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CAMINAR HACIA PLENITUD DE LA VERDAD
FRANCISCO CONESA
Nuestra existencia entera se encuentra orientada hacia el encuen-
tro final con Dios. También nuestro conocimiento de la verdad se en-
cuentra situado en una perspectiva escatológica. En efecto, nuestro co-
nocer, aun alcanzando la verdad, que es su objeto, espera poseerla en
plenitud. Este planteamiento nos invita a la interrogación: ¿qué signi-
ficado tiene la esperanza en alcanzar la verdad plena?, ¿qué implicacio-
nes y consecuencias se derivan de ello?
1. PUNTO DE PARTIDA: UNA EXPRESIÓN CONCILIAR
Tomamos como punto de partida de nuestra reflexión una expre-
sión conciliar que se contiene en la constitución sobre la revelación di-
vina: «La Iglesia camina a través de los siglos hacia la plenitud de la ver-
dad, hasta que se cumplan en ella plenamente las palabras de Dios»1.
El Concilio presenta a la Iglesia en peregrinación y camino hacia la
gloria celeste. En ese caminar la Iglesia va avanzando en el conoci-
miento y vivencia de la verdad. Como explicó el arzobispo Florit —re-
lator del Concilio— «se trata de un proceso interno, el cual es propio
de una realidad viva y no cambia la sustancia de la cosa que progresa y,
sin embargo, la perfecciona»2. A partir de lo ya dado germinalmente,
se desarrolla el conocimiento de la verdad.
Entre Dios y su pueblo hay un diálogo permanente, un coloquio
abierto. Dios «no cesa» de hablar a la Iglesia3. La actitud de la Iglesia es
la de escucha permanente de la Palabra de Dios: Dei Verbum religiose
audiens. Esta recepción, comprensión y penetración de la Palabra de
1. CONCILIO VATICANO II, Const. Dogm. Dei Verbum, 8.
2. Relatio Hermenegildus Florit. De modis a Patribus Propositis, en Acta Synodalia Sacrosancti
Concilii Ecumenici Vaticani Secundi, vol. 4, pars V, Typis Poliglotis Vaticanis 1978, p. 740.
3. Cfr. Dei Verbum, 8.
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Dios va creciendo en el transcurso de los siglos. La verdad revelada va
expresando en plenitud sus contenidos. Se da, así, un avanzar en el
tiempo hacia la plenitudo veritatis.
Es significativo que en la Dei Verbum no se habla de «verdades» en
plural, sino de «la verdad». Se adopta una perspectiva orgánica y se re-
salta que las distintas verdades tienen como objetivo conducir a la ver-
dad4. Por otra parte, el camino hacia ella no es sólo cognoscitivo. En el
Concilio se rechazó expresamente la suposición de que la posesión de
la verdad fuera meramente cognoscitiva5. Es la Iglesia, en toda su vida,
la que debe caminar hacia la verdad.
Así pues, la Iglesia tiene como tarea y compromiso ir caminando
hacia una comprensión cada vez mayor de la verdad recibida, acogién-
dola y viviéndola de modo más pleno. En esa tarea debe dejarse guiar
por el Espíritu Santo, que es quien «va introduciendo a los fieles en la
verdad plena»6 y guía a la Iglesia entera a toda la verdad7. Es una mi-
sión que compromete a todo el pueblo de Dios, fieles y pastores, cada
uno según su propio carisma.
Este proceso está abierto donec in ipsa consummentur verba Dei.
Mientras llega la venida del Señor siempre quedará una palabra por
cumplirse. El caminar hacia la verdad es una tarea que sólo acabará
«cuando venga lo perfecto» (1 Cor 13, 10). El horizonte es la consuma-
ción de la revelación cuando se realice «la revelación de nuestro Señor
Jesucristo» (1 Cor 1, 7; 2 Tes 1, 7) y la de su gloria (1 P 1, 7. 13; 4, 13).
2. HACIA LA PLENITUD DE LA VERDAD
¿Qué significa que la verdad es una meta que hay que alcanzar?
¿qué añade el horizonte escatológico a nuestra comprensión del cono-
cimiento humano?
a) Una verdad que se realiza en la historia
En primer lugar, la perspectiva escatológica reclama una concep-
ción dinámica de la «verdad». De la Poterie ha insistido en que existe
4. Cfr. L. ALONSO SHÖKEL, El dinamismo de la Tradición, en ID. (dir.), Comentarios a la
constitución Dei Verbum, BAC, Madrid 1969, pp. 293s.
5. La Comisión doctrinal no aceptó la objeción de Mons. Parente, que proponía decir «ple-
nitud del conocimiento de la verdad divina» (cfr. BETTI, U., La dottrina del Concilio Vaticano II
sulla transmissione della rivelazione, Pontificii Athenaei Antoniani, Roma 1985, p. 184).
6. Dei Verbum, 8.
7. Cfr. CONCILIO VATICANO II, Const. Dogm. Lumen Gentium, 4.
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un modo propiamente cristiano de entender la verdad, el cual tiene su
fundamento en la Escritura8. Según esta concepción, la verdad y la
historia no se entienden como realidades opuestas.
Para la Sagrada Escritura el término «verdad» designa, no a Dios
mismo, sino la revelación de Dios. Ahora bien, esta revelación aconte-
ce en la historia; la revelación divina se realiza en la vida de los hom-
bres. Por eso, la verdad cristiana está en la historia, aunque —por su
origen en Dios— supera y trasciende la historia. Pues bien, así como
la existencia del cristiano se encuentra en tensión entre el «ya» y el «to-
davía no», también la verdad se encuentra, por una parte, volcada al
pasado, a la revelación histórica en Jesús, pero, por otra parte, en dina-
mismo escatológico, en una polarización constante hacia el futuro.
El autor de 2 P reconoce que, ya desde ahora, los cristianos están
«sólidos en la verdad» (1, 12); pero esta verdad que ahora poseen sigue
siendo incompleta; es como «una lámpara que brilla en un lugar oscu-
ro, hasta que despunte el día» (1, 19). Y el Evangelio de Juan presenta
al Paráclito como el que debe guiar a la comunidad «hasta la verdad
plena» (Jn 16, 13). En consecuencia, desde la perspectiva cristiana, la ver-
dad es la revelación del designio de Dios que ha encontrado su cum-
plimiento en Jesucristo y que se va profundizando progresivamente en
el corazón de los creyentes mediante la acción del Espíritu Santo.
b) Una concepción dinámica del conocimiento
El horizonte escatológico supone, también, una concepción diná-
mica del conocimiento humano. Por una parte, subraya la capacidad
humana para llegar al conocimiento de la verdad. El ser humano está
abierto a la verdad. Esto supone una confianza en la dignidad de la
razón humana, «capaz de conocer lo verdadero y de buscar lo absolu-
to»9.
Pero el conocimiento de la verdad —como cualquier conocimien-
to humano— es siempre perfectible. No podemos agotar la verdad,
sino que tendemos a ella. La percepción humana de la verdad crece a
lo largo de la historia10. Mediante el esfuerzo de sucesivas generaciones
humanas vamos acumulando un conocimiento que, si es genuino, siem-
pre será conocimiento de la verdad, aunque sólo sea parcial o aproxi-
8. Cfr. I. DE LA POTTERIE, Historia y verdad, en LATOURELLE, R., O’COLLINS, G. (eds.),
Problemas y perspectivas de teología fundamental, Sígueme, Salamanca 1982, pp. 130-159.
9. JUAN PABLO II, Enc. Fides et Ratio (14-10-98), 47. Gran parte de esta comunicación
está pensada y planteada a la luz de lo que se dice en esta Encíclica.
10. Cfr. F. CONESA, J. NUBIOLA, Filosofía del lenguaje, Herder, Barcelona 1999, 156-161.
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mado. La realidad es multilateral y, por ello, la verdad no puede ser
agotada por ningún conocimiento humano. Siempre está abierta a
nuevas formulaciones. Conocemos una parte, una faceta o aspecto
parcial de las cosas. Esto no significa que el conocimiento sea falso,
sino que debe crecer.
c) Una dirección al conocimiento
Toda verdad alcanzada es sólo una etapa hacia la meta que es la
verdad total que resplandecerá en la revelación última de Dios11. La
orientación fundamental de la existencia hacia las realidades últimas
señala una dirección a nuestro conocimiento. Como dice Llano,
«nuestra tarea es avanzar en el conocimiento de esas muchas verdades,
para irnos acercando a la Verdad del Uno por esencia, en quien la bús-
queda se aquieta»12.
La esperanza de alcanzar la verdad última es la que da sentido a la
búsqueda humana. Sólo el Absoluto puede dar respuesta y sentido al
deseo de verdad presente en el hombre. La conquista de verdades par-
ciales no culmina el conocimiento humano; sólo ante el Absoluto en-
cuentra su acabamiento13. El hombre no se puede detener nunca en su
búsqueda de la verdad, siempre «suspira hacia la infinita riqueza que
está más allá, porque intuye que en ella está guardada la respuesta sa-
tisfactoria para cada pregunta aún no resuelta»14.
Además, esta búsqueda de la verdad plena induce a nuestra mente
a «no pararse nunca»15, a «ir siempre más allá»16, a estar siempre en
búsqueda. La revelación de Dios empuja a ampliar constantemente el
propio saber y «agudiza la mirada interior»17 del hombre para que des-
cubra al Absoluto.
d) Un conocimiento fragmentario del misterio de Dios
Esto es así porque, en el estado de viador, el hombre sólo puede
alcanzar un conocimiento fragmentario del misterio de Dios, lo cual
se debe, en parte, a la finitud de nuestro entendimiento, pero sobre
11. Cfr. Fides et Ratio, 2.
12. A. LLANO, Gnoseología, EUNSA, Pamplona 1984, p. 35.
13. Cfr. Fides et Ratio, 27 y 33.
14. Ibidem, 17.
15. Ibidem, 14.
16. Ibidem, 42.
17. Ibidem, 16.
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todo, a la infinitud del misterio de Dios, «que la mente humana no
puede agotar; sólo recibir y acoger en la fe»18. Acogemos por la fe la
automanifestación de Dios, pero no anulamos con ello el misterio,
porque Dios permanece incomprehensible. «Para el alma —decía
San Juan de la Cruz— esta excesiva luz que se da en la fe es oscura ti-
niebla»19.
Pero, al mismo tiempo, la fe es anticipo real de la visión, «preludio
de la vida futura»20. La fe es visión en ciernes porque inscribe en el
hombre el dinamismo cuyo término es el conocimiento directo de
Dios. La verdad revelada y acogida por la fe «es anticipación, en nues-
tra historia, de la visión última y definitiva de Dios que está reservada
a los que creen en Él o lo buscan con corazón sincero»21. No podemos
abarcar el misterio de Dios, pero por la fe de algún modo se anticipa la
plenitud que esperamos. La plenitud de la revelación «ya» comunica-
da funda la esperanza de la comunidad eclesial de alcanzar lo que «to-
davía no» posee, a saber, la verdad escatológica de la gloria.
3. CÓMO AVANZAR EN EL CAMINO
La Iglesia camina, alentada por el Espíritu Santo, hacia su pleni-
tud, que llegará con la Parusía de Jesucristo. ¿Cómo acontece ese ca-
minar? ¿cómo avanza la Iglesia hacia la verdad plena?
a) Conociendo y haciendo la verdad que ha recibido
En primer lugar, conociendo y haciendo la verdad que le ha sido
entregada, es decir, apropiándose progresivamente la revelación de
Dios en Jesucristo por la comprensión y la praxis del Evangelio. La
Iglesia «con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a
todas las edades lo que es y lo que cree»22. Se trata de un proceso de
Tradición, que debe entenderse —según el Concilio— de modo di-
námico, pues la Tradición «va creciendo en la Iglesia con la ayuda del
Espíritu Santo»23. La transmisión de la revelación tiene un carácter
escatológico. Por la Iglesia y en la Iglesia está siempre llegando la re-
18. Fides et Ratio, 14. Vid n. 13 sobre conocimiento de fe y misterio de Dios.
19. S. JUAN DE LA CRUZ, Subida al Monte Carmelo, II, c. 3, 1.
20. S. TOMÁS DE AQUINO, In III Sent., d. 23, q. 2, a. 1, ad 4.
21. Fides et Ratio, 15.
22. Dei Verbum, 8.
23. Ibidem.
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velación acontecida en Jesucristo y permanece presente hasta la con-
sumación de la historia.
Todo el existir de la Iglesia se sitúa entre las dos venidas de Cristo.
La primera venida de Cristo es su punto de referencia constante por-
que tiene la misión de conservar y transmitir lo que ha recibido. Pero,
a la vez, la Iglesia camina hacia el encuentro con el Esposo y, en ese ca-
minar, va creciendo hasta que alcance su madurez en la parusía de
Cristo24. «Aunque la revelación esté acabada —se dice en el Catecis-
mo—, no está completamente explicitada; corresponderá a la fe cris-
tiana comprender gradualmente todo su contenido en el transcurso de
los siglos»25. Por eso, se puede decir que en cierta manera la Iglesia po-
see la plenitud y, a la vez, camina hacia ella.
Este proceso de actualización y comprensión de la revelación lo
hace la Iglesia con toda su vida. Sucede, sobre todo, cuando se procla-
ma el anuncio del evangelio (predicación), cuando se celebran los sa-
cramentos y, de manera especial, la eucaristía (liturgia), cuando se la
ejercita en la vida personal mediante las virtudes teologales (praxis
cristiana), cuando se piensa en confrontación con las culturas (teolo-
gía), cuando se acerca a la vida de los hombres (acción social) y cuan-
do se entrega la vida por ella (martirio).
La dimensión escatológica exige que la Iglesia nunca esté satisfecha
con la inteligencia del misterio de Cristo ya adquirida. La Iglesia, a lo
largo de la historia, debe esforzarse por alcanzar una comprensión más
profunda de la fe. Se trata de desplegar todas las virtualidades del mis-
terio de Cristo. Este progreso en la verdad acontece no exclusivamente
por vía de una profundización intelectual, sino, sobre todo, por vía de
asimilación experimental y comprensión interna de los misterios que
vive la comunidad creyente.
La garantía de que el progreso en la verdad es auténtico y tiende a
la plenitud de vida de la Iglesia se halla en la asistencia permanente del
Espíritu Santo.
b) Mediante el diálogo
Conscientes de que tenemos que recorrer un camino, los cristianos
tenemos la obligación de buscar la verdad allá donde ésta se pueda en-
contrar, lo cual nos pone en actitud de diálogo con todo ser humano.
24. Cfr. J. DÍAZ MURUGARREN, Fundamentos de la vida cristiana. Proyecto de teología fun-
damental, Ed. San Esteban, Salamanca 1991, pp. 156-162.
25. CEC, 66.
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Hay un antiguo adagio que recoge una profunda convicción cris-
tiana: omne verum, a quocumque dicatur, a Spiritu Sancto est 26. La ver-
dad, la diga quien la diga, sólo puede proceder del Espíritu de Dios.
Por eso tenemos la obligación de buscar desinteresadamente la verdad,
allá donde pudiera manifestarse. Este es el principio teológico que jus-
tifica la necesidad de diálogo.
Diálogo de la fe con la razón. La búsqueda de la verdad por parte
del creyente se realiza en un movimiento en el que se confronta la Pa-
labra proclamada y la búsqueda de la razón. De esta manera, la fe se
profundiza y purifica y, por su parte, el pensamiento también se enri-
quece y abre a nuevos horizontes.
Diálogo con la cultura de los hombres. Toda cultura lleva impresa
y deja entrever la tensión hacia una plenitud. En ella se ofrecen diver-
sos modos de acercamiento a la verdad, que pueden valer la pena aten-
der. Mediante el estudio, la ciencia, el trabajo o el arte la humanidad
se eleva a la verdad. El cristiano debe tomar parte en la vida cultural y
social, familiarizándose con las tradiciones de los pueblos y así «descu-
brir, con gozo y respeto, las semillas de la Palabra que ellas se contie-
nen»27.
Diálogo también con las religiones para discernir el modo en que
se acercan al misterio de Dios y advertir en ellas los elementos provi-
denciales y designios del amor de Dios hacia los hombres. Se trata
también de descubrir las semillas del Verbo presente en ellas y estar
atento a lo que el Espíritu ha podido obrar.
Podrá también el cristiano aprender mucho en el diálogo ya que,
como advierte el documento Diálogo y anuncio, «pese a la plenitud de
la revelación de Dios en Jesucristo, el modo como los cristianos com-
prenden su relación y la viven, a veces puede tener necesidad de puri-
ficación»28. Las demás religiones pueden ayudar a ver aspectos de la
verdad cristiana no suficientemente profundizados e invitan a la auto-
crítica. En un hermoso y clarificador texto del documento menciona-
do se explica: «La plenitud de la verdad recibida en Jesucristo no da a
cada uno de los cristianos la garantía de haber asimilado plenamente
tal verdad. En última instancia, la verdad no es algo que poseemos,
26. AMBROSIASTER, In 1 Cor 12, 3 (PL 17, 245). En la Edad Media se citó y glosó fre-
cuentemente esta fórmula, que se atribuyó a San Ambrosio. Vid. otros textos en ALSZEGHY,
Z., Nova Creatura. La nozione della grazia nei comentari medievali di S. Paolo, Universitatis
Gregorianae, Romae 1956, pp. 196s. Tomás de Aquino recoge este principio en Summa
Theologiae I-II, q. 109, a. 1, ad 1. Cfr. comentario de Fides et Ratio, 44.
27. CONCILIO VATICANO II, Decreto Ad Gentes, 11.
28. PONTIFICIO CONSEJO PARA EL DIÁLOGO INTER-RELIGIOSO-CONGREGACION PARA LA
EVANGELIZACIÓN DE LOS PUEBLOS, Diálogo y anuncio (19-5-91), n. 32.
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sino una Persona por la que tenemos que dejarnos poseer. Se trata, así,
de un proceso sin fin. Aun manteniendo intacta su identidad, los cris-
tianos han de estar dispuestos a aprender y recibir, por mediación de
los demás, los valores positivos de sus tradiciones. De esta manera, el
diálogo puede hacerles vencer sus prejuicios inveterados, revisar sus
propias ideas y aceptar que a veces la comprensión de su fe sea purifi-
cada»29. El diálogo puede enriquecer al cristiano ayudándole a percibir
aspectos de su fe que no había considerado. El cristiano tiene que re-
conocer que puede crecer y avanzar gracias a los no cristianos, ya que
su propia fe adquiere profundidad en el diálogo con ellos.
c) Discerniendo en la historia los signos de los tiempos
La Iglesia debe permanentemente escrutar los signos de los tiem-
pos e interpretarlos a la luz del Evangelio. Al realizar esta tarea crece
también su percepción y comprensión de la verdad revelada. Así se ex-
pone en Gaudium et Spes: «Es propio de todo el Pueblo de Dios, pero
principalmente de los pastores y de los teólogos, auscultar, discernir e
interpretar, con la ayuda del Espíritu Santo, las múltiples voces de
nuestro tiempo y valorarlas a la luz de la palabra divina, a fin de que la
Verdad revelada pueda ser mejor percibida, mejor entendida y expre-
sada en forma más adecuada»30.
Como Iglesia debemos estar atentos a los desafíos de la historia y
los esfuerzos de los hombres por encontrar sentido a su vida. Debemos
escrutar permanentemente los signos de los tiempos percibiendo lo
bueno y verdadero que, también hoy, Dios realiza en la historia junto
con los hombres.
La Iglesia es consciente de que la verdad es una búsqueda que debe
realizar con otros hombres y que ella sólo la posee en una perspectiva
escatológica31. Por eso debe estar atenta a aquellos hechos históricos y
aspiraciones de los hombres que favorecen el crecimiento de la huma-
nidad.
Los signos de los tiempos impulsan a considerar seriamente el ho-
rizonte escatológico ya que ponen a todos, creyentes y no creyentes, en
la espera del cumplimiento definitivo de la historia. Representan otras
tantas etapas que marcan la llegada del Esposo y que es preciso vivir,
por consiguiente, con ánimo atento y vigilante.
29. Diálogo y anuncio, n. 49.
30. Gaudium et Spes, 44.
31. Cfr. R. FISICHELLA, La revelación: evento y credibilidad, Sígueme, Salamanca 1989,
p. 366.
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d) Participando en el esfuerzo común de toda la humanidad
La Iglesia participa en el esfuerzo común de la humanidad por al-
canzar la verdad32. La verdad es aquello que los seres humanos primor-
dialmente anhelamos y buscamos. La Iglesia reconoce la capacidad de
verdad de los seres humanos y está convencida de que en cada genui-
no esfuerzo humano hay un aspecto luminoso del que podemos
aprender.
En la sabiduría humana, elaborada y transmitida por las diversas
culturas, la Iglesia reconoce una expresión de la creatividad del espíri-
tu humano, dirigido por el Espíritu de Dios hacia la plenitud de la
verdad. «La experiencia del pasado, el progreso científico, los tesoros
escondidos en las diversas culturas, permiten conocer más a fondo la
naturaleza humana, abren nuevos caminos para la verdad y aprove-
chan también a la Iglesia»33.
La búsqueda de la verdad tiene una dimensión comunitaria pues
la verdad tiene un carácter social y público. Las verdades se descubren
y se forjan en el seno de nuestras prácticas comunicativas34. Los seres
humanos no somos simples espectadores de la verdad, sino que tene-
mos una relación viva con ella, porque somos capaces de reconocer la
verdad. La verdad humana está constituida por el saber acumulado
construido entre todos a través de una historia multisecular de inten-
tos, errores, rectificaciones y aciertos.
La Iglesia tiene que estar atenta a esta verdad alcanzada por la hu-
manidad a lo largo de la historia. En ella debe descubrir las «semillas
del Verbo» que el Espíritu Santo ha sembrado. El pueblo de Dios tie-
ne que recorrer el camino de la historia dejándose guiar por el Espíri-
tu Santo, para alcanzar la plenitud de la verdad35.
4. HASTA QUE SE CUMPLAN PLENAMENTE LAS PALABRAS DE DIOS
Según lo dicho, la Iglesia no se puede situar ante el mundo con la
actitud prepotente de quien considera que tiene toda la verdad y no
necesita avanzar más. Al contrario, sólo se puede situar en una actitud
humilde y de pobreza. Precisamente porque le interesa la verdad, ne-
cesita el diálogo con el hombre y sus culturas y religiones, debe abrir los
32. Cfr. Fides et Ratio, 2; Gaudium et Spes, 16.
33. Gaudium et Spes, 44.
34. Cfr. F. CONESA, J. NUBIOLA, Filosofía del lenguaje, Herder, Barcelona 1999, pp.
156-161.
35. Cfr. Fides et Ratio, 2.
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ojos para descubrir cualquier resquicio de la verdad allí donde ésta se
pueda hallar. Todo conocimiento alcanzado, cada verdad encontrada
es siempre un jalón hacia la plenitud.
Poco antes de dejarnos, escribía J.J. Alemany: «Si la Iglesia se en-
tiende a sí misma y se presenta ante la humanidad embarcada en el
movimiento por el que tiende a la plenitud de la verdad, ¿no está dan-
do con ello un signo de fraternal reconocimiento a otros muchos, en
realidad a todos los buscadores de la verdad? ¿no supone esto colocar-
se en camino con todos ellos, con todos sus sentidos interiores y exte-
riores alerta para la captación de todos los fragmentos de verdad don-
de quiera que vayan tomando forma? Al hacerlo así, no dejará de
verificar, por supuesto, el grado de sintonía con su propio e irrenun-
ciable mensaje, pero también muestra su disposición a asumir cuanto
pueda ser conducente para la incorporación de aquella plenitud que
contempla en su horizonte»36.
Ese avanzar en el conocimiento de la verdad no es más que un ir
progresando en el misterio insondable que es Jesucristo. Profundiza-
mos en su Palabra y en los signos de su presencia, abrimos los ojos a
las semillas del Verbo presentes en las culturas, con el fin de crecer en
el conocimiento de nuestro Señor. Y avanzamos en ese camino hacia la
verdad completa dejándonos llevar por el Espíritu del Señor resucita-
do, que nos conduce por senderos a veces insospechados37. Hasta que
acontezca la manifestación gloriosa de Jesucristo y se haga patente ante
la historia humana que en Él se da la plena manifestación de Dios. En-
tonces contemplaremos y seremos amados como hijos.
La finalidad de este peregrinaje es alcanzar la plena comunión con
Dios. La revelación divina es siempre propuesta de amistad, que cul-
mina en el encuentro y la donación interpersonal. La revelación tiene
siempre como fin la salvación. En la plenitud escatológica, la gloriosa
manifestación de Jesucristo nuestro Señor (cfr. 1 Tm 6, 14; Tt 2, 13)
significará la comunión de vida con Dios, la contemplación y el abra-
zo amoroso. Por eso, alcanzar la plenitud de la verdad es, al fin y al
cabo, alcanzar la plenitud de la comunión con Dios.
36. J.J. ALEMANY, El diálogo interreligioso en el magisterio de la Iglesia, Universidad Ponti-
ficia de Comillas-Desclée, Bilbao 2001, p. 50.
37. Cfr. Fides et Ratio, 92.