La Vida de Las Cosas - Etnografías de Objetos, Sustancias y Personas en Colombia-1-23
La Vida de Las Cosas - Etnografías de Objetos, Sustancias y Personas en Colombia-1-23
Etnografías de objetos, sustancias y personas en
Colombia
Luis Alberto Suárez Guava
Editor
Grupo de Estudios Etnográficos
Pontificia Universidad Javeriana
2017
TABLA DE CONTENIDO
Introducción: La vida de las cosas , Luis Alberto Suárez Guava 2
PARTE I: PREFERIBLEMENTE OBJETOS
Vasijas envidiosas de Aguabuena. Un ensayo etnográfico sobre la vida del mundo
material , Daniela Castellanos Montes 3
De sombreros vueltiaos y “cosas” afines , América Larraín 2 3
Del tambor al picó: objetos de poder en las redes festivas artesanales y técnicas en el
caribe colombiano , Mauricio Pardo 3 7
Los santos del rayo: apuntes sobre illas y objetos con fuerza en el ritual andino ,
Sebastián Anzola 6 5
De lo floriado a lo marchito. El sistema del enrollamiento y la voluntad del barro en
Aguabuena, Colomb ia , Laura HolguÍn 10 5
Ni es Candela, ni es Oro , Daniel Torres Mancilla 13 0
PARTE II: PREFERIBLEMENTE SUSTANCIAS
La gente de antestiempo: persona, pinta y montaña en Tununguá, Boyacá , Laura
Chaustre y Edward Iván González 14 4
Sangrenegra. Correspondencias entre la sangre, los crímenes y la vida de un
bandolero , Catalina García 17 2
Sangre vertida en sangre: remedio y castigo en el cuerpo de los Nasa , Andrés Ospina
Enciso 19 9
Entrar y salir de la tierra. Un evento de la fuerza reproductora en el suroccidente
andino colombiano , Laura Guzmán y Natalia Martínez 21 9
Nos habita y nos golpea. Persecución de la sangre en La Aguadita , Luis Alberto Suárez
Guava 26 4
1
Introducción: La vida de las cosas
Luis Alberto Suárez Guava
Grupo de Estudios Etnográficos
2
Parte I
Preferiblemente objetos
3
Vasijas envidiosas de Aguabuena. Un ensayo etnográfico
sobre la vida del mundo material
Daniela Castellanos
Universidad Icesi
Helí Valero, a sus más de sesenta años, contaba sin exaltarse que “los boteros1 son muy
2
envidiosos” y no se les pueden poner vasijas cerca porque “las chitean ”. Metido en la bóveda
del horno hablaba apilando de manera cuidadosa y metódica la loza cruda, cerciorándose de
dejar buen espacio entre los boteros, y entre estos y las demás vasijas. Mientras, afuera, su
hijo y esposa hacían una cadena de manos que conducía otras vasijas crudas desde distintos
rincones de la enramada del taller hasta la puerta del horno (Ver Imágenes 1 y 2.) Su
comentario desprevenido fue el punto de entrada en mi trabajo de campo a la posibilidad de
que las cosas y no solo las personas fueran envidiosas: ¿Cuál es este mundo en el que los
boteros pueden ser envidiosos?¿Hay otras cosasmateria aparte de las vasijas con estos
atributos/vicios3? y
a propósito de esto ¿qué hay de la vida que ostenta el mundo material?
Sobre la(s) envidia(s) en Aguabuena he escuchado muchas historias4. Por ejemplo, que la
gente de Aguabuena es la más envidiosa de Ráquira, un hecho incuestionable para los
mismos de Aguabuena (Castellanos 2015); que la envidia de los vecinos, a veces
1
Un tipo de vasijas grandes, gordas y redondas, especialidad de su taller.
2
Chitear se refiere a quebrar.
3
En su etnografía sobre la vida en una prisión de Port Moresby, Adam Reed encuentra que el cigarrillo (“smuk”)
es rey (“is king”) pues gobierna las relaciones sociales de los reos. Gracias a los cigarrillos, los prisioneros
soportan la ausencia de sus seres queridos y “matan” el tiempo en la prisión, además de ser el medio de adquirir
otros bienes (cual moneda), negociar favores y estatus. Si el cigarrillo es rey, como lo dicen sus informantes,
¿qué clase de reino es el que instaura? se pregunta el autor en un intento por develar desde los datos
etnográficos la sociabilidad de los cigarrillos. En tal tarea Reed considera el significado de los cigarrillos como
objetos de reclusión pero además la posibilidad de que el encarcelamiento sea considerado un artefacto del acto
mismo de fumar y de la acción de los cigarrillos (Reed 2007: 34). Siguiendo a Reed, pretendo tomar los datos
etnográficos como lente analítico para pensar a través de las vasijas (ver Cierre del artículo).
4
Aguabuena es un sector rural comprendido entre Candelaria Occidente y Pueblo viejo, dos veredas del
municipio de Ráquira en Boyacá. Allí sus habitantes se dedican principalmente a la producción artesanal de
vasijas. Desde el año 2001 y hasta hoy he venido realizando varios trabajos de campo, el más largo
comprendido entre septiembre de 2009 a septiembre de 2010. Los datos recogidos en este artículo provienen de
distintas temporadas en campo a lo largo de estos años de investigación.
4
transformados en brujas nocturnas, rompe las vasijas mientras se cuecen en el horno
(Castellanos 2007); que a los artesanos los enferma su propia envidia o la de sus prójimos
(Castellanos 2012), entre otras más. La afirmación de Helí, sin embargo, presentaba otra vista
a propósito de la exacerbación de la envidia en este mundo: ya no eran las personas sino
también las cosas las que envidiaban; era esta una especie de gran conspiración de todos
contra todos.
En lo que sigue quiero explorar la envidia como un problema de las vasijas y no solo de las
personas: ¿cómo es la envidia de las vasijas? y ¿de qué nos habla esta experiencia a propósito
de la relación entre humanos y objetos? A continuación presento algunos datos etnográficos
que nos darán pistas al respecto.
5
Foto 1. Afuera, el niño le pasa al adulto, que está adentro, las vasijas crudas de tamaño
pequeño
Foto 2. En el umbral del horno, Helí da un último vistazo a la loza apilada antes de cerrar la
puerta del horno
6
Primero: la envidia no es solo cosa de humanos
Ahora, no es novedad que el diablo sea envidioso, esa es tal vez la fuente de su mal; sin
embargo, que deidades como la Virgen y otros santos de la religiosidad popular de
Aguabuena lo sean, eso sí lo es (Ver Ilustración 3). En principio, siendo la envidia un vicio
podría reñir con lo sagrado, ser su opuesto, pero en Aguabuena su relación es de continuidad.
De hecho la Virgen, al parecer de dos alfareras vecinas, Rosa y Flor, es envidiosa. Ella hace
que la loza de los que no le rezan se rompa en el horno cuando se está quemando. Así lo
cuenta Rosa, católica, de Flor, evangélica (y quien obtuvo su castigo por decirles a los otros
que no adoraran a la Virgen). Flor también lo cree así, y por eso si bien siguió recibiendo al
pastor de la iglesia en su casa, también fue vista en la iglesia del monasterio (Castellanos
2012).
Foto 3. Virgen de la candelaria en la pared de una casa
5
El monasterio del Desierto de la Candelaria fue construido por la orden de los Agustinos Recoletos a finales
del siglo XVI y es uno de los monasterios más antiguos de Suramérica desde donde se orquestó buena parte de
la evangelización de las comunidades indígenas de la región en la época colonial (Ayape 1935).
7
Santa Mónica tenía un canasto con comida pero sólo le dio una cebolla larga. Ambas
murieron, la mujer flaca fue al cielo y Santa Mónica al Purgatorio. En el Purgatorio Santa
Mónica vio a la mujer arriba y le pidió ayuda. Ella le alcanzó la cebolla larga pa´ que
trepara pero las llamas [del Purgatorio] la quemaron [esto es la cebolla] . Al rato Dios mandó
ángeles y ellos cargaron a Santa Mónica al cielo, mientras las otras almas se le pegaban a la
falda de Santa Mónica, pero ella se sacudía para que se cayeran (Castellanos 2012: 3839) .
Lo anterior sirve para ilustrar cómo la envidia es algo de lo que participan seres no humanos
y no se restringe a los alfareros sino que abarca otros aspectos que son significativos de su
mundo. Así, vasijas y deidades además de personas componen un conjunto de entidades que
envidian, por lo cual la envidia, se puede decir, es un fenómeno de gran flexibilidad.
8
Ilustración 1. Horno de Aguabuena
Segundo: lo natural también es envidioso, pero no todo
9
genio, la loza se le chitiaba en el horno, el barro no le crecía. Pero es que uno no debe
maldecir al material con el que trabaja porque de esto es lo que come.
Helí: Doris me dio una arcilla pero estaba llena de piedras, qué material pa´malo! Yo que
trabajo rápido, no, eso no, me demoraba el doble y era saque y saque piedras…a lo que
armaba la loza después mermaba y otra se charrusquiaba [torcía], en ese tiempo no tuve
sino pérdidas.
Los fragmentos anteriores fueron extraídos de conversaciones que tuve en días distintos con
Doris y Helí pero están conectados pues se refieren a un mismo evento (Castellanos 2012).
Ambos dan cuenta de los infortunios de Helí a causa de la conductividad del barro que
adquiere una valencia que casi siempre es negativa. Aunque también hay historias en que la
arcilla (y por ende las vasijas) toma las virtudes de quien la amasa. De hecho en otra de mis
estancias en Aguabuena, la hermana de Helí, Josefa, contaba que para hacer una vasija,
primero hay que consentir el barrito, sobarlo y luego durante la hechura hay que pensar
cosas bonitas pa´ que las ollitas salgan bien ( Castellanos 2007) .
Lo anterior pone de relieve que el vínculo entre la arcilla (como materia prima o producto
terminado en forma de vasija) y su alfarero es muy fuerte en varios sentidos. El barro es el
medio de sustento de las familias de Aguabuena y trae prosperidad o escasez a las familias.
Es un oficio que imprime identidad cultural a los artesanos pero también carga con un
estigma. Por un lado, hay un reconocimiento del valor patrimonial que tiene esta labor,
promovido en parte por la identidad de Ráquira como un “pueblo de olleros” pero también
por las políticas impulsadas por entidades como Artesanías de Colombia, Gobernación de
Boyacá, Ministerio de Comercio, entre otros, que desde hace varios años vienen
desarrollando distintos planes productivos en el municipio. Por otro lado, los alfareros
reconocen que es un oficio que enferma (por la alternancia de la arcilla que es fría con el
calor del horno, por la contaminación por el humo que expiden los hornos, entre otros
factores) y que hace que sus cuerpos, sus casas y en general todo el lugar esté impregnado de
6
una suciedad que es física pero también moral .
6
Es frecuente que la gente excuse la falta de limpieza de sus casas en el contacto permanente con la arcilla o que
las nuevas generaciones quieran buscar otras labores por considerar que no quieren vivir “siempre cochinos”
como sus padres y abuelos (Castellanos 2012).
10
Hay otro nivel más micro, individual. Una vasija es el calco de la anatomía de quien la hizo y
esto se aprecia a su vez en detalles anatómicos de la vasija como la boca o jeta (borde), la
barriga (cuerpo) , el culo (base) , la oreja (asa) que copian la anatomía del alfarero
(Castellanos 2007). Por ejemplo, Elisa decía de Tránsito que sus vasijas le salían “así como
tiene la jeta”, o Doris apelaba a una diferencia de género para hablar de por qué sus vasijas
eran más redondas que las de su hermano, incluso si ambos habían aprendido el oficio de la
misma persona (esto es su madre), o Helí daba una definición del estilo de hacer vasijas de
cada quien al considerarlo como “la huella dactilar” (ibid).
De vuelta al tema de la sección, si el elemento tierra conduce o conecta la envidia (entre una
fuente y un receptor), el aire, en cambio, no. Para explicar mejor este punto hay que desviar
la atención de las vasijas (rotas o completas) que dominan el paisaje de Aguabuena, y detallar
en cambio, otro rasgo igual de importante pero menos llamativo: las mangueras que
trasportan agua desde las quebradas hasta las casas en un entramado que conforma un
acueducto artesanal.
11
composición y direccionalidad (a veces quien pasa agua se convierte en beneficiario de
alguien más): los alfareros se agregan o disgregan mientras la red se contrae o expande y
cambia orientación. Por envidia la gente troza las mangueras dicen los alfareros de manera
unánime, lo que hace que el agua se pierda, no llegue o llegue en pocas cantidades.
Paradójicamente, estas mangueras que resisten la aridez de esa tierra, contribuyen, a veces, a
empeorarla (Castellanos 2015).
En tierra las mangueras se envidian, pero no es así cuando van por el aire. Así lo explicaba
Teresa mientras me contaba cómo su sobrino y ahijado, y quien le pasaba el agua, había
tenido que poner por encima de los techos metros de manguera para conectar sus casas
usando soportes de madera, cual postes, para que “volaran” como los cables eléctricos de las
ciudades. ¿Y qué es lo especial del aire que hace que no pase la envidia? pregunté a Teresa,
quien mencionando lo del aire como una sentencia sin espacio para dudas, ignoró mi
cuestionamiento.
En mis varias visitas a Aguabuena nunca escuché de otros elementos del mundo que fueran
envidiosos. Ni bosques, quebradas, o piedras, ni animales de tenencia (como vacas o cabras),
ni otros rasgos del mundo material (casas, horno para quemar cerámica, etc.) fueron
referenciados de tal modo (Ver Ilustración 4 para tener una idea del aspecto de un horno). El
que las mangueras sí lo fueran (tal vez) puede deberse a su relación con la tierra que es el
medio físico más frecuente en el que se encuentran. El barro conduce envidia, ya lo veíamos
líneas arriba, esto por el contacto con los alfareros. Del mismo modo la tierra en la que yacen
las mangueras (a veces sepultadas varios metros para que no sean pisoteadas por camiones o
carros pesados a su paso por las carreteras o en superficie) sería ese medio potenciador según
una hidráulica de la envidia, que no funciona así cuando el medio es aéreo.
Tercero: muchas direcciones
Generalmente la envidia se ha definido como una relación de tres: alguien que envidia
(sujeto), otro que es envidiado (rival) y un rasgo, posesión, capacidad o estado psicológico
que el sujeto envidia en el rival (objeto) (D’Arms 2002; Celse 2010). En esto hay una
direccionalidad clara ya que siempre habrá un blanco, una víctima (cfr. Schoek 1970: 7). Pero
12
¿qué pasa cuando hay muchas víctimas, es decir hay una reciprocidad de forma tal que quien
envidia es a su vez envidiado, y más aún, cuándo no hay distinción clara entre el sujeto, el
rival y el objeto de envidia?
Los datos hasta aquí mostrados desdibujan la transitividad de la envidia como acto, o mejor
crean múltiples transitividades. Existe una exacerbación, o como lo dirían en Aguabuena
cadenas que relacionan personas, objetos, deidades y tierra. Y los elementos físicos que
participan de este conjunto son en cierto modo transformaciones propiciadas por los mismos
alfareros, son sus ensambles.
Los boteros de Helí envidian a las otras vasijas que no son como ellos (y acaso también
envidien al mismo Helí). Helí no especifica la fuente de su envidia, como nadie en
Aguabuena lo hace (Castellanos 2015). Allí, es incuestionable que existe(n) la(s) envidia(s),
pero nadie se pregunta qué es lo que se envidia. Un modelo clásico ( the limited good model )
pone la escasez de los recursos y por consiguiente la competencia que se deriva como
explicación. Así, en sociedades con bienes limitados – como las campesinas, alfareras o
pesqueras – la envidia aparece como mecanismo nivelador asegurando que nadie quiera
sobresalir pues sería blanco de brujería (cfr. Bennett 1966; Foster 1961, 1965, 1972; Kennedy
1966). Si bien Aguabuena es un mundo de recursos escasos (piénsese en el agua) y por ende
una explicación como esta tiene cabida, desde lo etnográfico parece más provechoso
preguntarse por las posibilidades que mantienen y actualizan un mundo saturado de
relaciones envidiosas. En otras palabras, más que las causas me interesa la experiencia en sí
misma, y las condiciones materiales que la hacen posible, o sea su medio y por ende sus
vehículos y catalizadores (físicos o no) o lo que la mantiene en movimiento.
13
De vuelta a los boteros podemos aventurar varias explicaciones. Por ejemplo pensar que son
envidiosos porque Helí es envidioso. Así lo describe Doris y otros, pero esto es sólo una cara.
Otra cara es que las vasijas también envidien, además de a las otras vasijas, al mismo Helí.
De hecho hay siempre una falta de confianza o sospecha de los alfareros hacia no sólo los
otros alfareros sino también sus vasijas. Nunca se está seguro de los resultados de una
7
hornada. El barro, el horno, el hornero , el alfarero y de manera importante las vasijas
conspiran en contra del éxito de un taller. Y como si fuera poco, una vez superada la quema
vendrán otros riesgos: por ejemplo, el intermediario que no viene, bien sea por el camino
polvoriento que en época de lluvia no es transitable, o porque no quiere volver a causa de las
vasijas que pudieron romperse en su tránsito a los mercados, entre otros. Como sea, siempre
habrá una responsabilidad que recae en la cerámica misma: hay por lo tanto un campo de
acción propio de las vasijas8.
Cierre
Desde esta perspectiva el interés no ha sido por las creencias o sentidos que a manera de telón
de fondo están detrás de los objetos o le sirven de contexto (cfr. Ingold 2000; Strathern
9
1990), sino por las cosas mismas y sus posibilidades . Para mi caso esto implica desviar la
atención de las explicaciones del origen o causas de la envidia en las cosas, y en cambio
partir de que en Aguabuena hay de por sí cosas envidiosas, para luego explorar las
posibilidades de ser que tienen dichas cosas o sus realidades, por ejemplo, sus
7
Responsable de cocer las vasijas, generalmente es un hombre.
8
Al respecto otro dato etnográfico interesante. Una vez iniciada una vasija hay unos ritmos de trabajo que los
dicta la vasija misma y no dependen más de los tiempos del alfarero. Así, una vez empezada una olla, el alfarero
debe terminarla pronto pues la arcilla pierde maleabilidad. Es igual para otras etapas del proceso de manufactura
como el raspado, proceso en el cual se alisan las paredes de la vasija con un instrumento con filo y para cuya
ejecución el alfarero no debe esperar mucho tiempo.
9
Al respecto es interesante la discusión de Tim Ingold a propósito del término cultura material, pues según el
autor el concepto tiene implícito la idea de que el significado es abstracto y “cuelga” de la materia (Ingold 2000:
340).
14
comportamientos, los actos que realizan, los medios en que están presentes, etc. Este interés
en lo concreto me ha llevado a interesarme por una física de la envidia.
Y es que la envidia más que una abstracción se vive de manera concreta, tanto que incluso
tiene atributos físicos, es material. Otra forma de verlo es que la envidia es siempre una
experiencia netamente corporal, tiene una anatomía. El cuerpo de un alfarero o de una vasija
o de un terrón de barro o de una manguera, incluso de una deidad (como se veía en la sección
10
dos), son las expresiones, los medios de este “mal” . Esto contrasta con una visión de la
envidia como una emoción y por ende la tendencia de verla como un fenómeno del mundo
de las ideas opuesto al de los cuerpos, perspectiva que incluso puede ser más radical al
11
pensarla como una fuerza irracional o inconsciente (cfr. Rorty 1980; Shoeck 1970) .
Es claro que el camino elegido reclama una forma distinta de ver las relaciones entre
alfareros y vasijas, y de manera más general entre personas y objetos. Y parte de estas
preocupaciones no son para nada nuevas. En su ensayo sobre el don, Mauss no asume que el
hau de los taonga fuera un asunto de superstición o animismo, sino que lo reconoce como un
problema teórico –cuya base es etnográfica– relacionado con la identidad que los Mäori
establecen entre las personas y las cosas que hace que taonga sean hau . Los resultados de
esta forma de abordar el problema, como todos conocemos, llevarían al desarrollo de una
teoría –todavía hoy influyente– sobre la obligación social basada en la reciprocidad (Mauss
1990).
Siguiendo estas ideas, he querido que lo dicho por mis conocidos de Aguabuena no tenga un
mero valor discursivo que haga de sus narrativas un problema epistemológico para el
antropólogo. Esta orientación me llevaría a usar conceptos familiares para explicar
situaciones no familiares, por ejemplo, pensar la agencia que tienen las vasijas para dar
cuenta de su envidia, desde una teoría animista o una aproximación marxista (entre otras
10
Contraria al oculocentrismo que tiende a primar cuando se define la envidia, argumento que esta experiencia
involucra a todo el cuerpo y por lo tanto compromete todos los sentidos, sin privilegiar necesariamente los ojos.
11
La antropología de las emociones ha intentado reversar esta tendencia al proponer las emociones como
socialmente constituidas y constitutivas a su vez de los sujetos dentro de un orden moral que expresa asuntos
sobre sus intenciones, acciones, relaciones sociales y políticas de la vida diaria (cfr. AbuLughod and Lutz 1990;
Levy 1984; Lutz and White 1986; Rosaldo 1980, 1983, 1984). Pese al rol más activo, algunos autores han
señalado que las emociones siguen conceptualizándose como fuerzas mediadores entre un reino ideal y otro
fáctico en tal modo de reforzar – pese a querer superarlo las tensiones entre individuos y estructura social, por
un lado, y entre mente y cuerpo, por el otro (cfr. Csordas 1990; Leavitt 1996).
15
posibles). Otro recurso sería problematizar el contexto como estrategia para darle sentido a lo
expresado por los alfareros (cfr. Dilley 2002). Así, explicaciones por fuera del fenómeno
mismo, más englobantes, entrarían a mediar (Castellanos 2015). De nuevo la escasez de
recursos y precariedad de la vida en Aguabuena, como se discutía líneas arriba a propósito de
la teoría del “bien limitado”, o las dificultades que enfrentan para competir en el mercado de
artesanías, serían algunas de las opciones.
Como se ha visto ya a lo largo del artículo, he optado en cambio por hacer de la situación
descrita por Helí, Doris y Teresa una no familiar y desde allí elaborar una relectura de la
12
envidia como fenómeno (cfr. Henare et al 2007: 18) . Con tal propósito he enfrentado una
dificultad adicional que tiene que ver con la familiaridad del lenguaje que hay entre los
13
alfareros y yo (el español) y la naturalización de la envidia como experiencia . De hecho,
desde mis primeras visitas a campo, la envidia fue un tema recurrente del que hablaban mis
conocidos pero se convirtió en objeto de estudio sólo cuando fue referido como causa del
rompimiento de las vasijas en el horno (Castellanos 2004; 2007). Ese interés me llevó
posteriormente a replantear la envidia en sí misma y a aventurar una reformulación de lo que
implica como fenómeno (Castellanos 2015). Al hacerlo he asumido otros compromisos y por
ende riesgos, uno de los cuales ha sido el de evitar (pero inevitablemente contribuir, depende
desde donde se mire) exotizar a las personas con quienes trabajé. Si bien lo expresado por
ellos puede resultarnos fabulesco e incluso inverosímil, y en ese sentido los construye como
unos otros distintos, el propósito no es meramente enfatizar sus diferencias. Al respecto cabe
señalar que por más condenable que sea, la envidia es ante todo un asunto de humanidad
(Benfell 2007). El propósito más bien ha sido usar el caso de Aguabuena para desde un
escenario muy local dialogar y cuestionar ideas más universales señalando también sus vacíos
(Castellanos 2015).
Si reconocemos que la envidia es un asunto de los seres humanos, el que las vasijas, entre
otras cosas sean también envidiosas, las hermana, las pone cerca de nosotros (tanto que son el
12
Algunos autores llaman a esta orientación que se interesa por las realidades de los grupos con quienes
trabajamos como mundos posibles que nosotros como antropólogos, si bien no compartimos, debemos
esmerarnos en entender, como “el giro ontológico” (para ver postulados sobre este enfoque Henare et al 2007;
Viveiros de Castro 2004, 2014; y críticas de este enfoque Ramos 2012).
13
El uso de la envidia como verbo además de su empleo como sustantivo despertó mi curiosidad por este
fenómeno y la necesidad de verla como una acción concreta en el mundo. Del mismo modo, el uso recurrente de
este vocablo incluso para describir situaciones que a mi modo de ver no necesariamente se referían a la envidia,
me hizo preguntar por su lugar privilegiado en el léxico local (Castellanos 2012; 2015).
16
espejo del alfarero). Retomando las ideas de Gell sobre la agencia de las obras de arte y
usándolas en nuestro caso, podríamos decir que la “capacidad de actuar” de las cosas en
Aguabuena está dada en tanto inciden en las relaciones sociales de los individuos (Gell
1998). Bajo esta premisa la agencia es primordialmente un asunto humano. Pero, ¿qué pasa si
reconocemos a la envidia como un asunto también de las vasijas? Es decir, ¿y si la
problematizamos también como un vicio de las cosas en sí mismas? Al respecto el punto de
entrada del capítulo es de nuevo diciente como ya lo señalaba al cierre de la sección tercera.
Por más de que Helí sea para el resto de alfareros uno muy envidioso, el que sus vasijas
también lo sean en un problema. Y literal, un problema para el propio Helí que sufre por la
envidia de sus vasijas, y de paso para aquellas otras vasijas que no son como los boteros , pero
también para nosotros que debemos dar cuenta de esto.
Una salida es preguntarnos por qué tan cerca están las vasijas de los humanos y en esa
medida la envidia de las vasijas es una experiencia compartida o no con los alfareros. Al
respecto sería impensable no reconocer el nexo fuerte que hay entre una vasija y su alfarero,
al punto de ser a la vez que el resultado, una extensión de su cuerpo: al parecer de Clotilde, el
sudor del alfarero junto con el calor de sus manos hacen que la arcilla sea más fácil de
trabajar, en otras palabras, es su vitalidad la fuente de la vitalidad del material (Castellanos
2007; cfr. Ingold 2000).
A propósito de esto último son ilustrativos los ejemplos de otros estudios etnográficos que
abordan las relaciones de sujetos que transforman la materia con el trabajo corporal. Por
ejemplo, en el caso de los mineros de Potosí, como lo ilustran Nash (1979) y Absi (2005), la
mina o “El Tío” de la mina toma vida de los mineros muertos dentro de la mina misma. Otro
tanto revelan los estudios de Leitch con trabajadores de mármol en Italia, al considerar su
oficio como un trabajo incorporado que muestra la relación intersubjetiva entre los
trabajadores y el material, entre las minas y su trabajo y que al tiempo que transforma el
material, transforma también a los trabajadores (Leitch 1996, 2010). Llevando esta última
idea a nuestro caso, por ejemplo, la transformación física y el detrimento de salud que sufren
los alfareros a causa de su oficio (siendo los problemas de artritis o respiratorios los más
comunes) es un dato ilustrativo de la transformación que propicia la arcilla en el alfarero
mismo, por poner sólo un ejemplo, que como en el caso de los mineros, nos habla de lo
17
paradójico de que un material adquiera vida a costillas de la vitalidad menguada de quien lo
trabaja.
Si asumimos esta intersubjetividad entonces es impensable tomar la vasija o al alfarero por
separado, como entidades discretas o mundos analíticos aparte. Y de hecho no lo son para los
alfareros mismos que, por ejemplo, al ver una vasija terminada y cocida, la remiten al alfarero
que la hizo sin importar si quiera que las formas en Aguabuena (y en Ráquira en general)
estén bastantes homogenizadas por tipos de vasijas. Ciertamente esto necesita de ojos, pero
también manos, nariz y oídos sincronizados y entrenados en el mundo de los detalles
mínimos de la materia. Así además de ver diferencias, los alfareros las palpan, pero también
las escuchan y huelen. Esto también es cierto para la envidia, que implica una agudeza de los
cuerpos y los sentidos potenciados. Por ejemplo, así como el rugir del horno es un indicativo
de que ya es tiempo de “dejarlo”, es decir que no se debe añadir más combustible, o el sonido
agudo de la cerámica cocida al ser golpeada nos habla de una vasija “bien hecha”
(Castellanos 2007), también el sonido del agua que llega o no a través de las mangueras, nos
habla de los actos de envidia de los vecinos (Castellanos 2012).
Lo anterior pone en el centro del debate además de la forma en como construimos nuestras
categorías, la forma en que concebimos el “campo” donde hacemos nuestras observaciones, o
en otras palabras, problematiza eso que es asumido como dado, como externo a quien observa
(Candea 2007). En ese mismo sentido, varias de las relaciones que propongo en las líneas de
arriba, incluso las preguntas de partida del escrito, son impensables a priori y sólo surgen a
partir del trabajo etnográfico (cf. Henare et al 2007). Así, desde la experiencia de la gente de
Aguabuena (y de mi propia experiencia haciendo trabajo de campo), la envidia de las vasijas
importa porque de por sí la envidia ya existe, remitiéndonos a la envidia múltiple y
multiplicadora de las personas y de la materia que ellas transforman y que los transforma. Por
eso, más que sobre vicios o inmoralidades de objetos en sí, la atención reside en la vida que
ya ostentan las cosas, en este caso las vasijas, y que las vinculan permanentemente y de
muchas maneras con los humanos, así nosotros, los analistas, no estemos dispuestos a
reconocerlo o sea un hecho que pase desapercibido. Vasijas y ceramistas no son las orillas
opuestas de una relación, no existen por separado, sino que están al tiempo, son un
continuum, una categoría conjunta. Asumirlo así, de entrada nos sitúa de manera distinta
18
frente a lo que observamos. Es claro que es una construcción, una escogencia del analista. Sin
embargo, la envidia de los boteros es real tanto para Helí que la padece como para el resto de
sus vasijas que pueden o no romperse. Y este hecho, de entrada, merece toda nuestra
atención.
Referencias Bibliográficas
Absi, P. 2005. L
os ministros del diablo. El trabajo y sus representaciones en las minas de
Potosí. PIEB, IRD, IFEA, Embajada de Francia: La Paz.
AbuLughod, L. and Lutz, C. (eds) 1990. L
anguage and the Politics of Emotion. Cambridge
University Press: Cambridge.
Ayape, de San Agustín E. 1935. Historia del Desierto de la Candelaria . Escuela Tipográfica
Salesiana: Bogotá.
Benfell, V. S. 2007. “Blessed Are They that Hunger after Justice”: From Vice to Beatitude in
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