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Doctrina Sexual en Baudelaire o Sobre Dos Inclinaciones en Nuestro Lector

Este documento resume la doctrina sexual de Baudelaire según la cual existen tres tipos de mujeres peligrosas para el hombre de letras: la mujer honesta, la mujer literata y la actriz. Baudelaire aconseja dos tipos de mujeres preferibles: las putas y las tontas. Explica que la estupidez adorna la belleza y protege de las arrugas, mientras que la inteligencia en una mujer es comparable a la pederastia. Finalmente, argumenta que el amor es una inclinación hacia la prostitución y que la mujer representa el

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Doctrina Sexual en Baudelaire o Sobre Dos Inclinaciones en Nuestro Lector

Este documento resume la doctrina sexual de Baudelaire según la cual existen tres tipos de mujeres peligrosas para el hombre de letras: la mujer honesta, la mujer literata y la actriz. Baudelaire aconseja dos tipos de mujeres preferibles: las putas y las tontas. Explica que la estupidez adorna la belleza y protege de las arrugas, mientras que la inteligencia en una mujer es comparable a la pederastia. Finalmente, argumenta que el amor es una inclinación hacia la prostitución y que la mujer representa el

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DOCTRINA SEXUAL EN BAUDELAIRE

O SOBRE DOS INCLINACIONES DE NUESTRO LECTOR

Por Un Filósofo Producido

En el amor la libertad consiste en evitar a las mujeres peligrosas


para cada cual, escribió Baudelaire, que reconoció tres clases de
mujeres peligrosas para el hombre de letras que desgraciadamente
somos: la mujer honesta –que pertenece siempre a dos hombres y
es un mediocre alimento para su alma despótica–, la mujer literata
–intento fallido de hombre–, y la actriz –que habla en argot, está
salpicada de literatura, y a la que le gusta más el público que el
amor. “¿Se imaginan a un poeta enamorado de su mujer y obligado
a verla interpretar un travesti?”
Aconseja en cambio dos tipos de mujeres: las putas y las tontas.
A aquellos que se ruborizan de haber amado a una mujer no bien
descubren que es tonta, los llama burros y vanidosos que buscan
los aciagos favores de las literatas. La estupidez –enseña el maes-
tro– adorna con notoria frecuencia a la hermosura, conserva la
belleza y es un tip harto eficaz para evitar las arrugas. Es el cosmé-
tico divino –nos dice– que protege a nuestros ídolos de las máculas
que el pensamiento nos guarda a los infectos eruditos.
Esta idea, que hoy resultará forastera y susceptible en los tibios
salones literarios nacionales, fue sin embargo compartida en cierta
manera por Borges, quien de toda suerte nunca fue muy propicio
a nuestro bardo (uno dijo que nos pertenecen todas las tradicio-
nes, y el otro aseguró más bien que todas las modas son encanta-
doras). Cuando Alicia Jurado lo increpó diciéndole que fatigaba
la costumbre de enamorarse de mujeres un poco tontas, Borges le
contestó: “Es que la inteligencia es siempre comprensible, pero en
la estupidez hay un misterio que resulta atrayente.”
Baudelaire había anotado sobre la misma que es un ser incom-
prensible porque quizá no tiene nada que comunicar. Cierto, de
todos modos, que lo que en Baudelaire era una práctica, en el
nuestro sólo quedaba en idea. “¡Nunca pasa nada entre Vd. y una
mujer!” le esputó en una carta, veraz según consenso, el irritable
peruano Alberto Hidalgo.
Volvamos al marco doctrinario del vate galo y recordemos que el
hombre de talento prefiere, aunque son igualmente tontas, las pu-
tas a las mujeres de mundo (sabemos que el casto Borges en este
campo derrapó de entrada, y no nos acompañará en el senti-
miento). En el amor del hombre inteligente por la tonta hay cari-
dad; en el amor de ese mismo hombre por la inteligente, hay pe-
derastia: amar mujeres inteligentes es simplemente un placer de
pederasta.
De una manera acaso peculiar, la de los que frecuentaban los cur-
sos de retórica impartidos por el parisino Satán v. gr., Baudelaire
ha sido un autor cristiano y católico; por lo menos un enemigo de
los formatos conductuales del protestantismo, del judaísmo, del
librepensadorismo, del progresismo y yerbas afines. Queda claro
que a su criterio el amor por las intelectuales representa un hele-
nismo invertido, cuyo objeto es un pais de sexo femenino. Por lo
demás, no le interesaban las hetairas; la prostituta a la que rinde
culto es una mujer rebajada –como la llamaría Freud–: calvas biz-
cas, gigantas, mulatas, tullidas sifilíticas, pestilentes, besa los pies
de esas amantes como un papa lascivo. Para él el dandismo era un
sacerdocio, pero en este punto o a esa hora prevalece el monje
franciscano o el mero y maravilloso morbo cristiano por sobre el
flemático e indiferente. Baudelaire asegura que quienes lo amaron
eran mujeres despreciadas y despreciables. “Atrévanse a decir, con el
candor de verdaderos filósofos: ‘Si ella fuera menos infame, no sería mi
mujer ideal. La contemplo y a ella me someto: sólo la madre naturaleza
sabrá para qué habrá creado a una mujer tan increíblemente desvergon-
zada.”
No podrá decirse que Baudelaire se haya negado a ejercitar la ver-
sión sufrida del dandi (“¿Qué importa sufrir mucho, cuando se ha
gozado mucho?”), ni el dolor de despreciar lo que amamos o el del
animal adorador que se equivoca de ídolo. Según un prejuicio que
compartimos, un dandi que se precie en el instante del orgasmo
sería un eyaculador hierático. En cambio él hizo méritos suficien-
tes para amasar la figura del maldito; en el plano sexual lo que
llamamos Baudelaire transita por el sadomasoquismo, el feti-
chismo, las postergaciones y los parciales malogros, los frutos
dehiscentes de la perversión y una amplia gama de parafilias con
terato y necro a la cabeza.
Dice que la mujer es el pecado y el infierno. Parecerá –quizá no
siempre– que nuestro querido pensó su concepto de “mujer” por
oposición a la imagen ideal que proponía de sí: lo contrario del
dandi y del aristócrata. La mujer es natural, es decir abominable,
así que debe horrorizar; es siempre vulgar. “La mujer tiene ham-
bre, y quiere comer; sed, y quiere beber. Está en celo, y quiere que
la monten. ¡Qué meritorio!” Jamás violenta su naturaleza, no sa-
bría reprimirse; así el pecado le resulta tan natural como comer y
beber. Y aunque esto no venga a cuento, no olvidaremos que con-
tra los filósofos griegos y contra el siglo XVIII, este señor enseñó
que la naturaleza no enseña nada, o casi nada, salvo constreñirnos
a dormir, beber y comer, y protegernos del clima hostil, o a co-
merse secuestrar o torturar a nuestros semejantes. La mujer, de
todos modos, es inseparable del vestido –son una totalidad indivi-
sible–: ¿qué poeta osaría al pintar el placer causado por la apari-
ción de una belleza separar a la mujer de su vestido? O como lo
dijo uno de a la vuelta: “nunca se llora por una mujer, sino por
unos tacos altos y un corpiñito”. Pero al fin y al cabo, quedó dicho,
se trata de le contraire du Dandy; en vez de ofrecerse como obras de
arte en vida, circulan como vidrieras ambulatorias.
Amamos a las mujeres en la medida en que nos son más ajenas, y
por supuesto Baudelaire cultivó el amor por la mujer casada. La
amante puede incluso convertirse en hija y hacerle conocer senti-
mientos de paternidad. Esa ajenidad citada encuentra otro ítem:
la apatía gélida de la ausencia de goce, insensibilidad, indolencia,
frialdad. Aparecen acá dos frases, o quizá una sola de la que uno
encuentra dos versiones muy diferentes: “La femme dont on ne jouit
pas est celle que l’on aime” (La mujer que no gozamos es aquella que
amamos), y “La femme qui ne jouit pas est celle que l'on aime” (La
mujer que no goza es la que amamos). Sartre toma esta última –la
más audaz– para insultarlo, diciendo que “le horrorizaba propor-
cionar placer”. Se trata acaso del “aire gatuno”: puerilidad, indife-
rencia, y malicia mezcladas. ¿Quién podrá resistir ese combo letal
enemigo de las humanas demasiado humanas?
Al hombre y la mujer los ligan el malentendido y el mal a secas
(“El hombre y la mujer saben, de nacimiento, que todo deleite se
encuentra en el mal”). La voluptuosidad única y suprema del amor
estriba en la certidumbre de hacer el mal. Su moneda tiene las
caras del desprecio y la adoración. La mujer también es un ídolo
que debe ser adorado –un ídolo quizá estúpido pero deslumbrante
y encantador– y a la que le asiste el deber de presentarse como
mágica y sobrenatural. Adorar es sacrificarse y prostituirse.
El amor –como el arte– es la inclinación por la prostitución. Un
sentimiento generoso que acaba corrompiéndose por el gusto por
la propiedad. “La prostitución burguesa. Casarse como se va al
burdel, desposar en lugar de pagar.” La orgía prosaica o el deber
conyugal. Estas dos instituciones, el arte y el amor, que Alain Ba-
diou presenta hoy como condiciones de la filosofía y vías regias
hacia la verdad y el acontecimiento, hacen del sujeto para Baude-
laire un taxi boy de balde, graciable. Su contrafigura de resistencia,
repitamos, es el impasible dandi.
El amor, es decir el victimario confundiéndose con su víctima; casi
diríamos: identificándose. La paradoja es que este sujeto quiere
conservar las prerrogativas del conquistador. Otra versión asegura
que se trata de un fastidioso delito cuya comisión no puede pres-
cindir de un cómplice. Gusto invencible que nace del horror a la
soledad, del querer ser dos, de olvidar el yo en la carne exterior,
del horror al genio; ya que genio es el que quiere ser uno y por
ende estar solo. “La gloria consiste en no dejar de ser uno, y pros-
tituirse de una manera particular.” Esa manera tendrá que ver
acaso con el capricho soñador, el ocio ardiente. Prostituirse sin
rédito alguno, por amor al arte y al amor, es decir a la prostitución
misma. Nada que ver con la fornicación; el amor es prostitución:
querer salir de sí; fornicar es aspirar a entrar en otro, que no es lo
mismo, es “el lirismo del pueblo”. La cópula se asemeja mucho a
una tortura o a una operación quirúrgica. En cambio “el artista no
sale nunca de sí mismo”. El artista, ergo, el hombre de genio, cul-
tivaría los protocolos variopintos del goce preliminar.
Mucha agua ha cruzado el puente desde Baudelaire hasta nosotros,
decir para finalizar; tanta como para sentar sospecha acerca de la
tontería de las tontas y de la inteligencia de los inteligentes, gentas
y gentos, del arte de los artistas y del genio de los genios. Lo que
ayer fue un lugar común, se va volviendo otro sentimiento. Por
supuesto, y por lo demás, que nosotros también estamos del lado
del criterio; nos horrorizamos, nos indignamos a su debido
tiempo, y nos acomete con vehemencia calculada un profundo an-
helo de denuncia. No podemos entender –nos resultará ello into-
lerable– cómo estos nefandos adminículos de una sociedad peri-
mida y sepultada siguen mostrando su jeta insolente en las verdu-
lerías de saldos y usados que prosperan por nuestras arterias, o en
coquetos relicarios ahítos de pocket books que engalanan los mos-
tradores de nuestras boutiques. Nos queda rezar por la Universidad
argentina y pedir –llegado el caso– por los dos derechos humanos
fundamentales, el de contradecirse y el derecho a irse. Pero toda
contradicción se ha convertido en unidad.

Publicado en La Viñole, 4/11/2019

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