La Vida de Dominguito - Domingo Faustino Sarmiento
La Vida de Dominguito - Domingo Faustino Sarmiento
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Domingo Faustino Sarmiento
La vida de Dominguito
ePub r1.0
emiferro 29.04.16
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Título original: La vida de Dominguito
Domingo Faustino Sarmiento, 1886
N. sobre edición original: Sociedad tipográfica El Censor, Buenos Aires, 1886
Imagen de cubierta: Cubierta edición Editorial Tor, 1940
Retoque de cubierta: emiferro
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LA VIDA DE DOMINGUITO
IN MEMORIAM
MUERTO EN CURUPAITÍ
POR D. F. SARMIENTO
General de División
BUENOS AIRES
1886
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Estas páginas
escribía en su cartera
combatiendo en Curupaití:
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INTRODUCCIÓN
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los enemigos de la patria. Hoy! Hoy… He aquí, señores, los fragmentos del frágil
vaso que encerraba el alma generosa y fuerte del capitán Domingo Sarmiento."
Tan exquisita y poética expresión del dolor era, sin embargo, la realidad que estas
páginas confirmarán, mostrando como se pudo, gracias á una naturaleza privilegiada,
hacer lugar en la niñez á la adolescencia del espíritu sin deformarla, y en ésta,
anticipar la vida del adulto administrada á grandes sorbos en sus trozos escogidos, la
alegría casi infantil, la instrucción casi científica, el patriotismo llevado al sacrificio,
la amistad de los grandes hombres, la estimación universal, y relámpagos de gloria
que brillaron ante sus ojos.
"No hace mucho tiempo, decía don Pedro Goyena, que un ilustre pensador
francés, arrojaba sobre el mundo en las hojas admirables de un libro, las últimas
revelaciones de la libertad. Sarmiento se apresuró á recogerlas para difundirlas en el
pueblo argentino. El joven, el niño, comprendió la saludable y trascendental
influencia que aquel libro ejercía en la República, y le agregó una página que merece
pasar con él á la posteridad.
"Tenía apenas diez y ocho años, y podía marcar con fijeza el rumbo que los
pueblos deben seguir para llegar á la grandeza y la prosperidad.
"…Allá en el campo de la horrible batalla ha caído gloriosamente al pie del
Lábaro que amó!!!
''Luminosa inteligencia, corazón generoso, inquebrantable voluntad! ¿Hasta
dónde habría llegado Sarmiento? Este es el secreto de Dios!".
M. Laboulaye, el autor citado por Goyena, senador perpetuo de la república
francesa, había atribuído, por la aparente igualdad de nombres, aquella sesuda
introducción á su obra al padre conocido como escritor; y mucho fué su asombro al
saber que era obra de un adolescente de diez y ocho años, tan impregnado lo
encontraba del espíritu científico que París en América encubre para hacer más
aceptables sus ideas.
Extractum vitae pudo, pues, llamarse la suya de veinte años, de tal manera se
precipitaron los sucesos en tan corto lapso de tiempo, tan activa la marcha del tutor
que lo conducía de la mano por los senderos de la vida, escritor y maestro en Chile,
tan ardiente la atmósfera política que se respiraba en Buenos Aires á donde, como
Eneas y Ascanio, trasladaron sus dioses Lares, en busca de una patria; tan fecunda y
reparada la acción gubernativa en San Juan, donde va á ensayar su asumido rol de
hombre adulto, antes que la ley reconozca los títulos á la virilidad que la naturaleza y
la inteligencia le han anticipado. Para recorrer este camino, en otra época, en otro país
y en otra situación un hombre del común habría necesitado cuarenta años á fin de
desleir tantas y tan vivas emociones.
Debía, pues, á la grata memoria de aquel niño hombre, como un homenaje
tributado á tantos de sus contemporáneos que lo amaron y recuerdan todavía con
amor su nombre, reunir en breves páginas los títulos que á esa estimación general
dieron motivo, narrando la serie de actos que constituyeron su corta vida,
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prolongándola, si aun es posible, como el galardón á que aspiran los buenos y la
recompensa que pedirían en este mundo los que amaron á su patria, los que murieron
temprano por salvarla.
Una mención gratísima debo á los que acompañaron sus restos al Panteón, en el
más grande, simpático y espontáneo acompañamiento, que haya precedido por la vía
Apia á los restos de Rivadavia, Lavalle, Alsina, San Martín, Avellaneda, guardando
por la presente generación una hoja siquiera de las guirnaldas que depositaron sobre
su tumba[1].
CORONA FÚNEBRE
NICOLAS AVELLANEDA
"Domingo Sarmiento era una parte de nuestra vida y lo habíamos asociado á
nuestras más vivas esperanzas, creyéndolo prometido á todas las glorias. Se le había
visto una vez; escuchándose su voz vibrante; y desde entonces no se desprendía de la
memoria aquella aparición; y una curiosidad intuitiva y un secreto anhelo del corazón
se ligaban á sus pasos".
JOSÉ C. PAZ
"Colocado por su carrera á la vanguardia de la civilización, nuestro malogrado
amigo, reunía ya en si, el gérmen que debía presentarnos en la arena de los
demócratas, al sabio, al guerrero, al pensador. ¡Sublime trinidad que solo á las almas
grandes es dado alcanzar".
SANTIAGO ESTRADA
"Sus amigos no verán su alma triste y desolada vagar por los campos solitarios de
la muerte y del olvido, mendigando el fallo de la historia.
"En la edad de los suyos no se hace sino amar, y el amor no ha esperado para
fallar, como lo hace la inflexible Musa de Plutarco.
"Sarmiento ¡tu generación está contigo! ¡está contigo tu madre! Entra, entra en la
Patria y pasa, no bajo los arcos de triunfo, sino por la puerta del sepulcro, en que te
custodiarán tres amores, el de tus padres, el de tu pueblo, el de tu jeneración".
HÉCTOR F. VARELA
"Una vida!
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"No la hay en el malogrado Sarmiento. Es un sueño, es la gota de rocío que la
mañana llora y el sol seca; la vida de la flor que dura un día; la vida de la golondrina,
que anuncia la primavera, se anida un instante en nuestros techos, y se vuelve
cantando á otras rejiones, porque no puede ver la muerte natural de la naturaleza, bajo
el sudario del aterido invierno. Soñó, cantó, amó, murió, he aqui la vida que
lloramos".
MARTIN PIÑERO
"La vida del tiempo no es más que el exordio de la vida inmortal ¡oh jóvenes!
"La de estos vuestros amigos ha sido muy corta, el exordio de su ser fugaz ha sido
muy breve. En cambio el discurso infinito del misterio del porvenir, del gran misterio
de la inmortalidad, esos discursos sin límites, esa oración divina, de la gloria, será
para ellos más prolongada".
PEDRO GOYENA
"Domingo Sarmiento que luchaba ayer por arrancar á la ciencia sus misterios, y
se batía heroicamente á la sombra de nuestro glorioso pabellón, mora ya en la región
de la verdad y la justicia.
"Tan breve como fué la vida de este jóven, nos creemos autorizados para afirmar
que habría descollado notablemente entre sus contemporáneos por las dotes del
carácter y de la inteligencia. Tu nombre oh noble mártir vivirá eternamente en la
memoria de los argentinos, con los de Mayer, Solá y Paz, soldados y estudiantes
como tú, cuya vida refleja las dos faces sublimes del hombre sobre la tierra, la
meditación y el sacrificio!".
LA PRENSA
Los R. R. de los diarios de Buenos Aires invitan al pueblo á acompañar á su
última morada, los restos del valiente é infortunado Capitán, Domingo F. Sarmiento,
muerto en el glorioso combate del veinte y dos.
DE LA PRENSA DE CHILE
En la lista de oficiales argentinos que cayeron en el desgraciado ataque de
Curupaití, se encuentra el nombre del capitán Sarmiento. Es éste el entenado del
señor don Domingo Faustino Sarmiento, un compatriota nuestro por nacimiento y
primera educación, joven de las mis altas promesas y dotado de un precoz y casi
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estraordinario talento. Aunque no contaría más de veinte años y no había aún
concluído su carrera universitaria, era ya un escritor atrevido y vigoroso, traductor del
Paris en América, y autor de muchos artículos de crítica literaria que llamaron una
vez la atención del célebre Ventura de la Vega.
Arrasado por el torbellino de la guerra, y más que todo tal vez, por un hondo
sentimiento del joven ardoroso, entró en las filas de la Guardia Nacional de Buenos
Aires como soldado y fué elegido después capitán. Cuando su cuerpo regresó de la
guerra, él prefirió quedarse en el campamento y continuar en la guerra con el grado
de capitán de un batallón de línea. ¡No será éste el menor de los helocautos ofrecidos
en aras de esta cruel guerra americana!
La muerte del jóven chileno don Domingo F. Sarmiento, acaecida en el combate
de Curapaití el 22 de Setiembre último, ha arrancado profundos gritos de dolor á toda
la prensa argentina. Era una rica esperanza, arrebatada de la vida en el albor de la
juventud.
Su cadáver ha sido trasportado á Buenos Aires, y enterrado en medio de una
ceremonia patética en que han tomado parte todos los jóvenes estudiantes de aquella
capital. Entre las manifestaciones de estimación que ha recibido la memoria de aquel
jóven nos ha llamado la atención la siguiente de que da cuenta La Tribuna de Buenos
Aires:
"Los hijos de Florencio Várela que cayó mártir bajo el puñal de los asesinos,
abren hoy el sepulcro de su padre para ofrecer un lugar al lado desus cenizas, á su
compañero de redacción Domingo Sarmiento, mártir también á los veinte años de la
vida"!
HECTOR Y MARIANO VARELA
Buenos Aires, Setiembre 28 de 1866
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Nosotros nos honraremos con que sus restos se encuentren reunidos en la tierra,
como se hallan sus almas en el ciclo de los mártires, y el amor por el padre, con la
amistad y gratitud por el amigo, en el corazón de SS. SS. Héctor F. Várela Mariano
Várela.
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pueblo ante el altar de la patria, se rompió?
Queda del capitán Sarmiento un busto en mármol, obra de cincel romano, si bien
conserva la frente cuadrada á lo Víctor Hugo, como el molde de la inteligencia. Una
caña tronchada de estriada columna corintia señala en el Panteón de la Recoleta el
lugar donde reposan las cenizas, bajo las siguientes inscripciones epigráficas,
labradas por la piadosa amistad del doctor D. Nicolás Avellaneda. Presidente de la
República y su tutor y amigo:
*
CAPITÁN D. F. SARMIENTO
ESTUDIANTE, ESCRITOR Y SOLDADO
EN LA GUERRA DEL PARAGUAY
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CAPITULO I
INFANCIA
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sabiendo que Titíes son unos monitos muy monos, lo más monos de los simios que se
encuentran en las grandes selvas tropicales. Conocíalos el niño por uno embalsamado
que había sobre la mesa en la sala como ornato, y había oído hablar de su país de
origen. Creía que poblaban los bosques, y se les veía saltando de rama en rama.
Luego los bosques de Aconcagua (las huertas de frutales) eran inferiores á los del
Brasil. Tendría tres años y medio el naturalista!
A los tres años de edad y por vía de entretenimiento, propúsose su padre enseñarle
á leer, jugueteando, y como medio de excitar su curiosidad é inteligencia, que se
mostraba despierta y clara á tan temprana edad. Explicábale cómo los sonidos de la
voz están representados en letras, é imitando lo que había visto en Alemania en una
escuela, que era escribir su nombre un niño dándole el maestro los sonidos, fónicos
componentes intrínsecos de la palabra, sin nombre de letra, el niño de tres años
iluminándosele el semblante con los rayos de la inteligencia que asomaba á sus ojos:
— papá, dijo, á que yo escribo Sarmiento? — ¿a qué no? — á que sí; y escribió en la
página en blanco de un librito, lo que va al frente en facsimile.
Esta es la copia exacta de aquella suprema evidencia de la concepción del niño á
los tres y medio años.
El librito en blanco existe en poder de la madre y es guardado como una reliquia,
pues que allí han quedado rastros indelebles del pasaje de una alma que se despierta y
camina. Sería imposible dar idea del contenido de aquel prontuario, pues no hay
sucesión de páginas ó materias, y es una mezcla de sílabas formando palabras, figuras
enormes de geometría, desde las primeras páginas, un elefante aquí, más allá patos,
garabatos que han querido explicar lo que las palabras dicen; por ejemplo, está
dibujada una rosa, al lado de la palabra Rosa; un caballito informe donde la lección
reza, "se vende un caballo".
El coronel Paunero antes de embarcarse en la "Médicis", para concurrir á la
batalla de Caseros, se divertía grandemente con el chicuelo que se iba á su cama para
travesear; y tan poco avisado debía ser el chico, que el viejo coronel lo ponía en
camino de tirarle los cabellos, con lo que una vez se quedó horrorizado con la cabeza
de Paunero en las manos, pues aun no tenía idea de la existencia de pelucas.
Horas después, este mismo niño, como Paunero indicase direcciones de líneas, el
muchachito le observó: — Perpendicular entonces. — Que es eso de perpendicular,
¿qué sabes tú? — Pues es claro! é inclinándose sobre las baldosas: esta raya (la
juntura de dos) es perpendicular á esta otra que es la horizontal. El librito lo explica
todo. En las primeras páginas se encuentra uno con un ángulo, un cuadrado, dos
paralelas con letras A. B. C. de garabatos, lecciones de lectura y figuras de animales,
y se halla precisamente la lección del caso, con una raya informe que tiene escrito de
mi letra perpendicular, al costado, al centro la cruza otra que tiene escrito horizontal,
de la base parte una diagonal con el letrero oblicua y arriba hay dos A. B. C. D.
paralela hablando de suyo, y abajo un ángulo recto con nombre. Es, pues, lección
que recibía y lo que lo autorizaba á repetírsela á Paunero como cosa que se nace
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sabiendo.
La edad Hace mucho para el caso y en éste está determinada. Nacido en 1845, el
hecho ocurrió en 1851, pues es dos meses antes de la batalla de Caseros.
La palabra Sarmiento la ha escrito á la edad de tres años, acaso tres y medio.
Adviértase que todo: lecciones de lectura, figuras de geometría, dibujos groseros,
están hechos con carbón, el cuál se tomaba de la chimenea, en invierno. Su nombre
está escrito con carbón, y con carbón aunque más imperfecto dominguito, procesa.
Escritura con tinta no aparece sino la de un mapa de la América del Sud y la lección
de lectura que en seguida copio, porque es útil hoy para los maestros y los niños, por
ser compuesta de palabras en cuyas sílabas ocurren ce-qe, ci-qu, sa ca, za, para hacer
distinguir los diversos sonidos con las mismas letras, ó las diversas letras que dan el
mismo sonido.
Esta lección está firmada: Yungay, enero 17 de 1849, Domingo Sarmiento - como
si el niño la escribiera, pero está de mi letra y con tinta. Ahora esta lección es de
enero y por eso es con tinta: la letra escrita y las lecciones próximas están en carbón,
luego fué ejecutada aquella en el invierno de 1848, lo que dá tres años al que la
escribió.
La lección de lectura que ahora aparece en página, se iba haciendo
paulatinamente, sílaba por sílaba, escribiéndola con carbón, el maestro sentado y el
discípulo parado, diciendo lo que comprende pa-lo, ¿qué dice? palo; pe-lo ¿qué dice?
pelo; pero siguiendo sílaba por sílaba y diciendo lo que la lección siguiente contiene:
La lección dice así; La co ci na de ca sa no ha ce hu mo.
—la ce ni za de que u sa ba la ja bo n era, mi ve ci na.
—qe qi so qe me qi t ara la careta.
—cí ñe te la ca mi se ta a zu la da.
—có mo se co no ce qe é se ca mo te co ci do no qe ma la b oca.
C. ca ba llo qe no ce na pa ja y ce ba da á ma ne ce ma lo pa ra qe ti re la ca le za.
D. di ce do ña ca ta li na ce ro te qe no qi ta la ce ne fa qe de co ra la ca ma de la
mu ñe qi ta. (Yungai, enero 17 de 1849).
El autor ya había escrito su Método Gradual de Lectura, y esta lección
corresponde al ejercicio de la q, la c, con sonidos diversos según que consuenan con a
e i o u, y la s además, que en América se confunde con el sonido que es z, en Castilla.
Las lecciones de por sí aparecen intencionalmente instructivas. Veamos una. Tie
rra, a gua, fué go, ai re, sol, lu na, es tre llas, mar, ríos, bu ques, na víos, fra ga ta, ber
gan tín, go le ta, lan cha, bo te, fa lúa.
Trasladado á Valparaíso, 1859, un hijo de Paunero le enseña á distinguir las
formas de cascos cuyo nombre conoce desde su infancia.
Sigue la lección A rro yo, río, to rren te, mar, o cea no, is la, ist mo, es tre cho,
cun ti nen te, pe ñas co, gran de ro ca, mon ta ña, los An des son u na gran cor di lle
ra que co rre de sur á ñor te por to da la A mé ri ca.
Vése como una palabra suscita otra vecina hasta llegar de peñasco á montaña y
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concretarse en los Andes.
Todo esto es charlado, comentado, gesticulado, mezclado con otras cosas; pero
viene saliendo el hecho de que la lectura es una manera de hablar y de oir, lo que
conduce á los resultados que se verán luego.
La acción, la mímica, el gesto entran por mucho para mantener la atención del
niño. Se enseña á juntar las letras razonando un sonido, apegando los labios m m m, y
diciendo abra la boca con a; al fin entiende y día más ya sabe leer. Dígale f f f f con i
y le dirá fí. Pero es preciso conocer sus letras bienpor la figura, que no se confundan
las parecidas, que la s sea una culebra, aunque mire á la izquierda siempre será s.
b. palo alto adelante de o.
d. palo alto atrás de o.
p. bastón adelante de o.
q. o de palo bajo o con bastón atrás.
s. una culebrita descripta con el dedo en el aire.
r. con un puntito en el hombro, señalándose dos o tres veces en el hombro.
t. con un palo al pescuezo, señalándoselo en acción de cortar.
x. con los dedos índices cruzados.
z. con las manos cruzadas.
h. sin nombre, muda, moviendo el dedo negativamente.
ch. como le dé la gana: chancha.
El alumno hace el ejercicio primero con las letras. Atención! se cuadra y expresa
la o, con ambas manos y con garbo describe o, bien; i con un puntito, y se señala la
coronilla de la cabeza dándose puntatidas con el dedo meñique que es la d.
u. con dos dedos parados y abiertos.
a. con una panza abajo, señalándosela.
e. con un ojito al lado poniendo el brazo izquierdo por sobre la frente para hacer
un arco con el derecho que va á su encuentro.
n. dos dedos para abajo.
m. tres id.
ñ. dos, con un travesaño de la otra mano con un palito.
b. d. p. q. la misma forma con variantes o con palo alto á la derecha, etc.
c la mano, encogidas las últimas falanges.
h. muda, tornarse los labios.
j. i con una patada que tira la cola.
g. o con señal a la cola, etc.
Se aprende en dos días, si se tiene cuidado de dar precisión marcial á los
movimientos, como si fuera la cosa más seria del mundo.
Hemos visto ya lecciones de geografía, de mar con buques, etcétera.
Hay las descriptivas de cosas á la vista para hacerle fijar en los objetos que las
palabras describen. La siguiente parece ser el costurero de mamá: - 5 sillas de caoba,
6 sillitas de Italia, 2 sillones de junco de la India, un costurero de la China, un
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necesario cubierto de mármol gris, una mesa redonda, un peinador, un espejo, un
retrato de doña Emilia Bardel, uno id. de doña Rosario Pastoriza, otro de Pío IX, la
Virgen de la silla, Elvira monja.
Basta de lectura. Vamos á la gimnástica.
De noche es preciso entretenerse en algo, y el niño entra en todas las
preocupaciones de la vida. Cuando tiene siete años, se le explica lo que es la
catalepsia, quedarse días un hombre en una postura asumida y no poder cambiar de
postura, ni hablar, ni hacer un gesto. La gracia está en tenerse tieso y más tieso. Toma
con calor la idea. Se le trepa sobre el mármol de una mesa de arrimo en frente del
espejo, las gentes de la casa y visitas hacen la platea de aquella exhibición de cuadros
plásticos. El más ladino le da la forma del gladiador romano, del gato moribundo, del
santo patrón, de lector, de escuchar á la puerta, de cuanto tenga sentido y el cuerpo
pueda ejecutar. El ejecutante permanece impasible sin mover un músculo.
Provocándolo á reir con dichos y burlas que no le hacen mella: imprímenle
posiciones de brazos, piernas, cabeza, manos, dedos, grotescas, absurdas, ridiculas,
maliciosas que hacen á la platea desternillarse de risa, sin que en cien
representaciones, pues eran frecuentes, se obtuviese jamás que se riese ó contrajese
un músculo de la cara.
Valdría la pena introducir en las familias los cuadros plásticos como gimnástica,
siempre que hayan tres ó cuatro niños para hacerles representar escenas de conjunto.
No son los ejercicios acrobáticos de la gimnástica con cuerdas y maromas lo que
debe darse á los niños, que harto se ejercitan sin maestros en sus juegos infantiles. La
gimnástica nacional pública deben formarla la esgrima, la natación, la equitación y el
remo, que son los ejercicios que defienden la vida, ó nos dan medios de locomoción y
superioridad. La Inglaterra debe su supremacía á sus juegos gimnásticos, sin excluir
el pugilato, la carrera y la lucha.
Nuestras escuelas empiezan á ejercer á los niños en movimientos de los músculos,
según teorías ó manejos que no carecen de gracia. Encanta ver á mil niños levantar un
brazo, nemine discrepante, mover todos la cabeza á derecha é izquierda. El primer
curso de gimnástica escolar introdújelo en Chile y se encuentra en el Monitor; y
como las láminas las labró en madera don N. Lloverás en casa, alli pudo Dominguito
ensayarlo. Mas hay una gimnástica de salón, de corte llamaban antes, de escultura
clásica diría yo, que se descuida enteramente en las familias y adivinan las niñas por
instinto innato de la belleza, ó los jóvenes heredan de sus padres, imitándolos sin
saberlo por herencia, como el Dr. Vélez creyó ver á D. Juan Lavalle cuando vio al
joven don Juan, á quien no conocía, paseándose y conversando con el Gobernador,
sin parecérsele.
Consiste en la gracia de los movimientos del cuerpo al avanzar un pie, al hacer
una cortesía tenerse de firme, extender la mano para recibir ó dar, y sobre todo al
bailar ó marchar. Los militares aprenden á sacar el pecho, etc., bajo fórmulas rígidas
y automáticas; y la tradición aristocrática española colonial conservó hasta la
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Revolución, en las familias de hidalgos, las posiciones y el garbo de la real moza
castellana y andaluza que parecen, como el caballo curvilinio, ser todavía restos de la
cultura romana, tan arraigada en la Bética. Hasta los últimos tiempos popularizó y
mantuvo el arte de las posturas esculturales el minué, baile de ostentación plástica, y
hemos visto á Wáshington, representado bailando minué en el acto de avanzar un pie
oblícuo que le habría dado tantos al Apolo del Belvedere si bailara. La reverencia,
sobre todo, era el fuerte de las señoras, y se celebraba el garbo, y la dignidad
soberana, con que el orgullo sabía inclinarse hasta tocar el suelo sin humillarse.
Nuestras damiselas no hacen la reverencia, salvo excepciones que pueden
reclamar si las hubiere, y sólo una dama limeña hemos visto en Buenos Aires hacer
tres reverencias sucesivas á un Presidente, la última más profunda que la primera,
todas en retirada, indicando respetuosamente que no aceptaba la distinción que
parecía acordarle. Es preciso ejercitar á nuestros niños en las posiciones artísticas
plásticas.
Allá por los años 1848 ocurría la revolución de febrero que depuso á Luis Felipe.
La Ilustration de París, que está en volúmenes sobre la mesa, trae grabados
describiendo las escenas que más llamaban la atención en Europa; ypreguntando
algo, conjeturando mucho, y adivinando lo que las láminas representan, pasa las
horas viviendo por la imaginación en Europa entre personas y escenas desconocidas,
pero que él hace reales.
¿Dónde está sentado D. Manuel Montt, preguntaba viendo el hemiciclo de un
Congreso de Francfort? Montt era orador chileno, y señalando una figura cualquiera
como la de Montt (en Francfort) ya estaba en caja y se daba cuenta de todo.
L'Ilustration fué su enciclopedia, cuatro volúmenes. Cuanta cosa sabe y toca, vive
con él, en el papel, como él vive con su padre, los amigos de éste, emigrados
argentinos, hablando siempre con calor de un país, de escenas, de hombres que no por
no estar en láminas ni de cuerpo presente, son menos reales para él.
No aprende á distinguir claramente porque no le enseñan la diferencia de un niño
y de un hombre adulto, en aquella vida secuestrada de Yungay, y acaba por
considerarse hombre más pequeño que los demás, pero en las mismas condiciones,
¿porqué no? Ejemplo: Las elecciones de renovación del Congreso ó de electores de
Presidente caían en Chile en 1851, según recuerdo. Debía tener seis años. Hablábase
en el almuerzo de boletas de elecciones que había impreso M. Belin y se discurría
como de asuntos corrientes sobre la votación que estaba haciéndose.
—Papá, pregunta Dominguito, ¿qué yo no voto?
—Por qué no; eres chileno.
—¿Dónde se vota?
—Tú perteneces á la parroquia de San Isidro, cuya mesa está aquí cerca.
A un rato:
—Papá, ¿cómo se vota?
—Es la cosa más sencilla del mundo. Tomas una de estas boletas, vas á la mesa,
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donde hay mucha gente, dices que vas á votar, presentas el voto, te lo reciben y ya
está.
No se habló más de elecciones, yéndose la conversación á una legua de distancia.
Acabado el almuerzo, y ¿Dominguito?
—Ha de haber ido á votar, contesta el padre, que conocía á su sonámbulo, y como
nada podía suceder, nadie volvió á pensar en ello, hasta oír el grito de triunfo y de
gozo del niño que decía desde lejos: Papá! ya voté.
Estás borracho! y contó su gloriosa hazaña, que confirmaron amigos que habían
presenciado la escena. Algunos de los votantes apiñados en torno de la mesa,
sintieron como una cuña por entre las piernas de unos y otros, para abrirse paso.
Prestando atención uno de ellos al importuno, éste dijo su objeto, que era votar, y con
tal convicción y ojos tan brillantes lo dijo, que se supuso que alguna alucinación
había de por medio. Hízole gracia el caso y tomando al chicuelo de un brazo lo trepó
sobre la mesa, diciendo muy serenamente al Presidente: Un ciudadano que quiere
votar! y como en manera alguna se turbase, Presidente y electores hicieron que
tomaban el caso á lo serio:
—Sí, señor, puede usted votar.
—¿De qué parroquia es usted?
—Parroquia de San Isidro.
—¿Su nombre?
—Domingo Sarmiento.
—No señor, no puede votar, ha de ser hijo del cuyano Sarmiento.
—Soy chileno!
—¿Es usted casado?
—No señor — (risa general que no lo desconcierta).
—¿Por quién vota?
—Por don Manuel Montt!
—Ah pícaro! que no se le permita votar, gritó en tumulto la oposición.
—Es partidario del despotismo!
El Presidente restablece el orden, le recibe el voto, y la oposición se lo pasa de
uno á otro, lo besan, lo aplauden y lo bajan ebrio de contento. ¿Supo alguna vez que
aquello fué broma? Acaso no volvió á pensar en ello, hallándolo según su cuenta lo
más natural del mundo. Llegado á Buenos Aires en 1858, víspera de las fiestas
Mayas, con once años, en ciudad nueva, acompañábalo uno de los niños Velázquez, á
quien un pickt-pocket arrebató el sombrero. Dominguito pispó algo y agarrando á un
paisano con tal tono de autoridad, le mandó entregar el sombrero, que lo desconcertó,
y abandonando el sombrero se hizo humo, como dicen, ¿Era valor? No, es que no
sabe distinguir bien hombre de niño, aunque sepa cual es la posición relativa entre un
roto y un caballero.
Acompañaba á su padre en 1850 en Valparaíso, cerca del muelle y al caer de la
tarde; y debiendo aquel entrar á una peluquería, le dijo lo aguardara paseándose por
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allí. Detúvose más de lo que deseara y al salir tuvo cuidados por el chico, cuyo bulto
divisó á lo lejos.
Vino éste corriendo con toda una historia. "¡Cómo me he divertido papá!
Imagínese que vienen un caballero con su mujer y una niñita á tomar el fresco, y sin
duda para divertirla, le muestran los buques, hasta que el caballero le dijo: mira, aquel
chico es un marinerito, y el caballero, para entretener á la niñita se me acercó y me
preguntó si era marinero. Yo dije entre mí, te voy á hacer creer que soy y le contesté
muy serio:
—Yes, sir.
(Poco más se pescaba del inglés á esa edad).
—Mira, fulana, había sido marinero.
—¿De aquel buque? (Uno de guerra inglés).
—Yes, sir.
—Pobrecito dijo la señora, tan chiquito y ya padeciendo!
—No, dijo el caballero, estos son grumetes de familias nobles, y los cuidan á
bordo…
Y se han quedado creídos que era inglés marinerito. Yo me vine riendo."
El taimado tiene siete años; pero esa es su educación: toma la vida como si fuera
hombre, y si quieren burlarlo él se burlará del que lo intente.
—"Papá, dijo, ¿a que yo escribo SARMIENTO: —¿A que no? —¿A que sí?: y
escribió en la página en blanco de un librito, lo que va en facsímile. Esta es la copia
exacta de aquella suprema evidencia de la concepción del niño á los tres y medio
años".
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DOMINGO F. SARMIENTO
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CAPITULO II
Hemos ya llegado en vida tan breve á los cinco años de edad, que hacen la cuarta
parte, y para continuar la narración de los sucesos, necesito que el lector benévolo,
haga lo que el Presidente de la mesa electoral de la Parroquia de San Isidro, en
Santiago de Chile, cuando se le presentó un ciudadano de seis años, boleto en mano,
á votar por D. Manuel Montt. Si señor, un renacuajo de ciudadano ¿por qué no? y
tomando el aspecto adusto del magistrado que oye las objeciones, acalla los gritos de
la turba multa, recoge el voto, lo acepta y lo anota, hallando que todo está en regla, en
el mas regular de los actos posibles, ¡una elección!
¿Qué habría logrado con un procedimiento sugerido por el sentido prosaico de las
cosas?
Disipar una ilusión infantil generosa, hija de una inteligencia que con un
cuerpecito en germen, no alcanza á ver sino las superficies. ¿Y cómo es, sesudo
lector, que asistís á un teatro y oís complacido á Carlos V haciéndose que habla
cantando, y en la orquesta creéis que brama, entre las ramas de los árboles de la India,
un huracán de violínes que ha principiado por bramidos acordes que os complacen y
amedrentan? Pues vais á ver en persona al de esta novela, ejecutar actos que suponen
un ser consciente, un hombre adulto, porque él se cree lo uno y lo otro desde su
infancia, porque nadie quiso desengañarlo, y porque al fin se familiarizó con su
asumido carácter y fué hombre pensador y niño á la vez. Murió como hombre de pró.
¿Qué mas queréis?
La casa quinta de Yungay era, como se ha dicho, una mansión solitaria, á
distancia viable, sin embargo, de la ciudad. El niño es conducido á una imprenta ó
acompaña alguna vez á su madre, como un dije, á las visitas, y el niño ve calles,
edificios, gente, niños, caballos y el movimiento de las grandes ciudades que puebla
de imágenes su memoria, y vuelto á Yungay su cuerpo, no siempre vuelve con él su
imaginación, que queda vagando por las calles y plazas que vio, adivinando lo que no
vió, y labrado por estos ensueños, una mañana se le va el cuerpo detrás de su alma,
siguiendo las sugestiones de aquella imaginación creadora de misterios que debe
aclarar la visión, y tarde se le echa de menos, y es preciso salir á buscarlo de miedo
de perros, carretas, recuas de animales cargados y todos los peligros de las grandes
ciudades.
Si se le encuentra en la imprenta se le sorprende radiante, riendo, oyendo,
aspirando todo, como si absorbiera la vida, la ciencia de las cosas, contando allí
mismo cuanto ha visto, como para pasar revista de sus impresiones, como para
enriquecer la memoria del que le escuchaba con lo que no tuvo la dicha de ver, y él
vio: unos tambores que tocaban la caja—unos soldados marchaban tran, tran, tran!!
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Un día al salir en su busca divisa su tutor el bultito que ya regresaba también de
motu propio, después de su tuna. El vigilante de á caballo estaba cerca, y
abordándolo, lo expuso el caso y el hábito que iba adquiriendo el chicuelo de
escabullirse y largarse de su cuenta á la ciudad en busca de mas vivas emociones; y
dándole una peseta, instruyelo sobre la manera de ayudar el vigilante al padre de
familia á curar tan peligrosa dolencia—el niño cimarrón— incurable á veces, lo que
ha creado la palabra en la Habana para los negros esclavos que ganaban la cima de
montañas inaccesibles y formaban colonias, que eran atacadas con perros adiestrados
al objeto. Para ahorrar palabras, pongamos el caso. Un vigilante encuentra un niñito
muy bonito solo por la calle, y gritándole con voz de sayón: alto ahí! lo deja clavado
en el suelo.
—¿Quién es Vd.?
—D. F. Sarmiento, señor.
—¿Con qué licencia anda solo?
El pecado lo acusa y se turba.
—¿Está Vd. en la Escuela?
—No, señor.
—¿Tiene papeleta de conchavo?
—No, señor.
—¡Ah, pícaro! le dice, desvainando la lata y amenazando cortarlo en dos.
—¿Dónde es su casa?
Y señalándole la de Yungay, de un tirón lo alza, y se lo mete bruscamente en
ancas, y la emprende al galope para Yungay.—Llegado á casa, entra gritando: ¿quién
conoce aqui este niño cimarrón que he recogido por la calle, salvándolo de que lo
muérdala los perros bravos; y voy llevando á la penitenciaria, al calabozo donde se
encierran á los niños que no obedecen á sus padres? Todo esto entraba en la lección
dada al paco.
Salieron las gentes, reconocieron al prófugo, y pidiéronle al señor vigilante que lo
dejase dormir esa noche en su casa, hasta que el padre fuese á ver al Jefe de Policía y
arreglara el asunto, prometiendo que no habría de hacerlo mas. Consintió la
castellana en ello, pero tan intratable era el cruel sayon que todavía exigió, con una
guiñada, que se le tuviera en una pieza solitaria para que no hablase con otros niños.
Así lo prometieron y así lo hicieron, que era aun antes de medio día y había
tiempo de conmutar penas y ahorrar tramitaciones. Pero á poco de estar solo,
meditando sobre tamaña culpa, mandó llamar á su nodriza, que le servía de mucama,
por haber quedado en la casa por amor del ahijado.
Llamábale para pedirle con voz dolorida que le mandasen de cuando en cuando
algo bueno que comer, porque sabía que en la Penitenciaria no les daban sino porotos
á los presos! Fué preciso prometerle esta infracción de las reglas. Mas tarde volvió á
llamarla para rogarle que le llevasen una camita, porque en la Penitenciaría dormían
sobre una estera!
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¡Cómo sabrán los niños estas cosas! Rumores populares que circulaban en las
cocinas entre sirvientes, que son los maestros de la lengua y de la historia para los
niños. La nodriza no pudo resistir á este golpe y soltó el llanto, asegurándole que
nada le sucedería. Vino la madre y todo el cuento lo echaron á perder con sus
enternecimientos, lleváronselo en brazos á las habitaciones, y por poco no lo ponen
en el secreto. Cuando el hombre de la casa llegó, fué informado del caso, hizo las
diligencias precisas, y no fué mas adelante el escarmiento.
Quince días después se le echó de menos al arrepentido.
Era de noche. Buscósele en el barrio y no había noticias de él, hasta que
sabiéndose que había unos títeres no lejos se le encontró allí, espectador abonado y
entusiasta, imperando sobre una pila de adobes, y desde allí victoreando al títere
protagonista, contándole sus hazañas al glorioso donCristóbal y acentuando los palos
que le da á doña Cutufina, con sus risas y alboroto.
Estaba visto. El mal no estaba en el párvulo, sino en la topografía de su morada
fuera de la ciudad, en una habitación aislada, y el hombre es un animal gregario y el
instinto lo está empujando á reunirse con sus semejantes. Se le iba á castigar porque
quería sentir la vida, ver vivir y asociarse al movimiento de los otros.
Continuábanse en Yungay las lecciones de lectura, las conversaciones sobre todo
lo que es real y á que se asociaba el niño adquiriendo un despejo que no decía
relación con sus años, y de ahí tomando vuelo la imaginación, precisamente porque
van quedando muchos vacíos que llenar entre las cosas diversas que va conociendo.
La tendencia á irse á Santiago, acompañado ó solo, en busca de emociones, de
aprendizaje, de cosas nuevas es cada día mas pronunciada, y nada puede contenerla,
sino es satisfacerla aplacando la inmensa fuerza de curiosidad que es la muestra de la
intelígencia y á veces del talento. Nunca desanimen al niño preguntón. Ese va á ser
algo. Un saltimbanqui que mostraba monos sabios, decía que él buscaba para educar,
los monos que mostraban inteligencia. Ofrecía á los vendedores de monos, pagar el
doble si le dejaban llevar á su casa los sujetos. Ponía cuatro en lugar de poder
observarlos, y los monos volvían la cara hacia él. Los monos no vulgares, con
algunos movimientos peristálicos que les son característicos, iban uno que otro con
mas mesura deteniéndose á mirar y ver. De los otros no había que esperar nada. Al
momento daban vuelta la cara á otra parte, á otro lado, atraídos por una mosca que
zumba, por un perro que pasa.
En los niños sucede lo mismo y el ansia de entender, los lleva á preguntar aun
cosas que nos parecen triviales por sabidas.
Un día yendo cerca de la Casa de Moneda en Santiago, encontréme con un roto
que conducía del cabestro un mampato, poney ó petizo, como llamamos nosotros.
—¿Vende, amigo?—Si, señor.—¿Cuánto?—Nueve pesos.
—Sígame, y si encuentro en aquella talabartería una silla de niño, es mío por el
precio.
—Casualmente, dijo el talabartero, hace tres meses que un caballero me mandó
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hacer aquella, y como no ha vuelto, me creo con derecho á venderla.
Una hora después entraba el roto en el patio de Yungay seguido de un mampato,
hermosamente enjaezado, aunque nada de hermoso tenía él con su cabeza grande, sus
patas cortas, y su andar poco afanado, lo que era una cualidad apetecible para el caso.
No había habido designio, ni pensado en tal cosa, sino que la casualidad de encontrar
un mampato sugirió la idea de asociarlo á la educación del infante.
Al alboroto de tan inesperada aparición acudió, entre las maritornes de la casa, el
que se sintió al ver la sillita, que era héroe de la fiesta; y teniéndole las riendas yo, y
alzándolo de un brazo, sentóse él en aquel elevado trono, desde adonde, como Sancho
desde Clavileño, debió ver el mundo pedestre cuan mezquino era.
Usamos con frecuencia el epiteto de inefable que no he cuidado de definir, al lado
de placer, sin darnos cuenta de la sensación que tal título merece, como usamos la
palabra sublime, sin darnos cuenta de lo que es ello, sino cuando nos enseñan que es
sublime aquello que dijo Dios: hágase la luz… y la luz fué hecha! sin duda porque no
es como soplar y hacer botellas. Entonces vi él placer pintado en la cara de un
parvulillo. Levantó ambos brazos al aire, con las manecillas vueltas hacia fuera para
indicar á padre y madre que estaban á ambos lados que se alejasen, que no lo tocasen,
para tener la dicha, la gloria de tenerse él solo en el caballo, á quien impulsó á andar
mas bien con la voluntad; y siguiendo al caballo, y teniéndoselo de la rienda, dió la
procesión vuelta al patio en cuadro, él en la misma postura de los brazos fijos, con la
mirada hacia adelante, con la sonrisa de beatitud que los escultores griegos ponían á
sus estatuas de divinidades, inefable, inmóvil, religiosa, revelando el arrobamiento
del alma, mezcla de placer y de veneración.
¡Así serían las impresiones que experimentaba el improvisado caballero! De
seguro que no le había pasado por la imaginación que montaría á caballo á esa edad.
Quedaban suprimidos de su cuenta y eliminados muchos años. Era un salto, ser dueño
del caballo con silla y todo; y como corolario, ir á Santiago cuando le plugiese!
El día se pasó en proyectos y expediciones imaginarias, en querer probar el
caballo á cada rato, hasta quedar convenido y acordado que al día siguiente iríamos,
padre é hijo, á la imprenta de Belin, paso á paso por supuesto, á fin de hacer posible
tan audaz ensayo.
Fuimos á Santiago, que pudo ver de mayor altura que una vara del suelo, como lo
veía antes de á pie. La aventura terminaba ahí para el padre, ocupándose acaso en
corregir pruebas y haciendo esperar al apremiante caballerito, apurado esta vez por
volver á Yungay, cosa que no le había sucedido nunca; su ideal habría sido estar
yendo y viniendo todo el santo día.
Cuando hubo terminado el padre, requirió las cabalgaduras. ¡Ni noticias del
compañero!… Habíase escabullido, engañando á uno que lo subiese al caballo para
aguardar á su papá… ¡Dios mío, qué va á suceder!
… Al volver de la primera esquina ha de caer este chico de costado, como un
marinero ebrio, ignorando que para tenerse derecho sobre el caballo, hacen nuestros
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músculos complicados movimientos reflejos, de que no se da cuenta nuestra
voluntad, tan larga ha sido la práctica de la equitación. A medida que el caballo se
mueve, tiran nuestros músculos un cordón por allí, aflojan otro por allá, mueven dos á
un tiempo y Dios sabe si diez, y con este tira y afloja, marche el caballo de frente, se
pare de golpe, galope, vuelva á la izquierda, mediante un apretón de las rodillas, ó
echar hacia adelante ó hacia atrás el cuerpo, vamos como en una hamaca, creyendo
que nada hacemos dejando ir á la bestia y nos conduzca al lugar donde queremos.
¿Qué va á suceder con un niño cuyas piernecitas no alcanzan á ceñir el caballo, que
ignora todas estas cosas, y se persuade que es lo mismo y más fácil moverse á
caballo, según lo está viendo, pues á pie tendría que subir de un plano á otro, ó pasar
sobre una piedra que desempareja el piso, mientras que á caballo, así, así, dejándose
andar, se llega de un soplo á Yungay…
De un galope estuve en Yungay, haciendo ó no haciendo estas reflexiones. Otra
era la cuenta del desolado padre.
—¿Aún no ha llegado? La casa estaba en silencio. Al tropel del caballo, sale la
madre desolada.
—¡Bárbaro!—¿Bárbaro qué?—Casi lo ha muerto el caballo! Supe entonces la
tragedia. Habíalo volteado el caballo y atravesádole de parte á parte el labio inferior
los dos dientes delanteros, que eran los únicos que descollaban.
Averiguado el caso, se supo por el paciente, que lo había alcanzado un guazo á
caballo, en el callejón de Yungay, y viéndolo sin duda tan gallardo caballero, le había
dicho:
—¡Vamos patroncito corramos una carrera!
—Corramos, contestó el chico.
¿Y por qué no? Solo sí que como ambos caballos eran chilenos, al arrancar del
uno, arrancó el mampato, y el ginetíllo que no conocía este género de equitación,
salió por el anca, dando de cabeza con su humanidad en tierra. La sangre había sido
restañada, y no se notaba miembro dislocado. Al día siguiente todo marchaba á un
restablecimiento completo; á los ocho, apenas quedaba una cicatriz; á los quince,
volvían á asomar en el horizonte de la imaginación del ya convalecido y olvidadizo
enfermo, las orejas del buen petizo, que á su turno se aburría de su clausura.
Y al fin de todo, un hombre debe saber andar á caballo, en América sobre todo, y
como no hay picadero se aprende á golpes, por aquello de que la letra con sangre
entra. El mampato era de fiar, tranquilo y paciente; el incidente había sido
extraordinario y el niño se tenía la culpa de haberse sustraído á la tutela paterna.
Estaba castigado con la misma culpa y como el delincuente nada deseaba mas que
volver á pecar, triunfó el partido de la acción y, acompañado primero, solo cuantas
veces podía, acabó el hecho por hacerse familiar, como sucede con las erupciones del
Etna que sepultan en lava una aldea y vuelve esta á los años á repetirse el mismo
drama. Dióse tres ó cuatro golpes mas, sabidos ó confesados, que de los ignorados y
ocultos él solo llevaría cuenta. Fué preciso del mal sacar partido y puesto que andaba
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á caballo ¿adonde iría mejor y mas regularmente que á la escuela?
Resolvióse mandarlo á la escuela de Villarino ó á la de Moreno, tan acreditada la
una como la otra, tan amigos ambos, pues eran los Domingos constantes comensales
en Yugay.
Uno y otro fueron sucesivamente sus maestros, enseñándolo según las prácticas
usuales, no siempre con aprovechamiento, porque cayendo en la rutina escolar y
obrando solo la imaginación y la dilatación de las fuerzas orgánicas, se entregaba á
sus desordenados impulsos, sin que hubiese al lado el correctivo de la palabra, de la
voz de su padre que ponía en acción también la inteligencia.
Llegó alguna vez, siendo ya grandecito, á desaprender á leer, á desmejorar la
forma inglesa de su letra, á medida que mas tiempo pasaba en la escuela.
Entonces el maestro casero se encargaba de remontar la máquina: y leyendo
alternativamente ambos en voz alta la Vida de Franklin, que traducía D. Juan M.
Gutiérrez, Robinson Crusoe, ó un Buffón de los Niños que entraba bien en su género
de instrucción y cuya lectura recomiendo á los padres, recuperaba en un mes la
perdida felicidad de leer, ganando además nuevo acopio de ideas.
Como no ha de hablarse mas del librito en blanco en que se conservan las
primeras lecciones de lectura escritas con carbón, de mano del maestro, recordaré que
en las últimas páginas, de letra del discípulo, se encuentran dos apuntes en que
figuran los nombres de Moreno y Villarino. Dicen:
Enrique Moreno
Edgardo Moreno
Domingo F. Sarmiento
Emilio Billarino
Rafael Garfias.
"alludarán la misa mayor".
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Estos apuntes se refieren á más avanzada edad é instrucción. Mientras el padre
acudía con Mitre, Aquino, Paunero, á tomar servicio á las órdenes del General
Urquiza, para la campaña que terminó en Caseros, habíase dedicado al sacerdocio,
arregládose iglesia y reunido diáconos y presbíteros.
Enrique Moreno es hoy Ministro Plenipotenciario argentino cerca del Gobierno
del Brasil, y Emilio Villarino, nacionalizado chileno, vino hace poco encargado de
estudiar el estado de la educación primaria en la República Argentina.
Pero volvamos á los ejercicios de equitación que algo original tuvieron. Al mes
de ir á la escuela, el caballo, sin duda, había tomado el peso á su caballero y arreglado
su conducta.
—Mire, papá, si será pícaro el mampato. No me hace caso; toma por donde él
quiere, aunque le tire la rienda para el otro lado.
Dos ó tres veces puso la demanda, y al fin el caso fué tomado en consideración.
—Llámame, cuando vayas á partir para la Escuela.
Al día siguiente, armado de un chicote inglés, aparecíase el juez en el zaguán, y
tomándolo de las riendas, apostrofó al rocinante de esta manera:
—¡Ah, pícaro! conque no le obedeces á tu amo?… un guascazo por las piernas…
¿Tomas las calles que te da la regalada gana?… zas! zas! —Y cuidadito. eh!… zas!…
Con el último adagio de aquellos versos, monta á caballo el caballero, y toma el
trote, camino de la escuela.
—Qué mampato tan diablo, decía el complacido ginete, me obedece al
pensamiento. Va á donde lo endilgo, aunque sea á una acequia.
Un mes después, el vehículo se había desajustado y era preciso recorrerle los
resortes, operación que se hacía con la mayor buena fe, puesto que el resultado era
infalible. Al dueño podía sin inconveniente aplicársele elmismo tratamiento. Mas
tarde sobrevino la duda de si era al caballero y no al caballo á quien debían
apretársele las clavijas. Un caballo adquiere el hábito de ir á un lugar, si allí lo llevan
todos los días; y como la escuela era de descanso para él, es contra las reglas que no
quisiese continuar por la calle habitual.
Un viejo Rosas de San Juan tenía la costumbre de ir á su viña en su viejo caballo
todas las mañanas y pasar un puente de pilos atravesado sobre una acequia. A fin de
repararlo, habían renovado los palos, dejando uno solo, para la gente de á pie.
Llegado allí, el caballo extrañó la innovación; pero urgido por el viejo cegatón,
inclinó la cabeza para reconocerlo, puso una mano celante de otra y llegó sin novedad
al otro costado. Meses después, venía acompañado de un amigo, y vio que el caballo
del viejo Rosas pasaba como un marinero el puente de un palo, y solo entonces supo
el viejo la hazaña de equitador insigne que, sin saberlo, hacía todos los días.
¿No sería, pues, mas prudente creer, que el honrado mampato quería seguir su
camino á la escuela, sin andarse con gambetas, y el amo quería forzarlo á hacer
l’école buissoniére, desviándose para recorrer el mundo ignoto de calles y callejuelas,
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con interminables vías de comunicación para las afueras, en medio de arboledas
umbrías, casas de campo deliciosas y escenas rurales de toda variedad, amen de
alguna carrera concertada con otros pilluelos de á caballo, con quienes iría trabando
relación, á medida que se ensanchaba el mundo que tenia, cual libro cerrado, por
delante?
AIgo de este género dejó sospechar la ocurrencia siguiente:
—Papá, no hay con que darle á este mampato. Mire en lo que ha dado ahora para
mortificarme. Cuando vienen carretas adelante, se empaca y no quiere avanzar; y si
del lado oye el chirrido, empieza á describir una curva; mientras si hay una acequia
honda por delante y no lo contengo, se entra sin miedo adentro.
La acusación se repitió varias veces sin variar en lo sustancial, lo que empezó á
darme que pensar.
—No te vayas á la escuela mañana, sin avisarme… y en haciéndolo, tomé el
caballo, le examiné el ojo y tenía una nube blanca sobre la pupila. Digo el ojo, porque
el pobre animal era tuerto. El roto al vendérmelo, lo hacía virar para que no lo viese
sino de un lado, como la luna que siempre nos está mirando con la misma cara.
El misterio, pues, estaba aclarado. Había andado durante un mes en la ciudad,
entre carros y carretas, en la campaña galopando, y Dios sabe si corriendo carreras,
en un caballo ciego! De ahí que les huía éste el cuerpo á las carretas y se entraba á las
acequias que no veía. Habríale dado guascazos por la cara, y dañádole el ojo único.
Felizmente la lesión estaba fresca y pulverizaciones de carbón le devolvieron luego la
vista.
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CAPITULO III
VIAJE A MENDOZA
Con tan sabia escuela de equitación, pudo hacer en 1854, á los nueve años de
edad, una expedición á Mendoza á través de la Cordillera de los Andes, no en el
"casimiro" mampato, sino en Cornetín de M. Belin, que era tres pulgadas mas alto, de
pies ligeros y caminar alegre y vivaracho. Pobre Cornetin! pasó y repasó la Cordillera
dos veces, de ida y de vuelta en cada una de ellas, al paso regular cuando ocupaba su
puesto en la primera avanzada de vanguardia, á la descubierta de novedades: una
cadena rota de montañas, los ríos que se precipitan haciendo rápidos y cascadas, una
casilla que se divisa, un peñón rajado, etc., etc., y otra andada hacia atrás al galope
por faldeos y sendas estrechas á contar á la mamá, que venía á retaguardia, los
portentos, que á cada rato lo sorprendían, volviendo luego al galope á recuperar su
puesto de observación al frente de la marcha por hileras de las mulas.
Entre Uspallata y Mendoza, media el descenso de la montaña de Villavicencio,
tan Iargo, tan árido, tan monótono y sin agua, que los viajeros emprenden la travesía
de noche por respeto á las monturas que se fatigarían antes de llegar á la planicie que
se divisa desde aquella altura, como un mundo que no tiene otros límites que las
brumas, que no son por eso el horizonte, pues al revés, desde el Alto Grande de San
Luis (60 lenguas), se divisa el mundo nevado que se extiende tras las montañas de
Villavicencio, como desde el cerrito de Santa Lucía en Santiago la vista penetra en el
interior de las casas por sobre los altos edificios.
El ferro-carril andino suprimirá en horas esta larga travesía, ahorrando la terrible
trasnochada que pudiera apellidarse la noche triste del rico escenario de los Andes.
Yo he podido descenderlo (el segundo) en coche; y este año habrá ruta carrozable á
Chile, pues los pastos que abundan hoy en Uspallata, la Quebrada y el Puente del
Inca de este lado, y los Ojos de Agua del lado de Chile, harán que los carruajes
vuelen, "no diré que corran", salvando en posta de caballos la Cordillera central, pues
las habitaciones de uno y otro lado están á su base. Un joven italiano se ha puesto en
25 días desde Genova, hasta el Hotel Inglés en la plaza de Santiago, lo que es una
rapidez mirada como fabulosa, merced á vapores y trenes acelerados.
Como recuerdo de viaje, contaré que pasando, con sol todavía, el laberinto de
cuchillas cruzadas de Villavicencio, ocurrió que en aquella incursión á Mendoza, que
tenía por objeto explorar la opinión pública, para aceptar ó no como definitivo el
gobierno de la Confederación sin Buenos Aires, el publicista Sarmiento, que ya se
había pronunciado por Buenos Aires, como representante de la tradición liberal, sin
aceptar su gobierno, no aceptando ser nombrado miembro de la Legislatura, se
encontró allí con un individuo de aspecto nobiliario, sentado sobre la punta de una
roca. Saludáronse como es práctica de viandantes. A poco andar empero, encontróse
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con su comitiva, y á pretexto de prender un cigarro, se acercó y supo con emoción
profunda que era el banquero Buschental, empresario se decía, del futuro ferro-carril
de los Andes.
Era algo parecido al encuentro de Mario con algún legionario romano; pero aquí
es Mario el vencido por Sila el que pasa á caballo, y era el legionarioquien podía
decirle: vé á decirles á tus cofrades en Buenos Aires, que habéis encontrado á un
banquero midiendo con la vista las montañas abruptas que escalarán los ferrocarriles
y no las legiones de nuestro César!
¿Creía Buschental en el éxito de la empresa? Ahora treinta años, todavía la
ciencia no se mostraba tan atrevida como hoy en los asaltos dados á la materia,
llámese istmos, los Andes y San Gotardo; pero el laberinto de Villavicencia sería para
desencantar al más osado ingeniero. Es á pique casi, que sube el camino una legua,
haciendo curvas de veinte metros cada cincuenta.
Mas el anuncio de la empresa que acometería el Gobierno de la Confederación,
fué inspirado por una alta idea política, que aun siendo quimérica entonces, no lo es
hoy, pues está en vísperas de ejecutarse, y era levantar el espíritu de los pueblos,
sacandólos de la orniére de persecuciones en nombre de ideas abstractas, federación,
unidad, etc.
Era el ferrocarril de los Andes, el viejo CANAL de los Andes, puesto en armonía
con los progresos del siglo y atravesando la América, del Plata á Valparaíso, antes
que por Panamá en ferrocarril, y mucho antes que se proyectase ninguno de los seis
ferrocarriles que atraviesan hoy la América del Norte por el Canadá y ambas
Californias.
Vése ahí el consejo y la inspiración de Don Salvador María del Carril, ministro de
Hacienda de Rivadavia y del Interior del General Urquiza. ¡Queda la cadena de hierro
con que Chile y la Argentina ataron á sus destinos los antes rebeldes Andes, á la
gloria de Rivadavia y Carril, como lo será de quien ponga cabo y buen fin á la grande
obra; y como vínculo eterno de la República, el recuerdo de que tan grande idea no se
llevó á término sin ayuda de vecino, como debía ser, pues Urquiza, Mitre, Sarmiento,
Avellaneda y Roca, han puesto sucesivamente el hombro á la colosal obra nacional,
americana y universal, como toda grande idea!
Vuelvo al cuento del viaje primero del famoso hidalguito á caballo. Las
interminables cuestas de Villavicencio á que no se vé fin, desmontan la paciencia y
magullan el cuerpo de los nombres: ¡qué decir de un niño de nueve años escasos! La
noche sobrevino, la oscuridad nos encubría la distancia, que se siente al traqueo lento
de mulas y caballos, y el niño empieza á repetir con voz plañidera: paremos! que
paren! que me muero de sueño!
Y todos los estímulos son impotentes contra las adormideras que embalsaman el
frío aire del desierto lóbrego. Y no había que chancearse: iba el pobre viandante de
estribo á estribo, ebrio de sueño, y amenazaba por minutos irse de cabeza, á riesgo de
intentar vanamente departir una piedra con ella, como solía decirle cuando se daba un
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golpe, echándole en cara en términos duros, el daño que haría quebrando las baldosas
del patio, lo que hacía que sorprendiéndolo de improviso la paradoja, suprimía el
llanto que sigue necesariamente á cada caída; cuando comprendía la charada,
veníanle ganas de reír de la ocurrencia, y concluía la fiesta en paz.
Pero entre aquellas breñas, no era de andarse con bromas y era necesario arbitrar
un medio de ahorrar al héroe de esta novela, la vergüenza de haberlo llevado en
faldas, porque en ancas era infructuoso, ó haberse roto la crisma contra innobles
pedruzcos, cuando le aguardaba la gloriosa metralla de los combates para poner
término al cuento heroico.
Llamado á un asistente, se le dieron instrucciones de combate, y avanzó éste
algunos pasos y volvió apresurado y con ruido á decir con voz alterada:—Señor!
Señor! Me parece que hay malevos (malévolos) adelante. Se ven bultos… Fué preciso
detener la marcha para dar órdenes; Dominguito recibió la de parar.
—Amartille usted un revólver; pregunte quien vive, y al tercero sino contesta,
haga Vd. fuego, y yo respondo!
Oh! qué escena! El hombre avanza osadamente, seguímoslo nosotros los varones
con cautela, ordenando á las mujeres se estén á retaguardia, por temor de las balas
que pueden cruzarse. —No las tenía yo, sin embargo, todas conmigo con el Gobierno
urquicista de Mendoza, como que me llevaron al llegar, de la mula á la jaula.
Dominguito con el cuello tendido sobre el de su caballo, trataba de discernir los
bultos en la oscuridad y lo consiguió dicíéndome quedito, para no espantar la caza, y
comprometer la situación:
—Ya los veo, papá.
—¿Dónde?
—Allí, señalando un jarillal, son dos…
De repente, pin! pan!… tiros á vanguardia. Avanzamos, se oye la carrera del peón
que los persigue, vuelve al fin y nos dá parte de la batalla ganada.
—Han huido cobardemente, pero con todo esto no hay que descuidarse, que no
sabe uno en qué país y entre qué gentes está.
El vencedor era un sargento cumplido, de Granaderos á caballo que tenía á mi
servicio á guisa de asistente; cargaba una famosa carabina de Kolton de seis tiros, y
era hombre de pasar un parte de una batalla imaginaria, como son tantas de las
nuestras.
Llegados á Mendoza por la mañana, debieron caer el uno en la cama, el otro á un
calabozo que la ciencia política le tenía preparado para su alojamiento.
Pertenecen los detalles de esta jornada, al Life in the Argentine Republic, que Mrs.
Horace Mann puso al frente de un libro, en lugar de Civilización y Barbarie que traía
originalmente, acaso porque no siempre puede por los hechos, saberse de que lado
está la barbarie, cuando se agitan las pasiones políticas en estos pueblos infantiles.
Cuadraría mejor narrarlos en la vida de un niño que presencia tales actos, que oye
comentarlos, y le interesan por la vida de los suyos y las emociones que afectan á su
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madre y los terrores que inspiran á los otros. Sobre todo, esta es la educación objetiva
que ha recibido, éste es el mundo en que se creó y las lecciones y los escándalos que
formaron y nutrieron su espíritu.
Almorzábamos en casa del escribano Mayorga, que nos estaba preparada, cuando
se presentó doña Paula Rosas, esposa del oficial mayor de Gobierno, preguntando
despavorida:
—¿Con esa calma se está Vd., mientras ya vienen á prenderlo, con orden de
tomarlo vivo ó muerto?
Como no era para imaginarse en país que acababa de darse y de jurar una
Constitución, la posibilidad siquiera de tales extremos, sirvió de pie forzado la
noticia, para continuar de sobremesa, no obstante que aseguraba la señora saberlo de
doña Juana Porven, á quien se lo mandaba decir el Edecán de Gobierno, encargado de
la prisión, quien le había prevenido por hallarse enferma, que no se alarmase si oía
tiros.
Insistía doña Paula por que me trasladase inmediatamente á su casa y seguía
dándosele bromas por su credulidad, cuando señalando á una ventana, añadió con voz
lamentable y rostro compadecido:
—Ahí los tiene Vd. —ríase ahora.
Pasaban, en efecto, soldados con los fusiles bajos y á poco cerraron el claro de la
puerta con una reja de bayonetas cruzadas. Avanzóse un Capitán, y con voz
conmovida, esforzándose en hacerla terrorífica, apostrofó al huésped, diciéndole:
—Está Vd. preso.
—En buena hora. ¿Trae Vd. orden por escrito?
—No necesito; soy el Edecán de Gobierno.
—Es para precaver contra esas órdenes que se puso el resguardo de que la orden
debe venir de un Juez.
—Yo sé, señor, mi deber.
—Muy bien; permítame ponerme una levita.
Estaba en robe de chambre, y como me dirigiese al dormitorio, me siguió espada
en mano y me hizo seguir con soldados, siempre con las bayonetas bajas. Otros dos
se dirigieron hacia un piano, sobre el cual yacían dos revolvers. Pregúntele!
—¿Cree Vd., señor, que he venido á Mendoza con mi familia, á saltar paredes á
mi edad?
—Yo cumplo con mi deber, y no tengo que responder á preguntas de nadie.
Lleváronme por esas calles de Dios, debo decir que dejando atrás los soldados;
metiéronme en un cuartel, señaláronme un calabozo y pusiéronme un centinela de
vista. Antes que empezase la incomunicación de regla, pedí que me trajesen mi catre
de campaña, y en llegando, túmbeme en él, y me escapé de este pobre mundo por la
puerta del sueño, sin entrar en otro, porque en la puerta me caí dormido boca arriba,
como si me hubiera tomado el opio de la botica.
Era el caso que no había dormido cuarenta y ocho horas, y no hay conciencia por
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culpable que sea, que resista á la tentación; habiéndome ya sucedido, siendo Capitán
de línea y cubriendo la retirada de los sanjuaninos, para Coquimbo, después de la
derrota de Rodeo del Medio en Mendoza, caerme de cabeza del caballo, no obstante
saber que el enemigo no daba cuartel, y dormir como un bronce, hasta que el asistente
me PUSO de pie, velis nolis, mostrándome al enemigo cerca.
A la oración, hiciéronme en el calabozo igual operación; dos soldados me
forzaron á sentarme, restregándome yo los ojos, persuadido de que estaba en las casas
de Uspallata y el arriero me despertaba para emprender la última jornada. Hízome
volver á la realidad la voz del General Rosas, de Mendoza, que me notificaba
cortesmente la causa de mi prisión. Se me acusaba de conspiración.
—¿No es mas que eso? contesté. No embrome con zonzera…
Y, pedí permiso para echar otro sueñito, como aquel coya que habiendo dormido
hasta la tarde, se puso de pie, desperezóse, tendió de nuevo el poncho, y esclamando.
—Auá lo verás, cuerpo vil, echar el hiél, durmiendo… se durmió á más y mejor.
La pesada modorra esta, decidió sin embargo, de la sentencia de la causa, pues
que viendo todos lo animal de semejante sueño, que no puedeimitarse, porque no se
pueden hinchar los ojos á voluntad, abotagarse el rostro, etc., y demás síntomas del
sueño letárgico, fué preciso convenir que tal hombre era inocente hasta de pecados
veniales á no ser un Napoleón durmiendo sentado, á la víspera de Austerlitz, en lo
que pudo haber algo de consumada táctica, para obrar sobre el ánimo del soldado, tan
segura tendría la victoria; y el General Paz, sin cabecear delante del fogón del
Campamento, ganaba las batallas; porque los soldados y el enemigo creían que no las
podía perder.
Acusábame de propósitos subversivos un chasque llegado de Valparaíso, según lo
supe después; y lo confirmaban los peones y allegados que venían conmigo, un cierto
número de armas de fuego y balas que traía, y esta idea tan natural; ¿a qué ha de
venir, sino á conspirar contra el orden establecido?
Yo no había tomado cartas en la revolución de septiembre y habiendo quedado la
República dividida en dos, creo que fui el único argentino que no aceptó de plano,
hecho tan deplorable. Natural habria sido, por la abstinencia primera, suponer que
vendría para emprender su curación, antes de que cicatrizase, volviendo á Buenos
Aires á trabajar por la unión, según consta de mi carta A los Electores, negándome á
aceptar un asiento en la Legislatura del Estado de Buenos Aires.
Pero, como nadie lo intentaba, —véase sino el rechazo de la misión Paz, llamada
"la traición en berlina", —nadie tampoco admitía que hubiese quién lo solicitase.
La acusación me ponía en confabulación con tres individuos, á quiénes no
conocía, alguno ni de nombre; y en el último alegato, el Ministro de Gobierno vino á
sentarse, declarándome cómplice, al lado del reo principal, y el oficial mayor del
mismo ministerio, D. Damián Hudson, fué el defensor. D. Franklin Villanueva era el
acusador de derecho.
El reo expuso en su defensa, que todo el cargo estaba montado en un mito
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popular, cuyo origen no conocía, por no ser mendocino y no haber hablado en las 24
horas en que estuvo libre, sino con aquellos empleados públicos y con el escribano de
la causa, que le había ofrecido su casa.
Figuraba en la causa un número 300. Trescientos caballos le venían de San Juan,
trescientos hombres lo esperaban y no sé qué otros trescientos, ni de qué, entraban en
el enjuague.
Lo de las armas, tenía algo de grave. Constaban de un rifle Kolton, valor de cien
fuertes; una carabina Minnié, dos fusiles de cargar por la culata, recién llegados, dos
revólveres de uso: todo ello introducido por la Aduana. Iban además, dos mozos de
servicio, (que eran veteranos), sus familias, un impresor y un francés de paso para
Europa. Era regular que se vaciasen balas en moldes para armas de tan diversos
calibres, y esta era la acusación deducida de la declaración del negro que las fundió,
diciendo que era un montón… así! —¿Y qué menos, si solo se daban de dotación
veinte á cada uno?
El no ser armas del Estado, y por el contrario todas de lujo y ser militar el
poseedor, echaba por tierra el cargo.
Pero en la hora de la sentencia apareció el enemigo malo del reo, que como se
sabe fué siempre su conato de cometer un crimen, sin que su mala estrella se lo
permitiese nunca.
El centinela que lo mantenía incomunicado en los altos del Cabildo, dos días
después de haberlo acusado otro centinela de hablarlo el reo, porpreguntarle en vista
de sus andrajos y su porte marcial: ¿de qué cuerpo de San Martín fué Vd.? Esta vez
era el centinela que le hablaba quedito, diciéndole:
—Soy sirviente de don Indalecio N., y anoche decía allí el Juez Palma: si
Sarmiento no anda vivo, mañana va á perder su causa; se lo aviso para su gobierno.
Vuelta á pedir el reo el tribunal.
—Lea Vd. este escrito, y diga si su contenido es suyo.
A una ojeada lo reconocí al muy indino, era mío; pero de otra letra, autorizado: es
copia, Benavides.
—No conozco, señor, este escribano en San Juan, y los conozco á todos.
—No; es el General Benavides; léalo Vd., sin embargo.
—Es excusado, señor; no es mi letra y no es escribano el que copia, y tales
papeles un Tribunal de Justicia no puede aceptarlos. Póngalo así, señor escribano. El
semblante risueño de éste, acreditaba que había dado en la tecla. Se me mandó retirar,
y fui absuelto, sin restricción alguna, aunque el Fiscal lo pedía.
Cuando pude hablar expliqué lo ocurrido. Desde Chile había escrito á Benavides,
induciéndolo á separarse de Urquiza y reparar su ausencia en Caseros, sirviendo de
intermediario para la reunión de la República. Pero, ¿para qué invocar el derecho de
petición que autoriza estos actos, cuando son dirigidos al mismo gobierno, sin
escándalo?
Puesto en libertad y ufano de mi triunfo, recibía y pagaba visitas, recorriendo los
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alrrededores de la ciudad, testigos de mis hazañas de diez y ocho años, chivateando á
los enemigos en las guerrillas que mandaba don Joaquín Villanueva, con quien hice
migas, y me valieron del General Moyano, mi segundo Jefe, un arresto y prohibición
de apartarme del cuartel general.
El Ministro Villanueva y el Gobernador Segura dieron á los tres ó cuatro días, en
hacerme decir, en vía de prudente consejo, que sería bueno tratase de regresar á
Chile, para evitar habladurías; y como yo echase plantas de no oir consejos que
tendieran á coartar mi libertad de entrar y salir, según el texto expreso de la
Constitución, creyeron deber insistir, alegando que no siempre podrían responder de
mi seguridad. Yo insistía en mis jactanciosos y altaneros propósitos, en público, lo
que no impedía que en privado hiciese alistar carga y arrieros y tenerlo todo listo á la
primera orden.
Había un secretico que nos guardábamos recíprocamente, y era que al llegar á
Mendoza y bajo la impresión primera de que iba á convulsionar la provincia, y de allí
la República, habían avisado al Paraná mi llegada y malos propósitos. El Gobernador
temía ahora las consecuencias, esperando por horas órdenes del Gobierno Federal. Yo
por mi parte estaba de ello segurísimo, y no las tenía todas conmigo; pero calculando
el tiempo necesario para que llegase un chasque al Paraná, pasase el río, proveyesen
lo conveniente y regresase, no podía llegar antes de veinte y dos días la temida orden.
Echando balacas, pues, de hombre que nada teme en una nación constituida, me
dejé andar hasta los diez y ocho días y poniendo los pies en polvorosa llegué sano y
salvo á Uspallata, el día mismo que entraba con una partida de doce hombres del
Paraná, un Ayudante, casado en San Juan con doña Mercedes Herrera Carril, con
orden de conducir preso al Paraná al conspirador que había huido de hallarse en
Buenos Aires para la del 11 de septiembre. No se guardó el secreto al llegar el oficial,
que me creía preso y custodiado, y cuando supo que el pájaro era ya el cóndor que se
cierne tranquilo sobre las altas montañas, contemplando las escenas de los valles,
sintió la vergüenza de su situación.
Este viaje á caballo cierra la infancia de Dominguito, y trasladándose su padre á
Buenos Aires, puso término á la influencia que ejercía sobre su espíritu.
Pero como en este capitulo, donde he consignado recuerdos que creo no haber
narrado antes, solo se trata del curso de equitación que recibió el educando que se
preparaba en Chile para la vida argentina, Life in the Argentine, bueno sería que á su
llegada, é incorporado ya en la andante caballería de su propio país, diese muestra de
su saber y práctica como simple escudero que aspira á calzar las espuelas del ginete.
Ocasión tuvo en Buenos Aires, años después, de dar exámenes de equitación,
según la escuela chilena, que es en America la más avanzada, en eso de revolver el
caballo en un solo lugar, rayarlo en plena carrera, de manera que surque el suelo con
el mazlo de la cola, luche pechando con otro caballo, ó atropelle caballo y caballero,
con solo abrir las piernas, á punto de hacerlos rodar por el suelo, si los toma
desapercibidos.
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El día, por siempre famoso de los fastos argentinos, de la inauguración del
ferrocarril del Oeste hasta la Floresta, lo mas selecto de la sociedad iba en los trenes
gozándose en la dicha de sentirlos extremecerse bajo sus plantas, arrastrados por la
misteriosa locomotora. Un niño á caballo carría á todo correr, galopándole al costado,
empeñado en conservar el mismo aire, y atravesando, volando mas que corriendo,
sobre la parte baja de los terraplenes. Todos seguían con el ¡Jesús! en la boca, al
atolondrado que iba tragando muertes, hasta que D. Ernesto Cobo gritó: ¡es
Dominguito Sarmiento! con lo que muchos dieron vuelta, para no ver horrorizados el
fin… No hubo nada!
Vueltos de Mendoza al hogar paterno de Yungay, y cuando ya hubo alcanzado
cierto grado de desarrollo, intentóse, siguiendo los preceptos morales de Franklin,
inculcarle ideas de economía, y si fuera posible de lucro, como denuncian los viajeros
ingleses encontrar en ejercicio activo en los niños norteamericanos, que crían gallinas
de su cuenta para vender huevos y hacerse de capital, ó bien vender libros, diarios,
manzanas y flores de maíz tostado en los ferrocarriles, importunando todavía á los
pasajeros, cuando ya los trenes van en movimiento acelerado, contando con la
destreza adquirida de caer parados.
Franklin, que hizo su fortuna y ofreció gratis la receta infalible de hacerla, con
guardarse la cuarta parte de todo dinero que por alguna vía entrase á su bolsa estrecha
de muchacho necesitado, si bien fué feliz en este artificio que lo llevó al futuro
engrandecimiento, se lamentó siempre de su incapacidad de poner orden en sus cosas
é inversión del tiempo, que es otra de las virtudes cardinales que añadió á la moral
antigua.
El que esto escribe padece de la misma enfermedad, incurable ya, á punto de
calcular que habrá desperdiciado dos ó tres años de vida en poner orden en las
páginas que escribe sin numerar las hojas de papel; y como el pensamiento va mas
ligero que la pluma, al pasar de una hoja á otra, se queda en el aire, ó en el tintero una
sílaba ó una palabra, y vaya Vd. á coordinar la hilación y el sentido! Intentóse, pues,
suscitar en el neófito el amor á la economía, al ahorro, queriendo con ello inculcarle
las ideas morales de Franklin, cuya vida se lehacia leer para su ejemplo; pero era
fidalgo español y americano hasta la médula de los huesos y habría pedido á los
cangrejos, padre y madre, que le mostrasen el camino.
Una ocurrencia, un poco cómica, dió ocasión de ensayar en grande la hermosa
práctica, sin obtener sino una bancarrota.
Circulaban en Santiago y Valparaiso rumores de fiebre amarilla, temiéndose se
comunicara la que decían había aparecido en Lima, y hablábase entre la gente beata
de una devota oración á Santa Brígida, la cual, puesta en el estómago con
acompañamiento de Padres Nuestros y Ave Marías, preservaba del contagio.
Por medio de tías paternas, muy dadas á las prácticas religiosas, se obtuvo una
copia del preciso talismán, y por burla de tamaña superstición, vino la idea de
imprimirla y vulgarizarla. Los derroteros de minas que dejaron ocultos los antiguos, y
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se conservan por raros ejemplares en testamentarias, preconizados por la tradición,
pierden todo su prestigio para el vulgo desde que se les vé impresos.
Resolvióse imprimir la devotísima oración de Santa Brígida y propúsosele el
negocio á Dominguito, indicándole sus ventajas, la plata (en cobres) que daría, y el
modus operandi, y poco se necesitó para encender la hoguera del entusiasmo, y dar
cuerda á aquella maquinilla de acción. Presentóse al día siguiente en la imprenta
Belin y Ca., y desmontándose garbosamente del caballo (escurriéndose) pidió con
aires de persona, le llamasen á M. Belin.
—Vengo, M. Belin, á hacer una impresión, si no me pide muy caro.
Ya vió el viento que soplaba, y tomando el asunto á lo serio y ofreciéndole asiento
en el escritorio, prometióle no pedirle sinó lo justo, como era costumbre de la casa.
—¡Oh! pero á mí debe hacerme una rebaja por ser de la casa también. (Comían
juntos)
—Bien, veamos de qué se trata.
Belin tomaba patas arriba y después patas abajo, la hoja de papel, torciendo el
labio, como quien resulve un intrincado problema, y al fin preguntó, ¿cuántos
ejemplares?
—Quinientos.
—¡Ah! quinientos cuestan mas caro que si fueran ciento, ¿no le parece, no es así?
—Por supuesto; pero yo necesito quinientos.
—¡Vamos! le costarán á Vd. diez pesos. Son tirados á ese precio.
Estaba el marchante prevenido, para no dejarse explotar por credulidad, y conocía
el arte mercantil del roto chileno, que pide diez por lo que dan por dos, respondiendo
á las primeras de camino al que le ofrece la mitad siquiera: —"ni robados que
fueran… mas bien no me iga naa!" —siguiéndose una mímica de irse enfadado,
volver al rato y proponer una pequeña rebaja, volverse á ir, y volver á volver, hasta
que no cediendo la montaña, cede él, y vende con pérdida enorme, por hallarse con su
mujer enferma.
El marchante de ocasión de Santa Brígida recorrió todo el diapasón del roto,
regateó, hasta que el impresor sin conciencia, y mordiéndose de risa, bajó, y bajó,
hasta cinco pesos, que era sin embargo el doble del precio legitimo.
Obtúvose la impresión; lleváronse unos pocos ejemplares á la tía devota, la cual,
mediante la agencia de un motilón de San Francisco de la Cañada, (buscando
mercado para la droga por espirarse entre gente baja mayor consumo), avisó luego el
buen éxito de la empresa, entregando religiosamente el valor de lo vendido.
El felíz mercader anunciaba desde la puerta de calle, aun antes de descender de
las alturas del Rocinante, y mostrando en alto, con la mano tendida, la abundante
cosecha de cobres obtenida.
Arreciaba la brisa próspera, de día en día; la lluvia de verano de gotas gordas de
cobres, se convertía en aguacero, hasta que soplando tres cuartos, la nave marchó
viento en popa, y un día, no en la mano, ni en ambas, sinó sobre un talego, reposando
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sobre la delantera de la silla, anunció un tutti de cobres que habría servido de base á
una otra especulación, cosa que empezó á tiamarse, viendo lo que pudiera emprender
con aquella suma, y no como la hormiguita que se halló un maravedí, y sacaba sus
cuentas para gozarlo sin disminuir su caudal, diciendo, ¡si compro pan, se me ha de
acabar! compraré solimán…
Sumaban los cobres veinte pesos libres de comisión, á cinco centavos ejemplar de
la dichosa oración de Santa Brígida, que por le visto, no aguardaba á que se la
pusieran en el estómago para hacer el milagro; pero el empeño de proveer á las
necesidades mas apremiantes de la casa, una pandorga, un trompo, darle algo á un
compañero de juegos, el hijo de tío Juan el jardinero, y cada día una nueva urgencia,
siendo la madre por imprevisión el cajero, y alegando el eterno postulante sus
derechos inalienables de propiedad, el resultado fué que aquel enorme montón de
cobres fué desmoronándose y disminuyendo, olvido si pagada la impresión, hasta que
el negocio corrió burro y el comerciante se declaró fallido, abandonando toda
esperanza de rehabilitación.
Continuó, no obstante el mal éxito del negocio, su vida de antes, frecuentando la
Escuela, oyendo hablar de política argentina ó chilena, según de donde venía el
viento, hasta que madurando en la Confederación las semillas que se arrojaban de
Yungay y otros puntos, en los surcos que continuaban abriendo las granadas y balas
rasas, que á guisa de máquina de arar partían desde la playa en malhora para Rosas,
sitiador de Montevideo, los que antes habían llevado espada al cinto, y ahora blandían
plumas aceradas en aquella prensa fulminante, diéronse por llamados á desenvainar
sus tizonas en el último acto de la tragedia pues tragedia fué la que representó el
despotismo de los bárbaros, y trágico fué su fin y su aniquilamiento.
Los Coroneles Paunero y Aquino, y los Sargentos Mayores Mitre y Sarmiento
tomaron la "Médicis" para trasladarse al teatro de la presumida guerra, y con la
familia como acompañantes, despidiéronse padre é hijo, tutor y pupilo, maestro y
discípulo, en la bahía de Valparaíso, prometiéndose volver á verse en Buenos Aires
después de la segunda victoria y continuar allí la educación del futuro ciudadano
argentino.
¡Ah! cuan caras habían de pagarse tan buenas y aprovechadas lecciones!
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CAPITULO IV
BUENOS AIRES
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italiano.
En los primeros días de Febrero, después de ocupado Buenos Aires por el
vencedor de Caseros, el hábito del terror hacía nacer mil fantasmas en el ánimo del
pueblo, y empezó á correrse con el asentimiento general, que Rosas había depositado
bajo el edificio de Gobierno, diez mil libras de pólvora para hacer volar Gobierno y
ciudad. Desimpresionólo al General Urquiza el EdecánSarmiento, indicándole el
origen: —adaptación del Kremlin de Rusia contra Napoleón, por el terror.
Hizo en Palermo ensayo de su teoría. Como se corriesen rumores siniestros de
saqueos, de incendios, á la llegada de alguno de Buenos Aires, le interrogaban aun
con las miradas los oficiales y oficinistas del Estado Mayor, para presentir alarmantes
noticias. Llegó el Comandante Sarmiento, y como persona que estaba en los altos
secretos de la política, debía saber la verdad. Rodeáronlo desde que se desmontó: —y
bien ¿qué hay? le dijeron varios, porque creyeron notar señales de preocupación en su
semblante. Introdújose en el salón sin responder nada, y antes de hablar preguntó: —
¿estamos seguros? ¿se puede hablar aquí? —echando de soslayo una mirada á una
puerta de comunicación. El coronel Chenaut que tenía la chistosa travesura de su
familia, salió en el acto en puntas de pie y á largos trancos dirigiéndose á una puerta,
sacando la cabeza hacia afuera, en aire de explorar los alrededores, y convencido de
la soledad reinante, ciérrala con ceremoniosa cautela, repitiendo la misma maniobra
con las mismas formalidades, viniendo á engrosar el círculo después de haber hecho
el signo militar del edecan que ha cumplido una orden.
Una dolorosa expectativa reinaba en los semblantes. Estaba allí un joven
Domínguez de crespa y abultada cabellera, y de pálido semblante á efecto de la
emoción; y dirigiéndole á él la mirada para mas impresionarlo, dije con voz solemne:
"atravesamos señores, momentos difíciles, y es preciso apelar á los sentimientos de
honor del militar para no comprometerse…"
—Señor Sarmiento, exclama Domínguez con los cabellos parados en la frente,
dominado por el pavor: yo no quiero saber nada! no me comprometa Vd.!…
—El terror latente, exclamó el orador señalándolo con el dedo. Cree que esta
oyéndolo la mazorca! Señores… guarden Vds. reserva, no hay nada en Buenos Aires.
Habíase logrado con la circunspección afectada, y la mímica cautelosa del
coronel Chenaut recalentar el sentimiento del terror que no acababa de adormecerse.
Otra observación de los sociólogos es la inversa influencia que ejercen las
poblaciones bárbaras sobre las civilizadas.
Tal es el furor de destruir monumentos de la historia, bellezas artísticas, libros y
archivos, por el solo placer de destruir. La mayor parte de las estatuas y monumentos
que la antigüedad legara á las edades futuras han desaparecido así, víctimas del odio
de los mas atrasados, ó menos cultos. Los conventos y los Papas, han sálvalo la
civilización griega y romana, en estatuas y libros que la perpetuan.
La China, no obstante su célebre muralla de cuatrocientas leguas de largo, ha sido
conquistada ocho veces, en cuatro mil años de historia auténtica, por los tártaros
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manchúes que la avecinan hacia el Norte; y acaso alguno de sus planes victoriosos
para contener la rabia de destrucción de sus soldados ó de sus descendientes
adueñados del poder, prohibió que en adelante se alterase ninguna ley china, se
mejoraran las industrias, se emitiese pensamiento nuevo alguno, y se alterasen los
modelos de tazas, platos jarrones, etc., de la porcelana de China, bajo pena de muerte,
después de tormentos, etcétera.
El progreso, como lo llamamos é invocamos nosotros, está prohibido en China, y
cuando ha sido necesario construir un servicio de té para el Czar de Rusia, con
formas que salen de la rutina secular, ha sido necesario elevar los modelos al Tribunal
de los Ritos, que cuida de la inalterable observancia de las prácticas y costumbres,
para impetrar licencia, obtenida á duras penas, con cargo de romper los moldes y los
planos. A este precio se han salvado las prolijas industrias chinas, las obras de
Confucio que hacen ley, y las mil prácticas que al tártaro incomodan, como á nuestros
paisanos el pantalón, la corbata y los suspensores, prefiriendo el chiripá, que deja en
libertad los movimientos. Gracias también á aquella prohibición, la China presenta el
fenómeno único en la tierra de una civilización homogénea, la misma durante ocho
mil años, según se conjetura, y que ha resistido no solo al tiempo sino á la barbarie de
otros pueblos. Los tártaros, creyendo mejorar; habrían destruido u alterado aquella
portentosa legislación, que viene desde las épocas cercanas al diluvio, según nuestra
cuenta.
Sucede lo mismo en el interior de las naciones, con las provincias respecto á sus
capitales que de ordinario miran de reojo, por su superioridad intelectual y su riqueza
y buen tono. Sucede peor cuando las clases inferiores se elevan al poder, que
entonces propenden á excluir á los hombres ilustrados, aun aquellos de sus propias
ideas, tachándolos de aristócratas, como sucedió en la Revolución francesa con los
sans-culottes (descamisados) ó con los federales de Rosas, que llevaron el chiripá
colorado, al gobierno la suma del poder público que es simplemente la destrucción en
las instituciones civiles de todas las trabas que la experiencia de los siglos ha venido
poniendo al ejercicio del poder.
Sucede lo mismo en pos de reacciones sucesivas, cuando llegan á las Asambleas
populares, Comunas, Cámaras, Congresos, representantes noveles, salidos de clases
intermediarias, sin sentirse apoyados por una opinión ilustrada, que tienden á adaptar
al ejercicio del despotismo de partido las instituciones que se crearon precisamente
para contener las mayorías; y es difícil contener estas reacciones, por cuanto no hay
en la conciencia pública principios que sean linderos, como las playas del mar, que no
obstante ser indeterminadas, dicen á cada minuto á la nueva ola que bramando llega:
está escrito que de aquí no pasarás!
De reconstruir un mundo se trataba en Buenos Aires en 1857, época en que
ingresó el joven Domingo Fidel Sarmiento en la ciudad de Buenos Aires, agitada por
todas las cuestiones de orden político y social que conmovieron á la Francia después
de la caída del régimen borbónico.
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Y no se crea que es darle indebida entrada á este mínimo factor en la masa que se
agitaba entonces, en grado de efervescencia y ebullición. El Estado de Buenos Aires
defendía contra las pretensiones de la Confederación, su existencia autonómica,
mientras no estuviese libre y por su elección representado en el Congreso Argentino,
sin reconocer la Constitución que se habían dado las provincias, bajo el convenio de
San Nicolás, contra el cual protestó su Legislatura, apoyada en seguida por el ejército
que adhirió á la protesta el 11 de septiembre.
Como de resistir á la imposición del nuevo orden de cosas se trataba,
necesitábanse soldados en número suficiente para oponer á los que podía reclutar la
Confederación, sin peligro de oposiciones voluntarias en trece provincias, en las que
predominaban las clases abyectas. No pudiendo elEstado de Buenos Aires extender á
mayor radio de territorio la ciudadanía, ni naturalizar de golpe extranjeros que recién
empezaban á acudir á sus playas, la ley habilitó la edad á los púberes, admitiéndoles á
la defensa del país á los 18 años de edad, con el aditamento de poder ejercer los
deredaos de ciudadanía.
A los diez y ocho años la fisonomía humana no ha adquirido aun el tipo de fijeza
que caracteriza al hombre adulto, á quien la ley reconoce libre de toda tutela. El
mozuelo de diez y seis años, robusto de cuerpo, ó espabilado de inteligencia, se
confunde con el mayor menos aventajado y así la ciudadanía desciende á sus dos
elementos, poder manejar un fusil, y amar á la patria, y sábese que en la pubertad
brincan las fuerzas viriles, y relincha, permítasenos la palabra, el patriotismo
encabritándose, como se agitan todos los sentimientos amorosos, con los ardores de
la ilusión generosa, el entusiasmo y la abnegación que no es mas que el exceso de
vida.
Contaba D. José Posse, que vivió accidentalmente en la misma pieza con
Domínguito, de cuya sociedad gustaba como una copa de champagne, hablando de
este exceso de vida, que al despertar por la mañana saltaba de la cama, daba brincos
descompasados, gritaba, reía sin móvil aparente y lo acometía en su cama á puñetazos
para hacerlo tomar parte en la retozona zambra. Una vez encontrólo triste y
cariacontecido al recojerse por la noche, y sorprendido de tan rara acogida, quiso
inquirir la causa, y dándosela el acongojado mancebo, le dijo: Yo lo había de poner
en mi lugar! Un bruto de vasco, me ha dado tal tunda de guantadas, que tengo el
cuerpo como un bife. Figúrese que estábamos en el teatro, el vasco celebraba lo que
se representaba como si fuera cierto, con exclamaciones y sorpresa. Propúseme
divertirme á sus expensas y darle cuerda; pero tanto tiré y tan gordas bromas le hacía,
que al fin el vasco que no era tan tonto como yo quería, se apercibió de ello y me
impuso silencio. Había olvidado yo la escena, cuando después de pasearme por el
foyer, ocurrióseme asomarme á las ventanas de la plaza; mi vasco estaba ahí, y no
bien me apercibió, sin decirme agua va, me cayó encima, y me sacudió á mano
cerrada á punto de destronar á un burro.
Oíanse desde la sala los estallidos de viva risa de Posse, que al repetirnos la
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historia celebraba el desparpajo con que contaba la aventura, pareciendo mas bien
estar el narrador á favor del vasco que de la víctima.
Tal era la situación de los espíritus en 1858, y tal la irradiación que se prolongaba
hasta los adolescentes. Discutíanse entonces en la Legislatura leyes de comercio libre,
de educación, de elecciones, de Bancos, de impuestos, y todo lo que tiende á la
formación de un Estado, y en los cuarteles se reunía la juventud al amago harto
frecuente de revueltas y conspiraciones, como en la prensa las causas y las
provocaciones que llevaban á la guerra y se descargaron en efecto en Pavón, como
los truenos y relámpagos descargan al fin la electricidad de que está preñada la
atmósfera en copiosa lluvia. La atmósfera que se respiraba en Buenos Aires era, pues,
ardiente y no era para refrigerarla el conservatorio en que fué hospedado el que ya
venía preparado de Chile á recibir su influencia. El educacionista Sarmiento, era
además Senador del Estado, Redactor de El Nacional y vestía el hábito militar toda
vez que se susurraban revoluciones ó se declaraba la guerra. En su presencia se
ventilaban cuestiones de actualidad, como decimos ahora, y no era rara la presencia
del viejo Velez, del joven Elizalde y de muchos otros personajes que ocupaban en la
opinión, en el gobierno, ó en las Cámaras, posiciones notables.
El niño iba á su colegio cargado de todos estos efluvios políticos, comunicábalos
á su círculo, que sin necesidad de su posición de hijo de prohombre, acrecentaba su
natural atracción, travesura y gentileza. En cambio recibía de los otros la exaltación
del patriotismo, provocada y requerida para poner la masa al nivel de fermentación
que reclamaban las circunstancias.
Con tales antecedentes puede decirse que el niño Domingo sentó plaza, desde su
arribo, en el Estado Mayor de la política, para lo que lo traía preparado la exaltación
y actividad intelectual en medio de la cual se había creado en Chile, Los personajes
eran distintos, Las Heras, Jacinto Peña, Paunero, allá; Velez, Elizalde, Mitre, aquí;
pero el drama no es distinto y apenas puede decirse que este era el segundo acto.
Continúase la educación del alumno en el Seminario Conciliar, en un colegio
ingles, en la Universidad, en fin, siguiendo el curso en lo que todos recorren para
llegar á obtener grados. Impregnábase de las ideas revolucionarias de la estudiantina
de entonces, que por la dureza de los tiempos sucedía á la burlesca oposición
tradicional que caracterizó la vida de colegio de los tiempos de Juan Cruz Varela, el
tu autem de todas las diabluras; pero no había tardado mucho el recién llegado en
atraerse las simpatías, que era uno de sus rasgos prominentes, la que había dejado
rastros en Valparaíso en el colegio inglés de Mr. Furburn, alborotándole el chiquero.
Hubieron los grandes de sublevarse en el Seminario Conciliar, y reunidos en
conciliábulo los cabecillas, alguno observó que sin la cooperación de los chicos que
hacían número, nada podría obtenerse, señalando sin embargo el peligro de poner el
secreto en aquellas cabezas de chorlitos. Alguno repuso que bastaría conquistar la
adquiescencia y complicidad de Sarmiento, para tener el concurso de los chicos, pues
él los acaudillaba. Convínose en citarlo para otra reunión y entonces, el que hacía
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cabeza le expuso la gravedad del caso, y solicitó la ayuda que debía esperarse de
persona tan entendida. Ofreció obrar al frente de los chicuelos, en defensa de tan justa
causa, y se procedió bajo base tan sólida á llevar á cabo el plan de la conspiración.
Descubrióse, sin embargo, ó fracasó por su propia inepcia, y los promotores fueron
expulsados del Seminario.
Era Ministro de Gobierno Sarmiento padre, y es de creer que él aconsejase tal
medida, pues se mostró después intransigente en Tucumán, Santiago, Entre Ríos,
donde se repetían estos remedos de vida política exterior á causa de ser malo el pan,
duros los porotos, como de perro la carne y otros motivos igualmente poderosos que
se alegan, para echar abajo los colegios y quedarse los héroes sin educación. En el
Seminario había mucho y sobrado del género, para sublevar las piedras. Los
cocineros españoles se sucedían cada año, volviéndose á España con lingotes de
onzas de oro; los cabos de vela servían para aliñar el caldo, y la cebada tostada
proporcionaba deleites inefables á los estudiantes. Llamado un médico por Marcos
Gómez, para curarlo del mal que lo labraba, mandólo á su casa, á comer por todo
remedio, pues era inanición por falta de alimento, lo que lo consumía.
Despejado el terreno y dado el apoyo á la autoridad, el Ministro convocó á los
pocos arrepentidos y amnistiados estudiantes al Refectorio, para hacerles oir razón, y
traerles al buen camino. Luego Dominguito los había denunciado, faltando á las leyes
del código estudiantino. "Haz bien y teme!" Por represalia lo denunciaron á él como
cabecilla, y fué preciso expulsarlo también, para que la ley fuese pareja. Era inocente
de todo cargo, y ya los había salvado una nochede ser sorprendidos por el Rector,
induciéndolo á seguir una falsa pista, porque ya husmeaba algo, mientras él avisaba á
los conjurados del peligro.
En la Universidad á donde debió entrar á continuar sus estudios, distinguióse
luego por las dotes de su inteligencia; que de ordinario se atribuye á talento lo que es
el resultado de mayor desenvolvimiento del acopio de ideas generales, con muy
grande conocimiento de cosas y de palabras. En esto aventajaba á los de su edad, por
lo que ya conoce el lector, añadiéndose viajes por mar y tierra y contacto con gentes
ilustradas y personajes ilustres, lo que ejerce con la palabra y el gesto, grande
influencia en el ánimo á los niños. Atribuye su padre á situación igual, haber sido
nombrado ayudante del General Vega y secretario del General Alvarado
sucesivamente en San Juan y Mendoza, á la edad de 18 años, en 1829, según consta
históricamente.
Una prueba de ello se ofreció luego entre mil, y bueno es recordarlo aquí, porque
es todo un sistema de acelerar el aprendizaje de las lenguas vivas, desde que se
poseen los rudimentos. La traducción con el diccionario, si no se ensena á manejarla
con precisión, es pesada y poco productiva al principio.
Creyóse que había fiebre amarilla, y se tomó una casita de campo en Barracas
para rusticar y precaverse; y como era necesario acortar las horas del día, se puso en
planta una lección de francés. Teníamos los extractos de la obra de ornitología de
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Audubon, que ha descripto en estilo encantador sus cacerías de pájaros, que acabaron
por hacer de él uno de los célebres ornitologistas del mundo. Se hizo el arreglo
siguiente: "Yo leo en francés el texto de la lección y tú me vas dando la traducción á
medida que voy leyendo. Donde no entiendas, nos detenemos, se busca medio de
salvar el escollo, hasta que entiendas, y seguimos adelante. En seguida tú me lees en
francés y yo voy dando la traducción en castellano. Si no entiendo, es claro que has
pronunciado mal, repites, pronuncias bien, ó yo te enseño".
En tres ó cuatro días la lección marchaba como con ruedas. Leía yo en francés, en
voz alta, con todo el énfasis y gesticulación de una buena lectura, y la sola
enunciación de las palabras, la cadencia de complementos y períodos bastaba para dar
el significado de una que no había oído antes. Encendíasenos el rostro en este pasar
de una lengua á otra las palabras, como si fuera la pelota que nos enviábamos, no
queriendo ninguno que por su causa cayese al suelo. Solía durar dos horas el peloteo,
con pausas para explicar el caso del pavo, ó de la perdíz, ó de la pradera de que se
hablaba; pero todo esto provecho y traducción. Duró veinte ó más días el curso,
porque se acabó el libro y traducciones y pronunciábamos de corrido y volvió á la
Universidad sabiendo francés. A poco me dijo: "soy mirado en la Universidad como
el segundo profesor, los grandes me consultan y los chicos me respetan como á un
grande".
Después, llegándole al profesor la noticia de venir sabiendo francés en veinte días
de asueto, interrogólo, y se sorprendió no poco al saber el ingenioso sistema de hacer
madurar la fruta en corto tiempo. Este sistema con variantes requeridas, ha sido con
igual éxito aplicado á varios otros ramos, teniendo por base la palabra oral, el gesto,
el énfasis que la dotan de garfios y de púas para prenderse á la inteligencia.
Dióse por entonces la batalla de Pavón que puso término á la contienda, dándole
solución honrosa, y de ambas partes aceptada, y el niño Domingo tuvo la inspiración
de trasladarse con algún otro pilluelo al campo de batalla, recorrerlo como lo haría
M. Thiers, y enviar á su padre una descripción de la escena, que el doctor Velez
conceptuaba mas pintoresca y sentida que las que habían publicado los diarios.
Por no pervertir su juicio en tan temprana edad, dando lugar á encomios
indiscretos aunque merecidos, no se le hizo el honor de dar á la prensa su factum, y se
le dejó perderse entre papeles, sin hablarle jamás de ello, como de cosa que no
merecía recordarse.
Los estudios de Seminario, de Colegio y de Universidad andaban á la diabla,
como era de esperarse, cuando los estudiantes eran Cicerones, Gracos, Temístocles, ó
Espartanos, que de todo tenían, menos de aprender sus lecciones.
Dejemos á nuestro héroe imberbe confundido entre la turba estudiantina, sin
pedirle que haga punta en el tranquilo regreso á las aulas, después de la victoria á
hojear su Calepino, ó su Cornelio Nepos. Tiempo habrá de traerlo de nuevo á la
escena, acaso ya con algún fruto sazonado de su estudio.
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CAPITULO V
ADOLESCENCIA Y JUVENTUD
SAN JUAN
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provocación?… Pues ya lo verás!
—¿Es Vd. el maestre de posta? cuando lo anunciaron.
—Sí, Su Excelencia.
—Siéntese, señor —mostrándole un sofá de damasco, y manteniéndose el
Gobernador de pie —¿De qué Morenos es Vd?
—De los Morenos de D… (Moreno banquero del Rosario.)
El Gobernador se dio un paseo, y volvió á pararse enfrente —¿Tiene Vd.
propiedad, señor?
La finca en que está la posta es mía, Su Excelencia, y tengo algo.
Dos paseos del Gobernador; —y ¿sabe Vd. leer, señor?
Recién se desconcertó la arrogancia del paisano; contestó ruborizándose y
bajando la cabeza:
—¡Oh! Si, señor, cómo no!…
Después de un corto paseo. —Bien, señor, retírese; yo lo haré llamar.
Los Ministros que presenciaban esta flajelación, conmovidos, hallaron que era
demasiado para hombre de posición. A los tres días volvió á presentarse el llamado,
vestido comme vous et comme moi sin ostentación y sin muestras de enfado.
Comprendió que había sido adivinado y recibido el castigo que merecía. Al tiempo, si
de las Lagunas ó de los Llanos de la Rioja se aparecía alguno con chiripá, sus
conocidos le decían: —"que no te vea el Gobernador, porque ver chiripá y ver al
diablo, es lo mismo."
Estaba afanado con las tareas que le imponía la dirección de la guerra contra el
eterno Chacho, sublevado en la Rioja: todo era armas y cañones y maestranza en vía
de creación, cuando de improviso le anuncian á Dominguito que viene de Buenos
Aires con pliegos, desertor de la Universidad donde lo hacía su padre, siguiendo
tranquilamente los estudios preparatorios. Habríase procurado de la condescendencia
de Mitre, alguna nota para decirse enviado, y se presentó á su airado padre con
uniforme militar elegantísimo y completo quese había mandado hacer con el sastre á
la moda, para el lance, y la lectora que haya sido madre, se imagina si puede haber
padre tan duro que le dé de coscorrones en lugar de un abrazo al apuesto militarcito y
luego, ¿cómo deshonrarlo ante los jóvenes y las damicelas, haciendo saber que todo
ello era pura farra de un muchacho travieso?
Fué preciso aceptar aquella falsificación, y tenerlo por tal oficial de Guardia
Nacional de Buenos Aires, lo que realzaba el mérito del elegante uniforme, que era
todo su capital pues contaba apenas diez y siete años, verdad es que á esa edad, en
1828, durante el Gobierno del Teniente Coronel del Ejército de los Andes, don
Manuel Gregorio Quiroga Garramuño, fué su mismo padre nombrado alférez de
Cívicos, de la compañía de su vecino (por barrios) D. Cesario Domínguez, que murió
General en la guerra del Paraguay, acaso por las mismas causas, desarrollo prematuro
del patriotismo, que en otros duerme el sueño de los justos.
Aceptado el rol asumido, el Ayudante de Guardia Nacional Sarmiento, hijo del
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Comandante en Jefe, venido de Buenos Aires, hablando de todo ex-cátedra, con
modales despabilados, echándola de modelo de la moda, y con el secreto que poseía
de conquistarse voluntades y afectos, fué el centro de un grupo de elegantes de toda
edad que él disciplinó, constituyendo la sociedad de los Burros Overos, por un chal
escocés á grandes cuadros que los distinguía y de que se hizo nombrar Presidente.
Tratándose de bailes, paseos, fiestas, ópera, sí, señor, ópera, porque de todo había, era
necesario entenderse con el leoncito, que se autorizaba con el nombre de Buenos
Aires: en Buenos Aires se hace así; en Buenos Aires… y contra este argumento todos
los provincianos callaban… ¡Si en Buenos Aires se hace así!
Residía por fortuna en San Juan, como cónsul chileno, un hermano del General
Borgoños, con sus jóvenes hijas, y quien dice Borgoños de Chile, dice gustos
refinados de alta sociedad, el high life como decimos aquí, y la casa del cónsul se
hizo bien pronto el centro de la vida de salón, y en ella se reunían los jóvenes más
cultos, y las señoritas de más fuste. Dicho se está que el oficialito flamante descollaba
entre los leones menos amansados, de tal manera que si el jefe de los Burros no había
asomado sus orejas hasta las ocho, salían en su busca, pues sin él todo palidecía, tal
era la travesura y el desparpajo de aquel carácter de diez y seis años, que las
circunstancias de la vida elevaban como con zancos al rango de hombre. ¡Cómo
recordaban las ya señoras Borgoño, en 1881, aquella época feliz de su juventud, y
cómo la recordaban largo tiempo en San Juan sus compañeros de diversiones y de
alegrías juveniles! Y no era para menos.
Residía de años el doctor Tamini, muy querido de sus enfermos, que acaudillaba
una banda de diletanttis cuyo gusto musical había desenvuelto, no escaseando los
buenos maestros de musica, Berutti y otros. Tamini hacía dar á su alegre banda
fragmentos de ópera, en el teatro, en trajes él y ellas, con el éxito que puede esperarse
de tales cantantes. Tamini que ya estaba como Lablache cuando se hacía oir en Nueva
York, se transfiguraba cantando, y se le caía la baba al oír á sus discípulas que era
preciso aplaudir, puesto que él las aplaudía.
En cuanto á inauguraciones, bailes y otras reuniones, había venido á San Juan,
atraído por la bulla de sus minas, Mr. Crawford, joven inglés de alta sociedad, puesto
que pertenece á la familia de los Crawford de donde salió el General de aquel nombre
que vino en la expedición inglesa de 1807.Dominguito y Crawford cuidaban de las
formas de la elegancia, no faltando por aquellas alturas el cotillón, para terminar
dignamente un baile.
Llegó á San Juan dos meses después de inaugurada la Quinta Normal, un número
del llustrated London News que traía la descripción con láminas de una feria inglesa,
ó inauguración. Se las mostraban á los sanjuaninos, que como Dominguito á Montt lo
reconocía en el Congreso de Francfort, así veían el trasunto de la inauguración de la
Quinta Normal de San Juan con sus tiendas, galpones, etc., etc. Todo esto era
novísimo por este lado y allí se hacían los primeros ensayos. Enseñando inglés á los
jóvenes, hablándolo con el Guardia Nacional y dando lecciones de buen gusto, ayudó
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mucho Mr. Crawford á levantar el tono de la sociedad regenerada, que presentó en
efecto durante dos años, un aspecto de vida notable.
La guerra se hacía en toda regla, bajo dirección más inteligente que la del común
de nuestros militares. Téngase presente que se reunían ó sucedían allí, lanzas corno
las de Sandes é Irrazabal, jefes como Arredondo y Rivas, que pasaron después á
Generales, y capitanes como Campos, Roca, á las órdenes de Sarmiento que les abrió
el camino para Generales á su turno. La Guardia Nacional de San Juan de entonces se
hizo célebre por la inolvidable Escolta de los caballos blancos, los Guías que
existieron dos años, y los Rifleros que se distinguieron en el Paraguay con el valiente
y apuesto Comandante Giuffra, que creó el cuerpo, y había sido bersagliere en Italia,
dejando como recuerdo de su manejo del arma de infantería y evoluciones, al
Comandante Recabarren barren y al ex-edecan Brihuega.
Tal era su celebridad de maniobrero, que los jefes brasileros en el Paraguay,
pidieron una vez se hiciese maniobrar en su presencia á los Rifleros de San Juan, lo
que obtenido y envolviéndose á ellos mismos como los anillos de una serpiente de
acero, los tuvo pasmados durante una hora de aquel caleidoscopio de bayonetas-
sables.
El concurso de tantos hombres que eran ó habían de ser notables por su propio
mérito, ó morir gloriosamente en los combates, daba lustre á aquel período cortísimo
y una atmósfera luminosa á la figura del Ayudante D. F. Sarmiento que se le veía en
todas partes, en las paradas que eran magníficas por lo correctas, en las fiestas, en los
bailes y en los estrados, mezclado entre ellos y gozando de su aprecio.
La parte científica no estaba vacía, pues el Mayor Rickard, ingeniero mecánico,
ensayaba todos los metales de las recién descubiertas minas, puso al sol veneros de
carbón de piedra é introdujo maquinaria para la elaboración de las minas, publicando
en Londres un libro que las hacía conocer, organizando sociedades para su
explotación, y la publicación del River Plate Mail, para hacer conocer su movimiento.
Mr. Shade ingeniero alemán, se encargó de formar un Departamento Topográfico, que
ha dejado la carta de la Provincia.
¿Y las bellas artes? En San Juan la pintura ha sido cultivada por Franklin Rawson
de la escuela de García, por la señorita Procesa Sarmiento de la de Monvoisin en
Chile. Ejercía por entonces su profesión de retratista en San Juan, Torres, de la
escuela de Monvoisin; y como la época era heroica y guerrera, las mejores telas,
fueron la familia del Coronel Virasoro, grande cuadro mural, de mucho efecto por la
belleza de los hijos, de padre, hijas y hermanos, á mas de su esposa que era una
beldad.
Mencionaré la tela del Coronel Sandes con su caballo al lado, no pudiendo hacer
la estatua ecuestre del terrible Aquiles de nuestras guerras civiles que podría
apellidársele "Sandes el de las cincuenta y seis heridas", como al griego, "de los pies
ligeros". Lo acusaron de sanguinario; pero el hombre que ha recibido una á una,
cincuenta heridas sin estar tendido, sin ser prisionero, todas por delante, como lo
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decía él negando el título de valiente al que no presentase este diploma que ostentan
sus fotografías de busto desnudo. Era el hombre-fiera, como el libreto de La Belle
Héléne muestra á Aquiles, sacando la espada á la menor contradicción. Causábale
mucha sorpresa y gusto recibir una partida de caballos gordos, sanos, herrados de pies
y manos para su tropa. Apenas podía creer á sus ojos!
—Y las mulas?
—Las mulas no se hierran, Coronel.
—Hágame herrar mis mulas!
—Si no se hierran, Coronel.
Ya empezaba á amostazarse y el Jefe de Policía le dijo que necesitaba orden del
Gobernador.
El Coronel mandó al caballerizo, con bota de potro y lanza, al Gobernador con
esta misión:
—Dice el Coronel que le haga herrar las mulas.
El Gobernador oye y se calla.
—Que le digo á mi coronel?
—Nada.
Amenazaba tragedia. En San Luis había acometido al Administrador de Rentas.
El Gobernador hizo traer de su casa dos revólveres y cubriéndolos con un pañuelo de
mano sobre el escritorio, empezó á pasearse y aguardar. A un rato el mismo
caballerizo:
—Dice el coronel Sandes, que le haga herrar las mulas.
La misma respuesta; mirarlo y no contestarle.
Habría comprendido, sin duda, que no siendo el jefe de la división, no podía
dirigirse al Gobernador, y solicitaría venia del Coronel comandante. Su etiqueta
militar no llegaba hasta comprender que un caballerizo no es órgano. El día se pasó
en esta terrible expectativa que tenia embargados igualmente á los Ministros. Pasaron
las horas de despacho, y el Gobernador volvió á su casa.
Después de comer, se presenta Sandes á caballo. Se desmonta, dá la mano con
cariño, conversa, y ni una palabra del incidente. Venía á dar satisfacción, sin duda, á
su manera, sin decir nada. De repente, una contracción horrible de la boca,
mordiéndose el labio inferior. —¡Si le vendrán accesos de cólera y gana de echarse
sobre el Gobernador! —Siguió la conversación, y otro acceso repentino. Despidióse,
y no se habló mas del caso. —Momentos después llega el Dr. Tamini, y hablando de
esto y de aquello, el Gobernador dijo que Sandes le había dicho tal cosa.
—¿Dónde ha visto á Sandes?
—Aquí.
—¿Cuándo?
—Hace media hora!
—Imposible; lo he dejado en cama, después de una operación.
—Digole que acaba de salir.
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El médico se hacía cruces.
Le he reabierto una herida en el estómago, y sacádole un pedazo de camiseta que
le habían dejado en la curación y lo incomodaba.
Aquel era Sandes. Se trataba á sí mismo con la misma dureza que á los demás.
Habría comprendido ó le hicieron comprender que había faltado al respeto al
Gobernador, y se había levantado de la cama á reparar la falta, y las contorsiones
atroces del dolor de heridas vendadas, inflamadas, eran aquellos alarmantes gestos
que parecían arrebatos de cólera. Hizo cien leguas sin desmontarse en dos y medio
días de marcha, por darle caza al Chacho que se le había escapado; caían los soldados
dormidos ó muertos, hasta que el caudillo reventó, puede decirse, porque se le
abrieron diez heridas, y vomitó el pulmón. Sandes dejó, sin embargo, el de 1o de
línea, el primer regimiento de caballería que dejó de mirar para atrás, y contar los que
tenían por delante, como lo hicieron en Causete á las órdenes del Mayor Irrazabal que
por instrucción del Comandante Sarmiento atacó á 700 hombres del Chacho en linea,
y los arrolló, perforándola.
El retrato del Coronel Rivas, en todo el esplendor de su juventud, antes de tomar
cuerpo, fué tomado en San Juan y debe estar en poder de su viuda. Existe el del
Gobernador y General Benavides, del mismo pincel de Torres y el del Teniente
Coronel Sarmiento[3] de cuerpo entero, colocado entre los arcos del cuartel de San
Clemente como fondo, y dando órdenes á un batallón que se apresta á salir, porque
esa era la facción prominente de la época, con fuerzas al mando de Sandes en San
Luis, de Arredondo en la Rioja, destacamentos que iban ó venían de las lagunas ó de
Jachal, los rifleros que partían á Mendoza á contener á Clavero, con encuentros y
combates hacia todos lados; mientras que el Chacho vencido en todas partes, porque
esa era su estrella, se presentó á las puertas de San Juan, sabiendo que las fuerzas lo
andaban buscando por todas partes menos donde estaba. Allí se hallaba esperándolo
un día Irrazabal, con una compañía del 1o de linea que dió cuenta de él.
Y todo esto se hacía en San Juan, empedrando las calles, haciendo tallar mármol
para puentes y veredas, fabricando todo lo concerniente á la guerra en provincia
lejana en que hicieron prodigios de habilidad y rapidez el señor Antero Barriga
chileno, hoy cónsul, y D. Manuel J. Zavalla que fué después Gobernador de San Juan,
por donde se vé que no faltaron hombres competentes.
Con la guerra del Chacho, vencido en Caucete, San Juan dejó de ser el centro de
acción del interior, y el gobierno tuvo que contraerse á reparar el desfalco que de sus
escasas rentas y productos había hecho tan prolongada y estéril guerra. El Ayudante
Sarmiento había agotado toda la enseñanza práctica que dá la vida activa en medio
del movimiento general de las fuerzas sociales. Puede decirse que de Buenos Aires
salió un niño y mediante el uniforme militar que hacía para él las veces de la toga
viril de los romanos, volvía hombre hecho y derecho, pues había, aunque
anticipadamente por aquel artificio, tomado parte en la vida pública y en la sociedad
adiestrádose en sus usos, trato y buenas maneras. Con este caudal regresó á Buenos
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Aires, acompañado de D. Domingo de Oro que le conservó siempre su amistad,
honrosa para un niño y con su trato una escuela de tacto y bien parecer.
Llegado á Buenos Aires, reanudó la serie interrumpida de sus estudios en la
Universidad, alentado por el Dr. Avellaneda que se empeñaba en hacerle profundizar
el latín y del Dr. Rawson que lo patrocinaba igualmente. Inútil es decir que el
Presidente entonces de la República D. Bartolomé Mitre, loconfundía con sus hijos, y
que en toda la sociedad culta y sobre todo de señoras, encontraba siempre la
bienvenida protectora que provocaba la alegría y el desparpajo juvenil.
Dejamos la palabra al distinguido escritor don Santiago Estrada, su amigo, para
narrar en el siguiente capítulo, su vida universitaria.
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CAPITULO VI
ESTUDIANTE Y ESCRITOR
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entonces distribuir la vida entre el placer y la pereza.
"D. Domingo, que siempre ha entendido que el maestro es depositario de la
autoridad paterna, veía en las travesuras del colegial verdaderos desacatos á la propia,
que no le perdonaba á dos tirones. La madre estaba de continuo con el Jesús en la
boca, esperando que á la penitencia leve del colegio, sucediera alguna severa
reprimenda doméstica. Pero el niño aun no podía tenérselas tiesas con el genio, y
contaba con la mediación que sabemos, Cierto día un compañero hizo no sabemos
que mala jugada, y Dominguito, esperándolo todo de la influencia de su nombre, trató
de salvarle de la expulsión que aguardaba, declarándose voluntariamente reo de un
delito de que era inocente. No contó el pobre con la huéspeda: D. Eusebio lo puso de
patitas en la calle. Paso á paso, Dominguito se fué cabizbajo á casa, que al fin y al
cabo es el único refugio que tenemos cuando se nos cierran las puertas de las demás.
"Halagábale la esperanza de que lo que él creía noble desprendimiento, interesaría
en favor suyo al padre, á pesar de ser inflexible en materia de disciplina escolar.
También se equivocó esta vez, porque D. Domingo no entendió de chicas y lo obligó
á volver al templo de Minerva. Viólo partir la madre con el corazón oprimido,
sabiendo que el niño no volvería á traspasar, de afuera para adentro, los umbrales del
colegio. Comprendiendo que Dominguito debía haberse echado á vagar por los
alrededores de la casa, apenas pudo salir sin que se apercibiera de su ausencia
D. Domingo tomó la calle por suya. No caminó muchas cuadras antes de encontrar al
hijo pródigo. Condújolo á casa y ocultólo en el altillo de los muebles viejos,
esperando ablandar al Rector del Colegio, y en último caso, que se aplacara D.
Domingo, que cuenta entre sus buenas acciones la severidad que desplegó con
nuestro niño en la edad crítica del hombre. No cedió D. Eusebio, á pesar de conocer
la inculpabilidad de Dominguito en la travesura, porque la falsedad generosa del
muchacho, equivalía á desenfadado, y cedió D. Domingo, porque no había otro
remedio que aflojar, poniendo cara de malas pulgas al mancebo.
"Hay una laguna en la vida de Dominguito que tenemos que atravesar con los
ojos cerrados. Ignoramos dónde y cómo terminó las Humanidades interrumpidas por
la travesura del Seminario. El hecho es que él se las compuso de manera de ingresar
en el aula de Derecho. Conocíamosle entonces, y conservamos entre nuestros
recuerdos placenteros los paseos porlos canales de las islas del Paraná, cubiertas de
frutales, de flores y de nenúfares. Divagábamos, dejando que la corriente arrastrara el
bote indolentemente gobernado, soñando con los ideales de la juventud. La poesía del
paisaje agreste y el perfume de los naranjos en flor, completaban la seducción,
ejercitando su influencia en diverso sentido que las plantas del jardín de Margarita,
conjuradas por Mefistófeles.
"La nombradía formaba una de las ilusiones del joven Sarmiento, empleado,
corrector de pruebas y estudiante á la vez. Había caído de pie en la Universidad.
Amable, simpático, respetuoso con los que valían, alegre y travieso, hizo quererse de
todo el mundo. Una de las travesuras de esa época, consistió en la disolución de un
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agrupamiento de jóvenes reunidos para constituir en club nacionalista. Sarmiento
exigió maliciosamente que se definiera con claridad lo que debía entenderse por
razón. Prodújose en el acto la confusión de las lenguas, y cada uno tomó las de
Villadiego.
"Cursó Sarmiento los primeros años de Derecho, sin que los resultados de sus
estudios estuviesen á la altura de sus facultades nativas. Los compañeros suyos no
achacan á la desidia semejante contraste. El quid del fenómeno estaba en que el
estudiante abarcaba mas de lo que podía apretar. Hoy absorbía su atención la historia,
mañana la filosofía, pasado la geografía. El último libro que cogía atraíalo
irresistiblemente. Pero él se apercibió en el penúltimo año de Derecho que cursó, de
que debía y podía alcanzar mejores clasificaciones. Desde ese instante no se ciñó al
estudio del texto exclusivamente. Consultó todos los autores afines que tuvo á su
alcance, y buscó un compañero madrugador que lo despertara al venir el día.
Domingo Frías, convertido hoy en uno de los principales ganaderos argentinos,
mereció de la madre de nuestro protagonista, la confianza de llevar en el bolsillo la
llave de la casa. Era él quien lo despertaba todas las mañanas. Conserva aquélla los
apuntes del hijo inolvidable, abandonados sobre la mesa al partir, y recogidos con
amor, para, recordando la posición que ocupaban, poder presentárselos intactos, en el
mismo sitio, cuando regresara definitivamente de la campaña del Paraguay.
"El Correo del Domingo, periódico literario y de variedades, fundado por D. José
María Cantilo, recogió las primicias literarias del malogrado joven que lloramos. Pero
antes de pasar adelante permítasenos consignar aquí un recuerdo amistoso á la
memoria del Sr. Cantilo. Inteligente, laborioso, desprendido, merece la gratitud de la
generación á quien dió buen ejemplo y abrió palenque para que probara la potencia
de su entendimiento, demandando á cada uno de sus miembros lo que la inclinación ó
el estudio podía sugerirle. Recorriendo la colección de El Correo del Domingo,
experimentamos una emoción indescriptible, porque, como el rastreador de la pampa,
reconocemos por las primeras pisadas, el peso de una gran parte de los hombres de
letras con que cuenta hoy la Argentina. No olvidemos que les sirvió de Mecenas el
modesto semanario de D. José María Cantilo. ¡Honor á la memoria de hombre tan
virtuoso, de ciudadano tan intachable, de literato tan extraño á los celos de oficio y de
edad!
"Habíase dado á conocer Dominguito por la redacción del programa del "Club de
Estudiantes", formado por lo mas granado de la juventud de Buenos Aires.
Nombrósele Presidente de esta asociación, destinada á contrarrestar la política
localista que asomaba la cabeza, formando uno de los matices más acentuados entre
las opiniones que dividían á los hijos de Buenos Aires. Sarmiento opuso á los límites
de la patria chica, delineándolos con la palabra, los límites de la patria grande. Este
solo rasgo, citado por el Dr. D. Pedro Goyena, en el hermoso y patético discurso que
pronunció en el momento de inhumar los restos del autor, en el Cementerio de
Buenos Aires, abrióle las columnas del Correo del Domingo.
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"Asociado Dominguito al Instituto Histórico, fundado por el también malogrado
Dr. D. Aurelio Prado y Rojas, incorporóse á él con una disertación sobre La muerte
de César, tragedia de D. Ventura de la Vega. Predomina en ese trabajo, publicado en
el periódico de Cantilo, el criterio clásico y el respeto por la verdad histórica, ajena á
infundadas preocupaciones políticas. La intención sana del corazón y la intuición
clara del entendimiento, rectificaban en Dominguito las nociones apasionadas y falsas
del medio intelectual en que vivía. Tanto la conferencia inaugural de los estudios
constitucionales que leyó en Club de Estudiantes, como esta disertación, demostraron
que cubría su inteligencia con lecturas útiles y sabrosas. Hay en ambas piezas
discreción y seriedad de pensamiento, elegancia y sobriedad de estilo.
"El estudio biográfico y crítico del poeta mendocino D. Juan B, Godoy, publicado
en tres números del Correo del Domingo, que ha sido el archivo de los pocos trabajos
que pudo escribir Dominguito, á la vez que el afecto por el compatriota desventurado,
patentiza el amor al arte fecundo, que expresa melodiosamente elevados conceptos
filosóficos. Quería él que la poesía diera flor y fruto. Destácase de ese estudio la
figura del Juvenal de los Andes, encuadrada en un marco sin arabescos venecianos,
pero reluciente y bien labrado. El ruido del tráfago habría sofocado la voz del niño, si
hubiera pretendido hacerse oir, envuelto en un ambiente frío y sin vibración como el
que nos rodea ahora. Todavía en 1864 la literatura encontraba aire respirable. Por eso
tuvo eco su trabajo. No abundaba tanto entonces la comodidad material y se
desdeñaba menos á los soñadores. Sólo una civilización antigua y poderosa puede
mantener enarbolada la bandera del arte en los pueblos comerciales.
"La última obra de Dominguito, y por cierto la que más llamó la atención, fué el
juicio que escribió para la edición argentina de Paris en América. Mas adelantado en
la lectura, mas seguro en si mismo, analizó rápidamente la obra de Laboulaye y dió
cabal idea del libro y de las instituciones americanas, contemplándolo todo con
acierto, á vuelo de pájaro, porque le faltó tiempo para detener el paso. Admírase en
esas páginas, elogiadas por el mismo Laboulaye, la aptitud rara y envidiable de
resumir ó concretar bien lo que se lee ó se escucha. Dominguito percibía las cosas
claramente y las ordenaba en su cerebro de modo de libar en ellas, como la abeja en
la flor, el jugo que apetecía. Su introducción á París en América acabó de dar á
conocer ese libro á la juventud inteligente, que, como los hombres sesudos, modificó,
leyéndole, muchas de las ideas francesas que alojaba en la cabeza.
"Las penalidades consiguientes á la dura campaña del Paraguay, no privaron á
Dominguito de comunicarse regularmente con sus amigos y profesores. Calificóle el
doctor Pinedo en una carta-respuesta que tenemos á la vista, de discípulo inteligente y
de carácter sincero. Sería interesante reunir la correspondencia epistolar en que aquel
espíritu original y aquella alma generosa, encontraron efusiva expansión. Dominguito
entendía la amistad sin restricciones. En cierta ocasión, después de haber pasado dos
días consagrado á la tarea de poner en castellano una pieza escrita en inglés, quedebía
figurar en un pleito, solicitado por un amigo necesitado, entrególe íntegra la
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retribución de su trabajo. Integras, también, entregó á los que le eran simpáticos, las
impresiones del campamento y de las batallas. Mientras militó en el Paraguay,
escribió periódicamente á una persona de su íntima relación, la crónica y crítica de la
guerra. Las transcripciones de las cartas de Sarmiento, publicadas en La Tribuna de
Montevideo, fueron adjudicadas á muchos de los jefes del ejército oriental. Para
medir hoy la importancia de esos apuntes, sería necesario coleccionarlos en un tomo
voluminoso, porque ocupan muchísimas columnas del diario nombrado.
"Creyendo fácil y rápida la campaña, Dominguito no se preocupó al partir sino de
llevar guantes blancos para las entradas triunfales á las ciudades develadas. Fallida su
esperanza, decidióse á estudiar pacientemente el arte de la guerra, y con este objeto
pidió y obtuvo numerosos tratados. Pero como el espíritu descansa cambiando de
tarea, solicitó libros de historia, de derecho y de amena literatura, que el asistente que
le servía transportaba con dificultad, en la marcha de campamento á campamento.
Ese espíritu no podía permanecer inactivo ó sumergido en la monotonía. La acción le
fortificaba, y el cambio de tarea le encantaba.
"Una comisión del servicio y la convalescencia de una enfermedad, trajéronle dos
veces á Buenos Aires antes de morir. Todos esperábamos que la imaginación que lo
había impelido á buscar el esplendor siniestro de los combates, mas allá de las
fronteras de Corrientes, le detendría en Buenos Aires, convirtiéndolo en cronista de
guerrillas y batallas, en que la palabra y la pluma suplirían el pincel de Salvador
Rosa. Pero estos cálculos resultaron equivocados. El sentimiento del deber había
entibiado al poeta, como poco después mató al hombre. Ni el amor, ni las súplicas de
una madre, que parecía adivinar su fin, le detuvieron en el camino del sacrificio. Que
esos clamores maternales encontraron eco en el corazón de Domingo, no obstante la
resistencia que les opuso, demuéstranlo estos renglones de la última carta que entregó
al correo la víspera del combate de Curupaití. "Escribo trepado en un enorme árbol,
mirando hacia el enemigo, que tiene sus reales en una línea de montes no muy
lejanos. Deseo los combates, los asaltos, porque después de ellos me tendrás á tu
lado." El siete del mes inmediato volvió, en efecto, al seno de los suyos, pero de tal
manera que una columna truncada advierte al visitante en el Cementerio del Norte,
que el capitán Sarmiento fué una existencia malograda. Hirióle un soldado anónimo
en el punto en que penetró á Aquiles la flecha de París, y murió desangrado como el
héroe griego.
"Llegaron los restos de los héroes de Curupaití en los vapores Sussan Bearn y Río
de la Plata. Si no estamos equivocados, el primero condujo los cadáveres de
Sarmiento y Paz. La carga vino estivada de esta manera: los muertos yacían en la
cala, los moribundos en la cámara baja, los heridos en la alta. Antes de llegar donde
estaban Sarmiento y Paz, los estudiantes de la Universidad y los miembros de la
Comisión de Socorros, desembarcaron los heridos. El que abrió la marcha fué el
General Rivas. ¡Día memorable! Fué el primero en que la juventud de Buenos Aires
dió á la ciudad consternada el espectáculo de llevar sobre sus hombros las reliquias
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vivas de los combates librados en los bosques y los esteros del Paraguay, defendidos
por la barbarie del tirano, las bayonetas de sus greyes y las epidemias mortíferas de
los climas tropicales. Aquella procesión de ambulancias que recorría pausadamente el
muelle de pasajeros, y al llegar al "Paseo de Julio" se bifurcaba en direcciones
diversas, era á cada paso interrumpida por las familias afligidas de las víctimas, y las
personas piadosas que pululaban, ofreciendo á los heridos cuanto podían necesitar en
ese momento. Los gloriosos supervivientes de Curupaití preferían á todo llegar
pronto á sus alojamientos. Recién á las cinco de la tarde y con el cielo tormentoso
surcado por relámpagos frecuentes, la falúa de la Capitanía del Puerto desembarcó los
ataúdes de Sarmiento y de Paz. Forrados de negro, ambos llevaban, prendido al pié de
la cruz de la tapa, un jazmín del Cabo marchito. Cayeron los remos de los marineros
sobre las aguas del Plata, agitado como los corazones de los que tomaban parte en tan
conmovedora escena, y la falúa se apartó del vapor que acababa de ser hospital y
sarcófago. Con las vergas cruzadas y la bandera á media asta, quedó como envuelto
en fúnebre crespón. Cuando llegamos al muelle, la generación de Sarmiento y de Paz,
sus compañeros de Colegio y de Universidad, esperaban las cenizas de ambos con
lágrimas en los ojos. Muchas damas y señoritas los aguardaban también con el pecho
oprimido y las manos llenas de flores. Si el amor pudiera reanimar á los que
murieron, Sarmiento y Paz habrían entrado por sus pies en la ciudad en que habían
pasado las horas brillantes de su existencia breve. Al tocar tierra, la noche desplegaba
sus cendales, y las nubes contagiadas por el ejemplo de los habitantes de Buenos
Aires, empezaron á llorar. Pasados los cuerpos á otros ataúdes, el de Paz fué
conducido á su casa, y el de Sarmiento á la habitación del Dr. D. Guillermo Rawson,
porque se temió que al infortunio de la pérdida del hijo, agregara la madre el
infortunio de la pérdida de la razón. El padre no pudo escuchar los gemidos
maternales, ni los lamentos de los amigos de Dominguito, ni contemplar la fisonomía
tétrica del día en que entró inerte en la ciudad que le vió partir, rebosándole el
contento, el sacrificio y á la gloria. Él y su malogrado compañero, fueron arrebatados
por la ola de los sucesos, que los devolvió también á la playa, como los restos de un
naufragio. Ahora reposan de sus nobles fatigas en el seno de la tierra de su
predilección, por cuyo amor vivieron, por cuyo amor murieron!".
S. Estrada.
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CAPITULO VII
EL CAPITÁN
Con solo darle este título ya empiezan á flotar en el aire crespones sombríos y en
la memoria del viajero á gemir suavemente con el bullicio eolio de las palmas reales
que contemplé en los cafetales de la Habana, de noche, á la luz plácida de la luna, en
ordenadas y misteriosas filas, y cuyos rizos, porque sus hojas son espirales á guisa de
cabelleras encrespadas, que agitadas por la brisa tibia de los trópicos, dan sonidos que
el alma busca á los años, tristes, melancólicos.
Veíase venir en el cadete improvisado en San Juan el voluntario á la primera
llamada á las armas en nombre de una idea ó en defensa de la patria; y Dios me lo
perdone, si hay que pedir perdón de que el hijo muera en un campo de batalla, pro
patria pues yo lo vine dirigiendo hacia su temprano fin.
Poco tenía que rondar el fuego para prender en esta alma harto excitable, para
elevarse como fanal que ilumina la Historia ó pira que se consume á sí misma.
Veníamos educando á la juventud de Bueños Aires, para la nueva vida á que
llamaban la situación precaria del Estado, y el porvenir de las instituciones libres.
Habíanla retraído durante la tiranía de Rosas de empuñar las armas, la posición
híbrida del oficial, soldado y asesino á la vez, con la guerra á muerte y el degüello.
Cuan lejos estábamos de la época de los Las Heras, los Necocheas, los Lavalles, cuyo
valor era congénere con la belleza de raza, la altivez caballeresca ó la elegancia del
alto tono social. En Cepeda calzaron guante blanco de cabrittilla todos los oficiales de
caballería, echando este reto á camisetas coloradas que debían encontrar por delante.
A la súbita declaración de guerra del Paraguay, respondió un grito general de la
nueva juventud, que dejó heladas á las madres. ¡Cuántos habían de morir, de sus
tiernos hijos, en las selvas de aquel misterioso Paraguay, que educado á la obediencia
per inde ac cadáver, que Francia el doctor inoculó de la raza guaraní á la raza
española, y los López intentaron extender como una mancha de aceite sobre la
superficie de estos países, como los marinos sobre el mar, á fin de calmar las
enfurecidas olas revolucionarias y salvar la nave del Estado cuyas velas se azotaran á
los mástiles, faltándoles con la obtenida calma, el impulso que á todo imprime,
pueblos y gobiernos, el soplo de la libertad.
Pocos han pensado que la guerra del Paraguay fuese otra cosa que necesidad de
vengar agravios de un tirano atrabiliario. Los que han seguido el impulso de las ideas
revolucionarias de la Francia en 1793, se imaginan que solo la libertad inspira el
deseo y la misión de propagarla. El despotismo tiene los mismos arrebatos,
acompañados de lástimas por los pobres pueblos que agitan el viento impetuoso de la
demagogia y destruyen los remolinos de la anarquía.
La barbarie misma puede ser misionera é invadir desde lo alto de las montañas
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como los clanes escoceses las llanuras, ó los eternos escitas, las tribus germánicas y
los símbrios, los hunos, los godos visigodos y ostrogodos empujarse unos á otros
sobre la Italia, en donde arde sobre el Capitolio de Roma la luz que alumbra al
mundo.
López había organizado treinta mil hombres bajo la disciplina del terror
hereditario ya latente, y que produce héroes, como entre los romanos el culto al
Pavor, á la Palidez, á la Muerte. Cuando dos mil paraguayos se vieron rodeados por el
General Flores con diez mil y dieciseis piezas de artillería, á la intimación de rendirse
contestaban simple y heroicamente: "no tenemos orden", y morían. Tenía vistos por el
Brasil, en el fuerte Borbón, enormes depósitos de pólvora y plomo y muchos
cañones, y su plan de operaciones estaba completo. Enviar una división paraguaya á
ocupar Uruguayana que divide el Brasil de Montevideo, obstruir el Río Uruguay, y
hacer avanzar el resto de su ejército sobre la ciudad uruguaya, proclamada capital del
Paraguay, englobando en su seno las provincias de Matto Grosso, Corrientes, Entre
Ríos y Banda Oriental, saliendo así la oscura y misteriosa China americana á dar
frente al Atlántico y poniendo orden en el desorden de la burlesca Confederación ó
República Argentina. ¿Se ha olvidado que el ejército entreriano que el nacionalismo
del General Urquiza puso al servicio del Presidente, fué sublevado en Basualdo por
López Jordán que no quería ser parte de una nación porteña?
López repetía lo que los emperadores romanos hicieron trasladando la capital á
Bisancio, para estar sobre la culta Grecia al habla del Asia menor, y como es la eterna
empresa de la Rusia asomar la frente al Bósforo y calentarse á los rayos del sol de
Oriente. El General Santa Cruz restauró el antiguo imperio de los Incas con la
confederación Perú-boliviana.
De buena escapábamos, merced al alzamiento de la juventud de las aulas y de la
clase culta de Buenos Aires.
La proclama de Mitre: "en un día en los cuarteles, en quince en la Asunción, en
tres meses de regreso á sus hogares"… era calculada para mover heroísmos juveniles
que en alas de las fantasías van, ven y vencen, adonde quiera que dirijan su yacht,
engalanada de guirnaldas de flores la proa, tendida de bicolores cenefas la borda y
flotando al aire en gallardetes juguetones sus esperanzas. El mar, es decir el abismo,
presencia en silencio é irónicamente sonriendo, este poema épico.
Dominguito fué el primero de los enrolados. Mitre era su amigo, su tutor, y nada
resistía aunque quisieran, á aquel torrente, que encontraba como un canal de molino,
para apoderarse de la dirección dada desde la infancia á sus ideas, con los ideales que
el había forjado.
Aun después de calmado el primer ardor juvenil en muchos que después de
regularizada la guerra, pidieron licencia temporal y su retiro, vueltos á Buenos Aires
después de haber aspirado el humo de la pólvora, resistió Dominguito á los esfuerzos
de sus amigos incitados á ello por la angustia materna, para que no abandonase el
sendero que le trazaban sus brillantes estudios universitarios. Entonces dijo al Dr.
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Avellaneda la razón de su persistencia: "Mi suerte está echada. Me ha educado mi
padre con su ejemplo y sus lecciones para la vida pública. No tengo una carrera, pero
para ser hombre de Estado en nuestro país, es preciso haber manejado la espada; y yo
soy nervioso, como Enrique II, y necesito endurecerme al frente del enemigo". ¿Qué
oponer á estas razones?
Y sin embargo, había en ello una verdad palpable, ostentando las cicatrices de
heridas ya curadas, por la herida misma. Escribo la historia de una alma, y ninguna de
sus manifestaciones es indiferente para comprenderla.
A la edad de tres años, hacíanle tal impresión las detonaciones de cohetes
voladores que huía aterrado, y pidiendo á gritos que no tirasen cohetes, bien que era
en las plazas ó á gran distancia que se les oía desde casa. Los niños mimados suelen
pedir una estrella ó la luna, á la que hacen cariños, como á una amiga. No era seguro
que se abstuviesen de tirar cohetes por reclamarlo así el principe heredero, pero su
aya se propuso quitarle sus pavores por el camino señalado por Franklin, que conduce
á domesticar el rayo. Proveyóse de un paquete de cohetecillos colorados de la China,
y con la mayor indiferencia empezó á prenderlos en medio del patio de á dos, de á
seis, de á diez. La sensitiva ganó luego el olivo metiéndose en sagrado, la sala, pero
desde allí oyendo con terror desplomarse el mundo. Al día siguiente igual operación,
con aumento de cohetes, y asomar la cabecita el asustadizo recluso, admirado de ver
que no le hacían nada al que los prendía. El curso de lecciones seguía diariamente, el
educando se acercaba con precaución, acortaba por minutos la distancia, llegó al fin
hasta tomar un cohete prendido y arrojarlo para que reventara lejos, terminando el
curso, con mantener en supropia mano, hiriéndole el cuerpecito, como un azogado de
los pies á la cabeza, un paquete entero de cohetes y agotarlo heroicamente sin soltar
la presa. El inconveniente de este sistema de curación, fué el del uso del alcohol, ó de
la morfina que el enfermo pide á cada momento; y muchos paquetes de cohetes
hicieron que la casa estuviera de zambra con frecuencia. El rifle Colton de su padre lo
inutilizó amarrándolo á un poste y disparando el gatillo con una cuerda. Y sin
embargo, el primer tiro de carabina que hizo mató á un zambullidor, ave acuática de
caza difícil para los adultos, tan sereno estaba su pulso.
Recuérdase el hecho de acometer á un hombre para hacerle entregar un sombrero,
sus aventuras á caballo no revelan pisca de miedo. Oyendo que en Chile no hay
vívoras, tomaba culebras con la mano, y con el lacito corredizo de crin, á la punta de
una varilla, cazaba unas lindas lagartijas verde-amarillas que pululan en las tapias en
Chile, se las echaba en el bolsillo, y fué preciso prohibirle que se las echara en el seno
á las criadas desjaretadas. No era cierto, pues, que hubiera necesidad de foguearse
para evitar crispaciones de nervios. Su educación había tendido á embotar la
sensibilidad, y se dejó arrancar un sobrediente, después de alguna resistencia, con
solo decirle que un hombre… que el hombre… que solo las nujeres…
Siendo ya muchachón grande, hizo alguna burla pesada á un italiano, hombre
fornido.
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—Me pilló en el muelle, decía, y me cerró el paso, emperrado en pescarme y
darme los merecidos pescozones. En vano era pedirle que me dejase pasar, ya creía
tenerme en sus manos. La historia se prolongaba, y ahí estábamos los dos, sin mejorar
de posición él, y sin poder escaparme yo, cuando me acordé de un golpe que me
habían enseñado de raro y seguro efecto, y, para probarlo in anima vili, me acerqué
decididamente al hombre, diciéndole con la mano levartada: apártese de mi camino,
porque sino… (lo que menos se esperaba el tonto), zas de un salto en el aire le doy
con la mano abierta tal palmada en la corona de la cabeza, que mi italiano, viendo
estrellas, se llevó ambas manos á los ojos, creyendo que se le salían con el
sacudimiento; y yo tomé el lado del Resguardo, riendome en su barbas, pues no había
para que disparar. Este es un ataque de un Cid Campeador.
Estos hectos muestran que la razón dada al Dr. Avellaneda tenía sólo una
apariencia de razón, para persistir honorablemente, científicamente, diría, en su
poesía de la guerra. La actitud heroica que asumía en el combate acusa la
acumulación de la sangre en el cerebro que hace centellear los ojos, mientras el
miedo la aleja y produce la palidez del semblante. Los oradores, los poetas, los
descubridores, se transfiguran en el apogeo de la exaltación.
Debió, pues, ser uno de los primeros en acudir á los cuarteles á donde llamaba á
la juventud el Presidente Mitre, en lenguaje del champagne, y le dio el título de
Ayudante Mayor de Guardia Nacional que había tomado por asalto en San Juan y
viendo que á la Guardia Nacional los soldados de línea le llamaban la niña
Manuelita, porque se le economizaba su ración de balas, pidió y obtuvo del favor de
todos sentar plaza de Capitán en un batallón de línea.
Hasta aquí llega lo que puede saberse de un oficial subalterno de la Guardia
Nacional, aunque fuera el hijo del Vice Presidente de la República que murió también
en el mismo combate y cuyas cenizas fueron con las del Capitancito traídas para
honrarlas, al Cementerio de Buenos Aires, ambos capitanes, ambos estudiantes de la
Universidad, ambos hijos de personajesque ocupaban puestos eminentes, y que
hemos dado en llamar consulares. "El joven Paz, decía el corresponsal "Falstaff", hijo
del Presidente, acaba de morir también. Sus restos bajarán á esa con los de
Sarmiento".
"Las carpas de Rosetti, Charlone, Fraga, Días, Sarmiento, Cádiz, Salvadores,
Nicolorich, Paz, Iparraguirre, Darragueira, Vega y tantos otros, se hallaban desiertas,
pues allí donde existía la alegría, solo vemos vagar las sombras de aquellos
compañeros queridos, que nos dejaron para siempre". Esto es todo lo que encuentr en
las correspondencias del Ejército, y he debido apelar á los recuerdos del Comandante
de su batallón, para llenar la página en que termina con su muerte en Curupaití,
aquella existencia que pedía algunos años más para mostrar su brillo.
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Mi estimado general:
D. F. Sarmiento.
Querido General:
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"Las biografías de los grandes hombres, no necesitan ser largas para que destaque
su figura en la historia. Un epitafio como el de Franklin: Eripuit coelo fulmen
sceptrumque tyrannis, puede decir tanto ó más, que todo un libro que no lo contenga.
Por eso sobre la tumba del primer soldado del siglo no se lee sino una palabra:
Napoleón!
"Mi memoria es fuertemente retrospectiva. Recuerdo todo cuanto he visto, y si
me permitiera describirlo, los otros testigos presenciales, tratándose de hechos
colectivos, que vieron el cuadro una vez descripto, puede ser que lo hallaran incoloro;
dudo mucho que lo tacharan de dibujado con incorrección.
"¿Qué quiere V. entonces que le diga sobre el Capitán Sarmiento en los combates
y grandes batallas en que se encontró sirviendo bajo mis órdenes? ¿Qué haga algo
como el esbozo de ellas? sería infringir la regla de conducta á que me acabo de
referir.
"Pero puedo hacer otra cosa: decirle al padre, que vivía lejos de él, que era su
hijo; y decírselo con mas autoridad que nadie y envidiando su triste suerte, porque
admitiendo que Vd. no hubiera reflejado un rayo de luz, podría pagar su último
tributo á la naturaleza, sintiéndose orgulloso de poder exclamar: tuve un hijo que
supo morir por la patria.
"Vd. no sabe quizás que Dominguito murió herido en el pecho, lejos, muy lejos
ya de aquellas terribles trincheras de Curupaití, lo que quiere decir, que ni aun en
retirada dejaba de tener para él, —poesía é imán el peligro.
"Todo él entero y verdadero, estaba en eso: la guerra era para él, no un arte, no
una ciencia, mucho menos un oficio, era una vocación. Y como el fraile de la Trapa
que cava su propia sepultura, debió morir y murió, del modo más glorioso, en el
campo de batalla y al pie de su bandera, que por él y Pedro Iparraguirre, se salvó.
"Un día, tan es exacto lo que voy diciendo, decíame él después del primer
encuentro con el enemigo que fué recio, "y esto es pelear". Dominguito, le contesté:
si quieres más tienes que leerlo en la Mitología, y, mira, no te apures.
"Los combates como los naufragios dejan impresiones indelebles. Puedo entonces
afirmar, que aunque Dominguito era un jóven varonil y esbelto, como hay muchos,
siendo la belleza la armonía del temperamento con las circunstancias, se transfigura
en el fuego reflejando su rostro y su apostura los destellos y las formas típicas del
paladín épico. Concentrando una batalla en un episodio, Horacio Vernet no habría
tenido un modelo más correcto.
"Agregue Vd. á su ímpetu irresistible una dulzura de mando imperturbable,
piense Vd. qué general futuro cayó para no levantarse sino en bronce en la
memorable y gloriosa jornada.
"Se ocupaba mucho nuestro inolvidable Capitán de todos los detalles de su
compañía y como tenía buena letra y escribía con facilidad, todos sus papeles estaban
siempre en regla. Leía poco; pero estudiaba. Admiraba muchoel talento de Rawson y
tenía particular afecto por el general Mitre, aunque viviera criticando que no nos
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hiciera pelear más.
"Tenía en el alma una pena y una nostalgia; que Vd. estuviera lejos y su madre
sola.
"En su compañía había un negro Juan Patiño, antiguo soldado del general Ayala,
una especie de Juan sin Miedo, que fué su asistente, bueno como el pan, borracho
como una pipa, bravo como las armas, y cuya vida, por no decir historia, contaré
algún día, porque esa página será el trasunto de ese hombre anónimo, que se llama el
soldado argentino: no ha de haber muerto, tenía siete vidas.
"Y ahora mi general y mi amigo, perdone Vd. si no he satisfecho cumplidamente
su paternal anhelo y disponga de su servidor que le desea salud y alegría!
Lucio V. Mansilla
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CAPITULO VIII
CURUPAITI
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almas fué el medio y el fin de todas las religiones, y la ciencia respetó lo increíble por
siglos. Hoy creemos en el teléfono, que es más increíble que la comunión de las
almas que nos empeñamos en regar. El teléfono está basado sobre un mar de
vibraciones que hace olas, y transmite sonidos en segundos dando vuelta á la tierra.
Estamos ya en dominios de lo increíble.
Hánse empezado á recoger escritos sobre visiones, apariciones, avisos y todo lo
que llamamos abusiones, y se han reunido millares de testimonios, algunos tan
comprobados, verificados, que no se pedirían mayores pruebas para sentenciar á
muerte un reo. Un joven militar inglés está en una mesa redonda comiendo con sus
camaradas en la India y de repente lo ven inmutarse. ¿Qué sucede? le preguntan.
Nada, dice, sonriendo; he visto pasar á mi hermano por esa ventana, no obstante que
está en Inglaterra. Tómase nota auténtica de la hora y auténtica es la respuesta de
regreso de la mala de Indias á Calcuta, que el hermano murió precisamente á aquella
hora. Y como éste, mil.
En multitud de casos, en la mayor parte llega á encontrarse un motor, un hecho,
un recuerdo, un color, un olor, —(los olores están mas íntimamente adheridos al
cerebro. ¿Por que? Porque son la atmósfera que rodea á una violeta, como el aire á la
tierra)—que despertó en dos almas una idea, por lo que se llama asociación de ideas;
pero admitiendo la verdad de éste hecho, mi práctica de hombre crédulo, sin gazmoña
y sin partido tomado, me parece persistir en mi teoría de un mar de algo en que
vivimos y nos penetra. ¿Dios ve lo que pasa dentro de nosotros? Luego ya estamos en
camino de creer que algo nos ve, y se ve, y se deja ver á un tiempo, en nuestros
amigos, parientes y sobre todo, entre padre é hijos, y más que todo, entre la madre y
el hijo de sus entrañas; por que de estos conocemos la lengua que hablan su espíritu ó
su corazón.
En este género de fenómenos entra el trágico fin del capitán Domingo Fidel
Sarmiento. Estaba anunciada en Buenos Aires la proximidad de un combate general
en el Paraguay, y natural es la desazón que las madres experimentarían con tan
terrible espectativa. La mayor parte de jefes, oficiales y soldados tenían madre, y el
desasosiego maternal debió ser común. ¿Sería tan intenso en las madres de los que no
murieron? ¿Seríalo en el corazón de todas las que perdieron sus hijos? Seríalo en hora
buena; pero no han dejado un drama escrito, no se pusieron, como en este caso, en
contacto dos almas, ni dejó la una un testamento de consuelos á la otra. En una
cartera, que para el caso recibió de la misma madre, dejándola depositada en el
bolsillo izquierdo de su saco, dice, como si al entrar en línea, previniera al que
hubiere de levantar su cadáver, que allí encontraría la carta que dirige á su madre,
para que se la envíe.
Quien haya leído Recuerdos de Provincia, recordará que mi maestro y mentor, el
Presbítero D. José de Oro, trabajó constantemente en curar mi espíritu de
supersticiones y mis nervios de miedos, haciéndome entrar en una capilla á la
sacristía oscura, dejando atrás un difunto, lo que me dió por resultado dormir en
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verano por evitar insectos dentro del Campo Santo anexo, cerca de almohadas
abandonadas. El respetable sacerdote recordó muchas veces, por este motivo ó el
otro, haberse perdido joven en las Pampas de Buenos Aires tres días, salvado solo por
el inerrable instinto del caballo, cuando la sed lo aquejaba á muerte, y que al llegar á
San Juan, entre sollozos de dicha, su madre doña Elena Albarracín, le preguntó que le
había acontecido, pues casi había sucumbido al dolor, teniéndolo por muerto el día
cuya fecha apuntó por creerlo un presentimiento, y visto, resultó ser exactamente el
día que estuvo en peligro de muerte. Córtase es verdad, el cordón que unía á la madre
con el hijo, pero son, separados ó unidos, la misma carne, la misma naturaleza, si
tienen atmósferas que lo rodean en la vida, tan pequeño es nuestro globo, para que no
se crucen, ¿por qué no han de vibrar como el aire con sonidos, como el éter con la
luz, que corre á 200.000 millas por segundo; como la electricidad que se la mueve
también de un cabo d otro del mundo! ¿No será por esto que recordarnos siempre con
amor á nuestra madre, San Agustín, Renan, Lamartine y tantos otros que la erigen un
altar? El corazón de la madre á su vez sangra cuando el otro pedazo es herido de
muerte ó corre inminente peligro de serlo.
El drama misterioso comienza por la correspondencia anónima que el Capitán
Sarmiento dirige por la primera vez á La Tribuna, corno si necesitara poner al
corriente á su madre de la situación y escenario en que van á desarrollarse los
inminentes acontecimientos. D. J. Carlos Paz le comunica el mismo día 6 de
Setiembre la acogida favorable que su correspondencia ha tenido; y ese mismo día 6,
la madre le escribía, por salir entonces vapor:
"Todas las correspondencias que nos han dado los diarios traídos en este correo,
dicen que ayer u hoy habrán atacado el campamento enemigo. No sé que decirte, hijo
mío, estoy sumamente preocupada. Mi imaginación me hace desconfiar de todo y no
hallar sino peligros. Oh! Dios mío, ¡cuándo te veré en casa para descansar de esta
inquietud! No sé como oiré la señal del primer vapor, que, según dicen, nos traerá el
resultado del ataque!…
"Te mando entre los diarios dos libritos de bolsillo, porque uno me parecía poco.
Prudencia en todo, mi querido hijo, y deseándote la mayor delicidad en los peligros
que te rodearán, te envía un abrazo.— Benita."
Oh! Uno era demasiado! Solo contiene la dedicatoria y la carta que llegará á su
destino post mortem, corno las cartas que dejan los suicidas.
Enviósela el día de cabo de año siguiente con la cartera que lo contenía, el Dr.
Rawson. "Allí en un librito de memorias de Dominguito que le envío, encontrará Vd.
los últimos pensamientos de su hijo. Tenga el coraje de leerlos y confórtese con esos
nobilísimos sentimientos, dignos de un héroe y de un hijo tierno. Nadie puede repetir
palabras como las que va á leer, escritas en la hora suprema y dirigidas por el mártir á
la madre.
Su afectísimo.
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G. Rawson
*
Como su vida, como su discurso de inauguración del Club de Estudiantes de que
es nombrado Presidente, como su introducción á Paris en América, su librito de
memorias es el prólogo de una grande obra que iba á escribirse y la pluma cayósele
de la mano, con la mano misma inerte como en otra carta escribe á su mamá que un
comandante brasilero escribía el parte de un combate naval en que derrotó á los
paraguayos y una bala de cañón le cortó el aliento y la oración.
El temple en que está la lira del futuro Homero, puede colegirse en esta otra nota:
"Si mañana atacamos espero poder marcar en esta misma página la hora en que
ponga el pie sobre la trinchera que mi batallón tendrá la gloria de tomar primero!"
Otra cosa ha escrito en seguida…! Pero lejos, y como reminiscencia, ha copiado
la orden del cuerpo, que mandaba el coronel D. Juan Ayala, su Jefe, en la cual ofrece
un ascenso á oficial al primer soldado que escale la trinchera y espera "que sus
soldados y compañeros, sostendrán en el día de hoy, el honor del batallón, peleando
como soldados de orden, subordinados y valientes. —Campamento de Curuzú,
septiembre 17 de 1866. Juan Ayala."
"Recibí este librito, dice la dedicatoria, el 14 de septiembre en el campamento de
Curuzú. Habíamos llegado el día antes y esperábamos por momentos el ataque á las
fortificaciones de Curupaití. Resolví entonces hacer algunos apuntes personales, y
"dejar correr á esta cartera su suerte, en el bolsillo izquierdo de mi blusa."
"El 17, día anunciado para el asalto, pensé hacer algunos apuntes; no los hice, é
hice muy bien. Ahora comienzo á servirme de él usando de esta primera página, que
he escrito á las diez de la mañana de 21 de septiembre en el mismo campamento de
que hice mención mas arriba".
"Querida vieja. Septiembre 21 de 1866. —(Víspera de la batalla). La guerra es un
juego de azar. Puede la fortuna sonreir, como abandonar al que se expone al plomo
enemigo.
"Si las visiones que nadie llama y que ellas solas vienen á adormecer las curas
fatigas, dan la seguridad de vida en el porvenir que ellas pintan; si halagadores
presentimientos que atraen para mas adelante; si la ambición de un destino brillante
que yo me forjo, son bastantes para dar tranquilidad al ánimo, serenado por la santa
misión de defender á su patria, yo tengo fe en mí, fe firme y perfecta en mi camino.
¿Qué es la fe? No puedo esplicármelo; pero me basta.
"Mas si lo que tengo por presentimientos son ilusiones destinadas á desvanecerse
ante la metralla de Curupaití ó de Humaitá, no sientas mi pérdida hasta el punto de
sucumbir bajo la pesadumbre de dolor. Morir por su patria es vivir, es dar á nuestro
nombre un brillo que nada borrará; y nunca jamás fué más digna la mujer que cuando
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con estoica resignación envía á las batallas al hijo de sus entrañas.
"Las madres argentinas trasmitirán á las generaciones el legado de la abnegación
y del sacrificio.
"Pero dejemos aquí estas lineas que un esceso de cariño me hace suponer ser
letras postumas que te dirijo".
Tal es el libro, tal la carta, tal el pensamiento, tal el fin. Estas ideas tristes lo
asaltan un día antes del combate, como los fantasmas que vió Brutus la víspera de
Farsalia. No quiso abrir el registro de su último pensamiento el 17, é hizo bien, dice,
porque no era víspera de batalla. Todas las razones en que se fortifica su fe en el
porvenir, son razones para él, pero no de gran peso para el corazón de una madre.
Hay ostentación en sus seguridades, como para encubrir la segunda parte que es el
objeto de la carta; pero si todo ello, porvenir, gloria, nombre brillante, fuesen
ilusiónes, que mal llama presentimientos, porque estos sí, que vienen sin que los
llamen, entonces, consuela el dolor que vé venir; y se atrinchera en el deber, en el
patriotismo, excitando á la madre á subir á tan altas regiones, porque, ¿presiente?…
que esta carta legará después de su muerte.
En esta misma página, en lugar de marcar la hora en que su batallón montará
sobre las trincheras de Curupaití, con lápiz más negro, con la letra más grande y firme
pulso, está escrito:
Septiembre 22 de 1866
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salones ó las reuniones públicas.
¿Era esto un mal? El genio griego apartó de la muerte sus tristes pavores; y
nuestras costumbres tienden á embellecer las moradas de los muertos disimulando los
sepulcros bajo masas de verduras, flores y coronas, para dulcificar las penas que no
pueden ser consoladas.
Cuando de regreso á la patria pude abrazar en silencio el depósito de sus restos,
hospedado en el sepulcro de los Varelas, al lado del mártir de los mártires argentinos,
D. Florencio, pensé en cumplir con las cláusulas de su testamento, en cuanto era dado
al paternal afecto, ya que la historia enmudece después que Hebé, la copera celeste,
cayó por acaso y derramó la copa del néctar destinado á los Dioses.
Tenía el robusto niño derecho á la vida por largo tiempo, y sus ilusiones de un
porvenir brillante, su noble ambición de legítima y merecida gloria que buscaba, le
hacían soñar en la prolongación de la existencia por la gratitud y veneración de sus
semejantes.
Pedí al cincel de un escultor romano de nota el busto en marmol, que, para que se
hallen en buena compañía sus manes, está cerca de Franklin, de Washington, Lincoln,
San Martín, Velez, Montt y otras glorias que le eran caras. Una columna corintia
tronchada á media caña, señala su sepultura en el Cementerio de la Recoleta; y
siguiendo la inspiración clásica consagréle últimamente dos vasos bronceados. Uno
de ellos es el vaso que se llama de los Borghese y que representa una fiesta presidida
por Baco, acompañado de Sileno y el cortejo de las alegres bacantes. Este vaso es
cinerario ó votivo en honor de un héroe á cuyos manes vienen [a] hacer menos pesada
la losa que los cubre el bullicio de la tierra, las alegrías de la vida, la danza juvenil, y
la embriaguez que hace olvidar las penas. Como todo ello no significa nada, ningún
sentimiento moderno perturba aquellas representaciones del arte antiguo.
Recibiéronse con indulgencia las palabras que á la fiesta de los muertos, consagré el
año pasado, y entrarán en este opúsculo, por haberlas motivado mi ofrenda y mis
visitas al sepulcro de mi malogrado discípulo, cuyas ideas hasta la exaltación puedo
atribuirme, aunque haya sido desgraciado el ensayo. ¡Tantos otros con méritos ya
reconocidos murieron por la patria, que no he de abstenerme de decir que yo lo
empujaba por ese camino que conduce á la gloria, por sobre la muerte que detiene á
los demás! No pudo dar el alto por ser demasiado joven, y cayó… simple mortal
como los demás, aunque era de la piedra en que se tallan los héroes.
Tal es el motivo que ha inspirado escribir esta biografía, ah! que no muera su
memoria del todo ni tan pronto! Murió en la demanda de prolongarla. Los pocos
escritos que deja y creo dignos de conservarlos, como lo notaron Goyena, Ventura de
la Vega, Laboulaye, eran dignos de su asunto. Acaso en la América del Sud se borren
los rastros que la libertad dejó en huellas sangrientas y prevalezca la libertad
norteamericana de Webster, contra la libertad tumultuaria de South América.
Entonces París en América, ambos Sarmiento y Laboulaye, desaparecerán hasta del
recuerdo, pero como la colosal estatua de la libertad erigida en la Bahía de Nueva
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York verá por siglos acudir á sus puertas las riquezas, las naves del mundo, y
presentar en pueblos felices, ilustrados y tranquilos bajo la Egida de las instituciones
que no entendemos ó desechamos nosotros; como la verdad es única; y la libertad es
la condición necesaria de la vida, no han de tardar á revivirse los olvidados recuerdos,
y entre la procesión de patriotas que esas libertades defendieron ó quisieron
introducir en la práctica revivirá la memoria del Capitán Domingo Fidel Sarmiento
que traerá en una mano París en América ó sea la Libertad Americana en Buenos
Aires, para que otros jóvenes, imitando su ejemplo, terminen la obra en cuyos
primeros andamios él se desplomó.
La carta que M. Laboulaye escribiera á la víspera de su muerte requiere un lugar
en nuestra historia, por las semblanzas que establece. Yo la depositoal pie de la
biografía del discípulo de ambos, como anuncio feliz de que resucitaremos al tercer
día!
Querido señor:
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E. LABOULAYE.
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Benita Martinez de Sarmiento.
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CAPITULO IX
APRECIACIONES MILITARES
Para justificar las anticipaciones del General D. Lucio Mancilla, y puesto que
viste el hábito del soldado, tratará de darse cuenta de los planes y operaciones de
guerra de que es ejecutor sumiso, aunque su inteligencia no esté siempre sometida á
la disciplina. Cuéntase de la guerra franco-prusiana que los soldados rasos alemanes
se comunicaban con sus compatriotas en griego, en sánscrito y otras lenguas muertas,
para hacer alarde de la oportunidad de los estudios que cursaban en las aulas y que
abandonaron á fin de pagar su tributo de sangre á la patria.
En la carta remitiendo los papeles que conserva y correspondencia de los diarios,
su madre se lamenta que en el Paraguay después de su muerte, desparpajaron sus
libros de apantes de toda la campaña que él pensaba escribir cuando volviese
Privados de tan preciosos documentos, no primavos al lector benévolo de las
correspondencias que registró la prensa de entonces, anónima ó bajo seudónimos, y
cuyos manuscritos originales de letra del joven oficial tengo á la vista. ¡Que no quede
del todo frustrado, su noble propósito!
Querido amigo:
Ayer ha tenido lugar el mas sangriento y reñido combate de que se tenga memoria
entre nosotros.
Ha tomado parte en él, todo el Ejército brasilero y la División Conesa.
Los brasileros tienen su línea de fortificación á 400 metros del bosque que,
prolongándose sobre la izquierda al frente, sirve de apoyo á la derecha de las
fortificaciones del enemigo.
Hace tres días se anunció que los paraguayos habían comenzado hacer una línea
de trincheras en la orilla del monte.
Se dijo que debía hacerse un reconocimiento; y mientras pasaron dos días, el
enemigo prosiguió sus trabajos bajo los fuegos de los cañones de la trinchera
brasilera.
Ayer á la diana dos divisiones brasileras fueron en reconocimiento; y trabaron un
reñidísimo combate sin conseguir avanzar sobre la trinchera enemiga. Nuevas
divisiones reforzaron á éstas; y el combate ha seguido casi sin interrupción alguna
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desde las 5 de la mañana del 16 hasta este momento, (9 de la mañana del 17).
La artillería ha estado cambiando sus disparos á 400 metros; y las líneas de
infantería una de otra á 200.
El ejército brasilero que no ha conseguido desalojar al enemigo que se ha
fortificado allí, en dos días hizo su visita y aparecieron, ya á 400 metros de sus
cañones, ha tenido pérdidas enormes.
Los brasileros para sostener el combate han renido que recibir, á descubierto los
fuegos que el enemigo hacía desde el pajonal que precede al monte, el bosque y la
trinchera.
El bosque tiene un boquerón que es la entrada del camino que conduce á la
fortificación enemiga, hay allí un desfiladero, y es allí donde se han estrellado por
repetidas veces, las columnas brasileras sin conseguir desalojar al enemigo.
Una de las divisiones que había entrado en fuego por la mañana se retiró á las
doce del día, teniendo después de seis horas de combate 1.100 hombres de pérdida.
A las doce se relevaron las Divisiones que se batían desde las seis de la mañana; y
á las seis de la tarde volvieron al fuego las que habían estado las primeras horas.
La 2a División del Segundo Cuerpo de Ejército Argentino se batió ayer junto á las
tropas brasileras. Felizmente ha tenido pocas perdidas, 50 hombres fuera de combate,
y dos ó tres oficiales heridos, entre éstos el Mayor Monterroso, Comandante del
Batallón No 3 de Buenos Aires, y el Capitán Juan M. Rosas, Ayudante del Coronel
Conesa.
Hoy ha ido la 3a División del mismo cuerpo de Ejército á reemplazar esa fuerza.
Ayer el Ejercito Aliado se ha llevado un chasco soberano. Nos ha chasqueado el
General en Jefe.
A las nueve de la mañana cuando el fuego de la izquierda estaba en su punto el
primer cuerpo avanzó sobre el Estero en dirección á las fortificaciones enemigas.
Las divisiones del segundo cuerpo tomaron sus posiciones sobre el Estero. El 12
de línea pasó el Estero y fué á ocupar el puesto que había dealojado una guardia
avanzada del enemigo, mientras que la guerrilla que mandaba el Comandante Ayala
tiroteaba á la caballería paraguaya. Todo indicaba que íbamos á tomar las posiciones
enemigas, ¡Delirio vano! Media hora después el ejército argentino recibió orden de
volver á su campamento. No hubo mas novedad que dos disparos que hizo el
cañoncito de campaña del 2 de Iínea, cuatro cohetes á la Congréve, que el enemigo
dirigió sobre el 2 de línea y los fuegos de la guerrilla del Comandante Ayala.
El 24 de mayo estábamos arrepentidos de no haber cargado al enemigo el 2. Ayer
nos arrepentimos de no haberlo hecho el 24.
Dentro de un mes diremos, y con razón, que ayer era el día mas á propósito para
hacerlo.
Lo de siempre cebada al rabo.
El combate del once que nos costó caro, fué una estratagema del enemigo para
llamarnos la atención al frente y proseguir amansal va sus trabajos de la izquierda. La
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estratagema le salió bien.
Es curioso lo que está pasando en esta guerra. Al principio nos reíamos del
enemigo; y á todas sus cosas decíamos: cosas paraguayas, es decir, barbaridades.
Después hemos tenido que tomar, y muy á lo serio, con descontento de Antar, y otros
embusteros de oficio estos asuetos; y hoy día para nuestras cosas, no hay mas que
decir y diremos bien: cosas de España!
Hace tres meses pasamos el río anunciando tragarnos al Paraguay en pocos días y
hoy día estamos á treinta cuadras de donde desembarcamos.
Nos reíamos á carcajadas de sus trincheras; y hoy día nos hemos encerrado tras de
zanjas y parapetos.
Contábamos desmoralizado su Ejército, las tropas destrozadas, diseminadas, y
ayer después de catorce horas de fuego no interrumpido, no ha podido todo el
Ejercito Brasilero, que compone los dos tercios del Ejército Aliado, desalojar al
enemigo de una de esas trincheras que nos causaban tanta risa.
Ganamos la batalla de Tuyutí; y hace dos meses estamos en el mismo
campamento. Hemos invadido al Paraguay y nos quedamos parados, indudablemente
seguimos el ejemplo de la escuadra.
JULIO 18
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apenas duró 20 minutos.
Nuestra bandera estuvo un segundo sobre el parapeto enemigo y después… vino
la retirada.
Sobre la trinchera enemiga murió Agüero y su cadáver es trofeo del enemigo. Allí
cayeron heridos Orma, el Jefe del 2do. Batallón de Línea y Borges su Mayor, Mateo
Martínez tuvo un caballo aplastado por la metralla. El 2do. de línea tiene 8 oficiales
entre muertos y heridos, y 140 hombres de tropa; y el Batallón de D. Mateo, 10
oficiales y 212 de tropa. Después de este ataque que no debió darse, como el de la 3.
á División que tampoco debió darse, porque estaba en la conciencia de todos, menos
en la del General en jefe, que todo ataque á la trinchera enemiga allí era infructuoso é
inútil; ¡y derrama inútilmente sangre tan generosa! ¡después de este ataque se
emprendió la retirada, dejando nuestros muertos y cuando menos la mitad de nuestros
heridos en poder del enemigo!
Mientras se daban estos ataques en la izquierda nuestra, el enemigo avanzó por la
derecha. Pasaron el Estero como 1.500 nombres de caballería, un batallón como de
200 á 300 plazas y unas coheteras.
En el servicio de la derecha no había mas que una guerrilla que mandaba el
Comandante Ayala, y el Batallón No. 12 de Infantería de línea. La guerrilla y el
Batallón No. 12 se han batido durante una hora contra piezas tan superiores, y al cabo
de este tiempo las han puesto en espantosa derrota, dejando el enemigo sembrado el
campo con sus cadáveres. La guerrilla derrotó con una carga á la bayoneta á la
infantería enemiga, el Batallón 12 recibió en cuadro las respectivas cargas de
caballería enemiga, rompiéndola contra sus costados y haciendo dar vuelta á los
escuadrones y quedando rodeado de paraguayos y caballos muertos.
Cuando vino protección, el enemigo huía en vergonzosa fuga.
¿Qué prueba esto? Prueba simplemente que hemos debido y debemos atacar por
el frente y la derecha, por el campo abierto, recibiendo y contestando el fuego á
pecho descubierto.
El General en jefe piensa de otro modo: le parece más conveniente tomar una
trinchera que está al extremo de un callejón en el que entran los batallones ya
diezmados por el fuego de fusilería de los costados del monte, como quien dice: de
una y otra acera.
Después del ataque dado por el 2 de línea y el Batallón Mateo Martínez, se ha
emprendido la retirada general y abandono del punto.
Se dice que se pedirá refuerzos. Soy de la opinión contraria. Con lo que hay aquí
basta para batir al enemigo y acabar la guerra.
Voto porque se pidan generales, un poco de prudencia, tino, y algunas lecciones
de estrategia.
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PARA "LA TRIBUNA"
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nombre de los señores oficiales y soldados de su batallón pronunció un breve
discurso lleno de sentimiento:
Digan Vds. para que llegue á conocimiento del escrupuloso Sr. Comisario de
Guerra y Marina, que todos los parches que al fin ha remitido al Ejército, no sirven
para nada; son pergaminos quemados y se rompen al estirarlos para armar la caja; es
el fruto que se recoje comprando de lo que no sirve, porque es barato.
De Vds.
"EL"
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CAPITULO X
PARIS EN AMERICA
LECTOR:
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todo, con los pueblos libres á medias, —el Norte con el Sur,— y os habrá engañado
más de una vez.
Pero ninguno de ellos os habrá revelado una cosa tan interesante como la que ha
podido ver y estudiar Lefébvre, sin más trabajo que comerse una pildora. Reís eh? y
sin embargo, vivimos en el siglo de las pildoras.
Dígalo sino Brandreth, Torres y el que le ha hecho tragar á la Francia que el
imperio es la paz.
Os diremos que cosa es esa, —no sea que nos tachéis de charlatanes, á nosotros
pobres traductores, que tanto aborrecemos en su esencia y en su forma la literatura
querosénica.
Pues esa cosa es: como vive y debe vivir un pueblo libre, ó diciendo lo que
hubiéramos debido decir primero, —qué clase de bienestar, de sentimientos é ideas
son las que desarrolla y debe desarrollar la libertad bien entendida y sinceramente
practicada.
Ya veis que el negocio es de interés, para un pueblo, que como el Argentino, al
cual tenemos el honor de pertenecer, nos atrona todos los días los oídos hablándonos
de libertad, —de instituciones— etc., etc.
Leed, pues, á París en América, y no nos creáis en el resto de nuestra vida si la
lectura no os hace buen provecho.
Si la píldora no os cura la indigestión de malas ideas y de falsas apreciaciones que
tenéis desde sabe Dios cuando; os empachasteis con libros franceses del siglo pasado.
Una palabra todavía—llamadnos explotadores si os dormís leyendo nuestra
traducción.
Corruptores de la conciencia pública, si ella deja en vuestro corazón, en el de
vuestros hijos ó hijas, nietos ó bisnietos, tataranietos ó choznos, de ambos sexos, el
germen de una mala semilla.
Es lo único que en el preámbulo podemos deciros y ofreceros; lo que debéis
darnos en cambio del servicio que creemos rendiros va en la Postdata[5] con todo lo
cual quedamos, lector querido
Vuestros muy atentos servidores—
L. V. MANSILLA — D. F. SARMIENTO[6]
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CAPITULO XI
EL SEPULCRO
Quien lea la página que sigue, encontrará que fué escrita para ocupar su lugar
en la Biografía de Dominguito.
Visitaba el autor el cementerio dos dias antes del dia de Animas que conmemora
la Iglesia católica, con el fin de colocar personalmente dos vasos que bronceó á la
puerta de su sepulcro, y esta ocasión le inspiró la idea de darse cuenta de las
emociones experimentadas durante la FIESTA DE LOS MUERTOS, recordando la de
los que murieron en la guerra del Peloponeso que inspiró á Perícles su famozo
discurso. Debió expresar bien el sentimiento público, puesto que fué leído, buscado y
reproducido, razón por la que le consagra un pequeño lugar en este librito destinado
á perpetuar en cuanto cabe la memoria de todos los afectos que inspiró el malogrado
capitáncito.
Tres dias hemos vivido en el Panteón entre flores, prodigadas como tupida y
esmaltada yerba, agitándonos por entre obeliscos, sarcófagos, mausoleos y columnas
que se codean y estrechan faltándoles espacio, aire y sol que los ilumine. Era la
conmemoración de las ánimas; para nosotros la fiesta destinada á sentirnos ligados
con el pasado, con la familia, hasta con la tierra que pisamos.
El pueblo estaba alli en las mil callejuelas de aquella Pompeya, que parece
reanimarse y bullir, palpitar y hasta sonreir, porque la Necrópolis se ha convertido en
simulacro de Ciudad griega, tanto dominan las marmóreas estatuas, las columnas
corintias, los sarcófagos. Quisiera la madre jemir sobre la canastilla de flores que
conserva los restos de su bebe; pero la alegría de las plantas, el susurro de las jentes y
el ruido de los pasos, perturban y cambian el dolor en plácida resignación.
Estamos por la tradición en abierto contraste con la naturaleza. En invierno era
hasta en Atenas la conmemoración de los muertos, según Pericles, el orador de las
exequias á los héroes de Maratón lo recuerda, y ha sido el primero en notarlo Belin,
en un ensayo juvenil, diciendo que sería imposible que en Europa no hubiese sido
elegido el mes de Noviembre para destinar un dia á la memoria de los muertos.
"Una niebla gris se estiende como velo desteñido, que da á los árboles
amarillentos, á la tierra fangosa, un aspecto lamentable." Lo cito para hacer sentir el
contraste.
El mismo dia de Noviembre en el hemisferio Sur, llegaron las golondrinas de su
viaje al norte, á avisarnos con su agitación de misiles vivos que el invierno va
huyendo hacia el polo, ante los reflujentes rayos del sol que con ellas vuelven. Es el
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dia de la florescencia de todos los arbustos, de los paraísos, de las rosas, cuyos olores
hacen desvanecer. Todo sonríe al rededor, monumentos en miniatura, los mausoleos,
las flores y los rostros encendidos de millares de mujeres, todas de negro, pero
elegantemente vestidas, y lo que es más notable en América, todas de raza pura
caucásica de claros tintes, sino es el tanto por mil de razas de color.
Tres días los ómnibus y los trenes han trasportado, tanto como gente, ramos de
flores, guirnaldas de laurel, de encina, de azabache —de siemprevivas casi ninguna.
Las cruces floridas de tan alegre matiz tentarían á tenderse sobre ellas á aquel á
quien le pusieron una de durísima madera. Los ramos de Buenos Aires ideados por
artistas floristas, con una peculiaridad de esta ciudad meridional, al punto que la
Rístori mandaba fotografías á Italia de los colosales ramos con que se cubría el teatro
cuando daba la Medea. Asumen la forma de monumento, de obras de arte, de
canastas y retablos, que habrían estado bien en el entierro de Víctor Hugo; y todo este
lujo de decoración floral, es el traje que reviste el Panteón el 2 de Noviembre, la de
las exéquias solemnes de los pobres que en ese dia tienen, con la pompa de los ricos,
su parte de honor, de pésame, de conmemoración. Ese dia hay para todos pompas,
flores y construcciones de delicado gusto.
Al pasar la tradición humana á este desconocido hemisferio de la Cruz del Sur y
de las nébulas polares, nos hemos mostrado antípodas con la misma lengua y los
mismos símbolos. Quince abriles decimos de una beldad que abre á la luz su capullo,
es decir, quince otoños; y entre las flores y los perfumes de la primavera, el dia que
vuelven alborozadas las ausentes golondrinas, quisiéramos por tradición llorar á los
muertos; pero la naturaleza que es nuestra guia, nos invita á sonreír y enjugar las
lágrimas, como niños á quien los besos de su madre distraen de la efímera pena del
momento.
Honramos, pues, la memoria de los nuestros á la manera de los griegos, cuyo
Dios Supremo sonreía y siempre jovialmente, es decir divinamente, como Aquiles
lloraba el cadáver de su amigo, bailando desnudo en torno de la pira de Patroclo.
El Panteon era hasta ayer un himno á la memoria de nuestros mayores y de
nuestros hijos. Cada existencia es un drama, y no habría novela tan tierna ni trajedia
tan pavorosa, como la que encierra bajo sus tapas de mármol cada uno de esos
sepulcros. Cada uno de los que los visitan sigue en ellos el hilo de su propia vida, por
sus padres, sus amigos y aun su época. Nuestra vista solo alcanza á ver en el sol los
rayos, que cuando diverjentes, forman el prisma de los siete colores. Quedan sin
embargo, otros rayos no entran en nuestra retina, los rayos oscuros, pero que afectan
objetos sobre los cuales se reflejan, descomponiéndolos, pues tienen potencia
química. Sir John Lubbok ha descubierto que las hormigas observan estos rayos sin
luz del sol, como el hombre reflexivo, acaso el patriotismo que es el amor humano sin
la carne, goza de esta cualidad, de ver lo que no vé el vulgo y no ver aquello que
sobreabunda y no deja impresiones duraderas.
Entre aquellas hormigas que se agitaban en el Panteón el 2 de Noviembre, como
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si cada grupo buscase su morada propia, para penetrar debajo de tierra, y seguir á
través del tiempo (los muertos son tiempo condensado, como el carbón es luz y calor
depositados para más tarde), yo buscaba el camino que trae mi alma, y entre aquellas
tumbas, á mis compañeros de otros tiempos, saludando al paso á los que se
encontraron conmigo en los senderos de la vida.
¡Os contaré una larga historia, como la leyenda de los siglos, y evocaré sombras
que viven todavía entre nosotros, y nos animan, conducen aplauden ó vituperan, si no
seguimos el camino que ellos nos mostraron!
Sabed que ese Cementerio es la patria con cuerpo y alma; la patria de mañana.
Alli volvernos á estar juntos todos: allí es el valle de Josafat, donde cabremos mas
tarde reunidos para ser juzgados por la historia. ¡A cuantos les dirán: marchaos, que
ya recibisteis vuestro galardón, pagándoos con vuestras propias manos del tesoro
común!
El instinto popular no se equivoca, y en vano le direis á la madre que el alma de
su hijo está en el cielo. Ella le llevará hoy sus muñecas y sus juguetes al sepulcro para
que de noche, cuando nadie lo vea, estire su manecita helada y toque sus compañeros
de infancia. Asi lo hacían las madres etruscas, por donde se conservan las muñecas de
ahora tres mil años. En la Recoleta los sepulcros tienen forma de casas de vivir de los
primitivos sepulcros de los constructores de las Pirámides. De ahí salieron todos los
cultos á los muertos; allí volverán, pues ya las familias construyen altares y el 2 de
Noviembre enciende hachones sobre candelabros. Los dioses Lares están ahí
reunidos, los manes flotan como vapores en torno. Yo los he visto en las horas en que
vagaba silencioso por aquella Necrópolis, y me he detenido á hablar con cada uno de
los que me ayudaron á vivir. Cerrare los ojos para no distraerme con los rumores de
mil carruajes, con el sordo murmullo de rezos y exclamaciones, acentuadas de tarde
en tarde por un gemido, y ved aquí lo que yo solo vi.
El bosque que precede al Panteon, cuando sus sombras hayan sido espesadas por
los siglos, abrigará aquí y allí sepulcros de hombres Representativos que habrán
pasado ya por la consagración y la sanción de las generaciones.
Por ahora los árboles dejan ver la galería que da entrada á la mansión de los
muertos, y cuya arquitectura nos lleva á los mejores tiempos de las bellas artes. Por
entre sus columnas se divisan ya, aun antes de entrar, urnas cinerarias, sepulcros,
columnas y sarcófagos y la bella estátua del Dolor que vela jimiendo sobre la tumba
de Facundo, á quien el arte literario mas que el puñal del tirano, que lo atravesó en
Barranca Yaco, ha condenado á sobrevivirse á si mismo y á los suyos á quienes nos
trasmite responsabilidades la sangre.
El Dante puede mostrar á Virjilio este león encadenado, convertido en mármol de
Paros y en estátua griega, porque del otro lado de la tumba todo lo que sobrevive
debe ser bello y arreglado á los tipos divinos, cuyas formas revestirá el hombre que
viene. Hé aqui —me decia un joven Arce, pariente de Quiroga— cómo yo llevo la
toga y la clámide del griego, y no la túnica ni la dalmática del bárbaro. Pude decirle á
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mi vez que mi sangre corre ahora confundida en sus hijos con la de Facundo y no se
han repelido sus corpúsculos rojos, porque eran afines.
Quiroga ha pasado á la historia y reviste las formas esculturales de los héroes
primitivos, de Ayax y Aquiles.
Siguiendo inflexiones de callejuelas formadas por sepulcros que parecen palacios,
alhambras, catedrales góticas, pórticos en miniatura, me he dejado llevar por el
corazón hasta el pié de la tronchada columna que se levanta á la cabecera de la
almohada de piedra en que reposa la cabeza del Capitán Sarmiento. Su madre ha
envuelto sus restos en la bandera nacional recamada de oro, con estas palabras: Pro
patria. Su padre depositó á la entrada dos jarrones griegos y á lo alto de la rota caña
se le vio colgar una guirnalda de orquídeas floridas, pues el laurel de la victoria no
alcanzó á ceñir su frente. Uno de los jarrones bronceados, es el célebre vaso
Borghese, copiado y sosteniendo en bellísimo alto relieve una bacanal en que el Dios
Baco de la India celebra las Vendimias de Grecia, libando á los otros dioses y
emborrachándose Sileno. En los sepulcros están siempre esculpidas escenas de
alegría. Estamos en plena Grecia, en la época de la vendimia, cuando el mosto de la
vid chispea como e\ champagne de nuestras botellas. Dejémosles que se diviertan.
Levanto la vista por sobre las gradas y la base, para contemplar la corona de
bronce que no ciñó la cabeza del niño mártir, sino que corona la columna tronchada
en el sacrificio… ¡qué veo! El busto del segundo Jefe del Estado Mayor del Ejército
Grande de que yo era secretario en Caseros! —El General Piran que condujo las
huestes libertadoras á Buenos Aires; pero que no entregaba la patria á un
conquistador.
El 11 de Septiembre conmemora en la plaza del Pópolo, en el Foro Boario de
Buenos Aires, hoy por una ironia sublime, el punto de arranque de los ferrocarriles, el
acto que dio á este General su asiento á la derecha del Padre, que es el Derecho, la
Constitución de la patria argentina.
Ni por analogía, ni por gratitud, ni por fuerza, podrá en adelante repetirse el
ensayo de tiranías.
Me dejo llevar por los recuerdos y me reconozco al pié de la que llaman en
Atenas la linterna de Diógenes y es el mas bello modelo del orden corintio que nos ha
legado el arte griego. No lleva inscripción todavía, porque han ido á pedirla á los
talleres de escultura de Roma. Era el monumento mandado elevar á Lisistrato,
vencedor ateniense en los juegos olímpicos, vaciado de su rotonda, quedando la lijera
cúpula reposando sobre columnas estriadas, corintias, al aire, que les comunica su
transparencia.
El trípode que sostenían tres delfines volcados ha sido reemplazado por la cruz
cristiana; y un pedestal vacío aun, llevará el busto en bronce del Jurisconsulto Velez,
que cantó en sus primeros años con Virjilio el poema épico de la emigración de las
ideas, que recibió de los Sarsfield de Irlanda la sangre que está protestando hasta hoy
con Parnell contra la fuerza, y que deja á la posteridad condensada la conciencia
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humana en los códigos.
También en ese mármol que se levanta como una aguja ó un pináculo gótico, se
ha de oir, aplicando el oido á la base, el rumor de pueblo que se agita en torno y se
agrupa en apoyo de la Legislatura, atraido por los viriles acentos de la oratoria
parlamentaria que impone silencio al cañón que no siempre es el eco de la orden del
dia de los campamentos. Bravo viejo! anduvimos juntos en muchas jornadas
memorables; salvamos tomados de la mano abismos que se abrían bajo nuestras
plantas, y llegamos al término diciendonos adiós, satisfechos ambos de haber obrado
bien, y legado á nuestra patria pájinas de historia sin mancha.
De ahi llevóme de la mano uno de tantos hijos que ha dejado la victima de la
protesta impresa, Florencio Várela. El santo que debiera ser del gremio tipográfico,
muerto mientras reimprimía la Declaración de los Derechos del Hombre que otros
escritores más felices notificaron á Rosas dejando el cedulón sobre su mesa en
Palermo el dia tres de Febrero.
¡Estamos todavia por hacer firmar á algún Juan con hartas Tierras la magna carta
de la libertad de imprenta!
El sepulcro de la familia Varela es un santuario donde en plantas esquisitas, en
flores, orquídeas y enredaderas, se rinde culto al arte en la naturaleza embellecida por
el amor patrio, de hijo y de padre.
El sacerdote de este templo que no es de Ceres, ni de Flora, ni de Pomona, sino de
la Libertad por la palabra, es un hombre que casi niño se halló en Caseros, que
inspiró La Tribuna cuando la espada había vuelto á la vaina, Diputado, Senador,
Ministro provincial.
Un dia hubo de negociarse un empréstito para surcar la tierra con rieles y llevar el
pensamiento á lo lejos con telégrafos.
Eran unos pobres treinta millones, que se emplearon en su destinación, pero
vinieron en seguida los monos que parodian sin cuenta ni razón al progreso, para
adular al pueblo, como los antiguos construían catedrales que fueron la ruina de las
naciones y hoy nuestro asombro, y declararon torpe al negociador, si no rapaz.
Han negociado después los cangrejos ciento cincuenta millones en condiciones
innobles y la estadística por la beca de Agote, ha esculpido en el B RONCE de las
cifras comparadas, que el empréstito Várela es el que se obtuvo á condiciones mas
provechosas; lo que va de ochenta y nueve á setenta y cinco.
Los que han disminuido el caudal de la Nación en doscientos millones, y
puéstonos bajo la Inspección de tutores extranjeros, como al Kedive de Ejipto ó al
Sultán de Turquía, se han repartido las rentas, los goces y los honores, mientras que
Mariano Varela se sienia todos los dias á la puerta del sepulcro de su padre asesinado,
á admirarse de la sólida estructura de las instituciones libres, que basta que un
principio de los que les sirven de pedestal se salve, para que pies carcomidos ó
robados por ladrones, puedan repararse y aun restablecerse.
La estátua de D. Valentín Alsina está á poca distancia, buscando al parecer por lo
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meditabundo y preocupado, la solución del problema de su patria, que por las
contracciones del semblante, parece no encontrar todavia — establecer sólidamente la
libertad en el gobierno, con la riqueza y la civilización.
Alejéme de estos lugares poblados de recuerdos, de fragmentos de nuestra
historia y pasado por delante del sepulcro de Rivadavia, de Brown de Juan de la Peña,
el maestro de escuela, porque en este sonambulismo del espíritu, he adquirido la
facultad de no ver sino lo que entra en el cuadro de mi propia vida, interrogo mis
propias fuerzas, pido á mi espíritu la solución buscada, y cuando ¡eureka! ya la tengo
en las manos, siento que el impulso de la voluntad se detiene, que mis ombros se
paralizan, y que una comezón en las plantas me anuncia que como aquellas ninfas
castigadas por dioses celosos ó irritados, me arraigo en el suelo, me endurezco y
consolido, mis facciones toman el aspecto griego del arte y me convierto en
monumento del Cementerio…
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Benita Martínez Pastoriza de Sarmiento.
Retrato realizado en San Juan durante su juventud.
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CAPITULO XII
DISCURSOS
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históricamente es grande, pero el asunto dramáticamente es pobre". La historia viene
á suplir las faltas que hubieran podido notarse en la escena; y á decir verdad, ha sido
en provecho de la trajedia misma, que se alza hoy día robustecida y poderosa, de Los
brazos del poeta historiador, La muerte de César, como suceso historico, tiene tres
situaciones, ó más bien dicho, tres fases: la conjuración, la muerte de César, y por
último la muerte de la conjuración, lo que equivale á la arenga de Antonio, en que
imprime su impulso al movimiento popular ahogando el instinto de los patricios,
Shakespeare es el genio que mejor haya desarrollado esta última faz; y cuanto está en
el alcance humano ha sido puesto en juego en boca de Antonio en la escena segunda
del acto tercero de Julio César. No quedan buenamente sinó dos situaciones, y estas
están en la trajedia del Sr. Vega; la conjuración, hecho oscuro en su desarrollo, mal
definido históricamente, no tiene más vuelo en la trajedia que el que basta á preparar
al espectador á creer posible la catástrofe: y la muerte del Dictador, donde acabaría la
trajedia, "según las reglas Aristotélicas", (porque allí acaba la acción y el ínteres
dramático que consiste sólo en saber si triunfará la conspiración ó si se salvará
César), si el pensamiento político coincidiera en su última consecuencia con el final
de la acción; pero en nombre de las exigencias del teatro moderno, en nombre del
tema grandioso de la trajedia, hay una última frase que agregar, que encierre la
lección política y envuelva el precepto moral, el Sr. Vega la pone en boca de Servilia,
la matrona romana, en los cuatro versos de la última escena que comienzan;
¡Roma es mía!
con que Octavio ensaya el imperio romano, preparando los tiempos de los
Nerones, sobre el cadáver de "un héroe clemente", muerto por el patriciado en medio
de la urea grandiosa de igualar los derechos de Roma á las inspiraciones del universo
rendido, y hacer de la humanidad un conjunto social en cambio del desnivel de
señores y esclavos, mantenido por los patres y los quirites de la altiva señora del
mundo.
El Sr. Vega hace notar perfectamente el hecho históricamente averiguado: los
patricios al matar á César proclamaban la absorción del universo por Roma, y la
reivindicación de sus antiguos derechos sobre el pueblo romano y sobre los pueblos
conquistados; pedían al puñal lo que el puñal no podía darles; pedían la oligarquía,
los derechos de casta á César muerto; al hombre que había sentado en el Senado
Romano á Galos é Hibéricos, para darles su parte en el gobierno del mundo; y al
jugar al albur la vida del genio de Roma, echaron á rodar la suerte del imperio sin que
bastaran los puñales de cien Brutos para contener la ruina y el desorden nacido de un
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hecho inútil, y más que inútil, fatalmente perjudicial al pueblo romano, cuya voluntad
no había sido consultada.
Con la muerte de César, Roma retrocedía en los campos de Philipo á la altura de
Farsalia, cuando menos, y peligraba mucho que la falta de César hiciera inaplicable á
ninguno de los lidiadores la frase con que Cicerón había caracterizado á la virtud
cívica en la guerra intestina:
Más, cuando los que querían heredarlo, amoldaban sus arbitrariedades á sus actos
de justicia, mientras sus adversarios querían borrar de Rorna á César y sus obras, y
volver á los tiempos en que el patriciado más feliz disponía de los destinos del pueblo
y de la suerte de Roma.
El Sr. Vega lo ha dicho en su carta al Sr. Mitre: "en el cuadro final se propone dar
un útil aviso á los que desconociendo la época, buscan el remedio á un mal en otro
mal mayor, y se lanzan á lo desconocido" —la situación de Roma y la muerte de
César, prestan un continente luminoso á esta lección política, si es que no basta como
correctivo el ejemplo tremendo de la dominación de los Cesares nacidos del puñal de
Bruto, á pesar que honradamente como Romano, su nombre proteste contra la
invasión de tiranos advenedizos que su ceguedad enjendró.
La crítica se ha techo seatir, suave y tranquila en nombre del arte y de la poesía;
acre y enérgica, en nombre de la democracia y de la república. Del juicio, la Muerte
de César ha salido ilesa; y el manto de púrpura de la grave matrona no conserva las
señales de la lucha,
La crítica literaria ha mostrado una vez más el mérito de la trajedia del Sr. Vega,
admitiéndola con aplauso en el mundo literario, como una de las composiciones más
notables del teatro español.
La Muerte de César tenía que luchar en su aparición con tres composiciones del
mismo género y sobre el mismo tema, fruto de tres inteligencias bien encumbradas, y
las que parecían haber agotado todos los resortes que prestan el arte y el ingenio para
esplotar una situación. Shakespeare, Voltaire y Alfieri son los antecesores del
D. Ventura de la Vega, en la noble tarea de transportar á la escena un pedazo de la
vida de Roma, con todos sus detalles, aun los más minuciosos; para hacer destacar
del conjunto el relieve de los personajes, como si aún vivieran, y sus voces vibraran
todavía en las columnatas del Capitolio ó en el Foro.
En el movimiento dramático el Sr. Vega ha sobrepasado á Voltaire y Alfieri; y los
caracteres tienen tanto colorido, tanta verdad histórica como los del Julius César de
Shakespeare.
Las pasiones, la pintura del hombre; aquello que se despega del tipo histórico
para venir á formar parte del genio creador en las composiciones dramáticas, está tan
bien desarrollado por el Sr. Vega, que la carnadura humana parece levantarse en cada
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uno de sus tipos, para obedecer á la trama urdida de antemano por la historia, sin que
haya un sólo movimiento en que el carácter parezca siguiendo una impulsión agena,
lanzado solo por la frase escrita, como un cuerpo fuera de la acción de las leyes
naturales. No se encuentra en las escenas de las composiciones de Voltaire y de
Alfieri el desarrollo tan fresco, por decirlo así, del tipo histórico, envuelto en un decir
tan adecuado que el ánimo no se atreve á decidir si el poeta es superior al autor
dramático, ó si el encanto de la poesía es inferior á la magestad del pensamiento.
El Hombre de Mundo colocaba al Sr. Vega á la altura de Bretón de los Herreros,
en la fluidez, en la facilidad del verso, sus composiciones líricas, según la bella frase
de D. Juan María Gutiérrez, dan tentación á compararle con el divino visitante de
mundos desconocidos á quien condujo Virgilio por la mano; y su última composición
que muestra á nuestro poeta ser de la estofa de los Shakespeare, obliga al mundo
literario á saludar en él á uno de los primeros versificadores de la lengua castellana.
Si estos antecedentes no bastan para colocar á La muerte de César entre las
mejores producciones dramáticas del Teatro Español, estamos seguros que no correrá
la suerte de los ensayos sobre el mismo tema que hicieron el duque de Buckingam y
el Abate Conti, y que si han llegado á nuestra época, se ocultan en los estantes de
algún bibliófilo laborioso, como muestras del aliento efímero de sus autores.
D. Ventura de la Vega ha sido acusado, sin embargo, en nombre de la libertad y de
la República, "de haber arrancado el puñal de Bruto del cadáver de César para
clavarlo en el seno desnudo de la libertad"; y ante esta acusación su obra parecía
mezquina, sin vuelo, y el poeta era afiliado á las impulsiones del fundador del
cesarismo en el siglo XIX. El Sr. Vega había estampado en el prólogo de la trajedia
su credo histórico, y ante él, la lección olítica viene indefectiblemente en nombre de
la justicia y de los derechos de los pueblos á producir sus últimas consecuencias, sin
ultrajar á la República, sin herir á la libertad.
César era el liberal, Bruto el retrógrado. He ahí la solución del problema en
nombre de la historia, en nombre de la época de Roma; y de sus instituciones. Las
luchas urbanas, los combates campales, las agitaciones todas del pueblo romano
vienen como hechos consumados á corroborar este resultado.
Vamos en nombre de la historia misma á provocar esa solución; pues que en las
pájinas de la vida de Roma están las muestras vivas de esta verdad, sin que tengamos
que ocurrir como Luccenis, á las fuentes envenenadas de la Lucusta de la historia,
para falsear los hechos y obtener un resultado al alcance de nuestra conveniencia.
Si la historia de un pueblo, si la marcha y el encadenamiento de la vida social, si
el movimiento constante de la arena pública bastan para formar criterio, nosotros lo
tenemos contestes en apoyo del aserto del Sr. Vega; y ante las manifestaciones del
espíritu de un país, envueto en el progreso de su época, no es posible oponer otro
espíritu, ni otra época, so pena de arrancar en el fallo del juicio las consecuencias más
distantes de los preceptos racionales de la historia misma. No querríamos nosotros
que vinieran los académicos de Annecy á pedirnos cuenta del uso que habíamos
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hecho de la ciencia útil, mezclando la edad presente con las edades de la antigüedad,
para confundir la vida pública de nuestra época con la de la antigua, distantes veinte
siglos y juzgar su organización política con las leyes de Lycurgo ó el contrato social
de J. J. Rouseau.
Observemos la primera organización política de Roma, remontando á la época de
sus reyes. Es allí donde debemos tomar la base de los cimientos que mucho tiempo
después chocaron, levantando dos personalidades, emblemas característicos de dos
fuerzas contrarias, César y Bruto. Servio Tulio dividió el pueblo romano según la
fortuna que cada uno poseía. Las libertades y los derechos se repartieron al tanto por
ciento sobre los valores que cada nombre representaba. Fueron los protejidos del
derecho los patricios, los potentados de Roma, los antepasados de los Sylas y los
Brutos. Aunque las fortunas de Roma no representaban entonces, los inmensos
valores con que más tarde Luculus despertaba la codicia del pueblo, señalando el
Asia como la fuente de las riquezas y de la fortuna, ya el nombre de patrono aparecía
como la personalidad absorbente del trabajo y del ingenio de sus subordinados; y
como prueba del carácter embrionario de aquella organización primera, el pueblo
venia enseguida, sujeto al impuesto (assidui) y á las cargas civiles, siguiendo á este la
plebecula, última sección de aquel sistema: los que no tenian dinero obligados á dar á
Roma su sangre, sin que ella cuidara de concederles libertad alguna. Esta
organización social á la vez que política está fuera del alcance de una denominación
posible en los términos precisos del derecho público de nuestros días; y la gran
subdivisión de patricios y de plebeyos, viene á indicar la erección de una aristocracia
en el seno mismo del pueblo que arrojó á las Tarquinos, como representantes del
poder abusivo de los reyes.
Arrojados los reyes, apareció la república; pero encerrada en esta fórmula que
encabeza su proceso: la espulsión de los reyes, es el tiempo del patriciado. Los
Cónsules reemplazaron á los reyes, pero el Cónsul debía ser patricio. El cetro había
sido despedazado. Los senadores y los cónsules tuvieron cuidado de repartirse los
girones del manto real para revestir de autoridad al patriciano á que pertenecían. En
nombre de los principios de la república, la república no existia allí: era la
desigualdad en su espresión mas diforme; era la oligarquía naciente, pero poderosa.
Las concepciones políticas de la Grecia hubieran avergonzado al romano satisfecho
de su obra, y como forma de gobierno conocida en la antigüedad la oligarquía de
Roma aparecía más repugnante, más liberticida, que las tiranías populares, que
flajelaron las repúblicas griegas. El pueblo, el verdadero pueblo se sublevó, cuando el
alimento le era escaso, cuando sus flancos fueron raleados por la guerra, cuando los
patricios iban á encadenarlo y entregar al enemigo, como algún tiempo después
entregaban á las fieras los prisioneros de guerra para entretener el populacho, ávido
de espectáculos sangrientos.
Del choque de la oligarquía y del pueblo oprimido nació el tribuno sin iniciativa
en la legislación, con el derecho del veto.
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Como una concesión hecha en los momentos supremos de la lucha, como prenda
de debilidad arrancada á la aristocracia romana por el pueblo que comenzaba á rujir,
apareció la primera personalidad republicana, creada en medio de la negación misma
de la república; en ella están encerrados los preceptos de la democracia en la vida
política de los pueblos; la elección, la delegación, la representación, y en nombre del
pueblo el absoluto derecho de detener la marcha del Senado, vetando la disposición
que le dañara ó atacara sus derechos.
Roma presentaba entonces dos fuerzas cuya lucha se iniciaba, y que debía
continuar hasta que el capitolio cayera en manos de los bárbaros. Por una parte, la
oligarquía, los derechos de familia, el jus sacrum, el jus honorum, el poder y la
riqueza; de la otra, el pueblo, el hombre aspirando á ser ciudadano, el ciudadano
aspirando á la igualdad, á los puestos públicos por la idoneidad y no por el nombre, á
libertarse del peso enorme del impuesto de bienes y de sangre con que se ensanchaba
Roma, mientras que se estrechaban para ellos los límites de su libertad política, y la
parte de posición social que cada uno tenía derecho á gozar. Si se agrega á esto la
profunda división que separaba á patricios y plebeyos en las relaciones de la vida
ordinaria, se tendrá una idea del estado de Roma, durante los primeros años en que
regía la forma de Gobierno á que llamaban república.
El pueblo con la intuición de los derechos naturales al hombre, combatía día á día
por la adquisición de libertades que le eran propias. Esa lucha encierra los primeros
pasos de un pueblo hacia la verdadera república, cuya idea embrionaria y mal
definida tenía ya, reservando al porvenir el éxito cumplido de su establecimiento
perfecto. Tenía un adversario poderoso por cierto: pero el triunfo no estaba tan
cercano para poder apreciar las fuerzas que habían de concurrir al resultado final.
La abolición del jus gentile, legislación especial de cada familia de patricios, y la
promulgación de La ley de la XII tablas igualaba en la apariencia á todos los
romanos, por que todos quedaban sujetos á ellas. Sin embargo, su aplicación era
severa y rígida cuando se dirigía al Aventino; al Palatino llegó generalmente
dulcificada, y más de una vez fué ciega para los desmanes de los patricios.
El pueblo quería tener acceso al consulado; nueva lucha y nuevos procedimientos
de parte de la oligarquía para neutralizar en lo posible la energía del poder naciente.
Los patricios abolieron el consulado antes que compartir sus honores con el pueblo;
crearon el tribunado militar común á ambos, é instituyeron en su provecho para
equilibrar lo concesión, la preturia y la censura, magistraturas civiles, cuyas
funciones aseguraban el predominio del senado, la institución regia, la salvaguardia
del patriciado. Los romanos entregados á la guerra dejaron de demandar libertades y
derechos, creyéndolas aseguradas por la ley de las XII tablas, y por los puestos
públicos obtenidos en sus constantes luchas contra el Palatino.
Abiertas las puertas del templo de Jano, el pueblo romano no necesitaba el
impulso de los augures para emprender las guerras de titanes que forman su epopeya.
Guerrero por naturaleza, por necesidad, su porvenir estaba en la conquista. La guerra
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era la salvación de Roma misma, sin ella, patricios y plebeyos hubieran sucumbido en
las escalinatas del Foro, disputándose la preponderancia de mando y libertad, á que
ambos bandos aspiraban.
La guerra estiende los límites del dominio; pero Roma conserva dentro sus
murallas los derechos civiles, como las vestales guardaban en el templo de Vesta el
fuego sagrado.
Termes, la deidad protectora de los derechos de la propiedad, aumentaba sus
tributarios, sin aumentar á Roma el numero de sus ciudadanos. La conquista
engendró raros derechos, multiplicó las subdivisiones sociales, enlazando las manos
de los pueblos vencidos con las cadenas de la esclavitud. De ella nacieron el jus
romanum, el jus italicum, y los latinos y los dediticios, como personalidades
inferiores á los ciudadanos. El populus romanus aumentaba, pero como idea colectiva
que designaba á la nación. Los primeros derechos adquiridos en la vieja Roma en
nombre de la lanza, y del brazo pronto á la defensa y á la lucha, no fueron estensivos
á los que caian vencidos, ó á los que formaban las colonias: vanguardias establecidas
alrededor de la ciudad eterna para contener á los invasores, recién arrojados de las
puertas del Capitolio. Mientras Pirro daba á la guerra formas regulares, mientras las
falanges organizaban campamentos erizados de toscas murallas de granito, Roma
repartía entre sus antiguos vecinos, sus esclavos en aquel momento, mendrugos de
libertad, desmembramientos de derechos, que no formaban un conjunto de
clasificación posible.
Es difícil, muy difícil, poder apreciar las libertades de aquella edad en que la
propiedad estaba garantida por el símbolo de la guerra; en que el esclavo dejaba de
serlo en nombre de los derechos de la lucha misma; en que aquel podía entregarse al
comercio y á las artes, mientras le estaba prohibido legar su nombre á sus hijos; en
que éste tenía el derecho de elejir estándole negados los puestos mismos á los que
servia de escalón para que otros ascendieran. No podemos, á través de los siglos,
medir en los derechos de hoy día, los derechos de entonces; porque ni Roma se presta
á ello, ni la organización de aquella tiene paralelo en los presentes.
No quiero entrar en más detalles, porque la naturaleza de este trabajo no me lo
permite; y la atención del Liceo se encontraría fatigada ante los detalles
minuciosísimos de cuadro tan vasto. Seguiré á la República salvada de los peligros de
la invasión; vencedora de las guerras púnicas y dueña del territorio de la Galia
Cisalpina, de la Iliria, de las costas del África abrasadas por Scipcion que esclamaba
al caer: África ya te tengo! para que los augurios no fueran funestos á la empresa de
Cartago humillada después de Zama, y sometida á la tutela del pueblo romano.
Grecia y Macedonia convertidas en provincias romanas; mientras el reino de
Pérgamo caía; y España, después de una lucha prolongada se entregaba á la
dominación junto con Numancia. No forman estos nombres una cadena de victorias?
El Capitolio no había sido tomado más de una vez, por su posición elevada y su
fácil defensa. Mientras unas vencían, otras lejiones pasaban por las horcas caudinas
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con los samnitas, ó eran derrotadas en Numistron, ó sorprendidas y acuchilladas en
Petilia. Estas guerras daban vida á Roma, eran ellas los medios naturales de su
engrandecimiento; y la economía política de aquellos tiempos debió dar á cada
conquista, el mismo valor que hoy día da á los productos de la tierra ó de la industria,
reducidos á riquezas por el trabajo. Sin embargo, Roma desfallecía, las riquezas de
medio mundo entregado al saco no bastaban para cubrir los estragos de la guerra, ni
para enmendar los daños producidos por su organización social y sus libertades
públicas.
La raza de guerreros, los ciudadanos romanos, desaparecían después de siglo y
medio de guerra constante; y en Roma solo quedaban los patricios y los plebeyos
como representantes de su organización. La lucha vino, intransijente y necesaria en
nombre del pueblo medio ahogado por los patricios antiguos y las nuevas familias
elevadas por el oro y las riquezas arrebatadas en el botín hecho al enemigo. Hubo un
momento de triunfo. Scipcion, Nasica, tribuno aclamado por el pueblo, impuso á los
patricios y al Senado la voluntad popular; pero los potentados se levantaron, y el
cadáver del tribuno arrojado al Tiber les aseguró su predominio; como una tarde
Cayo Gracco, haciéndose matar por su esclavo en el Bosque de las Furias, acusaba la
impotencia de los plebeyos para luchar con los descendientes de los reyes y los
representantes de la fortuna.
Mario y Syla, Sr. Director, son los predecesores de César y Pompeyo en la guerra
social, y en la lucha civil que debía envolver á Roma. Digo predecesores, porque
ellos iniciaron bajo una forma definida la conmoción que tanto tiempo hacía, traia
agitada á Roma y que hubiese concluido con César, si el puñal de Bruto no hubiera
muerto su intento. Más ellos no son dignos de ser imitados; ni Cesar ni Pompeyo,
fueron sus sucesores, porque los héroes de la epopeya de Lucano se alzaban sobre su
época para cortar el mal de raíz, allá en las fuentes de la república que formó la ley de
las XII tablas, y no entre la conjuración de Catilina, ó la sangre y las depredaciones
de Mario, como protector plebeyo, ó de Syla como encarnación de la savia patricia.
César no nace á Roma, como Crasso por haber vencido á Spartaco el gladiador, ni por
haber atado á su carro como aquel, las lejiones de esclavos escapados de las
ergástulas de sus amos. No, César se alza como la encarnación de Roma en el jenio
de la guerra; y no pasó en balde el Rubicón, ni fueron vencidas sus lejiones antes de
dominar inmensos territorios. César es Roma misma; pero la Roma guerrera.
Bien hace D. Ventura de la Vega en decir por boca de Bruto:
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Del Rin caudal la rápida corriente
Someter al Teuton! Del Oceano
Vedle cortar con atrevida prora
La no surcada espalda, allá plantando
Las águilas de Roma, do se ocultan
Divididos del orbe los Britanos!
Esta es la faz querida de César á los romanos todos; y el último endecasílabo hace
saborear el toto orbe divisos del Poeta mantuano.
La figura de César se destaca en la historia como el jenio de Roma en sus
conquistas, como el jénio de la humanidad en sus tendencias, como el símbolo de la
República en su deseo de igualar al hombre por la ciudadanía y por la igualdad de
derechos. No lo negaré. César era despota, como entidad de quien dependían los
destinos supremos de la República; pero su despotismo lejos de ser la esclavitud
repugnante que ejercieron mas tarde sus sucesores, era el poder moderador de los
abusos del patriciado, á la vez que la esperanza del pueblo y del mundo, deseosos de
libertad. Colocados en la época del Dictador, no encontramos los atentados que lo
tildarán de tirano á los ojos de Roma; y si su poder estrechó al patriciado, podemos
saludar en él al defensor del pueblo romano y al jenio inspirador que debia preparar el
mundo á las revoluciones futuras del progreso y á la igualdad del hombre, como
primer paso dado hacia la soberanía popular.
Julio César está perfectamente bosquejado en estas palabras del Sr. Castelar, que
tomo de su discurso sobre Lucano:
"Antes de su imperio, Roma pesaba sobre la tierra, y el preparaba la ciudad eterna
á todas las jentes y á todos los pueblos. El Senado gobernaba al mundo, como el
señor al esclavo, él señalaba asiento en aquel rolo de las tradiciones sagradas á los
senadores extranjeros, que van apoderándose del espiritu de Roma para convertirlo en
espíritu del mundo. La aristocracia romana, orgullosa con sus tradiciones, se encierra
en sus antiguas fórmulas y derechos, y él la modifica profundamente creando nuevos
patricios, nacidos en humilde cuna, y rompiendo asi la valla de los antiguos
privilegios. El pueblo rey se moría de hambre, la mayoría de sus hijos no tenían una
piedra donde reclinar la frente agoviada de laureles, y él resuelve la gran cuestión
social repartiendo entre el pueblo las tierras de la Campania, rejion dulce y fértil de
Italia. La aristocracia no podía consentir tal política, é hirió á César; pero al caer,
después de haberse defendido heroicamente, desarmado mas que por el valor de sus
asesinos por la ingratitud de su hijo, cae, artísticamente, como apuesto gladiador
thracio en el circo."
He ahi, el hombre tal cual su siglo no lo comprendió, tal como lo lloraban los
romanos sin conocerlo bien, porque presentían el futuro no cimentado aún.
Reasumamos, —César era el representante del pueblo y de los ciudadanos
oprimidos y empobrecidos por los patricios; de los vencidos que aspiraban á la vida;
Juan M. Gutiérrez.
La literatura argentina vive apenas en algunos de los poetas que han conseguido
salvar su nombre del olvido y de la decadencia de nuestras letras, ahogadas en medio
de las luchas y de las conmociones de la patria. Sin embargo, la última década ha sido
feliz para el engrandecimiento literario. Algunas producciones históricas han creado
nombres nuevos; y la grave tarea de recojer los elementos dispersos de nuestras
letras, ha sido iniciada con el fervor que inspiran los recuerdos grandiosos de los
hombres que cantaron las virtudes bélicas de nuestra epopeya y que como López,
interpretaron el sentimiento popular, las ambiciones de un pueblo, lanzando al mundo
el grito de independencia, en las estrofas sublimes del himno patrio.
Hubo una generación de poetas, cuyas figuras se destacan á través del tiempo,
enérjicas y severas, como la época en que vivieron; inspiradas, como el fuego
sublime que les daba aliento; grandiosas como la misión que se había encomendado,
imponentes, como la escena en que entonaron sus cantos líricos.
A esa falange pertenecieron Luca, Lafinur, Varela, Lopez, Rodriguez é Hidalgo
quen desde las vecinas playas lanzaban esta imprecación contra la reconquista del
coloniaje que amenzaba el pabellón de la patria, en aquel pedazo de la República:
Los cantores de aquellas épocas eran hijos del entusiasmo y de la victoria, y las
letras americanas eran intérpretes de un mismo sentimiento cuando lució el primer
día de libertad y de independencia para el visto continente de Colon. La poesía era
guerrera entonces, porque en la guerra estaba las esperanzas del pueblo, porque la
última ambición del pensamiento era sacudir la dominación y dar á cada americano
este último verso recuerda el anatema de Moisés á los hijos de Israel, tan solemne
es su composición, tan bien espresado se encuerna el último suplicio del hombre, la
pérdida del hogar y del suelo natal.
Publicamos íntegros los cantos la Campana y el Sereno que aparecieron el año 42
en los periódicos de Chile:
EL SERENO
(año de 1842)
Se divisan á lo lejos
Vislumbres de una luz vaga,
Cuyos destellos bermejos
Son los últimos reflejos
De un farol que ya se apaga.
Y al siniestro resplandor
Que arroja su luz rojiza
Por todo el alrededor
Cual espectro aterrador
Al sereno se divisa!
De la noche á la mañana,
Cada minuto de la hora,
Interpreta en voz humana
Los golpes que la campana
Arroja grave y sonora.
No la detiene en su casa
Aquel de tesoros lleno:
Ni aquel de fortuna escasa,
LA CAMPANA
Entonces no es tu sonido
La articulación ó voz
Que el martillo ha producido:
Es esta la voz de Dios
Que á sonar viene en mi oído.
Un repique estrepitoso
Dice que al mundo ha venido
Un niño tierno y hermoso
En continua vibración,
En voz magestuosa y recia,
Convoca á oir el sermón
Que precederá en la iglesia
A la devota oración.
Conmoverá tu sonido
Al corazón mas bastardo,
Cuando al viajero perdido
Le anuncia en el San Bernardo
Do será bien recibido.
Y el antiguo Caledon
Despachaba mensajeros
Cada uno con un tizon,
Que citasen los guerreros
De los Clanes á reunión.
En la campana tenian
Un medio mas pronto y cierto,
Nuestros padres, si querían
Reunirse en Cabildo abierto
Y á su toque concurrían.
En sudoroso corcel
Cruza un militar la plaza.
Descubrir quieren en él
No un simple oficial que pasa
Y le siguen en tropel.
Tu alegre detonación
Recuerda el dia grandioso
En que la revolución
Tendió á sus pies el coloso
De tres siglos de opresión.
Y las otras dos A una dama que pasaba en su calesa, y á Una joven vestida de
luto, ambas notables como la anterior, por la armonía del ritmo y la suavidad de las
imágenes.
D. Juan Godoy, poeta fecundo y de versificación fluída y fácil, ha tenido siempre
una estrofa á la mano para el amigo, para el albun del viajero, y pocas personas hay
de las que lo hayan conocido que no recuerden alguna improvisa suya. El
Constitucional de Mendoza ha publicado en los primeros meses de este año varias
producciones jocosas de Godoy, escritas en la última época de su vida. Ni los años, ni
los achaques de su enfermedad al pecho han bastado para debilitar su vena.
El dia en que alguien se encargue de compilar sus producciones, recojiendo las
publicadas en los diarios de Chile y el Perú, y las que corren en Mendoza manuscritas
y conservadas por la tradición, estamos seguros que asombrará el número crecido de
sus poesías, suficientes para llenar volúmenes.
Diremos para cerrar estas líneas, trazadas con mano inesperta, que D. Juan Godoy
es digno de ser llamado á juicio por nuestros literatos; y sus composiciones una vez
conocidas, darán un nombre nuevo á nuestras letras, tan descuidadas y tan acreedoras
á ser conocidas; que sus cantos patrióticos, sus actos y su vida revelan un alma bien
templada, á prueba de infortunios, una intención sana que ha hecho decir á los que lo
conocían "que en su vida había lo bastante para honrar la carrera mortal de muchos" y
en fin, que su fama de poeta será inmortal cuando se abran para él las puertas del
Parnaso, como uno de los representantes de la poesía inspirada en las verdaderas
fuentes del pensamiento, en las musas inmortales que nominaron las generaciones
poéticas del provenir: la Fé, la Relijión, y la Libertad.
NOTAS
Era esto todo lo que conocíamos del Corro, cuando dimos comienzo á la
publicación de nuestro ensayo. La descripción bibliográfica la obtuvimos en
Mendoza, y desde allí ha venido el error de suponer á Corro autor de una revolución
en Salta, en vez de San Juan.
Aprovechemos esta oportunidad para dar una lijera idea del Corro.
Tenemos á la vista un ejemplar del Corro perteneciente á la preciosa colección de
poesías de D. Juan M. Gutiérrez. La impresión parece hecha en Mendoza, y la
inmensidad de faltas ortográficas de que está plagada, indica que D. Juan Godoy no
ha dirigido la publicación, ó que ha sido hecha teniendo á la vista una copia muy
imperfecta de la producción original. El titulo del folleto es el siguiente: 'Confesión
histórica en diálogo que hace el Quijote de Cuyo, Francisco Corro, á un anciano que
tenía ya noticias de sus aventuras, sentados á la orilla del fuego la noche que corrió
hasta el pajonal, lo que escribió á un amigo". En Buenos Aires se publicó en una
hoja suelta en la misma época por la Imprenta de los niños expósitos una letrilla de
Corro tratando el mismo asunto; pero á nuestro juicio, no es producción de Godoy.
Comienza el Corro de esta manera:
El viejo pregunta á Corro los detalles de su vida y sus hazañas. Corro contesta
con la décima que hemos citado ya. El diálogo sigue animado hasta el fin, haciéndose
notables en el viejo muchos rasgos de ingenio. Citaremos algunos trozos muy
curiosos á nuestro juicio, y que muestran perfectamente el carácter sencillo de lo que
en nuestra poesía nacional llaman relación los cantores populares. Pregúntale el viejo:
Cuenta Corro su fausto, sus desmanes, su tentativa sobre Mendoza, su mal éxito,
sus peregrinaciones; y concluye dejando el resto de su historia para referirla en
tiempos más tranquilos para su persona. Toda la relación está salpicada de las
observaciones picarescas del viejo; y sentimos que el objeto de este artículo no nos
permita estendernos en otras consideraciones.
El Corro es una página de historia, y la narración que se desprende de su lectura
está conforme con la verdad de los hechos que relata. Concluye la Confesión
Histórica con un soneto á Mendoza por su conducta digna al rechazar á Corro,
ahogando el elemento revolucionario.
Cerramos estas lineas agradeciendo las observaciones que se nos han hecho, y
contamos con que ellas salvarán las faltas que se han deslizado en nuestro Ensayo
sobre D. Juan Godoy.
AMERICA ANTECOLOMBIANA
o sea
Noticias sobre algunas interesantes ruinas y sobre los viajes en América anteriores á
Colon
En uno de los subsiguientes números del Correo del Domingo, se encuentra una
monografía de las Huacas peruanas escritas desde Lima por el entonces Ministro
argentino, en el Perú; y ya que el espositor del trabajo del Dr. Lársen, recuerda "que
tenemos en la falda de los Andes los primeros ensayos del arte de un pueblo
primitivo, deplorando que el trabajo del Sr. Lársen no alcance á ellos", no se
encontrará á mal que respondiendo á su deseo, llenemos el vacío, siquiera para traer
el asunto que sirve de fondo, á la vista del lector.
II
D. F. Sarmiento.
CLUB DE ESTUDIANTES
CONFERENCIA PRELIMINAR
Marzo 2 de 1865.
INTRODUCCIÓN
PARÍS EN AMERICA
Por
Los Estados Unidos están llamados á cumplir una alta misión para la
organización política y social de las Repúblicas.
El espíritu de sus leyes, el carácter de su pueblo, todo lo que hace su vida y su
fuerza, escepto su bandera y sus naves que han recorrido todos los puertos del
mundo, era desconocido para la generalidad de los hombres de Europa; y los sud-
americanos parecían pagar un tributo á su hermandad de raza siguiendo los débiles
ensayos de organización política de la Francia en la que no se ha podido organizar la
democracia, porque tras de la proclamación de la República, ya haya sido hecha con
las agitaciones del 89, ó con el movimiento popular del 48, viene la centralización del
poder. Y en honor á la verdad, podemos decir que la Francia no ha encontrado en un
siglo de ensayos, un hombre que quiera ó pueda ser su Washington. Su hombre mas
grande ha sido el capitán del siglo, Napoleón; pero Napoleón es Júpiter, y la
mitología no se presta á ese perfeccionamiento de la sociedad humana á que aspira
Víctor Hugo desde el destierro.
Sin embargo, los Estados Unidos que se anunciaron al mundo con la voz de
Franklin, atraen hoy dia las miradas de los pueblos; y no será su menor grandeza, la
de servir de modelo de la aplicación práctica de las leyes que rijen las sociedades,
garantiendo el libre ejercicio de facultades humanas que están tan encarnadas en el
individuo, como el derecho á gozar del aire y de la luz. La Europa que rendía
homenaje á Franklin, á Fulton, á Morse y á Maury como representantes del progreso
de las ciencias físicas; á Prescott, á Lothrop— Mottley que han escrito la historia del
periodo mas floreciente de España, sin que haya nada que enmendar á esos
extranjeros que conocen la historia de las demás naciones, tan bien como la suya
propia, escrita en las pájinas sublimes de Bancroft, la Europa se sorprende cuando ve
de cerca á ese pueblo, cuando estudia el sencillo resorte de esa organización tan
poderosa, tan eficaz, en la que el ciudadano delega menos facultades y tiene más
garantida su libertad.
IN MEMORIÁM
de
El ángel de la Fama
Con ecos inmortales
El nombre del apóstol
Al mundo propaló;
El ángel de la Historia
Guardólo en sus anales,
Y el ángel de las Tumbas
Al cielo lo llevó.
Prendida á su conciencia
De libertad la idea
De amor y fe colmado
Robusto el corazón.
Agustín P. Justo
Montevideo, 1886
APÉNDICE
APUNTES INÉDITOS
Michelet en su obra L'Oiseau ha hecho la mas viva pintura del terror que
se apodera de las avecillas al desaparecer el sol, las angustias que perturban
su sueño durante la siempre larga noche, la alegría que revelan sus cánticos á
las primeras indicaciones de la aurora.
Estos miedos á la oscuridad, á los peligros nocturnos han sido comunes á
los hombres primitivos. Max Müller en su admirable libro sobre la Ciencia del
Lenguaje ha demostrado por el estudio de las radicales de las palabras que
representan divinidades indias, griegas y romanas, ó sus atributos, que toda
la mitología tiene por base la adoración de la suspirada alba, la aurora, la luz,
el sol, en fin, que viene á calmar aquellos sublimes terrores, de que ya no
conservamos ideas, porque conocemos la naturaleza que nos rodea, tenemos
casas, ciudades que nos protegen.
Es ya un hecho puesto fuera de toda discusión que los hombres
prehistóricos han vivido, donde quiera que la naturaleza ofreció facilidades,
en el centro de los lagos, á fin de sustraerse á los peligros que lo rodeaban.
Todos los de Suiza, Irlanda, Escocia han dejado ver las bases ó pilares
subsistentes aun en el fondo, sobre las que reposaron tales construcciones…
Leíamos no ha mucho un fragmento de viaje en África. Un viajero
extraviado, hubo de subirse, como las aves, á un árbol para pasar la noche.
Un rebaño de graciosas y esbeltas girafas cruzó á nado el vecino río;
sintiéronlas los tigres y el bosque se animó con rugidos á que respondieron
los leones, chacales y hienas. Unos en pos de otros cruzaban bajo del arbol,
acechando, buscando su presa. Boas describían en ondas negras su paso á
través de los matorrales. Los mosquitos venenosos le hacían insoportable la
vida, hasta descender y poner fuego á un montón de ramas secas; pero el
pasto se incendió y el incendio se comunicó al bosque, y entonces vio salir de
entre sus enmarañadas espesuras una plebe de bestias para él desconocidas,
mezcladas á las panteras, hienas y tigres enfurecidos. Cuando con el día este
tumulto se apaciguó, cuatro árabes lo cercaron en el árbol que de nuevo había
ganado y con la punta de las lanzas trataban de forzarlo á bajar para
llevárselo cautivo. Tuvo que matar dos con su revolver, para que los otros
dos tomasen la fuga, hasta que al fin sus compañeros que lo daban por
perdido, se le reunieron.
Esta es una noche fósil del mundo primitivo. Así debieron pasarla
nuestros padres durante siglos. Los cultos terroríficos del Egipto, la adoración
de los animales dañinos ó benéficos, fué el simbolismo de los antiguos
De esta misma fascinación en que se crió con respecto á sus relaciones con
la vida real, resulta á mi juicio una temprana adaptibilidad que le servia para
abrirse paso y llevar á cabo sus proyectos y satisfacer sus deseos. No se
necesita encomiar mucho la ventaja inmensa que un niño reporta de lo que se
llama despejo, que es solo la cordura anticipada, el ingenio é inventiva
despiertos desde temprano, mientras no es raro ver naturalezas retardarías,
jóvenes que á la edad de quince años y aun mas, son unos chiquillos en lo
encojidos y faltos de maña. La educación ha de aplicarse á esta parte que vale
tanto ó mas que la instrucción, pues si esta lleva las nociones, la otra saca
partido de las pocas que tiene.
(Signe con variantes de expresión la narración de la venta de una oración
á Santa Brígida).
Esta es la tortura cruel á que están sometidos los niños, y de maldecir sería
de la civilización si se tuviese en cuenta los sufrimientos físicos y morales del
niño, sentado en un banco horas, cuando las piernas le están saltando por
echarse á correr, estudiando insípidas cosas, cuando solo de reír y gritar tiene
ganas.
¡Qué vida la de un pobre niño, trabajando, pensando, sin tener voluntad
para lo uno, ni capacidad para lo otro, pues su instrumento, su órgano está
incompleto! Ni conoce el valor de las palabras que le dicen, ni las cosas que
representan, ni siquiera el objeto para que se aprende tanta soncera,
gramática, geografía, escritura, todo mecánicamente, todo sin aplicación
práctica á su vida de niño. ¡Para cuando sea hombre! Bonito argumento;
como si un niño pudiera pensar en el día de mañana, ni en cosas para aquí
diez años.
Mucho se han mejorado los sistemas de enseñanza; mucho han ganado los
niños, con los nuevos métodos, con hacerlos levantarse cada media hora,
sentarse en cómodos asientos, etc. Pero mucho falta todavía para que un niño
quiera leer, escribir, contar, con la misma pasión impulsiva con que quiere
correr, jugar, reir, hablar; y sin embargo, un método debe haber, ha de
encontrarse al fin, de educar el alma por los mismos medios que se educa el
cuerpo; pues que educación del cuerpo, es esa gana de correr, sin la cual los
miembros se quedarían débiles. Sin la multitud de juegos infantiles, el
trompo, la pelota, la raquela, etc., la mano y el ojo no adquirirían precisión en
los movimientos-El gritar y el llorar ejercitan los pulmones: el continuo
hablar enseña el uso de la lengua, que es la mas difícil tarea que el niño está
desempeñando diariamente. ¿Acaso es nada, aprender un idioma entero en
los primeros años de la vida, con sus verbos irregulares, su irregular uso de
terminaciones para formar adjetivos, adverbios, sustantivos, sin equivocarse,
como lo hacen los adultos, cuando aprenden una lengua extraña?
¿Porqué no habrá de encontrarse un medio, ó muchos medios, de hacer
que los niños importunen á sus padres por aprender á leer, á escribir, contar,
como lo hacen por jugar, por correr y montar á caballo, remar en bote, y
veinte ejercicios mil veces mas duros y penosos que aprender á leer?
El día que leer, escribir y demás, sea necesario y útil para algo relativo á la
infancia, los niños aprenderán solos; y ese día no está lejos, por mas que se
crea. La sociedad marcha á acelerar la vida, ó mas bien, á prolongarla,
empleándola útilmente, acumulando sensaciones, suprimiendo distancias,
hemos ofrecido al Gobierno de San Juan quien lo ha destinado al salón de fiestas del
Palacio de Gobierno.—Nota del Editor. <<
acaba el texto correspondiente a La vida de Dominguito. Hay una nota que dice lo
siguiente:
«Siguen en la edición de 1886, las siguientes piezas que debemos solo mencionar.
»—El Dia de los Muertos y Las Huacas del Valle del Rimac por el General
Barmiento. (Irán ambas en el tomo siguiente de Páginas Literarias).
»De Dominguito: Discurso en el Liceo Histórico (8 de Mayo 1864.) «Apreciaciones
históricas de la Muerte de César» por Ventura de la Vega.—Ensayo Biográfico de
D. Juan Gualberto Godoy «(Correo del Domingo» Agosto 14 de 1864).—Reunión
del Club del Pueblo. Discurso Enero 18 de 1865.—Conferencia Preliminar sobro
historia argentina en el Club de Estudiantes (Marzo 2 de 1865).—Introducción París
en América («Correo del Domingo», 23 Octubre 1864).
In Memoriam: poesia de Agustín P. Justo.
»(Nota del Editor).»
Continua con un Apéndice, subtitulado Apuntes inéditos donde explica los siguiente:
«Cuando en 1886 Sarmiento se consagró á escribir la Vida de Dominguito, lamentaba
la pérdida de los apuntes que hiciera en los Estados Unidos, bajo la Impresión directa
del dolor que le causó la muerte de su hijo.
Dichos apuntes no se habían perdido, solo estaban confundidos entre el cúmulo de
papeles conservados en un desorden correspondiente al torbellino de vida tan activa.»
Los interesados en saltar esta parte y pasar directamente al Apéndice de la edición de
1900, pueden pulsar aquí. (N. del E. D.) <<
<<
E.) <<
español por la de manco, que no expresa la idea. La terminación rron del español,
agrega á la radical una calificación de desprecio, de fealdad moral á física.
—Cimarron, negro huido á las montañas, cimas, en Cuba.—Sancarron, el hueso de la
pierna de Mahoma que se dice estar en la mezquita de Córdoba.— Ventarrón, viento
con tierra.—Varron, parra envejecida.—Santurron, hipócrita.— Mancarrón, caballo
manco, viejo, ó feo, ó tuerto como el de nuestro cuento. (Nota del Autor.) <<
Santiago Arcos, corriendo todo género de aventuras. (Nota del Editor.) <<