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Horacio Bojorge. en Mi Sed Me Dieron Vinagre

La acedia, también conocida como pereza espiritual, es considerada por algunos como uno de los pecados capitales. Se define como una tristeza por el bien divino que experimenta la caridad, o como una pereza para las cosas relacionadas con Dios y la salvación. Aunque a veces se pasa por alto, la acedia existe y puede manifestarse de diversas formas, incluida una "civilización de la acedia". El documento explora las definiciones de la acedia y sus relaciones con la envidia y la tristeza para comprender mejor esta condición espiritual.

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Horacio Bojorge. en Mi Sed Me Dieron Vinagre

La acedia, también conocida como pereza espiritual, es considerada por algunos como uno de los pecados capitales. Se define como una tristeza por el bien divino que experimenta la caridad, o como una pereza para las cosas relacionadas con Dios y la salvación. Aunque a veces se pasa por alto, la acedia existe y puede manifestarse de diversas formas, incluida una "civilización de la acedia". El documento explora las definiciones de la acedia y sus relaciones con la envidia y la tristeza para comprender mejor esta condición espiritual.

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En mi sed me dieron vinagre.

La civilización de la acedia (Horacio Bojorge, S.J.)

1.) LA ACEDIA: PECADO CAPITAL


De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales1. Algunos Padres
del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico,
enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en
su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar
y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de
vivir.. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de
espiritualidad2. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y
pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede
encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y
hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras,
populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad
cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, señalar y reconocer. Parece
conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de
ella. Si al lector este camino le resulta difícil o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con
el segundo, tercero, y los demás.

1.1.) ¿Qué es la Acedia? Definiciones


Una primera idea de lo que es la Acedia nos la dan las definiciones, aunque ellas solas no sean suficientes para un
conocimiento cabal de su realidad.

El Catecismo de la Iglesia Católica (=CIC) la nombra — acentuando la í: acedía — entre los pecados contra el Amor a
Dios. Esos pecados contra la Caridad que enumera el Catecismo son: 1) la indiferencia, 2) la ingratitud, 3) la tibieza, 4)
la acedía y 5) el odio a Dios.

El Catecismo la define así: "La acedía o pereza espiritual llega a rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror
por el bien divino" (CIC 2094). Nuevamente, en otro lugar, tratando de la oración, la enumera entre las tentaciones del
orante: "otra tentación a la que abre la puerta la presunción, es la acedía. Los Padres espirituales entienden por ella
una forma de aspereza o desabrimiento debidos a la pereza, al relajamiento de la ascesis, al descuido de la vigilancia,
a la negligencia del corazón. `El espíritu está pronto pero la carne es débil' (Mateo 26,41)" (CIC 2733).

Por la naturaleza de la obra, el Catecismo no entra en detalles acerca de la conexión que tienen entre sí estos cinco
pecados contra la Caridad. En realidad puede decirse que son uno solo: acedia, en diferentes formas. La indiferencia,
la ingratitud y la tibieza son otras tantas formas de la acedia.

En cuanto al odio a Dios no es sino su culminación y última consecuencia. De ahí que por ser fuente, causa y cabeza
de los otros cuatro, amén de muchos otros, la acedia sea considerada pecado capital, y no así los demás3. Y aunque
el odio a Dios sea el mayor de estos y de todos los demás pecados4, no se lo considera pecado capital, porque no es
lo primero que se verifica en la destrucción de la virtud sino lo último, y no es causa sino consecuencia de los demás
pecados5.

1.2.) Tristeza, Envidia y Acedia


El Catecismo relaciona la acedia con la pereza6. No se detiene a señalar su relación con la envidia y la tristeza7. Sin
embargo, la acedia es propiamente una especie o una forma particular de la envidia. En efecto, Santo Tomás de
Aquino, que considera a la acedia como pecado capital, la define como: tristeza por el bien divino del que goza la
caridad8. Y en otro lugar señala sus causas y efectos: es una forma de la tristeza que hace al hombre tardo para los
actos espirituales que ocasionan fatiga física9.

La acedia se define acertadamente, por lo tanto, como perteneciente al género de las tristezas y como una especie de
la envidia. ¿Qué la distingue de la envidia en general? Su objeto. El objeto de la acedia no es — como el de la envidia
— cualquier bien genérico de la creatura, sino el bien del que se goza la caridad. O sea el bien divino: Dios y los demás
bienes relacionados con El.

Nos importa mucho en este estudio establecer y mantener la distinción entre envidia y acedia, por eso evitamos usarlas
como sinónimos, como suele hacerse en el uso común. En nuestro estudio entendemos la envidia como un pecado
moral y la acedia como un pecado teologal, como la forma teologal de le envidia.

Secundaria y derivadamente, la acedia se presenta, en la práctica, como una pereza para las cosas relativas a Dios y a
la salvación, a la fe y demás virtudes teologales. Por lo cual, acertadamente, el catecismo la propone, a los fines
prácticos, como pereza10.

Sobre la tradición monástica y patrística, y las dos líneas de interpretación de la acedia como pereza o como tristeza,
ver G. BARDY, Art.: Acedia, en Dictionnaire de Spiritualité. Ascétique et Mystique T.I, cols 166-169; también B.
HONINGS, Art.: Acedia, en Diccionario de Espiritualidad Dirigido por Ermanno Ancilli, Herder, Barcelona 1983, T.I, Cols.
24-27 que concuerda con Bardy. Sobre la Acedia Monástica volveremos en 5. y sobre Acedia y Pereza en 7.1..

1.3.) ¿Es Posible la Acedia?


Tal como se presenta por sus definiciones, podrá parecerle a alguno que la acedia pertenezca a ese tipo de pecados
que se suele dar por imposibles e inexistentes a fuerza de absurdos, aberrantes o monstruosos. Por ejemplo el odio a
Dios, o la apostasía. Pero es que pertenece a la noción y a la esencia del pecado, el hecho de que sea aberrante y

1
monstruoso, y de que, sin embargo, no sólo exista a pesar de ser absurdo e inconcebible, sino que muchísimas veces
ni siquiera se lo advierta allí donde está a fuerza de considerarlo como un hecho natural y obvio.

Por eso, conviene que después de ver su definición, pasemos a describirla, ilustrarla con casos y ejemplos, señalarla
en los hechos y por fin tratar de comprender su fisiología espiritual.

1.4.) Acedia = acidez , impiedad


El nombre de la acedia es figurado y metafórico. Encierra un cierto simbolismo que también, a modo de definición,
ilustra acerca de su naturaleza. La palabra castellana es heredera de un rico contenido etimológico que orienta para
comprender mejor su sentido

Las palabras latinas acer, acris, acre, aceo, acetum, acerbum, portan los sentidos de tristeza, amargura, acidez y otras
sensaciones fuertes de los sentidos y del espíritu. Los estados de ánimo así nombrados son opuestos al gozo, y las
sensaciones aludidas son opuestas a la dulzura.

La raíz griega de donde derivan los términos latinos es kedeia: "Akedeia — ha observado un reseñista de la primera
edición de esta obra — es falta de cuidado, negligencia, indiferencia, y akedia descuido, negligencia, indiferencia,
tristeza, pesar. Se refiere de modo particular — en los griegos — al descuido de los muertos, insepultos, por lo cual no
tenían descanso. Es una negación de la kedeia, alianza, parentesco; funeral, honras fúnebres. Es decir, son los
cuidados que brotan de la alianza, del parentesco, de la afinidad que brota de la alianza matrimonial. Todo esto tiene
grandes resonancias con la relación nueva de parentesco con Dios que brota de la alianza — el Goel, que ha
estudiado Bojorge11, de la alianza nupcial que se sella con la encarnación del Verbo y su muerte y resurrección, de la
caridad como amistad con Dios, que se funda en la communicatio del hombre y Dios y de la societas, la unión que Dios
nos dio con su hijo12. El gozo de esta kedéia es la caridad y mueve toda la vida desde tal relación nueva con Dios. Lo
persigue y destruye la acedia, en los hombres y en la sociedad"13.

Como puede verse los opuestos griegos kedeia-akedeia recubren una área semejante a los pietas-impietas latino, y a
nuestro piedad-impiedad. La acedia — ya se verá — es opuesta y combate las manifestaciones de la piedad religiosa.
Según la etimología latina acedia tiene que ver con acidez. Es la acidez que resulta del avinagramiento de lo dulce. Es
decir, de la dulzura del Amor divino. Es la dulzura de la caridad, la que, agriada, da lugar a la acedia. Ella se opone al
gozo de la caridad como por fermentación, por descomposición y transformación en lo opuesto. A la atracción de lo
dulce, se opone la repugnancia por lo agriado.

Podría calificársela, igualmente y con igual propiedad, de enfriamiento o entibiamiento. Como se dice en el Apocalipsis
acerca del extinguido primitivo fervor de la comunidad eclesial: "tengo contra ti que has perdido tu amor de antes"
(Apoc. 2,4); "puesto que no eres frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca" (Apoc. 3,16).

La relación simbólica entre lo ácido y lo frío era de recibo en la antigüedad. En la antigua ciencia química y medicinal
se consideraba que "las cosas ácidas son frías"14. La acedia puede describirse, por lo tanto, ya sea como un
avinagramiento o agriamiento de la dulzura, ya sea como un enfriamiento del fervor de la Caridad. Por eso no ha de
extrañar que haya autores que hayan preferido referirse a la acedia en términos de tibieza15.

Con esto hemos avanzado un paso más hacia la comprensión de este vicio capital. Como decadencia de un estado
mejor, esta pérdida del gozo, de la dulzura y del fervor, y su transformación en tristeza, avinagramiento o frialdad ante
los bienes divinos o espirituales, parece emparentar con la apostasía o conducir a ella. Es, en muchos casos, un
apartarse de lo que antes se gustó y apreció, porque ahora, eso mismo, disgusta, entristece o irrita. En este sentido, se
puede decir que la acedia supone una cierta ruptura entre el antes y el ahora de la persona agriada y ácida. O una
ruptura entre su estado ideal y su estado decaído.

1.5.) Sus Efectos


Al atacar la vitalidad de las relaciones con Dios, la acedia conlleva consecuencias desastrosas para toda la vida moral
y espiritual. Disipa el tesoro de todas las virtudes. La acedia se opone directamente a la caridad, pero también a la
esperanza, a la fortaleza, a la sabiduría y sobre todo a la religión, a la devoción, al fervor, al amor de Dios y a su gozo.
Sus consecuencias se ilustran claramente por sus efectos o, para usar la denominación de la teología medieval, por
sus hijas: la disipación, o sea un vagabundeo ilícito del espíritu, la pusilanimidad, el torpor, el rencor, la malicia, o sea,
el odio a los bienes espirituales y la desesperación16. Esta corrupción de la piedad teologal, da lugar a la corrupción de
todas las formas de la piedad moral. También origina males en la vida social y la convivencia, como es la detracción de
los buenos, la murmuración, la descalificación por medio de burlas, críticas y hasta de calumnias.

2.) LA ACEDIA EN LAS SAGRADAS ESCRITURAS


Las Sagradas Escrituras nos ofrecen una galería de retratos de la acedia en todas sus formas, desde la indiferencia al
odio. Y nos dan también pistas para comprender su naturaleza. Pistas que nos podrán orientar luego para reconocerla
en sus formas históricas y actuales, y podrán encaminarnos para comprender su mecanismo espiritual. En los casos
clínicos bíblicos se aprende una semiología de la acedia y también mucho acerca de su etiología17.

2.1.) La Unción en Betania


Este pasaje evangélico es un ejemplo de acedia que bien puede considerarse arquetípico. En él vemos en ejercicio al
gozo de la caridad y cómo es atacado por las razones aparentes de la oculta acedia.

Seis días antes de su Pasión, Jesús vino a Betania, donde se encontraba su amigo Lázaro, a quien había resucitado
de entre los muertos. Le ofrecieron allí una cena. Marta servía y Lázaro era uno de los que estaban con Jesús
sentados a la mesa. María, tomó una libra de perfume de nardo puro, muy caro, y ungió los pies de Jesús y los secó
con sus cabellos. La casa entera se llenó con el olor del perfume (Juan 12,1-3).

La caridad —según la define Santo Tomás de Aquino18— es amor de amistad con Dios. El gesto de María manifiesta
el gozo de su caridad. Es un gesto gozoso y gratuito que honra, en Jesús, al amigo divino: huésped, Maestro y Señor.
Ese gesto expresa, con una dádiva costosa, el aprecio de María por Jesús y el gozo que ese aprecio le produce19.

Pero —prosigue contando el evangelio— Judas Iscariote, uno de los discípulos de Jesús, el que lo había de entregar,
dijo: "¿Por qué no se ha vendido ese perfume por trescientos denarios y se ha dado a los pobres?" (Juan 12,4-5).

2
La objeción de Judas se opone hipócrita y sofísticamente a la misericordia en nombre de la misericordia. Al descalificar
el gesto de María, descalifica su amor. Lo que para María es expresión gozosa de su amor a Jesús, es para Judas
motivo de tristeza, mezclada de fastidio e irritación. El que ya no comparte la amistad con Jesús, no puede compartir
los mismos sentimientos de la amistad. Peor aún, tiene sentimientos contrarios: de acedia.

En el relato de este episodio que nos hacen Marcos y Mateo, la reacción contra el gesto de María, es calificada de
indignación: "se indignaron". Ese es uno de los síntomas o manifestaciones de la acedia: indignarse, irritarse por lo que
es motivo de gozo para los amigos de Dios (Marcos 14,3-9; Mateo 26,6-13).

Al discípulo avinagrado, las muestras de amor a Jesús le dan bronca. Si esa bronca quiere vestirse de ira santa,
disfrazándose con falsas razones, es para no evidenciarse y guardar aún las apariencias; por puro cálculo hipócrita.

Hay en este detalle de la historia que nos cuenta el evangelio, la revelación de una importantísima ley del acontecer
espiritual: el gozo de la caridad es atacado con razones. Ley que rige también el acontecer cultural: el espíritu del
desamor es racionalista20.

2.2.) La Acedia de Mikal, Esposa de David


Vayamos ahora al Antiguo Testamento y recordemos el pecado de Mikal, hija de Saúl, esposa de David. Mikal se irritó
viendo a David bailar delante del Arca de la Alianza en la fiesta de la Traslación. La danza de David era una
manifestación del gozo de la caridad. Y, por el contrario, la irritación de Mikal por la devoción de David, era manifiesta
acedia.

David trasladaba el Arca con grandes ceremonias y fiestas populares. El Arca era el signo visible de la Presencia del
Señor en medio de su Pueblo. Leemos que:

"David y toda la casa de Israel bailaba delante del Señor con todas sus fuerzas, cantando con cítaras, arpas, adufes,
castañuelas, panderetas y címbalos...David danzaba con todas sus fuerzas delante del Señor, ceñido con un efod de
lino (=vestido sacerdotal). David y toda la casa de Israel subían el Arca del Señor entre clamores y sonar de cuernos.
Cuando el Arca entró en la ciudad de David, Mikal, hija de Saúl, que estaba mirando por la ventana, vio al Rey David
saltando y danzando ante el Señor y lo despreció en su corazón" (2 Samuel 6,l4-l6).

Y cuando se volvía David para bendecir al pueblo, terminada la fiesta: "Mikal le salió al encuentro y le dijo: '¡Cómo se
ha cubierto de gloria hoy el Rey de Israel, descubriéndose hoy ante las criadas de sus servidores como se descubriría
un cualquiera'!" (v.20)

Mikal, ciega para el sentido religioso y gozoso de la acción de David, percibía la danza con una mirada profana y
exterior, despreciando lo que hubiera debido admirar y compartir. Mikal no estaba de fiesta ni en la fiesta; miraba desde
arriba, por una ventana.

Tanto el hombre de Dios como el pueblo de Dios, cuando celebra públicamente sus fiestas religiosas, se expone —es
decir: se muestra y se arriesga— al desprecio de los que miran desde su ventana, desde su óptica exterior al fervor
religioso. A veces, esa burla y ese desprecio consigue acobardar o avergonzar a algunos fieles.

El Via Crucis y la Vuelta Ciclista


Pienso en una experiencia recogida en Semana Santa en un pueblo del interior del Uruguay. Al día siguiente del Via
Crucis que habíamos hecho recorriendo las calles en la noche del Viernes Santo, una mujer me confiaba los
sentimientos de vergüenza que la habían asaltado durante el Via Crucis, debido a la actitud fría e indiferente de los que
nos ignoraban viéndonos pasar. En un pueblo chico, sentirse ignorado por gente conocida, que muestra avergonzarse
de uno, es doblemente hiriente.

Esta mujer había percibido perfectamente la afectada indiferencia de algunos frente al paso de los fieles en el Via
Crucis. Tanto más chocante, cuanto que en un pueblo chico, cualquier acontecimiento es motivo para que la gente se
amontone en la vereda a observar con simpatía lo que pasa. Y así, efectivamente, habíamos visto amontonarse junto al
cordón de la vereda de la misma plaza, por esos mismos días de la Semana Santa, a los espectadores de la Vuelta
Ciclista.

¿Cómo no iba a sentir esta sensible mujer de pueblo, la diferencia de temperatura, viendo a los que se metían en el
bar, en el club, en la heladería, como si no estuvieran pasando tres cuadras tupidas de fieles por la calle principal?
Frente a nosotros eran incapaces de la simple simpatía humana que saben brindar como puebleros a todo lo humano.
En pueblo chico, donde no estar enterado queda mal, no darse por enterado es ofensivo o descalificador.

Ante esta actitud de acedia, la tentación del creyente, como en este caso, es la vergüenza. Pero David, hombre de
Dios, nos enseña con su ejemplo, la actitud de firmeza que ha de tener el creyente, ignorando a los que lo ignoran.

La Respuesta de David a Mikal


Respondió David a Mikal: "Yo danzo en presencia del Señor [y no, como tú dices, delante de las mujeres de mis
servidores], y danzo ante El porque El es el que me ha preferido a tu padre y a toda tu casa para constituirme caudillo
de Israel, el pueblo del Señor. Vive el Señor, que yo danzaré ante El y me haré más despreciable todavía; seré
despreciable y vil a tus ojos, pero seré honrado ante las criadas de que hablas". Y Mikal, hija de Saúl, no tuvo ya hijos
hasta el día de su muerte (vv. 21-23). David la repudió.

2.3.) La Acedia de los Hijos de Jeconías


Narra el Primer Libro de Samuel (6,13-21) cómo el Arca fue devuelta por los filisteos a los israelitas, para librarse del
azote de la peste. Se alegraron con el retorno del Arca los habitantes de Bet-Shémesh. Excepto una familia, que fue
por eso duramente castigada.

He aquí otro ejemplo de lo que es acedia: ausencia de la debida alegría a causa de la presencia de Dios; indiferencia.

Estaban los de Bet-Shémesh segando el trigo en el valle, y alzando la vista vieron el Arca. El momento era inoportuno,
pues la siega era la ocupación más importante del año, e interrumpirla para una fiesta era un gravísimo trastorno.

3
Sin embargo, los piadosos labriegos, al ver venir el Arca se llenaron de alegría: "y fueron gozosos a su encuentro. Al
llegar la carreta al campo de Josué de Bet-Shémesh, se detuvo. Había allí una gran piedra. Astillaron la madera de la
carreta y ofrecieron las vacas que venían tirando de ellas en holocausto al Señor. Los levitas bajaron el Arca del Señor
y el cofre que estaba a su lado y que contenía los exvotos de oro ofrecidos en desagravio por los filisteos y lo
depositaron todo sobre la gran piedra. Los de Bet-Shémes ofrecieron aquél día holocaustos e hicieron sacrificios al
Señor"

"Pero de entre los habitantes de Bet-Shémesh,los hijos de Jeconías no se alegraron cuando vieron el Arca del Señor"

Es de presumir que los hijos de Jeconías lamentaron esa llegada porque interrumpía la siega. La siega era en sí misma
una ocasión festiva21. El fastidio por la aparición del Arca, sugiere que la raíz de la acedia, suele estar, como en este
caso, en el conflicto de los intereses materiales con los religiosos.

A causa de la mezquindad del corazón de los hijos de Jeconías castigó el Señor a setenta de sus hombres y el pueblo
hizo duelo porque el Señor los había castigado duramente.

2.4.) El Menosprecio de un Profeta


Relacionado con el desprecio hacia el fervor de David, y por lo tanto apropiado para ejemplificar la acedia en forma de
burla o menosprecio, es el episodio que narra el Segundo Libro de los Reyes. Cuenta que el profeta Eliseo iba
subiendo por el camino hacia Betel cuando unos niños pequeños salieron de la ciudad y se burlaban de él, diciendo:
"¡Sube, calvo! ¡Sube, calvo!".

Él se volvió, los vio y los maldijo en nombre del Señor. Salieron entonces dos osos del bosque y destrozaron a
cuarenta y dos de ellos (2 Reyes 2,23-24)

El relato tiene, al parecer, una intención didáctica, admonitoria, destinada a inculcar el respeto hacia los hombres de
Dios entre la gente menuda, la cual puede inclinarse, por ligereza infantil, a quedarse festivamente en las posibles
extravagancias exteriores de los hombres de Dios y a incurrir en la burla irrespetuosa. Como veremos22, el
menosprecio de los profetas — que no siempre se queda en burlas— es algo que Dios reprocha con frecuencia a su
pueblo, y uno de los temas de la diatriba de los profetas y de Jesús.

La acedia tiene sus raíces infantiles, puesto que también desde niños hay piedad e impiedad, religión e irreligión, gozo
de la caridad o envidia. Hay por eso necesidad de educar, cultivar y corregir el corazón de los niños. A ellos y a
nosotros les inculca este episodio que no hay que distraerse con los lunares de la santidad; que los hombres de Dios,
son hombres de Dios, y que no hay que menospreciarlos ni reírse de ellos, por más cómico o despreciable que nos
resulte su aspecto. Porque reparar en sus lunares y no ver su santidad, es ceguera y necedad. Y esos dos osos han
destrozado cruelmente a muchos irreverentes.

La Burla: Hija de la Acedia


La Sagrada Escritura conoce esa forma de impiedad militante, que no es sólo cosa de niños sino también de grandes:
la burla.

Los burlones son los que en el Salmo primero se llaman, en hebreo, letsím: "Dichoso el hombre que no camina según
el consejo de los impíos, que en la senda de los pecadores no se detiene, que no se sienta en el corrillo de los
burlones" (Salmo 1,1).

La burla implica desconsideración, ligereza, irreverencia. Es una expresión de menosprecio. Es injuriosa, sobre todo
cuando se la infiere a quien se debería honrar y respetar.

En el reproche de Judas a María está ya implícita la lógica del menos-precio que se irá manifestando durante la
Pasión: en la venta por treinta monedas, en las burlas de la soldadesca. La burla nace del menosprecio y siembra más
menosprecio.

En el Antiguo Testamento, el Señor amenaza a su pueblo con convertirlo en irrisión y en espectáculo del mundo: "...los
convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldición, pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones
a donde los arroje, porque no oyeron las palabras que les envié por mis siervos"23.

El pueblo elegido se lamenta de que a causa de sus pecados, el Señor los ha entregado a la burla de sus enemigos:
"Nos haces el escarnio de nuestros vecinos, irrisión y burla de los que nos rodean; nos has hecho el refrán de los
gentiles, nos hacen muecas las naciones"24. Así es, por dar un ejemplo, el caso del impío Nicanor, quien se burla de
los sacerdotes y de los ancianos y escupe el Templo (1 Macabeos 7,34).

En el Nuevo Testamento, la burla que padecen los buenos cristianos, ya no es un castigo. Es participación en la suerte
de su Maestro, que fue burlado y escupido. La Carta a los Hebreos enumera la burla a la par de los azotes entre los
sufrimientos de la persecución: "unos fueron torturados, rehusando la liberación por conseguir una resurrección mejor;
otros soportaron burlas y azotes, y hasta cadenas y prisiones, apedreados, torturados, aserrados, muertos a espada..."
(Hebreos 11,35-37).

Detrás de las burlas a personas, a sus nombres, a palabras, signos y símbolos sagrados, hábitos religiosos, objetos de
culto, espacios sagrados, está la acedia: tristeza e irritación por los bienes que se escarnece. Esa burla, hija de la
acedia, sigue acompañando hoy a la Iglesia como forma de persecución, y es tan habitual que a muchos ya no les
causa extrañeza y pasa a menudo inadvertida hasta de las mismas víctimas25.

Esaú menosprecia la Primogenitura


Cuenta la Escritura (Génesis 25,29-34) cómo Esaú le vendió a su hermano Jacob la primogenitura por un plato de
guiso.

Es otro ejemplo clásico de acedia como menosprecio — y consiguiente postergación y pérdida — de los bienes
espirituales, debido a la compulsión y a la urgencia de un apetito.

4
Esaú llegó hambriento del campo y Jacob aprovechó la ocasión: "Véndeme ahora mismo tu primogenitura". Esaú
respondió: "¿Qué me importa la primogenitura?". Jacob lo urgió para que se la vendiera con juramento: "Y él se lo juró,
vendiendo su primogenitura a Jacob. Jacob dio a Esaú pan y el guiso de lentejas, y este comió y bebió, se levantó y se
fue. Así desdeñó Esaú la primogenitura", concluye melancólicamente el relato.

Y ya que hablamos de acedia en el corazón de los herederos de las Promesas e hijos de los Patriarcas, también los
hermanos de José menosprecian envidiosamente a su hermano, ignorantes de que sería él quien los salvaría (Génesis
37-45).

2.5.) Rehusar el Gozo y el Llanto


La acedia se opone al gozo de la caridad y por lógica induce a gozarse y a alegrarse por lo que entristece a la caridad.
Los apetitos de la acedia y de la caridad son contrarios, como los de la carne y el Espíritu26.

Puesto que la Caridad es amistad entre la creatura y Dios, el amigo de Dios se alegra en el Bien que es Dios y quiere
que Dios sea reconocido y amado. El amigo comparte los gozos y tristezas de su amigo.

La acedia impide precisamente esta participación y comunión en los sentimientos de Dios. El texto que cito a
continuación, en el que Jesús les reprocha su indiferencia a los que se han rehusado a compartir sus sentimientos,
ilustra el rol que juega la acedia en el drama evangélico:

"¿Con quién compararé a los hombres de esta generación? ¿Y a quién se parecen? Se parecen a los chiquillos que,
sentados en la plaza, se gritan unos a otros diciendo: Os hemos tocado la flauta y no habéis bailado, os hemos
entonado endechas, y no habéis llorado. Porque ha venido Juan el Bautista, que no comía pan ni bebía vino, y decís:
Demonio tiene. Ha venido el Hijo del Hombre, que come y bebe, y decís: Ahí tenéis a un comilón y a un borracho,
amigo de publicanos y pecadores. Pero, la Sabiduría se ha acreditado por todos sus hijos" (Lucas 7,3l-35)

La actitud de acedia como un "no" a la fiesta, la ilustran las parábolas de los invitados al Banquete27. En estas
parábolas queda claro cómo las preocupaciones de este mundo ocultan el bien verdadero a los que les entregan el
corazón. Los invitados se excusan de la fiesta a causa de sus ocupaciones, como los hijos de Jeconías en Bet-
Shémesh28. Los hombres que siguen su apetitos carnales y no creen (= esta generación"), descalifican a los que
obran movidos por impulsos y apetitos espirituales. No puede haber entre ellos comunión de sentimientos: ni de gozos
ni de tristezas. Por eso pueden parecer insensatos los unos a los otros.

En la enseñanza de Jesús se puede espigar otros ejemplos de esta distonía de sentimientos entre sus discípulos y los
que no lo son: "Un día en que los discípulos de Juan y los fariseos ayunaban, vienen a decirle: ¿Por qué mientras los
discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan, tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Pueden acaso
ayunar los invitados a la boda mientras el novio está con ellos? Mientras tengan consigo al novio no pueden ayunar.
Días vendrán en que les será arrebatado el novio, entonces ayunarán en aquél día" (Marcos 2,18-20)

Las dos parábolas que siguen a este pasaje, la del parche sobre el vestido viejo y la del vino nuevo en los odres viejos,
aluden a la necesidad de convertirse totalmente, para poder entrar en comunión con los sentimientos de Jesús y sus
discípulos y poder comprender lo que hacen (Marcos 2,20-22).

Los gozos y los dolores de los discípulos son contrarios e incompatibles con los del mundo, como los apetitos del
espíritu son contrarios a los de la carne (Gálatas 5,17). Por eso dice Jesús a sus discípulos: "Yo os aseguro que
lloraréis y os lamentaréis y el mundo se alegrará" (Juan 16,20). En esta oposición tiene su explicación la acedia. De ahí
que Pablo nos invite a tener los mismos sentimientos que Cristo Jesús29 Miro en este instante a mi Jesús y me río del
mundo entero con El. Déjeme llorar entre sus brazos todo el día, mientras los demás se ríen y se divierten, que poco
me importa a mí llorar mirando a la Alegría infinita, gustar la amargura junto a la dulzura divina de Jesús. (p.160). Citas
tomadas de: PURROY Marino, Teresa de los Andes cuenta su vida, Ed. Carmelo Teresiano, PP. Carmelitas, Santiago,
Chile l992,l92 pags.

2.6.) El Clamor de las Piedras


Los que al tiempo de la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén se escandalizaban por el fervor popular que deberían
haber compartido en vez de reprobar, padecían de esta insensibilidad característica de la acedia:

"Al acercarse a la bajada del monte de los Olivos, la multitud de sus discípulos, llenos de alegría, se pusieron a alabar
a Dios a voz en cuello, por todos los milagros que habían visto. Decían: Bendito el Rey que viene en nombre del Señor.
Paz en el cielo y gloria en las alturas.

Algunos fariseos que se encontraban entre la gente dijeron a Jesús: Maestro, reprende a tus discípulos. Pero Jesús les
contestó: Yo les aseguro que si éstos callasen, las piedras gritarían" (Lucas l9,37-40)

San Lucas oye en la boca de la multitud de discípulos que aclama a Jesús en su entrada triunfal a Jerusalén, palabras
que recuerdan a las que cantan los ángeles anunciando el nacimiento a los pastores: "Paz en el cielo y gloria en las
alturas" (Lucas 19,38, ver 2,14). Los ángeles y los humildes hablan, en un mismo idioma celestial, de los bienes que
sólo ellos pueden ver. Al niño lo anunciaron los ángeles, ahora al Rey lo anuncian los pequeños. Allá los pastores
creyeron, aquí los doctores se indignan.

San Lucas — notémoslo aquí de paso — es celebrado justamente como el evangelista de los pobres y sencillos, así
como del gozo y de la alegría del Espíritu Santo. Pero es menos reconocido como el evangelista más sensible para la
acedia y que muestra una mayor aversión a este pecado. Es, por ejemplo, el evangelista de los Ayes sobre los
acediosos (Lucas 6,24-26; 11,39-44). Y en el pasaje que hemos trascrito antes, contrapone a la fe y al gozo de los
discípulos, la protesta indignada, malhumorada y sombría, característica de la acedia y de la incredulidad militantes. El
hijo mayor, en la parábola del Hijo Pródigo, es otro ejemplo típico de la misma actitud atrabiliaria (Lucas 15,25-32).

Como se ve, a los acediosos, el júbilo de los buenos les parece reprensible. El motivo de esta distonía emocional es
que no comparten su fe. Verdaderamente son opuestos el gozo de los discípulos y la tristeza de los que no lo son,
aunque le digan Maestro. Este mismo esquema de comportamiento volveremos a encontrarlo en la civilización de la
acedia de la que trataremos en el capítulo cuarto.

5
2.7.) El Pecado de Caín
Habitualmente se considera el pecado de Caín como un pecado de envidia hacia su hermano Abel. Y lo es. Pero no de
envidia simplemente. Sino de aquella especie de envidia que llamamos acedia.

Hay acedia en el Pecado de Caín (Génesis 4, 3-8). Acedia respecto del bien de su hermano, cuya ofrenda fue acepta a
Dios. Pero también acedia, respecto de la complacencia de Dios sobre la ofrenda de Abel. Si Caín hubiese estado en
actitud de amistad con Dios, se habría alegrado por el beneplácito de su Amigo divino, porque el verdadero amigo se
alegra por las alegrías de su amigo.

Es verosímilmente por esa falta de amistad cordial, por lo que dice el texto que: "el Señor no miró propicio a Caín y su
oblación". Si Caín hubiera buscado con su ofrenda exclusivamente agradar a Dios, se habría alegrado con el gozo
divino, fuera por el motivo que fuese; y en el caso concreto, con motivo de la ofrenda de su hermano. Caín no
envidiaba en Abel ningún bien profano, sino precisamente su condición de amigo de Dios, de elegido y grato a Dios.

Lo que generalmente se llama envidia de Caín a su hermano es, por lo tanto, propiamente acedia. Y esta precisión hay
que hacerla cada vez que encontramos envidia hacia un hombre de Dios: profeta, justo o elegido, ya sea en las
Escrituras, ya sea en la historia o en la vida de la Iglesia.

Acedia en la Historia de Salvación


San Clemente romano en su Carta a los Corintios, para explicar el mal que está aquejando a dicha comunidad eclesial,
se remonta a trazar un panorama de la acedia en la historia de la salvación, comenzando justamente por el pecado de
Caín30. Parece oportuno y provechoso insertar aquí ese recuento:

"Ya veis, hermanos, cómo los celos y la acedia produjeron un fratricidio. A causa de la acedia, nuestro padre Jacob
tuvo que huir de la presencia de su hermano Esaú. La acedia hizo que José fuera perseguido hasta punto de muerte y
llegara hasta la esclavitud. La acedia obligó a Moisés a huir de la presencia de Faraón, rey de Egipto, al oír a uno de su
misma tribu: '¿Quién te ha constituído árbitro y juez entre nosotros? ¿Acaso quieres tú matarme a mí, como mataste
ayer al egipcio?'. Por la acedia, Aarón y María hubieron de acampar fuera del campamento. La acedia hizo bajar vivos
al Hades a Datán y Abirón, por haberse rebelado contra el siervo de Dios, Moisés. Por acedia no sólo tuvo David que
sufrir envidia de parte de los extranjeros, sino que fue perseguido por Saúl, rey de Israel"31.

2.8.) El Pecado Original


Después de haber dado ejemplos de la acedia como distonía con el sentir y el beneplácito divino, después de un
análisis más afinado del mal de Caín, y después de los ejemplos bíblicos de desafecto a los elegidos de Dios que
compendia Clemente romano, el lector podrá ahora advertir más fácilmente cuánto de acedia tuvo el Pecado Original.

Acedia tanto en el Tentador, como en Adán y Eva: "Por acedia del Diablo entró la muerte en el mundo y la
experimentan los que le pertenecen" (Sabiduría 2,24).

La Serpiente es la primera que "tiende lazos a los justos que la fastidian" (Sabiduría 2,12). Lo hace con Adán y Eva y lo
hará con Job (Job 1,1-22). Después de ella, la raza de sus descendientes se airará de igual modo contra el justo y
querrá también ponerlo a prueba: "Es un reproche de nuestros criterios, su sola presencia nos es insufrible, lleva una
vida distinta de todas y sigue caminos extraños...sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar
su entereza" (Sabiduría 2,14-15.19).

El Tentador los indujo a acedia. Tristeza de no ser como Dios, tristeza a causa del mandamiento, y de allí se siguió la
desobediencia. Así comenzaron: 1º) el desacuerdo entre los apetitos y 2º) el trastorno de los sentidos, característicos
de la naturaleza caída.

Apetito y Visión
En el relato bíblico de la caída se nos enseña, en primer lugar, que el apetito gobierna la visión: "el día en que
comiereis, se os abrirán los ojos". Y en segundo lugar, que la visión, a su vez, excita el apetito: "como viese la mujer
que era bueno para comer y apetecible a la vista".

El pecado ha modificado la manera de percibir. Ha trastornado precisamente la capacidad de conocer el bien y el mal:
"entonces se les abrieron a entrambos los ojos y conocieron que estaban desnudos" (Génesis 3,5-7).

Esta relación entre apetito y visión es fundamental para comprender la naturaleza de la acedia. Ella nos orientará a la
hora de ocuparnos de la pneumodinámica de la acedia (Ver 7.). La acedia, como tristeza por el bien, supone una
ceguera para percibirlo. Sólo la insensibilidad para el bien puede explicar la aversión hacia él. Este mal implica pues,
un trastorno de las facultades.

2.9.) Dos Ayes Proféticos sobre la Acedia


Nos ayudará a avanzar en la comprensión de la naturaleza de la acedia, recordar dos ayes proféticos referentes a ella.

El primer Ay que deseamos recordar es el de Jeremías:

"¡Maldito el hombre que confía en el hombre, y hace de la carne su apoyo apartando del Señor su corazón! Es como el
tamarisco en el desierto de Arabá y no verá el bien cuando venga" (Jeremías l7,5-6).

No Ver el Bien: Acedia como Apercepción


"No verá el bien cuando venga". He ahí la a-percepción del bien que caracteriza la acedia. La tristeza por el bien del
que se goza la caridad, sólo es posible cuando no se ve ese bien o se lo ve como un mal. El texto de Jeremías instruye
sobre las causas de esa ceguera32.

Si el impío no ve el bien: "los rectos — por el contrario — lo ven y se alegran, a la maldad se le tapa la boca" (Salmo
106,42).

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Es propio de Dios el mostrar o hacer ver los bienes salvíficos: "En tu luz vemos la luz" (Salmo 35,10); "Abreme Señor
los ojos y contemplaré las maravillas de tu voluntad" (Salmo 118, 18); "Al que sigue el buen camino le haré ver la
salvación de Dios" (Salmo 49,23).

Sin la ayuda de la gracia de Dios, ni los mismos miembros del pueblo de Dios serían capaces de ver y reconocer las
grandes gestas de la salvación: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a vuestros propios ojos en Egipto con Faraón,
sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos vieron, aquellas señales, aquellos grandes
prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para entender, ojos para ver, ni oídos para oir"
(Deuteronomio 29,1-3).

En cuanto a los bienes del Nuevo Testamento, Jesús afirma que es necesario nacer de nuevo y de lo alto para "ver el
Reino" (Juan 3,3.5).

Llamar Mal al Bien: Acedia como Dispercepción


El otro Ay profético contra la acedia, se encuentra en el libro de Isaías:

"¡Ay, los que llaman al mal bien y al bien mal; los que dan la oscuridad por luz, y la luz por oscuridad; que dan lo
amargo por dulce y lo dulce por amargo! ¡Ay, los sabios a sus propios ojos, y para sí mismos discretos!" (Isaías 5,20-
21).

Entristecerse por el bien del que goza la caridad, como hace la acedia, es dar por mal ese bien; es dar lo dulce por
agrio o por amargo, dar la luz por tinieblas. El texto de Isaías describe el mecanismo perverso de la acedia y lo explica
por la soberbia que se guía por el propio juicio, sometido y esclavizado por la pasión caída33. Son los que, como dirá
San Pablo, aprisionan la verdad con la injusticia (Rom 1,18).

Esta confusión de bien por mal, este trastorno de la percepción, puede llamarse dispercepción y es característica de la
acedia. Podría hablarse, en otras palabras, de falta de discernimiento: "Vosotros que odiáis el bien y amáis el mal"
(Miqueas 3,2). "Justificar al malo y condenar al justo, ambas cosas abomina el Señor" (Proverbios 17,15).

El alimento del niño mesiánico, y el del pueblo de los tiempos mesiánicos será "cuajada y miel para que aprenda a
rehusar lo malo y elegir lo bueno" (Isaías 7,15-16; 22). La cuajada agria y la miel dulce enseñan a distinguir los sabores
del bien y del mal: de la dulzura y el gozo de la caridad, y del agriamiento de la acedia. Aquí también, los sabores
adiestran la visión.

La divina presencia que tiene lugar con la llegada del Emmanuel, enseña al pueblo a discernir el bien y el mal.

2.10.) La Acedia como Ceguera


La relación entre apetito y visión, que establece la Sagrada Escritura, es fundamental para comprender la naturaleza
de la acedia. Los dos ayes proféticos sobre la acedia que acabamos de recordar, el de Jeremías y el de Isaías, se
complementan para enseñarnos cuál es la naturaleza de este mal. Primero como apercepción del bien: "no verá el bien
cuando venga". Y luego como dispercepción: "dar el bien por mal y el mal por bien".

Trataremos a continuación de una serie de episodios y temas bíblicos que ilustran la apercepción-dispercepción
características de la acedia: la idolatría de las naciones y del pueblo elegido; la ceguera de los discípulos de Jesús; la
ceguera de los guías espirituales de Israel; el menosprecio y rechazo de los profetas; el desprecio de la Tierra
prometida, el menosprecio del testimonio de Jesús, la acedia de Pedro frente a la Cruz.

La Idolatría como Ceguera


La ceguera para el bien, mal común de la humanidad, como que es consecuencia del pecado original, es la causa del
pecado de idolatría, común a todas las culturas vecinas del pueblo de Dios. En ocasiones también incurre en idolatría
el pueblo de Dios, para cuyos miembros es una tentación perenne, como lamentan Moisés y los Profetas.

La polémica contra la idolatría, los idólatras, los ídolos y los fabricantes de ídolos, es un tema recurrente en la Sagrada
Escritura, desde el Pentateuco hasta los Sapienciales. Y continúa en el Nuevo Testamento, en la predicación de Jesús
y de los Apóstoles.

La idolatría aparece tipificada, en una serie de textos bíblicos, como apercepción: ceguera, insensibilidad,
embotamiento de los sentidos. Y también como dispercepción: dureza del corazón, al cual, como órgano del
discernimiento, le corresponde distinguir el bien y el mal.

Los idólatras son tan insensibles — o casi — para percibir el bien y el mal, o para discernir el uno del otro, como los
ídolos que se fabrican.

Isaías dice: "¡Escultores de ídolos! Todos ellos son vacuidad; de nada sirven sus obras más estimadas; sus servidores
nada ven y nada saben, y por eso quedarán abochornados (...) no saben ni entienden, sus ojos están pegados y no
ven; su corazón no comprende. No reflexionan, no tienen ciencia ni entendimiento (...) A quien se apega a la ceniza, su
corazón engañoso lo extravía. No salvará su vida. Nunca dirá: '¿Acaso lo que tengo en la mano es engañoso?'" (Isaías
44,9.l8-l9a.20)

En esto, los sabios coinciden con los profetas. El autor del libro de la Sabiduría pondera el enceguecimiento de los
egipcios idólatras y por eso mismo, enemigos del pueblo de Dios: "¡Insensatos todos en sumo grado y más infelices
que el alma de un niño (que no discierne el bien del mal), los enemigos de tu pueblo que un día lo oprimieron! Como
que tuvieron por dioses a todos los ídolos de los gentiles que no pueden valerse de sus ojos para ver, ni de su nariz
para respirar, ni de sus oídos para oír, ni de los dedos de sus manos para tocar, y sus pies son torpes para andar"
(Sabiduría 15,14-15).

También el Salmista considera que los idólatras son tan ciegos e insensibles como la obra de sus manos: "Los ídolos
de ellos son plata y oro, obra de mano de hombre. Tienen boca y no hablan, tienen ojos y no ven, tienen oídos y no
oyen, nariz y no huelen. Tienen manos y no palpan, tienen pies y no caminan, ni un solo susurro en su garganta. Como
ellos serán los que los hacen, cuantos en ellos ponen su confianza" (Salmo 113b(115),4-8). Esta ceguera les impide ver

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la Gloria de Dios y por eso preguntan: "¿Dónde está su Dios?" (v.2). Son ciegos para la Omnipresencia, que es, en
cambio, evidente para los fieles: "nuestro Dios está en los cielos y en la tierra y hace todo lo que El quiere" (v.3).

Algo más matizada y benévolamente juzga a los idólatras el Sabio. El idólatra — dice — "vale ciertamente más que los
ídolos que adora: él, por un tiempo al menos, goza de vida, ellos jamás" (Sabiduría 15,17b).

Lo cual no impide que el sabio considere que es una misma clase de ceguera la que llevaba a los impíos: 1º) a ignorar
al verdadero Dios, 2º) a adorar a los ídolos, 3º) a perseguir al pueblo elegido y 4º) a desoír la voz del Dios que quería
sacar a su pueblo de Egipto. Eran tan ciegos para las obras de Dios como para sus designios. Y esa ceguera, no sólo
los privó de los grandes y verdaderos bienes sino que los precipitó en la destrucción y la ruina causada por tremendos
castigos. Terrible mal, la acedia.

Ceguera del Pueblo Elegido


Desgraciadamente, Israel no les va en zaga a las naciones cuando se enceguece detrás de los ídolos. En la Escritura
se habla en los mismos términos de la idolatría de los gentiles que de la del pueblo elegido: ceguera, insensibilidad del
corazón.

Aún previendo el endurecimiento del corazón y la incredulidad de su pueblo, y sólo por fidelidad consigo, el Señor les
envía, a pesar de todo, a Isaías: "Ve y di a ese puebo; 'Escuchad bien, pero no entendáis; ved bien pero no
comprendáis. Haz torpe el corazón de ese pueblo y duros sus oídos, y pégale los ojos, no sea que vea con sus ojos, y
oiga con sus oídos, y entienda con su corazón, y se convierta y se le cure'" (Isaías 6,9-10).

Como se ve, el tema bíblico del corazón endurecido y el corazón de piedra que Dios quiere transformar y cambiar en
un corazón nuevo, de carne, corre paralelo con el de la ceguera y la insensiblidad de los sentidos y tiene que ver con la
salvación del mal de acedia. Es el mal del corazón insensible para el bien verdadero e incapaz de conocer a Dios34.
Jeremías no exceptúa al pueblo elegido de esa ceguera, semejante a la idolatría de los paganos: "Pueblo necio y sin
seso, tienen ojos y no ven, oídos y no oyen" (Jeremías 5,21). Y a Ezequiel lo compadece el Señor en estos términos:
"Tú vives en medio de una casa de rebeldía: tienen ojos para ver y no ven, oídos para oír y no oyen" (Ezequiel 12,2).

El pueblo de la Alianza se había precipitado en la idolatría desde sus más tempranos comienzos, apenas Moisés tardó
un poco en bajar del monte Sinaí con las tablas de la alianza:

"Anda — le dijeron a Aarón — haznos un dios que vaya delante de nosotros, ya que no sabemos qué ha sido de
Moisés, el hombre que nos sacó de Egipto" (Exodo 32,1). Terrible ceguera y blasfemia, no ver en la salida de Egipto la
obra de Dios, sino la de "el hombre" Moisés. Y mayor atrocidad aún atribuir al ídolo la salvación obrada por Dios: "Se
han hecho un becerro fundido y se han postrado ante él; le han ofrecido sacrificios y han dicho: 'Este es tu dios, Israel,
el que te ha sacado de Egipto'"(Exodo 32,8).

Por lo tanto, hasta el pueblo elegido puede enceguecerse para el bien y entristecerse por lo que debería ser su alegría
en la Alianza. Puede comportarse como un pueblo de dura cerviz, que provoca la ira de Dios (Exodo 32,9).

No está libre de tentación de acedia ni siquiera el buen Josué, cuando cela a Eldad y Medad porque profetizan, en vez
de alegrarse como Moisés (Números 11,26-29).

Aún en los casos en que el pueblo elegido ve mejor y más que los paganos, la Escritura enseña que eso no se debe a
méritos o capacidades propias, sino porque el Señor le hace capaz de ver: "Habéis visto todo lo que hizo el Señor a
vuestros propios ojos en Egipto con Faraón, sus siervos y todo su país: las grandes pruebas que tus mismos ojos
vieron, aquellas señales, aquellos grandes prodigios. Pero hasta el día de hoy no os había dado el Señor corazón para
entender, ojos para ver, ni oídos para oír" (Deuteronomio 29,1-3).

Conviene notar por último, antes de abandonar este recorrido por los textos, y en vistas a los análisis sobre las causas
de la acedia que haremos más adelante, que lo que precipita al pueblo elegido en la acedia suele ser o la impaciencia
o el miedo. Impaciencia en los sufrimientos de la travesía por el desierto o miedo a sus enemigos. Las privaciones
borran la memoria de las gestas divinas de liberación, debilitan su esperanza en las promesas de Dios, le impiden ver
las obras del Señor que lo acompañan, y esperar que lo auxiliará contra sus enemigos, como le asegura.

Ceguera en el Nuevo Testamento


Jesús entiende la situación espiritual de sus discípulos como prolongación de la incredulidad de Israel. Los sabe
sometidos a las mismas tentaciones y debilidades. Por eso los amonesta en el mismo estilo y parecidos términos.
Veamos un ejemplo.

En un momento en que se preocupan más de su pan que del Reino, Jesús los ve en peligro de contagiarse de la
"levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes", y los reprende así: "¿Por qué estáis hablando de que no tenéis
panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? ¿Teniendo ojos no veis y teniendo
oídos no oís? ¿No os acordáis de cuando partí cinco panes para cinco mil?"35.

El hambre, que fue una celada fatal para Esaú y para la generación del desierto, amenaza ahora con hacer caer a los
discípulos en su lazo.

Es que — como enseñaba Jesús — las preocupaciones de esta vida ahogan la semilla de la Palabra sembrada en los
corazones (Marcos 4,19). Y, como explica ulteriormente San Pablo: la avaricia, la codicia, el afán de los bienes de este
mundo, son como un pecado de idolatría (Colosenses 3,5): a fuerza de perseguir los bienes materiales con afán
desmedido, hacen insensibles y ciegos para los bienes espirituales.

El Apóstol se hace eco de la diatriba bíblica contra los idólatras, cuando les reprocha a los gentiles su ceguera e
insensibilidad para percibir al Creador a través del espectáculo de las creaturas:

"En efecto, la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la
verdad en la injusticia; pues lo que de Dios se puede conocer, está en ellos manifiesto: Dios se lo manifestó. Porque lo
invisible de Dios, desde la creación del mundo se deja ver a la inteligencia a través de sus obras: su poder eterno y su
divinidad, de forma que son inexcusables; porque, habiendo conocido a Dios, no lo glorificaron como a Dios, ni le
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dieron gracias, antes bien se ofuscaron en vanos razonamientos y su insensato corazón se entenebreció: jactándose
de sabios se volvieron estúpidos, y cambiaron la gloria del Dios incorruptible por una representación en forma de
hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos, de reptiles"36.

Aquí también, la perversión de la visión está vinculada con la perversión de los apetitos: "Aprisionar la verdad con la
injusticia", como dice el Apóstol, es distorsionar la percepción del bien por la pasión y el apetito desordenados. Y una
vez aprisionada la verdad, ya no es posible liberarse y se queda esclavizado y a merced de los apetitos.

He aquí la misma doctrina, a la que aludimos antes, acerca de la circularidad entre gusto y visión, entre conocimiento y
pasión, entre percepción y apetito, inteligencia y voluntad. La ceguera de los ojos tiene que ver con las pasiones del
corazón.

Por no haber reconocido a Dios a través de las creaturas, se desviaron sus apetitos y se pervirtieron: "Por eso Dios los
entregó a las apetencias de su corazón, hasta una impureza tal que deshonraron entre sí sus cuerpos; a ellos que
cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a las creaturas en vez del Creador (...) Por eso los
entregó Dios a pasiones infames (...) entrególos a su mente réproba" (Romanos 1,24-28).

Hemos citado largamente estos textos de Pablo, porque ellos ofrecen una descripción del fenómeno de la acedia como
apercepción y dispercepción, así como de los pasos de su proceso.

"Ciegos guías de ciegos"


No solamente los gentiles idólatras reciben el epíteto de ciegos, también a los guías espirituales del pueblo elegido les
reprocha Jesús su ceguera: "Son ciegos que guían a ciegos. Y si un ciego guía a otro ciego, los dos caerán en el hoyo"
(Mateo 15,14). Los discípulos — como hemos dicho — no están exentos de incurrir en la misma insensibilidad y
hacerse merecedores del mismo juicio. A continuación del reproche a los escribas Jesús, vuelto hacia Pedro lo
amonesta: "¿También vosotros estáis todavía sin inteligencia?" (15,16). Los discípulos tienen que guardarse de la
levadura de los escribas y fariseos, que es la incredulidad y la hipocresía, porque les es igualmente fácil incurrir en
ellas. Por eso los ayes de Jesús, pueden tener también algo de advertencia disuasoria para sus propios discípulos:

"¡Ay de vosotros escribas y fariseos hipócritas! (...) ¡Insensatos y ciegos! ¿Qué es más importante, el oro o el Santuario
que hace sagrado el oro? (...) ¡Ciegos! ¿Qué es más importante, la ofrenda o el altar que santifica la ofrenda? (...)
¡Guías ciegos que coláis el mosquito y os tragáis el camello!" (Mateo 23,13-32; citamos los vv. 13.17.19.24).

"Esta Generación pide una Señal"


La ceguera de escribas y fariseos se pone singularmente de manifiesto ante los signos y milagros que hace Jesús.

Dándolos por inexistentes, le piden alguna señal. Jesús se niega a darles ninguna, excepto la que es El mismo: "Se
presentaron los fariseos y comenzaron a discutir con él, pidiéndole una señal del cielo, con el fin de ponerle a prueba.
Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser, dice: '¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro:
No se le dará a esta generación ninguna señal'...Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la
levadura de Herodes" (Marcos 8,11-12.15).

A esta altura del relato evangélico de Marcos, Jesús ha hecho innumerables curaciones y milagros. Acaba de dar el
signo de la segunda multiplicación de los panes ante una multitud, como va a recordárselo a sus discípulos un poco
más adelante (8,19-20). Esa capacidad del pueblo elegido para tentar a Dios, se mezcla, como una levadura agria, con
los prodigios del maná.

El salmista refiere las quejas y gemidos de Dios por esta dureza de corazón de sus elegidos: "Volvían una y otra vez a
tentar a Dios, a exasperar al Santo de Israel" (Salmo 77(78),41).

¿Cuál es pues la levadura37 de la que los discípulos deben guardarse?: es la actitud de los que piden signos en el
cielo, como resultado de su apercepción y ceguera para ver los signos de Dios.

Los discípulos deben guardarse de esa misma actitud agria.

No hay que pedirle a Dios que haga signos "en el cielo", es decir visibles para nosotros y que podamos ver desde
donde nosotros estamos, sin movernos ni cambiar de posición ni de lugar, o sea sin convertirnos. Somos nosotros,
quienes siguiendo a Jesús, tenemos que estar allí donde El hace sus signos; como estaba la multitud que lo seguía en
descampado y asistió a la multiplicación de los panes. Ese es el gran signo que han olvidado los discípulos
hambrientos.

Tenemos que ser capaces de ver los signos que Dios dio, sin que se los pidiéramos. Los que El soberanamente quiere
dar y allí donde a su divino arbitrio quiera darlos. Pero pedírselos, es tentarlo y menospreciar los que ha dado.

Mataron a los profetas


Los ayes sobre escribas y fariseos concluyen con unas palabras de Jesús que ponen en relación su incredulidad con la
de sus antepasados: "Sois hijos de los que mataron a los profetas. ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros
padres!" (Mateo 23,31-32).

Es éste un tema de la predicación de Jesús que pone de manifiesto otra faceta del pecado de acedia: la ceguera
hereditaria para reconocer a los mensajeros de Dios.

"Edificáis los sepulcros de los profetas y adornáis los monumentos de los justos, y decís: 'Si nosotros hubiéramos
vivido en el tiempo de nuestros padres, no habríamos tenido parte con ellos en la sangre de los profetas' con lo cual
atestiguáis que sois hijos de los que mataron a los profetas! ¡Colmad también vosotros la medida de vuestros padres!

¡Serpientes, generación de víboras! ¿Cómo vais a escapar a la condenación de la Gehenna? Por eso, mirad: os voy a
enviar a vosotros profetas, sabios y escribas: a unos los mataréis y los crucificaréis, a otros los azotaréis en vuestras
sinagogas y los perseguiréis de ciudad en ciudad, para que recaiga sobre vosotros toda la sangre de los justos
derramada sobre la tierra desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, a quien
matasteis entre el Santuario y el altar. Yo os aseguro que todo esto recaerá sobre esta generación" (Mateo 23,30-36).
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El mártir Esteban se hace eco de esta diatriba de Jesús. Ella proviene del mismo celo caritativo por la corrección del
pueblo amado, de la misma fortaleza ante el martirio y de la misma capacidad de perdonar que tuvo Jesús:

"¡Duros de cerviz, incircuncisos de corazón y de oídos! ¡Vosotros siempre resistís al Espíritu Santo! ¡Como fueron
vuestros padres así sois vosotros! ¿A qué profeta no persiguieron vuestros padres? Ellos mataron a los que
anunciaban de antemano la venida del Justo, de aquél a quien vosotros ahora habéis traicionado y asesinado, vosotros
que recibisteis la Ley por mediación de ángeles y no la habéis guardado" (Hechos 7,51-53).

"Despreciaron una Tierra envidiable" (Salmo 105(106),24)


El Salmo se refiere, con esta frase, al episodio narrado en Números caps. 13-14 y en Deuteronomio 1,19-46. Lo
comenta, y da en una pincelada su significación espiritual, que es una acusación de acedia: despreciar el bien.
Recordemos el episodio.

El pueblo no se alegró con el bien de la Tierra Prometida, que le pintaban Caleb y Josué, los buenos exploradores,
testigos fidedignos de la bondad de la tierra, fieles a la verdad. El pueblo, en cambio, prefirió creer al testimonio de los
malos exploradores, testigos falsos porque estaban enceguecidos por el miedo a los habitantes de la Tierra. El miedo
les hacía olvidar las promesas del Señor, desconfiar de su asistencia, dudar de su amor y en consecuencia calumniar
acrimoniosamente la tierra.

Pero menospreciar la tierra de la Promesa, equivalía a menospreciar al Señor que había prometido introducirlos en ella
para dársela en propiedad: "¿hasta cuándo me va a despreciar este pueblo? ¿hasta cuándo van a desconfiar de mí,
con todas las señales que he hecho entre ellos?" (Números 13,11). "...Ninguno de los que han visto mi gloria y las
señales que he realizado en Egipto y en el desierto, que me han puesto a prueba ya diez veces y no han escuchado mi
voz, verá la tierra que prometí con juramento a sus padres. No la verá ninguno de los que me ha despreciado"
(Números 14,22-23)

Los exploradores habían subido a explorar la tierra en "el tiempo de las primeras uvas" (Num 13,20). Es decir el tiempo
más hermoso y en el que la fertilidad de la tierra que mana leche y miel lucía en el esplendor de sus frutos: "una
espléndida tierra, tierra de torrentes y de fuentes, de aguas que brotan del abismo en los valles y en las montañas,
tierra de trigo y de cebada, de viñas, higueras y granados, tierra de olivares, de aceite y de miel, tierra donde el pan
que comas no te será racionado y donde no carecerás de nada; tierra donde las piedras tienen hierro y de cuyas
montañas extraerás el bronce. Comerás hasta hartarte y bendecirás al Señor tu Dios en esta espléndida tierra que te
ha dado" (Deuteronomio 8,7-10)

"Subieron pues, y exploraron el país, desde el desierto de Sin hasta Rejob, a la entrada de Jamat. Subieron por el
Négueb y llegaron hasta Hebrón donde residían los descendientes de Anaq. Llegaron al valle de Eshkol (que significa
racimo) y cortaron allí un sarmiento con un racimo de uva que trasportaron con una pértiga entre dos, y también
granadas e higos" (Números 13,20-23). Los exploradores llevaban consigo la evidencia del Bien de la Promesa, capaz
de regocijar con su vista. Pero ellos no los vieron.

"Tomaron en su mano los frutos del país, nos los trajeron y nos comunicaron: 'Buena tierra es la que el Señor nuestro
Dios nos da'. Pero vosotros —les reprocha Moisés— os negasteis a subir y os rebelasteis contra la orden del Señor
vuestro Dios. Y os pusisteis a murmurar en vuestras tiendas: 'Por el odio que nos tiene nos ha sacado el Señor de
Egipto, para entregarnos en manos de los amorreos y destruirnos. ¿A dónde vamos a subir? Nuestros hermanos nos
han descorazonado al decir: 'es un pueblo más numeroso y más alto que nosotros, las ciudades son grandes y sus
murallas llegan hasta el cielo. Y hasta gigantes hemos visto allí" (Deut. 1,25-28).

El pueblo estaba ciego no sólo para las obras de Dios, sino para sus motivos: atribuía a odio las obras de amor;
confundía el plan de salvación con un plan de destrucción. Por eso, debido a su incredulidad, raíz de acedia, se
entristecía por lo que debería alegrarse.

Moisés trató de alentarlos moviéndolos a creer en el amor y en la asistencia de Dios: "Yo os dije: `No os asustéis, no
tengáis miedo de ellos. El Señor vuestro Dios, que marcha delante de vosotros, combatirá por vosotros, como visteis
que lo hizo en Egipto, y en el desierto donde has visto que el Señor tu Dios te llevaba como un hombre lleva a su hijo, a
todo lo largo de este camino que habéis recorrido hasta llegar a este lugar. Pero ni aún así confiasteis en el Señor
vuestro Dios que era el que os precedía en el camino y os buscaba lugar donde acampar, con el fuego durante la
noche para alumbrar el camino, y con la nube durante el día" (Deut. 1,29-33).

A pesar de las muestras de amor y de asistencia divina que el pueblo había visto — como le recordaba Moisés — se
mantenía ciego. ¿Cuál iba a ser el castigo?: "esta generación incrédula, no verá la tierra prometida ni entrará en ella".

Su ceguera, su increduliad, su acedia, se harán proverbiales. Los rabinos hablarán de ella como "la generación del
desierto" y la enumerarán en una misma lista con otras generaciones impías: la generación del Diluvio y la generación
de Sodoma. Ninguna de esas generaciones, piensan los maestros de Israel, heredarán la tierra, ni entrarán en el siglo
futuro: "El Señor oyó el rumor de vuestras palabras y en su cólera juró así: 'Ni un solo hombre de esta generación
perversa verá la espléndida tierra que yo juré dar a vuestros padres, excepto Caleb hijo de Yefunné'" (Deut. 1,34-36).

Jesús: Explorador y Testigo


El diálogo de Jesús con Nicodemo (Juan 3,1-21) presenta a Jesús como Explorador, que viene a dar testimonio de la
verdadera Tierra Prometida: el Reino de Dios, que viene. El pasaje del evangelio según San Juan está lleno de
alusiones al episodio que tratan Números 13-14 y Deuteronomio 1,19-46.

Jesús se presenta como testigo de lo invisible, sabiendo de antemano que lo hace ante un pueblo rebelde que no ha
creído en otros testimonios acerca de lo visible: "En verdad, en verdad te digo, nosotros hablamos de lo que sabemos y
damos testimonio de lo que hemos visto, pero vosotros no aceptáis nuestro testimonio. Si al deciros cosas de la Tierra
no creéis ¿cómo vais a creer si os digo cosas del Cielo? Nadie ha subido al Cielo, sino el que bajó del Cielo, el Hijo del
Hombre que está en el Cielo" (Juan 3,11-13; ver Num 14,7-9).

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En aquel entonces la generación incrédula no pudo ver ni entrar en la Tierra Prometida y tuvo que venir una nueva
generación para verla y entrar en ella. Ahora, para ver el Reino y entrar en él, es necesario nacer de nuevo, pertenecer
a la nueva generación bautismal, nacida del agua y del Espíritu (Juan 3,3.5).

Jesús ve en la incredulidad contra la que él choca, la prolongación de un mismo misterio. Jesús hablará de "esta
generación", no en sentido temporal cronológico, sino con el mismo sentido acuñado por la escolástica rabínica:

"Dando un profundo gemido desde lo íntimo de su ser dice: ¿Por qué esta generación pide una señal? Yo os aseguro:
no se dará a esta generación ninguna señal" (Marcos 8,12).

"Quien se avergüence de mí y de mis palabras en esta generación adúltera y pecadora, también el Hijo del Hombre se
avergonzará de él cuando venga en la gloria de su Padre con los santos ángeles" (Marcos 8,38).

"¡Oh generación incrédula! ¿Hasta cuándo estaré con vosotros? ¿Hasta cuándo tendré que soportaros?" (Marcos
9,19).

"¿Con quién compararé a esta generación? Se parece a los niños sentados en las plazas..." (Mateo 11,16).

"Esta generación", en boca de Jesús, se dice en el sentido de raza; de descendencia rebelde de la serpiente rebelde.
Es la acedia hereditaria que hemos señalado antes38. Son los descendientes de los que quisieron apedrear a Moisés y
a los exploradores (Números 14,10; Exodo 17,4), de los que se burlaban de Eliseo y de los que no recibieron a los
enviados de Dios. A ellos refiere Jesús la parábola de los viñadores homicidas (Marcos 12,1-12).

La Acedia de Pedro ante la Cruz


Por eso, cuando Pedro se niega a recibir el testimonio de Jesús acerca del misterio de la Cruz, se hace acreedor del
nombre de Satanás, y en vez de piedra fundamental se convierte en piedra de escándalo (Mateo 16,18), no sólo para
los más pequeños (Marcos 9,42), sino para Jesús mismo (Mateo 16,23).

También Pedro estaba ciego. Una vez curado de su mal de acedia, el mismo Apóstol, "confirmará a sus hermanos"
(Lucas 22,31-32) y enseñará la bienaventuranza de la Cruz: "Si sufrierais a causa de la justicia, dichosos vosotros (...)
Ya que Cristo padeció en la carne, armaos también vosotros de este mismo pensamiento: quien padece en la carne, ha
roto con el pecado (...) No os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os
sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también
os alegréis alborozados en la revelación de su gloria. Dichosos vosotros si sois injuriados por el nombre de Cristo (...) si
alguno tiene que sufrir por ser cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre"39.

Esta es la fe de Pedro, la "piedra" fundamental de la doctrina y de la parenesis martirial sobre el bautismo.

Pablo hablará, llorando, de los enemigos de la Cruz de Cristo (Filipenses 3,17-19). La suya es una tristeza cristiana a
causa de la tristeza carnal. Para Pablo la gloria estará en la Cruz de Cristo. En su perspectiva, cristiana, el horror a la
Cruz, el horror al martirio, el horror al sufrimiento por ser cristiano, el horror a la bienaventuranza, es acedia.

Esta recorrida algo prolija por episodios y textos bíblicos relativos a la acedia, pero muchos de ellos no referidos por lo
común explícitamente a ella, habrá servido — esperamos — para familiarizar al lector con el ámbito de actitudes de
espíritu ejemplares y arquetípicas de la acedia. Servirá de orientación y fundamento de lo que sigue.

3.) ACEDIA Y MARTIRIO


A partir de esta fe, se elabora la espiritualidad martirial de los primeros siglos de la Iglesia, en la cual la acedia aparece
en un triple aspecto: 1) la causa del martirio es acedia en el perseguidor; 2) el miedo al martirio es acedia en el
cristiano que lo teme; 3) el Demonio, por acedia, inspira y mueve a los perseguidores; procura de todos modos
corromper el juicio y sentir de los mártires, hacerlos apostatar mediante los tormentos y el temor a la muerte. Y, cuando
no lo logra, trata de impedir o postergar su martirio, para evitar su victoria.

3.1.) Acedia de los Perseguidores


Veamos en primer lugar algunos ejemplos de la acedia de los perseguidores, quienes por dispercepción persiguen a
los buenos como si fueran malos.

A esa acedia o envidia, cuando es de parte del pueblo elegido, las fuentes cristianas le dan el nombre de "celo". En el
Nuevo Testamento y en la literatura cristiana primitiva — como por ejemplo la carta de San Clemente — tanto Jesús
como sus discípulos han sido perseguidos por los judíos "dia zelon": por acedia40.

Pilatos sabía que le habían entregado a Jesús "por acedia"41. San Justino se hace eco de esa convicción de la
Escritura y de la Tradición cristianas en el siguiente pasaje: "En los libros de los profetas, hallamos anunciado de
antemano, que Jesús, nuestro Mesías, había de venir (...) había de ser envidiado (= fthonouménon), no reconocido y
crucificado"42.

Los judíos "se llenan de acedia" viendo la multitud que escucha a Pablo (Hechos 13,45). También "llenos de acedia" se
le oponen en Tesalónica y promueven una persecución violenta (Hechos 17,5). Pablo dirá en otro lugar que hay
quienes predican a Cristo "por acedia" y por afán de afligirlo y de oponérsele43.

San Clemente romano, en su Carta a los Corintios, al hacer su diagnóstico pastoral acerca de las causas de la división
de la iglesia en Corinto, afirma que se trata del mismo mal de acedia a causa del cual fueron perseguidos Pedro, Pablo
y, tras sus huellas, innumerables cristianos:

"Por emulación y envidia44 fueron perseguidos los que eran máximas y justísimas columnas de la Iglesia y sostuvieron
combate hasta la muerte. Pongamos ante nuestros ojos a los santos Apóstoles. A Pedro, quien por inicua emulación,
hubo de soportar no uno ni dos, sino muchos más trabajos. Y después de dar así su testimonio, marchó al lugar de la
gloria que le era debido. Por la envidia y rivalidad mostró Pablo el galardón de la paciencia. Por seis veces fue cargado
de cadenas; fue desterrado y apedreado; hecho heraldo de Cristo en Oriente y Occidente, alcanzó la noble fama de su
fe; y después de haber enseñado a todo el mundo la justicia y de haber llegado hasta el límite del Occidente y dado su

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testimonio ante los príncipes, salió así de este mundo y marchó al lugar santo, dejándonos el más alto dechado de
paciencia.

"A estos hombres que llevaron una conducta de santidad vino a agregarse una gran muchedumbre de escogidos, los
cuales, después de sufrir por envidia muchos ultrajes y tormentos, se convirtieron entre nosotros en el más hermoso
ejemplo. Por envidia fueron perseguidas mujeres, nuevas Danaidas y Circes, las cuales, después de sufrir tormentos
crueles y sacrílegos, se lanzaron a la firme carrera de la fe, y ellas, débiles de cuerpo recibieron generoso galardón"45.

El judaísmo se opuso a los cristianos por intereses religiosos y alegando motivos religiosos. Las primeras resistencias
que levantó en ambiente pagano tuvieron, en cambio, motivos económicos.

Un arquetipo de esta acedia pagana por motivos económicos es el episodio de los porquerizos de Gerasa (Marcos
5,14-17). En Filipos los amos de la muchacha esclava que les producía mucho dinero, alborotan la ciudad para
expulsar a Pablo, porque éste la había exorcizado y les había arruinado su negocio (Hechos 16,16-24). La revuelta de
los orfebres en Éfeso se debe a que el cristianismo amenazaba la venta de idolillos y los negocios dependientes del
templo de Artemisa. (Hechos 19,23-40).

Sólo más tarde, a partir de Nerón, la persecución a los cristianos tuvo motivaciones político-culturales bajo pretextos
jurídicos. Pero siempre subsiste el componente económico. Plinio el Joven, hacia el año 112, escribe a Trajano:

"El contagio de esta superstición ha invadido no sólo las ciudades sino también los campos; mas al parecer aún puede
detenerse y remediarse. Lo cierto es que como puede fácilmente comprobarse, los templos, antes ya casi desolados,
han empezado a frecuentarse, y las solemnidades sagradas, por largo tiempo interrumpidas, nuevamente se celebran,
y que, en fin, las carnes de las víctimas, para las que no se hallaba antes sino un rarísimo comprador, tienen ahora
excelente mercado"46.

De parte de los paganos y de las autoridades imperiales, la acedia se manifiesta ante la constancia de los mártires en
la profesión de su fe, la cual ellos confunden con rebeldía y contumacia.

Así por ejemplo Plinio el Joven, no ve en la constancia de aquellos cristianos ante su tribunal sino una pertinacia
inflexible, una rigidez, que debe ser castigada47.

Cuando prenden al anciano obispo Policarpo, unos paganos lo suben primero lisonjeramente a un carruaje, pero ante
su negativa a apostatar lo arrojan del carruaje en marcha y lo arrastran al juez48.

El emperador Marco Aurelio también juzga duramente la firmeza de los mártires. Para él es pura obstinación, afán de
contradecir y de oponerse, alarde de teatralidad. Bajo su gobierno, fueron torturados los mártires de Lyon, las actas de
cuyo martirio recoge Eusebio de Cesarea en su Historia Eclesiástica. La pasión de estos mártires es un ejemplo de
cómo su constancia exasperaba a sus torturadores porque no podían comprenderla y en vez de conmoverlos los
impulsaba a extremar las crueldades:

"Maturo y Santo, como si nada hubieran sufrido antes, tuvieron que pasar otra vez en el anfiteatro por toda la escala de
torturas; o por mejor decir, como habían ya vencido a su adversario en una serie de combates parciales, libraban ahora
el último sobre la corona misma. Restallaron pues, otra vez los látigos sobre sus espaldas, tal como allí se
acostumbra , fueron arrastrados por las fieras, y sufrieron, en fin, cuanto una plebe enfurecida ordenaba con su gritería,
resonante de unas y otras graderías. El último tormento fue el de la silla de hierro al rojo, sobre la que dejaron
carbonizarse sus cuerpos hasta llegar a los espectadores el olor a carne quemada. Mas ni así se calmaban, antes bien
se ponían más frenéticos, empeñados en vencer la paciencia de aquéllos. Mas ni con toda su rabia y empeño lograron
oír de labios de Santo otra palabra que la que estuvo repitiendo desde que empezó a confesar su fe. Así, pues, estos
dos, como aún seguían con vida para mucho rato no obstante el magno combate sostenido, fueron finalmente
degollados, hechos aquel día espectáculo para el mundo, supliendo ellos solos todo el variado y extenso programa de
espectáculos que solían dar los gladiadores."

El tormento — como se ve — no tenía lugar privadamente, en el cadalso de una cárcel, de una guarnición o de un
tribunal, sino en el estadio o anfiteatro, delante de la multitud. Prueba de hasta qué punto se sentía la contumacia de
los cristianos como un desafío, y la lucha por doblegarla como un grandioso y excitante espectáculo circense. El circo
dio notoriedad pública a la conducta cristiana. Fue un cruel género de propaganda, pero propaganda al fin — como lo
demostró la historia — para la fe cristiana.

La acedia de los torturadores está clara: ceguera para el bien y furia como si fuera un mal:

"Unos bramaban y rechinaban los dientes contra los cadáveres, buscando tomar de ellos no sabemos qué otra
venganza peor; otros se reían y hacían chacota, al mismo tiempo que exaltaban el poder de sus ídolos, atribuyéndoles
el castigo infligido a los cristianos. Otros, por fin, más moderados y mostrando al parecer cierta compasión, nos dirigían
el mayor sarcasmo diciendo: '¿Dónde está el Dios de esta gente y de qué les ha valido una religión por la que no han
vacilado en sufrir la muerte?'"49.

El martirio se convertía así en una especie de sangrienta competición deportiva entre la mansedumbre de los cristianos
y la violencia y crueldad de los que se empeñaban en doblegar su fidelidad y hacerlos apostatar: el juez, los verdugos,
la multitud impía. Todos los tormentos imaginables se empleaban para doblegarlos.

En Lyon la acedia, convertida en odio se extendió a las santas costumbres cristianas y a los contenidos de la fe. Tanto
para evitar que los cristianos pudieran recoger amorosamente los cuerpos de sus mártires, como para oponerse a la
resurrección en la que los mártires creían y por la cual eran capaces de sufrir la muerte, los perseguidores quemaron a
sus víctimas y arrojaron sus cenizas al río, pensando en su ingenuo materialismo que con eso aniquilaban la
esperanza cristiana:

"Así pues, los cuerpos de los mártires, sometidos a todo género de ultrajes (dejados insepultos, arrojados a los perros)
permanecieron seis días a cielo raso, y luego, quemados y reducidos a cenizas fueron arrojadas éstas en un montón al
río Ródano, que corre allí cerca, con la deliberada intención de que no quedara rastro de ellos sobre la tierra: 'que no
les quede, decían los paganos, ni esperanza de resucitar, pues fundados en esa esperanza tratan de introducir entre
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nosotros una religión extranjera y nueva y desprecian los tormentos, dispuestos a morir y aún a morir alegremente.
Vamos a ver ahora si resucitan y si su Dios puede socorrerlos y sacarlos de nuestras manos'."

Este trágico malentendido de los incrédulos ante los creyentes recuerda el conciliábulo de los impíos en el libro de la
Sabiduría: "Sometámosle al ultraje y al tormento para conocer su temple y probar su entereza. Condenémosle a una
muerte afrentosa, pues según él, Dios le visitará" (Sab. 2,20).

Burla a los mártires


La acedia de los perseguidores no se manifestaba solamente como crueldad y odio. A la violencia se sumaba, y se
mezclaba con ella, la burla y el menosprecio. Es famoso el graffitto romano del Palatino, del siglo III, que representa a
un hombre adorando a un crucificado con cabeza de burro y la leyenda explicativa: "Alexamenos adora a su Dios".
Teófilo de Antioquía escribe: "En cuanto a reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices (...) nosotros nos
llamamos cristianos [es decir: "ungidos"] porque nos ungimos con el perfume de Dios" 50.

Los compañeros del judío Trifón se ríen una y otra vez de los argumentos de Justino: "Soltaron entonces nuevamente
la carcajada los compañeros de Trifón, y se pusieron a gritar descortesmente." Justino, dignamente, amenaza con irse,
interrumpiendo el diálogo, pero cede a las instancias de Trifón: "Con tal de que no se alboroten tus compañeros, y no
se conduzcan tan descortesmente. Si quieren, que escuchen en silencio" 51.

Uno de los motivos del menosprecio hacia los cristianos, como es sabido, eran las calumnias que corrían acerca de
ellos entre los paganos. Esas calumnias tenían su origen en malinterpretaciones de los sacramentos y costumbres
cristianas. El misterio de la Eucaristía — por ejemplo — dio lugar a la acusación de antropofagia. La costumbre de
llamarse hermanos, a la acusación de incesto.

Justino interpela al judío Trifón y a sus compañeros, preguntándoles si también ellos creen de los cristianos lo mismo
que los paganos: "¿Hay alguna cosa más que nos reprochéis, amigos, o sólo se trata de que no vivimos conforme a
vuestra ley, ni circuncidamos nuestra carne, como vuestros antepasados, ni guardamos los sábados como vosotros?
¿O es que también nuestra vida y nuestra moral es objeto de calumnias entre vosotros? Quiero decir, si es que
también vosotros creéis que nos comemos a los hombres, y que, después del banquete, apagadas las luces, nos
revolcamos en ilícitas uniones" 52.

El texto de Justino reviste especial interés porque resume los motivos de la acedia anticristiana entre judíos y paganos.
Calumnias de este tipo motivaban y justificaban el odio público y las crueldades populares contra los cristianos, a
quienes, desde el rescripto neroniano, se los acusaba del crimen de "odium generis humani". Algo así como de
"enemigos del hombre".

Justino, como vimos, argumenta afirmando que los cristianos son ungidos y por eso perfumados con un perfume
divino. Por esta unción con el óleo de Cristo, San Pablo les llama a los cristianos "buen olor de Cristo". San Agustín
alega esta expresión paulina cuando comenta el combate de los mártires. Pero nos interesa destacar aquí en qué
sentido lo hace: mostrando cómo ese aroma de la virtud cristiana pone en evidencia la acedia de los perseguidores:
"Somos buen olor de Cristo en todo lugar (...) siempre somos buen aroma; para unos olor de vida para la vida, y para
otros, olor de muerte para la muerte. Este perfume da vigor a los que aman y mata a los que no ven53. En efecto, si los
santos no resplandeciesen, no aparecería la envidia de los impíos. El olor de los santos comenzó a sufrir persecución;
pero, al igual que los frascos de perfume, cuanto más los rompían, tanto más se difundía su aroma" 54.

La Acedia de Herodes
Bien puede considerarse la acedia de Herodes como un ejemplo arquetípico de acedia persecutoria (Mateo 2,1-18). En
el relato de Mateo no se nos dice explícitamente que Herodes quería matar al niño Mesías por considerarlo su rival.
Era innecesario decirlo por obvio.

Herodes es, pues, un arquetipo evangélico de las motivaciones de la envidia anticristiana en el corazón de los
poderosos de este mundo,los cuales tiesnen su gloria en el poder, el honor y el dinero. Ven la gloria del Mesías como
una amenaza para su propia gloria. Herodes en vez de alegrarse con la llegada del Deseado de los justos de Israel: "se
turbó" (2,3) y luego, al verse burlado por los Magos "se enfureció terriblemente y mandó matar a todos los niños de
Belén y de toda su comarca, de dos años para abajo" (2,16).

A lo largo de su historia, la Iglesia volverá una y otra vez a tener que enfrentar el recelo y la emulación de los
poderosos de este mundo: de los emperadores romanos, de los reyes absolutistas, de los estados ilustrados,
racionalistas, liberales, totalitarios55.

3.2.) Acedia de los Perseguidos


Padecen también acedia los cristianos que no aceptan el martirio — ya sea para sí, ya sea para otros — y "se
avergüenzan" de la Cruz de Cristo, del combate de los mártires, o de los sufrimientos que ellos mismos han de abrazar
para ser verdaderos discípulos y alcanzar la vida eterna.

La literatura cristiana confortatoria comienza ya con las enseñanzas de Jesús mismo56. Los Santos Padres, Ignacio de
Antioquía, Justino, Orígenes, Tertuliano, San Cipriano, y otros escritores eclesiásticos como Prudencio, han dejado
escritos con enseñanzas sobre el martirio.

Aunque la perspectiva del martirio siempre es temible, y la pastoral del martirio puedan hacerla competentemente sólo
los que tienen pasta para padecerlo, la doctrina es clara y aceptada en la Iglesia. Y no necesitamos demostrar que el
temor al martirio sólo pueda provenir de nuestra ceguera y acedia57.

A este propósito pueden traerse aquí las palabras del mártir Ignacio de Antioquía cuando ruega a los romanos que no
traten de intervenir para impedir su martirio. Ignacio califica esa mal entendida piedad como un acto de acedia:

"Perdonadme: yo sé lo que me conviene. Ahora empiezo a ser discípulo. Que ninguna cosa, visible ni invisible, se me
oponga por acedia, a que yo alcance a Jesucristo. Fuego y cruz, y manadas de fieras, quebrantamientos de mis
huesos, descoyuntamientos de miembros, trituraciones de todo mi cuerpo, tormentos atroces del diablo, vengan sobre
mí, a condición sólo de que yo alcance a Jesucristo. De nada me aprovecharán los confines del mundo ni los reinos
todos de este siglo. Para mí es mejor morir en Jesucristo que ser rey hasta los términos de la tierra (...) Perdonadme
13
hermanos: no me impidáis vivir; no os empeñéis en que yo muera; no entreguéis al mundo a quien no anhela sino ser
de Dios; no me tratéis de engañar con lo terreno. Dejadme contemplar la luz pura. Llegado allí, seré de verdad hombre.
Permitidme ser imitador de la pasión de mi Dios. Si alguno lo tiene dentro de sí, que comprenda lo que yo quiero y, si
sabe lo que a mí me apremia, que tenga lástima de mí"58.

El mártir considera el martirio contra toda apariencia humana:

"Estar cerca de la espada es estar cerca de Dios, y encontrarse en medio de las fieras es encontrarse en medio de
Dios. Lo único que hace falta es que ello sea en nombre de Jesucristo"59.

Y eso no es fácil. Ignacio confiesa que debe luchar — valga la redundancia — contra la acedia que lo asedia:

"En realidad, altos son mis pensamientos en Dios; pero he tenido que moderarme a mí mismo, para no perecer por
vanagloria. Porque ahora tengo mayores motivos de temer y necesito no prestar atención a los que me engrandecen. A
la verdad los que me alaban es como si me azotasen. Cierto que deseo sufrir el martirio; pero no sé si soy digno de
ello. Porque mi acedia (=zélos) no la ven los demás, pero tanto más me combate a mí. Necesito pues de la
mansedumbre en la cual se desbarata al príncipe de este mundo" 60.

La única explicación de que alguien pueda buscar el martirio como Ignacio, a pesar de la tentación de acedia, es que
una fe muy grande y un amor apasionado por Jesucristo determinan su manera de ver y de pensar, imponiéndose
sobre la óptica contraria: "Trigo soy de Dios, y por los dientes de las fieras he de ser molido, a fin de ser presentado
como limpio pan de Cristo (...) Si lograre sufrir el martirio, quedaré liberto de Jesucristo y resucitaré libre en El. Y ahora
es cuando aprendo, encadenado como estoy, a no tener deseo alguno"61.

La doctrina tradicional sobre el martirio, no es invención de teólogos teorizantes, ni pastores edificantes o rigoristas.
Fue formulada por los mismos mártires y abonada por el testimonio de su vida y muerte.

Y bien, esa doctrina es terminante. San Ignacio de Antioquía la enseña: cuando el mártir desea sufrir su martirio,
empeñarse en impedírselo es acedia, y equivale a hacerle el juego al diablo. Las Actas de los Mártires abundan en
ejemplos que abonan lo dicho.

3.3.) Acedia del Demonio


El Príncipe de este mundo es el tercer personaje que interviene en el martirio. En realidad es él el principal antagonista
de los mártires. Es él el que inspira y azuza a los perseguidores. Él, el que pretende "corromper el pensamiento y el
sentir" del cristiano; y el que, cuando no ha logrado hacer apostatar al cristiano, previendo el triunfo del mártir, trata de
impedir o de postergar la hora del martirio62.

El poeta cristiano Aurelio Prudencio se hace eco en sus obras de la doctrina común en la Iglesia de los primeros siglos
acerca de la envidia del demonio y de su rol en las persecuciones. Para Prudencio, la historia de la salvación, no sólo
en las situaciones de martirio sino también en las luchas de la vida ordinaria del cristiano, es una serie de
confrontaciones entre la envidia destructiva del demonio y la gracia salvadora de Dios.

En su obra Peristéfanon63 el combate de los mártires reactualiza la victoria que alcanzó Cristo, mediante su pasión y
resurrección, sobre la envidia del demonio.

Los diversos martirios que Prudencio celebra en los himnos del Peristéfanon, son modelos que el poeta destaca para
inspirar y animar a los cristianos del común, que están empeñados en el combate de la vida cristiana: modelos que han
de inspirarlos para vivir una vida virtuosa, ennoblecida, digna de redimidos que rechazan las tentaciones.

En Peristéfanon 13, Cipriano aparece deseando el martirio, que le abriría las puertas del Paraíso, y manifiesta su temor
de que la envidia de Satanás disuada al juez y le arrebate la gloria. Prudencio usa una expresión tradicional en la
Iglesia de su época, para referirse a la envidia de Satanás: la envidia del tirano, o la envidia tiránica. Para Prudencio y
para la Iglesia de su época, el demonio era el más cruel y osado de los tiranos. En su obra Hamartigenia, en la que
trata del origen del pecado, Prudencio presenta la caída original como una revolución de Satanás contra la legítima
autoridad divina. Induciendo a Adán a pecar, el Enemigo usurpó el poder de Dios sobre el hombre y el poder del
hombre sobre la creación, e instaló su tiranía. En cuanto las autoridades romanas oprimían y perseguían injustamente
al pueblo de Dios, actuaban como tiranos, inspirados por la envidia del Tirano.

Comentando el martirio de San Cipriano, San Agustín afirma que el demonio hablaba por la boca del juez sin que éste
comprendiera lo que estaba diciendo. En efecto, el juez trataba de impedir la muerte de Cipriano, con lo que impedía
su coronación64.

En atención a los fieles a los que quiere confortar y edificar, Prudencio presenta a Cipriano como ejemplo de fidelidad a
las promesas del bautismo y de firmeza en no volverse atrás hacia la vida supersticiosa y pecadora de su pasado
pagano. La envidia tiránica, cobrando forma de clemencia acediosa, pretende precisamente eso, hacerlo volver atrás.
Pero Cipriano quiere dar ejemplo de fortaleza a toda su grey y Jesús le concede la gracia de convertirse en un
conductor de mártires (dux cruoris); en un maestro de la espiritualidad martirial, creíble y autorizado porque practicó lo
que predicaba.

Era ésta una segunda motivación que tenía la envidia de Satanás para postergar y eludir su martirio. El martirio de
Cipriano no sólo le abría al mismo obispo las puertas del cielo, sino que dejaba un ejemplo influyente y un modelo de
conducta virtuosa para las generaciones venideras de creyentes. Siguiendo el ejemplo de Cipriano, muchos cristianos
comunes vencerían las tentaciones de la carne con las que el tirano envidioso trata de encadenarlos a este mundo
efímero.

En Peristéfanon 7, Prudencio, a raíz del martirio del obispo Quirinio, subraya que el martirio es una gracia que hay que
implorar a Dios, pues el demonio trata de impedirla cuando ve al mártir decidido a morir.

Prudencio expone esta doctrina no sólo en atención a las situaciones de martirio, sino en atención a la lucha de los
fieles en su vida ordinaria, mostrándoles que tanto el martirio como los heroísmos que exige la vida cristiana, han de
14
comprenderse enmarcándolos en el vasto contexto de la historia bíblica de la salvación, en cuyo origen está la envidia
satánica, la cual sigue operando en sus tentaciones.

Otro autor en el que encontramos testimoniada la acedia del demonio como protagonista de la persecución y el martirio
es San Justino. Este les reprocha a los paganos el injusto trato que infieren a los cristianos y lo atribuye a instigación
de los demonios, en estos términos: "nosotros hacemos profesión de no cometer injusticia alguna y de no admitir
opiniones impías, pero vosotros no lo tenéis en cuenta, y movidos de irracional pasión y azuzados por perversos
demonios, nos castigáis sin proceso alguno y sin sentir por ello remordimiento"65.

En el Acta del martirio de Policarpo leemos que es el diablo quien instigaba a los que "sentados a su lado, con taimado
e insistente discurso, trataban de arrancarle alguna palabra sacrílega, y así le decían: '¿Qué mal hay en decir: ¡Señor
César! y sacrificar?' Y todo lo demás que por instigación del diablo se suele en estos casos sugerir"66.

En el martirio de Perpetua y Felicidad leemos: "contra estas mujeres preparó el diablo una vaca bravísima, comprada
expresamente contra la costumbre".

En las visiones que tiene Perpetua en la prisión, se ve a sí misma en lucha contra el demonio, que se le muestra en
forma de dragón67 o en forma de un gladiador egipcio, al que ella vence, transformada en gladiador varón y asistida
por un misterioso "lanista" o entrenador de gladiadores que parece ser Cristo: "Le tomé la cabeza y cayó de bruces,
entonces le pisé la cabeza. El pueblo prorrumpió en vítores y mis partidarios entonaron un himno. Yo me acerqué al
lanista y recibí el ramo de premio. El me besó y me dijo: Hija, la paz sea contigo. Y me dirigí radiante hacia la puerta
Sanavivaria o de los vivos, y en aquel momento me desperté. Entendí entonces que mi combate no había de ser tanto
contra las fieras, cuanto contra el diablo; pero estaba segura que la victoria estaba de mi parte"68.

Perpetua superó también otras pruebas del Maligno: las de los afectos del corazón humano. Pruebas estas mucho más
crueles y dolorosas, y por las que podía agigantarse, para un corazón femenino, la tentación de entristecerse por su
martirio: desprenderse de su hijo de pecho, desoír las súplicas desgarradoras de su padre, permaneciendo inflexible
ante sus clamores desesperados. Perpetua era la hija predilecta de su padre. Este era un cristiano débil que no
comprendía ni quería saber nada de martirio y a quien la persecución, arrebatándole con el mismo zarpazo a la esposa
y los hijos, iba a dejar solo y desesperado. Como dice Perpetua dolorida y pensativamente: "era el único que no iba a
alegrarse". Pero ella cargaba sobre sí también ese dolor de su progenitor, y el que le producía la imposibilidad de ceder
para consolarlo; pasando así por insensible, desamorada o despiadada, ante el autor de sus días. No poder doblegarse
a esos ruegos fue quizás mucho más duro para Perpetua que desoír las amenazas y superar los tormentos de los
enemigos69.

La muerte por la espada le llegó a Perpetua cuando ya había mortificado y ofrecido a Cristo el sacrificio de sus
mayores afectos, a Quien, puesta a prueba por el Demonio, había demostrado amar más que a los suyos; más que a
su esposo, que a su padre y a su hijo.

Es clarísimo, pues, para los mártires, que la lucha, su lucha, no es "contra hombres" (Efesios 6,12); sino contra las
potestades demoníacas. O como prefiere llamarlas Ignacio de Antioquía: el príncipe de este mundo.

El martirio se prorroga a menudo, por obra del demonio, porque éste teme su derrota. Por eso, es el mártir mismo el
que, lejos de huirla, sale al encuentro de la muerte como a una victoria.

La mártir Felicitas, ruega para que se adelante el parto de su hijo y poder así obviar el impedimento legal que no le
permite participar en el martirio con su amiga Perpetua y sus demás compañeros70. El Señor atiende sus oraciones y
se sirve adelantar su parto al octavo mes.

De Perpetua, leemos que: "ella misma llevó a la propia garganta la diestra vacilante del gladiador novato. Tal vez mujer
tan grandiosa no hubiera podido ser muerta de otro modo, como quien era temida del espíritu inmundo, si ella misma
no lo hubiera querido"71. A esa altura del martirio, la muerte de la santa era una derrota para el enemigo. Y lo fue la
decisión de Perpetua de aceptarla tan animosa y decididamente.

Ya vimos cómo Ignacio de Antioquía previene a los fieles de Roma para que no impidan su martirio convirtiéndose en
aliados del demonio que se lo quiere impedir, ya sea haciendo que lo rechace por acedia, ya sea que acepte ser
sustraído por los buenos oficios de otros, ya sea evitando que las fieras lo despedacen o postergándolo de cualquier
otro modo:

"El príncipe de este mundo está decidido a arrebatarme y corromper mi pensamiento y mi sentir, dirigido todo a Dios.
¡Que nadie pues, de los aquí presentes le vaya a ayudar; poneos más bien de mi parte, es decir de parte de Dios. No
tengáis a Jesucristo en la boca y luego codiciéis el mundo. Que no more entre vosotros ninguna clase de envidia
[=baskanía]"72.

También es el mismo demonio quien impide que se recojan las reliquias del mártir para honrarlas con amor: "El diablo,
que siempre es enemigo de los justos, como viera la fuerza del martirio y la grandeza de la pasión, su vida entera
irreprensible y el mérito aún mayor de su muerte, excogitó el modo para que no pudieran retirar los nuestros el cuerpo
del mártir, por más que había muchos que deseaban tener parte en sus santos despojos"73.

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Los pecados capitales son hábitos viciosos. Es decir, malas maneras de ver, de sentir y de pensar; malas maneras de
actuar y de vivir. Los hábitos, buenos o malos, se adquieren por repetición de actos. La repetición de actos malos se
hace, por fin, hábito de actuar mal, y se le llama vicio. El vicio da la facilidad y hasta el gusto de obrar mal. Por el
contrario, la repetición de actos buenos produce el hábito de obrar el bien que se llama virtud.
Los pecados capitales son vicios. Se llaman capitales porque son como cabeza de otros vicios y pecados. Son hábitos
malos que generan otros vicios y actos malos. Generalmente se enumeran siete pecados capitales: soberbia, avaricia,
envidia, ira, lujuria, gula y pereza. Algunos enumeran la tristeza, como pecado capital. La envidia es una tristeza por el
15
bien ajeno como si fuera mal propio. Y la acedia es la tristeza por el bien de Dios, como si fuera un mal y es pecado
capital.
Así que la lista de los pecados capitales es variable en número y en nombres, según los autores de la tradición
católica. Pero por encima de las diferencias de detalle hay un acuerdo sustancial de fondo.
2

Ni siquiera en todos. Por ejemplo: no hay artículo dedicado a la Acedia en el Diccionario Enciclopédico de Teología
Moral, de L. ROSSI - A. VALSECCHI (Ed. Paulinas, Madrid, 19804) ni en el Nuevo Diccionario de Espiritualidad, de S.
DE FIORES - R. GOFFI (Ed. Paulinas, Madrid, 1983). Por otra parte estos diccionarios no dedican artículos a los
pecados o vicios capitales, ni en particular ni en general. Tampoco tratan de los pecados contra la Caridad.
3

Santo Tomás, Summa Theol., 2-2, q.35, art.4.


4

Summa Theol. 2-2, q.34, art. 3


5

Summa Theol. 2-2, q. 34, art. 5.


6

Como resulta obvio por el contexto, el Catecismo se refiere a la pereza para creer: para los actos de piedad y de las
virtudes teologales. En realidad, la pereza es un efecto, entre otros, de la acedia o ceguera para el bien.
7

La tristeza se convierte en pecado por dos razones: cuando siendo tristeza por un mal, es exagerada o excesiva; o
cuando es tristeza por un bien, como es el caso de la envidia y la acedia. La tristeza no es pecado cuando el motivo es
justo y la tristeza es moderada, o sea proporcionada con el mal que la ocasiona. En este caso la tristeza es justa e
incluso virtuosa. Y hasta se podría pecar por defecto, no entristeciéndose cuando hay motivo para ello.
8

Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 2, c. Explicando, tras las huellas de S. Gregorio Magno, que la acedia es tristeza por un
bien, S. Tomás la define como envidia. Y señalando a qué gozo se opone esta tristeza, o sea al gozo de la Caridad,
muestra de qué manera se le opone la acedia a la Caridad.
9

Summa Theol. 1, q. 63, art. 3, ad. 3m.


10

El Catecismo de la Iglesia Católica sigue en esto una línea de la tradición de algunos Padres del monacato, que
considera la acedia por sus efectos prácticos en la vida del creyente, y en particular tal como se presenta, por ejemplo,
muy llamativamente, en la vida religiosa y monástica, donde el debilitamiento de la fe del monje conlleva el abandono
de los actos propios de su vida religiosa. Se presenta así como una pereza para los actos espirituales interiores y
exteriores.
Siguiendo a los Padres del monacato, otros clásicos de la espiritualidad, la relacionan y explican también como pereza.
Por ejemplo: el P. LA PUENTE S.J., en sus Meditaciones, I,24. Así lo hacen también autores espirituales recientes
como Francisco Fernández Carvajal, La Tibieza, (Cuadernos Palabra 60) Ed. Palabra, Madrid 19788.
Otra línea de la tradición, representada por San Gregorio Magno y que Santo Tomás prefiere, la relaciona
principalmente con la tristeza y la envidia; y secundariamente con la pereza o tibieza, la cual, en este caso, no es
causa sino consecuencia, y por lo tanto no puede considerarse como pecado "capital".
11

Véanse nuestros estudios sobre el Go'el, el Dios-Pariente: Goel: Dios libera a los suyos, en: RB 33(1971/1) Nº 139, pp.
8-12. Aspectos Bíblicos de la Teología del Laicado. El Fiel Laico en el Horizonte de su Pertenencia. en: Laicado:
Comunión y Misión, H. Bojorge, J.A. Rovai, N.T. Auza, (Col. Teología) Ed. Paulinas, Bs. As. [24 Nov.] 1989; (14x21cms;
228 págs); pp. 7-111. [Trabajo presentado en la VIII Semana Nacional de Teología, de la Sociedad Argentina de
Teología, La Falda, Córdoba 1-4 Ag. 1988. Se publicó en Stromata en dos partes: 1988-1989] ver especialmente las pp.
50ss. Un trabajo más extenso sobre Goel: el Dios Pariente en la Cultura bíblica está en prensa en la revista Stromata
de 1998.
12

Cf. Santo Tomás, Summa Theol., 1-2, q.23, art.1


13

Dr. Alberto Sanguinetti Pbro. en su comentario a nuestro libro en Soleriana (Montevideo), 22 (1997/1) Nº 7, p. 197-198.
14

Summa Theol. 2-2, q. 35, art. 1, c.


15

Francisco Fernéndez Carvajal, La Tibieza, Ed. Palabra, Madrid 19788


16

B. HONINGS. Art.: Acedia, en: Dicc. de Espiritualidad (Dir. Ermanno ANCILLI) T.I, Col. 26.
17

A la semiología o descripción de los signos o síntomas de la acedia, dedicaremos el capítulo cuarto; y a su etiología o
investigación de sus causas, el capítulo séptimo.
18

"La caridad es una amistad del hombre con Dios", Summa Theol. 2a. 2ae. Q.23 Art.1, c
16
19

Aprecio, viene de precio, como caridad viene de caro. El amigo vale mucho para uno. Y eso se expresa a veces con un
don costoso.
20

Volveremos sobre esa ley, que formuló acertadamente San Ignacio de Loyola, cuando tratemos del discernimiento
ignaciano y la acedia (Ver 6.).
21

A la que aluden textos bíblicos como el Salmo l25(126),5-6.


22

En 2.10., Mataron a los Profetas.


23

Jeremías 29,18-19; ver 15,4-5; 18,16; 19,8


24

Salmo 43(44),14-15; 78(79),4; 79(80),7


25

Véase 3. y 4.10.
26

Gálatas 5,l7; Ver 7.2.


27

Mateo 22,1-14; ver 8,11-12; Lucas 14,16-24


28

Ver 2.3.
29

Filipenses 2,2.5. A esta transformación del corazón apunta, como es sabido, la devoción al Sagrado Corazón de Jesús,
surgida como una respuesta a los siglos de la acedia.
Un ejemplo cercano a nosotros de esa disimilitud y oposición de sentimientos con el mundo, es Teresa de los Andes.
De los muchos ejemplos que pueden espigarse en sus escritos, aducimos aquí algunos. En ocasiones expresa su dolor
por la acedia del mundo: "Me duele en el alma ver que el Amor no es conocido" (p.150); "Es martirio el que padezco al
ver que corazones nobles y bien nacidos, corazones capaces de amar el bien, no amen el Bien Infinito e inmutable;
que corazones agradecidos para las criaturas, no lo sean con Aquél que los sustenta" (p. 134); "Cuando pienso que
hay tan pocas almas que lo aman, me da una pena horrible" (p.137). Pero ese dolor no la priva del gozo de la Caridad:
"Vivir siempre muy alegres. Dios es alegría infinita" (p. 137). De ahí que pueda enfrentar lúcidamente la envidia del
mundo: "Todavía me estoy riendo de lo que se corre en el mundo de esta pobre carmelita. ¿Por qué quieren enturbiar,
mamacita, su felicidad, diciéndole que estoy triste, que lloro, etc.? ¿Por qué el mundo pretende despertar a los muertos
para él, y encontrar en aquellos que viven en los brazos de Jesús, tristezas? ¿No ve que es envidia del reposo, de la
paz, de la felicidad que inunda mi alma? ¡Cuán bien veo que los que inventan semejante mentira no conocen lo que es
vivir en el cielo del Carmelo y lo que es la gracia de la vocación! Además, si en mis cartas, mamacita, nota usted
alegría, felicidad. ¿Cómo puede creerme tan doble para expresarle lo que no siento?
30

Véase Daniel RUIZ BUENO, Padres Apostólicos, BAC Madrid 1950, pp. 179ss. Ruiz Bueno traduce los términos
griegos "zélos" y "fthonon", y a veces "baskanía", indistintamente por "emulación", "celo" o "envidia", pero es claro que
se trata de casos de acedia. El texto citado a continuación está en O.c. p. 181.
31

Ad Corintios IV,7-13
32

El Bien que no ve el tamarisco en el desierto, es la lluvia. En el plano espiritual, la lluvia significa las obras, los dones y
la gracia de Dios, y particularmente los bienes mesiánicos. El Padre de Jesús hace salir el sol, y hace llover sobre
buenos y malos (Mateo 5,45). Se trata del Rocío de lo Alto y del Sol de Justicia, nombres del Mesías y de la Salvación
mesiánica que él trae y ofrece indistintamente a todos los hombres. Zacarías canta en el Benedictus: "Nos visitará el
sol que nace de lo alto" (Lucas 2,78).
33

Véase también Mateo 23,13; Lucas 7,31-35


34

Jeremías 24,7; 31,31-34; 32,39; Ezequiel 36,26-27; Salmo 50(51),12; ver Jeremías 4,4; Oseas 2,22
35

Marcos 8,14-21; ver Mateo 15,16


36

Romanos 1,18-23; ver Salmo 105(106),20; Exodo 32


37

Por agria, la levadura vieja, no renovada en la Pascua como estaba prescrito, nos habla de la acedia.
38

17
Véase: Mataron a los Profetas
39

1ª Pedro 3,13; 4,1.12-14.16


40

Los nombres que se le dan en griego a la acedia son: zelos, fthonon, y algunas veces baskanía
41

Mateo 27,18; Marcos 15,10; ver Juan 11,47-48


42

San Justino, Apología 1ª, 31,7, en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos (S.II), BAC, Madrid l954, cita en
pág. 215.
43

"Es cierto que algunos predican a Cristo por envidia y rivalidad; mas hay también otros que lo hacen con buena
intención; éstos por amor, conscientes de que yo estoy puesto para defender el Evangelio; aquéllos, por rivalidad, no
con puras intenciones, creyendo aumentar la tribulación de mis cadenas. Pero ¿y qué? Al fin y al cabo, hipócrita o
sinceramente Cristo es anunciado, y esto me alegra y seguirá alegrándome" (Filipenses 1,15-19).
44

En griego = dia zelon kai fthonon.


45

San Clemente, a los Corintios V,2-VI,2.


46

Plinio, Epistulae L. X,96


47

"Si confesaban ser cristianos los volvía a interrogar segunda y tercera vez con amenaza de suplicios. A los que
persistían, los mandé ejecutar. Pues fuera lo que fuere lo que confesaban, lo que no ofrecía duda es que su pertinacia
y obstinación inflexible tenía que ser castigada" (O. y L. cit.)
48

Martirio de San Policarpo VIII, en: Actas de los Mártires, (ed. Daniel RUIZ BUENO, BAC Madrid 1950) p. 270-271
49

Eusebio de Cesarea, Historia Eclesiástica V,1,60. Véase Daniel RUIZ BUENO, Actas de los Mártires p.152.
50

El contexto de la cita merece reproducirse íntegro como ejemplo de cómo se respondía a la burla como persecución:
"En cuanto a reírte de mí, llamándome cristiano, no sabes lo que dices. En primer lugar, porque, siendo cristiano lo
mismo que ungido, lo ungido es agradable y provechoso, y en modo alguno digno de risa. Porque ¿qué nave puede ser
provechosa y salvarse si no se la unge primero? ¿Qué casa o qué torre es de bella forma o provechosa, si no se la
unge? ¿Qué hombre al entrar en el mundo o al ir al combate no se unge con aceite? ¿Qué obra o qué ornato puede
tener bella apariencia, si no se la unge y abrillanta? En fin, el aire y toda la tierra bajo el cielo está en cierto modo
ungida por la luz y el viento. ¿Y tú no quieres ser ungido por el óleo de Dios? Pues nosotros nos llamamos cristianos
porque nos ungimos con el óleo de Dios" Los tres Libros a Autólico, L.1º, 12; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres
Apologistas Griegos (S.II), p. 779.
51

Diálogo con Trifón, 9,2; Padres Apologistas griegos, Ed. cit. p.316
52

Diálogo con Trifón, 10,1; Edic. cit. p. 317.


53

Como ya hemos notado, pero conviene insistir, de la palabra latina "invidentes" usada aquí por San Agustín, derivan el
latino "invidia" y el castellano "envidia".
54

"Odor iste vegetat diligentes, necat invidentes. Si enim non esset claritudo sanctorum, invidia non surgeret impiorum
(...) quanto amplius frangebantur, tanto amplius odor diffundebatur" S. Agustín, Sermón 273, El Culto a los Mártires,
Martirio de Fructuoso, Augurio y Eulogio (O.C. Ed. BAC T. XXV p.7-8). S. Agustín aplica 2 Corintios 2,14-16.
55

Ver 4.4. y 4.11


56

Ya nos hemos referido antes a la expresión avergonzarse como término técnico de la parenesis martirial: Marcos 8,38;
ver Mateo 10,33; 2 Timoteo 1,7-8.12-13; Hebreos 10,32-39. En el Discurso de despedida en la Ultima Cena, Jesús
conforta a sus discípulos y los prepara para padecer: "en el mundo tendréis tribulación, pero: ¡ánimo! yo he vencido al
mundo" (Juan l6,33).
57

Tomás Moro, para confortarse a sí mismo mientras aguardaba y se preparaba al martirio en la Torre de Londres,
escribió su: Diálogo de la Fortaleza con la Tribulación, por el que merecería ser más famoso que por su Utopía. La tesis
central de este clásico de la literatura del sufrimiento, a todas luces disonante para los oídos de nuestra acedia, es que
las tribulaciones son tan necesarias para la salvación que sin ellas es imposible salvarse.
18
58

Ad Romanos 5,3-6,3.
59

Ad Trallanos IV,2.
60

Ad Trallanos IV, 1-2.


61

Ad Romanos 4,1.3
62

Véase John PETRUCCIONE The Persecutor's Envy and the Martyr's Death in Peristephanon 13 and 7. en: Sacris
Erudiri 32,2 (1991) pp. 69-93. Este artículo nos inspiró para este numeral y lo utilizamos ampliamente.
63

Peristéfanon, quiere decir en griego, literalmente: "Acerca de la Corona", es decir, la corona del martirio considerada
como corona del triunfador.
64

S. Agustín, Sermón 309,5 (PL 38,1412).


65

San Justino, Apología 1ª, 5,1; en: Daniel RUIZ BUENO, Padres Apologistas Griegos(S.II), BAC, Madrid 1954, cita en p.
186.
66

O.c. VIII.
67

Comenta San Agustín: "Pisado fue, pues, el dragón con pie casto y planta vencedora, cuando apareció aquella
empinada escalera, por la que la bienaventurada Perpetua había de llegar a Dios" (Sermón CCLXXX, PL 38, 1.280-85).
68

Martirio de Santa Perpetua, Felicidad y Compañeros, X; D. RUIZ BUENO p. 430.


69

"Mi padre, consumido de pena, se cercó a mí con la intención de derribarme, y me dijo: Compadécete, hija mía, de mis
canas; compadécete de tu padre, si es que merezco ser llamado por ti con el nombre de padre. Si con estas manos te
he llevado hasta esa flor de tu edad, si te he preferido a todos tus hermanos, no me entregues al oprobio de los
hombres. Mira a tus hermanos, mira a tu madre y a tu tía materna; mira a tu hijito, que no ha de poder sobrevivirte.
Depón tus ánimos, no nos aniquiles a todos, pues ninguno de nosotros podrá hablar libremente si a ti te pasa algo. Así
hablaba como padre, llevado de su piedad, mientras me besaba las manos y se arrojaba a mis pies y me llamaba,
entre lágrimas, no ya su hija, sino su señora. Y yo estaba transida de dolor por él, pues era el único de toda mi familia
que no había de alegrarse de mi martirio (...) Otro día (...) apareció mi padre con mi hijito en brazos, y me arrrancó del
estrado suplicándome: Compadécete del niño chiquito. Y el procurador Hilariano (...) dijo: Ten compasión de las canas
de tu padre, ten consideración de la tierna edad del niño. Sacrifica por la salud de los emperadores. Y yo respondí: No
sacrifico. (...) Y como mi padre se mantenía firme en su intento de derribarme, Hilariano dio orden de que se le echara
de allí, y aún le dieron de palos. Yo sentí los golpes a mi padre como si a mí misma me hubieran apaleado. Así me dolí
también por su infortunada vejez (...) Como el niño estaba acostumbrado a tomarme el pecho y estar conmmigo en la
cárcel, envié al diácono Pomponio a reclamárselo a mi padre. Pero mi padre no lo quiso entregar, y por quererlo así
Dios, ni el niño echó ya de menos los pechos ni yo sentí más hervor en ellos" (Acta del Martirio de Perpetua, Felicidad
y Compañeros, V, (O.c. p. 424-426).
70

Por ley, no podía ser ejecutada en ese estado.


71

Martirio de Perpetua, Felicidad y Compañeros XXI; D. RUIZ BUENO, p.439.


72

Ad Romanos 7,1-2.
73

Martirio de Perpetua, Felicidad y Compañeros XIV.

19

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