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Rousseau y Su Noción de Civilización

Rousseau considera que el estado de naturaleza original del hombre era de pureza e inocencia, pero que la civilización generó vicios, conflictos y desigualdad. Propone un contrato social donde los individuos se dan a todos renunciando a su voluntad particular pero ganando la voluntad general, que mira por el interés común. La soberanía reside en el pueblo como único soberano legítimo.
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Rousseau y Su Noción de Civilización

Rousseau considera que el estado de naturaleza original del hombre era de pureza e inocencia, pero que la civilización generó vicios, conflictos y desigualdad. Propone un contrato social donde los individuos se dan a todos renunciando a su voluntad particular pero ganando la voluntad general, que mira por el interés común. La soberanía reside en el pueblo como único soberano legítimo.
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Rousseau considera la civilización a partir de un modelo degenerativo.

La historia
de los hombres deviene desde un idílico Estado de Naturaleza hasta la Civilización
corrupta del Antiguo Régimen. Sin embargo, para Rousseau el Estado de
Naturaleza no es algo histórico, es más bien un “artificio”, una “construcción
mental” o una hipótesis de trabajo. Se trataría de imaginar cómo sería la vida del
hombre al margen de toda sociedad organizada y de toda noción de Estado.
Según Roussseau, el hombre en el Estado de Naturaleza es naturalmente
inocente, solitario, libre e independiente. El apareamiento se produce por
encuentros casuales y la relación madre-hijo perdura hasta que el niño puede
valerse por sí mismo. Los hombres viven en el presente, sin noción de futuro. Su
mayor preocupación es la propia conservación y la supervivencia. Son
egocéntricos, pero su egocentrismo se ve compensado por su “compasión
natural”: sienten espontáneamente piedad ante las penurias de otros seres
humanos. En el Estado de Naturaleza los deseos de los hombres coinciden con
sus necesidades naturales y por tanto son limitados, simples y se satisfacen
fácilmente. Cierto que hay desigualdades de tipo físico como la edad o la fuerza,
pero dada la simplicidad de las necesidades, la independencia de los individuos y
la abundancia de bienes, dichas desigualdades no son objeto de competencia ni
son por tanto determinantes para la supervivencia.
2. Rousseau entiende que la descripción de Hobbes referida al hombre en el
estado de naturaleza, refiere en realidad al hombre moderno, a quien lo juzga
encadenado y alienado de su ser original. Las ciudades son entendidas como los
abismos de la humanidad, lo que cobra sentido a partir de considerar su simpatía
por el modelo de la polis griega. Rescata como principal valor humano a la virtud,
a la que define como la ciencia sublime de las almas simples, y que se aprecia
cuando un individuo se escucha a sí mismo; es decir, a su propia conciencia.
Entiende al hombre moderno alienado de la noción de virtud y atormentado
consigo mismo.
La comunidad es el principal instrumento de moralización y representa, en
consecuencia, el valor moral más alto. Para Rousseau el estado de naturaleza es
un estado original de pureza, degenerado por un proceso de civilización que
desarrolló vicios, conflictos, pasiones y desigualdad. Es por ello que entiende
como erróneo atribuir esta degeneración al estado de naturaleza, como lo hacen
otros filósofos como Hobbes o Locke. El hombre natural es perfecto; raramente se
enferma; tiene pocas necesidades y no tiene relaciones sociales permanentes. En
el estado de naturaleza el hombre se ama a sí mismo y está vinculado a las
principales leyes naturales: la autoconservación (opuesta al amor propio que se
adquiere en la sociedad civil y da lugar a la competencia, rivalidad, conflicto y
desigualdades) y la piedad hacia los seres sensibles. El contrato tiene como clara
finalidad el volver a reivindicar el amor a sí mismo a través de una nueva sociedad
y un nuevo hombre. El hombre natural es un ser independiente. Por el contrario, el
hombre en sociedad es entendido como dependiente.

3. En El contrato social, Rousseau establece la posibilidad de una reconciliación


entre la naturaleza y la cultura: el hombre puede vivir en libertad en una sociedad
verdaderamente igualitaria. El problema fundamental es “Encontrar una forma de
asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común proporcionada por la
persona y los bienes de cada asociado, y por la cual cada uno, uniéndose a todos
los demás, no se obedezca más que a sí mismo, y permanezca, por tanto, tan
libre como antes”.
La solución reside, según Rousseau, en un contrato social basado en la
enajenación de todas las voluntades, de forma que cada uno recupere finalmente
todo lo que ha cedido a la comunidad. De este modo, dándose cada individuo a
todos, no se da a nadie, y no hay ningún miembro de la sociedad sobre el que no
se adquiera el mismo derecho que se cede. Se gana en equivalencia lo mismo
que se pierde, adquiriendo mayor fuerza para conservar aquello que cada cual
posee.
El contrato será, pues, expresión de la voluntad general. La voluntad general es
distinta de la simple voluntad de todos porque no es una mera totalización
numéricamente mayoritaria de las voluntades particulares y egoístas, cuya
resultante es siempre el puro interés privado. La voluntad general, en cambio, es
siempre justa y mira por el interés común, por el interés social de la comunidad,
por la utilidad pública. De esa voluntad general emana la única y legítima
autoridad del Estado.
A diferencia de toda monarquía absoluta, o de toda forma de poder autocrático,
con el ejercicio de la voluntad general la soberanía residirá en el pueblo. Esta
soberanía es, por tanto, absoluta, dado que no depende de ninguna otra autoridad
política, no estando limitada nada más que por sí misma; es inalienable, dado que
la ciudadanía atentaría contra su propia condición si renunciara a lo que es
expresión de su propio poder; y, finalmente, es indivisible, ya que pertenece a toda
la comunidad, al todo social, y no a un grupo social ni a un estamento privilegiado.
El pueblo, partícipe de la soberanía, es también al mismo tiempo súbdito, y debe
someterse a las leyes del Estado que el mismo pueblo, en el ejercicio de su
libertad, se ha dado. Se concilian así libertad y obediencia mediante la ley, que no
es sino concreción de la voluntad general y alma del cuerpo político del Estado. La
cuestión de quién dicta las leyes la resuelve Rousseau con la figura del legislador,
que será “el mecánico que inventa la máquina”.
Los principios hasta aquí expuestos constituyen las ideas básicas de los dos
primeros libros de El contrato social. Parten de una situación histórica y sirven
para diseñar la hipótesis jurídica del tránsito del estado natural al estado civil, de
forma tal que el hombre pierde su libertad natural, pero gana la libertad civil,
circunscrita a la voluntad general, y su igualdad natural no queda destruida por
una sociedad que le es impuesta, sino que es reemplazada por la igualdad moral.
En los dos últimos libros, Rousseau trata del gobierno, al que define como un
“cuerpo intermediario establecido entre súbditos y el soberano para su mutua
comunicación, a quien corresponde la ejecución de las leyes y el mantenimiento
de la libertad tanto civil como política”. Su poder ejecutivo es delegado por el único
soberano, el pueblo, y sus miembros podrán ser destituidos por ese mismo sujeto.
Rousseau parece preferir la democracia como forma de gobierno, considerando
conveniente su aplicación, especialmente para los pequeños estados. De hecho,
la constitución de un estado como el postulado por Rousseau se parece a la
democracia ginebrina de su época, en la que las leyes eran propuestas al pueblo
soberano por un número limitado de magistrados. Pero Rousseau sostiene
también un cierto relativismo que le hace considerar que no existe una forma de
gobierno apta para todos los países, si bien, en todo caso, cualquier forma de
gobierno debe ser expresión de la voluntad general de la ciudadanía para ser
legítima.

Finalmente, Rousseau considera las condiciones del sufragio y las elecciones;


propone la antigua Roma como modelo para impedir las transgresiones, y termina
con la necesidad de fundar una religión civil, entre cuyos dogmas positivos
figurarán la santidad del contrato social y las leyes establecidas como expresión
de la voluntad general. Esta religión civil tendría un único dogma negativo: la
intolerancia.

Las teorías contenidas en El contrato social ejercieron una acción decisiva en la


evolución del pensamiento político y moral del mundo moderno; influyeron sobre
numerosos pensadores (como Kant y Fichte) y en la misma Revolución francesa
de 1789, que adoptó un lema de inspiración rousseauniana (“Igualdad, Libertad,
Fraternidad”) y que intentó, en varias ocasiones, especialmente en la constitución
de 1793, seguir las líneas esenciales de la doctrina jurídica del contrato social. La
Declaración de los Derechos del Hombre hallaría también en sus ideas una de sus
fuentes de inspiración.

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