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Prestame Tu Nombre (Prestame 9) - Iris Boo PDF

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Préstame tu nombre

Serie Préstame nº 9
1ª edición: febrero 2020

© Iris Boo
Diseño de cubierta: Iris Boo
Iris Boo
[email protected]

La historia, ideas y opiniones vertidas en este libro son propiedad y responsabilidad exclusiva
de su autor.

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta


obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la
ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o
escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).
Prólogo
Serguéy
Cuando llegué a Estados Unidos, pensé que dejaba atrás todos los problemas. Un país nuevo,
una familia nueva, una vida nueva. Pero me equivoqué.
Mi primer error fue pensar que Moscú estaba demasiado lejos de Las Vegas; no, no lo estaba.
El segundo, pensar que esa distancia era suficiente para mantener a Constantin Jrushchov lejos.
Cuando empecé a pelear para él, sabía que entraba al servicio del demonio, pero estaba dispuesto
a hacer lo que fuera para poder pagar las facturas médicas de mi padre. Él se sacrificó hasta el
último momento por mí y por mi hermana, era de ley que yo le devolviese parte de ese sacrificio.
Cuando llegaron los Vasiliev a nuestras vidas fue como recibir a las fuerzas de liberación, las
malditas fuerzas especiales al rescate. Eran pocos, pero se las ingeniaron para sacarnos a mi
hermana y a mí del país pasando bajo las garras de Constantin Jrushchov.
En Estados Unidos, nos dieron una nueva vida, trabajo honrado y la oportunidad de prosperar
con nuestro esfuerzo. Pero era un sueño demasiado bonito para durar, ¿verdad?
—¿Por qué estás aquí?
—He venido por ti, amor.
—No sabes lo que es amar, nunca lo has sabido. Así que no digas que estás aquí porque me
amas. —Caminó hacia mí y, en cada paso, sus cabellos dorados se balanceaban.
—He venido hasta aquí por ti, idiota. He desafiado las órdenes de mi hermano, he abandonado
la seguridad de mi casa, de mi familia, de mi país. ¿Y te atreves a decir que no es por amor? —
Sus dedos se posaron suavemente sobre mi mejilla mientras me miraba con esa mezcla de
fragilidad y dulzura que sabía fingir a la perfección. Pero no era real, ella no lo era. ¿Por qué lo
sabía? Porque había estado a su lado lo suficiente como para descubrir lo que había dentro de esa
perfecta imagen.
—Estás aquí porque eres de esas personas que solo desean lo que no pueden tener. —Como
por arte de magia, sus ojos se tornaron duros, implacables. Sí, esa era ella.
—Había más como tú, Serguéy, pude tomar a cualquiera, pero te escogí a ti.
—No, me escogió tu hermano.
—Como a muchos otros, pero yo te elegí de entre todos ellos.
—Me elegiste porque era el que más peleas ganaba y a ti siempre te ha gustado tener lo mejor.
El mejor coche, el mejor vestido, la mejor casa, el mejor marido…
—El mejor amante.
—Seguro que los has tenido mejores.
—No te infravalores, Serguéy. Si no hubieras sido bueno, no habría repetido.
—Repito, ¿por qué estás aquí?
—Mira que eres cansino. He venido por ti, amor.
—Hui de Rusia, hui de Constantin, hui de ti, ¿no lo quieres entender? —Me removí en la silla y
mis ataduras se clavaron aún más en mi carne.
—Sssshhh, no luches contra lo inevitable. Volveremos a estar juntos y todo será como antes. Tu
pelearás para mi hermano y él será feliz porque le harás ganar dinero. Y después de las peleas,
estaremos juntos. Volverás a amarme, como antes.
—Era solo sexo, tú lo dijiste. Me usabas como un juguete para satisfacer tu placer, no te
importaba si estaba demasiado lastimado para cumplir con tus exigencias. Solo querías un
semental que calmara tus necesidades.
—Tú me querías.
—Nunca dije tal cosa. Es más, si no recuerdo mal, las tres últimas veces te dije que te odiaba.
—Aun así, cumpliste.
—Porque sabes muy bien cómo hacer que el cuerpo de un hombre reaccione, maldito súcubo.
—Ella sonrió complacida. Sí, le gustaba que le dijesen lo buena que era, aunque la llamaran
zorra.
—Volverás a amarme.
—Eso nunca ocurrió y no ocurrirá ahora.
—¿Lo dices por esa mosquita muerta con la que te has casado?
—A ella no la metas en esto. —No, no podía permitir que Ella sufriera por esto, era mi
problema, no el suyo.
—Sé que muchos se casan para conseguir la nacionalidad, pero, la verdad, pensé que tendrías
mejor gusto. Casarte con una gorda como ella, qué bajo has caído. —Apreté los dientes. No
estaba gorda, tenía todas las curvas que un hombre deseaba en una mujer y las tenía muy bien
puestas. ¿Cómo las llamaban ahora? Sí, curvy, era una curvy.
—Al menos no es una anoréxica como tú. —El grito casi llegó al mismo tiempo que la
bofetada. Sí, así era ella, alguien que te hacía sufrir simplemente porque podía hacerlo.
—Soy perfecta y volverás a decirlo. Solo necesitas recordar lo que has olvidado en esta
mierda de país.
—Nunca dije que fueses perfecta.
—Lo dijiste.
—No. Lo que dije fue que eras preciosa, pero eso solo fue la primera noche que pasamos
juntos. Después, descubrí que no eras más que un bonito frasco lleno de veneno.
Capítulo 1
12 meses antes…

Serguéy
No era la primera vez que íbamos a reunirnos con nuestros primos en su despacho del
Celebrity’s, su hotel-casino. Pero esta vez sí había algo diferente. Cuando Viktor me llamó, su voz
no tenía ese tono alegre, parecía… sobrio. Era más como el viejo Andrey y eso no me daba buena
espina.
Tenía la mirada perdida en las puertas del ascensor, cuando la voz de mi hermana Irina me
devolvió al presente.
—¿Crees que son malas noticias? —Me encogí de hombros mientras volvía mi rostro hacia
ella.
—No sé, pero no tiene pinta de que sea algo bueno.
Cuando llegamos a la planta reservada de los Vasiliev, las puertas se abrieron con rapidez.
Sentí los ojos de alguien sobre nosotros y no pude evitar pensar que seguramente era así. Nadie
llegaba hasta allí si no tenía la autorización correspondiente, y nosotros no teníamos ninguna de
esas tarjetas o llaves especiales de acceso; solo quedaba una opción, que vigilasen y controlasen
nuestros movimientos.
Lo primero que vimos en el largo y suntuoso pasillo era un hombre parado frente a la enorme
puerta de madera del despacho de Yuri. Era Phill. Al vernos, esbozó una pequeña sonrisa y saludó
con la cabeza en mi dirección.
—Os están esperando. —Dio un par de golpecitos y de seguido abrió la puerta. Cedió el paso
a Irina y después a mí.
—¿Tú no entras? —le preguntó mi hermana a Phill.
—Mi orden es esperar a que me llamen más tarde —y cerró la puerta a mis espaldas.
Aquella sí que era una auténtica reunión de la cúpula Vasiliev. Todos los hombres de la familia
estaban allí, salvo el marido de Lena, y sabía por qué. Geil llevaba todo lo relacionado con las
empresas Vasiliev, o casi todas. Era una especie de director ejecutivo y se centraba en el
desarrollo «legal» del negocio familiar. Yuri y mis tres primos llevaban cada uno su parte de zona
oscura. Me sentía agradecido de no formar parte de todo aquello, pero no tenía ninguna duda de
que si necesitaban que pasara la línea, por ellos lo haría.
—Si tomáis asiento, empezaremos con todo esto. —Irina y yo nos sentamos en las dos sillas
que quedaban libres en la enorme mesa de reuniones.
—¿Es algo malo? —Irina no pudo aguantar para preguntar. Yo había aprendido a esperar a ver
hacia dónde iban las cosas.
—Jrushchov tiene a un hombre siguiendo a Irina. —Así era Viktor, directo al grano, sin rodeos
inútiles.
—No tienes que preocuparte, pequeña —intervino Yuri. Al ver la cara de mi hermana,
comprendí por qué lo había dicho.
—Lo primero que quiero que entendáis es que todo se está desarrollando como Viktor anticipó.
—Viktor asintió con la cabeza, pero no era suficiente para tranquilizar a Irina.
—¿Quieres decir que todo este tiempo habéis sabido que me estaban buscando? —Viktor se
levantó de su asiento, caminó hasta llegar a Irina, tomó sus manos y se agachó hasta que sus ojos
estuvieron casi al mismo nivel.
—Estos tres meses no queríamos recordaros a Jrushchov ni sus intenciones, pero todos
sabíamos que no iba a quedarse quieto. Tú también lo sabías, ¿verdad? —Irina inclinó la cabeza,
confirmando las palabras de Viktor.
—Boby le ha dedicado todos nuestros recursos, esperando a que llegara a nosotros o, mejor
dicho, a ti. Porque si te tiene a ti, tiene a Serguéy. Eres la reina de esta partida de ajedrez —
explicó Yuri.
—¿Y ahora que me ha encontrado? —preguntó Irina.
—Ahora es cuando le damos la vuelta a todo.
—¿Y cómo lo hacemos? —quise saber.
—Esperábamos que con el truco del apellido, él pensara que habíamos fracasado en nuestro
intento de esconderos. —Sí, cuando nos hicimos con nuestra identificación estadounidense,
aprovechamos para ponernos el apellido Sokolov, Sokolova en el caso de mi hermana. Realmente,
nuestro apellido era Ivanov. Sokolov solo hacía referencia a que éramos hijos de Sokol. Más que
renunciar al apellido del abuelo, para mí era una manera de perpetuar el nombre de mi padre,
porque aquí, en Estados Unidos, mis hijos no llevarían mi nombre como en Rusia, sino el de mi
padre. Su nombre perduraría, sería de alguna manera su legado.
—Eso quiere decir que tenéis un plan. —Ya conocía a Viktor y su forma de actuar, metódico,
detallista y, sobre todo, previsor. Aquella maldita sonrisa ladeada suya me acababa de confirmar
que el tipo ya estaba siguiendo su estudiado plan de ruta.
—No sé cómo se llama esta jugada en el ajedrez, pero, básicamente, vamos a hacer
desaparecer a la reina delante de sus narices.
—¿Y por qué no se ha hecho antes? La desaparición definitiva, quiero decir —Las mujeres y
su curiosidad.
—Porque queríamos que llegara a nosotros, que sepa que estamos aquí, jugar en nuestro
tablero.
—Algo así como que nuestro equipo juega en casa —añadió Nick.
—No voy a aburriros con una explicación detallada de nuestro plan estratégico, porque solo
tenéis que concentraros en vuestra parte.
—Y porque tampoco te iban a entender, Viktor, a veces incluso a mí me cuesta seguirte. —
Viktor sonrió a Nick de forma petulante:
—Qué forma tan sutil de llamarme genio. En fin, como decía. Ahora es el momento de hacer
desaparecer a Irina de forma más concienzuda.
—¿Cómo de concienzuda? —quiso saber ella.
—No vas a hacer nada ilegal, tranquila. Hay una manera de hacerlo, de forma totalmente legal,
rápida y efectiva. Y por si fuese poco, además será segura, muy segura.
—¿Por eso estamos aquí los dos? —pregunté.
—Por eso estáis aquí los tres —aclaró Yuri.
—¿Qué?
—Te vamos a casar —Que eso lo dijera Andrey ya me decía que hablaba en serio.
—¿Casarme, con quién? —Puede que yo no fuese tan lento como Irina, pero enseguida lo vi
claro.
—Phill. —Yuri sonrió y Andrey asintió con la cabeza.
—A grandes rasgos, tu matrimonio con Phill te dará un nuevo apellido. Uno con el que los
hombres de Jrushchov ni pensarán en buscarte. Y segundo, tendréis que viajar —aclaró Yuri.
—En Miami tenemos un negocio, un club, al que me gustaría que le dieras una nueva dirección.
Sé que conoces el terreno y que tu perspectiva le daría el enfoque con clase que queremos darle.
Ya me entiendes, hacer que algo vulgar sea algo elegante y más rentable —detalló Viktor.
—¿Queréis que dirija el club?
—Queremos que lo conviertas en algo con clase y sabemos que puedes hacerlo. Te
proporcionaremos todo lo que necesites. El resto, es cosa tuya. —Irina se estaba mordiendo el
labio de esa manera que tenía ella, cuando su mente estaba dándole vueltas a algo que le
interesaba.
—Y no estarás sola, Phill viajará contigo y, como será tu «esposo», estará cerca de ti en todo
momento. Ya detallaremos más después.
—Me he tomado la libertad de preparar la documentación del divorcio y los certificados para
el enlace. De esta manera, no habrá ningún problema a la hora de disolver el matrimonio. —
Andrey, él sí que pensaba en todo.
—Aquí, mi hermano mayor, lo que no os ha dicho es que se ha sacado un certificado para
poder oficiar bodas, así se asegura lo de la confidencialidad y esas cosas —puntualizó Nick. ¿Se
estaba riendo de Andrey? Creo que sí, porque el pobre había puesto los ojos en blanco.
—A ver, quedamos en que íbamos a dejar el menor número de pistas posibles, ¿no? Pues eso.
Bueno Irina, tú decides. ¿Quieres hacerlo o buscamos otra alternativa?
—¿La hay?
—Claro, pero no sería legal, o implicaría un confinamiento indefinido en casa de mis padres.
Yo creo que mi idea es la mejor, pero, claro, no soy yo la que va a pasar por un matrimonio falso,
huir a Miami y dirigir un club. Son demasiados cambios y de mucho peso.
Irina alzó la mirada y supe que Viktor había ganado. Eso y esa maldita sonrisa suya mal
disimulada. El cabronazo sabía que se había ganado a mi hermana en cuanto le dijo lo del club. Y
qué quieren que les diga, mi hermana iba a estar a salvo, haciendo algo que le gustaba y bien
protegida, para mí era suficiente. Lo único que no me gustaba mucho era que Phill se hiciera pasar
por su marido. Antes de que se fueran tendría que dejarle un par de cosas bien claras.
Capítulo 2
Serguéy
Tenía que reconocer que lo de estar forrado de pasta estaba bien, muy bien. ¿Que hacía falta
hacer un viaje a mitad de la noche sin pasar por una terminal de aeropuerto? Pues nada, se
llamaba al piloto y se le decía que había que hacer un viaje con varias paraditas. Por eso del
manifiesto de vuelo, se entiende.
No me moví hasta que las ruedas del avión abandonaron el suelo.
—Va estar bien, tranquilo. Phill es un gran tipo y moriría antes de permitir que tu hermana
sufriera cualquier daño. —Me giré hacia Viktor.
—Eso lo sé. Ahora es cuando me vas a contar lo que no has querido decir delante de ellos —
Viktor inclinó su cabeza y sonrió levemente.
—Eres un cabrón intuitivo.
—Más de lo primero que de lo segundo, y mi hermana es la que va en ese avión, así que
desembucha. —Viktor miró hacia atrás, asegurándose de que había una gran distancia entre
nosotros y cualquier oído indiscreto.
—Era cuestión de tiempo que Jrushchov diera con vosotros dos y estoy seguro de que no
queréis pasaros la vida mirando por encima del hombro.
—Eso no es vida.
—No, no lo es. Por eso decidimos atacar esto de una forma diferente.
—¿Cómo de diferente?
—No era casualidad que Irina trabajase en la recepción de nuestro hotel. Necesitábamos un
lugar visible, donde fuese fácil de localizarla, y al mismo tiempo mantenerla completamente
vigilada.
—Para protegerla.
—Y para detectar a cualquiera que la estuviese vigilando.
—En un hotel-casino eso es prácticamente imposible. Demasiadas personas entrando y
saliendo.
—No si tienes un sistema de vigilancia audiovisual de última generación que cubre todas las
superficies del recinto, conectado a un software que es capaz de reconocer pautas, personas,
fórmulas de juego…
—Pero…
—No, esto no era como pillar a contadores de cartas, pero solo hizo falta cambiar el tablero
de juego y cambiar las normas, el resto llegó solo.
—Encontrasteis al que la estaba vigilando.
—No sé cómo Boby dio con él, algo de un algoritmo matemático y triangulación espacial,
sumado con reconocimiento facial.
—Ese Boby es bueno.
—Sí, y cuando se junta con Sara, son demoledores, puedo asegurarlo. El caso es que
pinchamos su teléfono y su laptop y descubrimos que Jrushchov se había puesto en camino hacia
Las Vegas.
—Así que viene para acá. —Viktor levantó la muñeca y miró su reloj.
—Si no me equivoco, en estos momentos está volando hacia aquí. Tomará tierra en menos de
una hora.
—¿Y ahora que no está Irina?
—Pues ha perdido la manera de coaccionarte. Eres libre para afrontar esto como quieras. —
Mmm, eso tenía muchas posibilidades. Terreno Vasiliev, sin nadie por quien preocuparme… No
es que fuera una persona violenta, pero tenía unas ganas enormes de meterlo en un cuadrilátero y
obligarlo a recibir golpes, como él hizo conmigo, solo que esta vez no sería yo quien recibiera.
—Se me ocurren un par de ideas.
—¿Aceptas sugerencias? —Oh, cuando Viktor decía eso era que tenía algo muy bueno en
mente.— De momento, ve poniéndote esto en la muñeca. Parece un simple reloj de los que puedes
encontrar por menos de treinta dólares, pero Boby lo ha «tuneado». Es sumergible y es vital que lo
lleves puesto siempre. Puedes quitártelo, pero procura tenerlo siempre a mano. Es un seguro de
vida que espero no llegar a usar, pero que no está de más tener.
Me quité el que tenía y ajusté el nuevo a la muñeca. Sí que parecía un reloj normal y corriente.
Este Viktor no dejaba escapar ningún detalle.
—Listo. ¿Y cuáles eran esas sugerencias que me decías?
—Lo que tengo en mente seguro que te va a encantar.

Viktor
No es que antes hubiese trabajado con Constantin Jrushchov, pero conocía a los tipos como él.
El idioma, el país, no cambian demasiado a los tipos como nosotros. ¿Qué éramos? Hombres de
negocios. Me había pasado todo este tiempo, desde que Andrey y papá trajeron a los primos a
Estados Unidos, pensando en cómo podría enfrentarme a Constantin Jrushchov. ¿Cómo vencer a un
tipo así? Pues siendo más listo que él y yendo un paso por delante.
Paso a paso, había seguido cada paso de mi estudiado plan.

1. Traer al gran jefazo a un terreno que no fuera el suyo. Jugar en nuestra casa limitaría sus
recursos. Hecho. El cebo de Irina había funcionado.
2. Quitarle la ventaja que creía que tenía. Hecho. Irina estaba fuera de su alcance y por un
tiempo ilimitado, lo que jugaba a nuestro favor.
3. Darle algo que fuera más importante que un chico que puede sustituir fácilmente.
Teníamos algo que Constantin Jrushchov valoraría mucho más, pero, eh, no se juega con
los Vasiliev y mucho menos se los coacciona o chantajea, así que ese «regalo» venía
con sorpresa. Soy malo, lo sé, pero tengo a Katia para compensar. Yin y yang, eso dicen.

Teníamos el espacio, el tiempo y la forma. Y si todo eso fallaba, teníamos la fuerza. No soy
muy de física, pero creo que teníamos todas las variables cubiertas.

Andrey
Lo primero que hice cuando Viktor me explicó su plan con Jrushchov fue ponerme a trabajar
con Nick para encontrar algo que le sirviera. ¿Empresas pantalla? Teníamos a patadas y en
paraísos fiscales herméticos, pero lo que Viktor quería era una que llevara tiempo usándose, pero
de la que tuviéramos que deshacernos. Algo difícil, porque Nick controlaba eso con precisión
milimétrica. Si una sociedad era investigada, o levantaba sospechas, enseguida hacía limpieza.
Resultado, íbamos dos pasos por delante de la ley. Pero seguro que podíamos encontrar alguna.
Yo solo tenía que hacer que, de forma legal, se hiciese una transferencia o venta limpias. Cuando
llegara el momento, Viktor se encargaría del resto.
Ahora, lo más importante era mantener a toda nuestra familia vigilada y a salvo. Constantin
Jrushchov era un hombre sin escrúpulos que no dudaría en buscar alternativas a Irina. Y si no
podía coaccionar a Serguéy, lo intentaría con otro miembro de la familia. Miré hacia la cama,
donde Robin dormía ocupando tanta superficie de colchón como podía. Constantin Jrushchov no
iba a ponerle un dedo encima a mi familia, no ahora que había encontrado lo que me faltaba. Antes
estaba dispuesto a matar por los míos, pero ahora, si ese desgraciado cruzaba la raya con Robin y
nuestro bebé, podía irse preparando, porque le destrozaría, lenta y dolorosamente.
Despacio me metí en la cama, ajustando mi cuerpo al de Robin. En cuanto sintió mi presencia,
se aferró a mí como un koala, buscando esa tibieza que mi cuerpo le ofrecía. Incliné la cabeza
hacia ella, para meter la nariz en su pelo. Olía tan bien… Esto sí que era llegar a casa, y no la
acción de entrar por la puerta de un simple edificio. Mi hogar, allí donde estuviese Robin era mi
hogar.
Capítulo 3
9 meses después… en Miami.

Danny
Con tantos niños de por medio era difícil encontrar un día para nosotras solas. Un día de
chicas. Ahhhh . No es que fuéramos a hacer algo como irnos de spa o algo así, no, lo nuestro era
algo tan básico como ir a la peluquería.
—Mmm, no pares, sigue ahí. —La voz de Susan nos hizo girarnos hacia el lavadero de cabezas
y sonreír. Vaya con la doctorcita, necesitaba un buen masaje de cabeza.
—Te dije que Amanda era una artista con las manos —puntualizó María, mientras dejaba que
la encargada de la peluquería le pusiese sobre los hombros una de esas capas de plástico.
La peluquería no es que fuese demasiado pequeña, pero nuestro grupo la había tomado por
completo. Había cuatro puestos y eran nuestros, y una estaba esperando su turno. Un gustazo que
Ingrid y las abuelas se hicieran cargo de los pequeños, con la ayuda de algún que otro papá, claro.
¡Qué demonios! Con las mujeres fuera, seguro que se habían reunido todos en casa de Angie y
Alex para hacer su particular reunión de chicos. Ellos, sus herramientas, sus chapuzas y sus
cervecitas frías.
—¿A que no te arrepientes de haber dejado a Gabriel con las abuelas? —Alcé una ceja
mientras miraba a una sonriente Angie con papel de plata en la cabeza.
—No, para nada. Amo a mi bebé, pero necesitaba un día solo para mí.
Bien por mi Angie. No podía quejarse de la ayuda que tenía, con la abuela Lupe disfrutando de
su bisnieto, Carmen y Tomasso ejerciendo de omnipresentes abuelos y un entregado Alex; pero
poder dejar de estar pendiente del reloj a todas horas, esperando que todo esté controlado, es un
descanso para cualquier madre. Y, si no, bastaba con mirar a María. Bruno y Hugo eran dos
dulzuras de niños, pero estaban en esa edad en que descansar era una palabra que no entraba en su
vocabulario; y eran dos, nada menos. Además, si entraba su hermana Paula en juego, parecía que
eran como cinco pequeños correteando por todas partes. Menos mal que Tonny parecía tener
energía suficiente para agotarlos al final del día. Y Susan… ella que estaba tan contenta con su
pequeña Bianca y, ¡zas!, gemelos. Carlo y Francesco, buen remate para su orgulloso padre. No
había quien aguantara a los dos hermanos Di Angello, y ahora había otras dos parejas más. Mundo
prepárate, porque esos pequeños tenían muchas posibilidades de convertirse en unos auténticos
rompecorazones. ¡Si incluso los gemelos de Susan tenían hoyuelos al sonreír! Demoledores.
—¿Lo de siempre? —Alcé la vista para encontrar los ojos dulces de Star al otro lado del
espejo. Parecía tan cansada… El maquillaje era incapaz de cubrir sus ojeras permanentes.
—Ponme guapa, que hoy quiero volver loco a mi marido. —Me sonrió y asintió. Retiró la
toalla de la cabeza y empezó a acomodar los mechones de pelo para alisarlo. La silla de mi lado
se movió y enseguida vi el reflejo de Susan sonriéndome.
—No sé lo que le vas a hacer a Danny, pero yo quiero lo mismo. —Amanda levantó la toalla y
empezó a acomodar los mechones de forma metódica.
—¿Quieres que te ponga unas mechas?
—No, quiero que me pongas guapa para volver loco a mi marido.
Todas echamos a reír. Cómo había espabilado la doctorcita. Claro, con un marido así, como
para no aprovecharlo. Y que conste que no me quejo, con mi Mo estoy muy bien servida. Empecé
a sentir que Star me tiraba suavemente del pelo mientras me cogía pequeños mechones para
cubrirlos de tinte y envolverlos con el papel de plata. Tenía aún la atención puesta sobre Susan y
noté que la expresión de su cara le cambiaba. No, no era por lo que le estaban haciendo en la
cabeza, pues tenía la mirada clavada sobre mi peluquera. Seguí su mirada y encontré lo que le
había llamado la atención, unas marcas moradas que intentaban asomar por el cuello de la camisa.
Su cara se contraía cada vez que repetía un movimiento concreto, como si le doliera enormemente.
No es que estuviese habituada a tratar con pacientes adultos, pero como enfermera podía
reconocer las señales de maltrato físico. Ella intentaba cubrir los hematomas con camisetas de
manga larga, una prenda poco habitual en Miami. Pero el dolor no era tan fácil de ocultar. Miré su
rostro con atención. Parecía joven, tal vez 25, con un ligero sobrepeso, piel muy pálida, como si
no viese mucho el sol. Volví a mirar a Susan y ella asintió. Las dos habíamos llegado a la misma
conclusión, había que ayudarla.
—Anita, ¿qué tal si nos haces la manicura a mi amiga Susan y a mí mientras estamos en el
calor?
En la peluquería tenían ese aparato que da calor, con unas placas o algo así, y que se va
moviendo de lado a lado, para que las mechas suban más rápido. ¿El porqué de la manicura? Pues
por Anita. Es de esas personas que hablan por los codos y que se saben la vida de todo el mundo;
en una palabra, una cotilla. Así que, cuando nos acomodaron en la zona de tránsito, empezó mi
investigación sobre el asunto.
—Oye, Anita, ¿Star está casada? Porque conozco a un chico que sería estupendo para ella. —Y
como si le dieras al botón de arrancar, Anita alzó la cabeza y se acercó hacia mí en petit comité:
—¿Casada? No, pero tiene a ese impresentable de novio, que… —Oh, nadie se puede resistir
a ese toque de silencio dramático y balanceo de cabeza. Anita era buena, muy buena.
—Me has intrigado, cuenta, cuenta. —Anita acercó su pequeño taburete y empezó a manipular
sus herramientas de trabajo con mecánica eficiencia.
—Pues es un hombre de difícil convivencia, no sé si me entiendes.
—¿Tiene mal carácter? —Anita miró a ambos lados, asegurándose de que nadie la escuchaba.
—Lo tiene todo, el muy cabrón. Es violento, celoso, posesivo, controlador.
—Ay, pobre, ¿y cómo es que no le ha dejado?
—Lo hizo una vez, pero fue peor.
—¿Peor?
—Antes venía con algún moratón, pero ahora hay días que hasta a mí me duele verla moverse.
Y el hijo de… No, su madre no tiene la culpa del hijo tan demoníaco que trajo al mundo, eso
espero, porque el tiparraco la tiene casi encerrada en casa, la pobre no va sola ni a hacer las
compras. La trae y la recoge del trabajo. —Miré el reloj, calculando el tiempo que quedaba para
que finalizara el turno de mañana.
—Huy, a lo mejor le vemos hoy y todo. —Anita arrugó la nariz con asco.
—No, ese cretino la espera siempre fuera, sentado en su coche. Solo entra en la peluquería el
día de cobro para coger su cheque.
—¡Wow! ¿Y la dueña se lo da?
—Tiene el consentimiento de Star. No puede hacer nada. Si por Amanda fuera, le vetaba la
entrada.
—Porras, ¿y no ha pensado en denunciarle? —Anita soltó eso que era una mezcla de bufido y
risa.
—¿Denunciar? Es policía. ¿Por qué crees que no podemos hacer nada por ella? Cuando ella le
dejó, el muy cabrón vino a buscarla y se la llevó por la fuerza. Llamamos a la policía y no
hicieron nada. Lo único que conseguimos fue que nos amenazara.
—¿Os amenazó? —Jod… con el tiparraco.
—¿Abuso de poder? Lo de Alvin lo sobrepasa, y mucho. —Susan, Anita y yo miramos hacia
Star con disimulo. Pobre mujer, no había manera de escapar de algo así, a no ser…
Con las uñas terminadas y las mechas listas para lavar, Star me llevó al lavadero de cabezas. Y
ahí entré a atacar.
—Si hubiese una posibilidad de escapar de Alvin, ¿lo harías? —Se le abrieron los ojos como
platos al tiempo que sus manos se quedaban congeladas sobre mi cabeza.
—¿Cómo sabes…?
—Eso no importa ahora. ¿Estarías dispuesta a huir? —Ella volvió a ponerse con los trozos de
papel de plata hasta que me soltó todo el pelo para seguir con el proceso.
—Ya lo intenté una vez y las consecuencias fueron peores.
—Porque no tuviste ayuda. —Vi el reflejo de su rostro apenado en uno de los espejos que tenía
delante. Era lo bueno de las peluquerías, que había espejos por todas partes.
—Ellos… ellos no pueden. Mi familia es… es complicado. —Empezó a frotarme la cabeza
para quitarme el tinte bajo el agua.
—Te estoy ofreciendo ayuda, Star.
—No, no puedo. Alvin… Alvin… os metería en demasiados problemas. Si descubre que me
ayudasteis… Es detective de policía, me encontrará. —Volvió a frotar con energía.
—Conozco a alguien que puede ponerte a salvo, alguien al que Alvin no podrá intimidar.
—Eso no es posible.
—Lo es. —Star se mordió el labio como si realmente estuviese considerando aceptar—. Solo
tienes que decir que sí. —Nuestras miradas se cruzaron en el espejo y pude ver la esperanza en
ellos.
—¿Lo harías? ¿Por mí? No me conoces.
—No necesito conocerte pasa saber que necesitas mi ayuda y ofrecértela.
—Yo…
—Solo di que sí y en un segundo lo pongo todo en marcha. —Fue lento, casi imperceptible,
pero vi su cabeza moverse hacia delante y atrás—. Bien, ese es el primer paso. El segundo, es
dejarte llevar. Confía en mí. —Ella asintió de nuevo y una amenaza de sonrisa luchó por asomarse
a su rostro, casi consiguiéndolo.
—¿Qué tengo que hacer? —Mis dedos estaban volaban por el teclado del teléfono, uniendo las
letras para configurar el mensaje que pondría todo en marcha.
—¿Hay algo que necesites llevarte? ¿Algo a lo que tengas apego? —Star negó con la cabeza al
tiempo que recibía la respuesta a mi mensaje—. Entonces prepárate, porque Alvin no va a volver
a ponerte la mano encima.
Capítulo 4
Viktor
El mensaje me sorprendió y alegró. Más lo primero que lo segundo. No es que esté loco, no,
pero que Danny, mi prima pequeña, recurriese a mí porque necesitaba ayuda, me llenó de orgullo.
—Necesito tu ayuda, es URGENTE.
—Lo que necesites —¿Qué otra cosa podía decirle?
—Vete preparando un viaje a Miami con la caballería, luego te llamo.
¿Caballería? ¿Qué entendía Danny como caballería? Si me basaba en nuestra experiencia
juntos, no podría ser otra caballería que Igor y los chicos de mi primer viaje a Miami, cuando la
conocí. OK, eso lo podía tener preparado en cuestión de minutos. Busqué el teléfono de Boby y
marqué.
—Localiza al piloto y prepara plan de vuelo para Miami. Lo quiero todo listo en una hora.
—Llamaré al hangar para que vayan preparando el avión.
—Bien. Y libérate todo lo que puedas. Es probable que te necesite en línea.
—Sí, jefe. —Aquella sonrisa en su voz, ¡joder!, había creado un monstruo. Pero esta vez no
iba a llevarlo conmigo, necesitaba que se quedase en la central con todos los recursos que podía
gestionar desde su potente equipo.

Danny
—Gracias, cariño. —Colgué la llamada y sonreí a Sara—. Los chicos ya están fuera. —Miré
por el ventanal y, efectivamente, la monovolumen de Marco estaba aparcada fuera. Moví mi
melena al viento y sonreí a mis compinches—. Es el momento. —Todas miramos a Star y ella
asintió. Tomó su bolso y lo aferró con fuerza contra su cuerpo. Amanda se la acercó por detrás y
posó una mano en su hombro.
—Puedes hacerlo.
—¿Y vosotras? —Amanda le besó la mejilla y dio un paso atrás, donde el resto de las chicas
de la peluquería esperaban.
—Estaremos bien. Tú solo piensa en ponerte a salvo.
Tomé el brazo de Star con cuidado y la llevé a la puerta. Sara salió la primera, miró a ambos
lados y abrió la puerta lateral del vehículo. María sostuvo la puerta de la peluquería abierta y yo
salí a toda velocidad arrastrando a Star. Angie cerraba la comitiva. En un santiamén estábamos
todas dentro del coche, camino a la seguridad.
—¿Has avisado a todos?
—Equipo de rescate a su servicio, señora —respondió Marco mientras me dedicaba una
mirada y media sonrisa a través del espejo retrovisor.
—Bien, entonces, llévanos a casa. —Fuimos directos a la casa de Angie y Alex porque todos
estaban reunidos allí. Estacionamos el vehículo en el lateral de la casa y enseguida vimos al
comité de bienvenida: cuatro tipos realmente fuertes, dos abuelas y un par de gemelos. Supuse que
el resto estaría en la parte de atrás, en el gran jardín.
—Os estábamos esperando. —Alex se adelantó para estrecharle la mano a una asustada Star
—​. Soy Alex y mi casa es tu casa.
—Gra… gracias. Soy Estrella. —¡Ah! Así que de ahí venía lo de Star; curioso.
Angie se acercó a Alex y este la tomó entre sus brazos para besarla. Marco alcanzó el bebé
que estaba en los brazos de Carmen y lo recostó contra su pecho al tiempo que besaba su cabecita.
—¿Mi pequeño Carlo le dio mucho trabajo a la abuela? —Lo juro, ese hombre me tenía
fascinada. Los gemelos eran dos bolitas idénticas de dos meses y él podía distinguirlos a simple
vista. De Susan lo entendía, trabajaba con bebés y no se le escapaba ningún detalle, pero Marco
solo vendía coches, no podía entenderlo.
—Ha sido un santo. —Apuntó su abuela política Carmen. Sí, política, porque era la novia del
abuelo biológico, el padre de Marco. Susan fue a por el otro bebé que estaba en manos de la
abuela de María.
—Francesco es como un osito perezoso. No se despierta ni para comer —dijo Carmen.
Esta mujer sí que tenía energía. Estaba jubilada, pero lidiaba todos los días con los tres
pequeños de María, los tres de Susan y con el de Angie, y solo tenía la ayuda de la abuela Lupe. A
la casa de Angie y Alex la llamaban «la guardería» y no podía estar más de acuerdo. Eran
auténticas profesionales. Carmen se acercó a Star, o Estrella, para abrazarla y guiarla hacia el
patio trasero, con el resto de la gran familia.
—Tranquila, pequeña, aquí vamos a cuidar de ti.
—No quiero ser un problema para ustedes. —Mo estaba a mi lado y me dio un pequeño beso
antes de contestarla.
—El problema lo va a tener ese tipo si se atreve a acercarse por aquí. —Tonny se acercó a
Mo, y le tendió el puño para chocarlo de esa manera que hacen los tipos duros, ya saben.
—Ya te digo, y uno bien grande. Soy Tonny. —María se puso de puntillas para darle uno de
esos piquitos y, como a su marido no le pareció suficiente, la tomó con un brazo y la levantó para
alcanzarla mejor y hacerse con un buen beso.
Estrella volvió su rostro sonrojado hacia el suelo y entonces recordé que tenía algo pendiente.
Me acerqué a la abuela Lupe, que estaba dándole la papilla a la pequeña Paula, la bebé de
María y Tonny, mientras instaba a Gabriel, la pequeña de Angie y Alex, a que se terminase su
plato de macarrones. No sé dónde había más tomate, en el plato, en sus manos, en su ropa o en su
cara.
—Hola, Lupe, ¿podrías ocuparte de nuestra invitada? Tengo que hacer una llamada. —Lupe me
sonrió afable.
—Por supuesto. ¿Te gustaría ayudarme con mis angelitos? —Estrella asintió y tomó la cuchara
que le tendió Lupe.

Viktor
Cuando terminó la conversación, tenía dos cosas muy claras. La primera era que Danny era
toda una Vasiliev. ¡Qué pelotas! Había visto que algo estaba mal y se había metido de cabeza a
arreglarlo, sin miedo a los riesgos. Y la segunda, que pondría a salvo a la «nueva amiga», como
había llamado Danny a la chica en cuestión. Cuando me explicó la situación, tuve ganas de matar
al hijo de puta de su novio. Alguien que maltrata sistemáticamente a otra persona, que abusa de su
posición para hacer daño por el simple hecho de que puede, no merece el aire que respira. Y
estaba claro que la chica había intentado salir de aquella situación, pero el gilipollas no la había
dejado.
De alguna manera, me recordó a mi Katia, solo que ella sí que consiguió, de alguna manera,
escapar de las garras de su exnovio. Precisamente por eso supe que tenía que ayudarla. En parte
porque mi propia conciencia me obligaba a hacerlo y, en parte, porque si no lo hacía, Katia me
tostaría las pelotas en la barbacoa del jardín sin habérmelas arrancado antes. Y lo haría con la
ayuda del resto de las mujeres Vasiliev, no tenía duda.
Mi cabeza ya estaba maquinando la manera de ayudar a la chica, pero iba a ser complicado,
porque ¿cómo puede esconderse una persona de un detective de policía? Y si de algo estaba
seguro era de que el tipo era vengativo, posesivo y violento. Junta todo eso y tenías a alguien que
capaz de remover cielo y tierra para recuperar lo que le habían robado.
Capítulo 5
Estrella
Decir que estaba agradecida y abrumada era poco. Aquellas personas me habían incluido en su
círculo familiar y estaban ayudándome sin apenas conocerme. Apreciaba su ayuda, pero no podía
dejar de tener miedo, por mí y sobre todo por ellos. ¿Y si algo salía mal? ¿Y si Alvin me
encontraba y les hacía pagar por haberme ayudado? Sabía que necesitaba ayuda para escapar de
Alvin, sabía que sola no podría hacerlo, pero no quería ocasionarles ningún problema. Quería mi
libertad, sí, pero no a cualquier precio. Aunque no los conociese, no quería ser la culpable de su
sufrimiento, ellos no lo merecían. Quizás por egoísmo, quizás porque la situación empeoraba cada
día, había decidido aprovechar aquella oportunidad. Había decidido asumir el riesgo de que todo
fuese a peor —aunque eso iba a pasar igualmente—, porque si salía bien, tenía mucho que ganar.
En cuanto a mi familia… No podía seguir cuidando de ellos, porque estaba metida en esta
situación en parte por protegerles. Es algo difícil de explicar y tampoco debía hacerlo, porque
sería incumplir con la premisa que nos mantenía a salvo de un mal aún peor. Pero esta vez tenía
que volverme egoísta y pensar en mí. El tío Samuel había rehecho su vida y el primo Oscar estaba
en la universidad, labrándose su propio futuro. Si todo salía mal, ellos tenían más que perder que
yo, por eso no me extrañó que recularan cuando Alvin les amenazó. Sí, para el resto del mundo,
Samuel y Oscar eran mi padre y hermano, pero nuestro lazo familiar era algo más difuso, sobre
todo después de lo que ocurrió hace catorce años. No fue mi culpa, pero a su manera me
responsabilizaban de que lo perdieran todo.
—Bueno, ya tenemos un plan en marcha. Ahora hay que ponerse en movimiento de nuevo. —
Danny levantó la mirada del teléfono y sonrió.
Me puse en pie y entregué a la pequeña Gabriel a su madre. Era una niña monísima con mucha
energía, pero no lamentaba separarme de ella porque no dejaba de manotearme en la clavícula,
donde me crecía un gran cardenal, el último «regalo» de Alvin.
Escuchamos unos gritos que llegaban de la parte delantera y enseguida sentí que me arrastraban
hacia un lugar más protegido, al tiempo que varios de los hombres corrían hacia la parte delantera
de la casa. La abuela Lupe se encargó de la pequeña Gabriel, mientras Angie corría a cerrar
cuanta puerta estuviese abierta.

Mo
Menos mal que decidimos vigilar por si el tipo daba con nosotros, porque había demostrado
tener recursos. Dos malditas horas, nada más, y ya lo teníamos exigiendo entrar por la puerta de
casa. También era una suerte que ese turno me hubiese tocado a mí. Lidiar con impresentables
alterados era mi especialidad.
—Le he dicho que su «lo que sea» no está aquí. —El tipo volvió a intentar meterse en la casa.
Algo difícil, porque yo defendía mi puesto como un safety, un puesto de defensa en el futbol
americano.
—Sé que está ahí.
—Le he dicho… —El tipo rebuscó en su bolsillo y sacó una cartera. La abrió para mostrarme
una de esas placas de policía. No había duda, ese era el ex de Estrella.
—Soy policía y voy a entrar ahí a buscar a mi novia. —Empezó a empujar de nuevo, cuando oí
una voz a mi espalda.
—¿Tiene una orden de registro? —Era Simon, el hermanastro de Angie. El tipo no es que
hablase mucho, era uno de esos surferos de pelo largo y chanclas, y esa no era una frase que
esperaba oírle decir.
—¿Eh?
—Orden de registro, señor…. —se acercó a la placa y leyó en la identificación— detective
Sanders. Si no tiene una orden de registro, no puede entrar por la fuerza en una casa, a menos que
su propietario le autorice y, como ve, no es el caso.
—Le he dicho a su amigo que mi novia está aquí dentro, solo necesito hablar con ella unos
segundos, solo eso.
—Conozco a todas las mujeres que están en esta casa y, de las que están solteras, estoy seguro
de que ninguna tiene novio en estos momentos. Así que, detective Sanders, le rogaría que siga
buscando en otra parte. Está interrumpiendo una fiesta familiar.
Que eso te lo dijera un tipo con las manos en los bolsillos de uno de esos pantalones cortos
con bolsillos enormes y una camiseta que hacía unos cuantos lavados que debía haber pasado a
mejor vida, con esa calma monástica, descolocaba a cualquiera. El detective Sanders apretó los
dientes, me miró y le regalé una subida de cejas. Pues eso, gilipollas, ya te puedes ir yendo. Miré
hacia el costado de la vivienda, donde aparecieron algunos de los otros «hombres de la casa». Sí,
los flancos estaban cubiertos. El tipo endureció la mandíbula, metió la identificación en la
chaqueta y se giró para volver al coche, no sin antes lanzarme una de esas miradas asesinas de
«me he quedado con tu cara». Sí, gilipollas, amenaza lo que quieras, nosotros no nos vamos a
dejar intimidar. Cerré la puerta y me quedé observando tras el cristal de la cocina. El gilipollas
era testarudo, porque aparcó a solo unos metros de la casa. El buitre carroñero no iba a abandonar
su presa tan fácilmente.
—Eso va a ser un problema. —Tonny estaba parado a mi lado, mirando por la venta también.
—¿Alguna vez han visto a los tipos esos que hacen juegos de cartas en la calle? —Otra vez la
voz de Simon y, como siempre, había que esperar a que soltara su pequeña perla, porque el
hombre las tenía, joder que si las tenía.
—¿Los de «encuentra la reina»? —Simon apuntó con la cabeza hacia el coche del detective
Sanders y, ¡oh, joder!, era eso. El tipo era rápido pensando, sí, señor.

Alvin
Cabrón hijo de puta. Me había costado más de lo que estaba dispuesto a admitir, pero había
llegado a la puñetera casa donde el coche que llevaba a Star se había detenido. Lo tenía delante,
estaba aparcado delante de mis narices y el cretino de la entrada y ese muerto de hambre no me
dejaban entrar. Puñetera orden de registro… Cuánto daño habían hecho las películas policíacas.
Ahora todo el mundo parecía saberse sus derechos. Pero tenía razón, si entraba en esa casa,
aquellos mastodontes podían obligarme a usar el arma y joderme el futuro no entraba en mis
planes. Ya me había salido suficiente del camino para conseguir las grabaciones del comercio
frente a la peluquería. Luego tuve que recurrir a las cámaras de tráfico hasta que di con esta calle.
Y luego comprobar casa por casa hasta dar con la maldita monovolumen. Pero no se iban a
escapar, de aquí Star no saldría sin que yo lo supiese.
—Tranquilo, Sanders, vamos a encontrarla. —Esa era otra. Cooper, mi compañero, creía que
se habían llevado a mi novia con algún engaño e insistía en que debía poner una denuncia. Me
costó un triunfo convencerlo de que no quería que otro se encargara del asunto, pero debía tener
cuidado.
—Ese es el vehículo, Cooper. La tienen ahí dentro.
—Entonces esperaremos a que la muevan o despejen la casa y podamos echar un vistazo en el
interior. —Asentí con la cabeza. No había otro remedio, a menos que metiese al resto de la
comisaría en esto.
Veinte minutos después, una de esas furgonetas gastronómicas llegó a la casa, aparcando en el
lateral. ¡Hijos de puta, habían pedido refuerzos! O al menos eso pensé, hasta que la furgoneta
empezó a moverse unos minutos después y, con ella, varios de los vehículos. Era una puñetera
estampida. Intenté identificar a las mujeres que subían a los vehículos, pero a aquella distancia era
difícil reconocer a cualquiera. Y sí que iban a vaciar la casa, incluso se llevaban a la abuela y los
bebés. Esto no estaba bien. El primero en salir fue uno de los coches, seguido de la furgoneta de
comida y luego el resto de vehículos. Tenía que hacer mi apuesta rápido, si se separaban, tendría
que decantarme por un vehículo. Saqué fotos a cada una de las matrículas, así, si me equivocaba,
tendría algo con lo que trabajar de nuevo.
—La furgoneta de comida.
—¿Tú crees?
—Es la única que tiene un acceso en la parte trasera, que han ocultado de nuestra vista. Con su
gran volumen es imposible ver si alguien se sube a ella, y lo saben. —Arranqué el coche y me
dispuse a seguir a aquella maldita caravana.
—Espero que no nos equivoquemos.
—Hemos visto subir a las demás personas en los otros vehículos y no has reconocido a tu
novia entre ellos, así que solo quedan dos opciones: o la han dejado en la casa o se la llevan en la
furgoneta.
—Tienes razón. Entonces nos la jugamos por la furgoneta de comida.
Cuando llegamos al primer cruce, la caravana se mantuvo unida, pero después se fue
desmembrando en distintas intersecciones. No todos a la vez, no todos en la misma dirección, y no
siempre de uno en uno. Malditos, era imposible encontrar una pauta lógica en su forma de actuar.
¿Cuánto tiempo llevaba planeando esto Star? Había dado con unos auténticos profesionales. Y eso
me jodía sobremanera, porque yo controlaba sus horarios, controlaba los lugares a los que iba y,
lo más importante, controlaba su dinero. La zorra había hecho un trabajo estupendo ocultándomelo
todo, la había subestimado. Me había hecho pensar que la tenía totalmente en mis manos y no era
verdad. Cuando la atrapara, primero la castigaría por haber escapado y, después, la encerraría a
conciencia. La ataría en corto, mucho más corto.

Serguéy
Viktor estaba sentado en su despacho, enfrascado en una conversación telefónica. Me hizo
gestos para que me sentara y yo obedecí. Cuando cortó la conversación, se centró en mí.
—Necesito tu ayuda con un asunto.
—Lo que sea.
—Espera a saber de qué se trata. —Desde que llegué a este país, se habían cuidado mucho de
involucrarme en algo ilegal. Pero si tenía que hacerlo lo haría. Les debía demasiado para no
hacerlo y, además, eran familia.
—Cuéntame.
—Ya te comenté que teníamos otra prima en Miami.
—Sí, dijiste que ella estaba fuera de nuestro mundo.
—Tiene una vida normal y sencilla y queremos que siga siendo así. Por su seguridad.
—¿Tiene algo que ver con mi hermana?
—No.
—Vale. ¿Qué tengo que hacer?
—Casarte.
—¡¿Qué?!
—Tranquilo. ¿Recuerdas lo que tuvimos que hacer con tu hermana para que Constantin no
pudiese encontrarla?
—Quieres que yo haga lo mismo con otra chica.
—Necesita esconderse una temporada.
—¿También la persigue la mafia?
—Es algo más complicado. Estoy investigando el asunto, porque de momento tengo poca
información, pero ahora tenemos que movernos rápido.
—¿Cómo de rápido?
—Salimos en media hora para Miami. Será mejor que anules tus citas hasta mañana.
—Llamaré al gimnasio. Basili puede encargarse de los chicos durante un par de días si es
necesario.
—Bien. Entonces hagamos las llamadas de camino al aeropuerto.
—Viktor.
—¿Sí?
—Enviamos lejos a Irina para mantenerla a salvo. ¿No crees que darle mi nombre la pondrá en
el punto de mira de Constantin?
—Solo vas a prestarle tu nombre, Serg, solo eso.
—Pero puede ocurrir. Sokolov no es un apellido tan usual aquí en Las Vegas.
—Afrontaremos ese problema cuando llegue. De momento corre más prisa sacarla de allí.
—De acuerdo. Tú mandas.
—Confía en mí.
—Lo hago, siempre.
Capítulo 6
Alvin
Me despistó el que la furgoneta de comida se quedase sola, y mucho más que se detuviera junto
a la zona de playa. Había otra furgoneta de comida, así que decidí acercarme, porque no quería
caer en otra de esas estrategias de fuga. Si Star estaba allí dentro, iba a encontrarla.
—Quédate al volante, Cooper. Si salen pitando, quiero seguirles.
—OK, Sanders. —Caminé hasta la furgoneta y me posicioné cerca para poder estudiarla. Por
las ventanillas de venta vi movimiento. Había dos personas dentro. Cuando una de las ventanillas
se levantó, me acerqué a la… mujer, era una pequeña mujer de pelo rojo y ojos color miel. Bonita,
pero tenía esa postura de «puedo con lo que me eches» que no me seducía en lo más mínimo, a mí
me gustaban más… dóciles.
—Hola. Todavía no hemos abierto.
—Policía, quiero ver sus permisos. —Le enseñé mi identificación y ella arrugó el ceño.
—Los detectives de policía no suelen pedir permisos. —Le ofrecí mi mejor mirada de «no se
juega conmigo» y ella simplemente se encogió de hombros y desapareció dentro de la furgoneta.
Era mi oportunidad. Me moví rápido hacia la puerta trasera y abrí sin llamar. Allí estaban, dos
mujeres, la pelirroja y mi… Oh, vaya, aquella mujer tenía el pelo castaño como Star, pero estaba
más delgada, con buenas curvas, sí, pero más delgada, y era más mayor, por lo menos el doble de
la edad de Star.
—¡Eh! ¿Qué cree que hace? —Me la habían jugado, aquellos cretinos me la habían jugado.

Estrella
Cuando me metieron en la habitación para cambiarme de ropa, lo que menos me esperaba era
que me pusiesen la ropa de la abuela. Sí, lo sé, estoy gorda, pero… ¡la ropa de la abuela! Pero,
eh, funcionó, no podía quejarme. Llevaba un vestido de esos camiseros de estampado floral, con
forma de enorme campana. Un pañuelo en la cabeza, con el pelo recogido en un moño abultado,
pero bien escondido debajo de la tela. Y unas medias de esas que parecían leotardos. Todo
adornado con una chaquetita de punto y calzado ortopédico. Además, me maquillaron para que
pareciese vieja, muy muy vieja.
—Ya hemos llegado.
Levanté la vista para encontrarme con una alta verja metálica por la que se accedía a una
propiedad de esas muy privadas. Muros altos, carretera privada y la casa bien escondida de la
vista desde el exterior. Las puertas se abrieron a nuestro paso con rapidez, cerrándose a la misma
velocidad nada más atravesarlas. Al final del camino, había una enorme casa, porque era
demasiado moderna para llamarla mansión por muy grande que fuese.
En la puerta de entrada, había una pareja esperando. Ella era una preciosidad rubia, de ojos
claros; él era un tipo de esos fuertes, tipo militar de las fuerzas especiales, o al menos me dio esa
impresión. Tenía el pelo corto y estaba muy pendiente de todo cuanto les rodeaba. Vigilante, esa
era la palabra. Cuando quise darme cuenta, Danny había saltado del coche y estaba abriéndome la
puerta trasera.
—Vamos, es seguro. —Asentí con la cabeza y empecé a caminar hacia la pareja de
desconocidos, sintiendo el reconfortante brazo de Danny sobre mis hombros. La chica rubia se
acercó a Danny y la tomó la mano.
—Soy Irina. Viktor nos avisó de que vendríais. —Tenía un marcado acento extranjero, como
ruso, creo.
—Soy Danny y, si no me equivoco, somos familia. —La chica rubia sonrió y abrazó como
pudo a Danny, pero no se entretuvo mucho, porque yo estaba allí estorbando en aquella reunión
familiar.
—Será mejor que entremos. Seguro que esta chica quiere quitarse esa ropa de abuela. —Irina
se posicionó a mi otro lado y entre ambas me llevaron al interior.

Phill
El jefe fue claro, proteger a la chica hasta que él llegara. La maldita casa era un bunker
inexpugnable, así que sería fácil hacerlo. Activé las medidas de seguridad nada más atravesaron
la puerta de entrada, y los chicos de seguridad estaban prevenidos. Me había costado encontrar
buen personal y de confianza, pero ahora podía decir que lo tenía. Seis tipos experimentados,
duros y muy capacitados, y todos en estado de alerta esta noche, cubriendo todo el perímetro de la
propiedad. Si alguien se acercaba, el sistema de vigilancia lo detectaría.
El hombre que acompañaba a las chicas, el marido de la Vasiliev «secreta», se acercó a mí
mientras me tendía la mano educadamente.
—Soy Mo.
—Phill.
—Espero que podamos detener al cabrón. Se presentó en la puerta de casa y tuvimos que
recurrir a un truco para conseguir despistarlo.
—¿Os han seguido?
—A nosotros, no, pero seguro que se ha hecho con nuestra matrícula y localizará el coche y a
nosotros.
—Entonces será mejor que lo ocultemos. Lo meteremos en el garaje subterráneo, y después
entraremos en la casa. —Tenía que avisar al jefe. El tipo era más peligroso de lo que suponía.

Viktor
¡Cabronazo! El tipo se movía rápido. Con razón la chica no había conseguido escapar de él
antes, era un cabronazo rápido y con recursos. ¡Ah!, pero me gustan los desafíos.
—Boby, necesito que entres en las cámaras de tráfico de Miami y borres el rastro de un
vehículo. Te envío una foto con la matrícula.
—Tardaré un rato jefe, Miami no es Las Vegas.
—También quiero que consigas todo lo que tengas sobre Alvin Sanders, detective de policía
de Miami. Quiero saber…
—Sí, jefe, cuantos pedos se tira antes de ir a cagar. —Vaya, sí que era predecible en algunas
cosas. Pero eso era bueno, el chico ya sabía lo que quería, cómo lo quería y cuando lo quería—​.
Se lo enviaré a su correo, como siempre.
—Bien. Quiero algo antes de aterrizar. —Corté la comunicación y me centré en el ceño
fruncido de Serguéy.
—¿Se están complicando las cosas?
—El tipo sigue siendo un grano en el culo, solo que un poco más grande de lo que
esperábamos, solo eso.
—¿Cómo de grande? —OK, había llegado el momento de explicarle dónde le había metido. Y
si era el hombre que creía que era, no se echaría atrás, no dudaría en ayudar de la forma que fuese.
—La chica tiene un novio violento, pero uno que no está dispuesto a dejarla ir fácilmente. Y si
eso no fuese suficiente, el tipo es detective de la policía de Miami y, por lo que he comprobado,
no solo abusa de su puesto, sino que sabe sacarle todo el partido posible.
Vi sus puños apretarse sobre el sillón. No es que su caso fuese idéntico, pero Serguéy sabía lo
que era estar bajo el yugo de alguien que hará cualquier cosa por tenerte encerrado en su puño,
que juega con tu dolor y al que no le importa si te rompes por el camino.
—Entonces, esta es una misión de rescate.
—No te quepa duda.
—Hasta que no lo viví en mis propias carnes, nunca imaginé que la mafia rusa hiciese estas
cosas.
—Y no las hacemos. Estos son casos especiales. Tú e Irina sois de la familia.
—¿Y la chica?
—Es una amiga de Danny.
—Y si ella te lo pide, harás lo que sea por ella.
—Me salvó la vida, literalmente. Así que, si ella quiere que haga del puñetero Batman, me
pondré el antifaz y volaré tan rápido como pueda.
—Eres un blando, primo.
—Pocos han dicho eso, y todos han acabado con algo roto. Así que siéntete afortunado de que
te necesite entero. —Y el cabronazo se rio. ¡Mierda! Odio cuando saben que no voy a cumplir una
amenaza. Y eso solo ocurre con la familia.
Capítulo 7
Serguéy
—Diez minutos para aterrizar en Miami.
La voz del piloto resonó en toda la cabina, haciendo que mi trasero se removiera inquieto en el
asiento. Hacía media hora que Viktor me había tendido su teléfono para que le echara un vistazo a
la información que Boby había conseguido sobre el tipo. Si mirabas su hoja de servicio, veías a
un tipo con muchas condecoraciones y triunfos. Alguien que continúa con la tradición familiar de
ser policía. Un tipo que parecía un auténtico paladín de la justicia, de esos con armadura de oro.
Pero Viktor me mostró lo que realmente significaba aquello. Un chico con un padre autoritario, a
todas luces maltratador como él, con algunas acusaciones por malos tratos a su mujer que no
prosperaron. El pequeño vástago, había seguido también esa tradición familiar. Lo que hacía que
se me pusieran todos los pelos de punta era saber que su anterior novia había muerto en un
accidente. Viktor había puesto a Boby a escarbar sobre aquello, pero estaba convencido de que
encontraríamos algunos agujeros muy «convenientes».
¿Ganas de encontrármelo? ¡Joder, sí! Quería darle un poco de su propia medicina. Si le
gustaban los golpes, le iba a dar un buen lote de ellos. O eso pretendía, antes de que Viktor me
recordara que estaba en este país con un permiso de trabajo y que agredir a un policía no sería
algo bueno para mí. Si la chica era americana 100 %, mi matrimonio sería un paso más hacia la
nacionalización. Pasos legales que, con un poco de persuasión Vasiliev, me llevarían a ser un
ciudadano de pleno derecho. El cabrón de Viktor había pensado en todo. Con aquel matrimonio
falso ganábamos los dos.
—Relájate, Serg. Lo que menos necesita la chica es ver a alguien dispuesto a repartir golpes.
Me miré los nudillos, blancos de tanto apretar los puños. Sí, lo que menos necesitaba esa
pobre chica era encontrarse con otro cavernícola que solo sabe golpear. Pero es difícil abandonar
los viejos hábitos, demasiado tiempo viviendo bajo la ley de los puños. Menos mal que en el
gimnasio podía soltar parte de esa ansia que me consumía de vez en cuando por dentro.

Estrella
—Ya están aquí.
Estiré el cuello para mirar por la ventana y me encontré con un par de SUV que habían
estacionado frente a la entrada principal de la casa. Las dos mujeres salieron disparadas hacia la
entrada, mientras Mo y yo las seguíamos, más calmados. Llegamos justo a tiempo para ver a
Danny dándole un abrazo a un tipo alto de pelo negro, con unos ojos azul intenso. A su lado, Irina
hacía lo mismo con el otro hombre, también impresionante, pero totalmente diferente.
¿Impresionante? Vaya, algo me había pasado para dejar de sentir miedo lo suficiente como para
darme cuenta de que todos los hombres que rodeaban a Danny eran auténticos especímenes
masculinos. Las mujeres también tenían su brillo particular, eran bellas, incluso la abuelita Lupe,
con sus trenzas de pelo casi blanco. Y entonces supe por qué, porque sonreían a cada momento.
Escuché un extraño idioma que supuse sería ruso. Irina y aquel hombre hablaban con fluidez,
bajo la atenta mirada de Phill, su guardaespaldas.
—Estrella, este es mi primo Viktor. Él te va a ayudar.
Miré hacia el hombre de ojos increíblemente perfectos y sentí la seguridad y el poder que
irradiaba. Sí, por una vez en mi vida, había alguien capaz de darme la seguridad que necesitaba.
Me estudió con sus inteligentes ojos y me sentí pequeña. Aunque me había quitado el pañuelo, las
medias y el maquillaje, aún llevaba el vestido de la abuela Lupe; la ropa de Irina era imposible de
que me entrase. Reconozcámoslo, ella era perfecta, una diosa nórdica. Yo no era más que una
masa de carne fofa y blanda que necesitaba mucha más tela para tapar su imperfección. La mano
de Viktor estaba tendida en mi dirección y yo la tomé para corresponder a su saludo. Sí que tenía
un apretón firme y seguro.
—Viktor Vasiliev.
—Estrella Martínez.
—Este es mi primo Serg y entre los dos haremos que Alvin quede en el pasado. —Miré al otro
hombre y le tendí la mano de igual manera que a Viktor. Ojalá sean hombres de palabra.

Serguéy
Tomé la suave mano de la mujer y la sostuve con cuidado. Tenía en su rostro dibujado todo un
camino de sufrimiento. Su sonrisa era tímida y cansada, pero lo que más me llamó la atención
fueron aquellos ojos castaños, enmarcados por unas profundas ojeras, pero, aun así, brillantes por
la esperanza que albergaban.
—Serguéy Sokolov.
—Gracias. —Antes de que pudiese decir nada, Viktor ya estaba dando órdenes a todo el
mundo.
—Siento si no nos quedamos mucho, pero tenemos que irnos lo antes posible. —Irina se aferró
de nuevo a mi cuello y me pidió que tuviese cuidado. Sentaba tan bien volver a tocarla después de
tanto tiempo. Pero ella estaba bien y Phill estaba haciendo un trabajo estupendo.

Viktor
Puedo ser un frío insensible algunas veces, pero esta vez tenía que serlo. Cuando se trataba de
la seguridad de alguien, no quería correr ningún riesgo. Con aquel cabrón, la velocidad era
nuestra mejor baza. Si le daba tiempo, acabaría alcanzándonos y no quería ningún problema con la
policía. Y mucho menos que relacionaran a Danny conmigo.
Me puse al costado de la chica para ayudarla a subir al SUV si lo necesitaba. No era muy alta
y, como decía Katia, esos coches no estaban hechos para las mujeres de su tamaño. Podía cogerla
en brazos y meterla dentro, como muchas veces hacía con Katia, pero no creo que soportara que la
tocara un desconocido, sobre todo un hombre grande como éramos todos nosotros. Así que dejé
que ella resolviese el problema. Estrella comprendió que necesitaba agarrarse bien para
impulsarse y, al alzar uno de sus brazos, vi el dolor en su gesto; aun así, no dijo nada, no mostró
ningún signo de flaqueza, se metió en el vehículo y se acomodó en el asiento. Al girar la vista,
encontré los ojos de Serg. Él también lo había advertido. Ambos estábamos acostumbrados al
dolor físico, es lo que tienen las peleas, y podíamos reconocer una lesión con facilidad. ¡Maldito
cabrón! Ese Sanders no merecía poder caminar.
Cuando me senté al lado de la mujer, mi mente ya estaba pensando en qué hacer con aquel
nuevo dato. Tecleé rápido en mi teléfono. Andrey estaba al corriente de todo, así que no
necesitaba explicarme demasiado.
—Necesitamos una orden de alejamiento para el tipo.
—Lo había pensado, pero llevará su tiempo, porque hay que convencer a un juez antes.
—Prepara un reconocimiento médico completo. Tiene que haber algún protocolo para malos
tratos. Actívalo.
—¿Está herida?
—Sí.
—Yo me encargo. En cuanto lleguéis, lo tendré todo listo.
—Ok.
Bien, si había alguien capaz de usar todos los recursos legales disponibles, ese era Andrey.
Aunque el tipo consiguiera localizar a la chica, habría una orden de alejamiento contra él. Ya, eso
no sirve de mucho, pero si la infringía, al menos podíamos encarcelarlo por ello.
Miré hacia Estrella, que aferraba su bolso con fuerza sobre su cuerpo. Estaba asustada, pero no
se echaría atrás. Podía entenderlo, estaba en manos de unos completos desconocidos que, si lo
pensabas fríamente, la habían secuestrado. Debía estar realmente desesperada por escapar de lo
que conocía para arriesgarse de esta manera.
—¿A dónde vamos?
—A Las Vegas.
—¿Las Vegas?
—Bien lejos de Sanders, donde puedas empezar una nueva vida. —Ella asintió y volvió la
mirada hacia el frente, aferrando con más fuerza el bolso. El miedo puede bloquear a una persona
de muchas maneras, y todos tenemos miedo. Lo que nos diferencia a unos de otros es si dejamos
que el miedo nos venza o si decidimos seguir adelante a pesar de él. Y ella había decidido seguir
caminando.
Capítulo 8
Viktor
Andrey estaba esperándonos a pie de pista y, si la vista no me engañaba, Lena estaba con él.
¿Qué coño estaba haciendo mi hermana allí? No podía esperar a bajar del avión para saberlo, así
que le mandé un mensaje a Andrey.
—¿Lena?
Le vi encogerse de hombros y sonreírme después de leer mi mensaje. ¡Cabrón! Que mi
hermana estuviese despierta a las tres de la mañana ya era malo de por sí, pero si además estaba
esperándonos… como escuché una vez por ahí: «agárrense los machos».
—Serg, ¿podrías ayudar a Estrella? —Él asintió, y se quedó a su lado. Tenía que conseguir que
se familiarizara con él, que le tomara confianza.
Cuando llegué al final de las escalerillas del avión, Lena y Andrey ya estaban allí. Antes de
abrir la boca, Lena ya estaba soltando su sermón, solo le faltaba gritármelo al oído, mientras me
tiraba de la oreja.
—¿De verdad pensabas someter a la pobre chica a un reconocimiento médico por agresión sin
la compañía de otra mujer? Con lo inteligente que eres, me sorprende que pasaras por alto algo
tan importante… Hola, cariño, soy Lena, la hermana de este gigantón.
Y así, con la facilidad de una Vasiliev, Lena se hizo con el control de la situación. Qué decir
tiene que tenía razón. No había pensado en que Estrella se sentiría más cómoda con una mujer a su
lado, y Lena era buena en hacer que todos la siguiesen. Prácticamente arrancó a Estrella de las
manos de Serguéy. Andrey se puso a mi lado para ponerme al corriente de todo.
—Tenemos a un par de especialistas esperando para examinarla, pero no parece que necesite
asistencia médica urgente. —La miró de reojo, mientras Lena se acomodaba junto a ella en el
coche. Serguéy lo hizo en el asiento delantero.
—Créeme, necesitará calmantes. Y no estaría de más que comprobaran que no tiene alguna
fractura o fisura.
—No parece que se queje de nada.
—Y no lo ha hecho. Es más, no le he comentado nada del reconocimiento médico, pero sé que
revelará mucho más de lo que ella diga.
—Aún está asustada.
—Lo está, pero no dará marcha atrás.
—Es valiente.
—Más de lo que cree.

Estrella
No sé por cuantas pruebas me hicieron pasar, pero ninguna fue tan dolorosa como para
quejarme. Entendía por qué lo hacían, querían una prueba en contra de Alvin y yo era un gran saco
de ellas. Después de casi dos horas de exámenes, caí rendida sobre la camilla de reconocimiento.
Me dormí, aunque solo llevaba encima uno de esos camisones de reconocimiento y enseñaba más
carne que en la playa. Pero estaba tan agotada que ya todo me daba igual.
Sentí algo rasposo que me cubría y el escaso frío que tenía desapareció. Lena me trataba como
si fuese su hija y, por unos breves momentos, regresé a los buenos tiempos, cuando mi madre aún
estaba conmigo.

Serguéy
—…varias lesiones óseas en distintos estados de cicatrización, tejidos inflamados y múltiples
hematomas. Las lesiones no son irreparables, pero atestiguan un continuo maltrato físico.
—Gracias, doctor. Necesitaremos una copia de todas las pruebas, además del informe pericial
correspondiente —aclaró Andrey.
No sé cómo demonios podían permanecer tan tranquilos, yo estaba al límite. Aquel hijo de puta
la había utilizado como saco de boxeo. Y sé lo que duelen todas y cada una de esas lesiones, yo he
padecido muchas de ellas. Algunas eran resultado de interminables horas de entrenamiento en una
disciplina deportiva tan exigente como era la gimnasia a nivel olímpico, pero el resto habían sido
el resultado de las peleas clandestinas en las que conseguía algo de dinero para el tratamiento de
mi padre. Y juro que hice pagar cada una de ellas. Si Estrella consiguió devolver algún golpe,
estaba convencido que tuvo que pagarlo muy caro.
—Se lo traeré en unos minutos. —Cuando los médicos nos dejaron solos en la habitación, mis
ojos seguían clavados en las radiografías que mostraba el monitor
—En cuanto tenga el informe, empezaré con los trámites de la orden de alejamiento.
—¿No le dará una pista de dónde se encuentra ella? —pregunté a Andrey.
—Pediré que no quede reflejado el origen de la orden y haré que se la entreguen delante de
varios testigos, para que quede buena constancia de que la ha recibido.
—Bien, entonces ponte a ello. Mientras llega, hay que ir preparando lo del cambio de apellido.
—En cuanto se emita la orden, celebraremos la boda. Ya tengo todos los documentos
preparados.
—Bien, mientras tanto, trataré de explicarle el porqué del matrimonio simulado y haré que lo
acepte —agregó Viktor.
—¿Y después? ¿Qué va a suceder con ella?
—Me ofende que pienses que no tengo algo preparado. Lo primero es cambiar su aspecto,
buscarle un lugar donde pueda alojarse y luego un trabajo. Cuando antes esté asentada en su nueva
vida, antes podrá liberarse del pasado. —¡Joder con Viktor! Lo tenía todo pensado, con razón
siempre le dejaban los planes a él. Y Andrey era un puñetero meticuloso. Unirles a los dos era
peligroso, sobre todo si estabas en el equipo contrario.
—Puede quedarse en mi apartamento, al menos hasta que rehaga su vida —la ceja de Viktor se
alzó.
—Vas a casarte con ella, no esperaba menos.
—Gilipollas —le solté.
—Yo también te quiero —me respondió. Me repatea que haga eso, pero por eso lo hace.

Lena
Sabía que tenía que despertarla para poder irnos, pero parecía que necesitaba tanto dormir…
Estaba hecha una pelota bajo la sábana, como intentando protegerse de lo que la rodeaba. Al final
decidí sacarla de su sueño porque era infinitamente mejor llevarla a casa y que durmiese en una
cama en condiciones. Me acerqué y sacudí su hombro con cuidado. No gritó, pero sus ojos se
abrieron al mismo tiempo que su cuerpo se ponía rígido como una tabla. Dios, ¿qué le había hecho
aquel desgraciado?
—Tranquila, soy yo, Lena. Te traigo algo de ropa para que te cambies, es hora de irnos.
Ella asintió con la cabeza y se sentó en la cama. Tomó las prendas y empezó a quitarse la bata
hospitalaria. Estaba de espaldas a mí, por lo que no pudo ver cómo me metía el puño en la boca
para ahogar el improperio que no debía oír. Su espalda era un mosaico de colores que pasaban
desde el amarillo de los golpes más antiguos al casi negro de los más nuevos, todos ellos
dibujados sobre el pálido lienzo que era su piel. Escuché el suave clic de la puerta al cerrarse a
mi espalda y supe que no había sido la única que no soportaba ver aquello.

Serguéy
Cerré la maldita puerta a mis espaldas, intentando dejar atrás lo que había visto, pero era
imposible. Aquella maldita imagen se me había quedado grabada en la retina y no se borraría
nunca.
—¿Están listas? —preguntó Viktor.
—Se está vistiendo. —No preguntó más. Mejor, porque no tenía muchas ganas de hablar, sino
de golpear a alguien en concreto durante un buen rato. Creo que dejaría que Lena se la llevara a
casa, como había dicho que quería hacer, y yo aprovecharía para pasar un par de horas por el
gimnasio. Había un saco de boxeo que necesitaba destrozar.
Capítulo 9
Lena
Geil siempre decía que era como una apisonadora cuando me proponía hacer algo. Me llevaba
por delante cualquier cosa que se interpusiese en mi camino. Pues el medicucho que tenía delante
no había recibido el memorándum. El muy estúpido me estaba diciendo que no podíamos
llevarnos a Estrella a casa por no sé qué protocolo médico-policial.
—Tenemos que esperar a la policía, señora. La paciente está en su derecho de poner una
denuncia y es ella quien…
—Vamos a ver. Que es una víctima de malos tratos, lo sabemos, que hay que tomar medidas
legales, también. ¿Pero qué se cree? ¿Que la hemos traído aquí para ver cómo le quedan esas
ridículas batas de hospital?
—Pero…
—Nosotros nos vamos a encargar de todo mi… fundación se encargará de ella, porque… es lo
que hacemos. —Creo que el tipo no notó las pausas en las que buscaba algo que decirle.
Improvisar siempre se me dio bien y, además, Andrey estaba detrás del médico, apoyando cada
una de mis palabras, porque si yo decía fundación, él ya estaba pensando en preparar todo el
papeleo para crearla de la nada y que fuese legal.
—¿Fundación?
—Claro, la Fundación Blue Star. Nosotros nos encargamos de proteger a las víctimas de malos
tratos y de darles un nuevo futuro. —¡Señor! Tenían que darme un Oscar, hasta yo me lo estaba
creyendo.
—No he oído hablar de esa fundación. —El médico era terco, pero no era rival para mí.
—Pues si entorpece nuestra labor social, nuestro equipo legal se encargará de usted con sumo
gusto. —Y como si ese fuese el pie para entrar en escena, que lo era, Andrey se adelantó hacia el
tipo y sacó una tarjeta de su cartera para dársela.
—Andrey Vasiliev, de VA & asociados. —¡ZAS, en toda la cara! El doctorcito reculó como un
gato delante de una manguera de agua. Médicos y abogados, mejor no se mezclan.
—Así que, si no le importa, vamos a llevarnos a esta criatura a un lugar donde se sienta más
arropada y querida. —Y dicho eso, me di la vuelta y entré en la habitación para recoger a mi Blue
Star y salir de allí pitando.

Estrella
No podía creer hacia donde me llevaban. Era un hotel enorme y me llevaron directamente a una
de esas suites gigantes; sí, de esas que tienen hasta despacho o sala de reuniones, yo que sé. Lena
me acompañó hasta la habitación y mandó a todos los demás a sus casas. Dijo que yo necesitaba
descansar y que ya hablaríamos de lo demás cuando hubiese dormido y comido algo, no
precisamente en ese orden.
Yo no soy una persona de discutir, aún menos cuando tienen razón. Así que me quité la ropa,
me puse una camiseta y me metí en aquella enorme cama a dormir. La ciudad estaba despertando,
como quien dice, pero yo había terminado con ese largo día.
Serguéy
Viktor pensó que era mejor idea llevar a Estrella al hotel para que no sintiera que la
llevábamos a una casa de esas en las que encierran a las prostitutas. La verdad es que traté de
ponerme en su situación y no me resultó fácil. Es normal, yo soy un hombre fuerte, alguien que se
defiende a golpes, alguien a quien es difícil doblegar por la fuerza, pero ella… Ella era una
persona frágil, no débil, porque estaba claro que aguantaba, resistía, y eso para mí no es
debilidad. Cuando vi aquellos ojos por primera vez, sentí como mi estómago se contraía. Había
tanta dulzura allí dentro… ¿Cómo podía ser eso posible con la vida que tenía? Golpeé el saco otra
vez, con más fuerza, haciendo que las costuras cediesen un poco más. Lo sentí por Viktor, por
haberme ofrecido su gimnasio privado del hotel, pero yo necesitaba desahogarme y lo estaba
pagando con su equipo de entrenamiento.
Tenía que estar en el gimnasio, entrenando con los chicos, pero en vez de eso, estaba en el
hotel, esperando a que mi teléfono sonara para avisarme de que tenía que acudir a mi propia boda.
¿Nervioso? Por la boda, no, no era más que una firma sobre un papel, pero sí que me preguntaba
cómo se lo tomaría Estrella. La habíamos sacado de una relación asfixiante con un maltratador
para meterla de cabeza en un matrimonio con un desconocido. Muy bonito se lo tenían que poner
para que aceptara.

Andrey
Estaba dando el último repaso a los documentos, cuando Viktor llegó al despacho del
Celebrity’s.
—Todavía está durmiendo —dijo nada más sentarse en la silla frente a mí.
—No me extraña. A saber cuánto hace que no duerme sin temor a que la lastimen.
—Hay hombres que no merecen pertenecer a la raza humana. Pegar a una mujer por placer…
Me dan ganas de…
—Lo sé, Viktor, lo sé, a mí me pasa lo mismo.
—¿Y qué tienes ahí? —señaló los papeles que tenía en mis manos.
—Nuestra intrépida hermana, que se mete en unos líos…
—¿Qué ha hecho esta vez?
—Pues sacarse de la manga una fundación para la asistencia a víctimas de malos tratos. —​
Viktor soltó una enorme carcajada al tiempo que se recostaba en su asiento.
—Oh, dios, eso quiero que me lo cuentes. —Le hice un resumen mientras él escuchaba
atentamente.
—…y así me metió en medio de todo este lío. ¿Y qué tuve que hacer? Ponerme a gestionar la
documentación para dar cobertura legal a la fundación. —Estiró la mano para tomar las hojas y
echar un vistazo.
—Fundación Blue Star. Muy propio de Lena.
—Sí, no puedes decir que no tiene imaginación.
—Blue Star, si no me equivoco ella se llama Estrella, que en inglés es star y blue, además de
azul…
—Sí, triste, lo sé.
—Estrella triste, lo ha clavado.
—Ya te digo. ¿Hablaste con ella sobre la boda?
—No, es algo que tengo que hacer en privado, sin que Lena esté presente.
—Sí, yo también preferiría tenerla bien lejos. —Viktor miró su teléfono y se puso en pie de
nuevo.
—Bueno, creo que voy a ver si la novia ya está despierta.

Estrella
Alguien puede pensar que es imposible que recuerde los nombres de toda esta gente —la
familia de Danny en Las Vegas, los amigos de Miami—, pero es que siempre fui buena para esas
cosas. Mamá siempre decía que iba a ser la primera de la familia en ir a la universidad, porque
tenía una memoria muy buena. Pero todo se fue al traste el día que mi vida cambió por primera
vez. Después, poco pude hacer, sobre todo porque, aparte de tener menos recursos, se suponía que
no debía ser demasiado visible. El miedo ha gobernado mi vida desde que tenía 11 años. Lo peor
había sido el último año, sí, pero tenía la esperanza de que al menos la sombra de Alvin se
quedara en Miami, lo suficientemente lejos como para que no me alcanzara.
Alguien llamó a la puerta de mi habitación, pero nadie entró.
—¿Sí?
—Solo quería comprobar que estabas despierta —sonó la voz de Viktor al otro lado.
—Deme unos minutos para salir.
—Por favor, tutéame.
—De acuerdo.
—Me gustaría que charláramos un rato, porque hay algo importante que deseo comentar
contigo.
—Por supuesto.
—Lena trajo algo de ropa para que puedas cambiarte y a mí no me importa esperar a que te des
una ducha. Cuando estés lista, coge el teléfono y marca la extensión 1, vendré a buscarte.
—Lo haré.
No pude escuchar cómo se iba, porque la habitación era de esas enormes. Solo un portazo se
oiría y Viktor era demasiado educado para eso. Así que hice lo que me pidió, fui al baño y me di
una larga y reconfortante ducha. Sentaba tan bien que me dio pena salir de allí. Cuando vi la ropa,
no pude evitar sonreír. Lena había escogido un vestido suelto muy veraniego, algo que le quedaría
bien a alguien de mi tamaño y de quien no sabías la talla exacta. Los zapatos eran unas sencillas
sandalias. Cuando estuve lista, hice la llamada.
Capítulo 10
Viktor
Hice que la chica se sentara en el sofá y yo hice lo mismo frente a ella, dándole el espacio que
podría necesitar, sin sentirse rechazada o incómoda. Todo calculado.
—Verás, Estrella, con un tipo como Alvin, cualquier precaución es poca, así que hemos ideado
una estratagema para ponerle muy difícil el dar contigo. Es crucial que entiendas el porqué de
cada paso.
—Está bien.
—Traerte al otro extremo del país es una manera de poner distancia entre ambos, mucha
distancia.
—Son muchos kilómetros, sí.
—Lo del reconocimiento médico era necesario para tramitar una orden judicial de alejamiento.
Ahora no solo estás lejos, sino que hay una razón legal para evitar que él se desplace hasta aquí,
si llegara a encontrarte. —Noté que un escalofrío le recorría el cuerpo al oír aquello. Me aguanté
las ganas de soltar una palabrota y continué—: Es policía, así que tiene más recursos a su alcance
que una persona normal, de ahí el siguiente paso. Tenemos que cambiarte el nombre y hacerlo de
forma legal, con pocos registros y rápido, y la solución que mejor se ajusta es el matrimonio.
—¡¿Eh?!
—Sí, lo sé. Suena drástico, pero no te preocupes. Andrey preparó unos papeles de divorcio
para que ambos los firméis antes de casaros oficialmente. De esta manera, cualquier trámite o
posible complicación se simplifica. Solo tienes que cumplir con el matrimonio durante un período
prudencial, para no despertar sospechas y que lleguen a invalidarlo.
—¿Y por qué se anularía?
—Ahí está el único problema. Por desgracia, en la familia están casi todos los hombres
casados y el único que queda disponible tiene un permiso de residencia, porque es extranjero. Así
que inmigración meterá sus narices. Tú eres ciudadana americana, por lo que no tendrías ningún
problema, quizás una sanción, pero Serguéy… a él podrían deportarlo a Rusia y, créeme, es algo
que no queremos que pase, sobre todo él.
—Vaya.
—Por eso te pido que hagas todo lo posible para que evitar que eso suceda.
—¿Cómo podría hacerlo? Él se juega mucho por ayudarme. —Buena chica.
—Si tienes alguna pregunta, este es el momento. Y si no estás dispuesta a hacerlo, también
ahora es el momento de decirlo.
—No, creo que lo has dejado muy claro.
—Bien, entonces, vayamos a ponernos con el papeleo. —Ella asintió, cogió su bolso y se
dirigió hacia la puerta conmigo.

Boby
Esto de preparar páginas web en diez minutos no es que fuese mi especialidad, pero era
divertido cuando te lo pedían los jefes. Fundación Blue Star para la asistencia a las víctimas de
malos tratos. Qué humor se gastaba Andrey, menos mal que estaba al corriente de lo que estaba
pasando, si no tendría la mosca detrás de la oreja. Y hablando de estar al corriente. El feje me
pidió que investigara al tipo ese, el detective Alvin Sanders y por ende a su ya exnovia. No había
ninguna denuncia interpuesta por la chica por malos tratos, bueno, sí, había una, pero se retiró.
Como soy un cotilla, intenté investigar todo lo que pude y, como una cosa siempre lleva a la otra,
al final estaba investigando la vida y milagros de la pobre chica y la de su familia. ¿Qué ocurría
ahí para que nadie la ayudase con ese desgraciado? Y así, investigando, encontré algo extraño,
algo que me decía que toda esa familia había aparecido de la nada hacía catorce años. ¿Ilegales?
Tenía que investigarlo, porque Serguéy no necesitaba meterse en un jaleo como ese siendo ruso.
Estaba en medio del proceso de investigación, cuando Sara pasó a mi lado.
—Espera, espera. Vuelve atrás.
—¿Dónde? ¿Qué quieres ver? —Sara se inclinó sobre mi monitor y señaló con el dedo.
—Esos números de la seguridad social, los del chico y el hombre mayor.
—El padre.
—Ya, si es el padre, ¿cómo explicas los números de la seguridad social correlativos? —
Arrugué el entrecejo. ¿Qué pasaba ahí? ¡Ah, joder! Era verdad. Demasiada coincidencia que
fuesen correlativos. El hijo podría estar incluido en la seguridad social del padre, salvo que
tuviese el suyo propio si había trabajado, pero no eran iguales, luego correspondían a dos
trabajadores diferentes. Sara había encontrado algo.
—¿Números falsos?
—Tiene toda la pinta, pero… ¿cómo de falsos?
—¿Qué quieres decir? —Ahí sí que me tenía cogido, ¿qué quería decir con eso?
—Existen dos posibilidades, falsos ilegales o falsos legales. —Sacudí la cabeza hasta que
finalmente lo entendí. ¡Oh, mierda! Eso sí que podían ser problemas.
—Tengo que averiguarlo. —Sara me dio una palmada en el hombro antes de seguir su camino.
—Suerte con eso. —¿Suerte? Era el puñetero rey del ciberespacio, yo me hacía mi propia
suerte.

Viktor
El mensaje de Boby llegó dos segundos antes de que se abrieran las puertas del ascensor.
Salimos y, en vez de seguir caminando, detuve a Estrella por el brazo.
—Un momento. —Ella asintió, como si mi acto fuese de lo más normal—. ¿No tienes algo que
decir antes de meternos en esto? —Ella pareció meditarlo, y finalmente negó con la cabeza.
—No, dejaste todo muy claro.
—No me refiero a la charla de antes, sino a por qué tu hermano y tu padre tienen números de la
seguridad social correlativos. —Ella pareció confundida.
—¿Qué estás ocultando, Estrella? ¿Es ese tu verdadero nombre, Estrella Martinez? —Y ahí es
cuando ella entendió. El color ya escaso de su rostro desapareció. Buscó un apoyo y lo encontró
en la pared a nuestro lado.
—Es… es una historia complicada.
—¿Cómo de complicada?
—Lo que queda de mi familia y yo estamos en protección de testigos. —¡La madre de…!
Respira, Viktor. Pero no puedes dar marcha atrás. Cuando Boby me mandó aquella información, lo
último que podía haber pasado por mi cabeza era precisamente eso. Ilegales, infiltrados, robo de
identidad, estafa… demasiadas opciones. Protección de testigos… ¡Joder con Estrella!
—No voy a juzgarte por haberlo ocultado, pero necesito saberlo todo por la seguridad de mi
familia y por la tuya propia.
—Yo… no quiero ser un problema, me iré y…
—No, Estrella. La familia Vasiliev no huye de los problemas, los afronta, pero nos gusta saber
qué tenemos delante. Sé que puede ser difícil, pero debes confiar en mí —Tomó aire y asintió con
la cabeza al tiempo que apretaba con más fuerza ese viejo bolso contra su pecho.
—Mi familia y yo vivíamos en Tucson, en la zona hispana. No sé si conoce esa zona, pero hay
barrios… hay barrios que están bajo el control de los pandilleros. Todo el mundo los teme, nadie
es capaz de llevarles la contraria o denunciarlos.
—¿Tú lo hiciste?
—Fue algo más que eso. Un día estábamos todos reunidos en casa cuando mi madre me mandó
a casa de la vecina para que nos prestara unos huevos. Cuando volvía, escuché unos disparos y
gritos. Venían de mi casa. Vi tres hombres salir con los colores de los Madre Santa. Escondían en
sus ropas las armas con las que acababan de disparar a mi familia.
—¿Los reconociste?
—Vi sus caras, vi la cara del otro que esperaba junto al coche en el que huyeron y vi al hombre
que estaba dentro.
—Testificaste contra todos ellos.
—El FBI detuvo a cuatro con mi testimonio y, a cambio, nos dio nuevas identidades a los
miembros de la familia que no murieron esa noche.
—¿El resto murió?
—Mi padre, mi madre, mi hermano, mi hermana pequeña, mi tía y el bebé que estaba
esperando.
—¿Entonces tu padre y hermano?
—Son mi tío y mi primo. Ellos no estaban en la casa en ese momento porque estaban
regresando de trabajar.
—¿Y el hombre que no atraparon?
—El que estaba dentro del coche. Con mi descripción no consiguieron identificarlo, así que
aún está libre.
—Por eso protección de testigos. —Ella asintió.
—Si no quieren seguir adelante, lo entenderé. —Lo medité unos segundos. Habían pasado
catorce años, la probabilidad de que la encontraran y la reconocieran era minúscula, pero, aun así,
pondría a Boby a investigar. Hay que estar preparado, ¿recuerdan?, y tampoco me asusta un
pandillero de Tucson. Soy un Vasiliev, que se atreva a aparecer para joderme el día, porque lo iba
a lamentar. Y, ¡eh!, ¿qué es la vida sin un poco de emoción? Esto se ponía interesante.
—Tranquila, podemos con ello. —Le tendí la mano para que se apoyara en ella mientras
caminábamos hacia el despacho de Yuri.
Capítulo 11
Serguéy
Sabía que era una farsa de matrimonio, igual que el de Irina, pero me pareció que tenía que
vestirme para la ocasión. Fuera, jeans y camiseta de algodón; hola, pantalón elegante y camisa de
botones. Aún tenía el pelo algo húmedo por la ducha, pero creo que, en conjunto, podía pasar por
alguien refinado. No era un estilo tan impecable como el de Andrey o Yuri, pero podía servir.
Tampoco es que me sintiera incómodo con ese tipo de ropa, había tenido que llevar traje en
incontables ocasiones, pero en aquel momento no sabía qué hacer con mis manos. Y el cabrón de
Andrey, observándome con esa mirada torcida y esa sonrisilla suya, no hacía mucho por mejorar
mi situación. La puerta se abrió en aquel momento y todos nos giramos para ver a Viktor mientras
sostenía la puerta para una asustada Estrella. Mi mandíbula se tensó y mis puños se cerraron a mis
costados. ¿Ahora sí sabíais qué hacer? No tenía ni idea de qué le había dicho Viktor, pero por muy
boda falsa que fuera, no iba a forzar a ninguna mujer a casarse conmigo. Yo no podía hacer eso, se
la veía tan frágil, tan… pequeña. Irónico, ¿verdad? Le sobraban al menos veinte kilos, así que
«pequeña» no era un adjetivo que encajara. Pero era mirar su rostro, aquellos dulces expresivos
ojos, y el mundo se caía a mi alrededor. Se la veía tan diminuta…
—¿Estamos listos? —Viktor preguntó a todo el mundo y si bien todo parecía correcto, para mí
aún no lo estaba. Me acerqué a Estrella con cuidado, de la misma manera que lo haría con un
cervatillo asustado. Tomé su mano, incliné mi cabeza y hablé suave.
—No tienes que hacerlo si no quieres. Encontraremos otra manera. —Ella tragó saliva, miró
directamente mis ojos y pude ver cómo aquella pequeña mujer, escondida en sus ojos, se ponía de
puntilla para crecer, aunque solo fueran unos centímetros.
—Está bien. Voy a hacerlo. —Asentí y la guie hasta Andrey quien tenía desplegados todos los
documentos.
—Bien, no quiero que tengáis ninguna duda, así que, si hay algo que no veáis claro, preguntad,
¿de acuerdo? —Ambos asentimos.
—Mejor nos sentamos —intervino Viktor. Y todos obedecimos.
—Lo primero, esto es un documento de divorcio básico en el que he incluido vuestros datos,
salvo las fechas de enlace y petición de divorcio. Hay dos juegos completos, por lo que ambos
firmaréis ambos para que cada parte disponga de una copia que pueda presentar cuando crea que
ha llegado el momento de disolver el matrimonio. Yo custodiaré la de Serguéy y tú, Estrella, te
llevarás la tuya y la guardarás en un lugar seguro.
—De acuerdo.
Estrella tomó los impresos y, en vez de ir directamente a firmar en los lugares marcados,
empezó a leer. Miré a Andrey, igual que Viktor. Las cejas de mi primo el mayor casi rozaban su
flequillo y una sonrisa se le dibujó en la cara antes de asentir. Cualquiera pensaría que esa
sencilla acción le había complacido. Tenía que darle la razón, por muy primo mío que fuese, era
abogado y sabía que no hay que firmar nada sin antes leerlo. Después de unos minutos, ella se dio
por satisfecha y firmó donde correspondía. Después, cada uno tomó su copia. Bueno, yo le di la
mía a Andrey. ¿Confiar en él? Le confiaría mi vida, aunque fuese abogado y mafioso. Ahora que lo
pensaba, esa era una combinación peligrosa, muy peligrosa.
—Bien, ahora, estos son los documentos de matrimonio. Tampoco llevan fecha, porque antes
quiero la confirmación de que se ha entregado la orden de alejamiento, que ha de ir a nombre de
Estrella Martinez. No vamos a hacer todo esto para nada.
—¿Cómo va la orden? —preguntó Viktor.
—Presenté la demanda esta misma mañana. Espero tener noticias pronto —nos informó
Andrey.
—Sí, he oído que has tenido una mañana muy ajetreada. —Viktor se recostó en el respaldo y
adoptó una postura mucho más relajada. Su sonrisa acusadora hizo que Andrey pusiese los ojos en
blanco.
—Lena a veces en un grano en el culo. —Ah, sí, eso lo había oído. Andrey tuvo que crear una
fundación que Lena se sacó de la manga y conseguir que fuese totalmente operativa. Lo que tenía
que hacer uno por una hermana, pero no nos importa hacerlo; sé de lo que hablo, yo haría
cualquier cosa por la mía, era lo único que me quedaba en esta vida capaz de hacerme sonreír.
—Ah, hablando de granos en el culo. Tengo un teléfono para ti de parte de Boby. —Viktor se
sacó un teléfono de última generación del bolsillo y se lo tendió a Estrella. Ella lo miró extrañada
antes de aceptarlo—. Y antes de que te sientas ofendida, el grano es él. —Y con eso hizo que le
asomara una pequeña sonrisa. Viktor era bueno.
—Gracias.
—Están programados los teléfonos de Andrey, Lena… Vamos, los de la familia. Así, si alguien
te llama, sabrás quién es. Si el teléfono no está en la agenda, no respondas. ¿Entendido?
—Sí.
—Bien. ¿Alguna pregunta antes de irnos?
—¿Quién es Boby? —Viktor soltó una carcajada y se inclinó hacia ella.
—Esa es una buena pregunta, a veces ni yo mismo lo sé. De momento, dejémoslo en que es uno
de mis empleados.
—Debe ser importante si le nombras de forma tan familiar.
—Sí, es importante. Para mí, todos mis empleados son importantes, pero tienes razón, Boby es
mi favorito. ¿Alguna pregunta más?
—Creo que no.
—Ok. Entonces vamos bajando, que Lena te está esperando para llevarte a comprar algo de
ropa. —Estrella se mordió el labio antes de hablar.
—Yo… quiero agradeceros todo lo que estáis haciendo por mí. Pero no es necesario que
gastéis dinero en mí. Buscaré un trabajo y con lo que gane compraré ropa nueva y… —Mi boca se
puso a soltar palabras por su cuenta:
—Eh, eh. Para un momento. No tienes que ponerte a trabajar de inmediato. Tienes un marido
que puede mantenerte hasta que estés preparada para volver a trabajar. No tienes que preocuparte
por la ropa nueva, la comida, el alquiler o cualquier cosa para la que haga falta dinero. — Sí,
sonó un poco… lo que fuera, pero Estrella no iba a ponerse a trabajar aún, no pensando en que no
tenía otra opción. Iba a tener a alguien que cuidara de ella, al menos hasta que pudiera… hasta que
pudiera ser independiente.
—Pero es un matrimonio de mentira.
—Estrella, necesitas un período de adaptación. Acabas de llegar a una ciudad nueva y te
enfrentas a una nueva vida, sé lo que es eso, créeme. Cuando yo llegué a este país, tuve a alguien
que me ofreció el respaldo que yo te estoy ofreciendo. La mejor manera de agradecerlo es
ofreciendo lo mismo a alguien en una situación parecida. Acéptalo, Estrella. Puede que no pueda
comprarte un coche nuevo, pero puedo ofrecerte un techo seguro y cubrir tus necesidades básicas.
—Yo no sería un hombre si permitiera que mi mujer, ficticia o no, saliera en su estado a buscar
trabajo.
—Suena como una cadena de favores. Está bien, pero pienso devolverte el favor —asintió ella
tras meditarlo casi durante un minuto.
—Puede que llegue el día en que tú puedas ayudar a otra persona, como estoy haciendo yo
contigo. —Tenía que darle algo distante, algo que le diera fuerza para llegar hasta ello.
—Puede que suceda, pero, mientras tanto, buscaré una manera de agradecértelo, de
agradeceros a todos, aunque sea a base de cortes de pelo. —Creo que todos en aquella habitación
sonreímos. Era una terca… Era de las que se empeñan en conseguir las cosas con su propio
esfuerzo para demostrarse que es capaz y demostrárselo también al resto del mundo.
—Bien. Todo aclarado, sonreíd para la foto. ¿Qué sería de una boda sin una constancia gráfica
de tan trascendental acontecimiento? —Viktor y su manera tan retorcida de decir que
necesitábamos una prueba más de aquel matrimonio por conveniencia.
Me puse en pie, tomé la mano de Estrella y la pegué a mi costado sin soltarle la mano. Viktor
preparó su teléfono y sonrió hacia nosotros:
—Hacéis una estupenda pareja, Serg.
—¿Serg? ¿También acortaron tu nombre? —Estrella me miró.
—Americanos, les molesta decir el nombre entero. Así que ya que estamos aquí, sí, Serg —le
contesté mientras ponía los ojos en blanco.
—Te entiendo, conmigo fue igual. Cuando tienes un nombre latino, enseguida lo americanizan.
—¿Por eso lo de Star? Danny te llamó así la primera vez que hablamos por teléfono —​
intervino Viktor.
—Star fue el diminutivo que me pusieron en Miami, pero cuando era pequeña, en el colegio,
me pusieron otro. Al final, en casa siempre me llamaban Ella.
—Ah, Ella, de Estr-ella.
—Exacto.
—Ella Sokolov, bienvenida a Las Vegas. —Andrey y su costumbre de hablar poco, pero con
palabras de peso. Ella Sokolov, sonaba bien.
Capítulo 12
Estrella — Ella
Ella Sokolov, sí que sonaba diferente a Estrella Martínez. Estos hombres sí que sabían hacer
las cosas bien. Miles de kilómetros, nuevo nombre… Ahora solo necesitaba una liposucción y una
cirugía plástica y Alvin jamás me encontraría.
—Bueno, bueno, aquí está la recién casada. —Lena me asaltó nada más atravesar la puerta del
despacho. Su brazo agarró el mío y, aunque sentí una leve molestia, le sonreí—. Hay que preparar
a la novia.
—¡Eh! ¿Eso no se hace antes? —intervino Viktor a mi espalda.
—Somos Vasiliev, ¿recuerdas? Somos toda una institución en eso de hacer las cosas de manera
diferente, sobre todo las bodas. —Viktor soltó una gran carcajada, mientras Andrey sonreía de una
manera más discreta, comedida.
—Pero yo soy Sokolov, no Vasiliev —le aclaré.
—Cuestión de semántica, querida. Aquí, tu marido, lleva sangre Vasiliev corriendo por sus
venas y eso es una marca genética de la que es difícil escapar, ¿verdad?
Mi todavía no oficial marido, se encogió de hombros, mientras escondía las manos en los
bolsillos de los pantalones. Uf, ¿por qué no había notado antes lo atractivo que era? Sí había
advertido que era un buen espécimen de hombre, pero… es que era algo más que «buen», era…
Era el tipo de hombre que estaba fuera de las posibilidades de una mujer con mi aspecto y era mi
marido, o casi. ¡Ja! Quién me lo habría dicho hace unos días, o semanas, meses… en toda mi vida.
Siempre he sido una chica entradita en carnes, ya se entiende lo que quiero decir, pero
últimamente, desde que las cosas empezaron a empeorar con Alvin, esas «carnes» habían crecido
hasta convertirse en mis mejores amigas. La ansiedad es lo que tiene, que me hace comer de forma
descontrolada, y con Alvin tenía mi buena dosis de ansiedad a diario.
—Si tú lo dices. —Sentí el leve tirón de Lena para llevarme más rápido lejos del resto de
hombres.
—Te la devolveré más tarde, tú haz lo que tengas que hacer mientras tanto. —No pude
escuchar su respuesta, porque Lena y yo estábamos demasiado lejos para oír a ninguno de ellos.
—¿A dónde vamos?
—¿Cuánto hace que no has tenido un día de chicas? —Intenté hacer memoria, pero si lo
analizaba a fondo, lo que se entiende como día de chicas…
—Nunca. —Lena nos paró en seco al oírme decir eso.
—¿Nunca? Pero cortarte el pelo, hacerte la manicura, ir de compras… —Mientras enumeraba
cada una de las actividades empecé a negar con la cabeza.
—Soy peluquera, lo que no podía hacérmelo yo, me lo hacía alguna compañera. Y las
compras… no es que tuviese mucho para gastar.
—Pues, aunque sea por un día, toda mujer se merece tener un día de chicas. Puede que aún sea
pronto para un día de spa, pero hay unas cuantas opciones que podemos disfrutar mientras tanto —
dijo Lena mientras retomaba el ritmo anterior, solo que esta vez parecía más decidida.
Salimos del hotel para subir directamente a un coche que esperaba en la entrada. No noté hasta
ese momento que había un par de hombres siguiéndonos y que se subieron uno a nuestro coche y
otro, a un vehículo aparcado detrás del nuestro. No tenía que esforzarme mucho en pensar en que
esta familia era importante y tenía muchos recursos económicos a su disposición. Escoltas, suites
en hoteles, oficinas en el mismo hotel, aviones privados… Este era un mundo que ni soñaba
cuando estaba en Miami.

Serguéy
Sentí el apretón de Viktor en el hombro, mientras veía a Lena y Ella alejarse. Ella, bonito
nombre. No es que Estrella fuese feo, y le pegaba muchísimo, pero Ella tampoco estaba mal. Era
como una reconversión de su antiguo yo, que es lo que estábamos haciendo con ella.
—Serg, te acaban de levantar a tu mujer.
—Sí, bonita manera de celebrar el día de mi boda.
—Bueno, oficialmente todavía no estáis casados. Pero en cuanto le ponga la fecha a los
documentos… —añadió Andrey según se acercaba por el otro lado.
—Genial, avísame entonces. Mientras tanto, iré a ver cómo están los chicos.
—¿No se ocupaba Basili de ellos? —me recordó Viktor.
—Sí, pero conociéndolos, seguro que están llorándole para descansar todo lo que puedan.
Basili es un poco blando a veces —aclaré.
—Rompe piedras. —¡Joder! Otra vez ese maldito apodo. Me perseguía como la peste desde
que empecé a entrenar a los nuevos boxeadores. De los cinco iniciales, solo dos habían resistido,
y tenían un potencial increíble. Creía que «Rompe piedras» era el apodo que corría por el
circuito, no pensé que llegara a oídos de Andrey, pero, claro, mis primos eran los dueños y
además iban de vez en cuando al gimnasio a destrozar la moral de los novatos. Tarde o temprano
se iban a enterar.
—Sí, bueno. Algunos no saben aguantar un entrenamiento de verdad. —¿Qué les iba a decir?
Algunos chicos pensaban que les bastaba con sudar y golpear el saco. Yo me forjé dentro del
deporte de élite. Un olímpico se consigue a fuerza de trabajo, sacrificio, dolor y una constante
negación a rendirse. Por eso era bueno en las peleas clandestinas, tenía todo eso bien arraigado en
mis entrañas. Yo no entrenaba a buenos boxeadores, yo entrenaba a los mejores, darse cuenta de
ello era la diferencia entre seguir adelante o rendirse, y los números me avalaban. Mis chicos
estaban bien arriba en el ranking.
—¿Quieres que te acerque al gimnasio? —Miré a Andrey y luego miré mi ropa. No, no era muy
apropiada para viajar en la moto, pero se podía hacer.
—No, gracias. Tengo la moto en el subterráneo. —Andrey asintió .
—Entonces os dejo, tengo mucho trabajo que hacer y alguna hora de sueño que recuperar. —​
Viktor sonrió con malicia; sí, ahí venía una de sus pullas.
—Te estás volviendo un blando, Andrey, supongo que será por la edad. —Andrey le dedicó
una media sonrisa a su hermano y se giró para darnos la espalda.
—No tan viejo, Viktor, no tan viejo.
—Bueno. Yo también tengo un negocio que atender y una hija que pasar a ver por la guardería.
Ventajas de ser el dueño. —Viktor se despidió con la mano y desapareció.
El cabrón era más que el dueño de la guardería. No se limitó a comprar una, la creó de la nada
tras acondicionar un local apropiado en el Crystals, donde tenía su propia central de seguridad.
Había blindado la guardería a la que confiaba a su pequeña y a la que creo que acudirían el resto
de niños Vasiliev en cuanto tuviesen edad para hacerlo. El tipo se tomaba muy en serio la
seguridad de los suyos, de todos ellos, de todos nosotros.
Bajé al sótano y cogí mi moto para salir de allí. Era algo que rápidamente había incorporado a
mi vida, gracias al clima y las ventajas que ofrecía. ¿Conducir una moto en Moscú? Un suicidio, o
casi. Entre el frío, que en invierno hacía que la conducción fuese una tortura y un desafío constante
por las capas de hielo, y la policía corrupta, que te detenía cada dos por tres para sacarte dinero
con cualquier excusa… Por eso, conducir una moto aquí era una auténtica oda a la libertad.
Además, aprendí que, en una ciudad como Las Vegas, era más rápido ir en moto que en coche.
Llegué al gim y estacioné en mi sitio asignado. Caminé hacia la entrada y nada más atravesar la
puerta acristalada, lo primero que me recibió fue la sonrisa de Lucy. ¡Ah, mierda! No había
pensado en ella. Cuando se enterase de que me había casado, se iba a cabrear, y mucho. ¿Por qué?
Pues porque tuvimos algo y precisamente le dije que yo no era de los que tenían relaciones serias,
así no pasaríamos de un par de polvos esporádicos. Y ahora, falto dos días y regreso casado. Sí,
directo al manual de Qué no hacer para estropear el buen ambiente en tu lugar de trabajo.
Capítulo 13
Serguéy
—¡Vaya! Basili dijo que no vendrías hasta mañana.
—Terminé antes de lo que pensaba. —Pasé a toda prisa por delante de la recepción del gim y
fui directo a los vestuarios. En parte por evitar a Lucy y en parte por evitar que me vieran vestido
de esta manera tan… elegante. Reconozcámoslo, en el ambiente de los gimnasios de boxeo, el
único que lleva ropa elegante es el que maneja el dinero y ese no soy yo, yo solo hago que los
chicos lo den todo para alcanzar la victoria.
—¡Joder! —Sí, ese era Lucas, un puertorriqueño con una derecha letal y que, según mi plan de
trabajo, tendría que estar en ese momento haciendo su tercera serie de oblicuos. En otras palabras,
no estaba haciendo su trabajo programado.
—Sí, joder. Voy a cambiarme, cuando salga, espero verte empezando la rutina de hoy. —Lucas
puso esa cara de «no me jodas», mezclada con «no seas malo, profe», pero eso no funcionaba
conmigo y lo sabía. Sí, soy un cabrón, lo sé, pero luego los resultados son lo que son.
Cuando regresé a la sala de trabajo, Lucas y Nino, mi otro pupilo, estaban machacándose en
las series que sí debían estar haciendo. Y como esperaba, Basili estaba «un poco al margen»; el
tipo sabía cuándo lo habían pillado.
—Te dejo dos días al mando y ¿les das vacaciones? —Basili se encogió de hombros y siguió
mirando la rutina de los chicos.
—Solo he dejado que se relajen un poco, nada más. —Me crucé de brazos a su lado y controlé
los ejercicios de los chicos.
—Ya se relajan suficiente cuando salen de aquí. Este es un lugar de trabajo y lo que tienen que
hacer es trabajar.
—Sí, jefe. —Puse los ojos en blanco y me puse con mi propia rutina. Nada como predicar con
el ejemplo. No, no soy el jefe, ese era el tipo del dinero o, mejor dicho, los Vasiliev. Luego estaba
el entrenador, que se encargaba de las técnicas y la lucha. Yo era el encargado de poner a los
chicos en forma, de potenciar su resistencia, su aguante. Por último, estaba Basili, que se
encargaba de las lesiones, los masajes, y de que toda la utilería estuviese en su lugar. A los
combates, fuera del gimnasio, iban el entrenador y Basili. Mi trabajo se quedaba en el gimnasio.
—Cuando terminen, empezaremos con la lona. —Eso quería decir que me iba a meter con ellos
a bailar un poco dentro del cuadrilátero. Su oportunidad de vengarse por mi tortura, mi
oportunidad de demostrarles que aún tenían mucho que trabajar.
—Necesita echar un polvo. —Se suponía que yo no debía oír eso, pero lo hice. ¡Qué manía!
Los boxeadores solo piensan en eso, que si quieres relajarte solo hay dos opciones, golpear con
los puños o meterte dentro de una mujer.

Ella
Fue ver dónde aparcó el coche Lena y ya sabía dónde me estaba metiendo. ¿Un centro
comercial de lujo? Lo más cerca que había estado en mi vida de un sitio como ese era en las
películas de la tele, pero, ¡eh!, yo no iba a ser la que le dijera nada. Lena que tomó por el brazo y
me arrastró hacia la zona comercial.
—Lo primero es encontrar algo de ropa bonita y después podemos… ¡Para, para! —¿Para?
Pero si era ella quien me llevaba a mí a rastras—. Tenemos que entrar aquí. —Dirigí la mirada al
interior de la puerta acristalada.
—¿Una peluquería? —Lena me sonrió y empujó la puerta para que entráramos.
—Una chica tiene que ir guapa de pies a cabeza. El extremo por el que empecemos no importa.
—Pero no tenemos cita, ¿verdad? —Lena hizo un gesto con la mano para quitarle importancia.
—No la necesitamos. Confía en mí. —Se acercó a la recepcionista y le sonrió con simpatía—.
Hola, soy Helena Vasiliev y quisiera un cambio de imagen para mi amiga. —Entonces es cuando
la chica debería mirar la agenda y decirnos que lo sentía, pero que lo tenían todo ocupado, como
mucho nos podría dar cita para otro día. Pero eso no sucedió. Alguien que debía de ser la dueña
del local se presentó a nuestro lado mostrando su perfecta dentadura.
—Señora Vasiliev, qué agradable sorpresa. Tenemos todo ocupado, pero seguro que podemos
hacerle un hueco. Acompáñenme. —Lena y yo caminamos detrás de la pizpireta mujer mientras
Lena se inclinaba para susurrarme al oído.
—Es el apellido. Mi hermano tiene la central de su empresa en este edificio y lleva la
seguridad de la mayoría de los negocios de por aquí. —Ya, ahora sí que lo entendía.
—Siéntese aquí, señorita…
—Ella, es mi amiga Ella.
—Bien, Ella. ¿Tenías algo en mente? —Miré a Lena, luego a la dueña del local y me mordí el
labio. ¿Podía hacerlo? ¿Realmente me atrevería a cambiar mi aspecto? ¿Por qué no?
—Pues en realidad sí. Me gustaría decaparme el pelo para sacar unas ondas naturales. Aplicar
unas mechas balayage un par de tonos, o tono y medio, más claras que mi color natural. Unos
reflejos en la parte frontal y…
—Espera, espera. Veo que tienes una idea demasiado clara de lo que buscas, así que necesito
que vayas un poco más despacio. —Asentí. Sí, a una peluquera le gusta desarrollar su propia
creatividad. E incluso hacer su propia versión de lo que le pida una clienta, así que lo que yo
estaba pidiendo era demasiado específico.
—Discúlpame. Es una idea que tengo desde hace tiempo. —La mujer arrugó el ceño, mientras
me observaba desde el otro lado del espejo.
—¿Eres estilista? —Lo medité unos segundos. La diferencia básica entre peluquera y estilista
era el sueldo, así que…
—Podría decirse que sí. —Entonces mi «agente» saltó a la cancha.
—Ella es estilista, sí. Acaba de mudarse a Las Vegas y está valorando abrir su propio negocio,
pero estoy intentando convencerla de lo contrario. —Las cejas de la dueña se alzaron con interés
—. Oh, sí. Sé lo que es tener tu propio negocio, y si se vuelve empresaria, me temo que no
volveremos a tener tanto tiempo para pasar juntas. Un negocio absorbe mucho tiempo. —La dueña
asintió conocedora.
—Sí, así es. ¿Y no has pensado en trabajar para otra persona o incluso asociarte? Un empleado
solo tiene que cumplir con su turno y listo. —¡Ah, pillina! Ahora sí que entendía el juego de Lena.
Esta rubia era muy lista.
—Pues… tendría que sopesarlo. Como dice aquí mi amiga Lena, trabajar para uno mismo
puede que no sea lo que necesito en este momento. —La dueña me sonrió, como si ella fuese la
que me había convencido.
—Si al final decides que quieres trabajar para otra persona, pásate por aquí y hablaremos
sobre ello. Sería fabuloso ver cómo trabajas. —Le sonreí, aunque no tanto como lo estaba
haciendo por dentro. Mi primer día en Las Vegas y ya había conseguido un marido y una oferta de
trabajo. Tenía que ir buscando el cinturón de seguridad, porque mi vida estaba yendo muy deprisa.
Cuando salí de la peluquería, me sentí ilusionada por ir de compras, porque ahora sí que tenía
un motivo para comprar ropa bonita.

Viktor
Tenía a Tasha medio adormilada sobre mi pecho mientras revisaba las cámaras de seguridad
del Crystals. Vaya con Lena, sí que se había tomado en serio lo del día de chicas. Llevaban casi
tres horas en el edificio y sin duda habían sido productivas, al menos por el número de bolsas que
llevaban encima. Y por algo más.
Miré el reloj y sonreí con malicia. Moví el ratón de mi PC hasta acceder a las cámaras de
seguridad del gimnasio en el que trabajaba Serg. Sí, esto de llevar toda la seguridad de los
negocios familiares, y alguno más, tenía sus ventajas. Y allí estaba mi primo bebiendo de una
botella, recuperando fluidos. Cogí el teléfono y marqué su número. Me gusta hacer estas cosas,
ver la cara de la persona a la que estoy llamando.
—Dime, Viktor.
—Espero que tengas un armario grande.
—Sabes el armario que tengo, tú me encontraste el apartamento.
—Sí, lo sé. Pero no tengo ni idea de con qué mierda los llenaste.
—Al grano, Viktor.
—Me gustaría invitaros a cenar, a tu esposa y a ti, porque sé que ella tiene ropa para ir a un
restaurante y sé que tu nevera está más vacía que una pelota de golf.
—¿Cenar? —Le vi rascarse la barbilla mientras lo sopesaba. Sí, podía ver en su cara que no
había pensado en que tenía que alimentar a su mujer. Me encanta dar esos golpes de efecto.
—Sí. Katia y yo pasaremos a recogeros a eso de las ocho. Así que ponte guapo.
—Tengo que comentárselo a Ella. No sé si Lena ha terminado ya con ella.
—Ah, algo me dice que sí. Nos vemos esta noche. —Cerré la comunicación y solté una
carcajada cuando le vi mirar su teléfono confundido. ¡Joder! Qué bien sienta ser el ojo que todo lo
ve.
Capítulo 14
Serguéy
Lena dijo que llegarían a mi casa en cinco minutos y eso había sido hacía siete. Levanté la
vista de nuevo calle arriba y allí vi los dos coches de Lena y su equipo de seguridad. Esperé a que
llegaran a mi altura, donde pararon. Llegué hasta la puerta polarizada de los pasajeros antes que
cualquiera de los hombres de seguridad. Abrí la puerta y ayudé a… ¿Ella? ¡Jesús y los doce
apóstoles! Era Ella, pero no era Ella. Definitivamente, no lo era. Ella estaba… mejor, mucho
mejor.
—¿Ves como sí necesitábamos un día de chicas? Anda, ayúdanos con las compras. —Asentí
mecánicamente con la cabeza mientras recogía una buena cantidad de bolsas que me tendía uno de
los hombres de Lena.
—¿Habéis dejado algo en la tienda? —Ella pareció disculparse con aquellos expresivos ojos
suyos. Wow, parecían brillar como si fuesen de ámbar.
—No seas quejica. Tu mujer no tenía nada que ponerse. Hemos tenido que comprar de todo,
enaguas incluidas. —Lena sonrió de esa manera traviesa que solo conseguían los Vasiliev.
—¿Enaguas? —Escuché la risa mal contenida de Ella mientras pasaba delante de mí, siguiendo
el camino que iba abriendo Lena. ¡Joder! ¿Aún existían esas cosas o me estaba tomando el pelo a
conciencia?
Cuando llegamos a mi apartamento, aún seguía dándole vueltas a todo, hasta que Lena me
preguntó dónde tenía que dejar la bolsa que llevaba en la mano. No había dedicado ni un segundo
a pensar dónde dormiría Ella.
—En el cuarto de Irina. —Ella se quedó petrificada.
—Yo… no debería… —Un poco tarde para eso, pensé.
—No creo que le importe que ocupes su habitación mientras está fuera. —Entonces recordé
que tenía que hablar con Viktor. El asunto de Constantin aún estaba pendiente y no quería que Ella
estuviese bajo su punto de mira.
—OK, Serg. Ella y yo nos ocupamos. —Dejé las cosas sobre la que había sido hasta ahora la
cama de mi hermana y salí de la habitación, tenía una llamada importante que hacer.

Viktor
—Dije que pasaría a recogeros a las ocho, Serg.
—Lo sé. Es solo que quería saber cómo va el asunto de Jrushchov. —Pasaron un par de
segundos hasta que ordené en mi cabeza la información que podía darle a Serg. No necesitaba
saberlo todo, pues no quería que se preocupase por cosas innecesarias.
—Tranquilo, no creo que se le ocurra mover un dedo contra ti en estos momentos. Ella está a
salvo de momento.
—¿Cómo de «a salvo»? —Me rasqué la cabeza inconscientemente.
—Estamos en una especie de negociación amistosa. Algo que le interesa cerrar de buena
manera. Cualquier acción violenta por su parte interrumpiría esas negociaciones, y asegura que
está muy interesado en que lleguen a buen término.
—No tengo ni idea de lo que hablas, pero confío en ti.
—Porque sabes que os mantendré a salvo, a todos.
—¿E Irina? ¿Cuándo podrá volver?
—De momento dejémosla allí. Está haciendo un buen trabajo, está relajada y lejos de
Constantin Jrushchov.
—De acuerdo.
—Todo saldrá bien, Serg. Te lo prometo.
—Nos vemos en un rato entonces.
Corté la llamada y me dirigí hacia la habitación en la que se estaba preparando Katia. Podía
oír el agua de la ducha y no necesitaba imaginar lo que estaba sucediendo allí. Miré el reloj, era
pronto. Tasha ya estaba en casa de sus abuelos maternos y no tendríamos que preocuparnos de ella
hasta la hora de recogerla de la guardería hasta el día siguiente. Con Sam allí, estaba tranquilo.
Así que empecé a quitarme los zapatos y los calcetines mientras caminaba hacia nuestro baño.
¿Cómo era eso que decían? «Cuando el gato no está, los ratones hacen fiesta». Pues papá ratón y
mamá ratón iban a montarse una buena.

Ella
Lena estaba parada frente al armario, admirando su creación. Habíamos puesto la ropa de Irina
en una mitad y en la otra estaba la mía. ¿Confundirme? Imposible, mi ropa era más… grande. Ver
aquella ropa de talla minúscula, me hacía sentir aún peor. ¿Dónde iba yo con mi talla 48/L?
—No lo pienses.
—¿Eh? —Lena estaba frente a mí, dedicándome una mirada mitad enfadada, mitad… no lo sé
exactamente.
—Cada persona es diferente a otra e Irina usa una talla más pequeña, eso es todo. Fíjate, yo
tampoco entraría ahí dentro. —Puso las manos en la cintura para que apreciara su figura. No, no
era tan delgada como Irina, pero tampoco era un croissant relleno como yo.
—Es mejor que no hagamos comparaciones.
—¿Sabes lo que te digo? Que tienes razón. Cada uno tiene que pelear con las armas que le han
dado, así que tienes dos opciones: rendirte o entrar en batalla con todo. —Sacó un vestido y unos
zapatos de tacón y los puso frente a mí—. Más te vale ser de las segundas, porque tengo mucha fe
en ti. —Me encogí de hombros y agarré la percha del vestido.
—Puede que en otro momento.
—¿Necesitáis ayuda? —La voz de Serguéy nos hizo volvernos hacia la puerta.
—No, aquí hemos terminado.
—Bien, porque Viktor vendrá a recogernos para ir a cenar. —Lena alzó las cejas y empujó el
vestido contra mi pecho.
—Este es el momento —dijo mientras salía de la habitación—. Y no penséis que esta es una
cena/banquete de bodas. De esa me encargo yo. —Serguéy entró en la habitación sin perder de
vista a Lena mientras se iba.
—No soy un hombre que se asuste con facilidad. Pero eso, definitivamente, me da miedo. —​
No pude contener la carcajada que brotó del fondo de mi pecho—. Sí, ríete ahora. Ya me darás la
razón después.
—No puede ser tan mala. —Serg centró su atención en el vestido que aferraba con cuidado.
—Vendrán a buscarnos en media hora. Será mejor que empieces a arreglarte.
—Solo tengo que cambiarme de vestido, el resto ya lo tengo hecho. —Señalé con la mano los
cambios en mi pelo y maquillaje, para que notara que eso ya podía tacharlo de la lista.
—Te queda bien.
—Gracias. —Serg se balanceó sobre sus talones mientras metía las manos en los bolsillos y
miraba hacia el suelo.
—Yo iré también a cambiarme de ropa. Conociendo a Viktor, seguro que nos lleva a uno de
esos sitios finolis, y este pantalón está demasiado arrugado.
—Entonces, el que primero termine, que espere al otro, ¿te parece?
—Perfecto. —Se giró lentamente hacia la puerta y me dejó sola.

Serg
Soy un cotilla, lo sé, pero no me pude resistir a entrar en la habitación. Quedaban apenas un
par de minutos para que fuese la hora y Ella aún no había salido de su cuarto. Así que entré. La
habitación estaba vacía, pero se veía la luz del baño encendida. Me acerqué con sigilo para poder
ver algo a través de la puerta entreabierta.
—Me rindo. —Aquello sonó de una manera cansada y triste, por eso miré con más atención. Y
allí estaba. Ella miraba derrotada el lavabo. Retrocedí unos pasos.
—¿Ella? Ya casi es la hora, ¿necesitas ayuda? —Su rostro asomó tímidamente por la puerta
del baño.
—Eh, ¿podrías… podrías echarme una mano?
—Por supuesto, lo que necesites. —Ella se volvió hacia el espejo y me dio la espalda. Cuando
vi las marcas violáceas de su espalda, la sangre volvió a congelarse en mis venas.
—¿Puedes… puedes subirme la cremallera? —Ella estiró sus brazos hacia la espalda y, al ver
su gesto de dolor al intentarlo, un resorte dentro de mí me hizo ponerme en acción.
—Lo tengo. —Con cuidado, deslicé los dedos sobre la cremallera y tiré del enganche hacia
arriba. Cuando estuvo totalmente cerrada, mis manos se deslizaron con cuidado sobre sus hombros
y mis ojos buscaron los suyos al otro lado del espejo.
—Te prometo que ese hijo de puta no volverá a ponerte una mano encima. —Los ojos se le
tornaron acuosos mientras una sonrisa tímida apareció en sus labios.
—Gracias, por todo.
—No me las des, todavía no. —No, todavía no. Cuando encontrase a ese engendro del
demonio, iba a darle tanto y tan fuerte, que ni la cirugía lograría hacerle parecer una persona de
nuevo. Deslicé mi pulgar sobre la suave piel de su hombro y me fui.
Capítulo 15
Viktor
Decir que mi ego se sentía enorme, amén de otras cosas, era decir poco. Katia estaba
intentando acomodarse en el asiento del acompañante, pero estaba claro que cierta zona estaba
algo… dolorida o sensible o como diablos se diga cuando esa parte se había «ejercitado» bien.
Llegábamos quince minutos tarde por culpa de aquello, y eso que nos habíamos vestido a toda
velocidad y que me había saltado algunas normas de tráfico.
Cuando llegamos, mandé un mensaje a Serg para que bajaran.
—¿Esa es la chica? —Volví la mirada hacia la puerta de entrada al edificio, por donde salían
Serg y una Ella bastante mejorada. ¡Vaya! Lena sí que sabía cómo gastar el dinero. Incluso parecía
que le había devuelto un poco de color a su rostro.
—Sí. Tiene mejor aspecto que cuando llegó.
Miré hacia Katia y me la encontré bien concentrada en Ella. Sabía lo que estaba pasando por
su cabeza. Mi Katia tuvo la suerte de salir de las garras de un maltratador después del primer
golpe, pero, aun así, sabía lo que era que te acosasen a cada paso. No volvió a tocarla y eso me
alegra muchísimo. Quizás precisamente ese fuese el motivo por el que necesitaba ayudar a Ella en
todo lo que pudiese, porque no tuvo tanta suerte como Katia, mi Katia. Existen demasiados
despojos de persona como ese tal Sanders y era la misión de hombres como nosotros, los Vasiliev,
sacarlos de la circulación.
—Sus ojos dicen que ha sufrido mucho.
La mirada de Katia y la mía conectaron en aquel momento. Pueden llamarlo enlace cósmico,
unión de almas o conexión espiritual, el caso es que los dos parecíamos estar… no sé cómo
explicarlo… en la misma página del libro, la misma línea. Cuando reconoces el sufrimiento de
otra persona sabes que harás todo lo que esté en tus manos para curar sus heridas. Katia podía
calmar su dolor, como un suave ungüento, y yo podía sacar esa maldita astilla y lanzarla a la
papelera más lejana. La cicatrización tendría que ser trabajo suyo, eso sí. Aunque, con tanto
Vasiliev a su alrededor, seguro que entre todos lo conseguíamos. Lena ya se había erigido como su
adalid particular, y aún quedaban muchos más Vasiliev por entrar en esta batalla.
Cuando llegaron a nuestra altura, Serg sostuvo la puerta para que Ella tomase asiento en la
parte trasera y luego dio la vuelta para acomodarse al otro lado.
—Bienvenida a Las Vegas. —¿No había dicho que Katia era como un bálsamo? Pues ahí
estaba una pequeña sonrisa como complemento a sus palabras.
—Gracias.
—Bueno, cuando alguien viene a Las Vegas suele hacer tres cosas: apostar, casarse o ir de
celebración. Tú ya te has casado e hiciste tu mayor apuesta al venir aquí… —Advertí por el
espejo retrovisor que la mano de Serg se deslizaba para tomar la de Ella y apretarla para darle
seguridad. Sí, los Vasiliev estábamos en la misma onda—. Así que solo te queda lo de la fiesta.
—Yo… estoy tomando antiinflamatorios, no puedo tomar alcohol. —¡Vaya! El champán para
cerrar la cena quedaba descartado. En fin, soy un Vasiliev, me adapto rápido.
—Esa parte la podemos dejar para más tarde. Hoy celebraremos, pero con clase. —Les sonreí
a todos y me centré en la conducción.
Serg
El restaurante resultó ser lo que pensaba, un sitio refinado donde el camarero llevaba
planchado hasta el delantal. A mi parecer, una mariconada, pero, ¡eh!, yo crecí en un mundo en lo
importante era tener algo que comer encima del plato. Que el mantel fuese de tela, de papel o no
existiera era lo de menos. Lo único bueno de estos sitios es que si pedías un filete, la carne estaría
rica.
—¿Qué te apetece tomar? —Alcé la cabeza hacia Viktor. ¿Eso no debía preguntárselo yo? Se
suponía que era mi mujer, aunque fuese falsa.
—No lo sé. —Ella estaba mordiéndose el labio inferior, no con goloseo ni ansiedad, sino
como si no pudiera decidirse entre tantas cosas.
—A mí me pasa lo mismo, todo tiene una pinta increíble —intervino Katia.
—Yo en estos casos suelo dejarme asesorar por el maître —puntualizó Viktor.
—Mientras no sea pasta, me sirve cualquier cosa —esa era mi entrada.
—¿No te gusta la pasta? —Ella no dudó un segundo antes de contestarme.
—No es que no me guste, pero creo que he tenido noodles para una temporada. —¿Noodles?
¡Ah, joder! Esos fideos chinos. Si su dieta se basaba en hidratos de carbono, era normal que
tuviera aquel sobrepeso. El cuerpo almacena lo que le sobra, por eso hay que mantener una dieta
equilibrada. Desde mañana mismo, me encargaría de llenar la nevera de alimentos frescos y
saludables. Ella los necesitaba y a mí me vendría bien parar más por casa y hacer ahí mis comidas
principales.
—Entonces no hay más que hablar, proteínas. ¿Carne o pescado? —Ella entrecerró los ojos,
sopesando ambas opciones.
—Adoro la carne, definitivamente soy una chica de carne, pero… hace tanto tiempo que no
como pescado fresco. Lo sé, en Miami eso no debería ser un problema, pero… —Cerré el menú y
lo dejé sobre la mesa.
—Decidido, pescado. Me has convencido. —Y Ella sonrió como si le hubiese entregado la
medalla de oro. ¡Joder! ¡Qué bien sentaba ser quien le sacara una sonrisa así de grande y sincera!
No es que me apeteciera realmente cenar pescado, lo mío son los filetes, pero merecía la pena
cambiar de menú de vez en cuando, como en ese momento.
—Mmm, tramposa. Yo eso no puedo comerlo —se quejó Katia.
—¿Por qué no? —preguntó Ella.
—Ya sabes, las embarazadas y el riesgo de anisakis. Que si el pescado tiene que ser
congelado, que si tiene que estar bien hecho… un rollo.
—¡Vaya! Enhorabuena. ¿De cuánto estás? —Mujeres y embarazo, ya teníamos tema de
conversación para toda la noche. Soy hombre y estoy soltero, así que esos temas los mantengo
bien alejados. Bueno, ya no estoy soltero, pero seguimos con el mismo plan.
—De quince semanas. —Genial, ahora venía lo de las ecografías, coger peso…
—Bien, entonces estoy a tiempo. —¡¿Eh?! ¿A tiempo de qué? Menos mal que Katia me salvó
de hacer esa pregunta.
—¿A tiempo?
—En mi familia teníamos la tradición de tejer a ganchillo prendas para los bebés, ya sabes,
crochet. Lo tengo algo oxidado, pero espero que me permitas tejerle alguna prenda a tu bebé.
—¿En serio? Me encantaría. Mi madre guardó durante mucho tiempo unos patucos de crochet
que hizo mi abuela. Me encantaría que mi pequeño llevara unos de esos.
—¿Pequeño? Creí que en las ecografías aún no se podía ver el sexo de nuestro bebé —​
interrumpió Viktor.
—Llámalo presentimiento, cariño, pero creo que este será un niño. —Ella y Katia se dedicaron
una extraña sonrisa conocedora. ¿Qué me estaba perdiendo?
—¿Cuarto creciente?
—Aha. —Miré a Viktor y él estaba tan descolocado como yo. Bueno, al menos no era el único.
Sí, lo sé, mal de muchos, consuelo de tontos. Pero si de algo conocía a mi primo, iba a conseguir
averiguar de qué estaban hablando y yo pensaba aprovecharme. Ya, los temas de embarazadas no
son lo mío, pero soy de esas personas que no pueden quedarse con la duda de nada.
Capítulo 16
Ella
Estaba acostada en mi nueva cama, pensando en que la noche realmente había sido muy
agradable, cuando me dio por pensar en mi casi marido. En el restaurante, noté que más de una
mujer desviaba su mirada hacia él. Sí, Viktor tenía su ración de atención también, pero Viktor no
era el hombre que estaba acostado en la habitación de al lado.
Serguéy era más que guapo, era atractivo. Tenía ese magnetismo salvaje de quien es difícil de
domar, como una pantera negra, hermosa pero peligrosa. ¿Por qué sabía eso? Por sus ojos. Dicen
que los ojos son el espejo del alma y no puedo saber cómo es la de Serguéy, pero sí sé que cuando
me mira, siento que hay un lobo allí dentro. No de los que van a devorarte, sino de los que cuidan
de la manada. Con él cerca, me sentía segura. Y luego estaba esa mirada que vi reflejada en el
espejo cuando vio mi espalda. Sé lo que hay ahí y sé que sabe quién me lo hizo. Sus palabras
podían ser duras, pero en sus ojos… había algo que me hizo estremecer. Era esa determinación de
destrozar a su presa. Eso me gustó y atemorizó a partes iguales, ya había tenido mi dosis de
hombres violentos en mi vida, no quería más.
Pero había una fuerte contradicción en todo ello. ¿Cómo alguien con tanta fuerza destructiva en
su interior podía ponerse en el papel de protector de una víctima? Ironías de la vida, supongo.
Dejando eso aparte, tenía que reconocer que era un imán para la vista. Trabajando en un gimnasio,
era normal. Las mujeres pagarían lo que fuera por el privilegio de ver ese cuerpo sudado. ¡Ah,
porras! Ni lo pienses, Estrella, los hombres como Serguéy, no sueñan con mujeres como tú.
Pero… eso no quería decir que yo no soñara con hombres cómo él, concretamente con el
mismo.

Serguéy
No soy una persona que salga por las noches, al menos no desde que vine a este país. Los
llamémosles «malos hábitos» los dejé al mismo tiempo que las peleas clandestinas, en Moscú.
Así que, aunque me acosté más tarde de mi hora habitual, mi cuerpo estaba ya programado para
salir a correr a primera hora de la mañana. Cuando regresé, Ella aún no se había levantado.
Aproveché para ducharme y planificar el día. Es lo que hace la gente normalmente en la ducha,
¿no?, poner la mente a trabajar. Después, me puse unos jeans y una camiseta y me preparé el
desayuno, bueno, nos preparé. No sabía a lo que estaba acostumbrada Ella, así que preparé un
poco más de lo mío. Zumo natural de naranja recién exprimida, una tortilla de un huevo para ella.
Lo dejé sin hacer, solo preparado, porque el zumo tenía que exprimirlo poco antes de beberlo para
que no perdiese vitaminas y el huevo batido se tenía que echar a la sartén en el último momento
para que no se le enfriase la tortilla. ¡Ah! Y mi vaso de leche caliente con miel, pero eso solo era
para mí. No todo el mundo apreciaba la miel, pero tenía que reconocer que era mi maldita
perdición. Cuando vivía en Rusia, nuestra economía no nos permitía acceder a ese tipo de
alimentos. Y durante mis años en la selección de gimnasia tampoco era un alimento que entrase en
el menú pautado por nuestros entrenadores. No, la miel llegó a mí en una de esas fiestas locas que
Constantin organizaba después de las peleas. Es lo único que tengo que agradecerle a ese
explotador, el haberme convertido en un adicto a la miel. Desde que llegué este país, no podía
faltar mi tarro de miel artesanal en la cocina.
Metí la cucharilla en el tarro y rasqué la densa superficie en busca de mi premio. Cuando tuve
suficiente cantidad, pasé la cucharilla a la taza de leche caliente y, después, me metí la cuchara en
la boca para limpiar lo que quedaba en ella. ¿Gemir? Como un puñetero yonqui con su dosis de
heroína. Aquello era el Nirvana.
—Buenos días. —Me volví hacia el lugar del que procedía la voz de Ella. ¿Pijama, quién
usaba pijama hoy en día?
—¿Nubes? —Agachó la cabeza para mirar la enorme nube blanca estampada en su pecho.
—Lo sé, soy más de ositos, pero es lo que había. —Me levanté de mi asiento en la barra de
desayuno y le cedí mi silla para que se sentara. Alzó una ceja, pero se acomodó igualmente.
—Te prepararé el desayuno. —Ya estaba calentando la sartén, cuando escuché su voz a mi
espalda.
—Puedo hacerlo yo.
—Mi cocina, mi invitada. Preparar el desayuno es cosa mía. —Vertí el huevo batido en la
sartén y empecé a cortar y exprimir las naranjas.
—Soy tu mujer. Se supone que he de ser yo quien le prepare el desayuno a mi marido. —Me
giré hacia ella, mientras le apuntaba con una cáscara casi exprimida de naranja.
—Estamos en el siglo xxi, los hombres podemos hacer estas cosas igual que una mujer. —Ella
levantó las manos en señal de rendición, al tiempo que negaba con la cabeza.
—Me parece estupendo. —Su sonrisa pareció más grande esta vez, sacándome una a mí sin
poder evitarlo.
—Bien. No sabía lo que te gustaría desayunar, así que he preparado lo que tenía en la nevera.
—Por mí está bien. Me sirve cualquier cosa. —Me volví hacia la mesa con la tortilla en un
plato y el zumo en un vaso.
—Olvídate de eso de cualquier cosa. Mientras estés aquí, vas a desayunar de forma correcta.
Compraremos algunos cereales y cualquier cosa que haga falta.
—De acuerdo. —Cogí mi taza y di un sorbo a la leche. Aún estaba tibia. Me recosté en un
mueble y me quedé observándola mientras comía. Me pareció graciosa la forma en que se pasaba
su pequeña lengua rosa por la boca, intentando atrapar todo el zumo.
—Cuando termines, te cambias de ropa y nos vamos de compras. —Alzó la mano a la frente y
me hizo el típico saludo militar.
—Sí, señor.
—¿Me estás llamando mandón? —Ella no contestó, solo sonrió más y se metió otro bocado de
tortilla en la boca. Esta diablilla no sabía con quién se estaba metiendo—. Anda, ve a vestirte, yo
recojo esto. —Dio un salto y echó a caminar hacia su habitación.
—Sí, señor. —Le vi hacer el mismo gesto militar de antes mientras llevaba su orondo trasero
fuera de mi vista.
¿Cuánto tiempo hacía que no tenía una conversación así con una chica? Pues desde que se fue
Irina. El resto de mujeres con las que había hablado en este país, salvo mi tía y mis primas,
parecían comerme con la mirada. Estaba bien cuando quería precisamente eso, pero… no todo el
rato. Me recordaba demasiado al pasado, a Natasha. Sacudí la cabeza intentando sacar aquel mal
pensamiento. Natasha había quedado en Rusia, en el pasado, de donde no debía de salir.

Ella
Miré otra vez el abarrotado carrito de la compra y negué con la cabeza. No podríamos
llevarnos todo eso con nosotros. Si la moto de Serguéy ya había protestado cuando me subí a ella,
no quería ni imaginar lo que ocurriría si cargábamos con todo eso.
—Servicio a domicilio —dijo la voz de Serguéy muy cerca de mi oído, lo que me hizo
levantar la cabeza rápidamente, amén de ciertos vellos de mi nuca que quedaron erizados por
completo.
—¿Qué?
—No hace falta ser un genio para saber lo que estás pensando.
—¿Y qué estoy pensando?
—Que necesitamos un coche para llevar todo eso. Pero olvidas que existe el servicio a
domicilio, que por solo tres dólares te lleva todo esto a la puerta de casa.
—Yo nunca he usado ese servicio.
—Bueno, pues hoy va a ser tu primera vez.
—¿Tú lo usas mucho?
—No, también es mi primera vez. —Sé que mis ojos se abrieron como platos soperos, porque
casi dolía.
—¿Y cómo sabes…? —Serg sonrió maliciosamente travieso.
—Porque me gusta estar preparado para este tipo de cosas. Nunca se sabe cuándo lo vas a
necesitar y esta es una buena ocasión, ¿no crees? —¿Qué iba a hacer? Pues asentir con la cabeza.
Vi cómo metía en el carro un tarro de cristal con algo marrón en su interior y lo miré intrigada.—
Miel. —Me sacó de mi duda.
—Ah, miel.
—Todos tenemos vicios. Otros se mueren por el café.
—¿No te gusta el café?
—Ni el café ni los refrescos de cola. Desde niño he tenido una alimentación muy estricta y
esas dos cosas nunca entraron en mi menú. De adulto las he probado y no me han gustado. Pero si
quieres que compremos para ti, no hay problema. —Lo medité un minuto.
—Supongo que los refrescos gaseosos no son apropiados en una dieta sana, pero el café… —​
Serguéy buscó entre las estanterías hasta detener su mano frente a unos paquetes de café.
—Podemos coger un paquete, si quieres. —Me mordí el labio inferior mientras sopesaba mi
respuesta.
—No, ese café no.
—¿Prefieres otra marca?
—Puede parecerte estúpido, pero de niña, en casa de mis padres, tostábamos los granos de
café y después lo molíamos. Ninguno de esos sucedáneos se acerca a lo que yo considero un buen
café. —Serguéy me miró serio.
—No, no lo considero estúpido. Pienso que eres una persona que no se conforma con cualquier
cosa. Te gusta lo bueno. —Mi risa resonó entre los estantes.
—Eso es porque no me has visto delante de una tableta de chocolate. Me gustan todas, pero
todas, da igual como sea.
—¿Tableta de chocolate? —dijo pasándose los dedos por debajo de la barbilla y raspando
aquella sexy barba de unos días que… Mmm, estaba mejor que… Vale, vale, céntrate.
—¿No has oído eso de «el mejor invento desde el pan con chocolate»? Pues eso.
—Pan con chocolate, interesante. Tengo una duda.
—Dime.
—¿Dónde conseguíais granos de café?
—Mi padre trabajaba en un almacén que los importaba y luego los distribuía a las grandes
fábricas que los procesan. Siempre caían algunos granos al suelo. Él los recogía y los traía a casa.
Y antes de que lo digas. Los limpiábamos y luego los tostábamos. Ningún germen sobrevivía.
—Curioso. Bueno, creo que lo llevamos todo. ¿Qué tal si pasamos a pagar?
—A mí no me mires, no tengo dinero.
—Entonces tendré que hacerlo yo. —Aquella maldita sonrisa traviesa me decía que estaba
jugando conmigo. ¡Ay, señor! Una podía acostumbrase a esto.
Capítulo 17
Serguéy
¿Dónde demonios se podía comprar eso del crochet en Las Vegas? Menos mal que internet y
Google Maps estaban de mi parte y que mi teléfono tenía acceso a ambas. Cuando levanté la vista
de mi pantalla, encontré la mirada curiosa de Ella.
—¿Algún problema? —Sí, lo sé, cuando me concentro en algo suelo arrugar el ceño. Era
normal que pensase que estaba preocupado. Levanté el teléfono y le mostré el dibujo de mi
pantalla.
—Tengo un mapa, no creo que lo tengamos. —Ella se encogió de hombros y subió a la moto,
aferrándose a mi cintura. Salvo Irina, era la primera chica que llevaba a mi espalda y notar cómo
se aferraba a mí cuando zigzagueaba entre el tráfico era una sensación muy buena. Parezco un
temerario, pero no lo soy, controlo muy bien mi máquina. Aunque el peso extra modifica la
conducción, puedo adaptarme fácilmente. El sino de mi vida, adaptarme, solo que antes era
cuestión de supervivencia—. ¿Lista?
—¿Esta vez podrías ir más despacio? —La tenía algo asustada, lo justo porque no haría nada
que la atemorizara de nuevo. Yo no era así, no disfrutaba con el sufrimiento ajeno, al contrario.
Pero, ¡eh!, me gustaba quedarme a la puerta de la diversión excitante. Ella necesitaba volver a
sentir la adrenalina recorrer su cuerpo sin que el miedo ni el dolor estuvieran presentes. En cuatro
palabras, disfrutar de la vida.
—Lo intentaré. —No pude evitar sonreír como el niño travieso que era.

Ella
¡No podía creerlo! Serguéy me había llevado a una tienda de lanas. Jamás en mi vida habría
esperado que un hombre, y menos uno como él, me llevara a comprar lanas y ganchillos para hacer
labores. No es que no hubiese prestado atención a la conversación que mantuvimos Katia y yo
durante la cena, sino que había pensado que iba a necesitar suministros, se había molestado en
buscar una tienda para conseguirlos y me había llevado. Los hombres no hacían esas cosas. Había
tres razones para que un hombre hiciese eso, y dos de ellas no me encajaban. Una era que intentara
ganar puntos conmigo para tener sexo, cosa que, con su aspecto, era algo surrealista. A ver, las
mujeres harían una cola quilométrica si él pedía voluntarias para un polvo con él. La otra era que
fuese gay y le molaran las manualidades femeninas, pero lo dudaba. La última era que Serguéy
simplemente fuese así, atento, servicial… En fin, una joya de hombre.
Oh, espera, quedaba otra opción, pero tampoco me gustaba. Quizás el motivo por el que se
había casado conmigo no era solo el ayudarme a cambiar de nombre, sino el asegurarse algo para
él. Sí, tenía un permiso de residencia y era familiar de personas poderosas y con dinero, pero…
no dejaba de ser un inmigrante. Yo era su forma de, con el tiempo, convertirse en ciudadano
americano. En mis manos estaban los documentos del divorcio, si decidía terminar con el
matrimonio él volvería a estar en la misma situación de antes. No, calla, Estrellita, sabes que él no
haría eso, tiene un corazón demasiado bueno para eso, ¿verdad? ¡Mierda! No podía fiarme ni de
mí misma. Mi radar para hombres ya había fallado una vez y de manera estrepitosa.
Bueno, solo podía hacer una cosa y era provechar la situación mientras pudiese. Ahora tenía
casa y protección. Cuando empezase a trabajar, dispondría de dinero de nuevo y con dinero en el
bolsillo podía empezar a planificar mis alternativas.
—¿Solo vas a llevar eso? —Miré hacia el par de madejas que tenía en mis manos y los dos
ganchillos de metal.
—Solo voy a tejer unos patucos, tal vez un gorrito. No se necesita más.
—¿Estás segura? Porque si es por el dinero, puedo permitírmelo. No voy a arruinarme por
llenar la nevera de comida y comprar tres rollos de lana. —Lo tenía a tiro. Llevaba unos días con
curiosidad por saber y aquella era mi oportunidad.
—Tu trabajo es muy diferente del de tus primos, ¿verdad? —Sus ojos me prestaron más
atención.
—Ellos nacieron aquí, sus negocios llevan años creciendo. Yo llegué hace poco más de un
año. Ellos son los dueños del gimnasio en el que trabajo.
—¿Y qué haces allí? —Una sonrisa se instaló en su rostro.
—Soy el entrenador físico de jóvenes boxeadores.
—Ah, les enseñas a pelear.
—No. El boxeo es una mezcla de cabeza y físico. Mi parte es la física. Yo los hago más
fuertes, más resistentes.
—Ah, lo entiendo. Sé que es abusar, pero… podrías hacerlo conmigo. —Sí, lo sé, la pregunta
era sorprendente, incluso para mí, pero nunca tendría mejor oportunidad que esa para tener a un
entrenador personal en casa a mi total disposición. Todo un lujo.
—¿Quieres que te prepare para pelear?
—No, no. No me refería a eso. No me importaría aprender a dar algún que otro buen golpe,
toda chica debería, pero lo que yo pretendía era preguntarte si podrías ayudarme con mi cuerpo,
ya sabes, a mejorarlo. —Al oír eso su cara pasó de mostrar sorpresa a una suave sonrisa.
—¿Quieres que me convierta en tu entrenador personal?
—¿Puedes? —Sus dedos volaron a la parte trasera de su cabeza, donde supongo que rascarían
la nuca.
—Puedo, pero es arriesgado. Entiéndeme, vas a odiarme y duermo en la habitación de al lado.
—¡Eh! Yo no soy de esas. Si tengo que atacarte, no esperaré a que estés dormido.
—¿No? ¿Seguro?
—No. Yo te pondría laxante en el zumo del desayuno.
—Ah, me quedo más tranquilo. —Reímos juntos.
—En serio, ¿lo harás?
—Podemos intentarlo, no quiero ser duro contigo.
—No quiero favoritismos, trátame igual que a otro de tus clientes. —Y aquella sonrisa dulce
se volvió traviesa, muy traviesa.
—Créeme, sería demasiado duro para ti.
—¿Cómo de duro?
—Un día dejaré que vengas conmigo al gim, para que lo veas.
—¿Las chicas no entran al gimnasio en el que trabajas?
—Sí, las hay, pero no son como tú. —Ah, vamos, que no era unas masas fofas y blandas como
yo—. Eh, eh. —Sentí los dedos de Serguéy alzando mi barbilla, la cual no había notado que
estaba muy pegada a mi pecho—. No es nada ofensivo, nada que ver con tu físico. Yo solo me
refería a que las mujeres que van allí son chicas realmente duras, no son tan dulces como tú.
—No soy tan dulce como piensas. —Si quería chicas duras, yo podía ser dura. Sabía aguantar
golpes, solo me faltaba aprender a darlos.
—La mayoría sería capaz de romper el brazo de otra persona si fuese necesario.
—Podría hacerlo si alguien me enseñara la manera. —Su rostro se volvió serio de nuevo.
—No es cuestión de saber o de tener la suficiente fuerza física, Ella. Se trata de cargar con el
remordimiento y las consecuencias de haberlo hecho.
—Tener pelotas, quieres decir.
—Tener pelotas y muy mal genio —respondió con una pequeña sonrisa.
—OK. Entonces nada de aprender a romper brazos.
—Tú no te preocupes. Si hay que romperle el brazo a alguien, ya estoy yo.
—¿Y has roto muchos?
—Eres una cotilla, gorsnok dlya meda. —Mejor no preguntar lo que me había ldicho, que ya
me había llamado cotilla….
Serguéy pagó a la dependienta, que no dejó de sonreírle en todo momento. Antes de irnos, tuve
que hacerlo. Lo sé, soy mala, pero me apetecía sacar partido de mi situación. Así que me giré
rápidamente hacia la chica, le puse cara de «no te pases» y le solté:
—Deja de mirar así a mi marido. —Decir que la dejé congelada se queda corto. Ah, qué poco
cuesta ser feliz, porque, al menos yo, en aquel momento era feliz, condenadamente feliz.
Capítulo 18
Serguéy
Estaba a punto de subir a la moto, cuando el teléfono vibró en el bolsillo del pantalón. Al
sacarlo vi el nombre de Viktor en la pantalla.
—Cuéntame.
—Tenéis que daros un paseo hasta la central del Crystals. —Cada vez que Viktor me decía eso
era que tenía algo importante que decirme, así que, casi por reflejo, mis tripas se tensaron.
—¿Ocurre algo?
—No, solo quería que Ella tuviese en sus manos lo antes posible una tarjeta que le hemos
preparado. Ya sabes, para que pueda ir por ahí y hacer sus propias compras si lo necesita.
—Ya me estoy ocupando de eso. —Escuché el suspiro de Viktor al otro lado de la línea y no
me gustó nada.
—Serg, se supone que tiene que volver a una vida normal. Salir de una relación de control y
dependencia de un hombre para entrar en otra, no creo que sea bueno.
—Yo no…
—Serg, escucha. Si tiene que depender de ti para sus compras, si no sale a la calle sola, si no
explora por su cuenta… se convertirá en un pájaro enjaulado, y sabes lo que les ocurre a los
pájaros domésticos cuando escapan de la jaula. —Sí, lo sabía. Un animal domesticado
difícilmente sobrevivía en un ambiente salvaje. No sabría procurarse el sustento, no sabría
protegerse, acabaría muriendo. Solo los más fuertes, los que más rápido aprendían, eran los que
sobrevivían.
—Pero es demasiado pronto para sacarla de la jaula, Viktor. —Miré a mi espalda, donde Ella
estaba ojeando el escaparate de una tienda para darme privacidad para la llamada.
—No te estoy diciendo que debas sacarla, solo que dejes la puerta de la jaula abierta.
—De acuerdo, lo entiendo, pero…
—No te preocupes, tendré a alguien cuidando de ella.
—Iremos para allá.
—Os espero.
Colgué y volví mi atención hacia Ella. Estaba quieta frente al escaparate, con el asa del bolso
cruzado sobre su pecho y la bosa con las lanas bien aferrada contra ella. Odiaba reconocerlo,
pero las señales estaban allí. Cuando estaba sola se sentía insegura y tenía que coger confianza en
ella misma.
—Tenemos que pasar por el Crystals. Viktor tiene algo para ti. —Su rostro me devolvió una
pequeña sonrisa.
—Pues vamos.

Ella
Caminar por el centro comercial al lado de Serguéy me hacía sentir… poderosa. ¡Eh, mujeres,
miren al pedazo de hombre que me acompaña! ¿Saben que es mi marido? Envídienme.
En la distancia vi la peluquería a la que fui con Lena. En su exterior estaba la mujer con la que
hablé, rellenado un dispensador con publicidad. Cuando se giró hacia nosotros estábamos a unos
escasos cinco metros, desde donde pude ver cómo sus ojos me reconocían y después se abrían
desmesuradamente al ver a Serguéy.
—Hola.
—Ah, hola. Ella, ¿verdad?
—Sí. Siento si no recuerdo su nombre, pero creo que no nos presentaron.
—Error mío. Puedes llamarme Linette.
—Un gusto volver a vernos Linette.
—El placer es mío. —Sí, eso seguro. Podía ver cuánto placer sentía en aquel momento, porque
aparecieron dos pequeñas puntas rígidas que casi le perforan blusa. Creo que podía entrar en el
récord Guinness. Excitada de 0 a 100 en menos de tres segundos—. Bueno, ¿y que te trae por
aquí? ¿Pensaste en mi oferta? —Sí, esa oferta. El caso…
—Pues realmente veníamos a otra cosa. Serguéy y yo tenemos una visita que hacer, pero, ya
que lo dices, es posible que me interese. ¿Cuándo te gustaría hacer esa prueba?
—Oh, pues… —Miró hacia el interior de la peluquería—. Ahora sería un buen momento, si
tenéis tiempo, claro. —Ya, tenéis, por eso miraba fijamente a mi acompañante y no a mí.
—Vaya, no creo que mi primo pueda esperar tanto. ¿Te importaría si lo hacemos a la vuelta?
—Los ojos de Linette estaban haciendo chiribitas y podía entenderlo, había algo mejor que la
visión de Serguéy en jeans y camisa de algodón ajustada, y era escucharle hablar y ser la
receptora de su sonrisa. Totalmente bajabragas, como diría Amanda, mi antigua jefa. Ya la
querría ver yo delante de mí «marido».
—Ah, ¿tu primo trabaja en el Crystals?
—Sí, arriba, en seguridad. Perdona, no me he presentado. Serguéy Sokolov, el marido de Ella.
—Y ZAS, golpe directo a la articulación. Se dice eso cuando un luchador desestabiliza a su
oponente con una patada tan fuerte que lo deja inestable, ¿no? Pues eso. Su sonrisa vaciló una
milésima de segundo, pero aguantó el tipo valientemente.
—Linette Bousson, propietaria de Enchantée. —Señaló la peluquería con su mano, donde la
palabra Enchantée flotaba sobre el enorme ventanal del frente.
—Un placer, Linette. Entonces, si te parece, pasaremos por aquí a nuestra vuelta. No creo que
tardemos mucho.
—Os estaré esperando.
Serguéy y yo comenzamos a caminar en dirección a las escaleras que daban a la plata superior,
pero tuve tiempo para ver cómo Linette dejaba salir el aire de sus pulmones de manera
ensoñadora. Sí, bonita, suspira todo lo que quieras, pero de momento es mío.
—Parece una mujer agradable.
—Sí, ¿verdad? —Si él supiera…

Viktor
—Y esta tarjeta es de la fundación Blue Star. Con ella tendrás acceso a una cuenta en la que se
ha ingresado una cantidad de dinero para que dispongas de él mientras lo necesites. Ya sabes, para
los gastos que tengas hasta que puedas generar tus propios ingresos.
—Sois muy amables, pero…
—Sé lo que estás pensando. Y no, no es un regalo, es un préstamo. Cuando estés en
condiciones podrás devolverlo para que así ayude a otra persona en tu misma situación. —La
chica arrugó el morro de forma resolutiva. Sí, no me había equivocado con ella. Aún quedaba
orgullo allí dentro. Y eso era bueno, tremendamente bueno, porque con un poco de ayuda lo
conseguiría, vencería.
—Gracias. Espero no necesitarla, porque espero empezar a trabajar pronto. —Mi inquisitiva
ceja derecha se disparó al cielo al tiempo que miraba a Serg.
—Eh, parece ser que Ella tiene una prueba para trabajar en una peluquería aquí, en el Crystals.
—Sí, ahora eran mis dos cejas las que estaban compitiendo por llegar al techo.
—¿En serio? Eso sí que es moverse rápido y tirar bien alto.
—Aún no cantemos victoria, no tengo el trabajo.
—Yo creo que vas a conseguirlo. —Pues sí que tenía confianza mi primo Serg en la chica.
Definitivamente, me estaba perdiendo algo, pero ¿el qué?
Estuve espiando todo el tiempo por las cámaras de seguridad. Vi que entraban en el salón de
belleza de Bousson y vi a Ella sonriendo todo el rato. Realmente disfrutaba con lo que hacía. El
apretón de manos que se dieron al despedirse me dijo que la chica lo había conseguido. Lo que no
esperaba es que Serg saliera de todo esto con un nuevo corte de pelo. Pobre conejillo de indias,
porque mi primo no era de los que se preocupaba demasiado por su pelo. Tan solo dejaba que
Irina se lo cortase cuando lo tenía demasiado largo y se le metía en los ojos. El que se hubiese
dejado usar para eso solo me decía lo comprometido que estaba con ayudar a la chica. Ella no
sabía la suerte que tenía de haber encontrado a alguien como Serg.
Capítulo 19
Serguéy
¡Uf! En mi vida me habían dado un masaje de cabeza y sentaba de maravilla. El agua tibia, el
aroma a algo dulce y florar envolviéndome, los mágicos dedos de Ella haciendo un maldito buen
trabajo. ¿Dejar que me cortara el pelo? Podía ponerme un pendiente en la oreja si quisiera. Bueno,
no, eso mejor no, pero estaba en la gloria. Y el resultado no estaba mal. Puede que en el gim les
sorprendiera verme así, pero… no me quedaba mal. Después me quedé observando mientras
transformaba la imagen de la dueña del local bajo la atenta mirada de los otros estilistas. Sus
caras parecían decir que les gustaba el trabajo que estaba haciendo. Que le dieran el puesto no me
sorprendió. Mi mujer ya tenía su trabajo.
—Así que empiezas el lunes que viene.
—Sí, no quería parecer muy desesperada empezando hoy mismo.
—Sí, lo habría parecido. El lunes está bien. Así te da tiempo a descansar un poco.
—No necesito descansar.
—Sí, lo necesitas. —Podía engañar a otra persona, pero no a mí. Había visto todo lo que había
debajo de esa ropa y sé lo que puede llegar a doler todo lo que trataba de negar. Así que ni hablar,
iba a descansar y punto.
—No es por echarte, pero ¿no tendrías que ir a trabajar? —Miré mi reloj y sí, ya había
perdido demasiado tiempo.
—Sí, llego un poco justo. Llamaré para avisar que llegaré tarde y te llevaré a casa.
—Puedo ir sola. No te preocupes. —Dio un par de palmaditas a su bolso para recordarme que
ahora si tenía una tarjeta para gastar. Aun así…
—¿Estás segura? —Recuerda Serg, tienes que dejar la puerta de la jaula abierta y dejar que
ella salga.
—Claro. No tengo 6 años, puedo llegar a casa solita. —Asentí, metí la mano en el bolsillo y
saqué el manojo de llaves y un par de billetes.
—De acuerdo. Estas son las llaves de casa, la dirección ya la conoces y esto es algo de
efectivo, para que no tengas que ir a sacar dinero para el taxi.
—Aha.
—Llegaré a casa sobre las cuatro.
—Te prepararé algo de comer.
—Genial. Entonces hasta las cuatro. —Y ahí, justo en ese momento, me di cuenta de que
teníamos que despedirnos. En mitad del Crystals. ¿Cómo coño tenía que hacer eso? Así que me
acerqué, la tomé rápidamente y, con cuidado, deposité un pequeño beso en su frente. —​Cuídate.
—Lo haré. —Y me fui, no sin antes mirar un par de veces hacia atrás. ¡Mierda! Me sentía
como un padre que deja a su hijo el primer día de colegio.
Cuando llegué al gim, lo último que quería era escuchar los comentarios de nadie, así que
cuando Lucy me dijo «Bonito corte de pelo, Serg» solo gruñí y pase de largo.
—¡Eh, Serg! Cambio de look. —Estupendo, no podía ni ponerme la ropa de entrenamiento
tranquilo.
—Tenías que estar corriendo en la cinta, Nino.
—Vaya, ese peluquero te cortó el buen humor. —Me quedé clavado, mirando al suelo. En un
segundo, el recuerdo de los dedos de Ella masajeando mi cuero cabelludo me pusieron una
sonrisa estúpida en la cara.
—Nop, la peluquera estuvo muy bien. —Nino se paró delante de mí, obligándome a mirarlo.
—Peluquera, ¿eh? Ahí hay un plan o algo.
—Mi plan con la peluquera no tiene que preocuparte, pero sí el que tenemos tú y yo ahora,
chaval.
—Tirano.
—Lo sé. A trabajar. —Cerré mi taquilla y le golpeé el hombro para que caminara delante de
mí.
Como auguré, Nino no fue el único en tocarme las pelotas con lo del corte de pelo. Creo que
saber que había alguien en casa, esperando mi vuelta, me mantuvo con los ojos pegados al reloj.
Otros días no me importaba demorarme en la salida, pero esta vez estaba decidido a no hacerlo,
para alegría de Nino y Lucas. Fue escuchar el «Se acabó por hoy. A las duchas» cuando se dieron
cuenta de que la liberación había llegado. No me quedé a apreciar sus muestras de felicidad, solo
me fui a los vestuarios, para ser el primero en pasar por el agua y jabón. Ya estaba casi llegando a
la puerta de salida del gim, cuando la voz de Lucy me hizo girarme hacia la recepción, donde ella
estaba. O debería estar, porque salía de detrás del mostrador para ir a mi encuentro. Nos
detuvimos, uno frente al otro, en mitad del hall de entrada.
—¿Qué sucede, Lucy? —Me sonrió de esa manera que siempre hacía, entre dulce y picante,
más picante que dulce, para ser exactos.
—Tienes que firmar unos documentos. —Sí, puse los ojos en blanco antes de tomar los papeles
que tenía en sus manos y caminar hacia la recepción para apoyarlos en la superficie plana y
firmar. Me estiré para coger un bolígrafo de la parte de atrás y busqué las líneas de puntos. Los de
la oficina era unos pesados con tanta firma, pero era imposible librarse de ellos, porque, según
dijo Viktor, cada una de esas firmas me mantenía en ese país. Una puñetera nómina, eso era todo.
Menos mal que la oficina estaba en otro de los edificios de los Vasiliev, porque tenía ganas de
pasarme por ella y decirles que podían mandarme esos papeles una vez al mes, y no todas las
semanas.
—Listo. ¿Algo más? —Me giré hacia Lucy, para encontrarla con la vista clavada en mi trasero.
—Había pensado… que hace mucho que no tenemos un ratito para jugar los dos. —En otras
palabras, un polvo rápido en alguna parte. Sí, eso era todo lo que nos quedaba. Del último
hacía… tres meses al menos. Sí, soy un puñetero monje.
—No va a ser posible. Ahora estoy ocupado. —Se mordió el labio inferior sugestiva.
—Ya sabes que puedo esperar a que no lo estés. —Le entregué el bolígrafo y me dirigí a la
puerta.
—Tengo que irme. Adiós, Lucy.
Cuando llegué a casa, lo primero que hice fue meter las manos en el bolsillo para sacar las
llaves. Es curioso lo que hacemos por costumbre. Llamé a la puerta y Ella abrió después de un
momento. Lo primero que me golpeó fue un olor intenso que hizo que mis tripas gruñeran.
—¿A qué huele? —Ella sonrió y caminó delante de mí hacia la cocina.
—Verduras con arroz y pollo. —Al llegar a la mesa me la encontré preparada para dos
comensales—. ¿Tienes hambre?
—Ahora sí. —Me senté en la silla que me indicó y fue en busca de una cazuela que posó cerca
de mí.
—No sé si todo esto entra en la categoría de comida sana, pero no me diste unas pautas, así
que improvisé. Tendrás que darme unas directrices para la próxima vez. —Tenía la nariz casi
metida en la comida, pero es que no podía evitarlo.
—¿Qué usaste? —Estiró la mano para enumerar con los dedos cada ingrediente.
—Veamos: ajo, tomate, champiñones, judías verdes, arroz y pechuga de pollo. ¡Ah! Y una
cucharada de aceite de oliva. Paré a comprarlo de camino. Dicen que es más sano que el aceite de
semillas o la mantequilla. —Vaya, se había molestado en investigar las cualidades de ese
ingrediente en particular.
—¿Nada más?
—Una pizquita de sal. ¿Se puede, verdad?
—No en exceso, pero sí. —Extendí mi plato hacia la cazuela.
—Echa aquí, vamos a probarlo. —Hidratos de carbono, fibra, proteínas… Lo tenía todo y
además olía bien. ¡Oh, vaya! Y sabía tan bien como olía.
—¿Te gusta?
—Muy bueno —respondí después de tragar lo que me quedaba en la boca.
Terminamos con todo y juro que me quedé con ganas de más. Soy un pozo sin fondo, he de
reconocerlo, menos mal que lo quemo con el ejercicio.
—Puede que me quedara corta con la cantidad.
—No pasa nada, así empezaremos el plan de dieta y ejercicio. El secreto de una dieta no solo
son los alimentos, sino la cantidad.
—¿Empezarás ya a trabajar conmigo? —Se la veía tan ilusionada…
—Dejaremos que la comida se asiente y después nos ponemos a ello, ¿de acuerdo?
—Bien. Iré recogiendo y limpiando todo esto. —Sí, mejor, porque yo no me podía mover.
¿Estaría mal si me recostaba en el sofá unos minutitos? Cuando estaba a punto de llegar a mi
destino, encontré algo sobre la mesilla que me dejó sorprendido. ¿Qué demonios era eso?
Capítulo 20
Serguéy
Me había quedado clavado en el suelo, como una estaca sobre el corazón de un vampiro. Ella
se dio cuenta.
—Sé que no están muy bien, pero estoy algo oxidada. Llevaba años sin hacer algo parecido.
Pero ya sabes, hay cosas que nunca se olvidan, como montar en bicicleta.
Me agaché hasta que mis ojos estuvieron lo suficientemente cerca para apreciar todos los
detalles. ¿Había hecho eso en lo que yo había estado trabajando? Además de ir de compras y
hacer la comida. No se limitó solo a comprar el aceite, esos pequeños zapatos de lana tenían
botones, ¡botones!
—Son… bonitos. Creo, yo no entiendo mucho de estas cosas. —Pero seguro que tenían un
trabajo de la leche.

Ella
¡Joder, y dijo que iba a ser suave conmigo! Habíamos hecho hueco en el salón para que
pudiese hacer mis ejercicios. Allí es donde iba a morir. Tenía el corazón a dos centímetros de
salir de mi boca, mis pulmones a punto de reventar y mi cuerpo era un único e intenso grito de
dolor. No, no me dolía, se había convertido en el dolor, así de simple. Pero, ¡eh!, si tenía que
sacarle algo bueno era que tenía a Serguéy a mis pies, aguantando mis pantorrillas mientras yo
luchaba por hacer una abdominal más. Podía estar hecha un asco, sudada, roja y a punto de morir
por un paro cardíaco, pero lo haría con unas vistas inmejorables. Serguéy en pantalón corto y
camiseta de tirantes. ¿Saben que está tatuado? ¡Oh, sí, lo está! Y le queda de fábula sobre ese
cuerpo. ¿Motivación? Quien la necesita teniendo esto ante tus ojos.
—Y esta es la última. —Me dejé caer de espaldas al suelo, estirando mis pesados brazos por
donde pudiese. ¿Hablar? Dejémoslo para más adelante, mi boca estaba muy ocupada llevando aire
a mis pulmones—. ¿Podrás llegar a la ducha?
—Luego. —Serg me palmeó la pierna y se puso en pie para tenderme una mano y tirar de mí.
—Luego no podrás moverte. El agua caliente relajará tus músculos. Vamos. —Me puso en pie
de un tirón. Sí, me puso, porque era imposible que yo colaborara mucho ahí.
—Tenías razón. —Su ceja se levantó al tiempo que sonreía. Me giré para ir derecha al baño.
—¿En qué?
—En que te odio, mucho. —Escuché su risotada mientras huía como una cobarde del centro de
torturas. Pero lo hacía sonriendo.

Serguéy
¡Era la caña! La dejé agotada hasta los huesos y encima tenía ganas de bromear. Cierto que
cuidé mucho de no ejercitar las partes que tenía magulladas y doloridas, pero, aun así, la hice
trabajar a fondo. Mentira, cuidé mucho de no sobrepasarme con ella. Estaba golpeada y su cuerpo
no estaba acostumbrado al ejercicio físico, por eso fui despacio y sin pretensiones, solo con la
intención de averiguar dónde estaban sus límites.
Escuché la vibración del teléfono por la recepción de un mensaje. Al comprobar de qué era, no
pude evitar marcar el número de Andrey.
—¿Así que ya estamos oficialmente casados?
—Desde hace dos horas.
—Bien. ¿Sabes algo sobre la orden de alejamiento?
—Sííí. —Cuando Andrey daba esas muestras de divertida satisfacción era que la cosa había
sido como él esperaba o mejor.
—Cuéntame.
—Entregada esta misma mañana en la central de policía delante de un buen grupo de
compañeros. Por lo que sé, quedó bien claro que era una «orden de alejamiento».
—Me habría gustado ver su cara.
—Y a mí, pero no se puede tener todo en esta vida. ¿Qué tal lo lleva tu señora esposa?
—Mejor de lo que pensábamos.
—Viktor dice que si sale de esta, no volverán a tumbarla.
—Va a hacerlo. Estoy convencido.
—Bien. Ah, si te llama Lena, es porque está organizando una cena familiar para celebrar tu
boda.
—Pero es ficticia, Andrey.
—A estas alturas, ya tenías que saber que a mi hermana eso le da igual. Cualquier excusa es
válida para celebrar.
—Sí, algo así me imaginaba.
—Tú por si acaso, además de hacerte el sorprendido, ve buscando ropa elegante para esta
noche.
—Miraré en el armario.
—Sí, ve desempolvando el esmoquin que te compraste para la cena de aniversario de mis
padres.
—Era alquilado.
—Ah, mierda. Eso tenemos que arreglarlo. Como se entere Lena, la has cagado.
—No voy a….
—Tú no te preocupes, yo me encargo… y enviado.
—¿Has enviado qué?
—Robin se encargará de recoger a tu chica y llevarla a casa de… ¡Joder! Paso de hacer
planes, Lena ya se ha metido de por medio.
—¿Pero qué mierda estás haciendo?
—Pues estaba manteniendo una conversación con Robin, pero ha hecho un grupo o algo así,
porque ahora están metidas Katia, Lena y mi madre. Yo no puedo con estas mujeres. —Sí, era una
idiotez reírse del pobre Andrey cuando todo este alboroto me acabaría golpeando en la cara, pero,
en fin, era divertido mientras le tocaba a otro.
—Me estáis dando miedo todos vosotros.
—Somos Vasiliev, nosotros nos movemos rápido, ya lo sabes.
El timbre de la puerta sonó en aquel momento y me encaminé a abrir. No necesité mirar por la
mirilla para ver quién era, Andrey me lo dijo.
—Robin está en tu puerta.
—Menudo control. Corrijo, no me dais miedo, me dais muuuucho mucho miedo. —Abrí la
puerta y me encontré a una sonriente Robin con su pequeña dormida dentro de una de esas
mochilas portabebés.
—Hola, vengo a por tu mujer.
—Se está duchando, le avisaré de que has venido a buscarla. —Andrey seguía al otro lado del
teléfono.
—Bueno, en quince minutos paso a recogerte.
—No, que tengo que ducharme.
—Pues hazlo rapidito. Nos vemos. —Y colgó.
—¡Pero qué cosa más cuqui! —Robin tenía las botitas de lana en sus manos como si fueran de
caramelo.
—Ah… hola. —Mi mujer, ahora ya oficial, apareció por la puerta con su pijama de… ¿Qué
carajo era eso?
—Hola, soy Robin, la mujer de Andrey. He venido a buscarte.
—¿Buscarme?
—Sí. Esta noche tenemos celebración de boda. Así que voy a secuestrarte, como buena dama
de honor que soy. —Espera, espera, de eso yo sabía algo.
—¿No es la novia la que escoge a sus damas de honor? —pregunté.
—Si fuese una boda convencional, sí. Pero es una boda Vasiliev, no somos convencionales
precisamente. —Estaba a punto de decir que esta era una boda falsa, pero creo que toda la familia
ya estaba al tanto, ¿o no?
—Robin, esta boda no es…
—¡Ah, calla! No le quites gracia a la cosa. Yo me casé en una habitación de hospital, así que
no vas a quitarme una boda con tarta y banquete, aunque no sea la mía. —Vale, esa era mi señal
para cerrar la boca y largarme de allí pitando.
—Voy a ducharme, Andrey viene a buscarme en… —miré el reloj— diez minutos.
—Pues ya estás perdiendo el tiempo. —Empecé a caminar hacia el baño, deteniéndome junto a
Ella.
—Vas a estar bien. No te preocupes. —Deposité un pequeño beso en su frente y seguí mi
camino.
—Pues claro que va a estar bien. Oye, ¿hiciste tú estos zapatitos?
—Sí, son para el bebé de Katia. ¿Tú quieres unos para tu pequeña?
—¿Lo harías? Oh, genial, pero algo más femenino, ya sabes, mi nena es muy presumida.
El resto de la conversación, gracias a dios, me la perdí. Ay, no envidiaba a Ella. Mis primos
iban a ser algo más calmados que esta jaula de grillos. Sí, jaula de grillos. Robin, Lena… no, no
me daba envidia, más bien pena, pobre. En qué manicomio la he metido.
Capítulo 21
Serguéy
El dependiente me estaba atando la puñetera pajarita al cuello, mientras yo intentaba no
moverme.
—¿Al final averiguaste lo que significaba lo del cuarto creciente? —Viktor levantó la vista del
teléfono y me sonrió.
—Las mujeres y sus claves. A ti también te intrigaron, ¿verdad?
—Soy curioso, sí.
—Pues parece ser que hay una creencia que viene a decir algo así como «si el bebé nace en
cuarto menguante, el siguiente es igualante, si nace en creciente, el siguiente es diferente». En
resumen, mi Tasha nació con la luna en cuarto creciente, luego su hermanito será niño.
—¿Y tú crees que eso funciona? —Viktor estiró el cuello.
—Cuando vea la ecografía, te lo diré. —Viktor y su pragmatismo.
El asistente se retiró y me dejó frente al espejo para que apreciara cómo me quedaba el
esmoquin. ¡Vaya, sí que estaba elegante!
—Nada como Armani para hacer brillar a un hombre.
—¿No es la mujer que lleva colgada del brazo? —respondí a Andrey mirándole de soslayo.
—¿Crees que no brillábamos antes de tener a nuestras chicas? Lo hacíamos, hombre. La mujer
correcta a nuestro lado es la guinda del pastel —dijo Andrey con una leve sonrisa.
—Lo que aquí mi hermano quiere decir es que si pones una mujer excepcional al lado de una
piltrafa de hombre, al tipo se le verá menos aún. Es como esos vejestorios que llevan al lado una
chica despampanante, lo primero que piensas es que está a su lado por el dinero, y uno no suele
equivocarse. Pero cuando la mujer en cuestión va al lado de un tipo como nosotros… lo primero
que piensas es que tienen que quemar las sábanas cada noche.
No pude evitar pensar en lo que diría la gente al vernos a Ella y a mí juntos. Ella no tenía un
cuerpo de modelo y yo… parecía un chico de anuncio de calzoncillos. Seguro que pensarían que
estaba con ella por su dinero o cualquier otra estupidez. La verdad, mi mujer era una persona
amable, con un gran corazón y sentido del humor. Pese a todo lo que había padecido, aún tenía
ganas de reír y eso decía mucho de ella y su carácter. Las personas solemos imaginarnos con quién
querríamos estar en los buenos momentos, pues yo sé que me gustaría tenerla conmigo en los
malos, porque es de esas personas que mantienen tu ánimo arriba, no con palabras de aliento, sino
poniendo una sonrisa en tu cara; esa era su arma, sonreír. Y eso, sin duda, es mucho mejor que
tener al lado a alguien a quien debes arrastrar para salir del agujero, o alguien que se niega a salir.
Ella sería quien, cada vez que resbales, diría: «tú sí que sabes tropezar con elegancia».
—¡Joder! —Volví la vista hacia Andrey, que miraba la pantalla del teléfono con el ceño
fruncido.
—¿Qué ocurre? —Viktor se acercó a curiosear lo que llamaba la atención de su hermano.
—En buena hora metimos a Lena en todo esto. —¡Ah, dios! Tenía que preguntar.
—¿Qué ha hecho? —Viktor tenía la nariz muy cerca de la pantalla del teléfono de Andrey, con
los ojos abiertos como bocas de metro.
—Esto tiene que ser una broma. —Andrey se ocupó de contestar a la pregunta.
—No, no tiene pinta. De momento, me ha tocado oficiar de nuevo la boda. —Viktor se
enderezó antes de mirarme.
—Bueno, si inmigración se pone a investigar vuestro matrimonio, no va a poder decir que
hicisteis una chapuza.
—Me estás asustando. —Me acerqué para ver aquello, pero Andrey se guardó el teléfono en el
bolsillo con rapidez.
—Ah, Ah. Tú no puedes ver estas cosas. Tendrás que esperar a medianoche.
—¿Por qué medianoche?
—Y yo que sé. Las hormonas de embarazada de Katia, la boda exprés en una habitación de
Robin… Lena y su manera de hacer las cosas a lo grande… Ya ni quiero saberlo. —Viktor pasó su
brazo por mis hombros y me sacudió.
—¡Eh! Somos Vasiliev, arrollamos con lo que nos pongan por delante.
—Solo soy un cuarto de Vasiliev. —Viktor soltó una carcajada.
—Ser Vasiliev no se cuantifica por porcentajes. Es como estar embarazado o muerto, lo estás o
no lo estás, pero no puedes estar solo un poco. —Andrey estaba de nuevo mirando el teléfono.
—¿Sabes algo de unos patucos muy cuqui? —Solté una carcajada. Sí, esta vez, yo sabía algo
que estos dos pagarían lo suyo por conocer.

Alvin
¡Maldita perra! Una puta orden de alejamiento, me había enviado una orden de alejamiento.
Los compañeros de la central tenían material para reírse de mi durante una buena temporada. Era
el maldito payaso de toda la estación y encima estaba convencido de que dañaría mi imagen de
cara al ascenso que estaba buscando.
No había tenido bastante con largarse de aquella manera, sino que me humillaba delante de mis
compañeros y amigos. Me costó un triunfo hacerles creer que Estrella se había excedido, que no
había causa real para aquella orden de alejamiento, que no era tan grave… pero somos policías,
todos sabemos lo que hay detrás de una. No me importó hacerme pasar por la víctima en todo
aquello, pero no pensaba serlo. Estrella y sus amigos iban a pagar por ello. Iba a encontrarla y
terminar con esa relación como debía ser terminada, siendo yo el que dijera la última palabra.
Iba a localizar a Estrella Martinez, iba a dejarle claro que nadie me desobedecía y luego
dejaría que me suplicara por su vida. Soy Alvin Sanders, acepto los desafíos y los gano, sea de la
forma que sea. Mi padre me enseñó que un hombre asciende tan alto como personas ha de pisar
para llegar arriba, y Estrella estaría siempre debajo de mí.
—Buenas tardes, señorita. Soy el detective Sanders, del distrito doce. Quisiera localizar a un
juez, para solicitar una orden.
—Por supuesto, detective, ¿cómo se llama el juez? —Le tendí los datos a la funcionaria
pública y ella tecleó la información en su terminal. Cuando vi su ceño arrugado, supe que algo
andaba mal.
—Lo siento, detective, pero este juez no opera en Miami.
—Puede que lo haga fuera de la ciudad.
—No, este juez no opera en este estado.
—Vaya, ¿está segura? —Estiré el cuello para poder mirar por encilla del monitor, pero ella lo
giró para evitarlo.
—Lo siento, pero no puedo facilitar ese tipo de información.
—Disculpe. Quizás me dieron mal los datos.
—Seguramente.
—¿Podría darme un listado de los jueces que operan en el distrito? Quizás encuentre a otro al
que pueda solicitar mi orden.
—Por supuesto.
Recogí el papel impreso y salí de la oficina. Podías ponérmelo difícil Estrellita, pero iba a dar
contigo. Y entonces…

Ella
Era imposible mirarse al espejo y no dejar que tu imaginación volara. Un vestido de novia,
estaba metida dentro de un vestido de novia y me sentía… hermosa. Quién lo iba a decir, yo
Estrella Martínez… No, espera, Ella Sokolov, era Ella Sokolov. Para Ella, todo era posible,
incluso estar casada con un hombre como Serguéy. Y no, no solo era por el físico, Alvin también
me pareció muy atractivo en su momento. No, era por lo que había en su interior. Era bueno, de los
que se preocupan por los que tienen cerca, de los que se indignan por las injusticias y se implican
para combatirlas, de los que cuidan, de los que protegen, de los que… ¡Porras! Ella, es temporal,
es mentira… No te enamores de él, no lo hagas. Porque para él no eres más que una pobrecita
mujer maltratada a la que ayudar. Sí, es agradable contigo, pero porque está en su naturaleza serlo.
Los hombres como él no se enamoran de mujeres como tú, Ella. No lo olvides. Sentí una lágrima
asomarse a mi párpado derecho, pero no iba a dejarla salir.
—Lo sé. Verse así vestida te llega al alma. —Katia estaba parada a mi lado, mirando el reflejo
frente a mí.
—Es un vestido precioso —dije.
—Es solo tela, lo que importa está dentro, mucho más adentro. —Noté como acariciaba su
tripita incipiente y me incliné para tocarla yo también.
—Tú sí que sabes de lo que hablas. —Me miró y soltó una risotada.
—Sí, totalmente.
—¡Ya están aquí! —Lena entró en la habitación en aquel momento, exaltada como una
colegiala antes de ir al baile de graduación. Mirna, su madre, entró detrás de ella más calmada.
—Lo que la loca de mi hija quiere decir, es que los chicos ya van camino del jardín. —Robin
me cogió de la mano y me arrastró hacia la ventana. El jardín de los Vasiliev era precioso, aunque
ahora, a unas horas del atardecer, tenía esa luz mágica que lo hacía aún más hermoso. Paul, el
mayordomo de Robin y Andrey, se había encargado de decorarlo todo con flores y preparar un
lugar para la ceremonia. Había sido divertido ver a Robin y a Paul unificar criterios hasta
alcanzar lo que ellos creían que era perfecto.
—¿No están guapos? —suspiró Robin a mi lado. Tenía que reconocerlo, a esta distancia todos
aquellos hombres, vestidos de esmoquin, parecían auténticos modelos de pasarela. ¿Es que no
había ninguno feo? Si hasta el más madurito tenía buena planta. Esa Mirna, qué suerte tenía. Un
hombre de esa edad, en tan buena forma, que la seguía amando con locura. ¿Quién no sentiría
envidia?
—Los músicos ya están en su sitio. —Lena señaló el lugar donde en el que estaban sentados
tres violines y un chelo. ¿Se dice así, no? No soy muy de música clásica ni de conciertos.
—¿Estás lista? —Katia me tomó de las manos y yo asentí hacia ella—. Bien. Robin, da la
señal. —Robin cogió su teléfono y empezó a teclear.
—Algo bueno tiene que Sara esté en la planta de abajo, espero que con la cabeza fuera del…
—¡Robin! —Katia interrumpió a Robin.
—¡¿Qué?! La pobre está más tiempo vomitando que andando.
—Qué poco te acuerdas de lo tuyo. —Una suave música llegó desde el jardín y todas nos
pusimos en alerta.
—Es nuestra señal —aclaró Mirna.
Una a una, nos pusimos en fila y salimos hacia el jardín. Cuando estaba ante las puertas
francesas, desde las que nacía un camino de velas blancas, tuve que detenerme para tomar aire.
Sentía los pelos de mis brazos ponerse de punta y un escalofrío recorrer todo mi cuerpo.
—Pachelbel, Canon en D Major. Por si quieres recordarlo. —Miré a Katia y asentí. Tomé aire
y avancé hacia mi marido.
Capítulo 22
Serguéy
Allá vamos. Es todo lo que pude pensar cuando la música empezó a sonar. Realmente no sabía
ni qué hacer ni a dónde mirar, así que busqué algo en lo que centrarme, hasta que la vi aparecer
por el camino iluminado.
No sé qué aspecto tendrán el resto de las novias, pero ella… ¿Cómo explicarlo? Su sonrisa era
una mezcla entre dulce y triste, imposible no derretirse cuando te miraba así. Pero sus ojos tenían
aquel brillo… auténtico, calmado, reconfortante. Era como esa sensación cuando llegas a casa y
dejas todo lo demás fuera; problemas, ruido, cansancio. Llevas todo el maldito día deseando
llegar a casa, a tu refugio, a tu lugar… No sé cómo explicarlo mejor.
Tomé aire y esperé a que llegara hasta mí.
—Otra vez aquí —puntualizó Andrey.
—Dicen que la práctica lleva a la perfección —dijo Ella. ¿Lo ven? ¿Cómo podía alguien no
sonreír con ella cerca?
—¡Eh! La primera vez no lo hice tan mal.
—Más te vale alargarla un poco más esta vez o tu mujer te corta las pelotas por no darle una
boda como dios manda —le susurró Viktor a su hermano.
—No les valía con tocarnos las narices con lo de la medianoche, que luego nos han metido
prisa porque la luz del atardecer quedaba mejor en las fotos. No se deciden y encima quieren que
yo…
—¡Empieza de una vez, Iceman! Se nos va la luz —gritó Robin desde su puesto,
interrumpiéndole. Andrey puso los ojos en blanco, pero sonrió.
—Toda la familia Vasiliev se ha reunido aquí, además de para celebrar la boda de Serguéy y
Estrella, para alegrar los corazones de aquellos a quien más amamos… —miró a Robin y esta le
lanzó un besito con la mano—. Y para aprovechar la experiencia de Paul, aquí presente,
organizando bodas en mi jardín. Espero que no se convierta en costumbre, quedáis avisados. Dos
es mi tope… —Se escuchó un pequeño gritito enojado de Robin, supuse, y Andrey, listo como es,
decidió rectificar—. Salvo para la renovación de mis votos con mi esposa, que si ella lo desea
será aquí, aunque yo había pensado hacerla en alguna playa paradisíaca.
—Deja de divagar Andrey, ve a lo importante. —La protesta de Lena llegó desde el público.
—Serg y Ella, el destino os ha traído hasta aquí para uniros bajo un mismo nombre, Sokolov, y
para haceros más fuertes. Ella, al casarte con Serg, no solo él cuidará de ti. Por si no te has dado
cuenta, has entrado a formar parte de la familia Vasiliev y eso implica que todos te cuidaremos. —
Se oyó cómo alguien se sonaba la nariz y, a parte de algunas risillas, se escuchó la voz de Nick.
—Es culpa tuya, Andrey. Sara está muy sensible con el embarazo. ¡Auch! Pero es verdad
swetty. ¡Auch! Vale, vale, me callo. —El pobre Nick se frotaba el brazo como si los manotazos de
Sara realmente le doliesen, pero su enorme sonrisa le contradecía.
—Abrevia, tío Andrey, tenemos hambre —gritó Dimitri, que recibió un pescozón por parte de
su madre.
—Por el poder que me ha concedido el estado de Nevada, y, lo siento, no consigo recordar la
iglesia esa, yo os declaro marido y mujer. Ya está, a cenar, que se enfría. —Dimitri gritó con los
brazos en alto, pero tuvo la precaución de hacerlo mientras corría bien lejos de su madre.
El cuarteto de música volvió a tocar y la gente empezó a dispersarse. Solo quedamos Ella y yo,
que permanecíamos parados allí, con las manos entrelazadas. Lo sé, la estaba mirando como
esperando… algo.
—Eh… creo que estuvo mejor que la vez anterior.
—Sí, pero no pienso repetir para ver la evolución de Andrey con esto de las bodas.
—Sí, mejor paramos con esta. Si le dejas, la próxima es capaz de venir disfrazado de Elvis. —
Me salió una carcajada tan enérgica que todo mi cuerpo se convulsionó. Elvis, por dios, que
imaginación. Cuando pude controlarme, me incliné y le di un besito rápido en los labios, agarré su
brazo con el mío y nos llevé a la mesa. ¡Jesús y todos sus apóstoles! ¡Elvis! Ah, mierda. Ahora no
podría sacarme esa maldita imagen de la cabeza en toda la noche.

Ella
Pues menos mal que Serguéy me llevaba del brazo, porque no estaba segura de si mi persona
seguía totalmente operativa. ¿Se había dado cuenta de lo que había hecho este hombre? ¡Me había
besado! No es que hubiera sigo algo pasional, pero, ¡demonios!, era un beso. ¿Roja? Como si me
hubiesen sumergido en agua hirviendo.
Sentí un tironcillo en la falda y al mirar hacia abajo vi a Tasha levantándome las manos. Me
incliné y la alcé para acomodarla en mi cadera.
—Hola, tesoro —La niña me acarició la cara y después continuó con uno de los mechones de
mi pelo.
—Guapa.
—¿Tú crees? —Le di un sonoro beso en su papo regordete—. A mí me parece que tu vestido
es más bonito que el mío. —Cogió el bajo de su falda y lo levantó para que lo viéramos mejor las
dos, o eso creo. Después se abalanzó sobre mi cuello y me regaló uno de esos abrazos que rompen
cuellos. Cuánto había echado de menos eso.
—Oh, mira cómo te está poniendo el vestido este diablillo.
Ahí llegaba Mirna para coger a la pequeña y sacarla de mis brazos. Tampoco es que durara
mucho en los brazos de su abuela, porque enseguida echó a correr en dirección a la mesa. Noté
unas pequeñas sacudidas en la cadera y al mirar vi a Serguéy inclinado con un pañuelo en la mano
intentando quitarme la tierra del vestido. ¡Oh, mierda! Los hombres normalmente no hacía esas
cosas, a no ser… ¡No! Tenía que ser eso. No le daba importancia al beso que me había dado antes,
se preocupaba por mi vestido, era atento y detallista, no se le iba la vista detrás de las mujeres…
Solo había una explicación, Serguéy era gay. No existían heteros así.
—No sale del todo.
—No… no te preocupes, no tengo pensado volver a usarlo más veces.
—Pero una novia tiene que estar perfecta el día de su boda.
—¿Y quién dice que no lo estoy? —Me puse una mano en la cadera y me ladeé un poco, como
si llevara puesto un traje de alta costura y fuese una modelo de Victoria’s Secret. Él me sonrió y
me tendió la mano.
—Será mejor que nos demos prisa, antes de que Dimitri empiece a atacar la tarta.
La cena estuvo bien, hasta que estos chicos rusos empezaron a liquidar botella de vodka tras
botella. Pueden tener mucho aguante, pero cuando un hombre empieza a hablarte en ruso como si
lo entendieras era que había llegado al momento de dejar de beber.
Capítulo 23
Serguéy
Sentía que la cabeza me iba a reventar y desparramarse sobre la almohada. Resaca, ¿cuánto
hacía que no pillaba una de estas? Creo que desde que pasé al segundo puesto en los juegos
europeos en… Ugh, no podía pensar, me dolía como nunca. Y debió ser una noche épica, porque
no recordaba cómo había acabado en una cama desconocida y abrazado a un cuerpo caliente. Era
una mujer, porque mi mano estaba bien posada sobre una teta bien grande, como a mí me gustan,
y… nada de silicona. Abrí un ojo para ver unas caderas rotundas, cabello castaño y… ¡Oh, joder!
Aparté la mano con tanta rapidez, que creo que la saqué de su profundo sueño. ¡Mierda, Serg! ¿Te
has acostado con Ella? Me giré para quedar panza arriba y, al hacerlo, noté que no había sido
precisamente un buen movimiento. Buenos días, erección matutina. Levanté las sábanas para mirar
debajo. Al menos tenía los calzoncillos puestos. Mis ojos se fueron sin querer hacia mi costado,
donde topé con un trasero a medio cubrir. Subí la sábana rápidamente, antes de que la persona a
mi lado tuviese tiempo de advertir lo que había hecho. Y ya de paso, con el mismo disimulo,
doblé una rodilla, para poner una especie de muro protector entre Ella y mi pene.
—Supongo que tendrás un buen dolor de cabeza. —Su cabeza se giró para mirarme por encima
del hombro, arrastrando al resto de su cuerpo hasta que estuvo totalmente frente a mí. Espero que
pensara que el que tardase en responder fuese efecto de mi resaca, porque la verdad, no era ese el
motivo. A ver, resacoso, sí, pero no hasta el punto de no notar esas dos suculentas mamas
dirigiéndose hacia mí. Eran grandes, naturales y… ¡Basta!
—Me va a reventar. —Me pasé el brazo sobre los ojos, en parte para escapar de la fuerte luz
diurna que entraba por la ventana y en parte para alejarme de la tentación de seguir mirando las
tetas de Ella.
—Es normal.
—¿Tú no bebiste?
—Medicación, recuerdas —dijo con una sonrisa triste.
—Pues, perdona que lo diga, pero vaya una mierda de celebración.
—¡Eh! Estuvo genial —golpeó suavemente mi brazo.
—Soy ruso, es decir, somos rusos, si no consumes tu buena cantidad de vodka, no es una
celebración en condiciones.
—Tal vez la próxima vez —dijo encogiéndose de hombros.
—¿Boda o celebración? —retiré el brazo y giré mi rostro hacia ella.
—Lo que primero llegue.
—Bien. De bodas estamos servidos para una buena temporada, pero espero que me incluyas en
la próxima ocasión que tengas para celebrar algo.
—Por supuesto.
Volví a girar la cabeza sobre la almohada y me puse de nuevo el brazo encima de los ojos. No
quería preguntar, no quería preguntar… pero…
—¿Cómo demonios llegué a la cama? —escuché una risa ahogada y volví a mirarla otra vez.
—​¿Qué es tan gracioso?
—No recuerdas nada, ¿verdad?
—Dime que no hice el ridículo.
—Yo lo llamaría «integración en el grupo».
—¿Integración en el grupo? ¿Y qué demonios significa eso?
—Pues que todos los rusos estabais más o menos en el mismo punto. Ya sabes, cantando,
bailando… esas cosas.
—Seguro que ahora te arrepientes de haberte casado conmigo.
—¿Por qué piensas eso? —dijo seria.
—Soy un ruso patético, que ni siquiera sabe aguantar la bebida. Pero en mi defensa diré que no
soy de beber. Ruso, sí, pero atleta. Yo cuido mucho lo que me meto en el cuerpo.
—Era una fiesta, Serg, se suponía que por unas horas dejas de ser el de siempre y solamente te
diviertes.
—No me has contestado. ¿Cómo llegué a la cama?
—¿Cómo lo explico? Con todos los hombres borrachos, mujeres embarazadas y alguna
cuidando de los niños… las opciones eran muy limitadas.
—¿Cómo de limitadas?
—Digamos que tienes suerte de amanecer en una cama.
—No tengo la cabeza para andar con adivinanzas, Ella, dilo de una vez.
—La parte que pude, te arrastré, la otra, gateaste, y finalmente acabaste sobre la cama —
explicó con una gran sonrisa.
—¿Me quitaste tú la ropa?
—Tú no estabas muy por la tarea, así que lo hice, sí. —Ahhhhh, qué lindo, se puso toda roja.
—¿Hicimos… ejem… hicimos algo…?
—¡Por Dios, no! En cuanto caíste sobre el colchón, entraste en sueño profundo. Ah, y roncas,
que lo sepas —dijo entre carcajadas.
—¡Yo no ronco!
—Todo el mundo ronca, Serg, solo depende de la postura en la que te encuentres. Y ahora, si
me disculpas, voy a cumplir con la llamada de la naturaleza. — ¿Llamada de la naturaleza? ¡Ah,
joder! Se estaba meando.
Ella se puso de costado para salir de la cama, levantó la sábana y se encaminó hacia lo que
supongo sería el baño.
—Como se te ocurra reírte, te corto el pelo al cero mientras duermes.
—¿Reírme? —¿De qué coño…? Ella dio una sonora cachetada a su trasero, remarcando lo
tirante que quedaba la tela de su camisón en esa zona.
—Los camisones de embarazada no se diseñaron para traseros grandes. Solo tetas y barrigas,
nada de culos. —Ahora fui yo quien se rio a carcajada limpia. No necesitaba saber más, estaba
claro que aquel camisón era uno de los que Robin había usado durante su embarazo. ¡Ah, mi
cabeza! Pero ni por esas podía parar de reír.
Cuando el baño quedó vacío, aproveché a atender mi propia «llamada de la naturaleza», o
como se diga. Soy un tipo educado, le doy a cada uno su momento de privacidad cuando lo
necesita, y… tampoco era plan de ir y enseñarle a Ella mis cosas «privadas». Después de cargar
con un Serg borracho y meterlo en la cama, podía darle ese grado de confianza que se merecía,
pero no tanta.
Cuando salí de allí, Ella ya no estaba en la habitación. Así que me duché, me puse algo de ropa
encima, que no tengo ni idea de donde había salido, y bajé a desayunar a la cocina. Antes de llegar
allí, encontré a un Viktor aún dormido sobre el sofá, o eso pensé, hasta que Paul me preguntó qué
me apetecía desayunar.
—¿Queréis dejar de dar gritos por la mañana? —Sonreí mientras esperaba a que Paul me
acercara la leche y un trozo de bizcocho. No, no había miel para mí.
—Quejica.
—Ya, quejica. ¿Tienes idea de la bomba que tiene Andrey en ese bar? Casi 90˚, ¡que cabrón!
—No haberlo bebido.
—¡Já! Soy un Vasiliev. Si mi hermano Andrey puede, yo también. —Se levantó lentamente y
caminó hasta llegar a la mesa y sentarse a mi lado. Necesitó apoyar la cabeza en sus manos, pero
mantuvo la verticalidad.
—¿Qué desea desayunar?
—Café, mucho café —respondió Viktor alzando la cabeza hacia Paul.
—No creo que hoy puedas ir a trabajar. —Me miró con esa cara suya de duende travieso.
—Vasiliev, ¿recuerdas? Aunque tenga un brazo colgando, iré a controlar mis negocios. —Su
cabeza finalmente cedió y cayó sobre la mesa—. Aunque puede que hoy lo haga desde casa.
—Te estás haciendo mayor. —Viktor ladeó su sonrisa, algo que las chicas decían que era
maliciosamente sexy.
—Acabo de dejar embaraza a mi mujer de nuestro segundo hijo, yo no me llamaría viejo.
—Hay tipos de 70 que tienen hijos —apunté.
—No me toques las pelotas, Serg, así no tendré que cortar las tuyas. —Sonreí antes de beber
mi primer trago de leche caliente. No, sin miel no era lo mismo, pero era lo que había, así que
mordí un trozo de bizcocho y listo.

Ella
—¿De verdad que no necesitas que te lleve a casa?
—No, Robin me va a acercar después.
—Sí, Serg. Deja a tu mujercita con las chicas de la familia. Prometo devolvértela de una pieza
—añadió Robin.
No es que se fuera muy convencido. Se acercó a mí, me besó en la frente y se fue. ¿Recordaría
el beso de anoche?
—Bien, ahora que estamos solas, quiero que me pongas al día de todo. —Atacó Robin en
cuanto Serg desapareció de nuestra vista.
Capítulo 24
Ella
Hablar con Robin fue catártico. Expulsé mis miedos fuera y ella fue comprensiva, pero tampoco
me dio tregua. Robin es una persona fuerte, por dentro y por fuera. Me dijo que había sido agente
del FBI y que si necesitaba a alguien para patearle el culo a Alvin, ella se ofrecía voluntaria. No
ponía en duda de que pudiese hacerlo, pero… algo me decía que ese marido suyo, Andrey, se
pondría en su lugar antes que permitir que Alvin le respirase encima.
—Ojalá yo fuese tan fuerte como tú.
—No es cuestión de fuerza, bueno, un poquito sí, pero lo importante es saber cómo golpear y,
sobre todo, dónde.
—Ya me gustaría saber hacer ese tipo de cosas. De haberlo hecho, tal vez las cosas hubiesen
sido diferentes.
—Si algo he aprendido es que lamentar el pasado no te ayuda para mejorar tu futuro. Así que,
si quieres aprender a defenderte, aún estás a tiempo. Solo tienes que hacerlo.
—¿Crees que yo podría aprender a defenderme como tú?
—Igual, seguramente no. Yo estuve muchos años entrenando para llegar donde estoy, pero…
algunos trucos y algunos golpes… seguro que eso sí podemos hacerlo.
—¡Eso sería genial! ¿Me enseñarías?
—Pues claro, pero tendrás que prometerme algo.
—¿El qué?
—Que no le dirás nada a mi marido, ni a Viktor ni… Vamos, a ningún hombre de esta familia.
—¿Se lo tomarán mal?
—Uf, no sabes lo sobreprotectores que son los Vasiliev. Pero no me habría casado con uno si
no mereciese la pena. Así que, tú te vienes unos días a las clases de pilates de Katia y del resto
nos encargamos nosotras.
—¿Pilates? —Ahí me había perdido. ¿Desde cuándo el pilates era un método de defensa?
—Verás, Katia nos da clase de pilates dos veces por semana y yo lo remato con una clase de
lucha. Pero como te he dicho, de mi boca no ha salido nada de esto, ¿entendido?
—Sí, señora.
—Bien. Y ahora vamos a comprar lanas bonitas para los zapatitos de mi pequeña princesa.
Robin sacó de su minicuna a su pequeña Nika y la acomodó contra su pecho. Era una monada
de bebé, de esos con labios regordetes, papos achuchables. A sus escasos ocho meses, casi
siempre estaba dormida, como en aquel momento, y no parecía importarle el que la movieran de
un sitio a otro. Tenía unos ricitos dorados que enseguida me hicieron decidir el color que mejor
quedaría en sus pies.
—¿Es siempre igual de tranquila?
—Es una bendición de niña y eso me asusta muchísimo —respondió Robin tras besarle la
cabecita.
—¿Cómo que te asusta?
—Pues porque, según mi madre, yo era igual de tranquila y mira después el camino que llevé.
Definitivamente, si sale a mí, ya puedo ir preparándome. Va a ser el terror cuando cumpla 21.
—Aún queda mucho para eso.
—Eso es lo único que me consuela. Y ahora démonos prisa. Tengo trabajo que hacer en el
Crystals y quiero tomarme un café después de dejarla con Yurina.
—¿Quién es Yurina?
—Ah, es una de las niñeras que cuidan a los bebés Vasiliev allí en la guardería de Viktor.
—Pero si solo hay dos bebés, ¿cuántas tienen?
—Hay dos, una por las mañanas y otra por las tardes. Aunque a veces creo que necesitarían a
otra de refuerzo, Tasha es como Atila.
—Pero si es un encanto de niña.
—Ya, pero un encanto que no para quieto, revuelve, saca, pinta, corta… ¡Mira! Tener a Tasha
como hija me daría mucho más miedo. Sí, definitivamente, compadezco a Katia.
Cuando llegamos a la guardería, me sorprendió lo joven que era Yurina, ¿qué tendría, apenas
20? Pero cuando tomó a Nika en sus brazos, se notó que le sobraba experiencia acarreando bebés.
Bastaba con ver cómo la miraba para saber que Viktor había acertado con la chica. Los bebés
Vasiliev estaban bien cuidados allí.

Serg
No es habitual que pase de los quince kilómetros en la cinta de correr, pero ese día estaba
cerca de los veinte y todavía no había conseguido sudar todo el alcohol que tenía en el cuerpo.
¿Arriesgarme a pelear un poco con los chicos? Ni de broma. Mis reflejos no estaban al 100 % y
un golpe de Lucas podía tumbarme en la lona. Puedo soportar los golpes, pero los evito todo lo
que puedo; además, está mi ego. Que me golpeen no es bueno para mi reputación. El chico puede
creerse muy por encima de mí y eso minaría mi liderazgo. Tenía que seguir trabajando y
alcanzarme, y derribarme le haría pensar que lo había logrado, cuando realmente no es así, aunque
en un año…
Una sombra se paró a mi lado, miré por el rabillo del ojo y me encontré a Basili. Tenía mi
teléfono en la mano.
—Te estaban llamando. —¿Tan concentrado estaba que no me había dado cuenta? ¿Ven porqué
hoy no debía subirme al cuadrilátero? Cogí el aparato y vi que me había intentado llamar Viktor,
así que le devolví la llamada.
—Cuéntame.
—Uno de los hombres de Constantin Jrushchov desembarcó hace una hora en New York. —​
Obviamente, me dirigí a la calle. Necesitaba algo de privacidad para aquello y en el gim había
demasiados oídos.
—¿Viene para Las Vegas?
—Todo apunta a eso, pero lo raro es que ha venido solo.
—¿Qué quieres decir?
—Pues eso, no ha venido con Constantin Jrushchov, ni con ninguno de los hombres que
tenemos registrados en nuestra base de datos. Eso me hace pensar que hay alguien esperándole
aquí y ese alguien o ha escapado a nuestro radar o es del país.
Mi cabeza enseguida se puso en modo «zafarrancho de combate». La primera imagen que me
vino a la mente no fue la de mi hermana, sino la de Ella. Si el tipo venía a Las Vegas, Irina estaba
a salvo, de eso estaba seguro. Solo quedaba otra persona con la que coaccionarme y esa era mi
mujer. ¿Cómo mierda se habían enterado tan rápido? Ella había pasado su primera noche en casa
hace unos días y la boda solo se hizo oficial ayer. El viaje desde Rusia es al menos diecisiete
horas, contando con comprar los billetes, dar las órdenes… Estaba claro que todo se había hecho
muy rápido. Me vigilaban y desde muy cerca. ¡Hijos de puta!
—Voy por Ella. —Ya iba de vuelta a los vestuarios del gim para coger las llaves de la moto y
salir disparado.
—Iré preparando un lugar seguro para ella.
—Viktor, esta no es su guerra.
—No te preocupes, estará a salvo. Jrushchov no llegará hasta ella. —Colgué la llamada, abrí
mi taquilla, cogí las llaves y salí pitando de allí. Podrían ser casi siete horas de viaje de New
York a Las Vegas, pero no podía tomármelo con calma, con Ella no, era inocente en todo esto.
—Serg, ¿a d…? —No detuve el paso y sé que la miré con cara de asesino, pero no tenía
tiempo para Lucy.
—¡Ahora no! —Y desaparecí.
Capítulo 25
Ella
Me sorprendió que llamaran a la puerta, y he de reconocer que lo primero que sentí fue miedo.
Miré el teléfono, por si había algún aviso de los Vasiliev diciéndome que era uno de ellos el que
estaba en la puerta, pero no había nada. Existía la posibilidad, al menos en mi mente, de que Alvin
fuese el que estaba al otro lado de la puerta. Así que, después de dudar mucho, caminé sin hacer
ruido hacia la mirilla de la puerta. Había visto los anclajes de la puerta y sabía que, si no la abría,
quien estuviese al otro lado no podría derribarla. Tomé aire, me puse de puntillas y miré por el
agujerito.
—Ne govori mne, chto ty boish'sya menya, Serguey. Ya znayu, chto vy ishchete eto otverstiye.
El dedo de la mujer se posó sobre mi ojo y le dio unos golpecitos. No, definitivamente no era
Alvin y a quién buscaba era a mi marido. Debía de ser amiga suya. ¿Por qué lo supuse? Sabía
dónde vivía, hablaba en una lengua que podría ser ruso y escuché que le llamaba por su nombre.
Tomé aire y abrí la puerta, no podía dejar que el miedo me poseyera como cuando estaba en
Miami. Allí vivía encerrada, sin abrirle a nadie porque a Alvin no le gustaba que lo hiciera. La
rubia con cuerpo de modelo me miró con sorpresa.
— Tú no eres Serguéy. —Arrastraba las palabras mucho más que Serg, con un acento mucho
más marcado.
—No, no lo soy. —La mujer miró a un lado y sonrió.
—¿Cuidas su casa?
—No, no lo hago. Y dado que soy yo la que está a este lado, las preguntas debería hacerlas yo.
—Sí, un poco borde, pero no me gustó la forma en que me miró cuando insinuó que yo era la
criada de Serg. Pareció cambiar de táctica. Tendió su mano hacia mí y se presentó.
—Soy Natasha, una amiga de Serguéy. —La estreché con educación.
—Ella, soy su mujer. —Y sí, los ojos de la rubia despampanante se abrieron como ruedas de
camión.
—¿Mujer?
—Esposa, sí, estamos casados. —¡Ah, mierda! ¿Y si Serg no era gay y le estaba destrozando el
plan con la chica bombón aquí presente? Tampoco era plan de ponerse a preguntar si la chica y
Serg tenían o habían tenido ese tipo de relación…
—Ah, es una sorpresa. ¿No está en casa, verdad? —Estiró el cuello para intentar mirar a mi
espalda. ¿Qué se pensaba, qué le estaba tomando el pelo? Seguramente, sí. Aunque nuestro
matrimonio fuese real, parecía una broma. Mírennos, no pegamos ni con cola.
—No, no está.
—¿Podría pasar a esperar a que llegue? —Estaba a punto de dejarla entrar, cuando dijo algo
que hizo que me saltara la alarma—: Estoy impaciente de que me contéis esa historia mientras
tomamos un café juntos. —Café. Si era amiga de Serguéy, sabría que él no tomaba café. Me quedé
clavada en el sitio y alcé la mano para detenerla.
—Lo siento, pero será mejor que lo hagamos en otro momento. Me disculpo por ser una
grosera, pero ahora estoy muy ocupada. ¿Podrías llamarlo y quedar más tarde? —Justo ahí vi que
la había descolocado.
—Eh, claro, sí. —Alcé una ceja para dejarle claro que era momento de irse y, aunque pareció
dudar, no esperé a que lo hiciese, simplemente cerré la puerta y luego me aparté de ella como si
quemara. Ojalá no me hubiese equivocado, pero alguien dijo que es mejor pedir disculpas. Lo sé,
la frase es más larga, y es para otra situación, pero yo me quedo con esa parte.

Serg
Devoré el asfalto de camino a casa, mientras sentía como si mi corazón estuviese luchando por
escapar de mi caja torácica. Tenía que poner a Ella a salvo, lejos del peligro. Si estábamos
trabajando para alejarla de sus propios problemas, ¿cómo iba a permitir que la alcanzaran los
míos? Alvin no me gustaba nada, pero, aun sin conocerlo, lo prefería cien veces antes que a
Constantin Jrushchov.
Pasé por delante del edificio, directo al parking del sótano. No aminoré la marcha en ningún
momento y casi me empotro contra un coche estacionado en doble fila. Salté de la moto y corrí
hacia el ascensor. Estaba a punto a subir los doce pisos andando, cuando la puerta se abrió. Entré
y apreté el botón de mi plata como cinco veces. ¿Saben ese movimiento de balanceo que hacen las
personas cuando están impacientes? Pues ese era yo. Las puertas se abrieron y me di de bruces
contra unos vecinos que…
—¡Vaya, al fin llegaste! —No podía ser. La sangre se congeló en mis venas, pero mi cuerpo
reaccionó por instinto. Estaba a punto de lanzar un puñetazo, cuando el cañón de un arma se paró
frente a mis ojos.
—Niet. —El arma intimidaba, pero la cara de frío asesino del que la empuñaba tampoco se
quedaba corta.
—No creo que quieras montar una escena aquí. —La sonrisa de Natasha me hizo recapacitar.
Si me resistía, haríamos el suficiente ruido como para alertar a los vecinos y no quería que una de
aquellas puertas, la mía en concreto, se abriera. Tenía que mantener a Ella al margen.
—Natasha. —Ella alzó un dedo sobre sus labios y me hizo callar como a los niños. Pero no
retrocedí de vuelta al ascensor por ello, no, lo hice porque uno de los gorilas retorció mi brazo y
me forzó. Tenía que estar maldiciendo porque esa víbora me había atrapado, pero no, estaba
aliviado por alejarlos de Ella.

Viktor
Eso no me estaba gustando nada. Tenía todo listo para llevar a Ella a su nueva ubicación
segura, pero Serg no contestaba al maldito teléfono. ¿Apagado? Serg tenía el teléfono encendido y
cerca a todas horas. Estaba obsesionado con estar localizable por si algo ocurría, sobre todo
desde que Irina se fue a Miami.
Boby asomó la cabeza por la puerta y la meneó en una rotunda negación. Que Boby no
consiguiera una señal del teléfono no auguraba nada bueno.
—Comprueba el localizador del reloj. Tenemos que encontrarlo. —Cogí el teléfono y marqué
el número de Ella. Cuando contestó al otro lado, mantuve la voz calmada—. Hola, Ella, ¿Serg no
ha llegado a casa?
—No, aún no.
—OK. En unos minutos mandaré a alguien de la familia a recogerte. No abras a ningún
desconocido, ¿de acuerdo?
—¿Qué está pasando Viktor? —La chica no tenía un pelo de tonta.
—Creo que Serg está en problemas, pero no te preocupes, voy a ayudarlo.
—Sé que lo harás.
—Recuerda lo que te he dicho, no abras a ningún desconocido.
—Ya pasó por aquí alguien que no conocía, ¿te refieres a eso? —Ah, eso olía a problemas.
—¿Quién estuvo ahí?
—Dijo que era amiga de Serg, aunque había algo que no me sonó bien.
—¿Amiga? ¿Podrías describirla?
—Rubia, cuerpo de modelo, preciosa, y hablaba igual que vosotros cuando estáis borrachos,
creo que era ruso. —¡Ah, mierda! Aquello no pintaba bien, nada bien.
—¿Dijo cómo que se llamaba?
—Natasha. —¡Joder, joder!
—Has hecho bien en decírmelo.
—No voy a preguntarte cómo estará Serg, porque no quiero que me mientas. Solo prométeme
que vas a traerlo a casa.
—Cuenta con ello. —Aunque tuviese que poner patas arriba toda la ciudad, daría con Serg.
Capítulo 26
Ella
Por favor, dios, que no fuese mi culpa, que no fuese mi culpa. Pero no podía serlo, ¿verdad?
Aquella mujer… Aquella mujer hablaba ruso y Alvin no tenía nada que ver con los rusos. Y su
nombre… Viktor reconoció su nombre, lo percibí, aunque él no dijese nada.
Me abracé un poco más fuerte a mí misma, buscando darme algo de calor, pero no lo conseguí.
Me levanté del sofá y me fui a la habitación de Irina, mi habitación. Quizás pudiese encontrar una
manta con la que cubrirme. Después de revisar por toda la casa, lo único que encontré fue una
cazadora de cuero de Serguéy, de esas que se usan para la moto. No es que tapara mucho, pero al
menos podía meter mis brazos dentro y envolverme con ella. Olía a cuero viejo, un poco a sudor y
a Serguéy. Y eso, en aquel momento, era lo más cerca que podía de estar de él. El timbre de la
puerta sonó dos veces un segundo después de que llegara un mensaje al teléfono. Era de Nick.
—Estoy en la puerta.
Como toda precaución era poca, me acerqué, miré por la mirilla y encontré la familiar cara de
Nick, aunque había algo diferente en él; por primera vez, no sonreía. Abrí y no entró.
—¿Preparaste algo de ropa como te indicó Viktor en sus mensajes? —Asentí y señalé la
pequeña bolsa de deporte que tenía preparada junto al sofá. Seguir las órdenes de Viktor fue fácil,
me marcaban unas pautas sencillas que seguir. Nick entró y cogió la bolsa—. Entonces nos vamos.
No quise preguntar, porque sabía que si no me decía nada, era porque no lo sabía, o no podía
decirlo. Así que caminé detrás de él. En el pasillo esperaban dos hombres, no necesitaba
preguntar. Estaban atentos a cada gesto de Nick y nos rodearon, o, mejor dicho, siguieron, como
auténticos profesionales de la seguridad.

Ahora es el momento de volver a leer el prólogo. Continuamos a partir de ahí.

Serg
—Me perteneces, Serg. Da igual que te hayas casado, da igual que estés en otro país.
—¿Te estás escuchando? Suenas como una demente. —Esta vez el tortazo hizo que mi cara
girara totalmente hacia el otro lado.
Sí, estaba realmente cabreada. Si estuviese en mi lugar, Viktor diría que hiciese precisamente
lo contrario. Tenía que mantener la calma para ganar tiempo y darles la oportunidad de
localizarme y actuar. Sí, recordaba el localizador del reloj, el que tenía precisamente alrededor de
la muñeca en ese momento. Los tipos hicieron bien su trabajo: me quitaron el teléfono y le sacaron
la batería, y supongo que romperían la tarjeta SIM. Muy profesional, sí, pero no sabían que tenía
otro localizador. Viktor siempre iba por delante, el cabrón.
Aun así, por alguna razón, tenía que rebelarme. Estaba cansado de ser su marioneta, estaba
cansado de ser paciente, estaba cansado de dejar que hicieran conmigo lo que les venía en gana.
—Vas a…
—Natasha, no voy a volver contigo a Rusia. Se acabó el Serguéy que hacía todo lo que le
pedías.
—No tienes opción Serguéy.
—Sí, la tengo. Esta vez, sí.
—Puedo hacer que me obedezcas. Sí, ya sé que tu hermana se esfumó. Pero está esta nueva
mujercita tuya… —Según la oí decir eso, un extraño ácido ascendió por mi garganta.
—Si la tocas, o cualquiera de tus hombres le pone una mano encima, juro que os mataré con
mis propias manos. —Natasha me sonrió.
—Vaya, vaya. Así que no solo ha sido por la nacionalidad. Esa foca realmente te importa.
—La que tú llamas foca está más cerca de la perfección de lo que tu estarás nunca. Puede que
la sobren algunos kilos, pero también le sobran muchas cosas más: fuerza, dulzura, valor y un
corazón que no le cabe en el pecho.
—Sí, sí, sí. Lo que tú digas. Tu gorda bella es un dechado de virtudes.
—No le llegas ni a la suela del zapato.
Estaba a punto de recibir mi tercer golpe, cuando unos silbidos anticiparon la caída de los
hombres de Natasha. En menos de quince segundos, todos los que me mantenían atado en aquella
maldita silla habían sido reducidos.

Viktor
Vi que sacaban maniatados a todos aquellos gilipollas y a la mujer, Natasha Gornich, la
hermana de Constantin. El porqué estaba ella aquí haciendo el trabajo de su hermano era
realmente interesante. Y había muchas más piezas en ese puzle. Como el tipo que estaba a punto de
aterrizar en el aeropuerto de Las Vegas. Me imaginaba que no formaba parte de esta partida,
porque uno no se lanza a secuestrar un hombre cuando falta parte del equipo. Así que ¿a qué venía
el hombre de Constantin? Una idea se empezaba a formar en mi cabeza. Se me dan bien los puzles.
Serg caminó hacia el exterior del edificio y yo salí a su encuentro. Cada día se nos daba mejor
lo de rescatar. El que estos tipos no fuesen auténticos profesionales del secuestro también ayudó
bastante. Vi su mejilla roja y no pude sino agradecer el que llegáramos a tiempo. Solo un golpe
suave, quizás dos si fueron de la chica. Un hombre habría dejado una marca más grande.
—Te has tomado tu tiempo.
—El impaciente fuiste tú.
—Sí, bueno, cúlpame de eso en otro momento. —Miró hacia el coche en el que estaban
metiendo a Natasha.
—No creo que viniese por orden de su hermano.
—No. Nadie le da órdenes a Natasha. Hacerlo no sirve de nada.
—¿Estás bien?
—No, la pegunta es si Ella está bien.
—Está a salvo. Pero supongo que no estarás contento hasta verla con tus propios ojos.
—Confío en ti, Viktor, pero no estaría de más verla.
—Estoy de acuerdo, más que nada porque está muy preocupada. —Serg empezó a caminar
directo a mi coche.
—Entonces aquí estamos perdiendo el tiempo.

Ella
—Está aquí. —Nick me miró y por fin lo hizo sonriendo. Cuando la puerta se abrió, yo ya
estaba corriendo hacia ella. Nada más ver a Serguéy, me tiré sobre él. Sí, puede que con mi
sobrepeso fuese un buen impacto, pero en aquel momento necesitaba una prueba sólida de que
aquel era Serg, en carne y hueso, de que estaba bien y que no era un producto de mi imaginación.
Dio un pequeño paso hacia atrás, pero él aguantó el resto de la embestida.
—¡Eh! Tranquila. Estoy bien. —Sentí sus brazos a mi alrededor, apretándome con fuerza. Sí,
sentaba bien. Noté un pequeño beso en la cabeza, justa antes de que me hiciese caminar hacia el
interior de la vivienda. Me hizo sentarme en el sofá, antes de separarse un poco de mí.
—Esa cazadora me suena. —Me miré los brazos enfundados en su ropa. Me había pasado todo
el maldito día inhalando su olor, imaginando que era él el que me abrazaba. Y ahora que ya lo
tenía junto a mí, ya no la necesitaba.
—Tenía frío. Pero si quieres que te la devuelva… —Él agarró las solapas y evitó que me la
quitara.
—No, te queda bien. Además, todavía hace frío. —Me acomodó mejor contra su pecho y nos
recostó en el sofá. Parecía como si en vez de volver de un secuestro, hubiese llegado del trabajo y
necesitara relajarse en el sofá con su esposa auténtica.
Capítulo 27
Viktor
Lo de tener un hotel con una planta privada y acceso directo aún más privado desde un parking
subterráneo todavía más privado si cabe, tiene sus ventajas cuando trasladas un rehén maniatado y
nada colaborativo. La sonrisa que tenía en la cara en ese momento provenía en parte de eso y en
parte de tener a quien tenía sentada en una silla frente a mí. La maldita hermana de Constantin
Jrushchov. Hay veces en que la vida te da regalos y soy un hombre que no desprecia ninguno.
Abrí la teleconferencia en mi laptop, esperando que la imagen me trajera a la persona que
estaba esperando. Y apareció.
—Buenos días, señor Jrushchov.
—¿Qué es eso tan importante que quiere tratar conmigo? Quedó todo claro en la
documentación que intercambiaron nuestros abogados, Vasiliev.
—Verá, creo que tengo algo que le interesa.
—Si es otra empresa para limpiar mi dinero, estoy dispuesto a escuchar.
—Esa negociación había quedado cerrada, o al menos eso había creído. La libertad de Serguéy
por una empresa legal en un paraíso fiscal.
—Sí, buen trabajo el suyo.
—El caso es que se comprometió a mantener a su organización lejos de la vida de Serguéy
Sokolov. Era la única condición que debía permanecer inalterable para garantizar la vigencia de
nuestras negociaciones.
—¿Por qué me repite algo que ya sé?
—Por si se había olvidado de ello.
—No lo olvidé. Tenemos un trato.
—Entonces, ¿puede explicarme por qué esta mañana Serguéy ha sido secuestrado?
—A mí que me cuenta, Estados Unidos es un país peligroso. ¿Su chico se ha metido en
problemas, Vasiliev?
—Yo más bien creo que es su chica la que se ha metido en un problema. —Giré la laptop para
que Constantin pudiera ver a su hermana con claridad.
—¡Qué coño! ¿Por qué tiene a mi hermana amordazada?
—¿Su hermana? Esta es la mujer que comandaba al equipo que secuestró a mi primo Serguéy,
señor Jrushchov.
—¿Qué mierda me está contando? —Su cara lo decía todo. Podía verla en la pantalla y no
parecía mostrar tanta sorpresa como decían sus palabras. ¡Hijo de perra! ¿Quería jugar?
—Señor Jrushchov, creo que olvida con quién está hablando. ¿Se atreve a mentir a sus socios?
No se ha informado bien. Mentir a un Vasiliev nunca es rentable, salvo que busque una forma
rápida de morir. ¿Eso es lo que quiere?
—Nadie amenaza a Constantin Jrushchov, Vasiliev.
—Confirmado, no se ha informado bien. Primero, los Vasiliev no amenazan, hacen promesas.
Segundo, aunque no menos importante, nadie juega con un Vasiliev y menos si lo hace en su propio
campo de juego.
—¿Está insinuando que…?
Le interrumpí antes de que la espiral de mentiras siguiese creciendo, más que nada porque odio
perder el tiempo. Soy un Vasiliev, me gusta ir directo al grano:
—No me interesan ni los intentos de evasión, ni las mentiras, ni las lamentaciones. Tampoco
las súplicas. Así que abreviemos. Me niego a creer que no sabía que su querida hermana había
abandonado Rusia, sobre todo porque ha mandado a uno de sus hombres en su busca. Lástima que
llegara tarde.
—Vasiliev…
—Olvidemos lo que no se puede cambiar, señor Jrushchov. La cuestión es ¿qué voy a hacer
con su problemática hermana?
—Devolvérmela.
—¿Así, sin más? ¿Una regañina y a casa, sin unos azotes? Normal que no pueda controlarla.
—El cómo trate a mi hermana no es….
—No, no es de mi incumbencia, salvo cuando sus acciones afectan a mi familia, entonces sí
que lo son. Vuelvo a repetirle, Jrushchov: ¿Qué voy a hacer con su hermana?
—Si me la devuelve, le doy mi palabra de que no volverá a cruzarse en el camino de su
familiar. —Vi cómo, al decirlo, los hombros de Jrushchov perdían su arrogancia.
—Eso ya lo prometió antes y no pudo cumplirlo, o no quiso hacerlo. ¿Qué sería diferente
ahora?
—Le devolveré la empresa que transfirieron a mi organización.
—Es un hombre inteligente, Jrushchov, por eso quiso una de nuestras empresas tapadera para
blanquear su dinero. Someter la compañía a semejante baile de propietarios, levantaría las
sospechas que precisamente queremos evitar. Hay que ser más creativo, señor Jrushchov.
—¿Qué propone? —Sí. No sonreí por fuera, pero vaya si lo estaba haciendo por dentro.
—Hay pocas cosas que pueda ofrecernos, no solo para apaciguar nuestra… llamémosla ira,
sino para recuperar su credibilidad y competencia. He de reconocer que me sorprende que una
niñata inmadura y caprichosa doblegara al poderoso Constantin Jrushchov.
—Eso no volverá a ocurrir, pero vaya al grano, Vasiliev.
—Bueno, hay un par de sitios de los que me gustaría que sacara sus narices. Ya le mandaré un
correo con la información.
—¿Eso es todo?
—¿Además de que no quiero volver a oír de usted en lo que le resta de vida? Supongo que no.
Llámeme magnánimo. Con mantenerle bien lejos de mis asuntos y mi territorio me parece
suficiente. Eso sí, no se sorprenda si su reputación se ha visto dañada a la vista de los últimos
acontecimientos.
—Lo asumo.
—Bien, entonces tendrá noticias nuestras en un futuro. Y, señor Jrushchov…
—¿Qué?
—Si tuviese una hermana así, la mandaría una buena temporada a una de esas granjas de
cerdos que hay perdidas en medio de ninguna parte. Quizás así aprendiese a apreciar lo que tiene
y lo fácil que es perderlo. —Corté la llamada y miré a la asustada y a la vez asesina mirada de
Natasha. Acerqué mi mano a su boca y le retiré la cinta adhesiva. Tenía ganas de escucharla, sobre
todo porque tenía una buena respuesta que darle a lo que esperaba que saliera por esa boquita.
—Mi hermano nunca me mandará a una de esas granjas. —Me encogí de hombros, como si no
me importase, porque realmente no lo hacía.
—¿Tengo pinta de que me importe? —Su cara de arrogancia me decía que se creía vencedora,
pero no iba a dejar que lo creyera—. De momento, voy a comprar un pasaje para ti de vuelta a
Rusia. Y ya te aviso de que no va a ser en primera clase. Eso sí, me aseguraré de que sea una
experiencia que no puedas olvidar. —Hice un gesto con la mirada e Igor la puso en pie con
energía. Así, chico, que sepa cómo se trata a la basura en Las Vegas. Cuando me quedé solo en la
sala, hice mi llamada—. Señor Ming, querría comprar un pasaje en su barco.
—Por supuesto, señor Vasiliev. ¿Viaje de ida y vuelta?
—No, solo ida.
—Ah, uno de esos viajes.
—Sí, señor Ming, y… me gustaría contratar el camarote VIP.
—¡Ohhhh! Sí, señor Vasiliev.
—¿Cuándo sale su próximo cargamento?
—Con la marea de la madrugada, dentro de seis horas.
—Bien, le enviaré a su pasajero para que embarque. Le abonaré el importe del pasaje como de
costumbre.
—Un placer trabajar con usted, señor Vasiliev.
Le envié los datos a Igor y me recliné en mi asiento. Natasha iba a descubrir lo que era un
auténtico tratamiento VIP en un carguero de contrabando chino. Le esperaba una larga travesía
dentro de un contenedor. Con el agua y las galletas rancias justas para no morir. Tendría que hacer
sus necesidades en un cubo, con las que conviviría durante todo el trayecto. Y no, no tendría todo
el contenedor para ella sola, sino un pequeño receptáculo estanco, oculto en el fondo. Eso sí, todo
para su disfrute.
Capítulo 28
Serg
Abrí los ojos para encontrarme con que el peso que sentía sobre mi pecho era el de Ella.
Estábamos sobre el sofá, casi en la misma posición en la que nos habíamos acurrucado… Miré el
reloj en mi muñeca, sí, mi magnífico reloj localizador. Habían pasado cuatro horas. Si no
calculaba mal, llevábamos casi la totalidad de esas cuatro horas durmiendo abrazados en ese sofá.
Tenía que estar entumecido, porque esa no era precisamente la mejor manera de dormir. Pero me
sentía verdaderamente bien. Estaba en paz, tranquilo, relajado, feliz.
Ella se reacomodó un poco mejor en mi pecho y, más allá de sentir su peso, me resultó
agradable notar cómo se amoldaba a mis formas. Mi pecho, endurecido por horas de trabajo,
resultaba ser una estupenda cama para mi gorshok meda. Mi tarro de miel. Había oído que la miel
se utilizaba para confeccionar emplastos para tratar heridas y dolencias, pero nunca pensé que
encontraría a una persona que albergara dentro de sí todas las cualidades de mi alimento favorito,
mi adicción, mi debilidad. No pude resistirme a estirar la mano y acomodar un pequeño mechón
rebelde de su cabeza. Era difícil comprender cómo había pasado, pero se había metido en mi vida
y me había hecho ver lo que me había faltado hasta ese momento.
Mis tripas gruñeron, sí, era normal que lo hicieran, llevaba demasiado tiempo sin darles
trabajo.
—Será mejor que alimentes a esa bestia o acabará lanzándome una dentellada. —No se había
movido, sus ojos seguían cerrados, pero se había instalado una sonrisa traviesa en su cara que me
decía que no había hablado en sueños.
—Busquemos algo para comer. —Me levanté llevándola conmigo y ella se dejó hacer con una
leve protesta.
—No es muy sano, pero… podríamos pedir pizza. Creo que nos la merecemos.
—Vale, preguntaré a… —Busqué a mi alrededor, intentando localizar a mi primo Nick. Qué
bien, había desaparecido—. Genial. Creo que el plan se nos ha venido abajo. No tengo dinero
para pagar, ni teléfono para pedir, y tampoco nos serviría de nada porque no sabemos ni dónde
estamos. —Ella intentó contener la risa. Rebuscó en uno de los bolsillos de la cazadora y sacó su
teléfono.
—Será mejor que pidamos ayuda. —Cogí el teléfono al mismo tiempo que sentí «la famosa
llamada de la naturaleza».
—Llamaré a Nick, tú no te vayas de aquí. —Ella alzó una ceja como diciendo «¿crees que
tenía otro plan en mente?».
Estaba haciendo el salto del Ángel, como las cataratas esas, ya saben, con una mano en mi
cosita y la otra sosteniendo el teléfono en mi oído, cuando Nick se dignó a contestar.
—Vaya, la bella durmiente ya despertó.
—Muy educado de tu parte desaparecer.
—¡Eh! Si quieres ponerte tierno con tu mujer, yo no voy a estar ahí para verlo. Me va el sexo,
pero algo más participativo.
—Gilipollas.
—Sí. Lo que digas.
—¿Qué tengo que hacer para conseguir algo de comer?
—¿Ir a la cocina?
—Queremos pizza, as ser posible de la buena.
—No pensaba que fueses de pizza. Te hacía más de batidos proteicos y esas cosas.
—Me quedo en el punto medio, pero hoy nos merecemos algo de comida caprichosa, ya sabes,
para celebrar que seguimos vivos y eso.
—Ah, entonces tengo lo que necesitas.
—Cuéntame.
—Viktor dice que el peligro ha pasado, así que podemos volver a la vida normal.
—¿Estás seguro?
—Si lo dice Viktor, yo diría que al 100 %. Así que… ¿Qué te parece si voy reservando mesa
en Casa di Paolo? —Sujeté el teléfono entre la oreja y el hombro mientras me lavaba las manos.
—¿Hay buena pizza ahí?
—Bocatto di cardinale, muá.
—Vale, entonces ya estás tardando. Mis tripas llevan un rato rugiendo.
—Resiste. Estaré ahí en unos minutos. —Caminé de regreso al sofá, donde encontré a Ella
acurrucada en el hueco que yo había abandonado, como aprovechando el calor que había dejado
allí—. Listo. Nos vamos a comer pizza.
—¿Podemos salir de aquí?
—Sí. Nick nos va a llevar a un sitio donde hacen unas pizzas estupendas.
—Espero que no sea muy selecto.
—¿Por qué lo dices? —En vez de hacerme ver que iba en pantalón y camiseta de deporte y que
olía como un perro mojado, Ella se miró a sí misma, estirando los brazos, para que viese mi
cazadora sobre ella.
—No creo que vaya muy elegante.
—Para mí estás genial así. —¿Qué más daba su aspecto? Lo que valía la pena estaba dentro.
—Ya, comparada contigo soy una princesa.
La puerta se abrió en aquel momento, dando paso a un sonriente Nick. Llevaba una bolsa en la
mano y me la lanzó. La atrapé al vuelo:
—Supongo que te valdrá. Más o menos gastamos la misma talla. —Miré dentro y vi un montón
de ropa—. No, no hay calzoncillos ni zapatos, así que apáñate como puedas. ¿O no tienes tanta
hambre y paramos por ropa antes? —Mis tripas contestaron por mí.
—Voy a cambiarme, no tardo.

Ella
En buena hora me reí de su aspecto. Unos jeans y una camiseta y Serg pasaba de sudoroso
marathon man a sexy… lo que sea que lleve jeans y una camiseta que marca los bíceps y los
pectorales y… ¡Ah! Todo lo que hace que las chicas babeen. Y recuerden, soy una chica grande,
con apetitos enormes, y ahí había mucho para comer.
En el restaurante, que resultó ser una de esas trattorias familiares, nos estaba esperando Sara,
bien vigilada por uno de los hombres de Nick, supongo. Podía disimular e intentar pasar
desapercibido, pero había aprendido a reconocer a los hombres que cuidaban de las chicas
Vasiliev.

Serg
—Ya era hora de que llegarais. —Le dio otro mordisco a un grissini que tenía en la mano a
medio mordisquear—. Me estoy muriendo de hambre. —Nick alzó una ceja mientras revisaba con
la mirada el cesto de pan.
—Morirse de hambre, lo que se dice morirse… no creo que ocurra.
—Oh, cállate. Tenía que calmar el estómago de alguna manera. Llevo esperando como quince
minutos y no sabes lo bien que huele aquí dentro. —Ella empezó a quitarse la cazadora para
ponerla en el respaldo de la silla antes de sentarse al lado de Sara:
—Mmm, sí que huele bien.
—Además, es culpa tuya —dijo Sara tras volver su dedo acusador hacia Nick, mientras nos
acomodábamos enfrente de ellas.
—¿Mía?
—Tú fuiste el que metió esta tenia dentro.
—¿Tenia?
—Sí, ya sabes, esa lombriz que es un parásito y que come todo lo que ingiere uno. —Nick
sonrió cuando comprendió que estaba hablando de su bebé.
—Bueno, entonces tendremos que pedir deprisa, no vaya a ser que el huésped se coma al
anfitrión. —Un hombre de unos cuarenta y muchos, con una buena tripa y un cuidado bigote, llegó
hasta nuestra mesa.
—Buona notte, signore Nick.
—Buenas noches, Mario. Queremos dos pizzas gigantes, y muy rápido, mi bebé está a punto de
comerse a su madre. —Pasó la mano por la tripa de Sara y ella le sonrió con malicia.
—Tú sigue jugando así y un día de estos tu bebé te va a morder, ¿o va a ser su madre? —Nick
se inclinó sobre Sara y la miró con esos ojos enamorados.
—A su madre le dejaré hacer lo que quiera con su padre. Si quiere morderme, por mi bien. —​
Sara lo empujó para apartarlo.
—Obseso. —Nick sonrió y empezó a ojear la carta.
—¿De qué queréis la pizza?
—¡Carne! —contestamos Ella y yo al unísono. Nos miramos y empezamos a reír.
—Eso sí que es compenetración —apuntó Sara.
—Bien, Mario, pues ve trayendo una de carne, y la otra que sea mitad picante y mitad
hawaiana.
—Va a sobrar, Nick, cariño. —Mi primo me miró, y sonrió un poco más.
—No lo creo, swetty. Con Serg y yo aquí presentes, no va a sobrar nada.
—Luego tendré que ponerme a correr como un loco para quemar todo eso, primo —dije.
—Hay mejores maneras de quemar todo eso que corriendo en una cinta. —Nick recibió un
manotazo en el brazo por parte de Sara.
—Eres un obseso del sexo.
—Ya, como si tú no lo fueras. —Sara puso los ojos en blanco.
—Lo de las hormonas del embarazo se supone que les ocurre a las madres, no a los padres.
—Empatía, swetty. Empatía.
Capítulo 29
Serg
¡Será cabronazo! Pues no me había insinuado Nick que podía gastar toda esa energía extra
teniendo sexo. Así, sin más, delante de Ella, como si ella no estuviese presente. Que sí, una cosa
era descubrir que la había cogido cariño y otra muy distinta el saltarle encima como un perro en
celo. Además, que lo nuestro era un matrimonio de pega. Podía considerarla una gran amiga, de
hecho, alguien que me gustaría conservar a mi lado tanto tiempo como pudiese, pero de ahí al
sexo… Esa era la mejor manera de estropear una amistad y yo no quería eso. Con Lucy… pues
que me daba igual si no me hablaba, pero Ella, no, eso sí que no.
Pero, claro, una cosa es lo que dice mi cabeza y otra lo que dice mi pobre pequeño amigo. Al
recordar la consistencia del pecho de Ella aquella mañana, y al no llevar calzoncillos, con ese
roce constante, el pequeño cabrón parecía querer asomar la cabeza en busca de carne. Si a eso le
sumamos mi largo período de abstinencia… Pues eso, que era como ponerle un filete grande al
otro lado del cristal a un perro con hambre.
—¿Te encuentras bien? —Ella estaba mirándome de esa manera, como si pudiera ver dentro de
mi cabeza.
—Sí, solo estaba pensando. —Nick se encargó de amenizar la cena, y he de reconocer que era
más fácil estar con él, que con Viktor o Andrey. No me malinterpreten, los aprecio a todos y cada
uno a su manera es increíble, pero Nick era menos… intenso, creo que esa es la palabra. Algunas
veces parecía que se tomaba la vida como si fuese un chiste, pero sabía que no era así. El tipo era
un currante como el que más. Cuando se ponía con temas contables, era una máquina puntillosa y
eficiente. Un trabajo serio que no parecía encajar con la personalidad de Nick, pero que él hacía
que funcionase.
—¿Qué tal llevas el embarazo?
—Bueno, lo llevo, eso ya es suficiente. Quitando el que tengo hambre a todas horas y que lloro
incluso viendo los anuncios de detergente… pues no he tenido cambios notables.
—¿Vas a hacerle también unos patucos a su bebé? —tuve que preguntar.
—Oh, he visto los que le hiciste a al bebé de Katia. Me encantaría tener algo así.
—Podría intentar algo diferente, si me lo permites. Hay algo que he querido hacer desde que se
lo vi a una clienta hace tiempo.
—Ah, cuéntame. —Sara apoyó los codos en la mesa para sostener su barbilla en sus manos.
—Preferiría que fuese sorpresa, pero te aseguro que será algo divertido.
—Oh, bien, ya me has atrapado.
—Eh, nada de mierdas de esas de pokemon o florecillas. Aunque un par de Ferraris… ¡Ay! —​
Sara le sacudió en el brazo de nuevo.
—Deja de provocarme.
—Sabes que no puedo. —Nick se inclinó y besó la punta de la nariz de Sara. Complicidad, eso
sí que me gustaba en una pareja.

Ella
Hubo un momento en que Sara y yo estuvimos a solas, y aprovechamos para conocernos mejor,
de forma más seria, ya me entienden. Sara me contó que estuvo huyendo durante muchos años,
ocultando su identidad a personas que querían aprovecharse de ella, de sus capacidades con las
matemáticas. Y esas personas no eran buenas ni honradas, precisamente. No es que fuese la misma
situación, pero de alguna manera me sentí identificada. Yo también me ocultaba, solo que no era
por lo que era yo, sino por lo que vi. Ya saben, el lugar incorrecto en el momento más inadecuado.
—Estás en buenas manos, nadie como los Vasiliev para plantarle cara a los tipos más
peligrosos.
—No sé qué decirte. Parece que ya tienen suficiente con sus propias complicaciones. —Miré a
Serg en la distancia. Aquella rusa… Parecían problemas y de los gordos.
—Sí, no pueden decir que su vida sea aburrida. Pero todo es acostumbrarse, porque ellos lo
hacen fácil.
—¿Qué quieres decir?
—Para los hombres de esta familia, lo que tú y yo consideramos problemas no es más que ir a
un partido de básquet. Algo un poco apartado de la rutina, pero tampoco algo demasiado
excepcional.
—Yo no podría vivir así. Siempre he sido de las que ha huido de esas cosas. Buscando la
esquina segura, ya sabes.
—Yo también era como tú, hasta que me di cuenta de que no podía pasarme el resto de mi vida
huyendo. Llega un momento en que o plantas cara o te rindes. Yo hice frente a aquellos de los que
huía y me liberé. Eso sí, no lo hice sola. —Sara miró a Nick y sonrió. Estaba claro quién estuvo a
su lado.
—Ojalá fuese tan fácil.
—No te engañes, lo importante nunca es fácil. Hay que tener valor y determinación. Pero saber
que llevas un buen chaleco antibalas te da un poco más de seguridad.

Viktor
—¿Qué ha ocurrido?
—Parece una gastroenteritis de las gordas, señor Vasiliev. —Apreté el puente de mi nariz con
suavidad. Tenía que pasar precisamente ahora. Sí, había una solución fácil, pero no era el mejor
momento para ella. Aunque no tenía otra opción.
—De acuerdo. Buscaré a alguien para que lo sustituya de inmediato.
—Gracias, señor.
—Te avisaré cuando esté en el avión de camino. —Corté la llamada y tomé aire. Bien, ahora
venía lo que debía hacer, pero no me gustaba. Marqué el número en el teléfono y esperé a que
contestaran al otro lado.
—Cuéntame.
—Serg, necesito que viajes a Los Ángeles.
—¿Qué ocurre?
—Corso está fuera de juego.
—¡Mierda! ¿Está bien?
—Gastroenteritis de caballo. Está ingresado en el hospital.
—Vaya. Cuenta conmigo, pero…
—Lo sé, no te preocupes. Cuidaremos de ella.
—Será mucho tiempo.
—Unas dos semanas, hasta que Corso esté de nuevo en condiciones para retomar el trabajo.
—Ok. ¿Cuándo salgo?
—Mañana a primera hora tienes que estar allí. Prepara la maleta al llegar a casa y mañana a
las siete te recogen para llevarte al aeropuerto.
—De acuerdo.
—Ah, y una cosa, Serg, aprovecha para despedirte de tu mujer. Vais a estar casi quince días sin
veros.
—Ja, ja. Muy gracioso.

Serg
Empecé a meter ropa en la bolsa de deporte. No era necesaria maleta para lo que tenía que
llevar. Se suponía que tenía que cubrir a Corso, un simple entrenador de un púgil en plena gira de
peleas. La próxima sería en Los Ángeles, donde tenía que seguir con su entrenamiento hasta el
evento. El trabajo no me preocupaba en lo más mínimo, sabía lo que tenía que hacer y cómo
conseguirlo. Lo que no me gustaba era dejar sola a Ella durante dos semanas. No después de
hacerla sentir vulnerable con lo de mi secuestro. Definitivamente, era mal momento.
—¿Será mucho tiempo?
—Un par de semanas, más o menos.
—¿Me dejarás unas rutinas para seguir ejercitándome cuando no estés? —Me giré hacia ella.
—¿Lo harás tu sola?
—Lo que pueda, sí. —Tuve que sonreír.
—Entonces te prepararé una rutina de ejercicios que puedas hacer tu sola.
—Bien, pero no seas muy duro, que tendré que hacerla cuando regrese del trabajo.
—Lo tendré en cuenta.
—Y una lista de alimentos que pueda consumir y otra con lo que está prohibido.
—Lo haré también. ¿Algo más?
—Sí, ¿me traerás un souvenir?
—Solo voy a Los Ángeles, está aquí al lado.
—Yo nunca he estado, así que quiero un souvenir. Me conformo con una pegatina para el
coche, aunque no tengo coche. —Ladeó la cabeza, como sopesando lo que acababa de decir.
—¿Mejor una camiseta?
—Sí, mucho mejor.
—Con una condición.
—¿Cuál?
—Que me llames cada noche.
—Vale, tú dime a qué hora y lo haré.
Dormimos cada uno en nuestra cama y me resultó raro. No es que cambiásemos nuestra rutina a
raíz de la segunda boda y de amanecer juntos después de una noche de borrachera. Pero…
parecía… Mejor dejar de pensar en ello.
Cuando me preparé para ir al aeropuerto, Ella se despertó para desayunar conmigo.
Conversamos hasta que me llamaron. Al despedirme, la abracé y deposité un beso en su cabeza.
Me costó soltarme de aquel reconfortante abrazo, pero lo hice.
Capítulo 30
Serg
Nada más salir del edificio, lo primero que me encontré fue la sonrisa de Nick. Estaba
apoyado en su coche y me esperaba con los brazos cruzados sobre el pecho.
—Así que tú eres mi transporte.
—The transporter a su servicio.
—¿Jason Statham? Ya te gustaría.
—¡Eh! Me ofendes. Puedo repartir golpes igual o mejor que él.
—Claro, pero tú conduces de pena. —Acomodé mi bolsa de viaje en el asiento trasero y
después me senté en el puesto del acompañante.
—Eso es culpa del tráfico de Las Vegas. Aquí le querría yo ver a él.
—Excusas.
—Hablando de librarse. Viktor me dijo que tendría que cubrirte en el gimnasio. Algo sobre
que Basili se estaba volviendo un blando. —Sonreí ante ese comentario. Sí, es lo que pensaba yo
de él.
—Quizás yo soy demasiado exigente.
—No lo creo. El boxeo profesional requiere una gran capacidad física y tú llevas a los chicos
a un nivel de competición excelente.
—Cuando los llamas chicos me hace sentirme viejo.
—Zack tiene mi edad, pero es un niñato con una excelente izquierda, nada más. Que él esté
compitiendo a nivel profesional es gracias al equipo que tiene detrás.
—Por eso Viktor quiere que me encargue de él mientras Corso se recupera.
—¿Te imaginas a Basili ocupando el puesto de Corso? En una semana ese chico bajaría su
rendimiento en un 10 %, y en el mundo del boxeo eso puede ser la diferencia entre ganar o perder.
—Viktor ha invertido mucho en él.
—No es solo cuestión de inversión, sino de estar en los primeros puestos. Moverse entre los
diez mejores es meterse en un mundo diferente. Ya sabes que trabajamos con las apuestas, y ese
mundo ya no es el que era antes. Hoy en día, la información, las influencias… Ese mundo tiene su
propio juego.
—Suena complicado.
—No he dicho que sea sencillo. Pero es muy lucrativo e interesante. Si uno sabe invertir el
dinero… Pero no voy a aburrirte con ello, solo tienes que saber que es legal, al menos de
momento.
—Vale, entonces vayamos a lo que me interesa. Basili tiene las pautas de trabajo en unas tablas
que preparé para cada luchador. Si te ajustas a ellas, su progreso está garantizado. Son duras y
tratarán de librarse de hacer parte del trabajo, pero tú debes ser inflexible. Yo no les doy tregua,
pero sí algún pequeño incentivo.
—¿Qué tipo de incentivo? —Le sonreí de manera maliciosa.
—Les dejo intentar que me golpeen. Ya sabes, como venganza.
—¿Peleas con ellos?
—Un tanteo en el ring si todavía tienen fuerzas. Y créeme, las tienen.
—Me gusta ese método de motivación.
—Nick, ¿puedo pedirte un favor?
—Claro.
—¿Puedes… puedes cuidar de Ella?
—No te preocupes. Viktor lo tiene bajo control. Cada trayecto que realiza, hay alguien
vigilando sus pasos. Algo así como custodia puerta a puerta.
—Natasha llegó hasta ella en casa.
—Sí, un fallo que ya ha sido subsanado.
—¿Qué quieres decir?
—Se suponía que estaría a salvo en casa, pero es que aquellos tipos no estaban fichados como
amenaza. Natasha utilizó personal local y ninguno imaginamos que la propia hermana de
Constantin quisiera llegar hasta tu puerta. Pero ahora se ha subido el protocolo de peligro. El
próximo tipo que se le acerque, aunque sea para preguntar la hora, será sacado de escena.
—¡Joder, Nick! No creo que eso sea tampoco muy apropiado si quieres tener una vida normal.
—De momento vamos a ocuparnos de mantenerla a salvo, después nos centraremos en darle
una vida normal. —Bueno, al menos me quedaba más tranquilo.
—Bien. —Nick llevó el SUV directo al extremo del aeródromo privado.
—Y tranquilo, Ella no va a sospechar nada.
—¿Cómo que no va a sospechar nada?
—Ni se imagina quién le ha tocado como guardaespaldas —dijo Nick con una sonrisa.
—¿Quién?
—Ah, lo que me pude divertir cuando me enteré de que Andrey puso el grito en el cielo.
Guardaespaldas para el guardaespaldas. Parece una broma.

Ella
Cuando recibí el mensaje en el teléfono me sorprendió tanto como ver a Robin frente a mi
puerta con Nika en brazos.
—¿Lista para tu primer día de trabajo? —dijo entrando por sí sola en la casa, sin esperar el
permiso de nadie.
—Eh, sí.
—Bien. Pues entonces coge tus cosas, que nos vamos.
—¿Vas a llevarme al trabajo?
—Optimización de recursos, Ella. Yo también trabajo allí, ¿recuerdas? Me parece que además
de contribuir a no contaminar más, poder ir acompañado al trabajo hace que el viaje sea más
entretenido. —No podía rebatir nada de eso. Aunque iba a ir a trabajar en autobús, por lo que lo
de la contaminación ambiental no podía aplicarse en mi caso.
—De acuerdo. Voy a por mis cosas. —Entré en la habitación, cogí el bolso, y ya estaba casi a
su lado cuando recordé algo—. Casi lo olvido. —Me acerqué hasta la bolsa que tenía junto al
sofá, y rebusqué en ella—. Cuando estoy nerviosa, tengo que estar ocupada en algo o me como las
uñas. —Le tendí el par de zapatitos de lana que hice para Nika.
—¡Oh, madre mía! ¡Pero qué cuqui!
—¿Te gustan? —Se sentó en el sofá y empezó a cambiar el calzado de Nika por las sandalias
que le había hecho yo.
—Me encantan. —Con tanto meneo, Nika abrió los ojos, pero en vez de llorar se quedó
mirando a su madre al tiempo que movía los pies—. Ves, a mi princesita también le gustan.
—Un vestidito de hilo con un par de adornos y será la envidia de las niñas en la piscina.
—Eso suena a que tenemos que ir de compras después del trabajo.
—Seguro que tiene ropita que le iría muy bien.
—Lo sé, lo sé. No soy de las que compra cosas así a lo loco, pero cuando se trata de Nika es
que me vuelvo una compradora compulsiva. Un día de estos tendré que pedirle prestado a Andrey,
porque me he gastado todo el sueldo en cosas para mi princesita.

Natasha
El puñetero Igor entendió todas las palabrotas que le lancé, tanto en inglés como en ruso. Se
rio de mí, en mi cara. Un retorcido sádico que no me soltó del brazo hasta que me metió allí
dentro. Una puñetera celda dentro de otra celda. Sabía lo que era un contenedor de transporte, he
visto cantidad de barcos cargados hasta arriba con esas cajas de colores. Y ahora yo estaba
metida en una de ellas. No hicieron caso a mis gritos. Cerraron la puerta y después empezaron a
mover el contenedor. No sé dónde me pusieron, pero la luz se quedó a la mitad, un pequeño rayo
que se colaba por una esquina. Al menos pude ver lo que había allí dentro antes de quedar en
penumbra: un cubo maloliente con una bolsa de esas negras de basura y un par de paquetes con
botellas de agua. Nada más. Ni una manta, ni una silla, ni un colchón… nada. Cuando me cansé de
gritar, me acurruqué en la esquina más alejada del cubo. Así que este era el camarote VIP. Cuando
llegara a Rusia, se iba a enterar ese Viktor Vasiliev. Mi hermano se encargaría de él.
Capítulo 31
Viktor
Me recliné en la silla de mi escritorio mientras me golpeteaba los labios con ambos índices.
La familia Vasiliev tenía una deuda con Mihail Nóvikov. Gracias a su información y ayuda
conseguimos sacar del país a mis primos Irina y Serguéy. Pagar aquella deuda era lo primero que
iba a hacer y lo haría con uno de esos favores que Constantin Jrushchov iba a hacerme. El segundo
era un regalo para la Bratva, porque nunca estaba de más que una de las bandas criminales más
poderosas de la antigua U.R.S.S. te debiese un favor.
Envié el correo a Mihail, confirmando la salida de Constantin Jrushchov de la negociación que
a él le interesaba ganar. Primer paso, hecho. El siguiente estaría cuando cierta empresa
consiguiese la adjudicación de unos contratos de explotación de gas, algo que tendría que
gestionar cierto político en la nómina de Jrushchov. En cuanto todo estuviese firmado, Constantin
recibiría los datos del barco y el contenedor en el que llegaría su hermana a Shanghái.
Vi a Andrey caminar hacia la puerta de mi despacho y me giré para estar frente a él cuando
entrara.
—Espero que la estés vigilando.
—Hola a ti también. Y sí, tengo un grupo sobre ellas en estos momentos. —Le mostré la
pantalla en la que aparecían Robin y Ella almorzando en uno de los restaurantes del Crystals.
Andrey se inclinó para ver mejor.
—Sabes lo que tienen planeado esas traviesas, ¿verdad?
—Lo sé.
—Y se creen que no nos enteramos de nada.
—Déjalas tener sus pequeños secretos, Andrey. Al fin y al cabo, nosotros también les
guardamos alguno.
—Pero es por su seguridad.
—Son secretos, al fin y al cabo. De todas formas, nunca viene mal que estén preparadas para
una eventualidad.
—Son clases de defensa personal impartidas por una ex agente del FBI, no son trucos para
saber qué hacer si te quedas sin batería en el teléfono.
—Lo sé, Andrey, lo sé.
—Hablando de defensa, ¿cómo van las cosas con el ex de nuestra protegida? —Hice un gesto
para que tomara asiento frente a mí.
—De momento el tipo se ha estado moviendo. Ha intentado hacer alguna averiguación y ha
estado siguiendo a Danny y sus amigos.
—¿Todo eso lo has conseguido del equipo de Phill?
—Son buenos. He de reconocer que ha hecho una buena selección. No son rusos, pero tampoco
le puedo exigir que sea perfecto.
—¿Y Serg?
—La última información que tengo es que llegó a Los Ángeles y se metió de lleno con Zack. Lo
está haciendo sudar a conciencia.
—Bien. Fue una suerte que sucediese lo de Corso.
—¿Por qué lo dices?
—Así tendrá menos tiempo para pensar en lo que ocurrió. Esa víbora estuvo muy cerca. —​
Apreté la mandíbula con fuerza. Eso fue mi culpa y no volvería a suceder.
—He aumentado la seguridad en su edificio y trasladado a un equipo a la puerta de enfrente.
—No voy a preguntar cómo has desalojado a los inquilinos.
—Sí, mejor no lo hagas.
—¿No habrás puesto micros y cámaras en la vivienda?
—No, pero sí en las puertas de acceso al edificio, en el ascensor, frente a su puerta y en el
parking subterráneo.
—Bien. Ahora estoy más tranquilo. Voy a buscar a mi mujer, a ver si me invita a almorzar y
después pasaré a recoger a mi pequeña.
—Cómo vives.
—Qué voy a decir. Es bueno ser el jefe y no necesitar el dinero.
Andrey desapareció. No le dije que Boby había implantado el software de reconocimiento
facial en todas las cámaras que pudo piratear sin que saturaran nuestros sistemas. Teníamos el
aeropuerto, la central de trenes, la de autobuses y el Crystals pinchados. Si alguien de nuestra base
de datos de no gratos aparecía, saltarían todas las alarmas.

Ella
Muerta, estaba muerta. ¿La luz al final del túnel? La estaba viendo. Y esa voz que me
llamaba…
—Vamos Ella, una más. —Creo que pronuncié alguna palabra, pero no sé si me salió de la
garganta o de la nariz.
—No… no puedo. —Robin me tiró del brazo y me puso de pie.
—De acuerdo, suficiente por hoy.
—…ale …gua. —Parece que me entendió, porque me tendió una pequeña botella con agua
bien fría, justo lo que necesitaba.
—Pero pasado mañana volvemos con ello.
—Tú quieres matarme.
—No Ella, lo que quiero es que no te maten, ni que te hieran. Quiero que puedas defenderte
por ti misma. Que sea el otro el que salga lastimado.
—No creo que pueda.
—Créeme, cuando se trata de tu vida o de la de alguien que amas, podrás. Yo tampoco quiero
lastimar a nadie, pero si alguien amenaza a mi pequeña, te juro que lo mato. —Sus ojos tenían
aquella fuerza que decía que realmente sería capaz. Y pensé: «¿Y si Alvin me encontraba? ¿Y si
todo lo que había hecho la familia Vasiliev no servía de nada?» Todo volvería a estar en mis
manos, pero esta vez, no sería lo mismo.
—De acuerdo, una más. —Robin me sonrió y asintió con la cabeza.
—Esa es mi chica.
—Pero como le digas a alguien que estoy pidiendo que me golpees, le echaré pica-pica a los
zapatitos de Nika. —Robin soltó una carcajada al aire y se puso en posición.

Serg
Era patético. Me había duchado, me había puesto los boxers y estaba sentado en la cama
esperando, con los ojos clavados en el teléfono, la llamada de Ella. Me había acostumbrado
demasiado rápido a tenerla cerca, a salir del trabajo y encontrarla en casa. Echaba de menos su
dulce mirada, su cálida sonrisa.
La pantalla se iluminó y me lancé sobre el aparato. Tranquilo Serg, que no se note lo
desesperado que estás. Conté hasta dos tonos y pulsé la tecla.
—Hola.
—Hola. ¿Cómo estás? —Dejé que mi cuerpo resbalara sobre el colchón hasta quedar
totalmente acostado.
—Agotado mentalmente. Los profesionales son un enorme grano en el culo. —Escuché su risa
cantarina al otro lado.
—Te entiendo.
—¿Qué tal tu día?
—Estoy molida. Ha sido un día duro.
—¿No habrás hecho tus ejercicios, no?
—Un poco.
—¡Mierda, Ella! Siendo tu primer día de trabajo, tenías que haber descansado. Tu cuerpo aún
está recuperándose, no puedes forzarlo demasiado.
—Lo recordaré para la próxima vez, papi.
—No es una broma.
—Ya está hecho, eso no lo puedo arreglar. —Apreté el puente de mi nariz mientras pensaba en
algo que podría ayudarla.
—En la nevera hay bebida energética. Tómate una ahora mismo.
—Eso ya lo hice. Creo que esta cabeza hueca mía se quedó con algunas cosas de las que me
enseñaste.
—Tú no tienes una cabeza hueca.
—Entonces confía un poco más en mí. —Solté un pequeño suspiro y sonreí.
—De acuerdo. La próxima vez, una hora antes de hacer ejercicio come un par de nueces.
—Anotado. ¿Algo más?
—¿Qué tal los compañeros del cole? ¿Fueron buenos contigo?
—Oh, sí. Sobre todo porque mi nueva amiga les impresiona demasiado.
—¿Tienes una nueva amiga? Cuéntame más.
—Robin me acompañó de casa al trabajo y del trabajo a casa. Incluso hemos ido juntas a
almorzar.
—Qué bien. —¡Ja! Lo de Robin lo sabía, pero soy un profesional fingiendo ignorancia de ese
tipo de cosas.
—Serg.
—¿Sí?
—No dejes que te golpeen.
—¿Quién te ha contado eso? Yo solo les entreno. No soy el que subirá al ring.
—Sara escuchó decir a Nick que sueles motivar a los chicos subiendo al ring de entrenamiento
con ellos.
—¿Sara?
—Sí. Hoy estuvo muy ocupada para almorzar con nosotras, pero ella y Nick pasaron por la
peluquería cuando acabó su turno. Tomamos un zumo y… pues como que se le escapó.
—Suelo hacerlo con los chicos del gim, Ella, pero ni loco voy a hacerlo con Zack. Este es un
profesional y yo no juego con armas cargadas.
—¿Qué quieres decir?
—Los chicos que empiezan no pueden alcanzarme. Por eso dejo que lo intenten, pero el púgil
con el que estoy ahora… ni drogado me metería entre las cuerdas con él. Me gusta dar alicientes,
no jugarme el físico. Ya recibí suficientes golpes en el pasado.
—Bien. Tú sigue pensando así y yo no me preocuparé de que te lastimen.
—No van a hacerlo, gorshok meda. Este atractivo rostro seguirá volviéndote loca de amor.
—Te lo tienes muy creído.
—A las chicas les gusto. Dicen que soy guapo.
—Yo no he dicho eso.
—¿Entonces?
—Digo que tienes que bajar de tu pedestal. Hay cientos de hombres tanto o más atractivos que
tú por el mundo.
—¿Ah, sí? Dime uno que conozcas. —¿Quería jugar? Pues eso lo podíamos hacer los dos.
—Viktor. —¡Mierda!
—La familia no cuenta, tenemos los mismos genes.
—Mmm, Tonny, Marco, Alex…
—Eh, para, para. ¿Quiénes son esos?
—Mi equipo de rescate de Miami. —¿Equipo de rescate? ¿Qué mierda era eso? Tenía que
preguntarle a Viktor.
—Esos no cuentan, están en Miami.
—Si sigues reduciendo el campo, al final solo quedarán lo que hay dentro de las cuatro
paredes de nuestra casa. —Sonaba bien eso: nuestra casa. Sip.
—A mí me vale. —Escuché un bostezo y me pareció que, por ese día, habíamos tenido
suficiente. Bueno, no, podía seguir charlando con Ella durante horas, pero tenía que ser justo y
darle su descanso—. Ve a dormir.
—Ok, jefe. ¿Mañana a la misma hora?
—Cuento con ello.
—Descansa.
—Tú también.
Capítulo 32
12 días después…

Ella
Era duro salir del trabajo y volver al campo de lucha, pero no iba a dejarlo. No cuando estaba
viendo los resultados. Cada vez era más rápida, más fuerte y Robin ampliaba las llaves, los
golpes. Dios no quisiera que tuviese que utilizar alguna de ellas, pero si tenía que hacerlo, estaría
preparada.
—Como sigamos así, esto va a derivar en sexo telefónico, Serg. —Escuché su risa sincera al
otro lado de la línea.
—Bueno, el sexo es lo único que nos falta. Estamos casados, compartimos casa, vamos de
compras juntos y somos unos estupendos amigos. Hay parejas que tienen mucho menos. —​Menos
mal que no podía verme, porque me puse roja como una fresa madura.
—Puedes añadir que estoy cuidando de los niños.
—¿Eh? —Me pareció se había movido bruscamente, como si cambiara de postura.
—Ah, no te conté. Estoy en casa de Andrey y Robin, haciendo de canguro.
—¿Canguro?
—Ya sabes, para que papi y mami tengan una cita a solas.
—¡Qué cabrón este Andrey! Tendré que hablar muy seriamente con él. ¿Qué es esto de explotar
a mi mujer?
—Me ofrecí voluntaria, Serg.
—¿Voluntaria?
—No tenía plan para este fin de semana y…
—¿Y?
—¿Tú has visto ese pedazo de jardín con piscina? Es lo que me recomendó el doctor. Ya
sabes, descanso, sol, algún chapuzón…
—Materialista.
—Es pecado no disfrutar de ello, Serg. Y soy una chica con debilidades.
—Así que me cambias por un jardín con piscina.
—Y mayordomo, alguien que te haga la comida, no tener que limpiar nada, ni hacer la colada,
ni…
—¡Eh, para ahí! Suena como si te tuviese esclavizada en casa para hacer esas cosas.
—No es una obligación, Serg. Pero sienta estupendamente bien olvidarte de ellas y
simplemente descansar. He tenido una semana dura, creo que me merezco que me mimen un
poquito, ¿verdad?
—Lo sé. Es una de las cosas que envidio a la gente rica.
—¿Lo de no hacer nada?
—No, descansar cuando decides hacerlo.
—Ah, querido marido, eso es el mundo del humilde empleado.
—Tengo la sensación de que me vas a abandonar por un hombre rico. —No aguanté aquel
juego y solté una sonora carcajada.
—De eso nada, querido esposo. Después de ti, no habrá ningún otro.
—¿Qué quieres decir?
—Que dimito. Como decía mi madre, me quedo para vestir santos.
—¿Vestir santos?
—Soltera, Serg. Soltera.
—Eres demasiado joven y dulce como para no encontrar un buen hombre, Ella.
—Quizás la cuestión es que no quiero buscar, Serg.
—¿Y cuál es tu plan entonces?
—Tomar lo que me dé la vida, como vaya viniendo.
—¿Y si pudieses soñar? ¿Cómo te gustaría verte dentro de unos años? —Lo medité un
momento. Volver a soñar. Después de la muerte de mi familia, mis sueños se fueron. Pero ahora…
—Pues… me gustaría tener mi propia guardería.
—¿Guardería?
—Siempre quise estudiar para educadora infantil y los bebés me encantan. Pero la vida a
veces tiene otros planes. Así que simplemente me adapté.
—Tampoco eres mala peluquera. Tu jefa parece estar muy contenta con tu trabajo.
—Uno puede ser bueno en muchas cosas, eso no quiere decir que te apasione.
—Yo creía que te apasionaba la peluquería.
—Me gusta, no lo niego. Pero no sueño vivir entre lacas el resto de mi vida. Creo… creo que
cuando ahorre lo suficiente, estudiaré para educadora infantil. ¿Qué te parece?
—Que me gustaría estar ahí el día que consigas tu título.
—¿Crees que lo conseguiría?
—Sé que lo harás. Eres de las que no se rinde con facilidad. Vas a conseguir lo que te
propongas. Y si necesitas ayuda, recuerda que estoy aquí.
—¿En Los Ángeles? —Reímos los dos.
—Te estás ganando que te tire de cabeza a esa piscina que tanto te gusta.
—Mmm, no, mejor no, que ya es de noche y hace frío. Mejor mañana.
—Te la guardaré para cuando regrese.
—Tendrás que pillarme.
—¿Me estás retando?
—No te quepa duda.
—Ah, reto aceptado. Te vas a enterar, pilluela.
—Primero tendrás que atraparme.
—Soy bueno atrapando a gente escurridiza.
—Pues yo he aprendido un par de trucos.
—¿Ah, sí?
—Ya lo verás.
—El domingo regresaré a Las Vegas, a ver si todavía piensas lo mismo.
—Dos días. Creo que me da tiempo a entrenar.
—Te he echado de menos.
—Yo a ti también, pero seguro que has echado más en falta a tu bote de miel.
—Mi tarro de miel, sí. Es lo que más deseo volver a tener cerca.
—Le daré recuerdos de tu parte.
—Hasta el domingo.
—Adiós.
¿Qué si le echaba de menos? ¿Por qué si no me había ofrecido a hacer de canguro del bebé de
Robin? Porque me sentía sola en aquella casa tan vacía. No es que me diera miedo, bueno, un
poco sí, pero… era más por el hecho de que saber que había alguien cerca, aunque estuviese en la
habitación de al lado.

Serg
No podía culparla. La casa de Andrey era mucho mejor que mi apartamento. Jardín, piscina,
lejos de vecinos curiosos… Uno podía andar desnudo y sabía que nadie iba a verlo. Bueno, en
casa también podía, ¿pero en el jardín? En mi caso sería como salir al rellano y lucir mi desnudez
entre las puertas de las casas de los vecinos. No había pensado en desear una casa con piscina
hasta que Ella lo dijo. En Rusia, las casa que tenían piscina eran las de aquellos que podían tener
una cubierta y bien calentita. Pero aquí, en Las Vegas, bastaba con tener una casa con un pequeño
trozo de césped. Quizás podría ojear el mercado inmobiliario. Con lo que tenía ahorrado podría
comprar una pequeñita.
¡Ah, Serg! Ella seguirá con su vida en cuanto pueda. No se va a quedar a vivir contigo porque
tengas piscina. Aunque… podría venir los fines de semana a tomar un refresco con un amigo y
darse un chapuzón, ¿verdad? Y no tendría que preocuparme por caerle bien a su novio, porque
había dicho que yo iba a ser el último hombre en su vida. Deja de engañarte, Serg. Es lo que dice
ahora, pero dentro de un tiempo, cuando haya rehecho su vida, encontrará a alguien que la merezca
y la haga feliz de verdad. Y eso me cabreaba, porque la perdería. No, Ella no lo haría, no me
abandonaría del todo, somos amigos. Pero tendría que compartirla.
El teléfono me despertó el sábado a primera hora.
—¿Tú le das un nuevo significado a la palabra madrugar?
—Sé que te levantas a esta hora, no refunfuñes.
—¿Qué es lo que ocurre?
—Quería ser el primero en decírtelo antes de que bajes a entrenar al gim del hotel con Zack.
—¿Decirme qué?
—Corso ha tenido una recaída, su regreso se ha aplazado unos días más. —Me rasqué la nuca
con la mano libre. Adiós a mis planes de regresar mañana a casa.
—¿Cuántos días?
—Entre tres y seis.
—Está bien. Quiero ser yo quien se lo diga a Ella.
—De acuerdo.
Colgué el teléfono y me quedé unos segundos mirándolo en mis manos. Veinte días. Este
trabajo estaba empezando a fastidiarme. Quería volver a casa, a mi rutina normal, con mis chicos,
con Ella.
Capítulo 33
Ella
—No te preocupes. Estaré bien. Son solo unos pocos días más, Serg.
—Lo sé. Es que me sienta mal este cambio de planes.
—Es un aplazamiento, nada más.
—Te tomas los cambios con mucha tranquilidad.
—No sirve de nada enfadarse, porque, como decía mi abuela Trinidad, si tienes un problema y
además te enfadas, al final tienes dos cosas contra las que luchar, el problema y tu cabreo.
—Esa es una buena filosofía.
—Bueno y ahora, ¿qué? ¿Seguimos con el sexo telefónico? —Sentí su clara sonrisa al otro
lado de la línea.
—Tú nunca has hecho eso, ¿verdad?
—Mmm, puedo probar. ¿Cómo era? ¡Ah, sí! ¿Qué llevas puesto?
—¿Con que quieres jugar, eh? Vale, tú lo has querido, luego no te quejes.
—Cobarde.
—¿Yo, cobarde? Tú no sabes con quién te has metido.

Serg
Tengo un defecto, lo sé, y es que no puedo rechazar un reto, bueno, los que sé que tengo
posibilidades de ganar. Hay otros retos que nunca aceptaré. Pero con ese reto tenía que
demostrarle con qué contrincante se había atrevido a competir.
—Pues vengo todo sudado de la sesión de entrenamiento, así que me he quitado la camiseta y
estoy a punto de hacer lo mismo con mis pantalones de deporte y los calzoncillos.
—Mmm, sudado dices. Me encanta cuando te brilla el cuerpo por el sudor. Con todos esos
músculos congestionados e hinchados que parece que van a reventar bajo la ropa.
—¿Te gusta así?
—¿Qué mujer con sangre en las venas podría resistirse a eso? Dame más. —¿Quería más? Sí,
esto se estaba poniendo interesante.
—Voy de camino al baño, a meterme bajo el chorro caliente de la ducha y ya me estoy quitando
los calzoncillos. —Empecé a hacer el recorrido y ¿por qué no? Estaba haciendo precisamente
todo lo que estaba narrando. Estaba entrando en el baño cuando su voz llegó a mí.
—No te pares ahora, grandullón. Me tienes aferrada al teléfono como una garrapata.
—Egh. Eso no suena precisamente erótico.
—¿Eh? Olvida lo que he dicho y vuelve a lo que me estabas contando.
—¿Y en qué estaba? —Sí, esto era divertido. Podía verme en el reflejo del espejo y sabía que
aquella maldita sonrisa torcida tenía un buen motivo para estar en mi cara.
—Desnudo y de camino a la ducha.
—Ah, sí, es cierto.
—¡Agh! ¿Quieres seguir?
—¿Puedes oírlo? —Estiré la mano y abrí el agua caliente de la ducha.
—¡Sí!
—Voy a poner el manos libres y a entrar bajo la lluvia caliente.
—Sí. —Metí la mano bajo el caudal de agua y la moví, haciendo que pareciese que mi cuerpo
estaba allí dentro.
—Voy a ponerme gel en la mano y a frotarme con ella para hacer espuma.
—Sííí. Extiéndela bien por toda tu piel. —Pues sí que se estaba metiendo en el papel.
—¿Así? —No podía reírme, pero es que, por alguna razón, estaba empezando a no ser tan
divertido sino… estimulante. Su voz, sonaba tan… excitada. Brrrr, me dio un escalofrío, no podía
pensar en Ella así. Ella era tan… dulce.
—Frótate el pecho.
—Lo estoy haciendo y ahora estoy bajando hacia el estómago formando círculos pequeños,
lentos. —Mi mano seguía inconscientemente aquel camino.
—Oh, más.
—Sigo bajando. —Tenía la mano sobre…
—Para, para. —¿Eh? ¿Qué?— No, Serg. No podemos.
—¿Por qué?
—Esto no está bien. —Extendí la mano y cerré el agua.
—Estamos casados.
—Sí, pero no es de verdad, y esto… esto nunca debería haber pasado de una broma.
—De acuerdo. Podemos dejarlo aquí. —Ella tenía razón, lo sabía, pero había estado tan
bien…
—Piénsalo, es lo mejor.
—Vale. Entonces… ¿Nos volvemos a llamar esta noche?
—Claro.
—Entonces, hasta esta noche.
—Hasta esta noche, Serg.

Ella
—¿Estás bien? —Alcé la cabeza para mirar a Robin. Estaba parada en la puerta de mi
habitación, con Nika en sus brazos.
—Eh… Sí, es solo…
—Solo ¿qué?
—¿Tú crees…? No, déjalo, es una tontería.
—Nada es una tontería, así que ya estás soltando por esa boca.
—¿Tú crees… tú crees que una mujer como yo podría atraer sexualmente a un hombre como
Serg? —Robin caminó hasta llegar a mi lado y se sentó junto a mí. Reacomodó mejor a Nika y
esta cerró los ojos.
—Yo creo que puedes atraer sexualmente a muchos hombres, Ella. Lo que no sé es lo que le
atrae a Serg. Verás, cada hombre es diferente. Mira simplemente lo que pasa con el color del pelo.
Unos las quieren rubias, otros morenas…
—A todos les gustan las rubias de tetas grandes. —Robin alzó ambas cejas mientras
enderezaba su espalda.
—Bueno, pues con esas mechas y tu «línea de flotación», bien podrías decir que eres es
estereotipo de rubia de tetas grandes, ¿no crees?
—Ya, solo que en el pack va incluido el resto de cosas grandes que tengo.
—Pues mira, como decía el señor Polansky, el dueño de la tienda del barrio donde iba a
comprar mi madre, que lo hubiese especificado. Para mí, podrías cumplir con el sueño de todo
hombre.
—¿Tú crees?
—Voy a decirte lo que la gran mayoría de chicos universitarios tiene como meta.
—¿Y qué es?
—Levantarse cada mañana al lado de una rubia de tetas grandes. —Y ahí fue cuando solté una
gran risotada. Sí, esa era yo, una rubia de tetas grandes, amén de otras cosas grandes. ¡Qué lo
hubiesen especificado!
—Sí, tienes razón.
—¿Ves? Todo depende del ojo con que se mira. Y hablando de ojo, ¿cuánto peso has perdido
desde que Serg se fue? —Estiré la camisa que llevaba puesta. Sí, me quedaba más holgada de lo
que lo hacía antes.
—Pues, la verdad, no me he pesado. Pero sí que la ropa me queda más suelta.
—Bien, pues entonces, será mejor que comprobemos cómo podemos mejorar esa imagen tuya.
Si seguimos con este trabajo y controlando tu alimentación, seguro que logramos un cambio
agradable a la vista. Y veremos si ese cambio le gusta a Serg.
—Vale.
—Y ahora, vamos a irnos a casa de Katia, porque tenemos una sesión de pilates para estirar
esos músculos.
—No me vas a dar tregua.
—Tenemos poco tiempo, Ella, y hay que sacarle todo el rendimiento que podamos. Si tú
puedes, seguiremos con ello.
—Puedo.
—Bien, entonces, manos a la obra.
Me levanté y esperé a que Robin hiciera lo mismo para seguirla. Ojalá pudiese repetir esa
conversación telefónica con Serg, pero que esta vez yo fuese el objeto que sobrecalentara el
organismo de Serg. Un sueño, pero, ¡eh!, eso todavía lo podía hacer, soñar.
Capítulo 34
Serg
De no haber olido como una manada de búfalos después de una estampida y de necesitar
realmente aquella ducha, no habría entrado allí. Tuve que apoyar una mano en la pared del frente
para no perder el equilibrio. Tenía lo que se dice un mal cuerpo. Mi pequeño amigo estaba todo
contento y emocionado, casi levantando la cabeza para saludar, y de repente, puf, pinchazo. Pero
no había sido con una de esas agujitas para sacar la sangre, no, había sido con esa con lo que
pinchan a los caballos o elefantes.
El agua caliente golpeaba suavemente mi espalda, haciendo que no solo la tensión se fuera de
mis músculos, sino esa rara sensación de… coitus interruptus. Menos mal que ese día no iba a
volver a Las Vegas, porque necesitábamos tiempo para digerir lo que había ocurrido. Todo
empezó como una simple broma y, sin darnos cuenta, se nos fue de las manos. Menos mal que Ella
puso freno a esto, porque… habríamos terminado… realmente comprometidos. ¿Con qué cara
habría vuelto yo a casa? Tenía razón, no podíamos hacer aquello, no si quería que siguiéramos
siendo amigos. Habíamos estado a un paso de atravesar aquella puerta, la que separaba la
amistad, del algo más.
No salí hasta que tuve la piel tan arrugada como una pasa. Aunque seguía teniendo esa extraña
sensación de no estar a gusto conmigo mismo. Ojalá se pasara en tres días, porque quizás no
tuviese más tiempo.

Viktor
Fue raro recibir aquel correo de Mihail Nóvikov. No es que fuera una sorpresa, era predecible
que quisiera agradecer el «detalle» de Constantin. Lo extraño era lo que decía en él. Mihail iba a
viajar en breve a Estados Unidos y quería concertar una entrevista con nosotros. A simple vista
parecía algo normal, una simple cortesía, pero… podía oler algo importante, algo que tenía que
ver con el que el texto dijese «visita privada». Sé de lo que hablo, he aprendido a reconocer estas
pequeñas señales. Solo quedaba entonces esperar esa visita.
Sabía quién iba a atravesar la puerta de mi despacho diez minutos antes de que la puerta se
abriera. Primero unos golpecitos y después apareció la figura de Katia con Tasha de la mano. En
cuanto enfilaron el camino hacia las oficinas, ya sabía que venían a verme. Tasha era como uno de
esos perros que tiraban de los trineos en Alaska. Arrastraba a su madre para llegar lo más rápido
posible hasta mí. Bien por mi pequeña, eso es lo que tenía que hacer, correr siempre en dirección
a papá.
—Papi, papi. —Alzaba un pequeño muñeco hacia mí como si fuera el premio gordo de la
lotería.
—¿Qué traes ahí? ¿Es para mí? —Casi no pude contener la carcajada cuando, instintivamente,
mi pequeña metió el peluche entre sus brazos y se giró para evitar que se lo quitara.
—Es mía. Sita no es para ti.
—¿Sita? —Alcé una ceja hacia su sonriente madre y esta ladeó la cabeza y deslizó los dedos
por los rizos de mi pequeña.
—Es un regalo de la tía Ella para Tasha, ¿verdad? —Mi pequeña asintió fuertemente con la
cabeza.
—¿Así que tía Ella te lo ha regalado, puedo verlo?
Tasha se acercó hasta alcanzar mi regazo y yo la senté sobre mis piernas. Me mostró el peluche
tejido y no tuve ninguna duda de que la «tía Ella» lo había hecho con sus propias manos para mi
pequeña. Era una osita, con su vestidito rosa y un lacito sobre su cabeza. Era un regalo hecho con
amor y dedicación, porque estaba claro que le había llevado mucho trabajo. Y lo apreciaba más
que si hubiese sido algo comprado con su primer sueldo, porque al haberlo hecho con sus propias
manos le daba un valor incalculable. Y Tasha pareció comprender el valor del regalo, o
simplemente era que le gustaba, quién sabe lo que hay en la cabeza de un niño.
—No lo ha soltado desde que se lo llevó a la guardería —puntualizó Katia.
Y la creía. Tasha era de esas niñas que, cuando decidía que quería algo, no había manera de
hacerla cambiar de opinión. Y eso me acojonaba como pocas cosas lo hacían en este mundo. Si
seguía con esa determinación cuando fuese adulta, iba a tenerlo muy claro. Roqueros satánicos,
góticos y demás tribus urbanas de mequetrefes insustanciales, más les vale mantenerse al margen
de la vida de mi pequeña, porque como uno de ellos se cruzase en su camino y la enamorase iba a
tener que pelear muy duro para hacerla ver que eso no es lo que ella necesitaba. No, mi pequeña
iba a casarse con un buen chico. No necesariamente bueno en el sentido de hacer cosas dentro de
la ley, sino bueno en el sentido de que no haría nada que la pusiese en peligro. Alguien capaz de
dar su vida por ella, como yo mismo estoy dispuesto a hacer. Y tendría que tener un par de pelotas
bien puestas, saber lo que cuesta ganar las cosas, lo que es pelear por conseguir lo que uno quiere
y, sobre todo, ser de los que no se rinden. Y si es ruso, mucho mejor. Bueno, eso último puede ser
negociable.
—¿Y quién le puso ese nombre tan bonito? —Tasha acomodó o hizo como si acomodase el
lacito en la cabeza de su nuevo juguete.
—Yurina. —Miré a su madre y ella se inclinó hacia nosotros para hablar en bajito para
nosotros tres.
—Yurina dijo «Osita bonita» y se quedó con lo que Tasha pensó que era más cortito y le
quedaba mejor. —Bien. Lo bueno de Yurina era que mezclaba español e inglés a partes iguales.
Eso, sumado al ruso que intentábamos hablar con ella, hacía que mi pequeña terremoto comenzara
a dominar las tres lenguas, o al menos eso pretendía. Hoy en día, saber idiomas es primordial.

Robin
¿Cómo no iba a cogerle cariño a esta mujer? Si era como un botecillo de dulce de leche. Le
metías la cuchara hasta el fondo y a cambio conseguías un pequeño trozo de dulce cielo. Aparté
las lágrimas de mis ojos y volví a mirar el pequeño peluche que había confeccionado para mi
Nika. Había pensado en todo. Sin ojos de plástico para que no se los tragara, sin lana rasposa,
solo la más suave, y un relleno hipoalergénico y totalmente lavable. Y todo dentro de una monada
de osito ajustado al tamaño de mi pequeña. Nada más verlo, lo aferró con ansia y se lo llevó a la
boca como si fuera su mordedor. Ahora estaba totalmente dormida en su cuna y lo aferraba con su
puño como si fuese su salvavidas. Estaba tranquila, porque Ella lo había hecho no solo con sumo
detalle, adaptado a todo lo que una madre quiere para su bebé, sino que era adorable, incluso todo
lleno de babas como estaba en aquel momento. Lo empecé a retirar con cuidado y lo sustituí por
una bola de calcetines de deporte limpios. Salí del cuarto y me dirigí a la lavandería de la casa.
Paul estaba esperándome para darle un buen baño al nuevo integrante de la familia con un jabón
antibacteriano apto para bebé. Antes de entrar en la habitación, me pasé el muñeco por las
mejillas para secar cualquier rastro de humedad en ellas. Sí, soy una sentimental, pero es que con
Ella era imposible no hacerlo. Ella sacaba la parte tierna que había dentro de las personas. ¿Y
quería conquistar a Serg? Pues tenía una aliada, porque si eso significaba que su matrimonio iba a
ser real y que ella sería de la familia, por mí era perfecto. Es difícil encontrar a personas como
Ella así que, cuando lo haces, hay que hacer todo lo posible por mantenerlas cerca.
—Es una preciosidad.
—Lo sé. Es tan cuqui. —Paul cogió el peluche y lo sumergió en el agua enjabonada que tenía
preparada. En otro momento me habría metido con él por llevar las mangas de la camisa
remangadas y ese delantal tan chic sobre su torso, pero solo verle tratar con tanto cuidado el osito
era suficiente para hacerme llorar de nuevo. ¿He dicho que amo a Paul? Pues lo hago. ¿Y he dicho
que amo a Ella? Pues también.
Capítulo 35
8 días después….

Serg
Veintidós días, ese era el tiempo que había pasado lejos de casa. Veintidós días echando en
falta mi tarro de miel. Porque sí, hay mucha más miel, pero la de mi casa siempre es mejor, porque
es la buena, la que más me gusta.
El avión estaba a quince minutos de aterrizar y yo me sentía algo nervioso. Normal. Durante
todas las charlas telefónicas hemos obviado el tema. Ni siquiera lo hemos mencionado, ni a modo
de broma, simplemente no pasó. Pero no soy quién para sacarlo a la luz, porque Ella tenía razón.
Si pasábamos esa línea…
Se encendieron las luces para abrocharse los cinturones y empecé a manipular el mío para
acomodarlo donde correspondía. Sabía que no esperaría en la pista de aterrizaje porque estaría en
la peluquería trabajando, y porque el avión salió media hora antes de lo previsto. Viento de cola y
esas cosas, así que había llegado cuarenta minutos antes de lo calculado. ¿Y qué es lo que quería
hacer? Salir disparado hacia el Crystals y verla. Ni llegar a casa, ni soltar la maleta, ni pasar por
el gim a ver a mis chicos. No, lo primero que quería hacer era ir a esa peluquería y achucharla
entre mis brazos, comprobar que estaba bien.

Ella
Llevaba toda la mañana pensando en Serg. Hoy estaría de vuelta y tenía mucha tarea que hacer.
Robin y yo habíamos ido de compras y ahora tenía ropa que me quedaba mucho mejor. Y mi
cuerpo, uf, eso sí que me quedaba mucho mejor. Mis «carnes» habían menguado y estaban más
prietas. No era una modelo de alta costura, pero tampoco estaba nada mal. Bien rellenita, decía mi
madre, como un pavo en Navidad. Había perdido casi doce kilos y se notaba mucho.
—¡Hey, Ella! Esas mechas han quedado increíbles.
Miré como se deshacían los rizos entre mis dedos, haciendo que las ondas tuvieran un acabado
natural. Sí, de todo el local, era la única que conseguía darles ese toque de naturalidad que
encantaba a las clientas, y Linette lo sabía. Siempre he sido una perfeccionista, algo que siempre
era bueno para un local de lujo como el Enchantée y para mi bote de las propinas. De ahí habían
salido las lanas para los peluches de mis pequeños «sobrinos» y los jeans que llevaba puestos en
aquel momento. Encontrar unos pantalones que se ajustaran a mi trasero y no tuviesen unas
perneras con ese efecto columnas griegas era todo un reto antes, pero ahora estaba encantada.
Como me dijo la dependienta, realzaba mi trasero. En otras palabras, mirar mi trasero ya no era
como estar viendo las ancas de un caballo.
—¡Wow! ¿Ese no es el bombón de tu marido? —Alcé la vista hacia Linette, para encontrarla
con esos ojillos soñadores clavados en el ventanal de la tienda.
La había visto hacer eso cada vez que tenía un tipo guapo delante, pero de los guapos de
verdad, no los simples «están bien». Y con tanto tipo de seguridad pasando por allí de camino
hacia las oficinas, eso era parte de nuestro día a día; la media en el Crystals estaba realmente muy
alta. El cepillo se enredó en el cable del secador y se me cayó. Me agaché para recogerlo antes de
mirar hacia el exterior y, cuando lo hice, efectivamente, me encontré con mi marido. Viktor estaba
a su lado, con un atuendo poco habitual en él cuando andaba por la central, es decir, que no
llevaba traje o chaqueta de vestir, no, vestía con unos jeans y una camisa remangada hasta los
codos. Informal, aunque no tanto como Serg, que llevaba una de sus eternas camisetas de algodón.
¿Chicago Bulls? Sí, el rojo que quedaba bien. Tenía los ojos muy abiertos y expresión de
sorpresa, pero su mano se alzó para saludarme. Y corrí. Salí como un galgo detrás de la liebre.
Ojalá Sara y Robin no estuviesen equivocadas cuando me dijeron que Serg no era gay, porque
había puesto demasiadas esperanzas en que así fuera.

Serg
He visto mujeres correr para tirarse sobre mí, es lo que tiene ser el luchador favorito en las
peleas ilegales, que las mujeres le desean a uno, pero juro que ninguna se parecía a Ella. Su
sonrisa era dulce, alegre, limpia, sin nada de esa hambre depredadora de las que quieren
acostarse conmigo como si fuera un trofeo más. Pero mis ojos no estaban puestos en sus labios,
sino un poco más abajo. ¡Madre mía! Aquellas dos tentadoras y elásticas masas de carne se
movían rítmicamente con cada uno de sus pasos, haciendo que mi boca babeara. Eran grandes,
naturales y… ¿He dicho grandes? ¡Dios existe! Eso sí que era un auténtico regalo para la vista.
Bueno, pero aquel trasero bien redondo que vi antes… tampoco tenía nada que envidiarle. ¿Estaba
allí cuando me fui a Los Ángeles? No estaba seguro.
Su cuerpo fue bien recibido cuando colisionó con el mío y la envolví entre mis brazos, como
debía hacerse. ¡Joder! Qué bien se sentían esas dos pedazo de tetas pegadas a mi pecho. Sus
brazos se habían enlazado en mi cuello y su cabeza encajó perfectamente para que su boca
quedara junto a mi oído. Sí, vale, me había inclinado para facilitar que la cosa quedara así de
bien, pero es que mi cuerpo no necesitó ninguna instrucción para hacerlo, tan solo se amoldó,
como si mis músculos guardaran en la memoria cómo debía hacerse.
—¡Ya estás aquí! Te eché de menos.
—Y yo a ti, gorshok meda. —Viktor estaba frente a mí, con una de sus cejas alzadas. Sí, sabía
por qué, pero no iba a ponerme a explicar eso en aquel momento. Cuando tuve suficiente, la alejé
un poco de mí para poder tomar buena nota de aquel cambio tan espectacular.
—¡Ah, sí! He perdido algo de peso. El ejercicio y la nueva dieta. Aún tengo que perder unos
siete u ocho kilos para estar en el peso ideal, pero… —Mi mano se posó en su mejilla
acercándola más a mí, otra vez. Mis labios se morían por acallarla con un beso que dijera «así
estás perfecta», pero antes de hacerlo, una voz sonó a nuestro lado, rompiendo el momento.
—Hola, soy Linette. Supongo que tú serás el primo de Serg que trabaja aquí en el Crystals. —​
Ella y yo nos giramos para ver aquello. Mi primo estaba extendiendo una mano hacia la otra
mujer, con aquella maldita sonrisa ladeada rompebragas. ¡Ja! Esto pensaba decírselo a Katia. No,
mejor no, aprecio mis dientes.
—Hola, soy Viktor.
—¿Y dónde trabajas?
—Arriba, en las oficinas de seguridad. —No, la mujer no tenía ninguna vergüenza. Le dedicó a
mi primo una de esas miradas apreciativas que decían «no estás nada mal para trabajar en una
oficina». Sí, ¡a la mierda mis dientes!, eso tenía que contárselo a Katia.
—Entonces puedes pasarte por aquí alguna vez a cortarte el pelo, a los familiares se les hace
descuento. —Vi una de las cejas de Ella alzarse y supe que esa norma le era totalmente
desconocida.
—Lo tendré en cuenta. Gracias.
—Un placer. Bueno, Ella, si ya terminaste con tu clienta, supongo que puedes acabar tu turno
por hoy, total por quince minutos que quedan no podrás ponerte a atender a otra clienta.
—Sí, ya terminé con todas mis citas.
—Lo dicho, puedes irte a casa. A no ser que a os apetezca tomaros un café antes. —¡Oh,
aquella maldita mirada de «te comería hasta el tuétano de los huesos»! La conocía. Viktor estaba
en peligro si aceptaba ese café.
—Quizás en otro momento, ahora tengo que ir a recoger a mi pequeña a la guardería. —Y ahí
estaba, ese «aguanto la sonrisa, pero ya no es la misma de antes». Viktor era un puñetero cabrón
soltando bombas así.
—Bueno… entonces podemos dejarlo para otro día. —Ella se inclinó hacia mí y me susurró.
—Voy a recoger mis cosas para irnos. —Asentí con la cabeza y esperé, como buen marido, a
que mi mujer regresara a mi lado.
Capítulo 36
Serg
Cuando Ella llegó con sus cosas de mujeres, ya saben, el bolso, Viktor empezó a caminar en
una dirección diferente a la de la guardería de su hija.
—¿No ibas a buscar a Tasha?
—Y lo voy a hacer, pero antes quiero ver en qué mesa nos van a sentar en el restaurante.
—¿Mesa?
—Acabas de llegar de Los Ángeles, tenemos mucho de qué hablar y tu mujer seguro que
agradecerá el no tener que cocinar. Así que pensé que podía invitaros a comer. —Ella le sonrió
con agradecimiento.
—Realmente sí que lo agradecería, hoy ha sido un día muy movido en la peluquería.
—¿Ves? Pues no se hable más. Voy a hablar con el encargado para que nos dé una mesa, y
quiero que pongan una silla infantil para mi pequeña.
Dicho eso, llegamos a uno de los restaurantes del Crystals. Lo de «ver qué mesa nos dan»
realmente fue más «no tengo reserva, pero soy Viktor Vasiliev». El pobre maître perdió el culo
para buscarnos un lugar. ¿Silla para bebés? Como si tenían que ir a fabricarle una.
Cuando estuvimos acomodados, Viktor nos dejó solos mientras iba a buscar a su pequeño
tormento. Y yo intenté recuperar el momento que me echó por tierra la tal Linette.
—Wow, vaya cambio. Por fuera, quiero decir. —Me regaló esa maldita sonrisa que derrite
hasta las piedras y sé que las comisuras de mis propios labios se elevaron para emularla.
—El mérito es en parte tuyo. Me diste las pautas, yo solo las he seguido.
—Pero no todo el mundo es tan disciplinado como tú, mira los resultados.
—Bueno, no tenía muchas más cosas que hacer.
En aquel momento Viktor y Tasha estuvieron a la vista y, al distinguir su peluche de lana, supe
que sí había tenido más cosas que hacer. La miré alzando una ceja y ella simplemente se encogió
de hombros.
—Qué voy a decir, mucho tiempo libre.
—Yo creo que eres de esas personas que no pueden estar quietas. —¿Cómo porras una persona
así había cogido aquel sobrepeso?
—¡Tía Ella! —La pequeña Tasha corrió a los brazos de Ella.
—Hola, tesoro. ¿Qué tal se ha portado tu nueva amiga? —Tasha trepó al regazo de Ella, sin
soltar su juguete. Mientras, Viktor daba la batalla por perdida y se sentaba a su lado. ¿Silla para
niños? ¡Ja! Inténtalo otro día.
—Sita es buena.
—Ah, entonces bien por Sita. —Las dos empezaron a charlar, como solo dos chicas pueden
hacer, así que Viktor y yo nos pasamos al lado de los chicos excluidos de la conversación.
—¿Cómo fue todo en Los Ángeles?
—Zack ganó la pelea, pero eso ya lo sabes.
—Sí, eso lo sé. Solo quería saber que te pareció la experiencia.
—Si tengo que escoger, me quedo con los chicos del gim. Zack es un engreído cabrón que se
cree que es el ombligo del mundo.
—Es joven, aún tiene mucho que aprender.
—Eso espero.
—Y ahora, hablemos de temas serios. —Cuando Viktor se pasó al ruso, supe que había llegado
el momento de que los niños grandes hablaran de cosas comprometidas.
—¿Tú dirás?
—¿Recuerdas a Mihail Nóvikov?
—Hablaste sobre él cuando me explicaste todo el asunto de nuestra salida de Rusia.
—El caso es que va a hacernos una visita y quería saber si te gustaría estar presente.
—Por supuesto. No tuve oportunidad de agradecerle su ayuda.
—Bien, entonces te avisaré cuando llegue el momento. —Después de eso, volvimos la
atención hacia nuestras dos chicas, que permanecían calladas con la vista clavada en nosotros.
Sabía que Ella no entendía nada de ruso, pero Tasha…
—Bueno, ¿y qué vais a pedir para comer? —Sí, nada como ser el primero en hablar para
llevar la conversación hacia un terreno conocido. Ella se sonrojó y se puso a repasar el menú.
—Creo… creo que tomaré verduras a la plancha y pescado al horno. ¿Y tú, cariño? —No, no
me lo preguntó a mí, sino que se dirigió a Tasha. Y como un monito de repetición, Tasha cogió el
menú e hizo como que repasaba la lista.
—Macarrones con tomate. —Viktor sonrió y puso los ojos en blanco.
—Para que luego digan que a los niños les vale cualquier cosa. Tasha sabe realmente lo que
quiere, mientras sea comida italiana, claro.
—No, macarrones con tomate.
—Claro, cariño. Aunque también nos sirve cualquier pasta con tomate, llámese espaguetis,
macarrones, fussili, tallarines…
—Entiendo, pasta. —Ella miraba a Tasha mientras la sonreía.

Ella
¿He dicho lo sexy que están estos dos hombres cuando se ponen a hablar ruso? Creo que Tasha
podía entender algo, porque estaba realmente concentrada en las palabras de su padre. Yo no
entendía ni jota, pero me quedé embobada de igual manera. Se le veía tan relajado, tan en su salsa,
que me atrapaba. Sobre todo cuando decía eso de «no sé qué meda». Sí, sabía que era ruso y me
encantaba cómo sonaba en su boca, pero no tenía ni idea de lo que significaba. Esperaba que fuese
algo bonito, porque cuando me lo decía mi corazón daba un pequeño saltito.
Acomodé mejor a Tasha en mi regazo y esperamos a que nos sirvieran la comida. Cuando ésta
llegó, pasé a Tasha a la silla infantil.
—Bien, es hora de que esta chica grande se ponga a comer su comida. A Sita la dejaremos que
mire y, cuando llegues a casa, le damos comida para juguetes, ¿de acuerdo? —Sé que Viktor
estaba realmente sorprendido, porque tenía esa ceja casi volando sobre su cabeza.
—¡Vaya! No es fácil convencerla para que haga eso.
—¿Hacer qué? ¿Comer sentada en su propia silla?
—Bueno, el reto es hacerlo cuando se le dice. Además de no llevar juguetes a la mesa. —Ella
miró a Viktor con los ojos entornados.
—No sé por qué dices esas cosas, Tasha es una chica grande, que sabe cómo hacen las cosas
las chicas grandes, ¿verdad? —Ella retiró un rizo de la cara de Tasha y la niña asintió con energía
mientras se llevaba un macarrón directo a la boca.
—Si lo de la peluquería no sale bien, puedes venir a trabajar como niñera cuando quieras.
—¿En serio?
—¡Oh, muy en serio!

Serg
No es que no confiara en el buen trabajo que estaba haciendo Nick con Lucas y Nino, pero
habían pasado más de veinte días desde mi última sesión con ellos y necesitaba comprobar por
mis propios medios en qué punto del entrenamiento estaban. Además, llevaba demasiado tiempo
sin modificar su rutina. Solo así conseguía que no se aburrieran porque sus rutinas eran demasiado
repetitivas y, además, trabajaba sus músculos de formas diferentes, buscando equilibrar los que
más necesitaban reforzarse, con los que no lo necesitaban tanto, además de los que necesitaban un
descanso. Soy un puntilloso, lo sé.
Después de la comida, cuando Viktor se llevó a Ella a comprar una mochila para Sita, vi la
oportunidad de tantear a mis chicos sin desatender a mi mujer.
Lo primero que encontré nada más atravesar la puerta del gim fue la sonrisa de Lucy. Cualquier
otro día me habría encantado tener un recibimiento como aquel, pero esta vez había llegado tarde
porque ya había tenido uno mejor. Las comparaciones son odiosas, pero era inevitable no
comparar la sonrisa sexy de Lucy, que parecía decir «te veo apetecible», con la auténtica y
reconfortante sonrisa de Ella. Era tan pura, como la de un niño. Sin falsedad, sin segundas
intenciones, solo auténtica felicidad por verte. No sé lo que querrían los hombres de este país,
pero yo prefería llenar mi vida de alegría en vez de sexo. Y eso eran ellas dos, una sexo y otra
alegría.
—Hola, Serg, que alegría verte.
—Hola, Lucy. ¿Los chicos están aún dentro?
—Sí. Tu primo aún no terminó con ellos. —La chica se mordió el labio inferior. No necesitaba
ser un genio para entender aquello, pero tenía una duda: ¿iba dirigido a mí o a Nick? Me encogí de
hombros mentalmente y me dirigí directamente a la zona del ring. Si estaban siguiendo mi
programa, tendrían que estar allí en aquel momento. Y efectivamente, allí estaban.
—Lucas levanta la guardia derecha. —Nick se giró hacia mí cuando escuchó mi voz a su
espalda. Su manotazo en la espalda picó, pero no iba a quejarme por ello.
—No podías esperar a venir y controlar mi trabajo, ¿eh?
—Soy un cabrón meticuloso, puedes decirlo.
—Tocapelotas sí que eres. ¡Nino, mueve más esas piernas!
Escuchamos algo de jaleo y los gritos de Lucy que llegaban de la entrada del gim. Ya
estábamos dispuestos a sacar a patadas al intruso, cuando me quedé parado en seco. La que
entraba al recinto era Ella y traía una cara que no le había visto antes.
Capítulo 37
Ella
En cuanto nos dimos cuenta de que el teléfono de Serg estaba en mi bolso, Viktor nos acercó al
gim para acercárselo. No es que Serg fuese un esclavo del aparato en cuestión, pero con todo lo
que teníamos encima era primordial llevarlo siempre encima. Sobre todo, porque sabía lo
importante que era para Serg el estar localizable para su hermana.
Viktor detuvo el coche cerca de la entrada y no bajó conmigo, porque no quería dejar a Tasha
sola en el coche. Además, era solo un entrar, darle el teléfono a Serg y salir. O debería haberlo
sido, de no ser por la Barbie morena de ojos azules que custodiaba la entrada. Vale que las chicas
de la recepción tenían que ser la imagen saludable del gimnasio, pero, mierda, estaba claro que
era un gimnasio de hombres y que la chica era un buen gancho para que picaran. El caso es que,
desde la primera frase, supe que me traería problemas; bueno, más que frase fue su manera
despectiva de mirarme. Sí, ya lo sabía, no era material de gimnasio.
—¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito encontrar a Serguéy Sokolov. —Y ahí la chica puso una sonrisa tan falsa como el
blanco de sus dientes.
—Ahora está ocupado.
—Solo serán un par de minutos.
—Yo puedo… —Su cuerpo ya estaba metiéndose entre mi camino.
—Tranquila, tú sigue con tu trabajo. Él me atenderá. —Entonces se río con una carcajada
prepotente, con esa mano poderosa sobre su cadera.
—Mira, no tengo ni idea de lo borracho que estaría Serguéy cuando te lo encontraste, pero
puedo ahorrarte la vergüenza aquí mismo.
—¿Qué de…?
—Que no eres su tipo, no te molestes.
—No tienes ni idea de lo que…
—Oh, sí tengo idea. Conozco bien ese cuerpo de escándalo y a su dueño y puedo asegurarte
que… —Y ahí me harté. La aparté de mi camino y empecé a buscar a Serg. Tenía una niña de dos
años y medio saltando en su asiento porque habíamos dejado la compra de su mochila a medias,
un coche mal estacionado y poca paciencia para una modelo sabelotodo con ganas de darme
lecciones de imagen personal.
—Paso.
—¡Eh! No puedes entrar ahí, Serg… —Su grito llegó a mis oídos segundos antes de que sus
uñas alcanzaran mi brazo.
—Es mi marido, sí que puedo. —El grito esta vez fue realmente estridente.
—¡Estás loca! —Cuando giré la cara hacia el frente, encontré dos rostros conocidos, pero solo
uno de ellos dos estaba corriendo hacia mí y no era el de mi marido.
—¡Eh, eh! Tranquila —intervino Nick.
—Ya le he dicho que no puede entrar aquí.
—Pues claro que puede, es mi prima.
—¿Tu prima? Pero ha dicho que es la mujer de Serg. —Finalmente, el causante de todo aquello
aunque de manera indirecta, decidió entrar en escena.
—No ha dicho ninguna mentira, es mi mujer. —Miró hacia detrás, donde el resto de los
hombres que estaban allí estaban demasiado pendientes de lo que hablábamos. Me cogió del
brazo, con tan mala suerte de hacerlo en el mismo lugar en que la gata esa me había clavado sus
garras, y me llevó hacia la calle. ¿Vergüenza? ¿Se sentía avergonzado de mí delante de sus
amigos? No habría esperado aquello de él ni en cien años, pero estaba claro que no le conocía
tanto como pensaba. Cuando estuvimos ante la puerta de salida, me solté bruscamente de su agarre
y le puse el puñetero teléfono en la mano.
—Tranquilo, ya me voy. Esto es lo que vine a hacer.
—Ella… —Sentí su mano de nuevo sobre la parte dolorida de mi brazo, notando que la
quemazón penetraba en mi carne. Seguro que aquella víbora se untaba las uñas con veneno.
Ante el gesto de dolor, Serg me soltó rápidamente, pero su otra mano se unió a su hermana para
sujetarme por la muñeca. Con cuidado, levantó la manga de la camisa, hasta llegar a las pequeñas
marcas rojizas en mi piel. Su mandíbula se apretó con fuerza antes de hablar.
—¿Quién ha sido?
—Tú perro guardián ha hecho bien su trabajo. —Sus ojos se clavaron en mí, con una mezcla de
confusión e ira.
—¿Qué perro guardián?
—El que no quería dejarme entrar para darte tu teléfono. —En aquel momento, el perro
guardián apareció tras el mostrador de la recepción. A tan solo un metro de nosotros. Serg soltó
una de sus manos y me apuntó con el dedo, con ese gesto de «tú, quieta», se giró totalmente hacia
la otra chica y creo que escupió fuego por la boca mientras hablaba.
—Como se te ocurra ponerle un dedo encima a mi mujer de nuevo, juro que haré que te
arrepientas toda tu vida. Y ve rezando para no cambie de idea y presente una demanda por
agresión. No, no la mires a ella, la demanda la presentaría yo. Y ahora, voy a curar las heridas que
no debías haber ocasionado. —Tiró de mí y me llevó hacia unas escaleras para subir a un
despacho.
—Espera, Viktor está fuera esperándome.
—Yo me encargo, no te preocupes —dijo Nick.
Me hizo sentarme en un sillón y después salió de allí. Regresó en menos de un minuto con un
pequeño botiquín. Lo posó sobre la mesa y se puso de rodillas para tener un mejor acceso a mis
heridas. Sacó el antiséptico y unas gasas para extenderlo.
—Antes de que lo digas. Sé que no quieres que la despidan por tu culpa, por eso solo la he
amenazado. —Sus ojos me miraron con tristeza—. Siento que haya pasado esto.
—No es tu culpa. —El volvió a trabajar atentamente sobre las heridas.
—Tal vez no, pero te prometí que nadie volvería a lastimarte y mira.
—No puedes ser el salvador del mundo, Serg.
—No, solo pretendo ser el tuyo. Y lo estoy haciendo de pena.

Serg
Tuve que sacarla de allí antes de que aquellos malditos cotillas vinieran a enterarse de todo.
¿Qué se enterasen de que Ella era mi mujer? Me la traía al fresco. Pero, ¡joder!, son tipos que
vienen a descargar testosterona, lo que menos necesitan es un culo goloso sobre el que posar los
ojos; no iba a permitir que babearan por el de mi mujer.
Cuando regresamos del despacho, Viktor estaba junto a la recepción. Ella enseguida preguntó
por Tasha.
—No te preocupes, Nick está con ella, pero no creo que aguante mucho. ¿Te importaría salir
con él mientras yo termino algo aquí? —Movió el teléfono que tenía en sus manos y Ella
obedeció. Yo me quedé allí, porque me olía lo que estaba pasando.
—Nick te lo ha contado.
—También he visto las grabaciones.
—¿Qué vas a hacer?
—¿Qué se hace con un empleado que agrede a un cliente?
—Despedirle.
—Exacto. —En aquel momento, Lucy salía por la puerta que comunicaba con las taquillas con
una bolsa de deporte colgada del hombro y todos los signos de haber llorado. Miró a Viktor, que
le regaló una de esas miradas mortales y ella salió tan rápido como pudo.
—¿Solo despedirla?
—De momento, sí. Pero te prometo que no va a encontrar fácilmente trabajo en ningún
gimnasio de esta ciudad. —Asentí, porque, si bien lo que le dije a Ella era cierto, me hervían las
entrañas por estrangular a aquella tipa. Viktor tenía el poder de hacer lo que yo no podía. Normal,
era el jefe.
—Bien.
—Boby está buscando a alguien que cubra su puesto de forma temporal, hasta que consigamos
una sustituta.
—Estupendo, porque no quería volver a ver su cara.
—Si has terminado aquí, puedo acercaros a ambos a casa. Creo que nuestra mochila para
Tasha puede esperar. —Asentí y me dirigí al coche. Me crucé con Nick en el camino.
—Nadie toca a una mujer Vasiliev sin que haya consecuencias. —Con eso estaba totalmente de
acuerdo. Al llegar al coche, vi a Tasha mirando triste el vendaje de Ella. Sí, lo sé, era aparatoso,
pero no quería que se infectara y en aquel puñetero gimnasio de hombres no había unas simples
tiritas.
—¿Duele?
—Un poquito, pero se pondrá bien. Me han curado, ¿ves? —Tasha se inclinó y, con todo el
cuidado del mundo, le dio un suave beso sobre las vendas.
—Mami dice que un besito ayuda a curar. —Ella sonrió y las dos volvieron la cara hacia mí
cuando me vieron llegar.
—¿Nos vamos a casa?
—Tía Ella tiene pupa.
—Lo sé. Por eso voy a llevarla a casa y a cuidar de ella.
Capítulo 38
Serg
Cuando entramos en la casa, lo primero que hice fue coger el termómetro que habíamos parado
a comprar en una tienda, junto con tiritas, y llevé a Ella al sofá. La obligué a sentarse y metí el
termómetro bajo su axila para tomarle la temperatura. Estaba algo sonrosada y eso no me gustaba.
Como Lucy le hubiese provocado una infección bacteriana, iba a ir a buscarla y quemarle el
coche. Eso para empezar.
—Voy a traerte algo fresco para beber.
Ella protestó, pero no hice caso. Después, esperamos en silencio a que el termómetro pitara y
me ocupé de comprobarlo.
—Tienes unas décimas. Voy a traer un antibiótico y te lo vas a tomar. —Ella puso pucheros,
pero no protestó. Iba a cuidar de ella, quisiera o no.
Saqué las tiritas para cambiarle el vendaje por algo más cómodo. Con cuidado, empecé a
retirar la venda, mientras ella me observaba en silencio.
—Siento lo del gimnasio. —¿Confundido por esas palabras? Demonios, sí. Era yo el que debía
sentir todo lo ocurrido y así se lo había dicho. Quizás no me aclaré lo suficiente.
—Lucy se sobrepasó. No está en sus atribuciones el ponerse violenta para impedir la entrada
al gim.
—No me refiero a eso. —Alcé la vista intrigado.
—¿A qué entonces?
—Yo… no debí presentarme allí como tu mujer. —¿Qué?
—Pues claro que sí debías hacerlo, lo eres, ¿recuerdas?
—Ya, pero… tus chicos estaban allí… no necesitaban saberlo, ¿verdad? —¡Oh, mierda! Pensó
que la había sacado de allí tan rápido porque no quería que descubrieran que me había casado con
ella. Eres un gilipollas, Serg. La chica ya tiene bastante golpeada la autoestima como para que tú
hagas cosas que empeoren la situación.
—Tuve que sacarte de allí por otro motivo. Escúchame... —Cogí sus manos para que sintiera
la verdad de mis palabras—. Nunca podría sentir vergüenza al decir que eres mi esposa, eso sería
imposible.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Es un gimnasio de luchadores, Ella. Están acostumbrados a Lucy, pero tú… eres carne nueva
y suculenta, habrían saltado sobre ti como una manada de hienas sobre una gacela herida.
—No creo que lo hubiesen hecho, soy tu mujer.
—Créeme, conozco a todo ese grupo de testosterona con patas. Ponles ese trasero goloso tuyo
delante de los ojos y no respetarán nada.
—¿Tú crees? —Su sonrisa tenía una pizca de arrogancia, como si el dato fuese un poco de
helio para su ego.
—Boxeadores, Ella. Mujer y sexo siempre van juntos. No iba a permitir que tontearan con mi
mujer.
—Si no te conociera, diría que suenas bastante posesivo.
—Sueno a que cuido de ti, es mi obligación. —Ella asintió, y permanecimos en silencio hasta
que terminé la cura—. Listo. Y ahora, vas a tumbarte en el sofá y vas a descansar.
—Estoy bien.
—Las heridas estaban muy rojas, puede que se hayan infectado y en estos momentos tu cuerpo
debe estar bajo de defensas.
—¿Y cómo puedes saber eso si has estado veinte días fuera?
—Has perdido mucho peso, aunque tus músculos se hayan endurecido, tu cuerpo ha sufrido
pérdidas a las que debe acostumbrarse. No es el mejor momento para pillar una infección.
—Sabes mucho de estas cosas.
—Conocer el cuerpo y su manera de funcionar es vital para un deportista de élite. —Ella se
acomodó en el sofá y yo lo hice a su lado.
—¿Y tú eras bueno?
—Obtuve medalla en unos juegos europeos y estaba seleccionado para ir a las olimpiadas.
—¿Por qué no fuiste?
—Me lesioné una rodilla.
—Oh, vaya, lo siento. ¿Ahora está bien?
—La rehabilitación ayudó mucho, pero la lesión llegó en el peor momento, no había tiempo
para una recuperación.
—¿No has pensado en volver a competir? —Pensarlo sí, pero tomé la decisión de poner
primero a mi familia y no me arrepiento de ello.
—La situación se complicó y tuve que cambiar mis prioridades.
—¿Por eso entrenas a otros chicos ahora?
—Entrenar a otros no es tan exigente y yo ya soy demasiado mayor para volver a aquello.
—No eres tan mayor. —Era dulce escuchar su voz indignada.
—Tenía nueve años cuando ingresé en la escuela de gimnasia y no competí oficialmente hasta
que tuve diecisiete. ¿Cuánto tiempo piensas que necesitaría para alcanzar de nuevo ese nivel?
Además, mi cuerpo ya no es tan fácil de modelar como lo es el de un niño.
—Uf, suena inhumano.
—Suena a trabajo y sacrificio, pero para alguien que procedía de una humilde familia de
mineros y granjeros, aquella era la mejor oportunidad para conseguir algo en la vida. No ya por la
fama, sino por saber que tendrías mucha y buena comida en tu plato, cada día. Fracasar no era una
opción, porque eso significaba que volvías a la granja. —Sus brazos me envolvieron, como si
quisieran proteger al niño de entonces.
—Y yo pensando que mi infancia fue dura. Tú ni siquiera la tuviste. —Mis dedos acariciaron
sus cabellos con lentitud.
—Hay un dicho de dice que «las infancias duras crean adultos interesantes», y yo creo que no
salí tan mal, ¿verdad?
—No, eres realmente interesante, muy interesante.
—¿Ves? Y tú también eres interesante.
—Sí, lo soy. —Noté su voz adormilada y sonreí.
Tres horas más tarde, Ella estaba dormida sobre mi pecho, como aquella otra vez que nos
quedamos dormidos en el sofá, solo que ahora la única dormida era ella. Toqué su frente. Estaba
caliente. Maldije para mis adentros, me estiré y puse el termómetro de nuevo bajo su brazo.
Cuando comprobé la temperatura, había subido unas décimas más. Me levanté, la cogí en brazos y
la llevé a la cama. Sí, pesaba, pero soy un tipo que levanta pesas de 150 kilos, ella pesaba menos
de la mitad, así que iba sobrado.
Regresé a la cocina, tomé un vaso de agua y un antitérmico. Le hice tomarlo, pero ella casi ni
se enteró de que lo hacía. No podía dejarla sola en aquellas condiciones, así que me quité los
zapatos y me metí en la cama junto a ella.

Ella
El brazo me picaba, pero era incapaz de mover la otra mano para alcanzar aquella zona y
rascarla. Tiré de nuevo, pero era imposible soltarla de… ¡Oh, joder! Abrí los ojos y me encontré
con el peso muerto, o más bien dormido, que tenía atrapada mi extremidad sana: Serg. Luché una
vez más para sacar el brazo de debajo de… ¿Sería su hombro? Puede que sí, estábamos tan
enredados, que no sabría decir qué parte de quién, estaba dónde.
—Podrías simplemente pedir que me moviera. —La sonrisa de Serg fue lo primero en
moverse, antes de girarse para liberar mi brazo.
—Me pica. —Sí, bien por mí, señorita elocuencia.
—¿La herida? —Antes de terminar de decir que sí con la cabeza, Serg estaba de rodillas sobre
la cama, levantando la tela de mi camiseta para inspeccionar. Tiró con cuidado de una de las
tiritas y ladeó la cabeza—. Parece que están cicatrizando bien.
—Si usted lo dice, señor enfermero. —Otra vez aquella sonrisa.
—Lo digo, sí. Después de que te duches, te haré otra cura.
—¿Ducha? —Levanté la cabeza para mirar el reloj de la mesilla de noche, eran las nueve de la
mañana.
—Sí, anoche has sudado bastante, supongo que por la febrícula.
—Qué manera tan fina de decir que apesto. —Serg saltó de la cama, regresó, me dio un piquito
en los labios y corrió hacia la cocina.
—Prepararé algo de desayunar, supongo que estarás muerta de hambre, ayer no cenaste.
Así, sin más. Me dejó congelada al cuadrado, ¿eso se podía hacer? Congelamiento uno, había
dormido como unas dieciséis horas. Y congelamiento dos, me había besado. Había vuelto a
besarme, ya iban dos. Dejé mi cuerpo caer como una piedra sobre la cama, los ojos mirando el
techo. Señor, ¿podías hacer algo para que esos piquitos fuesen más «pasionales»? Sí, me había
levantado con hambre esa mañana, con mucha HAMBRE.
Capítulo 39
Serg
Decir que estaba feliz era poco. Me la había jugado y había salido bien. Quizás me dio fuerzas
el pasar la noche pegado a Ella, quizás fue ver que no se asustaba por amanecer a mi lado esa
mañana. El caso es que me arriesgué a darle un pequeño beso, uno fugaz, casi inocente. Y luego
salí corriendo, sin darle tiempo a protestar, siquiera a pensar qué había ocurrido. Un poco de
cobardes, lo sé, pero tenía que darle su tiempo para procesarlo.
Quería algo más con Ella, eso lo tenía claro desde el momento en que me di cuenta de que la
había echado terriblemente de menos. Los días que había estado en Los Ángeles, habían sido…
¿Cómo explicarlo? Parecían más vacíos, más sosos. Ella iluminaba con su sonrisa mis días y
quería tenerla cerca todo el tiempo que pudiese. Me gustaba abrazarla, sentir su peso sobre mí, la
tibieza de su piel bajo mis dedos.
También sabía que lo que menos estaría dispuesta a aceptar era una relación. Ese puñetero
Alvin había puesto difícil que Ella volviese a confiar en otro hombre, y mucho menos tan rápido.
Pero tenía que intentarlo. Pero también iba despacio por otra cosa, Constantin Jrushchov seguía
orbitando sobre mi cabeza, como la espada de Damocles, si tan solo… Mi teléfono sonó con la
llegada de un mensaje. Al cogerlo en mis manos, vi el remitente: Viktor.
—Jrushchov fuera de juego, eres libre.
Así, la maldita espada salió disparada para clavarse en la pared frente a mí. Tuve que apoyar
la cabeza sobre la mesa del desayuno, porque de repente me sentí algo inestable. Tanto tiempo con
aquel maldito peso encima, hacía que fuese extraño hasta respirar. Marqué el número de Viktor y
esperé a que contestara. —Supongo que buscas una confirmación.
—¿Entonces es cierto?
—No lo habría dicho sin estar totalmente convencido.
—¿Llegaste a un trato con él?
—Prácticamente estaba cerrado cuando la loca de su hermana se metió en medio. Pero ahora,
está cerrado del todo.
—Solo temo que cambie de idea.
—Aparte de que tengo a alguien vigilándolo, sé que está muy ocupado con otras cosas más
importantes que buscarse problemas con los Vasiliev.
—Me picaste la curiosidad, ¿puedo saber qué cosas? —La risa de Viktor resonó al otro lado
del teléfono.
—Por dónde empezar… Primero, su cuñado ha interpuesto una demanda de divorcio contra su
hermana; en otras palabras, se la ha devuelto con un «no la quiero ni en pintura». Su contacto en el
gobierno está bajo investigación por corrupción, así que no puede ni acercarse a él. La Bratva le
está ganando terreno en algunos terrenos conflictivos… En pocas palabras, nosotros somos algo
lejano y nada importante.
—Pero todo eso es pasajero, volverá a tenerlo todo controlado.
—Puede, pero si todo sale según lo previsto, va a estar muy ocupado los próximos tres años y
después… ya veremos.
—¿Tres años? No parece que le lleve tanto tiempo solucionar los problemas que me has
comentado.
—No he dicho que esos sean los únicos problemas que tendrá que solucionar.
—¡Que cabrón! Tienes más cosas listas.
—Yo no he dicho nada de eso. —¡Joder! Y el tío se hacía el inocente por teléfono, claro, por si
acaso había alguna remota posibilidad de que monitorizaran nuestra conversación.
—Entonces… Irina puede regresar.
—Estaba a punto de gestionar eso, pero…
—¿Pero?
—Le está gustando demasiado Miami.
—¿Qué quieres decir?
—Que es probable que no quiera regresar a Las Vegas.
—Pero… —¡Qué demonios! Yo estaba aquí; lo que quedaba de su familia estaba en Las Vegas.
Y entonces comprendí. Su nuevo trabajo estaba allí y se sentía mejor, más realizada, en su nuevo
hogar—. Entiendo.
—No te preocupes, podemos crear un puente aéreo regular para que podáis visitaros con
frecuencia. Ya sabes, ella unos días aquí, tú unos días allí.
—Está bien. Ella rehízo su vida allí, como yo he hecho aquí. No puedo reprocharle nada.
—Sé que duele, Serg. Pero recuerda que ya no estás solo y ella tampoco. —Sí, yo tenía a Ella
e Irina... ¿Eh? ¡Ah, mierda!
—¿Quién…?
—Tu hermana es un poco hermética con ese tema.
—OK.
—No lo pienses más, Serg. Nos tienes a todos aquí para lo que necesites.
—Lo sé y lo agradezco.
—¿Qué tal está Ella?
—Mejor, pero pasó mala noche. Las heridas se infectaron y tuvo algo de fiebre.
—La otra chica era venenosa.
—Eso parece.
—Entonces hice bien en sacarla de allí.
—Eso creo.
—¿Ella irá hoy al trabajo? —Miré a mi espalda, donde aquella de quien hablábamos acababa
de aparecer ya duchada y vestida, lista para iniciar su jornada.
—Me temo que sí. —Viktor soltó otra carcajada.
—Es dura esa mujer tuya.
—Sí, lo es.
—Entonces nos veremos hoy en el Crystals. Robin pasará a recoger a tu chica en unos minutos.
—Eso no hace falta, ya estoy de vuelta.
—Sí, eso intenta explicárselo a mi cuñada. Esas dos tienen algo entre ellas que no vas a poder
cambiar.
—En ese caso, no me meteré en medio.
—Chico listo. Nos vemos.
—OK. —Colgué y alcancé a Ella antes de que abriera el refrigerador—. Eh, eh. El desayuno
es cosa mía. —Ella se encogió de hombros y reculó.
—Estabas ocupado.
—Ya no, siéntate.
Preparé el desayuno bajo su atenta mirada, pero cuando estaba a mitad, el timbre de la puerta
sonó. Robin, puntual como un tren a la hora de la salida. Se llevó a Ella a rastras, mientras
masticaba la última cucharada de comida. Le despedí con un «iré a recogerte» y ella me devolvió
un movimiento de dedos. Esto ya era una rutina familiar completa.

Viktor
Cuando colgué el teléfono a Serg volví mi atención a la información que tenía en mi terminal.
Ese cabrón de Constantin al menos me había hecho caso y había llevado a la descerebrada de su
hermana a una granja de cerdos, lejos de la civilización. Que se fuese olvidando del wifi, internet
y casi casi del teléfono. Al menos esperaba que la ducha tuviese jabón. Cuando salió del
contendor en el que viajó seguro que necesitaba una, o mejor un baño con agua bien caliente.
Nueve días allí metida tenían que pasar factura. Según me enteré, hizo quemar la ropa nada más
quitársela. Ardería bien, supongo.
Todavía quedaban todos los frentes que tenía abiertos con Jrushchov. Ese malnacido no tendría
un minuto de descanso en mucho tiempo. Había puesto a la Bratva sobre su nuca, ladrándole como
un perro rabioso. La Interpol estaba pisándole los talones a sus cuentas en paraísos fiscales. Sí, se
recuperaría, pero no volvería a ser el n.º 1 nunca más, al menos mientras yo siguiera vivo, y algo
me decía que Mihail tenía algo personal contra él, porque estaba demasiado pendiente de todos
sus movimientos, acechando. Quizás podría averiguar más en su próxima visita.
Lo que más preocupado me tenía ahora era Sanders. No se había sabido de él en dos días.
Había tomado sus vacaciones y había desaparecido. No había ningún registro de él en ninguna
parte. Ningún avión, ningún billete comprado a su nombre, su maldito coche aparcado junto a su
casa. Y eso me daba muy mala espina. Había incrementado el nivel de alerta, tenía a Boby y a
Sara trabajando a destajo para encontrar una maldita pista sobre su paradero y aún no había nada.
Pero no pensaba decírselo a Serg, todavía no. Con que un Vasiliev estuviese de los nervios era
suficiente, al menos de momento.
Capítulo 40
Sábado de aquella misma semana….

Serg
Me gustaba esa nueva rutina. Levantarme, preparar nuestro desayuno y organizar nuestro día.
Era como volver a tener a Irina conmigo, solo que Irina no tenía ese par de… ¡Agh! Deja de
pensar en sus…
—Serg, ¿estás bien? —Miré y vi a Ella llegando a su sitio al otro lado de la mesa del
desayuno y después eché un vistazo hacia «los bajos fondos», es decir, a la vida más allá de mi
ombligo. El puñetero cabrón estaba empujando su cabeza contra la tela del pantalón. Me acerqué
disimuladamente hacia la mesa para que mi pequeño apéndice quedara oculto a la vista de Ella.
—Sí, claro. Solo estaba repasando en mi cabeza lo que tengo que hacer hoy.
—Es sábado, Serg, las peluqueras trabajamos mucho hoy, pero los gimnasios… ¿No tienen el
fin de semana para descansar?
—Algo así. Hoy cada uno tiene su propio entrenamiento suave, carrera y poco más.
—Entonces saldrás a correr.
—Ya corrí y me duché a la vuelta —dije señalando el pelo para que viera que estaba húmedo.
—Pues sí que madrugas —Miró su reloj y alzó una ceja.
—Hablando de ejercicio. Este fin de semana será mejor que descanses.
—Vaya, pues me descuadras el horario. Ahora tengo dos horas libres. —Solo tardé dos
segundos en pensar algo para hacer.
—¿Qué te parece si nos vamos de paseo? Conozco un lugar donde podemos pasear y tomar un
tentempié después.
—Eso suena estupendo.
—Entonces no se hable más. Hoy te llevo al trabajo y luego te recojo.
—OK, llamaré a Robin para decírselo. —Bien, día familiar.
Cuando Ella se sentó detrás de mí en la moto, tuve que reconocer que necesitábamos un coche.
No es que ella estuviese demasiado incómoda encima de mi máquina, o que lo estuviese yo. El
problema era aquel enorme bolso suyo. Había cambiado su ropa, había cambiado su estilo, pero
aquel maldito bolso-maleta seguía ahí. Y si, además, lo uníamos a la cesta con comida que quería
llevar para hacer un picnic junto al lago… definitivamente, necesitábamos un coche. Tenía que
hablar con Viktor, a ver si podía prestarme alguno de su compañía para hoy. Después tendría que
hacerme con uno de forma permanente. Querida moto, ibas a tener que compartirme, y no solo con
Ella.
Aparqué la moto en el parking y acompañé a Ella hasta la peluquería. Su jefa, Linette, estaba
observando a través del ventanal. Nos miraba de una manera que conocía muy bien. Lo siento,
chica, este hombre ya encontró a su gorshok meda y deberías dejar de mirarme así.
—Vendré a recogerte cuando termines el turno, ¿recuerdas? —Ella sonrió, se acercó a mí y
depositó un pequeño beso en mi mejilla.
—¡Eh, Eh! —Antes de que saliera disparada hacia su trabajo, cogí su mano y tiré de ella para
acercarla a mí todo lo que pude. Acabó entre mis brazos y la apreté contra mi pecho.
—¡Serg! —Mis dedos estaban acariciando la piel de su rostro, pero ese no era el sitio
adecuado. Con rapidez, deslicé mi mano hacia su nuca y la guie hasta que mis labios se unieron a
los suyos. No fue rápido, pero sí dulce. Señor, era como la miel. Lamí sus labios, como hacía
cada mañana con la cucharilla con la que me servía miel, rebañando cada recoveco que albergara
el dulce néctar que era mi perdición. ¡Señor, estaba perdido! Había acertado cuando la llamé
gorshok meda, era toda miel por dentro. Su corazón era de miel, sus ojos eran de miel y su boca
era de miel.
—¡Eh! Dejad de repartir pan delante del hambriento. —Juro que un día de estos esa Linette
debería ir a un curso de buenos modales. Primera lección, no interrumpir a los mayores cuando
están ocupados.
—Yo… tengo que ir a trabajar. —Sus ojos eran tan profundos… que casi me pierdo en ellos.
Antes de irse, volvió a mis labios para depositar uno de esos malditos piquitos. ¡Ah, mierda! Qué
frustrante es que te den una pequeña chupada del helado y luego lo alejen de ti.
—Chica traviesa. —Lo último que escuché fue su risa, extinguiéndose a medida que atravesaba
la puerta de entrada.
Metí las manos en los bolsillos de mis pantalones y empecé a caminar hacia el despacho de
Viktor. Tenía que preparar una tarde con mi mujer.
Mi primo estaba esperándome en el pasillo, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa
maldita sonrisilla de suficiencia en su cara. Era el puñetero rey y estaba a punto de entrar en su
castillo.
—Sabía que te gustaba dar un buen el espectáculo.
—¿Has estado espiando? —Empezamos a caminar hacia sus oficinas.
—Tengo controladas todas las cámaras del centro comercial y una desequilibrada obsesión por
lo que ocurre cerca de tu mujer, ¿qué esperabas? —Esperar, lo que se dice esperar, no esperaba
lanzarme sobre Ella de aquella manera y mucho menos en público. Pero había sido una de esas
veces en las que el cuerpo de uno no está conectado con su cerebro, ¿o sí?
—¿Privacidad?
—Sí, bueno, si eso haces en público, no quiero ni pensar qué es lo que harás en privado. —​
Estábamos casi llegando a las puertas de sus oficinas, cuando Boby abrió la puerta con
brusquedad, deteniéndose en seco al vernos. Detrás de él, las luces se habían vuelto rojas y
parpadeantes.
—¡Está aquí, en el edificio! —Tenía miedo de preguntar, pero, aun así, lo hice.
—¿Quién?
—Alvin Sanders.
Dicen que, cuando estás en situaciones de peligro y estrés, como cuando estás en medio de una
batalla, tu visión se focaliza en el centro, distorsionando la periferia, como si solo existiera lo que
hay delante de ti. El sonido se atenúa, el tiempo se ralentiza. El cerebro reptiliano se hace cargo
de todo y dejas de pensar, dejas que el instinto de supervivencia tome el control; mejor dicho, ese
instinto secuestra todo lo demás. Yo solo sé que mi cuerpo giró con rapidez, llevándome sobre mis
pasos con tanta velocidad que lo que había a mi alrededor se volvió borroso. Corrí tanto, corrí tan
deprisa, que cada esquina que doblaba tenía que aferrarme a algo para que mis pies no patinaran
sobre la pulida superficie del suelo. No podía pensar en la gente que apartaba de mi camino de
malas maneras, no podía pensar en aquellos que derribaba a mi paso. Solo tenía que llegar lo
antes posible a Ella, tenía que hacerlo antes que ese maldito animal, tenía que protegerla. Tenía el
corazón a punto de salírseme de la boca, cuando alcancé a ver la peluquería. Un hombre de
seguridad estaba evitando que un tipo bastante enojado entrara en el local. Gritos, empujones y
amenazas. Al otro lado del cristal vi el rostro asustado de Ella, pálida y estática, observándolo
todo como si fuera una película de terror.

Viktor
No tuve tiempo de decirle nada a Serg porque ya estaba desapareciendo de nuestra vista. Creo
que ni oyó que pedía a gritos que enviaran a toda la maldita seguridad del edificio a la peluquería.
Boby dijo que nada más saltar las alarmas de reconocimiento facial, el equipo de seguridad fue
alertado.
—Quiero que llames a la policía. —Empecé a caminar deprisa en la misma dirección que
Serg. ¿Que por qué no estaba corriendo como él? Porque pulsar las teclas del teléfono mientras se
corre es condenadamente difícil. ¿Y por qué estaba haciendo eso? Pues porque tenía que localizar
a Andrey y traer su culo aquí lo antes posible. Quería a ese hijo de puta detrás de unas fuertes
rejas, y a ser posible que la llave se perdiera. Andrey contestó al otro lado de la línea.
—Dim…
—Vente para el Crystals de inmediato. Alvin Sanders vino a por Ella.
—Salgo volando para allá.
—Date prisa.
Capítulo 41
Serg
—Solo voy a estar dentro un minuto.
—Le he dicho que se aparte. —El hombre de seguridad tenía dificultades para agarrar a Alvin.
El cabrón sabía cómo tratar con tipos violentos y fuertes; cómo no, era policía. Aproveché su
forcejeo, para ponerme entre la puerta y él, cerrándole el paso. Si quería llegar a Ella, tendría que
pasar por encima de mí. No iba a entrar en el local, yo me encargaría de eso. Con una maniobra
rápida y demasiado violenta, Alvin se deshizo del guarda de seguridad, pero al encararse contra
la puerta, se encontró con que yo estaba obstaculizándole el acceso.
—Apártate.
—No voy a hacerlo.
—No tengo nada en contra de ti, solo he venido a por mi novia.
—Hay una orden de alejamiento que te obliga a estar lejos de ella, así que lárgate. —Sus ojos
se empequeñecieron, comprendiendo que yo no estaba allí por casualidad.
—Eres otro de esos protectores que consiguió esa zorra. ¿Ya te la has tirado? —Estaba a punto
de arrojarme sobre él, cuando entendí que era eso precisamente lo que quería. Enfadarme para
hacerme abandonar mi puesto y poder aprovecharlo para abrirse camino hasta Ella. Fui boxeador
en la zona oscura, conozco muchos de esos trucos sucios.
—No voy a moverme de aquí, gilipollas.
—Acabaré pasando.
—Por encima de tu cadáver. —Ahí estaba esa cara de confusión y algo más de enfado.
—Se dice por encima de mi cadáver, cretino.
—Eso es lo que he dicho, por encima de TU cadáver. —El tipo lanzó su puño, pero fui más
rápido que él, lo desvié con mi antebrazo y le lancé un directo a la mandíbula. Casi pudo
esquivarlo, pero no del todo. Bien, era bueno, pero no tanto como yo.
—¡Manos arriba! —Detrás de nosotros aparecieron tres miembros del equipo de seguridad, al
menos dos de ellos llevaban uniformes y llevaban armas con las que nos apuntaban.
Alvin alzó las manos y sonrió, aunque no era de alegría. Se giró lentamente, al tiempo que uno
de los de seguridad le ponía las esposas y le ataba las muñecas a la espalda. Pero su expresión, su
mirada, seguía fija en mí ¿o era detrás de mí?
—Soy yo el que acabará ganando. —Noté a alguien poniéndose a mi lado y, al darme cuenta de
que era Ella, la tomé en mis brazos.
—La policía está a punto de llegar. —Informó uno de los chicos de seguridad.
—Bien. —No sé de qué se regocijaba. Podían ser policías, pero no tendrían compasión con
alguien que quebrantaba la ley, por muy de los suyos que fuese. Viktor llegó casi en ese momento,
acompañado de dos tipos más de seguridad, aunque vestidos de civil.
—Hay que ser un gilipollas o un temerario para saltarse una orden de alejamiento en mi
terreno. —Viktor se plantó delante de él con su pose más seria.
—Esto es un malentendido. Déjenme un minuto a solas con ella y la orden será historia.
—Sí, claro. ¿Y si mejor le dejo a él ese minuto a solas contigo? —Sí, ese «él» era yo, y
firmaría un papel en blanco por ese privilegio.
—Por mí, encantado. —Sentí el apretón en mi cintura, los brazos de Ella a mi alrededor. No,
mi mujer no quería que me enfrentase a él. ¿Cómo me dijo? Que no quería que me golpeasen.
—Esto no es asunto tuyo.
—Es mi esposa, todo lo que la atañe es asunto mío. —Oh, sí. Fue poético ver cómo se
transfiguraba su rostro con aquella información. Su cara se entornó hacia Ella, buscando una
respuesta. Ella se estiró, intentando transmitir esa confianza, esa seguridad que mi apoyo le daba.
—Es mi marido, sí. —Alvin apretó los dientes y juro que saltaron chispas de sus ojos. No
necesitaba que pusiera en palabras lo que había en su cabeza, para mí estaba claro. «Me has
quitado algo que me pertenece y pienso recuperarlo». Por respuesta, apreté más el cuerpo de Ella
contra el mío y le desafié con la mirada. «Atrévete si quieres, pero no voy a devolvértela, ahora
me pertenece». Besé la frente de Ella, para poner el punto final. En ese momento, llegó la policía
con un invitado especial, Andrey.
—Este es el individuo, agente. Tiene una orden de alejamiento que a todas luces ha
incumplido.
—No se preocupe, nos encargaremos de él. —Los dos agentes escoltaron a Alvin fuera del
edificio. Entonces noté que las fuerzas de Ella se desvanecían, pero yo estaba allí para sostenerla,
era su esposo y ese era mi cometido.
—¿Por eso dejaste Miami? —La voz de Linette llegó a nuestras espaldas, poniendo voz a lo
que todos en la peluquería se morían por saber. Ella y yo nos volvimos hacia ellos y Ella asintió.
—Es la parte de un pasado que quiero dejar atrás —aclaró Ella.
—Puedo entenderte. Ese tipo era detestable. —Linette podía hablar mal de la forma de actuar
de Alvin, pero no dejaba de estar sorprendida por el buen aspecto que tenía. Sí, seguro que se
estaba preguntando qué demonios tenía Ella para atrapar a hombres con el aspecto del loco de
antes y el mío. Lo sé, la imagen de Ella no era precisamente la de una modelo, pero es que su
atractivo no estaba en el exterior, sino detrás de esa visión sencilla. ¿Cómo no iba a tener a varios
hombres detrás de sus huesos? Era conocerla y no querer alejarte de ella.
—Si no te importa, Linette, me gustaría llevarme a Ella a tomar algo para que se tranquilice.
—Eh… —Linette miró hacia el interior del local, pero no entendí qué es lo que buscaba—.
Claro, pero…
—Volveré en quince minutos, no te preocupes. —Ella sí que lo entendió, era peluquera, al fin y
al cabo.
—Oh, tranquila. Puedo terminar yo con tu actual clienta. Pero estaría bien que regresaras antes
de que le toque a la siguiente.
—Por supuesto. —Ella aferró mi brazo y yo la guie hacia donde Viktor nos estaba haciendo
señas.
—Venid conmigo, os llevaré a un lugar tranquilo. —Ella y yo le seguimos dócilmente.

Ella
No es que apreciara realmente las virtudes de la tila, pero al menos mientras bebía cada
pequeño sorbo, tenía tiempo para pensar en todo lo que había pasado. Y no me refiero solo a la
visita de Alvin, sino realmente a TODO.
Empezando por aquel increíble y memorable beso que Serg me había regalado antes de ir al
trabajo. Imposible de concentrarme en mis tareas mientras sufría las secuelas. Todo mi cuerpo aún
sentía el hormigueo que había provocado. Su boca… ¡Santísima madre de dios! Había sido
deportista de élite, casi olímpico. Pues bien, si existieran competiciones de besos, el oro lo tenía
asegurado. Señoras y señores, con ustedes, ¡Elvis! Wow, estaba en Las Vegas, ¿no? Pues eso, el
más grande. Estaba en el cielo, sobre todo porque había constatado, de la mejor de las maneras,
no solo que Serg no era gay, sino que además, yo, Estrella Ma… Sokolov, le gustaba a Serguéy, mi
marido.
Y después, por la aparición de Alvin y el jaleo que siguió después. Siempre supe que volvería
a cruzarse en mi camino, porque era terco y retorcido como una mula desquiciada. Pero el miedo a
tenerlo cerca de nuevo se vio mitigado por los guardas de seguridad y luego la aparición de Serg.
Wow. Impresionada era poco. Mi marido sabía cómo plantarle cara a cualquiera. Y luego Viktor y
Andrey con la policía. Cuando dijeron que me protegerían, no bromeaban. Y son Vasiliev, había
descubierto que esta familia hacía las cosas a lo grande.
—¿Te encuentras mejor? —Sara acababa de sentarse a mi lado con algún líquido humeante
entre sus manos. En la distancia, Viktor, Boby y Serg estaban haciendo sus planificaciones.
—Sí, mucho mejor. —Un grito frustrado llegó desde el otro lado y pude ver la cara enfadada
de Serg. Viktor estaba a su lado, con la cabeza inclinada. No en esa postura de sumisión, sino esa
otra en la que parece que estás preparando un atraco a un banco. Finalmente, Serg asintió, miró
hacia mí y empezó a caminar hacia nosotras.
—Creo que voy a enterarme de qué es lo que ocurre. Te dejo con tu marido.
—De acuerdo. —Serg no ocupó el asiento que dejó libre Sara. Se acuclilló frente a mí, tomó
mis manos y empezó a hablar.
—Ha habido un problema.
—¿Qué quieres decir?
—Alvin escapó antes de llegar a la comisaría. —¿Sorprendida? Era Alvin. Si había policías
de por medio, siempre salía vencedor—. Pero no te preocupes, estarás a salvo. Iré contigo al
trabajo y me quedaré a tu lado todo el tiempo. Después, cuando tu turno termine, iremos a casa de
Viktor. Allí no podrá ni acercarse a la puerta, es un puñetero bunker. —Qué iba a decir. Solo
asentí con la cabeza.
Capítulo 42
Ella
Mi madre siempre decía que yo era una persona positiva, de esas que siempre ven el vaso
medio lleno. Así que, si tenía que sacarle la parte positiva a todo eso era que iba a tener a mi
recién estrenado marido, porque una no estrena a su marido hasta que lo cata, ya me entienden,
muy cerquita de mí. Chicas de la peluquería, babeen con este pedazo de hombre que conseguí
como marido. Guapo, valiente, fuerte y, sobre todo, protector y educado.
Así que allí estaba yo, intentando peinar a una chica que no podía quitarle de encima los ojos a
Serg. Sí, que él no hiciera más que mirar en nuestra dirección y regalar sonrisas era difícil de
pasar por alto. Pero es que la pobre, no sabía que esas miradas y esas sonrisas las estaba
intercambiando a través del espejo con su muy feliz mujercita, es decir, conmigo. Me temía que
acabaría haciendo lo mismo que el resto de mis clientas de esa mañana, acercarse e intentar
intercambiar algunas palabras, dejarle su teléfono y ese tipo de cosas. Y él, educadamente, las
contestaba y evitaba dañar sus egos, pero les dejaba bien claro que estaba allí esperando a su
mujer. Me señalaba y las sonrisas de las pobres se apagaban como cerillas debajo de una ola del
mar. Hubo incluso una que se enfadó, porque pensó que estaba de broma. Menos más que Linette y
mis compañeros le ratificaron la información.
Lo bueno de todo esto es que conseguía algunas buenas propinas, bueno, solo dos. El resto se
esfumó de la misma manera que las expectativas de ligar con Serg de aquellas mujeres.
¿Quejarme? Eso lo hice después, en el camino a casa.
—Eres malo para mí.
—¿Qué? —Su cara confundida era graciosísima.
—Mis propinas han bajado hoy, casi han desaparecido diría yo.
—Pues son una mierda de clientas, porque hiciste un buen trabajo.
—Sí, el trabajo era bueno, y estaban felices conmigo, hasta que llegabas tú y les decías que
eras mi marido. Y ahí, toda la simpatía que me tenían, puf, desapareció y con ella mi propina.
—Vaya, nunca pensé que tenerme como marido fuese negativo para tus finanzas. Tendremos
que buscar ingresos en otra parte, porque no estoy dispuesto a cambiar de estado porque ellas no
sepan manejar un rechazo.
—Me veo tejiendo peluches y patucos para ganar algo de dinero, o quizás tenga que recurrir al
pluriempleo. —Serg me metió bajo su brazo y me apretó contra él.
—Siempre podemos alquilar una habitación y sacar algo de dinero. —Me giré hacia él con el
ceño fruncido.
—No tenemos ninguna habitación para alquilar, las dos están ocupadas. —¿Estaba sonriendo
de medio lado? Sí, creo que sí.
—Puedo mudarme a tu habitación y dejar la mía libre.
—¿A mi habitación? —¿Sorprendida? Más que eso.
—Es la que tiene el armario más grande y yo tengo pocas cosas. Podría hacer la mudanza en
menos de media hora. —Se quedó mirando como si realmente fuese una propuesta seria. Lo
sopesé, dos segundos, hasta que comprendí que me estaba tomando el pelo.
—Mmm, es mala idea, ronco.
—Pero bajito.
—¿Qué quieres…?
—Ah, Ella, ya he pasado por eso, ¿recuerdas? Y sobreviví. —Le clavé mis nudillos en su
brazo y Serg no hizo ademán ni de fingir que le había dolido. Hombres de roca, uf, sí, roca, aquel
maldito bíceps estaba duro como una piedra.
—Idiota. —Él sonrió.
—Me han llamado cosas peores. Tú solo piénsalo. —Caminó hacia el coche que nos esperaba
en el aparcamiento subterráneo y me abrió la puerta. Fue cuando noté el grupo de hombres que
había custodiado nuestro recorrido. Viktor sí que sabía desplegar un dispositivo de protección, me
sentía como el presidente de los Estados Unidos.

Serg
Antes de sentarme dentro del coche, Sam me tendió las llaves que le presté. Necesitábamos
algo de ropa de recambio y un pijama para Ella, pero ni de broma iba a apartarme de su lado. Ella
necesitaba una imagen familiar que le transmitiera tranquilidad y seguridad, y yo necesitaba
tenerla a la vista, así de simple, así que se decidió que uno de los hombres de Viktor se encargara
de eso. No me hacía mucha gracia que un desconocido hurgase en la ropa interior de mi mujer,
pero era un mal menor. Sam me hizo un gesto para señalarme el maletero, donde supongo que
estaría nuestro equipaje, y yo le correspondí con el gesto internacional que hacemos los hombres
para darnos las gracias, sí, ese gesto con la cabeza. Después se acomodó en el asiento del
acompañante, delante de nosotros.
La caravana atravesó Las Vegas como una de esas comitivas fúnebres que siguen el coche en el
que transportan al muerto. No, no es una mala comparación, porque el ambiente dentro de los
coches, al menos en el que viajábamos nosotros, era especialmente frío y tenso.
Cuando atravesamos la última barrera de seguridad de la casa de Viktor, sentí cómo mi cuerpo
perdía un poco de esa tensión. En parte por todas las medidas de seguridad que había allí y en
parte por ver a Katia y Tasha esperándonos al pie de la puerta de entrada a la casa. En cuanto las
puertas del auto se abrieron, Tasha salió corriendo en busca de Ella para tirarse en sus brazos.
—¡Tía Ella, tía Ella!
—Hola, cariño, ¿cómo están mis chicas? —Tasha levantó su muñeca tejida hacia Ella,
mostrándole un trozo de esparadrapo en una de las patitas de la osita de peluche.
—Sita tiene pupa. —Ella se arrodilló junto a ella y examinó la «herida».
—No te preocupes, podemos curarla. Soy una buena enfermera de muñecas de peluche,
¿sabes?
—Bien. —Tasha asintió fuertemente con la cabeza y me pareció ver ese gesto que hacía Viktor.
Que se preparase el mundo; no había suficiente con un Viktor, sino que ahora teníamos un Viktor
mujer. Tasha tomó la mano de Ella y la llevó a su casa como una perfecta anfitriona. Katia esperó
a que llegara hasta ella para empezar a caminar a mi lado.
—Viktor me ha explicado lo ocurrido. Sabes que nuestra casa está a vuestra disposición tanto
tiempo como lo necesitéis.
—Solo el tiempo que nos lleve volver a atrapar a ese desgraciado.
—¿Qué tal lo lleva Ella?
—No quiere demostrar debilidad, pero sé que está afectada.
—Normal. A mí también me habría desestabilizado una aparición como esa. Pero es fuerte y te
tiene a ti al lado. Nos tenéis a todos para lo que haga falta.
—Lo sabemos.
—Os he preparado la habitación de invitados, ve subiendo vuestras cosas, mientras me llevo a
la enfermera y a su paciente a tomar un refresco al jardín.
—Gracias.
—No tienes por qué darlas. —Katia apretó mi mano y se encaminó a la cocina, siguiendo las
voces de Tasha y Ella.
—Su equipaje. —Sam estaba a mi lado, tendiéndome la maleta.
—Gracias.
—Estaremos en los alrededores, para lo que necesite.
—No te preocupes, Sam, nos apañaremos solos. —Él asintió y se retiró hacia el exterior. Subí
las escaleras, y no tardé en encontrar la habitación de invitados. Fue fácil: una tenía una pequeña
cama rosa; otra, una cuna y cosas de bebé; la de Viktor, un armario a rebosar de ropa; la nuestra,
un armario vacío. La nuestra. ¡Ah, mierda! Solo había una cama, justo después de bromear con
Ella sobre dormir juntos en la misma cama. Bueno, no era del todo una broma y ahora, finalmente,
parecía que no iba a serlo para nada.
Capítulo 43
Ella
Estaba repasando los puntos que se habían saltado de la pata de Sita, cuando Serg soltó la
bomba. Estaba inclinado sobre mi oído y lo dijo como en un susurro.
—Parece ser que la mudanza va a ser antes de lo previsto.
—¿Mudanza? —Él alzó las cejas un par de veces y entonces lo entendí. ¡Oh, señor! Íbamos a
dormir juntos, en la misma cama. Creo que se me escapó un punto y tuve que volver a atraparlo.
Pijama, necesito un pijama. Serg no puede… ¡Ay, dios!
—No… no tengo pijama.
—Sam se encargó de preparar una maleta con lo que podríamos necesitar, no te preocupes.
Serg se había sentado en la silla frente a nosotras, con las piernas abiertas y los antebrazos
reposando en sus piernas. Así, como si no acabara de soltar semejante noticia. ¡Mierda! Tenía que
subir a la habitación y revisar aquella maleta. No quería ni pensar en lo que podía haber metido
allí dentro.
—Ella, ¿estás bien? —Katia me miraba con preocupación. Supongo que debía de parecer algo
aturdida. Seguro que estaba roja como una manzana de caramelo.
—Eh, sí, sí. —Y ahí estaba esa maldita sonrisa baja bragas de Serg.

Serg
Fue divertido ver a Ella con aquel tremendo sofocón, pero mejor sería cuando llegase la
noche. Quería verla entrar en el cuarto sabiendo lo que iba a pasar allí dentro.
Viktor apareció tres horas después, y no lo hizo solo. Andrey vino con él y con sus chicas.
Robin enseguida se lanzó a abrazar a Ella, algo complicado con Nika de por medio.
Las dejamos reunidas alrededor de una jarra de limonada y nosotros nos fuimos al despacho de
Viktor. Cuando cerró la puerta, se activó el cerrojo de seguridad. Daba miedo, la verdad. De no
estar convencido de que me apreciaba…
—¿Qué noticias tienes, Andrey?
—Pues traigo buenas y malas. La buena es que ese maldito cabrón tenía muchos trucos en la
manga, como engañar a sus compañeros policías y, en un descuido, dejar inconsciente a uno y
escapar. Las esposas aparecieron muy cerca de donde noqueó al policía.
—Eso quiere decir que no está compinchado con la policía de aquí.
—No, ya sabes. Serán colegas de oficio, pero no tienen por qué ser amiguitos. Y eso nos deja a
la policía de Las Vegas y a la familia en el mismo lado de la ecuación.
—Sumando puntos con la policía, ¡yupi!, qué emoción. —Viktor había alzado sus puños a la
altura de sus pectorales, imitando una patética reacción de alegría. Le miramos de una manera
poco, mejor dicho, nada afable.
—¿Yupi?
—Es lo que dice Tasha. Creo que lo aprendió en la guardería —respondió encogiéndose de
hombros.
—¿Y la mala? —Esa era la que realmente me interesaba, por eso pregunté.
—La mala es que el tipo es un jodido cabrón con recursos. Sabe moverse, sabe buscar, sabe
escabullirse y, que me jodan, sabe dar buenos golpes.
—Un rival para tener en cuenta. Esto se pone interesante. —Viktor se frotó las manos, y no
entendí por qué. Que Sanders fuera un adversario tan fuerte no nos venía bien, ¿no?
—Suéltalo, Viktor. —Andrey conocía mucho mejor a su hermano, por eso sabía que había algo
detrás de sus palabras.
—El caso es que el tipo es bueno, mucho, pero nosotros tenemos un equipo mucho mejor.
—¿Quieres soltarlo de una vez? —No aguantaba más.
—Seguro que os habéis preguntado cómo localizó a Ella tan rápido.
—Lo hemos hecho, sí.
—Pues Boby y yo estuvimos dándole vueltas al tema y lo descubrimos. Verás. Él acudió
directamente a su centro de trabajo, no a su casa, eso en sí ya era una pista. Que creyera que podía
llegar a ella, es otro asunto. El caso es que me quedé con lo del trabajo y recordé cómo
descubrimos lo del cambio de identidad de la familia de Ella, por los números de la seguridad
social. —¿Cambio de identidad? ¿Qué me había perdido? Pero antes de que la pregunta saliera de
mi boca, Andrey se adelantó.
—¿Qué parte de la historia no nos has contado? —Viktor se recostó en su sillón, detrás de la
mesa.
—Antes de firmar los impresos de matrimonio, Boby descubrió una correlación en los
números de la seguridad social de su padre y hermano. Algo ilógico en personas que empiezan su
vida laboral en fechas diferentes. Al preguntarle directamente a ella, me relató una historia muy
interesante, una que después Boby ha intentado indagar, pero que, de no ser por su información, no
habría sido fácil descubrir. Antes de nada, he de decir que Ella voluntariamente nos liberó de
hacer todo esto, pero no quise.
—E hiciste bien. No habría dejado a Ella enfrentarse sola a ese matón, me da igual todo lo que
traiga detrás. —Creo que con eso dejé bien clara mi postura. ¿Defender a Ella? La conocía lo
suficiente como para saber que ella era una magnífica persona y se merecía todo lo bueno, no la
parte mala de la vida.
—Ella es una buena chica que estaba en el momento menos indicado en el lugar menos
apropiado.
—Ya estás soltando por esa boca —pidió Andrey.
—Cuando era niña presenció el asesinato de su familia.
—¡Joder! —Se me escapó, no pude contenerlo.
—Identificó a cuatro de los cinco hombres que estuvieron involucrados y, precisamente por
ese quinto que quedó libre y por el procesamiento de los otros cuatro, les dieron a los
supervivientes nuevas identidades. Los que ahora son su padre y hermano, son en realidad su tío y
primo.
—¿Cuánto hace de eso?
—Catorce años, entonces era una niña, pero ese no es el problema ahora.
—¿Y cuál es?
—Aparte de que ella ha cambiado mucho, prácticamente no la reconocerían como la niña de
entonces. Lo problemático es lo que dice la investigación del caso.
—No voy a preguntar cómo has conseguido esa información, pero quiero saberla.
—Bien, de los cuatro procesados por el asesinato, dos han muerto, otro sigue en prisión y el
que queda fuera es uno de los que nos tenemos que preocupar.
—¿Uno?
—Santos Bocanegra es ese uno y, por lo que sabemos, ha crecido dentro de los Madre Santa.
El otro es el que más me preocupa.
—Porque no fue identificado.
—Por eso y porque sospechaban que era un policía corrupto.
—Pues parafraseando a Gabriel García Márquez, lo de Ella es una crónica de una muerte
anunciada.
—¡Mierda! —Eso no me salió con demasiada fuerza, casi fue un susurro, pero es que mi
energía estaba centrada en procesar toda aquella información.
—Si fuese otra persona, habría salido corriendo lejos de ella. Pero soy un Vasiliev, no huyo, y
creo que vosotros dos habríais hecho lo mismo.
—Y ahora, ¿qué vamos a hacer? —Lo de vamos era obvio. Ninguno de los que estaba en
aquella habitación daría un paso atrás.
—Pues lo que hemos hecho siempre. Atajar los problemas de uno en uno y prepararnos. —​
Dejar que Viktor se encargue de las estrategias es la mejor opción, siempre. Yo no estaría tan
tranquilo si fuese otra persona quien lo hiciera.
—De momento, yo he cursado una demanda contra Sanders por incumplimiento de la orden de
alejamiento y por intento de agresión. La policía ha estado muy a favor de todo ello, es más, diría
que tienen tantas ganas de atraparlo como nosotros.
—Ego policial, qué le vamos a hacer. De momento vamos a reforzar la seguridad en el
Crystals y estaréis más seguros durmiendo en nuestra casa. Los traslados se realizarán en nuestros
coches y siempre con escolta.
—Por mí no es necesario. Es más, quiero que ese desperdicio de hombre se enfrente conmigo.
Hay un par de cosas que mis nudillos quieren decirle a su cara.
—Estaba pensando en Ella, pero me encanta tu forma de pensar, Serg. De momento, no dejéis
que esa mierda de persona controle vuestra vida. El miedo no puede ser una constante. —Me
respondió Viktor con una sonrisa.
—No voy a permitir que ese tipo gane, de ninguna de las maneras.
—Bien, entonces será mejor que salgamos para la cena. Con tanta gente, son capaces de
dejarnos media ración.
Capítulo 44
Serg
Como era de esperar, la hora de irse a la cama llegó. Lo mejor de todo es que, con eso en la
cabeza, el altercado con Alvin quedó en segundo o tercer plano. Caminé detrás de Ella durante
todo el trayecto, incluso me detuve en el umbral de la puerta, para admirar su paso titubeante.
—Llegó la hora. ¿No estarás nerviosa, verdad? —Ella se giró solo un poco.
—¿Nerviosa? Pues no.
—Ah, bien, porque no deberías estarlo. Ya lo hemos hecho antes y has sobrevivido.
—Ya. Voy a buscar mi pijama.
Rebuscó en la pequeña maleta y finalmente sacó algo. Con la prenda en la mano, se encaminó
hacia el baño. No pude evitar sacudir la cabeza mientras caminaba hacia la maleta. No hacía falta
que rebuscara dentro, yo no tenía pijama, o, mejor dicho, el mío siempre lo llevaba puesto. Así
que saqué mi ropa para el día siguiente y la estiré sobre una silla. Que le voy a hacer, son
costumbres que es difícil quitarse de encima.
Me desvestí y me metí entre las sábanas solo con mis calzoncillos. Estaba posando la tela
sobre mi estómago, cuando la luz del baño se apagó y, al mirar hacia allí, encontré a Ella parada
en el umbral. ¿Dónde mierda estaba su pijama de nubes? Aquello era algo totalmente diferente.
Para empezar era fucsia, y no había tela que cubriera sus piernas, ¡joder!, pero nada. Era como
una de esas camisolas para dormir de chicas.
—No te rías. —Reírme no estaba en mis pensamientos precisamente.
—Ven aquí, anda. —Palmeé el colchón a mi lado y ella se acercó. Con rapidez se metió bajo
las sábanas y se tapó hasta las axilas—. No voy a comerte. —Se acercó un poquito más y yo
sonreí un poco.
—Ya está.
—No somos dos adolescentes, Ella. Podemos estar juntos en una cama y no pensar en sexo. —​​
Ella me miró y se puso de costado para que su cuerpo estuviese totalmente frente al mío.
—Eso no me preocupa nada.
—¿Entonces?
—Me da miedo. —Ah, no, Ella, no salgas corriendo.
—No permitiré que nada ni nadie te haga daño, Ella, ni siquiera yo. Si me dices «no», será no,
sin más. —Sus ojos tenían ese brillo triste que me partía el corazón.
—Serg, no sé lo que buscas en mí. Yo… —Posé mis dedos sobre sus labios, porque no quería
oírla decir que no merecíamos intentarlo.
—Sssshhhh. Escúchame. Sé perfectamente quién eres, de dónde vienes y lo que no quieres. Sé
que no soy el mejor material para marido, pero me esforzaré todo lo que pueda para conseguirlo.
Conoces todo lo que es importante de mí, y si hubiese algún problema de mi pasado que me
alcanzara de nuevo, saldría de tu vida para que no te tocara. —Me miró con cara extraña.
—¿Tú te estás oyendo? La que ha traído problemas, y de los gordos, he sido yo, y tú te has
metido de cabeza en ellos. Y eso que no sabes ni la mitad.
—Sé lo suficiente y es que me necesitas cerca para superarlos. —Sus dedos acariciaron el
pelo de mi sien.
—Hay veces en que te comería a besos.
—Tienes mi permiso para hacerlo. —Ella dejó escapar un pequeño gemido lastimero.
—No puedes ser tan perfecto. —Retiré mi rostro unos centímetros del suyo.
—¿Perfecto? Yo no soy perfecto.
—¡Claro que sí! ¡Mírate! Pareces un anuncio de ropa interior para hombres, incluso hueles
bien. Y luego abres la boca y sueltas todo eso que me derrite las neuronas.
—Nah, pero eso se viene abajo cuando pones en la balanza mi parte mala.
—¿Qué parte mala? Tú no tienes de eso.
—Oh, gorshok meda, sí que la tengo. Soy un puñetero cabrón perfeccionista, llevo a mis
chicos al límite, no doy tregua. Tengo tendencia a dejar que mis puños resuelvan los conflictos que
me cabrean y me cuesta un mundo contenerme. Cuando se me enciende la sangre, es casi imposible
pararme. O me noquean o seguiré golpeando hasta convertir a mi oponente en una masa de carne y
sangre. —Cuando vi sus ojos grandes y asustados, supe que había hablado más de la cuenta.
¡Estúpido! ¿Cómo le dices eso a una mujer víctima de malos tratos?— Lo tenía controlado desde
que llegué a este país, pero cuando Sanders me lanzó el primer golpe… El demonio que habita
dentro de mí empezó a luchar para salir de su jaula. Y no lo había hecho desde la última vez que
peleé en Moscú.
—Serg…
—Lo que ves es solo fachada, Ella. En cambio, tú eres increíble. Por fuera eres bonita, pero
por dentro… Wow, oro de 24 quilates. Eres como un puñetero huevo kínder, con suculento
chocolate por fuera y un regalo fantástico dentro. —Sus ojos se entrecerraron.
—¿Eso es lo que me llamas siempre, huevo kínder?
—¿Eh? —Hizo un gesto circular con su dedo.
—Cuando me dices eso en ruso que no entiendo.
—¿Gorshok meda?
—Sí, eso mismo.
—No significa huevo kínder.
—Entonces, ¿qué me has estado llamando todo este tiempo?
—Tarro de miel.
—¿Tarro de miel? ¿Porque me parezco al tarro de miel que tienes en el armario de la cocina?
—¿Qué? ¡Oh, mierda! Ese tarro era de un kilo de miel, densa, opaca y totalmente mi perdición.
—Por tus ojos.
—¿Mis ojos?
—Sí, tienen el mismo color de la miel. Y luego está tu forma de ser, tan dulce…
—Así que era un cumplido. —Ella pareció meditar la información.
—Totalmente.
—Bien. Entonces no hice mal al no responder.
—¿Responder?
—Sí, ya sabes, eso que dicen los críos. —Creo que mi cara mostraba una gran confusión, así
que se dignó a aclararlo—. Sí, hombre, eso de «Tu madre por si acaso». —¿Mi madre? ¿Qué…?
¡Ah!, era una broma, ¿verdad?
—¿Una broma? No soy de este país, no entiendo bien esas cosas.
—A ver. Quiere decir que, como no sé si me estás insultando, por si acaso, tu madre también.
Si es malo, te devuelvo el insulto, si es un cumplido, te devuelvo el cumplido.
—Ah, vale.
—Bueno, ¿y ahora qué?
—Ahora vamos a dormir. —Me incliné y besé su frente antes de abrazarla para acercarme un
poco más a su tibieza.
—Ah, no. Vale de tanto beso de abuela. Me gustan más los otros. —Vaya con la picaruela.
—A mí también.
Me incliné sobre ella y besé sus labios. Primero un piquito suave y rápido, luego otro no tan
rápido y, por último, uno mááás lento, mucho más lento. No sé en qué momento se me fue de las
manos, pero tuve que separarme para respirar. ¡Señor! Era como la maldita cucharilla, no podía
parar de saborear y chupetear hasta sacarle todo el sabor. Pero es que el sabor de Ella nunca se
acababa y aquello era peligroso. Mi respiración era como la de un buceador que acababa de salir
a la superficie después de hacerse cien largos en la piscina.
—Si no paro ahora, me como el tarro entero.
—¿Qué? —¿Lo dije en voz alta? Parece que sí.
—Que tenemos que descansar, hoy fue un día duro. Así que, a dormir. —Ella arrugó el ceño,
puso morritos y, muy indignada, se giró para darme la espalda. Cuando tuve ese magnífico trasero
a la vista, no pude contenerme y le di una suave cachetada.
—¡Eh! —La agarré por la cintura y la pegué a mi cuerpo, haciendo una perfecta cucharita.
Como a mí me gustaban, bien cargadas de miel. Le di un beso a la coronilla y bufó.
—¿También de estos te daba tu abuela?
—Mi madre. —Ella se revolvió en su sitio, intentando acomodarse mejor, asentando ese
goloso trasero suyo. No sabía a lo que estaba jugando, pero tenía que pararlo.
—O te estás quieta o te demuestro que yo no soy tu madre. —Pegué mi entrepierna a su trasero
y noté cómo percibió esa «diferencia» entre su madre y yo.
—Idiota.
—No, gorshok meda, se dice excitado y no quiero llegar a dolorido. —Volvió a bufar y yo la
apreté más fuerte, mientras dejaba salir una gran carcajada y volvía a besar su cabeza—. Duerme,
gorshok meda.
Capítulo 45
Serg
Sí, era demasiado temprano para estar corriendo en la cinta, pero no podía hacer otra cosa.
Desperté antes de mi hora habitual, con la barra de acero lista para perforar y no era plan. Así que
busqué el gimnasio de Viktor y me puse a quemar energía. Miré el reloj, una hora trotando, podía
parar si quisiera.
—¿No es un poco pronto para correr? —Disminuí la velocidad de la cinta para parar
lentamente y tener una conversación normal con Viktor.
—No podía dormir.
—Te entiendo. —Supongo que él pensaría que el motivo de mi falta de sueño fuese Sanders,
así que no iba a sacarle de su error. Uno no le dice a otro hombre que se ha ido del lado de una
mujer porque no quiere tener sexo con ella. Y no es que no quisiera, no podía. Ella merecía su
tiempo.
—¿Y tú qué haces levantado un domingo a estas horas? —Viktor me dedicó una sonrisa y
accionó la cinta contigua a la mía para empezar su propia carrera.
—Tengo que ir a trabajar, porque al contrario que el resto de la gente, los fines de semana es
cuando más trabajo tengo.
—No lo había pensado.
—El casino, el hotel, todo lo que conlleva seguridad, incrementa el volumen de trabajo en
fines de semana, vacaciones, fiestas y congresos.
—Qué haríamos sin ti.
—No te mofes, es un trabajo serio. —Su sonrisa me decía lo contrario, pero sabía que sus
palabras eran ciertas.
—¿Hay noticias de Sanders?
—Nada, se lo ha tragado la tierra.
—Como policía sabe qué debe hacer para evitar ser localizado.
—¿Crees que habrá relacionado a la familia Vasiliev con Ella? Andrey y tú estabais en mitad
de todo cuando el incidente del Crystals.
—No muchos saben que tú eres nuestro primo. Si hace averiguaciones, lo único que encontrará
es que el responsable de la seguridad del Crystals, que soy yo, estaba interviniendo en un
altercado inusual en su centro de trabajo. Recuerda que mis oficinas están en la planta de arriba. A
Andrey lo relacionará con el área legal de la fundación Blue Star, que es la que se ha encargado
de la acogida y reubicación de Ella. Al único que querrá ubicar es a ti, su marido. En el Crystals
mucha gente sabe que estáis casados, algunos puede que conozcan tu apellido, pero nadie sabe
dónde vives, dónde trabajas… Eso tendrá que averiguarlo, le llevará su tiempo. Cuento con que se
deje ver cuando realice esa investigación y así lo localizaremos.
—Lo tienes todo estudiado.
—Lo que me jode es que no todo. Cuando sigues sus pasos, ves cómo ha hecho las cosas y
encuentras su lógica. Pero es condenadamente difícil tirar del hilo a revés. Anticiparse a él es
complicado. Me come las entrañas, porque es como ese maldito juego en que tienes que golpear al
topo cuando asoma la cabeza del agujero. Sé que va a salir, pero no tengo ni idea de por dónde.
—Entonces lo único que tenemos que hacer es esperar.
—Para hombres como nosotros, eso es lo peor.

Ella
Cuando desperté, estaba sola en la cama. Estupendo, porque no quería aguantar otro rechazo, y
me había levantado con un maldito calentón encima. Por la noche, cuando ese maldito hombre
caliente me besó como se debía…. Uf, se me encendieron todas las luces de alarma. Después de
sentir su boca devorándome… Wow, se pusieron en marcha doce coches de bomberos dentro de
mí, con sirenas, luces y todo lo que usaran para montar un buen jaleo. Estaba lista para más y ¿qué
hizo Serg? Rajarse. Estaba claro que le calentaba, porque hay cosas que no se pueden fingir, y va
y se detiene en seco. Juro que estuve a punto de soltar un grito tipo rugido de león, pero me
contuve. No soy tonta, sé que hay algo que le contiene, quizás sea yo, mi aspecto ya no podía ser,
porque me dijo que era bonita. Tal vez fuese toda la situación en la que estábamos metidos. El
caso es que no iba a dejar que se contuviese otra vez más. Si él quería, yo lo quería más, así que
no iba a dejarle escapar.
—¡Tía Ella! —Un torbellino de rizos saltarines vino como un caballo desbocado hacia la
cama. Bueno, hasta mí, porque saltó sobre el colchón y siguió hasta chocar conmigo.
Definitivamente, aquella sí era una buena razón para no tener sexo en casa de Viktor, demasiadas
personas a las que evitar.
—Hola, cariño.
—Vamos a la piscina, hace mucho sol.
—Ah… no traje bañador.
—Pues sin bañador. Mamá me deja bañarme sin ropa.
—Ah… creo que eso puedes hacerlo porque eres muy pequeñita, tesoro. Pero la tía Ella tiene
que taparse un poquito.
—Pero tampoco mucho. —La voz de Serg llegó desde la puerta. ¡Mierda! Venía todo sudado,
con el pelo húmedo y… totalmente comestible. Ella, para, que hay menores delante.
—Creo que me quedaré mirando cómo os bañáis vosotros, ¿qué te parece? —Cogí a Tasha en
mis brazos y la senté en mi regazo, o al menos eso intenté, porque volvió a salir disparada en
cuanto lo hice.
—No es divertido. Tío Serg, báñate conmigo. —Serg la atrapó al vuelo y la puso a planear
como un avión.
—Vale, pero déjame darme una ducha antes para quitarme el mal olor de encima. ¿Puedes
pedirle a tu papi un bañador para mí?
—Sííí. —En cuanto la puso en el suelo, Tasha salió corriendo mientras gritaba el nombre de su
padre.
—Juegas con ventaja. Viktor y tú seguro que tenéis una talla parecida.
—A lo mejor Katia tiene algo que pueda servirte. —Puse los ojos en blanco y me dejé caer de
nuevo sobre el colchón.
—Puf, ¿recuerdas cierto camisón de nuestra noche de bodas? Definitivamente, no creo que
tenga algo en lo que pueda entrar.
—Por intentarlo… —Y el tipo se fue hacia la ducha. Casi ni me di cuenta de que había alguien
junto a la puerta de la habitación hasta que me llegó la voz de Katia.
—Bueno, has adelgazado mucho desde entonces, y los bañadores son algo más… elásticos.
Anda, ven conmigo.
—Pero estoy en ropa de dormir.
—No pasa nada. Viktor acaba de terminar de vestirse y seguro, para cuando lleguemos, ya
habrá ido a la cocina a desayunar.
—Pero…
—Agh, vale. Iré a comprobar y vuelvo a por ti en cuanto el campo esté despejado.

Serg
Cuando salí de la ducha y entré en la habitación, tropecé con una piedra enorme parada frente a
la puerta del baño. Menos mal que la toalla cubría mis partes «nobles», porque no era apropiado
que una niña viera esas cosas de su tío.
—Wow, Tasha. ¿Qué…? —Me tendió un bañador azul y cuando lo tuve entre mis dedos echó a
correr.
—Corre, el agua se calienta.
Sí, bueno. Pero no pensaba cambiarme en el cuarto, porque aquella ardilla podía aparecer en
cualquier momento y no tenía ganas de que me viera el culo o «las nueces», ya puestos. Así que
volví al baño, cerré la puerta e hice el cambio de atuendo.
Bajé las escaleras, me dirigí a la piscina y, justo cuando estaba a punto de llegar, apareció Ella
de debajo del agua. No habría sido nada del otro mundo, mujeres mojadas había visto un motón,
pero cuando apoyó los brazos en el borde de la piscina, para darse impulso y sacar medio cuerpo
fuera y alcanzar una pelota roja que estaba en el embaldosado… ¡Adiós a la sangre de mi cerebro!
Toda, absolutamente toda, se fue a la parte media de mi anatomía. ¡Santa madre de dios! Qué
pedazo de pechuga tan tremenda. Justo lo que recomendó el médico para ir a la cama y no dormir.
¡Wow!
—Ah, ya llegaste. Vente al agua, Serg, está estupenda.
Con la última gota de sangre que quedaba en mi cerebro me dispuse a salvar la situación de la
manera más rápida. Así que eché a correr y me lancé en plan bomba en la piscina, calculando un
lugar alejado y despejado, donde no tuviese ni una ardilla mojada cerca ni esa tentación cremosa y
suculenta para atraparme. Agua fría, mis pelotas y yo allá vamos.
Capítulo 46
Serg
—Deja de sonreír como un idiota, Serg.
Alcé una de mis cejas antes de dedicarle una mirada asesina a Nino. Sí, tenía una puñetera
sonrisa en la cara a causa del estupendo día que había tenido con Ella y el resto de la familia
Vasiliev. Pero lo mejor de todo había sido esa imagen de Ella con aquel biquini que… Uf, era
volver a recordarlo y tener que reacomodar mis partes. Definitivamente, tenía que poner una
piscina en mi vida, en nuestras vidas. El que estaba al tanto del mercado y el precio de ese tipo de
cosas era Nick, así que tendría que preguntarle. Aunque tuviese que ahorrar durante media vida,
merecía la pena conseguir una casa con piscina. Y con los muros bien altos, porque tenía pensado
sacarle partido a esa piscina de muchas maneras. ¡Joder! Volví a reacomodar a mi insolente amigo
y me senté sobre un banco para intentar disimularlo.
—Deja de hablar y sigue golpeando el saco. Todavía te quedan quince minutos.
—¿Y por qué Lucas se ha librado de hacerlo? —Otra vez con eso, estos dos iban a acabar con
mi paciencia. A ver si Viktor encontraba de una vez una sustituta para Lucy, porque esto de que
Lucas se ocupara de la recepción… Sí, el chico era metódico y eficiente, pero eso era porque
prefería estar allí que sudando la camiseta aquí con Nino.
—Porque Lucas está atendiendo la recepción del gimnasio.
—¿Y si cambiamos el puesto? —Aferré la parte alta de mi nariz con tres dedos. Sí, no era
suficiente con dos dedos, tenían que ser tres.
—Eso se lo preguntas al dueño del gimnasio. Yo aquí solo soy un simple empleado, Nino. —
Mi teléfono vibró en mis pantalones y lo saqué para ver de qué se trataba.
—Su carroza acaba de llegar, cenicienta. —Cenicienta. A cualquier otra persona que me
llamara cenicienta le metería la fregona por la «retaguardia», pero a esta le permitiría que me
llamara hasta mariposita. Solo a esta, ¡eh!
—Otra vez tienes esa sonrisa idiota. —Sí, bueno, como fuese.
—No te aguanto más, me largo. —Nino dejó de aporrear el saco de nuevo—. Nadie te ha
dicho que habías terminado. —Nino bufó en desacuerdo y volvió a aporrear el saco.
Eché a andar hacia la salida, previo paso por el banco junto a las pesas, donde tenía mi bolsa
de deporte con la ropa. Mientras, iba tecleando mi respuesta.
—Estoy saliendo. —Estaba casi llegando al mostrador de recepción, cuando escuché la voz de
Lucas.
—Eh, Serg, ¿cómo un tipo como tú se ha casado con una chica como esa? —Lucas tenía la
vista clavada en un monitor, en el que se veía el exterior del edificio.
—Suerte, supongo.
—No, yo me refiero a que no es como… ya sabes, no está tan buena como Lucy, eh… digo
que… —Sí, gilipollas, a ver cómo sales tú solo de ese agujero en el que te has metido. Ella no era
físicamente como las chicas con las que había «pasado el rato», si eso. Pero es que… Pero ¿qué
coño? ¡Oh, joder! La están atracando.
—¡¿Qué?! —Salí corriendo hacia la calle para encontrarme de frente con la imagen más
aterradora. Y no, no estaban atracando a Ella.
Ella
Linette había estado encantada toda la mañana. ¿Por qué? Porque Viktor había puesto a un par
de tipos fuertes a vigilar el local. Entre paseo por aquí, vuelta por allá, Linette no hacía más que
babear con tanto chico macizo metido dentro de uniforme. ¿Qué tendremos las mujeres con los
chicos de uniforme? Aunque no todos los uniformes, he de decirlo. A mí me ponen los de la
marina de gala, esos blancos de los oficiales. Pero a Linette creo que le ponen hasta los uniformes
de cartero. Lo de esta mujer no es normal, está más necesitada que una planta en el desierto, por
favor.
En fin, cuando terminé mi turno, Igor, uno de los hombres de seguridad de Viktor, estaba
esperándome para acompañarme hasta el coche.
—¿Quién te corta el pelo?
—¿Eh? —Se pasó la mano por el pelo—. ¿Qué tiene de malo mi pelo?
—Nada, si te gusta el corte tradicional de monaguillo.
—¿Monaguillo? —No pude aguantar más y empecé a reír. Era tan fácil descolocar a estos
tipos grandes y serios. Fue divertido, sobre todo cuando entendió la broma y empezó a reír
conmigo, de forma más comedida y profesional, eso sí.
Lo sé, tendría que estar asustada, seria, precavida, pero… Después del estupendo fin de
semana que había tenido, no podía. No me había sentido tan libre, tan protegida, tan apreciada, tan
feliz desde… ya no lo recuerdo.
Bueno, a lo que iba. Subimos al SUV y nos dirigimos al gimnasio donde trabajaba Serg.
Cuando estábamos estacionando el vehículo, le envié un mensaje para que supiera que ya
estábamos ahí. Cuando llegó su respuesta, bajé del coche para ir a su encuentro.
—Está saliendo.
—No, espera. —Igor apagó el motor y empezó a salir por el lado contrario al mío. Pero no le
esperé, eran solo diez metros y Serg venía a mi encuentro ¿qué podía pasar? Pues lo que pasó.
Alguien chocó contra mí y no, no fue por accidente.
—Te atrapé.

Serg
Alvin Sanders. El hijo de puta estaba allí, apretando la garganta de Ella con una mano y con la
otra apuntado su cabeza con un arma. Y sabía cómo cubrirse la espalda. Cuatro malditos metros,
Ella estaba a cuatro malditos metros y no podía alcanzarla, porque la mirada de Alvin era bastante
clara. Te acercas, la mato. Igor estaba en un ángulo diferente al mío, y sabía que estaba armado,
pero sus manos estaban vacías, mostrando que no era una amenaza. Lucas estaba a dos metros de
mí, a mi derecha. Varios de los hombres del gimnasio estaban saliendo a la calle, pero al ver la
situación, se quedaron clavados en el sitio. Los más cercanos a Alvin éramos Igor y yo, pero
ninguno se movería, ninguno pondría en peligro a Ella.
—Tranquilo, hablemos. —El cabrón se rio y apretó más a Ella contra su cuerpo.
—No intentes hacer mi trabajo, gilipollas. Sé lo que pretendes y no va a funcionar. —Mis
puños se apretaron tanto, que sentí cómo el dolor de mis articulaciones se unía al dolor de la
impotencia. Pero no podía rendirme. Le había prometido que nadie volvería a hacerle daño, que
Alvin no volvería a ponerle una mano encima; aunque me costara la vida, no dejaría que ese
monstruo se la llevara.
—Mira a tu alrededor, Alvin. Esto es un secuestro y, como policía, sabes lo que eso significa.
—¿Te refieres a que pasaré el resto de mi vida huyendo? Puedo hacerlo, sé cómo desaparecer.
Star lleva casi toda su vida haciéndolo, ¿verdad, cariño? —El malnacido metió su nariz en el pelo
de Ella y sonrió satisfecho, pero sus ojos nunca me abandonaron.
—No voy a dejar que te la lleves.
Mi mandíbula se tensó, al tiempo que, por un segundo, me permití mirar a Ella. No debía
hacerlo, un luchador nunca le quita los ojos de encima a su oponente. Pero lo hice y me encontré
con sus ojos asustados, pero había algo más en ellos, algo que podía reconocer porque lo había
visto muchas veces en los míos. Por primera vez desde que la conocía, tuve miedo, porque sabía
lo que iba a hacer, iba a luchar. Mis entrañas se redujeron al tamaño de un guisante. Yo sabía lo
que era luchar, pero ni loco me enfrentaría a un arma cargada apuntando a mi cabeza, era un
suicidio. En un parpadeo, Ella actuó. Y juro que, en ese mismo instante, mi corazón se paró.
Capítulo 47
Serg
La mano izquierda de Ella ascendió para agarrarse a la muñeca de Alvin, haciendo que este
apretara más su agarre sobre su cuello. Pero no le dedicó siquiera una mirada, tan solo inclinó su
cabeza hacia delante, para hacer presión con su barbilla sobre su coronilla. Cuando le habló, tuvo
la deferencia de hacerlo lo suficientemente alto como para que yo lo oyese.
—Un poco tarde para empezar a pelear, Star. ¿O debo llamarte Ella? Sí, lo sé todo sobre ti.
Nunca has podido ocultarme nada.
Ella no soltó su agarre, su mano siguió allí quieta y eso le dijo a Alvin que ese camino ya no
serviría con ella, ya no tenía miedo. Pero Alvin era ágil mentalmente, tenía que reconocerle eso.
—Así que ya no me temes y tu familia está demasiado lejos. Pero seguro que encuentro algo
por lo que estés dispuesta a portarte bien otra vez.
La mano que sostenía el arma empezó a moverse y, en tres segundos, el cañón dejó de apuntar a
la cabeza de Ella para apuntarme a mí. Buena jugada, cabrón. La mano de Ella empezó a retirarse,
liberando a Alvin. Todo su cuerpo pareció perder fuerza. Y si bien hizo que mi pecho se hinchara
al saber que era importante para ella, mi instinto de supervivencia se puso en alerta máxima.
Un movimiento por el lado de Igor llamó la atención de Alvin y la mía. Aunque en otras
ocasiones admiraba a mis oponentes cuando no perdían detalle, en esta ocasión estaba cagándome
en Alvin y toda su experiencia.
—Eh, eh. Tranquilo, vaquero, no querrás que tu amigo salga lastimado, ¿verdad?
Aproveché el que sus ojos se habían centrado por unos segundos en Igor para dar un pequeño
paso más hacia ellos. Pero el cabrón lo veía todo.
—Un paso más y nos ahorramos los papeles del divorcio.
Levanté mis manos en señal de rendición y paciencia, ya saben, separando las palmas de mi
cuerpo y alzándolas arriba. Y entonces, sucedió, rápido, preciso. No sé qué ocurrió primero, ni si
fue simultaneo, pero Ella empezó a golpear. Su pie cayó con fuerza sobre un pie o la espinilla de
Alvin, no pude verlo bien, porque mi atención estaba sobre el arma en aquel momento. Y era
precisamente sobre ella, que mi mujer había hecho un movimiento rápido, preciso y, sobre todo,
efectivo. Con ambas manos, golpeó en direcciones opuestas, un golpe sobre el antebrazo de Alvin
para llevarlo hacia su derecha y otro en media tenaza sobre el arma, haciendo que saliese
disparada de la mano de su agresor hacia su izquierda.
Todos nos lanzamos a actuar en aquel momento. Yo para llegar hasta ellos, al igual que Igor,
solo que desde lugares diferentes. Alvin intentando atrapar el arma, ejercer un mejor agarre sobre
una Ella que se le escurría al mismo tiempo que golpeaba con el codo el hígado de Alvin. El tipo
se estaba encorvando y entonces Ella se estiró con mucha velocidad, haciendo que su cabeza
chocara fuertemente con la cara de Alvin, cuya cabeza basculó hacia atrás con brusquedad. Lo
siguiente que vi fue como Igor tiraba de un brazo de Ella para sacarla de en medio, al tiempo que
yo empezaba a descargar el primer golpe sobre la cara de Alvin.
Había controlado al maldito monstruo que habitaba en mi interior durante mucho tiempo, había
reprimido todos mis instintos para obligarle a permanecer encerrado en lo más profundo de mí,
pero en aquel instante, no solo le dejé salir, sino que le di la bienvenida y le dije «matémoslo».
Durante demasiados años he luchado en las peleas clandestinas en Rusia. Aprendí a fuerza de
dolor que la desesperación hace peligrosos a los hombres, que solo la inconsciencia es capaz de
darte un respiro. Pero uno no puede pararse a ver si el oponente está en condiciones de devolver
el golpe, porque un segundo de vacilación es lo que necesitan algunos para darle vuelta al juego.
Lo sé, porque yo fui ese uno. Con Alvin no solo no iba a evitar ese riesgo, sino que evitaría los
que pudieran llegar después. Iba a matarlo, porque bajo tierra era el único lugar desde el que no
podría seguir haciéndole daño a Ella, no…
—Serg. —La voz de Ella llegó clara desde mi costado y, como si hubiesen pulsado un
interruptor de desconexión, dejé de golpear. Vi a Alvin chorreando sangre, con un ojo
prácticamente cerrado por los golpes, pero aun mirándome con ira desde el otro. Pero no estaba
devolviendo los golpes porque su cuerpo ya no podía y porque Igor estaba ya a su espalda
inmovilizando sus brazos—. Serg. —Giré mi rostro hacia Ella y la vi allí, inmóvil, llamándome a
su lado con aquellos ojos dulces y preocupados. Corrí hasta ella y la abracé con fuerza.
—¿Estás bien? —Pude ver mis manos ensangrentadas abrazando su espalda para mantenerla
tan pegada a mí como fuese posible.
—Estoy bien, ¿y tú? —¡Joder! La que había estada encañonada y sujeta por ese desalmado
había sido ella ¿y me preguntaba si yo estaba bien? Alcé la cabeza un segundo, para ver cómo Igor
ponía a Alvin en pie y me asentía con la cabeza. Lo tenía.
—Ahora sí. Me asustaste muchísimo. —Tomé su rostro en mi mano y no me importó tener las
manos manchadas con la sangre de aquel gilipollas. La besé porque necesitaba sentirla viva,
saborearla de nuevo, decirles a todos mis sentidos que Ella estaba bien. Escuché sirenas de
policía, jaleo de hombres gritando, pero todo parecía demasiado lejano, solo importaba Ella y la
manera en la estábamos unidos. No fue hasta que sentí la sacudida en mi hombro que me volví
para gritarle a quien fuese que no molestara. Y ese alguien era Lucas.
—Serg, tu mujer está sangrando. —¿Sangrando? Alejé a Ella unos centímetros para examinarla
mejor.
—¿Estás herida? ¿Dónde? —Habría jurado que el arma no se había disparado y Ella no estaba
herida cuando acorralamos a Alvin. Me miró extrañada, como si no supiese de qué le estaba
hablando. Fue Lucas el que nos respondió a los dos.
—Su cabeza. Está sangrando ahí arriba. —Alcé mi cabeza sobre la suya y la moví con cuidado
hasta que localicé el punto desde el que efectivamente manaba sangre. Justo en su coronilla. Con
rapidez, me quité la camiseta, hice una pelota y la presioné sobre la herida.
—¡Llama a una puñetera ambulancia y trae una toalla limpia! —Lucas tenía una mano en la
marcación del teléfono cuando un agente de policía llegó hasta nosotros.
—Ya hemos pedido nosotros una ambulancia. Ahora quiero que me expliquen qué demonios ha
pasado aquí.
—Ese hombre ha intentado secuestrar a mi mujer, disparándome en el proceso. —El otro
policía estaba recogiendo la pistola de Alvin del suelo.
—Busque en su base de datos, se llama Alvin Sanders y tiene una orden de búsqueda y captura
—puntualizó Igor. El agente de la pistola pidió refuerzos por la radio y ordenó a los presentes que
se quedaran para tomar declaración. Mientras su compañero se acercaba a un cabreado Alvin para
arrestarlo.
—Santos irá a por ti. —Fue lo último que gritó Alvin antes de que lo metieran esposado en la
parte trasera del vehículo policial. Sentí el cuerpo de Ella tensarse bajo mis manos y sabía por
qué, solo había un Santos al que Ella pudiese temer. Llegó otro coche de policía y la ambulancia
estaba haciendo girar sus rotativos anunciando su cercanía. Lucas estaba a mi lado, tendiéndome
la toalla que le había pedido. Sus ojos iban entre Ella y yo.
—Wow, Serg, ahora sí que lo entiendo.
—¿Entender qué? —pregunté.
—Por qué te has casado con ella. —Sus ojos se detuvieron en mi mujer y empezó a asentir
mientras sonreía de una manera… Admiración, la miraba con admiración. ¡Joder! Yo también
estaba orgulloso de ella. Con el culo aún apretado por su culpa, pero malditamente orgulloso. Igor
se acercó a nosotros y me pasó el teléfono. Al ponerlo en mi oído, escuché la voz de Viktor.
—¿Serg?
—Cuéntame.
—Voy de camino. Ya he hablado con la central de policía, informándoles de que tenemos
grabaciones de todo lo ocurrido. La cámara del exterior lo ha recogido todo.
—Espero que eso sea suficiente para encerrarlo de por vida.
—De eso se encargará Andrey, no te preocupes. Está metido en faena en este momento. ¿Cómo
está Ella? —Los sanitarios llegaron en ese momento hasta nosotros y dejé que se encargaran de su
herida, pero sin alejarme demasiado de ella.
—¿Viste lo que ocurrió? —Escuché su pequeña risa al otro lado de la línea.
—Desde que el reconocimiento facial localizó la cara de Alvin, no me he despegado del
teléfono ni del monitor. El cabrón sabía cómo esconderse de las cámaras, por eso no pudimos
avisar con tiempo.
—Un cabrón inteligente.
—Tu chica no se ha quedado atrás. Tiene pelotas. —Miré de reojo para ver cómo uno de los
sanitarios limpiaba la herida mientras el otro preparaba el material para la sutura. Tenía una
pequeña brecha en el cuero cabelludo, seguramente se la hicieron los dientes de Alvin cuando le
golpeó la cara.
—Como las de un caballo. Mi gorshok meda es increíble.
—Lo he visto. Wow, al más puro estilo agente especial. Ah, mierda, ya sé dónde aprendió a
hacer esas cosas.
—Robin.
—No te quepa duda.
—Tendré que agradecérselo, pero más le vale no enseñarle más, no quiero morir tan joven por
un infarto. —La fuerte risa de Viktor llegó a mi oído.
—Bienvenido al club. Tendrás que acostumbrarte o cambiar de mujer.
—Nah, me quedo con el infarto.
—Se nota que eres un Vasiliev. Ahora supongo que querrás llevarla a un hospital para que le
hagan alguna radiografía a esa cabeza suya. —Los puntos de sutura ya estaban, dando por
finalizado el trabajo de los sanitarios. Pero Viktor tenía razón, yo me habría ido a casa con un par
de pastillas para el dolor y listo. Pero con Ella, haría que la revisaran a fondo.
—Sin perder tiempo.
—Bien, porque necesitaremos un informe para presentar como prueba. Ese Alvin se va a caer
con todo el equipo y de más de una manera.
—Espero que Andrey lo entierre.
—Somos Vasiliev y ese tipo ha hecho daño a una de nuestras mujeres. Haremos algo más que
enterrarle. —Amén con eso. Colgué y devolví el teléfono a Igor.
—Nos vamos al hospital. —Igor asintió.
—Eh, ya me han puesto puntos aquí. No necesito ir a ningún hospital. — Igor sonrió y alzó una
ceja hacia mí. Sí, mi chica era una tipa dura.
—Necesitamos un informe para la denuncia, ya sabes, para que Andrey empapele a ese
impresentable. —Encantadora la manera en que Ella se quedó con las ganas de protestar. Tan solo
asintió y empezó a caminar detrás de Igor hacia el coche. Noté una mano en el brazo antes de
seguirles a ambos.
—Toma, no puedes entrar en un hospital sin algo encima. —Nino estaba tendiéndome una
camiseta bajo la atenta mirada de Lucas y un par de tipos más del gimnasio.
—Gracias.
—Oye, ¿tu mujer es hija única? Porque… —Puse los ojos en blanco y me dirigí al coche.
—Solo hay una, Nino. ¿Por qué te crees que me casé con ella? —Escuché un «puñetero
suertudo» y algo como «Lara Croft» mientras me alejaba. Y la verdad es que no iban
desencaminados. Lara Croft. Heroína con un par de buenos pechos. Sí, mi mujer era una magnífica
versión de carne y hueso, y era mía.
Capítulo 48
Alvin
Malditos hijos de puta, la tenía en mis manos. Pero yo no soy de los que pierde, porque me
gusta decir la última palabra. Sí, estoy detrás de una verja de acero, llevo ropa de presidio, pero
aún no he dicho mi última palabra. Ya no tenía nada que perder, pero podía ganarlo todo, así que
tenía claro lo que iba a hacer.
Fue una suerte descubrir que aquel tipo que estuvo de visita de la familia de Ella era de
protección de testigos. Solo tuve que escarbar hasta encontrar parte de la historia de esa zorra
para encontrar algo jugoso que me diera el poder sobre ella. ¿Por qué casarme con ella cuando
tenía algo más poderoso para atarla a mí? No era mucha la información que conseguí, pero a
fuerza de probar sus reacciones, descubrí su implicación con los Madre Santa. ¿Que cómo me
enteré? Porque soy un detective de delitos menores en Miami y esa banda tiene sus ramificaciones
en varias ciudades en este país. Estaba trabajando en un caso que los implicaba y, al mencionar a
los Madre Santa, vi el rostro de Estrella palidecer. Solo tuve que unir piezas, Madre Santa,
protección de testigos… Fueron unos cuantos meses de investigación, pero al final conseguí un
nombre, un maldito nombre que mantuvo a Estrella cumpliendo mis deseos en cuanto lo
mencionaba. Metías a su familia en la misma frase y, ¡bingo!, Estrella claudicaba. Pues bien, había
llegado la hora de cumplir con aquellas amenazas.
Chico boxeador, a ver cómo te las apañabas con una poderosa banda del narcotráfico. Santos
Bocanegra se encargaría de tu chica. No era para mí, no era para nadie. ¿Enamorado? No, lo que
me jode es que me quiten lo que es mío. Por eso estaba preparado para cumplir mi amenaza, por
eso sabía cómo contactar con Santos Bocanegra. La única complejidad sería hacerlo desde la
cárcel. Pero soy un tipo de recursos, siempre lo he sido. Era bueno en mi trabajo porque conocía
muy bien a los delincuentes, su forma de moverse, de actuar. ¿Estar en el otro lado? Sin problema.

Ella
No sabía si era por los analgésicos que me habían dado o por el beso de Serg, pero estaba
flotando como una pompa de jabón en la brisa. También podía ser por el hecho de que le había
dado un buen golpe en la cara a Alvin. Sí, sentaba bien romper las cadenas que nos mantenían
vinculados de una manera que me hiciera libre y él acabara bien lejos de mí. ¿Sacarlo de mi vida?
Podría decir que lo había sacado a cabezazos, al menos uno. Pero había algo que podía
estropearlo todo. ¿Hasta qué punto podía actuar un hombre encarcelado? No lo sabía realmente,
pero si Alvin decía que Santos iría a por mí, es porque él haría que sucediera. Tenía que hablar
con Viktor. Una cosa era afrentarse a un hombre como Alvin y otra muy distinta a Santos. Y si el
primero fue capaz de crear tantos problemas, ¿qué no sería capaz un hombre acostumbrado a
apartar a la gente que le estorbaba con un balazo en la cabeza?
—Ya tengo el informe médico. Podemos irnos cuando quieras. —Serg entró de nuevo en el box
de urgencias en el que me habían atendido.
—Entonces vámonos ahora. —Empecé a levantar el culo de la camilla y Serg ya estaba allí
sujetándome con cuidado.
—No tenemos prisa, nena. Toma el tiempo que necesites. —Cuando estuve de pie y bien cerca
de él, hablé bajo para que no nos oyeran las personas de los boxes colindantes.
—Serg, tenemos que hablar. Es importante. —Él asintió.
—Nada más llegar a casa, ¿de acuerdo? —Yo asentí también.
Igor nos llevó hasta nuestra casa, porque pedí ir precisamente allí, necesitaba volver a un lugar
que fuese mío, nuestro, no sé si pueden entenderme, ni yo misma lo comprendo. Igor se quedó con
el informe médico para entregárselo a Andrey. Era bueno que estos hombres fueran los que
hicieran el trabajo, porque mi cabeza estaba en otras cosas. Serg me acompañó hasta el sofá y se
sentó a mi lado. Cuando comprendí que había llegado el momento de continuar con nuestra
conversación, tomé aire y empecé a soltar por mi boca lo que hacía demasiado tiempo que era un
secreto.
—Cuando era niña, mi familia y yo vivíamos en Tucson. Mi padre trabajaba en un almacén de
café, mi madre limpiaba casas y mi hermano trabajaba algunas horas limpiando piscinas con mi
tío y mi primo, ya sabes, para ganarse algún dinero. —Serg asintió, comprendiendo e instándome
a seguir.
—Continúa.
—Un día estábamos en casa, esperando a que mi tío y mi primo regresasen de limpiar una
piscina en la parte alta de la ciudad. Era el cumpleaños de mi hermana Teresa y teníamos cena
familiar para celebrarlo. Nada demasiado espectacular, solo reunión familiar y bizcocho. No
queríamos decirle a Teresa que el tío y el primo habían ido a recoger una piñata para ella, para
que celebrara al día siguiente con sus amigos del barrio. Era nuestra pequeña sorpresa. Mamá
estaba haciendo la cena junto a mi tía, cuando notaron que se habían olvidado de los huevos para
el bizcocho de Teresa. Me enviaron a casa de nuestra vecina a pedir unos cuantos. Cuando
regresaba de allí con ellos, escuché disparos que salía de mi casa, y gritos, muchos gritos. Los
huevos cayeron de mis manos, pero no pude moverme. Todo el mundo sabía lo que aquello
significaba y lo que había que hacer. Meterse en casa, cerrar ventanas y esconderse. Pero cuando
es tu casa en la que ocurre todo… no supe que hacer.
—El miedo te paralizó, es normal, eras una niña.
—Vi a tres hombres de los Madre Santa saliendo de mi casa, metiendo las armas con las que
acababan de disparar a mi familia dentro de los pantalones. Fueron hasta el coche que estaba
cerca de donde me había quedado, donde había dos hombres esperando. Uno fuera, apoyado sobre
el techo del coche, con la puerta del conductor abierta y el otro sentado en los asientos de detrás.
No pude ver su cara, porque me daba la espalda, pero la luz de la farola lo iluminaba bien.
Llevaba una de esas camisetas de tirantes, por lo que pude distinguir un tatuaje que tenía en la
parte trasera de su hombro derecho. Una especie de calavera, como las que se ven el día de todos
los santos, pero con una rosa roja enorme detrás. El que estaba fuera del coche era Santos. Cuando
todos entraron en el coche para largarse, dieron la vuelta y Santos me vio. La suerte fue que la
furgoneta de mi tío se acercara en ese momento. Santos no paró el coche, pero sacó la mano y me
disparó con el dedo, sin apartar sus ojos de mí. No necesitaba saber que aquello era más que una
amenaza. El resto puedes imaginártelo.
—Hubo juicio.
—Identifiqué a todos y testifiqué contra ellos. No se consiguió localizar al hombre de dentro
del coche, así que nos mantuvieron ocultos. El juicio fue largo y pasamos por varias reubicaciones
con protección de testigos, hasta que finalmente terminamos en Miami.
—¿Le contaste algo de esto a Alvin?
—Ya sé que, siendo policía, podría haber sentido la tentación de hacerlo, pero nunca lo hice,
por eso me sorprendió que supiera de la existencia de Santos y lo que significaba para mí.
—¿Sabía quién era?
—No sé hasta qué punto, solo me amenazaba con decirle dónde estaba mi familia si no hacía lo
que él quería. —Vi la mandíbula de Serg tensarse, eso no necesitaba traducción. —No quiero
causar más problemas, pero tengo que volver a desaparecer. Contactaré con el agente de
protección de testigos que llevaba mi caso y le diré que…
—No.
—¿Eh?
—Vas a dejar de huir, Ella. Viktor se encargará de todo, nosotros nos encargaremos de todo.
—Pero…
—Voy a llamar a Viktor y Andrey y buscaremos una manera. Sé lo que es estar huyendo de
alguien y, si no le plantas cara, seguirás huyendo toda tu vida.
—Serg. —Sus manos tomaron las mías y me miró directamente a los ojos.
—No estás sola en esto, Ella. Ahora me tienes a mí, tienes a la familia, y si tuviera que escoger
a alguien para encargarse de hacerlo bien, ese sería Viktor.
—Pero…
—Te enfrentaste a Alvin y ahora está entre rejas. Santos será más peligroso, pero cuentas con
gente para enfrentarte a él. Confía en nosotros.
—No quiero que os ocurra nada por mi culpa. —Me tomó entre sus brazos y acomodó su
mejilla sobre mi frente.
—Juntos somos más fuertes, Ella. Aprendí eso hace tiempo. Deja que te lo demostremos.
Capítulo 49
Alvin
Como dije, soy un hombre de recursos. El mensaje estaba enviado, ahora solo tenía que
esperar y ver cómo las cosas seguían su curso. Solo tenía que leer la prensa y esperar a que
apareciera la noticia. Esa puta iba a pagar por haberme traicionado, nadie me desobedece y no
paga las consecuencias. Y si algo sabía de ese Santos es que no dejaba cabos sueltos, así que era
muy posible que se llevara por delante a ese entrometido marido entrenador de ella.
—Alvin Sanders, tienes visita de tu abogado.
Me levanté del catre de mi celda, esperé a que me esposaran y después abrieran la celda.
Caminé detrás del celador mientras pensaba en lo bien que funcionaba aquí el sistema judicial.
Bueno, eso no lo sabía, pero al menos era rápido. Con mi hoja de servicios ejemplar y una
enajenación transitoria, podía estar fuera en menos de diez meses, todo dependía de cómo de
bueno fuese mi abogado.
El tipo estaba sentado de espaldas a la puerta, con su traje a medida y su maletín de piel.
Rodeé la mesa y levanté las manos para dejarlas sobre la mesa. Fue entonces cuando pude ver
bien su cara y mi buen humor desapareció.
—Parece feliz, señor Sanders.
—¿Qué haces tú aquí? —Reconocí al tipo, era el maldito abogado que estuvo encima de la
policía cada vez que me esposaron. Las dos puñeteras veces. El abogado de la maldita fundación
esa que ayudó a Star.
—Vaya, pues viendo su recibimiento, no sé si debo defenderle o no.
—No le quiero ocupándose de mi defensa, hará todo lo posible por destrozarme la vida.
—No, eso lo ha hecho usted solito, señor Sanders. —Me recosté en la silla y sonreí, porque si
el tipo se había molestado en ir hasta allí era porque tenía un plan, y quería saber de qué se
trataba.
—Al grano, ¿por qué ha venido? Porque sabe que puedo recusarle como mi abogado. —El tipo
esbozó una media sonrisa que no me gustó nada.
—Lo primero, decirle que ha sido muy astuto. Sabe que dentro de la cárcel, no podemos
destrozarle la cara personalmente, que es lo que nos gustaría hacerle. Tampoco somos de ese tipo
de gente que contrata a presos para concertarle una entrevista personal con Lucifer, ya sabe, por lo
de mandarle directo al infierno, porque no creo que llegue a oler el cielo ni en sueños. Así que
tendremos que esperar a que salga, pero somos gente paciente, esperaremos lo que haga falta. Así
que disfrute de su estancia en la cárcel, señor Sanders, porque tenemos un viaje preparado para
usted como premio. —El tipo se levantó, recogió su maletín y llamó para que abrieran la puerta.
—¿Ya? No sé, esperaba algo más. Me ha parecido bastante flojo, abogado. —El tipo giró la
cabeza al tiempo que la puerta se abría.
—¿Flojo? No tengo que hacer nada, señor Sanders, usted ha hecho todo el trabajo. Porque
¿cómo cree que tratan el resto de presos a los policías que acaban entre rejas? —Ahí supe que
tenía su jugada.
No era un policía de Las Vegas, nadie tendría que saberlo, pero él acababa de soltar aquello
delante de un grupo de carceleros y un par de presos que había en el pasillo. Sí, aquel cabrón
acababa de abrir la veda para mi caza. ¡Maldito hijo de puta! El carcelero tenía esa maldita
expresión de sorpresa que no presagiaba nada bueno. A un policía que acababa entre rejas nadie
le trataba bien, ni los propios policías y mucho menos los delincuentes. Si quería sobrevivir, tenía
que convertirme en un puñetero lobo con insomnio. Salir era una prioridad, pero él ya se encargó
de decirme que entonces ellos estarían fuera, esperando. Y lo dijo de una manera que no parecía
la de un simple abogado, como si al que hubiese cabreado fuese al mismísimo Al Capone. El
celador esperó a que me pusiera en pie y me acompañó a mi celda.
—No sé qué habrás hecho para cabrear a los Vasiliev, pero estás jodido.
—¿Qué quieres decir?
—¿Tú no eres de por aquí, verdad?
—De Miami.
—Ah, eso explica mucho.
—¿Explica el qué?
—Hay algo que todo el mundo sabe en esta ciudad, proyecto de muerto, y es que nadie juega
con un Vasiliev.
El tipo cerró la puerta de mi celda y se fue partiéndose de risa a mi costa. Vasiliev, ¿quién
coño eran esos Vasiliev?

Andrey
Marqué el teléfono de mi hermano mientras salía de la prisión. Hice bien en acercarme, porque
hay información que no se consigue de otra manera. El nombre Vasiliev abría puertas, pero había
que tocar en ellas.
—¿Cómo ha ido?
—El tipo ya hizo su movimiento, fue rápido.
—¿Podemos interceptar el mensaje?
—Ese es el problema, consiguió acceso a un teléfono e hizo una llamada. Tendrás que poner a
Boby con ello. Tengo la hora, así que supongo que será fácil de localizar.
—Desgraciado. Me fastidia cuando son así de rápidos. Si pusieran el mismo interés en
solucionar crímenes, no habría ningún delincuente suelto en las calles. Vaya una mierda de policía.
—Bueno, no te desesperes, cuando salga de aquí puedes decírselo a tu manera.
—Ya, bueno, creo que Serg está primero. Creo que no descargó suficientes golpes sobre el
tipo.
—El caso es que creo que no se va a aburrir mientras espera a que eso suceda. Algo me dice
que va a hacer muchos amigos aquí dentro.
—Tienes que conseguir que no lo trasladen a otra cárcel, lo quiero cerca cuando salga.
—Puedes contar con ello. Éste cumple su condena cerca de nuestra casa. Por si algún día
quieres hacerle una visita.
—Me gusta esa idea.

Serg
Cerré la puerta de la habitación y me dirigí hacia la sala de estar. Cogí el teléfono y marqué el
número de Viktor. Ahora que Ella estaba dormida, tenía que darle los datos que faltaban a la
historia que conocíamos. Cuando terminé de narrarle toda la historia, Viktor se quedó en silencio
al otro lado.
—¿Crees que podríamos localizar al tipo del tatuaje?
—Seguro que hay alguna base de datos policial con ese tipo de información que Boby pueda
piratear. Pero voy a serte sincero, si no lo consiguieron localizar hace catorce años, va a ser
difícil hacerlo ahora, cuando el rastro está frío. Además, he estudiado todo el maldito informe
policial, y si ellos que estaban encima de estos tipos no llegaron a identificarlo… Sus sospechas
se fundamentaron en que los alijos de droga que entraban en el país pasaban por debajo del radar
de la DEA. Siempre que intervenían, se topaban con un gran saco de nada. La policía sospechaba
que había un topo entre ellos, alguien que los avisaba, pero escapaba de las trampas que le
ponían.
—Un tipo listo.
—Sí, últimamente estamos encontrando un buen número de esos.
—La vida no es como en las series de televisión, donde siempre cogen al malo.
—Eso también tiene su parte buena, Serg. Los Vasiliev no nos movemos precisamente en la
parte limpia.
—Lo sé. Yo me refería…
—No es necesario que te justifiques, sé a qué te refieres. Hay malos y MALOS. Yo,
personalmente, me considero uno de esos malos buenos, como Batman, ya sabes. Para conseguir
acabar con los auténticos malos hay que ser un poco malo también.
—El fin justifica los medios.
—Eh, a Batman le funciona. —Tuve que sonreír, Viktor hacía que pareciese tan simple…
—Nah, yo creo que sois más como la liga de la justicia, ya sabes, muchos superhéroes juntos
luchando codo con codo.
—Sííí, me pido Batman.
—No sé, Robin está con Andrey.
—Ya, capullo. Pero yo soy el que tiene los juguetes chulos. Espera, Espera, ¡ya lo tengo! En un
Halloween todos teníamos disfraces de esos. Nick era The Punisher, Andrey era Arrow y yo era el
Ghost Rider.
—Un puñado de justicieros muy variopinto.
—No tienes ni idea, y eso que no sabes de qué iban disfrazadas nuestras chicas.
—¿Quiero saberlo?
—Sí, mejor que no. No quiero partirte la cara por babear sobre mi mujer cuando la vuelvas a
ver.
—¡Eh! Yo ya tengo a mi súper heroína, ¿recuerdas?
—Así que, ¿al final te vas a quedar con la chica?
—Si hubiera ido a buscarla, no habría encontrado a alguien mejor, de eso estoy seguro.
—Sí, tiene buena sangre para convertirse en una Vasiliev.
—Lara Croft.
—¿Eh?
—Así la llamó Lucas.
—Yo que tú, tendría cuidado con ese.
—Lo tendré vigilado.
—Ya es tarde y mañana nos espera un día movido. Será mejor que vayas a dormir.
—Lo haré.
Después de colgar la llamada, regresé a la habitación. Había insistido en que Ella durmiera en
mi cama y los calmantes hicieron que ella no prestara resistencia. Así que me quité la ropa y me
metí bajo las sábanas, pegando mi cuerpo todo lo que pude al de Ella. Creo que debía de estar
acostumbrándome a esto, porque fue poner mi brazo alrededor de su cintura, cerrar los ojos y caer
en un profundo y reconfortante sueño.
Capítulo 50
Ella
Iba a ser complicado, por muchas razones. Dejé escapar un fuerte suspiro mientras repasaba mi
aspecto frente al espejo del baño. Siempre me he vanagloriado de ser una persona autosuficiente,
de ingeniármelas de mil maneras diferentes para conseguir hacer las cosas sin ayuda, pero,
definitivamente, esta vez tenía que pedirla. No podía ver la herida y debía tener especial cuidado
con no mojarla, al menos durante las primeras veinticuatro horas. Sí, soy curiosa, me había sacado
una foto para ver qué tenía allí arriba, por eso sabía que había restos de sangre en el pelo.
Trabajando en una peluquería, era un auténtico desprestigio ir a trabajar con el pelo sucio, así que
tenía que limpiar aquella asquerosidad como fuera. Sabía lo que había que hacer para limpiar una
herida así, pero hacérmelo a mí misma… Además de que iba a doler, porque iba totalmente a
ciegas, había muchas posibilidades de que no consiguiera mantener la herida seca. Podía hacerme
una especie de recogido de esos de «listo en diez segundos», pero había sangre que seguiría
viéndose. Demasiado arriesgado. Así que no tenía alternativa. Abrí la puerta del baño y fui en
busca de Serg.
—Necesito tu ayuda. —Lo encontré chupeteando la cucharilla que usaba para la miel en su taza
de leche caliente. Se giró hacia mí.
—¿Qué necesitas?
—Tengo que lavar el pelo alrededor de la herida, manteniéndola seca. Y no puedo hacerlo
sola. —Apuró la leche, dejó la cucharilla dentro de la taza y se puso en pie para seguirme.
—Te sigo.
—Espera, tenemos que coger un vaso. —Su ceja se alzó hacia mí.
—¿Un vaso?
—Tú coge uno, que te lo voy contando. —Llegamos al baño, donde tenía todo lo necesario
alrededor del lavabo. Y empecé mi explicación—. Mira, si pones el vaso así, tapando la herida,
evitamos que se moje durante el lavado y que la toque por accidente mientras limpio el resto de la
zona. —Serg me miraba la palma de la mano, donde había puesto el vaso invertido, mientras hacía
movimientos explicativos con la otra mano. Su expresión era de sorpresa, o al menos eso parecía.
—Es ingenioso.
—¿Qué voy a decir? Soy una chica con ideas.
—¿Cómo quieres que lo hagamos? ¿Sujeto el vaso o lavo el pelo? —Lo medité un momento.
—Mmmm, primero aparta todo el pelo que puedas de la herida y coloca el vaso. —Él iba
siguiendo mis instrucciones con cuidado—. Ahora tenemos que mojar el resto de la cabeza,
extender el champú y enjabonar, y después aclarar.
—De acuerdo. Podemos hacerlo de esta manera. Tú sujetas el vaso y te inclinas sobre el
lavabo. Yo me encargo de hacer el resto.
—¿Estás seguro?
—Confía en mí. —No dije nada, tan solo me incliné y dejé que él realizara todo el proceso.
Me echó el agua con cuidado sobre el pelo, luego sentí sus dedos haciendo espuma, frotando
con delicadeza. Después de un rato, aclaró todo el jabón. Escurrió con cuidado los mechones y
después quitó el exceso de agua con una toalla. Definitivamente, si decidía cambiar de trabajo y
dejar el boxeo para dedicarse a la peluquería, lo de lavar cabezas era lo suyo.
—Listo. ¿Y ahora?
—Voy a usar el secador para…
—Yo puedo hacerlo. Peinar no se me da bien, pero si solo es pasar aire caliente por encima,
soy tu hombre.
—Bien, mi hombre, sécame. —Serg sonrió y empezó a trabajar con mi pelo. Cinco minutos
después, mi melena estaba apuntando en todas direcciones, pero estaba seca.
—Pareces una leona.
—León, el de las melenas es el macho.
—Bueno, tú ya me entiendes.
—Claro que sí, solo me metía contigo.
—No juegues conmigo, Ella, tengo un secador y sé cómo usarlo. —Movió el aparato sobre mi
cabeza, para que lo viese.
—Oh, vaya, tendré que cambiarme. —Sí, secando pelo era bueno, pero me había mojado la
camiseta en el proceso de lavado y en ese momento se pegaba a mi piel como… pues eso, como
una camiseta mojada. El rostro de Serg se puso serio, al tiempo que sus ojos se quedaban
clavados en mis… chicas.
—Eh… será mejor que te cambies, sí. —Y después de un par de segundos de vacilación, salió
disparado del baño.

Serg
Tenía que salir de allí antes de cometer una locura. A Lara Croft solo le faltaba tener la
camiseta mojada para provocarle un infarto a mi sobrecargado corazón. Había tenido una
estupenda panorámica de esos pechos en la piscina, y creía que eran la tentación del diablo, pero
en aquel momento… La camiseta mojada que revelaba aquel sujetador también mojado, con aquel
par de montículos endurecidos por el agua… ¿Es que no se puede ser un buen hombre? Solo
quería ayudar para que el día volviese poco a poco a la normalidad. Y saltar sobre ella como un
loco pervertido no era precisamente… normalidad.
Corrí a la cocina y empecé a hacer cosas rutinarias, porque la sangre en mi cerebro estaba
empezando a escasear. Cuando no hubo nada más que hacer, me quedé quieto, mirando al otro lado
de la ventana, buscando algo que me devolviese la tranquilidad. ¿Cómo eran aquellos ejercicios?
¡Ah, sí! Inspirar profundo, sostener el aire, contar hasta quince y soltar despacio. Repetir tres
veces más y el cuerpo se tranquilizaba. Miré hacia mi ingle. No, definitivamente, necesitaba algo
más de tres veces.

Viktor
Estaba estudiando todos los datos que Boby me había dado, mientras me señalaba las imágenes
del monitor. Si no había entendido mal, la llamada que Sanders había hecho había ido a un
teléfono de Marana, Arizona. Después había seguido las llamadas inmediatas de ese teléfono hasta
tres terminales, dos de ellas en Tucson. De esos tres terminales, dos de ellos hicieron llamadas
inmediatas. Boby y Sara habían trabajado en unos algoritmos matemáticos para intentar crear y
estudiar una red con las llamadas que se interconectaban, hasta que dieron con un número que se
llevaba el mayor índice de probabilidades de ser el que mandaba sobre el resto; para nuestra
suerte, no era un teléfono desechable. Boby preparó un rastreador para ese número, porque el
cabrón tenía un encriptado con el que era complicado detectar a qué número llamaba. ¿Que cómo
dio Boby con ese número? Pues porque el teléfono desechable al que fue dirigida una de las
llamadas de esa secuencia iniciada en la cárcel estaba en el mismo lugar, en el mismo momento.
Uno recibió la llamada, después de colgar, el otro realizó una llamada saliente hacia un número
encriptado. Si aplicábamos la lógica, eso quería decir que el desechable era para poder
deshacerse de él cuando fuese necesario, o simplemente un terminal con vistas a ser cambiado con
cierta regularidad. El teléfono bueno es el que uno usa para cosas privadas, no del negocio. Mi
cabeza me decía que ese era el número de Santos, o de uno de los hombres de arriba, eso lo
teníamos que averiguar. Poniéndole un rastreador sabríamos dónde estaba el dueño de ese
teléfono en cada momento. Y junto con ese teléfono, localizaríamos a todos los que se desplazaban
con él. Resultado, si ese tipo salía de su zona, sabríamos hacia dónde iba y cuántas personas con
teléfono le acompañaban. Sí, somos buenos. Batman, no sabes lo que te perdías cuando trabajabas
solo.
—Cuando se muevan, quiero saberlo.
—Cuando cualquiera de ellos abandone Arizona lo sabremos, jefe.
—Que se revise todo el equipo táctico y se ponga a punto. Quiero a los ángeles del infierno en
alerta.
Por si no he mencionado antes quiénes son los ángeles del infierno, diré que son de lo mejor
que se puede conseguir, Navy Seals versión Vasiliev, por supuesto. Bien entrenados, mejor
equipados. Tienen buenos sueldos y pasan una revisión periódica. Aquí no hay sitio para
traidores, porque si traicionas a la familia, no solo pagas tú, sino todos aquellos a los que quieres.
¿Duro? Es un juego viejo y yo no puse las reglas, pero si continúan vigentes es porque funcionan.
Puedes irte si lo deseas, pero tus secretos se quedan con nosotros. He de romper una lanza a
nuestro favor, las cifras nos avalan. El 94 % de los que entran en la organización se quedan
dentro. Será tal vez por nuestro sistema de captación de activos. A nosotros solo se accede por
recomendación. Un familiar, un amigo, alguien debe presentar tu candidatura para trabajar con
nosotros, luego se ha de pasar una prueba. Si funcionas, te quedas, si no, bye bye. ¿Despechados?
Podría ser, pero esas personas fueron descartadas antes de llegar a tocar la parte oscura de
nuestros negocios, por lo que no pueden llegar a probar nada. Y luego está esa leyenda que
grabamos con sangre en esta ciudad: «nadie juega con un Vasiliev».
Capítulo 51
Serg
El día no es que fuese duro, pero para mí fue tenso. Ahora sí que comprendía lo que Viktor
trataba de evitarnos cuando nos ocultaba información. Saber que el peligro estaba fuera,
acechando, te volvía una bola de nervios, tensa y lista para explotar en cualquier oportunidad.
Había preparado un plan de evacuación con Viktor, por si las alarmas saltaban y teníamos que
ponernos a salvo.
Ella tampoco parecía estar tomándoselo mucho mejor, aunque parecía más relajada cuando la
estrechaba entre mis brazos, como si esa pequeña muestra de afecto le diera toda la seguridad que
necesitaba. Ojalá pudiese dejarme arrastrar por esa sensación de nuevo.
Estábamos de vuelva a nuestra casa y Ella me pidió que le ayudase con la cura a su herida.
Nos sentamos en el sofá y preparamos todo el material sobre la mesa de café. Ver aquella maldita
herida me recordaba lo cerca que había estado Alvin de llevársela, y eso me estrangulaba el
corazón como nada más podía hacerlo.
—¿Se ve mal? —Su voz me devolvió al presente.
—No, está bien. Fuiste muy valiente, lo sabes ¿verdad?
—No podía permitir que te hiciera daño.
—Pero te arriesgaste demasiado. Podía haberte herido más que… —Ella se dio la vuelta y me
obligó a mirarla a los ojos.
—Tú no ibas a ceder, así que yo tampoco iba a hacerlo. —Tomé su rostro en mi mano derecha,
dejando que mis dedos se deslizaran suavemente sobre su aterciopelada piel.
—Me detuviste.
—¿Eh?
—Estaba cegado, golpeaba sin control sobre él, hasta que escuché tu voz llamándome.
—¿Lo hice?
—Eres la única que ha conseguido hacerlo.
—Lo dices como si fuese algo imposible de conseguir. —No pude esperar más. ¿Cómo
demostrarle que ella era especial, única? Pues con actos.
Mi boca buscó sus labios, para deleitarse con aquel dulce sabor que solo ella poseía. Pero
nada más probarla, deseé más. Y esta vez no iba a detenerme, necesitaba todo lo que pudiese
tomar de ella. Sus labios eran una tentación que no quería evitar. Jugosos, flexibles, seductores…
Míos.
Mi cuerpo avanzó, obligándola a ceder y caer poco a poco sobre el sofá, dejando que mi
cuerpo reposara sobre el suyo, dejándome encajar entre sus piernas, sobre su centro. Sus manos
empezaron a explorarme, sin aquella timidez del principio, y sentaba de maravilla. Sabía que tenía
que tener cuidado de no tocarle la cabeza, pero con el resto… Era imposible no explorar cada
parte que me llamaba, como ese suculento trasero. Apreté su nalga derecha cuando llegué a ella,
deleitándome con su consistencia, su volumen… ¿Había gemido? ¡Dios!, ya podía caernos encima
un tornado de esos, que nada iba a poder detenernos.
Mis dedos ascendieron por debajo de su blusa, sin perder el contacto de su piel, hasta alcanzar
mi destino. Que se fueran preparando los devotos, porque iba a hacer sonar esas benditas
campanas. ¡Santos apóstoles! Tenían el tacto, la consistencia, el tamaño perfecto para mis manos.
Nada de andar con cuidado, había suficiente para dar de comer a este pobre ruso hambriento.
Mi cuerpo se balanceaba sobre el suyo, buscando el rito de la danza primordial, buscando la
cima de aquella ola que me arrastraba, que me consumía, que nos envolvía, a los dos. Ninguno de
los dos decía nada, porque nuestras bocas estaban demasiado ocupadas hablando entre ellas.
Escuché su gemido estrangulado cuando ella llegó a lo más alto y, como un adolescente en su
primera vez, me vine dentro de mis pantalones.
Nuestras bocas se separaron, nuestras respiraciones luchaban por recuperar la normalidad, mi
corazón golpeaba fuerte dentro de mi pecho y mi cerebro intentaba entender cómo había sido
posible. Yo no era un crío, podía estar más de una hora llevando a una mujer al éxtasis sexual.
Tenía experiencia, tenía resistencia, y, aun así, no había podido hacer nada como era debido.
¿Arrepentido, avergonzado? Estaba demasiado feliz para notar cualquier otra coa que no fuera el
sabor de Ella en mi boca. Sus ojos brillaban de una manera que me tenía hipnotizado. Su rostro,
era imposible no estar orgulloso de haber puesto esa expresión feliz y satisfecha en él.
Sus dedos se deslizaron sobre mi espalda, dejándose caer lacios hacia el sofá. Saber que yo
había hecho aquello, agotarla, sacar toda la energía de dentro de ella, me hacía sentir un maldito
dios. Y sonreí como un idiota orgulloso y arrogante
—Serg. —Y con solo esa palabra, el puñetero cabrón que descansaba medio dormido entre sus
piernas volvió a la vida como el ave Fénix retornaba de sus cenizas. Me separé de Ella lo
suficiente, para poner un pie en tierra y anclar mi otra rodilla en el sofá. Una de mis manos aferró
con fuerza aquel trasero y la otra se apoyó en el respaldo, para tomar fuerza.
— Agárrate a mí. —Ella entrecerró los ojos, pero obedeció, pasando sus brazos por detrás de
mi cuello. Tomé impulso y nos levanté a ambos del sofá, manteniendo a Ella anclada a mí como si
fuese un mono.
—¿Qué haces? —Empecé a caminar todo lo deprisa que pude sin tropezar.
—Terminar en condiciones lo que hemos empezado.
Sus dedos ascendieron desde mi nuca hacia mi coronilla, erizando cada uno de los pelos de mi
cuero cabelludo. En serio, lo de esa mujer y mi cabeza no era normal. Me tocaba y hacía que todas
las células de mi cuerpo se sacudieran en un potente escalofrío. ¿Quejarme? No podía. Nadie
reniega del agua fresca cuando tiene sed. Sus labios acariciaron mi oreja cuando se acercó para
susurrarme:
—Creo que yo también tengo un animal salvaje dentro de mí, porque quiero morderte. —La
cama estaba frente a mí y bajé mis brazos para depositarnos rápida pero suavemente sobre ella.
—Muéstramelo. —Sus dientes se deslizaron sobre la piel de mi cuello, marcando, pero sin
dañar. Solo esa dulce presión que hace que tus pelotas se aprieten. Quería más. Me levanté, me
saqué la camisa por la cabeza y volví a llevar mi cuerpo bien cerca de ella—. Sigue. —Sus
dientes viajaron sobre mi pectoral, subiendo hasta mi hombro, arrancando un gemido de mi
garganta.
—Voy a comerte. —Juro que no sé cómo lo hizo, pero el caso es que su cuerpo volteó el mío,
quedando ella sentada a horcajadas sobre mí. Por instinto, mis manos se aferraron a sus muslos y
sonreí. Nunca un pavo estuvo más feliz de servir de cena.
—Quiero que te quites esa blusa. —¿Yo dije eso? Pues sí, porque Ella empezó a cumplir mis
deseos. Igual que había hecho yo, ella empezó a quitarse la ropa, dejando a la vista un sujetador
nada feo, custodiando unas perlas que… uf. Mis manos abandonaron sus muslos para hacer su
camino hacia el campanario, cuando empezó a rasparme el pecho con sus uñas, deslizándose por
mi abdomen hacia…— ¡No! —Mis manos salieron disparadas hacia sus muñecas, para interceptar
su investigación. Ella se enderezó, algo… no asustada, pero sí desconcertada. ¿Cómo explicarle
sin parecer patético? — Eh… verás, yo… Esa zona está algo «pringosa».
—¿Qué quieres…? ¡Oh!
—Sí, eso, Oh. —Alcé las cejas remarcando la última sílaba. Me senté sobre la cama,
manteniéndola en mi regazo—. Voy a quitarme esto y continuaremos dónde lo dejamos,
exactamente en el mismo sitio. —Tome su boca con un buen beso, por si tenía dudas de que
cumpliría con esas palabras.
Con un giro rápido, cambié nuestra posición, dejando a Ella debajo de mi cuerpo. Era
tremendamente difícil despegarse de ella, porque parecía que mis dedos se habían adherido a su
piel.
—No te muevas de aquí. —Con un impulso, me puse en pie y salí disparado hacia el baño.
Con rapidez me quité toda la ropa, humedecí una esponja y froté toda la zona. No había que ser
un genio para saber lo que el agua fría iba a hacerle a mi apéndice. Desilusionado podía ser la
palabra, porque lo que se dice flácido… No, ahí no había llegado. Me sequé con rapidez y
recordé, antes de salir, que aquello era sexo y necesitaba protección. Así que rebusqué entre los
cajones y saqué un paquetito plateado. Estaba a punto de salir, cuando me giré de nuevo al cajón
de suministros y cogí todo el paquete. Por si acaso.
Ella estaba tumbada sobre la cama, en la misma postura que la había dejado, solo que con la
sábana cubriendo la parte superior de su cuerpo. Al escucharme entrar, su cabeza giró hacia mí.
—Tenía frío.
Sus ojos descendieron a mi ingle, al tiempo que sus dientes mordieron su labio inferior. Y
como si fuera el mismísimo Capitán América ofreciéndose voluntario para una misión, mi pene se
puso en pie totalmente firme. ¿Y esa picarona alzó una ceja y sonrió? ¡Joder! Hice bien en volver
por la puñetera caja.
En un segundo estaba a sus pies, dejando la caja sobre la mesita de noche y quitando aquella
sábana. Pero no me tiré sobre ella como un energúmeno. Aferré la cintura de sus jeans, solté el
botón, bajé la cremallera y llevé mis manos a sus tobillos, para tirar de las perneras y sacar esa
prenda lo más rápidamente posible. Mis manos fueron directas a sus rodillas, para abrirlas y
hacerme sitio. Tenía mi nariz a escasos centímetros de mi objetivo, protegido por algo de tela
color ¿morado?, sí, puede ser. Deslicé mis dedos por los costados de la prenda para empezar a
deslizarla por su piel. A medida que se iba mostrando ante mis ojos esa parte tan íntima, iba
creciendo la necesidad en mí de una concienzuda exploración, pero no era el momento, así que lo
apunté en mi cuaderno de pendientes. Metí la nariz dentro, solo para oler su esencia. Uno de mis
dedos comprobó que estaba lista para darme la bienvenida, así que estiré la mano, cogí un
paquetito, rasgué el envoltorio y me puse el «sombrerito». Y después, me tiré en picado. ¡Señor!
¿Lista para mí? Aquello era el paraíso y era mío.
Capítulo 52
Ella
No necesitaba abrir los ojos para saber quién era el que tenía su brazo aferrando mi cintura. Su
mano estaba sobre mi abdomen y sus dedos acariciaban la piel de mis senos. No, no se movía,
pero bien que lo había hecho durante toda la tarde noche.
Desde que vi lo excitado que se puso cuando regresó del baño, no tuve ninguna duda de que
era por mí. He de reconocer que era la primera vez que me sentía así de salvaje. Serg tendría un
monstruo dentro de sí, pero es que yo tenía otro que no se quedaba corto. Era tenerlo cerca y…
Tenía que morderlo. En la vida, ni en las primeras veces con Alvin, cuando aún estaba enamorada
de él, me había pasado esto. Toda esa carne, tan bien presentada… Soy una chica de carne, ya lo
dije, y solo hay una cosa mejor que el pan con chocolate, y es comer un buen trozo de carne con
los dedos, ya saben, arrancando trozo a trozo del hueso.
Con un físico como el mío, nunca pensé que podría excitar a un hombre tan sexy como Serg y
mucho menos tenerlo a mi lado cada mañana. Marido, esa era una palabra importante, y si podía
pedir un deseo sería que este matrimonio fuese real. Quiero decir, que Serg realmente deseara ser
mi marido, vivir conmigo, compartir nuestras vidas, formar una familia, construir un futuro juntos.
Ahora solo vivíamos el momento, porque era todo lo que podíamos tener. Todo era incierto,
porque las circunstancias así lo habían decidido. Pero a su lado, con su familia, había descubierto
que luchar y ganar era algo más que un deseo, era una meta que se podía alcanzar. Podía fracasar,
pero ya saben lo que dicen, si no se arriesga, no se gana, y yo ahora tenía un buen motivo para
arriesgarlo todo. Tenía la vista puesta en el futuro, allí donde deseaba llegar.
Tomé aire y lo volví a soltar lentamente. Envolví la mano de Serg con la mía y sonreí. Por fin,
después de mucho tiempo, me sentía completamente feliz. Con peligro, con incertidumbre, pero no
cambiaría este momento por ningún otro de mi vida pasada.
Noté un leve movimiento a mi espalda y después un ligero beso sobre el hombro izquierdo. Su
nariz me rozó después la piel, haciendo que los pelos de mi nuca se erizaran. ¿Por qué todo lo que
hacía este hombre era perfecto? ¿Solo los hacen así en Rusia?
—Buenos días, gorshok meda. —Me giré lo suficiente para poder mirar cómodamente esa
maldita sonrisa mañanera suya. ¿Por qué parecía tan dulce y tentador a estas horas?
—Buenos días. Tengo que buscarte un nombre. —Su ceja se levantó hacia mí.
—¿Nombre? ¿No sirve Serg?
—No, algo como cuando tú me llamas tarro de miel. Cuando lo dices, sé que nadie más puede
hacerlo, es solo tuyo. Algo para nosotros. —Serg sonrió, como satisfecho.
—¿Y qué tienes pensado? —Entrecerré los ojos, intentando encontrar algo apropiado dentro de
mi cabeza.
—Aún no lo tengo, pero saldrá.
—Avísame cuando suceda. —Tenía la espalda apoyada sobre el colchón, sus brazos
encarcelándome a los costados, estaba a su merced y, aun así, me sentía segura, protegida, a salvo.
Serg no era Alvin, nunca podría llegar a serlo. El miedo había desaparecido. Levanté la mano
para acariciar aquel pelo rebelde suyo que peleaba por tapar su rostro.
—Lo haré. —Su sonrisa precedió a un tierno y prolongado beso. Las prisas y urgencia del día
anterior eran ya parte del pasado. ¿Cómo explicarlo? Era como si ya no necesitase correr, porque
había alcanzado su presa y sabía que no iba a escapar de allí.

Serg
Si por mí fuese, habría estirado el brazo, cogido otro preservativo y me lo habría enfundado
para seguir con lo que empezamos el día antes. Pero, no quería parecer… ese tipo de persona que
empieza y no puede parar. Sí, había sido increíblemente bueno, y quería más, pero merecía un
descanso. Tenía que tener toda su zona íntima al rojo vivo después de todo el trabajo que hicimos
juntos. Soy un insaciable, lo reconozco, pero es… Ella es como el chocolate, no puedes decir que
solo vas a comer un trocito, lo quieres todo. Y eso mismo me pasaba. Simplemente necesitaba
más. No sé, como esa gente que vaga por el desierto y cuando llega a un oasis, se harta de beber.
Pues yo era como los malditos camellos, podía llegar al pozo, y beber y beber hasta llenar mi
enorme joroba.
Así que no pasamos de los besos, para frustración de mi apéndice colgante. Pero la paciencia
es una virtud que aprendí a cultivar una vez, podía volver a hacerlo, ¿verdad? Dejaría que Ella se
recuperase y después seguiría con ello. ¿Cuánto tiempo sería necesario para que ella lo hiciera?
Cuando tuve suficiente o, mejor dicho, cuando consideré que había llegado al punto de «si
paso de aquí no hay quien me pare», me separé de mi mujer y me fui a preparar algo para
desayunar. Ambos necesitábamos recuperar las energías.
Empecé a separarme de ella, sabedor de que aquella dulce sonrisa la había provocado yo,
cuando miré hacia abajo y, uf, uno de sus pechos desnudos me estaba mirando, desafiándome con
ese rosado pezón que… ¡Mierda! De un salto salí de la cama y corrí como un cobarde hacia el
baño, mientras gritaba a mi espalda:
—Será mejor que nos demos prisa o llegaremos tarde.
Mentira. Era demasiado pronto y teníamos tiempo para uno rapidito. ¿Desayunar? Uno puede
prescindir de su tiempo de desayuno si hay un buen revolcón a la vista. Por eso se inventaron las
barritas de granola.
Estaba en la cocina, rebañando el fondo de mi tarro de miel, intentando rescatar los pequeños
trazos sobre el cristal, cuando Ella entró en la cocina. Tenía una buena cantidad en mi cucharilla,
justo para echar en la leche, así que saqué la cuchara del bote al tiempo que me giraba hacia Ella.
—Escapaste como un cobarde.
—¿Qué?
—Voy a ducharme. —Y en un segundo, cogió la cucharilla de mi mano y se la metió en la boca.
La chupeteó a fondo, después arrastró el impoluto metal sobre sus labios y me lo tendió con una
traviesa sonrisa—. Ups, se terminó.
En vez de coger la cucharilla, mi mano aferró su muñeca, tiré de ella hacia mi cuerpo, tomé su
rostro con mi mano libre y recuperé tanta miel de su boca cómo fue posible. Cuando no quedó
nada más, seguí devorando su boca con placer, porque el sabor de Ella era mucho más adictivo
que el de la miel. Cuando creí que era suficiente, me separé de su boca unos centímetros.
—Traviesa. —Ella sonrió más y en ese momento decidí que había que cambiar el plan. Me
agaché y la cargué sobre mi hombro como si fuese un saco de patatas.
—¡Eh! —Le di una cachetada en ese culo goloso, mientras nos encaminaba hacia el baño. Iba a
tomar esa ducha, pero lo haría conmigo.
—Si le robas la miel a este ruso, tendrás que atenerte a las consecuencias.
Sus chillidos se mezclaban con carcajadas y supe que estaba lista para nuestra segunda vuelta.
¿Quería guerra? Pues este ruso nunca había rechazado un desafío.
Capítulo 53
Serg
Después de dejar a Ella en el trabajo, me fui al gim a cumplir con mis obligaciones. Lo
primero que noté era que había recepcionista nueva. La chica me miraba curiosa desde el otro
lado del mostrador, así que yo simplemente saludé, me presenté, pregunté educadamente su
nombre y entré en el gim. Al primero que encontré, y golpeando el saco sin que yo se lo ordenara,
fue a Lucas. Me cambié rápidamente y me puse a correr mientras controlaba la evolución del
entrenamiento de Nino y Lucas. Mi teléfono sonó y sonreí porque reconocí el número.
—Cuéntame.
—Me dijiste que hiciese una prospección del mercado inmobiliario.
—¿Has encontrado algo que pueda pagar?
—Depende. Dijiste que querías piscina.
—Eso es un indispensable.
—Y supongo que quieres que no esté a más de una hora de la ciudad, ¿verdad?
—Eso, tu destrózame el buen humor que tenía hoy.
—¿Buen humor? Eso suena a que has tenido una buena mañana. —Sé que estaba sonriendo, y
mucho, pero era imposible no hacerlo.
—Eso lo puedo asegurar.
—Eso suena bien, tío. Al grano. ¿Cuándo quieres que repasemos esa lista?
—Es cortita, ¿verdad?
—Larga no es, no.
—Podemos echarla un vistazo esta tarde, ¿qué te parece?
—Estaré en mi despacho en el Celebrity´s. ¡Ah, casi lo olvidaba! Realmente te llamaba porque
Viktor quería que te pasases por el despacho de Yuri. Me comentó que hay una visita que no
querías perderte.
—Creo que sé de quién se trata, gracias. ¿Sobre qué hora tengo que estar ahí?
—A las cinco.
—Ok, antes pasaremos por tu despacho.
—¿Pasaremos?
—Ella y yo, quiero que ella también opine sobre la casa.
—Ah, eso aclara lo de la «buena mañana». La chica merece la pena.
—Sin ninguna duda, ella es… más de lo que se ve a simple vista.
—Pues se ve mucho.
—¡Eh! ¿La estás llamando…?
—No es su tamaño, Serg. Me refiero a todo lo que nos ha ido mostrando de sí misma. Los
malditos peluches y patucos que hace con sus manos y en los que pone tanto cariño. Sara está loca
por conseguir el suyo, créeme que la entiendo. Y luego está lo de Alvin, wow, todavía estoy
alucinando. Boby no paraba de reproducir las imágenes una y otra vez. En la central se pensaban
que estaba viendo una película de acción.
—Sí, fue una loca valiente.
—Es una Vasiliev, Serg. Tiene lo que hay que tener para ser una de la familia, primo. No todas
valen, y la tuya ha demostrado que tiene las pelotas bien puestas.
—Lo sé. —¿Por qué cuando hablaba de pelotas y Ella mi mente se iba directa a sus pechos?
—Bueno, no te entretengo, seguro que tienes que poner firmes a esos dos. —Miré a Lucas y
Nino, que me observaban con atención. Sí, tenía que ponerles firmes, en más de un sentido. Mi
mujer se mira, pero se la respeta, que tiene dueño.

Ella
Hay un dicho que dice que «sarna con gusto, no pica», así que, si tenía que ir al baño cada dos
por tres a untarme crema y refrescarme la zona baja por todo el desgaste al que me había sometido
mi marido, no podía quejarme. Puf, si llevaba desde que abrí los ojos esa mañana sin poder
quitarme la sonrisa de la cara. ¿Caminar como un bebé con pañales? Podía con ello.
Miré hacia el exterior del ventanal, por donde el guarda de seguridad pasaba a hacer su ronda.
Lo tenía controlado, cada diez minutos pasaba arriba o abajo. Y no, no necesité mirar el reloj para
saberlo, tenía a Linette controlándolo.
Cuando vi el rostro sonriente de mi marido en el exterior, supe que mi turno estaba llegando a
su fin. Con aquel aspecto iba a provocarme un infarto. Jeans azules, camiseta negra y esa sonrisa
de «sabes lo que puedo hacer» en la cara… Sí, sabía lo que era capaz de hacer, uuuf.
—No tengo muy claro si quiere comerte o si ya te ha comido. —Me susurró Linette
discretamente en el oído. Ella sí que se lo estaba comiendo con la mirada, pero no me importó,
porque lo que ella desea, yo lo tengo. Y me sentía mala, muy mala.
—Las dos cosas, Linette. Las dos cosas. —Cogí el bolso y salí directa a los brazos de mi
comestible marido, dejando a Linette con los ojos y la boca abiertos como bocas de metro. Serg,
¿qué me has hecho? Yo poniéndole los dientes largos a otras mujeres… Me dio un buen beso en
los labios, que no tenía nada que ver con aquellos que me daba en la frente antes. Uf, antes. Qué
lejos queda ya todo eso.
—¿Qué tal tu día? Espero que tuvieses buenas propinas. Ya viste que te esperé fuera.
—Un detalle por tu parte. —Serg inclinó la cabeza, para ver cómo caminaba.
—¿Te sucede algo en las piernas?
—Como si tú no supieses qué es lo que me pasa. —dije, dándole un pequeño manotazo en el
brazo.
—¿Yo? —respondió alzando una ceja.
—Ya sabes. Si usas mucho la máquina, los engranajes se recalientan. —Me apretó a su costado
con su brazo mientras caminábamos juntos, mostrando al mundo la sonrisa más arrogante que
pudo. «Chicos, yo he sido quien ha hecho caminar a esta mujer como un pato». Hombres.
Subimos al SUV que nos esperaba en el parking privado del Crystals y, cuando los edificios no
indicaban que íbamos camino a casa, pregunté.
—¿A dónde vamos?
—A escoger casa.
—¿Eh?
—He pensado que necesitamos un sitio propio, ya sabes. El apartamento estaba bien cuando
éramos solo mi hermana y yo. Pero ahora necesitamos un lugar para nosotros. —¡Joder! Eso era
algo grande. ¿Me estaba diciendo Serg que el matrimonio de mentira se estaba convirtiendo en uno
de verdad?
—Es… es un paso importante.
—Lo sé, pero es el que toca dar.
No quise decir nada cuando vi que llegábamos al hotel en el que pasé mi primera noche, o
madrugada, en Las Vegas. Subimos a las oficinas de la planta superior y entramos a uno de los
despachos más cercanos, que resultó ser el de Nick.
—Hola, pareja. ¿Listos para su tour?
—¿Qué tienes para nosotros? —Nick giró el monitor de su computadora y se sentó sobre la
mesa para que todos pudiésemos ver mejor las imágenes.
—Veamos, estas dos primeras son pequeñas… —Y así empezó a mostrarnos fotos. No es que
fueran feas, bueno, una sí; parecía que iba a saltar una rata tamaño gato de debajo del sofá. Seguro
que aquella casa tuvo una mejor vida allá por la época de la ley seca. La otra… aún intento
borrarla de mi cabeza. Hasta que empezó a enseñarnos fotos de otro par de casas que… estaban a
todas luces lejos del sueldo de un entrenador de boxeo y una peluquera.
—Nick, creo que te has equivocado, esto… esto se escapa a mi presupuesto —apuntó Serg.
Nick me miró a mí, como buscando un apoyo.
—Pero está genial, ¿verdad, Ella? —¿Qué le iba a decir?
—Es muy bonita, pero Serg tiene razón. Es demasiado cara.
—¿Cara? Si no os he dicho el precio.
—Vamos, es evidente que se pasa por más de un cero de nuestro presupuesto.
—Vaaaale. Ella, si pudieses elegir entre una de ellas, ¿con cuál te quedarías? Así, por soñar.
—​Me mordí el labio inferior y volví a mirarlas. Si no tuviera problemas de dinero….
—Esta. —Señalé una casa independiente de dos plantas, grandes ventanales, moderna y con
una piscina. ¿Por qué todas tenían piscina? Nick abrió una pestaña y apareció una cifra.
—Pues este es su precio. —Creo que Serg y yo competíamos por ver quién tenía los ojos más
abiertos.
—Eso no puede estar bien.
—Es correcto, te lo prometo.
—Pero… entonces es que está a kilómetros de la ciudad.
—A siete minutos más de tu trabajo que donde vivís ahora — informó Nick.
—Eso… eso tiene que ser un error, basta con ver la casa. —Nick se giró hacia nosotros para
mirarnos de frente.
—Sabes que la familia Vasiliev tiene un banco, ¿verdad? —¿Un banco? ¡Joder! Un hotel
casino, un banco, oficinas en el Crystals… Solo les faltaba un hospital y una universidad para ser
dueños de la ciudad, ¡por dios!
—Sí, algo me comentó Viktor.
—Pues, como sabrás, cuando la gente no paga la hipoteca, el banco se queda con la propiedad
que luego vende para recuperar el dinero.
—Sé cómo funciona, pero…
—El caso es que estas dos son propiedades del fondo inmobiliario del banco, impagadas, ya
me entiendes. Lo que aparece aquí es la parte de la deuda que el banco dejó de percibir, en otras
palabras, lo que tendría que conseguir para no incurrir en pérdidas. Y como soy uno de los
gestores y accionistas mayoritarios, puedo ofrecerte la propiedad a ese precio. Hazte a la idea de
que es como si fuese a precio de coste para nosotros. —Ambos volvimos a mirar el monitor, Serg
ladeando la cabeza y rascándose la barbilla de forma pensativa.
—Creo que con mis ahorros y pagando la mitad de mi sueldo….
—Nuestros sueldos —le interrumpí. Me dedicó una sonrisa y asintió.
—Con mis ahorros y nuestros sueldos, podremos pagarlo en diez años.
—Así se habla, primo. Además, puedo conseguirte un interés realmente bajo para la hipoteca.
—Suena demasiado bien, Nick. —Nick se acomodó en su asiento y se puso serio.
—¿Te timaría yo? Es un chollo, sí, pero solo porque eres de la familia. Ahora está en tu mano
el atraparlo o no. —Serg me miró, sonrió y yo asentí. Ese era el primer paso para convertirse en
una familia, firmar una hipoteca juntos.
—Ve preparando los papeles, nos has convencido.
Capítulo 54
Nick
Cuando me dejaron en mi despacho tramitando todo el papeleo, casi no pude aguantar a que se
cerrara la puerta para gritar de alegría y lanzar los puños al aire. Desde que Serg me hizo aquella
petición había puesto en aviso a todos los hombres de la familia. Entre todos, habíamos trazado un
plan. ¿Cómo le das una casa a alguien que no quiere que le regales nada? Complicado. Pero
cuando juntas la mente de un estratega con la de un malabarista de los números y un puntilloso
controlador de las leyes, los resultados no pueden ser mejores. Serg se había tragado lo del banco,
porque el cebo era muy creíble. ¿Precio de coste? Ni de broma un banco pondría una propiedad a
la venta a ese precio. Como mucho, rebajaría un porcentaje asequible el precio de mercado, pero
no lo que habíamos hecho con aquellas dos casas. Si supiese el precio real de mercado… Para
acercarse, debería multiplicar por dos la cifra que le había dado y ponerle después un cero a la
derecha. Lo de una hipoteca a un interés bajo era otra forma de decir interés cero. Ventajas de ser
los dueños del banco. Ya después nos ocuparíamos de los impuestos de la casa, Andrey y yo
estábamos con eso, además de darle a Serg unos ingresos mejores. ¿Cómo? Pues poniendo un buen
paquete de las acciones del gimnasio a su nombre. Llamémoslo beneficios. Como era un centro en
el que limpiábamos algo del dinero sucio, iba a ser imposible que se fuera a pique. Sí, Serg había
dado el primer paso para formar una familia, y nosotros estaríamos ahí para hacer ese camino más
agradable.
Bueno, casa, lista. Traspaso de acciones del gim, Andrey estaba con ello, así que también listo.
Chica para acompañarle en esta maratón que llamamos vida, listo. Ahora solo le faltaba dejarla
embarazada, como buen Vasiliev. Ahhhh, familia. La mejor forma de cubrir el hueco de los que se
han ido es llenándolo con incorporaciones nuevas.

Serg
Estábamos en la mitad del pasillo cuando me detuve y tiré de la mano de Ella para que se
quedara a mi lado y se girara para mirarme. Había estado dando demasiadas vueltas a la idea,
pero dentro del despacho de Nick había visto claro que las cosas no ocurren porque sí. La idea de
comprar la casa había surgido cuando tomé la decisión de tener a Ella en mi vida. No como un
acto de auxilio hacia otra persona, sino como una necesidad para mí. Quería que viviéramos
juntos, que compartiéramos nuestro tiempo. Si bien nos unió un matrimonio de conveniencia, un
matrimonio falso, había empezado a sentir algo por ella, algo que me tiraba desde lo más profundo
de las entrañas, algo que me decía que no podía perderla, que la necesitaba. Y ese algo me decía
que convertir aquella fantasía en realidad estaba bien, pero era mi fantasía, no la de Ella. Pero allí
dentro, el escucharle decir que quería que la incluyera en mis planes, que quería ser parte de
ellos, me llevaba a pensar que sus deseos no eran muy distintos de los míos. Y si eso era así,
había una cosa que debía hacer. Yo lo tenía claro en mi cabeza. Solo necesitaba que ella lo
supiese y que siguiera caminando por el mismo camino que yo había decidido tomar. Pero no
cerraría sus puertas, dejaría que ella tomara las decisiones, le daría el poder de decisión que no
tuvo antes.
—Antes de entrar ahí, necesito decirte algo. —Ella me miró con esos dulces ojos mientras
asentía con la cabeza—. Quiero que esto funcione, Ella, quiero que deje de ser una farsa, quiero
que seamos una pareja de verdad. Quizás el matrimonio es algo demasiado serio, pero no voy a
echarme atrás, porque sé que es a lo que quiero llegar, al menos en este momento. Así que voy a
pedirle a Andrey que rompa mis papeles del divorcio, porque no tengo intención de usarlos. Pero
quiero que tú conserves los tuyos hasta que estés convencida de que esto es también lo que tú
quieres. Yo lo he meditado mucho y es justo que tú también te tomes tu tiempo. Así que no quiero
una respuesta ahora. Medita, sopesa todo, diez, cien veces, mil si fuese necesario. No tenemos
prisa, yo no tengo prisa. El plan seguirá siendo el mismo durante el tiempo que tú quieras. Solo
quería que supieras que para mí todo ha cambiado. —Sus ojos me miraban con aquel dulce calor y
no pude contenerme, la besé con suavidad. Luego tomé su mano con determinación y comencé a
caminar de nuevo hacia nuestro destino.
Llamé a la puerta del despacho y la voz de Viktor nos invitó a entrar. Estaba de pie frente al
despacho, junto a Yuri. De espaldas a nosotros estaba un hombre vestido de traje, que, al girarse
hacia nosotros, nos sonrió levemente. Cuando me tendió su mano para saludarme, noté la pequeña
figura que estaba oculta detrás de él.
—Ah, tú debes de ser Serguéy. —Volver a escuchar mi lengua materna me devolvió a Rusia
por unos instantes.
—Lo soy.
—Soy Mihail Nóvikov y es un placer ver que estás bien. —Noté el roce de los dedos de Ella,
cuando se acercó un poco más a mí. De todos los allí reunidos, era la única que no hablaba ruso,
así que no era difícil adivinar que se sentía fuera de lugar. Así que la acerqué más a mí y la
presenté.
—Y esta es mi esposa, Ella. —Mihail le tendió la mano educadamente y ella la estrechó con
igual cortesía.
—Has encontrado a una buena chica. Yo también he traído a alguien. Drake, saluda a Ella y a
Serguéy. —El niño nos miró con recelo, alzó una mano, e hizo un ademán de saludo. Mihail
revolvió ligeramente el pelo de su cabeza y después se puso serio—. Seguro que Yuri tiene papel
y un lápiz para que dibuje un rato, mientras los mayores hablamos. —El niño le miró sin mostrar
ninguna expresión en su rostro. Viktor cogió un bloc del escritorio y un par de bolígrafos y se los
tendió al pequeño.
—Seguro que estarás más cómodo en esa mesa de ahí. ¿Podrías dibujar con él, Ella? —Viktor
repitió la última frase en ambas lenguas y mi mujer asintió. Le tendió la mano al niño, pero él no
la cogió. Caminó con el cuaderno y los bolígrafos pegados a su pecho, hasta que llegó a la mesa
de café, extendió el material, se puso de rodillas y empezó a dibujar en silencio. Ella se sentó en
el sofá, a su lado, supervisando su trabajo. Los hombres nos acomodamos en la gran mesa de
reuniones del costado de la habitación.
—Disculpad al niño, pero no lo ha pasado muy bien. No he conseguido sacarle una palabra
desde que le metí bajo mi ala.
—Eso suena a que hay una historia triste detrás.
—Su madre murió hace unos meses y su vida no es que hubiese sido demasiado buena antes.
No quiero entrar en detalles, pero digamos que no ejerció precisamente como una buena madre.
—¿Y el padre?
—Ni siquiera sabe que existe y, creedme, es mejor así. Dejó embarazada a la muchacha, pero
se deshizo de ella antes de saber que lo estaba.
—Lo siento por el chico. Al menos ahora te tiene a ti para cuidar de él.
—Ese es el asunto de mi visita. Necesito que os encarguéis del chico. —Aquella revelación
nos sorprendió a todos. Miré al niño, que dibujaba sobre el papel, mientras Ella hacía lo propio
sobre otra hoja. Al menos había conseguido que le prestara uno de los bolígrafos. Viktor fue el
primero en hablar.
—¿Por qué nosotros?
—Rusia no es un buen lugar para él.
—Si está a tu cuidado, tendrá muchas más oportunidades que cualquier otro niño.
—Soy un hombre demasiado mayor para hacerme cargo de un niño de apenas cinco años y mi
trabajo no es el más apropiado para ser padre, demasiados riesgos. —Yuri tenía los ojos
entrecerrados, estudiando al hombre como si pudiese ver algo que el resto no pudiese. Finalmente
habló.
—Esa no es la verdadera razón y lo sabes. Si quieres nuestra ayuda, tendrás que decirnos la
verdad, toda la verdad, ya sabes que no nos gustan las sorpresas. —Mihail miró a Yuri y, después
de suspirar, se inclinó más hacia nosotros, para que su voz llegara solo a nuestros oídos.
—Su madre… su madre era mi sobrina. Mi cuñado la repudió cuando se enteró de que estaba
embarazada, cosa que era de esperar, porque su estilo de vida no era muy… saludable. Ya me
entendéis. Fiestas, alcohol, drogas… demasiadas jóvenes se ven arrastradas a esa mala vida. Mi
hermana me pidió que interviniera, pero no pude hacer mucho, porque estaba en las manos de los
hombres de Constantin Jrushchov. Hice lo que pude, pero no fue demasiado, porque si desvelaba
nuestro parentesco o mi interés en la chica, las consecuencias habrían sido malas para los dos,
bueno, los tres si contamos al niño. El caso es que cuando estuvo demasiado enferma para serles
útil, los hombres de Jrushchov se deshicieron de ella para que muriese lo más lejos posible de
ellos y sus negocios. La recogí a tiempo para poder arreglar los papeles de cesión de Drake. Mi
cuñado sigue sin querer saber nada de él, y yo… no puedo permitir que siga en Rusia, porque es
demasiado peligroso para él.
—¿Por qué? —preguntó Viktor. Mihail intentó apartar la mirada de todos, como si una parte de
lo que iba a decir lo avergonzara y la otra intentara evitarla porque le asustaba.
—Porque es el hijo de Constantin Jrushchov. —Aquella revelación nos dejó a todos en estado
de shock. Viktor fue el primero en reaccionar.
—Pero has dicho que él no sabe siquiera que existe.
—Pero hay… hay algo que está ahí y que alguien podría reconocer. Si eso llegara a oídos de
Jrushchov, puede que quisiera reclamar al niño y yo… prometí a mi hermana que cuidaría de él.
Sacarle de Rusia, alejarle de Constantin Jrushchov es lo principal, la otra es darle una familia, un
hogar donde le den lo que yo no podría darle. Se merece algo mejor de lo que yo puedo ofrecerle,
algo mejor que lo que tuvo su madre. Se merece que lo cuiden, que lo protejan y sé que vosotros
nunca dejaríais que Constantin Jrushchov llegara hasta él, que le hiciese daño. —Instintivamente,
miré hacia Drake, que estaba dibujando, recostado sobre el cuerpo de Ella, mientras ella le
acariciaba el hombro mientras compartían la hoja de dibujo. Sí, se lo había ganado. Unos minutos
y mi mujer ya había creado un vínculo con el niño. Mihail había acertado en algo. El niño
necesitaba un hogar, un lugar donde lo protegieran, de eso me encargaría yo, y un lugar donde le
dieran el amor que no había recibido de su madre, de eso se encargaría Ella, no tenía duda. Drake
había encontrado a su nueva familia. Al final, Ella tendría que salvar a dos muchachos a los que
Constantin Jrushchov había destrozado la vida. Conmigo lo había hecho, ahora era el turno de
Drake.
—Nosotros cuidaremos de él. —Viktor me miró de esa manera suya.
—¿Seguro?
—Creo que mi mujer se ha encargado de decidir eso por los dos —le revelé.
—¿Qué es lo que puede identificarle como hijo de Constantin Jrushchov? —Yuri necesitaba
algo más.
—Una marca de nacimiento. El lugar no es exactamente el mismo, pero tiene la misma forma.
—Mihail se acercó un poco más y señaló la nuca del niño.
—¿Una marca?
—Sí, esas manchas; él tiene una en forma de dragón, como la de su padre.
—Por eso el nombre de Drake.
—Su madre no fue muy original con el nombre, lo sé. Pero el daño ya está hecho. Entonces,
¿cuidareis de él?
—Si vamos a hacerlo, ha de ser totalmente legal. Llamaré a Andrey para que se acerque y
poder empezar con los trámites de adopción.
—Me parece bien —apuntó Mihail—. Quiero dejarlo todo arreglado antes de regresar a Rusia.
Miré hacia mi nueva familia, donde el pequeño y Ella se turnaban para dar retoques al dibujo
sobre el papel. Podían no hablar la misma lengua, pero ambos habían llegado no solo entenderse,
sino a compenetrarse. Ahora solo debía decirle a mi mujer que acabábamos de adoptar a nuestro
primer hijo. Genial, y yo que quería darle su tiempo para que se acomodara a los cambios.
¿Dónde había oído yo decir que los Vasiliev sí que iban rápido? Pues estaba demostrando que yo
era un auténtico Vasiliev.
Capítulo 55
Ella
Cuando Serg me contó la historia del pequeño, no pude evitar derramar unas lágrimas. Dijo
que probablemente pensaría que estaba loco, embarcarse en una aventura así cuando me acababa
de pedir que formalizásemos nuestra relación, pero es que no esperaba otra cosa de él. Serg no
habría abandonado al pequeño, tenía que convertirse en su protector, como hizo conmigo. ¿Cómo
una mujer no podría caer enamorada de él? Tenía un corazón de oro. Nunca habría imaginado
crear una familia así, y menos con Serg, pero, cuando miro a Drake, no puedo imaginarme sin él a
nuestro lado. Sí, iba a ser difícil, porque además de venir de Rusia y no entender el idioma, el
niño no pronunciaba palabra alguna. Menos mal que Serg le hablaba en ruso, si no… Drake no
mostró ninguna emoción cuando le dijeron que iba a quedarse con nosotros, no lloró, ni sonrió,
nada. Eso te hacía pensar ¿qué tipo de vida había tenido este pequeño?
Yo lo he pasado mal, de niña perdí a casi toda mi familia y he estado huyendo desde entonces.
Pero él… era aún demasiado pequeño como para darse cuenta de las cosas. Él aún no podía
comprender que no tenía la culpa de lo que le pasaba y, peor aún, vería normal la extraña
situación en la que había crecido. No necesitaba ser una psicóloga para darme cuenta de que
Drake arrastraba una gran carencia de afecto. Calor humano lo llamaba mi madre. ¿Qué madre no
abraza a su hijo? ¿Qué madre no lo besa, no le hace sonreír? Drake parecía no haber conocido
esas cosas. ¿Cómo lo sé? Porque los bebés son como monitos, repiten todo lo que ven:
expresiones, gestos, actitudes… Drake no sonreía, tampoco buscaba directamente el contacto
humano, pero lo necesitaba. Por eso, cuando empecé a dibujar aquellas caras simpáticas de
perritos, aquellas que me enseñó a hacer mi padre de niña, vi que él les prestaba especial
atención, como cualquier niño curioso. Sobre todo, cuando se dio cuenta de que con cada nuevo
trazo que hacía, la carita cambiaba. Primero una cara redonda con dos ojos y una boca feliz, te
detienes. Luego dos orejas largas de punta redondeada, otra parada. Con eso ya le tenía intrigado,
con sus ojillos puestos sobre mi mano y lo que iba a hacer. Entonces, dibujaba un enorme arco que
empieza en un lado de la carita sonriente y termina en el otro extremo. Casi sonrío al ver su ceño
fruncido; sí, pequeño, hay más. Así que dibujé las dos orejas que caían de los costados, porque
así, pasito a pasito, había transformado la carita feliz en un perrito adorable, de mirada dulce.
En aquel punto, el niño tenía que haber sonreído, como hacían todos los niños a los que les
hacía aquel juego-dibujo; Tasha empezó saltar y a pedir que lo repitiese otra vez. Pero Drake, no,
él solo se quedó mirando el dibujo, como si verlo una vez hubiese sido todo lo que podía
conseguir. Pero no hizo falta que me lo pidiese, yo volví a empezar de nuevo el dibujo. En esa
ocasión, cada vez que me detenía, Drake se encargaba del siguiente trazo. Y cuando yo continuaba,
él adquiría la seguridad, la confianza, de que lo había hecho bien. Poco a poco, su cuerpo se fue
acercando al mío, primero se puso cerca, luego un poco más, hasta que quedó recostado contra mi
pecho, entre mis piernas. Mis brazos lo rodeaban, pero no le abrazaban, tan solo seguí dibujando,
para que se fuese acostumbrando a mi toque, mi presencia. Cuando creí que era el momento, mi
mano se apoyó en su pequeña cadera para dejarle ver que estaba con él, a su lado, y que le
sujetaba. Conmigo allí, no caería, porque yo le sostendría.
Cuando los hombres dejaron de hablar en ruso, Serg se acercó a nosotros, mientras Viktor y
Mihail, creo que dijo, remataban algunas cosas. Serg me explicó después que estaba allí con él
porque no tenía nada que ocultarme de su pasado, pero no pensó en lo que Mihail estaría
dispuesto a discutir en mi presencia, ya que era una completa desconocida para él y en la Bratva,
donde me dijo que trabajaba, todo se trata con mucho cuidado. Nadie dice nada delante de
personas ajenas a ellos. A mí me sonaba a algo oscuro, así que no quise preguntar más. No soy
tonta, sé que la Bratva es la mafia rusa. Mi presencia en aquella habitación denotaba la confianza
que Viktor, Yuri y Serg tenían en mí, pero para su visitante no dejaba de ser alguien ajeno a sus
negocios.
Mi marido se puso en cuclillas para que su cara quedase cerca de Drake, al tiempo que evitaba
intimidarlo. Me miró, como pidiéndome perdón, y empezó a hablar en ruso con el niño. Sabía que
iba a estar excluida cuando eso ocurriese y lo entendía, porque no había otra manera de hacerlo.
Algunas veces, Serg debía traducir en ruso lo que me decía a mí en inglés, supongo que para que
ninguno de los dos nos sintiésemos excluidos. Lo único que no tradujo al ruso fue cuando me contó
la historia de Drake y lo que había decidido sin consultarme. ¿Perdonarle? No había nada que
perdonar, porque yo habría hecho lo mismo. Lanzarme a ayudar sin importar las consecuencias.
Conociendo mi historia, Serg tenía que saberlo.
Ese día, entramos al Celebrity’s como dos personas y salimos como una familia. Con una
propuesta firme de ser marido y mujer, de verdad, una hipoteca compartida, un nuevo hogar y un
hijo.
Caminábamos por el aparcamiento privado con Drake en los brazos de Serg, que llevaba en su
mano la hoja con nuestros dibujos, su rostro inexpresivo pero curioso, y yo agarrando la mano
libre de mi marido. Vi nuestro reflejo en las pulidas puertas del ascensor y sonreí, porque
realmente parecíamos una familia. Y como tal, fuimos a realizar nuestra primera misión familiar,
comprarle ropa a nuestro pequeño, y comida, jabón, lociones… todo lo que un pequeño podría
necesitar y nosotros no teníamos. Incluso le compramos una de esas pequeñas lamparitas que los
niños dejan encendidas por la noche cuando tienen miedo de la oscuridad. Había que estar
preparados para todo.
Estábamos en el centro comercial, uno más asequible para nuestra economía que el Crystals,
escogiendo la ropa de Drake, cuando no pude resistirme a comprarle un pijama. Tenía nubes, más
pequeñitas que las de mi propio pijama. Serg levantó una ceja cuando me vio meterlo en el carrito
de la compra.
—¿Más nubes? —Me encogí de hombros y sonreí.
—Nos gustan, ¿verdad? —Miré a Drake y le señalé las nubes de su nuevo pijama, el esperó a
que Serg se lo dijera en ruso. Asintió y después deslizó sus dedos por los dibujos de la prenda.
Serg podía saber de cuerpos y esas cosas, yo sabía de niños.
Salimos del centro comercial, cargados hasta los topes de bolsas. Menos mal que teníamos
detrás a dos guardaespaldas y aprovechamos a uno de ellos como mula de carga. De no ser por
eso, no me habría dado cuenta de que realmente no éramos una familia normal, haciendo cosas
normales.
Al llegar a casa, Serg entró el primero cargado con todas las bolsas, mientras yo me quedaba
atrás, esperando a que Drake diera su primer paso hacia el que se iba a convertir en su nuevo
hogar, al menos hasta que la casa nueva fuese una realidad. Drake pareció estudiarlo todo con la
mirada y después volvió sus ojos hacia mí. Yo asentí con la cabeza y le ofrecí mi mano para
entrar. Él la tomó y ambos caminamos juntos hacia dentro.
Acomodamos todas sus cosas y, cuando llegó la hora del baño y la cena, Serg y yo nos
repartimos las tareas. Yo bañé a nuestro pequeño y él se encargó de la cena. Me habría gustado
tener una bañera donde poder poner docenas de juguetes de colores chillones que navegan entre
las burbujas, pero no teníamos, así que me conformé con meterme bajo la ducha con él. Cuidé de
que no le entrara jabón en los ojos, de frotar suavemente su cuero cabelludo, mientras él cerraba
los ojos para que no le cayera agua o jabón. Luego nos envolví en una toalla y le sequé el pelo con
el secador. Le puse el pijama y luego me puse yo el mío, de nubes también, para que se sintiera
más… ¿vinculado? Unido. Le dejé sentado sobre la encimera del lavabo, mientras me secaba el
pelo.
—La cena está lista. —La voz de Serg llegó desde la puerta, donde estaba apoyado sobre uno
de los marcos. Tomó al niño en brazos y le preguntó algo, a lo que el niño asintió—. Drake dice
que sí tiene hambre.
—Seguro que os lo comeréis todo antes de que yo llegue. —Serg sonrió, le dijo algo a Drake y
este volvió a asentir. Me quitó el secador y se lo tendió al niño. No necesitaba que me explicara
más, incliné la cabeza y dejé que mis chicos me secaran el pelo.
La cena fue tranquila, un poco de descubrimiento, porque Drake no era un niño criado con los
gustos americanos, así que la mayoría de las formas y colores eran nuevos para él. Y he de
deciros que a mi pequeño y a mí nos gusta el yogur de fresa.
Cuando llegó la hora de acostarnos, Serg le preguntó cómo quería dormir, si prefería hacerlo
en una cama en su propia habitación o quería hacerlo con nosotros, en nuestra cama. Para nuestra
sorpresa, el niño pidió dormir solo, en su cuarto. Le arropamos, Serg le contó un cuento, le dimos
su beso de buenas noches, encendimos la lamparilla de noche y dejamos la puerta entreabierta. Me
quedé allí quieta observando y vi que el niño se levantaba, cogía la lamparilla, la apagaba, la
dejaba en su sitio de nuevo, volvía a la cama, se hacía una bola y se tapaba como si fuese un
capullo de mariposa. Noté la caricia de Serg en mi espalda y, cuando le miré, sentí que una
lágrima me corría por la mejilla. Serg me tomó en sus brazos y me llevó a la cama.
—Va a cambiar, vamos a hacer que cambie. —Asentí y dejé que me tomara en sus brazos para
dormir. Esa noche necesitaba que me abrazaran, y abrazar.
Capítulo 56
Serg
Habíamos decidido que los primeros días alguno de los dos estuviera siempre con el niño. Así
que Ella cambió el turno en la peluquería a uno por la tarde. Así, ellos dos tendrían su tiempo por
las mañanas y yo, por las tardes.
Aquel día, cuando llegué a casa, me encontré no solo con la comida lista, sino a tres
comensales dispuestos en la mesa. Ella, Drake y una cosa gris con bigotes.
—Vaya, y ¿cómo se llama tu nuevo amigo, Drake? —Mi pequeño estiró el peluche tejido hacia
mí, pero no dijo nada.
—Aún lo estamos pensando, ¿verdad? —Drake volvió a sentar a su peluche en la silla junto a
la suya, pero lo hizo como si realmente fuese un ser vivo, con cuidado. Lo miraba con mucha
atención, como si estuviese esperando que hiciera algo.
Lo de hablar y traducir se había instaurado en una costumbre desde que salimos del despacho
de Yuri. No solo era ya de lo más normal para mí y Ella, sino para Drake, que escuchaba atento
cada palabra que salía de mi boca como si realmente intentara encontrar una correlación entre
ellas. Curioso. Otra cosa que me llamó la atención era que estaba muy atento cuando hablaba la
gente, sobre todo Ella. No sé, como si más que las palabras, escuchara los movimientos. Sí,
llámenme raro, pero… ¿No tendría algún problema de audición o tal vez de dicción? Tendría que
comentarle a Ella. Yo no soy médico, pero…
—Bueno, papi, siéntate a comer, que tienes que coger fuerzas para esta tarde. —Me senté a la
mesa y Ella me tendió la fuente para que me sirviera.
—¿Fuerzas? ¿Qué nos tienes preparado, gorshok meda?
—Viktor llamó y… bueno, resumiendo, que esta tarde, Drake y tú tenéis presentación oficial a
la familia. Tengo órdenes de preparar una mochila con un bañador y ropa de recambio para Drake.
—Miré a Drake, que permanecía atento a Ella. Antes de traducir sus palabras, pensé lo que me
acababa de decir. La familia Vasiliev no se tomaba las cosas con calma como para que la gente se
adaptara. Un adulto podía soportarlo, pero un niño… Aunque, pensándolo bien, quizás ver a otros
niños le ayudara a no sentirse desplazado. Dimitri y Anker le pillaban demasiado mayores y Nika
era un bebé que ni gateaba. En cambio, Tasha, con tres años casi, bien podría ser lo que
necesitaba.
—Bien, Drake, ¿qué te parece? Vamos a ir a la piscina de los abuelos. Algo me dice que
estarán allí todos los primos. Seguro que Lena se ha encargado. ¡Ah! Y hay un perrito muy
simpático al que le encanta correr detrás de las pelotas.
Al decir la palabra perro, Drake cogió a su gato de peluche y lo estrechó contra su cuerpo,
como intentando protegerlo. Aquel acto me recordó algo, no sé, como si lo hubiese visto antes. La
cabeza del peluche metida bajo su barbilla, su brazo en una postura protectora… Sus piernas se
movieron incómodas, lo que hizo que mis ojos se fuesen hacia ellas. Y allí, como si fuese una
señal luminosa, encontré una tirita sobre su rodilla. Mi dedo la señaló y le pregunté:
—¿Qué ocurrió? —Drake miró a Ella, como si buscara que ella diera la respuesta. Y así lo
hizo.
—Un pequeño incidente esta mañana en el parque, pero lo solucionamos, ¿verdad? —Ella
miró a Drake inclinando la cabeza hacia él y, como si este entendiera, asintió con la cabeza. No
esperaba que Drake me contara lo sucedido, pero intentaría sonsacárselo a Ella después de
acostarle. Me parecía mal no traducirle todo lo que se hablaba en su presencia, o al menos la
mayoría. Y un tema como ese, que Ella parecía no querer aclarar en aquel momento, merecía esa
privacidad. Pero no iba a olvidarlo y se lo dejé bien claro a Ella con la mirada. La picarona me
sonrió de esa manera…

Ella
Preparé la mochila de Drake y metí también un pijama, porque si algo había aprendido de los
Vasiliev era que te sorprendían con planes de última hora. Con un niño, siempre había que ir
preparado para todo, al menos eso recordaba de mi hermana.
Mis dos hombres me acompañaron hasta mi lugar de trabajo. Drake de la mano de ambos. Me
despedí de ellos con un beso breve de mi marido en los labios y otro en la mejilla de mi pequeño.
Apoyé por unos segundos mi frente en la suya y él dejó que el peso de su cabeza recayera en aquel
contacto mientras cerraba sus hermosos ojos grises. Sí, desde aquella misma mañana, habíamos
dado un paso realmente grande.
Todo empezó de la manera en que empiezan todos los problemas entre niños. Si bien Drake no
actuaba como el resto, estaba allí. Me explico. Mi niño estaba jugando en la zona de la arena,
concentrado en descubrir las posibilidades que tenía aquel nuevo elemento para él y lo que podía
hacer con el camión de plástico que tenía en su poder. Otros niños se acercaron para jugar en la
misma zona, mientras yo supervisaba todo sentada en un banco a unos metros de distancia. Quería
dejarle su espacio, que fuese descubriendo todo, pero sabiendo que yo estaba ahí.
No me preocupaba el idioma, eran niños, ellos solían tener su propio lenguaje; en otras
palabras, se entendían mejor que muchos adultos. Parecía que estaban entablando una pauta de
juego, aunque Drake no hablara, cuando uno de los niños, un enano resabido, empujó de mala
manera a mi pequeño y le arrebató su juguete. Ni qué decir que mi culo salió disparado hacia
ellos por dos motivos, porque aquel escarabajo pelotero estaba lastimando a mi niño y porque mi
pequeño se quedó quieto, con la cabeza baja, aceptando que lo trataran así y que le robaran lo que
era suyo. Empecé a despotricar contra el niño, obligándole verbalmente a que devolviera el
camión que se había apropiado con aquella acción de rapiña. Cuando llegué hasta ellos, el niño
había soltado el camión y había reculado sus buenos tres pasos. Pero no fui por él, no, me
arrodillé junto a Drake y acaricié su rostro. Por una vez, sus ojos no parecían inexpresivos, sino
sorprendidos. Vi el rasponazo en su rodilla, del cual ni se quejaba, y con cuidado lo tomé en
brazos, recogí el camión, que puse en su regazo, y los llevé a ambos hasta el banco. Allí, abrí la
bolsa con todo lo que una madre siempre lleva cuando tiene niños y saqué una toallita húmeda con
la que limpié cuidadosamente su raspón, luego abrí uno de esos paquetitos que tienen un trocito de
tela impregnado en alcohol, y que son el mejor invento del mundo, para desinfectar la herida.
Soplé para que no escociese tanto, igual que como hacía mi madre, y después le puse encima la
tirita. Por último, le di un besito encima, como hacía Tasha. Cuando levanté la vista, encontré los
ojos acuosos de Drake y no pude evitar abrazarlo. Metí su cabecita bajo mi barbilla y le di un
pequeño beso en su cabecita de pelo rubio. Noté que sus bracitos se enredaban lentamente en mi
cuello y fue entonces cuando yo no pude evitar imitarlo. No iba a llorar, no iba a llorar, pero
malditas las ganas que tenía de hacerlo.
Desde ese momento, comprendí que habíamos conectado de alguna manera, como si él
finalmente me viese. Era algo más que otra persona que pasaba por su vida, era alguien que se
preocupaba por él y Drake lo sabía.
Me separé de mis chicos y atravesé la puerta de la peluquería. Desde el otro lado de la
cristalera pude ver cómo Serg tomaba en brazos a Drake y lo sostenía en su costado, mientras
levantaba la mano y se despedía de mí. Podía verle mover sus labios y, después, Drake alzó
levemente su mano y me regaló su particular manera de decir adiós. No sonreía, permanecía en
silencio, pero su rostro tampoco estaba inexpresivo. No sé, era como ver en él una pequeña
pincelada de «te estaré esperando».
—El niño es una monada —dijo Linette a mi lado.
—Sí, mi pequeño es muy guapo.
—No sabía que tuvieses un hijo.
—Lo tengo, sí.
—Tienes una familia preciosa. El niño no se parece mucho a ti, pero es igualito que su padre.
Cuando sea mayor va a ser un rompecorazones.
Eché un último vistazo y sí, Linette tenía razón. Drake podría pasar perfectamente por hijo de
Serg. Aunque el pelo del niño era de un rubio más claro y sus ojos eran grises en vez de tener ese
increíble azul de Serg, los dos compartían esa piel clara y ascendencia nórdica. Pero no me sentí
fuera de lugar, porque dijeran lo que dijeran, los dos me pertenecían. Serg porque así lo decidió él
y Drake porque no permitiría que nadie se lo llevara de nuestro lado, era mi hijo, nuestro hijo.
Capítulo 57
Ella
—Hora del descanso, Ella —Cogí el bote de laca y me dispuse a dar una buena rociada sobre
la cabeza de mi clienta.
—Bien, porque me muero de hambre.
No es que necesitara comerme una vaca, pero es lo que tenía mi nueva dieta, que me había
acostumbrado a dar de comer a mi pequeña bestia/estómago a sus horas y ahora me pedía un
pequeño tentempié.
Como un reloj, Robin estaba a la puerta de la peluquería esperando para ir a tomar nuestro té,
pero sin pastas. Éramos chicas sanas, nosotras compartíamos un sándwich de esos con muchas
cosas, sobre todo vegetales.
Nada más atravesar la puerta, el brazo de Robin me agarró por el codo.
—Así que tenemos plan familiar esta noche, ¿eh?
—Eso creo. ¿A ti también te tocó trabajar en el turno de tarde?
—Ah, el trabajo. A los pobres proletarios no nos queda más remedio que amoldarnos a él o
acabamos en la calle. Pero qué bien sienta cuando te recompensan por hacerlo bien —dijo
poniendo los ojos en blanco.
—¿También te dan propinas?
—Propinas propiamente dicho no, pero me gusta cuando me dicen eso de «excelente trabajo,
sigue así». Un día de estos espero un ascenso.
—Eso es bueno. ¿Nika está en la guardería?
—No, qué va. Reunión familiar, ¿recuerdas? Está en casa de los abuelos, conociendo a su
nuevo primo. Que, por cierto, Serg y tú estáis haciendo algo increíble.
—No lo hacemos por los elogios, sino por Drake.
—Y eso os honra. Bueno, dejemos los temas llorones por hoy, vamos a comer algo, me muero
de hambre —Sentí las manos pegajosas por la laca.
—Yo voy a lavarme las manos, ahora vuelvo. —Robin asintió y posó su bolso en una de las
sillas de una mesa vacía en el exterior de la cafetería. Entré dentro, directa al aseo de señoras.
Cuando estaba a punto de abrir la puerta, me pegaron algo a la boca, me aprisionaron los brazos y,
antes de que pudiese hacer nada, todo empezó a dar vueltas y perdí el conocimiento.

Robin
Diez minutos después de que Ella fuese al baño, miré extrañada hacia Sloan, que estaba
vigilando la entrada del local. No hacía falta que nos habláramos, él se encogió de hombros y
negó con la cabeza. No, ella no estaba a la vista y eso era malo. Mi instinto me hizo ponerme en
pie e ir directa hacia el aseo de señoras, revisé cada puñetero habitáculo, pero ni señal de ella.
Sloan estaba detrás de mí cuando salí de allí.
—No está, da la señal de alarma. —Él asintió y empezó a transmitir la información a la
central. Metí la mano en el bolso y saqué mi propio comunicador. Llevarlo puesto cuando estaba
con ella levantaría muchas sospechas, sobre todo en Ella. Lo coloqué en el oído y escuché la voz
de Viktor al otro lado.
—Estamos revisando las grabaciones de seguridad del recinto… ¡Mierda! Lo tenemos, una
furgoneta en el aparcamiento inferior, Boby la está siguiendo con las cámaras de tráfico.
—Vamos al coche. —Que se atreviese Viktor a sacarme del operativo. Ella era mi amiga e iba
a estar ahí para ella. Se la habían llevado delante de mis narices y eso no me lo perdonaría. Si la
hacían daño, yo misma los mataría. Había personas en este mundo que se merecían todo lo malo
que pudiesen recibir, pero Ella era el opuesto. Quien le tocara un pelo, quien mancillara un
corazón tan puro como el suyo, tenía el infierno como siguiente destino.

Serg
La imagen de Irina parpadeó un par de veces en el monitor, seguro que otra vez estaban los
hijos de Lena jugando online con uno de esos juegos de estrategia. Al menos era una línea con
suficiente potencia como para soportar esos juegos y una conferencia por Skype con Miami. Mi
hermana y yo solíamos hablar una vez por semana, más por ver cómo se encontraba el otro, que
por saber qué era de su vida. No sé cómo explicarlo, si algo importante ocurría, seríamos los
primeros en enterarnos, el resto, lo intranscendente, no importaba, nos servía solamente con
mirarnos a los ojos para saber lo que le ocurría al otro, siempre había sido así, no éramos mucho
de palabras. ¿Por qué? Porque siempre había cosas que no queríamos contar, como si el no
decirlas pudiera mantener al resto de la familia a salvo. Como cuando yo estaba participando en
las peleas ilegales o como cuando Irina se puso a trabajar de camarera en aquellos clubes. Eran
cosas que preocuparían al otro y que no queríamos decir. Pero éramos adultos y sabíamos por qué
hacíamos lo que hacíamos, y estábamos dispuestos a cargar con las consecuencias.
—Tenía que contarte algo importante.
—Eso pensaba. Estás muy serio. —Una pequeña sonrisa apareció en mi cara. Siempre fue
difícil ocultarle cómo me sentía.
—Hay alguien en mi vida.
—¿Cómo es?
—¿Recuerdas a la chica que fuimos a recoger a Miami?
—Estrella. Tenía una mirada dulce, triste pero dulce.
—No solo es su mirada. Todo su interior lo es. Ella… me ha devuelto las ganas de querer más.
A su lado quiero vivir más, quiero sonreír más, quiero sentir más. Ella hace que todo lo que me
rodea sea mejor. No sé cómo explicarlo.
—Te ha devuelto la alegría, Serg. Te ha traído de nuevo a la parte luminosa de la vida. Quieres
vivir y no te conformas con lo que te ofrecen porque por primera vez desde hace mucho tiempo
quieres tanto como puedas conseguir. —Aquellas palabras me decían que ella sabía realmente de
lo que hablaba y solo había una manera de hacerlo, vivirlo en tus propias carnes.
—¿Él es lo que estabas esperando? —No había sorpresa en sus ojos, solo una mirada risueña.
—No es lo que esperaba, pero sí lo que he necesitado desde hace mucho tiempo. No es el
hecho de buscar, sino encontrar. Llámalo suerte, llámalo destino, el caso es que ha aparecido
cuando debía hacerlo.
—Ah, y no solo es ella.
—¿No?
—Hay… hay un pequeño, se llama Drake. Es otra víctima de Constantin Jrushchov, así que no
pude dejarle a su suerte, tenía… tenía que ayudarlo.
—Constantin Jrushchov te seguirá persiguiendo allá a donde vayas.
—Yo escapé de él con ayuda, es de ley que ayude a otros a hacer lo mismo. Además, cuando le
veas, comprenderás porqué lo hice.
—No tengo duda.
—Tienes que venir a conocerlo, a conocer a mi nueva familia, tu nueva familia.
—Has ido deprisa. Una novia, un niño a tu cargo…
—No Irina, son mi mujer y mi hijo. —Ahí sus cejas se alzaron totalmente.
—Vaya, sí que es serio.
—Cuando uno no tiene dudas, ¿para qué perder el tiempo?
—En eso tengo que darte la razón. —Nos quedamos un rato en silencio hasta que decidimos
que había llegado el momento de terminar con nuestra charla semanal—. Nos vemos el próximo
día.
—Si necesitas hablar, estoy a un clic. —Sonrió y se despidió con la mano.
Corté la llamada y cerré la sesión en el PC. Nada más salir de la habitación, había alguien
esperándome. Aquella maldita expresión seria en los ojos de Nick no me gustaban nada.
—Dime que está bien. —Los hombros de Nick se hundieron y sentí como si el leviatán de la
Biblia me arrastrara a las profundidades del océano.
—Se la han llevado, pero los estamos siguiendo. —Mis puños dolían de tan fuerte que los
estaba apretando y mis pies empezaron a caminar hacia la puerta.
—Vas a llevarme tan cerca de ellos como puedas, y vas a darme un arma, porque voy a
matarlos. —La mano de Nick me aferró por el hombro y me obligó a girarme hacia él.
—Viktor va a acabar con esto, Serg, no te quepa duda. Deja que él se encargue.
—¿Tú te quedarías esperando si fuese Sara? —Su mandíbula se tensó, al tiempo que sus dedos
soltaron el agarre.
—De acuerdo, yo te llevaré. Pero quizás quieres despedirte antes. —Su cabeza se giró hacia el
jardín trasero, desde donde llegaban los gritos jubilosos de Tasha.
—Él está a salvo aquí, pero necesita a su madre. No puedo mirarle a los ojos y decirle que
todo está bien. No lo haré hasta que sea verdad. —Nick asintió y sacó su teléfono mientras
caminábamos hacia el exterior. No, no estaba abandonando a mi hijo, estaba yendo en busca de su
madre, de mi mujer, la única que podía mantenernos a salvo a los dos.
Capítulo 58
Ella
La cabeza me dolía como si despertase de una mala resaca. Al menos la luz artificial no me
daba directamente en la cara, sino sobre mi cabeza. Abrí los ojos para encontrar el polvoriento
suelo de… Alcé la vista y descubrí que estaba en una enorme y casi vacía nave industrial, o
almacén, que a todas luces hacía tiempo que no se usaba. Pero no fue eso lo que me llamó más la
atención, sino el hombre que estaba parado frente a mí. Estaba agachado, en cuclillas, con las
rodillas alejadas del suelo, seguramente para no manchar los caros pantalones que llevaba
puestos. Y aquella maldita cara arrogante, la recordaba, vaya si la recordaba. Llevaba demasiados
años persiguiéndome en mis pesadillas. Santos, Santos Bocanegra.
—Llevábamos demasiado tiempo aplazando esto, ¿no te parece? —No dije nada, ¿para qué?—
¿Ahora no tienes nada que decir? Qué cambio. En el juicio bien que soltaste por esa boquita.
Sus dedos aferraron mi barbilla y yo tiré de ella para evitar aquel asqueroso contacto.
—No sirvió de mucho, ¿no? Estás libre.
—Fuiste como una enorme piedra en el zapato, pero nada que el dinero y varios abogados no
puedan quitarme de encima. Así todo, te llevaste seis años de mi vida y pienso cobrármelos —​
dijo tras ponerse en pie y retroceder un paso.
—Buena suerte con eso —La ceja de Santos se alzó, al tiempo que sonreía con ironía.
—Tienes una boca demasiado grande, como tu padre. —Alcé la cabeza hacia él porque sabía
que, si prestaba atención, aquel gilipollas arrogante escupiría todo lo que quería saber—. Sí, tu
padre no sabía tener la boca cerrada. El muy estúpido solo hablaba y hablaba porque no sabía lo
que la gente podía hacer con esa información. Pero un día dijo algo que debía haberse callado.
Antes de que soltara más, tuvimos que cerrarle la boca.
—¿Por qué a la familia?
—Ah, sí, eso. Era una forma de asegurarnos de que nadie más sabía lo que tu padre había
visto. ¿Sorprendida? Tu padre no era un corrupto como le presentaron en el juicio. El muy
estúpido era honrado, pero no se puede ser honrado y trabajar en una empresa que sirve de
tapadera al tráfico de cocaína. El muy tonto vio una bolsa caer de dentro de un saco que no debía
de haber tocado.
—¿Por eso lo mataste, porque vio lo que estabais haciendo?
—Una operación perfecta, de millones de dólares a la semana, que a la DEA le encantaría
descubrir, y el bocazas de tu padre se topa con una prueba sólida que nos habría dejado el culo al
aire. No, eso había que atajarlo.
—Mi hermana tenía seis años, ella no debería haber muerto. Ella no era un peligro para
vosotros.
—Pude haber tenido algún remordimiento entonces, pero mira lo que hizo una niña de nueve.
Dejarte viva fue un gran error, uno que no voy a repetir. —Se llevó una mano al interior de la
chaqueta y sacó un arma.
—¿Esta vez no esperas a que te dé la orden tu amigo, el de la calavera y la rosa? —Santos se
quedó parado un segundo, pero la sonrisa de respuesta me dijo que no había sido porque le
sorprendiera.
—Que él estuviese presente en lo de tu familia no fue buena idea tampoco, porque había ojos
que no debían haberlo visto. Otro error que no vamos a cometer otra vez. Lo único que puedo
hacer es agradecértelo, porque gracias a eso he tenido un colaborador fiel todos estos años. El
cabrón es una maldita sanguijuela, pero al menos hace bien su trabajo. Y ahora, mírame. Quiero
verte la cara cuando apriete el gatillo.
Alcé la cabeza y lo miré a los ojos. Odiaba la idea de abandonar este mundo, porque dejaba en
él algo por lo que realmente merecía la pena vivir, pero no iba a demostrarle que tenía miedo,
porque eso solo lo haría más fuerte. Podía matarme, pero ya no le tenía miedo. Serg tenía razón,
enfrentarte al que te persigue era una manera de deshacerte de ese miedo. Al fin y al cabo, todos
íbamos a morir, lo que nos diferenciaba a unos de otros era la manera de hacerlo y la manera en la
que hemos vivido. Yo moriría sabiendo lo que es amar la vida y todo lo que es realmente
importante, y moriría llevándome conmigo lo que no estaba dispuesto a darle. No iba a rendirme,
no iba a entregarme a Santos. Una cosa es que te arrebaten la vida y otra muy distinta es
entregarla, y yo no se la iba a dar.
Santos alzó la pistola, me apuntó a la cabeza y el disparo retumbó por todo el almacén. Mi
corazón se paró en aquel momento… pero empezó a latir de nuevo en cuanto me di cuenta de que
una mancha roja crecía en el pecho de Santos y un pequeño reguero rojo caía desde el agujero de
su frente. Su cuerpo cayó al suelo como una pesada piedra. Miré a mi alrededor: había tres
cuerpos más tendidos en el suelo. No estaba segura de qué había pasado, solo que la condenada a
muerte, esta vez, era la única que estaba viva. ¿O tal vez eso es lo que ven los muertos? ¿Sería eso
mi paraíso? ¿Estaría mi alma creando una realidad distinta para darse paz? No, si así fuese, Serg y
Drake estarían mi lado y… como si lo hubiese invocado, Serg apareció en la nave, seguido por
varios hombres con equipos militares. Casi se tiró al suelo al llegar a mi lado, tomó mi rostro y
me besó, como si necesitase sacarme la vida que tenía dentro para asegurarse de que mi corazón
seguía funcionando.

Serg
Nick no pudo evitar que le arrancara el auricular y me lo pusiera en el oído. No le gustó nada,
pero no intentó recuperarlo. No sabía si estaba haciendo bien, porque empezar a escuchar todo lo
que estaba ocurriendo era peor que estar en la oscuridad como estaba antes.
—Diablo uno, marcado.
—Diablo dos, marcado.
—Diablo tres, marcado.
—Lucifer marcado en uno.
—Lucifer marcado en dos.
¿Qué coño significaba todo ese palabrerío? Al menos cada voz pertenecía a personas
diferentes. Saber que allí había más de una persona me daba algo más de seguridad, que no
tranquilidad. Nick detuvo el coche en una de las vías de acceso y un hombre con la cara cubierta y
un subfusil de asalto en las manos salió a nuestro encuentro. No nos apuntaba, pero su dedo estaba
sobre el gatillo. Nick bajó la ventanilla y asomó la cabeza.
—Patricio y Bob Esponja, venimos por la hamburguesa. —El tipo pulsó dos veces el auricular
de su oído y después de unos segundos nos hizo un gesto para que pasáramos. Nuestro coche
avanzó despacio por una carretera mal pavimentada y, gracias a esa lentitud, pude apreciar las
botas de alguien que estaba tirado en el suelo y casi oculto para ojos curiosos. ¿Muerto? No me
importaba, porque seguramente era de los malos. Entonces recordé algo.
—¿Bob Esponja y Patricio? —Nick se encogió de hombros, sin apartar la mirada de la
carretera.
—Viktor se encargó de los nombres. No le culpes, tiene una niña de tres años que ve dibujos
animados. A mí, mientras me libre de un balazo en el corazón, como si me llama pato Donald. —
El coche se detuvo antes de que un enorme almacén o nave industrial apareciese totalmente ante
nosotros. Otro hombre salió a nuestro encuentro y nos hizo señas para que saliéramos del vehículo
y nos mantuviésemos ocultos.
—¿Situación? —preguntó Nick. Antes de que diera una respuesta, el auricular en mi oído
volvió a transmitir.
—Lucifer está armado. Repito, tiene un arma. —Me quedé congelado, con la vista clavada en
Nick.
—Billete al infierno. Repito, billete al infierno. —Aquella era la voz de Viktor. Acto seguido,
escuché los disparos. Mi primer impulso fue salir corriendo, pero Nick y el tipo me agarraron con
fuerza.
—Lucifer abajo.
—Diablo uno abajo.
—Diablo dos abajo.
—Diablo tres abajo.
—Todos los diablos en casa, repito, todos los diablos en casa. El ángel está a salvo, repito,
ángel a salvo. —No me había dado cuenta, pero estaba corriendo. Ya no había nadie
sosteniéndome y mis pies me estaban llevando hacia aquel maldito almacén. Entré por una puerta
que alguien me abrió, esquivando el cuerpo inerte de un tipo. Mis ojos buscaron dentro, mientras
se ajustaban a la luz interior. La encontré sentada en una silla en mitad de la nave, con las manos
atadas a la espalda y el rostro confundido. Corrí más, hasta llegar a ella, comprobar que su piel
estaba caliente y que respiraba. Respiraba. Y como si yo necesitara ese mismo aire, posé mi boca
sobre sus labios y me alimenté de ella. Ella estaba a salvo, los dos estábamos a salvo.
Capítulo 59
Nick
Cuando aquellos dos se pusieron a morrearse delante de los hombres de Viktor, me centré en
revisar lo que se iba desarrollando a mi alrededor. Uno de los hombres se puso a cortar las
ataduras de Ella. Otros dos estaban arrodillados sobre algunos cuerpos, haciendo algo más que
comprobar que estaban muertos.
Me acerqué lo suficiente para ver la cara aún sonriente de Santos. Un agujero en su frente y
otro en su pecho. Difícil de determinar cuál le mató primero, los dos letales. Estaba lo
suficientemente familiarizado con la forma de trabajo del equipo como para saber que Santos era
Lucifer. Le habían disparado dos francotiradores porque debían asegurarse su muerte, y a la
primera.
Uno de los hombres del equipo de intervención desplegó un pequeño estuche sobre su mano
enguantada, extrajo una alarga varilla y después la introdujo en ambos orificios. Cada vez que
salía, la barra metálica sacaba una pieza metálica. No necesitaba preguntar, sabía lo que estaban
haciendo: eliminando pruebas. Que lo había matado una bala estaba claro, pero no la encontrarían.
Alguna esquirla, tal vez, pero aquella barra de metal estaba imantada en el extremo, por lo que
atraparía el metal y lo arrastraría al exterior. Dos paseos y no quedaría ningún resto que les diera
algo viable que analizar en el laboratorio de balística. Sí, puñetero CSI Las Vegas, lo que podía
enseñar una serie televisiva. En unos minutos, todo el equipo estaba fuera del edificio, la escena
del crimen revisada y nosotros de camino a casa. Bobby se encargaría de la limpieza digital de
cualquier pista que pudiese llevara a la policía hasta nosotros. Viktor tenía casi todo controlado.
A veces hasta a mí me daba miedo.
Ahora, una pista susurrada en un oído en concreto y los cuerpos se encontrarían en uno o dos
días, puede que menos. ¿Por qué los dejábamos allí? Para darle trabajo a la policía, que se
volviesen locos buscando las pistas que faltan. Además, cuanto más revolvías la mierda, más
posibilidades de mancharte tenías, así que… a lavarse las manos y listo. Ahora a deshacerse de
las pocas pistas que quedaban. Las balas se limpiarían y se tirarían junto a las que genera un
campo de tiro de la ciudad. La ropa iría a la lavadora industrial; el equipo, a limpieza y
almacenaje; y lo que no se pudiese dejar inmaculado, al incinerador. Listo. Aquí no queda nada,
nosotros no hemos sido.

Ella
Estaba sentada en el asiento de atrás del coche de Nick, abrazada a Serg. Mi cabeza estaba
bien encajada en el hueco de su cuello y sus labios sobre mi sien. Mi corazón aún estaba tratando
de volver a la normalidad y mi cuerpo estaba temblado de frío. Serg reajustó mejor la manta para
que no se escapara el calor.
—No vuelvas a hacerlo.
—Yo no hice nada, Serg.
—Me refiero que esto se está convirtiendo en una costumbre y creo que no estoy preparado
para otro secuestro. —Acomodé mi mejilla sobre su piel y me froté contra él.
—Pues yo ya me estaba acostumbrando. —Sentí su brazo estrangular mi cuerpo.
—No digas eso ni en broma. —Estaba a punto de volver a cerrar los ojos y dejarme llevar por
el bamboleo del coche, cuando recordé algo.
—¡Oh, mierda!
—¿Qué ocurre?
—Desaparecí del trabajo sin avisar. —Escuchamos la risotada de Nick desde la parte
delantera del vehículo.
—Tranquila, Robin ya se ha ocupado.
—¿Robin?
—Eh, sí. Tú tranquila, puedes preguntarle cuando lleguemos a casa.
—¿A casa?
—Reunión familiar, ¿recuerdas? —agregó.
—Ah, sí, claro. —Sentí la presión del brazo de Serg, obligándome a recostarme de nuevo
sobre su pecho.

Andrey
Robin y yo estábamos uno frente al otro, los dos en la misma postura, con los brazos cruzados
sobre el pecho y el ceño fruncido.
—Tenía que haber ido, Andrey. Se la llevaron de mis manos, era mi responsabilidad.
—Viktor hizo lo correcto Robin, no pienso discutir más sobre esto.
—Pero…
—Pero nada. Me prometiste que no te pondrías en peligro e ibas hacia él de cabeza.
—Pero Ella estaba en peligro.
—Viktor tenía a su equipo, Robin. Tú misma sabes que no todos los operativos intervienen en
todas las operaciones, aquel no era tu sitio y punto. —La testaruda de mi mujer pateó el suelo con
su pie, como una niña caprichosa que no se ha salido con la suya. Pero no pensaba ceder. Esa era
una línea que no iba a dejar que atravesara.
—Debía estar allí.
—¿No pensaste en que podías resultar herida, Robin? ¿Y si te hubiese pasado algo? Ya
pasamos por esto cuando fuiste tú la secuestrada y mi hermano pagó las consecuencias de su error.
Esta vez hizo lo correcto manteniéndote al margen, así que no tendré que matarlo, pero tú… —Me
acerqué ella, como lo hace un león hacia su presa, preparado para saltar sobre su yugular, o su
trasero en este caso.
—No te…No te atrevas a ponerme una mano encima… —Ojalá pudiese ponerla sobre mis
rodillas y darle un cachete, como hacían algunos padres con sus hijos traviesos. Pero a mí no me
iban esas cosas. Iba a castigarla, sí, pero de una manera más apropiada.
—No me dejas otra alternativa, Robin. Te dije que no iba a interferir en tu trabajo, pero voy a
hacerlo. Puedes patalear y gruñir todo lo que quieras, pero le voy a decir a Viktor que te saque de
las operaciones de campo.
—¿Una oficina? ¿Me vas a relegar a una maldita oficina? —Mi rostro estaba a escasos dos
centímetros del suyo y podía sentir aquella maldita y casi desterrada mirada de hielo del antiguo
Andrey. Haría lo que fuera por mantenerla a salvo, incluso rescatar al antiguo yo.
—Voy a sentarte detrás de una mesa, a quitarte el arma y a ponerte una maldita escolta pegada
al culo lo que te queda de vida, y eso no es negociable. Eres una Vasiliev, Robin, y un Vasiliev no
rompe sus promesas. Tú estuviste a punto de romper la tuya, así que atente a las consecuencias. —
Mi rebelde transgresora tragó saliva. Sus ojos me miraban intensamente, sus labios se
entreabrieron, dejando salir el aire de manera estrangulada.
— ¿Algo que decir?
—Que me pones a cien cuando te pones de esa manera. —Sus brazos rodearon mi cuello y su
boca asaltó la mía con un salvajismo que no había experimentado antes con ella. ¡Señor! Si llego a
saber esto, habría sacado al viejo Iceman del cuarto oscuro hacía tiempo. Sus piernas se
enredaron en mi cadera y yo agarré su trasero, mientras mis piernas nos llevaban hacia el sofá del
despacho de mi padre. Hice bien en mantener esta conversación a puerta cerrada, porque la cosa
se había calentado de una manera que no había imaginado. Y no he dicho que me arrepienta, que
quede claro.

Mirna
Era imposible apartar la vista de mi nuevo pequeño. Drake despertaba en mí los instintos de
protección más escondidos en mi interior, aquellos que había enterrado hacía mucho tiempo,
aquellos que fueron desapareciendo cuando mis hijos demostraron que podían valerse por sí
mismos. No es que no quisiera cuidar y proteger a todos y cada uno de mis nietos, pero todos
tenían ese espíritu Vasiliev que aseguraba que saldrían a golpes de cualquier problema. Drake, no,
Drake tenía el espíritu dañado, no peleaba, simplemente dejaba que hicieran con él lo que
quisieran, sin quejarse, sin decir palabra, como si nada mereciese la pena. Tasha se había
aprovechado, para manejarle como un muñeco, a su antojo. Aunque quería pensar que, de alguna
manera, él había disfrutado. La piscina había sido demasiado para él, así que sacamos la pequeña
piscina hinchable de cuando Tasha era bebé, para que estuviese más cómodo. La única vez que vi
el rostro del niño mostrar una expresión que no fuese neutral fue cuando metió los pies en el agua
por primera vez y luego le siguió el resto del cuerpo. Era una curiosa mezcla de asombro, miedo y
alegría. Algo extraño, lo sé.
En aquel momento, no podía apartar la mirada de él. Después de cenar, les habíamos cambiado
a sus pijamas y observábamos cómo Tasha y él jugaban con algunos juguetes sobre la alfombra del
salón. Tasha enseguida pidió ver sus dibujos favoritos y se enganchó a ellos, mientras Drake
estaba inmerso en su propio mundo. Había cogido al Señor Patata de Tasha y había separado cada
una de sus piezas, ordenándolas metódicamente frente a él. Después, empezó a observarlas y
estudiarlas una a una. Cuando terminó con la última, se tomó su tiempo de nuevo, contemplando el
conjunto de piezas que tenía a la vista. Finalmente, cogió la patata marrón y empezó a montar de
nuevo el juguete, dejando la misma composición que tenía cuando lo desmontó. Satisfecho, dejó al
Señor Patata en el suelo y lo contempló de nuevo. Ahí había algo raro, y me podía la curiosidad
de averiguar el qué.
Capítulo 60
Ella
Nada más entrar en la casa, toda la familia se tiró a mis brazos. Y cuando digo todos, me
refiero a todos, uno a uno. Todos los que estaban allí, me abrazaron. Estaba a punto de ir a abrazar
a Drake, que jugaba sin prestar atención a todo el jaleo a su alrededor, cuando de una puerta
salieron Robin y Andrey. No quiero pensar lo que habría pasado allí dentro, pero él intentaba
ajustarse la camisa dentro de los pantalones, mientras Robin se acomodaba el pelo. Hasta que me
vio y entonces mi nueva amiga corrió a estrujarme como una naranja de la que deseas su zumo.
—Oh, dios. Gracias a dios que estás bien. Cuando Viktor llamó para decirlo… me sentí como
un condenado a muerte al que perdonan la vida.
—Un poco exagerado, ¿no crees? —Se apartó de mí y me dedicó una pequeña sonrisa.
—Bueno, sí, pero es que me sentí revivida. Te secuestraron delante de mis narices y no me di
cuenta.
—Tranquila, ya pasó.
—Gracias a dios.
—¿Hablabais de mí? —Viktor apareció detrás de mí en aquel momento, trayendo consigo una
enorme sonrisa arrogante. Serg fue el primero en acercarse él, dándole un apretón de manos que
terminó en abrazo. Esos dos no necesitaban decirse nada, parecía que se entendían solo con
gestos.
—Gracias. —Fue todo lo que pude decir antes de que se instalara un nudo en mi garganta
porque sabía que ese hombre había sido el artífice de aquella operación de rescate. Estaba viva
gracias a él. Me tomó en un cálido abrazo y pude sentir las acogedoras vibraciones de su pecho al
hablar.
—Eres de la familia, Ella. Hicimos lo que había que hacer. —Nos apartamos el uno del otro y
le sonreí. Retuve algunas lágrimas y me volví hacia el salón. Allí, parado de pie, mirándome con
una carita difícil de clasificar, estaba mi pequeño. Estaba quieto, distante, como si realmente todo
lo que veía no tuviese nada que ver con él. Me puse en cuclillas y abrí mis brazos para él.
—¿Vienes a darle un abrazo a mami? —Sus pies empezaron a andar, cada vez más rápido,
hasta estar entre mis brazos. Lo abracé con fuerza y, un segundo después, sus bracitos estaban
rodeando mi cuello.
—¡Vaya! ¿No dijiste que el niño solo entendía el ruso? —Mis labios estaban besando su
mejilla, pero pude oír el comentario de Viktor.
—Ellos dos se entienden sin necesidad de palabras. —Ese era Serg, diciendo algo que yo
había empezado a notar. Drake era un niño visual. A veces he pensado que él necesita
comunicarse de otra manera. Serg dijo que no hablaba y eso me inducía a pensar que, para él, las
palabras habían perdido utilidad en más de una manera. Pero a mí me daba igual, como decía mi
marido, mi pequeño y yo no necesitábamos palabras para entendernos.

Viktor
Apoyé la mano sobre el hombro de Serg y le hice una seña con la cabeza para que me siguiera.
Era el momento de que los hombres se reunieran en el despacho y los pusiera al tanto de todo.
Nick, Andrey y Yuri caminaron con nosotros. Cerré la puerta con seguro y nos sentamos alrededor
de la mesa de despacho de Yuri. Pinché la memoria usb en su PC y desplegué todas las fotos sobre
el monitor.
—Igor se ha llevado tu coche para limpiarlo, Nick. Y sugiero que metáis la ropa en una bolsa y
me la entreguéis. Esta noche dormiremos todos aquí y mañana regresaremos a nuestra vida normal.
Serg, mete también la ropa y calzado de Ella.
—De acuerdo. Pero lleva esa camisa de uniforme del salón de belleza, tendríamos que
conseguir un repuesto.
—No te preocupes, tengo a alguien consiguiendo una igual para que no falte ninguna en su
vestidor. Mañana estará aquí. Ahora lo importante. Hicimos copia del teléfono de Santos
Bocanegra, pero dejamos el aparato para que lo encontrara la policía.
—¿No habría sido mejor llevárnoslo? Ya sabes, por si había pistas sobre Ella que hubiese que
eliminar.
—No lo hice por dos motivos. El primero es que la policía lo echaría en falta y, si son
medianamente buenos, sus investigadores acabarían descubriendo que el teléfono siguió
moviéndose después de la muerte de Santos, y pondrán más ahínco en saber lo que podría haber
en él. Créeme, hay muchas maneras de sacar retazos de información aquí y ahí, como los números
con los que se comunicó, los lugares por los que pasó. Las antenas de telefonía tienen mucha más
información de los usuarios de lo que parece.
—¿Y el otro motivo?
—Es que quiero que la policía investigue de nuevo a Santos porque me interesa sobre manera
encontrar la última pieza. Y si no consigo encontrarla yo, al menos le pondré lo suficientemente
nervioso como para esconderse en un agujero bien profundo. No hay nada que acojone más a un
policía corrupto que el que sus propios compañeros estén encima de él.

Serg
—Eres tremendamente retorcido, ¿lo sabías, hermano? —Nick sonrió cuando le dijo aquel
alago a su hermano. ¡Qué digo! Todos lo hicimos porque pensábamos igual. Gracias, señor por
poner a Viktor de nuestra parte. Sé que mi rescate de Rusia estuvo bien pensado: sencillo y
efectivo, pero, ¡joder!, si llega a ser Viktor el que hubiese estado allí….
—Bueno, coartadas. Ella se encontraba mal, así que la llevaste a casa, Serg, a esta casa. Robin
dio aviso a su jefa. Tengo un informe médico que dice que fue un virus estomacal. Las imágenes
del Crystals os captaron saliendo de allí juntos a la hora en que ella desapareció. Luego le
informas para que grabe los datos en su cabeza.
—¿Crees que la policía vendrá a interrogarnos? — pregunté.
—Después de examinar los datos del teléfono de Santos y sus hombres, estoy seguro. Le
habían hecho un buen seguimiento de tu mujer, Serg. No muy detallado, pero sí lo suficiente como
para conocer su lugar de trabajo, saber que salía a tomar algo en su descanso y dónde. El resto no
tenía mucha complicación. No estudiaron las cámaras de seguridad, ni a los vigilantes. Por lo que
pienso, no sabían que estaba vigilada. Solo hicieron el secuestro de la forma más limpia posible y
en su trabajo, para que no se dieran cuenta rápido de su desaparición.
—Para ser algo tan poco trabajado, les salió bien.
—No te centres en el pasado, ya me he encargado yo de anotar los errores. Lo que nos importa
ahora es prepararnos para lo que viene. Yo esperaría una llamada de la policía, porque querrán
saber por qué Santos Bocanegra la estaba vigilando e intentarán sacar cualquier vínculo que pueda
existir entre ellos.
—Descubrirán lo de protección de testigos.
—Es posible, Boby tiene un espía. Si alguien intenta sacar información de ahí, sabremos quién
y porqué. Si es alguien que investiga el caso de Santos, sería normal que llegara hasta ahí. Pero si
es un agente que no está vinculado directamente con la investigación…
—Tenemos al maldito hombre de Santos en la policía, el que se escapó.
—Exacto.
—Bien, entonces tendremos que esperar hasta que eso ocurra y actuar en consecuencia —​
puntualizó Yuri. No quise preguntar a qué se refería con eso, pero su mirada fría no presagiaba
nada bueno para aquel tipo.
—De momento, seguiremos con nuestra vida normal.

Viktor
No lo dije delante de Serg, pero el resto de la familia ya sabía lo que iba a hacer. Para mí,
hacer limpieza era algo más simple que eliminar pruebas físicas, era eliminar TODAS las pistas.
Alguien que podía vincular a Ella con Santos era Alvin, así que tendría que ocuparme de él de una
manera que había estudiado detenidamente. Andrey había dado el primer paso. En prisión, la vida
de un policía caído en desgracia era algo más que una mierda. Por las noticias que tenía, la rata de
Alvin había tenido una buena dosis de su propia medicina. No solo agresiones de otros presos,
entre las que había un par de violaciones y palizas casi a diario que lo enviaron a la enfermería.
Tampoco los vigilantes y agentes le tenían mucho aprecio, así que no se preocupaban demasiado
por su seguridad. Y eso me dejaba el camino libre para ocuparme de él como debía. El estilo
Vasiliev con este tipo de personas que se atreven a atacarnos, incluso después de la primera
advertencia, se basaba en hacerles pagar cara su osadía. Aunque Alvin mereciese un pago más
elevado, me tendría que conformar con ello y saldar su cuenta. En otras palabras, tendría una
última visita a la enfermería donde le darían el boleto para su último viaje. Y no, no era el barco,
era una bolsa negra con cremallera.
Capítulo 61
Ella
Estaba recostada en la cama, pero el sueño no acababa de llegar. A los acontecimientos del día
se le sumaba el hecho de que Drake estuviese acurrucado entre Serg y yo, con su mano sujetando
un mechón de mi pelo mientras dormía. Mi marido, despierto, me miraba en silencio, con sus
piernas entrelazadas con las mías. Éramos como una silla enorme en la que nuestro pequeño
descansaba protegido de todo.
La mano de Serg se estiró hacia mi rostro y me acarició la mejilla antes de deslizarse hacia mi
cadera. Después sonrió y cerró los ojos. Creo que lo de no necesitar palabras para comunicarnos
no solo ocurría con Drake, también ocurría con mi ruso. No necesitaba oírle decir que necesitaba
sentirme cerca para dormir, no necesitaba decirme que me apretaría contra él hasta convertirme en
un tatuaje sobre la piel, y yo no necesitaba decirle que aquello me parecía bien. Cerré los ojos y
dejé que el sueño me tomara. En aquella cama que no era la nuestra, todo estaba bien, porque mi
familia estaba junta, como debía ser. Y no debía preocuparme por las sorpresas o peligros que me
deparase el futuro, porque tenía una familia que lucharía cada batalla a mi lado. Ellos harían
cualquier cosa por protegerme y yo haría cualquier cosa por ellos. Más allá de lo que una vez
tuve, ahora tenía una nueva y auténtica familia.
Mi mayor miedo era despertar y descubrir que todo aquello no era más que un sueño, pero
cuando abrí los ojos por la mañana, ellos seguían ahí. Drake estaba boca arriba, una mano
aferrando mi camiseta de dormir y la otra sosteniendo la mano de Serg, que reposaba sobre su
tripita. Se veían tan adorables, que no quise moverme para no despertarles, pero la tentación era
tan grande, que estiré la mano para alcanzar el teléfono de Serg que descansaba a mi espalda
sobre la mesilla de noche. Pasé los dedos sobre la pantalla, tal y como me enseñó él, y busqué la
aplicación de la cámara. Al moverme, ellos se habían reacomodado, ofreciéndome una vista que
me llenó el corazón. Drake reposaba sobre parte del pecho de Serg, atraído por su calor, su
seguridad. Y como si supiese qué era lo que tenía que hacer, los brazos de mi ruso envolvieron
protectores a nuestro pequeño. Sin agobios, sin asfixiarle, solo sosteniéndole para que no cayera.
Busqué el encuadre y saqué la foto. Eran tan hermosos juntos. Drake, tan frágil, vulnerable, y mi
otro ruso, fuerte, protector. Tenía que pedirle que me enviase esa foto cuando consiguiera
recuperar mi teléfono, porque los pondría como fondo y así llevar esa imagen siempre conmigo,
allá a donde fuera.
Los ojos de Serg se abrieron en aquel momento, alertas, dulces. No dijo nada, pero uno de sus
dedos se movió, indicándome que me acercara. Y yo lo hice, me incliné hacia él, hasta que su
mano se acomodó en ni nuca, para guiarme el resto del camino hasta sus labios. No fue un beso
rápido, todo lo contrario, fue calmado, suave, sencillo y malditamente perfecto. Cuando retiré la
cabeza, sus dedos seguían enredados en mi pelo, mientras su pulgar acariciaba mi boca satisfecha.
Aquella sonrisa pagada de sí misma adornó su hermoso rostro, sabedor de que había sido el
culpable de aquel persistente hormigueo en mis labios.
—Te quiero. —Y con aquellas dos simples palabras hizo que una supernova eclosionara
dentro de mi pecho. Aquel hombre perfecto me había dicho que me quería mientras sus ojos me
confesaban que yo era lo más importante de su mundo. ¿Cómo no amarlo? Todo lo que salía de él
era perfecto.
—Y yo te quiero a ti, mi ruso. —Su ceja se alzó curiosa.
—¿Tu ruso? —Asentí con la cabeza. Había encontrado la manera de hacer mío todo lo que
significaba para mí, lo que él representaba en mi mundo.
—Atrévete a cambiarlo. —Él sonrió satisfecho.
—No en esta vida. —Estaba a punto de volver a su boca, como estaba pidiéndome aquella
tentadora sonrisa, cuando advertí que el pequeño cuerpo de Drake se había movido. Volví mi
atención hacia él, para encontrar sus ojos mirándome con atención.
—Buenos días, mi pequeño ruso. —Deposité un pequeño beso sobre su cabecita, el cual
recibió con los ojos cerrados. Cuando los abrió, la palma de su mano se posó sobre mi mejilla y
yo le regalé una sonrisa.
—Mami med. —Creo que fue el haber pasado por la declaración de amor de Serg hacía unos
minutos lo que me hizo recuperarme con tanta rapidez de aquella otra sorpresa, o al menos
reaccionar de manera rápida, porque mi estómago estaba hecho una bola de chicle enorme.
—Ah, mi pequeño ruso, tienes una voz preciosa. —Me incliné para depositar un beso más
fuerte sobre su cabeza dorada, al tiempo que mis ojos buscaban los aún sorprendidos de mi
marido. Al separarme mis labios dibujaron un «¿Qué ha dicho?».
—Creo que ha creado su propia mezcla, así que yo diría que podría traducirse como «mami de
miel». —Volví a mirar su carita y me lo encontré restregándose la mejilla contra la piel de Serg,
como reacomodándose mejor, al tiempo que una pequeña curva aparecía en sus labios, ¿una tímida
sonrisa? Solo sabía que parecía estar satisfecho, quizás complacido, tal vez feliz. Y si mi corazón
estaba ya volando tras escuchar las primeras palabras que me dedicó mi marido al despertar,
escuchar las de mi pequeño lanzaron a mi palpitante músculo al espacio, muy cerquita de la luna.

Serg
Estaba bajo la ducha, abrazando a Drake mientras pasaba una esponja enjabonada por su
espalda. Tenía la cabeza apoyada en mi hombro, dejándose llevar por mis suaves movimientos, yo
diría que disfrutando de la lluvia de agua caliente que caía sobre nosotros. Con aquella pequeña
frase de esa mañana acababa de despejar las dudas que tenía sobre él. No, no tenía un problema
en el habla, porque había pronunciado correctamente ambas palabras. Una en perfecto ruso y otra
en perfecto inglés, y eso me llevaba a pensar que tampoco tenía problemas de audición.
Descartadas esas dos opciones, solo me quedaba lo que estaba dentro de él, su cabeza, así que las
respuestas tendría que buscarlas allí dentro.
Sentí una suave caricia en mi mejilla y me giré hacia el lugar del que provenía. Drake tenía el
rostro girado hacia mí y era su pequeña mano la que me ofrecía aquella caricia.
—¿Te gusta? —Estrujé la esponja, dejando que el agua tibia cayera por su espalda. El asintió
con su cabeza.
—Ruso. —Su voz sonó infantil y suave, como un susurro abandonado al viento. Apreté la
mermada esponja contra su espalda hasta que mis dedos tocaron su suave piel.
—Sí, pequeño, soy ruso, como tú.
—Mi ruso. —Ah, ahora entendía. Así es como me llamaba Ella. ¿Estaba tratando de decirme
algo? Él había creado un nombre para Ella, mezclando la manera que se había llamado así misma
aquella vez que lo llamó a sus brazos y la manera en que yo la llamaba a ella. Mami med.
—Sí, pequeño, yo soy el ruso de mami med, y tú eres su pequeño ruso. Los dos somos sus
chicos. —Recostó su cabeza de nuevo sobre mi hombro y volvió a cerrar los ojos.
—Pequeño ruso de mami med. —No pude evitar besar su cabecita mojada. Ahora él sabía que
pertenecía a nuestra pequeña familia y nosotros le pertenecíamos a él. Un momento… ¿me había
hablado en inglés? ¡Joder, sí! Dicen que los niños pequeños son auténticas esponjas del idioma en
el que están sumergidos, pero mi hijo… algo me decía que era algo más que una simple esponja.
Capítulo 62
Serg
Las palabras de Yurina, la cuidadora de la guardería de Viktor, aún resonaban en mi cabeza.
Drake se quedó casi un par de horas con ella, junto con Tasha y Nika, en la guardería del Crystals.
Había dos hombres de seguridad con ellos y docenas de medidas de seguridad, probablemente,
pues si Viktor dejaba a su pequeña ahí, era porque estaba totalmente segura. A lo que iba, esas dos
horas había estado en la oficina de Viktor con Andrey, repasando todos los datos que Boby tenía
sobre el asunto de Santos y la investigación de la policía. Cuando la reunión terminó, los tres
fuimos a recoger a nuestros pequeños de la guardería. Fue entonces cuando Yurina me pidió hablar
en privado porque quería comentarme algo que le había parecido importante.
—Señor Sokolov, he… he notado algo en su pequeño y creo debería hacer que lo estudiaran.
—¿Ocurre algo malo? —Miré hacia Drake, que en aquel momento estaba haciendo un puzle
con su prima Tasha. Él le iba entregando las piezas y ella las iba colocando. Un perfecto trabajo
en equipo.
—Oh, no. Es… Verá, estoy sacándome el título de psicología infantil y no estoy cualificada
aún para dar una opinión profesional, pero he estudiado casos en los que su hijo podría encajar.
—¿A qué te refieres?
—No hablo ruso, pero… le he visto trabajar con los puzles, desmontar pieza a pieza juguetes y
volverlos a ensamblar con una precisión asombrosa.
—Los niños rompen y desmontan juguetes todo el tiempo.
—No, eso lo sé, es el que vuelva a reconstruirlos lo que ha llamado mi atención. Es…
asombroso. Probé con algunos complicados y su forma de estudiarlos y volver a organizar las
piezas, sin importar la cantidad, me dejó estupefacta. Alguien tan pequeño… Creo, creo que su
niño es un pequeño genio. —Miré hacia Drake, que buscaba entre las piezas hasta encontrar una
en concreto que le tendía a Tasha. Ella rápidamente la colocaba en su lugar. ¿Podría ser? ¿Drake
era un niño superdotado?
—¿Tú crees?
—Verá, presenta algunos otros síntomas, como el sentirse desplazado, esa dificultad que tiene
para relacionarse como lo haría otro niño… Bueno, eso creo. Yo le sugeriría estudiarlo.
—Lo tendré en cuenta, gracias. —Miré a mi pequeño, que ahora recogía el resto de las piezas
y las guardaba en la caja porque Tasha ya estaba en los brazos de su padre. Al menos era
ordenado. Caminé hacia él y le tendí mi mano.
—¿Qué me dices Drake? ¿Compramos un helado antes de recoger a mami en el trabajo? —Mi
pequeño colocó la caja de los puzles en su lugar, asintió hacia mí y tomó mi mano.
Así que ahí estaba yo, sentado en una de las mesas de la heladería, contemplando a mi pequeño
atacando su bola de helado con una pequeña cuchara de plástico. Incluso mientras robaba trocito a
trocito, parecía hacerlo con estrategia. Tenía que decírselo a Ella. Juntos decidiríamos qué hacer
con aquella información.
—Bueno, campeón. Es hora de ir a por mami. —Sus ojos me miraron, tomó una servilleta, se
limpió la boca y bajó de su silla. No se había terminado el helado, pero ni protestó, ni cogió la
tarrina para seguir comiéndosela por el camino. Él simplemente lo dejó allí. Bueno al menos
había una cosa clara, su mami era más importante que una copa de helado, y lo entendía, porque
para mí, Ella también era lo más importante. Pero en esta ocasión, no hacía falta dejar una cosa
por tener la otra, así que señalé el helado:
—Podemos llevárnoslo si quieres. —Drake estiró su mano y cogió la tarrina.
—Para mami. —Sí, mi pequeño era como yo, siempre pensando en nuestra chica.

Ella
Serg me estaba abrazando mientras ambos observábamos lo que ocurría al otro lado del
cristal. Drake estaba sentado a una mesa, donde un hombre le estaba haciendo algunas pruebas de
inteligencia. Cuando Serg me dijo lo que Yurina le contó, decidimos pedir una evaluación de
Drake. Mi marido pidió ayuda a Viktor y, aunque él no tenía mucha idea sobre eso, sí que conocía
a alguien que podía ayudar. Nunca pensé que fuera Nick. Ahí donde le veías, él también fue un
niño con un CI bastante alto.
—Parece que lo está haciendo bien. —La mano de Serg subía y bajaba por mi espalda
intentando reconfortarme.
—Sí, nuestro niño es muy listo.
Después de pasar las pruebas, esperamos en una sala a que nos dieran los resultados. Cuando
nos hicieron pasar al despacho, dejaron a Drake en una mesa a nuestro lado con una montaña de
puzles. Así distraído, no parecía importarle que los adultos tuvieran una conversación casi
privada.
—Bueno, señor y señora Sokolov. Los resultados… Qué puedo decir, aún no puedo creer que
solo tenga cinco años. Tiene una capacidad de análisis increíble, propia de niños a los que dobla
en edad. Es un niño muy… lógico, a falta de una palabra mejor…
No es que el resto de los resultados no me interesaran, pero es que me era imposible sacarme
una idea de la cabeza: mi pequeño era un Sr. Spock en miniatura. Es lo que sale cuando mezclas a
alguien lógico e inteligente con aquella forma de ser tan suya. ¡Porras! El Spock de la última
entrega de Star Trek no estaba mal, aunque mi pequeño Drake iba a ser mucho más guapo.

Viktor
—Quiero tener vigilado a ese cabrón, Boby. No quiero ni que huela el plato en que ha comido
Ella, ¿entendido?
—Sí, señor, estoy en ello.
Entré en mi despacho con un principio de cabreo. Estos Sanders estaban acabando como mi
escasa paciencia. No habíamos tenido suficiente con el hijo que ahora aparecía el padre. Y era
otro maldito grano en el culo el tipo. Otro maldito policía, que se creía que sus reglas eran las que
debían regir el mundo. El tipo vino a buscar el cadáver de su hijo pero no se contentaba con eso,
tenía que levantar todas las piedras hasta saber qué había ocurrido. Así fue cómo se había
enterado de la orden de alejamiento de Ella contra él y del secuestro frustrado que perpetró su
hijo y que lo llevó a la cárcel. Ahora estaba cabreado, muy cabreado, porque su querido retoño de
mierda le había sido arrebatado, y culpaba a una persona, a Ella.
No me daba miedo el hijo, y tampoco temía al padre, pero maldita la gracia que me hacía tener
a un tipo como ese cabreado y oliéndome el culo. Tenía que pedirle a Andrey que solicitara otra
orden de alejamiento para el padre del capullo.

Ella
Aquel sábado estaba ya lista para terminar mi turno de mañana, cuando algo me puso los pelos
de punta. Un hombre entró en la peluquería haciendo preguntas. No es que Alvin fuese muy de
llevarme a cenar con sus padres, más bien parecía que se avergonzase de mí en ese sentido, pero
podía reconocer a su padre y no tenía dudas de que ese era él. Más canoso, una tripa más grande,
pero la misma voz autoritaria y arrogante. Linette iba directa a atenderle, cuando pasé a su lado y
me despedí alzando una mano. Por suerte, el tipo estaba de espaldas a mí cuando Linette se
despidió.
—Adiós, Ella, hasta el lunes. —Dije adiós con la mano y salí hacia mis dos chicos que
esperaban cerca de la puerta. Caminé hacia ellos, me incliné para besar a mi pequeño y después
cogí las manos de ambos y los arrastré hacia la salida.
—¡Eh, eh! ¿Dónde está mi beso? —Me giré hacia Serg, lo justo para besar rápidamente sus
labios y salir de allí. Pero una voz nos llamó.
—¡Eh, ustedes! —Aproveché para tomar a Drake en brazos y prepararme para salir de allí.
Serg se giró hacia el hombre, mientras yo intentaba cubrir mi cara con la cabeza de Drake.
Demasiado tarde para salir corriendo. Miré nerviosa a mi alrededor, encontrándome con varios
chicos de seguridad que intentaban aparentar normalidad a una distancia prudente. Viktor estaba
unos pasos por detrás, hablando por teléfono, pero sin apartar su mirada de nosotros.
—¿Sucede algo? —preguntó Serg. Tenía el cuerpo vuelto totalmente hacia el hombre, pero
podía notar que estaba tenso o, mejor dicho, alerta.
—¿Conocen a Estrella Martinez? —En ese momento me tensé como una caña de bambú. No
quería poner nervioso a Drake, pero mi pequeño se da cuenta de demasiadas cosas. Se apretó más
a mí, como intentando protegerme con su cuerpecito.
—Es el segundo hombre que nos pregunta eso y no, no conocemos a esa mujer. —Noté que
Serg exageraba su acento ruso.
—La mujer de la peluquería dijo que mi hijo estuvo aquí hace un tiempo y que intentó hablar
con su…
—Mire. Hubo un desquiciado que confundió a mi esposa con otra persona y la policía se
encargó de echarlo de aquí. Y le vuelvo a decir que esta es mi mujer, no esa otra que busca. Si no
le importa, nos gustaría irnos de aquí. Si no nos dejan en paz, llamaremos a la policía otra vez.
¿Está claro? —Noté por el rabillo del ojo que el padre de Alvin nos examinaba y después asentía,
dándose por vencido. Serg dijo algo en ruso, a lo que Drake asintió. Me tomó por la cintura y
empezamos a caminar hacia la salida. Nos cruzamos con Viktor, el cual nos dio una mirada
aprobatoria. Cuando estuve sentada en el coche, con Drake en mis brazos, me permití volver a
respirar. Serg tomó mi mejilla en sus manos y me volvió el rostro hacia él.
—Se acabó, dejas ese trabajo.
—¿Qué? Pero tenemos que pagar una hipoteca y…
—Me da igual. Ese trabajo parece que está gafado y no pienso seguir desafiando a la suerte.
Hablaré con Nick y le pediré que renegocie la hipoteca a más años si es posible, pero tú no
vuelves a trabajar más ahí.
—Pero Serg.
—Nos apañaremos con mi sueldo, tendrá que ser suficiente.
—Pero las necesidades de Drake, todo lo que dijo el psicólogo…
—Lo haremos como siempre se ha hecho, Ella. Llegaremos hasta donde se pueda, pero lo más
importante es que estés con nosotros. Drake y yo te necesitamos más a ti que cualquier cosa
material. —No me dio tiempo a replicar, sus labios empezaron a besarme mientras mi pequeño me
aferraba con fuerza. Estaba atrapada entre ellos dos y, aun así, era la mejor sensación del mundo.
Capítulo 63
Viktor
Había trabajado con Andrey para preparar la orden de alejamiento. Después de escuchar las
palabras de Serg, solo tenía que seguir el hilo de esa historia, así que preparamos una orden de
alejamiento a nombre de la familia Sokolov. De toda la familia, sí, porque nunca se sabía y porque
así Ella se difuminaba entre los chicos. Desde el suceso de la peluquería, tenía a alguien
siguiéndole las veinticuatro horas del día. No quería que volviese a acercarse por allí.
Las reformas de la casa estaban casi terminadas porque quería instalar un buen equipo de
seguridad conectado a nuestra central a todas horas, como el de cualquier otro Vasiliev. Solo un
par de cosas más y tendrían una casa más segura y totalmente desconocida para el resto del
mundo. Con piscina; a saber por qué Serg había insistido tanto en lo de la piscina. El teléfono
sonó, dando paso a la voz de Sam, mi eficiente y multiusos Sam.
—Ya está lista, jefe. —Una sonrisa se instaló en mi cara, bien.
—Entonces es hora de llevar a los nuevos inquilinos para allá.

Serg
Cuando Viktor dijo que teníamos que ir con él, no pensé que nos fuera a llevar a la nueva casa,
nuestra nueva casa. Pensé que Nick estaba aún haciendo los trámites para que fuese nuestra, y lo
que estos primos míos estaban haciendo era instalar el equipo de seguridad. Yo encantado de que
lo hicieran, porque quería mantener a mi familia a salvo. Si no podíamos bajar la guardia durante
el día, al menos descansaríamos de noche.
Viktor sabía cómo hacer su trabajo. Había estudiado toda la seguridad de la urbanización,
porque era una maldita urbanización privada, y luego había convertido mi casa en un puñetero
bunker, o eso me pareció a mí. Sí, mucha zona verde en la parte trasera de la casa, toda protegida
por altos árboles, que nos escondían de la curiosidad de los vecinos, pero no dejaba de ser un
buen lugar para esconderse y vigilar la casa. Salvo por el hecho de que Viktor había desplegado
ahí una red de protección, algo así como una red electrificada. Si alguien la cortaba para entrar,
saltarían las alarmas, si alguien permanecía mucho tiempo cerca de ella, saltarían las alarmas…
Ya sentía lástima por el perro del vecino si venía a hacer sus cosas a nuestra arboleda. Pero eso
me venía estupendamente, porque tenía ciertos planes «íntimos» con respecto a esa piscina y mi
mujer. ¿Estaría mal que dejáramos durmiendo a nuestro pequeño, mientras papi y mami estrenaban
esa piscina como se merecía? Quizás sea un mal padre, pero es que estaba muy necesitado de
cariño, mucho cariño.
Viktor me entregó uno de los juegos de llaves y me ofreció hacer los honores. Metí la llave en
la cerradura y abrí nuestra puerta de entrada. Siendo una casa recién comprada, lo primero que
esperas encontrarte es habitaciones vacías. Pues ese no era el caso. Lo primero que me impactó
fue el olor a muebles nuevos. No sé si me entienden. Es como cuando entras a una tienda de
muebles, que lo que predomina es ese olor a madera barnizada, recién desembalada. Ella y yo
miramos a Viktor, el cual esperó a dejar a Tasha en el suelo para que saliese corriendo a explorar
la casa. La pequeña aferró la mano de Drake y lo arrastró a aquella emocionante aventura. El
padre del terremoto con rizos se encogió de hombros mientras se metía las manos en los bolsillos
del pantalón.
—A mí no me mires, esto es cosa de Lena. Y antes de que digas nada, dijo que era nuestro
regalo de bodas. —Casi no pudo terminar la frase, porque una efusiva Ella saltó sobre él y le
estrechó en un fuerte abrazo. Era divertido ver a un tipo duro como Viktor derretirse como
mantequilla al sol. Le devolvió el abrazo con una gran sonrisa en la cara, pero enseguida recuperó
su sonrisa traviesa cuando Ella se separó de él. Me miró fijamente y remató con sus palabras—: A
ti no pienso abrazarte, mariconadas las justas. —Rompí a reír. Este Viktor…
Caminamos por el salón, con su acogedor y enorme sofá, una buena TV, de esas enormes. Miré
a Viktor y él se hizo el huidizo; aquel tamaño no lo escogía una mujer, sino un hombre. Lo que
llamó mi atención fue una foto de Ella y mía el día de nuestra boda, la primera quiero decir.
Estaba expuesta en un hermoso marco, pero no resaltaba tanto como la que había en una de las
paredes, una enorme en la que estábamos los tres: Ella, Drake y yo. Por el paisaje de fondo,
debían haberla tomado en casa del tío Yuri, y no hacía mucho.
Escuchamos unos grititos que llegaban de la planta superior y que anunciaron la llegada al final
de la escalera de Tasha.
—Papi, papi. ¡Una cama para mí! —Ella arrugó el ceño y miró a Viktor esperando una
respuesta. Él se rascó la nuca y empezó a subir las escaleras.
—Creo que sé a lo que se refiere. Será mejor que le explique algunas cosas.
Subimos detrás de él y nos encontramos con un pequeño pasillo. Había cinco puertas. Pasamos
las dos primeras de la derecha y nos detuvimos en la tercera, que coincidía con la primera de la
izquierda, dejando otra al fondo. Viktor señalaba con el dedo cada hueco.
—Habitación vacía. Baño completo para compartir. Esta es la habitación de Drake porque la
puerta está frente a la habitación de papi y mami, ya sabéis, para tener controlada la situación si es
necesario. Al fondo, la habitación de invitados, con baño propio, para cuando venga de visita
Irina.
La habitación de Drake estaba totalmente amueblada, con cortinas y una colcha azul claro con
nubes. Genial, no iba a librarme de ellas. Al menos habían pensado en poner algunos aviones y
cohetes, para que no fuera muy «de chicas». De todas formas, creo que los chicos tendríamos que
ir de compras para nivelar un poco con algún coche de carreras o sable Jedi. Sí, soy un friki de
Star Wars, ¿quién no quiere pilotar un X-win? ¡Ah, lo tengo! Una colcha de Star Wars, eso sí que
quedaría bien. Ya me encargaría yo de hacer de mi pequeño un fan a muerte del universo Jedi. Las
risas de Tasha y el brusco parón de estas, no dejaban duda de lo que estaba haciendo. Pobre cama,
ser el trampolín de una Vasiliev, eso tenía que ser la prueba de resistencia definitiva. Seguimos el
ruido y, como suponía, Tasha saltaba sobre el colchón, mientras Drake permanecía solo con sus
manos en el aire, vigilando atento. Solo cuando Tasha caía de culo o de rodillas, él parecía ir
hacia ella para ayudarla a ponerse en pie de nuevo. Pero es una Vasiliev y, aunque la familia está
para lo que se necesite, porque por eso somos familia, si nos caemos, nos volvemos a levantar una
y otra vez hasta que ya no podamos hacerlo. Eso esta pequeña lo llevaba en la sangre. No
necesitaba ayuda, ella se las apañaba muy bien sola.
—Lo que decía, mi hija encontró la habitación de invitados. Cama grande y colcha blanca.
—¿Le gusta el blanco?
—No es que le guste, es que es donde más se va a notar el estropicio que está acostumbrada a
organizar. Vuestro cuarto se ha librado, porque la colcha es granate. Ahí se notan menos las
marcas de zapatos. No te preocupes, mandaré a alguien que la lave y la planche otra vez.
—Puedo hacerlo yo, no hay problema.
—Mi hija la lía, yo lo arreglo. Es mi deber como padre. La estoy malcriando, lo sé, por eso
aprovecha a hacer estas cosas cuando está conmigo. Con su madre anda recta como una vela.
Se giró y regresamos al pasillo para entrar en la habitación de la cama granate. Y ¡vaya si era
grande! La cama, quiero decir; la habitación también, pero la cama… uf. Ahí sí que no tenía miedo
de caerme por las noches, lo malo era que tendría que reptar un buen trozo para llegar hasta mi
mujer. En fin, era un regalo, pero…
—¿No la había más pequeña?
—¿Demasiado grande?
—Hombre, yo me conformo con que no me asomen los pies por abajo, aunque entiendo que
está bien que entremos dos cómodamente, pero esto… tengo que hacer una maratón para llegar al
medio.
—No te creas que tanto, yo tengo una del mismo tamaño y te digo que se le puede sacar mucho
rendimiento a una cama grande. —Alzó sus cejas arriba y abajo y yo no necesité más. A buen
entendedor, pocas palabras bastan.
—Ok, veremos qué tal nos va.
Capítulo 64
Ella
—Papi, papi, tengo sed y Drake tiene hambre.
—Vamos a ver qué tiene la tía Ella en la cocina, seguro que hay algo que te guste.
—Pero…
No terminé de decir lo que estaba pensando porque, si algo había aprendido, Viktor no decía
las cosas sin conocimiento absoluto de la situación. Si él decía que algo encontraría en la cocina
de una casa no habitada, es que había algo en esa cocina. Así que caminé detrás de él, hasta llegar
a la cocina. Abrió el refrigerador y, ¡oh, sorpresa!, estaba lleno de comida y bebida. Serg se me
adelantó a abrir uno de los muebles, donde encontró algunos utensilios como vasos, vajilla…
Tomó un vaso de una de las alacenas y dejó que Viktor sirviera agua fresca a su nena y a nuestro
pequeño. Un aviso a su teléfono le hizo revisarlo, pero aparte de su sonrisa, siguió totalmente
atento a nosotros y los pequeños.
—¿Esto también venía con el regalo de bodas? —preguntó Serg.
—Esto es cosa mía. Pensé que a lo mejor querríais estrenar vuestra casa de forma inmediata. A
mí me tentaría la idea de hacerlo. —Serg me miró y yo sonreí. ¡Maldito Viktor! Te ponía la
tentación en los labios.
—¿Tú que dices? ¿Nos trasladamos ya? —me preguntó Serg.
No tuve que pensarlo. Aquella casa era como la culminación de nuestro tránsito a familia. No
sé si me explico bien. Para mí era como tenerlo todo: un hijo, una casa familiar con su trocito de
jardín trasero en el que corretear cuando el buen tiempo lo permitiese… Añádele a eso un perrito
y éramos una familia de fotografía. Saber que estaba a un paso más de tenerlo me hacía correr
hacia esa foto con más ganas.
—Si nos llevas ahora a casa, podemos ponernos a empacar ya mismo y mañana ya estamos
aquí metidos.
—Suponía que diríais eso. —Empezó a caminar hacia la puerta principal y la abrió para
quedarse parado, mirando el camino de entrada. Y eso me mosqueó. ¿Qué estaba esperando?
Entonces vi un camión de mudanza precedido por un SUV.
—Viktor. —La voz de Serg sonó amenazante, pero eso a Viktor le hizo sonreír más. Alzó las
manos, pero no tenía pinta de estar rindiéndose realmente.
—Lo prometo, no vuelvo a involucrarme en vuestras cosas. Pero si no lo hago, el resto de la
familia me repudia.
—No creo que hicieran eso.
—Ya, tú no conoces a Lena y a mi madre. En fin, que sepas que todo esto es la manera que
tiene la familia de daros la bienvenida a la familia a Ella y Drake. Así que borra esa expresión de
tu cara, esto no es por ti, cabezota, es por ellos. —Viktor salió, donde el SUV estacionó delante de
la casa, detrás el camión de mudanzas, seguido de otro SUV que tapaba el camión. Empezaron a
bajar hombres de todos los vehículos. Abrieron las puertas del camión y empezaron a descargar
cajas.
—Buenas tardes, señora. —No reconocí a Paul hasta que estuvo casi a mi lado. ¿Qué hacía
aquí el mayordomo de Andrey?— La señora Robin me pidió que fuese adelantando el trabajo, ella
vendrá más tarde, cuando la pequeña Nika se despierte. Con su permiso. —Hizo una flexión de
cabeza como él solía hacer y pasó al interior de la casa. Nos hicimos a un lado, mientras Paul iba
organizando y distribuyendo las cajas.
—¡Bien! Llegamos a tiempo. —Esa era la voz de Lena. Me giré hacia el exterior para verla a
ella, su madre, Katia y Sara dirigiéndose hacia la casa. Katia fue la última en besarme, me tomó
por el brazo y entró conmigo hacia el interior de la vivienda.
—Vosotros esperad a que lleguen los chicos. Nosotras nos vamos a organizar las cosas para la
cena.
—¿Cena?
—¡Claro! Menuda mierda de inauguración de casa sería sin una buena reunión familiar. —​
Lena, rápida, respondió a mi pregunta. Eché una última mirada a Serg, mientras él negaba con la
cabeza y sonreía. Atrapados, estábamos atrapados, pero de buena manera. Tasha, al ver tanto
alboroto, empezó a corretear y gritar emocionada. Arrastraba a Drake de aquí para allá y él se
dejaba mangonear. Extraño, sí. Pero Drake no parecía estar a disgusto con aquella situación, no
buscaba mi mirada buscando auxilio, como había empezado a hacer cuando la situación le
desbordaba o se sentía incómodo. Ser pasivo tenía ese inconveniente. Pero en ese momento él
parecía disfrutar, aunque a su manera. Yo le entendía, Tasha era un torbellino difícil de esquivar.

Serg
Tenía que reconocer que la familia Vasiliev sabía organizar una fiesta —porque aquello era
algo más que una reunión familiar— en menos que canta un gallo. Trajeron comida, para que nadie
cocinase, y luego ayudaron a recoger todo. Estrenamos nuestro nuevo lavavajillas y resistió la
prueba. Paul era un crack organizando cosas. Creo que no he tenido mi ropa tan organizada y tan
bien planchada. Ni siquiera Irina la tenía así. Todo estaba casi perfecto cuando lo revisamos, pero
lo mejor de todo era el cuarto de Drake. Incluso había colocado a su peluche con bigotes encima
de la cama. Todo un detallista este Paul, ¿me lo prestaría Andrey un par de horas a la semana?
Ojalá tuviese dinero para pagar algo así. No envidio a los que tienen demasiado dinero, pero…
algunas cosas sí merecen la pena, definitivamente.
La reunión estuvo genial, pero si tuviese que quedarme con una parte, escogería el final, justo
en el momento en que la casa quedó en silencio. Todo recogido, Drake agotado y dormido en su
habitación… Conectamos el vigila bebés que nos regaló Sara y cerramos la puerta con cuidado.
Tomé entre mis brazos a Ella y metí mi nariz en su cuello. Hacía demasiado tiempo que no
teníamos un rato tranquilo para nosotros. No es que me queje, bueno, sí, un poquito, porque hay un
momento para todo y lo que habíamos hecho era lo apropiado en ese momento, pero, ¡porras!,
necesitábamos nuestros momentos a solas. Esto de los hijos era una bendición, pero tenía que
reconocer que no nos había dado tiempo a «sacarnos todo el jugo», pero esa noche… eso lo
íbamos a solucionar.
—La casa limpia, el niño dormido, ahora me toca a mí. —Ella se giró para tomar mi cuello
entre sus brazos y apretar sus añoradas «nenas» contra mi pecho. Las había echado de menos, sí,
señor.
— ¿A ti? Mmm, ¿y qué puedo hacer por ti, mi ruso? —empecé a arrastrar a mi mujer hacia
nuestro nuevo nidito de amor. Qué ñoñería, pero me valía.
—De momento, vamos a quitarle las etiquetas a esas sábanas.
—Está travieso mi marido.
—Tu marido está hambriento, así que prepárate gorshok meda, porque voy a quitarte la tapa,
meter mi cuchara dentro y comer toda la miel que pueda.
—Qué poético.
—¿Poético? Te voy a enseñar yo poesía. —Me incliné y la cargué sobre mi hombro, porque
estábamos tardando demasiado en llegar a esa cama. Ella dejó escapar una risita. Mi mano se
estampó en su trasero, advirtiéndola de su error—. Calla, que despiertas a Drake.
—Ok, pero que conste que la culpa es tuya —susurró.
La tiré sobre el gran colchón y trepé sobre ella hasta que mi rostro estuvo a escasos dos
centímetros del suyo.
—Voy a darte yo a ti culpa. —La besé como hacía tiempo que no lo hacía, con ganas y con un
ansia que vaticinaba lo que iba a venir después. Ese no era el momento de abrazos tiernos y
calma, era el tiempo de dejar suelto al animal desesperado porque era hora de alimentarle. Quién
me lo iba a decir a mí, Serguéy Sokolov, que iba a estar necesitado de una mujer. ¡Pero qué mujer!
Lo suficiente para alimentarme, otras no podrían. Busqué el camino hacia sus pechos, porque
necesitaba hundir la nariz en el profundo valle entre ellos, intoxicarme de ese olor y devorar cada
trozo de piel a mi alcance. Salvaje, esta mujer me había convertido en un salvaje.
Capítulo 65
Viktor
El Sanders que quedaba vivo pareció rendirse, o eso pensé cuando se fue con los restos de su
hijo a Miami. Pero llegó otra persona preguntando por Ella. ¿Lo esperábamos, sí? Por eso
dejamos un contacto en la peluquería de Linette, una tarjeta de Andrey. Si alguien quería contactar
con Ella, antes tendría que pasar por mi hermano. Serg y Ella habían tomado una buena decisión al
dejar esa peluquería, era un imán para los problemas y esa Linette era una bocazas, nada bueno
para una familia como la nuestra.
Mi teléfono sonó en aquel momento y comprobé que la llamada entrante pertenecía a Andrey.
—¿Algo nuevo, Iceman? —Esperaba que reaccionase a eso, porque Robin no hacía más que
usar ese apodo cuando quería provocarlo.
—Menos cachondeo, Viktor. Tenemos que poner a Boby a trabajar. —Con eso me puse firme.
Las bromas en su momento.
—Dime.
—He recibido una llamada de un policía de la DEA.
—Pásame los datos, escarbaremos en él y su equipo.
—Te mandaré un correo con la información. De momento ha insistido en tener una reunión
conmigo y, sobre todo, con Ella. Ha insistido mucho en entrevistarse con Ella.
—Eso lo esperábamos. Siendo una investigación policial, no se puede evitar, pero nadie dijo
que eso deba ocurrir de la forma en que quieren ellos.
—Sé a lo que te refieres. Tendré que acudir a ese interrogatorio y preparar las respuestas de
las preguntas que le vayan a formular.
—Ponte a ello lo antes posible, no creo que puedas demorar mucho la entrevista con ese…
—Thomson, Inspector Thomsom. Y no, no tiene pintas de que sea de los que espera demasiado.
—¿Qué impresión te dio?
—¿Recuerdas a Bloom? —Apreté la mandíbula antes de contestar. ¡Joder, claro que recordaba
a esa arrogante garrapata!
—Imposible olvidarlo.
—Pues sus ojos brillan de la misma manera. Es un puto depredador.
—Entonces tendremos que tener cuidado con él.
—Voy a tomarme el día libre del bufete e iré a buscar a Ella. No quiero hacer esto en el
Crystals o en mi despacho.
—Siempre puedes hacerlo en mi casa, mi despacho está blindado.
No necesitaba decirle más. De toda la familia, era el más paranoico con el tema del espionaje,
pero es que era el que más información «sensible» manejaba de toda la familia. El otro bunker
anti-espías era la planta privada del Celebrity’s, pero había que tratar a Ella con algo más de
mimo, ella era de la familia y necesitaba un ambiente más acogedor. Además, Drake estaría bien
atendido por mi Katia y, sobre todo, Tasha se encargaría de mantenerle entretenido. A veces sentía
lastima por él, porque mi pequeña lo mangoneaba como si fuese un juguete y él obedecía como si
fuese un perrito faldero. Aquella situación, me estaba dando una imagen de cómo iba a ser en el
futuro de mi hija con los hombres. Ella iba a ser quien llevara la voz cantante y ellos los que la
siguieran al infierno si ella así lo pedía.
—Entonces ve avisando a tu chica. Va a tener visita.
Colgué y salí del despacho, directo al pequeño reino de Boby. Sara y él tenían despachos de
trabajo separados del resto de la sala de control, pero la pared de cristal les permitía estar
pendientes de todo. El despacho de Boby era increíble. Con los temas que manejaba, él merecía
tener más juguetes, más medios y, sobre todo, más seguridad. Llamé con los nudillos en el
consistente vidrio, haciendo que levantara una mano, mostrándome su índice, sin apartar la vista
del monitor. Esa era su forma de decirme «un segundo y estoy contigo». Al poco tiempo, alzó su
cabeza y me recibió con una sonrisa.
—Mmm, visita en persona. Esto promete una misión de las que me gustan. —Cerré la puerta y
Boby activó el distorsionador. Los vidrios se volvieron opacos y yo sabía que nadie podría tener
nunca una transcripción de lo que allí se diría.
—Inspector Thomsom, de la DEA. Está preguntando por Ella Sokolov. —Boby sacudió la
cabeza y se puso a teclear en su equipo.
—¿Es el hombre que esperábamos?
—Eso tendremos que averiguarlo. Tú de momento ve destripando todo lo que se pueda
encontrar de él y de todo su equipo.
Boby alzó las manos, entrelazó los dedos y sacó las palmas hacia afuera, estirando sus brazos,
para hacer crujir sus falanges. Con solo ver ese gesto mi adrenalina se pone a fluir como una loca
por mi torrente sanguíneo. Como dice él, empieza una de las misiones de las que «nos gustan».
Nada que ver con la monotonía del día a día. Ser un Vasiliev tenía sus momentos de vidilla,
aunque, desde que nos estábamos haciendo legales, cada vez eran menos frecuentes. Por eso, cada
vez que llegaba una de esas misiones, la piel nos picaba como un demonio por las ganas de entrar
en acción. Y he dicho bien, «nos», porque si eres Vasiliev, compartes la misma piel. Si trabajas
para nosotros, no es porque eres bueno, no es porque disfrutas con tu trabajo, es porque necesitas
de estas cosas de vez en cuando. Estamos locos, lo sé, pero, ¡eh!, los locos consiguen grandes
cosas y se les llama genios, el resto siempre va un paso por detrás.
—Ahhhh, prepárate internet, vas a echar humo, nena. El tío Boby va a meter la nariz en todos
tus secretos más escondidos. —Salí del despacho de Boby con una sonrisa en la cara. No tenía ni
idea de las cosas que le diría a su mujer, pero como se pareciesen a eso… la chica estaría
sonriendo todo el día.
—Te enviaré más información en cuanto Andrey me la remita. —Escuché un «uuuhuuummm»
desde detrás de uno de los monitores y supe que no obtendría más, al menos hasta que mi chico
consiguiera lo que quería de sus pequeños.

Ella
Estaba en el jardín de nuestra nueva casa cuando recibí la llamada de Andrey. No es que
sorprendiera lo que me dijo, pero había pensado que tardarían más en localizarme. Me dijo que
tardaría media hora en pasar a recogernos y que prepararíamos mi declaración y mis respuestas en
casa de Viktor, para que así Drake estuviese atendido el tiempo que nos llevara preparar todo el
asunto. No hacía falta dejarlo resuelto todo ese día, podíamos dejarlo y volver a retomarlo al día
siguiente, pero cuando estuviese preparada, llamaríamos al inspector y pasaríamos por ello.
Di la última puntada al botón de la mochila que había hecho para mi pequeño, y me levanté
para ayudarle a recoger sus juguetes y guardarlos dentro. El psicólogo nos dijo que Drake podía
sentirse atraído por juguetes más avanzados a los recomendados para su edad, por eso Serg le
había comprado aquella grúa articulada con docenas de piezas. Y había acertado, porque se pasó
casi dos horas analizando, desmontando y montando cada parte que podía. Serg le prometió sacar
su cinturón de herramientas y utilizar juntos los destornilladores para retirar algunos tornillos, así
que estaba centrado en encontrar todos y cada uno de ellos, repasando una y otra vez su ubicación.
—¿Nos vamos a casa de Tasha? —Drake me miró, asintió con la cabeza y empezó a recoger
sus juguetes. Sí, cada día nos entendíamos mejor.
Le tendí su nueva mochila cuando terminó de recoger todo y él la miró ladeando la cabeza.
—Vamos a poner algunas cosas dentro y nos vamos, ¿de acuerdo? —No estaba yo poco
contenta de que mi pequeño luciera esa mochila con forma de mariquita que le había hecho. Ese es
el orgullo de madre cuando algo que haces para tu pequeño le gusta.
Capítulo 66
Ella
—Bien, creo que ya hemos tocado todas las posibles preguntas. Recuerda que vas a estar
siempre acompañada, yo voy a estar a tu lado en todo momento, no voy a dejarte sola. Si alguna
pregunta no la hemos ensayado, yo intervendré, ¿de acuerdo?
—De acuerdo.
—Bien, entonces salgamos de aquí, estoy muerto de hambre.
Andrey recogió su chaqueta del traje y me acompañó hacia la puerta. Daba gusto con estos
hombres, eran tan educados… Sostuvo la puerta para mí, dejándome pasar primero.
Serg estaba esperando en el jardín de Katia, bueno, no exactamente esperando. Estaba sentado
en el césped, intercambiando piezas de un juego de construcción con Drake y Tasha. Por extraño
que pareciese, Drake iba repartiendo las piezas a Tasha y Serg para que estos las fuesen
colocando en el lugar correspondiente. Mi pequeño era el arquitecto y los otros dos sus
constructores. Ya apuntaba maneras mi niño. Cuando mi ruso me vio, me regaló una sonrisa, se
inclinó para decir algo al oído de Drake, mi pequeño asintió y Serg se levantó para caminar hacia
mí. Depositó un beso en mis labios y acarició mi espalda de forma reconfortante.
—¿Qué tal ha ido?
—Supongo que bien. —Andrey apareció a nuestro lado en aquel momento.
—Mañana repasaremos de nuevo. Si todo va bien, concertaré una entrevista con el inspector.
—De acuerdo. —Serg me tomó en su brazo y me apretó contra su costado.
—Bien, creo que es hora de irme a casa. Mis chicas me esperan. —Estrechó la mano de Serg y
me dio un pequeño y breve abrazo—. Lo has hecho muy bien. —Se giró hacia la salida y
desapareció.
—Bueno. Nosotros también deberíamos irnos a casa. ¿Vamos a por nuestro niño?
—Sí.
—¡Hey, pequeño ruso! Es hora de irnos a casa.
Serg se acuclilló junto a él mientras yo me detenía a su lado, un poco inclinada hacia ellos.
Drake elevó la cabeza, asintió de nuevo y empezó a recoger todas las piezas. Noté algo raro
cuando Serg recogió algunas piezas y las metió en la caja. Drake detuvo su trabajo y frunció el
ceño. Después de introducir un par de piezas, Serg se percató de que algo no iba bien. Drake
esperaba a que su padre dejara la pieza para colocarla de otra manera, como si el orden no fuese
el correcto. Pero no intentaba ni decía nada, no le corregía ni se enfadaba, solo esperaba y
después actuaba, colocando las piezas como él pensaba que debían estar. Otros dirían que Drake
era un toca narices o un obsesivo compulsivo. Yo tenía mi propio criterio, aunque podía estar
equivocada. Para mí, mi hijo era metódico, él tenía muy claro la mejor manera de trabajar, en este
caso, de ordenar las piezas en la caja, y tenía una fijación por conseguir el mejor resultado, no le
importaba si tenía que hacer él el trabajo. Puede que esa fijación le causara problemas en el
futuro, pero su actitud tranquila, reservada y complaciente, harían que los conflictos no
fructificaran.
Cuando terminó, Drake puso la tapa encima y Serg la recogió para cargar con ella hasta el
coche. Drake tomó mi mano y fuimos en busca de su nueva mochila. Pero alguien estaba con ella
en sus manos en vez de en la silla en la que la dejamos. Tasha la miraba con un anhelo que
enternecía mi corazón. Tendría que hacerle una a ella, ¿una mariposita tal vez? Había diseños
preciosos en la página web desde la que descargué las instrucciones para la mariquita de Drake.
—Despídete del tío Serg, de la tía Ella y del primo Drake. —Le dijo Katia a Tasha. Ésta le
tendió la mochila a Drake, mi hijo la miró, luego me miró a mí. Entonces supe que había tomado
una decisión y asentí hacia él. Drake tendió la mariquita de vuelta hacia Tasha.
—Para ti.
Tasha dio un gritito de alegría y sus pies comenzaron a rebotar en el suelo con nerviosismo.
Súbitamente se dio cuenta de que faltaba algo. Buscó primero la aprobación de su madre y luego
la mía. No hizo falta decir nada, solo una sonrisa, un asentimiento, y Tasha se convirtió en toda
una fiesta. Creo que todos nos llevamos una tremenda sorpresa, cuando, en un arrebato, cogió a
Drake y le estampó un beso en los labios. Ella siguió dando saltitos con su mariquita pegada al
pecho, correteando hacia todas partes, enseñándole su nueva mochila a todo lo que estuviese vivo,
perro incluido. Katia la mirada divertida, tanto como lo hacía yo, pero Drake, por primera vez
desde que lo conocía, tenía en su cara una gran expresión. Todo él era una sorpresa, su mirada
desorbitada, su boca abierta, su cuerpo desubicado… y después, sonrió, mi pequeño sonrió,
haciendo que aquellos increíbles ojos grises suyos brillaran como una fuente de plata recién
abrillantada. Noté la mano de Serg posarse en mi cadera, empujándome hacia él. Y al mirarle,
encontré aquella misma sonrisa dulce y satisfecha. Mis chicos rusos eran tan parecidos…

Viktor
Repasé una vez más el informe de Boby. Mi chico era tremendamente bueno y era incansable,
porque seguía metido en la red, buscando más información. Sobre la mesa tenía desplegados todos
los informes de cada miembro del equipo de Thomsom. Sus vidas diseccionadas como una
meticulosa autopsia televisiva, sí, de esas en las que se encuentran TODOS los detalles. Los de
todos eran normales, con sus puntos claros y oscuros, como deberían de ser, porque nadie es
perfecto. Pero en el de Thomsom había algo que no acababa de encajar.
El tipo había tenido una brillante carrera, ascensos rápidos, fruto de su trabajo y dedicación.
Un hombre dedicado a su trabajo, a su carrera. Por otro lado, se había casado con una mujer de
buena familia y tenían dos pequeños, de seis y ocho años. Hasta ahí todo parecía normal, o casi,
porque lo de buena familia, en el caso de su mujer, había que escribirlo con mayúsculas. Ella
pertenecía a la que podríamos denominar nobleza de Houston. Su padre había sido senador y uno
de sus hermanos llevaba el mismo camino. Era una familia con dinero que disfrutaba de la vida y
todos sus lujos. Y eso no acababa de encajarme. O eres una persona que vive para servir y
proteger como policía o que vive para darse la vida padre. Por eso había puesto a Boby a
investigar más a fondo. Tenía que saber más y la mejor forma de hacerlo es no solo conociendo a
la persona, sino su entorno.
El teléfono sonó, era Boby. Lo acerqué al oído y esperé a oír su voz.
—Encontré algo, jefe.
—Bien. Envíamelo.
—Lo tienes en el correo, jefe. —Abrí el archivo, se desplegaron ante mis ojos un sinfín de
hojas con números y contratos. Genial, ya podía empezarme a hacer un resumen, porque esto no
sabía por dónde cogerlo.
—Boby.
—¿Sí, jefe?
—No pretenderás que me lea todo esto, ¿verdad?
—Las finanzas no son exactamente lo mío, pero desempolvé un informe que se tomaron mucho
trabajo en ocultar y busqué todas las referencias que mencionaba. Por lo que parece, hay algunos
informes monetarios que han querido ocultar. La familia política de Thomsom tiene algunos
esqueletos en el armario.
—Buen trabajo, Boby.
Solo tuve que dedicarle dos segundos al asunto, había alguien a quien todo esto le resultaría
fácil. Solo tenía que marcar un número y pedir refuerzos.
—Nick, necesito que me traduzcas algo.
—¿Problemas con las nóminas de personal?
—Nah, este es un reto de los que te gustan.
—Dame media hora y estoy ahí.
—Puedo enviártelo al correo.
—Entonces estás perdiendo el tiempo, tenía que estar ya en…
—Ya lo tienes. —Escuché el «mmm» de Nick al otro lado de la línea. Ya estaba atrapado.
—Te diré algo. —Y colgó. Bien, los genios Vasiliev trabajando en equipo.
Capítulo 67
Andrey
Sabía que estaba sonriendo, pero es que esto de recibir información sobre el interrogador un
par de minutos antes de empezar el su trabajo, le alegraba el día a cualquier abogado.
—¿Buenas noticas? —preguntó Ella. Estaba sentada a mi izquierda, pero mantenía la distancia
para no invadir mi espacio personal. La chica era prudente, eso tenía que reconocerlo.
—Estupendas. —En aquel momento entró en la habitación Thomsom.
—Siento haberles hecho esperar.
—Nuestro tiempo es limitado, inspector Thomsom. Si usted prefiere dedicarlo a observarnos a
través de un cristal en vez de hacer sus preguntas, a nosotros nos da igual.
—¿Tiempo limitado?
—Mi cliente tiene responsabilidades familiares que debe atender, inspector, así que nos
iremos de aquí… —Me miré el reloj para darle más dramatismo. Soy un teatrero, lo reconozco.
¿Quién me habrá metido esto en la cabeza? Jajá—. … en diecinueve minutos, casi veinte. Le
aconsejo que sea conciso si pretende conseguir muchas respuestas.
El tipo se sentó y extendió una carpeta sobre la mesa. Sacó unas fotos de Ella, algunas ya sabía
que estaban en el teléfono de Santos Bocanegra. No se las habíamos mostrado a Ella, pero sí que
le indicamos que existían, ¿por qué? Porque queríamos que no se asustara, pero sí que se
sorprendiera al verlas.
—¿Conocía a Santos Bocanegra? —Adelantó una fotografía de Santos, evidentemente de
cuando estaba vivo. Ella miró la foto y asintió hacia el hombre.
—Conocerle propiamente dicho, no, pero crucé algunas palabras con él.
—¿Sabía que pertenecía a una organización que se denomina Madre Santa?
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Por qué tenía él fotos suyas en su teléfono?
—Soy yo la que debería preguntar eso.
—¿De qué conocía a Santos Bocanegra?
—No éramos amigos, si es a lo que se refiere.
—Yo no he dicho nada de eso. Solo quiero saber qué los vinculaba a usted y a ese hombre.
—Ni amigos, ni trabajo, ningún tipo de negocio. Le dejé bien claro que me parecía un ser
repugnante y que por mí se podían ir al infierno él y sus amigos. —El hombre arrugó el ceño hacia
Ella.
—¿Le hizo algún tipo de proposición… sexual?
—Preferiría no tener que repetir lo que me dijo ese mal nacido. —Thomson asintió y volvió a
repasar sus papeles.
—Aquí consta que lleva unos meses casada con Serguéy Sokolov, un inmigrante que lleva
menos de dos años viviendo en Estados Unidos.
—Así es.
—Y que están en trámites de adopción de un niño ruso, igual que su marido. —Ahí intervine
yo.
—En realidad, la adopción ya es totalmente oficial. Los papeles los está gestionando mi
bufete. —Thomsom apoyó los codos en la mesa e hizo un puño con las manos para dejar
descansar su barbilla sobre ellos.
—Esa es otra pregunta que me hago. Cómo una peluquera de Miami lo deja todo y se viene a
Las Vegas para casarse con un hombre que ha vivido siempre en la otra punta del país.
—Puede llamarlo flechazo. Su hermana vive en Miami y digamos que ella tuvo algo que ver en
nuestro primer encuentro. Nos conocimos y yo decidí irme con él cuando regresó a Las Vegas. —
Aprendí a no reflejar mis emociones, es algo que todo abogado perfecciona con el tiempo, pero
juro que si en aquel momento hubiesen podido mirar en mi cabeza, habrían encontrado una docena
de suricatos mirando en la dirección de Ella. Esa pregunta no la habíamos previsto, pero ella
había estado increíble con la respuesta. Seguía la misma tónica de disfrazar la verdad de las
respuestas anteriores y le había dado un toque particularmente… romántico diría yo. Había estado
a un tris de interrumpir y sacarnos de allí, pero que me crucificaran si no quería seguir viendo
cómo la chica manejaba todo aquello.
—Algo un poco rápido.
—Decidí que era el momento de cambiar. Desde entonces no he alterado mi forma de actuar y
puedo asegurar que me va muy bien. Tengo un marido, un hijo, una casa, una hipoteca… El sueño
de cualquier mujer de este país. Bueno, si no tenemos en cuenta a Christian Grey. —Ahí se me
escapó una mezcla de risilla y ronquido de esos de cerdo, porque juro que me pilló totalmente
desprevenido y la respuesta era realmente divertida e ingeniosa.
—¿Y cómo una peluquera y un entrenador personal pueden permitirse adoptar un niño ruso y
contratar los servicios de un abogado con los honorarios del señor Vasiliev? —Ese era mi pie
para cortar todo aquello.
—Su tiempo se acabó hace tres minutos, señor Thomsom. —Tomé el brazo de Ella y nos puse
en pie a ambos.
—¿Tiene algo que ver con que su marido trabaje en un gimnasio propiedad de la familia
Vasiliev? ¿Conoce los rumores que circulan en la ciudad sobre los negocios en los que está
envuelta esta familia? —Ya estaba caminando hacia la puerta mientras empujaba a Ella delante de
mí y la sacaba de la habitación.
—Suficiente. Mi cliente no ha venido aquí a declarar sobre su relación con mi familia.
—Aún no he terminado.
—Yo creo que sí. Que tenga un buen día, inspector Thomsom. —No me preocupé de cerrar la
puerta, porque el hombre seguía caminando detrás de nosotros, lanzando preguntas que no íbamos
a responder. Cuando estábamos de nuevo en el coche, Ella me miró.
—Lo siento.
—¿Por qué? Ella, tú no tienes la culpa.
—Ese hombre quería inculparlos y quería utilizarme a mí para hacerlo.
—Eso no me preocupa Ella, casi es mejor. Si se centra en tu relación con la familia Vasiliev,
no mirará hacia lo que teníais Santos y tú, sino a la conexión que podríamos tener Santos y los
Vasiliev. —Ella se sentó recta en el asiento y frunció el ceño.
—Sé que no hacéis las cosas como deberían hacerse y que no os importa saltaros alguna que
otra ley cuando creéis que es necesario, pero no he visto que hayáis hecho nada realmente malo,
así que podéis estar seguros de que nunca diría nada que pudiese crearos problemas. —​Tuve que
sonreír, la chica era leal y agradecida, alguien con los mismos principios que Serg.
—No te preocupes, sabemos cómo manejar a los tipos como Thomsom. Llevamos mucho
tiempo haciéndolo. —Le regalé una afable sonrisa y ella me devolvió el gesto.

Serg
Andrey estaba sentado a mi lado y acababa de narrar todo el encuentro que había tenido con
Thomsom.
—Así que la mujercita de aquí nuestro primo es una chica lista. —Lo sé, en aquel momento
estaba orgulloso de Ella, porque recibir un halago de Andrey era algo realmente importante, y
poco usual.
—Mejor que muchos abogados. Se paseó delante de Thomsom como si fuera un caramelo
delante de un niño diabético. Ya sabes, me deseas, pero no me puedes comer.
—¿Seguro que no la has embarazado? Esa chica tiene dentro sangre Vasiliev, Serg —apuntilló
Viktor. Sí, podían bromear con eso todo lo que quisieran, Ella era única. Dulce y fuerte, una
combinación imposible, pero totalmente real. Y era mía, mi mujer.
—No, pero estoy en ello.
—Cabronazo.
—Lo que tú digas. ¿Y ahora qué vamos a hacer?
—¿Hacer?
—Ya sabes, me refiero a quitarnos de encima a Thomsom. —Viktor soltó una risotada y miró a
Andrey.
—Tú tranquilo, eso es asunto nuestro. Nunca han podido encontrar nada, porque no hay nada
que encontrar. De todas formas, tenemos asuntos más importantes que tratar.
—¿Cómo cuáles?
—El otro Sanders ha regresado a la ciudad.
—No se rinde.
—De algún sitio tuvo que sacar el hijo esa obstinación enfermiza.
—¿Y qué vas a hacer, Viktor? —preguntó Andrey. El rostro de Viktor se tornó sombrío, letal. Y
sentí un escalofrío subir por mi espalda. No quisiera estar en el pellejo de aquel tipo. ¿Lástima?
El tipo estaba persiguiendo a mi mujer y, conociendo al hijo, el padre tampoco querría algo bueno.
Ella ya había tenido suficiente, así que estaría encantado de clavar los clavos del ataúd que lo
llevara de vuelta a Miami.
—Quitarle del camino.
Capítulo 68
Ella
Estaba sentada frente al monitor de mi pc, con Drake entre mis piernas. Había buscado un
sustituto para la mariquita que le había regalado a Tasha, pero no me había decidido. Quizás la
mariquita era demasiado infantil para todo un hombrecito como mi Drake, así que pensé en dejarle
escoger el diseño que él quisiese. Sus deditos movían la rueda del ratón como todo un profesional
y eso que solo hacía un minuto que le había enseñado a hacerlo. La imagen se detuvo en algo
marrón y su rostro se volvió hacia mí. Su dedo apuntaba hacia la cara del mono de la imagen. En
buena hora le compré el cuento de El Libro de la Selva. Un mono, mi pequeño quería una mochila
de mono. ¿Y qué iba a hacer yo? Pues besarle la mejilla y salir a comprar las lanas que necesitaba
para hacerle su mochila. Yo tenía en mente hacerle algo… diferente. Desde que había visto
aquella extraña mancha en su cuello con forma de dragón, se me pasó por la cabeza el hacerle
algo con esa figura. En fin, tendría que esperar a otra ocasión. Tal vez cuando se cansase de Gato
o se le rompiese la nueva mochila, tuviese mi oportunidad. ¿Por qué Gato? Porque mi niño había
aprendido a decirlo y el peluche se quedó con ese nombre. Simple.
—¿Quieres un mono? —él asintió.
—Mono.
—Muy bien, te haré un mono. —Apagamos el Pc, tomé su mano y nos dispusimos a salir de
compras.
Nada más cerrar la puerta de casa, advertí la presencia de Luke, Luke Bracey. ¿Que quién era?
Desde que fui a la entrevista con el inspector Thomsom, era mi sombra.
—Buenos días, Ella. Hola Drake. —Extendió su mano hacia mi hijo y los dos se saludaron
como adultos cualquiera, con un apretón de manos.
—Hola, Luke, ¿cómo va tu día?
—Ahora que nos movemos, mucho menos aburrido. —Abrió la puerta del SUV para nosotros y
esperó a que Drake se atara él solito el cinturón. Parecía tan mayor, aún sentado encima de su
asiento adaptado para niños. Luego Luke cerró la puerta y se acomodó en el asiento delantero del
acompañante.
—¿Dónde vamos? —El que preguntó era Lem, nuestro conductor. Sí, también tenía de eso.
—A la tienda de lanas. Drake ha escogido la mochila que quiere que le haga.
—Un mono. —Puntualizó mi pequeño. Lem empezó a rodar el coche, al tiempo que hablaba.
—¡Qué suerte! Ojalá mi hija tuviese la suerte de tener una mochila como la tuya.
—¡Pues claro que la tendrá! ¿Cuántos años tiene? —pregunté.
—¿En serio? Ah, pues tiene tres años y medio.
—Entonces tendremos que comprar más lanas. ¿Y tú, Luke? ¿Tienes a alguien que pudiese
querer una mochila o un peluche tejido? —Luke se giró hacia mí y me dedicó una gran sonrisa.
—Nada de niños, pero… tengo una novia a la que me encantaría regalar algo bonito, como las
cosas que tú haces, ya sabes, nada de esas cosas que se compran en cualquier parte, algo que la
haga pensar que es especial para mí.
—Mmm, creo que se me puede ocurrir algo.
—Mami med hace cosas bonitas. —La voz de Drake sonó firme, con aquel infantil acento ruso
que parecía una copia del de su padre. Y sí, me había dado cuenta de que había dicho toda una
frase. Mi hijo estaba soltándose cada vez más y todos lo estábamos notando.
—Tienes razón, Drake. Si tu madre vendiera estas cosas se forraba en cuatro días. —Drake
volvió el rostro hacia mí, con el ceño fruncido. Ahora era cuando tenía que explicarle qué
significaba aquello que había dicho Luke.
—Lo que quiere decir es que podría vender las cosas que hago y conseguir mucho dinero. —​
Volví la cara hacia Luke—. Si fuera así de fácil, alguien ya lo habría hecho.
—Bueno, era solo una idea.
Cuando llegamos a la tienda de lanas, Luke y Drake escogieron los colores que querían que yo
utilizara y yo recogí algunas más que podrían venirme bien.

Serg
—Vamos Lucas, puedes levantar más esos puños. —El puertorriqueño me miró con cara de
asesino. Lo sabía, le estaba pidiendo más de lo normal, pero ese era mi trabajo, conseguir que
sobrepasara sus propios límites. Y si cabreándole conseguía mi objetivo, pues adelante con ello.
—Señor Sokolov. —Me giré hacia la recepcionista nueva. Sí, ya llevaba el tiempo suficiente
como para que la llamara por su nombre, pero para mí seguiría siendo la nueva, al menos un
tiempo más.
—Solo Serg, Nadine, no soy el dueño. —Se puso colorada y asintió con la cabeza. No creo
que fuese por mí el que se sintiera tan cohibida, más bien sería por los dos boxeadores jóvenes
que se comportaban como gallos de pelea cuando había una chica cerca.
—Serg. El señor Smith quería inscribirse en el gimnasio, pero antes de hacerlo le gustaría
probar el sistema de trabajo que podemos ofrecerle. —Me volví hacia el hombre que estaba a su
lado y me encontré una sonrisa afable, pero sus ojos… parecían estar buscando algo en mí.
Conocía esa mirada, era la de los que querían descubrir si eras el boxeador que iba a ganar la
pelea, el que les haría ganar dinero con las apuestas. Así que le tendí la mano y sonreí. No era mi
trabajo, yo solo entrenaba a los boxeadores jóvenes, los que la familia Vasiliev preparaba para
competir. Para clientes como ese señor Smith estaba cualquiera de los otros dos monitores del
gimnasio. Nadine ya conocía la rutina de trabajo, sabía que yo solo me encargaba de Lucas y
Nino. Si me lo había traído era porque el tipo pidió expresamente que lo hiciera. El porqué
tendría que descubrirlo.
—Espero poder ayudarle en lo que necesite, señor Smith. —Estrechó mi mano y, solo con ese
gesto, noté la amenaza que había en él.
—Yo también lo espero. —Miré la bolsa de deporte en su mano, el hombre venía preparado—.
Veo que trae ropa para empezar a ejercitarse.
—Sí, me gustaría probar, si no hay inconveniente.
—Claro que no. Prepararé una rutina mientras se cambia. Nadine, enséñale dónde puede
cambiarse.
—Enseguida. —El tipo la siguió y yo aproveché para hacer una llamada.
—Dime.
—¿Tienes acceso a las cámaras de seguridad del gimnasio?
—Sí —contestó Viktor.
—Acaba de entrar un hombre al que me gustaría que echaras un vistazo.
—Estoy en ello.
—Ahora tengo que colgar.
Me acerqué a la cinta de correr y preparé algo más de equipo. Smith llegó poco después a mi
lado, con una camiseta de manga corta y un par de pantalones de deporte cortos.
—¿Por dónde empezamos?
—Lo primero es chequear su forma física. Empezaremos con una carrera corta, para ver su
resistencia.
—De acuerdo. —Programé la cinta y me estiré hacia el banco anexo, donde había dejado una
carpeta para tomar anotaciones. Le di la espalda para recoger la carpeta y, al girarme de nuevo
hacia él, vislumbré algo que asomaba por el desgastado cuello de su camiseta. Yo tenía marcas
similares sobre mi piel: aquel hombre tenía un tatuaje. Si antes estaba alerta, en aquel momento se
encendieron las alarmas de toda la estación de bomberos. Sonreí y me puse de nuevo frente a él.
Tenía que ver ese tatuaje.
—Bien, señor Smith, con diez minutos es suficiente para ver su capacidad. Después pasaremos
al banco de pesas. ¿Cuánto peso levanta normalmente? —En aquel mismo instante, el teléfono
sonó en el bolsillo de mis pantalones—. Disculpe. —Tomé el aparato en mis manos, vi el nombre
de Viktor y me lo acerqué al oído mientras esbozaba una gran sonrisa—. Hola, cariño.
—Ese tipo es el Inspector Thomsom, el que interrogó a tu mujer con relación al asunto de
Santos.
—Una docena de huevos, anotado. ¿Algo más?
—Ten cuidado. Andrey dice que el tipo quiere comerse todos los peces grandes que pueda.
—De acuerdo, un beso. —Colgué y volví mi atención hacia el hombre, con una servicial
sonrisa en mi cara.
—¿Su esposa?
—Sí, una mujer estupenda.
—¿Y qué tal la vida de casado?
—No me puedo quejar. Hora de pasar al banco de pesas. —El tipo bajó y yo posé mis dedos
en su cuello para tomarle el pulso. Él se sorprendió, pero cuando me vio anotar los resultados en
las hojas solo dijo:
—Un lugar un tanto extraño para tomar el pulso.
—Costumbre, supongo. Ahora túmbese en el banco, le pondré diez kilos. Hará dos elevaciones
y luego iremos subiendo el peso. A ver cómo va.
—De acuerdo.
El tipo se tumbó y yo me coloqué junto a su cabeza. Estaba en el lugar correcto, ahora solo
tenía que modificar mi ángulo. Me acuclillé junto a él y posé mis dedos en su carótida. Mi pulgar
deslizó la tela de la camiseta hacia abajo y entonces pude ver una buena parte del dibujo. Una flor
con muchos pétalos y el principio de un cráneo. Una rosa detrás de una calavera.
Capítulo 69
Serg
El tiempo que pasé en las peleas ilegales había servido para algo. No, no fue para destrozarle
el alma a ese tipo, sino para mantener la calma y ocultar todo lo que había en mi cabeza. Ese
tipejo era el quinto hombre, el que se escapó, el socio de Santos, el corrupto, el que amenazaba de
nuevo la vida de mi mujer. ¿Y qué hice? Realizar una sesión de triaje completa y venderle el
paquete de trabajo del gimnasio. Aguantar sus preguntas bien camufladas sobre mi mujer, su
trabajo, cualquier cosa que pudiese sonsacarme. Le di información ambigua sobre todo lo que me
preguntó, pareciendo despreocupado, ajeno a sus intenciones. Y todo con una amplia sonrisa
comercial. Aunque por dentro estaba deseando arrancar cada pedazo de piel de su cuerpo, en
cachitos pequeños.
Cuando desapareció por la puerta del gimnasio, lo primero que hice fue dejar de sonreír y
después marcar el teléfono de Viktor. Él fue el que habló primero.
—Le estamos siguiendo y Boby está rastreando las antenas de telefonía para localizar
cualquier llamada de pueda hacer y a quién.
—Es el quinto hombre, Viktor, el policía corrupto que no consiguieron identificar.
—¿Y tú cómo sabes…?
—He visto el tatuaje, el de la rosa y la calavera que reconoció Ella el día que asesinaron a su
familia, el del tipo del coche.
—Tenía sospechas, pero, definitivamente, esa pista lo marca.
—¿Y ahora qué hacemos?
—Tengo un par de ideas, tú déjame a mí eso.
—¿Y Ella?
—Avisaré a los chicos de que la mantengan lejos de su alcance y que no se dejen engatusar por
su placa. Pero no podemos mantenerla en la ignorancia, hay que decírselo, Serg.
—De eso me encargo yo.
—Bien. No te andes con rodeos, Ella es una chica fuerte.
—Lo sé. —Colgué y me fui a la ducha. Iba a ir en busca de mi familia, porque Ella era dura,
pero yo golpeaba más fuerte.

Viktor
Le dije a Boby que siguiese escarbando todo lo que pudiera sobre el tipo. Pero sabía que lo
interesante estaba en la documentación que le enviamos a Nick. Ahora, con la información de
Serg, todo cambiaba. Los mismos datos que había revisado anteriormente, tomaban un color
diferente. Nada más colgar a Serg, llamé a mi hermano pequeño.
—¿Tienes algo?
—Eres un impaciente.
—Eso no es nuevo, Nick. ¿Qué puedes decirme?
—Así, a grandes rasgos, que la familia política de Thomsom está prácticamente arruinada.
—¿Arruinados? Eso es interesante.
—Esa familia tiene embargo de propiedades, está en puertas de juicios por desfalco… un
cuadro. Vamos, que no están para prestar dinero, sino más bien para robarlo, porque ningún banco
les daría un préstamo.
—Entonces no podrían pasarle cantidad alguna a su hija.
—Ni un centavo.
—Bien. Cuando revises todo, me mandas un resumen al correo. Yo tengo que volver a estudiar
sus cuentas.
—Seguro que, si las estudias minuciosamente, sacarás información interesante.
—Voy a ponerme a ello.
—Entonces te dejo.
Nada más colgar, me levanté para ir al despacho de Boby. Tenía algo en la cabeza que quería
que comprobara. El tipo estaba al teléfono cuando entré en sus dominios y pude oír lo último de su
conversación.
—…claro nena, ya pedí permiso para ir contigo a la ecografía… No, cariño, no he mirado
ningún nombre, lo haremos cuando nos digan el sexo del bebé… Sí, llegaré a casa como siempre.
No, cariño, no creo que pueda salir antes para ir a ver a tus padres. Ya sabes que estos días tengo
sobrecarga de trabajo… Yo también te quiero. —Boby me miraba todo el rato mientras hablaba
con su mujer. El pobre hombre estaba todo caramelizado con su esposa. Es lo que tienen los
embarazos, que nos vuelven tontos—. Soy todo tuyo, jefe.
—Ya, con el permiso de tu mujer, supongo.
—Ella tiene mi corazón, jefe, a ti te aprecio, pero no es lo mismo.
—Tengo nuevos datos. Thomsom es el policía corrupto que no consiguieron identificar en el
asesinato de la familia de Ella y su familia política está arruinada. ¿Crees que podrían cruzar los
datos de sus cuentas bancarias con las operaciones policiales en las que estaba trabajando?
—¿Te refieres a detenciones, interceptación de alijos y esas cosas?
—Exacto.
—Quieres que encontremos los vínculos entre los Madre Santa y Thomsom.
—Me has captado la idea. —Boby se giró hacia su equipo de trabajo y empezó a teclear.
—Si hay algún movimiento, lo encontraré. Los bancos son lo mío.
—Cruza también los datos de su mujer, empresas, lo que sea. Y dime lo que encuentres antes
de irte.
—Sí, jefe.
Salí de allí con la seguridad de que Boby encontraría traspasos de efectivo a alguna de las
cuentas de Thomsom que seguramente coincidirían con acciones de la DEA en contra de la
competencia de los Madre Santa. Ponía mi mano en el fuego.
Eché a andar hacia mi despacho para recoger la chaqueta de mi traje e ir a casa. Hablar de
embarazadas me había hecho pensar en mi mujer. Marqué su número, mientras salía de la oficina y
controlaba con la mirada cómo Igor se posicionaba a mi costado, un paso por detrás.
—Hola, cariño, ¿volverás pronto a casa?
—Salgo en estos momentos para allí. Una pregunta, ¿cuándo nos toca la siguiente ecografía?
—En dos semanas, ¿lo habías olvidado?
—No, solo que ando un poco despistado estos días.
—Puedo entenderlo. ¿Cómo va lo de Ella?
—Complicado, pero ya me conoces, me gustan los retos.
—No has dicho imposible, eso quiere decir que tienes algo en marcha. —Sonreí ante sus
palabras. Katia me conocía muy bien.
—Ya sabes que «imposible» hay muy pocas cosas.
—Solo para personas como tú, cariño.
—Sí, soy lo máximo.
—Hablando de seres extraordinarios, tu hija hizo algo curioso que olvidé comentarte. —​
Acababa de sentarme en el asiento del coche, así que las palabras de Katia se mezclaron con el
ruido de la puerta al cerrarse.
—¿Ah, sí? ¿Qué ha hecho mi princesa guerrera?
—Besar a un chico. —Ahí resbaló el anclaje del cinturón.
—¿Qué?
—Drake le regaló su mochila, la que le había hecho su mamá, y tu hija le dio un beso en toda
regla.
—¿Un beso en la mejilla? —Di que sí, di que sí…
—Nop, un beso en toda la boca. Seguro que pensó que, ya que sus padres lo hacen, estaba bien
que ella le diera las gracias a Drake de la misma manera. —Ya, y mi mujer me lo comentaba por
teléfono y tiempo después de haber sucedido. Katia había aprendido. Seguro que trataba de
proteger al pobre niño, y hacía bien, porque ya había dicho que no llevaba bien que mi niña
creciera. Pero Drake… Precisamente él me parecía un niño demasiado… honorable.
—¿Y qué hizo Drake? —Que no sonriera, que no sonriera.
—Yo creo que fue el más sorprendido de todos. —Uf, bien.
—Esta hija nuestra… va a ser un peligro.
—Eso pienso yo.
—Bueno, llegaré en unos momentos.
—Bien, entonces prepararé algo para tomar en el jardín.
Colgué, pero ya antes de darle el botón, estaba dándole vueltas al tema. Si tenía que escoger un
chico para mi hija, Drake sería una buena opción, todo un Vasiliev de espíritu, solo le hacía
falta… tenía que trabajar en eso precisamente. Drake, entre tu padre y yo vamos a convertirte en
un auténtico Vasiliev. Y si él y Tasha no cuajaban, porque yo más que nadie sabía que el corazón
es un loco salvaje difícil de encadenar, pues al menos conseguía un guardián para mi niña.
Capítulo 70
Ella
Estaba tejiendo la cabeza del mono para la mochila de mi pequeño mientras observaba de vez
en cuando cómo mis chicos estaban desmontando pieza a pieza la grúa que Serg le había
comprado. Como prometió, estaba soltando cada tornillo que Drake le señalaba y, después, mi
hijo desmontaba con cuidado las piezas y las posicionaba delante de él con un orden metódico.
Era curioso verlo así, todo concentrado. Y, sobre todo, la paciencia que demostraba Serg al seguir
las indicaciones de Drake, al intentar entender cada uno de sus movimientos; y todo ello con una
sonrisa. Si alguna vez dudó sobre si sería un buen padre, aquella imagen reforzaba la idea de que
sí lo era.
Mi marido alzó la vista hacia mí y amplió su sonrisa. Señaló con la cabeza el trabajo de Drake
y asintió con la cabeza. Sí, Drake ya podía ponerse a desmantelar la tostadora, que ni su padre ni
yo íbamos a poner el grito en el cielo. Él no destrozaba o rompía las cosas, él investigaba,
aprendía. Quién sabe, tal vez algún día sería el que arreglara la tv o el teléfono de mamá.
Hice el remate del ojo del mono y lo extendí para ver el resultado. Precioso. Me estaba
convirtiendo en una profesional, no solo con la aguja, sino que cada vez tejía más rápido.
—Muy bonito. —La voz de Serg llegó susurrante a mi oído, haciendo que mi piel hormigueara.
Uf, es que era tenerlo cerca y me encendía como una cerilla.
—Lo escogió Drake. —Pasó sus dedos por mi mejilla, como si en vez de estar admirando mi
trabajo, me estuviese elogiando a mí.
—¿Podemos alejarnos un poco? Tengo algo que comentarte y quisiera mantener a Drake al
margen.
—De acuerdo.
Posé la mochila en la silla a mi lado y tomé la mano que Serg me tendía para levantarme. Otro
chico atento y educado, ¿cómo no iban las mujeres a perder la cabeza por un hombre así? Súmale
al paquete ese six pack abdominal, ese trasero, esa maldita sonrisa suya y ese acento ruso y…
brrrr. Nos llevó hasta una de las esquinas de la habitación, me tomó las manos y me miró
fijamente.
—Lo primero, quiero que sepas que la familia va a cuidar de ti, no va a pasarte nada, ni a ti, ni
a nadie de nuestra familia, ¿de acuerdo? —Mala forma de empezar una frase. Es como cuando te
dicen «no quiero que te asustes». ¡Joder! Si con solo decirte eso ya estás empezando a cagarte
patas abajo.
—Ahá.
—¿Recuerdas al tipo del coche el día que asesinaron a tu familia? El que tenía el tatuaje de la
rosa y la calavera. —Mis manos empezaron a sudar porque sabía que ahora venía algo que no iba
a ser bueno, nada bueno.
—Sí. No lo identificaron.
—Yo he visto a ese hombre, vi su tatuaje, aquí… —Con su mano apuntó al lugar correcto en mi
cuerpo.
—Lo… lo viste. —Intenté no ahogarme con el nudo en mi garganta.
—Tú también lo has visto y has hablado con él.
—¡¿Qué?! —Mis uñas se clavaron en sus manos, pero él no dijo nada.
—Es el inspector Thomsom. —Debí de tambalearme, porque Serg me abrazó para sostenerme.
—¿Có… cómo…?
—Vino al gimnasio para intentar sonsacarme algo de información. Vi que le asomaba algo por
el cuello de la camisa y recordé lo que me dijiste. Me las ingenié para poder ver mejor la tinta y
encontré el tatuaje que me describiste. Viktor revisó las cámaras de seguridad y lo identificó como
Thomson.
—¡Hijo de…! —Cerré la boca cuando me di cuenta de que había elevado la voz y que,
precisamente, no estábamos solos. Por fortuna, Drake seguía concentrado con su tarea. Sentí los
labios de Serg sobre mi frente.
—Tranquila, ya te dije que nadie en esta familia permitiría que ese tipo lastimara a ninguno de
sus miembros. Además, tenemos dos grandes ventajas sobre él en este momento. —Sé que tenía el
ceño fruncido cuando le miré.
—¿Qué ventajas?
—La primera es que él no sabe que le hemos descubierto, aún cree que no le has reconocido y
que su secreto está a salvo.
—¿Y la otra? —Serg sonrió de esa manera maliciosa suya que hacía nacer una corriente
eléctrica en la base de mi espalda.
—Viktor está de nuestra parte. —No necesitaba que me explicara lo que aquello podía
significar.
—Oh.
—Ella.
—¿Sí?
—Ese hombre va a salir de tu vida para siempre. —Sentí sus brazos apretar más fuerte, como
dando más solidez a sus palabras. Alcé los brazos, para dejar las manos detrás de su cuello, al
tiempo que apoyaba mi mejilla sobre su clavícula.
—Y si no sale, lo sacaremos.
—Ella.
—¿Sí? —En menos de un segundo su boca se había posado sobre la mía. Suave, demandante,
como el que bebe de un excelente vino, saboreando cada sorbo, pero sin alejar su boca del cristal
de la copa. Después de saciar su sed y de haber acelerado mi corazón, Serg se separó unos
centímetros de mí, dejando que sus dejos dibujaran el contorno de mi mandíbula.
—Tenemos que encontrar algo de tiempo a solas. —Volvió su rostro hacia Drake y yo le seguí.
Creo que los dos nos quedamos congelados porque nuestro pequeño estaba mirándonos muy
concentrado; su rostro tenía esa expresión de quien está absorto en algo interesante. Después,
sonrió como si acabara de darse cuenta de que lo que había visto le gustaba. ¿Estaría relacionando
nuestro beso con el que le había dado Tasha el otro día? No, era demasiado pequeño para hacer
esas cosas, ¿verdad?

Viktor
Había cerrado la puerta del despacho, aunque sabía que, a esas horas de la noche, el único
despierto en toda la casa era yo. No sé si al resto de la gente le pasará lo mismo, pero, cuando
duermo, mi cabeza se convierte en un torbellino de ideas, algunas incongruentes, algunas
repetidas. Otras son auténticos destellos de genialidad. Por eso me había levantado a las tres de la
mañana, para tomar nota de todo lo que se había colado en mi mente hiperactiva. Ahora solo
necesitaba pulir cada parte hasta conseguir una línea de acción sin fisuras.
El reto era conseguir deshacerse de aquellos dos hombres sin dañar a sus familias, sin crear
otros cabos sueltos que podrían golpearnos en cualquier otro momento. No soy un monstruo,
quitarle su padre a dos niños ya era muy traumático como para encima echarles más mierda…
Ellos no tenían la culpa de que su padre fuese un hombre sin escrúpulos que no dudaba en
traicionar todas sus promesas con el fin de alcanzar sus propias metas. Su esposa… ¿hasta qué
punto sabría cómo llegaban aquellas sumas de dinero a su cuenta corriente? Ya tendría suficiente
con encontrarse sola y con dos hijos y una pensión de viudedad que no le alcanzaría para llevar el
ritmo de vida al que estaba acostumbrada. Y su familia no iba apoyarla precisamente.
Con el viejo Sanders… No podía arriesgarme a que el resto de sus familiares tuviese esa sed
de venganza y vinieran a escarbar como estaba haciendo él. Probablemente su mujer tendría un
merecido descanso, porque tenía pinta de que el padre era igual que el hijo. Pero podía tener
hermanos, sobrinos… cualquier otro miembro de esa desquiciada familia podría erigirse en
justiciero. No, ahí tenía que actuar de otra forma, o tal vez no. Quizás, el plan para uno también
sirviese para el otro, y creía que había encontrado una buena solución para ambas partes. Terminé
de escribir el correo electrónico para Boby, para que se pusiera a trabajar en lo que necesitaba a
primera hora de la mañana. Cuando tuviese todos los medios y todos los actores, pondría en
marcha el espectáculo. ¡Joder! A veces me daba miedo a mí mismo. Pero es que en una vida como
la nuestra, no había espacio para la buena fe de la gente ni para la duda. Si había un posible
riesgo, lo erradicábamos. La justicia era demasiado blanda cuando no debía serlo y demasiado
dura en otros casos. Y la mayoría de las veces era lenta y llegaba demasiado tarde.
Había veces en que me sentía como el juez Dredd, sí, el de los comics y la película. Era juez,
jurado y ejecutor. Podía sonar demasiado prepotente, pero era la parte que me había tocado y lo
hacía bien, al menos en lo que implicaba a la familia. Así que… haría mi trabajo, como siempre, y
solucionaría los problemas. Y con Ella tenía que hacerlo bien, porque me habían superado
demasiadas veces. Tanto dispositivo y la habían alcanzado dos veces, casi tres. No volvería a
ocurrir.
Capítulo 71
Nick
Llevaba un informe detallado en un pendrive en el bolsillo e iba camino del Crystals directo a
las oficinas de Viktor. Lo sé, podía enviarlo por correo electrónico y sería más rápido, pero de
esta manera podía pasar por el trabajo de Sara y darle una sorpresa.
Estaba casi a tres metros del despacho de mi hermano, cuando mis ojos buscaron a mi mujer en
su puesto, dos puertas más a la derecha. Lo de las separaciones acristaladas tenían aquella
ventaja. Y la vi, levantándose de su asiento, estirando los brazos sobre la cabeza, intentado aliviar
la tensión de sus músculos. Su pequeña pancita se marcó en su ropa, recordándome que estaba
pasando el tiempo y yo no había hecho nada al respecto. ¿Dónde porras se había metido el Nick
impulsivo, el que tomaba decisiones transcendentales en cuestión de minutos? Tenía que reconocer
que tenía miedo, miedo al matrimonio, a que todo cambiara cuando firmara aquellos malditos
papeles. Pero, ¿por qué no hacerlo de una puñetera vez? Una firma no iba a cambiar el hecho de
que Sara era lo mejor que iba a pasarme en toda mi vida y llevaba dentro a nuestro hijo.
¡Maldita sea! Soy un Vasiliev y, aunque embaracemos a nuestras chicas antes del matrimonio,
ningún retoño ha venido al mundo sin que sus padres estén casados. Así que caminé decidido
hacia mi chica, abrí la puerta, vi su sorpresa y luego la sonrisa en su rostro. Antes de que saliera
de su boca palabra alguna, la tenía entre mis brazos, reclamando los labios de la mujer a la que
pertenecía. Todos en aquella maldita sala lo sabían, toda la maldita Las Vegas lo sabía. Cuando
terminara el día, a lo sumo la semana, lo sabrían no solo en todo el estado, sino en todo el país.
—Sara Salcedo, vas a casarte conmigo. —Su mano aterrizó sonoramente sobre mi hombro, al
tiempo que soltó una pequeña carcajada.
—Eso ya lo sabía, tonto. No hacía falta que…
—No, no. Lo que quiero decir es que nos vamos a casar ahora. —Cogí su mano y empecé a
tirar de ella fuera de su despacho.
—¡¿Eh?! —Llegué hasta el despacho de Viktor, metí la mano en mi bolsillo, saqué el pendrive
y lo arrojé a sus manos.
—¡Eh! Vaya manera de entrar en los despachos de…
—No tengo tiempo. Dile a Boby que se encargue del trabajo de Sara y tú ve a casa a cepillar
el esmoquin. Yo voy a conseguir una licencia de matrimonio.
—Ya era hora. —Escuché la voz de Viktor alejándose; bueno, mejor dicho, era yo el que se
alejaba.
No pasó ni dos minutos, cuando mi teléfono sonó como un poseso. Abrí la conexión sin mirar
quién llamaba, porque ya sabía quién era.
—Tengo prisa, Lena.
—De eso nada, Nick. Hay cosas que hay que hacer bien. Se puede hacer rápido, pero no
puedes prescindir de lo básico.
—¿Te estás ofreciendo para organizarme la boda, hermanita?
—No, te estoy diciendo que ya estas trayendo a tu prometida al Celebrity’s. Tú ve a buscar tu
traje y los anillos de boda. Andrey se encargará de las licencias de boda. Papá reservará el salón
de celebraciones y la tarta de bodas, mamá reunirá a la familia y Viktor se encargará de la
seguridad.
—Da la impresión de que ya lo tenías todo pensado.
—Parece mentira, Nick. Esto es práctica, ¿cuántas bodas exprés hemos celebrado en los
últimos años? Anda, trae para acá a Sara, que tengo que encargarme del vestido.
—Sí, señora. —Cuando mi hermana mayor se ponía en pie y tomaba las riendas, parecía el
puñetero general Paton soltando órdenes. Lo bueno es que era insuperable en su papel de
organizadora. Colgué el teléfono y transmití los planes a mi sorprendida y jadeante prometida. Eso
sí, después de aminorar un poco la marcha.
—¿Nick?
—Vas a tener una boda como dios manda, pero va a ser deprisa, ¿entendido? Ah… ¿quieres
que vayamos a recoger a tu madre o la conectamos por teleconferencia? ¡Qué preguntas hago! —
Marqué el número de Viktor y esperé.
—¿Has olvidado algo?
—Necesito a la madre de Sara y a su familia aquí. ¿Cuánto tardarías en traerlos? —Escuché
teclear al otro lado de la línea.
—Así, por encima, unas siete horas. —Miré a Sara.
—¿Es muy importante que tu madre esté en la boda? —Su grito hizo que mis hombros se
encogieran.
—Ya puede ser menos, hermano.
—OK, OK, veré que puedo hacer. Pero solo el avión ya son más de cinco horas.
—No me importa cómo lo hagas. Solo hazlo. —Colgué y abrí la puerta del acceso al
subterráneo para mi futura esposa—. Mañana, cuando despiertes, serás Sara Vasiliev, me da igual
que sea una boda a medianoche o de madrugada. —Sara se puso de puntillas y me besó en la
mejilla.
—Me encanta cuando te pones todo mandón. —La tomé por la cintura y la pegué a mi cuerpo,
al tiempo que sus brazos se enrollaban a mi cuello.
—¿Cuánto te encanta? ¿Mucho o mucho mucho? —Ella me sonrió con malicia, haciendo que
mi pequeño apéndice asomara su cabeza. Maldito cabrón insaciable.
—A mí mucho, pero a estas hormonas de embarazada que ahora me desbordan, es que las
tienes loquitas. A un paso de asaltarte.
—¡Joder! —La tomé en brazos y la cargué deprisa hacia el coche. —Lena va a tener que
esperar un rato hasta que te deje en sus manos. No quiero dejar a mi mujer con un antojo frustrado,
no sea que el niño me salga con una mancha en la cara.
—Sí, sí, no vaya a ocurrir eso.

Serg
Colgué el teléfono aún sorprendido.
—Ella, nena. Tenemos una boda.
—¿Y quién se casa?
—Mi primo Nick y Sara.
—Ah, qué bien, tenemos boda. ¿Y cuándo es?
—En seis horas.
—¡Seis horas!
—Sí. Así que será mejor que nos pongamos en marcha. Lena está organizando todo lo del
vestuario y ha dicho que vayamos al Celebrity’s. Allí se ha montado su propio desfile de modas, o
eso creo.
—Pero… ¿qué vamos a regalarles?
—Bueno, creo que Sara anda loca por esas cosas tan bonitas que tejes. Seguro que podrías
hacer algo para el bebé.
—¡Claro que sí! Ya estaba con ello, pero creí que aún tendría tiempo para hacerlo.
—Y sigues teniéndolo, lo que ahora importa es ir de celebración. Así que vamos, Drake y tu
tenéis que poneros guapos. Y, gorshok meda, no bebas demasiado esta noche, te quiero aún lúcida
cuando llegue el momento de convertir la fiesta en privada.
Sus ojos se abrieron sorprendidos, sobre todo cuando dejé una palmada en su trasero de
camino hacia donde estaba jugando Drake. Sí, nena, esa noche el niño caería rendido y yo iba a
aprovecharme. Era la hora de papá y mamá, su tiempo a solas para hacer «cosas de papis».
Capítulo 72
Serg
No sé si se celebrarían muchas bodas a la 1.30 de la madrugada, al fin y al cabo, esto es Las
Vegas, pero para mí fue la primera. Creo que Andrey estaba acostumbrándose ya a esto de oficiar
bodas, porque soltó un bonito discurso de tres frases. Viktor estuvo bromeando con él, diciéndole
que estaba aprovechando el certificado que se sacó para casar a mi hermana Irina. Irina, la echaba
de menos, sobre todo en momentos como aquellos, al fin y al cabo, era una boda de un miembro de
la familia. Viktor dijo que contactó con ella, pero que había algún tipo de problema con el club y
que no podía venir. La última vez que hablamos, la noté algo retraída, pero conocía a Irina y
preguntar no serviría de nada, tendría que esperar a que ella misma se decidiera a contarme qué
era lo que ocurría. ¿Problemas en el club? No creía, Irina era una controladora nata, se adelantaba
a los problemas.
Pero no podía hacer nada al respecto, así que me centré en el aquí y el ahora, y en aquel
momento estaba en mitad de una boda. Lena se había encargado del vestuario de toda la familia.
Me había comprado un esmoquin y me dijo que lo guardara bien, porque volvería a utilizarlo
pronto. A saber qué tenía pensado. A Drake lo vistió con una camisa de vestir y un pantalón de
pinzas corto, parecía tan mayor y a la vez tan pequeño… El pobre había caído rendido, al igual
que Tasha, a eso de las 10.30 de la noche, pero no hubo manera de llevarlos a una habitación. Y
no por culpa de Drake, que mi hijo precisamente no pecaba de rebelde, él se amoldaba a lo que le
daban, pero Tasha… esa era harina de otro costal. No envidiaba a Viktor cuando esta niña
creciese un poco más. Le gustaba estar metida en todos los jaleos y tenía un genio y una testarudez
similares a las de un burro. Y lo peor de todo es que se empeñó en que ella y Drake debían estar
presentes en la boda. Cada vez que tratábamos de levantarlos del sofá donde estaban dormidos, la
pequeña bola de rizos chillones se ponía a protestar. Así que allí estaban los dos, uno a cada
extremo del sofá, dormidos como marmotas, mientras los mayores daban cuenta de una cena ligera
y, sobre todo, de la tarta.
Estábamos en la mesa, las chaquetas hacía tiempo que habían ocupado los respaldos de las
sillas y las risas flotaban entre los comensales. El vodka estaba en los vasos de muchos, incluso
en los de Dimitri y Anker. Sí, serían menores de edad, pero eran Vasiliev y había dos cosas que un
Vasiliev probaba antes que el resto: el vodka y los puños. Y esa no era una costumbre solo de la
rama americana, yo también tuve mi iniciación de esas dos cosas en Rusia, aunque no a los
extremos que se llegaban aquí. ¡Ah! Lo olvidaba, eran tres las cosas que los Vasiliev probaban
antes, me faltaba el sexo. No hay nada como tres botellas de vodka para descubrirlo.
Sexo. Miré a mi izquierda, donde Ella estaba dando cuenta de lo último que quedaba de su
trozo de tarta. Era atrapante verla disfrutar del dulce. El pequeño tenedor se deslizaba entre sus
labios, al tiempo que la lengua y los dientes rebañaban cada pequeña porción del bizcocho que
había en el metal. No paraba de chupetear y rebañar el cubierto, hasta que quedaba totalmente
limpio y luego volvía a por otro trozo. ¿Se daba cuenta de lo que le estaba haciendo a mi
entrepierna? Pues no, porque Ella era toda dulzura y no era capaz de imaginar las atrocidades que
pasaban por la cabeza de un hombre. Tenía las mejillas sonrosadas por el chupito de vodka que
había tomado antes y sus ojos brillaban como dos pequeñas bengalas. Y eso no era lo malo, eso no
era lo que había encendido la mecha dentro de mí, era ese maldito vestido que no hacía otra cosa
que dirigir mis ojos a ese tentador trasero y que mostraban esos suculentos pechos como si fuera
una caja de bombones. La había acorralado en el baño hacía media hora. Había sido uno rapidito,
pero no había servido de nada, porque ahora estaba igual o más necesitado que antes. ¡Joder! Yo
necesitaba mi tiempo para saborear toda aquella carne de primera. Lo del baño fue como ponerte
delante un filete de ¼ de kilo y decirte que tenías diez minutos para comértelo. No masticas,
tragas. Llámenme sibarita, pero a mí me gusta disfrutar de la buena comida. Y sí, los rapiditos
están bien, alimentan, pero no sacian.
—Lo siento, pero tenemos que retirarnos, es demasiado tarde para nosotros. —La madre de
Sara acunaba la cabeza de su adormilado hijo mientras lo decía.
—Supongo que el cambio de hora está siendo demoledor —añadió Viktor. Ni el vodka era
capaz de sacar la parte controladora de su sistema. El tipo parecía estar siempre alerta.
—Nos veremos mañana, mamá. —Sara se despidió de su familia y, cuando éstos
desaparecieron tras la puerta, Nick la abrazó por la espalda y la cargó en sus brazos como si fuera
un niño.
—Tu madre tiene razón, es hora de acostarse. —Pues la cara de mi primo no decía que tenía
muchas ganas de dormir precisamente. Sara se aferró a su cuello, mientras dejaba una sonrisilla en
el aire a su paso. No pensé si sería demasiado correcto, porque yo tenía en la cabeza algo
parecido. Esta boda tenía pintas de acabar como la mía, es decir, conmigo en condiciones tan
lamentables que no recordaría nada al día siguiente. Aquella vez no tenía planes de consumar mi
boda, pero ahora sí que tenía planes para la noche.
—Nosotros también nos retiramos. Algunos tenemos que trabajar.
—Mierda, Serg. Puedes llamar a Basili y tomarte el día libre. —Puntualizó un despeinado
Andrey. Sí, probablemente lo haría, pero necesitaba algo para sacarnos de allí bien rápido.
—Vaya un ejemplo que le daría a mi hijo si sus padres se pasan el día durmiendo.
No esperé sus comentarios mordaces. Tenía la mano de Ella bien sujeta mientras tiraba de ella
hacia la salida del gran salón. Allí estaba el gran sofá, que no sabía de dónde habían sacado los
empleados del hotel, en el que dormían profundamente Tasha y Drake. Nika lo hacía en su
cochecito, no muy lejos de ellos. El ruido llegaba algo amortiguado, pero creo que ni una
explosión nuclear los habría despertado. Tomé a Drake en brazos, dejando que su cuerpo
descansara sobre mi pecho, sus piernas colgando y su cabeza reposando en mi hombro. Un
pequeño suspiro y un reacomodamiento de cabeza, eso es todo lo que hizo mi pequeño.
Andamos por el pasillo, escoltados por un par de guardias de seguridad. Te hacía sentir
importante, pero al resto de mi familia no les impresionó. Cuando entramos en el ascensor vacío,
uno de los escoltas pulsó el botón de nuestra habitación, mientras el otro se quedaba fuera. Creo
que el de dentro asintió y el de fuera le correspondió. Mientras el ascensor subía a nuestra planta,
advertí como Ella se sacaba aquellos letales zapatos dejando escapar un suspiro de alivio. Yo
estaba sonriendo cuando ella apoyó su cabeza en mi otro hombro. Sentaba bien ser el maldito
pilar de mi familia, aquel que los sostenía a ambos, en quien ellos confiaban para sentirse seguros.
Un par de pisos antes de llegar, escuché un ruidito que venía del auricular que llevaba el
escolta en su oído. Después, la puerta se abrió y, al otro lado, otro hombre nos estaba esperando.
Nos precedió hasta nuestra habitación, abrió la puerta con una tarjeta maestra y nos franqueó la
entrada. Seguro que la habitación había sido revisada una docena de veces antes de nuestra
llegada, porque Viktor era un maldito paranoico con eso. Ya me había dado cuenta de que, cuando
se relajaba, daba instrucciones a sus hombres para que la seguridad se cuadriplicara. Ni el
presidente estaría más protegido.
Caminé directo a la habitación de Drake, seguido de Ella. Lo recosté en la cama abierta y entre
los dos le quitamos casi toda la ropa, salvo sus calzoncillos. Ella lo tapó, colocó a Gato junto a él
y besó su cabecita. Yo le besé después y tomé a Ella en mi brazo pasa salir juntos de allí. En el
umbral de la puerta, ambos nos volvimos para ver cómo Drake se recolocaba, estiraba la mano,
aferraba a su peluche y tomaba la misma postura que en su propia cama. Ya no dormía hecho un
ovillo, protegiéndose del mundo. Ahora lo hacía confiado, porque sabía que estaba protegido.
Dejamos la puerta abierta, como habíamos dicho a Drake que haríamos cuando revisamos juntos
la habitación. Bueno, habitación, aquello era una maldita suite.
Guie a Ella hacia nuestro cuarto y, nada más atravesar la puerta, la acorralé contra la pared.
—¿Cómo se quita este maldito vestido? —Ella me regaló una sonrisa medio ebria, medio
adormilada. ¡Ah, no! No iba a dormirse, no iba a permitirlo.
—Con cuidado, Serg, con mucho cuidado. —Quería jugar, ¿eh?, pues jugaríamos.
Mi boca fue dejando besos húmedos en mi camino, haciendo una buena parada de
reconocimiento en ese hermoso balcón de su escote. Mis manos descendieron por sus costados
mientras mis rodillas se doblaban. Estaba casi sentado sobre mis pies, cuando mis manos
empezaron a levantar el dobladillo de su vestido. Mis dedos tocaban la piel de sus piernas
mientras hacían el recorrido hacia su ropa interior. Cuando toqué el maldito encaje, tuve que
apoyar mi cabeza en el vientre de Ella, porque tenía una idea muy clara de lo que me iba a
encontrar ahí. Sentí, más que escuché, su risa, antes de decidir que necesitaba verlo con mis
propios ojos. Alcé la tela y gemí cuando vi el encaje y la seda verde. ¡Verde! Ella no podía llevar
lencería blanca, negra o roja, no, ella tenía que llevarla verde. Nunca me había acostado con una
mujer con lencería verde y que me crucificaran si no iba a aceptar el reto. Alcé la vista hacia ella
y la encontré sonriendo traviesa.
—Voy a devorar tus labios hasta que estén tan rojos e hinchados que no puedan recuperar su
forma hasta dentro de dos días. —Su rostro se transformó en la reencarnación de la lujuria, su
lengua acariciando su boca. Empecé a subir al tiempo que mis dedos se enredaban en sus bragas y
las arrastraban de un tirón hacia abajo. Escuché el grito de protesta, antes de que se quedara
ahogado en su garganta cuando mi boca se precipitó sobre ella y devoró aquellos otros labios. Iba
a comer toda la miel de ese tarro hasta hacer temblar la tapa.
Capítulo 73
Ella
Sentí una pequeña sacudida en mi brazo, pero antes de conseguir abrir uno de mis perezosos
ojos. Escuché una vocecilla que me hizo sonrojarme.
—Mami med, tengo hambre. —¡Ah, porras! ¿Estaba lo suficientemente presentable para que
me viera mi hijo?
—Hola, campeón, ¿quieres que pidamos algo para desayunar? —La voz de Serg sonó muy
cerquita de mí, como si su boca estuviese a dos centímetros de mi oreja. Y es que lo estaba. Abrí
un ojo y giré la cabeza para encontrarlo detrás de mí, su brazo aún rodeando mi cintura, sus
piernas enredadas con las mías, su pelo revuelto y una maldita sonrisa satisfecha en su cara.
—Sííí, muffin con pepitas de chocolate. —Drake trepó a la cama en cuanto Serg dio un
golpecito sobre el colchón.
—Así que muffin con pepitas de chocolate. Sí, yo también quiero de eso. ¿Tú qué dices, mami
med? —¿Qué iba a decir? Que en buena hora le había dado a Drake aquellos pequeños trozos de
cielo. Había creado un monstruo, o dos, o… ¡a la porra!
—Que me apunto.
Drake se tiró encima de mí, pero los brazos de Serg lo atraparon antes de que su celebración
me golpeara en alguna de mis partes sensibles, es decir, toda yo. Drake volaba como un avión
sobre mi cabeza, riendo como un poseso, mientras Serg imitaba el sonido de un motor con su
boca. De un salto, salieron de la cama; Drake ahora cargado al hombro de su padre, pero riendo
de igual manera. Y entonces vi algo que hizo que me sonrojara: el culo desnudo de mi marido.
Desnudo, estaba desnudo. Bueno, al menos cuando fuese mayor, nuestro hijo no iba a sentir
vergüenza ante el desnudo ajeno y yo… podía disfrutar de las vistas. Y, ¡oh, dios!, ¿era un
mordisco lo que tenía en la nalga izquierda? ¡Oh, señor!, ¿Yo había hecho aquello? Sí, Ella,
tuviste que ser tú, porque él ahí no alcanza. Me tapé la cara y me escurrí debajo de las sábanas.
No podía salir y mirarle a la cara sabiendo lo que le hice a ese trasero.

Serg
Cuando llegó el servicio de habitaciones con nuestro desayuno, me puse los pantalones del
esmoquin para abrir la puerta, porque una cosa era no sentir vergüenza de mi cuerpo y otra
enseñarle mis «cosas» a un desconocido. Vestí a Drake con parte de la ropa que Ella preparó para
él en su pequeña mochila. Sí, dije bien, parte, porque mi hijo quería vestir como su papi, solo con
pantalones. Éramos rusos, soportábamos bien el frío, porque las bajas temperaturas de Las Vegas
no le llegaban a la suela del zapato a las de Moscú.
Cuando nuestro escolta empujó el carrito del desayuno a la habitación, le pedí a Drake que
fuese a avisar a su mamá de que la comida había llegado. Gracias a dios que había cerrado la
puerta, porque hubiese tenido que taparle los ojos al pobre hombre. A mi mujer, envuelta en un
albornoz, con aquel aspecto de recién levantada y bien servida por su marido, solo podía verla yo,
bueno, y mi hijo, pero él era aún demasiado joven como para reconocer ese tipo de señales en una
mujer. Y ya puestos, era el único otro hombre que la vería desnuda, de momento, porque cuando
cumpliese edad suficiente… en fin.
—Muffins con pepitas de chocolate, leche caliente y huevos.
Retiré la silla para que Ella se sentara. ¿Chico educado? Sí, pero había dos razones aún
mejores para hacerlo. Una eran las vistas, deliciosamente pecaminosas, y la otra, robarle un beso
a mi mujer como pago por mi cortesía. Drake trepó él solito a su silla y esperó paciente a que Ella
colocara un muffin en su plato. Su sonrisa valía un millón de dólares. Los contemplé absorto unos
minutos, pensando en que éramos una buena familia y que podía ser mejor. ¿Pensaría lo mismo que
yo? Tendría que abordar el tema en el momento adecuado. Otro hijo, con mis genes, creciendo
dentro del vientre de Ella. El teléfono sonó sobre la mesa en la que lo había dejado y corrí para
contestar.
—Cuéntame.
—Pon guapo a Drake, la abuela Mirna se los lleva a la piscina.
—¿Los lleva?
—Ah, Serg. Es obvio, se lleva a los niños para que los padres podamos descansar un par de
horas más. —Lena sonaba algo apagada, quizás el vodka de anoche había sido demasiado para su
temperamento autoritario.
—¿Quieres ir a casa de la abuela Mirna con Tasha? —pregunté a mi pequeño, mirándole de
costado—. Hace un buen día para estar en la piscina. —No sé si llegó a oír lo de piscina, porque
Drake ya estaba asintiendo con la cabeza nada más mencionar a su prima Tasha—. Drake se
apunta.
—Bien, Yuri pasará a recogerle en unos minutos.
Lena colgó el teléfono con demasiada rapidez y eso me hizo pensar en que quería aprovechar
esas dos horas lo antes posible. Miré a Ella mientras corría hacia la habitación de Drake para
ayudarle con el resto de su ropa. El albornoz se abría, mostrando sus piernas, y juro que sus
pechos parecían estar luchando por salirse de la tela. Algo me decía que no iba a tener suficiente
con dos horas, o al menos, no las íbamos a usar para descansar.

Andrey
Tenía la extraña sensación de que me estaban observando, aunque no sentía que estuviese en
peligro. Notaba la frescura de las sábanas de hilo bajo mis manos, el peso de mi cabeza en la
mullida almohada de una habitación que no era la mía y, aun así, sabía que todo estaba bien. Abrí
los ojos y me encontré con la sonrisa de Robin dándome los buenos días. La cabeza podía estar
matándome, pero no había mejor forma de despertar que aquella.
—Buenos días, dormilón. —Le ofrecí mi mejor sonrisa mañanera y estiré los ateridos
músculos de mi cuerpo sobre toda la superficie del colchón.
—Buenos días. —Estudié su rostro descansado y saludable.
—Tienes una cara horrible. —Ella hablaba bajo, pero, aun así, su voz retumbaba dentro de mi
cabeza como una carga de caballería.
—Es lo que pasa cuando juntas vodka y boda. Me estoy haciendo viejo para esto. Tú estás
como si no hubieras bebido nada anoche.
—Ahhhh, porque no lo hice. —Miré fijamente a mi mujer, porque, si no recordaba mal, en la
anterior boda se soltó la melena como una campeona.
—¿No bebiste? —Conteniendo el dolor dentro de mi mente, me incorporé, porque quería estar
vertical cuando me dijera la razón.
—No, ehhh… Ahí va, estamos embarazados. —Ahí sí que me incorporé del todo. Aturdido a
partes iguales por la resaca y por la noticia.
—Embarazados.
—Qué voy a decir, es culpa tuya esta vez.
—¿Mía?
—No puedes ser tan bueno en la cama y esperar que tu mujer sea la que se contenga. —Me
acerqué a ella y la envolví en mis brazos.
—Así que bueno, ¿eh? Yo creía que era más que eso.
—Para ahí, Iceman. Tienes tus momentos, pero tampoco es para… —No dejé que terminara,
porque tomé su boca, reclamando sus gemidos.
—Vamos a subir mi media de bien a notable.
—Te aprovechas de las hormonas hambrientas de una embarazada, qué vergüenza.
—Ya, eso dímelo luego. —Volví a besarla y comencé con la celebración de que iba a ser padre
otra vez. Otro hijo, mío y de Robin. Había pocas cosas mejores que eso.
Capítulo 74
Viktor
Extendí los dedos de mi mano derecha sobre la suave piel de Katia, abarcando toda la curva
de su tripa de embarazada. Saber que había sido yo el que había puesto a nuestro hijo allí
dentro… es que me hinchaba por dentro como un globo, qué digo, como un puñetero zepelín.
Quién me iba a decir a mí que me iba a convertir en padre; aún más, en marido. Ya ni recordaba
mi vida antes de Katia, ¿cómo pude existir sin ella?
Mi teléfono vibró sobre la mesita junto a la cama, haciendo que el ruido molestara el sueño de
mi mujer. No pude evitar sonreír, esto de dormir «acucharados», como decía ella, era el mejor
detector de movimientos. Besé su hombro desnudo y estiré el brazo para alcanzar aquel
instrumento del demonio.
—¿Sí?
—Jefe, hay movimiento. —Salí con cuidado de la cama y me dirigí a la ventana, para que mi
conversación no despertara a Katia.
—Bien, ¿tenemos el paquete?
—Devuelto al remitente, jefe.
—De acuerdo. Ocúpate de las invitaciones.
—Sí, jefe. —Colgué y regresé a la cama, junto a mi mujer. Cuando deposité de nuevo mi mano
sobre nuestro nuevo bebé, la voz de Katia llegó aún adormilada hasta mí.
—¿No tenías el día libre? —Froté mi nariz en la suave piel de su cuello y sonreí.
—Soy un Vasiliev, cariño. Sabes que estamos de servicio las veinticuatro horas.
—Miedo me da preguntar en qué estás metido ahora. —Deposité un suave beso en ese lugar en
su espalda, ese hueco entre los omoplatos, que hacía que su cuerpo se estremeciera.
—Mañana sábado lo descubrirás. —Su cabeza se giró hacia mí, mostrándome un ojo
entreabierto.
—¿Una sorpresa?
—Sí, pero no voy a decir nada más. —Se colocó de nuevo como estaba antes y yo me acomodé
a su forma.
—Ya te interrogaré cuando me despierte, ahora tengo demasiado sueño para eso. —Apreté mi
cuerpo al suyo y cerré los ojos. El embarazo la había convertido en una marmota, pero no me
importaba, porque tenía que recuperarme de una boda Vasiliev.

Serg
Tasha estaba dando saltitos en la puerta cuando vinieron a recoger a Drake. Nada más verle, le
tomó de la mano y le arrastró hacia el ascensor. Yuri se encogió de hombros y salió deprisa detrás
de ellos. Tasha no era de las que pedía permiso cuando tenía un objetivo en mente.
Giré la cara hacia Ella y, cuando me miró, mi sonrisa creció. No hizo falta decir nada, mis
cejas saltaron un par de veces hacia el techo y Ella comprendió. Era la hora de seguir donde
estábamos esa mañana antes de cambiaran mis planes, es decir, sexo mañanero post fiesta. Tomé
el albornoz por las solapas y la acerqué a mi cuerpo.
—¿Lista para el segundo asalto? — Ella dio un paso atrás y abrió el albornoz, mostrándome
toda la mercancía. Eso hizo que mi boca empezase a salivar y los pantalones empequeñeciesen.
—¿Tú que crees?
Con un rápido movimiento, metí las manos entre la tela y su cuerpo, aferré su trasero, hasta
levantarla para que sus piernas rodearan mis caderas. Nos llevé deprisa hasta la cama, donde la
dejé caer con poco cuidado —lo sé, la ansiedad me gana— y me centré en atormentar sus
pecaminosos pechos. Preparé su cuerpo para mí y, cuando estuve seguro de que ya no aguantaría
más sin entrar en ella, me estiré, cogí el paquetito plateado de la mesilla de noche, lo puse entre
mis dientes y con las manos libres me bajé rápidamente los pantalones. Recuperé el paquete, pero,
antes de rasgarlo, me detuve. Tenía que decirlo, ese era el momento, aunque me causara un dolor
de bolas, tenía que hacerlo.
—Ella. —Ella abrió sus ojos hacia mí y esperó a que siguiera—. No sé si estás preparada,
pero yo lo estoy. Quiero tener hijos contigo, no solo Drake, quiero hijos que lleven nuestra sangre
y los quiero ya. Dime que tú también quieres lo mismo porque mandaré este trozo de látex a la
otra punta de la habitación y entraré dentro de ti para dejar mi semilla dentro. O dime que todavía
no es el momento, que no quieres embarazarte, y me pondré este preservativo y entraré de igual
manera dentro de ti, con todas las ganas de hacerte alcanzar el mejor orgasmo de tu vida.
No sé si fueron nanosegundos o quizá minutos, pero cuando frotó mis caderas con sus piernas,
apretándome con fuerza, casi olvido que tenía que esperar su respuesta.
—¡Mándalo a la mierda y haz el trabajo de una vez!
¡Joder! Había dicho que sí, había dicho que sí. Lancé el paquete de aluminio por encima de mi
hombro y guie mi herramienta de hacer bebés dentro de ella. Una sola embestida y estuve dentro.
Escuché su gemido y sonreí como un cabrón arrogante. Este trabajo me iba a gustar. Quiero un
hijo, quiero embarazarla ya, pero podría soportar el que la cosa se demorase. Ya saben, a veces,
es más importante el camino que el destino. No pasó mucho tiempo hasta que me derramé en su
interior, seguramente por culpa de no llevar la maldita barrera de látex. Sentir piel con piel, la
fricción sin ninguna barrera de por medio, la humedad envolverme… fue demasiado para mi
sobreexcitado cuerpo. Me derrumbé sobre ella como si hubiese corrido la maldita maratón de
New York y acabara de atravesar la línea de llegada.
—Serg.
—¿Sí?
—Creo que de esta no me has embarazado, vas a tener que seguir intentándolo. —Mi carcajada
retumbó contra la piel de su clavícula antes de volver mis ojos hacia su rostro.
—Entonces tendré que poner a los chicos a trabajar. Dame unos minutos y repetimos.

Boby
A veces me sorprendía a mí mismo pensando hasta dónde sería capaz de llegar por los Vasiliev
y, la verdad, no era el único que estaba dispuesto a jugársela por ellos. Cada uno a su manera,
éramos capaces de hacer cualquier cosa por la familia. Sí, la familia, porque los Vasiliev eran
más que mis jefes, que los jefes de todos nosotros, eran los cabezas de la familia, una gran familia
que cuidaba de los suyos como auténticos lobos, pero «los suyos» no eran simplemente los
Vasiliev de sangre o nombre, sino todos aquellos que trabajaban bajo su mando. Ellos exigían,
pero es que daban de igual manera. Y el dicho de «no se juega con los Vasiliev» se extendía
también a sus empleados. Los negocios eran los negocios, pero todos sabían que si traspasabas la
línea, ibas a pagarlo muy caro. Y también recompensaban a aquellos que se entregaban a la
organización. Por ejemplo, a mí. Me habían costeado la boda, habían financiado mi nueva casa,
me compraban cada puñetero juguete tecnológico que les pedía, sin condiciones, sin preguntas,
porque no solo confiaban en mí, sino que me apreciaban, y yo les apreciaba a ellos. ¡Joder!, si
estaba empeñado en ponerle un nombre ruso a mi primer hijo. Y ahora iban y les daban un
pequeño regalo a sus trabajadores, bueno, no a todos y no muy grande, pero, ¡mierda!, podían
haber decidido que no hacía falta.
El sábado por la tarde todos los hijos de entre tres y trece años estaban invitados a una fiesta
de cumpleaños en el Lied Discovery Children’s Museum. Era difícil conseguir confirmaciones de
asistencia con un día de antelación, pero, ¡oye!, era una fiesta de los jefes, una fiesta privada,
hasta los políticos pelearían a codazos por estar ahí. Pero no, Viktor había extendido la invitación
a los niños de los trabajadores de la empresa de seguridad, toda su empresa. Mandé los mensajes
a los teléfonos del personal, e incluso los que estaban de vacaciones confirmaron la asistencia de
sus hijos.
La mayoría de nuestra gente era joven, y no todos tenían niños, pero en menos de dos horas
tenía las respuestas sobre mi mesa, incluso tres peticiones de llevar algún sobrino. Al final, irían
treinta y cuatro niños. Un buen número, teniendo en cuenta que había capacidad para cuarenta o
cincuenta, porque el jefe quería que sobraran cuidadores, comida y, sobre todo, tarta. Iba a ser una
fiesta concurrida.
Capítulo 75
Serg
Estaba corriendo en la cinta mientras mi cabeza seguía dándole vueltas. Cinco años. Era el
cumpleaños de mi hijo y yo no lo había sabido hasta que Viktor me lo dijo. Andrey me envió una
copia de la partida de nacimiento de Drake en el que aparecía bien claro el día que vino al mundo.
Lo que no entendía, o quería entender, era cómo Viktor supo eso antes de recibir la documentación
completa que nos habían remitido desde Rusia. Si acababa de llegar a manos de Andrey, ¿cómo
pudo Viktor planear una fiesta de cumpleaños para mi hijo con solo unas horas de antelación?
Porque por mucho apellido importante que tengan los Vasiliev, nadie consigue planear una fiesta
en un museo en solo unas horas. Ya, ya, Lena prepara una boda completa en menos de cinco horas,
pero es que no había que conseguir invitados ni nada de eso. Pero un cumpleaños infantil, con
otros niños… A saber lo que Viktor se había sacado de la manga. Los únicos niños que conocía mi
hijo eran sus primos y ellos hablaban ruso, podía suplir sus carencias con ellos porque podían
comunicarse en ambos idiomas. Pero… ¡Ahg! Me estaba volviendo loco. Confiar en Viktor,
confiar en Viktor, me repetía constantemente. También me preparó para lo otro, la gran sorpresa
que tenía escondida en la manga. Encima tenía que hacerme el sorprendido e informar a Ella para
que siguiera el juego. Me estaba empezando a parecer que Viktor disfrutaba con todas estas
puestas en escena.
En fin, ya no conseguiría hacer nada, todos los engranajes estaban en movimiento y yo no
lograría detenerlos. Lo que sí podía hacer era comprarle un regalo a mi hijo. Desde que vi el
jardín de nuestra casa, había pensado en construir una pequeña zona de juego, ya saben, con
cuerdas para colgarse, alguna tirolina, plataformas para trepar… una especie de pista americana
para niños. Pero por mucho que quisiera hacerlo, necesitaba un mulo de carga para ayudarme a
transportar todo eso de la tienda al coche y del coche al jardín. Cargar con Ella tenía sus
recompensas, pero hacerlo con un montón de hierros y maderas… Podía pedir ayuda a… Miré a
mi alrededor y encontré las espaldas de Lucas. Sí, definitivamente había encontrado a mi mula.
—Oye, Lucas, ¿te interesaría cambiar la sesión de pesas por otra cosa? —Sus ojos brillaron y,
aunque se estirara de forma arrogante, sabía que lo tenía pillado porque odiaba la monotonía.
—¿Qué sugieres?
—Tengo que salir pronto para comprar un regalo de cumpleaños a mi hijo, necesitaría algo de
ayuda, si estás disponible, claro.
—Vale, pero después quiero una cerveza fría.
—OK, pero solo una, que luego tengo una fiesta infantil a la que acudir.
—Ya me han contado. —Le miré interrogante. No iba a preguntar cómo se había enterado
porque, si lo había hecho, era porque Viktor quería que la noticia se supiese.
Salté de la cinta de correr, metí la mano en el bolsillo, saqué el teléfono y llamé a mi mujer.
Ella contestó al tercer toque.
—¿Qué quiere mi ruso? —Sonreí como un tonto por aquella frase. Su ruso favorito y eso que
la competencia se vende cara. Drake es un rival importante.
—Uno de los chicos del gimnasio y yo pasaremos un poco más tarde por casa. ¿Tenemos
cerveza?
—No, pero estoy en el centro, podemos parar a comprar algunas. —Escuché como apartaba el
teléfono y preguntaba—. ¿Podemos parar a comprar unas cervezas?... Vale. —Volvió a acercarse
el teléfono a la boca—. Estamos cerca, ¿hay que comprar algo más?
—No, voy a encargarme del regalo de cumpleaños de Drake. Quiero algo que nos lleve un
tiempo construir juntos. ¿Sospecha algo de la fiesta sorpresa? —respondí tras meditar unos
segundos.
—No estoy segura. —Ups, alarma.
—OK, entonces nos vemos más tarde, dejemos los secretismos, que al final nos pilla.
—Te esperamos en casa. Un beso.
—Me lo cobraré cuando llegue. —Escuché su risa antes de colgar.
—Tienes cara de tonto. —Alcé una ceja hacia Lucas. Sí, tonto, pues por eso ibas a cargar tú
con las cajas más grandes
—Ve cambiándote, nos vamos. —Cogí el teléfono y busqué en Google la tienda para comprarle
el regalo a mi pequeño. Puf, a este ritmo me iba a gastar todo mi sustento. ¿Estaría mal que pidiese
un aumento de sueldo?

Ella
—Uf, gracias, Yurina, te gradezco en el alma que pudieses venir a traerla. —La nanny de
Drake y Tasha me sonrió al tiempo que movía su mano para quitarle importancia.
—Sin problema, tenía que pasar cerca de todas formas para ir a mis prácticas. —La miré
sorprendida. La chica estudiaba, trabajaba en la guardería ¿y además hacía prácticas?
—Parece que tu día se queda pequeño.
—Sí, bueno, soy joven y tengo un objetivo. Sacrificarse ahora me dará sus frutos el día de
mañana. —Mientras hablaba iba sacando el contenido de la bolsa que le pedí que trajera. Lo sé
soy un despiste, pero es que con todo lo de la fiesta sorpresa de cumpleaños que había preparado
Viktor y todo eso andaba con la cabeza algo distraída. Así que cuando estábamos de vuelta en
casa y vi a Luke parado mirando la mochila que le había tejido a mi pequeño recordé que había
dejado la que estaba preparando para su novia en la guardería cuando fui a recoger a Drake. No
me llamen mala madre, necesitaba estar sola para comprar el regalo de Drake porque quería que
fuese una sorpresa.
—De verdad que te lo agradezco. Luke quería regalárselo a su novia este fin de semana,
porque tienen un aniversario o algo así que celebrar. —Saqué el bolso que le había tejido y lo
extendí sobre la mesa.
—Wow, ¡es precioso!
—¿Te gusta?
—Me encanta. Cómo me gustaría saber hacer cosas como estas.
—Es sencillo, puedes aprender.
—Esto lleva mucho tiempo y yo no lo tengo. —Escuché la puerta de casa abrirse y la voz de
Serg llegar desde fuera.
—¿Ella? ¿Estáis en casa? —Drake ya estaba casi en la puerta antes de que yo contestase.
—En casa, en casa. —Serg se inclinó hacia él y le dio un beso en la cabeza. Yo también fui
hasta él y llegó mi turno del beso de «he llegado».
—¡Eh, Serg, que esto pesa! —Miré detrás de él, donde un chico moreno, de brazos como boyas
de barco, estaba sacando algo de la parte trasera del coche.
—Voy, quejica. Cariño, ¿puedes abrir la puerta del jardín? —Asentí, pero no pude llegar a
hacerlo, porque Drake ya estaba empujando la puerta francesa a un lado. Así que me centré en ver
si tenían el camino despejado hasta el jardín.
—¡Ey, Serg! Tú sí que sabes rodearte de chicas guapas. —Yurina estaba a mi lado, sonrojada
como un tomate, hasta que el amigo de mi marido le alzó las cejas de manera descarada, con esa
mirada de «te comería hasta los huesos», y ella se enfadó, vaya si se enfadó.
—Grosero. —Pero no dejó de mirar a los hombres mientras pasaban por delante camino del
jardín y cargando un enorme bulto. Hicieron otro viaje más al coche, bajo la mirada curiosa de
Drake y la mía, he de decirlo. Cuando dieron el último viaje, el chico de brazos musculosos, más
que los de mi marido, quiero decir, se paró con los brazos en jarras delante de mí y me sonrió.
—Terminado. ¿Y esa cerveza fría? —Serg llegó desde atrás y le asestó un buen golpe en la
espalda, de esos que se dan los tipos duros.
—Eres un grano en el culo, Lucas, pero te mereces esa cerveza. —Serg me dio un besito al
pasar a mi lado—. ¿Refrigerador? —Yo asentí con la cabeza.
—Balda de arriba, al fondo. —Serg tomó una cerveza para Lucas y una botella de agua fría
para él. Caminó hasta un embobado Lucas y le dio lo suyo.
—Toma, bebe rápido, que tenemos que irnos.
—Mierda, Serg, tú sí que sabes echar a la gente de casa.
—Ah, yo también tengo que irme.
—Oh, gracias Yurina.
—¿Necesitas que te acerque?
—Has venido en mi coche, Lucas —dijo Serg mirando ceñudo a Lucas.
—Oh, sí, quería decir, que si podrías acercarme a la ciudad.
—Yurina tiene que ir a sus prácticas, nosotros te acercaremos. —Lucas miró a Yurina con ojos
de cachorrito. Ella puso los ojos en blanco y bufó.
—Puedo acercarte hasta la intersección de la quinta, ahí tienes una parada de autobús. Luego tú
te apañas. —Serg iba a decir algo, pero Lucas le detuvo con la mano mientras seguía los pasos de
la chica hacia la salida.
—Oh, perfecto. Eres muy amable. Y ¿de qué son tus prácticas? —Es lo último que escuché
antes de que desaparecieran por la puerta.
—Bueno, al menos me he ahorrado el viaje de vuelta. Miré la lata de cerveza aún sin abrir
sobre la mesa de la cocina.
—Y la cerveza. —Reí.
—Los chicos y la testosterona. —Me acerqué a mi marido y envolví mis brazos alrededor de
su cuello mientras él me sujetaba por la cintura.
—Menos mal que tú eres un hombre que la tiene controlada.
—Muy controlada. —Frotó su nariz con la mía mientras lo decía.
—Bien, porque necesitaré que me subas la cremallera del vestido y no quisiera que la
testosterona te dominase al ver mi ropa interior verde.
—¿Verde? —Casi se atragantó al decir aquella palabra.
—Ahá, tengo que amortizar la ropa que estrené en la boda de Nick y Sara.
—¿Y el vestido ese de…?
—Ahá. —Le vi mirar hacia un entretenido Drake que investigaba en los paquetes
desperdigados por el jardín. Soltó un profundo suspiro y apoyó la frente en mi cabeza.
—Soy un hombre que controla su testosterona y que va a tomarse una ducha fría y aguantar toda
la tarde con el culo apretado y las manos en los bolsillos, en vez de encima de mi esposa. Pero
cuando regresemos a casa…
—Ah, promesas, promesas. —Me dio un beso rápido y echó a andar hacia Drake.
—Tenemos una misión, ¿recuerdas? Hay que trabajar mucho para conseguir el objetivo.
Capítulo 76
Serg
Viktor es un puñetero genio. Estar en un museo en el que podía experimentar con todo era como
un sueño para un niño curioso como Drake. He de reconocer que ver tantos niños me acojonó,
porque eran todos desconocidos, pero Tasha se encargó de darle acción a todo, organizo, agrupó y
llevó de la mano a Drake en todo momento. Y él disfrutó mansamente de su atención. Los niños
tenían algo en común que me sorprendió y es que la mayoría sabía algo de ruso. A veces unas
palabras, a veces algo más, tal vez por eso Drake se integró en los juegos con rapidez.
Los globos, los monitores, las actividades y la estupenda tarta hicieron de la fiesta de
cumpleaños el mejor regalo que mi hijo pudiese pedir. Creo que vi algunas lágrimas en sus ojos
antes de soplar las velas, pero la única que entendió la razón fue Ella. ¡Malditos hijos de puta!
¿Qué madre no le da a su hijo una fiesta de cumpleaños? Aquella era su primera celebración, su
primera maldita fiesta de cumpleaños.
Necesité ir al baño para tranquilizarme. Últimamente tenía las emociones a flor de piel,
seguramente por todo lo que estaba pasando en nuestras vidas. Escuché la puerta cerrarse y en el
espejo vi el reflejo de Viktor.
—Prepárate, el tipo está aquí. —Asentí hacia mi primo, cogí unas toallitas de papel y me
sequé la cara y las manos.
—Entonces, vamos. —Viktor me miró fijamente y me detuvo poniéndome una mano en el
hombro.
—Voy a estar detrás de ti, todos vamos a estar detrás de ti. No va a pasarle nada a Ella, ni a
Drake, ni a ti. La familia te protege. —Asentí otra vez, solté el aire y salí por la puerta del baño,
sabiendo que Viktor caminaba a mis espaldas.
Avanzamos hacia la sala en la que se estaba desarrollando la fiesta, donde todos comían
felices sus porciones de tarta. Ella regresaba hacia allí con Drake y este comenzó a correr hacia
una Tasha que reclamaba su presencia urgentemente. Entonces le vi. Antes de que el tipo abriera la
boca, antes de que alcanzara a Ella, yo me interpuse en su camino. Estaba claro que quería llegar a
Ella y que esta vez no se iba a rendir hasta conseguirlo.
—Quítate de en medio, voy a hablar con ella.
—Le dije que dejara a mi familia en paz.
—Esa puta sabe algo, por eso se esconde de mí. —Tuve que extender mi mano para ponerla
sobre su pecho e impedirle seguir.
—Mi mujer no va a hablar con usted. Tienen una orden de alejamiento que le impide acercarse
a mi familia. Váyase antes de que llame a la policía.
—Esa estúpida orden no va a detenerme. ¡Tú, zorra! Ven aquí. Si no ocultaras nada no habrías
pedido esa maldita orden de alejamiento. Ven aquí y confiesa.
Mi visión periférica me indicó que tenía a dos personas en mis flancos, no necesitaba mirarlos
para saber que eran mis primos. Pero necesitaba ver a Ella, quería saber que ella estaba bien, así
que giré el rostro sin apartar mi mano de ese tipo. Si se movía, lo sabría. Y allí estaba Ella,
parada a varios metros de distancia. No mostraba miedo, su porte era firme, desafiante, hasta que
Drake llegó corriendo hasta ella y se aferró a sus piernas. Mi hijo no buscaba su protección, mi
hijo había ido allí para desafiar con la mirada a aquel hombre que le gritaba a su madre. Estaba
allí para defenderla. Noté un movimiento brusco y me giré deprisa, el tipo estaba forcejeando con
las dos personas que le sujetaban por los brazos: Nick y Viktor.
—Tranquilo, amigo. No vamos a dejar que pase de aquí.
—Soy policía, esto es agresión a la autoridad.
—Un policía fuera de su jurisdicción que se está saltando una orden de alejamiento e
irrumpiendo en una fiesta infantil. No creo que encuentre a muchos que apoyen su causa —​explicó
Viktor.
—¿Tú eres ese abogado listillo? Mi hijo me habló de ti. —Viktor sonrió de esa manera difícil
de interpretar, de forma arrogante, divertida…
—No, ese es mi hermano. Yo soy el cabrón que le hará la vida imposible si no se larga de
aquí, ahora.
—No me das miedo.
—Pues debería.
—¡Allí, es ese! —gritó uno de los empleados del museo a un par de policías que entraban
corriendo. Llegaron hasta nosotros y empezaron a agarrar al tipo.
—¡Un momento! —Aquella orden llegaba desde el otro extremo de la sala. No necesitaba
mirar hacia allí para saber a quién pertenecía, aun así, lo hice.
—¡Señor Smith! —grité sorprendido. El hombre sacó su acreditación para que los agentes y
todos los presentes comprobasen quién era en realidad.
—Siento decepcionarle, pero soy el Inspector Thomsom. ¿Por qué están esposando a ese
hombre? Por lo que vi, estaba siendo retenido por tres hombres.
—Inspector, son… son Vasiliev. —El pobre policía estaba anonadado.
—¿Y qué? Eso no les exime de estar cometiendo un delito.
—Ese hombre ha irrumpido aquí y ha amenazado a una de las invitadas de la fiesta infantil —​
dijo el empleado del museo.
—Este hombre está incumpliendo una orden de alejamiento, inspector. Y la tiene precisamente
por algo. Nosotros solo estábamos evitando que ocurriese una desgracia —apuntó Viktor.
Thomsom miró hacia su espalda, donde se estaban reuniendo algunos de los invitados de la
fiesta, en parte por curiosidad y en parte para ver qué podían hacer para proteger a la familia de
su jefe. El inspector alzó una ceja mientras sopesaba la situación:
—Comprueben su identidad y la existencia de esa orden de alejamiento.
—Es correcto. Este hombre está infringiendo una orden judicial —confirmó el agente de
policía tras pasar los datos por la radio.
Thomsom asintió y dio luz verde para que se llevaran esposado a Sanders hacia el exterior. Se
despidió de nosotros con un asentimiento de cabeza y siguió a los agentes al exterior.
Cuando desaparecieron de nuestra vista, me giré hacia mi familia. Los invitados habían
regresado a la fiesta, pero Ella y Drake estaban todavía en su lugar, esperando. Me acerqué a ellos
y los abracé.
—Toda está bien. Ese tipo no volverá a acercarse a nosotros. —Ella dirigió una mirada
ladeada hacia la salida y otra sobre Viktor. Ella era lista, seguro que estaba encajando las piezas
de lo que había ocurrido allí.

Thomsom
Eché otro vistazo al espejo retrovisor para observar la cara afilada de aquel tipo. Me costó
convencer a los agentes de que yo me encargaría de transportar al tipo a la comisaría, pero allí
estaba. ¿Y por qué lo había hecho? Porque quería tener una charla con él. El tipo tenía algo con
los Vasiliev y quería saber de qué se trataba. El empleado del museo dijo que entró como un toro
buscando a una mujer. Sabía que era Ella, sabía que era ella. Solo tenía que conseguir la
información que necesitaba de ese tipo, pero era un cabrón testarudo. Había permanecido callado
todo el tiempo, no respondía a mis preguntas, lo único que hacía era gruñir y mirar por la ventana.
Acerqué el coche hacia el arcén y paré el motor. El tipo finalmente me prestó atención, sobre
todo porque estábamos en mitad de ninguna parte.
—¿Por qué para aquí?
—Me gustaría tener una charla juntos, en privado.
—Soy policía, sé lo que eso quiere decir. —Sonreí. Bien, entonces tendría que atajar aquello
de manera «un poco diferente».
Capítulo 77
Thomsom
Bajé del coche y abrí la puerta del tipo.
—Sal del coche. —El tipo no se movió.
—No voy a ponértelo fácil, gilipollas. —Le agarré del brazo con fuerza y me acerqué a él de
forma intimidante.
—Si eres policía tendrás que saber que no se insulta a un superior. Eso no queda bien en tu
hoja de servicios.
—Tampoco la amenaza y la intimidación. —Le di un fuerte tirón y lo saqué del coche. Lo alejé
un metro y lo posicioné frente a mí. Que supiera quién tenía las de ganar aquí.
—Mira, viejo. No tengo todo el día para pelear contigo, así que iré directo al grano. Quiero
saber qué relación tienes con los Vasiliev, quiero enterarme de la razón por la que estabas
buscando jaleo en el cumpleaños de un niño y lo quiero para ya. Y no omitas ningún detalle.
—No sé quiénes son esos Vasiliev que dices.
—No vamos a llegar a ninguna parte así.
Metí la mano en la chaqueta y saqué mi arma. Había veces que la única manera de conseguir
soltarle la lengua a alguien era con una amenaza directa. No tenía que pensar en las consecuencias,
era bueno inventando excusas. Solo necesitaba algo de lo que tirar, algo que me llevara a la razón
por la que Santos tenía la foto de aquella mujer en su teléfono, por qué la estaba siguiendo. La
conexión que tenía ella con los Vasiliev me decía que podría tener algo que ver con la muerte de
Santos. Él me dijo que tenía algo importante para mí, algo que me alegraría enormemente, pero
hacía mucho que Santos era un cabrón reservado y tenía una visión muy diferente de la mía sobre
lo que era importante. Ahora solo tenía a aquella chica. Aquel tipo tenía algo que ver con ella,
porque su marido se interpuso entre el viejo y la chica, porque dos de los hermanos Vasiliev
estaban impidiendo que llegara a ella, y eso me intrigaba muchísimo. Ahí había algo, estaba
seguro. Apunté directamente hacia él, pero manteniendo mi distancia. No quería que se tirase
sobre mí y provocara un accidente, como que el arma se disparase y acabase hiriéndole. No
quería eso, solo quería asustarlo para que cantara.
—Dime qué estabas haciendo allí. —El tipo reculó con los ojos asustados y yo igualé de
nuevo la distancia dando un paso hacia él. No iba a ir muy lejos, estábamos en una carretera
desierta, con kilómetros y kilómetros de nada a nuestro alrededor.
—¡Eh, eh! Baja esa arma.
—Dime a quién fuiste a buscar allí.
—Estrella, buscaba a Estrella.
—¿Estrella?
—Sí, Estrella Martínez, pero ahora se hace llamar Ella Sokolov. —Bien, ya estaba confirmado
que buscaba a la chica que me interesaba.
—Sigue.
—Solo quería interrogarla, porque ella seguro que sabe algo sobre la muerte de mi hijo.
—¿Tu hijo? —Aquello acababa de tomar un camino que no me esperaba, pero parecía
interesante.
—Esa zorra era la novia de mi hijo. De repente desaparece un día, él le sigue la pista hasta Las
Vegas y días después de decirme que la ha encontrado, mi hijo está muerto.
—¿Crees que ella está implicada en su muerte?
—No lo creo, lo sé. Esa zorra parecía una mosquita muerta y ahora aparece con un marido y un
hijo. Y mira dónde celebra el cumpleaños del niño, en un puto museo, ¿de dónde coño ha sacado
esa puta todo ese dinero? —El tipo estaba empezando a sacar su ira fuera y eso era un arma de
doble filo, porque su lengua se estaba soltando, pero estaba perdiendo el miedo.
—¿De dónde piensas tú que lo hace?
—No me interesa de dónde lo hace, solo quiero saber si pagó a alguien para que matara a mi
hijo. Estoy seguro de que lo hicieron esos cabrones, que pagaron para que mi hijo muriese.
El rostro del viejo se quedó congelado, su cuerpo se sacudió hacia atrás. Al mirar hacia su
pecho, vi el agujero en la tela de su camisa, la cual empezó a teñirse de rojo. Cayó desplomado
hacia atrás y yo me incliné y agaché para que el coche me sirviese como cobertura. Nos estaban
disparando, ¡joder, nos estaban disparando!
Esperé en silencio, intentando escuchar más disparos, pero no llegaron. No era tonto, eso no
quería decir que no estuviesen esperando a que asomara la cabeza para meterme una bala en ella.
Saqué el teléfono y marqué el número de mi gente.
—Localicen el GPS de mi coche, me están disparando. Repito, me están disparando. —Miré
hacia el viejo, que estaba escupiendo sangre por la boca mientras luchaba por respirar—. Hay un
hombre herido, envíen equipo médico urgente.
No era la primera vez que me veía en medio de un tiroteo, pero sí era la primera que estaba
solo, y acojonaba como la mierda. Así que permanecí a cubierto todo el tiempo que pude,
esperando los refuerzos. Miré una última vez hacia el viejo, pero este ya ni siquiera se movía. Su
cuerpo ya no se sacudía, no hacía falta ser un genio para saber que estaba muerto. ¡Joder, joder!
Cuando escuché las sirenas acercarse, sentí un pequeño alivio, pero, aun así, no salí de mi
escondite. No lo haría hasta que toda la zona estuviese asegurada.

Viktor
—Señor, diablo uno derribado.
—Bien, en marcha equipo de limpieza.
—En posición.
Ahora solo tenía que esperar a que el equipo de limpieza hiciese su trabajo. Luego, a recoger
la cosecha. ¿Que qué habíamos hecho? Eliminar a uno y joderle la existencia al otro sin que el
apellido Vasiliev apareciese implicado en el proceso. Lo que daría por ver al cabrón dentro de
una hora.

Thomsom
—Creí que no necesitaba el navegador del coche para llegar a la estación de policía, pero me
equivoqué. Cuando me di cuenta de que me había confundido, busqué un lugar para dar la vuelta.
—¿Y por qué su detenido estaba fuera del coche cuando recibió el disparo?
—Ya se lo he dicho. El tipo dijo que necesitaba orinar, amenazó con mearse encima y el coche
es de alquiler. Así que paré en el arcén y le dejé salir para que hiciese sus cosas.
—Y fue entonces cuando le dispararon.
—Estábamos hablando, sí, cuando, ¡ZAS!, de repente impactó una bala en su pecho.
—¿Así, sin más?
—A ver, que soy policía y sé cómo suena eso, pero fue así. ¿Rastrearon en busca del
francotirador?
—Tenemos una grabación que dice algo diferente.
—¿Una grabación? ¿Qué grabación? —El tipo extendió su tablet en mi dirección y comenzó a
reproducir un video a todas luces grabado con un teléfono. En él, se veía… ¡Joder! Era yo
sacando el arma sobre el tipo, él cabreándose y luego cayendo al suelo. Mierda, mierda, mierda,
esto pintaba mal.
—Parece que el tirador fue usted, según esta grabación.
—Eso no es así. Balística dirá que la bala que hay en su cuerpo no salió de mi arma. Es más.
Mi pistola no ha sido disparada y exijo una prueba de pólvora.

Viktor
Podía imaginar lo que iba a pasar, porque había preparado cada puñetero paso. Mientras el
gilipollas estaba en el gimnasio, nosotros habíamos abierto su taquilla, sacado su arma, la
habíamos llevado a un lugar donde esperaba el cadáver de un cerdo, le habíamos disparado y
después habíamos devuelto el arma, aparentemente limpia, a su propietario.
Prueba uno: el arma había sido disparada y le faltaba una bala.
Prueba dos: alguien se coló en el vehículo de la morgue que transportaba el cadáver del viejo
Sanders, extrajo la bala de su cuerpo, como hicimos con los cuerpos de Santos y sus hombres, y
después introdujimos, con el mismo sistema, la bala que extrajimos del cerdo muerto y que
limpiamos para eliminar la sangre animal. Así solo quedaría la sangre de Sanders y las estrías del
arma de Thomsom.
Prueba tres: video grabado por unos chicos que habían parado para hacerse un selfi con el
desierto de Las Vegas de fondo y se toparon con aquella extraña escena.
Resultado, Thomsom entre rejas acusado de asesinato en primer grado.
Capítulo 78
Serg
—Sanders está muerto. Thomsom detenido por asesinato.
Aún le daba vueltas a aquella maldita frase que estaba impresa en mi teléfono. No quería
preguntar y no me importaba tampoco cómo había sucedido, lo importante era que Ella era libre,
totalmente libre. Nunca más estaría pendiente de que alguien fuese detrás de ella, nunca más con
miedo a ser descubierta, nunca más.
Estaba sentado en nuestro coche, fuera de casa, mirando absorto el teléfono porque aún no
podía creer que fuese así de sencillo. Un mensaje y todo resuelto. Pero era de Viktor, era de mi
primo, el que todo lo controlaba, y si él decía que se había acabado era que no había marcha atrás.
Solté el aire y salí del coche para entrar en casa. Ella estaba en la cocina, sirviéndole a Drake un
gran vaso de agua fresca mientras este esperaba sentado en un taburete alto, observando
analíticamente la caja del puzle que le había regalado Mirna. Era para mayores de diez años, pero
estaba convencido de que mi hijo podría hacerlo, es más, disfrutaría enormemente.
Me acerqué a Ella, deposité un pequeño beso en sus labios y le tendí el teléfono para que
leyera el mensaje mientras yo le entregaba la bebida a Drake. La observé en silencio y, aunque no
dijo nada, noté que sus hombros se relajaban, que aquella pequeña tensión que la acompañaba
desaparecía. Sí, gorshok meda, somos libres. Ella alzó su mirada hacia mí.
—Sé que es algo malo que me alegre por algo así, pero ninguno de los dos merece ni mi
compasión ni mi lástima.
—Piensa que es el karma. La vida te devuelve lo que das a los demás. —Ella asintió y una
pequeña sonrisa asomó a sus labios. La estreché contra mí, y besé su frente. Sabía que ella se
hacía la fuerte, pero no disfrutaba de la muerte de otra persona. Mi gorshok meda no era de esas
personas capaces de matar a otro ser humano. Pero yo, por proteger a mi familia, sería capaz de
hacerlo, sobre todo ahora que tenía mucho que perder.

Ella
Domingo por la mañana. No sabía cuántos días como ese tendría en mi vida, pero deseaba que
este no fuese excepcional, sino uno más que se mezclase entre muchos otros domingos. Mi marido
y mi hijo estaban en el jardín, montando uno de esos columpios o caseta o lo que fuese de madera.
Llevaban toda la mañana haciéndolo y no es que me quejase, para nada. Estaba absorta viendo
cómo ellos dos se comunicaban en ruso, pidiéndose herramientas, piezas o preguntando qué iba
dónde.
Mi pequeño Drake parecía todo un capataz de obra, dando instrucciones, aunque no le dejaba
todo el trabajo duro a su padre. No, mi pequeño era de los que tenía que estar metido en medio de
todo, revisando si era ese el tornillo correcto en el agujero indicado, constatando lo que costaba
apretarlo y después verificando lo firme que había quedado la unión de las piezas. Iba a ser un
puntilloso de cuidado, pero de los que se satisfacía a sí mismo, no de esos que exigen porque les
da la gana. No, él repasaba todo porque quería que todo estuviese como debía estar.
Cuando Drake tuviese la edad apropiada, empezaría a enseñarle a ordenar y guardar su ropa,
porque tenía la sensación de que sería de los que guardan sus calcetines con pulcra precisión.
Tiré del ovillo de lana y tejí los puntos que me tocaban en esta vuelta. Sí, había pasado a las
ligas mayores y ahora tejía con dos agujas, como hacían mi tía y mi abuela. Los trabajos eran más
finos y delicados y los acabados me gustaban más, porque se podían hacer muchos más diseños
con los nudos y quería hacer algo realmente bonito para regalarle a Sara y a Nick. Y luego, tal
vez, haría lo que me dijo Lena, tejería en mi tiempo libre y lo vendería online, así al menos
recuperaría la inversión en lanas, porque a este paso, con tanto compromiso, se me estaba yendo
el dinero. Sara se ofreció a hacerme una página web para vender mis creaciones y a gestionarla
ella misma porque decía que en su oficina trabajaban con un hosting propio y almacenar otra web
no era ningún problema. No me pregunten qué quiso decir con eso, me quedé con los nombres,
pero no entendí ni palabra. Solo sé que dijo que Boby, su compañero, y ella se encargarían del
asunto, eso sí, que me costaría algo bonito para el bebé de Boby. A este paso, iba a convertirme en
una especialista en cosas de bebés.
Bebés. Serg y yo íbamos a buscar nuestro propio bebé, un hijo con la sangre de ambos. Y no es
que renegara de Drake, pues pelearé con uñas y dientes contra cualquiera que intente dañarle, pero
llevar en mi vientre a un bebé concebido por Serg era la mejor manera de redondear esta familia.
Un hijo para nosotros, un hermanito o hermanita para Drake, alguien a quien pudiese querer y
cuidar, porque se convertiría en el hermano mayor.
—Mmm, qué rico. —Serg estaba junto a mí, bebiendo un vaso de la limonada que había
preparado para que mis chicos se refrescasen del duro trabajo al sol.
—¿Drake no tiene sed? —Serg se volvió hacia la «obra» de mis ingenieros, donde Drake
parecía estar comprobando que el diseño del papel coincidiera con el de la construcción frente a
él.
—Ahora, en cuanto haga el control de calidad. Me hizo apretar los tornillos a conciencia. —​
Serg se acuclilló a mi lado y me dedicó una mirada traviesa.
—¿Qué estás tramando?
—Estaba pensando que, con todo el jaleo de ayer, Drake tardó en dormirse y, con la emoción
de montar la construcción esta mañana conmigo, se levantó muy temprano.
—Sí, no estaban puestas ni las aceras cuando tiró de ti para sacarte de la cama.
—El caso… —Cogió mis manos y retiró las agujas para colocarlas sobre la mesa, mientras me
abría las rodillas, se colocaba entre mis piernas y deslizaba sus manos hacia mi trasero—. …es
que había pensado que seguramente hoy caiga rendido bien pronto y que nosotros podríamos
aprovechar para inaugurar la piscina como dios manda.
—Ya nos hemos bañado en la piscina, Serg. Creo que ya está inaugurada. —Sus rodillas
tocaron el suelo y su nariz se deslizó por mi cuello, haciendo que los pelillos de mi nuca se
pusieran tiesos como púas de puercoespín.
—Yo me refería a una inauguración de las buenas. —La punta de su lengua humedeció la piel
que había bajo mi oreja, lanzando un escalofrío por mi espalda. Lo entendí rápidamente. Serg
quería uf… algo más que un baño sin ropa—. Esta noche hay luna llena. —Mis piernas estaban
amarrando su cuerpo, todo mi ser deseando que el sol se fuera a iluminar otro hemisferio.
—Vendido. —Y lo besé, porque si no lo hacía, sería una estúpida. ¿Mi marido quería guerra?
Pues iría preparando la infantería.
Capítulo 79
Viktor
La última información sobre Thomsom se mostraba aún en la pantalla de mi laptop. Tenía el
nombre del abogado que había contratado para defender su caso y ya podía ser tremendamente
bueno, porque ningún juez iba a exculparle con las pruebas que había en su contra.
¿Qué cómo sabía lo que iba a ocurrir? ¿Que Thomsom iba a sacar a Sanders del coche y lo
apuntaría con el arma? No soy adivino, pero estudié el perfil de Sanders y el de Thomsom. Sabía
que el primero iba a desconfiar del agente de la DEA, que iba a ser un arisco prepotente con mal
carácter, casi como su hijo. Y Thomson tenía demasiadas ganas de saber, así que haría lo que
fuera por conseguir la información que el viejo tenía. Los de la DEA son tipos duros y Thomsom
estaba al otro lado de la ley. Tenía muy claro que iba a interrogarlo él mismo, lejos de la policía
de Las Vegas. El cómo y cuándo, bueno, el cuándo, era fácil. Orquesté lo de la fiesta para que
Sanders lo supiese y acudiera, tenía que darle la oportunidad de acercarse a Ella, pero debía ser
en un lugar en el que estuviese protegida, muy protegida. ¿Fiesta de cumpleaños para treinta y pico
niños? Yo veía a ese mismo número de hombres que trabajan en una empresa de seguridad, fieles,
armados y totalmente motivados para proteger a sus hijos. Si Sanders llega a sacar un arma,
hubiera muerto. Era un tipo listo y no lo hizo. Sí, soy un cabrón manipulador, llevo al límite las
situaciones, pero son riesgos calculados, muy calculados. Que algo salga mal, puede ocurrir, pero
nunca sería contra los míos, me cuidaba de eso.
Cuando Thomsom llegó al museo, sabía que la otra mitad del plan estaba en marcha. Sus ojos
decían que le iba a sacar toda la información que pudiese a Sanders y cuando este se subió a la
parte trasera de su vehículo, supe que nuestra oportunidad se acercaba.
Hay muchas maneras de seguir a un coche y no siempre es ir detrás de él. Cuando tomó aquella
carretera hacia ninguna parte, sabía que debíamos actuar, porque algo iba a ocurrir. El operativo
lanzó el pequeño dron con cámara y adelantó al coche de Thomsom, para tomar una posición
táctica adecuada. Teníamos planos en la sala de control de operaciones y solo Boby y yo
estábamos allí, así que nadie vería lo que no debía.
Íbamos a encontrar un lugar y acabar con aquello. Había algunas elevaciones rocosas, alguna
garganta, varias opciones que una mente rápida podría aprovechar, hasta que Thomsom detuvo el
coche a un lado de la carretera. El lugar no podía ser mejor, porque si bien lo protegía a él de los
ojos curiosos de otros posibles conductores, también ofrecía una posición estratégica a nuestro
equipo. Tardaron pocos minutos en alcanzar un lugar apropiado para nuestro francotirador,
mientras el coche de refuerzo, con nuestro chico y una inocente amiga, se detenía en otra posición
y se encargaba de grabar lo que estaba sucediendo con un sencillo teléfono. Podría parecer un
vídeo de jóvenes, salvo que de fondo aparecía Thomsom y lo que estuviese haciendo. Poca
calidad de imagen para conseguir detalles, pero la suficiente.
En el momento en que el gilipollas sacó su arma para amenazar al viejo, yo sabía que no iba
disparar sobre él, Thomsom era temerario, pero no estúpido. Pero eso no quería decir que no me
aprovechara de ello. Tenía muy claro que el viejo estaba mejor muerto que vivo, porque si su hijo
había sido un continuo dolor de cabeza con recursos, qué no sería capaz de hacer un padre con
más años de experiencia y con ansias de venganza. Matarlo era la mejor opción y la orden de
hacerlo estaba ahí desde un principio. Thomsom solo escogió la peor manera de hacer hablar al
tipo, porque era perfecta para inculparlo por su muerte.
Lo teníamos grabado: Thomson con su arma apuntándole y Sanders siendo alcanzado por una
bala y cayendo al suelo junto a él. Con un poco de suerte, el viento arrastraría un poco de sangre
hasta la ropa de Thomson, pero eso solo era un detalle.
Después, las pruebas de balística. El arma que había sido disparada recientemente, la bala
cuyas estrías dirían que había salido de ella. ¿Quién pediría una prueba de residuos para
comprobar que Thomsom había sido el que disparó el arma si estaba grabado en vídeo? Llevar al
tipo a aquel lugar solitario ya demostraba premeditación, el polígrafo, si llegaba a solicitarlo,
demostraría que mentía, porque no sería tan estúpido como para decir que se llevaba a un
detenido al desierto para interrogarlo, saltándose todas las normas. Y si decía la verdad serían las
pruebas contra su palabra, para el juez seguiría mintiendo.
¿Necesitábamos más pruebas? La vida real no es el CSI de las películas, las pruebas
periciales de laboratorio son caras y no hace falta realizarlas todas cuando las evidencias
demuestran lo ocurrido sin lugar a duda. Me explico: bocadillo de crema de chocolate en un plato,
niño sentado frente a él. Cierras la habitación y los dejas a solas a ambos. Cuando regresas a la
habitación y encuentras el plato vacío y manchas de chocolate cerca de la boca del niño, no
necesitas revisarle la boca o su estómago para saber que el niño se ha comido el bocadillo,
aunque él lo niegue. Pues aquí ocurría lo mismo, salvo que, al niño le había visitado el tío Viktor,
que se había colado por la ventana, había cogido el bocadillo, manchado un dedo con chocolate,
arrastrado después esa crema por la comisura de la boca del pequeño y se había largado de allí
sin dejar rastro de su presencia. Resultado: Viktor 1 - pruebas periciales 0.
¿Retorcido? Sí, pero ¿qué esperaban? Soy de la mafia rusa y lo que no estaba dispuesto a hacer
por el negocio, sí lo haría por la familia.
Y hablando de mafia y familia…
—¿Cómo tú por aquí, papá? ¿Ocurre algo? —Yuri caminó hacia la mesa de mi despacho y se
sentó frente a mí.
—¿No puede venir un abuelo a ver a su nieta? —Aquella simple frase ocultaba algo más, un
Vasiliev podía reconocerlo fácilmente y ambos lo sabíamos. Activé el cierre de seguridad de la
puerta de mi despacho, lo que impedía que alguien interrumpiera nuestra charla, que es lo que
podía ocurrir cuando uno tenía un despacho en su propia casa, donde las normas se relajaban
considerablemente y se iban a la mierda cuando tenías a una niña de tres años.
—Es seguro, ¿qué quieres contarme? —Yuri soltó el aire y apoyó su barbilla en su mano.
—Tengo cincuenta y cuatro años, Viktor, y aunque aún me queden unos cuantos años para dar
guerra, ha llegado el momento de ceder el trono a mi heredero. —Sabía que ese momento llegaría,
porque lo habíamos hablado en varias ocasiones, aunque no creí que fuese tan pronto.
—Convocaré una reunión con la familia y trataremos el asunto.
—El caso es que ya lo he hecho. He hablado con tus hermanos y les he transmitido mi decisión.
Y he de decirte que todos estuvieron plenamente de acuerdo.
—Bien, entonces ten…
—Eres tú, Viktor. A partir de este momento vas a ser el que dirija a esta familia.
¿Sorprendido? Sí y no. No, porque conocía a mis hermanos y tenía muy claro que Andrey no
deseaba ocuparse del puesto y Nick estaba centrado en otras cosas que le parecían más
importantes. Geil, aunque fuese hijo político, también podría haber ocupado el puesto, pero él
mismo sabía que el puesto le quedaba grande, demasiada responsabilidad. Y Lena, bueno, ella era
un infierno, le gustaba organizar y no vacilaba, pero no sería capaz de llegar a los extremos que
exigía el puesto. Si añadimos que hacía años que yo era el ejecutor de la familia, mi ascenso a la
corona parecía normal, solo quedaba la cesión de Yuri y ahí la tenía. Pero sí estaba sorprendido,
porque aún veía a mi padre con la garra y energía suficiente como para seguir al mando unos
cuantos años más.
—¿Por qué ahora? aún soy demasiado joven para la corona.
—Treinta y uno no es demasiado joven, Viktor. Que yo la recibiera siendo más mayor, no
quiere decir que tú tengas que esperar. Estás preparado y es el momento, así que acéptalo, porque
si tengo que esperar a que tu hermano Andrey cambie de idea o a que Nick madure, me veo en el
puesto hasta los noventa, y no tengo intención de morir con la corona puesta. —​Asentí con la
cabeza y sonreí.
—De acuerdo, ¿cómo lo hacemos? ¿Me tienes que poner la corona en la cabeza en una
ceremonia con unción de oleos y todo eso? ¿O basta con un apretón de manos? —Mi padre se
puso en pie y yo le imité. En un segundo, estaba metido en un abrazo de los que rompen huesos.
¡Diablos! ¿Quién dijo que estaba en las últimas? Después me soltó, se sacó el anillo de la familia
del dedo y me lo puso en el mío.
—Listo. Pero podemos hacer una reunión familiar con cena y esas cosas, para celebrarlo si
quieres. —Esta vez lo abracé yo a él.
—Soy un Vasiliev, papá. Añádele vodka a eso y el trato está cerrado.
Epílogo
Ella
Nada más cerrar la puerta de la habitación de Drake, Serg empezó a quitarme la ropa de
encima con descaro. Le palmeé la mano, pero él solo se sonrió de esa manera suya de medio lado.
Empecé a caminar deprisa para escapar de sus manos, mientras nos alejaba de la habitación de
nuestro hijo. Me moriría de vergüenza si Drake nos sorprendiese a su padre y a mi teniendo
relaciones sexuales. Un niño no debería ver eso, no hasta que esté preparado para ello, y con
cinco años no lo estaba.
Ya casi estábamos junto a la piscina, donde astutamente me guio Serg, cuando empezó a saltar
sobre una de sus piernas para quitarse el pantalón lo más rápidamente posible. Yo estaba
retirándome el sostén cuando un gruñido me hizo volver la mirada hacia mi esposo. Un segundo,
lo justo para ver cómo se mordía su labio inferior y luego se lanzaba a tomarme en brazos y
tirarnos a ambos dentro de la piscina. El agua estaba algo fresquita, aunque eso dejó de importar
en el momento en que Serg empezó su ataque.
No recuerdo cómo consiguió quitar lo que quedaba de mi ropa interior, solo que la vi volando
hasta caer sobre las baldosas y, segundos después, su calzoncillo se había añadido al montón.
Cuando empezó a penetrarme de aquella manera tan… Uf, ¿cómo explicarlo? Definitivamente, la
piscina era una gran opción para el sexo, porque las posturas ganaban en variedad y comodidad.
Sabía que Serg no tenía que soportar mi peso y podía centrar sus fuerzas en lo realmente
importante. ¡Señor! Mis pensamientos se iban a tomar un descanso con todas aquellas sensaciones
con las que mi cuerpo estaba saturando a mi cerebro. ¿Sería demasiado pronto para decirle que
llevaba cuatro días de retraso con el período? Podría estar embarazada a estas alturas, pero… ¡Al
diablo! No se puede interrumpir a un chico ruso cuando está en medio de una misión.

Drake
Me gustan mi mami med y mi papi Serg. Ellos me quieren y me cuidan, no como mi otra mamá.
Ellos sonríen y juegan, conmigo y solos, como ahora en la piscina. Me gusta verlos cuando se
quieren, porque ríen. Mi otra mamá no reía, ella gritaba y me decía que me fuera a mi cuarto y no
molestara. Me llamaba hijo del demonio, bicho raro. Solo estaba feliz cuando fumaba y bebía de
esas latas verdes que amontonaba después en la basura.
Mi papi y mi mami med no son así. Ellos me compran muffins con pepitas de chocolate, se
enfadan con los otros niños que son malos conmigo, no me riñen a mí. Ellos no me gritan todo el
tiempo y mami med me hace muñecos para que me acompañen por la noche y no dormir solo.
Me gusta estar aquí, no me quiero ir, pero he escuchado cosas que decía el señor Mihail. Él
tenía miedo de que el señor malo me encontrara, por eso me trajo con mis nuevos papás, para que
el señor malo no me encontrara.
Dejé de mirar por la ventana, porque sabía que papá y mamá querían jugar a esas cosas de
mayores juntos y sin que yo les molestase, como quería mi otra mamá, pero ellos no me gritaron,
ni me encerraron en mi cuarto ni me decían que no hiciese ruido. Ellos me acostaron en mi cama,
me dieron mi beso de buenas noches y se fueron a la piscina para que sus ruidos no me
despertaran. Sé esas cosas, tengo cinco años y sé por qué la gente hace muchas cosas. También sé
que con el tiempo olvidaré algunas, y eso es bueno, porque hay cosas que quiero olvidar para
poner cosas nuevas en mi cabeza, cosas bonitas.
Y otras sé que no debo olvidarlas. Por eso escribí su nombre, el del señor malo. Tengo
escondido el papel en el que mami med me enseñó a dibujar perritos de caras graciosas, porque
allí escribí el nombre del señor malo. Sé que es mi padre, se lo oí decir a mi mamá de antes al
señor Mihail una vez, y luego cuando conocí a mami med y a papi Serg lo escuché otra vez. Mihail
dijo entonces todo su nombre y yo lo apunté. Cogí el papel que había guardado en mi nuevo
escondite, y lo abrí. Allí estaba. Constantin Jrushchov, mi padre se llama Constantin Jrushchov y
es un hombre malo y mi mamá de antes decía que la había destrozado la vida. Y yo no quiero que
ese señor también destroce la vida de mis nuevos papás. Voy a aprender a golpear como he visto a
mi papá hacer algunas veces. Él golpea un saco, pero yo golpearé al señor malo si viene aquí,
golpearé a Constantin Jrushchov para que no nos haga daño. Papi y yo vamos a cuidar de mami
med, nadie va a hacer daño a mi mami med. Papi y yo somos sus chicos rusos y vamos a cuidar de
ella, siempre.
Adelanto — Préstame tu protección
Phill
Hay cosas contra las que es imposible luchar: los huracanes, los terremotos y la terquedad de
esta mujer. Cuando accedí a protegerla, cuando dejé que los Vasiliev orquestaran aquel
matrimonio falso para mantenerla a salvo, no pensé que ese fuera el problema, pero me
equivoqué. Irina era más que una cara hermosa con un cuerpo a juego, era una mujer que sabía lo
que quería, sabía dónde quería llegar. Y era de las que luchaban contra lo que fuera con tal de
alcanzarlo. Y no, yo no era su objetivo, ella solo tenía una cosa en la cabeza y era demostrarles a
todos que podía ser condenadamente buena en su trabajo. ¿Sacudir algunos avisperos para
conseguir su objetivo? ¿Por qué preocuparse? Tenía aun maldito guardaespaldas para proteger su
caliente culo.
La mujer que conocí en Rusia, la que descubrí en Las Vegas, no tenía nada que ver a la que
estaba pisando fuerte en Miami, y estaba acabando con mi cordura. ¿Puedes desear a alguien que
te saca de tus casillas constantemente? Al parecer sí, porque no podía sacarla de mis sueños más
calientes y tampoco podía dejar de querer estrangularla cuando me arrojaba esa mirada
desafiante.
Irina Sokolov… No, Irina Hendrick iba a acabar conmigo.

¡Préstame tu protección!
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gratis con Kindle Unlimited

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