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La Vitrina Rota Silverio Perez

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Table of Contents

PRÓ LOGO
Pensar el siglo 20: un texto de Silverio Pérez
Preludio en tiempo de bombas
CAPÍTULO 1
(1898-1920) Lo que mal comienza…
CAPÍTULO 2
(1920-1940) Miseria y confrontació n
CAPÍTULO 3
(1940-1950) El viraje de Muñ oz
CAPÍTULO 4
(1950-1960) Revueltas y revoltillos
CAPÍTULO 5
(1960-1972) Má ximo esplendor de la vitrina
CAPÍTULO 6
(1972-1980) Primeras fisuras de la vitrina
CAPÍTULO 7
(1980-1992) ¡Qué maravilla!
CAPÍTULO 8
(1992-2006) El Mesías y el Juicio Final de la vitrina
CAPÍTULO 9
(2006-2015) El estallido
CAPÍTULO 10
(2016) El golpe del Cangrimá n
CAPÍTULO 11
Epílogo en tiempos apocalípticos
BIBLIOGRAFÍA
La vitrina rota
o
¿qué carajo pasó aquí?

Silverio Pérez
“Este pueblo nunca se ha gobernado a pesar de que ha
elegido a muchos gobernadores”
—Eduardo Lalo, laureado escritor puertorriqueñ o.
16 de julio de 2016, diario El Nuevo Día.

“Ese soy yo, gabazo; dispué que me sacaron el jugo me botan”


—El negro Domingo, del cuento “Bagazo”,
de Abelardo Díaz Alfaro.

“Porque desde hace décadas en nuestros colegios no hay clases de


Historia de verdad, y sí que haría falta el recuento de cómo llegamos
hasta aquí.”
—Ricardo Silva Romero, escritor colombiano

“Nos engañamos –nos engañaron– con un espejismo”


—Carmen Dolores Herná ndez, crítica literaria.

“Un país no lo quiebran los pobres, sino los ricos.”


—Rafael Correa, presidente de Ecuador
© Silverio Pérez
© Libros El Navegante, Inc., 2016

© Libros El Navegante, Inc.


bajo el sello de Ediciones Callejó n
Segunda edició n, 2017
[email protected]

©Abracadabrarte
Diseñ o de portada: Ita Venegas Pérez
Diagramació n: Marcos Pastrana Fuentes

Agradecemos las sugerencias y comentarios de Carlos Gallisá


Library of Congress Card Number: 2016955226
Colecció n –En fuga
Datos para catalogació n:
Pérez, Silverio
La vitrina rota o ¿Qué carajo pasó aquí?

Libros El Navegante. 2017. Primera edició n.


1. Puerto Rico
2. Colonialismo
3. Literatura
4. Política
5. Estados Unidos
6. Memoria

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada,


puede ser reproducida sin permiso previo del editor.
Dedico este libro a mi nieto Marcel y a mi nieta Paola, y a los
que vendrá n, para que sepan que su abuelo, ya que no les pudo
dejar el Puerto Rico que se merecen, por lo menos les deja
constancia de su bú squeda de respuestas al porqué de esta
nació n inconclusa.
PRÓLOGO
Pensar el siglo 20: un texto de Silverio Pérez
Mario R. Cancel Sepúlveda

Cuando Silverio Pérez me pidió que leyera su libro e hiciera unas notas prologales para
el mismo me invadió la extrañ eza. Los historiadores tenemos una imagen de seriedad,
contenció n y torpeza fronteriza con el tedio que nos dificulta ejecutar tareas no
relacionadas con nuestra profesió n. Por ello la solicitud de que revisara su texto me pareció
un reto que debía aceptar. No me arrepiento de ello. Los historiadores vivimos tan
apegados a nuestros modos de comprender el pasado que a veces no nos damos cuenta de
una cosa: pensar histó ricamente no es só lo oficio de historiadores sino má s bien una virtud
compartida que, en tiempos de crisis, puede apropiarse como un deber o una
responsabilidad. Pensar histó ricamente es una forma de hacernos cargo del país en el cual
vivimos.
Decía Luciano de Samosata, un pensador cínico del siglo 2 después de Cristo en una
reflexió n titulada “Có mo escribir historia”, que su historiador ideal “será un forastero y un
transeú nte en la tierra de los libros…No se detendrá para considerar lo que piensan A o B,
sino que expondrá los hechos”. Un forastero es una persona que viene de fuera y que nunca
se integra del todo al lugar al cual llega. La extrañ eza y desapego que le invaden le autoriza
a no someterse a la opinió n dominante y seguir siendo él. El hecho de que Silverio no sea
historiador sino otras muchas cosas, lo convierten en un testigo de vista excepcional para el
tema que aquí se propone: ese largo siglo 20 que no termina.
El escritor italiano Benedetto Croce decía en 1919 que “toda la historia es historia
contemporá nea”. El sentido de la frase de Croce era que la comprensió n del pasado
dependía siempre del presente desde el cual se le miraba. El peso que tiene el hoy y sus
situaciones en los juicios histó ricos afecta de modo inevitable la evaluació n que se hace del
ayer y las suyas. Los seres humanos necesitan encontrar en el pasado los fundamentos del
presente. Por ello afirmamos que, en efecto, el pasado determina el presente. Pero no se
debe pasar por alto que el presente también determina el pasado. La situació n desde la cual
lo pensamos invita a mirar de manera inquisitiva hacia lugares que, en otras circunstancias,
no hubiesen llamado la atenció n. De igual modo, la evaluació n que hacemos de algunos
acontecimientos pretéritos varía a través del tiempo. La relació n dialéctica entre ambos
extremos, me parece fuera de la discusió n. Lo que sabemos o creemos saber del pasado es
el producto de un diá logo que nunca termina y que siempre se formula en términos nuevos.
Por eso hablar del siglo 20 en 1952, y volver al tema en 2016 no producen el mismo
efecto. Lo que en 1952, pienso en un proceso constitucional, parecía para muchos el pase
de bató n de una carrera hacia la meta del éxito, ya no posee el mismo sentido en el 2016. Lo
que se percibió como un logro en medio de la llamada Guerra Fría, hoy adopta la forma de
un vulgar engañ o. La evolució n de la “vitrina” en “vitrina rota”, metá fora en la cual Silverio
apoya este libro interpretativo, histó rico y testimonial, resume bien las tensiones latentes
entre un presente y un pasado que, en lugar de la solidez y la seguridad, acaba dominado
por la fluidez y la vacilació n.
Lo que hace Silverio en este intenso y emotivo volumen es mirar hacia ese largo siglo 20
que comenzó en el 1898 y continú a en el 2016, el siglo estadounidense, a la luz de una
reiterada “promesa” incumplida. Es una paradoja interesante que lo que comenzó con una
promesa, la del General Nelson A. Miles, termine con otra, la del presidente Barack Hussein
Obama y que ambas traicionen la fe ñ oñ a de una clase política y un pueblo sumiso. El hecho
de que la Junta de Control Fiscal, el cuerpo autoritario que desde el 2016 se convertirá en
gobierno de facto en la colonia tras la debacle de las finanzas del estado se identifique por
sus siglas con el vocablo “promesa”, parece una broma desvergonzada.
La historia del siglo 20 puertorriqueñ o posee los rasgos de una distopía, esos lugares
indeseables que tanto trabaja el cine morboso de consumo. El sueñ o de la modernizació n y
el progreso sostenidos sobre la confianza de dos episodios bien conocidos –la invasió n de
1898 como acto de rescate del opresor hispano, y las paces de la Segunda Guerra Mundial
como garantía de descolonizació n– han fracasado. La “vitrina”, ese lugar armó nico que
presumimos posible pero que nunca estuvo allí, está “rota”. La distopía ocupa el lugar de la
utopía. El exhibidor o escaparate ya no sirven. La sensació n má s profunda de decepció n
debería invadir las mentes de aquellos que la auspiciaron de buena o mala fe. El largo siglo
20 puertorriqueñ o demuestra que la hipocresía y el sarcasmo tienen su lugar en este
escenario.
La vitrina rota o ¿Qué carajo pasó aquí? es un texto híbrido que echa manos de lo que
ofrece la memoria y el recuerdo, la autobiografía, el ensayo historiográ fico y de un amplio
registro de recursos. El tono y el tema ponen a oscilar la narració n entre la seriedad má s
respetable, la emocionalidad má s pura y la picardía sugerente para dejarnos un texto que
invita a la reflexió n y a la calma pero también a la acció n y a la rebelió n calculada. Ese tono
tragicó mico o joco-serio tan propio de la narrativa picaresca ha estado con los
puertorriqueñ os desde un pasado remoto. La diferencia es que ahora el pícaro que lucha
por la subsistencia en medio del infortunio no es el Alonso Ramírez de Carlos Sigü enza y
Gó ngora que confronta a los ingleses, o el loco de Sanjuanó polis que pugna desde la
alienació n con los españ oles de Alejandro Tapia y Rivera: el pícaro víctima y a la vez
có mplice victimario es el país.
Como historiador el diá logo con este tipo de miradas complejas me resulta
enriquecedor. La profesió n que ejecuto todos los días me dice má s sobre ella misma y sus
articulaciones que sobre la gente que vivió y sintió el acontecer. El ejercicio reflexivo que
Silverio pone en mis manos consigue llenar de vida una historia que puede parecer fría
mediante la inserció n de las impresiones de uno de sus actores. Si todo es historia como
acostumbramos afirmar, entonces todos somos actores protagó nicos o secundarios de ella.
Lo que gana un lector con este texto es que un proceso que fá cilmente podría reducirse a
un puñ ado de cuadros estadísticos o un conjunto de dicterios que informarían muy poco
sobre la gente de carne y hueso que estuvo allí, se llena de vitalidad con las impresiones de
vida de uno de sus agentes. Entre la historia y la literatura, Silverio me deja un relato
impresionista muy bien articulado que yo puedo poner a colisionar con mi mirada de
historiador profesional.
Con un discurso caracterizado por el lenguaje franco cercano a lo coloquial y distante de
la acrimonia del político o el analista vociferante que domina la discusió n en el presente,
Silverio cumple con el deber de mirar aquel siglo infausto desde la condició n de ciudadano.
Los filtros que su ubicuidad social le imponen son numerosos: artista, escritor, periodista,
ingeniero, empresario, humorista pero también hijo y padre, activista reflexivo. Todo ese
conjunto de filtros corroboran que la mirada sobre el pasado es perspectiva, es decir,
siempre se trata de una figuració n marcada por el yo mú ltiple que la formula. Una vez
aceptada la subjetividad con la que se apropia el mundo debo decir que, en medio del
desierto interpretativo actual y de las carencias manifiestas de muchos de los analistas al
uso tan pagados del sí mismos y tan seguros de sus afirmaciones apocalípticas, La vitrina
rota o ¿qué carajo pasó aquí? genera una sensació n de cautela que sorprende al que la lee.
Unos capítulos de títulos sugerentes y agresivos garantizan la arquitectura del volumen.
El mapa del siglo puede seguirse a través de la cuidadosa sucesió n dominada por las
décadas o decenios hasta 1960, y desarticulada luego de esa fecha cuando la densidad de la
informació n se hace má s difícil de organizar de ese modo matemá tico. La cronología es
precisa: entre 1898 y 1960 se crea el espacio para la “vitrina” y esta nace y madura. Desde
1972 envejece y colapsa de manera inevitable. Las palabras iniciales “Preludio en tiempo
de bombas”, y el capítulo 2, “Lo que mal comienza…”, asumen que la tragedia que se vive
hoy estaba inscrita en el drama del 1898 dá ndole al siglo estadounidense un cará cter
teleoló gico difícil de evadir: la semilla del fracaso se encuentra en el erial de la invasió n.
En otros casos, la apelació n a ciertos có digos de fuerte contenido religioso ofrece pistas
extraordinarias. El capítulo 8 “El Mesías y el Juicio Final de la vitrina”, y el capítulo 11
“Epílogo en tiempo apocalípticos”, ratifican el derrumbe de un orden con un lenguaje que el
lector corriente y el informado comprenderá n sin dificultad. La historia, es decir, la gente
que la piensa y reflexiona sobre ella, reconocerá n de inmediato que los pilares sobre los
cuá les se alimentó una imagen del país durante tanto tiempo se han venido abajo. Un velo
ha sido quitado, eso significa el apocalipsis o la revelació n, y el modelo de vida política que
maduró en 1952 en la forma del Estado Libre Asociado muestra su verdadero rostro
reducido a la condició n de mueca. El juego con este vocabulario esotérico y sagrado, comú n
tanto en aquellos que ayudaron a construir en engañ o, pienso en Luis Muñ oz Marín, como
en aquellos que lo atacaron con furia admirables, pienso en Pedro Albizu Campos, diafaniza
el mensaje e invita a la reflexió n seria en torno a la situació n que se vive.
Otros títulos representan un fogonazo que de inmediato inserta su mensaje con
intensidad. El capítulo 4 “Revueltas y revoltillos” llama la atenció n sobre la resistencia
nacionalista al proyecto colonizador, pero también me recuerda unas duras palabras de
Ramó n E. Betances Alacá n a Eugenio María Hostos Bonilla en 1863 tras la lectura de La
peregrinación de Bayoán. El caborrojeñ o le decía al mayagü ezano que así como no se podía
hacer “tortilla” sin “romper” los huevos, no se podía hacer “revolució n” sin “revoltura”. El
capítulo 7 “¡Qué maravilla!”, es el recordatorio de un crimen político mayor que marcó una
época. Esta habilidad para la creació n de títulos que se agitan como una saeta y conmueve y
sugiere al lector una diversidad de modulaciones es una de las virtudes del Silverio
narrador y periodista que no se puede pasar por alto.
Sobre los pilares de los capítulos encontramos un texto bien escrito en que la precisió n
historiográ fica, las emociones y la subjetividad que conviven al interior del escritor,
consiguen un balance extraordinario. Siempre he creído que la historiografía que no admite
la expresió n de la identidad y el yo con la misma libertad que el artista expresa la suya en
su obra no posee ningú n sentido. No se puede hablar desapasionadamente del fracaso del
proyecto colonial cuando se es anticolonialista. En este texto Silverio consigue ese objetivo
con naturalidad: el pasado y el presente dialogan constantemente en estas pá ginas porque
no se viaja en el tiempo solamente para saber má s de lo que allí sucedió sino para saber
mejor có mo cambiar el orden en que vivimos. Si no fuera de ese modo, la historia no
significaría nada para quien se acercara a ella. La otra lecció n que derivo de esta lectura, un
tanto nefasta, es el reconocimiento de que el tiempo no lo cambia todo y de que en la
relació n entre Puerto Rico y Estados Unidos hay cosas que no se han superado desde los
días de la invasió n de 1898.
La vitrina rota o ¿qué carajo pasó aquí acude en ciertos momentos a una diversidad de
recursos que le dan una tonalidad envidiable. La inserció n del yo en el proceso histó rico es
tajante: “nací en el 1948” dice el autor en su momento. Y con el yo haciendo acto de
presencia, los recuerdos propios y ajenos que se van amontonando entran libremente en la
narració n. Los archivos o registros histó ricos de Silverio, libros aparte porque ya dije que lo
veo como un forastero en ese mundo, se nutren de esa emocionalidad que se acumula sin
que nos demos cuenta y nos hace personas en el sentido estricto de la palabra. Esa mixtura
contenciosa a veces entre la memoria informal o lo vivido, y la memoria formal o histó rica,
le da una plasticidad y un dinamismo muy especial al texto. No solo eso. El uso de ciertos
testimonios indirectos, los que provienen de aquellos que lo ayudaron a formarse, su papá
y su mamá en los capítulos 2, 3 y 5, ubican a la voz narrativa en un espacio de la
cotidianidad que, si bien todos los seres humanos compartimos, pocos historiadores
utilizarían para articular una propuesta interpretativa. Silverio vuelve una y otra vez a esos
lugares con el fin de confirmar, me parece, que en medio del colonialismo se sigue siendo
humano. Por eso la anécdota de su encuentro con el cine en 1958 relatada en el capítulo 4
reviste tanta relevancia. Después de todo, lo que somos, má s que producto neto de la fría
historicidad que los historiadores cultivan, es el resultado de lo que vivimos y sentimos en
ese entorno.
La historia que Silverio cuenta no se siente como quien mira un episodio extrañ o en una
pantalla distante y ajena, sino que se percibe como experimenta un actor el papel que juega
en el entramado caó tico del acontecer. El capítulo 5 “Má ximo esplendor de la vitrina”, es el
má s testimonial y rico del volumen: un joven Silverio universitario estudiante de ingeniería
en el Recinto Universitario de Mayagü ez enfrenta su lugar en el mundo cuando se
autoevalú a desde lejos como si mirara a otra persona que no fuese él. Los grandes nudos de
una época –la vitrina, la militancia estudiantil, la era de las petroquímicas, la magia de la
generació n rebelde– convierte a un chico es un adulto sensible a los cambios de un orden
que apenas comienza a comprenderse del todo.
A partir del capítulo 6 “Primeras fisuras de la vitrina”, el volumen toma un tono distinto.
El carpeteo de subversivos, los avances del estadoísmo, el crimen del Cerro Maravilla, las
incongruencias del romerato, los choques entre las figuras de aquel gobernador y Rafael
Herná ndez Coló n por controlar el país, se combinaron para crear un nuevo tipo de rebeldía
acorde con el tiempo. El presente apabullante, esa larga reflexió n sobre el periodo del 1992
al 2016, dejan al lector con la sensació n de que tiene en las manos los restos de una bomba
de tiempo con conteo regresivo iniciado en 1898 que estalló en el 2006 pero nadie estuvo
en posició n de ver la onda expansiva.
Decía Ambrose Bierce en su Diccionario del cínico (1935) que la historia es un relato
“casi siempre falso de hechos casi siempre nimios producidos por gobernantes casi
siempre pillos o por militares casi siempre necios”. Reducía el cuentista y humorista del
cinismo a los historiadores a la condició n de un “chismoso de trocha ancha”. Lo comprendo.
El filó sofo Federico Nietzsche sostenía, para encono de los historiadores, que “un exceso
del estudio de la Historia perjudica a la vida” y que la “historia” no podía por su cará cter
artificioso, ser una maestra eficiente para la “vida” sino al revés. También comprendo sus
argumentos.
En este libro de Silverio “historia” y “vida” convergen, llegan a un peculiar acuerdo y la
segunda no se disuelve en la primera. Al cabo de los añ os en esta profesió n me he dado
cuenta de que contar lo que pasó y estar allí no es la misma cosa. A veces haber estado allí
se convierte en una tara o un impedimento difícil de salvar. En este libro Silverio consigue
un balance envidiable entre una cosa y la otra: informa al lector sobre la mirada de un
individuo en torno al periodo que le correspondió vivir. Se trata de una responsabilidad,
histó rica y vital, bien cumplida.
En Hormigueros, Puerto Rico, entre el miércoles 21 de septiembre día del apagó n
general y el sá bado 24 de septiembre.
Preludio en tiempo de bombas
El estruendoso estallido de la vitrina atrajo las miradas de todos: de los que
presagiaron que ocurriría de un momento a otro, y de los que ahora miraban ató nitos, pues
se negaban a aceptar que el desplome vendría. Los cristales siguieron cayendo mientras
crecía el hueco de caó tica geometría. Poco a poco, la imagen de lo que había adentro fue
má s y má s clara: un país quebrado econó mica, política y moralmente.
¿Qué carajos pasó aquí?, preguntaron los má s sorprendidos. ¿Qué provocó que el
espejismo de “la vitrina de la democracia”, que con tanto esmero construyó el gobierno de
los Estados Unidos en Puerto Rico, a mediados del siglo veinte en complicidad con los
políticos locales, quedara hecho añ icos varias décadas después? ¿Có mo pasó la isla, de ser
una joya en el escaparate, a ser una especie de maniquí harapiento, un doloroso escombro?
Las respuestas a esas legítimas preguntas pueden darse de acuerdo al color del cristal
con que se mire el caso de Puerto Rico. He aquí las mías: aprendidas, percibidas, sentidas y
vividas. Estas respuestas no son las de un economista, las de un historiador, o las de un
politó logo. Son las que me provocan las decenas de libros que he leído sobre el tema, las
miles de pá ginas rebuscadas en la Internet, las cientos de entrevistas que he realizado en
radio y televisió n a expertos en la materia, y las reflexiones convertidas en columnas
semanales que he escrito para los diarios del país por casi cuarenta añ os.
Lo que aquí escribo va dirigido a los que miran incrédulos lo que ha sucedido y urgen
alguna explicació n. Lo escribo en palabras e imá genes sencillas, con deliberada
subjetividad, para que lo entiendan quienes necesitan entenderlo, esto es, los que han
pagado los vidrios rotos. Y también lo hago por mis hijos y nietos, para que en el futuro
sepan que no fui de los que se tragó el cuento de la vitrina.
CAPÍTULO 1: (1898-1920)
Lo que mal comienza…
Todo comenzó , y empezó mal, la madrugada del jueves 12 de mayo de 1898 cuando los
buques de guerra de los Estados Unidos pasaron de ser una fantasmagó rica silueta en el
horizonte para convertirse en una realidad que amenazaba la tranquila ciudad de San Juan
de Puerto Rico. Pocas horas después, comenzó el bombardeo indiscriminado. Desde el
Castillo San Cristó bal hubo respuesta y, por dos horas y diecinueve minutos, se escenificó
un intenso intercambio de cañ onazos. Entonces, el almirante norteamericano William
Thomas Sampson se dio cuenta que su pretensió n de entrar por la bahía de la amurallada
ciudad para tomar la isla no sería posible y ordenó el retiro de sus barcos. Atrá s quedaron
casas impactadas, calles destruidas y, con sus histó ricas estructuras averiadas, el faro del
Morro y la Iglesia San José. Treinta mil residentes huyeron espantados de la ciudad. Esa
primera muestra de cariñ o del gobierno de los Estados Unidos dejó ademá s, cincuenta y
siete heridos y doce muertos. Aquello de que la primera impresión es la que cuenta nunca
fue tan cierto. De esta primera impresió n no se me habló en las clases de historia en mis
añ os de estudiante.
Albert Edward Lee vivía en San Juan y trabajaba para el consulado britá nico y
estadounidense para mayo de 1898. Có mo vivió ese bombardeo se recoge en un libro que
escribió . Cuenta, que días antes ya se corría el rumor del ataque. Ese 12 de mayo en la
mañ ana, luego de escuchar algunos bombazos que atribuyó a la llegada de la flota del
almirante españ ol Pascual Cervera y Topete, se dirigió a su trabajo. A la salida de San Juan
se percató de la gran cantidad de residentes que huían despavoridos de la ciudad. Describe
que “una nube de polvo y humo cubría San Juan”, y coincide que después de tres horas, los
barcos de guerra estadounidenses se retiraron hacia el oeste. Al regresar a la ciudad
pasado el medio día, Albert Edward Lee observó casas destruidas, edificios demolidos, y
otros, en la calle San Francisco, seriamente averiados. La isleta de San Juan quedó desierta
a excepció n de algunas fuerzas militares. Lee se tuvo que ir a vivir a casa de unos familiares
fuera de la ciudad pues el suministro de alimentos cesó .
Dos meses y medio después, el 25 de julio de 1898, precisamente el día de Santiago
Apó stol, patró n de Españ a, tres mil trescientos hombres al mando del General Nelson A.
Miles desembarcaron por Guá nica, en la costa sur de la isla. ¿Por qué ese día? ¿Por qué
Guá nica? En la tradició n militar de Españ a, el grito de guerra era “¡Santiago y cierra
Españ a!” y fue utilizado desde la Reconquista por los soldados antes de cada carga en
ofensiva. Tomar a Puerto Rico ese día, era humillante, echaba sal en la herida del
agonizante Imperio Españ ol. La razó n para entrar por Guá nica la atribuyen algunos
historiadores al hecho de que en el sur de la isla había voluntarios locales, Porto Ricans
Scouts, dispuestos a colaborar con las estadounidenses. ¿Y Á guila Blanca, el personaje al
que el cantautor de la Nueva Trova, Roy Brown, le dedicó una canció n? ¿Era parte de ese
apoyo?
A José Maldonado, el célebre Á guila Blanca, natural de Villalba, algunos le atribuyen
haberse enfrentado a los invasores con su banda de proscritos, como los clasifica José
Olivares, corresponsal de guerra de los Estados Unidos en el libro Our Islands and Their
People. Otros dicen que colaboró con las tropas de Miles porque eran los enemigos de su
enemigo el gobierno españ ol. Lo cierto es que el 25 de julio se convirtió , de ese día en
adelante, en una fecha polémica, utilizada para santificarla como el día de la Constitució n
en 1952, o para cubrirla de sangre con el asesinato, por parte de agentes de la Policía de
Puerto Rico, de dos jó venes independentistas en el Cerro Maravilla en 1978. Desde ese
primer día fue la fecha del To be or not to be.
Tres días después, el General Miles proclamó que la ocupació n era como consecuencia
de la guerra empeñ ada contra Españ a, o sea, nada personal contra los puertorriqueñ os, y
que sus tropas venían a defender la causa de la libertad, la justicia y la humanidad. También
hizo claro su propó sito: “… dar al pueblo de esta hermosa isla de Puerto Rico la mayor suma
de libertades compatibles con esta ocupación militar”. Esa política de darnos libertades
“compatibles con la ocupación militar” sigue vigente 118 añ os después.
La historia de las primeras dos décadas de la invasió n estadounidense se nos ha
contado con medias verdades o con mentiras piadosas. Sin dudas, la ideología y el contexto
social del narrador influye definitivamente en lo que se escoge narrar y có mo se narra. Y
este escrito que hago no es la excepció n. Recuerdo que el libro de historia de Puerto Rico
que usaba mi maestra de tercer grado fue escrito en 1922 por el Comisionado de Educació n
de aquel entonces, el estadounidense Paul G. Miller, quien fue principal de escuela en San
Germá n y padre del primer niñ o estadounidense nacido en la isla. Se me enseñ ó que Puerto
Rico era una isla pequeñ a, sú per poblada y sin recursos naturales, o sea, destinada a
depender de un tío benefactor de nombre Sam. También se me dijo que pasamos a ser
parte de los Estados Unidos por virtud de la Guerra Hispanoamericana desatada por el
estallido del barco estadounidense Maine en el puerto de la Habana. Este hecho también
provoca serias interrogantes: ¿fue una explosió n externa, provocada por españ oles?, ¿o fue
un engañ o estadounidense, que voló a su propia gente en la bú squeda de una excusa para
entrar en la guerra? Eso no se me explicó , como tampoco se me habló de la Doctrina
Monroe –América para los americanos– o lo que implicaba el Destino Manifiesto –América
destinada a expandirse desde el Atlá ntico hasta el Pacífico–, postulados de la época que
enmarcaban, y a la vez justificaban, los planes expansionistas estadounidenses en el mundo
entero, principalmente en el Caribe.
Veamos cuá n fortuita fue esa invasió n. Ocho añ os antes de ese 25 de julio de 1898, el
Secretario de Estado de los Estados Unidos, James G. Blaine, le aconsejaba al presidente
republicano Benjamin Harrison: “…hay tres sitios que tienen suficiente valor para ser
tomados, uno es Hawaii y los otros son Cuba y Puerto Rico.” El 4 de Febrero de 1899 un
senador de Texas decía en el Congreso de los Estados Unidos: “tomaremos Puerto Rico
(parece que no se había enterado que ya había sido tomado) y nos reservamos el derecho de
tomar Haití o Brasil o Cuba o cualquier parte de América del Norte o del Sur, cuando
consideremos apropiado hacerlo así.” Hay cientos de citas que desmitifican esa “llegada”
como algo al azar, o por invitació n de los puertorriqueñ os, como algunos se han atrevido a
asegurar.
El Puerto Rico de 1898 apenas comenzaba a disfrutar de un gobierno autonó mico
impuesto por Españ a mediante la Carta Autonó mica del 25 de noviembre de 1897, también
aplicable a Cuba. De hecho, Cuba estaba en rebelió n y ese fue el catalítico de dicha
concesió n segú n plantea el licenciado Gamaliel Rodríguez en su tesis de Maestría en
Derecho Españ ol Vigente y Comparado para la Universidad Complutense de Madrid. En la
tesis se establece que “en la exposición de motivos de la Carta Autonómica se dejó
meridianamente claro que con la promulgación de dicha carta, en nada se afectaba o se
disminuía la autoridad de la metrópoli sobre la colonia”. Los poderes otorgados a Puerto
Rico pretendían evitar una intervenció n directa de Estados Unidos. Los puertorriqueñ os no
participaron de su redacció n o diseñ o en las Cortes. De hecho, Puerto Rico participó má s de
la redacció n de la Constitució n de 1952 que de la de Carta de 1897, pero tenía má s
soberanía relativa en el 1897 que en el 1952.
El 22 de julio de 1898, tres días antes de la invasió n, como parte de los cambios
propiciados por la Carta Autonó mica, tomó posesió n el Consejo de Administració n,
nombrado por el gobernador, quien a su vez era nombrado por el Rey. Este Consejo lo
presidiría Luis Muñ oz Rivera. También habría una Cá mara de Representantes, escogida por
el pueblo pero con voto restringido, y fueron seleccionados dieciséis diputados a las cortes
españ olas. Sí, leyó bien, dieciséis diputados, con voz y voto, en las cortes españ olas. Gran
contraste con el triste Comisionado Residente en Washington de la actualidad, con voz,
pero sin voto. Esas concesiones establecidas en la Carta Autonó mica de 1897 fueron
agonizando por incompatibilidad con la ocupación militar estadounidense, hasta morir el 18
de octubre de 1898 cuando se arrió la bandera españ ola del territorio puertorriqueñ o.
En la Navidad de ese añ o 98, mientras los estadounidenses ya establecidos en Puerto
Rico entonaban su tradicional Jingle Bells, y los pocos boricuas que entendían inglés
trataban de adivinar si era una canció n navideñ a o una dedicada al placer de pasear a
caballo, llegó una noticia desde París, Francia: Españ a y Estados Unidos había firmado el 10
de diciembre un tratado mediante el cual, sin representació n alguna del gobierno
autó nomo recientemente constituido, se le cedía la isla a los estadounidenses como botín
de guerra. La contundente respuesta del líder del gabinete autonó mico puertorriqueñ o,
don Luis Muñ oz Rivera, no se hizo esperar: “Serviremos a la nueva metrópoli, que nos
asegura el bienestar y el derecho…” Y añ adió : “Aquí hay un pueblo sensato, dócil, digno de que
hasta él se extiendan las conquistas de la Democracia, que han hecho tan grande a la patria
de Franklin y Lincoln.” Su ingenuo o acomodaticio entusiasmo duró poco, pero esa docilidad
disfrazada de sensatez todavía sigue presente en el ADN de muchos puertorriqueñ os.
Regresemos al General Miles y su propó sito de venir a la isla a defender la causa de la
libertad, la justicia y la humanidad. Una de las primeras cosas que hizo fue devaluar el peso
de plata a casi la mitad de su valor. Esta era la moneda oficial que circulaba en la isla desde
1895 y a nivel internacional era equivalente al dó lar. Los puertorriqueñ os perdieron de
inmediato un 40% de sus salarios, de sus ahorros y del valor de sus propiedades.
Comerciantes españ oles y criollos, que bajo el colonialismo españ ol exportaban productos
agrícolas a Europa, principalmente café, quedaron arruinados de un día para otro. Difícil
encontrar justicia y humanidad en esa expropiació n forzosa, primer acto consciente y
deliberado del nuevo poder imperial para quebrar la economía puertorriqueñ a. De esa
forma, el imperio se hacía indispensable para la sobrevivencia de la colonia y se establecía
de facto la relació n de dependencia que continuaría hasta nuestros tiempos.
El Presidente William McKinley, quiso remediar la debacle que la decisió n de Miles
había causado en la economía criolla y en enero de 1899 fijó la tasa de cambio en .60 de
dó lar, pero, y este PERO es en mayú sculas, estableció el dó lar como la ú nica moneda legal.
Así, la economía boricua se convirtió , de un plumazo, en un apéndice de la economía
dominada por el dó lar. Ese fue el segundo golpe deliberado para quebrar nuestra economía
y hacerla totalmente dependiente de la norteamericana. ¡Cuá n costosa nos estaba saliendo
esa libertad, justicia y humanidad que nos traía Miles! Varios siglos antes, el imperio
españ ol también nos había traído unos valiosos regalos: su idioma y su religió n. A cambio,
se llevaron todo el oro de nuestro subsuelo y exterminaron a los indios taínos. Gajes del
oficio imperialista.
Cuando el General Miles se fue de la isla en octubre de 1898, el presidente McKinley
nombró a cargo al mayor general John R. Brooke, primero de una serie de gobernantes
militares que vinieron a demostrar las bondades de la democracia que llegaba del norte. El
sucesor de Brooke, Guy Vernon Henry, disolvió el Consejo de Secretarios que presidía
Muñ oz Rivera y nombró a cuatro secretarios. También estableció un tipo de censura a las
críticas contra el nuevo gobierno, o sea, suprimió la libertad de expresió n y prensa. Henry
fue sustituido por el General George Davis quien eliminó los cuatro secretarios. Todo esto
ocurrió en los primeros cinco meses del añ o 1899: destrucció n de nuestra economía y del
sistema político establecido.
El General George Davis escribió a Washington al final de su corto reinado como
gobernador militar: “He encontrado necesario… advertir en los términos más firmes, sobre la
incapacidad general de la gran masa de este pueblo… el número de los nativos que son
inteligentes, educados y responsables, es muy pequeño frente a los analfabetas e
irresponsables”. La conclusió n de Davis es una joya digna de los congresistas republicanos
de la actualidad: “La isla fue ocupada por la fuerza, y el pueblo no tiene ninguna voz en la
determinación de su propio destino”. Esta afirmació n fue refrendada, 117 añ os después, ante
el Tribunal Supremo de los Estados Unidos en el caso Pueblo versus Sá nchez Valle, como
regalo de la Casa Blanca al pueblo de Puerto Rico en la víspera de la Navidad del 2015.
El desfile de generales siguió en Puerto Rico durante el añ o 1899. El pró ximo fue John
Eaton que llegó para organizar los asuntos educativos del país. En su afá n de
“americanizarnos”, preparó un conjunto de reglamentos segú n los cuales la imposició n del
idioma inglés debía comenzar por los maestros. Lo sustituyó en tan noble agenda Victor
Clark, quien, en un informe sobre la isla, caracterizó nuestra forma de hablar como un
patois inú til para la comunicació n con otros países, y justificó así la necesidad de enseñ arle
el idioma anglosajó n a los puertorriqueñ os. Míster Clark se refería al españ ol como un
idioma impuro e incomprensible, de poco valor intelectual y para el cual los
puertorriqueñ os no demostraban devoció n.
El pobre Míster Clark ignoraba la existencia del filó sofo, soció logo y, sobre todo,
educador puertorriqueñ o don Eugenio María de Hostos que ya había establecido sistemas
educativos en Chile y Repú blica Dominicana para formar seres humanos libres. Hostos
asociaba libertad con racionalidad y ciencia. Para la época en que Míster Clark intentaba
establecer un sistema educativo para facilitar el dominio del nuevo imperio, ya Hostos
imaginaba su primera novela, La peregrinación de Bayoán, y reflexionaba en tertulias y con
la academia los temas que nutrirían sus obras Moral social, Lecciones de derecho
constitucional, Tratado de lógica, Geografía evolutiva y Tratado de sociología, entre otras.
También desconocía Míster Clark de la obra del doctor Ramó n Emeterio Betances, quien
ademá s de ser uno de los mejores médicos del mundo en esa época, también escribió
numerosos ensayos y novelas.
Míster Clark debió haber leído La Charca, novela naturalista de don Manuel Zeno
Gandía, publicada en 1894, para que tuviera una idea de có mo era la sociedad rural
puertorriqueñ a a cuatro añ os de la invasió n, marcada por el subdesarrollo y la
marginació n, la explotació n de los propietarios, la violencia y el profundo deterioro de los
individuos. La lista de literatos puertorriqueñ os, como don Alejandro Tapia y Rivera, con
obras reconocidas y publicadas décadas antes de la invasió n norteamericana, es abundante,
pero como muy bien pudo haber dicho un jíbaro de aquella época: la ignorancia es atrevida.
La segunda parte del añ o 1899 también comenzó mal. Esta vez fue el poder de la
naturaleza el que nos golpeó . El huracá n San Ciriaco atravesó la isla el 8 de agosto causando
la muerte de 3,369 personas, miles de heridos, y dañ os irreparables a las cosechas y a la
infraestructura. El gobierno de los Estados Unidos, ni corto ni perezoso, declaró un estado
de emergencia y tomó control total de las instituciones y servicios que aú n no estaban en su
poder.
El huracá n empeoró la ya precaria situació n de la població n. En el libro de Charles
Morris de 1899, Our Island Empire, dice que “…durante gran parte del año medio millón de
personas van a la cama sin haber cenado”. El salario de los hombres que trabajaban en la
cañ a era entre 30 y 50 centavos al día. En el caso de las mujeres que trabajaban en talleres
de coser ropa, el pago era de 15 centavos y se les incluía desayuno y almuerzo, pero
trabajaban de siete de la mañ ana a seis de la tarde.
Como producto de estas circunstancias, muchos jíbaros de nuestras montañ as,
agricultores y familias enteras, bajaron a la ciudad en direcció n a los puertos de Ponce y
Guá nica. Fueron seducidos con la “promesa” (¿les suena familiar el término?) de buenos
salarios, comida y una mejor calidad de vida. El nuevo régimen comenzaba a exportar la
pobreza: los enviaba a Hawai. El 22 de noviembre de 1900 empezó el largo viaje de los
primeros, a velas hasta New Orleans, en ferrocarril hasta Los Á ngeles, en barco hasta
Hawai. Algunos se quedaron en San Francisco pues se resistían a las condiciones
infrahumanas de las embarcaciones en las que iban a ser transportados. Allí establecieron
una colonia boricua, la semilla de la diá spora.
Otros echaron raíces en Hawai, sembrando cañ a y piñ a, pero nunca consiguieron lo que
se les prometió . Para el 1901 se estima que la població n de puertorriqueñ os en las islas de
Hawai, producto de esa primera ola migratoria, sobrepasaba los cinco mil. Son decenas de
miles los boricuas que allá viven hoy día, descendientes de aquellos. Algunos importaron el
coquí, sabrá Dios có mo, para que este pequeñ o animalito, símbolo de nuestra identidad, les
recordara cada noche o día lluvioso, de dó nde venían.
El 12 de abril de 1900 el Congreso de los Estados Unidos aprobó la Ley Foraker,
primera legislació n orgá nica colonial estadounidense para Puerto Rico, con el propó sito de
terminar el gobierno militar que hubo del 18 de octubre de 1898 al 1 de mayo de 1900. El
nuevo sistema tendría un gobernador civil nombrado desde Washington. La ley le cambió
el uniforme al que mandaba. El gobernador tenía el poder de nombrar los jefes de agencias
y los jueces del Tribunal Supremo local, tribunal al que ya de Supremo solo le quedaba el
nombre. El ex Presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico, José Trías Monge, en su
Historia Constitucional de Puerto Rico, dice que “La Ley Foraker constituyó un severo
retroceso en la marcha del pueblo de Puerto Rico hacia el gobierno propio. Era un
ordenamiento claramente inferior a la Carta Autonómica, a otros sistemas coloniales
avanzados y a la propia legislación norteamericana más reciente sobre el gobierno de los
territorios”.
De los gobernadores nombrados, muchos actuaban a la medida de las fuerzas armadas,
otros mostraban una apabullante incapacidad. A pesar de ese aparente cambio al gobierno
civil los asuntos de Puerto Rico permanecieron bajo la cobija del Departamento de Guerra
hasta 1934. Las protestas de los ya decepcionados grupos políticos criollos hicieron que el
régimen flexibilizara el grillete y permitiera que los puertorriqueñ os eligieran una Cá mara
de Delegados. Para el balance de poder, el Presidente de Estados Unidos nombraría una
especie de Senado de once miembros llamado el Consejo Ejecutivo. Con la Ley Foraker, el
Congreso de los Estados Unidos se adjudicó el poder sobre todo, incluyendo revocar las
leyes aprobadas por esa Cá mara de Delegados que no fueran compatibles con las leyes del
Congreso. Ciento diecisiete añ os después, la corte federal de los Estados Unidos impidió ,
declarando inconstitucional, que la isla tuviera su propia ley de quiebra aprobada por la
Legislatura de Puerto Rico.
En las discusiones previas a la Ley Foraker muchos congresistas tenían la preocupació n
de có mo tratar la colonia sin que sus habitantes se ilusionaran con eventualmente ser una
repú blica independiente o un estado federado. El mismo Joseph B. Foraker, en unas vistas
congresionales, decía “…tenemos derecho a legislar respecto a ellos (los puertorriqueñ os)
como lo consideremos apropiado. Puerto Rico pertenece a los Estados Unidos, pero no es los
Estados Unidos, ni es parte de los Estados Unidos”. Y hoy día sigue siendo así.
La Ley Foraker también creó la ciudadanía “portorriqueñ a”, ya que así se nos llamaba,
“People of Porto Rico”, pero para obtenerla se exigía título de propiedad y pago de
impuestos a miles de pequeñ os campesinos que poseían algú n pedazo de tierra. Esta vez,
los dos partidos principales protestaron vehementemente esa imposició n: Rosendo
Matienzo Cintró n tildó la ley de “humillante” y Luis Muñ oz Rivera, que ya había cambiado
de parecer respecto a las bondades de la democracia recién llegada a nuestras costas, la
calificó como una “ley indigna”. Sin embargo, José de Diego luego la vería como
“salvaguarda de la nacionalidad” y garantía de nuestra independencia. La candidez siempre
preludia el desengañ o.
El primer gobernador civil que tuvo Puerto Rico como resultado de la Ley Foraker, fue
Charles Herbert Allen, quien dejó con su ejemplo una clara evidencia de lo que significaría
ese flamante régimen civil. Allen nunca fue militar pero le encantaba vestirse como tal y
que le llamaran Coronel. El 27 de abril del 1900 marchó por la calles del Viejo San Juan
como un conquistador romano, con una banda militar detrá s de él, hasta llegar al Palacio de
Santa Catalina, que había mandado a decorar con monumentales banderas de las franjas y
las estrellas. Tan pronto tomó posesió n, estableció nuevos impuestos, le quitó dinero a los
municipios, paró obras de construcció n y estableció una burocracia con salarios altísimos
para sus allegados y amigos. Cualquier parecido con actuaciones similares en décadas
recientes no es pura casualidad.
Pero donde Míster Allen no pasó muchas dificultades para poner una pica en Flandes
fue cuando a raíz de unos informes que pidió sobre la agricultura en la isla descubrió que
nuestra producció n por cada cuerda de azú car era mejor que la de ningú n otro sitio del
mundo. Pocos meses después renunció sorpresivamente a la gobernació n y se encaminó
hacia Wall Street donde su carrera empresarial comenzó a ascender vertiginosamente.
Allen se convirtió en tesorero de la American Sugar Refining Co. y tres añ os má s tarde ya
era su presidente. Con la valiosa informació n que tenía, y los contactos dejados en Puerto
Rico, consiguió infinidad de concesiones de terrenos, subsidios de contribuciones, derechos
de uso de agua, facilidades de vías para trenes de carga, pre compromisos de ventas y
tarifas preferenciales. Míster Allen, el Rey del Azú car, se hizo multimillonario. Con las leyes
actuales estaría haciéndole compañ ía en la cá rcel a varios políticos corruptos, o corriendo
para Presidente de los Estados Unidos.
Una rá pida transformació n se fue dando en nuestra economía con el cambio de
soberanía… y no para bien: en el 1902 las exportaciones de azú car se incrementaron
dramá ticamente de un 30% a finales de siglo, al 62% del total, en apenas dos añ os. El café,
que no tenía el trato preferencial en el mercado de Estados Unidos que se le dio al azú car,
bajó de un 63% a un 20%. Ya para el 1930 el delicioso café puertorriqueñ o, aquel del que
fuimos el cuarto productor del mundo, el que degustaba el Papa, estaba en menos del 1%.
En la actualidad, no producimos ni para nuestras propias necesidades y hay que traer café
del extranjero.
Así, poco a poco, se fue instalando una nueva clase social en el país compuesta por los
dueñ os ausentistas de las centrales azucareras, los administradores que les servían, má s
una nueva burocracia militar y administrativa de los Estados Unidos, y sus ayudantes
locales. Los hacendados puertorriqueñ os, quebrados por el cambio del nuevo sistema
econó mico, vendieron sus tierras a las grandes corporaciones azucareras. También se
perdió el comercio que teníamos con Europa y todo se dirigió hacia la nueva metró poli.
Tres añ os antes de la invasió n, las importaciones de Puerto Rico desde los Estados Unidos
estaban en el 11%. En dos décadas subió a un 90%. Hoy día sigue estando alrededor del
85% de lo que consumimos.
En 1902 se estableció que el idioma inglés se utilizaría en las cortes, oficinas pú blicas,
agencias y departamentos gubernamentales. Ronald R. Falkner (1904-1907) fue el primer
comisionado en imponer el inglés como idioma de la enseñ anza en todos los grados. La
“inmersió n” produjo tensiones que redundaron en fracasos y resistencia al idioma
impuesto. Ya en 1909 hablar españ ol en las escuelas pú blicas estaba absolutamente
prohibido. Nuestros niñ os juraban todas las mañ anas lealtad a la bandera estadounidense y
cantaban “canciones patrió ticas” americanas. Tal vez esa imposició n creó una resistencia
sicoló gica que se trasmitió generació n tras generació n. Segú n el Negociado del Censo, en un
informe de 2011, el 85% de la població n puertorriqueñ a no habla bien el inglés. Yes, sir!
Algo adicional e interesante pasó en ese 1902. Antes de 1898, los puertorriqueñ os
ostentaban la ciudadanía españ ola y viajaban sin problemas a Europa. En 1902 se le negó la
entrada a Estados Unidos a la puertorriqueñ a doñ a Isabel Gonzá lez por no ser ciudadana
americana. El asunto llegó al Supremo de los Estados Unidos que resolvió que los
puertorriqueñ os éramos “nationals”, (what ever that means), bueno, significaba que
está bamos en la misma categoría de aquellos indios americanos que no pertenecían a tribu
alguna. Así lo había establecido ese tribunal en 1844. Las tribus indígenas norteamericanas,
en aquel tiempo, y ciento dieciocho añ os después, gozan de una soberanía que Puerto Rico
aú n no tiene.
El presidente Theodore Roosevelt visitó Puerto Rico el 21 de noviembre del 1906 en el
USS Louisiana y en un discurso recomendó al Congreso que se le concediera la ciudadanía
americana a los puertorriqueñ os, pero con la idea de utilizar a Puerto Rico como punta de
lanza para la conquista del Caribe y del resto de la América Latina. El 7 de julio del 1907
decía el Senador Henry Cooper en un discurso en la Cá mara de Representantes: “Queremos
que Puerto Rico nos ayude a hacer que el Golfo de México sea un lago estadounidense”. Poco
pretensioso el honorable senador.
El periodo que va de 1909 al 1912 fue decisivo para nuestra relació n con los Estados
Unidos. En 1909 hubo una huelga legislativa debido al presupuesto estatal. En 1909 se
pretendió enmendar la Foraker, con la enmienda Olmstead, para limitar los poderes de la
Cá mara de Representantes. En 1911 se consideró seriamente conceder la ciudadanía
americana a quien la solicitara. En 1913, una ley federal, la Underwood, pretendía abolir las
protecciones de las que disfrutaba la azú car, y eso generó una crisis en el sector cañ ero que
afectó todo el país.
En 1912 Rosendo Matienzo Cintró n y Rafael Ló pez Landró n fundaron el Partido de la
Independencia que postulaba la regulació n de la economía, la nacionalizació n de los
bancos, ferrocarriles y servicios de comunicació n, la promoció n de empresas cooperativas,
salario mínimo, pensiones para la vejez y la igualdad de derechos para la mujer.
¡Adelantados a su época! La Independencia, que antes fue una manifestació n de resistencia
al régimen españ ol, ahora se manifestaba por primera vez como resistente al régimen
americano.
En 1916, Luis Muñ oz Rivera, Comisionado Residente en Washington, conversó con el
congresista William Jones para que presentara un proyecto de ley concediéndole la
ciudadanía estadounidense a los puertorriqueñ os. La propuesta fue vista con agrado en la
metró poli pues se estrechaba así la relació n de Puerto Rico con los Estados Unidos en
medio de la Primera Guerra Mundial. De ahí surgió el proyecto Jones, cuya aprobació n
Muñ oz Rivera no logró ver ya que murió el 15 de noviembre de 1916, a los 57 añ os. Es
necesario decir que Muñ oz Rivera no quería la ciudadanía si no venía acompañ ada de
reformas autonó micas o soberanas. De Diego, por su parte, no la quería porque pensaba
que mutilaría las posibilidades jurídicas de la independencia futura.
El 5 de mayo de 1916 el representante Clarence Miller dijo sobre el proyecto Jones que le
concedía la ciudadanía a los puertorriqueños: “Puerto Rico es necesaria (sic) para los Estados
Unidos como una clave para la defensa de todo el continente americano contra una agresión
procedente de Europa… si hay algo en que ustedes y yo tenemos que estar de acuerdo es esto:
que Puerto Rico nunca saldrá de bajo la sombra de la bandera de las franjas y las estrellas.”
Palabras hasta ahora proféticas.
Ese mismo día el Representante William Green se expresó de la siguiente forma: “…
frecuentemente me ha parecido que la gente de la isla que tomamos a España fueron elevados
por nosotros tan rápidamente de una profundidad de ignorancia y pobreza que reinaba entre
las masas, a una altura de libertad… que son incapaces de apreciar el espléndido don que les
ha sido conferido…”. En la actualidad, Donald Trump no lo hubiese podido decir mejor.
Finalmente la Ley Jones se hizo realidad el 2 de marzo de 1917 y de inmediato fue
rechazada por el ú nico organismo electo por el pueblo, la Cá mara de Delegados, presidida
en ese entonces por el poeta, periodista, ensayista, político y abogado, don José de Diego
Martínez. También fue rechazada por el Partido Unió n, organizació n política mayoritaria en
ese momento. Se establecía con dicha ley que la ciudadanía otorgada podía ser rechazada,
PERO, y el PERO vuelve a ser en mayú sculas, quien así lo deseara, tenía que ir
personalmente al Tribunal Federal a hacerlo, no podía votar ni ejercer su profesió n o
funciones pú blicas, entre otras limitaciones. Y así sigue siendo en cierta forma al día de hoy.
A solo meses de la aprobación de la Ley Jones, el 11 de julio de 1916, José de Diego, le hizo
una advertencia al liderato del Partido Unión: “Muy pocos de ustedes se dan cuenta de la
importancia de este periodo en la vida y el destino de nuestro país: podemos perderlo todo,
todo, en esa política burocrática y oportunista dispuesta a cambiar por unas pequeñas
ventajas del presente el triunfo del ideal en un cercano porvenir”.
Gracias a esa ciudadanía recién aprobada tuvimos de inmediato el “privilegio” de ir
como soldados a la Primera Guerra Mundial, a la que Estados Unidos ingresó en abril de
1917 por ó rdenes de su presidente Woodrow Wilson, por el cual nadie en Puerto Rico
había votado. Unos 20,000 puertorriqueñ os fueron reclutados para pelear en dicha guerra.
Es bueno recalcar que las dos leyes principales que intentaban legalizar las relaciones
entre Puerto Rico y los Estados Unidos, la Foraker en 1900, y la Jones en 1917, fueron
rechazadas por los organismos electos por el pueblo, e inclusive por los grupos o partidos
anexionistas, ya que en ellas había implícita una negativa a encaminar al país o a la
Independencia o a la Estadidad. La voluntad anticolonial estaba clara: estadoístas,
independentistas y autonomistas querían que se reconociera la “capacidad para el gobierno
propio” que los estadounidenses le negaban al portorriqueñ o. Ante la negativa, los grupos
optaron por pedir, por lo menos, elegir al gobernador de la isla. Esa concesió n no se vino a
dar hasta 30 añ os después. Parece que las grandes bondades de la democracia que nos
llegaban del norte venían a nado, o a paso de tortuga.
Para cerrar los primeros veinte añ os del dominio estadounidense, el 11 de octubre de
1918, el día de San Fermín, la isla fue estremecida por uno de los má s severos terremotos
de su historia. Un total de 116 personas perdieron sus vidas y los dañ os a la propiedad
alcanzaron en valor cerca de cuatro millones de dó lares. En la cercanía de Punta Agujerada
se calculó la elevació n de las olas en unos 20 pies.
El tsunami de la invasió n no me impide reconocer un hecho positivísimo: la Ley del 12
de marzo de 1903 que creó la Universidad de Puerto Rico. En 1908 el Acta Morrill-Nelson
fue extendida a Puerto Rico y esto permitió que se utilizaran tierras, ya en posesió n de las
autoridades federales, para establecer colegios de agricultura, ciencias e ingeniería. Mi
Alma Mater, el Colegio de Agricultura y Artes Mecá nicas de Mayagü ez, se estableció en
1911, y luego en el 1913 las escuelas de Farmacia y Leyes. La Universidad de Puerto Rico
es, a mi entender, el proyecto social de mayor envergadura de nuestra nació n. Tenemos
cerca de medio milló n de egresados desde su creació n. Gracias a ese proyecto social puedo
sentarme a escribir de forma crítica sobre la historia que se nos ha enseñ ado.
Una mirada rá pida a estos primeros veinte añ os desde la invasió n deja claro que
Estados Unidos llegó y de inmediato quebró la existente economía, desarticuló lo que
políticamente se consideraban conquistas autonó micas, y sus representantes trataron a los
puertorriqueñ os con un total desprecio por su cultura e idioma.
Las dos décadas siguientes, de las que nos ocuparemos en el pró ximo capítulo, fueron
críticas, y en ellas se sentaron las bases para el diseñ o de la vitrina. Ha quedado claro que lo
que mal comienza, mal termina.
CAPÍTULO 2: (1920-1940)
Miseria y confrontación
Al asomarme a los inicios de esa tercera década luego de la invasió n de los Estados
Unidos a Puerto Rico, la de los añ os veinte, me topo con la decepció n reflejada en el rostro
de los líderes de los partidos políticos del país y, por razones distintas, en el de los
invasores. Estos ú ltimos esperaban una asimilació n benévola, como discutía el Presidente
McKinley con sus allegados en 1898, pero, segú n ellos, la inferioridad cultural y étnica de
los “portorricans”, lo impedía. ¡Cosas veredes!
En el caso de los políticos, tanto los independentistas como los estadoístas estaban
convencidos de que las palabras del General Miles, sobre el cargamento de libertad, justicia
y humanidad que traían sus barcos de guerra, se las habían llevado los vientos alisios. Al
nuevo imperio solo le interesaba explotar econó micamente la colonia y aumentar su
dominio en ella, americanizando de todas las formas posibles a sus nativos, a los que, como
hemos visto, no les concedía capacidad alguna de autogobernarse.
Para esa tarea colonizadora contaba con el apoyo de su Tribunal Supremo que al
resolver los llamados “casos insulares” reafirmaba que Puerto Rico era un territorio sujeto
a la total discreció n del Congreso de los Estados Unidos. El convencimiento de que los
Estados Unidos no estaban dispuestos a conceder mayores libertades, llevó a algunos
líderes políticos del patio a resignarse y a bajar el tono de sus demandas. Buscar alianzas
entre distintas organizaciones se convirtió en la forma de sobrevivir políticamente. Un
joven de nombre Luis Muñ oz Marín, que a sus 22 añ os comenzaba a despuntar en la
política dentro del Partido Socialista, argumentaba, al oponerse a que su partido hiciera
alianzas con los unionistas y republicanos: “El Capitalismo es un cuervo del cual el Partido
Unionista es el ala derecha y los Republicanos el ala izquierda”. Me pregunto si los buitres
que hoy sobrevuelan en círculos sobre la moribunda economía puertorriqueñ a, son de la
misma especie de aquel cuervo al que Muñ oz Marín hacía referencia.
Un buen día, en los comienzos de los añ os veinte, el joven Muñ oz conoció en el Hotel
Palace del Viejo San Juan a otro líder emergente, Pedro Albizu Campos, graduado de
ingeniería química, filosofía y letras en las universidades de Vermont y Harvard. Segú n
escribió Muñ oz en sus memorias, ese día compartieron sobre las preocupaciones
patrió tico-sociales de Muñ oz y las patrió tico-políticas de Albizu. Estos dos líderes serían
determinantes en el rumbo que tomaría el país: uno sería artífice en el diseñ o de la vitrina,
el otro, la denunciaría hasta la muerte. El tiempo ha emitido su veredicto.
La Ley de la Marina Mercante de 1920, para reglamentar el comercio interestatal, fue
otro golpe contundente a la economía de la colonia, pues exigía que para toda mercancía
transportada entre puertos estadounidenses, incluyendo a Puerto Rico, utilizara los barcos
de la marina mercante de los Estados Unidos, aun cuando era la má s cara del mundo, y
posteriormente la má s ineficiente. Esa camisa de fuerza la ha tenido el país por noventa y
seis añ os. En la actualidad, Puerto Rico ocupa la novena posició n en importaciones de
Estados Unidos, pero si tomamos en cuenta el per cá pita, ocupamos la honrosa posició n
nú mero uno. Muchos economistas estiman en $500 millones el costo anual de esa
imposició n, cinco mil millones de dó lares en los ú ltimos diez añ os. Las Leyes de Cabotaje
han contribuido al encarecimiento de los productos de consumo y por ende al
resquebrajamiento de la vitrina.
Esa vitrina tuvo un atisbo de diseñ o tan temprano como en 1921 cuando don Antonio R.
Barceló , del Partido Unió n, y don José Tous Soto, del Partido Republicano, gestionaron en
Washington la creació n de una especie de Estado Libre Asociado. El Senador Phillip
Cambell radicó el proyecto el 19 de enero de 1922 pero en el mismo no se establecía que
Puerto Rico pudiera adoptar su propia constitució n. Los republicanos de allá , temerosos de
que ese proyecto condujera a Puerto Rico hacia la independencia, sometieron otro proyecto
para convertir a Puerto Rico en un territorio incorporado. Ambos proyectos murieron por
inanició n en el Comité Cameral de Asuntos Insulares. Por este intento el Partido Unió n se
desunió y de un sector de esa agrupació n política surgió en 1922 el Partido Nacionalista al
que luego se incorporó Pedro Albizu Campos. La definició n de nuestra relació n con los
Estados Unidos ha mantenido dividido a nuestro pueblo, antes y ahora. Mientras, el imperio
disfruta de los resultados de la má xima: divide y vencerás.
En 1921 también nos llegó una joya, uno de esos gobernadores nombrados desde los
Estados Unidos que demostraban el aprecio que el Imperio nos tenía: el texano Emmet
Montgomery Reilly, a quien los boricuas bautizaron como Moncho Reyes. Moncho, fue
postmaster y editor de un perió dico en Kansas City y había dirigido la campañ a electoral
del presidente Warren G. Harding en el oeste de los Estados Unidos. Ademá s, hizo un
generoso donativo de 11,000 dó lares a esa campañ a y fue premiado con la gobernació n del
país. Tan pronto asumió el cargo sustituyó a todo funcionario que creyera en la
Independencia y se dedicó a solidificar el proceso de americanizar a los puertorriqueñ os.
En su mensaje inaugural expresó que la bandera americana era la ú nica que debía flotar en
el país y de inmediato nombró a amigos suyos a puestos importantes en el gobierno de la
isla. La corrupció n que propició este individuo fue tal que tuvo que ser investigado por las
autoridades locales. Se le halló culpable, pero su amigo el presidente Harding le tiró la
toalla y lo relevó de sus funciones, llevá ndoselo a los Estados Unidos, de donde nunca debió
haber salido. Don Pedro Albizu Campos tuvo palabras de “elogio” para don Moncho en una
entrevista del 11 de junio de 1927: “Cuando llegó a Puerto Rico aquella mula de Kansas City,
sellada con las letras Mont Riley, a coces le quitó la careta a nuestros políticos”. Quería decir
que con sus actos de corrupció n el susodicho gobernador les minó la fe en Estados Unidos a
muchos políticos pro americanos. Así que tal vez Emmet Montgomery Reilly, bautizado por
don Pedro como mula, fue el precursor de la fauna política puertorriqueñ a que nos ha dado
un gallo, un caballo y un alacrá n en la gobernació n. Má s adelante podrá n identificar a estos
personajes.
El intento de americanizar la nueva colonia trajo a la luz otra constante histó rica:
mientras haya puertorriqueñ os dispuestos a hacer el trabajo sucio, el americano no se
ensucia las manos. Se nombró como Comisionado de Instrucció n al puertorriqueñ o don
Juan B. Huyke, quien en la carta circular del 10 de noviembre de 1921 dijo: …“nuestras
escuelas son agencias de americanismo… y deben presentar el ideal americano a nuestra
juventud… deberá tocarse y cantarse música patriótica (norteamericana) y honrarse la
bandera americana”. Si don Juan pudiera viajar en el tiempo y darse una vuelta por las
distintas festividades culturales puertorriqueñ as, como las Fiestas de la Calle San Sebastiá n,
se daría cuenta que ese intento de americanizarnos culturalmente fracasó .
El día 3 de diciembre de 1922 se inauguró la primera estació n de radio en Puerto Rico;
esta fue WKAQ, la segunda en Hispanoamérica y la quinta del mundo. El afamado violinista
puertorriqueñ o, José Pepito Figueroa, participó de esa primera transmisió n y añ os después
también fue parte del programa inaugural de la radio en Madrid junto al Rey Alfonso XIII.
La estació n WKAQ se mantuvo como ú nica estació n hasta el añ o 1934. Las elecciones de
1924 fueron las primeras en que la gente encendió sus radios para escuchar los mensajes
de los políticos. Hoy día la gente hace todo lo contrario: apaga la radio para no escuchar el
cacareo de los políticos tradicionales, sus diatribas superficiales y los aná lisis cínicos de
ciertos politó logos de nuevo cuñ o. ¡Coñ o!
El asunto de acabar con el coloniaje se volvió a tocar por la Legislatura de Puerto Rico
en febrero de 1928 aprovechando una curiosa circunstancia. En ese mes vino a Puerto Rico
Charles A. Lindbergh, primer aviador en cruzar el Océano Atlá ntico en avió n, sin escalas y
en solitario. Lo primero que llamó la atenció n fue su frialdad ante el caluroso recibimiento
de los puertorriqueñ os. Se le ofrecieron banquetes, bailes, recepciones y hasta se le
compusieron canciones. En una recepció n organizada por el alcalde de San Juan, Roberto H.
Todd, se dice que Lindbergh desairó a la reina del carnaval al negarse a bailar con ella y
ademá s se negó a repartir capullos de rosas como era tradició n en el Carnaval de San Juan.
Se alega que de ahí sale el dicho de ser “má s frío que Lindbergh”, apellido que el boricua
pronunciaba como “límber”. Desde entonces el vocablo límber aparece en el diccionario
como “cierto helado hecho con agua azucarada y el zumo de alguna fruta y luego congelado
en el refrigerador”. Antes y ahora, hacer que Estados Unidos resuelva el status de Puerto
Rico, no ha sido tan fá cil como chuparse un límber.
Los políticos que componían la Alianza, partido mayoritario en aquel momento,
aprovecharon la popularidad del frío aviador para enviarle al presidente Calvin Coolidge
una calurosa resolució n aprobada por la Legislatura exigiendo el fin del coloniaje. Barceló y
Tous Soto, también le enviaron un cablegrama personal al presidente con esa misma
intenció n. El reclamo molestó al primer ejecutivo estadounidense quien se quejó al
gobernador Horace Mann Towner de lo poco agradecidos que eran los puertorriqueñ os
tomando en consideració n el progreso que los americanos les habían traído. Ese añ o, el
presidente Coolidge visitó Cuba. Quién iba a decir que pasarían casi noventa añ os antes de
que otro presidente estadounidense pisara tierra cubana, y que, también impensable, fuera
negro, como la mayoría de los ciudadanos que lo recibían con una mezcla de escepticismo y
curiosidad.
Veamos algunos datos de ese maravilloso progreso del que segú n el presidente
estadounidense disfrutaban los puertorriqueñ os al finalizar la tercera década de la
invasió n: el ingreso per cá pita en el país no llegaba a los 100 dó lares al añ o. El salario por
día en las plantaciones de azú car era de 75 centavos, 50 centavos en las de café y 80
centavos en las de tabaco. Algunos de estos salarios eran solo en la época de zafra, o sea,
por seis meses. Míster Coolige debió venir a trabajar aunque fuera un solo día en algunas
de estas plantaciones, cobrando esos salarios, para que comprendiera el por qué éramos
tan malagradecidos.
Sigamos examinando algunos datos de ese “progreso” que se observaba al terminar la
tercera década de la invasió n: el 80% de la població n vivía en la pobreza, las tasas de
mortalidad por desnutrició n y malaria estaba entre las má s altas del hemisferio. Había má s
de 600,000 personas infectadas con uncinariasis y unos 30,000 habitantes contagiados con
tuberculosis. De los 10 añ os en adelante solo el 12.6% de los varones y el 11.2% de las
hembras iba a la escuela. El 60% de las tierras productivas estaban en manos de
corporaciones absentistas, el éxodo de la montañ a a la ciudad provocaba un serio problema
de vivienda y estaban comenzando a surgir los arrabales y barrios marginados. La isla era
un barril de pó lvora a punto de explotar… y no necesariamente de la felicidad que le
producía el progreso que experimentaba.
Tal y como ocurrió en los comienzos de la primera década de la invasió n, la naturaleza
puso su granito de sal, y el 11 de septiembre de 1928 nos azotó el huracá n San Felipe,
dejando 300 muertos y las cosechas destruidas. Mi papá , que nació en el 1914, hoy día, a
sus 102 añ os, no recuerda que vivió tres de sus primeros añ os sin ser ciudadano
americano. Tiene un lejano recuerdo de algo que se llamó la Primera Guerra Mundial, pero
puede contar con lujo de detalles có mo pasó ese huracá n San Felipe en una casucha de paja.
Rafael Herná ndez, el compositor puertorriqueñ o má s conocido a nivel internacional, fue
testigo de la pobreza y la desesperanza que padecía su pueblo luego del azote de San Felipe
a finales de la década de los veinte. De regreso al lugar donde vivía en las entrañ as del
monstruo, en el Harlem niuyorquino, compuso una triste canció n. En ella decía: “el pueblo
está muerto de necesidad”, “se oye ese lamento por doquier”; y se preguntaba, como el
jibarito de su composició n, “¿qué será de Borinquen, mi Dios querido; qué será de mis hijos
y de mi hogar?”. Un negro independentista puertorriqueñ o, don Pedro Ortiz Dá vila,
“Davilita”, fue el primero que grabó ese “Lamento Borincano”, y lo hizo con Manuel Jiménez
“Canario” y su grupo el 14 de julio de 1930 en Nueva York. Esa canció n le ha dado la vuelta
al mundo en diversas versiones e idiomas y sigue siendo un ícono de nuestra mú sica,
ademá s de un fiel retrato del Puerto Rico que existía treinta y dos añ os después de la
invasió n.
Otro fenó meno, también de la naturaleza, pero esta vez de la naturaleza del capitalismo,
ocurrió el llamado Martes Negro, el 29 de octubre de 1929: la caída en la Bolsa de Valores.
Así dio comienzo la Gran Depresió n que se extendió hasta finales de la década del treinta y
que tuvo efectos devastadores en casi todos los países del mundo. En el caso de Puerto
Rico, con las precarias condiciones socioeconó micas que ya existían, el efecto fue má s
devastador aú n.
Ahora, con el “Lamento Borincano”, de fondo, y con una lupa en la mano, vamos a
escudriñ ar la década del treinta, la má s dramá tica, intensa y definitoria de nuestra historia,
donde corrió mucha sangre y se gestaron rumbos tan opuestos como absurdos. Es en esta
década donde encontré la respuesta a algo que nos hace ú nicos en el mundo: nuestro miedo
a la Libertad como sinó nimo de Independencia. Me acerco cuidadosamente a ese barril de
pó lvora que era Puerto Rico a comienzos de 1930.
En ese momento, nuestra economía era absolutamente dependiente de la de los Estados
Unidos. ¡Hay cosas que no cambian! La Gran Depresió n agravó nuestra pobreza, ya
extrema, y siguió empeorando conforme la década iba avanzando. De 1931 a 1936 hubo
207 huelgas en el país, 85 de ellas solo en el segundo semestre del 1933 donde el ingreso
per cá pita era 30% menor que en el 1930. Los salarios de los trabajadores de la cañ a se
redujeron a los niveles del siglo XIX, pero las ganancias de la industria azucarera eran
extraordinarias.
Don Pedro Albizu Campos, electo presidente del Partido Nacionalista en 1930, fue
llamado por los obreros para dirigir la famosa huelga de la cañ a de 1934. Su liderato ante la
clase obrera y pobre del país, al inicio de los añ os treinta, contrastaba con la ausencia del
escenario criollo en la década del veinte, de aquel joven de apellido Muñ oz que había
conocido en el Hotel Palace. Muñ oz Marín se había ido a los Estados Unidos a vivir su
mundo poético, libre y despreocupado.
El joven Luis vivió en Washington siendo su padre Comisionado Residente de 1911 al
1916. En los añ os veinte residió en el Nueva York bohemio del Greenwich Village, entre
artistas y gente de izquierda, ya casado con doñ a Muna Lee. Su primer idioma era el inglés y
se sentía parte de aquella cultura con la que compartía sus añ os y sueñ os de juventud.
Regresó a Puerto Rico el 20 de agosto de 1931 y para las elecciones de 1932 se postuló
como senador por el Partido Liberal. Esas fueron las primeras elecciones en que las
mujeres que supieran leer y escribir podían ejercer su derecho al voto. Muy pocas lo
hicieron.
El Partido Nacionalista también participó del proceso electoral de ese añ o. Muñ oz Marín
dijo en una entrevista que votaría por Albizu, su antítesis, egresado de Harvard, teniente
segundo del ejército de los Estados Unidos, admirado y respetado como defensor de los
derechos de los pobres. Muñ oz logró el escañ o de senador, Albizu no. Hay cosas que no
cambian.
El fuego alrededor del barril de pó lvora se encendió con varios incidentes. Uno de ellos
parece sacado de un cuento de Edgar Allan Poe. En 1931 el Rockefeller Institute envió a
trabajar al Hospital Presbiteriano del sector El Condado al doctor Cornelius P. Rhoads en el
á rea de salud pú blica. En 1932 el Partido Nacionalista denunció la existencia de una carta la
cual había sido sustraída del escritorio de ese doctor por una empleada doméstica. La
misma estaba dirigida a un amigo de nombre Ferdie, y en uno de sus pá rrafos decía lo
siguiente sobre los puertorriqueñ os: “Son la raza humana más sucios, vagos, degenerados y
ladrones que jamás ha habitado este globo. Enferma a uno habitar la misma isla con ellos.
Son más bajos que los italianos. Lo que esta isla necesita no es trabajo de salud pública sino
una ola marina o algo que extermine totalmente la población. Yo he hecho todo lo mejor
posible por avanzar el proceso de exterminación matando a ocho y transplantándole cáncer a
varios más. Este último esfuerzo no ha resultado en muertes aún.” El siniestro doctor negó
inicialmente la carta pero los diarios de la época la publicaron y tuvo que aceptar que era
su letra. El caso del doctor Rhoads ejemplifica los prejuicios étnicos y culturales con los que
se miraba a los puertorriqueñ os desde la banda allá . Para la década del 1980 tuve la
oportunidad de convertir este hecho en un paso de tragicomedia para el grupo de sá tira
política Los Rayos Gamma.
El círculo de fuego alrededor del barril de pó lvora se estrechó aú n má s el 16 de abril de
1932. En la conmemoració n del natalicio de José De Diego, la legislatura pretendía la
aprobació n de una ley propuesta por el líder anexionista Celestino Iriarte para convertir la
bandera que identificaba al movimiento independentista en bandera oficial de la colonia.
Esto indignó a los nacionalistas que estaban en un mitin en la Plaza Baldorioty y Albizu
invitó a la multitud a que lo acompañ ara a protestar frente al Capitolio. Allá hubo forcejeos
entre nacionalistas y la policía, y murió el joven Manuel Rafael Suá rez Díaz debido al
derrumbe de una baranda. Esto produjo el arresto de Albizu Campos quien proclamó al
joven como el primer má rtir del nacionalismo.
Finalmente el proyecto de la bandera no se aprobó y los liberales calificaron la protesta
de los nacionalistas como un acto heroico. El episodio generó brotes esporá dicos de
violencia durante los días siguientes y un sector de la prensa emprendió una intensa
campañ a contra Albizu calificá ndolo de revoltoso. La respuesta de los Estados Unidos no se
hizo esperar. Se nombró al coronel Elisha Francis Riggs como jefe de la Policía, al General
del ejército Blanton K. Winship como gobernador, se equipó a la Policía con ametralladoras,
se le reentrenó , se le politizó y, por primera vez, se destacaron agentes del FBI en San Juan.
El proceso de criminalizar y reprimir el independentismo escaló al nivel de la oficialidad de
la colonia.
En las elecciones de 1932 salió electo presidente de los Estados Unidos Franklin Delano
Roosevelt, quien prometía “una revolució n pacífica, llevada a cabo sin violencia, sin el
derrumbe del imperio de la ley y sin la negació n del derecho equitativo de todo individuo o
clase social”. Era su política del Nuevo Trato aplicable al nivel doméstico, mientras en las
relaciones internacionales se ejecutaba la Política del Buen Vecino. Ambas aspiraban a
reformular la relaciones en la vía de un consenso, que mejorara las relaciones entre
opuestos sin alterar las estructuras de poder. La política del Nuevo Trato resultaba
contradictoria con la del Mal Trato que se seguía aplicando en Puerto Rico.
Mientras a Albizu Campos ya se le endilgaba el sello de revoltoso, Luis Muñ oz Marín se
convertía en el puertorriqueñ o de mayor influencia en la administració n de Roosevelt
gracias a su amistad con la periodista Ruby Black, muy amiga de la primera dama Eleonor
Roosevelt. Por esa cercanía, Muñ oz logró que Roosevelt sustituyera al gobernador Robert
Gore, que no era de su agrado ni del Partido Liberal al que pertenecía.
Cambiemos momentá neamente de partitura y de ambiente social. Nos va a parecer
como si estuviéramos en otro país, distinto al descrito en los pá rrafos anteriores. Esos
primeros dos añ os de la década del treinta fueron musicalmente explosivos. Acaparaban el
panorama los pomposos bailes de sociedad amenizados por las grandes orquestas, los
compositores escribían canciones a borbotones, nos visitaban artistas y orquestas cubanas
y se inauguró el Escambró n Beach Club con un gran baile bajo los acordes de la orquesta de
Rafael Muñ oz.
Este otro mundo era parte del proyecto de convertir a Puerto Rico en un “winter resort”
para el entretenimiento de las clases medias estadounidenses. Desde antes de la invasió n
ya la elite político-militar nos visualizaba así. Han pasado 118 añ os y todavía nuestra
industria turística sigue sometida casi exclusivamente al mercado de consumo
estadounidense.
Cerramos este interludio musical con el compositor mayagü ezano, Roberto Cole, que
para 1932 compuso su “Romance del Campesino” donde la jibarita le pide a su amado: “No
te vayas a quedar en la ciudad que mañ ana nos vamos a casar y te espero solita en el bohío”
y describe a Puerto Rico como la “tierra de ricas mieles y buen café”.
El 27 de septiembre de 1932 nos azotó el huracá n categoría 4, San Cipriá n. Otra vez,
cientos de muertos y millones de dó lares en pérdidas. La reconstrucció n econó mica de
Puerto Rico era urgente pues el pueblo estaba al borde de una crisis humanitaria. Un líder
carismá tico como Albizu resultaba ser un peligro para ciertos sectores en los Estados
Unidos pues podía canalizar la indignació n de la gente hacia la consecució n de la
Independencia. El FBI y las autoridades federales, apoyados por comentaristas noticiosos,
comenzaron vincular a Albizu con el fascismo e insistían en que su oposició n a los Estados
Unidos era una venganza por cuestiones de raza, ignorando su participació n en la Primera
Guerra Mundial. Si se asociaba al líder de la Independencia al nazismo, al fascismo y al
racismo, la gente despreciaría ese ideal. Y así fue. Muñ oz, artífice de la palabra, lo utilizó
primero con cierto cuidado, pero después de la Segunda Guerra Mundial hizo suyo ese
lenguaje y lo reprodujo.
El valor estratégico de Puerto Rico tomó mayor importancia con la llegada al poder en
Alemania, en enero de 1933, de Adolf Hitler, un individuo de ideas impetuosas, que
prometía la construcció n de una nueva nació n, basada en las glorias del pasado, la
superioridad racial y la aniquilació n de judíos y comunistas. Cualquier parecido con el
discurso del magnate Donald Trump, de ascendencia alemana, en la campañ a republicana
de los Estados Unidos del añ o 2016, no es pura coincidencia. La semilla de la Segunda
Guerra Mundial estaba sembrada, y la ubicació n de Puerto Rico en el Caribe nos colocaba
en el ojo de la futura confrontació n.
“Por la encendida calle antillana va Tembandumba de la Quimbamba… Culipandeando
la Reina avanza…” rezaba el poema de Luis Palés Matos que fue publicado en el Puerto Rico
Ilustrado del 6 de enero de 1934. Dos meses después, no necesariamente culipandeando
por la encendida calle antillana, caminó Eleonor Roosevelt, la esposa del presidente de los
Estados Unidos, al llegar a Puerto Rico por gestiones de Muñ oz Marín. En esa primera
visita, Eleanor Roosevelt quedó profundamente impresionada con la pobreza del país.
Aliada de las reformas sociales que promovía su esposo, regresó a Puerto Rico en varias
ocasiones adicionales con intenciones de ayudar.
En 1934 la hornilla se seguía calentando. Se fundó el Partido Comunista Puertorriqueño,
se creó una Asociación de Trabajadores a la que Albizu miraba con esperanzas, y tres líderes
socialistas crearon Afirmación Socialista. El 17 de diciembre de ese añ o se colocaron radios
en diversas plazas de Puerto Rico para escuchar el mensaje del Navidad del presidente
Roosevelt que leería en españ ol el propio Muñ oz Marín desde Nueva York. Roosevelt,
extendía a Puerto Rico su política del Nuevo Trato y se convertía en el Santa Claus de esas
navidades, con Muñ oz de ayudante especial.
Como senador, Luis Muñ oz Marín exponía unas ideas que ya eran de consenso entre
nacionalistas, liberales y comunistas: un plan econó mico que diversificara la agricultura,
fomentara la industrializació n, apoyara a los pequeñ os agricultores y estableciera un cierto
equilibrio entre la producció n y el poder adquisitivo de la població n. En el mensaje que
leyó Muñ oz desde Nueva York se anunció la creació n de la PRERA, la agencia federal que
implementaría las ayudas econó micas a Puerto Rico que era afines con el Plan Chardó n,
preparado por el rector de la Universidad de Puerto Rico, Carlos Chardó n, para la
revitalizació n del país. Luego de tres décadas de miseria, y en los albores de una guerra, era
urgente y necesario pacificar ese punto estratégico en el Caribe llamado Puerto Rico. Estos
programas del Nuevo Trato aliviaron la miseria pero no alteraron las condiciones de
pobreza en las que vivía el país. En el bando de las ayudas y beneficios otorgados por los
Estados Unidos estaba Muñ oz; en el otro, en el de la resistencia y la impaciencia, estaba
Albizu, que entendía el Nuevo Trato como un acto de mendicidad. Con un discurso
incendiario en contra de la explotació n, la colonia, la represió n policíaca y la presencia
estadounidense en Puerto Rico, llenaba las plazas. Los campos ideoló gicos comenzaban a
delinearse.
En julio de 1935, Enrique Laguerre, hijo de un pequeñ o propietario de tierras del
noreste del país, publicó su primera versió n de la novela La llamarada, producto de su
experiencia y observaciones de có mo paulatinamente la agricultura variada y la ganadería
cedía su espacio al monocultivo de la cañ a. La importació n de alimentos que antes proveía
la tierra puertorriqueñ a, era cada vez mayor. A sus veinticinco añ os, el joven novelista era
víctima también de los efectos devastadores que tenía en el país la Gran Depresió n en los
Estados Unidos. El ingreso per cá pita había bajado a 12 centavos diarios. En esa misma
época, alimentar un cerdo en el sur de los Estados Unidos conllevaba un gasto de unos 16
centavos al día.
Aunque nací en el 1948, durante mi niñ ez aú n se escuchaban las palabras “prera” y
“pra” como símbolo de algo que se nos daba por obra y gracia del espíritu benefactor de
Muñ oz Marín y los americanos. Recuerdo en particular la leche en polvo y unos zapatos que
duraban una eternidad. La PRERA, Puerto Rico Emergency Relief Administration, le inyectó
dinero al escuá lido presupuesto de la isla, pero en cantidades menores a las aprobadas, e
injustamente distribuido en comparació n con los estados. Así mismo sucedió en 1935 con
la PRRA: Puerto Rico Reconstruction Administration. Mis padres me cuentan que, a pesar
de la pobreza en que vivían, les resultaba incó modo, indigno, eso de recibir ayuda sin dar
nada a cambio. Ese sentimiento era general desde el inicio de estas ayudas y la PRRA se vio
en la necesidad de crear un Programa de Intercambio mediante el cual la gente daba un día
de trabajo a cambio de la ayuda que recibía. Pero lo cierto es que estos programas, al igual
que los cupones de alimentos ochenta añ os después, aunque eran necesarios, no eran
suficientes para crear una fuerza productiva. Todo lo contrario, nos condujeron antes,
como ahora, a una mayor dependencia.
El 24 de octubre de 1935 el fuego llegó al barril de pó lvora. A eso de las 11:00 de la
mañ ana, cerca de la Universidad de Puerto Rico, estalló un conflicto de un sector del
estudiantado que quería declarar non grato a Albizu Campos en una asamblea, y un grupo
de nacionalistas que lo quería impedir. La Policía insular intervino y asesinó a cuatro
nacionalistas y a un civil en lo que se conoce como la “Masacre de Río Piedras”. El jefe de la
Policía, Elisha Riggs declaró : “guerra, guerra y guerra contra los nacionalistas”.
Un añ o antes, el 18 de enero de 1934, Albizu Campos había tenido un breve encuentro
con Riggs, a petició n del jefe policíaco. Riggs, heredero de la fortuna del Riggs National
Bank, con intereses en la industria azucarera, estaba preocupado por las consecuencias en
la fortuna de su familia de la huelga de los trabajadores de la cañ a liderados por Albizu. Se
dice que llegó a hacerle ofrecimientos políticos al líder nacionalista pues Riggs tenía una
estrecha amistad con el Senador Tydings quien se aprestaba a radicar un proyecto de ley
para concederle la Independencia a Puerto Rico. Albizu no accedió a esos ofrecimientos de
traicionar a los obreros en huelga. Ahora, ante la amenaza del jefe de la policía después de
la “Masacre de Río Piedras”, contestó : “Recogemos el guante. Habrá guerra, guerra y guerra
contra los yanquis”.
Unos jó venes nacionalistas, Hiram Rosado y Elías Beauchamp, decidieron tomar la
justicia en sus manos. El 22 de febrero de 1936 ambos esperaron en la esquina del Callejó n
Gá mbaro y la calle Allen (hoy Fortaleza) a que el Coronel Riggs pasara por allí en su
automó vil, como acostumbraba los domingos luego de ir a misa en la Catedral. Rosado le
salió al paso y le disparó dos veces, pero el arma le amarró fuego y el conductor del carro
pudo arrestarlo. Entonces, Elías Beauchamp, se acercó al auto de Riggs y se hizo pasar por
testigo del atentado. Lo invitaron a montarse al auto para llevarlo hasta el cuartel a
declarar. Ya adentro del vehículo, pudo dispararle a quemarropa al militar, matá ndolo en el
acto. Beauchamp fue arrestado sin ofrecer resistencia. Má s tarde ambos jó venes fueron
asesinados en el cuartel de la calle San Francisco del Viejo San Juan por ó rdenes de un tal
coronel Cole, militar estacionado en el Fuerte Brooke a cargo del Regimiento 65 de
Infantería, compuesto por soldados boricuas.
La guerra continuó y Albizu fue acusado junto a siete nacionalistas por sedició n y
conspiració n. Todo el liderato político de Puerto Rico se unió al reclamo de que no se
acusara a Albizu y a los nacionalistas, pero el 14 de julio de 1936 se comenzó el juicio. El 19
de julio el jurado no pudo llegar a un veredicto en ninguno de los cargos: cinco
puertorriqueñ os integrantes del mismo votaron en contra y cuatro norteamericanos a
favor. El fiscal federal Cecil Snyder, haciendo buena la “promesa” de justicia que anunció el
General Miles a su llegada, se buscó entonces un jurado compuesto por diez
norteamericanos y dos boricuas pro americanos, y así se encontró culpable a Albizu el 31
de julio de 1936. Le echaron de 6 a 10 añ os de prisió n y lo encerraron en la cá rcel la
Princesa. Entre los condenados junto a él estaban los poetas Juan Antonio Corretjer y
Clemente Soto Vélez.
En la bú squeda de respuestas a esas preguntas planteadas al inicio de este libro, voy a
acercar la lupa aú n má s a esos momentos de alta tensió n y gran miseria en los que vivía el
país para el 1936. He aquí el escenario: los nacionalistas, o sea, los “malos” de la película,
estaban presos; en el otro lado, “los buenos”, habían creado 60,000 nuevos empleos con los
fondos de la PRRA. Es en esa circunstancia histó rica que se presenta el Proyecto Tydings
para que los puertorriqueñ os decidieran si querían o no la Independencia. Las condiciones
que se imponían a Puerto Rico en la transició n hacia esa Independencia eran onerosas
segú n los líderes políticos de la época, incluyendo a Muñ oz Marín. Algunos interpretaron
que con dicho proyecto el congresista Millard Tydings pretendía vengar la muerte de su
amigo Elisha Riggs. Sucede que desde Washington se le pidió a los líderes políticos
puertorriqueñ os que condenaran la muerte de Riggs, pero estos, incluyendo a Muñ oz
Marín, se habían negado. Tydings había recomendado a Riggs para el puesto de jefe de la
policía estatal. Se especula que su respuesta fue el proyecto de ley sin consultá rselo a
Muñ oz.
En su libro A la vuelta de la esquina, el historiador Néstor Duprey Salgado, en un
minucioso estudio de los documentos de la época, discrepa de esa ú nica interpretació n y
expone que sí había una intenció n de la administració n Roosevelt de descolonizar a la isla
ofreciéndole a los puertorriqueñ os la oportunidad de escoger la independencia, tal y como
se había hecho con Filipinas. A mi entender, la intenció n era conseguir como en Filipinas y
antes en Cuba, una independencia que mantuviera a Puerto Rico bajo la influencia y control
de los Estados Unidos. Una independencia formal, que complaciera a los vecinos
latinoamericanos, pero que no mutilara la hegemonía estadounidense.
Muñ oz, molesto porque Washington no le consultó , no apoyó el proyecto Tydings.
Ademá s, el líder entendía que la Independencia tenía que darse con justicia econó mica.
Creo que este punto es importante para entender la ruptura que luego vendría entre Muñ oz
y el independentismo. La ló gica de Muñ oz era la siguiente: el giro hacia la independencia
frenaría el Nuevo Trato en el país, esto es, las ayudas de PRERA, PRRA, y otras, donde él era
el protagonista de esa “justicia social” o “econó mica” que sin dudas beneficiaba al país. Y
eso solo era posible, a su entender en aquel momento, con un Puerto Rico dentro del marco
territorial de los Estados Unidos. En aquella difícil situació n decidió oponerse a la
Independencia y nadar contra corriente. Los términos del proyecto original eran onerosos:
eliminar las ayudas federales, darle solo seis meses al pueblo para que decidiera seguir o
no con la ciudadanía americana, y cuatro añ os de transició n tarifaria, pero con la presencia
americana en el país.
Muñ oz planteaba: o cambiar el proyecto, o promover el retraimiento electoral si se
hacía la consulta. Antonio R. Barceló , líder del Partido Liberal al que Muñ oz pertenecía se
opuso al retraimiento y aceptaba el proyecto tal y como estaba redactado. Albizu Campos
apoyó el proyecto sin reparos pues decía que a la Independencia no se le ponían
condiciones para aceptarla. Por su parte, el líder de los anexionistas, Rafael Martínez Nadal,
dijo que si el proyecto se sometía, y le obligaban a escoger entre la colonia con dinero y la
Independencia con miseria, por dignidad, apoyaría la Independencia. ¡Qué diferentes eran
esos anexionistas de antes de la Guerra Fría! El proyecto de ley nunca llegó a feliz término
pero logró dividir aú n má s a los líderes políticos locales. También se sembró en la clase
pobre del país el miedo a la Independencia porque se proyectaba como algo en contra de su
bienestar econó mico.
El 17 y 18 de julio de 1936 hubo un intento de golpe de estado contra la Repú blica
Españ ola, preá mbulo a la cruenta guerra civil que sufrió esa nació n hasta 1939, cuando
advino al poder el dictador Francisco Franco. El 1 de septiembre de 1939, Alemania inició
su invasió n a Polonia. Esta fecha se reconoce como el preá mbulo de la Segunda Guerra
Mundial. Poco después, Francia y el Reino Unido le declararon la guerra a Alemania. Estos
acontecimientos incidieron definitivamente en el contexto ideoló gico en el que se
desenvolvía nuestra historia en el segundo lustro de la década de los añ os treinta.
La elecciones de 1936 tuvieron un alto voltaje con el que los aparatos de inteligencia de
los Estados Unidos y los intereses militares pretendían electrocutar la Independencia que
figuraba en el programa del Partido Liberal, la mayor fuerza política del país en ese
momento. Con Albizu preso, fomentar la divisió n entre el liderato de Muñ oz y Barceló en el
Partido Liberal era un objetivo altamente rentable para los intereses de los que no
favorecían la Independencia. Y se logró sin mucho esfuerzo. El 27 de agosto de 1936 la
Junta Central del Partido Liberal expulsó a Muñ oz por promover el retraimiento electoral.
Una vez fuera, Muñ oz organizó la agrupació n Acció n Social Independentista y siguió
impulsando la abstenció n electoral. La Coalició n de Republicanos y Socialistas ganó las
elecciones. Muñ oz culpó al proyecto Tydings por la derrota del Partido Liberal pero Barceló
le echó la culpa a él por haber respaldado la abstenció n.
Mientras Albizu estaba en prisió n, el domingo 21 de marzo de 1937, un grupo de
nacionalistas junto a la juventud de ese partido, llamados los Cadetes de la Repú blica, se
agruparon para hacer una demostració n para la cual ya habían obtenido un permiso. A
ú ltima hora, y por ó rdenes del gobernador Winship, el permiso se revocó . Como era una
marcha pacífica, los manifestantes no encontraron justo suspenderla y comenzaron a
caminar. La policía abrió fuego contra ellos matando a 19 nacionalistas e hiriendo a
decenas de personas. A esto se le conoció como “La Masacre de Ponce”. Daniel Santos, “el
Inquieto Anacobero”, grabó un disco de larga duració n que tituló “La Masacre de Ponce”
que tuvo gran difusió n en Latinoamérica y los Estados Unidos.
La guerra continuaría. El 25 de julio de 1938, mientras el gobernador Winship
pronunciaba un discurso celebrando los 40 añ os de la invasió n de los Estados Unidos a
Puerto Rico, el nacionalista Á ngel Esteban Antongiorgi disparó en direcció n al gobernador,
pero éste salió ileso. En la balacera murió Antongiorgi y el coronel de la policía Luis A.
Irizarry. Cuatro días antes, el 21 de julio, Muñ oz había reunido en asamblea a sus
seguidores en el Parque Sixto Escobar de San Juan. Quedó allí constituido el Partido
Popular Democrá tico.
Para 1938 la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial estaba a punto de
caramelo. En 1939 se envió dinero a la PRRA para la construcció n de carreteras por las que
pudiesen transitar vehículos militares. Recuerdo que en mi niñ ez decir “la carretera
militar” era sinó nimo de la recién construida carretera nú mero 20, de Guaynabo a Río
Piedras. También se construyó el Complejo Naval de Roosevelt Roads en Ceiba y la base
aérea Borinquen en Aguadilla. En ese añ o, la Marina de Guerra de los Estados Unidos tomó
la isla municipio de Culebra para sus prá cticas militares. Dos añ os después, como parte de
la expansió n de Roosevelt Roads, también tomaron tres cuartas partes del territorio de la
isla de Vieques. Tener enclaves militares le costaba millones de dó lares al añ o a los Estados
Unidos en diversos países en Latinoamérica y Europa. En Puerto Rico les salía de forma
gratuita, gracias al generoso Tratado de París.
Los pró ximos meses parecieron diseñ ados para que Muñ oz Marín se quedara solo en el
liderato del país. El dinero de las agencias de emergencia PRERA y PRRA, sumado a otras
ayudas y préstamos federales, llegó a sobrepasar el 125% del presupuesto de la isla. A
Pedro Albizu Campos se lo llevaron má s lejos aú n, a una prisió n en Atlanta, Georgia; don
Antonio R. Barceló murió el 15 de octubre de ese añ o; el 5 de diciembre de 1939 murió
Santiago Iglesias Pantín, líder de los socialistas; y el líder republicano, Rafael Martínez
Nadal, se tuvo que retirar de la actividad política por enfermedad y murió antes de las
elecciones de 1940. En la campañ a para esas elecciones del añ o cuarenta, Muñ oz Marín
dejó establecido que el status no estaba en issue, (¿les suena familiar?) y que un voto por el
Partido Popular no era un voto por la Independencia. Quedó así grabado en el
subconsciente de nuestro pueblo que el status colonial era preferible a la Independencia,
pues esta opció n era sinó nimo de miseria, de abandono del estado benefactor y, peor aú n,
de la cá rcel. Segú n Muñ oz, el reclamo de la libertad política se haría cuando las
circunstancias econó micas fueran favorables.
En esas elecciones legislativas de 1940 el debutante Partido Popular quedó a solo 7,567
votos de obtener la victoria absoluta. La demostració n fue tan sorprendente que se
entendió como un triunfo, a tal nivel, que legisladores de los otros partidos políticos
prestaron su voto para elegir presidente de la Cá mara a don Samuel R. Quiñ ones, del
Partido Popular. El Senado también fue dominado por los populares y eligió como su
presidente a Muñ oz Marín. Desde Washington, Roosevelt le envió una felicitació n a Muñ oz
bautizá ndolo como el nuevo líder del país. El camino para la construcció n de la vitrina
quedaba totalmente despejado.
CAPÍTULO 3: (1940-1950)
El viraje de Muñoz
Cuando me apresto a caminar por la década del cuarenta, lo hago como si diera pasos
sobre un lago cubierto por una fina capa de hielo. Sé que me adentro a terreno peligroso,
conflictivo. Es la década en que se establecieron programas e iniciativas de desarrollo
econó mico que aú n se reclaman como grandes logros de don Luis Muñ oz Marín y su
Partido Popular, pero también es la década en que populares e independentistas se
infligieron profundas heridas que aú n no han sanado. Es la década en la que se tomaron
rumbos por caminos con innumerables puentes rotos y con callejones sin salidas. Trato de
acercarme con una pá gina en blanco en la mano, pero es imposible. Impregnado está en
nuestro ADN de pueblo, el dolor, el resentimiento, la frustració n y la impotencia de una
década que nos marcó para siempre.
Cuarenta y dos añ os después de la invasió n estadounidense, todavía las promesas del
General Miles seguían almacenadas en las galeras de sus acorazados. La pobreza extrema
se palpaba por doquier, el desempleo uniformaba a la mayoría de los trabajadores, la
agricultura padecía un monocultivo asfixiante, el café, tabaco y frutos menores
languidecían y la dependencia estaba en todo su apogeo. El dinero proveniente de las
agencias federales alcanzaba el 174% del presupuesto estatal. Con ese panorama de teló n
de fondo, y con la promesa del Partido Popular de desvincular el asunto del estatus de las
elecciones generales, comenzamos esa mirada a los añ os cuarenta de nuestra historia,
donde se le dio forma a la zapata de la vitrina que hoy está hecha añ icos.
Con la victoria obtenida en las elecciones de 1940 el Partido Popular presentó
legislació n a principios de 1941 para crear leyes como la Ley de tierras, Ley del salario
mínimo, Ley de la jornada de 8 horas, Ley para crear la Autoridad de las Fuentes Fluviales y
otras reformas de importancia, calificadas de socialistas por muchos. Pero nada má s lejos
de la verdad. Eran medidas socialistas pero sin socialismo; una intervenció n en el mercado
por parte del estado que ahora, en el marco del neoliberalismo privatizador, algunos miran
con nostalgia.
El 19 de septiembre de ese añ o juramentó Rexford Guy Tugwell como gobernador, a
quienes sus opositores llamaban “Rex the Red”, con todas las implicaciones que ser “rojo”
tenían. É l mismo se definía como “el enviado” por el presidente Franklin D. Roosevelt para
velar el territorio en momentos de guerra. Tugwell era economista, profesor de la
Universidad de Columbia y colaborador del diseñ o de la política del Nuevo Trato de
Roosevelt. Venía enfocado en atender las necesidades má s apremiantes de Puerto Rico, a
crear instituciones y priorizar la planificació n. El que sería el penú ltimo gobernador
designado directamente desde Washington creía en las propuestas del programa de
gobierno del Partido Popular basado en la justicia social, en leyes a favor de los
trabajadores, en la creació n de empresas gubernamentales para activar la economía y en
hacer una reforma agraria. Y Tugwell favorecía firmemente el sistema de mérito en el
servicio pú blico y en este tema tuvo varios encontronazos con Muñ oz quien se inclinaba
por el patronazgo político. El inversionismo político es hijo de ese patronazgo, y a su vez,
padre putativo de la corrupció n gubernamental.
La mañ ana del domingo 7 de diciembre de 1941 fue el ataque a Pearl Harbor por parte
de Japó n. Era la excusa perfecta que con ansias Estados Unidos esperaba para entrar a la
Segunda Guerra Mundial y así salir de la Gran Depresió n. Sobre 53,000 puertorriqueñ os
participaron en esa guerra como ciudadanos estadounidenses de segunda categoría.
La política del Presidente Roosevelt del Nuevo Trato, se propuso y logró aliviar
tensiones políticas y sociales en ciertos sectores de la sociedad puertorriqueñ a. En 1942 se
creó la Autoridad de Transporte, la Autoridad de Comunicaciones, la Junta de Planificació n
y la Administració n de Fomento Econó mico, para atraer la inversió n de capital
estadounidense. Se comenzó a vender la imagen de Puerto Rico como un lugar privilegiado
para invertir, libre de conflictos sociales, con mano de obra barata, grandes privilegios
contributivos y una relació n exclusiva de comercio con los Estados Unidos. Décadas
después, esa exclusividad de nuestra relació n comercial con los Estados Unidos se fue al
piso cuando se creó el Acuerdo General Sobre Aranceles y Comercio (GATT: General
Agreement of Tariffs and Trade) y los mismos Estados Unidos comenzaron a firmar tratados
de libre comercio con otros países que a la larga podían ofrecer mejores condiciones que
Puerto Rico para las inversiones extranjeras. Luego de 1994 lo que había sido nuestra
ventaja como vitrina de progreso se quebró y el fin de la aplicació n de la Secció n 936
completó el proceso.
La Segunda Guerra Mundial comenzó a tener un efecto negativo en la economía del país.
La presencia de submarinos alemanes en las aguas del Caribe impedía la llegada de carga.
En septiembre del 1942 solo llegó el 7 por ciento de la carga recibida en septiembre de
1940. Esto provocó una gran escasez de alimentos y materiales de construcció n, aumentó
el desempleo, y acrecentó la desesperació n de la població n. Ese añ o la Asamblea Legislativa
creó tres agencias emblemá ticas de la administració n de Tugwell: la Junta de Planificació n,
el Banco de Fomento y la Compañ ía de Fomento. El primer director de la Compañ ía de
Fomento, Teodoro Moscoso, difería de Tugwell en el énfasis que este ponía en el fomento
de recursos locales. Moscoso favorecía el capital ausentista de gran escala y no concurría
con la importancia que el gobernador le daba a la agricultura en el proceso de
industrializació n. Resulta increíble que con la vitrina ya hecha añ icos en el 2016, algunos
funcionarios del gobierno popular aú n se aferraban a esos principios de la filosofía
moscosiana. Má s interesante aú n es que los líderes del anexionismo también hablaban ese
mismo idioma.
El 2 de abril de 1943 el senador Millard Tydings presentó su segundo proyecto de
Independencia para Puerto Rico, esta vez sin el apoyo explícito del presidente Roosevelt y
con la indiferencia de Muñ oz Marín, que no contestaba sus continuos mensajes pidiéndole
que definiera el tipo de independencia que deseaba. El 15 de agosto de ese añ o se celebró el
primer Congreso Pro Independencia con la participació n de unas 15,000 personas, en su
mayoría populares, pero también con la presencia de nacionalistas y comunistas,
entusiasmados con el Proyecto Tydings y la posibilidad cercana de que Puerto Rico se
convirtiera en un pueblo libre y soberano. Muñ oz declinó la invitació n que se le hizo a
participar. En ese momento el Presidente Roosevelt tenía las manos llenas con la guerra
que libraba en dos océanos y cinco de los siete continentes y prefería enfocar los esfuerzos
en darle a Puerto Rico, no la Independencia, sino algo que complacería al liderato local: la
opció n de elegir su propio gobernador.
Mucho se ha especulado sobre ese cambio de postura de Muñ oz respecto a la
Independencia. Para los populares fervientes Muñ oz sacrificó su ideal en aras del bienestar
del pueblo, para un sector del independentismo fue un acto de alta traició n. Otros lo
atribuyen a un chantaje de parte del siniestro jefe del FBI, J. Edgar Hoover, quien se
deleitaba en confeccionar expedientes a los políticos sobre sus debilidades morales, para
tenerlos en la palma de la mano. Hoover, un furibundo anticomunista, le había echado el
ojo a Muñ oz por seguir, en principio, las propuestas de Tugwell calificadas de corte
socialista.
El 1 de abril de 1943, en el file 100-32, aparece un informe de un agente del FBI en San
Juan que detalla una larga lista de comportamientos cuestionables de Muñ oz en el que se
incluye “adicció n a narcó ticos” y se le identifica como “el moto de Isla Verde”. En otro de los
archivos, el File 100-5745 Secció n 1, se asegura que Muñ oz es “reputedly the ranking oficial
of the Communist Party in the West Indies and the Caribbean Sea”. Lo firma Guy Hottel,
agente especial, el 15 de noviembre de 1940 y está en un informe dirigido a Hoover. Sin
lugar a dudas este señ or Hottel estaba absolutamente despistado.
El mismo agente anota en mayo de 1941 que Muñ oz vive con una mujer que le dicen “La
Mendoza”. En febrero de 1943 se afirma que Muñ oz estaba borracho frente al Normandie
en compañ ía de Vicente Géigel Polanco y que mandó al carajo a un policía que intervino con
él y maltrató a su chofer. Los expedientes se siguieron llenando hasta la década de 1960.
Sería especulativo atribuir a esos informes el cambio de postura ideoló gica de Muñ oz, pero
el informe existió , y el cambio de direcció n ideoló gica también. Si fue adicto al opio como
asegura el informe, entonces fue un caso ejemplar de rehabilitació n.
Muñ oz Marín quería ganar en grande las elecciones de 1944, otra vez sin tocar el tema
del estatus. Aunque los integrantes del Congreso Pro Independencia empujaban en otra
direcció n, en ese momento pensaron que un triunfo indiscutible del PPD, y el posible fin de
la Segunda Guerra, pondrían en primer plano el asunto de la Independencia. Wishful
thinking, diría un norteamericano.
Como deseaba Muñ oz, el Partido Popular obtuvo una contundente victoria electoral. De
inmediato, el licenciado Gilberto Concepció n de Gracia, presidente en ese momento del
Congreso Pro Independencia, le escribió a Muñ oz felicitá ndolo por el triunfo y
recordá ndole la urgencia de definir el estatus. El Segundo Congreso Pro Independencia fue
el 10 de diciembre de 1944. El senador Tydings fue invitado a asistir y, aunque no vino,
envió una carta solidarizá ndose con la causa. Mientras, Concepció n de Gracia y Muñ oz
mantenían un intenso diá logo sobre la necesidad de consultar al pueblo sobre el asunto del
estatus. Tal era el entusiasmo con el tema que Tydings volvió a radicar un proyecto Pro
Independencia el 10 de enero de 1945. La Legislatura de Puerto Rico se movió y mediante
resolució n concurrente solicitó al Presidente de los Estados Unidos una ley habilitadora
para la consulta de estatus. Se celebraron vistas pú blicas del Proyecto de Tydings a las que
acudió el liderato popular, incluyendo alcaldes y legisladores. También depusieron
independentistas del Congreso Pro Independencia, todos en apoyo al mismo, aunque
propusieron algunas enmiendas a la propuesta. Muñ oz por su parte, planteaba otra cosa:
que la gente escogiera entre tres opciones: continuar el dominio de los Estados Unidos, o
sea, la colonia, la Independencia, o la Estadidad. Esta ú ltima opció n era la píldora venenosa
de la propuesta de Muñ oz pues, segú n Tydings, el Congreso no quería darle la Estadidad a
la isla y ya eso derrotaba el proyecto.
Muñ oz Marín comenzó entonces a pedir que se pospusiese el proyecto hasta que
terminaran los trabajos de la Asamblea Legislativa. Coincidía su petició n de posponer el
asunto del estatus con los deseos del Departamento de Guerra estadounidense que,
aquilatando el valor estratégico de la isla, tampoco favorecía la consulta por temor a que la
Independencia resultara ganadora. En medio de este tajureo histó rico, murió el Presidente
Roosevelt el 12 de abril de 1945.
Sucede a Roosevelt, Harry S. Truman, enfocado en la competencia con la Unió n Soviética
por el control del mundo tras el final de la Segunda Guerra Mundial. Tydings seguía
aferrado al proyecto de Independencia, pero ya se había quedado sin aliados con grandes
influencias, tanto en Estados Unidos como en Puerto Rico. El 7 de mayo de 1945 Muñ oz
compareció , como presidente del Senado puertorriqueñ o, a las vistas del proyecto de
Tydings y se distanció del Congreso Pro Independencia al no respaldar una consulta
Independencia Sí o No. Insistía en incluir entre las opciones la continuidad del “dominio” de
los Estados Unidos, posició n que en ese momento ningú n grupo político en la isla defendía,
repito, ninguno. Estas sugerencias de Muñ oz se recogieron en lo que entonces se llamó el
proyecto Tydings-Piñ ero, porque fue auspiciado por don Jesú s T. Piñ ero, Comisionado
Residente en Washington en ese momento.
Aunque tal vez sea un poco engorroso, es importante que entendamos lo siguiente: la
Segunda Guerra Mundial (1939-1945) dejó una “promesa” de descolonizació n para Puerto
Rico sobre la mesa. En aquel momento, autodeterminació n, descolonizació n e
independencia eran sinó nimos. La “promesa” se materializó en la “Carta del Atlá ntico” de
1941, documento que comprometía a los aliados: Estados Unidos, la Unió n Soviética, el
Reino Unido y Francia a elaborar un programa de descolonizació n global tras la guerra. La
razó n era obvia: las guerras de 1914 y 1939 fueron motivadas por la codicia colonial, y en
esto estaban de acuerdo el presidente americano Thomas Woodrow Wilson, y el líder
bolchevique, Vladimir Ilich Ulianov, mejor conocido como Lenin. Ambos apoyaron un
mensaje comú n: la autodeterminació n de los pueblos. Entendían que demoliendo los
imperios coloniales se construiría un mundo de paz. Roosevelt y Truman tenían su palabra
empeñ ada con ello. Es entendible que se le pidiera al PPD en el 1939 o en el 1940 que se
pospusiera la descolonizació n hasta el fin de la guerra. De ahí surgía aquello de que la
independencia “está a la vuelta de la esquina”, es decir, “cuando termine la guerra”. Pero
luego de ella, seguirlo posponiendo era faltar al compromiso por razones de política
prá ctica electorera. Lo que en ese instante se sembró se sigue cosechando como excusa 72
añ os después para las elecciones de 2016. El atrecho de Muñ oz para ganar las elecciones, se
convirtió en un camino que nos condujo a la indefinició n permanente.
El lunes 6 y el jueves 9 de agosto de 1945 fueron dos días terribles para la humanidad.
Se ejecutaron los despiadados ataques con bombas nucleares, los ú nicos que han ocurrido
hasta ahora en la historia, contra Hiroshima y Nagasaki, ordenados por el presidente Harry
S. Truman. El gobernador Tugwell se sintió terriblemente desilusionado por el despiadado
acto el cual tildó en sus memorias de “un innecesario ataque genocida”. Ese día comenzó
los trá mites para renunciar a la gobernació n y regresar a la cá tedra, esta vez en la
Universidad de Chicago. Pero antes, logró la aprobació n de la Ley General de Sociedades
Cooperativas e indultó a cuatro presos nacionalistas condenados a cadena perpetua por el
atentado contra el gobernador Blanton Winship del 25 de julio de 1938. Ni a los
republicanos de allá , ni a un sector del liderato popular de acá , les hizo mucha gracia el
indulto. Las reflexiones que condujeron a Rexford Tugwell a conceder dicho indulto le
debieron servir de guía al presidente Barack Obama que a la altura del verano de 2016 aú n
no se decidía a terminar con los 35 añ os de prisió n de Oscar Ló pez Rivera.
El 7 de septiembre de 1945 Gilberto Concepció n de Gracia hizo el primer ataque pú blico
a Muñ oz por obstaculizar la consecució n de la Independencia. El proyecto Tydings murió
un mes má s tarde, el 18 de octubre. Ya Muñ oz hablaba de una fó rmula autonó mica que
denominaba el Pueblo Asociado de Puerto Rico. El 7 de febrero de 1946 Muñ oz comenzó a
publicar unos artículos en el perió dico El Mundo donde manifestaba sus dudas sobre la
viabilidad de la Independencia y atacaba abiertamente a los que la favorecían. El 10 de
febrero de 1946, en una reunió n de la cú pula directiva del Partido Popular en Arecibo, se
tiró la raya definitiva: era incompatible pertenecer al Congreso Pro Independencia y al
Partido Popular. Curiosamente esa propuesta de incompatibilidad dentro del Partido
Popular la revivieron el representante José Bá ez y el hijo de Rafael Herná ndez Coló n, José
Alfredo Herná ndez Mayoral, contra los soberanistas setenta añ os después. Cuando la
historia se repite y se repite, el mensaje es claro: no hemos aprendido lo que teníamos que
aprender.
El 4 de julio de 1946, mientras en Filipinas se declaraba la independencia de esa colonia
estadounidense, en Barranquitas, un grupo de líderes populares decidía finalmente
abandonar la ruta de la Independencia para Puerto Rico y buscar otro tipo de relació n con
los Estados Unidos, dá ndole prioridad a lo que ellos entendían que era la ruta hacia el fin de
la pobreza y el comienzo definitivo de nuestro desarrollo econó mico. Muñ oz comenzó a
difundir el mensaje de nuestra incapacidad para ser independientes y a resaltar las
bondades de la relació n con los Estados Unidos. Ese mensaje fue el semillero donde creció
el estadoísmo que al presente es la opció n de status de mayor arraigo electoral. Han pasado
setenta añ os de esa reunió n en Barranquitas. Donde quiera que estén en este momento los
que participaron de ella, con la pobreza actual en un 50 porciento, y con la incuestionable
quiebra econó mica del país, deben estarse preguntando lo mismo que me movió a buscar
contestaciones y a escribir este libro: ¿qué carajos pasó aquí?
El 28 y 29 de junio de 1946 Muñ oz publicó su famoso ensayo “Nuevos caminos hacia
viejos objetivos” en el que dejaba claro su abandono de la causa independentista. Eso llevó
al Dr. Gilberto Concepció n de Gracia y a otros independentistas dentro del Partido Popular
a fundar en Bayamó n, el 20 de octubre del 1946, el Partido Independentista
Puertorriqueñ o. Es curioso, tal vez causal, nunca casual, que el proyecto Tydings del 1936
provocó discusiones internas en el Partido Liberal que llevó al nacimiento del Partido
Popular en 1938. Así también, el Proyecto Tydings de 1943, y su otra versió n con Piñ ero en
1946, provocó la ruptura en el PPD que culminó en la creació n del Partido Independentista
Puertorriqueñ o (PIP). El PIP se inscribió en tiempo récord a pesar de que el Partido
Popular hizo todo lo imposible por impedirlo segú n manifestó don Gilberto Concepció n de
Gracia.
Mientras, en el otro mundo, en el de los países soberanos, se discutía la Carta de las
Naciones Unidas en contra del colonialismo y a favor de la autodeterminació n e
independencia de los pueblos. Movido por esta corriente que dejaba mal parado a los
Estados Unidos y su relació n colonial con Puerto Rico, el presidente de los Estados Unidos,
Harry S. Truman, nombró al primer puertorriqueñ o a la gobernació n de la isla, Jesú s T.
Piñ ero, quien tomó posesió n el 3 de septiembre de 1946. También se radicaron proyectos
de ley para que, a partir de 1948, Puerto Rico pudiese elegir su propio gobernador. Cinco
décadas después de la “promesa” de Miles teníamos el primer atisbo de algú n tipo de
concesió n que serviría para darle un poco de brillo al vidrio opaco de la vitrina que estaba
en proceso de construcció n. El independentismo denunció con vehemencia ese intento de
maquillar la colonia. Lo que se nos concedía por un lado se nos quitaba por otro. Gracias a
la Guerra Fría, las islas de Culebra y Vieques fueron tomadas en su totalidad por la Marina
de Guerra de los Estados Unidos para convertirlas en centro de prá cticas de guerra.
Regreso brevemente a estos añ os del viraje de Muñ oz. Pude entrevistar al politó logo
Juan Manuel García Passalacqua dos meses antes de su muerte. Juanma, cuando se graduó
de la Universidad de Puerto Rico en 1958, fue a la Universidad de Harvard a hacer estudios
internacionales recomendado por Arturo Morales Carrió n, uno de los hombres má s
allegados a don Luis Muñ oz Marín. Morales Carrió n le había encomendado a Passalacqua
buscar la forma de legitimar ante la comunidad internacional el Estado Libre Asociado.
Cuando Juanma regresó de Harvard, donde tuvo de profesores a autoridades mundiales en
asuntos internacionales, Muñ oz lo invitó a conversar. De esas conversaciones, que se
extendieron por quince días, García Passalacqua escribió un libro treinta y siete añ os
después: Conversaciones en el Convento, porque ocurrieron en la casa del gobernador en la
Playa del Convento en Fajardo. Dato curioso, la conversació n se desarrolló en inglés porque
Muñ oz se estaba preparando para unas conferencias que daría en Harvard en 1959, y
ademá s, Muñ oz hablaba mejor el inglés que el españ ol, segú n me aseguró García
Passalacqua.
La intimidad que se desarrolló entre el joven estudiante de 21 años y el cacique político le
permitió al primero escuchar de boca de Muñoz cosas extraordinarias sobre su viraje
ideológico. “Muñoz hizo la transacción con el ELA mediante un recurso que para mí fue
asombrosamente exitoso. Muñoz transformó la política en metáfora, pues poeta era, y así
logró el apoyo del 60% del pueblo a ese mundo metafórico que inventó, que a él lo hacía
sentir bien consigo mismo”, me confesó Juanma. Y continuó diciendo: “El genio poético se
inventó la metáfora y la vivió con su pueblo, porque, según Muñoz, quería ahorrarle
sufrimiento a los puertorriqueños”.
Asegura el licenciado García Passalacqua que de unos documentos que estudió y luego
verificó con diversas fuentes, el FBI le notificó a Muñ oz en Washington del arresto de Pedro
Albizu Campos y le dijeron que él podría correr igual suerte pues le podrían aplicar el Mann
Act por transportar entre estados, de Nueva York a Washington en tren, a una mujer que no
era su esposa. O sea, el FBI estaba utilizando un estatuto que prohibía la prostitució n, para
chantajearlo, ya que andaba con su amante y aú n no se había podido divorciar. Esa amante
era la distinguida profesora doñ a Inés María Mendoza quien poco después se convirtió en
la Primera Dama del país. En todos los documentos que García Passalacqua encontró , se
referían a doñ a Inés como “la Mendoza”. Todo este chantaje iba encaminado a que Muñ oz
adoptara el diseñ o de una vitrina que disimulara la colonia. Si no lo hacía, el gobernador
escogido sería el general Pedro Augusto del Valle, el puertorriqueñ o de má s alto rango en el
Ejército de los Estados Unidos. Del Valle ya se había reunido con el presidente Truman el
19 de febrero de 1946 y habían discutido la posibilidad de que se convirtiera en el primer
gobernador puertorriqueñ o de la isla. Segú n el politó logo a Muñ oz le dieron a escoger. Si no
aceptaba la colonia maquillada el gobernador sería el General del Valle. “Para ahorrarle
sufrimiento a mi pueblo, me inventé esta realidad metafórica” le dijo el caudillo al joven
estudiante. Juanma me aseguró que el cuadro de Muñ oz que hizo el pintor Francisco Rodó n
retrató ese dolor de Muñ oz al ver el rumbo que había tomado, añ os después, su invento
poético.
El añ o 1947 es muy importante en el aná lisis del porqué la vitrina finalmente se rompió .
El 12 de mayo de ese añ o se aprobó la Ley de Incentivos Industriales que encaminaba al
país hacia la industrializació n a base de inversió n externa con exenciones contributivas que
al día de hoy algunos insisten en reactivar. El estado dejaba atrá s la onda “socialista” de ser
el motor para acabar con la pobreza y la desigualdad, y le encomendaba esa tarea al
desarrollo capitalista. Ese cambio de orientació n econó mica, se distanciaba de lo
establecido por Rexford Tugwell, quien había vetado un proyecto parecido en el 1944. Se
tomaba así la ruta de Teodoro Moscoso la cual a su vez definió el rumbo político del Partido
Popular de ese momento en adelante.
He aquí un punto de inflexió n importante. ¿Pudo Muñ oz Marín, un añ o después, como
gobernador de Puerto Rico, enfocar el desarrollo de la economía del país en la direcció n
que la administració n de Rexford Tugwell había establecido, o el sello de comunista que
tenía esa visió n, en medio de la histeria de la guerra fría lo empujó a distanciarse de ese
modelo? A la distancia de siete décadas después es arriesgado juzgar, pero los hechos son
claros: el programa Manos a la Obra del Partido Popular se dirigió hacia la industrializació n
basada en las beneficiosas exenciones contributivas, las locales y las federales, a empresas
extranjeras, y el desplazamiento de las empresas puertorriqueñ as. Las estadísticas hablan
por sí solas: el empleo en empresas extranjeras exentas de contribuciones aumentó en los
añ os subsiguientes y disminuyó en el sector manufacturero local. La venta de las empresas
pú blicas, algunas de ellas a la familia Ferré, allanó el camino para que los republicanos del
Congreso vieran con buenos ojos el Estado Libre Asociado, aú n con sus rasgos de un estado
interventor. Para esos republicanos resultaba conveniente que el ELA evitaría la Estadidad
que ellos no estaban dispuestos a conceder.
Mirar los hechos histó ricos y ser objetivo es muy difícil; pero se puede intentar ser
justo. Los opositores má s feroces de Muñ oz lo ven como un traidor, un títere al servicio de
los intereses capitalistas de Washington. Sus defensores má s fieles afirman que fue el padre
del Puerto Rico moderno y que su decisió n fue sabia y moralmente acertada. La verdad
debe andar entre esos extremos.
El mismo Muñ oz, añ os después, reconoció en sus memorias que “fue un error no
subrayar con mayor énfasis la doctrina bá sica de una mejor distribució n de la riqueza, de
un mayor empleo, de un má s eficaz cultivo de la tierra, de una inversió n pú blica má s alta…”.
Creo que esta parte de esas memorias de Don Luis ameritan releerse por aquellos que
siguen insistiendo en regresar a ese enfoque del pasado que a la larga no funcionó .
Para ponerle la tapa al pomo de ese añ o 1947, Don Pedro Albizu Campos regresó al país
el 15 de diciembre, luego de haber cumplido cá rcel en los Estados Unidos. En su discurso de
llegada retomó las cosas donde mismo las había dejado cuando lo encarcelaron:
denunciando la colonia recién maquillada, y lanzando un reto directo a los Estados Unidos
y al nuevo liderato de la colonia. Curiosamente, ese mismo día se anunció la toma de
Vieques por el Décimo Distrito Naval. El FBI, que estaba má s activo que nunca, poseído de
la paranoia anticomunista que recorría el territorio norteamericano, enfocó sus cañ ones
contra Albizu en particular, y contra el independentismo en general, y colocó a los
nacionalistas en la lista de los grupos subversivos a los que debía atacar. El Presidente
Harry Truman vino a Puerto Rico el 21 de febrero de 1948 y fue el primer presidente
visitante en llegar por el aeropuerto de Isla Grande. Llegó acompañ ado de su jefe de
gabinete, el almirante y ex gobernador de Puerto Rico William Leahy. Durante su visita,
asistió a una recepció n en La Fortaleza y pasó la noche en un barco naval. El gobernador
Jesú s T. Piñ ero declaró el 21 de febrero como día feriado oficial para conmemorar la visita
de Truman. Las víctimas de las bombas de Hiroshima y Nagasaki se deben haber revolcado
en sus cenizas.
Las elecciones de 1948, con la elecció n del primer gobernador por el voto popular, en el
doble sentido de la palabra, iban a ser de gran importancia pues en el á mbito local se
pretendía acallar los clamores independentistas y en el contexto internacional Estados
Unidos quería dar la impresió n de que iba dirigido a resolver el problema colonial de la isla.
Ya a principios de añ o, en las altas esferas del Ejército de los Estados Unidos se hablaba de
fomentar un proceso para que Puerto Rico celebrara una convenció n donde se redactara
una Constitució n para un gobierno propio, pero, y de nuevo el PERO debe ser con
mayú sculas, sin alterar la soberanía estadounidense sobre el territorio, insustituible
estratégicamente y esencial para las maniobras navales necesarias a la defensa del
Hemisferio Occidental y el Caribe.
Muñ oz, que se jugaba la vida en esas elecciones de 1948, veía con mucha preocupació n
el reto que representaba el aumento en el activismo nacionalista y el discurso cada vez má s
abrasivo de Albizu. Por otro lado, el PIP, con una estrategia distinta a la de Albizu, gozaba
de muchas simpatías y a su liderato se le miraba con admiració n y respeto. El aumento en
la efervescencia independentista podía afectar la elecció n de Muñ oz y los planes de darle
una legitimidad internacional al dominio de los Estados Unidos sobre la isla.
La madrugada del 21 de mayo de 1948 mi mamá se sentía incó moda y se sobaba el
vientre donde yo me movía ansioso, esperando por las siete semanas que me faltaban por
nacer. En el Capitolio, esa misma madrugada, los legisladores populares parieron un
proyecto de ley nefasto, vergonzoso, represivo, producto del miedo irracional al
comunismo que ya era viral en los Estados Unidos, y al deseo de detener la lucha por la
Independencia de Puerto Rico: la Ley de la Mordaza. Ese engendro mal nacido dicha
madrugada contribuyó a criminalizar la ideología independentista, a facilitar la persecució n
física y a destruirle la vida a los que simplemente creían en lo que unos añ os antes
profesaba Luis Muñ oz Marín y que ahora condenaba. Lejos estaba mi madre de saber que
ese bebé que nacía casi a la misma vez que la Ley de la Mordaza, por consecuencia de esta,
veinte añ os después tendría una carpeta de subversivo confeccionada por la Divisió n de
Inteligencia de la Policía.
La premura con la que se aprobó la Ley 53, que así se llamaba, y era una copia de la Ley
Smith aprobada en Estados Unidos para perseguir a los comunistas, respondía a la histeria
causada por la huelga que se había decretado en la Universidad de Puerto Rico cuando el
rector Jaime Benítez prohibió que Albizu Campos fuera a dar un discurso a los estudiantes.
La chispa que inició la huelga fue el intento de los estudiantes de izar la bandera de
puertorriqueñ a, lo cual estaba prohibido, en la torre principal del centro docente. De una
matrícula de seis mil, má s de cuatrocientos estudiantes fueron expulsados y tildados de
comunistas, entre ellos, el joven Juan Mari Brá s, quien luego se convertiría en líder del
nuevo movimiento independentista y posterior candidato a la gobernació n por el Partido
Socialista Puertorriqueñ o.
Esta huelga tiene una importancia tal que me permito citar al profesor Mario Cancel,
historiador, cuando nos dice:
“La Huelga Universitaria de abril de 1948 se convirtió en un peligroso affaire
internacional. Las autoridades universitarias y el gobierno la asociaron, en un giro propio
de la era de la Guerra Fría, con un intento de Revuelta Nacionalista y Comunista que el
FBI tenía como uno de los asuntos de mayor relevancia en sus informes secretos, hoy
hechos públicos. La idea de que la huelga era obra de Albizu Campos por intermedio de los
estudiantes se difundió para deslegitimar la protesta. Esta huelga también se vinculó con
la revuelta popular de Bogotá de abril de 1948: el “Bogotazo”, una rebelión popular de
protesta por el asesinato del líder Jorge Eliezer Gaitán, dirigente de la Unión Nacional de
Izquierda Revolucionaria (UNIR) de Colombia.”
Y continúa el distinguido profesor: “La crisis fue tan notable que Arthur Garfield Hays,
asesor de la Unión Americana de Libertades Civiles escribió al Rector Benítez solicitando
información sobre la situación. Hays había dirigido la investigación de la Masacre de
Ponce en 1937. La Universidad hizo todo lo que estuvo a su alcance para evitar una
investigación de los sucesos de 1948 y por eso la misma nunca se realizó. Las necesidades
de la alta política de la Guerra Fría, la percepción del Estado en torno al Nacionalismo y
la idea de la “Casa de Estudios” técnicamente autorizaban la violación de derechos civiles
en la Universidad.”
La Ley de la Mordaza provocó el má s enérgico repudio de decenas de asociaciones
cívicas, de los perió dicos de la época, partidos políticos de oposició n y de importantes
figuras dentro del Partido Popular, como el presidente de la Cá mara de Representantes,
doctor Francisco Susoni, quien en protesta renunció a su cargo. El 19 de junio, Luis Muñ oz
Marín dio un discurso para tratar de aplacar las protestas y críticas a la Mordaza y utilizó
en el mismo las má s duras palabras contra el PIP, a cuyos miembros tildó de fascistas.
También pidió que en las pró ximas elecciones no se votara por el PIP porque si este partido
sacaba muchos votos se afectaría el clima industrial y de progreso que se estaba
desarrollando. Ademá s, le pedía a los que le escuchaban que se convirtieran en centinelas
para que la amenaza electoral del PIP no se materializara. El estribillo de que un voto por el
PIP era un voto en contra del progreso se intensificó , como también se acrecentó la
persecució n en las actividades del Partido Nacionalista.
En medio de este ambiente de tensió n política se llevó a cabo un evento, con no menos
tensió n, pero de gran significado para Puerto Rico. En las Olimpiadas celebradas en
Londres, del 29 de julio al 14 de agosto del 1948, a las que no fueron invitados Japó n y
Alemania por su participació n en el lado contrario de los Aliados en la Segunda Guerra
Mundial, Puerto Rico desfiló , por primera vez, como país con soberanía deportiva, pero
identificado con la bandera de los anillos del Comité Olímpico Internacional. Ya en 1930, en
La Habana, Puerto Rico había participado y obtenido medallas en los juegos regionales,
pero tuvo que desfilar con la bandera estadounidense. Cuando se quiso ir a Londres, el
gobernador Piñ ero vetó la ley que asignaba los fondos para el viaje. La presió n pú blica fue
tal que posteriormente la tuvo que aprobar. Para ese entonces ya teníamos un Comité
Olímpico reconocido a nivel internacional a pesar de las objeciones del Comité Olímpico de
los Estados Unidos. Esa especie de soberanía deportiva, ademá s del campo de las artes y la
literatura, se convierten en prá cticamente los ú nicos espacios de acció n internacional
donde hemos podido evadir el sello permanente de la colonia. Pero no ha sido fá cil como
veremos má s adelante.
En las elecciones de 1948, a pesar de las advertencias de Muñ oz, el PIP logró sobre
65,000 votos, colocá ndose en tercer lugar. El Partido Popular tuvo un triunfo contundente
y Luis Muñ oz Marín consolidó su liderato convirtiéndose en el primer gobernador electo
del país.
Durante el añ o 1949 se inflamó aú n má s el discurso de Albizu Campos y se intensificó la
persecució n policiaca contra los independentistas. Se prohibió en la Universidad la
publicació n y distribució n de perió dicos del estudiantado. Doñ a Felisa Rincó n, alcaldesa de
San Juan, y Luis Muñ oz Marín, se unieron a la campañ a en contra del candidato a la alcaldía
de Nueva York, Vito Marcantonio, que era un aliado de las luchas por los derechos de las
minorías. En carta pú blica Muñ oz lo calificó de comunista, para beneplá cito de los
congresistas republicanos. Albizu le exigió entonces a Muñ oz Marín que definiera si era
puertorriqueñ o o yanqui.
A diferencia de los capítulos anteriores, que los he agrupado por cada dos décadas,
termino aquí este que he llamado El viraje de Muñ oz, para que tengamos la pausa reflexiva
necesaria que este libro pretende provocar. Fue tan intensa esta década que hasta me
espantó las pinceladas de humor que siempre acompañ an lo que escribo. La ruta que tomó
el país en esos añ os es clara. Conociendo los acontecimientos que aquí hemos comentado,
setenta añ os después nadie debiera reclamar que le toma por sorpresa lo que nos ha
ocurrido. A los que lo hagan, que para mi sorpresa son muchos, les aplico aquello de que
“no hay peor ciego que el que no quiere ver ni peor sordo que el que no quiere oír”. Y si
hace falta una má xima adicional, digamos que “aquellos vientos trajeron estas
tempestades”. Pero no se ilusionen, la intensidad no baja. La década del 50, que sigue a
continuació n, nos depara grandes acontecimientos.
CAPÍTULO 4: (1950-1960)
Revueltas y revoltillos
En la década del 50 es cuando se le da nombre a la vitrina, gracias a la Ley 600,
aprobada por el Congreso y por el presidente Truman que autorizaba una convocatoria a
una convenció n constituyente para redactar la Constitució n de Puerto Rico. Es posible que
la euforia que causó esta aprobació n en el liderato político popular les hiciera pasar por
alto una no muy sutil aclaració n en el mismo contenido de la ley: “esta no alteraría la
presente relación entre los Estados Unidos y Puerto Rico”.
Lo acontecido en las vistas para la aprobació n de dicha ley es harto elocuente. Veamos
un interesante intercambio que confirma aquello de que para muestra con un solo botó n
basta. El 13 de marzo de 1950, mientras se discutía la Ley Puertorriqueñ a de Relaciones
Federales, el senador Joseph C. O’Mahoney, presidente del Comité del Interior y Asuntos
Insulares quiso ponerle una gruesa capa de maquillaje a la colonia bajo su jurisdicció n y
dijo en las vistas pú blicas del proyecto: “Querría dejar claro en récord que la relació n entre
el Gobierno Federal de los Estados Unidos y Puerto Rico, desde que la isla quedó bajo
jurisdicció n de este gobierno, nunca ha sido de explotació n colonial del pueblo”. Dicha
aseveració n merecía como mínimo una dura réplica, con datos de la explotació n a la que
fue sometido el país por las corporaciones azucareras, o del costo que significaba la
imposició n de las leyes de cabotaje. Muñ oz Marín de inmediato contestó : “Eso es verdad, y
el Gobierno Federal ha sido a veces má s servicial que otras, pero siempre su actitud ha sido
de amabilidad y respeto de Puerto Rico”.
El 14 de marzo, las vistas continuaban, y el senador Lemke le preguntó directamente a
Muñ oz si quería un gobierno propio. A esto Muñ oz contestó : “Usted sabe que si el pueblo de
Puerto Rico se volviera loco, el Congreso puede legislar otra vez. Pero confío en que los
puertorriqueñ os no hará n eso, e inviten legislació n del Congreso que quitaría algo que se
concedió al pueblo de Puerto Rico como buenos ciudadanos estadounidenses”. No fueron
los puertorriqueñ os los que eventualmente se volvieron locos, sino los malos
administradores de la colonia, del Partido Popular y del Partido Nuevo Progresista, y como
resultado de ello el Congreso legisló la ley bautizada iró nicamente como PROMESA, que no
solo le quitó “algo” a lo concedido a los buenos ciudadanos estadounidenses, le quitó TODO
poder sobre sus asuntos financieros con una Junta Federal de Control Fiscal. A lo dicho por
Muñ oz el Comisionado Residente, Antonio Fernó s, añ adió : “…la autoridad del gobierno de
Estados Unidos, del Congreso, de legislar en caso necesario siempre está ahí”.
La ley se aprobó y don Luis Muñ oz Marín y su liderato político celebraron lo que
consideraban un gran logro para desarrollar y modernizar al país. Don Gilberto Concepció n
de Gracia y el PIP optaron por denunciarlo pacíficamente por todas las formas posibles,
tanto en el escenario nacional como en el internacional y no aceptaron ser parte de la
Convenció n Constituyente. Por su parte, don Pedro Albizu Campos y los nacionalistas
entendieron que el imperio pretendía legalizar la colonia y decidieron detener ese intento a
como diera lugar.
De este punto histó rico en adelante añ ado al recuento el beneficio de haber
entrevistado a muchos de los protagonistas de esta historia, complementado, claro está ,
con la investigació n y lectura de los libros que enumero al final de este trabajo.
La madrugada del viernes 27 de octubre de 1950, la policía intervino con un automó vil
en el que viajaban varios líderes nacionalistas escoltando a don Pedro Albizu Campos. Se
ocuparon armas, balas y bombas caseras. La noticia se regó como pó lvora y los
nacionalistas decidieron adelantar el levantamiento armado que ya tenían planificado. La
insurrecció n duró diez días con enfrentamientos en Jayuya, Utuado, en el patio de la
Fortaleza en San Juan, y en Washington con un ataque a la Casa Blair, donde
temporeramente estaba residiendo el Presidente Truman. En Jayuya lograron tomar el
pueblo bajo el liderato de Elio Torresola. Desde los altos del hotel del pueblo, doñ a Blanca
Canales, ondeando la bandera monoestrellada, declaró la Repú blica de Puerto Rico. La
Guardia Nacional, por primera vez en la historia de los Estados Unidos, bombardeó desde
aviones a ciudadanos americanos insurrectos.
Del comando de cinco nacionalistas dirigidos por Raimundo Díaz Pacheco que atacó la
Fortaleza sobrevivió Gregorio Herná ndez Rivera. Griselio Torresola, murió en el ataque a la
Casa Blair el 1 de noviembre. Sobrevivió Oscar Collazo quien fue sentenciado a la pena de
muerte, pero el propio presidente Truman conmutó la sentencia a cadena perpetua. El
presidente Jimmy Carter lo indultó en 1979.
La ley de la Mordaza fue activada y miles de independentistas, o sospechosos de serlo,
fueron arrestados en todo el país. Los acontecimientos relacionados con la revolució n
nacionalista de 1950 está n reseñ ados en miles de pá ginas, en decenas de libros y en cientos
de artículos que ameritan una lectura profunda ya que esos hechos se mencionan somera y
prejuiciadamente en los textos de la historia oficial que se nos ha contado.
También hay abundante informació n, recopilada por la historia oficial, de lo que aú n se
entiende como un gran logro: el establecimiento del Estado Libre Asociado, la aprobació n
de la Ley 600 y la Ley de Relaciones Federales. Esta ú ltima atendía los restos de las leyes
Foraker-Jones no remediados por la Ley 600, esto es, la síntesis de la relació n colonial.
Responsablemente tenemos que leer ambos lados de la historia y llegar a nuestras propias
conclusiones. De la historia no oficial quiero referirme a dos acontecimientos narrados por
personas que estuvieron en medio de esos Tiempos Revueltos, como le llamó la escritora
Vionette Negretti a su libro sobre la insurrecció n nacionalista.
Yo tuve el privilegio de conversar con una de las mujeres má s hermosas y dulces que he
conocido en mi vida: Angelina Torresola. Ella tenía 93 añ os cuando se dio el diá logo en
Coabey, Jayuya, en la casona donde se gestó la respuesta de los nacionalistas al diseñ o
oficial de la vitrina en la que se nos exhibiría luego por toda Latinoamérica como ejemplo
de lo que un país en armó nica relació n con los Estados Unidos era capaz de lograr.
Angelina perdió a su hermano, Griselio, en el ataque a la Casa Blair, y su otro hermano,
Elio, fue preso por comandar a las tropas nacionalistas en Jayuya. Ella, y su hermana Doris,
también terminaron en la cá rcel por violar la Ley de la Mordaza. Con una hermosa sonrisa y
con el alma llena de una paz que se le desbordaba por los ojos, me dijo que era el deber de
su familia hacer lo que se tuviera que hacer para denunciar un engañ o que a la larga traería
la quiebra moral, econó mica y política del país. Palabras con luz.
Mujeres de ese temple abundaron en aquellos tiempos revueltos. Doñ a Isabelita Freire
era la esposa del poeta nacional don Francisco Matos Paoli, Secretario General del Partido
Nacionalista. Ella había fundado la escuela Hostos en la urbanizació n Santa Rita y allí
estudiaban los dos hijos del Procurador General de Puerto Rico, don Vicente Géigel Polanco,
quien había presidido el Segundo Congreso pro Independencia. Muñ oz andaba por
Washington, atando los cabos que faltaban por amarrar del entramado del Estado Libre
Asociado. Como gobernador interino Géigel Polanco recibió en Fortaleza a la amiga y
profesora. Esta sacó de su cartera una bandera de Puerto Rico y una pistola y la puso sobre
el escritorio del distinguido funcionario y le dio un mensaje de parte de Albizu: sal al
balcó n, despliega esta bandera y proclama la Independencia de Puerto Rico, y así pasará s a
la historia con una gesta que te llenará de gloria. Géigel no aceptó la propuesta de don
Pedro, pero tampoco denunció a la policía de La Fortaleza lo que doñ a Isabelita acababa de
hacer.
Vale la pena anotar un interesante dato que surge de los escritos del profesor Mario
Cancel: a doñ a Isabelita, a don Vicente Géigel Polanco y a don Francisco Matos Paoli les
unía, ademá s del nacionalismo y el fervor independentista, el que eran espiritistas
prá cticos, una expresió n que la modernizació n comenzaba a devaluar hacia la década de
1950. Sin lugar a dudas la entrega de esa generació n a las causas patrió ticas iba mucho má s
allá que la bú squeda de un mero cambio jurídico.
Otro recuento donde la narrativa literaria se apodera de la historia, la adereza con un
toque de ficció n y la convierte en estampa emotiva es el siguiente:
“Yo tenía 7 años cuando acompañé a mi padre a recortarse en la barbería de Vidal
Santiago, primo de él y barbero de don Pedro Albizu Campos, la tarde del 30 de octubre de
1950. Por el camino ya se escuchaban los comentarios de que esa mañana había estallado
una revuelta nacionalista. Mi padre estaba ansioso de llegar a la barbería pues sabía que
su primo era nacionalista y le quería preguntar por el desarrollo de los acontecimientos.
“Cuando veníamos a dos cuadras de la barbería, en la calle Colton esquina avenida
Barbosa de Barrio Obrero, se escucharon ráfagas de disparos. Mi padre se detuvo
preocupado y me dijo, quédate ahí debajo y no te muevas hasta que yo venga. Se refería a
una escalera que conducía a un segundo piso de una casa de esquina, y se fue en dirección
a la barbería. La curiosidad y la inocencia del niño tal vez hizo que no le obedeciera.
“Lo seguí a una distancia razonable. Yo repartía periódicos en esa vecindad y me
conocía al dedillo las calles y los recovecos del barrio. De pronto me llamó la atención un
grupo de hombres que en vez de correr hacia la barbería estaban arremolinados en el
puesto de verduras de Juancho. Me acerqué y escuché que por radio, un locutor famoso en
aquel tiempo, Bibí Marrero, que también era narrador de las carreras de caballos,
describía al detalle, escondido detrás de un zafacón, todo lo que estaba sucediendo en la
barbería. Decía que había sobre 25 policías disparando y que estimaba, por los disparos
que salían de la barbería, que había igual número de gente allí adentro.
“Yo quería ver aquello y salí corriendo por un pasillo con charcos de agua sucia que
había entre unas casas que daban a la parte de atrás de la barbería. Llegué lo más cerca
que pude. Los silbidos de las balas que rebotaban en las paredes de la barbería me hacían
recordar el sonido de los fuegos artificiales que mi papá tiraba en Año Viejo.
“De pronto sentí un calentón en mi hombro izquierdo y se me oscureció el mundo.
Cuando desperté, en un cuartucho de emergencia del Hospital Municipal de Río Piedras,
tenía la cara de mi padre pegada a la mía con una mezcla de angustia y coraje,
mirándome fijamente. Tres horas después de comenzado el tiroteo fue que la policía logró
herir a don Vidal, entonces entraron a la barbería y se llevaron la sorpresa que él solito los
había mantenido a raya.
“En la edición de El Imparcial del 2 de noviembre de 1950 se dan los detalles del
incidente en la barbería de Vidal Santiago y aparece la mención del niño herido, un
vendedor de periódicos de nombre Nicolás Santiago.”
Muñ oz Marín describió la revuelta nacionalista como una intentona de derrocar el
gobierno con el apoyo de los comunistas. No nos debe extrañ ar ese lenguaje de Muñ oz.
Utilizaba a sabiendas el lenguaje de la Guerra Fría de la Doctrina Truman, el proyecto
diplomá tico que justificaba la Ley de La Mordaza, la Ley 600 y el establecimiento del Estado
Libre Asociado. Para los congresistas republicanos ese lenguaje y la victoria de las fuerzas
policiales y militares sobre los supuestos comunistas confirmaba el distanciamiento del
gobierno de Muñ oz del rumbo “socialista” de los añ os cuarenta y allanaba el camino para la
aprobació n de su proyecto de status.
Abonaba a ese propó sito el destacado papel que ya había tenido en la Guerra de Corea
el Regimiento 65 de Infantería, integrado exclusivamente por puertorriqueñ os, que
desembarcó en Pusá n, Corea del Sur, el 23 de septiembre de 1950, aniversario ochenta y
dos del Grito de Lares. Es importante destacar que el gobierno militar de los Estados
Unidos organizó el primer batalló n de tropas puertorriqueñ as en 1899. Se reorganizaron
como el Regimiento Provisional de Infantería de Puerto Rico en 1901, y se asignaron al
ejército regular de los Estados Unidos en 1908. En ese entonces, los soldados del
Regimiento de Puerto Rico se consideraban “tropas coloniales”. Los gringos que así los
bautizaron estaban má s claros que los que a la altura de 1950 soñ aban con otra cosa.
El 24 de diciembre de 1950, los Borinqueneers, como se le llamaba a ese regimiento,
fueron los ú ltimos en abandonar el puerto de Hungham salvá ndole el pellejo a la Primera
Divisió n de la Infantería de Marina que habían huido de la contraofensiva china durante la
Guerra de Corea. Sobre 45,000 puertorriqueñ os participaron en esa guerra y 756 murieron
en batalla, cosa que Albizu denunciaba constantemente en sus discursos.
En Puerto Rico, esas navidades transcurrieron en un ambiente de ley marcial que el
gobernador Muñ oz Marín había invocado el día de la insurrecció n. La historiadora Ivonne
Acosta asegura que la represió n de esos primeros días de noviembre se ejecutó como una
“Ley Marcial no declarada” es decir, informal o de facto. Lo mismo alega el exdecano de la
Escuela de Leyes de la Universidad de Puerto Rico, David M. Helfeld, con una extensa y
respetable obra jurídica, en una entrevista con el historiador Carmelo Delgado Cintró n.
Como resultado de ese acto que ningú n gobernador anterior había realizado en el uso de
sus facultades, fueron cientos los que tuvieron que celebrar esas navidades añ orando a sus
muertos o con sus familiares má s cercanos presos, por vinculá rseles de forma lejana o
hipotética con la insurrecció n nacionalista.
Luego de estas tristes navidades, don Vicente Géigel Polanco, se quitó un gran peso de
su conciencia y el 1 de febrero de 1951 le entregó a Muñ oz Marín su renuncia como
Procurador General. Décadas después escribió La farsa del Estado Libre Asociado, con
pró logo de Carmelo Delgado Cintró n. En dicho libro hace extraordinarias revelaciones
sobre el frustrante proceso de construir la vitrina. Trías Monge en el Tomo 5 de la Historia
Constitucional de Puerto Rico dice que Muñ oz Marín, atemorizado porque Géigel pudiera
declarar la repú blica cuando fuese gobernador interino, decidió “destituirle
sumariamente”. Ese temor delirante a los que le rodeaban lo extendió luego al presidente
de la Cá mara, Ernesto Ramos Antonini, y al presidente de la Universidad Jaime Benítez.
La impaciencia nacionalista había tenido una razó n de ser: la construcció n de la vitrina
iba viento en popa. Los nacionalistas estaban al tanto del proceso ya en marcha para
aprobar una Constitució n que le diera cará cter legal a la colonia. El gobierno de Puerto
Rico, el FBI y el Departamento del Interior de los Estados Unidos estaban en constante
comunicació n pues tenían conocimiento de los planes para la insurrecció n. Los arrestos
indiscriminados, por el mero hecho de tener una bandera monoestrellada en la casa, o por
aparecer en una foto saludando a Albizu, los abusos y atropellos que se cometieron por
parte de las autoridades en los días subsiguientes al 30 de octubre no tienen precedentes
en la historia de nuestro país. La Ley de la Mordaza se convirtió en una biblia en manos de
faná ticos que encontraban en sus versículos la excusa que necesitaban para encarcelar a
quienes les diera la gana. El libro La Mordaza de Ivonne Acosta Lespier es lectura obligada
para asombrarse de las barbaridades cometidas en esos añ os.
Las estadísticas no necesariamente reflejan el ambiente de desasosiego que vivió el país
en octubre, noviembre y diciembre de 1950: 28 muertos, 49 heridos y cientos de
arrestados. Con ese teló n de fondo se celebró el 4 de junio de 1951 el referéndum sobre la
Ley 600 donde Luis Muñ oz Marín auguraba que má s del 90 por ciento del país le votaría a
favor. Un voto por la Ley 600 era un voto en contra del comunismo, leía parte de la
propaganda que se hacía. El resultado fue que a favor hubo 387,016 votos, en contra
119,169, y abstenidos 269,815. O sea, el 90% que auguraba Muñ oz se redujo a un 76% si
solo se contaban votos a favor y en contra, pero bajaría a un 49.88% si se tomaba en
consideració n los votos negativos má s los abstenidos que le ganaron al Sí por 1,968 votos.
La aprobació n para comenzar a diseñ ar los planos de la vitrina no fueron los esperados y
desmiente aquello de que de ese punto en adelante fuimos colonia por consentimiento.
El 29 de agosto de 1951 don Pedro Albizu Campos fue condenado a cadena perpetua.
Hasta ese momento había estado preso en la cá rcel de La Princesa, sometido a radiació n
ató mica para socavar su ya delicada salud, en total aislamiento y calificado como loco. Las
denuncias internacionales, incluso en las Naciones Unidas, por el encarcelamiento y tortura
a Albizu, llevarían al gobernador Muñ oz Marín a indultarle el 30 de septiembre de 1953.
Llegado a este punto necesito un respiro, y creo que ustedes los que me leen también.
Podemos irnos al parque Sixto Escobar para ver lanzar por los Cangrejeros de Santurce al
“Divino Loco” Rubén Gó mez, joven que para el 1950 solo llevaba tres añ os en el béisbol
profesional; o tal vez prefiramos escuchar a Felipe Rodríguez, “La voz”, en todo su apogeo,
cantando sus canciones corta venas por WKAQ; otra opció n es la mú sica de Mingo y sus
Whoopee Kids, con Ruth Ferná ndez como cantante principal, por WPAB; también
podríamos pasar por el recién inaugurado Caribe Hilton y tomarnos una piñ a colada; o
llegar hasta los Bañ os de Coamo para bailar a los acordes de la Orquesta de César
Concepció n. Yo hubiese preferido sentarme a leer la nueva novela de Enrique Laguerre, Los
dedos de la mano, sobre las luchas obreras de las décadas anteriores. Pero sospecho que
nada de eso nos daría tanta satisfacció n como aplaudir a José Ferrer, al ganarse el Oscar
como mejor actor del añ o por Cyrano de Bergerac, primer puertorriqueñ o y primer latino
en lograrlo. Así fue antes, así es ahora, y seguirá siendo así: en momentos de intensa crisis,
el arte, la cultura y el deporte calman las tribulaciones del espíritu.
Volvamos a la vitrina. El 6 de febrero de 1952 la Convenció n Constituyente, en la cual el
Partido Independentista se negó a participar por razones que ya no hay que explicar,
aprobó con votació n de 88 a 3 la creació n del Estado Libre Asociado. En el referéndum del
3 de marzo siguiente se repitió un panorama parecido al de la Ley 600: de 783,610
electores inscritos solo votó el 60%. No estamos hablando de los há biles para votar que ni
se inscribieron. De ese 60% que votó , 373,594 favorecieron la medida y 82,923 votaron en
contra. El Comisionado Residente, don Antonio Fernó s Isern, arrancó para Washington a
llevar lo que constituía para muchos un gran logro, para otros un monumental engañ o.
Tanto los que celebraban, como los que se indignaban, no podían abstraerse al éxito del
momento en la voz de Felipe Rodríguez: “La ú ltima copa”. Esta sería sustituida luego por
“La copa rota”. El recién celebrado Estado Libre Asociado también sería sustituido luego
por “La vitrina rota”.
La primera pedrada al diseñ o de la vitrina se la dio el propio Congreso de los Estados
Unidos el 28 de mayo de 1952 cuando eliminó de un plumazo la secció n 20 del artículo II
de la Constitució n que con tanto entusiasmo les había llevado el Comisionado Fernó s Isern.
Esa secció n era afín con la Declaració n Universal de Derechos de las Naciones Unidas y
establecía el derecho al trabajo, a la protecció n social, a un nivel de vida adecuado y a otros
derechos fundamentales. La Convenció n Constituyente, bajo un manto de vergü enza
colectiva, se tuvo que reunir de nuevo y aceptar los cambios que unos congresistas que el
pueblo de Puerto Rico no había electo, y que posiblemente ni conocían de Puerto Rico,
habían vetado.
Reitero lo que dije al principio de este libro: lo que mal comienza, mal termina. Por si
nos quedaban dudas, el 23 de junio de ese añ o el senador Olin D. Johnston dijo: “Con
respecto a la Constitución de Puerto Rico debo decir que le podemos dar una constitución o no
dársela, quiero que los puertorriqueños sepan eso”. Y añ adió : “Estamos bajo la Constitución
de los Estados Unidos reteniendo los derechos sobre Puerto Rico. No podemos escapar de eso.”
Y eso es lo que han repetido, seis décadas después, representantes de la Casa Blanca ante el
Tribunal Supremo de EE.UU., el propio Tribunal Supremo y los congresistas que
impusieron la Junta de Control Fiscal Federal.
La fecha escogida para celebrar el Día de la Constitució n del Estado Libre Asociado fue
el mismo día en que se cumplían 54 añ os de la invasió n, un intento de darle legalidad a lo
que fue, sin lugar a dudas, un acto de agresió n imperialista contra un pequeñ o pueblo en el
Caribe. Para colmo, se izó como la bandera oficial del Estado Libre Asociado la misma que
estaba prohibida enarbolar a los creyentes independentistas y nacionalistas. Don Vicente
Géigel Polanco dijo que dicha acció n era una “profanació n de los símbolos má s sagrados de
este pueblo en su lucha por la soberanía”. Seis días antes, por primera vez en la historia,
nuestra delegació n a las Olimpiadas de Helsinki, había desfilado con la polémica bandera. A
gran parte del país, verla allá , como símbolo de nuestra soberanía deportiva le llenó de
orgullo y profunda emoció n, pero acá , como bandera oficial de la colonia, era otro cantar.
Esa dicotomía nos perseguiría de ahí en adelante. Esto dijo Muñ oz en ese momento:
“Podemos proclamar a todos nuestros conciudadanos (de Estados Unidos), al hemisferio
americano y al mundo, que han sido abolidos todos los vestigios del colonialismo en las
relaciones de los Estados Unidos y Puerto Rico”. No quiero imaginarme el cuadro que
pintaría Rodó n del Luis Muñ oz Marín posterior a la Junta de Control Fiscal.
En las elecciones de noviembre de 1952 el Partido Popular obtuvo un contundente
64.5% de los votos, pero la sorpresa resultó ser que, en medio de la represió n contra todo
aquel que se sospechara que simpatizaba con la Independencia, el PIP sacó el 19% de los
votos y se convirtió en el segundo partido de la isla.
Legalizada la colonia, había que esconder bajo la alfombra la pobreza que aú n afeaba la
vitrina recién diseñ ada. Una de las formas utilizadas fue el continuar con la política oficial
de facilitar el que la gente se fuera del país: “menos perros, menos pulgas, má s fresco
menos calor”. El 2 de julio de 1946, “como salchichas en lata” 1,000 boricuas se
“embarcaron” en el Marine Tiger rumbo a Nueva York. En 1948 un estudio sugería la
deseabilidad de que emigraran mujeres pues había oportunidades en trabajos domésticos.
La Universidad de Columbia dio a conocer un estudio en el que establecía que para 1948 la
població n boricua sobrepasaba los 200,000 puertorriqueñ os en la Gran Manzana, pero la
Oficina de Puerto Rico en Nueva York alegaba que eran sobre 300,000. Se estima que entre
el 1953 y el 1960 emigraron un promedio de 31,000 personas por añ o y ya para el 1960 se
llegaba a la cifra de 642,622. En el barrio boricua, en la 114 y Madison, Rafael Herná ndez
tenía junto a su hermana Victoria una tienda de discos. Allí se escribió el Lamento
Borincano, entre otras de sus grandes obras.
El día después de que el ELA cumpliera su primer añ o de vida, Fidel Castro y un grupo
de revolucionarios atacó el cuartel Moncada en Santiago de Cuba, dando así comienzo a una
revolució n armada para derrocar al dictador Fulgencio Batista. Desconocía en ese
momento don Luis Muñ oz Marín que dicha acció n le sería de gran beneficio al proyecto de
presentar a Puerto Rico ante Latinoamérica como la gran “vitrina de la democracia y el
progreso” en amistad con los Estados Unidos.
Los planes de presentar en sociedad esa vitrina incluían prioritariamente convencer a
las Naciones Unidas de que en Puerto Rico se había resuelto el problema colonial y que, por
lo tanto, Estados Unidos cesaría de cumplir con los informes de los países que aú n poseían
colonias. Se pensaba que por el dominio que tenía Estados Unidos de la mayoría de los
países allí representados no habría dificultad alguna para que al ELA se le diera la
legitimidad internacional. No fue así. El embajador Henry Cabot Lodge tuvo que presentar
una carta del presidente Dwight D. Eisenhower asegurando que si Puerto Rico decidía ser
un país independiente él personalmente lo recomendaría al Congreso y apoyaría la entrada
del país a las Naciones Unidas.
De inmediato Muñ oz Marín convocó a la Asamblea Legislativa para contestar la oferta
de Independencia del presidente de los Estados Unidos. Mediante una resolució n del 21 de
enero de 1954, dicho cuerpo rechazó “todo propó sito de separació n”. Que se sepa, ningú n
otro poder político de un país, en la historia de la Humanidad, ha rechazado de esta forma
una oferta por parte del poder que ostenta su soberanía para lograr su Independencia. El
asombro en los representantes de los países soberanos que componían la ONU en aquel
momento fue má s que evidente.
Don José Trías Monge, egresado de las universidades de Puerto Rico, Yale y Harvard,
Secretario de Justicia, Presidente del Tribunal Supremo, delegado en la Asamblea
Constituyente y uno de los arquitectos del Estado Libre Asociado nos dice que la votació n
final en la ONU fue una derrota moral para los Estados Unidos pues solo 26 naciones
apoyaron el cese de los informes y 34, o se abstuvieron, o le votaron en contra. Los aliados
tradicionales importantes de los Estados Unidos como Inglaterra, Francia, Holanda,
Argentina, Dinamarca y Suecia, entre otros, no le ofrecieron su apoyo y esto contribuyó a
que el caso de Puerto Rico no se cerrara y se mantuviera abierto en el Comité de
Descolonizació n de la ONU.
Trías Monge escribió ya en el ocaso de su vida Las penas de la colonia más antigua del
mundo: Puerto Rico, donde enumera una larga lista de razones por las cuales Puerto Rico
seguía siendo una colonia. Sin lugar a dudas la vitrina venía ya con un defecto de fá brica.
Cito de su libro lo siguiente: “El Estado Libre Asociado, con todos sus defectos, ha servido
bien a Puerto Rico; pero intentar ocultar sus deficiencias y pretender que todo está bien en
la colonia má s antigua del mundo hace un flaco servicio, tanto al pueblo de Puerto Rico
como al gobierno de Estados Unidos”. A este fú til intento que sentencia el ex Presidente del
Tribunal Supremo de Puerto Rico se han dedicado prominentes líderes del Partido Popular
Democrá tico que aú n insisten, a la altura de 2016, en negar lo innegable.
Un mes antes de terminar este libro entrevisté a don Rafael Cancel Miranda. Me reiteró
lo que en otras entrevistas previas me había contado: El 1 de marzo de 1954, cuando solo
tenía 23 añ os, junto a Lolita Lebró n, Irvin Flores y Andrés Figueroa Cordero compraron un
pasaje de ida hacia Washington. La misió n era llamar la atenció n mundial de que Estados
Unidos engañ aba a las Naciones Unidas legitimando el ELA y denunciar que Albizu era
objeto de tortura mediante el uso de radiació n en la prisió n. ¡Y lograron esa atenció n
mundial! Fue la primera vez en la historia que un grupo de personas tiroteaba la Cá mara de
Representantes de los Estados Unidos. Lo hicieron gritando ¡Viva Puerto Rico Libre! y los
diarios del mundo así lo atestiguaron. Varios congresistas resultaron heridos. En Puerto
Rico se volvió a apresar a Albizu acusá ndosele de ser el autor intelectual del atentado. Los
cuatro nacionalistas estuvieron en prisió n por 25 añ os, hasta el 12 de septiembre de 1979.
En Puerto Rico, la mayoría del pueblo compró la idea de que se había logrado un pacto
con los Estados Unidos mediante el cual teníamos un gobierno propio, sobre todo con
autonomía fiscal. Si en el primer lustro de la década del cincuenta hubiésemos tenido el
entramado de las redes sociales que existen hoy día, las citas de los congresistas
aseverando que Puerto Rico seguía bajo el control total del Congreso, hubiesen sido un
“trending topic” con el hashtag #seguimoscolonia. Pero la limitació n de las comunicaciones
en aquel tiempo permitió que la verdad oficial prevaleciera y, por primera vez desde la
invasió n de 1898, el pueblo puertorriqueñ o avalaba mayoritariamente su “relació n” con los
Estados Unidos.
En las elecciones de 1956 el PPD obtuvo un 62.5% de los votos, el PIP bajó a un 12.4% y
el Partido Estadista Republicano despuntó como el segundo partido del país con un 25.1%
a favor de don Luis Ferré. La Ley de la Mordaza, la criminalizació n del independentismo, el
crecimiento econó mico que se estaba experimentando y la adulació n a todo lo americano
por parte del liderato popular, comenzaba a tener un efecto perjudicial al independentismo
y decantador hacia el anexionismo. Tan así que, doce añ os después, los anexionistas
lograron el poder político. La ló gica era simple: si los americanos son tan buenos, ¿por qué
no unirnos a ellos y convertirnos en Estado? Esa tendencia fue indetenible y hoy día el
Partido Nuevo Progresista, que predica el estadoísmo, es el partido de má s afiliados en el
país.
El 11 de mayo de 1956 el Washington Daily News decía en un editorial que Puerto Rico
era “un ejemplo de progreso econó mico para los países atrasados del mundo y para los
Estados má s pobres de Estados Unidos”. Sin embargo, las terribles violaciones a los
derechos civiles con la Ley de la Mordaza provocaban un monumental rechazo en el
escenario local e internacional por parte de organizaciones de prestigio, defensoras de los
derechos humanos. En Estados Unidos, la Ley Smith, en la que se había basado la ley local,
también estaba bajo fuego. El 29 de julio de 1957 fue convocada la Asamblea Legislativa y
el 1 de agosto fue finalmente derogada la Ley 53, pero la misma ya había cumplido su
propó sito: acallar las críticas al ELA y criminalizar el independentismo.
El 23 de marzo de 1959 “el pacto” supuestamente logrado en 1952 fue sometido a
prueba. Don Luis Muñ oz Marín parecía haberse creído lo que le había explicado con
excelente retó rica poética a la gente y le pidió al Comisionado Residente, don Antonio
Fernó s Isern, que sometiera legislació n en Washington para hacer tres aclaraciones sobre
la Ley de Relaciones Federales y cinco cambios a la misma para comenzar el desarrollo de
má s poderes para el ELA. El senador James Murray fue co-autor de la medida. El proyecto
Fernó s-Murray no llegó ni a primera. La vitrina era una realidad para la mayoría de los
puertorriqueñ os del lado acá , pero para los que ostentaban el poder en la banda allá , era un
mero espejismo.
Quiero terminar este capítulo con una anécdota personal y una nota positiva. Cuando
cumplí mis 10 añ os, en 1958, descubrí una de las maravillas de la vida: el cine. Yo era un
niñ o de campo que iba por las mañ anas descalzo hasta un pozo cercano a buscar agua para
las necesidades de la casa, y por las tardes, al regresar de la escuela, iba a buscar leñ a para
el fogó n donde mi mamá cocinaba. Aú n no había electricidad ni agua potable. Un buen día
comenzaron a aparecer, pegados a los á rboles de mangó del vecindario, unos carteles con
unos diseñ os muy llamativos que anunciaban la película El Puente. La misma se exhibiría en
un terreno llano que había en el sector Los Mangoítos. Esa tarde, desde las 5:00, había
llegado una camioneta identificada como de la Divisió n de Educació n a la Comunidad
(DIVEDCO), cuatro hombres habían colocado unas cincuenta sillas plegadizas y
comenzaron a montar una pantalla de tela y un aparato que yo nunca había visto: un
proyector. A las 7:30, como anunciado, se comenzó a proyectar la película. Luego hubo un
conversatorio sobre las enseñ anzas que se derivaban de la misma. Yo quedé fascinado.
Esa experiencia se comenzó a vivir en innumerables barrios en todo Puerto Rico gracias
a la creació n de la DIVEDCO, entidad bajo la cual operaba una serie de programas
educativos para las comunidades. A través de libros, folletos, películas, carteles, charlas y
discos se promovía la autogestió n, el trabajo comunitario y el conocimiento en general.
Muñ oz no se había desconectado del todo del bohemio soñ ador que pasó tantas juergas
inolvidables en Greenwich Village, poetizando un mundo mejor donde el conocimiento, el
arte y el desarrollo cultural le peleaban su espacio a la depredadora industrializació n
capitalista. Desde su ascenso al má ximo liderato político en 1940, el país había tenido
dramá ticas confrontaciones políticas y muchos cambios sociales y materiales. Sus antiguos
cuates independentistas ahora lo llamaban traidor y eso le dolía. De esas preocupaciones
surgió la Operació n Serenidad, una especie de antídoto a los efectos secundarios de
Operació n Manos a la Obra, también de su creació n. Con Operació n Serenidad, Muñ oz
quería conducir al pueblo por la senda de la bú squeda de la felicidad regresando a los
ideales que aú n exhibían conatos de ebullició n en su mente de poeta.
La DIVEDCO logró atraer a grandes creadores seducidos por la posibilidad de que su
arte lograra llegar al pueblo. Genios de las artes grá ficas como Lorenzo Homar, Rafael
Tufiñ o y Tony Maldonado, escritores como René Marqués, los esposos Jack e Irene Delano y
el director Amílcar Tirado en el cine, en fin, una pléyade de artistas, casi todos
independentistas, que le ofrecieron su alma a un proyecto innovador y transformador.
El 21 de junio de 1955 Muñ oz reclutó al hijo de uno de los fundadores del Partido
Nacionalista, a Ricardo Alegría, y le encomendó la creació n del Instituto de Cultura
Puertorriqueñ a, para conservar, promover, enriquecer y divulgar los valores culturales del
pueblo de Puerto Rico. Asimismo, junto al rector de la Universidad de Puerto Rico, don
Jaime Benítez, convenció al genio musical Pablo Casals, que vivía en Francia exiliado por la
dictadura de Francisco Franco en Españ a, para que viniera a establecerse en Puerto Rico.
De ese genio surgió en 1957 el Festival Casals, luego, la Orquesta Sinfó nica de Puerto Rico,
el Conservatorio de Mú sica y el desarrollo de las escuelas libres de mú sica.
El concepto de esta isla maravillosa que Muñ oz quería moldear, sirvió de base para las
siglas WIPR, Wonderful Island of Puerto Rico, autorizada por la Federal Communications
Commision en 1958 con una estació n de radio AM, otra FM, y una de televisió n, para servir
de vehículo de transmisió n a toda esa erupció n artística y cultural que el país comenzaba a
experimentar. Los intelectuales Gustavo Agrait, Ismael Rodríguez Bou y Francisco Arriví
ayudaron a la conceptualizació n, y Santiago Leopoldo Lavandero fue su primer Director de
Programació n. Rafael Herná ndez vino desde Nueva York a Puerto Rico como consultor de
la programació n de la estació n.
Es inevitable mirar ese esfuerzo del Partido Popular con admiració n y agradecimiento
por sus resultados en la preservació n de la identidad puertorriqueñ a. Pero tampoco
podemos obviar que de esta forma se fomentaba un nacionalismo cultural, que por las
experiencias de Muñ oz en sus añ os de bohemia, a la larga resultaba políticamente
inofensivo. Canciones patrió ticas como “Verde Luz” son cantadas con gran emoció n hasta
por líderes estadoístas de la actualidad, aunque prefieren decir “libre tu cielo” a “libre tu
suelo”. El mensaje ulterior de este énfasis en lo cultural, surgido desde arriba, que ahora lo
calificaríamos de dirigismo cultural, era establecer que se podía ser puertorriqueñ o de
pura cepa sin necesariamente propulsar la Independencia. Muñ oz estaba claro en esto y
por eso, cuando alguna expresió n artística cruzaba la raya del nacionalismo inofensivo, con
la habilidad que le caracterizaba, era capaz de hacer que un Rafael Herná ndez cambiara en
“Preciosa” la palabra “tirano” a “destino”, como el anecdotario popular decía. La ló gica para
escoger “destino” en lugar de “tirano” era contundente: los designios del destino los
miramos con resignació n mientras que a los tiranos se les combate y se les derroca.
Eso me lleva al cierre de esta década recordando a Lola Rodríguez de Tió cuando decía
que Cuba y Puerto Rico son de un pájaro las dos alas. Las historias de estos hermanos países
han estado ligadas a través de los tiempos. Cuando el tirano Fulgencio Batista fue
derrocado por los revolucionarios dirigidos por Fidel Castro, y entraron triunfalmente a la
Habana el 1 de enero de 1959, Puerto Rico lo celebró . Cuando Fidel Castro evolucionó
ideoló gicamente hacia el socialismo, se le hizo necesario y urgente al gobierno del Partido
Popular, y a Washington, darle los toques finales a la vitrina de la democracia y el progreso
construyéndose en Puerto Rico. ¡La guerra fría nos tocaba a la puerta!
CAPÍTULO 5: (1960-1972)
Máximo esplendor de la vitrina
Los extraordinarios eventos que ocurrieron en los añ os sesenta en nuestro patio
caribeñ o, en los Estados Unidos, y en el mundo entero, crearon un teló n de fondo muy
distinto al de las décadas anteriores. Fue una década convulsa que me tocó mirar desde mi
adolescencia y temprana adultez. La crisis de los misiles soviéticos en Cuba, los asesinatos
de los hermanos Kennedy y de Martin Luther King, la escalada en la guerra de Vietnam y el
surgimiento de la canció n como portaestandarte de la crítica social y la protesta, fueron
algunos de esos momentos histó ricos que trastocaron las ideas de un jibarito del barrio
Mamey de Guaynabo que había bajado a la ciudad a estudiar con “los zapatos que le dio
Muñ oz”. Esta fue también la década en la que comenzó la alternancia de dos partidos
políticos que por tribalismo, ineptitud e irresponsabilidad administrativa, entre otros
factores, nos condujeron a la quiebra econó mica, política y social como país.
En la década del sesenta el proyecto de Muñ oz Marín iba tan bien encaminado que se
dio el lujo de entregar el timó n a un liderato emergente. No tardó mucho en arrepentirse. El
crecimiento econó mico del país, en cifras, era evidente: el Producto Nacional Bruto había
subido a 1,644 millones de dó lares de solo 286.7 millones en 1940. El ingreso per cá pita
ascendió de $121 a $587 en esos 20 añ os. El presupuesto también se acrecentó de 32 a 307
millones.
Este progreso aparente hacía que se repitiera dentro y fuera del país que éramos la
“vitrina de la democracia y el progreso”, para el Caribe y la América Latina. Fíjense que la
comparació n se hacía con América Latina, porque en el contexto de los estados de la unió n
éramos el territorio má s pobre. La brecha entre pobres y ricos seguía intacta, peor aú n,
comenzaba a acrecentarse. La vitrina brillaba con el rebote de los rayos solares del Caribe,
pero estaba enclavada sobre unos troncos de madera extranjera que a mediados de la
pró xima década comenzarían a pudrirse.
Para las elecciones de 1960 yo tenía 12 añ os pero estaba consciente de la zozobra por la
que estaba pasando mi padre. Su corazó n le decía que votara por su Partido Estadista
Republicano (PER), pero en la iglesia del barrio se repartía propaganda del nuevo Partido
Acció n Cristiana (PAC), fundado en mayo de ese añ o con el visto bueno de los obispos
norteamericanos de San Juan y Ponce: James P. Davis y James McManus. Los curas no
tenían empacho alguno en decir que había que derrotar a Muñ oz porque estaba a favor de
las pastillas contraceptivas, de la esterilizació n de las mujeres y de no dar clases de religió n
en las escuelas. Uno que otra cura iba má s lejos y hablaba del pasado bohemio y de drogas
de Muñ oz. Mi papá creía a pie firme todo eso que se decía, pero prefería derrotar a Muñ oz a
través del Partido Estadista Republicano al cual siempre había pertenecido. Mi madre,
custodia de la fe y la moral del hogar, le advirtió que si no votaba por el PAC, cometía
pecado y podía ser excomulgado. Estoy convencido que mi papá pecó ese 8 de noviembre
de 1960, pero no fue excomulgado.
Cuando se supieron los resultados, don Silverio no ocultó su gozo: ¡por fin el PER y don
Luis Ferré ganaban un pueblo! Recuerdo que al otro día por la noche hubo una
peregrinació n hasta San Lorenzo, bautizado como el primer Estado 51 de Puerto Rico. Los
resultados mostraron un leve descenso del PPD al 58.2%, el PER sacó un 32.1%, el Partido
Acció n Cristiana, sin el voto de mi papá , un 6.6%, y el PIP tuvo un dramá tico descenso a
solo el 3.1%. El Partido Popular iniciaba así su añ o veintiuno en el poder. A mi casa, aparte
de los zapatos y las latas de leche en polvo de la PRERA, el progreso aú n no había llegado.
Las transferencias federales constituían el 33% de nuestro presupuesto, el desempleo
estaba sobre el 10% y la ideología de dependencia iba tomando fuerza. Algunos de mis
familiares por parte de padre y madre, que veían que la cosa no mejoraba, se habían unido
a la ola emigratoria hacia los Estados Unidos, fomentada desde el estado, que seguía
creciendo y se acercaba ya al medio milló n de puertorriqueñ os. Todos los días mi rutina
seguía intacta, antes de irme a la escuela tenía que buscar agua para las necesidades del día
en un pozo lleno de gusarapos y al regresar me comía unas panas con bacalao y salía a
buscar leñ a para el fogó n. Aú n no había agua ni energía eléctrica.
En Estados Unidos John F. Kennedy ganó las elecciones pero heredó un camino de
confrontació n con Cuba pavimentado por su predecesor Dwight D. Eisenhower. La
revolució n cubana, que había rechazado ayuda econó mica de los Estados Unidos para no
comprometer econó micamente su soberanía nacional, había iniciado una Reforma Agraria
y comenzó a expropiar latifundios agrícolas estadounidenses. Entonces Eisenhower le
suspendió la cuota azucarera y dejó de comprarle el producto. De inmediato, la Unió n
Soviética, que estaba deseosa de mover una de sus fichas del tablero de la Guerra Fría al
Caribe, comenzó a comprarle azú car a Cuba y posteriormente a suplirle el petró leo que
Estados Unidos le negaba a la incipiente revolució n. Cuando las petroleras estadounidenses
en tierra cubana se negaron a procesar el crudo soviético, fueron expropiadas también. Las
tensiones subieron y se decretó el embargo a Cuba. El 15 de abril de 1961, cuando Kennedy
aú n estaba familiarizá ndose con los diversos recovecos de la Casa Blanca, se inició la
invasió n a Cuba por Bahía Cochinos, con financiamiento y apoyo total de la Agencia Central
de Inteligencia. Esa inteligencia de la agencia central de espionaje estadounidense calculó
mal. La invasió n fue declarada un fracaso total a los cuatro días de haberse lanzado.
La Guerra Fría se congeló un tanto má s cuando el 13 de agosto de 1961, en Berlín, se
comenzó a construir el Muro de Protecció n Antifascista, como se le llamaría desde el lado
de allá , y el Muro de la Vergü enza, desde el lado acá , el Muro de Berlín, para los que no
quisieron entrar en esa polémica semá ntica. El Muro del Caribe, entre Puerto Rico y Cuba,
aunque físicamente no existió , se fue construyendo poco a poco. Inicialmente don Luis
Muñ oz Marín celebró la caída del dictador Fulgencio Batista. Luego quiso servir de
mediador entre Cuba y Estados Unidos cuando las tensiones comenzaron a montarse, pero,
respondiendo a las presiones de los exiliados cubanos en Puerto Rico, y las de Washington,
se hizo enemigo acérrimo de Fidel Castro, sobre todo, cuando Cuba apoyó una resolució n
de la Unió n Soviética en la ONU sobre la condició n colonial de la isla. Desde ese momento
en adelante el alineamiento del gobierno de Muñ oz con los intereses de Washington fue
total.
Es en ese ambiente que el 15 de diciembre de 1961 el presidente Kennedy y su esposa
Jackeline llegaron de visita a Puerto Rico. Don Luis Muñ oz Marín y doñ a Inés Mendoza los
recibieron en el aeropuerto con un saludo en españ ol que fue del agrado del mandatario
quien resaltó como algo positivo la gran diferencia en idioma y cultura entre Puerto Rico y
los Estados Unidos. La pareja pernoctó en La Fortaleza luego de una cena en la que el
mú sico catalá n, de madre puertorriqueñ a, don Pablo Casals, estuvo presente. Tres meses
después, Kennedy nombró Embajador de Estados Unidos en Venezuela al cerebro del
programa de industrializació n por invitació n: Teodoro Moscoso. Los venezolanos
rechazaron el nombramiento pues no querían recibir en la patria de Bolívar a un
neocolonialista, y así lo expresaron. El premio de consolació n a Moscoso fue hacerlo
administrador de la Alianza para el Progreso, un programa de ayuda política, social y
econó mica del presidente Kennedy para la América Latina.
A diferencia de Moscoso, la actriz puertorriqueñ a, Rita Moreno, obtuvo un logro sin
detractores ese añ o de 1962: el Oscar a la mejor actriz por West Side Story. La emigració n
puertorriqueñ a tomaba protagonismo como tema en la creació n artística de los musicales
en Broadway. West Side Story luego se convertía en un éxito de pantalla. En la historia se
contraponían las dos visiones de los emigrantes al llegar a la ciudad: por un lado, la ilusió n
por lograr sus sueñ os en un mundo de oportunidades y abundancia y, por otro, el
desengañ o ante la marginació n racial y la pobreza.
Permítanme una disgresió n. Como verá n en la dedicatoria de este libro menciono a mi
nieto Marcel. Cuando comencé a escribir este libro y se lo dediqué a él junto a su prima
Paola no me imaginé que ese jovencito de 13 añ os tuviera el honor de hacer del nieto de
Rita Moreno en una serie de televisió n para Neflix, 54 añ os después de ella haber ganado el
Oscar. Les ruego que comprendan esta disgresió n de abuelo orgulloso. Regresemos a la
vitrina.
La presió n internacional y local no cesaba por quienes seguían viendo una colonia
disfrazada en la vitrina que ya iba a cumplir diez añ os de construida y que ahora, con la
Alianza para el Progreso, era oficialmente lanzada al hemisferio como ejemplo del llamado
“milagro puertorriqueñ o”. El mensaje al resto de la América Latina era, si aceptan la
inversió n de capital de Estados Unidos en su país, les llegará el progreso que exhibe Puerto
Rico y se detendrá así el avance del comunismo. El apoyo del exilio cubano a Muñ oz se
consolidó , pero luego, en 1968, fue decisivo para la derrota del propio Partido Popular.
Muñ oz Marín aprovechó el 25 de julio de 1962 para proponer un plebiscito entre
Estadidad, Independencia y un Estado Libre Asociado culminado. Parece increíble, pero en
el 2016, cincuenta y cuatro añ os después, todavía hay uno que otro político que
tímidamente habla de la culminació n del ELA.
La crisis de octubre de 1962, por los misiles soviéticos enclavados en Cuba, que puso a
Estados Unidos y a la Unió n Soviética a punto de un enfrentamiento de grandes
proporciones, acentuó aú n má s los polos opuestos en los que la Guerra Fría colocaba a las
dos alas del pá jaro que poetizó doñ a Lola Rodríguez de Tió . Fueron quince días de alta
tensió n, solamente interrumpidos por dos acontecimientos que impactarían
posteriormente al mundo: el debut discográ fico de los Beatles, el 5 de octubre en
Inglaterra, y el comienzo del Concilio Vaticano Segundo, el 11 de octubre de 1962, en Roma,
convocado por el Papa Juan XXIII.
El 22 de noviembre de 1963 asesinaron al presidente John F. Kennedy en Dallas, Texas.
Yo salía de un ensayo de mú sica, guitarra en mano, de la Escuela Intermedia Romá n
Baldorioty de Castro, cuando vi gente llorando en las calles del centro del pueblo de
Guaynabo. En muchas casas ya era comú n, desde la visita de Kennedy a la isla, tener en la
sala un cuadro del Sagrado Corazó n de Jesú s, otro de Muñ oz Marín, y otro de Kennedy. Era
la santa trinidad de la devoció n criolla. Al día de hoy muchos defienden la teoría de que la
mafia y grupos cubanos de derecha, que tenían rencores en comú n contra Kennedy, estos
ú ltimos por la falta de apoyo del Presidente a la invasió n de Bahía de Cochinos, fueron los
autores intelectuales del crimen.
En el á mbito local, decenas de nuevas empresas seguían llegando a Puerto Rico atraídas
por las exenciones contributivas del plan de industrializació n y por los deseos de
Washington de acentuar las diferencias entre nuestro país y Cuba. El ingreso per cá pita de
la isla llegó a los $830, pero hubo una baja en los ingresos de los má s pobres. Muñ oz sintió
que ya su proyecto corría sobre ruedas y anunció que no aspiraría a la gobernació n en las
elecciones de 1964. Esto complació al Grupo de los 22, líderes populares jó venes que ya
cuestionaban la continuidad en el poder del viejo caudillo. Muñ oz señ aló a Roberto Sá nchez
Vilella, su mano derecha, como el sucesor. Dijo “ese es”, y ese fue el que ganó la gobernació n
en noviembre de 1964 con casi un 60% de los votos. Don Luis Ferré sacó un 35% con el
PER y el PIP obtuvo un 3%.
EL 21 de abril de 1965 murió don Pedro Albizu Campos, luego de muchos añ os en la
cá rcel, de persecució n, de criminalizació n y tortura mediante radiació n, ampliamente
probada por el historiador e investigador Pedro Aponte Vá zquez en su libro Locura por
decreto. Su entierro fue una de las demostraciones má s emotivas y concurridas que haya
vivido el país ante el fallecimiento de una figura pú blica. Se estima que sobre 50,000
personas asistieron a su funeral. Las exequias fú nebres las ofició el obispo Antulio Parrilla.
Siete días después, el 28 de abril de 1965, Estados Unidos invadió la Repú blica
Dominicana con 42,000 “marines” para apoyar a los militares que el 25 de septiembre de
1963 le habían dado un golpe de estado al gobierno democrá ticamente constituido del
escritor Juan Bosch. Dominicanos liberales y de izquierda, junto a militares
constitucionalistas, estaban a punto de tumbar el gobierno corrupto instaurado por los
golpistas. Estados Unidos, que en Puerto Rico construía la vitrina de la democracia, ponía
sus armas al servicio de la vitrina de la corrupció n y la dictadura que había en suelo
dominicano. Esta era la segunda invasió n estadounidense, pues en 1916, un añ o antes de
imponerle la ciudadanía americana a los puertorriqueñ os, invadieron la tierra de Duarte y
Mella, instauraron un gobierno militar, como en Puerto Rico, y no se fueron de allí hasta el
12 de julio de 1924. Seis añ os má s tarde, el estudiante aventajado de los invasores, Rafael
Leonidas Trujillo, tomó el poder y estableció una tiranía feroz en completa armonía con los
Estados Unidos. Se estima que de 6,000 a 10,000 dominicanos murieron como resultado de
esta segunda invasió n en 1965.
Mientras, Puerto Rico miraba hacia el norte, y no quería darse cuenta de lo que pasaba a
nuestro alrededor. Mucho menos se enteraba de lo que pasó por allá , por el carajo viejo,
como decía mi papá , en una isla catorce veces má s pequeñ a que Puerto Rico, de nombre
Singapur, que temblando de miedo, porque colonia había sido, se declaró independiente y
soberana el 9 de agosto de 1965. Desde su independencia, tuvo un crecimiento econó mico
promedio de un 9% anual, y para la década del noventa se había convertido en una de las
economías má s pró speras del mundo. Nada, solo una referencia para tenerla en cuenta.
En 1966 se le presentó la gran oportunidad al gobierno de Puerto Rico de mostrarse
como vitrina de la democracia y el progreso ante la gente de nuestro patio caribeñ o y
centroamericano. Se celebrarían en la isla los X Juegos Centroamericanos y del Caribe. Sería
también una gran oportunidad para, en contubernio con Washington, aislar aú n má s a Cuba
del resto de los países al no invitarla a esa fiesta deportiva. Cuando el Comité Olímpico
Internacional (COI) amenazó a Puerto Rico con quitarle su acreditació n como nació n
miembro del organismo olímpico si por razones políticas no se invitaba a Cuba, las cosas
cambiaron. Poco a poco los organismos deportivos locales y el gobierno comenzaron a
bajar el tono hasta que finalmente la invitació n se hizo. El asunto del visado a los atletas
encontró resistencia en el Departamento de Estado de los Estados Unidos, pero a la larga, y
a regañ adientes, también cedieron. Eso sí, no se les permitió venir en un avió n en vuelo
directo desde La Habana. Entonces Fidel Castro los envió en el barco Cerro Pelado que llegó
a ser visible en las aguas al norte de la isleta de San Juan el viernes 10 de junio en la
mañ ana.
Yo estaba cursando mi primer añ o en el Colegio de Agricultura y Artes Mecá nicas de
Mayagü ez. No teníamos clases ese viernes, así que cinco estudiantes nos apretujamos en un
Volkswagen del 57 y llegamos a San Juan a eso de la una de la tarde para, como decenas de
otros puertorriqueñ os, sentarnos a ver desde El Morro el Cerro Pelado, y especular si
dejarían o no entrar a los atletas cubanos a Puerto Rico. El exilio cubano se movilizó y el
nuevo Movimiento Pro Independencia (MPI), también, el primero para protestar, el
segundo en apoyo de los cubanos. Varios dirigentes del MPI llegaron en lanchas hasta el
Cerro Pelado. La Guardia Costanera vigilaba de cerca. La tensió n nos remontaba otra vez a
la crisis de los misiles en octubre. Puerto Rico, nació n aparentemente soberana en el
deporte, colonia en el control de la entrada y salida de gente de su territorio, solo
observaba sin poder tomar decisió n alguna ante la astucia del gobierno cubano que ponía
en aprietos y casi en ridículo al gobierno de los Estados Unidos.
El deporte triunfó y Estados Unidos tuvo que autorizar el desembarco, pero los cubanos
se negaron a hacerlo con la Guardia Costanera. Esa noche la delegació n compuesta de 363
cubanos durmió en el Cerro Pelado. Por fin pudieron llegar a tierra el sá bado en la mañ ana,
en una embarcació n alquilada por el Comité Organizador, a tiempo para desfilar
impecablemente vestidos de blanco en los actos inaugurales de los Juegos. Los
estruendosos aplausos del pú blico boricua pudieron ahogar los abucheos del exilio cubano
que, en aparente acuerdo con el Gobierno de Puerto Rico, se había encargado de ocupar
una buena cantidad de asientos en el Estadio Hiram Bithorn.
Otra situació n se suscitó cuando grupos de derecha exigieron que fuera la bandera de
los Estados Unidos la que ondeara en los actos inaugurales. Finalmente se hizo lo que
correspondía: dado que no era una actividad oficial del Gobierno de Puerto Rico, ondearía
la bandera que los estatutos olímpicos establecía, la que representaba el Comité Olímpico
de Puerto Rico, la monoestrellada. Los dominicanos también prevalecieron en mantener su
bandera a media asta en honor a los caídos el añ o anterior en la invasió n de Estados Unidos
a su tierra.
El joven periodista Alex Figueroa Cancel hizo una tesis titulada El Camino al Cerro
Pelado para su Maestría en Historia del Centro de Estudios Avanzados de Puerto Rico y el
Caribe que detalla con minuciosos detalles esta odisea. Su trabajo ha sido publicado como
libro y culmina con una sentencia del periodista César Andreu Iglesias: “por má s que se
trate de separarnos de nuestro ambiente natural, somos caribeñ os”. El cariñ o que los
puertorriqueñ os volcaron sobre la delegació n cubana así lo demostró , y dio al traste con las
intenciones del Gobierno de Puerto Rico y el de los Estados Unidos de aislar a Cuba y
utilizar los X Juegos Centroamericanos y del Caribe para presentar a la isla como la vitrina
de la democracia y el progreso. Dichas intenciones se estrellaron contra un Cerro Pelado.
El 23 de julio de 1967 se celebró un plebiscito entre el Estado Libre Asociado, la
Independencia y la Estadidad. El Partido Estadista Republicano y el Partido
Independentista no participaron pues entendían que al incluir el ELA en la consulta se
pretendía validar la colonia. Pero Muñ oz, que de bobo no tenía un pelo, ofreció
financiamiento con fondos pú blicos a la defensa de cada una de las fó rmulas de status. Ahí
surgió un agrio encontronazo entre los líderes del PER: don Luis Ferré, apoyaba la
participació n; Miguel Á ngel García Méndez predicaba la abstenció n. Un pequeñ o grupo
también decidió representar la Independencia. El resultado fue 60.4% a favor del ELA y un
39% a favor de la Estadidad defendida por el grupo de don Luis Ferré, Estadistas Unidos.
Los que representaron la Independencia no llegaron ni al 1%. El plebiscito le dio la
oportunidad a Estadistas Unidos de establecer una base política con la cual formaron luego
el Partido Nuevo Progresista que le ganó las elecciones al Partido Popular en el 1968. En su
deseo de validar la vitrina, Muñ oz contribuyó indirectamente al nacimiento del grupo
político que le daría la primera de muchas derrotas a su Partido Popular.
La noche de las elecciones de 1968 no pude evitar alegrarme pues mis padres
celebraban por primera vez un triunfo electoral. Sin embargo, mis incipientes simpatías
políticas estaban en ese momento entre el Partido Independentista y el Partido del Pueblo,
liderado por don Roberto Sá nchez Vilella. Varias cosas habían sucedido para llegar a ese
punto.
En mi segundo añ o en el Colegio de Agricultura y Artes Mecá nicas, hoy Recinto
Universitario de Mayagü ez, ingresé a un grupo coral llamado Viva la Gente derivado de Up
with People, una especie de frente cultural-religioso del Movimiento de Rearme Moral en
Estados Unidos que postulaba una vida basada en cuatro principios: amor, pureza,
honestidad y generosidad. Para un joven que venía de un hogar religioso a quien también le
gustaba la mú sica, “Viva la Gente” representaba un atractivo extraordinario. Muy pronto ya
componía canciones para el grupo y viajaba por la isla organizando jó venes que quisieran
hacer lo mismo. Por alguna razó n que en ese momento desconocía, “Viva la Gente” no era
del agrado de los grupos estudiantiles independentistas. Lo veían como parte del “new age”
o como una influencia de la cultura estadounidense. Como si eso fuera poco, en ese segundo
añ o también ingresé en el ROTC, Reserve Officers Training Corps, otro de los focos de
protestas de los independentistas.
Pero un buen día escuché que el obispo Antulio Parrilla vendría al Colegio a dar una
charla sobre la Teología de la Liberació n y el Concilio Vaticano Segundo. De esa charla salí
mirando la vida a través de otros espejuelos. Me entusiasmaba lo de enfocar la acció n
cristiana hacia la defensa de los pobres y la libertad, y sacarla de las ceremonias aburridas
y sin consecuencias. Por primera vez escuchaba a alguien a quien yo le daba credibilidad
decir sin empacho que creía en la Independencia para Puerto Rico por cuestiones morales.
Unos días después de la visita de Monseñ or Parrilla, un líder de Up with People que vino
desde los Estados Unidos me dijo con orgullo y entusiasmo que la proliferació n de los
grupos de “Viva la Gente” en el mundo acabarían con las protestas de los jó venes contra la
guerra de Vietnam, y que ademá s, la Agencia Central de Inteligencia protegía a los grupos
ya formados en Á frica. El choque entre los de Up with People y la versió n criolla de “Viva la
Gente” no tardó mucho y terminamos desvinculá ndonos del grupo continental, dá ndole un
toque puertorriqueñ ista a la agrupació n. Poco después también dejé el ROTC pues ya veía
ese programa de preparar oficiales para la guerra como una aberració n dentro de una
institució n universitaria que promovía el pensamiento crítico, las artes y las ciencias para
el desarrollo humano.
La muerte del Che Guevara en Bolivia, asesinato orquestado por la Agencia Central de
Inteligencia de los Estados Unidos, le añ adió sentimiento y mística a aquella semilla que
sacerdotes como Antulio Parrilla, Camilo Torres y Arnulfo Romero sembraban en la mente
de una América Latina que miraba con má s respeto la vitrina del socialismo en Cuba que la
de la democracia capitalista en Puerto Rico.
Una joven que pertenecía a “Viva la Gente” en San Juan, y que trabajaba en La Fortaleza,
me invitó a una presentació n del grupo en la Mansió n Ejecutiva a petició n de la primera
dama doñ a Conchita Dapena de Sá nchez. La hicimos, y cuando canté mi composició n “La
Familia”, la primera dama no pudo contener las lá grimas. Al otro día, 20 de marzo de 1967,
el gobernador anunció que se divorciaba de ella. Entonces entendí mejor las lá grimas de
doñ a Conchita. El 28 de septiembre don Roberto Sá nchez Vilella contrajo nupcias con una
de sus ayudantes, la licenciada Jeannette Ramos, hija del líder popular don Ernesto Ramos
Antonini. Este incidente escandalizó a un sector del liderato del partido que ya no veía con
buenos ojos que don Roberto se rodeara de gente joven y marginara a la vieja guardia de la
organizació n política.
Seis días después del anuncio de su divorcio, Sá nchez anunció que volvería a correr
para la gobernació n, pero Muñ oz le salió al paso y dijo que no lo respaldaría. La distancia se
siguió agrandando hasta que en la asamblea del 21 de julio de 1968 Muñ oz logró que los
populares escogieran a Luis Negró n Ló pez como su candidato. Sá nchez se fue del partido, y
decidió correr bajo la insignia del sol naciente con el Partido del Pueblo… “que el pueblo
decida”, dijo. Y el pueblo decidió por don Luis Ferré, del recién nacido Partido Nuevo
Progresista. Sin lugar a dudas la gente había comprado el mensaje del Partido Popular de
que nuestro destino debía estar ligado al de los Estados Unidos, y dieron un paso má s en
esa direcció n al votar por un partido que proponía la estadidad.
Es necesario señ alar que en esas elecciones de 1968, ademá s del Partido Popular y el
Partido Nuevo Progresista, concurrieron tres agrupaciones políticas que se dividieron los
votos independentistas. Con el triunfo del PNP dio inicio el quítate tú pa, ponerme yo
político y los partidos comenzaron a funcionar de acuerdo a lo que les ganara las pró ximas
elecciones, sin planes a largo plazo, sin un proyecto de país. Y esa alternancia también nos
condujo a la quiebra.
Otro espectá culo de “Viva la Gente” me confrontó con una nueva realidad que ya se
experimentaba a finales de los sesenta. Un especial para la televisió n que se hizo del grupo
tuvo el apoyo de la petroquímica Sun Oil, recién establecida en Yabucoa. Las hermosas y
motivacionales canciones del grupo tuvieron de escenario las chimeneas humeantes y los
tanques de almacenaje de petró leo de la empresa. Aquello era parte de otro de los
experimentos que resultaron fallidos en la construcció n de la vitrina: traer a tierra
puertorriqueñ a las petroquímicas que los estadounidenses no querían en su territorio por
su alto grado de emisió n de contaminantes. Se les dio exenciones contributivas desde el
1965, y así vino la CORCO, la Union Carbide, la Phillips Petroleum, la Sun Oil, entre otras.
Poco después, luego del embargo petrolero de la OPEP en 1973, solo quedó de ese plan un
pueblo fantasma y contaminado en el á rea de Peñ uelas y Guayanilla, un retrato grotesco y
cruel de un modelo que ya comenzaba a dar indicios de mal funcionamiento.
Estaba a punto de cumplir mis 21 añ os cuando en el Convento del Buen Pastor, al que
yo asistía a cantar todos los domingos en la misa, alguien me regaló el libro del sacerdote
Salvador Freixedo, Mi Iglesia Duerme. Aquel libro armó una batalla campal entre religiosos
que defendían una iglesia para el pueblo, simbolizada en las misas que después del Concilio
Vaticano II se celebraban de frente a los feligreses, y los que querían seguir distanciados,
dá ndole la espalda a la feligresía y orando en latín. La efervescencia de esos añ os sesenta y
setenta encontró en el Convento del Buen Pastor, que fue mi casa por muchos añ os en todo
el sentido de la palabra, un espacio de diá logo que contribuyó significativamente al
crecimiento de la conciencia nacional de los que allí convivíamos.
Puerto Rico ya llevaba un añ o bajo “la nueva vida” de don Luis Ferré, empeñ ado en
borrar el puertorriqueñ ismo que la Operació n Serenidad había logrado acentuar en la
mayoría de los puertorriqueñ os. Eddie Ló pez, un joven periodista del San Juan Star,
perió dico que se hacía en inglés, escribió una noticia que satirizaba ese intento burdo de
americanizarnos: “El Secretario de Public Instruction dijo today en un press conference que
su Department ha prepare un new plan que will be able to mejorar el teaching del spanish in
our island. El Secretario said que es very important que todos los portorricans aprendan a
speak mucho mejor su native language”. Esta fue luego una de las piezas preferidas en el
espectá culo “El efecto de los Rayos Gamma sobre Eddie Ló pez” del que fui parte junto a
Jacobo Morales, Horacio Olivo y el mismo Eddie a inicios de la década del setenta.
A finales de los sesenta la cosa se ponía caliente con el primer gobierno pro estadidad
de la era post Muñ oz. Las protestas contra el ROTC en la UPR se acrecentaron y también la
proliferació n de grupos de derecha protegidos por la Policía de Puerto Rico. Un ejemplo de
ello fue lo ocurrido el 7 de noviembre 1969 cuando una envalentonada turba anexionista,
dirigida por el Senador Juan Antonio Palerm, intentó incendiar las oficinas centrales del
Movimiento Pro Independencia y la redacció n del perió dico Claridad en la Avenida Ponce
de Leó n. Varias personas resultaron heridas de bala y la policía repartió macanazos, entre
otras personas, a un joven abogado que estaba de observador de parte de la Comisió n de
Derechos Civiles del Colegio de Abogados: Carlos Gallisá .
Terminamos esta década con 2,689,937 habitantes, un presupuesto de 1,031,000,000
dó lares, y el gobernador Luis Ferré, hecho un Santa Claus, repartiendo 35 millones de
dó lares de Bono de Navidad, uno de sus “logros” como gobernador. ¡Los críticos de la
colonia del sector estadoísta comenzaban a saborearse los beneficios de la administració n
de la misma! La consecució n de la Estadidad pasaba a un segundo plano ante el atractivo
del manejo de los millones de la colonia.
En esta década se siguió experimentando un crecimiento econó mico extraordinario,
pero antes del 1968 el gobierno popular tuvo que cambiar su enfoque. De 1947 al 1965
Operació n Manos a la Obra atraía empresas de alta intensidad de trabajo, como las de
textiles, ropa y cuero, que venían por los bajos salarios que aquí se pagaban en
comparació n con los de Estados Unidos. Eso dejó de funcionar, entre otros factores, por la
decadencia en la industria textil local debido al aumento en el salario mínimo que fue
impulsado por los sindicatos en Estados Unidos que no querían la competencia que les
hacía la mano de obra barata puertorriqueñ a. Nuestra dependencia de lo que venía de la
banda allá traía esas consecuencias en la banda acá .
De 1965 en adelante comienza la segunda etapa de Operació n Manos a la Obra que se
basó en atraer empresas de alta intensidad de capital con la esperanza de que los altos
salarios que iban a pagar, estimularan la economía del país y promovieran el
establecimiento de industrias relacionadas. Esto no se logró , y es fundamental que
entendamos el porqué para no repetir el error, sobre todo en época de promesas de
campañ a política.
Puerto Rico fue, después de la invasió n, un enclave agrario. Un enclave quiere decir que
un país altamente desarrollado como Estados Unidos utiliza un territorio o una colonia
para producir lo que su economía necesita, no necesariamente lo que la colonia necesita. El
propó sito primordial es sustraer ganancias, una frase sutil que realmente quiere decir
explotar la colonia. Con ese propó sito, Estados Unidos convirtió a Puerto Rico en un enclave
industrial, primero liviano, después pesado, y del 1994 en adelante nos desindustrializaron,
ya que habían otros lugares donde el neocolonialismo les permitía operar a un costo
menor.
El crecimiento del Producto Bruto Nacional real, ajustado a la inflació n, llegó al 7% en el
1970. Pero los nú meros, ademá s de indicar prosperidad, también nos señ alaban hacia
dó nde iba la cosa: la deuda pú blica en 1950 era de 98 millones y saltó a 516 en los sesenta.
Pero había producció n para pagarla sin problemas, cosa que no sucedió del 2006 en
adelante.
Otro aspecto que comenzaba a denotar fisuras en la vitrina era el hecho de que el nuevo
modelo econó mico generaba crecimiento pero no empleos. Los que se perdieron en la
agricultura por la baja en producció n de cañ a, café y tabaco fueron muchos má s que los
creados por la manufactura. A eso habría que añ adir un descenso al 45.4% en la tasa de
participació n laboral, esto es, de cada 10 personas há biles para trabajar, menos de 5
formaban parte de la fuerza de trabajo. La economía informal y la emigració n ayudaron a
tapar esa ineficiencia en la creació n de empleos del modelo econó mico. La emigració n fue
consciente y consistentemente fomentada por el gobierno como vá lvula de escape. De 1945
a 1970, ese mismo país que crecía econó micamente, expulsaba de su territorio a un milló n
de sus habitantes. Obviamente algo no andaba bien. Otra forma de enmascarar eso que no
andaba bien fue convertir poco a poco al gobierno en el principal empleador del país.
Injusto sería no dar algunos nú meros relativos a las á reas de progreso: la expectativa de
vida subió de 46 añ os en el 1940 a 73 al finalizar la década del setenta. La tasa de
alfabetizació n aumentó en ese mismo periodo de 68.5% a 91.3%.
Me gradué de ingeniero químico en mayo de 1970 y rechacé ofertas de empleo en las
petroquímicas del á rea de Guayanilla. Opté por la Caribbean Gulf en Catañ o pues quedaba
má s cerca de mi barrio Mamey de Guaynabo. Pero no eran las torres de destilació n ni los
procesos de refinamiento del petró leo lo que me producía grandes emociones en esos
tiempos extraordinarios e irrepetibles. Era una corriente musical que teñ ía de color
esperanza la juventud de esta parte del mundo.
De Uruguay llegaban las composiciones de Daniel Viglietti, preso por una Junta Militar
golpista. En Estados Unidos, Bob Dylan, Joan Bá ez y Pete Seeger mezclaban la protesta con
el folklore de forma deliciosa. En Argentina, Mercedes Sosa y Atahualpa Yupanqui hacían lo
propio. Chile tenía en la familia Parra y en Víctor Jara sus portavoces del canto social. En
Puerto Rico le dá bamos la bienvenida a los discos que clandestinamente nos llegaban de
Silvio Rodríguez, Pablo Milanés, Vicente Feliú , Noel Nicola, Sara Gonzá lez y otros
fundadores de la Nueva Trova Cubana. Antonio Cabá n Vale, Roy Brown y Noel Herná ndez
fueron los pioneros en Puerto Rico, con Pepe y Flora en la diá spora niuyorquina. Yo me
incorporé a la corriente cantando a dú o con Roxana Riera, la madre de mis hijos mayores.
La Revolució n Cubana, las protestas por la Guerra de Vietnam y el resurgimiento del
entusiasmo independentista presagiaban una década de grandes batallas.
El gobierno asimilista de don Luis Ferré creó una corriente de resistencia cultural y
política sin precedentes en Puerto Rico. Tengo recuerdos muy claros. La lucha que venía
desarrollá ndose contra la presencia del ROTC en la UPR escaló hasta una gran
confrontació n con la fuerza de choque de la Policía de Puerto Rico dentro del campus
universitario. Hubo decenas de heridos y la estudiante Antonia Martínez Lagares murió de
un disparo que le hizo un agente de la policía mientras observaba desde el balcó n de su
hospedaje los disturbios que se habían extendido hasta las calles aledañ as al Recinto de Río
Piedras. Antonia se convirtió en un símbolo de lucha y Antonio Cabá n Vale le compuso una
de sus má s hermosas canciones.
Un añ o después, para conmemorar la muerte de la joven estudiante, el 11 de marzo de
1971, se organizó un acto que culminó en otro enfrentamiento con la Policía. En el motín
murieron los policías Juan Birino Mercado, comandante de la Fuerza de Choque, y Miguel
Rosario Rondó n. También murió Jacinto Gutiérrez Vélez, un cadete del Cuerpo de
Adiestramiento de Oficiales de la Reserva del Ejército de Estados Unidos (ROTC). Ademá s
hubo 13 heridos de bala, 49 heridos por pedradas o macanazos y 65 personas arrestadas.
Por las muertes de los policías se acusó a los estudiantes Miguel Hudo Ricci y Humberto
Pagá n, quienes finalmente salieron absueltos cuando se probó que la Policía había colocado
un rifle en el baú l del carro de Hudo Ricci para poder acusarlo. Por la muerte del cadete del
ROTC nunca se acusó a nadie.
En una actividad artística que se celebró en el Teatro de la Universidad de Puerto Rico
días previos a estos hechos, debuté con el dú o Silverio y Roxana. Una reseñ a en una revista
de fará ndula, sobre esta pareja de recién casados que cantaba canciones de protesta,
provocó la curiosidad del productor Tommy Muñ iz. Así llegué a la televisió n y en específico
al programa “Borinquen Canta”, en el que por primera vez la mú sica campesina ocupaba un
lugar de tiempo primario y de gran audiencia fuera de la época navideñ a. Allí conocí a
Jacobo Morales, y así se dio el junte de “Los Rayos Gamma” con Eddie Ló pez y Horacio
Olivo.
“El pueblo entero se salva,
pues termina al fin el mal
del Partido Popular
con el triunfo de La Palma.
Ojalá pueda con calma
hacer todo lo que ansío.
Si lo hago como confío
cuando esté ya gobernando,
las cosas irán mejorando
¡y con cemento del mío!”
Así parodiaba Eddie Ló pez el poema de Luis Lloréns Torres y lo convertía en el discurso
predominante de la llamada Nueva Vida de Ferré. La décima infería que las nuevas
autopistas pró ximas a construirse bajo el gobierno de Ferré, Las Américas y el Expreso De
Diego, beneficiarían las empresas de cemento de la familia Ferré. El triunfo del PNP en esas
elecciones fue producto de la primera campañ a de medios de nuestra historia, y fue
diseñ ada por publicistas del exilio cubano.
El recuerdo visual má s fascinante que tengo de esa década es una noche
escandalosamente estrellada en la playa Flamenco en Culebra. Desde una loma cercana,
surgían las luces de unos inmensos focos que parecían danzar sobre las decenas de
personas que junto a Rubén Berríos, presidente del Partido Independentista
Puertorriqueñ o, iniciá bamos los actos de desobediencia civil en contra de la presencia de la
Marina de Guerra de los Estados Unidos en esa isla, ocupada desde 1939. Cantá bamos
canciones patrió ticas entre las luces del Observation Post de los marines y las estrellas del
firmamento. La Marina tuvo que abandonar Culebra cuatro añ os después.
Los primeros cuatro añ os del anexionismo en el poder terminaron en 1972. Comenzaba
otra época de grandes cambios que condenarían a muerte a la vitrina que nos ocupa.
CAPÍTULO 6: (1972-1980)
Primeras fisuras de la vitrina
El 15 de enero de 1972 me convertí en padre por primera vez, ¡y de gemelos, hembra y
varó n! Tres décadas después, Mariem, la niñ a, produjo y dirigió un documental titulado
Cuando lo pequeño se hace grande, realizado en los campamentos de desobediencia civil en
los terrenos de la Marina en Vieques. El film fue reconocido internacionalmente por la
denuncia que hacía de dicha ocupació n. Carlos, el varó n, fue uno de los camaró grafos de mi
documental sobre El Camino de Santiago que nos ganó un Premio Emmy en 2014. Eso
sucede cuando los pequeñ os se hacen grandes.
El 9 de julio de 1972 el Partido Independentista celebró una asamblea en el estadio
Hiram Bithorn donde reunió sobre 20,000 personas con la consigna “Arriba los de abajo”.
Luego de las elecciones surgieron dos bandos en el PIP, los que estaban con Noel Coló n
Martínez, que fue el candidato a la gobernació n, y los que estaban con Rubén Berríos, el
eterno presidente. Un tercer sector, liderado por Carlos Gallisá y Luis Á ngel Torres, que se
llamaban a sí mismos “los terceristas”, planteaban la creació n de un partido
independentista de la clase trabajadora, de corte marxista-leninista y que la direcció n del
partido fuera electa democrá ticamente. El grupo liderado por Rubén Berríos fue
respaldado por la mayoría de la base del Partido en la Asamblea General. Los “terceristas”
se fueron del PIP y Noel Coló n se quitó de la política partidista. Para esa misma época, el
PIP lideró la lucha de desobediencia civil que logró la salida de la Marina de Guerra
estadounidense de la isla municipio de Culebra. En las elecciones de 1976 Rubén Berríos,
de candidato a la gobernació n, logró un 5.7% de los votos.
Don Vicente Géigel Polanco publicó en 1972 el libro La farsa del Estado Libre Asociado,
una recopilació n de sus artículos periodísticos entre marzo de 1951 y el 25 de julio de 1952
al que llamó el Día de la Aflicció n. Decía que el ELA validó el estado colonial establecido por
la Ley Jones de 1917. Los argumentos de Géigel Polanco fueron ratificados en el 2016 por el
Tribunal Supremo de los Estados Unidos al decir: no puede haber Constitució n sin la
soberanía de la que emane la autoridad de un pueblo para gobernarse. En 1952 hubo una
delegació n de poderes, pero el poder se lo reservó el Congreso de los Estados Unidos, a tal
nivel que eliminaron toda una secció n, la 20 del Artículo II, sobre los derechos humanos.
En las vistas del Comité de Descolonizació n de la ONU en 1972, exactamente 20 añ os
después de que supuestamente se había resuelto el problema colonial de la isla con el
establecimiento del Estado Libre Asociado, el embajador de Ecuador, Horacio Sevilla Borja,
emitió el voto decisivo luego de un empate 11-11, en respaldo a una resolució n presentada
por Juan Mari Brá s y Rubén Berríos Martínez a favor de la libre determinació n e
Independencia de Puerto Rico. También se decidió incorporar el caso de Puerto Rico a la
agenda descolonizadora del Comité. Esto echaba a un lado la decisió n de la ONU en 1953 de
sacar a Puerto Rico de la lista de territorios coloniales. Por ese voto, botaron a don Horacio
de su posició n como embajador, pues las presiones de los Estados Unidos eran severas
contra los países amigos de la causa descolonizadora. Cuarenta y cuatro añ os después
Sevilla Borja volvió a ser embajador y notó que las cosas habían cambiado un poco pues, a
sugerencia de María de Lourdes Santiago, candidata a la gobernació n por el PIP, se aprobó
que el presidente del Comité de Descolonizació n sirviera de mediador con los Estados
Unidos para iniciar el proceso de descolonizació n de la colonia má s antigua del mundo.
Regresando a 1972 nos encontramos que los votantes eligieron gobernador a Rafael
Herná ndez Coló n, la nueva estrella del firmamento popular. El joven líder se montó en la
ola anti asimilista que había provocado el gobierno de don Luis A. Ferré.
El 23 de agosto de 1973 ocurrió algo que proporcionó uno de los primeros y má s
contundentes golpes a la frá gil estructura de la vitrina. Los países á rabes de la Organizació n
de Países Exportadores de Petró leo (OPEP) decidieron no exportar má s petró leo a aquellos
países que habían apoyado a Israel en la Guerra de los Seis Días contra Siria, Egipto y otras
naciones á rabes. Los efectos no se hicieron esperar. Las compañ ías petroleras aumentaron
los precios de forma drá stica. El precio del petró leo se cuadruplicó hasta llegar casi a 12
dó lares por barril. La fase petroquímica del programa Operació n Manos a la Obra recibía
desde el Oriente su sentencia de muerte. Diez añ os después, la CORCO cerraba casi todas
sus operaciones, reduciéndolas al almacenaje de crudo. Si usted pasa hoy día por la
carretera que bordea las ruinas de la CORCO experimentará la misma sensació n post
apocalíptica que siente cuando pasa frente a lo que fue la central Guá nica. Estos dos lugares
nos hablan del fracaso de cada una de esas dos fases de la “economía de enclave” que antes
comentá bamos.
Desde la crisis del petró leo en adelante el ELA estuvo en una continua zozobra
econó mica que le duró diez añ os. El Producto Interno Bruto decayó y la clase media se
empobreció , se inflaron los precios de los productos de primera necesidad y el desempleo
aumentó vertiginosamente, casi en paralelo con la criminalidad. La gente se tiró a la calle a
protestar y hubo 270 huelgas de trabajadores y estudiantes. Mientras esto sucedía, el
pintor Francisco Rodó n comenzó en septiembre de 1974 a hacer un retrato de don Luis
Muñ oz Marín que a doñ a Inés María Mendoza no le gustó . Aú n así la obra se hizo famosa.
Presentaba a un Muñ oz frustrado, apesadumbrado, convertido en un evidente vitral, reflejo
de que la vitrina construida sobre una base de artificios comenzaba a resquebrajarse.
Rafael Herná ndez Coló n se inventó un impuesto a las contribuciones sobre ingresos, “la
vampirita”, para intentar paliar la crisis a la que se enfrentaba. También se fue a
Washington a pedir má s ayudas federales y logró que el Congreso federal le aprobara la
Secció n 936 del Có digo de Rentas Internas, un paraíso fiscal para la industria farmacéutica
en el país. Como resultado de ello, entre Johnson & Johnson, Smith-Kline & Beecham, Merck
y Bristol Meyers, para mencionar solo algunas, se ahorraron en impuestos federales 3,363
millones de dó lares del 1980 al 1990. Pero a pesar de la aprobació n de las 936, la crisis le
pasó factura a Rafael Herná ndez Coló n y “la vampirita” se convirtió en tema de campañ a en
su contra y le chupó los votos que había obtenido en el 1972.
Antes de ese desenlace me es necesario insertar un evento que impactó mi vida. El
primer fin de semana de noviembre de 1975, en la calle Sol 280 del Viejo San Juan, donde
mismo había comenzado sus presentaciones el grupo “Los Rayos Gamma”, Tony Croatto y
yo, convocamos a Irvin García, Josy Latorre y Nano Cabrera para un espectá culo que
pretendía durar solo un fin de semana. De allí salió el grupo “Haciendo Punto en Otro Son”.
Sin tener consciencia de que está bamos haciendo historia, ese fin de semana tomamos la
batuta musical de la creciente Nueva Canció n Puertorriqueñ a, otra de las manifestaciones
de la lucha ideoló gica y cultural que se libraba en esos tiempos.
Antes de finalizar su primer cuatrienio como gobernador, el modelo econó mico que
defendía Rafael Herná ndez Coló n obtuvo una estadística terrible: nos convertimos en el
primer lugar del mundo en esterilizaciones con un 35.3% de mujeres esterilizadas entre los
20 y los 49 añ os. Desde los añ os treinta esta forma de evitar el aumento poblacional y lidiar
con las desigualdades econó micas fue parte de las propuestas de crecimiento econó mico
que adoptó Operació n Manos a la Obra. En la década del cincuenta el 16.5% de mujeres en
estas edades fueron esterilizadas. La esterilizació n forzada es un crimen de lesa
humanidad, y forzosa puede ser venderle la idea de esterilizarse a personas que no tienen
las herramientas de aná lisis suficientes para tomar una decisió n razonada. La má xima de
menos perros menos pulgas, seguía siendo parte del diseñ o de ese aparente crecimiento
econó mico que se experimentaba.
El 11 de diciembre de 1975 el Premio Nobel de Economía y profesor de la Universidad de
Yale, James Tobin, hizo un informe al gobierno de Rafael Hernández Colón con unas
recomendaciones que fueron un pronóstico certero de lo que eventualmente ocurrió. “Puerto
Rico no puede seguir dependiendo como antes de la deuda pública externa ni de la ayuda
federal para el financiamiento de sus inversiones públicas”, decía el Informe Tobin. Y añadía:
“La tendencia en los gastos gubernamentales, los déficits de las empresas del gobierno, la
deuda pública y los costos de producción no podrían sostenerse aun con condiciones
económicas favorables en el exterior”. Concluía diciendo: “Creemos que el Estado Libre
Asociado y sus agencias no pueden responsablemente tomar a préstamo para los próximos
años más de un promedio de $300 millones anuales en el mercado de bonos exentos”. ¡Si el
señor Tobin se llega a enterar de lo que fueron capaces de tomar prestado las
administraciones posteriores!
El economista Edwin Irizarry Mora, en un análisis que hace de ese momento de gran
crecimiento de la economía de Puerto Rico desde 1948 hasta el 1973, dice que el fenómeno se
debió a “la disponibilidad de mecanismos de financiamiento directo e indirecto a los sectores
productivos (especialmente al manufacturero), al gobierno y a los consumidores. Sin
embargo, como consecuencia de lo anterior, el control sobre la producción así como el patrón
de distribución de los beneficios… fueron determinados desde afuera.” Y concluye que ese fue
el precio que se pagó para lograr los niveles de crecimiento reportados.
Rafael Herná ndez Coló n y su sucesor, y los sucesores de los sucesores, hicieron caso
omiso de las recomendaciones de Tobin. Para 1976 la deuda pú blica era ya de $6,000 y
esos sucesores de los sucesores la elevaron al insostenible nivel de $72,000 millones para
el 2016. Carlos Romero Barceló no pudo coger prestado como hubiese deseado por las
restricciones que los bonistas le impusieron debido al aumento en el balance de la deuda
que ocurrió durante la administració n de Herná ndez Coló n. Sin embargo aumentó la deuda
en $3,106 millones e hizo lo mismo que la administració n popular que le precedió : darle
exenció n contributiva a las grandes empresas. Entre 1976 y 1979 hubo una “recuperació n”
parcial que no ilusionó mucho a los economistas. De inmediato se aceleró otro periodo
recesivo entre los añ os 1980 y 1983. Como no contaba con mucho dinero, Romero impuso
severas medidas de austeridad, a la vez que autorizó un aumento en la matrícula de la
Universidad de Puerto Rico que provocó una de las huelgas universitarias má s combativas
de la historia.
Romero Barceló ha pasado a la historia porque bajo su incumbencia no solo ocurrió el
entrampamiento y asesinato de Carlos Soto Arriví y Arnaldo Darío Rosado en el Cerro
Maravilla el 25 de julio de 1978, sino porque todo su aparato judicial y policíaco fue
có mplice del encubrimiento de dichos asesinatos perpetrados por miembros de la Policía
de Puerto Rico en connivencia silenciosa con el FBI. La represió n contra el
independentismo se incrementó durante su gobierno de forma notable. Grupos terroristas
de derecha se sintieron envalentonados e hicieron de las suyas.
Domingo Vega Figueroa escribió el libro Lucha por la Independencia de Puerto Rico,
Cronología de la represión de 1961 a 1980 donde enumera 303 incidentes represivos y
atentados contra independentistas en ese periodo de tiempo. El 24 de marzo de 1976 fue
asesinado el joven Santiago Mari Pesquera, hijo de Juan Mari Brá s, quien en ese momento
era el candidato a la gobernació n del Partido Socialista Puertorriqueñ o. El 28 de abril de
1979 un comando de exiliados cubanos de extrema derecha asesinó a Carlos Muñ iz Varela,
un joven cubano que intentaba establecer lazos de confraternizació n entre el exilio y Cuba
mediante la agencia de viajes Varadero. A estas alturas del 2016, aunque se sabe quiénes
perpetraron los asesinatos de Carlos Muñ iz y de Santiago Mari, nadie ha sido acusado pues
el FBI tiene informació n que no ha querido compartir con el Departamento de Justica de
Puerto Rico. Los que deseen adentrarse en este caso tan revelador deben leer La
contrarrevolución cubana en Puerto Rico y el caso de Carlos Muñiz Varela de Jesú s Arboleya
Cervera con Raú l Á lzaga Manresa y Ricardo Fraga del Valle.
Carlos Romero Barceló , en su deseo de convertir a Puerto Rico en un estado de los
Estados Unidos quiso incorporar todo aquello que nos asemejara a los estadounidenses y
eliminar todo lo que nos hiciera diferentes. Por eso empujó la implantació n del salario
mínimo federal a sabiendas de que la imposició n de un salario mínimo mayor que el salario
promedio del mercado puertorriqueñ o produciría desempleo. Y así sucedió : el desempleo
llegó a la escandalosa cifra de un 20%. El empleo se redujo de 875,000 en 1976 a 754,000
en 1984. Las 77 farmacéuticas que estaban establecidas para fines de los setenta solo
produjeron 10,978 empleos.
Si a este fracaso le sumamos los Tratados de Libre Comercio que los Estados Unidos
establecieron con otros países, eliminando así ese acceso especial que Puerto Rico tenía al
mercado norteamericano, podemos entender el acelerado colapso que la vitrina sufrió
durante esos añ os. Al finalizar la década, 495,458 familias puertorriqueñ as recibían
cupones para alimentos, esto es, 1,834,241 personas o el 58% de la població n. Muchas
familias de sectores pobres de la isla recurrieron a los rescates de terrenos para buscarle
una salida a la falta de vivienda. Estos se convirtieron en un movimiento social que logró
establecer 186 nuevas comunidades, se construyeron 16,821 viviendas y se estima una
participació n de 84,104 personas. Ante este cuadro, no sé si producto de una profunda
ignorancia, de un maquiavélico cinismo, o de una dramá tica insensibilidad, Carlos Romero
Barceló publicó un libro titulado La Estadidad es para los pobres.
La ruta trazada por anexionistas y estadolibristas era la misma: industrializació n por
invitació n, fomentar la emigració n, y establecer una total dependencia, sicoló gica, política y
econó mica de los Estados Unidos. Como dijera el economista Francisco Catalá : “No hay
status má s inseguro que el de la dependencia”.
En un intento de cerrar el debate del PPD sobre la relació n colonial de Puerto Rico con
los Estados Unidos, Rafael Herná ndez Coló n produjo la “Nueva Tesis” entre el 1978 y 1979.
El alegato de Herná ndez Coló n era que, dada que la Independencia era irrealizable y la
Estadidad econó micamente inconveniente, había que aceptar que el ELA era la “solució n
final” al debate estatutario.
Dos acontecimientos se añ aden al final de la década. La celebració n de los Juegos
Panamericanos, los que el gobernador Romero, tal y como el Partido Popular había
intentado con los Centroamericanos en 1966, quiso utilizar para adelantar sus intereses
ideoló gicos. En el 1966 fueron los aplausos a la delegació n cubana los que dieron al traste
con las intenciones de politizar el evento; en el 1979 fue un estruendoso abucheo al
gobernador al declarar inaugurados los juegos. Los Rayos Gamma utilizamos la canció n
tema de esos juegos Panamericanos para parodiar el incidente cantando: “Oye Romero, que
Puerto Rico te da, abucheo Panamericano”.
Del 24 de noviembre al 8 de diciembre de 1979 fui con “Haciendo Punto en Otro Son” a
la Segunda Conferencia Internacional en Solidaridad con la Independencia de Puerto Rico
celebrada en Ciudad de México. Tuvimos el honor de ser acompañ ados por Rafael Cancel
Miranda quien había sido excarcelado junto a sus compañ eros Irvin Flores, Andrés
Figueroa Cordero, Oscar Collazo y Lolita Lebró n por una orden del presidente James Carter.
Allá compartimos tarima con el cantor uruguayo Alfredo Zitarrosa, y visitamos el hogar del
escritor puertorriqueñ o José Luis Gonzá lez para cantarle nuestra versió n musicalizada de
su cuento “En el fondo del cañ o hay un negrito”.
La década culminó con disparos no necesariamente al aire. El 3 de diciembre de 1979
hubo un ataque, que la organizació n clandestina llamada “Organizació n de Voluntarios para
la Revolució n” se adjudicó , a un ó mnibus con soldados cerca de la base militar de Sabana
Seca. Murieron dos marinos y diez personas resultaron heridas. La Organizació n juró matar
uno a uno a todos los policías involucrados en los asesinatos en el Cerro Maravilla. El
agente encubierto Alejandro Gonzá lez Malavé, que condujo al entrampamiento a los
jó venes má rtires del Cerro Maravilla fue asesinado el 29 de abril de 1986 luego de que se le
había dado inmunidad para declarar todo lo que sabía sobre el encubrimiento del asesinato
de Soto Arriví y Darío Rosado.
Así cerramos esta intensa década del setenta y nos internamos en las pró ximas en las
que se firmó la sentencia de muerte de la vitrina.
CAPÍTULO 7: (1980-1992)
¡Qué maravilla!
La década del ochenta tiene una magia especial. Tan es así que ser “ochentoso” ya es
una forma de definir el cará cter de algunas personas. En los primeros cinco añ os de esta
década fueron asesinados John Lennon, en los Estados Unidos, y el arzobispo
revolucionario Oscar Arnulfo Romero en El Salvador. En él se inspiró Rubén Blades para
componer “El Padre Antonio”. Los ochenta fue el decenio de la Reagan-mania, de la Guerra
de las Malvinas, del fin de la dictadura en Uruguay, del terremoto en México, de la canció n
“Thriller” de Michael Jackson, de las películas ET y Star Wars, de la salida de Windows 1, del
Nintendo y de la primera computadora personal o PC.
El mundo evolucionaba a una velocidad que ya se medía en forma digital. Puerto Rico
seguía en analó gico, esto es, en el retraso político y econó mico. A la vitrina donde se
mostraba la colonia só lo la sostenían tres pilares: las transferencias de fondos federales
que ascendían a $2,873 millones, el empleo gubernamental que alcanzó la cifra de 184,000,
y el dinero depositado en la banca local por las empresas 936. El establecimiento de las
petroquímicas, ese otro pilar que había pretendido sostener la vitrina con alguna firmeza,
ya se había derrumbado.
El 15 de enero de 1980 yo estaba celebrando cuatro cosas: los ocho añ os de mis
gemelos Carlos y Marién, la decisió n de dejar la ingeniería, mi salida del grupo “Haciendo
Punto en Otro Son”, y el comienzo de una incierta carrera en la televisió n. Ese mismo día, el
agente Marcelino Avilés, placa nú mero 1926, estampó su firma en el ú ltimo informe de mi
“carpeta de subversivo”. El agente Avilés no hizo bien el trabajo que le encomendaron pues
decía que yo pertenecía al Partido Socialista, y yo nunca tuve el honor de pertenecer al PSP.
También informaba que mi residencia era en el condominio Jardines de San Francisco,
donde, segú n él, “habían muchos separatistas” y eso sí era cierto. Pero volvía a equivocarse
al decir que yo dirigía el grupo “Haciendo Punto en Otro Son”. Para colmo, añ adía el ridículo
comentario de que “Haciendo Punto” terminaba los ensayos cantando “La Borinqueñ a” con
el puñ o izquierdo en alto.
Este absurdo del carpeteo por razones ideoló gicas podríamos rastrearlo en el tiempo y
encontrar cosas como las que sucedían en el añ o terrible de 1887. Bajo la gobernació n del
General Romualdo Palacios se le aplicaba “el componte” a todo el que se manifestara
contrario a aquel régimen tirá nico que Españ a permitía. Segundo Ruiz Belvis y Ramó n
Emeterio Betances tuvieron su equivalente a las carpetas de subversivos en aquellos
tiempos.
Bajo el Partido Popular, muchas décadas después, surgió la Ley de la Mordaza, y luego
con el anexionismo en el poder tomó auge el carpeteo a los que creyeran en la
Independencia de Puerto Rico. El primer informe de mi carpeta data del 4 de noviembre de
1970 cuando comencé a trabajar como ingeniero químico en la Caribbean Gulf Petroleum
Company de Catañ o. Lo firma el agente José M. Montañ ez, placa nú mero 8447, uno de los
que participaría eventualmente en los asesinatos del Cerro Maravilla. En otra pá gina
infame encontré que un primo de mi esposa Nilda Serrano era informante de la policía y
recomendó que no se le diera a ella un empleo como trabajadora social, a pesar de las
excelentes cualificaciones que tenía, por el delito de “estar saliendo con un subversivo
como Silverio Pérez”.
Las tensiones políticas y sociales continuaban en ascenso. El 6 de febrero de 1980, un
disparo proveniente del arma de un policía le arrebató la vida a Adolfina Villanueva, una
mujer de 34 añ os, mientras intentaban desalojarla de la humilde casa de madera donde
vivía en el sector Tocones del barrio Medianía Alta en Loíza. Doñ a Adolfina se convirtió en
símbolo de los “rescates de terrenos” que se multiplicaron en todo el país. “Villa sin miedo”,
una de esas comunidades de terrenos rescatados, fue testigo de serios incidentes cuando la
policía llegó a destruir las casas de los residentes.
El 4 de noviembre de 1980 el Canal 11, de la Cadena Pérez Perry, se aventuró a televisar
un espectá culo que “Los Rayos Gamma” habíamos grabado en el café teatro Tetuá n 20, con
motivo de las elecciones de ese añ o. La idea de la televisora era que el show alivianara esas
horas tediosas de la tarde entre el cierre de las votaciones y el comienzo de los resultados.
Terminó el programa especial de Los Gamma pero los resultados no llegaron. Luego de
unos misteriosos apagones ocurridos en el momento en que se estaban contando los votos,
Carlos Romero Barceló emergió ganador de las elecciones sobre Rafael Herná ndez Coló n.
Las acusaciones de la izquierda en contra del caballo Romero, como se le llamaba, por los
sucesos del Cerro Maravilla, no pesaron tanto en los electores como el recuerdo de “la
vampirita” que impuso el “gallito que no se juye”. El Partido Popular, arquitecto de la
vitrina, daba claros indicios de una progresiva decadencia en el apoyo mayoritario del
pueblo y el caballo volvió a ganar.
Sin embargo, al Partido Popular le quedaba un bastió n de gran poder: el Senado,
presidido por don Miguel Herná ndez Agosto. La opinió n pú blica presionó para que se
supiera la verdad de lo ocurrido en el Cerro Maravilla y el Senado comenzó una
investigació n. Las vistas pú blicas se televisaron por Teleluz, que pertenecía a don Tommy
Muñ iz, quien resistió las presiones que hizo el gobierno de Carlos Romero para que no se
transmitieran. En el verano de 1983 la atenció n del pú blico puertorriqueñ o a las vistas era
tal, que en algunos trabajos se cambió la hora de entrada y salida para que la gente no se las
perdiera. La excelente investigació n del licenciado Héctor Rivera Cruz, con el apoyo del
presidente del Senado, desnudó ante las cá maras de televisió n el asesinato de los dos
jó venes independentistas y el encubrimiento que armó la alta oficialidad gubernamental.
Ese asombro del pueblo se convirtió en terrible desencanto y el puertorriqueñ o no volvió a
mirar el gobierno, ni el de Romero, ni los subsiguientes, sin la sombra de la sospecha. La
parte política de la vitrina también se resquebrajaba al desmoronarse la fachada
democrá tica de la misma.
Diez oficiales de la policía resultaron convictos por el encubrimiento, entre ellos, el jefe
de la Divisió n de Inteligencia de la Policía, Á ngel Luis Pérez Casillas, quien dirigió el
operativo y dio instrucciones de no dejar que los dos jó venes activistas bajaran con vida del
Cerro Maravilla. En mayo de 1985 fue sentenciado a veinte añ os de prisió n por perjurio.
Aunque la prueba desfilada no logró conectar directamente al gobernador Carlos Romero
Barceló con el encubrimiento, el pueblo lo juzgó derrotá ndolo en las urnas en 1984. Pero
antes de su derrota nos dejó un legado que hoy día ha contribuido al estallido de la vitrina.
Tal vez fue el racismo del senador republicano James Strom Thurmond, tal vez fue un
despiste del Comisionado Residente del momento, Baltasar Corrada del Río, o tal vez fue un
sin querer queriendo de ambos, pero lo cierto es que en el añ o 1984, a Puerto Rico se le
sacó misteriosamente de las protecciones de la Ley de Quiebras federal. Míster Thermond
tenía un largo historial de prejuicios contra las minorías en sus 48 añ os como legislador, al
punto que se cambió de partido por oponerse a la Ley de Derechos Civiles de 1964. Este
señ or que apoyó la segregació n racial pudo haber sido el eje de una conspiració n para que,
con el beneplá cito del binomio Romero-Corrada, se le quitara un beneficio al país que solo
podría disfrutar si se convertía en estado.
Sobre esa misteriosa exclusió n el juez federal Juan R. Torruella opinó en el 2016 que
esas enmiendas que se hicieron en 1984 fueron inconstitucionales y violentaron el derecho
de la isla de regular sus asuntos internos. Antes de esas enmiendas Puerto Rico podía
beneficiarse de ese estatuto que a la altura del 2016 hubiese retrasado un tanto el estallido
de la vitrina. Esa acció n dejó claro que Puerto Rico no era un “estado” como los demá s y
que la autoridad en ese rengló n correspondía al Congreso, como posteriormente lo
subrayara el caso Sá nchez Valle y la legitimació n de la ley PROMESA que impuso una Junta
de Control Fiscal Federal en 2016.
Cuando Rafael Herná ndez Coló n volvió a la Fortaleza en 1985 le fue entregado un
informe de la Junta de Planificació n sobre el estado del país que parecía un pronó stico de
nuestro presente. Así decía:
“Puerto Rico vive un nivel de desempleo jamás visto antes, un nivel de criminalidad y
vandalismo rampante que asusta al ciudadano; tiene un sistema de educación masiva en
que sólo se ofrecen conocimientos, sin precisamente educar al estudiante. La calidad
ambiental está intoxicada por el ruido excesivo, los compuestos químicos, la
exterminación masiva de las especies y el fin de la flora y fauna que una vez fueron fuentes
de belleza para la isla. Pero el problema más grande de salud pública en Puerto Rico es la
alta incidencia de enfermedades mentales.” Repito, esto fue publicado por la Junta de
Planificación del Gobierno de Puerto Rico en 1985.
El 16 de junio de 1975 ya Rafael Herná ndez Coló n había sido advertido por el entonces
presidente del Banco Gubernamental de Fomento, Guillermo Rodríguez Benítez, del
dramá tico aumento de un 233% de la deuda pú blica en contraste con el crecimiento de un
47% en el Producto Bruto. Añ adía: “el volumen de emisiones de bonos del Estado Libre
Asociado y sus agencias ha aumentado tan aceleradamente en los últimos años que nuestro
crédito ya se ha afectado adversamente en el mercado de valores”. Les subrayo que esta
advertencia fue hecha en junio de 1975.
Si aú n fuéramos má s atrá s, leeríamos algo asombroso que el historiador José Curet
encontró en archivos del siglo XIX. Se trata de un artículo periodístico firmado por don
Manuel Ferná ndez Juncos ante la llegada del General Romualdo Palacios:
“Debido a los graves desaciertos de sus antecesores (todos pusieron sus manos pecadoras
en la funesta obra de ruina del país) hállase éste en la actualidad llegando a los linderos
de la bancarrota; desastrosamente administrado, viciadas y corrompidas las instituciones
populares por la inmoral y perturbadora influencia del caciquismo…los intereses de los
municipios en manos de funcionarios… ineptos en su mayoría, muchos de los cuales sirven
únicamente los intereses y caprichos del santón a quien deben su destino… (con) el
insoportable peso de contribuciones tan excesivas como caprichosamente impuestas,
puede asegurarse, que va llegando Puerto Rico a los últimos grados del desorden
administrativo.” Parece que la colonia tiene la manía de repetir su historia hasta que
colonia deje de ser.
El tubo del respirador artificial de esa colonia que fuimos y seguimos siendo, inyectó
desde Washington, de 1980-84, $19,000 millones que significaron el 34.3% del PNB segú n
datos investigados por la Dra. Linda Coló n para su libro Pobreza en Puerto Rico, radiografía
del Proyecto Americano. En 1985 el gobierno federal invirtió $780 millones en asistencia
nutricional para que 400,000 familias recibieran este subsidio ya que el 59% de las familias
puertorriqueñ as caía bajo los niveles de pobreza.
El segundo lustro de los ochenta nos hizo presenciar la desgracia del derrumbe de la
comunidad Mameyes, en Ponce, donde quedaron sepultadas 140 personas; el terremoto en
El Salvador, con 1500 muertes; el bombardeo de los Estados Unidos a la Libia de Muammar
al-Gaddafi; el No monumental que le dieron los chilenos a un Augusto Pinochet que
subestimó el valor del pueblo de Salvador Allende y Pablo Neruda y se atrevió consultarle
su permanencia en el poder tirá nico; la salida de los rusos de Afganistá n; la invasió n de los
Estados Unidos a Panamá , para sacar del poder al General Manuel Antonio Noriega; y la
creació n de la Web.
En 1986 los informes de Servicios Sociales indicaron que 6,155 nuevas familias fueron
añ adidas ese añ o al programa de asistencia nutricional. En 1987 el Departamento de
Servicios Sociales indicó que 97,000 familias puertorriqueñ as vivían en extrema pobreza.
En 1988 Rafael Herná ndez Coló n revalidó como gobernador pero con apenas 50,000 votos
de ventaja sobre el ex comisionado residente Baltasar Corrada del Río, sí, el mismo que no
se percató cuando sacaron a Puerto Rico de la Ley de Quiebra federal.
En su discurso inaugural Herná ndez Coló n hizo un llamado a una consulta plebiscitaria
que logró el consenso de los presidentes de los otros dos partidos políticos, Rubén Berríos
del PIP, y Baltasar Corrada del Río del PNP. El Presidente George Bush exhortó al Congreso
a acoger la petició n y se manifestó a favor de la Estadidad para Puerto Rico. El senador J.
Bennett Johnston sometió la legislació n pertinente y se celebraron vistas pú blicas en el
Congreso y en Puerto Rico. Cada sector ideoló gico escribió la definició n del status de su
preferencia. La del Estado Libre Asociado “mejorado” pedía mayor autonomía en asuntos
locales, una política federal orientada a acelerar el desarrollo social y econó mico de la isla,
un mecanismo para que Puerto Rico entrara en acuerdos internacionales, y trato igual al
que se le daba a los estados en programas de asistencia social.
El 17 de junio de 1989, en una vista pú blica en San Juan, Bennett Johnston aseguró que
Puerto Rico no era una colonia. El 2 de agosto el Comité de Recursos Naturales aprobó el
proyecto S. 712 donde se alteró la propuesta del ELA al quitá rsele la paridad en los
programas federales de asistencia social y le limitó de forma drá stica la petició n de
gobierno propio. A las otras fó rmulas también se le hicieron cambios: permanencia de las
bases militares bajo la Independencia, y un No a la Estadidad con el españ ol y el inglés
como idiomas oficiales. También le quitaron a los estadistas la pretensió n de que se
eximiera por un tiempo al Estado 51 de contribuciones federales.
En septiembre de ese añ o, la Oficina de Presupuesto del Congreso reveló que, de
acuerdo a sus estudios, la implantació n de la Estadidad que el proyecto Johnston describía,
le costaría a los Estados Unidos unos $9,000 millones. También concluyó que bajo la
Estadidad se reduciría el Producto Nacional Bruto de Puerto Rico y se perderían entre
50,000 y 100,000 empleos. Esto fue una puñ alada de muerte al proyecto autoejecutable.
Mientras, Herná ndez Coló n criticó duramente el desbalance del proyecto a favor de la
Estadidad por los comentarios de altos miembros de la administració n Bush. El tirijala
siguió por meses.
Como nunca antes en décadas recientes, y nunca después, los tres presidentes de los
partidos políticos principales de Puerto Rico se pusieron de acuerdo y le enviaron una carta
a Bennett Johnston para que acogiera el proyecto HR 4765, llamado Ley para la
Autodeterminació n de Puerto Rico. El impasse entre Cá mara y Senado le dio la excusa
perfecta al Congreso para no actuar sobre el status de la isla. Estuvimos cerca, pero no hubo
la voluntad política del lado de allá . Se demostró que eso de “pó nganse ustedes de acuerdo
primero”, frase que usan los políticos en los Estados Unidos para evadir la responsabilidad
de resolver el asunto colonial, es una mera excusa para no actuar.
Aú n así hay varias conclusiones que salen de ese proceso que no debiéramos olvidar
para la discusió n estatutaria presente. Distinto al lenguaje de 1966-1967, la solució n del
estatus era responsabilidad tanto de los puertorriqueñ os como de los estadounidenses. Ya
no se trataba de un proceso de “libre determinació n” sino de “mutua determinació n”. Se
reconocía que Estados Unidos seguiría teniendo un papel preponderante
independientemente de la decisió n que tomasen los puertorriqueñ os respecto a su futuro.
Pero má s que eso, se establecieron ciertas pautas que tampoco debemos olvidar:

Se aceptó , dentro de la ló gica republicana, que la colonia ya le “costaba demasiado” al
imperio.

Se aceptó tá citamente que el ELA ya no era funcional y debía ser revisado.

Se aceptó que la discusió n del estatus y su solució n era responsabilidad de ambas
partes

Se dejó clara la disposició n de Estados Unidos a conceder un “Pacto de Libre
Asociació n”.
Sin dudas aquel fue el mejor momento para resolver el problema del estatus, pero no se
logró . Fracasado el intento de darle un nuevo aire a la vitrina, Rafael Herná ndez Coló n optó
por afianzar los pilares culturales de la misma y el 5 de abril de 1991 se aprobó la Ley del
Idioma Oficial, estableciendo el españ ol como la ú nica lengua oficial del Estado Libre
Asociado. Esta acció n le ganó el Premio Príncipe de Asturias, dedicado al pueblo de Puerto
Rico por la defensa de su idioma. La contentura duró solo dos añ os pues el doctor Pedro
Rosselló , tan pronto llegó al poder, quitó esa piedra en el camino hacia la Estadidad y
derogó la ley. Estableció otra, con dos idiomas oficiales.
Rafael pareció presentir que la “fá brica de americanitos”, como le llamaba Rubén
Berríos al ELA, empujaba el barco inexorablemente hacia la anexió n y fijó su mirada
nostá lgica en el antiguo imperio, en “la madre patria”. El premio Príncipe de Asturias y la
cercana celebració n del V Centenario del “descubrimiento de América” le dieron un mayor
impulso y aceptó crear un Pabelló n de Puerto Rico en la Expo Universal Sevilla 92. El
Pabelló n, que fue duramente criticado por los opositores a su administració n, fue visto por
Herná ndez Coló n como una nueva oportunidad de darle un relanzamiento a la vitrina
original, esta vez presentando a Puerto Rico como centro industrial del Caribe y puente de
enlace entre las Américas.
El Pabelló n de Puerto Rico fue uno de los grandes atractivos de la Expo, por su belleza
arquitectó nica, por la mú sica puertorriqueñ a siempre presente, por la contagiosa alegría
que distinguía a los anfitriones del mismo, y porque se convirtió en un espacio de
afirmació n nacional en medio de la amenaza asimilista. Rafael decidió no postularse
nuevamente y, sin mucho entusiasmo, le dejó la oportunidad a Victoria “Melo” Muñ oz
Mendoza. La hija del fundador del ELA se enfrentó al doctor Pedro Rosselló Gonzá lez, quien
se autodenominaba como “revolucionario”.
El 3 de mayo de 1992 salieron del puerto de Cá diz, en Españ a, luego de una ceremonia
en la que participó el Rey Juan Carlos, 200 embarcaciones hacia San Juan de Puerto Rico
para participar en la Regata Coló n 92 para conmemorar los 500 añ os del llamado
“Descubrimiento de América”. San Juan se convirtió en el centro de una gran celebració n de
la hispanidad. La alegría y los festejos inundaron el viejo casco capitalino y la gente pudo
olvidar la intensa campañ a política que estaba en todo su apogeo.
En ese festejo, Rafael Herná ndez Coló n se despidió de sus doce añ os como gobernador.
El mejor defensor del legado de Rafael Herná ndez Coló n que terminó con el triunfo del
doctor Pedro Rosselló Gonzá lez en las elecciones de 1992, es su nieto, Pablo José
Herná ndez. En una columna escrita para el perió dico El Nuevo Día, Pablito explica por qué
a su abuelo no se le debe endilgar responsabilidad alguna en la explosió n final de la vitrina:
“…diversos economistas y el Centro para la Nueva Economía (CNI) coinciden que una
deuda menor al 60% del tamaño de la economía o producto bruto es saludable. El primer
gobernador en sobrepasar el 60% fue Rafael Hernández Colón en 1976, al enfrentarse a la
recesión mundial de 1974. Pero también el último gobernador en dejar la deuda por debajo
del 60% cuando se retiró en 1992. Para 1976, la proporción de la deuda relativo a la
economía había aumentado a 73%. Pero ese año, Hernández Colón logró la 936 y su
estrategia económica —tomar prestado para mitigar el impacto de la recesión— rindió
resultados. La economía creció 3.8%. No obstante, perdió contra Romero. Bajo la segunda
administración de Hernández Colón, el porciento de la deuda bajó más. En 1992, la deuda era
57% del producto bruto.” Más adelante evaluaremos la aportación real de cada gobernante a
la deuda, libre de afectos familiares.
Al entrar a la era de Pedro Rosselló Gonzá lez es necesario hacer un alto. Nos acercamos
al momento en que veremos con mayor claridad los elementos que hicieron que la vitrina
estallara en cantos. Rosselló , sin querer queriendo, aceleró ese proceso que de todas
formas, tarde o temprano, iba a llegar. Pero es en los pró ximos ocho añ os, y en los
subsiguientes, donde veremos con total claridad esta locura que nos condujo a la quiebra.
Pongamos atenció n a cuatro factores que identifico como detonantes de nuestra crisis
actual. Primero, la condició n colonial. El territorio fue tomado por los Estados Unidos,
desde el día uno, para ser explotado en aras de sus fines geopolíticos y econó micos. Toda
dá diva econó mica y toda “conquista” de mayor gobierno, fue dada para que la funció n
primaria no se afectara. Cuando la colonia dejó de cumplir un papel protagó nico en ese
juego geopolítico fue tirada como bagazo. Segundo, el bipartidismo entronizado desde el
1968 en el que cada nueva administració n venía a destruir lo que la otra había hecho, aú n
dentro del mismo partido político, a mover los empleados nombrados por el gobierno
anterior y a sustituirlos por los amigos del grupo triunfante. El quítate tú pa’ ponerme yo
nos ha llevado a cero después de cada elecció n. Tercero, las descabelladas, irresponsables y
absurdas decisiones administrativas para impresionar al electorado y asegurarse la
reelecció n en las pró ximas elecciones. Obras fastuosas, proyectos faraó nicos, no afines con
un país pobre, del tercer mundo. Para ello, si había que endeudarse y comprometer las
futuras generaciones, se hacía sin el menor recato. Cuarto, la corrupció n producto del
inversionismo político, del favoritismo con los amigos del alma, de la filosofía torcida de
que si se hacía obra no importaba lo que se robara en el proceso. Todo eso, que antes lo
hubo, nunca fue tan evidente como del 1993 en adelante. A eso vamos en el pró ximo
capítulo.
CAPÍTULO 8: (1992-2006)
El Mesías y el Juicio Final de la vitrina
Pedro Rosselló González entró con ímpetu en la Fortaleza con el propósito de ser el Moisés
que condujera el país a la tierra prometida de leche y miel de la Estadidad que ya había sido
revelada a sus antecesores Luis Ferré y Carlos Romero Barceló en las décadas del sesenta y
setenta. Se esperaba que su reinado fuera el de la descolonización, pero había una gran
diferencia entre Rosselló y el binomio de Ferré y Romero. El profesor Mario Cancel lo
establece con meridiana claridad en Puerto Rico entre siglos, su blog en la Internet: “Aquel
liderato (Ferré y Romero) que forjó el estadoísmo pujante, tal y como se conoce hoy, sobre las
cenizas del lento proceso de derrumbe del PPD, había sido producto de la Era de la Posguerra
y la Guerra Fría. Ambos confiaban en el Estado interventor y benefactor, eran parte de la ola
de pluralismo que marcó a la sociedad estadounidense en los 60’s y compartían la experiencia
del tránsito de Puerto Rico de una sociedad agraria a una industrial en el marco de la
dependencia colonial.”
Por eso Ferré creía en la “estadidad jíbara” dentro del pluralismo estadounidense y
Romero predicaba una “estadidad para los pobres”. Rosselló sin embargo miraba en
direcció n al capital y visualizaba el estado como un facilitador para que las variantes del
mercado establecieran el balance social. Su optimismo se asentaba en una economía que
daba muestras de cierto crecimiento producto de la inyecció n de los fondos 936 en la banca
local y el aumento en las transferencias federales. Su gobierno también participó de la
bonanza econó mica que hubo en los Estados Unidos bajo la presidencia de Bill Clinton.
Pedro Rosselló quiso demostrar de inmediato que, a diferencia de su predecesor,
resolvería el status político y realizó un referéndum el 14 de noviembre de 1993. Los
resultados fueron muy interesantes: 826,326 votaron a favor del ELA, 788,296 por la
Estadidad y 75,620 por la Independencia. En términos de por cientos, el ELA bajaba de un
60.4% en 1967 a un 48.6% en 1993. La Estadidad subía de un 39.0% en 1967 a un 46.3%
en noviembre del 1993. La Independencia se mantuvo cercana al 4%. Los nú meros
parecían indicar que el fin del programa Manos a la Obra con la llegada de don Luis Ferré al
poder en 1968, impulsó el crecimiento del anexionismo.
La administració n de Rosselló Gonzá lez, a quien un pastor del sector fundamentalista
religioso que le respaldaba llegó a llamarle el nuevo Mesías, se enfocó en grandes proyectos
de infraestructura cuyos costos fueron cubiertos con préstamos, aumentando
dramá ticamente la deuda pú blica del País. De acuerdo a los bonos emitidos, Rosselló
aumentó la deuda pú blica en má s de $10,000 millones durante sus 8 añ os en la
gobernació n. Pero si se añ ade la deuda que tuvo que emitir el gobierno de Sila Calderó n
para terminar los proyectos que Rosselló comenzó , como el Tren Urbano, el Coliseo de
Puerto Rico y el Centro de Convenciones, el monto sube a $15,308 millones. A esta cifra hay
que sumarle lo acumulado en añ os previos a Rosselló y llegamos así a una deuda
equivalente al 70% del Producto Nacional Bruto para el añ o 2000. Como ya hemos visto,
ese porcentaje no se alcanzaba desde el primer cuatrienio de Rafael Herná ndez Coló n entre
el 1973 y el 1976.
Aparte del aumento de la deuda, Rosselló perpetuó la prá ctica de cubrir las deficiencias
presupuestarias con préstamos del Banco Gubernamental de Fomento. La famosa “tarjetita
de salud” de Rosselló y el Tren Urbano, todavía dejan deficiencias millonarias y el gobierno
simplemente no tiene fondos para cubrirlas. El gasto de salud, en parte por la tarjeta
Rosselló , aumentó en 300% desde que se comenzó con el plan piloto en el 1993.
La tarjetita de Rosselló se suponía que fuera costeada con unos 500 millones de dó lares
adicionales por el sistema de salud que impulsaba la administració n del entonces
presidente Bill Clinton. Pero los republicanos no le aprobaron el plan al presidente
estadounidense y el dinero no llegó . Entonces a Rosselló le entró el espíritu del
conquistador Herná n Cortés y decidió quemar las naves, para no dar vuelta atrá s, y vendió
a precio de pescao abombao casi todas las instalaciones médicas del gobierno,
desmantelando así el Plan Arbona de Salud, que le sirvió bien al país y fue ejemplo para
varios países latinoamericanos. A esta situació n se le añ adió el aumento en los gastos del
Centro Médico que tuvo que asumir el cuidado de muchos pacientes que los hospitales,
antes pú blicos y ahora privados, no querían atender por razones econó micas.
Subrayamos este asunto de la tarjetita de Rosselló por ser, a mi entender, una de las
bombas que hizo estallar la vitrina. En el 1976 teníamos el Plan Arbona creado por el
doctor Guillermo Arbona, un distinguido salubrista educado en las universidades de Ohio,
Georgetown y Johns Hopkins. Cuando fue Secretario de Salud del 1957 al 1966, diseñ ó un
sistema de cuatro niveles: primario, secundario, terciario y supraterciario que funcionaba
bien. Lo que creó Rosselló funciona mal y nos cuesta a la altura del añ o 2016 unos $2,250
millones. En esa danza de millones se incluye la ganancia de las aseguradoras y hospitales
privados, el corazó n del sistema, en detrimento de los pacientes que reciben el servicio y de
los médicos que lo dan, quienes han optado por huir del país en busca de un trato má s
justo. Al irse los médicos hay menos referidos a los hospitales, má s visitas al Centro Médico,
y como consecuencia hay decenas de hospitales que han cerrado pisos enteros de sus
instalaciones y algunos consideran cerrar operaciones. ¡Desastre total! ¡No hay peor cuñ a
que la del mismo palo! Un médico destruyó un sistema que otro médico había creado.
La tarjetita de salud fue el pasaporte con el que entramos de lleno a la era neoliberal
que nos llevaría al fracaso. La privatizació n de la salud, esto es, convertir el padecimiento
en una mercancía y el paciente en un cliente, puso a las aseguradoras a controlar la
situació n. Lo peor de este desastre es que los gobiernos posteriores a Rosselló , conociendo
que el sistema era insostenible, no se atrevieron a quitarlo, chantajeados por el “neo
populismo” rossellista de “la tarjetita de salud para el pueblo”. Sin embargo, para el
expresidente del Banco Gubernamental de Fomento, Juan Agosto Alicea, la peor aportació n
de la administració n de Rosselló fue la deuda extra constitucional, ilegal, o legalizada con
subterfugios, de entre $4,300 y $5,898 millones.
El gobernador Rosselló justificó el crecimiento de la deuda pú blica a $27,160 millones
durante el período de 1993 a 2001, porque la misma se dio a la par con un crecimiento del
producto bruto real de alrededor de un 3% anual. “Se tomó prestado lo que era razonable
en ese momento, que no sobrepasó el 62% del Producto Nacional Bruto. ¿Y qué se hizo con
esos recursos? Los invertimos en cosas que eran instrumento para el desarrollo de Puerto
Rico”, dijo el mandatario refiriéndose al Sú per Acueducto, al Tren Urbano, al Centro de
Convenciones, al Coliseo de Puerto Rico, al Museo de Arte de Puerto Rico, y a la
construcció n de 200 millas de carreteras.
En su justificació n, Rosselló pasó la papa caliente del aumento dramá tico de la deuda
pú blica a los gobiernos de Rafael Herná ndez Coló n, Sila M. Calderó n y Aníbal Acevedo Vilá .
Pero Sila Calderó n y Aníbal Acevedo Vilá aseguran que gran parte de los préstamos en los
que incurrieron se usaron para terminar las obras que Rosselló había comenzado y que no
tenían fuentes de financiamiento. Como vemos la culpa es huérfana.
Este es un buen momento para que un rayo gamma ilumine con su humor estos
acontecimientos histó ricos. Para 1990, cuando Los Rayos Gamma estaban en todo su
apogeo en Wapa TV, decidí hacer un proyecto distinto de sá tira política en formato de
noticiario al que llamé ¿Qué es lo que pasa aquí, ah? La transició n de mi salida del grupo fue
muy armoniosa y dejé al cantante y libretista, Edgardo Huertas, a cargo de las labores que
yo hacía para “Los Gamma”. El domingo 4 de octubre de 1992, a un mes de las elecciones,
en un emotivo mensaje, Jacobo Morales anunció en directo que el programa de “Los Rayos
Gamma” había sido cancelado por la gerencia de Wapa TV. “Nos ha causado preocupació n
que intereses retró grados, oscurantistas, puedan poner en riesgo la permanencia en los
medios masivos de comunicació n programas cuyo contenido pueda causar resentimiento
en determinados sectores políticos e ideoló gicos”, decía en su mensaje. La sá tira de “Los
Gamma” había enfilado sus cañ ones hacia los candidatos principales a la gobernació n,
Pedro Rosselló y Victoria Muñ oz Mendoza, pero fue de la campañ a de Rosselló que se
comunicaron con la gerencia del canal para protestar por las parodias que del candidato se
hacían. La campañ a de Rosselló canceló la pauta de anuncios comerciales en el programa y
amenazó con extender el castigo a toda la estació n. La gerencia de la televisora, como era
de esperarse, prefirió cancelar el programa a afectar sus jugosos ingresos de la época
eleccionaria. Los detalles de este incidente está n en el extraordinario libro Historia de Los
Rayos Gamma de Ivá n Martínez Coló n.
El golpe de gracia a la vitrina fue la eliminació n de la Secció n 936 del Có digo de Rentas
Internas Federal en 1996. Rosselló gestionó activamente dicha eliminació n junto a Carlos
Romero Barceló , su Comisionado Residente, pues la 936 era una piedra en el camino hacia
la Estadidad. Eliminarla cumplía dos funciones políticas: aceleraría la disolució n del Estado
Libre Asociado y forzaría una decisió n sobre el asunto inconcluso del estatus. Lo que
resultaba irrazonable era la presunció n de que, si se eliminaba el privilegio, se adelantaría
la Estadidad. Las primeras décadas del siglo 21 han demostrado que Romero Barceló se
equivocó en una y acertó en otra: el fin de las 936 no adelantó la Estadidad ni un
centímetro, pero ayudó al descalabro del Estado Libre Asociado.
Al perder las exenciones contributivas que la 936 proveía, las empresas
norteamericanas acogidas a esa clá usula comenzaron a irse del país. Se ha estimado una
pérdida de 61,800 empleos directos y bien remunerados y miles indirectos. Esas empresas,
por ventajas contributivas, depositaban sus ganancias en la banca local. En junio de 1996,
había un total de $10,666 millones de Fondos 936 depositados en el sistema bancario y
financiero de Puerto Rico. Cuando ese dinero se fue, comenzó el cierre de bancos y estalló
la crisis fiscal de 2006.
En medio de la bonanza econó mica, producto de los depó sitos de las empresas 936, y de
los cuantiosos préstamos obtenidos por el gobierno, Pedro Rosselló Gonzá lez obtuvo una
contundente victoria electoral en el 1996 con el 51.1% de los votos, sobrepasando el milló n
de favorecedores. Bailando “La Macarena”, Rosselló llevó al PNP a ganar en 65 pueblos y a
obtener el control de Cá mara, Senado y Comisaría en Washington. Para algunos, esta
victoria contundente fue también un mandato para un banquete total, frase favorita del
convicto senador por actos de corrupció n, Jorge de Castro Font, en el 2008.
Esto nos trae a otra de las aportaciones nefastas de los ocho añ os de Pedro Rosselló en
la gobernació n y uno de los cuatro pilares del desastre que hemos identificado como
detonantes de la explosió n de la vitrina: la corrupció n. Víctor Fajardo, Secretario del
Departamento de Educació n de 1994 al 2000 resultó convicto por extorsionar a
contratistas por $4.3 millones, y eso fue lo que se le pudo probar, pero el fiscal a cargo del
caso estimó que el botín debió haber sido mucho mayor. Cuando las autoridades allanaron
la casa que Fajardo compró siendo Secretario de Educació n, a un costo de un milló n de
dó lares, encontraron otros $300,000 debajo del colchó n de su cama. Los sueñ os del
secretario parecían estar enfocados hacia el dinero mal habido.
Del periodo de administració n de Pedro Rosselló Gonzá lez fueron posteriormente
acusados, investigados y muchos de ellos encarcelados el Presidente de la Cá mara, Edison
Misla Aldarondo, el Vicepresidente de la Cá mara, José Granados Navedo, el Secretario
General del PNP, Marcos Morell, el director de campañ a, doctor René Vá zquez Botet, la
secretaria personal de Rosselló , Angie Rivera, el Administrador del Sistema de Retiro,
Andrés Barbeito, el senador Freddy Valentín Acevedo, el Director de la Autoridad de
Puertos, Herman Sulsona, el alcalde de Toa Alta, Á ngel “Buzo” Rodríguez, el Administrador
de Instituciones Juveniles, Miguel Rivera, el alcalde de Villalba, Bernardo Negró n, en fin,
má s de cuarenta funcionarios y/o contratistas relacionados con su gobierno. Con razó n
muchos se referían al mandatario como Alí Babá y sus cuarenta ladrones. Es difícil creer
que una persona inteligente como el doctor Rosselló , de temperamento controlador,
estuviera totalmente ajeno a esa cueva de ladrones que existía durante su incumbencia.
Aupado por el gran respaldo obtenido en la elecció n del 1996 Rosselló Gonzá lez insistió
en consultar al pueblo sobre el asunto del status y celebró un plebiscito en plena Navidad:
el 13 de diciembre de 1998. A cien añ os de la invasió n estadounidense el poderoso
gobernante no logró su propó sito de obtener un mandato para que el imperio invasor nos
anexara políticamente. Aunque fue astuto al diseñ ar una papeleta que ponía a competir dos
facciones dentro del Estado Libre Asociado, el “divide y vencerá s” fue derrotado por la
jaibería popular que logró incluir en la papeleta la columna “ninguna de las anteriores”. Los
puertorriqueñ os, expertos en no decidir, encontraron en dicha opció n el nirvana electoral y
la no definició n obtuvo el 50.3% de los votos. La Estadidad se quedó en un 46.5%.
El golpe sicoló gico para Rosselló fue fuerte. Al otro día, cuando en la sala de prensa los
periodistas lo esperaban para obtener una reacció n, Rosselló apareció vestido de Pedro
Navaja, con el tumbao que tienen los guapos al caminar, las manos siempre en los bolsillos de
su gabán. Nunca se ha podido descifrar el mensaje metafó rico que Rosselló Gonzá lez quiso
transmitir a los periodistas. Me aventuro a deducir que tal vez “El Mesías” recibió un
mensaje desde las alturas de su posible muerte política en las elecciones del añ o 2000 si se
enfrentaba a una mujer, como le había ocurrido al Pedro Navaja verdadero. Quizá s el
gobernador también pensó que disfrazarse era una forma de manejar el duelo de su
derrota plebiscitaria, tal vez aconsejado por su padre psiquiatra.
Ese Pedro Navaja dispuesto a enfrentar cualquier reto, ese guapo de barrio que se
apoderó del líder estadista en aquel momento, volvió a hacer su aparició n en una vista ante
el Comité de las Fuerzas Armadas del Senado de Estados Unidos. Rosselló Gonzá lez
defendió la posició n oficial de su gobierno de propiciar la salida de la Marina de la isla de
Vieques. Durante la sesió n de preguntas, se suscitó un agrio intercambio entre el
presidente del Comité de Fuerzas Armadas, el Senador James Inhofe. Ante un
cuestionamiento de corte prepotente del Senador John Warner, apoyado por el senador
Inhofe, Rosselló dijo: “What I’m giving you is a good advice: Don’t push it”. No recuerdo
ningú n alto ejecutivo del gobierno de Puerto Rico que ante la arrogancia imperial se haya
atrevido a asumir una actitud de reto como la que adoptó Rosselló Gonzá lez en ese
momento. De ahí en adelante el gobernador asumió un papel de liderazgo y de resistencia
frontal ante las políticas de burda imposició n colonial que intentó continuar llevando a
cabo el Gobierno de Estados Unidos con respecto a Vieques.
Ese momento del “don’t push it” coincidió con el día en que se cumplían seis meses de la
muerte de David Sanes, causada por un misil de prá ctica que lanzó la Marina de Guerra de
Estados Unidos. El artefacto cayó cerca del puesto de observació n donde trabajaba el joven
viequense. La bomba también hirió a otras cuatro otras personas. Estados Unidos se negó a
informar el nombre del marine que había cometido el error y el desgraciado incidente
encendió la chispa que logró finalmente la salida de la Marina de Vieques en el 2003.
Puerto Rico libró a partir de entonces una gesta heroica de desobediencia civil que
trascendió los colores y las tribus políticas.
Desde la derrota del plebiscito de 1998 Rosselló no volvió a ser el mismo. Se tornó
hurañ o, abrasivo y se fue convirtiendo en una caricatura de sí mismo. Por desesperació n o
frustració n se alió con el fundamentalismo evangélico, definiéndose como cató lico-
protestante, y le dio privilegios a personajes desprestigiados de ese sector, como el
reverendo Jorge Raschke. Ademá s, desarrolló una intensa política de privatizació n. Del
1992 en adelante las privatizaciones de la Telefó nica, las Navieras, los hoteles el Convento,
el Mayagü ez, Ponce y Caribe Hilton, la corporació n Azucarera, los CDTs y todo lo que fuera
privatizable se convirtieron en la forma de conseguir aumentar las arcas gubernamentales.
Es necesario en este punto hacer un corto comentario sobre el neoliberalismo del que
Rosselló y las posteriores administraciones participaron. Lo ideal sería que los interesados en
el tema leyeran algo de la extensa bibliografía existente. La Breve historia del neoliberalismo
de David Harvey resume de forma sencilla este complicadísimo concepto. En términos muy
generales Harvey nos dice que el neoliberalismo “es, ante todo, una teoría de prácticas
político-económicas que afirma que la mejor manera de promover el bienestar del ser
humano, consiste en no restringir el libre desarrollo de las capacidades y de las libertades
empresariales del individuo, dentro de un marco institucional caracterizado por derechos de
propiedad privada, fuertes mercados libres y libertad de comercio. El papel del Estado es
crear y preservar el marco institucional apropiado para el desarrollo de estas prácticas. Por
ejemplo, tiene que garantizar la calidad y la integridad del dinero. Igualmente, debe disponer
las funciones y estructuras militares, defensivas, policiales y legales que son necesarias para
asegurar los derechos de propiedad privada y garantizar, en caso necesario mediante el uso
de la fuerza, el correcto funcionamiento de los mercados.” Entendido esto, vemos que aquello
de que rojos y azules son dos alas del mismo pájaro político, es muy cierto en el caso del
Puerto Rico neoliberal.
El lunes 24 de enero de 2000 comencé una nueva aventura televisiva: ¡Anda pal cará! en
el Canal 11. Era un programa variado, de entrevistas, y mi primera invitada fue la alcaldesa
de San Juan, Sila María Calderó n. Se le veía confiada en prevalecer en las pró ximas
elecciones de noviembre de ese añ o pues “la gente está cansada de Rosselló y la
corrupció n”, me dijo en la entrevista de ese día. El 7 de noviembre hizo historia cuando se
convirtió en la primera mujer electa gobernadora de Puerto Rico. Se ganó al llamado Sú per
Secretario de la era de Rosselló , Carlos Pesquera, por una diferencia de un 3% de los votos
emitidos. El Partido Independentista, con Rubén Berríos de candidato, sobrepasó el 5%.
En la toma de posesió n de Sila María Calderó n, Rosselló asistió pero se marchó antes de
que terminaran los actos, y fue directamente al aeropuerto donde tomó un vuelo hacia los
Estados Unidos. Poco después comenzó a disfrutar de una pensió n Cadillac de $52,500
anuales, pagada por el pueblo de Puerto Rico.
El 13 de noviembre de 2000 me inicié como columnista semanal del diario El Nuevo Día;
dieciséis años después lo sigo haciendo. Bajo el título Un Cadillac que patina comenté lo
siguiente: “El 31 de diciembre de 2000 no fue un día común para Andrés Figueroa y ciertos
funcionarios de la administración del gobernador Pedro Rosselló. Era el día de Año Viejo y
además domingo, pero la misión debía ser cumplida. El jefe saldría del país chillando tenis
después de la toma de posesión de Sila Calderón el día 2 de enero de 2001 y, para el miércoles
3, Rosselló quería estar montado en un Cadillac de 52,500 dólares pagado por el pueblo de
Puerto Rico. Antes de que las doce campanadas de la catedral de San Juan retumbaran en el
tercer piso de la Fortaleza anunciando el fin de la era de Rosselló, ya éste había recibido la
carta que le aseguraba el disfrute del Cadillac, una pensión destinada sólo a aquellos que le
habían servido al país por más de 30 años.” Con ese acto, Pedro Rosselló cerró su mandato.
La señ ora Calderó n enfocó de inmediato sus acciones en ponerle un detente a la
corrupció n que había caracterizado el gobierno de Pedro Rosselló y nombró , mediante
orden ejecutiva del 31 de enero de 2001, el Comité de Ciudadanos para Evaluar
Transacciones Gubernamentales, también conocido como la Comisió n Blue Ribbon. El
“blue” del nombre parecía indicar el color en el que los comisionados se debían enfocar en
sus investigaciones. La misma estuvo integrada en sus inicios por la excontralora de Puerto
Rico Ileana Coló n Carlo, la jueza Carmen Rita Vélez Borrá s, el CPA Pedro Galarza, el
Licenciado Pedro Ló pez Oliver y el ex legislador David Noriega Rodríguez, quien había
destapado el escá ndalo del Instituto del Sida y el asunto de las carpetas que la Divisió n de
Inteligencia de la Policía le hizo a miles de independentistas. Entre el 2001 y el 2003 la
Comisió n entregó trece informes sobre diversas investigaciones relacionadas a
irregularidades administrativas muy serias. El erario recuperó unos $46 millones como
producto de dichos señ alamientos. El 9 de junio de 2008 la Cá mara de Representantes,
dominada por el Partido Nuevo Progresista, eliminó la Comisió n.
El otro foco de la gestió n de Sila Calderó n fue resolver el asunto de la presencia de la
Marina de los Estados Unidos en Vieques. La desobediencia civil estaba en su pico y cada
día má s y má s puertorriqueñ os, de todas las ideologías, eran arrestados al entrar a los
terrenos de la Marina en un esfuerzo por detener los ejercicios militares. El 27 de febrero
de 2001 la gobernadora fue llamada a una reunió n en el Pentá gono con el Secretario de
Defensa, Donald Rumsfield, quien la recibió rodeado de coroneles con muchas medallas
guindá ndoles en el pecho. Calderó n lo tomó como un intento de intimidarla. La
Gobernadora explicó las razones por las que la Marina debía salir y ellos el porqué debía
quedarse.
El 4 de agosto de 2001, siete meses después de haber juramentado al cargo, la señ ora
Calderó n anunció su divorcio del empresario Adolfo Krans, con quien estuvo casada por 23
añ os. En el 2002 Calderó n fue invitada de nuevo a Washington, esta vez a la firma por parte
del presidente George W. Bush de la ley No Child Left Behind. En un aparte, luego de la
ceremonia, la gobernadora le planteó a Bush la necesidad de cambiar el acuerdo del
exgobernador Pedro Rosselló con el expresidente Bill Clinton en el que se le devolvían
8,000 cuerdas a los viequenses, pero continuaban las prá cticas de guerra. Bush se
comprometió a cambiarlo. Finalmente a principios de 2003 se anunció que en mayo de ese
añ o la Marina por fin se iba de Vieques.
El proyecto bandera de la administració n de la señ ora Calderó n fue el de las
Comunidades Especiales, una de las iniciativas má s ambiciosas de desarrollo social y
econó mico desde la operació n Manos a la Obra. Todo comenzó cuando el 18 de septiembre
de 1989 el huracá n Hugo arrasó con Puerto Rico. En la barriada Cantera, la destrucció n de
unas 3,600 casas hizo que la comunidad decidiera enfrentar la situació n por sus propios
medios y comenzaron a organizarse. En aquel momento Sila María Calderó n era Secretaria
de la Gobernació n y visitó la comunidad. Segú n ella misma ha dicho, fue su primer contacto
dramá tico con la pobreza en Puerto Rico. Desde ese momento se convirtió en aliada de esa
comunidad y ese fue el génesis del Proyecto de Comunidades Especiales que inició en 53
sectores pobres como alcaldesa de San Juan.
Luego, como gobernadora, se identificaron 686 Comunidades Especiales, donde
habitaban má s de un milló n de puertorriqueñ os en condiciones econó micas y sociales
inadecuadas. Se asignaron $1,000 millones para la transformació n social y educativa de
esas comunidades en un periodo de cinco añ os. Mediante ese proyecto se mejoró la
infraestructura, la vivienda y las condiciones de vida de los residentes. El financiamiento
para la obra pú blica se hizo a través de un fideicomiso permanente establecido por ley en el
Banco Gubernamental de Fomento.
En marzo de 2016, como parte de la investigació n para este libro, leí en el portal del
Centro para Puerto Rico de la Fundació n Sila María Calderó n que el 73% de los proyectos
se realizó y que el 66% se culminó sin problemas. Aunque la oposició n política culpó a este
proyecto de desangrar el Banco Gubernamental de Fomento (BFG) la exgobernadora lo
defendió alegando que los activos del BGF al 2001 ascendían a $7,824 millones y
aumentaron en un 25% ($10,366 millones) para el 2005. “La asignació n de mil millones de
dó lares para las comunidades especiales se hizo de los fondos de capital disponibles sin
necesidad de tomar prestado y, aun así, el BGF mantuvo su capital en unos $2 mil millones
netos luego de ese desembolso”, aseguró .
Este proyecto de las Comunidades Especiales pudo instalar un modelo de gestió n de
políticas sociales con activa participació n ciudadana; se construyeron miles de viviendas,
caminos e infraestructura diversa con eficiencia y transparencia; se mejoraron
significativamente las condiciones de vida de familias a lo largo y ancho del País y se redujo
la desigualdad social, pasando el índice Gini de .564 a .535. El coeficiente de Gini es una
medida de la desigualdad ideada por el estadístico italiano Corrado Gini para medir la
disparidad en los ingresos de un país, aunque también se usa para medir cualquier forma
de distribució n desigual. El coeficiente de Gini es un nú mero entre 0 y 1, en donde 0
corresponde a la perfecta igualdad donde todos tienen los mismos ingresos y donde 1
corresponde a la perfecta desigualdad, una persona tiene todos los ingresos y los demá s
ninguno.
Otro de los logros del Proyecto fue la capacitació n y desarrollo de un liderato
comunitario a través de toda la isla que, quince añ os después, sigue trabajando en las
comunidades para atender el problema de desigualdad y marginalidad de la gente pobre de
Puerto Rico.
La deuda incurrida durante la incumbencia de Sila Calderó n fue de aproximadamente
$10,274 millones de los cuales ha aceptado que $6,300 millones fueron de su
administració n, o sea, un 8.8 % del total de los 72,000 millones de la deuda de 2012, y lo
restante fue para pagar compromisos incurridos por su antecesor Pedro Rosselló .
En la tarde del jueves 22 de mayo de 2003 Sila María Calderó n anunció que no buscaría
la reelecció n. Cuatro meses después, el 10 de septiembre de 2003, el pueblo entró a los
jardines del Palacio de Santa Catalina como si estuviera en los jardines del Palacio de
Buckingham observando una boda de la realeza: Sila María Calderó n se casaba con un ex
miembro de su gabinete, el banquero Ramó n Cantero Frau. “La boda de ella, tiene que ser la
mejor” cantaron algunos recordando el éxito del salsero del Residencial Las Casas, “El Cano
Estremera”. El 26 de mayo del 2005, Calderó n y Cantero Frau pusieron fin a su matrimonio
utilizando la novel modalidad de “ruptura irreparable”.
En las elecciones del 2 de noviembre de 2004 el ex Comisionado Residente bajo la
gobernació n de Sila Calderó n, Aníbal Acevedo Vilá , del Partido Popular, le ganó por 3,566
(.2%) a un Pedro Rosselló que insistía en regresar a gobernar el país. El .5% de los
electores que votaron por nominació n directa por Carlos Pesquera se lo impidieron. Al
cargo de Comisionado Residente resultó electo Luis Fortuñ o, del PNP, partido que también
obtuvo control de la Cá mara de Representantes y el Senado. La controversia sobre los
llamados “pivazos”, votos emitidos bajo la insignia del PIP, pero con una cruz al lado de
Aníbal Acevedo Vilá , llegó hasta el Circuito de Apelaciones de Boston y finalmente rebotó al
Tribunal Supremo de Puerto Rico que los validó a favor del candidato del Partido Popular.
El largo vía crucis de Acevedo Vilá , con esa victoria pírrica, apenas comenzaba.
El intento de hacer un gobierno de consenso y alianzas fracasó y el tribalismo político se
llevó por el medio al país. Rojos y azules eran má s fieles a sus colores que a los del pueblo
de Puerto Rico y esta sinrazó n llegó a su peor momento el 1 de mayo de 2006 cuando el
gobernador decidió decretar un cierre del Gobierno Central al no llegarse a un acuerdo con
la Legislatura sobre el presupuesto gubernamental. Dos días después del cierre del
Gobierno Central recibí una llamada de mi hijo Carlos Javier, que tenía un gimnasio en la
calle Fortaleza al cual acudían innumerables empleados del gobierno, para decirme que las
cancelaciones de membresías habían sido la orden del día. Poco tiempo después tuvo que
cerrar su negocio. El efecto dominó del cierre del gobierno fue devastador para miles de
pequeñ os empresarios como Carlos Javier. Ese evento y el fin de los beneficios de la secció n
936 del Có digo de Rentas Internas, marcaron el comienzo de la gran depresió n de la
economía puertorriqueñ a de la cual Puerto Rico no se ha recuperado aú n. En el 2005 el
Producto Nacional Bruto creció 1.9%, pero el añ o siguiente solo creció .5%, y de ahí en
adelante tuvo resultados negativos: -1.2% en el 2007 y -2.9% en el 2008.
El asunto del status tampoco adelantó mucho. Hubo consenso a partir de una propuesta
del senador Carlos Vizcarrondo para que se constituyera oficialmente un comité tripartita
de diá logo que pudiera presentarle al gobierno federal definiciones de status no
territoriales. El PIP propuso un referéndum para exigirle al gobierno de Estados Unidos
que resolviera el asunto lo má s pronto posible posibilitando la elecció n de un mecanismo
procesal para ello. El pueblo podría elegir la Asamblea Constitucional de Status de entre las
opciones ofrecidas. Tras la aprobació n uná nime de los miembros de los tres partidos
políticos en la legislatura, y después de reiteradas promesas de Acevedo Vilá para respaldar
dicho proyecto de status, el gobernador determinó no firmarlo. Ya el Comisionado
Residente, Luis Fortuñ o, había manifestado su oposició n tenaz a una Asamblea
Constitucional de Status, diz que por ser antidemocrá tica… como si el Colegio Electoral que
escoge el Presidente de los Estados Unidos no fuera de la misma naturaleza. Otra vez el
bipartidismo convertido en tribalismo hundía una iniciativa de resolver el asunto colonial.
El 15 de noviembre del 2006 el gobernador puso en funcionamiento el Impuesto a la
Venta y Uso, mejor conocido como el IVU. Acevedo Vilá debe ser uno de los políticos má s
inteligentes que Puerto Rico haya tenido. ¿Có mo si no se explica que lograra una marcha de
miles de personas pidiendo que les impusieran el IVU, y que aprovechando la confusió n en
las matemá ticas de los legisladores de oposició n, y el visto bueno de la mayoría popular del
Tribunal Supremo, lograra el susodicho Sales Tax?
En el 2006 también se creó COFINA, con el propó sito de establecer la estructura
financiera necesaria para la emisió n de bonos, o sea, coger prestado, y así pagar o
refinanciar la deuda extraconstitucional, forma sutil de decir deuda contraída fuera de lo
permitido por la Constitució n. La fuente de repago de esos bonos sería una porció n del IVU.
Este malabarismo tampoco funcionó para salvar la ya agrietada vitrina, todo lo contrario,
propició su estallido final. De ese momento en adelante todo fue ruido de cristales
resquebrajá ndose, hasta el estallido final, del cual hablaremos en el pró ximo capítulo.
CAPÍTULO 9: (2006-2015)
El estallido
Comienzo este capítulo en los meses posteriores al detonante que significó la
eliminació n del beneficio contributivo a las llamadas empresas 936 con una situació n por
demá s explosiva. El 23 de septiembre de 2005, mientras se celebraba el día de la
sublevació n llamada el Grito de Lares ocurrido en 1868, el FBI rodeó la casa donde vivía en
el clandestinaje el dirigente independentista del grupo “Los Macheteros”, Filiberto Ojeda
Ríos, le dispararon, y lo dejaron desangrarse hasta morir. Como ya hemos visto en este
recuento, los operativos de las fuerzas militares estadounidenses escogen con mucho
cuidado las fechas en que, ademá s de un golpe, quieren enviar un mensaje.
El 2 del febrero de 2012 se dio a conocer el resultado de una investigació n de la
Comisió n de Derechos Civiles sobre esos hechos en la que se concluyó que la muerte del
líder machetero fue “ilegal”, o sea, un asesinato, y que las investigaciones de la Oficina del
Inspector General federal y del Departamento de Justicia de Puerto Rico sobre el suceso
omitieron importante informació n y testimonios. También se establece que no hubo
intenció n alguna de arrestarlo por parte de los federales, a pesar de que la Policía de Puerto
Rico le había dado al FBI, ocho meses antes, las coordenadas de la casa donde Filiberto
vivía en el barrio Plan Bonito de Hormigueros, con fotos aéreas del lugar.
El gobernador Aníbal Acevedo Vilá , y su Secretario de Justicia, Roberto Sá nchez Ramos,
hijo de don Roberto Sá nchez Vilella y Jeannette Ramos mencionados en capítulos
anteriores, no fueron notificados del operativo a pesar de que se habían reunido desde
enero de 2005 con funcionarios de Homeland Security, Departamento de Seguridad
Nacional de los Estados Unidos, en la que discutieron estrategias para combatir “el
terrorismo” en la isla. Al agente “Brian”, que alegó disparar en defensa propia, cosa que se
probó fue mentira, nunca se le acusó , como tampoco se acusó al que mató a David Sanes en
Vieques. El entierro de Filiberto Ojeda Ríos, luego de haber estado de cuerpo presente en el
saló n principal del Colegio de Abogados, fue multitudinario, con la presencia de diversas
personalidades de la sociedad civil, religiosa y política de Puerto Rico.
Sigamos con el derrumbe de la vitrina. Desde su elecció n, el gobernador Aníbal Acevedo
Vilá chocó constantemente con la pared de una legislatura en manos del partido de
oposició n. Para colmo, el 27 de marzo de 2008, siete meses antes de las elecciones, se
convirtió en el primer gobernador en la historia de Puerto Rico en ser acusado en el á mbito
federal por delitos relacionados a donativos electorales ilegales en las elecciones de 2000 y
2004. En su defensa, Aníbal denunció , con nombres y apellidos, empresarios de compañ ías
aseguradoras que hicieron donativos al Partido Popular por encima de los límites
establecidos por ley, pero no fueron procesados. El gobernador se enfrentó a las
autoridades federales y no desistió de ser el candidato a la gobernació n. En un emotivo
discurso en el aniversario del ELA, en Comerío, repitió varias veces la consigna “en Puerto
Rico mandamos los puertorriqueñ os” ante el aplauso delirante de los populares presentes.
Tras un largo proceso, un jurado lo declaró no culpable en marzo de 2009. Para ese
momento ya había otro gobernador en la Fortaleza. Durante la incumbencia de Aníbal
Acevedo Vila la deuda pú blica aumentó en $15,959 millones.
Un aná lisis de la economista Rosario Rivera de los informes de la Junta de Planificació n
de 2008 reveló unos datos que a muchos sorprendieron, sobre todo a los que aseguraban
que la mayor parte del dinero que fluía en el país eran fondos federales. La economista
desglosó las transferencias federales de la siguiente forma: $16,611.50 millones (brutos),
de los cuales $10,041.40 provenían del Seguro Social, Veteranos y Medicare, o sea, seguros
ya pagados por los recipientes, o derechos adquiridos, como el caso de los veteranos. La
“ayuda” neta era de solo $6,570.10 millones. De esos, $1,637.60 correspondían a Asistencia
Nutricional.
Má s interesante aú n resultó el aná lisis de lo que el negocio de la colonia significaba en
ingresos para el mercado estadounidense. Se inyectaban a nuestra economía, como
establecimos en el pá rrafo anterior, $16,611.50 millones en transferencias brutas, pero
nuestras importaciones de los Estados Unidos ascendían a $22,600 millones; el
rendimiento de capital de las empresas estadounidenses en Puerto Rico se estimaba en
$35,000 millones; y los fletes pagados por las leyes de cabotaje podían llegar a $1,500
millones. Conclusió n: la salida de dinero de Puerto Rico hacia los Estados Unidos era de
$59,100 millones, mientras que recibíamos $16,611.50 millones (brutos), para una
ganancia del negocio de la colonia de $42,489 millones. Como dirían en mi campo: ¡Qué
guame!
Luis Fortuñ o, del Partido Nuevo Progresista, ganó las elecciones del 4 de noviembre de
2008 por el margen de votos má s amplio de los ú ltimos tiempos: 224,892, un 52.78%,
sobrepasando el milló n de electores a su favor, eso, a pesar de un movimiento “write in” del
insistente Pedro Rosselló que solo obtuvo 13,215 firmas. Por el candidato del PIP, el
economista Edwin Irizarry Mora, votó un 2.04%, y quedando así por debajo del nuevo
partido Puertorriqueñ os por Puerto Rico, del ambientalista Rogelio Figueroa, que logró un
2.76%. De esta forma se dio comienzo al cuatrienio del “such is life”, frase acuñ ada por
Jaime Gonzá lez, un personero del gobierno de Fortuñ o al contestarle a unos vecinos de la
Base Roosevelt que le cuestionaron si el desarrollo de esos terrenos sería para el disfrute
exclusivo de los millonarios.
A Luis lo conocí cuando era líder estudiantil en el Colegio Marista y llevó a dicho colegio
el espectá culo de Los Rayos Gamma. Muchos añ os después, cuando me mudé a una
urbanizació n en Torrimar, vi que en la casa del lado había un letrero dá ndole la bienvenida
a unos trillizos. Eran los bebés de Luis Fortuñ o y Lucé Vela de quienes fui vecino por varios
añ os. Sus trillizos crecieron junto a mis hijas menores. Durante ese tiempo Luis fue de la
camada de jó venes profesionales que Pedro Rosselló reclutó para su administració n.
Fungió como Director Ejecutivo de la Compañ ía de Turismo y luego fue Secretario de
Desarrollo Econó mico y Comercio. En el 2004, luego de derrotar al veterano Carlos Romero
Barceló en primarias, fue electo Comisionado Residente.
El periodo de gobernació n de Fortuñ o será recordado por varias cosas: su promesa de
traer cien millonarios amigos suyos a invertir en Puerto Rico, el préstamo inicial que tomó
para asegurar el funcionamiento de su gobierno por los pró ximos cuatro añ os, la Ley 7 que
propició el despido masivo de miles de empleados pú blicos, la inyecció n de 7,000 millones
de dó lares adicionales de fondos federales provenientes de la Ley de Recuperació n y
Reinversió n, ARRA, el aumento dramá tico de $17,685 mil millones en la deuda pú blica y
por el incidente en el que un individuo llamado “Tipo Comú n” le lanzó un huevo mientras
daba un discurso.
El huevazo de Tipo Comú n fue otra expresió n de las innumerables protestas que
ocurrieron durante la gobernació n de Fortuñ o Burset por sus políticas neoliberales. En el
mes de abril de 2010 hubo una huelga estudiantil que se extendió a todo el sistema
universitario. El Secretario de la Gobernació n de aquel entonces, Marcos Rodríguez Ema,
dijo pú blicamente que “sacaría a patadas” a los líderes estudiantiles de la Universidad de
Puerto Rico. La ley que creó las Alianzas Pú blico Privadas, el gasoducto y la eliminació n del
requisito compulsorio de los abogados y abogadas a pertenecer al Colegio de Abogados
fueron otras razones por las cuales se desarrollaron innumerables protestas.
El 11 de julio de 2010 escribí una columna que titulé “Amigo Luis”, una carta pú blica a
quien consideraba, y sigo considerando, mi amigo y ex vecino. Curiosamente, las críticas
má s virulentas a la publicació n fueron de personas que no me perdonaron el que llamara
“amigo” al gobernador Fortuñ o, y muchos menos que lo calificara como una buena persona.
Esas dos cosas nublaron el entendimiento a mis críticos que aparentemente no leyeron el
contenido del escrito que resumo a continuació n:
Amigo Luis: El “amigo” del título de esta columna no es un recurso retórico. La
amistad se da cuando en un espacio común se desarrollan afectos… Sé que eres una buena
persona, pero una vez me dijo Sor Isolina Ferré en una actividad donde se reconocía su
labor con los jóvenes de la Playa de Ponce: “son muchachos buenos que hacen cosas
incorrectas”. La combinación de tu ideología republicana neoliberal, la incapacidad de
aquellos a los que les has encomendado grandes responsabilidades y el fanatismo de los
que han entendido el mandado electoral como uno para repartirse el bizcocho del país a
como les dé la gana, ha producido un desastre social opuesto al cambio prometido.
Le explicaba entonces por qué fue abucheado el día 18 de julio de 2010 en la actividad
inaugural de los XXI Juegos Centroamericanos y del Caribe en Mayagüez donde participó
como Gobernador de Puerto Rico: Yo personalmente no te abuchearía, por la amistad y
porque tengo formas de expresar mi frustración con lo que está sucediendo en el país. Lo
manifiesto a través de una columna como esta, de mi programa de televisión, en
intervenciones radiales y con las parodias que escribo para Los Rayos Gamma.
Pero… puedo entender que lo hagan los residentes de las comunidades especiales a
quienes se les han desmantelado sus proyectos… Puedo entender que lo hagan los
miembros de las veinte mil familias que se han quedado sin una fuente de trabajo… Puedo
entender que lo hagan los abogados a quienes se les atacó su Colegio y quienes ven el
Tribunal Supremo convertido en un comité del PNP… Puedo entender que lo hagan los
defensores del ambiente que han visto cómo se vulnera la protección al Corredor
Ecológico del Noreste y la Zona del Karso… Puedo entender que lo hagan los maestros que
cada día se sacrifican por tratar de educar a nuestros niños y ven que al Departamento de
Educación se nombran personas incapacitadas para dirigirlo… Puedo entender que lo
hagan los periodistas a los que se macanea y se les rocía con gas pimienta mientras
ejercen su labor… Puedo entender que lo hagan los académicos, avergonzados por la
administración de la Universidad de Puerto Rico, con una presidenta de la Junta de
Síndicos vengativa y un presidente mentecato e inepto.
Tiempo después me encontré a Luis Fortuñ o y me saludó como el amigo de siempre,
pero me dijo: “Oye, hubiese preferido que me abucharas a que dijeras todo lo que dijiste en
aquella columna”. Nos reímos.
El poderoso senador de la mayoría del Senado, Jorge de Castro Font, había declarado
previo a las elecciones de 2008 que en enero de 2009 el Partido Nuevo Progresista tendría
un “Banquete Total”. Esa expresió n la utilizó el comentarista Jay Fonseca para darle título a
un libro en el cual describe la legalizació n de la corrupció n antes, durante y después de la
incumbencia de Luis Fortuñ o como gobernador. Como un banquete total para su disfrute
visualizaba de Castro Font el servicio pú blico, y así lo vivió , a tal grado que añ os después, lo
que se comió en el banquete le causó tal indigestió n que tuvo que aceptar culpabilidad en
noventa y cinco cargos a nivel local y veinticinco a nivel federal, por actos de corrupció n.
Fue a parar a la cá rcel.
Poco después de salir de la cá rcel, De Castro Font se convirtió en analista político en un
programa de chismes de la televisió n. ¡Cosas que suceden en este país llamado Macondo!
Otro que se convirtió en analista radial y televisivo fue Alejo Maldonado, notorio líder de la
banda criminal de policías corruptos llamado “Los niñ os de sangre azul”. “La corrupción
policíaca es eterna, es como la prostitución, nunca se va a acabar, y lo que podemos hacer es
mantenerla en unos niveles en que no sea tan traumática”, dijo cínicamente el ex director del
Negociado de Investigació n Criminal en uno de sus enjundiosos aná lisis. Maldonado fue
convicto en 1983 a cumplir ochenta añ os de cá rcel por el secuestro de un joyero y a ciento
cinco añ os en la esfera estatal por otros tres asesinatos.
La corrupció n, como ya hemos dicho antes, es uno de los cuatro elementos que he
identificado como detonantes del estallido de la vitrina. De Castro Font no estaba
equivocado del todo al describir el banquete total. Este banquete era de siete cursos, a
saber: la Rama Ejecutiva, la Rama Legislativa, la Rama Judicial, el Comisionado Residente, la
Oficina del Contralor, la del Fiscal Especial Independiente y la Oficina del Ombudsman.
Nunca antes un gobernador ostentó tanto poder, sobre todo, má s allá de su cuatrienio.
Fortuñ o obtuvo dominio total de la Rama Judicial al poder aumentar el nú mero de jueces
del Tribunal Supremo a nueve. Ese dominio podría llegar hasta el añ o 2041. Ademá s, de
385 jueces de la Rama Judicial, pudo nombrar a 203. En el caso del Contralor, el Fiscal
Especial Independiente y el Ombudsman, sus nombrados estarían en sus puestos por diez
añ os.
Ademá s de ese poder, Fortuñ o tuvo má s dinero disponible que ningú n otro gobernador
en la historia del país: $11,000 millones disponibles para tomar prestado a nombre de
COFINA, $7,000 millones de fondos ARRA, $1,800 millones del impuesto a las empresas
forá neas, $400 millones del Obama Care, y $5,000 millones que circularon en los bancos del
país producto del rescate financiero del FDIC. Como diría mi padre: “nació parao”.
Los nú meros no mienten. Al anunciar que se despedirían inicialmente 12,505
empleados, se dijo que el ahorro del gobierno sería de unos $300 millones al añ o en
nó mina. Pero el gobierno se gastó del 2009 al 2013, $1,006 millones en publicidad,
equivalente a los mismos $300 millones que se ahorraba en nó mina. Ademá s, se le pagaron
millones de dó lares a allegados al PNP para enseñ arle a llenar solicitudes de empleo a los
despedidos. Parece una sá tira de Los Rayos Gamma, pero fue dolorosamente cierto y cosas
como esas hicieron que la ventaja de 224,892 votos con los que ganó el PNP en el 2008 se
esfumara.
El 6 de noviembre de 2012 el pueblo de Puerto Rico eligió gobernador a Alejandro
García Padilla, del Partido Popular Democrá tico, con el 47.7% de los votos. El puesto de
Comisionado Residente, le correspondió a Pedro Pierluisi del Partido Nuevo Progresista,
con un 48.4% de los votos. Por esas bromas pesadas del destino le tocaría a un gobernador
del Partido Popular estar en el poder para ser un observador silente del estallido final de la
vitrina. Sobre Alejandro García Padilla escribí el 4 de marzo de 2011, en el momento en que
fue electo candidato a la gobernació n por el PPD, una columna que titulé Un Fortuño Rojo.
He aquí el primer pá rrafo:
Joven, buena gente, bien parecido y conservador. Así se describía a Luis Fortuño cuando se
perfilaba como el candidato del Partido Nuevo Progresista para las pasadas elecciones. Así
también se describe a Alejandro García Padilla cuando ya es el candidato del Partido Popular
para las elecciones del 2012. “Hay que votar por él para sacarnos de encima a Aníbal”, decía
la voz del pueblo que se volcó en las urnas a favor de Fortuño. Y Aníbal fue sacado de la
Fortaleza. “Hay que votar por Alejandro para sacarnos a Fortuño de encima”. Así dicen los
que pretenden que caigamos, otra vez, en el juego que llevamos jugando por cuatro décadas:
quítate tú pa’ ponerme yo. ¿Y el país? Cuesta abajo. Principio básico: si haces lo mismo,
obtendrás los mismos resultados. Pero esta vez los resultados no fueron los mismos, fueron
peores.
William Miranda Marín, Rafael “Churumba” Cordero y José Aponte de la Torre fueron
tres poderosos alcaldes de Caguas, Ponce y Carolina, respectivamente, que representaron
en un momento determinado el pensamiento má s adelantado dentro del Partido Popular.
De ellos tres, Willie Miranda era quien má s posibilidades electorales tenía para retar la
vieja guardia de la colectividad. En el 2009, a raíz del éxito que tuvo el libro Soberanías
exitosas de Á ngel Collado Schwarz, en el que comparaba a Puerto Rico con países parecidos
que habían obtenido su soberanía y se desempeñ aban de forma exitosa, fundamos el
Instituto Soberanista de Puerto Rico con el propó sito de educar sobre esa materia.
Personalmente di má s de 130 charlas en todo el país y la respuesta de los asistentes,
principalmente independentistas no afiliados y populares soberanistas, fue entusiasta.
Del Instituto se pasó a la fundació n del Movimiento Unió n Soberanista (MUS) con el
propó sito de formar una organizació n electoral que recogiera el entusiasmo que se palpaba
en ese sector del país. Willie Miranda Marín estaba comprometido a dar la batalla dentro
del PPD para llevarlo hacia una postura claramente soberanista y, si no lo lograba, usar el
MUS para postularse en las elecciones de 2012. La noticia de que padecía de un cá ncer
agresivo fue un duro golpe a esos planes del movimiento soberanista que comenzaba a
organizarse fuera y dentro del Partido Popular. Fui a visitarlo a MD Anderson en Houston,
Texas, donde recibía tratamiento de quimioterapias y allí me dijo: “Lo bueno de estar
sentenciado a muerte es que uno se libera de todo miedo a decir lo que cree y siente”.
Hablamos sobre el país y me dijo que si se recuperaba iba a dar la batalla sin tregua por la
soberanía.
De regreso a Puerto Rico dio un mensaje, el llamado Discurso de la Ruptura, el 15 de
febrero de 2010 en la Fundació n Luis Muñ oz Marín al que me invitó la noche anterior a
través de una llamada telefó nica. En su discurso, Willie dijo entre otras cosas:
“No hemos querido darnos cuenta que las circunstancias geopolíticas del país cambiaron,
y con ellas se fueron deshaciendo las ventajas competitivas de nuestro modelo económico y
político. Al ritmo que vamos, si no cambiamos de manera contundente nuestro rumbo,
perderemos todo lo ganado como país en los últimos setenta años.”
En el mensaje aprovechó para elaborar su propuesta de país: “Un proyecto de país capaz
de exiliar la politiquería y a los politiqueros, y hacer posible un regreso de la política ilustrada
y capaz; a las convergencias para lograr una agenda común y el retorno a un servicio público
entusiasta, visionario y honesto. En un Puerto Rico soberano tendríamos el poder para crear
los mecanismos compensatorios que nos permitan volver a ser competitivos. En el Estado
Libre Asociado ya no hay espacio para eso. Necesitamos, sobre todo, un nuevo modelo de
desarrollo económico.”
Esta apretada síntesis de ese discurso es suficiente para darse cuenta que pueden tener
razó n aquellos que alegan que al Partido Popular se le fue la vida cuando Willie murió . Fue
la ú ltima oportunidad que tuvo la colectividad de retomar el rumbo que fue abandonado en
las turbulencias de los añ os cuarenta. Alejandro García Padilla no escuchó la sentencia del
líder cagü eñ o cuando juramentó como gobernador en 2013. La ruptura propuesta por
Miranda Marín vino, no por la vía de los consejos que había dado en su discurso en la
Fundació n Luis Muñ oz Marín, sino de una forma en que García Padilla, y quienes lo
eligieron, jamá s pudieron imaginarse.
El Partido Nuevo Progresista hizo lo indecible para tirarle cascaritas en el piso a
Alejandro García Padilla en ruta a las elecciones de 2012. Y Alejandro resbaló en todas.
Cayó en la trampa de la consulta de agosto sobre el Derecho a la Fianza: Sí o No; y en la
consulta sobre el Status el día de las elecciones. Esto escribí el 18 de mayo de 2012 en mi
columna del Nuevo Día:
“Por muchos meses Alejandro estuvo hablando del embeleco de la consulta de status. Con
mucha razón decía que era una movida politiquera del gobernador para llevar estadistas a
votar y así tratar de conseguir un apoyo que obviamente había perdido. Después de tanto
hablar aceptó seguir a Fortuño en su embeleco y resultó ser más embelequero aún. Se inventó
que un Sí era un No en la primera pregunta y se llevó consigo a medio mundo del Partido
Popular a avalar la colonia. Entonces, aconsejó para la segunda pregunta lo que debió haber
aconsejado para el embeleco en general: no participar. Pero como las encuestas le decían que
los populares querían votar, abdicó a su liderato y siguió el rebaño, no lo dirigió.”
Luego, el 22 de julio, previo a una de las ú ltimas celebraciones de la Constitució n del
ELA, escribí en el mismo espacio periodístico:
“El ELA es un pacto. ¿Dónde está escrito ese pacto? ¡Mándenme copia! El mismo Muñoz
dijo en un discurso en 1954 a la Asamblea Legislativa que “el ELA no es un E.L.A.” Sólo un
poeta podía inventarse una contradicción así y que sonara bonito. Los pecados del nuevo
liderato popular culminan con la más estrambótica definición de Soberanía que se haya
escuchado jamás: “somos soberanos menos en aquello en que no lo somos”. Es como si a un
marido la esposa le preguntara: “¿me eres fiel?” Y él contestara: “¡Siempre! Menos cuando no
lo soy.”
Y sobre el apoyo de García Padilla a restringir el derecho a la fianza escribí: “… el miedo y
la manipulación parecen ser el centro de la campaña del Sí. El descaro mayor es llegar a decir
que los que nos oponemos a limitar la fianza somos aliados de los criminales. Pero no se
menciona la deserción escolar, la desigualdad económica, la impunidad, la incapacidad de
desarticular el negocio de la droga y la dependencia que tiene el fisco de los billones de la
droga como elementos mucho más influyentes que lo que se propone.”
Con todas estas movidas Alejandro apostó a atraer el voto de los estadistas pintá ndose
tan o má s conservador que Luis Fortuñ o. Las encuestas de una semana antes validaban sus
movidas; la El Nuevo Día decía que ganaba el Sí 59 a 27. Los dos Fortuñ os, el azul y el rojo,
fallaron en su subestimació n del pueblo que dio un rotundo No, 55% a 44, a la intenció n de
traquetear con el derecho a la fianza.
Otros de los trucos mal intencionados de la administració n del PNP camino a esas
elecciones de 2012 fue facilitar la inscripció n de nuevos partidos para quitarle votos al
PPD. Se bajó de 98,000 endosos a 58,000. Gracias a esos pudimos inscribir el Movimiento
Unió n Soberanista. Pero mientras el sistema electoral esté diseñ ado para la alternancia de
los dos partidos tradicionales, la participació n de nuevos partidos se reduce a una bonita
ilusió n.
Poco antes del día de las elecciones el equipo electoral de Alejandro García Padilla se
dio cuenta de lo que ya ha sido un error constante en la estrategia del Partido Popular: se
mueven a la derecha buscando los votos de los estadistas “light” y cuando fracasan en el
intento sacan la bandera puertorriqueñ a y pescan a ú ltima hora los votos de los llamados
melones, o independentistas que prestan su voto para atajar la Estadidad.
Los resultados de la consulta de status del 6 de noviembre de 2012 le dieron al Estado
Libre Asociado su primera derrota en un evento electoral. El 54% de los votantes dijeron
no estar de acuerdo con el actual status político. Resultó interesante que sobre 400,000
estadolibristas no le hicieron caso a Alejandro García Padilla y votaron en la segunda
pregunta de la consulta por un Estado Libre Asociado “Soberano”. Eso indicaba que la
intensa labor de educar para que se entendiera lo que significaba “soberanía” había logrado
que miles de populares le perdieran el miedo a la palabra. La Estadidad obtuvo un 44.6%
de los votos totales pues un 26% echó su papeleta en blanco en señ al de protesta por el
truco que significaba la consulta.
La elecció n le dio una ínfima ventaja a García Padilla que muy bien podría adjudicá rsele
a esa movida de ú ltima hora para buscar el voto independentista que quería evitar la
reelecció n de Luis Fortuñ o. Por el PIP, Juan Dalmau obtuvo solo el 2.52% y los otros
partidos emergentes, el MUS, el PPT y el PPR sumaron un 1.9% entre todos. El bipartidismo
triunfaba una vez má s arrolladoramente, pero el Estado Libre Asociado recibía la primera
derrota electoral de su historia: 970,910 votaron en contra del mantener el status presente.
El nuevo gobernador García Padilla también obtuvo la Cá mara y el Senado, broma macabra
del destino, para que fueran las dos ramas electivas de un gobierno favorecedor del Estado
Libre Asociado las que observaran, con los brazos cruzados, el golpe de estado de una Junta
de Control Fiscal que tomaría el poder cuatro añ os má s tarde.
Las estadísticas que tuvo sobre su escritorio el joven García Padilla al llegar a la
Fortaleza retrataban el descalabro del proyecto colonial al que le tocaría enfrentarse. A
partir del añ o fiscal 2006 la economía isleñ a comenzó un proceso de contracció n o
encogimiento intenso y extenso que llegó a su momento má s crítico del 2007 al 2011
durante el cual el decrecimiento real promedio del Producto Nacional Bruto fue de negativo
3.0%. Para 2012 Puerto Rico era el segundo país má s desigual de Latinoamérica y el quinto
país má s desigual en el mundo donde el 10% de la població n má s pobre obtenía só lo 0.2%.
de los ingresos del país. Del 2006 al 2015 se perdieron 268,000 empleos. La emigració n
neta de 2009 a 2014 a Estados Unidos fue de 366,269 puertorriqueñ os que decidieron
buscar refugio fuera del país ante la reducció n de un 7.3% del tamañ o de la economía de la
isla. A junio de 2014 la deuda pú blica ascendía a $72,000 millones.
El 7 de febrero de 2014 se dio a conocer que la casa acreditadora Moodys declaraba
chatarra los bonos del gobierno de Puerto Rico tal y como también lo había hecho Standard
and Poors. El “me vale” del gobernador Alejandro García Padilla cuando hubo la amenaza
de la degradació n, cambió a “ponerme en manos del Señ or” como dijo en un discurso
posterior. El 28 de junio de 2015 aceptó que la deuda era impagable. El Producto Nacional
Bruto caía en picada de un negativo .2% en el 2013 a negativo .9% en el 2015.
Del 10 al 11 de abril de 2015 se celebró en Panamá la séptima Cumbre de las Américas
donde hubo representació n de todos los países de este hemisferio para discutir problemas
y soluciones en comú n. Puerto Rico, en medio de su colapso total era el gran ausente. Lo
mismo sucedió en la cumbre de los países del Caribe, CARICOM, en Jamaica. La Isla Estrella,
como se le llamó publicitariamente a Puerto Rico para atraer turistas, brilló por su
ausencia.
La celebració n del 25 de julio del añ o 2015 fue como las reuniones familiares que se
realizan cuando uno de los padres está grave en el hospital, en tensa espera. Sin embargo,
como suele suceder en estos casos, siempre hay uno que otro miembro de la familia en
negació n de la realidad de que el final es inevitable. Tres días después de esa no-
celebració n que estuvo acompañ ada por una no-reflexió n pú blica escribí en el Nuevo Día
una columna bajo el título de Ellos y nosotros:
“Escribo en medio de un silencio aterrador que se apodera de muchos en los días cercanos
al 25 de julio. No se escucha una necesaria reflexión, ni de los estadolibristas que en esta
ocasión prefirieron celebrar de forma modesta los sesenta y tres años de la llamada
Constitución, ni de los estadistas que evaden a toda costa recordar que la llegada de los
americanos a suelo boricua no fue el producto de una acción democrática, sino de una burda
invasión.
Tan burda fue, que necesitó lavársele la cara, cincuenta y cuatro años después, con el
establecimiento del Estado Libre Asociado ese mismo 25 de julio, atrapado entre el
nacimiento de Simón Bolívar, el 24, y el inicio de la revolución cubana con el ataque al Cuartel
Moncada, el 26. No existen las casualidades.
La necesaria reflexión, de las dos facciones que han gobernado a este Puerto Rico en
quiebra, requiere mirar ese 25 de julio de 1898 para que entendamos el 25 de julio de
cincuenta y cuatro años después, y por qué, veintiséis años luego de ese 1952, dos jóvenes
fueron asesinados en el Cerro Maravilla. Si no regresamos a ese año 1898 no vamos a
entender por qué a ellos no les importa ni mueven un dedo para asumir la responsabilidad
que les toca de la quiebra económica y moral de nosotros, y mucho menos para excarcelar a
Oscar López Rivera.
Desde ese fatídico año, el sentimiento prevaleciente en ambas direcciones ha sido: ellos
son ellos y nosotros somos nosotros; ni ellos son nosotros, ni nosotros somos ellos. Los ellos
que llegaron, nos desvalorizaron desde el primer momento, base primaria para la
discriminación. George W. Bush lo entendió muy claro cuando luchábamos por sacar la
Marina de Guerra de los Estados Unidos de Vieques, y dijo: “Nuestros vecinos no nos quieren
allí”.
La realidad es que ellos y nosotros nos hemos tolerado por conveniencia. Los estadistas
nunca ponen en su lista de razones para que seamos el Estado 51 una que no sea de
conveniencia económica. Siempre se plantea una relación dolarizada. Por eso, cuando la
emoción se apodera del cerebro límbico, y la razón es echada a un lado, ante una
competencia deportiva entre ellos y nosotros, siempre le vamos al nosotros. Es más, cuando
ellos se enfrentan a otras naciones que vemos afines a nosotros, como Cuba, también le vamos
en contra.
A través de los años hemos intentado maquillar esa relación dolarizada con frases como
“lazos de unión permanente con los Estados Unidos”, “aprecio indiscutible de la ciudadanía
americana”, y otras que ya la corrosiva crisis económica producto de esa relación ha ido
borrando. Sin esa honesta reflexión sobre el ellos y nosotros, y sin entender las consecuencias
de ese 25 de julio de 1898, no podremos resolver el atolladero en el que estamos. Sí, ha habido
muy mala administración, pero el meollo del asunto está en esa fecha donde ocurrió una
acción, por parte de ellos, que ha condicionado el nosotros, que a la larga hemos sido las
víctimas de esa acción.”
En octubre de 2015, en una vista del Comité de Energía y Recursos Naturales del
Senado de los Estados Unidos, el gobernador García Padilla advirtió que el gobierno no
tendría dinero para pagar sus obligaciones de fin de añ o. En esa vista, María Cantwell,
portavoz demó crata en el Comité, le recordó al Gobernador, al Comisionado Residente y a
todos los políticos de Puerto Rico allí presentes la autoridad que tenía el Congreso para
adoptar todas las normas que le diera la gana sobre el territorio: “Lo hemos hecho en el
pasado. La Constitución de Puerto Rico fue autorizada y aprobada por un acto del Congreso”.
Lisa Murkowski, la presidenta del Comité, dijo que sin resolver el estatus el regreso a una
nueva crisis era cuestió n de tiempo. Sergio Marxuach, del Centro para la Nueva Economía,
también lo reiteró : “No habrá posibilidad de encaminar una nueva estrategia económica
para Puerto Rico bajo las limitaciones del estatus actual que es humillante para los
puertorriqueños e indigno para los Estados Unidos”.
A Alejandro García Padilla le tocó vivir como gobernador el cierre de un círculo
histó rico alucinante, el estallido de la vitrina. La Junta de Control Fiscal, producto del
proyecto del Congreso de los Estados Unidos, PROMESA, hizo que muchos dijeran que
Puerto Rico había regresado a la época previa a la Ley Foraker en 1900. No lo creo; no se
regresa al lugar de donde nunca se ha salido. A eso iremos en el penú ltimo capítulo de este
recuento de la vitrina rota.
CAPÍTULO 10: (2016)
El golpe del Cangrimán
Los boricuas puertorriqueñ izaron la palabra “congressman” y le llamaron “cangrimá n”
a todo el que se guillara de poderoso. Por eso uno de los má s famosos raperos de Puerto
Rico, Daddy Yankee, se autodenominó como “El Cangri”. En el 2016 los verdaderos
cangrimanes se quitaron la careta y los guantes de seda y decidieron tomar control del
territorio. En los pró ximos tres pá rrafos, para no abrumarlos, verá n algunos nú meros que
retratan la condició n de ese territorio a dos añ os del centenario de la imposició n de la
ciudadanía americana.
De enero a abril de 2016, se registraron 3,517 quiebras, o sea, cada día se iban a la
quiebra 30 personas, para un aumento del 6.8% respecto al 2015 que ya había sido
terrible. En el el 2015, hubo una merma en la actividad econó mica, la octava en los ú ltimos
nueve añ os fiscales, a excepció n de 2012 gracias a los fondos ARRA. Un aná lisis de varios
economistas de la Reserva Federal presentado en un foro en la Universidad de la Ciudad de
Nueva York (CUNY) estimó que debido al achicamiento de nuestra economía Puerto Rico
perdía 164 residentes por día a mediados de 2016. Desde finales del siglo XX hasta el 2016
la pérdida ascendía a unas 600,000 personas.
Por primera vez Puerto Rico fue incluido en los informes econó micos del Fondo
Monetario Internacional. Segú n dicho organismo la economía mundial crecería a razó n de
un 3.2% en 2016 y subiría a 3.5% en el 2017. En el caso de Puerto Rico se pronosticó que el
país terminaría el añ o 2016 con una contracció n de negativo 1.3% y seguiría ese patró n a
negativo 1.4% en 2017. O sea, en direcció n contraria al resto del mundo y a la economía de
los Estados Unidos que se mantendría en un positivo 2.4% con un repunte en el 2017. Un
informe del Kids Count Data Book de 2016 reveló que el 84% de los menores de 18 añ os,
unos 702,000, vivía en zonas de alta pobreza en Puerto Rico. Ese es el caldo de cultivo para
la criminalidad que volvió a repuntar en el añ o 2016.
Desde diciembre del añ o 2012 las casas acreditadoras comenzaron a degradar el
crédito de Puerto Rico de forma sostenida hasta darle el golpe má s contundente en marzo
de 2013 cuando fue declarado “chatarra”. Era el momento adecuado para que el
gobernador dejara de hacer los pagos de la deuda y comenzara a renegociar. Todo lo
contrario, en el mes de octubre de 2013 se publicó una carta en varios medios
internacionales dirigida a los inversionistas donde el gobernador aseguraba que el
gobierno de Puerto Rico cumpliría con los pagos de sus deudas. Luego, en marzo de 2014,
el gobierno hizo una emisió n de bonos a una tasa de usura del 8.75%. Así vimos lo que ya
habíamos observado en otros países: los buitres lanzá ndose sobre la presa en su momento
má s vulnerable.
El gobernador García Padilla comenzó su periodo en la gobernació n completando la
privatizació n del aeropuerto Luis Muñ oz Marín y las autopistas que había iniciado la
administració n de Luis Fortuñ o. También redujo beneficios de los pensionados, se
eliminaron má s de 16,000 puestos de trabajo en el gobierno y cuando la Legislatura no le
aprobó su proyecto del IVA con reducciones en las tasas de contribuciones, aumentó el IVU.
Su lucha con los líderes de su propio partido en la Cá mara y el Senado, la imposibilidad de
cumplir la promesa de pagar la deuda, la obvia intenció n del Congreso y la Casa Blanca de
negarle ayuda a su administració n para salir de la crisis fiscal, y el rumor de que la fiscalía
federal podría acusar a familiares cercanos por estar vinculados con el convicto empresario
y recaudador político Anaudi Herná ndez, lo llevaron a desistir de volverse a postular para
las elecciones de 2016.
El 23 de diciembre de 2015, Estados Unidos, a través del Procurador General, le aceptó
a su Tribunal Supremo que había mentido a los pueblos del mundo congregados en las
Naciones Unidas al decir que el Estado Libre Asociado resolvía el problema colonial de
Puerto Rico. Esta declaració n se hizo en una vista del famoso caso Sá nchez Valle. Muchos
líderes defensores del supuesto pacto que existía entre Puerto Rico y los Estados Unidos a
partir del 1952 se mostraron sorprendidos. Me sorprendió la sorpresa de los sorprendidos.
¿Se olvidaron del informe de Casa Blanca bajo la presidencia de George Bush de que
Estados Unidos nos podía ceder, si les daba la gana, a cualquier nació n del mundo? ¿No se
enteraron que Hillary Clinton le dijo eso mismo a Aníbal Acevedo Vilá en una reunió n
privada, lo cual provocó que el entonces gobernador abandonara el lugar indignado? ¿No
leyeron lo escrito por don Antonio Fernó s Isern de que la legislació n que viabilizó el Estado
Libre Asociado “no cambiaría el estatus de la Isla en relació n con Estados Unidos y no
alteraría los poderes soberanos que adquirió Estados Unidos sobre Puerto Rico bajo los
términos del Tratado de París”? ¿Ignoraron la larga lista de “penas de la colonia má s
antigua del mundo” que hizo José Trías Monge, uno de los creadores del ELA, entre las que
decía que “el status de Estado Libre Asociado como está ahora, no cumple con los
está ndares de descolonizació n establecidos por las Naciones Unidas”.
La inevitabilidad de que los “cangrimanes” republicanos del Congreso de los Estados
Unidos impusieran una Junta de Control Fiscal sobre la isla provocó que una diversidad de
voces se expresaran al respecto. El profesor Efrén Rivera Ramos, respetado
constitucionalista, dijo a mediados de abril:
“La propuesta junta federal de control fiscal para Puerto Rico constituye otra imposición
colonial más. Sin embargo, lo más importante no es la junta. El problema básico es la
condición política que hace posible la creación de ese mecanismo dictatorial. Sus autores no
tienen ninguna duda de que el Congreso tiene la facultad para establecerla al amparo de los
llamados poderes plenarios del Congreso sobre Puerto Rico. Fue al amparo de esos poderes
que se aprobó la muy colonial Ley Foraker de 1900, se nos extendió la ciudadanía
estadounidense en 1917, se nos concedió la prerrogativa de elegir a nuestro gobernador en
1947 y se nos autorizó, en 1950, a adoptar nuestra propia constitución interna, porque ellos
entendían que necesitábamos autorización para ello.
“También en virtud de esos poderes el Congreso creó, en 1976, la sección 936 del Código
de Rentas Internas federal para proveer exenciones contributivas a las empresas
estadounidenses dándole cierto estímulo a nuestra economía. Pero utilizando ese mismo
poder, en 1996 el Congreso eliminó la Sección 936, causando un disturbio económico cuyas
consecuencias se sienten todavía. La ley PROMESA que impone una Junta de Control Fiscal
tiene como propósito principal proteger a los acreedores y evitarle costos adicionales al fisco
estadounidense. El bienestar de nuestro pueblo, particularmente de sus sectores más
vulnerables, parece estar en lejísimo plano.”
Don Juan R. Torruella es un juez puertorriqueñ o en el Primer Circuito de Apelaciones de
Boston, es creyente en la Estadidad para el país pero así se expresó sobre la Junta:
“La legislación que persigue imponer una Junta Federal de Control Fiscal por encima del
gobierno de Puerto Rico profundiza la patente política pública de discriminación colonial a la
que ha sido sometida la Isla por el gobierno de Estados Unidos.”
En un mensaje que ofreció en el “John Jay College of Criminal Justice” el juez federal
recalcó que “el estado de desigualdad impuesto a Puerto Rico desde el primer día bajo la
soberanía de Estados Unidos no ha cambiado ni un ápice, irrespectivamente (sic) del lavado
de cara que supuso el otorgamiento de la ciudadanía bajo la Ley Jones en 1917, y el
establecimiento del llamado Estado Libre Asociado de Puerto Rico, que es solo un territorio
no incorporado disfrazado, sujeto a los omnipotentes poderes plenarios del Congreso bajo la
cláusula para territorios de la Constitución”.
El Centro para una Nueva Economía (CNE), un prestigioso grupo puertorriqueñ o de
aná lisis econó mico, indicó que no endosaba el proyecto HR 5278, que crearía la Ley de
Supervisió n, Administració n y Estabilidad Econó mica de Puerto Rico (PROMESA, por sus
siglas en inglés) aprobado inicialmente en la Comisió n de Recursos Naturales de la Cá mara
baja en Washington y que impondría una Junta de Control Fiscal en la Isla para lidiar con el
pago a los acreedores del Gobierno estatal.
El director de Política Pú blica del CNE, Sergio Marxuach, admitió que los poderes casi
omnipotentes que el proyecto le entregaba a esa junta eran acordes con un golpe político a
un Estado soberano. El experto indicó que segú n señ alaba el proyecto “la Junta será una
entidad del gobierno de Puerto Rico pagada con fondos públicos de la Isla, pero que no estará
sujeta al control o a la supervisión de funcionarios locales.”
El profesor, escritor y periodista, Pedro Reina Pérez, escribió en una columna publicada
a mediados de abril:
“El cinismo republicano de llamar “Promesa” (Puerto Rico Oversight, Management &
Economic Stability Act) a la ley que crea la junta de control fiscal deja claro el modo en que la
autoridad se ejerce desde los pasillos de Washington D.C. El colmo de las ironías es que esta
misma semana se conmemoró la firma del Tratado de París que el 11 de abril de 1898 cedió
Puerto Rico a Estados Unidos. El verbo es importante porque respecto a Cuba, España se vio
forzada a renunciar a su soberanía mientras que con Puerto Rico el desprendimiento fue una
mera transacción secundaria para formalizar la incautación de un territorio ya invadido.”
El miércoles 4 de mayo el excandidato a Comisionado Residente del Partido Popular
Democrático, Rafael Cox Alomar, escribió: “Puerto Rico sigue siendo una colonia de los
Estados Unidos, esas dudas deben haber quedado disipadas por completo en los últimos meses
de agonía.” Y añadió: “Nuestra condición colonial surge claramente, no sólo de los
planteamientos vertidos por la administración Obama en su comparecencia ante el Tribunal
Supremo federal en el caso Sánchez Valle, sino además de la cruel indiferencia con la cual
tanto el Congreso como la Casa Blanca se pasan la papa caliente de qué hacer con Puerto
Rico.” Concluyó sentenciando que “ni la moralidad ni la ética forman parte del cálculo
geopolítico de los imperios.”
El 13 de mayo, Eduardo Bhatia, Presidente del Senado de Puerto Rico, del Partido Popular,
dijo “Estados Unidos no apoya la continuación del Estado Libre Asociado (ELA) como fue
concebido en 1952 y como ha sido defendido apasionadamente por el Partido Popular
Democrático (PPD). El ELA no tiene futuro en Estados Unidos.”
En un candente discurso en el hemiciclo de la Cá mara de Representantes, el congresista
puertorriqueñ o, Luis Gutiérrez, le dijo a sus compañ eros “cangrimanes” que el Rey Jorge de
Inglaterra estaría orgulloso de ellos por el trato que le daban a Puerto Rico, muy parecido al
que el despó tico Rey le había dado a la colonias de Inglaterra en siglos pasados.
“Como nos recordó el presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Paul
Ryan, Puerto Rico es un territorio estadounidense y la Constitución le da al Congreso el poder
de ‘hacer todas las normas y reglamentos necesarios en relación con las tierras y otros bienes
pertenecientes a los Estados Unidos’. Tratar a Puerto Rico como propiedad es justo lo que
proponen los republicanos para abordar la crisis de la deuda en la Isla. El rey Jorge de
Inglaterra estaría contento de saber que después de 250 años, el Congreso de EE.UU. –creado
para reemplazar a su gobierno tiránico– ha adoptado de manera plena el colonialismo para
los territorios distantes.”
El 9 de junio se acabó de completar el golpe. Mi columna de esa semana se tituló “El
estallido final”
“El 9 de junio de 2016 pasará a la historia como el día en que cayeron al piso los últimos
vidrios de aquella Vitrina de la Democracia y el Progreso que nos trataron de vender los
Estados Unidos y el liderato político del Partido Popular Democrático en 1952. En menos de
veinticuatro horas las tres ramas del gobierno de los Estados Unidos se expresaron de forma
contundente sobre la realidad que algunos se negaban a aceptar.
“El día 8, el presidente Barack Obama reunió a los congresistas de origen boricua
pertenecientes al Partido Demócrata y les dijo claramente que la Junta de Control Fiscal que
se llevaría a votación en la Cámara de Representantes al día siguiente era lo único que él
podía ofrecer: la Junta o Nada. No existía un Plan B parecido a lo que ocurrió en el 1975
cuando el Gobierno Federal le prestó dinero a la ciudad de Nueva York para que no se fuera a
la quiebra, o cuando en el 1979 el Gobierno Federal le garantizó préstamos a la Chrysler, o
cuando le dio dinero a México para enfrentar una crisis parecida, o cuando el Gobierno
Federal rescató en el 2008 a Fannie Mae y Freddie Mac, dándole 100,000 millones de dólares
a cada una de esas instituciones, mucho más que la deuda del Estado Libre Asociado. En ese
2008 también hubo rescates a Morgan Stanley y al Bank of América, entre otros, ascendentes
a 700 mil millones de dólares. Esa transferencia monumental de fondos públicos a la élite
financiera de Wall Street que contó con el visto bueno del entonces candidato a la presidencia
de los Estados Unidos, Barack Obama, ahora, como presidente, no está disponible para los
tres millones y medio de ciudadanos estadounidenses que viven en Puerto Rico.
“Cuando Obama comunicó a los congresistas boricuas su decisión, ya sabía que unas doce
horas después, la otra rama del gobierno, la Judicial, representada por su Tribunal Supremo,
emitiría un fallo de seis a dos, estableciendo que Puerto Rico, siendo un territorio bajo los
poderes plenos del Congreso de los Estados Unidos, no tenía soberanía para procesar a
alguien ya procesado por el mismo delito en la Corte Federal local. La decisión del Supremo
fue más allá al decir que las tribus indígenas norteamericanas gozaban de una soberanía
superior a la que tenía Puerto Rico.
“El último golpe en esas fatídicas 24 horas entre el 8 y el 9 de junio, fue el de la Cámara de
Representantes cuando aprobó la Ley 5278 que creaba la Junta de Control Fiscal, con plenos
poderes para manejar los asuntos financieros del país sobre las decisiones del mismo
Gobernador y la Legislatura de Puerta de Tierra, como una vez le llamó don Pedro Albizu
Campos a la legislatura de Puerto Rico.”
He aquí algunos detalles de lo que establecía la ley PROMESA y su criatura la Junta de
Control Fiscal:

La fuente de poder para crear PROMESA y su Junta es la Clá usula Territorial, Artículo
IV, sec. 3, de la Constitució n que dispone que el Congreso tiene el poder de disponer y
hacer todas las reglas y reglamentos necesarios para los territorios. No dice que fue el
famoso Pacto que nunca se dio.

La Ley prevalecerá sobre cualquier otra ley o regla del territorio que no sea
consistente con la misma. ¿Entendido?

La Junta tendrá poderes amplios sobre las finanzas y los procesos de reestructuració n
con relació n al gobierno de Puerto Rico y sus instrumentalidades, entiéndase
agencias, municipios, corporaciones o lo que la ley determine como una dependencia
territorial. ¿La consolidación de municipios?

La Junta le requiere al Gobernador un Plan Fiscal a cinco (5) añ os y un presupuesto
balanceado. De facto, el gobernador se convierte en un empleado de la Junta.

La Legislatura de Puerto Rico deberá someterle a la Junta el presupuesto que haya
aprobado y será la Junta quien determinará si acepta o no el mismo. La Junta se
convierte en una Supra Legislatura.

El gobernador deberá , dentro de los siete días laborables siguientes a la aprobació n
de una ley, reglamento o procedimiento, someter a la Junta copia de la misma donde
se estime su costo e impacto en los ingresos y presupuesto. Si no lo hace, la Junta
podrá tomar aquellas medidas que estime pertinentes… ¿cómo darle en la mano y
decirle ¡eso no se hace!?

No podrá hacerse ningú n ajuste o reprogramació n de partidas presupuestarias sin la
autorizació n de la Junta. ¿Entendido?

La Junta puede conducir audiencias, tomar testimonios y recibir evidencia; recabar
informació n del gobierno federal y territorial; emitir citaciones y producció n de
documentos; recurrir a los tribunales federales o del territorio, para requerir poner
en vigor una citació n bajo apercibimiento de desacato civil. En otras palabras… ¡a la
Junta no se le miente!

La Junta se encarga de la restructuración de la deuda y representa a Puerto Rico en el
proceso. La pregunta es: ¿ante los acreedores que le dan contribuciones políticas a los
congresistas que crearon la Junta, a quién van a representar?

La Junta puede rechazar contratos existentes siguiendo el modelo de la ley de
bancarrota.

El salario mínimo se puede reducir a petición del Gobernador a la Junta. O sea, la única
iniciativa que el gobernador puede tomar es para que se convierta en el villano de la
película. ¿En serio?

La Junta crea el puesto de Coordinador de Revitalizació n, una especie de síndico que
será el brazo operativo de la Junta. He is the man!

Este síndico es el que identifica proyectos críticos y agiliza la otorgació n de permisos
vía “fast track”… como vender tierras ecológicamente protegidas.

La Junta puede hacer modificaciones en los tipos de servicios que prestan ciertas
entidades y tomar decisiones sobre los sistemas de personal y las normas de trabajo
de los empleados. La Ley 7 de Fortuño podría quedarse corta.

La Junta tiene toda discreció n en lo relacionado con los sistemas de pensiones a base
de proyecciones de 30 añ os. ¿Y se quedará por 30 años para ver si las decisiones fueron
las correctas?

La Junta puede la privatizar y comercializar instrumentalidades del gobierno.
Neoliberalismo por decreto.

Ninguna agencia en Puerto Rico podrá emitir ningú n tipo de certificado, derecho de
paso, arrendamiento o términos o condiciones para un Proyecto Crítico si el
Coordinador determina que tal decisió n impide su desarrollo. La definición de
“proyecto crítico” sospecho que lo establecerá alguien con la mayor ausencia de
pensamiento crítico posible.

La Junta no se meterá con el tema del status. Claro, es gracias al presente status que
existe.

La Junta terminará una vez el territorio tenga acceso a mercados de crédito a tasas
razonables de interés y el territorio haya alcanzado al menos cuatro añ os fiscales de
cumplimiento con está ndares de contabilidad, donde los gastos no superen los
ingresos. Si nos dejamos ir por lo que ha sucedido en esos renglones en los pasados años
la Junta podría convertirse en un gobierno permanente “per secula seculorum”.
El escritor Eduardo Lalo, en un discurso ofrecido en la Asamblea del Colegio de Abogadas
y Abogados, con el bisturí de su pluma, profundizó en las cavidades de PROMESA: “… cuyo
nombre mismo es muestra patente del uso político, es decir manipulado, de los vocablos. Si se
va al portal cibernético del Congreso estadounidense, encontramos lo que representa cada
letra del acrónimo: “Puerto Rico Oversight, Management, and Stability Act or PROMESA”. Así
exactamente lee el encabezado. “Oversight” significa mirar por encima del hombro. Repta
aquí la supervisión infantilizadora del “maestro”; “management” es administración, en otras
palabras, la capacidad de tomar decisiones. “Economic Stability” es una imposibilidad lógica,
una contradicción manifiesta, pues no existe estabilidad u homeostasis en los flujos dinámicos
de lo económico. El último término es, por tanto, una trampa conceptual y el sonido de sus
vocablos equivale a la treta del cazador que imita con onomatopeyas el llamado a su presa.
“Or PROMESA” lleva la palabra vacía al paroxismo cínico. La expresión, probablemente
ideada por un viciado y bilingüe relacionista público, equivale al obsequioso silencio que la
Iglesia otorgaba a aquéllos que decidía no llevar directamente a la hoguera. ¿Qué promete
PROMESA si no entrega nada, si no establece entre partes pacto alguno, si no reconoce
interlocutores? ¿Qué se puede prometer, si no hay intercambio?
Avanzaba el mes de agosto de 2016 y los políticos se entregaban a sus respectivas
campañ as políticas como si nada hubiese pasado. En Washington, se llevaban a cabo
intensas negociaciones, ajenas al liderato político electo del país, para escoger los siete
miembros de la Junta que gobernaría el territorio. Mientras, la fiscalía federal comenzó un
juicio por corrupció n con repercusiones políticas, tal y como hizo en los meses previos a las
elecciones de 2008 donde se acusó a Aníbal Acevedo Vilá . Al igual que en el 2008, las
acusaciones involucraban prominentes figuras relacionadas a un Partido Popular que no
acababa de reponerse del desmantelamiento de su proyecto primario el Estado Libre
Asociado.
Una densa nube de frustració n, desgano, cansancio existencial, hastío y coraje se
mantenía posada sobre la ciudadanía en el caluroso fin del verano. De pronto, comenzaron
a transmitirse las Olimpiadas de Río 2016 y la atenció n de la gente se volcó en la
representació n deportiva que nos recordaba que en ese pequeñ o espacio del deporte
respirá bamos aú n el aire fresco de algo parecido a la soberanía.
Recordemos que en plena Guerra Fría y tras la invasió n de la desaparecida Unió n
Soviética a Afganistá n, el presidente de Estados Unidos, Jimmy Carter, decretó un boicot a
las Olimpiadas de 1980 en Moscú y pidió a sus aliados que no asistieran a la cita olímpica.
La presió n que se ejerció sobre el Comité Olímpico de Puerto Rico por la administració n del
gobernador estadoísta Carlos Romero Barceló fue enorme. En una crucial reunió n del
Comité Olímpico se decidió por un voto hacer caso omiso al boicot y se envió una
delegació n a Moscú con tres boxeadores.
El presidente del Comité Olímpico, don Germá n Rieckehoff, fue entrevistado en
innumerables ocasiones en Moscú , en una de ellas le dijo a una de las grandes cadenas de
noticias de Estados Unidos: “President Carter is wrong, and we have to say that he was
wrong”. El má s destacado de los atletas de la delegació n, Alberto Mercado, un humilde
boxeador de Cayey, dijo en otra entrevista que el gobernador Romero Barceló le había
ofrecido dinero, una casa y un auto nuevo, si respaldaba el boicot a lo que él se negó .
Gracias a la valentía de esa delegació n Puerto Rico no interrumpió su participació n
olímpica que comenzó en Londres en 1948.
Rebekah Colberg, fue la primera mujer puertorriqueñ a que desafió el control masculino
en el deporte y obtuvo las primeras medallas en los segundos juegos centroamericanos en
La Habana, Cuba, en 1930. Allí comenzó nuestra participació n internacional. José Enrique
Monagas lideró la gesta puertorriqueñ a para que el Comité Olímpico Internacional
reconociera la soberanía deportiva de Puerto Rico y fuera invitado a participar en las
Olimpiadas de 1948.
En 1952 Puerto Rico participó en las Olimpiadas de Helsinki y en la inauguració n desfiló
con la bandera estadounidense. En plenos juegos se oficializó el uso de la bandera
puertorriqueñ a y en el cierre la delegació n pudo desfilar con la monoestrellada. A ningú n
otro país del mundo le ha ocurrido algo semejante.
En Río 2016 parece que los dioses del Olimpo conspiraron para sacar al país del
marasmo en el que se encontraba. La tenista Mó nica Puig Marchá n se ganó a las oponentes
que se le enfrentaron, todas de rango mundial muy superior al de ella, y ganó la primera
medalla de oro de la historia de atleta alguno representando a Puerto Rico. Hubo otras
actuaciones extraordinarias y dramá ticas de nuestros atletas. Por dos semanas el país
rebosó de emoció n y orgullo.
El 23 de agosto de 2016 se dio una demostració n de pueblo sin precedentes. Los atletas
fueron recibidos como héroes por un mar de banderas de Puerto Rico que inundó las calles
del á rea metropolitana hasta concentrarse frente al Coliseo José Miguel Agrelot. El centro
de aquella erupció n de orgullo fue Mó nica Puig. De inmediato la discusió n sobre la
importancia de ostentar una especie de soberanía deportiva para el país tomó un primer
plano, sobre todo porque días antes el candidato a la gobernació n por el PNP, Ricardo
Rosselló , y su candidata a Comisionada Residente en Washington, Jennifer Gonzá lez, habían
dicho que en un Puerto Rico convertido en estado los atletas puertorriqueñ os tendrían que
competir a través del Comité Olímpico de los Estados Unidos. En ese escenario Mó nica Puig
no hubiese obtenido la medalla de oro pues su rango entre las tenistas profesionales era
menor que el de las tres estadounidenses escogidas.
El otro rengló n en el que participá bamos como país aparte de los Estados Unidos era en
la entrega del Ó scar de la industria cinematográ fica. En 1989 el filme “Lo que le pasó a
Santiago” del compañ ero de “Los Rayos Gamma”, Jacobo Morales, con los actores Tommy
Muñ iz y Gladys Rodríguez, fue nominado para “Best Foreign Language Film” en Hollywood.
Puerto Rico fue uno de los finalistas junto a Canadá , Francia, Dinamarca e Italia. Un grupo
de puertorriqueñ os viajamos a Los Á ngeles y Jacobo, Tommy, sus hijos y nietos estuvieron
presentes en la emotiva ceremonia en Los Á ngeles. El ganador fue “Cinema Paradiso” de
Giuseppe Tornatore, de Italia, pero estuvimos cerca de esa medalla de oro del cine. En el
2010 la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográ fica de Hollywood decidió
sorpresivamente prohibir la participació n en esta categoría a los territorios de Estados
Unidos. Esta nueva disposició n afectaba específicamente a Puerto Rico, por ser el ú nico
territorio cuyo verná culo no es inglés.
El historiador Ángel Collado Schwarz comentó sobre ese hecho en una columna
periodística: “Desgraciadamente, no se sabe quién estuvo detrás de esta decisión arbitraria
que afectaba la autoestima de la nación puertorriqueña. Algunos responsabilizan a los
cineastas hispanos en Estados Unidos que alegaban que Puerto Rico era favorecido contra
ellos; otros acusaron al entonces gobierno estadista de Luis Fortuño de maniobrar una
estrategia de asimilación para una eventual anexión. Lo que sí es un hecho es que el gobierno
de Luis Fortuño no utilizó agresivamente a sus cabilderos y abogados para apelar la decisión
de la Academia.”
En 1898, lugar en la historia donde comenzamos este recuento, cuando fuimos
invadidos por el imperio estadounidense Puerto Rico se aprestaba a experimentar unas
concesiones autonó micas que el imperio españ ol había permitido. El círculo se cierra.
Puerto Rico sigue dando muestras inequívocas de su identidad pero una vez má s somos
invadidos por las tropas del imperio. Esta vez no es el General Nelson Miles, son siete
miembros de una Junta de Control Fiscal portando armas mucho má s poderosas que las de
aquel entonces: las armas del poder del capital y el neoliberalismo.
La vitrina fue hecha añ icos. Resumamos algunas conclusiones en el capítulo final de este
recuento.
CAPÍTULO 11: Epílogo en tiempos apocalípticos
Adolf A. Berle, Coordinador General de la Alianza para el Progreso, dijo en la famosa
revista Life el 6 de marzo de 1961 que Puerto Rico era el modelo que seguiría Estados
Unidos para enfrentar la Revolució n Cubana. Tan así fue que inicialmente el vicepresidente
de los Estados Unidos, Richard Nixon, le pidió personalmente a Fidel Castro, en 1959, que
se reuniera con Luis Muñ oz Marín para que este le sirviera de consejero en lo que la
revolució n se aprestaba a hacer en Cuba. Muñ oz tomó en serio la recomendació n e intentó
en innumerables ocasiones reunirse con Fidel, pero el líder cubano le sacó el cuerpo para
que no lo vincularan con el gobernador de la colonia. Ya luego, como hemos dicho, Muñ oz
se convirtió en un furibundo oponente de Fidel Castro cuando la revolució n tomó la ruta
del socialismo y no la de la vitrina de la democracia y el progreso que supuestamente
éramos.
La pregunta inicial que me llevó por los ú ltimos nueve meses a parir estas reflexiones
sobre nuestra historia fue: ¿qué carajos pasó aquí? O puesto de forma má s sutil: ¿có mo se
hizo añ icos la vitrina esa de la democracia y el progreso que supuestamente era Puerto
Rico?
Reitero que he identificado cuatro jinetes de nuestro apocalipsis como país:
1. El coloniaje, génesis de los otros males
2. La mala e irresponsable administració n de la colonia, por el imperio y por los
funcionarios locales
3. El sistema electoral sustentador del bipartidismo que lleva al inversionismo político
4. La corrupció n, vinculada a las tres causas anteriores, sobre todo a la tercera
A estos factores internos es necesario añ adir ciertas variantes externas como lo son: el
fin de la Guerra Fría, y con ello la pérdida de utilidad del Estado Libre Asociado en ese
nuevo escenario mundial; el ascenso del neoliberalismo; el relajamiento del crédito
internacional; la poca competitividad global de Puerto Rico por su falta de soberanía y la
extrema dependencia de los Estados Unidos de nuestros asuntos econó micos, sociales y
políticos. Mientras la colonia decaía, el imperio no movió un dedo para asumir la parte de
responsabilidad que le correspondía.
Hemos visto que algunos de estos males echaron raíces desde la invasió n en 1898. No
fue una casualidad que Estados Unidos nos convirtiera en su colonia del Caribe. Hacía
tiempo que le tenía el ojo echado a Puerto Rico para expandir su imperio. Llegaron y de
inmediato quebraron la economía existente y acapararon la mayor cantidad de tierras
posibles para sus intereses comerciales. Las colonias se toman para ser explotadas, son un
negocio, y en eso se convirtió Puerto Rico desde el principio. Cualquier logro, concesió n,
dá diva o imposició n, como la ciudadanía americana en 1917, siempre tuvo la intenció n de
crear mejores condiciones para que el negocio funcionara mejor.
La mala administració n y la corrupció n también vinieron con el paquete en 1898.
Hemos dado nombres y hechos de los gobernadores ineptos nombrados en esos primeros
añ os que dejaron sentado el modelo de irresponsabilidad administrativa y malversació n de
fondos pú blicos que otros perfeccionarían luego.
Tres décadas después de la llegada de los americanos, como algunos denominan la
invasió n, el país estaba sumido en la miseria, con todo y ciudadanía estadounidense.
Cuando don Pedro Albizu Campos canalizó la indignació n del pueblo y dirigió sus reclamos
de justicia e igualdad, la represió n fue la respuesta. Se militarizó la policía y se criminalizó a
los creyentes en la independencia.
La proximidad de la entrada de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial, la
posició n estratégica de Puerto Rico y el incremento en la militancia del nacionalismo
provocaron las concesiones que se le dieron al país en la década del cuarenta. El imperio
identificó a Luis Muñ oz Marín como el polo opuesto a Albizu Campos. Luego también
escogió maquillar la colonia y presentarla como el polo opuesto a la Revolució n Cubana. A
Albizu lo encarcelaron y lo torturaron; a Muñ oz le dieron dinero a manos llenas y poder
político para que aplacase los reclamos del pueblo.
A mediados de la década del cuarenta, con la salida de Rexford Tugwell de la
gobernació n, se abandonó una forma de conducir el estado que los anticomunistas en los
Estados Unidos identificaban como socialista y se comenzó con el modelo de atraer capital
extranjero, con grandes incentivos, sin el fomento de un economía puertorriqueñ a só lida.
También se legalizó la criminalizació n del independentismo con la Ley de la Mordaza. En
1952 se le mintió al pueblo y al mundo diciéndole que el problema colonial se había
resuelto con el establecimiento del Estado Libre Asociado. La denuncia de esa mentira
costó sangre, cá rcel y el arrinconamiento del independentismo. Hoy ya sabemos la verdad y
quiénes tenían la razó n. A todos los presos y asesinados por denunciar la colonia, la historia
los absolvió .
Los Estados Unidos convirtieron a Puerto Rico en un enclave industrial porque ya el
monocultivo de la cañ a no les rendía suficientes beneficios y porque la geopolítica los
empujaba a establecer un ejemplo para los países de la regió n y para las naciones africanas
que comenzaban a lograr su independencia. Necesitaban que Puerto Rico fuera un mensaje
viviente de que la entrega a los intereses econó micos y políticos de la “gran nació n
norteamericana” era la salvació n. Para ello, Puerto Rico tenía que asemejarse en ingresos,
autos, carreteras, edificios, consumo, al “american way of life”, y esa fue la vitrina que en
esta isla pobre y caribeñ a se intentó construir.
Faltaba entonces vestir a esa vitrina de legalidad política y de ahí surge el Estado Libre
Asociado, legitimado en la ONU en 1953. Simultá neamente la emigració n de los má s pobres
hacia los Estados Unidos seguía acrecentá ndose. Desde la ciudad al campo se impulsaba la
idea de que cultivar la tierra y ser jíbaro era sinó nimo de atraso. Los campos de cultivo
dieron paso a la siembra de cemento y, por supuesto, comparado con la pobreza extrema
que se vivía en la época de La Llamarada y Bagazo, Puerto Rico progresó . Pero ese
progreso no fue producto de un plan de ayuda al desarrollo del país de parte de los Estados
Unidos ni de la genialidad política de Luis Muñ oz Marín. Fue debido a lo que los intereses
capitalistas y la geopolítica dictaba en ese momento. Como parte de ese proceso se le
entregó el país a las empresas extranjeras y se hirió de muerte el empresarismo criollo.
La vitrina tuvo un esplendor que duró un cuarto de siglo, pero muy pronto las
variaciones del mercado de petró leo y del sistema capitalista dejaron ver sus primeras
fisuras. Los tratados de libre comercio provocaron que las industrias se fueran a países
donde la explotació n de los trabajadores les dejara má s ganancias que en un Puerto Rico
con salario mínimo federal. El asistencialismo a los pobres, la dependencia de empresarios
criollos cuyas ganancias provenían exclusivamente de los negocios que hicieran con el
gobierno, la politiquería, la mala administració n y la corrupció n hicieron estallar la vitrina.
Hay que añ adir el apuntalamiento de una clase política mediocre que se negó a
construir un proyecto de país a largo plazo. Ganar las pró ximas elecciones se convirtió en la
obsesió n de rojos y azules, al precio que fuera. El precio fue el endeudamiento del país, el
consumismo obsesivo, la dependencia, la descomposició n social, la corrupció n y el
desmoronamiento de la estructura artificialmente creada.
En la ú ltima década del siglo XX el inversionismo político y la corrupció n se tomaron de
la mano del neoliberalismo que ya tocaba a la puerta de la colonia. El golpe de gracia fue la
eliminació n de los beneficios contributivos de la secció n 936. Ya lo pró ximo fue el
desnudamiento del Estado Libre Asociado como lo que siempre había sido: una colonia
maquillada con una gruesa capa de progreso artificialmente sostenido.
El golpe orquestado por los Estados Unidos se dio a través de sus tres ramas de
gobierno entre el 8 y el 9 de junio de 2016. En veinticuatro dramá ticas horas,
coordinadamente, dispusieron del territorio antes de que se afectaran sus intereses y se les
dañ ara el negocio que a la altura del 2016 seguía sacando del país ganancias sobre los
30,000 millones de dó lares.
El 31 de agosto de 2016, poco antes del medio día, el presidente Barack Obama, que
seguía sin excarcelar a Oscar Ló pez luego de 35 añ os en prisió n, nombró los siete miembros
de la Junta de Control Fiscal. Fue un golpe de estado silencioso, contundente. En la medida
en que se conocían los nombres de quienes la componían se confirmaba lo que muchos
había predicho: la Junta de Control Fiscal vendría a asegurarle el mayor pago posible a los
acreedores del Gobierno de Puerto Rico, a ejercer un control de dañ os, “damage control” en
inglés, antes de que el colapso final afectara el negocio establecido en 1898.
De los Siete Enanitos de la Promesa de Blanca Nieves, cuatro eran de línea dura
republicana de derecha y los otros tres, aunque del bando demó crata, igualmente
defensores del capital y de su predominio sobre las necesidades apremiantes del pueblo.
Algunos de los nombres de esa Junta que los ingenuos pensaron que venía a “enderezar el
país”, y a “terminar con los políticos corruptos” resultaron ser un chiste de mal gusto.
Como muestra, con un botó n basta. Carlos García fue el primer presidente que tuvo el
Banco Gubernamental de Fomento (BGF) bajo Luis Fortuñ o. Participó del diseñ o de la Ley 7
que dejó a miles de empleados pú blicos sin trabajo y con sus acciones aceleró la crisis
econó mica actual. Como hemos dicho en capítulos anteriores, bajo aquella administració n
estuvieron disponibles má s de $6 mil millones en fondos ARRA que envió Obama a Puerto
Rico y a pesar de esa enorme inyecció n de fondos se elevó la deuda de COFINA de $6 mil
millones a $14 mil millones y se financiaron déficits operacionales.
Un poco má s de investigació n de las gestiones de este honorable miembro de la Junta de
Control Fiscal nos revela que el BGF se endeudó en $4 mil millones, con una emisió n de
bonos a ser pagada en el cuatrienio siguiente. Muchos entienden que esa deuda precipitó la
quiebra del BGF a la que Melba Acosta, de la administració n subsiguiente de Alejandro
García Padilla, le acabó de poner la cruz. Sobre el conflicto de intereses del señ or Carlos
García, el ex gobernador Aníbal Acevedo Vilá tronó : “¿Cómo le va a decir a los bonistas que
no les va a pagar, si fue él quien aprobó esas emisiones? ¿Cómo va a auditar la prudencia de
esas emisiones si él fue quien las diseñó?”
Salta a la vista que la Junta y sus miembros constituyeron una ofensa gratuita al
gobierno de Puerto Rico que nadie de la oficialidad de ese gobierno condenó . Al
Gobernador electo por los puertorriqueñ os, aquello de lo que muchos se regocijaron en
1948 como un gran paso en la direcció n hacia el gobierno propio, solo se le permitiría
hablar en las reuniones de la Junta, pero a la hora de votar no podría hacerlo. La conclusió n
a la que llegó el ex gobernador Acevedo Vilá es la misma a la que llegaron miles de
puertorriqueñ os: “las esperanzas de Puerto Rico solo están en luchar contra esa Junta.”
El juez federal Juan Torruella, que repito es estadoísta, dijo el 10 de septiembre de 2016
“PROMESA representa el acto más denigrante, antidemocrático y colonial que se haya visto,
además de ser un golpe de Estado a la democracia en Puerto Rico… Permítanme sugerir
organizar un movimiento de resistencia civil”.
El 30 de septiembre de 2016 a las 8:29 de la mañ ana, a escasas cuadras de Wall Street,
la Junta de Control Fiscal celebró su primera reunió n donde tomó absoluto control sobre
las finanzas del país y eligió como su presidente a José Carrió n III, cuñ ado del Comisionado
Residente en Washington, Pedro Pierluisi, a quien le había hecho innumerables donativos
para la campañ a al igual que muchos otros candidatos de PNP. La reunió n duró menos de
45 minutos y al terminar la misma Carrió n III, apellido sinó nimo del mundo bancario
boricua, con nú meros romanos como los reyes, se negó inicialmente a dirigirse en españ ol
a los periodistas presentes. Luego accedió a regañ adientes. La decisió n de la Junta ese día,
convirtió de facto al gobernador en un lleva y trae papeles, y nos revirtió al 1898.
El momento es tenebroso. A principios de octubre de 2016 los seis candidatos a la
gobernació n continuaban haciendo campañ a como si nada distinto estuviera pasando.
María de Lourdes Santiago, del Partido Independentista, el profesor Rafael Bernabe, del
Partido del Pueblo Trabajador, y la alcaldesa de San Juan, Carmen Yulín Cruz Soto
denunciaron la dictadura de la Junta y la necesidad de enfrentarla. Los candidatos del PNP
y del PPD se aprestaban a colaborar.
Ese momento tenebroso tuvo un golpe de gracia el 21 de septiembre de 2016. Hubo un
apagó n en toda la isla que duró má s de tres días en recomponerse. La joya de la colonia, la
Autoridad de Energía Eléctrica (AEE), colapsó . Un simple aná lisis de caos producido nos
retrata nuevamente los cuatro jinetes del apocalipsis que hemos señ alado: el bipartidismo,
la corrupció n y la mala administració n llevaron a la Autoridad de Energía Eléctrica a la
ruina. Para no dejar el primer jinete fuera, el colonialismo, las opciones de soluciones
energéticas de Puerto Rico está n limitadas por nuestra relació n colonial con los Estados
Unidos. La Junta de Control Fiscal empujará a la AEE a soluciones energéticas afines a los
intereses de los Estados Unidos y no a las verdaderas necesidades del país.
Por ú ltimo. Se nos tira en la cara el endeudamiento del país como si fuera hechura ú nica
y exclusiva de los puertorriqueñ os. Cabe preguntarse en ú ltima instancia ¿quién le debe a
quién? Si como el mismo imperio estadounidense ha aceptado, Puerto Rico es una colonia,
lo cual está prohibido por las leyes internacionales, entonces los transgresores de la ley
debieran compensar al violado por las acciones llevadas a cabo. ¿Cuá nto se nos debe
compensar por la quiebra deliberada de nuestra economía ocurrida en los primeros días de
la invasió n cuando se devaluó el peso puertorriqueñ o y luego se impuso el dó lar como
moneda oficial? ¿Cuá nto se nos debe por la imposició n de la leyes de Cabotaje que nos
obliga a cargar la mercancía comprada en Estados Unidos en su costosa e ineficiente
marina mercante? Algunos han estimado hasta el día de hoy en 75,800 millones de dó lares
el sobre precio pagado, cifra que sobrepasa la deuda pú blica.
Este no es un planteamiento nuevo. En declaraciones a los representantes de Prensa
Asociada, en marzo de 1936, don Pedro Albizu Campos expresó lo siguiente: “Contra Estados
Unidos de Norteamérica tenemos que radicar reclamaciones como indemnización por los
enormes daños perpetrados sistemáticamente y a sangre fría contra una nación pacífica e
indefensa. El balance comercial favorable de Puerto Rico durante los treinta y cinco años de
intervención militar norteamericana arroja en números aproximadamente cuatrocientos
millones de dólares oro. De acuerdo con esa cifra imponente, Puerto Rico debiera ser uno de
los países más ricos y prósperos del planeta. De hecho, la miseria es nuestro patrimonio. Ese
dinero está en poder de los ciudadanos norteamericanos en el continente.”
Y sigue señalando Albizu en 1936 “Cálculos conservadores sobre el valor financiero del
monopolio comercial que nos impuso Estados Unidos por la fuerza, y en virtud del cual
estamos obligados a vender nuestras mercaderías a los norteamericanos al precio que a ellos
convenga y además tenemos que pagar por la mercadería norteamericana el precio que nos
quieran imponer los norteamericanos, arroja una cifra no menor de quinientos millones de
dólares oro.”
Por eso insisto: ¿cuá nto se nos debe por las tierras utilizadas para bases militares luego
abandonadas en total estado de contaminació n? ¿Cuá nto por la desprotecció n de nuestros
productos en el mercado estadounidense y los privilegios otorgados a los productos de
ellos en nuestros mercados? ¿Cuá nto por el dañ o de la decisió n unilateral de eliminar los
beneficios a las empresas 936? ¿Cuá nto por la violació n de derechos civiles de los que
denunciaban la colonia? ¿Cuá nto por el dañ o moral a este pueblo por la mentira urdida en
las Naciones Unidas? ¿Quién le debe a quién?
Señ alo responsabilidades pero me niego a perder la esperanza. Reitero lo que escribí el
7 de febrero de 2014 en mi columna correspondiente al momento en que las casas
acreditadoras declararon chatarra el crédito de Puerto Rico.
“Aún estamos a tiempo. Puerto Rico es un país con gente de mucho talento. Tenemos un
astronauta que viaja al espacio, ingenieros boricuas dirigiendo proyectos en la NASA, médicos
realizando investigaciones de calibre mundial, artistas conocidos en el mundo entero,
literatos premiados en los más exigentes círculos académicos, deportistas que son íconos de
su especialidad, una jueza boricua en el Tribunal Supremo de los Estados Unidos, y más aún,
mucha gente que se levanta todos los días a trabajar en una economía que con las manos de
sus trabajadores produce miles de millones de dólares. No somos un pueblo chatarra. Pero si
no aprovechamos el momento histórico que vivimos, y no nos paramos de frente a los que nos
declaran chatarra para su propia conveniencia, chatarra seremos. El momento histórico está
ahí.”
Y añ ado que ese país deseado: autosustentable, de progreso, solidario, maduro
emocionalmente, de libre pensamiento, educado, igualitario, soberano, inclusivo, justo,
feliz, en paz, se ha ido forjando en pequeñ os proyectos de jó venes, agricultores, artesanos,
artistas, estudiantes, líderes comunitarios, pescadores, organizaciones de pequeñ os
empresarios, cooperativas, en fin, en un sinnú mero de iniciativas que andan por ahí sin una
red que las una y las convierta en el proyecto de país que ansiamos. Para ello tendremos
que salir del colonialismo mental y político, del neoliberalismo aniquilador y de una clase
política que no sabe otra cosa que no sea endeudarnos para ganar las pró ximas elecciones.
Tenemos que combatir el desá nimo, la frustració n y la pérdida de la esperanza.
Educá ndonos y entendiendo nuestra historia y el por qué hemos llegado a donde hemos
llegado podemos contribuir a esa nueva toma de consciencia. Eso es lo que he buscado en la
investigació n que he realizado para escribir este libro, y esa es la razó n para haberlo
escrito. Ojalá y nos sirva a todos. ¡Viva Puerto Rico!
BIBLIOGRAFÍA
He aquí la lista de los libros má s importantes que he leído, consultado y analizado para
llegar a las conclusiones que he llegado:
1. Puerto Rico entre Siglos: Historiografía y Cultura – Dr. Mario Cancel (blog en Internet)
2. La tierra azotada – Rexford Tugwell
3. Desde Lares – Carlos Gallisá
4. La Mordaza – Ivonne Acosta
5. Promesa rota – Francisco Catalá
6. A la vuelta de la esquina – Néstor Duprey
7. Pobreza en Puerto Rico, radiografía del Proyecto Americano – Linda Colón
8. Economía de Puerto Rico, Evolución y perspectivas – Edwin Irizarry Mora
9. La vellonera está directa – Pedro Malavé Vega
10. Tiempos revueltos – Vionette G. Negretti
11. Historia de la radio en Puerto Rico – José Luis Torregrosa
12. Abriendo Caminos – Juan Mari Brás
13. Guerra contra todos los puertorriqueños – Nelson A. Denis
14. Las penas de la colonia más antigua del mundo – José Trías Monge
15. Revista de las Ciencias Sociales de Puerto Rico – Vol XVII, #3.
16. El Camino al Cerro Pelado – Alex Figueroa Cancel
17. Cómo fue – Memorias – José Trías Monge
18. En la encrucijada – Rafael Cox Alomar
19. Puerto Rico Independiente Imperativo del Siglo XXI – Rubén Berríos Martínez,
Fernando Martín, Francisco Catalá Oliveras
20. Informe del economista James Tobin sobre Puerto Rico – 1976
21. Lucha por la Independencia de Puerto Rico, Cronología de la represión de 1961 a 1980
– Domingo Vega Figueroa
22. Terrorismo de derecha en Puerto Rico – Raúl Álzaga – Cubadebate.
23. Land Invasion and State Responses – tesis doctoral, profesora Liliana Cotto.
24. Las memorias de A.W. Maldonado – Alex W. Maldonado
25. Crisis al borde de la Quiebra – Juan Agosto Alicea
26. Economía política de Puerto Rico, 1950-2000 – Eliezer Curet
27. Conversaciones en el Convento – Juan Manuel García Passalaqcua
28. Our Island Empire – Charles Morris, 1899
29. Historia de Los Rayos Gamma – Ivá n Martínez Coló n, 2016
30. Breve historia del liberalismo – David Harvey
31. Soberanías exitosas – Á ngel Collado Schwarz
32. Locura por decreto – Pedro Aponte Vá zquez
33. Puerto Rico 2000-2010: Más allá del Censo – Rosario Rivera co-autora.
34. La contrarrevolución cubana en Puerto Rico y el caso de Carlos Muñiz Varela – Jesús
Arboleya Cervera con Raúl Álzaga Manresa y Ricardo Fraga del Valle.
Entrevistas a especialistas en economía, política y sociología:
Dr. Félix R. Huertas Gonzá lez
Dr. José Caraballo Cueto
Dr. Pedro Reina Pérez
Dr. Efraín Vá zquez Vera
Dra. Marcia Rivera
Licenciado Marco Rigau
Licenciado Alejandro Torres
Dr. Julio Muriente Pérez
Dr. Carmelo Delgado Cintró n
Dr. Efrén Rivera Ramos
Dr. Carlos Ramos
Dr. Carlos Gorrín Peralta,
Profesor José Curet
Profesor Edwin Meléndez, Hunter College
…entre otros.

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