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Reforma Agraria

La reforma agraria en Perú en 1969 buscó redistribuir las tierras del país de manera más equitativa. Se expropiaron grandes latifundios y plantaciones, afectando a más de 16,000 propiedades y redistribuyendo 9.1 millones de hectáreas a cerca de 369,000 familias campesinas. Sin embargo, solo benefició a una parte de la población rural, dejando a otros sectores en situaciones similares o peores.

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La reforma agraria en Perú en 1969 buscó redistribuir las tierras del país de manera más equitativa. Se expropiaron grandes latifundios y plantaciones, afectando a más de 16,000 propiedades y redistribuyendo 9.1 millones de hectáreas a cerca de 369,000 familias campesinas. Sin embargo, solo benefició a una parte de la población rural, dejando a otros sectores en situaciones similares o peores.

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2.

reforma agraria

La reforma era una vieja demanda de diversos sectores ante el hecho de la desigual

distribución de la propiedad de la tierra en el país y la situación de aguda miseria en el

campo. Una pequeña minoría (y la redundancia no es ociosa), muchas veces rentista, poseía

la mayor parte de tierras cultivables. Nada menos que el 76% de estas correspondía a solo

el 0,5% de las unidades agrícolas. Existía, sin embargo, menos consenso en torno a cómo

realizar la reforma agraria: ¿debían afectarse solo los latifundios tradicionales e

ineficientemente explotados, o además también los latifundios modernos y eficientes?,

¿debía pagarse una indemnización a los propietarios expropiados, o aplicar el principio de

“la tierra mal habida” de otras reformas agrarias, como la mexicana, que dejaba a los

propietarios sin ninguna compensación? ¿A quién debía entregarse luego la tierra?, ¿a

empresas agrarias estatales?, ¿debía repartírsela entre los antiguos trabajadores de las

haciendas?, ¿debía ser redistribuida entre toda la población rural, incluyendo la que no

trabajaba directamente en las haciendas? Los debates al respecto habían venido

postergando una decisión política, la que era además combatida por los poderosos intereses

de los hacendados. Para su reforma agraria, el gobierno apeló a una versión renovada del

indigenismo desde el poder. Los días 24 de junio de cada año se celebraba en el Perú “el

Día del Indio”. El año 1969, esta fue la fecha escogida por el gobierno para otra acción

concebida como la toma de una fortaleza enemiga: la expropiación de las haciendas

azucareras de la costa norte y central controladas por los “barones del azúcar”. Tropas

armadas sacaron a punta de fusil a hacendados y administradores, dando vistoso inicio a

una de las más radicales reformas agrarias del continente. La fecha dejó de llamarse Día del

Indio, para ser en adelante el “Día del Campesino”. La ley de reforma agraria de 1969
contemplaba no solo la expropiación de los latifundios tradicionales de la sierra, tan

enormes como poco productivos, sino asimismo a las capitalistas plantaciones de la costa.

Los límites de inaceptabilidad fueron fijados en 50 hectáreas para tierras de riego y 150 si

eran de secano, con lo que se afectaba no solo la gran propiedad, sino incluso la mediana.

Hasta 1979 fueron expropiadas 9,1 millones de hectáreas de los treinta millones de tierra

culta del país. El número de fundos afectados fue de dieciséis mil.

La expropiación comprendía no solo las tierras, sino además la maquinaria, el ganado y las

instalaciones industriales y civiles. Aunque se contempló una indemnización a los

propietarios, estos debieron aceptar frecuentes subvaluaciones de sus dominios, un pago

mínimo en efectivo y el resto en bonos de la deuda agraria con nimia tasa de interés que la

inflación después devoraría. El “justiprecio” de la expropiación sufría descuentos si el

terrateniente había sido un “mal patrono”. Los juicios públicos a los patronos, acusados por

sus antiguos jornaleros delante de un tribunal del Estado creado expresamente para el

efecto, dieron ciertamente un marco “revolucionario” a la acción de la reforma agraria. Un

detalle importante era que la mitad de los bonos de la deuda agraria podía ser dada en

efectivo, si el ex terrateniente ofertaba otro tanto y decidía invertir en la industria. Convertir

a los terratenientes en industriales fue una de las expectativas del gobierno, que finalmente

no se llegó a realizar. En el terreno de la industria podríamos decir que el gobierno militar

representó uno de los más altos momentos de la política de “industrialización por

sustitución de importaciones” (ISI) de la historia reciente peruana. Las importaciones

fueron gravadas con altos impuestos y, algunas, simplemente prohibidas, a fin de que no

compitieran con la producción local. Por su parte, esta fue promovida y racionalizada a fin

de que las empresas pudiesen operar con un mercado más o menos seguro. Industrias
metalmecánicas y de “línea blanca” (refrigeradoras, cocinas) florecieron por esos años y en

varios casos perduraron hasta los años noventa. Llegaron, incluso, a ensamblarse

motocicletas, automóviles y camiones, que progresivamente debían incorporar un mayor

porcentaje de insumos nacionales. Un problema serio, aunque no dejaba de resultar también

cómico, es que para fabricar los “insumos nacionales” había que importar a su vez otros

insumos, con lo que el grado de “peruanidad” efectiva de los productos era al final muy

pequeño. Aunque varios objetivos de la reforma agraria nunca se cumplieron plenamente, sí

se minó la estructura familiar y tradicional de las clases altas y las bases agrarias de su

poder. Se modificó la composición de ellas, empezó a primar el dinero como el principal

factor de ingreso a estas clases y se atenuó el racismo que hasta hacía poco era uno de los

factores principales de exclusión para la pertenencia a las clases más privilegiadas de la

sociedad peruana. Lugares como el Club Nacional, que tenía su sede en un elegante edificio

de la plaza San Martín, y que había funcionado como un símbolo de la exclusividad social

del país, perdieron prestigio social y debieron soportar el escarnio de tener como vecinos a

vendedores ambulantes de fritangas y baratijas.

Las tierras expropiadas pasaron a manos de sus trabajadores, siguiendo el lema del

gobierno: “la tierra, para quien la trabaja” y llegaron a beneficiar a unas 369 mil familias

campesinas. Aunque es un número importante —redondea un total demográfico de dos

millones de personas—, se trataba solo de una cuarta parte de la población rural del país; y

precisamente del cuartil que ya antes estaba mejor situado. Una de las críticas que se ha

lanzado contra el gobierno militar es que sus reformas significaron una redistribución solo

dentro de la parte más elevada de la pirámide de ingresos, dejando a las otras tres cuartas

partes igual o peor que antes. En efecto, los campesinos de las comunidades, quienes
habían trabajado en las haciendas solo esporádica o temporalmente, y se hallaban en la base

de la pirámide de ingresos, recibieron muy pocos beneficios. Ya ni siquiera podían esperar

la caridad señorial del hacendado; ahora debían enfrentar el trato impersonal de nuevos

gerentes de las cooperativas agrarias para los cuales el paternalismo no era parte de su

agenda de actividades. Para impedir la descapitalización y retroceso técnico de las grandes

plantaciones, el gobierno las transformó en cooperativas de trabajadores, cuyos gerentes se

encargó de designar. Los latifundios más tradicionales y las tierras que recibieron las

comunidades campesinas también adoptaron formas asociativas tuteladas por funcionarios

estatales, quienes debían procurar su modernización productiva. Se trató de impedir la

parcelación de las tierras y su eventual compraventa. La tierra quedó fuera del mercado,

como ya lo estaba la parte más apreciable de la economía. La mística revolucionaria de los

funcionarios y algunos líderes campesinos y el entusiasmo por probar la eficiencia de las

empresas agrarias socializadas condujeron en los primeros años a buenos resultados

económicos, repartiéndose incluso utilidades entre los cooperativistas. Más tarde las cosas

empeoraron: los campesinos trabajaban la tierra, pero carecían de experiencia empresarial

para tomar cruciales decisiones económicas y comerciales de mediano y largo plazo. Entre

los funcionarios surgió la corrupción y, entre los campesinos adjudicatarios, el desánimo

propio de un sistema donde no existía una retribución directa al esfuerzo personal. Se dio

poca importancia al uso de tecnologías modernas y apropiadas y a la búsqueda racional del

crédito bancario, elemento esencial para el desarrollo de la agricultura comercial. Los

precios de los productos agrarios, controlados por el gobierno, pronto se devaluaron y las

cooperativas comenzaron a ver crecer, no sus cultivos, sino sus adeudos. En el campo

educativo y cultural, los militares reconocieron el idioma quechua como idioma oficial,

junto con el castellano. Las estaciones de radio, e incluso la televisión, comenzaron a


transmitir noticieros y avisos comerciales en la lengua vernácula. Se emprendió una

reforma educativa dirigida por distinguidos intelectuales de izquierda que apoyaban al

régimen, como el filósofo Augusto Salazar Bondy, que criticó a la educación tradicional

por memorista, desconectada de la realidad y elitista, y trató de encaminar la nueva

organización educativa a despertar la creatividad, la crítica y la iniciativa, así como

proporcionar a los estudiantes secundarios una formación técnica idónea para el empleo

industrial y en el comercio (las Escuelas Superiores de Educación Profesional-ESEPS). Los

pocos recodos de periodismo libre que quedaron en el régimen de Velasco fueron poco a

poco siendo tomados por los militares (la revista Caretas fue frecuentemente clausurada

después de sus reaperturas y, su director, deportado); en 1970 se expropiaron los diarios

Expreso y Extra de propiedad de Manuel Ulloa; al año siguiente, el periodista Manuel

d’Ornellas fue declarado “traidor a la patria” y deportado a la Argentina; luego se le

despojó de la nacionalidad. Se dio una ley por la cual el Estado debía tener cuando menos

el 25% del capital en las empresas de radio y televisión. En julio de 1974, el régimen

decretó una de las medidas de control social más importantes: la confiscación de la prensa.

Los periódicos fueron despojados a sus dueños, que en varios casos eran notables clanes

familiares, y entregados a directores adictos al gobierno, quienes supuestamente los

regentarían hasta que pasasen a sectores organizados de la sociedad. Así, El Comercio, el

más antiguo y linajudo de los diarios, propiedad de la familia Miró Quesada,

correspondería a los campesinos; La Prensa, a las comunidades de trabajadores urbanos;

Correo, al sector educativo, etc. Toda la prensa quedó sometida a la revisión de una Oficina

Nacional de Informaciones, que en la práctica actuaba como en todas partes: censuraba lo

que no convenía al régimen. Para los más envalentonados defensores del gobierno militar,

se había “cortado la lengua a la burguesía”. Reacios a la conformación de un partido


político que respaldase el programa de transformaciones, los militares velasquistas crearon

en su lugar, en 1971, el Sistema Nacional de Movilización Social-SINAMOS, que

inicialmente estuvo a cargo del general Leónidas Rodríguez, aunque con la asesoría de

civiles como Carlos Delgado, Francisco Guerra-García y Carlos Franco. El modelo del

SINAMOS revelaba el tipo de gestión política que animaba al proyecto militar: el

organismo debía impulsar la participación social de la población, apoyando con marchas,

movilizaciones y actuaciones populares, cual soldados de un regimiento, las medidas de

cambio gubernamentales. Es decir, que la “participación social” no se entendía como el

aporte de ideas o la recepción de demandas de la ciudadanía, sino únicamente como una

maniobra de apoyo al gobierno orquestada desde el poder. En 1978, el organismo fue

desactivado, tras haber pasado por diversas conducciones. El control social y el apoyo

incondicional hacia este estilo de reformas “desde arriba” nunca llegó y el gobierno tuvo

que enfrentar tensiones en su interior. El sector de la Marina, de tradición más

conservadora, parecía tener una concepción mucho más moderada de lo que debía ser el rol

de las Fuerzas Armadas. Ello fue evidente hacia 1975, cuando el gobierno de Velasco

mostró dramáticamente los primeros síntomas de su agotamiento en un acontecimiento tan

sorpresivo como caótico. Se trató de los graves disturbios callejeros y saqueos de tiendas

ocurridos en Lima el 5 de febrero de ese año, que sucedieron a una huelga policial que dejó

sin protección a la ciudad. El ejército salió a enfrentarse a los manifestantes, entre los que

se encontraban miembros de antiguos y nuevos partidos políticos, así como una población

amotinada y violenta. Desde fines de los años sesenta y durante la década siguiente, nuevas

generaciones de estudiantes universitarios y de intelectuales empezaron a hacerse sentir en

el país. Su emergencia alteró la expectativa tradicional que se tenía sobre los universitarios

como futuros profesionales, potenciales miembros de las clases media y alta y defensores
del statu quo Influenciados por el marxismo, impactados por las grandes desigualdades

sociales y étnicas que atravesaban el país e inspirados en la revolución cubana y la protesta

estudiantil de mayo de 1968 en París, contribuyeron a liquidar el control aprista en las

universidades, retaron las costumbres establecidas y buscaron nuevos caminos para el

desarrollo del país, así como estilos de vida menos predecibles y más libres. Varios de ellos

abandonaron los estudios para internarse en provincias andinas o en pueblos jóvenes,

buscando el “desaburguesamiento” y beber de la cultura andina en sus propias raíces. Los

movilizaba una suerte de apostolado anticapitalista: en vez de perseguir el beneficio

individual, debía procurarse el bien colectivo, al que identificaron con el socialismo en

versiones generalmente campesinistas. Pensaban que el Perú estaba sometido por las

potencias capitalistas, que impedían el progreso de la economía, e interiormente por una

oligarquía egoísta que perpetuaba la injusticia social en el país y se oponía a las

transformaciones económicas y políticas necesarias. Solamente un cambio radical

permitiría romper esas cadenas, desplazar a la oligarquía local colaboradora de dicha

dominación y “liberar” al campesinado y la clase obrera. Cuando se produjeron las

reformas sociales del gobierno militar de 1968, la mayoría de ellos las encontraron

insuficientes, no se identificaron plenamente con el patriotismo promovido desde el

gobierno y se declararon dispuestos a encabezar una verdadera revolución de obreros,

campesinos y estudiantes. Una buena parte de los líderes estudiantiles se formaron en las

universidades Católica y San Marcos y fueron el origen de una nueva —y eventualmente

efímera— hornada de partidos (como Vanguardia Revolucionaria, el Partido Comunista

Revolucionario, el Partido Socialista de los Trabajadores, entre otros). Muchos de estos

líderes, como Javier Diez Canseco y Rolando Breña Pantoja participaron activamente en la

transición a la democracia en los años ochenta y se convirtieron en connotados


parlamentarios. También existieron en esta generación destacados intelectuales, entre los

cuales probablemente el más emblemático fue el prematuramente desaparecido historiador

Alberto Flores-Galindo Segura (Lima 1949-1990), primero estudiante y luego profesor de

la Universidad Católica y autor de obras notables sobre la utopía andina, el Perú de la

República Aristocrática y las ideas de José Carlos Mariátegui. En los años ochenta fundó, a

imitación de “Amauta”, la Casa de Estudios del Socialismo SUR (Socialismo, Utopía y

Revolución). Flores-Galindo se declaraba socialista, aunque no pertenecía a ningún partido

político.

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