DESPUÉS DE CREER: PORQUÉ EL CARÁCTER CRISTIANO IMPORTA1
N. T. Wright
Conferencia realizada en el Center for Faith & Work, Nueva York, EE.UU. el 20 de Abril de
2010.
1 Muchas gracias, Katherine, muchas gracias, David; y a todos ustedes, es muy bueno estar aquí.
No creo que en Gran Bretaña haya nada llamado Sociedad Ética de Cultura, hasta donde sé;
quizá nuestra cultura no es ética o nuestra ética es inculta, o algo así. Este es un lugar interesante
que no es ni una iglesia ni un cine ni un teatro; esto es Nueva York, así que excelente. Siempre
aprendo algo nuevo cuando vengo a Nueva York.
2 Hay toda clase de cosas de las que me gustaría hablarles esta tarde, y nuestro tiempo es
limitado. Sí quiero, como dijo David, destacar algunos de los temas de este libro After You
Believe. Sé que algunos han escuchado —en mp3 o lo que sea—, una conferencia que di en el
Fuller Seminary hace poco más de un año, que fue una especie de sobrevuelo por este libro antes
de que lo escribiera. Así que volveré a algo de ese material, y quizá se repita y quizá esté bien.
Pero recogiendo lo que decía Katherine, quiero comenzar por mostrarles cómo llegué a este
tema, porque en realidad la mayoría de quienes escriben acerca del Nuevo Testamento no han
escrito sobre la formación del carácter o la virtud; y viceversa, quienes hacen ese tipo de teoría
ética normalmente no van a la Biblia para hacerlo, lo hacen sobre la base de otros textos
filosóficos, etc.
3 Yo entré en realidad por la puerta de atrás, debido al trabajo que he estado haciendo y
escribiendo acerca de la esperanza final, y tanto Katherine como David mencionaron esto: la
vida después de “la vida después de la muerte”. Muchos de nosotros en la Iglesia occidental,
católicos o protestantes, conservadores o liberales, carismáticos o evangélicos, todos desde la
Edad Media hemos pensado en términos de morir e ir o al cielo o al infierno. Releí el libro de C.
S. Lewis El gran divorcio, que muchos de ustedes conocerán, uno de los primeros escritores
occidentales recientes en cuestionar la idea de que el cielo y el infierno son iguales y opuestos. Y
Lewis argumenta a favor de esta visión muy fuerte, sólida, física, del nuevo mundo que Dios
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Traducido por blogdeestudiosbiblicos.wordpress.com
tiene para su pueblo. Llámenlo “cielo” si quieren, pero la Biblia en realidad la llama “los nuevos
cielos y la nueva tierra”. Porque para muchos de nosotros la palabra cielo implica una especie de
existencia no física, puramente espiritual, que ciertamente no es lo que la Biblia tiene en mente.
Y para Lewis el infierno es más bien una existencia diluida, encogida, que está muy cerca de la
negación total de la existencia. Porque en realidad eso es el infierno: decir “no” a todo lo que
Dios el Creador da, hace y quiere para su pueblo. Es decir: “Sí, veo eso pero me quedo con lo
mío”. Y por tanto te encoges, te vuelves más pequeño, te vuelves en realidad incapaz de ser igual
y opuesto al cielo.
4 En fin, yo estaba trabajando en esta idea de los nuevos cielos y la nueva tierra como una
esperanza re-corporizada, y de hecho más que re-corporizada. A menudo he dicho que cuando
lees 2 Corintios 5 y Pablo habla de que “nuestro deseo no es estar desnudos, sino estar más
completamente vestidos para que lo mortal sea absorbido por la vida”, la imagen que uso es ésta:
cuando un amigo ha estado muy enfermo, lleva mucho tiempo fuera del trabajo, ha estado en el
hospital, vas a visitarlo después de un tiempo y al salir dices: “Pobre, es una sombra del que era”.
La buena noticia con la esperanza de la resurrección es que, si estás en Cristo, si estás habitado
por el Espíritu, tú eres tan sólo una sombra de lo que serás. Hay un verdadero tú, que es más tú
de lo que puedes siquiera comenzar a imaginar: únicamente tú. Dios te hizo para reflejar hacia el
mundo, en una forma única, una faceta particular de su gloria y de su amor. Y cuando estás en
Cristo y habitado por el Espíritu, haces eso cada vez más, te vuelves más únicamente tú. El mal,
a pesar de lo que digan los medios, te hace aburrido. Te encierra, te vuelve un clon de toda clase
de personas que están haciendo las mismas cosas aburridas. Cuando estás en Cristo y habitado
por el Espíritu, te vuelves más verdaderamente tú. Eso es parte de la paradoja: vivimos en una
cultura que dice que tienes que ser tú, descubrirte, encontrarte a ti mismo, y Jesús dice que sí,
que eso harás, pero que la forma en que lo haces es muriendo y resucitando. Jesús dijo: “Si
alguien quiere venir tras de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame”. Y eso no es una
antítesis de cuando dijo: “Vine para que pudieran tener vida en toda su plenitud”. Ese, como
Jesús muestra en cada uno de los evangelios, es el camino a la vida en toda su plenitud.
5 Yo estaba trabajando esta idea de esa vida plena, no la vida inmediatamente después de la
muerte cuando descansamos con Cristo en el paraíso. Cuando estamos, sí así lo quieren, en el
cielo con Cristo, conscientes, felices con él, estamos esperando, porque hasta que Dios vuelva a
hacer los cielos y la tierra, la historia de la creación no estará completa. Eso es lo que esperamos.
Cuando eso suceda, toda la creación estará inundada del conocimiento, amor y gloria de Dios
como las aguas cubren el mar. Y nosotros seremos resucitados a una nueva vida física. Una
esperanza futura en dos etapas: eso es lo que el Nuevo Testamento les ofrece. No acepten
imitaciones baratas o reducidas, como podrían decir en la publicidad.
6 ¿Qué tiene que ver eso con cómo vivimos aquí y ahora? Algunos de ustedes habrán estudiado
al gran filósofo griego Aristóteles, de hace 2.400 años. Uno de los grandes pensadores del mundo
occidental. Aristóteles tenía una visión de lo que significaba ser genuinamente humano. Tenía en
mente a los estadistas: había que entrenar a los hombres de Estado (siempre eran hombres) para
que lideraran la ciudad, la polis, a la siguiente generación; y había que entrenar guerreros, líderes
que guiaran al ejército, que serían los grandes generales, con la estrategia integrada dentro de sí,
para que pudieran conducir al pueblo en una campaña exitosa. Y Aristóteles tenía esta visión de
cómo sería este hombre notable, normalmente un individuo; y vio que, como con un atleta o un
músico, si ibas a ser ese tipo de persona, había ciertos músculos que debías entrenar, ciertos
hábitos que debían convertirse en segunda naturaleza. Las fortalezas no sólo del cuerpo, sino de
la mente, del carácter. Y Aristóteles tenía esa meta, en griego télos: “A esto queremos llegar,
estos son los pasos para llegar a ello”. Aristóteles enumeró las virtudes: valor, justicia,
templanza, prudencia, y varias otras, pero esas son las cuatro grandes. Las llamó virtudes
cardinales; cardinal significa que son las bisagras donde se mueve la vida humana. De manera
que instó la gente a inculcar esas virtudes, a reconocer las fortalezas del carácter que necesitaban
desarrollar, y trabajar en hacerlo.
7 Porque la vida humana no pasa simplemente de largo. Tú te conviertes en lo que haces
habitualmente, o a la inversa, lo que haces habitualmente, en eso te conviertes. Pero la diferencia
entre virtudes y vicios es ésta: cualquiera puede aprender un vicio, lo único que tienes que hacer
es ponerte en neutro, seguir la corriente que llevan las cosas, y, antes de mucho, ciertos hábitos
de vida te tendrán en su poder. Vicio en ese sentido. No hay que pensar, no hay que esforzarse:
sucederá. Pero con la virtud hay que pensar, hay que decir, “tengo que tomar la decisión de ser
este tipo de persona”. Y toda la tradición protestante occidental ha dicho que eso es poco
auténtico, que es fingir, que es hipocresía. Lutero dijo que la virtud en la enseñanza católica que
él conocía era hipocresía, pretender ser algo que no eres.
8 ¿Qué habría dicho Aristóteles acerca de una virtud como el valor? Escuché un sermón sobre
esto hace un tiempo que fue una de las cosas que me puso en esta cadena de pensamiento. El
valor no es cuando alguien que va a entrar en batalla toma un trago muy fuerte de algo que lo
enardecerá, y luego carga hacia el campo de batalla blandiendo una espada y gritando. Eso no es
valor. Eso está emparentado con la locura, sospecho. Puede que sobrevivas, puede que mates a
algunos, pero no es valor. Valor es cuando tomas mil pequeñas decisiones, conscientemente
pensadas, de poner la seguridad de alguien más por sobre la tuya. De manera que la vez mil y
una, cuando alguien haya lanzado una granada en medio de un grupo de tus amigos, sin dudar e
instintivamente, por segunda naturaleza, la tomarás y la tirarás lejos o te lanzarás sobre ella.
Poniendo la seguridad de otros por sobre la tuya. Nadie hace eso por naturaleza; algunos, gracias
a Dios, lo hacen por segunda naturaleza. Segunda naturaleza es cuando realizas por adelantado el
pensamiento moral: “Elijo hacer esto hoy y elegiré hacer esto mañana”. Y es muy difícil. Pero
así se forma el carácter, y así puede realmente ocurrir.
9 Estaba trabajando en esto hace un año y un poco más, y tengo un impactante ejemplo que todos
recordarán, porque ocurrió justo al otro lado del camino, o más bien al otro lado del río.
¿Recuerdan? En enero del año pasado, hace unos quince meses o algo así, un avión despegó del
Aeropuerto LaGuardia, donde aterricé ayer en la tarde, y chocó con una bandada de gansos del
Canadá. El piloto olió ganso asado saliendo de sus motores, un aroma agradable en Navidad, no
tanto si estás unos cientos de pies sobre LaGuardia. Tenía dos minutos.
10 Si él hubiera acudido a un libro, un manual, un libro de reglas de qué hacer en una
emergencia, todavía estaría pasando la página 352 buscando qué hacer, y el avión habría caído
en el Bronx. Muchas personas hubieran muerto. Si hubiera sido tan sólo un piloto practicante que
estaba en la cabina de mando por casualidad y hubiera hecho lo que le saliera naturalmente,
¡quién sabe lo que podría haber pasado!: el avión pudo haber hecho piruetas, ido a parar a
cualquier parte. Debido a que Chesley Sullenberger III era un piloto con treinta años de
experiencia, y también un brillante instructor de pilotos, en esos dos minutos hizo toda clase de
cosas que apenas podemos imaginar —quizá haya algunos pilotos aquí que puedan, la mayoría
de nosotros no— para maniobrar, descender, hacer que el avión volara bien y luego quedara en
horizontal en el momento correcto. Escuché hace unos días que cuando le dijo al controlador de
vuelo, “vamos al Hudson”, el controlador de tráfico aéreo supuso que eso significaba, “vamos a
caer perdiendo todas las vidas a bordo”. Pero no lo hizo, aterrizó horizontal porque había hecho
lo necesario por adelantado durante años, de forma que cuando de verdad contaba, él pudo
hacerlo, por segunda naturaleza. Eso es virtud: valor, justicia, paciencia, templanza. Él las tenía
todas.
11 Esas son las virtudes clásicas, las virtudes paganas si así lo quieren, no hay que ser cristianos
para tenerlas. Una de las cosas que por lo menos quiero insinuar esta noche es que hay mucho en
común entre la virtud cristiana y otras virtudes. Sí, hay tipos de virtud que son únicas del
cristianismo, volveré a eso. Pero parte del punto de ser cristianos es que Jesucristo es el
Verdadero Ser Humano, y que si estás en Cristo debes ser verdaderamente humano. Y todas las
intuiciones que el resto de las tradiciones humanas han tenido que apuntan hacia la genuina
humanidad —pero que a menudo no alcanzan: están a punto de lograrlo y luego decaen— son
validadas y reforzadas en Jesucristo.
12 Así que mientras investigaba sobre la pregunta de Aristóteles y la formación del carácter, y la
pregunta sobre el futuro (los nuevos cielos y la nueva tierra, la resurrección y todo eso), me
pregunté, ¿y suponiendo que en vez de la meta de Aristóteles, el télos de Aristóteles, tuviéramos
la meta de Jesús? “Jesús, ¿cuál es el objetivo? ¿Qué estamos destinados a ser?”. Y en diversos
pasajes de la Biblia —en particular en el libro del Apocalipsis— es claro que se supone que
debemos ser —interesante frase— un sacerdocio real. Un sacerdocio real: gobernantes y
sacerdotes. Ese es un lenguaje extraño, la mayoría de los cristianos, me parece, no piensan en
esos términos. Pero esto es muy claro en varias partes de la Biblia, y la forma en que lo pueden
hacer efectivo es esta: Dios hizo a los humanos para reflejar hacia el mundo su orden sabio, y
para reflejar las alabanzas del resto de la creación de vuelta hacia Él. Gobernantes y sacerdotes.
Y todos nosotros, no sólo aquellos llamados a cargos públicos o cargos en la Iglesia: es que todos
y cada uno de los cristianos compartan en el sabio gobierno de Dios sobre el mundo, trayendo al
mundo el amor y la administración creativa de Dios. No un orden agobiante: es algo creador,
amoroso, lo de Génesis 1. Y después, reunir las alabanzas de la creación ante el Creador.
Gobernantes y sacerdotes.
13 Eso es muy diferente de la visión de Aristóteles. Porque la visión de Aristóteles era entrenar a
esos grandes individuos que iban a ser excelentes, notables, únicos en su clase, capaces de guiar
en batalla, capaces de liderar el Estado. Todavía necesitamos personas que lideren el Estado; la
pregunta de qué significa guiar en batalla parece diferente con cada día que pasa —la tecnología
se desarrolla—, pero ese es otro tema. Pero la visión cristiana entrena personas para un papel
colectivo. Y las cualificaciones que hay que tener no son las que te dejan pensando: “Soy muy
bueno en esto, soy un hombre que se ha hecho a sí mismo”; como dije, siempre eran hombres en
la época de Aristóteles. Aristóteles creía que cuando la persona perfectamente virtuosa se
volviera perfectamente virtuosa, una de las cosas que sería era ser apropiadamente orgullosa.
Jesús enseñó que cuando tu carácter esté totalmente formado, no pensarás en absoluto en tu
carácter. Pensarás en cuánto te ama Dios, y en si es tu turno esta noche de ir a visitar a la anciana
señora Jones en el hospital. Amar a Dios y amar a tu prójimo.
14 Por tanto, la formación del carácter varía desde Aristóteles a Jesús y Pablo en una forma muy
notable. Aristóteles vislumbra una meta de florecimiento humano, también Jesús, Pablo y los
primeros cristianos. Pero la visión de Jesús de esa meta era más grande y más rica, abarcando a
todo el mundo, poniendo a los humanos no como individuos aislados desarrollando su propio
estatus moral, sino como alegres ciudadanos en el reino venidero de Dios. Aristóteles vio que el
objetivo final era convertirse en el tipo de carácter que sería capaz de actuar de la manera
correcta de forma automática, por el largo entrenamiento de hábitos. Jesús y Pablo estaban de
acuerdo, pero ellos proponían una forma muy diferente en que los hábitos relevantes debían ser
aprendidos y practicados. Y de eso trata mayormente este libro After You Believe.
15 Y una de las cosas que descubrí fue esto (estuvimos hablando sobre esto en la cena con unos
amigos). Yo no soy científico, mucho menos neurobiólogo (les dejo eso a quienes pueden
hacerlo, he tenido otras trayectorias de vida). Pero leí un poco sobre neurociencia investigando
para este libro, porque me sorprendió algo que encontré sobre los taxistas de Londres. Me gusta
andar en taxi en Nueva York, normalmente son amables con mi esposa y yo, se compadecen de
estos británicos tratando de encontrar el rumbo por esta maravillosa ciudad. Pero si van a
Londres descubrirán que es una ciudad mucho más complicada que Nueva York, porque no está
construida en un plano en cuadrícula, va en todas direcciones. A veces las calles van para acá y a
veces para allá, y a veces hay una protesta y el taxista tiene que saber dar un rodeo. No los dejan
salir hasta que han dominado todo, les hacen exámenes. Hicieron estudios en el cerebro de
taxistas y descubrieron que en los taxistas londinenses serios el hipocampo, la parte que hace el
razonamiento espacial, se ha convertido, de hecho, en físicamente más grande. Los senderos
mentales, las neuronas, los códigos electrónicos que van de un lado a otro se han desarrollado
tanto que esas personas se han vuelto seres humanos diferentes: física, cuantificablemente seres
humanos diferentes.
16 Si eso es así encontrando tu camino en Londres, ¡cuánto más podría ser al encontrar tu
camino como seguidor de Jesucristo en el mundo posmoderno! ¿No es ese un maravilloso
desafío? Por medio del Espíritu no soy yo haciéndolo —es decir, sí soy yo, pero es por medio del
Espíritu que estamos llamados a convertirnos en personas diferentes, que conocen el mapa del
mundo, dónde están los giros retorcidos y los pasajes extraños, y que saben cómo pasar a través
de ellos cuando lo necesitan. Encuentro esto muy emocionante y alentador como desafío. Aquí
estamos, cerca del comienzo del nuevo siglo, con toda clase de cosas nuevas, no sólo la
tecnología sino con el mundo post 9/11 y sus preguntas, el mundo posmoderno con sus
dramáticas preguntas culturales y literarias, con todos sus dilemas y dudas filosóficas y éticas.
¿Quién está liderando el camino a seguir, culturalmente hablando? ¿Quién está mostrando un
camino a través de las ansiedades y la anomía posmoderna hacia formas diferentes, nuevas y
creativas de ser humanos? En realidad no estoy seguro de cuál es la respuesta, pero sí sé esto: si
los que están en este salón (y gente similar en otros lugares) tomaran esta agenda en serio, qué
significa que un día vamos a ser administradores de la creación y adoradores que reunir las
alabanzas de toda la creación de Dios —gobernantes y sacerdotes— y si pensáramos cuáles son
las fortalezas del carácter que deberíamos estar desarrollando ahora si vamos a ser eso, la
diferencia que podríamos hacer es incalculable. Nadie más está guiando hacia el mundo post
posmodernidad. Quizá este es el desafío para la Iglesia de nuestro tiempo.
17 Porque verán, cuando se aplica esto a la ética, que es más o menos de lo que se trata,
entramos en los antiguos debates. ¿No había un libro en EE.UU. hace un tiempo, Yes, Jennifer,
There Is a Right and Wrong? ¿Era Jennifer o alguien más? Lo olvidé. Pero en los 50’s, 60’s y
70’s mucha gente decía: “Las antiguas reglas no importan, no hay en realidad un bien y un mal,
todo son escalas de grises”; y otra gente contraatacó con el moralismo duro, diciendo: “En
realidad sí hay un bien y un mal, y tienen que saber las diferencias; aquí están las reglas: deben
vivir de acuerdo a ellas”. Muchos en su generación, en mi generación —en realidad desde la II
Guerra Mundial—, han dicho; “Esas reglas nos están aplastando, nos fuerzan a la inmadurez —
lo único que tenemos que hacer es seguir esas espantosas reglas—, y la mitad fueron inventadas
por gente en la que de todas formas no confiamos”. Ese es parte del problema, en realidad, con
un sector de la Iglesia en la actualidad: todavía intentan decir “las reglas, las reglas, las reglas”, y
las personas que han vivido bajo eso dicen “ya basta, eso no es para mí”.
18 Hay otras formas en que se puede hacer. Algunos dicen, “no son tanto las reglas, hay que
calcular si tus acciones producirán el resultado”. Eso es consecuencialismo o utilitarismo, y el
problema es, para ser honesto, que cuando estás en un dilema moral —hacer esto o aquello,
firmar este papel, conocer a esta persona, lo que sea—, si tienes la oportunidad y el tiempo bajo
esa presión de pensar todas las consecuencias no deseadas posibles de tu acción, eres una
persona afortunada. Se necesita una computadora para hacer eso, e incluso así ¡quién sabe cuáles
van a ser las consecuencias de tus acciones! Las consecuencias importan, pero no sirven como
cálculo moral.
19 Por lo tanto, muchos en su país y en el mío han vuelto a la antigua visión romántica de la
espontaneidad: que lo que hago espontáneamente, eso es lo bueno. Y si alguien viene con sus
reglas y sus agendas y coarta mi estilo, me resisto: “¡Quiero ser espontáneo, quiero ser libre!”.
El problema es que ser espontáneo es ser como una partícula atómica dando vueltas por todos
lados: no serás coherente, no tendrás integridad, no tendrás —aquella otra gran palabra—
autenticidad. Simplemente harás lo que venga.
20 Después de dar esa conferencia en el Fuller Seminary en California hace un año, mi esposa y
yo nos tomamos unos días en Laguna Beach y entramos a mirar a una tienda por hacer algo. Y
descubrí un letrero gracioso que decía: “Hay veces que creo que hago las cosas basado en
principios, pero mayormente hago lo que se siente bien. Pero eso también es un principio.”
Nadie en Nueva York pensaría eso —es algo puramente californiano, ya lo sé—, pero la idea de
hacer sólo lo que se siente bien es la versión degradada de la visión romántica de la
espontaneidad; y está vinculada con la visión existencialista de la autenticidad: “Tengo que ser
fiel a mí mismo”. Eso de ser fiel a uno mismo está muy bien, pero notarán que en la
posmodernidad la gente no lo dice tanto, porque ¿quién soy yo? Me miro al espejo y veo
diecinueve personas distintas, ¿a cuál debo ser honesto? Si somos honestos… Así que la cultura
de la espontaneidad y la cultura de la autenticidad en realidad no nos llevan muy lejos. En
cambio, yo sugiero que el camino de las virtudes cristianas, de las fortalezas cristianas del
carácter es un camino del que resultará, Dios mediante, una apropiada autenticidad y
espontaneidad, pero que serán una espontaneidad y autenticidad que se obtienen, por así decir,
como la recompensa al final del proceso.
21 Piensen de nuevo en la imagen del valor o cualquier otra imagen de personas que hacen algo
con el carácter bien formado. Un amigo cercano me proporcionó este ejemplo, él no sabía que lo
estaba haciendo, pero lo vi. Yo estaba en una iglesia grande, en una ceremonia importante, hace
siete años en Inglaterra. Había unas tres veces el número de personas que hay aquí: era una
iglesia muy grande y una ocasión muy importante, con cámaras de televisión, etc. Y unos diez o
quince minutos después de comenzada la ceremonia, entraron unas personas empujando a los
acomodadores, lastimando a uno de ellos, corriendo por el pasillo central, gritando consignas.
Nadie sabía por qué estaban protestando. Gritaban y cantaban; daba miedo. Y cuando llegaron al
frente quedó claro por sus pancartas que eran parte de un movimiento de protesta llamado
“Padres Por La Justicia”, que luchaba por el derecho de los padres de familias separadas de ver a
sus hijos, etc. Y se especializaban en hacerse una molestia, pero muy ruidosos, irritados, etc.
Toda la iglesia se quedó congelada, dos o tres mil personas simplemente no supieron qué hacer.
Y entonces, uno de los líderes que estaba conduciendo la ceremonia, muy discretamente caminó
hacia uno de estos tipos que gritaban, furiosos (de verdad era muy intimidante). Y este hombre
dijo unas palabras en su oído, tuvieron una pequeña conversación, y luego fue a hablar con el
deán de la catedral. Y el deán fue al micrófono y dijo que nuestros invitados sorpresa habían
acordado que tendrían cuatro minutos para decir lo que tuvieran para decir, y que luego se irían
en silencio. Lo hicieron, y luego el grupo salió.
22 Yo pensé: “¿Cómo hiciste eso?”. La persona que lo había hecho no estaba particularmente
confundida o preocupada. Y entonces recordé que veinte años antes había visto a ese mismo
hombre andando por las calles de Oxford camino a una ceremonia, deteniéndose con sencillez
junto a personas muy conflictivas que estaban bebiendo, drogándose y molestando en la calle, y
sentarse con ellos y hablarles, sonreír, no sé si orar, y seguir su camino. No parecía que lo
enfrentaran. Él había pasado gran parte de su vida estando calladamente disponible para las
personas, sin tener miedo a las personas a quienes otros tenían miedo, reconociéndolos como
seres humanos, viéndolos como personas que sufren, estando con ellos. Así que cuando de
verdad fue necesario, él pudo hacerlo y lo hizo. Transformó la situación. Algunos de ustedes
habrán adivinado que estoy hablando de Rowan Williams el Arzobispo de Canterbury.
23 El carácter se forma por las miles de pequeñas decisiones. Y esas miles de pequeñas
decisiones resultan en personas capaces de traer el sabio orden de Dios al mundo caótico, y
también capaces de reunir las alabanzas de la creación. De eso se tratan las artes, la música y
todo el resto: la creación toda está alabando a Dios, y nosotros estamos llamados a unirnos y
hacerlo conscientemente. En Apocalipsis, la creación está alabando a Dios (en Apocalipsis 4-5)
pero cuando los humanos alaban a Dios añaden la pequeña palabra porque: “Eres digno de ser
adorado porque creaste todas las cosas”. Estamos llamados a ser personas que piensan por qué
alabamos a Dios, y a pensar lo que hacemos en la esfera de lo ético y lo moral.
24 La forma en que Pablo lo plantea es esta, en Romanos 12. Dice: “No se conformen a este
mundo, sino que sean transformados por medio de la renovación de sus mentes, para que puedan
discernir en la práctica cuál es la voluntad de Dios, lo que es bueno, agradable y perfecto”. Ese
es el desafío. No sucede de forma automática, y aquí está la gran mentira: muchos cristianos se
han creído la idea de “ya me convertí en cristiano, hice una oración, Jesús está entrando en mi
vida, me da el Espíritu Santo, así que cualquier cosa que quiera que haga sucederá
automáticamente”. Si piensan eso, serán cristianos muy superficiales y “dentro del molde”.
Porque desde cierto punto de vista, sí sucede automáticamente: el Espíritu sí trabaja en las vidas
de las personas, gracias a Dios por eso. Pero, precisamente, la forma en que el Espíritu hace eso
es haciéndote más humano, lo que significa hacerte más reflexivo, más capaz de ver cuáles son
los problemas, pensar en ellos, tomar las decisiones morales difíciles y ponerlas en práctica.
25 Y sólo porque una decisión moral parezca difícil no significa que no sea a lo que el Espíritu te
está llamando que hagas. Hay personas que me han dicho, pastoralmente: “Pensé que Dios me
estaba llamando a tal cosa —o lo que fuera— pero en realidad después de un tiempo me di
cuenta de que Dios no me estaba llamando a eso”. Un momento. Eso significa sólo que
intentaste ser bueno un día o dos, y que se sintió difícil así que no podía ser cierto; porque te has
creído la cultura de la espontaneidad y la autenticidad, e intentas adaptar el viento del Espíritu a
la pequeña botella de la filosofía de los siglos XIX y XX. Y no se puede. “Transformados por
medio de la renovación de sus mentes”. “Sean maduros —dice Pablo— en su forma de pensar”.
26 Vemos esto en funcionamiento en aquel maravilloso pasaje sobre el amor en 1 Corintios 13.
Es un gran poema, es fascinante en términos estéticos por su lugar dentro de 1 Corintios: Pablo
tiene esa fantástica imagen del cuerpo de Cristo en el capítulo 12, la asombrosa imagen de la
iglesia en adoración en el capítulo 14, y en medio de las dos tiene este inigualable poema sobre
el amor que es en sí mismo tripartito y funciona en una forma particular. Pueden estudiarlo, y si
les interesa la literatura y la poesía de verdad deberían disfrutarlo por lo que es: una creación
asombrosa. Pero la gente a menudo no ve que allí Pablo dice algo que tiene que ver con el
futuro en relación con el presente. Esto retrocede a Aristóteles, sólo que ahora en clave cristiana.
Pablo dice: “Cuando era niño hablaba como niño, me comportaba como niño, razonaba como
niño; pero cuando me hice adulto dejé de lado las cosas de niño. Ahora vemos como mediante un
espejo, oscuramente, entonces veremos cara a cara; ahora conozco en parte, entonces conoceré
tal y como soy conocido”. Y luego dice: “Y ahora permanecen estas tres cosas: fe, esperanza y
amor, pero la mayor de estas es el amor”.
27 ¿Qué tiene que ver la escatología con la ética? ¿Qué tienen que ver los nuevos cielos y la
nueva tierra que anhelamos con mis luchas morales aquí y ahora? Exactamente esto, se los diré:
el amor no es nuestro deber, es nuestro destino. El amor es el idioma que hablan en la Nueva
Creación y nosotros podemos aprenderlo aquí. Es difícil, hay muchos verbos irregulares, hay
vocabulario que es muy difícil meterse en la cabeza y aprender a pronunciar. Pero apréndanlo, y
un día estarán cantando en el. Con la fe y la esperanza es más o menos lo mismo: hay que
practicarlas. ¿Qué esperamos en el futuro? La esperanza no es sólo optimismo sobre algo que
puede suceder algún día, la esperanza es la confianza total en que el Dios Creador es Dios del
futuro. En la Nueva Creación no dejaremos de tener esa confianza total: será una maravillosa
celebración. Dios hará lo que Dios hará, y nosotros seremos parte de eso. La fe será muy
diferente en el futuro. La fe es la confianza absoluta en el Dios Creador y Redentor. Por ahora es
difícil, tenemos que practicarla como a un deporte difícil.
28 Yo soy un muy mal golfista. A menudo digo que una de las cosas buenas del golf y yo es que
un obispo debe tener por lo menos una cosa que haga muy mal, y no importa —porque ya saben,
la mayoría de lo que hago, lo hago más o menos bien… —Pero cuando he tenido clases de golf
me dicen, “hay que sostenerlo así, no así”, y se siente muy poco natural. Algunos aquí serán
golfistas y habrán pasado por ese proceso, y es sólo cuando practicas una y otra vez —y no tengo
tiempo para hacer eso, pero cuando lo hago puedo darme cuenta de cómo se sentiría que ese
agarre poco a poco se vuelva natural, de forma que cuando fuera a la bola, me saliera
automáticamente. Todavía no lo logro, quizá cuando me retire tendré más tiempo, quién sabe.
Pero así es con la fe. La fe es difícil ahora, debiéramos esperar que sea difícil. Nuestro agarre no
es algo que tengamos por naturaleza, hay que trabajarlo y aprender a hacerlo, dejar que alguien te
enseñe. Pero un día conoceremos como somos conocidos, y confiaremos entonces tal como Dios
nos confiará la administración de su mundo.
29 ¿Y esas maravillosas cosas de las que habla Pablo en Gálatas 5, el fruto el Espíritu? Es un
pasaje fantástico, hay mucho que podría decir, pero diré algunas pocas porque, una vez más, me
parece que las personas entienden mal esto. Pablo dice que están las obras de la carne, todas esas
cosas horribles que hacen de la sociedad un mal lugar en que estar, que arruinan familias, etc.:
inmoralidad, ira, violencia, celos, maldad, y todo eso. Y luego dice que “aquellos guiados por el
Espíritu no están bajo ley”, o “no están bajo la ley”, y nosotros instintivamente entendemos esto
mal.
30 Escuchar el Nuevo Testamento es a veces como tocar un instrumento musical en una acústica
incorrecta —se necesita una buena acústica para hacer que un instrumento “hable”
apropiadamente; o quizá, para cambiar la imagen sólo un poco, es como estirar unas cuerdas de
violín sólo que en lugar de hacerlo en un violín, que tiene un cuerpo sonoro adecuado, hacerlo
sobre un bloque de concreto y preguntarse por qué la música no suena bien. Cuando las personas
escuchan “los guiados por el Espíritu no están bajo la ley”, instintivamente vuelven al rechazo
del siglo XIX a la ontología, es decir, de las reglas, en favor de la cultura de la espontaneidad:
“Soy guiado por el Espíritu así que no hay reglas, hago lo mío; y el Espíritu me va a guiar: todo
va a salir bien”. No, eso es precisamente lo que Pablo no está diciendo. El punto es en realidad
que es un fruto. Y de nuevo, no sé mucho sobre golf, sé menos todavía de jardinería, pero sí sé
esto: si tan sólo siembras un árbol frutal, tendrás suerte si obtienes más fruta de la que sembraste
ahí. Si quieres que el árbol dé fruto tendrás que trabajar, ayudar al árbol a dar fruto.
31 Sé que los predicadores hacemos sermones sobre obras versus fruto, y que es como árboles de
navidad versus manzanos; he escuchado ese sermón docenas de veces, yo mismo lo he dado una
o dos: intentar ser bueno por tu propio esfuerzo es como ponerle adornos al árbol de Navidad —
sabemos que no crecen allí, pueden verse bonitos por un tiempo, pero pronto el árbol se va a
morir y los adornos se caerán, y eso es moralismo de autoayuda. Y por cierto, todo lo que he
dicho viene bajo la rúbrica —sólo en caso de que haya alguien con ansiedades reformadas
particulares esta noche, seguramente no—, todo lo que digo viene bajo la rúbrica del “por gracia
a través de la fe”. Esto es solamente por gracia y solamente a través de la fe, todo ocurre dentro
de ese marco de referencia. Pero la gente dice, “la fruta sí crece del manzano, esa es la
diferencia: si eres cristiano eres un árbol frutal, y por tanto sucederá automáticamente”. Eso
está muy bien, pero el fruto del espíritu no crece de forma automática.
32 Permítanme leerles un párrafo del libro: “Las nueve variedades del fruto —amor, alegría, paz,
paciencia, amabilidad, bondad, humildad, fidelidad, dominio propio— no aparecen de repente
sólo porque alguien cree en Jesús, ora pidiendo el Espíritu de Dios, y luego se sienta a esperar
que venga el fruto”. Está bien, para comenzar quizá haya cambios dramáticos: estuve el otro día
con un hombre que pasó la mayor parte de su juventud en la cárcel —de adolescentes o
adultos—, y cuando salió era un barra brava de fútbol, robaba autos y hacía toda clase de cosas
inmorales, bebía y se drogaba, y que casi muere a causa de su vida tremendamente licenciosa. Y
unos cristianos lo encontraron agonizando en un banco en un parque y oraron por él, fueron a
verlo al hospital y oraron por él, hablaron con los doctores y enfermeras y oraron por él, y
mejoró. Y cuando se mejoró, se preguntó qué era lo que hacían estos cristianos. Ahora ese
hombre es un cristiano maravilloso —gracias a Dios— y trabaja en el mundo carcelario para
decir a los jóvenes del noreste de Inglaterra, donde vivo, “por favor, no vivan así”. Su testimonio
es que en los primeros días de su fe, cuando no tenía para nada formación cristiana, ocurrían
cosas en su vida en las que descubrió que sí quería ser diferente, que sí quería hacer cosas que
nunca había querido, como leer la Biblia: “¿Para qué hacer eso?”. Y no quería hacer algunas de
las cosas que antes había hecho por instinto. Sí hay cambios dramáticos, estos sí ocurren cuando
las personas se convierten, gracias a Dios la nueva vida del Espíritu sí fluye, pero esa es la flor.
Para obtener el fruto hay que ser un jardinero: hay que descubrir cómo cuidar y podar, descubrir
cómo regar el campo, descubrir cómo mantener alejados a las aves, las ardillas y los roedores,
vigilar a los pulgones y al moho, extirpar la hiedra y otros parásitos que le chupan la vida al
árbol, asegurarse de que el tronco del árbol esté firme cuando vengan los vientos fuertes; sólo
entonces aparecerá el fruto.
33 Y en caso de que piensen que eso suena deprimente, que estoy imponiendo una nota extraña
de falsa externalidad a la maravillosamente espontánea, espiritual, alegre imagen de Pablo del
cristiano despreocupado, noten la última característica de la lista: amor, alegría, paz, paciencia,
amabilidad, bondad, fidelidad, humildad, dominio propio. Cuando era estudiante de pregrado
escuché un sermón que entonces no me gustó, pero que ahora creo que es verdad, en que el
predicador decía que todos los frutos de Espíritu son fácilmente falsificables en los jóvenes
felices y sanos, excepto el dominio propio. ¿No es interesante? Todo va bien: el sol brilla, tienes
buenos amigos a tu alrededor, mucho que hacer —estudiar, hacer deporte, escuchar música,
pasarla bien, divertirse— mucho amor, alegría y paz… ¿Dominio propio? Tal vez no tanto.
34 Pero como con la visión de Platón de las virtudes, antes de Aristóteles, también con el fruto.
Noten que la palabra fruto está en singular: no es los frutos del Espíritu. Una vez, después de una
reunión muy complicada en la universidad de Oxford, donde yo trabajaba, uno de mis colegas
me dijo: “Sé que nuestro Señor nos dijo que seamos astutos como serpientes e inocentes como
palomas, pero siendo personas ocupadas, algunos encontramos aconsejable especializarnos”. No
se puede hacer eso. O se tienen todos o no se tiene ninguno. Si el árbol no va a dar las nueve
variedades del fruto, hay que cuestionarse si es el artículo genuino.
35 Podríamos hablar de ellos, pero es interesante, por ejemplo, la alegría. Alegría no es felicidad.
Alegría y felicidad a menudo van juntas, pero la alegría es mucho más profunda y rica que la
felicidad. La alegría es el fruto de la profunda convicción de que Jesús fue resucitado de entre los
muertos.
36 Otra historia de taxistas: estaba en Londres hace unas semanas y me quedé atascado en un
embotellamiento. Ahí estaba, sentado, aburrido, vestido de obispo más de lo que estoy ahora: la
camisa púrpura, el cuello, etc. Y el taxista miró atrás y me preguntó:
—“¿Es vicario?”.
—“No, obispo en realidad”.
—“¿Iglesia de Inglaterra?”.
—“Sí”.
—“Yo soy católico. ¿Tienen dificultades actualmente con las obispos mujeres, no?”
—“Sí, estamos teniendo dificultades con las obispos mujeres”.
Y dijo:
— “La forma en que lo veo yo es esta: si Dios resucitó a Jesús de entre los muertos, todo
el resto es básicamente rock and roll”.
Saqué mi BlackBerry y le mandé un mensaje a mi colega en casa: “Nunca vas a adivinar lo que
acabo de oír”. Y él me respondió: “Ahí está tu sermón de Pascua de Resurrección, en bandeja”.
Y así fue; está en Internet, lo pueden buscar.
37 La alegría requiere esfuerzo, hay que reflexionar. No es: “Dios resucitó a Jesús, está bien, lo
creemos”, y después te vas a pensar en otra cosa. Los primeros cristianos eran perseguidos,
golpeados, expulsados de las ciudades, incomprendidos, denigrados; pero cuando estudias sus
escritos y su vida común, estaban alegres, porque sabían que algo había ocurrido en la realidad
de espacio, tiempo y materia resultado de lo cual el mundo era un lugar diferente, y que ellos
estaban invitados a ser parte. Eso es alegría.
38 Y en medio de todas las demás —ya casi termino, el tiempo se acaba, sólo quiero decir unas
palabras sobre esto. Porque algunas de estas variedades del fruto del Espíritu, en particular la
paciencia y el amor, están entre las cosas que nadie en el Mundo Antiguo (y comparativamente
pocos en el mundo moderno) pensaban como virtudes. Hay una publicidad de teléfonos móviles
en Inglaterra que dice: “La impaciencia es una virtud”. Y hay un teléfono que hace todo mucho
más rápido y eso es lo máximo: “La impaciencia es una virtud”. La impaciencia no es una
virtud, cualquier tonto puede ser impaciente, no se requiere esfuerzo para ser impaciente.
(Créanme, yo sé). Es como la camiseta: “Por favor, Dios, dame paciencia, ¡y la quiero ahora
ya!”.
39 En el Mundo Antiguo había cuatro virtudes cristianas que nadie más consideraba virtudes. La
paciencia es una. La humildad es otra, el hombre que se hacía a sí mismo de Aristóteles era lo
que se suponía debía ser. No: miras más allá de ti mismo al Dios que te hizo, y a tu prójimo, en
amor. No piensas en ti mismo, te pierdes a ti mismo en eso, es maravilloso. Paciencia, humildad,
castidad —nadie pensó nunca que el autodominio sexual fuera buena idea (“Consigue todo lo
que puedas”) y el único problema en el Mundo Antiguo con el comportamiento sexual era si
había un cónyuge celoso que te atrapara— y caridad. Nadie más en el Mundo Antiguo pensaba
que fuera buena idea cuidar a otras personas aparte de tus propios parientes o familia. Los
cristianos sí, y fue una de las principales razones de porqué el evangelio se propagó. Nadie más
había soñado antes con comportarse así, mucho menos hacer de eso un hábito, mucho menos
hacerlo el centro de su vida. Eso es lo que hacemos: somos personas que nos amamos los unos a
los otros y cuyo amor sale hacia el mundo.
40 Y ahí es donde quiero terminar. Algunos escriben sobre la virtud como si fuera algo personal,
como si los cristianos hicieran esto para poder ser una comunidad pura, y quizá si el mundo nota
que hay personas comportándose de forma extraña, lo van a hacer también. Pero no puede ser
así. Si de lo que estamos hablando es de genuina humanidad, y si estamos pidiendo estos hábitos
del corazón, la mente, el alma y las fuerzas, entonces esto debe fluir hacia afuera, debe
convertirnos en ciudadanos mejores y más sabios. No para coludirnos con las tonterías de allá
afuera: para criticar donde sea apropiado, pero también para celebrar. Pablo dice, “regocíjense
con los que se regocijan y lloren con los que lloran”, y lo que quiere decir es que deben estar
afuera en las calles. Y dice en Filipenses, “todo lo que es noble, puro, verdadero, amable,
cualquier virtud, cualquier cosa digna de alabanza, piensen en ello”. Hay muchas cosas que
celebrar en el mundo. Y luego dice, “lo que han aprendido, recibido, oído y visto en mí, eso
hagan, y el Dios de paz estará con ustedes”.
41 Verán cuál es el punto: nosotros somos parte de esa gran cosa llamada raza humana, y Dios la
ama. Y nosotros debemos reflejar ese amor y honrar el hecho de que Dios haya hecho y esté
haciendo tanto en el mundo a través de personas que no lo conocen, porque Dios es bueno y
produce belleza y sabiduría de todas clases. Pero el cristiano está llamado al estilo de vida que
dice, “esto es diferente, esta es la forma diferente de ser humano”. Y las dos van de la mano:
debemos colaborar sin transigir y criticar sin dualismo. Debemos ser el pueblo de Dios haciendo
brillar su luz hacia el mundo, no para menospreciar al resto del mundo y decir, “pobres, están en
la oscuridad”. Hay oscuridad allá afuera; a veces, trágicamente, hay oscuridad aquí dentro
también. Debemos ser gente que haga brillar esa luz, que refleje la luz de Dios hacia el mundo,
ser gobernantes y sacerdotes, y hacer eso a través del entrenamiento del carácter, de la fe, la
esperanza y el amor: seguir a Jesús, que es nuestro llamado como cristianos. Eso es lo que quería
decir, mi tiempo acabó. Muchas gracias.