor velocidad y, por consiguiente, una eventual ace- leraci6n seria menester, ademas de advertir la existencia de los cambios, intentar medir la magnitud y frecuencia de los mismos. Y aqui surge una enorme dificultad: la magnitud de un cambio no es mesurable mateméaticamente, no es de suyo algo cuantificable. La presencia de un elemento de naturaleza cualitativa, no cuantificable, torna imposible la formulacién matemati- ca de la ecuacién. Como consecuencia, el movimiento y el tiempo —como medida de aquél— no toleran desde el punto de vista histérico, sino muy relativamente, las mediciones 19 de calendario. Rstas slo pueden tener un valor exterior y relativo, y habr4n de resultar servibles en la medida que las utilicemos teniendo en cuenta esas limitaciones. De lo con- trario s6lo introducir4n confusién. Y es que el afio solar no sirve —mucho menos cuando mayor es la aceleracién— como unidad de medida de los acontecimientos humanos. Diez afios, por ejemplo, no sig- nifican el mismo “tiempo histérico” entre 1950 y 1960, que entre el 900 y el 910, o lo que podrian significar entre el 2000 y el 2010. La medida elegida sera mayor o menor segan la cantidad de cambios significativos (y segin la di- mensién incuantificable de estas significaciones) que hayan tenido lugar en dicho lapso?. ' VIII La aceleracién del movimiento histérico no es algo carac- teristico de ciertas épocas o de ciertas comunidades, sino que tipifica al ser mismo de la historia. Para advertirlo, claro est4, hay que adoptar ciertas perspectivas adecuadas y tener en cuenta una realidad fundamental: lo que Toynbee lla- mara “campos inteligibles del estudio histérico”, es decir, las civilizaciones 0 sociedades. Es en el seno de las mismas donde es posible apreciar que los cambios, en los érdenes diferentes en que pueden suscitarse, acontecen cada vez con mayor rapidez y que el proceso es mds altamente acelerado hacia el momento en que aquéllas alcanzan su agotamiento 1 La existencia de tiempos no cuantificables ha sido ya elocuen- temente puesta de manifiesto en la filosofia contemporénea. Baste citar el tiempo espiritual de Bergson, duracién concebida como pura cualidad, y el tiempo fenomenolégico, de Husserl, tempo- ralidad de las vivencias, bien diferente del tiempo objetivo o césmico. El tiempo histérico pertenece a esta especie, como ya lo vislumbrara Dilthey. 20 o muerte. Cuando en una misma drea geogrdfica se puede apreciar que a una etapa histérica de mayor aceleracién continaa otra de ritmo radicalmente més lento, es porque alli ha muerto una civilizacién y ha nacido otra, la que por su parte ira desde ese momento incrementando tam- bién su velocidad. Compréndase que el adoptar, en princi- pio, el esquema toynbeeano de la divisién en ciertas estruc- turas autointeligibles, no significa una total aprobacién del mismo. Lo que nos importa, por el momento, es destacar que el curso de la historia es polifurcado y quebrado. La validez de cada uno de los veintitin campos inteligibles propuestos por Toynbee esta fuera de nuestro anilisis. Si adoptamos como unidad la civilizacién es porque estamos de acuerdo con que ella representa la minima estructura para alcanzar un maximo de inteligibilidad histérica y que es en ella donde corresponde evaluar el proceso acelerado de la historia, aunque en el seno de cada una de esas 4reas fundamentales se susciten, asimismo, zonas de procesos di- ferenciados. Y es asi cémo dentro de una misma drea geogr4fica pue- den darse —y de hecho se han dado— dos o més civiliza- ciones sucesivas y, por lo tanto, procesos mas lentos tras otros de mayor aceleracién. Podemos citar —siguiendo a Toynbee— el caso de la civilizacién del Extremo Oriente, que es filial, y por lo tanto, distinta, de la Civilizacién sinica, o el caso de la Civilizacién Hindt, filial de la In- dica. Estos cortes posibilitan una visién mas veraz de la realidad que la habitual interpretacién unitaria bajo el rubro comin de China o India y explican mas adecuadamente los ritmos del proceso histérico y el fenémeno de aceleracién constante. Tras el agotamiento de una civilizacién, la si- guiente o filial comienza su itinerario con ritmo més lento que la anterior, y con el tiempo va incrementando su velo- cidad, indefectiblemente. El fenémeno de aceleracién puede asimismo observarse en ese todo llamado “historia univer- 21 sal” que sdélo en nuestra época estd ddndose efectivamerte, pero que, de alguna manera, en un proceso semejante al que Hegel sefialara hace un siglo y medio, ha ido recogiendo y asimilando la mayor parte de las manifestaciones ms sig- nificativas de cada cultura particular. Sucede a veces, légicamente, que comparando dos cul- turas de velocidad y aceleracién muy dispares, una aparece como privada de movimiento; y también ocurre que toman- do ciertos lapsos no muy amplios, Ja aceleracién resulta imperceptible, fenémenos ambos que acontecen igualmente en el orden fisico. Pero en los dos casos lo que existe es sélo un error de observacién. La aceleraci6n de los procesos responde a la naturaleza misma de la historia. Los nuevos hechos acrecientan el caudal histérico, aumentando consiguientemente las posi- bilidades de acaecimiento de otros hechos en sucesién ine- luctable. Los hechos histéricos son abiertos en todo su perimetro, y es asi cémo se Ilaman, se implican, se integran, procrean nuevos hechos e, inevitablemente, se precipitan, en un proceso que no puede ser sino acelerado '. Aunque admita un doble enfoque, segiin dijimos, el curso de la historia es uno solo. La aceleracién que lo caracteriza es, por consiguiente, una, pero ella también admite una doble apreciacién; en el plano ontolégico implica siempre un avance, un adelanto de la historia en cuanto tal; empi- ricamente considerada puede significar el progreso apresu- 1 No podemos dejar de citar unas lineas (breves como todas las dedicadas a este tema) de Francisco Romero, y que creemos son las Gnicas escritas en nuestro medio sobre la aceleracién. “‘.. parece ser ley o regla la aceleracién de los procesos, es decir, el ritmo o «tempo» crecientemente acelerado con que ocurren los tr4mites de transformacién, por influjo del enriquecimiento del acervo intencional, que produce necesariamente el aumento pau- latino de una disgregacién analitica en la visién de las cosas, y consecuentemente posibilita inéditas sintesis...” (Teoria del hom- bre, cap. XI, Buenos Aires, 1952.) 22 rado de una civilizacién (progreso en cualquiera de sus varios registros) pero también la decadencia o retroceso precipitado de la misma. Movimiento y aceleracién hacen al ser mismo de la his- toria; no son algo que pueda o no afectarla o que le acon- tezca desde fuera, sino que la constituyen necesariamente. La historia es, pues, ontolégicamente, un ens mobile acce- leratum., x El presente histérico no es un presente cualquiera. El tiempo, desplegado en sus tres dimensiones fundamentales, se resume en el presente, tinico momento (no lugar) desde donde, obviamente, podemos contemplar los hechos histé- ricos, porque es el tinico que existe. Varios autores han se- fialado cémo lo histérico, a pesar de no ser ya, a pesar de haber pasado, y esto fatalmente, permanece de algiin modo todavia en el presente !. He aqui una gran paradoja: para que un hecho sea histérico tiene que haber dejado de ser, pero a la vez, de alguna manera, tiene que ser todavia. Y como lo tnico que efectivamente es es el presente, lo his- térico es algo que se nos manifiesta acumulado en el ahora en que estamos y que somos. De ahi la gran dificultad que apuntamos al principio respecto de la inteleccién histérica. No vamos a reiterar aqui algunas de las interesantes reflexiones que surgen en torno a las tres instancias del tiempo histérico, porque otros ya las han hecho eficazmente, pero —presuponiéndolas— afiadiremos algunas observacio- nes decisivas para los fines de nuestro trabajo. De alguna manera —deciamos— el pasado histérico per- vive en el presente, se prolonga en el hoy, pero el presente 1 Ver, por ejemplo, el excelente trabajo de A. Millén Puelles Ontologia de la existencia histérica, Madrid, 1955. 23 no es, sin embargo, el pasado. Esta es una peculiaridad y una complicacién que nos ofrece el ser de la historia. Desde el presente ha de reconstruirse el pasado que en el presente sobrevive. Y también desde el ‘presente ha de proyectarse (que es también un modo de construir) el futuro en el que nos vamos adentrando. Claro que esto es pura metdfora, porque el futuro no es ningun recinto donde podamos entrar, sino algo que, estrictamente, todavia no es y que sélo ser& efectivamente cuando deje de ser futuro para hacerse pre- sente, tras lo cual pasar4 de inmediato a ya no ser, tornan- dose pasado. Luego, el futuro es lo que vamos a hacer y a ser, pero que dejar de ser futuro en cuanto lo hagamos y lo seamos. Mas todo nuestro quehacer y nuestro haber de ser solamente son posibles desde el presente, razén por la cual es también en el presente donde el futuro esta de alguna manera. Si bien estas reflexiones sobre el devenir histérico pueden coincidir parcialmente con’ las correspondientes al tiempo abstractamente considerado, exhiben matices especiales que ya habrd podido reconocer el lector. Pero vayamos al asunto observado desde el punto de vista de la aceleracién. El presente, esta precaria pero efectiva realidad con que contamos y cuyo futuro inevitable es Ile- gar a ser pasado, constituye una instancia en movimiento sometida, en mayor o menor grado, al fenédmeno de acele- racién, lo cual complica seriamente las cosas, particular- mente cuando la aceleracién es de elevado registro. ¢Qué sucede entonces? Pues que el hecho que deja de ser pre- sente para empezar a ser pasado se ubica con insospechada rapidez a una larga distancia del nuevo presente que por entonces somos. Y en tanto lo que dejé de ser presente se alejé fugazmente a nuestras espaldas, los hechos potencia- les que constituyen el futuro pasan a ser presente también con rapidez imprevisible. Este doble efecto de la aceleracién no es simple apreciacién subjetiva, sino caracteristica inhe- 24 rente al ser de la historia en su mas peculiar consistencia. Y esto no ha sido advertido adecuadamente. Claro que esta particularidad de la historia, de marcados relieves en procesos de alto incremento de velocidad, oca- siona efectos psicolégicos bien notorios, facilmente compro- bables y que corresponden al fenémeno que acabamos de mencionar. Muy especialmente pueden apreciarse en nues- tra época, que se desplaza con una aceleracién de altisimo registro. ¢No tenemos acaso la sensacién de que el pasado inmediato est4 muy lejos de nosotros y hasta, en cierta forma, lo sentimos mas alejado, curiosamente, que el pasado mas remoto, que pareciera hallarse mds fijo y mas sélidamente incorporado a nuestro presente? ¢Y no padecemos también la sensacién de que el futuro se nos viene encima y que nos sorprende frecuentemente sin previo aviso y sin haber pro- visto los recaudos necesarios para asumirlo??. Sensaciones éstas, por supuesto, que solamente pueden padecer quienes tengan la sensibilidad necesaria para detectar el mensaje de los tiempos, pero que de cualquier modo emergen de la realidad histérica misma. No olvidemos, claro, la condicién cualitativa del progreso. Si éste fuera de naturaleza cuanti- tativa, estos desplazamientos y estiramientos no podrian pa- sar a ser una impresién subjetiva. Pero no concluyen aqui los efectos formidables de la aceleracién. ;Qué acontece con el presente, que es nuestra nica realidad efectiva y, consiguientemente, la que nos in- teresa en definitiva? Sabemos que el presente, considerado como momento del tiempo abstracto, segtin se repite desde San Agustin, carece de dimensién, pues consiste en un puro pasar y en un con- tinuo dejar de scr. El presente es, justamente, lo inextenso. 1 El titulo de un interesante libro de Robert Jungk exhibe paté- ticamente esta circunstancia: Die Zukunft hat schon begonnen. (EL futuro ya ha comenzado.) ;Qué mejor mancra de expresar la realidad que estamos sefialando? 25 Pero el presente histérico es, en rigor, algo diferente. Histé- Ticamente, el presente posee una cierta dimension, y mas que una filosa divisoria de aguas constituye una suerte de plataforma (temporal, no espacial, conviene insistir) que no es otra cosa que lo que habitualmente llamamos “nuestra €poca” o “nuestro tiempo”. Nunca sabemos con exactitud cuando comienza o cuando termina nuestra época, pero de todas maneras entendemos que ella no se cifie a un instante sino que se explaya hacia el pasado y también hacia el futuro una imprecisa cantidad de afios, configurando el Ambito ontolégico de nuestra residencia temporal. Pues bien, la dimensién del presente histérico, la medida de nuestra morada existencial, esta también determinada por el incremento de velocidad que afecte el curso de los acontecimientos. Cuanto mas lento sea el movimiento, mas extenso resultara el presente. Sera en efecto mas extenso, no solamente nos parecer. Se internaré profundamente en el pasado que estard alli, a la mano, por un largo tiempo, al facil alcance de nuestro ser actual, y anticipar4 el futuro que habré de ser muy semejante (y hasta nos podra parecer idéntico) al presente que por entonces somos. En tiempos de alta velocidad, es decir, de alta aceleraci6n (pues, segin vimos, la historia siempre acelera su curso), sucede todo lo contrario; lo que Ilamamos y lo que efectivamente es “nues- tra época”, y “nuestro tiempo”, se estrecha en proporcién a aquélla y hasta podria, consecuentemente, reducirse al extre- mo de llegar a ser tan sélo un instante. Por eso nuestro presente es exiguo, breve, cada dia mas fugaz. Y mientras en siglos pasados varias generaciones vivian una misma época, ahora, una generacién, la nuestra, vive varias épo- cas, es decir, varios presentes distintos !. 1 Francisco Romero (Cf. Filosofia de la persona, Buenos Aires, 1951) bajo el titulo comin de El presente inviolable, desarrolla cuatro temas (El presente incognoscible, El presente inasible, El presente impensable, Jano bifronte) acerca de la fugacidad del 26 Bajo los efectos de la aceleracién, pues, se aleja el pa- sado, se precipita el futuro y se afina el presente, confi- gurando situaciones sensiblemente distintas segin el grado de aquélla. Pero hay mas. El pasado inmediato, al alejarse mas rapidamente, se va como despegando del presente y, como Iégica consecuencia, gravita sobre éste con menor decisién que cuando el proceso es més lento; por el contrario, el futuro, al proyectarse velozmente sobre el presente, lo pre- siona mas enérgicamente, remplazando en buena medida al pasado en orden a la causalidad de los acontecimientos. El presente pasa a ser asi, m4s que una consecuencia del pasado (como acontece en la fisica), una consecuencia del futuro, es decir, de algo que atin no ha acontecido, de una instancia cronolégicamente posterior’. Hoy, debido a la altisima aceleracién a que estamos sometidos, ya nadie podra entender Ia historia si no la observa desde el futuro, porque es lo que puede acontecer, mas que lo que ha acontecido, Ja causa decisiva de lo que acontece. Pues es muy cierto lo que decia, contrariando el esquema habitual, Johann Georg Hamann: “;Quién podria tener ideas justas sobre el presente sin conocer el porvenir?”. Esta inversién crono- légica, tan insuficientemente valorada, afecta decididamente los acontecimientos de nuestra época. Hasta no hace mucho presente. Si bien el asunto est4 tratado en otro contexto y sin los ingredientes decisivos a que hicimos mencién, resulta altamente esclarecedor respecto de la precariedad del presente, “ese pez resbaladizo que ya no esté al alcance de la mano cuando ésta se cierra para atraparlo”. 1 Nos permitimos recordar que la decisividad del futuro ya ha sido sefialada en el orden metafisico por autores como Heidegger y Ortega. El primero advierte cémo el futuro puede ser causa del presente, y cémo vivimos un “futuro sido”; el segundo apunta que somos fundamentalmente “futuridad”. Una aplicacién a la historia de estas ideas se hace imprescindible en épocas de alta aceleracién. 27 las mejores inspiraciones las hallaban los hombres en el pa- sado: éste era la fuente y frecuentemente el paradigma. En estos afios el pasado va sirviendo bastante menos, notandose en cambio un esfuerzo por alcanzar el desciframiento del futuro. Hoy se advierte la necesidad de anticipar el porvenir, y el gran apogeo de la filosofia de la historia no se debe sino en gran parte, a que nos hallamos, como nunca, menestero- sos de profecia. Y es que la conciencia y la preocupacién por el futuro han ido creciendo en los pueblos proporcionalmente al gra- do de aceleracién de sus respectivos procesos. Durante los largos siglos prehistéricos, del lentisimo avance, la humani- dad vivid anclada en el pasado, totalmente vuelta hacia lo que dejaba atras. En los pueblos Ilamados de Oriente, de ritmo més rapido que la prehistoria pero ain lento, el pa- sado ha tenido siempre una cnorme gravitacién: religiosa, moral, politica y pedagégicamente eran tradicionalistas. En Occidente, la conciencia y la vigencia del futuro han ido desarrollandose en forma pareja a la aceleracién creciente de la historia, hasta hoy, en que ambos han alcanzado su més ostensible significacién. Sefialemos, por fin, que al alejarse el ayer tan rapida- mente tiene lugar otra inevitable consecuencia. Los hom- bres se encuentran de pronto como existiendo sin pasado, como suspendidos en el aire. Y es aqui y no en otro lugar donde debe buscarse explicacin al choque de las genera- ciones, a la fundamental incomprensién entre padres e hijos —tan comin en estos tiempos, precisamente— porque a pesar de la contigitidad matemtica se hallan insertos en momentos histéricos profundamente distintos. Esto queda demostrado, entre otras cosas, comparando lo que al respecto sucede en dos areas de diferente ritmo de progreso, es decir, de diferente grado de aceleracién. Las estadisticas dicen que el norteamericano medio se siente in- dependizado de sus padres entre los nueve y los diez ajios, mientras que —y esto lo sabemos sin estadisticas— en zonas 28 donde “no pasa nada™ generaciones enteras viven en rela- cién de dependencia durante siglos. Como vemos, pues, el fenémeno de aceleracién, consus- tancial a la indole de la historia, pero de patencia sin pre- cedentes en nuestra época, constituye un factor de impor- tancia terminante para cualquier intento de inteleccién del curso de los acontecimientos, y su incidencia alcanza al 4m- bito de la sociologia, la politica, la psicologia, la pedagogia, y de todo aquello que tenga algo que ver con la aventura y el misterio del hombre. Carituto II HISTORIA Y TEORIA DE LA RELATIVIDAD “Cualquier cuestién actual no plan- teada en términos ecuménicos es un problema mal planteado.” R. Paniker I Observando la historia desde nuestro hoy, no es muy di- ficil apreciar el alto registro de aceleracién a que est4 siendo sometida, al punto que ya no puede constituir un simple dato en manos de una minoria de investigadores, sino que dia a dia debiera irse transformando en un estado de 4nimo de sectores cada vez mas amplios. Hoy ya no podemos no tener conciencia de que la historia es movi- miento y aceleracién, no podemos dejar de sentir cémo acelera, de sentirnos acelerar, dicho sea esto a pesar de la gran cantidad de distraidos. Pareciera, en efecto, que ocu- rriese aquello que agudamente observaba André Siegfried: “Sabemos que el mundo se transforma bajo nuestros ojos con asombrosa rapidez, lo comprobamos, pero, paradéjica- mente, nos falta creerlo”. Hoy la aceleracién afecta tan profundamente el proceso histérico que es condicién ineludible tenerla muy en cuenta para poder entenderlo. Como con bastante anticipacién lo manifestara Josia Royce, ella domina todo el 4mbito de nuestra civilizacién con una decisividad sin precedentes }. 1 Ya en 1913 (Cf. The Problem of Christianity, vim) Royce in- tuyé el primer plano y la incidencia terminante que habria de tener Ia ley de aceleracién. No desarrollé el tema, sin embargo. 31 Cualquier observador medianamente atento est4 en condi- ciones de comprobar cémo los sistemas filoséficos, los estilos artisticos o los regimenes politicos se van sucediendo lo largo, por ejemplo, de lo que llamamos Civilizacién Occidental— cada vez con mayor celeridad, acortandose sus respectivos tiempos de vigencia. Por su parte, los gran- des adelantos ,técnicos que inciden poderosamente en el curso de la historia también se van precipitando cada dia con creciente velocidad. Todo esto nos parece demasiado evidente como para ponernos a ejemplificar en detalle, por lo que nos limitaremos a sintetizar el panorama con las pa- labras que dijera Michelet en 1872, para expresar su in- tuicién inaugural: Dans une simple vie d’homme (ordinaire de soixante-douze ans), j'ai vu deux grandes révolutions qui autrefois auraient peut-étre mis entre elles deux mille ans d’intervalle *. Con todo, a pesar de la evidencia, y como ya lo sefialara- mos, es escasisima la atencién que el tema ha merecido por parte de los especialistas, y es alarmante el numero de quie- nes instalados en decisivos puestos de comando no atienden a la precipitada marcha de los acontecimientos. No viven asi “a la altura de los tiempos” y se colocan como al margen del tiempo esencial que marca el ritmo de la historia, es decir, no viven histéricamente. Las consecuencias son, sin duda, de suma gravedad, y se sintetizan en el hecho, tan familiar en nuestros dias, que Ilamamos desubicacién, fend- meno tipico de las épocas de alta aceleracién. 1 Sin embargo, Michelet no hubiese podido vislumbrar la rapidez que alcanzaria el proceso menos de cien afios después. La brevedad de los tiempos de vigencia ha tenido una singular manifestaci6n hace dos afios en ocasién de la botadura del submarino Nautilus: cuando salia al mar ya cra de alguna manera anticuado, pues en ese mismo momento entraba en astilleros otro navio que superaba con mucho al Nautilus. Pensamos que los tiempos de vigencia de la ballesta o del mosquete fueron bastante m4s prolongados. 32 I Albert Einstein es, en muchos aspectos, un espejo de nuestro tiempo. Algunas aristas de su teoria de la relatividad y toda ella en general estan cargadas de implicaciones que son validas para los mas diversos campos del saber. La meditacién sobre la historia, especialmente, ha de tenerla muy en cuenta, pues es una valiosa e ineludible fuente de inspiracién. Nosotros estamos hablando de la velocidad y la acele- racién, y bien conocida es la importancia que estos temas tienen en la concepcién einsteniana. Mas permitasenos una digresién. Las cosas en general se advierten cuando alcan- zan un cierto volumen, de lo contrario pasan inadvertidas; algo asi ha sucedido con la velocidad y su incrementacién. Ni la Fisica, ni la Filosofia de la historia las tuvieron de- masiado en cuenta, por la sencilla razén de que casi no contaban o no parecian contar. Y no deja de ser interesante sefialar cémo estos temas emergen a la consideracién de los estudiosos pareja y muy tardiamente, es decir, en nuestro siglo. Tanto la fisica newtoneana como la historia del siglo Xvi otorgaron a estos t6picos una importancia menor, casi insignificante, al menos si la comparamos con los alcances que los mismos tienen en el esquema relativista de Einstein. Si bien en historia no hay nada equivalente como concep- cién sistematica, la velocidad y la aceleracién son cuestiones de plena vigencia, también en este campo, cosa que nadie puede discutir y que, por lo demas, pretende certificar este trabajo. No queremos forzar comparaciones, pero la alusién a cier- tos aspectos de la teoria einsteniana al tratar algunos temas historios6ficos nos resulta ineludible. Il La historia incrementa su velocidad y concomitantemente se produce otro sugestivo fenémeno: el achicamiento del mundo, que es el ambito de la historia. Este proceso tan importante y evidente como la aceleracién misma, tampoco ha recibido la atencién que merece. En la medida en que estamos informados, la primera vez que se hizo referencia a este tema fue en 1926, en un ciclo de conferencias habido en Londres bajo la direccién de Hugo Dalton y cuyo titulo era nada menos que éste: “El mundo se encoge: peligros y posibilidades” +, No decimos que la actual aceleracién de la historia sea la causa del achicamiento del mundo, su 4mbito natural —relacién de causalidad que si se da en la teoria de Eins- tein entre la elevada velocidad de un cuerpo y las dimen- siones del mismo—, pero si decimos que el proceso de acele- racién se est4 dando simultdnea e inseparablemente a un fenémeno de encogimiento del mundo, cuyos verdaderos alcances no han sido adn suficientemente analizados. Hay un hecho obvio: la distancia geografica entre Paris y Buenos Aires es la misma hoy que hace cuatrocientos afios. Lo que se ha acortado es justamente Ja distancia histérica, y esto es lo que no se ve. Todos los que comentan el achi- camiento del mundo, lo refieren al hecho de que se tarde menos tiempo en recorrer una determinada distancia, lo cual es cierto, pero no lo que més interesa; en iltima ins- tancia, ése seria un fenémeno casi geogr4fico, de la misma especie al que pertenece la distancia invariable en kiléme- tros entre las dos ciudades. El encogimiento del mundo, si bien tiene entre sus causas el acortamiento de la distancia horaria, exhibe otros alcances y pertenece a otra especie de fenémenos: a la historia. 1 El dato lo hemos sacado de Toynbee (Civilizacién on trial; trad, cast.: La civilizacién puesta a prueba, VI, Bs. Aires, 1949). 4 Lo que efectivamente se achica es el ambito de la historia, su perimetro y su volumen. Y no hay que confundirse en esto, pensando que el recinto de la historia se agranda con el tiempo, pues nuevos hechos sumados a los ya acontecidos aumentarian su tamafio; porque como ya lo dijimos en el capitulo anterior, la historia, la que realmente existe, es en definitiva nuestro presente, que la resume y le otorga exis- tencia efectiva. Y ése es el volumen que se comprime y ése es el perimetro que se amengua. Habitamos un mundo cada dia més chico, vivimos una mayor intimidad histérica, por- que el recinto temporal que nos cobija y que es el escena- tio de nuestro drama como hombres exhibe cada dia una mayor intimidad entre sus partes, que no somos sino nosotros mismos. Sus conexiones y engranajes aparecen hoy més ajustados e interdependientes, y el perimetro cultural del mismo est4 cada vez mas préximo de su centro. Y este fenédmeno de encogimiento y compresién de un ambito histérico determinado responde —al igual que la aceleraci6n— a la indole misma de la historia. Siempre fue asi. En cualquier 4rea, grande o pequefia, en que hagamos el anilisis, advertimos el proceso de compresién, de intimi- dad creciente entre sus partes constitutivas. La novedad ahora es que el proceso abarca el mundo entero, sujeto todo él y por primera vez de una sola historia, de una historia universal. Este es otro aspecto decisivo del gran acontecimiento del que somos protagonistas, y en él radica gran parte de la inmensa transformacién a la que asistimos y que tantos se niegan a asumir en sus ultimas consecuencias. Hay una ingente novedad en la historia que nos determina a vivirla de manera radicalmente distinta a como lo hemos hecho hasta ahora. Pero sobre esto volveremos luego. El simil einsteniano no se agota con lo expuesto. A la velocidad creciente y al volumen decreciente se suma un tercer fenémeno: el incremento de la masa, en este caso de la masa histérica. 35 La masa fisica es, como se sabe, la cantidad de materia que contiene un cuerpo. Y segin Einstein, esa masa —que antes se suponia constante— aumenta al incrementarse la velocidad de dicho cuerpo. Analdégicamente, llamamos ma- sa histérica a la cantidad de hechos que constituyen un presente dado, es decir, la historia en cualquiera de sus ins- tancias efectivas de existencia. Pues bien, la masa histérica se acrecienta de continuo porque se acrecientan los hechos de cada presente respecto del presente anterior; hay cada dia mis hechos, no necesariamente desde el punto de vista cuan- titativo —ya que los del presente no se suman a los del pa- sado, pues aquéllos han dejado de ser— sino cualitativamen- te, porque son los hechos pasados los que se insertan en los del presente, enriqueciéndolos, complejizandolos, cargandolos de mayores implicaciones. De ahi la creciente diversificaci6n de la vida, concomitante al avance de los tiempos. El perma- nente crecimiento cualitativo, inherente al ser mismo de la historia, determina que cada presente tenga mds materia que el anterior, mas posibilidades, es decir, mayor cantidad de masa histérica. Por eso hay cada vez mas cosas que vender y que comprar, mds carreras que seguir, mAs libros que leer y més lugares que visitar. Y, de manera semejante al esque- ma einsteniano, esta masa se incrementa en la medida que crece la aceleracién del movimiento histérico. Con lo expuesto, tendriamos suficientemente dibujado un diagrama de la historia basicamente analégico al que pro- porciona la teoria de la relatividad para el mundo fisico. Sin embargo, sin forzar demasiado las cosas, podriamos hallar una nueva e importante semejanza. Segin Einstein, junto con la velocidad y la masa del cuerpo aumenta la energia cinética del mismo. Pues bien, en el orden que nos ocupa, podriamos decir que también acrece la energia, de- signando como tal a la capacidad expansiva de la historia, en cuanto ésta —total o parcialmente considerada— ha ido ampliando continuamente su 4rea de residencia, en un pro- 36 ceso simultanee y proporcionado a la velocidad de su mo- vimiento y al incremento de su masa. Una ciudad, un pais, un imperio, en cualquier ¢poca 0 latitud, por exigencias propias de su dinamica, ha ido siem- pre ganando terreno, ampliando el escenario de su accién, poblando las soledades del mundo hasta cubrirlo hoy, prac- ticamente, en toda su superficie. En nuestros dias este fend- meno es por demis ostensible, ya que asistimos a un aconte- cimiento sin precedentes: la Tierra (es decir la Tierra hecha historia) se ha evadido de si misma, expandiendo su zona de influencia en la inmensidad césmica. Adviértase que este fendmeno de expansién es esencial- mente distinto del fenémeno de contraccién citado mas arriba. No hay pues contradiccién al decir que la historia se achica y a la vez se expande. Son dos procesos concomitan- tes pero diferentes. Ello nos ha movido a hablar respectiva- mente del volumen y de energia, pues de esto se trata en efecto, aitadiendo la nocién de masa. Y si no sucede —como en la fisica einsteniana— que la masa puede, ademas, trans- formarse en energia, si acontece, parecidamente, que al au- mento de una corresponde el de la otra, al punto de poder recurrir al famoso principio relativista de equivalencia y aplicarlo a la historia. Tenemos, pues, en términos de historia, cuatro aconteci- mientos sustanciales: incremento de la velocidad, compre- sién del volumen, aumento de la masa y aumento de la energia; cuatro fenédmenos bien distintos, pero profunda- mente relacionados y proporcionados, similares, de alguna manera, a los que acontecen en el ambito de la fisica. Los cuatro son inherentes a la indole de lo histérico y comprometen su propio ser; por lo tanto, aunque de manera. menos perceptible, han tcnido lugar en todos los tiempos y circunstancias, constituyendo una verdadera clave para desentrajiar el significado del acontecer humano; los cuatro decisivos, que como otros tantos puntos cardinales nos se- 37 la historia. Iv El hombre tuvo desde el principio una clara conciencia de su condicién espacial; se sintié siempre como colocado en una suerte de gran receptaculo al que podia recorrer en tres dimensiones. Consiguientemente, en el curso de la his- toria vemos a pueblos y civilizaciones vivir el drama del espacio, ya como aliado o como enemigo, ya como solucién © como problema, ya como apertura o como clausura de sus aspiraciones y posibilidades. El tiempo, la otra magnitud fundamental, aparecié siempre menos evidente, habiendo permanecido, en efecto, semioculta, como escondida detras del espacio, aguardando quizds el momento de pasar a un primer plano. Y el momento Ilegé. Hoy el tiempo ocupa lugar preferencial en la indagacién de la Filosofia, de la Fisica y de otras disciplinas. Desplazando y a veces absor- biendo al espacio, el tiempo es hoy la magnitud primordial. Casi diriamos, sin exagerar, que el hombre ha descubierto el tiempo recién en nuestro siglo. Pues bien, algo semejante acontece en el proceso histérico de la humanidad, algo que —contrariamente a lo que pu- diera pensarse— no es una causa de lo anterior sino mas bien consecuencia. En el mundo va dejando de ser problema el espacio. Decimos esto prescindiendo de dificultades po- liticas o demograficas que no vienen al caso y que en rigor no son sino seudoproblemas. Cada dia mas, sutil circunstancia, el espacio va perdiendo entitatividad', y 1H. A. Murena vio esta cuestién en Homo atomicus, Bs. As., 1961, libro un tanto frivolo y por momentos superficial, pero tan cargado de hondas intuiciones y a la vez tan audaz, que lo consti- tuyen, desde el titulo, en uno de los m4s importantes escritos entre nosotros. 38 el centro de gravitacién de muchos de los grandes proble- mas que afectan al mundo esta sufriendo un notorio desplazamiento del espacio al tiempo. La rapidez de las comunicaciones —que en diez afios més Ilegar4 a velocidad aun hoy insospechada— habra de terminar con las distancias fisicas, lograndose entonces una especie de multilocacién del ser humano, con la consiguiente disolucién del espacio. Aunque no del tiempo —como alguien pudiera concluir—. Por el contrario, el tiempo seguira siendo problema, por ser de indole més sutil, en el Ambito terrestre, y ademas co- menzaraé —ya comenzé en rigor— a constituirse como tal en el Ambito césmico, donde las cuestiones se plantean en términos de tiempo y no de espacio, no porque éste no exista sino porque queda absorbido por aquél, como aquél en otras escalas fue suprimido por éste. Y asi queda, por fin, establecida una nueva analogia en- tre la Fisica de Einstein, ostensiblemente temporalistica, y el nuevo curso de nuestra aventura humana. No sélo hemos descubierto que teniamos una cuarta dimensién sino que ésta se ha venido constituyendo en la fundamental. Y el “punto histérico” —como el “punto del Universo” de Minkowski— ya carece en absoluto de sentido —aunque nunca Io tuvo del todo— sin la coordenada temporal que le otorga consistencia y puntual ubicacién. v Estos rasgos que venimos analizando tipifican al ser mis- mo de la historia. Lo histérico es un ser al cual le conviene esencialmente realizarse de este modo. El advertirlo podr4 ser mas o menos facil, m4s o menos posible —nunca, en efecto, el proceso ha sido tan marcado como en nuestro tiempo—, pero de cualquier manera, esas notas responden a su misma especificidad. Mas este orden ontolégico se traduce empiricamente en 39 manifestaciones importantes. El incremento de velocidad se expresa en esta época en la inusitada fugacidad de los acontecimientos; el achicamiento del volumen, en la actual univocidad del curso de la historia (fenémeno que anali- zaremos detenidamente més adelante); el incremento de masa se traduce en la formidable complejidad y diversifica- cién de la vida; la expansién de la energia se manifiesta hoy en la conquista e inminente habitabilidad de los espacios siderales. Cuatro manifestaciones empiricas y ocasionales de otros tantos fenémenos congénitos y permanentes. De todos ellos, mueve nuestra atencién el derivado de la compresién del recinto histérico, fenémeno de efectos decisivos de nuestra época. La historia va deviniendo funcionalmente una; en otras palabras, sélo ahora estamos participando en una historia universal. Toynbee —ya lo dijimos en el capitulo anterior— ha Proporcionado un aporte vigoroso al puntualizar que son las civilizaciones, y no las naciones ni tampoco el supuesto curso unitario de una historia universal, los campos inteli- gibles en orden a la comprensién de la historia. Y esto debemos entenderlo como que es el Area civilizatoria la estructura que nos proporciona un grado éptimo de inteli- gibilidad. Descartamos que Toynbee haya pretendido negar —como indicara Ortega, por ejemplo— que estas estructu- ras hayan tenido a lo largo de la historia conexiones e interinfluencias. Esa circunstancia de todos modos no las privan. en absoluto, del caracter apuntado y que es el que nos interesa. Compartimos pues la apreciacién toynbeeana (e insistimos que es dentro de esas areas donde han de observarse los fenémenos que acabamos de considerar) pero pensando que tal apreciacién es valida sélo para el pasado. La civilizacién como campo de comprensién esta caducando en nuestra época. Ahora la maxima inteligibilidad la esta proporcionado una nueva estructura: la Historia universal. Adviértase c6mo nos expresamos: “va deviniendo”, “es- 40 td caducando”, etc., lo cual se explica perfectamente. Ese desplazamiento del registro maximo de inteligibilidad desde el campo civilizatorio al area de una historia universal no se efecttia de un dia para otro sino que es secular y progre- sivo, y aun hoy no ha Ilegado a un maximo de suturacién. Sin embargo, el proceso es evidente e irreversible, aunque no lo quiera reconocer Toynbee, atribuyendo tal juicio a una “errénea concepcién a la que nuestros historiadores occidentales contempordneos han sido Ievados por la in- fluencia de su contorno social sobre su pensamiento”. La historia universal (terraquea, se entiende) esta devi- niendo funcionalmente una, y este proceso se ha generado en torno a la Civilizacién Cristiana Occidental. Esta es nuestra apreciacién, que parcialmente coincide con otras ya expuestas, pero que retine puntos de vista peculiares. Toynbee la niega expresamente, esforzandose por reducir esa “historia universal” a un sistema econémico, con algunas consecuencias politicas, nacido de la red mercantil arrojada por Occidente alrededor del mundo en los siglos pasados. Culturalmente, afiade Toynbee, no hay tal unidad y “para aquellos que tienen ojos que ven, los lineamientos de las cuatro civilizaciones no occidentales vivientes son claros adn”? 1 Toynbee no cs muy preciso en esta cuestién, En A study of history (1, C. III, b), que citamos segan la edicién castellana, Bs. Aires, 1951, dice que casi todos los estados del mundo contem- Por4neo “son miembros ahora en formas varias y diferentes grados de una comunidad de estados unica de alcance mundial”; también en Le civilizacién puesta a prueba, V, afirma que “la humanidad ha quedado reunida en una tnica sociedad universal”; sin cm- bargo, en el lugar citado primeramente dice: “si bien los mapas econémico y politico del mundo han sido occidentalizados ahora casi hasta hacerlos irreconocibles, el mapa cultural sigue siendo hoy sustancialmente lo que cra antes de que nuestra Sociedad Occi- dental hubiera comenzado su carrera de conquista econémica y Politica. Para aquellos que tienen ojos...” etc. Hay que tener en cuenta que esto fue escrito en 1933. pero de todos modos nosotros ensamos que no menor sino mayor quizés es la unidad cultural 41 Todo eso es cierto y no esta en nuestro dnimo el negarlo. Lo que sucede es que tales circunstancias no invalidan la existencia cada dia mas consistente de una Historia Uni- versal, como campo de inteligibilidad histérica. Y en esto Toynbee parece no estar de acuerdo. El hecho de que en un 4rea mayor —Ila que nosotros postulamos como Historia universal— se dibujen areas menores diferenciadas en cierto grado, no la invalidan ni siquiera la afectan como tal. gO es que acaso Toynbee no admite que dentro de sus civilizaciones haya, asimismo, zonas marcadamente distintas y hasta con un cierto grado de autointeligibilidad? Lo que postula Toynbee —asi debemos interpretarlo, al menos— con sus civilizaciones, son registros éptimos de comprensién. Pues bien, ese registro éptimo se ha desplazado hacia un campo mas amplio, la Historia universal, aunque dentro de la misma adn sean claros Ios lineamientos subsistentes de fronteras culturales, mucho mas marcadas en otras épocas, y en innegable proceso de liquidacién en nuestro tiempo. No es que queramos decir lo que sefialaba Bogumil Jasi- nowski, de que en rigor no hay “islas histéricas”, sino un “continuo histérico”, ya que tarde o temprano cualquier historia particular se inserta en la corriente universal de la historia, Con eso estamos de acuerdo y nos parece irrefutable, pero nuestra afirmaci6n es diferente. Coincidimos con Toynbee en que hasta ahora las civilizaciones, como cursos mas o menos independientes, fueron los campos que posi- bilitaron un maximo de inteligibilidad hist6rica; disentimos con el investigador inglés en que todavia y en adelante siga siendo asi. El campo de inteligibilidad éptima es ya la Historia Universal. que la politica, segin tratamos de decirlo en adelante. De cual- quier manera, lo que nos interesa fundamentalmente en este ca- Pitulo es mostrar el nuevo campo de inteligibilidad de la historia, prescindiendo de aspectos parciales, politicos, econémicos, cultu- rales, etcétera. 42 En otras palabras: El fenémeno permanente de com- prensién del volumen y del perimetro de la historia se ma- nifiesta concretamente en nuestro tiempo en la constitucién —sin precedentes— de un campo histérico unitario. Por primera vez hay hechos consumados o potenciales que afec- tan a todo el planeta; sin abundar en ejemplos: sdlo en nuestro siglo ha habido dos guerras mundiales, la segunda —légicamente— més que la primera; la posible tercera guerra seria aun “mas mundial” que las anteriores, en un proceso incontenible de saturacién creciente. VI Ahora bien, traduzcamos el movimiento en términos de tiempo. Podriamos decir, en tal caso, que el mundo ha pa- decido siempre una fundamental discronia, es decir, un desnivel de tiempos histéricos entre sus partes. Pero esa dis- cronia, ese desnivel del calendario de Ja historia esta desapareciendo aceleradamente. El universo ha estado cons- tituido por pueblos-islas, no sélo en el sentido de Jasinowski, sino en tanto que amplias e importantes zonas del universo permanecian, aun en lo fundamental, mds o menos desco- nectadas de las demés. Vivian un tiempo histérico distinto y actuaban o se crefan mas o menos auténomos y autosufi- cientes. Hoy nos parece evidente que aquel proceso de com- presién ya mencionado va empujando a las diferentes areas del globo hacia un estadio basicamente isocrénico, hacia una nivelacién del calendario histérico, hacia una nivelacién de las alturas vitales —en términos ortegueanos—, en sinte- sis, a vivir “a una con los demas”. Quedan todavia en el planeta algunas zonas de baja tensién, algunas hondonadas de civilizacién, pero el proceso es rapido y nos conduce inevitablemente a la unificacién del ritmo histérico funda- mental. La humanidad toda esta hablando ya los mismos temas, padece los mismos temores y conjuga las mismas esperanzas. 43 Ya no resulta suficiente la civilizacién como minima estructura de maxima inteligibilidad. En muchas cuestiones decisivas las civilizaciones, esas que Toynbee enumera como atin existentes, se evaden de si mismas e integran ese todo mayor que es la Historia Universal. Y esta isocronia histérica se ha logrado en torno al vigo- roso tronco de la Civilizacién Cristiana Occidental?. No han sido las otras culturas las que por sus propios medios han alcanzado o estan alcanzando la vanguardia de la his- toria. Ha sido la Civilizacién Occidental la que, tras haber arrojado aquella red de que habla Toynbee —red que no fue sdlo econémica, a pesar de su opinién— comenzé lenta pero ininterrumpidamente la universalizacién del ritmo de la historia. No somos victimas de un espejismo. Ni producido por una “‘ilusién egocéntrica” de tipo localista, que nos ha re- iempre y que, por otra parte, no suele radicarsce izacién sino en la “nacién” (nacionalismo 0 pa- triotismo) ; ni en Ja ilusién de un “Oriente inmutable”, error que ya hemos denunciado en el capitulo anterior; ni por ultimo, en la ilusién de una linea recta como unico carril del proceso histérico, segiin tendremos oportunidad de sefialarlo mas adelante cuando analicemos el valor de las periodizaciones. Ninguna de estas tres ilusiones, enumeradas por Toynbee como causa de que algunos investigadores die- ran primacia a la Civilizacién Occidental en el proceso de unificacién del universo, fundamentan nuestra afirmacién. No sélo no nos seducen sino que las denunciamos radical- mente como fuentes de graves y reiteradas desvirtuaciones. 3 Con Sociedad Cristiana Occidental (Christian Western So- ciety) queremos hacer mencién bésicamente a lo que Toynbee ha Mamado asi, es decir, aquella cultura filial de la Helénica, originada en Europa Occidental antes del 700 d. C. y en cuyo Ambito ha tenido vigencia de alguna manera la reli asi de otras significaciones, m&s 0 menos caprichosas, con que se suele hoy utilizar esa denominacién. “ Si sostenemos que en torno y en funcién de la Civiliza- cién Occidental se esta produciendo el fenémeno de isocro- nia histérica universal, es por simple comprobacién empi- rica, por mostrarnoslo la realidad, Absurdo hubiera sido acusar a un romano del siglo I a C. de caer en alguna de esas ilusiones por pensar que el mundo del Mediterraneo actuaba por entonces en funcién de la ciudad de Roma, y que ésta le marcaba el ritmo de su curso. Lo mismo sucede ahora. Es la misma historia real la que nos dice que esta deviniendo una —y en esto se equivocé Ricket '— y que ello sucede funcionando como eje la Sociedad Occidental. No se trata de aniquilacién o negacién violenta por parte de Occi- dente de las culturas no occidentales —como pareciera pen- sar Toynbee que asi quiso hacerse y al no lograrse no hubo unificacién—; se trata de que Occidente, de una manera u otra, ha ido imponiendo cada dia mas su moral, su reli- gién, su politica, su economia, su cultura, su tecnologia. Nadie puede negar, por ejemplo, que por primera vez en la historia, nada menos que una nacién de la tradicién e im- portancia de China intenta organizarse inspirada no por las ideas de Confucio o de Lao Tsé sino por la de un judio aleman. Tampoco puede desconocerse —para poner ejem- plos bien diferentes— que el rey Saud encarga sus coches en Londres y Detroit (cosa que no hacia, evidentemente, porque no podia hacerlo, su antepasado el califa Hardn-Al- Rashcid), que en los clubes nocturnos de Tokio y Hong-Kong se escucha un ochenta por ciento de misica occidental, que la arquitectura y el traje americanos han desplazado a la pagoda y el kimono, y muchos otros fenémenos semejantes. Piénsese, por otra parte, que los grandes paises de Oriente 1 Rickert sostiene que la afirmacién de una historia universal es producto de una filosofia de le historia, y no fundamentada en la historia real. Pensamos que se equivoca y que no vio el pro- blema en toda su dimensién (Die Probleme der Geschichtsphilo- sophie; trad, esp.: Introduccién a los problemas de la Filosofia de la historia, cap. III, Bs. Aires, 1961). 45 (India, China, Japé6n) se han limitado a periodizar sus res- pectivas historias nacionales, sin intentar dicha tarea en el plano universal, utilizando para ese fin la divisién cuatri- Partita de uso occidental, a pesar de que la misma no los tiene en cuenta absolutamente. Esto no significa negar la pervivencia, a veces robusta, de importantes motivos culturales de otras 4reas —como, por ejemplo, buena parte de las manifestaciones artisticas y religiosas del Medio y Lejano Oriente— ni aun su influencia en el recinto de Occidente, pero todo ello no invalida, ni siquiera empalidece, el hecho fundamental: el ritmo lo marca la civilizacién occidental, y en su torno se ha venido efectuando la unidad de la historia. Con este proceso est4 ligado aquel otro de la deseuropei- zacién, es decir, de la pérdida de hegemonia mundial por parte de las grandes potencias europeas occidentales. Esta deseuropeizacién, que es innegable, no sélo no contradice el fenémeno que venimos comentando, sino que resulta su més inmediata consecuencia. Europa ha perdido su hege- monia porque ha sido capaz de europeizar, es decir, de occidentalizar al resto del mundo, que ha logrado “indepen- dizarse” y colocarse a la altura de los tiempos exclusivamen- te por haber sido inoculado de ideas, cultura y técnicas europeas u occidentales. La rebelién contra Occidente —a la que asistimos— es el reconocimiento mds contundente de lo que sefialamos. Siempre ha sucedido asi, por otra parte, en las relaciones entre una colonia una metrépoli. La pri- mera ha alcanzado su independencia (mas o menos real o ficticia) tan sélo cuando ha perdido su esencialidad origina- ria, cuando se ha evadido su propio ser para dejar lugar al ser de la metrépoli. Toda independencia no es sino el surgimiento de un yo alienado en lo otro, en aquello de lo cual quiso diferenciarse y escindirse. El pais que mds se ha independizado de Europa —de la metrépoli— al punto de que casi aquélla depende de él, es Estados Unidos, es decir, la nacién que en mis alto grado ha asimilado y hecho suyo 46 mayor cantidad de elementos europeos; y hoy Estados Uni- dos es lo que fue Europa durante siglos: el Occidente por antonomasia. VIL Nos hallamos pues ante una situacién inédita: por pri- mera vez la superficie del planeta es el escenario de una sola historia, por vez primera el linaje humano es protago- nista de un drama universal. La compresién del volumen histérico, rasgo inherente al proceso mismo, se manifiesta en esta época en la unidad universal de la historia. Un hom- bre de Buenos Aires, que vive a la altura de los tiempos, est4 mds cerca de Washington, de Mosci, de Argelia o del estrecho de Formosa ', que del interior de su pais o de mu- chas manifestaciones de su propia ciudad, porque en esas latitudes se decide su futuro politico fundamental. Y lo mis- mo puede decirse —es cuestién de cambiar nombres— en el orden ideolégico, en el artistico, en el técnico o en el econémico. Para quien vive al nivel de la historia, su esce- nario no es sino el planeta entero; mas, consciente 0 no, todos somos ya, de alguna manera, ciudadanos del mundo. Es pues algo mds que un acortamiento de distancias ho- rarias, algo m4s que un problema geografico. Es la com- presién misma de la historia, es la creciente intimidad de la familia humana, cuyos efectos alcanzar4n aun a los dis- traidos y también a aquellos lideres criollos que, “heroica- mente”, propician una politica sintetizada en “dar las espaldas al Rio de la Plata. Han de tenerle miedo al agua, seguramente. 1 No hemos modificado los ejemplos de la 1° edicién. 47 Carituro IIT LA PERIODIZACION DE LA HISTORIA “La historia no hace ninguna sec- cién: es una continuacién ininte- rrumpida.” Gelzer I No podemos dejar de referirnos a la periodizacién de la historia, otro de los temas que —como ya lo destacara Lorenz— no ha tenido la consideracién merecida. Divisiones de la historia en edades se han realizado muchas, por lo que no reside ahi la carencia; lo que no se ha hecho suficiente- mente es una critica a fondo de aquéllas, y aun de la posi- bilidad misma de periodizar el curso de los acontecimientos. Para poder dividir en periodos la historia universal se impone indefectiblemente una condici6n previa: que haya historia universal. Y tal fenémeno —segin dijimos en el capitulo anterior— sélo esta aconteciendo en nuestro tiem- po. Luego, toda divisién con pretensiones de universalidad hecha antes de ahora carece en absoluto de sentido. No podia periodizarse lo que no existia. De ahi que la mayor parte de las divisiones hechas hasta ahora adolezcan de un vicio original: sélo son validas para la historia europea o, quiz4, para la Civilizaci6n Occidental (de extensi6n menor que Europa en tiempo de los acontecimientos elegidos como hitos) y aun esta validez es muy discutible, segan veremos mas adelante. Si admitimos que de alguna manera Toynbee tiene raz6n al considerar a las civilizaciones como campos de mAxima » inteligibilidad, ello significara que no hay otros campos mas amplios que las incluyan y que, en consecuencia, tengan sentido de por si. Y esto —ya lo dijimos— nos parece ri- gurosamente cierto, porque asi fue durante milenios, hasta que en los uiltimos siglos comenzé a devenir la historia uni- versal. Y, adviértese la paradoja, cuando comenzé a insi- nuarse la unidad del curso de los acontecimientos, cuando surgia alguna posibilidad de una periodizacién universal (fines del xviu, principios del xxx), entonces fue cuando dejé de fijarse hito alguno: el ultimo sefiala, en efecto, a la Revolucién Francesa (1789). Cosas que pasan y que resultan dificiles de explicar. ptf Azarosa en su nacimiento y arbitraria en su formulacién es la periodizacién de mayor uso y que goza desde hace siglos de la més alta autoridad. Su paternidad se atribuye habitualmente a Christoph Keller (Cellarius) autor de Historia medit aevi (1688), pero su gestacin demandé va- rios tramos, de los cuales Cellarius no fue ni el primero ni el ultimo. Su periodizacién era tripartita. Una Antigiiedad que abarca desde los origenes hasta la decadencia de la cultura cl4sica (m4s concretamente, Cellarius establece el limite en la muerte de Constantino el Grande, 337); una Edad Mo- derna (literalmente: al modo de hoy), es decir, los tiempos nuevos en que aquella cultura renace tras un largo eclipse; y una Edad Media, designacién notoriamente despectiva, con sentido de provisionalidad, que corresponde a los siglos barbaros o intermedios entre las dos edades mencionadas; el limite entre la Edad Media y la Moderna lo establece Cellarius en la caida de Constantinopla y del Imperio de Oriente (1453). Precisiones posteriores realizadas por otros autores han tendido a reemplazar la muerte de Constantino 50 por la caida definitiva del Imperio de Occidente en manos de los hérulos (476) y a colocar junto a la caida del Im- perio de Oriente otros acontecimientos supuestamente tanto o més significativos: el descubrimiento de América (1492), la rebelién luterana (1517), y, con menos vigor, la inven- cién de la imprenta (hacia 1450). Posteriormente, en el siglo xxx comenzé a fijarse el fin de los tiempos nuevos con la Revolucién Francesa (1789) y a designarse la nueva edad con el nombre de Contempordnea. Como puede apreciarse, es bdsicamente la periodizaci6n de Cellarius la que ha man- tenido su vigencia hasta hoy. Ante ella no podemos eludir algunas consideraciones ade- més de la fundamental observacién que ya hemos hecho: no puede periodizarse la historia universal porque no ha habido hasta hoy historia universal. Veamos. En primer lugar es evidente que Cellarius y, por lo tanto sus conti- nuadores identifican a Europa con el mundo; todos los acon- tecimientos tenidos en cuenta no sdlo suceden en Europa (el descubrimiento de América es también un aconteci- miento europeo) sino que los dos sefialados por Cellarius y algunos de los afiadidos posteriormente sélo afectaron a la historia europea. Esto ya ha sido suficientemente denun- ciado como para insistir al respecto en este lugar. Pero hay algo tanto o més grave aiin en esta periodizacién de la historia y que no ha sido apreciado en la medida que lo merece: carece de sentido de futuro. Casi diriamos que presupone una concepcién estatica de lo histérico. Esto se trasluce en las denominaciones elegidas por Cellarius: anti- giiedad, edad media, edad moderna, especialmente esta Ul- tima, que dice al modo de hoy; era evidente que ese modo de hoy iba necesariamente a dejar, alguna vez de ser de hoy, pues si la historia se movia, habrian de venir nuevos tiem- Pos que serian, a su vez, de hoy, es decir, modernos, mien- tras que los anteriores pasarian a ser de ayer. Cellarius, al excogitar esa denominacién, o pensé que era provisional (lo cual no parece cierto, teniendo en cuenta el sentido de SL las dos denominaciones anteriores: antigua, media, que con moderna forman un arménico triptico) o creyé que esos nuevos tiempos habrian de prolongarse para siempre, lo cual implica carecer en absoluto de sentido de futuro. Por lo demas, estas ambiguas denominaciones pueden aplicarse a cualquier civilizacién, pais o grupo humano, y aun reiterarse a la manera del corst é ricorsi de Vico. Y este error se volvié a repetir con la designacién de contempordnea, ya que contempordnea significa exactamen- te lo mismo que moderna. De ahi que ahora tengamos dos edades modernas o contempordneas. Si en estos afios qui- siéramos sefialar el comienzo de otra edad, cualquiera sea el nombre que le pongamos, tendriamos la incongruencia de que la Edad Contemporanea ya no seria contempordnea, de la misma manera que la Moderna dejé de ser moderna, para quedar alojada dos siglos atr4s. Todo esto demuestra que para designar tépicos tan importantes como éstos no se eché mano de una terminologia técnica —como se hizo, por ejemplo, con las divisiones y subdivisiones de la prehis- toria (edades de Piedra, de los metales, periodos paleolitico, neolitico)— sino que se utiliz6 un conjunto de nombres del lenguaje cotidiano, absolutamente invdlidos para la finali- dad que se requeria. Pero la cldsica divisi6n es pasible aan de otras criticas que la tornan falsa también para el 4mbito europeo. Vea- mos. La Edad Media viene a resultar —para Cellarius y sus seguidores— un estado intermedio y provisional, una suerte de interregno, entre dos formas de vida y de pensa- miento m4s o menos similares: el antiguo esplendor y el renacimiento del mismo tras el eclipse de los tiempos medios. Pero, gen qué medida responde este esquema a la realidad histérica? ¢En qué medida la media aetas es lo heterogéneo entre dos instancias basicamente homogéneas? Nos parece que el dibujo no responde a la realidad. Es cierto que en los comienzos de la llamada Edad Media se producen las invasiones bdrbaras que ponen fin al Impe- 52 tio antiguo (la vélkerwanderung, diria Toynbee), pero el que cae es solamente el Imperio de Occidente, que no cubria todo el continente europeo. Mas a esto se afiade algo deci- sivo. Sucumbe, entonces, una estructura institucional, pero después de un perfodo de transici6n (paso de un campo de comprensién a otro, en el esquema de Toynbee), esas mis- mas tribus barbaras, mezcladas ya con los elementos preexis- tentes, tienden a restaurar las principales manifestaciones del mundo antiguo. Y cuando se “inicia” efectivamente la Ila- mada Edad Media es precisamente cuando esas manifesta- ciones comienzan a hacerse notorias. Politicamente, la res- tauracién del Imperio en la figura de Carlomagno (en el afio 800); desde el punto de vista del pensamiento, la renovacién de la filosofia platénica primero (800-900) y de la aristotélica después (siglos xu-xur), lingiiisticamente, la vigencia del idioma latino (600); juridicamente, la resu- rreccién del derecho romano (600), elementos todos que hacen de la llamada Edad Media una prolongacién o res- tauracién, mejor —tras el hiato de la vélkerwanderung—, de la antigiiedad clasica, elementos a los que se suma otro decisivo: el 4mbito geogrdfico de la civilizaci6n medieval es en lo fundamental el mismo del Imperio antiguo. Por tales razones, la lamada Edad Media no puede ser considerada como lo han hecho los teéricos del humanismo que periodizaron la historia; de todos los aspectos impor- tantes que hacen al curso de los tiempos, quiz4 sélo uno, el artistico, pudiera dar pie a la concepcién de una media actas entre dos etapas més o menos semejantes. Es cierto, en efecto, que la plastica renacentista busca su inspiracién en la antigiiedad cldsica, tendiendo a superar ciertas modali- dades medievales; pero no sélo es insignificante frente a todos los elementos anteriormente mencionados, sino que aun en el aspecto artistico no todo se orienta en el mismo sen- tido. Por ejemplo, el estilo romdnico (x1 y xm) que junto con el gético se disputan el recinto de la arquitectura, tiene su raiz en el arte de la Roma imperial; ciertos elementos 53 bizantinos que evidentemente incluye, lejos de negar ese origen Io reafirman: es la antigiiedad la que en él se pro- longa. Es asi pues que solamente algunos aspectos artisticos hacen del Renacimiento una restauracién de la antigiiedad por sobre una supuesta Edad Media. Se ha dicho repetidamente que la clasica periodizacién se realizé desde un punto de vista estético-lingiiistico. Puede que sea cierto, pero no sélo debemos insistir en que desde esa perspectiva no podia dividirse la historia toda, sino que aun ella misma es ampliamente discutible, segin hemos sefialado. De nada valdria hacer aqui un anilisis mayor, puesto que nuestro objetivo no es efectuar un estudio exhaus- tivo de la periodizacién en vigencia, sino simplemente poner de manifiesto su irremediable invalidez. Y esto creemos que ya esta a la vista. Agregaremos, sin embargo, otra incongruencia. Durante la Edad Media —supuestamente considerada la anti-Anti- guiedad— existe el Imperio Bizantino, que es fiel expresién de ésta. Y se elige, para poner fin a “la extrafia irrupcién barbara” y para marcar la reanudacién de la cultura an- tigua, un acontecimiento que consiste, paradéjicamente, en lo siguiente: una nueva irrupcién barbara que pone fin al Ultimo reducto puro de la antigiiedad, es decir, la toma de Constantinopla por los turcos. Mayor contrasentido, impo- sible?. Por eso deciamos que la divisién de la historia en edades, que desde Cellarius est4 en vigencia, no sdlo no sirve —en absoluto— en el Ambito de la historia universal, sino que tampoco resulta valida para el proceso europeo, pues tanto las fechas (a las que no hemos sometido a una critica ma- 1 Nétense, ademés, cosas como éstas: En Rusia, la Edad Media (0 algo parecido a lo que con este nombre pretende designarse en Europa Occidental) comenzarfa hacia el 1500, cuando terminaria en la otra mitad del continente, Por otra parte, la caida de Cons- tantinopla no es un hecho acaecido dentro del 4mbito de la Socie- dad Occidental, entendiendo a ésta en términos toynbeeanos. “4 yor, pues ya ha sido eficazmente realizada) como los con- tenidos y los nombres de las supuestas edades son totalmente josos y divorciados de la realidad}. Wl En las tiltimas décadas han aparecido otras periodizacio- nes destinadas a reemplazar a la divisién cldsica, entre ellas las mas conocidas de Oskar Lorenz? y de Karl Jaspers. La primera, realizada sobre ciclos de 300 afios, comparte la mayoria de las fallas de la divisi6n cldsica, en particular el europeismo y la presuposicién de que existe una historia universal pasible de ser dividida. La segunda, hoy altamente cotizada y ensefiada con entusiasmo en nuestras universida- des, logra eludir el primer error y es de suyo bastante ori- ginal, pero nos parece igualmente falsa, entre otras cosas, porque cae, sin quererlo, en el segundo, tanto o mas grave que el primero 3. Como es sabido, Jaspers propone un esquema segin el cual Ja historia presentaria cuatro cortes fundamentales: el primero, desde los origenes hasta el 5.000 a C. cuando el hombre llega a ser hombre; el segundo, del 5.000 al 3.000, 1 La enmienda de Dupont-Ferrier (Cf. Du moyen ge aux temps modernes, Paris), que reitera, combindndolas, ideas de A. Hauck, G. Steinhausen, y también de J. Michelet, y que hace emerger la Edad Moderna del mismo corazén del medicevo, prolongando éste, a su vez, hasta muy entrados los tiempos modernos, no supera ninguno de los vicios de la periodizacién original, sino que los pone adn més en evidencia. 2 Oskar Lorenz: Die Geschichtswissenschaft in Hauptrichtungen und Aufgaben, Berlin, 1886. 3 Repetimos, porque lo juzgamos decisive, lo dicho en el ca- pitulo I, tan falso reducir el mundo a Europa (Cellarius y Cia.) como negar que en las iltimas centurias y cada dia més el mundo se unifica en funcién de Europa y de la Civilizacién Occi- 55 época de las altas culturas antiguas; el tercero, entre el 800 y el 200 a. C., sobre el cual nos extenderemos més adelante; y el cuarto, desde entonces, y caracterizado por la tarea técnico-cientifica, que se prolonga hasta nuestros dias. De este esquema lo que mas le interesa a Jaspers, y a nosotros también, es el famoso tiempo eje o tiempo axial, extendido en torno del 500 a. C. desde el 800 al 200, época en que “tuvo lugar la cimentacién espiritual de la huma- nidad”. Por entonces han acontecido “cosas extraordinarias” que —para el filésofo alem4n— determinaron la aparicién del “hombre con el que vivimos hasta hoy”, el “hombre ver- daderamente espiritual en plena franquicia mental”. En sintesis, la humanidad actual, en sus lineamientos esenciales, habria surgido en ese tiempo axial, que constituiria una suerte de irrupcién (Durchbruch), antes del cual el hom- bre habria sido radicalmente distinto, y se supone, inferior. Adviértese que Jaspers deja un vacio histérico al saltar del 3.000 al 800 a. C. El filésofo alem4n ejemplifica con aparente eficacia. Por aquel tiempo vivieron en China: Confucio, Lao-Tsé, Mo- Ti, Chuang-Tsé, Liedsi y otros; en la India surgieron las Upanisad, Buda y otras tendencias fundamentales; en Iran ensefié Zaratustra; en Palestina aparecieron los profetas; Grecia vio a Homero, a los grandes presocraticos, a Platén, dental (Toynbee). Por eso se cquivocan tanto los que afirman una historia universal desde Jos origenes (Lorenz y en cierto modo Jaspers) como los que la niegan en los iltimos siglos (de alguna manera el mismo Toynbee). 1 Karl Jaspers: Vom Ursprung und Ziel der Geschichte; trad. esp.: Origen y meta de la historia, Madrid, 1950. En la pag. 34 hay un gr4fico que ilustra esta concepcién. La reitera en Einfii- Arung in die Philosophie; trad. esp.: La Filosofia, México, 1953, cap. IX. La nocién de un tiempo-eje ya aparece en Lasaulx (Neuer Versuch einer Philosophie der Geschichte, Munich, 1856) y en V. von Strauss (en un Comentario a Lao-Tsé, de 1870), am- bos citados por Jasper. 56 a los tragicos, a Tucidides y a Arquimedes. Todo esto su- cedié con “aproximada simultaneidad” insiste Jaspers, en pueblos que no supieron unos de otros. Pues bien, este planteo del ilustre pensador nos parece irreal por un lado y pueril por otro. Los autores que Jaspers menciona en China son, sin duda, importantes y vivieron en las fechas mencionadas, pero hoy no se ignora que tan importantes como ellos en la constitucién del pensamiento chino son los libros que, como los King, sirvieron de base a la meditacién de estos autores, y que poseen una antigiie- dad que excede holgadamente los limites del tiempo axial: son, evidentemente, anteriores al 800 a. C. En la India la seleccién de libros y autores es, asimismo, poco convincente. Jaspers cita a las Updnisad y a Buda, pero no dice que los Vedas —tanto 0 mas importantes— son anteriores a la fecha elegida, y que después del 200 a. C. continda la cons- titucién del pensamiento indio. En el mundo hebreo, suce- de algo por el estilo. ; Por qué cita Jaspers a los profetas y no a otros autores y libros tan decisivos como aquéllos para los fines propuestos, como el Génesis, el Exodo o los Salmos, muy anteriores al 800? En Grecia el esquema jasperiano parece ajustarse algo més a la realidad, pero un andlisis mas hondo también lo descalifica: no hay un eje en torno al 500 a. C. extendido hacia el 800 y el 200; hay un proceso cultural en ascensién que se inicia mucho antes de Homero y crece sin detenerse hasta alcanzar su plenitud en los siglos v y via. C. para proseguir luego desplazandose fecunda- mente. En Roma, el mismo Jaspers parece no hallar nada que responda a su formulacién, aunque a Lasaulx se le ocu- rrié pensar que el rey Numa pudiera servir para tal fin. De igual manera que respecto del pensamiento en general, también es falsa la afirmacién jasperiana referida a las religiones universales, todas las cuales habrian nacido —se- gan él— durante el tiempo axial. Respecto de las orientales, s6lo el budismo y en alguna medida el taoismo pueden ajus- tarse a tal esquema; y en cuanto al judaismo, al cristianismo 57 y al islamismo resulta obvio que las cosas no han sucedido segtin la cronologia que pretende Jaspers. No hay, pues, un tiempo-eje, y menos con la simetria con que lo formula el autor germano; solamente una ten- denciosa selecci6n de nombres y fechas puede dar origen a una idea semejante. Y no hay Durchbruch, como irrupcién o salto, porque —contrariamente a lo que piensa Jaspers y también Toyn- bee y otros— la historia no da saltos, y los grandes cambios que a veces se advierten no son sino procesos mas acelera- dos que el de la etapa que nos sirve de referencia. El viejo adagio que ya la Fisica no se atreve a hacer suyo: Natura non facit saltus, debe ser transferido al campo de la historia, invirtiendo asi una disposicién secular. Pero ademés, el esquema de Jaspers no puede constituir una periodizacién de la historia universal, por la razén que ya hemos expuesto y que el mismo Jaspers reconoce expre- samente: “Hasta ahora no hubo historia universal, sino solamente un agregado de historias locales”. Como conse- cuencia, ciertas coincidencias de fechas (Confucio, Buda, Zoroastro) no son sino simples sincronismos, paralelismos extrinsecos de procesos independientes. No se debe olvidar que China, India, Israel o Grecia son campos de inteligibi- lidad sustentados en procesos discrénicos que, por lo tanto, no constituyen un devenir histérico unitario. Eso nos impide hablar, sin mas, de coetaneidad, pues 600 afios a. C. en di- ferentes areas no significan necesariamente un mismo tiempo histérico. Sin embargo, podemos admitir —sin olvidar esa circuns- tancia— que ha existido un cierto sincronismo y acordar con Jaspers que no se trata de un puro “juego ilusorio de Ta casualidad hist6rica” y que puede tener raz6n cuando dice que “parece patentizarse en ello la presencia de algo comin en la profundidad, un origen, un punto de partida del ser humano”. Si no pensamos, pues, en un tiempo-eje 58 800-500-200, en una Durchbruch mas o menos repentina, y Nos ajustamos a la realidad, es decir, al hecho incuestio- nable de que hacia el siglo v1 a. C. algunos pueblos, en mo- vimientos paralelos, alcanzan una notoria madurez intelec- tual, la reflexién sobre dicha coincidencia resultara, sin duda, particularmente fecunda. En cuanto a los otros cortes, los dos primeros son acep- tables con las condiciones expuestas para con el supuesto tiempo-eje; respecto del cuarto, la época técnico-cientifica, estimamos que es inadmisible otorgarle un caracter separado, juzgarla “una nueva base” de la cual hubiese partido el hombre. La accién técnico-cientifica no tiene un punto de partida, no supone corte alguno en ningin momento (fin de la Edad Media —dice Jaspers— aunque en otro lugar dice “desde entonces”, es decir, desde el 200 a. C.) sino que confunde sus raices con las raices del hombre y recorre un itinerario evolutivo hacia un grado de perfeccionamiento cada vez mayor. En fin, lo que propone Jaspers es aceptable siempre que no se le considere una periodizacién de la historia univer- sal. No parece, por lo demas, haber sido tal cosa su inten- cién, sin duda porque advirtié que tal empresa era impo- sible. Se trata, simplemente, de un cierto esquema de inter- pretacién, el que a su vez nos parece, segiin queda dicho, bastante objetable. IV De todo lo expuesto se concluye que no puede haber pe- Tiodizacién de la historia universal, por la simple razén de que no ha habido historia universal. Lo unico légico en ma- teria de divisién de la historia nos parece que es buscar campos inteligibles de estudio, a la manera de Toynbee, y comprender, a diferencia del pensador inglés, que ya hemos entrado en una etapa inédita, la de la Historia universal, 59 que sdlo ahora existe —y cada dia mas— con evidente efectividad. Intentar periodizaciones dentro de cada campo inteligible, es decir, de cada civilizacién, lo estimamos mucho mas 16é- gico, aunque no siempre factible. Y concretamente en la llamada “Civilizacién Occidental”, la nuestra, lo juzgamos imposible !, al menos segun el estilo tradicional, o sea con la eleccién de tres o cuatro acontecimientos y fechas supues- tamente decisivos. Todo lo que se haga sobre esa base sera irremediablemente falso. Hay, si, momentos —en la Sociedad Occidental o en cualquier otra, no en la Historia del mundo, al menos hasta hoy— en los que se dan, por ejemplo, una determinada situacién politica, un determinado estilo artistico, una de- terminada tendencia filoséfica o religiosa, un determinado ordenamiento econémico-social, etc., distintos todos ellos de los que tipifican otros momentos; hay, en efecto, interesantes y fecundos paralelismos, pero la extensi6n de esos “mo- 1 Toynbee ha denunciado con acierto el desenfoque de la divi- sién de Cellarius en relacién a su propio esquema de las civiliza- ciones. Mientras el paso de la Edad Media a la Moderna es un capitulo de la historia occidental, la escisién entre la historia anti- gua y la medieval corresponde a dos civilizaciones diferentes, la helénica y la occidental. Dice Toynbee: “La férmula «antigua + medieval + moderna» es errénea: deberia ser

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