La muerte de Marat: el político mártir
29 noviembre, 2012Las Mil Historias del Arte
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Robes Pierre
La muerte de Marat
En esta obra queda inmortalizado el momento
después de un crimen: el asesinato de Marat, que
fue considerado una desgracia nacional.
Pero… ¿quién era Marat?
La pintura representa el fallecimiento de un político y
escritor de la época, Jean-Paul Marat, uno de los
líderes de su tiempo. Éste escribía el periódico “El
amigo del Pueblo“, que empatizaba totalmente con el pensamiento jacobino y era
contrario a conservar en sus puestos intocables a los nobles/reyes/aristócratas,
defendiendo la libertad de los habitantes de Francia.
Si alguien hoy en día mira la obra con poco interés, parece que el protagonista está
tumbado desnudo en una cama y con un turbante en la cabeza, pero no es así.
Marat aparece semi-sumergido en una bañera de la época, con el pelo recogido
para evitar que se moje. ¿Qué hace en pleno baño?
La bañera nos transmite información acerca de este personaje: Marat a menudo
tomaba baños de agua fría para suavizar los violentos picores y dolores de una
enfermedad de la piel que, según dicen, había contraído años antes, cuando se vio
forzado a esconderse de sus enemigos en las cloacas de París.
Incluso allí, metido en la bañera, trabajaba para la revolución: era metido en el agua
helada donde escribía las cartas y mensajes inspiradores, pues se sobrepone al
dolor para cumplir con su deber. Así pues, la bañera nos habla de la Virtud del
protagonista, más preocupado por el pueblo y por el futuro de Francia que por su
propio sufrimiento.
Junto a la bañera aparece una caja de madera, tosca y simple. No es ni siquiera
una mesa, sino una caja. ¿Por qué? Este detalle representa la pobreza, la humildad,
la integridad del político que desdeña los lujos conformándose con lo más básico.
Habla de su comportamiento social, de su compromiso con los ideales
revolucionarios. Y fue precisamente ese compromiso con el pueblo francés y ese
trabajo el que lo llevó a ser asesinado: se buscó enemigos por sus ideas políticas -
que, puntualizando, tampoco eran tan inocentes- y no solo los aristócratas, sino los
contrarios a su pensamiento, decidieron acabar con su vida. También el remiendo
de la sábana (que aparece en la parte inferior izquierda de la obra) nos subraya su
pobreza y sencillez.
Fijémonos más en el detalle de la caja: en ella aparece un tintero, una pluma, una
carta recién escrita y unos billetes. Esta carta recién escrita se dirige a una viuda,
cuyo marido acaba de morir en la Revolución Francesa. Marat se preocupa por
ayudarla (ayudar al pueblo que sufre y se entrega por el ideal de libertad) y le da su
propio dinero para que ella pueda salir adelante. En esta carta, Marat
escribe: “Entregue este billete a la madre de cinco hijos, cuyo marido ha muerto por
defender la patria”.
La otra carta, que aparece aún sostenida por la mano de Marat, son unas palabras
de una mujer pidiendo ayuda. Esta carta va firmada por una mujer, Marie
Anne Charlotte Corday… acordaos de su nombre, porque luego viene la historia.
He aquí, en la parte inferior del cuadro, las dos armas: la pluma (el arma de Marat,
el poder de la palabra y la razón) y el cuchillo (el arma del asesino, la forma de
acallar sus ideas). El cuchillo aparece manchado aún de sangre brillante que mana
de la herida en el pecho del protagonista (como vemos en el fragmento de abajo).
La herida que mana del pecho o la sangre que tiñe de rojo el blanco que rodea la
figura, no hacen más que insistir en la grandeza del héroe.
Pero el rostro de Marat no nos muestra ira, miedo o sensaciones negativas hacia
la muerte, ¿no? Parece más bien tranquilo, y su boca luce una sonrisa… ésta es la
sonrisa del deber cumplido, de haber llevado una vida plena y haber dejado
completas sus responsabilidades. Marat puede morir tranquilo, pues ha sido capaz
de cumplir su deber hasta el mismo momento de su muerte, que le sorprende
escribiendo a los más desfavorecidos y trabajando por la Revolución.
Si volvemos a mirar la obra completa vemos cómo el fondo es totalmente sobrio,
sin adornos de ninguna clase -recordad que el movimiento anterior a éste era el
Rococó, menudo cambio-… pero sí hay un degradado, una sombra que va del negro
al blanco: el espíritu de Marat se levanta y se aleja de los problemas (negro) para ir
hacia la pureza y otro mundo mejor (blanco).
Pocas veces una pintura ha resultado tan paradójica, pues esta imagen polifacética
es al tiempo un retrato, una pintura histórica en el más alto grado (el propio David lo
subrayó en las listas que más tarde dejó de sus propias obras), una imagen realista,
una idealizada, una cuestión candente, y una condensación erudita de múltiples
modelos antiguos.
¿Pero, quién asesinó a Marat?
Está claro que la obra refleja un asesinato, no una muerte natural. ¿Quién acabó
con la vida de este noble político comprometido con sus ideales, que era cercano al
pueblo y se preocupaba por los desfavorecidos?
Pues ni más ni menos que la mujer que le envía la carta que sostiene en la
mano. Charlotte Corday, de pensamiento monárquico, acudió expresamente a
Francia para deshacerse de nuestro protagonista. Ella en un primer momento
intentó disuadirlo de su actividad política: “ay, que si sigues así te vas a buscar
enemigos”, “ay, que como sigas así vas a acabar mal”, “ay, que conozco gente que
no te quiere bien”… típicas indirectas. Un día esta joven decidió que ya estaba bien
de darle oportunidades para que dejara su senda política, y que era el momento de
pasar a la acción.
Le envió una carta diciéndole que se había enterado de quiénes querían matarlo, y
que le llevaría los nombres escritos en una lista esa tarde. Cuando Marat se metió
en la bañera para aliviar sus dolores y trabajar, llegó ella. Y finalmente lo
asesinó con un cuchillo que había escondido entre sus ropas. Ella, que había jugado
a pasar por revolucionaria y a ganarse su confianza. Obviamente no acabó muy
bien: le cortaron la cabeza cuatro días después. Charlotte creía que eliminando a
Marat, acabaría con el terror de la revolución: “He matado a un hombre para salvar
a cien mil”, se defendió antes de morir.
Marat y el pintor fueron amigos, así que al enterarse de su asesinato decidió
inmortalizarlo en esta obra. La muerte de Marat cayó en desgracia al tiempo de la
caída y ejecución de Robes Pierre, cuando acabó el Reinado del Terror. El artista
fue perseguido por su participación en el Terror como amigo íntimo de Robes Pierre.
Actualmente el cuadro “La muerte de Marat” se ha convertido en todo un icono y
se encuentra en los Museos Reales de Bellas Artes, en Bélgica.
El sol (Hugo Ball)
Entre mis párpados avanza un carrito de niño.
Entre mis párpados va un hombre con un caniche.
Un grupo de árboles se torna un fajo de serpientes y silba por el cielo.
Una piedra sostiene una charla. Árboles en fuego verde. Islas flotantes.
Temblor y tintineo de conchas y cabeza de pescado como en el fondo del mar.
Mis piernas se extienden hasta el horizonte. Cruje una carroza
Muy a lo lejos. Mis botas sobresalen por encima el horizonte como torres
De una ciudad que se hunde. Soy el gigante Goliat. Queso de cabra digiero.
Soy un ternerito de mamut. Me olfatean los verdes erizos de pasto.
La hierba tiende sables y puentes y arcoíris verdes sobre mi barriga.
Mis orejas son conchas gigantes rosadas, bien abiertas. Mi cuerpo se hincha
Con los ruidos que quedaron presos adentro.
Escucho los balidos
Del inmenso Pan. Escucho la música bermeja del sol. Él permanece arriba
A la izquierda. Bermellón caen sus rasgones hacia la noche del mundo.
Cuando desciende aplasta la ciudad y las torres de la iglesia
Y todos los jardines colmados de crocus y jacintos, y habrá un sonido semejante
a las tonterías que disparan las trompetas de niños.
Pero hay en el aire un ventarrón de púrpura, yema de amarillo
y verde botella. Bamboleos, que un puño naranja aferra en largos hilos,
y un cantar de cuellos de ave que retozan por las ramas.
Un andamiaje muy tierno de banderas infantiles.
Mañana el sol será cargado en un vehículo de ruedas enormes
Y conducido a la galería de arte Caspari. Un negro cabeza de toro
Con la nuca abultada, nariz chata y paso amplio, llevará cincuenta
Asnos blancos y chispeantes, que tiran del carro en la construcción de las pirámides.
Se agolparán muchos países de colores sanguíneos.
Nanas y nodrizas,
Enfermos en ascensores, una grulla con zancos, dos bailarinas de San Vito.
Un señor con corbata de moño de seda y un guardia de rojos olores.
No puedo sostenerme: estoy lleno de dicha. Los marcos de las ventanas
Revientan. Cuelga una niñera de una ventana hasta el ombligo.
No puedo ayudarme: los domos se revientan con fugas de los órganos. Quiero
Crear un nuevo sol. Quiero chocar los dos uno con otro
Cual cimbales y alcanzarle la mano a mi dama. Nos esfumaremos
En una litera violeta sobre los techos de nuestra ciudad sol amarilla
Cual pantallas de papel de seda en la ventisca.
Epístola dedicada a Hortelio (Fragmento)
Desde el centro de aquestas soledades,
gratas al que conoce las verdades,
gratas al que conoce los engaños
del mundo, y aprovecha desengaños,
te envío, amado Hortelio, ¡fino amigo!,
mil pruebas del descanso que concibo.
Ovidio en tristes metros se quejaba
de que la suerte no le toleraba
que al Tíber con sus obras se acercase,
sino que al Ponto cruel le destinase.
Mas lo que de poeta me ha faltado
para llegar de Ovidio a lo elevado,
me sobra de filósofo, y pretendo
tomar las cosas como van viniendo.
¡Oh, cómo extrañarás cuando esto veas
y sólo bagatelas aquí leas,
que yo, criado en facultades serias,
me aplique a tan ridículas materias!
Ya arqueas, ya levantas esas cejas,
ya el manuscrito de la mano dejas,
y dices: «Por juguetes semejantes,
¿por qué dejas los puntos importantes?
¡No sé por qué capricho tú te olvidas
materias tan sublimes y escogidas!
¿Por qué no te dedicas, como es justo,
a materias de más valor que gusto?
Del público derecho que estudiastes
cuando tan sabias cortes visitastes;
de la ciencia de Estado y los arcanos
del interés de varios soberanos;
de la ciencia moral, que al hombre enseña
lo que en su obsequio la virtud empeña;
de las guerreras artes que aprendistes
cuando a campaña voluntario fuistes;
de la ciencia de Euclides demostrable,
de la física nueva deleitable,
¿no fuera más del caso que pensaras
en escribir aquello que notaras?
¿Pero coplillas?, ¿y de amor? ¡Ay triste!
Perdiste el poco seso que tuviste».
¿Has dicho, Hortelio, ya cuánto, enfadado,
quisiste a este pobre desterrado?
Pues mira, y con fresca y quieta flema
te digo que prosigo con mi tema.
De todas esas ciencias que refieres
(y añade algunas otras si quisieres)
yo no he sacado más que lo siguiente.
Escúchame, por Dios, atentamente;
mas no, que más parece lo que digo
relación, que no carta de un amigo.
Si miras mis sonetos a la diosa
de todas las antiguas más hermosa,
el primero dirá con claridades
por qué dejé las altas facultades
y sólo al pasatiempo me dedico;
que los leas despacio te suplico,
calla, y no juzgues que es tan necia mi obra.
Autor: José Cadalso