Carrigan Lou Pistolero A Bajo Precio
Carrigan Lou Pistolero A Bajo Precio
PRELUDIO
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ESTE ES EL FINAL
LOU CARRIGAN
PISTOLERO A BAJO PRECIO
— oOo —
PRELUDIO
¡Había baño!
Y bebidas.
Lo de que había dormitorios ya no le importaba tanto.
Escupió al polvo. De pronto, al ver la palabra Bebidas, su sed se había incrementado.
Se echó la silla de montar al hombro y comenzó a subir los escalones de madera que conducían al porche. Subía con la cabeza inclinada, no sólo
por el peso de la silla, sino por el de sus propios pensamientos, que se repartían entre Peter, la bebida y el baño que prometía aquel hotel...
Vio los tres pares de botas. Estaban sucias, muy sucias. Y los pies eran grandes, muy grandes. Levantó la vista. Naturalmente, tres hombres, cada
uno de ellos metido en su correspondiente par de botas.
Sonreían. Sus semblantes eran torvos, rufianescos, con síntomas de degeneración, o, más bien, de disipación.
No, no parecían tener malas intenciones.
Pero entorpecían su paso hacia las bebidas, hacia el baño... ¡Oh, caramba, el baño...!
Quiso sortearlos, pero ellos le cenaron el paso, siempre con su amistosa sonrisa.
—¿Ned Hilton? —preguntó uno de ellos.
El muchacho suspiró aliviado. No, él no se llamaba así. Por tanto, en cuanto les dijese su nombre le dejarían en paz... y podría beber un par de
whiskies
Así que, muy sonriente, aclaró:
—No. Yo me llamo Joe Symington...
Uno de los tres individuos le dio a otro con un codo.
—¿Has oído, Lang? Dice que se llama Symington, Joe Symington: ¿Gracioso, verdad?
—Sí. ¡Jo, jo, jo! Muy gracioso, Barker...
Joe frunció el ceño.
—No veo qué tiene de gracioso llamarse Joe Symington.
—Pues... —el hombre que llevaba la voz cantante, el tal Barker, se rascó la nuca, echándose el sombrero hacia delante — gracioso, gracioso, lo
que se dice gracioso de verdad no tiene nada, pero... Bueno, siempre hace más gracia un nombre cualquiera que el de Ned Hilton.
—Usted sabrá de qué está hecho el pastel, amigo. Yo, si no tiene inconveniente, me iré a beber un par de whiskies. Y le aconsejo que se compre
un sombrero más grande. El que lleva ahora no le basta para prevenirse de las insolaciones.
Joe acabó de subir los peldaños, apartando suavemente a los tres hombres. No les concedía demasiada importancia. Pero eran tercos.
Cuando ya los había rebasado, Barker le colocó uno de sus pies entre los dos suyos. Joe perdió el equilibrio, dio dos torpes pasos hacia delante,
llegó junto a las puertas batientes del hotel, quiso agarrarse a éstas, sus manos fallaron y, dando de cara contra las citadas batientes, las abrió,
penetrando en el hotel de muy inusitada manera.
Fuera se oyeron carcajadas.
Dentro, un hombre gordo, con camisa a cuadros y un mandil blanco sobre ella y parte de los pantalones, lo miró entre burlón y compasivo. Parecía
haber estado observando la escena.
—¿De verdad no es usted Ned Hilton?
Joe se sentó en el suelo.
—De verdad, ¿Tiene whisky?
—¿Tiene dinero?
—Tengo dinero.
—Tengo whisky —suspiró el hombre—. ¿Será...?
—Uno doble. Del bueno. Póngamelo, que ahora vuelvo.
Joe Symington se levantó. Se pasó la mano por la boca. Bien. Se tocó el revólver enfundado muy bajo de la cadera derecha. Seguro. Él no era Ned
Hilton.
Era Joe Symington.
Suspiró.
—Tendré que demostrárselo a esos tres imbéciles —masculló.
Empujó las batientes, de aquel color verde y fresco, tan bonito.
El llamado Barker y sus dos compinches todavía reían.
Joe miró a Barker. Alzó la mano y movió su dedo índice, curvado, en un gesto de llamada.
—Psit.
Barker dejó de reír.
—¿Es a mí, Hilton?
Joe se resignó.
—A usted. ¿Le gusta el whisky?
—No sea idiota.
—Eso quiere decir que sí. Venga, por favor.
Y sin esperar a cerciorarse de si era seguido o no, penetró nuevamente en el hotel. Se dirigió al mostrador. El whisky estaba allí, y bebió un
traguito.
—¡Puag! ¿Oiga, esto es whisky?.
—Dicen —replicó el gordo del mandil.
Barker, cuya curiosidad le había impulsado a entrar, llegó junto a Joe. Le tocó un hombro.
—Hola.
Joe sonrió.
—¿Todo el whisky de Crossing Silver es como éste?
—¿No le gusta? —sonrió—. Lo probaré.
—Hágalo. ¿Y sus amigos?
—Han ido a comprarle un ataúd.
—¿A mí?
—A usted, Hilton.
Diciendo esto, Barker se llevó el vaso de Joe a los labios. De un rápido trago lo vació.
—¿Le gusta?
—No mucho.
Joe sonrió.
—Entonces... ¿quizá le gusta más esto?
Su puño derecho se hundió en el bien forrado estómago de Barker. Este abrió mucho los ojos y la boca. Por ésta se escapó todo el aire de su
cuerpo. Palideció, doblándose hacia delante.
Quizás, instintivamente, su mano derecha se había dirigido hacia el revólver de aquel lado. No pudo empuñarlo. Un violentísimo puñetazo de Joe,
que le alcanzó en el centro de la barbilla, lo lanzó hacia atrás, con los ojos en blanco.
Quedó despatarrado, como un muñeco.
El hombre del mandil miraba con los ojos desorbitados a Joe.
Y Joe comentó:
—Caramba, no aguanta ni un solo vaso de su asqueroso whisky. Probaremos con otro. ¡Ah! Póngame otro doble. Pero que sea mejor, ¿eh?
—Sí... sí, señor.
Joe volvió a asomarse a la puerta. Mentira. Barker le había engañado. Sus dos amigos no habían ido n buscar ningún ataúd. Estaban allí,
esperando.
Parecieron sorprendidos al verle.
Joe señaló a uno de ellos.
—Su amigo le llama.
El hombre se precipitó dentro del hotel. Apenas se acostumbraron sus ojos a la semipenumbra, vio a Barker.
—Oiga, ¿qué le ha hecho a Barker.,.?
—Esto.
El hombre se había vuelto al hacer la pregunta y se encontró frente a Joe. Antes de que pudiese pensar en nada, el joven fue explícito, tal como se
le había pedido. Un puñetazo a la boca del estómago, primero. Un directo a la barbilla, después. Aquel tipo que se llamaba Lang, cayó al suelo,
redondo.
Joe refunfuñó algo y se acercó al mostrador.
—Veo que no me ha puesto el whisky, hotelero.
—¿Eh? ¡Ooooh! ¡Enseguida...!
Cuándo tuvo el vaso ante sí, Joe bebió prudentemente un corto trago. Lo paladeó. ¡Oh, diablos, el whisky...!
—¡No se mueva! —gritó una voz.
Joe se volvió, tranquilamente, con el vaso en la mano izquierda. Lo sostenía en alto. Era el tercero de la serie. Todos iguales: bravucones,
estúpidos, sucios... La vergüenza de los verdaderos pistoleros, eso es lo que eran los tipos como aquellos tres.
—Y usted no grite —amonestó Joe—. ¿Qué se le ofrece?
—Le voy a matar —masculló, sordamente, el otro.
—No podrá.
—¿Eh?
Joe se separó del mostrador, sin soltar el vaso. Tenía la desventaja de que la luz solar de la calle daba a espaldas el otro, ocultando sus facciones
y, por lo tanto, su rostro, su expresión.
¿Y bien? ¿Qué importaba eso?
—He dicho que no podrá.
Pero parecía que por lo menos iba a intentarlo.
Joe oyó el ruido del cilindro al ser movido por el movimiento del percutor que el hombre levantaba con el dedo pulgar. Una bala, siempre, quedaba
frente al percutor, lista para matar.
—Guarde el cacharro...
El hombre no le hizo caso. Disparó.
La bala pasó alta, casi rasante, por encima del mostrador. Alta con relación al lugar en que estaba ahora Joe, entiéndase. Porque Joe se había
dejado caer al suelo, sencillamente. Sin movimientos espectaculares, sin gritos, sin nada... excepto el revólver que había aparecido en su mano y que
disparó una sola vez.
El whisky de su vaso se había vertido.
El arma de su enemigo había volado por los aires.
El hombre del mandil aparecía con la boca grandemente abierta. Cuando la cerró, entrechocaron sus dientes.
Joe se incorporó. Movió el Colt en dirección al hombre que había intentado matarle.
—Venga para acá, chiquito.
El hombre vaciló, pero muy brevemente. Obedeció. Joe estaba soplando al cañón de su revólver cuando el seudopistolero se quedó frente a él,
junto al mostrador. Estaba muy pálido y le sangraba la mano derecha.
—¿Vio como no pudo? —se volvió al hotelero—. ¡Hey! Whisky para el caballero. Mucho whisky. En un vaso grande, enorme; el vaso más grande
que haya en la casa.
Joe comenzó a voltear el revólver. El hombre que había sido herido miraba como fascinado sus habilísimos movimientos. Pensó que él tenía un
revólver izquierdo y que mientras el hombre que ellos se obstinaban en creer Ned Hilton volteaba el suyo, quizá podría...
—¿Por qué no lo intenta? —rió Joe—. No creo que lo consiguiese, pero...
El hombre palideció más.
—¿Qué... qué dice...?
El del mandil depositó una enorme copa encima del mostrador. Era una copa que nunca se usaba. Una copa de muestra, grande, enorme, que
podía haber sido usada como una muy aceptable pecera.
—¡Hombre, muy bien! Usted me comprende, amigo. Es inteligente. ¿Cómo se llama?
—Ji... Jim Stack... Pero me llaman Rumps. Joe soltó una carcajada.
—¡Oh, diablos, es cierto! La gente de este pueblo tiene muy buen humor. (1) Está usted demasiado gordo, Rumps. Pero esto es gracioso,
graciosísimo...
(1) RUMPS, significa NALGAS.
Joe dejó de reír. Miró al herido, que permanecía impasible, con un leve gesto de dolor en su rostro, sin perder de vista el revólver de Joe, que no
cesaba de girar.
Y la mirada de Joe era dura cuando preguntó:
—¿Usted no encuentra esto gracioso, amigo?
—No.
El Colt de Joe quedó súbitamente quieto, apuntando a la cabeza del hombre.
—A veces soy un poco duro de oídos. Pero me ha parecido entender que no lo encuentra gracioso. Desde luego, tengo que haberme equivocado,
¿no?
—He... yo... verdaderamente, sí, es... es gracioso.
Joe continuó dando vueltas a su Colt.
—¿Verdad que sí? Vamos, ríase un poco entonces, hombre.
—¿Qué...? ¡Ah, sí, sí...! —el Colt de Joe había vuelto a inmovilizarse—. Que ría, ¿eh? Ejem... ja, ja, ja...
Joe sonrió divertido.
—Su alegría es verdaderamente contagiosa, amigo. Vamos a celebrar nuestro buen humor. ¿Le parece? A ver, Rumps, llénale la copita a mi
amigo el señor, el señor...
—Rally... Me... me llamo Rally...
—Precioso. Yo me llamo Joe Symington. Y no me diga que lo duda. ¿Lo duda?
—No, no.
—Perfecto. A ver esa mano herida... ¡Oh, diablos, esto puede infectarse! Meta la mano en la copita.
El hombre retrocedió un paso.
—¡No!
—Como quiera.
Joe disparó. La bala destrozó el cosido lateral de una de las botas del llamado Rally. Este tragó saliva.
—No... no puede obligarme a eso... ¡Sí, sí, lo haré,...!
Joe bajó suavemente el percutor que acababa de levantar nuevamente para posarlo con suavidad sobre el cartucho que estaba listo para matar.
—Veámoslo.
No sin vacilaciones, el hombre introdujo la mano herida en el whisky. Se mordió los labios, lanzó un grito de dolor y retiró inmediatamente la mano
del líquido. Este tenía ahora una tonalidad rojiza.
—Y ahora, ¡bebamos!
Joe cogió el nuevo vaso que Rumps se había apresurado a colocar ante él. Rally vaciló, mirando con repugnancia su enorme copa llena de whisky
mezclado con sangré.
La mirada de Joe diluyó sus vacilaciones. Cogió la copa con manos temblorosas y bebió un sorbo. Luego estudió a Joe, que se limitó a decir:
—Beba más. Todo. Bébaselo todo.
—No, no...
Joe volvió a disparar. El hombre notó un quemazo en el cuello al alcanzarle el plomo que, luego, se incrustó en la pared de madera del hotel.
Rally comenzó a beber. En la copa había un litro. Cuando iba por cerca de la mitad sus ojos estaban muy abiertos y brillantes. Comenzaron a
lagrimearle. Se detuvo. Tosió. Intentó hablar.
—Vamos, vamos —animó Joe—, no sea mamarracho. Cualquiera, al verle, podría pensar que no es capaz de beberse una copita de whisky.
Pero el hombre no pudo. Dejó la copa sobre el mostrador y Joe comprendió que ni siquiera amenazándole con la muerte podría conseguir que
acabase con el contenido de la copa.
El hombre estaba ahora rojo, y sudaba. Quiso hablar y no pudo. Se llevó las manos a la garganta, manchando ésta con la herida. Dio unos pasos,
posiblemente no sabía hacia dónde.
Joe le aconsejó:
—Quieto; sólo un momento. Y no se mueva por nada del mundo.
Rally obedeció. Su mirada comenzaba a enturbiarse rápidamente. Joe le colocó uno de sus compañeros sobre cada hombro. El hombre parecía
capaz de resistir el peso.
—Ahora, fuera de aquí. Y sujeta bien a tus amigos, que no se caigan.
Así apareció Rally en la puerta, empujando de cualquier manera las batientes. El grupo de gente que se había congregado cuando parecía que era
Joe quien iba a llevar la peor parte, y que luego había aumentado con los que habían acudido al oír los disparos, soltó, al unísono, una gran carcajada.
La siguiente carcajada fue aún más sonora, cuando Joe atizó un fuerte puntapié en las posaderas de Rally, justamente en el momento en que éste
llegaba al primero de los escalones que llevaban desde el porche a la calzada.
Los tres amigachos rodaron en montón sobre el polvo.
Joe se pasó la lengua por los labios, mirando a su alrededor. No vio ni una sola mirada de reproche. Más valía así.
Comentó, con visos clarísimos de aseveración tajante:
—No me llamo Ned Hilton.
Nadie dijo nada.
Volvió la espalda a la calle y entró en el hotel, sin haber podido ver la mirada de intensa admiración en unos bellísimos ojos verdes, que
relampaguearon con entusiasmo.
2
Bueno, ya estaba. Ya había empleado el revólver. Claro que no había matado a nadie, pero...
Se acodó en el mostrador.
—Veamos, Rumps, si logro beber algo verdaderamente bueno.
—Sí, señor.
Joe bebió y luego asintió con la cabeza.
—Esto ya es otra cosa —desenfundó el colt y procedió a recargarlo, sin mirarlo, con la vista fija en el hombre gordo—. ¿Conoces a un hombre
llamado Peter Gaskell?
—No lo sé.
—¿Cómo dice?
—Vienen muchos hombres por aquí. Uno nunca sabe si el nombre que dan es el verdadero... Pero, ahora recuerdo...
Rumps se agachó tras el mostrador y reapareció con un grueso libraco. Lo abrió, tras ponerlo sobre el mostrador y pasó su morcilludo índice por la
última página escrita.
—Aquí está: P. Gaskell. Sí, es verdad. Por cierto, desde anoche, que subió a su habitación, no lo he vuelto a ver.
Joe sonrió...
—Debía estar muy cansado. Ya es mediodía. ¿Cuál es su habitación?
—Arriba. La doce. Le acompañaré.
—No te molestes, Subiré solo. ¡Ah! Carga estas bebidas en su cuenta.
—Sí, señor.
Joe subió las escaleras, despaciosamente. Era de esperar que Peter durmiese tanto y tan profundamente como para no haber oído los disparos,
porque ya habría registrado la mina. Todo hecho. Oh, sí, Peter había sido siempre muy activo.
Habitación doce.
Llamó con los nudillos y la puerta cedió. Joe movió la cabeza desaprobadoramente. Un poco descuidado. Eso es lo que en Peter, a veces. Muy
pocas veces, pero lo era...
El sol entraba oblicuamente por una ventana, iluminando lo suficiente la habitación para que Joe viese en seguida a su amigo. Estaba tirado en el
suelo, boca abajo, con las manos extendidas hacia delante.
—¡Diablos! ¿Ni siquiera pudo llegar a la cama?
Se inclinó sobra él.
—Eh, Peter.
¿Dormía?
Lo volvió cara arriba. Cedió fácilmente, con extraña inercia. Joe quedó petrificado. Notó frío en la nuca; un frío que luego descendió
vertiginosamente por la columna vertebral.
Permaneció así unos segundos, mirando, estático, la gran mancha de sangre ya seca que manchaba la camisa de su amigo. ¿Muerto? Le tocó la
cara. Estaba fría; total, absoluta, definitivamente fría.
Muerto.
Joe se remojó los labios con la saliva que parecía habérsele espesado. Muerto. Peter estaba muerto. Su amigo, su socio, el hombre que
consideraba excesiva riqueza el hallazgo de una buena mina de plata, estaba muerto.
Las heridas, dos o tres, eran horribles. Le habían matado a cuchilladas. Tenía la ropa en desorden y estaba descalzo. Lo habían registrado.
—¡El mapa!
Absurdo. El mapa no podía estar allí. Debían habérselo llevado los que mataron a Peter. O bien, si éste había sido lo bastante precavido para
ponerlo en lugar seguro apenas llegado a Crossing Silver, ¿quién podía saber dónde lo había escondido?
Pero lo más doloroso, lo indiscutible, era que Peter estaba allí, muerto.
Bueno, algo hay que hacer.
Se acercó a la ventana y miró a la calle, llena de sol. Pasaba algún cochecillo ligero, pocos jinetes, algún peatón... Gente.
Y Peter allí, muerto.
Muy bien. Sí, algo había que hacer.
Salió de la habitación y volvió a la planta baja. Rumps alzó la cabeza y lo miró.
—¿Todavía duerme? Entraron su silla de montar. Usted la había dejado tirada en la calle.
—¿Dónde puedo encontrar al sheriff?
—Pues... A estas horas de sol, supongo que en su oficina. ¿Ocurre algo?
—Han matado a mi amigo —el hombre gordo palideció—. ¿Crees que es motivo suficiente para molestar al sheriff?
—Yo... esto... ¡Caramba, claro! Pero ¡no puede ser!
Rumps salió de detrás del mostrador y se precipitó escaleras arriba.
—¡Eh! —advirtió Joe—, no toque nada.
Salió a la calle y tampoco vio los preciosos ojos verdes que se clavaron en él con admiración. Había un tipo sentado en el porche, en una
mecedora de base curva.
—¿Dónde está la oficina del sheriff? —le preguntó Joe.
El hombre movió la manó. Señaló con el pulgar. Dijo:
—Oiga, usted es un tipo admirable. Esos tres hombres...
—¿Podría ir a buscarlo?
—¿Al sheriff? ¿Yo?
—Al sheriff. Usted.
El hombre escupió la brizna de paja que estaba mascando tontamente. Tenía los ojillos astutos y pequeños. Vestía casi como un desarrapado.
Se levantó perezosamente.
—Iré. Lo hago porque me es usted simpático. Oiga, esos tres hombres...
—Procure no tardar mucho.
Joe entró en el hotel. El hombre de los ojillos astutos gruñó algo y se desplazó acera de tablas arriba.
***
Una hora más tarde, el sheriff se repantigaba en su silla, tras la mesa de su despacho.
—De acuerdo. Usted venía en busca de su amigo. Habían quedado en encontrarse aquí. Por lo tanto, no puede tener la más mínima idea de lo que
ha podido ocurrir.
—Eso es.
—¿Y por qué no ha podido matarlo usted?
Joe se impacientó.
—Porque yo no uso cuchillo. Y porqué cuando yo he llegado aquí, a Crossing Silver, Peter ya llevaba varias horas muerto.
—Quizá hacía horas que usted lo mató.
—Todos me han visto llegar en la diligencia, sheriff.
—Sí, ya sé. Usted es el que apaleó a los tres hombres de Alex Bath. ¿Sabía que son tres peligrosos pistoleros? Por eso no intervine. Usted, según
me han contado, les enseñó algo muy bueno.
—Oiga, sheriff, creo que nos estamos desviando de la cuestión. Yo le he avisado a usted, no para charlar de lo que yo pueda enseñar a los demás,
sino de la muerte de mi amigo Peter Gaskell. ¿Se interesa usted por el asunto o lo hago yo?
—Mire, joven: aquí muere mucha gente cada día. Casi nunca se ha podido saber quién había matado a quién en los casos como el de su amigo.
No obstante, como siempre, procuraré hacerlo máximo para...
Joe frunció el ceño. Él tenía un revólver. Y sabía usarlo.
—No se canse, sheriff. Yo me ocuparé de ello.
Dio media vuelta y salió furioso. Esto le pasaba por haber querido recurrir a la ley, por no haber querido usar su revólver, no meterse en líos que
pudieran obligarle a hacerlo.
Dentro de la oficina, el Sheriff señaló hacia Joe, que ya estaba en la calle. Comentó, mirando a su ayudante:
—Tiene malas pulgas, el muchacho, ¿eh, Russ?
Russ escupió hacia una escupidera de latón y prosiguió aguzando su palito. Se encogió de hombros.
—Allá él.
—Claro, allá él.
Sí, Joe salía furioso de la oficina del sheriff. Tampoco esta vez vio los ojos verdes que le miraban como siempre, procurando no ser notados.
Pero vio al hombre que estaba recostado en uno de los pilares que sostenía el porche de una de las casas situadas más allá de la oficina. Pronto
pasaría por allí.
El hombre fumaba cuando pasó por su lado. Lo miró con indiferencia. Joe siguió adelante, hasta que oyó su voz, cuando ya estaba de espaldas a
él.
—Eh, tú.
Joe se volvió. El hombre continuaba recostado en el poste, continuaba en la misma indiferencia en sus ojos. Pero ahora, con negligencia, sostenía
en su mano derecha un Colt del 45 que le apuntaba directo al cuerpo.
—¿Qué hay? —preguntó Joe.
Conocía el tipo. Lo conocía él y lo conocería cualquier persona que viviese en el Oeste. Era uno de esos pistoleros que alquilan su habilidad. ¡Bah!
Los conocía a cientos, a miles.
El hombre movió ligeramente el revólver, señalando la puerta de la casa en cuyo porche estaba él apoyado.
—Entra.
Joe comenzó a notar la quemazón en su mano derecha. Mal asunto...
Dio unos pasos y entró, empujando la entornada puerta. Mucha gente estaba contemplando la escena, pero nadie decía nada, nadie intervenía.
¿Qué le importaba? Había salido de peores. En el supuesto de que aquello fuese malo, cosa que aún no sabía.
En la calle, los ojos verdes expresaron contrariedad y una leve preocupación.
Una vez dentro, Joe se volvió al pistolero.
—Suba por esas escaleras —indicó éste.
Subió. Un pasillo amplio, limpio. Buena casa, buen gusto y buen mobiliario. El pistolero llamó a una puerta. Una voz autorizó la entrada.
—Adentro, tú.
Joe entró. Bonito despacho. Detrás de la mesa había un hombre que le miraba sonriente, amistoso. Era de mediana edad, ligeramente grueso, y
todo su aspecto era próspero. Parecía agradable. Como toda la casa, que sin duda era la suya.
—Hola Hilton. Siéntese.
Armándose de paciencia. Joe se sentó tranquilamente. Miró al hombre a los ojos y contestó al saludo.
—Hola, Percival.
El hombre parpadeó asombrado.
—No me llamo Percival —aclaró.
—¿Qué más da? Yo tampoco me llamo Hilton.
El hombre sonrió amablemente.
—Oh, comprendo. De acuerdo... —hizo una pausa—. ¿Cómo tengo que llamarle?
—No creo que tenga que hacerlo de ninguna manera. Pero por si me equivoco, le diré que me llamo Joe Symington.
—Muy bien. Como guste... Symington. Yo me llamo Jerry Campbell. ¿Le dice algo mi nombre?
—En absoluto.
La mirada de Campbell comenzó a endurecerse.
—Oiga..., Symington: es mejor que...
—Oiga usted, Campbell: es mejor que me quite a ese de detrás mío. No me fío de él. Tiene ojos de asesino.
Joe oyó un respingo tras él. Cuando quería volverse, se sintió violenta, fuertemente cogido por el cuello de la camisa.
—Oye, tú —notó ahora el aliento del pistolero en el rostro—, no te hagas el gracioso conmigo, porque...
—Déjalo, Bey. Es por tu bien. Recuerda que Hilton... ejem... Symington, quiero decir, ha vencido a hombres más veloces que tú.
—Me gustaría verlo.
—No seas imbécil. Vamos, déjalo.
Joe no se había movido, soportando con contenida irritación los malos modos del pistolero, que todavía empuñaba el Colt, aunque ahora lo hacía
con la mano izquierda.
—No se lo tenga en cuenta..., Symington.
—Lo haré por usted —sonrió duramente Joe—. Pero diga: ¿por qué hace siempre una pausa antes de pronunciar mi apellido?
—Oh, por nada, desde luego. Bien, hablemos de lo que nos interesa.
Joe había terminado ya de componerse la camisa, el chaleco, y había puesto bien el rojo pañuelo que llevaba al cuello.
Se encogió de hombros.
—Hablemos, si verdaderamente nos interesa... a los dos.
—Yo necesito un hombre como usted...
—¿Cómo Joe Symington?
Campbell movió ambiguamente en el aire un, de sus manos.
—Sí, sí, está bien. Como Joe Symington. Lo necesito, digo. Y más ahora que su manera de tratar a los hombres de Alex Bath me ha convencido de
lo que puede dar usted de sí. ¿Comprende?
—Siga. Quizá al final...
—Hace días que le esperamos en Crossing Silver, Symington.
—¡Caramba! ¿De veras?
—Cuando supimos que usted venía hacia aquí, Alex Bath y yo llegamos a la conclusión, ambos a la vez, aunque por separado dada nuestra
rivalidad ganadera... y personal, de que usted sería un considerable refuerzo para el que consiguiese contratarlo. Sé que Bath está dispuesto a pagarle
mil dólares mensuales...
La mirada de Joe se avivó.
—¿Cuánto ha dicho? —preguntó incrédulamente.
Campbell sonrió.
—Mil dólares mensuales. Pero no se asombre hasta oír mi oferta: mil quinientos. ¿Qué dice a esto?
—Que es mucho, muchísimo dinero. ¿Cuál sería mi empleo, qué tendría que hacer? Sea concreto, por favor.
—Disparar cuando yo se lo ordenase y contra quién yo le ordenase.
Hubo un tenso silencio. Joe miraba fijamente a Campbell, sin que su rostro expresase ninguna emoción ni reacción.
Finalmente, suspiró. Se puso en pie.
—Lo siento por usted, Campbell, ya que parece verdaderamente interesado. También lo siento por mí, porque mil quinientos es un buen sueldo. Mi
respuesta es no. ¿Puedo marcharme?
Campbell también se había levantado.
—¿Cree qué conseguirá más de Alex Bath?
—Usted no quiere entenderme. Yo no me alquilo como pistolero, Campbell. No aceptaré ese empleo de él, ni de usted, ni de nadie. Y ahora
celebro que no haya sido más explícito conmigo desde un principio. Ignorando sus propósitos, puedo desentenderme de usted completamente. Y diga:
¿puedo marcharme?
—Está cometiendo un error, Symington —la voz de Campbell sonaba ahora muy dura y su rostro ya no resultaba tan agradable—. Pero de
acuerdo: puede marcharse. Déjalo salir, Bey.
—Muchísimas gracias —ironizó Joe—. Ya conozco el camino, no se molesten.
Pasó junto al pistolero, sin mirarlo, pese a que notaba la tensa vigilancia a que éste lo sometía.
Mientras él descendía las escaleras que llevaban a la planta baja y de allí a la calle, Campbell se acercó a la ventana de su despacho, la abrió y
miró hacia la casa de enfrente.
En una ventana de aquella casa, un hombre que empuñaba un rifle movió la cortinilla tras la que se ocultaba, para que Campbell pudiese verlo. Este
le hizo un gesto con la mano izquierda. El hombre asintió con la cabeza y dejó caer nuevamente la cortinilla.
Campbell volvió a sentarse ante su mesa, cruzo las manos sobre el vientre, repantigándose, y miró a Bey, que estaba cerca de la ventana.
—Lástima de muchacho, ¿eh, Bey?
—Sí, jefe. Lástima...
***
Ella estaba allí, esperándole, sentada en los escalones del porche de la casa de Jerry Campbell. Al volverse para mirarlo, sus maravillosas curvas,
contorsionadas, destacaron en la blanca camisa.
Preciosa.
¡Y sus ojos! Grandes, verdes... La boca roja, la barbilla redonda y suave. Todo ella era suave... Aunque fuese capaz de manejar una carabina para
matar a un hombre. ¿Y el pelo? Rojizo. Pero de una tonalidad tan... ¡Tan indefinidamente maravillosa! No muy largo, ondulado...
Preciosa.
¡Y qué ojos!
Cuando ella quiso levantarse, él apoyó una mano en uno de sus hombros, impidiéndoselo.
—Quieta, chiquita. Estás bien así. Y yo necesito descansar. El viaje en diligencia, peleas a puñetazos, a tiros... ¡Oh, sí, diablos, me sentaré un
ratito!
Lo hizo sin quitar su mano de sobre el hombro de la muchacha, como si verdaderamente necesitase aquel apoyo para flexionar las piernas.
—¿No sería mejor que antes se cuidase esa herida? —objetó ella.
Señalaba el brazo herido de Joe, el izquierdo.
—Hay tiempo, chiquita. Vamos, habla; te escucho. Oye, dime antes quien o que es Jerry Campbell. Y lo mismo te digo de Alex Bath. Y dime
también por qué todo el mundo, incluso tú, me llama Ned Hilton.
—¿Acaso no lo es?
—Prescinde de eso. ¿Sabes qué eres muy bonita? Preciosa.
La muchacha se sonrojó levemente, pero no bajó los ojos. Sostuvo la mirada de Joe, aunque con excesivos parpadeos.
—¡Y qué ojos! Cuenta, cuenta, chiquita.
Tranquilamente, mientras la muchacha hablaba, Joe procedió a liar un cigarrillo, cuyo humo no tardó en aspirar placenteramente.
—Alex Bath y Jerry Campbell están enemistados. El motivo, para todos, parece ser la lucha que sostienen para ser cada uno de ellos el que
ostente la hegemonía ganadera en la región. Todos, absolutamente todos, están convencidos de ello.
—Todos menos tú, ¿verdad? —sonrió Joe.
Ella encogió los hombros.
—Hay cosas que destacan por su rareza. Mi padre nunca quiso hacerlo, pero ellos dos, hace tiempo, dedicaron buena parte de su tiempo y de su
dinero a buscar plata en sus respectivas tierras. El resultado fue nulo y les ocasionó no pocas pérdidas de las que parecen haberse repuesto sin
demasiado esfuerzo.
—¿Tienen mucho dinero?
—Por lo menos lo parece. Sobre todo, Campbell.
—Eso me pareció; que Campbell tiene mucho dinero —Joe vio la expresión de la muchacha y arqueó las cejas—. ¿Acaso no es así?
—No lo sé. Hay algo raro en Campbell. Entré él y Alex Bath han surgido, esporádicamente, algunas luchas... Bueno el caso es que el
comportamiento de Campbell me ha hecho pensar que detrás de él, o mejor dicho, por encima de él, hay alguien que toma las decisiones importantes.
—¿Quieres decir que Campbell obedece órdenes de alguien?
—¿Le parece imposible?
Joe reflexionó brevemente.
—De ninguna manera —convino fácilmente—. Puede ser muy posible. Pero ¿quién es esa persona?
Una profunda expresión de tristeza asomó a los ojos de la muchacha.
—Cuando sepamos eso sabremos a la vez quien asesinó a mi padre.
loe la miró vivamente interesado.
—¿Asesinaron a tu padre?
—Sí. Lo apuñalaron. Apareció una noche con el pecho ensangrentado, cerca ya de la casa. Había venido a Crossing Silver, y yo, al ver que tardaba
tanto, salí en su busca. Y lo vi...
La muchacha calló. Había inclinado un poco la cabeza, pero sin poder ocultar sus lágrimas a los ojos de Joe, que al oír lo de las cuchilladas había
fruncido el ceño.
Igual que Peter. Exactamente igual que su amigo Peter. A cuchilladas.
Le cogió una mano.
—Sosiégate, chiquilla. Lo hecho no puede rehacerse.
Ella levantó la cabeza, limpiándose furiosamente las furtivas lágrimas.
—Tiene razón. Pero yo no descansaré hasta ver colgado a su asesino. Tiene que pagar su crimen.
—Lo pagará —pensaba también en Peter—, no te quepa la menor duda. Y ahora, continúa con lo de Campbell y el tal Alex Bath.
—Ellos se creen muy listos. Cada uno de ellos tiene el mismo objetivo: vencer al otro para lograr luego apoderarse de mi rancho.
—¿Por qué? ¿Tan bueno es tu rancho?
—Mi rancho es el más seco de la región. Y es quince veces mas pequeño que el de ellos dos, que tienen una extensión aproximadamente igual.
—Entonces... no comprendo...
—Es muy fácil: mi rancho está situado entre los dos de ellos. Es como un río que atravesase un trozo de tierra, dividiendo ambas márgenes. Y me
ofrecen los dos, tanto Campbell como Bath, el décuplo de su verdadero valor.
—Muy bien. Si lo que quieren es poseer uno solo de ellos la dirección ganadera de la región es muy lógico que quieran conseguir, como sea, el
rancho del otro y luego, naturalmente, el tuyo, que sería como una molesta cuña en sus propiedades.
Los ojos de la muchacha brillaron.
—¿Usted también encuentra lógico que quieran comprarme el rancho por ese motivo?
—Desde luego.
—Pero ¿por qué ofrecerme diez veces lo que vale?
—Ellos sabrán, ¿no?
—Claro. Ellos sabrán. Fíjese bien, Hilton —Joe aceptó el nombre—: cuando todo el mundo comenzó a considerar la posibilidad de que por aquí
hubiese plata, no hubo ganadero que no destripase sus tierras. La mayoría de ellos quedaron defraudados y cuando quisieron rectificar se habían
arruinado. Habían abandonado el cuidado del ganado... Campbell y Bath se dedicaron a comprar las tierras de todos cuantos quisieran venderlas. Hoy
día, gracias a eso tienen una extraordinaria potencia económica, fruto de la cría del ganado. Cada uno de ellos tiene un rancho enorme, cantidades
incontables de cabezas. ¿Por qué han de querer mi ranchito?
—Bueno, tú lo dijiste antes: es una cuña molesta.
Ella movió negativamente la cabeza.
—No puede ser por esto, Hilton.
—¿Por qué entonces?
—A usted le corresponderá averiguarlo. Joe se atragantó con el humo del cigarrillo.
—¿A mí? —logró preguntar después de toser.
—Sí.
—Bien... No te comprendo, chiquita. O espera. Quizá sí te comprendo. Tú crees que yo soy el tal Ned Hilton, ¿no es eso?
—¿Y no lo es?
—Contesta.
—Pues sí, lo creo.
Joe sonrió.
—Comprendo; comprendo perfectamente.
—¿Que es lo qué comprende?
—Que estás dispuesta a contratarme, ¿no es eso?
—Ya le dije al comenzar la conversación que tenía que hacerle una proposición. Y sí, era ésa.
—Que bien. Llego yo y todos me llaman Hilton. Un pistolero que, al parecer, es famoso. Y que, también al parecer, era esperado por estas fechas
en Crossing Silver. Todos se apresuran a intentar contratarlo. Y al no aceptar, intentan matarlo. Tú, en cambio, le salvas la vida... me salvas la vida, para
ser concreto y exacto.
—Usted está hablando como si no fuese Ned Hilton.
Joe suspiró.
—Además de preciosa, eres lista, chiquita.
—¿No es usted Ned Hilton? ¿De verdad?
—Oh, desilusión —sonrió Joe—. Ahora ya no te intereso tanto, ¿verdad? Pero has de saber una cosa: Alex Bath estaba dispuesto a ofrecerme mil
dólares mensuales por trabajar con él, creyendo que era Ned Hilton. Por su parte, Campbell mencionó cifra de mil quinientos. Oh, bien, seguro: tú llegas
a los dos mil...
La muchacha enrojeció.
—Doscientos —dijo.
Joe respingó, burlonamente.
—¿Doscientos mil?
Ella le miró a los ojos y Joe notó una extraña, desconocida calidez que aligeraba su cuerpo.
—No se burle de mí —reprochó ella—. Sólo doscientos dólares.
—¿Doscientos dólares mensuales?
Ella enrojeció aún más.
—Sí.
—¡Caramba! Me temo que eres tú quien se está burlando de mí. Si no recuerdo mal, acabo de decirte que me han ofrecido mil quinientos.
—Yo... yo sólo puedo pagarle doscientos... Aunque no sea usted Ned Hilton...
—Querrás decir que si me ofreces solamente doscientos es precisamente porque no soy Ned Hilton, ¿no?
—No. A Ned Hilton tampoco hubiese podido ofrecerle más.
—¡Ah! Dime, chiquita: ¿para qué quieres tú alquilar un pistolero?
—Porque... —otra vez lo miró fijamente, y Joe tornó a sentirse cálido y aligerado—, porque tengo miedo. Yo... yo no puedo hacer frente a los
hombres de ellos...
—Y además, quieres vengar a tu padre. Y crees que yo puedo serte útil en este sentido.
—Yo... Bueno, usted ha demostrado no hace mucho que sabe desenvolverse en cualquier situación...
—No en todas —suspiró Joe—. Por ejemplo, en esta de ahora, me temo que me va a costar desenvolverme. ¿Cuántos vaqueros tienes en tu
rancho?
—Uno.
—¡Uno! —Joe rió—. Y seguramente te resultará difícil mantenerlo. ¿Cómo puedes atreverte a mantener también a un pistolero? Y hay otro
inconveniente. Hace tiempo que juré que jamás volvería a usar el revólver. Y mucho menos, por dinero, ¿comprendes?
Hubo un corto silencio. La calle estaba llena de gente que merodeaba en torno a los dos cadáveres. Un tipo vestido de negro los había colocado
transversalmente en la acera de tablas del otro lado. El sheriff estaba allí, pero no hacía intención alguna de acercarse a ellos. ¡Las cosas habían
ocurrido tan claramente! Joe recordó el cadáver de Peter. Ya había pedido el ataúd, para aquella tarde...
La muchacha dijo:
—Suponga que yo lo contrato como vaquero.
—¿Por doscientos dólares mensuales?
—Sí. ¿Qué contesta?
Joe la miró profundamente, con una sonrisa tan viril y serena, tan protectora, que ella notó con increíble intensidad el golpeteo de su corazón. Sin
que ahora viniese a cuento, Joe le cogió una mano, cariñosamente. La acarició.
—Que como vaquero estoy estupendamente pagado. Sin embargo, como pistolero, me temo que soy de los de bajo.
Ella no retiró la mano.
—¿Acepta? —preguntó esperanzada.
—¿Me quieres?
—¿Eh? ¡Ah! ¡Oh yo...!
Joe rió.
—Acepto —dijo—. Y me llamo Joe Symington.
—Yo... yo me llamo Katy Simmons.
—Me gustan más tus ojos que tu nombre. Vámonos de aquí, chiquita.
Rumps movió velozmente el motivo de su mote.
—¡Oh, sí, señor! Su amigo dejó los dos caballos en la cuadra. ¿Se los va a llevar?
—Claro. Siendo mi socio, no creo que haya Ley alguna que impida que lo herede, ¿no? Además, uno de esos caballos es el mío. Traje una silla,
¿recuerdas?
—Bu... bueno, yo no entiendo mucho de estas cosas. Pero... pero si usted quiere los caballos, naturalmente, se los daré.
—Eres muy amable, Rumps.
—¿Se... se está riendo de mí, señor Hilton?
—¿Todavía no te has enterado de que me llamo Joe Symington?
—¡Ooooh, claro...! Pe-perdone...
—Parece que te vayas a echar a llorar. Y eso no le está bien a un hombre de tu envergadura, Rumps. ¡Diablos! ¿A quién se le ocurriría tu mote?
El dueño del Hotel que aseguraba tener baño para sus clientes tuvo un fugacísimo brillo de rabia en los ojos.
—A mí también me gustaría saberlo, señor... Symington.
—¿Qué le harías? —rió Joe.
—Lo mataría.
—¡Caramba! Bueno, celebro no haber sido yo. ¿Qué hay de los caballos?
—En seguida.
Salieron del hotel, y mientras Rumps iba a por los caballos, Joe no cesaba de vigilar la calle. El movimiento era extraordinario. Se notaba señalado,
mirado. Pero el sheriff no venía. Mejor.
Rumps apareció con los caballos.
Uno de los dos cuadrúpedos dio un fuerte pero cariñoso morrazo en el pecho de Joe que, sonriendo, le acarició.
—Hola, Star, chico. ¿Descansaste ya?
Inmediatamente, Joe se dio cuenta de que en ninguna de las dos sillas estaba el saquito que Peter había usado para transportar las muestras del
mineral. Ya no tenía si saquito, ni plano, ni amigo...
Se volvió al rollizo hotelero.
—Escucha, Rumps, vas a hacerme un favor, ¿verdad?
El hombre ladeó la cabeza, cerrando casi por completo los ojos. Sus papadas tuvieron un tembleque de abundancias gelatinosas.
—No te asustes —tranquilizó Joe—. No se trata de nada peligroso, ni malo. Tan solo que te encargues de los trámites para el entierro de mi
amigo. Ahora está en la Funeraria. Muy bien. Pues al caer la tarde, yo vendré para acompañarlo hasta el cementerio. No quiero que vaya solo y con un
ataúd barato tirado en un carro. Era mi amigo. Quiero un buen ataúd y un buen entierro. No lujoso, pero sí digno. ¿Qué hora es la más tarde posible para
enterrar a un hombre con un mínimo de decencia?
—A las siete. Todavía hay sol.
—Las siete. Muy bien. A esa hora... Hasta las siete, Rumps.
Katy montó ágilmente a caballo sin darle tiempo a Joe a ayudarla. Él también montó, tras encogerse de hombros.
Entonces. Rumps dijo:
—Favor por favor, señor Symington, ¿le parece?
—Es justo. Pide, Rumps.
—Que no me llame Rumps.
Joe miró al gran cartelón de anuncio del hotel.
—De acuerdo, Jim.
Rumps sonrió.
—Gracias, señor Symington.
Joe movió una mano en el aire. Miró a Katy.
—¿Vamos, chiquita?
Cuando salían de Crossing Silver se cruzaron con un grupo de cuatro hombres. Hubieran llamado la atención en cualquier parte. Incluso allí. Rostros
herméticos, duros, de mirada fría y boca apretada. Cada uno llevaba dos revólveres. Y Joe supo que eran de esos tipos que van marcando muescas en
sus culatas.
Pistoleros.
Cuatro.
Inconfundibles.
Peligrosos.
Mucho.
Estos lo eran de verdad. No de esos que sólo pueden presumir de veloces en un pueblo insignificante, sino de los que resultarían peligrosos
incluso en las Ciudades como Wichita, El Paso, Tombstone, Dallas, Kansas City, Phoenix, Denver, San Antonio, Topeka, Moab, Carson City...
Joe observó que Katy había palidecido.
Cuatro pistoleros peligrosos.
Joe notó aquella extraña cosa en su mano derecha. ¡No! No quería luchar más. No quería pelear más. Solo hasta saber quien había matado a Peter
recuperar el plano...
El plano...
¿Realmente le importaba mucho el plano?
No, no demasiado.
Cuatro hombres peligrosos.
¿Acaso él no lo era?
Los hombres habían mirado a Katy. Con indiferencia, como si la muchacha fuese fea o un bulto cualquiera. Y ella había palidecido.
¿Por qué?
—¿Qué te ocurre, chiquilla?
Ella solo respondió cuando los pistoleros fueron dejados atrás.
Se volvió en la silla, para mirarlos. Cabalgaban con indiferencia apática que sólo podía engañar a quienes no conociesen la característica más
visible de los pistoleros profesionales: la indolencia, la seguridad casi ofensiva que tenían en ellos mismos.
—Esos hombres...
—Esos pistoleros —asintió Joe—. ¿Qué pasa con ellos?
—Están a las órdenes de Campbell. Son amigos de los que hemos matado.
—Ya.
—Nos buscarán cuando sepan...
—No te preocupes demasiado —sonrió Joe—. Todavía estamos vivos.
—¿Por cuánto tiempo continuaremos estándolo?
—¿Quién sabe? Yo te protegeré.
—Ellos son cuatro. Usted es uno solo.
Joe se encogió de hombros.
—Sí. ¿Qué duda cabe? Yo sólo soy uno.
4
***
Un cuarto de hora más tarde, Alex Bath guardaba con gesto complacido el contrato en uno de los bolsillos de su recia y bien cortada chaqueta.
Katy simuló estar mirando el cheque que había encima de la mesa cuando Bath le tendió la mano diciendo:
—Si en algo puedo serle útil...
—Márchese. Durante dos días, todavía soy la dueña de este rancho. Se ha estipulado así, ¿no? Todo se ha hecho con la fecha de pasado mañana.
—Un capricho suyo al que no he visto motivo para objetar nada, Katy. Yo... Bueno, si usted quisiera, las tierras podían continuar siendo casi suyas
—sonrió—. Tengo ya la edad en que un hombre debe pensar...
El asco que vio en los ojos de Katy le hizo enmudecer. Luego, siguió:
—Bien, como quiera. Pero le aseguro que se haría todo lo suficientemente bien para que mi mujer no se enterase de nada...
—Márchese. No quiero verlo más. ¡Márchese!
—De acuerdo.
Alex Bath salió de la casa. Sus hombres le esperaban montados en los caballos que habían mantenido ocultos detrás de la casa cuando llegaron
Joe y Katy. Barker estaba muy pálido; y furioso porque Bath no les había permitido matar a Joe, o, por lo menos, ensañarse con su caído cuerpo.
Montó y les hizo una seña.
Cuando ya se alejaban, Katy salió de la casa.
Toda su amargura se concretó en un copioso llanto cuando se inclinó sobre el inconsciente Joe Symington.
—Joe —sollozó—, ¡Joe!
5
***
***
***
Lo miraban a él.
Ella dijo algo, y entonces, el hombre miró calle arriba, hacia donde, cansinamente, el penco iba arrastrando el carro.
Joe también miró. Durante un par de segundos, quedó clavado en el suelo, notando un escalofrío en todo su cuerpo.
A menos de cincuenta metros, cuatro hombres —los había visto antes, no hacía mucho, cuando salía del pueblo acompañando a Katy—, cuatro
pistoleros, parecían buscar algo en el polvo de la calzada.
Joe comprendió ahora la excesiva calma de Crossing Silver, y el silencio, que ahora era oprimente. ¿Le esperaban a él? Sí. Y todo el pueblo
parecía saberlo. ¿Y el sheriff? ¡Bah!
—Quizá no pueda acompañarte, Peter —pensó—. O mejor dicho, quizá te haga compañía eterna.
Miró otra vez hacia el pistolero elegante. Este tenía una sonrisilla en sus firmes labios. Ahora ya debían estar viéndole la cara, él y la mujer que le
acompañaba.
¿Quizá era eso lo que ocasionaba la sonrisilla del hombre?
Cuando estaban solamente a tres metros de ellos, la mujer musitó algo junto al oído del pistolero. Él asintió con la cabeza, se volvió hacia ella;
cogiéndola por la barbilla, la besó suavemente en la boca.
Cuando la separó la boca de la mujer ostentaba una sonrisa levemente crispada.
El hombre bajó desganadamente los escalones y con su elástico caminar felino, tan seguro de sí mismo como si nada en el mundo pudiese
dañarle o molestarle, avanzó hasta situarse junto a Joe Symington.
Ni siquiera lo miró.
Se quitó el sombrero y, codo a codo, con Joe, fue siguiendo las huellas que marcaba profundamente el coche fúnebre.
Joe se ladeó para mirar otra vez hacia delante, hacia los cuatro hombres que le esperaban a él. Le pareció notar en ellos un nerviosismo que no
lograban ocultar.
Joe miró fijamente al hombre que le acompañaba. Este ladeó la cabeza y le sonrió.
—Hola —dijo.
—Hola —contesto Joe. El hombre señaló, el ataúd.
—¿Familiar suyo?
—Amigo.
—¡Ah! La vida es corta en el Oeste, ¿verdad?
—Hay que hacer lo posible para alargarla, ¿no le parece?
—Ciertamente.
El hombre señaló con un dedo de su mano izquierda hacia delante.
—Esos cuatro hombres la están acortando. Sus propias vidas, se entiende.
—¿Lo cree así?
—¿Le molesta que le ayude?
Joe logró sonreír.
—Se lo agradezco., de veras.
—Entonces, verá como esos hombres han acortado su vida... A menos que se aparten cuando pasemos nosotros...
—No se apartarán.
—Dios tenga piedad de sus almas.
De pronto, el coche se detuvo... Un hombre pasó junto a Joe y el pistolero, casi corriendo. El pistolero frunció el ceño.
—Oiga —llamó.
El hombre volvió la cabeza, y palideció al reconocer al pistolero.
—¿A dónde va, amigo? —prosiguió éste.
—Yo... yo me largo de aquí; Ahí delante hay cuatro tipos...
—No se preocupe por ellos. Suba al pescante y continúe guiando. Para eso le pagan —se volvió a Joe—. ¿Pagó ya el servicio?
—Desde luego.
—Está bien. Usted, suba al coche.
—Pero, señor, yo...
—Suba. Y olvídesele esos hombres.
El hombre se movió, nervioso. Pero había visto los ojos de aquel pistolero tan fijos en los suyos... Era tan fácil leer en ellos... Y de todos modos, era
preferible una muerte problemática en medio de un tiroteo a la segura que le auguraban aquellos ojos de mirada dura.
Segundos después, el coche reanudaba su marcha, más lenta, si ello era posible, que antes.
Joe miró a su acompañante.
—Usted se me ha adelantado.
—No he querido molestarle.
Joe movió la cabeza en sentido negativo.
No se cruzaron más palabras.
Aquellos cuatro hombres se dividieron en dos grupos. Dos a cada lado de la calzada. No intentaban disimular sus intenciones. Atacarían. No, no
dejarían pasar de largo el coche y sus acompañantes.
Joe iba a la derecha de aquel pistolero. Sin decirse riada, los dos comprendieron lo que tenían que hacer. ¡Era tan fácil! Y ahora ya no eran cuatro
contra uno, sino contra dos. Y separados. Tanto como decir dos contra uno.
Joe se sentía aliviado.
—Volveré a tu lado, chiquita —pensó.
Solo diez metros les separaban de los cuatro pistoleros. Era muy poca distancia ya. ¿Qué esperaban...?
Súbitamente, uno de ellos, de los del lado de Joe, desenfundó y disparó con una rapidez en modo alguno despreciable.
Pero Joe ya se había dejado caer de rodillas, al mismo tiempo que desenfundaba su arma. Esta cobró vida en su mano, tronando dos veces tan
seguidas una de otra que pareció un solo disparo.
El pistolero que había disparado, se encogió, con una mueca de dolor en su rostro. Quiso cogerse a uno de los postes, pero le fallaron las manos y
se dio de cara contra él.
El coche fúnebre, inesperadamente, cobró una velocidad inaudita, dejando completamente al descubierto a Joe y a su compañero.
—¡Maldito cobarde! —refunfuñó Joe.
El otro hombre seguía agarrado al poste, con la cara pagada a él. Los brazos le colgaban fláccidamente en una de sus manos, todavía humeaba el
revólver con el que había disparado contra Joe.
Este notó un suave calor en el costado derecho. Instintivamente, se encogió, de tal manera que desde su posición de arrodillado pasó casi a la de
tendido.
El que había disparado ahora contra él, se hallaba tras un abrevadero, lugar al que había llegado en veloz zambullida.
Joe se tiró ya francamente al suelo y rodó hacia su derecha, en busca de la protección de la acera de tablas. El mismo abrevadero era un
obstáculo para su contrario, pues para disparar tenía que asomar la cabeza, o por lo menos la mano. Y Joe había acertado blancos más difíciles que
una mano.
Su providencial compañero, el pistolero elegante, estaba en pie todavía en el centro de la calzada, con las piernas ligeramente separadas y un
poco inclinado hacia delante.
De reojo, Joe vio a uno de los pistoleros que le habían correspondido a aquel hombre tumbado en la acera, con una gran mancha roja en la cabeza.
O en lo que quedaba de ella. También, como el suyo que había quedado abrazado al poste, empuñaba todavía el Colt, aunque éste no humeaba.
El otro aún estaba de pie, y disparaba. Pero lo hacía de espaldas al pistolero elegante. Los dos balazos con que éste le había acertado en el
pecho, lo habían hecho girar sobre sí mismo. Y ahora, agonizante, el hombre disparaba a ciegas, ya, posiblemente, muerto, hacia cualquier sitio.
Sus balas convirtieron en añicos un par de cristales de la ventana de una casa. Pero aún tuvo fuerzas para volverse a mirar a su matador. Ahora su
Colt apuntaba al suelo y ya descargado, patentizaba una doble inutilidad.
Quiso decir algo, al parecer, pero de su boca salió una espuma, rojiza qué Joe vio con tanta claridad como si el hombre en lugar de estar a catorce
o quince metros de él, estuviese solamente a dos o tres.
De pronto, sus piernas se doblaron. Quedó en el suelo, tendido, como llevase muerto varios siglos en lugar de unos pocos segundos.
Y el pistolero elegante seguía allí de pie, ya más enderezado, como si estuviese solo en el mundo, sin enemigos.
Quedaba uno...
Joe se dio cuenta demasiado tarde de que había descuidado al segundo de los que le habían correspondido. Cuando miró hacia allí, vio su cara,
contraída, y su revólver apuntando hacia él.
Se ladeó instintivamente, con el tiempo justo para que el plomo que se hubiese alojado en su cabeza, rebotase blandamente contra el suelo,
lanzando contra su cara un puñado de polvo fino.
Cuando loe volvió a mirar, casi en seguida, su enemigo estaba arrodillado fuera de la protección del abrevadero, completamente convencido de
que su disparo no había fallado y que había acertado en la cabeza de Joe.
Abrió mucho los ojos cuando vio a Joe con el revólver firmemente empuñado y una dura sonrisa en los labios.
Quiso disparar nuevamente, pero cuando a sus nervios estaban llegando la orden del cerebro, aquellos ya estaban muertos, paralizados por las
dos balas que habían penetrado casi juntas, en el corazón del hombre.
Cayó hacia atrás, sin poder colocar sus piernas en mejor posición, con lo que éstas quedaron cogidas bajo su cuerpo, en una postura trágica e
inverosímil.
Joe se incorporó.
Su compañero de tan rápida y mortal lucha caminaba ya hacia el coche, que se había detenido unos cien metros más allá, casi a la salida del
pueblo.
Cuando Joe estaba casi junto a él, el hombre se volvió, sonriente.
Iba recargando su revólver.
—No se distraiga nunca mirando las peleas de los demás, muchacho. Sin embargo, casi estoy por decir que usted solo hubiese podido hacer
frente a la situación. Mucho me temo que menosprecié sus posibilidades al ofrecerle mi ayuda.
—No lo crea. ¿Acaso no ha visto mi cara? Pues el cuerpo está igual de molido. No estaba en condiciones de luchar.
—No me diga —rió irónicamente el otro—. Le diré una cosa: no me haría ninguna gracia tener que pelearme con usted.
—Ni a mí me la haría luchar contra usted. Gracias.
Su compañero movió una mano.
—Bah. Ha sido una pequeña distracción —volteó el revólver y éste cayó con científica exactitud en su correspondiente funda. Luego, volvió la
cabeza mirando a la hermosa mujer que estaba unos metros más allá, y comentó—: Ludmilla estará contenta... y tranquila.
—Es natural.
—Claro, es natural —rió el pistolero—. ¿Sabe por qué me quiere, según me dijo ella misma un día?
—¿Porqué?
—¿No podría adivinarlo?
—Pues... Me temo que no.
—Porque la emoción que experimenta cada vez que me ve volver vivo de una de mis locuras, es como la renovación de nuestra luna de miel.
—¿Están casados?
El pistolero frunció el ceño, mirando a Joe. Pero luego sonrió.
—Bueno, algo así.
—Ya.
El coche reanudó su marcha cuando ellos aún no habían llegado a su altura. Y con el coche reanudó su marcha normal la vida de Crossing Silver.
La gente salió a la calle, buena parte de ella arremolinándose en torno a los muertos pistoleros. Aparecieron jinetes, algunos carromatos se pusieron en
marcha...; los chiquillos eran apartados a manotazos de la proximidad de los cadáveres, y algunas mujeres se apresuraron a recogerse en sus casas
alejándose de las tiendas en las que se habían visto obligadas a refugiarse durante el tiroteo.
La paz habíase reanudado en Crossing Silver. Y, total, solamente a costa de cuatro muertos.
¿Qué importancia tenía esto?
***
—Perdona, Señor, a este hijo tuyo que murió en la violencia. Perdónalo y orienta su alma hacia Ti. Con tu bondad infinita, hazle sitio en tu Reino.
Perdónalo, Señor, a él, y vela para que nosotros seamos más dignos de Ti que este pobre pecador que deja su cuerpo en la tierra y vuela su alma hacia
Ti, a tus Alturas Celestiales...
Joe frunció el ceño, mirando al hombre que, no sabía por donde, había llegado al cementerio antes que ellos, esperándoles para rezar el responso.
Iba completamente vestido de negro, era rollizo, de carnes rojas, y su aspecto al pronunciar la petición, era la de un tendero que estuviese alabando su
mercancía.
El pistolero elegante, serio sin afectación, permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la recién excavada tumba en la que ya habíase colocado el
ataúd.
Joe volvió a prestar atención a las palabras del hombre rollizo. No, no era un pastor. No había ninguno en Crossing Silver?
—... que su muerte violenta no engendre nuevas muertes violentas...
Joe sonrió, ahora. Aunque no sabía si en realidad había sido la muerte de Peter la causa de que él hubiese ido matando más tarde a otros
hombres. En realidad... Bien, sí, esa era la pregunta: En realidad, ¿cómo había comenzado todo? ¡Bah!
—Y así como su cuerpo, sucio, se pudrirá en la tierra, su alma, limpia será acogida por Ti, que la unirás...
Bueno, aquel tipo no estaba dejando en muy buen lugar a Peter.
—Y luego, cuando las tinieblas se desganen para dejar pasar tu luz, todos los hombres nos encontraremos indefensos ante Ti, cuyo conocimiento
absoluto de la verdad, servirá para juzgarnos, para premiarnos o castigarnos. Señor: Ten piedad de su alma.
El hombre rollizo suspiró, miró hacia Joe y acercándose a él le tendió la mano derecha en un significativo además, que se aclaró aún más con sus
palabras:
—Son cinco dólares.
Joe apretó los puños.
—¿Cómo dice?
El hombre no se inmutó.
—Son cinco dólares.
—Oiga...
El pistolero se acercó calmosamente y dijo:
—El responso entra en el servicio de entierro, amigo. ¿Quién es usted?
—Hombre, yo... Yo me ofrecí voluntario porque el pastor está lejos de aquí y...
—Déjelo —dijo Joe—, es igual. Tenga sus cinco dólares.
El hombre se apresuró a desaparecer, sin importarle un ardite que en aquel momento, otro hombre comenzase a echar paletadas de tierra encima
del muerto que él tanto había vilipendiado, en su afán de humillarlo y bien prepararlo para su sueño eterno, para la benevolencia del Hacedor.
La cruz era de piedra y su inscripción se limitaba al nombre del difunto y a la fecha de su muerte. Joe no podía indicar la de su nacimiento porque ni
siquiera la sabía él.
Ahora ya estaba solo. La tumba olía a tierra recién removida y los rayos del sol poniente, del cual solo se veía ya un pequeñísimo arco rojizo, daba
a la escena una inusitada calma.
El pistolero providencial estaba más allá, cerca de la puerta de verjas de hierro del pequeño pero concurrido cementerio de Crossing Silver. El
hombre que echara las paletadas de tierra también había desaparecido.
Joe musitó:
—Adiós, Peter.
Con el sombrero todavía en la mano, caminó hacia las verjas, hacia la salida. El pistolero, sin decir nada, se colocó a su lado. Juntos, caminaron
hacia el pueblo, a pie pues el pistolero no tenía allí su caballo.
Cuando llegaron al hotel de Rumps todavía no habían hablado nada. Ella, la preciosa mujer de exótica belleza y nombre no menos exótico, estaba
todavía allí, esperando. Parecía no haberse movido.
Joe, después de haber visto actuar al pistolero, no se extrañó lo más mínimo de que aquella mujer no fuese molestada por los inevitables
moscones que en todo lugar suelen importunar a una mujer de su belleza.
El pistolero preguntó entonces:
—¿Queda algo más por hacer?
—Queda. Pero me arreglaré yo solo.
—Bien. Usted es un desagradecido, muchacho —sonrió—. Pero no importa. Si me necesita, aún estaré por aquí un par de días. Quizá uno solo.
Me llamo Ned Hilton.
—Yo también me llamé así; aunque por poco tiempo. ¿Sabía que cuando llegué esta mañana me confundieron con usted? Tuve que esforzarme en
convencerlos a todos de que me llamaba en realidad Joe Symington.
—¿Lo que lleva en la cara es la consecuencia de su esfuerzo por convencer a quien fuese de su verdadera personalidad?
—Algo de eso hay. El dueño del hotel donde se aloja puede contárselo todo. Suprima exageraciones.
—Así lo haré —rió Hilton.
Se estrecharon las manos. Ned Hilton volvió junto a la hermosa mujer.
Joe quedó allí, inmóvil, durante unos segundos.
Luego, se volvió hacia la casa que Jerry Campbell tenía en el pueblo.
Fue hacia allí.
Diez minutos más tarde se convenció de que Campbell no estaba allí. Seguramente debía estar en su rancho. Joe Symington vaciló. ¿Dónde ir
primero? ¿A pagar a Alex Bath y sus hombres lo que les debía?; ¿En busca de Jerry Campbell, para hacerle ver su error al enviar cuatro hombres
contra él?
Finalmente, se impuso su corazón, y Joe Symington galopó hacia lo intermedio: es decir, hacia un ranchito que formaba cuña entre los dos
anteriores.
7
Llegó ya oscurecido.
Se veía luz por las ventanas y por la puerta, abierta en parte.
Joe desmontó sin ninguna clase de precauciones. ¿Qué podía haber ocurrido? Ahora ya nada. Katy no era dueña de las tierras. ¿Para qué, pues,
molestarla?
Pero cuando entró en la casa se convenció de lo erróneo de sus suposiciones. Ella, Katy, estaba tumbada en el suelo, muy cerca del camastro de
Sam, que había sido colocado allí mismo para poder atenderlo mejor. Sam, continuaba sumido en su casi mortal inconsciencia, pero ella...
Con la sensación de que le estaban desgarrando el corazón, Joe se acercó a la muchacha, Se inclinó sobre ella y la volvió cara arriba. Su rostro
estaba pálido, excepto en la frente, donde un amplio hematoma mostraba el lugar en que había sido golpeada.
No, muerta, no.
No estaba muerta.
La congoja de Joe pasó desde el corazón a la garganta. Bien; ella vivía. Eso... eso era bastante.
¿Vivía?
Inclinándose más, puso su oído sobre el corazón de Katy. Vivía.
Poco después, Katy abría los ojos.
Musitó.
—Joe...
—Estoy aquí, chiquita.
Los volvió a cerrar. Bueno, él ya estaba con ella. ¿Qué de malo podía ocurrir ahora?
—¿Qué pasó, chiquita?
—No... no lo sé. Llamaron. Creí que serías... que sería usted. Abrí la puerta y vi a tres hombres que tenían que ser pistoleros. Me hicieron retroceder
hacia dentro y ellos entraron conmigo. Me dijeron que tenía que venderles el rancho, que quien les pagaba estaba dispuesto a todo para que esta
misma noche el rancho fuese suyo. Les dije que yo lo había vendido a Alex Bath, y entonces, uno de ellos me golpeó con un revólver...
—Desde luego es absurdo sospechar de Bath, que ya es dueño del rancho. Ello inclina todas las sospechas hacia Jerry Campbell..., que por cierto
no estaba en su casa de Crossing Silver cuando fui a buscarlo después de enterrar a Peter. Debía estar por aquí, dirigiendo a esos hombres pero sin
dejarse ver por ti —reflexionó unos segundos—. Muy bien. Le haremos una nueva visita al amigo Campbell. Y esta vez le estropearé algo más que las
narices.
—Joe, no... no es necesario que por mí...
Joe se inclinó y le acarició la golpeada frente.
—Lo haremos por los dos, chiquita: por ti y por mí. Y por Peter y tu padre. ¿Quién nos asegura que no es Campbell el autor, o por lo menos el
cerebro director de todo cuanto de malo está sucediendo?
—Pero Alex Bath...
—Déjalo —sintió Joe—. Todavía le quedan dos días para que pueda considerarse como dueño de tu rancho. Y en dos días, ¿quien sabe...?
***
***
Al salir del Silver Saloon el sheriff Jack Thiess casi tropieza con Russ, su ayudante.
—¿Dónde ha estado metido, sheriff? Hace rato que le ando buscando.
—¿Dónde había de meterme? He estado haciendo mi ronda de la acera izquierda. ¿Qué tal la tuya?
—No muy bien. Un tipo ha matado a Hughes, el borrachín. Asegura que no quería acertarle en la frente, pero...
El sheriff se encogió de hombros.
—El pobre Hughes no era más que una molestia. Sin embargo, le echaré de menos. A veces, hasta me hacía reír. En fin, veamos a su matador.
¿Los has encarcelado?
—Por supuesto. Está más borracho de lo que haya podido estarlo nunca el mismísimo Hughes.
—Daría algo por perder de vista este maldito pueblo, con todas sus muertes y sus preocupaciones. Estoy harto de asesinatos, de hacer la vista
gorda, de esconderme cuando presiento que va a haber tiroteo, como esta tarde con ese muchacho, Symington. Y tipos como Hilton, no dan
precisamente prestigio a Crossing Silver.
—Prestigio, puede que no. Pero belleza...
Russ puso los ojos en blanco, lo que ocasionó una fruncimiento de ceño por parte del sheriff.
—¿Te refieres a la mujer? ¡Bah!
—¿Bah? Sheriff, ¿está usted bien? Quiero decir: ¿no se encuentra mal o algo así?
—No seas majadero, Russ. Vamos a... ¡Un momento! Oye, esos tres hombres... ¿no son pistoleros de Campbell?
Russ miro hacia allí y asintió desganadamente.
—Juraría que sí. ¿Qué hacen ahora? Dos se han colocado en las aceras. Uno en cada una. El otro... Seguro, va a entrar en el hotel de Rumps...
El sheriff suspiró.
—Bueno, una preocupación menos.
—¿Una preocupación menos? ¿Qué quiere decir?
—No seas zopenco, muchacho. ¿Acaso Hilton no ha matado esta tarde a dos de los hombres de Campbell, ayudando a Symington?
—Sí, claro. Pero...
—Pero nada. Ahora, esos tres se lo cargarán a él. La clásica trampa del Oeste, muchacho. Entra uno, desafía a la víctima, y cuando ésta acepta el
desafío y sale a la calle, los otros dos, o tres, o uno ¿qué más da? lo cosen a balazos desde cualquier porche relativamente oscuro. ¿Es que no has
visto nunca nada parecido?
—Bueno, yo... Oiga, sheriff ¿cree que estoy despreciable?
—Lo que estás es imbécil perdido, hijo. ¿Qué se te cuece ahora?
—Estaba pensando... Quiero decir, esa maravillosa mujer que acompaña a Hilton quedará libre, ¿no?
—Olvídala, Russ. Esa mujer necesita hombres de mucha más talla que tú o yo. Hombres como Hilton, o como aquel muchacho, Symington. De
nosotros se reiría.
Russ sonrió heladamente.
—Quizá sí. Sin embargo...
—Sin embargo, lo mejor es ir a charlar un buen rato con el asesino del viejo Hughes. Procuraremos que la charla sea larga. Aunque no diga más
que estúpidas incoherencias de borracho. Y te aseguro que no pienso oír ningún disparo. Ni siquiera un cañonazo. Cada cual que saque sus propias
castañas del fuego.
—Es posible que tenga razón, sheriff. ¿Vamos?
—Sin perder momento. El tipo ya ha entrado en el hotel. Creo que nos hemos entretenido demasiado muchacho.
En la parte del Jim's Hotel destinada al juego había casi elegancia. Y Ned H. Hilton, con su presencia, la acentuaba. Vestía de oscuro, y sus manos,
muy morenas, resaltaban sobre el verde tapete, ocultando bajo ellas sus cinco cartas. En una de ellas, entre los dedos índice y corazón, sostenía un
humeante y aromático cigarro de Virginia.
Ludmilla, la mujer que había alterado el ritmo de casi todos los corazones masculinos de Crossing Silver, estaba a su lado, ataviada con un ceñido
vestido de tonos plateados, que a veces, según sus gráciles movimientos de cabeza, hacían juego con sus desconcertantes cabellos. Buena parte de
su espalda mostraba la marfileña blancura, imposible de describir, de su piel tersa y olorosa. Olía bien y miraba mejor, con sus enormes ojos cuyo color
tampoco podía definirse con exactitud.
Ella no sólo prestaba elegancia a la sala, sino una belleza desconocida para los hombres que aquella noche hacían frente, cartas en mano, al
temible pistolero Ned K. Hilton.
Eran tres hombres de los más acaudalados de Crossing Silver, y si estaban jugando con Hilton y perdiendo su dinero, no era por el simple placer
del juego, sino por el mucho más complicado de contemplar baldíamente a aquella hermosísima mujer.
Uno de ellos decía en aquellos momentos:
—Tendrán que ser cien, Hilton. ¿Va?
Hilton pareció vacilar, pero sólo durante un segundo.
—Voy.
Los otros dos hombres habían abandonado ya la puja, poco satisfechos de un juego que, al parecer, no podría competir con los de Hilton y su
vecino el doctor Allen.
Hilton y Allen contaron cada uno la cantidad que faltaba para completar su correspondiente pot de cien dólares. Ligeramente apartadas, estaban
las fichas de la puja inicial de los demás, que serían también para el ganador de aquella partida.
El doctor Allen mostró una amplia sonrisa al mismo tiempo que sus cartas.
—Full de sotas. Algo bueno, ¿verdad?
Justamente en aquel momento, una mano, grande y cuidada en su epidermis, pero de sucias uñas, se posó en el descubierto hombro de Ludmilla,
que, involuntariamente, respingó.
Todos miraron hacia ella. Pero Hilton fue el que aparentó más tranquilidad ante lo que estaba viendo. Un hombre, alto, de rostro cínico y que llevaba
dos revólveres, continuó acariciando la finísima piel.
Visto esto, todas las miradas se volvieron hacia Ned Hilton. Este, calmosamente, miró al hombre a los ojos, diciendo:
—Creo que se equivoca, joven. Esto no es un saloon, ni esta mujer está al alcance del primero que le ponga la mano encima. Delante de este
edificio, y a ambos lados, hay muchos saloons repletos de muchachas que le recibirán alegremente.
—Me gusta ésta —sonrió el hombre, guiñando un ojo.
—A mí también —condescendió Hilton amablemente. Pero, casi en el acto, su mirada cobró una dureza indescriptible—. Por lo tanto, váyase a las
pocilgas a que está acostumbrado.
—Oiga, amigo: ¿me está insultando?
Hilton se levantó; inesperadamente, el grueso cigarro virginiano que había estado fumando se hundió, por la brasa, en el dorso de la mano del
hombre, que todavía permanecía sobre el hombro de la inmóvil Ludmilla.
El hombre chilló, retirando la mano. Pudo oírla respuesta de Hilton a su última pregunta.
—Naturalmente que le estoy insultando. ¿Cree merecer otra cosa?
La manó derecha del pistolero voló hacia el revólver de aquel lado. Pero ni siquiera había tocado la culata cuando se vio apuntando directamente al
corazón por uno de los revólveres de Hilton.
—¿Qué iba a hacer, joven?
El hombre se pasó la lengua por los labios.
—Le espero fuera—gruñó.
—Muy bien —se burló Hilton—. Pero no le aseguro que...
—Saldrá.
El hombre dio media vuelta y se encaminó a la salida. Llevaba frío en el corazón. Hasta aquel momento se había considerado a sí mismo como un
pistolero de los más peligrosos y veloces. Ahora... ahora, tenía frío en todas las partes del cuerpo, estaba aterido, helado, y durante un momento pensó
en montar en su caballo y desaparecer de Crossing Silver. Luego pensó en sus dos compañeros y se sintió más seguro. No seguro del todo, si no
simplemente un poco más seguro.
Al salir a la acera de tablas, vio dos jinetes que se acercaban, al paso de sus caballos. Cuando descendía las escaleras reconoció a la mujer,
aquella muchacha vestida de hombre a la que poco antes su compañero Rogers le atizara con el cañón del revólver en la frente en su propia casa, y el
hombre que le acompañaba... Bien, forzosamente tenía que ser el tipo que decía llamarse Joe Symington.
Apresuró el paso, confiando en que la muchacha no le reconociese. No le convenía en aquellos momentos. Un breve vistazo le bastó para
convencerse de que sus dos compañeros ocupaban los lugares señalados para la celada contra Ned Hilton.
Y, afortunadamente, parecía que aquella muchacha no le había reconocido.
Pero en aquel momento, Katy musitaba.
—Joe, aquel hombre... ¡Iba con el que me golpeó!
***
Dentro del hotel, en la sala de juego, Hilton, tras acariciar las mejillas de Ludmilla, se sentó a la mesa que había abandonado para atender al
pistolero de las uñas sucias.
—¿Dijo usted, doctor Allen?
—Fu... full de sotas —balbuceó el hombre.
Hilton suspiró, volviendo sus cartas boca arriba.
—Ha ganado usted. El mío es solamente de nueves —Hilton sonrió casi imperceptiblemente—. Señores, apelo a su benevolencia para que me
disculpen una ausencia de... pongamos cinco minutos.
—¿Va a pelearse con ese hombre?
—Voy a matarlo. ¿Me disculpan?
—Por supuesto.
—Gracias. Volveré en seguida. Ludmilla, ¿te importa...?
—Te esperaré aquí, Ned.
—Sí, Ludmy.
Hilton se inclinó, cogió con cariño la barbilla de la mujer y la besó suavemente en los labios.
Luego, fumando todavía el cigarro que no se había apagado del todo al quemar la mano del pistolero que le había desafiado, Ned H. Hilton caminó
risueñamente hacia la salida.
Había, sin embargo, algo que le irritaba. ¿Realmente, aquel hombre creía que le engañaba? Entrar así, sin más ni más, para desafiarle... ¿Le
creían tonto?
Les demostraría que no lo era en absoluto. Les demostraría que era ducho en aquello de desafíos intempestivos, con motivos encubiertos. Y allí
había de esos motivos. ¿Quizá los cuatro hombres que entre él y el joven Symington habían matado aquella tarde tenía algo que ver con el desafío de
ahora?
Ned N. Hilton encogió los hombros.
¿Y qué? Él sabía tener los ojos abiertos y las manos listas.
Y todavía había algo más: ella le esperaba.
8
***
El sheriff Thiess y su ayudante, Russ, estaban recogiendo los cadáveres de los tres pistoleros. El humo de la pólvora, su acre olor, todavía flotaba
ya casi imperceptiblemente en el ambiente. Pero los disparos habían dejado de atronar la calle.
Podían salir sin miedo.
—Un par de cuidado, ¿eh, sheriff?
Este arrugó el ceño.
—Son tres.
—Me refiero a Hilton y a Symington.
—¡Ah! Desde luego —el sheriff notó un cosquilleo en la nuca—. Lo son, ¿qué duda cabe?
—Aunque sólo fuere por puro trámite, tendríamos que ir a pedirles alguna explicación, ¿no le parece?
—¿Estás loco? ¿Acaso se la pedimos por lo de esta tarde? ¿O se lo pedimos a Symington por lo de esta mañana?
—Bueno. No creo que haya peligro. Nosotros nos limitamos a pedirles una explicación y como la que nos darán nos parecerá bien, no corremos
ningún peligro.
—No es necesario que hagamos el payaso. Bastante malo es que tengamos tanto miedo para encima empeorarlo con tonterías. Estos tres
hombres son tres pistoleros. Por mí, bien, muertos están. Y no pienso entrevistarme con ninguno de esos dos fenómenos del colt. Ni soñarlo.
—Muy bien; como quieras, sheriff.
—Por allí viene Carr —avisó el sheriff —. Hoy estará contento. No puede quejarse de escasez de clientes.
Carr era el dueño de la Funeraria. Vestía de negro y sus modales eran siempre lentos y comedidos. Sin embargo, a Joe, cuando lo viera pocas
horas antes, con motivo del entierro de Peter Gaskell, no le había gustado nada.
Llegó junto a los representantes de la Ley y de la cobardía.
—Buenas noches.
—Sobre todo para usted, Carr. ¿Cuánto ha ganado hoy?
—Mucho. Pero quizá si usted hubiese intervenido alguna vez, yo no hubiese ganado tanto.
El sheriff enrojeció.
—¿Qué quiere decir?
—No creo que necesite ninguna explicación complementaria. Usted me ha entendido perfectamente.
—Oiga, Carr...
Russ le tiró de una manga.
—Eh, sheriff.
—¿Qué hay?
Su ayudante señaló con la barbilla hacia la calzada, a un punto alejado de ellos unos veinte metros.
El sheriff lanzó un tenue silbido.
—Más jaleo—comentó.
Y así sería, seguramente.
Alex Bath, acompañado de sus tres pistoleros Barker, Hall y Tomlison, avanzaban, el primero delante, con Barker casi a su altura, y los otros dos
detrás hacia la parte sur de Crossing Silver.
La gente también se percató de ello y un murmullo recorrió la calle. ¿Sería posible que Bath se hubiese enterado de que Campbell había quedado
sin ningún pistolero, y acudiese a solucionar la cuestión que hacía tiempo existía entre ellos? ¿O quizá Bath sabía algo de lo que iba a pasar? ¿Estaba
Symington o Hilton a sus órdenes? ¿O lo estaban ambos aunque no hubiesen dado a conocer esta circunstancia?
Alex Bath esbozó una sonrisilla. Ni él sabía lo que pensaba la gente, ni la gente sabía lo que pensaba él, cuáles eran sus triunfos; los triunfos que le
permitían dar aquel paso hacia la casa de Campbell.
Bath vio los cadáveres y se acercó, preguntando al sheriff.
—¿Qué ha ocurrido?
—Entre Hilton y Symington se han cargado a tres de Campbell.
—¡Caramba!
Muchos de los que oyeron esta exclamación se dijeron que Alex Bath era un completo hipócrita.
Pero Bath preguntó ahora:
—Entonces, ¿Symington anda por aquí?
—Naturalmente.
—Bien, bien... Bueno, hasta luego.
Movió las riendas.
Sus tres pistoleros iban mirando a ambos lados de la calle. Habían captado la mirada de Bath después de la información del sheriff respecto a la
presencia de Symington en Crossing Silver.
Cuando Bath desmontó ante la casa de Jerry Campbell, advirtió a sus hombres...
—No dejéis entrar a nadie, mientras yo no os lo autorice. Tan sólo puede entrar Symington, en el caso de que venga.
—¿Symington?
—Eso es, Baker: Symington. Es posible que ese muchacho venga por aquí. Si no os ve, si ve que la entrada es fácil, no desconfiará a la salida, y
entonces... Ya sabéis que es muy peligroso.
Los tres hombres sonrieron.
—Nos gusta el juego. Aunque sigo opinando, patrón, que debimos matarle esta tarde.
—No demuestres tantas veces tu imbecilidad, Baker. Si le hubiésemos matado, Katy Simmons hubiese hecho cualquier cosa menos venderme el
rancho. Y una vez el rancho en mi poder, ¿para qué matarlo si no me molesta? Lo que ocurrirá ahora, es, precisamente, lo que yo deseo: Symington se
enterará de que estoy en el pueblo, concretamente en casa de Campbell. Vendrá a buscarme. Vosotros lo dejaréis entrar y... ¿quién os asegura que yo
no logro arreglar las cosas de manera que Symington mate a Campbell, o por lo menos, lo parezca? ¿Y no es más lógico que cuando salga Symington
de aquí, vosotros le matéis?
—Usted es un genio, patrón.
—No tanto —contradijo Tomlison—. ¿Quién le asegura que Symington no lo matará a usted, patrón? Recuerde lo que le hicimos esta tarde.
—Yo lo aseguro. ¿Por qué ha de matarme si le devuelvo el contrato del rancho de la muchacha, qué he traído con vistas a su protector uso?
—Pero... entonces nada habrá servido de nada.
—¿Es qué vosotros no estaréis aquí esperándolo para matarlo en cuanto asome la nariz?
Los tres hombres volvieron a sonreír.
—Además —también sonrió Bath—. Es muy posible que yo mismo logre vengar la muerte de mi buen amigo Jerry Campbell.
—Usted es un genio, patrón.
—No tanto —sonrió Bath—. Pero me digo que si el amigo de Symington murió, ¿por qué no puede morir el también? Tomad posiciones por ahí.
Alex Bath, con todos los triunfos en su poder, seguro de sí mismo y del logro de sus propósitos entró en la casa de Jerry Campbell.
***
En aquel momento, Joe Symington, tras hacerle un amistoso guiño a Rumps, que tras el mostrador vigilaba la buena marcha de su negocio salía
del porche.
Por la acera de tablas, tranquilamente, caminó hacia la casa de Jerry Campbell.
Y por el camino nadie se le acercó a decirle nada.
Jerry Campbell, ahora, estaba desamparado. No le quedaba ni un solo hombre que le defendiese. Tan sólo el jefe, el maldito jefe, cuyos planes no
estaban dando muy buen resultado. De momento, podía renunciar a la hermosa mujer que acompañaba a Hilton.
Y eso no le pondría de buen humor. ¿Quién iba a imaginar que se iba a enamorar a aquellas alturas? Aunque eso de enamorarse...
Lo importante ahora consistía en que, desde luego, él, Jerry Campbell no podía esperar, ahora ayuda de nadie.
¿Y aquella maldita muchacha, Katy Simmons, vendiéndole el rancho a Alex Bath?
—Nada saldrá bien.
¿Qué hacer?
Marcharse. Marcharse antes de que Symington le buscase. Él no perdía tanto como el jefe. Él tenía el plano de la mina de Symington...
Empezó a recoger sus cosas, en lo que invirtió escasos minutos. Repasó el revólver que guardaba en la funda sobaquera.
Eso es.
Se marcharía de allí en seguida. Más adelante, si Joe Symington o el mismo jefe lo buscaban, él ya tendría más pistoleros a sus órdenes.
Sí, había sido una buena idea...
La puerta de la calle batió. Campbell arrugó el ceño. Comprendió que sus hombres, antes de salir de allí camino hacia la muerte, la habían dejado
abierta. ¡Malditos...!
Con un rápido soplo apagó el quinqué que iluminaba su despacho. Luego corrió a pegarse junto a la puerta, con el revólver empuñado.
Los pasos, que ya habían sonado en la escalera, dejaron de oírse.
En su lugar se oyó una voz:
—No cometa tonterías, Campbell. Soy Alex Bath y he venido a charlar amistosamente con usted.
Campbell contuvo el aliento. ¿Posible? ¿Por qué no?
Sin embargo...
—No me fío de usted, Bath.
—No diga tonterías. Si tuviese intención de matarle le hubiese enviado a un par de mis hombres.
Campbell recapacitó. ¿Ciertamente?
—De acuerdo, Bath. Siga subiendo. Pero cuando llegue al rellano deténgase.
Bath obedeció las indicaciones de Campbell. Este encendió la luz. Sin abandonar el revólver, volvió a colocarse junto a la puerta.
—Quiero oír caer su revólver, Bath.
—Eso es absurdo. No es necesario que...
—Tengo el mío empuñado y amartillado. Es mejor que lo haga así.
Campbell oyó suspirar a Alex Bath, y decir:
—De acuerdo.
El ruido del arma contra las tablas resonó fuertemente. Campbell se asomó entonces. Su primera mirada fue para Bath. Inmediatamente, miró al
suelo.
—De acuerdo, Bath. Pase.
—Una desconfianza innecesaria, Campbell. Sólo vengo a hablar de negocios.
—Es posible. De todos modos, si eso es verdad, no necesita el revólver para nada. Los negocios se hacen con dinero, palabras y firmas.
—No siempre, Campbell. ¿Puedo sentarme?
—Hágalo.
A su vez, Campbell lo hizo en su sillón, tras la mesa de despacho. Dejó el revólver sobre la mesa, al alcance de su mano.
—Es mejor que abrevie, Bath. Tengo... tengo que hacer.
—Yo también. He aquí lo que tenía que decirle: le compro su rancho.
—Eso ya me lo ha dicho otras veces. Y me negué a vendérselo.
—Ahora las circunstancias han cambiado. He conseguido el rancho que perteneciera a Thomas Simmons. Me lo ha vendido su hija. Y usted sabe,
Campbell, que ni su rancho ni el mío valen nada sin el de esa muchacha.
—Es cierto; lo sé. Pero yo no puedo venderle mi rancho, Bath. Y la conversación ha terminado.
—Un momento. ¿Por qué no puede vendérmelo?
—Porque no es mío.
Alex Bath abrió la boca.
—¿Qué no es suyo? Entonces, ¿de quién es?
—Del jefe...
—¿Del...? Oiga Campbell, hablemos claro. Durante bastante tiempo todo Crossing Silver ha estado convencido de que usted era lo que parecía:
dueño de un rancho, hombre adinerado con casa en el pueblo...
—No soy nada de eso: ni ranchero, ni adinerado, ni esta casa es mía.
—Ya. Es del jefe —había retintín en la voz de Bath—, ¿no es eso?
—Usted lo ha dicho.
—Y... ¿quién es el jefe. Campbell?
La voz había sonado junto a la puerta.
Campbell gritó, y quiso coger el revólver. Un disparo certero lo alejó definitivamente de su alcance.
Bath, que se había vuelto velozmente, exclamó sorprendido a pesar de esperarlo:
—¡Symington!
Joe sonrió.
—Hola. Usted y yo, Bath, hablaremos un poco más tarde. Ese revólver que había en el suelo, debía ser el suyo, ¿verdad?
Bath palideció tanto como lo había hecho Campbell. Sí, su revólver era aquel. Se pasó la lengua por los labios. Las cosas se iban transformando,
cambiando de cariz...
***
Fuera, en la ralle, cada uno en la posición que había escogido, los tres pistoleros de Bath —Baker, Hall y Tomlison— sonrieron.
Y casi al unísono, con su característica falta de imaginación, pensaron:
—Este patrón es un genio. Apenas ha entrado Symington y ya todo le empieza a salir bien. Sí, este patrón es un genio.
***
Hilton, que había bajado casi pisándole los talones a Joe, pensó:
—Este muchacho es un demonio. Se apoyó más cómodamente en la pared de aquella casa, que había escogido por su escasa iluminación, y
continuó chupando de su cigarro virginiano.
¿Había hecho mal en dejar solas a las mujeres?
—¿Y bien? —rió Joe—. ¿Ninguno de los dos tiene nada que decir?
Avanzó hacia el centro del despacho.
—Oiga, Symington...
Una seca bofetada cuyo violencia estaba menguada por la herida que Joe tenía en aquel brazo, el izquierdo, lanzó a Bath, que acababa de
levantarse, contra la mesa de Campbell.
—Pónganse los dos aquí, de pie. Van a ser juzgados.
Riendo, Joe rodeó la mesa y se sentó cómodamente en el mullido sillón que poco antes estaba ocupando Campbell. Este y Bath quedaron enfrente
de la mesa, de espaldas a la puerta, de pie, completamente desarmados ante el risueño y, no obstante, peligrosísimo Joe Symington.
—Hable, Campbell: ¿quién es ese jefe?
—No... no lo sé...
—Lo sabe. Óigalo. ¿Fue él quien ordenó matar a mi amigo Peter Gaskell? ¡Conteste, Campbell!
—Lo... lo hizo él, personalmente.
Joe achicó los ojos. Por la estrecha rendija de sus párpados brillaba su dura mirada.
—¿Lo hizo él? Hasta es posible que también matase a Simmons, el padre de Katy, ¿no?
—Sí..., sí. También fue él. Lo esperó una noche y...
—Conozco el resto. Diga quien es y acabaremos pronto.
—¿Le da lo mismo que se lo diga yo, Symington? ¡No se mueva!
Joe se detuvo en su movimiento para amartillar el revólver y, a la vez, orientarlo hacia la puerta.
Pero...
—Sí, soy yo. Inesperado, ¿verdad? Vosotros dos, no moveros. Estáis muy bien de espaldas a mí. Incluso si Symington decidiese a jugarse la vida
disparando contra mí, podrías servirme de protección. ¿Verdad, Symington?
Joe habíase recuperado de la sorpresa. ¿Por qué no podía ser él, un hombre que parecía huir siempre de los jaleos, un hombre pacífico, el asesino
de Peter, del padre de Katy...?
El hombre empuñaba una escopeta de grueso cañón recortado y cargado, a no dudar, hasta la boca de perdigones, clavos, trozos de hierro;...
Un arma difícil para el que se sabía apuntado con ella.
—Se han quedado todos muy calladitos —rió el hombre—. Van a morir. Los tres. Irremisiblemente. Le siento, pero... no, no lo siento. ¡Ja, ja!
Campbell gimió:
—Pero... pero yo... a mí no puede matarme. Soy... soy su amigo.
—Lo eras, Campbell. Ahora te has convertido en un ser inútil, molesto. Nada te ha salido bien. ¿Cómo voy a confiar en ti? Además, veo que
pensabas marcharte con el saquito de aquel imbécil y con su plano. Buena jugada, ¿eh, Campbell.? Cuando lo has visto todo perdido has querido huir...
Usted, Alex Bath, siéntese a la mesa, de espaldas a mí y extiéndala cesión del rancho de Katy Simmons... y la del suya propio.
—¡No!
—Sí. Lo hará. Y sin trucos ni tonterías. No le amenazo con matarle si no lo hace porque de todas formas, lo mataré. Ahora bien, si no lo hace,
después de matarle a usted, es posible que hiciese lo mismo con su mujer. Y su hija, una preciosa muchachita de doce años que está estudiando en
Denver. ¿Firmará, Bath? ¿Verdad que hará lo que le he pedido?
Alex Bath inclinó la cabeza. En tan pocos segundos, comprendió la amargura que pocas horas antes ocasionara a Katy Simmons al obligarla a
firmar la cesión de su ranchito. Los mismos métodos eran ahora empleados contra él. Y las represalias, si se negaba, serían mucho más terribles para
él... —¿para él? —de lo que lo hubiesen sido para la muchacha.
Bath se sentó ante la mesa, extrajo de un bolsillo el contrato que lo acreditaba como propietario del rancho que fuera de Katy Simmons y comenzó
a redactar el traspaso.
El hombre rió.
—¿No le gustaría saber de qué va todo esto antes de morir, Symington?
—Será distraído.
—Mucho. Siga escribiendo, Bath. Usted ya lo sabe todo. Pues bien, Symington: en Crossing Silver hay mucha plata. Muchísima. Tanta, que no me
considero exagerado al afirmar que pueden obtenerse cincuenta mil dólares diarios. Lo malo es que las vetas de tan fabuloso yacimiento argentífero
nacen, o, mueren, dígalo como quiera, en las tierras de esa muchacha, Katy Simmons. Allí, la plata está casi a flor de tierra, tan a flor que su socio, al
pasar por ellas cuando venía hacia Crossing Silver, la vio. Su socio, Symington, entendía mucho. Demasiado.
Cuando llego cometió la tontería de preguntarme del afortunado mortal que poseía aquellos terrenos y el motivo por los que no se extraía tanta
riqueza. Esa fue una chifladura del viejo Simmons, que sobre tener poco dinero y no poder arriesgarlo en ese cometido, nuestro fracaso —el de Bath y
el mío, pues ya sabe que el rancho de Campbell es, en realidad, mío—y su manía de no destripar sus tierras, las conservó así, llenas de la riqueza que
yo disfrutaré.
Pero Bath y yo supimos la verdad. No digo cómo porque sería demasiado largo de explicar y, además, ¿qué importa? Lo que el viejo no supo ver,
lo que nadie supo ver ni decirle, nosotros lo vimos, aunque naturalmente, lo callamos. Nuestra intención, está claro, era comprarle el rancho y explotarlo.
Pero el viejo era tozudo. Lo maté, pensando que la hija seria más fácil de convencer, de manejar... Pero Bath aprovechó mi... resolución para...
—Su asesinato —cortó fríamente Joe.
—¿Qué más da? Le llamaremos asesinato, si usted quiere. Decía que Bath quiso sacar partido de mi resolución, y que, por ahí, surgió la rivalidad
entre él y Campbell, mi cabeza de turco. ¡Pobre Campbell! Campbell: ¿de verdad creías que hubieses salido vivo de Crossing Silver aunque todo me
hubiese salido bien sin necesidad de tener que intervenir yo?
Por supuesto, Symington, a su socio lo maté a cuchilladas cuando él me abrió confiadamente la puerta de su habitación. ¡Pobre muchacho! Usted
se adelantó un poco al momento en qué yo pensaba descubrirlo allí. Cogí el saquito y le quité el plano. Vi las muestras. Era una mina ridícula y a mí no
me interesaba que nadie viese aquello en mi poder. Por la noche, Campbell salió a Crossing Silver y las tiró. Pensó que aquel sitio era bueno y que
nadie las descubriría hasta que, quizá más adelante, pudiésemos aprovechar también aquel yacimiento.
Alguien, forzosamente por casualidad, descubrió el saquito y el plano. Pero a mí me era indiferente, la verdad. Lo bueno lo tenía aquí, en Crossing
Silver. Otra cosa, Symington; ¿no cayó en la cuenta de que en el saquito, cuando lo recuperó, habían cinco piedras en lugar de cuatro?
—Sí, lo noté, pero...
—Si usted hubiese entendido algo de minas, quizá no estaría ahora en esta situación, porque hubiese visto que la pieza que sobraba era de una
riqueza en plata muy superior a la de su mina. Era la piedra que su socio recogió de las tierras de los Simmons. Y volviendo a los Simmons y a sus
tierras. Decía que las vetas nacen allí y se hunden. Nadie puede calcular los millones que hay allí enterrados. Desde mi rancho hubiese podido hacer los
pozos y acudir al encuentro de ésas vetas. Pero hubiese sido carísimo y, lo que menos me convenía, delator. Se hubiese sabido la verdad. Que la mina
nacía en tierras de Simmons, y la Ley concede el yacimiento al dueño del terreno en donde nace. Tenía que conseguir las tierras de Simmons. Su
llegada, su matanza de pistoleros de uno y otro bando han simplificado las cosas... afortunadamente para mí. También Alex Bath ha contribuido a que el
rancho Simmons sea ahora mío. Les agradezco mucho su colaboración. Y celebro que Bath no me haya dado oportunidad de molestar yo a la
muchacha, aja Simmons, cosa que, lo reconozco, estaba ya casi decidido a llevar a cabo.
Bien, creo que eso es todo. ¿Lo ha firmado todo, Bath? ¿Soy ya dueño de esa enorme y maravillosa riqueza plateada? ¿Soy tan rico que podré
conseguir, como sea, a la mujer de Hilton? Vamos, alárgueme los documentos.
Alex Bath obedeció. Pero cuando el hombre de la recortada alargaba su mano izquierda, Bath se lanzó, gritando, sobre él. Recibió en el pecho
toda la carga de plomo y hierro, pues su proximidad a la boca del arma, impidió que aquella se desparramase por toda la habitación.
Bath murió en el acto, casi partido en dos.
Joe se tiró al suelo, en busca del revólver que había dejado allí, siguiendo la orden del hombre que le amenazara al llegar tan sorpresivamente para
todos.
Campbell gemía sin saber qué hacer, refugiado en un ángulo de la estancia.
Cuando Joe se incorporó de detrás de la mesa, el hombre le lanzó la recortada a la cara. En seguida sacó un revólver. Pero el disparo de Joe, que
le acertó en un brazo —el que sostenía los documentos, que cayeron al suelo—le hizo fallar el disparo.
El hombre desapareció escaleras abajo.
Joe cayó sus pasos precipitados. Pero de nada le iba a servir. Sin excesivas prisas, recogió los documentos, sin prestar atención a Campbell, que
también escapaba de allí, escaleras abajo.
Campbell llegó a la planta baja y, temiendo que si salía por la puerta trasera, la misma que había empleado, según su costumbre, el hombre que
hasta entonces había sido su jefe, salió, corriendo, por la que daba a la calle Mayor de Crossing Silver.
Alocado, corrió hacia el caballo que vio más cerca. La vida. Por lo menos salvaría la vida. Más allá, Barker frunció el ceño. ¿Qué había ocurrido?
Aquel no era el genio, su jefe...
Sin pensarlo mucho, desenfundó y disparó. Hall y Tomlison, que había mirado esperando su reacción, como jefe de grupo, le imitaron.
Campbell comenzó a contorsionarse grotescamente al recibir en su cuerpo buena cantidad de proyectiles. En sus saltos de muerte, llegó hasta el
centro de la calzada, donde cayó tan muerto y tan estropeado su cadáver como el de Alex Bath al recibir la descarga completa de la recortada.
Más allá, Hilton arrugó el entrecejo.
¿Y Symington?
¿Sería posible que...?
¡Allí estaba! ¡Bravo muchacho!
Iba a gritarle que tuviese cuidado, que había tres hombres esperando a los que salieran de aquella casa, cuando vio al joven que, apenas puestos
los pies en el porche, saltaba hacia delante y caía en la calzada, girando sobre sí mismo, hasta que finalmente, quedando de rodillas, abrió un veloz
fuego sobre los hombres que se habían delatado ante él al matar a Campbell.
Hilton se dejó ver.
—¿Le ayudo, Symington?
—¡Hilton! ¡Por Dios, corra junto a ellas...!
¿Correr? No podía. Tenía una pierna herida. Pero si Symington le decía que corriese junto a ellas, era que tenía que hacerlo. La calle se había
vuelto a vaciar y Hilton montó sobre un caballo que lanzó a toda velocidad hacia el hotel. ¿Por qué se le habría ocurrido dejar solas a las mujeres?
Joe notó un golpecito en un nombro. A su lado, reventaba el polvo en numerosos surtidores.
Disparó su cuarta bala y no pudo ver cómo entraba por la boca de Barker, que era el más cercano a él y, por tanto, el más peligroso en aquellos
momentos. No obstante, Joe comprendió que aquel hombre ya no debía preocuparle...
Giró su arma hacia la izquierda. Notó el candente zumbido de dos balazos que, de no haberse girado, le hubiesen acertado en la cabeza.
Lleno de rabia, con los dientes apretados, Joe disparó contra el autor de aquellos disparos sus dos últimas balas. El hombre se llevó las manos al
pecho, y cayó como un poste hacia delante.
El último que quedaba, aterrorizado ante aquel hombre al que las balas parecían respetar, corría hacia la salida del pueblo, a pie, insensatamente.
Solamente quería huir como segundos antes Campbell.
Joe oyó el clic de su arma vacía. Se incorporó corriendo hacia uno de los caballos que permanecían atados a las barras.
Extrajo el rifle que había en la silla y, conteniendo el dolor que le producía el hombro al sostenerlo, apuntó serenamente, Disparó.
Ciento treinta metros más allá, el pistolero que huía brincó hacia delante, en un mortal plongeon que: aplastó su cara contra el suelo. Tenía un
balazo en el centro de la espalda que, tras romper la columna vertebral y ser desviado ligeramente por ésta, había rozado el corazón.
Sin perder tiempo en averiguaciones, arrastrando el rifle, Joe corrió cuanto pudo hacia el hotel. Nadie había todavía en la calle. La vista se le
nublaba...
Llegó junto a una de las ventanas del bien iluminado hotel de Jim Stack, alias Rumps.
En seguida vio a Hilton. Estaba de pie, en el centro de la sala principal, mirando hacia lo alto de las escaleras. Su mano derecha empuñaba un
revólver, pero colgaba a su costado sin poder usarlo.
El motivo era que en lo alto de la escalera, Jim Stack, el maldito Rumps, tenía fuertemente cogida por la cintura a Ludmilla, la preciosa muchacha
que, si Joe no se equivocaba, tanta importancia tenia en la vida de Ned H. Hilton. La mano derecha de Stack empuñaba un revólver que Joe
comprendió no vacilaría en usar contra la muchacha si cualquiera de las personas que había abajo intentaba algo contra él.
¡Maldito Rumps! El discreto, tímido, servicial... el oscuro e insignificante Rumps era el hombre que había movido los hilos de aquella trama que
había costado las vidas de Peter Gaskell, Thomas Simmons, y... ¿cuántos más, sin contar los pistoleros? Un hotelero representante de la molicie,
convertido en asesino, empujado por la ambición.
Rumps comenzaba a bajar las escaleras. Confiaba en poder escapar, escudado en la muchacha. Y el muy cerdo hasta era posible que quisiera
llevársela consigo. Joe puso una rodilla en tierra. Apoyó la punta, solamente la punta del cañón del rifle en el ángulo inferior de la ventana. Apuntó.
El rostro de Rumps, por un lado del de la muchacha mostraba sus grasosas abundancias: un ojo, un trozo de frente, de cuello...
Joe eligió la frente. La muerte era más instantánea. Si podía acertarle. Gruesas gotas de sudor resbalaban por la frente del joven, que apretaba los
dientes para contener el dolor del hombro y estabilizar la puntería.
Contuvo el aliento. Su índice comenzó a apretar suavemente el gatillo.
—Que Dios y Hilton me perdonen si hiero a la muchacha, pero...
Sorprendiéndole también a él, el disparo brotó del rifle. Joe retiró la cabeza del arma. Vio un pequeño agujero en la frente de Jim Stack. Era un
agujero negro, muy negro...
Pero pequeño no.
No era pequeño, porque él lo veía cada vez más grande, más grande, hasta que todo cuanto veía no era más que un enorme agujero negro...
ESTE ES EL FINAL
Joe y Katy, en el porche de! ranchito, que pronto se convertiría en el más rico y envidiado de Crossing Silver, incluso de Nevada, dijeron adiós por
última vez a Ned H. Hilton y Ludmilla.
—¿Por qué no le gustará a Ned quedarse en un mismo sitio, chiquita?
—Porque se debe aburrir. Pero nos ha prometido que nos visitarán a menudo.
—Esperemos que así lo hagan. Ned es un pistolero, pero también es un buen amigo. ¿Cuánto hace que nos conocemos, chiquita?
—¿Tú y yo o tú y Hilton?
—Tú y yo.
—Ocho días. Uno de verdad; siete cuidándote. Nunca he visto un hombre que en un sólo día quedase tan estropeado como tú, Joe.
Pero Joe ya no estaba tan estropeado. Habían desaparecido los desperfectos de su rostro y sólo su brazo izquierdo, en cabestrillo todavía,
recordaba la feroz lucha sostenida una semana atrás.
Joe suspiró.
—Es cierto. Quedé muy estropeado. Y todo por doscientos cochinos dólares mensuales. ¿Qué vaquero haría lo que hice yo por doscientos dólares
al mes, chiquita?
—Ninguno. Porque lo que tú hiciste no hubiese podido hacerlo un vaquero. Se ha de ser pistolero y muy pistolero para conseguirlo.
Joe frunció el ceño.
—Entonces... ¿lo fui?
—¿Pistolero? Sí, Joe, lo fuiste.
—Eso no me gusta. Un pistolero de doscientos dólares es de los de bajo precio.
—Quizá —Katy se ruborizó—. Quizá yo puedo compensarte, Joe.
—¿De veras? ¿Y cómo?
Katy, con el rostro encendido, cayó en los del hombre sus enormes y electrizantes ojos verdes. Joe tragó saliva.
—Com... omprendo, chiquita. Puedo... ejem... Esto... Bueno, ¿puedo... puedo... puedes hacerme un anticipo? Aunque sea pequeñito...
—Oh, Joe...
— oOo —