2.
reforma agraria
La reforma era una vieja demanda de diversos sectores ante el hecho de la desigual
distribución de la propiedad de la tierra en el país y la situación de aguda miseria en el
campo. Una pequeña minoría (y la redundancia no es ociosa), muchas veces rentista, poseía
la mayor parte de tierras cultivables. Nada menos que el 76% de estas correspondía a solo
el 0,5% de las unidades agrícolas. Existía, sin embargo, menos consenso en torno a cómo
realizar la reforma agraria: ¿debían afectarse solo los latifundios tradicionales e
ineficientemente explotados, o además también los latifundios modernos y eficientes?,
¿debía pagarse una indemnización a los propietarios expropiados, o aplicar el principio de
“la tierra mal habida” de otras reformas agrarias, como la mexicana, que dejaba a los
propietarios sin ninguna compensación? ¿A quién debía entregarse luego la tierra?, ¿a
empresas agrarias estatales?, ¿debía repartírsela entre los antiguos trabajadores de las
haciendas?, ¿debía ser redistribuida entre toda la población rural, incluyendo la que no
trabajaba directamente en las haciendas? Los debates al respecto habían venido
postergando una decisión política, la que era además combatida por los poderosos intereses
de los hacendados. Para su reforma agraria, el gobierno apeló a una versión renovada del
indigenismo desde el poder. Los días 24 de junio de cada año se celebraba en el Perú “el
Día del Indio”. El año 1969, esta fue la fecha escogida por el gobierno para otra acción
concebida como la toma de una fortaleza enemiga: la expropiación de las haciendas
azucareras de la costa norte y central controladas por los “barones del azúcar”. Tropas
armadas sacaron a punta de fusil a hacendados y administradores, dando vistoso inicio a
una de las más radicales reformas agrarias del continente. La fecha dejó de llamarse Día del
Indio, para ser en adelante el “Día del Campesino”. La ley de reforma agraria de 1969
contemplaba no solo la expropiación de los latifundios tradicionales de la sierra, tan
enormes como poco productivos, sino asimismo a las capitalistas plantaciones de la costa.
Los límites de inaceptabilidad fueron fijados en 50 hectáreas para tierras de riego y 150 si
eran de secano, con lo que se afectaba no solo la gran propiedad, sino incluso la mediana.
Hasta 1979 fueron expropiadas 9,1 millones de hectáreas de los treinta millones de tierra
culta del país. El número de fundos afectados fue de dieciséis mil.
La expropiación comprendía no solo las tierras, sino además la maquinaria, el ganado y las
instalaciones industriales y civiles. Aunque se contempló una indemnización a los
propietarios, estos debieron aceptar frecuentes subvaluaciones de sus dominios, un pago
mínimo en efectivo y el resto en bonos de la deuda agraria con nimia tasa de interés que la
inflación después devoraría. El “justiprecio” de la expropiación sufría descuentos si el
terrateniente había sido un “mal patrono”. Los juicios públicos a los patronos, acusados por
sus antiguos jornaleros delante de un tribunal del Estado creado expresamente para el
efecto, dieron ciertamente un marco “revolucionario” a la acción de la reforma agraria. Un
detalle importante era que la mitad de los bonos de la deuda agraria podía ser dada en
efectivo, si el ex terrateniente ofertaba otro tanto y decidía invertir en la industria. Convertir
a los terratenientes en industriales fue una de las expectativas del gobierno, que finalmente
no se llegó a realizar. En el terreno de la industria podríamos decir que el gobierno militar
representó uno de los más altos momentos de la política de “industrialización por
sustitución de importaciones” (ISI) de la historia reciente peruana. Las importaciones
fueron gravadas con altos impuestos y, algunas, simplemente prohibidas, a fin de que no
compitieran con la producción local. Por su parte, esta fue promovida y racionalizada a fin
de que las empresas pudiesen operar con un mercado más o menos seguro. Industrias
metalmecánicas y de “línea blanca” (refrigeradoras, cocinas) florecieron por esos años y en
varios casos perduraron hasta los años noventa. Llegaron, incluso, a ensamblarse
motocicletas, automóviles y camiones, que progresivamente debían incorporar un mayor
porcentaje de insumos nacionales. Un problema serio, aunque no dejaba de resultar también
cómico, es que para fabricar los “insumos nacionales” había que importar a su vez otros
insumos, con lo que el grado de “peruanidad” efectiva de los productos era al final muy
pequeño. Aunque varios objetivos de la reforma agraria nunca se cumplieron plenamente, sí
se minó la estructura familiar y tradicional de las clases altas y las bases agrarias de su
poder. Se modificó la composición de ellas, empezó a primar el dinero como el principal
factor de ingreso a estas clases y se atenuó el racismo que hasta hacía poco era uno de los
factores principales de exclusión para la pertenencia a las clases más privilegiadas de la
sociedad peruana. Lugares como el Club Nacional, que tenía su sede en un elegante edificio
de la plaza San Martín, y que había funcionado como un símbolo de la exclusividad social
del país, perdieron prestigio social y debieron soportar el escarnio de tener como vecinos a
vendedores ambulantes de fritangas y baratijas.
Las tierras expropiadas pasaron a manos de sus trabajadores, siguiendo el lema del
gobierno: “la tierra, para quien la trabaja” y llegaron a beneficiar a unas 369 mil familias
campesinas. Aunque es un número importante —redondea un total demográfico de dos
millones de personas—, se trataba solo de una cuarta parte de la población rural del país; y
precisamente del cuartil que ya antes estaba mejor situado. Una de las críticas que se ha
lanzado contra el gobierno militar es que sus reformas significaron una redistribución solo
dentro de la parte más elevada de la pirámide de ingresos, dejando a las otras tres cuartas
partes igual o peor que antes. En efecto, los campesinos de las comunidades, quienes
habían trabajado en las haciendas solo esporádica o temporalmente, y se hallaban en la base
de la pirámide de ingresos, recibieron muy pocos beneficios. Ya ni siquiera podían esperar
la caridad señorial del hacendado; ahora debían enfrentar el trato impersonal de nuevos
gerentes de las cooperativas agrarias para los cuales el paternalismo no era parte de su
agenda de actividades. Para impedir la descapitalización y retroceso técnico de las grandes
plantaciones, el gobierno las transformó en cooperativas de trabajadores, cuyos gerentes se
encargó de designar. Los latifundios más tradicionales y las tierras que recibieron las
comunidades campesinas también adoptaron formas asociativas tuteladas por funcionarios
estatales, quienes debían procurar su modernización productiva. Se trató de impedir la
parcelación de las tierras y su eventual compraventa. La tierra quedó fuera del mercado,
como ya lo estaba la parte más apreciable de la economía. La mística revolucionaria de los
funcionarios y algunos líderes campesinos y el entusiasmo por probar la eficiencia de las
empresas agrarias socializadas condujeron en los primeros años a buenos resultados
económicos, repartiéndose incluso utilidades entre los cooperativistas. Más tarde las cosas
empeoraron: los campesinos trabajaban la tierra, pero carecían de experiencia empresarial
para tomar cruciales decisiones económicas y comerciales de mediano y largo plazo. Entre
los funcionarios surgió la corrupción y, entre los campesinos adjudicatarios, el desánimo
propio de un sistema donde no existía una retribución directa al esfuerzo personal. Se dio
poca importancia al uso de tecnologías modernas y apropiadas y a la búsqueda racional del
crédito bancario, elemento esencial para el desarrollo de la agricultura comercial. Los
precios de los productos agrarios, controlados por el gobierno, pronto se devaluaron y las
cooperativas comenzaron a ver crecer, no sus cultivos, sino sus adeudos. En el campo
educativo y cultural, los militares reconocieron el idioma quechua como idioma oficial,
junto con el castellano. Las estaciones de radio, e incluso la televisión, comenzaron a
transmitir noticieros y avisos comerciales en la lengua vernácula. Se emprendió una
reforma educativa dirigida por distinguidos intelectuales de izquierda que apoyaban al
régimen, como el filósofo Augusto Salazar Bondy, que criticó a la educación tradicional
por memorista, desconectada de la realidad y elitista, y trató de encaminar la nueva
organización educativa a despertar la creatividad, la crítica y la iniciativa, así como
proporcionar a los estudiantes secundarios una formación técnica idónea para el empleo
industrial y en el comercio (las Escuelas Superiores de Educación Profesional-ESEPS). Los
pocos recodos de periodismo libre que quedaron en el régimen de Velasco fueron poco a
poco siendo tomados por los militares (la revista Caretas fue frecuentemente clausurada
después de sus reaperturas y, su director, deportado); en 1970 se expropiaron los diarios
Expreso y Extra de propiedad de Manuel Ulloa; al año siguiente, el periodista Manuel
d’Ornellas fue declarado “traidor a la patria” y deportado a la Argentina; luego se le
despojó de la nacionalidad. Se dio una ley por la cual el Estado debía tener cuando menos
el 25% del capital en las empresas de radio y televisión. En julio de 1974, el régimen
decretó una de las medidas de control social más importantes: la confiscación de la prensa.
Los periódicos fueron despojados a sus dueños, que en varios casos eran notables clanes
familiares, y entregados a directores adictos al gobierno, quienes supuestamente los
regentarían hasta que pasasen a sectores organizados de la sociedad. Así, El Comercio, el
más antiguo y linajudo de los diarios, propiedad de la familia Miró Quesada,
correspondería a los campesinos; La Prensa, a las comunidades de trabajadores urbanos;
Correo, al sector educativo, etc. Toda la prensa quedó sometida a la revisión de una Oficina
Nacional de Informaciones, que en la práctica actuaba como en todas partes: censuraba lo
que no convenía al régimen. Para los más envalentonados defensores del gobierno militar,
se había “cortado la lengua a la burguesía”. Reacios a la conformación de un partido
político que respaldase el programa de transformaciones, los militares velasquistas crearon
en su lugar, en 1971, el Sistema Nacional de Movilización Social-SINAMOS, que
inicialmente estuvo a cargo del general Leónidas Rodríguez, aunque con la asesoría de
civiles como Carlos Delgado, Francisco Guerra-García y Carlos Franco. El modelo del
SINAMOS revelaba el tipo de gestión política que animaba al proyecto militar: el
organismo debía impulsar la participación social de la población, apoyando con marchas,
movilizaciones y actuaciones populares, cual soldados de un regimiento, las medidas de
cambio gubernamentales. Es decir, que la “participación social” no se entendía como el
aporte de ideas o la recepción de demandas de la ciudadanía, sino únicamente como una
maniobra de apoyo al gobierno orquestada desde el poder. En 1978, el organismo fue
desactivado, tras haber pasado por diversas conducciones. El control social y el apoyo
incondicional hacia este estilo de reformas “desde arriba” nunca llegó y el gobierno tuvo
que enfrentar tensiones en su interior. El sector de la Marina, de tradición más
conservadora, parecía tener una concepción mucho más moderada de lo que debía ser el rol
de las Fuerzas Armadas. Ello fue evidente hacia 1975, cuando el gobierno de Velasco
mostró dramáticamente los primeros síntomas de su agotamiento en un acontecimiento tan
sorpresivo como caótico. Se trató de los graves disturbios callejeros y saqueos de tiendas
ocurridos en Lima el 5 de febrero de ese año, que sucedieron a una huelga policial que dejó
sin protección a la ciudad. El ejército salió a enfrentarse a los manifestantes, entre los que
se encontraban miembros de antiguos y nuevos partidos políticos, así como una población
amotinada y violenta. Desde fines de los años sesenta y durante la década siguiente, nuevas
generaciones de estudiantes universitarios y de intelectuales empezaron a hacerse sentir en
el país. Su emergencia alteró la expectativa tradicional que se tenía sobre los universitarios
como futuros profesionales, potenciales miembros de las clases media y alta y defensores
del statu quo Influenciados por el marxismo, impactados por las grandes desigualdades
sociales y étnicas que atravesaban el país e inspirados en la revolución cubana y la protesta
estudiantil de mayo de 1968 en París, contribuyeron a liquidar el control aprista en las
universidades, retaron las costumbres establecidas y buscaron nuevos caminos para el
desarrollo del país, así como estilos de vida menos predecibles y más libres. Varios de ellos
abandonaron los estudios para internarse en provincias andinas o en pueblos jóvenes,
buscando el “desaburguesamiento” y beber de la cultura andina en sus propias raíces. Los
movilizaba una suerte de apostolado anticapitalista: en vez de perseguir el beneficio
individual, debía procurarse el bien colectivo, al que identificaron con el socialismo en
versiones generalmente campesinistas. Pensaban que el Perú estaba sometido por las
potencias capitalistas, que impedían el progreso de la economía, e interiormente por una
oligarquía egoísta que perpetuaba la injusticia social en el país y se oponía a las
transformaciones económicas y políticas necesarias. Solamente un cambio radical
permitiría romper esas cadenas, desplazar a la oligarquía local colaboradora de dicha
dominación y “liberar” al campesinado y la clase obrera. Cuando se produjeron las
reformas sociales del gobierno militar de 1968, la mayoría de ellos las encontraron
insuficientes, no se identificaron plenamente con el patriotismo promovido desde el
gobierno y se declararon dispuestos a encabezar una verdadera revolución de obreros,
campesinos y estudiantes. Una buena parte de los líderes estudiantiles se formaron en las
universidades Católica y San Marcos y fueron el origen de una nueva —y eventualmente
efímera— hornada de partidos (como Vanguardia Revolucionaria, el Partido Comunista
Revolucionario, el Partido Socialista de los Trabajadores, entre otros). Muchos de estos
líderes, como Javier Diez Canseco y Rolando Breña Pantoja participaron activamente en la
transición a la democracia en los años ochenta y se convirtieron en connotados
parlamentarios. También existieron en esta generación destacados intelectuales, entre los
cuales probablemente el más emblemático fue el prematuramente desaparecido historiador
Alberto Flores-Galindo Segura (Lima 1949-1990), primero estudiante y luego profesor de
la Universidad Católica y autor de obras notables sobre la utopía andina, el Perú de la
República Aristocrática y las ideas de José Carlos Mariátegui. En los años ochenta fundó, a
imitación de “Amauta”, la Casa de Estudios del Socialismo SUR (Socialismo, Utopía y
Revolución). Flores-Galindo se declaraba socialista, aunque no pertenecía a ningún partido
político.