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Entre Cristo y La Abyección Marcel Jouhandeau Por Walter Romero

Este documento resume la obra y pensamiento del escritor francés Marcel Jouhandeau. Explora las tensiones entre su ferviente catolicismo y su atracción hacia los hombres, tema central de su literatura. Aunque condenó el antisemitismo, reconoció la influencia de sus escritos en la obra de Jean Genet. Jouhandeau veía la homosexualidad como un simulacro sagrado donde lo aberrante roza lo angelical, interrogándose sobre si los homosexuales son guardianes del cielo o ángeles caídos. Su literatura intenta reconciliar deseo

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Entre Cristo y La Abyección Marcel Jouhandeau Por Walter Romero

Este documento resume la obra y pensamiento del escritor francés Marcel Jouhandeau. Explora las tensiones entre su ferviente catolicismo y su atracción hacia los hombres, tema central de su literatura. Aunque condenó el antisemitismo, reconoció la influencia de sus escritos en la obra de Jean Genet. Jouhandeau veía la homosexualidad como un simulacro sagrado donde lo aberrante roza lo angelical, interrogándose sobre si los homosexuales son guardianes del cielo o ángeles caídos. Su literatura intenta reconciliar deseo

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Abyección y subjetividad. El caso Marcel Jouhandeau.

1. Mago profano o escritor sacrílego, Marcel Jouhandeau (1888-1979) es uno de los

creadores más personales y polémicos de la literatura francesa. Su obra – admirada por

Proust y Benjamin- ha sido puesta en consideración en nuestros días no sólo por las

implicancias de un declarado y, a la sazón, refutado antisemitismo -junto con Robert

Brasillach y Pierre Drieu La Rochelle, Jouhandeau emprende el viaje a Weimar en

1941, a invitación de Goebbels, y escribe un infame panfleto bajo el título de El Peligro

Judío-, sino particularmente por las tensiones que su literatura habilita entre un ferviente

catolicismo místico y una atracción irrefrenable por los hombres, entendida sin más

como “ultraje a Dios”.

Decir que fue un escritor moderno es reconocer que su obra supo incrustar página tras

página -a través de novelas, nouvelles, cuentos, relatos, ensayos, memorias, diarios y

carnets-, un insólito sello autobiográfico –en verdad, nunca dejó de escribir sobre sí

mismo- que antecede, de manera fragante, la obra impar de Jean Genet.

Sólo un lector desprevenido alude al universo de robo-homosexualidad-abyección y

poesía como propio de Genet, dado que cada uno de esos términos constituyen, en

verdad, parte del universo y del programa de escritura de Jouhandeau, que tanto

Foucault como Sartre han sabido reconocer. Jouhandeau expresó que sentía orgullo de

haber sido el precursor de Genet, pero dejaba constancia que, de alguna manera, la

tríada de robo, el mal como santidad y la perversión relacionados con “la cuestión

homosexual” le pertenecían y eran, en verdad, su tema. Luego de conocerse en 1943,

Jean Genet le confesó a Jouhandeau que sus libros habían sido la inspiración tanto para

escribir Nuestra Señora de las Flores como Diario de un ladrón (Didier Eribon sostiene

1
que este libro es una reescritura de De l’abjection de Jouhandeau en forma de

“autobiografía”)

Como en Marguerite Yourcenar, la escritura clásica y refinada de Jouhandeau (nacido

como Marcel Provence) –hecha de frases cortas y de un sostenido escandido- ha sido el

garante de temáticas que, abordando lo impúdico y hasta lo morboso con seca elegancia,

indaga en la irrefrenable voluntad con que surge lo desigual y lo “deforme” a contrapelo

de una teología e imaginación católicas.

Es en el seno mismo de su propia familia - y de algunos personajes estrafalarios

allegados a su circulo íntimo- de donde Jouhandeau escruta lo diferente y lo dispar en

la naturaleza humana; en sus primeros libros –mezcla de historia familiar y memoria

provinciana- asoma de manera incipiente el destilado de la perversión tal vez en su

forma más cercana: los vínculos familiares. De lo familiar a lo personal –o más bien en

la imbricación de lo personal y lo doméstico; allí donde se fragua el “yo” infantil que

empieza a reconocer el mundo incógnito de la realidad-, Jouhandeau extrajo de manera

progresiva, sin prisa pero sin pausa, lo que será la categoría central de toda su

producción: lo abyecto.

2. En Jouhandeau -como también en ese otro moralista lírico que fue André Gide-,

detrás de lo que se insinúa como una mera crónica –en particular de la región francesa

de Guéret, de donde es oriundo (conocida como Chaminadour en su ciclo “ficcional”)-,

se esconde no sólo un fabulador nato sino, principalmente, el entomólogo de un

“tormento personal” que, con el escudo de Dios en alto, se pregunta y cuestiona qué

hacer con el propio deseo. O, más precisamente, qué hacer con esa irrefrenable

atracción hacia los hombres cuando también “se ama a Dios”.

2
Habiendo padecido una culpa extrema -y casi física- a causa de sus primeras incursiones

homosexuales, este otro gran Marcel de las letras francesas, quemó sus más “ardorosos

escritos” e intentó suicidarse en 1914, con el fin de anular su fascinación por el cuerpo

masculino, que sintió como discordante para con su personal -e igualmente intenso-

“amor al Creador”.

Catorce años después de este “episodio”, y como otra posibilidad de “ocultarse de su

deseo”, Marcel se casó a los cuarenta años, con la bailarina Elizabeth Toulemont,

conocida como “la cariátide Elisa” (Caryathis): estrambótico personaje conocido en los

libros de Marcel como Elise, que fue musa de Cocteau y de Max Jacob, y que supo

tener inusitada fama al inspirar y protagonizar el ballet “La bella excéntrica”, del

celebrado Erik Satie. Chroniques maritales (1938), Scènes de la vie conjugale (1948) y

los Journaliers, 1961 -1978, son densos volúmenes que dan cuentan de esa relación

tortuosa y signada por los equívocos de una relación de más de cuarenta años, hasta la

muerte de quien fuera la devota (¿o castradora?) esposa que intentó desviar a Marcel de

sus “caídas” -y recaídas- homosexuales.

Acaso la literatura haya sido para él una forma –una modalidad, diremos- de volcar de

manera mediada todo lo escabroso y afligido que anidaba en su “yo” que nunca se

reconoció como enteramente maduro, pero sí creyente desde su conversión al

catolicismo a los diecinueve años. Conversión que, finalmente, también puede ser

entendida como un genial artilugio para saborear, junto a los placeres de la carne, “el

gusto de una culpa capital capaz de hacer estremecer también el alma”

Esa fuerza por diferenciarse de los otros y asumir, de manera angustiosa, la

“singularización” de su deseo, se le volvió -como las pardas charcas de su terruño natal-

un imprevisto abrevadero personal de donde extrajo, una y otra vez, las experiencias de

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una intimidad deseante y abrumada, acaso radiante, pero a la vez untuosa como la

simiente, esa materia densa y luminosa, donde, sin embargo y justamente -dice

Jouhandeau-, Dios “refulge por doquier”.

3. En la homosexualidad, esa Catedral del deseo, Dios está tanto o más presente que

Satán, dirá Jouhandeau. En sus novelas y escritos, a manera de preconizada y añorada

intoxicación, el deseo homosexual toma tanto las formas del “pecado carnal” como “las

serenidades del éxtasis”, y tiene, a su vez, tanto de blasfemia y de efusión mortal como

de ceremonia sacra y pietosa. Jouhandeau llega a estas reconciliantes consideraciones

sólo al final de su larga vida, donde –como postula Rafael Conte- supo, ya “jubilado de

toda sexualidad”, ingresar en una “serenidad imperturbable” donde la homosexualidad

ya no era esa experiencia atrozmente incompatible con sus raíces cristianas. Para

Jouhandeau, el “ejercicio” espiritual y carnal de la homosexualidad asume, en partes

iguales, tanto los beneficios del más abnegado y confeso “sacrificio” religioso, como

también las más abyectas visiones de lo irrisorio. La homosexualidad es, en definitiva,

un convenido simulacro, un pautado ritual donde lo aberrante roza lo angelical; donde

Lucifer vuelve a ser, como antes de la “Caida”, el más amado, el más luminoso, el más

preciado y hermoso de los serafines: “Sólo la pasión, o bien el vicio, te arroja a la

misma indigencia que la santidad, y considero que sólo cuando el hombre se encuentra

hasta ese punto despojado de todo y de sí mismo está más cerca que nunca de la

gracia, es decir, de merecerla”

¿Serán acaso los homosexuales los verdaderos guardianes del Cielo? ¿Serán aquellos

justamente que, como Lucifer, arrojados –o auto arrojados- más bien del edén

heterosexual, encarnan la sabiduría, siendo tal vez los verdaderos “entendidos” de Dios?

¿O tienen acaso el mero poder de ángeles malos, de fuerzas aladas, cuya velocidad, es,

4
de acuerdo con el Apocalipsis, del orden del relámpago? ¿O son acaso, sin más, un

ejército de ángeles soberbios –demasiado soberbios- que se rebelaron, queriendo ser

como dioses? ¿Fueron acaso, los homosexuales, parte de una corte celestial de la cual

fueron expulsados por haber probado del verdadero árbol del bien y del mal?

Jouhandeau arroja estas interrogaciones a manera de un sátiro procaz y desnudo que, sin

embargo, se sabe entera y fatalmente avergonzado: mientras con una mano excita sus

genitales -que muestra, pero a la vez oculta-, desde lo alto, deja caer, pesadamente y

sobre sí mismo, su otra mano, munida de un látigo que una y otra vez lo flagela y

fustiga.

Tal vez se trata, sin más, de honrar a un Dios que se ha mezclado demasiado con su

creación: el Dios de Jouhandeau está siempre “asociado a la alegría”, y no hay alegría

sin Dios, pero –lo sabemos, y, Jouhandeau lo sabe y, por ende, lo padece, lo sufre- la

alegría es siempre pagana.

Tal vez su literatura, de constantes cuestionamientos, intente decirnos mediante un yo

espantado -o satíricamente travestido-, que, sólo en la homosexualidad, Dios y Satán

van a la par. Como en el Libro de Job, Dios y Satán estarían volviendo a librar, ahora

sobre “el territorio homosexual”, y desde tiempos también inmemoriales, un sacro y

chusco duelo, que se rehabilita cada vez en cada pecador y en cada pecado (“¿Qué

pecador (no lamenta) que su pecado no sea universal?), expresión final donde Dios y

la carne se mancomunan en una operación panteísta, y a la vez sacramental.

Para Jouhandeau, el homosexual conjuga ciertas cualidades metafísicas con cierto

conocimiento oculto que garantiza y certifica que de la más abyecta maldad puede

-malgré Dieu- surgir una prístina luz. En definitiva, como en Lucifer, la

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homosexualidad –acaso siempre mefítica- consista en una radical rebeldía o separación,

o de una pura, pero a la vez pringosa –en lo que tiene de adherencia y de fijación-

autonomía.

En la homosexualidad compleja y culpable de este otro Marcel -sobre todo en el Marcel

de las crónicas y ficciones sobre su propia infancia enmascarada: La jeunesse de

Théophile (1921), Les Pincengrain (1924), Les Térébinthe (1926) y principalmente de

Prudence Hautechaume (1927), libro que impactó fuertemente en el joven Genet -, el

homosexual –y también el ladrón- tiene mucho del niño/a inocente y ávido (por

descubrir), que encarna a una maldad innata presente en toda curiosidad, en esa

curiosidad loca y exacerbada, ese pecado acaso no demasiado tipificado con la debida

precisión que, sin embargo, “merece el más alto escaño en los tembladerales del

Infierno”.

4. En su tratado más universal y recordado, De l’abyection (1939), publicado de manera

anónima, Jouhandeau nos da acaso la clave para entender su profusa y compleja obra,

cercana a los regionalismos de Jules Renard y de Jean Giono, pero con las aporías

letales de un Cioran.

Su abuela materna, en los días en que el niño Marcel se ponía demasiado travieso, solía

llamarlo con el nombre de Rabanath, apelativo de una deidad maligna que se esconde –

se sustrae “muy a propósito”- de todo juego con el fin de obtener, merced a ese

distanciado ocultamiento o simulada desaparición, una provechosa ganancia: “Hay

veces en que tengo la impresión de que vivo a ritmo lento, de que estoy al margen de la

vida, de que soy medio fantasma; de que quizá sea tan sólo una enfermedad lo que me

hace vivir ahora…que me hace vivir de golpe más que los demás. Entonces mis propios

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gestos, mis propias palabras, amedrentan a mi alma, que se retira y oculta tan en el

fondo de mí mismo que ya no la domestica nada”

El jovencito y el adulto Marcel simularán –como el demonio que entrevió la abuela- su

“participación” en “el juego” por el solo gusto de estudiarse a sí mismo y a los otros,

con el fin de mostrar el verdadero ser y los costados más elementales de cada uno: lo

más miserable y abyecto de sí mismos.

Si no es su propio yo –envalentonado y culpógeno- el que se expone, Jouhandeau

camufla su refinado egotismo en curiosos personajes – en muchos casos adolescentes-,

donde, a través de la mirada de los otros, intenta discernir –y confrontar-, siempre bajo

la luz áurea y policial de la fe, las razones de su deseo más auténtico y personal.

Algèbre des valeurs morales (1935), De l'abjection, (1939), Essai sur moi -même

(1947), Chronique d'une passion (1949), Éloge de la volupté (1951) y Du Pur Amour

(1970) constituyen el ciclo más deslumbrante de articulación entre yo, homosexualidad

y fe de todo el siglo XX. Hasta Pier Paolo Pasolini ha reconocido la lucidez y la hondura

de esta “obra”.

5. Bajo las embozadas parábolas sobre el Bien y el Mal que son, en definitiva, todas sus

obras, Marcel Jouhandeau -quien por más de treinta cinco años fue un desapercibido

profesor regular de latín en el liceo Saint-Jean di Passy- se ríe –acaso como sólo un

ironista feroz puede hacerlo- de la secreta constatación de que el deseo homosexual, que

indagó carnal y literariamente durante toda su vida, es un deseo que –ya vulgar o ya

sacro- siempre se reconoce como irredento.

Toda una vida –y más de doscientos volúmenes- le llevó a Marcel Jouhandeau

comprobar esta final constatación. “¿Acaso la voluptuosidad no es la ocasión más

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apropiada para un gran preocupación moral? ¿Acaso no es el precio con que pagamos

un riesgo eterno?”.-

Walter ROMERO

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