1117 Bisonte A. Rolcest - La Meta Del Odio
1117 Bisonte A. Rolcest - La Meta Del Odio
ROLCEST
LA META DEL ODIO
EDITORIAL BRUGUERA, S. A.
BARCELONA - BOGOTA - BUENOS AIRES CARACAS - MEXICO - RIO DE JANEIRO
Depósito legal B 11.297-1969 Impreso en España - Printed in Spain 1.a
edición: mayo, 1969
© A. ROLCEST - 1969
sobre la parte literaria
En Colección BISONTE:
1.113 — Cerco de “Colt”.
En Colección BUFALO:
313 — Acoso de rufianes.
En Colección SERVICIO SECRETO
832 — La orgía de gansters.
En Colección CALIFORNIA:
644 — Dos hogueras.
En Colección COLORADO:
585 — Algo más que morir.
En Colección KANSAS:
559 — El tributo del vencedor.
En Colección ASES DEL OESTE:
489 — Negra sombra de horcas.
En Colección BRAVO OESTE:
393 — La mano escondida.
En Colección SALVAJE TEXAS:
641 — Golpe final.
En Colección PUNTO ROJO:
231 — Las siete serpientes.
CAPITULO PRIMERO
***
El andén de la estación estaba lleno de gente. Muchos empezaban a escamarse.
—¿A que es otro bulo?
—¡Ese Grod Walker, cuando gasta un dólar, quiere que suene! ¡Y qué lata con el
ganado de casta...!
A esta desconfianza de que el tren ganadero no llegara ayudaba que Grod Walker, y los
tres rancheros que también participaban en la compra de reses selectas no se
encontrasen en la estación.
—¡Se han burlado de nosotros...!
—¿Quién ha dado la noticia?
Nadie lo sabía. El jefe de estación se escudaba diciendo :
—¡El tren que viene es el normal! ¡Si trae ganado, a mí no me lo han notificado...!
El matrimonio Higgins, rodeado de vecinos, despotricaban contra los bulistas.
Al principio Yotzi también se indignó, pensando que le habían escamoteado un
soberbio espectáculo: ver unos caballos pura sangre.
Pero terminó por tomarlo por el lado humorístico.
—¿Se da cuenta, Eider? ¡Cualquier bromista, con una tontería, puede inmovilizar a
todo un pueblo! Usted ha cerrado el restaurante. Otros han dejado su trabajo... ¡Esto sólo
ocurre aquí...!
Iba a seguir, pero Eider le tapó la boca con una mano.
—¡Que naciste aquí niña...! ¡Nombra ahora el Este y te empluman...!
Entonces ocurrió algo que cambió el estado de ánimo de cuantos estaban en la
estación.
Aparecieron Heppell, el capataz general de Grod Walker, y un gran número de
vaqueros.
También los dos caballistas contratados últimamente, dos tipos jactanciosos que
parecían haber llegado a Watap City para dar lecciones de equitación, como decía Eider.
El más delgado y alto se llamaba Beck. El otro, de mediana talla, Griffin.
Entre los jinetes había vaqueros de los tres ranchos que participaban con Grod Walker
en la adquisición de ganado selecto.
Desmontaron, dejando los caballos a un lado de la estación.
El capataz Heppell y los dos caballistas se dirigieron al andén, con aire de suficiencia.
Parecían autoridades dispuestas a recibir a personajes.
La gente fue apartándose, dejando despejado el borde del andén.
—¡Sí que viene el ganado!
—¡Naturalmente! ¿Quién dijo que era una broma?
Ahora Eider iba por el desquite.
—¿Qué, Yotzi? ¿Aquí somos bobos?
La muchacha volvía a sentirse ilusionada.
—¡A mí dígame lo que se le antoje, pero déjeme ver los caballos!
Transcurrieron más de quince minutos. La gente ya estaba de nuevo desconfiando, al
ver solamente a subordinados, y no a los más interesados en la mercancía que venía.
Por fin aparecieron Grod Walker y los tres rancheros que se plegaban a todo lo que
Grod proponía.
Este era un tipo fornido, de facciones rudas, muy pagado de su poder. Miraba a todos
como haciéndoles un favor.
Esto, por lo menos, sentían personas como Eider.
—¡No puedo con ese fatuo! —rechinó.
—¡Cállate! —aconsejó su marides—. Cenó anoche en nuestro restaurante... Sus
vaqueros suelen ser nuestros clientes...
Eider inclinó la cabeza.
—¡En otro tiempo, Jason, no teníamos inconveniente en mandar al diablo al que no
nos gustaba!...
—Y de la noche a la mañana* nos encontrábamos en la calle.
—Pero nos divertíamos. Nos estamos volviendo cobardes...
Todo esto fue dicho muy bajo, y de prisa, pero Yotzi lo oyó.
—Anoche cenó Grod en el restaurante —dijo la joven—, Le oí desde mi habitación.
¿Preguntó por mí?
No sólo preguntó, sino que insistió varias veces en que era necesario hablar con ella.
Pero Eider alegó que se sentía indispuesta.
Grod Walker, al ver a Yotzi, se separó de los rancheros y avanzó hacia ella, sonriendo.
—Fui anoche al restaurante, por si tenía la oportunidad de hablar con usted...
—¡Gracias, Grod! —exclamó Eider—. Aún creía yo que era por el sabor de mi cocina...
—Hola, Eider... Disculpe. Pero lo que yo quería decir...
—Está bien claro —cortó Yotzi—. Ni vino por la cocina de Eider ni por verme a mí, sino
para hablar de mi rancho.
Grod Walker ya había rebasado los cuarenta. Con los años y con la prosperidad, su
audacia con las mujeres había aumentado.
Cada vez que se enfrentaba con un buen ejemplar se decía: “El tiempo se va. Debo
tener prisa”. Y su forma de mirar se volvía insolente, a veces repugnante.
Ahora iba a mirar así a Yotzi. Pero en los ojos grises de la joven advirtió un centelleo
muy significativo - y desistió.
Sonriendo, procurando una expresión paternal, dijo:
—Señorita Yotzi: Si yo fuera más joven se podría tomar a insulto que ante una mujer
tan bonita me limitara a hablar de tierras o del tiempo... Efectivamente, anoche fui con el
propósito de saber si ya tenía tomada una decisión... Ya sabe que siempre tendrá en mí
uno que puje más alto...
Se oyó una prolongada pitada.
—¡El tren! —gritaron varios.
Y la gente empezó a moverse. De pronto Grod Walker se encontró con una muralla de
curiosos situada entre él y Yotzi.
La muchacha había vuelto la espalda, mirando hacia la vía.
Grod Walker pudo contemplar sus hermosos hombros, sobre los que descansaba el
cabello castaño y ondulado.
Todas las veces que se había enfrentado con Yotzi experimentó la misma sensación de
temor de hacía unos instantes. La forma de mirar de aquella muchacha le 'obligaba a
replegarse.
Grod Walker se justificaba consigo mismo pensando: “No debo indisponerla contra mí.
Me interesa su tierra”.
Pero no estaba seguro de que fuese ése el verdadero motivo. En su juventud, Grod fue
abochornado frente a un grupo de amigos.
Le ocurrió con, una chica de saloon. Parecía una presa fácil. Y cuando Grod la enlazó
por el talle, el chasquido de la bofetada hizo enmudecer a cuantos había en la sala.
Luego vinieron las carcajadas. La muchacha no se conformó con pegarle. Cogió el
revólver que encontró más mano y agujereó el suelo de madera, alrededor da donde
Grod tenía los pies.
Grod tuvo que disculparse. Y desaparecer...
Más tarde volvió, pero la muchacha ya no estaba allí. Nunca consiguió localizarla.
Y el resentimiento había ido creciendo, a medida que iba aumentando su poder. “Hoy
no me ocurriría. Hoy ninguna mujer se atrevería a hacerme un desplante.”
Y en todas las que creía descubrir algo que le recordara a la que lo humilló, saciaba su
sed de revancha.
Había muchas mujeres que lamentaban haberse cruzado con Grod Walker.
En Watap City se ignoraba esto. Allí Grod había procurado congraciarse con los
habitantes.
Pero había surgido Yotzi. Era verdad que a Grod la interesaba su rancho, porque era
bueno y porque prolongaba el que compró a Lowen.
Pero en los últimos días, era la firmeza con que Yotzi lo miraba lo que empezaba a
reverdecer un odio muy viejo, y nunca dormido.
Asomó la cabeza del tren, con su cintajo de humo, y Grod no se dio cuenta. Seguía
mirando los hombros de Yotzi.
—¡Ahí lo tenemos, señor Walker! ¡Parecía que nunca iba a llegar!
Era uno de los rancheros, Seiff, el que más fácilmente se doblegaba ante las decisiones
de Grod, quien se le había colocado al lado izquierdo.
A la derecha de Grod se situó el capataz Heppell.
—¡No es posible! —exclamó, cuando vio la cola del tren
Entonces Grod pareció despertar.
—¿Qué ocurre?
—¡Que en tan pocos vagones venga todo el ganado!...
Era verdad. Casi todo el tren estaba formado por vagones de viajeros.
La gente ya se había dado cuenta y volvió a recelar.
—¡Sigue la guasa con las reses de casta!...
El tren se detuvo. La gente miraba los últimos vagones, que permanecían con las
puertas corredizas cerradas. Excepto las de un vagón, el penúltimo.
Saltó un hombre joven, alto, de rostro moreno y facciones correctas.
Apenas posar los pies en tierra se quitó la camisa y se puso a sacudirla.
Apareció desnudo un tórax de bronce.
Durante unos instantes muchos permanecieron con la mirada fija en aquel flexible
cuerpo, lleno de vitalidad y fuerza.
El hombre se volvió de cara a la multitud, sin dejar de sacudir la camisa. Y preguntó:
—¿Quién es Grod Walker?
Todos se volvieron a mirar a Grod, dejándole paso.
—¡Yo soy! ¿Qué quiere?
El joven se echó la camisa sobre un hombro y señaló el interior del vagón.
—Ahí tiene sus caballos. Compruebe si llegan enteros...
Ahora, con la camisa se puso a sacudirse los pantalones, cubiertos de polvo y briznas
de paja.
Mucha gente corrió hacia el vagón. Dentro había tres hermosos caballos.
—¡Pero... esto es una mínima parte de lo que yo esperaba! —prorrumpió Grod.
—Eso me han dicho en la estación de Charhig —contestó el joven del torso desnudo—.
Allí hace días que están esperando unas yeguas. En los corrales de la estación hay
ganado vacuno, esperando vagones jaula. Al llegar ya me han dicho: “Tendrás que
aguardar”. Yo no he perdido el tiempo en discusiones. He tocado resortes, y anoche ya
tenía ese vagón. ¡Pero entre la paja y las pulgas!... Coloquen la rampa y bajen los
caballos. El tren tiene prisa.
Se acercó al vagón y sacó un paquete de ropa que tiró al suelo. Luego sacó un cinto,
con doble pistolera, y también lo dejó en el suelo.
—¿Qué caballos son éstos? —preguntó Grod.
—¡Atiza! ¿Es que se pueden confundir? Tengo entendido que antes de comprarlos
usted los vio... De saber que no los recordaba quizá se los hubiera cambiado —y se puso
a reír, mientras introducía una mano en un bolsillo del pantalón—. Aquí tiene la docu-
mentación. Le entrego tres caballos de las cuadras de Jake Eastern... ¿No fueron tres los
que le compró?
Grod no le prestaba atención, pensando sólo en el desparpajo con que aquel individuo
había expresado cómo resolvió la pega del transporte.
De pronto se volvió a mirarle:
—¡Debiste esperar a los demás...!
El tono, y sobre todo el tuteo, disgustó al forastero.
—¿Alguna vez hemos comido juntos, Grod? ¿Alguna vez he estado a tus órdenes? Pues
cuidado...
El capataz Heppell se acercó, seguido de dos vaqueros, los tres con gesto torvo.
—¿Qué pasa? —preguntó el capataz.
El forastero no lo miró siquiera. Siguió dirigiéndose a Grod.
—Sin confianzas, seguiremos hablando... “señor” Walker. No es necesario que me
firme el documento de entrega ahora mismo. Hay bastantes testigos de que tres
hermosos caballos cuyo pelaje describe con todo detalle una copia de los documentos
que le he entregado y que guardo en este bolsillo, pasan a su poder. Si desde que salgan
de ese vagón hasta su rancho, alguno queda lisiado, yo nada tendré que ver. Mi res-
ponsabilidad termina aquí...
Ya estaban colocando la rampa. El forastero se desentendió de Grod y saltó al vagón.
—Os puedo ayudar... El bayo es algo difícil...
Los subordinados de Grod lo miraron despectivamente. Uno le espetó:
—¡Fuera de ahí!...
El hombre del torso desnudo saltó a tierra.
Se inclinó sobre el paquete de ropa, donde también había tirado la camisa, y cogió
primero que nada el cinto.
Se lo abrochó. Luego se puso la camisa, haciendo gestos de desagrado.
No miraba a la gente que tenía cerca, sino a los vagones de viajeros situados muy cerca
de la locomotora.
De uno de esos vagones había descendido un hombre que caminaba cojeando.
Marchaba apoyándose en un bastón y tenía el sombrero con el ala caída sobre la frente.
Además, iba con la cabeza muy inclinada.
Nadie reparó en él, porque el vagón donde estaban los caballos y sobre todo, el joven
que con tanta soltura había contestado a la insolencia de Grod, atraía la atención de
todos.
Muchos estaban disfrutando.
Eider preguntó a Yotzi:
—¿Estos ejemplares aparecen por el Este?
La muchacha no contestó, Miraba al forastero. Luego, al primer caballo que asomó y
enfiló la rampa.
—¡Bueno! ¡Un baño y ropa limpia me dejará conforme conmigo mismo! —exclamó el
forastero.
Fue en el momento en que sacaban el bayo. La bestia relinchó, corveteó...
Y la gente empezó a retroceder. El poderoso bicho se puso a manotear.
El que lo sujetaba, al intentar hacerse hacia atrás, resbaló.
Fue el forastero el que llegó a tiempo de agarrarlo de los brazos y apartarlo de la
rampa, una fracción de segundo antes de que los cascos delanteros del bayo golpearan
en aquel sitio.
El caballo saltó a tierra y rodeó la cola del tren, buscando el campo abierto.
El forastero ayudó a levantarse al subordinado de Grod.
—¡Imbécil! ¡Torpe! —gritó el capataz, amenazándole con el puño.
El aporreado subordinado miró asustado a Grod.
—Tienes quince minutos para hacerte con el caballo —dijo el patrón.
No volver con el bayo podía suponer el despido o algo peor. Así lo entendió el
forastero.
—Yo lo traeré. Préstenme un caballo.
—¡Usted ya ha terminado! —rugió Grod—. ¡Lo hará él...!
Era precisamente el individuo que dijo al forastero que saliera del vagón. Ahora, por el
hecho de que un déspota como Grod lo recriminara, dispuso al forastero a favor del
pobre diablo.
—Si el bayo sufre algún percance, usted podrá alegar que no llegó a tenerlo en su
poder. Y tendríamos que pleitear. Así que, venga un caballo de silla. Y un lazo...
Ya traían un caballo para el subordinado caído en desgracia.
El forastero fue hacia la bestia. Y nadie se atrevió a oponerse a que montara.
Ya a caballo, dijo, mirando a la gente que estaba en el andén.
—Un voluntario que se haga cargo de mi paquete de ropa.
Rodeó el tren y desapareció.
Yotzi y Eider se abrieron paso.
—¡No toquéis eso! —dijo la dueña del restaurante, viendo que unos vecinos se
inclinaban a coger el paquete.
—¿Por qué, Eider? —preguntó un vecino, sorprendido.
—Porque va a parecer que tomamos partido...
Todos entendieron que se refería a Grod Walker.
Algunos llegaron a tomar en serio la advertencia de Eider, y retrocedieron.
Entonces Yotzi avanzó. Cogió el paquete y dijo:
—¡Me importa un bledo lo que piense nadie...!
—Tú es distinto —contestó Eider, con un matiz de sorna—. Al fin y al cabo, tú ya no
eres de aquí. Te espera el Este...
El tren retrasaba la salida, para ver la caza del caballo. El vagón ya estaba vacío y la
rampa quitada.
Nadie de los que iban en el tren protestaba por el retraso en la salida.
Pero sí los que se encontraban en tierra.
—¡Que arranque el tren!
—¡Que se quite del medio!
El maquinista lo comprendió e hizo que se moviera la serpiente de vagones, dejando
medio andén despejado. Y volvió a detenerse.
La multitud se agolpó en el lado libre. Enfrente tenían una planicie. Más lejos, había
varias lomas.
Por allí desapareció el forastero, sobre el caballo de silla.
Transcurrieron varios minutos. Demasiados. La gente empezó a inquietarse.
—¡A ver si le ha ocurrido algo a ese joven...!
Y miraron a Grod Walker, extrañados de que no ordenara a sus subordinados que
salieran en ayuda del forastero.
El capataz ya había recibido órdenes del patrón y comentaba con los suyos lo suficiente
alto para que los vecinos que tenía cerca le oyeran:
—¡Como ese individuo no traiga el bayo en buenas condiciones, tendrá que pagarlo de
su bolsillo...!
Los dos caballistas, Griffin y Beck, habían desaparecido de la estación. Y nadie notaba
su ausencia.
Se marcharon al poco de llegar el tren, antes de que se escapara el bayo. Les bastó con
ver la cara del que saltó del vagón y se quitó la camisa.
Lo conocían demasiado. Al alejarse de la estación ya no se sentían tan “maestros” en
equitación.
Mientras se alejaban al trote, hablaban, muy preocupados.
—¿Heid sabrá que estamos aquí? —preguntó Beck, el más delgado.
—¡De él se puede esperar todo! Cuando más seguro estás de que te los,has quitado de
encima...
Para los dos, el forastero, Heid Budner, era ya una pesadilla. La última vez que se
vieron con él, fue en un hipódromo, momentos antes de que empezara una carrera.
Se les acercó y les dijo: “Estáis «enfermos». Retiraos...”. Y los dos obedecieron.
—¡Le diremos al patrón que Heid viene a crear problemas! —propuso Griffin.
—¡No! Primero debemos asegurarnos si viene por nosotros. Heid lo único que no
consiente es que tomemos parte en las carreras en que él interviene. Pero trabajar
preparando caballos, eso no le molestará...
En aquellos momentos Heid Budner estaba facilitándoles la tarea de adiestrar caballos.
Detrás de las lomas enlazó al bayo. Luego lo amarró a un árbol.
Quitó los arreos al otro caballo y se los puso al rebelde.
El tren ya Iba a arrancar, cuando Heid apareció montando al bayo. Todavía corveteaba,
tratando de sacudirse al jinete.
Sujeto a la cuerda Heid llevaba al otro caballo.
Unas trescientas yardas antes de llegar a la vía, el bayo desistió, convencido de que el
que lo montaba podía más.
Cuantos había en el tren y en la tierra aplaudieron, incluso los de Grod Walker. Menos
éste y el capataz.
—¡Buen jinete y buen caballo!
Esa era la exclamación general. Grod Walker lo reconoció.
—¡Es cierto! —dijo, cuando llegó Heid—, ¿Tiene trabajo?
—¿Por qué?
—Estoy dispuesto a pagarle más de lo que el señor Eastern le da.
—Yo no trabajo para Jake Eastern. El traer estos caballos ha sido una mera
circunstancia. Digamos que la casualidad lo ha dispuesto así.
—No importa. Sigue en pie mi oferta. Conmigo cobrará más que con cualquier otro
patrón...
Heid ya había desmontado y se encontraba de lado a Grod.
Se volvió rápido, para mirarle.
—¿A qué llama usted cobrar más? ¿Al dinero que da?
Grod forzó una sonrisa.
—¿Es que conoce otra manera de recibir una compensación por el trabajo que efectúa?
—Muchas. Simplemente, con hacer agradable el aire que uno respira... Hay seres que
todo lo ensucian, o lo hacen antipático.
Unos subordinados de Grod se hicieron cargo del bayo y del otro caballo.
—Ahora lo único que me preocupa es bañarme y cambiar de ropa —dijo Heid.
—¡Aquí tienes tu paquete, caballista! —gritó Eider.
Todavía lo sostenía Yotzi. Iba a soltarlo, antes de que se le acercara el forastero, pero
desistió. “¿Por qué no tengo que dárselo yo? Después de todo, me voy...”.
Eider pareció adivinar lo que pensaba y dijo:
—Muy bien, Yotzi. Sé gentil con el Oeste, antes de irte.
Cuando Heid se acercó y cogió el paquete, dijo:
—Gracias, Yotzi. Es usted todavía más bonita que cuando la vi la última vez...
Sin parecer reparar en el gesto de extrañeza de la joven, se dirigió al matrimonio
Riggins:
—A la hora del almuerzo iré a su restaurante. Téngame en cuenta, Eider... Y usted no
me agüe el vino, Jason.
Balanceando el paquete, se perdió en la multitud. El tren arrancó.
—¡Esa cara! —exclamó Jason.
Su mujer y Yotzi no le oyeron. Las dos estaban demasiado ensimismadas, revolviendo
recuerdos...
CAPITULO II
Jason abrió las puertas del restaurante y pasaron las dos mujeres.
—¡Yo también recuerdo esa cara! —exclamó Eider, una vez más.
Desde la estación, ella y su marido habían estado tratando de perfilar la identidad de
aquel joven.
—¿Por qué demonios no nos ha dicho su nombre? —preguntó Jason, desde fuera,
mientras enganchaba las puertas.
Su mujer y Yotzi no le oyeron, porque ya habían pasado a las dependencias privadas.
Eider miró a la joven. En todo el camino había permanecido callada.
—A ti también parece conocerte.
Yotzi movió los hombros, con un gesto de indiferencia,
—¿Qué tiene de particular que nos conozca a los tres? Ha podido estar en su
restaurante, en cualquier momento de mucho trabajo y no darse cuenta nadie de que él
estaba aquí.
—¡Ah, no! Si de algo puedo alardear, es de memoria para recordar caras.
—Pues parece que ahora le falla. Además, si cuando él vino estaba usted en la cocina...
Eider procedió a cambiarse de ropa para meterse en la cocina.
—Que nos conozca a nosotros, no tiene importancia. ¡Pero a ti...! Faltas casi un año del
pueblo. ¿Es que te vio cuando vivías aquí?
—¡Yo qué diablos sé!
Jason entró, muy afectado.
—¡Eider! ¡No puedes tener idea de quién ha venido! ¡Lo he hecho pasar a la cocina!...
—¿Otro misterio?
—No. Este hombre no es un misterio.
Yotzi se fue a su habitación. El matrimonio se dirigió a la cocina.
En el rincón más oscuro había un hombre, sentado, con un bastón en las manos, el
sombrero puesto y la cabeza inclinada.
Al aparecer Eider y su marido, se quitó el sombrero y levantó la cara. Era un rostro
enjuto.
Llevaba barba, muy descuidada. Su mirada era triste.
—¡Kiebel! —exclamó Eider.
El visitante se levantó y cojeando dio unos pasos. Eider se quedó mirándole la pierna
lisiada.
—¡Kiebel! ¡Qué alegría! —estaba conmovida—. ¿Dónde has estado metido todos estos
años?
Se abrazaron, emocionados.
—He rodado por ahí —contestó Kiebel.
—¿Cuándo has llegado?
—Ahora, en el tren.
—¡Pero no te hemos visto!
Kiebel movió la cabeza, sonriendo.
—Eso pretendía, que nadie reparara en mí. Ya había bastante espectáculo en la cola del
tren. ¡Ese muchacho sabe hacer las cosas!
—¿Tú conoces al que ha armado el jaleo? ¡Siéntate! ¡Voy a prepararte algo que
comer...! ¡Y no dejes de hablar...!
—No. He desayunado... Seguid en vuestro trabajo. Se acerca la hora del almuerzo. No
tardarán en aparecer los clientes... y mi “amigo”.
—¡El que ha traído los caballos! —exclamó Jason.
—Sí. Yo hacía algún tiempo que me encontraba trabajando en el rancho de Jake
Eastern.
—Grod Walker fue allí para comprar los caballos —dijo Eider.
El matrimonio no vio que Kiebel ensombrecía el rostro al contestar:
—Sí. Más que a comprar caballos, fue a hacer alarde de su prosperidad ante Jake
Eastern. Hace años, Grod fue asalariado de Eastern. Duró apenas dos meses. Jake
Eastern se vio obligado a despedirlo.
—¿A Grod Walker? ¿Por qué? —preguntó Jason, muy intrigado.
—Hizo algo sucio...
Eider, que estaba de espaldas a Kiebel, se volvió rápida.
—¡No me digas!... Tu “amigo” parece que lo conoce bien. Cuando Grod le ha ofrecido
un buen sueldo...
—¿Cómo? —inquirió Kiebel, atónito—. ¿Grod le ha ofrecido trabajo?
—¡Sí! Y le ha contestado que el dinero no lo es todo. Y que hay quien ensucia hasta el
aire...
Kiebel movía los hombros, sacudido por la hilaridad.
—¡Ofrecerle trabajo a Heid...!
Rompió a reír. El matrimonio lo miraba, cada vez más intrigado.
—¿Qué ocurre con ese muchacho? ¿Que no se adapta a trabajar para nadie? —
preguntó Eider.
—¡No es sólo eso! ¡Es que Heid!... Pero ¿de veras no os dice nada el nombre? ¡Lo
llevaba conmigo, de chiquillo!... Una vez, en vuestro garito, sacó cara por ti, Eider... Tú le
vendaste la cabeza. Un cobarde le tiró una botella...
Eider elevó las manos, agarrándose la cara, como si temiera que fuera a deshacérsele
por la alegría.
—¡Pero si es nuestro Heid Ciclón! —exclamó, ahogándose.
—¡El espigado Heid... que tenía prisa por dejar de ser un adolescente!... ¿Os acordáis
de la noche que quiso alternar con unos grandullones, bebiendo whisky? ¡Qué cogorza
nos cogió! —decía Jason, agarrándose el vientre, porque la risa galopaba revolviéndole las
tripas.
—¡El condenado...! ¡Y no nos ha dicho quién era...!
Kiebel también reía.
—El os ha recordado mucho... Hace un año estuvo aquí, pero no se dio a conocer.
—¿Por qué?
—Iba tras de unos individuos... Bueno, eso no viene al caso ahora —y haciendo una
transición, Kiebel preguntó—: ¿La joven que venía con vosotros de la estación, es Yotzi?
Los dos asintieron moviendo la cabeza.
—¿Ya ha vendido el rancho? —siguió preguntando Kiebel.
Ahora las dos cabezas se movieron, negando.
—Pero hoy seguramente lo decidirá —dijo Eider, adivinando que Yotzi estaba cerca,
escuchando—. Tiene prisa por regresar al Este.
—¿Y qué demonios se le ha perdido allá?
Yotzi entró en la cocina.
—¿Y aquí? ¿Quiere que le diga lo que he perdido?
Kiebel intentó levantarse, pero la muchacha le indicó con el ademán que siguiera
sentado.
—Sé que perdiste a tu hermano... en vina encerrona de canallas.
Yotzi hizo un gesto de sorpresa.
—¿Cómo lo sabe? ¿Acaso conocía a mi hermano?
—Yo, no... Pero sí un amigo mío...
—¿El que ha venido hoy con los caballos?
Kiebel vaciló unos instantes. Por fin decidió no mentir:
—Sí... Pero no sé si esto le gustará a Heid que lo haya dicho. Así que, olvidado. ¿De
acuerdo?
La mirada triste, cansada, de Kiebel, conmovió a Yotzi.
—¡De acuerdo!...
Tras un breve silencio, Kiebel manifestó:
—Heid no quiere que se sepa que yo me encuentro aquí... Y ahora viene lo difícil —
miró al matrimonio y preguntó, vacilando—: ¿Me soportarías como ayudante de cocina?
Yo no tendría que salir para nada al comedor.
—¡Estás en tu casa, Kiebel! —contestó Eider.
—Lo sé. Pero debo informaros... que los que a mí me amparen, pueden atraerse la
antipatía de alguien que pesa mucho en la comarca.
—¿Grod Walker? —preguntó Janson.
—Sí... Por eso deseo que no me vean. Alguno de sus subordinados podría
reconocerme.
—No te preocupes. Ningún extraño cruzará esa puerta —contestó Eider—. Yotzi:
Acompaña a Kiebel para que se acomode en la habitación contigua a la tuya.
Era lo que la joven deseaba: estar a solas con aquel hombre.
—Vamos —e hizo ademán de cogerlo de un brazo.
Pero Kiebel dijo:
—Me siento fuerte... Este bastón es un truco que Heid me aconsejó —y se puso muy
erguido—: Cojitranco..., pero si es necesario correr, no me quedo el último.
Ya saliendo los dos hacia la escalerilla que conducía a los dormitorios, dijo Eider:
—Yotzi: Llevas al lado a una vieja gloria de los hipódromos y a un maestro de
“jockeys”...
Kiebel se estremeció. Parecía que fuera a ponerse triste. Pero rompió a reír.
—Mi única gloria es haber tenido a un discípulo como Heid...
Ya arriba, apenas entrar en la habitación, Kiebel se sentó y se quedó mirando a Yotzi.
—De muchacho llamaba a Heid, Ciclón... Ese sobrenombre ha quedado en el olvido.
Pero ahora es más Ciclón que nunca... ¿Sabes cómo me ha sacado del rancho de Jake
Eastern? Ayer por la tarde apareció allí. A mí me dijo: “Esta noche cogerá el tren que pasa
por Watap City”. Luego le dijo a Jake Eastern: “Entrégueme los caballos que compró Grod
Walker. Yo los llevaré”. Jake Eastern sabía que no había vagones disponibles. En la
estación de Charhig aguardaba ganado vacuno, que también debía ser traído aquí... Pero
Heid encontró vagón. Ya lo habéis visto. El salió delante, con los caballos. Jake Eastern
estaba seguro de que tendría que regresar al rancho... A mí me llevó en su coche. Hasta
el último momento no subí al tren. Por poco me quedo en tierra... Sólo los empleados del
ferrocarril sabían que Heid metía los caballos en un vagón...
Se interrumpió para reír. Se pasó una mano por la barba, y siguió:
—Los que cuidan del ganado vacuno estaban acostados. Y al ponerse el tren en
marcha, Heid gritó: “¡Le diré a Grod que el ganado está bien”... Esta mañana, un par de
estaciones antes de ésta, telegrafió...
—¡Diciendo que llegaba el ganado! —exclamó Yotzi, también riendo—. De telégrafos
ha debido salir la noticia, y todo el pueblo se ha movilizado... Esto a Grod Walker debe de
haberle sentado como un puñetazo en el estómago. ¡Todo el pueblo... para ver sólo tres
caballos!... ¡Y la bronca!...
—¿Cuál?
Kiebel no llegó a ver que el bayo se escapaba. Yotzi refirió lo que había ocurrido. Por
momentos estaba más excitada.
Kiebel había instantes en que no prestaba atención a las palabras, absorto en la belleza
de la muchacha.
—¿Te vas al Este? —preguntó de pronto.
—Allí vivo hace ya casi un año...
—¿Y te gusta?
—¡Oh, mucho!... ¡Si usted conociera aquello!...
—Lo conozco.
—¿Y qué le parece? ¿Se puede comparar a esto?
—Yo, si veo una gallina, pregunto: “¿Pone muchos?”. Y si miro un caballo: “¿Qué tal
corre?”. Pero no lo comparo con la gallina...
Yotzi lo miró, como ofendida.
—¿Y el Este es la gallina?
Kiebel rompió a reír.
—¡No, muchacha! No me he expresado bien... Quiero decir que, comparar, no siempre
es acertado. Sé que tú estás resentida con esta tierra, no sólo por lo que hicieron a tu
hermano... En vuestro rancho peleasteis durante años...
—¡Y al final, sólo quedaron deudas!
—La enfermedad de tu padre fue larga y costosa.
Yotzi frunció las cejas.
—¿Cómo está tan enterado?
—Cualquiera del pueblo lo sabe.
—Pero usted acaba de llegar.
—No importa... Y ahora, si quieres que hablemos de tu rancho... ¿Qué has decidido?
—Venderlo.
—¿Ya lo has comprometido con alguien?
—Todavía no.
Kiebel soltó un respiro. Luego exclamó:
—¡El estaba seguro de que llegaría a tiempo!...
—¿Quién?
—Heid. ¿Por qué crees que me sacó a mí y a los caballos poco menos que a galope?
¡Por llegar a tiempo!...
—¿A su amigo le interesa mi rancho?
—Sí. Como fortín. Viene a declararle la guerra a Grod Walker. ¿Cuánto te ofrecen por el
rancho?
—Desde que me fui hasta ahora, las ofertas han ido subiendo. Primero me daban ocho
mil...
—¡Qué granujas! ¡Tu rancho vale el doble!
—¿Es que lo ha visto?
—No. Pero mi amigo lo recorrió hace unos meses, sin dejarse ver por nadie. Fue al poco
de establecerse Grod en esta comarca.
—Estudiaba su campo de batalla...
—Pues algo así. Véndeselo a Heid. Por el precio no habrá discusiones.
Yotzi, después de unos momentos en que pareció desconcertada, exclamó, riendo:
—¡Y Grod le ofrecía un empleo!...
—¿Lo dices porque puede comprar un rancho? Aunque Heid no dispusiera de un
centavo, rechazaría un ventajoso empleo de un tipo como Grod. ¡Pues no ha pasado
miseria el muchacho!... Pero siempre con cara de estar disfrutando. El enfoca las cosas
desde el lado risueño. Heid dice: “Después de un bostezo por hambre, se puede reír. La
boca es la misma”.
Yotzi movió la cabeza, afirmando. Luego dijo:
—Mi hermano también era así. Siempre estaba riendo... ¡Pobre Mat!... ¿Usted sabe
cómo murió? ¡Después de muerto lo pisotearon, para robarle!... ¡Unos canallas fingieron
sacar cara por mi hermano, y se liaron a golpes con otros!... ¡Qué sarcasmo!... Mi padre
fue a ese maldito pueblo. ¿Sabe qué consiguió? ¡El canalla del sheriff lo tuvo encerrado
toda una noche! al día siguiente lo obligó a salir del pueblo. Y lo amenazó con lincharlo si
aparecía de nuevo por allí...
—Por Kirlaw —dijo Kiebel.
—¡Sí! ¡Ese es el pueblo de rufianes...!
—No. El pueblo no tenía la culpa, sino unos cuantos bichos. Pero muchos ya han pagado.
Incluso el sheriff que encerró a tu padre...
La joven se quedó mirándolo, tratando de averiguar si mentía por consolarla.
—¿Cómo murió?
—¡Temblando! ¡Se arrastraba, pidiendo perdón.,.! Llegó a arrodillarse, suplicando...
—¿A quién tenía enfrente?
Kiebel no pareció oír la pregunta, obsesionado por la manera como murió el mal
sheriff.
—¡Era un maldito cobarde!... ¡Lloraba y, se negaba a desenfundar! Pero primero
amenazó, valiéndose de su condición de sheriff... Su adversario pareció conmoverse. Y
empezó a girar, como para marcharse. Entonces el bicho, todavía de rodillas, “sacó”.
Quedó clavado en el suelo. Quien terminó con la sabandija, le arrancó la chapa y la dejó
enterrada en tu rancho...
—¿En el mío? ¿Cuándo?
—Unas semanas antes de que tu padre muriera. Vino para entregársela... Pero aquí se
enteró que estaba muy enfermo y se limitó a enterrar la chapa...
—¿Por qué no entró en casa?
—Por no perjudicar a tu padre trayéndole un mal recuerdo. Además, tenía prisa. Ni
siquiera esperó a que se hiciera de día para presentarse a Eider y a Jason.
—¡Su amigo Heid...!
—Sí... Pero esto como si no te lo hubiera dicho.
—Descuide —murmuró Yotzi.
Después de una prolongada pausa, Kiebel preguntó:
—¿No piensas que esto pueda ser un truco para que te inclines a favor de mi amigo, en
lo que respecta al rancho?
Yotzi lo miró fijamente.
—No dudo que ha dicho la verdad. Un amigo de Eider y Jason' no seria capaz de una
mentira semejante, por conseguir una tierra veinte veces mejor que la que yo tengo.
—Gracias —contestó Kiebel, conmovido—. Y sin embargo, he hecho cosas muy sucias
en mi vida... Pero a ti no te he mentido. Y si Heid supiera que te he dicho lo de la chapa,
no te haría ninguna oferta para que le vendieras el rancho.
—El ha dicho que vendrá a almorzar. Entonces hablaremos.
—Quizá no mencione el rancho. Heid suele ser muy galante... Pero si lo saca a relucir,
dale una respuesta vaga. Si ve facilidades, sospechará que yo te he dicho lo que hizo
contra el sheriff que maltrató a tu padre.
***
Antes de salir del hotel, Heid sabía que lo estaban esperando, y no precisamente
para felicitarlo.
Se lo dijo un empleado del hotel, que se encontraba en la estación cuando llegó el
tren.
—Saben que usted se aloja en este hotel.
—¿Quiénes lo saben? —preguntó Heid, mientras se abrochaba el cinto.
—Los vaqueros de Grod Walker. No hacen más que pasearse por ahí enfrente. Puede
verlos por la ventana.
Heid iba a encogerse de hombros, pero pensó que no estaba de más ver qué clase de
individuos lo aguardaban.
Miró y vio a tres hombres que vestían de vaquero. Uno era muy robusto.
El empleado lo señaló:
—El más fuerte se llama Husik. El otro día levantó una carreta, con carga y todo. De un
puñetazo rompe un poste. Se lo digo para que no se ponga al alcance de sus puños...
—Lo tendré en cuenta.
Descendiendo la escalera, Heid pensó en que estaba próxima la hora del almuerzo y
que si se dirigía al restaurante, allí irían los individuos.
Sabía que Eider y Jason no se asustarían si en su casa se producía una gresca. Pero
mientras le fuera posible les evitaría problemas.
Y ya en la puerta de la calle decidió meterse en un saloon situado casi enfrente del
hotel.
Cruzó la calzada. Ya en el soportal, miró a un lado y otro, con aire distraído. Y empujó
los batientes.
Apenas sentarse a una mesa próxima al mostrador, entraron el robusto Husik y otro
individuo.
El tercero se quedó en el soportal.
El empleado del hotel sudaba en aquellos momentos, al ver que Heid se había metido
en el saloon que más frecuentaban los de Grod.
El dueño del local procuraba congraciarse con ellos, apoyándolos siempre que se
armaba alguna trifulca con otros clientes.
Acababa de acercarse a la mesa de Heid, cuando entraron los dos de Grod.
—Sírvenos a nosotros primero, Jond —dijo Husik, colocándose de espaldas al
mostrador, los codos apoyados en el tablero, tratando de enlazarse las manos sobre el
estómago.
El barman contestó:
—¡Voy en seguida...! ¿Y usted qué quiere?
—Luego se lo diré. Esos clientes parecen tener prisa —respondió Heid.
Se puso una mano sobre la boca, bostezando.
El barman se situó al otro lado del mostrador.
—¿Qué os sirvo?
—Que lo diga él —y Husik señaló con un movimiento de cabeza a Heid—. El es quien
invita.
El barman se quedó mirando a Heid. Este volvió a bostezar.
Husik tomó a insulto que el forastero no quedara impresionado ante su figura. Y
despegándose del mostrador, dio unos pasos hacia donde estaba Heid.
—Tenemos que celebrar tu llegada... Yo, por lo menos, estoy muy satisfecho de que
hayas venido. Había oído a más de un "jockey” que en ciertos hipódromos solía
presentarse un individuo que decía a sus rivales más temibles: “Tenéis que sentiros
enfermos”. Y obedecían... ¿Eso es verdad?
Heid se cruzó de brazos y se recostó contra el respaldo de la silla, moviéndola atrás y
adelante.
—Algunas veces ha ocurrido —contestó Heid.
—Ah, ¿sí? ¿Y por qué?
—La basura estorba, sobre todo en los hipódromos.
Husik se puso muy erguido.
—Vamos a suponer que yo soy un “jockey”...
Heid rompió a reír. Durante unos segundos Husik se quedó sin saber qué decir.
—¡Supongamos que soy un “jockey”! —gritó—. ¿Me apartarías?
Heid cada vez reía más fuerte. Esto sacó de quicio a Husik.
—¿Me has oído?
—¡Por eso me río...! ¡Sería interesante ver a un búfalo sobre un caballo...!
El barman iba a soltar la risa, pero por miedo apretó las mandíbulas y se volvió de
espaldas.
El tercer vaquero entró. Husik, con el rostro congestionado, cerró los puños y golpeó la
mesa.
—¡Contesta lo que te he preguntado! ¿Me apartarías?
Heid, balanceándose, movió las piernas. La mesa se inclinó.
Husik creyó que se la echaba para que le pillara los pies y retrocedió.
Pero la mesa no llegó a caer. Cuando Husik se dio cuenta de que había sido una finta,
Heid ya se encontraba en pie, a un paso de él.
—¡Te apartaría! ¡Quizá de peer forma que lo hago ahora! —contestó, asestándole un
puñetazo en el mentón.
Husik retrocedió, hasta que tropezó con una mesa. El vaquero y la mesa cayeron.
Heid hizo ademán de lanzarse sobre el robusto individuo. Husik, creyendo que iba a
atacarlo estando en desventaja, se apresuró a desenfundar el revólver que llevaba en el
lado derecho.
Pero Heid, apenas hacer el movimiento de echarse sobre su adversario, retrocedió, ya
con los revólveres en las manos.
Disparó uno. El arma de Husik saltó, rota.
El individuo se quedó unos momentos mirándose la mano.
Ni siquiera tenía la menor desolladura. Se levantó, sin darse cuenta, aturdido.
—Estoy contestando a tu pregunta —dijo Heid, enfundando rápidamente—. Te
apartarla.
Con la izquierda lo agarró del pecho. Con la otra mano le asestó un golpe en las
mandíbulas.
El chasquido hizo que el barman y los otros dos vaqueros cerraran los ojos.
Husik, aullando, retrocedió, los brazos abiertos. Dio con la espalda contra el mostrador,
en el momento en que los dos compinches se colocaban en la puerta, en plan de retirada.
Heid volvió a atacar. Obligó a Husik a que se colocara de espaldas a los batientes.
Entonces los golpes los hizo con una velocidad de vértigo.
Husik salió al soportal. Antes lo hicieron los dos compañeros.
Tambaleándose, el robusto individuo llegó al borde de la acera.
—Si te viera un hipopótamo...
Pero Heid no terminó la amenaza, porque en ese momento su adversario perdió el
equilibrio y cayó de espaldas, levantando una gran polvareda.
Iba acudiendo gente. Había más de tres individuos de la plantilla de Grod, pero ninguno
se decidía a intervenir’ por la cantidad de testigos que iba acumulándose.
Al principio todos se sentían convencidos de que con Husik habría bastante para dar la
bienvenida al forastero.
Ahora, unos se sentían decepcionados. Otros, contentos, pensando en la sensación que
produciría que Husik apareciese en el rancho con la cara magullada.
—¿Quién os ha enviado? —preguntó Heid, dirigiéndose a los dos que entraron en el
saloon, además de Husik—. ¿Ha sido Grod Walker, para darme las gracias?
Uno se apresuró a contestar:
—¡El señor Walker nada tiene que ver en esto!
—¿Seguro?
—¡Esto es una cuestión personal de Husik! —contestó uno de los vaqueros que
entraron en el saloon—. ¡Usted impidió que un amigo de Husik tomara parte en una
carrera...!
Heid miró, con burlona sorpresa, al robusto individuo.
—¿Esa clase de amigos tienes? No te envidio.
Husik y los demás compañeros de plantilla se alejaron.
El restaurante estaba lo suficiente cerca para que allí ya hubiese llegado la noticia de
que el forastero estaba haciendo frente a hombres de Grod Walker.
Jason salió a la calle, en el momento en que Husik caía de espaldas. Se cogió la cabeza y
exclamó:
—¡Llegó el Ciclón!
Momentos después entraba en la cocina y comunicaba a Eider y a Kiebel que todo
estaba en orden.
En el comedor ya había dos mesas ocupadas. Yotzi había salido a la calle a dar un
paseo.
Necesitaba poner orden en sus ideas. Pero las vecinas no la dejaban pensar.
—¿Qué hay, Yotzi?
Y apenas cruzaba la palabra con alguna vecina, surgían las preguntas de todos los días:
—¿Te quedas? ¿Te marchas?
Nunca como en aquellos momentos la molestó más esa curiosidad, que obedecía al
efecto que le tenían.
—¿Por qué no me dejan en paz? ¡Me ponen negra...!
Se alejó, calle abajo. Cuando más ensimismada estaba, vio que mucha gente corría
calle arriba.
También ello lo hizo, Y pudo ver a Heid, en el soportal del saloon, y a Husik tumbado en
la calzada.
Yotzi escudándose en la barrera de espectadores, pudo observar con toda impunidad a
Heid.
Entonces, a medida que iba constatando la perfección de su físico, iba naciendo en ella
un oscuro resentimiento.
Recordaba la naturalidad con que Heid la había saludado en la estación. “...Es usted
más bonita que cuando la vi la última vez.”
¿Cuándo fue esa última vez? ¿Cuándo enterró la estrella en su rancho? Pudo ser
cualquier noche. Entonces acudían muchos vecinos para saber cómo iba la enfermedad
del padre de la muchacha.
Si llegaban en grupo, se quedaban fuera y uno entraba en la casa. A veces Yotzi salía al
porche para susurrarles: “Está durmiendo... No hagan ruido al marcharse”.
Pudo ser una de esas angustiosas noches en que la joven veía que iba a quedar sola.
Este era el resentimiento que por momentos iba tomando más fuerza en su alma.
Mirando a Heid, se preguntó: “¿Por qué no apareciste?”
Recordó lo que hacía un rato le había dicho Kiebel: que Heid estaba seguro de que
llegaría a tiempo, con respecto al rancho.
—¡No estés tan seguro! —rechinó Yotzi, mientras sus ojos se encendían trasluciendo
una maligna alegría.
Vio que Heid se dirigía al restaurante. Entonces Ja muchacha volvió a tomar el camino
de antes, calle abajo.
Pasó la gente de Grod, a caballo. En medio del grupo iba Husik.
—¡Yotzi! ¿Qué haces sola? —preguntó la señora Rosiak, situada en la puerta de su
tienda.
—Pensaba...
—¡Pasa, criatura! ¡Déjate de pensar! ¿Almuerzas conmigo?
Yotzi contestó:
—Iba a pedírselo.
Y miró en dirección al restaurante. Muchos corrillos se estaban formando frente al
establecimiento de Eider.
CAPITULO III
***
Entraron en el rancho. En el pescante de la carreta del vecino Altman iban el
propietario del vehículo y
Eider.
Otros amigos iban a caballo.
Muy delante de todos, Heid y Yotzi. Los observaban.
—¡Si la tierra pudiera con Yotzi! —exclamó Eider,
Pero no se refería precisamente a la tierra, ni a la gran masa de árboles que se veía al
fondo, donde se encontraban la casa y varias dependencias.
—¿Crees que se irá? —preguntó el vecino Altman.
En ese momento, uno de los que iban a caballo señaló el serrijón que quedaba a su
izquierda y que limitaba el rancho con el que Grod compró a Lowen.
—¡Ahí tenemos narizotas!...
—¡Y con qué descaro nos miran! —comentó otro.
Una hilera de jinetes permanecía quieta sobre una loma que había al otro lado del
serrijón.
—¡Esto es lo que me hace ver todo negro! —contestó Eider—. ¡Tener a Grod como
vecino!...
Heid y la muchacha los habían presentido, antes de entrar en el rancho.
Pero no dijeron nada. A medida que se acercaban a la casa, Yotzi permanecía más
abstraída.
—Escoja los recuerdos que le permitan respirar —aconsejó Heid.
—Eso intento —contestó Yotzi, apagadamente.
Antes de salir del pueblo, ella le había entregado las llaves.
—Yo me quedaré en el porche.
Desmontaron. Ella se encargó de asegurar los caballos mientras Heid subía los
peldaños, lentamente.
La llave más grande era la de la casa. La introdujo en la cerradura y le dio la vuelta a la
llave.
Pero la puerta siguió cerrada. Después de forcejear, Heid rodeó la casa.
—¿Qué ocurre? —preguntó la muchacha, alcanzándole:
—Los cerrojos están pasados.
—¡Estuve el otro día y abrí! Pero no pasé del vestíbulo... Volví a cerrar.
Heid miraba las dos ventanas de la parte posterior. Señaló una.
—Por ahí han entrado.
Un cordel la sujetaba a un clavo. Heid lo desenganchó.
Momentos después la puerta ya estaba abierta. Yotzi había regresado al porche.
—¡Ahora sí que quiero entrar!
La carreta y jinetes ya estaban frente a la casa.
—¿Qué sucede? —preguntó Eider.
—Alguien que ha querido curiosear —contestó Heid.
Cuando Eider supo que los cerrojos estaban pasados, prorrumpió:
—¡Habrá sido Grod! ¡Se habrá paseado por las habitaciones, creyendo que el rancho ya
era suyo...!
Heid y Yotzi recorrieron las habitaciones de la planta baja. Luego fueron a la segunda
planta.
Algunas habitaciones estaban sin ningún mueble.
—¿Decepcionado? —preguntó Yotzi.
—¿Por qué?
—Esto parece una tumba.
Heid posó una mano sobre un hombro de Yotzi.
—Si dentro de unos días sigue usted en el pueblo, la invitaré a venir. Pero antes
procuraré que suelte la carga de recuerdos... De lo contrario, la alegría que encontrará
aquí le parecerá un insulto.
—¡Le aseguro que no, Heid!... Cuando vine, después de casi un año de ausencia, me
senté en el porche y me puse a imaginar movimientos de jinetes, reses... Oía risas, gritos...
Lloraba, pero me sentía muy contenta...
Se interrumpid, azorada por la mirada que él le dirigía. Parecía acariciarla con los ojos.
Afuera se oían voces, y movimiento de caballos. Yotzi se acercó a la ventana.
—¡Qué atrevimiento! ¡Es gente de Grod!...
Descendieron de prisa. Al salir al porche, vieron a Eider y a los vecinos hablando con los
subordinados de Grod.
Miraban un caballo que llevaba arreos muy nuevos y brillantes. Era un alazán pálido.
El capataz Heppell, al ver a Heid, se tocó el ala del sombrero y dijo:
—El señor Walker compró este caballo hace unos meses —señaló el alazán pálido—:
Pero le ha tomado antipatía, y se lo ofrece por un precio simbólico...
Heid se acercó al caballo. Dio el efecto de que apenas lo miraba.
En seguida se volvió de cara al capataz.
—¿Por qué le tiene manía? ¿Porque lo derribó?
—¡Al patrón, no! —se apresuró a puntualizar Heppell—. Pero sí a otros... Y nadie
quiere montarlo. El patrón nos dijo ayer: “Hay que matarlo”.
Yotzi saltó, indignada:
—¿Sería capaz?
Eider hacía esfuerzos por no intervenir. Pero no pudo contenerse :
—¡Heid! ¡No les hagas caso! ¡Es una trampa...!
—¡Eider! —el capataz adoptó un aire digno—: ¡Se está refiriendo al señor Walker...!
—A ver ese precio simbólico —cortó Heid.
—Por el caballo, diez dólares. En cuanto a la silla, es un regalo... si usted lo monta sin
que el bicho lo derribe.
Heid se metió una mano en un bolsillo.
Yotzi se le colocó delante, asustada.
—¡No muerda el anzuelo!... ¡Por precisión ha de haber una trampa...!
Heid, sonriendo, puso en alto los diez dólares.
—Todos ven que entrego el dinero...
—Pero hay otra condición —dijo el capataz—. Si el caballo lo derriba, no habrá trato.
Nos lo llevaremos. Y tan pronto salgamos de este rancho, oirán el disparo...
—¡No es verdad! —prorrumpió Yotzi—. ¡Ustedes no matarían ese caballo!...
—No esté tan segura, Yotzi —comentó Heid—. Míreles la cara.
Había burla en el rostro de los individuos. Y algo maligno les brillaba en los ojos.
—Vuestro patrón ha sabido cogerme en la trampa —siguió Heid—. Es el mejor cebo
que ha podido echarme: que no quede en mi conciencia el sacrificio de un caballo. Ahí va
el dinero.
Lo tiró a los pies de Heppell y fue adonde estaba sujeto el alazán.
Era un bicho esquivo, siempre con sed de revancha, tan pronto sentía encima a un
jinete.
De un salto Heid se colocó sobre la silla, apenas desatarlo.
El alazán se agitó, yendo de un lado a otro. Heid sostenía las riendas con una mano y
daba el efecto de que iba a soltarlas.
Procuraba que las espuelas rozaran apenas los ijares del poderoso bruto.
El alazán soltó un relincho e inició la más fea corcova que muchos de los espectadores
habían visto en su vida. Algunos contuvieron la respiración.
Los de Grod acentuaron la sonrisa.
Eider había cerrado los ojos. Daba por seguro que Heid saldría por encima de la
cabeza del caballo.
Por el contrario, Yotzi mantenía los ojos muy abiertos. Y respiraba hondamente, las
aletas de la nariz ensanchadas, ansiosa de devorar aquel aire polvoriento.
La marca en la sangre volvía por sus fueros. Editada, iba a gritar, en homenaje al
jinete y al caballo.
Durante unos momentos pareció que Heid había calculado mal la potencia y resabios
de la bestia.
Pero de pronto, caballo y hombre parecieron fundidos, formando un solo cuerpo.
El jinete dejó que el animal se ensoberbeciera. El bicho cayó en el engaño.
Se creyó dueño de la situación y se puso a disparar coces.
Hubo un momento en que se arrodilló, acercando el vientre al suelo, dando rápidas
sacudidas, para expulsar al jinete.
El polvo encendido por el sol inclinado, los envolvía, dando un tinte sangriento a la
escena.
Cuando Heid comprendió que el caballo ya se sentía seguro de que podía más que el
hombre, pasó al contraataque.
Se oyó un estremecedor relincho. Revolviéndose, el caballo intentó de nuevo
arrodillarse.
Pero esa treta ya no se la permitió Heid. El freno, las espuelas, las fuertes piernas del
hombre anillándose al cuerpo de la bestia formaron un resorte tan' inexorable, que el
caballo, acobardado, quedó súbitamente inmóvil.
Fue despejándose el polvo. Y quedó limpia la imagen del hombre sobre el caballo
vencido.
El alazán brillaba, chorreando sudor y espuma.
Después de unos momentos de total silencio, el capataz exclamó, riendo:
—¡Bien difícil lo ha hecho!... ¿Quería lucirse? ¡Es lo que suponía el señor Walker...!
Heid desmontó, y aseguró el caballo a una pértiga.
—El caballo ya es mío...
—Se lo ha regalado mi patrón. Usted ha hecho su teatro... El caballo no era difícil. Ni
tampoco lo hubiéramos matado...
Los compinches rompieron a reír, aprobando lo que decía Heppell.
—Lo habríais matado —dijo Heid, ensombreciendo el rostro—. Y ya que el caballo no es
difícil, tú vas a montarlo.
El capataz iba a reír. Pero el gesto de Heid le produjo un escalofrío.
Recordó que se había medido a golpes de puño con Husik. Y que con un sólo disparo, le
había quitado el arma de la mano, rompiéndola.
—;A caballo! —ordenó Heid, acercándose al capataz.
—¡Me tirará!
—Ahora ya está “suavizado” —contestó Heid, con soma.
Precisamente iba a resultar más peligroso. Tan pronto notase el caballo que el que lo
montaba no tenía el poder del que lo dominó, buscaría la revancha.
—¡Me niego!
Apenas decirlo, Heid disparó un puño, alcanzándole el mentón.
—¡Sin aspavientos!... ¡Móntalo!...
Heppell quedó unos momentos con la cabeza inclinada, acechando un descuido de Heid
para desenfundar.
Yotzi y los demás amigos se habían situado junto a la escalera.
Eider hacía unos momentos que de una abertura de la falda había sacado un revólver,
con el que jugueteaba, mirando a los compinches de Heppell.
Un momento en que Heid empezó a girar la cabeza, para mirar a los que estaban con
Yotzi, quiso ser aprovechado por el capataz.
Pero en el instante en que sus manos tocaban las culatas, las armas de Heid dieron el
efecto de que saltaban de las fundas.
Quedaron apuntando a Heppell. Este apartó en seguida las manos de las pistoleras.
—¡El caballo... es un renegado!... ¡Nunca lo hemos podido montar!... ¿Qué más quiere
que diga?
—Quién tenía que matarlo...
—¡Cualquiera de nosotros! —se apresuró a decir Heppell.
Pero los compañeros lo traicionaron con la mirada. Todos hicieron el mismo gesto de
repulsa. Y en seguida de miedo, por si Heid la emprendía con ellos.
—Tú tenías que matarlo —dijo Heid.
Tras un silencio, el capataz gritó:
—¿Y qué? ¡El patrón odia ese caballo! ¡Y yo también...!
—No es éste el primer caballo que tu patrón ha odiado. Por eso me he prestado a
vuestro juego... Ese caballo es mañoso y ha estado a punto de tirarme. Quizá en otra
ocasión lo consiga... Es un animal resentido. Tiene motivos. Su antiguo propietario lo
castigó mucho, porque no le dio el rendimiento que él esperaba. Lo pagó el caballo, y no
los “jockeys” que lo montaban... Eran puercos como Griffin y Beck.
Se acercó al caballo y procedió a quitarle la silla.
Lo tiró al suelo.
—El caballo me pertenece. Entre otros motivos, porque lo he salvado... Pero no quiero
los arreos. Mañana os devolveré el resto. Coged la silla.
Lo hizo uno de los compañeros de Heppell. Este parecía desconcertado.
—¿Usted sabe... quién era el antiguo propietario?
—Sí. Dile a tu patrón que he reconocido el caballo. Y que no sabe agradecer el dinero
que le ha dado a ganar ese animal al ser montado por “jcckeys” que se dejaban sobornar.
Si lo que tu patrón perseguía era averiguar si reconocía el caballo, debió preguntármelo
claramente. Cuando fui al rancho del señor Eastern para llevarme los tres caballos que
compró vuestro patrón, supe que aquí estaba este maltratado animal... Marchaos. En
aquel serrijón encontraréis mañana los arreos.
Heppell iba a montar, cuando Heid, señalando el dinero que había quedado en el suelo,
dijo:
—Recoge los diez dólares.
El capataz retrocedió y cogió el dinero. Procuró no mirar a nadie. Estaba con el rostro
desencajado.
En seguida emprendieron la marcha, cada vez más acelerada.
El que llevaba la silla se quedó rezagado.
—¡Pues yo hubiera cogido esa silla! —exclamó Eider, para romper el silencio en que
todos permanecían.
—¡Heid ha hecho bien en rechazarla! —replicó Yotzi—. ¡Era nueva, pero estaba
sucia!...
Minutos más tarde, la casa volvía a quedar cerrada. El caballo fue sujetado a la parte
trasera de la carreta.
Ya en marcha, dijo Eider al vecino Altman:
—No puede decirse que hayamos perdido el tiempo en este paseo.
—¡Aún no sé si es verdad lo que he visto! ¿Se puede montar como lo ha hecho ese
joven?
Eider miró a los otros vecinos, que procuraban cabalgar a prudente distancia del
alazán.
—¿Vosotros qué opináis?
Uno de los que iban a caballo contestó:
—Los que fuimos esta mañana a la estación, para ver ganado de casta, y nos
encontramos con que el tren sólo llevaba un vagón, con tres caballos... ¿No pensamos
que fue una estafa? Para colmo, salta un desconocido, se quita la camisa y sin
preocuparse de nadie empieza a sacudirse: “¡Fuera pulgas!”...
La risa no le dejó seguir.
—¿Quién de todos los que estábamos allí presenciándolo, creyó que del vagón había
saltado dinamita? —dijo otro de los jinetes.
—El forastero gritó: “¡Fuera pulgas!”. ¡Y eso iba por Grod Walker y su gente! —agregó
el que estaba sentado al lado de Eider.
La dueña del restaurante miraba a la pareja que iba en vanguardia. Yotzi no hacía más
que volver la cabeza, para mirar a Heid.
—De todos los que fuimos a la estación —dijo Eider—, alguien presintió que los pura
sangre que traía el tren iban a ser decisivos en su vida.
Todos creyeron que se refería a Grod Walker.
—¡Sí! Desde que llegaron esos caballos todo son patadas en el estómago de Grod —
comentó Altman.
Eider seguía con la mirada fija en Yotzi. La amazona le había preguntado a Heid si de
veras conocía al antiguo propietario del alazán.
—De muchacho, trabajé para él. Tenía muy buena cuadra. La calidad de los caballos era lo
que me retenía en su rancho, porque Deane dejaba mucho que desear como hombre y
como patrón. Un día, cuando maltrataba un caballo, no pude contenerme y me lié a
golpes con él. Nadie nos separó... El tenía más fuerza, pero yo daba mejores saltos. Se
fastidió. Le hinché la cara... Cogí el hatillo, monté a caballo y a otro sitio... Años más tarde
nos encontramos en un hipódromo. Sus caballos seguían siendo muy buenos, pero
montados por individuos que se dejaban sobornar. Intenté hablarle... Pero apenas verme
se puso a gritar que en todas las pistas donde yo montase un caballo lanzaría los suyos
contra el mío, con el propósito de arrollamos...
—¿Y lo intentó?
—No. Le contesté que no me entretendría con sus “jockeys”, sino que iría por su
cabeza. Lo tuvo en cuenta y no me molestó. Pero perdió la oportunidad de que yo lo
previniera contra determinados individuos que lo engañaban. De esto ha estado
aprovechándose Grod.
—¿Qué es lo que hace?
—Envía a un testaferro que se encarga de meter en un bolsillo del “jockey” un sobre
conteniendo dinero. Deane se arruinó... Se malvendieron sus caballos. He montado
algunos y todos están viciados por los castigos que les infligía Deane. Ahí detrás hay una
muestra...
—¡Pero usted lo ha montado!...
—Lo he cogido por sorpresa. He dejado que se creciera... A la otra vez puede que él me
gane la mano y me rompa la cabeza.
—¡No lo monte más! ¡Téngalo como símbolo de su cuadra!
Lo dijo con tanto fervor, que Heid tuvo que volver la cabeza, para mirarla, sorprendido.
—¿Lo dice en serio?
—¡Claro que lo digo en serio! ¿Tan absurdo le parece?
Heid sonrió. Tras un breve silencio, declaró:
—En mí es inevitable, Yotzi. Es seguro que alguien que me conoce bien ha sugerido a
Grod tentarme con ese caballo. Pronto, el deseo de dominarlo, constituirá una obsesión...
—¿Vencer siempre es su meta?
—No. Pierdo muchas veces, y no me duele. Pero cuando alguna injusticia me obliga a
lanzarme a galope, ya no me detengo, porque la meta del odio tira de mí, anunciándome
que si no llego el primero, dejaré de existir...
CAPITULO IV
Eider, al mirar a Heid a la cara, pensé: “Ayer se levantó Yotzi con ese mal teque’'.
—Llegas a tiempo de desayunar con nosotros.
—¡No tengo apetito!... ¡Lo que quiero es ver a Kiebel, para quebrarle la otra pierna! ¡Y a
Yotzi...!
—¿También para dejarla lisiada?
—¡Y su marido tampoco está fuera del juego! ¡Quizá tampoco usted, Eider!
Heid se quedó mirando la escalerilla que conducía a los dormitorios.
—¿Bajan o subo? —gritó.
Eider, mirando al rincón más oscuro del departamento donde guardaban la leña, dijo:
—Salid... No vaya a pagarlo Yotzi.
Quien primero asomé fue Jason.
—¡Diablo! ¿Y quién tiene la culpa? —contestó el marido de Eider—. ¡Heid! ¡Te doy
palabra de que el caballo está seguro donde se encuentra ahora! Dejarlo en una cuadra
del pueblo era un riesgo...
Kiebel fue surgiendo de la penumbra, cojeando.
—Puedes pegarme, Heid... Pero volvería a apoyar a esa muchacha, si volviera a
proponerme una cosa como la de anoche. Todo se hizo con mucha discreción... Ya
todos los saloons habían cerrado cuando fuimos a la cuadra. Yo no me dejé ver, ¿sabes?
Todo lo hicieron Jason y la chica. El encargado de la cuadra no puso inconveniente. Lo
que él quería era que se llevaran un caballo que ya estaba temiendo como a un paquete
de dinamita...
Heid, respirando hondo, para calmarse, preguntó:
—¿A qué rancho ha ido a parar el caballo?
—¡Eso sí que no te lo podemos decir! —exclamó Jason.
—Ah, ¿no?
—¡Es que no lo sabemos, Heid! Antes de la cena, Yotzi salió. Ignoramos con quién
habló... Cuando sacamos el caballo, ya doblada la medianoche, en las afueras del pueblo
esperaban unos jinetes. Yotzi se entendió con ellos.
—¿Y ustedes no los reconocieron?
—¡No! Aparte de que estaba muy oscuro, Yotzi no dejó que nos acercáramos a ellos.
—¿Y quién llevó el caballo hasta donde estaban esos hombres?
—Yotzi. Y no tuvo la menor dificultad... Fue después, cuando los jinetes se alejaban,
que oímos furiosos relinchos. ¡Cualquiera diría que protestaba por separarse de ella!...
—¡Ya está bien, Jason! ¡Y usted, Kiebel, está faltando a todo lo que me prometió en el
rancho del señor Eastern! ¡No debí consentir que me acompañara...!
Yotzi había ido descendiendo la escalerilla, cautelosamente.
—¡Pero usted fue quien se llevó a Kiebel del rancho, poco menos que en volandas! —
objetó Yotzi, situada detrás de Heid.
El se volvió rápidamente.
—¿Cómo está tan segura? ¿Porque se lo ha dicho, Kiebel?
La muchacha miró al cojo, como defraudada.
—¿Usted... miente?
En ese momento pensaba en lo que Kiebel le dijo acerca de la estrella del mal sheriff.
—Alguna vez, muchacha... Pero a ti no te he mentido más que en eso: en que no fue
Heid quien me sacó del rancho, sino que yo le pedí que me trajera aquí...
Heid la cogió de un brazo y la hizo caminar hacia el comedor. Allí no había nadie.
—¿Por qué ha sacado el caballo del pueblo sin consultarme?
—Porque sabía que se opondría.
—Se equivoca. Hoy iba a buscar un sitio seguro, hasta que mi gente se instale en el
rancho.
Yotzi hizo un gesto de alegría.
—¡Luego acerté!... ¿Por qué ese enfado?
—Mientras yo dormía en el hotel, usted trajinaba con un caballo peligroso. ¿A qué
rancho ha ido a parar?
—A uno, donde hay gente de confianza. ¿Le basta?
—No. Quiero saber...
Yotzi, mirándolo de frente, empezó a mover la cabeza, rechazando.
—Solamente yo y los que lo tienen lo sabrán. Aunque usted revolviera la comarca, no
lo encontraría. Ese caballo aparecerá a su debido tiempo.
Heid, mirándola, entornó los ojos y la agarró de los hombros.
—Te expones mucho, Yotzi... Creo entender lo que te propones.
Ella sonrió, sin huir su mirada.
—Quisiera oír qué es lo que crees que persigo.
—Ayer, cuando te dije que ese caballo se convertiría en mi obsesión, tus ojos
chispearon.
—En burla, quizá.
—No. Fue como si te hubiera insultado.
Yotzi rompió a reír, para disimular su azoramiento.
Con la mirada le decía: “¡Insultas, Heid! ¡Tus caballos!... ¡Tus revanchas!... ¡Hace un año
pasaste de largo... ¿Cuándo te detienes para mirar a tu alrededor?”,
Eider apareció con una bandeja.
—¡Desayuno para dos!
Heid y Yotzi se sentaron. Ya comiendo, dijo la joven:
—Te acompañaré a dejar los arreos en el serrijón.
—Ya lo he hecho.
—¿Cuándo?
—Al amanecer... Luego me he sentado unos momentos en el porche. Y me ha ocurrido
lo que a ti, cuando fuiste la primera vez. El rancho se animaba con movimiento de jinetes,
gritos, risas... Esa tierra pide vida.
—¡Tú se la puedes dar! ¡Ojalá sea esa tu única obsesión!... ¡La meta del odio debía
quedar borrada para ti!...
Heid guardó silencio. Su rostro iba ensombreciéndose.
—¡Ya sé que eso es imposible teniendo a. Grod Walker de vecino! —exclamó Yotzi—.
Pero si él se marchara...
—Yo lo seguiría.
—¿Por qué? ¿Qué tienes contra él? ¿Qué ha hecho-?
—A mí, directamente, nada. Ayer, en la estación, fue la primera vez que cruzamos la
palabra... Pero Kiebel sí lo ha tratado. A Grod le debe la pierna lisiada. ..
—De muchacho ibas con Kiebel. ¿Es que os separasteis?
—Sí. Era necesario.
—¿Por qué?
—Come. Y yo no te preguntaré dónde está el alazán.
—Está bien. Lo sabré por el mismo Kiebel..
—Ten en cuenta que dice muchas mentiras.
Yotzi se quedó mirándolo, casi con miedo.
—Lo del sheriff rufián... Lo de la estrella enterrada en mi rancho... ¿Es mentira?
Apenas se la oía. Heid miró el plato de comida.
—¡Eso es verdad...! ¿Ves? ¡Y antes de salir del rancho del señor Eastern prometió, con
los ojos llenos de lágrimas, que eso sería lo último que te diría...!
—¿Y por qué tenía que callarlo? —preguntó, súbitamente excitada—. ¡Para que no
pareciera que por agradecimiento te cedía el rancho...! ¡Tu aversión a los sobornos en el
hipódromo te empuja a cosas absurdas! ¡Si yo no llego a dudar durante estos días...!
Pude venderle el rancho a Grod. Es el que mejor precio ofrecía...
—Yo estaba bien informado.
—¿Por quién?
—Por un amigo de tu padre.
Yotzi hincó los ojos en los de Heid.
—¿Quién? ¡Jason y Eider no pueden ser...!
—¿Es que tu padre no tenía más amigos aquí?
Yotzi apretó los dientes. Luego, sonriendo, contestó:
—Sé que me costará caro no decir dónde guardo a “Rival”...
—¿“Rival”? ¿Te refieres al alazán? Su nombre... Ha tenido muchos, pero yo lo conozco
por “Vértigo”.
—Y yo le he endosado “Rival”.
—¿De quién?
—Come.
Lo hicieron los dos. Pero al momento Yotzi volvió a la carga.
—¡Insisto en que era injusto! ¡Yo dudaba en vender el rancho!
—Y seguirás dudando. Pero esa es tu competición,
Yotzi... Tuya solamente. Debes resolverla por ti misma, sin ayuda de nadie.
Heid se levantó, sin parecer reparar en que la muchacha quedaba muy seria.
—Voy a alquilar una carreta para trasladar jergones y alguna ropa...
—Hay tres carretas a tu disposición. Ya están cargadas con lo más necesario —contestó
Yotzi—. Y el cerrajero Kahn se ha ofrecido a remediar todos los desperfectos.
—Sabes tocar resortes.
—No tiene importancia. Después de todo, estoy en mi pueblo. Tú consigues vagones en
una estación extraña.
—El jefe del tren era amigo mío. Lo que necesito ahora es un matrimonio de mediana
edad, sin hijos...
—La viuda Malkin se basta para poner en orden la casa. Yo la ayudaré, por hacerle
compañía. A media tarde, emprenderemos el regreso al pueblo. Tan pronto llegue tu
gente, la viuda Malkin se quedará en el rancho... Todo esto, claro, si tú lo apruebas.
—Aceptado. Y no te doy las gracias, porque advierto cierto retintín en tu ayuda.
—Te evito pequeños problemas. ¡Pista libre para el "jockey”!
Ella seguía sentada, de espaldas a él. Se quedó mirándole el ondulado cabello, los
hermosos hombros...
Entraron dos vaqueros. Y Jason salió de la cocina.
Los recién llegados llevaban mucho polvo encima.
—Habéis cabalgado, ¿eh? —dijo Jason.
—Toda la noche —contestó uno, con voz alta.
Heid se volvió.
—¡Struve! —fue hacia los dos vaqueros, tendiéndoles la mano.
—Este es Quander —dijo Struve, así que hubo estrechado fuertemente la mano de
Heid.
—Los dos eran mayores que Heid, pero más jóvenes que Jason.
—Encantado de conocerte, Quander. Espero que te sientas a gusto con nosotros —dijo
Heid—. A pesar de la “vecindad”.
—Esta mañana nos hemos cruzado con vaqueros de aquí. Por ellos hemos sabido lo que
te pasó ayer con Grod Walker —dijo Struve, riendo.
—¿Es cierto que has conseguido el rancho que querías? —preguntó Quander.
—Me ayudó la suerte. Pero tenemos por vecino a Grod.
—No me importa —contestó Quander.
Pero sí le importaba. Lo consideraba un incentivo más para estar en la plantilla de Heid.
—Mañana ya estaremos en el rancho, si todo va como hasta ahora — dijo Struve—. Nos
hemos adelantado paja decírtelo.
—Mañana todo estará listo para que los muchachos puedan dormir a gusto —dijo
Jason—. Va a haber muchos voluntarios para que los dormitorios queden en
condiciones. ¿Os sentáis?
Iban a hacerlo, pero Heid les indicó la muchacha que seguía sentada, de espalda a ellos.
—Es la hija de Henry Derman. Os presentaré.
Yotzi parecía ensimismada. Pero había estado atenta a lo que decían Heid y sus dos
vaqueros.
Al oír que se acercaban se levantó y se volvió de cara a ellos. Struve no pudo contenerse:
—¡Tenías razón, Heid...!
—¿En qué?
Struve, algo azorado, rompió a reír.
—Ya no te acordarás... De esto hace algún tiempo... ¡Conque usted es Yotzi Derman...!
Me llamo Struve y estoy contratado para actuar de capataz de Heid. Este amigo es
Quander. Entiende más de domar caballos que de enlazar reses. Heid parece que va a
traer caballos salvajes... Bueno, eso creo yo... ¡Digo...!
Hablaba para no demostrar que cada vez estaba más cohibido, por algo que estuvo a
punto de escapársele. No lo soltó porque se encontró con la mirada de Heid.
Pero Yotzi ya había advertido que en aquella verborrea había un deseo de retirada.
Estrechó la mano a los dos.
—Voy a decirle a Eider que les preparen un buen desayuno.
Al entrar en la cocina casi tropezó con Kiebel.
La muchacha lo cogió de un brazo y le indicó la escalerilla.
—Arriba no nos molestarán... ¡Y nada de mentiras, Kiebel!
En la habitación de Yotzi, el cojo declaró:
—Sólo conozco a uno de los que han llegado.
—¿Al que va a ser capataz?
—No, al otro, a Quander... El trabajó para Grod, como entrenador... ¡No comprendo
cómo se ha atrevido a venir aquí! Quander sabe demasiadas cosas de Grod...
—¿Por qué se separaron?
—Porque Quander sufrió un accidente y pensó que ya era un estorbo para Grod.
Desapareció... Muchas veces he preguntado por él, porque es un buen preparador, y yo lo
apreciaba... Pero nunca nadie me ha dado la menor noticia. ¡Y ahí está, trabajando para
Heid...! ¡No lo comprendo...!
—¿Y usted se sorprende? ¿Qué hace usted en este pueblo? —se quedó mirando la
pierna lisiada—. ¿Qué revancha es la que usted busca?
Kiebel inclinó la cabeza. Durante unos momentos permaneció callado. Temblaba.
—Yo he sido uno de esos puercos de que habla Heid...
—¡Por eso Heid se separó de usted! —le espetó. Pero apenas decirlo, se apresuró a
aclarar—: Eso lo he deducido yo. Heid nada me ha dicho.
—Lo sé. Heid me respeta demasiado... Con el tiempo,, yo quise rectificar. Pero eso es
imposible. Tipos como Grod, una vez te han cebado, te sujetan. Te hacen firmar mi
papelucho, en que reconoces que te has dejado sobornar y ya no tienes más remedio que
seguir rodando.
—¡No es verdad! ¡Siempre se puede rectificar...!
Kiebel levantó la cara. Los ojos los tenía húmedos. Pero parecía divertido.
—¡Sí, Yotzi, es cierto...! Y en un hipódromo planté cara a Grod: “¡Ganaré esta carrera,
te guste o no!”. Yo sabía que con los papeluchos que él poseía podría apartarme de los
hipódromos para siempre. Y quise ganar, para despedirme a lo grande...
Se calló, para dejar paso a la risa.
—¿Qué ocurrió? —preguntó Yotzi, presintiendo la respuesta.
—Grod me leyó en los ojos mi decisión de vencer... Y circuló órdenes a sus “jockeys”.
Entonces vino el número de risa... Apenas iniciase la carrera, hubo un revoltijo de
caballos...
Kiebel se levantó y se puso a caminar, acentuando su cojera.
—En parihuelas salí del hipódromo... Por suerte, Jake Eastern se enteró y envió por mí.
En su rancho he estado todo este tiempo...
—¿Y Grod lo sabía?
—No creo. Allí trabaja buena gente. Y siempre que había visita me escondía...
—¡Heid no debió consentir en que usted viniera...!
—El se negó. Llegó incluso a decir: “¡Bien rota está su pierna!”. Ya sé que lo soltó en un
momento de irritación... El quería evitar a toda costa que viniera. Pero yo supe
convencerle. Lo que menos me importaba era mi pierna... Ayer tarde, cuando me referías
lo que os ocurrió con el alazán pálido... Tus dudas de que Grod o su gente lo mataran, no
sé cómo pude contenerme... Cuando Grod dio la orden a sus “jockeys” para que me
escarmentaran, ya sabía qué consecuencias podría tener esa maniobra. Y no vaciló...
¿Sabes cuántos caballos fueron sacrificados? Tres...
Yotzi contrajo el rostro, indignada:
—¡La ambición, el rencor...! ¡A todos ciega la meta del odio...!
Jason apareció en la puerta. Estaba muy afectado.
—¡No bajéis ahora!
—¿Por qué? —preguntó la muchacha.
—Mira por la ventana.
Yotzi vio a varios subordinados de Grod Walker situados frente al restaurante, junto a
los caballos de silla.
—¿Y qué?
—Alguien ha debido decirle a Grod que uno de los vaqueros que han venido...
—...¡Es Quander! —exclamó Kiebel—. ¿Qué le han hecho?
Jason lo miró, extrañado:
—¿Hacerle algo a un amigo de Heid, estando él presente, y que no haya ruido?
Imposible. Grod ha entrado, muy sonriente y ha pedido permiso para sentarse a la mesa
donde están Heid y sus dos vaqueros...
—¿Y qué hace Quander?
—Comer, lo mismo que Struve. Traen mucha hambre... Lo que me escama es que Grod
haya traído a tanta gente.
Se acercó a la ventana y atisbo unos momentos. Cuando se volvió advirtió que Yotzi
había desaparecido.
—¡No debió bajar! ¡Si Grod la mira... "ensuciándola”, se armará una marimorena...!
En seguida quedó pensativo, pareciendo que se miraba de arriba abajo, como
buscando algo.
—¿Miras si te falta algún botón? —preguntó Kiebel, con sorna.
—¡Miro cuernos...! ¡Eider tiene razón! ¡Con los años nos estamos volviendo
cobardes...! ¡Lo que nos importaba a nosotros en otros tiempos que le pegaran fuego a
nuestra casa...! ¿Por qué te prohibió Heid que te dejaras ver?
—No quería que os causara problemas.
—¿Sólo por eso? ¡Vamos abajo, Kiebel...! ¡Y nos sentaremos Eider, tú y yo, muy cerca
de Grod...! ¡Y brindaremos...!
No tuvieron tiempo de hacerlo. Cuando aparecieron en el comedor, Grod ya se había
levantado.
—¡Me alegro de verte, Quander!
Este seguía comiendo, sin mirarlo. Heid, cruzado de brazos’ presenciaba en silencio la
escena.
—¿No viene a la estación, Heid? ¡Llega el ganado que el pueblo tanto interés tenía en
ver! —reparó en Yotzi e iba a volverse, para mirarle de frente, pero se contuvo,
sonriendo—: No me acordaba que mi mirada molesta.
—También su presencia, Grod. Puesto que ha recibido el mensaje que he dejado
enganchado en los arreos, hubiera bastado que enviara a uno de sus hombres con la
respuesta...
—Todavía he de pensarlo. ¡Una carrera a estas alturas...! Hasta la próxima temporada
yo tenía decidido no concurrir. Ahora no dispongo de buenos preparadores. Voy a
despedir a Griffin y a Beck, precisamente por evitarle a usted molestias.
—A mí no me estorban. Me limito a ignorarlos.
Kiebel asomó en la puerta de la cocina.
—¿Te puedo echar una mano, Grod? Todavía soy útil para enseñar a los “jockeys” que
empiezan lo que no deben hacer...
Grod Walker estuvo unos momentos mirando a Kiebel, sin reconocerlo. Dio el efecto
de que veía un fantasma.
—¡No...! ¡Tú no eres...!
Kiebel rompió a reír, y dio unos pasos, cojeando.
—¡El diablo sabe quién soy yo ahora...! ¡Pero tu eres el mismo, Grod...! ¡El mismo...!
Grod se situó en la puerta que daba a la calle. Y miró a Heid, como queriendo
fulminarlo.
—¿Qué es lo que se propone trayéndome a estos individuos?
Quander, teniendo la boca llena, dejó de mascar. Cerró los puños.
Struve lo agarró de un brazo.
—Bebe un trago. El vino es muy bueno.
Heid avanzó hacia Grod.
—En cualquier momento aparecerá Emma... Eh el dorso del contrato le anunciaba que
aun estaba viva. Quizá quiera ver la carrera...
Grod, retrocediendo, salió al soportal. Heid lo siguió.
—¡Estoy cediendo desde que ha llegado, Heid...! ¡No se envalentone...! ¡Piense que
puede ser táctica, para que usted se confíe...!
Y dio un salto de costado. Lo tenía convenido con uno de sus guardaespaldas, que se
hallaba mezclado con los vaqueros.
El individuo destacó del grupo, gritando:
—¡No moleste al señor Walker:..!
Ya estaba desenfundando. Antes, llamearon los “Colt” de Heid.
El pistolero soltó las armas, los dos brazos atravesados.
La sangre le resbaló rápidamente, buscándole las manos, y cayendo a tierra.
—¡Uno más que sujeta riendas de sangre, Grod! —prorrumpió Heid—. ¡Tírele a un
barranco! ¡Ya no le sirve...!
Levantó el revólver que empuñaba con la derecha y teniéndolo amartillado apuntó a
la cara de Grod Walker. Este palideció.
Pero en seguida forzó una sonrisa.
—¡Usted no se atreverá...! ¡Yo no me defiendo...! No llevo armas.
Por momentos había más gente. Con lentitud, sin dejar de apuntarle, Heid bajó el
martillo.
—Llegará un momento en que deseará la muerte como el mejor trofeo. Las riendas
del miedo le queman las manos desde ayer. Y no puede soltarlas...
Enfundó rápidamente. Ya volviéndose, dijo:
—La carrera será de hoy en ocho días. Quien pierda... se irá.
Grod ya había descendido a la calzada para dirigirse a donde tenía el coche.
—¿Eso es lo que persigue? ¿Que me vaya de la comarca?
Heid no contestó. Pero los que le veían el rostro,' por la expresión que tenía en
aquellos momentos, comprendieron que era algo más que irse de un determinado lugar.
—Quizá no sea necesaria esa carrera... ¡Esta comarca empieza a serme antipática! —
gritó Grod Walker, montando en el coche.
Partieron hacia la estación. Veinticuatro horas antes tocio el pueblo se movilizó por
ver el ganado que decían llegaba en el tren.
Aquella mañana, a pesar de que estaban convencidos de que el ganado venía, ningún
vecino salió del pueblo...
Cuando Heid entró en el restaurante, se acercó a Yotzi.
—Sé que si te digo que no salgas de aquí, no obedecerás. Bien. Tienes muchos amigos...
Que te acompañen al rancho y ponlo en orden...
—¿Y tú a dónde vas?
—Al encuentro de la manada.
CAPITULO V
***
Fue la voz de Heid lo que la despertó, precisamente quien menos alto hablaba.
Reprochaba al capataz sus gritos.
—¿Te has vuelto loco, Struve? ¡Vas a espantar los caballos!...
Todavía era de noche. Yotzi saltó del lecho, se puso sobre el camisón un batín,
solamente caído sobre los hombros y se asomó.
—¡Bienvenidos! —gritó.
La respuesta de Heid fue un taco. Luego, repuesto de la sorpresa, preguntó:
—¿De quién ha sido idea de que te quedaras?
—¡Mía! —contestó la muchacha—. ¡Bajaré en seguida...!
—¡No! ¡Espera a que se haga de día...! ¡Y tú, Struve, diciéndome que todo estaba en
orden...!
—Yo creo que lo está. Dentro de la casa solamente se encuentran la señorita y la viuda
Malkin...
—¡El rancho ha quedado casi sin gente!
—Sólo un rato, cuando supimos que los caballos estaban cerca. Ningún muchacho
estaba acostado, cuando salimos...
Era verdad. Por los lados de la casa aparecieron los cuatro que se habían quedado de
guardia. Uno era Kiebel.
—¡Vaya nochecita, después de la paliza que me ha dado el carro! —exclamó Kiebel,
acercándose a los caballos llegados en tren a la estación de Watap City.
En la planta baja, la viuda Malkin había encendido algunas lámparas, creyendo que algo
grave ocurría.
Cuatro caballos habían sido desembarcados. Kiebel fue acariciándolos, mientras los
nombraba.
—¡Hola, “Crines”...! ¡Bienvenido, “Golfo”...!
La puerta que daba al porche se abrió. La viuda Malkin apareció envuelta con una bata
oscura,
Yotzi, vestida con la misma indumentaria que llevó el día anterior, como dispuesta a
montar a caballo y salir de paseo.
—Todavía es de noche, Yotzi —dijo Heid, subiendo los peldaños.
Al llegar al último escalón, se sentó.
La muchacha se sentó a su lado. Hombre y caballos desaparecieron por un lado de la
casa.
—Acuéstese, señora Malkin —dijo Heid—. Y apague luces. Aquí ofrecemos un buen
blanco.
—Sí, Heid —y momentos después el porche quedaba en penumbra.
Tras un silencio, Yotzi preguntó:
—¿Tocio ha ido bien?
—Todo. ¿Y aquí?
—Tus vaqueros parecen contentos con el rancho.
Refirió a continuación la ayuda que le habían prestado viejos amigos.
—Y por ninguna parte hemos advertido vigías de Grod.
El rancho iba quedando en silencio.
—Acuéstate —dijo Heid.
—¿Y tú?
—La otra madrugada, cuando vine a dejar los arreos, prometí que desde esta
escalera vería salir el sol, tan pronto trajera los caballos.
—No te estorbaré. Si no quieres hablar, estaremos callados.
Durante medio minuto, ninguno de los dos dijo nada. Miraban al frente.
—Grod habló de un mensaje que dejaste en los arreos ¿Qué decía?
—Lo emplazaba a una carrera de cuatro millas.
—¿Para decidir quién se queda aquí?
Yotzi sabía que era para algo más.
—No estropeemos el amanecer...
Le pasó un brazo por la espalda.
Yotzi fue girando la cabeza, para mirarlo.
—¿Me sujetas para que me vaya?
—Sí... Vuelve a tu habitación.
Ella rechazó, moviendo la cabeza. Heid se inclinó, pasándole un brazo por encima de
los hombros.
Con la mano le inmovilizó la cara, cogiéndola de la barbilla. Heid sólo pretendía
rozarle los labios, para asustarla.
Pero al sentir el contacto de su boca, besó con fuerza, casi con desesperación, como
si alcanzara algo muy soñado.
Advirtió que ella acusaba un estremecimiento. La soltó.
Esperaba que Yotzi saltara, molesta.
Pero se limitó a separarse unos palmos de Heid.
—Veré el amanecer... Quizá yo también me lo he prometido —dijo Yotzi—. Ayer por
la tarde no oí ruidos imaginarios. ¡Vi a los vaqueros, y a los caballos, y a las reses...!
¡El rancho tenía vida...! Espero el día...
Quizá, en las horas que se avecinan, todo lo que ayer, y meses atrás, me pareció lleno de
encanto, se desvanezca...
—Es muy posible.
—Entonces, ya sin vacilar, cogeré el tren. Y eso te deberé, Heid... ¡Es mucho! No
puedes tener idea de lo que he tenido que luchar con mis recuerdos, desde que me fui
de Watap City...
—Lo supongo.
—¡No! ¡Hay que sentirse en mi situación para saberlo...!
—Por eso te dije que esa pelea eres tú solamente quien debe resolverla...
—Rehusaste a comprar el rancho. Sé que fue una gentileza...
—He querido evitar la posibilidad de que luego me odiaras. Ni siquiera... estando
perdidamente enamorado de ti... Es una suposición. Eres extraordinariamente bonita y
tienes mucha personalidad... No es extraño que individuos como yo, que no se detienen
nunca ni miran a su alrededor, se quede absorto, mirándote... Pues bien: si a mí me
ocurriera, me callaría, y por todos los medios procuraría que no te dieras cuenta...
—¡Claro! Porque luego tu “conciencia” podría acusarte de haber “sobornado” con el
pretexto del amor, a una chica que anda a ciegas...
Siguió un silencio. Yotzi, después de volver la cabeza varias veces, para mirarlo,
rompió a reír.
De pronto quedó seria. Y fue inclinándose, para ver todo el rostro de Heid. Los ojos de
él ya captaban luz del amanecer.
—¡No me burlo, Heid...! Hay momentos... en que me parece que insulta?...
—¿A quién?
—¡No sé! ¡A todos!
—¿Tú te incluyes?
—Naturalmente.
—¿Qué he hecho contra ti?
—Quizá considerarme mejor de lo que soy... Tu juego limpio en todo, viene a ser un
espejo demasiado sincero para los que se miran. Y a todos, nos disgusta descubrir una
arruga que tratábamos de ignorar.
Ahora fue Heid quien rió.
—Tú eres perfecta, Yotzi... Apenas has empezado a vivir. Tienes por delante una gran
pista que recorrer. En el Este no te habrán faltado ocasiones para coger un atajo, y sin
embargo, has rehusado...
—¿Un atajo?
—¿No has tenido oportunidades para introducirte en esferas brillantes?
—¿Tú qué sabes?
—Eider me ha dicho que tus tíos se relacionan con gente bien situada.
—¿Y a mí qué me importa? Yo tengo mi mundo dentro de mí...
Después de una breve pausa, pidió Yotzi:
—Háblame de Emma... ¿Por qué Grod la consideraba muerta?
—Porque hizo todo lo posible para matarla. La embriagó, y la colocó sobre un caballo
salvaje, con las manos atadas a las riendas. Al borde de una torrentera, dispararon al
aire y el caballo rodó por una pendiente llena de peñascos, llevando a rastras a Emma.
Luego la desataron, sin cuidarse de rematar el caballo, que había quedado malherido...
Yotzi se cubrió el rostro con las manos.
—¿Por qué Grod buscó ese medio para deshacerse de ella?
—Emma se había criado entre caballos. Su padre fue arruinado por Grod... en una
carrera de cuatro millas. Sobornó a los controles del recorrido y éstos testificaron que los
“jockeys” del padre de Emma, en las últimas quinientas yardas, se salieron de la ruta...
Esto fue la ruina de ese hombre.
—¿Y Emma fue a vengarse?
—Años más tarde. Cuando ocurrió lo de la carrera era una chiquilla. Supo envolver a
Grod. Cuando éste se dio cuenta, ya todo su archivo con el que sujetaba a multitud de
“jockeys” había desaparecido. No estaba seguro de que fuera Emma... La acosó a
preguntas. Le hizo terribles amenazas... Pero todo en vano. Emma encajaba todas las
situaciones con el mayor temple. Por fin optó por matarla sobre un caballo. Emma era
una formidable amazona...
Yotzi escuchaba con los ojos muy abiertos, clavados en el horizonte, donde parecía
empezar a despuntar el nuevo día.
—¿Quién la recogió?
—Unos vaqueros que iban de conducción. Emma pidió que la llevaran al rancho del
señor Eastern. Era amigo de su padre...
Después de un silencio, Yotzi exclamó:
—¡Eso es no tener arrugas en la cara ni el alma...! ¡Esa mujer supo cabalgar hacia la
meta de la revancha...! ¿Qué he hecho yo? ¡Irme al Este...!
Se levantó, las manos cerradas, toda ella vibrando.
—¡Quiero ver a Emma...!
Heid extendió un brazo, le cogió una mano y la hizo sentarse.
—No podrás verla...
—¿Por qué?
—Murió.
Yotzi ahogó una exclamación. Luego:
—¡Pero tú dijiste a Grod...!
—Sigo el juego que me propuso Emma... Días antes de morir, me indicó dónde
guardaba los papeles que sujetaban a multitud de hombres que intervenían en las
carreras. “Yo te resguardare. No has de tener prisa”, me dijo. Entonces escribió unas
líneas dirigidas a Grod. “Estoy viva. ¡Cuidado con atentar contra Heid...!”
—¡Y le has entregado a Grod ese escrito...!
—Sí. Le pedí al señor Eastern que en la otra cara extendiera el contrato de los tres
caballos que Grod le compró... Esos tres caballos han sido los primeros en llegar a la meta
del odio... O de la revancha. ¿Qué hace Grod ahora?
—¡Sujetar las riendas del miedo...! ¡Y no puede soltarías...!
De nuevo volvió a cubrirse el rostro con las manos. Así estuvo unos momentos.
—Ya amanece, Yotzi —dijo Heid.
La muchacha fue deslizando las manos hacia la barbilla, borrando las lágrimas.
Miró al horizonte. Empieza a insinuarse el sol...
—Tienes un nuevo día delante, con el rancho vivo —siguió hablando Heid—. Procura
no engañarte... Daré orden a los muchachos para que se comporten como si tú no
existieras. Va a haber rudezas, incluso peligro... Puede que hoy asomen los de Grod...
Quizá esto no te parezca lo que has soñado en estos últimos meses. Los recuerdos suelen
sobornar. Sí, Yotzi... Escamotean lo desagradable... Presentan imágenes suaves... Mira
con crueldad el rancho. Y si no es lo que recordabas, antes de que Venga un nuevo día,
coge el tren.
Ella, sin apartar la mirada del horizonte, preguntó:
—¿Me echas...? Parece que seas tú quien teme no encontrar en mí la mujer que has ido
perfilando durante todos estos meses...
—¿Qué te hace pensar que yo te he recordado?
—Lo dijiste, apenas saliste del vagón en que iban tres caballos y muchas pulgas: que era
más bonita que la última vez que me viste... ¿Cuándo fue esa vez?
Hubo silencio. Los dos permanecían con la mirada fija en el amanecer.
—Struve es fácil de sonsacar. Se aturde siempre ante una mujer bonita. El te lo ha
dicho... Pero en el tren no fue la última vez que te vi...
Se incorporó. Yotzi siguió sentada.
—¿Después me viste? ¿Dónde?
Heid fue volviéndose, sonriendo. Los dos quedaron mirándose.
—¿Dónde guardas el alazán?
—¡No te lo diré!
Heid se encogió de hombros.
—Voy a echarme unos cubos de agua. Y a cambiar de ropa —señaló el disco rojo—. El
día sale con sed de revancha...
Descendió los peldaños para ir a la alberca.
—Tu ropa está arriba —advirtió Yotzi.
—Echamela por una ventana.
Yotzi, ya en pie, movió los brazos.
—¡Qué gracioso! Trajiste de repuesto la ropa que llevas... Lo otro estaba sucio... Y dices
que te eche la ropa limpia por la ventana. ¿De dónde voy a sacarla?
—Cuando me fui, dijiste que te preocuparías por todo... Pensé que me habías
comprado ropa. Veré si los muchachos pueden prestarme alguna prenda...
Desapareció por un lado de la casa. Y momentos des- pues, quedó como cuando salió
del vagón y se quitó la camisa, el torso desnudo, recibiendo la luz sangrienta del sol
recién nacido.
Desde una ventana de la segunda planta gritó Yotzi:
—¡Toma...!
Muy cerca de donde estaba Heid se estrelló un paquete de ropa nueva...
Antes del mediodía, Grod envió a uno de sus subordinados para concertar con Heid
una entrevista,
—¿Y qué es lo que tu patrón quiere discutir?
—Lo de la carrera.
—Dentro de una hora que esté en el serrijón —dijo Heid.
Después de almorzar, Heid montó a caballo.
—¿Te acompañamos alguno? —preguntó el capataz.
—No es necesario.
A Yotzi la ignoraban. Por lo menos, todos procuraban desenvolverse como si no
tuvieran alrededor a una muchacha.
—¡Acude a las encerronas como si acabara de salir del cascarón! —rechinó Yotzi,
cuando Kiebel subió al porche para sentarse a su lado.
—Heid sabe lo que se hace...
—¿Y un puerco rabioso como Grod, no? ¡Que se confíe Heid...!
Desde el porche estuvieron observando con unos prismáticos.
Faltando poco para llegar al serrijón, Heid desmontó e hizo a pie el trayecto que
faltaba,
Se situó en lo alto de uno de los pequeños montes.
Momentos después, apareció Grod. Llegó a donde estaba Heid alentando
fatigadamente.
—¿Por qué no... ahí abajo, o en el pueblo?
—Quizá porque deseo que recuerde lo que es subir una pendiente, a pie. ¿Qué quiere
que discutamos sobre la carrera?
—El recorrido... y los caballos que han de participar.
Heid extendió un brazo señalando a lo lejos.
—El recorrido podrá ser aquel camino que pasa por varios ranchos... Hay varios cruces,
que serán taponados por controles. La carrera podrá ser de cuatro o de cinco millas, me
da lo mismo.
—A mí también. ¿Cuántos caballos?
—Uno por mí y otro por usted...
Grod Walker miró torvamente a Heid.
—¿Y por qué solamente dos?
—Porque es mucho lo que se arriesga en esa carrera. Y yo no consentiré maniobras
como la que hizo con Kiebel... Dos caballos solamente. El mío lo montaré yo. Usted puede
procurarse al “jockey” que considere más adecuado...
Grod, mirando al suelo, hizo una mueca y preguntó:
—¿Para decirle, en el momento de salir, que se ponga enfermo?
—Esta vez, no. Quizá, durante la carrera, muera... Depende de lo que su “jockey” haga.
Grod quiso aparentar que lo tomaba a broma.
—Bueno. Que se efectúe la carrera... ¿Qué hay en juego?
—Ya se lo dije.
—¿Que uno de los dos se marche de aquí? Estoy dispuesto a irme. Me está resultando
muy antipática esta comarca.
—Es otra clase de salida, Grod. Para esta carrera va a necesitar no sólo un buen
caballo, sino un “jockey” dispuesto a vencer como si en ese triunfo estuviera la salvación
de su propia vida. Y es la vida de usted la que estará en juego, Grod, no la del “jockey”...
—¿Por qué la mía?
—Porque Emma pide una revancha. Y otros que usted ha aplastado. ¡Busque el jinete
que por usted ponga toda su alma en vencer...! Si pierde, la primera acusación contra
usted que llegará a manos del juez será la de Emma.
—¿Y esa alcoholizada qué puede decir de mí?
—Lo que dicen muchos: que es usted lo más repugnante que han escupido los
infiernos...
—¡Siempre se habla mal del que consigue destacar...! Acepto esa carrera. Usted cree
que me ha acorralado al traer aquí a hombres como Kiebel y Quander. Lo que ellos
puedan decir contra mí, no surtirá ningún efecto ante un tribunal.
—Si está tan seguro, no es necesario que su “jockey” se esfuerce mucho por ganar —
replicó Heid, con ironía.
El miedo se reflejaba en el rostro de Grod, a pesar de los esfuerzos que hacía por
disimular.
De vez en cuando cerraba las manos, hincándose las uñas.
—Las riendas, Grod.
No comprendió.
—¿Qué riendas?
—Las del miedo. No puede soltarlas —contestó Heid, mirándole las manos cerradas.
—¡Basta! ¿Para cuándo ha de ser la carrera?
—Para el próximo miércoles.
—¡Es demasiado pronto! ¡Mi “jockey” tiene que entrenarse!
—Yo también... El miércoles, Grod. Después de todo, usted ha dicho que no arriesga
nada. La víspera de la carrera recorreremos el circuito, para ver si en los cruces del
camino están bien situados los controles. Se pondrán todos los que usted y yo
consideremos necesarios. Así que, hasta el momento de la inspección, no va a ser
preciso que usted y yo volvamos a entrevistarnos. Yo no puedo perder tiempo.
Ya se había vuelto, cuando Grod llamó.
—¡Heid!
—¿Qué, Grod?
—Me ha dicho que si pierdo... me echará encima a un juez.
—Que usted no podrá sobornar.
—¿Y si gano?... Porque eso podría ocurrir.
—Lo sé. Dispone usted de muy buenos caballos.
—¿Qué sucederá si mi caballo llega primero? ¿Se marchará de aquí?
—Esta carrera se hace porque la ha pedido Emma. Ella no me ha dicho qué debo hacer,
si pierdo...
—¡No me hable más de esa mujer! ¡Me estoy dirigiendo a usted! ¿Qué hará, si pierde?
—Le doy palabra que no utilizaré ningún testimonio contra usted. No habrá juez, ni
acusaciones de palabra o escritas...
Grod Walker pareció ver el más codiciado trofeo, tentándolo.
—¡Lo ha prometido, Heid...!
—Sí. Procure ganar.
Emprendió el descenso, sin prisa. Ya abajo miró a la cima.
Grod había desaparecido. Montó a caballo y llevando la montura al paso se dirigió a la
casa.
En el porche estaban Yotzi, Kiebel y Quander.
—El miércoles será la competición —dijo Heid, sin dirigirse a nadie concretamente—.
Esta tarde empezaré los entrenamientos. Los caballos se han resentido del viaje y de la
inactividad en que han permanecido...
Se fue con Quander. Dos horas más tarde regresaban, con los cuatro caballos de
carreras.
—“Crines” es el que parece en mejores condiciones —dijo Heid, cuando se le acercó
Kiebel.
El cojo acarició los cuatro caballos. Luego, como sin dar importancia, manifestó:
—Yotzi se ha ido. Han venido a traerle un telegrama...
—¿Sí? ¿Buenas noticias?
—Ella ha dicho que sí... Pero parecía que se la llevaban los demonios. Vienen sus tíos...
y un tal Emory Barnett. Esto es lo que más la ha sacado de quicio. ¿Sabes quién es
Emory? Me lo explicó Eider. Parece que tiene una tienda en el pueblo donde viven los
tíos. Y le ha estado haciendo la rueda del pavo a Yotzi...
Se interrumpió, para soltar la carcajada.
—¿Te imaginas... a esa centella... detrás de un mostrador, vendiendo tela?
—¿Usted ha creído lo de la tienda?
—¡A Eider se lo dijo la misma Yotzi!
—Bueno. La muchacha también tiene derecho a decir mentiras.
Kiebel se rascó la barba, mirando a Heid.
—¡Oye! ¡Pareces muy enterado...! ¿Es que ella te ha dicho que en el Este la
pretenden?
—¿Una chica como Yotzi iba a pasar inadvertida? ¿Es que en el Este están ciegos?
Heid fue a la alberca y se quitó la camisa. Otra vez pareció decir: “¡Fuera pulgas!”, al
tiempo que se sacudía los pantalones.
—¿No tiene una tienda Emory? ¿Qué hace, entonces? —preguntó Kiebel.
Heid le dio un cubo lleno de agua.
—Vaya echándomela... Emory es uno de los primeros ingenieros de unos astilleros...
Toda el agua la soltó Kiebel de golpe.
—¡Ingeniero...!
—Y una excelente persona.
—Cualquiera diría que lo has tratado.
Heid permanecía inclinado, con la espalda mojada
—Echeme otro cubo.
Kiebel obedeció. Y fue echando el agua con cuidado.
—¿Has tratado a Emory?
—Sí. Hice una escapada al Este... A unos potentados les vendí unos caballos. De paso
me largué a Nagwer...
Por suerte Heid cambió de sitio, en el momento en que la sorpresa hacía que Kiebel
abriera las manos. El cubo cayó al suelo...
***
***
En todos los ranchos se suspendió el trabajo para presenciar la carrera.
La meta estaba en el centro del pueblo, frente al restaurante de Eider.
El día anterior, Heid, Grod y varios vecinos revisaron el recorrido y fueron señalando
los sitios donde convenía poner controles, para evitar que alguno de los competidores
sintiese la tentación de utilizar cualquier atajo.
Se recalcó esto muchas veces. En los oídos de Grod surtió el efecto de disparos hechos
junto a sus orejas.
Despertaban una carrera ya hundida en el pasado, en la que el padre de Emma perdió
todo.
El miércoles, media hora antes de que se diese la salida, varios rancheros fueron por
Grod Walker.
—¿No viene al pueblo?
—Iba a hacerlo. Están enganchando el coche...
—¿Por qué no va a caballo? Tenemos entendido que usted es un buen jinete —dijo el
ranchero Wenkart, uno de los mejores amigos que tuvo el padre de Yotzi—. A no ser que
ya haya perdido la costumbre de ir a caballo.
No era sólo el tono, sino la manera con que lo miraba el ranchero lo que enfureció a
Grod.
—¡Monto mejor que ustedes!... ¿Lo dudan?
Nadie contestó. Pero en todas las caras encontró señales de que por dentro estaban
riendo.
Pidió a gritos que le ensillaran un caballo. Lo trajo el capataz.
Grod le indicó con la mirada que pasara al interior de la casa.
—Esperen unos momentos —dijo a los rancheros.
Ya dentro, ordenó al capataz:
—¡Es mejor que vaya a caballo!... Tú encárgate de llevar el coche a las cercanías del
cañón. Lleva también caballos...
—¿Para ganar tiempo, saco del coche la carga?
—¡No! ¡Ay de ti si tocas nada!... La carrera la ganaré. Mi caballo es mejor que el de
Heid... Pero por si acaso, lleva el coche allí. Por mal que vayan las cosas, tendré tiempo
para poner alguna distancia por el medio. Ya fuera de la comarca, contraatacaré...
En el coche, bajo los asientos, había mucho dinero y títulos de propiedad.
Durante los últimos días, siempre había habido observadores comprobando la
velocidad de los caballos que entrenaba Heid.
Lo que Grod ignoraba era que los que permanecían al acecho no se entendían. Heid,
tan pronto hacía correr un caballo como montaba otro, pareciendo que desechaba
definitivamente al anterior. Y al otro día, el que parecía apartado, daba el efecto de que
era el preferido.
Esto se lo ocultaron a Grod, por miedo a las represalias.
Griffin era el “jockey” que iba a competir con Heid, Tanto por el odio que sentía por
Heid, como por el dinero que le ofrecía Grod.
Montaba un caballo muy bueno.
La salida iba a darse en la parte sur del pueblo.
Grod, después de hablar con el capataz, apareció en la terraza.
—Nos vamos.
Montó a caballo, con un exagerado aire de abandono. Los rancheros acentuaron el
gesto burlón.
Apenas salir del rancho se encontraron con un control. Lo integraban cuatro hombres.
Estaban en un cruce de caminos.
—¡Buenos días, señor Walker! —saludó uno, que vestía chaqueta—. Hacía años que no
nos veíamos.
Grod lo miró. Acudía un recuerdo, pero lo expulsó, contestando con un gruñido.
Siguieron la marcha.
—Ese hombre que me ha saludado ¿es de aquí? —preguntó Grod.
—¡Oh, no! —contestó el ranchero Wenkart—. Es forastero. Ya tomó parte en el
control de una carrera que usted ganó, hace años...
—¿Cuál? —preguntó, sobresaltado.
—Una en que hubo un pleito... Parece que los “jockeys” de cierto propietario hicieron
trampas. Y los controles evitaron que a usted lo “estafaran”...
Antes de llegar al pueblo, otro forastero lo saludó:
—¡Ya no me recordará! ¡Hace tanto tiempo que no ros vemos, señor Walker!...
También se encontraba en un control.
Al pueblo llegaron minutos antes de que dieran la salida. Grod miró a su “jockey”.
Griffin estaba como embriagado, ante la idea de vencer a Heid y recoger una gran
recompensa.
Sonó el disparo indicando la salida...
***
Los espectadores que se encontraban sobre las lomas del recorrido tenían la sensación
de que el rabioso sol encendía las piedras, y luego el polvo, tan pronto lo levantaban los
dos caballos.
A excepción de los que pertenecían a la plantilla de Grod, todos, incluso los dos
rancheros que hasta aquel día se habían sometido a Grod, volcaban su simpatía sobre
Heid.
Los dos caballos hicieron tres cuartas partes del recorrido alternándose en el primer
puesto.
Todos sabían que en la última media milla se produciría la embestida. Y en esa área se
encontraban la mayoría de los espectadores.
El restaurante de Eider estaba reservado para el jurado y los más interesados en la
carrera.
En lugar preferente, en las ventanas del restaurante, se encontraban los tíos de Yotzi.
También el ingeniero Emory y el cojo Kiebel.
En el comedor estaba Grod, de espaldas al jurado, bebiendo de la botella que Eider le
había colocado sobre la mesa.
Por la puerta de la cocina entró Yotzi. Vestía de amazona.
Llevaba en la mano derecha una fusta. Venía muy agitada.
—¿Dónde has estado? —preguntó Eider.
—¡Cabalgando! ¡He visto algo de la carrera! ¡Es un espectáculo maravilloso!
Se hallaban cerca de la mesa donde estaba Grod.
Yotzi, riendo, le mostró una llave a Eider.
—No se enfade... He abierto el almacén. Hay un trozo que estaba destinado a cuadra.
—¡Los antiguos propietarios lo utilizaban como cuadra! ¿Qué has metido allí?
—Mi caballo. Tan pronto termine la carrera lo sacaré...
En la calle prorrumpieron los gritos.
—¡Ya están cerca!...
El jurado se precipitó al soportal.
—¡Aún no se ven!
Eider y Jason también salieron.
Grod llenó de nuevo el vaso. De pronto reparó en que la muchacha permanecía frente a
él.
Elevó la mirada. Yotzi, con el rostro contraído, dijo:
—¡Míreme “limpiamente”, Grod!... ¡Le conviene! ¡Heid va a ganar!
—¿Usted cree?
—¡Es seguro! ¡Ha estado desorientando a sus espías! ¡Montaba caballos con los que no
tenía que hacer la carrera! ¡Era de noche cuando montaba a “Crines”!...
—¿Y qué?
—¡“Crines” es un rayo!... ¡Llegará el primero!... ¡Y usted morirá!...
Grod saltó del asiento.
—¿Por perder la carrera?...
—¡No me ¡aire así, Grod!... ¡Aún no soy Emma!...
Grod no advirtió que Yotzi pronunciaba el nombre con mucha devoción. Entendió que
era desprecio lo que sentía por la mujer alcoholizada,
—¡Heid lo matará!... ¡Lo obligará a empuñar las armas... después que los que tomaron
parte en los controles de hace' años, certifiquen que usted los sobornó!... ¡Le propongo
un trato!...
Grod Walker parecía enloquecido. Dio unos pasos hacia la muchacha.
Afuera seguía el griterío.
—¡Quiero a Heid!... ¡Pero estoy celosa de su obsesión por vengar a los que usted
atropelló!... ¡Márchese!... ¡Está a tiempo!... ¡La victoria lo entretendrá varios minutos!
¡Los suficientes para que usted se aleje!... ¡En el almacén tiene mi caballo!... ¡La puerta
está abierta!...
El vocerío era ya un estruendo que apenas permitía que Grod y Yotzi pudieran oírse.
—¡Acepto!... ¡Retroceda! —dijo Grod, apuntándole con un arma que había sacado de la
sobaquera—. ¡Ay de ti si es mentira!...
Yotzi, con magnífica serenidad, sonrió.
—Me conviene que se vaya, Grod... Usted lo ensucia todo... Le acompañaré adonde
está el caballo. Desaparecieron por la puerta de la cocina.
***
“Crines” cruzó la meta cuando el caballo que montaba Griffin todavía no había enfilado
la calle principal.
Por una callejuela cercana al restaurante, Yotzi surgió, gritando:
—¡No desmontes, Heid!... ¡Grod escapa montando a “Rival”! ¡Lo matará!...
Heid saltó del caballo. La multitud iba a rodearlo, pero el ademán que hizo Heid
inmovilizó a todos.
—¿Qué has hecho?
Había cogido a Yotzi de los hombres.
—¡Ha montado a “Rival” sin saber qué caballo era!...
Explicó rápidamente su “trato” con Grod.
—¡Un cinto! —pidió Heid.
En seguida se lo dieron. Mientras se lo abrochaba, Yotzi dijo:
—¡Hay una consigna! “¡Rival” se pone loco cuando la oye!...
Pero Heid no la escuchaba. Saltó sobre “Crines”.
En el momento de arrancar, Yotzi gritó:
—¡Escúchame, Heid!...
Pero ya era demasiado tarde.
El jinete se lanzó por la callejuela y al momento estaba en campo abierto.
Segundos más tarde distinguía a lo lejos un caballo galopando, trazando un ancho
círculo.
Nadie había en la silla.
Pero detrás del caballo quedaba una nube de polvo demasiado significativa.
Heid comprendió y detuvo su montura.
Del pueblo iban surgiendo jinetes. Uno era Quander. El se encargó de enlazar a “Rival”.
Dos vecinos se ocuparon de sacar el pie que Grod tenía engargantado en un estribo.
Grod estaba muerto, el cráneo abierto.
Le encontraron vacía la funda de la sobaquera. Luego hallaron el revólver.
Grod llegó a disparar dos veces. Pero uno de los proyectiles sólo pudo arañar la silla de
“Rival”.
Uno de los observadores que Heid tenía situados en los alrededores del rancho de
Grod trajo el aviso de que el capataz Heppell aguardaba en las cercanías del cañón.
Allí estaba el coche de Grod.
Varios salieron con Heid.
Cuando lo supo Yotzi, inclinó la cabeza y dijo:
—Ni siquiera la victoria lo puede detener... ¿Qué debo hacer, Eider?
—Mátalo y vete al Este...
EPILOGO
EL capataz Heppell contaba con que si el patrón per día la carrera, no podría salir del
pueblo, porque Heid mandaría detenerlo, o lo desafiaría.
Para saber el resultado de la carrera envió a escondí das de Grod a algunos
compinches. Uno era Beck. Y éste fue quien primero acudió adonde estaba el coche.
—¡Griffin perdió!... ¡Y Grod ha muerto!...
Al capataz le entró una gran prisa. Muy cerca del coche tenía dos caballos de silla, con
provisiones.
—¡A partir, Heppell! —dijo Beck—, ¡Antes de que vengan otros!...
Había que desclavar unas tablas. Y el capataz aceptó la ayuda de Beck.
A cada momento volvían la cabeza, temiendo ver a compinches.
Cuando aparecieron los fajos de billetes, Heppell se encontraba en un lado del coche.
Beck, en el otro. Y los dos quedaron como petrificados. La codicia fulgía en sus ojos.
Quedaron mirándose. Después de un silencio, dijo Beck, sonriendo:
—Nos separaremos... y el que más suerte tenga..
Cautelosamente iba moviendo una mano, elevándola, al amparo del coche.
Asomó primero el revólver que empuñaba Heppell.
—¡Esta carrera la gano yo! —dijo, mientras le disparaba.
Beck desapareció por el otro lado del coche. El capataz enfundó y procedió a coger el
dinero.
Lo aplastaba contra su pecho. Iba a correr, para meterlo en las alforjas de uno de los
caballos.
Pero en el momento en que se volvió, sus brazos se movieron.
El dinero cayó al suelo.
Heid avanzaba hacia él, con los brazos colgando.
Por todas partes se veían jinetes, inmóviles, mirándolos.
—Recoge el dinero —dijo Heid—, Está demasiado sucio para que lo toquen manos
honradas.
—¡El dinero está sucio!... ¡Pero lo quieres para ti!...
—No tocaré ni un solo centavo... Hay que pagar muchas deudas que ha dejado tu jefe.
Tú y el resto de la pandilla, procurad que haya suficiente capital para saldar las cuentas
y luego pagar a buenos abogados...
Heppell inclinó la cabeza y se quedó mirando el dinero.
—¡Yo... nada sé de lo que el señor Walker ha podido hacer fuera de aquí!...
—Eso ya se lo dirá al juez, Recoge el dinero.
Heppell se agachó. Sabía que Heid era rápido. No ignoraba que tan pronto hiciera el
menor movimiento sospechoso, Heid desenfundaría.
Pero era inevitable. Como si montara un caballo desbocado.
Agachado, desenfundó. Le- tentaba, la meta; del odio...
Quizá, él llegara primero.
Vio dos llamaradas. Y las armas se le fueron de las manos.
Por cada, antebrazo empezó a deslizarse un cordón de sangre que al llegar a las manos,
se esparció.
—Sujeta las riendas —murmuró Heid.
Fueron aproximándose jinetes.
Momentos después, Heppell se encontraba tirado en el fondo del coche, con los
brazos vendados.
El dinero sirvió de cebo a muchos subordinados de Grod, acudiendo a las cercanías
del cañón.
Pero por todas partes les salían hombres armados, que los obligaban a levantar los
brazos.
—¿Por qué? —preguntaban.
Y la respuesta siempre era la misma:
—Por haber estado a las órdenes de Grod Walker.
***
Con los hombres que intervinieron en los controles de la carrera que arruinó al
padre de Emma, había llegado un juez.
En el tren le habían referido lo ocurrido años atrás.
—¡Grod tenía a muchos pistoleros!... ¡Nos amenazaban!...
El juez evitaba mirarlos. Faltando poco para que el tren se detuviera en la estación
de Watap City salió a la plataforma y escupió.
Más tarde les dijo:
—Ya llevan “dentro” la condena...
Iba por Emma, por la manera como había muerto.
El archivo que ella arrebató a Grod no fue a parar a las manos del juez.
Heid se lo guardó, cumpliendo la voluntad de Emma. “Quizá algunos puedan
rectificar”, dijo ella.
Más tarde Heid procuró localizar a los principales encartados. “Juego limpio”, les dijo.
Algunos lo tuvieron en cuenta. Los que se encogieron de hombros, poco a poco fueron
comprendiendo que desaprovecharon un buen consejo. Cuando ya los habían expulsado
de los hipódromos...
***
El día en que se efectuó la carrera, Heid no pudo almorzar en el restaurante de Eider.
Pero prometió estar allí a la hora de la cena.
A media tarde, Emory Barnett se presentó en el rancho. Iba en la carreta del vecino
Altman.
Kiebel fue a la cuadra, donde se encontraba Heid, hablando con Quander.
—¡Viene el ingeniero!... ¡Y no sonríe!...
Heid fue a recibirlo. Se colocó al pie de la escalera del porche.
—Hola —saludó Heid.
El ingeniero no contestó. Saltó a tierra y avanzó hacia Heid, mirándolo fijamente.
—¡Usted es un ventajista!...
Y levantó los puños. Heid sonrió.
—Sé que practica el boxeo...
—¡Usted se informa hasta de qué clase de pan comen sus enemigos!
—No soy su enemigo, Emory... Le señalé un plazo. Si en estos meses no ha podido
sujetar a Yotzi, yo no tengo ninguna culpa...
—¡Pero la ausencia era una ventaja para usted!
—Es que no es verdad lo que le dije en Nagwer... Ella nunca me había visto.
Esto lo considero Emory como la peor burla.
—¡Usted... que vengó al padre de Yotzi, matando al sheriff, pretende hacerme creer
que no le presentó factura!... ¡Ventajista del demonio!...
Heid embistió. Era verdad que Emory practicaba el boxeo. Los que presenciaban la
pelea se dieron cuenta en seguida.
Encajaba bien los puñetazos de Heid.
Pero esto fue al principio, cuando la lucha estaba aún en frío.
—¡Por el Oeste, Heid!...
Por el Oeste hubo de todo. Cabezazos, zancadillas, retorceduras de piernas...
Ni el Este ni el Oeste podían proclamarse vencedores. Cada uno empleó una táctica.
Pero el resultado fue el mismo.
Los dos en tierra, con la cara magullada.
Sentados en el suelo, uno frente al otro, alentando con dificultad, Emory con una
mano sobre el ojo izquierdo; Heid, limpiándose la sangre que le salía por las comisuras
de la boca, intentaron reír...
No pudieron.
—No me vio nunca... Te lo juro, ingeniero...
—¿Entonces... por qué vino?...
—La tierra... La marca en la sangre... Bah. ¡Tonterías!... Creo que se habría ido... Pero
tomé muy bien... la última recta...
—¿Qué recta?
Heid explicó cómo llegó con los tres caballos de Grod.
—Sabía que eran las últimas horas para que Yotzi se decidiera...
Intervino Kiebel:
—¡Es verdad! ¡Yo vi a Yotzi aquella mañana dudando en marcharse!...
El vecino Altman permanecía sentado en el pescante de su carreta, muy serio.
Venían varios jinetes. Delante de todos iba Yotzi, montando el alazán pálido;
—¡Monte ese caballo! —propuso Emory—. Y cenaré con usted sin guardarle rencor...
Apenas llegó la muchacha, saltó a tierra. Se quedó mirándolos y rompió a reír.
—¡Eso debió usted hacer en Nagwer, Emory! —declaró ella.
—¿Pegar a todo el que la cortejaba?
Yotzi movió los hombros.
—A todos, no. Algunos no merecían ni siquiera eso...
Se interrumpió al ver que Heid se movía. Cuando se dio cuenta de lo que él iba a hacer,
ya estaba sobre “Rival”.
—¡Salta!... ¡Está excitado, Heid!...
Empezó a corvetear. Pero Heid se sostenía sobre la bestia.
Entonces el ingeniero se puso a gritar, moviendo los brazos:
—¡“Látigo”! ¡“Látigo”!...
“Rival” buscó la empinada. Yotzi corrió hacia el ingeniero.
—¡Rufián!...
Iba a pegarle. Pero quedó absorta, contemplando al jinete.
Otra vez el espectáculo de cuando le llevaron a Heid el resentido caballo. El jinete
ahora le hablaba...
—¡Has sido mi “Rival” estos días!... ¡La chiquilla que más quiero, ha estado pendiente
de ti!... ¡Has podido perjudicarla!...
El caballo quedó quieto. Yotzi fue acercándose.
Cuando Heid saltó a tierra, ella le rodeó el cuello con los brazos.
—Aunque sólo sea por dar una bofetada a Emory, por haber dicho la consigna que
irrita al caballo...
No pudo seguir, porque Heid le apresó los labios con los suyos.
***
F I N