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La Muerte, La Religiosidad y Las Mujeres en Pedro Páramo

En el lugar más inhóspito y desolado del mundo, en las cumbres más rocosas y áridas, en los dominios más luctuosos que ha manado la Tierra jamás, justo allí se encuentra Comala, el universo recreado por el escritor mexicano Juan Rulfo en la novela Pedro Páramo . Un mundo orillado en algún rincón de México, perdido entre matorrales secos y ahogado entre el polvo, donde en vez de personas viven fantasmas, y en vez de vida hay recuerdos. Un lugar perdido y confuso cuyos confines lindan entre la vi

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La Muerte, La Religiosidad y Las Mujeres en Pedro Páramo

En el lugar más inhóspito y desolado del mundo, en las cumbres más rocosas y áridas, en los dominios más luctuosos que ha manado la Tierra jamás, justo allí se encuentra Comala, el universo recreado por el escritor mexicano Juan Rulfo en la novela Pedro Páramo . Un mundo orillado en algún rincón de México, perdido entre matorrales secos y ahogado entre el polvo, donde en vez de personas viven fantasmas, y en vez de vida hay recuerdos. Un lugar perdido y confuso cuyos confines lindan entre la vi

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La mujer, la religiosidad y la muerte en la novela Pedro páramo

…y más allá, la más remota lejanía…

Pedro Páramo (p.110)

En el lugar más inhóspito y desolado del mundo, en las cumbres más rocosas y áridas, en los dominios
más luctuosos que ha manado la Tierra jamás, justo allí se encuentra Comala, el universo recreado por
el escritor mexicano Juan Rulfo en la novela Pedro Páramo1. Un mundo orillado en algún rincón de
México, perdido entre matorrales secos y ahogado entre el polvo, donde en vez de personas viven
fantasmas, y en vez de vida hay recuerdos. Un lugar perdido y confuso cuyos confines lindan entre la
vida y la muerte, una visión, un espejismo quizá, un submundo que solo conoce el padecimiento.

Esto es Comala, muerte y sufrimiento, algo que resulta discordante pues lo que está muerto no tendría la
capacidad de sentir. Pero aquí sí, en Comala no hay descanso para los muertos, sufren tanto o más que
en vida; la promesa del cielo y el paraíso les ha sido denegada, aplazada, en tanto no purguen sus
pecados en este lugar de ultratumba donde deberán permanecer en adelante. Nadie los previno, ni
siquiera la iglesia ni sus más altos representantes, que el purgatorio sería ahí, en su propio pueblo en
ruinas, en sus propias casas destruidas. Tampoco les dijeron que el mundo espiritual ofrecido para las
almas buenas o arrepentidas de corazón por sus pecados, no estaría a su alcance, que su sufrimiento sería
indefinido. Las almas que vagan por Comala, perdidas y confundidas, no parecen encontrar la salida ni
el fin a sus angustias, su padecer parece eterno.

La presencia de la muerte y de la religiosidad son de hecho los elementos más sustanciales de que se
nutre el relato. De ahí parte la historia, desde la muerte. Primero nos debemos imaginar un lugar
devastado y espectral para poder conocer la historia de Comala y de sus habitantes. Partimos del vacío y
la media voz para encontrar el sentido y las razones de cómo y por qué todo se acabó. Por su parte, la
religión representada en la iglesia católica, juega su papel de guía espiritual al ser la llamada a definir los
destinos de las almas de los hombres, condenándolos o premiándolos, y al establecer de este modo

1
Rulfo, Juan. Pedro Páramo, 1947. Versión digital con prólogo de Jorge Volpi, recuperado en
http://www.portalalba.org/biblioteca/RULFO%20JUAN.%20Pedro%20Paramo.pdf. Las citas empleadas en este texto
corresponden a esta obra.
relaciones entre las personas, la religión y el más allá. A lo largo del relato, son estas relaciones las que
definen el porvenir de cada personaje y les otorgan un lugar tanto en la vida como en la muerte.

En la primera parte del relato, en Comala solo hay escombros, vestigios de lo que alguna vez fue la vida,
porque hubo vida, alguna vez el pueblo estuvo alegre y rió y fue feliz, pero ahora todo es sombrío, el
cielo es gris, la tierra está seca, el viento es áspero y el pueblo, más caliente y sofocante que el infierno,
está desolado. De este modo Juan Preciado nos presenta Comala. De toda la historia, Juan Preciado es el
único personaje que no habita el lugar y con su llegada inicia precisamente el relato. Él está ahí
buscando a su padre, Pedro Páramo, como promesa a la última petición de su madre en su lecho de
muerte; pero al llegar se entera de que Pedro Páramo ya ha muerto. Poco a poco, Juan Preciado
interactúa con diversos personajes para ir descubriendo que su padre no es el único muerto por allí, y
con ello empieza a vivir una pesadilla.

Sin dejar de oírla, me puse a mirar a la mujer que tenía frente a mí. Pensé que debía haber pasado por años difíciles.
Su cara se transparentaba como si no tuviera sangre, y sus manos estaban marchitas; marchitas y apretadas de
arrugas. No se le veían los ojos. Llevaba un vestido blanco muy antiguo, recargado de holanes, y del cuello, enhilada
en un cordón, le colgaba una María Santísima del Refugio con un letrero que decía: «Refugio de pecadores». (p.13)

A partir de esta interacción con una mujer del pueblo llamada Eduviges, Juan Preciado empieza a
percibir con extrañeza el mundo que lo circunda, de algún modo presiente que algo no anda bien con las
personas y el lugar. Es ella quien le advierte que las personas con las que él habló anteriormente ya no
pertenecen a la tierra de los vivos: Abundio, el arriero que lo acompañó desde las afueras del pueblo y lo
guió hasta llegar allí, y la misteriosa mujer que parecía aparecer y desaparecer entre las sombras con la
que interactuó después. Más adelante, en sus posteriores encuentros corroborará estos presentimientos y
comprenderá que solo ha estado tratando con fantasmas, que el pueblo desértico está lleno de voces, de
murmullos, que hablan desde las paredes y aparecen y desaparecen como niebla azorada por el viento.
La confusión y desesperación se irán apoderando de él, tal como se refleja en este fragmento:

¿Está usted viva, Damiana? ¡Dígame, Damiana!


Y me encontré de pronto solo en aquellas calles vacías. Las ventanas de las casas abiertas al cielo, dejando asomar
las varas correosas de la yerba. Bardas descarapeladas que enseñaban sus adobes revenidos.
-¡Damiana! -grité-. ¡Damiana Cisneros!
Me contestó el eco: «¡... ana... neros...! ¡... ana... neros...!». (p.26)
Así es como la muerte irá deshilvanando el ovillo. Serán los muertos los que le cuenten a Juan Preciado
sobre su padre, sobre su madre y sobre la vida en el pueblo. Vendrán recuerdos muy antiguos que nos
darán una idea más precisa de lo que pasó, recuerdos del mismo Pedro Páramo, de su infancia y su
juventud, y de los sucesos que concretaron los destinos de la vida en Comala. Sucesos que sintetiza
acertadamente Eduardo Subirats en Mito y mímesis:

A lo largo de las páginas de Pedro Páramo nos familiarizamos con las condiciones sociales que imperan en la aldea
de Comala: un escuálido sistema económico fundado en el robo, el crimen y la violencia; la corrupción y la
inmoralidad del representante eclesiástico; la extorsión y depredación sexual de las mujeres; las sublevaciones
populares y sus derivas en el bandolerismo como última consecuencia; y la miseria y la desesperación por todo

corolario [CITATION Edu11 \p 40 \l 1033 ].

Estas condiciones, según lograremos entrever, son consecuencia de las acciones de Pedro Páramo, un
hombre ante todo malvado, que con impúdica pericia supo apropiarse y esclavizar a todo un pueblo. Con
el favor de una iglesia también corrupta sentada al lado derecho del poder, representada por el padre
Rentería quien favorecía principalmente los intereses del Cacique Páramo, y un pueblo especialmente
devoto y manipulable con las ideas cristianas sobre el pecado y la comunión, logra todos sus perversos y
egoístas propósitos.

La representación que se hace de la religión en la obra está ligada a la tradición cristiana del pueblo
mexicano. En Rumor de voces (1996), César Valencia descubre como esta herencia religiosa es
penetrada profundamente por Rulfo a través de la vida de los campesinos de su país para traerla al texto,
dándole diferentes matices y mostrando contrastes entre la manera como abordan los aspectos religiosos
unos y otros personajes.

Para el pueblo, la religión es su ley. Lo que la iglesia dicta es lo que corresponde hacer. Las almas se
pueden salvar en la medida en que haya más plegarias elevadas en su nombre, sin importar cuáles ni qué
tan severos hayan sido sus pecados; el cura, en representación de la Santa Iglesia Católica, es quien da o
niega el boleto a la vida eterna con su santa bendición, y esto por lo general depende de que tan generosa
sea la ofrenda para el ministerio. Un claro ejemplo de esto, es la bendición impartida a Miguel Páramo,
el hijo ilegitimo de Pedro Páramo, quien en vida fue un ser ruin, un asesino y abusador de mujeres, pero
que gracias a las generosas ofrendas de su padre y al tumulto de mujeres y hombres rezando por su alma,
logra salvarse. De este modo podría interpretarse que, como la mayoría de personas en Comala eran
pobres, seguramente no les alcanzó para la salvación, seguramente su vagar eterno por esta tierra
apocalíptica se debió a la estrechez de sus patrimonios, como le sucede a Dorotea, quien desde mucho
antes de morir, ya sabía que la salvación de su alma no la vería jamás:

El cielo está tan alto, y mis ojos tan sin mirada, que vivía contenta con saber dónde quedaba la tierra. Además, le
perdí todo mi interés desde que el padre Rentería me aseguró que jamás conocería la gloria. Que ni siquiera de lejos
la vería... Fue cosa de mis pecados; (…) Y abrí la boca para que se fuera. Y se fue. Sentí cuando cayó en mis manos
el hilito de sangre con que estaba amarrada a mi corazón (p.38).

Pero el padre Rentería también vive su propio infierno y debe lidiar con sus demonios. Su proceder
antiético y de doble moral y la terrible carga de saber que ha hecho mal las cosas, que no ha sido un
digno representante de Dios, lo atormentan intensamente. Trata de salvarse confesándose con el cura del
pueblo vecino de Contla, pero la gravedad de sus faltas le imposibilita la absolución. Él mismo se siente
un hombre malo y así se lo hace saber a su sobrina Ana. En sus profundas meditaciones, reconoce su
responsabilidad en la creación de ese monstruo llamado Pedro Páramo:

«El asunto comenzó -pensó- cuando Pedro Páramo, de cosa baja que era, se alzó a mayor. Fue creciendo como una
mala yerba. Lo malo de esto es que todo lo obtuvo de mí: Pedro Páramo "Me acuso padre que ayer dormí con Pedro
Páramo." "Me acuso padre que tuve un hijo de Pedro Páramo." "De que le presté mi hija a Pedro Páramo". Siempre
esperé que él viniera a acusarse de algo; pero nunca lo hizo. Y después estiró los brazos de su maldad con ese hijo
que tuvo. Al que él reconoció, sólo Dios sabe por qué. Lo que sí sé es que yo puse en sus manos ese instrumento»
(p.39-40)

Por su parte, Pedro Páramo no es, lo que llaman los buenos cristianos, un temeroso de Dios. Su poca fe y
devoción en los asuntos religiosos las vislumbra desde muy niño, mostrándose aislado y apartado de las
creencias y costumbres del resto de su familia, dedicando su interés y tiempo a pensar en sus propias
desdichas, como lo muestra este diálogo con su madre:

- ¿Por qué no has ido a rezar el rosario? Estamos en el novenario de tu abuelo.


Allí estaba su madre en el umbral de la puerta, con una vela en la mano. Su sombra descorrida hacia el techo, larga,
desdoblada. Y las vigas del techo la devolvían en pedazos, despedazada (p.12).

O, en este otro, donde se comprende su eventual indocilidad:

- …Es necesario que te resignes.


- -Que se resignen otros, abuela, yo no estoy para resignaciones.
- -¡Tú y tus rarezas! Siento que te va a ir mal, Pedro Páramo (p.15).
De esta manera Pedro Páramo enfrenta la vida, sin temor ni a Dios ni mucho menos al hombre. Crea sus
propias reglas, según su plena conveniencia: “¿Y las leyes?” Le había preguntado Fulgor sedano, el
abogado de su familia, a lo cual él respondió “¿Cuáles leyes, Fulgor? La ley de ahora en adelante la
vamos a hacer nosotros”. Y así fue.

Pero, por otra parte, Pedro Páramo también se muestra sensible, así como las más temibles y
sanguinarias bestias lo son con sus crías, lo era él con la niña de sus más hondos y ocultos recuerdos. Su
amor ideal por la mujer de sus sueños, Susana San Juan, su eterna herida, lo presentan como otra
persona. La imagen de Pedro de niño añorando a Susana es casi adorable. Su nostalgia y sentida
melancolía por esta mujer, lo acompañarán el resto de su vida:

«A centenares de metros, encima de todas las nubes, más, mucho más allá de todo, estás escondida tú, Susana.
Escondida en la inmensidad de Dios, detrás de su Divina Providencia, donde yo no puedo alcanzarte ni verte y
adonde no llegan mis palabras.» (p.11)

Son constantes las alusiones que se hacen en el relato a la imagen de un Pedro Páramo afligido, triste,
compungido pensando en Susana, en sus labios, en el momento de su partida de Comala, en los
recuerdos de cada uno de sus encuentros, los cuales le dan un toque de humanidad al ser insensible y
severo que persiste en el relato.

En cuanto a Susana San juan, ella representa lo que no eran las mujeres en Pedro Páramo, ni en el
México de los años cincuenta. Su imagen es la de una rebelde, la de una mujer, como lo dijera el mismo
Pedro Páramo, “de otro mundo”. Por una parte, su problema psíquico que la sumerge en un mundo de
alucinaciones y la evade de la realidad, y por otra, la libertad que le permitía su condición,
consintiéndole privilegios que ninguna otra mujer tenía, como los de una abierta alusión a su sexualidad.
Constantemente, Susana está anhelando el cuerpo de su amado esposo desaparecido, desde el encierro
en que ella misma se ha sumido por su enfermedad, y está mancillando las creencias religiosas al no
mostrar ninguna clase de respeto ni de devoción por los símbolos sagrados cuando el padre Rentería
trata de practicarle los santos óleos. Para Susana, la felicidad ha de hallarse aquí, en la tierra, en esta
vida, y ella la reclama cada día ansiando a su esposo, extrañando sus caricias, deseando su cuerpo. Estas
actitudes distan mucho de lo que eran las mujeres en la novela, e incluso, en la época, pues para ellas
estaba negado el placer y ellas mismas lo concebían como una obligación marital y divina con el fin
único de la procreación.
Las mujeres en Pedro Páramo son por excelencia devotas, respetuosas de la tradición cristiana y del
papel que han sido llamadas a llevar en la sociedad. Como lo indica Valencia en Rumor de voces, las
caracteriza la resignación, la aceptación de todo cuanto tengan que vivir y soportar, animadas por la idea
de consolarse diciendo cosas como que “así lo quiso Dios”, “son Sus designios”, “hay que hacer Su
Santa voluntad”. Así son las mujeres en Comala, viven para satisfacer al hombre en el nombre de Dios y
se olvidan de ellas, lo ponen todo, su cuerpo, su trabajo, su dedicación, a disposición de los esposos,
patrones, curas, hijos, y todas las demás figuras que representan el género masculino en una sociedad,
sin esperar recompensas ni lisonjas, con la esperanza de que cumpliendo a cabalidad su rol y llevando a
cuestas la cruz que llevó Jesús, habrán de alcanzar la gloria de Dios en la otra vida. Constantemente, las
mujeres son abusadas tanto física como psicológicamente. Para los hombres como Pedro Páramo y su
hijo Miguel, son tan solo objetos de placer que se usan y desusan. Para la iglesia, son por demás los
chivos expiatorios que han condenado al hombre al pecado original y por tanto deben ser tratadas con
severidad. Para la sociedad, son las cocineras, las trabajadoras incansables, las niñeras, las rezanderas
que pueden ayudar a salvar las almas. No existe para ellas conmiseración ni respeto y están relegadas a
una condición muy inferior que la de los hombres, tanto en la vida terrenal como en el la Tierra
Prometida que ellas tanto anhelan alcanzar.

Por desgracia, las mujeres no lograron salvar sus almas ni las de los suyos, ni con sus rezos ni con su
obediencia y temor. La furia que desató Pedro Páramo luego de la muerte de Susana de San Juan, arrasó
con todo. Todo se acabó. El imperio del Cacique Páramo se derrumbó, y con él todo un pueblo. Uno a
uno se fueron yendo todos para luego volver y quedarse como atrapados en el pueblo en ruinas. Parece
que era ese el sino de Comala, servir de morada eterna a las almas en pena. Esas almas atormentadas
están ahí, son con las que ha establecido contacto Juan Preciado. La muerte lo ha estado persiguiendo
desde que llegó, tal vez lo esperaba allí desde que su madre le pidió que fuera, él que pudo haberse
salvado de aquel infierno, pero a eso fue Juan Preciado a Comala, a morir.

Alexandra Avellaneda
Maestría en literatura
Universidad Tecnológica de Pereira
Ibagué, 2015
Bibliografía
Rulfo, J. (1955). Pedro páramo. Mexico: Catedra.

Subirats, E. (2011). Mito y mímesis. Nueva Jersey: Princeton.

Valencia, C. (1998). Rumor de voces. Santa Fe de Bogotá: Educar.

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