La Reforma Agraria Mexicana Warman
La Reforma Agraria Mexicana Warman
- Arturo Warman
Antropólogo y ex Ministro de la Reforma Agraria de México.
La reforma agraria mexicana tuvo su origen en una revolución popular de gran envergadura y
se desarrolló en tiempos de la guerra civil. A lo largo de un extenso período se entregaron a los
campesinos más de 100 millones de hectáreas de tierras, equivalentes a la mitad del territorio
de México y a cerca de las dos terceras partes de la propiedad rústica total del país, con los
que se establecieron cerca de 30 000 ejidos y comunidades que comprendieron más de 3
millones de jefes de familia. Sin embargo, la reforma no logró el bienestar perseguido, y los
campesinos a los que llegó viven hoy en una pobreza extrema. El deterioro paulatino del sector
rural se prolongó hasta 1992, cuando se consiguió reorientar cabalmente el desarrollo rural. La
reforma agraria quedó inconclusa, y sus objetivos sociales y económicos no se alcanzaron.
Pese a estas limitaciones, la experiencia reformista fue determinante y produjo efectos que
conviene analizar para discernir nuevas alternativas. Ni desastre ni triunfo, la reforma es un
proceso abierto pero imperfecto; sus soluciones de mediano plazo solo serán viables si se
logran de inmediato los acuerdos nacionales y se inician los programas destinados a conducir
la reforma a su término.
INTRODUCCIÓN
Durante el largo período que se extiende de 1911 a 1992 se entregaron a los campesinos algo
más de 100 millones de hectáreas de tierras, equivalentes a la mitad del territorio de México y a
cerca de las dos terceras partes de la propiedad rústica total del país. Según las Resoluciones
Presidenciales de dotación de tierras, se establecieron unos 30 000 ejidos y comunidades que
incluyeron 3,1 millones de jefes de familia, aunque según el último Censo Agropecuario de
1991 se consideraron como ejidatarios y comuneros 3,5 millones de los individuos encuestados.
Afines del siglo XX, la propiedad social comprendía el 70 por ciento de los casi 5 millones de
propietarios rústicos y la mayoría de los productores agropecuarios de México.
Las cifras agregadas reflejan la amplitud del prolongado reparto institucional de las tierras, pero
no hacen justicia al complejo papel de la reforma agraria a nivel de toda la nación. La
estabilidad, gobernabilidad y desarrollo de México en el siglo XX se sustentaron en dicha
reforma y permitieron la construcción de un país predominantemente urbano, industrial y
dotado de un importante sector de servicios. Pero la reforma agraria no logró el bienestar
sostenido de la población, y los individuos a los que llegó viven hoy en una pobreza extrema. El
desarrollo rural y agropecuario fue incapaz de responder eficaz y equitativamente a la
transformación demográfica y estructural del país.
Esta contradicción tiene muchas causas, y se explica en parte por las características del
proceso de redistribución de tierras en México.
Ahora bien, para la comprensión de la reforma agraria es preciso realizar un análisis de la
demografía y de la diversidad poblacional, de los recursos naturales, de la organización o
dispersión de los productores, del modelo de desarrollo y sus relaciones con los mercados
globales, de las políticas públicas, y de las corrientes y equilibrios políticos.
En el primer período de la reforma agraria, que se extiende de 1920 a 1934, las tierras
repartidas fueron un complemento del salario de los trabajadores rurales, un pegujal que debía
proporcionar una base alimentaria, una vivienda y otros bienes para mejorar los ingresos que
se obtuvieran de las haciendas y propiedades agroexportadoras, que eran el sector más
dinámico de la economía mexicana. El reparto de las tierras se entendió entonces como un
acto de justicia que elevaba el bienestar de los campesinos; pero su importancia para el
desarrollo económico nacional no se tomó en consideración.
La inercia de la política minifundista del primer período de la reforma persistió. Diversas normas
y ordenamientos establecieron las dimensiones de la superficie de la unidad de dotación de
tierras: en 1922 la parcela individual para uso particular y disfrute familiar en los ejidos debía
medir entre 3 y 5 hectáreas para las tierras de riego, o entre 4 y 6 hectáreas para las tierras de
temporal. El Código Agrario de 1934 fijó estas dimensiones mínimas en 4 y 8 ha
respectivamente; la relación de equivalencia era pues de 1:2. El Código Agrario de 1942 elevó
el mínimo a 5 ha de tierras de riego, y la reforma constitucional de 1946 lo llevó a 10, sin que
hubiese ampliación posterior. Sin embargo, estas medidas de dotación mínimas, que parecen
estrechas, nunca se cumplieron. Hasta 1992, las Resoluciones Presidenciales reflejan la
clasificación de las tierras en el momento en que fueron emitidas, y mencionan los siguientes
promedios por beneficiario: 0,6 ha de tierras de riego, 4,2 ha de tierras de temporal, 18,6 ha de
tierras de agostadero, 3,6 ha de tierras de monte, 0,4 ha de tierras desérticas y 7,1 ha de
tierras indefinidas por un total de 34,5 ha. Las parcelas individuales sólo contenían las dos
primeras categorías - de riego y de temporal (tierras cultivables) -, mientras que las demás eran
para el disfrute comunitario. Un predio promedio de 5,4 ha tierras de temporal correspondía a
un minifundio, y su dimensión permaneció invariada.
El sujeto legal y social del reparto de las tierras era el ejido, una sociedad o corporación civil
que podía trasmitir a sus integrantes unos derechos individuales precarios. Correspondía a la
asamblea ejidal tomar las decisiones fundamentales, pero dicha asamblea solo podía reunirse
luego de haber sido convocada por las dependencias agrarias del gobierno, y debía ser
validada por la presencia de funcionarios públicos. Cuando ocurría una privación de derechos
agrarios, correspondía a la autoridad agraria federal asignar tales derechos a otro solicitante de
tierras.
Desde 1936, el poder ejecutivo organizó a los campesinos del sector reformado, primero en
una central única, y después en una central mayoritaria: la Confederación Nacional Campesina
(CNC). La CNC era también la entidad agraria del partido del gobierno. La CNC se movilizaba
para respaldar las decisiones presidenciales; muchas de éstas eran fundamentales para la
definición de la política nacional, pero la CNC también apoyaba políticas facciosas e incluso
llegó a constituir una milicia armada para acotar otras corrientes políticas deseosas de recurrir
a la fuerza. La incorporación del sector reformado al poder presidencial implicaba una sumisión
a éste, pero a cambio aquél recibía concesiones. Antes que nada dicha sumisión daba acceso
a la tierra, pero también abría una vía a la participación política y al ejercicio de la ciudadanía
en el marco del partido de gobierno. Los cuadros militantes de la CNC ocupaban posiciones de
presidentes municipales, legisladores locales y federales y gobernadores de los estados de la
federación, e influían en el proceso de selección del sucesor del presidente de turno. Los
cuadros dirigentes de la CNC, que no siempre eran de origen campesino, establecían con la
base relaciones de obligación y fortalecían un vínculo de dependencia clientelista. En estas
relaciones, las concesiones o privilegios encubrían los derechos.
De resultas del crecimiento explosivo de la población mexicana durante el siglo XX, además de
otros factores estructurales, el sector rural reformado quedó relegado a una posición cada vez
más marginal. La población rural equivalía en 1960 a la mitad de la población del país; poco
más del 50 por ciento de la población encontraba ocupación en las labores agropecuarias. Esta
proporción descendió al 25 por ciento en el año 2000. En ese año, más de la mitad de la
población nacional vivía en ciudades de más de 100 000 habitantes, y el 75 por ciento de la
población estaba empleado en los sectores secundario y terciario de la economía. La
urbanización de la población estaba avanzada y era irreversible, pero quedaba una importante
minoría campesina en condiciones de pobreza extrema, rezago y frustración. El progreso tocó
marginalmente el campo pero no arraigó en él.
Las tierras aptas para el cultivo fueron escaseando y cada vez daban rendimientos más bajos;
ello se debía a la falta de humedad, al excesivo número de tierras en pendiente, a la
vulnerabilidad a las plagas, y a riesgos relacionados con la incorporación de tierras marginales.
En el presupuesto de los productores campesinos, la proporción de los alimentos de
autoconsumo descendió respecto al gasto monetario. Se integraron a la lista de consumos
fertilizantes e insecticidas que compensaban la pérdida de fertilidad de las tierras; herramientas,
gastos en concepto de transportes, medicinas y otros bienes y servicios que se adquirían en el
mercado.
A partir de 1970, la desigualdad del sector reformado era evidente. Dependiendo de la época,
de la localización geográfica y de la correlación de las fuerzas políticas, los ejidos fueron
dotados tierras de extensiones y calidades diversas. Además de la desigualdad física, en los
ejidos había situaciones de iniquidad como consecuencia de herencias, matrimonios y compras
de parcelas ilegales pero toleradas.
El envejecimiento de los agricultores del sector de la propiedad social agravó las situaciones
que resultaban de la desigualdad y fragmentación de los predios. La mitad de los ejidatarios
certificados tenía más de cincuenta años de edad, y la cuarta parte del total más de 65. La
carencia de un sistema de seguridad social y de pensiones para los trabajadores del campo
convertía la parcela en el único patrimonio para enfrentar las necesidades de la vejez; por
consiguiente, el manejo de ese patrimonio ha sido fundamentalmente conservador. La herencia
o sucesión se recibe en México en torno a los 50 años, que es la edad umbral en que inicia el
manejo conservador del patrimonio.
Las escasas dimensiones de los predios cultivables por unidad familiar, su fragmentación, la
insuficiente calidad de la tierra y el alto riesgo económico de las actividades agrícolas han
conducido a la actual administración a considerar que de los 4 millones de explotaciones
agropecuarias del país sólo un millón pueden ser viables como empresas comerciales. De
estas, 700 000 necesitan un apoyo considerable y prolongado para convertirse en empresas
comerciales, y 3 millones deberían ser objeto de «atención social» debido a que no consiguen
consolidarse como empresas agropecuarias. Estos factores han erosionado el funcionamiento
del sector primario y del sector reformado a partir de la década de 1960. Entre 1964 y 1970, el
Gobierno realizó un esfuerzo postrero para completar el reparto de las tierras del sector agrario.
Sin embargo, el carácter autoritario de las políticas, la burocracia y la falta de alternativas para
la población rural impidieron que los campesinos y otras fuerzas sociales adoptasen los planes
propuestos. El movimiento estudiantil de 1968, que confrontó al Gobierno con las clases
urbanas medias emergentes, obligó a convocar al sector social campesino para garantizar la
paz y la sucesión presidencial. A cambio, se ofreció al sector agrario la continuación del reparto
de las tierras, a pesar de que comenzaba a ser manifiesto que la política de redistribución de
tierras había sido ineficaz para alcanzar la justicia y el bienestar, y que, por el contrario, había
agudizado los conflictos políticos agrarios, la incertidumbre y la precariedad.
Las repetidas crisis económicas nacionales hicieron que disminuyese el intervencionismo
público y que los inversionistas privados se retirasen del sector primario. El campo mexicano se
descapitalizó y la pobreza extrema se concentró en él. Desde 1965 el crecimiento del producto
agropecuario fue en promedio inferior al aumento de la población nacional y, en algunos años,
fue incluso inferior al aumento de la población rural. A pesar de los cambios en la estructura de
la producción agraria, el suministro nacional de alimentos registró un déficit. Desde 1970, en
promedio cerca de la tercera parte del consumo aparente de granos básicos se ha cubierto con
importaciones. La importancia relativa de las exportaciones agropecuarias en la balanza
comercial ha disminuido. Afines del siglo XX un poco más de la quinta parte de la fuerza de
trabajo nacional dedicada a la producción agropecuaria aportaba apenas un 5 por ciento del
producto interno bruto: esta cifra refleja la pobreza de los trabajadores del campo, la aguda
desigualdad existente en el sector rural, y la situación marginal del sector rural en la economía
y la política nacionales. El 57 por ciento de la población rural vive hoy en condiciones de
pobreza extrema, que es la forma de pobreza que pone en riesgo la salud y las capacidades de
desarrollo del individuo. Las tres cuartas partes de las personas más pobres viven en
localidades agrarias de menos de 15 000 habitantes.
El deterioro progresivo pero acelerado del sector rural se prolongó hasta 1992, cuando fue
posible alcanzar un consenso suficiente, aunque distante de la unanimidad, para reorientar y
dar dinamismo al desarrollo rural, y combatir la pobreza, el atraso y la marginación. La primera
etapa ese proyecto de reorientación de largo alcance fue la reforma del artículo 27
Constitucional en materia agraria, así como las leyes reglamentarias derivadas. La nueva
versión del artículo se promulgó el 6 de enero de 1992, y unos meses más tarde se promulgó la
Ley Agraria y la Ley Forestal. Sin embargo, la crisis política de 1994 y la crisis económica de
1995 retrasaron o suspendieron la aplicación de los programas compensatorios y, lo que era
más importante, de una reforma institucional que no sólo era complemento sino condición de la
reforma integral de gran alcance. La reforma quedó inconclusa; sus metas sociales y
económicas no se alcanzaron. Pese a estas limitaciones, la reforma produjo efectos positivos
que conviene analizar.
La otra vertiente del principio toral fue la de la justicia, porque correspondía al Estado y a sus
instituciones no solo vigilar el cumplimiento de la ley sino crear las condiciones y dar el
estímulo para que la libertad de los productores pudiera ejercerse plenamente. Para enfrentar
los problemas de la pobreza, desigualdad y atraso de la mayoría de los productores
minifundistas, la reforma proponía impulsar unos programas compensatorios orientados a la
igualdad de oportunidades en el sector rural. Se creó la Procuraduría Agraria, una institución
pública dotada de autonomía técnica para asistir, representar y arbitrar la solución de los
problemas agrarios, y se otorgó prioridad a los sujetos de la propiedad social al recibir sus
servicios.
El reparto agrario, entendido como una obligación del Estado, había cumplido su propósito
después de 75 años. El ejido, sociedad de propietarios de tierras, permaneció como sujeto
jurídico de la propiedad social. A través de la decisión mayoritaria de sus socios, reunidos en
asamblea con facultades especiales, el ejido podía vender la tierra de uso común, arrendarla,
aportarla como capital a una sociedad mercantil, usarla como garantía hipotecaria, o decidir su
explotación colectiva. El ejido podía incluso disolverse o adoptar la forma de una comunidad
agraria con objeto de conseguir una mayor protección. La asamblea también podía autorizar a
sus socios particulares a enajenar las parcelas de uso individual a personas no miembros del
ejido. La cesión onerosa o gratuita de los derechos ejidales entre los socios ejidatarios, sus
sucesores o avecindados no requería autorización de la asamblea; bastaba solo que ésta fuese
notificada del acto. La asamblea no podía imponer condiciones restrictivas a las parcelas
ejidales ni incautarlas por ociosidad de aprovechamiento.
Aparentemente, el mercado de tierras no ha conocido progresos [23]. Para que ese mercado
tuviese auge habría sido necesario poner un término a los títulos y registros de propiedad no
fiables. Desde 1993, el Programa de Certificación de Derechos Ejidales (PROCEDE) ha
expedido a los ejidos y a cada uno de los parceleros unos certificados que son conformes a los
requisitos de calidad jurídica y cartográfica. Hasta el año 2000, el Programa había logrado la
certificación de casi el 80 por ciento de los ejidos del país, pero a nivel regional los progresos
seguían siendo desiguales.
El Registro Agrario Nacional, otra institución creada por la reforma, ha conseguido apoyar con
firmeza el mercado de tierras. Sin embargo, los registros públicos estatales de la propiedad
rústica privada han sido menos eficaces que los registros de la propiedad social federal, y no
han podido dar fiabilidad a sus escrituras. La falta de financiamiento ha sido uno de los
problemas que ha entorpecido la formación de un mercado de tierras. El sistema financiero
bancario privado no ha operado en el campo, y el sistema financiero bancario público ha sido
desmantelado con objeto de su ulterior reorganización. El financiamiento, una de las
condiciones de una reforma rural de gran alcance, ha estado ausente del proceso reformista.
Por otra parte, no se han creado mecanismos que brinden seguridad e ingreso a unos
campesinos de avanzada edad que se aferran a su propiedad para enfrentar la vejez. El
traspaso de las tierras de una generación a la siguiente, condición para acelerar los cambios
técnicos y consolidar la organización de los productores, así como para atraer al campo a una
proporción de jóvenes emprendedores, no ha contado con el apoyo público que la habría
hecho posible. México ha carecido de un sistema de seguridad social que asegure a los
campesinos una jubilación digna. Los jóvenes han seguido abandonando el campo; y las
remesas de dinero de los jóvenes a las personas que han permanecido en el campo se han
convertido en un factor muy importante de los ingresos rurales. En cifras absolutas, en las
últimas dos décadas la población rural y la población ocupada en actividades primarias se han
prácticamente estancado, y su número probablemente descenderá en los próximos decenios.
La reforma agraria mexicana ha tenido, desde sus orígenes, un sesgo «machista»: solo los
hombres eran sujetos de dotación agraria, y solo sus viudas podían ser titulares de tierras.
Pese a esta restricción jurídica, las mujeres constituían, por herencia y por otros mecanismos,
casi la quinta parte del total de los ejidatarios titulares en la década de 1990. La reforma de
1992 no estableció distinción de género en materia de propiedad agraria. El creciente proceso
de feminización de la agricultura minifundista (los varones encontraban empleo como peones u
obreros fuera del predio familiar) ha incrementado la proporción de mujeres dotadas de
derechos agrarios, en la medida en que las leyes ya no impedían o penalizaban dicho proceso.
Ha comenzado quizá una etapa en que la mujer predomina en la propiedad y en la explotación
de los minifundios, y en que la obtención de un complemento a los ingresos familiares
constituirá, en el siglo XXI, un nuevo pegujal.
Sin embargo, los objetivos de los dos programas mencionados eran mucho más amplios,
porque intentaban crear una base de justicia para los habitantes del campo mediante la
progresividad de los subsidios públicos a la producción. Anteriormente, la desigual distribución
de los subsidios había sido causa de injusticia.
Desde 1995, la crisis económica, los recortes presupuestarios y la inflación han afectado a los
sistemas de apoyo universales directos. Estos apoyos no lograron sustituir íntegramente a los
subsidios de precios extraordinarios de los productos comercializados exigidos por los grupos
económicos más poderosos y políticamente influyentes. Los subsidios extraordinarios se
siguieron otorgando en número similar o superior al de los apoyos directos. El sistema de
apoyos y subsidios públicos al sector rural, la otra faz de la reforma constitucional, quedó a
medio camino entre la inercia y la reforma.
CONCLUSIÓN
Aún no es posible hacer un balance de una reforma muy reciente, afectada por una crisis
económica profunda y por la alternancia política del Gobierno. La reforma presenta signos
alentadores pero no está exenta de incertidumbre y señales de alarma. Los conflictos agrarios
han sido menos frecuentes e intensos, aunque persisten focos aislados de riesgo en regiones
indígenas, donde los conflictos se utilizan como instrumento para la satisfacción de otras
demandas. Aparentemente se ha detenido el deterioro económico del sector agropecuario,
aunque su crecimiento ha sido modesto e insuficiente para compensar los atrasos acumulados.
Los ingresos y el nivel de vida de la mayor parte de los sectores más pobres del campo no han
disminuido, aunque las aspiraciones y las expectativas creadas por las reformas distan de
haberse realizado.
BIBLIOGRAFÍA
Simpson, E.N. 1952. El ejido, única salida para México. Problemas agrícolas e industriales de
México, IV(4): octubre-diciembre. México, D.F.
Tannembaum, F. 1929. The Mexican agrarian revolution. Washington, DC, The Brookings
Institution.
Warman, A. 2001 y 2002. El campo mexicano en el siglo XX. México, D.F., Fondo de Cultura
Económica.
Whetten, N. 1953. México rural. Problemas agrícolas e industriales de México, V(2): abriljunio.
México, D.F.
Y la selva sangró
Montes Azules: la batalla del fin del mundo
por Armando Bartra
Detrás del antagonismo entre indios y trasnacionales, que se agudiza en la coyuntura, hay un
proceso de larga duración que ha hecho crisis en las últimas décadas: la lenta pero inexorable
destrucción de la selva. La crisis de Montes Azules no se agota en una conspiración por
desalojar a los indígenas y dejar pasar a los empresarios. Es ejemplo paradigmático de la crisis
terminal de un sistema excluyente y depredador que exacerba hasta el extremo la
contradicción naturaleza-sociedad. No se trata de un conflicto circunstancial sino de una
encrucijada civilizatoria. La reserva de la biósfera está acosada por la prospección empresarial,
padece la contaminación de los campamentos militares, y también está amenazada por la
colonización desordenada de las comunidades indígenas. En suma, el promisorio Desierto de
la Soledad devino el corazón de las tinieblas.
Si el alzamiento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) hizo visible el trato del
sistema a los indígenas, como emblema de una marginación que a todos amenaza; la batalla
por Montes Azules ilumina la manera en que el capital se apropia de la selva tropical, como
alegoría de la generalizada lógica depredadora del gran dinero.
Y si la rebelión indígena prefigura la necesaria subversión de unas relaciones sociales que son
malas cuando explotan y peores cuando excluyen; la crisis lacandona anticipa la indispensable
revolución de una tecnología uniforme y un modo de producir saqueador, propiciatorios de
catástrofes ecológicas.
Es urgente, entonces, defender del desalojo violento a las comunidades que están dentro o
cerca del corazón de la reserva de la biósfera, pero es también indispensable esclarecer el
fondo de la batalla histórica que ahí se libra.
La cuenta corta
Visto en perspectiva estrecha, el conflicto de Montes Azules resulta de la tensión entre los
planes de desplazamiento impulsados por las autoridades federales y la resistencia de las
comunidades a salir.
Y algunos sospechan que detrás de los "halcones" federales, más que una honesta
preocupación por el medio ambiente, lo que hay son los intereses de empresas biopiratas, que
serían mejor servidos con una reserva propiedad de la ínfima y maleable Comunidad
Lacandona y bajo control burocrático-militar, que teniendo que lidiar con comunidades
indígenas autónomas y politizadas. Concretamente, opera en la zona la ONG Conservation
International, algunas de cuyas acciones son patrocinadas por el Grupo Pulsar, de Alfonso
Romo, dueño de la empresa Savia, principal impulsora mexicana del negocio biotecnológico.
Esto por no hablar de recursos tradicionales como el petróleo y la propia madera.
No pueden dejarse de mencionar dos agentes fuertemente disruptivos: la fuerza pública
(ejército, policías) y los programas sociales y de fomento. Funciones estatales ciertamente
irrenunciables, pero que al operar en el marco de una guerra congelada cuyos contingentes
políticos están entreverados, devienen armas de contrainsurgencia, perversos instrumentos de
acoso y división. Mientras no se satisfagan las demandas mínimas zapatistas, se restablezca el
diálogo y se negocie la paz, la seguridad pública y los programas de desarrollo se inscribirán
inevitablemente en una guerra sorda y larvada que ya va para nueve años. No es problema de
voluntad política ni depende de quién gobierne la entidad, es que el estado de excepción no
puede mantenerse indefinidamente sin que se descomponga cada día más el tejido social.
En esta perspectiva de análisis, estaríamos frente a una gran conspiración del imperio y sus
agentes por expulsar de Montes Azules a las comunidades indígenas defensoras del medio
ambiente, para entonces poder privatizar libremente la biodiversidad y apropiarse de los
recursos naturales. Y sí. Hay una conspiración. De modo que frente a la amenaza de expulsión
y saqueo debemos tomar partido por los indios y contra las trasnacionales. Pero detrás de este
antagonismo, que se agudiza en la coyuntura, hay un proceso de larga duración que ha hecho
crisis en las últimas décadas: la lenta pero inexorable destrucción de la selva. Una catástrofe
que no resulta de confabulaciones imperiales -aunque las haya- ni remite con sólo tomar
partido por los indios.>
La cuenta larga
Ahí estuvieron los mayas en tiempos de esplendor, pero al llegar los españoles sólo unas
cuantas comunidades lacandonas, pochutlas, topiltequenses y acalaes quedaban en lo que
certeramente se llamó el "desierto de la soledad".
Y desierto siguió. Hasta principios del siglo XIX, cuando la civilización mercantil llegó a la selva
con el feo rostro de las compañías madereras. Entonces empezó el saqueo. Primero fueron la
caoba y el cedro, cuyas trozas se sacaban por tracción animal y luego arrastradas por las
impetuosas aguas de los ríos, técnica que redujo el daño pues los cortes no podían alejarse
mucho de las riveras. Luego llegaron los campamentos chicleros, de penetración más profunda
pero interesados sólo en el chicozapote. Así, durante el siglo XIX la extracción de maderas
preciosas y de látex, mermó tres especies arbóreas sin dañar demasiado el ecosistema.
También a mediados del siglo pasado, el gobierno promovió la ganaderización del sureste
mediante subsidios y libre acceso a la tierra. La implantación de un modelo extensivo y de
pastoreo libre derivó en una ganadería rentista y de bajísimos índices de agostadero; pero
sobre todo ocasionó la destrucción de vertiginosas extensiones de selva tropical,
particularmente en Campeche, Quintana Roo, Tabasco y Chiapas. En esta última entidad
ganaderos poderosos, como los de Ocosingo, monopolizaron los potreros y el rentable negocio
de la engorda, mientras que los campesinos se encargaban de la más laboriosa labor de cría.
Y la selva sangró. Si pudo sobrevivir sin grandes mermas a los ríos de maderas finas y de
blanco látex que fluyeron a las metrópolis durante el XIX, la silvicultura tecnificada y la
ganadería extensiva de la segunda mitad del siglo pasado la hicieron recular, perder terreno,
empequeñecer. Pero aún faltaba una plaga más: la colonización desordenada por
comunidades campesinas provenientes sobre todo de la Zona Norte, de Los Altos y del oriente
del estado. Decir que los indios migrados a la selva fueron una desgracia puede ser
políticamente incorrecto, sin embargo es verdad.
El poblamiento moderno de la Selva Lacandona comenzó hace medio siglo y tiene muchos
afluentes: campesinos mestizos de nueve estados de la república que fueron dotados en la
zona de Nuevos Centros de Población Ejidal, refugiados guatemaltecos que escapaban de la
guerra, y sobre todo indígenas chiapanecos: antiguos peones de las fincas ganaderas,
maiceras o cafetaleras, que buscaban mejor vida, y jóvenes expulsados de sus comunidades
por falta de tierra. Primero fueron los tzeltales y choles, pero a partir de los setenta comenzaron
a llegar también tzotziles y algunos tojolabales.
No fueron pocos: mientras que en 1960 vivían en la Selva Lacandona unas 12 mil personas,
hoy la ocupan 215 mil habitantes. Y el poblamiento ha sido inversamente proporcional a la
extensión del bosque, pues si hace 40 años había más de un millón y medio de hectáreas
arboladas prácticamente vírgenes hoy quedan sólo medio millón con vegetación no perturbada.
Sin duda la pérdida fue obra de las compañías madereras y los grandes ganaderos, pero los
campesinos también hicieron su parte.
En el último cuarto de siglo vivimos un tumultuoso éxodo hacia el norte: del campo a la ciudad,
de la agricultura a la industria, de México a Estados Unidos. Y en tiempos de incontrolable flujo
septentrional como los nuestros, la colonización indígena del Desierto de la Soledad se nos
muestra como la última gran marcha hacia el Sur. Y aquí Sur no es tanto un rumbo como una
alegoría.
Porque la selva no puede sostener a tanta gente. Pero también porque los colonos llegaron a
ella con un bagaje tecnológico inadecuado. Sus saberes agrícolas ancestrales provenían de
otros ecosistemas y en la selva resultaban torpes, pero lo más grave es que la mayoría adoptó
los modos depredadores de los monteros y ganaderos que los habían precedido. Y es que
cuando se migra para salir de pobres se piensa en seguir el ejemplo de quienes se hicieron
ricos. Modelo que poco tiene que ver con el sutil manejo campesino de los recursos y mucho
con la tala indiscriminada para sacar madera y para establecer potreros.
Pronto se dieron cuenta que era un espejismo. Más aún, en algunos casos el campesino era
sólo la avanzada de las explotaciones pecuarias privadas, pues desmontaba, sembraba milpa
un par de años y dejaba el potrero establecido para que lo ocupara el ganadero. Y cuando
sacaba madera, lo hacia por cuenta de los aserraderos y grandes compañías que se quedaban
con la tajada de león. Hasta la "milpa que camina", el ancestral sistema maya de roza-tumba y
quema, que requiere dejar descansar la tierra, demanda extensos desmontes, y
ocasionalmente deriva en incendios incontrolables, terminó siendo un peligro para la selva. De
las cuatro líneas productivas desarrolladas en Las Cañadas: milpa, madera, ganado y café,
sólo este último resultó sustentable y hasta con virtudes ecológicas, pues en las plantaciones
no se siguió el modelo finquero, con frecuencia especializado y a pleno sol, sino el sistema
rusticano, con huertas tradicionales de sombra múltiple, que reproducen razonablemente la
biodiversidad, retienen el suelo, facilitan la infiltración del agua y capturan carbono.
Por otra parte el Desierto de la Soledad resultó un extraordinario laboratorio social. Jóvenes,
creativos y animados por un activismo eclesial inspirado en la Teología de la Liberación, los
migrantes rechazaban el sistema caciquil de sus parajes de origen y encontraban en la selva
una página en blanco donde redibujar la comunidad. Crisol de etnias y lenguas, Las Cañadas
vieron nacer nuevas identidades políticas e inéditos actores sociales: desde las Uniones de
ejidos de los setenta hasta el EZLN de los ochenta y noventa.
En la encrucijada
Así, el promisorio Desierto de la Soledad devino el corazón de las tinieblas; alegoría de la
encrucijada civilizatoria que enfrentamos. Un sistema expoliador y excluyente que expulsó los
indios a la selva, previamente descremada, y con el síndrome del montero y el vaquero
exitosos, les heredó modelos técnico-económicos insostenibles, se topa con la horma de sus
zapatos. Ganadería extensiva, extracción de madera, ampliación de la frontera agrícola a costa
del bosque, son el emblema del ecocidio, y las comunidades acorraladas, que ya no hallan
para dónde, dramatizan la contradicción medioambiente-sociedad propia del sistema
depredador del gran dinero. En Las Cañadas y en Montes Azules no fracasaron las prácticas
agrícolas de los indios, topó con pared la lógica expansiva del capital.
En la cuenta larga, la crisis de Montes Azules no se agota en una conspiración por desalojar a
los indios y dejar pasar a los empresarios. Es mucho más que eso: es ejemplo paradigmático
de la crisis terminal de un sistema excluyente y depredador que exacerba hasta el extremo la
contradicción naturaleza-sociedad. No se trata de un conflicto circunstancial sino de una
encrucijada civilizatoria.
Las veleidades autoritarias y represivas del gobierno, como la codicia ilimitada de las
trasnacionales, pueden contrarrestarse por un tiempo mediante campañas de opinión.
Podemos defenestrar a un funcionario atrabancado y hasta quemarle los dedos a un
empresario voraz. Pero el agotamiento catastrófico del modelo capitalista es mucho más difícil
de revertir. Enmendarle la plana a la lógica excluyente y ecocida del gran dinero demanda una
revolución. Y no estoy hablando de tomar Palacio y sentarse en la silla presidencial, sino de
subvertir la dinámica de tabla rasa social y ambiental que subyace tras la dictadura del
mercado. Una gran revolución tecnológica, económica y social que no tiene que hacerse de
una sola vez, que puede ensayarse en pequeño y de a poquito.
Y en Chiapas los actores de esta radical subversión son los indios. Las comunidades, que
muchas veces han sido ejecutoras del ecocidio por cuenta del capital, que han sangrado a la
selva y han sangrado con ella, las que tumban y queman por que no hay de otra, están
enmendando el camino. No serán el Banco Mundial con sus Corredores Biológicos
Mesoamericanos, ni el represivo conservacionismo gubernamental, ni los atesoradores
privados de la biodiversidad, ni los ambientalistas contrainsurgentes; la preservación,
reproducción y restauración de los ecosistemas frágiles y biodiversos, será obra de las
comunidades que los usufructúan o no será.
Pero en las Cañadas y en Montes Azules la relación entre los indios y el medio ambiente está
muy deteriorada. Ser los "guardianes de la selva" se dice fácil pero no es cualquier cosa, se
requieren intensas actividades organizativas intra e intercomunitarias, trabajos de diagnóstico,
labores de planeación. Y sobre todo se requiere un vuelco cultural, un replanteamiento de los
usos y costumbres productivos, que sin duda está en consonancia con la índole profunda de la
comunidad indígena y campesina, pero se ha pervertido y tiene que restaurarse, reinventarse.
Hay para esto alternativas tecnológicas puntuales: la milpa puede sedentarizarse con
leguminosas; la roza, tumba y pica podría reducir el riesgo de incendios; los modelos agro-
silvo-pastoriles permiten combinar de manera sostenible el aprovechamiento del bosque, con el
ganado y los cultivos; el café sin agroquímicos y de sombra se revaloriza en el mercado. Pero
la clave no está en recetas y prescripciones tecnológicas, sino en la existencia de una fuerza
social dispuesta a avanzar por nuevos caminos.
En el Municipio Autónomo Ricardo Flores Magón, ubicado en Montes Azules, los zapatistas no
sólo se aprestan a resistir el posible desalojo, también han emprendido una revolución
ambiental: prohibieron tumbar y quemar monte en la reserva y sus alrededores y sólo siembran
milpa en acahuales, es decir en áreas que ya habían sido desmontadas y tienen vegetación
secundaria. En la aplicación de estas normas han tenido que enfrentarse con asentamientos no
zapatistas responsables de incendios y desmontes. Parece poco, sin embargo se trata de una
decisión política y productiva trascendente.
"Pero si los dejamos quemar la montaña, ¿qué palabra va ha tener nuestro municipio? -le
dijeron al periodista Hermann Bellinghausen-. Somos los primeros que debemos cambiar, para
evitar la destrucción. No es vender madera y palma la comida que necesitamos".
Sin embargo no pueden hacerlo solos. Revertir la crisis ambiental planetaria supone colosales
cambios en la correlación de fuerzas y nos incumbe a todos. Y aún en escala más modesta,
detener la degradación de Montes Azules y de toda la Selva Lacandona, no es tarea de
algunas comunidades y unos cuantos municipios, pues demanda programas integrales y
políticas públicas con prioridades muy distintas a las actuales. Pero por algo se empieza.
Se dirá también, que esta revolución desde abajo, imposible sin autogestión democrática,
economía justiciera, aprovechamiento sustentable de los recursos y por sobre todo, sin
enmendarle la plana a los paradigmas políticos, técnicos y económicos del capital, no será
viable si antes no detenemos la conspiración trasnacional por expulsar a los indios de Montes
Azules.
Cierto. Pero esta urgente campaña será epidérmica si no vamos a la raíz. Y además de
epidérmica será fracasada, pues la correlación de fuerzas necesaria para frenar a los
personeros del sistema sólo puede construirse en torno a un paradigma alterno.En el caso de
Montes Azules no se trata de enfrentar a los defensores de la pureza angélica de los indios con
los defensores de la pureza impoluta del medio ambiente, se trata de sumar fuerzas. La causa
lo amerita.