El fin de la economía.
¿Cómo seria una economía moderna sin la economía convencional?
“El realismo de una teoría depende del grado en que tales suposiciones se
adecuan a la realidad.”
Michel Perelman muestra en este libro un enfoque crítico y diferente a la
economía que en su mayoría defienden y siguen, la economía convencional. Y
no es hasta principios de siglo XIX en Estados Unidos cuando un grupo de
economistas seguidores de la industria ferroviaria, se atrevieron a cuestionar y
ver los grandes errores de contradicción que tiene esta teoría.
En 1893, un tercio de las compañías ferroviarias ya había caído. La teoría
económica convencional, proponía que habría que esperar una competición
para mantener a las compañías ferroviarias en una situación de saneamiento,
sin embargo los economistas se dieron cuanta de que la competición estaba
causando estragos en la industria.
A la viste de la experiencia con los ferrocarriles, los economistas llegaron a
temer los desordenados resultados de las fuerzas del mercado, y aunque éstos
comulgaban con los marxistas respecto a las deficiencias tanto del mercado
como de las teorías económicas convencionales del mercado, en general no
eran en absoluto de izquierda. Mantenían tales conclusiones considerando el
mercado desde la perspectiva de los negocios más que desde la del trabajo.
Estos economistas dieron entrada a los llamados truts, carteles o monopolios,
para protegerse de la competencia excesiva. Y es desde entonces que la
profesión económica sigue la tradición de los economistas ferrocarrileros. Los
mercados constituyen el modo más eficaz de organizar una sociedad,
olvidando las razones por las que hay que recelar a los mercados. Es por esto
que los líderes políticos y empresarios son los que más defienden a éste tipo
de economía
Una de las grandes contradicciones de la economía convencional es que
enseñe que cuando la competición es lo suficientemente dura, las empresas
tienen que fijar precios iguales al coste de producir otra unidad de producción.
Cuando se fijan los precios los precios de acuerdo con este criterio, se supone
que la economía produce un resultado óptimo; sin embargo esta teoría sólo
funciona cuando una industria tiene unos costes con pérdida muy baja. (En el
mundo en el que vivimos esto pasa en 1 de miles de millones de casos).
Perelman demuestra que esta teoría económica convencional carece de
sentido no sólo actualmente sino al ser aplicada a la industria ferroviaria, en la
cual tuvieron lugar enormes inversiones de capital fijo. Los economistas del
ferrocarril se dieron cuanta de que el fracaso para manejas las complicaciones
que suponen la teoría económica los costes con pérdida convertía a la
economía convencional en algo totalmente irreal para otras industrias. Por esta
razón rechazaron la idea principal de la economía convencional, que sostiene
que una competición encarnizada arroja resultados ideales.
La importancia de los economistas del ferrocarril reside en su desarrollo de
sólidas bases teóricas para rechazar la teoría convencional; lo que intenta el
autor es llamar la atención sobre ellos y rehabilitar esta tradición económica
largamente olvidada, y a su vez subrayar defectos importantes de la teoría
económica convencional.
John Maynard Keynes, que quizá ha sido el economista con mayor influencia
del siglo XX, llegó a conclusiones muy similares a las de los economistas del
ferrocarril, creía que el capitalismo podía trascender los defectos del mercado
al tiempo que podía evitar el desorden de una revolución. Junto con él, un
grupo de destacados empresarios de su época dieron a conocer el llamado
capitalismo del bienestar, un código autoimpuesto de comportamiento
empresarial público que se generalizó en la década de los veinte.
Los economistas del ferrocarril creían que la economía convencional era una
teoría restrictiva, relevante para un tipo especial de capitalismo: el de la
competición perfecta. Y es aquí cuando el autor sobrepone su criterio, llega a
hacer la similitud de un unicornio con esta propuesta, todos saben cómo se
supone que es, aunque nadie ha visto nunca a ninguno.
Otro punto de suma importancia es el que le da a la economía actualmente en
el poder. Personas del espectro político están en desacuerdo con violaciones
sustanciales a las reglas del mercado. Se supone implícitamente que si se
dejara el mercado solo, produciría un resultado a la vez más justo y eficiente, y
a su vez se percata que estos defensores de la sociedad de mercado tienen
una gran selectividad a sus llamadas reformas.
Y ya sean llamadas alas de izquierda o derecha liberales o conservadores al
final todas critican a los programas de gobierno pero ninguna admite que el
sistema capitalista requiere necesariamente de una considerable dosis de
control.
Estados Unidos desde hace tiempo, se ha caracterizado por negar
económicamente el tratado económico Laissez faire (que literalmente significa
dejad hacer, dejar pasar, el mundo va solo). Esta expresión se refería a dejar a
la economía libre, con la mínima intervención del gobierno en ella, sin
impuestos.
Después del éxito obtenido en la Primera Guerra Mundial, los estadounidenses
empezaron a confiar más en el gobierno para tomar las decisiones económicas
importantes. También el librar la Gran Depresión, así como (nuevamente) el
éxito en la Segunda Guerra Mundial, fueron claves para darse cuenta que la
libre competencia no era la mejor opción.
Una vez acabadas las dos grandes guerras, la economía volvió a tener
pérdidas, por lo que las creencias del libre mercado renacieron. Ronald Reagan
aparece y expande el pensamiento de libre mercado; aunque años después, se
expuso que el libre mercado no era tan maravilloso como prometían sus
precursores.
Clinton mantuvo la administración de su país como se la dejaron; fracaso
económicamente. (Este libro fue publicado cuando Clinton aún era presidente).
El sector empresarial buscó la forma de privatizar todo; incluso cárceles y
bibliotecas, cosa que fue marcando más las diferencias entre una clase y otra.
Unos se enriquecieron más, y otros se empobrecieron más.
La gente prefiere irse en contra de una empresa en particular, en vez de darse
cuenta que lo erróneo es la estructura del mercado. Es por eso que el libro
tiene como hipótesis el ver a la economía relacionada con el progreso humano,
teniendo la esperanza que se puedan desarrollar nuevas prácticas e
instituciones que dirijan la vida de diferente forma, más justa, más satisfactoria.
Las economías de mercado suelen salirse de control, cuando la competición
crece en demasía; es por eso que entra en vigor la crisis. Los conservadores
han tratado de analizar su propio mercado, el global. Los medios de difusión
masiva han puesto a los conservadores como triunfadores en los debates
político-económico, aunque bien sabido es que ellos manejan esos medios.
Keynes aseguraba que el tratado de Laissez Faire se terminaría por arte de
magia. Michael Perelman, en cambio, asegura que el pensamiento económico,
con la economía convencional a un lado, podría contribuir al desarrollo de una
sociedad que trascienda los problemas de una sociedad de mercado.
El autor revisa a lo largo del libro la historia económica de su país, revisando a
varios autores. Repasa la naturaleza de la economía convencional, y muestra
la razón por la cual la mayoría de los economistas actuales no son capaces de
reconocer, en base al defecto teórico de la economía convencional.
1. Antecedentes económicos
1.1 Origen de la separación economía-política
Antes de ser autónoma, la economía siempre iba acompañada de política.
Economía Política. A finales del Siglo XIX, varios académicos intentaron
desprender la política, dejando solo “economía”. Surgió esa nueva materia, a
secas. Marshall fue el líder.
La postura que más defendía Marshall, era quitarle el “política”, ya que
significaba los intereses políticos de una parte o partes de la nación, más que
de nación en conjunto. Mientras una buscaba la forma de obtener la mayor
producción en sus fincas, otra trataba de guiar a los líderes políticos en su toma
de decisiones. A partir del libro Economía de la industria, se le empezó a
conocer de esa forma.
1.2 Escuela de economistas
Los estudiantes reciben cátedra por parte de sus maestros, a base de las
herramientas teóricas explicadas en los libros de diversos autores. El alumnado
empieza a desertar y a frustrarse al ver la falta de realidad entre la actualidad,
las teorías y los libros.
Los que resisten, con el paso del tiempo van adquiriendo grandes
conocimientos de Matemáticas y estadística. Luego entran en contacto con las
instituciones e industrias.
Cuando se titulan tratan de descubrir o inventar una historia propia, una teoría
que convenza a los profesores que hacen de jurado. El problema de la mayoría
de estos jueces es que no aceptan teorías nuevas, ya que ellos son
conservadores; y en algunos casos pueden sentirse amenazados. Es por eso
que le que se titula debe ser precavido; deben contar una historia convencional
que no inquiete al tribunal.
Prueba de ello es una encuesta aplicada por investigadores, donde dan a
conocer que el 65% de los estudiantes “pretende ser inteligente en el sentido
de ser bueno para resolver problemas”. Luego, “destacar en Matemáticas.
Dejando en el fondo con un 10% “el conocimiento de la literatura económica”, y
con un 3% “tener un exhaustivo conocimiento de economía”
Los estudiantes se daban cuenta que la mejor manera de tener éxito, era ser
absorbidos por la economía convencional. El sistema les recompensaría. Al
final, quedaban transformados y por ello ya no querían desafiar las teorías de lo
establecido, lo ortodoxo. Durante el resto de su vida suelen ser profesionistas
conformistas.
1.3 Conservador, única forma de ser tomado en cuenta
Los economistas son –o se vuelven— conservadores por la educación que
reciben. No pueden proponer teorías, deben aceptarlas. El autor cita al Nobel
Stigler que asegura que estos conservadores “no pueden creer que un cambio
en la forma de la organización social eliminará los problemas económicos
básicos.”
En plenos años sesenta, la economía de izquierdas empezó a alcanzar
popularidad. Los economistas de esa rama habían encontrado la forma de
evitar crisis y depresiones. El problema de estos, fue que al no encontrar
empleo, el sector lucrativo (empresa privada) los absorbió y tuvieron que
adecuarse a la otra forma de pensar.
La mayoría de los profesores de las grandes universidades eran
conservadores. Al ellos ver el auge de ideas diferentes a estas, que
amenazaban sus intereses, colocaron un “laberinto conservador” con tanques
de ideas, seminarios y becas, de la misma rama ideológica. Las becas iban a
los mejores alumnos, y ellos al recibirlas, pasaban a tener la misma cabeza que
quienes les otorgaba la beca… una forma de defender el sistema, conservarlo.
“Pocos economistas se atreverían a explicar una historia que amenazara las de
la mayoría” esta frase revela el cómo los “grandes” economistas ya
acomodados, no permiten nuevas suposiciones. Las reglas del juego quedan
marcadas, y solo pueden decidir si aceptarlas o dedicarse a otra cosa.
El que sale airoso de los debates económicos es el que explica una historia con
un poco más de matemáticas detalladas o alguna innovadora técnica
estadística, pero en ningún momento se desvían del núcleo central. Los que no
aceptan la teoría convencional tienen pocas oportunidades de ser reconocidos,
de expandir sus ideas.
Debido a esa falta de reconocimiento por parte de los ortodoxos, ha habido
pocos y modestos movimientos revolucionarios. Según Perelman, Keynes fue
“probablemente quien más se acercó a una revolución económica”, ya que,
aunque fuera por tiempo corto, hizo a los conservadores modificar algunos
elementos de su forma de pensar.
Otra que intentó revolucionar la economía fue Thorstein Veblen. Este
estadounidense hijo de inmigrantes noruegos fue muy influenciado por Marx.
Su principal obra es La Teoría de la Clase Ociosa, evidentemente no era
devoto de la ortodoxia. Hoy en día se le estudia muy poco, y quien lo hace
queda desplazado profesionalmente.
2. Liquidez
La diferencia entre los bienes de inversión durables de larga vida, y los de corta
duración, es simplemente un grado. Las compañías tienen que invertir fondos
en la compra de bienes de inversión para pagar lo que pidieron prestado, y con
ello comprar el capital fijo. El capital fijo implica un riesgo. El Nobel Hicks, lo
defines así, “cuando un emprendedor invierte en capital fijo entrega rehenes al
futuro”
Muchos economistas aseguran que el capital fijo no tiene liquidez –capacidad
de los activos de convertirse en efectivo--. En momentos difíciles, la gente cree
que los objetos pueden valer más que el dinero, ya que este puede ser
devaluado. Es por eso que el oro o algún bien inmobiliario llegan a ser vistos
como reservas de valor más seguras.
Para liquidar un activo, se puede vender o que el tiempo lo convierta en dinero.
Los propietarios del capital durable solo lo venden en casos extremos, ya que
los bienes de inversión usados se venden rebajados, al igual que pasa en el
mercado electrodoméstico. Los bienes de inversión revendidos están sujetos a
las expectativas; si no se espera mucho de ellos, se paga poco.
Los teóricos actuales evitan el discurso de la cuestión de la acumulación de
capital fijo; en cambio hay otros que ligan este concepto con el progreso
económico. La teoría económica, siendo no muy realista, explica que los bienes
de inversión de larga vida no existen, o que de algún modo, puedan
desaparecer o transformarse.
3. Teoría Económica. Capital Fijo
3.1 Resistencia a invertir en capital fijo
Aunque invertir en capital fijo es algo inevitable, se sabe que es riesgoso
comprometer fondos a futuro sin tener la certeza de este. La información es
clave para invertir. Tener la información clara permite evaluar diferentes
inversiones posibles, y se puede escoger la que prometa mayores beneficios.
Pero la realidad revela que ningún inversor tiene la información precisa ni
completa. La competición implica un riesgo que debe tomarse en cuenta, ya
que la demanda ajena hace que los precios bajen, y la inversión no logra
obtener los beneficios para cubrir el coste original.
Las compañías saben los riesgos que implica la inversión en fondos de capital
fijo; es por eso que no invierten a menos que tengan expectativas de obtener
más beneficios de los que obtienen de forma segura, como los bonos del
gobierno. Estas empresas no están dispuestas a invertir en proyectos a menos
que esperen recuperar triplicada –o más— la cantidad de dinero prestado para
la inversión.
3.2 Irracionalidad y expansión de capital fijo
Aunque se sabe bien que la inversión va acompañada de riesgos, la gente no
detiene estos. Muchos se decepcionan al ver que sus inversiones no dan
frutos, y van acompañadas de grandes pérdidas de dinero. Sir Isaac Newton, al
perder en una inversión, declaró “puedo calcular los movimientos de los
cuerpos celestes, pero no la locura de la muchedumbre”.
Toda inversión es una especulación. Adam Smith, precursor de la teoría
económica moderna, aseguraba que “cualquier nueva rama del comercio
constituye una especulación. Los beneficios pueden ser elevados, pero en
ocasiones ocurre al revés, se fracasa”
Hay muchos inversores dispuestos a especular, a pesar de saber que los
índices de fracaso son altos. “La oportunidad de ganar es sobrevalorada más o
menos por todos los hombres y la de perder es infravalorada por la mayoría”,
es la forma en que Smith justifica que la mayoría de gente subestima su suerte.
3. El ferrocarril y el aumento del capital fijo
3.1 El aumento histórico del capital fijo
Con el tiempo el capital fijo pasó a ser un factor sustancialmente más
importante en la estructura de la producción. Podríamos muy bien considerar
que el rasgo esencial de los dos primeros siglos de la revolución industrial fue
una tendencia hacia una dependencia cada vez mayor de bienes de inversión
más especializados, los cuales tienen escasos usos alternativos.
La generalización de la tendencia a los bienes de inversión fijos y
especializados no fue un proceso constante. En vez de eso, la acumulación de
capital corría a raudales durante las etapas de prosperidad cuando el
entusiasmo era sostenido y decaía durante las recesiones cuando el
entusiasmo era escaso.
Según iban cambiando las condiciones y necesidades del país, los sectores de
inversión cambiaban. En los comienzos de la historia de Estados Unidos, ese
núcleo de industrias proporcionaba servicios de transporte, que eran decisivos
a causa de la gran expansión del país.
Primero fueron los canales y luego los ferrocarriles los que comenzaron a emitir
acciones en la década de 1830. Muchos inversores acogieron con agrado la
oportunidad de colocar su dinero en estas empresas. En estas compañías la
dirección estaba relativamente libre de cualquier interferencia por parte de los
inversores. Mientra los accionistas esperaran algún beneficio de sus activos, se
preocupaban muy poco de los asuntos diarios de la dirección.
La guerra civil en Estados Unidos es un momento decisivo en la evolución del
papel del capital fijo, ya que la estructura de la economía empezó a moverse a
causa de una aceleración dramática en la acumulación de capital. Como la
guerra agotó una enorme cantidad de mano de obra y los precios del grano
eran tan elevados, los agricultores realizaron importantes inversiones en
mecanismos para ahorrar trabajo.
Otro gran ejemplo de inversión a largo plazo se dio cuando a finales del siglo
xx, los ferrocarriles se convirtieron en la forma más importante de grandes
empresas. Como resultado de la intensidad de capital de la industria ferroviaria
fueron los costes marginales de transportas toneladas extras de carga eran
triviales en relación con los costes fijos medios por tonelada y milla. Con esta
estructura de costes, cabría imaginar una resistencia a invertir a la industria
ferroviaria que lo impregnaría todo.
Después de todo se vio un exceso de inversiones. Al parecer, el
establecimiento del ferrocarril hizo que muchos inversores fueran presas de un
entusiasmo histérico. Charles Francis, uno de los escritores más influyentes en
cuestiones ferroviarias, observo que tras la manía del ferrocarril de 1844 – el
libre intercambio en la industria ferroviaria fue entonces declarado un fracaso-.
Es decir los economistas no estaban preparados para enfrentarse con la
naturaleza del capital fijo.
Esto se demuestra en que los ferrocarriles ignoraban la depreciación de los
bienes de inversión fija por completo. Calculaban todos los recambios y
reparación como gastos actuales, suponiendo que el mantenimiento de los
activos por sí sólo mantendría los bienes de inversión de forma permanente; de
igual forma muchas compañías ferroviarias no reconocieron la necesidad de
apartar fondos para reemplazar los bienes de inversión depreciados en el
futuro o para cubrir los crecientes gastos de mantenimiento. En lugar de eso,
los contables trataban la compra de una locomotora como un coste global.
En resumen los inversionistas al principio estaban maravillados con lo poco que
les costaba mantener una locomotora, así como de las ganancias que le
generaba, sin embargo ya a largo plazo, el costo del mantenimiento de ésta
aumentaba considerablemente; las ganancias inesperadas llevaron a muchos a
la bancarrota. Algunas líneas adoptaron la depreciación basada en el coste,
pero en muchos casos la abandonaron al descubrir que sus provisiones de
depreciación eran poco apropiadas para sustituir sus activos fijos.
3.2 El reflejo retardado del capital fijo en la teoría económica
Como se ha mencionado, el efecto de la expansión en la escala de inversión
fue aumentar de forma sustancial la importancia de los costes fijos en las
economías avanzadas, y aunque cualquier teoría económica realista debería
tener en cuantos esos costes fijos, la teoría convencional de los precios es
incapaz de hacerlo.
Del mismo modo que los contables, también los primeros economistas
siguieron las normas del mundo de los comerciantes, los cuales no estaban
implicados en el proceso de producción y para los cuales el capital fijo era
relativamente poco importante.
La experiencia de los comerciantes inspiró gran parte de la primera teoría
económica. Henry Carrey fue uno de los primeros grandes economistas que
rompió con la concepción comercial de la economía; Al desarrollar sus teorías
proteccionistas, Carey mantenía que la erosión del valor debido a un aumento
en el valor de los activos fijos residía en el corazón del proceso capitalista.
Un punto sobresaliente de la teoría de Carey fue:
La industria estadounidense con sus elevados salarios no podía competir de
forma eficaz con el trabajo de bajos salarios vigente en el resto del mundo. Con
el tiempo, y con la suficiente protección, los métodos industriales mejorados
permitirían que los trabajadores de Estados Unidos compitieran de forma
ventajosa con el resto del mundo, a los cuales se aludía desdeñosamente
como trabajadores pobres.
Retomando el punto inicial de la teoría económica convencional, enseña que la
economía será relativamente estable porque los compradores y vendedores
responderán rápidamente a las acciones de los demás. A pesar de esta idea, la
teoría se vino abajo a causa de la negligencia del papel del capital fijo; al tener
en cuanta el capital fijo, - el resultado lógico de la idea de la “supervivencia de
los más aptos” fue el monopolio, aunque el análisis estadístico de la economía
clásica imaginaba un equilibrio atemporal de competición perfecta-.
Aunque la década de 1880 fue la más rápida en cuanto a crecimiento
económico en el período posterior a la guerra civil, medido en términos de
crecimiento per cápita de riqueza reproducible y tangible, volumen de ahorros,
fondos de inversión y crecimientos de los ingresos per cápita, la economía
estaba enloqueciendo. Muchos economistas importantes tuvieron dificultades
para mantener su devoción por los principios del mercado en época; y al mismo
tiempo estos empresarios destacados también se unieron al rechazo del
mercado.
Los que rompieron con la ortodoxia económica prevaleciente de Estados
Unidos desdeñaron la herencia de orientación comercial de la economía del
laissez faire como simple “teoría comercial”.
Hay bastantes economistas del siglo XIX que tomaron posiciones que eran
considerablemente más heréticas que las propuestas por Keynes durante los
años treinta. Una de ellas la de Hadley quien hace critica al llamado trust.
3.3 Keynes y el entusiasmo
Cuando las empresas dudan en invertir, unas se contagian a otras esta idea y
se colapsa la economía, ya que el dinero siempre debe estar en movimiento.
“Si una compañía observa que ninguna otra compañía ha invertido, infiere que
sus evaluaciones no han sido lo suficientemente favorables y ajusta su propia
evaluación a la baja. Cuando todas las compañías hacen lo mismo, quizá
decidan esperar”, señalaba Avanish Dixit.
Cuando varias empresas deciden no invertir, se sufre una depresión que
afecta a gran parte de la sociedad. Las cosas pueden empeorar hasta el punto
que alguien decide invertir, por mínimo que sea, y puede provocar un contagio
de optimismo que desencadene un auge.
John Maynard Keynes motivó al inversor en lo que el llamo el entusiasmo. Lo
explicó en su obra Teoría general del empleo, el interés y el dinero. “Al tomar
una decisión ante nosotros tenemos un amplio número de alternativas, ninguna
de las cuales es demostrablemente más racional que las demás… para no
fracasar optamos por echarnos atrás”
Keynes creía que de las decisiones para hacer algo benéfico, donde los
resultados se irían viendo a futuro, solo podían ser a raíz del entusiasmo. La
iniciativa de cada individuo será la mejor siempre y cuando el cálculo razonable
esté acompañado de entusiasmo; la idea del fracaso debía quedar de lado.
Keynes aseguraba que el progreso material del Siglo XX no habría podido
darse sin el estímulo ficticio de la acumulación de capital, fomentado por los
periodos de prosperidad. Y a pesar de no querer invertir en capital fijo, y de las
inversiones mal colocadas, la sociedad ha presenciado un aumento de capital
fijo, por las economías industriales avanzadas.
4. Hadley
4.1 La generalización del problema ferroviario
A finales del Siglo XIX, los economistas convencionales se ocupaban
teorizando acerca de la competición perfecta, mientras Adams afirmó que el
negocio ferroviario no era tan excepcional como parecía. Arther Twining
Hadley, que había sido presidente de la American Economic Association y más
tarde de la universidad de Yale, fue el primero en aplicar la experiencia de los
ferrocarriles a la economía en su obra Railroad Transportation.
Una empresa de ferrocarriles es diferente de muchas otras empresas, ya que
existe una pequeña inversión que solo puede ser utilizada para un propósito
específico, y no otro. Todo capital que se invierte para la empresa, se queda en
ella. No vale para ningún otro propósito.
Al ver el éxito de la industria ferroviaria en la inyección de capital fijo, muchas
industrias empezaron a imitarla. La teoría de Hadley podía ser demostrada por
toda la fabricación dada en el periodo previo a las grandes guerras. Fueron las
décadas donde la fabrica media en Estados Unidos creció más.
El papel del capital fijo, que no paraba de crecer, empezó a e tener
inestabilidad, al igual que en la industria del ferrocarril. Ellos debían mostrar
una estabilidad en el mercado o pensar en alternativas (soluciones) para este.
Hadley fue el primero en enfrentar esta disyuntiva. Iba por delante de su
tiempo, enfatizando el papel del capital fijo.
Las grandes inversiones en capital fijo invalidan las suposiciones de la
economía convencional. No fue hasta hace poco, con los llamados
“economistas modernos” de la “nueva economía institucional”, que intentaron
analizar el capital fijo. Hadley ya se había anticipado a ellos.
Él mencionaba dos grandes problemas en la empresa ferrocarrilera: Donde hay
mucho capital fijo, solo puede entrar despacio y retirarse del mismo modo. El
otro, la tarifa que se paga por entrar es mucho más que la que se paga por
salir. “La supervivencia de los más aptos solo es posible cuando los no aptos
pueden eliminarse físicamente, una cosa que no es posible en el caso de una
línea ferroviaria principal no apta.”
Los economistas convencionales orientados al comercio se preocupaban por
demostrar que el mercado era sinónimo de buenos resultados. Hadley pensaba
que si el capital fijo era amplio, la fijación de precios competitiva llevaba a la
ruina. No señalaba la creciente importancia del capital fijo.
Un periódico, el Commercial and Financial Chronicle, publicó: la competición al
regular los precios de los artículos manufacturados no es del todo bueno.
Cuando ya se ha invertido el dinero, no podrá ser retirado sin sufrir pérdidas. La
fijación del precios no era el único problema industrial. La falta de racionalidad
para el inversor significaba una amenaza económica.
Hadley supo que la irracionalidad perjudicaría a todas las industrias, además
de la ferroviaria. Una inversión permanente es muy especulativa, aunque los
inversores no la consideran. Es por eso que se acelera la tasa de formación del
capital fijo durante el auge, y este no hace nada para retirar el capital fijo
durante la depresión.
4.2 Problema trust
Este economista no aceptaba de ninguna manera la idea de libre competencia;
incluso llegó a llamar diabólico el tratado de laissez fare. De este tratado decía
que era el máximo esfuerzo por reducir la actividad del gobierno, y este debía
estar sujeto a todas las limitaciones que pueda permitirse la experiencia.
También puntualizó que la educación en las aulas fomentaba la competencia.
La ponen como parte fundamental de una vida sana económica. El individuo
común se maravilla con lo que la favorezca, y se horroriza con lo contrario. Al
igual que se cree que el valor de los diferentes bienes, tendrá a ser
proporcional al coste de producción; algo equivocado.
Los modelos en los estudios ferroviarios de Hadley no tenían similitud con los
propuestos por David Ricardo, eran modelos de competencia sin parecido. El
decía que la teoría de Ricardo fallaba porque, por debajo de producir ingresos
para la propia empresa, robaba operaciones a otra. Por lo tanto la lucha
continuaría hasta que una empresa se debilitara mucho, y fuera absorbida por
la otra.
Muchos economistas durante la Gran Depresión, optaron por el socialismo
como solución al mercado fallido. Hadley, en cambio, no veía papel para el
Estado. Solo creía en los trusts, los carteles y los monopolios. El aseguraba
que las sanciones privadas eran suficientes para evitar abusos del monopolio.
Pensaba que si el público se revelaba en contra de las empresas, estas
actuarían siempre a favor de este.
4.3 Ni socialismo ni mercado
Hadley, a pesar de ser conservador, estaba seguro que los materialistas
históricos estaban mucho más cerca de la verdad que los defensores del
laissez fare. Creía que los socialistas no se equivocaban al hablar de
incoherencia de la economía convencional de buscar la felicidad mundial, y el
acontecer industrial, ligado a la realidad.
Hadley llegó a ser considerado por economistas conservadores como “el más
peligroso de todos los economistas de Bourbon.”
5. Intermediarios financieros
Al capital fijo tomar tanta fuerza, las empresas se volvieron dependientes del
crédito para financiar sus inversiones. Estas inversiones debían ser avaladas
por los prestamistas. El mercado actual está plagado de prestatarios y
prestamistas, y ellos, muchas veces desconocen el destino de sus fondos.
Los agentes que se interponen entre el prestatario y el prestamista, es un
intermediario financiero. Los bancos son el ejemplo más común. Los
economistas han juzgado el papel de estos, cambiando de opinión con el paso
del tiempo. Observaban que los bancos prestaban a largo plazo, y tomaban
prestado a corto plazo.
La industria que sacaba provecho de los préstamos los daba en un periodo
máximo de treinta años. Los depositantes legalmente podían retirar sus fondos,
avisando unas semanas antes. En 1960 los intereses subieron, lo que hizo que
los depositantes retiraran en demasía su dinero. Lo que supuso para los
bancos una amenaza de impago.
Minsky, sostenía que los bancos, además de canalizar fondos, aceptaban
riesgos. La banca aceptaba, garantizaba que algunas de las partes era
solvente. Ahora se dice que los bancos son compañías que se especializan en
la evaluación del riesgo. La creación del crédito es la recopilación de
información transmitida a los ahorros de depositantes desinformados y difíciles
de evaluar.
6. La industria toma las riendas: el surgimiento del capitalismo del
bienestar
6.1 El capitalismo del bienestar
A principios de l siglo XX el público se impacientaba ante el arrogante
comportamiento de muchos empresarios. La gente exigía que el gobierno
tomara cartas en el asunto de los trusts.
En respuesta, hacia 1910-1917, muchos directivos corporativos se sintieron
obligados a defender que sus acciones eran en interés público. A fin de
aparecer más responsables ante la opinión publica, adoptaron una postura de
preocupación por una organización económica más racional que por los
rápidos beneficios. Propusieron la idea de que los miembros ilustrados de su
comunidad, más que los burócratas o los políticos, eran idealmente adecuados
para servir como contribuyentes desinteresados a la política social.
Algunos de los ideales del socialismo de guerra hallaron expresión en lo que
se dio en llamar capitalismo del bienestar, un movimiento basado en la premisa
de que los hombres de negocios que se centran en el interés público podían
conducir a la sociedad a un nivel general de prosperidad y justicia social. De
acuerdo con la moda de la época, el capitalismo del bienestar era algo más que
simple caridad. Se suponía que era una excelente proposición empresarial.
El apogeo del capitalismo del bienestar fue un período esperanzador. Muchos
obreros industriales y también nuevos tenedores de acciones ordinarias,
esperaban compartir las generosas recompensas que supuestamente traería el
capitalismo
El capitalismo del bienestar tiene antecedente importante. Indagados sobre sus
orígenes, podemos remotarnos, al menos, hasta los esfuerzos realizados a
principios del siglo pasado por Robert Owen. Efectivamente, aunque Owen
destinó mucho más que otros empresarios comparables a sus trabajadores,
sus asociados exigieron que recortara esos gastos a fin de conseguir mayor
dividendo. Con mayor conocimiento de causa, Owen rehusó hacerlo y continuó
disfrutando de saneados beneficios.
A pesar de los generosos sentimientos de los capitalistas del bienestar, la
mano de obra no era, desde luego el receptor del grueso del “bienestar” del
capitalismo del bienestar. La productividad aumentó tanto que la fabricación
acabó por necesitar menos mano de obra, aunque la reducción del flujo de
inmigrantes coincidió con un incremento de la demanda de bienes
manufacturados. Así pues, pese a las restricciones de la inmigración, los
salarios de los trabajadores no cualificados bajaron en un 8% en comparación
con el 3% de los trabajadores cualificados entre 1920 y 1929.
De hecho los beneficios aumentaron realmente a expensas de los salarios.
Además la clase media estaba creciendo. Finalmente, la introducción del
crédito al consumo permitió a la gente comprar por adelantado. No obstante, la
capacidad de producir dejó atrás con crecer esos aumentos de la demanda,
sentando las bases para la Gran Depresión.
Los ricos acomodados podían ignorar con facilidad la violencia contra las
minorías y los grupos disidentes. Para ellos, el capitalismo del bienestar
parecía haberse convertido verdaderamente en el capitalismo del pueblo.
El eclipse de Morgan y el declive temporal del capital financiero
Irónicamente, aunque los bancos cargaron con gran parte de la culpa popular
por la Gran Depresión, el poder del capital financiero era relativamente bajo en
el período que culminó con la crisis. El que llevaba la delantera durante la
década de 1920 era, más el capital financiero que el capital industrial.
Antes de la Primera Guerra Mundial, la influencia del capital financiero era
considerable en Estados Unidos. Pues en esa época, era una nación deudora,
con una fuerte dependencia de los acreedores europeos. Varios factores
condujeron al debilitamiento temporal de los poderes del capital financiero.
Los europeos confiaban en los banqueros de inversiones como Morgan para
evaluar sus inversiones en Estados Unidos. Estos banqueros de inversiones
sabían que su reputación dependía de su habilidad para encontrar valores
sólidos para sus clientes. Morgan ayudó a establecer una mística de
perspicacia financiera rehusando a vender al público en general, restringiendo
su lista de clientes dentro de Estados Unidos a un grupo selecto de
instituciones financieras, como las compañías de seguros. Al final de la guerra,
el regio mundo de las finanzas antes presidido por J.P. Morgan, se convirtió en
una reliquia del pasado.