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Carrigan Lou Pistolero A Bajo Precio

lou carrigan pistolero a bajo precio
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Annotation

Serie Bravo Oeste 277.

PRELUDIO
1
2
3
4
5
6
7
8
ESTE ES EL FINAL
LOU CARRIGAN
PISTOLERO A BAJO PRECIO

— oOo —
PRELUDIO

Joe Symington se pasó la sucia manga de la camisa por la sudorosa frente.


Sonreía.
—Muy bien, Peter: lo logramos. Ya somos ricos.
—Todavía no.
—Oh, bueno, no seas ave de mal agüero. Lo seremos muy pronto. En cuanto hayamos registrado la mina a nuestro nombre.
—Es una mina muy rica. Demasiado.
Joe se recostó en una roca. Vertió una insignificante cantidad de tabaco en su mano izquierda, guardó la bolsita, extrajo papel de fumar y lió un
finísimo cigarrillo.
Le prendió fuego y fumó voluptuosamente.
Un fino cono de humo salió del hueco que dejaban sus prietos labios.
—¿Demasiado? ¿Porqué?
Peter se encogió de hombros. Hablaba muy poco.
—Demasiado —repitió.
—¿Cuántos años tienes, Peter?
—Veintiocho.
—Hermosa edad. Uno más que yo. ¿Crees que para un hombre es demasiada riqueza la qué puede producir esta mina?
—Demasiado —se obstinó Peter.
Joe distendió sus agradables y varoniles facciones en una burlona sonrisa.
—Es verdad —suspiró—: demasiado. Cédeme tu parte, Peter.
Este respingó.
—¿Pretendes tomarme el pelo?
—¿Lo ves? —rió Joe—. No es demasiado. Incluso si me apuran un poco, podría decir que es muy poco. Recuerda que hemos de repartirlo entre
los dos. Y habrán muchos gastos antes de que empiece a rendir buenos beneficios.
—Nos arriesgaremos. ¿Quién irá a Crossing Silver?
—Tú mismo.
—¿Por qué yo?
—¿Y por qué tú no?
—De acuerdo. Iré yo. Hagamos el plano.
Joe seguía fumando.
—Hazlo tú. Ya sabes que yo no entiendo mucho de estas cosas. Ni siquiera entiendo de minas. Si he recurrido a esto ha sido principalmente para
ver si lograba olvidar que manejo el revólver demasiado bien.
—Demasiado—gruñó Peter.
—No tengo la culpa si me enseñaron a hacerlo, Peter.
—Me refería a que aquí hay demasiado dinero. Por mi parte, francamente, es muy agradable contar con un socio que sabe manejar el revólver
mejor que el Diablo el fuego.
—¿No exageras?
Peter se permitió una levísima sonrisa.
—¿Te lo parece?
Joe inclinó la cabeza. No, Peter no exageraba. Para él, para Joe, un revólver era algo dotado de vida propia. No era un arma, un objeto, sino una
prolongación, una adición complementaria e inseparable del resto de sus condiciones físicas. Joe con un revólver era capaz hasta de —malas lenguas
lo habían asegurado—freír un huevo o asar a fuego lento unas lonjas de tocino.
O, bien, con un revólver...
—No sé si sentirlo, Peter. Quisiera abandonar el revólver. Quiero ser una persona tranquila, quiero que se olvide mi nombre de entre los famosos
con el Colt. Quiero vivir en paz. Sin embargo, a veces...
Symington se colocó el cinto en torno a su cintura. La funda coleada muy baja, brillante, usadísima... Su mano se desdibujó en el aire y el Colt
apareció en ella.
—A veces, Peter —prosiguió Joe—, noto en la palma de mi mano algo así como una comezón, un cosquilleo, un extraño hormigueo... y tengo que
coger el Colt. Tengo que empuñarlo aunque sólo sea para calmarme.
—Comprendo.
—No. Tú no lo comprendes. Es... es algo... algo salvaje y doloroso para el que lo siente. ¿Ves aquella piedra?
—Sí. Aquella grande, dorada, como la cabeza de un hombre, Ano?
—No. Me refiero a la otra, a la pequeña a la que hay al lado de la que tú has señalado. Es casi negra.
—Pero... aquella no es más grande que un cartucho del cuarenta y cinco, Joe.
—Exacto. A veces me da la impresión de que no sería capaz de acertarla ya, después de tanto tiempo...
—¿Acaso alguna vez fuiste capaz de acertarla?
—¿Alguna vez?
Los ojos de Joe se cerraron casi completamente., Ahora sólo veía la piedra. Era muy pequeña. Y veinte metros no era ninguna distancia
despreciable para un blanco de este tamaño.
Joe abría y cerraba las manos nerviosamente. Las tenía llenas de durezas.
El pico, la pala... ¡Bah! Ni siquiera notaría en sus palmas el contacto del revólver...
No pudo contenerse.
Disparó.
La piedra se convirtió en una negra nube de tierra pulverizada. Joe no enfundó el arma. Siguió disparando. Hasta cinco piedrecillas del mismo
tamaño aproximado de la primera fueron pulverizadas.
Luego lanzó el Colt al aire, lo cogió por la culata, lo volvió a lanzar, le imprimió un giro golpeando el cañón con el dedo índice, el arma dio dos
veloces vueltas y quedó nuevamente empotrado en su callosa mano.
Peter se pasó la lengua por los labios.
—¿Seguro que quieres olvidarte del revólver, Joe?
Joe volteó el revólver por el aire. El arma cayó con precisión en su funda.
Suspiró.
—Seguro, Peter, seguro. Vamos, haz el plano.
—Muy bien.
Se sentaron en el suelo, uno al lado del otro.
Mientras Peter dibujaba el plano del emplazamiento de aquella mina que prometía millones, Joe fue exponiendo su plan:
—Tú saldrás inmediatamente para Crossing Silver, Peter. Te llevarás el plano y los dos caballos. Tienes que llegar cuanto antes. Una vez
registrada la mina, procura encontrar algunos hombres que estén dispuestos a trabajar de firme. Recuerda que hace tiempo que la gente se desengañó
de encontrar plata por aquí. Ahora casi todo el mundo se dedica al ganado... Pero habrán algunos cesantes...
Dos horas después, ya anochecido, Peter se alejaba del campamento, mientras Joe se dedicaba a recoger todo el material, las pruebas del
mineral, los utensilios...
No tenía caballo. Peter se llevaba los dos. Bien, ¿qué importaba?
La diligencia no pasaba demasiado lejos de allí. Claro que si no estaba mal informado, tardaría aún un par de días...
Pero... ¿qué importaba?
Cuando ya no podía ver absolutamente nada, decidió dejar su trabajo para el día siguiente. Había tiempo para todo...
1

La diligencia se detuvo con un molesto chirriante ruido de frenos, de gritos, de relinchos...


De ella descendieron:
Un obeso comerciante.
Una mujer de mediana edad y menos de mediana hermosura, portando una infinidad de bultos y maletas que nadie le ayudó a descargar.
Una bailarina... ejem... Es decir, una muchacha que parecía ser bailarina destinada a cualquiera de los saloons de Crossing Silver.
Un muchacho alto, delgado, de ojos grises y mentón firme.
Este fue el último, y cuando se decidió a recuperar su silla de montar, que iba en lo alto del vehículo, éste se movía ya hacia las cuadras con el fin
de desenganchar aquellos caballos y reponerlos por otros más frescos.
El muchacho quedó envuelto en una nube de polvo.
No parecía importar.
Dejó la silla en el suelo, se pasó la sucia manga de la camisa por la frente y suspiró. Movió las mandíbulas como si masticase algo, hizo un gesto
de resignado asco y se encogió de hombros.
El polvo se posó nuevamente en la calzada.
El muchacho paseó una interesada mirada por el grupo de curiosos que presencia siempre la llegada de las diligencias.
No.
Peter no estaba allí.
De acuerdo. Ya lo encontraría. Ahora, lo interesante era bañarse... ¡Je, bañarse! Bueno, por lo menos bebería algo. Aquel maldito polvo. Había oído
decir que se estaba construyendo un ferrocarril... La Compañía, si no había entendido mal, se llamaba Unión Pacific Railway... Decían que en los trenes
aquellos no se tragaba tanto polvo como en las diligencias;
¿Sería verdad?
¡Oh, diablos...! Bueno... ¿qué importaba?
Alzó la vista.

JIMS HOTEL Drinks, Rooms, BATHROOM

¡Había baño!
Y bebidas.
Lo de que había dormitorios ya no le importaba tanto.
Escupió al polvo. De pronto, al ver la palabra Bebidas, su sed se había incrementado.
Se echó la silla de montar al hombro y comenzó a subir los escalones de madera que conducían al porche. Subía con la cabeza inclinada, no sólo
por el peso de la silla, sino por el de sus propios pensamientos, que se repartían entre Peter, la bebida y el baño que prometía aquel hotel...
Vio los tres pares de botas. Estaban sucias, muy sucias. Y los pies eran grandes, muy grandes. Levantó la vista. Naturalmente, tres hombres, cada
uno de ellos metido en su correspondiente par de botas.
Sonreían. Sus semblantes eran torvos, rufianescos, con síntomas de degeneración, o, más bien, de disipación.
No, no parecían tener malas intenciones.
Pero entorpecían su paso hacia las bebidas, hacia el baño... ¡Oh, caramba, el baño...!
Quiso sortearlos, pero ellos le cenaron el paso, siempre con su amistosa sonrisa.
—¿Ned Hilton? —preguntó uno de ellos.
El muchacho suspiró aliviado. No, él no se llamaba así. Por tanto, en cuanto les dijese su nombre le dejarían en paz... y podría beber un par de
whiskies
Así que, muy sonriente, aclaró:
—No. Yo me llamo Joe Symington...
Uno de los tres individuos le dio a otro con un codo.
—¿Has oído, Lang? Dice que se llama Symington, Joe Symington: ¿Gracioso, verdad?
—Sí. ¡Jo, jo, jo! Muy gracioso, Barker...
Joe frunció el ceño.
—No veo qué tiene de gracioso llamarse Joe Symington.
—Pues... —el hombre que llevaba la voz cantante, el tal Barker, se rascó la nuca, echándose el sombrero hacia delante — gracioso, gracioso, lo
que se dice gracioso de verdad no tiene nada, pero... Bueno, siempre hace más gracia un nombre cualquiera que el de Ned Hilton.
—Usted sabrá de qué está hecho el pastel, amigo. Yo, si no tiene inconveniente, me iré a beber un par de whiskies. Y le aconsejo que se compre
un sombrero más grande. El que lleva ahora no le basta para prevenirse de las insolaciones.
Joe acabó de subir los peldaños, apartando suavemente a los tres hombres. No les concedía demasiada importancia. Pero eran tercos.
Cuando ya los había rebasado, Barker le colocó uno de sus pies entre los dos suyos. Joe perdió el equilibrio, dio dos torpes pasos hacia delante,
llegó junto a las puertas batientes del hotel, quiso agarrarse a éstas, sus manos fallaron y, dando de cara contra las citadas batientes, las abrió,
penetrando en el hotel de muy inusitada manera.
Fuera se oyeron carcajadas.
Dentro, un hombre gordo, con camisa a cuadros y un mandil blanco sobre ella y parte de los pantalones, lo miró entre burlón y compasivo. Parecía
haber estado observando la escena.
—¿De verdad no es usted Ned Hilton?
Joe se sentó en el suelo.
—De verdad, ¿Tiene whisky?
—¿Tiene dinero?
—Tengo dinero.
—Tengo whisky —suspiró el hombre—. ¿Será...?
—Uno doble. Del bueno. Póngamelo, que ahora vuelvo.
Joe Symington se levantó. Se pasó la mano por la boca. Bien. Se tocó el revólver enfundado muy bajo de la cadera derecha. Seguro. Él no era Ned
Hilton.
Era Joe Symington.
Suspiró.
—Tendré que demostrárselo a esos tres imbéciles —masculló.
Empujó las batientes, de aquel color verde y fresco, tan bonito.
El llamado Barker y sus dos compinches todavía reían.
Joe miró a Barker. Alzó la mano y movió su dedo índice, curvado, en un gesto de llamada.
—Psit.
Barker dejó de reír.
—¿Es a mí, Hilton?
Joe se resignó.
—A usted. ¿Le gusta el whisky?
—No sea idiota.
—Eso quiere decir que sí. Venga, por favor.
Y sin esperar a cerciorarse de si era seguido o no, penetró nuevamente en el hotel. Se dirigió al mostrador. El whisky estaba allí, y bebió un
traguito.
—¡Puag! ¿Oiga, esto es whisky?.
—Dicen —replicó el gordo del mandil.
Barker, cuya curiosidad le había impulsado a entrar, llegó junto a Joe. Le tocó un hombro.
—Hola.
Joe sonrió.
—¿Todo el whisky de Crossing Silver es como éste?
—¿No le gusta? —sonrió—. Lo probaré.
—Hágalo. ¿Y sus amigos?
—Han ido a comprarle un ataúd.
—¿A mí?
—A usted, Hilton.
Diciendo esto, Barker se llevó el vaso de Joe a los labios. De un rápido trago lo vació.
—¿Le gusta?
—No mucho.
Joe sonrió.
—Entonces... ¿quizá le gusta más esto?
Su puño derecho se hundió en el bien forrado estómago de Barker. Este abrió mucho los ojos y la boca. Por ésta se escapó todo el aire de su
cuerpo. Palideció, doblándose hacia delante.
Quizás, instintivamente, su mano derecha se había dirigido hacia el revólver de aquel lado. No pudo empuñarlo. Un violentísimo puñetazo de Joe,
que le alcanzó en el centro de la barbilla, lo lanzó hacia atrás, con los ojos en blanco.
Quedó despatarrado, como un muñeco.
El hombre del mandil miraba con los ojos desorbitados a Joe.
Y Joe comentó:
—Caramba, no aguanta ni un solo vaso de su asqueroso whisky. Probaremos con otro. ¡Ah! Póngame otro doble. Pero que sea mejor, ¿eh?
—Sí... sí, señor.
Joe volvió a asomarse a la puerta. Mentira. Barker le había engañado. Sus dos amigos no habían ido n buscar ningún ataúd. Estaban allí,
esperando.
Parecieron sorprendidos al verle.
Joe señaló a uno de ellos.
—Su amigo le llama.
El hombre se precipitó dentro del hotel. Apenas se acostumbraron sus ojos a la semipenumbra, vio a Barker.
—Oiga, ¿qué le ha hecho a Barker.,.?
—Esto.
El hombre se había vuelto al hacer la pregunta y se encontró frente a Joe. Antes de que pudiese pensar en nada, el joven fue explícito, tal como se
le había pedido. Un puñetazo a la boca del estómago, primero. Un directo a la barbilla, después. Aquel tipo que se llamaba Lang, cayó al suelo,
redondo.
Joe refunfuñó algo y se acercó al mostrador.
—Veo que no me ha puesto el whisky, hotelero.
—¿Eh? ¡Ooooh! ¡Enseguida...!
Cuándo tuvo el vaso ante sí, Joe bebió prudentemente un corto trago. Lo paladeó. ¡Oh, diablos, el whisky...!
—¡No se mueva! —gritó una voz.
Joe se volvió, tranquilamente, con el vaso en la mano izquierda. Lo sostenía en alto. Era el tercero de la serie. Todos iguales: bravucones,
estúpidos, sucios... La vergüenza de los verdaderos pistoleros, eso es lo que eran los tipos como aquellos tres.
—Y usted no grite —amonestó Joe—. ¿Qué se le ofrece?
—Le voy a matar —masculló, sordamente, el otro.
—No podrá.
—¿Eh?
Joe se separó del mostrador, sin soltar el vaso. Tenía la desventaja de que la luz solar de la calle daba a espaldas el otro, ocultando sus facciones
y, por lo tanto, su rostro, su expresión.
¿Y bien? ¿Qué importaba eso?
—He dicho que no podrá.
Pero parecía que por lo menos iba a intentarlo.
Joe oyó el ruido del cilindro al ser movido por el movimiento del percutor que el hombre levantaba con el dedo pulgar. Una bala, siempre, quedaba
frente al percutor, lista para matar.
—Guarde el cacharro...
El hombre no le hizo caso. Disparó.
La bala pasó alta, casi rasante, por encima del mostrador. Alta con relación al lugar en que estaba ahora Joe, entiéndase. Porque Joe se había
dejado caer al suelo, sencillamente. Sin movimientos espectaculares, sin gritos, sin nada... excepto el revólver que había aparecido en su mano y que
disparó una sola vez.
El whisky de su vaso se había vertido.
El arma de su enemigo había volado por los aires.
El hombre del mandil aparecía con la boca grandemente abierta. Cuando la cerró, entrechocaron sus dientes.
Joe se incorporó. Movió el Colt en dirección al hombre que había intentado matarle.
—Venga para acá, chiquito.
El hombre vaciló, pero muy brevemente. Obedeció. Joe estaba soplando al cañón de su revólver cuando el seudopistolero se quedó frente a él,
junto al mostrador. Estaba muy pálido y le sangraba la mano derecha.
—¿Vio como no pudo? —se volvió al hotelero—. ¡Hey! Whisky para el caballero. Mucho whisky. En un vaso grande, enorme; el vaso más grande
que haya en la casa.
Joe comenzó a voltear el revólver. El hombre que había sido herido miraba como fascinado sus habilísimos movimientos. Pensó que él tenía un
revólver izquierdo y que mientras el hombre que ellos se obstinaban en creer Ned Hilton volteaba el suyo, quizá podría...
—¿Por qué no lo intenta? —rió Joe—. No creo que lo consiguiese, pero...
El hombre palideció más.
—¿Qué... qué dice...?
El del mandil depositó una enorme copa encima del mostrador. Era una copa que nunca se usaba. Una copa de muestra, grande, enorme, que
podía haber sido usada como una muy aceptable pecera.
—¡Hombre, muy bien! Usted me comprende, amigo. Es inteligente. ¿Cómo se llama?
—Ji... Jim Stack... Pero me llaman Rumps. Joe soltó una carcajada.
—¡Oh, diablos, es cierto! La gente de este pueblo tiene muy buen humor. (1) Está usted demasiado gordo, Rumps. Pero esto es gracioso,
graciosísimo...
(1) RUMPS, significa NALGAS.
Joe dejó de reír. Miró al herido, que permanecía impasible, con un leve gesto de dolor en su rostro, sin perder de vista el revólver de Joe, que no
cesaba de girar.
Y la mirada de Joe era dura cuando preguntó:
—¿Usted no encuentra esto gracioso, amigo?
—No.
El Colt de Joe quedó súbitamente quieto, apuntando a la cabeza del hombre.
—A veces soy un poco duro de oídos. Pero me ha parecido entender que no lo encuentra gracioso. Desde luego, tengo que haberme equivocado,
¿no?
—He... yo... verdaderamente, sí, es... es gracioso.
Joe continuó dando vueltas a su Colt.
—¿Verdad que sí? Vamos, ríase un poco entonces, hombre.
—¿Qué...? ¡Ah, sí, sí...! —el Colt de Joe había vuelto a inmovilizarse—. Que ría, ¿eh? Ejem... ja, ja, ja...
Joe sonrió divertido.
—Su alegría es verdaderamente contagiosa, amigo. Vamos a celebrar nuestro buen humor. ¿Le parece? A ver, Rumps, llénale la copita a mi
amigo el señor, el señor...
—Rally... Me... me llamo Rally...
—Precioso. Yo me llamo Joe Symington. Y no me diga que lo duda. ¿Lo duda?
—No, no.
—Perfecto. A ver esa mano herida... ¡Oh, diablos, esto puede infectarse! Meta la mano en la copita.
El hombre retrocedió un paso.
—¡No!
—Como quiera.
Joe disparó. La bala destrozó el cosido lateral de una de las botas del llamado Rally. Este tragó saliva.
—No... no puede obligarme a eso... ¡Sí, sí, lo haré,...!
Joe bajó suavemente el percutor que acababa de levantar nuevamente para posarlo con suavidad sobre el cartucho que estaba listo para matar.
—Veámoslo.
No sin vacilaciones, el hombre introdujo la mano herida en el whisky. Se mordió los labios, lanzó un grito de dolor y retiró inmediatamente la mano
del líquido. Este tenía ahora una tonalidad rojiza.
—Y ahora, ¡bebamos!
Joe cogió el nuevo vaso que Rumps se había apresurado a colocar ante él. Rally vaciló, mirando con repugnancia su enorme copa llena de whisky
mezclado con sangré.
La mirada de Joe diluyó sus vacilaciones. Cogió la copa con manos temblorosas y bebió un sorbo. Luego estudió a Joe, que se limitó a decir:
—Beba más. Todo. Bébaselo todo.
—No, no...
Joe volvió a disparar. El hombre notó un quemazo en el cuello al alcanzarle el plomo que, luego, se incrustó en la pared de madera del hotel.
Rally comenzó a beber. En la copa había un litro. Cuando iba por cerca de la mitad sus ojos estaban muy abiertos y brillantes. Comenzaron a
lagrimearle. Se detuvo. Tosió. Intentó hablar.
—Vamos, vamos —animó Joe—, no sea mamarracho. Cualquiera, al verle, podría pensar que no es capaz de beberse una copita de whisky.
Pero el hombre no pudo. Dejó la copa sobre el mostrador y Joe comprendió que ni siquiera amenazándole con la muerte podría conseguir que
acabase con el contenido de la copa.
El hombre estaba ahora rojo, y sudaba. Quiso hablar y no pudo. Se llevó las manos a la garganta, manchando ésta con la herida. Dio unos pasos,
posiblemente no sabía hacia dónde.
Joe le aconsejó:
—Quieto; sólo un momento. Y no se mueva por nada del mundo.
Rally obedeció. Su mirada comenzaba a enturbiarse rápidamente. Joe le colocó uno de sus compañeros sobre cada hombro. El hombre parecía
capaz de resistir el peso.
—Ahora, fuera de aquí. Y sujeta bien a tus amigos, que no se caigan.
Así apareció Rally en la puerta, empujando de cualquier manera las batientes. El grupo de gente que se había congregado cuando parecía que era
Joe quien iba a llevar la peor parte, y que luego había aumentado con los que habían acudido al oír los disparos, soltó, al unísono, una gran carcajada.
La siguiente carcajada fue aún más sonora, cuando Joe atizó un fuerte puntapié en las posaderas de Rally, justamente en el momento en que éste
llegaba al primero de los escalones que llevaban desde el porche a la calzada.
Los tres amigachos rodaron en montón sobre el polvo.
Joe se pasó la lengua por los labios, mirando a su alrededor. No vio ni una sola mirada de reproche. Más valía así.
Comentó, con visos clarísimos de aseveración tajante:
—No me llamo Ned Hilton.
Nadie dijo nada.
Volvió la espalda a la calle y entró en el hotel, sin haber podido ver la mirada de intensa admiración en unos bellísimos ojos verdes, que
relampaguearon con entusiasmo.
2

Bueno, ya estaba. Ya había empleado el revólver. Claro que no había matado a nadie, pero...
Se acodó en el mostrador.
—Veamos, Rumps, si logro beber algo verdaderamente bueno.
—Sí, señor.
Joe bebió y luego asintió con la cabeza.
—Esto ya es otra cosa —desenfundó el colt y procedió a recargarlo, sin mirarlo, con la vista fija en el hombre gordo—. ¿Conoces a un hombre
llamado Peter Gaskell?
—No lo sé.
—¿Cómo dice?
—Vienen muchos hombres por aquí. Uno nunca sabe si el nombre que dan es el verdadero... Pero, ahora recuerdo...
Rumps se agachó tras el mostrador y reapareció con un grueso libraco. Lo abrió, tras ponerlo sobre el mostrador y pasó su morcilludo índice por la
última página escrita.
—Aquí está: P. Gaskell. Sí, es verdad. Por cierto, desde anoche, que subió a su habitación, no lo he vuelto a ver.
Joe sonrió...
—Debía estar muy cansado. Ya es mediodía. ¿Cuál es su habitación?
—Arriba. La doce. Le acompañaré.
—No te molestes, Subiré solo. ¡Ah! Carga estas bebidas en su cuenta.
—Sí, señor.
Joe subió las escaleras, despaciosamente. Era de esperar que Peter durmiese tanto y tan profundamente como para no haber oído los disparos,
porque ya habría registrado la mina. Todo hecho. Oh, sí, Peter había sido siempre muy activo.
Habitación doce.
Llamó con los nudillos y la puerta cedió. Joe movió la cabeza desaprobadoramente. Un poco descuidado. Eso es lo que en Peter, a veces. Muy
pocas veces, pero lo era...
El sol entraba oblicuamente por una ventana, iluminando lo suficiente la habitación para que Joe viese en seguida a su amigo. Estaba tirado en el
suelo, boca abajo, con las manos extendidas hacia delante.
—¡Diablos! ¿Ni siquiera pudo llegar a la cama?
Se inclinó sobra él.
—Eh, Peter.
¿Dormía?
Lo volvió cara arriba. Cedió fácilmente, con extraña inercia. Joe quedó petrificado. Notó frío en la nuca; un frío que luego descendió
vertiginosamente por la columna vertebral.
Permaneció así unos segundos, mirando, estático, la gran mancha de sangre ya seca que manchaba la camisa de su amigo. ¿Muerto? Le tocó la
cara. Estaba fría; total, absoluta, definitivamente fría.
Muerto.
Joe se remojó los labios con la saliva que parecía habérsele espesado. Muerto. Peter estaba muerto. Su amigo, su socio, el hombre que
consideraba excesiva riqueza el hallazgo de una buena mina de plata, estaba muerto.
Las heridas, dos o tres, eran horribles. Le habían matado a cuchilladas. Tenía la ropa en desorden y estaba descalzo. Lo habían registrado.
—¡El mapa!
Absurdo. El mapa no podía estar allí. Debían habérselo llevado los que mataron a Peter. O bien, si éste había sido lo bastante precavido para
ponerlo en lugar seguro apenas llegado a Crossing Silver, ¿quién podía saber dónde lo había escondido?
Pero lo más doloroso, lo indiscutible, era que Peter estaba allí, muerto.
Bueno, algo hay que hacer.
Se acercó a la ventana y miró a la calle, llena de sol. Pasaba algún cochecillo ligero, pocos jinetes, algún peatón... Gente.
Y Peter allí, muerto.
Muy bien. Sí, algo había que hacer.
Salió de la habitación y volvió a la planta baja. Rumps alzó la cabeza y lo miró.
—¿Todavía duerme? Entraron su silla de montar. Usted la había dejado tirada en la calle.
—¿Dónde puedo encontrar al sheriff?
—Pues... A estas horas de sol, supongo que en su oficina. ¿Ocurre algo?
—Han matado a mi amigo —el hombre gordo palideció—. ¿Crees que es motivo suficiente para molestar al sheriff?
—Yo... esto... ¡Caramba, claro! Pero ¡no puede ser!
Rumps salió de detrás del mostrador y se precipitó escaleras arriba.
—¡Eh! —advirtió Joe—, no toque nada.
Salió a la calle y tampoco vio los preciosos ojos verdes que se clavaron en él con admiración. Había un tipo sentado en el porche, en una
mecedora de base curva.
—¿Dónde está la oficina del sheriff? —le preguntó Joe.
El hombre movió la manó. Señaló con el pulgar. Dijo:
—Oiga, usted es un tipo admirable. Esos tres hombres...
—¿Podría ir a buscarlo?
—¿Al sheriff? ¿Yo?
—Al sheriff. Usted.
El hombre escupió la brizna de paja que estaba mascando tontamente. Tenía los ojillos astutos y pequeños. Vestía casi como un desarrapado.
Se levantó perezosamente.
—Iré. Lo hago porque me es usted simpático. Oiga, esos tres hombres...
—Procure no tardar mucho.
Joe entró en el hotel. El hombre de los ojillos astutos gruñó algo y se desplazó acera de tablas arriba.

***
Una hora más tarde, el sheriff se repantigaba en su silla, tras la mesa de su despacho.
—De acuerdo. Usted venía en busca de su amigo. Habían quedado en encontrarse aquí. Por lo tanto, no puede tener la más mínima idea de lo que
ha podido ocurrir.
—Eso es.
—¿Y por qué no ha podido matarlo usted?
Joe se impacientó.
—Porque yo no uso cuchillo. Y porqué cuando yo he llegado aquí, a Crossing Silver, Peter ya llevaba varias horas muerto.
—Quizá hacía horas que usted lo mató.
—Todos me han visto llegar en la diligencia, sheriff.
—Sí, ya sé. Usted es el que apaleó a los tres hombres de Alex Bath. ¿Sabía que son tres peligrosos pistoleros? Por eso no intervine. Usted, según
me han contado, les enseñó algo muy bueno.
—Oiga, sheriff, creo que nos estamos desviando de la cuestión. Yo le he avisado a usted, no para charlar de lo que yo pueda enseñar a los demás,
sino de la muerte de mi amigo Peter Gaskell. ¿Se interesa usted por el asunto o lo hago yo?
—Mire, joven: aquí muere mucha gente cada día. Casi nunca se ha podido saber quién había matado a quién en los casos como el de su amigo.
No obstante, como siempre, procuraré hacerlo máximo para...
Joe frunció el ceño. Él tenía un revólver. Y sabía usarlo.
—No se canse, sheriff. Yo me ocuparé de ello.
Dio media vuelta y salió furioso. Esto le pasaba por haber querido recurrir a la ley, por no haber querido usar su revólver, no meterse en líos que
pudieran obligarle a hacerlo.
Dentro de la oficina, el Sheriff señaló hacia Joe, que ya estaba en la calle. Comentó, mirando a su ayudante:
—Tiene malas pulgas, el muchacho, ¿eh, Russ?
Russ escupió hacia una escupidera de latón y prosiguió aguzando su palito. Se encogió de hombros.
—Allá él.
—Claro, allá él.
Sí, Joe salía furioso de la oficina del sheriff. Tampoco esta vez vio los ojos verdes que le miraban como siempre, procurando no ser notados.
Pero vio al hombre que estaba recostado en uno de los pilares que sostenía el porche de una de las casas situadas más allá de la oficina. Pronto
pasaría por allí.
El hombre fumaba cuando pasó por su lado. Lo miró con indiferencia. Joe siguió adelante, hasta que oyó su voz, cuando ya estaba de espaldas a
él.
—Eh, tú.
Joe se volvió. El hombre continuaba recostado en el poste, continuaba en la misma indiferencia en sus ojos. Pero ahora, con negligencia, sostenía
en su mano derecha un Colt del 45 que le apuntaba directo al cuerpo.
—¿Qué hay? —preguntó Joe.
Conocía el tipo. Lo conocía él y lo conocería cualquier persona que viviese en el Oeste. Era uno de esos pistoleros que alquilan su habilidad. ¡Bah!
Los conocía a cientos, a miles.
El hombre movió ligeramente el revólver, señalando la puerta de la casa en cuyo porche estaba él apoyado.
—Entra.
Joe comenzó a notar la quemazón en su mano derecha. Mal asunto...
Dio unos pasos y entró, empujando la entornada puerta. Mucha gente estaba contemplando la escena, pero nadie decía nada, nadie intervenía.
¿Qué le importaba? Había salido de peores. En el supuesto de que aquello fuese malo, cosa que aún no sabía.
En la calle, los ojos verdes expresaron contrariedad y una leve preocupación.
Una vez dentro, Joe se volvió al pistolero.
—Suba por esas escaleras —indicó éste.
Subió. Un pasillo amplio, limpio. Buena casa, buen gusto y buen mobiliario. El pistolero llamó a una puerta. Una voz autorizó la entrada.
—Adentro, tú.
Joe entró. Bonito despacho. Detrás de la mesa había un hombre que le miraba sonriente, amistoso. Era de mediana edad, ligeramente grueso, y
todo su aspecto era próspero. Parecía agradable. Como toda la casa, que sin duda era la suya.
—Hola Hilton. Siéntese.
Armándose de paciencia. Joe se sentó tranquilamente. Miró al hombre a los ojos y contestó al saludo.
—Hola, Percival.
El hombre parpadeó asombrado.
—No me llamo Percival —aclaró.
—¿Qué más da? Yo tampoco me llamo Hilton.
El hombre sonrió amablemente.
—Oh, comprendo. De acuerdo... —hizo una pausa—. ¿Cómo tengo que llamarle?
—No creo que tenga que hacerlo de ninguna manera. Pero por si me equivoco, le diré que me llamo Joe Symington.
—Muy bien. Como guste... Symington. Yo me llamo Jerry Campbell. ¿Le dice algo mi nombre?
—En absoluto.
La mirada de Campbell comenzó a endurecerse.
—Oiga..., Symington: es mejor que...
—Oiga usted, Campbell: es mejor que me quite a ese de detrás mío. No me fío de él. Tiene ojos de asesino.
Joe oyó un respingo tras él. Cuando quería volverse, se sintió violenta, fuertemente cogido por el cuello de la camisa.
—Oye, tú —notó ahora el aliento del pistolero en el rostro—, no te hagas el gracioso conmigo, porque...
—Déjalo, Bey. Es por tu bien. Recuerda que Hilton... ejem... Symington, quiero decir, ha vencido a hombres más veloces que tú.
—Me gustaría verlo.
—No seas imbécil. Vamos, déjalo.
Joe no se había movido, soportando con contenida irritación los malos modos del pistolero, que todavía empuñaba el Colt, aunque ahora lo hacía
con la mano izquierda.
—No se lo tenga en cuenta..., Symington.
—Lo haré por usted —sonrió duramente Joe—. Pero diga: ¿por qué hace siempre una pausa antes de pronunciar mi apellido?
—Oh, por nada, desde luego. Bien, hablemos de lo que nos interesa.
Joe había terminado ya de componerse la camisa, el chaleco, y había puesto bien el rojo pañuelo que llevaba al cuello.
Se encogió de hombros.
—Hablemos, si verdaderamente nos interesa... a los dos.
—Yo necesito un hombre como usted...
—¿Cómo Joe Symington?
Campbell movió ambiguamente en el aire un, de sus manos.
—Sí, sí, está bien. Como Joe Symington. Lo necesito, digo. Y más ahora que su manera de tratar a los hombres de Alex Bath me ha convencido de
lo que puede dar usted de sí. ¿Comprende?
—Siga. Quizá al final...
—Hace días que le esperamos en Crossing Silver, Symington.
—¡Caramba! ¿De veras?
—Cuando supimos que usted venía hacia aquí, Alex Bath y yo llegamos a la conclusión, ambos a la vez, aunque por separado dada nuestra
rivalidad ganadera... y personal, de que usted sería un considerable refuerzo para el que consiguiese contratarlo. Sé que Bath está dispuesto a pagarle
mil dólares mensuales...
La mirada de Joe se avivó.
—¿Cuánto ha dicho? —preguntó incrédulamente.
Campbell sonrió.
—Mil dólares mensuales. Pero no se asombre hasta oír mi oferta: mil quinientos. ¿Qué dice a esto?
—Que es mucho, muchísimo dinero. ¿Cuál sería mi empleo, qué tendría que hacer? Sea concreto, por favor.
—Disparar cuando yo se lo ordenase y contra quién yo le ordenase.
Hubo un tenso silencio. Joe miraba fijamente a Campbell, sin que su rostro expresase ninguna emoción ni reacción.
Finalmente, suspiró. Se puso en pie.
—Lo siento por usted, Campbell, ya que parece verdaderamente interesado. También lo siento por mí, porque mil quinientos es un buen sueldo. Mi
respuesta es no. ¿Puedo marcharme?
Campbell también se había levantado.
—¿Cree qué conseguirá más de Alex Bath?
—Usted no quiere entenderme. Yo no me alquilo como pistolero, Campbell. No aceptaré ese empleo de él, ni de usted, ni de nadie. Y ahora
celebro que no haya sido más explícito conmigo desde un principio. Ignorando sus propósitos, puedo desentenderme de usted completamente. Y diga:
¿puedo marcharme?
—Está cometiendo un error, Symington —la voz de Campbell sonaba ahora muy dura y su rostro ya no resultaba tan agradable—. Pero de
acuerdo: puede marcharse. Déjalo salir, Bey.
—Muchísimas gracias —ironizó Joe—. Ya conozco el camino, no se molesten.
Pasó junto al pistolero, sin mirarlo, pese a que notaba la tensa vigilancia a que éste lo sometía.
Mientras él descendía las escaleras que llevaban a la planta baja y de allí a la calle, Campbell se acercó a la ventana de su despacho, la abrió y
miró hacia la casa de enfrente.
En una ventana de aquella casa, un hombre que empuñaba un rifle movió la cortinilla tras la que se ocultaba, para que Campbell pudiese verlo. Este
le hizo un gesto con la mano izquierda. El hombre asintió con la cabeza y dejó caer nuevamente la cortinilla.
Campbell volvió a sentarse ante su mesa, cruzo las manos sobre el vientre, repantigándose, y miró a Bey, que estaba cerca de la ventana.
—Lástima de muchacho, ¿eh, Bey?
—Sí, jefe. Lástima...

***

Joe abrió la puerta.


Apenas enmarcado en el umbral, dos pares de ojos, se posaron sobre él. Unos eran verdes, preciosos. Otros, malévolos, con un brillo de sádica
malevolencia...
Una ventana se abrió ligeramente y por ella asomó la punta del grueso cañón de un rifle.
Joe salió al porche.
Los ojos verdes miraron hacia la ventana por la que asomaba la boca del rifle.
Este rifle se inmovilizó, como atornillado a una base fija.
Joe comenzó a caminar hacia el hotel. Tenía que ocuparse de todo lo relativo al entierro de Peter Gaskell, el que había sido su amigo.
Su espalda se ofreció, amplia, hacia el cañón del rifle de la ventana.
Entonces Joe se detuvo, sorprendido. Una muchacha vestida con pantalones masculinos estaba casi junto a él, en el borde del porche. Tenía una
carabina Marlín 44-40, ligera, en sus manos. Es decir, la culata ya estaba apoyada en el hombro y apuntaba hacia detrás de él, hacia la otra acera.
La cabeza de la muchacha estaba inclinada sobre el rifle. Tenía un ojo cerrado, el que podía ver a Joe. El otro no lo veía, pues estaba trazando una
línea de tiro que se completaba al pasar por el alza y el punto de mira.
De pronto, la muchacha disparó.
Sólo una fracción de segundo más tarde, se oyó el estampido mucho más potente de otro disparó. Un puñado de astillas de uno de los postes junto
a los que caminaba Joe fueron a dar en la cara de éste, arrancados por el grueso trozo de plomo que, finalmente, reventó una ventana en un brillante
surtidor de fragmentos brillantes.
Joe se había tirado al suelo, con el revólver ya empuñado.
Era obvio que su atención no debía ser dedicada a la muchacha, sino a su espalda, detrás de él. La gente había desaparecido súbitamente de la
calle. Sólo algún jinete que se había detenido. Y ninguno de ellos...
Joe notó un movimiento en una de las ventanas de las casas de enfrente. La ventana se abrió muy despacio. Un hombre asomó a ella. Sus manos
soltaron el rifle con el que habían disparado una fracción de segundo más tarde de lo que hubiese sido necesario para cumplir la misión traidora que se
le había encomendado.
El rifle cayó sobre un porche. Tras él, el hombre, que rebotó hasta caer desmadejadamente en la calzada llena de polvo.
Joe miró entonces a la muchacha. Le vio los ojos. Verdes, preciosos.
Ella había apoyado la culata en su carabina en el suelo. Señaló el muerto con la barbilla y musitó:
—Iba por usted, Hilton.
¡Otra vez Hilton! Pero Joe no frunció el ceño ahora. ¡Diablos! Al fin y al cabo aquella muchacha acababa de salvarle la vida, según todas las
apariencias.
—¿Cómo lo sabe?
—¿Lo duda?
—No, pero...
—¡Cuidado...!
Joe, mientras se volvía velozmente, captó el esfuerzo de la muchacha por echarse el rifle al hombro y. a vez.
El fue mucho más rápido, aunque no tanto que pudiese evitar que el único que Bey pudo disparar le quemase en un brazo, cerca del hombro.
Bey recibió el suyo en un pómulo. Chilló agudamente, llevándose allí las manos tras lanzar su arma por los aires, en una sacudida espasmódica de
sus últimos reflejos. Cayó sobre las tablas, instantáneamente muerto.
Joe estaba ligeramente encogido, con el humeante colt todavía firmemente empuñado. Sus ojos se habían achicado y sus labios formaban una
línea dura, vigorosa.
Finalmente, su cuerpo se relajó. Enfundó el Colt, volviéndose hacia la muchacha de los ojos verdes.
Ella estaba nuevamente tranquila, con el rifle apoyado por la culata en el suelo, como antes.
—El del rifle era compañero de éste. Los dos estaban a las órdenes de Jerry Campbell. Yo... yo vi al de la ventana y esperé.
—Gracias, chiquita.
Ella comenzó a ponerse nerviosa.
—Bueno... todo esto me hace suponer que no aceptó las proposiciones de Campbell, ¿verdad?
—Oh, caramba, es verdad: Campbell. Espérame aquí, chiquita.
—¿Adonde va?
—¿No te lo imaginas?
—Sí, claro... Pero, yo quería hablar con usted, Hilton.
—¿Sí? Muy bien. No te vayas, ¿eh?
Reponiendo en el revólver el único plomo que había gastado, Joe caminó hacia la casa de Jerry Campbell. Subió.
Oyó la voz de Campbell un segundo antes de entrar en su despacho.
—¿Eres tú, Bey? ¿Quién disparó contra...?
Campbell cerró la boca y se detuvo en su avance hacia la puerta.
Joe sonreía angelicalmente.
—¿Se refería al de la ventana? —preguntó—. Lo mató una chiquita preciosa de ojos verdes. Con una Marlín 44-40. A Bey lo he matado yo.
Campbell había palidecido. Puso sus manos ante él, como interponiéndolas en el camino de Joe.
—Muy bien, Hilton. Yo... Bueno, no se lo tome a mal...
Joe lanzó una carcajada.
—¡Hombre! Usted es un cínico, Campbell. ¡Demonios! Me tiende una emboscada para asesinarme por la espalda, envía un pistolero contra mí, y
ahora dice que no me lo tome a mal. ¿A usted qué le parece? Además, ya le he dicho antes que yo no soy el tal Ned Hilton.
—Tiene... tiene que serlo...
Joe no dijo nada más.
Se acercó a Campbell. Este gritó y se llevó la mano izquierda al sobaco derecho. Joe saltó, le cogió por aquella mano y lo ladeó bruscamente,
haciéndolo girar sobre los pies. La cara de Campbell se estrelló contra el grueso puño que acudió a su encuentro, reventando por la nariz.
La sangre comenzó a manar en escandalosa abundancia. Joe no se apiadó lo más mínimo. Su puño se hundió ahora en el bien forrado estómago
de su antagonista, que no era tal, pues se limitaba a chillar y a intentar protegerse: de los demoledores puños de Joe.
Un escalofriante puñetazo en el mentón, hizo girar los ojos de Campbell en sus órbitas antes de quedar en blanco. Sus piernas se aflojaron. Quedó
tendido sobre el pulido suelo de madera de su soberbio despacho.
Acariciándose los nudillos, Joe abandonó el despacho. Luego, la casa.
3

Ella estaba allí, esperándole, sentada en los escalones del porche de la casa de Jerry Campbell. Al volverse para mirarlo, sus maravillosas curvas,
contorsionadas, destacaron en la blanca camisa.
Preciosa.
¡Y sus ojos! Grandes, verdes... La boca roja, la barbilla redonda y suave. Todo ella era suave... Aunque fuese capaz de manejar una carabina para
matar a un hombre. ¿Y el pelo? Rojizo. Pero de una tonalidad tan... ¡Tan indefinidamente maravillosa! No muy largo, ondulado...
Preciosa.
¡Y qué ojos!
Cuando ella quiso levantarse, él apoyó una mano en uno de sus hombros, impidiéndoselo.
—Quieta, chiquita. Estás bien así. Y yo necesito descansar. El viaje en diligencia, peleas a puñetazos, a tiros... ¡Oh, sí, diablos, me sentaré un
ratito!
Lo hizo sin quitar su mano de sobre el hombro de la muchacha, como si verdaderamente necesitase aquel apoyo para flexionar las piernas.
—¿No sería mejor que antes se cuidase esa herida? —objetó ella.
Señalaba el brazo herido de Joe, el izquierdo.
—Hay tiempo, chiquita. Vamos, habla; te escucho. Oye, dime antes quien o que es Jerry Campbell. Y lo mismo te digo de Alex Bath. Y dime
también por qué todo el mundo, incluso tú, me llama Ned Hilton.
—¿Acaso no lo es?
—Prescinde de eso. ¿Sabes qué eres muy bonita? Preciosa.
La muchacha se sonrojó levemente, pero no bajó los ojos. Sostuvo la mirada de Joe, aunque con excesivos parpadeos.
—¡Y qué ojos! Cuenta, cuenta, chiquita.
Tranquilamente, mientras la muchacha hablaba, Joe procedió a liar un cigarrillo, cuyo humo no tardó en aspirar placenteramente.
—Alex Bath y Jerry Campbell están enemistados. El motivo, para todos, parece ser la lucha que sostienen para ser cada uno de ellos el que
ostente la hegemonía ganadera en la región. Todos, absolutamente todos, están convencidos de ello.
—Todos menos tú, ¿verdad? —sonrió Joe.
Ella encogió los hombros.
—Hay cosas que destacan por su rareza. Mi padre nunca quiso hacerlo, pero ellos dos, hace tiempo, dedicaron buena parte de su tiempo y de su
dinero a buscar plata en sus respectivas tierras. El resultado fue nulo y les ocasionó no pocas pérdidas de las que parecen haberse repuesto sin
demasiado esfuerzo.
—¿Tienen mucho dinero?
—Por lo menos lo parece. Sobre todo, Campbell.
—Eso me pareció; que Campbell tiene mucho dinero —Joe vio la expresión de la muchacha y arqueó las cejas—. ¿Acaso no es así?
—No lo sé. Hay algo raro en Campbell. Entré él y Alex Bath han surgido, esporádicamente, algunas luchas... Bueno el caso es que el
comportamiento de Campbell me ha hecho pensar que detrás de él, o mejor dicho, por encima de él, hay alguien que toma las decisiones importantes.
—¿Quieres decir que Campbell obedece órdenes de alguien?
—¿Le parece imposible?
Joe reflexionó brevemente.
—De ninguna manera —convino fácilmente—. Puede ser muy posible. Pero ¿quién es esa persona?
Una profunda expresión de tristeza asomó a los ojos de la muchacha.
—Cuando sepamos eso sabremos a la vez quien asesinó a mi padre.
loe la miró vivamente interesado.
—¿Asesinaron a tu padre?
—Sí. Lo apuñalaron. Apareció una noche con el pecho ensangrentado, cerca ya de la casa. Había venido a Crossing Silver, y yo, al ver que tardaba
tanto, salí en su busca. Y lo vi...
La muchacha calló. Había inclinado un poco la cabeza, pero sin poder ocultar sus lágrimas a los ojos de Joe, que al oír lo de las cuchilladas había
fruncido el ceño.
Igual que Peter. Exactamente igual que su amigo Peter. A cuchilladas.
Le cogió una mano.
—Sosiégate, chiquilla. Lo hecho no puede rehacerse.
Ella levantó la cabeza, limpiándose furiosamente las furtivas lágrimas.
—Tiene razón. Pero yo no descansaré hasta ver colgado a su asesino. Tiene que pagar su crimen.
—Lo pagará —pensaba también en Peter—, no te quepa la menor duda. Y ahora, continúa con lo de Campbell y el tal Alex Bath.
—Ellos se creen muy listos. Cada uno de ellos tiene el mismo objetivo: vencer al otro para lograr luego apoderarse de mi rancho.
—¿Por qué? ¿Tan bueno es tu rancho?
—Mi rancho es el más seco de la región. Y es quince veces mas pequeño que el de ellos dos, que tienen una extensión aproximadamente igual.
—Entonces... no comprendo...
—Es muy fácil: mi rancho está situado entre los dos de ellos. Es como un río que atravesase un trozo de tierra, dividiendo ambas márgenes. Y me
ofrecen los dos, tanto Campbell como Bath, el décuplo de su verdadero valor.
—Muy bien. Si lo que quieren es poseer uno solo de ellos la dirección ganadera de la región es muy lógico que quieran conseguir, como sea, el
rancho del otro y luego, naturalmente, el tuyo, que sería como una molesta cuña en sus propiedades.
Los ojos de la muchacha brillaron.
—¿Usted también encuentra lógico que quieran comprarme el rancho por ese motivo?
—Desde luego.
—Pero ¿por qué ofrecerme diez veces lo que vale?
—Ellos sabrán, ¿no?
—Claro. Ellos sabrán. Fíjese bien, Hilton —Joe aceptó el nombre—: cuando todo el mundo comenzó a considerar la posibilidad de que por aquí
hubiese plata, no hubo ganadero que no destripase sus tierras. La mayoría de ellos quedaron defraudados y cuando quisieron rectificar se habían
arruinado. Habían abandonado el cuidado del ganado... Campbell y Bath se dedicaron a comprar las tierras de todos cuantos quisieran venderlas. Hoy
día, gracias a eso tienen una extraordinaria potencia económica, fruto de la cría del ganado. Cada uno de ellos tiene un rancho enorme, cantidades
incontables de cabezas. ¿Por qué han de querer mi ranchito?
—Bueno, tú lo dijiste antes: es una cuña molesta.
Ella movió negativamente la cabeza.
—No puede ser por esto, Hilton.
—¿Por qué entonces?
—A usted le corresponderá averiguarlo. Joe se atragantó con el humo del cigarrillo.
—¿A mí? —logró preguntar después de toser.
—Sí.
—Bien... No te comprendo, chiquita. O espera. Quizá sí te comprendo. Tú crees que yo soy el tal Ned Hilton, ¿no es eso?
—¿Y no lo es?
—Contesta.
—Pues sí, lo creo.
Joe sonrió.
—Comprendo; comprendo perfectamente.
—¿Que es lo qué comprende?
—Que estás dispuesta a contratarme, ¿no es eso?
—Ya le dije al comenzar la conversación que tenía que hacerle una proposición. Y sí, era ésa.
—Que bien. Llego yo y todos me llaman Hilton. Un pistolero que, al parecer, es famoso. Y que, también al parecer, era esperado por estas fechas
en Crossing Silver. Todos se apresuran a intentar contratarlo. Y al no aceptar, intentan matarlo. Tú, en cambio, le salvas la vida... me salvas la vida, para
ser concreto y exacto.
—Usted está hablando como si no fuese Ned Hilton.
Joe suspiró.
—Además de preciosa, eres lista, chiquita.
—¿No es usted Ned Hilton? ¿De verdad?
—Oh, desilusión —sonrió Joe—. Ahora ya no te intereso tanto, ¿verdad? Pero has de saber una cosa: Alex Bath estaba dispuesto a ofrecerme mil
dólares mensuales por trabajar con él, creyendo que era Ned Hilton. Por su parte, Campbell mencionó cifra de mil quinientos. Oh, bien, seguro: tú llegas
a los dos mil...
La muchacha enrojeció.
—Doscientos —dijo.
Joe respingó, burlonamente.
—¿Doscientos mil?
Ella le miró a los ojos y Joe notó una extraña, desconocida calidez que aligeraba su cuerpo.
—No se burle de mí —reprochó ella—. Sólo doscientos dólares.
—¿Doscientos dólares mensuales?
Ella enrojeció aún más.
—Sí.
—¡Caramba! Me temo que eres tú quien se está burlando de mí. Si no recuerdo mal, acabo de decirte que me han ofrecido mil quinientos.
—Yo... yo sólo puedo pagarle doscientos... Aunque no sea usted Ned Hilton...
—Querrás decir que si me ofreces solamente doscientos es precisamente porque no soy Ned Hilton, ¿no?
—No. A Ned Hilton tampoco hubiese podido ofrecerle más.
—¡Ah! Dime, chiquita: ¿para qué quieres tú alquilar un pistolero?
—Porque... —otra vez lo miró fijamente, y Joe tornó a sentirse cálido y aligerado—, porque tengo miedo. Yo... yo no puedo hacer frente a los
hombres de ellos...
—Y además, quieres vengar a tu padre. Y crees que yo puedo serte útil en este sentido.
—Yo... Bueno, usted ha demostrado no hace mucho que sabe desenvolverse en cualquier situación...
—No en todas —suspiró Joe—. Por ejemplo, en esta de ahora, me temo que me va a costar desenvolverme. ¿Cuántos vaqueros tienes en tu
rancho?
—Uno.
—¡Uno! —Joe rió—. Y seguramente te resultará difícil mantenerlo. ¿Cómo puedes atreverte a mantener también a un pistolero? Y hay otro
inconveniente. Hace tiempo que juré que jamás volvería a usar el revólver. Y mucho menos, por dinero, ¿comprendes?
Hubo un corto silencio. La calle estaba llena de gente que merodeaba en torno a los dos cadáveres. Un tipo vestido de negro los había colocado
transversalmente en la acera de tablas del otro lado. El sheriff estaba allí, pero no hacía intención alguna de acercarse a ellos. ¡Las cosas habían
ocurrido tan claramente! Joe recordó el cadáver de Peter. Ya había pedido el ataúd, para aquella tarde...
La muchacha dijo:
—Suponga que yo lo contrato como vaquero.
—¿Por doscientos dólares mensuales?
—Sí. ¿Qué contesta?
Joe la miró profundamente, con una sonrisa tan viril y serena, tan protectora, que ella notó con increíble intensidad el golpeteo de su corazón. Sin
que ahora viniese a cuento, Joe le cogió una mano, cariñosamente. La acarició.
—Que como vaquero estoy estupendamente pagado. Sin embargo, como pistolero, me temo que soy de los de bajo.
Ella no retiró la mano.
—¿Acepta? —preguntó esperanzada.
—¿Me quieres?
—¿Eh? ¡Ah! ¡Oh yo...!
Joe rió.
—Acepto —dijo—. Y me llamo Joe Symington.
—Yo... yo me llamo Katy Simmons.
—Me gustan más tus ojos que tu nombre. Vámonos de aquí, chiquita.
Rumps movió velozmente el motivo de su mote.
—¡Oh, sí, señor! Su amigo dejó los dos caballos en la cuadra. ¿Se los va a llevar?
—Claro. Siendo mi socio, no creo que haya Ley alguna que impida que lo herede, ¿no? Además, uno de esos caballos es el mío. Traje una silla,
¿recuerdas?
—Bu... bueno, yo no entiendo mucho de estas cosas. Pero... pero si usted quiere los caballos, naturalmente, se los daré.
—Eres muy amable, Rumps.
—¿Se... se está riendo de mí, señor Hilton?
—¿Todavía no te has enterado de que me llamo Joe Symington?
—¡Ooooh, claro...! Pe-perdone...
—Parece que te vayas a echar a llorar. Y eso no le está bien a un hombre de tu envergadura, Rumps. ¡Diablos! ¿A quién se le ocurriría tu mote?
El dueño del Hotel que aseguraba tener baño para sus clientes tuvo un fugacísimo brillo de rabia en los ojos.
—A mí también me gustaría saberlo, señor... Symington.
—¿Qué le harías? —rió Joe.
—Lo mataría.
—¡Caramba! Bueno, celebro no haber sido yo. ¿Qué hay de los caballos?
—En seguida.
Salieron del hotel, y mientras Rumps iba a por los caballos, Joe no cesaba de vigilar la calle. El movimiento era extraordinario. Se notaba señalado,
mirado. Pero el sheriff no venía. Mejor.
Rumps apareció con los caballos.
Uno de los dos cuadrúpedos dio un fuerte pero cariñoso morrazo en el pecho de Joe que, sonriendo, le acarició.
—Hola, Star, chico. ¿Descansaste ya?
Inmediatamente, Joe se dio cuenta de que en ninguna de las dos sillas estaba el saquito que Peter había usado para transportar las muestras del
mineral. Ya no tenía si saquito, ni plano, ni amigo...
Se volvió al rollizo hotelero.
—Escucha, Rumps, vas a hacerme un favor, ¿verdad?
El hombre ladeó la cabeza, cerrando casi por completo los ojos. Sus papadas tuvieron un tembleque de abundancias gelatinosas.
—No te asustes —tranquilizó Joe—. No se trata de nada peligroso, ni malo. Tan solo que te encargues de los trámites para el entierro de mi
amigo. Ahora está en la Funeraria. Muy bien. Pues al caer la tarde, yo vendré para acompañarlo hasta el cementerio. No quiero que vaya solo y con un
ataúd barato tirado en un carro. Era mi amigo. Quiero un buen ataúd y un buen entierro. No lujoso, pero sí digno. ¿Qué hora es la más tarde posible para
enterrar a un hombre con un mínimo de decencia?
—A las siete. Todavía hay sol.
—Las siete. Muy bien. A esa hora... Hasta las siete, Rumps.
Katy montó ágilmente a caballo sin darle tiempo a Joe a ayudarla. Él también montó, tras encogerse de hombros.
Entonces. Rumps dijo:
—Favor por favor, señor Symington, ¿le parece?
—Es justo. Pide, Rumps.
—Que no me llame Rumps.
Joe miró al gran cartelón de anuncio del hotel.
—De acuerdo, Jim.
Rumps sonrió.
—Gracias, señor Symington.
Joe movió una mano en el aire. Miró a Katy.
—¿Vamos, chiquita?
Cuando salían de Crossing Silver se cruzaron con un grupo de cuatro hombres. Hubieran llamado la atención en cualquier parte. Incluso allí. Rostros
herméticos, duros, de mirada fría y boca apretada. Cada uno llevaba dos revólveres. Y Joe supo que eran de esos tipos que van marcando muescas en
sus culatas.
Pistoleros.
Cuatro.
Inconfundibles.
Peligrosos.
Mucho.
Estos lo eran de verdad. No de esos que sólo pueden presumir de veloces en un pueblo insignificante, sino de los que resultarían peligrosos
incluso en las Ciudades como Wichita, El Paso, Tombstone, Dallas, Kansas City, Phoenix, Denver, San Antonio, Topeka, Moab, Carson City...
Joe observó que Katy había palidecido.
Cuatro pistoleros peligrosos.
Joe notó aquella extraña cosa en su mano derecha. ¡No! No quería luchar más. No quería pelear más. Solo hasta saber quien había matado a Peter
recuperar el plano...
El plano...
¿Realmente le importaba mucho el plano?
No, no demasiado.
Cuatro hombres peligrosos.
¿Acaso él no lo era?
Los hombres habían mirado a Katy. Con indiferencia, como si la muchacha fuese fea o un bulto cualquiera. Y ella había palidecido.
¿Por qué?
—¿Qué te ocurre, chiquilla?
Ella solo respondió cuando los pistoleros fueron dejados atrás.
Se volvió en la silla, para mirarlos. Cabalgaban con indiferencia apática que sólo podía engañar a quienes no conociesen la característica más
visible de los pistoleros profesionales: la indolencia, la seguridad casi ofensiva que tenían en ellos mismos.
—Esos hombres...
—Esos pistoleros —asintió Joe—. ¿Qué pasa con ellos?
—Están a las órdenes de Campbell. Son amigos de los que hemos matado.
—Ya.
—Nos buscarán cuando sepan...
—No te preocupes demasiado —sonrió Joe—. Todavía estamos vivos.
—¿Por cuánto tiempo continuaremos estándolo?
—¿Quién sabe? Yo te protegeré.
—Ellos son cuatro. Usted es uno solo.
Joe se encogió de hombros.
—Sí. ¿Qué duda cabe? Yo sólo soy uno.
4

No tardaron demasiado en llegar al rancho de Katy.


Lo primero que vieron... Es decir, lo primero que les llamó la atención de todo cuanto vieron fue un hombre tumbado en una larga poltrona de
madera y lona.
Parecía encontrarse a gusto allí, fumando un grueso y largo cigarro de medio dólar. Buen tabaco. Buen aroma. Buen dinero...
Katy lo reconoció en seguida.
—Ese es Alexander Bath. E! patrón de los tres hombres que usted vapuleó al llegar a Crossing Silver.
—Parece estar en su casa—comentó Joe.
—Por lo menos le gustaría que lo fuese. Aunque estoy segura que se apresuraría a derribar mi rancho, hacerlo desaparecer para convertirlo en una
extensión más de pastos para su ganado.
—¿Tiene mucho?
—Hay quien no sabe contar hasta ése número.
—Un hombre rico. ¿A qué ha venido?
—Esperemos que nos lo diga ahora. Tenga cuidado; aunque no le vea armas, suele llevar un revólver en una funda sobaquera.
—Igualito que Campbell —rió Joe—. ¡Para lo qué le sirvió...!
—Es cierto; no me acordé de preguntarle por él. ¿Lo mató? Desde luego no oí ningún disparo...
—Tan solo le rompí las narices. Era demasiado... agradable. ¡Puag!
—Usted también lo es...
Inmediatamente, Katy se sonrojó.
—Gracias, chiquita. Espero que nadie me rompa las narices y deje de serlo... —Joe miraba el suelo—. Oye, ese Alex Bath no ha venido solo.
—¿Cómo lo sabe?
—Demasiadas huellas frescas en el suelo. Sin embargo, no veo ningún caballo aparte de ése, que debe ser el suyo.
Desmontaron.
Mientras Katy subía los escalones del porche, yendo al encuentro de Alex Bath, Joe comenzó a liar, todavía cerca de su caballo, uno de sus
numerosos y finísimos cigarrillos, haciendo caso omiso de la escrutadora mirada de Bath, que se levantó, acudiendo al encuentro de Katy.
—Buenas tardes, Katy.
—Para que lo sean de verdad, sobra su presencia en mi casa, Bath —respondió adustamente la muchacha.
Alex Bath sonrió untuosamente.
—Usted es excesivamente áspera conmigo, Katy.
—Mucho me temo que no lo soy lo suficiente. No ha sido ningún placer verlo por mis tierras, Bath, Adiós.
El hacendado rió conciliadoramente.
—No tengo prisa. Quisiera...
Joe seguía fumando sin mirar a Bath, pero dijo:
—Márchese.
—Oiga...
Joe levantó la cabeza. Su expresión, tranquila y casi risueña no logró engañar a Alex Bath que conocía a los hombres.
No obstante, apretó los labios para decir:
—No se meta en esto, Symington.
Ahora, Joe sonrió ya francamente.
—¡Hombre! Usted es el tipo más listo de todo Crossing Silver, Bath. Y el mejor informado. ¿Por qué no me llama Ned Hilton, como todos?
Bath encogió los hombros.
—¿Por qué había de hacerlo sabiendo que usted se llama Joe Symington?
—Es cierto. ¿Por qué había de hacerlo?.
—Voy a darle una prueba de mi buena voluntad hacia usted, Symington. Vea este saquito.
Bath se inclinó y recogió el citado objeto del suelo, junto a la poltrona. Lo levantó, sonriendo burlonamente ante el asombro que reflejaba el rostro
de Joe. Asombro que se transformó súbitamente en una mirada de alerta.
—¿Cómo está eso en su poder?
—Sé que no me va a creer, pero lo encontré al venir hacia aquí, en una hondonada. Al pasar a caballo junto a unas matas, lo vi. Contiene cinco
piedras con aceptable cantidad de mena de plata... y un plano muy tosco, pero que, indudablemente, para usted tendrá un significado.
Joe había entrecerrado los ojos. Notaba en la palma de la mano la tan conocida y casi siempre contenida sensación que le impulsaba a disparar.
—Ese saquito lo llevaba un hombre llamado Peter Gaskell. Era mi socio... y mi amigo. Ahora está muerto, Bath.
Alex Bath miró a Katy diciendo:
—Su empleado está dándome a entender que cree que yo maté a su amigo, Katy. ¿No le parece absurdo?
—¿Por qué? Usted, es decir, por orden de usted sus hombres han podido hacerlo. Y no creo que sintiesen luego vergüenza o arrepentimiento.
—Es cierto —asintió cínicamente Bath—. Sin embargo, no ha sido así. ¿Cree usted, Symington, que si yo hubiese hecho esto le daría ahora el
saquito y el plano?
—¿Cómo puedo yo adivinar sus planes? Una cosa es cierta: usted tiene el saquito. Y es más que probable que esa circunstancia le señale como
el último hombre que vio a Peter Gaskell... todavía vivo.
—No. No fui el último. —¿Quién fue, entonces?
—Su asesino.
—¿Pretende hacerme creer que matan a Peter para robarle el plano y las muestras de mineral y después tiran por ahí ambas cosas?
—Y a usted, Quién le ha dicho que le mataron para robarle? ¿No pudo haber sido por otro motivo?
—¿Cuál?
—Eso ya es demasiado preguntar, Symington. En fin, como no estoy dispuesto a darle más explicaciones sobre mis actos, o sobre lo que sé o
sospecho de cierta persona, sólo le queda darme las gracias por haberle devuelto lo que, sin duda, ahora le pertenece totalmente.
—Muy gracioso pero de acuerdo: gracias. Y ahora, fuera de este rancho, Bath. No vuelva si no se le llama. Y no olvide esto: yo sabré, tarde o
temprano, la verdad sobre la muerte de mi amigo. ¿Comprende?
—Por supuesto. Bien. Katy, una vez más le propongo comprarle el rancho. ¿Qué contesta?
—Lo mejor que puede hacer, Bath, es obedecer la orden de mi empleado, como usted dice.
A Joe comenzaba a molestarle ya excesivamente la herida de su brazo izquierdo. Quería atenderla, y aquel imbécil y desconcertante Alex Bath
estaba retrasando la cosa.
Desenfundó el Colt.
—Voy a ir levantando el percutor muy lentamente, Bath. Si cuando está montado, todavía está usted aquí, dispararé.
Alex Bath suspiró cansadamente.
—Con usted no caben las relaciones amistosas, Symington. Está bien, usted lo ha querido. Hall, Barker, Tomlison, salid...
Joe comprendió demasiado tarde el motivó de la gran seguridad que aquel hombre había estado demostrando. La puerta de la casa se abrió, y
tres hombres aparecieron en el porche, empuñando sendos Colts.
Joe sonrió, pese a comprender que lo iba a pasar mal... En el supuesto de que lograse salir con vida de aquella encerrona. Conocía a dos de
aquellos tres hombres. Eran los que le habían recibido en Crossing Silver apenas descendió de la diligencia. Faltaba el que habíase bebido casi entera
aquella enorme copa de whisky.
Hall y Barker, que todavía mostraban en su rostro las rojeces que les produjeron los fuertes puños de Joe, lo miraban con refocilada sonrisa. Sí,
seguro, lo iba a pasar muy mal.
Bath les preguntó:
—¿Y el peón de la muchacha, Barker?
—Duerme.
Bath arqueó las cejas, furioso.
—¿Para siempre?
—No, no. Obedecimos sus órdenes, patrón. Sólo un ligero golpecito...
Los otros dos rieron, divertidos.
—Muy bien, Symington —conminó Bath—, es mejor que deje caer el revólver. Ya ve que no le sirve de nada.
Joe vaciló, mirando a Katy. Pensó rápidamente. ¿Qué ayuda podría prestarle a la muchacha una vez muerto? ¿Y quién encontraría al asesino de
Peter?
—Usted gana esta vez, Bath —susurró y dejó caer el Colt.
—Esta y todas. Demostrádselo, muchachos.
Con amplias sonrisas de malévola satisfacción, los tres pistoleros enfundaron sus armas y avanzaron hacia Joe, rodeándole en seguida.
Alex Bath hizo un gesto, y sus hombres se detuvieron.
—Claro que —dijo— si Katy quisiera vender... Es un muchacho joven y agradable su empleado, Katy. ¿No le remordería la conciencia que por su
culpa quedase un poco... deteriorado?
La muchacha miró a Joe, angustiada. Iba a decir algo cuando del interior de la casa, por la puerta que habían dejado abierta los tres pistoleros
apareció un nombre de mediana edad, arrastrándose. Tenía el rostro cubierto de sangre, que manaba por su nariz y sus cejas, por sus pómulos, por sus
labios.
—¡Sam!
El hombre levantó dificultosamente la cabeza. Luego, cayó blandamente, rebotando contra las tablas del porche. Había vuelto a perder el
conocimiento.
Katy miró a Joe, con un nudo en la garganta. Sí, era un muchacho agradable, amable... y cuando la llamaba chiquita, ella sentía un poco de calor en
el corazón...
Inclinó la cabeza. Miró a Sam, su destrozado rostro que había quedado ladeado, con una mejilla apoyada en el suelo.
—De acuerdo, Bath —aceptó con voz apenas audible—: Venderé.
Alex Bath sonrió triunfalmente.
—¿De veras? ¡Oh, oh, debí emplear mucho antes esta... esta persuasión! Su decisión es muy acertada, Katy, muy humana...
—Y muy precipitada —dijo la voz de Joe—. Ni siquiera me ha preguntado a mí si soy o no soy capaz de soportar una pelea con sus hombres, Bath.
Les demostraré a todos que sí.
—¡No! —gritó Katy—. Venderé, Bath; no le haga caso...
Pero Joe ya se había lanzado contra Barker, que ni remotamente esperaba tan desatinado proceder por parte de aquel hombre que se había visto
amenazado por tres revólveres.
Lo cogió desprevenido, y el primer puñetazo le reventó la boca y lo aflojó dos dientes. Ya casi sin conocimiento, todavía pudo notar un sordo dolor
en el plexo solar, que nubló su vista y sus sentidos. Lo que ya no notó fue el demoledor derechazo al hígado que lo abatió al suelo encogido como una
babosa.
Cuando Joe se volvía contra otro de los tres hombres, recibió un golpe en un hombro con el cañón de un revólver. Era Tomlison, que nuevamente se
disponía a dejar caer el arma sobre él.
Le cogió el brazo armado e intentó retorcérselo, pero un violentísimo golpe cerca del cuello, propinado por detrás, debilitó sus piernas, sus fuerzas.
Entonces notó algo durísimo que le rozó la frente. Notó un dolor insoportable, y cayó de rodillas frente a Tomlison que sonriendo brutalmente estaba
enfundando el Colt con el que le había golpeado otra vez.
Casi inconsciente, Joe se sintió levantado. Dos golpes estallaron en su cara, no supo donde.
¿Qué sabor era el que notaba en la boca?
Se encogió cuando le dolió el estómago. Con un ojo vio el suelo, difuso, que parecía girar... Con el otro sólo podía ver un velo rojizo, algo húmedo,
viscoso, caliente...
Iba a caer. El suelo vino al encuentro de su rostro. No podía respirar. No oía nada. No sentía nada...
Estaba otra vez en pie.
Había un hombre delante de él que movía los brazos rápidamente. Y cada vez que lo hacía, Joe notaba un dolor indefinible en alguna parte de su
rostro o de su cuerpo.
Notaba la boca llena de líquido. Escupió, y no supo que era sangre. Pero... ¡Claro! ¡Aquel hombre que movía los brazos, le estaba pegando!
Alzó, una pierna, creyendo que la lanzaba con fuerza contra aquel hombre. Le acertó. Pero entonces se sintió cogido por detrás y girado;
brutalmente girado sobre sus pies.
Había otro hombre que también movía los brazos. Quiso pegarle, pero se sintió echado hacia atrás y nuevamente girado sobre sus pies. Otro
golpe. Nuevamente echado hacia atrás:
Se sintió cogido entre unos brazos. Sin saber como, notó que su puño derecho se hundía en algo blanco; inmediatamente, la presión cedió un
poco. Levantó el brazo y golpeó aquello que tenía ante su ojo limpio y que parecía una cara.
Oyó un grito de dolor y quiso sonreír. Tuvo que volver a escupir. La cara había desaparecido de delante suyo. ¿Dónde estaba? ¡Ah, sí! Más abajo...
Golpeó en ella con una rodilla. Notó el fuerte choque.
Nuevamente le cogían por detrás.
Algo estalló definitivamente dentro de su cabeza. Luego; cientos, miles, millones de luces; rojas, azules... y giraban...
Luego, súbitamente, todo se ennegreció.
Alex Bath soltó el brazo de Katy, que había mantenido fuertemente asido durante la rápida y feroz pelea.
—Un hombre duro sí. Pero no siempre se tiene la misma suerte contra tres hombres. Cuando despierte, Katy, dígale que no debió haber golpeado
a mis hombres al verlos esperándole para proponerle que trabajase conmigo. Ni mucho menos, enfadarse porque ellos le pusieron una bromística
zancadilla. ¿Se lo dirá?
Katy no contestó. Miraba horrorizada al caído Joe.
—Oh, vamos no se lo tome así. El muchacho se lo buscó. ¿Qué le parece si nos dedicamos a lo nuestro, al principal motivo de mi visita a Su
rancho... que pronto será mío?
—No... no se lo vendo. Bath. Ahora... ahora ya no.
Alex Bath dio una profunda chupada al grueso cigarro de medio dólar que no había dejado de ir chupando.
—¿Por qué?
Katy señaló a Joe y a Sam, su único vaquero. Su mano temblaba.
Bath hizo un gesto desdeñoso.
—No se preocupe de ellos. Y si decide hacerlo, piense que la paliza puede completarse de una forma más... más absolutamente definitiva.
¿Comprende?
La muchacha levantó la vista, clavándola en los: duros ojos de Alex Bath. Comprendía. Comprendía perfectamente. Aquella paliza podía ser el
preámbulo de la muerte de aquellos dos hombres que hablad aceptado trabajar para ella.
Morirían. Como murió su padre por defender aquel trozo de tierra que no parecía valer nada. Que no podía tener más significado que el formar una
cuña en las propiedades de dos hombres. ¿Por eso se mataba?
Vendería.
Vendería y luego iría al cementerio de Crossing Silver a pedirle perdón por haberlo hecho y por marcharse de allí para siempre, por dejarlo allí,
solo... ¿Acaso él iba a necesitarla a ella? Una lágrima asomó a los ojos de la muchacha. No, ya no la necesitaba.
Vendería.
—Venderé —musitó.

***

Un cuarto de hora más tarde, Alex Bath guardaba con gesto complacido el contrato en uno de los bolsillos de su recia y bien cortada chaqueta.
Katy simuló estar mirando el cheque que había encima de la mesa cuando Bath le tendió la mano diciendo:
—Si en algo puedo serle útil...
—Márchese. Durante dos días, todavía soy la dueña de este rancho. Se ha estipulado así, ¿no? Todo se ha hecho con la fecha de pasado mañana.
—Un capricho suyo al que no he visto motivo para objetar nada, Katy. Yo... Bueno, si usted quisiera, las tierras podían continuar siendo casi suyas
—sonrió—. Tengo ya la edad en que un hombre debe pensar...
El asco que vio en los ojos de Katy le hizo enmudecer. Luego, siguió:
—Bien, como quiera. Pero le aseguro que se haría todo lo suficientemente bien para que mi mujer no se enterase de nada...
—Márchese. No quiero verlo más. ¡Márchese!
—De acuerdo.
Alex Bath salió de la casa. Sus hombres le esperaban montados en los caballos que habían mantenido ocultos detrás de la casa cuando llegaron
Joe y Katy. Barker estaba muy pálido; y furioso porque Bath no les había permitido matar a Joe, o, por lo menos, ensañarse con su caído cuerpo.
Montó y les hizo una seña.
Cuando ya se alejaban, Katy salió de la casa.
Toda su amargura se concretó en un copioso llanto cuando se inclinó sobre el inconsciente Joe Symington.
—Joe —sollozó—, ¡Joe!
5

La calesa se detuvo ante el hotel de Jim Stack, alias Rumps.


Y Rumps salió, porque en aquella ocasión no habían tres pistoleros ante su puerta, como habían habido cuando la llegada del que decía llamarse
Joe Symington.
Rumps salió por eso y porque sabía distinguir a la clientela apenas ésta se detenía ante su puerta.
Primero descendió el hombre, quitándose inmediatamente el guardapolvo de color crema. Un apagado murmullo de decepción acogió su gesto
cuando, en lugar de las elegantes ropas que todos esperaban ver, aparecieron las corrientes en cualquier hombre que se ve obligado a usar dos
revólveres Smith and Wesson 45, muy bajos en sus costados y sujetos a los muslos por unas correas.
El hombre, aunque de peligrosísimo aspecto y mirada fría y serena, era vulgar.
La mujer, no.
No, la mujer no era vulgar, ni fea, ni alta, ni baja, ni rubia, ni morena... ni siquiera pelirroja.
El elegante gesto con que se quitó su guardapolvo, ayudada por el hombre, descubrió fácilmente, rápidamente, a la mujer mejor vestida y más
escultural de todo Crossing Silver, su condado y, posiblemente, del Estado de Nevada.
Mediana estatura, ojos de un azul desconocido hasta entonces para los mirones habituales, boca de un intenso rojo carente de cualquier, trucaje. El
pelo, según le diese la luz, lo mismo podía ser dorado que plateado.
El hombre le tendió su brazo y ella se apoyó en él con encantadora naturalidad, para subir los escalones.
Ni uno ni otro miraban a nadie. Solo adelante.
Ya en el porche, Rumps se inclinó torpemente.
—Bienvenidos, señores.
La mujer se arregló con deliciosa rutina el precioso sombrerito de color rojo, que hacía juego con su vaporoso y ahuecado vestido del mismo color.
El hombre miró fijamente a Rumps. Su voz sonó seca:
—Gracias. Me llamo Ned Hilton. Anuncié mi llegada. Tengo entendido que éste es el mejor hotel de Crossing Silver. ¿Es cierto?
—En efecto, señor Hilton. No encontrará...
—Muy bien. Queremos la mejor habitación.¿Ludmilla?
Ella sonrió y penetró en el local precediendo a los dos hombres.
Un denso silencio se había hecho en la calle al oír el nombre de Ned Hilton, que éste no se había preocupado lo más mínimo de pronunciar en voz
baja.
Dentro del local las papadas de Rumps continuaban moviéndose nerviosamente con su característico bailoteo gelatinoso. Ocupó su lugar tras el
mostrador destinado a recepción, de huéspedes, no el de bebidas.
Cogió una llave y la depositó allí.
—La habitación dieciséis es la mejor. Observarán...
—Es buena para nosotros —cortó Hilton—. ¿Tenemos que firmar aquí?
Rumps juntó las manos servilmente.
—¡Oh, no es necesario, ya que...!
—Sin embargo, lo haremos. ¿Verdad, Ludmilla?
—Sí, Ned.
El firmó como Ned H. Hilton. Ella, simplemte Ludmilla.
—Les acompañaré para...
—No es necesario. Encontraremos la habitación. Ocúpese de la calesa y los dos caballos. Trátelos bien y hágalos limpiar, lo mismo que la calesa.
Llámenos a las seis.
—Sí, señor. A las seis...
Hilton y Ludmilla ya ascendían hacia el piso alto. Los bajísimos revólveres del hombre adornaban de un modo casi complementario, diríase que
casi necesario, los muslos a que iban sujetos.
Ned Hilton se movía con felina soltura. Ella, Ludmilla, lo hacía con una gracia inimitable.
Rumps miró el reloj de pared casi desdibujado situado tras el mostrador de recibir huéspedes. Las dos y media.
Se pasó un enorme pañuelo por la frente y las papadas.
—¡Caray, qué hombre...! ¡Y qué mujer!

***

Joe Symington abrió su ojo sano.


Vio una sombra ante él. Una cara se concretó poco después. Y sobre todo unos ojos. Verdes. Muy verdes... Los ojos estaban secos, muy brillantes,
pero aún se veían en las mejillas los surcos que habían dejado el abundante llanto.
—Hola —dijo Joe.
—Joe... ¿estás... está bien?
Joe quiso incorporarse, sentarse en el suelo. Un agudo dolor en el costado derecho lo tumbó otra vez contra el polvo.
—Le dieron algunas patadas ahí después de dejarle sin sentido.
—Qué amables, ¿verdad? ¿Vendiste, chiquita?
—Sí.
El sol restallaba con toda su potencia del mediodía contra la reseca, casi blanquecina tierra. Había como una cortina de vidrio arrugado y móvil
entre la vista de Joe y lontananza.
Consiguió sentarse.
—Mal hecho —amonestó—. ¿Qué crees que puedo pensar yo de mí mismo después de que por mi culpa te has visto obligada a vender.
—No lo hice solo por usted. También lo hice por Sam.
—¿Sam?
Ella señaló a su único peón.
—Está mucho peor que usted. Intenté entrarlos a los dos en la casa, pero me fue imposible.
—Ya. Ayúdeme a levantarme, chiquita.
Entre los dos transportaron a Sam al interior de la casa. Luego, mientras, Katy daba otro caritativo repaso a su maltrecho rostro, Joe salió a la
explanada. Se dirigió al abrevadero y tras renovar el agua que había en éste, se dedicó a cuidar de sí mismo.
El agua fría le produjo más de un latigazo de dolor al entrar en contacto con las heridas del rostro. Estuvo lavándose y refrescándose más rato del
necesario.
Cuando fue a recoger su camisa y su chaleco de cuero, no los vio donde los había dejado. Extrañado, miró a su alrededor.
Oyó la voz de Katy.
—Tendrá que ponerse una camisa de mi padre, Joe. La suya ha quedado destrozada y totalmente manchada de sangre. Su chaleco lo tiene
dentro, cepillado.
—Gracias, chiquita, ¿Quieres un beso a cambio? —Joe rió al darse cuenta de la turbación de ella, y se limitó a darle una cariñosa palmada en una
mejilla—. Anda, vamos a ver que puedes hacer por mi cara.
Media hora después, Joe Symington se burlaba de sí mismo ante un espejo.
—Bueno, por lo menos no me han roto la nariz.
Tenía una ceja y un pómulo partidos, un labio reventado por dentro, lo cual le producía un escozor irritante, dos o tres cardenales en la cara, un par
de chichones en la cabeza, y le dolía el cuello y todo el cuerpo. El brazo izquierdo, que fuera rozado una hora y pico antes por el balazo de Bey, era
precisamente, lo que menos molestias y dolor le producía.
Katy estaba a su lado, mirándole absorta. Había recuperado el revólver y ya descansaba bien repasado y cargado en su funda.
—¿Sigo pareciéndote agradable, chiquita?
Ella logró sonreír.
—Un poco menos.
Joe suspiró.
—Me lo temía. Fueron los tres a la vez, ¿verdad?
—Solo dos, que por cierto no salieron demasiado bien librados. Al primer lo dejó sin sentido en seguida. Sólo tuvo tiempo, cuando despertó, de
pegarle unos cuantos puntapiés en las costillas.
—Todavía los noto. Veamos ahora el saquito de Peter.
Sí, allí estaba el plano. Y las cuatro piedras que... ¿Cuatro? Joe se detuvo con el ceño fruncido. Allí habían cinco piedras.
—Pero...
No podía ser. Estaba seguro que Peter solamente había cogido cuatro pedruscos para llevárselos como muestras. ¿Por qué habían cinco ahora? Y
uno de ellos... Bueno, él no entendía mucho de estás cosas. En realidad, no entendía ni mucho ni poco.
Pero ¿por qué cinco pedruscos?
—Muy bien —dijo en voz alta—. Iremos a ver al amigo Alex Bath. Y esta vez...
Katy estaba a su lado, mirando las piedras. Palideció.
—¿Te preocupa?
—Yo... Solo pensaba en que usted parecía interesado en acudir al entierro de su amigo Peter.
Joe asintió pensativamente.
—Es cierto. Y quizá si me meto en el rancho de Bath al único entierro que lograría sería al mío. Esperaremos. Y podemos aprovechar el tiempo
para reflexionar.
—Sí, Joe.
Él la miró profundamente. Sentía ganas de besarla. Preciosa. Toda ella emanaba candor, bondad... ¡Y qué ojos!
Joe suspiró, conteniéndose.
—¿Le ocurre algo?
—No —mintió—. Nada, chiquita.
Salió fuera y se sentó en el porche.
Lió un cigarrillo, lo encendió y comenzó a pensar.
¿Quién había matado a Peter? ¿Y por qué o piara qué si no tenían intención de quedarse con el plano? ¿O quizá había llegado Peter sin el plano a
Crossing Silver? Y en ese caso, ¿por qué matarlo?
¿Quién diablos era Ned Hilton y por qué lo habían confundido con él?

***

Rumps llamó suavemente a la puerta.


—Señor Hilton, son las se...
La puerta se abrió silenciosa e inesperadamente. Hilton apareció en ella, completamente vestido y con los dos revólveres.
—De acuerdo. Gracias. Bajaremos en seguida. O espere. Es mejor que suba algo de comer. Una botella de whisky.
—Sí, señor. ¿Le gustaría...?
—Lo que sea, con tal de que sea bueno. De los dos caballos que tiraban de la calesa, ensílleme el negro. La silla está en la parte posterior de la
calesa.
—Sí, señor. Si quieren...
—Nada más. Suba la comida pronto. Y el whisky. No se olvide del whisky.
—N... no, no, señor. No me...
La puerta se cerró en sus narices.
—¡Caray! —exclamó como horas antes el obeso Rumps —. ¡Qué hombre! Y no he podido ver a la mujer. El es un tipo antipático...

***

—Ya es la hora, Joe.


Symington volvió la cabeza.
—¿Ya?
—Sí, las seis. Hay un buen trecho de aquí a Crossing Silver.
—Cierto chiquita. ¿Sabes? He estado pensando que Alex Bath sabe algo de todo esto.
—De todo, ¿qué?
—Del asesinato de mi amigo... y del de tu padre.
Una gran pena se reflejó en el rostro de la muchacha.
—Quizá sí. ¿Puede hacerse algo?
Joe sonrió.
—Siempre puede hacerse algo —sentenció—. Hasta luego, chiquita.
—¿De veras no quiere que vaya con usted?
—De veras. Cuida de Sam.
—¿Cuándo... cuándo volverás?
Joe la miró cálidamente.
Preciosa.
—¿Quién sabe? —dijo.
Joe movió la mano en el aire.
—Hasta luego, chiquita —repitió ahora en un susurro.
Se sintió un poco más feliz tan solo de ver como ella correspondía a su saludo. Y se hubiera sentido mucho más feliz todavía si hubiese oído las
palabras que musitó la muchacha:
—Vuelve, Joe.
Joe enfiló la calle mayor de Crossing Silver.
Aquella hora era la intermedia entre la somnolencia del mediodía y de la tarde y el bullicio de la noche. Calma, quietud...
¿Demasiada, quizá?
—¡Hum!
Su caballo iba al paso, casi lento. Aún no eran las siete.
Vio el coche fúnebre frente a la funeraria. Estaba vacío...
Joe desmontó delante de la Funeraria y dejó el caballo suelto.
No le gustaba el ambiente.
Subió los escalones y empujó la puerta de cristales translúcidos. En el interior reinaba una penumbra deprimente. Una sombra adelantó hacia él.
Una voz, dijo:
—Le estábamos esperando a usted, señor Symington. Rumps nos transmitió su encargo. ¿Podremos cargar el coche?
Cargar el coche. Exactamente igual que si se estuviese hablando de plata, o de remolacha, o de heno para el ganado. Cargar el coche.
—Sí.
—Muy bien.
Joe salió fuera. No quería ver a Peter ahora. ¿Para qué?
Apoyado en la pared, con el sombrero en las manos, vio sacar el ataúd. Allí estaba Peter. Bien. ¿Por qué torturarse?
Quiso sonreír, pero le dolió la boca. Seguro que Peter no había esperado nunca ser enterrado así, con coche, caballo... y acompañamiento detrás.
Porque Joe Symington acompañaría al que en vida fue su amigo, hasta su última morada. Seguro: Peter Gaskell debió pensar —si alguna vez lo hizo—
que el de descanso eterno de su cuerpo lo haría en cualquier pradera, en cualquier grupo de rocas, en cualquier cañada, con una cruz de madera, si ella
era posible, pero, nada más...
—Señor Symington...
—Sí; vamos.
El penco se movió, las ruedas giraron. Joe miro el ataúd con más atención. Se encogió de hombros. ¿Qué entendía él de ataúdes?
Joe iba a pie, a unos tres metros del coche; llevaba el sombrero en la mano izquierda, cuyo brazo no podía mover demasiado bien. Su caballo le
seguía dócilmente, algo retrasado.
Cuando tan solo le faltaban unos pocos metros para pasar frente al hotel de Rumps, Joe vio salir del local a un hombre, cuyo aspecto y apostura le
alertaron en seguida.
Un pistolero. Dos revólveres. Miraba tranquila, casi indiferente. Con paso elástico lento, avanzó por el porche hasta quedar apoyado en uno de los
porches.
Ahora estaba más cerca de él.
Sus ropas, aunque corrientes, eran de calidad y las llevaba con innata elegancia, casi descuidadamente.
Joe abrió la boca cuando la mujer salió tras él, apenas apoyado el hombre en el poste. Se colocó a su lado. Una mujer bellísima, joven, elegante...
Pero el hombre tenía mucha, muchísima más personalidad.
6

Lo miraban a él.
Ella dijo algo, y entonces, el hombre miró calle arriba, hacia donde, cansinamente, el penco iba arrastrando el carro.
Joe también miró. Durante un par de segundos, quedó clavado en el suelo, notando un escalofrío en todo su cuerpo.
A menos de cincuenta metros, cuatro hombres —los había visto antes, no hacía mucho, cuando salía del pueblo acompañando a Katy—, cuatro
pistoleros, parecían buscar algo en el polvo de la calzada.
Joe comprendió ahora la excesiva calma de Crossing Silver, y el silencio, que ahora era oprimente. ¿Le esperaban a él? Sí. Y todo el pueblo
parecía saberlo. ¿Y el sheriff? ¡Bah!
—Quizá no pueda acompañarte, Peter —pensó—. O mejor dicho, quizá te haga compañía eterna.
Miró otra vez hacia el pistolero elegante. Este tenía una sonrisilla en sus firmes labios. Ahora ya debían estar viéndole la cara, él y la mujer que le
acompañaba.
¿Quizá era eso lo que ocasionaba la sonrisilla del hombre?
Cuando estaban solamente a tres metros de ellos, la mujer musitó algo junto al oído del pistolero. Él asintió con la cabeza, se volvió hacia ella;
cogiéndola por la barbilla, la besó suavemente en la boca.
Cuando la separó la boca de la mujer ostentaba una sonrisa levemente crispada.
El hombre bajó desganadamente los escalones y con su elástico caminar felino, tan seguro de sí mismo como si nada en el mundo pudiese
dañarle o molestarle, avanzó hasta situarse junto a Joe Symington.
Ni siquiera lo miró.
Se quitó el sombrero y, codo a codo, con Joe, fue siguiendo las huellas que marcaba profundamente el coche fúnebre.
Joe se ladeó para mirar otra vez hacia delante, hacia los cuatro hombres que le esperaban a él. Le pareció notar en ellos un nerviosismo que no
lograban ocultar.
Joe miró fijamente al hombre que le acompañaba. Este ladeó la cabeza y le sonrió.
—Hola —dijo.
—Hola —contesto Joe. El hombre señaló, el ataúd.
—¿Familiar suyo?
—Amigo.
—¡Ah! La vida es corta en el Oeste, ¿verdad?
—Hay que hacer lo posible para alargarla, ¿no le parece?
—Ciertamente.
El hombre señaló con un dedo de su mano izquierda hacia delante.
—Esos cuatro hombres la están acortando. Sus propias vidas, se entiende.
—¿Lo cree así?
—¿Le molesta que le ayude?
Joe logró sonreír.
—Se lo agradezco., de veras.
—Entonces, verá como esos hombres han acortado su vida... A menos que se aparten cuando pasemos nosotros...
—No se apartarán.
—Dios tenga piedad de sus almas.
De pronto, el coche se detuvo... Un hombre pasó junto a Joe y el pistolero, casi corriendo. El pistolero frunció el ceño.
—Oiga —llamó.
El hombre volvió la cabeza, y palideció al reconocer al pistolero.
—¿A dónde va, amigo? —prosiguió éste.
—Yo... yo me largo de aquí; Ahí delante hay cuatro tipos...
—No se preocupe por ellos. Suba al pescante y continúe guiando. Para eso le pagan —se volvió a Joe—. ¿Pagó ya el servicio?
—Desde luego.
—Está bien. Usted, suba al coche.
—Pero, señor, yo...
—Suba. Y olvídesele esos hombres.
El hombre se movió, nervioso. Pero había visto los ojos de aquel pistolero tan fijos en los suyos... Era tan fácil leer en ellos... Y de todos modos, era
preferible una muerte problemática en medio de un tiroteo a la segura que le auguraban aquellos ojos de mirada dura.
Segundos después, el coche reanudaba su marcha, más lenta, si ello era posible, que antes.
Joe miró a su acompañante.
—Usted se me ha adelantado.
—No he querido molestarle.
Joe movió la cabeza en sentido negativo.
No se cruzaron más palabras.
Aquellos cuatro hombres se dividieron en dos grupos. Dos a cada lado de la calzada. No intentaban disimular sus intenciones. Atacarían. No, no
dejarían pasar de largo el coche y sus acompañantes.
Joe iba a la derecha de aquel pistolero. Sin decirse riada, los dos comprendieron lo que tenían que hacer. ¡Era tan fácil! Y ahora ya no eran cuatro
contra uno, sino contra dos. Y separados. Tanto como decir dos contra uno.
Joe se sentía aliviado.
—Volveré a tu lado, chiquita —pensó.
Solo diez metros les separaban de los cuatro pistoleros. Era muy poca distancia ya. ¿Qué esperaban...?
Súbitamente, uno de ellos, de los del lado de Joe, desenfundó y disparó con una rapidez en modo alguno despreciable.
Pero Joe ya se había dejado caer de rodillas, al mismo tiempo que desenfundaba su arma. Esta cobró vida en su mano, tronando dos veces tan
seguidas una de otra que pareció un solo disparo.
El pistolero que había disparado, se encogió, con una mueca de dolor en su rostro. Quiso cogerse a uno de los postes, pero le fallaron las manos y
se dio de cara contra él.
El coche fúnebre, inesperadamente, cobró una velocidad inaudita, dejando completamente al descubierto a Joe y a su compañero.
—¡Maldito cobarde! —refunfuñó Joe.
El otro hombre seguía agarrado al poste, con la cara pagada a él. Los brazos le colgaban fláccidamente en una de sus manos, todavía humeaba el
revólver con el que había disparado contra Joe.
Este notó un suave calor en el costado derecho. Instintivamente, se encogió, de tal manera que desde su posición de arrodillado pasó casi a la de
tendido.
El que había disparado ahora contra él, se hallaba tras un abrevadero, lugar al que había llegado en veloz zambullida.
Joe se tiró ya francamente al suelo y rodó hacia su derecha, en busca de la protección de la acera de tablas. El mismo abrevadero era un
obstáculo para su contrario, pues para disparar tenía que asomar la cabeza, o por lo menos la mano. Y Joe había acertado blancos más difíciles que
una mano.
Su providencial compañero, el pistolero elegante, estaba en pie todavía en el centro de la calzada, con las piernas ligeramente separadas y un
poco inclinado hacia delante.
De reojo, Joe vio a uno de los pistoleros que le habían correspondido a aquel hombre tumbado en la acera, con una gran mancha roja en la cabeza.
O en lo que quedaba de ella. También, como el suyo que había quedado abrazado al poste, empuñaba todavía el Colt, aunque éste no humeaba.
El otro aún estaba de pie, y disparaba. Pero lo hacía de espaldas al pistolero elegante. Los dos balazos con que éste le había acertado en el
pecho, lo habían hecho girar sobre sí mismo. Y ahora, agonizante, el hombre disparaba a ciegas, ya, posiblemente, muerto, hacia cualquier sitio.
Sus balas convirtieron en añicos un par de cristales de la ventana de una casa. Pero aún tuvo fuerzas para volverse a mirar a su matador. Ahora su
Colt apuntaba al suelo y ya descargado, patentizaba una doble inutilidad.
Quiso decir algo, al parecer, pero de su boca salió una espuma, rojiza qué Joe vio con tanta claridad como si el hombre en lugar de estar a catorce
o quince metros de él, estuviese solamente a dos o tres.
De pronto, sus piernas se doblaron. Quedó en el suelo, tendido, como llevase muerto varios siglos en lugar de unos pocos segundos.
Y el pistolero elegante seguía allí de pie, ya más enderezado, como si estuviese solo en el mundo, sin enemigos.
Quedaba uno...
Joe se dio cuenta demasiado tarde de que había descuidado al segundo de los que le habían correspondido. Cuando miró hacia allí, vio su cara,
contraída, y su revólver apuntando hacia él.
Se ladeó instintivamente, con el tiempo justo para que el plomo que se hubiese alojado en su cabeza, rebotase blandamente contra el suelo,
lanzando contra su cara un puñado de polvo fino.
Cuando loe volvió a mirar, casi en seguida, su enemigo estaba arrodillado fuera de la protección del abrevadero, completamente convencido de
que su disparo no había fallado y que había acertado en la cabeza de Joe.
Abrió mucho los ojos cuando vio a Joe con el revólver firmemente empuñado y una dura sonrisa en los labios.
Quiso disparar nuevamente, pero cuando a sus nervios estaban llegando la orden del cerebro, aquellos ya estaban muertos, paralizados por las
dos balas que habían penetrado casi juntas, en el corazón del hombre.
Cayó hacia atrás, sin poder colocar sus piernas en mejor posición, con lo que éstas quedaron cogidas bajo su cuerpo, en una postura trágica e
inverosímil.
Joe se incorporó.
Su compañero de tan rápida y mortal lucha caminaba ya hacia el coche, que se había detenido unos cien metros más allá, casi a la salida del
pueblo.
Cuando Joe estaba casi junto a él, el hombre se volvió, sonriente.
Iba recargando su revólver.
—No se distraiga nunca mirando las peleas de los demás, muchacho. Sin embargo, casi estoy por decir que usted solo hubiese podido hacer
frente a la situación. Mucho me temo que menosprecié sus posibilidades al ofrecerle mi ayuda.
—No lo crea. ¿Acaso no ha visto mi cara? Pues el cuerpo está igual de molido. No estaba en condiciones de luchar.
—No me diga —rió irónicamente el otro—. Le diré una cosa: no me haría ninguna gracia tener que pelearme con usted.
—Ni a mí me la haría luchar contra usted. Gracias.
Su compañero movió una mano.
—Bah. Ha sido una pequeña distracción —volteó el revólver y éste cayó con científica exactitud en su correspondiente funda. Luego, volvió la
cabeza mirando a la hermosa mujer que estaba unos metros más allá, y comentó—: Ludmilla estará contenta... y tranquila.
—Es natural.
—Claro, es natural —rió el pistolero—. ¿Sabe por qué me quiere, según me dijo ella misma un día?
—¿Porqué?
—¿No podría adivinarlo?
—Pues... Me temo que no.
—Porque la emoción que experimenta cada vez que me ve volver vivo de una de mis locuras, es como la renovación de nuestra luna de miel.
—¿Están casados?
El pistolero frunció el ceño, mirando a Joe. Pero luego sonrió.
—Bueno, algo así.
—Ya.
El coche reanudó su marcha cuando ellos aún no habían llegado a su altura. Y con el coche reanudó su marcha normal la vida de Crossing Silver.
La gente salió a la calle, buena parte de ella arremolinándose en torno a los muertos pistoleros. Aparecieron jinetes, algunos carromatos se pusieron en
marcha...; los chiquillos eran apartados a manotazos de la proximidad de los cadáveres, y algunas mujeres se apresuraron a recogerse en sus casas
alejándose de las tiendas en las que se habían visto obligadas a refugiarse durante el tiroteo.
La paz habíase reanudado en Crossing Silver. Y, total, solamente a costa de cuatro muertos.
¿Qué importancia tenía esto?

***

—Perdona, Señor, a este hijo tuyo que murió en la violencia. Perdónalo y orienta su alma hacia Ti. Con tu bondad infinita, hazle sitio en tu Reino.
Perdónalo, Señor, a él, y vela para que nosotros seamos más dignos de Ti que este pobre pecador que deja su cuerpo en la tierra y vuela su alma hacia
Ti, a tus Alturas Celestiales...
Joe frunció el ceño, mirando al hombre que, no sabía por donde, había llegado al cementerio antes que ellos, esperándoles para rezar el responso.
Iba completamente vestido de negro, era rollizo, de carnes rojas, y su aspecto al pronunciar la petición, era la de un tendero que estuviese alabando su
mercancía.
El pistolero elegante, serio sin afectación, permanecía inmóvil, con los ojos fijos en la recién excavada tumba en la que ya habíase colocado el
ataúd.
Joe volvió a prestar atención a las palabras del hombre rollizo. No, no era un pastor. No había ninguno en Crossing Silver?
—... que su muerte violenta no engendre nuevas muertes violentas...
Joe sonrió, ahora. Aunque no sabía si en realidad había sido la muerte de Peter la causa de que él hubiese ido matando más tarde a otros
hombres. En realidad... Bien, sí, esa era la pregunta: En realidad, ¿cómo había comenzado todo? ¡Bah!
—Y así como su cuerpo, sucio, se pudrirá en la tierra, su alma, limpia será acogida por Ti, que la unirás...
Bueno, aquel tipo no estaba dejando en muy buen lugar a Peter.
—Y luego, cuando las tinieblas se desganen para dejar pasar tu luz, todos los hombres nos encontraremos indefensos ante Ti, cuyo conocimiento
absoluto de la verdad, servirá para juzgarnos, para premiarnos o castigarnos. Señor: Ten piedad de su alma.
El hombre rollizo suspiró, miró hacia Joe y acercándose a él le tendió la mano derecha en un significativo además, que se aclaró aún más con sus
palabras:
—Son cinco dólares.
Joe apretó los puños.
—¿Cómo dice?
El hombre no se inmutó.
—Son cinco dólares.
—Oiga...
El pistolero se acercó calmosamente y dijo:
—El responso entra en el servicio de entierro, amigo. ¿Quién es usted?
—Hombre, yo... Yo me ofrecí voluntario porque el pastor está lejos de aquí y...
—Déjelo —dijo Joe—, es igual. Tenga sus cinco dólares.
El hombre se apresuró a desaparecer, sin importarle un ardite que en aquel momento, otro hombre comenzase a echar paletadas de tierra encima
del muerto que él tanto había vilipendiado, en su afán de humillarlo y bien prepararlo para su sueño eterno, para la benevolencia del Hacedor.
La cruz era de piedra y su inscripción se limitaba al nombre del difunto y a la fecha de su muerte. Joe no podía indicar la de su nacimiento porque ni
siquiera la sabía él.
Ahora ya estaba solo. La tumba olía a tierra recién removida y los rayos del sol poniente, del cual solo se veía ya un pequeñísimo arco rojizo, daba
a la escena una inusitada calma.
El pistolero providencial estaba más allá, cerca de la puerta de verjas de hierro del pequeño pero concurrido cementerio de Crossing Silver. El
hombre que echara las paletadas de tierra también había desaparecido.
Joe musitó:
—Adiós, Peter.
Con el sombrero todavía en la mano, caminó hacia las verjas, hacia la salida. El pistolero, sin decir nada, se colocó a su lado. Juntos, caminaron
hacia el pueblo, a pie pues el pistolero no tenía allí su caballo.
Cuando llegaron al hotel de Rumps todavía no habían hablado nada. Ella, la preciosa mujer de exótica belleza y nombre no menos exótico, estaba
todavía allí, esperando. Parecía no haberse movido.
Joe, después de haber visto actuar al pistolero, no se extrañó lo más mínimo de que aquella mujer no fuese molestada por los inevitables
moscones que en todo lugar suelen importunar a una mujer de su belleza.
El pistolero preguntó entonces:
—¿Queda algo más por hacer?
—Queda. Pero me arreglaré yo solo.
—Bien. Usted es un desagradecido, muchacho —sonrió—. Pero no importa. Si me necesita, aún estaré por aquí un par de días. Quizá uno solo.
Me llamo Ned Hilton.
—Yo también me llamé así; aunque por poco tiempo. ¿Sabía que cuando llegué esta mañana me confundieron con usted? Tuve que esforzarme en
convencerlos a todos de que me llamaba en realidad Joe Symington.
—¿Lo que lleva en la cara es la consecuencia de su esfuerzo por convencer a quien fuese de su verdadera personalidad?
—Algo de eso hay. El dueño del hotel donde se aloja puede contárselo todo. Suprima exageraciones.
—Así lo haré —rió Hilton.
Se estrecharon las manos. Ned Hilton volvió junto a la hermosa mujer.
Joe quedó allí, inmóvil, durante unos segundos.
Luego, se volvió hacia la casa que Jerry Campbell tenía en el pueblo.
Fue hacia allí.
Diez minutos más tarde se convenció de que Campbell no estaba allí. Seguramente debía estar en su rancho. Joe Symington vaciló. ¿Dónde ir
primero? ¿A pagar a Alex Bath y sus hombres lo que les debía?; ¿En busca de Jerry Campbell, para hacerle ver su error al enviar cuatro hombres
contra él?
Finalmente, se impuso su corazón, y Joe Symington galopó hacia lo intermedio: es decir, hacia un ranchito que formaba cuña entre los dos
anteriores.
7

Llegó ya oscurecido.
Se veía luz por las ventanas y por la puerta, abierta en parte.
Joe desmontó sin ninguna clase de precauciones. ¿Qué podía haber ocurrido? Ahora ya nada. Katy no era dueña de las tierras. ¿Para qué, pues,
molestarla?
Pero cuando entró en la casa se convenció de lo erróneo de sus suposiciones. Ella, Katy, estaba tumbada en el suelo, muy cerca del camastro de
Sam, que había sido colocado allí mismo para poder atenderlo mejor. Sam, continuaba sumido en su casi mortal inconsciencia, pero ella...
Con la sensación de que le estaban desgarrando el corazón, Joe se acercó a la muchacha, Se inclinó sobre ella y la volvió cara arriba. Su rostro
estaba pálido, excepto en la frente, donde un amplio hematoma mostraba el lugar en que había sido golpeada.
No, muerta, no.
No estaba muerta.
La congoja de Joe pasó desde el corazón a la garganta. Bien; ella vivía. Eso... eso era bastante.
¿Vivía?
Inclinándose más, puso su oído sobre el corazón de Katy. Vivía.
Poco después, Katy abría los ojos.
Musitó.
—Joe...
—Estoy aquí, chiquita.
Los volvió a cerrar. Bueno, él ya estaba con ella. ¿Qué de malo podía ocurrir ahora?
—¿Qué pasó, chiquita?
—No... no lo sé. Llamaron. Creí que serías... que sería usted. Abrí la puerta y vi a tres hombres que tenían que ser pistoleros. Me hicieron retroceder
hacia dentro y ellos entraron conmigo. Me dijeron que tenía que venderles el rancho, que quien les pagaba estaba dispuesto a todo para que esta
misma noche el rancho fuese suyo. Les dije que yo lo había vendido a Alex Bath, y entonces, uno de ellos me golpeó con un revólver...
—Desde luego es absurdo sospechar de Bath, que ya es dueño del rancho. Ello inclina todas las sospechas hacia Jerry Campbell..., que por cierto
no estaba en su casa de Crossing Silver cuando fui a buscarlo después de enterrar a Peter. Debía estar por aquí, dirigiendo a esos hombres pero sin
dejarse ver por ti —reflexionó unos segundos—. Muy bien. Le haremos una nueva visita al amigo Campbell. Y esta vez le estropearé algo más que las
narices.
—Joe, no... no es necesario que por mí...
Joe se inclinó y le acarició la golpeada frente.
—Lo haremos por los dos, chiquita: por ti y por mí. Y por Peter y tu padre. ¿Quién nos asegura que no es Campbell el autor, o por lo menos el
cerebro director de todo cuanto de malo está sucediendo?
—Pero Alex Bath...
—Déjalo —sintió Joe—. Todavía le quedan dos días para que pueda considerarse como dueño de tu rancho. Y en dos días, ¿quien sabe...?

***

Jerry Campbell tiró furiosamente el cheque sobre la mesa.


—Sí, seguro. Le ha vendido el rancho al maldito Bath. Una cifra así solo puede darse como pago de un rancho.
El hombre que estaba ante él soltó una maldición. Luego, dijo:
—Y como no la matasteis, ahora ella sabe que tú fuiste también allí.
—No; ella no sabe nada. Lam la golpeó con su revólver y yo entré en la casa cuando ella ya estaba sin sentido. Es imposible que ella sepa que yo
estuve allí.
El hombre miró el saquito que había encima de la mesa del despacho de Campbell, y gruñó:
—¿Era necesario que recuperases el saquito con las muestras de mineral? Cuando ayer te ordené que lo tirases por ahí, en lugar seguro, no lo
hice para que volviese a tu poder nuevamente.
Campbell se mordió los labios un par de veces.
—Bueno... Me pareció que si usted despreciaba el yacimiento señalado en este mapa, yo podía quedarme con él. Al fin y al cabo, mi parte en este
asunto no será tan grande como la suya. ¿Por qué no quedarme yo con la mina del tal Symington y del hombre que usted mató ayer...?
—¿Has de decir todo eso, Campbell?
Este se movió inquieto.
—No, desde luego. Solo quería decir que cuando esto acabe usted prescindirá de mí y yo podré marcharme lejos de aquí, con lo que me
corresponda para intentar la explotación de la mina marcada en éste plano.
—De acuerdo. Cuando esté solucionado mi asunto, te daré tu parte, y podrás marchar a explotar las minas que quieras. ¿Te quedan muchos
hombres?
—Solamente los tres que fueron conmigo al rancho de la chica ésa. Los tenía en el rancho por si alguna vez los necesitaba. Ese maldito Hilton, al
ayudar a Symington hizo posible que, entre los dos, liquidaran a los otros cuatro.
—Con tres habrá bastante —dijo el interlocutor de Campbell.
—No lo sé —dudó éste—. Están muy asustados. Se han enterado de lo que les ha ocurrido a los otros cuatro y creen que Hilton se ha aliado con el
tal Symington.
—Hilton no se ha aliado con nadie. Lo que hizo no fue más que un capricho. Del mismo modo, se le podría haber ocurrido ayudar a tus hombres
contra Symington.
—Sí, pero no lo hizo así.
—Bueno, ¿qué importa eso? ¡Para lo que va a vivir el tal Hilton...! Le enviaremos a esos tres hombres contra él. Tiene que morir esta misma noche.
—Es un hombre duro y exigente. Ni siquiera me he atrevido a proponerle que trabaje para mí. Es de esa clase de tipos que siempre se bastan a sí
mismo y son a la vez jefe y subordinado. Hay que matarlo como sea.
Campbell rió.
—Le gusta la mujer, ¿eh?
El otro achicó los ojos.
—Tienes la lengua muy suelta, Campbell. Pero, en efecto, me gusta mucho la mujer que le acompaña. Quizá cuando se vea convertida en viuda... o
lo que sea, no le moleste demasiado que yo intente consolarla.
Campbell rió ahora más anchamente.
—Sería gracioso —comentó.
—¿Por qué sería gracioso?
—Pues... —Campbell se encogió súbitamente ante la dura mirada del otro hombre—. Pues por eso. Porqué usted lo haría todo: causarle la pena y,
luego, tratar de mitigarla.
El otro frunció las cejas.
—Eres un imbécil, Campbell. Y no alarguemos esta entrevista porque alguien podría darse cuenta de mi ausencia en el lugar donde tendría que
estar.
—No creo que nadie sospeche de usted.
—Mejor. Y recuerda: hay que eliminar a Hilton y a Symington. Como Hilton es el que tenemos más cerca, id a por él ahora mismo. Al otro ya se le
buscará. Lo que hay que procurar es que no luchen los dos juntos. Son dos diablos. En cambio, de uno en uno, y con una buena emboscada...
—Será de la única manera que mis hombres aceptarán el trabajo. Ese Hilton es un bocado demasiado grande para cualquiera. Excepto, tal vez,
para Symington. Pero si son amigos...
—Ya te he dicho que no lo son, Campbell. Y no se hable más. Hilton está jugando en la sala de juego del hotel. Comprendido.
—Comprendido. Tengo ya ganas de liquidar este asunto y marcharme. Si todo va bien, y el plano y las muestras del mineral no mienten, es muy
posible que pronto sea rico.
—Mejor para ti. Pero no olvides que antes se: ha de solucionar lo mío. Y de momento, parece ser que quien tiene todos los triunfos es Alex Bath.
—Le quitaremos el rancho y el que ha comprado a la muchacha, descuide. Todo se irá haciendo a su debido tiempo. Aunque a mi entender, creo
que tendríamos que ocuparnos antes de Bath que de Hilton.
—Primero Hilton —gruñó el hombre.
—Como quiera. Pero recuerde que las mujeres nunca han traído buenas consecuencias para empresas como la nuestra. Y la de ese Hilton, podría
conseguirla de todos modos...
—Yo sé lo que hago. Adiós. No me acompañes.
El hombre abandonó el despacho de Campbell descendiendo a la planta. Poco después, tras atravesar la casa, salía al descampado por la puerta
trasera, encontrándose en el campo casi despoblado pocos segundos más tarde. De allí, y tras unas vueltas que hubiesen desorientado a cualquiera
que lo hubiese visto, regresó al lugar en el que nadie encontraría extraño que estuviese.
Campbell habíase quedado, pensativo, rumiando sobre la obcecación de aquel hombre que hasta entonces había sido tan frío, metódico,
implacable.
—Y todo por una mujer...
Claro que, verdaderamente, ¿cuándo, en toda su vida, podrían volver a ver una mujer como la que acompañaba al pistolero Ned Hilton? *
—Bueno, aunque todo fracase a mí siempre me quedará la mina de Symington y del desdichado de su socio.
Y notó un escalofrío de placer.
Sin embargo, el escalofrío hubiese sido de terror, de miedo, si hubiese podido captar los pensamientos del hombre que acababa de abandonar su
casa.
Este pensaba, respecto a Campbell:
—No tendrás parte en nada, no tendrás mina... y puestos a no tener, ni siquiera tendrás vida.
Luego, a solas en el oscuro descampado, soltó una suave carcajada.

***

Al salir del Silver Saloon el sheriff Jack Thiess casi tropieza con Russ, su ayudante.
—¿Dónde ha estado metido, sheriff? Hace rato que le ando buscando.
—¿Dónde había de meterme? He estado haciendo mi ronda de la acera izquierda. ¿Qué tal la tuya?
—No muy bien. Un tipo ha matado a Hughes, el borrachín. Asegura que no quería acertarle en la frente, pero...
El sheriff se encogió de hombros.
—El pobre Hughes no era más que una molestia. Sin embargo, le echaré de menos. A veces, hasta me hacía reír. En fin, veamos a su matador.
¿Los has encarcelado?
—Por supuesto. Está más borracho de lo que haya podido estarlo nunca el mismísimo Hughes.
—Daría algo por perder de vista este maldito pueblo, con todas sus muertes y sus preocupaciones. Estoy harto de asesinatos, de hacer la vista
gorda, de esconderme cuando presiento que va a haber tiroteo, como esta tarde con ese muchacho, Symington. Y tipos como Hilton, no dan
precisamente prestigio a Crossing Silver.
—Prestigio, puede que no. Pero belleza...
Russ puso los ojos en blanco, lo que ocasionó una fruncimiento de ceño por parte del sheriff.
—¿Te refieres a la mujer? ¡Bah!
—¿Bah? Sheriff, ¿está usted bien? Quiero decir: ¿no se encuentra mal o algo así?
—No seas majadero, Russ. Vamos a... ¡Un momento! Oye, esos tres hombres... ¿no son pistoleros de Campbell?
Russ miro hacia allí y asintió desganadamente.
—Juraría que sí. ¿Qué hacen ahora? Dos se han colocado en las aceras. Uno en cada una. El otro... Seguro, va a entrar en el hotel de Rumps...
El sheriff suspiró.
—Bueno, una preocupación menos.
—¿Una preocupación menos? ¿Qué quiere decir?
—No seas zopenco, muchacho. ¿Acaso Hilton no ha matado esta tarde a dos de los hombres de Campbell, ayudando a Symington?
—Sí, claro. Pero...
—Pero nada. Ahora, esos tres se lo cargarán a él. La clásica trampa del Oeste, muchacho. Entra uno, desafía a la víctima, y cuando ésta acepta el
desafío y sale a la calle, los otros dos, o tres, o uno ¿qué más da? lo cosen a balazos desde cualquier porche relativamente oscuro. ¿Es que no has
visto nunca nada parecido?
—Bueno, yo... Oiga, sheriff ¿cree que estoy despreciable?
—Lo que estás es imbécil perdido, hijo. ¿Qué se te cuece ahora?
—Estaba pensando... Quiero decir, esa maravillosa mujer que acompaña a Hilton quedará libre, ¿no?
—Olvídala, Russ. Esa mujer necesita hombres de mucha más talla que tú o yo. Hombres como Hilton, o como aquel muchacho, Symington. De
nosotros se reiría.
Russ sonrió heladamente.
—Quizá sí. Sin embargo...
—Sin embargo, lo mejor es ir a charlar un buen rato con el asesino del viejo Hughes. Procuraremos que la charla sea larga. Aunque no diga más
que estúpidas incoherencias de borracho. Y te aseguro que no pienso oír ningún disparo. Ni siquiera un cañonazo. Cada cual que saque sus propias
castañas del fuego.
—Es posible que tenga razón, sheriff. ¿Vamos?
—Sin perder momento. El tipo ya ha entrado en el hotel. Creo que nos hemos entretenido demasiado muchacho.
En la parte del Jim's Hotel destinada al juego había casi elegancia. Y Ned H. Hilton, con su presencia, la acentuaba. Vestía de oscuro, y sus manos,
muy morenas, resaltaban sobre el verde tapete, ocultando bajo ellas sus cinco cartas. En una de ellas, entre los dedos índice y corazón, sostenía un
humeante y aromático cigarro de Virginia.
Ludmilla, la mujer que había alterado el ritmo de casi todos los corazones masculinos de Crossing Silver, estaba a su lado, ataviada con un ceñido
vestido de tonos plateados, que a veces, según sus gráciles movimientos de cabeza, hacían juego con sus desconcertantes cabellos. Buena parte de
su espalda mostraba la marfileña blancura, imposible de describir, de su piel tersa y olorosa. Olía bien y miraba mejor, con sus enormes ojos cuyo color
tampoco podía definirse con exactitud.
Ella no sólo prestaba elegancia a la sala, sino una belleza desconocida para los hombres que aquella noche hacían frente, cartas en mano, al
temible pistolero Ned K. Hilton.
Eran tres hombres de los más acaudalados de Crossing Silver, y si estaban jugando con Hilton y perdiendo su dinero, no era por el simple placer
del juego, sino por el mucho más complicado de contemplar baldíamente a aquella hermosísima mujer.
Uno de ellos decía en aquellos momentos:
—Tendrán que ser cien, Hilton. ¿Va?
Hilton pareció vacilar, pero sólo durante un segundo.
—Voy.
Los otros dos hombres habían abandonado ya la puja, poco satisfechos de un juego que, al parecer, no podría competir con los de Hilton y su
vecino el doctor Allen.
Hilton y Allen contaron cada uno la cantidad que faltaba para completar su correspondiente pot de cien dólares. Ligeramente apartadas, estaban
las fichas de la puja inicial de los demás, que serían también para el ganador de aquella partida.
El doctor Allen mostró una amplia sonrisa al mismo tiempo que sus cartas.
—Full de sotas. Algo bueno, ¿verdad?
Justamente en aquel momento, una mano, grande y cuidada en su epidermis, pero de sucias uñas, se posó en el descubierto hombro de Ludmilla,
que, involuntariamente, respingó.
Todos miraron hacia ella. Pero Hilton fue el que aparentó más tranquilidad ante lo que estaba viendo. Un hombre, alto, de rostro cínico y que llevaba
dos revólveres, continuó acariciando la finísima piel.
Visto esto, todas las miradas se volvieron hacia Ned Hilton. Este, calmosamente, miró al hombre a los ojos, diciendo:
—Creo que se equivoca, joven. Esto no es un saloon, ni esta mujer está al alcance del primero que le ponga la mano encima. Delante de este
edificio, y a ambos lados, hay muchos saloons repletos de muchachas que le recibirán alegremente.
—Me gusta ésta —sonrió el hombre, guiñando un ojo.
—A mí también —condescendió Hilton amablemente. Pero, casi en el acto, su mirada cobró una dureza indescriptible—. Por lo tanto, váyase a las
pocilgas a que está acostumbrado.
—Oiga, amigo: ¿me está insultando?
Hilton se levantó; inesperadamente, el grueso cigarro virginiano que había estado fumando se hundió, por la brasa, en el dorso de la mano del
hombre, que todavía permanecía sobre el hombro de la inmóvil Ludmilla.
El hombre chilló, retirando la mano. Pudo oírla respuesta de Hilton a su última pregunta.
—Naturalmente que le estoy insultando. ¿Cree merecer otra cosa?
La manó derecha del pistolero voló hacia el revólver de aquel lado. Pero ni siquiera había tocado la culata cuando se vio apuntando directamente al
corazón por uno de los revólveres de Hilton.
—¿Qué iba a hacer, joven?
El hombre se pasó la lengua por los labios.
—Le espero fuera—gruñó.
—Muy bien —se burló Hilton—. Pero no le aseguro que...
—Saldrá.
El hombre dio media vuelta y se encaminó a la salida. Llevaba frío en el corazón. Hasta aquel momento se había considerado a sí mismo como un
pistolero de los más peligrosos y veloces. Ahora... ahora, tenía frío en todas las partes del cuerpo, estaba aterido, helado, y durante un momento pensó
en montar en su caballo y desaparecer de Crossing Silver. Luego pensó en sus dos compañeros y se sintió más seguro. No seguro del todo, si no
simplemente un poco más seguro.
Al salir a la acera de tablas, vio dos jinetes que se acercaban, al paso de sus caballos. Cuando descendía las escaleras reconoció a la mujer,
aquella muchacha vestida de hombre a la que poco antes su compañero Rogers le atizara con el cañón del revólver en la frente en su propia casa, y el
hombre que le acompañaba... Bien, forzosamente tenía que ser el tipo que decía llamarse Joe Symington.
Apresuró el paso, confiando en que la muchacha no le reconociese. No le convenía en aquellos momentos. Un breve vistazo le bastó para
convencerse de que sus dos compañeros ocupaban los lugares señalados para la celada contra Ned Hilton.
Y, afortunadamente, parecía que aquella muchacha no le había reconocido.
Pero en aquel momento, Katy musitaba.
—Joe, aquel hombre... ¡Iba con el que me golpeó!

***

Dentro del hotel, en la sala de juego, Hilton, tras acariciar las mejillas de Ludmilla, se sentó a la mesa que había abandonado para atender al
pistolero de las uñas sucias.
—¿Dijo usted, doctor Allen?
—Fu... full de sotas —balbuceó el hombre.
Hilton suspiró, volviendo sus cartas boca arriba.
—Ha ganado usted. El mío es solamente de nueves —Hilton sonrió casi imperceptiblemente—. Señores, apelo a su benevolencia para que me
disculpen una ausencia de... pongamos cinco minutos.
—¿Va a pelearse con ese hombre?
—Voy a matarlo. ¿Me disculpan?
—Por supuesto.
—Gracias. Volveré en seguida. Ludmilla, ¿te importa...?
—Te esperaré aquí, Ned.
—Sí, Ludmy.
Hilton se inclinó, cogió con cariño la barbilla de la mujer y la besó suavemente en los labios.
Luego, fumando todavía el cigarro que no se había apagado del todo al quemar la mano del pistolero que le había desafiado, Ned H. Hilton caminó
risueñamente hacia la salida.
Había, sin embargo, algo que le irritaba. ¿Realmente, aquel hombre creía que le engañaba? Entrar así, sin más ni más, para desafiarle... ¿Le
creían tonto?
Les demostraría que no lo era en absoluto. Les demostraría que era ducho en aquello de desafíos intempestivos, con motivos encubiertos. Y allí
había de esos motivos. ¿Quizá los cuatro hombres que entre él y el joven Symington habían matado aquella tarde tenía algo que ver con el desafío de
ahora?
Ned N. Hilton encogió los hombros.
¿Y qué? Él sabía tener los ojos abiertos y las manos listas.
Y todavía había algo más: ella le esperaba.
8

Joe se volvió en la silla.


—¿Estás segura, chiquita? ¿Ese es uno de los tres?
—Sí, Joe. Seguro —Katy se excitó y señaló con un rápido vistazo—. ¡Y aquel que está apoyado en la pared, al que acaba de hacerle una seña, es
precisamente el que me golpeó!
Joe se acarició la barbilla. Su maltratado rostro se distendió en una mueca de dolor.
—Aquel es el que te golpeó, ¿eh? De acuerdo.
Joe desmontó y se disponía a ayudar a Katy a hacer lo mismo, dando la espalda al hotel, cuando oyó una voz conocida:
—Hola. Symington. ¿De paseo?
Joe se volvió, dejando que Katy permaneciese todavía montada.
—Tendió la mano derecha, que le fue aceptada sin vacilaciones.
—Hola, Hilton. No, no voy de paseo. Tan sólo buscaba a Campbell. Ya sabe, el jefe de los cuatro pistoleros de esta tarde. Pero —miró hacia el que
había desafiado a Hilton y al que estaba en el porche— me parece que antes de ir a buscarlo voy a hacer un pequeño trabajito.
Tras dar una lenta chupada a su cigarro, Hilton sonrió.
—¿No irá a decirme que pretende matar a ese hombre? —y lo señaló.
—Acertó, Hilton.
Este movió pesarosamente la cabeza.
—Está visto. Symington, que mi sino es quitarle a usted trabajo de las manos A ese nombre tengo que matarlo yo. Acaba de desafiarme.
—¿A usted?
—Claro. Ignoro el verdadero motivo, pero lo ha hecho de una forma tan estúpida que tiene que haber un doble significado. Vea, Symington. Ese
hombre que hay en el porche, unos metros más abajo de nosotros, es un compinche del que me ha desafiado. Una trampa tan estúpida como sus
maneras de hacer las cosas.
—En efecto, esos dos se hicieron señas cuando el que está en la calzada salió del hotel. ¿Cómo lo ha descubierto?
—No nací ayer, Symington —sonrió—. Ni siquiera el año pasado. Hace mucho más tiempo. ¿Esa es su mujer?
—Todavía no —rió Joe—. Es usted un precipitado.
—Sólo a veces. Es bonita. Mucho.
Katy se había sonrojado y permanecía silenciosa.
Joe explicó:
—Precisamente es por ella que me gustaría quemar un poco de pólvora contra esos dos tipos —le contó rápidamente a Hilton lo ocurrido en el
rancho, generalizando—: Pero eran tres, ¿verdad, chiquita? El otro no debe estar muy lejos...
—Pronto se dejará ver. Tendrá que perdonarme, Symington. Ese hombre se está poniendo demasiado nervioso con la espera.
—Un momento, Hilton. Ya le he dicho...
—Mire, muchacho, usted va a hacerme un favor: cuando el tipo de la acera quiera disparar contra mí, mátelo. Y también le cedo al otro, que ya verá
como hará acto de presencia. Pero —la voz de Hilton sonó duramente—ese de ahí es mío.
Joe encogió los hombros.
—De acuerdo, Hilton. Yo tengo una deuda con usted.
—Ahora la saldaremos, muchacho. Hasta luego.
Ned Hilton tiró lo que quedaba del cigarro y caminó hacia el centro de la calzada. La gente lo vio, y habiendo ya comprendido definitivamente lo que
se proponía el hombre que hacía un par de minutos esperaba también en el centro de la calzada, se apresuró a parapetarse del mejor modo que
supieron.
Las luces de los saloons y, sobre todo la más potente del hotel, iluminaban la escena.
El contrario de Hilton comenzó a inclinarse. Su mano derecha quedó muy cerca del Colt.
Hilton seguía caminando.
De pronto, más no inesperadamente para Hilton, el hombre echó mano a su arma. La desenfundó y consiguió colocarla en posición horizontal.
Entonces sonaron, casi simultáneamente, tres disparos.
Uno de ellos arrebató el colt de la mano del enemigo de Hilton. Otro, efectuado por el revólver de Joe acabó instantáneamente con la vida del
hombre que estaba en la acera, cuya arma rebotó contra las tablas, poco después, lo hacía él.
El tercer disparo partió de la acera opuesta, del tercer hombre que completaba el clan contra Ned Hilton. Su bala acertó a éste en un muslo,
haciéndolo caer arrodillado.
Pero Hilton no le hizo el menor caso. Su mirada se había clavado en el pistolero, al que había destrozado de un balazo la puerca mano que se
posara poco antes sobre el hombre de Ludmilla.
—Y ahora —musitó Hilton—, tu vida...
Disparó al mismo tiempo que lo hacía el enemigo de la acera opuesta, otra vez contra él. Pero mientras aquella bala reventaba el polvo junto a
Hilton, éste había alojado ya su segunda bala en el corazón del pistolero que había dado la cara para aquella encerrona.
Y cuando Hilton se disponía a prestar atención al último de sus enemigos, oyó la voz de loe Symington a su lado.
—Quieto, Hilton. ¡Ese es mío!
Joe disparé al mismo tiempo que aquel hombre lo hacía por tercera vez, produciendo su bala un zumbido junto a su oreja izquierda.
Cuando el hombre quiso disparar por cuarta vez, ya tenía dos candentes trozos de plomo en el centro del pecho. La potencia de éstos lo habían
lanzado contra la pared, donde quedó unos segundos de pie y con los ojos muy abiertos. El Colt se escapó de su mano, que ascendió hasta colocarse
crispadamente junto a la otra, en el pecho.
Luego, sus pies fueron resbalando hasta que, finalmente, quedó sentado con las manos, engarfiadas todavía en el pecho, la cabeza inclinada...
Joe se volvió hacia Hilton.
—Le acertaron —musitó.
—En la pierna. Usted y yo estamos en paz, muchacho.
—Eso es muy agradable. ¿Le ayudo?
—Sólo a subir las escaleras.
Pero no hizo falta, Ludmilla estaba allí. Hilton la besó y ella aceptó alegremente el brazo que el hombre pasó sobre sus hombros para tener un
apoyo al subir las escaleras.
Joe se plantó ante Katy. La muchacha lo miró. Y, ahora, sus ojos ya no reflejaban la firmeza de la mañana, cuando mató al hombre que, desde una
ventana, quería matar a Joe.
—Vamos, chiquita, desmonta.
Y le tendió los brazos.
Ella se dejó bajar Ya en el suelo ella notó la respiración del hombre en su frente. Levantó la cabeza. Joe la cogió por ambos brazos y empezó:
—Chiquita...
De pronto levantó la cabeza. La calle, como sucedía siempre después de una pelea estaba ahora más repleta de gente que antes de sonar los
primeros disparos.
Joe sonrió extrañamente.
—Oh, bueno, hay tiempo...
Ella inclinó la cabeza, para ocultar la decepción que reflejaban sus ojos. Luego, llevada por un brazo, subió los escalones y penetró en el hotel, junto
a Joe.
Ludmilla les abrió la puerta. Ned Hilton estaba sentado en una silla mostrando sus piernas. En una de ellas, la sangre manaba discretamente.
—Pase, Symington. Pasen los dos por supuesto —dejó el revólver que había empuñado al oír la llamada y preguntó—: ¿Ocurre algo nuevo?
—Psé. ¿Cómo va eso?
Fue Ludmilla nuevamente inclinada junto al hombre que amaba, la que dio la respuesta.
—No es nada, señor Symington. Le agradezco que ayudara a Ned.
—Bueno, no me desagrada haber contribuido a proporcionarles una luna de miel más —sonrió Joe. Ludmilla se ruborizó y miró con reproche a
Hilton, que lanzó una carcajada. Joe prosiguió—: Además, él me ayudó a mí esta tarde.
—Porque me lo pidió ella —apuntó Hilton.
—¿De veras? ¿Usted hizo eso por mí? ¿Por qué?
—Porque le cayó usted simpático —dijo Hilton.
—Bien, pero... Bueno, por ayudarme a mí, Hilton podía haber muerto. ¿No le parece?
—No. No le parece. Ludmy está convencida de que nadie, nunca, podrá vencerme con las armas en la mano. ¿Verdad, cariño?
—Sí, Ned.
—Siéntense por ahí, Symington. Tengo ganas de oírle la voz a su... Bueno ¿qué es la chica de usted?
—Mi jefe. Me paga doscientos dólares mensuales.
—¡No! ¿Doscientos dólares? ¿Porqué?
—Soy uno de sus vaqueros. Creo que tiene unas cincuenta reses.
—Doscientos dólares me parecen demasiados para que los cobre mensualmente un vaquero. ¿No será que cobra como pistolero, Symington?
—Es posible. Pero, convenga conmigo en que sería uno de los pistoleros de bajo precio.
—Es cierto. Usted, como pistolero, merecería cobrar mucho más. Vea: cuando me desperté esta tarde antes de ayudarle a usted, yo ya tenía dos
ofertas superiores a los mil dólares mensuales. Y usted no es peor que yo con un revólver en la mano —Hilton movió la cabeza—. No me gustaría luchar
contra usted. Symington.
—Ya me lo dijo esta tarde. Y le di una respuesta... ¿Aceptó alguna de esas ofertas. Hilton?
—No. Aquí no hay ambiente para mí. Pero usted ha venido aquí con un motivo determinado. Expóngalo, muchacho.
—Es un favor más que tendrá que hacerme, Hilton. ¿Le importaría cuidar durante una breve ausencia mía de mi... jefe?
—¿Niñera?
—No debe tomárselo así. Sólo quiero que ella esté tan segura como si estuviese conmigo.
—Y yo le cuidaré eso de la frente —intervino Ludmilla—. Venga, señorita.
Hilton encogió los hombros.
—¿Qué puedo decir yo ahora?
—Usted, no lo sé. Pero yo sí puedo decir algo: gracias.
—Vaya tranquilo, muchacho. ¿Cree que su... jefe dirá algo, que podremos oírle la voz?
—Espero que sí.
Joe puso una mano sobre un hombro de Katy.
—Volveré, chiquita.
—Oigan: si quieren besarse...
Joe rió.
—Quizá más tarde. Hasta luego.
Con las dos mujeres vueltas de espaldas a él, Hilton se vistió rápidamente los pantalones. Y dijo:
—¿Sabe imitar el ladrido del coyote, Symington?
—¿Quién no lo sabe?
—Lo digo porque yo tuve una vez un buen amigo que cuando me necesitaba, o yo a él, no tenía más que...
—Comprendo. Gracias. ¿Y su amigo?
—Murió. Y a mí me gusta tener siempre un buen amigo. Uno sólo.
—También comprendo esto, Hilton. ¿Cree que yo serviría?
—Si vuelve podemos intentarlo.
—De acuerdo. Adiós.
—No olvide lo del ladrido del coyote. Yo voy a salir ahora a dar un paseo por ahí.
—No lo olvidaré.

***

El sheriff Thiess y su ayudante, Russ, estaban recogiendo los cadáveres de los tres pistoleros. El humo de la pólvora, su acre olor, todavía flotaba
ya casi imperceptiblemente en el ambiente. Pero los disparos habían dejado de atronar la calle.
Podían salir sin miedo.
—Un par de cuidado, ¿eh, sheriff?
Este arrugó el ceño.
—Son tres.
—Me refiero a Hilton y a Symington.
—¡Ah! Desde luego —el sheriff notó un cosquilleo en la nuca—. Lo son, ¿qué duda cabe?
—Aunque sólo fuere por puro trámite, tendríamos que ir a pedirles alguna explicación, ¿no le parece?
—¿Estás loco? ¿Acaso se la pedimos por lo de esta tarde? ¿O se lo pedimos a Symington por lo de esta mañana?
—Bueno. No creo que haya peligro. Nosotros nos limitamos a pedirles una explicación y como la que nos darán nos parecerá bien, no corremos
ningún peligro.
—No es necesario que hagamos el payaso. Bastante malo es que tengamos tanto miedo para encima empeorarlo con tonterías. Estos tres
hombres son tres pistoleros. Por mí, bien, muertos están. Y no pienso entrevistarme con ninguno de esos dos fenómenos del colt. Ni soñarlo.
—Muy bien; como quieras, sheriff.
—Por allí viene Carr —avisó el sheriff —. Hoy estará contento. No puede quejarse de escasez de clientes.
Carr era el dueño de la Funeraria. Vestía de negro y sus modales eran siempre lentos y comedidos. Sin embargo, a Joe, cuando lo viera pocas
horas antes, con motivo del entierro de Peter Gaskell, no le había gustado nada.
Llegó junto a los representantes de la Ley y de la cobardía.
—Buenas noches.
—Sobre todo para usted, Carr. ¿Cuánto ha ganado hoy?
—Mucho. Pero quizá si usted hubiese intervenido alguna vez, yo no hubiese ganado tanto.
El sheriff enrojeció.
—¿Qué quiere decir?
—No creo que necesite ninguna explicación complementaria. Usted me ha entendido perfectamente.
—Oiga, Carr...
Russ le tiró de una manga.
—Eh, sheriff.
—¿Qué hay?
Su ayudante señaló con la barbilla hacia la calzada, a un punto alejado de ellos unos veinte metros.
El sheriff lanzó un tenue silbido.
—Más jaleo—comentó.
Y así sería, seguramente.
Alex Bath, acompañado de sus tres pistoleros Barker, Hall y Tomlison, avanzaban, el primero delante, con Barker casi a su altura, y los otros dos
detrás hacia la parte sur de Crossing Silver.
La gente también se percató de ello y un murmullo recorrió la calle. ¿Sería posible que Bath se hubiese enterado de que Campbell había quedado
sin ningún pistolero, y acudiese a solucionar la cuestión que hacía tiempo existía entre ellos? ¿O quizá Bath sabía algo de lo que iba a pasar? ¿Estaba
Symington o Hilton a sus órdenes? ¿O lo estaban ambos aunque no hubiesen dado a conocer esta circunstancia?
Alex Bath esbozó una sonrisilla. Ni él sabía lo que pensaba la gente, ni la gente sabía lo que pensaba él, cuáles eran sus triunfos; los triunfos que le
permitían dar aquel paso hacia la casa de Campbell.
Bath vio los cadáveres y se acercó, preguntando al sheriff.
—¿Qué ha ocurrido?
—Entre Hilton y Symington se han cargado a tres de Campbell.
—¡Caramba!
Muchos de los que oyeron esta exclamación se dijeron que Alex Bath era un completo hipócrita.
Pero Bath preguntó ahora:
—Entonces, ¿Symington anda por aquí?
—Naturalmente.
—Bien, bien... Bueno, hasta luego.
Movió las riendas.
Sus tres pistoleros iban mirando a ambos lados de la calle. Habían captado la mirada de Bath después de la información del sheriff respecto a la
presencia de Symington en Crossing Silver.
Cuando Bath desmontó ante la casa de Jerry Campbell, advirtió a sus hombres...
—No dejéis entrar a nadie, mientras yo no os lo autorice. Tan sólo puede entrar Symington, en el caso de que venga.
—¿Symington?
—Eso es, Baker: Symington. Es posible que ese muchacho venga por aquí. Si no os ve, si ve que la entrada es fácil, no desconfiará a la salida, y
entonces... Ya sabéis que es muy peligroso.
Los tres hombres sonrieron.
—Nos gusta el juego. Aunque sigo opinando, patrón, que debimos matarle esta tarde.
—No demuestres tantas veces tu imbecilidad, Baker. Si le hubiésemos matado, Katy Simmons hubiese hecho cualquier cosa menos venderme el
rancho. Y una vez el rancho en mi poder, ¿para qué matarlo si no me molesta? Lo que ocurrirá ahora, es, precisamente, lo que yo deseo: Symington se
enterará de que estoy en el pueblo, concretamente en casa de Campbell. Vendrá a buscarme. Vosotros lo dejaréis entrar y... ¿quién os asegura que yo
no logro arreglar las cosas de manera que Symington mate a Campbell, o por lo menos, lo parezca? ¿Y no es más lógico que cuando salga Symington
de aquí, vosotros le matéis?
—Usted es un genio, patrón.
—No tanto —contradijo Tomlison—. ¿Quién le asegura que Symington no lo matará a usted, patrón? Recuerde lo que le hicimos esta tarde.
—Yo lo aseguro. ¿Por qué ha de matarme si le devuelvo el contrato del rancho de la muchacha, qué he traído con vistas a su protector uso?
—Pero... entonces nada habrá servido de nada.
—¿Es qué vosotros no estaréis aquí esperándolo para matarlo en cuanto asome la nariz?
Los tres hombres volvieron a sonreír.
—Además —también sonrió Bath—. Es muy posible que yo mismo logre vengar la muerte de mi buen amigo Jerry Campbell.
—Usted es un genio, patrón.
—No tanto —sonrió Bath—. Pero me digo que si el amigo de Symington murió, ¿por qué no puede morir el también? Tomad posiciones por ahí.
Alex Bath, con todos los triunfos en su poder, seguro de sí mismo y del logro de sus propósitos entró en la casa de Jerry Campbell.

***

En aquel momento, Joe Symington, tras hacerle un amistoso guiño a Rumps, que tras el mostrador vigilaba la buena marcha de su negocio salía
del porche.
Por la acera de tablas, tranquilamente, caminó hacia la casa de Jerry Campbell.
Y por el camino nadie se le acercó a decirle nada.
Jerry Campbell, ahora, estaba desamparado. No le quedaba ni un solo hombre que le defendiese. Tan sólo el jefe, el maldito jefe, cuyos planes no
estaban dando muy buen resultado. De momento, podía renunciar a la hermosa mujer que acompañaba a Hilton.
Y eso no le pondría de buen humor. ¿Quién iba a imaginar que se iba a enamorar a aquellas alturas? Aunque eso de enamorarse...
Lo importante ahora consistía en que, desde luego, él, Jerry Campbell no podía esperar, ahora ayuda de nadie.
¿Y aquella maldita muchacha, Katy Simmons, vendiéndole el rancho a Alex Bath?
—Nada saldrá bien.
¿Qué hacer?
Marcharse. Marcharse antes de que Symington le buscase. Él no perdía tanto como el jefe. Él tenía el plano de la mina de Symington...
Empezó a recoger sus cosas, en lo que invirtió escasos minutos. Repasó el revólver que guardaba en la funda sobaquera.
Eso es.
Se marcharía de allí en seguida. Más adelante, si Joe Symington o el mismo jefe lo buscaban, él ya tendría más pistoleros a sus órdenes.
Sí, había sido una buena idea...
La puerta de la calle batió. Campbell arrugó el ceño. Comprendió que sus hombres, antes de salir de allí camino hacia la muerte, la habían dejado
abierta. ¡Malditos...!
Con un rápido soplo apagó el quinqué que iluminaba su despacho. Luego corrió a pegarse junto a la puerta, con el revólver empuñado.
Los pasos, que ya habían sonado en la escalera, dejaron de oírse.
En su lugar se oyó una voz:
—No cometa tonterías, Campbell. Soy Alex Bath y he venido a charlar amistosamente con usted.
Campbell contuvo el aliento. ¿Posible? ¿Por qué no?
Sin embargo...
—No me fío de usted, Bath.
—No diga tonterías. Si tuviese intención de matarle le hubiese enviado a un par de mis hombres.
Campbell recapacitó. ¿Ciertamente?
—De acuerdo, Bath. Siga subiendo. Pero cuando llegue al rellano deténgase.
Bath obedeció las indicaciones de Campbell. Este encendió la luz. Sin abandonar el revólver, volvió a colocarse junto a la puerta.
—Quiero oír caer su revólver, Bath.
—Eso es absurdo. No es necesario que...
—Tengo el mío empuñado y amartillado. Es mejor que lo haga así.
Campbell oyó suspirar a Alex Bath, y decir:
—De acuerdo.
El ruido del arma contra las tablas resonó fuertemente. Campbell se asomó entonces. Su primera mirada fue para Bath. Inmediatamente, miró al
suelo.
—De acuerdo, Bath. Pase.
—Una desconfianza innecesaria, Campbell. Sólo vengo a hablar de negocios.
—Es posible. De todos modos, si eso es verdad, no necesita el revólver para nada. Los negocios se hacen con dinero, palabras y firmas.
—No siempre, Campbell. ¿Puedo sentarme?
—Hágalo.
A su vez, Campbell lo hizo en su sillón, tras la mesa de despacho. Dejó el revólver sobre la mesa, al alcance de su mano.
—Es mejor que abrevie, Bath. Tengo... tengo que hacer.
—Yo también. He aquí lo que tenía que decirle: le compro su rancho.
—Eso ya me lo ha dicho otras veces. Y me negué a vendérselo.
—Ahora las circunstancias han cambiado. He conseguido el rancho que perteneciera a Thomas Simmons. Me lo ha vendido su hija. Y usted sabe,
Campbell, que ni su rancho ni el mío valen nada sin el de esa muchacha.
—Es cierto; lo sé. Pero yo no puedo venderle mi rancho, Bath. Y la conversación ha terminado.
—Un momento. ¿Por qué no puede vendérmelo?
—Porque no es mío.
Alex Bath abrió la boca.
—¿Qué no es suyo? Entonces, ¿de quién es?
—Del jefe...
—¿Del...? Oiga Campbell, hablemos claro. Durante bastante tiempo todo Crossing Silver ha estado convencido de que usted era lo que parecía:
dueño de un rancho, hombre adinerado con casa en el pueblo...
—No soy nada de eso: ni ranchero, ni adinerado, ni esta casa es mía.
—Ya. Es del jefe —había retintín en la voz de Bath—, ¿no es eso?
—Usted lo ha dicho.
—Y... ¿quién es el jefe. Campbell?
La voz había sonado junto a la puerta.
Campbell gritó, y quiso coger el revólver. Un disparo certero lo alejó definitivamente de su alcance.
Bath, que se había vuelto velozmente, exclamó sorprendido a pesar de esperarlo:
—¡Symington!
Joe sonrió.
—Hola. Usted y yo, Bath, hablaremos un poco más tarde. Ese revólver que había en el suelo, debía ser el suyo, ¿verdad?
Bath palideció tanto como lo había hecho Campbell. Sí, su revólver era aquel. Se pasó la lengua por los labios. Las cosas se iban transformando,
cambiando de cariz...

***

Fuera, en la ralle, cada uno en la posición que había escogido, los tres pistoleros de Bath —Baker, Hall y Tomlison— sonrieron.
Y casi al unísono, con su característica falta de imaginación, pensaron:
—Este patrón es un genio. Apenas ha entrado Symington y ya todo le empieza a salir bien. Sí, este patrón es un genio.

***

Hilton, que había bajado casi pisándole los talones a Joe, pensó:
—Este muchacho es un demonio. Se apoyó más cómodamente en la pared de aquella casa, que había escogido por su escasa iluminación, y
continuó chupando de su cigarro virginiano.
¿Había hecho mal en dejar solas a las mujeres?
—¿Y bien? —rió Joe—. ¿Ninguno de los dos tiene nada que decir?
Avanzó hacia el centro del despacho.
—Oiga, Symington...
Una seca bofetada cuyo violencia estaba menguada por la herida que Joe tenía en aquel brazo, el izquierdo, lanzó a Bath, que acababa de
levantarse, contra la mesa de Campbell.
—Pónganse los dos aquí, de pie. Van a ser juzgados.
Riendo, Joe rodeó la mesa y se sentó cómodamente en el mullido sillón que poco antes estaba ocupando Campbell. Este y Bath quedaron enfrente
de la mesa, de espaldas a la puerta, de pie, completamente desarmados ante el risueño y, no obstante, peligrosísimo Joe Symington.
—Hable, Campbell: ¿quién es ese jefe?
—No... no lo sé...
—Lo sabe. Óigalo. ¿Fue él quien ordenó matar a mi amigo Peter Gaskell? ¡Conteste, Campbell!
—Lo... lo hizo él, personalmente.
Joe achicó los ojos. Por la estrecha rendija de sus párpados brillaba su dura mirada.
—¿Lo hizo él? Hasta es posible que también matase a Simmons, el padre de Katy, ¿no?
—Sí..., sí. También fue él. Lo esperó una noche y...
—Conozco el resto. Diga quien es y acabaremos pronto.
—¿Le da lo mismo que se lo diga yo, Symington? ¡No se mueva!
Joe se detuvo en su movimiento para amartillar el revólver y, a la vez, orientarlo hacia la puerta.
Pero...
—Sí, soy yo. Inesperado, ¿verdad? Vosotros dos, no moveros. Estáis muy bien de espaldas a mí. Incluso si Symington decidiese a jugarse la vida
disparando contra mí, podrías servirme de protección. ¿Verdad, Symington?
Joe habíase recuperado de la sorpresa. ¿Por qué no podía ser él, un hombre que parecía huir siempre de los jaleos, un hombre pacífico, el asesino
de Peter, del padre de Katy...?
El hombre empuñaba una escopeta de grueso cañón recortado y cargado, a no dudar, hasta la boca de perdigones, clavos, trozos de hierro;...
Un arma difícil para el que se sabía apuntado con ella.
—Se han quedado todos muy calladitos —rió el hombre—. Van a morir. Los tres. Irremisiblemente. Le siento, pero... no, no lo siento. ¡Ja, ja!
Campbell gimió:
—Pero... pero yo... a mí no puede matarme. Soy... soy su amigo.
—Lo eras, Campbell. Ahora te has convertido en un ser inútil, molesto. Nada te ha salido bien. ¿Cómo voy a confiar en ti? Además, veo que
pensabas marcharte con el saquito de aquel imbécil y con su plano. Buena jugada, ¿eh, Campbell.? Cuando lo has visto todo perdido has querido huir...
Usted, Alex Bath, siéntese a la mesa, de espaldas a mí y extiéndala cesión del rancho de Katy Simmons... y la del suya propio.
—¡No!
—Sí. Lo hará. Y sin trucos ni tonterías. No le amenazo con matarle si no lo hace porque de todas formas, lo mataré. Ahora bien, si no lo hace,
después de matarle a usted, es posible que hiciese lo mismo con su mujer. Y su hija, una preciosa muchachita de doce años que está estudiando en
Denver. ¿Firmará, Bath? ¿Verdad que hará lo que le he pedido?
Alex Bath inclinó la cabeza. En tan pocos segundos, comprendió la amargura que pocas horas antes ocasionara a Katy Simmons al obligarla a
firmar la cesión de su ranchito. Los mismos métodos eran ahora empleados contra él. Y las represalias, si se negaba, serían mucho más terribles para
él... —¿para él? —de lo que lo hubiesen sido para la muchacha.
Bath se sentó ante la mesa, extrajo de un bolsillo el contrato que lo acreditaba como propietario del rancho que fuera de Katy Simmons y comenzó
a redactar el traspaso.
El hombre rió.
—¿No le gustaría saber de qué va todo esto antes de morir, Symington?
—Será distraído.
—Mucho. Siga escribiendo, Bath. Usted ya lo sabe todo. Pues bien, Symington: en Crossing Silver hay mucha plata. Muchísima. Tanta, que no me
considero exagerado al afirmar que pueden obtenerse cincuenta mil dólares diarios. Lo malo es que las vetas de tan fabuloso yacimiento argentífero
nacen, o, mueren, dígalo como quiera, en las tierras de esa muchacha, Katy Simmons. Allí, la plata está casi a flor de tierra, tan a flor que su socio, al
pasar por ellas cuando venía hacia Crossing Silver, la vio. Su socio, Symington, entendía mucho. Demasiado.
Cuando llego cometió la tontería de preguntarme del afortunado mortal que poseía aquellos terrenos y el motivo por los que no se extraía tanta
riqueza. Esa fue una chifladura del viejo Simmons, que sobre tener poco dinero y no poder arriesgarlo en ese cometido, nuestro fracaso —el de Bath y
el mío, pues ya sabe que el rancho de Campbell es, en realidad, mío—y su manía de no destripar sus tierras, las conservó así, llenas de la riqueza que
yo disfrutaré.
Pero Bath y yo supimos la verdad. No digo cómo porque sería demasiado largo de explicar y, además, ¿qué importa? Lo que el viejo no supo ver,
lo que nadie supo ver ni decirle, nosotros lo vimos, aunque naturalmente, lo callamos. Nuestra intención, está claro, era comprarle el rancho y explotarlo.
Pero el viejo era tozudo. Lo maté, pensando que la hija seria más fácil de convencer, de manejar... Pero Bath aprovechó mi... resolución para...
—Su asesinato —cortó fríamente Joe.
—¿Qué más da? Le llamaremos asesinato, si usted quiere. Decía que Bath quiso sacar partido de mi resolución, y que, por ahí, surgió la rivalidad
entre él y Campbell, mi cabeza de turco. ¡Pobre Campbell! Campbell: ¿de verdad creías que hubieses salido vivo de Crossing Silver aunque todo me
hubiese salido bien sin necesidad de tener que intervenir yo?
Por supuesto, Symington, a su socio lo maté a cuchilladas cuando él me abrió confiadamente la puerta de su habitación. ¡Pobre muchacho! Usted
se adelantó un poco al momento en qué yo pensaba descubrirlo allí. Cogí el saquito y le quité el plano. Vi las muestras. Era una mina ridícula y a mí no
me interesaba que nadie viese aquello en mi poder. Por la noche, Campbell salió a Crossing Silver y las tiró. Pensó que aquel sitio era bueno y que
nadie las descubriría hasta que, quizá más adelante, pudiésemos aprovechar también aquel yacimiento.
Alguien, forzosamente por casualidad, descubrió el saquito y el plano. Pero a mí me era indiferente, la verdad. Lo bueno lo tenía aquí, en Crossing
Silver. Otra cosa, Symington; ¿no cayó en la cuenta de que en el saquito, cuando lo recuperó, habían cinco piedras en lugar de cuatro?
—Sí, lo noté, pero...
—Si usted hubiese entendido algo de minas, quizá no estaría ahora en esta situación, porque hubiese visto que la pieza que sobraba era de una
riqueza en plata muy superior a la de su mina. Era la piedra que su socio recogió de las tierras de los Simmons. Y volviendo a los Simmons y a sus
tierras. Decía que las vetas nacen allí y se hunden. Nadie puede calcular los millones que hay allí enterrados. Desde mi rancho hubiese podido hacer los
pozos y acudir al encuentro de ésas vetas. Pero hubiese sido carísimo y, lo que menos me convenía, delator. Se hubiese sabido la verdad. Que la mina
nacía en tierras de Simmons, y la Ley concede el yacimiento al dueño del terreno en donde nace. Tenía que conseguir las tierras de Simmons. Su
llegada, su matanza de pistoleros de uno y otro bando han simplificado las cosas... afortunadamente para mí. También Alex Bath ha contribuido a que el
rancho Simmons sea ahora mío. Les agradezco mucho su colaboración. Y celebro que Bath no me haya dado oportunidad de molestar yo a la
muchacha, aja Simmons, cosa que, lo reconozco, estaba ya casi decidido a llevar a cabo.
Bien, creo que eso es todo. ¿Lo ha firmado todo, Bath? ¿Soy ya dueño de esa enorme y maravillosa riqueza plateada? ¿Soy tan rico que podré
conseguir, como sea, a la mujer de Hilton? Vamos, alárgueme los documentos.
Alex Bath obedeció. Pero cuando el hombre de la recortada alargaba su mano izquierda, Bath se lanzó, gritando, sobre él. Recibió en el pecho
toda la carga de plomo y hierro, pues su proximidad a la boca del arma, impidió que aquella se desparramase por toda la habitación.
Bath murió en el acto, casi partido en dos.
Joe se tiró al suelo, en busca del revólver que había dejado allí, siguiendo la orden del hombre que le amenazara al llegar tan sorpresivamente para
todos.
Campbell gemía sin saber qué hacer, refugiado en un ángulo de la estancia.
Cuando Joe se incorporó de detrás de la mesa, el hombre le lanzó la recortada a la cara. En seguida sacó un revólver. Pero el disparo de Joe, que
le acertó en un brazo —el que sostenía los documentos, que cayeron al suelo—le hizo fallar el disparo.
El hombre desapareció escaleras abajo.
Joe cayó sus pasos precipitados. Pero de nada le iba a servir. Sin excesivas prisas, recogió los documentos, sin prestar atención a Campbell, que
también escapaba de allí, escaleras abajo.
Campbell llegó a la planta baja y, temiendo que si salía por la puerta trasera, la misma que había empleado, según su costumbre, el hombre que
hasta entonces había sido su jefe, salió, corriendo, por la que daba a la calle Mayor de Crossing Silver.
Alocado, corrió hacia el caballo que vio más cerca. La vida. Por lo menos salvaría la vida. Más allá, Barker frunció el ceño. ¿Qué había ocurrido?
Aquel no era el genio, su jefe...
Sin pensarlo mucho, desenfundó y disparó. Hall y Tomlison, que había mirado esperando su reacción, como jefe de grupo, le imitaron.
Campbell comenzó a contorsionarse grotescamente al recibir en su cuerpo buena cantidad de proyectiles. En sus saltos de muerte, llegó hasta el
centro de la calzada, donde cayó tan muerto y tan estropeado su cadáver como el de Alex Bath al recibir la descarga completa de la recortada.
Más allá, Hilton arrugó el entrecejo.
¿Y Symington?
¿Sería posible que...?
¡Allí estaba! ¡Bravo muchacho!
Iba a gritarle que tuviese cuidado, que había tres hombres esperando a los que salieran de aquella casa, cuando vio al joven que, apenas puestos
los pies en el porche, saltaba hacia delante y caía en la calzada, girando sobre sí mismo, hasta que finalmente, quedando de rodillas, abrió un veloz
fuego sobre los hombres que se habían delatado ante él al matar a Campbell.
Hilton se dejó ver.
—¿Le ayudo, Symington?
—¡Hilton! ¡Por Dios, corra junto a ellas...!
¿Correr? No podía. Tenía una pierna herida. Pero si Symington le decía que corriese junto a ellas, era que tenía que hacerlo. La calle se había
vuelto a vaciar y Hilton montó sobre un caballo que lanzó a toda velocidad hacia el hotel. ¿Por qué se le habría ocurrido dejar solas a las mujeres?
Joe notó un golpecito en un nombro. A su lado, reventaba el polvo en numerosos surtidores.
Disparó su cuarta bala y no pudo ver cómo entraba por la boca de Barker, que era el más cercano a él y, por tanto, el más peligroso en aquellos
momentos. No obstante, Joe comprendió que aquel hombre ya no debía preocuparle...
Giró su arma hacia la izquierda. Notó el candente zumbido de dos balazos que, de no haberse girado, le hubiesen acertado en la cabeza.
Lleno de rabia, con los dientes apretados, Joe disparó contra el autor de aquellos disparos sus dos últimas balas. El hombre se llevó las manos al
pecho, y cayó como un poste hacia delante.
El último que quedaba, aterrorizado ante aquel hombre al que las balas parecían respetar, corría hacia la salida del pueblo, a pie, insensatamente.
Solamente quería huir como segundos antes Campbell.
Joe oyó el clic de su arma vacía. Se incorporó corriendo hacia uno de los caballos que permanecían atados a las barras.
Extrajo el rifle que había en la silla y, conteniendo el dolor que le producía el hombro al sostenerlo, apuntó serenamente, Disparó.
Ciento treinta metros más allá, el pistolero que huía brincó hacia delante, en un mortal plongeon que: aplastó su cara contra el suelo. Tenía un
balazo en el centro de la espalda que, tras romper la columna vertebral y ser desviado ligeramente por ésta, había rozado el corazón.
Sin perder tiempo en averiguaciones, arrastrando el rifle, Joe corrió cuanto pudo hacia el hotel. Nadie había todavía en la calle. La vista se le
nublaba...
Llegó junto a una de las ventanas del bien iluminado hotel de Jim Stack, alias Rumps.
En seguida vio a Hilton. Estaba de pie, en el centro de la sala principal, mirando hacia lo alto de las escaleras. Su mano derecha empuñaba un
revólver, pero colgaba a su costado sin poder usarlo.
El motivo era que en lo alto de la escalera, Jim Stack, el maldito Rumps, tenía fuertemente cogida por la cintura a Ludmilla, la preciosa muchacha
que, si Joe no se equivocaba, tanta importancia tenia en la vida de Ned H. Hilton. La mano derecha de Stack empuñaba un revólver que Joe
comprendió no vacilaría en usar contra la muchacha si cualquiera de las personas que había abajo intentaba algo contra él.
¡Maldito Rumps! El discreto, tímido, servicial... el oscuro e insignificante Rumps era el hombre que había movido los hilos de aquella trama que
había costado las vidas de Peter Gaskell, Thomas Simmons, y... ¿cuántos más, sin contar los pistoleros? Un hotelero representante de la molicie,
convertido en asesino, empujado por la ambición.
Rumps comenzaba a bajar las escaleras. Confiaba en poder escapar, escudado en la muchacha. Y el muy cerdo hasta era posible que quisiera
llevársela consigo. Joe puso una rodilla en tierra. Apoyó la punta, solamente la punta del cañón del rifle en el ángulo inferior de la ventana. Apuntó.
El rostro de Rumps, por un lado del de la muchacha mostraba sus grasosas abundancias: un ojo, un trozo de frente, de cuello...
Joe eligió la frente. La muerte era más instantánea. Si podía acertarle. Gruesas gotas de sudor resbalaban por la frente del joven, que apretaba los
dientes para contener el dolor del hombro y estabilizar la puntería.
Contuvo el aliento. Su índice comenzó a apretar suavemente el gatillo.
—Que Dios y Hilton me perdonen si hiero a la muchacha, pero...
Sorprendiéndole también a él, el disparo brotó del rifle. Joe retiró la cabeza del arma. Vio un pequeño agujero en la frente de Jim Stack. Era un
agujero negro, muy negro...
Pero pequeño no.
No era pequeño, porque él lo veía cada vez más grande, más grande, hasta que todo cuanto veía no era más que un enorme agujero negro...
ESTE ES EL FINAL

Joe y Katy, en el porche de! ranchito, que pronto se convertiría en el más rico y envidiado de Crossing Silver, incluso de Nevada, dijeron adiós por
última vez a Ned H. Hilton y Ludmilla.
—¿Por qué no le gustará a Ned quedarse en un mismo sitio, chiquita?
—Porque se debe aburrir. Pero nos ha prometido que nos visitarán a menudo.
—Esperemos que así lo hagan. Ned es un pistolero, pero también es un buen amigo. ¿Cuánto hace que nos conocemos, chiquita?
—¿Tú y yo o tú y Hilton?
—Tú y yo.
—Ocho días. Uno de verdad; siete cuidándote. Nunca he visto un hombre que en un sólo día quedase tan estropeado como tú, Joe.
Pero Joe ya no estaba tan estropeado. Habían desaparecido los desperfectos de su rostro y sólo su brazo izquierdo, en cabestrillo todavía,
recordaba la feroz lucha sostenida una semana atrás.
Joe suspiró.
—Es cierto. Quedé muy estropeado. Y todo por doscientos cochinos dólares mensuales. ¿Qué vaquero haría lo que hice yo por doscientos dólares
al mes, chiquita?
—Ninguno. Porque lo que tú hiciste no hubiese podido hacerlo un vaquero. Se ha de ser pistolero y muy pistolero para conseguirlo.
Joe frunció el ceño.
—Entonces... ¿lo fui?
—¿Pistolero? Sí, Joe, lo fuiste.
—Eso no me gusta. Un pistolero de doscientos dólares es de los de bajo precio.
—Quizá —Katy se ruborizó—. Quizá yo puedo compensarte, Joe.
—¿De veras? ¿Y cómo?
Katy, con el rostro encendido, cayó en los del hombre sus enormes y electrizantes ojos verdes. Joe tragó saliva.
—Com... omprendo, chiquita. Puedo... ejem... Esto... Bueno, ¿puedo... puedo... puedes hacerme un anticipo? Aunque sea pequeñito...
—Oh, Joe...

— oOo —

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