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La Ambigüedad de Las Relaciones

El documento analiza la novela Ambigüedad de Elliot Perlman desde las teorías filosóficas del idealismo de Berkeley y la metafísica de Schopenhauer sobre el mundo como representación. Explica que cada persona percibe los fenómenos de manera subjetiva debido a factores individuales, lo que genera ambigüedades en las relaciones humanas que la novela explora a través de distintos puntos de vista.

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El documento analiza la novela Ambigüedad de Elliot Perlman desde las teorías filosóficas del idealismo de Berkeley y la metafísica de Schopenhauer sobre el mundo como representación. Explica que cada persona percibe los fenómenos de manera subjetiva debido a factores individuales, lo que genera ambigüedades en las relaciones humanas que la novela explora a través de distintos puntos de vista.

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LA AMBIGÜEDAD DE LAS RELACIONES: UNA EXPLICACIÓN DESDE EL

MUNDO COMO REPRESENTACIÓN Y VOLUNTAD DE SCHOPENHAUER

El gran intertexto de Ambigüedad de Elliot Perlman es Siete tipos de ambigüedad, de


William Empson, pero mientras este es un trabajo crítico que habla de las ambigüedades
del lenguaje poético que, por su naturaleza, se opone a la rigurosidad del lenguaje
científico, la novela de Perlman habla de algo igual o más complejo aún: las ambigüedades
de las relaciones humanas. Ante un mismo fenómeno (una relación conyugal, una amistad,
una interacción con un psiquiatra, una relación sexual) los espectadores o participantes lo
perciben de distinta manera, lo sienten y lo interpretan de un modo totalmente distinto.
Cada uno presencia y vive el fenómeno con un velo lingüístico o ideológico, con ciertos
prejuicios marcados por experiencias anteriores, lo cual impide la objetividad y el
entendimiento completo entre pares. El sujeto sensible, entonces, cae en cuenta del hecho
de que el mundo es la representación que de él se hace, y que no puede mirarlo tal cual es.
Es por ello que la propuesta metafísica de Schopenhauer, planteada en su obra cumbre,
puede dar ciertas luces para el entendimiento de la obra de Perlman, para explicar por qué
sucede, en cada relación expuesta en la novela, una ambigüedad tortuosa. Más aún cuando
el mismo autor cita en cierta parte a Berkeley, un predecesor de la filosofía de
Schopenhauer.
No quiero entrar en discusiones filosóficas sobre la caducidad de la metafísica y la
pertinencia de la postmetafísica, sino simplemente mostrar por qué, desde estas teorías, se
puede estudiar y entender gran parte de lo que nos propone el entramado de complejas
relaciones humanas que nos presenta la obra.
Berkeley es citado en la novela en un diálogo que sostienen Alex, el psiquiatra, y Simon, su
cliente y amigo: “Si no te hubieses quedado dormido en el armario, no habrías estado allí
para ver eso, y si no hubieras visto, entonces nunca habría ocurrido. Es como si, como el
Dios del obispo Berkeley, el hecho de mirar el árbol en el patio cuando no hay nadie
alrededor hiciera que existiera. Pero si ellos lo mencionaran, significaría que ellos lo vieron,
y tú estarías libre de culpa, serías libre”. Berkeley expone su idealismo exacerbado
principalmente en dos obras: Tratado sobre los principios del conocimiento humano, y Tres
diálogos entre Hilas y Filonús. En estas obras el filósofo irlandés plantea la negación de la
substancia material, concebida como algo pasivo e inextenso, soporte o substrato de
cualidades que la hacen presente al entendimiento humano. Lo que se percibe de las cosas
no es más que un conjunto de cualidades o reuniones de cualidades que informan acerca del
mundo. Si lo sensible es lo percibido, su existencia no podrá consistir más que en eso: ser
percibida: esse est percipi. Para Berkeley, y por eso lo cita Alex, lo característico de las
cosas es que son necesariamente dependientes de alguna mente que las perciba. Ser es
percibir y ser percibido. Simon tiene algunas cuentas pendientes por resolver de su infancia
porque cree que el haber estado en ellas las dotó de existencia: él percibió las cosas, y por
ello las hizo existir. Cree que es el responsable de los fenómenos traumáticos que
ocurrieron en su infancia.
Pero, para la conjetura, se tomará la propuesta de Schopenhauer de considerar el mundo
como representación, ya que esta explica más claramente la razón por la cual no viven
todos los seres humanos de igual manera los fenómenos que presencian. “Cada cual tiene el
conocimiento inmediato de sí mismo y un conocimiento muy remoto de todo lo demás”,
dice el alemán al plantear el problema de su tesis. Es claro que lo único que el hombre
puede cercanamente entender es a sí mismo, ya que lo exterior se le torna mucho más
complejo. A propósito, le dice Alex a Anna en la primera parte de la novela: “Hay que
decir que, en cierto sentido, creamos nuestra propia realidad a partir de cómo vemos el
mundo exterior, que, como todo lo que es creado o construido, se puede venir abajo.
¿Entiendes lo que te quiero decir? Piensas que estás felizmente casada y luego descubres
que no es así. Toda tu percepción del mundo exterior, que es inherente a ti, se viene abajo
de golpe. Eso es terrible, pues la percepción que tenemos de nosotros mismos en el mundo
y lo que en realidad somos es la misma cosa”. Es decir, lo interior influye directamente en
la forma en que vemos lo exterior, y cuando todo esto se destruye o tambalea, y nuestros
supuestos caen, ocurre una distorsión mental que puede ocasionar graves repercusiones.
Esto es lo que le sucedió a Simón: cuando Anna lo abandonó, la representación del mundo
que tenía se vino al suelo de inmediato. “No es lo que son objetivamente y en realidad las
cosas, sino lo que son para nosotros, en nuestra percepción, lo que nos hace felices o
desgraciados”.
La ambigüedad, entonces, está determinada por los diferentes puntos de vista que aparecen
en la obra. La misma estructura de la novela genera ambigüedad. Los hechos son relatados
por distintos personajes, cada uno con un mundo diferente, con una percepción de las cosas
a veces completamente disímiles. El fenómeno del secuestro de Sam, el hijo de Anna,
causó conmoción a todos, pero cada uno lo interpretó a su manera. Nunca se establece la
realidad ni la razón de aquel embrollo, nunca se toma con objetividad, solo se muestra los
distintos puntos de vista de los personajes frente a él, y el lector también tomará su propia
postura. A propósito son claras las reflexiones literarias que se hacen en la novela y que
parecen, además, una confesión del mismo autor: “¿Por qué? ¿Porque lo han engañado
haciéndole pensar que la escena es ambigua desde el punto de vista moral cuando en
realidad no lo es? – intervino Alex. -No, porque se ha identificado con su personaje
preferido, el que ha cometido el crimen, y por tanto comparte su culpa y sus miedos”, “Si el
escritor es capaz de transmitirle correctamente al lector las fuerzas sociales y psicológicas
que actúan sobre un personaje cuyo comportamiento es inaceptable (¿y no es eso lo que
distingue a un buen escritor de uno que no lo es?), el lector terminará compadeciéndose del
personaje, y en la medida en que se identifica con él, se compadecerá de sí mismo. Y en
cuanto uno entiende esto, entiende que en la literatura no hay personajes malvados”
(p.181). Esto es lo mismo que hace Perlman, nos muestra la historia de Simon, nos muestra
el hecho del secuestro de Sam, sabemos que está mal, y sin embargo nos compadecemos de
él. Al ver su mundo interior, al ver lo que le ha ocurrido, al ver las cosas desde su punto de
vista, podemos sentir empatía, porque la mayoría de lectores se habrán enamorado alguna
vez y habrán sentido la dureza de una desilusión amorosa. “Para comprender bien una
acción, hay que comprender su motivo”, dice Schopenhauer, y Perlman lo relata de manera
magistral. No es posible considerar malvado a Simon, ni a Joe, ni a Mitch. La vida de cada
uno de ellos nos genera empatía, incluso compasión. No se puede juzgar a un hombre,
asevera el filósofo alemán, y lo justifica así: “Todo el que amenace de muerte al que le
acusa de mentira, debiera, en realidad, no haber mentido nunca en su vida”. Y esta
compasión es también por lo que pugna Simon, cuando le dice a Angelique: “La compasión
o empatía es la capacidad de conmoverse con el dolor ajeno. Exige que te acerques al otro
lo suficiente para sentir su dolor. Exige que te imagines en la situación del otro y luego
observar cómo te sientes”.
Las diferentes perspectivas, como se ha dicho, sobre un mismo fenómeno, están
determinadas por diferentes motivos, los cuales, para entenderlos, se debe sentir cierta
compasión o empatía. Pero no solo sentir, sino también pensar, razonar sobre el fenómeno
y la imposibilidad de percibirlo de idéntica manera. Alex reflexionaba mucho sobre ello, e
intentaba explicarles a todos sus pacientes que sus formas de ver el mundo eran
simplemente eso, subjetividades, no realidades absolutas: “Alex habla siempre de la
ambigüedad de las relaciones humanas. Dice que, como en una expresión verbal, una
relación entre dos personas es ambigua si se abre a diferentes interpretaciones, pero a
diferencia de casi todas las palabras, casi todas las relaciones son muy ambiguas. Sostiene
que si dos personas tienen diferentes puntos de vista, no solo respecto de su relación, sino
sobre la naturaleza de esta, eso puede afectar todo el transcurso de sus vidas” (p.244), esto
lo dice Simon sobre Alex, y posteriormente le dice el psiquiatra a Mitch algo similar: “El
yo está muy personalizado, muy individualizado. […] Cuanto más lejos a lo largo del
continuo vamos, nuestra conciencia se parece cada vez menos a la de cualquier otra
persona. Esa es la razón por la que dos personas no pueden pensar de la misma manera”
(p.315). Parece que dialogara directamente con Schopenhauer, quien dice: “Cuando el
hombre conoce esta verdad estará para él claramente demostrado que no conoce un sol ni
una tierra, y sí únicamente un ojo que ve el sol y una mano que siente el contacto con la
tierra”. La subjetividad, entonces, es la realidad para el sujeto que siente. Es imposible
abstraerse de ella: eso es lo que siente Simón, y lo que, extrañamente, Alex pareciera no
comprender: “Alex, ¿cómo puede alguien hablar de la realidad de los sentimientos
subjetivos de otra persona? Para esa persona, los afectos pueden ser más reales que
cualquier otra cosa en su vida”.
Veamos, entonces, algunos ejemplos de distintas percepciones sobre una misma relación o
sobre un mismo fenómeno.
Joe está seguro de la infidelidad de Anna: “Si ese tipo, Simón, tenía permiso para ir a
buscar a Sam a la escuela, eso significa que Anna se lo dio, y si se lo dio es porque tiene
una historia con él. […] Dicen que no le había hecho ningún daño, pero eso no me
consuela. ¿Cómo puede estar ahora hablando por teléfono? No parece estar preocupada.
Debe de ser verdad”. (p. 84). Joe tenía una máscara, intentaba ocultar su verdadero ser a
Anna, pero ella lo descubre. La relación engañosa que tenían se desvanece: “Comprarme
ropa le había provocado una especie de reacción química. Primero sentí enojo; luego,
vergüenza; por último, desprecio. A partir de ahí supe que eso podía pasar en cualquier
momento, sin previo aviso, y que no había nada que yo pudiera hacer. Yo podía parecerle
ridículo y patético”. Ahora veamos lo que piensa Anna de Joe: “Era casi una epifanía. Allí
estaba aquel hombre vulgar con el que por alguna razón me había casado, que siempre
trataba de esconder esa animalidad esencial que ambos fingíamos no saber que había
heredado de su padre, y todo lo que podía hacer era situarme frente a la ventana para ver
cómo brotaba toda de golpe”. Anna se da cuenta de la brutal personalidad de Joe cuando
este golpea fuertemente a un periodista. Y esto no solo repercute en su relación, la cual, sea
dicho de paso, solo era para cumplir el requerimiento que se planteó Anna desde su
juventud: casarse; no importaba con quién, y resultó ser con Joe, sino también a Sam, quien
nunca lo olvidó: “Me contó cómo, cuando era niño, había visto a su padre pegarle
brutalmente a un hombre en el jardín de su casa, junto a la piscina. […] Soñó con eso, y
también ahora sueña con eso, de adulto”. (p.715)
Ahora veamos la distinta percepción que tenían Simon y Angelique sobre su relación:
“¿Sola? Angel, hazme caso, estás sola. Casi todo el mundo lo está. Para no estar solo,
alguien tiene que conectar contigo y tú tienes que conectar con él. Quiero decir, conectar de
verdad. […] -Simon, lo que estás diciendo no es verdad. Yo sobreviví gracias a tu empatía.
Y me compenetré contigo. Soy la única que realmente te ha escuchado. Nadie recuerda
mejor que yo las cosas que dices. -Angel, te amaba. Pero estaba enamorado de ella”.
(p.283). Mientras Simon simplemente sentía amor por ella, y no un enamoramiento,
Angelique sentía por Simon la completa armonía.
Simon estaba completamente enamorado de Anna, la tenía idealizada, y para él, esas
cualidades que le infundía eran su verdadero ser. No había otra Anna, solo la que él
imaginaba. Esa era, para él, su realidad, y su sentimiento era imperecedero: “No es
necesario estar saliendo con una mujer para estar enamorado” (p.435). Pero, lo que sintió
Anna cuando era novia de Simon, era completamente distinto. Ella era más pragmática: “Y
en cuanto al amor, tú eras un guapo esteta con quien merecía la pena matar el tiempo
mientras estudiaba en la universidad. Pero cuando el curso académico terminó y se
acercaba el tiempo de graduarse, era hora de volver a la realidad. No había más trabajos que
entregar. […] Y a ti te dejó Siete tipos de ambigüedad, todos los crucigramas que ella no
terminó, los que ni siquiera comenzó, una caja de casetes para ella con recopilaciones que
nunca terminaste de grabar, y la necesidad, nacida mucho antes de Anna, de idealizar una
relación amorosa universitaria” (p.479). Sin embargo, Anna no solo se llevó aquello,
también Simon le dejó una impronta que nunca pudo despegarse: “Esta secuencia de
pensamientos llevaba la impronta de Simon. Ese hijo de puta, ese loco. Un día se llevó a mi
hijo, así, sin más. Ahora veo su impronta a lo largo de toda mi vida” (p.604).
En cuanto a la relación de Simon y Alex, el mismo paciente admite que siempre fue
desigual: “Pero la amistad fue siempre desigual cuando se trataba de contar nuestra vida
personal… Todavía hoy sé muy poco sobre su pasado o su vida privada, sobre sus hijos o
sobre la ruptura de su matrimonio. Y desde que estoy aquí se ha vuelto más desigual aún”.
(p.455). Alex siempre le proporcionó ayuda a Simon, y este solo problemas. La amistad no
era muy recíproca en términos de funcionalidad. Pero no solo era Simon el que no conocía
mucho sobre Alex, sino que ninguno otro de los personajes lo conocía en absoluto. Alex
brindaba ayuda a cada paciente, a cada amigo, pero de él nadie se preocupaba,
consideraban que siempre estaba bien, que siempre estaba enterizo, pero no era así, lo cual
se nos descubre al final.
El caso de Alex es el que proporciona más ambigüedad al lector. Aunque tiene una
participación directa en 3 de las 7 partes, a saber: en la primera, cuando le habla a Anna
sobre su relación con Simon, en la cuarta, cuando transcurre todo un diálogo entre él y
Mitch, y en la séptima, en la cual su hija intenta desentrañar algunos vacíos de su vida, en
ninguna es el protagonista directo. Es decir, en ninguna habla él sobre su vida, no muestra
sus inquietudes, no explica su historia, ni comenta las vivencias e ideologías que tiene o ha
tenido. Todo lo que se sabe sobre él, es lo que se infiere o dicen otros personajes, pero
nunca su vida es explicada por él mismo. “Todo conocimiento, según hemos dicho, es
esencialmente representación, pero mi representación por ser mía, no puede ser jamás
idéntica con la esencia propia de cada cosa; debe ser necesariamente subjetiva, mientras
que en mi representación esa cosa es, no menos necesariamente, objetiva; diferencia que
jamás podrá suprimirse enteramente”, explica Schopenhauer, y por ende, como solo se
puede leer el conocimiento de los personajes sobre Alex, y como este nunca será idéntico al
verdadero ser del psiquiatra, su vida, su yo, nunca podrá ser develado. Quedará siempre la
incógnita, quedará siempre la ambigüedad. Además, como dice la misma Rachael, “los
matices que definen la personalidad de una persona son demasiados para conocerlos todos,
independientemente de lo cerca que se encuentre el observador”. Por lo menos el resto de
los personajes tienen la oportunidad de contar su propia historia, de explicar su propio ser,
que es lo que más pueden conocer: “la percepción que tenemos de nuestros movimientos y
de nuestros actos voluntarios es mucho más inmediata que cualquier otra”, volviendo a
Schopenhauer, pero Alex carece de ella. Lo más cercano a una introspección es su diario,
que nos lo transcriben de vez en cuando, y nunca completamente, solo por retazos, y en
dichos retazos abundan, especialmente, las reflexiones sobre la ambigüedad, sobre la
intolerancia de las personas hacia la ambigüedad. La intolerancia que caracterizaba a
Simon.
Por último, según se puede inferir de la historia de la hija, Alex también podía estar muy de
acuerdo con el filósofo alemán, ya que, para él, según su concepción judía, salvar una vida
representaba salvar todo un mundo, toda una representación de él. Una vida representa todo
un mundo. Recordemos a Borges, fiel admirador de Schopenhauer, con el poema titulado
“El suicida”:
No quedará en la noche una estrella.
No quedará la noche.
Moriré y conmigo la suma
del intolerable universo.
Borraré las pirámides, las medallas,
los continentes y las caras.
Borraré la acumulación del pasado.
Haré polvo la historia, polvo el polvo.
Estoy mirando el último poniente.
Oigo el último pájaro.
Lego la nada a nadie.

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