Abyección y subjetividad. El caso Marcel Jouhandeau.
1. Mago profano o escritor sacrílego, Marcel Jouhandeau (1888-1979) es uno de los
creadores más personales y polémicos de la literatura francesa. Su obra – admirada por
Proust y Benjamin- ha sido puesta en consideración en nuestros días no sólo por las
implicancias de un declarado y, a la sazón, refutado antisemitismo -junto con Robert
Brasillach y Pierre Drieu La Rochelle, Jouhandeau emprende el viaje a Weimar en
1941, a invitación de Goebbels, y escribe un infame panfleto bajo el título de El Peligro
Judío-, sino particularmente por las tensiones que su literatura habilita entre un ferviente
catolicismo místico y una atracción irrefrenable por los hombres, entendida sin más
como “ultraje a Dios”.
Decir que fue un escritor moderno es reconocer que su obra supo incrustar página tras
página -a través de novelas, nouvelles, cuentos, relatos, ensayos, memorias, diarios y
carnets-, un insólito sello autobiográfico –en verdad, nunca dejó de escribir sobre sí
mismo- que antecede, de manera fragante, la obra impar de Jean Genet.
Sólo un lector desprevenido alude al universo de robo-homosexualidad-abyección y
poesía como propio de Genet, dado que cada uno de esos términos constituyen, en
verdad, parte del universo y del programa de escritura de Jouhandeau, que tanto
Foucault como Sartre han sabido reconocer. Jouhandeau expresó que sentía orgullo de
haber sido el precursor de Genet, pero dejaba constancia que, de alguna manera, la
tríada de robo, el mal como santidad y la perversión relacionados con “la cuestión
homosexual” le pertenecían y eran, en verdad, su tema. Luego de conocerse en 1943,
Jean Genet le confesó a Jouhandeau que sus libros habían sido la inspiración tanto para
escribir Nuestra Señora de las Flores como Diario de un ladrón (Didier Eribon sostiene
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que este libro es una reescritura de De l’abjection de Jouhandeau en forma de
“autobiografía”)
Como en Marguerite Yourcenar, la escritura clásica y refinada de Jouhandeau (nacido
como Marcel Provence) –hecha de frases cortas y de un sostenido escandido- ha sido el
garante de temáticas que, abordando lo impúdico y hasta lo morboso con seca elegancia,
indaga en la irrefrenable voluntad con que surge lo desigual y lo “deforme” a contrapelo
de una teología e imaginación católicas.
Es en el seno mismo de su propia familia - y de algunos personajes estrafalarios
allegados a su circulo íntimo- de donde Jouhandeau escruta lo diferente y lo dispar en
la naturaleza humana; en sus primeros libros –mezcla de historia familiar y memoria
provinciana- asoma de manera incipiente el destilado de la perversión tal vez en su
forma más cercana: los vínculos familiares. De lo familiar a lo personal –o más bien en
la imbricación de lo personal y lo doméstico; allí donde se fragua el “yo” infantil que
empieza a reconocer el mundo incógnito de la realidad-, Jouhandeau extrajo de manera
progresiva, sin prisa pero sin pausa, lo que será la categoría central de toda su
producción: lo abyecto.
2. En Jouhandeau -como también en ese otro moralista lírico que fue André Gide-,
detrás de lo que se insinúa como una mera crónica –en particular de la región francesa
de Guéret, de donde es oriundo (conocida como Chaminadour en su ciclo “ficcional”)-,
se esconde no sólo un fabulador nato sino, principalmente, el entomólogo de un
“tormento personal” que, con el escudo de Dios en alto, se pregunta y cuestiona qué
hacer con el propio deseo. O, más precisamente, qué hacer con esa irrefrenable
atracción hacia los hombres cuando también “se ama a Dios”.
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Habiendo padecido una culpa extrema -y casi física- a causa de sus primeras incursiones
homosexuales, este otro gran Marcel de las letras francesas, quemó sus más “ardorosos
escritos” e intentó suicidarse en 1914, con el fin de anular su fascinación por el cuerpo
masculino, que sintió como discordante para con su personal -e igualmente intenso-
“amor al Creador”.
Catorce años después de este “episodio”, y como otra posibilidad de “ocultarse de su
deseo”, Marcel se casó a los cuarenta años, con la bailarina Elizabeth Toulemont,
conocida como “la cariátide Elisa” (Caryathis): estrambótico personaje conocido en los
libros de Marcel como Elise, que fue musa de Cocteau y de Max Jacob, y que supo
tener inusitada fama al inspirar y protagonizar el ballet “La bella excéntrica”, del
celebrado Erik Satie. Chroniques maritales (1938), Scènes de la vie conjugale (1948) y
los Journaliers, 1961 -1978, son densos volúmenes que dan cuentan de esa relación
tortuosa y signada por los equívocos de una relación de más de cuarenta años, hasta la
muerte de quien fuera la devota (¿o castradora?) esposa que intentó desviar a Marcel de
sus “caídas” -y recaídas- homosexuales.
Acaso la literatura haya sido para él una forma –una modalidad, diremos- de volcar de
manera mediada todo lo escabroso y afligido que anidaba en su “yo” que nunca se
reconoció como enteramente maduro, pero sí creyente desde su conversión al
catolicismo a los diecinueve años. Conversión que, finalmente, también puede ser
entendida como un genial artilugio para saborear, junto a los placeres de la carne, “el
gusto de una culpa capital capaz de hacer estremecer también el alma”
Esa fuerza por diferenciarse de los otros y asumir, de manera angustiosa, la
“singularización” de su deseo, se le volvió -como las pardas charcas de su terruño natal-
un imprevisto abrevadero personal de donde extrajo, una y otra vez, las experiencias de
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una intimidad deseante y abrumada, acaso radiante, pero a la vez untuosa como la
simiente, esa materia densa y luminosa, donde, sin embargo y justamente -dice
Jouhandeau-, Dios “refulge por doquier”.
3. En la homosexualidad, esa Catedral del deseo, Dios está tanto o más presente que
Satán, dirá Jouhandeau. En sus novelas y escritos, a manera de preconizada y añorada
intoxicación, el deseo homosexual toma tanto las formas del “pecado carnal” como “las
serenidades del éxtasis”, y tiene, a su vez, tanto de blasfemia y de efusión mortal como
de ceremonia sacra y pietosa. Jouhandeau llega a estas reconciliantes consideraciones
sólo al final de su larga vida, donde –como postula Rafael Conte- supo, ya “jubilado de
toda sexualidad”, ingresar en una “serenidad imperturbable” donde la homosexualidad
ya no era esa experiencia atrozmente incompatible con sus raíces cristianas. Para
Jouhandeau, el “ejercicio” espiritual y carnal de la homosexualidad asume, en partes
iguales, tanto los beneficios del más abnegado y confeso “sacrificio” religioso, como
también las más abyectas visiones de lo irrisorio. La homosexualidad es, en definitiva,
un convenido simulacro, un pautado ritual donde lo aberrante roza lo angelical; donde
Lucifer vuelve a ser, como antes de la “Caida”, el más amado, el más luminoso, el más
preciado y hermoso de los serafines: “Sólo la pasión, o bien el vicio, te arroja a la
misma indigencia que la santidad, y considero que sólo cuando el hombre se encuentra
hasta ese punto despojado de todo y de sí mismo está más cerca que nunca de la
gracia, es decir, de merecerla”
¿Serán acaso los homosexuales los verdaderos guardianes del Cielo? ¿Serán aquellos
justamente que, como Lucifer, arrojados –o auto arrojados- más bien del edén
heterosexual, encarnan la sabiduría, siendo tal vez los verdaderos “entendidos” de Dios?
¿O tienen acaso el mero poder de ángeles malos, de fuerzas aladas, cuya velocidad, es,
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de acuerdo con el Apocalipsis, del orden del relámpago? ¿O son acaso, sin más, un
ejército de ángeles soberbios –demasiado soberbios- que se rebelaron, queriendo ser
como dioses? ¿Fueron acaso, los homosexuales, parte de una corte celestial de la cual
fueron expulsados por haber probado del verdadero árbol del bien y del mal?
Jouhandeau arroja estas interrogaciones a manera de un sátiro procaz y desnudo que, sin
embargo, se sabe entera y fatalmente avergonzado: mientras con una mano excita sus
genitales -que muestra, pero a la vez oculta-, desde lo alto, deja caer, pesadamente y
sobre sí mismo, su otra mano, munida de un látigo que una y otra vez lo flagela y
fustiga.
Tal vez se trata, sin más, de honrar a un Dios que se ha mezclado demasiado con su
creación: el Dios de Jouhandeau está siempre “asociado a la alegría”, y no hay alegría
sin Dios, pero –lo sabemos, y, Jouhandeau lo sabe y, por ende, lo padece, lo sufre- la
alegría es siempre pagana.
Tal vez su literatura, de constantes cuestionamientos, intente decirnos mediante un yo
espantado -o satíricamente travestido-, que, sólo en la homosexualidad, Dios y Satán
van a la par. Como en el Libro de Job, Dios y Satán estarían volviendo a librar, ahora
sobre “el territorio homosexual”, y desde tiempos también inmemoriales, un sacro y
chusco duelo, que se rehabilita cada vez en cada pecador y en cada pecado (“¿Qué
pecador (no lamenta) que su pecado no sea universal?), expresión final donde Dios y
la carne se mancomunan en una operación panteísta, y a la vez sacramental.
Para Jouhandeau, el homosexual conjuga ciertas cualidades metafísicas con cierto
conocimiento oculto que garantiza y certifica que de la más abyecta maldad puede
-malgré Dieu- surgir una prístina luz. En definitiva, como en Lucifer, la
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homosexualidad –acaso siempre mefítica- consista en una radical rebeldía o separación,
o de una pura, pero a la vez pringosa –en lo que tiene de adherencia y de fijación-
autonomía.
En la homosexualidad compleja y culpable de este otro Marcel -sobre todo en el Marcel
de las crónicas y ficciones sobre su propia infancia enmascarada: La jeunesse de
Théophile (1921), Les Pincengrain (1924), Les Térébinthe (1926) y principalmente de
Prudence Hautechaume (1927), libro que impactó fuertemente en el joven Genet -, el
homosexual –y también el ladrón- tiene mucho del niño/a inocente y ávido (por
descubrir), que encarna a una maldad innata presente en toda curiosidad, en esa
curiosidad loca y exacerbada, ese pecado acaso no demasiado tipificado con la debida
precisión que, sin embargo, “merece el más alto escaño en los tembladerales del
Infierno”.
4. En su tratado más universal y recordado, De l’abyection (1939), publicado de manera
anónima, Jouhandeau nos da acaso la clave para entender su profusa y compleja obra,
cercana a los regionalismos de Jules Renard y de Jean Giono, pero con las aporías
letales de un Cioran.
Su abuela materna, en los días en que el niño Marcel se ponía demasiado travieso, solía
llamarlo con el nombre de Rabanath, apelativo de una deidad maligna que se esconde –
se sustrae “muy a propósito”- de todo juego con el fin de obtener, merced a ese
distanciado ocultamiento o simulada desaparición, una provechosa ganancia: “Hay
veces en que tengo la impresión de que vivo a ritmo lento, de que estoy al margen de la
vida, de que soy medio fantasma; de que quizá sea tan sólo una enfermedad lo que me
hace vivir ahora…que me hace vivir de golpe más que los demás. Entonces mis propios
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gestos, mis propias palabras, amedrentan a mi alma, que se retira y oculta tan en el
fondo de mí mismo que ya no la domestica nada”
El jovencito y el adulto Marcel simularán –como el demonio que entrevió la abuela- su
“participación” en “el juego” por el solo gusto de estudiarse a sí mismo y a los otros,
con el fin de mostrar el verdadero ser y los costados más elementales de cada uno: lo
más miserable y abyecto de sí mismos.
Si no es su propio yo –envalentonado y culpógeno- el que se expone, Jouhandeau
camufla su refinado egotismo en curiosos personajes – en muchos casos adolescentes-,
donde, a través de la mirada de los otros, intenta discernir –y confrontar-, siempre bajo
la luz áurea y policial de la fe, las razones de su deseo más auténtico y personal.
Algèbre des valeurs morales (1935), De l'abjection, (1939), Essai sur moi -même
(1947), Chronique d'une passion (1949), Éloge de la volupté (1951) y Du Pur Amour
(1970) constituyen el ciclo más deslumbrante de articulación entre yo, homosexualidad
y fe de todo el siglo XX. Hasta Pier Paolo Pasolini ha reconocido la lucidez y la hondura
de esta “obra”.
5. Bajo las embozadas parábolas sobre el Bien y el Mal que son, en definitiva, todas sus
obras, Marcel Jouhandeau -quien por más de treinta cinco años fue un desapercibido
profesor regular de latín en el liceo Saint-Jean di Passy- se ríe –acaso como sólo un
ironista feroz puede hacerlo- de la secreta constatación de que el deseo homosexual, que
indagó carnal y literariamente durante toda su vida, es un deseo que –ya vulgar o ya
sacro- siempre se reconoce como irredento.
Toda una vida –y más de doscientos volúmenes- le llevó a Marcel Jouhandeau
comprobar esta final constatación. “¿Acaso la voluptuosidad no es la ocasión más
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apropiada para un gran preocupación moral? ¿Acaso no es el precio con que pagamos
un riesgo eterno?”.-
Walter ROMERO