LA LOCURA DEL MENSAJE DE LA
CRUZ
En la cruz ocurrió un intercambio divino.
- Jesús fue azotado para que nosotros fuéramos perdonados
- Jesús llevo nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores para que nosotros
fuéramos curados
- Jesús fue hecho pecado para que nosotros fuéramos justificados
- Jesús murió nuestra muerte para que nosotros compartiéramos Su vida eterna
- Jesús llevo la maldición para que nosotros recibiéramos bendición
- Jesús pago nuestra pobreza para que fuéramos prosperados
- Jesús soporto nuestro rechazo para que fuéramos aceptos en Él
¿Qué hace al cristianismo diferente de las otras religiones?
Respuesta: La cruz de Cristo.
Este particular objeto el cual se empleó para el castigo y sufrimiento
de aquellos que cometiesen algún delito lo merecían.
Ahora bien, en este escrito no pretendo hablar del objeto en sí sino
mas bien lo que significa esto para el pueblo cristiano y es que “El
cristianismo sin la cruz no sería cristianismo”.
Si entendiéramos bien el mensaje que transmite la cruz hoy en día no
existiera tanta ignorancia en el mundo, digo esto por los tantos
sacrificios o ritos que se emplean para así conseguir algún favor de
parte de Dios, o en su defecto ser salvos.
A esto digo que no existe ninguna obra humana que pueda sustituir la
obra de la cruz.
“El mensaje de la cruz es una estocada para el orgullo humano”.
Y este fue el objeto predestinado desde antes de la fundación del
mundo para la redención, objeto en el cual deberían estar todos
aquellos nacidos de Adán; ya que por naturaleza somos pecadores y
merecedores del infierno pero en su gracia y bondad Jesús tomó
nuestro lugar y allí sufrió el castigo y la ira de Dios, y allí Él se hizo por
nosotros maldición.
“Y es que solo en el cristianismo encontraras al héroe morir por los
villanos”. Romanos 5:8
¡Que gran muestra de amor! mostró Jesús al llevar en si mismo
nuestros pecados y derramar toda su sangre para que hoy todo aquel
que en Él crea tenga vida eterna. -Juan 3:16
Jesús en la cruz:
1.- Nos reconcilió con el padre. (Efesios 2:16; Romanos 5:10)
2.- El documento de deuda que no podíamos pagar fue cancelado.
(Efesios 2:15; Colosenses 2:14)
3.- Fuimos santificados. (1 Corintios 1:30; Hebreos 10:10)
Para muchos en la actualidad este podrá ser un mensaje de locos y
sin sentido pero para nosotros, para aquellos que hemos sido
salvados por su gracia esto es poder de Dios. Así lo dice el apóstol
Pablo en 1 Corintios 1:18, dice:
“Porque la palabra de la cruz es locura a los que se pierden; pero a los
que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios”.
Pablo durante su estadía en Corinto tuvo que enfrentar diferentes
ideologías y formas de pensar, estaban aquellos que confiaban más
en su sabiduría o sus propios métodos, y este mensaje sobre la cruz
fue algo sin sentido a muchos.
Debo decir que hay una gracia y riqueza en el mensaje de la cruz, que
ya todo fue hecho por El, ya no debo de poner mi confianza en mis
propios méritos o esfuerzos, este mensaje me hace descansar, me
apunta hacia el perdón y me hace andar en santidad.
Y la invitación para ser seguidor de Cristo sigue siendo la misma para
el día de hoy: “Si alguno quiere ser mi discípulo niéguese así mismo y
tome su cruz y sígame”.
Este mensaje es el poder de Dios, este mensaje es que rompe
aquellos corazones de piedra, este es el mensaje que el mundo
necesita hoy. Este es el mensaje de Salvación.
Termino con lo siguiente:
“Pero lejos este de mi gloriarme sino en la cruz de Cristo”.- Apóstol
pablo.
El carácter de la predicación como palabra de Dios nos dignifica y nos
humilla a la vez.
Yo mismo, hermanos, cuando fui a anunciarles el testimonio de Dios,
no lo hice con gran elocuencia y sabiduría. Me propuse, más bien,
estando entre ustedes, no saber de alguna cosa, excepto de
Jesucristo y de éste crucificado (1 Corintios 1.18-2.2).El mensaje de la
cruz es una locura para los que se pierden; en cambio, para los que se
salvan, es decir, para nosotros, este mensaje es el poder de Dios… Ya
que Dios, en su sabio designio, dispuso que el mundo no lo conociera
mediante la sabiduría humana, tuvo a bien salvar, mediante la locura
de la predicación, a los que creen…. Este mensaje es motivo de
tropiezo para los judíos, y es locura para los gentiles, pero para los
que Dios ha llamado, es el poder de Dios y la sabiduría de Dios. Pues
la locura de Dios es más sabia que la sabiduría humana, y la debilidad
de Dios es más fuerte que la fuerza humana.
La predicación, en su sentido bíblico y teológico, es mucho más que
sólo la entrega semanal de una homilía religiosa, con todo respeto por
la importancia del sermón. Es más que una conferencia teológica o
una charla sicológica o social. Es aún más que un estudio bíblico,
elemento esencial de toda la vida cristiana. Entonces, ¿en qué
consiste la esencia y el sentido de la predicación?
El griego del NT emplea básicamente tres términos para la
predicación. El más común es kêrussô (proclamar), y su forma
substantivada, kêrugma, ambos derivados de kêrux (heraldo; cf. 1 Tm
2:7; 2 Ti 1:11; 2 Pe 2:5). En el vocabulario teológico moderno se ha
creado también el adjetivo “kerigmático”, lo que tiene que ver con la
proclamación del kêrugma. Otros conjuntos semánticos son
euaggelizô (anunciar buenas nuevas), junto con euaggelion
(evangelio) y euaggelistês (evangelista) y kataggellô (anunciar)
también de la raíz aggelô (llevar una noticia; Jn 20:18) y aggelos
(ángel, mensajero). En todos esos vocablos se destaca el sentido de
proclamar una noticia o entregar un mensaje. La predicación no
consiste esencialmente en comunicar nuevas ideas sino en narrar de
nuevo una historia, la de la gracia de Dios en nuestra salvación, y
esperar que por esa historia Dios vuelva a hablar y a actuar.
La predicación y el reino de Dios: Al estudiar los aspectos y
dimensiones de esta tarea kerigmática, nada mejor que comenzar
donde inicia el Nuevo Testamento. Juan el Bautista vino predicando en
el desierto: “Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca”
(Mt 3.1), y Jesús llegó con el idéntico mensaje, según Mt 4.17 (cf. Mr
1.14-15). Jesús comisionó a los Doce a proclamar el mismo mensaje
(Mt 10:7; Lc 9:2). Más adelante el primer evangelista, escribiendo para
los judíos, describe el ministerio de Jesús con las palabras, “Jesús
recorría todos los pueblos y aldeas, enseñando (didaskôn) en las
sinagogas, anunciando (kêrussôn) el evangelio del Reino, y sanando
toda enfermedad” (Mt 9:35; Lc 8:1; cf. 4:43). Según Lucas, el Cristo
Resucitado también enseñó a los discípulos durante cuarenta días
“acerca del reino de Dios” (Hch 1:3) y de la misión de proclamar ese
Reino hasta lo último de la tierra, hasta su venida (1:1-11). El tema
central de los tres primeros evangelios es la llegada del reino de Dios,
que con seguridad refleja el mensaje original de Jesús. Muy
relacionado con el tema del Reino, Jesús proclamó también la libertad
y la igualdad del Jubileo (Lc 4:18-19; cf. 7:22).
Aunque el tema del Reino no es tan presente en Pablo y en el cuatro
evangelio, por las nuevas circunstancias culturales y políticas de su
misión, sigue siendo muy importante (cf. Jn 3:3,5; 18:36). La labor
misionera de Pablo se describe como “andar predicando el reino de
Dios” (Hch 20:25), y en la fase final de su misión, ya como preso en
Roma, Pablo “predicaba el reino de Dios y enseñaba acerca del Señor
Jesucristo” (Hch 28:31). Es más, Jesús mismo, en su sermón
profético, anuncia que “este evangelio del reino se predicará en todo el
mundo” hasta el fin de la historia (Mt 24:14).
La expectativa del reino mesiánico pertenecía hacía siglos a la
tradición judía; lo novedoso del evangelio del Reino consistía en
anunciar su inmediata cercanía (Mt 3:1; 4:17). Para Jesús, el Reino no
sólo está cerca sino que, en su persona, el Reino se ha hecho
presente (Mt 12:28; Lc 4:21; 11:20). Los apóstoles también
proclamaban que los tiempos del reino habían llegado (Hch 2:16; 1
Cor 10:11; 1 Jn 2:18). Por eso, predicar es “decir la hora” para
anunciar que el reino de Dios ha llegado ya. La predicación es la
proclamación de este hecho para interpretar bajo esta nueva luz el
pasado, el presente y el futuro. “La predicación pone siempre en
presencia de un hecho que plantea una cuestión” (Léon Dufour
1973:711). Esta nueva realidad exige una respuesta específica:
arrepentimiento, fe y la búsqueda del reino de Dios y su justicia (Mat
6:33), o en una palabra, la conversión.
En conclusión: la proclamación del Reino es parte central de la
predicación, y también, la predicación es parte esencial de la dinámica
del Reino y un agente importante de su realización. Como señala
González Nuñez, “La palabra de Dios es poder activo en la historia.
Pero, además, ejerce en el mundo actividad creadora, empujando
todas las cosas hacia su respectiva plenitud. Visto al trasluz de la
palabra, el mundo se hace transparente… Creadora en el mundo,
salvadora en la historia, la palabra de Dios es una especie de
sustento, necesario para que la vida lo sea plenamente ” (Floristán
1983:678). La palabra creativa de la predicación va acompañando la
marcha del reino de Dios.
La predicación y la palabra de Dios: Esa relación dinámica entre la
proclamación y el evangelio del Reino implica también la relación
inseparable entre la predicación y la Palabra de Dios. Por eso, se
repite a menudo que los apóstoles y los primeros creyentes
“predicaban la palabra de Dios” (Hch 8:25 13:5; 15:36; 17:13), o
sinónimamente, “la palabra de evangelio” (1 P 1:25) o “la palabra de
verdad” (2 Ti 2:15). Otras veces se dice lo mismo con sólo “predicar la
palabra” (Hch 8:4). El encargo de los siervos y las siervas del Señor
es, “predique la palabra” (2 Tm 4:2), lo cual es mucho más que sólo
pronunciar sermones.
La frase “palabra de Dios” tiene diversos significados en las Escrituras
y en la historia de la teología. La palabra de Dios por excelencia es el
Verbo encarnado (Jn 1:1-18; He 1:2; Ap 19:13, Cristo es ho logos tou
theou). En las Escrituras tenemos la palabra de Dios escrita, que da
testimonio del Verbo encarnado (Jn 5:39). Pero la Palabra
proclamada, en predicación o en testimonio, se llama también “palabra
de Dios”, donde no se refiere ni a Jesucristo ni a las Escrituras (Hch
4:31; 6:7; 8:14,25; 15:35-36; 16:32; 17:13; cf. Lc 10.16). Cristo es la
máxima y perfecta revelación de Dios, quien después de hablarnos por
diversos medios, “en estos días finales nos ha hablado por medio de
su Hijo” (He 1:1-2, elalêsen hêmin en huiô, “nos habló en Hijo”). El
lenguaje supremo de Dios es “en Hijo” y las Escrituras son el
testimonio inspirado de esa revelación, definitivamente normativas
para toda proclamación de Cristo. Pero esa proclamación oral es
también “palabra de Dios”, según el uso bíblico de esa frase.
Esta comprensión de las tres modalidades de la palabra de Dios, y por
ende de la predicación como palabra de Dios cuando es fiel a las
Escrituras, fue expresada en lenguaje muy enfático por Martín Lutero y
reiterado con igual énfasis por Karl Barth (KB 1/1 107; 1/2 743,751).
Según la Confesión Helvética de 1563, “la predicación de la palabra de
Dios es palabra de Dios” (praedicatio verbi Dei est verbum Dei). Lutero
se atrevió a afirmar que cuando el predicar proclama fielmente la
palabra de Dios, “su boca es la boca de Cristo”. Karl Barth hace suya
esta teología de la predicación, para afirmar que la predicación es en
primer término una acción de Dios (1/2 751) en la que es Dios mismo,
y sólo Dios, quien habla (1/2 884).
Para muchas personas, que suelen entender “palabra de Dios” como
sólo la Biblia, este descubrimiento tiene implicaciones revolucionarias
para la manera de entender la predicación. Por un lado, magnifica
infinitamente la dignidad del púlpito y el privilegio de ser portador de la
palabra divina. También aumenta infinitamente nuestra expectativa de
lo que Dios puede hacer por medio de su Palabra, a pesar de nuestra
debilidad e insuficiencia. Es una vocación demasiada alta y honrosa
para cualquier ser humano. Así entendido, el carácter de la
predicación como palabra de Dios nos dignifica y nos humilla a la vez.
Aquí vale para nuestra predicación la doble consigna de la Reforma de
tota scriptura y sola scriptura. Pablo nos da el ejemplo de proclamar
“todo el consejo de Dios” (Hch 20:20,27; Col 1:2), sin quitarle nada, y
tampoco añadirle “nada fuera de las cosas que los profetas y Moisés
dijeron…” (Hch 26:22). Quitamos de las Escrituras cuando sólo
predicamos sobre ciertos temas o de ciertos libros y pasajes de
nuestra preferencia. En ese sentido, predicar desde el calendario
litúrgico obtenemos dos grandes ventajas: obliga al predicador a
exponer toda la amplísima gama de enseñanza bíblico, y liga la
predicación con la historia de la salvación (no sólo navidad y semana
santa, sino ascensión, domingo de Pentecostés, etc.). Pero esa
práctica no debe desplazar la predicación expositiva de libros enteros,
teniendo cuidado de incluir en la enseñanza los diferentes estratos y
géneros de la literatura bíblica.
Aún mayor es la tentación en la predicación de añadir al texto, como si
él no fuera suficiente. Un sermón fiel a la Palabra de Dios parte del
texto bíblico y no sale de él si no profundiza en su mensaje hasta el
Amén final (Hch 2:14-36; 8:35). Muchos predicadores se dedican más
bien a sacar inferencias del texto, que aun cuando fueren totalmente
válidas lógicamente, no son bíblicas y puede hasta contradecir el
sentido del texto. Una ensalada de consejos vagos, sugerencias
abstractas y exhortaciones muy generales, aunque vengan
maquillados con textos bíblicos, no es un sermón, mucho menos
palabra de Dios. El sermón no debe ser una simple antología de
ilustraciones, anécdotas y ex abruptos sensacionalistas. El sermón
tampoco es el lugar para ventilar las opiniones personales del
predicador, que no surgen de la palabra de Dios ni se fundamentan en
ella. En la predicación contemporánea priva un “opinionismo” que raya
con el sacrilegio.
El humor debe tener su debido lugar en la predicación (la Biblia misma
es una fuente rica de humor), pero siempre en función del texto y no
como fin en sí mismo. El humor debe iluminar el mensaje del texto.
Jugar con la palabra de Dios es pecado, como lo es también volverla
aburrida. Los predicadores tienen que saber moverse entre la
frivolidad por un lado, y la rutina seca y el aburrimiento por otro lado.
La jocosidad frívola puede ayudar para el “éxito” del sermón y la
popularidad del predicador, pero será un obstáculo que impida la
eficacia del sermón como palabra de Dios. Hay dos peligros que evitar
en la predicación: la frivolidad, y el aburrimiento.
La predicación es una tarea bíblica, es decir, exegética y
hermenéutica. Bien ha dicho Bernard Ramm (1976:8) que la primera
preocupación del predicador no debe ser homilética (¿Cómo predico
un buen sermón?) sino hermenéutica (¿Cómo oigo la palabra de Dios,
y la hago oír?). Antes del sermón la predicadora se encuentra con
Dios en y por el texto, luchando con Dios y el texto hasta recibir de
Dios una palabra viva que sea a la vez fiel y contextual. Al presentarse
ante la comunidad, plasma ese encuentro en un sermón para
compartir ese encuentro con los demás y buscar juntos la presencia
del Señor y escuchar juntos su voz.
La única meta del sermón, la mayor responsabilidad del predicador y
el criterio exclusivo del resultado de la predicación, todos responden a
la pregunta central, si se proclamó fielmente la palabra de Dios. El
predicador no predica para complacer a los oyentes, para manipular
sus emociones ni aun para lograr cambios religiosos y morales en
ellos. Su tarea es proclamar la palabra de Dios; no predica buscando
esa transformación sino esperándola como resultado indirecto por la
obra del Espíritu Santo. Mucho menos debe predicar con la motivación
de lograr éxito y fama como orador o erudito bíblico.
Atreverse a predicar como Dios quiere, es un acto de amor, de
humildad y de abnegación. William Willimon ha señalado que el
verdadero predicador tiene que amar más a Dios que a su
congregación. Es una gran tentación para el predicador buscar en su
ministerio la realización de sus propios intereses y metas. La
predicación fiel comienza en el corazón del predicador. Es un corazón
con un supremo amor a Dios y su palabra, aun más que a la
congregación y mucho más que a sí mismo.
REPORT THIS AD
Pasa con la predicación igual que con la profecía: la predicación fiel
siempre va acompañada por la predicación falsa, que busca
complacer a la gente, se dirige por las expectativas del público y les
enseña a decir “Señor, Señor” pero no a hacer la voluntad del Padre
celestial (Mt 7:21-23). Por eso, la iglesia debe vigilar su púlpito con
todo celo en el Espíritu. No debe dejar a cualquiera que “habla lindo”
ocupar ese lugar sagrado sino sólo a los que se han demostrado
maduros, bien centrados en la Palabra y consecuentes en sus vidas.
No cabe duda que el descuido en este aspecto ha producido
desviaciones y aberraciones en las últimas décadas, produciendo
daños muy serios en la Iglesia.
Es urgente también ir enseñando a las congregaciones lo que
bíblicamente deben esperar de un predicador y de un sermón. Mucho
del desorden de las últimas décadas se debe a la gran falta de
discernimiento de los mismos oyentes. A pesar del exagerado número
de horas que pasan escuchando sermones, en general no se logra
una adecuada formación bíblica y teológica para discriminar entre
predicación fiel y predicación “bonita”, conmovedora o sensacionalista
pero no bíblica. Hace años el destacado orador evangélico, Cecilio
Arrastía — ¡un verdadero modelo de predicador fiel! — hablaba de la
congregación como comunidad hermenéutica en que todos sepan
interpretar la Palabra y distinguir entre lo bueno y lo malo en la
predicación (1 Ts 5:21; Hch 17:11; 1 Cor 14:29).
¡Imploremos al Espíritu de Dios que unja a nuestros predicadores y
congregaciones con amor a la Palabra y discernimiento acertado ante
estos abusos!