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La Vida de Dominguito - Domingo Faustino Sarmiento

Este documento es la introducción a una biografía escrita por Domingo Faustino Sarmiento sobre la vida de su hijo adoptivo Domingo Fidel Sarmiento, quien murió a los veinte años luchando por la patria en Curupaití. La introducción describe la prometedora vida de Domingo Fidel y el dolor que causó su temprana muerte.

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La Vida de Dominguito - Domingo Faustino Sarmiento

Este documento es la introducción a una biografía escrita por Domingo Faustino Sarmiento sobre la vida de su hijo adoptivo Domingo Fidel Sarmiento, quien murió a los veinte años luchando por la patria en Curupaití. La introducción describe la prometedora vida de Domingo Fidel y el dolor que causó su temprana muerte.

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Última

obra del autor, pieza admirable y conmovedora, biografía de su hijo


natural, muerto a los veinte años en la «Guerra de la Triple Alianza o del
Paraguay», que entreteje una interpretación simbólica de una vida ejemplar a
través de la cual se traslucen los valores y aspiraciones más profundas del
padre.
Cuando su hijo adoptivo falleció contaba con 21 años y el autor se propuso
componer un relato de su vida. Con ese fin escribió unos borradores que se
perdieron y, dos años antes de su muerte, volvió a redactarlo y dio a la
imprenta. En él contó con detalle todo su proceso de aprendizaje y
descubrimientos durante la infancia y la primera juventud y, para los años en
que ya no vivieron juntos, recurrió a testimonios de otras personas.
En la presente edición se han mantenido las normas ortográficas de la
edición de 1886, base de la presente edición digital. Se ha ampliado con las
notas de la edición de sus Obras Completas, de 1900 y el Apéndice de esta
edición, donde se recuperan los borradores perdidos antes mencionados.

www.lectulandia.com - Página 2
Domingo Faustino Sarmiento

La vida de Dominguito
ePub r1.0
emiferro 29.04.16

www.lectulandia.com - Página 3
Título original: La vida de Dominguito
Domingo Faustino Sarmiento, 1886
N. sobre edición original: Sociedad tipográfica El Censor, Buenos Aires, 1886
Imagen de cubierta: Cubierta edición Editorial Tor, 1940
Retoque de cubierta: emiferro

Editor digital: emiferro


ePub base r1.2

www.lectulandia.com - Página 4
LA VIDA DE DOMINGUITO

IN MEMORIAM

DEL VALIENTE Y DEPLORADO CAPITAN

DOMINGO FIDEL SARMIENTO

MUERTO EN CURUPAITÍ

A LOS VEINTE AÑOS DE EDAD

AUTOR DE VARIOS ESCRITOS, BIOGRAFIAS Y CORRESPONDENCIAS Y


TRADUCTOR DE "PARÍS EN AMÉRICA"

POR D. F. SARMIENTO

General de División

BUENOS AIRES

SOCIEDAD TIPOGRÁFICA "EL CENSOR"

1886

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Estas páginas

son afectuosamente dedicadas

a los amigos de infancia,

a los concolegas de estudios, y a los

compañeros de armas del que

contando con su recuerdo grato,

escribía en su cartera

combatiendo en Curupaití:

"MORIR POR LA PATRIA ES VIVIR"

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INTRODUCCIÓN

La Ilustración Argentina ha publicado con un retrato sacado de una fotografía


poco parecida del capitán Domingo Fidel Sarmiento, una brevísima aunque
encomiástica y verídica noticia de los actos que en tan corta vida, veintiún años, le
valieron la universal estimación y el aprecio de los prohombres de nuestro país.
Habíame pedido, es verdad, datos más completos el Editor; pero no teniendo en
orden los apuntes ligeros, fué imposible suministrarlos en tiempo; y sin embargo, la
reproducción de la simpática figura del héroe de Curupaití, venía á refrescar afectos
que dormían y amenazaban desaparecer como los escritos de la pizarra, que esa es la
pobre memoria humana, expuestos á la acción del aire. Disminuyendo en intensidad,
se debilitan, como se extinguen las armonías de música que se aleja, hasta que el oído
no percibe ni aun los acordes del arpa eólica que nos llegan en la quietud de la noche
en las pampas argentinas, sin poder discernir de donde, sino es por la dirección en
que sopla el céfiro nos los trae.
Cuando aun no se serenaba la dolorosa impresión que me causó la noticia de su
temprana muerte, llegada á Washington con la del rechazo de Curupaití, ante cuyas
fuertes trincheras murió el joven capitán, escribía á doña Juana Manso que me había
trasmitido la triste nueva, como si comprendiese que la mano de la mujer, de la madre
ó de la amiga, sabe pulsar con más delicadeza las cuerdas del dolor, escribíale y lo
publicó en los diarios de la época lo que sigue:
"A veces me viene la idea de escribir una biografía de esta vida tan rica en
incidentes, tan instructiva como educación; pero siento que las fuerzas me faltan para
recorrer y referir hechos que sólo yo sabría estimar, aun fuera de las predilecciones
paternas.
"Entre sus papeles está un librito blanco en que le enseñé á leer sin libro, sólo
trazándole las silabas con un carbón, al lado de la chimenea, á la edad de tres años y
medio. Su primera infancia, hasta los diez años, fué la más fecunda para el cultivo de
su inteligencia y su instrucción. Después se pervertía ó se atrasaba en los colegios, y
sólo yo tenía poder para traerlo al buen camino, porque solo conocía el resorte de su
alma que era la gloria, la estimación y el aplauso. Con este viento se hinchaban á
reventar las velas de aquella inteligencia y su entusiasmo una vez excitado le hacía
grata y fácil la tarea.
"¡Qué escenas tan variadas, qué ilusiones tan vivas, las que él tomaba por
realidades! ¡Qué cruel fuéle al fin la realidad!".
Don Santiago Estrada decía sobre sus inanimados restos traídos á Buenos Aires
para honrarlos:— "Su dramática existencia no consta sino de un acto, porque no ha
habido intermedio entre el niño y el hombre, entre su aurora y su crepúsculo. Su cuna
y su tumba, su sacrificio y su gloria, su vida y su muerte han estado ligadas como el
relámpago al rayo!…
"Ayer su voz conmovía el corazón de sus amigos é infundía pavor en el pecho de

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los enemigos de la patria. Hoy! Hoy… He aquí, señores, los fragmentos del frágil
vaso que encerraba el alma generosa y fuerte del capitán Domingo Sarmiento."
Tan exquisita y poética expresión del dolor era, sin embargo, la realidad que estas
páginas confirmarán, mostrando como se pudo, gracias á una naturaleza privilegiada,
hacer lugar en la niñez á la adolescencia del espíritu sin deformarla, y en ésta,
anticipar la vida del adulto administrada á grandes sorbos en sus trozos escogidos, la
alegría casi infantil, la instrucción casi científica, el patriotismo llevado al sacrificio,
la amistad de los grandes hombres, la estimación universal, y relámpagos de gloria
que brillaron ante sus ojos.
"No hace mucho tiempo, decía don Pedro Goyena, que un ilustre pensador
francés, arrojaba sobre el mundo en las hojas admirables de un libro, las últimas
revelaciones de la libertad. Sarmiento se apresuró á recogerlas para difundirlas en el
pueblo argentino. El joven, el niño, comprendió la saludable y trascendental
influencia que aquel libro ejercía en la República, y le agregó una página que merece
pasar con él á la posteridad.
"Tenía apenas diez y ocho años, y podía marcar con fijeza el rumbo que los
pueblos deben seguir para llegar á la grandeza y la prosperidad.
"…Allá en el campo de la horrible batalla ha caído gloriosamente al pie del
Lábaro que amó!!!
''Luminosa inteligencia, corazón generoso, inquebrantable voluntad! ¿Hasta
dónde habría llegado Sarmiento? Este es el secreto de Dios!".
M. Laboulaye, el autor citado por Goyena, senador perpetuo de la república
francesa, había atribuído, por la aparente igualdad de nombres, aquella sesuda
introducción á su obra al padre conocido como escritor; y mucho fué su asombro al
saber que era obra de un adolescente de diez y ocho años, tan impregnado lo
encontraba del espíritu científico que París en América encubre para hacer más
aceptables sus ideas.
Extractum vitae pudo, pues, llamarse la suya de veinte años, de tal manera se
precipitaron los sucesos en tan corto lapso de tiempo, tan activa la marcha del tutor
que lo conducía de la mano por los senderos de la vida, escritor y maestro en Chile,
tan ardiente la atmósfera política que se respiraba en Buenos Aires á donde, como
Eneas y Ascanio, trasladaron sus dioses Lares, en busca de una patria; tan fecunda y
reparada la acción gubernativa en San Juan, donde va á ensayar su asumido rol de
hombre adulto, antes que la ley reconozca los títulos á la virilidad que la naturaleza y
la inteligencia le han anticipado. Para recorrer este camino, en otra época, en otro país
y en otra situación un hombre del común habría necesitado cuarenta años á fin de
desleir tantas y tan vivas emociones.
Debía, pues, á la grata memoria de aquel niño hombre, como un homenaje
tributado á tantos de sus contemporáneos que lo amaron y recuerdan todavía con
amor su nombre, reunir en breves páginas los títulos que á esa estimación general
dieron motivo, narrando la serie de actos que constituyeron su corta vida,

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prolongándola, si aun es posible, como el galardón á que aspiran los buenos y la
recompensa que pedirían en este mundo los que amaron á su patria, los que murieron
temprano por salvarla.
Una mención gratísima debo á los que acompañaron sus restos al Panteón, en el
más grande, simpático y espontáneo acompañamiento, que haya precedido por la vía
Apia á los restos de Rivadavia, Lavalle, Alsina, San Martín, Avellaneda, guardando
por la presente generación una hoja siquiera de las guirnaldas que depositaron sobre
su tumba[1].

CORONA FÚNEBRE

NICOLAS AVELLANEDA
"Domingo Sarmiento era una parte de nuestra vida y lo habíamos asociado á
nuestras más vivas esperanzas, creyéndolo prometido á todas las glorias. Se le había
visto una vez; escuchándose su voz vibrante; y desde entonces no se desprendía de la
memoria aquella aparición; y una curiosidad intuitiva y un secreto anhelo del corazón
se ligaban á sus pasos".

NORBERTO QUIRNO COSTA


"Domingo Sarmiento en cuya frente se veía la luz de la inspiración, alma en que
Dios había colocado una chispa del génio que remonta á las más elevadas regiones
para descender con una verdad, alma que se agitaba por todo lo grande y generoso,
Domingo Sarmiento, representa un sacrificio muy grande por el triunfo de una
causa".

JOSÉ C. PAZ
"Colocado por su carrera á la vanguardia de la civilización, nuestro malogrado
amigo, reunía ya en si, el gérmen que debía presentarnos en la arena de los
demócratas, al sabio, al guerrero, al pensador. ¡Sublime trinidad que solo á las almas
grandes es dado alcanzar".

SANTIAGO ESTRADA
"Sus amigos no verán su alma triste y desolada vagar por los campos solitarios de
la muerte y del olvido, mendigando el fallo de la historia.
"En la edad de los suyos no se hace sino amar, y el amor no ha esperado para
fallar, como lo hace la inflexible Musa de Plutarco.
"Sarmiento ¡tu generación está contigo! ¡está contigo tu madre! Entra, entra en la
Patria y pasa, no bajo los arcos de triunfo, sino por la puerta del sepulcro, en que te
custodiarán tres amores, el de tus padres, el de tu pueblo, el de tu jeneración".

HÉCTOR F. VARELA
"Una vida!

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"No la hay en el malogrado Sarmiento. Es un sueño, es la gota de rocío que la
mañana llora y el sol seca; la vida de la flor que dura un día; la vida de la golondrina,
que anuncia la primavera, se anida un instante en nuestros techos, y se vuelve
cantando á otras rejiones, porque no puede ver la muerte natural de la naturaleza, bajo
el sudario del aterido invierno. Soñó, cantó, amó, murió, he aqui la vida que
lloramos".

MARTIN PIÑERO
"La vida del tiempo no es más que el exordio de la vida inmortal ¡oh jóvenes!
"La de estos vuestros amigos ha sido muy corta, el exordio de su ser fugaz ha sido
muy breve. En cambio el discurso infinito del misterio del porvenir, del gran misterio
de la inmortalidad, esos discursos sin límites, esa oración divina, de la gloria, será
para ellos más prolongada".

PEDRO GOYENA
"Domingo Sarmiento que luchaba ayer por arrancar á la ciencia sus misterios, y
se batía heroicamente á la sombra de nuestro glorioso pabellón, mora ya en la región
de la verdad y la justicia.
"Tan breve como fué la vida de este jóven, nos creemos autorizados para afirmar
que habría descollado notablemente entre sus contemporáneos por las dotes del
carácter y de la inteligencia. Tu nombre oh noble mártir vivirá eternamente en la
memoria de los argentinos, con los de Mayer, Solá y Paz, soldados y estudiantes
como tú, cuya vida refleja las dos faces sublimes del hombre sobre la tierra, la
meditación y el sacrificio!".

DAMIANOVICHE (Cirujano de Marina)

"Yo he visto el camalote arrebatado,


Verde corona del pomposo río,
Y allí sobre la borda reclinado
Lloré mil veces su destino impío.

LA PRENSA
Los R. R. de los diarios de Buenos Aires invitan al pueblo á acompañar á su
última morada, los restos del valiente é infortunado Capitán, Domingo F. Sarmiento,
muerto en el glorioso combate del veinte y dos.

DE LA PRENSA DE CHILE
En la lista de oficiales argentinos que cayeron en el desgraciado ataque de
Curupaití, se encuentra el nombre del capitán Sarmiento. Es éste el entenado del
señor don Domingo Faustino Sarmiento, un compatriota nuestro por nacimiento y
primera educación, joven de las mis altas promesas y dotado de un precoz y casi

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estraordinario talento. Aunque no contaría más de veinte años y no había aún
concluído su carrera universitaria, era ya un escritor atrevido y vigoroso, traductor del
Paris en América, y autor de muchos artículos de crítica literaria que llamaron una
vez la atención del célebre Ventura de la Vega.
Arrasado por el torbellino de la guerra, y más que todo tal vez, por un hondo
sentimiento del joven ardoroso, entró en las filas de la Guardia Nacional de Buenos
Aires como soldado y fué elegido después capitán. Cuando su cuerpo regresó de la
guerra, él prefirió quedarse en el campamento y continuar en la guerra con el grado
de capitán de un batallón de línea. ¡No será éste el menor de los helocautos ofrecidos
en aras de esta cruel guerra americana!
La muerte del jóven chileno don Domingo F. Sarmiento, acaecida en el combate
de Curapaití el 22 de Setiembre último, ha arrancado profundos gritos de dolor á toda
la prensa argentina. Era una rica esperanza, arrebatada de la vida en el albor de la
juventud.
Su cadáver ha sido trasportado á Buenos Aires, y enterrado en medio de una
ceremonia patética en que han tomado parte todos los jóvenes estudiantes de aquella
capital. Entre las manifestaciones de estimación que ha recibido la memoria de aquel
jóven nos ha llamado la atención la siguiente de que da cuenta La Tribuna de Buenos
Aires:
"Los hijos de Florencio Várela que cayó mártir bajo el puñal de los asesinos,
abren hoy el sepulcro de su padre para ofrecer un lugar al lado desus cenizas, á su
compañero de redacción Domingo Sarmiento, mártir también á los veinte años de la
vida"!
HECTOR Y MARIANO VARELA
Buenos Aires, Setiembre 28 de 1866

A la señora dona Benita Martínez de Sarmiento.


"Señora:
En los momentos de prueba porque V. pasa, solo Dios puede endulzar la profunda
herida que ha abierto en su pecho de madre la espada que ha dado muerte á nuestro
querido compañero de redacción, Domingo F. Sarmiento.
La voz de la amistad no interrumpirá su dolor con vanos consuelos… Al alma de
la cristiana hablará la voz de la religión, para suplir á aquel eco, estéril, cuando lo
ahogan los sollazos de las madres.
Solo, señora, venimos á pediros un triste honor: que nos concedáis el cadáver de
Domingo.
La Redacción de La Tribuna le abrió sus columnas, y él las honró con sus
escrituras. Hermanos de él en ideas, Domingo pertenecía á nuestra familia…
Queremos, señora, que sus cenizas reposen en nuestro sepulcro, al lado de las de
nuestro buen padre, mártir y soldado del pensamiento, como el amigo que acabamos
de perder.

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Nosotros nos honraremos con que sus restos se encuentren reunidos en la tierra,
como se hallan sus almas en el ciclo de los mártires, y el amor por el padre, con la
amistad y gratitud por el amigo, en el corazón de SS. SS. Héctor F. Várela Mariano
Várela.

LA UNIVERSIDAD DE BUENOS AIRES


(Estracto de nota de pesame)
Queriendo la Universidad, como madre intelectual de Domingo Fidel Sarmiento,
hacer una demostración en su honor, el Rector y el cuerpo de catedráticos han
ordenado dirijir á las aulas de derecho la nota siguiente:
Buenos Aires. 1o de Octubre de 1866.

Señor Catedrático de Derecho Mercantil y Criminal Dr.


D. D. Miguel Esteves Saguí.
Con fecha de hoy he dispuesto que los nombres de los discípulos de esta
Universidad que han fallecido en las filas del Ejército á que se incorporaron
espontáneamente desde el principio de la presente campaña, se inscriban y coloquen
en el testero de la sala principal destinada á las lecciones de Jurisprudencia. A más
del nombre se indicará allí la edad, el día y lugar de la muerte y la clase á que
concurrían al salir de Buenos Aires. He despuesto también que se dirija una carta de
pésame al nombre de la Universidad á los padres del joven D. Domingo F. Sarmiento,
como una justa manifestación de sentimiento por una pérdida real para el lustre futuro
de las letras argentinas. Me consta que el jóven Sarmiento tenía fijo el pensamiento
en sus amados estudios y condiscípulos y ansiaba los días de paz pública que le
permitiesen volver á sus libros sin mortificación de su honra. Él no ha dejado de ser,
ni por un momento, alumno de la Universidad y en ella debe vivir perpetuamente su
recuerdo. La memoria de este joven que había subordinado, por el ejercicio de una
voluntad bien dirijida, el ardor de sus pocos años al cumplimiento estrictode deberes
penosos y cuyo talento se desenvolvía sanamente por medio de escogidas lecturas y
serios estudios, debe ser un consuelo para sus actuales compañeros, como será un
ejemplo para los futuros alumnos que se sienten en los mismos bancos donde se sentó
Sarmiento. Suplica al señor catedrático se sirva dar lectura á sus dignos discipulos de
esta nota y aceptar las consideraciones de mi mas distinguido aprecio. (Firmado)
Juan María Gutiérrez. Es cópia fiel: Carlos José Alvarez, Secretario[2].

¿Díjose tanto y tan sentido, nunca de un adolescente?


Y no será disculpable su anciano padre ensordecido ya por el fragor de
instituciones que se derrumban, perdida la voz á fuerza de predicar en desierto
sesenta años sin tregua, si quiere recoger todavía, al borde de su propia tumba, los
fragmentos del rico vaso á que pensó trasegar su pensamiento, para que continuara la
obra otros tantos, y que cayendo en las manos del sacerdote que lo presentaba al

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pueblo ante el altar de la patria, se rompió?
Queda del capitán Sarmiento un busto en mármol, obra de cincel romano, si bien
conserva la frente cuadrada á lo Víctor Hugo, como el molde de la inteligencia. Una
caña tronchada de estriada columna corintia señala en el Panteón de la Recoleta el
lugar donde reposan las cenizas, bajo las siguientes inscripciones epigráficas,
labradas por la piadosa amistad del doctor D. Nicolás Avellaneda. Presidente de la
República y su tutor y amigo:

*
CAPITÁN D. F. SARMIENTO
ESTUDIANTE, ESCRITOR Y SOLDADO
EN LA GUERRA DEL PARAGUAY

SERÁ MÁS DURADERA QUE LOS AÑOS BREVES DE SU VIDA LA


MEMORIA EN EL CORAZÓN DE LOS QUE LO CONOCIERON

RECUERDO DE SUS PADRES

MURIÓ A LOS 21 AÑOS DE EDAD EN EL ASALTO DE CURUPAITÍ EL 22 DE


SEPTIEMBRE DE 1866

Y como en el discurso de los tiempos, si el busto se encontrase entre escombros,


si la columna desapareciese y fragmentos lapidarios conservasen, aunque sin sentido
propio, para otras generaciones nombre del capitán Domingo Fidel Sarmiento, puesto
que el deleznable papiro dura más que el duro bronce, en estas breves páginas ha
querido su padre, como en el de los ritos mortuorios que trae consigo la momia
egipcia, conservar los lineamientos de su corta vida, para que estimen su nombre los
padres que sobreviven á sushijos, los jóvenes que aman siempre á su patria y le
consagran sus desvelos y su vida. Tal es el deseo de su padre.

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CAPITULO I

INFANCIA

Nació Domingo Fidel Castro en Santiago de Chile el 17 de abril de 1845 y


pasando más tarde á segundas nupcias su madre, de procedencia argentina, fué por
adopción, cambiado su apellido por el de Sarmiento que le fué nombrado tutor, á fin
de que nada enfriase los afectos de la nueva familia. Por el derecho de la madre era
argentino.
El 17 de abril de 1866, mandando una compañía de línea al frente de las baterías
que defendían el inoficiosamente atacado fuerte de Curupaití, un casco de bomba le
cortó el tendón de Aquiles y murió desangrado, al frente del enemigo, trasportado el
cadáver exánime al cuartel general por sus soldados, que lo amaban.
Vivió, pues, lo que media entre aquellas dos fechas, que no alcanza á ser la edad
legal del hombre para entrar de lleno en el goce de sus derechos: período sin
embargo, tan lleno de vivísimas emociones para él, que pudieran haber llenado más
larga vida en otro, dotado de menos cualidades, educido de distinto modo y mal
servido por las circunstancias.
Pasó los primeros años de su tierna infancia en una quinta de Yungay, pueblecillo
á las afueras de Santiago, entonces aislada de otras habitaciones, lo que dio á la
educación del niño un carácter particular, pasando sus horas en estrecho contacto con
sus padres, á falta de niños de la vecindad con quienes solazarse.
Desde la tierna edad de tres años y medio daba tales muestras de inteligencia, que
los domésticos repetían algunas de las observaciones que hacía al experimentar
alguna sensación nueva.
Más adelante se verá que éste adaptar á la vida real las imágenes, las palabras, ó
las ideas adquiridas por oídas, por grabados, ó por lecturas, es una peculiaridad de su
inteligencia y le hace pasar por ilusiones las más extrañas.
Siendo de tan corta edad, que era necesario que un peón lo llevase por delante en
el caballo, al ir la familia de Santiago á Santa Rosa de los Andes, al descender los
últimos contrafuertes de la cuesta de Chacabuco, ofreciósele á la vista de un golpe, y
mirado de lo alto el bellísimo valle de Aconcagua, encerrado en un marco de
montañas, como una masa de verdura de seis leguas de fondo, salpicada aquí y allí de
casitas y alquerías. A los hombres hechos deleita aquella vista. Al niño lo tomaba de
nuevo, y tendiendo los bracitos como para abrazarla, exclamó alborozado: ¡qué
bosque tan lindo!… y á un rato de contemplarlo: —¡pero no cómo los del Brasil!
El peón que oía, quizá por la primera vez, Brasil, y acaso la palabra bosque no
muy casera, como monte, arbolea, huerta, etc… le preguntó: —Patroncito, ¿en qué
son mejores los del Brasil?… ¡Oh tanto Tití!
El peón maravillado, contó la aventura, y comprendió entonces la diferencia,

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sabiendo que Titíes son unos monitos muy monos, lo más monos de los simios que se
encuentran en las grandes selvas tropicales. Conocíalos el niño por uno embalsamado
que había sobre la mesa en la sala como ornato, y había oído hablar de su país de
origen. Creía que poblaban los bosques, y se les veía saltando de rama en rama.
Luego los bosques de Aconcagua (las huertas de frutales) eran inferiores á los del
Brasil. Tendría tres años y medio el naturalista!
A los tres años de edad y por vía de entretenimiento, propúsose su padre enseñarle
á leer, jugueteando, y como medio de excitar su curiosidad é inteligencia, que se
mostraba despierta y clara á tan temprana edad. Explicábale cómo los sonidos de la
voz están representados en letras, é imitando lo que había visto en Alemania en una
escuela, que era escribir su nombre un niño dándole el maestro los sonidos, fónicos
componentes intrínsecos de la palabra, sin nombre de letra, el niño de tres años
iluminándosele el semblante con los rayos de la inteligencia que asomaba á sus ojos:
— papá, dijo, á que yo escribo Sarmiento? — ¿a qué no? — á que sí; y escribió en la
página en blanco de un librito, lo que va al frente en facsimile.
Esta es la copia exacta de aquella suprema evidencia de la concepción del niño á
los tres y medio años.
El librito en blanco existe en poder de la madre y es guardado como una reliquia,
pues que allí han quedado rastros indelebles del pasaje de una alma que se despierta y
camina. Sería imposible dar idea del contenido de aquel prontuario, pues no hay
sucesión de páginas ó materias, y es una mezcla de sílabas formando palabras, figuras
enormes de geometría, desde las primeras páginas, un elefante aquí, más allá patos,
garabatos que han querido explicar lo que las palabras dicen; por ejemplo, está
dibujada una rosa, al lado de la palabra Rosa; un caballito informe donde la lección
reza, "se vende un caballo".
El coronel Paunero antes de embarcarse en la "Médicis", para concurrir á la
batalla de Caseros, se divertía grandemente con el chicuelo que se iba á su cama para
travesear; y tan poco avisado debía ser el chico, que el viejo coronel lo ponía en
camino de tirarle los cabellos, con lo que una vez se quedó horrorizado con la cabeza
de Paunero en las manos, pues aun no tenía idea de la existencia de pelucas.
Horas después, este mismo niño, como Paunero indicase direcciones de líneas, el
muchachito le observó: — Perpendicular entonces. — Que es eso de perpendicular,
¿qué sabes tú? — Pues es claro! é inclinándose sobre las baldosas: esta raya (la
juntura de dos) es perpendicular á esta otra que es la horizontal. El librito lo explica
todo. En las primeras páginas se encuentra uno con un ángulo, un cuadrado, dos
paralelas con letras A. B. C. de garabatos, lecciones de lectura y figuras de animales,
y se halla precisamente la lección del caso, con una raya informe que tiene escrito de
mi letra perpendicular, al costado, al centro la cruza otra que tiene escrito horizontal,
de la base parte una diagonal con el letrero oblicua y arriba hay dos A. B. C. D.
paralela hablando de suyo, y abajo un ángulo recto con nombre. Es, pues, lección
que recibía y lo que lo autorizaba á repetírsela á Paunero como cosa que se nace

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sabiendo.
La edad Hace mucho para el caso y en éste está determinada. Nacido en 1845, el
hecho ocurrió en 1851, pues es dos meses antes de la batalla de Caseros.
La palabra Sarmiento la ha escrito á la edad de tres años, acaso tres y medio.
Adviértase que todo: lecciones de lectura, figuras de geometría, dibujos groseros,
están hechos con carbón, el cuál se tomaba de la chimenea, en invierno. Su nombre
está escrito con carbón, y con carbón aunque más imperfecto dominguito, procesa.
Escritura con tinta no aparece sino la de un mapa de la América del Sud y la lección
de lectura que en seguida copio, porque es útil hoy para los maestros y los niños, por
ser compuesta de palabras en cuyas sílabas ocurren ce-qe, ci-qu, sa ca, za, para hacer
distinguir los diversos sonidos con las mismas letras, ó las diversas letras que dan el
mismo sonido.
Esta lección está firmada: Yungay, enero 17 de 1849, Domingo Sarmiento - como
si el niño la escribiera, pero está de mi letra y con tinta. Ahora esta lección es de
enero y por eso es con tinta: la letra escrita y las lecciones próximas están en carbón,
luego fué ejecutada aquella en el invierno de 1848, lo que dá tres años al que la
escribió.
La lección de lectura que ahora aparece en página, se iba haciendo
paulatinamente, sílaba por sílaba, escribiéndola con carbón, el maestro sentado y el
discípulo parado, diciendo lo que comprende pa-lo, ¿qué dice? palo; pe-lo ¿qué dice?
pelo; pero siguiendo sílaba por sílaba y diciendo lo que la lección siguiente contiene:
La lección dice así; La co ci na de ca sa no ha ce hu mo.
—la ce ni za de que u sa ba la ja bo n era, mi ve ci na.
—qe qi so qe me qi t ara la careta.
—cí ñe te la ca mi se ta a zu la da.
—có mo se co no ce qe é se ca mo te co ci do no qe ma la b oca.
C. ca ba llo qe no ce na pa ja y ce ba da á ma ne ce ma lo pa ra qe ti re la ca le za.
D. di ce do ña ca ta li na ce ro te qe no qi ta la ce ne fa qe de co ra la ca ma de la
mu ñe qi ta. (Yungai, enero 17 de 1849).
El autor ya había escrito su Método Gradual de Lectura, y esta lección
corresponde al ejercicio de la q, la c, con sonidos diversos según que consuenan con a
e i o u, y la s además, que en América se confunde con el sonido que es z, en Castilla.
Las lecciones de por sí aparecen intencionalmente instructivas. Veamos una. Tie
rra, a gua, fué go, ai re, sol, lu na, es tre llas, mar, ríos, bu ques, na víos, fra ga ta, ber
gan tín, go le ta, lan cha, bo te, fa lúa.
Trasladado á Valparaíso, 1859, un hijo de Paunero le enseña á distinguir las
formas de cascos cuyo nombre conoce desde su infancia.
Sigue la lección A rro yo, río, to rren te, mar, o cea no, is la, ist mo, es tre cho,
cun ti nen te, pe ñas co, gran de ro ca, mon ta ña, los An des son u na gran cor di lle
ra que co rre de sur á ñor te por to da la A mé ri ca.
Vése como una palabra suscita otra vecina hasta llegar de peñasco á montaña y

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concretarse en los Andes.
Todo esto es charlado, comentado, gesticulado, mezclado con otras cosas; pero
viene saliendo el hecho de que la lectura es una manera de hablar y de oir, lo que
conduce á los resultados que se verán luego.
La acción, la mímica, el gesto entran por mucho para mantener la atención del
niño. Se enseña á juntar las letras razonando un sonido, apegando los labios m m m, y
diciendo abra la boca con a; al fin entiende y día más ya sabe leer. Dígale f f f f con i
y le dirá fí. Pero es preciso conocer sus letras bienpor la figura, que no se confundan
las parecidas, que la s sea una culebra, aunque mire á la izquierda siempre será s.
b. palo alto adelante de o.
d. palo alto atrás de o.
p. bastón adelante de o.
q. o de palo bajo o con bastón atrás.
s. una culebrita descripta con el dedo en el aire.
r. con un puntito en el hombro, señalándose dos o tres veces en el hombro.
t. con un palo al pescuezo, señalándoselo en acción de cortar.
x. con los dedos índices cruzados.
z. con las manos cruzadas.
h. sin nombre, muda, moviendo el dedo negativamente.
ch. como le dé la gana: chancha.
El alumno hace el ejercicio primero con las letras. Atención! se cuadra y expresa
la o, con ambas manos y con garbo describe o, bien; i con un puntito, y se señala la
coronilla de la cabeza dándose puntatidas con el dedo meñique que es la d.
u. con dos dedos parados y abiertos.
a. con una panza abajo, señalándosela.
e. con un ojito al lado poniendo el brazo izquierdo por sobre la frente para hacer
un arco con el derecho que va á su encuentro.
n. dos dedos para abajo.
m. tres id.
ñ. dos, con un travesaño de la otra mano con un palito.
b. d. p. q. la misma forma con variantes o con palo alto á la derecha, etc.
c la mano, encogidas las últimas falanges.
h. muda, tornarse los labios.
j. i con una patada que tira la cola.
g. o con señal a la cola, etc.
Se aprende en dos días, si se tiene cuidado de dar precisión marcial á los
movimientos, como si fuera la cosa más seria del mundo.
Hemos visto ya lecciones de geografía, de mar con buques, etcétera.
Hay las descriptivas de cosas á la vista para hacerle fijar en los objetos que las
palabras describen. La siguiente parece ser el costurero de mamá: - 5 sillas de caoba,
6 sillitas de Italia, 2 sillones de junco de la India, un costurero de la China, un

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necesario cubierto de mármol gris, una mesa redonda, un peinador, un espejo, un
retrato de doña Emilia Bardel, uno id. de doña Rosario Pastoriza, otro de Pío IX, la
Virgen de la silla, Elvira monja.
Basta de lectura. Vamos á la gimnástica.
De noche es preciso entretenerse en algo, y el niño entra en todas las
preocupaciones de la vida. Cuando tiene siete años, se le explica lo que es la
catalepsia, quedarse días un hombre en una postura asumida y no poder cambiar de
postura, ni hablar, ni hacer un gesto. La gracia está en tenerse tieso y más tieso. Toma
con calor la idea. Se le trepa sobre el mármol de una mesa de arrimo en frente del
espejo, las gentes de la casa y visitas hacen la platea de aquella exhibición de cuadros
plásticos. El más ladino le da la forma del gladiador romano, del gato moribundo, del
santo patrón, de lector, de escuchar á la puerta, de cuanto tenga sentido y el cuerpo
pueda ejecutar. El ejecutante permanece impasible sin mover un músculo.
Provocándolo á reir con dichos y burlas que no le hacen mella: imprímenle
posiciones de brazos, piernas, cabeza, manos, dedos, grotescas, absurdas, ridiculas,
maliciosas que hacen á la platea desternillarse de risa, sin que en cien
representaciones, pues eran frecuentes, se obtuviese jamás que se riese ó contrajese
un músculo de la cara.
Valdría la pena introducir en las familias los cuadros plásticos como gimnástica,
siempre que hayan tres ó cuatro niños para hacerles representar escenas de conjunto.
No son los ejercicios acrobáticos de la gimnástica con cuerdas y maromas lo que
debe darse á los niños, que harto se ejercitan sin maestros en sus juegos infantiles. La
gimnástica nacional pública deben formarla la esgrima, la natación, la equitación y el
remo, que son los ejercicios que defienden la vida, ó nos dan medios de locomoción y
superioridad. La Inglaterra debe su supremacía á sus juegos gimnásticos, sin excluir
el pugilato, la carrera y la lucha.
Nuestras escuelas empiezan á ejercer á los niños en movimientos de los músculos,
según teorías ó manejos que no carecen de gracia. Encanta ver á mil niños levantar un
brazo, nemine discrepante, mover todos la cabeza á derecha é izquierda. El primer
curso de gimnástica escolar introdújelo en Chile y se encuentra en el Monitor; y
como las láminas las labró en madera don N. Lloverás en casa, alli pudo Dominguito
ensayarlo. Mas hay una gimnástica de salón, de corte llamaban antes, de escultura
clásica diría yo, que se descuida enteramente en las familias y adivinan las niñas por
instinto innato de la belleza, ó los jóvenes heredan de sus padres, imitándolos sin
saberlo por herencia, como el Dr. Vélez creyó ver á D. Juan Lavalle cuando vio al
joven don Juan, á quien no conocía, paseándose y conversando con el Gobernador,
sin parecérsele.
Consiste en la gracia de los movimientos del cuerpo al avanzar un pie, al hacer
una cortesía tenerse de firme, extender la mano para recibir ó dar, y sobre todo al
bailar ó marchar. Los militares aprenden á sacar el pecho, etc., bajo fórmulas rígidas
y automáticas; y la tradición aristocrática española colonial conservó hasta la

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Revolución, en las familias de hidalgos, las posiciones y el garbo de la real moza
castellana y andaluza que parecen, como el caballo curvilinio, ser todavía restos de la
cultura romana, tan arraigada en la Bética. Hasta los últimos tiempos popularizó y
mantuvo el arte de las posturas esculturales el minué, baile de ostentación plástica, y
hemos visto á Wáshington, representado bailando minué en el acto de avanzar un pie
oblícuo que le habría dado tantos al Apolo del Belvedere si bailara. La reverencia,
sobre todo, era el fuerte de las señoras, y se celebraba el garbo, y la dignidad
soberana, con que el orgullo sabía inclinarse hasta tocar el suelo sin humillarse.
Nuestras damiselas no hacen la reverencia, salvo excepciones que pueden
reclamar si las hubiere, y sólo una dama limeña hemos visto en Buenos Aires hacer
tres reverencias sucesivas á un Presidente, la última más profunda que la primera,
todas en retirada, indicando respetuosamente que no aceptaba la distinción que
parecía acordarle. Es preciso ejercitar á nuestros niños en las posiciones artísticas
plásticas.
Allá por los años 1848 ocurría la revolución de febrero que depuso á Luis Felipe.
La Ilustration de París, que está en volúmenes sobre la mesa, trae grabados
describiendo las escenas que más llamaban la atención en Europa; ypreguntando
algo, conjeturando mucho, y adivinando lo que las láminas representan, pasa las
horas viviendo por la imaginación en Europa entre personas y escenas desconocidas,
pero que él hace reales.
¿Dónde está sentado D. Manuel Montt, preguntaba viendo el hemiciclo de un
Congreso de Francfort? Montt era orador chileno, y señalando una figura cualquiera
como la de Montt (en Francfort) ya estaba en caja y se daba cuenta de todo.
L'Ilustration fué su enciclopedia, cuatro volúmenes. Cuanta cosa sabe y toca, vive
con él, en el papel, como él vive con su padre, los amigos de éste, emigrados
argentinos, hablando siempre con calor de un país, de escenas, de hombres que no por
no estar en láminas ni de cuerpo presente, son menos reales para él.
No aprende á distinguir claramente porque no le enseñan la diferencia de un niño
y de un hombre adulto, en aquella vida secuestrada de Yungay, y acaba por
considerarse hombre más pequeño que los demás, pero en las mismas condiciones,
¿porqué no? Ejemplo: Las elecciones de renovación del Congreso ó de electores de
Presidente caían en Chile en 1851, según recuerdo. Debía tener seis años. Hablábase
en el almuerzo de boletas de elecciones que había impreso M. Belin y se discurría
como de asuntos corrientes sobre la votación que estaba haciéndose.
—Papá, pregunta Dominguito, ¿qué yo no voto?
—Por qué no; eres chileno.
—¿Dónde se vota?
—Tú perteneces á la parroquia de San Isidro, cuya mesa está aquí cerca.
A un rato:
—Papá, ¿cómo se vota?
—Es la cosa más sencilla del mundo. Tomas una de estas boletas, vas á la mesa,

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donde hay mucha gente, dices que vas á votar, presentas el voto, te lo reciben y ya
está.
No se habló más de elecciones, yéndose la conversación á una legua de distancia.
Acabado el almuerzo, y ¿Dominguito?
—Ha de haber ido á votar, contesta el padre, que conocía á su sonámbulo, y como
nada podía suceder, nadie volvió á pensar en ello, hasta oír el grito de triunfo y de
gozo del niño que decía desde lejos: Papá! ya voté.
Estás borracho! y contó su gloriosa hazaña, que confirmaron amigos que habían
presenciado la escena. Algunos de los votantes apiñados en torno de la mesa,
sintieron como una cuña por entre las piernas de unos y otros, para abrirse paso.
Prestando atención uno de ellos al importuno, éste dijo su objeto, que era votar, y con
tal convicción y ojos tan brillantes lo dijo, que se supuso que alguna alucinación
había de por medio. Hízole gracia el caso y tomando al chicuelo de un brazo lo trepó
sobre la mesa, diciendo muy serenamente al Presidente: Un ciudadano que quiere
votar! y como en manera alguna se turbase, Presidente y electores hicieron que
tomaban el caso á lo serio:
—Sí, señor, puede usted votar.
—¿De qué parroquia es usted?
—Parroquia de San Isidro.
—¿Su nombre?
—Domingo Sarmiento.
—No señor, no puede votar, ha de ser hijo del cuyano Sarmiento.
—Soy chileno!
—¿Es usted casado?
—No señor — (risa general que no lo desconcierta).
—¿Por quién vota?
—Por don Manuel Montt!
—Ah pícaro! que no se le permita votar, gritó en tumulto la oposición.
—Es partidario del despotismo!
El Presidente restablece el orden, le recibe el voto, y la oposición se lo pasa de
uno á otro, lo besan, lo aplauden y lo bajan ebrio de contento. ¿Supo alguna vez que
aquello fué broma? Acaso no volvió á pensar en ello, hallándolo según su cuenta lo
más natural del mundo. Llegado á Buenos Aires en 1858, víspera de las fiestas
Mayas, con once años, en ciudad nueva, acompañábalo uno de los niños Velázquez, á
quien un pickt-pocket arrebató el sombrero. Dominguito pispó algo y agarrando á un
paisano con tal tono de autoridad, le mandó entregar el sombrero, que lo desconcertó,
y abandonando el sombrero se hizo humo, como dicen, ¿Era valor? No, es que no
sabe distinguir bien hombre de niño, aunque sepa cual es la posición relativa entre un
roto y un caballero.
Acompañaba á su padre en 1850 en Valparaíso, cerca del muelle y al caer de la
tarde; y debiendo aquel entrar á una peluquería, le dijo lo aguardara paseándose por

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allí. Detúvose más de lo que deseara y al salir tuvo cuidados por el chico, cuyo bulto
divisó á lo lejos.
Vino éste corriendo con toda una historia. "¡Cómo me he divertido papá!
Imagínese que vienen un caballero con su mujer y una niñita á tomar el fresco, y sin
duda para divertirla, le muestran los buques, hasta que el caballero le dijo: mira, aquel
chico es un marinerito, y el caballero, para entretener á la niñita se me acercó y me
preguntó si era marinero. Yo dije entre mí, te voy á hacer creer que soy y le contesté
muy serio:
—Yes, sir.
(Poco más se pescaba del inglés á esa edad).
—Mira, fulana, había sido marinero.
—¿De aquel buque? (Uno de guerra inglés).
—Yes, sir.
—Pobrecito dijo la señora, tan chiquito y ya padeciendo!
—No, dijo el caballero, estos son grumetes de familias nobles, y los cuidan á
bordo…
Y se han quedado creídos que era inglés marinerito. Yo me vine riendo."
El taimado tiene siete años; pero esa es su educación: toma la vida como si fuera
hombre, y si quieren burlarlo él se burlará del que lo intente.
—"Papá, dijo, ¿a que yo escribo SARMIENTO: —¿A que no? —¿A que sí?: y
escribió en la página en blanco de un librito, lo que va en facsímile. Esta es la copia
exacta de aquella suprema evidencia de la concepción del niño á los tres y medio
años".

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DOMINGO F. SARMIENTO

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CAPITULO II

ESCUELA, EQUITACIÓN, COSTUMBRES Y CARÁCTER

Hemos ya llegado en vida tan breve á los cinco años de edad, que hacen la cuarta
parte, y para continuar la narración de los sucesos, necesito que el lector benévolo,
haga lo que el Presidente de la mesa electoral de la Parroquia de San Isidro, en
Santiago de Chile, cuando se le presentó un ciudadano de seis años, boleto en mano,
á votar por D. Manuel Montt. Si señor, un renacuajo de ciudadano ¿por qué no? y
tomando el aspecto adusto del magistrado que oye las objeciones, acalla los gritos de
la turba multa, recoge el voto, lo acepta y lo anota, hallando que todo está en regla, en
el mas regular de los actos posibles, ¡una elección!
¿Qué habría logrado con un procedimiento sugerido por el sentido prosaico de las
cosas?
Disipar una ilusión infantil generosa, hija de una inteligencia que con un
cuerpecito en germen, no alcanza á ver sino las superficies. ¿Y cómo es, sesudo
lector, que asistís á un teatro y oís complacido á Carlos V haciéndose que habla
cantando, y en la orquesta creéis que brama, entre las ramas de los árboles de la India,
un huracán de violínes que ha principiado por bramidos acordes que os complacen y
amedrentan? Pues vais á ver en persona al de esta novela, ejecutar actos que suponen
un ser consciente, un hombre adulto, porque él se cree lo uno y lo otro desde su
infancia, porque nadie quiso desengañarlo, y porque al fin se familiarizó con su
asumido carácter y fué hombre pensador y niño á la vez. Murió como hombre de pró.
¿Qué mas queréis?
La casa quinta de Yungay era, como se ha dicho, una mansión solitaria, á
distancia viable, sin embargo, de la ciudad. El niño es conducido á una imprenta ó
acompaña alguna vez á su madre, como un dije, á las visitas, y el niño ve calles,
edificios, gente, niños, caballos y el movimiento de las grandes ciudades que puebla
de imágenes su memoria, y vuelto á Yungay su cuerpo, no siempre vuelve con él su
imaginación, que queda vagando por las calles y plazas que vio, adivinando lo que no
vió, y labrado por estos ensueños, una mañana se le va el cuerpo detrás de su alma,
siguiendo las sugestiones de aquella imaginación creadora de misterios que debe
aclarar la visión, y tarde se le echa de menos, y es preciso salir á buscarlo de miedo
de perros, carretas, recuas de animales cargados y todos los peligros de las grandes
ciudades.
Si se le encuentra en la imprenta se le sorprende radiante, riendo, oyendo,
aspirando todo, como si absorbiera la vida, la ciencia de las cosas, contando allí
mismo cuanto ha visto, como para pasar revista de sus impresiones, como para
enriquecer la memoria del que le escuchaba con lo que no tuvo la dicha de ver, y él
vio: unos tambores que tocaban la caja—unos soldados marchaban tran, tran, tran!!

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Un día al salir en su busca divisa su tutor el bultito que ya regresaba también de
motu propio, después de su tuna. El vigilante de á caballo estaba cerca, y
abordándolo, lo expuso el caso y el hábito que iba adquiriendo el chicuelo de
escabullirse y largarse de su cuenta á la ciudad en busca de mas vivas emociones; y
dándole una peseta, instruyelo sobre la manera de ayudar el vigilante al padre de
familia á curar tan peligrosa dolencia—el niño cimarrón— incurable á veces, lo que
ha creado la palabra en la Habana para los negros esclavos que ganaban la cima de
montañas inaccesibles y formaban colonias, que eran atacadas con perros adiestrados
al objeto. Para ahorrar palabras, pongamos el caso. Un vigilante encuentra un niñito
muy bonito solo por la calle, y gritándole con voz de sayón: alto ahí! lo deja clavado
en el suelo.
—¿Quién es Vd.?
—D. F. Sarmiento, señor.
—¿Con qué licencia anda solo?
El pecado lo acusa y se turba.
—¿Está Vd. en la Escuela?
—No, señor.
—¿Tiene papeleta de conchavo?
—No, señor.
—¡Ah, pícaro! le dice, desvainando la lata y amenazando cortarlo en dos.
—¿Dónde es su casa?
Y señalándole la de Yungay, de un tirón lo alza, y se lo mete bruscamente en
ancas, y la emprende al galope para Yungay.—Llegado á casa, entra gritando: ¿quién
conoce aqui este niño cimarrón que he recogido por la calle, salvándolo de que lo
muérdala los perros bravos; y voy llevando á la penitenciaria, al calabozo donde se
encierran á los niños que no obedecen á sus padres? Todo esto entraba en la lección
dada al paco.
Salieron las gentes, reconocieron al prófugo, y pidiéronle al señor vigilante que lo
dejase dormir esa noche en su casa, hasta que el padre fuese á ver al Jefe de Policía y
arreglara el asunto, prometiendo que no habría de hacerlo mas. Consintió la
castellana en ello, pero tan intratable era el cruel sayon que todavía exigió, con una
guiñada, que se le tuviera en una pieza solitaria para que no hablase con otros niños.
Así lo prometieron y así lo hicieron, que era aun antes de medio día y había
tiempo de conmutar penas y ahorrar tramitaciones. Pero á poco de estar solo,
meditando sobre tamaña culpa, mandó llamar á su nodriza, que le servía de mucama,
por haber quedado en la casa por amor del ahijado.
Llamábale para pedirle con voz dolorida que le mandasen de cuando en cuando
algo bueno que comer, porque sabía que en la Penitenciaria no les daban sino porotos
á los presos! Fué preciso prometerle esta infracción de las reglas. Mas tarde volvió á
llamarla para rogarle que le llevasen una camita, porque en la Penitenciaría dormían
sobre una estera!

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¡Cómo sabrán los niños estas cosas! Rumores populares que circulaban en las
cocinas entre sirvientes, que son los maestros de la lengua y de la historia para los
niños. La nodriza no pudo resistir á este golpe y soltó el llanto, asegurándole que
nada le sucedería. Vino la madre y todo el cuento lo echaron á perder con sus
enternecimientos, lleváronselo en brazos á las habitaciones, y por poco no lo ponen
en el secreto. Cuando el hombre de la casa llegó, fué informado del caso, hizo las
diligencias precisas, y no fué mas adelante el escarmiento.
Quince días después se le echó de menos al arrepentido.
Era de noche. Buscósele en el barrio y no había noticias de él, hasta que
sabiéndose que había unos títeres no lejos se le encontró allí, espectador abonado y
entusiasta, imperando sobre una pila de adobes, y desde allí victoreando al títere
protagonista, contándole sus hazañas al glorioso donCristóbal y acentuando los palos
que le da á doña Cutufina, con sus risas y alboroto.
Estaba visto. El mal no estaba en el párvulo, sino en la topografía de su morada
fuera de la ciudad, en una habitación aislada, y el hombre es un animal gregario y el
instinto lo está empujando á reunirse con sus semejantes. Se le iba á castigar porque
quería sentir la vida, ver vivir y asociarse al movimiento de los otros.
Continuábanse en Yungay las lecciones de lectura, las conversaciones sobre todo
lo que es real y á que se asociaba el niño adquiriendo un despejo que no decía
relación con sus años, y de ahí tomando vuelo la imaginación, precisamente porque
van quedando muchos vacíos que llenar entre las cosas diversas que va conociendo.
La tendencia á irse á Santiago, acompañado ó solo, en busca de emociones, de
aprendizaje, de cosas nuevas es cada día mas pronunciada, y nada puede contenerla,
sino es satisfacerla aplacando la inmensa fuerza de curiosidad que es la muestra de la
intelígencia y á veces del talento. Nunca desanimen al niño preguntón. Ese va á ser
algo. Un saltimbanqui que mostraba monos sabios, decía que él buscaba para educar,
los monos que mostraban inteligencia. Ofrecía á los vendedores de monos, pagar el
doble si le dejaban llevar á su casa los sujetos. Ponía cuatro en lugar de poder
observarlos, y los monos volvían la cara hacia él. Los monos no vulgares, con
algunos movimientos peristálicos que les son característicos, iban uno que otro con
mas mesura deteniéndose á mirar y ver. De los otros no había que esperar nada. Al
momento daban vuelta la cara á otra parte, á otro lado, atraídos por una mosca que
zumba, por un perro que pasa.
En los niños sucede lo mismo y el ansia de entender, los lleva á preguntar aun
cosas que nos parecen triviales por sabidas.
Un día yendo cerca de la Casa de Moneda en Santiago, encontréme con un roto
que conducía del cabestro un mampato, poney ó petizo, como llamamos nosotros.
—¿Vende, amigo?—Si, señor.—¿Cuánto?—Nueve pesos.
—Sígame, y si encuentro en aquella talabartería una silla de niño, es mío por el
precio.
—Casualmente, dijo el talabartero, hace tres meses que un caballero me mandó

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hacer aquella, y como no ha vuelto, me creo con derecho á venderla.
Una hora después entraba el roto en el patio de Yungay seguido de un mampato,
hermosamente enjaezado, aunque nada de hermoso tenía él con su cabeza grande, sus
patas cortas, y su andar poco afanado, lo que era una cualidad apetecible para el caso.
No había habido designio, ni pensado en tal cosa, sino que la casualidad de encontrar
un mampato sugirió la idea de asociarlo á la educación del infante.
Al alboroto de tan inesperada aparición acudió, entre las maritornes de la casa, el
que se sintió al ver la sillita, que era héroe de la fiesta; y teniéndole las riendas yo, y
alzándolo de un brazo, sentóse él en aquel elevado trono, desde adonde, como Sancho
desde Clavileño, debió ver el mundo pedestre cuan mezquino era.
Usamos con frecuencia el epiteto de inefable que no he cuidado de definir, al lado
de placer, sin darnos cuenta de la sensación que tal título merece, como usamos la
palabra sublime, sin darnos cuenta de lo que es ello, sino cuando nos enseñan que es
sublime aquello que dijo Dios: hágase la luz… y la luz fué hecha! sin duda porque no
es como soplar y hacer botellas. Entonces vi él placer pintado en la cara de un
parvulillo. Levantó ambos brazos al aire, con las manecillas vueltas hacia fuera para
indicar á padre y madre que estaban á ambos lados que se alejasen, que no lo tocasen,
para tener la dicha, la gloria de tenerse él solo en el caballo, á quien impulsó á andar
mas bien con la voluntad; y siguiendo al caballo, y teniéndoselo de la rienda, dió la
procesión vuelta al patio en cuadro, él en la misma postura de los brazos fijos, con la
mirada hacia adelante, con la sonrisa de beatitud que los escultores griegos ponían á
sus estatuas de divinidades, inefable, inmóvil, religiosa, revelando el arrobamiento
del alma, mezcla de placer y de veneración.
¡Así serían las impresiones que experimentaba el improvisado caballero! De
seguro que no le había pasado por la imaginación que montaría á caballo á esa edad.
Quedaban suprimidos de su cuenta y eliminados muchos años. Era un salto, ser dueño
del caballo con silla y todo; y como corolario, ir á Santiago cuando le plugiese!
El día se pasó en proyectos y expediciones imaginarias, en querer probar el
caballo á cada rato, hasta quedar convenido y acordado que al día siguiente iríamos,
padre é hijo, á la imprenta de Belin, paso á paso por supuesto, á fin de hacer posible
tan audaz ensayo.
Fuimos á Santiago, que pudo ver de mayor altura que una vara del suelo, como lo
veía antes de á pie. La aventura terminaba ahí para el padre, ocupándose acaso en
corregir pruebas y haciendo esperar al apremiante caballerito, apurado esta vez por
volver á Yungay, cosa que no le había sucedido nunca; su ideal habría sido estar
yendo y viniendo todo el santo día.
Cuando hubo terminado el padre, requirió las cabalgaduras. ¡Ni noticias del
compañero!… Habíase escabullido, engañando á uno que lo subiese al caballo para
aguardar á su papá… ¡Dios mío, qué va á suceder!
… Al volver de la primera esquina ha de caer este chico de costado, como un
marinero ebrio, ignorando que para tenerse derecho sobre el caballo, hacen nuestros

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músculos complicados movimientos reflejos, de que no se da cuenta nuestra
voluntad, tan larga ha sido la práctica de la equitación. A medida que el caballo se
mueve, tiran nuestros músculos un cordón por allí, aflojan otro por allá, mueven dos á
un tiempo y Dios sabe si diez, y con este tira y afloja, marche el caballo de frente, se
pare de golpe, galope, vuelva á la izquierda, mediante un apretón de las rodillas, ó
echar hacia adelante ó hacia atrás el cuerpo, vamos como en una hamaca, creyendo
que nada hacemos dejando ir á la bestia y nos conduzca al lugar donde queremos.
¿Qué va á suceder con un niño cuyas piernecitas no alcanzan á ceñir el caballo, que
ignora todas estas cosas, y se persuade que es lo mismo y más fácil moverse á
caballo, según lo está viendo, pues á pie tendría que subir de un plano á otro, ó pasar
sobre una piedra que desempareja el piso, mientras que á caballo, así, así, dejándose
andar, se llega de un soplo á Yungay…
De un galope estuve en Yungay, haciendo ó no haciendo estas reflexiones. Otra
era la cuenta del desolado padre.
—¿Aún no ha llegado? La casa estaba en silencio. Al tropel del caballo, sale la
madre desolada.
—¡Bárbaro!—¿Bárbaro qué?—Casi lo ha muerto el caballo! Supe entonces la
tragedia. Habíalo volteado el caballo y atravesádole de parte á parte el labio inferior
los dos dientes delanteros, que eran los únicos que descollaban.
Averiguado el caso, se supo por el paciente, que lo había alcanzado un guazo á
caballo, en el callejón de Yungay, y viéndolo sin duda tan gallardo caballero, le había
dicho:
—¡Vamos patroncito corramos una carrera!
—Corramos, contestó el chico.
¿Y por qué no? Solo sí que como ambos caballos eran chilenos, al arrancar del
uno, arrancó el mampato, y el ginetíllo que no conocía este género de equitación,
salió por el anca, dando de cabeza con su humanidad en tierra. La sangre había sido
restañada, y no se notaba miembro dislocado. Al día siguiente todo marchaba á un
restablecimiento completo; á los ocho, apenas quedaba una cicatriz; á los quince,
volvían á asomar en el horizonte de la imaginación del ya convalecido y olvidadizo
enfermo, las orejas del buen petizo, que á su turno se aburría de su clausura.
Y al fin de todo, un hombre debe saber andar á caballo, en América sobre todo, y
como no hay picadero se aprende á golpes, por aquello de que la letra con sangre
entra. El mampato era de fiar, tranquilo y paciente; el incidente había sido
extraordinario y el niño se tenía la culpa de haberse sustraído á la tutela paterna.
Estaba castigado con la misma culpa y como el delincuente nada deseaba mas que
volver á pecar, triunfó el partido de la acción y, acompañado primero, solo cuantas
veces podía, acabó el hecho por hacerse familiar, como sucede con las erupciones del
Etna que sepultan en lava una aldea y vuelve esta á los años á repetirse el mismo
drama. Dióse tres ó cuatro golpes mas, sabidos ó confesados, que de los ignorados y
ocultos él solo llevaría cuenta. Fué preciso del mal sacar partido y puesto que andaba

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á caballo ¿adonde iría mejor y mas regularmente que á la escuela?
Resolvióse mandarlo á la escuela de Villarino ó á la de Moreno, tan acreditada la
una como la otra, tan amigos ambos, pues eran los Domingos constantes comensales
en Yugay.
Uno y otro fueron sucesivamente sus maestros, enseñándolo según las prácticas
usuales, no siempre con aprovechamiento, porque cayendo en la rutina escolar y
obrando solo la imaginación y la dilatación de las fuerzas orgánicas, se entregaba á
sus desordenados impulsos, sin que hubiese al lado el correctivo de la palabra, de la
voz de su padre que ponía en acción también la inteligencia.
Llegó alguna vez, siendo ya grandecito, á desaprender á leer, á desmejorar la
forma inglesa de su letra, á medida que mas tiempo pasaba en la escuela.
Entonces el maestro casero se encargaba de remontar la máquina: y leyendo
alternativamente ambos en voz alta la Vida de Franklin, que traducía D. Juan M.
Gutiérrez, Robinson Crusoe, ó un Buffón de los Niños que entraba bien en su género
de instrucción y cuya lectura recomiendo á los padres, recuperaba en un mes la
perdida felicidad de leer, ganando además nuevo acopio de ideas.
Como no ha de hablarse mas del librito en blanco en que se conservan las
primeras lecciones de lectura escritas con carbón, de mano del maestro, recordaré que
en las últimas páginas, de letra del discípulo, se encuentran dos apuntes en que
figuran los nombres de Moreno y Villarino. Dicen:

Dos pares de candelabros


una custodia.............................. dos reales
unas vinajeras........................... un real
un incensario..............................un real
un incensario..............................un real
una libra de velas......................4 reales
--
6
"Para la Iglesia"
Domingo Fidel…
(hay una rúbrica).

(La cuenta por lo visto, está errada).

Enrique Moreno
Edgardo Moreno
Domingo F. Sarmiento
Emilio Billarino
Rafael Garfias.
"alludarán la misa mayor".

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Estos apuntes se refieren á más avanzada edad é instrucción. Mientras el padre
acudía con Mitre, Aquino, Paunero, á tomar servicio á las órdenes del General
Urquiza, para la campaña que terminó en Caseros, habíase dedicado al sacerdocio,
arregládose iglesia y reunido diáconos y presbíteros.
Enrique Moreno es hoy Ministro Plenipotenciario argentino cerca del Gobierno
del Brasil, y Emilio Villarino, nacionalizado chileno, vino hace poco encargado de
estudiar el estado de la educación primaria en la República Argentina.
Pero volvamos á los ejercicios de equitación que algo original tuvieron. Al mes
de ir á la escuela, el caballo, sin duda, había tomado el peso á su caballero y arreglado
su conducta.
—Mire, papá, si será pícaro el mampato. No me hace caso; toma por donde él
quiere, aunque le tire la rienda para el otro lado.
Dos ó tres veces puso la demanda, y al fin el caso fué tomado en consideración.
—Llámame, cuando vayas á partir para la Escuela.
Al día siguiente, armado de un chicote inglés, aparecíase el juez en el zaguán, y
tomándolo de las riendas, apostrofó al rocinante de esta manera:
—¡Ah, pícaro! conque no le obedeces á tu amo?… un guascazo por las piernas…
¿Tomas las calles que te da la regalada gana?… zas! zas! —Y cuidadito. eh!… zas!…
Con el último adagio de aquellos versos, monta á caballo el caballero, y toma el
trote, camino de la escuela.
—Qué mampato tan diablo, decía el complacido ginete, me obedece al
pensamiento. Va á donde lo endilgo, aunque sea á una acequia.
Un mes después, el vehículo se había desajustado y era preciso recorrerle los
resortes, operación que se hacía con la mayor buena fe, puesto que el resultado era
infalible. Al dueño podía sin inconveniente aplicársele elmismo tratamiento. Mas
tarde sobrevino la duda de si era al caballero y no al caballo á quien debían
apretársele las clavijas. Un caballo adquiere el hábito de ir á un lugar, si allí lo llevan
todos los días; y como la escuela era de descanso para él, es contra las reglas que no
quisiese continuar por la calle habitual.
Un viejo Rosas de San Juan tenía la costumbre de ir á su viña en su viejo caballo
todas las mañanas y pasar un puente de pilos atravesado sobre una acequia. A fin de
repararlo, habían renovado los palos, dejando uno solo, para la gente de á pie.
Llegado allí, el caballo extrañó la innovación; pero urgido por el viejo cegatón,
inclinó la cabeza para reconocerlo, puso una mano celante de otra y llegó sin novedad
al otro costado. Meses después, venía acompañado de un amigo, y vio que el caballo
del viejo Rosas pasaba como un marinero el puente de un palo, y solo entonces supo
el viejo la hazaña de equitador insigne que, sin saberlo, hacía todos los días.
¿No sería, pues, mas prudente creer, que el honrado mampato quería seguir su
camino á la escuela, sin andarse con gambetas, y el amo quería forzarlo á hacer
l’école buissoniére, desviándose para recorrer el mundo ignoto de calles y callejuelas,

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con interminables vías de comunicación para las afueras, en medio de arboledas
umbrías, casas de campo deliciosas y escenas rurales de toda variedad, amen de
alguna carrera concertada con otros pilluelos de á caballo, con quienes iría trabando
relación, á medida que se ensanchaba el mundo que tenia, cual libro cerrado, por
delante?
AIgo de este género dejó sospechar la ocurrencia siguiente:
—Papá, no hay con que darle á este mampato. Mire en lo que ha dado ahora para
mortificarme. Cuando vienen carretas adelante, se empaca y no quiere avanzar; y si
del lado oye el chirrido, empieza á describir una curva; mientras si hay una acequia
honda por delante y no lo contengo, se entra sin miedo adentro.
La acusación se repitió varias veces sin variar en lo sustancial, lo que empezó á
darme que pensar.
—No te vayas á la escuela mañana, sin avisarme… y en haciéndolo, tomé el
caballo, le examiné el ojo y tenía una nube blanca sobre la pupila. Digo el ojo, porque
el pobre animal era tuerto. El roto al vendérmelo, lo hacía virar para que no lo viese
sino de un lado, como la luna que siempre nos está mirando con la misma cara.
El misterio, pues, estaba aclarado. Había andado durante un mes en la ciudad,
entre carros y carretas, en la campaña galopando, y Dios sabe si corriendo carreras,
en un caballo ciego! De ahí que les huía éste el cuerpo á las carretas y se entraba á las
acequias que no veía. Habríale dado guascazos por la cara, y dañádole el ojo único.
Felizmente la lesión estaba fresca y pulverizaciones de carbón le devolvieron luego la
vista.

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CAPITULO III

VIAJE A MENDOZA

Con tan sabia escuela de equitación, pudo hacer en 1854, á los nueve años de
edad, una expedición á Mendoza á través de la Cordillera de los Andes, no en el
"casimiro" mampato, sino en Cornetín de M. Belin, que era tres pulgadas mas alto, de
pies ligeros y caminar alegre y vivaracho. Pobre Cornetin! pasó y repasó la Cordillera
dos veces, de ida y de vuelta en cada una de ellas, al paso regular cuando ocupaba su
puesto en la primera avanzada de vanguardia, á la descubierta de novedades: una
cadena rota de montañas, los ríos que se precipitan haciendo rápidos y cascadas, una
casilla que se divisa, un peñón rajado, etc., etc., y otra andada hacia atrás al galope
por faldeos y sendas estrechas á contar á la mamá, que venía á retaguardia, los
portentos, que á cada rato lo sorprendían, volviendo luego al galope á recuperar su
puesto de observación al frente de la marcha por hileras de las mulas.
Entre Uspallata y Mendoza, media el descenso de la montaña de Villavicencio,
tan Iargo, tan árido, tan monótono y sin agua, que los viajeros emprenden la travesía
de noche por respeto á las monturas que se fatigarían antes de llegar á la planicie que
se divisa desde aquella altura, como un mundo que no tiene otros límites que las
brumas, que no son por eso el horizonte, pues al revés, desde el Alto Grande de San
Luis (60 lenguas), se divisa el mundo nevado que se extiende tras las montañas de
Villavicencio, como desde el cerrito de Santa Lucía en Santiago la vista penetra en el
interior de las casas por sobre los altos edificios.
El ferro-carril andino suprimirá en horas esta larga travesía, ahorrando la terrible
trasnochada que pudiera apellidarse la noche triste del rico escenario de los Andes.
Yo he podido descenderlo (el segundo) en coche; y este año habrá ruta carrozable á
Chile, pues los pastos que abundan hoy en Uspallata, la Quebrada y el Puente del
Inca de este lado, y los Ojos de Agua del lado de Chile, harán que los carruajes
vuelen, "no diré que corran", salvando en posta de caballos la Cordillera central, pues
las habitaciones de uno y otro lado están á su base. Un joven italiano se ha puesto en
25 días desde Genova, hasta el Hotel Inglés en la plaza de Santiago, lo que es una
rapidez mirada como fabulosa, merced á vapores y trenes acelerados.
Como recuerdo de viaje, contaré que pasando, con sol todavía, el laberinto de
cuchillas cruzadas de Villavicencio, ocurrió que en aquella incursión á Mendoza, que
tenía por objeto explorar la opinión pública, para aceptar ó no como definitivo el
gobierno de la Confederación sin Buenos Aires, el publicista Sarmiento, que ya se
había pronunciado por Buenos Aires, como representante de la tradición liberal, sin
aceptar su gobierno, no aceptando ser nombrado miembro de la Legislatura, se
encontró allí con un individuo de aspecto nobiliario, sentado sobre la punta de una
roca. Saludáronse como es práctica de viandantes. A poco andar empero, encontróse

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con su comitiva, y á pretexto de prender un cigarro, se acercó y supo con emoción
profunda que era el banquero Buschental, empresario se decía, del futuro ferro-carril
de los Andes.
Era algo parecido al encuentro de Mario con algún legionario romano; pero aquí
es Mario el vencido por Sila el que pasa á caballo, y era el legionarioquien podía
decirle: vé á decirles á tus cofrades en Buenos Aires, que habéis encontrado á un
banquero midiendo con la vista las montañas abruptas que escalarán los ferrocarriles
y no las legiones de nuestro César!
¿Creía Buschental en el éxito de la empresa? Ahora treinta años, todavía la
ciencia no se mostraba tan atrevida como hoy en los asaltos dados á la materia,
llámese istmos, los Andes y San Gotardo; pero el laberinto de Villavicencia sería para
desencantar al más osado ingeniero. Es á pique casi, que sube el camino una legua,
haciendo curvas de veinte metros cada cincuenta.
Mas el anuncio de la empresa que acometería el Gobierno de la Confederación,
fué inspirado por una alta idea política, que aun siendo quimérica entonces, no lo es
hoy, pues está en vísperas de ejecutarse, y era levantar el espíritu de los pueblos,
sacandólos de la orniére de persecuciones en nombre de ideas abstractas, federación,
unidad, etc.
Era el ferrocarril de los Andes, el viejo CANAL de los Andes, puesto en armonía
con los progresos del siglo y atravesando la América, del Plata á Valparaíso, antes
que por Panamá en ferrocarril, y mucho antes que se proyectase ninguno de los seis
ferrocarriles que atraviesan hoy la América del Norte por el Canadá y ambas
Californias.
Vése ahí el consejo y la inspiración de Don Salvador María del Carril, ministro de
Hacienda de Rivadavia y del Interior del General Urquiza. ¡Queda la cadena de hierro
con que Chile y la Argentina ataron á sus destinos los antes rebeldes Andes, á la
gloria de Rivadavia y Carril, como lo será de quien ponga cabo y buen fin á la grande
obra; y como vínculo eterno de la República, el recuerdo de que tan grande idea no se
llevó á término sin ayuda de vecino, como debía ser, pues Urquiza, Mitre, Sarmiento,
Avellaneda y Roca, han puesto sucesivamente el hombro á la colosal obra nacional,
americana y universal, como toda grande idea!
Vuelvo al cuento del viaje primero del famoso hidalguito á caballo. Las
interminables cuestas de Villavicencio á que no se vé fin, desmontan la paciencia y
magullan el cuerpo de los nombres: ¡qué decir de un niño de nueve años escasos! La
noche sobrevino, la oscuridad nos encubría la distancia, que se siente al traqueo lento
de mulas y caballos, y el niño empieza á repetir con voz plañidera: paremos! que
paren! que me muero de sueño!
Y todos los estímulos son impotentes contra las adormideras que embalsaman el
frío aire del desierto lóbrego. Y no había que chancearse: iba el pobre viandante de
estribo á estribo, ebrio de sueño, y amenazaba por minutos irse de cabeza, á riesgo de
intentar vanamente departir una piedra con ella, como solía decirle cuando se daba un

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golpe, echándole en cara en términos duros, el daño que haría quebrando las baldosas
del patio, lo que hacía que sorprendiéndolo de improviso la paradoja, suprimía el
llanto que sigue necesariamente á cada caída; cuando comprendía la charada,
veníanle ganas de reír de la ocurrencia, y concluía la fiesta en paz.
Pero entre aquellas breñas, no era de andarse con bromas y era necesario arbitrar
un medio de ahorrar al héroe de esta novela, la vergüenza de haberlo llevado en
faldas, porque en ancas era infructuoso, ó haberse roto la crisma contra innobles
pedruzcos, cuando le aguardaba la gloriosa metralla de los combates para poner
término al cuento heroico.
Llamado á un asistente, se le dieron instrucciones de combate, y avanzó éste
algunos pasos y volvió apresurado y con ruido á decir con voz alterada:—Señor!
Señor! Me parece que hay malevos (malévolos) adelante. Se ven bultos… Fué preciso
detener la marcha para dar órdenes; Dominguito recibió la de parar.
—Amartille usted un revólver; pregunte quien vive, y al tercero sino contesta,
haga Vd. fuego, y yo respondo!
Oh! qué escena! El hombre avanza osadamente, seguímoslo nosotros los varones
con cautela, ordenando á las mujeres se estén á retaguardia, por temor de las balas
que pueden cruzarse. —No las tenía yo, sin embargo, todas conmigo con el Gobierno
urquicista de Mendoza, como que me llevaron al llegar, de la mula á la jaula.
Dominguito con el cuello tendido sobre el de su caballo, trataba de discernir los
bultos en la oscuridad y lo consiguió dicíéndome quedito, para no espantar la caza, y
comprometer la situación:
—Ya los veo, papá.
—¿Dónde?
—Allí, señalando un jarillal, son dos…
De repente, pin! pan!… tiros á vanguardia. Avanzamos, se oye la carrera del peón
que los persigue, vuelve al fin y nos dá parte de la batalla ganada.
—Han huido cobardemente, pero con todo esto no hay que descuidarse, que no
sabe uno en qué país y entre qué gentes está.
El vencedor era un sargento cumplido, de Granaderos á caballo que tenía á mi
servicio á guisa de asistente; cargaba una famosa carabina de Kolton de seis tiros, y
era hombre de pasar un parte de una batalla imaginaria, como son tantas de las
nuestras.
Llegados á Mendoza por la mañana, debieron caer el uno en la cama, el otro á un
calabozo que la ciencia política le tenía preparado para su alojamiento.
Pertenecen los detalles de esta jornada, al Life in the Argentine Republic, que Mrs.
Horace Mann puso al frente de un libro, en lugar de Civilización y Barbarie que traía
originalmente, acaso porque no siempre puede por los hechos, saberse de que lado
está la barbarie, cuando se agitan las pasiones políticas en estos pueblos infantiles.
Cuadraría mejor narrarlos en la vida de un niño que presencia tales actos, que oye
comentarlos, y le interesan por la vida de los suyos y las emociones que afectan á su

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madre y los terrores que inspiran á los otros. Sobre todo, esta es la educación objetiva
que ha recibido, éste es el mundo en que se creó y las lecciones y los escándalos que
formaron y nutrieron su espíritu.
Almorzábamos en casa del escribano Mayorga, que nos estaba preparada, cuando
se presentó doña Paula Rosas, esposa del oficial mayor de Gobierno, preguntando
despavorida:
—¿Con esa calma se está Vd., mientras ya vienen á prenderlo, con orden de
tomarlo vivo ó muerto?
Como no era para imaginarse en país que acababa de darse y de jurar una
Constitución, la posibilidad siquiera de tales extremos, sirvió de pie forzado la
noticia, para continuar de sobremesa, no obstante que aseguraba la señora saberlo de
doña Juana Porven, á quien se lo mandaba decir el Edecán de Gobierno, encargado de
la prisión, quien le había prevenido por hallarse enferma, que no se alarmase si oía
tiros.
Insistía doña Paula por que me trasladase inmediatamente á su casa y seguía
dándosele bromas por su credulidad, cuando señalando á una ventana, añadió con voz
lamentable y rostro compadecido:
—Ahí los tiene Vd. —ríase ahora.
Pasaban, en efecto, soldados con los fusiles bajos y á poco cerraron el claro de la
puerta con una reja de bayonetas cruzadas. Avanzóse un Capitán, y con voz
conmovida, esforzándose en hacerla terrorífica, apostrofó al huésped, diciéndole:
—Está Vd. preso.
—En buena hora. ¿Trae Vd. orden por escrito?
—No necesito; soy el Edecán de Gobierno.
—Es para precaver contra esas órdenes que se puso el resguardo de que la orden
debe venir de un Juez.
—Yo sé, señor, mi deber.
—Muy bien; permítame ponerme una levita.
Estaba en robe de chambre, y como me dirigiese al dormitorio, me siguió espada
en mano y me hizo seguir con soldados, siempre con las bayonetas bajas. Otros dos
se dirigieron hacia un piano, sobre el cual yacían dos revolvers. Pregúntele!
—¿Cree Vd., señor, que he venido á Mendoza con mi familia, á saltar paredes á
mi edad?
—Yo cumplo con mi deber, y no tengo que responder á preguntas de nadie.
Lleváronme por esas calles de Dios, debo decir que dejando atrás los soldados;
metiéronme en un cuartel, señaláronme un calabozo y pusiéronme un centinela de
vista. Antes que empezase la incomunicación de regla, pedí que me trajesen mi catre
de campaña, y en llegando, túmbeme en él, y me escapé de este pobre mundo por la
puerta del sueño, sin entrar en otro, porque en la puerta me caí dormido boca arriba,
como si me hubiera tomado el opio de la botica.
Era el caso que no había dormido cuarenta y ocho horas, y no hay conciencia por

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culpable que sea, que resista á la tentación; habiéndome ya sucedido, siendo Capitán
de línea y cubriendo la retirada de los sanjuaninos, para Coquimbo, después de la
derrota de Rodeo del Medio en Mendoza, caerme de cabeza del caballo, no obstante
saber que el enemigo no daba cuartel, y dormir como un bronce, hasta que el asistente
me PUSO de pie, velis nolis, mostrándome al enemigo cerca.
A la oración, hiciéronme en el calabozo igual operación; dos soldados me
forzaron á sentarme, restregándome yo los ojos, persuadido de que estaba en las casas
de Uspallata y el arriero me despertaba para emprender la última jornada. Hízome
volver á la realidad la voz del General Rosas, de Mendoza, que me notificaba
cortesmente la causa de mi prisión. Se me acusaba de conspiración.
—¿No es mas que eso? contesté. No embrome con zonzera…
Y, pedí permiso para echar otro sueñito, como aquel coya que habiendo dormido
hasta la tarde, se puso de pie, desperezóse, tendió de nuevo el poncho, y esclamando.
—Auá lo verás, cuerpo vil, echar el hiél, durmiendo… se durmió á más y mejor.
La pesada modorra esta, decidió sin embargo, de la sentencia de la causa, pues
que viendo todos lo animal de semejante sueño, que no puedeimitarse, porque no se
pueden hinchar los ojos á voluntad, abotagarse el rostro, etc., y demás síntomas del
sueño letárgico, fué preciso convenir que tal hombre era inocente hasta de pecados
veniales á no ser un Napoleón durmiendo sentado, á la víspera de Austerlitz, en lo
que pudo haber algo de consumada táctica, para obrar sobre el ánimo del soldado, tan
segura tendría la victoria; y el General Paz, sin cabecear delante del fogón del
Campamento, ganaba las batallas; porque los soldados y el enemigo creían que no las
podía perder.
Acusábame de propósitos subversivos un chasque llegado de Valparaíso, según lo
supe después; y lo confirmaban los peones y allegados que venían conmigo, un cierto
número de armas de fuego y balas que traía, y esta idea tan natural; ¿a qué ha de
venir, sino á conspirar contra el orden establecido?
Yo no había tomado cartas en la revolución de septiembre y habiendo quedado la
República dividida en dos, creo que fui el único argentino que no aceptó de plano,
hecho tan deplorable. Natural habria sido, por la abstinencia primera, suponer que
vendría para emprender su curación, antes de que cicatrizase, volviendo á Buenos
Aires á trabajar por la unión, según consta de mi carta A los Electores, negándome á
aceptar un asiento en la Legislatura del Estado de Buenos Aires.
Pero, como nadie lo intentaba, —véase sino el rechazo de la misión Paz, llamada
"la traición en berlina", —nadie tampoco admitía que hubiese quién lo solicitase.
La acusación me ponía en confabulación con tres individuos, á quiénes no
conocía, alguno ni de nombre; y en el último alegato, el Ministro de Gobierno vino á
sentarse, declarándome cómplice, al lado del reo principal, y el oficial mayor del
mismo ministerio, D. Damián Hudson, fué el defensor. D. Franklin Villanueva era el
acusador de derecho.
El reo expuso en su defensa, que todo el cargo estaba montado en un mito

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popular, cuyo origen no conocía, por no ser mendocino y no haber hablado en las 24
horas en que estuvo libre, sino con aquellos empleados públicos y con el escribano de
la causa, que le había ofrecido su casa.
Figuraba en la causa un número 300. Trescientos caballos le venían de San Juan,
trescientos hombres lo esperaban y no sé qué otros trescientos, ni de qué, entraban en
el enjuague.
Lo de las armas, tenía algo de grave. Constaban de un rifle Kolton, valor de cien
fuertes; una carabina Minnié, dos fusiles de cargar por la culata, recién llegados, dos
revólveres de uso: todo ello introducido por la Aduana. Iban además, dos mozos de
servicio, (que eran veteranos), sus familias, un impresor y un francés de paso para
Europa. Era regular que se vaciasen balas en moldes para armas de tan diversos
calibres, y esta era la acusación deducida de la declaración del negro que las fundió,
diciendo que era un montón… así! —¿Y qué menos, si solo se daban de dotación
veinte á cada uno?
El no ser armas del Estado, y por el contrario todas de lujo y ser militar el
poseedor, echaba por tierra el cargo.
Pero en la hora de la sentencia apareció el enemigo malo del reo, que como se
sabe fué siempre su conato de cometer un crimen, sin que su mala estrella se lo
permitiese nunca.
El centinela que lo mantenía incomunicado en los altos del Cabildo, dos días
después de haberlo acusado otro centinela de hablarlo el reo, porpreguntarle en vista
de sus andrajos y su porte marcial: ¿de qué cuerpo de San Martín fué Vd.? Esta vez
era el centinela que le hablaba quedito, diciéndole:
—Soy sirviente de don Indalecio N., y anoche decía allí el Juez Palma: si
Sarmiento no anda vivo, mañana va á perder su causa; se lo aviso para su gobierno.
Vuelta á pedir el reo el tribunal.
—Lea Vd. este escrito, y diga si su contenido es suyo.
A una ojeada lo reconocí al muy indino, era mío; pero de otra letra, autorizado: es
copia, Benavides.
—No conozco, señor, este escribano en San Juan, y los conozco á todos.
—No; es el General Benavides; léalo Vd., sin embargo.
—Es excusado, señor; no es mi letra y no es escribano el que copia, y tales
papeles un Tribunal de Justicia no puede aceptarlos. Póngalo así, señor escribano. El
semblante risueño de éste, acreditaba que había dado en la tecla. Se me mandó retirar,
y fui absuelto, sin restricción alguna, aunque el Fiscal lo pedía.
Cuando pude hablar expliqué lo ocurrido. Desde Chile había escrito á Benavides,
induciéndolo á separarse de Urquiza y reparar su ausencia en Caseros, sirviendo de
intermediario para la reunión de la República. Pero, ¿para qué invocar el derecho de
petición que autoriza estos actos, cuando son dirigidos al mismo gobierno, sin
escándalo?
Puesto en libertad y ufano de mi triunfo, recibía y pagaba visitas, recorriendo los

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alrrededores de la ciudad, testigos de mis hazañas de diez y ocho años, chivateando á
los enemigos en las guerrillas que mandaba don Joaquín Villanueva, con quien hice
migas, y me valieron del General Moyano, mi segundo Jefe, un arresto y prohibición
de apartarme del cuartel general.
El Ministro Villanueva y el Gobernador Segura dieron á los tres ó cuatro días, en
hacerme decir, en vía de prudente consejo, que sería bueno tratase de regresar á
Chile, para evitar habladurías; y como yo echase plantas de no oir consejos que
tendieran á coartar mi libertad de entrar y salir, según el texto expreso de la
Constitución, creyeron deber insistir, alegando que no siempre podrían responder de
mi seguridad. Yo insistía en mis jactanciosos y altaneros propósitos, en público, lo
que no impedía que en privado hiciese alistar carga y arrieros y tenerlo todo listo á la
primera orden.
Había un secretico que nos guardábamos recíprocamente, y era que al llegar á
Mendoza y bajo la impresión primera de que iba á convulsionar la provincia, y de allí
la República, habían avisado al Paraná mi llegada y malos propósitos. El Gobernador
temía ahora las consecuencias, esperando por horas órdenes del Gobierno Federal. Yo
por mi parte estaba de ello segurísimo, y no las tenía todas conmigo; pero calculando
el tiempo necesario para que llegase un chasque al Paraná, pasase el río, proveyesen
lo conveniente y regresase, no podía llegar antes de veinte y dos días la temida orden.
Echando balacas, pues, de hombre que nada teme en una nación constituida, me
dejé andar hasta los diez y ocho días y poniendo los pies en polvorosa llegué sano y
salvo á Uspallata, el día mismo que entraba con una partida de doce hombres del
Paraná, un Ayudante, casado en San Juan con doña Mercedes Herrera Carril, con
orden de conducir preso al Paraná al conspirador que había huido de hallarse en
Buenos Aires para la del 11 de septiembre. No se guardó el secreto al llegar el oficial,
que me creía preso y custodiado, y cuando supo que el pájaro era ya el cóndor que se
cierne tranquilo sobre las altas montañas, contemplando las escenas de los valles,
sintió la vergüenza de su situación.
Este viaje á caballo cierra la infancia de Dominguito, y trasladándose su padre á
Buenos Aires, puso término á la influencia que ejercía sobre su espíritu.
Pero como en este capitulo, donde he consignado recuerdos que creo no haber
narrado antes, solo se trata del curso de equitación que recibió el educando que se
preparaba en Chile para la vida argentina, Life in the Argentine, bueno sería que á su
llegada, é incorporado ya en la andante caballería de su propio país, diese muestra de
su saber y práctica como simple escudero que aspira á calzar las espuelas del ginete.
Ocasión tuvo en Buenos Aires, años después, de dar exámenes de equitación,
según la escuela chilena, que es en America la más avanzada, en eso de revolver el
caballo en un solo lugar, rayarlo en plena carrera, de manera que surque el suelo con
el mazlo de la cola, luche pechando con otro caballo, ó atropelle caballo y caballero,
con solo abrir las piernas, á punto de hacerlos rodar por el suelo, si los toma
desapercibidos.

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El día, por siempre famoso de los fastos argentinos, de la inauguración del
ferrocarril del Oeste hasta la Floresta, lo mas selecto de la sociedad iba en los trenes
gozándose en la dicha de sentirlos extremecerse bajo sus plantas, arrastrados por la
misteriosa locomotora. Un niño á caballo carría á todo correr, galopándole al costado,
empeñado en conservar el mismo aire, y atravesando, volando mas que corriendo,
sobre la parte baja de los terraplenes. Todos seguían con el ¡Jesús! en la boca, al
atolondrado que iba tragando muertes, hasta que D. Ernesto Cobo gritó: ¡es
Dominguito Sarmiento! con lo que muchos dieron vuelta, para no ver horrorizados el
fin… No hubo nada!
Vueltos de Mendoza al hogar paterno de Yungay, y cuando ya hubo alcanzado
cierto grado de desarrollo, intentóse, siguiendo los preceptos morales de Franklin,
inculcarle ideas de economía, y si fuera posible de lucro, como denuncian los viajeros
ingleses encontrar en ejercicio activo en los niños norteamericanos, que crían gallinas
de su cuenta para vender huevos y hacerse de capital, ó bien vender libros, diarios,
manzanas y flores de maíz tostado en los ferrocarriles, importunando todavía á los
pasajeros, cuando ya los trenes van en movimiento acelerado, contando con la
destreza adquirida de caer parados.
Franklin, que hizo su fortuna y ofreció gratis la receta infalible de hacerla, con
guardarse la cuarta parte de todo dinero que por alguna vía entrase á su bolsa estrecha
de muchacho necesitado, si bien fué feliz en este artificio que lo llevó al futuro
engrandecimiento, se lamentó siempre de su incapacidad de poner orden en sus cosas
é inversión del tiempo, que es otra de las virtudes cardinales que añadió á la moral
antigua.
El que esto escribe padece de la misma enfermedad, incurable ya, á punto de
calcular que habrá desperdiciado dos ó tres años de vida en poner orden en las
páginas que escribe sin numerar las hojas de papel; y como el pensamiento va mas
ligero que la pluma, al pasar de una hoja á otra, se queda en el aire, ó en el tintero una
sílaba ó una palabra, y vaya Vd. á coordinar la hilación y el sentido! Intentóse, pues,
suscitar en el neófito el amor á la economía, al ahorro, queriendo con ello inculcarle
las ideas morales de Franklin, cuya vida se lehacia leer para su ejemplo; pero era
fidalgo español y americano hasta la médula de los huesos y habría pedido á los
cangrejos, padre y madre, que le mostrasen el camino.
Una ocurrencia, un poco cómica, dió ocasión de ensayar en grande la hermosa
práctica, sin obtener sino una bancarrota.
Circulaban en Santiago y Valparaiso rumores de fiebre amarilla, temiéndose se
comunicara la que decían había aparecido en Lima, y hablábase entre la gente beata
de una devota oración á Santa Brígida, la cual, puesta en el estómago con
acompañamiento de Padres Nuestros y Ave Marías, preservaba del contagio.
Por medio de tías paternas, muy dadas á las prácticas religiosas, se obtuvo una
copia del preciso talismán, y por burla de tamaña superstición, vino la idea de
imprimirla y vulgarizarla. Los derroteros de minas que dejaron ocultos los antiguos, y

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se conservan por raros ejemplares en testamentarias, preconizados por la tradición,
pierden todo su prestigio para el vulgo desde que se les vé impresos.
Resolvióse imprimir la devotísima oración de Santa Brígida y propúsosele el
negocio á Dominguito, indicándole sus ventajas, la plata (en cobres) que daría, y el
modus operandi, y poco se necesitó para encender la hoguera del entusiasmo, y dar
cuerda á aquella maquinilla de acción. Presentóse al día siguiente en la imprenta
Belin y Ca., y desmontándose garbosamente del caballo (escurriéndose) pidió con
aires de persona, le llamasen á M. Belin.
—Vengo, M. Belin, á hacer una impresión, si no me pide muy caro.
Ya vió el viento que soplaba, y tomando el asunto á lo serio y ofreciéndole asiento
en el escritorio, prometióle no pedirle sinó lo justo, como era costumbre de la casa.
—¡Oh! pero á mí debe hacerme una rebaja por ser de la casa también. (Comían
juntos)
—Bien, veamos de qué se trata.
Belin tomaba patas arriba y después patas abajo, la hoja de papel, torciendo el
labio, como quien resulve un intrincado problema, y al fin preguntó, ¿cuántos
ejemplares?
—Quinientos.
—¡Ah! quinientos cuestan mas caro que si fueran ciento, ¿no le parece, no es así?
—Por supuesto; pero yo necesito quinientos.
—¡Vamos! le costarán á Vd. diez pesos. Son tirados á ese precio.
Estaba el marchante prevenido, para no dejarse explotar por credulidad, y conocía
el arte mercantil del roto chileno, que pide diez por lo que dan por dos, respondiendo
á las primeras de camino al que le ofrece la mitad siquiera: —"ni robados que
fueran… mas bien no me iga naa!" —siguiéndose una mímica de irse enfadado,
volver al rato y proponer una pequeña rebaja, volverse á ir, y volver á volver, hasta
que no cediendo la montaña, cede él, y vende con pérdida enorme, por hallarse con su
mujer enferma.
El marchante de ocasión de Santa Brígida recorrió todo el diapasón del roto,
regateó, hasta que el impresor sin conciencia, y mordiéndose de risa, bajó, y bajó,
hasta cinco pesos, que era sin embargo el doble del precio legitimo.
Obtúvose la impresión; lleváronse unos pocos ejemplares á la tía devota, la cual,
mediante la agencia de un motilón de San Francisco de la Cañada, (buscando
mercado para la droga por espirarse entre gente baja mayor consumo), avisó luego el
buen éxito de la empresa, entregando religiosamente el valor de lo vendido.
El felíz mercader anunciaba desde la puerta de calle, aun antes de descender de
las alturas del Rocinante, y mostrando en alto, con la mano tendida, la abundante
cosecha de cobres obtenida.
Arreciaba la brisa próspera, de día en día; la lluvia de verano de gotas gordas de
cobres, se convertía en aguacero, hasta que soplando tres cuartos, la nave marchó
viento en popa, y un día, no en la mano, ni en ambas, sinó sobre un talego, reposando

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sobre la delantera de la silla, anunció un tutti de cobres que habría servido de base á
una otra especulación, cosa que empezó á tiamarse, viendo lo que pudiera emprender
con aquella suma, y no como la hormiguita que se halló un maravedí, y sacaba sus
cuentas para gozarlo sin disminuir su caudal, diciendo, ¡si compro pan, se me ha de
acabar! compraré solimán…
Sumaban los cobres veinte pesos libres de comisión, á cinco centavos ejemplar de
la dichosa oración de Santa Brígida, que por le visto, no aguardaba á que se la
pusieran en el estómago para hacer el milagro; pero el empeño de proveer á las
necesidades mas apremiantes de la casa, una pandorga, un trompo, darle algo á un
compañero de juegos, el hijo de tío Juan el jardinero, y cada día una nueva urgencia,
siendo la madre por imprevisión el cajero, y alegando el eterno postulante sus
derechos inalienables de propiedad, el resultado fué que aquel enorme montón de
cobres fué desmoronándose y disminuyendo, olvido si pagada la impresión, hasta que
el negocio corrió burro y el comerciante se declaró fallido, abandonando toda
esperanza de rehabilitación.
Continuó, no obstante el mal éxito del negocio, su vida de antes, frecuentando la
Escuela, oyendo hablar de política argentina ó chilena, según de donde venía el
viento, hasta que madurando en la Confederación las semillas que se arrojaban de
Yungay y otros puntos, en los surcos que continuaban abriendo las granadas y balas
rasas, que á guisa de máquina de arar partían desde la playa en malhora para Rosas,
sitiador de Montevideo, los que antes habían llevado espada al cinto, y ahora blandían
plumas aceradas en aquella prensa fulminante, diéronse por llamados á desenvainar
sus tizonas en el último acto de la tragedia pues tragedia fué la que representó el
despotismo de los bárbaros, y trágico fué su fin y su aniquilamiento.
Los Coroneles Paunero y Aquino, y los Sargentos Mayores Mitre y Sarmiento
tomaron la "Médicis" para trasladarse al teatro de la presumida guerra, y con la
familia como acompañantes, despidiéronse padre é hijo, tutor y pupilo, maestro y
discípulo, en la bahía de Valparaíso, prometiéndose volver á verse en Buenos Aires
después de la segunda victoria y continuar allí la educación del futuro ciudadano
argentino.
¡Ah! cuan caras habían de pagarse tan buenas y aprovechadas lecciones!

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CAPITULO IV

BUENOS AIRES

EL SEMINARIO - EL COLEGIO INGLES -


LA ATMOSFERA TORRIDA - LA GUERRA -
- LA POLÍTICA.

Con estos rudimentos la familia se traslada á Buenos Aires, en 1858, y entonces


empieza aquella adolescencia infantil que va á formar un tipo singular, el patriota
anticipado, el político imberbe, como debían ser los hijos de los patricios romanos
que asistían, para su instrucción en el arte de gobernar, á las sesiones del Senado,
como los de los Pares del Reino Unido, de donde salieron los Pitt, los Peel, lores del
Parlamento á los ventiun años, asombrando al mundo por la capacidad y el tino.
El Taciturno que, puede decirse, abre la historia de las libertades modernas, con la
resistencia á las tiranías de la Edad media, religiosas y políticas, que quería continuar
y propagar Felipe II en las Provincias Unidas, era un paje de Carlos V, afecto á la
embajada de D. Juan de Austria á Francia, que oyó á los grandes hablar de las
matanzas que preparaban piadosamente sus Majestades Católicas y Cristianísimas y
realizaron en la San Barthelemy, guardándose el secreto el niño de doce años, que ha
jurado oponerse á la introducción de la Inquisición en los Países Bajos, que era la
contraparte ó el pendant de aquella atrocidad.
Notan los antropólogos que los cráneos de la población de París en término
medio, tiene más capacidad para contener cerebro que los mismos del resto de la
Francia, como así mismo los cráneos actuales de París son más capaces que los
mismos del siglo XI, por haberse encontrado un depósito auténtico de aquella época.
Atribúyese esta diferencia al mayor desenvolvimiento que va tomando el cerebro
en la población de una capital en que residen los poderes públicos, se agitan las ideas,
se cultivan las letras y se efectúan las revoluciones. Los puritanos que tanto
profundizaron en los misterios de las profecías y de la literatura bíblica, han legado á
los norteamericanos con las ideas de libertad, un cráneo abovedado, signo del mayor
desenvolvimiento de la veneración.
Pudiera decirse otro tanto de los pueblos que han vivido en medio de ardientes y
prolongadas luchas políticas, en que no fueron dinásticos, ni pretendientes los que se
disputaban el poder, si estas épocas no hubiesen sido precedidas por el mutismo que
imponen los gobiernos despóticos. Témese que el cerebro español haya
experimentado contracciones en estos tres últimos siglos de dominación terrífica de la
Inquisición que le estorba desenvolverse. Hay quien cree que la población nacida
bajo el terror de Rosas ha traído por herencia la predisposición á la recaída, como
temblaba el hijo de la Reina de Escocia á la vista de un puñal, como si fuera
repetición de nervios de su madre en cinta, cuando mataron casi en sus brazos á un

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italiano.
En los primeros días de Febrero, después de ocupado Buenos Aires por el
vencedor de Caseros, el hábito del terror hacía nacer mil fantasmas en el ánimo del
pueblo, y empezó á correrse con el asentimiento general, que Rosas había depositado
bajo el edificio de Gobierno, diez mil libras de pólvora para hacer volar Gobierno y
ciudad. Desimpresionólo al General Urquiza el EdecánSarmiento, indicándole el
origen: —adaptación del Kremlin de Rusia contra Napoleón, por el terror.
Hizo en Palermo ensayo de su teoría. Como se corriesen rumores siniestros de
saqueos, de incendios, á la llegada de alguno de Buenos Aires, le interrogaban aun
con las miradas los oficiales y oficinistas del Estado Mayor, para presentir alarmantes
noticias. Llegó el Comandante Sarmiento, y como persona que estaba en los altos
secretos de la política, debía saber la verdad. Rodeáronlo desde que se desmontó: —y
bien ¿qué hay? le dijeron varios, porque creyeron notar señales de preocupación en su
semblante. Introdújose en el salón sin responder nada, y antes de hablar preguntó: —
¿estamos seguros? ¿se puede hablar aquí? —echando de soslayo una mirada á una
puerta de comunicación. El coronel Chenaut que tenía la chistosa travesura de su
familia, salió en el acto en puntas de pie y á largos trancos dirigiéndose á una puerta,
sacando la cabeza hacia afuera, en aire de explorar los alrededores, y convencido de
la soledad reinante, ciérrala con ceremoniosa cautela, repitiendo la misma maniobra
con las mismas formalidades, viniendo á engrosar el círculo después de haber hecho
el signo militar del edecan que ha cumplido una orden.
Una dolorosa expectativa reinaba en los semblantes. Estaba allí un joven
Domínguez de crespa y abultada cabellera, y de pálido semblante á efecto de la
emoción; y dirigiéndole á él la mirada para mas impresionarlo, dije con voz solemne:
"atravesamos señores, momentos difíciles, y es preciso apelar á los sentimientos de
honor del militar para no comprometerse…"
—Señor Sarmiento, exclama Domínguez con los cabellos parados en la frente,
dominado por el pavor: yo no quiero saber nada! no me comprometa Vd.!…
—El terror latente, exclamó el orador señalándolo con el dedo. Cree que esta
oyéndolo la mazorca! Señores… guarden Vds. reserva, no hay nada en Buenos Aires.
Habíase logrado con la circunspección afectada, y la mímica cautelosa del
coronel Chenaut recalentar el sentimiento del terror que no acababa de adormecerse.
Otra observación de los sociólogos es la inversa influencia que ejercen las
poblaciones bárbaras sobre las civilizadas.
Tal es el furor de destruir monumentos de la historia, bellezas artísticas, libros y
archivos, por el solo placer de destruir. La mayor parte de las estatuas y monumentos
que la antigüedad legara á las edades futuras han desaparecido así, víctimas del odio
de los mas atrasados, ó menos cultos. Los conventos y los Papas, han sálvalo la
civilización griega y romana, en estatuas y libros que la perpetuan.
La China, no obstante su célebre muralla de cuatrocientas leguas de largo, ha sido
conquistada ocho veces, en cuatro mil años de historia auténtica, por los tártaros

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manchúes que la avecinan hacia el Norte; y acaso alguno de sus planes victoriosos
para contener la rabia de destrucción de sus soldados ó de sus descendientes
adueñados del poder, prohibió que en adelante se alterase ninguna ley china, se
mejoraran las industrias, se emitiese pensamiento nuevo alguno, y se alterasen los
modelos de tazas, platos jarrones, etc., de la porcelana de China, bajo pena de muerte,
después de tormentos, etcétera.
El progreso, como lo llamamos é invocamos nosotros, está prohibido en China, y
cuando ha sido necesario construir un servicio de té para el Czar de Rusia, con
formas que salen de la rutina secular, ha sido necesario elevar los modelos al Tribunal
de los Ritos, que cuida de la inalterable observancia de las prácticas y costumbres,
para impetrar licencia, obtenida á duras penas, con cargo de romper los moldes y los
planos. A este precio se han salvado las prolijas industrias chinas, las obras de
Confucio que hacen ley, y las mil prácticas que al tártaro incomodan, como á nuestros
paisanos el pantalón, la corbata y los suspensores, prefiriendo el chiripá, que deja en
libertad los movimientos. Gracias también á aquella prohibición, la China presenta el
fenómeno único en la tierra de una civilización homogénea, la misma durante ocho
mil años, según se conjetura, y que ha resistido no solo al tiempo sino á la barbarie de
otros pueblos. Los tártaros, creyendo mejorar; habrían destruido u alterado aquella
portentosa legislación, que viene desde las épocas cercanas al diluvio, según nuestra
cuenta.
Sucede lo mismo en el interior de las naciones, con las provincias respecto á sus
capitales que de ordinario miran de reojo, por su superioridad intelectual y su riqueza
y buen tono. Sucede peor cuando las clases inferiores se elevan al poder, que
entonces propenden á excluir á los hombres ilustrados, aun aquellos de sus propias
ideas, tachándolos de aristócratas, como sucedió en la Revolución francesa con los
sans-culottes (descamisados) ó con los federales de Rosas, que llevaron el chiripá
colorado, al gobierno la suma del poder público que es simplemente la destrucción en
las instituciones civiles de todas las trabas que la experiencia de los siglos ha venido
poniendo al ejercicio del poder.
Sucede lo mismo en pos de reacciones sucesivas, cuando llegan á las Asambleas
populares, Comunas, Cámaras, Congresos, representantes noveles, salidos de clases
intermediarias, sin sentirse apoyados por una opinión ilustrada, que tienden á adaptar
al ejercicio del despotismo de partido las instituciones que se crearon precisamente
para contener las mayorías; y es difícil contener estas reacciones, por cuanto no hay
en la conciencia pública principios que sean linderos, como las playas del mar, que no
obstante ser indeterminadas, dicen á cada minuto á la nueva ola que bramando llega:
está escrito que de aquí no pasarás!
De reconstruir un mundo se trataba en Buenos Aires en 1857, época en que
ingresó el joven Domingo Fidel Sarmiento en la ciudad de Buenos Aires, agitada por
todas las cuestiones de orden político y social que conmovieron á la Francia después
de la caída del régimen borbónico.

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Y no se crea que es darle indebida entrada á este mínimo factor en la masa que se
agitaba entonces, en grado de efervescencia y ebullición. El Estado de Buenos Aires
defendía contra las pretensiones de la Confederación, su existencia autonómica,
mientras no estuviese libre y por su elección representado en el Congreso Argentino,
sin reconocer la Constitución que se habían dado las provincias, bajo el convenio de
San Nicolás, contra el cual protestó su Legislatura, apoyada en seguida por el ejército
que adhirió á la protesta el 11 de septiembre.
Como de resistir á la imposición del nuevo orden de cosas se trataba,
necesitábanse soldados en número suficiente para oponer á los que podía reclutar la
Confederación, sin peligro de oposiciones voluntarias en trece provincias, en las que
predominaban las clases abyectas. No pudiendo elEstado de Buenos Aires extender á
mayor radio de territorio la ciudadanía, ni naturalizar de golpe extranjeros que recién
empezaban á acudir á sus playas, la ley habilitó la edad á los púberes, admitiéndoles á
la defensa del país á los 18 años de edad, con el aditamento de poder ejercer los
deredaos de ciudadanía.
A los diez y ocho años la fisonomía humana no ha adquirido aun el tipo de fijeza
que caracteriza al hombre adulto, á quien la ley reconoce libre de toda tutela. El
mozuelo de diez y seis años, robusto de cuerpo, ó espabilado de inteligencia, se
confunde con el mayor menos aventajado y así la ciudadanía desciende á sus dos
elementos, poder manejar un fusil, y amar á la patria, y sábese que en la pubertad
brincan las fuerzas viriles, y relincha, permítasenos la palabra, el patriotismo
encabritándose, como se agitan todos los sentimientos amorosos, con los ardores de
la ilusión generosa, el entusiasmo y la abnegación que no es mas que el exceso de
vida.
Contaba D. José Posse, que vivió accidentalmente en la misma pieza con
Domínguito, de cuya sociedad gustaba como una copa de champagne, hablando de
este exceso de vida, que al despertar por la mañana saltaba de la cama, daba brincos
descompasados, gritaba, reía sin móvil aparente y lo acometía en su cama á puñetazos
para hacerlo tomar parte en la retozona zambra. Una vez encontrólo triste y
cariacontecido al recojerse por la noche, y sorprendido de tan rara acogida, quiso
inquirir la causa, y dándosela el acongojado mancebo, le dijo: Yo lo había de poner
en mi lugar! Un bruto de vasco, me ha dado tal tunda de guantadas, que tengo el
cuerpo como un bife. Figúrese que estábamos en el teatro, el vasco celebraba lo que
se representaba como si fuera cierto, con exclamaciones y sorpresa. Propúseme
divertirme á sus expensas y darle cuerda; pero tanto tiré y tan gordas bromas le hacía,
que al fin el vasco que no era tan tonto como yo quería, se apercibió de ello y me
impuso silencio. Había olvidado yo la escena, cuando después de pasearme por el
foyer, ocurrióseme asomarme á las ventanas de la plaza; mi vasco estaba ahí, y no
bien me apercibió, sin decirme agua va, me cayó encima, y me sacudió á mano
cerrada á punto de destronar á un burro.
Oíanse desde la sala los estallidos de viva risa de Posse, que al repetirnos la

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historia celebraba el desparpajo con que contaba la aventura, pareciendo mas bien
estar el narrador á favor del vasco que de la víctima.
Tal era la situación de los espíritus en 1858, y tal la irradiación que se prolongaba
hasta los adolescentes. Discutíanse entonces en la Legislatura leyes de comercio libre,
de educación, de elecciones, de Bancos, de impuestos, y todo lo que tiende á la
formación de un Estado, y en los cuarteles se reunía la juventud al amago harto
frecuente de revueltas y conspiraciones, como en la prensa las causas y las
provocaciones que llevaban á la guerra y se descargaron en efecto en Pavón, como
los truenos y relámpagos descargan al fin la electricidad de que está preñada la
atmósfera en copiosa lluvia. La atmósfera que se respiraba en Buenos Aires era, pues,
ardiente y no era para refrigerarla el conservatorio en que fué hospedado el que ya
venía preparado de Chile á recibir su influencia. El educacionista Sarmiento, era
además Senador del Estado, Redactor de El Nacional y vestía el hábito militar toda
vez que se susurraban revoluciones ó se declaraba la guerra. En su presencia se
ventilaban cuestiones de actualidad, como decimos ahora, y no era rara la presencia
del viejo Velez, del joven Elizalde y de muchos otros personajes que ocupaban en la
opinión, en el gobierno, ó en las Cámaras, posiciones notables.
El niño iba á su colegio cargado de todos estos efluvios políticos, comunicábalos
á su círculo, que sin necesidad de su posición de hijo de prohombre, acrecentaba su
natural atracción, travesura y gentileza. En cambio recibía de los otros la exaltación
del patriotismo, provocada y requerida para poner la masa al nivel de fermentación
que reclamaban las circunstancias.
Con tales antecedentes puede decirse que el niño Domingo sentó plaza, desde su
arribo, en el Estado Mayor de la política, para lo que lo traía preparado la exaltación
y actividad intelectual en medio de la cual se había creado en Chile, Los personajes
eran distintos, Las Heras, Jacinto Peña, Paunero, allá; Velez, Elizalde, Mitre, aquí;
pero el drama no es distinto y apenas puede decirse que este era el segundo acto.
Continúase la educación del alumno en el Seminario Conciliar, en un colegio
ingles, en la Universidad, en fin, siguiendo el curso en lo que todos recorren para
llegar á obtener grados. Impregnábase de las ideas revolucionarias de la estudiantina
de entonces, que por la dureza de los tiempos sucedía á la burlesca oposición
tradicional que caracterizó la vida de colegio de los tiempos de Juan Cruz Varela, el
tu autem de todas las diabluras; pero no había tardado mucho el recién llegado en
atraerse las simpatías, que era uno de sus rasgos prominentes, la que había dejado
rastros en Valparaíso en el colegio inglés de Mr. Furburn, alborotándole el chiquero.
Hubieron los grandes de sublevarse en el Seminario Conciliar, y reunidos en
conciliábulo los cabecillas, alguno observó que sin la cooperación de los chicos que
hacían número, nada podría obtenerse, señalando sin embargo el peligro de poner el
secreto en aquellas cabezas de chorlitos. Alguno repuso que bastaría conquistar la
adquiescencia y complicidad de Sarmiento, para tener el concurso de los chicos, pues
él los acaudillaba. Convínose en citarlo para otra reunión y entonces, el que hacía

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cabeza le expuso la gravedad del caso, y solicitó la ayuda que debía esperarse de
persona tan entendida. Ofreció obrar al frente de los chicuelos, en defensa de tan justa
causa, y se procedió bajo base tan sólida á llevar á cabo el plan de la conspiración.
Descubrióse, sin embargo, ó fracasó por su propia inepcia, y los promotores fueron
expulsados del Seminario.
Era Ministro de Gobierno Sarmiento padre, y es de creer que él aconsejase tal
medida, pues se mostró después intransigente en Tucumán, Santiago, Entre Ríos,
donde se repetían estos remedos de vida política exterior á causa de ser malo el pan,
duros los porotos, como de perro la carne y otros motivos igualmente poderosos que
se alegan, para echar abajo los colegios y quedarse los héroes sin educación. En el
Seminario había mucho y sobrado del género, para sublevar las piedras. Los
cocineros españoles se sucedían cada año, volviéndose á España con lingotes de
onzas de oro; los cabos de vela servían para aliñar el caldo, y la cebada tostada
proporcionaba deleites inefables á los estudiantes. Llamado un médico por Marcos
Gómez, para curarlo del mal que lo labraba, mandólo á su casa, á comer por todo
remedio, pues era inanición por falta de alimento, lo que lo consumía.
Despejado el terreno y dado el apoyo á la autoridad, el Ministro convocó á los
pocos arrepentidos y amnistiados estudiantes al Refectorio, para hacerles oir razón, y
traerles al buen camino. Luego Dominguito los había denunciado, faltando á las leyes
del código estudiantino. "Haz bien y teme!" Por represalia lo denunciaron á él como
cabecilla, y fué preciso expulsarlo también, para que la ley fuese pareja. Era inocente
de todo cargo, y ya los había salvado una nochede ser sorprendidos por el Rector,
induciéndolo á seguir una falsa pista, porque ya husmeaba algo, mientras él avisaba á
los conjurados del peligro.
En la Universidad á donde debió entrar á continuar sus estudios, distinguióse
luego por las dotes de su inteligencia; que de ordinario se atribuye á talento lo que es
el resultado de mayor desenvolvimiento del acopio de ideas generales, con muy
grande conocimiento de cosas y de palabras. En esto aventajaba á los de su edad, por
lo que ya conoce el lector, añadiéndose viajes por mar y tierra y contacto con gentes
ilustradas y personajes ilustres, lo que ejerce con la palabra y el gesto, grande
influencia en el ánimo á los niños. Atribuye su padre á situación igual, haber sido
nombrado ayudante del General Vega y secretario del General Alvarado
sucesivamente en San Juan y Mendoza, á la edad de 18 años, en 1829, según consta
históricamente.
Una prueba de ello se ofreció luego entre mil, y bueno es recordarlo aquí, porque
es todo un sistema de acelerar el aprendizaje de las lenguas vivas, desde que se
poseen los rudimentos. La traducción con el diccionario, si no se ensena á manejarla
con precisión, es pesada y poco productiva al principio.
Creyóse que había fiebre amarilla, y se tomó una casita de campo en Barracas
para rusticar y precaverse; y como era necesario acortar las horas del día, se puso en
planta una lección de francés. Teníamos los extractos de la obra de ornitología de

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Audubon, que ha descripto en estilo encantador sus cacerías de pájaros, que acabaron
por hacer de él uno de los célebres ornitologistas del mundo. Se hizo el arreglo
siguiente: "Yo leo en francés el texto de la lección y tú me vas dando la traducción á
medida que voy leyendo. Donde no entiendas, nos detenemos, se busca medio de
salvar el escollo, hasta que entiendas, y seguimos adelante. En seguida tú me lees en
francés y yo voy dando la traducción en castellano. Si no entiendo, es claro que has
pronunciado mal, repites, pronuncias bien, ó yo te enseño".
En tres ó cuatro días la lección marchaba como con ruedas. Leía yo en francés, en
voz alta, con todo el énfasis y gesticulación de una buena lectura, y la sola
enunciación de las palabras, la cadencia de complementos y períodos bastaba para dar
el significado de una que no había oído antes. Encendíasenos el rostro en este pasar
de una lengua á otra las palabras, como si fuera la pelota que nos enviábamos, no
queriendo ninguno que por su causa cayese al suelo. Solía durar dos horas el peloteo,
con pausas para explicar el caso del pavo, ó de la perdíz, ó de la pradera de que se
hablaba; pero todo esto provecho y traducción. Duró veinte ó más días el curso,
porque se acabó el libro y traducciones y pronunciábamos de corrido y volvió á la
Universidad sabiendo francés. A poco me dijo: "soy mirado en la Universidad como
el segundo profesor, los grandes me consultan y los chicos me respetan como á un
grande".
Después, llegándole al profesor la noticia de venir sabiendo francés en veinte días
de asueto, interrogólo, y se sorprendió no poco al saber el ingenioso sistema de hacer
madurar la fruta en corto tiempo. Este sistema con variantes requeridas, ha sido con
igual éxito aplicado á varios otros ramos, teniendo por base la palabra oral, el gesto,
el énfasis que la dotan de garfios y de púas para prenderse á la inteligencia.
Dióse por entonces la batalla de Pavón que puso término á la contienda, dándole
solución honrosa, y de ambas partes aceptada, y el niño Domingo tuvo la inspiración
de trasladarse con algún otro pilluelo al campo de batalla, recorrerlo como lo haría
M. Thiers, y enviar á su padre una descripción de la escena, que el doctor Velez
conceptuaba mas pintoresca y sentida que las que habían publicado los diarios.
Por no pervertir su juicio en tan temprana edad, dando lugar á encomios
indiscretos aunque merecidos, no se le hizo el honor de dar á la prensa su factum, y se
le dejó perderse entre papeles, sin hablarle jamás de ello, como de cosa que no
merecía recordarse.
Los estudios de Seminario, de Colegio y de Universidad andaban á la diabla,
como era de esperarse, cuando los estudiantes eran Cicerones, Gracos, Temístocles, ó
Espartanos, que de todo tenían, menos de aprender sus lecciones.
Dejemos á nuestro héroe imberbe confundido entre la turba estudiantina, sin
pedirle que haga punta en el tranquilo regreso á las aulas, después de la victoria á
hojear su Calepino, ó su Cornelio Nepos. Tiempo habrá de traerlo de nuevo á la
escena, acaso ya con algún fruto sazonado de su estudio.

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CAPITULO V

ADOLESCENCIA Y JUVENTUD

SAN JUAN

Había, después de Pavón, el Comándame Sarmiento sido nombrado Auditor de


Guerra de la división expedicionaria, al mando del General Paunero, que debía
avanzar hacia el interior á asegurar los frutos de la victoria. Cúpole seguir á su vez al
Coronel Rivas hacia Cuyo, y llegado á San Juan, ser nombrado Gobernador, en
acefalía absoluta de todo Gobierno.
El sistema de caudillos había imperado treinta años en provincia tan apartada, sin
el auxilio de aquellos elementos y fuerzas reparadoras, que vienen con el tráfico y
movimiento de los puertos y ciudades comerciales, como el aire fresco á reemplazar
el viciado. Mendoza había sido arrasada por un horrible temblor, y San Juan
diezmado en la Rinconada de parte de sus jóvenes, á mas de la acción lenta de la
barbarie, durante treinta años, destruyendo templos, escuelas, edificios, por
decadencia y deterioro sin reparación. Habían desparecido como elementos de
cultura, los prohombres Aberastain, Quiroga, Cortinez, el doctor Rawson, padre é
hijos; ausentes los Rojos, los Oro y tantos personajes respetables, que eran honor de
las ciencias, las letras ó las armas; y las costumbres paisanas y provinciales de la
época, bajando al nivel social muy á ras del suelo y creado la peor de las igualdades,
la que rebaja las cabezas de las adormideras que sobresalen.
Esta era la sociedad que le imponían gobernar á un mandatario que había pasado
su vida en las grandes ciudades, y viajando, puéstose en contacto con notables figuras
históricas ó literarias. Así, la rutina se lamentaba al intentar empedrar las calles: "este
hombre, decían, que ha estado en Londres ó París, quisiera hacernos hacer lo que allá
se puede y aquí no, porque somos pobres." Olvidaban que Santa Rosa de los Andes y
todas las villas de Chile están empedradas con el mismo empedrado barato y á mano
de San Juan.
Era, pues, ruda la tarea que tenía por delante, y la emprendió con éxito,
sirviéndose de elementos que encontró á su alcance. San Juan se transformó en dos
años, y más se hiciera, si las hordas del Chacho no le hubieran distraído de la obra de
reparación y reconstrucción. Sirva de muestra el siguiente episodio, para ver los
resortes empleados, algunas veces con grande y trascendental resultado. Los gustos
plebeyos, gauchescos habían dado la ley veinte años. Fué necesario, al comenzar,
arreglar los correos, citar á los maestres de posta, á fin de acelerarlos, y el primero se
presentó el del Posito, que es la principal. Era un joven atlético, blanco, bien
parecido, vestido con calzoncillo ancho de flecos y perendengues de plata y chiripá
de jerga ordinaria. Este refinamiento de la jerga gris, por poco abajera, era á la
Chacho, pues por acá se usaba de paño, y cuando menos de bayeta colorada. ¿Era una

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provocación?… Pues ya lo verás!
—¿Es Vd. el maestre de posta? cuando lo anunciaron.
—Sí, Su Excelencia.
—Siéntese, señor —mostrándole un sofá de damasco, y manteniéndose el
Gobernador de pie —¿De qué Morenos es Vd?
—De los Morenos de D… (Moreno banquero del Rosario.)
El Gobernador se dio un paseo, y volvió á pararse enfrente —¿Tiene Vd.
propiedad, señor?
La finca en que está la posta es mía, Su Excelencia, y tengo algo.
Dos paseos del Gobernador; —y ¿sabe Vd. leer, señor?
Recién se desconcertó la arrogancia del paisano; contestó ruborizándose y
bajando la cabeza:
—¡Oh! Si, señor, cómo no!…
Después de un corto paseo. —Bien, señor, retírese; yo lo haré llamar.
Los Ministros que presenciaban esta flajelación, conmovidos, hallaron que era
demasiado para hombre de posición. A los tres días volvió á presentarse el llamado,
vestido comme vous et comme moi sin ostentación y sin muestras de enfado.
Comprendió que había sido adivinado y recibido el castigo que merecía. Al tiempo, si
de las Lagunas ó de los Llanos de la Rioja se aparecía alguno con chiripá, sus
conocidos le decían: —"que no te vea el Gobernador, porque ver chiripá y ver al
diablo, es lo mismo."
Estaba afanado con las tareas que le imponía la dirección de la guerra contra el
eterno Chacho, sublevado en la Rioja: todo era armas y cañones y maestranza en vía
de creación, cuando de improviso le anuncian á Dominguito que viene de Buenos
Aires con pliegos, desertor de la Universidad donde lo hacía su padre, siguiendo
tranquilamente los estudios preparatorios. Habríase procurado de la condescendencia
de Mitre, alguna nota para decirse enviado, y se presentó á su airado padre con
uniforme militar elegantísimo y completo quese había mandado hacer con el sastre á
la moda, para el lance, y la lectora que haya sido madre, se imagina si puede haber
padre tan duro que le dé de coscorrones en lugar de un abrazo al apuesto militarcito y
luego, ¿cómo deshonrarlo ante los jóvenes y las damicelas, haciendo saber que todo
ello era pura farra de un muchacho travieso?
Fué preciso aceptar aquella falsificación, y tenerlo por tal oficial de Guardia
Nacional de Buenos Aires, lo que realzaba el mérito del elegante uniforme, que era
todo su capital pues contaba apenas diez y siete años, verdad es que á esa edad, en
1828, durante el Gobierno del Teniente Coronel del Ejército de los Andes, don
Manuel Gregorio Quiroga Garramuño, fué su mismo padre nombrado alférez de
Cívicos, de la compañía de su vecino (por barrios) D. Cesario Domínguez, que murió
General en la guerra del Paraguay, acaso por las mismas causas, desarrollo prematuro
del patriotismo, que en otros duerme el sueño de los justos.
Aceptado el rol asumido, el Ayudante de Guardia Nacional Sarmiento, hijo del

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Comandante en Jefe, venido de Buenos Aires, hablando de todo ex-cátedra, con
modales despabilados, echándola de modelo de la moda, y con el secreto que poseía
de conquistarse voluntades y afectos, fué el centro de un grupo de elegantes de toda
edad que él disciplinó, constituyendo la sociedad de los Burros Overos, por un chal
escocés á grandes cuadros que los distinguía y de que se hizo nombrar Presidente.
Tratándose de bailes, paseos, fiestas, ópera, sí, señor, ópera, porque de todo había, era
necesario entenderse con el leoncito, que se autorizaba con el nombre de Buenos
Aires: en Buenos Aires se hace así; en Buenos Aires… y contra este argumento todos
los provincianos callaban… ¡Si en Buenos Aires se hace así!
Residía por fortuna en San Juan, como cónsul chileno, un hermano del General
Borgoños, con sus jóvenes hijas, y quien dice Borgoños de Chile, dice gustos
refinados de alta sociedad, el high life como decimos aquí, y la casa del cónsul se
hizo bien pronto el centro de la vida de salón, y en ella se reunían los jóvenes más
cultos, y las señoritas de más fuste. Dicho se está que el oficialito flamante descollaba
entre los leones menos amansados, de tal manera que si el jefe de los Burros no había
asomado sus orejas hasta las ocho, salían en su busca, pues sin él todo palidecía, tal
era la travesura y el desparpajo de aquel carácter de diez y seis años, que las
circunstancias de la vida elevaban como con zancos al rango de hombre. ¡Cómo
recordaban las ya señoras Borgoño, en 1881, aquella época feliz de su juventud, y
cómo la recordaban largo tiempo en San Juan sus compañeros de diversiones y de
alegrías juveniles! Y no era para menos.
Residía de años el doctor Tamini, muy querido de sus enfermos, que acaudillaba
una banda de diletanttis cuyo gusto musical había desenvuelto, no escaseando los
buenos maestros de musica, Berutti y otros. Tamini hacía dar á su alegre banda
fragmentos de ópera, en el teatro, en trajes él y ellas, con el éxito que puede esperarse
de tales cantantes. Tamini que ya estaba como Lablache cuando se hacía oir en Nueva
York, se transfiguraba cantando, y se le caía la baba al oír á sus discípulas que era
preciso aplaudir, puesto que él las aplaudía.
En cuanto á inauguraciones, bailes y otras reuniones, había venido á San Juan,
atraído por la bulla de sus minas, Mr. Crawford, joven inglés de alta sociedad, puesto
que pertenece á la familia de los Crawford de donde salió el General de aquel nombre
que vino en la expedición inglesa de 1807.Dominguito y Crawford cuidaban de las
formas de la elegancia, no faltando por aquellas alturas el cotillón, para terminar
dignamente un baile.
Llegó á San Juan dos meses después de inaugurada la Quinta Normal, un número
del llustrated London News que traía la descripción con láminas de una feria inglesa,
ó inauguración. Se las mostraban á los sanjuaninos, que como Dominguito á Montt lo
reconocía en el Congreso de Francfort, así veían el trasunto de la inauguración de la
Quinta Normal de San Juan con sus tiendas, galpones, etc., etc. Todo esto era
novísimo por este lado y allí se hacían los primeros ensayos. Enseñando inglés á los
jóvenes, hablándolo con el Guardia Nacional y dando lecciones de buen gusto, ayudó

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mucho Mr. Crawford á levantar el tono de la sociedad regenerada, que presentó en
efecto durante dos años, un aspecto de vida notable.
La guerra se hacía en toda regla, bajo dirección más inteligente que la del común
de nuestros militares. Téngase presente que se reunían ó sucedían allí, lanzas corno
las de Sandes é Irrazabal, jefes como Arredondo y Rivas, que pasaron después á
Generales, y capitanes como Campos, Roca, á las órdenes de Sarmiento que les abrió
el camino para Generales á su turno. La Guardia Nacional de San Juan de entonces se
hizo célebre por la inolvidable Escolta de los caballos blancos, los Guías que
existieron dos años, y los Rifleros que se distinguieron en el Paraguay con el valiente
y apuesto Comandante Giuffra, que creó el cuerpo, y había sido bersagliere en Italia,
dejando como recuerdo de su manejo del arma de infantería y evoluciones, al
Comandante Recabarren barren y al ex-edecan Brihuega.
Tal era su celebridad de maniobrero, que los jefes brasileros en el Paraguay,
pidieron una vez se hiciese maniobrar en su presencia á los Rifleros de San Juan, lo
que obtenido y envolviéndose á ellos mismos como los anillos de una serpiente de
acero, los tuvo pasmados durante una hora de aquel caleidoscopio de bayonetas-
sables.
El concurso de tantos hombres que eran ó habían de ser notables por su propio
mérito, ó morir gloriosamente en los combates, daba lustre á aquel período cortísimo
y una atmósfera luminosa á la figura del Ayudante D. F. Sarmiento que se le veía en
todas partes, en las paradas que eran magníficas por lo correctas, en las fiestas, en los
bailes y en los estrados, mezclado entre ellos y gozando de su aprecio.
La parte científica no estaba vacía, pues el Mayor Rickard, ingeniero mecánico,
ensayaba todos los metales de las recién descubiertas minas, puso al sol veneros de
carbón de piedra é introdujo maquinaria para la elaboración de las minas, publicando
en Londres un libro que las hacía conocer, organizando sociedades para su
explotación, y la publicación del River Plate Mail, para hacer conocer su movimiento.
Mr. Shade ingeniero alemán, se encargó de formar un Departamento Topográfico, que
ha dejado la carta de la Provincia.
¿Y las bellas artes? En San Juan la pintura ha sido cultivada por Franklin Rawson
de la escuela de García, por la señorita Procesa Sarmiento de la de Monvoisin en
Chile. Ejercía por entonces su profesión de retratista en San Juan, Torres, de la
escuela de Monvoisin; y como la época era heroica y guerrera, las mejores telas,
fueron la familia del Coronel Virasoro, grande cuadro mural, de mucho efecto por la
belleza de los hijos, de padre, hijas y hermanos, á mas de su esposa que era una
beldad.
Mencionaré la tela del Coronel Sandes con su caballo al lado, no pudiendo hacer
la estatua ecuestre del terrible Aquiles de nuestras guerras civiles que podría
apellidársele "Sandes el de las cincuenta y seis heridas", como al griego, "de los pies
ligeros". Lo acusaron de sanguinario; pero el hombre que ha recibido una á una,
cincuenta heridas sin estar tendido, sin ser prisionero, todas por delante, como lo

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decía él negando el título de valiente al que no presentase este diploma que ostentan
sus fotografías de busto desnudo. Era el hombre-fiera, como el libreto de La Belle
Héléne muestra á Aquiles, sacando la espada á la menor contradicción. Causábale
mucha sorpresa y gusto recibir una partida de caballos gordos, sanos, herrados de pies
y manos para su tropa. Apenas podía creer á sus ojos!
—Y las mulas?
—Las mulas no se hierran, Coronel.
—Hágame herrar mis mulas!
—Si no se hierran, Coronel.
Ya empezaba á amostazarse y el Jefe de Policía le dijo que necesitaba orden del
Gobernador.
El Coronel mandó al caballerizo, con bota de potro y lanza, al Gobernador con
esta misión:
—Dice el Coronel que le haga herrar las mulas.
El Gobernador oye y se calla.
—Que le digo á mi coronel?
—Nada.
Amenazaba tragedia. En San Luis había acometido al Administrador de Rentas.
El Gobernador hizo traer de su casa dos revólveres y cubriéndolos con un pañuelo de
mano sobre el escritorio, empezó á pasearse y aguardar. A un rato el mismo
caballerizo:
—Dice el coronel Sandes, que le haga herrar las mulas.
La misma respuesta; mirarlo y no contestarle.
Habría comprendido, sin duda, que no siendo el jefe de la división, no podía
dirigirse al Gobernador, y solicitaría venia del Coronel comandante. Su etiqueta
militar no llegaba hasta comprender que un caballerizo no es órgano. El día se pasó
en esta terrible expectativa que tenia embargados igualmente á los Ministros. Pasaron
las horas de despacho, y el Gobernador volvió á su casa.
Después de comer, se presenta Sandes á caballo. Se desmonta, dá la mano con
cariño, conversa, y ni una palabra del incidente. Venía á dar satisfacción, sin duda, á
su manera, sin decir nada. De repente, una contracción horrible de la boca,
mordiéndose el labio inferior. —¡Si le vendrán accesos de cólera y gana de echarse
sobre el Gobernador! —Siguió la conversación, y otro acceso repentino. Despidióse,
y no se habló mas del caso. —Momentos después llega el Dr. Tamini, y hablando de
esto y de aquello, el Gobernador dijo que Sandes le había dicho tal cosa.
—¿Dónde ha visto á Sandes?
—Aquí.
—¿Cuándo?
—Hace media hora!
—Imposible; lo he dejado en cama, después de una operación.
—Digole que acaba de salir.

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El médico se hacía cruces.
Le he reabierto una herida en el estómago, y sacádole un pedazo de camiseta que
le habían dejado en la curación y lo incomodaba.
Aquel era Sandes. Se trataba á sí mismo con la misma dureza que á los demás.
Habría comprendido ó le hicieron comprender que había faltado al respeto al
Gobernador, y se había levantado de la cama á reparar la falta, y las contorsiones
atroces del dolor de heridas vendadas, inflamadas, eran aquellos alarmantes gestos
que parecían arrebatos de cólera. Hizo cien leguas sin desmontarse en dos y medio
días de marcha, por darle caza al Chacho que se le había escapado; caían los soldados
dormidos ó muertos, hasta que el caudillo reventó, puede decirse, porque se le
abrieron diez heridas, y vomitó el pulmón. Sandes dejó, sin embargo, el de 1o de
línea, el primer regimiento de caballería que dejó de mirar para atrás, y contar los que
tenían por delante, como lo hicieron en Causete á las órdenes del Mayor Irrazabal que
por instrucción del Comandante Sarmiento atacó á 700 hombres del Chacho en linea,
y los arrolló, perforándola.
El retrato del Coronel Rivas, en todo el esplendor de su juventud, antes de tomar
cuerpo, fué tomado en San Juan y debe estar en poder de su viuda. Existe el del
Gobernador y General Benavides, del mismo pincel de Torres y el del Teniente
Coronel Sarmiento[3] de cuerpo entero, colocado entre los arcos del cuartel de San
Clemente como fondo, y dando órdenes á un batallón que se apresta á salir, porque
esa era la facción prominente de la época, con fuerzas al mando de Sandes en San
Luis, de Arredondo en la Rioja, destacamentos que iban ó venían de las lagunas ó de
Jachal, los rifleros que partían á Mendoza á contener á Clavero, con encuentros y
combates hacia todos lados; mientras que el Chacho vencido en todas partes, porque
esa era su estrella, se presentó á las puertas de San Juan, sabiendo que las fuerzas lo
andaban buscando por todas partes menos donde estaba. Allí se hallaba esperándolo
un día Irrazabal, con una compañía del 1o de linea que dió cuenta de él.
Y todo esto se hacía en San Juan, empedrando las calles, haciendo tallar mármol
para puentes y veredas, fabricando todo lo concerniente á la guerra en provincia
lejana en que hicieron prodigios de habilidad y rapidez el señor Antero Barriga
chileno, hoy cónsul, y D. Manuel J. Zavalla que fué después Gobernador de San Juan,
por donde se vé que no faltaron hombres competentes.
Con la guerra del Chacho, vencido en Caucete, San Juan dejó de ser el centro de
acción del interior, y el gobierno tuvo que contraerse á reparar el desfalco que de sus
escasas rentas y productos había hecho tan prolongada y estéril guerra. El Ayudante
Sarmiento había agotado toda la enseñanza práctica que dá la vida activa en medio
del movimiento general de las fuerzas sociales. Puede decirse que de Buenos Aires
salió un niño y mediante el uniforme militar que hacía para él las veces de la toga
viril de los romanos, volvía hombre hecho y derecho, pues había, aunque
anticipadamente por aquel artificio, tomado parte en la vida pública y en la sociedad
adiestrádose en sus usos, trato y buenas maneras. Con este caudal regresó á Buenos

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Aires, acompañado de D. Domingo de Oro que le conservó siempre su amistad,
honrosa para un niño y con su trato una escuela de tacto y bien parecer.
Llegado á Buenos Aires, reanudó la serie interrumpida de sus estudios en la
Universidad, alentado por el Dr. Avellaneda que se empeñaba en hacerle profundizar
el latín y del Dr. Rawson que lo patrocinaba igualmente. Inútil es decir que el
Presidente entonces de la República D. Bartolomé Mitre, loconfundía con sus hijos, y
que en toda la sociedad culta y sobre todo de señoras, encontraba siempre la
bienvenida protectora que provocaba la alegría y el desparpajo juvenil.
Dejamos la palabra al distinguido escritor don Santiago Estrada, su amigo, para
narrar en el siguiente capítulo, su vida universitaria.

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CAPITULO VI

ESTUDIANTE Y ESCRITOR

"Solamente el deseo de complacer al padre adoptivo de Dominguito, (lo


llamaremos como él) puede impulsarnos á poner la mano en este libro, dictado por el
cariño más acendrado. Aun cuando un sentimiento afectuoso nos aproxima al muerto,
nuestro cariño no puede compararse al dolor de las entrañas del anciano que le
llamaba hijo. Parecerán pálidas las tintas de nuestra paleta, por la inmediación de los
cuadros del biógrafo, cuyo colorido vivísimo recuerda el empaste vigoroso de
Leonardo de Vinci. Complácese el narrador en las páginas anteriores, describiendo
con tinta, aguada algunas veces con las lágrimas, los detalles de los primeros años de
Dominguito. La enseñanza de las primeras letras, el desarrollo de la curiosidad del
niño, la impresión que le causaban los espectáculos de la naturaleza, los juegos en la
quinta de Yungay, el paso de la Cordillera, ebrio de sueño al terminar la primera
jornada, la vuelta del Cabo de Hornos, rodeados de circunstancias interesantes,
sírvenle para esbozar el carácter de Dominguito, que abrió los ojos viendo y empezó
la vida pensando. Podría compararse la inteligencia de este ser favorecido por la
naturaleza, á esos árboles frondosos de América á quienes se ve crecer todos los días.
Pichón implume todavía, mensuraba con las alas el espacio, que tantas veces había
atravesado de un volido el cóndor de los Andes sanjuaninos.
"Esta naturaleza tenía por motor el entusiasmo, que debía ser la causa de su gloria
y de su muerte. Todo era en ella rápido y decisivo. Quiso aprender á leer á los tres
años de edad, y aprendió á leer de corrido. Ya adolescente, su movilidad recuerda la
inquietud del mercurio vivo. Contemplándolo en los últimos años de su vida,
encerrado en el circulo de las conveniencias sociales, podríamos comprarlo también á
esa misma sustancia, gravitando firmemente, por razón del peso, dentro del tubo de
cristal del termómetro. La transformación del joven ligero en hombre grave, operóse
en él maravillando á todos, como si ante nuestra vista se cambiase, en el ánfora que lo
contiene, el champagne espumante en vino generoso. Desde entonces la patria se
reflejó en su corazón como el cielo en el agua, con sus luces y sus sombras. Parecía
destinado á encarnar todas las aspiraciones populares en los clubs, en los
campamentos y en las universidades.
"Pero no nos adelantemos, que hay tiempo de sobra para llorarle. Cuando los
padres de Dominguito dieron por llegada la oportunidad, pusiéronle á pupilo en el
Seminario, que, á la sazón, regenteaba el benemérito sacerdote D. Eusebio Agüero. Si
en la mente de este niño no se hubiesen fijado las imágenes de las cosas como en el
negativo de un aparato fotográfico, poco ó nada habría sacado en limpio de la
enseñanza al travieso rapaz. Los libros científicos, que después fueron como
compañeros inseparables del estudiante y del soldado, le eran antipáticos. Pretendía

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entonces distribuir la vida entre el placer y la pereza.
"D. Domingo, que siempre ha entendido que el maestro es depositario de la
autoridad paterna, veía en las travesuras del colegial verdaderos desacatos á la propia,
que no le perdonaba á dos tirones. La madre estaba de continuo con el Jesús en la
boca, esperando que á la penitencia leve del colegio, sucediera alguna severa
reprimenda doméstica. Pero el niño aun no podía tenérselas tiesas con el genio, y
contaba con la mediación que sabemos, Cierto día un compañero hizo no sabemos
que mala jugada, y Dominguito, esperándolo todo de la influencia de su nombre, trató
de salvarle de la expulsión que aguardaba, declarándose voluntariamente reo de un
delito de que era inocente. No contó el pobre con la huéspeda: D. Eusebio lo puso de
patitas en la calle. Paso á paso, Dominguito se fué cabizbajo á casa, que al fin y al
cabo es el único refugio que tenemos cuando se nos cierran las puertas de las demás.
"Halagábale la esperanza de que lo que él creía noble desprendimiento, interesaría
en favor suyo al padre, á pesar de ser inflexible en materia de disciplina escolar.
También se equivocó esta vez, porque D. Domingo no entendió de chicas y lo obligó
á volver al templo de Minerva. Viólo partir la madre con el corazón oprimido,
sabiendo que el niño no volvería á traspasar, de afuera para adentro, los umbrales del
colegio. Comprendiendo que Dominguito debía haberse echado á vagar por los
alrededores de la casa, apenas pudo salir sin que se apercibiera de su ausencia
D. Domingo tomó la calle por suya. No caminó muchas cuadras antes de encontrar al
hijo pródigo. Condújolo á casa y ocultólo en el altillo de los muebles viejos,
esperando ablandar al Rector del Colegio, y en último caso, que se aplacara D.
Domingo, que cuenta entre sus buenas acciones la severidad que desplegó con
nuestro niño en la edad crítica del hombre. No cedió D. Eusebio, á pesar de conocer
la inculpabilidad de Dominguito en la travesura, porque la falsedad generosa del
muchacho, equivalía á desenfadado, y cedió D. Domingo, porque no había otro
remedio que aflojar, poniendo cara de malas pulgas al mancebo.
"Hay una laguna en la vida de Dominguito que tenemos que atravesar con los
ojos cerrados. Ignoramos dónde y cómo terminó las Humanidades interrumpidas por
la travesura del Seminario. El hecho es que él se las compuso de manera de ingresar
en el aula de Derecho. Conocíamosle entonces, y conservamos entre nuestros
recuerdos placenteros los paseos porlos canales de las islas del Paraná, cubiertas de
frutales, de flores y de nenúfares. Divagábamos, dejando que la corriente arrastrara el
bote indolentemente gobernado, soñando con los ideales de la juventud. La poesía del
paisaje agreste y el perfume de los naranjos en flor, completaban la seducción,
ejercitando su influencia en diverso sentido que las plantas del jardín de Margarita,
conjuradas por Mefistófeles.
"La nombradía formaba una de las ilusiones del joven Sarmiento, empleado,
corrector de pruebas y estudiante á la vez. Había caído de pie en la Universidad.
Amable, simpático, respetuoso con los que valían, alegre y travieso, hizo quererse de
todo el mundo. Una de las travesuras de esa época, consistió en la disolución de un

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agrupamiento de jóvenes reunidos para constituir en club nacionalista. Sarmiento
exigió maliciosamente que se definiera con claridad lo que debía entenderse por
razón. Prodújose en el acto la confusión de las lenguas, y cada uno tomó las de
Villadiego.
"Cursó Sarmiento los primeros años de Derecho, sin que los resultados de sus
estudios estuviesen á la altura de sus facultades nativas. Los compañeros suyos no
achacan á la desidia semejante contraste. El quid del fenómeno estaba en que el
estudiante abarcaba mas de lo que podía apretar. Hoy absorbía su atención la historia,
mañana la filosofía, pasado la geografía. El último libro que cogía atraíalo
irresistiblemente. Pero él se apercibió en el penúltimo año de Derecho que cursó, de
que debía y podía alcanzar mejores clasificaciones. Desde ese instante no se ciñó al
estudio del texto exclusivamente. Consultó todos los autores afines que tuvo á su
alcance, y buscó un compañero madrugador que lo despertara al venir el día.
Domingo Frías, convertido hoy en uno de los principales ganaderos argentinos,
mereció de la madre de nuestro protagonista, la confianza de llevar en el bolsillo la
llave de la casa. Era él quien lo despertaba todas las mañanas. Conserva aquélla los
apuntes del hijo inolvidable, abandonados sobre la mesa al partir, y recogidos con
amor, para, recordando la posición que ocupaban, poder presentárselos intactos, en el
mismo sitio, cuando regresara definitivamente de la campaña del Paraguay.
"El Correo del Domingo, periódico literario y de variedades, fundado por D. José
María Cantilo, recogió las primicias literarias del malogrado joven que lloramos. Pero
antes de pasar adelante permítasenos consignar aquí un recuerdo amistoso á la
memoria del Sr. Cantilo. Inteligente, laborioso, desprendido, merece la gratitud de la
generación á quien dió buen ejemplo y abrió palenque para que probara la potencia
de su entendimiento, demandando á cada uno de sus miembros lo que la inclinación ó
el estudio podía sugerirle. Recorriendo la colección de El Correo del Domingo,
experimentamos una emoción indescriptible, porque, como el rastreador de la pampa,
reconocemos por las primeras pisadas, el peso de una gran parte de los hombres de
letras con que cuenta hoy la Argentina. No olvidemos que les sirvió de Mecenas el
modesto semanario de D. José María Cantilo. ¡Honor á la memoria de hombre tan
virtuoso, de ciudadano tan intachable, de literato tan extraño á los celos de oficio y de
edad!
"Habíase dado á conocer Dominguito por la redacción del programa del "Club de
Estudiantes", formado por lo mas granado de la juventud de Buenos Aires.
Nombrósele Presidente de esta asociación, destinada á contrarrestar la política
localista que asomaba la cabeza, formando uno de los matices más acentuados entre
las opiniones que dividían á los hijos de Buenos Aires. Sarmiento opuso á los límites
de la patria chica, delineándolos con la palabra, los límites de la patria grande. Este
solo rasgo, citado por el Dr. D. Pedro Goyena, en el hermoso y patético discurso que
pronunció en el momento de inhumar los restos del autor, en el Cementerio de
Buenos Aires, abrióle las columnas del Correo del Domingo.

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"Asociado Dominguito al Instituto Histórico, fundado por el también malogrado
Dr. D. Aurelio Prado y Rojas, incorporóse á él con una disertación sobre La muerte
de César, tragedia de D. Ventura de la Vega. Predomina en ese trabajo, publicado en
el periódico de Cantilo, el criterio clásico y el respeto por la verdad histórica, ajena á
infundadas preocupaciones políticas. La intención sana del corazón y la intuición
clara del entendimiento, rectificaban en Dominguito las nociones apasionadas y falsas
del medio intelectual en que vivía. Tanto la conferencia inaugural de los estudios
constitucionales que leyó en Club de Estudiantes, como esta disertación, demostraron
que cubría su inteligencia con lecturas útiles y sabrosas. Hay en ambas piezas
discreción y seriedad de pensamiento, elegancia y sobriedad de estilo.
"El estudio biográfico y crítico del poeta mendocino D. Juan B, Godoy, publicado
en tres números del Correo del Domingo, que ha sido el archivo de los pocos trabajos
que pudo escribir Dominguito, á la vez que el afecto por el compatriota desventurado,
patentiza el amor al arte fecundo, que expresa melodiosamente elevados conceptos
filosóficos. Quería él que la poesía diera flor y fruto. Destácase de ese estudio la
figura del Juvenal de los Andes, encuadrada en un marco sin arabescos venecianos,
pero reluciente y bien labrado. El ruido del tráfago habría sofocado la voz del niño, si
hubiera pretendido hacerse oir, envuelto en un ambiente frío y sin vibración como el
que nos rodea ahora. Todavía en 1864 la literatura encontraba aire respirable. Por eso
tuvo eco su trabajo. No abundaba tanto entonces la comodidad material y se
desdeñaba menos á los soñadores. Sólo una civilización antigua y poderosa puede
mantener enarbolada la bandera del arte en los pueblos comerciales.
"La última obra de Dominguito, y por cierto la que más llamó la atención, fué el
juicio que escribió para la edición argentina de Paris en América. Mas adelantado en
la lectura, mas seguro en si mismo, analizó rápidamente la obra de Laboulaye y dió
cabal idea del libro y de las instituciones americanas, contemplándolo todo con
acierto, á vuelo de pájaro, porque le faltó tiempo para detener el paso. Admírase en
esas páginas, elogiadas por el mismo Laboulaye, la aptitud rara y envidiable de
resumir ó concretar bien lo que se lee ó se escucha. Dominguito percibía las cosas
claramente y las ordenaba en su cerebro de modo de libar en ellas, como la abeja en
la flor, el jugo que apetecía. Su introducción á París en América acabó de dar á
conocer ese libro á la juventud inteligente, que, como los hombres sesudos, modificó,
leyéndole, muchas de las ideas francesas que alojaba en la cabeza.
"Las penalidades consiguientes á la dura campaña del Paraguay, no privaron á
Dominguito de comunicarse regularmente con sus amigos y profesores. Calificóle el
doctor Pinedo en una carta-respuesta que tenemos á la vista, de discípulo inteligente y
de carácter sincero. Sería interesante reunir la correspondencia epistolar en que aquel
espíritu original y aquella alma generosa, encontraron efusiva expansión. Dominguito
entendía la amistad sin restricciones. En cierta ocasión, después de haber pasado dos
días consagrado á la tarea de poner en castellano una pieza escrita en inglés, quedebía
figurar en un pleito, solicitado por un amigo necesitado, entrególe íntegra la

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retribución de su trabajo. Integras, también, entregó á los que le eran simpáticos, las
impresiones del campamento y de las batallas. Mientras militó en el Paraguay,
escribió periódicamente á una persona de su íntima relación, la crónica y crítica de la
guerra. Las transcripciones de las cartas de Sarmiento, publicadas en La Tribuna de
Montevideo, fueron adjudicadas á muchos de los jefes del ejército oriental. Para
medir hoy la importancia de esos apuntes, sería necesario coleccionarlos en un tomo
voluminoso, porque ocupan muchísimas columnas del diario nombrado.
"Creyendo fácil y rápida la campaña, Dominguito no se preocupó al partir sino de
llevar guantes blancos para las entradas triunfales á las ciudades develadas. Fallida su
esperanza, decidióse á estudiar pacientemente el arte de la guerra, y con este objeto
pidió y obtuvo numerosos tratados. Pero como el espíritu descansa cambiando de
tarea, solicitó libros de historia, de derecho y de amena literatura, que el asistente que
le servía transportaba con dificultad, en la marcha de campamento á campamento.
Ese espíritu no podía permanecer inactivo ó sumergido en la monotonía. La acción le
fortificaba, y el cambio de tarea le encantaba.
"Una comisión del servicio y la convalescencia de una enfermedad, trajéronle dos
veces á Buenos Aires antes de morir. Todos esperábamos que la imaginación que lo
había impelido á buscar el esplendor siniestro de los combates, mas allá de las
fronteras de Corrientes, le detendría en Buenos Aires, convirtiéndolo en cronista de
guerrillas y batallas, en que la palabra y la pluma suplirían el pincel de Salvador
Rosa. Pero estos cálculos resultaron equivocados. El sentimiento del deber había
entibiado al poeta, como poco después mató al hombre. Ni el amor, ni las súplicas de
una madre, que parecía adivinar su fin, le detuvieron en el camino del sacrificio. Que
esos clamores maternales encontraron eco en el corazón de Domingo, no obstante la
resistencia que les opuso, demuéstranlo estos renglones de la última carta que entregó
al correo la víspera del combate de Curupaití. "Escribo trepado en un enorme árbol,
mirando hacia el enemigo, que tiene sus reales en una línea de montes no muy
lejanos. Deseo los combates, los asaltos, porque después de ellos me tendrás á tu
lado." El siete del mes inmediato volvió, en efecto, al seno de los suyos, pero de tal
manera que una columna truncada advierte al visitante en el Cementerio del Norte,
que el capitán Sarmiento fué una existencia malograda. Hirióle un soldado anónimo
en el punto en que penetró á Aquiles la flecha de París, y murió desangrado como el
héroe griego.
"Llegaron los restos de los héroes de Curupaití en los vapores Sussan Bearn y Río
de la Plata. Si no estamos equivocados, el primero condujo los cadáveres de
Sarmiento y Paz. La carga vino estivada de esta manera: los muertos yacían en la
cala, los moribundos en la cámara baja, los heridos en la alta. Antes de llegar donde
estaban Sarmiento y Paz, los estudiantes de la Universidad y los miembros de la
Comisión de Socorros, desembarcaron los heridos. El que abrió la marcha fué el
General Rivas. ¡Día memorable! Fué el primero en que la juventud de Buenos Aires
dió á la ciudad consternada el espectáculo de llevar sobre sus hombros las reliquias

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vivas de los combates librados en los bosques y los esteros del Paraguay, defendidos
por la barbarie del tirano, las bayonetas de sus greyes y las epidemias mortíferas de
los climas tropicales. Aquella procesión de ambulancias que recorría pausadamente el
muelle de pasajeros, y al llegar al "Paseo de Julio" se bifurcaba en direcciones
diversas, era á cada paso interrumpida por las familias afligidas de las víctimas, y las
personas piadosas que pululaban, ofreciendo á los heridos cuanto podían necesitar en
ese momento. Los gloriosos supervivientes de Curupaití preferían á todo llegar
pronto á sus alojamientos. Recién á las cinco de la tarde y con el cielo tormentoso
surcado por relámpagos frecuentes, la falúa de la Capitanía del Puerto desembarcó los
ataúdes de Sarmiento y de Paz. Forrados de negro, ambos llevaban, prendido al pié de
la cruz de la tapa, un jazmín del Cabo marchito. Cayeron los remos de los marineros
sobre las aguas del Plata, agitado como los corazones de los que tomaban parte en tan
conmovedora escena, y la falúa se apartó del vapor que acababa de ser hospital y
sarcófago. Con las vergas cruzadas y la bandera á media asta, quedó como envuelto
en fúnebre crespón. Cuando llegamos al muelle, la generación de Sarmiento y de Paz,
sus compañeros de Colegio y de Universidad, esperaban las cenizas de ambos con
lágrimas en los ojos. Muchas damas y señoritas los aguardaban también con el pecho
oprimido y las manos llenas de flores. Si el amor pudiera reanimar á los que
murieron, Sarmiento y Paz habrían entrado por sus pies en la ciudad en que habían
pasado las horas brillantes de su existencia breve. Al tocar tierra, la noche desplegaba
sus cendales, y las nubes contagiadas por el ejemplo de los habitantes de Buenos
Aires, empezaron á llorar. Pasados los cuerpos á otros ataúdes, el de Paz fué
conducido á su casa, y el de Sarmiento á la habitación del Dr. D. Guillermo Rawson,
porque se temió que al infortunio de la pérdida del hijo, agregara la madre el
infortunio de la pérdida de la razón. El padre no pudo escuchar los gemidos
maternales, ni los lamentos de los amigos de Dominguito, ni contemplar la fisonomía
tétrica del día en que entró inerte en la ciudad que le vió partir, rebosándole el
contento, el sacrificio y á la gloria. Él y su malogrado compañero, fueron arrebatados
por la ola de los sucesos, que los devolvió también á la playa, como los restos de un
naufragio. Ahora reposan de sus nobles fatigas en el seno de la tierra de su
predilección, por cuyo amor vivieron, por cuyo amor murieron!".

S. Estrada.

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CAPITULO VII

EL CAPITÁN

Con solo darle este título ya empiezan á flotar en el aire crespones sombríos y en
la memoria del viajero á gemir suavemente con el bullicio eolio de las palmas reales
que contemplé en los cafetales de la Habana, de noche, á la luz plácida de la luna, en
ordenadas y misteriosas filas, y cuyos rizos, porque sus hojas son espirales á guisa de
cabelleras encrespadas, que agitadas por la brisa tibia de los trópicos, dan sonidos que
el alma busca á los años, tristes, melancólicos.
Veíase venir en el cadete improvisado en San Juan el voluntario á la primera
llamada á las armas en nombre de una idea ó en defensa de la patria; y Dios me lo
perdone, si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro
patria pues yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin.
Poco tenía que rondar el fuego para prender en esta alma harto excitable, para
elevarse como fanal que ilumina la Historia ó pira que se consume á sí misma.
Veníamos educando á la juventud de Bueños Aires, para la nueva vida á que
llamaban la situación precaria del Estado, y el porvenir de las instituciones libres.
Habíanla retraído durante la tiranía de Rosas de empuñar las armas, la posición
híbrida del oficial, soldado y asesino á la vez, con la guerra á muerte y el degüello.
Cuan lejos estábamos de la época de los Las Heras, los Necocheas, los Lavalles, cuyo
valor era congénere con la belleza de raza, la altivez caballeresca ó la elegancia del
alto tono social. En Cepeda calzaron guante blanco de cabrittilla todos los oficiales de
caballería, echando este reto á camisetas coloradas que debían encontrar por delante.
A la súbita declaración de guerra del Paraguay, respondió un grito general de la
nueva juventud, que dejó heladas á las madres. ¡Cuántos habían de morir, de sus
tiernos hijos, en las selvas de aquel misterioso Paraguay, que educado á la obediencia
per inde ac cadáver, que Francia el doctor inoculó de la raza guaraní á la raza
española, y los López intentaron extender como una mancha de aceite sobre la
superficie de estos países, como los marinos sobre el mar, á fin de calmar las
enfurecidas olas revolucionarias y salvar la nave del Estado cuyas velas se azotaran á
los mástiles, faltándoles con la obtenida calma, el impulso que á todo imprime,
pueblos y gobiernos, el soplo de la libertad.
Pocos han pensado que la guerra del Paraguay fuese otra cosa que necesidad de
vengar agravios de un tirano atrabiliario. Los que han seguido el impulso de las ideas
revolucionarias de la Francia en 1793, se imaginan que solo la libertad inspira el
deseo y la misión de propagarla. El despotismo tiene los mismos arrebatos,
acompañados de lástimas por los pobres pueblos que agitan el viento impetuoso de la
demagogia y destruyen los remolinos de la anarquía.
La barbarie misma puede ser misionera é invadir desde lo alto de las montañas

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como los clanes escoceses las llanuras, ó los eternos escitas, las tribus germánicas y
los símbrios, los hunos, los godos visigodos y ostrogodos empujarse unos á otros
sobre la Italia, en donde arde sobre el Capitolio de Roma la luz que alumbra al
mundo.
López había organizado treinta mil hombres bajo la disciplina del terror
hereditario ya latente, y que produce héroes, como entre los romanos el culto al
Pavor, á la Palidez, á la Muerte. Cuando dos mil paraguayos se vieron rodeados por el
General Flores con diez mil y dieciseis piezas de artillería, á la intimación de rendirse
contestaban simple y heroicamente: "no tenemos orden", y morían. Tenía vistos por el
Brasil, en el fuerte Borbón, enormes depósitos de pólvora y plomo y muchos
cañones, y su plan de operaciones estaba completo. Enviar una división paraguaya á
ocupar Uruguayana que divide el Brasil de Montevideo, obstruir el Río Uruguay, y
hacer avanzar el resto de su ejército sobre la ciudad uruguaya, proclamada capital del
Paraguay, englobando en su seno las provincias de Matto Grosso, Corrientes, Entre
Ríos y Banda Oriental, saliendo así la oscura y misteriosa China americana á dar
frente al Atlántico y poniendo orden en el desorden de la burlesca Confederación ó
República Argentina. ¿Se ha olvidado que el ejército entreriano que el nacionalismo
del General Urquiza puso al servicio del Presidente, fué sublevado en Basualdo por
López Jordán que no quería ser parte de una nación porteña?
López repetía lo que los emperadores romanos hicieron trasladando la capital á
Bisancio, para estar sobre la culta Grecia al habla del Asia menor, y como es la eterna
empresa de la Rusia asomar la frente al Bósforo y calentarse á los rayos del sol de
Oriente. El General Santa Cruz restauró el antiguo imperio de los Incas con la
confederación Perú-boliviana.
De buena escapábamos, merced al alzamiento de la juventud de las aulas y de la
clase culta de Buenos Aires.
La proclama de Mitre: "en un día en los cuarteles, en quince en la Asunción, en
tres meses de regreso á sus hogares"… era calculada para mover heroísmos juveniles
que en alas de las fantasías van, ven y vencen, adonde quiera que dirijan su yacht,
engalanada de guirnaldas de flores la proa, tendida de bicolores cenefas la borda y
flotando al aire en gallardetes juguetones sus esperanzas. El mar, es decir el abismo,
presencia en silencio é irónicamente sonriendo, este poema épico.
Dominguito fué el primero de los enrolados. Mitre era su amigo, su tutor, y nada
resistía aunque quisieran, á aquel torrente, que encontraba como un canal de molino,
para apoderarse de la dirección dada desde la infancia á sus ideas, con los ideales que
el había forjado.
Aun después de calmado el primer ardor juvenil en muchos que después de
regularizada la guerra, pidieron licencia temporal y su retiro, vueltos á Buenos Aires
después de haber aspirado el humo de la pólvora, resistió Dominguito á los esfuerzos
de sus amigos incitados á ello por la angustia materna, para que no abandonase el
sendero que le trazaban sus brillantes estudios universitarios. Entonces dijo al Dr.

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Avellaneda la razón de su persistencia: "Mi suerte está echada. Me ha educado mi
padre con su ejemplo y sus lecciones para la vida pública. No tengo una carrera, pero
para ser hombre de Estado en nuestro país, es preciso haber manejado la espada; y yo
soy nervioso, como Enrique II, y necesito endurecerme al frente del enemigo". ¿Qué
oponer á estas razones?
Y sin embargo, había en ello una verdad palpable, ostentando las cicatrices de
heridas ya curadas, por la herida misma. Escribo la historia de una alma, y ninguna de
sus manifestaciones es indiferente para comprenderla.
A la edad de tres años, hacíanle tal impresión las detonaciones de cohetes
voladores que huía aterrado, y pidiendo á gritos que no tirasen cohetes, bien que era
en las plazas ó á gran distancia que se les oía desde casa. Los niños mimados suelen
pedir una estrella ó la luna, á la que hacen cariños, como á una amiga. No era seguro
que se abstuviesen de tirar cohetes por reclamarlo así el principe heredero, pero su
aya se propuso quitarle sus pavores por el camino señalado por Franklin, que conduce
á domesticar el rayo. Proveyóse de un paquete de cohetecillos colorados de la China,
y con la mayor indiferencia empezó á prenderlos en medio del patio de á dos, de á
seis, de á diez. La sensitiva ganó luego el olivo metiéndose en sagrado, la sala, pero
desde allí oyendo con terror desplomarse el mundo. Al día siguiente igual operación,
con aumento de cohetes, y asomar la cabecita el asustadizo recluso, admirado de ver
que no le hacían nada al que los prendía. El curso de lecciones seguía diariamente, el
educando se acercaba con precaución, acortaba por minutos la distancia, llegó al fin
hasta tomar un cohete prendido y arrojarlo para que reventara lejos, terminando el
curso, con mantener en supropia mano, hiriéndole el cuerpecito, como un azogado de
los pies á la cabeza, un paquete entero de cohetes y agotarlo heroicamente sin soltar
la presa. El inconveniente de este sistema de curación, fué el del uso del alcohol, ó de
la morfina que el enfermo pide á cada momento; y muchos paquetes de cohetes
hicieron que la casa estuviera de zambra con frecuencia. El rifle Colton de su padre lo
inutilizó amarrándolo á un poste y disparando el gatillo con una cuerda. Y sin
embargo, el primer tiro de carabina que hizo mató á un zambullidor, ave acuática de
caza difícil para los adultos, tan sereno estaba su pulso.
Recuérdase el hecho de acometer á un hombre para hacerle entregar un sombrero,
sus aventuras á caballo no revelan pisca de miedo. Oyendo que en Chile no hay
vívoras, tomaba culebras con la mano, y con el lacito corredizo de crin, á la punta de
una varilla, cazaba unas lindas lagartijas verde-amarillas que pululan en las tapias en
Chile, se las echaba en el bolsillo, y fué preciso prohibirle que se las echara en el seno
á las criadas desjaretadas. No era cierto, pues, que hubiera necesidad de foguearse
para evitar crispaciones de nervios. Su educación había tendido á embotar la
sensibilidad, y se dejó arrancar un sobrediente, después de alguna resistencia, con
solo decirle que un hombre… que el hombre… que solo las nujeres…
Siendo ya muchachón grande, hizo alguna burla pesada á un italiano, hombre
fornido.

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—Me pilló en el muelle, decía, y me cerró el paso, emperrado en pescarme y
darme los merecidos pescozones. En vano era pedirle que me dejase pasar, ya creía
tenerme en sus manos. La historia se prolongaba, y ahí estábamos los dos, sin mejorar
de posición él, y sin poder escaparme yo, cuando me acordé de un golpe que me
habían enseñado de raro y seguro efecto, y, para probarlo in anima vili, me acerqué
decididamente al hombre, diciéndole con la mano levartada: apártese de mi camino,
porque sino… (lo que menos se esperaba el tonto), zas de un salto en el aire le doy
con la mano abierta tal palmada en la corona de la cabeza, que mi italiano, viendo
estrellas, se llevó ambas manos á los ojos, creyendo que se le salían con el
sacudimiento; y yo tomé el lado del Resguardo, riendome en su barbas, pues no había
para que disparar. Este es un ataque de un Cid Campeador.
Estos hectos muestran que la razón dada al Dr. Avellaneda tenía sólo una
apariencia de razón, para persistir honorablemente, científicamente, diría, en su
poesía de la guerra. La actitud heroica que asumía en el combate acusa la
acumulación de la sangre en el cerebro que hace centellear los ojos, mientras el
miedo la aleja y produce la palidez del semblante. Los oradores, los poetas, los
descubridores, se transfiguran en el apogeo de la exaltación.
Debió, pues, ser uno de los primeros en acudir á los cuarteles á donde llamaba á
la juventud el Presidente Mitre, en lenguaje del champagne, y le dio el título de
Ayudante Mayor de Guardia Nacional que había tomado por asalto en San Juan y
viendo que á la Guardia Nacional los soldados de línea le llamaban la niña
Manuelita, porque se le economizaba su ración de balas, pidió y obtuvo del favor de
todos sentar plaza de Capitán en un batallón de línea.
Hasta aquí llega lo que puede saberse de un oficial subalterno de la Guardia
Nacional, aunque fuera el hijo del Vice Presidente de la República que murió también
en el mismo combate y cuyas cenizas fueron con las del Capitancito traídas para
honrarlas, al Cementerio de Buenos Aires, ambos capitanes, ambos estudiantes de la
Universidad, ambos hijos de personajesque ocupaban puestos eminentes, y que
hemos dado en llamar consulares. "El joven Paz, decía el corresponsal "Falstaff", hijo
del Presidente, acaba de morir también. Sus restos bajarán á esa con los de
Sarmiento".
"Las carpas de Rosetti, Charlone, Fraga, Días, Sarmiento, Cádiz, Salvadores,
Nicolorich, Paz, Iparraguirre, Darragueira, Vega y tantos otros, se hallaban desiertas,
pues allí donde existía la alegría, solo vemos vagar las sombras de aquellos
compañeros queridos, que nos dejaron para siempre". Esto es todo lo que encuentr en
las correspondencias del Ejército, y he debido apelar á los recuerdos del Comandante
de su batallón, para llenar la página en que termina con su muerte en Curupaití,
aquella existencia que pedía algunos años más para mostrar su brillo.

Señor General D. Lucio V. Mansilla.

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Mi estimado general:

Con motivo de haberse publicado el retrato de Dominguito, empecé una suscinta


biografía suya que ya va abultada y que con el amor de padre del héroe y del libro,
hallo bastante buena.
El último capítulo es la parte militar y militante, y me encuentro á oscuras,
habiendo estado tan distantes del teatro de los sucesos. Acudo, por lo tanto, al
Comandante del batallón de que era Capitán, y á cuya vista murió y con su afecto de
Jefe y de amigo, no ha de permitir que salga trunca esta pieza.
Ruégole, pues, que suministre los datos de lo que conserve memoria ó apuñees, ó
reseñe los documentos sobre su carrera y conducta militar; y si quiere darles la forma
de una carta ó de un capítulo del ensayo, adquirirá la biografía ese nuevo interés, con
el testimonio y narrativa de su propio Jefe.
En una colección de los discursos pronunciados sobre su tumba, viene una
descripción minuciosa del combate del 23 por "Falstaff". Es lo único que no tengo.
Con este motivo, me es grato saludarlo.

D. F. Sarmiento.

Sr. General D. Domingo F. Sarmiento.

Buenos Aires, junio 9 de 1886.

Querido General:

"Acabo de recibir su carta, que he leído con emoción, y me apresuro á contestarla,


comprendiendo el amor de padre del héroe del libro, que, en este caso, es fundado y
legítimo.
"La opción me la deja Vd.; ya está hecha: entre un capítulo mío, que agregar á su
ensayo y una carta, opto por lo que me parece más adecuado.
"El capítulo tendría para mí un inconveniente. Faltaría á una regla de conducta
que me he impuesto: no ocuparme de guerras y batallas, quellamaremos argentinas,
mientras vivan los que las ganaron, ó perdieron; lo que no quiere decir que no tenga
algo escrito sobre la materia, que se hallará entre mis papeles cuando yo ya no exista,
para ayudar con ello á los que se atreven á escribir sin prevenciones nuestra historia
militar.
"La carta me permite ser conciso, complacerlo á Vd. sin el menor inconveniente;
y la estoy escribiendo con tanto placer cuanto era grande al afecto que le profesaba á
ese Dominguito de quien, según las mismas expresiones de V, yo había sido mentor y
guía. (1865).

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"Las biografías de los grandes hombres, no necesitan ser largas para que destaque
su figura en la historia. Un epitafio como el de Franklin: Eripuit coelo fulmen
sceptrumque tyrannis, puede decir tanto ó más, que todo un libro que no lo contenga.
Por eso sobre la tumba del primer soldado del siglo no se lee sino una palabra:
Napoleón!
"Mi memoria es fuertemente retrospectiva. Recuerdo todo cuanto he visto, y si
me permitiera describirlo, los otros testigos presenciales, tratándose de hechos
colectivos, que vieron el cuadro una vez descripto, puede ser que lo hallaran incoloro;
dudo mucho que lo tacharan de dibujado con incorrección.
"¿Qué quiere V. entonces que le diga sobre el Capitán Sarmiento en los combates
y grandes batallas en que se encontró sirviendo bajo mis órdenes? ¿Qué haga algo
como el esbozo de ellas? sería infringir la regla de conducta á que me acabo de
referir.
"Pero puedo hacer otra cosa: decirle al padre, que vivía lejos de él, que era su
hijo; y decírselo con mas autoridad que nadie y envidiando su triste suerte, porque
admitiendo que Vd. no hubiera reflejado un rayo de luz, podría pagar su último
tributo á la naturaleza, sintiéndose orgulloso de poder exclamar: tuve un hijo que
supo morir por la patria.
"Vd. no sabe quizás que Dominguito murió herido en el pecho, lejos, muy lejos
ya de aquellas terribles trincheras de Curupaití, lo que quiere decir, que ni aun en
retirada dejaba de tener para él, —poesía é imán el peligro.
"Todo él entero y verdadero, estaba en eso: la guerra era para él, no un arte, no
una ciencia, mucho menos un oficio, era una vocación. Y como el fraile de la Trapa
que cava su propia sepultura, debió morir y murió, del modo más glorioso, en el
campo de batalla y al pie de su bandera, que por él y Pedro Iparraguirre, se salvó.
"Un día, tan es exacto lo que voy diciendo, decíame él después del primer
encuentro con el enemigo que fué recio, "y esto es pelear". Dominguito, le contesté:
si quieres más tienes que leerlo en la Mitología, y, mira, no te apures.
"Los combates como los naufragios dejan impresiones indelebles. Puedo entonces
afirmar, que aunque Dominguito era un jóven varonil y esbelto, como hay muchos,
siendo la belleza la armonía del temperamento con las circunstancias, se transfigura
en el fuego reflejando su rostro y su apostura los destellos y las formas típicas del
paladín épico. Concentrando una batalla en un episodio, Horacio Vernet no habría
tenido un modelo más correcto.
"Agregue Vd. á su ímpetu irresistible una dulzura de mando imperturbable,
piense Vd. qué general futuro cayó para no levantarse sino en bronce en la
memorable y gloriosa jornada.
"Se ocupaba mucho nuestro inolvidable Capitán de todos los detalles de su
compañía y como tenía buena letra y escribía con facilidad, todos sus papeles estaban
siempre en regla. Leía poco; pero estudiaba. Admiraba muchoel talento de Rawson y
tenía particular afecto por el general Mitre, aunque viviera criticando que no nos

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hiciera pelear más.
"Tenía en el alma una pena y una nostalgia; que Vd. estuviera lejos y su madre
sola.
"En su compañía había un negro Juan Patiño, antiguo soldado del general Ayala,
una especie de Juan sin Miedo, que fué su asistente, bueno como el pan, borracho
como una pipa, bravo como las armas, y cuya vida, por no decir historia, contaré
algún día, porque esa página será el trasunto de ese hombre anónimo, que se llama el
soldado argentino: no ha de haber muerto, tenía siete vidas.
"Y ahora mi general y mi amigo, perdone Vd. si no he satisfecho cumplidamente
su paternal anhelo y disponga de su servidor que le desea salud y alegría!

Lucio V. Mansilla

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CAPITULO VIII

CURUPAITI

Este capítulo acaba con lo contenido en las primeras páginas de un librito en


blanco, que con aquellas comienza y enmudece. El lector recordará que esta biografía
principia también con las páginas de un librito en blanco, escritas á carbón, á lápiz,
con tinta, á medida que las lecciones que contiene avanzan. Ay! el un librito estuvo al
lado de la cuna, el otro quedó al lado de la tumba! En aquél hablaba el espíritu, aquí
el corazón. Allá el maestro que enseña, el padre que guia. Aquí la madre que
presiente, que escucha voces plañideras dentro de sí, como creemos oír gemidos
cuando el viento agita los árboles en la tempestad, y tendemos el oído temiendo que
alguno pida socorro y no sea escuchado.
¡Hay presentimientos! La razón se niega á admitirlos sino son las deducciones de
la ciencia ó los efectos de las causas, y sin embargo la tradición, la voz del pueblo, se
obstina en admitirlos oponiendo á la razón la evidencia, el testimonio de los siglos, la
presencia del convencimiento íntimo. No creo en presentimientos, dice alguno,
echándola de despreocupado; pero yo no puedo poner en duda, lo que por mí mismo
pasó.
Y yo creo en muchas y muy misteriosas relaciones que escapan á las leyes
naturales conocidas, y que la lógica repugna. Cuando alguien dice: "Precisamente
estaba yo pensando en eso mismo. ¡Qué coincidencia!" Yo he notado el hecho, como
una de las cien veces que he dicho ó me han dicho lo mismo. Luego dos cerebros
estaban en comunicación, y se movían al unísono, como vibran las octavas acordes
del arpa ó de la guitarra, si se toca una de las cuerdas; y cuando oigo decir:
"Hablando del Rey de Roma, luego asoma", tan antiguo, tan constante es el hecho,
que ya hay proverbios, sin que sepamos quien y donde se apareció un rey de Roma
que nunca hubo, sino es alguno de los Etruscos Tarquinos, y los Etriiscos, se sabe,
eran pueblos muy dados á las ciencias ocultas y divinatorias. Lo que es yo, creo
firmemente, que nos rodeauna atmósfera de efluvios nuestros, simpáticos á los de
nuestros amigos, que nos sienten venir, con lo que nuestra imagen y recuerdo se
despierta en su memoria y ya nos están aguardando cuando llegamos.
Hoy se admite la existencia del éter, que no puede ser imaginado siquiera, tan
desleído que llena el universo, conduce la luz, la electricidad por oleadas como
quieran y está por tanto dentro de nosotros mismos, como si viviéramos dentro de un
mar que nos penetra y une al mismo tiempo. ¿Por qué no han de tocarse así los
cerebros y agitarse en dos por simpatía la misma idea? ¡Los perros encuentran el olor
del amo, en el aire que se ha removido, ha sido respirado y mezclado, tres días
después que por ahí pasó! Llamémosle olor, á falta de otra palabra. Será atmósfera.
Empieza á hacer lugar la ciencia á lo increíble, y sin embargo, la comunión de las

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almas fué el medio y el fin de todas las religiones, y la ciencia respetó lo increíble por
siglos. Hoy creemos en el teléfono, que es más increíble que la comunión de las
almas que nos empeñamos en regar. El teléfono está basado sobre un mar de
vibraciones que hace olas, y transmite sonidos en segundos dando vuelta á la tierra.
Estamos ya en dominios de lo increíble.
Hánse empezado á recoger escritos sobre visiones, apariciones, avisos y todo lo
que llamamos abusiones, y se han reunido millares de testimonios, algunos tan
comprobados, verificados, que no se pedirían mayores pruebas para sentenciar á
muerte un reo. Un joven militar inglés está en una mesa redonda comiendo con sus
camaradas en la India y de repente lo ven inmutarse. ¿Qué sucede? le preguntan.
Nada, dice, sonriendo; he visto pasar á mi hermano por esa ventana, no obstante que
está en Inglaterra. Tómase nota auténtica de la hora y auténtica es la respuesta de
regreso de la mala de Indias á Calcuta, que el hermano murió precisamente á aquella
hora. Y como éste, mil.
En multitud de casos, en la mayor parte llega á encontrarse un motor, un hecho,
un recuerdo, un color, un olor, —(los olores están mas íntimamente adheridos al
cerebro. ¿Por que? Porque son la atmósfera que rodea á una violeta, como el aire á la
tierra)—que despertó en dos almas una idea, por lo que se llama asociación de ideas;
pero admitiendo la verdad de éste hecho, mi práctica de hombre crédulo, sin gazmoña
y sin partido tomado, me parece persistir en mi teoría de un mar de algo en que
vivimos y nos penetra. ¿Dios ve lo que pasa dentro de nosotros? Luego ya estamos en
camino de creer que algo nos ve, y se ve, y se deja ver á un tiempo, en nuestros
amigos, parientes y sobre todo, entre padre é hijos, y más que todo, entre la madre y
el hijo de sus entrañas; por que de estos conocemos la lengua que hablan su espíritu ó
su corazón.
En este género de fenómenos entra el trágico fin del capitán Domingo Fidel
Sarmiento. Estaba anunciada en Buenos Aires la proximidad de un combate general
en el Paraguay, y natural es la desazón que las madres experimentarían con tan
terrible espectativa. La mayor parte de jefes, oficiales y soldados tenían madre, y el
desasosiego maternal debió ser común. ¿Sería tan intenso en las madres de los que no
murieron? ¿Seríalo en el corazón de todas las que perdieron sus hijos? Seríalo en hora
buena; pero no han dejado un drama escrito, no se pusieron, como en este caso, en
contacto dos almas, ni dejó la una un testamento de consuelos á la otra. En una
cartera, que para el caso recibió de la misma madre, dejándola depositada en el
bolsillo izquierdo de su saco, dice, como si al entrar en línea, previniera al que
hubiere de levantar su cadáver, que allí encontraría la carta que dirige á su madre,
para que se la envíe.
Quien haya leído Recuerdos de Provincia, recordará que mi maestro y mentor, el
Presbítero D. José de Oro, trabajó constantemente en curar mi espíritu de
supersticiones y mis nervios de miedos, haciéndome entrar en una capilla á la
sacristía oscura, dejando atrás un difunto, lo que me dió por resultado dormir en

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verano por evitar insectos dentro del Campo Santo anexo, cerca de almohadas
abandonadas. El respetable sacerdote recordó muchas veces, por este motivo ó el
otro, haberse perdido joven en las Pampas de Buenos Aires tres días, salvado solo por
el inerrable instinto del caballo, cuando la sed lo aquejaba á muerte, y que al llegar á
San Juan, entre sollozos de dicha, su madre doña Elena Albarracín, le preguntó que le
había acontecido, pues casi había sucumbido al dolor, teniéndolo por muerto el día
cuya fecha apuntó por creerlo un presentimiento, y visto, resultó ser exactamente el
día que estuvo en peligro de muerte. Córtase es verdad, el cordón que unía á la madre
con el hijo, pero son, separados ó unidos, la misma carne, la misma naturaleza, si
tienen atmósferas que lo rodean en la vida, tan pequeño es nuestro globo, para que no
se crucen, ¿por qué no han de vibrar como el aire con sonidos, como el éter con la
luz, que corre á 200.000 millas por segundo; como la electricidad que se la mueve
también de un cabo d otro del mundo! ¿No será por esto que recordarnos siempre con
amor á nuestra madre, San Agustín, Renan, Lamartine y tantos otros que la erigen un
altar? El corazón de la madre á su vez sangra cuando el otro pedazo es herido de
muerte ó corre inminente peligro de serlo.
El drama misterioso comienza por la correspondencia anónima que el Capitán
Sarmiento dirige por la primera vez á La Tribuna, corno si necesitara poner al
corriente á su madre de la situación y escenario en que van á desarrollarse los
inminentes acontecimientos. D. J. Carlos Paz le comunica el mismo día 6 de
Setiembre la acogida favorable que su correspondencia ha tenido; y ese mismo día 6,
la madre le escribía, por salir entonces vapor:
"Todas las correspondencias que nos han dado los diarios traídos en este correo,
dicen que ayer u hoy habrán atacado el campamento enemigo. No sé que decirte, hijo
mío, estoy sumamente preocupada. Mi imaginación me hace desconfiar de todo y no
hallar sino peligros. Oh! Dios mío, ¡cuándo te veré en casa para descansar de esta
inquietud! No sé como oiré la señal del primer vapor, que, según dicen, nos traerá el
resultado del ataque!…
"Te mando entre los diarios dos libritos de bolsillo, porque uno me parecía poco.
Prudencia en todo, mi querido hijo, y deseándote la mayor delicidad en los peligros
que te rodearán, te envía un abrazo.— Benita."
Oh! Uno era demasiado! Solo contiene la dedicatoria y la carta que llegará á su
destino post mortem, corno las cartas que dejan los suicidas.
Enviósela el día de cabo de año siguiente con la cartera que lo contenía, el Dr.
Rawson. "Allí en un librito de memorias de Dominguito que le envío, encontrará Vd.
los últimos pensamientos de su hijo. Tenga el coraje de leerlos y confórtese con esos
nobilísimos sentimientos, dignos de un héroe y de un hijo tierno. Nadie puede repetir
palabras como las que va á leer, escritas en la hora suprema y dirigidas por el mártir á
la madre.
Su afectísimo.

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G. Rawson

*
Como su vida, como su discurso de inauguración del Club de Estudiantes de que
es nombrado Presidente, como su introducción á Paris en América, su librito de
memorias es el prólogo de una grande obra que iba á escribirse y la pluma cayósele
de la mano, con la mano misma inerte como en otra carta escribe á su mamá que un
comandante brasilero escribía el parte de un combate naval en que derrotó á los
paraguayos y una bala de cañón le cortó el aliento y la oración.
El temple en que está la lira del futuro Homero, puede colegirse en esta otra nota:
"Si mañana atacamos espero poder marcar en esta misma página la hora en que
ponga el pie sobre la trinchera que mi batallón tendrá la gloria de tomar primero!"
Otra cosa ha escrito en seguida…! Pero lejos, y como reminiscencia, ha copiado
la orden del cuerpo, que mandaba el coronel D. Juan Ayala, su Jefe, en la cual ofrece
un ascenso á oficial al primer soldado que escale la trinchera y espera "que sus
soldados y compañeros, sostendrán en el día de hoy, el honor del batallón, peleando
como soldados de orden, subordinados y valientes. —Campamento de Curuzú,
septiembre 17 de 1866. Juan Ayala."
"Recibí este librito, dice la dedicatoria, el 14 de septiembre en el campamento de
Curuzú. Habíamos llegado el día antes y esperábamos por momentos el ataque á las
fortificaciones de Curupaití. Resolví entonces hacer algunos apuntes personales, y
"dejar correr á esta cartera su suerte, en el bolsillo izquierdo de mi blusa."
"El 17, día anunciado para el asalto, pensé hacer algunos apuntes; no los hice, é
hice muy bien. Ahora comienzo á servirme de él usando de esta primera página, que
he escrito á las diez de la mañana de 21 de septiembre en el mismo campamento de
que hice mención mas arriba".
"Querida vieja. Septiembre 21 de 1866. —(Víspera de la batalla). La guerra es un
juego de azar. Puede la fortuna sonreir, como abandonar al que se expone al plomo
enemigo.
"Si las visiones que nadie llama y que ellas solas vienen á adormecer las curas
fatigas, dan la seguridad de vida en el porvenir que ellas pintan; si halagadores
presentimientos que atraen para mas adelante; si la ambición de un destino brillante
que yo me forjo, son bastantes para dar tranquilidad al ánimo, serenado por la santa
misión de defender á su patria, yo tengo fe en mí, fe firme y perfecta en mi camino.
¿Qué es la fe? No puedo esplicármelo; pero me basta.
"Mas si lo que tengo por presentimientos son ilusiones destinadas á desvanecerse
ante la metralla de Curupaití ó de Humaitá, no sientas mi pérdida hasta el punto de
sucumbir bajo la pesadumbre de dolor. Morir por su patria es vivir, es dar á nuestro
nombre un brillo que nada borrará; y nunca jamás fué más digna la mujer que cuando

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con estoica resignación envía á las batallas al hijo de sus entrañas.
"Las madres argentinas trasmitirán á las generaciones el legado de la abnegación
y del sacrificio.
"Pero dejemos aquí estas lineas que un esceso de cariño me hace suponer ser
letras postumas que te dirijo".
Tal es el libro, tal la carta, tal el pensamiento, tal el fin. Estas ideas tristes lo
asaltan un día antes del combate, como los fantasmas que vió Brutus la víspera de
Farsalia. No quiso abrir el registro de su último pensamiento el 17, é hizo bien, dice,
porque no era víspera de batalla. Todas las razones en que se fortifica su fe en el
porvenir, son razones para él, pero no de gran peso para el corazón de una madre.
Hay ostentación en sus seguridades, como para encubrir la segunda parte que es el
objeto de la carta; pero si todo ello, porvenir, gloria, nombre brillante, fuesen
ilusiónes, que mal llama presentimientos, porque estos sí, que vienen sin que los
llamen, entonces, consuela el dolor que vé venir; y se atrinchera en el deber, en el
patriotismo, excitando á la madre á subir á tan altas regiones, porque, ¿presiente?…
que esta carta legará después de su muerte.
En esta misma página, en lugar de marcar la hora en que su batallón montará
sobre las trincheras de Curupaití, con lápiz más negro, con la letra más grande y firme
pulso, está escrito:

Septiembre 22 de 1866

Son las diez. Las balas de grueso calibre estallan


sobre el batallón. Salud mi madre!

En Washington recibieron los oficiales de la Legación Argentina la infausta


nueva, que comunicaron con delicados intervalos y á dosis preventivas primero, hasta
vaciar el amargo cáliz y mostrar las heces. ¿Qué decir de los dolores de entonces,
veinte años después! Un contraste todavía hacía mas penoso el natural sufrimiento.
Habían separádose, padre é hijo, en San Juan, para seguir cada uno con su destino por
rumbos opuestos. Con los años aquella movible fisonomía del púber de diez y siete
años debió tomar los lineamientos del hombre adulto, hasta el retrato del Capitán con
su pelo cortado á la mal content, pero la imagen grabada en la memoria paterna era
suave, la del tierno, la del alegre niño apenas adolescente que vió en San Juan; y cada
vez que el dolor quería presentarle la imagen del Capitán muerto en el campo de
batalla, acaso mal ó intempestivamente asistido por el escaso cuerpo médico,
presentábasele la cara sonriente del festivo galán, echando hacia atrás por un
movimiento de brioso corcel la espesa melena de cabellos que con el agacharse á
fuerza de reir quería venírsele sobre los ojos. En el silencio de la noche, en las largas
horas de insomio, á veces creía oír la inextingible risa del joven travieso, como desde
el bufete la oía todos los días, en la pieza donde las niñas se reunían antes de comer, y
les contaba las anécdotas del baile, las bromas y los dichos que amenizaban los

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salones ó las reuniones públicas.
¿Era esto un mal? El genio griego apartó de la muerte sus tristes pavores; y
nuestras costumbres tienden á embellecer las moradas de los muertos disimulando los
sepulcros bajo masas de verduras, flores y coronas, para dulcificar las penas que no
pueden ser consoladas.
Cuando de regreso á la patria pude abrazar en silencio el depósito de sus restos,
hospedado en el sepulcro de los Varelas, al lado del mártir de los mártires argentinos,
D. Florencio, pensé en cumplir con las cláusulas de su testamento, en cuanto era dado
al paternal afecto, ya que la historia enmudece después que Hebé, la copera celeste,
cayó por acaso y derramó la copa del néctar destinado á los Dioses.
Tenía el robusto niño derecho á la vida por largo tiempo, y sus ilusiones de un
porvenir brillante, su noble ambición de legítima y merecida gloria que buscaba, le
hacían soñar en la prolongación de la existencia por la gratitud y veneración de sus
semejantes.
Pedí al cincel de un escultor romano de nota el busto en marmol, que, para que se
hallen en buena compañía sus manes, está cerca de Franklin, de Washington, Lincoln,
San Martín, Velez, Montt y otras glorias que le eran caras. Una columna corintia
tronchada á media caña, señala su sepultura en el Cementerio de la Recoleta; y
siguiendo la inspiración clásica consagréle últimamente dos vasos bronceados. Uno
de ellos es el vaso que se llama de los Borghese y que representa una fiesta presidida
por Baco, acompañado de Sileno y el cortejo de las alegres bacantes. Este vaso es
cinerario ó votivo en honor de un héroe á cuyos manes vienen [a] hacer menos pesada
la losa que los cubre el bullicio de la tierra, las alegrías de la vida, la danza juvenil, y
la embriaguez que hace olvidar las penas. Como todo ello no significa nada, ningún
sentimiento moderno perturba aquellas representaciones del arte antiguo.
Recibiéronse con indulgencia las palabras que á la fiesta de los muertos, consagré el
año pasado, y entrarán en este opúsculo, por haberlas motivado mi ofrenda y mis
visitas al sepulcro de mi malogrado discípulo, cuyas ideas hasta la exaltación puedo
atribuirme, aunque haya sido desgraciado el ensayo. ¡Tantos otros con méritos ya
reconocidos murieron por la patria, que no he de abstenerme de decir que yo lo
empujaba por ese camino que conduce á la gloria, por sobre la muerte que detiene á
los demás! No pudo dar el alto por ser demasiado joven, y cayó… simple mortal
como los demás, aunque era de la piedra en que se tallan los héroes.
Tal es el motivo que ha inspirado escribir esta biografía, ah! que no muera su
memoria del todo ni tan pronto! Murió en la demanda de prolongarla. Los pocos
escritos que deja y creo dignos de conservarlos, como lo notaron Goyena, Ventura de
la Vega, Laboulaye, eran dignos de su asunto. Acaso en la América del Sud se borren
los rastros que la libertad dejó en huellas sangrientas y prevalezca la libertad
norteamericana de Webster, contra la libertad tumultuaria de South América.
Entonces París en América, ambos Sarmiento y Laboulaye, desaparecerán hasta del
recuerdo, pero como la colosal estatua de la libertad erigida en la Bahía de Nueva

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York verá por siglos acudir á sus puertas las riquezas, las naves del mundo, y
presentar en pueblos felices, ilustrados y tranquilos bajo la Egida de las instituciones
que no entendemos ó desechamos nosotros; como la verdad es única; y la libertad es
la condición necesaria de la vida, no han de tardar á revivirse los olvidados recuerdos,
y entre la procesión de patriotas que esas libertades defendieron ó quisieron
introducir en la práctica revivirá la memoria del Capitán Domingo Fidel Sarmiento
que traerá en una mano París en América ó sea la Libertad Americana en Buenos
Aires, para que otros jóvenes, imitando su ejemplo, terminen la obra en cuyos
primeros andamios él se desplomó.
La carta que M. Laboulaye escribiera á la víspera de su muerte requiere un lugar
en nuestra historia, por las semblanzas que establece. Yo la depositoal pie de la
biografía del discípulo de ambos, como anuncio feliz de que resucitaremos al tercer
día!

Señor General Sarmiento:

Querido señor:

Recibo casi al mismo tiempo su amable carta y su nuevo libro. (Conflictos y


Armonías de las razas en América.)
No he tenido el tiempo hasta ahora de leer sino la Introducción, que me ha
recordado viejos amigos, Longfellow y la buena Miss Peabody que me ha escrito
últimamente. Bajo semejantes auspicios, su libro no puede dejar de tener éxito. Está
usted habituado al éxito.
Leeré esta nueva obra con gran interés y la colocaré al lado de Las Escuelas en
los Estados Unidos y de La Vida de Lincoln. ¿Podré acaso hablar de ella? Lo espero,
sin estar seguro de ello. De dos años á esta parte, mi salud ha quebrantado mucho
(tengo setenta y dos años) y todo trabajo algo prolongado, se me hace difícil, sino
imposible. Puede estar seguro de que haré cuanto me sea posible.
Nuestra República, en vez de americanizarse, vuelve á la centralización y la
administración monárquica; yo no soy sino voz clamante á deserto ó un trouble féte á
quien no se quiere oír.
Los hechos se encargarán de darme la razón. La desconfianza está en todo y ayer
hemos tenido la primera revuelta del nuevo régimen. Es poca cosa, pero es un
comienzo y prueba que se vuelve á los asaltos de la fuerza, predilectos de las razas
latinas. Si debemos esperar la salvación del porvenir, estamos perdidos.
Ya ve Vd., querido señor, que estoy de perfecto acuerdo con Vd.; pero no ¿somos
Vd. Y yo acaso, los últimos americanos?
Creed os lo ruego, en todo mi respeto y toda mi amistad.
Vuestro amigo.

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E. LABOULAYE.

París, 10 de Marzo de 1813.

Colegio de Francia, Rue des Ecoles.

La madre de D. Domirgo Fidel Sarmiento, al remitir libros, cartas y papeles que


guardaba, cual sagradas reliquias, llena un vacío en la apreciación y el carácter y vida
íntima del hijo que perdió, por cuanto separado de su padre, al salir de la
adolescencia, nada puede decir con utilidad, de las cualidades y carácter del hombre
adulto, que no resulte de los testimonios indirectos que encierran las páginas
precedentes. Una madre, empero, puede decir de su hijo, sin faltar á la verdad, lo que
todas las madres encontrarán por sentimiento propio ser cierto.
"Envío todo lo que tengo, dice la carta, que creo de que puedas sacar partido. No
registro mis cartas, que son muchísimas, porque á mas del suplicio atroz que
experimento, no contienen sino cariños, esperanzas halagüeñas para entretenerme,
apreciaciones íntimas de los sucesos de la guerra, pero que esto se hallará en la
correspondencia de los diarios que te mandaré.
"El cuadro en latín que escribió el Dr. Aneiros (hoy el Ilmo. Arzobispo)[4], lo
pusieron en el catafalco el día del funeral. El Dr. Aneiros presidió el duelo, viniendo
de la Universidad á la cabeza de muchos jóvenes que eran sus alumnos y como
catedrático que era de Dominguito.
"Todo su equipaje se lo desparpajaron en el campamento y con él sus libros de
apuntes de toda la campaña que él pensaba escribir cuando volviese.
"Tenía cuando se fué, varios trabajos que preparaba, reuniendo datos.
"Lo que hacía instruirse más á Dominguito era su modo de estudiar que no se
limitaba á los cursos que estudiaba en el texto, sino que consultaba otros autores que
tratasen esa materia.
"Tenía una palabra fácil, atractiva, que lo habría hecho un hombre muy notable.
Un corazón noble y generoso: no podía ver la desgracia sin tratar de ver si podía
aliviarla, aún quitándose algunos de sus vestidos para darlos á otros que decía eran
más pobres que él.
"Su ambición era de saber y la gloria de parecer bien, pues era pulcro en su
lenguaje siempre.
"No habiéndolo visto hombre, he creído que debía hablarte así para que puedas
juzgar lo que era Dominguito. Solo yo, que era su madre, su amiga, estaba en lo más
íntimo de su alma, pues todas sus impresiones las depositaba en mí, aunque sabía que
lo que no fuese justo había de reprochárselo.

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Benita Martinez de Sarmiento.

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CAPITULO IX

APRECIACIONES MILITARES

DE ACTOS DE GUERRA, Y PLANES DE CAMPAÑA

Para justificar las anticipaciones del General D. Lucio Mancilla, y puesto que
viste el hábito del soldado, tratará de darse cuenta de los planes y operaciones de
guerra de que es ejecutor sumiso, aunque su inteligencia no esté siempre sometida á
la disciplina. Cuéntase de la guerra franco-prusiana que los soldados rasos alemanes
se comunicaban con sus compatriotas en griego, en sánscrito y otras lenguas muertas,
para hacer alarde de la oportunidad de los estudios que cursaban en las aulas y que
abandonaron á fin de pagar su tributo de sangre á la patria.
En la carta remitiendo los papeles que conserva y correspondencia de los diarios,
su madre se lamenta que en el Paraguay después de su muerte, desparpajaron sus
libros de apantes de toda la campaña que él pensaba escribir cuando volviese
Privados de tan preciosos documentos, no primavos al lector benévolo de las
correspondencias que registró la prensa de entonces, anónima ó bajo seudónimos, y
cuyos manuscritos originales de letra del joven oficial tengo á la vista. ¡Que no quede
del todo frustrado, su noble propósito!

Tuyutí, Julio de 1866.

Señor Redactor de EL PUEBLO.

Querido amigo:

Ayer ha tenido lugar el mas sangriento y reñido combate de que se tenga memoria
entre nosotros.
Ha tomado parte en él, todo el Ejército brasilero y la División Conesa.
Los brasileros tienen su línea de fortificación á 400 metros del bosque que,
prolongándose sobre la izquierda al frente, sirve de apoyo á la derecha de las
fortificaciones del enemigo.
Hace tres días se anunció que los paraguayos habían comenzado hacer una línea
de trincheras en la orilla del monte.
Se dijo que debía hacerse un reconocimiento; y mientras pasaron dos días, el
enemigo prosiguió sus trabajos bajo los fuegos de los cañones de la trinchera
brasilera.
Ayer á la diana dos divisiones brasileras fueron en reconocimiento; y trabaron un
reñidísimo combate sin conseguir avanzar sobre la trinchera enemiga. Nuevas
divisiones reforzaron á éstas; y el combate ha seguido casi sin interrupción alguna

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desde las 5 de la mañana del 16 hasta este momento, (9 de la mañana del 17).
La artillería ha estado cambiando sus disparos á 400 metros; y las líneas de
infantería una de otra á 200.
El ejército brasilero que no ha conseguido desalojar al enemigo que se ha
fortificado allí, en dos días hizo su visita y aparecieron, ya á 400 metros de sus
cañones, ha tenido pérdidas enormes.
Los brasileros para sostener el combate han renido que recibir, á descubierto los
fuegos que el enemigo hacía desde el pajonal que precede al monte, el bosque y la
trinchera.
El bosque tiene un boquerón que es la entrada del camino que conduce á la
fortificación enemiga, hay allí un desfiladero, y es allí donde se han estrellado por
repetidas veces, las columnas brasileras sin conseguir desalojar al enemigo.
Una de las divisiones que había entrado en fuego por la mañana se retiró á las
doce del día, teniendo después de seis horas de combate 1.100 hombres de pérdida.
A las doce se relevaron las Divisiones que se batían desde las seis de la mañana; y
á las seis de la tarde volvieron al fuego las que habían estado las primeras horas.
La 2a División del Segundo Cuerpo de Ejército Argentino se batió ayer junto á las
tropas brasileras. Felizmente ha tenido pocas perdidas, 50 hombres fuera de combate,
y dos ó tres oficiales heridos, entre éstos el Mayor Monterroso, Comandante del
Batallón No 3 de Buenos Aires, y el Capitán Juan M. Rosas, Ayudante del Coronel
Conesa.
Hoy ha ido la 3a División del mismo cuerpo de Ejército á reemplazar esa fuerza.
Ayer el Ejercito Aliado se ha llevado un chasco soberano. Nos ha chasqueado el
General en Jefe.
A las nueve de la mañana cuando el fuego de la izquierda estaba en su punto el
primer cuerpo avanzó sobre el Estero en dirección á las fortificaciones enemigas.
Las divisiones del segundo cuerpo tomaron sus posiciones sobre el Estero. El 12
de línea pasó el Estero y fué á ocupar el puesto que había dealojado una guardia
avanzada del enemigo, mientras que la guerrilla que mandaba el Comandante Ayala
tiroteaba á la caballería paraguaya. Todo indicaba que íbamos á tomar las posiciones
enemigas, ¡Delirio vano! Media hora después el ejército argentino recibió orden de
volver á su campamento. No hubo mas novedad que dos disparos que hizo el
cañoncito de campaña del 2 de Iínea, cuatro cohetes á la Congréve, que el enemigo
dirigió sobre el 2 de línea y los fuegos de la guerrilla del Comandante Ayala.
El 24 de mayo estábamos arrepentidos de no haber cargado al enemigo el 2. Ayer
nos arrepentimos de no haberlo hecho el 24.
Dentro de un mes diremos, y con razón, que ayer era el día mas á propósito para
hacerlo.
Lo de siempre cebada al rabo.
El combate del once que nos costó caro, fué una estratagema del enemigo para
llamarnos la atención al frente y proseguir amansal va sus trabajos de la izquierda. La

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estratagema le salió bien.
Es curioso lo que está pasando en esta guerra. Al principio nos reíamos del
enemigo; y á todas sus cosas decíamos: cosas paraguayas, es decir, barbaridades.
Después hemos tenido que tomar, y muy á lo serio, con descontento de Antar, y otros
embusteros de oficio estos asuetos; y hoy día para nuestras cosas, no hay mas que
decir y diremos bien: cosas de España!
Hace tres meses pasamos el río anunciando tragarnos al Paraguay en pocos días y
hoy día estamos á treinta cuadras de donde desembarcamos.
Nos reíamos á carcajadas de sus trincheras; y hoy día nos hemos encerrado tras de
zanjas y parapetos.
Contábamos desmoralizado su Ejército, las tropas destrozadas, diseminadas, y
ayer después de catorce horas de fuego no interrumpido, no ha podido todo el
Ejercito Brasilero, que compone los dos tercios del Ejército Aliado, desalojar al
enemigo de una de esas trincheras que nos causaban tanta risa.
Ganamos la batalla de Tuyutí; y hace dos meses estamos en el mismo
campamento. Hemos invadido al Paraguay y nos quedamos parados, indudablemente
seguimos el ejemplo de la escuadra.

JULIO 18

El día de hoy nos ha sido fatal.


Ha llegado el momento que más temía; y es de que el país se convenza de que el
Ejército Aliado no es superior al enemigo, no por sí mismo sino por esos Generales
que son titulados. No ha bastado que el ejército brasilero se batiera, división por
división, para convencer al General en jefe que el camino que ha escogido para atacar
al enemigo es el único inexpugnable. No ha bastado que caigan 4.500 soldados
brasileros y 200 entre Jefes y oficiales. No, hoy ha enviado á la 3. á División del
segundo cuerpo, la División del Interior. Después de cinco horas de mortífero
combate, la 5. á División tuvo el honor de tomar la trinchera por instantes, para tener
que abandonarla completamente deshecha por el cañón enemigo.
Allí cayeron heridos los comandantes Yuffra, Cabot é Ivanowski, el mayor
Palacios, una tercera parte de la oficialidad de los 4 batallones y como de 600 á 700
hombres fuera de combate.
El coronel Leon Pallejas que encabezaba el ataque con los restos de los batallones
orientales, cayó muerto allí. Con este combate y la muerte del coronel Pallejas, no
queda más del ejército Oriental que el General Flores, su hijo y su Estado Mayor.
No contentos con esto, enviaron á la 4. á División.
El Coronel Agüero así lo comprendió, y al cargar, envió un ayudante á decir al
General D. Emilio Mitre que le dio la orden: "que cargaba; pero que iba á morir; que
le recomendaba su mujer y sus hijos." Pocos momentos después cargaba á la cabeza
del 2 de Línea, seguido del Batallón de D. Mateo Martínez. El ataque fué tremendo,

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apenas duró 20 minutos.
Nuestra bandera estuvo un segundo sobre el parapeto enemigo y después… vino
la retirada.
Sobre la trinchera enemiga murió Agüero y su cadáver es trofeo del enemigo. Allí
cayeron heridos Orma, el Jefe del 2do. Batallón de Línea y Borges su Mayor, Mateo
Martínez tuvo un caballo aplastado por la metralla. El 2do. de línea tiene 8 oficiales
entre muertos y heridos, y 140 hombres de tropa; y el Batallón de D. Mateo, 10
oficiales y 212 de tropa. Después de este ataque que no debió darse, como el de la 3.
á División que tampoco debió darse, porque estaba en la conciencia de todos, menos
en la del General en jefe, que todo ataque á la trinchera enemiga allí era infructuoso é
inútil; ¡y derrama inútilmente sangre tan generosa! ¡después de este ataque se
emprendió la retirada, dejando nuestros muertos y cuando menos la mitad de nuestros
heridos en poder del enemigo!
Mientras se daban estos ataques en la izquierda nuestra, el enemigo avanzó por la
derecha. Pasaron el Estero como 1.500 nombres de caballería, un batallón como de
200 á 300 plazas y unas coheteras.
En el servicio de la derecha no había mas que una guerrilla que mandaba el
Comandante Ayala, y el Batallón No. 12 de Infantería de línea. La guerrilla y el
Batallón No. 12 se han batido durante una hora contra piezas tan superiores, y al cabo
de este tiempo las han puesto en espantosa derrota, dejando el enemigo sembrado el
campo con sus cadáveres. La guerrilla derrotó con una carga á la bayoneta á la
infantería enemiga, el Batallón 12 recibió en cuadro las respectivas cargas de
caballería enemiga, rompiéndola contra sus costados y haciendo dar vuelta á los
escuadrones y quedando rodeado de paraguayos y caballos muertos.
Cuando vino protección, el enemigo huía en vergonzosa fuga.
¿Qué prueba esto? Prueba simplemente que hemos debido y debemos atacar por
el frente y la derecha, por el campo abierto, recibiendo y contestando el fuego á
pecho descubierto.
El General en jefe piensa de otro modo: le parece más conveniente tomar una
trinchera que está al extremo de un callejón en el que entran los batallones ya
diezmados por el fuego de fusilería de los costados del monte, como quien dice: de
una y otra acera.
Después del ataque dado por el 2 de línea y el Batallón Mateo Martínez, se ha
emprendido la retirada general y abandono del punto.
Se dice que se pedirá refuerzos. Soy de la opinión contraria. Con lo que hay aquí
basta para batir al enemigo y acabar la guerra.
Voto porque se pidan generales, un poco de prudencia, tino, y algunas lecciones
de estrategia.

Tuyutí, Agosto 30 de 1866.

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PARA "LA TRIBUNA"

Desde el principio de la semana, creí que íbamos á tener grandes acontecimientos


en ella; pero me he chasqueado, hasta hoy nada ha alterado la vida tranquila que
llevamos: el ejército enemigo sigue cuidando su casa, nosotros la nuestra y nada más.
Simples guerrillas y tiros de cañón, son los hechos de estos últimos ocho días;
sigue pues, la inercia, que unida á la pesada atmósfera que hemos sentido hoy, hace
insoportable, odiosa, la vida del campamento.
Se han sucedido unos á otros los consejos de guerra de Generales de los aliados;
al último asistió el señor Octaviano, y también el vizconde de Tamandaré; de éste ha
resultado bien poca cosa, pues á nada decisivo han podido arribar; de parte de quien
está la culpa, no es difícil conocer; la opinión del ejercito señala al primero en poner
obstáculos, al Sr. Tamandaré, por la criminal conducta que siempre ha observado;
dicen que él es el único que ha puesto inconvenientes, fundados en qué, lo ignoro, lo
que si sé, es que está fuera de duda que el barón de Porto Alegre con su ejercito,
queda formando un poder separado del ejército de tierra.
Con el pretexto de la combinación para entrar en pelea, el General en jefe de los
Ejércitos Aliados no pedrá disponer de los siete mil hombres que tiene ese ejército: si
fuera para emprender pronto alguna operación, nada sería, pero Tamandaré no es
individuo que se aflije mucho por ver resuelto el problema en que él es el número
quebrado: no obstante, dicen que pronto, que mañana tal vez, empiece el barón á
embarcar su infantería.
Se ruge que el General Flores se separará del ejército el día 5 del corriente; así
creo que lo ha manifestado en la última reunión, sin embargo de haber hecho presente
que si para esa fecha se decidía á atacar, él se quedaría á acompañarlos; pero que en
caso contrario, partiría ese día.
Estas palabras han dado margen para que unos digan y otros repitan que el 5
atacaremos la línea enemiga. Pero la verdad es que nada se sabe de positivo.
De ese modo será difícil que el ejército tenga caballadas, y si vamos, nunca se
podrían montar á todos los soldados de esa arma.
¿No sería mejor que se reuniesen tres ó cuatro mil caballos, y no nos eternicemos
aquí á que todos los diez mil de caballería estén montados?…
Por la orden general de la fecha han recibido un grado más al que tenían los jefes
Ayala, Ivanowski, Díaz Alejandro, Romero y el capitán Alegre. Se dice que Orma y
Borges también han recibido un grado. Tiempo era ya de premiar la conducta del
valiente Mayor Borges; solo sentimos que no haya sido promovido á Teniente
Coronel efectivo.
Hoy hemos sentido á muchas de las bandas de música de los diversos batallones
del Ejército rodear la carpa del nuevo coronel D. Mateo J. Martínez. Por la noche, el
Comandante Morales, con la oficialidad de su cuerpo y la banda de música, pasaron á
felicitar á este Jefe, compañero de su mismo regimiento. El Comandante Morales, á

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nombre de los señores oficiales y soldados de su batallón pronunció un breve
discurso lleno de sentimiento:

Digan Vds. para que llegue á conocimiento del escrupuloso Sr. Comisario de
Guerra y Marina, que todos los parches que al fin ha remitido al Ejército, no sirven
para nada; son pergaminos quemados y se rompen al estirarlos para armar la caja; es
el fruto que se recoje comprando de lo que no sirve, porque es barato.
De Vds.

"EL"

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CAPITULO X

PARIS EN AMERICA

LECTOR:

Hé aquí el nombre del libro, cuya traducción os ofrecemos. Está dedicada á la


Europa y á la América. Lleva ya siete ediciones agotadas, y sin embargo, continúa
todavía despertando la atención del mundo civilizado.
Su autor se oculta bajo el pseudónimo de Lefébvre, y no podemos deciros á qué
viene el misterio, tratándose de una reputación tan hecha como la de Laboulaye. Son
secretos de la mente, cuyo velo no tenemos el poder de descorrer.
El rosario de títulos con que Lefébvre se adorna, puede pareceros trivial é
induciros á creer que el charlatanismo ha querido abrirse paso, lanzando un globo de
exploración. Pero no; Lefébvre es hombre y sesudo, —serio como un metodista,
sesudo como buen catalán, —y si habla en tono de broma, es que en los tiempos que
alcanzamos, los libros y papeles que mienten y engañan son más que los libros y
papeles serios.
Díganlo sino El Times y El Monitor comparados con El Punch y El Charivari; La
Tribuna y El Mosquito, Montaigne y Renán.
La sociedad quiere que se le engañe sin reir, y que se le diga la verdad haciéndola
reír. Con su pan se lo coman, decía frecuentemente el padre de uno de los traductores:
en el pecado va la penitencial
Leedlo y lo veréis. Os aseguramos bajo nuestra palabra de honor, que no seras
como Nemorino, víctimas de Dulcamara.
Hay en él algo para la mujer, algo para el hombre, algo para el comerciante, algo
para el fraile, algo para el gobierno, algo para el pueblo, algo para los necios, algo
para los vivos, en suma y para acabar en dos palabras la enumeración, mucho para
todos.
Si lo leis en invierno os aseguramos que no os incomodará la lumbre de la estufa
(si la tenéis), ni el frío (que lo dudamos). Si leis en verano, la cuestión cambia de
aspecto, como es natural, y, es casi seguro que si estáis al rayo del sol aguantareis. Es
libro para el hogar, libro para el campamento, libro para el touriste, y que solo puede
no advertir á los que admiran la organización política y social de la China y del
Mogol
Si creeis que, porque habéis leído á Tocqueville, Chevalier, Grinke y las
correspondencias de Debrin, conoceis la América, os equivocáis. Los tres primeros os
habrán dicho y enseñado, como está constituido el gobierno; os habrán explicado la
complicada y á la vez sencilla maquinaria del régimen representativo, democrático,
federal.
El último os habrá edificado diciéndonos como se matan los pueblos libres del

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todo, con los pueblos libres á medias, —el Norte con el Sur,— y os habrá engañado
más de una vez.
Pero ninguno de ellos os habrá revelado una cosa tan interesante como la que ha
podido ver y estudiar Lefébvre, sin más trabajo que comerse una pildora. Reís eh? y
sin embargo, vivimos en el siglo de las pildoras.
Dígalo sino Brandreth, Torres y el que le ha hecho tragar á la Francia que el
imperio es la paz.
Os diremos que cosa es esa, —no sea que nos tachéis de charlatanes, á nosotros
pobres traductores, que tanto aborrecemos en su esencia y en su forma la literatura
querosénica.
Pues esa cosa es: como vive y debe vivir un pueblo libre, ó diciendo lo que
hubiéramos debido decir primero, —qué clase de bienestar, de sentimientos é ideas
son las que desarrolla y debe desarrollar la libertad bien entendida y sinceramente
practicada.
Ya veis que el negocio es de interés, para un pueblo, que como el Argentino, al
cual tenemos el honor de pertenecer, nos atrona todos los días los oídos hablándonos
de libertad, —de instituciones— etc., etc.
Leed, pues, á París en América, y no nos creáis en el resto de nuestra vida si la
lectura no os hace buen provecho.
Si la píldora no os cura la indigestión de malas ideas y de falsas apreciaciones que
tenéis desde sabe Dios cuando; os empachasteis con libros franceses del siglo pasado.
Una palabra todavía—llamadnos explotadores si os dormís leyendo nuestra
traducción.
Corruptores de la conciencia pública, si ella deja en vuestro corazón, en el de
vuestros hijos ó hijas, nietos ó bisnietos, tataranietos ó choznos, de ambos sexos, el
germen de una mala semilla.
Es lo único que en el preámbulo podemos deciros y ofreceros; lo que debéis
darnos en cambio del servicio que creemos rendiros va en la Postdata[5] con todo lo
cual quedamos, lector querido
Vuestros muy atentos servidores—

L. V. MANSILLA — D. F. SARMIENTO[6]

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CAPITULO XI

EL SEPULCRO

Quien lea la página que sigue, encontrará que fué escrita para ocupar su lugar
en la Biografía de Dominguito.
Visitaba el autor el cementerio dos dias antes del dia de Animas que conmemora
la Iglesia católica, con el fin de colocar personalmente dos vasos que bronceó á la
puerta de su sepulcro, y esta ocasión le inspiró la idea de darse cuenta de las
emociones experimentadas durante la FIESTA DE LOS MUERTOS, recordando la de
los que murieron en la guerra del Peloponeso que inspiró á Perícles su famozo
discurso. Debió expresar bien el sentimiento público, puesto que fué leído, buscado y
reproducido, razón por la que le consagra un pequeño lugar en este librito destinado
á perpetuar en cuanto cabe la memoria de todos los afectos que inspiró el malogrado
capitáncito.

EL DIA DE LOS MUERTOS

Tres dias hemos vivido en el Panteón entre flores, prodigadas como tupida y
esmaltada yerba, agitándonos por entre obeliscos, sarcófagos, mausoleos y columnas
que se codean y estrechan faltándoles espacio, aire y sol que los ilumine. Era la
conmemoración de las ánimas; para nosotros la fiesta destinada á sentirnos ligados
con el pasado, con la familia, hasta con la tierra que pisamos.
El pueblo estaba alli en las mil callejuelas de aquella Pompeya, que parece
reanimarse y bullir, palpitar y hasta sonreir, porque la Necrópolis se ha convertido en
simulacro de Ciudad griega, tanto dominan las marmóreas estatuas, las columnas
corintias, los sarcófagos. Quisiera la madre jemir sobre la canastilla de flores que
conserva los restos de su bebe; pero la alegría de las plantas, el susurro de las jentes y
el ruido de los pasos, perturban y cambian el dolor en plácida resignación.
Estamos por la tradición en abierto contraste con la naturaleza. En invierno era
hasta en Atenas la conmemoración de los muertos, según Pericles, el orador de las
exequias á los héroes de Maratón lo recuerda, y ha sido el primero en notarlo Belin,
en un ensayo juvenil, diciendo que sería imposible que en Europa no hubiese sido
elegido el mes de Noviembre para destinar un dia á la memoria de los muertos.
"Una niebla gris se estiende como velo desteñido, que da á los árboles
amarillentos, á la tierra fangosa, un aspecto lamentable." Lo cito para hacer sentir el
contraste.
El mismo dia de Noviembre en el hemisferio Sur, llegaron las golondrinas de su
viaje al norte, á avisarnos con su agitación de misiles vivos que el invierno va
huyendo hacia el polo, ante los reflujentes rayos del sol que con ellas vuelven. Es el

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dia de la florescencia de todos los arbustos, de los paraísos, de las rosas, cuyos olores
hacen desvanecer. Todo sonríe al rededor, monumentos en miniatura, los mausoleos,
las flores y los rostros encendidos de millares de mujeres, todas de negro, pero
elegantemente vestidas, y lo que es más notable en América, todas de raza pura
caucásica de claros tintes, sino es el tanto por mil de razas de color.
Tres días los ómnibus y los trenes han trasportado, tanto como gente, ramos de
flores, guirnaldas de laurel, de encina, de azabache —de siemprevivas casi ninguna.
Las cruces floridas de tan alegre matiz tentarían á tenderse sobre ellas á aquel á
quien le pusieron una de durísima madera. Los ramos de Buenos Aires ideados por
artistas floristas, con una peculiaridad de esta ciudad meridional, al punto que la
Rístori mandaba fotografías á Italia de los colosales ramos con que se cubría el teatro
cuando daba la Medea. Asumen la forma de monumento, de obras de arte, de
canastas y retablos, que habrían estado bien en el entierro de Víctor Hugo; y todo este
lujo de decoración floral, es el traje que reviste el Panteón el 2 de Noviembre, la de
las exéquias solemnes de los pobres que en ese dia tienen, con la pompa de los ricos,
su parte de honor, de pésame, de conmemoración. Ese dia hay para todos pompas,
flores y construcciones de delicado gusto.
Al pasar la tradición humana á este desconocido hemisferio de la Cruz del Sur y
de las nébulas polares, nos hemos mostrado antípodas con la misma lengua y los
mismos símbolos. Quince abriles decimos de una beldad que abre á la luz su capullo,
es decir, quince otoños; y entre las flores y los perfumes de la primavera, el dia que
vuelven alborozadas las ausentes golondrinas, quisiéramos por tradición llorar á los
muertos; pero la naturaleza que es nuestra guia, nos invita á sonreír y enjugar las
lágrimas, como niños á quien los besos de su madre distraen de la efímera pena del
momento.
Honramos, pues, la memoria de los nuestros á la manera de los griegos, cuyo
Dios Supremo sonreía y siempre jovialmente, es decir divinamente, como Aquiles
lloraba el cadáver de su amigo, bailando desnudo en torno de la pira de Patroclo.
El Panteon era hasta ayer un himno á la memoria de nuestros mayores y de
nuestros hijos. Cada existencia es un drama, y no habría novela tan tierna ni trajedia
tan pavorosa, como la que encierra bajo sus tapas de mármol cada uno de esos
sepulcros. Cada uno de los que los visitan sigue en ellos el hilo de su propia vida, por
sus padres, sus amigos y aun su época. Nuestra vista solo alcanza á ver en el sol los
rayos, que cuando diverjentes, forman el prisma de los siete colores. Quedan sin
embargo, otros rayos no entran en nuestra retina, los rayos oscuros, pero que afectan
objetos sobre los cuales se reflejan, descomponiéndolos, pues tienen potencia
química. Sir John Lubbok ha descubierto que las hormigas observan estos rayos sin
luz del sol, como el hombre reflexivo, acaso el patriotismo que es el amor humano sin
la carne, goza de esta cualidad, de ver lo que no vé el vulgo y no ver aquello que
sobreabunda y no deja impresiones duraderas.
Entre aquellas hormigas que se agitaban en el Panteón el 2 de Noviembre, como

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si cada grupo buscase su morada propia, para penetrar debajo de tierra, y seguir á
través del tiempo (los muertos son tiempo condensado, como el carbón es luz y calor
depositados para más tarde), yo buscaba el camino que trae mi alma, y entre aquellas
tumbas, á mis compañeros de otros tiempos, saludando al paso á los que se
encontraron conmigo en los senderos de la vida.
¡Os contaré una larga historia, como la leyenda de los siglos, y evocaré sombras
que viven todavía entre nosotros, y nos animan, conducen aplauden ó vituperan, si no
seguimos el camino que ellos nos mostraron!
Sabed que ese Cementerio es la patria con cuerpo y alma; la patria de mañana.
Alli volvernos á estar juntos todos: allí es el valle de Josafat, donde cabremos mas
tarde reunidos para ser juzgados por la historia. ¡A cuantos les dirán: marchaos, que
ya recibisteis vuestro galardón, pagándoos con vuestras propias manos del tesoro
común!
El instinto popular no se equivoca, y en vano le direis á la madre que el alma de
su hijo está en el cielo. Ella le llevará hoy sus muñecas y sus juguetes al sepulcro para
que de noche, cuando nadie lo vea, estire su manecita helada y toque sus compañeros
de infancia. Asi lo hacían las madres etruscas, por donde se conservan las muñecas de
ahora tres mil años. En la Recoleta los sepulcros tienen forma de casas de vivir de los
primitivos sepulcros de los constructores de las Pirámides. De ahí salieron todos los
cultos á los muertos; allí volverán, pues ya las familias construyen altares y el 2 de
Noviembre enciende hachones sobre candelabros. Los dioses Lares están ahí
reunidos, los manes flotan como vapores en torno. Yo los he visto en las horas en que
vagaba silencioso por aquella Necrópolis, y me he detenido á hablar con cada uno de
los que me ayudaron á vivir. Cerrare los ojos para no distraerme con los rumores de
mil carruajes, con el sordo murmullo de rezos y exclamaciones, acentuadas de tarde
en tarde por un gemido, y ved aquí lo que yo solo vi.
El bosque que precede al Panteon, cuando sus sombras hayan sido espesadas por
los siglos, abrigará aquí y allí sepulcros de hombres Representativos que habrán
pasado ya por la consagración y la sanción de las generaciones.
Por ahora los árboles dejan ver la galería que da entrada á la mansión de los
muertos, y cuya arquitectura nos lleva á los mejores tiempos de las bellas artes. Por
entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros,
columnas y sarcófagos y la bella estátua del Dolor que vela jimiendo sobre la tumba
de Facundo, á quien el arte literario mas que el puñal del tirano, que lo atravesó en
Barranca Yaco, ha condenado á sobrevivirse á si mismo y á los suyos á quienes nos
trasmite responsabilidades la sangre.
El Dante puede mostrar á Virjilio este león encadenado, convertido en mármol de
Paros y en estátua griega, porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive
debe ser bello y arreglado á los tipos divinos, cuyas formas revestirá el hombre que
viene. Hé aqui —me decia un joven Arce, pariente de Quiroga— cómo yo llevo la
toga y la clámide del griego, y no la túnica ni la dalmática del bárbaro. Pude decirle á

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mi vez que mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo y no se
han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines.
Quiroga ha pasado á la historia y reviste las formas esculturales de los héroes
primitivos, de Ayax y Aquiles.
Siguiendo inflexiones de callejuelas formadas por sepulcros que parecen palacios,
alhambras, catedrales góticas, pórticos en miniatura, me he dejado llevar por el
corazón hasta el pié de la tronchada columna que se levanta á la cabecera de la
almohada de piedra en que reposa la cabeza del Capitán Sarmiento. Su madre ha
envuelto sus restos en la bandera nacional recamada de oro, con estas palabras: Pro
patria. Su padre depositó á la entrada dos jarrones griegos y á lo alto de la rota caña
se le vio colgar una guirnalda de orquídeas floridas, pues el laurel de la victoria no
alcanzó á ceñir su frente. Uno de los jarrones bronceados, es el célebre vaso
Borghese, copiado y sosteniendo en bellísimo alto relieve una bacanal en que el Dios
Baco de la India celebra las Vendimias de Grecia, libando á los otros dioses y
emborrachándose Sileno. En los sepulcros están siempre esculpidas escenas de
alegría. Estamos en plena Grecia, en la época de la vendimia, cuando el mosto de la
vid chispea como e\ champagne de nuestras botellas. Dejémosles que se diviertan.
Levanto la vista por sobre las gradas y la base, para contemplar la corona de
bronce que no ciñó la cabeza del niño mártir, sino que corona la columna tronchada
en el sacrificio… ¡qué veo! El busto del segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército
Grande de que yo era secretario en Caseros! —El General Piran que condujo las
huestes libertadoras á Buenos Aires; pero que no entregaba la patria á un
conquistador.
El 11 de Septiembre conmemora en la plaza del Pópolo, en el Foro Boario de
Buenos Aires, hoy por una ironia sublime, el punto de arranque de los ferrocarriles, el
acto que dio á este General su asiento á la derecha del Padre, que es el Derecho, la
Constitución de la patria argentina.
Ni por analogía, ni por gratitud, ni por fuerza, podrá en adelante repetirse el
ensayo de tiranías.
Me dejo llevar por los recuerdos y me reconozco al pié de la que llaman en
Atenas la linterna de Diógenes y es el mas bello modelo del orden corintio que nos ha
legado el arte griego. No lleva inscripción todavía, porque han ido á pedirla á los
talleres de escultura de Roma. Era el monumento mandado elevar á Lisistrato,
vencedor ateniense en los juegos olímpicos, vaciado de su rotonda, quedando la lijera
cúpula reposando sobre columnas estriadas, corintias, al aire, que les comunica su
transparencia.
El trípode que sostenían tres delfines volcados ha sido reemplazado por la cruz
cristiana; y un pedestal vacío aun, llevará el busto en bronce del Jurisconsulto Velez,
que cantó en sus primeros años con Virjilio el poema épico de la emigración de las
ideas, que recibió de los Sarsfield de Irlanda la sangre que está protestando hasta hoy
con Parnell contra la fuerza, y que deja á la posteridad condensada la conciencia

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humana en los códigos.
También en ese mármol que se levanta como una aguja ó un pináculo gótico, se
ha de oir, aplicando el oido á la base, el rumor de pueblo que se agita en torno y se
agrupa en apoyo de la Legislatura, atraido por los viriles acentos de la oratoria
parlamentaria que impone silencio al cañón que no siempre es el eco de la orden del
dia de los campamentos. Bravo viejo! anduvimos juntos en muchas jornadas
memorables; salvamos tomados de la mano abismos que se abrían bajo nuestras
plantas, y llegamos al término diciendonos adiós, satisfechos ambos de haber obrado
bien, y legado á nuestra patria pájinas de historia sin mancha.
De ahi llevóme de la mano uno de tantos hijos que ha dejado la victima de la
protesta impresa, Florencio Várela. El santo que debiera ser del gremio tipográfico,
muerto mientras reimprimía la Declaración de los Derechos del Hombre que otros
escritores más felices notificaron á Rosas dejando el cedulón sobre su mesa en
Palermo el dia tres de Febrero.
¡Estamos todavia por hacer firmar á algún Juan con hartas Tierras la magna carta
de la libertad de imprenta!
El sepulcro de la familia Varela es un santuario donde en plantas esquisitas, en
flores, orquídeas y enredaderas, se rinde culto al arte en la naturaleza embellecida por
el amor patrio, de hijo y de padre.
El sacerdote de este templo que no es de Ceres, ni de Flora, ni de Pomona, sino de
la Libertad por la palabra, es un hombre que casi niño se halló en Caseros, que
inspiró La Tribuna cuando la espada había vuelto á la vaina, Diputado, Senador,
Ministro provincial.
Un dia hubo de negociarse un empréstito para surcar la tierra con rieles y llevar el
pensamiento á lo lejos con telégrafos.
Eran unos pobres treinta millones, que se emplearon en su destinación, pero
vinieron en seguida los monos que parodian sin cuenta ni razón al progreso, para
adular al pueblo, como los antiguos construían catedrales que fueron la ruina de las
naciones y hoy nuestro asombro, y declararon torpe al negociador, si no rapaz.
Han negociado después los cangrejos ciento cincuenta millones en condiciones
innobles y la estadística por la beca de Agote, ha esculpido en el B RONCE de las
cifras comparadas, que el empréstito Várela es el que se obtuvo á condiciones mas
provechosas; lo que va de ochenta y nueve á setenta y cinco.
Los que han disminuido el caudal de la Nación en doscientos millones, y
puéstonos bajo la Inspección de tutores extranjeros, como al Kedive de Ejipto ó al
Sultán de Turquía, se han repartido las rentas, los goces y los honores, mientras que
Mariano Varela se sienia todos los dias á la puerta del sepulcro de su padre asesinado,
á admirarse de la sólida estructura de las instituciones libres, que basta que un
principio de los que les sirven de pedestal se salve, para que pies carcomidos ó
robados por ladrones, puedan repararse y aun restablecerse.
La estátua de D. Valentín Alsina está á poca distancia, buscando al parecer por lo

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meditabundo y preocupado, la solución del problema de su patria, que por las
contracciones del semblante, parece no encontrar todavia — establecer sólidamente la
libertad en el gobierno, con la riqueza y la civilización.
Alejéme de estos lugares poblados de recuerdos, de fragmentos de nuestra
historia y pasado por delante del sepulcro de Rivadavia, de Brown de Juan de la Peña,
el maestro de escuela, porque en este sonambulismo del espíritu, he adquirido la
facultad de no ver sino lo que entra en el cuadro de mi propia vida, interrogo mis
propias fuerzas, pido á mi espíritu la solución buscada, y cuando ¡eureka! ya la tengo
en las manos, siento que el impulso de la voluntad se detiene, que mis ombros se
paralizan, y que una comezón en las plantas me anuncia que como aquellas ninfas
castigadas por dioses celosos ó irritados, me arraigo en el suelo, me endurezco y
consolido, mis facciones toman el aspecto griego del arte y me convierto en
monumento del Cementerio…

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Benita Martínez Pastoriza de Sarmiento.
Retrato realizado en San Juan durante su juventud.

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CAPITULO XII

DISCURSOS

Discurso leido el 8 de Mayo de 1864 por D, Domingo F. Sarmiento (hijo) en el


Liceo Histórico, sobre el tema "Apreciaciones históricas de La muerte de César" —
Trajedia de D. Ventura de la Vega.

(Publicado en el "Correo del Domingo" No 20, de Mayo 15 de 1864).

Sr. Director del Liceo:

La aparición de la Muerte de César, trajedia de D. Ventura de la Vega, ha


despertado entre nosotros el interés de las apreciaciones históricas para la edad
romana. Creo de mi deber emitir un juicio, aunque las fuerzas llegaran á faltarme,
arrancado á la época de la catástrofe, envuelto en el estudio de la situación política, y
en las consecuencias de la vida y de la legislación de los romanos como antecedentes
á las luchas del César, y al imperio nacido de su muerte.
El Liceo ha escuchado ya algunos juicios sobre Julio César; y su criterio histórico
formado. Quiero partir de esta base consagrada para ensanchar los límites del gran
suceso. Debo una explicación, que no dejaré pasar: Creo en tésis general, que un
estudio histórico nacido entre las escenas de una trajedia para formarla su proceso,
tendría un éxito difícil, si el juicio fuese formado á la letra, y no al espíritu que el
conjunto de las situaciones, que la unidad del tipo, descubrieran en cada personaje.
Empero, la Muerte de César forma la escepción de esta regla; y verso por verso,
situación por situación, el tipo histórico se destaca romano, verídica, y siempre fiel á
la huella que su planta ha grabado en la historia.
Don Ventura de la Vega, el poeta lírico que cantó á Sevilla en versos que traslucen
el estudio de los divinos maestros, tiene para nosotros dobles títulos; inspirado en la
escuela de D. Alberto Lista; clasico, poeta á la vez que moralista de nuestro siglo en
el Hombre de Mundo, podría pasar por el Scribe de nuestra habla, tal es la profusión
de versiones y composiciones suyas con que ha dotado el teatro español, hasta llegar
á ser uno de los que más ha contribuido á levantarlo á la altura á que debía estar en la
patria de los Calderón, y de los Moratín; tiene dobles títulos decía, porque á su fama
de literato consumado recién coronada con su última producción, tenernos que
agregar el vínculo estrecho de simpatía con que se liga el nombre de un compatriota
alejado del seno de la patria; y D. Ventura de la Vega, desde el último tramo que
conduce al Parnaso saluda á su país natal, recordando que las playas argentinas son
también acreedoras á guardar su nombre como muestra del genio americano.
(Aplausos).
La trajedia del Sr. Vega abarca una situación sola, única, porque "el hecho

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históricamente es grande, pero el asunto dramáticamente es pobre". La historia viene
á suplir las faltas que hubieran podido notarse en la escena; y á decir verdad, ha sido
en provecho de la trajedia misma, que se alza hoy día robustecida y poderosa, de Los
brazos del poeta historiador, La muerte de César, como suceso historico, tiene tres
situaciones, ó más bien dicho, tres fases: la conjuración, la muerte de César, y por
último la muerte de la conjuración, lo que equivale á la arenga de Antonio, en que
imprime su impulso al movimiento popular ahogando el instinto de los patricios,
Shakespeare es el genio que mejor haya desarrollado esta última faz; y cuanto está en
el alcance humano ha sido puesto en juego en boca de Antonio en la escena segunda
del acto tercero de Julio César. No quedan buenamente sinó dos situaciones, y estas
están en la trajedia del Sr. Vega; la conjuración, hecho oscuro en su desarrollo, mal
definido históricamente, no tiene más vuelo en la trajedia que el que basta á preparar
al espectador á creer posible la catástrofe: y la muerte del Dictador, donde acabaría la
trajedia, "según las reglas Aristotélicas", (porque allí acaba la acción y el ínteres
dramático que consiste sólo en saber si triunfará la conspiración ó si se salvará
César), si el pensamiento político coincidiera en su última consecuencia con el final
de la acción; pero en nombre de las exigencias del teatro moderno, en nombre del
tema grandioso de la trajedia, hay una última frase que agregar, que encierre la
lección política y envuelva el precepto moral, el Sr. Vega la pone en boca de Servilia,
la matrona romana, en los cuatro versos de la última escena que comienzan;

class="salto10"¡Oh! ¡Bruto! ¡Oh! ¡Inútil crimen!

Y á las cuales se les agrega como hecho político, aunque precipitado


históricamente, el grito de

¡Roma es mía!

con que Octavio ensaya el imperio romano, preparando los tiempos de los
Nerones, sobre el cadáver de "un héroe clemente", muerto por el patriciado en medio
de la urea grandiosa de igualar los derechos de Roma á las inspiraciones del universo
rendido, y hacer de la humanidad un conjunto social en cambio del desnivel de
señores y esclavos, mantenido por los patres y los quirites de la altiva señora del
mundo.
El Sr. Vega hace notar perfectamente el hecho históricamente averiguado: los
patricios al matar á César proclamaban la absorción del universo por Roma, y la
reivindicación de sus antiguos derechos sobre el pueblo romano y sobre los pueblos
conquistados; pedían al puñal lo que el puñal no podía darles; pedían la oligarquía,
los derechos de casta á César muerto; al hombre que había sentado en el Senado
Romano á Galos é Hibéricos, para darles su parte en el gobierno del mundo; y al
jugar al albur la vida del genio de Roma, echaron á rodar la suerte del imperio sin que
bastaran los puñales de cien Brutos para contener la ruina y el desorden nacido de un

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hecho inútil, y más que inútil, fatalmente perjudicial al pueblo romano, cuya voluntad
no había sido consultada.
Con la muerte de César, Roma retrocedía en los campos de Philipo á la altura de
Farsalia, cuando menos, y peligraba mucho que la falta de César hiciera inaplicable á
ninguno de los lidiadores la frase con que Cicerón había caracterizado á la virtud
cívica en la guerra intestina:

Virtus pro - aequitate propugnans!

Más, cuando los que querían heredarlo, amoldaban sus arbitrariedades á sus actos
de justicia, mientras sus adversarios querían borrar de Rorna á César y sus obras, y
volver á los tiempos en que el patriciado más feliz disponía de los destinos del pueblo
y de la suerte de Roma.
El Sr. Vega lo ha dicho en su carta al Sr. Mitre: "en el cuadro final se propone dar
un útil aviso á los que desconociendo la época, buscan el remedio á un mal en otro
mal mayor, y se lanzan á lo desconocido" —la situación de Roma y la muerte de
César, prestan un continente luminoso á esta lección política, si es que no basta como
correctivo el ejemplo tremendo de la dominación de los Cesares nacidos del puñal de
Bruto, á pesar que honradamente como Romano, su nombre proteste contra la
invasión de tiranos advenedizos que su ceguedad enjendró.
La crítica se ha techo seatir, suave y tranquila en nombre del arte y de la poesía;
acre y enérgica, en nombre de la democracia y de la república. Del juicio, la Muerte
de César ha salido ilesa; y el manto de púrpura de la grave matrona no conserva las
señales de la lucha,
La crítica literaria ha mostrado una vez más el mérito de la trajedia del Sr. Vega,
admitiéndola con aplauso en el mundo literario, como una de las composiciones más
notables del teatro español.
La Muerte de César tenía que luchar en su aparición con tres composiciones del
mismo género y sobre el mismo tema, fruto de tres inteligencias bien encumbradas, y
las que parecían haber agotado todos los resortes que prestan el arte y el ingenio para
esplotar una situación. Shakespeare, Voltaire y Alfieri son los antecesores del
D. Ventura de la Vega, en la noble tarea de transportar á la escena un pedazo de la
vida de Roma, con todos sus detalles, aun los más minuciosos; para hacer destacar
del conjunto el relieve de los personajes, como si aún vivieran, y sus voces vibraran
todavía en las columnatas del Capitolio ó en el Foro.
En el movimiento dramático el Sr. Vega ha sobrepasado á Voltaire y Alfieri; y los
caracteres tienen tanto colorido, tanta verdad histórica como los del Julius César de
Shakespeare.
Las pasiones, la pintura del hombre; aquello que se despega del tipo histórico
para venir á formar parte del genio creador en las composiciones dramáticas, está tan
bien desarrollado por el Sr. Vega, que la carnadura humana parece levantarse en cada

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uno de sus tipos, para obedecer á la trama urdida de antemano por la historia, sin que
haya un sólo movimiento en que el carácter parezca siguiendo una impulsión agena,
lanzado solo por la frase escrita, como un cuerpo fuera de la acción de las leyes
naturales. No se encuentra en las escenas de las composiciones de Voltaire y de
Alfieri el desarrollo tan fresco, por decirlo así, del tipo histórico, envuelto en un decir
tan adecuado que el ánimo no se atreve á decidir si el poeta es superior al autor
dramático, ó si el encanto de la poesía es inferior á la magestad del pensamiento.
El Hombre de Mundo colocaba al Sr. Vega á la altura de Bretón de los Herreros,
en la fluidez, en la facilidad del verso, sus composiciones líricas, según la bella frase
de D. Juan María Gutiérrez, dan tentación á compararle con el divino visitante de
mundos desconocidos á quien condujo Virgilio por la mano; y su última composición
que muestra á nuestro poeta ser de la estofa de los Shakespeare, obliga al mundo
literario á saludar en él á uno de los primeros versificadores de la lengua castellana.
Si estos antecedentes no bastan para colocar á La muerte de César entre las
mejores producciones dramáticas del Teatro Español, estamos seguros que no correrá
la suerte de los ensayos sobre el mismo tema que hicieron el duque de Buckingam y
el Abate Conti, y que si han llegado á nuestra época, se ocultan en los estantes de
algún bibliófilo laborioso, como muestras del aliento efímero de sus autores.
D. Ventura de la Vega ha sido acusado, sin embargo, en nombre de la libertad y de
la República, "de haber arrancado el puñal de Bruto del cadáver de César para
clavarlo en el seno desnudo de la libertad"; y ante esta acusación su obra parecía
mezquina, sin vuelo, y el poeta era afiliado á las impulsiones del fundador del
cesarismo en el siglo XIX. El Sr. Vega había estampado en el prólogo de la trajedia
su credo histórico, y ante él, la lección olítica viene indefectiblemente en nombre de
la justicia y de los derechos de los pueblos á producir sus últimas consecuencias, sin
ultrajar á la República, sin herir á la libertad.
César era el liberal, Bruto el retrógrado. He ahí la solución del problema en
nombre de la historia, en nombre de la época de Roma; y de sus instituciones. Las
luchas urbanas, los combates campales, las agitaciones todas del pueblo romano
vienen como hechos consumados á corroborar este resultado.
Vamos en nombre de la historia misma á provocar esa solución; pues que en las
pájinas de la vida de Roma están las muestras vivas de esta verdad, sin que tengamos
que ocurrir como Luccenis, á las fuentes envenenadas de la Lucusta de la historia,
para falsear los hechos y obtener un resultado al alcance de nuestra conveniencia.
Si la historia de un pueblo, si la marcha y el encadenamiento de la vida social, si
el movimiento constante de la arena pública bastan para formar criterio, nosotros lo
tenemos contestes en apoyo del aserto del Sr. Vega; y ante las manifestaciones del
espíritu de un país, envueto en el progreso de su época, no es posible oponer otro
espíritu, ni otra época, so pena de arrancar en el fallo del juicio las consecuencias más
distantes de los preceptos racionales de la historia misma. No querríamos nosotros
que vinieran los académicos de Annecy á pedirnos cuenta del uso que habíamos

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hecho de la ciencia útil, mezclando la edad presente con las edades de la antigüedad,
para confundir la vida pública de nuestra época con la de la antigua, distantes veinte
siglos y juzgar su organización política con las leyes de Lycurgo ó el contrato social
de J. J. Rouseau.
Observemos la primera organización política de Roma, remontando á la época de
sus reyes. Es allí donde debemos tomar la base de los cimientos que mucho tiempo
después chocaron, levantando dos personalidades, emblemas característicos de dos
fuerzas contrarias, César y Bruto. Servio Tulio dividió el pueblo romano según la
fortuna que cada uno poseía. Las libertades y los derechos se repartieron al tanto por
ciento sobre los valores que cada nombre representaba. Fueron los protejidos del
derecho los patricios, los potentados de Roma, los antepasados de los Sylas y los
Brutos. Aunque las fortunas de Roma no representaban entonces, los inmensos
valores con que más tarde Luculus despertaba la codicia del pueblo, señalando el
Asia como la fuente de las riquezas y de la fortuna, ya el nombre de patrono aparecía
como la personalidad absorbente del trabajo y del ingenio de sus subordinados; y
como prueba del carácter embrionario de aquella organización primera, el pueblo
venia enseguida, sujeto al impuesto (assidui) y á las cargas civiles, siguiendo á este la
plebecula, última sección de aquel sistema: los que no tenian dinero obligados á dar á
Roma su sangre, sin que ella cuidara de concederles libertad alguna. Esta
organización social á la vez que política está fuera del alcance de una denominación
posible en los términos precisos del derecho público de nuestros días; y la gran
subdivisión de patricios y de plebeyos, viene á indicar la erección de una aristocracia
en el seno mismo del pueblo que arrojó á las Tarquinos, como representantes del
poder abusivo de los reyes.
Arrojados los reyes, apareció la república; pero encerrada en esta fórmula que
encabeza su proceso: la espulsión de los reyes, es el tiempo del patriciado. Los
Cónsules reemplazaron á los reyes, pero el Cónsul debía ser patricio. El cetro había
sido despedazado. Los senadores y los cónsules tuvieron cuidado de repartirse los
girones del manto real para revestir de autoridad al patriciano á que pertenecían. En
nombre de los principios de la república, la república no existia allí: era la
desigualdad en su espresión mas diforme; era la oligarquía naciente, pero poderosa.
Las concepciones políticas de la Grecia hubieran avergonzado al romano satisfecho
de su obra, y como forma de gobierno conocida en la antigüedad la oligarquía de
Roma aparecía más repugnante, más liberticida, que las tiranías populares, que
flajelaron las repúblicas griegas. El pueblo, el verdadero pueblo se sublevó, cuando el
alimento le era escaso, cuando sus flancos fueron raleados por la guerra, cuando los
patricios iban á encadenarlo y entregar al enemigo, como algún tiempo después
entregaban á las fieras los prisioneros de guerra para entretener el populacho, ávido
de espectáculos sangrientos.
Del choque de la oligarquía y del pueblo oprimido nació el tribuno sin iniciativa
en la legislación, con el derecho del veto.

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Como una concesión hecha en los momentos supremos de la lucha, como prenda
de debilidad arrancada á la aristocracia romana por el pueblo que comenzaba á rujir,
apareció la primera personalidad republicana, creada en medio de la negación misma
de la república; en ella están encerrados los preceptos de la democracia en la vida
política de los pueblos; la elección, la delegación, la representación, y en nombre del
pueblo el absoluto derecho de detener la marcha del Senado, vetando la disposición
que le dañara ó atacara sus derechos.
Roma presentaba entonces dos fuerzas cuya lucha se iniciaba, y que debía
continuar hasta que el capitolio cayera en manos de los bárbaros. Por una parte, la
oligarquía, los derechos de familia, el jus sacrum, el jus honorum, el poder y la
riqueza; de la otra, el pueblo, el hombre aspirando á ser ciudadano, el ciudadano
aspirando á la igualdad, á los puestos públicos por la idoneidad y no por el nombre, á
libertarse del peso enorme del impuesto de bienes y de sangre con que se ensanchaba
Roma, mientras que se estrechaban para ellos los límites de su libertad política, y la
parte de posición social que cada uno tenía derecho á gozar. Si se agrega á esto la
profunda división que separaba á patricios y plebeyos en las relaciones de la vida
ordinaria, se tendrá una idea del estado de Roma, durante los primeros años en que
regía la forma de Gobierno á que llamaban república.
El pueblo con la intuición de los derechos naturales al hombre, combatía día á día
por la adquisición de libertades que le eran propias. Esa lucha encierra los primeros
pasos de un pueblo hacia la verdadera república, cuya idea embrionaria y mal
definida tenía ya, reservando al porvenir el éxito cumplido de su establecimiento
perfecto. Tenía un adversario poderoso por cierto: pero el triunfo no estaba tan
cercano para poder apreciar las fuerzas que habían de concurrir al resultado final.
La abolición del jus gentile, legislación especial de cada familia de patricios, y la
promulgación de La ley de la XII tablas igualaba en la apariencia á todos los
romanos, por que todos quedaban sujetos á ellas. Sin embargo, su aplicación era
severa y rígida cuando se dirigía al Aventino; al Palatino llegó generalmente
dulcificada, y más de una vez fué ciega para los desmanes de los patricios.
El pueblo quería tener acceso al consulado; nueva lucha y nuevos procedimientos
de parte de la oligarquía para neutralizar en lo posible la energía del poder naciente.
Los patricios abolieron el consulado antes que compartir sus honores con el pueblo;
crearon el tribunado militar común á ambos, é instituyeron en su provecho para
equilibrar lo concesión, la preturia y la censura, magistraturas civiles, cuyas
funciones aseguraban el predominio del senado, la institución regia, la salvaguardia
del patriciado. Los romanos entregados á la guerra dejaron de demandar libertades y
derechos, creyéndolas aseguradas por la ley de las XII tablas, y por los puestos
públicos obtenidos en sus constantes luchas contra el Palatino.
Abiertas las puertas del templo de Jano, el pueblo romano no necesitaba el
impulso de los augures para emprender las guerras de titanes que forman su epopeya.
Guerrero por naturaleza, por necesidad, su porvenir estaba en la conquista. La guerra

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era la salvación de Roma misma, sin ella, patricios y plebeyos hubieran sucumbido en
las escalinatas del Foro, disputándose la preponderancia de mando y libertad, á que
ambos bandos aspiraban.
La guerra estiende los límites del dominio; pero Roma conserva dentro sus
murallas los derechos civiles, como las vestales guardaban en el templo de Vesta el
fuego sagrado.
Termes, la deidad protectora de los derechos de la propiedad, aumentaba sus
tributarios, sin aumentar á Roma el numero de sus ciudadanos. La conquista
engendró raros derechos, multiplicó las subdivisiones sociales, enlazando las manos
de los pueblos vencidos con las cadenas de la esclavitud. De ella nacieron el jus
romanum, el jus italicum, y los latinos y los dediticios, como personalidades
inferiores á los ciudadanos. El populus romanus aumentaba, pero como idea colectiva
que designaba á la nación. Los primeros derechos adquiridos en la vieja Roma en
nombre de la lanza, y del brazo pronto á la defensa y á la lucha, no fueron estensivos
á los que caian vencidos, ó á los que formaban las colonias: vanguardias establecidas
alrededor de la ciudad eterna para contener á los invasores, recién arrojados de las
puertas del Capitolio. Mientras Pirro daba á la guerra formas regulares, mientras las
falanges organizaban campamentos erizados de toscas murallas de granito, Roma
repartía entre sus antiguos vecinos, sus esclavos en aquel momento, mendrugos de
libertad, desmembramientos de derechos, que no formaban un conjunto de
clasificación posible.
Es difícil, muy difícil, poder apreciar las libertades de aquella edad en que la
propiedad estaba garantida por el símbolo de la guerra; en que el esclavo dejaba de
serlo en nombre de los derechos de la lucha misma; en que aquel podía entregarse al
comercio y á las artes, mientras le estaba prohibido legar su nombre á sus hijos; en
que éste tenía el derecho de elejir estándole negados los puestos mismos á los que
servia de escalón para que otros ascendieran. No podemos, á través de los siglos,
medir en los derechos de hoy día, los derechos de entonces; porque ni Roma se presta
á ello, ni la organización de aquella tiene paralelo en los presentes.
No quiero entrar en más detalles, porque la naturaleza de este trabajo no me lo
permite; y la atención del Liceo se encontraría fatigada ante los detalles
minuciosísimos de cuadro tan vasto. Seguiré á la República salvada de los peligros de
la invasión; vencedora de las guerras púnicas y dueña del territorio de la Galia
Cisalpina, de la Iliria, de las costas del África abrasadas por Scipcion que esclamaba
al caer: África ya te tengo! para que los augurios no fueran funestos á la empresa de
Cartago humillada después de Zama, y sometida á la tutela del pueblo romano.
Grecia y Macedonia convertidas en provincias romanas; mientras el reino de
Pérgamo caía; y España, después de una lucha prolongada se entregaba á la
dominación junto con Numancia. No forman estos nombres una cadena de victorias?
El Capitolio no había sido tomado más de una vez, por su posición elevada y su
fácil defensa. Mientras unas vencían, otras lejiones pasaban por las horcas caudinas

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con los samnitas, ó eran derrotadas en Numistron, ó sorprendidas y acuchilladas en
Petilia. Estas guerras daban vida á Roma, eran ellas los medios naturales de su
engrandecimiento; y la economía política de aquellos tiempos debió dar á cada
conquista, el mismo valor que hoy día da á los productos de la tierra ó de la industria,
reducidos á riquezas por el trabajo. Sin embargo, Roma desfallecía, las riquezas de
medio mundo entregado al saco no bastaban para cubrir los estragos de la guerra, ni
para enmendar los daños producidos por su organización social y sus libertades
públicas.
La raza de guerreros, los ciudadanos romanos, desaparecían después de siglo y
medio de guerra constante; y en Roma solo quedaban los patricios y los plebeyos
como representantes de su organización. La lucha vino, intransijente y necesaria en
nombre del pueblo medio ahogado por los patricios antiguos y las nuevas familias
elevadas por el oro y las riquezas arrebatadas en el botín hecho al enemigo. Hubo un
momento de triunfo. Scipcion, Nasica, tribuno aclamado por el pueblo, impuso á los
patricios y al Senado la voluntad popular; pero los potentados se levantaron, y el
cadáver del tribuno arrojado al Tiber les aseguró su predominio; como una tarde
Cayo Gracco, haciéndose matar por su esclavo en el Bosque de las Furias, acusaba la
impotencia de los plebeyos para luchar con los descendientes de los reyes y los
representantes de la fortuna.
Mario y Syla, Sr. Director, son los predecesores de César y Pompeyo en la guerra
social, y en la lucha civil que debía envolver á Roma. Digo predecesores, porque
ellos iniciaron bajo una forma definida la conmoción que tanto tiempo hacía, traia
agitada á Roma y que hubiese concluido con César, si el puñal de Bruto no hubiera
muerto su intento. Más ellos no son dignos de ser imitados; ni Cesar ni Pompeyo,
fueron sus sucesores, porque los héroes de la epopeya de Lucano se alzaban sobre su
época para cortar el mal de raíz, allá en las fuentes de la república que formó la ley de
las XII tablas, y no entre la conjuración de Catilina, ó la sangre y las depredaciones
de Mario, como protector plebeyo, ó de Syla como encarnación de la savia patricia.
César no nace á Roma, como Crasso por haber vencido á Spartaco el gladiador, ni por
haber atado á su carro como aquel, las lejiones de esclavos escapados de las
ergástulas de sus amos. No, César se alza como la encarnación de Roma en el jenio
de la guerra; y no pasó en balde el Rubicón, ni fueron vencidas sus lejiones antes de
dominar inmensos territorios. César es Roma misma; pero la Roma guerrera.
Bien hace D. Ventura de la Vega en decir por boca de Bruto:

¡Vedle salvar las cumbres del Pirene,


Y al gallego vencer, y al Lucitano
En el confín á donde al mar de Atlante
Rinden tributo el Miño, el Duero, el Tajo!
Vedle en dos lustros de sangrientas lides
Las Galias sojuzgar! Vedle, domando

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Del Rin caudal la rápida corriente
Someter al Teuton! Del Oceano
Vedle cortar con atrevida prora
La no surcada espalda, allá plantando
Las águilas de Roma, do se ocultan
Divididos del orbe los Britanos!

Esta es la faz querida de César á los romanos todos; y el último endecasílabo hace
saborear el toto orbe divisos del Poeta mantuano.
La figura de César se destaca en la historia como el jenio de Roma en sus
conquistas, como el jénio de la humanidad en sus tendencias, como el símbolo de la
República en su deseo de igualar al hombre por la ciudadanía y por la igualdad de
derechos. No lo negaré. César era despota, como entidad de quien dependían los
destinos supremos de la República; pero su despotismo lejos de ser la esclavitud
repugnante que ejercieron mas tarde sus sucesores, era el poder moderador de los
abusos del patriciado, á la vez que la esperanza del pueblo y del mundo, deseosos de
libertad. Colocados en la época del Dictador, no encontramos los atentados que lo
tildarán de tirano á los ojos de Roma; y si su poder estrechó al patriciado, podemos
saludar en él al defensor del pueblo romano y al jenio inspirador que debia preparar el
mundo á las revoluciones futuras del progreso y á la igualdad del hombre, como
primer paso dado hacia la soberanía popular.
Julio César está perfectamente bosquejado en estas palabras del Sr. Castelar, que
tomo de su discurso sobre Lucano:
"Antes de su imperio, Roma pesaba sobre la tierra, y el preparaba la ciudad eterna
á todas las jentes y á todos los pueblos. El Senado gobernaba al mundo, como el
señor al esclavo, él señalaba asiento en aquel rolo de las tradiciones sagradas á los
senadores extranjeros, que van apoderándose del espiritu de Roma para convertirlo en
espíritu del mundo. La aristocracia romana, orgullosa con sus tradiciones, se encierra
en sus antiguas fórmulas y derechos, y él la modifica profundamente creando nuevos
patricios, nacidos en humilde cuna, y rompiendo asi la valla de los antiguos
privilegios. El pueblo rey se moría de hambre, la mayoría de sus hijos no tenían una
piedra donde reclinar la frente agoviada de laureles, y él resuelve la gran cuestión
social repartiendo entre el pueblo las tierras de la Campania, rejion dulce y fértil de
Italia. La aristocracia no podía consentir tal política, é hirió á César; pero al caer,
después de haberse defendido heroicamente, desarmado mas que por el valor de sus
asesinos por la ingratitud de su hijo, cae, artísticamente, como apuesto gladiador
thracio en el circo."
He ahi, el hombre tal cual su siglo no lo comprendió, tal como lo lloraban los
romanos sin conocerlo bien, porque presentían el futuro no cimentado aún.
Reasumamos, —César era el representante del pueblo y de los ciudadanos
oprimidos y empobrecidos por los patricios; de los vencidos que aspiraban á la vida;

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de Roma que necesitaba la paz, no ya como un ejercicio sino como su única salvación
—, César era la resolución del problema social que debía dar vida á Roma, uniendo
en un terreno neutral los elementos heterogéneos del patriciado y del pueblo; y César
al atacar los privilegios de los patricios, balbuceaba la frase de Turgot: "los derechos
de los hombres reunidos en sociedad, no están fundados en su historia, sino en su
naturaleza" La exaltación de César al mando supremo era lójica y natural en una
sociedad constituida como la romana, en la que el poder intelectual mas sobresaliente
venia á dominar, porque el poder del pueblo y su acción no estaban garantidos por las
instituciones públicas, sino en muy limitados casos, previstos por la legislación: —y
esta razón la encontramos hoy dia en Stuart Mill, como uno de los escollos que es
necesario evitar en las instituciones de nuestro siglo.—
César, Señor Director, es la encarnación de la libertad posible y lógica en su
época para Roma; y el republicano puede saludar el período reparador iniciado por el
Dictador, sin hollar su convicciones, sin ultrajar su bandera.—
La acción de Bruto fué grande. —El golpe de la conjuración tronchó á un
enemigo poderoso de la aristocracia romana, sin desatar al nudo de la lucha, pero no
es digno de alabanza; y el liberticida encontrará éco, solo en las testas coronadas que
hacen gemir á la Polonia, ó conquistan á Méjico para ahogar sus sollozos con
cadenas.—
Bruto era el último vástago y la creación más fiel de la escuela estóica, de la
concepción romana por esencia, de donde salieron los varones firmes de la estofa de
los Catón. Ella fué cu su principio, majestuosa, simbólica, después repugnante y
fiera: y los romanos concluyeron por despreciar su Olimpo, y encerrar su fe en los
preceptos intransijentes, predicados desde las escuelas por una secta filosófica del
espíritu, que pronto se iniciará. Bruto como aristócrata condenó á César; y su mano
no vaciló en cumplir la fatal sentencia pronunciada por el estoico.
D. Ventura de la Vega, ha encerrado en su trajedia la enseñanza grandiosa de los
preceptos inctransijentes de la ley natural. Su obra juzgada con la época de César, en
medio del pueblo romano y de sus luchas, salva los principios republicanos, sin
mentir á la historia. Podemos ahora repetir su credo histórico, comprobado por los
hechos mismos: César era el liberal, el representante del pueblo y de los vencidos;
Bruto el retrógado, el alma de la oligarquía de la antigua Ronra.
La trajedia está salvada —la grave matrona se alza majestuosa de entre la historia
para ceñirse el coturno de la escena.
No me considero con fuerzas suficientes para juzgar la trajedia en nombre del
Arte; y mi voz desautorizada iría á engrosar apenas el himno general de admiración
que ha arrancado la aparición de la Muerte de César.
La trajedia del Sr. Vega, muestra á cada paso la majestad del lenguaje latino; y en
cada escena se descubre el espíritu de Roma en las sentencias de Tácito, en las frases
conservadas por la historia, en los preceptos de Horacio, en el encanto del ritmo de
Virgilio: todo esto en medio del endecasílabo sonoro y elevado que caracteriza el

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espíritu sereno de nuestro poeta.

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CAPITULO XIII

D. JUAN GUALBERTO GODOY

Ensayo biográfico por Domingo F. Sarmiento (hijo)

Las musas son inmortales porque rejuvenecen


aspirando el aura de la paz.

Juan M. Gutiérrez.

(Publicado en el "Correo del Domingo", Agosto 14 de 1864).

La literatura argentina vive apenas en algunos de los poetas que han conseguido
salvar su nombre del olvido y de la decadencia de nuestras letras, ahogadas en medio
de las luchas y de las conmociones de la patria. Sin embargo, la última década ha sido
feliz para el engrandecimiento literario. Algunas producciones históricas han creado
nombres nuevos; y la grave tarea de recojer los elementos dispersos de nuestras
letras, ha sido iniciada con el fervor que inspiran los recuerdos grandiosos de los
hombres que cantaron las virtudes bélicas de nuestra epopeya y que como López,
interpretaron el sentimiento popular, las ambiciones de un pueblo, lanzando al mundo
el grito de independencia, en las estrofas sublimes del himno patrio.
Hubo una generación de poetas, cuyas figuras se destacan á través del tiempo,
enérjicas y severas, como la época en que vivieron; inspiradas, como el fuego
sublime que les daba aliento; grandiosas como la misión que se había encomendado,
imponentes, como la escena en que entonaron sus cantos líricos.
A esa falange pertenecieron Luca, Lafinur, Varela, Lopez, Rodriguez é Hidalgo
quen desde las vecinas playas lanzaban esta imprecación contra la reconquista del
coloniaje que amenzaba el pabellón de la patria, en aquel pedazo de la República:

"Si el tirano intentase arrebatarlo,


Antes en sangre y muerte se halle envuelto;
El día se encapote, jima el aire,
La bóveda celeste al ronco estruendo
Despida rayos, y la triste noche
Aumente su pavor…"

Los cantores de aquellas épocas eran hijos del entusiasmo y de la victoria, y las
letras americanas eran intérpretes de un mismo sentimiento cuando lució el primer
día de libertad y de independencia para el visto continente de Colon. La poesía era
guerrera entonces, porque en la guerra estaba las esperanzas del pueblo, porque la
última ambición del pensamiento era sacudir la dominación y dar á cada americano

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un hogar propio. Vinieron en seguida Varela (D. Florencio), Echeverría, Balcarce,
poeta tan notable el primero, como escritor político, cantor el segundo de una
naturaleza grandiosa de nuestro suelo; sentimental, el último, y elevado en sus
concepciones.
Llegábamos al momento decisivo y crítico de nuestra literatura. La historia iba ya
á anunciar los fastos de una nueva nación, y la poesía tendería su vuelo á las rejiones
inmortales del pensamiento, para buscar allí los grandes preceptos, las nobles
máximas que crean las escuelas de los pueblos y que son las entrañas de su literatura,
ligada á su vida y á su gloria. La República iba á mostrarse al mundo grandiosa por
sus hechos, sublime en nombre de su genio, cuando el cielo se oscureció y las liras
enmudecieron, porque los poetas ni cantan á la patria en medio de su dolor y de su
llanto.
La literatura patria desaparecía entre el polvo de los combates de la guerra civil, y
los bardos argentinos abandonaban el suelo que los vió nacer, dejando á los ingratos
la herencia maldecida de un tirano que proscribía de sus dominios al genio y al
talento. Una generación entera ha vivido en el destierro. La emigración ha sido el
óbolo de sacrificios con que han contribuido millares de argentinos. En ella nacieron
nuevos vínculos, porque en la desgracia está la verdadera fraternidad de los hombres.
Así, como algunos años atrás, la República estaba representada en sus poetas,
como en sus congresos, cuando el lazo estrecho del pensamiento y del genio ligaba á
Luca y á los Varela de Buenos Aires, con Rivera Indarte nacido en Córdoba, y
Lafinur de San Luis, así en el destierro los argentinos salvaban la literatura de la
patria, conservando la unidad del suelo que los vio nacer; y el día que la historia
recoja los hechos de aquella peregrinación de veinte años, muchos hombres serán
ensalzados porque supieron alimentar las tradiciones de la tierra natal, para llenar mas
tarde con ellas, la inmensa laguna de negación de libertd y de pensamientos.
Durante la emigración comenzaron los primeros trabajos tendentes á popularizar
los nombres de los literatos americanos: y es obra argentina el primer monumento
que se haya elevado á las letras hispano americanas, La América Poética. En esa
época aparecieron algunos hombres dignos de ocupar un puesto notable en la
literatura patria, y que más tarde volvieron á la República para vivir ignorados en el
lugar de su nacimiento, después de haber sembrado en medio continente los frutos de
su genio.
Seríamos injustos, hoy que las letras vuelven á tender el vuelo, si no
pronunciáramos en este momento reparador, un nombre que tiene asegurado un
puesto notabilísimo en nuestra literatura, y que es enteramente desconocido de las
generaciones presentes. El hombre que responde á estos antecedentes es D. Juan
Gualberto Godoy, poeta mendocino, cuya muerte ha acaecido el 16 de mayo de 1864,
en la nueva población de Mendoza. D. Domingo de Oro, su amigo desde cerca de
cuarenta años, anuncia su fallecimiento con estas palabras, dignas del respeto que
inspiran su nombre y sus canas:

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"Don Juan Gualberto Godoy, ha muerto. Una de las más elevadas inteligencias de
la República, una de las más altas ilustraciones de Mendoza se ha apagado", y más
adelante agrega en su necrolojia: "no conozco sino incompletamente la historia de su
vida pero con lo que conozco habría lo bastante para honrar la carrera mortal de
muchos."
Vamos á trazar á grandes rasgos la vida del hombre, el carácter del poeta y las
viscisitudes de su existencia; y sentimos en el alma no tener el acopio suficiente de
datos para mostrar, hecho por hecho, los detalles de su vida. Nuestro trabajo, pálido é
incompleto, aparece solo como una muestra de respeto á la memoria de D. Juan
Godoy, dejando á manos más hábiles la tarea de estudiar su vida y su genio.
D. Juan Gualberto Godoy nació el 12 de julio de 1793 en la ciudad de Mendoza,
capital de la provincia del mismo nombre en el far west de la República, al pié de los
Andes, cuyo aspecto sobrecogía al poeta, haciéndolo decir:

¡En qué tiempo, en cuál dia ó en qué hora


No es grandioso, soberbio é imponente
Altísima montaña
Tu aspecto magestuoso!"

Aprendió á leer en una escuela de mujeres, y á la edad de siete años le enseñó á


escribir D. Alejo Nazarre, interventor entonces de tabacos en Mendoza y más tarde
gobernador de la provincia en los primeros dias de la Revolución. En la escuela de
los Belermos estudió la gramática latina, adquiriendo algunas otras nociones
puramente rudimentales. D. Juan Godoy habia adquirido una forma de letra tan
gallarda y correcta, que tuvo desde sus primeros años asegurada su subsistencia con
este talento, dirémoslo asi, vulgar. A la edad de doce años, le valió un puesto en la
Tesorería de la Real Hacienda, donde permaneció hasta 1809.
La ausencia de su padre, durante algún tiempo, le obligó á interrumpir los pobres
estudios que entonces se cursaban públicamente, entregándose al cuidado de la
chacra paterna y á las labores rurales. Como una muestra de carácter útil y
emprendedor, señalaremos su empeño en obtener vinos por los medios mas naturales
y fáciles, en un lugar donde esta industria no se habia despertado aun, ni asumido ésta
las proporciones que tiene hoy dia. Debido á su empeño y constancia consiguió
iniciar en 1811 los primeros trabajos tendentes á dar vida á esta industria. Sería este
solo título suficiente para recordar su nombre como acreedor á la consideración que
merecen los creadores de hechos útiles, si no descollara á mayor altura como entidad
conspicua en nuestra literatura.
Muy pobre era la educación que debía á sus maestros para que bastara á preparar
su espíritu á las grandes concepciones; pero D. Juan Godoy "había nacido poeta
según la espresión de D. Domingo de Oro como nació amigo de la virtud, como era
sincero y jeneroso." Su talento fué cultivado por él mismo, y todo se lo debió á sus

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propios esfuerzos y á su constancia. Apasionado desde muy niño por la lectura de
poesías, leyó cien veces los escasos volúmenes que componían su biblioteca. Las
únicas obras poéticas que tenía á la mano eran Quevedo y la Araucana de Ercilla, y
en ellas bebió, en cuanto lo permitía su talento original, el espíritu y el carácter de la
poesía castellana que más tarde llegó á conocer con la perfección de un literato
consumado. Pertenece D. Juan Godoy á esa clase de hombres que saben sin llevar
sello de los maestros, intelijencias cultivadas y despiertas, que no tienen despachos
universitarios, y que jamás se han inscripto en las matrículas de las aulas.
No tenemos datos ciertos sobre la época en que hizo su primeros ensayos
poéticos; él mismo nos ha asegurado no recordar cuándo tentó su estreno, pero su
carácter elevado y severo, lo impulsó desde muy joven, á criticar todo abuso, á
correjir todo yerro. Poeta de alma y de conciencia, la forma tavorita de su
pensamiento escrito, era el verso, fluido y fácil, como todo lo que responde á la
predisposición natural de una inteligencia fecunda y vigorosa.
En 1817 hizo su primer viaje á Buenos Aires regresando á Mendoza casi
inmediatamente á continuar sus labores agrícolas al lado de su padre. Ni este viaje, ni
otro que hizo el año 22 le sirvieron para aumentar sus conocimientos; sin embargo, en
el último, hizo relación con el Dr. Laíinur, quien le invitó por repetidas veces á
publicar en el Verdadero Amigo del Pais, diario fundado bajo sus auspicios, algunas
de sus composiciones.
En este diario vieron la luz pública por primera vez, dos ó tres poesías de D. Juan
Godoy, cuyos títulos no hemos podido obtener. Vuelto á Mendoza se dirigió á Chile
conduciendo una factura de efectos, donde permaneció ocupado en el comercio en
calidad de dependiente, hasta el año 24, que regresó á su ciudad natal. Continuó
durante algún tiempo en el comercio, vendiendo desde el mostrador no solo lienzos,
sinó también composiciones poéticas para los gauchos cantores, para dar días y
celebrar aniversarios de personas queridas de cuantos solicitaban este favor del poeta
fecundo é ignorado; Don Juan Godoy poseía ese estilo fácil impregnado del lenguaje
decidor y vulgar de nuestros gauchos. Era algo de lo que es Trueba para la España: un
cantor de escenas llenas de animación y de fuego, entonadas en voces accesibles á
todos y con el tinte vivo de la palabra vulgar, con el lenguaje estropeado con
modismos nacidos de buena fe en la jente del pueblo, llenos de verdad y de vida.
D. Juan Godoy fué el primero que ensayó en la República el metro de los
payadores, haciendo versos notables, ya por la dulzura y el sentimiento de que
estaban impregnados, ya por la sátira punzante que fustiga los vicios y desmanes
sociales, en la forma genuina del cantor gaucho. Hemos dicho, el primero, teniendo
presente la época en que apareció el "Diálogo patriótico entre Chano y Contreras" de
D. Bartolomé Hidalgo. Algún tiempo antes de esta publicación D. Juan Godoy
escribió é hizo imprimir su Corro, folleto de treinta páginas en octavo, compuesto en
el mismo metro y la misma habla que el anterior y alusivo al Coronel Corro, que
traba un diálogo con un gaucho, su amigo, después de su derrota y espulsion de San

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Juan, donde había encabezado una revolución. Esta composición y mil otras que todo
Mendoza conoce, daban á D. Juan Godoy una especie de influencia social, de un
carácter correccional y moralizador. No ha habido desmán ni arbitraridades, abusos ó
vicios de que no haya protestado en versos enérgicos y satíricos hasta lo sumo, y
como él decia en sus últimos años, se había sentido poeta, cuando se había indignado
ante arbitrariedades insoportables: "mi inclinación era hacer versos burlescos contra
todo lo que me parecía malo" y á fé que con genio y con espíritu digno de Quevedo
había para hilar largo, allí donde los abusos no eran escasos.
"La causa de los buenos principios lo tuvo siempre entre sus defensores, y el
Juvenal mendocino enarboló el látigo de la sátira contra el vicio cínico y contra la
arbitrariedad que lo escudaba. En aquellos tiempos se necesitaba para obrar así más
valor que para pelear en los campos de batalla. En estos se podia sucumbir sin
perecer. El escritor arrogante que habia hecho de su pluma un escalpelo para poner al
descubierto los senos mas hondos del cáncer social, estaba condenado de antemano
para cuando cayese en las manos de los sostenedores del arbitrario."
El año 24 fundó en Mendoza un periódico titulado el Eco de los Andes, redactado
por él y varios de sus amigos. Dos años más tarde redactó el Iris Argentino y junto
con este el Huracán, periódico de circunstancias, escrito enverso de punta á cabo,
satírico como los más, y en el que aparecieron los primeros retratos de cuanto
personaje tenía alguna posición en Mendoza. Las personas de aquella época
recuerdan estrofas enteras de aquellas descripciones picantes, en que cada tipo está
diciendo á voces: soy fulano, tal es la precisión y exactitud de aquel diseñador de
fisonomías y caracteres. No eran tiempos aquellos en que la constitución garantiera
en Mendoza la libertad de imprenta, ni los gobernantes de entonces dejaban de ser
hombres para no vengarse de las sátiras: el Huracán fué suprimido y D. Juan Godoy
tuvo que escapar á uña de caballo de aquel gobierno que le perseguía
encarnizadamente, porque se había tomado la libertad de hacer su boceto, ya que no
su retrato.
D. Juan Godoy volvió á Buenos Aires, residiendo alternativamente en esta
ciudad, en Dolores, y en el Tuyú hasta 1830, que regresó á Mendoza, redactando un
nuevo periódico satírico, el Coracero, lo que le valió la emigración á Chile y el
destierro por más de 26 años. Pocos hombres hay que como él se hayan servido con
tanta ventaja de la poesía para correjir con estrofas admirables, errores
administrativos, faltas judiciales, y cuanto aparecia en su provincia de malo y
abusivo. Su palabra era siempre la primera que lanzaba el grito de reprobación, y
puede decirse de él, que era un verdadero poeta, porque sus composiciones mostraban
á la vez los arranques del genio y les impulsos de una alma bien templada, honrada y
justa.
Durante su residencia en Chile se sirvió de sus talentos más vulgares para proveer
á su subsistencia, y á pesar de esto, obtuvo más tarde puestos honorables en la
administración de aquel país hospitalario, que dio abrigo á los argentinos en la época

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aciaga de nuestra historia.
Hasta 1837 fué maestro de escuela pública en la Cañadilla, barrio apartado de la
ciudad de Santiago, oficial 2o. de la Secretaria del gobierno local de Santiago,
maestro de caligrafía en la Academia Militar, y Oficial único de la Secretaría del
Cabildo, consecutivamente hasta 1839, época en que tomó la dirección de un
establecimiento de minas de oro en la provincia de Colchagua. Volvió á Santiago
poco tiempo después, ocupando el puesto de oficial auxiliar en la Intendencia hasta el
año 42 en que se le envió como Oficial de la Legación de Chile en el Perú. No
sentándole bien el temperamento de Lima, regresó á Chile, después de año y medio,
donde pocos días después de su llegada obtuvo el empleo que había dejado al partir,
desempeñándolo hasta 1847. El intendente D. Juan María Egaña lo llamó á la
Secretaria de la intendencia el año 48, destino que abandonó para tomar la dirección
de la Escuela Normal de Profesores. El año 53 fué nombrado Diputado al Congreso
Legislativo de la República Argentina, honor á que renunció por estar comprometido
al servicio de Chile. Viejo, enfermo y achacoso, volvió á Mendoza en 1856 buscando
alivio en el temperamento de su ciudad natal para su enfermedad al pecho, de que
sufría desde jóveri. Varios cargos públicos desempeñó en Mendoza, pero las
disensiones intestinas, las luchas de partidos que todo lo hieren, lo obligaron á aceptar
el puesto de canciller del Consulado de Chile en Mendoza, buscando asi, un abrigo en
el pabellón de la república hermana, contra los rencores y los odios enconados que lo
perseguían, robándole la tranquilidad que merecen las canas del anciano. D. Juan
Godoy es uno de esos hombres que no tendrá ua puesto en nuestra historia política
porque no ganó batallas, ni fué magistrado, ni orador; pero cuando se conoce la
multitud de hechos á que ha contribuido con su espíritu justo y elevado; cuando se
miden sus sufrimientos y las acciones que hacen al hombre, no se puede prescindir de
saludar con respeto su nombre, que nuestra literatura conocerá como poeta el día que
haya verdaderamente literatura nacional, es decir, el día que reluzcan para todos las
obras de los hombres ignorados, porque su teatro fué pequeño y apartado de los
grandes centros de población.
D. Juan Godoy nació poeta, heraos dicho en alguna parte de este ensayo, y sus
inspiraciones llevan impreso el sello del jénio y del carácter eminentemente filosófico
de la poesía de la verdad y del pensamiento. Pertenece á esa escuela de poetas que
han comprendido su misión y que han dicho con Rivera Indarte: "La poesía debe
tener una misión de premio y de castigo, y no perderse en el platonicisrno de las
ideas, ni en la espiritualización del amor." No ha cantado él, ni á la belleza, ni á las
flores, sin sembrar de pensamientos profundos el velo diáfano que cubre los encantos
de esas armonías vagas que deleitan el oído, á riesgo de no dejar frutos al espíritu. En
sus cantos líricos hay nervio y suavidad, mientras se alza rudo y cáustico en sus
estrofas satíricas, poderosas como los yambos de Juvenal, y llenas de sal, que pudiera
llamarse argentina, tan impregnada está de los dichos populares, y de las frases
conocidas del hombre culto y del gaucho de la pampa.

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Si fuéramos á juzgar el espíritu de sus producciones y de los pensamientos
elevados de que están nutridas, no podríamos menos de reconocer, que campea en
ellas el carácter de la poesía inglesa por lo profundo del concepto, lo meditado de la
idea, exacta siempre en la expresión, y analizadora como el desarrollo de una
investigación de la ciencia. D. Juan Godoy más poeta, más satírico que Moore, tiene
puntos de conexión con Bloomfield, el zapatero intérprete digno de la poesía popular.
Godoy no sucumbió como este á los desencantos, sino que cuando su nombre era
conocido como cantor popular, y su fama de payador iba creciendo como la de los
payadores del siglo XII, remontó más alto su vuelo, y en las elevadas rejiones del
pensamiento cantó sus inspiraciones envueltas en la amargura de la situación de su
patria, ó en los preceptos intransijentes del arte en las altas concepciones del espíritu.
Enarbola el látigo de Juvenal y levanta á la moral ultrajada y contiene un desmán
pronto á producirse, teniendo á raya los abusos en su provincia; canta desde el
destierro a los Andes y no puede escapar á la descripción de la época primaria de la
creación.

"En la edad primitiva de la tierra,


Cuando el fuego voráz que en lo más hondo
De sus senos recónditos se encierra,
Más á la superficie se acercaba;
Y cuando en cada una
De tus cumbres altísimas se veía,
Que en torbellinos de humo ardiente lava
El Cráter inflamado despedía,
De cien volcanes, cuyas erupciones
Nuevos montes y valles, nuevos lagos,
Dejaron por señal de sus estragos."

Se inspira recomendando la palmera, y revela en cada estrofa ese sentimiento


íntimo que nos domina, al escuchar el manso murmullo delarroyuelo ó el ruido
misterioso del follage agitado por las brisas, sentimiento explotado diestramente por
Chateaubriand en su lucha contra el escepticismo y los enciclopedistas y que ha
hecho decir "que devolvió al cielo y á la tierra las armonías misteriosas que tienen
con la existencia humana", Don Juan Godoy en la La palma del desierto describe,
medita y deja en sus observaciones, un bálsamo purísimo que perfuma toda la
composición, halagando sentimientos íntimos que despiertan con las armonías vagas
de la naturaleza y de la vida.
Tomamos las siguientes estrofas de esa composición dedicada á don Carlos Bello.

"Palma altiva y solitaria

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Que en los bosques te presentas
O en agreste falda ostentas
Tu gigante elevación.
Ese ruico misterioso
Que se escucha en tu ramaje
¿Es acaso tu lenguaje;
Es tu idioma, es tu espresión?
Respondes, quizás y no entiendo
Tu respuesta, palma bella
Por más que quisiera en ella
Lo que dices comprender.
Mas yo escucho tu murmullo
Y que tú me hablas sospecho.
¡Ay, no puedo satisfecho
Tus palabras entender!
De tus abanicos verdes,
Por el céfiro movidos,
Los misteriosos sonidos
Creo que palabras son.
Porque ¿qué es la voz humana
Si palabras articula,
Sino el aire que modula,
El hombre con precisión?
Si él espresa en sus palabras
Ideas y pensamientos,
Quién sabe si tus acentos
Ideas no son también?
Ideas que á tu modo
Espresas en tu lenguaje
Modulando en tu ramaje
El aire con tu vaivén?

Y más adelante en la misma composición agrega que quiere á la palma, por su


aspecto, su belleza:

Más, sabiendo que á las naves


Do truena el bronce horadado
Jamás una tabla has dado
Ni á una lanza duro hastil.

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Idea que más de una vez encontramos repetida en sus composiciones, bajo
diversas formas: muestra de aversión profunda á esa laboriosidad del hombre
empleada en buscar medios de destrucción y de luchas.
D. Juan Godoy tiene producciones eminentemente poéticas; La llanura de mi
patria, El Ciprés, La Campana, digna del canto de Schiller, El Sereno, y otras más,
entonadas al compás de la lira grave y majestuosa: sus cantos líricos á Mayo en el de
1849, notable por los pensamientos que encierra.

¡República! ¡República! es el grito


Que de un polo á otro, reproduce el eco;

esclama él, contemplando el movimiento de la revolución francesa de 1848, que


parecía iniciar la vida de la democracia para la Europa; y luego dirije sus ojos á la
patria y no puede dejar de decir:

¿Y el argentino que á este grito santo,


En ochocientos diez, se hizo guerrero,
El único será que no le escuche,
Y resignado encorbe al yugo el cuello?
Si esta es la suerte que el cielo nos depara,
En tierra esfraña queden nuestros huesos:

este último verso recuerda el anatema de Moisés á los hijos de Israel, tan solemne
es su composición, tan bien espresado se encuerna el último suplicio del hombre, la
pérdida del hogar y del suelo natal.
Publicamos íntegros los cantos la Campana y el Sereno que aparecieron el año 42
en los periódicos de Chile:

EL SERENO
(año de 1842)

Mientras que en sueño profundo


Yace el pueblo sosegado,
De un segundo á otro segundo
Anuncia el sereno al mundo
La hora que el reloj ha dado.

Cada calle está desierta,


Todo en silencio descansa:

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Solo el sereno está alerta,
Como en el alma despierta
Está siempre la esperanza.

Pero este hombre misterioso


Que solo de noche vive
Que ni en tiempo borrascoso
Busca en el lecho reposo,
¿Por qué tanto se desvive?

Así la esperanza, amiga,


Es perpétuo centinela
Que en el corazón se abriga;
Y que nunca en la fatiga
Se cansa de estar en vela.

Cual de copioso raudal


Bajo la lluvia á torrentes
Y un silencio sepulcral
Está la plaza, el portal
Do suelen bullir las jentes.

Mas la voz estrepitosa


Que á la par del ronco trueno
Se oye en noche tempestuosa,
Cuando todo en paz reposa,
Esta es la voz del sereno.

Se divisan á lo lejos
Vislumbres de una luz vaga,
Cuyos destellos bermejos
Son los últimos reflejos
De un farol que ya se apaga.

Y al siniestro resplandor
Que arroja su luz rojiza
Por todo el alrededor
Cual espectro aterrador
Al sereno se divisa!

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Como en lóbrego panteón
Marcando con pase incierto
A la estraviada razón,
Pinta la imaginación
La riste sombra de un muerto.

Viene el trémulo tañido


De la sonora campana,
Por el aire conducido
A decirle en el oído
Son las dos de la mañana.

Al instante arroja el pito


Un silbido prolongado;
Y en seguida anuncia un grito
Que en el abismo infinito
Otra hora se ha sepultado!

De la noche á la mañana,
Cada minuto de la hora,
Interpreta en voz humana
Los golpes que la campana
Arroja grave y sonora.

Pero este reloj viviente,


Retumbo de la campana
Buscaría inútilmente
En el instante presente
El de otra hora muy temprana.

Pasó para no volver,


Y eterna será su huida:
Que la hora que pasó ayer
Es una hora que el no ser
Cercena de nuestra vida.

No la detiene en su casa
Aquel de tesoros lleno:
Ni aquel de fortuna escasa,

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Pues que para todos pasa
La hora que canta el sereno.

Porque junto con la voz


Que nos dice la hora nueva,
El tiempo que huye veloz
Se apodera de las dos
Y á la eternidad las lleva.

Pasa para la belleza,


Que nos encanta y subyuga,
La hora que va y la que empieza
Dejando sobre ella impresa
La línea do habrá una ruga.

No pasa con más despacio


Por la techumbre dorada
De las salas de palacio;
Ante si, corre su espacio
Con rapidez duplicada.

Pasa para el orgulloso


A quien cupo por fortuna
Llevar un nombre famoso;
Para el viejo y para el mozo,
Y para el que está en la cuna.

Y en este eterno pasar


De una hora tras la siguiente
Caminamos sin cesar;
Sin que podamos parar
Aun el instante presente.

Porque al decir los serenos


El instante que entonce es,
Ya es uno de los ajenos
En nuestra vida de menos
El otro instante después.

Y en tanto que el tiempo vuela,

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Y nuestra vida se estrecha,
El sereno es centinela
Que anuncia que el tiempo es tela
De que la vida está hecha.

Porque bien examinada


¿Qué es una hora vivida,
Más que una hebra bien delgada,
Que con otras enlazada
Forman el tejido vida?

¿Pero qué sirve este aviso,


Que por momentos tenemos
Cuando el tiempo escurridizo
Se nos pasa de improviso
Sin que una hora aprovechemos?

Sumidos en sueño incierto


Nos ve cada hora en su huida
Hacer de la vida muerte
Acortando de esta suerte
Los momentos de la vida.

Porque en suma ¿qué es dormir?


¿No es morir un tiempo dado?
Y si el dormir es morir
¿No es la vida disminuir
El tiempo al sueño entregado?

En vano canta el sereno


Las horas que van pasando,
Si tratamos como ajeno
El tiempo malo, y el bueno
Que el sereno va anunciando.

Asi en vano voltejéa


El cáravo taciturno,
Cuando con su luz platea
El astro de Citerea
El denso manto nocturno.

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Igual resultado deja
El sereno en favor nuestro
Cuando nos canta en la oreja,
Que el vuelo con que se aleja
Aquel pájaro siniestro.

Asi con celeridad


De un instante en otro instante,
Sin valuar su brevedad,
Vamos á la eternidad
Tras otros que van delante.

Alli es donde todo para,


Y de donde nada vuelve
A pasar por do pasara
Desde que en su seno avara
La eternidad nos envuelve.

Triste aquel que solo espera


Respira el aire ajeno;
Para quien la hora postrera
Proscrita en tierra estranjera
Ha de anunciar el sereno!

Descubren estos versos la índole de las composiciones de Godoy. Domina en ellas


la expontaneidad del espíritu pensador, y sin esfuerzo, desarrolla nuevas fuentes de
meditación en cada una de sus estrofas.
Quien conozca algunas de sus producciones satíricas podrá medir cuán vasto es el
campo en que ha ejercitado su plectro, cuan fecundo su ingenio.
La campana está tañida con mano maestra; y las escenas variadísimas arrancadas
á su vibración, revelan un verdadero talento.

LA CAMPANA

¡Campana grave y sonora!


Cuando el martillo te ha herido
Del reloj para dar la hora:
Cuando viene hasta mi oído
Tu voz; fuerte y vibradora.

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No es entonces una queja
Que el golpe le arranca al bronce,
La que retumba en mi oreja;
La voz del tiempo es que entonce
Me dice adiós, y se aleja.

Cuando tu voz por el viento


Parte desde el campanario,
Y anunciando va el momento
De concurrir al santuario
Para el sacrificio incruento,

Entonces no es tu sonido
La articulación ó voz
Que el martillo ha producido:
Es esta la voz de Dios
Que á sonar viene en mi oído.

Cual el de la voz humana


Es el misterioso son
De la armoniosa campana,
Que en cada nueva infleccion
Nuevo sentimiento emana.

En la noche torva, oscura,


Cuántas veces tu cadencia
A mi mente se figura
El grito de una conciencia
Que en la soledad murmura!

Si al alba, dulce y canora,


Acompañas la avecilla
Que hace el saludo á la aurora,
Eres la espresion sencilla
Del alma que á Dios adora.

Un repique estrepitoso
Dice que al mundo ha venido
Un niño tierno y hermoso

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En que ve reproducido
El padre su ser dichoso.

Pero suena de otra suerte


Esta campana y anuncia
Que un joven robusto y fuerte,
Cual débil tallo de juncia,
Cayó al golpe de la muerte.

Resuena su triste acento


En la noche silenciosa,
Para avisar el momento
Que á una madre y tierna esposa
Le llevan el sacramento.

Cada uno desde su lecho,


Al escucharte, campana,
Dice dentro de su pecho:
Quizas sonarás mañana
Por mí anunciando igual hecho.

También en medio del dia


Con acento lastimero
Y fúnebre melodía
Anuncias al pueblo entero
De un anciano la agonía.

En continua vibración,
En voz magestuosa y recia,
Convoca á oir el sermón
Que precederá en la iglesia
A la devota oración.

Con plañidero sonido


Das el aviso en compendio,
De que el fuego embravecido
En las llamas de un incendio
Una casa ha consumido.

Cual prolongado sollozo

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Que arranca intenso dolor,
En retumbo cadencioso.
Que no envíe otro temblor
Suplica al ser poderoso.

Conmoverá tu sonido
Al corazón mas bastardo,
Cuando al viajero perdido
Le anuncia en el San Bernardo
Do será bien recibido.

Pero no solo es, campana,


La voz de la relijión
Ese son que de fe emana,
Es también la espresión
De la alegría mundana.

Y ¡cuántas veces ha sido


Talismán afortunado
Tu retumbante sonido,
Que en defensa del estado
A los hombres ha reunido!

Para unir la muchedumbre


Y resistir á la España
El indio sobre la cumbre
De una elevada montaña
Encendía una gran lumbre;

Y el antiguo Caledon
Despachaba mensajeros
Cada uno con un tizon,
Que citasen los guerreros
De los Clanes á reunión.

En la campana tenian
Un medio mas pronto y cierto,
Nuestros padres, si querían
Reunirse en Cabildo abierto
Y á su toque concurrían.

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¿Quién será aquel que no estime
Conservar en su memoria
Un punto que le aproxime
A esos tiempos de gloria
En su recuerdo sublime?

Cuando esos héroes supieron


Vengarse de las injurias
Que los reyes les hicieron;
Y el yugo de tres Centurias
Tan animosos rompieron!

¡Para tí, Patria querida,


Ese tiempo es ya pasado!
Una turba envilecida
De esclavos ha reemplazado
Aquella jente escojida.

Ahora el tirano llama


Como á su perro el pastor,
Esa junta que proclama
Héroe, á un vil degollador,
Cuando más terco la infama.

Para defender sus fueros


Ha puesto ya la nación
En campaña sus guerreros.
Forzoso es que haya una acción
En que midan sus aceros.

Cada uno tira la cuenta


Del día en que debe ser
Esta batalla sangrienta:
Todos quieren entrever
Lo que el general intenta.

En un mapa aquel calcula


Con el compás la distancia
Do las huestes acumula;

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Otro allá con arrogancia
Los movimientos regula.

Viene un posta á dar aviso


Que la acción está empeñada
Y anuncia que de improviso
Se principió la jornada
Y que el triunfo está indeciso.

Crece entonces la ansiedad,


Y las conjeturas crecen:
Inquieta la sociedad
Solo corrillos ofrecen
Las calles de la ciudad.

En sudoroso corcel
Cruza un militar la plaza.
Descubrir quieren en él
No un simple oficial que pasa
Y le siguen en tropel.

Rodeado de esta caterva


Llega á casa del Gobierno,
Y sin ver que se le observa
Penetra al recinto interno
Con afectada reserva.

Con más zozobra y cuidado


Todo el concurso se afana
Por saber el resultado,
Hasta que al fin la campana
Dice la acción se ha ganado.

En los rostros la alegría


Cual chispa eléctrica corre;
Ya ninguno desconfia
Desde que escucha en la torre
La bullisiosa armonía.

¡Triste el que en tierra extranjera

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Desde su patria lejana
Alguna noticia espera!
Muda es para él la campana
Para otros tan vocinglera.

Tu alegre detonación
Recuerda el dia grandioso
En que la revolución
Tendió á sus pies el coloso
De tres siglos de opresión.

Y en tanto que la alegría


Se espresa con tu sonidos,
El pié de la tiranía
Huella los lares queridos
De la dulce patria mía!

No quieras, por Dios, sonar


Saludando el primer rayo,
Que sobre el Plata ha de enviar
El próximo sol de Mayo,
Si al tirano ha de alumbrar.

Muera ese tirano atroz


Antes que llegue ese día;
Y si nó, calle tu voz;
No haya un eco de alegría
Ni aun fujitivo y veloz.

Entonce en mí último aliento


No sonará la campana
Que anunció mi nacimiento!
Proscrito en tierra lejana
No tendré ni este contento.

En la América Poética están reproducidas tres poesías eróticas de D. Juan Godoy;


Malvina, que comienza:

Cuando ya tu voz, Malvina


Siguiendo cada infleccion,

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Del tierno armonioso son
Que esprime tu alma divina;
Cuando tu mano graciosa
Pulsa la trémula cuerda,
Sin que á su contacto pierda
Su blandura deliciosa:
Entonces, bella Malvina
Imposible es que haya una alma
Que se mantenga en su calma
En tu presencia divina.

Y las otras dos A una dama que pasaba en su calesa, y á Una joven vestida de
luto, ambas notables como la anterior, por la armonía del ritmo y la suavidad de las
imágenes.
D. Juan Godoy, poeta fecundo y de versificación fluída y fácil, ha tenido siempre
una estrofa á la mano para el amigo, para el albun del viajero, y pocas personas hay
de las que lo hayan conocido que no recuerden alguna improvisa suya. El
Constitucional de Mendoza ha publicado en los primeros meses de este año varias
producciones jocosas de Godoy, escritas en la última época de su vida. Ni los años, ni
los achaques de su enfermedad al pecho han bastado para debilitar su vena.
El dia en que alguien se encargue de compilar sus producciones, recojiendo las
publicadas en los diarios de Chile y el Perú, y las que corren en Mendoza manuscritas
y conservadas por la tradición, estamos seguros que asombrará el número crecido de
sus poesías, suficientes para llenar volúmenes.
Diremos para cerrar estas líneas, trazadas con mano inesperta, que D. Juan Godoy
es digno de ser llamado á juicio por nuestros literatos; y sus composiciones una vez
conocidas, darán un nombre nuevo á nuestras letras, tan descuidadas y tan acreedoras
á ser conocidas; que sus cantos patrióticos, sus actos y su vida revelan un alma bien
templada, á prueba de infortunios, una intención sana que ha hecho decir á los que lo
conocían "que en su vida había lo bastante para honrar la carrera mortal de muchos" y
en fin, que su fama de poeta será inmortal cuando se abran para él las puertas del
Parnaso, como uno de los representantes de la poesía inspirada en las verdaderas
fuentes del pensamiento, en las musas inmortales que nominaron las generaciones
poéticas del provenir: la Fé, la Relijión, y la Libertad.

NOTAS

Debemos al erudito autor de los Recuerdos Históricos de las Provincias de Cuyo


algunas observaciones sobre hechos narrados por nosotros en el Ensayo Literario que
hemos publicado en los números anteriores del Correo del Domingo.

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Al escribir algunas líneas que dieran á conocer el nombre de D. Juan Gualberto
Godoy, cumpliamos con un deber de conciencia, para con el hombre eminente á
quien los sucesos ó la casualidad habían aislado del movimiento literario,
sorprendiéndole la muerte, ignorado de una generación entera.
Nuestro acopio de noticias estaba muy lejos de ser rico y casi todo lo debíamos á
reminiscencias más ó menos remotas ó á datos adquiridos oralmente.
Lo único que teníanlos de positivo é innegable eran algunas composiciones suyas;
y por ellas, y la lectura que habíamos hecho de las demás durante nuestra residencia
en Mendoza, el año 62, juzgamos su mérito de poeta y la índole y el carácter de sus
variadísimas producciones. Partiendo de esta base no era difícil que incurriéramos en
algunos errores; pero siempre estamos dispuestos á rectificarlos, con tal que nuevos ó
mejores datos vengan á enmendar las faltas en que hayamos incurrido.
Tres rectificaciones se nos han hecho:
1o El lugar del nacimiento de Lafinur. 2o que El Verdadero amigo del país, fué
publicado el año 22 en Mendoza y no en Bueros Aires. 3o el argumento del Corro.
Nosostros sosteníamos y sostenemos que Lafinur ha nacido en las minas de la
Carolina, Provincia de San Luis. Los datos suministrados por su familia residente en
Chile son los siguientes: Que Lafinur nació en los Placeres de la Carolina, provincia
de San Luis, el 17 de Enero 1797. Su familia era de la ciudad de Córdoba y parece
que su padre fué encargado de la dirección de algunos trabajos en aquellas minas.
Nació entonces Lafinur. La circunstancia de pertenecer su familia á Córdoba y
haberse educado él mismo en los establecimientos de aquella ciudad, puede haber
influido para que se creyera que había nacido en Córdoba
La cédula declaratoria de 1783, sometía á la juridícción de Córdoba todo el
territorio de las provincias de Cuyo. Lafinur sería cordobés, porque cuando nació
estaba en vijencia la cédula arriba citada, y en iguales condiciones se encontrarían los
habitantes de las provincias de San Luis de Loyola, San Juan del Pico, la Rioja y
Mendoza, nacidos de 1783 á 1810; sin embargo no es esta una razón admisible, ni por
esto dejaria de ser la Carolina el lugar de nacimiento. De todos modos interesa mucho
saber donde nació este hombre eminente, cuya carrera mortal ha sido rápida como la
aparición de un meteoro, dejando tras si una cauda luminosa é imperecedera.
Los que sostienen que es comprovinciano de Rivera Indarte, deben exhibir los
documentos fehacientes en que se apoyan; prestando de este modo, un verdadero
servicio á las investigaciones históricas.
El segundo cargo es justisimo. Ese dato se nos trasmitió equivocadamente; y si
hubiéramos podido consultar los "Apuntes cronológicos para servir á la historia de
Cuyo", publicados en Mendoza en 1852, no habríamos incurrido en semejante
trasposición de lugares. El doctor Lafinur en sociedad de D. M. Delgado fundó en
Mendoza El Verdadero Amigo del Pais, enla época en que aquel prohombre hizo
sentir su influencia benéfica en aquella localidad, fundando un colegio, y un Club con
el nombre de "Sociedad Lancasteriana".

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Respondiendo á la tercera observación, diremos, algunas palabras. El Corro,
poesía de circunstancias, escrita en un momento dado para contestar á una tentativa
de revolución ahogada en sus primeros pasos, es una de esas producciones que por su
naturaleza misma, pasado el hecho determinado que les dio vida, decaen en interés, y
desaparecen al fin dejando raros vestigios de su existencia.
Nosotros no conocíamos el Corro, y debimos á la memoria feliz de una persona
que nos honra con su amistad, la primera décima de Corro con que comienza el
diálogo:

Corro Hijo de un zambo platero


llamado Teodoro Corro
nací en Salta como un zorro
en un miserable agujero;
vil, ignorante y grosero,
cobarde pero atrevido
pedí el militar vestido
para cacarear honor
siendo todo mi valor
el valor de mi apellido.

Era esto todo lo que conocíamos del Corro, cuando dimos comienzo á la
publicación de nuestro ensayo. La descripción bibliográfica la obtuvimos en
Mendoza, y desde allí ha venido el error de suponer á Corro autor de una revolución
en Salta, en vez de San Juan.
Aprovechemos esta oportunidad para dar una lijera idea del Corro.
Tenemos á la vista un ejemplar del Corro perteneciente á la preciosa colección de
poesías de D. Juan M. Gutiérrez. La impresión parece hecha en Mendoza, y la
inmensidad de faltas ortográficas de que está plagada, indica que D. Juan Godoy no
ha dirigido la publicación, ó que ha sido hecha teniendo á la vista una copia muy
imperfecta de la producción original. El titulo del folleto es el siguiente: 'Confesión
histórica en diálogo que hace el Quijote de Cuyo, Francisco Corro, á un anciano que
tenía ya noticias de sus aventuras, sentados á la orilla del fuego la noche que corrió
hasta el pajonal, lo que escribió á un amigo". En Buenos Aires se publicó en una
hoja suelta en la misma época por la Imprenta de los niños expósitos una letrilla de
Corro tratando el mismo asunto; pero á nuestro juicio, no es producción de Godoy.
Comienza el Corro de esta manera:

Viejo Estando junto al fuego yo sentado


sentí un tropel, que á mí se diríjía,
el cual lo hacía un hombre que asustado
diciendo: me persiguen! más corría.
Llegó por fin á mí, todo embarrado;

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le invito á desmontarse, y no queria,
pues tan grande es su miedo, tal su apuro,
que solo cree á caballo estar seguro.

Por fin se desmontó, y no contento


teniendo su caballo de la brida,
sacó un par de pistolas é hizo asiento;
desenvainó una espada muy lucida,
fijando la vista y oido muy atento
al camino que traía en su venida;
preguntóle quien es; y él me responde:
que es Corro, el Coronel de no se donde.

El viejo pregunta á Corro los detalles de su vida y sus hazañas. Corro contesta
con la décima que hemos citado ya. El diálogo sigue animado hasta el fin, haciéndose
notables en el viejo muchos rasgos de ingenio. Citaremos algunos trozos muy
curiosos á nuestro juicio, y que muestran perfectamente el carácter sencillo de lo que
en nuestra poesía nacional llaman relación los cantores populares. Pregúntale el viejo:

V. ¿Y cómo con tal recomendación


lo admitió Alvarado entre su tropa?
...............................................................
...............................................................
...............................................................

¿Mas quisiera, señor, que me dijera


si tenia afición á la carrera?
C. De un mal soldado á teniente
ascendí por carambola,
y asombrado esclamé: Ola!
ya voy pareciendo gente.

Confieso, aunque no es decente,


que al verme con relumbrones
se me inflaron los pulmones
y la boca se me hizo agua
al ensayar de la fragua
el lustre de los galones.

V. ¡Que contento tendrá al encontrarse


libre ya del carbón y de la lima,
pudiendo con las gentes asociarse

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y con vestido militar encima.
...................................................
...................................................

Cuenta Corro el motín que ha encabezado y la muerte de Zequeira, Benavente,


Salvadores y Fuente, oficiales de su cuerpo, que ha quitado del medio para facilitar
su proyecto de dominar á San Juan y erigirse en caudillo.

V. Déjeme preguntarle lo que hacía


gobernando vecinos y soldados?
porque esto no es tocante á platería
que si fuera esto, en esto se había criado:
y por fin, era cosa en que tenía
la mitad del camino casi andado;
pero pasar de un salto tal altura
embrolla la cabeza más segura.

C. Señor de vida y haciendas


en el pueblo de San Juan
yo no envidiaba al Sultan
de su gobierno las riendas;
a mis tropas en sus tiendas
proclamaba libertad,
cuando al pueblo sin piedad
le gritaba entre sus penas
horca, fusil y cadenas
sostendrán mi autoridad.

V. Pero en fin hasta aquí no habia pedido


lo que llaman confites del Gobierno
de un unto que en las manos recibido
el corazon más duro pone tierno.
.......................................................
.......................................................

C. Viendo ya al pueblo en desmayo


temiendo grillos y muerte
le arranqué veinte mil fuertes
en un día por ensayo.
Tan rico sabor les hallo
a los dichosos doblones
que cayendo en tentaciones

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de robarlos con frecuencia
impuse con exigencia
mayores contribuciones.
..........................................................
..........................................................
… y asi por entretener
a mi corazon altivo
mandé tan ejecutivo
como estaba de borracho
se me estendiera el despacho
de coronel efectivo.

V. Oh! qué lujo y rango gastaría


hecho ya coronel, y con dinero!
En vestidos, qué pesos emplearía
qué arrogante cocina y cocinero!
qué muebles, qué casa y qué tapicería!
qué caballos, qué coche y qué cochero!
qué tertulias tendría tan famosas.
..........................................................

Cuenta Corro su fausto, sus desmanes, su tentativa sobre Mendoza, su mal éxito,
sus peregrinaciones; y concluye dejando el resto de su historia para referirla en
tiempos más tranquilos para su persona. Toda la relación está salpicada de las
observaciones picarescas del viejo; y sentimos que el objeto de este artículo no nos
permita estendernos en otras consideraciones.
El Corro es una página de historia, y la narración que se desprende de su lectura
está conforme con la verdad de los hechos que relata. Concluye la Confesión
Histórica con un soneto á Mendoza por su conducta digna al rechazar á Corro,
ahogando el elemento revolucionario.
Cerramos estas lineas agradeciendo las observaciones que se nos han hecho, y
contamos con que ellas salvarán las faltas que se han deslizado en nuestro Ensayo
sobre D. Juan Godoy.

Domingo F. Sarmiento (hijo)

Buenos Aires, Setiembre 4 de 1864.

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CAPITULO XIV

AMERICA ANTECOLOMBIANA

o sea
Noticias sobre algunas interesantes ruinas y sobre los viajes en América anteriores á
Colon

por D. Juan Mariano Lársen

(Publicado en el "Correo del Domingo" de Enero 22 de 1865).

El señor Lársen acaba de publicar un notable estudio sobre la América


Antecolombiana, cumpliendo con la promesa que hace algunos meses hizo en el
Circulo Literario.
Estos estudios muy de su natural inclinación, fáciles á su laboriosidad reconocida,
son de una utilidad verdadera. Si ellos no adelantaran en nada las noticias ya
adquiridas, servirían en mucho para el conocimiento general de una cuestión muy
debatida ya bajo la forma científica, y por lo tanto poco accesible al comun de los
lectores, en los tratadistas especiales. El señor Lársen estima en esto solo el mérito de
su libro; pero el lector advertirá, por poco que fije su atención, que á cada paso el
docto recopilador sale de su esfera para entrar en comentarios y observaciones que
conducen á la clara percepción de los juicios emitidos por los hombres de la ciencia.
Nos permitiremos, antes de entrar en una descripción del testo de la obra, hacer
notar la sencillez del lenguaje empleado por el Dr. Lársen: y como si se viera
obligado á justificarse de haber emprendido un estudio que comienza en una época
oscura é incierta, con orígenes que pueden indicarse, pero que no entran todavía en
las fórmulas despejadas de la ciencia histórica, comienza asi la introducción de su
trabajo:
"La escasez de noticias sobre los tiempos primitivos de la historia de cualquier
país, la poca solidez de los cimientos en que estriban, la oscuridad é indecisión que en
ellas reina, no impide que los hombres las reciban con placer. Lo misterioso nos atrae.
Mucho antes del descubrimiento positivo de cualquier verdad, los hombres sueñan
con ella, embelesados en una ansiosa contemplación empeñada en penetrar á lo
distante y á lo inesplorado. En virtud de esta fascinación, el espíritu quiere ver á toda
fuerza, y lo quiere con tanta enerjía que, mas allá de la ciencia positiva como desde la
cola de un buque, gusta de esplayarse hacia distintas regiones. El vigor de la
inteligencia pretende luego dar unidad y forma á estas sombras, y este empeño viene
á producir cierta fisonomía y lograr crearles un perfil indefinido en el que converje el
dominio de la imaginación con el de la realidad".
Las lineas que anteceden son el conjunto de las manifestaciones del espiritu en la
hora de la investigación de la tarea, cuando los elementos de estudio parten de lo

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cierto á lo desconocido, del hecho tangible á la época lejana y remota.
Bajo estos auspicios comienza el Dr. Lársen su estudio, escabroso y difícil como
empresa de exploración en tiempos tan alejados, tan oscuros, y enlos que caben á la
par de las conclusiones de la ciencia, los mitos de la tradición, los arranques de la
inventiva, y las hipótesis mas ó menos fundadas. Para emprender un viaje á través de
las edades, parte de los restos que una época, perdida ya, ha dejado sobre la tierra.
Las ruinas son el reverso de una vida que no existe ya, pero que ha vivido. Un capitel
sobre un montón de rocas informes é indefinidas, una escalinata en un desierto, son
tesoros inapreciables robados al tiempo para entrar en sus dominios. A las ciencias
naturales bástales la articulación de un esqueleto, el fragmento de una roca, para
levantar una especie olvidada ó pintar una situación de la tierra en sus revoluciones
geológicas. La historia puede aumentar sus anales y dar cabida en su seno á pueblos
antiquísimos pero nuevos á su memoria, con un jeroglífico que se deje leer, con una
manifestación cualquiera del arte ó de la industria, encontrada sobre las regiones que
se exploran. Asi la América Antecolombiana, empieza por la descripción del viaje del
Dr. Stephens en Honduras y Guatemala, á través de las ruinas del Copan y Palenque,
Utatlon y Ocasingo; descripción amena que sigue con gusto el lector, porque en ese
viaje no se olvida la belleza de la vegetación que roba á la vista los restos de naciones
olvidadas, ni el continente magestuoso de las ruinas colosales que despiertan estos
estudios é incitan al historiador y al anticuario á que lea en sus faces alteradas por el
tiempo la vida de un pueblo que cobijaron bajo sus brazos de piedra, cuando se
alzaban soberbios é imponentes.
Los españoles que dieron á la América la vida de que estaba animado el mundo
antiguo encontraron á Uxmal, Cholula, Chichen, como á Mejico, como al Cuzco en el
imperio de los Incas, en un estado de civilización que se conoce hasta cierto punto,
porque aquellos conquistadores de un mundo no venían á tomar una vida para
aumentarla con su poder y vigorizarla con fuerza. Savia de otra savia, necesitaban
esterminar un progreso que no respondía al suyo, para aclimatar sobre la nueva tierra
los elementos completos de su vida y de su pueblo, y con ellos estender la Europa
ahogando á la América. Así no se deben á sus investigaciones profundas
observaciones sobre esos mismos pueblos, de que vieron todas sus manifestaciones, y
menos sobre sus antepasados, ni sobre las fuentes de donde habían brotado aquellas
naciones que rendían y dominaban.
Mas tarde ha venido el estudio sobre las razas americanas, los trabajos sobre la
inmigración, á estas comarcas en millares de siglos que han precedido á la América
habitable y habitada; la investigación sobre la historia de la navegación y de la
empresa á esta rejión que parece haber sido sospechada en los tiempos antiguos y ser
ella la Atlántida de Platón, visitada al acaso por los primeros navegantes del Norte,
que más tarde trazaron su itinerario de las costas de Irlanda á Islandia, y de allí á la
estremidad polar de la América, para recorrer después en los siglos X y XI sus costas
setentrionales, justificando el nombre de Terra Nova á aquella comarca en la América

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del Norte.
Se une á estas investigaciones la historia de los esfuerzos de la voluntad humana
para ensanchar los límites del horizonte siempre estrechos, y con ella, la generación
de los pueblos, sus inmigraciones á nuestra comarca, su pasado y su presente. Los
aborigenes dominados por la conquista, son los descendientes de pueblos á quienes
solo recordaban por tradiciones envueltas en ficciones mitológicas, y los españoles
pudieron ver á Copan y Palenque en los monumentos del Titicaca, como á las
pirámides de Teolohuacan abandonadas y arruinadas por el tiempo, como encontraron
con vida á Uxmal, Cholula y tantas otras.
Hay pues, para la América, un pasado tan grande quizá como el que comienza
para los pueblos del mundo antiguo en las primeras edades. Ha habido sobre su
Continente tanta variedad de razas, como la que muestra el resto de la humanidad, y
tan numerosos idiomas, de los que son muestra acabada al guaraní, el quichua, el
aymará y el cora, lenguas perfeccionadas y de raíces definidas y completas como
cualquier idioma vivo; y ellas son las depositarías del misterio del orijen americano.
Los sucesores de Humboldt y de D'Orbigny, encontrarán alguna vez la verdad posible
en nuestros días, de sus primeros tiempos. La filología es la base del estudio de la
historia antigua de la América.
Precede á la edad histórica de las ruinas que conservamos de la antigua América,
otra edad más primitiva, más atrasada, y cuyo recuerdo está escrito en caracteres en
los valles de las montañas Rocallosas de los Estados Unidos; y nosotros tenemos en
la falda de los Andes, los primeros ensayos del arte de un pueblo primitivo, sin que
podamos clasificarlos, y los que se suponen, á falta de otras noticias, ser seriales de
civilización quichua en la época arte colombiana. Sentimos que el trabajo del Señor
Lársen no abunde en consideraciones de este género, nacidas de las observaciones
arqueológicas hechas por algunos de los notables viageros que han visitado las ruinas
de America, y entre los cuales, podemos citar, como más reciente, el estudio del
Abate Brasseur de Bourbourg, que clasifica por épocas los restos de esos pueblos
asignándoles una sucesión y precedencia, fundadas en los progresos del arte en los
monumentos.
En los limites vastísimos de esta historia del mundo americano, tiene cabida el
estudio del descubrimiento de este continente para el antiguo mundo, en el tiempo
anterior á la época en que Colón abrió á través del océano el derrotero fijo que
conduce á él, ofreciendo sus senos al dominio de aquella parte de la humanidad. Los
pueblos del Norte de la Europa son los que conservan datos fijos sobre la América de
otros tiempos: ellos visitaron sus costas y levantaron las primeras poblaciones de una
raza estrangera á su suelo. Esta precedencia en el descubrimiento, hija del acaso en
unos, obra de la predestinación en otros, no disminuye en nada la gloria de Colón,
que será siempre el jénio benéfico que dio á la civilización y al progreso de la
humanidad, un campo inmenso donde ejercitar sus resortes.
Estas lijeras indicaciones bastan para mostrar la importancia de un estudio nuevo

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todavía, á pesar de los inmensos esfuerzos de los hombres de ciencia que le dedican
su atención.
El libro del señor Lársen encierra las tres faces que hemos recorrido Iijeramente.
De las ruinas visitadas por Stephens, sigue el lector en una pendiente de observación
que lo lleva á formar una idea de la etnografía americana y de la antropografía para
conocer el pasado de la antigua América y concluir conociendo á los huéspedes que
llegaron á sus playas, traídos por el acaso y en busca de nuevas rejiones en siglos ya
distantes.
La elección de las autoridades citadas en el libro, las observaciones debidas á la
laboriosidad del Señor Lársen y el lenguaje enteramente fácil y sencillo de que hace
uso en toda la estension de la obra y del que hemos dado una idea en la transcripción
que hemos hecho al principio de estas líneas, recomiendan el trabajo y hacen de la
América Antecolombiana una producciónque favorece á su autor, y ofrece la ocasión
de popularizar estos conocimientos instructivos á la vez que amenos.

Domingo F. Sarmiento (hijo.)

En uno de los subsiguientes números del Correo del Domingo, se encuentra una
monografía de las Huacas peruanas escritas desde Lima por el entonces Ministro
argentino, en el Perú; y ya que el espositor del trabajo del Dr. Lársen, recuerda "que
tenemos en la falda de los Andes los primeros ensayos del arte de un pueblo
primitivo, deplorando que el trabajo del Sr. Lársen no alcance á ellos", no se
encontrará á mal que respondiendo á su deseo, llenemos el vacío, siquiera para traer
el asunto que sirve de fondo, á la vista del lector.

LAS HUACAS DEL VALLE DEL RIMAC

Lima, Diciembre 6 de 1884

Las descripciones de monumentos por los contemporáneos de la conquista del


Perú, rejistrados en recientes trabajos sobre las antigüedades peruanas abrazan
tantos, tan asombrosos y colosales que apenas consagran una ligera mención á estas
Huacas que yo puedo visitar. Ciertas nociones debo indicar sin embargo, para
justificar el interés que á mi me inspiran, interés que no disminuiría el espectáculo de
los templos, fortalezas y palacios de piedra, desparramados por otras partes del
imperio de los incas. Hoy es un hecho conquistado por la arqueología é ilustrado por
los geólogos, que nuestra cronología histórica es estrecha para encerrar en sus límites
los hechos de que dan testimonio señales irrecusables de la acción y presencia del
hombre en estas partes del mundo en épocas remotísimas. Las ruinas de Palenque, de
piedra labrada y bordada de dibujos que ocupan ocho leguas, debajo de las selvas

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seculares que han crecido sobre la mas estupenda ciudad del mundo, son anteriores á
toda civilización en el viejo mundo, sin escluir la del Egipto.
En el Perú los historiadores españoles sospecharon ya desde su conquista que
había restos de una civilización anterior á los Eneas, cuya aparición é influencia
civilizadora, solo cuatro siglos antes de la conquista española, es un contrasentido
ridículo.
Todavía es un misterio el origen ó procedencia de la raza india, haciendo
inclinarse muchos hechos á creerlos un vástago de la tártara ó asiática. El sol llamado
hite en el idioma que hablaron los incas, tiene por radical en el sancrito indh, de que
se forma Indra, Dios sol, y significa flamear, resplandecer. Los idolillos ó amuletos
colgados al cuello de las momias peruanas se llaman canopos; y los ejipcios llamaron
á este mismo objeto, colocado del mismo modo en sus momias canobis. La
momificación del cadáver es otra semblanza que responde al dogma antiguo de la
resurrección de la carne.
Otros signos empero ligan los antecedentes históricos del Perú, no precisamente
al Ejipto ó á la India, sino á una humanidad anterior que formaría lo que ya se
conviene en llamar la época ante histórica.
El primer esfuerzo humano para perpetuar la memoria de un muerto ha debido ser
el montículo de tierra amontonada sobre su sepultura para hacerla visible: pero la idea
misma de perpetuar este recuerdo muestra ya un grado de desarrollo social y relijioso.
El montículo se transformó mas tarde en túmulo, para cuya construcción se
necesitaba el concurso de la sociedad. De los primeros vimos en Chile muchísimos,
apenas sensibles á la vista; de los segundos está cubierta la América desde la del
Norte hasta la del Sud, habiendo montañas cónicas revestidas de vejetación y arboles
colosales, que una próxima inspección ha mostrado ser artificiales obras humanas.
Herodoto describe los que habia en su tiempo en la Scitia, y han sido examinados
recientemente por los viajeros, como sepulcros que contienen armas, vasos y
esqueletos.
Viene mas tarde con la adquisicion de un metal duro para labrar la piedra, la
Pirámide de Ejipto que es el mismo túmulo, imitando en su forma necesariamente
cónica, pero con faces y aretas requeridas por la piedra canteada.
Siguióle la Necrópolis escavada en el corazón de la montaña en lugar de la
costosa montaña de piedra labrada que es una pirámide. De ahí al castillo de Sant
Angelo que fué la tumba de Adriano en Roma, y nuestros mausoleos y cementerios,
no hay mas que un paso.
Otro orden de ideas nos llevará al mismo resultado.
En el sepulcro antediluviano encontrado en Aurignac, en Francia, y á cuyo frente
estaban sepultados bajo tierra, entre ceniza y carbón los restos del banquete fúnebre
en que habían los dolientes comido elefantes primigenios, aurochs, caballos, etc., con
los esqueletos humanos estaban depositados huesos enteros, restos de los víveres
puestos á los muertos para su viaje al otro mundo, la idea relijiosa primitiva de la

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especie humana, con ritos iguales en el Perú, como en Tartaria, como en la India de
que queda la Shutee, y entre nuestros indios que depositan con el cadáver el caballo,
las armas, víveres y demás que puede necesitar el alma del muerto.
El espectaculo de nuestras promíscuas adquisiciones de pueblos civilizados nos
hace invertir el orden natural en que nos han sido trasmitidos, y porque la tapia y el
adobe crudo son pobres y bárbaros, creémoslos degradación del ladrillo y de la piedra
canteada. El adobe es sucesivamente babilonio, ninivita, ejipcio, árabe, español y
americano, que por manos de tan grandes naciones nos ha llegado hasta San Juan, y
los pueblos españoles de la América. La tapia y el adobe se encuentran indíjenas en el
Perú, con la momia y el canopo, no obstante las piedras canteadas del Cuzco, pues el
ladrillo que es la invención que sucede al adobe fué saltada por estos pueblos, para
llegar de plano á la piedra labrada, como en Fiezole en construcciones cíclopes, y
como en Ejipto en enormes cantos pulidos, aunque polígonos aquí, lo que hace más
asombroso el esfuerzo.

II

En quíchua la palabra huaca significa ídolo, pero el uso la ha consagrado


especialmente al montículo que revela la existencia de sepulturas indias, sin duda
porque allí se encuentran entre otros objetos, los que sirvieron antes á la adoración de
los depositados muertos. En Chile y del otro lado de los Andes, por donde pasa el
camino del Enea, conservan este nombre los mismos montones de tierra, acaso por
haberse estendido á aquellos puntos la conquista peruana, acaso porque la palabra se
introdujo en el idioma español para señalar un objeto nuevo y americano.
El Valle de Rimac está circundado de cerros bajos, estendiéndose al pié de uno de
ellos, Lima, adulteración de Rimac, nombre del río que la atraviesa (el que habla). El
Callao está á una legua, mediando un pueblecillo de origen indio, Bella Vista, como
al pié de otro cerro al Sur está Chorrillos, célebre lugar de baños de mar, y habitado
por cholos descendientes de indios. La Pirámide que se divisa al lado es la Huaca
Juliana.
Entre estas montañas, la isla de San Lorenzo y otros peñascos que asoman sus
cabezas desnudas desde el fondo del Océano, elévanse en el centro del valle
pedregoso, aquí y allí, diseminadas colinas aisladas de diversa estensión y altura.
Estas son las Huacas de Lima, que no solo son montículos artificiales según la
consagrada acepción de la palabra, sino que lo son mas todavía por la forma que
asumen, afectando el perfil de montañas con sus sinuosidades naturales, á diferencia
del túmulo que conserva en la pirámide su forma cónica originaria.
Muy solemne impresión deja en el alma del transeúnte por los ferrocarriles del
Callao y Chorrillos, saber que son obras humanas estas que al principio tomó por
colinas. Vistas de cerca, ó subiendo á ellas, lo que se hace generalmente á caballo

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para ahorrarse fatiga, otro espectáculo aumenta, con la inmediata percepción de la
magnitud de la obra, la admiración espectacular, confundiendo la primera noción de
su aislamiento. De Huaca á Huaca discurren caminos cubiertos entre paredones, que
las ligan entre sí. ¿A qué pudieron servir estas comunicaciones? Había en su tiempo
procesiones religiosas en honor de los muertos de unas á otras Huacas, cantando
himnos en alabanzas de los héroes en cuyo honor se erijieron?
Más natural es creer que existiendo desde antiguo estas prominencias del terreno,
fueron más tarde aprovechadas para la defensa contra irrupciones de otras tribus
guerreras, constituyéndolas en fortaleza y ligándolas entre si para auxilio ó retirada de
las guarniciones.
Confirmarían esta idea las ruinas que aun se conservan sobre las Huacas,
visiblemente de fortalezas en unas, de palacios ó moradas de Régulos en otras, con
restos de numerosas habitaciones, y corralones fuertemente amurallados, como para
encerrar tropas ó asilados. De este carácter es la que está en San Isidro[7] á unas
veinte cuadras de Lima. Esta Huaca, no de las mas colosales, está formada de tapias
piramidales, es decir, retraídas hacia adentro para mayor duración y resistencia,
rellenados los intervalos entre unas ó otras con ripio que cubre toda la estructura. Esta
noción de arquitectura es como Vd. sabe ejipcia, hallándose en propilones ó portadas,
y en las murallas de los templos. Ni griegos ni romanos la tomaron y de ahí viene que
nosotros no la tengamos tampoco. San Pedro en Roma es construído á plomo. La
tapia aplicada á la construcción del montículo es ya un progreso sobre el primitivo
hacinamiento de tierra. La Huaca Juliana, mejor aun que esta y á poca distancia, es de
adobe crudo en murallones cruzados, que sin duda forman en sus entrañas vastos
salones donde están depositados los cadávares, y el todo como las otras revestido del
ripio que figura colinas naturales.
En San Isidro hay otra Huaca, de un género particular en forma de montículo, sin
núcleo, de tapia ó de adobe, y ocupando en su base una área de 11.000 varas
cuadradas, exactamente media cuadra. Esta huaca es un cemento indígena flanqueado
de calaveras desprendidas por el tiempo ó la dislocación. Donde quiera que se
remueva el ripio que la forma en la base ó en la cúspide, aparecen las momias
sedentes ó acurrucadas, como era la práctica nacional de enterrarlas.
Fué, pues, el campo santo de los habitantes del valle, y cosa singular! no ha
muchos años que se proposo en Londres construir un cementerio de nichos de
ladrillos que principiando sobre una ancha base, concluiría un dia, á medida que
fuesen depositándose generaciones sobre generaciones, en una colosal Pirámide de
cadáveres. Esta simple idea la tenían realizada de siglos los indios de este Valle,
trayendo quizá cada familia el ripio necesario para cubrir los restos de su deudo, á
cuyo lado se colocaría el que venía en seguida en busca del reposo eterno, hasta
concluir asi una capa de cadáveres, para principiar sobre ella otra segunda, do á los
costados las gradas piramidales necesarias para la conservación de la estructura, hasta
terminar con la construcción del montículo sepulcral.

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III

Algo de más práctico, ofrece á la consideración este hacinamiento de cadáveres,


por lo general bien conservados, con sus cabellos, gracias á un temperamento seco
exento de lluvias, pues admite que hayan conocido un arte de embalsamar como los
ejipcios, si bien en este cementerio mismo se han encontrado momias pintadas con
bermellón, de que lo están igualmente las de Ejipto.
Las momias de esta huaca cementerio son de jentes pobres, como puede
conjeturarse por la rareza de objetos de oro que se encuentran con frecuencia en las
que llamaríamos señoriales. Lo lama la atención y yace desparramado donde quiera
que han sido removidas, es algodón en rama de que están rellenas, y llenan el cuenco
de los ojos de que ha sido removido el globo.
No es raro encontrar una momia de muger cuyos cabellos sueltos, largos y
abundantes la cubren toda entera, aunque de ordinario lo tienen trenzado. El atavio
mortuario es ritual; tan uniforme es la manera con que están conservadas; las rodillas
juntas con la barba, las manos cerradas sobre las mejillas, en postura análoga á la del
feto de cuatro meses en el vientre de la madre. ¿Era casual esta disposición al
depositar cadáveres en el seno de latierra? Una cuerda de lana da varias vueltas al
cuello y sirve para amarrar las manos y conservar con cañas ó un palo por detras el
empaquetado.
La momia asi acurrucada toma con los envoltorios que sugeta una malla de
esparto, en la forma de una pera. En las excavaciones hechas en el ferrocarril de
Arica á Tacna se encontró una envuelta en una lámina de oro, que rompieron los
trabajadores antes que pudiera ser rescatada por los directores que solo obtuvieron
fragmentos.
Las antiguas leyes españolas prohibieron escabar huacas, á fin de preservar del
pillaje tesoros que de vez en cuando se encuentran y de que hay constancia auténtica
en los quintos reales percibidos por millares de pesos. Las leyes patrias espropian
momias que reclaman los museos europeos.
Los envoltorios de la momia ó lo que llamaríamos mortajas, se suceden de afuera
hacia adentro en el orden siguiente: La malla que sujeta una estera de juncos ó totora,
una faja de algodón que envuelve la momia de abajo á arriba y sujeta las cañas ó
palos á lo largo de la espalda: un paño de lana rojo de varios colores que la cubren
toda; en la parte inferior una ó dos sábanas de algodón que se conservan en parte
blanca, y cubren y aseguran vasitos, adornos, el hualqui de la coca, y en casi todas
una canopa, el canopo ejipcio de oro, plata ó barro, según los posibles ó dignidad de
la persona. En fin, el sudario pegado á la momia, de una tela de algodón mas fina que
las otras, y la soga del cuello.
No he podido averiguar con certidumbre si en este cementerio se han encontrado
chaquiras ó avalorios de vidrio que hagan conjetura si ha estado en actividad hasta la

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conquista. Créese que en la cúspide se han encontrado cuentas de vidrio. La
conservación y fecundidad del maiz nada arguye contra una remota antigüedad, pues
con las momias ejipcias se encuentra trigo que ha jerminado. Si las Huacas no son de
una época remotísima, pertenecen á un pueblo que conservó sin los progresos del
Cuzco, Iragnanaco, y Huancavélica los primeros instintos arquitectónicos de la raza
humana anteriores á la Pirámide.
Por lo que á mi respecta, parado silenciosamente sobre la huaca de San Isidro,
sobre aquellos millares de seres humanos que aguardan sentados la resurrección de la
carne, en medio de aquel horizonte erizado de torres en Lima, terminado en bosques
de naves hacia el Callao, en perfiles de montañas, hacia los demás costados y desde
mis píes desprendiéndose callejuelas que se irradian en todas direcciones hasta
encontrarse con las otras huacas, á fin de forzar la tencion y guiar la mirada á los
estremos comparaba en las torres y naves, el producto de tantos progresos de la
sociedad moderna, con estos y aquellos momentos de un arte primitivo.
Tres veces ha sido arrasada Lima por los temblores, y una tragado el Callao por el
mar, desbordando en oleadas jigantescas al ajitarse la tasa que lo contiene. Estas
centenares de torres son sin embargo, simulacros para engañar la tradición católica,
pináculos de cartón á prueba de temblores, mientras que las huacas, la primitiva
construcción humana, sobre tapias piramidades, están ahí testigos de las visicitudes
del globo. Apenas dejan alzarse el polvo que las cubre, cuando la tierra de que son ya
fracción prominente se ajita bajo de sus cimientos; trágaselas el mar y como el
profeta Jonás tendría que devolverlas luego integras é inviolables. Si el poderoso Inca
del Cuzco, apareció por las vecinas gargantas, después de vencidos en Ayacucho
donde la tradición establece el campo de batalla, los adorados de Pachacamac, Dios
de este valle, las Huacas quedaron para presenciar el saqueo de los templos de ambos
dioses aliados, Pachacamac, é Inti, Dios de los Incas hijos del Sol, como quedaron
acaso Sabahot y Jehová entre los antiguos hebreos.
Los caballos de los españoles aparecieron mas tarde, llevando la desolación y el
espanto por donde las pacíficas llamas conducían los tesoros del Inca, hasta que en
reparación de agravios, desde las huacas debieron verse las naves que conducían á
San Martin ó la polvareda de los ejércitos de Bolívar y ambos colocaron sobre ellas
sus cañones dirijidos al real Felipe y demás fortalezas del Callao.
¿Era aquella la primera invasión que del lado del mar venia á perturbar la quietud
de este valle? Escavando unas sanjas en las calles del Callao nuevo, más vecino al
mar que al arruinado antiguo, á cinco varas se encontró un inestinguible depósito de
esqueletos y huesos humanos, esponjosos, denegridos, deleznables y pulvurulentos,
signos que acusan una remota antigüedad. Ninguna batalla sangrienta dieron los
españoles en el Callao, ni los aborígenes se habrían replegado á la costa sin naves
para huir de una invasión del interior de la tierra. ¿No será indicación aquel
hacinamiento de huesos á profundidades, esplicables solo por el posterior crecimiento
del terreno, con nuevas capas geológicas, como los ferrocarriles han puesto de

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manifiesto las armas de los hombres primitivos, monumentos de una gran batalla
resistiendo en la playa, á invasores maritimos ó á una de esas emigraciones que han
poblado el mundo? Quien introdujo aquí la tapia piramidal, el adobe, la momificación
y el arte de tejer? En el Perú puede el hombre vivir sin vestidos, más cómodamente
que en centenares de países, donde aun viste de pieles ó permanece desnudo.
La Huaca esconde todos estos misterios como un testigo mudo, ó un armario que
encierra documentos de lo pasado aun no descifrados. Primitivo ensayo del arte
humano, imitando los imperecederos monumentos que la naturaleza puso ante sus
ojos: la montaña con sus perfiles sinuosos, con sus declives piramidales, con el
núcleo de tapia imitando la roca que le sirve de base para depositar los restos de sus
héroes, creando un mundo á imájen, aunque en miniatura, del Grande Arquitecto para
perpetuar un recuerdo en las futuras generaciones, y sentirse nación con pasado,
presente y futuro en el ancho horizonte de los siglos, mansión de reposo de los
cadáveres de cien generaciones. ¡Oh sencillas y solemnes Huacas, yo os saludo, al
hollar bajo mis plantas revestidas con la bota europea la tierra que pisó la usuta u
ojota. india, ó el pié desnudo del hombre primitivo!

D. F. Sarmiento.

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CAPITULO XV

CLUB DE ESTUDIANTES

Presidente: Domingo Fidel Sarmiento.


Secretario: Eduardo Wilde.
Vocales: E. Martínez.
" J. Damianoviche.
" V. de la Plaza.

Uno de los vocales decía lo siguiente:


Domingo era de un curso inferior al nuestro.
Ni sé cómo lo conocí, ni cuándo, ni con qué motivo trabé relación con él.
Me parece que estaba muy atrás el tiempo en que el estudiante había dejado al
muchacho en aquella confusa y difícil frontera en que concluye el orégano y
empiezan los caminos de la vida.
El hecho es que la primera vez que oí hablar á aquel mocito simpático fué en su
propia casa donde, con propósito de formar un Club de Estudiantes, había reunido un
regular numero de estos, siendo no pocos mayores que él.
Recuerdo la impresión que me hizo su palabra serena, insinuante, hija del buen
sentido.
¡Cómo esplicarme aquel cambio ó aquella precocidad! No había más sombra de
un muchacho que la del naciente bozo.
Quedamos citados para otra reunión; la idea tomaba posesión tranquila de los
espíritus, se estrechaban las distancias y se formaba la columna sin necesidad de
proclamar al gefe.
Fué esto obra del sentimiento generoso de la juventud. Injusto sería negarle su
parte. Pero esto es común en casos semejantes, siendo solo de notarse cómo se
formaba la figura juvenil de nuestro gefe, llevando en alto la luz serena de la idea.
Y vino la acción y el gefe indicado fué el Presidente electo primero y aclamando
después del Club de Estudiantes, de que formaron parte Plaza, Goyena, Beláustegui,
Wilde y muchos otros jóvenes que hoy ocupan posiciones espectables.
El Club estuvo muy dividido en su primera sesión y hubiera concluido al
principio, ó con el grito en el techo, ya que nuestra cultura estaba tan adelantada, que
hacía posible un entrevero criollo, á no ser la actitud firme y resuelta de nuestro
presidente.
Se sostuvo con calor por varios miembros del Club la candidatura Avellaneda
para diputado al Congreso, y se significó á este el aprecio que ya hacían de su talento
y patriotismo muchos de aquellos jóvenes que han figurado después.
El Club de Estudiantes, mandó á Domingo á la cabeza de sus delegados al Gran

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Club del Pueblo, donde fueron recibidos con entusiasmo por la concurrencia que
llenaba el teatro de la Victoria, en cuyo proscenio se encontraban hombres como
Ugarte, y Avellaneda, Fué en esta ocasión que éste pronunció un discurso que
empezaba con esta frase, que aun resuena en nuestros oídos; "Una ráfaga de las brisas
del porvenir ha erizado nuestros cabellos"…
En una gran reunion del Club del Pueblo y en un momento muy difícil en la
política de aquel tiempo, Domingo hizo con palabra fácil y sano criterio un discurso
que fué escuchado con atención, aplaudido y apoyado por algunos de sus colegas.
A mi juicio, era más que orador escritor y escritor chispeante, y reflexivo, con
marcadas tendencias á la originalidad.
Domingo estaba en la primavera de la vida y ésta no debía ser ajena á las brisas
de la primavera.
Solía visitar á los estudiantes que se anidaban por el barrio del Alto desde su
arribo del colegio del Uruguay. Allí hemos tratado algunas veces de cosas serias,
alegres y risibles.
Hombre prematuro, tenia en su rostro y acciones una cierta mezcla de jovialidad y
de tristeza, de franqueza y de reserva que detenían al observador.
Estalló de improviso para el pueblo la guerra del Paraguay y Domingo fué á
probar en ella que era un patriota, muriendo por la patria. Mientras el arte toma su
puesto para honrar al mártir, miramos con respeto y con profunda melancolía las
flores frescas sobre el sepulcro antiguo.

REUNIÓN DEL CLUB DEL PUEBLO

El PUEBLO (diario) Enero 18 de 1865 rejistra U siguiente noticia y discursos.


Dos mil personas estaban reunidas y el Presidente declaró abierta la sesión.

El secretario Avellaneda procedió en seguida á hacer, en nombre de la comisión,


una numeración prolija de las comunicaciones que se habían recibido.
Se leyó en seguida el programa del "Club de Estudiantes", siendo acojido con
estrepitosos aplausos por el Club.
El señor Sarmiento, su Presidente, tomó en seguida la palabra y dijo:
"Estoy autorízalo para decir al Club el pensamiento que ha dominado en los
estudiantes de Buenos Aires al adherirse al Club del Pueblo.
"Nuestra idea estaba bosquejada en el programa, pero no queremos dejar la menor
duda acerca de nuestras convicciones.
"Los estudiantes de Buenos Aires nos hemos adherido al Club del Pueblo, porque
creemos firmemente que la nacionalidad argentina está amenazada.
"Por que creemos haber llegado el momento decisivo, en que es necesario obrar y
unir los esfuerzos de todos para salvar los trabajos de treinta años, atacados por los
malos hijos de la patria. (Aplausos.)

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"Nos adherimos al Club del Pueblo, porque él salvará las tradiciones del pasado,
y luchará por las glorias argentinas.
"Nosotros, señor Presidente, queremos ser argentinos ante todo pero argentinos de
la república nacida en 1816, hijos de la colonia que llevó la independencia al
Pacífico.
"Queremos que la heredad de nuestros padres no sea dividida, y que mañana no
se levanten naciones estrañas del seno de la patria común.
"No queremos que el pabellón argentino se despedace."Queremos la nacionalidad
en la República, la conservación de nuestras tradiciones, la unión de los pueblos.
"Venimos al "Club del Pueblo", porque su programa sostiene estos mismos
principios.
"Traemos nuestro contingente, débil quizá, pero decidido.
"Si nuestros esfuerzos triunfan, la obra estará consumada, con la salvación de la
República.
El Dr. Avellaneda, como Secretario del Club del Pueblo, contestó con las
siguientes bellísimas frases:
"Parece que un soplo de las brisas del porvenir ha erizado nuestros cabellos.
"¿Quién no siente en este momento conmovida su alma, y correr por sus venas el
estremecimiento sagrado ante este himno de la esperanza y de la vida que se escapa
como un cántico del alma de la juventud?
"Himno puro, como las brisas de nuestros ríos, azulado como los cielos
argentinos, efusión purísima del corazón, por primera vez conmovido con la idea de
la Patria, prenda de consagración que vincula á su culto la vida naciente… signo tal
vez de terrible predestinación! Que él resuene en las almas de un millón de
argentinos, y suba á los cielos!

CONFERENCIA PRELIMINAR

sobre Historia Argentina

Celebrada ante el Club de Estudiantes por su Presidente y fundador Domingo


Fidel Sarmiento.

Se me ha encomendado el estudio de nuestras instituciones constitucionales, que


será objeto de una serie de esposiciones que me permitiré desenvolver ante vosotros y
de las cuales es ésta la primera.
Emprendo esta tarea, porque el espíritu que ha precedido en la organización de
esta sociedad, pone á cubierto nuestros esfuerzos de la severa censura en la que
incurriremos más de una vez, si nuestros trabajos son juzgados con inflexible ley, y
no atendiendo á la buena voluntad y el deseo de aprovechar que los inspira y nos
reúne aquí.

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Necesito tal justificación para comenzar este estudio; permitiéndome antes de
entrar al objeto de esta exposición, hacer una breve descripción del plan que,
consultando algunas buenas autoridades, me ha parecido conveniente seguir.
Acostumbran generalmente los autores de derecho constitucional hacer preceder
sus tratados de algunos estudios sobre los principios filosóficos de la sociabilidad y
naturaleza del hombre como personalidad y como ser colectivo; ypartiendo de esta
base entrar en la discusión de los diversos sistemas presentados por las diferentes
escuelas para esplicar el nacimiento de la sociedad humana y organización típica del
pueblo, para proceder en seguida al estudio práctico de las leyes fundamentales de
una nación.
Varias razones han militado en mí para no seguir este camino generalmente
admitido. Aparte de las serias consideraciones que podían alegarse sosteniendo que
todo el derecho humano descansa, moralmente hablando, sobre idénticas bases, sobre
la naturaleza y condición humanas, cuyo estudio no es ya del resorte del derecho
positivo, sino de la ciencia filosófica por excelencia, representada en la jurisprudencia
por el derecho natural y la filosofía del derecho, base de la jurisprudencia toda y no
privativa de una de sus ramificaciones. Así pues, no comenzaremos estudiando
filosóficamente los atributos de la personalidad del hombre, ni las leyes de su instinto
social; pero no por esto desconocemos la importancia de relacionar siempre los
principios con las fuentes en que se apoyan, y vincular el precepto constitucional
como la ley de la naturaleza humana que lo dicta.
Hay otro motivo además, que me justificará ante vosotros. La brevedad del
tiempo asignado á estas esposiciones nos obligará á recorrer someramente muchos de
los puntos prominentes de la jurisprudencia constitucional; y, detenernos abundando
en consideración es de un orden enteramente fisiolójico, seria ocupar doblemente
vuestra atención en una materia que ha sido especialmente confiada á la laboriosidad
de uno de nuestros compañeros de tareas, en el estudio del derecho natural.
Apoyándonos en la ciencia histórica no hacemos más que hermanar en el estudio
lo que está unido en los hechos; así, á cada paso tendremos que recurrir á aquella
ciencia para seguir la generación de los preceptos constitucionales que han venido
elaborándose lentamente en el tiempo como otras tantas conquistas de la humanidad
en su libertad y en sus derechos.
Recurrir á nuestra propia historia es obedecer á una imperiosa exijencia lójica,
porque es nuestra ley constitucional la que estudiaremos; pero nuestra historia es
pobre y lamentablemente inconsecuente en antecedentes constitucionales; y si bien
nos servirá para esplicarnos las necesidades y los precedentes históricos en que se
fundan los preceptos de nuestra constitución, no rejistra ella en sus pajinas la
sucesión coherente del desarrollo de un íntimo régimen de administración política,
que haya venido, siempre único é idéntico, marchando á un estado de
perfeccionamiento no lejano, y del cual el presente, parece ser una garantía. No se
estrañará entonces, que, cuando sea necesario, recurramos á la historia constitucional

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de otros pueblos más adelantados que el nuestro en su régimen para esplicar y
mostrar prácticamente la necesidad de algunos preceptos, del mismo modo que para
juzgar nuestra ley fundamental tenemos forzosamente que considerar nuestras propias
necesidades, bajo la faz de como han respondido á ella los progresos prácticos de la
ciencia en otros pueblos, y hermanar á este estudio el de los derechos inalienables del
hombre en la Conservación de su libertad y en la prosecución de su felicidad.
Partiendo del reconocimiento del vínculo estrecho que ligan el estudio del
derecho constitucional á la historia, y la necesidad de recurrir á la filosofía del
derecho como base de investigación, me permitiré en las próximas reuniones esponer
en un órden dado, el carácter de nuestra contituciones políticas, su valor, su
importancia como derecho escrito, pasando en seguida aestudiar las fuerzas activas
delegadas por el pueblo para que sirvan de poder á su propio gobierno, las
declaraciones de principios, derechos y garantías, y los poderes á quienes está
encomendado su conservación y su cumplimiento.
A este conjunto obedecerán las cuestiones que se presentan en el estudio de los
principios de gobierno; y al esponer analíticamente las diversas partes en que
dividimos nuestra tarea, aprovecharemos la ocasión de manifestar la relación de los
derechos naturales, con los constitucionales, lo mismo que de acompañar el testo de
la ley con el precepto moral que la dicta y la exigencia á que él responde.
Sentados estos precedentes, me permito ahora llamar nuestra atención sobre el
punto de que es objeto esta exposición.
Voy á recorrer someramente el estado político de nuestras colonias antes de la
revolución, sus primeras manifestaciones como pueblo libre, sus ensayos
constitucionales.
El Virreinato del Rio de la Plata que reunió en soberanía el 25 de Mayo de 1810
estaba compuesto de las actuales provincias argentinas, Montevideo, el Paraguay y
las provincias del Alto Perú. Todas las poblaciones de este vasto territorio fueron
establecidas por los Españoles, conquistadores del Nuevo Mundo, y la única
diferencia que se puede hacer notar entre estas poblaciones en su fundación ha sido el
diverso derrotero que traían sus fundadores. Unas han sido establecidas por las naves
españolas, á las márgenes de los rios, otras por los conquistadores de Chile que
cruzaron los Andes, y otras en fin por los Capitanes españoles del Perú.
Los indígenas del Nuevo Mundo que no reconocían al tiempo de su
descubrimiento otro señorío que el suyo propio, y eran completamente estraños á la
idea de una dominación estrangera, sostuvieron su derecho con las armas y solo
cedieron á la fuerza de los azares de la guerra adversos para ellos. En suma —dice un
notable jurisconsulto norteamericano— como todas las naciones de la tierra, los
indios se consideraban legítimos poseedores, como soberanos, de todos los territorios
en que estaban acostumbrados á cazar, á ejercer otros actos de dominio fundados en
el principio común de que el uso esclusivo, dábales un exclusivo derecho al suelo,
estuviera ó no cultivado.

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Continuando en el estudio del derecho de posesión originaria y el de conquista,
agrega la misma autoridad los siguientes párrafos que me permito reproducir.
"Difícil es concebir por qué un título (el de los indígenas) no era á este respecto
tan bien fundado, como el título de cualquier otra nación al territorio dentro de sus
limites. ¿Cómo, pues, podría preguntarse, adquirieron las naciones europeas el título
general que siempre han sostenido sobre todo el suelo de America, aun sobre el
ocupado por los indios? La única respuesta que puede darse, es que les perteneció por
lo que ellos sostenían (si satisfactoriamente ó nó, es cuestión enteramente distinta) ser
derecho de descubrimiento. Ellos establecieron la doctrina de que el descubrimiento
es un titulo bastante para tener derechos al territorio. Con el fin de prevenir disputas,
donde la misma tierra habia sido visitada por diferentes naciones, cada una de las
cuales podría reclamarla como suya, no hubo entre ellos inconvenientes en admitir
que el primer descubridor tenia derecho de propiedad, donde el territorio estuviese
entonces desierto é inhabitado. Pero para las naciones que no habían adherido á la
doctrina y especialmente respecto de los países habitados al tiempo del
descubrimiento, parece difícil comprender el titulo legítimo quepodría conferir un
descubrimiento. Nos parecería estraño que en estos tiempos los naturales de las Islas
de Mar del Sur ó de Cochinchina, por hacer un descubrimiento en los Estados Unidos
fundasen en tal hecho derecho al suelo dentro de nuestros limites".
"La verdad es que las naciones europeas no tuvieron el menor miramiento á los
derechos de los naturales. Ellos los trataban como bárbaros y jentiles, á quienes si no
tenían la libertad de esterminar, podían considerar como simples ocupantes
temporarios del suelo, que podían ser convertidos con su auxilio al cristianismo: y
que si rehusaban la conversión, podían ser arrojados del suelo como indignos de
habitarle. Afectaban ser impulsados del deseo de promover la causa del cristianismo
y eran ayudados en este ostensible objeto por toda la influencia del poder del Papa.
Pero su objeto real era estender su poder y aumentar su riqueza con la adquisición de
los tesoros y terrenos del Nuevo Mundo. La avaricia y la ambición eran el móvil de
todas sus empresas".
"El derecho de descubrimiento así sostenido, se ha hecho el principio reconocido,
sobre el cual las naciones de Europa fundan su título al territorio de América; derecho
que, bajo nuestros gobiernos, debe ser juzgado incontestable. Sin embargo, los indios
no han sido tratados como meros intrusos, sino como lejítimos ocupantes del suelo,
con derecho á una posesión temporaria del mismo, sujetos á la soberanía superior de
las naciones europeas, que tuvieron el título de descubrimiento; pero no se les ha
permitido, en verdad, enagenar su derecho posesorio, escepto á la nación á la cual
estaban asi ligados por una dependencia limitada. Pero en otros respectos se les ha
dejado el libre ejercicio de la soberanía interna, y su título al suelo por la ocupación
ha sido constantemente respetado, hasta que ha sido estinguido por compra ó por
conquista".
Los párrafos anteriores tomados de Story nos muestran que las circunstancias del

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derecho de descubrimiento presidieron de igual modo en la América del Norte que en
la del Sud, con la diferencia que entre nosotros la conquista sobre los naturales fué
llevada con todo el estrepito formidable de la guerra; y que, cuando vencidos,
entraron bajo el peso de una lejislacion bárbaramente pesada é injusta, la
Recopilación de Indias, en la que solo una cosa llama la atención, dice un criminalista
argentino, y es que "la América desde el principio tuvo una mala reputación en el
ánimo de los soberanos españoles: los delitos son mas frecuentes que en ninguna otra
parte; y las penas dobles ó cuádruples".
La decisión del Papa era la garantía acatada universalmente por los poderes
europeos; y como un monumento de este poder, tenemos la famosa bula de 4 de
Mayo de 1495 en la que Alejandro VI dividía los dominios de España y Portugal, por
una linea imaginaria tirada de polo á polo, á distancia de cien leguas al oeste de las
Islas Azores.
Los límites de este trabajo no me permiten estenderme todo lo que deseara; asi
voy á recorrer lijeramente la Epoca Colonial.
Descubrió Solis en 1515 el Río de la Plata, tomando posesión, en nombre del Rey
de España, de la costa oriental donde pereció á manos de los indígenas en momentos
que ejercía el acto que emblemáticamente simbolizaba el comienzo de la jurisdicción;
en 1527 visitó Gaboto estas playas, fundando D. Pedro de Mendoza las primeras
bases de Buenos Aires en 1535. Desde esta fecha comienza el dominio real sobre
estas comarcas, aunque no tomó su verdadera fuerza hasca 1580, época de la segunda
fundación de esta ciudad, abandonada por sus primeros fundadores, durante este corto
periodo.
Mendoza estableció un sistema especial para el sometimiento de los indijenas que
prevaleció por muchos años, á pesar de las órdenes contrarias emanadas de la corona.
Según este sistema, cada español podía emprender á su costa, la reducción de una
tribu, y poseerla á titulo de encomienda. Cuando la reducción exijía mayores fuerzas,
el gobierno dirigía la conquista y sometidos, los indios eran repartidos entre los
soldados, en clase de Mitayos Yanaconas; los primeros estaban obligados al trabajo
personal durante cierto tiempo en favor del encomendero; los segundos eran unos
verdaderos siervos; pero su señor no podía venderlos, ni abandonarlos en su vejez ó
enfermedades, y estaba obligado á darles instrucción religiosa, á alimentarlos y
vestirlos.
Dispuso después Irala, que la encomienda perteneciese al primer y segundo
poseedor, entrando después los indios en el goce de su libertad, con la condición de
pagar una contribución. Los encomenderos estaban sujetos á la inspección del
Gobierno, que vigilaba sobre el cumplimiento de las obligaciones que tenían para con
sus siervos. Este sistema destructor de las razas oprimidas, fué modificado más tarde
por Hernando Arias de Saavedra.
En 1553 se fundó Santiago, en 1565 Tucuman, Córdoba en 1573, Salta el 1582, y
en 1592 Jujuy. Desde 1580 á 1620, el gobierno de Buenos Aires dependió del

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Paraguay, y desde esta fecha á 1776 fué dirijido por gobernadores y capitanes
generales.
Con Zeballos comienza el Virreinato que concluyó en 1810; y por la ordenanza de
Intendentes se dividió el Virreinato en ocho intendencias á saber: La Paz,
Cochabamba, Charcas, Potosí, Paraguay, Salta, Córdoba y Buenos Aires. Las cuatro
primeras componían el Alto Perú y las tres ultimas el territorio argentino dividido de
este modo:
La Intendencia de Salta comprendía Tucuman, Santiago, Catamarca, Jujuy, Oran
y Tarija.
Córdoba, á la Rioja, Mendoza, San Juan y San Luis, estas tres últimas recién
entraban á formar parte del Virreynato, habiendo pertenecido antes á Chile.
Buenos Aires á Montevideo, Santa Fé, Corrientes y Misiones.
Este era el territorio de la jurisdicción del Virreynato.
Los intendentes de provincias lo mismo que el Virey de quien dependían en parte,
recibían del Rey inmediata y directamente su nombramiento, recibiendo del soberano
las diversas facultades de gobierno. Su poder era estensivo y llegaba á los ramos de
hacienda y policía como á los de guerra y justicia.
Para formarse una idea de lo que era el gobierno colonial bastará citar algunos
disposiciones del Código de Indias y algunos mandatos reales.
El Ministro Gálvez (1782) intimó el cumplimiento de las leyes de Indias que
prohibían el cultivo de la viña y el olivo para dar mayor valor á los productos
españoles; y el célebre Reglamento de Comercio libre, espedido por el Conde Florida
Blanca en 1782, habilitaba algunos puertos de España al comercio americano,
cargando sus productos de exportación á la madre patria con un 3 á un 15 % de
impuestos. Hasta entonces el puerto de Cádiz era el único que podía comerciar.
La América era objeto de especulación y no una fracción del mismo pueblo que
dominaba esparcido en el otro continente. El fisco era el fantasma de estas comarcas;
y como ha dicho muy bien un constitucionalista argentino, el derecho colonial no
tenia por principal objeto garantir la propiedad del individuo, sino la propiedad del
fisco. Las colonias españolas eran formadas para el fisco, no el fisco para las
colonias. En esto obedecía la España al mismo espíritu que había dictado la esclusion
del interior al extrangero bajo las más rígidas penas. El título 27 de la R.I. contiene
treinta y ocho leyes destinadas á cerrar herméticamente el interior de la América del
Sud al extrangero no peninsular. La más suave de ellas era la ley 7o que imponía la
pena de muerte al que trataba con extrangeros, mandando la ley 9o limpiar el suelo
americano de su presencia en obsequio del mantenimiento de la fé católica."
In 1791 se amplió la libertad de comercio en favor de toda bandera, con tal que
los buques que llegaran á los puertos trajeran esclavos. Asi una libertad que se iba á
adquirir envolvía una carga tremenda; y los productos americanos podian servir al
monopolio ó cambiarse por negros.
Los derechos políticos no existían en América, que ignoraba el progreso del

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mundo social en el siglo XVII.
Como muestra de la libertad de imprenta, el primer periódico fué suprimido por
orden del Virey, por la publicación de un articulo crítico; en la misma época, (1802)
una escuela de pintura y otra de francés necesitaron de la autorización del Virey para
poder funcionar.
La vida colonial está representada en dos palabras: opresión y monopolio. La vida
política era desconocida, por eso hemos necesitado de cincuenta años de ensayos
estériles y sangrientos para llegar á organizarnos.
Con el Virey Cisneros concluyó la época colonial, comenzando un periodo de la
Revolución que tomó su forma definida con la declaración solemne de la
Independencia, hecha por el Congreso de Tucuman el 9 de Julio de 1816.
Depuestos los Vireyes que dejaban de hecho y de derecho de representar al
soberano español, prisionero del Gran Capitán, se organiza una junta popular á que se
adhirieron los Diputados enviados por las provincias á quienes el Cabildo de Buenos
Aires había notificado la augusta resolución del 25 de Mayo de 1810.
Del seno de esta diputación de representantes nació la organización de otra junta
que asumiendo el título de Junta Conservadora de la soberanía de D. Fernando VII
dictó el primer ensayo de Constitución el 12 de Octubre de 1819.
Esta asamblea estaba envuelta en la atmósfera atrasada que podía buenamente
respirarse en aquel tiempo, sin idea grande que la dirigiera, asumía la conservación de
la soberanía de Fernando VII fundándose en que "nadie ignora, que en las ocasiones
en que el magistrado no puede venir en su socorro, se halla cualquiera investido de su
poder para darse todo aquello que conviene á su conservación" estas son palabras del
Reglamento. Parece que como subditos sumisos querían conservar esta joya del
monarca para entregársela cuando adquiriera su libertad.
Su titulo debía responder á sus honores, y así por los artículos V y VI se da el
tratamiento de Alteza, debiendo celebrar sus sesiones en la real fortaleza, asiste á la
fiesta de San Fernando, como á las otras cívicas.
En los primeros del mes siguiente fué disuelta de órden del gobierno declarando
atentatorio su dictado de conservadora de los derechos del Rey. El mismo gobierno
instituyó para su propio régimen "el Estatuto Provisional del gobierno superior de las
Provincias Unidas del Río de la Plata á nombre del señor don Fernando VII en que se
comprometía solemnemente á tomar todas las medidas conducentes, para acelerar,
luego que lo permitieran las circunstancias, la apertura del Congreso".
El cumplimiento de esta promesa reunió el 31 de Enero de 1813, la primera
Asamblea Constituyente de las P. U. del Río de la Plata, que el Dr. Avellaneda ha
definido en esta notable frase: "Su rasgo prominente es el de haber sido más que un
Congreso del pueblo Argentino, la gran asamblea del pensamiento americano,
agregando aquella su virilidad en las concepciones y la audacia intrépida de sus leyes,
que se sucedían las unas á las otras siempre graves, imponentes, decisivas.
En efecto, fué ella la que alzó la revolución, haciéndola carne de los verdaderos

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principios, sacude y arroja lejos de sí el espíritu de la colonia y todo lo hiere, casando
al monopolio con la libertad que vi á levantar al esclavo y al indígena de su
condición…
"El esclavo es libre desde que pise nuestro territorio, la iglesia nacional es
independiente, la nobleza y los mayorazgos que la ligan al suelo desaparecen como el
tormento que fué roto en la plaza pública por la mano del verdugo, y ejerce con su
propio derecho todos los actos que anuncian á un pueblo libre; ella selló la primera
moneda y desplegó nuestra bandera. Los principios de nuestra revolución tenían vida;
pero el régimen constitucional no fué establecido y la junta cesa, pasando el poder
ejecutivo á manos de un Director al mismo tiempo que la Asamblea Constituyente
desaparecía dominada por su propia anarquía. Como un recuerdo de su vida dejó
instalada la Junta de Observación, que, el 15 de Mayo de 1815, sancionó el Estatuto
Provisional para la dirección y administración del Estado, que servía como
Constitución hasta la reunión del próximo Congreso. El Estatuto no legisló sobre la
forma de gobierno que debía regir á la República dejando esta tarea al Congreso de
las Provincias Unidas del Rio de la Plata, que tampoco llenó esta imperiosa
exijencia, en las sesiones de Tucuman que celebró en 1816, ni en las del 17 en
Buenos Aires, hasta la promulgación de la Constitución de las Provincias Unidas en
Sud-América, hecha el 22 de Abril de 1819. Documento que fué juzgado en su época
diciendo que era un estatuto medio entre la convulsión democrática, la injusticia
aristocrática y el abuso del poder ilimitado".
Várela, hablando de esta constitución dice que ninguna forma determinada de
gobierno señaló para la República —dividió el Poder Lejislativo en dos Cámaras;
confió el Ejecutivo á un Director del Estado, y organizó independientemente el
judicial; pero, por increíble que parezca, esa constitución no contenía un solo articulo
sobre las Provincias, no decía una palabra sobre su réjimen interior, ni sobre el modo
de elejir sus autoridades particulares. Esta constitución no se cumplió y se perdió
junto con el Congreso en el caos de 1820.
El Congreso redactor de la Constitución del 19, fué el que proclamó nuestra
independencia, rompiendo los vínculos que nos ligaban á los monarcas españoles; él
fué el que sancionó como una anticipación á la Constitución del 19 el Reglamento
Provisorio, en que revocaba la parte del Estatuto provisorio, tomado para la parte que
no estuviere comprendido en él.
En Córdoba en 1821 tuvo lugar una nueva tentativa de reunir un Congreso
general, pero no tuvo éxito por no haber arribado á un acuerdo general en las sesiones
preparatorias entre los diputados.
Hasta 1824 en que se reunió el Congreso General Constituyente en Buenos Aires,
las provincias continuaron rijiéndose aisladamente, separadas las unas de las otras de
todo vínculo.
En esta breve reseña de los diversos esfuerzos por continuar la república, no entro
en otras consideraciones que las que nacen de los documentos que han quedado

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consignados, y en su respectivo lugar molestaré vuestra atención recorriendo las faces
que han asumido los partidos de federales y unitarios en la constitución nacional; lo
mismo que haré notar el desarrollo de la idea republicana en medio del deseo que de
buena fé ha dominado en una época á hombres bien intencionados, de organizar la
república bajo un réjimen monárquico constitucional.
El Congreso que reunido en 1824 dio la constitución unitaria en 1826, aparecia
bajo los más felices auspicios. La guerra de la independencia había concluido en
Ayacucho, los disturbios interiores se habían dado tregua y llegaba el momento de
constituir el país bajo una forma de gobierno dada. El principio republicano
dominaba ya en todos los ánimos ¿a qué réjimen debía ceñirse su ejercicio? esa fué la
gran cuestión que tuvo el encargo de resolver el Congreso y para no precipitar los
destinos del país respondiendo mal al espíritu que dominaría sanciono la ley de 20 de
Julio de 1825 en que disponía se consultara el voto de las provincias, debiendo ser
espresado por sus asambleas lejislativas, y que esto no importaría quitarles el derecho
de aceptar ó no la constitución que fuera definitivamente sancionada.
Consultados Córdoba, Mendoza, San Juan y Santiago del Estero se pronunciaron
por la forma federal, y Salta, Tucuman y la Rioja por la unitaria, declarando
Catamarca, San Luis y Corrientes atenerse á la resolución del Congreso. Buenos
Aires, la Banda Oriental, Santa Fé, Entre Rios y Misiones no respondieron en tiempo.
El Congreso sancionó la constitución unitaria de la República Argentina,
declarando en el artículo 7o que la nación "argentina adopta para su gobierno la forma
representativa republicana, consolidada en unidad de réjimen". Los gobiernos de
provincia dependían del Presidente de la República, las lejislaturas provinciales eran
sustituidas por consejos administrativos y toda la vida local desaparecía para
obedecer á las fuerzas centralizadas del poder nacional.
Rivadavia renunció la presidencia, mientras las provincias casi en masa
rechazaban la constitución y comenzaba de nuevo la guerra civil. Volvieron á
romperse los vínculos nacionales y las relaciones de los poderes provinciales
quedaban en el mismo estado que en 1810, cuando siendo iguales todos los cabildos
después de derrocados los vireyes, cada uno participó en la revolución sin pacto
espreso ni definido.
En 1827 cuando presidencia y Congreso habian desaparecido, se trató de reunir
de nuevo á las provincias por medio de una convención en Santa Fé. Algunas
mandaron sus representantes, otras se negaron, y otras como Buenos Aires, los
retiraron después de incorporados.
Esta es la última reunión de la Nación en un cuerpo hasta la caida de Rosas.
En este largo periodo la libertad y la organización de la República han andado
colgadas á la espada, y la representación del país humillada.
El nuevo periodo que comienza con la batalla de Monte-Caseros ha sido difícil
pero fructífero; y hoy día todos conocemos la ley y la forma de gobierno que nos rije.
En otro lugar, cuando principiemos el estudio de nuestra Constitución, me

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permitiré historiar este periodo.
Ahora, creo haber terminado después de haber bosquejado lijeramente el carácter
de nuestra vida colonial y nuestros primeros ensayos de organización política.
Nuestro Derecho Constitucional en la narración aparece informe, defectuoso,
como si los hombres encargados de elaborarlo hubieran tenido encomendada una
tarea superior á las fuerzas humanas; pero siempre ha dominado un espíritu recto en
sus esfuerzos; necesidades no conocidas bien, sentimientos mal interpretados, la falta
de preparación para la vida pública, la ignorancia hecha inveterada en el pueblo, la
pronta transición de las tinieblas á la luz, todo contribuyó á retardar nuestra conquista
interna de la libertad y del derecho, más lenta y dolorosa que la de la Independencia
como pueblo soberano.

Marzo 2 de 1865.

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CAPITULO XVI

INTRODUCCIÓN

PARÍS EN AMERICA

Por

DOMINGO FIDEL SARMIENTO

("Correo del Domingo", 23 de Octubre de 1864).

Los Estados Unidos están llamados á cumplir una alta misión para la
organización política y social de las Repúblicas.
El espíritu de sus leyes, el carácter de su pueblo, todo lo que hace su vida y su
fuerza, escepto su bandera y sus naves que han recorrido todos los puertos del
mundo, era desconocido para la generalidad de los hombres de Europa; y los sud-
americanos parecían pagar un tributo á su hermandad de raza siguiendo los débiles
ensayos de organización política de la Francia en la que no se ha podido organizar la
democracia, porque tras de la proclamación de la República, ya haya sido hecha con
las agitaciones del 89, ó con el movimiento popular del 48, viene la centralización del
poder. Y en honor á la verdad, podemos decir que la Francia no ha encontrado en un
siglo de ensayos, un hombre que quiera ó pueda ser su Washington. Su hombre mas
grande ha sido el capitán del siglo, Napoleón; pero Napoleón es Júpiter, y la
mitología no se presta á ese perfeccionamiento de la sociedad humana á que aspira
Víctor Hugo desde el destierro.
Sin embargo, los Estados Unidos que se anunciaron al mundo con la voz de
Franklin, atraen hoy dia las miradas de los pueblos; y no será su menor grandeza, la
de servir de modelo de la aplicación práctica de las leyes que rijen las sociedades,
garantiendo el libre ejercicio de facultades humanas que están tan encarnadas en el
individuo, como el derecho á gozar del aire y de la luz. La Europa que rendía
homenaje á Franklin, á Fulton, á Morse y á Maury como representantes del progreso
de las ciencias físicas; á Prescott, á Lothrop— Mottley que han escrito la historia del
periodo mas floreciente de España, sin que haya nada que enmendar á esos
extranjeros que conocen la historia de las demás naciones, tan bien como la suya
propia, escrita en las pájinas sublimes de Bancroft, la Europa se sorprende cuando ve
de cerca á ese pueblo, cuando estudia el sencillo resorte de esa organización tan
poderosa, tan eficaz, en la que el ciudadano delega menos facultades y tiene más
garantida su libertad.

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Desde Tocqueville á Commetant, se ha ensayado la tarea de revelar los secretos
de la fuerza propia que impulsaba á los Estados Unidos á salvar la valla ordinaria de
los progresos humanos. Unos han hecho ese estudio dando á sus obras el carácter
sistemático de una psicología de un pueblo, tratando bajo formas absolutas lo que es
práctico y tanjible, cuando se conocían su modo de ser y el plan combinado de sus
costumbres y de sus leyes. Otros han querido descubrir bajo las formas severas de la
organización republicana, el jermen de una anarquía constante, y en la libertad
llevados hasta el hogar los elementos de la vida licenciosa. Los que han querido
revelar las costumbres del pueblo, bajo la forma amena de las lecturas populares, han
tropezado con inconvenientes que se descubren á primera vista: hechos aislados que
no entran en la vida del pueblo, prácticas que no están sancionadas en las costumbres,
siempre que pinten algo nuevo, algo novelesco, forman el acopio de noticias con que
escriben esos libros, como King ha escrito la historia de nuestra guerra civil ó como
Gustavo Aimard habla de los Guaranís.
No es estraño encontrar á cada paso descripciones en que el Yankee aparece como
tipo y modelo de egoísmo, siempre dispuesto á disputar los derechos agenos, siempre
armado como los bandidos de la Calabria, é interesado como un fenicio antiguo. Asi
lo que podía haberse adelantado conociendo sus instituciones, se perdía con la lectura
de cuadros tan cargados de sombra que parecían estar destinados á pintar la suerte de
las naciones desgraciadas, como se distinguía en otros tiempos á los dias infaustos.
Era necesario que manos más espertas desarrollaran un tema tan digno de narración,
y que al contar las escenas que componen la vida de los Estados Unidos, el narrador
reuniera los conocimientos del jurisconsulto y del publicista á la descripción de las
costumbres que la visto de cerca, adornando el conjunto con esos pequeños encantos
que dan amenidad á la lectura y popularidad al libro. M. Laboulaye, bajo la forma
modesta del seudónimo ha llenado estas exijencias en el París en América; y como lo
anuncia el titulo, ha lomado las instituciones francesas, las preocupaciones europeas,
la vida del viejo mundo desde el hogar al trono, y cada una vida sobre la otra, para
hacer resaltar la felicidad de la una en el contraste de la belleza de la otra. El juez no
es recusable, corre por sus venas sangre francesa, y nadie lo ha desconocido cuando
muestra la magnitud de la libertad americana al lado de esa libertad que la Francia
anunciaba al mundo el siglo pasado, sin que haya podido servirse de ella hasta
nuestros días.
París en América es un modelo de novela; asi se debe escribir para las
democracias, con la belleza de la forma, con el encanto de la narración, pero en el
fondo enseñanza y muchas ideas rectas y fijas que cumplan el precepto del poeta, que
deleiten á la par que enseñen y fortifiquen las percepciones no muy claras que á veces
suele tenerse sobre la organización política y los derechos individuales en la
República,
Cuando este libro apareció por primera vez, la prensa francesa le saludó con
aplausos y adminción. El célebre economista Courcelle Seneuil descubrió en esas

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pajinas "la obra más espiritual y mas profunda de nuestro tiempo" y si fuera necesario
agregar otra prueba á la belleza y verdad del París en América, nueve ediciones
agotadas en Francia y dos versiones al inglés dicen mucho: prueban el entusiasmo
que ha inspirado su lectura, que responde al movimiento eminentemente sentido de
enseñar los resortes en que se agita ese pueblo, tan grande que asombra al mundo en
sus luchas intestinas, cuyos ejércitos son tan numerosos que recuerdan los tiempos de
Xerges ó de Alejandro, y tan libre, como no lo es pueblo alguno sobre la faz de la
tierra.
Para trazar un cuadro que comprenda tan vastos horizontes, para que los detalles
no escapen en conjunto tan multiplicado, es necesario que el escritor se confunda con
el pueblo mismo á quien describe.
Debe abrigarse bajo el mismo hogar, sentir las palpitaciones de la vida íntima,
tomar parte en el desarrollo de las ideas dominantes, y seguir á ese pueblo en el
ejercicio de sus más insignificantes derechos, para poder acompañarlo en sus luchas
en la tribuna ó en el foro, en las columnas de la prensa como en las filas de sus
voluntarios. Cumple con este precepto el autor de París en América y el Dr. Lefébvre,
hombre cargado de todas las preocupaciones europeas, de todas las teorías sobre la
libertad en el viejo mundo, aparece del día á la mañana en la ciudad de París de
Massachussets acompañado de su familia, rodeado de sus amigos que solo cambian
sus nombres por sus homólogos en la lengua inglesa. Un espiritista norteamericano le
hace despertarse en Estados Unidos, cuando se ha acostado en su casa de la
Chaussee-d'Antin en París. El Dr. Lefébvre conserva fresca la memoria y en el
transcurso del libro, que puede decirse que es su diario de impresiones de viaje, se ve
que está bien empapado en sus doctrinas, que no abandona sino cuando las ideas
americanas lo abruman con su peso. No es el menor mérito del libro, el de demostrar,
incidente por incidente, la lucha de dos principios bien definidos y que constituyen el
uno la vida de la Francia, el otro el poder y grandeza de los Estados Unidos.
Lefébvre obedece á la preocupación francesa, el culto de la fuerza y del éxito, y
se avergüenza al encontrar como dioses lares en su nuevo hogar, á Washington que se
contenta con libertar á su país, y no aspira al imperio del nuevo mundo; á Penn,
cuácaro pacífico, que trata con los indios y á Lincoln, pobre hombre que de peón de
una propiedad llega á Presidente de los Estados Unidos, como para justificar que los
altos destinos de la democracia son patrimonio del pueblo. Lefébvre comienza á notar
la variación de horizonte. Todo le sorprende. En su casa misma encuentra un modo de
ser que no le es familiar. Su esposa no es la parisiense entregada á las modas, que
sigue las novedades del día como la mariposa á las flores, que no se ocupa de su casa
porque eso le quitaría un tiempo precioso que es necesario emplear en buscar trajes y
ocasiones en qué lucirlos. Mme. Lefébvre que en Estados Unidos es la señora Smith,
está completamente entregada á la labor doméstica, cuida de todos los detalles del
hogar y toma parte activa en la educación de sus hijos, empleando parte de su tiempo
en congregar á la familia toda, que escucha atenta la lectura de algunas pajinas

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instructivas y amenas. Sus hijos han cambiado también. Susana continúa adquiriendo
conocimientos á pesar de sus diez y ocho años y Enrique á los quince quiere abrirse
un porvenir elaborado por su propia mano sin esperar á que el padre le de posición y
fortuna. ¿Qué era Enrique en Paris? El tipo del niño de la fábula que cuenta con la
fortuna para no caer en el pozo á cuyo borde duerme. Sin cuidado por nada, vive del
momento; el porvenir no le preocupa.
Hay tiempo para todo y en Europa más que en los Estados Unidos. Allá como
entre nosotros, se llama trabajar seguir el lento programa de los estudios de un
establecimiento oficial, contando con que al cabo de diez ó más años estará uno
espedito ¿para qué? para principiar á formarse una posición. Los norteamericanos en
igual tiempo han adquirido cinco fortunas ó han hecho avanzar las ciencias, á los
progresos de su pais, ó han ensayado industrias nuevas. ¿Esa impulsión poderosa, esa
actitud constante será una herencia de sangre ó el resultado de la educación y de la
esperiencia propia? Problema es éste cuya resolución no se puede dar
especulativamente. Los hechos hablan con más fuerza que los sistemas; y en los
Estados Unidos el niño que abandona la escuela primaria se basta á si mismo, porque
ha recibido suficiente caudal de conocimientos y porque su educación moral ha sido
elaborada con el aliento dominador del hogar. En Francia, en iguales condiciones, á
ese mismo niño no se le ocurriría nada que le diera alientos para obrar por si solo; y
entre nosotros, andaremos afortunados si al cabo de dos años ha aprendido á leer en
la escuela pública; esto en el caso en que sus padres crean que es útil aprender algo,
cosa que es cuestión de opiniones algunas veces!
Lafébvre, es decir Mr. Smith, es bombero porque en los Estados Unidos todo el
mundo está alistado en esos regimientos de mutua salvación que más eficaces son
mientras mas populares. Llegó al momento de prueba, asiste á un incendio, salva á
una mujer y á su hijo; y la prensa repite durante un día entero su nombre acompañado
de calificativos honrosos. El pueblo se apresura á premiar á los que hacen acciones
dignas de alabanza. Smith es el objeto de tiernas solicitudes de parte de sus
compatriotas de América. Sus camaradas lo felicitan en corporación y las sociedades
de beneficiencia le abren las puertas de sus asilos para que ejerza su profesión,
porque Smith es médico. Mr. Laboulaye va así, paso por paso, descubriendo todas las
manifestaciones de la vida de los Estados Unidos. Pero lo que más llama la atención
de lector, son la libertad de la prensa, la educación popular y las formas del
procedimiento judicial tan sencillas como conformes con la índole de las instituciones
democráticas. Después de leído el París en América las ideas sobre el pueblo norte-
americano se presentan más claras, más fijas, y no es difícil entonces comprender
todo lo grande que hay en ese pueblo, cuya vida política puede reasumirse en esta
espresion: Sub lege libertas.
La prensa es en los Estados Unidos una verdadera potencia, y sin embargo no es
el cuarto poder social, como la definieron en el viejo mundo. La prensa no es una
cátedra de doctrina, no es tampoco la encargada de dirijir la opinión pública. La

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prensa es el eco que repite las ideas de todo el mundo ynada más. Esos innumerables
diarios no tienen sino un objeto, acumular los hechos, las noticias, las ideas,
multiplicar y esparcir la luz. El yankee traza su linea de conducta sobre los hechos
que le son conocidos. La prensa es libre como el aire, espresion del pensamiento
popular, no tiene mas jueces que Dios y el pueblo. Los jurados solo tienen derecho á
juzgarla; porque son los verdaderos delegados del pueblo en este mandato especial.
Las leyes generales garanten el ejercicio de este derecho; pero los tribunales
ordinarios no están suficientemente investidos para juzgar los abusos de esta libertad.
Nosotros, que nos hemos constituido bajo iguales garantías que el pueblo norte-
americano, estamos por saber si la prensa es libre, ó está sujeta á la acción de los
juzgados nacionales, como si quisiéramos crear una atmósfera pesada sobre punto tan
luminoso. Entre Ríos constituye el jurado de imprenta; pero los jurados son elegidos
por el gobierno. Así marchamos en muchas cuestiones por falta de sentido práctico,
por no estar empapados en el espíritu de nuestra organización; y mucho hay que
esperar del influjo que puede tener el libro que nos ocupa, en el desarrollo de las
verdaderas doctrinas. Los Estados Unidos harán siempre maravillas en materia de
libertades, porque son el pueblo mas preparado á gozar de ellas. A la educación
primaria que pone á todo hombre en actitud de juzgar por si mismo, sigue la Mansfiel
llamada educación política, el estudio de la constitución y de los principios de
gobierno hecho al mismo tiempo que se aprende el Decálogo, puestos en un estilo
sencillo, accesibles á todos. Acompaña á esta preparación para la vida del ciudadano
ese respeto constante á la ley, respeto tanto mas profundo cuanto que su valer nace de
su conformidad con los preceptos constitucionales y el ciudadano es siempre bastante
poderoso para oponerse á la acción de la ley que lo perjudica en el ejercicio de sus
derechos garantidos. Así la libertad está garantida por la libertad de todo el mundo, y
reducida á formas tan definidas y exactas que no hay miedo de que un yankee
pregunte, qué es la libertad, como Platos pregunta á Cristo qué era la verdad.
La libertad un don del cielo que se adquiere desde el momento en que se cierra el
último párrafo de una carta constitucional. No basta querer ser libre para serlo,
aunque "querer sea poder"; es necesario hacer el aprendizaje de la libertad,
aprendizaje tanto más peligroso cuanto menos preparado se está en él; es necesario
empacarse en el espiritu de esa reciprocidad de respetos que constituye la garantía
individual, para que se confunda con los movimientos espontaneos del hombre, se
araigue en las costumbres y pase á otras generaciones, como un elemento de acción y
vida. En esta preparación para la libertad entra por mucho la educación del hogar. No
se adquieren estos hábitos de respeto por la prescripción oficial, porque la moralidad
del hombre está fundada en algo más que en el terror que inspira la sanción que
acompaña á la ley prohibitiva. Muchas reflexiones podrían hacerse sobre tema tan
vital para nosotros, pero no escaparán al lector cuando estudie basta dónde llegan
prácticamente nuestras garantías individuales y hasta qué punto vá el respeto á las
leyes que reglamentan nuestros derechos de ciudadanos.

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El procedimiento judicial es otra faz digna de imitarse que presenta la
organización democrática de los Estados Unidos. El procedimiento es rápido, no hay
esas demoras enojosas y perjudiciales acordadas por nuestras leyes, es decir, por las
leyes dadas el siglo XIII á la España. La justicia no supone criminal al acusado, éste
puede hacer uso de todos los medios que presenta el derecho de defenderse en juicio,
y no se le va á sorprender con la declaración de los testigos, que son interrogados en
su presencia y que tienen que probar la verdad de sus asertos al defensor del acusado.
Las leyes tratan siempre de no privar de la libertad al ciudadano á quien castigan.
La multa pecuniaria se aplica con preferencia á la prisión; y los norte— americanos
han tenido ocasión de notar que el sistema de multas es doblemente ventajoso, porque
moraliza como cualquier otra medida represiva, y al mismo tiempo redunda en
beneficio de la sociedad la aplicación de una pena que no es estéril en si misma.
Muy lijeras son estas consideraciones para dar una idea del libro que, bajo las
formas amenas del estilo espiritual del novelista, encierra todo el caudal de enseñanza
que podría exijirse de un publicista en una obra didáctica; pero ellas bastarán para
que se comprenda que pocos libros están llamados á prestarnos un servicio tan
importante como el París en América con sus revelaciones sobre la libertad
americana, y sobre todo con la comparación entre las libertades de la Francia y las de
la gran República.
El Dr. Lefébvre que vuelve á Francia después de haber vivido ocho dias en los
Estados Unidos, gozando de todos los derechos que aquellos acuerdan á los
ciudadanos, se encuentra extrangero en su patria; nada ni nadie responde á sus ideas;
y aquel hombre que con estrañeza oía decir en América "que el que no escucha la voz
de las generaciones nuevas; que el que no sienta que la industria, la paz y la libertad
son las reinas del mundo moderno, ese no es sino un soñador y un insensato. No es á
la gloria donde camina, es al ridiculo" encuentra á su patria en esa pendiente; y al
pueblo francés perdido en la verdadera libertad, de la que lo separa la barrera de una
administración gerárquica y millares de bayonetas que guardan el orden público,
negación de las garantías individuales. El Dr. Lefébvre ha perdido el juicio, tan
descabelladas parecen sus doctrinas en su pais; y va á concluir sus dias en una casa de
orates.
En el encierro de su prisión sueña con días mas felices, como Asucena, la gitana
del Trovador. El porvenir es la confirmación de su locura. "La iglesia ha roto la
cadena que le impusiera Constantino, y vuelta á su libertad primera, el Evangelio es
la carta de libertad. Los pueblos siguen su moral; y la verdad, la justicia, y la libertad
brillan en ese nuevo cielo, como astros pacíficos, ante los cuales se han eclipsado los
flajelos de la vieja Europa: lo arbitrario, la intriga y la mentira."
Tal es la forma del libro, que rinde homenaje á los Estados Unidos en sus
instituciones, que aspira á la democracia como la forma más acabada de la libertad
social, como la libertad de la conciencia y de la palabra son los adelantos mas
palpables del poder moral del hombre.

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París en América enseña el secreto del libre ejercicio de la educación del
ciudadano, de la laboriosidad constante del pueblo norte-americano. Los países que
no se ajitan bajo resortes tan perfectos encontrarán en él los medios de llegar á ese
grado de perfección; y á nosotros toca en mucha parte esta tarea imitativa, si
queremos que la doctrina corresponda á los hechos, y nuestras costumbres sean un
elemento de progreso en el orden de nuestras libertades.
Mr. Laboulaye ha hecho un libro que vivirá mucho tiempo, despertando siempre
nuevo interés, tan profundas son las ideas que encierra, tan tenues lasformas de la
frase, sencillamente conmovedoras en algunas escenas exuberantes de colorido y
verdad.

Domingo F. Sarmiento (hijo).

Buenos Aires, Octubre 20 de 1864.

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CAPITULO XVII

IN MEMORIÁM

de

DOMINGO FIDEL SARMIENTO

("Correo del Domingo", Setiembre 8, 1867.)

"Así de libertad sucumbe el hijo,


Sobre la Patria el pensamiento fijo
Abrazando las gradas de su altar."
B. MITRE.

"Despertad pueblos opresores


Porque viene el argentino
Derramando en su camino
Germen de renovación."
E. ECHEVERRÍA.

"Deja el guerrero escrita su memoria


En el rastro de sangre de sus huellas."
J. C. GÓMEZ.

Vistan de crespón las argentinas liras


Que el pabellón de Mayo está de duelo;
Un niño mártir convertido en héroe
Bañado en sangre derribóse al suelo.

Cayó sobre la arena del combate


Sin proferir siquiera un jemido;
Como el león que en arenal inmenso
Sacude al viento la melena, herido.

Y escarba el polvo, levantando nubes


Con su encornada garra, poderosa,
Y trémulo y convulso en su agonía,
Llamas exhala su pupila hermosa.

Atento el ojo á su inmortal bandera,


Huye su sangre por la abierta herida,
Y con la gota que postrera vierte
Al mundo da svi cuerpo, á Dios la vida

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Tres ángeles sublimes
Sobre su frente hermosa
Cernieron sus volidos
Al verlo agonizar.

Lloraron!… y en sus alas


El alma luminosa
Del mártir de la Patria
Se fué á inmortalizar,

El ángel de la Fama
Con ecos inmortales
El nombre del apóstol
Al mundo propaló;

El ángel de la Historia
Guardólo en sus anales,
Y el ángel de las Tumbas
Al cielo lo llevó.

Así muere el gigante


Que lleva á la pelea
Para salvar á un pueblo
De bárbara opresión.

Prendida á su conciencia
De libertad la idea
De amor y fe colmado
Robusto el corazón.

Los mártires no mueren!


En vano empuñan con airada saña
El contundente acero los tiranos;
Al derribar cabezas inhumanos
Poblando el mundo de dolor y duelo.

Olvidan que el Eterno


Desde su inmenso trono allá en el cielo
Les señala el camino

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Del vengador infierno.

Infierno, cuyas llamas poderosas


No son cual las de hoguera que los vientos
Agitan en los aires luminosas;
Son los remordimientos
Que á la conciencia criminal asidas
Van inmortales de la tumba á Dios;
Son los recuerdos ay! de los gemidos
Que arrancaran al hombre sobre el mundo
Y van al mundo tan unidos
Como el éco á la voz,
Buitres sedientos, cuya horrenda saña
Solo en el llanto y el dolor se sacia,
Devorando la entraña
De la Patria querida
Que entregan al furor de la desgracia,
Exánime, sin vida,
Y en el cadáver que caliente humea
Vencido por el plomo en la pelea,
Todavia se ceban, lo hacen trizas.
Y su pico la ceniza husmea
Sin atreverse á devorarlo insano,
¡Es que no tienen sangre las cenizas
Y solo sangre al déspota recrea
Que sangre es la divisa del tirano!

El déspota se teje la diadema


Que en el futuro ceñirá su frente,
Único asilo á su memoria, un dia
Tendrá del universo el anatema;
Y de manos de Dios, en la agonía
La imagen de sus crímenes presente.

En el alma del hombre está el infierno


Y la gloria también allí se anida:
Al crimen y virtud hay otra vida
De eterna dicha ó de dolor eterno.

Cuando el eco de bronce de la Historia

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El martirio promulgue de Sarmiento;
Tendrá un altar la popular memoria,
Y el corazón de un pueblo por asiento.

No muere el héroe en la sangrienta lucha,


Presta su sangre á fecundar la idea:
Su vida inmola de la Patria en aras
Y salva el pensamiento en la pelea.

Eterna trompa de inmortal denuedo


La patria Historia, te dará mil palmas.
Que es templo de los mártires la historia
Y asilo el cielo de sus grandes almas.

Derribada columna de mi Patria


Al férreo golpe de brutal tirano,
Sobre tus ruinas abatido llora
Un pueblo soberano.

Tiempos vendrán de redención sublime


Para la gente paraguaya un día.
Tiempos de libertad, ventura y gloria
Y bella poesía.

Entonces ay! resonará tu nombre


en los labios de un pueblo agradecido,
Por cuya libertad en la batalla
Tu sangre se ha vertido.

Tiempos vendrán de porvenir brillante


En que hasta el bronce acudirá á tu gloria
Y en que tu nombre lo promulgue el himno
Del pueblo en la victoria.

Y en tanto llega el venturoso día


En que la Patria te alce un monumento,
Duerme en la tumba y el clamor del pueblo
Mártir del pensamiento.

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Que donde cae de los libres sangre
Brota gigante, poderosa planta,
A cuya sombra el pensamiento libre
Su porvenir levanta.

Duerme, Domingo, tu glorioso sueño,


Que á los dinteles de esa tumba umbría
Una generación irá á llorarte,
Que tanto te quería.

Y si en el mundo para tanto duelo


Son necesarios el valor, la ciencia;
¡Ellos nos quedan en tu tumba, amigo,
Por inmortal herencia!

Hijo del pueblo que en pasados tiempos


Del vasto Plata hasta el Rimac lejano
Llevara victorioso la bandera
De libertad al mundo americano.

Por la mano de un déspota oprobioso


El pabellón del Andes vió ultrajado;
Ardió en su pecho el inmortal civismo
Y fué de libertad un gran soldado.

Le abrió una tumba el enemigo plomo


Mas con su sangre fecundó la planta
A cuya sombra el pensamiento libre
Su porvenir levanta.

Agustín P. Justo

Montevideo, 1886

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Retrato del Capitán Sarmiento en las vísperas de Curupaity[8].

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VIDA DE DOMINGUITO

APÉNDICE

APUNTES INÉDITOS

Cuando en 1886 Sarmiento se consagró á escribir la Vida de Dominguito,


lamentaba la pérdida de los apuntes que hiciera en los Estados Unidos, bajo
la Impresión directa del dolor que le causó la muerte de su hijo.
Dichos apuntes no se habían perdido, solo estaban confundidos entre el
cúmulo de papeles conservados en un desorden correspondiente al torbellino
de vida tan activa.
Séanos permitido dar aqui una explicación que tuvimos muy franca con
Sarmiento el año mismo de su muerte, sobre ese desorden de su archivo que
hubiera parecido obligatorio para nosotros haber arreglado mucho antes,
mientras vivíamos á su lado y tanto participábamos, en la medida de nuestras
capacidades, en sus trabajos.
Hablábamos accidentalmente de un documento histórico que había
apartado y que Sarmiento aprovechó en sus Conflicto y Armonías y él agregó
que poseía muchos mas que yo debía haber separado. Confesé ingenuamente
que nunca me hubiese atrevido á rebuscar en su archivo, por temor de ser
indiscreto y enterarme de cosas que debían permanecer reservadas.
Sarmiento á su turno confesó, tal era su respeto por las individualidades, que,
por mas que lo deseaba, no se había atrevido á imponerme tanta tarea, que en
efecto, ha durado años después de su muerte, para ordenar y aprovechar una
montaña de papeles. Sí se ha conservado una parte de los documentos que
han pertenecido á un estadista de vida tan accidentada, es debido acaso al
desorden mismo á que lo obligaba la multiplicidad asombrosa de sus tareas y
la fidelidad de su memoria, pues sucedía que á medida que su mesa de
trabajo se colmaba de papeles, el mucamo ataba juntos, folletos, borradores,
cartas y pasaban los paquetes á un sotillo, con riesgo de ser comidos por los
ratones y pasar al basurero en cualquier descuido.
Ahora bien, los siguientes apuntes los hemos descubierto mucho después
de publicada la Vida de Dominguito y el autor no los tuvo presente al
escribirla. Tienen hoy el valor inestimable de servir de corroboración á aquel
precioso librito y traducir impresiones mas frescas, aunque hayamos creído

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no deber repetir las narraciones que en nada difieren de una y otra época.
Llevan los manuscritos el membrete de Legación Argentina en los Estados
Unidos lo que autentifica la época en que fueron escritos.—(El EDITOR),

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EL PAVOR (MIEDO INFANTIL)

Michelet en su obra L'Oiseau ha hecho la mas viva pintura del terror que
se apodera de las avecillas al desaparecer el sol, las angustias que perturban
su sueño durante la siempre larga noche, la alegría que revelan sus cánticos á
las primeras indicaciones de la aurora.
Estos miedos á la oscuridad, á los peligros nocturnos han sido comunes á
los hombres primitivos. Max Müller en su admirable libro sobre la Ciencia del
Lenguaje ha demostrado por el estudio de las radicales de las palabras que
representan divinidades indias, griegas y romanas, ó sus atributos, que toda
la mitología tiene por base la adoración de la suspirada alba, la aurora, la luz,
el sol, en fin, que viene á calmar aquellos sublimes terrores, de que ya no
conservamos ideas, porque conocemos la naturaleza que nos rodea, tenemos
casas, ciudades que nos protegen.
Es ya un hecho puesto fuera de toda discusión que los hombres
prehistóricos han vivido, donde quiera que la naturaleza ofreció facilidades,
en el centro de los lagos, á fin de sustraerse á los peligros que lo rodeaban.
Todos los de Suiza, Irlanda, Escocia han dejado ver las bases ó pilares
subsistentes aun en el fondo, sobre las que reposaron tales construcciones…
Leíamos no ha mucho un fragmento de viaje en África. Un viajero
extraviado, hubo de subirse, como las aves, á un árbol para pasar la noche.
Un rebaño de graciosas y esbeltas girafas cruzó á nado el vecino río;
sintiéronlas los tigres y el bosque se animó con rugidos á que respondieron
los leones, chacales y hienas. Unos en pos de otros cruzaban bajo del arbol,
acechando, buscando su presa. Boas describían en ondas negras su paso á
través de los matorrales. Los mosquitos venenosos le hacían insoportable la
vida, hasta descender y poner fuego á un montón de ramas secas; pero el
pasto se incendió y el incendio se comunicó al bosque, y entonces vio salir de
entre sus enmarañadas espesuras una plebe de bestias para él desconocidas,
mezcladas á las panteras, hienas y tigres enfurecidos. Cuando con el día este
tumulto se apaciguó, cuatro árabes lo cercaron en el árbol que de nuevo había
ganado y con la punta de las lanzas trataban de forzarlo á bajar para
llevárselo cautivo. Tuvo que matar dos con su revolver, para que los otros
dos tomasen la fuga, hasta que al fin sus compañeros que lo daban por
perdido, se le reunieron.
Esta es una noche fósil del mundo primitivo. Así debieron pasarla
nuestros padres durante siglos. Los cultos terroríficos del Egipto, la adoración
de los animales dañinos ó benéficos, fué el simbolismo de los antiguos

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miedos.
Los antiguos romanos adoraban á la Palidez, el Miedo, la Muerte, Pallor,
Pavor, Mavor, y aun después de civilizados, los valientes generales que
conquistaron la tierra, se quedaban helados al ver cruzar aves de izquierda á
derecha, y el pueblo que fundó la libertad municipal se asilaba en el Monte
Sacro para reclamar garantías contra los usureros patricios, de miedo de que
la tierra se abriese bajo sus plantas y se los tragase, por incurrir así en la
cólera de los dioses. Bastaba decirles que había un rayo cruzado en el
horizonte para hacer que los Tribunos de la plebe retirasen el veto á la ley
patricia.
Estos miedos que han rodeado la cuna de las sociedades humanas,
revolotean bajo todas las formas en torno de la cuna del niño, y no lo
abandonan sino muy lentamente, á medida que aquella oscura noche del no
conocer las causas se disipe.
El seno materno es el árbol en que la tierna avecilla halla seguridad contra
los fantasmas que lo acechan. ¡Cómo sonríe entonces! Con qué triunfante
mirada los desafíal Con qué confianza tiende desde lejos las manecillas á la
luz del fuego ó de la bujía; porque su instinto le dice que la luz disipa la
tiniebla, aunque como las mariposillas aprende á su costo, cuando la toca,
que también quema.
Materia de mucho comento ha sido para los educacionistas, el estúpido
recurso de viejas, nodrizas y aun madres de asustar á los niños con miedos
fantásticos ó monstruos de la imaginación supersticiosa. No le bastan al
infeliz los propios miedos á las cosas que ve y no comprende y le inventan
nuevos fantasmas cuya naturaleza nunca comprenderá, pero que viciarán
irreparablemente su razón, predisponiéndola á creer en lo absurdo.
Yo pasé en mi infancia bajo el azote de estos terrores, y contaré aquí uno,
el mas persistente, que hizo la desgracia secreta de muchos años de mi niñez.
Ahora sé la causa natural que lo produjo, el aire viciado de la habitación en
que dormia.
En ella pasaba las veladas de invierno á puerta cerrada, toda la familia en
torno del brasero árabe, y sobre un estrado se tendía mi cama. Cuando se
apagaba la luz, principiaba mi martirio. Un momento después y cuando
empezaba á adormecerme, salían de todos los ricones bultos sin forma, de
vara y media de alto, como los postes y los palitroques de los juegos de bolas.
Eran seres animados, pero sin fisonomías discernibles y empezaba una
danza, un dar vueltas en el interior de la pieza. No me hacían mal ninguno;
no venían hacia mi cama. Yo estaba en lo oscuro mirándolos aterrado, sin
atreverme ni á gritar, d© miedo de que se irritasen y me hiciesen mal, me
comiesen ¿quién sabe?
Y esto ha durado años! Al fin estaba habituado á estas y otras escenas;

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eran como mis amigos, mis conocidos. La luz del día y el sueño reparador
que la había precedido traían la alegría y el olvido de los pasados terrores.
Alguna vez conté á mi madre y hermanas estas extrañas visiones. ¿Quién
hace caso de las tonteras de un niño? Así viví tranquilo con seres fantásticos.
Ahora sé que son la comitiva obligada de todos los que duermen en aire
viciado.
Un sacerdote ilustrado[9] cuando ya hube entrado en años, combatió esta
enfermedad del espíritu, desarraigando ánimas, duendes, aparecidos, me
temo que milagros, como yerbas parásitas que destruyen la lozanía y vigor de
la razón. Mozo de diez y ocho años he estado sin pestañear dos minutos en
presencia de un fantasma, real y verdadero fantasma, blanquecino, alto de
veinte varas, ancho de dos tercias, inmóvil, á campo abierto, donde no había
árboles, ni edificios, ni accidente alguno para confundirlo. He sonreído al
principio de mi incapacidad de explicarlo; pero sin miedo, lo he apostrofado
y amenazado; y al fin, como no me respondiese, ni dejase franco el paso, por
la senda que ocupaba, he puesto valientemente espuelas al caballo y pistola
en mano, atropelládolo, pisóteádolo y disipado…!
Era agua! que llenaba de ahí en adelante la misma senda que yo seguia.
Había luna y la atmósfera estaba nublada. La luz reflejada por el agua era por
tanto nebulosa, el color mismo atribuido á los fantasmas. El ancho lo
determinaba el del camino, y el alto era un efecto de óptica.
Habia corrido tres horas, huyendo de una partida de flanqueadores
mendocinos que hubo, con mi Comandante Ángulo de tomarnos prisioneros,
caído sobre un campamento enemigo y vuelto á huir; y estaba agotado de
fuerzas; la vista debilitada veía la inflexión entre la parte aguada del camino
y la seca, formando un ángulo recto. Si tenía miedo de los mendocinos, no me
acuerdo, no había porqué allí; pero del fantasma, ni un momento. A aquella
edad habría convidado á cenar á la estatua del Comendador, tan curado
estaba de todo terror supersticioso. ¿Quiere el lector una prueba? He dormido
un verano entero en San Francisco del Monte, en San Luis, dentro de un
cementerio. Almohadas de difuntos, calaveras, sepulturas recientes y la cruz
central eran los únicos objetos en que podía fijar la vista antes de cerrar los
ojos.
Dominguito mostró, desde que pudo apercibirse de ello, un terror pánico,
cerval, á los cohetes voladores. A cualquier distancia que resonasen en el aire,
corría desolado á asilarse en el regazo de su madre, pidiendo á gritos, con el
llanto imperioso del niño mimado que no tirasen mas voladores.
La enfermedad infantil de todos los seres animados, el miedo, se mostraba
con síntomas alarmantes. ¿Qué iba á ser de este niño, cuando fuese hombre?
Emprendí curarlo. Me hice traer paquetes de cohetes de la China, y en su
presencia, pero sin violentarlo, prendía tranquilamente uno tras de otro. El

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primer día se mantuvo á la distancia, llorando, pero viendo la fiesta; el
segundo estaba ya mas cerca, entre azorado y complacido. El tercero estaba á
dos pasos, sin miedo. Eh! veamos, prende tú mismo este lindo paquete.
Tómale sin miedo! ya vés que no hacen nada… Y el niño lo tomó y prendido
y desgranándose unos tras otros los cohetecillos y ciento después, lo mantuvo
hirviendo y sin mirar, hasta que se concluyeron, oh, triunfo! El dragón había
sido vencido, dominado, sometido. Corrió á la cocina, que es la palestra y la
platea del niño, á proclamar ante todos los oyentes y por todos los rincones,
que había con sus propias manos prendido un paquete de cohetes! Quince
días después, el miedo era que le prendiese fuego á la casa, porque hasta la
noche prendía, antes de acostarse, los cohetes que habían escapado dispersos,
del tiroteo que como las batallas de Grant, duraba una semana sin descanso.
Y donde me deja Vd. el miedo á los sapos, las lagartijas, las culebras, en
Chile donde no hay miedo de confundirlas con las víboras, que por fortuna
de aquel país, no han pasado la Cordillera de las Pampas argentinas donde
abundan. Todo se hábil de andar. En Yungay, cuando la estación del verano
requirió cambio de domicilio, tomamos una lagartija de las lindas, verde con
barriga amarilla, que pululan como moscas en las paredes. Vióse que no
hacen mal; perdió la cola la infeliz en una tentativa de escaparse y quedó la
cola viviente saltando, lo que causa un poco de miedo. Tomamos otra y otra,
á requisición suya; pero al fin me fastidié de proveer lagartijas y
preparándole una cañita con su lazada de crin en la punta, le enseñé á
pescarlas en la muralla.
Veo su figurita por la espalda, vuelto hacia la tapia del fondo del jardín de
una cuadra, atento, paciente, atisbando una lagartija, hasta que alguna
malaventurada caía en el lazo. Habría á poco podido proveer al mercado, si
esta pobre alimaña fuese comestible. Hacía mejor que eso. Con lagartijas en el
seno, en los bolsillos, perseguía á su nodriza que caía en convulsiones cuando
su travieso ahijado le fingía echarle una en el seno mismo que lo había
nutrido. Los sapos y ranas fueron sometidos, y las culebras mismas no
escaparon de ser exhibidas á la turba mujeril, asidas de la cola por el audaz
perseguidor de sabandijas, que reía á su vez de los pueriles miedos y
aversiones de la gente asustadiza.
Una noche, á la hora que tienen de antiguo lugar las fantásticas
apariciones de las almas en pena, á media noche, Dominguito se acerca á
tientas á mi cama, é interrogado, se empeña en querer dormir á los pies y
cuenta que un ruido horrible hay en su cama, sobre su cabeza, que no le deja
dormir.—¿Cómo es el ruido?—Un ruido que no se parece á nada, sino á
ruido. Espantoso debía ser, pues que el niño estaba espantado.—Vayase á su
cama, no hay nada! fué la solución de los seres racionales dada á la ligera á,
todas las terribles dudas, alucinaciones y errores del niño.

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Entonces se dejó oir un torrente de elocuencia, como solo había visto
desplegar á una niñita que iba á encerrar en lo oscuro. Todas las seducciones,
las artimañas, las lágrimas y las caricias de la mujer de veinte años, se
mostraroa para disuadirme intento tan monstruoso. Dominguito, agotadas
las lágrimas, las súplicas, principió por razonar.
—Nada de miedo, ¡qué miedo! no era eso. Pero veamos, decía, qué mal le
hace á Vd. que yo me acueste aquí, en esta puntita de la cama, calladito? Yo
me duermo en el acto, y no sabe Vd. siquiera que yo estoy aquí, y diciendo y
haciendo, ya se iba acomodando.
Algo de serio habia de haber en aquella repugnancia invencible á volver á
su cama. Encendí luz y tomándole del brazo, lo llevé á su cama. Pobrecito! Al
mas pintado se la doy. Una paloma se había metido dentro de la corona de
que partían las dos colgaduras de su cama, y la pobre, no pudiendo reposarse
sino asiéndose un rato á la una cortina, revoloteaba sin cesar, sin ocurrírsele
bajar. ¡Este era el ruido que á nadase parecía, sino que era ruido!
Fué aquella la última manifestación del miedo, esta vez racional.
Trasnochando una noche de marcha, vencíale el sueño y no había forma
de que resistiese, después de haberse caído del caballo. Ni detenernos era
posible en aquella jornada forzosa entre Uspallata y Mendoza. Viendo que no
había medio, di á un peón un revólver con encargo de disparar dos tiros y
volver corriendo á avisarme despavorido que se veían salteadores hacia
adelante. La alarma se introdujo en la caravana y el sueño se disipó como por
encanto. Hube de tomar disposiciones para hacer frente á los malévolos, se
sacaron pistolas y cuchillos y yo me transporté á la vanguardia con mi Estado
Mayor, Dominguito. Fuimos acechando por entre los montes, en la oscuridad,
hasta que él me dijo, con voz cautelosa, pero entera y sin miedo:—papá,
papá, los vé allí? dos cabezas! allí van detras de aquellos montes—¿Dónde?
muéstramelos?… La alegría se restableció luego y la charla sobre salteadores
y otras ocurrencias hizo soportable la tediosa jornada.
Cuando lo inducía asi en error, me guardaba bien de desengañarlo mas
tarde.
En 1856, recien llegado á Buenos Aires, de edad de once años apenas
cumplidos, como anduviese acompañado de otro niño Velazquez,
discurriendo por la plaza Independencia entre los grupos de gentes atraídas
por las fiestas de 25 de Mayo, de repente desapareció el sombrero del
compañero, arrebatado de la cabeza por un ratero. Dominguito miró á la cara
á los individuos que componían el mas próximo grupo y por la turbación ó el
exceso de disimulo se dirigió á uno de ellos, echóle la garra de donde pudo,
diciéndole—el sombrero, ó va Vd. á la cárcel—y como pretendiese no tenerlo,
el chíquilin procedió á registrarlo, hasta sacarle de debajo del poncho el robo.
En este acto de coraje entraban todas sus cualidades. Tomar la vida real

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como hecha para su talla, generosidad y valor. Toda vez que sentía gritos,
bulla, silvos de sereno, saltaba de la cama y salía á prestar auxilio, como es la
bella costumbre de los vecinos de Buenos Aires.
La atmósfera guerrera de Buenos Aires debía impresionar aquella
naturaleza expansiva, apenas pudiese tomar un fusil, lo que sucedió á los
trece años, entre las batallas de Cepeda y Pavón. Su suerte estaba ya echada
desde entonces.
¿Como evitarlo? Las mas perentorias negativas no pueden contra la
impaciencia de enrolarse en la Guardia Nacional, porque este acto es lo que
Mitre repetía, la investidura de la toga viril del ciudadano y del adulto.—
Papá, me dijo un día en el tono mas sentido, vengo á hablarle seriamente de
este asunto de la Guardia Nacional. No puedo resistir á los reproches de mis
amigos. No estiman en nada las razones que Vd. me ha dado y yo repito.
Dicen que tengo miedo, que no soy patriota, que es una vergüenza y me
ridiculizan y humillan ¿qué quiere que haga yo?… Qué iba también á hacer
yo?—Bien, le dije, solo servirás aquí en la línea de defensa, si hubiere
necesidad. No irás á campaña; ni tu edad, ni tu posición de hijo único lo
permite.—Bueno, así que sea.
Años después he sabido que entró á su cuarto, donde lo aguardaban
cuatro pilluelos sus amigos, rebosando de alegría, diciéndoles:—ya está
conseguido; le metí los monos al viejo y consintió.—El viejo escribió dos
palabras á su Coman dante, diciéndole que lo hiciera porta, á fin de
fastidiarlo con comisiones y mandados de noche y de día, y poco después,
maldito el amor que le tenía al empleo que lo hacía levantar de la cama á dar
órdenes, con lluvia, truenos y viento agudo.
Tomó afición á las armas y de once años tiró el primer tiro á un pato
zambullidor desde el bote en marcha por los canales de las islas del Paraná.
Detrás de él pude ver el cañón de la carabina inmóvil, como de una pieza con
su cuerpo y presentir que el pato caería, como sucedió. En San Juan, después
del Capitán… y el Gobernador, era él el mejor tirador á doscientas yardas,
entre sesenta extrangeros y nacionales.
De peleas personales, por donde despunta de ordinario el valor ó mas
bien la combatividad de los niños; sé de tres que por chistosas vale la pena
recordar.
José Posse, convencional entonces por Tucuman, vivía con él en piezas
comunicadas, y una noche, la risa de Posse era tan descompasada y tan tenaz,
que hube al verlo de preguntarle de qué se reía tanto; y la risa inextinguible é
indomable principió de nuevo al querer contar lo que la había provocado. Al
fin se obtuvo la historia siguiente. Como lo viese entrar tan temprano,
sabiendo que había ido al teatro, le pregunté:—¿porqué te vienes, no ibas al
teatro? Me contestó:—bonito me han dejado para ir al teatro! Ve este carrillo

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colorado é hinchado? es de las trompadas mas soberbias que se le hayan
administrado á hombre nacido. Si no puedo hablar, tengo la carretilla
atravesada.—Todo esto dicho entre risas y con una gracia infinita al explicar
la merecida causa de tan mal tratamiento.
Estaba sentado al lado de un pobre italiano en el teatro, á quien, por no
saber con quien divertirse, trató de poner en ridículo en presencia de los
vecinos que reían á sus expensas. El italiano indignado, lo llamó al orden,
pero ni por esas. La cosa parecía terminada con haberse salido el italiano;
pero cuando hubo el burlón de pasearse en el foyer, apareciósele la víctima y
lo llamó al balcón, y allí sin mas traslado ni mas autos, atracándolo contra la
muralla y diciendo: «muchacho trompeta que te querés burlar de un hombre,
toma! y zas! zas! le puso overo á golpes, con los que dándose por bien servido
el acongojado y mal acontecido gracejo, se volvió á su cuarto á curarse y
seguir la broma, contándolo con gracia infinita. Ocho dias después, Posse
soltaba inopinadamente la risa, diciéndome,— nunca te formarás idea de
carácter mas alegre, ni de pillo mas travieso. Paso horas felices haciéndolo
hablar para admirar su talento, su chiste y su entusiasmo y bondad.
Otra fué también con un fornido vasco que se estaba bañando en el río.
No Dominguito, sino un compañero, tuvo la maldita idea de dejarse caer
desnudo desde el puente sobre los hombros del pobre vasco desapercibido á
quien daba así un tremendo zabullon, ganando á lo mas hondo del río ambos
muchachos, á donde el burlado no podía seguirlos. Pero no habían contado
con la huéspeda; al volver á la ciudad, después de haberse bañado, poco
antes de la entrada del muelle, divisaron al vasco enseñándoles los puños y
dispuesto á disputarles el paso. ¿Qué hacer en tan duro aprieto?—Tenemos
que pelear, decia el uno, ó nos tiene encerrados aquí todo el día este bruto.—
Pelea tú, replicaba Dominguito, que te tienes la culpa; lo que es yo ¿porqué
me he de hacer golpear de valde?—¿Me abandonas entonces?—No; pero yo
estaré viendo y te ayudaré si te aporrea.
El diálogo siguió en este sentido. El uno empeñado en persuadir al otro de
tomar su parte de porrazos, hasta que, tocándole la cuerda sensible del honor
y de la amistad, y haciendo de tripas corazón, se resolvieron ambos á
acometer la terrible aventura. Pusiéronse cerca, como si de nada se tratase y
dispuestos á seguir su camino; pero el vasco no entendía de chicas y acometió
al verdadero culpable. Entonces Dominguito, levantando el brazo y la voz,
dijo:—aquí estoy yo con mi golpe de arriba, á ver que tal sale!—Y tan bien
salió que el jastial cayó redondo al suelo, haciendo resonar el entablado bajo
el peso de un enorme puñetazo en la cabeza.
Era el caso que un maestro pugilista, viéndolo tan espigado y alto, le dijo,
dándole lecciones:—como Vd. será siempre mas alto que su contendor, voy á
enseñarle un golpe que se dá de arriba para abajo, aquí en la cabeza, que es

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infalible y deja aturdido al que lo recibe. La mano izquierda amenaza en falso
á la cara, ó cubre así al cuerpo, mientras Vd. enarbola el largo brazo y
descarga su golpe. El vasco nada sabía de estos secretos del arte, y no
comprendía la exclamación burlesca del que llamaba mi golpe á aquel que lo
derribó.
La otra aventura fué mas chistosa, si cabe, y muestra un fondo de sensatez
poco común en su edad, diez y siete años. Algo había dicho un estudiante
ofensivo de él, á lo que respondió con un epigrama que dejaba tildado de
ridículo al agresor. Este lo desafió en regla á pistola ó al arma que eligiese.
Dominguito le pidió una cita en hora y lugar determinado y reunidos allí, le
dijo.—Vd. me ha desafiado y acepto el desafio; pero somos muchachos,
estudiantes, y es ridículo el andar manoseando armas que nos hieran. Las de
nuestra edad y de estudiantes, son estos buenos puños que Dios nos ha dado
y póngase en guardia, porque ya principio—sin que hubiera lógica, ni figura
de retórica que lo contuviese de poner fin á la querella, con mucha risa y
aplauso de los estudiantes sus compañeros.
No era querelloso de carácter y los acentos de su voz, llena de ternura,
cuando quería hacer sentir su influencia persuasiva, apartaba las ocasiones
tan frecuentes entre los muchachos de armar camorra, sobre todo si el caso
prestaba asidero al ridículo y daba materia á su buen reir que necesitaba
pasto diario de que alimentarse.

¡Cuan providente se ha mostrado la naturaleza al dotar al hombre de una


prolongada infancia, á fin de dar esperas á la razón que ha de dirigir los
impulsos del cuerpo! Un elefante con diez veces su mole, tiene seis veces
menos infancia que el hombre; y á medida que los seres animados descienden
en la escala intelectual, la infancia es apenas una aurora que precede la plena
refulgencia de la vida.
¡Qué sería, que será acaso en organizaciones privilegiadas, de un niño con
el cerebro ya funcionando, deduciendo, analizando, en presencia de cosas
que no comprende y con bracitos inhábiles y manecillas torpes para asirlas y
palparlas, con ojos que miran, pero no miden las distancias y los tamaños
reales, viendo en realidad los objetos en perpectiva, tales como el pintor los
representa en el lienzo, sin la necesaria corrección de la razón ejercitada.
Cuantas veces he contemplado la mirada inteligente, inquisitiva, tranquila
de un párvulo, que no puede hablar aun, pero que siente, que se le vé que
entiende, que comprende lo que vé, á diferencia de otros párvulos cuyo ojo
redondo, cuya mirada turbia, azorada, fija, está revelando que todo, excepto
su madre, es misterio para él.
Este es el rasgo distintivo de los esfinges egipciosos, colocados en las
largas avenidas que conducen á los propileos de los templos: la

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contemplación infinita, profunda, del insondable misterio.
George Sand ha dotado á la literatura francesa con la historia de las
sensaciones de sus años infantiles, con una verdad de ilusión tal, que nadie
puede leer esta parte mas bella de l'Histoire de ma vie, sin sentir que esa es la
propia historia de su alma, esas fueron las dulces ilusiones de sus primeros
años, atravesando arroyos imaginarios, viendo mundos extraños en el mundo
real de la vida; vida ordinaria para los adultos, pero no para los niños, para
quienes solo es poesia, ficción, encanto.
Renán en un artículo sobre la filosofía griega, ha dado esta misma
explicación de aquellos cuentos que han mecido la cuna de los pueblos. Todo
era portento: la vida, la muerte, el rayo, la luz, el cielo. Lo único que les había
sido difícil, era saber que cosa era natural. Todos los fenómenos que hoy
llamamos naturales eran producidos por agentes animados; las cosas
inanimadas vivían, los ríos, las nubes, los bosques, las fuentes con sus
divinidades respectivas. Max Müiler cree que el absurdo sexo dado por los
idiomas á las palabras que representan cosas, tiene el mismo origen, según las
deidades á que estaban consagrados, ó mil otras relaciones con la vida, que
los pueblos niños sabían encontrar, flumen, varón, fons, mujer. Un genio
presidía á cada hora del día, al nacimiento, á la muerte, la victoria, todos los
grandes y pequeños acontecimientos. El miedo misterioso que causa la
soledad de la selva, dio origen al terror pánico. Júpiter tenía al rayo; cada
planeta anunciaba la presencia de un dios; las constelaciones eran el
calendario para marcar el día y hora del nacimiento y tomar su horóscopo.

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EL MAMPATO

Llámase así en América á los caballos de poca estatura, el ponney ingles,


la jaca española.
En América y en la República Argentina sobre todo, el caballo forma parte
del hombre. Era, hasta la introducción de los ferrocarriles, el medio usual de
trasportar á largas distancias; en las ciudades de provincia, vehículo para los
quehaceres fuera de casa y en las campañas hasta hoy el único medio de
locomoción. Al despuntar el dia se echan los caballos al corral y cada varón,
patrón, niños, sirvientes, ensilla su caballo, aunque no todos tengan objeto
especial para usarlo. El caballo ha de estar ensillado y á veces lo está todo el
dia sin ser requerido.
La equitación es, pues, parte esencial de la educación del niño; y como los
caballos no son enteramente amanzados, riezgo de la vida corre el adulto, si
desde temprano no ha sido adiestrado en su manejo.
El paisano desprecia altamente al cajetilla que no sabe aguantarse un
corcobo; y mucho ha contribuido en el ánimo de las masas populares
campecinas al amontonamiento y sublevación en que tantos años han vivido,
esa aparente inferioridad de las clases cultas y sus militares en el
sometimiento y manejo del caballo.
Dominguito debía, pues, ser hombre de á caballo. Un dia ¡dia feliz para el
niño! como pasase su padre frente á la Moneda de Santiago, encontróse con
un paisano que llevaba tirando un mampato, de aspecto manso y
malentrasado de figura.—¿Vende Vd. ese mampato?—Si, señor—¿Cuanto?—
Siete pesos—Sígame.
Una talabartería estaba á mano y desde la puerta se trabó este otro diálogo
—¿Maestro, tiene por casualidad una silla para este niño chico?—Después de
alguna hesitación,—tengo una señor, que me mandaron hacer, pero hace tres
meses, y no han venido por ella—¿Quiere venderla y hacer otra?—Se la
venderé, pues, señor.—Ajustado el precio, se ensilló el mampato á la puerta y
el paisano, á fin de recibir su dinero, llevó el caballo, así enjaezado á Yungay.
¿Quién no ha sentido el placer de procurar momentos de dicha á aquellos
á quienes ama? Es irreparable el estrago causado en nuestras costumbres
domésticas por la supresión de las antiguas fiestas cristianas, el año nuevo, ó
las pascuas, el christmas day de los ingleses. No tenemos aquellos aguinaldos
que hacen la felicidad de los niños en Alemania, con el árbol cargado de
juguetes, pitos, muñecas, frutas pintadas mas sabrosas para la espectante
turba infantil que todas las peras y los melocotones del mundo, por ese dia al

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menos.
—Dominguito: hé aqui tu caballo, ven á montarlo!— Y tomándolo de un
bracito, estuvo segundos después en horcadillas sobre su caballo. Oh! nunca
lo olvidaré. Sus ojos lanzaban chispas de orgullo y placer indecible. En lugar
de tomar la rienda que yo le tenia, extendió los brazos, haciendo señas
soberanas para que se apartasen todos, á fin de sentirse ¡a caballo! sin arrimo
de nadie. Taloneó la falda de su silla, pues á mas no le alcanzaban sus
piernecitas; el caballo dio algunos pasos, y fué caballero feliz dos minutos.

Iba á la Escuela todos los días á caballo y la familiaridad mas completa se


habia establecido entre caballo y caballero. Meses después me decía el uno
del otro: Papá, el manpato se ha puesto muy pícaro; no me hace caso; se va
por donde quiere y no hay forma de hacerlo caminar. Está bueno, le contesté,
mañana se arreglará…
Yo me he criado, como todos los provincianos, á caballo y conozco sus
resabios. Comprenden todo: si el que los monta es tan animal como ellos, si es
débil, si tímido, y obran en consecuencia.
Nunca me olvidaré de un susto que le di á un mancacarron[10] en el istmo
de Panamá, cuando la travesía se hacia desde á la ciudad de Pananua en
caballos de posta[11]. Como eran de ordinario marineros los transeúntes, los
caballos sabían con quienes tenían que habérselas y la cabalgata era una
verdadera tragi-comedia, mas temible para los pobres pasajeros que la fiebre
amarilla. Tocóme uno, ni mejor ni peor que los otros, y apenas hubo dado
algunos pasos, conocí que Rosinante me tomaba por un gringo. ¡Tate! me dije,
ya la vas á ver! que te equivocaste de medio á medio. Soy gaucho civilizado y
sé extraerle al caballo la última gota de marcha que puede suministrar,
estrujándolo hasta que quede estirado é inmóvil.
Corté una rama de árbol, aguzéle la punta; y principió la sabia
demostración, insinuándole la única espuela, grabándole al oido en ciertos
pasajes y acentuando con la aguda punta en el anca, las verijas, ó el cuello,
según el grado de persuacion requerido. No he visto caballo mas
desconcertado! Había un árbol tendido y lo hice correr sobre el tronco
algunos pasos. Llegué á Panamá dos horas antes que la comitiva y el
mancarrón bañado en sudor, se habrá acordado de mi toda su vida…
Desde muy temprano acostumbré mis sentimientos y hábitos á mirar á los
demás animales como consocios nuestros en la vida y manifestaciones solo
incompletas del plan común de la creación.
En 1847 compré en Londres la sexta edición de «Vestiges on the Creation» y
sus doctrinas que respondían á mi propia intuición, se hicieron las mías, ó
mas bien las fundaron. Darwin me encontraba preparado. Yo creo en la razón
de los animales.

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Escribía de noche en Yungay y el perro ladraba afuera con tenacidad
desusada, con cierta tranquilidad, cual si desempeñara una función. Escribía
yo y escribía absorto y la sensación del oido sin percepción me causaba
malestar. Retíreme á dormir y el ladrido seguía tenaz, tranquilo, significativo.
Después de ganar la cama, vínome la idea de abrir una ventana que daba al
jardín, á fin de ver el aspecto de las cosas. Maquinalmente mirando hacia lo
oscuro, vi pasar uno con algo pesado, blanco, en un azafate.
Eran las dos de la mañana, y aquel el ladrón que se llevaba toda la plata
labrada del comedor. El perro habia estado toda la noche diciendo, ladrones,
ladrones, ladrones!
Algo desusado ocurría otra noche en casa y un niño dormía en la cocina.
El perro toreaba hacia la huerta, hacía bulliciosas embestidas, venía en
seguida á la cocina, despertaba al niño, sacudiéndolo y moviendo la cubierta,
y volvía con nuevo ahinco á acometer á quien óá lo que provocaba su
desconfianza. Repetía sus tentativas de despertar al niño que harto despierto
estaba, pues él refería al día siguiente lo acaecido, pero tenía miedo.
Los diarios del Maine ha publicado estos días el siguiente hecho: Un
farmer salía de su quinta dirección á la de un vecino, cuando viniendo á su
encuentro uno de los caballos de su carruaje, lo tomó de la manga de la blusa,
impeliéndolo á seguirlo. El farmer, entre complaciente y admirado, se dejó
llevar, soltándolo el caballo desde que lo vio que seguía. Así marcharon cerca
de una milla y ya el patrón aburrido se disponía á tomar su primera
dirección, cuando el caballo volvió á tomarlo de la manga dirigiéndose á un
rastrojo vecino. Allí, sobre un puentecillo de tablas que cruzaba un arroyo,
encontró al otro caballo del carruaje que al intentar pasar, las tablas se habían
quebrado, y yacía con las patas colgando sin poder ponerse de pie. El caballo
fué salvado y el que había ido á pedir auxilio siguió un rato á su amo
restregándole la cabeza por el costado, para darle las gracias, sin duda no
tanto de haber salvado su propiedad en peligro, cuanto por haber
comprendido su mudo y elocuente lenguaje.
En el Jardín de las Plantas en Paris hay un elefante. Una señora llevaba un
bouquet de azahares y la enorme bestia la seguía, reja de por medio. Alguien
que la acompañaba le explicó la cosa, diciéndole que los elefantes gustaban
mucho de la flor de las naranjas, entre cuyas ramas, metían la trompa para
olerlas. La dama, pour lui étre agréable, pasó al elefante su bouquet. El elefante
lo olió con pasión repetidas veces y se lo devolvió con igual galantería. Era,
por lo visto, un elefante aclimatado parisiense.
Se ha escrito últimamente un intesante libro sobre las hazañas de los
perros; y hay por todas partes sociedades y aun leyes para estorbar la
crueldad con los animales.
Cuando la humanidad se persuada que es solo un poco menos animal que

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ellos, se consagrará á estudiarlos, sin pasión, dándole su parte de razón y
entonces descubrirá que son hombres muy imperfectos.
Con estas doctrinas sobre la capacidad de los caballos, mandé que al
mampato me lo tuviera de la rienda su amo.
(Siguen detalles exactamente iguales de los ya narrados).

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EL MAR

Es aquí el lugar de contar como hizo su entrada en Valparaíso y su


primera vista del magnífico espectáculo del mar, que yo había querido darle
á esa edad con las solemnes impresiones que deja en el alma.
Para ello es preciso volver atrás y acaso se encontrará la explicación de
esta extraña fascinación que lo hizo creerse siempre hombre, como su padre.
Su facultad de impresionarse de un papel, un rol, era tal, que durante las
veladas de invierno se le subía á una mesa de arrimo al lado de las bujías,
cuando tenía cuatro años, para que hiciese tableaux vivants. Se le hacía tomar
la postura que se quisiese; y después de ensayar con éxito cumplido las
clásicas, se escogían las mas grotescas y ridículas, haciéndole señalar con la
mano lo que nunca deja de exitar la risa. En quince días que duró la broma, la
sociedad reunida, riendo á carcajada tendida, nunca logró, aunque de intento
se hicieran comentarios ridículos, hacerlo sonreír siquiera. Su cara inmutable,
los ojos fijos de la estatua, permanecían impasibles en medio de la general
algazara.
Como no había niños en la casa, sus conversaciones eran con adultos, y
esto contribuía á darle aquel tinte especial que recibió su carácter.
Existía en la casa una colección de la «Ilustración» de París y sobre ella
pasaba horas enteras, por los primeros años de su vida.—Papá, qué animal es
este?—Es una girafa.—¡Qué patas tan largas!—¿Qué gente es ésta sentada
oyendo á uno que habla?—Es el Congreso de Francfort en Alemania.—
¿Donde está D. Manuel Montt? (era entonces Montt diputado al Congreso en
Santiago)—Ese que está ahí. ¿No lo vés que se parece?—¿Cómo se llama este
buque?—Este es bote.—¿Y este otro grande?—Fragata. Esos puntos negros
son las troneras para los cañones…
Este diálogo era eterno y su imaginación se pobló de animales, buques,
vistas de paisajes, bahías, montañas de todo el mundo. Las aplicaciones á la
vida real de este almacén de nociones, era verdaderamente asombroso.
Ejemplo. Llevábalo por delante sobre una almohadilla un sirviente en una
escursion de la familia á Aconcagua. ¿Qué edad tendría? Era antes de poseer
caballo. Desde la cumbre de la cuesta de Chacabuco, la vista descubre el valle
hermosísimo de Aconcagua cuyos verjeles aparecen como un bosque
continuo. El niño al divisarlos, exclamó, ¡ay! que bosques tan lindos! Llamóle
la atención al peón el nombre de bosque que no es usual en Chile; pero á poco
añadió: No es tan lindo como los bosques del Brasil. ¡Tanto titi!—¿Como es
eso, patroncito? qué son titis?—Pero hombre! unos monitos chiquitos, con

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una colita muy linda, que andan en las ramas de los árboles!
El caso era que en su casa había un titi disecado y su padre debido darle
detalles sobre su vida en los magníficos bosques del Brasil…
Viendo dos años después, camino de Águila, unos cortes en la barranca
inmediata al puente del río Maipo, y preguntando su padre á D. Jacinto Peña
para qué se habían hecho, el niño contestó—¿sabe para qué ha de ser? Han
sido troneras para poner los cañones en la batalla de Maipo y hacer fuego á
los españoles—lo que era la solución mas racional, si no era verdadera,
porque aquel lugar solo tenía de común con la batalla el nombre del río.
Sería interminable mencionar la multitud de tempranas aplicaciones á la
vida de las imágenes y nociones de que su cabeza está poblada.
Cuando uno se acerca á Valparaíso, viniendo desde Santiago y desciende
la cuesta… el mar se divisa á lo lejos, abajo, sin magnificencia, encerrado en la
bahía por dos lados y confundiéndose con el cielo del mismo color por el
fondo. Quien sabe donde está el puerto divisa las naves ancladas y sin velas,
como un puñado de moscas, cerca de la costas.
Visto así el mar, es una pobre cosa; y él que tenía idea tan grandes del
incomensurable mar, de los estupendos buques; para él que no hablaba de
otra cosa en el camino, sino del mar y los buques!—Aquí es, dije yo, hablando
con mi compañera de viaje, donde suelen vendarse los ojos á los niños, á fin
de que no se les hinchen con el aire salado del mar; pero este es un loco, se ha
de levantar el pañuelo para ver y nada se conseguirá. Mejor que ande allá en
llegando dos ó tres días con ojos colorados, que luego pasará.
Al oír tal razonamiento paró mientes el niño y después de pensarlo un
rato, dijo:—¿pero que están locos que no me vendan á mí los ojos?—No. Ha
de ir pugnando por mirar, y yo no estoy para incomodarme.—Que no.—Que
si.—Fué preciso, á sus reiteradas instancias vendarle los ojos y asi bajó en
birlocho la larga cuesta. Temo que en las calles, en medio del tentador ruido
de carruajes y gritos, se dio maña y vio un poquito, pero ya no había cuidado,
puesto que el mar no se vé de las calles.
Descendiendo en el hotel de Madame Aubin, tómelo de un brazo y lo
conduje al muelle y poniéndolo dando frente á la bahía y yo de frente para
verle el rostro, le quité la venda, diciéndole,—ahí tienes al mar!
¡Qué ojazos! qué expresión sublime de sorpresa, placer, miedo! Oh!
sublime! sublime! Tomé inmediatamente un bote, navegamos por entre los
enormes buques apiñados, leyó los rótulos de algunos, habló por los codos,
mostró cuanto en aquel laberinto llamaba su atención y subimos á un vapor,
no sé cual que no era grande, y descendimos al cuarto de la máquina en
reposo.
Cuando volvimos al hotel, parecía que había crecido ó tenía un año mas
de edad, tanto se había ennoblecido y hombreado su fisonomía.

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El espectáculo, así agenciado, no era para menos. Todos los hombres
recuerdan el día en que vieron el mar por la primera vez y el temor que causa
la ola que viene como un ser vivo é irritado á reventar cerca del espectador si
se acerca á la orilla. Yo lo vi allí mismo en Valparaíso, y subí á bordo de la
fragata «Dublin», navio rebajado, pero tan grande para mis ideas entonces de
las magnitudes humanas, que exclamé, sin saberlo como Voltaire, ¡cuan
maravillosas las obras del hombre!
Quería darle esa emoción y sabía que á esa edad era capaz de sentirla.

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ADAPTABILIDAD

De esta misma fascinación en que se crió con respecto á sus relaciones con
la vida real, resulta á mi juicio una temprana adaptibilidad que le servia para
abrirse paso y llevar á cabo sus proyectos y satisfacer sus deseos. No se
necesita encomiar mucho la ventaja inmensa que un niño reporta de lo que se
llama despejo, que es solo la cordura anticipada, el ingenio é inventiva
despiertos desde temprano, mientras no es raro ver naturalezas retardarías,
jóvenes que á la edad de quince años y aun mas, son unos chiquillos en lo
encojidos y faltos de maña. La educación ha de aplicarse á esta parte que vale
tanto ó mas que la instrucción, pues si esta lleva las nociones, la otra saca
partido de las pocas que tiene.
(Signe con variantes de expresión la narración de la venta de una oración
á Santa Brígida).

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INSTRUCCIÓN

Esta es la tortura cruel á que están sometidos los niños, y de maldecir sería
de la civilización si se tuviese en cuenta los sufrimientos físicos y morales del
niño, sentado en un banco horas, cuando las piernas le están saltando por
echarse á correr, estudiando insípidas cosas, cuando solo de reír y gritar tiene
ganas.
¡Qué vida la de un pobre niño, trabajando, pensando, sin tener voluntad
para lo uno, ni capacidad para lo otro, pues su instrumento, su órgano está
incompleto! Ni conoce el valor de las palabras que le dicen, ni las cosas que
representan, ni siquiera el objeto para que se aprende tanta soncera,
gramática, geografía, escritura, todo mecánicamente, todo sin aplicación
práctica á su vida de niño. ¡Para cuando sea hombre! Bonito argumento;
como si un niño pudiera pensar en el día de mañana, ni en cosas para aquí
diez años.
Mucho se han mejorado los sistemas de enseñanza; mucho han ganado los
niños, con los nuevos métodos, con hacerlos levantarse cada media hora,
sentarse en cómodos asientos, etc. Pero mucho falta todavía para que un niño
quiera leer, escribir, contar, con la misma pasión impulsiva con que quiere
correr, jugar, reir, hablar; y sin embargo, un método debe haber, ha de
encontrarse al fin, de educar el alma por los mismos medios que se educa el
cuerpo; pues que educación del cuerpo, es esa gana de correr, sin la cual los
miembros se quedarían débiles. Sin la multitud de juegos infantiles, el
trompo, la pelota, la raquela, etc., la mano y el ojo no adquirirían precisión en
los movimientos-El gritar y el llorar ejercitan los pulmones: el continuo
hablar enseña el uso de la lengua, que es la mas difícil tarea que el niño está
desempeñando diariamente. ¿Acaso es nada, aprender un idioma entero en
los primeros años de la vida, con sus verbos irregulares, su irregular uso de
terminaciones para formar adjetivos, adverbios, sustantivos, sin equivocarse,
como lo hacen los adultos, cuando aprenden una lengua extraña?
¿Porqué no habrá de encontrarse un medio, ó muchos medios, de hacer
que los niños importunen á sus padres por aprender á leer, á escribir, contar,
como lo hacen por jugar, por correr y montar á caballo, remar en bote, y
veinte ejercicios mil veces mas duros y penosos que aprender á leer?
El día que leer, escribir y demás, sea necesario y útil para algo relativo á la
infancia, los niños aprenderán solos; y ese día no está lejos, por mas que se
crea. La sociedad marcha á acelerar la vida, ó mas bien, á prolongarla,
empleándola útilmente, acumulando sensaciones, suprimiendo distancias,

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agrandando la época de acción.
A fines del siglo pasado, se hacía testamento antes de emprender viaje; y
por tierra, en Francia, se ponía un mes para llegar á París; en los mares, un
año de Europa á América. Hoy el mundo es una ciudad, las naciones barrios;
el vapor un hotel que se mueve con todos sus cuartos, tabla de hóte y
habitantes. La vida se prolonga, ademas, tomándole á la pubertad el tiempo y
dándoselo al hombre, pues ya es hombre el niño antes de ser púber, como se
vé en las naciones nuevas y viriles y cultas como los Estados Unidos. Las
máquinas y la común educación van produciendo otros cambios, y tanto se
exige del hombre y tantos medios va adquiriendo, que no desespero llegue
un día en que los conocimientos estén en la atmósfera y se respiren en el aire
ó se vean en las murallas de los edificios, y los niños y los adultos los
adquieran de por si, sin compulsión, porque no podrán vivir sin ellos y nadie
nos fuerza á comer si no es el hambre, y á beber si no es la sed.
¿Cómo, pues, crear una secreta y constante hambre y sed de saber? He
aquí el problema de la civilización.
Que no es imposible, lo prueba el resultado mismo del saber, que hace
que el hombre instruido pase toda su vida leyendo, instruyéndose,
aprendiendo. Con solo existir diarios, ya nadie puede pasarse sin leerlos
diariamente y con el cable nadie hay que viva tranquilo si no sabe lo que
pasaba ayer en Europa. Esto, pues, que es el fin y el medio, debiera estar al
principio, deseo de saber, y entonces los niños incomodarán á sus padres
para que los dejen aprender.
Tan lejos están los pueblos donde algunos leerán estas páginas, que
pareciera inconcebible por absurdo, si no fuera el hecho vulgar, permanente,
diario, y es que naciones enteras hace siglos que están aprendiendo á leer, con
tanta molestia para no leer nunca, como aprendería á nadar el que vive en
ciudades donde no hay ríos ni lagos. *
¿Cuántos leen diariamente como una necesidad de la vida en España y la
América del Sud? Uno en mil, sería mucho decir. En las escuelas se enseña á
leer; pero no se dá ni «1 gusto ni el hábito de leer nunca.
Explicaré mi idea con un ejemplo, Diéronme en Buenos Aires un indiecito
de ocho años, sacado de las tolderías del Norte de Santa Fé; y le enseñé á leer
en tres meses. El chinito, asi que llegaban los diarios de la mañana, se llevaba
uno, siempre La Tribuna, y se sentaba en la grada de un zaguán, que era
suficiente alta para su estatura. Allí registraba el diario en buscado noticias,
sobre todo de la guerra, mascaba sus palabras, y cuando ya se había dado
cuenta del contenido, llamaba á los sirvientes y á la cocinera, dicíéndoles,
vengan á ver lo que dice el diario de la guerra, y leía en corro lo que mas le
interesaba. Así sedujo al sirviente de mano que no sabía leer, explicándole y
comentándole los términos del enganche en la legión italiana. Era el indiecito

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desaseado, desobediente, sin vergüenza, mal entretenido y ratero incurable,
pero había aprendido á leer para leer y leía todos los días.
¿Cuántos sabiendo leer y enseñados según las prácticas americanas, leen?
Y la civilización de la América del Sur está ahí, en ligar la escuela con el libro.
En Chile se fundaron bibliotecas en las Escuelas, y los libros se perdieron
de estarse empaquetados ó en los rincones, porque al maestro no le ocurre
que los libros son para leerlos y en la escuela lo pudieran leer muchos.
El que esto escribe debe á su padre la mas fecunda educación que no
daban por entonces Universidades y Colegios: la de hacerle leer, después de
venir de la escuela, hasta imprimirle el gusto y la necesidad de leer, á la edad
de siete años. Toda su vida se ha llevado leyendo, y si aprendió idiomas
donde no hablan extranjeros en una Provincia del interior de América, era
solo para poseer la clave de leer libros; pues no aprendió á hablarlos sino de
hombre entrado en años y en los países mismos donde tales idiomas se
hablaban.
Con tales ideas, se presiente que teniendo un hijo, vivo, alegre, despierto,
inteligente, este padre y maestro de lectura, vá á ensayar sus métodos de
enseñar, y realizar su idea de que los niños aprenden, lo mismo que juegan y
corren y gritan.
Pues bien, así sucedió. Y como si hubiere de dar cuenta un día del
procedimiento, muerto temprano y gloriosamente el discípulo, le sobreviven
las frágiles hojas de papel en que aprendió á leer sin libros, sin silabario, solo
conversando, jugando á leer, como se juega á correr carreras ó á encumbrar la
pandorga.
El discípulo tiene tres años y medio contados. Es invierno, hace frío, y el
maestro está sentado al lado de la chimenea con el alumno al lado.
Vamos á conocer estas letras. ¿Cómo se llama esto en que estás sentado?—
Silla—Pues bien, esta letra se llama o ¿cómo es la o?—Redondita—Hágala
con los dedos esa es la o—¿Qué tiene este palito encima?—Un puntito—Esa
es i, y señálela con el dedito chico, pegándole en la cabeza con la punta del
otro dedito—Esta es u dos dedos de la mano parados para arriba y separados
entre sí.
Basta de lección. Vamos á buscarlas en un libro, á ver si la reconoces, y la
pesca en aquel mar de letras empezaba: aqui está la o—aquí la i—esta es u—
no, es n, ¿no vés que está para abajo?
El alfabeto se fué animando poco á poco y el niño acabó por ser él mismo,
letra. La A, decía, tiene una panza así, y se señalaba su barriga—la E un ojito
arriba—la C ejecutada con la mano como la o pero abierta, la F el chicote
ingles—la G con cola enroscada—la L un dedo parado—la LL dos dedos
juntos—la S una culebra en el aire—la T con un palito en el pescuezo y se
señalaba el suyo con el dedo— la R con una puntita en el hombro, y se lo

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tocaba—la x dos dedos en cruz griega—la J la i con cola—la N con dos dedos
hacia abajo, la M tres, etc., etc.
El mayor trabajo lo dieron la P. B. D. Q. que son el mismo signo en
diversas posiciones; pero la pesca diaria en los libros acabó por vencerlo todo.
Se procedió cuanto antes á formar sílabas y ahí están las que sirven de
lección.
El libro es monótono y la cantidad negativa pone miedo á los niños.
Nuestro silabario era un librito en blanco.
Ahí está, lo tengo ala vista, fresco aun. Me parece que al abrirlo, esta
memoria sagrada exhala el perfume lechoso del niño de tres años; él estaba á
mi lado, él me había pasado el carbón de la chimenea con que están trazadas
las sílabas; él atisbando la letra s al formarla y luego la a, diciendo sa y la
lección seguía, inventándose al mismo tiempo que se iba leyendo…
En medio de las lecciones de lectura, hay toscos dibujos al carbón. Un
pato, un buque etc. Es que para hacerle comprender una idea, á veces le
trazaba una tosca figura ó alguna invención.
El adquirió también este sistema de demostración y en el mismo librito
hay una prueba notable.
Ya escribía, lo que debió suceder un año mas tarde. Un vecino tenía una
niñita de su edad, ó mayor, llamada Delfina, con quien se juntaba á jugar
algunas veces. Eran por tanto amigos inseparables, y por tanto peleaban de
palabra cada día. Uno de ellos debió ser atroz el agravio inferido, porque
Dominguito vino de la calle enfurecido y tomando su librito de lecciones hizo
en él la caricatura de Delfina, con patas de langosta, alas de murciélago,
cuernos de cabra y otros signos agravantes de fealdad. La figura se parece
tanto á Delfina como a una rana, pero él evitó todo error posible, poniéndole
su nombre en todas letras y como con una corona de calificativos femeniles
que si no prueban que el objeto de su rencor es una mujer perdida, prueban
que los niños oyen en la cocina todas las palabras injuriosas que la lengua
contiene y otras mas como chuquisa que se han inventado ex-profeso, como
si escasearan.
La venganza fué, pues, completa; y siguiendo mi plan, si leía, si escribía, si
dibujaba, todo eso se aplicaba á su vida de niño, á sus enojos. La página ha
quedado como toda obra de arte. ¡Será posible que el papel, esta telaraña que
se nos deshace en las manos, sea mas duradera que el bronce, que la fama,
que la vida, tan corta y tan frágil!
Así aprendió á, leer Dominguito; pero en estas lecciones de lectura, en
aquel diálogo compuesto de digresiones—Vea papá, el perro negro como
va… Dígame papá, ¿porqué suben los volatines para arriba? etc., etc., se fué
formando un tesoro de nociones, de datos que desenvolvían su juicio y la
facultad de adoptarlos á los hechos prácticos.

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Ejemplo. Viajábamos en birlocho una vez con mi querido Jacinto Peña y el
niño vio en el camino un poste de piedra con un número 2—¿Sabe que ha de
ser, papá, esto? Para indicar las leguas. Si encontramos otro con el número 3,
es seguro que habremos andado tres leguas.—No recuerdo haberle hablado
antes de columnas milliarias. Acaso vio algo parecido en la Illistration.
Conversábamos sobre guerra y sobre la debilidad relativa de la infantería
contra buena caballería, dado el empuje y peso del caballo, aun sobre tres
hileras de infantería—caballería francesa—lanceros, sus estragos—tratados
de 1815 prohibiendo á la Francia tener Regimientos de lanceros etc.—«Pero
dígame, papá, saltó el niño de ocho años que venía oyendo la disertación, ¿no
podrían los soldados de infantería hincar la rodilla los de adelante y poner la
bayoneta para que se ensarten los caballos?—Peña, asombrado, me preguntó
¿habrá visto hacer el ejercicio? Eso es lo que se hace en efecto, pero el caballo
ensartado se llevará por delante al infante, rompiendo filas.

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LA ESCUELA

En mala hora le había provisto de caballo. Un poco de pereza en llenar


nuestros deberes echándolos sobre los hombros de los otros y la capacidad
reconocida de mi amigo Hilarión Moreno que comía en casa los domingos y
era entusiasta é inteligente maestro de escuela, mellizo mandar á la escuela á
Dominguito.
Allí continuó aprendiendo á leer y escribir y empezó á ponerse en
contacto con todos los niños, entrar en la rutina vulgar de la enseñanza,
metódica y administrada por mayor á centenares, convénganle ó no á este ó
al otro, iniciándose en los vicios, artimañas y prácticas de los niños; perversa
instrucción que se insinúa por los poros, que se respira en la atmósfera;
perversa, pero necesaria, edificante y útil. Esta es la sociedad en que ha de
vivir siempre, y con el buen grano ha de crecer la cizaña. Ay! del que intente
sustraerse á ella. Se quedará inapto para vivir la vida tal como ella es.
El mal no estaba ahí, sino en que naturaleza tan activa, tan impresionable,
espíritu tan elevado, permítaseme la frase, no se limitaba á los medios
ordinarios de enseñanza. Necesitaba ser exaltado, ser tenido en algo, en
mucho. Conmigo era un hombre, mi igual y hablábamos de todo, política,
educación, viajes, ciudades, animales, noticias. En la escuela se sintió niño
como los demás, y como los demás fué niño. Aprendía, no aprendía, jugaba y
ponía en alarma á la escuela.
El domingo sabia por el maestro lo ocurrido en la semana, y yo indicaba
remedios que no siempre podían emplearse. No recuerdo porqué causas pasó
á la escuela de Villarino, otro compatriota, amigo y comensal de los
domingos, y el mal fué tomando creces. Un día me dijo Villarino: el niño esta
perdido, no aprende, no se contrae, es el azote de la escuela, y se lo lleva
inventando diabluras.—¿Y lo castiga usted.—Quería consultarlo sobre eso.—
Aplíquele la palmeta, el chicote y duro.
Se aplicó el cáustico con pasagero éxito. Algún tiempo después me dijo el
maestro:—No sé qué hacer con Dominguito. Es inútil castigarlo. Llora, se
lamenta y una hora después vuelve á las andadas. Pobre! cuantos azotes
recibidos por mi culpa! no porque así lo ordenase, sino porque lo había
abandonado á extrañas manos. No era esa su cuerda! Tómelo de nuevo á mi
cargo, sin descontinuar la escuela.
El visitador Suarez le mandó de regalo el Buffon de los niños y con él
principiaron nuestras sabrosas lecturas, con el sentido propio del caso, con
inspección inmediata de la lámina que representa el animal cuya vida es el

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objeto de la lectura, con explicaciones, digresiones, preguntas y respuestas.
Estaba en su elemento otra vez. Vamos á escribir; un hombre inteligente
ha de tener una lindísima letra. Los ignorantes juzgan por estos signos
exteriores; y luego el que tiene buena letra puede ser comerciante, cajero,
secretario, ministro, diplomático, porque todos lo necesitan y en todo se
precisa una linda letra; y presintiéndose ya cajero. Ministro, General,
Diplomático, escribía con cuidado y venía con aires de triunfo á mostrarme
una hermosa escritura. Villarino, que nada sabía de esto, vino á comer como
de costumbre á los quince días, diciéndome alborozado ¿sabe que
Dominguito se ha compuesto? Lee, escribe con cuidado, juega menos y ya no
es necesario castigarlo.
Ah! para qué lo habíamos castigado inútilmente! y digo castigado porque
yo no le escaseaba los mismos medios de corrección, excelentes para tipos
menos finos.
Así pasó su primera infancia, cayendo y levantando, según que se ponían
en juego resortes é influencias adecuadas ó estériles. Llévelo á Valparaíso,
aun Colegio Alemán, con el ánimo de que aprendiese idiomas, cuan
pequeñito era; porque esa es la edad en que el alma está en acecho de
palabras que atesorar; la lengua, sin hábitos, dispuesta á reproducir toda
clase de sonidos. Las dos funciones del niño, hasta los diez años, son correr
para ejercitar los tendones, hablar para aprender el idioma. La naturaleza es
entonces el maestro y el arte está en proveer grano á aquella maquinilla de
mondar palabras, no importa de que lenguas; para pueblos españoles,
aprender idiomas vivos es simplemente acabar de aprender á leer, y yo por
experiencia propia daba á esta parte una suprema importancia.
Díjele al Director cuales eran las cualidades peculiares del carácter del
niño y sin prohibirle la aplicación oportuna de castigos corporales, que no
habría hecho jamas, llevado de mi respeto á la autoridad omnipotente del
maestro, le conté lo sucedido para ponerlo en guardia. Escribióme poco
después, corroborando mi juicio por su propia observación deleitado con
sujeto tan lucido, riendo de sus graciosas travesuras y todo anduvo á las mil
maravillas. Meses después me escribió un tanto desencantado, sin el tono del
panegírico y mas tarde que dispusiese de él, que le había sublevado el
colegio! El cabeza de motín tenia nueve años. Qué prodigio! Ya hableremos
de ello.
Las peregrinaciones de su padre que hacía la guerra en su país, forzaban á
interrumpir su vigilancia y el niño volvió á Santiago al lado de su madre. En
una de esas le escribía esto: «el niño está perdido; no hay mas influencia que
la tuya sobre él». Escribile desde Buenos Aires, «dírijelo y se compondrá».
Meses después, escribía: «Dominguito esotro con tus cartas. Estudia y es
bueno conmigo. La idea de que te cuente que se conduce mal, basta para

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contenerlo y el gusto de escribirte y contarte sus cosas lo hace feliz y
cuidadoso.»
¿Porqué no lo anduve trayendo siempre conmigo?
En 1856 nos reunimos al fin en Buenos Aires. Acababa de cumplir once
años. Sabía leer y escribir, como debe saberse leer, es decir como se habla.
Sabía ingles, un poco de francés, geografía descriptiva como el mejor; el
doctor Velez le dió lecciones de geografía, matemáticas, etc.
A poco de llegar y puesto ya en un Colegio, hubo amagos de fiebre
amarilla y debimos asilarnos por precaución en una quinta que me propornó
el señor Lezama y donde permanecimos veinte días. En estos veinte días, ni
uno mas ni uno menos, aprendió francés, lo que se llama aprender francés,
pues nada podían enseñarle después, si no era adquirir todo el caudal de
palabras. Un año después me decía que en la Universidad era consultado por
los estudiantes cuando había dudas sobre una fraseó palabra. Mas tarde ó por
entonces acometió hablar francés con M. Lelong, sin reparar en disparates y
mas tarde lo hablaba con facilidad.
¿Cómo se obró el prodigio? Lo mismo que bahía aprendido á leer, á
escribir, estableciendo corrientes que iban de mi alma á la suya. Conocíalo
por la animación de su semblante, por el brillo de sus ojos, por la atención
sostenida con que me escuchaba. Vamos á aprender francés; es lo mismo no
mas que el castellano, pronunciado de otro modo con ciertas alteraciones al
fin de las palabras…
Y por via de útil diversión, diré que he enseñado francés toda mi vida á
hombres adultos, á niños poco estudiosos, con solo esta preliminar lección.—
Vd. sabe francés; es lo mismo que el castellano y sino, vea que verbos, ni que
gramática, ni que nada. Leamos: le premier reproche diga eso en castellano,
claro! el primer reproche que l'on fait á la comission impériale, lo último está
clarito, l'on fait es le han hecho, fait es como fecho, hecho, hacer, hace:
después lo entenderá—… adelante! c'est d'avoir multiplié, es de haber
multiplicado.
En quince dias se le toma así el peso á una lengua, las nubes se disipan y
empieza á verse claro el propio idioma, disfrazado como una jeringoza con
letras de mas ó de menos, salvo una que otra palabra que no tiene analogías.
A José Posse, para enseñarle francés, ni ese trabajo me tomé.—Qué francés
has de aprender vos, le decía cuando estaba emigrado en Chile; si se bailara
en francés lo aprenderías en quince dias. Toma un libro en francés, léelo y
verás que eres menos bruto de lo que te imaginas.—Y el pobre, picado con
estas bromas, se me apareció dos meses después, porque habíalo perdido de
vista, diciéndome con una robusta esclamacion:—Sé francés, nada mas que
para probarte que era capaz de contraerme.
Volvamos á mi clase de francés, en la quinta, en medio de flores y árboles,

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con la historia de las aves de los Estados Unidos por Audubon, el mas bello
libro que haya sido escrito por autor mas al alcance de los niños. Andubon
fué un chiquillo que desde pequeñuelo se dio á cazar pajaritos con cebo,
trampas y mas tarde con carabina. De su juego infantil se hizo la profesión de
toda su vida. Quiso conocer las aves y fué estudiando ornitología; siguiólas á
los bosques para estudiar sus costumbres y se hizo el amigo íntimo de ellas,
viviendo meses enteros con ellas, sintiendo y amando como ellas; y cuando se
sintió maduro aprendió á dibujarlas y trasladarlas vivas al papel,
introduciendo así una revolución en el arte gráfico. Hubo de suicidarse,
cuando ya hombre casado y con hijos, por una negligencia las ratas le
comieron una caja de dibujos que le costaban años de estudio y trabajos.
Dícese que Newton hubo de hacer lo mismo por la destrucción de un
manuscrito en los últimos años de su vida. Andubon mejor aconsejado, tomó
su carabina, metióse en los bosques y en diez y ocho meses mas de trabajo,
restableció los dibujos perdidos pudiendo así publicar la inmortal obra que
está hoy sin rival como ejecución.
El hombre perdido en la selva—el picaflor—el incendio del bosque—el
deshielo del Mississipi—el caballo salvaje—el águila de cabeza blanca—son
trozos de literatura y de estilo que sobrepasan á toda descripción conocida,
por la sencilla razón que el autor es testigo y actor en las escenas y cuando del
pavo silvestre se habla, él es pavo también ¡que han devenir los naturalistas á
contarle, á él que ha vivido con ellos y los conoce como á sus manos!
Este es el libro en francés que vamos á traducir. Dominguito es ya un
futuro Audubon, eso se calla por sabido. Leemos juntos en francés para que
afine la pronunciación—leo yo solo para que me oiga—en seguida leo en
francés y él debe contestarme en castellano lo mismo. La lectura se hace por
frases, que es mejor que palabra por palabra. Si no entiende alguna palabra,
pregunta. Leidas así algunas páginas, le paso el libro y él lee en francés y yo
traduzco; claro está que si no acierto, es porque él me ha leido mal,
pronunciando incorrectamente.
El tiempo pasa inapercibido, nos hemos leido un capítulo entero; el
maestro encantado con las bellezas imponderables del estilo, el discípulo con
la cabeza llena de pájaros, viendo bosques de pinos, acaso mas lindos que los
del Brasil que nunca vio, ríos como el Plata, pero helados, hombres perdidos
en las selvas, etc.
No se trataba de aprender, cosa fastidiosa, sino de leer á Audubon. A los
diez días tomaba el solo el libro y venía mostrándome una nueva historia,
mas interesante que las otras. A los veinte se habían acabado los dos
volúmenes de la traducción francesa. Dominguito leía sin tropiezo y su
Director en el Colegio, que lo había dejado en gramática ó qué sé yo qué, se
quedó asorado de verlo volver á poco, en lugar de atrasado, como era de

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esperarse, saltando de clase en clase en un solo día, porque ni la primera
estaba á su altura.
Y no se crea que ignoraba las reglas. Ahí, sobre el cuerpo del difunto, á
medida que el caso ocurría, oía la regla y la excepción; si bien ni ese trabajo se
toman las nodrizas al enseñar las lenguas, pues ellas son porque son y como
son, sin necesidad de darle cuenta á nadie de su manera de ver. Asi es y se
acabó.
Estudió en aquel colegio lo que y como allí se enseñaba, dejándose ir por
el camino que los otros niños le trazaban. Un día me contó como al profesor
de francas le habían jugado una mala pasada. Salía del colegio á tiempo que
los externos se retiraban á su casa. A una señal convenida, un pilluelo empuja
á otro que cae de atravieso (de intento por supuesto) delante del profesor,
que tropieza y rueda. No había caído aun, cuando uno tras de otro caían
sobre él y le hicieron una cargadilla de dos varas de alto.— ¿Y tú también?—
Por supuesto.
El caso era grave; pero era peligroso ponerlo en guardia contra estas
francas revelaciones de sus travesuras que me hacía como á su compañero y
de que yo sacaba provecho. Me contenté, pues, con decirle, disimulando mi
indignación:—La lástima es que no hubiese sido yo el profesor, ya hubieran
visto fiesta!
Las influencias de la opinión pública de los niños de Buenos Aires sobre
castigos, respecto á, los maestros, se iban infiltrando en su alma y
desmoralizándolo. En la Universidad, de años atrás, hay una tradición de
bromas y burlas á los profesores que los nuevos estudiantes siguen more
majorum; y hasta el público ignora que la cuestión de los castigos corporales
fué una de las protestas revolucionarias contra la dominación española y
reparar el estrago causado por las nuevas doctrinas, objeto de un artículo del
Estatuto, devolviendo á los maestros la conculcada autoridad. En los Anales
de la Educación he hablado muy seriamente de este asunto[12].
Un día que el Dr. Aberastain estuvo en casa, Dominguito hablaba
conmigo, sobre todo, como era de costumbre y especialmente esa vez, sobre
educación y sistemas disciplinarios.—¡Um! decía él, aquí no es permitido
castigar á los niños como en Chile.—Yo comprendía bien la alusión y le decía:
—Estás tocando un punto delicado: los padres y los maestros tienen
facultades extraordinarias.—Sí, pero no para pegarles. No tienen derecho de
hacerlo.
La sublevación era manifiesta y el pobre chico que me estaba
reprendiendo, en el calor de su ataque no veía los síntomas precursores de la
tempestad. Como lo viese insistir denodadamente ó intencionalmente en su
perversa doctrina, levánteme, tomélo de un brazo, llévelo á una despense,
eché llave á la puerta y con la correa de un estribo le administré los mas

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sonoros azotes que se hubiese llevado en su vida, para mostrarle así la
extensión de la autoridad paterna. Su madre acudió á la bulla y el buen Dr.
Aberastain la siguió á inteceder; pero el demostrador había previsto el caso y
al romper los vidrios la nerviosa mujer no hizo mas que dar mas estrépito á la
escena.
Estas y otras recaídas en la antigua disipación á que era tan expuesto, hizo
pensar en ponerlo en el Seminario, para que comenzase desde alli sus
estudios universitarios.
El Seminario entonces érala peor escuela de costumbres que podía darse á
un niño. Dirigido por un anciano sacerdote lleno de entusiasmo por la
educación, pero cándido como era bueno, bajo una corteza de estricteces
aparentes, dejaba, porque lo ignoraba, desenvolverse el mal.
Fuílo conociendo á medida que conversaba con Dominguito y por
confidencias que hacia á su madre y de que yo era instruido. Hablé algunas
veces con el Rector, mostrándole la inmoralidad innata de esos cuarteles de
niños, y para desipar sus ilusiones, contóle sin nombres cosas que pasaban
dentro. De un estado que pedí á todos los Colegios y me pasó el del suyo,
siendo Ministro, resultó que en siete años de existencia ningún alumno habia
concluido sus estudios en el Seminario, lo que valia tanto como haber echado
á la calle el dinero que al Estado costeaba.
El mal era incurable. Dominguito me contaba las diabluras de colegiales
que yo celebraba mucho, si eran de buen género. Cuando salían de los límites
dé lo decente, le decía:—Eso es indigno de un caballero. No tomes parte en
esa clase de torpeces innobles. La corrección no era perdida porque
contándome de otros, me decía:—Propusieron hacer tal cosa; pero yo les dije
que eso era de mal género y desistieron.
Hizo él la caricatura del Rector, pero tan graciosa y verídica, que se llevó á
él mismo el retrato de viejo exagerado para pedirle su aprobación y hacerlo
reir, lo que el buen Rector hacía cordialmente, porque le celebraba sus
agudezas y talento. Imagínese el lector broma mas graciosa, contada por el
mismo delincuente á su padre. Tenían una merienda los grandes á las once
de la noche y era preciso ponerle una espía al Rector que solía rondar de
noche. El servicio me tocó á mí, decía, porque uno no puede escusarse
cuando le toca su turno. Yo me eché de barriga en la escalera y me puse en
asecho. Me iba quedando dormido, cuando siento ya encima de mí al Rector,
que preguntaba ¿quién está ahí? Imagínese mi apuro! Cómo iba á quedar yo,
si por mi culpa eran sorprendidos! Pero no me turbé y poniéndome de pie, le
dije: chiüit, soy yo. Los grandes se han ido para allí, á comer no se qué cosa y
yo me había puesto aquí á esperar al vedel para avisarle. El Rector retrocedió
en la dirección indicada y el escucha se apareció en cuatro pies en donde
realmente se tenía la orgía, lanzando la siniestra palabra: ¡el Rector! Se mató

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la candela, cada uno estuvo en su cama en un santiamén y cuando la ronda
vino, todos roncaban.
Pero las cosas tomaron otro aspecto. Una noche estalló una sublevación
general del Seminario con grupos y gritos. ¿Porqué? Por nada. ¿Para
conseguir qué? Nada: modos de entretener la actividad como cualquier otro.
El desorden en la comida era espantoso, eso me consta. Los cocineros,
generalmente gallegos, se enriquecían y se volvían á su país para ceder el
puesto á otros, las velas de cebo aliñaban el caldo, el café era abominable.
Niño enfermo salió por orden de el médico, recetándole comer. Comió quince
días en su casa y volvió restablecido.
El Rector procedió con rigor. Puso á la puerta á los grandes, los que nada
mas se querían, encerró á otros y dio cuenta al Gobierno. El Ministro se
trasportó al teatro del tumulto y celoso de la disciplina, arengó á las turbas.
culpables, afeándoes y explicándoles el origen real del aquellos desaguisados,
el prurito de meter bulla de los colegiales é imitar, parodiando, lo que sucede
en la sociedad. En Chile, mientras se hacia motines en los cuarteles de
soldados, los estudiantes los repetían en la Universidad.
Dominguito estaba por ahí y recibía su parte de admonición. Acaso estaba
esperando salir un domingo, para contarme como había sido la broma y
reírnos ambos. Fué mas pronto de lo que se imaginaba, pues al día siguiente
se apareció muy cariacontecido y cabizbajo.—¿Qué anda haciendo?—Me han
echado del Colegio!!—Salga el pícaro de aquí y no me ponga los pies en esta
casa—¡Qué vergüenza, qué escándalo, mi hijo que debía dar el ejemplo…
Pero todo esto era inútil y en el fondo muy aceptado. Por no dar un pesar
al Rector, no había sido ya retirado de tan mala escuela. Era de perdición para
los niños. No había autoridad y el inocente candor del buen anciano le
ocultaba la mala administración en todos sus ramos. Súpose después que la
presencia de su padre en el colegio, la arenga y reprensión administrada,
indignando á la turba de muchachos, les había hecho creer que hubiesen sido
delatados por Dominguito, y á su turno, la fea acción que sin razón le
atribuían, la cometieron ellos, delatándolo al Rector como uno de los
cabecillas principales del alboroto, lo que desgraciadamente era cierto!
Cuando los grandes se propusieron sublevarse, buscóse el medio de hacer
entrar en la conjuración á los chicos sin entregarles el secreto. El nombre de
Sarmiento vino á la boca de todos. Era el caudillo nato de los chicos, el igual
de los grandes por su discreción y saber y bastaba hacerlo entrar á él en la
conspiración. Llámesele al conciliábulo, se le expuso el plan y los motivos, su
deber de prestar auxilio como bueno y su poder é influencia con los menores.
Su contestación fué, diz que:—Yo respondo de los chicos y del secreto. Se
procedió á los preparativos. Para él había solo lo que los ingleses llaman fun,
materia de reír y hacer bulla.

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Traicionarlos! No conocían aquella alma ya templada con todos los nobles
sentimientos. Si me lo hubiera dicho, como lo hizo mas tarde y como cosa
pasada, sabía que yo no había de revelarlo…

En Buenos Aires asistía un concurso inmenso á la inauguracion del primer


ferrocarril y su padre tenía un boleto dado por la Municipalidad.—Papá,
lléveme á la fiesta!—No puedo, el boleto es para una sola persona y no puedo
llevar á nadie.
Después de importunar y llorar sin consuelo, volvió con los ojos enjutos y
cambiando de tono, dijo alegremente:— No nos calentemos por cosas de
estas. Todo tiene remedio. Présteme Vd. su amparo no mas y déjeme á mi
maniobrar.— Esplícate.—Vd. va á la fiesta y yo voy á su lado. Eso es todo. Si
no me dejan pasar, Vd. no hace nada en mi favor—Así sí. Vamos.
Llegaron á la entrada del embarcadero que guardaban policiales. Al entrar
el padre, el hijo no estaba cerca. ¿Se había quedado embobado? No; estaba ya
sentado en el primer wagón, entre los músicos; se había colado por entre las
piernas del policial. Cuando la comitiva vino á la bendición, se le encontró
apoyado en el espaldar del sillón de S. S. Ilustrísima el oficiante; porque esta
era su gala, el primer lugar. Por el mismo sistema se colaba en los teatros y
con un boleto que necesitaba para entretener al boletero, hacia pasar cuatro
convidados á quienes había adiestrado desde temprano á maniobrar, como él
decía. Al fin tan notable y simpático era, que en todos los teatros tenía
entrada libre.
Los primeros glóbulos colorados de goma elástica que llegaron á Buenos
Aires se vendieron á cinco pesos (m. c.) llenos de gas, con promesa en el aviso
de rellenarlos gratis por una vez. El fué uno de los primeros en gozar de las
delicias de andar con su globito por todas partes. Cuando se hubo vaciado un
poco, fué al vendedor á que se lo rellenase, y este se negó redondamente,
contra lo prometido. Vino á su padre con la historia, pidiendo que reclamase
de tamaña injusticia. Pero su padre no salía del plan de educación que se
había propuesto.—Esas son cosas de muchachos en que yo no me meto. Lo
que Vd. debe hacer es volver á casa del vendedor con el aviso del diario en
que prometió rellenar el globo gratis. Vd. está en su derecho; cobra lo que es
suyo porque es parte de un contrato público. Si á sus razones se negare,
amenácelo con demandarlo y demándelo.—¿Cómo se demanda?—Ante el
juez de paz; pero primero tiente los medios de conciliación.
Una hora después volvió con el globo rehenchido. Habíale leido el diario,
alegado como un abogado y el socarrón de francés tenídose firme, sordo á
todo razonamiento.— «Entonces le dije, contaba el niño la historia; está bueno
yo se lo diré á mi tio Emilio—¿Quién es su tio Emilio?— ¿Qué no lo conoce,
Don Emilio Castro, el Jefe de Policía— Entonces, añadia, la francesa que

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estaba oyendo, le dijo á su marido, ¿porqué no le das á este niño majadero el
gas que pide, á fin de que nos deje en paz? De miedo, me llenaron el globo!
Don Emilio era tan su tío, como lo es de cada uno de los lectores, pero su
sagacidad y maña le hacia apelar á estos resortes oratorios, sabiendo de
antemano cual debía ser su efecto.

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FRANKLIN

El nombre de Franklin resonó muchas veces en los oídos infantiles del


Capitán Sarmiento, y sus doctrinas empezaron desde su adolescencia á
formar parte de su naturaleza. En la biblioteca del General Sarmiento que
obsequió á la Biblioteca Franklin de San Juan, fundada por los doctores
G. Rawson é Isidoro Albarracin se encuentra una colección completa de siete
volúmenes en cuarto mayor de las obras y escritos de Franklin en ingles; y al
regresar el ex-Ministro Plenipotenciario en Washington encontró que había
Dominguito llegado en su lectura hasta el tomo VI, pues hasta allí estaban
abiertos los pliegos de la edición á la rústica. Había, pues, emprendido
pacientemente recorrer el camino que llevó aquel siguiendo las huellas
dejadas por su soberana inteligencia. Era corrector de pruebas en la imprenta
Belin y Ca en Santiago de Chile el literato don Juan M. Gutiérrez, quien
tradujo por entonces 180…(?) la vida de Franklin de Mignet, escrita en
francés, como era traducida al español entonces, para iniciar á la juventud en
aquella filosofía práctica, que ha dejado como si fuera su primer ensayo, los
Estados Unidos, refundidos en el molde de aquella clásica personificación del
espíritu moderno, industrial como no era el tipo del griego ó del romano,
aunque ambos fueren del republicano. Este prólogo forma parte de la
educación de Dominguito y puedo traerlo á colación y ligarlo á su memoria
en esta corona que he querido depositar sobre su tumba, para dar vida al
laurel de bronce que cuelga de la columna funeraria.
Este prólogo servirá de introducción al que Dominguito ponía al frente de
su traducción de París en América, que es como la continuación de la obra
encomendada á Gutiérrez, traduciendo la «Vida de Franklin», pues ambas
tienen el mismo propósito y la una se deduce de la otra. Un complemento era
necesario, sin embargo, pues con la traducción del precioso libro de
M. Laboulaye, y con la Introducción que hace propia del traductor la doctrina
contenida en el original se interrumpe la obra de asimilación y de
propagación que habría dado carácter y personalidad como escritor, como
republicano y como hombre de Estado, al malogrado joven patricio que
moría gloriosamente en el umbral de la vida pública, apenas revestida la
toga. Este complemento, á fin de que el pensamiento de la Introducción de
París en América no quede trunco, lo encuentro en un capítulo destinado á
Conflicto y armonías de las razas en América, y de que se dieron fragmentos en
una lectura el 1o de Enero de 1886, en la soirée literaria y artística, ofrecida por
el General Sarmiento á sus amigos. He creído que al cerrar las páginas

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consagradas á la memoria del traductor de París en América, antes de
pronunciar el transivit sicut umbra del poeta, el lector debía conocer aunque
en bosquejo el programa que habría llenado el discípulo predilecto, el Platón
que se preparaba para difundir en esta América, la doctrina de la República
según Franklin, Lincoln y los Estados Unidos mismos, y que emprendieron
antes in mundum universum, difundir Tocqueville, Sarmiento, Edgard Quitret,
Laboulaye y el malogrado neófito Domingo Fidel. No tienen otra
recomendación las páginas que siguen. Son hojas desprendidas del árbol que
la segur de la guerra á tiranuelo sud-americano, hizo de la barbarie indígena
y colonial, tronchó.
Renán ha ofrecido remontar á las vertientes de que se nutrió antes de
tomar capacidad de río, el cristianismo, llegando hasta el profeta Isaías que
desprecia los sacrificios según la ley, obra semejante nos lleva de los Estados
Unidos como hecho, á Franklin, de Franklin á Robinson como poeta, pues es
el Isaías que promete á la industria y al ingenio del individuo el porvenir en
la tierra, como aquel asegura el reinado de su Padre en los cielos[13]…

En esa misma expedición á las islas, la caza se convirtió en pesca; pero en


proporciones tan colosales y con formas tan novedosas, que vale la pena oir
la narrativa.
Solo los Titanes debieron pescar asi en los ríos y mares primitivos.
Cuando los canales en que se subdivide el Delta del Paraná, formando islas,
bajan en extremo, el mayordomo del chalet Sarmiento, un tio de Dominguito,
observaba que siempre y solo entonces pasaba una chalana haciendo fuerza
de remo hacia la embocadura (las Tres Bocas), sin que nunca viese volver la
embarcación para preguntar á donde iba. Averiguando el caso por otras vías,
súpose que con baja marea, se descubría el banco del Toro y los peces por
millares, pacúes y dorados, quedaban á la vista y se les tomaba con las
manos.
Acertó á sobrevenir una baja excesiva y preparamos la chalana para ir
nosotros á probar fortuna. El banco estaba desnudo, pero salvo uno que otro
pez insignificante, nada había que recordase la pesca milagrosa.
Dominguinto se había adelantado solo sobre el banco, descalzo como los
demás y nos reveló luego el parage donde se hallaba, por el estampido de los
tiros que hacía á los patos. Un momento después lo vimos en el horizonte
despejado del banco, con la carabina tomada del cañón, descargando golpes
repetidos y sin cesar á algo en el suelo. Allá ha encontrado el pescado el niño.
Está matando pescado con la carabina.
Corrimos en esa dirección y nos encontramos con el espectáculo mas
grandioso y bello que haya de presenciar jamas pescador alguno.
Sobre el banco enjuto de arena, había de cuando en cuando canalitos en

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que corría una agua escasa y cuan largas se divisaban estas canaletas, estaban
llenas de dorados de una vara y aun mas de largo, llenos los intersticios con
doradillos mas pequeños, la mitad del refulgente cuerpo de fuera,
moviéndose como majadas de ovejas de oro los infelices, atropellando los
mas forzudos, para abrirse paso y ganar el río.
El pescado es elegante de formas; pero el dorado sobrepasa en belleza por
las elegantes formas que descubres lanzando una ráfaga de luz de sus
escamas de oro á cada movimiento. Esto es debajo del agua, y uno solo. ¡Qué
sería un torrente vivo de dorados, á la luz del sol, agitándose por la falta de
agua, y la sobra de miedo que les inspiraba nuestra presencia! Con el palo
llamado botador, con la pala de la chalana, con las manos, poniéndonos por
delante nos abalanzamos sobre el pescado y matamos, matamos, matamos,
hasta que caímos rendidos de cansancio de gritar y de reir.
¡Daño inútil! llevado del placer de la destrucción. ¿Qué íbamos á hacer
con tanto pescado? Un hombre se vería apurado para llegar con dos de los
mas grandes dorados á la chalana, á quinientas varas de distancia; la chalana
se hundiría con treinta y los muertos eran mas de ciento.
Algo vino por un momento á agriar la fiesta. Desde que á lo lejos vi la
carabina haciendo oficio de macana para lo que no estaba educada, ¡pobre
carabina! me dije, este es tu último día! y era de las primeras llegadas que se
cargaban por lo culata. Cuando estuvimos cerca de la escena, noté que
Dominguito no tenía en la mano la carabina y no necesitaba saber que estaba
quebrada. Híceme que no reparaba en ello por darme prisa á matar dorados,
y observaba que su alegría y bullicio eran forzados: que suscitaba reparos que
no venían al caso ni eran motivados.
Cuando hubimos descanzado, le pregunté tranquilamente ¿y la carabina?
El había contado con que nos iríamos y decir que se había quedado olvidada.
La marea alta vendría luego y todo quedaba en regla.—Por allí la dejé, con
mal segura voz.—La has quebrado, hombre! para qué ocultarlo? Eso no es de
hombre honrado. Desde allá previ que la ibas á quebrar, por no saberla
manejar. El mismo servicio te hubiera prestado dándole culatazos al pescado
y hubieras muerto mas; pero un niño no sabe estas cosas que solo la razón y
la experiencia enseñan. Tráeme la carabina. Se hace mudar la caja y todo
queda remediado.
Trájola en efecto y hallóse que un nudo del palo de nogal en la garganta
de la culata, había acelerado la fractura. Reparado el daño, la carabina fué
desde entonces su propiedad. La lección no fué estéril y mas tarde en San
Juan de accidentes semejantes me decía con toda franqueza:—por una
barbaridad mía, sucedió, etc.
¿Qué hacer, pues, con la enorme pesca? El peón isleño sugirió al fin
expediente. Trayendo totora ó espadañas ensartó pescados de á tres, de á

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cuatro y mas, según los tamaños é hizo cuatro grupos, poniéndolos en el
mismo canalito donde poco antes aleteaban por escaparse y encargándose
cada uno de la conducta de un grupo, llevamos navegando por el canal hasta
hacerlos entrar en el rio, donde con mas facilidad vogaban, hasta llegar con
ellos á la chalana en que se embarcaron diez y siete, enormes como unos
cerdos, volviendo á poco y con la alta marea al chalet, donde se ostentaron en
triunfo salados unos cuantos días, pues la falta de comunicaciones entonces
con Buenos Aires, hacía excusado pensar en enviarlos.
El dorado vivo, el torrente de dorados, largo de una cuadra,
atropellándose, brillando como ráfagas de fuego, es lo que hará imperecedero
el recuerdo de aquella escena de gritos, alegría y confusión que sale de los
límites de lo vulgar.

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LA AURORA DE LA VIDA

Siguió sus cursos en la Universidad, estudiando para seguir los planes de


su padre, química que no entra sino en los cursos de los que se dedican á
médicos. Estudióla con amor y en San Juan se ejercitó en ensayar metales de
plata, hallándolo M. Lenoir pasablemente preparado.
Para el curso de filosofía lo proveí de los de Chile y Francia, lo que le daba
una desusada condición de dar lecciones sin atenerse al texto del curso, lo
que le atrajo la atención y la amistad de su profesor Larsen, que se le ofreció á
darle lecciones particulares, fuera de clase, para mas avanzarlo.
En casa recibió lecciones de alemán que aprendió hasta completar el curso
y hablaba limitadamente y de dibujo para el que tenia asombrosas aptitudes
que no cultivó con el esmero que debía. De chico, dijo alguna vez, voy á
copiar este retrato, uno de un joven Bustos, al óleo y puesto en cuclillas, lo
reprodujo en miniatura al lápiz. Era Bustos. La caricatura del Rector era
bellísima como idea y ejecución; pero no pasó de ahí.
El latín se lo perfeccionó mas tarde por cariño el doctor Avellaneda, su
admirador entusiasta y su protector y director cuando mas grande.
Con esta educación excelente, buena y mala, porque de todo había, llegó á
la pubertad, hombre ya por el desarrollo intelectual y moral, lleno de ideas
mas que de conocimientos y con el corazón rebosando de todas las generosas
pasiones del ciudadano.
—Yo voy á valer mucho mas que mi padre, le decía á su madre en esas
confidencias íntimas del hijo con la madre, como si se acordara de que ha
sido parte de ella.—Voy á escribir mejor, porque voy á tener mejor escuela y
mas ordenada educación, sin perder el tiempo como él en educarse cuando
hombre.
Después de Pavón, fué al Rosario, y de allí al campo de batalla, de donde
me escribió una carta descriptiva. Temo que esperó que yo la diese á la
prensa. Valía la pena. Conténteme con mostrarla á mis amigos, que
declararon era lo mejor que se había escrito. Este era su ensayo. En San Juan
hizo un brindis en mi presencia de que dio cuenta El Zonda. Quédeme
maravillado de tanta gracia y soltura, tan bellas frases é ideas. De la
impavidez y aplomo con que lo pronunció, en presencia de un numeroso
concurso, no me sorprendí. Esa era una cualidad innata ó fruto de su
educación á mi lado. Sus artículos firmados Júnior en la prensa periódica
empezaban ya á mostrar sus dotes de escritor. Sus biografías de Godoy y
Lafinur y la critica de la Muerte de César, su estudio y mayor contracción.

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El rasgo esencial de su carácter y el que le abría por delante una gloriosa
carrera, era su facultad de atraerse simpatías. Tenía la naturaleza del imán:
todo lo que era afín se le pegaba ú obedecía á su blanda influencia. ¿Cómo es
explicaría el poder de amotinar á los cliiquillos en Valparaiso, á los nueve
años, sino por un gran poder de afinidad?
Estas fuerzas, mal empleadas en el Seminario, debía llevarlo muy lejos en
la vida pública y ya las empezaba á sentir la sociedad en que vivía y
arrastraron tras de su cadáver á una ciudad entera, después de haber hecho
llorar á los veteranos en el ejército cuando lo vieron caer.
Un día en que los estudiantes de la Universidad se propusieron
simpatizar con un Club, no obstante haber centenares de jóvenes barbados,
por unanimidad se le nombró orador para expresar la adhesión. Las palabras
con que Avellaneda contestó, y no tengo á mano, estaban ya presagiando su
magnífico apostrofe á los manes de Várela, pidiéndole apretarse un poquito
para darle lugar á su lado en la tumba á la nueva víctima.
Presentóseme en San Juan en 1863 á visitarme, ya estudiante de primer
año de derecho y como esta es la última vez que lo vi, su fisonomía se ha
quedado estereotipada ahí, en esa edad y es la que representa la fotografía;
pues el célebre artista Sharone, con las de Buenos Aires, una de entonces y
mis indicaciones la restauró, y puede decirse, al adolescente que yo quiero.
Su visita á San Juan le hizo mucho bien. Dejó á Buenos Aires niño
estudiante, volvió tres meses después, hombre hecho y derecho. En una
provincia podía echar plantas con mas desembarazo. Presentóse en la primer
parada de la milicia con el mas elegante uniforme que haya vestido joven.
Hijo del Gobernador, venido de la Capital, culto de modales é instruido mas
que los hombres, fué luego el león de los bailes, banquetes, serenatas, paseos,
inauguraciones y discursos, porque le tocaron días de fiebre en San Juan, la
guerra del Chacho á las puertas, la Quinta Normal y otras instituciones
inauguradas con las debidas ceremonias. En todo tomaba parte y á la altura
de todo se encontraba. Recordaba haberse hallado en veinte y siete reuniones
de placer y en San Juan sus amigos recordaban que todos los bailes se los
había bailado de punta á cabo. La familia del Cónsul chileno (Don Antero
Barriga), recibía á lo mas distinguido de la juventud, siendo aquellas
Borgoñas á quienes manda memorias, dos apuestas señoritas. Cuando no
concurría Dominguito, mandábanlo buscar, pues la tertulia carecía de
animación si el imberbe galán no estaba allí para tenerla en arma.
Cuando recibí la noticia de su muerte, su imagen se me presentó
obstinadamente con la simpática y alegre fisonomía de San Juan y su risa, su
eterno reir que oía desde mi escritorio, parecía repetirme lo que una vez me
dijo en San Juan, poniéndome la mano en el hombro:—NO LLORE! UN VIEJO
COMO VD…

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DOMINGO FAUSTINO SARMIENTO (San Juan, 1811 - Asunción del Paraguay,
1888). Político y escritor argentino, realizó sus primeros estudios en su provincia
natal y en la de San Luis, bajo la dirección de los presbíteros José de Oro y Juan
Pascual Albarracín, con los que tenía parentesco. Las guerras civiles, sus ideas
liberales y sus enfrentamientos con los caudillos federales (Juan Manuel de Rosas,
Facundo Quiroga, etc.) le obligaron a emigrar a Chile, en donde trabajó como
maestro, minero y empleado de comercio.
El asesinato de Quiroga y la política del gobernador de San Juan, el general Nazario
Benavídez, posibilitaron el regreso de Domingo Faustino Sarmiento a su provincia,
en la que fundó una sociedad literaria, un colegio de señoritas y el periódico El
Zonda.
La línea ideológica del periódico le obligó a emigrar nuevamente a Chile, donde
ejerció el periodismo y cultivó la literatura. Fue redactor de El Mercurio y El Heraldo
Nacional, colaboró en El Nacional y fundó El Progreso. En 1845 su prestigio como
pedagogo hizo que el presidente de Chile, Manuel Montt, le encomendase la
realización de estudios sobre los sistemas educativos en Estados Unidos y Europa.
En 1851 ingresó en el ejército de Justo José de Urquiza como gacetillero. Caído
Rosas, Sarmiento se enfrentó con Urquiza y tomó nuevamente el camino del
destierro. Por estos años polemizó con Juan Bautista Alberdi en torno a la política de
Urquiza y a la Confederación.
Regresó al país en 1855 y fue nombrado gobernador de San Juan, puesto desde el que

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impulsó la educación pública y la guerra contra los caudillos. Desempeñó
posteriormente el cargo de embajador plenipotenciario en los EE.UU.
En 1868 Domingo Faustino Sarmiento fue elegido presidente de la República (1868–
1874). Impulsó el desarrollo de las obras públicas y de las ciencias, fundó el
departamento de Agricultura, el Colegio Militar y la Escuela Naval. Durante su
mandato concluyó la guerra del Paraguay, en la que murió su hijo Dominguito.
A lo largo de la presidencia de su sucesor, Nicolás Avellaneda, fue designado senador
por la provincia de San Juan, director de Escuelas de la provincia de Buenos Aires,
ministro del Interior, etc. Retirado de la política, se trasladó a Asunción del Paraguay
en donde falleció.
Como escritor, Domingo Faustino Sarmiento se caracterizó por su fuerza expresiva.
Su obra cumbre fue Facundo o Civilización y barbarie, también se destacan:
Recuerdos de Provincia, Argirópolis, Viajes por Europa, África y América, La
Educación Popular, Campaña del Ejército Grande, Las ciento y una, Conflictos y
armonías de las razas en América, etc. Dos años antes de morir publíco su última
obra, Vida de Dominguito (1886), sentida biografía de su hijo natural.

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Notas

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[1] En la edición de las obras completas de Sarmiento de 1900 no se publicó lo que

sigue a continuación, con la siguiente justificación:


«En obra tan extensa en la que hemos debido sacrificar tantos escritos genuinos de
Sarmiento, no podíamos sino eliminar los artículos necrológicos, discursos y otras
piezas citadas en corroboración de los elogios del padre sobre el hijo. En el libro
original se hallará esa corona fúnebre suscrita por Avellaneda, N. Quirno Costa, José
C. Paz, S. Estrada, M. Varela, M. Piñero, P. Goyena, Damianovich, la Universidad.
Así mismo al final hemos suprimido los ensayos literarios de Dominguito, creyendo
que lo expresado por el autor dice lo bastante, aunque él creyese necesario apoyar sus
asertos paternos.—(Nota del Editor 1886).»
Los interesados en saltar esta parte y pasar directamente al punto en que se continúa
la narración en la edición de 1900, pueden pulsar aquí.
Se han trascrito las otras notas de la edición de las Obras completas de 1900. (Nota
del editor digital). <<

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[2] A partir de aquí se recupera otra la edición original en la edición de las obras

completas de Sarmiento de 1900, a la que hemos hecho mención en la nota anterior


(N. del E. D.) <<

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[3] Cuadro de bastante mérito artístico y en excelente estado de conservación. Lo

hemos ofrecido al Gobierno de San Juan quien lo ha destinado al salón de fiestas del
Palacio de Gobierno.—Nota del Editor. <<

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[4] He aquí la inscripción del doctor Aneiros, que se conserva original:

DOMINGO FIDEL SARMIENTO

et litteris et armis conspicuo


collegoe bonaerenses
poserunt. <<

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[5] Se suprime la postdata que salió en el prospecto suelta. (Nota del Editor 1900) <<

www.lectulandia.com - Página 210


[6] En la edición de las obras completas de Sarmiento de 1900 y siguientes, aquí

acaba el texto correspondiente a La vida de Dominguito. Hay una nota que dice lo
siguiente:
«Siguen en la edición de 1886, las siguientes piezas que debemos solo mencionar.
»—El Dia de los Muertos y Las Huacas del Valle del Rimac por el General
Barmiento. (Irán ambas en el tomo siguiente de Páginas Literarias).
»De Dominguito: Discurso en el Liceo Histórico (8 de Mayo 1864.) «Apreciaciones
históricas de la Muerte de César» por Ventura de la Vega.—Ensayo Biográfico de
D. Juan Gualberto Godoy «(Correo del Domingo» Agosto 14 de 1864).—Reunión
del Club del Pueblo. Discurso Enero 18 de 1865.—Conferencia Preliminar sobro
historia argentina en el Club de Estudiantes (Marzo 2 de 1865).—Introducción París
en América («Correo del Domingo», 23 Octubre 1864).
In Memoriam: poesia de Agustín P. Justo.
»(Nota del Editor).»
Continua con un Apéndice, subtitulado Apuntes inéditos donde explica los siguiente:
«Cuando en 1886 Sarmiento se consagró á escribir la Vida de Dominguito, lamentaba
la pérdida de los apuntes que hiciera en los Estados Unidos, bajo la Impresión directa
del dolor que le causó la muerte de su hijo.
Dichos apuntes no se habían perdido, solo estaban confundidos entre el cúmulo de
papeles conservados en un desorden correspondiente al torbellino de vida tan activa.»
Los interesados en saltar esta parte y pasar directamente al Apéndice de la edición de
1900, pueden pulsar aquí. (N. del E. D.) <<

www.lectulandia.com - Página 211


[7] Propiedad del Sr. Paz Soldan, Ministro Plenipotenciario al Congreso Americano

<<

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[8] A partir de aquí se recupera la lectura del texto recuperado, no presente en la

primera edición, pero si en la edición de las Obras completas de Sarmiento de 1900, a


la que hemos hecho mención en la nota [6] (N. del E. D.). <<

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[9] El Presbítero José de Oro. Véase Recuerdos de Provincia y Memorias.— (N. del

E.) <<

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[10] La palabra mancarron, muy usual en América, me fué objetada por un literato

español por la de manco, que no expresa la idea. La terminación rron del español,
agrega á la radical una calificación de desprecio, de fealdad moral á física.
—Cimarron, negro huido á las montañas, cimas, en Cuba.—Sancarron, el hueso de la
pierna de Mahoma que se dice estar en la mezquita de Córdoba.— Ventarrón, viento
con tierra.—Varron, parra envejecida.—Santurron, hipócrita.— Mancarrón, caballo
manco, viejo, ó feo, ó tuerto como el de nuestro cuento. (Nota del Autor.) <<

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[11] En Ru viaje de vuelta de Estados Unidos en 1848 el que hizo en compañía de

Santiago Arcos, corriendo todo género de aventuras. (Nota del Editor.) <<

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[12] Véase T. XXVII p. 244. (N. del E.) <<

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[13] Como se vé el fragmento anterior ha quedado rezagado de la edición posterior de

1886, (N. del E.) <<

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