El Fútbol Americano en las Instituciones de Educación Superior en México
El texto a continuación expuesto profundiza en las condiciones sociales que han
afectado el desempeño de los equipos de fútbol americano universitario en México
desde la perspectiva de los cambios sociales experimentados desde mediados del
siglo XX hasta la el principio del siglo XXI. No obstante, Iniciaremos ahora por
comprender las razones por las cuales nos alegra o entristece que nuestro equipo
gane o pierda, con la finalidad de comprender el porqué aunque quisiéramos, nos
resulta casi imposible mantener una actitud indiferente hacia nuestros equipos
representativos.
¿Porqué nos afecta que nuestros equipos representativos pierdan?
La respuesta es sencilla, por que eso nos afecta personal y emocionalmente, por
que afecta nuestro sentimiento de orgullo y de identidad individual y colectiva. Por
que no nos gusta perder. Porque en el deporte hay una implicación afectiva.
El acto deportivo es un enfrentamiento agonal1,”una competencia estructurada
mediante un sistema de reglas que requiere de un desenlace en el que para que
haya un triunfador es imprescindible la existencia de un perdedor” (García, 2002).
Esto significa que en el campo del deporte hay un interés específico primordial
consistente en vencer.
Así, la contienda deportiva constituye un combate cuya tensión por el desenlace
final exige casi de inmediato la implicación emocional de los propios contendientes
y del conjunto de espectadores y seguidores del evento. Esta implicación propicia
a su vez una adscripción afectiva hacia los deportistas entre los bandos
contendientes, en diferentes grados y manifestaciones. “A través del acto
deportivo se pone en marcha un proceso comunicativo mediante el cual se
transfiere identidad” (García, 2002) de los antagonistas en contienda hacia los
espectadores de la misma. Al esfuerzo de los antagonistas se suma el del
conjunto ampliado de espectadores y seguidores (conjunto ampliado de
antagonistas) implicados emocionalmente y formado por sujetos pertenecientes a
alguna colectividad originaria, simpatizante o representada por los competidores;
como es el caso de cualquier institución de educación superior.
De modo tal, que la competencia deportiva se convierte en un entramado social de
significados entre los cuales la conformación de identidades colectivas, el
establecimiento de rivalidades, la comparación social y la validación de jerarquías,
alimenta la práctica deportiva con contenidos no estrictamente materiales sino
simbólicos como los conflictos institucionales, regionales, étnicos, religiosos, de
género y de proyectos nacionales, entre otros. Recordemos las escenas de los
Juegos Olímpicos en los que las nuevas naciones independientes como Lituania o
Estonia aparecieron para presentar sus proyectos nacionales; o el júbilo y apoyo
1
La palabra agón proviene del griego agonía que significa lucha entre la vida y la muerte. El
agonista, es el luchador y el antagonista es el adversario en la lucha. Mateos (1977).
mostrado a la delegación de Iraq; o la consolidación de China como potencia
económica y deportiva.
De esta manera, la identidad deportiva forma parte de una identidad colectiva en
la cual se crean referentes comunes de lenguaje, emblemas, costumbres, ideas,
mitos, creencias y consumos entre otros. “Las colectividades son entidades
abstractas que necesitan que unos símbolos recuerden a sus miembros que
forman parte de ellas, que las distingan o afirmen su existencia a ojos de las otras”
(Brohm, 1982).
Bajo esa orientación se entiende que las actividades culturales como el deporte
juegan un papel fundamental al fomentar la identificación, adhesión y cohesión de
la comunidad, con una serie de signos alegóricos que remiten a significados
concretos, aunque ausentes de manera explícita durante la contienda. Entonces,
el orgullo colectivo se alimenta con lo considerado por “nosotros ganado” a través
de los logros de “nuestro equipo o de nuestro deportista” o de los que “ellos”
defienden. De alguna manera “el deporte constituye el emblema simbólico, el
escudo de una sociedad respecto a sus adversarios potenciales” (Brohm, 1982)
Eso es lo que representa para nosotros los “universitarios” el conjunto de símbolos
creados por las tradiciones deportivas: el significado de ser Puma, Burro, Águila,
Borrego, Tigre, Azteca, etc., de pertenecer a una colectividad, a una institución y lo
que representa esa institución. Los símbolos deportivos: las mascotas, los himnos,
los colores, las porras, la vestimenta, los estadios, ponen en marcha ese proceso
comunicativo de transferencia de identidad, que reúne al conjunto ampliado de
antagonistas (de luchadores), o sea la comunidad universitaria, congregada en la
comunión de intereses y en las recompensas que éstos proveen, de manera tal
que la comunidad produce y reproduce el interés, la creencia y los símbolos que la
caracterizan.
Por eso no nos gusta perder, porque sentimos que es mucho lo que hay en juego:
porque estamos involucrados nosotros mismos, nuestra institución y aquello en lo
que creemos. Porque al competir deportivamente las instituciones educativas
entran en espacios simbólicos de comparaciones generalizadas. Por que el
deporte competitivo toma un carácter simbólico en el ámbito de la competencia
entre instituciones de educación superior, y en consecuencia, tales competencias
constituyen espacios en los cuales se disputa el prestigio institucional.
Por que aunque sepamos que un éxito deportivo no significa inherentemente la
supremacía institucional, sin embargo, la manera de tratar dicho éxito y de
acuerdo con una construcción de argumentos y procesos históricos específicos, es
posible convertir el hecho en un símbolo e imputarlo como significado a otros
factores relacionados, como la supremacía académica por ejemplo, y construir una
imagen o representación social de la institución a partir del prestigio creado.
Hasta aquí de esta primer reflexión. A continuación analizaremos la conformación
y evolución sociales del fútbol americano en México y del porqué las cosas están
como hoy en día.
¿Cuándo y porqué surgió el fútbol americano en México?
Es posible identificar cuatro periodos en el decurso histórico del campo 2 del fútbol
americano en México, cuya evolución expresa las condiciones sociales de la
formación misma de la sociedad. El primero del surgimiento abarcó de 1927 a
mediados de la década de 1940. El segundo, el de la preeminencia de las
instituciones educativas públicas que inició a mediados de la década de 1940,
transcurrió durante el periodo del desarrollo estabilizador y concluyó al finalizar la
década de 1960. El tercero del preludio del cambio, comprendió de principios de la
década de 1970 y concluyó hacia 1992, cuando inició el cuarto y actual periodo
marcado por la diversificación de la educación superior y la preeminencia de las
instituciones educativas privadas.
El surgimiento
La génesis del deporte en México inició, como en muchas otras naciones, con la
introducción de una serie de prácticas deportivas a finales del siglo XIX y
principios del XX, producto de la expansión territorial, económica, política y cultural
de las grandes potencias del siglo XIX. Particularmente, el deporte llegó a México
por la influencia directa de los Estados Unidos dada su proximidad y por el
acercamiento con Francia prevaleciente en el Porfiriato.
Durante las primeras décadas del siglo XX se crearon en la Ciudad de México una
serie de asociaciones atléticas y clubes deportivos entre los estratos urbanos altos
y medios con la finalidad de practicar los deportes aprendidos por muchos de sus
miembros durante sus estancias fuera del país o por la influencia directa de
extranjeros residentes en México. De igual modo, los colegios de elite introdujeron
los ejercicios físicos y las prácticas deportivas como parte de sus actividades
curriculares.
Estas prácticas deportivas acompañaron al periodo del México posterior a la
Revolución Mexicana y coincidieron con el país de la efervescencia de las
reivindicaciones sociales, de los movimientos obreros, el de la educación socialista
y del nacionalismo en el arte. Fue pues este el preámbulo de la formación de la
imagen mítica del México que miró hacia el progreso, hacia la modernización de
sus instituciones y de su planta productiva, hacia la constitución de un proyecto de
nación que una vez más quiso dejar atrás su pasado indígena, rural y atrasado,
para reemplazarlo por un futuro moderno, urbano e industrializado.
2
La noción de campo es entendida como el espacio cultural de relaciones sociales, en el cual
tienen verificativo una serie de actividades y en las que intervienen individuos, grupos e
instituciones.
En ese contexto, se construyeron espacios deportivos (estadios, hipódromos,
albercas), se formaron asociaciones atléticas, e incrementó el número de
deportistas. México participó en los Juegos Olímpicos, se editaron revistas y
secciones periodísticas especializadas en deportes, se confeccionó ropa deportiva
y surgió un lenguaje técnico y cotidiano específico. Consecuentemente, se
introdujeron y fortalecieron varios deportes como la natación, el frontón, el fútbol
soccer, el tenis, el básquetbol, el béisbol y el fútbol americano.
Específicamente, la práctica del fútbol americano como deporte había iniciado
entre los estudiantes universitarios de los Estados Unidos de Norteamérica
durante la década de 1860 como una derivación del rugby inglés. Muy pronto logró
expandirse en todo el territorio de aquella nación y consolidarse como un deporte
netamente “norteamericano” y estudiantil. Fue a finales del siglo XIX y principios
del XX cuando su influencia llegó a México por parte de los norteamericanos
residentes en nuestro país y por los mexicanos que viajaron a estudiar a los
Estados Unidos o que huyeron de la Revolución Mexicana y posteriormente se
repatriaron (Morales, 1996).
Al parecer, la llegada del fútbol americano a México se inicio con un par de
encuentros a finales del siglo XIX en Jalapa, Veracruz y en Guadalajara, Jalisco,
pero no fue sino hasta 1927 cuando comenzó su práctica organizada en la Ciudad
de México entre jóvenes pertenecientes a diversas instituciones educativas y
asociaciones atléticas, cuyo interés por replicar el modelo extranjero tan popular
entre los estudiantes norteamericanos, los llevó a formar equipos dentro de las
instituciones y organizaciones a las cuales pertenecían, como la Universidad
Nacional, el Club Deportivo Internacional (CDI), el Colegio México, el Centro
Atlético de México (CAM), la Asociación Cristiana de Jóvenes (YMCA), los obreros
ferrocarrileros (empresa norteamericana cuyos supervisores impulsaron el
surgimiento del equipo), algunos jóvenes de origen estadounidense residentes en
México y algunos otros equipos que se organizaron en las barriadas.
Para 1931 se jugó el primer “campeonato nacional”, llamado así a pesar de que
participaron exclusivamente los equipos radicados en el Distrito Federal, y
después de éste se crearon otros equipos. En 1936 surgió el representativo del
Instituto Politécnico Nacional (año en el que se jugó el primer clásico Politécnico-
Universidad) y el Club Atlético Suizo (CAS); en 1937 fue creado el equipo de la
Universidad Obrera; y en 1938 el de la Universidad Autónoma de Chapingo.
Quizá el comienzo de esta práctica deportiva en las instituciones educativas no fue
motivado por un serio convencimiento de la “importancia” o “bondades” del fútbol
americano al interior de éstas, sino más bien resultó de la respuesta a las
demandas de los estudiantes y a la gestión política de algunos interesados en
incorporar uno de los modernos deportes en las escuelas de educación superior,
tal como sucedía en los Estados Unidos de Norteamérica. Posiblemente el interés
específico durante el periodo del surgimiento del fútbol americano en México
consistió precisamente en la modernización vía deportiva de los sujetos e
instituciones, simbolizado por la práctica deportiva.
El capital deportivo: una costosa condición de ingreso y permanencia en el campo
Una vez iniciado el sistema de competencias y dado el creciente interés, la
práctica del fútbol americano se popularizó entre los jóvenes de los estratos
medios urbanos de la Ciudad de México durante las décadas intermedias del siglo
XX (1940 a 1969) y en especial entre los estudiantes de la Universidad Nacional
Autónoma de México y el Instituto Politécnico Nacional. La popularidad y
“rivalidad” entre ambas instituciones marcó una época e imprimió una dirección
específica en la práctica de este deporte que se convirtió en el signo
representativo del deporte universitario. Tanto fue así que en el mural de la
Biblioteca Central de la UNAM, el deporte universitario se encuentra representado
por un jugador de fútbol americano (extremo inferior derecho del costado poniente
del mural).3
Durante los primeros años de la liga, el sistema de competencias del fútbol
americano fue dominado por la Universidad Nacional Autónoma de México
derivado del capital deportivo movilizado por el equipo. Este capital se constituyó
por la suma de los capitales social, físico, económico y simbólico acumulados, o
sea, el origen social de los deportistas, el desarrollo de su capacidad deportiva, la
competencia laboral de sus entrenadores, los apoyos económicos para el equipo
como viajes, capacitación, equipo, ropa, instalaciones, entrenadores y médicos,
entre otros; y la imagen social del equipo; es decir, la identificación, el prestigio y la
popularidad de éste y de la Universidad.
Por ejemplo, en el tiempo del inicio de la liga de fútbol americano, el empresario
estadounidense Arthur Constantine, iniciador y promotor de este deporte en
México, consiguió gran cantidad de recursos adicionales para el equipo de la
Universidad Nacional entre amigos y funcionarios de las empresas petroleras
radicadas en México, lo que permitió al equipo disfrutar de instalaciones
adecuadas, competir en los Estados Unidos contra equipos de mayor calidad e
incrementar la experiencia de sus jugadores y entrenadores. Al parecer este apoyo
también incluyó el pago de becas en dinero a los jugadores, con lo cual se cooptó
a los mejores prospectos disponibles en ese entonces. La ayuda propició las
condiciones favorables para el arranque del equipo y lo dotaron con un capital
deportivo perdurable a pesar del retiro de los apoyos por el distanciamiento con
las empresas obligado por la expropiación petrolera.
Los resultados de los torneos se mantuvieron a favor de la Universidad hasta que
en 1945 el equipo representativo del Instituto Politécnico Nacional reunió el capital
deportivo suficiente para derrotar al equipo universitario –el Politécnico también
recibió recursos y realizó giras por los Estados Unidos–. Para entonces quedó
3
Ningún otro deporte estudiantil experimentó la popularidad de éste en la Capital del país, y tal vez continúe
siendo uno de los deportes estudiantiles más vistos. No obstante, vale reconocer que el conjunto de las
prácticas deportivas universitarias, es más amplio y que la popularidad alcanzada por alguna disciplina
deportiva, no la coloca por encima de las demás, simplemente atiende a las condiciones que en un momento
permitieron lograr esa popularidad.
implícitamente establecido que el campeonato nacional se disputaría entre los
equipos que reunieran el mayor capital deportivo posible, por lo que en 1947 la
composición de los equipos de la liga cambió en la medida en que las grandes
instituciones educativas públicas prácticamente monopolizaron el campo con su
«elitismo» y desplazaron del panorama a los equipos de club, debido a una “clara
ventaja en cuanto a la solvencia de los gastos que implicaba un equipo en el
máximo nivel” (Morales, 1996). La acumulación y movilización del capital deportivo
se volvió excluyente y exclusivo de los equipos cuya manutención fue asegurada
por las instituciones públicas. Así, tanto el Politécnico como la Universidad
establecieron su dominio al hacer del capital deportivo una costosa condición de
ingreso y permanencia en la liga.
Cuando los equipos de club se retiraron de la liga, sus jugadores interesados en
continuar con la práctica deportiva del fútbol americano emigraron hacia las
instituciones públicas gracias a las favorables condiciones competitivas ofrecidas.
Al respecto, cabe aclarar que desde el inicio los equipos de la UNAM y del IPN
habían albergado en sus equipos representativos a muchos jóvenes estudiantes
de otras instituciones educativas públicas y privadas. Tal como lo dejan ver las
declaraciones del coach Manuel Neri, ex entrenador de la UNAM y último
entrenador del equipo de la Universidad Autónoma Metropolitana Campus
Iztapalapa (UAM-I), “Si a mí me hubieran dicho en 1976 que no iba a poder contar
con jugadores externos jamás hubiera venido (con el equipo de las Panteras de la
UAM-I). Porque hasta los equipos de las escuelas públicas más importantes del
país, UNAM e IPN históricamente se han nutrido de talento externo” (El Universal,
2003)
Lo que en sustancia muestra dos cosas al menos. Primero, que la organización
social del fútbol americano, se ha sustentado en parte por el origen y las
condiciones sociales y económicas de los sujetos que lo practican organizados, al
menos hasta antes de llegar a la educación superior, porque ya en este nivel han
sido las instituciones las encargadas de financiarlo; es decir de sustituir
parcialmente o complementar los recursos necesarios para su práctica, puesto
que una parte siempre recae en las familias de los jugadores o en los esfuerzos
que estos mismo realizan.
Segundo, que la adopción de este deporte por las instituciones educativas se debe
a factores como la respuesta política a las demandas de los estudiantes, a la
influencia de promotores particulares, a los apoyos económicos conseguidos, y tal
vez a la réplica de condiciones de desarrollo institucionales “modernas” y que
tienen que ver con modelos culturales, factores que influyeron de modo parecido
en el surgimiento del deporte en Inglaterra y Francia (Bourdieu, 2000, Elias, 1996).
En síntesis, la adopción y sostenimiento de un modelo deportivo o de una
disciplina tiene que ver con la movilización del capital político, económico y social
en condiciones específicas. Con esto quiero decir que debemos dejar de pensar
en que en el deporte no hay una dimensión o racionalidad política y social además
de las económicas y emocionales. Por supuesto que las hay. Los deportes no
surgen de la nada, por el sentimiento del deportivismo en sí mismo. Lo hacen
porque hay alguien que promueve su creación y sostiene su evolución por medio
del soporte económico, la incidencia política y la creación de redes sociales, entre
otros factores. Si el deporte del fútbol americano despuntó a mediados del siglo
XX en la Universidad fue gracias a redes sociales que hicieron a éste preeminente
sobre otros deportes. Ésta, me parece una enseñanza que debemos obtener de la
evolución de los deportes en la sociedad.
Pumas vs Poli: la rivalidad que marcó una época
Dada la posesión de los capitales deportivos específicos, la UNAM y el IPN, se
convirtieron en las instituciones preeminentes en el sistema de competencia del
fútbol americano en México. Los resultados de los campeonatos obtenidos por
ambas instituciones públicas corroboraron el dominio del campo durante 37 años.
De 1933 a 1944 la Universidad obtuvo 12 campeonatos nacionales consecutivos y
sólo fue derrotado en 1945 por el Politécnico. De hecho, desde 1933 y hasta 1970,
el número de campeonatos nacionales fue prácticamente repartido entre los
equipos del Instituto Politécnico Nacional y el de la Universidad Nacional
Autónoma de México, con la excepción del México City College que en 1949 ganó
el campeonato nacional. Después de mediados de los años cuarenta y hasta el
inicio de los años setenta, sólo pudieron destacar otras instituciones públicas
similares como el Heroico Colegio Militar y la Universidad Autónoma de Chapingo.
Durante el transcurso del periodo referido, el fútbol americano quedó casi por
completo en manos de las instituciones educativas públicas, cuyas rivalidades
deportivas marcaron el inicio de las tradiciones de la época y de una forma
simbólica de identificación institucional. Bajo esta óptica, las agrupaciones
deportivas fungieron como redes conformadas por sujetos cuya interrelación creó
un entramado de significados para aquellos que incorporaron el estilo de vida
deportivo en primera instancia, pero conforme estos signos fueron transferidos,
difundidos e incorporados en los estilos de vida del resto de la comunidad
universitaria, la significación se amplió a toda la institución.
Por ejemplo, fue práctica común el que las mascotas de los equipos universitarios
de fútbol americano se convirtieran en la insignia de las instituciones. Así fue el
caso de la UNAM que adoptó como símbolo al Puma, que Roberto “Tapatío”
Mendez, entrenador de fútbol americano, había elegido como mascota del equipo;
de igual modo pasó con el burro blanco del IPN y el borrego del Tec de Monterrey.
Con tales precedentes, puede considerarse que las agrupaciones deportivas
fungen como redes de creación y difusión de significados, y que, derivado de la
transmisión de esta identidad, las comunidades universitarias se convierten en el
conjunto ampliado de antagonistas implicados emocionalmente con sus atletas
representativos y con su institución. De manera tal que, cuando gana el equipo
representativo, gana la comunidad y la institución, por lo que el triunfo deportivo se
convierte en el triunfo colectivo. Así, la cultura institucional alimentada en parte por
los símbolos deportivos se ve enriquecida con sentimientos y experiencias que la
abrazan y ofrecen a los individuos un orgulloso sentimiento de pertenencia.
A su vez los triunfos deportivos pueden propiciar la validación de jerarquías y en
ocasiones dependiendo del contexto, pretenden reproducir distancias sociales. Por
ejemplo, durante décadas el “Clásico Politécnico-Universidad”, fue el encuentro en
el que la UNAM y el IPN midieron sus fuerzas y las repetidas victorias de la
primera parecían reafirmar una imagen de superioridad institucional y social . En
este sentido, también el cine mexicano ilustró, en más de una ocasión, historias
que reunieron varios de los elementos simbólicos de la convergencia del deporte
en las instituciones de educación superior. Narraciones basadas en las historias
de estudiantes aspirantes a doctor, abogado o ingeniero, que además de “buenos
hijos”, eran deportistas disciplinados y entregados. Filmes cuyo relato reforzó la
imagen de la esperanza fincada en la movilidad social posibilitada por la
educación superior, la reafirmación de las bondades del modelo educativo-
deportivo, la confianza en el progreso y el deporte como copartícipe de la
formación integral y de la superación de los jóvenes. Sin embargo, también
expresaron en algunas ocasiones la distancia social al presentar estudiantes
universitarios como “niños bien” con carro y vestidos de traje, mientras que a los
politécnicos los presentaron en condiciones sociales y económicas inferiores. 4
En este orden de ideas resulta importante destacar la manera en la que los
medios de comunicación como la televisión, el radio, la prensa, así como el cine,
inciden en la difusión y reproducción de formas sociales de identificación,
valoración, estigmatización y de encumbramiento de las figuras deportivas,
orientadoras, en cierta medida, en la formación paradigmática de estilos de vida
con características simbólicas de estándares de ideales sociales que orientan los
espacios vitales y las expectativas de realización social de los sujetos.
Estas reflexiones permiten comprender que si bien por un lado las agrupaciones
deportivas contribuyeron a la formación de las tradiciones y aportaron elementos
para la conformación de identidades institucionales y hasta sociales, dichas
rivalidades institucionales no fueron productos únicos y directamente derivados del
antagonismo deportivo. En realidad, el antagonismo deportivo derivó de las
diferencias de proyectos, así como de otras divergencias en los campos social y
político, entre las dos instituciones educativas más grandes del país.
Tampoco podemos considerar que fue la popularidad del fútbol americano la
causa directamente determinante del prestigio institucional, sino que fueron la
popularidad y el prestigio de ambas instituciones, por los proyectos socio-
culturales que han representado, los que propiciaron que los enfrentamientos del
fútbol americano se convirtieran en populares apologías 5 de la rivalidad
institucional. No obstante, los enfrentamientos deportivos efectivamente
4
Al respecto resulta representativa la película protagonizada por Adalberto Martínez “Resortes” en el
personaje de “Policarpio” jugador del “Poli” y María Victoria, en la cual se exhibe el antagonismo entre el
Politécnico y la Universidad, así como el anhelo de presentar a ambas instituciones trabajando juntas por el
bienestar del país en la canción entonada al finalizar con la frase “Pumas-Poli ganará”.
contribuyeron a reproducir dicho estatus, alimentaron el orgullo colectivo y la
identidad institucional con los emblemas, triunfos e imágenes de éxito social, al
mismo tiempo que reprodujeron las diferenciaciones sociales y políticas
concomitantes entre las instituciones de educación superior preeminentes.
En resumen, si bien la rivalidad deportiva no creó por sí misma una diferencia, si la
expresó, reprodujo y alimentó con contenidos simbólicos específicos. Quizá el
objeto en juego para la UNAM y el IPN siempre ha consistido en jugarse el orgullo
institucional; así, en términos generales y abstractos, en el reconocimiento de la
superioridad deportiva del oponente.
“No es un juego más ni un clásico más. Es la actualización del eterno
antagonismo entre dos pasiones, dos corazones y dos orgullos
institucionales. Se trata del duelo entre el padre y la madre del fútbol
americano en México” (Reforma 1995).
El “Clásico Regio” otra dimensión de la realidad
En este apartado se incorpora una dimensión más, a la explicación del campo del
fútbol americano universitario en México que tiene que ver con la imagen de éxito
social, muy presente actualmente, pero poco atendida durante el periodo de la
preeminencia de las instituciones de educación superior públicas; aunque
existente desde entonces.
Esta dimensión remite la lucha por los recursos en un mercado de consumidores
de servicios educativos, donde las instituciones de educación superior “juegan” por
ocupar espacios en el ámbito de las expectativas de éxito social para captar
alumnos y financiar sus programas académicos. Pugnas por el reconocimiento
social, peleas por la expansión y ocupación del espacio de las posiciones y las
elecciones de los estudiantes: clientes potenciales del servicio.
Tal vez la manifestación de esta expresión inició con la rivalidad entre la
Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) y el Instituto Tecnológico de
Estudios Superiores de Monterrey (ITESM), cuyos equipos fueron creados en la
década de 1940, pero no fue sino hasta 1969 cuando ambos compitieron en el
torneo nacional, por lo que no se manifestó la pugna entre sectores público y
privado en el torneo nacional con la misma fuerza con la que manifiesta hoy en
día.
De la misma forma que el clásico capitalino Politécnico-Universidad, el “clásico
regio” disputado entre los “Borregos” del Tec los “Tigres” de la UANL, ha
significado en el estado de Nuevo León un encuentro en el que por décadas dos
universidades han luchado por su orgullo institucional. Sin embargo, este
encuentro ha presentado en su historia una característica más: el enfrentamiento
5
Apología. En el sentido simbólico constituye una figura, mediante la cual, por una serie de signos
alegóricos, se simboliza una realidad social mediante otra que la expresa o la representa fuera de
su comúnmente asociado.
entre sistemas educativos público y privado. Si bien en la Ciudad de México la
rivalidad entre estratos sociales podía presentarse de forma velada, en el clásico
regiomontano dicha competencia mostró desde el principio de forma abierta dos
visiones del mundo coexistentes pero divergentes. A continuación vamos a
explicar como funciona esta pugna por el reconocimiento social y como influye en
el mercado de consumidores de servicios educativos.
La pugna por el reconocimiento social
Al parecer, las “imágenes” del éxito social de las instituciones de educación
superior actúan como puentes hacia el mundo exterior, ya que gracias a su
prestigio y reputación pueden articular redes sociales a su alrededor, como por
ejemplo las comunidades de egresados o las familias de los estudiantes, para
atraer nuevos estudiantes y estar en una mejor posición para obtener recursos.
En este orden de ideas, el prestigio de una institución adquiere particular
importancia cuando de atraer recursos se trata. Si pensamos a la universidad
como una especie de “fábrica” de reconocimientos sociales que emite titulaciones
y se alimenta al mismo tiempo de su reputación social, entonces podría suponerse
que el éxito de sus programas académicos y otros de difusión como los grupos
deportivos, influyen de alguna manera sobre los esquemas de representación y
disposiciones de las personas con respecto a la elección de las instituciones
educativas. Si bien es cierto la presencia de múltiples factores que influyen en las
personas para decidir por alguna universidad en particular uno de ellos consiste
indiscutiblemente en las posibilidades económicas, al ser los estilos de vida,
sistemas de disposiciones socialmente constituidos, entonces las imágenes de
éxito institucional en conjunción con las posibilidades objetivas (económicas y
académicas), alimentan a estos sistemas de representaciones y disposiciones de
tal manera que orientan las decisiones de los sujetos sobre la universidad a
escoger.
Así, el campo del deporte universitario, entre otros, como parte constitutiva de las
culturas institucionales, ocupa un lugar relevante en la formación de la reputación
y de las tradiciones universitarias, y por tanto, en la imagen social del éxito de la
institución expuesta a la comparación y jerarquización en las valoraciones
colectivas de los individuos y en las elecciones académicas.
Esto quiere decir que hay construcciones simbólicas expuestas a la colectividad,
expositoras de una imagen de lo que es y/o puede ser el éxito social, los estilos
privilegiados de vida, las expectativas de progreso, las orientaciones vocacionales,
las posibilidades de empleabilidad y la calidad de las instituciones educativas, que
entran en relación con los esquemas de disposiciones y sentido práctico, e
influyen en las tomas de decisión de los sujetos de acuerdo con las
comparaciones entre lo que el sujeto quiere, o cree que quiere, y lo que de la
institución educativa se ofrece o se espera. En otras palabras, si el simbolismo de
la representación social de la institución educativa cumple las expectativas y
aspiraciones del sujeto.
El sistema deportivo universitario norteamericano resulta ser un ejemplo notable
de la participación de las actividades deportivas en la construcción de la imagen
institucional, dada su enorme difusión comercial. Incluso se ha mostrado que el
éxito de los equipos representativos presenta una fuerte correlación con el récord
ganador de éstos y el número de solicitudes de ingreso a la institución educativa.
Mientras más ganador sea un equipo o exitoso un programa deportivo, mayor será
el número de solicitudes de ingreso al periodo posterior al evento deportivo (cita).
Quizá el éxito deportivo no constituya el factor dominante en la elección final del
consumidor por una universidad en particular, pero tal vez sea cierto que las
imágenes de éxito o fracaso alimenten la representación social de las instituciones
educativas, por lo que éstas pueden aprovechar tal representación como
estrategia de posicionamiento en el campo respectivo. De tal suerte que las
universidades crean un espacio de enfrentamientos y comparaciones simbólicas a
través de competencias deportivas también podrían ser artísticas o de otra
índole, en las que su “imagen” y “orgullo” estén en juego.
En tal sentido, los triunfos deportivos podrían ser comprendidos como triunfos
simbólicos en tanto que el éxito deportivo llevado a otra dimensión y colocado
como significado objetivamente imputable a otro fenómeno social diferente, provea
a la institución de un capital bajo la forma prestigio social, factible de ser
reconvertido y capitalizado social, política y económicamente. Entonces el
prestigio académico pudiera ser suplantado por la figura del éxito deportivo y
traducido como superioridad institucional, debido al “prestigio” logrado en el
segundo aspecto. Sin embargo, nuevamente debe recordarse que el alcance de la
influencia del deporte universitario, forma parte del conjunto de factores y
procesos que conforman a la imagen institucional y que co-determinan el conjunto
de condiciones posibles de la configuración del campo.
El contexto social del cambio
A principios de la década de 1970 se acentuaron algunos cambios en la sociedad
mexicana, en el papel de la universidad pública y en la imagen de ésta, cuya
continuidad aún ahora se resiente. La expansión de la cobertura (masificación) por
parte de la Universidad Nacional Autónoma de México y del Instituto Politécnico
Nacional durante la década de 1970 fue una experiencia traumática para las
prestigiadas universidades públicas tradicionales, además de los conflictos
laborales, las prolongadas huelgas y paros de trabajadores y estudiantes durante
la década de 1980; y a ellos se suma ulteriormente el paro de 1999.
En este contexto las instituciones privadas avanzaron al ofrecer una alternativa
atractiva para los estratos urbanos medios de la población con posibilidades de
acceder a la educación superior, que a pesar de significarles mayores esfuerzos
económicos, no deseaban ingresar a las instituciones públicas. Esta oferta se
dirigió a atender el creciente auge por las carreras administrativas, comerciales,
financieras, de informática y tecnológicas, que atendieron a la creciente demanda
de educación superior (resultante a su vez de la explosión demográfica que
empezaba a modificar la distribución de la población entre los grupos de los
jóvenes en edad escolar), al mismo tiempo en que abrieron opciones para atender
las tendencias y progresivas demandas de las transformaciones mundiales en
ciencia, tecnología, comunicaciones, preeminencia de criterios de mercado, de
eficiencia, apertura y competitividad, entre muchos otros que llegaron aparejados
con la expansión de la llamada globalización y las políticas económicas liberales.
La creación de nuevas instituciones de educación superior, públicas y privadas, el
fortalecimiento de las instituciones privadas ya existentes y el daño a la imagen de
las universidades públicas tradicionales, coincidieron en un ambiente en el que
“La identidad de muchas de las instituciones privadas establecidas en la década
de los setenta –fue– autorizada por una crítica al sector público. Por lo tanto, las
universidades mexicanas en los años setenta y principios de los ochenta pueden
ser vistas como arena de una lucha compleja entre grupos profesionales y
disciplinarios en asociaciones matizadas con partidos políticos, órdenes dentro de
la iglesia católica, e intereses corporativos” (Kent y Ramírez, 2002).
En realidad la expansión de la oferta de la educación privada, así como las críticas
al sector público provinieron del proceso de expansión del sector privado durante
el periodo iniciado en la década de los setenta. Dicha avanzada constituyó la
expresión de una transformación de mayor envergadura en la sociedad mexicana,
proveniente de procesos sociales de mayor duración y amplia cobertura, cuyas
razones se encuentran arraigadas profundo en nuestra historia social, en la
relación con el mundo y que coinciden y se aceleran con las diferentes coyunturas.
En este sentido, investigadores como Cristina Puga (1993) y Miguel Basáñez
(1990) han dado cuenta de la manera en la que se presentó y sigue
presentándose una “lucha por la hegemonía” entre grupos políticos y sectores
público y privado en la historia reciente de México, en la cual, la iniciativa privada
asumió un papel más activo a partir de la década de 1970, derivado del encono
con el gobierno de Luis Echeverría Álvarez y del asesinato de Eugenio Garza
Sada empresario líder del grupo Monterrey. Consecuentemente, los empresarios
manifestaron públicamente sus críticas hacia los gobiernos “populistas” y
expresaron sus diferencias ideológicas en cuanto al manejo de la política y la
economía, al mismo tiempo en que incursionaron en la administración pública, así
como en contiendas electorales para ocupar cargos de elección popular. Estas
críticas se sumaron a otras lanzadas desde adentro de la clase política tradicional
por funcionarios formados en México y en el Extranjero bajo esquemas del
pensamiento económico liberal y conservador.
Estos sucesos abrieron espacios de abierta crítica y oposición a las instituciones
públicas y gubernamentales, estigmatizadas como subsidiadas, populistas,
altamente ineficientes y costosas, y en el caso específico de las universidades
como altamente politizadas con sindicados anquilosados inhibidores del desarrollo
institucional, llenas de “porros” y pseudoestudiantes, sobrepobladas, de baja
calidad académica y planes de estudio atrasados que aparentemente desatendían
las necesidades del sector productivo. A diferencia, según se argumentaba, de las
universidades privadas que de acuerdo con el sector productivo no presentan
estas características y si lograban la articulación con el sector productivo.
Aunado a las críticas lanzadas desde el sector educativo y desde la administración
pública, durante finales de la década de 1980 y principios de la década de 1990 el
mercado laboral de las empresas privadas contribuyó a deteriorar la imagen de las
universidades públicas, en especial la de la Universidad Nacional Autónoma de
México (UNAM) y la del Instituto Politécnico Nacional (IPN), con la negación a la
contratación como parte de las políticas de las empresas, e incluso con la
negación de entrevistas de trabajo por medio de anuncios clasificados en los
periódicos para solicitar profesionistas, en los que aparecían frases como “UNAM
y Politécnico inútil presentarse”. Todavía, algún diario publica resultados de
encuestas anuales –elaboradas por trabajadores del mismo diario– en las que se
asegura que “las empresas e instituciones que contratan a los profesionistas
prefieren a los egresados de las universidades privadas” (Reforma, 2004).
De tal suerte, parece que la identidad institucional forjada en las universidades
públicas y privadas, fue constituida también durante las tres décadas más
recientes por otra referencia social caracterizada por la crítica a las escuelas
superiores del sector público y el elogio a las escuelas del sector privado.
La adopción de un discurso económico liberal cuyos argumentos (internos o
externos, fundados o infundados) culparon de las crisis recurrentes al desmedido
tamaño del aparato burocrático y a las políticas “populistas” aplicadas,
implementaron una serie de políticas y programas orientados a reducir el “aparato”
estatal y a propiciar el crecimiento del sector privado (expansión iniciada ya unos
años atrás). Uno de los resultados de toda esta reestructuración, iniciada con la
administración de Miguel de la Madrid y acentuada con Carlos Salinas y Ernesto
Zedillo, consistió en la gradual transformación del sistema de educación superior
en México, y el crecimiento del sector privado de las instituciones de educación
superior, incrementado durante la década de 1990.
Durante esta década la oferta privada alcanzó dimensiones notables: en 1990 las
instituciones de educación superior privadas absorbieron el 17.4 por ciento de la
demanda de licenciatura; para el 2002 su participación alcanzó 33 por ciento, eso
significó la duplicación en 10 años; mientras que la matrícula de las instituciones
privadas creció 180 por ciento, la matrícula de las públicas se incrementó 33 por
ciento en el mismo lapso (Muñoz y Rodríguez, 2000). Específicamente entre 1992
y 2002, se presentó un “boom” en la proliferación de escuelas particulares y un
fortalecimiento de las instituciones de educación privadas más antiguas como el
Tecnológico de Monterrey, cuya expansión abarca toda la República Mexicana, las
universidades Iberoamericana, Anáhuac, de Valle de México, Panamericana, de
las Américas e Instituto Autónomo de México, por mencionar algunas.
La reunión de estos elementos en el contexto social de la educación superior,
junto con otros específicos en el fútbol americano durante el mismo periodo, nos
ayudarán a comprender parte de las condiciones actuales del sistema de
competencia.
La transformación silenciosa en la adscripción de los jugadores
Las transformaciones sociales, políticas y económicas trajeron ciertas
consecuencias al campo del deporte universitario. En el plano deportivo los
movimientos estudiantiles de los sesenta y los setenta, la participación de los
“porros”, así como las prolongadas huelgas de la década de 1980, y el inicio de la
expansión de la educación superior privada, resonaron en el sistema de
competencia del fútbol americano.
Si bien los estudiantes y sindicatos aparecieron como entes conflictivos y
perjudiciales para el desarrollo de las instituciones y del país, en especial los
jugadores de fútbol americano y muchos de sus aficionados fueron señalados
como “porros” pertenecientes a grupos de choque en contra de estudiantes y
profesores. El incremento de la violencia en los estadios disminuyó drásticamente
el número de aficionados asistentes a los encuentros, incluso algunos juegos se
cancelaron por la falta de garantías para la seguridad de los aficionados y más
aún de los no asistentes a los juegos, debido a continuos daños ocasionados a
personas y comercios en vías públicas (Morales 1996).
En el plano competitivo, la década de 1970 se caracterizo por la división del
equipo de la UNAM en tres representativos debido a las presiones ejercidas en la
liga para equilibrar la competencia dado el dominio de aquella institución (Morales,
1996), y por la incursión al torneo nacional de los equipos del Tecnológico de
Monterrey y de la Universidad Autónoma de Nuevo León, quienes dominaron la
liga durante gran parte de la década junto con el equipo del club “Acción
Deportiva” (apoyado por la entonces Dirección de Acción Deportiva del
Departamento del Distrito Federal) (Morales, 1996). De 1970 a 1977 estos tres
equipos obtuvieron seis campeonatos de los ocho disputados. Ello significó que si
bien la UNAM y el IPN dominaron el campo durante décadas, esto cambio cuando
incursionaron tres equipos con el suficiente capital deportivo para competir contra
las tradicionales potencias deportivas.
Para 1978 los equipos del Tecnológico de Monterrey y de la Universidad
Autónoma de Nuevo León se retiraron del torneo debido a la violencia e
inseguridad en los estadios y a las presiones en la liga por la desventaja ante las
becas ofrecidas a jugadores superiores al promedio de los nacionales. Por su
parte, el equipo de. “Acción Deportiva” dejó de recibir recursos del Departamento
del Distrito Federal y fue incorporado al Instituto Politécnico Nacional. A partir de
1978 y hasta 1992, el balance de los campeonatos y las finales jugadas favoreció
nuevamente a las instituciones tradicionales. Ningún equipo fuera de la
Universidad o el Politécnico logró ganar algún campeonato en 15 años. Una vez
más la liga se sostuvo básicamente por la participación de los equipos de las
instituciones públicas tradicionales, como casi siempre había sido; la UNAM llegó
a tener hasta cinco equipos representativos (Águilas Reales, Cóndores, Guerreros
Aztecas, Huracanes y Osos) y el Politécnico otros seis (Águilas Blancas, Pieles
Rojas, Cheyenes, Búhos, Ola Verde y Lobos).
En el transcurso de este periodo (1978-1992) sucedió paulatinamente una
transformación silenciosa en la filiación educativa de los jugadores en el
subcampo del fútbol americano universitario capitalino. Algunos de los jugadores
integrantes de los equipos campeones del Politécnico (Águilas Blancas y Pieles
Rojas) y sobre todo de la Universidad Nacional (Cóndores y Osos), ya no
estudiaban en ellas. Al parecer los efectos del desprestigio de las instituciones de
educación superior públicas y el despunte del sector privado empezaron a influir
en la orientación de las decisiones de los estratos medios de la población; quizá,
en esos sectores a los cuales habían pertenecido tradicionalmente muchos de los
jugadores de mayor calidad en el fútbol americano.
Tal vez, poco a poco algunos de los sujetos con recursos para estudiar la
licenciatura, practicantes de fútbol americano, se retiraron hacia las universidades
privadas, pero continuaron jugando en las instituciones tradicionales, tal vez
porque seguían representando las mejores opciones para continuar la práctica el
deporte de su preferencia en el nivel de liga mayor y mantener la posibilidad de
ganar los campeonatos; también porque formaban parte de las imágenes ideales
del éxito deportivo incorporadas en sus estilos de vida; y porque la mayoría de
ellos habían sido iniciados en esta disciplina por los entrenadores provenientes del
Politécnico y de la Universidad, quienes reprodujeron el interés y el mundo de
creencias de ese espacio vital.
Desde este punto de vista, los jóvenes prospectos para jugar la Liga Mayor del
fútbol americano en México, y de hecho en cualquier nivel superior de cualquier
deporte, crecen asistiendo a los eventos competitivos, viéndolos por televisión,
escuchando las narraciones radiofónicas, leyendo las noticias deportivas,
incorporando las imágenes, el lenguaje, la ropa, deseando ser una figura deportiva
o pertenecer al equipo admirado. Por que, además de que en las competencias se
lleven a cabo procesos de implicación afectiva y comunicativos de transmisión de
identidad, también el campo del deporte difunde los modos de ser, de actuar y de
pensar al mundo que forman los estilos de vida propios del campo del deporte,
mismos que orientan cierto tipo de posibilidades de realización personal y de
satisfacción de aspiraciones sociales como el del cuidado del cuerpo, la
preservación de la salud o los deseos de triunfo y éxito sociales.
El aspecto medular desde un punto de vista netamente deportivo, consiste en
comprender que los deportistas prospectos crecen deseando jugar en el equipo
campeón, debido quizá a la orientación del modelo de vida a seguir, en el cual, el
éxito social se encuentra relacionado al triunfo en diversos aspectos de la vida
como en el deporte (o tal vez el deporte reafirma el rasgo exitoso del triunfador).
Por el contrario no se desea perder, por lo que no se pretende jugar en un equipo
perdedor, ni ser adepto a un perdedor. Se cree en las recompensas sociales
brindadas al triunfador tales como el reconocimiento social bajo las formas
reputación y prestigio, se cree en los privilegios y recompensas, resultado de la
orientación de expectativas y posibilidad de satisfacer necesidades sociales a las
cuales el deporte ha contribuido a generar.
En el deporte universitario las disciplinas deportivas, los equipos y las instituciones
educativas se encuentran relacionados en un nodo simbólico de aspiraciones
sociales en el que los intereses, las creencias, los objetos en juego y el capital,
toman formas específicas. El deporte genera algunas de las expectativas y la
educación otras. Ambas representan las posibilidades de reconocimiento social,
movilidad y ofrecen cumplir las aspiraciones del éxito. Son estas formas de
realización (individual y colectiva), las que se integran en el nodo simbólico y, son
éstas, las que orientan las aspiraciones específicas de los sujetos inmersos. De
ser así, los sujetos involucrados en el campo del deporte universitario guiarían sus
elecciones con base en dos referentes principales: los equipos campeones (o con
posibilidad de serlo) y las instituciones de educación superior donde poder
formarse. Las variables objetivas de posibilidad efectiva para alcanzar la meta
dependerían de los recursos económicos de la familia, de las aptitudes atléticas y
deportivas de cada sujeto, de las opciones académicas ofrecidas y las
perspectivas de empleabilidad, entre otras que puedan descubrirse.
La transformación silenciosa en el sistema de competencias
Durante el transcurso de la década de 1970 y 1980 en la que parecía que el
dominio del subcampo del fútbol americano se mantenía pese a algunas
dificultades en las grandes instituciones públicas, paralelamente sucedieron dos
procesos que a la larga prepararían el terreno para la transformación de las
condiciones de competencia.
El primero consistió en que a partir de la década de 1970 surgieron un gran
número de clubes privados que expandieron la práctica del fútbol americano
infantil y juvenil en la zona metropolitana del Valle de México y ganaron muchos
adeptos entre las familias cuyos recursos les permitieron sufragar el costo y crear
un ambiente diferente al experimentado en los equipos de las instituciones
públicas. La mayoría de esos clubes, surgieron como escisiones de los equipos
infantiles y juveniles que se habían creado en la Universidad y el Politécnico.
Durante finales de las décadas de 1970 y 1980, los “semilleros” de algunos
equipos de liga mayor, sobre todo los de la universidad, perdieron fuerza mientras
los clubes la ganaron (entre ellos se encuentran: Pumitas, Gamos, Leones,
Destroyers, Bucaneros, Redskins, Comanches, Perros Negros y Raiders entre
otros). De esos clubes salieron los jugadores que alimentaron a los equipos de liga
mayor de las instituciones públicas; aquellos campeones de 1978 a 1992, cuya
formación, filiación e identidad institucional iba alejándose cada vez más de las
escuelas públicas.
El segundo proceso inició en la década de 1980, pero sobre todo a mediados de
ésta. Dos instituciones educativas privadas retomaron sus programas deportivos
de fútbol americano, reforzándolos con becas académicas (parciales y completas).
El Tecnológico de Monterrey y la Universidad de las Américas (UDLA, antes
Mexico City College) trabajaron en el reclutamiento de los jugadores interesados
en practicar el fútbol americano y estudiar su carrera académica en una
“prestigiada” universidad privada.
Los jugadores salieron principalmente de los clubes privados arriba mencionados
debido a las características de las asociaciones, a saber: concentraban a
jugadores con buena calidad de capital físico disponible en la zona geográfica
donde más se practica el fútbol americano en toda la República Mexicana: la zona
metropolitana del Valle de México; concentraban a miembros de los estratos
medios urbanos con jóvenes en edad de elegir profesión universitaria e institución
y con posibilidad de sufragar los gastos (inversión) de las colegiaturas; y, porque
precisamente aquellos equipos proveían a las escuelas públicas, lo que significaba
al mismo tiempo evitar su continuo reabastecimiento. En muchos casos los
jugadores también provinieron de los “semilleros” de las instituciones públicas
debido a la carencia de reglamentación al respecto (a lo que se le ha llamado
piratería de jugadores).
Al principio algunos de los jugadores destacados rechazaron las becas debido al
persistente interés por jugar en la UNAM o en el IPN, para ganar un campeonato y
jugar un “Clásico”. Sin embargo, con el tiempo el creciente desprestigio de las
universidades públicas (huelgas, paros, sobrepoblación), las escasas expectativas
de empleabilidad de sus egresados (“UNAM y Politécnico inútil presentarse”), la
oleada de críticas al sector público y el ofrecimiento de los “beneficios” del sector
privado, orientaron las decisiones de los prospectos, no sólo para aceptar las
becas ofrecidas, sino para buscarlas como medio de ingreso a las escuelas
privadas y apoyar a sus familias con la reducción de los gastos. Gradualmente el
capital deportivo de los equipos representativos de las universidades privadas se
fortaleció con el capital físico de sus atletas mientras que el capital de los equipos
en las escuelas públicas disminuyó.
A partir de 1993 y en adelante, la balanza de campeonatos obtenidos, así como
los juegos finales, semifinales y la proporción en la participación de equipos en los
torneos nacionales, se inclinó casi por completo hacia el lado de las instituciones
privadas. En los doce años transcurridos de 1993 a 2004, los equipos
representativos de las escuelas privadas han ganado los 12 campeonatos
nacionales, es decir, todos. De los once juegos finales en este periodo, sólo en
cuatro ocasiones han participado instituciones públicas (el IPN en 1993, la UNAM
en 1995 y la UANL en 2001 y 2002). Para el 2003, siete equipos de los diez que
conformaron la conferencia más fuerte de la Liga Mayor pertenecieron a escuelas
particulares (o al menos campi de éstas, ya que el sistema ITESM contaba con
cinco de los siete equipos referidos), lo cual ha significado el mayor porcentaje de
participación de equipos representativos de las escuelas privadas en la categoría
de Liga Mayor en su conferencia más fuerte. La mayor parte de los equipos
representativos de las instituciones privadas ingresaron o reingresaron a la
conferencia de los “Diez Grandes” durante la década de 1990 y lo que va de la
primera del 2000 (ITESM Monterrey, UDLA, ITESM Laguna, ITESM CEM, ITESM
Toluca, ITESM Ciudad de México y Colegio Tepeyac). No obstante para 2004 el
ITESM campus Laguna anunció el retiro de su equipo de la Conferencia de los
Diez Grandes debido a la baja rentabilidad (quizá en prestigio institucional y
económica) que éste les reportaba.
En resumen, la historia deportiva de los doce años más recientes de la liga de
fútbol americano coincidió con el proceso de crecimiento y mayor expansión de la
educación superior privada en México. Al comparar el proceso de transformación
de la liga, con los años de mayor crecimiento de las universidades privadas (1990-
2002), se observa una alta correspondencia a partir de la década de 1990 y lo que
va de la primera del 2000, entre el número de equipos que ascendieron a la liga,
los campeonatos obtenidos por parte de los equipos representativos de escuelas
privadas y el crecimiento porcentual de la matrícula en estas instituciones.
De igual manera puede constatarse que otros equipos participantes durante el
periodo referido representativos en su mayoría de instituciones públicas,
presentaron una participación irregular en la liga por sus constantes ascensos y
descensos de nivel (de la Conferencia Nacional a la de los Diez Grandes),
resultado de los problemas sufridos para mantener la exigencia del nivel
competitivo. Incluso en 2003 la Universidad Autónoma Metropolitana decidió
cancelar la participación de su equipo representativo debido al elevado costo de
su manutención y a los magros resultados obtenidos recientemente.
En síntesis, a partir del cambio en el espacio de las instituciones de educación
superior sucedió un cambio en el espacio del deporte universitario del fútbol
americano, lo que ha provocado cambios en los resultados de los campeonatos
obtenidos y en las condiciones de la competencia. En el próximo artículo
expondremos la respuesta de entrenadores y jugadores ante el problema y el
ambiente percibido en los medios de comunicación.
El ambiente actual: ¿Quiénes juegan? y ¿Qué se juega?
Ante la pérdida de competitividad, los equipos de las instituciones públicas se han
preguntado por la causa, y con frecuencia han atribuido el éxito de unos y el
fracaso de otros únicamente al ofrecimiento de becas; es decir, al fenómeno
deportivo por sí mismo, sin analizar el contexto social “extra deportivo”. Aunque
resulta evidente que la captación del talento deportivo incide definitivamente en la
mayor calidad de los equipos a los cuales se refuerza. También resulta evidente el
cambio en la sociedad mexicana y por lo tanto el cambio en las condiciones de la
competencia, experimentado durante los años recientes; por lo que tal vez las
respuestas dadas no han sido lo suficientemente efectivas, dada también la
comprensión incompleta del problema o de las nuevas condiciones de
competencia.
Por ejemplo, algunos entrenadores de las escuelas públicas consideraron que el
camino a seguir consistía en ofrecer dinero a los mejores prospectos para
retenerlos, o en reducir el número de becas ofrecidas por las escuelas privadas.
Sin embargo, esto propició un acercamiento interesado por parte de los jugadores:
“cuánto me das para que yo juegue en tu equipo”, ni tampoco disminuyó el deseo
por jugar y estudiar en una escuela privada. Aunque si bien es cierto que el
ofrecimiento de becas deportivas ha sido un poderoso imán para atraer jugadores
a las universidades privadas, también es cierto que muchos jugadores se han
acercado por iniciativa propia sin el ofrecimiento de becas, buscando el prestigio
deportivo del equipo por los campeonatos obtenidos recientemente y el prestigio
académico creado por la institución educativa.
En este orden de ideas se debe recordar que si bien al principio del ofrecimiento
de las becas no todos los jugadores se fueron con ellas (y que tampoco ahora lo
hacen), las generaciones recientes de jugadores de liga mayor han crecido
durante los 11 años más recientes, viendo a los equipos del Tecnológico de
Monterrey y de la Universidad de las Américas, ganar los campeonatos y en
consecuencia deseando jugar con ellos. Además, muchos de ellos han buscado la
oportunidad de estudiar en las instituciones de educación superior privadas y han
encontrado en las becas ofrecidas por el desempeño deportivo una oportunidad
para lograrlo. Incluso, algunas familias fomentan en sus hijos el alto desempeño
desde las categorías infantiles. Entre los padres se escucha decir “a mi hijo le
ofrecieron beca en la UDLA” ó “mi hijo está becado en el Tec”, como sinónimo de
calidad deportiva: “es tan bueno, que los campeones lo quieren”. De igual manera
se escucha decir a algunos jugadores “de cualquier manera quiero estudiar allá
(en el TEC o en la UDLA), pero si me dan la beca mejor”.
Una vez más los medios de comunicación han contribuido a mostrar y reproducir
lo sucedido en el campo. Las notas deportivas expresan la rivalidad “públicas vs
privadas” con encabezados como “Retan realidad. Las universidades públicas
sueñan con pelear de tú a tú con las instituciones privadas, cuyo dominio en la
ONEFA crece cada año” (Reforma, 2003), o “Privilegian ricos en la ONEFA.
Millonarios presupuestos destinados a los programas y pirateo de jugadores” (El
Universal, 2003). De igual manera la transmisión de los partidos por televisión, a
través de empresas de señal exclusiva por Cable o Micro ondas, mencionan en
cada una de las transmisiones frases como “las escuelas públicas no trabajan y
las privadas si, por eso ganan los campeonatos”, “es que en las públicas hay
muchas grillas y por eso no avanzan”.6
Los entrenadores de las universidades públicas propusieron una división en la liga.
Sin embargo, las escuelas privadas no aceptaron tal división. Uno de los
entrenadores del ITESM estado de México argumentó “no nos pueden hacer eso.
Ellos (los equipos de las escuelas públicas) legitiman el fútbol americano con su
6
Comentarios hechos durante la transmisión del campeonato entre el equipo del ITESM campus Monterrey y
la UNAL, el 14 de noviembre de 2002, por el canal ESPN2 de Cablevisión.
tradición”7. Esta declaración muestra la necesidad de competir para establecer
jerarquías y distinciones entre los antagonistas, léase instituciones educativas
públicas y privadas. Sabemos lo importante de ganar en el deporte, pero no
resulta igual superar a cualquiera, sino a las instituciones tradicionales, a aquellas
que han ocupado el mayor espacio de las representaciones sociales simbólicas de
la educación superior en México. Por eso se necesita competir contra ellas, para
ocupar los espacios que éstas han ocupado tradicionalmente en las
representaciones simbólicas del éxito social, especialmente entre los estratos con
posibilidades de sufragar los costos por los servicios de la educación superior
privada.
Ello significa que los factores incidentes en la transformación del campo van más
allá del plano competitivo y se relacionan con la complejidad de la transformación
experimentada por la sociedad mexicana, además de las acciones específicas que
las universidades privadas emprendieron en el campo del deporte universitario.
En el mundo de los jóvenes en edad de elegir alguna institución de educación
superior, las posibilidades para elegir escuela y para practicar algún deporte se
han multiplicado recientemente y, asimismo se ha diversificado la interpretación
del sentido y de la ubicación del los satisfactores sociales. Además, se ha abierto
un amplio abanico de posibilidades académicas de estudios profesionales y
prácticas deportivas; por lo cual, quizá podamos pensar en la probabilidad de
hallar intereses y deseos diversificados, con lo que las formas tradicionales de
pensar las soluciones a los problemas que se creían tradicionales ha cambiado y
requieren de nuevos y creativos planteamientos.
Para ello habrá que tener en claro que el campo de la educación superior para las
instituciones privadas constituye un mercado de consumidores en el que se
compite por estudiantes y sus estrategias para obtener recursos difieren de las
estrategias de las instituciones públicas. Las segundas operan fundamentalmente
con subsidio del Estado y por tanto no compiten por estudiantes porque no viven
de sus colegiaturas; sus frentes de batalla en la lucha por los recursos difieren. Sin
embargo, las instituciones privadas, que si necesitan del financiamiento privado,
acuden al mercado de consumidores para atraer estudiantes mediante múltiples
estrategias y, una de ellas ha consistido en la construcción de imágenes exitosas
al incursionar en los mercados familiares y juveniles de los estratos urbanos
medios.; y ha sido precisamente en las grandes urbes donde más se ha
incrementado la oferta de la educación superior privada (y no sólo de ésta sino de
la media superior y de la básica (Kent y Ramírez, 2002).
Tal vez fue por ello que el fútbol americano estudiantil se convirtió en un foro
adecuado para la expansión de la presencia de la educación privada, porque a
éste espacio social concurren precisamente los estratos medios urbanos. Los
jóvenes y las familias en los cuales se puede influir en la elección, dadas las
orientaciones de satisfacción de sus aspiraciones y expectativas. Por eso, el
7
“A estudiar el emparrillado”, Entrevista al entrenador en jefe del ITESM campus Estado de
México, Enrique Borda. Reforma, 18 de julio de 2003, sección deportes.
espacio del fútbol americano universitario en México puede ser entendido como un
foro en el cual las instituciones de educación superior han concurrido para
establecer distinciones y validar jerarquías, con el objetivo de ocupar espacios de
representación social en beneficio de su posición en el espacio de la educación
superior.
Asimismo, el deporte universitario como parte constitutiva de las culturas
institucionales ha acompañado al proceso de formación de imágenes exitosas de
las universidades que han concurrido al espacio deportivo en busca de nutrir su
prestigio institucional. Dicho prestigio se ha convertido en una especie de capital
simbólico que favorece la representación social de las instituciones, desplegada
en el imaginario colectivo de quienes se encuentran en el espacio de la práctica
deportiva y fuera de ella.
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