BUSCANDO UNA IDENTIDAD.
BREVE HISTORIA DE LA CIENCIA
POLÍTICA EN AMÉRICA LATINA
FERNANDO BARRIENTOS DEL MONTE
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La innovación fundamental introducida por la filosofía
de la praxis en la ciencia de la política y de la historia
es la demostración de que no existe una "naturaleza humana"
abstracta, fija e inmutable (concepto que deriva del pensamiento
religioso y de la trascendencia), sino que la naturaleza
humana es el conjunto de relaciones sociales históricamente
determinadas, es decir, un hecho histórico verificable,
dentro de ciertos límites, con los métodos de la filología
y de la crítica. Por lo tanto, la ciencia política debe ser
concebida en su contenido concreto (y también
en su formulación lógica) como un organismo en desarrollo.
Antonio Gramsci, Note sul Machiavelli, sulla política
e sullo Stato moderno [1949]
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Presentación
El presente opúsculo es resultado de una serie de reflexiones sobre
el estado de la ciencia política en América Latina, que empecé a redac
tar a manera de ensayo desde 2009 mientras llevaba a cabo una estan
cia de investigación en el Ibero-Amerikanische Institut (iai) en Ber
lín. Entre 2012 y 2013, gracias a recursos del Programa de
Mejoramiento del Profesorado (Promep) de la Secretaría de Educa
ción Pública en México, pude profundizar en el tema, revisar más bi
bliografía al respecto y ampliar las reflexiones como parte de mis ac
tividades de investigación en la Universidad de Guanajuato. Como el
subtítulo lo señala, es una “breve historia”; por tanto, pretende ser una
guía para avanzar en el futuro hacia una exhaustiva historia de la dis
ciplina en América Latina, para lo cual se requiere el concurso de la
colectividad de los politólogos de la región antes que un esfuerzo indi
vidual. A lo largo de estos años he tenido la oportunidad de discutir
varios de los argumentos aquí presentados en diversos seminarios,
congresos y coloquios con los maestros que me han formado –no sólo
en las aulas sino leyendo sus propios trabajos– y con colegas de otras
universidades de México, Argentina, Colombia, Brasil, Perú, España
e Italia. Algunos de los avances de este libro son: “La institucionali
zación de la ciencia política en América Latina”, en Francisco Reve
les (coord.), La ciencia política en México hoy: ¿qué sabemos? (Mé
xico, Plaza y Valdés, 2012); “La ciencia política en América Latina”,
Convergencia. Revista de Ciencias Sociales (vol. 20, núm.61, 2013).
Así como breves artículos en blogs en internet y diversas ponencias,
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entre ellas: “La ciencia política en América Latina. Apuntes para una
historia (estructural e intelectual) de la disciplina en la región”, Semi
nario de Investigación del Área de Ciencia Política y Administración
de la Universidad de Salamanca (05/11/2009); y “La ciencia política:
¿una ciencia incomprendida?”, Seminario Internacional. El estudio
de la Ciencia Política como disciplina académica desde una perspec
tiva comparada. ipsa-comicip, Ciudad de México (7/11/2013). Todos
fueron avances de este texto gracias a los cuales recibí muchas obser
vaciones y críticas, varias me ayudaron a corregir mis errores y quizá
otras –reconozco– no las tomé en cuenta a pesar de ser necesarias. Es
difícil mencionarlos a todos, pero agradezco a quienes en diversos
momentos han leído, discutido y criticado mis avances y publicacio
nes al respecto, en especial a los profesores Héctor Zamitiz Gamboa,
Víctor Alarcón Olguín, Francisco Reveles Vázquez, Manuel Alcánta
ra Sáez y Gianfranco Pasquino. Finalmente, agradezco profundamen
te a Tania E. Reyes, quien me ha apoyado para que este y otros pro
yectos salgan a la luz.
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Prólogo
La ciencia política es una de las disciplinas más jóvenes presentes
en el actual mundo universitario latinoamericano y ello es así porque
su desarrollo está vinculado al de la expansión de la democracia tras
la noche autoritaria que trajo consigo muerte, represión y exilio, así
como a la potenciación de líneas de investigación y a una oferta aca
démica especializada. Estos dos aspectos que definen el marco estruc
tural están, a su vez, estrechamente vinculados a cierta bonanza eco
nómica en términos de lo que clásicamente se identificó como
modernización y a la subsiguiente asignación de fondos presupuesta
rios. Este escenario se concita en América Latina paulatinamente a
partir de 1980 y se acentúa enormemente en la última década. Por
consiguiente, se podría decir que la disciplina, aun con una presencia
desigual en la región, tiene una presencia de un cuarto de siglo.
La disciplina ha tenido que definir perfectamente sus límites con
otras que tradicionalmente han ocupado parcelas del espacio de la
ciencia política. El derecho, sobre todo, y en segundo lugar la filoso
fía, sin dejar de lado la historia, han sido esos espacios de competen
cia. A diferencia de otras regiones, la sociología rivalizó en menor
medida por su debilidad asolada por el autoritarismo rampante de las
décadas de 1960 y de 1970. El reto de la ciencia política, por consi
guiente, ha sido generar un espacio propio, intentando dar sentido y
contenido al quehacer de muchas personas que se mueven en el mar
co de una disciplina tan reciente.
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Este libro aborda un escenario como es el presente, en el que el pa
sado desempeña un papel relevante. Fernando Barrientos, con una só
lida formación, cuajada a ambos lados del Atlántico, plantea un fruc
tífero diálogo entre la disciplina que lentamente va floreciendo en los
distintos países de América Latina con las tradiciones más asentadas de
Europa y Estados Unidos. Su perspectiva ecléctica en la metodología
de la historia de la ciencia le lleva a ahondar en los cimientos que tími
damente se van asentando en la década de 1950, en la maraña que
construye el marxismo y una posición ciertamente reactiva al empi
rismo y a la cuantificación de lo político.
Fernando Barrientos concibe que el elemento fundamental dife
renciador de una ciencia política latinoamericana homologable lo
constituye el estudio empírico de la política, privilegiando, aunque no
de manera exclusiva, procedimientos científicos en su andadura. Le
jos de caer en los casos nacionales, que siempre han sido más sobre
salientes y predominantes –Brasil, Argentina y México–, el autor tie
ne el suficiente sentido común de abrir el escenario de su preocupación
a otros países como Panamá, Venezuela, Perú, Uruguay, Chile, Co
lombia, Cuba, Guatemala y Costa Rica. Ianni, Nun, Flores Olea, Ka
plan, entre otros, son los epígonos de una generación de frontera que
abrirán el paso a una nueva prole de politólogos que se van a ensillar
en el legado de las transiciones a la democracia quedando atrás el im
pacto de la teoría de la dependencia como una forma latinoamericana
de entender el mundo o lo que el autor denomina como el periodo so
ciológico de la disciplina. Los textos de esos padres fundadores son
relevados y sopesados a la hora de construir una tradición. Y ello es
necesario porque toda comunidad epistémica requiere de un espectro
fundacional; no es necesario que el mismo adquiera una connotación
mítica, pero sí debe configurar un horizonte de obligada referencia.
La ubicación “latinoamericana” de la nueva comunidad requiere
de señas de identidad propias que aúnen no sólo la especificidad te
mática, sino la realidad particular nacional, como se recoge en el tra
bajo de 1965 de Peralta Pizarro. La introducción de la preocupación
por las técnicas será luego sólo una cuestión de tiempo y de adquirir
destrezas. Es el lento desenganche de América Latina como una parte de
los area studies –fundamentalmente en las universidades norteameri
canas– para configurar un asunto propio lo que señalará la existencia
de una vida autónoma y sin tutelas. Al entrar el siglo xxi, el señuelo
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de un acicate externo, como será la invitación para encontrarse la co
munidad politológica no sólo de la región sino que estudia la región
en Salamanca (España), será la evidencia de lo innecesario de una tu
tela externa, pues la misma anda sola.
El nuevo marco suponía la asunción de retos que cabían hacerse
esperar. Dejando de lado las fracturas evidenciadas hace más de trein
ta años por Gabriel Almond en términos ideológicos y metodológicos
como insalvables, hay aspectos particularmente sensibles y que están
muy vinculados con otros muy similares suscitados en otras experien
cias relacionadas con el desarrollo de la ciencia política al configurar
un universo de nuevos actores –los(as) politólogos(as)– con nuevas
demandas y aspiraciones –las propias de los países de América Lati
na. La calidad de la disciplina y su dimensión práctica son dos retos
que deben confrontarse sin excesiva demora.
Existe una indudable exigencia a la hora de plantear inexcusable
mente la calidad de la disciplina. Se trata, sin duda, de una querencia
ambiciosa porque de entrada resulta complicado definir qué es “cali
dad” en la ciencia política. Posiblemente haya que limitarse a seguir
los estándares internacionales aplicados a diferentes actividades. Pero
además, la referencia a la “calidad de la disciplina” concierne a dos
ámbitos clásicos en los que se mueve el mundo universitario y que
tienen que ver con la investigación y con la docencia, y un ámbito in
termedio que es el de la producción científica que sirve a una y a otra
y que se articula en publicaciones periódicas. En el terreno de la in
vestigación y en el de la proyección de sus resultados se ayuda a con
seguir calidad obligando a incorporar procesos de evaluación doble
ciego en los procesos de concesión de ayudas a los proyectos, así
como en las revistas, colecciones de libros, etc., donde se publicitan
los resultados de la investigación y que quieran tener el marchamo de
“científicas”, es decir, no de opinión o de mero reportaje descriptivo-
informativo. En el terreno de la docencia se ayuda a alcanzar calidad
participando en la acreditación de diferentes programas de distinto nivel
(licenciatura, máster, curso de especialización, doctorado). La finali
dad es muy simple, se trata de evitar que las universidades impartan
cursos de ciencia política por docentes no homologados o incluso que
extiendan certificados de programas que se digan de ciencia política
que sean impartidos por profesionales de otras áreas de conocimiento.
Si como este libro aboga una y otra vez, ciencia política es lo que ha
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cen los que la practican, los politólogos deben establecer los estánda
res adecuados de calidad, definir los conceptos, precisar los términos.
La comunidad politológica debe comprometerse e intervenir también
dando el visto bueno a supuestos informes de investigación, que nor
malmente aparecen en los medios de comunicación social sin un con
trol técnico adecuado, como sucede, por ejemplo, en el mundo de las
encuestas. La comunidad debe asociarse para animarse a entrar en la
certificación de este tipo de prácticas.
En segundo lugar, debe promocionarse el estudio de la política
vinculando el mismo con una sociedad civil más activa, informada y
crítica. La presencia de la disciplina a la hora de organizar talleres con
formadores o con comunicadores, pero también con líderes vecinales
o de distintos movimientos sociales es esencial. Se trata de breves es
pacios, fundamentalmente informativos, sobre aspectos que a veces
tienen una naturaleza técnica algo compleja o que requieren una ex
plicación en un contexto comparado. La generación de materiales on
line que puedan estar a disposición de toda persona interesada es tam
bién otro mecanismo de actuación. Todo ello es un reto para salir de la
academia y generar empatía con distintos sectores sociales ávidos de
este tipo de formación y de información. Paralelamente, la ciencia po
lítica no debe permanecer callada ante la existencia de conflictos polí
ticos de particular gravedad o ante la apertura de procesos de reforma
política profunda. Si bien éste es un asunto muy delicado porque pue
de suponer “la politización” de la ciencia política, lo cual aboca a un
escenario de crisis, confrontación y de posible fractura, pero no es
menos cierto de que caer en el escenario de convertirse en una disci
plina que habla para cualquiera menos para el mundo de la política es
un escenario igualmente dramático. Ello requiere de un esfuerzo a la
hora de definir muy claramente la senda procesal que rija el cronogra
ma, la temática y el formato de los dictámenes. Si se hace bien, posi
ciona ineluctablemente a la ciencia política ante la sociedad, así como
frente a la clase política, y le confiere un gran prestigio moral y profe
sional.
El libro que el lector tiene entre sus manos ofrece una documenta
da y a veces erudita reflexión sobre el devenir de una disciplina aún
joven, ya autónoma, pero que requiere tomarse en serio, en la línea en
que se manifestaba Walter Lippman hace más de noventa años para el
mundo norteamericano. Hoy el panorama universitario e investigador
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latinoamericano, plenamente integrado en el contexto internacional,
evidencia la existencia de un panorama alentador, preñado por una in
dudable pasión que rendirá frutos no sólo para el consumo regional,
sino para contribuir a la expansión y riqueza de la disciplina a nivel
mundial. Una comunidad epistémica que ha dejado de estar aislada,
que intenta alejarse del inevitable parroquianismo inicial, que se
asienta en la práctica totalidad de los países de la región, y que poco a
poco sale de las ciudades capitales para penetrar en el tejido provin
cial y estadual.
Manuel Alcántara Sáez
Universidad de Salamanca
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I
Introducción
“La política –señala Sartori (1979)– es el ‘hacer’ del hombre que,
más que ningún otro, afecta e involucra a todos”. A tan sucinta y a la
vez amplia enunciación, que sirve de punto de partida para compren
derla, habría que agregar que la política es también la materia de aná
lisis que más ha interesado por siglos a filósofos, historiadores, inte
lectuales y hombres de ciencia de las más diversas disciplinas del
conocimiento. Y parafraseando al historiador romano Cayo Salustio
Crispo, debiera considerarse igual la gloria que acompaña a quien es
tudia la política como aquellos que virtuosamente la practican “por
que sus palabras han de estar al nivel de los acontecimientos” (Conju
ración de Catilina, iii, 2). Así como en la praxis política hay hombres
de diversas calidades, lo mismo sucede en el ámbito de su estudio.
Del análisis de la política se han ocupado pensadores de las más di
versas áreas del conocimiento humano, desde pensadores antiguos
como Platón, Aristóteles y Cicerón, teólogos como san Agustín, poe
tas como Dante Alighieri, y numerosos juristas como Hans Kelsen y
Carl Schmitt, etc., por ello ninguna disciplina podría adjudicársela
como su materia exclusiva. Pero el estudio empírico de la política que
privilegia, mas no de forma exclusiva, procedimientos científicos sí
es propio de la ciencia política de nuestro tiempo. Hoy pocos pon
drían en duda que el estudio del poder político y los fenómenos socia
les que lo rodean es la base de esta disciplina científica, sea en su
acepción amplia o estricta (Duverger, 1978, p. 519).
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La ciencia política que hoy se conoce no es la misma que se prac
ticaba en el siglo xviii y hasta la primera mitad del xx, de corte “insti
tucionalista”, más cercana a las disciplinas del derecho y la sociología,
pero si es heredera directa de las diversas tradiciones de estudios que
nacieron de la conjunción de varias disciplinas que aún hoy conoce
mos como “ciencias políticas”. Salvo en las universidades estadouni
denses, a principios del siglo xx en el resto del mundo habían pocas
facultades de ciencias políticas (Dahl, 1996, p. 85); la ciencia políti
ca, como tal, era apenas una materia de estudio hundida entre otras
tantas en muchísimas universidades. No sorprendería lo que Giovanni
Sartori (1997, p. 95) veía en Italia, por ejemplo:
Desde que era estudiante me sorprendió que en Italia tuviéramos facul
tades de Ciencias Políticas en las que, en la práctica, no había un estudio
dedicado exclusivamente a la política, en nuestras facultades había dere
cho, un poco de historia, un poco de economía, estadística, geografía, fi
losofía, pero no existía ninguna asignatura que permitiese a los estudian
tes entender la política.
La ciencia política, al singular, como ciencia autónoma surgió en
la segunda posguerra, y con mayor precisión, en Estados Unidos de
América, sin por ello ser necesariamente una ciencia estadounidense,
pues fueron en gran medida científicos sociales europeos, inicialmente
en su mayoría alemanes, quienes habiendo migrado a dicho país,
aprovecharon las capacidades institucionales y las corrientes científi
cas de aquellos años para sentar las bases de la disciplina que hoy co
nocemos. En América Latina la ciencia política –en la misma acep
ción, al singular– apareció débilmente en la misma época y sólo en
algunos países; pasados unos años inició un proceso de consolidación
que en las décadas de los sesenta y setentas del siglo xx fue truncado
en varios países de la región por la aparición de los nuevos autorita
rismos que llevaron al cierre de universidades y centros de investiga
ción. Sólo con el retorno de la democracia a finales del siglo xx la
ciencia política en América Latina reinició un profundo proceso de
consolidación que la ha llevado a ser, ya en el siglo xxi, una de las
ciencias sociales con mayor auge, no obstante con desigualdades en
tre los países de la región.
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Ahora bien, como señaló Gabriel A. Almond (1990), “la ciencia
política ha prosperado materialmente, pero no es una profesión feliz”.
Ello se debe sobre todo a su fragmentación interna, entre diversas me
todologías y teorías; entre cientificistas y antiprofesionistas, etc. Di
cho malestar, que no es nuevo en la disciplina, ha generado en los úti
mos años un fructífero debate, sobre todo en Estados Unidos, sobre su
presente y futuro permitiendo al mismo tiempo observar una ciencia
viva y cada vez más consolidada. Este debate ideológico-metodológi
co en el interior de la ciencia política gira precisamente en torno a su
cientificidad. Por un lado, se ha puesto en entredicho su futuro argu
mentando que ésta “es un gigante con pies de barro” (Sartori, 2004);
y por otro, se ha dicho que la ciencia política no es “todavía una cien
cia”, que debiera olvidarse de los clásicos y emular a la economía y
los modelos explicativos de otras ciencias duras como la física (J. Co
lomer, R. Taagepera, A. Przeworski y otros). Ambas posturas podrían
pasar inadvertidas e intrascendentes, no obstante, tienen efectos en la
disciplina como profesión. En realidad este debate no es insólito, pues dis
cusiones similares se generaron desde sus inicios, y sobre todo, en el
contexto del nacimiento del “conductismo”. Lo que sí parece nuevo
son los dilemas que se han generado sobre su futuro: existe una área
con tendencia a dominar la ciencia política –la línea dura donde están
los cientificistas puros– que impulsa investigaciones con “camisas de
fuerza” metodológicas, tratando de renunciar no sólo a los clásicos
del pensamiento, sino también a crear grandes teorías. ¿Qué tan “nue
va” es esta posición? ¿Cuáles son los problemas que genera dentro de
la disciplina?
En América Latina dicha discusión ha sido incipiente y en ciertos
casos visceral, y ello como consecuencia de varios factores, entre los
que destacan la fuerte presencia de la tradición del estudio de la polí
tica desde la perspectiva jurídico-normativa y sociológica, la tardía
asimilación de estándares metodológicos de análisis empírico, así
como también la falta de estructuras (universidades y centros de in
vestigación) dedicadas al desarrollo de la disciplina. Pero quizá la infe
licidad de la ciencia política está en que todavía no logra convencer
que puede ser una ciencia aplicable, salvo algunas de sus subdiscipli
nas como en las políticas públicas; sobre todo porque en su recorrido
por lograr su autonomía frente a disciplinas como el derecho, la eco
nomía y la sociología, y en su afán de cientificidad se alejó de su pro
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pio objeto de estudio: la política. Para algunos esto ha significado un
empobrecimiento de su capacidad explicativa, pero para otros era una
ruta necesaria para su consolidación. Sin embargo, tal alejamiento no
es nuevo ni propio del estado actual de la disciplina. Ya en 1975, en la
presentación de la Revista Latinoamericana de Ciencias Políticas pu
blicada en Chile, se leía “la política ignora la ciencia política, y ésta, a
su vez, no se preocupa por la política” (Godoy, 1975, p. 5, cit. por
Werz, 1995, p. 135), y para 1995 un sociólogo señalaba que no debía
sorprender que “llamemos filosofía política o ciencia política a un sa
ber que desprecia y casi desconoce los intereses y necesidades de los
políticos” (Escalante, 1995, p. 11).
Pero los libros de consejos políticos, biografías de grandes políti
cos u otras obras similares no son producto de la ciencia política, sino
de la praxis política. Como señaló Herman Heller, constituyen otro
tipo de conocimiento: “La política práctica constituye un arte; más
precisamente por serlo, no resulta comunicable, no es materia docente
ni discente (sic), y ha de estimarse como capacidad innata, no transmi
sible, ni sujeta a racionalizaciones” (Heller, 1933, p. 24). Manuel Al
cántara (2012, p. 232) coincide con el argumento al analizar la “cali
dad” de los políticos, quienes deben contar con diversas cualidades e
ideales tales como valores, honradez y sentido de la igualdad, pero és
tos son elementos “que no se aprenden [sino que] son inherentes a la
persona”. Esta separación entre quienes ejercen la política y quienes la es
tudian es lo que David M. Ricci identificaba como “la tragedia de la
ciencia política” al señalar que desde hace décadas cuando los teóricos
políticos frente a la política, de una manera científica, muestran situa
ciones y hechos que contradicen las expectativas democráticas, y
cuando los mismos eruditos tratan de justificar esas expectativas, sus
argumentos morales tienen poco peso profesional (Ricci, 1984, pp. 21
y ss.)
La revisión de los debates que en los últimos años han envuelto el
desarrollo de la disciplina nos lleva a una serie de cuestionamientos
circunscritos a la realidad latinoamericana tales como: ¿de dónde ve
nimos intelectualmente los politólogos latinoamericanos?; ¿en qué se
parece y en qué se diferencia la ciencia política de hoy de aquella de
principios del siglo xx en América Latina?; ¿por qué en algunos paí
ses de la región prácticamente no existe la disciplina y en otros sí?;
¿por qué los politólogos se ven a veces eclipsados por estudiosos de
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otras disciplinas, principalmente del derecho y la sociología?; ¿en
dónde y cómo se hace ciencia política hoy?; ¿por qué el fatalismo en
torno a la disciplina precisamente cuando ésta ha logrado la autono
mía de otras?; comparativamente ¿cuál es el estado actual de la cien
cia política latinoamericana?, entre otras preguntas.
La reflexión sobre la política en América Latina tiene una larga
data, como la historia misma de la región. Pero como sucedió en Eu
ropa Occidental y Estados Unidos, el estudio científico de la política
es relativamente reciente, pues durante siglos su estudio estuvo domi
nado por la filosofía y la teoría políticas, la historia de las doctrinas
políticas y el derecho constitucional. A finales del siglo xix y prin
cipios del xx se empieza a consolidar, en consonancia con la filosofía
positivista y el nacimiento de la sociología –que también ha tratado
de dominarla–, la ciencia política –en su acepción más restringida–
centrada en el análisis empírico de la política. Desde sus inicios, la
ciencia política ha padecido dilemas que van desde su propia denomi
nación y autonomía respecto de otras ciencias sociales, enfrentando
problemas en torno a cuáles debían ser su objeto y su método (Heller,
1933, p. 6). La misma palabra “ciencia”, en la política ocupa una po
sición incómoda como un saber que reclaman para sí las ciencias na
turales. Además, la ciencia puede adquirir diversas connotaciones
–aunque no siempre correctas–, como también las tiene la política, de
allí que el debate, la controversia y la indefinición son inherentes a la
misma disciplina. Hasta hace algunos años no solamente no existía
consenso entre los científicos sociales alrededor de la idea de política,
sino que tampoco lo había respecto a la denominación de la materia.
De la sociología, el derecho, la economía y la historia se importaron
teorías, conceptos y metodologías de las cuales emergieron varios enfo
ques que enriquecieron a la disciplina, pero al mismo tiempo dificul
taron su autonomía. Como señaló hace varios años Francis J. Sorauf
(1967, p. 34): “La ciencia política se ha dedicado inveteradamente a
tomar prestado”; gran parte de su historia y desarrollo es un relato de
selección de ideas y técnicas procedentes de otras ciencias sociales,
pero también de integración de lo viejo y lo nuevo, y de readaptación
de antiguas tradiciones. Las divergencias en torno a su naturaleza em
pezaron a despejarse en los primeros años después de la Segunda
Guerra Mundial con la difusión de las tendencias intelectuales que
desde finales del siglo xix pugnaban por dejar atrás la impronta del
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formalismo (Orren y Skowronek, 1999, p. 378) buscando una ciencia
especializada que con su propio lenguaje lograra producir relevantes
descripciones e interpretaciones empíricas.
Ello tuvo mayor impulso con la aparición de la corriente conduc
tista en los años cincuenta, marcando un antes y un después entre la
“vieja ciencia política”, como era entendida hasta entonces, y la “nueva
ciencia política”, la cual habla de “variables” dependientes e indepen
dientes así como de “causas” o de “temáticas”, que descubre “unifor
midades” y “correlaciones”, pero también “leyes” y “generalizacio
nes”, y que recurre a “perspectivas de análisis” y a “teorías de alcance
medio” en lugar de “sistemas científicos” o “conceptos” o “criterios”
que traten de definir la esencia de los fenómenos estudiados (Sola,
1996, pp. 13-17). Según Giorgio Sola (1996, p. 19), dos obras repre
sentan este paso entre la vieja y nueva ciencia política: Power and So-
ciety (1950), de H. Lasswell y A. Kaplan, y The Political System
(1953), de David Easton; el primero cerrando la época de la politolo
gía clásica a partir de una sistematización del patrimonio conceptual
producido desde Aristóteles hasta la Segunda Guerra Mundial, mien
tras que el segundo “abre” la época de la politología contemporánea a
partir de una crítica de los estudios politológicos que desde el siglo
xix se habían desarrollado en Europa y en Estados Unidos y agrega
las consideraciones que el estudio de los fenómenos políticos debería
tener. Así, la (nueva) ciencia política –a nivel internacional– logró
consolidarse, pero al mismo tiempo generó en su interior una incómo
da fragmentación (Almond, 1990) que, empero, no ha dificultado es
cribir su breve historia.
La inserción de la ciencia política en América Latina vino de la
mano de los juristas, como en casi todo el mundo, pero en lugar de
obtener cierta autonomía con el pasar de los años, fue colonizada por
otras perspectivas y metodologías, del derecho mismo y luego de la
sociología, principalmente del estructural funcionalismo y las co
rrientes marxistas. La disciplina en la región no sólo ha estado some
tida a los dilemas que enfrentan las ciencias sociales, también quienes
la practicaron sufrieron, primero, la falta de estructuras para la investi
gación –facultades, escuelas, institutos, recursos– que incentivaran su
desarrollo, y posteriormente, entre las décadas de 1960 y 1970, du
rante las dictaduras, el cierre de las escuelas, la persecución y el exi
lio. Existe una fuerte relación entre el desarrollo de la ciencia política
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y la democracia, como señaló Huntington (1992, p. 132): “Donde la
democracia es fuerte la ciencia política también lo es; donde la demo
cracia es débil la ciencia política es débil”. Empero, en algunos países
la situación fue diferente y, paradójicamente, el autoritarismo, como
en Brasil y México, promovió condiciones que favorecieron su desen
volvimiento. Ya en el contexto de los procesos de democratización en
los años ochenta del siglo xx se observa la intensificación del creci
miento de la disciplina empujado por el interés de comprensión de las
democratizaciones en la región y los cambios económicos y sociales de
otros contextos internacionales. Tales procesos impulsaron la crea
ción y aumento de nuevas escuelas y facultades de ciencias políticas,
programas de licenciatura y posgrado, fundación de revistas especia
lizadas y consecuentemente, aunque en menor medida, la institución
de asociaciones de politólogos.
Existen pocos análisis globales sobre la ciencia política en Améri
ca Latina, y los existentes prácticamente se han abocado a analizar en
periodos muy reducidos, más que nada, las agendas de investigación,
centrándose sobre todo en los últimos años y en realidades nacionales
en específico. La ausencia de análisis que abarquen periodos más am
plios y a toda la región se explica: a) por su débil presencia, mientras
en algunos países la disciplina se empezó a cultivar desde finales del
siglo xix, en unos no fue sino hasta finales del siglo xx y en otros has
ta la primera década del siglo xxi; b) las divergencias entre países,
pues en algunos las estructuras de docencia e investigación se desa
rrollaron y perduraron, en otros, a pesar de existir interés en la disci
plina, no existían los recursos ni los incentivos para crearlas, y c) por
la difícil identificación de la autonomía disciplinaria, ya que todavía
antes de la década de 1980 era difícil identificar estudios propiamente
politológicos.
Dividido en ocho apartados –más un apéndice–, en este opúsculo
se desarrolla una historia breve de la ciencia política en América La
tina bajo el argumento de que su desenvolvimiento en la región ha es
tado determinada por dos factores que se entrelazan: por un lado las
tradiciones de pensamiento latinoamericano e influencias intelectua
les mundiales, y por otro, las condiciones estructurales. Utilizando
una perspectiva ecléctica de la metodología de la historia de la cien
cia, se compara su evolución identificando tres periodos: uno que tra
ta de observar la tradición y la influencia de los estudios jurídico-ins
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titucionales; un segundo periodo en el cual se observa un fuerte
influjo de la sociología y, finalmente, el actual periodo donde confluyen
una pluralidad de perspectivas y en el cual se afirma la disciplina pro
piamente politológica. En cada uno de estos periodos se hace una su
cinta revisión de (i) las condiciones del contexto político y social que
impulsaban o truncaban el desarrollo de las ciencias políticas y (ii) de
las corrientes intelectuales dominantes en dichos periodos. Posterior
mente se hace una revisión del estado actual de la institucionalización
de la disciplina individualizando por país las condiciones estructura
les (escuelas y facultades), los programas de estudio a nivel licencia
tura y posgrado, las revistas dedicadas a la disciplina y las asociacio
nes existentes. Finalmente, se hace un balance de la discusión del
estado del arte de la ciencia política contemporánea señalando los di
lemas que presenta la fragmentación de las corrientes internas, pero
sobre todo la división entre hardliners, es decir, aquellos que promue
ven una ciencia política “dura” que privilegia ciertas metodologías
como la recopilación de datos y el análisis estadístico por sobre otras
perspectivas, y los softliners, quienes están abiertos al pluralismo me
todológico y que privilegian los métodos cualitativos, la conceptuali
zación y teorización por encima del mero uso de datos y estadísticas.
El libro cierra con una “radiografía” sobre cómo ven algunos politó
logos latinoamericanos la misma disciplina y su desenvolvimiento a
principios del siglo xxi.
La hipótesis que sirve como línea argumentativa es que el desarro
llo de la ciencia política en América Latina es derivado de un lento
proceso de comprenderla en sentido amplio (ciencias políticas) a
concebirla en sentido estricto (ciencia política), marcado por dos ten
dencias que se entrelazan: una que trata de desarrollar una ciencia po
lítica a la par de las tendencias intelectuales estadounidenses y euro
peas, y otra que aspira desarrollar una ciencia política latinoamericana
centrada en su propia dinámica y tradiciones intelectuales.
24
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II
Historiar la ciencia política
A principios de la década de 1970, Octavio Ianni, uno de los más
reputados intelectuales brasileños, a propósito de una amplia re
flexión sobre las ciencias sociales en América Latina, escribía:
Si es verdad que existe reciprocidad entre pensamiento científico y con
figuraciones sociales de vida, este principio es especialmente válido para
las ciencias sociales. En particular es verdadero para la sociología, la
economía política y la ciencia política. Sea cuanto a problemática o
como referencia a la visión del mundo subyacente en las contribuciones
de tales disciplinas, en este o cualquier otro país, es obvio que existe
siempre cierta correspondencia entre pensamiento sociológico, por
ejemplo, y las condiciones de existencia social (Ianni, 1971, p. 7).
De forma similar señalaba Pío García, para quien “las ciencias so
ciales –en cuanto disciplinas que se definen un objeto de estudio, un
marco teórico y un método propios– reflejan las condiciones históri
cas en que surgen, se constituyen y desarrollan” (García, 1975, p. 49).
Para muchos no pasaría inadvertido que tales afirmaciones tienen ori
gen en la perspectiva marxista vigente en aquellos años (la relación
entre estructura, como fuerzas y relaciones de producción, y la super-
estructura, como formas de pensamiento y organización), amplia
mente compartida por varios otros intelectuales, pero ciertamente in
equívocas y vigentes aún si se quiere entender el desenvolvimiento de
las ciencias sociales en la región. Siguiendo a Ianni (1971, pp. 85 y ss.),
25
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una cuestión central de las ciencias sociales es su dinámica con la his
toria; dependiendo la perspectiva teórica en que se colocan los cientí
ficos sociales, es la manera en la cual se les presentan e interpretan las
transformaciones de la sociedad, ya sea que el interés esté en la esta
bilidad o el cambio, el diálogo con la historia es siempre necesario. Es
decir, aun cuando el científico social esté totalmente identificado con
el presente, la historia siempre es una coordenada básica de sus re
flexiones.
De acuerdo con Thomas S. Kuhn (1974), al hacer historia de una
ciencia se puede optar por llevar a cabo una historia interna, analizan
do los manuales, libros y revistas, teniendo un amplio dominio sobre
ella y de las tradiciones que preceden a los descubrimientos y análisis
contemporáneos. Implica observar el desarrollo de la sucesión de los pa
radigmas dominantes (Kuhn, 1962) o la competencia entre ellos (Láka
tos, 1970). La otra vía es la historia externa, situando los desarrollos
científicos en el contexto sociocultural. En la ciencia política se ha se
optado regularmente por la historia interna y menos por vías externas
o eclécticas. La ciencia política en América Latina ha forjado su pro
pia historia adaptándose en la medida de lo posible –o a su modo– a
los cambios, avances y retrocesos de la misma en el ámbito mundial.
¿Cómo observar dicho proceso? Somit y Tanenhaus (1964) indican
que las características de una disciplina consolidada se pueden identi
ficar en: a) una cierta posición mental de sus miembros, manifestada
en un consenso sobre métodos y objetivos y en la satisfacción deriva
da de identificarse con ella; b) una organización formal en el ámbito de
la enseñanza, de las asociaciones y de las publicaciones, y c) una ga
lería compartida de grandes hombres.
A lo largo de este ensayo se trata de seguir una vía eclética; por
ello, más que un texto acabado, son apuntes para una historia intelec
tual (o interna) y estructural (externa) de la disciplina en la región,
son notas dentro de lo que se puede considerar “sociología de la cien
cia política” en la región. Siguiendo a Octavio Ianni, antes citado, po
demos decir inicialmente que se puede pensar la disciplina a partir de
dos ejes: a) que ésta refleja el estado de la sociedad en la que se desa
rrolla (factor exógeno), y que b) la historia –así sea todavía breve– de
la ciencia política en América Latina refleja la postura que asume ante
su presente y sus contemporáneos (factor endógeno).
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Para proceder con el análisis histórico de la ciencia política lati
noamericana, se propone analizar sintéticamente su proceso de insti
tucionalización y desarrollo intelectual diferenciando tres periodos
(gráfica 1) en los cuales se identifican las corrientes dominantes en el
estudio de la política: i) jurídico-institucionalista –tradicional o forma
lista–; ii) sociológica –estructural funcionalista y marxismo–, y iii) plu
ralista o politológica, en sentido estricto.
Gráfica 1. Periodización de la ciencia política en América Latina
Concepción Amplio Estricto
de la disciplina
Periodizacion Jurídico-Institucional Sociológico Politológicopluralista
de la Ciencia
Política
Democracia
Ciclo político
en América
Latina
Autoritarismo
←1950 ←1960 ↔ 1970 → 1980→
No se deben entender las corrientes dominantes identificadas en
estos periodos como las únicas. En cada uno de estos periodos convi
ven otras corrientes o escuelas de origen europeo o estadounidense,
como el estructural-funcionalismo al inicio y el conductismo des
pués; así como en la actualidad no se puede afirmar que el paradigma
pluralista sea el único, pues hay otras tendencias como el rational
choice, el llamado neoinstitucionalismo en sus diversas corrientes, el
análisis estadístico, así como las perspectivas histórico-sociológicas.
No es fácil señalar un momento fundacional de la ciencia política
latinoamericana –en sentido estricto–, pero desde que ésta empezó a
diseminarse por los centros de estudio y universidades de la región,
principalmente a partir del fin de la Segunda Guerra Mundial, ha
compartido los dilemas y cuestionamientos que dentro de ella se han
presentado a nivel mundial, pero con tres características singulares:
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I. A nivel estructural, un grado de institucionalización desigual.
Los criterios de institucionalización de la disciplina a lo largo del
tiempo se pueden observar a partir de tres factores: i) institutos y fa
cultades dedicados a la docencia e investigación; ii) el otorgamiento
de títulos de pregrado (licenciatura) y grado (maestría y doctorado);
iii) asociaciones o gremios de politólogos –y en su caso, número de
asociados–; iv) revistas especializadas, y v) congresos relativos a la
disciplina y su periodicidad. Mientras en algunos países la ciencia po
lítica tuvo espacios específicos –escuelas, institutos o facultades uni
versitarias– ya desde los años cincuenta para acoger a una comunidad
dedicada a ésta –como inicialmente en México, luego en Brasil, Chi
le, Argentina y Uruguay–, en casi todos los demás, con ciertas excep
ciones, fue hasta los años ochenta.
II. En el plano intelectual, dos tendencias que se superponían o se
combinaban: una que implicaba absorber las influencias externas, es
decir, las teorías y corrientes de pensamiento, modas intelectuales y
metodologías que se desarrollaban en las universidades y centros de
investigación europeos y estadounidenses; y otra que se dedicaba a
crear escuelas internas o de pensamiento propio argumentando que
dadas las características tan diferentes de las problemáticas en Améri
ca Latina, las teorías desarrolladas en otras realidades para analizar
los fenómenos políticos poco o nada ayudaban a la comprensión de la
realidad política regional.
III. En el ámbito de la profesión, los politólogos en América Lati
na han tenido, por lo general, tres vías de desarrollo: una académica
(docencia e investigación), otra en el servicio público (nacional e in
ternacional) y una más en los medios de comunicación. Dependiendo
de cada país, los procesos político-sociales del momento han afectado el
desempeño en la disciplina de diversas maneras; su magro desarrollo,
en comparación con Estados Unidos, principalmente, muestra que
ante las carencias económicas que restringen las posibilidades de in
vestigación muchos politólogos latinoamericanos optan por desem
peñarse en las diversas áreas de la administración pública, pero con
poca relación con el desarrollo de la disciplina misma. Muchos más
se mantienen en la academia, pero buscan el impacto de sus opiniones
en los medios de comunicación dónde tienden a ser más valorados y
obtienen mayores recursos por dicha actividad.
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Historiar la ciencia política tiene ciertas dificultades tanto teóricas
como metodológicas e incluso didácticas. Un elemento que para algu
nos parecería trivial pero que es indicativo de la forma en como se
concibe la disciplina, es su propia denominación, que implica conteni
do y especificidad: ¿“ciencia política” o “ciencias políticas”? La pri
mera alude a una ciencia autónoma, mientras que la segunda alude a
un conjunto de disciplinas asociadas al estudio de fenómenos sociales
que comparten una característica común, como el estudio del poder y
el Estado. La expresión “ciencia política” tiene un origen marcada
mente anglosajón (political science), así como gobierno (govern-
ment), ambas expresiones aparecieron tardíamente en América Lati
na. Mientras que la expresión “ciencias políticas”, la cual era usual (y
aún es) en las universidades de Europa continental (por ejemplo, en
Francia, Italia, Alemania y España), fue adoptada en casi todas las
universidades latinoamericanas donde se introducían cátedras ad hoc.
La misma disciplina, así como su(s) objeto(s) de estudio, “obliga”
a un ordenamiento del tiempo, así que la periodización, como instru
mento de comprensión, es inescapable (Bagú, 1980, 10). Tratar de
abarcar el desarrollo de una disciplina en un largo periodo en varios
países que tienen una historia particular es un reto que requiere am
plios recursos y tiempo, además de que tiende a ser una labor colecti
va. Por otro lado, existe el problema de la periodización (cfr. Kaplan,
1980), que implica seleccionar periodos en relación con la estabilidad
de procesos, y los cortes temporales en relación con los cambios:
¿cuándo se inicia o se empieza a hablar de ciencia política?; ¿desde la
creación de escuelas dedicadas a la disciplina o a partir de la publica
ción de una obra “fundacional”?; ¿cómo identificar los periodos?;
¿cuándo inicia uno y termina otro? También, y en relación con los as
pectos internos de la disciplina, se presentan varias líneas y dilemas:
¿qué teorías seleccionar?; ¿cuáles y cuántos autores?; ¿cómo distin
guir trabajos estrictamente politológicos de aquellos que no lo son?
Dado que este trabajo ensayístico es una empresa individual, tratar de
hacer la historia de la disciplina en la región implicó hacer una selec
ción y organización de hechos –en cierta forma– deliberadas (como
señalan en su caso Somit y Tanenhaus, 1988, p. 8), pero manteniendo
el objetivo de introducir la problemática entre los estudiosos del tema.
El interés en los últimos años por la historia de la disciplina es no
torio por la aparición de obras en las cuales algunos de los padres fun
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dadores de la ciencia política moderna y otros autores hacen una revi
sión profunda a partir de sus experiencias personales: European
Comparative Politics, The Story of a Profession (Hans Daadler,
1997), Passion Craft and Method in Comparative Politics (Munck y
Snyder, 2007) y Maestri della Scienza Politica (Campus y Pasquino,
2006). Si estamos de acuerdo en que la ciencia política la definen
quienes la practican (Stoker, 1997, p. 19), la importancia de dichos
textos radica en que repasan, en voz de los fundadores, el estado del
arte y las perspectivas a futuro. Una obra que merece atención por su
amplitud y erudición es la Storia della Scienza Politica de Giorgio
Sola (1996), quien recorre el devenir de la disciplina internamente
mediante los diversos paradigmas que han prevalecido en su relativa
corta vida entendida como ciencia empírica. El interés en hacer una
retrospectiva de la ciencia política está, como señala Morlino (2000),
impulsado en parte por el fin de un siglo y el inicio de otro que obliga
a la reflexión sobre el hacer, pero también por la necesaria pregunta:
¿dónde estamos y hacia dónde vamos?
Las reflexiones sobre la ciencia política en la región han tenido
como punto de partida, implícita o explícitamente, una concepción
amplia o estricta de la misma. Como ha señalado Norberto Bobbio, la
ciencia política en sentido amplio “denota cualquier estudio de los fe
nómenos y las estructuras políticas conducido con sistematicidad y ri
gor apoyado en un amplio y agudo examen de los hechos expuestos
con argumentos racionales” (1981, pp. 254-255), de allí que para al
gunos abarque todas las formas de pensamiento político desde la Anti
güedad hasta nuestros días –filosofía, historia de las ideas, sociología,
derecho constitucional, etc. Mientras que en sentido estricto:
Y por tanto, más técnico en cuanto cubre un área bastante bien delimita
da de estudios especializados y en parte institucionalizados, con cultores
vinculados entre sí que se reconocen como “cientistas políticos”, indica
una orientación de los estudios que se propone aplicar al análisis del fe
nómeno político la metodología de las ciencias empíricas (sobre todo la
que resulta de la elaboración y la codificación efectuada por la filosofía
neopositivista) […] Cuando hoy se habla de desarrollo de la ciencia po
lítica se hace referencia a las tentativas orientadas, con mayor o menor
éxito, pero que intentan obtener una gradual acumulación de resultados,
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a promover el estudio de la política hasta alcanzar el nivel de ciencia em
pírica (rigurosamente entendida) (Bobbio, 1981, p. 255).
Esta última acepción coincide con la idea de ciencia política domi
nante en la actualidad, que se circunscribe propiamente a una concep
ción de análisis empírico de los fenómenos políticos con el apoyo de
diversas técnicas de análisis y más recientemente con diversos y
avanzados programas estadísticos, de análisis cuantitativos y cuali
tativos en computadoras. Para lo cual –siguiendo a Bobbio (1985,
p. 45)– se deben satisfacer tres condiciones: a) el principio de verifi
cación como criterio de aceptabilidad de sus resultados; b) el uso de
técnicas de la razón que permitan ofrecer una explicación causal en
sentido fuerte e incluso débil del fenómeno analizado, y c) la absten
ción de juicios de valor, es decir, la “avaloratividad”.
En sí misma, la ciencia política se enfrenta constantemente a di
versos problemas dado(s) su(s) objeto(s) de estudio: el poder, los sis
temas políticos, los regímenes y formas de gobierno, el Estado, etc.
Sobresalen, por un lado el problema de la periodización que, además
de lo que ya se señaló arriba, busca crear límites hipotéticos identifi
cando cierta homogeneidad estructural compuesta de ciertos elemen
tos que subsisten y sobresalen en un lapso determinado (presente),
pero que al mismo tiempo están sometidos a otras dos presiones: el
pasado, es decir, los elementos heredados, el peso de la tradición y las
corrientes de diversa naturaleza (lenguaje, conceptualización, formas
de pensamiento, etc.). Tales límites pueden ser estáticos o dinámicos,
pero deben mantener un espacio para los cambios o mutaciones. Por
otro lado, la objetividad científica y la neutralidad valorativa, ambas
constantemente perseguibles en las ciencias sociales, pero mientras la
primera es deseable, la segunda, como garantía de la objetividad, en
la ciencia política es la más difícil de alcanzar (Bobbio, 1970, p. 440)
o prácticamente imposible (Kaplan, 1980, p. 19). De allí que cual
quier valoración del desarrollo de la disciplina no está exenta de ses
gos ideológicos –propios de la disciplina–, pero también metodológi
cos –en este caso, de la periodización.
En todas las sociedades la reflexión sobre la política es tan antigua
como sus instituciones, conflictos y procesos (Bulcourf y D’Alessandro,
2003). En América Latina, a finales del siglo xviii y principios del
xix, sobre todo a partir de las reformas borbónicas en España, se de
31
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sarrolla una ola de reflexión sobre la organización política de la re
gión que, orientada por las ideas del liberalismo europeo buscaba,
más que un mero análisis de la realidad, impacta el proceso de crea
ción o fundación de los nuevos Estados nacionales en un contexto de
alta incertidumbre. Sin embargo, todavía en los años sesenta José
Nun señalaba “Desde hace tiempo oímos decir –y decimos– que la
ciencia política no existe en América Latina” (Nun, 1967, p. 235).
Pero ello no porque no interesara la política como objeto de estudio,
pues incluso antes de los procesos de independencia viene siendo una
preocupación fundamental de los intelectuales latinoamericanos.
Las corrientes intelectuales y filosóficas de la Ilustración del siglo
xviii y principios del xix, en el contexto de un fructífero intercambio
de ideas, fueron factores que impulsaron las revoluciones de indepen
dencia en prácticamente todos los territorios, en ese entonces, bajo el
dominio luso-español. La mayoría de las ideas revolucionarias eran
liberales e individualistas, derivadas –como señala Simón Collier
(2012, p. 179)– “de la tradición enciclopedista, con su énfasis racio
nal en un orden natural universal y su confianza en que se podrían en
contrar las reglas infalibles para la conducción de la sociedad”. La si
tuación de la guerra por el dominio en las colonias inglesas a finales
del siglo xviii fue un contexto que activó las mentes más curiosas po
lítica e intelectualmente hablando para comprender más allá de los
acontecimientos y preveer los posibles escenarios que se avecinaban.
Bien vale la cita de Castillo Ledón (1948, p. 119) en su clásica biogra
fía de Miguel Hidalgo y Costilla sobre lo que los diplomáticos france
ses veían desde la Nueva España:
La revolución de Estados Unidos no es otra cosa que la preparación a
otras mayores que seguirán en América. Si las colonias de Norte Améri
ca se independizan y conservan su unión, nuestras posesiones en América,
así como las de otras naciones europeas, pronto caerán.
Los precusores intelectuales de la independencia veían también
estas causas “externas”, pero veían mejor las causas internas. La ma
yoría de lo que hoy llamaríamos “analistas políticos”, en las colonias
españolas principalmente eran en su mayoría clérigos, muchos de ori
gen jesuita, que se habían preparado en su juventud en las “nuevas”
doctrinas filosóficas y “en las ideas de Patria y Libertad” (Castillo,
32
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1948, pp. 119-120). Las ideas impulsoras venían de Francia, de Ingla
terra y de otras partes más, aunque después se reinterpretaran local
mente. La Península Ibérica fue el vehículo de dichas ideas por medio
de las traducciones de “escritores de segunda categoría”, sobre todo
juristas teóricos o prácticos (Chevalier, 1999, p. 373). Durante la ter
cera década del siglo xix muchos exiliados hispanoamericanos en Es
tados Unidos, en específico en Filadelfia, tales como el mexicano fray
Servando Teresa de Mier, el peruano Manuel de Lorenzo Vidaurre y
el cubano Félix Varela, tuvieron una influencia decisiva en las ideas
republicanas en el contexto de contrucción de las nuevas naciones
(Rojas, 2009, p. 107 y passim). Los países de habla española en Amé
rica Latina vivieron ritmos casi pararelos a los de España en decenios
posteriores a las revoluciones de independencia. Se puede identificar
el tradicionalismo de los conservadores por un lado, y aunque no te
nían un pensamiento coherente, estructurado y original después de
desaparecida la legitimidad de las monarquías, pudieron permanecer
gracias a la influencia de la Iglesia católica que denunciaba a la mo
dernidad como desestructuradora de las jerarquías y, por tanto, opues
ta al liberalismo. No sucedió lo mismo en Brasil, donde el conserva
durismo fue más adaptable e inteligente que en otras partes, tanto en
lo económico como en lo político, al evitar el enfrentamiento con los
liberales, como sí sucedía en el área de lengua española (Chevalier,
1999, p. 376). Por el otro lado están evidentemente los seguidores del
liberalismo, que a diferencia de sus contrapartes, profesaban ideas
bien definidas provenientes de la Ilustración y la Revolución france
sa. Vinculado a las sociabilidades igualitarias nacidas en las socieda
des de pensamiento libre y en las logias masónicas, reivindicaban a
los individuos, la libertad e igualdad del ciudadano y el fundamento
de la legitimidad del Estado en la “voluntad general” y en la sobera
nía del pueblo proclamada en las Cortes de Cádiz (Chevalier, 1999, p.
381). El liberalismo tuvo diversas “variantes”, pues los puntos de vis
ta, las perspectivas y las apreciaciones cambian con el tiempo y los
acontecimientos. Se identifica el utilitarismo, pues en la región –se
gún J. Cruz Costa (cit. por Chevalier, 1999, p. 388)– el pensamiento
se inclinaba poco a la filosofía especulativa, y de ordinario se orienta
ba a lo utilitario, práctico y concreto, por consiguiente a la acción: en
esta corriente se identifican a los pensadores brasileños, a los argenti
nos Juan Bautista Alberdi y Domingo F. Sarmiento, a Andrés Bello en
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Venezuela, a J. Cecilio del Valle en Centroamérica, y como la encar
nación más ejemplar en el mexicano José María Luis Mora. Según
Octavio Paz, la conciencia moral moderna de la Francia de la Ilustra
ción no apareció en España ni en sus dominios en América, pues
mientras, en Europa la Modernidad fue una conciencia, una interiori
dad, antes que ser una política y una acción. De allí que el racionalis
mo hispanoamericano no fue un exámen de conciencia, sino una ideo
logía adquirida (Paz, 1994, p. 51). El federalismo, por ejemplo, fue el
modelo de ingeniería política que se extendió en América Latina es
timulado por el pensamiento que se oponía a las herencias centraliza
doras de las antiguas metrópolis (España y Portugal); evidentemente,
la importación de este modelo no significó que tuviera los mismos
efectos en todos los países de la región (Camargo, 1993, p. 301), ge
nerando incluso la frustración de aquellos que la impulsaron (Rojas,
2009, p. 334). Más tarde apareció el indigenismo, relacionado con la
actitud de los liberales hacia los indígenas, y el agrarismo, una co
rriente que se aliaba a menudo con la anterior. A las grandes corrien
tes de pensamiento filosófico primero, y luego el surgimiento de la so
ciología con Augusto Comte y la influencia del positivismo, e incluso
el marxismo ya entrado el siglo xx, se ubicaban aquellos a quienes les
interesaba la política, pero siempre con una perspectiva que poco dis
tinguía entre teoría y práctica, entre ideas e ideología. Y no podía ser
de otra manera, pues la ciencia en América Latina era una forma de
conocimiento que no sólo debía permear las mentes más ilustradas
sino a la misma sociedad.
Empero, la amplia reflexión sobre la política latinoamericana du
rante el siglo xix, si bien creó y afirmó ciertas corrientes intelectuales
(liberalismos y conservadurismos, y posteriormente el positivismo
hasta inicios del siglo xx), pocas escuelas y corrientes intelectuales
afirmaron una ciencia política –en sentido amplio– al grado que era
difícil diferenciar entre estudios propiamente politológicos de es
tudios o reflexiones que eran una combinación de análisis sociológico
y jurídico y casi siempre con un objetivo intelectual militante. Quizá
esa diferenciación es necesaria, porque un intelectual no necesaria
mente es un politólogo y viceversa. Si bien la política no es objeto de
estudio exclusivo de la ciencia política, no necesariamente todo estu
dio sobre la política pertenece al ámbito científico de su estudio. No
obstante, y aún cuando la ciencia política empezó a consolidarse en
34
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algunos países, casi siempre mantuvo un perfil muy bajo en el contex
to y debates nacionales.
La amplitud que puede abarcar la reflexión política en la región es
tan vasta que no sorprende el cuestionamiento de José Nun: “¿Cómo
se explica esta situación en una América Latina en que hasta las me
sas de café se postulan como cátedras de ciencia política?” (1965, p.
288). Con menos sorpresa, Dieter Nohlen señala que persiste la difi
cultad de “diferenciar bien entre estudios políticos realizados por aca
démicos provenientes de disciplinas vecinas como la historia, la so
ciología o la economía y la ciencia política propia” (2006, p. 18). De
allí que para algunos la ciencia política en América Latina sólo se
pueda ver como el pasaje de lo tradicional a lo moderno (Kling,
1964).
Un análisis profundo de las ideas políticas que dieron origen a la
democracia moderna (liberal representativa) nos mostraría que existe
una relación entre ésta y el desarrollo de lo que hoy consideramos
ciencia política. Allí dónde había (o hay) interés en crear o transitar a
la democracia, o donde ésta es fuerte, el interés por el estudio científi
co de los fenómenos políticos es muy difundido. Como señaló Samuel
Huntington (1992, p. 132), el nacimiento de una república y el desa
rrollo de una democracia hacen surgir a la ciencia política y a los po
litólogos.1 Dicha perspectiva es compartida en América Latina, y
dado los procesos tardíos de democratización, el desarrollo de la cien
cia política tuvo ciertos desfases respecto de Europa y Estados Uni
dos. Caso semejante sucedió en España, un país que comparte –ya sea
por la lengua o tradiciones– un interés especial por la región latinoa
mericana y en donde sólo después de la dictadura de Franco la disci
plina logró constituirse e integrarse plenamente en el ámbito de la en
señanza e investigación (Goodin y Klingemann, 2001, p. 18).
1
Esta relación, como notó Huntington (1992, p. 135), es muy clara en el contexto es
tadounidense: “El surgimiento de la ciencia política fue parte de un movimiento de expan
sión de la Reforma progresiva en la vida intelectual y política americana hacia fines del si
glo xix. Entre las principales figuras de la ciencia política destacan: A. Lawrence Lowell,
Woodrow Wilson, Frank Goodnow, Albert Bushnell y Charles Beard que fueron asociados
con el movimiento progresivo”. Lo que no sucedía en Italia y Alemania antes de la Segun
da Guerra Mundial, dice Huntington, donde existía una fuerte tradición académica en his
toria, teoría social y sociología, pero no en ciencia política.
35
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Este desfase tiene sus razones precisamente en los vaivenes de la
democracia en diversos países de la región en el siglo xx, provocados
por los recurrentes golpes de Estado. Los numerosos cambios de go
bierno –por los vaivenes entre democracia y dictadura o en el interior
de los gobiernos golpistas– traían consigo una ola de represión hacia
las opiniones y ello impactaba en el desarrollo de las ciencias socia
les, sobre todo en la segunda mitad del siglo xx, al grado de que algu
nas escuelas y facultades e incluso universidades fueron cerradas en
algunos países del Cono Sur principalmente.
Fue hasta las décadas de 1980 y 1990 que la disciplina empieza a
difundirse y consolidarse en toda la región y no sólo en unos países. Por
ello, también se puede afirmar que en América Latina la ciencia polí
tica no sólo (re)nació a la par de la democracia, sino también gracias a
la estabilidad política y social que ha permitido a las universidades,
públicas inicialmente y en los últimos años las privadas, consolidar
centros dedicados a la investigación politológica.
Existen pocos análisis sobre el estado de la disciplina en la región
debido a las grandes asimetrías sobre su desarrollo, ya que mientras en
algunos países la ciencia política se institucionalizó desde la década
de 1950 (Brasil, México y Argentina), en otros subsistió como materia de
estudio dependiente de otras disciplinas como la sociología, el dere
cho y la economía durante varias décadas. Sólo a partir de los años
ochenta es que se pueden vislumbrar diversos elementos (escuelas,
institutos, revistas, asociaciones) para hacer un amplio análisis com
parativo diacrónico. La poca atención sobre la historia de la disciplina
se debe precisamente a los factores estructurales anteriormente esbo
zados, además, la concentración de su desarrollo en pocos países no
permitía hablar de una ciencia política en toda la región.
Entre los primeros trabajos se encuentran los ensayos “Notes on
Political Science and Latin America” de José Nun y “On Political
Science in Latin America: Viewpoints” de Víctor Flores Olea, ambos
presentados en 1965 durante la Conference on Latin American Stu-
dies celebrada en Río de Janeiro. Cinco años más tarde, Marcos Ka
plan (1970) publicaría un texto único en el contexto de la reflexión
politológica de aquellos años: La ciencia política latinoamericana en
la encrucijada. Para Kaplan, la ciencia política en esa década estaba
en crisis. Inicialmente, señala el autor, tuvo un periodo de “optimis
mo” justificado por la emergencia de especialistas y grupos de traba
36
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jo, su organización e institucionalización relativas, la elaboración de
esquemas teóricos, el diseño y ejecución de investigaciones, la reco
lección y análisis de información y la formulación de algunos diag
nósticos (Kaplan, 1970, p. 71). Pero dicho impulso original fue ame
nazado por la limitación de recursos, la inestabilidad institucional y la
discontinuidad en el trabajo. De allí que la visión de Kaplan en esos
años es pesimista: “El cientista político latinoamericano parece desti
nado a transformarse en una especie en vías de extinción” (1970,
p.72). Según Kaplan, no existían las condiciones para asegurar a los
politólogos la estabilidad y la seguridad de un trabajo libre y creador,
el enriquecimiento de la disciplina y su inserción en la realidad de los
problemas y dinámicas políticas de la época. El autor se refería a la
falta de institucionalización de la ciencia política mediante estructu
ras: había pocas facultades, pocas revistas académicas y, por tanto,
una exigua comunidad que la hacían una disciplina marginal en las
ciencias sociales en América Latina. Ahora bien, Kaplan asumía preci
samente que el desarrollo de la disciplina no podía estar exento de
una toma de posición de los politólogos en torno a una opción políti
ca, como la democracia (o el socialismo), ya que de ello dependía el
propio desarrollo de la ciencia política.
La renovación y la expansión de la ciencia política en nuestros países y
en la región demanda, en mi criterio, la elaboración y asunción de un hu
manismo dialéctico, abierto a las relaciones conflictuales de lo real y de
lo posible, de base latinoamericana y proyección universalista. Ello exi
ge un doble movimiento. Por una parte, exige la inserción en la realidad,
en las situaciones y en los procesos, para el conocimiento y para la ac
ción; la toma de posición a favor de alguna de las posibilidades determi
nables para contribuir a realizarla; la afirmación de lo existente y en lo
realizado para criticarlo y superarlo. Exige, por otra parte, el rechazo del
falso realismo, que consagra lo hoy existente y dominante como lo dado
y concibe el futuro como mera extrapolación de lo actual (Kaplan, 1970,
pp. 74-75).
Para Kaplan, la ciencia política latinoamericana sólo podría pro
gresar a la par de su participación en el proceso de desarrollo, de cam
bio y sobre todo de democratización en la región. Ello implicaba, se
gún el autor, generar espacios de cooperación multicultural, científica
y técnica entre los países de la región y otras naciones occidentales.
37
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Pero es quizá el ensayo de José Nun, escrito en 1965, el que arroja
una visión más estructurada de la ciencia política en América Latina
antes de los años ochenta, sobre todo porque se enmarca en la misma
época en que Kaplan concibe la crisis de la politología latinoamerica
na, con la diferencia de que Nun identifica las corrientes dominantes
que mantenían la crisis de la disciplina –coincidiendo al respecto con
Kaplan– en esos años. Para José Nun, la ciencia política en América
Latina (hablando de la situación de la misma en 1965) nunca ha esta
do en desventaja respecto de aquella que se desarrolla en Estados
Unidos o Europa, ni puede considerársele una ciencia todavía –en ese
entonces– “tradicional”, como había señalado Merle Kling (1964),
para quien la ciencia política en Latinoamérica necesitaba moderni
zarse. La ciencia política –como todas las ciencias– está sometida a la
idea del progreso, lo cual no necesariamente significa acumulación de
conocimiento, sino a un proceso de redefinición constante (las revolu-
ciones científicas, en términos de Khun). De allí que, para Nun, la
ciencia política en los años sesenta estaba en un proceso similar en el
cual se entrecruzaban dos dimensiones, una relativa a la concepción
de la política (democracia liberal y democracia socialista) y otra rela
tiva a la concepción del hombre (abstracto y situado). En el entrecru
zamiento se presentan distintos paradigmas (cuadro 1) que, para Nun,
son (eran) los “presentes que se le ofrecen al politista latinoamerica
no”, es decir, los “paradigmas básicos que orientan la tarea de los po
litistas2 contemporáneos” (Nun, 1965, p. 249).
2
Nun prefiere utilizar “politista”, hecho interesante que muestra que en esos años pa
recía que la profesión de cientista político o politólogo no se había introducido en el len
guaje de las ciencias sociales. Nun señala: “La expresión inglesa political scientist me
suena pretensiosa y confusa en su traducción literal. Los franceses todavía no han aunado
criterio y vacilan entre politologue y politiste. Al inclinarme por traducir este último pro
puesto por François Goguel, creo que opto por el mal menor” (Nun, 1965, p. 238, nota al
pie).
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Cuadro 1. Tipología de José Nun
Concepción de la política
Democracia liberal Democracia
socialista
Concepción del hombre
Hombre abstracto Formalismo Marxismo dogmático
Hombre situado Sociologismo Marxismo crítico
Según Nun, en el formalismo se encuentran las corrientes legalis
ta-formal, el institucionalismo y parcialmente el decision making ap-
proach. Desde esta perspectiva, la teoría política queda como una
rama del derecho y se reifica la norma jurídica como un fenómeno na
tural, suprahistórico y metasocial. Para Nun, este paradigma está es
trechamente relacionado con la evolución del Estado representativo,
donde los procesos de ampliación del sufragio y la afirmación de las
libertades civiles convierten al pueblo en un elemento del Estado.
Nun es tajante, “la ciencia política latinoamericana no es predomi
nantemente formalista porque se enseñe en las escuelas de derecho,
sino que éstas la enseñan porque aquélla es predominantemente for
malista” (1965, p. 254). De allí que los estudios formalistas estén
considerados como los representantes por antonomasia del tradicio
nalismo en la ciencia política.
El sociologismo abarcaría propiamente las diversas corrientes de
la sociología entre ellas el “behaviorismo” o conductismo. Mientras
esta última es una corriente rigurosamente de origen norteamericano,
existen diversas contribuciones desde la sociología latinoamericana,
“cuyo impacto define una nueva etapa en el desarrollo de la Ciencia
Política” (Nun, 1965, p. 255). Los estudiosos-sociólogos que se han
abocado al estudio de la política en América Latina se han enfrentado
a la dificultad de explicar el cambio político apoyándose en el funcio
nalismo, el cual trata de explicarlo “a condición de universalizar una
experiencia histórica determinada”. Los trabajos de Gino Germani,
Florestán Fernández, José Medina Echavarría, Aldo Solari, Octavio
Ianni, etc., se encuentran en esa tesitura. La sociología también se
abocó al estudio del comportamiento electoral, área de estudio pro
movida sobre todo por el grupo de “Minas Gerais” y la Revista Brasi-
leira de Estudos Políticos, labor hasta esa fecha única en América La
tina (1965, p. 263). Nun es crítico ante los estudios electorales, pues
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considera que son parte de un “empirismo ingenuo” que trata sólo de
jar a los hechos hablar “como si éstos tuvieran más lenguaje del que el
observador les presta”. Los datos son de una importancia indudable,
pero sólo tienen relevancia dentro de un marco teórico adecuado.
Quizá convenga recordar que el objeto de una ciencia no es el fenómeno
en tanto percibido sino en tanto integrado a un sistema. La ciencia es
siempre un discurso sobre el objeto porque no hay una identidad inme
diata entre las formas de la percepción y las formas del conocimiento
científico. Entre ambas se instala el lenguaje, y si el observador no lo do
mina termina trabajando con significados de sentido común y con prejui
cios de evidencia que no controla (Nun, 1965, p. 264).
Para José Nun, el marxismo –como lo había señalado Stanisław
Ossowski (1963)– “debía constituir una lente teórica apta para captar
y reflejar multitud de rayos”, y se transformó en “un tubo que sólo
deja pasar un tipo de luz” (1965, p. 267). Y éste es un factor clave
para entender el desenvolvimiento de la ciencia política latinoameri
cana en particular. El marxismo dogmático no se dedicaba a estudiar
al hombre sino a situarlo en una verdad revelada. “Se trataba simple
mente de colocar el hecho en el ‘Lecho de Procusto’ de las ‘Leyes ob
jetivas de la Historia’”. Para Nun, el determinismo y mecanicismo de
tales interpretaciones no dejaban espacio a los estudios políticos,
puesto que toda la verdad de los fenómenos superestructurales debía
hallarse en los modos y las relaciones de producción (1965, p. 269).
Según Nun, muchas energías de intelectuales se malgastaron en esa
forma y se secó una fuente potencial para el desarrollo de la ciencia
política en América Latina. Sólo se rescatan los trabajos de Mariáte
gui, a quien los mismos marxistas rechazaron y calificaron de “trots
kista”. Pero Nun distingue también al marxismo crítico, el cual es un
“proyecto de referencia” que no absorbe la realidad sino que la inter
preta, tendencia que en esos años empezaba a consolidarse especial
mente en Argentina, Brasil, Uruguay y Chile. Para Nun, el marxismo
crítico se apoya sobre todo en la obra de Antonio Gramsci, y como
perspectiva de estudio de la política se propone “recuperar las cir
cunstancias del hombre situado en la perspectiva de la democracia
igualitaria, consciente al mismo tiempo de la determinación en última
instancia por el modo de producción material y de la autonomía rela-
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tiva de las superestructuras y de su eficacia específica” (Nun, 1965, p.
276). Sin embargo, Nun no ofrece ejemplos de dicha perspectiva en la
región, pero sí señala que este enfoque termina identificándose con el
sociologismo de la época.
Nun ubica al grupo de la Asociación Argentina de Ciencia Política
en el extremo del formalismo, mientras que al equipo de la Revista
Brasileira de Estudos Politicos en el sociologismo, y en una posición
intermedia próxima a la sociología ubica al grupo de la Escuela de
Ciencias Políticas y Sociales de la unam en México. El marxismo
dogmático estaría disperso en estos y otros países más. Desde esta
orientación, señala Nun, no es posible generalizar una ciencia política
latinoamericana “dado que los escasos grupos empeñados en su prác
tica están lejos de compartir paradigmas comunes”. Pero Nun quizá
olvidó que ello no era, ni es, exclusivo de la ciencia política latinoa
mericana, sino de toda la disciplina en el mundo, como se analizará
en el último apartado.
Hace algunos años, Mauro Marini (1994, p. 34), al hablar de la
institucionalización de las ciencias sociales en América Latina, no lle
gó a señalar siquiera a la ciencia política como una disciplina relevan
te, centrando la atención en la sociología, la historia y la economía.
Señala que las obras representativas de la consolidación de las cien
cias sociales en la región son los trabajos de Pablo González Casano
va, Leopoldo Zea, Silvio Frondizi y José Revueltas, entre otros, cul
minando con los aportes de los pensadores de la Comisión Económica
para América Latina y el Caribe (cepal) y los teóricos de la depen
dencia. Son estos autores y tales corrientes los que, según Marini, im
pactarán el desarrollo de las ciencias sociales e incluso los centros
productores de cultura en Estados Unidos y Europa con su produc
ción teórica original y rica. Según Marini, con ellas se alcanzó una
autonomía que “nos permite confiar en que sabremos dar respuesta al
gran reto que nos ha deparado el futuro” (Marini, 1994, p. 35). De estas
y otras perspectivas, en las que permanece un amplio rango de aspec
tos epistemológicos y perspectivas metodológicas de las ciencias so
ciales y en el que caben todos los estudios y análisis de la política.
¿Qué explica tal situación de la ciencia política en América Lati
na? Pueden existir diversas respuestas, pero la débil presencia e inclu
so “ausencia” de una ciencia política, en sentido estricto, y la difundi
da presencia de una ciencia política tradicional (o en sentido amplio,
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en términos de Bobbio) hasta hace unos años se debía (o se debe, se
gún el país) al menos a dos factores históricos que hicieron lento el
proceso de asimilación de metodologías más modernas y sofisticadas
como para permitir un diálogo con la politología europea y estadouni
dense:
I. La tardía asimilación de las técnicas y métodos de investigación
políticas. Cómo ha señalado Flores Olea (1967), aún en la década de
1950 la misma ciencia política –en el sentido estricto que hoy conoce
mos– era relativamente nueva y fue hasta los años sesenta que dicha
concepción de ciencia política empieza a ser difundida (y en muchos
casos apenas conocida) en las universidades latinoamericanas. Para
Flores Olea, tal situación no es nueva, sino que es producto de la de
pendencia política y económica que también se refleja en el ámbito
cultural y, por tanto, académico. Las ideas del liberalismo democráti
co y después el positivismo fueron introducidas en la región cuando
éstas ya habían transitado un largo camino de crítica, asimilación y
superación en otros países. Lo mismo sucedió con aquellas corrien
tes, sobre todo alemanas, del siglo xix que consideraban las ciencias
sociales como “ciencias del espíritu”; hasta los años setenta del siglo
xx era posible encontrar textos y manuales en ciencias sociales en
América Latina, en los cuales todavía se percibía su influencia, a pe
sar de que dicha noción ya había entrado en crisis en muchos países.
Y en un plano más general del pensamiento y generación de ideas:
II. El peso de las herencias intelectuales del pasado, incluso el co-
lonialista. En 1958 William Stokes, en el ensayo The Pensadores of
Latin America, señalaba algunos aspectos que en el ámbito intelectual
tendían a reforzar la brecha entre la ciencia que se desarrollaba en la
región de aquella estadounidense y europea (considerada entonces, y
todavía hoy, como a la vanguardia), y el sistema de valores comparti
do por una gran parte de la intelectualidad latinoamericana que afec
taban el desarrollo de prácticas capitalistas (competencia e innova
ción) en la región, inherentes también para el desarrollo científico:
a) La baja consideración a adoptar la tecnología y la ciencia como
un valor o como núcleo central de la cultura hispánica.
b) Una tendencia de los individuos en edad universitaria a elegir
cursos de estudio que se orientan más a la tradición humanista
que hacia la tradición industrial y científica.
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c) El bajo status que tiene la producción y el trabajo mecánico,
mientras que el ocio tiene un status elevado en América Latina.
Para Stokes, los cambios que produjo la Revolución industrial en
el mundo no fueron absorbidos en América Latina con la velocidad
que se presentaba en Europa y en Estados Unidos, y más aún entrado
el siglo xx, en palabras del brasileño Fernando de Azevedo, persistían
ciertas pautas tradicionales en la difusión del conocimiento en todos
los niveles educativos, con especial incidencia en las universidades:
[Una] tendencia a valorar la cantidad más que la calidad, la erudición
más que la cultura, el valor de la elocuencia más que la pasión de las
ideas, el “más o menos” en vez de la exactitud, aunque no haya tenido en
él sus orígenes, fue sin duda reforzada por el tipo tradicional de enseñan
za […] que no se orientaba hacia la formación del juicio sino hacia la
acumulación de conocimiento, y en el que el espíritu de precisión, pro
fundidad, penetración, madurez crítica y estética, era (y aún lo es) sacri
ficado a la adquisición de aprendizaje enciclopédico (Azevedo, 1950, p.
388).
Pero no sólo factores intelectuales y metodológicos han concedido
la persistencia de una ciencia política tradicional; en el fondo y por
varios lustros la academia politológica latinoamericana –y en general
las ciencias sociales– ha buscado diferenciarse de aquella ciencia
central (europea y norteamericana) ensimismada en su propia reali
dad de la cual han surgido las teorías, conceptos e hipótesis en las que
se basa la ciencia política contemporánea (en sentido estricto). Tal
ciencia se ha observado muchas veces ajena a los problemas políticos
de la región o prescriptiva sobre el devenir de la política. Tal como su
cedió con las teorías del desarrollo (por ejemplo, Huntington, 1968;
LaPalombara, 1971; Organzki, 1965). Aunque dichas teorías entraron
en un impasse teórico analítico, dado que apenas habían logrado –bajo
la conducción del Comitee on Comparative Politics– identificar los
problemas del desarrollo político y crear conceptos de análisis inter
pretativos, pero sin haber formulado una teoría (ground thoery) pro
piamente dicha que pudiese ponerse el proceso científico de la falsa-
ción –en sentido popperiano– (Pasquino, 1998, p. 480), todavía eran
estudiadas en los años setenta y ochenta en universidades latinoame
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ricanas. En dichas teorías el desarrollo de Estados Unidos y Europa
Occidental era “presentado como paradigma de superioridad innata.
Sus formas, estructuras, funciones, resultados, son [eran] postulados
como requisitos universales de equilibrio para cualquier sistema polí
tico desarrollado” (Kaplan, 1980, p. 25).
Pero en la búsqueda de tal diferenciación, se reprodujeron dinámi
cas que no crearon puentes entre la realidad política (u objeto de estu
dio) que reforzaran la necesidad de un estudio de dichos procesos más
científico porque a veces en el interior de la misma disciplina se re
chazaba su naturaleza. Dado su tardío y desigual desarrollo, la con
cepción de la ciencia política como disciplina científica en América
Latina tuvo un largo proceso que implicó la búsqueda de su afirma
ción por un lado, y por otro, de mostrar su relevancia frente a otras
ciencias (cfr. Nun, 1967; Flores Olea, 1967; Kaplan, 1970; Fortín,
1971; Meyer y Camacho, 1979; Aguirre Lanari, 1979).
En la revisión del desarrollo de la disciplina en América Latina,
sobre todo en la última década del siglo xx y la primera del xxi, se
han seguido varios caminos regularmente centrados en realidades na
cionales: Argentina (Aguirre, 1979; Mazzocone, Mosquera et. al.
2009; Lesgart, 2007; Bulcourf y Cardozo, 2013); Brasil (Michetti y
Miceli, 1969; Spina, 1997); Colombia (Sánchez, 1994; Leal, 1994,
Fortú, Leyva, Preciado y Ramírez, 2013); México (Meyer y Cama
cho, 1979; Merino, 1999; Zamitiz y Alarcón, 1999; Rivera y Salazar,
2011; Alarcón, 2011; Reveles et al., 2012; Vidal, 2013); Perú (Ta
naka, 2005; Gómez, 2008); Venezuela (Álvarez y Dahdah, 2005), y
pocos, pero sustanciosos análisis regionales (Kling, 1964; Nun, 1967;
Flores Olea, 1967; Fortín, 1971; García, 1975; Kaplan, 1970; Altman,
2004 y 2011), incluido el número 25 (2005) de la Revista de Ciencia
Política de Chile, así como el Dossier Ciencia Política ¿crisis o reno-
vación? de la revista Andamios (2009) de México.3
En la actualidad, el elevado grado de institucionalización que ha
adquirido, sobre todo en los últimos años, ha impulsado la aparición
una serie de reflexiones (o “autorreflexiones”) que miran el pasado y
3
Desde 2005, la bibliografía sobre la revisión histórica y los balances del estado de la
ciencia política en América ha aumentado considerablemente, sería extenso referir todos
los textos, pero conviene mencionar que dentro de la Asociación Latinoamericana de
Ciencia Política (alacip) se creó un grupo de investigación, “Historia de la Ciencia Polí
tica en América Latina”, que da seguimiento puntual a la temática.
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presente de la disciplina en América Latina (Cansino, 1998; Altman
et al., 2005; Nohlen, 2007) constatando sus fortalezas que le permiten
autoafirmarse como ciencia social y los lastres que todavía llevan a
algunos a dudar de su cientificidad. Por ello, se puede decir, siguiendo
a Bobbio, que la historia de la ciencia política, y en específico, la que
se desarrolla en América Latina, ha sido el camino de la concepción
de una ciencia política amplia, como se concebía en sus inicios, hacia
una ciencia política estricta, como se entiende preeminentemente en
la actualidad.
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III
La influencia jurídico-institucionalista
Entre las décadas de 1930 y 1950, el contexto del desarrollo eco
nómico basado en el modelo de Industrialización por Sustitución de
Importaciones (isi) y su posterior agotamiento, trae consigo también,
según algunos, un declive en las ciencias sociales en el mundo occi
dental. Así, el desarrollo que tuvo la ciencia política en la escena
mundial después de la Segunda Guerra Mundial tuvo una influencia
desigual en Latinoamérica. Cada país adoptó las transformaciones en
la disciplina siguiendo dinámicas internas de las propias academias y
universidades. Es en este periodo que se consolida lo que para algu
nos sería el institucionalismo clásico, el constitucionalismo, el estudio
de las leyes y las normas, y la teoría del Estado como perspectiva do
minante.
Es difícil identificar los inicios de esta corriente –entendida más
bien como un conjunto plural de pensamiento que gira en torno al de
recho–, pero es anterior a los años sesenta y está a la par del naci
miento de la ciencia política de corte empirista sobre todo en Estados
Unidos y Europa gracias a la denominada revolución behaviorista (o
conductista), con la diferencia de que en América Latina en dicho pe
riodo dominan los estudios del tipo jurídico-institucionalista (o lega-
lista). En síntesis, una ciencia política anclada en el formalismo jurí
dico (Fortín, 1971, p. 1) y, como consecuencia, enseñada en las aulas
de las facultades de derecho o jurisprudencia, y sólo en algunos paí
ses en escuelas o facultades propiamente de ciencia política.
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Esta situación es similar a los inicios de la ciencia política en otros
países. También en muchas universidades europeas fueron el derecho
y la sociología –y principalmente la primera– las disciplinas que mar
caron el origen de la ciencia política, lo mismo sucedió en los países
latinoamericanos dónde se emulaban los modelos de enseñanza uni
versitaria europea, por lo que la ciencia política empezó a dar sus pri
meros pasos de la mano del derecho, condiciones que hicieron lento
el proceso de autonomía y consolidación.
En Estados Unidos hasta 1875 no existía una formación seria en la
materia, y como señalan Somith y Tanenhaus (1964): “Para estudiar
seriamente se viajaba al exterior, especialmente a Alemania”, en don
de se enseñaba Staatswissenschaft (ciencias del Estado). Si bien para
las generaciones posteriores este término era un arcaísmo que signifi
caba definiciones y áridas abstracciones, los inicios de la ciencia polí
tica estadounidense estuvieron allí y en su momento representaron
una bocanada de aire fresco que llevó posteriormente a consolidar la
disciplina, fundándose en 1903 la American Political Science Asso
ciation (apsa). Ya para 1950 algunos autores como Harold Laswell
establecieron la idea de que el contenido de la ciencia política no era
propiamente el estudio del Estado, y por tanto, debía introducir otros
elementos como la psicología y dejar al derecho el estudio jurídico y
normativo. Mientras que en Alemania se proponía ciencia de la políti
ca (Wissenschaft von der Politik) y no del Estado, así como el neolo
gismo “politólogo” para referirse al especialista en la materia. En la
segunda mitad del siglo xx, la influencia de las universidades europeas
aún era muy marcada en América Latina, por lo que las cátedras, fa
cultades y títulos relativos a la disciplina se englobaban con la expre
sión en plural de “ciencias políticas”, aunque con el pasar del tiempo
ambas denominaciones se adoptaron indistintamente para relacionar
la disciplina con el estudio de la política, la administración pública y
las relaciones internacionales, situación que perduró todavía con am
plia difusión hasta la década de 1980.
Una de las primeras universidades latinoamericanas en cuyos pla
nes de estudio figuraba la asignatura ciencia política fue en la Facul
tad de Derecho de la Universidad de Panamá, al menos desde 1935
(cfr. Quintero, 1975). No obstante, nunca logró desarrollarse como
una ciencia autónoma, no se creó una facultad propia ni existía un tí
tulo de politólogo al menos hasta 2010. En México, si bien algunos ju
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ristas fueron los impulsores de la creación de una facultad de ciencias
políticas en la Universidad Nacional Autónoma de México (unam)
para la emancipación de los estudios políticos de las aulas del derecho
(Merino, 1999, p. 7), durante muchas décadas, y todavía hoy, los
constitucionalistas incursionan fuertemente en las áreas del estudio
politológico. El caso de México es significativo, porque en dicho país
se había fundado en 1930 el Instituto de Investigaciones Sociales (iss)
en la unam, no sin dificultades, pues existía una “falta total de soció
logos y politólogos” (Loyo et al., 1990, p. 11). Posteriormente a la Se
gunda Guerra Mundial, a partir de las recomendaciones de la Organi
zación de las Naciones Unidas (onu) para “crear instancias encargadas
de formar a los ciudadanos que deberían representar a su país en foros
internacionales y, también, a quienes deberían crear y dirigir las nue
vas instituciones que darían consistencia y fortaleza a los Estados jó
venes o en proceso de desarrollo” (Torres Mejía, 1990, p. 150), en
1951 se funda la Escuela Nacional de Ciencias Políticas y Sociales
(hoy facultad) en la unam, tomando como referencia los programas
de estudio de la London School of Economics and Political Science,
del Institut d’Etudes Politiques y de la Universidad de Lovaina (Col
menero y Tovar, 1984, p. 15).
De la misma forma, en Argentina existía una tradición formalista
de estudios políticos que se desarrollaba sobre todo en las facultades de
derecho y sociología, donde las asignaturas de derecho político, cons
titucional y administrativo se abocaban al estudio del Estado y las re
laciones internacionales. En 1910 se funda la Revista Argentina de
Ciencias Políticas por Rodolfo Rivarola, un jurista con una vocación
humanista, egresado de la Facultad de Derecho en Buenos Aires, de
cano en la Facultad de Filosofía y Letras, y más tarde vicepresidente
de la Universidad de la Plata. Rivarola propició la idea de unir ciencia
y política bajo el término común de ciencias políticas, constituyendo
se como un abanderado del estudio científico del poder político y to
dos los problemas derivados de la política, y es precursor de la crea
ción de cátedras en otras universidades como la recien creada
entonces en Tucumán (Auza, 2008, p. 13). Ya desde su primer núme
ro, se percibe la necesidad de crear una ciencia nueva, que todavía ni
siquiera existía en las currículas universitarias, pero que no podía des
prenderse de otras, “el derecho, la administración, la economía, la
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historia y la educación son materiales, por lo menos, de la construc
ción de la ciencia política” (racp, t. 1, 1910, p. 7).
Quienes llenan las páginas de la racp no son politólogos –pues no
existía la figura, pero tampoco la visión científica sobre la política–,
sino “un grupo principalmente constituido por abogados de forma
ción con experiencia penal que producen textos de clara ‘intervención
política’ en función de un ‘saber’ que creen poseer y que los habilita,
no ‘profesionalmente’, pero sí intelectualmente para expresar una
opinión que quieren ‘científica’” (Roldán, 2006, p. 17).
Años más tarde, también en Argentina, se crearon los primeros
doctorados en ciencias políticas en la región: en 1927 en la Universi
dad Nacional del Litoral en la ciudad de Santa Fe. Sus antecedentes se
encuentran con la instauración en 1919 de las licenciaturas en servi
cio consular y diplomático, transformándose en 1929 en licenciaturas
en ciencias políticas y otra en diplomacia y relaciones internaciona
les, empero, manteniendo una gran dependencia del derecho –público
e internacional– tanto en la orientación como en el cuerpo de profeso
res (Bulcorf y D’Alessandro, 2003, p. 141). Aguirre Alinari (1979, p.
19), analizando algunos expositores del pensamiento y la acción polí
tica en Argentina en el siglo xix (Mariano Moreno, Juan Bautista Al
berdi, Bartolomé Mitre, Sarmiento, entre otros), encuentra cómo la
ciencia política en dicha nación surgió de la mano de los juristas y
hombres de acción y que el legado continúa. Aguirre señala: “El aná
lisis del pensamiento de algunos de los más eminentes forjadores de
nuestra nación […] se proyecta desde sus orígenes con el signo del
Derecho”. Los cursos existentes en las universidades argentinas sobre
la materia tenían el objetivo de “arraigar las instituciones de la Cons
titución, bajo un marco positivista de confianza en la razón”, es decir,
una ciencia política “formalista” centrada en los marcos legales en los
que se desenvuelve la acción política (Leiras, Medina, D’Alessandro,
2005, p. 77). Algo que, años después, señalaría Guillermo O’Donnell,
uno de los politólogos argentinos con mayor proyección internacio
nal, era muy aburrido pero no había otra opción:
Estudié Derecho, pero no porque estuviera particularmente interesado
en estudiar leyes, sino porque en esos tiempos era lo más cercano a la
ciencia política. En los años cincuenta y sesenta no existían departamen
tos de ciencia política en Argentina. En la Facultad de Derecho había
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unas materias llamadas Derecho político y Derecho constitucional, las
cuales eran lo más parecido que encontré en relación con la ciencia polí
tica. […] Encontré la Facultad de Derecho inmensamente aburrida. En
aquellos días, la mitad de los profesores estudiaban teoría política y teo
ría constitucional alrededor de lo que había escrito Santo Tomás de
Aquino, y la otra mitad –los modernistas– lo hacían en torno a lo que ha
bía dicho Hans Kelsen. Todo lo demás no existía. Era en verdad muy,
muy aburrido (O’Donnell, 2007, p. 275).
Al igual que en México, en Argentina la ciencia política empezaba
a adquirir autonomía, pero no mucha difusión, con la creación en
1957 del Instituto de Ciencia Política en la Universidad del Salvador
(privada), instaurándose en 1960 una licenciatura y en 1964 el docto
rado en ciencia política. Dicho proyecto significó en su momento un
primer intento de introducir el modelo pluralista en relación con el
formal que imperaba en otras universidades. En 1957 también se fun
da en Argentina la Asociación Argentina de Ciencia Política con una
fuerte tendencia juridicista que no se disolvería sino hasta 1983.
Pero la dependencia hacia la disciplina del derecho subsistió prác
ticamente durante varios años más en otros países como Venezuela,
donde en 1958 se fundó el Instituto de Estudios Políticos (iep) como
parte de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas con una notable
influencia del derecho constitucional en sus programas, situación que
cambió en la década de 1970 (Álvarez y Dahdah, 2005, pp. 246-247).
En Colombia todavía hasta finales de los años sesenta la ciencia polí
tica no se consideraba como una disciplina independiente (cfr. Sán
chez David, 1994, p. 15), y desde el punto de vista formal, eran las fa
cultades de derecho las que otorgaban los títulos en la disciplina, con
el apéndice “Ciencias políticas”, y la enseñanza de la materia se limi
taba en muchos casos al derecho constitucional. En Uruguay, la pri
mera cátedra de ciencia política se inicia en la Facultad de Derecho de
la Universidad de la República en 1957, y posteriormente se crea una
más en la facultad de Economía, pero no se funda una institución pro
pia de la disciplina sino hasta 1985, teniendo como origen la Facultad
de Derecho (Garcé, 2005, p. 233). Lo mismo sucedía en Perú, donde
hasta la década de 1970 el estudio de la política estaba en manos de
abogados constitucionalistas dentro de las facultades de derecho y
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ciencias políticas, por un lado, y por sociólogos e historiadores con
una marcada formación marxista, por otro (Tanaka, 2005, p. 223).
No es casualidad que las primeras facultades, cátedras e institutos de
ciencia política hubieran tenido como origen o sedes las facultades
de derecho. Juan Linz afirma que la ciencia política tiene un origen
distinto a otras ciencias sociales y que éste está en la teoría general del
Estado, del derecho constitucional, etc. (Linz, 1992). De allí que la
visión de la disciplina como “ciencia abocada al estudio del Estado”1
y los fenómenos políticos tengan en esta perspectiva su fundamento
en los enfoques jurídicos sobre la vida política.
En América Latina como en Estados Unidos, a finales del siglo
xix y principios del siglo xx, esta corriente legalista o Staatslehre fue
importada de Alemania por renombrados estudiosos del derecho
(Easton, 1974, p. 361). La idea de Estado, como “sociedad política
mente organizada”, se concibe como el punto de partida fundamental
para el estudio de los diversos fenómenos políticos. El Estado no sólo
es una forma de organización política, sino el centro del análisis poli
tológico: “El objeto de la ciencia política es el Estado, en particular el
poder del Estado, porque no hay fenómeno político que no se relacio
ne de un modo u otro con el poder del Estado y, en general, con el sis
tema político” (Serra Rojas, 1964, pp. 171-182). Desde este enfoque,
la ciencia política trata de “deducir los principios que gobiernan al
Estado, explicar la naturaleza del fenómeno político, encontrar las le
yes de su crecimiento y las formas de su desenvolvimiento” (idem).2
La relación de la política con las estructuras jurídicas es inevitable, de
allí que la ciencia política en realidad, señalaba Van Dyke, “se ocupa
de las leyes generales, se las llame o no por su nombre” (cit. por Serra
Rojas, 1964). Esta perspectiva, en América Latina, es lo que conoce
mos como “institucionalista”, aunque prácticamente nunca se le lla
mara así en el periodo de su mayor auge. Pero incluso dentro de tal
paradigma se considera(ba), no obstante, que la ciencia política “lu
cha afanosamente para lograr su propia identidad y salir de su círculo
1
De allí que algunos la llamasen “ciencia del Estado o ciencia del poder”, cfr. Serra
Rojas, 1964, p. 79.
2
Desde esta perspectiva, podemos señalar algunos textos que se convirtieron en refe
rencias obligadas: 1) J. Maritain, El hombre y el Estado, Buenos Aires, Guillermo Kraft,
1952; 2) H. Heller, Teoría general del Estado, México, fce, 1942; 3) H. Kelsen, Teoría
general del Estado, Barcelona, Labor, 1934.
52
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elitista para alcanzar a las naciones subdesarrolladas” (Serra Rojas,
1964, p. 98).
La búsqueda de identidad como ciencia está relacionada inextrica
blemente con el método a seguir. Precisamente en la época en que
esta perspectiva todavía dominaba, la unesco (1950) llevó a cabo
una encuesta entre especialistas de la disciplina sobre el “método en
la ciencia política”. Las respuestas mostraron una variedad de meto
dologías que quizá hoy no se considerarían como tales: filosófico,
dialéctico, jurídico, histórico, sociológico, psicológico, económico,
normativo, métodos de la libertad, el de las ciencias de la naturaleza,
experimental, integral, estadístico, etc. La característica central de
esta terminología es (era) precisamente su ambigüedad, ya que los di
versos especialistas dieron al concepto “metodología” una acepción
diferente. De allí que la perspectiva jurídica de la ciencia política con
siderara que ésta no tenía (ni tiene) un método, y que, por tanto, para
entender la política sólo es posible si se le aborda con métodos histó
ricos, jurídicos, sociológicos, filosóficos, “y con algunos otros más”
(Serra Rojas, 1964, p. 187).
A partir de 1949 se sientan las bases de una interpretación del de
sarrollo económico y social latinoamericano, que tendría impacto en
el desenvolvimiento de las ciencias sociales en la región y en la ciencia
política en específico: el dependentismo o la teoría de la dependencia,
que tendría su auge sobre todo en los años sesenta y en la cual convi
virían varias corrientes (cepalistas, estructuralistas, neomarxistas,
marxistas ortodoxos, etc.),3 pero compartiendo los aspectos centrales
de la misma. Para muchos, este enfoque superaba la visión jurídica de
la ciencia política, y subsistiría hasta entrados los años setenta. Si
bien es un enfoque económico, su perspectiva abarca por obvias razo
nes las formas de poder político existentes en la región. El dependen-
tismo nace como una crítica al modelo de desarrollo isi (industrializa
ción por sustitución de importaciones), implementado al inicio de la
década de 1930, el cual buscaba crear un desarrollo económico cen
trado en la industrialización nacional. Según el dependentismo, el
3
Para R. H. Chilcote (1974), el dependentismo tenía una naturaleza ecléctica, con
una amplia variedad de posiciones ideológicas. A. Gunder Frank (1991), en un análisis
más detallado, encuentra que en la clasificación de los “dependentistas” como escuela de
pensamiento existía una dispersión muy amplia que dependía de sus orígenes teóricos.
53
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modelo isi no podía generar desarrollo económico autosustentable,
sino una (nueva) situación de dependencia de los países latinoameri
canos hacia los países más desarrollados. La dependencia no era efecto
de la relación desigual entre centro y periferia, ni una continuación de
aquella dependencia colonial basada en el comercio de exportación y
la dependencia financiera industrial caracterizada por el dominio de
los grandes capitales hegemónicos de finales del siglo xix (Chilcote,
1974, p. 9), sino una condición consustancial con las características
de las formaciones histórico-sociales latinoamericanas y ésta conti
nuaría (¿continúa?) bajo cualquier modelo a no ser que se cambiaran
las estructuras internas que reforzaban dicha dependencia (cfr. Hoda
ra, 1976). Esta visión trajo consigo un amplio abanico de discusiones
en torno a la dependencia que iba más allá de la economía. Dos San
tos (2002, p. 25) resume en cuatro puntos las ideas centrales de la teo
ría de la dependencia: a) el subdesarrollo está conectado de manera
estrecha con la expansión de los países industrializados; b) el desarro
llo y el subdesarrollo son aspectos diferentes de un mismo proceso
universal; c) el subdesarrollo no puede ser considerado como una pri
mera condición para un proceso evolucionista, y d) la dependencia no
sólo es un fenómeno externo, sino que se manifiesta también bajo di
ferentes formas en la estructura interna (social, ideológica y política).
Sobre estas bases, se hablaba entonces de la dependencia cultural
refiriéndose a productos ideológicos y científicos resultado de la de
pendencia económica. Las ciencias sociales en los países no centrales
(o periféricos), y en particular la ciencia política y la sociología, esta
ban impregnadas de una visión del mundo dominante. La dependen
cia cultural no se restringe a una “dependencia ideológica”, es el re
flejo de la dependencia estructural y, por tanto, abarca amplias áreas
científico-técnicas y filosófico-intelectuales.4 El dependentismo fue
un enfoque que promovía el desarrollo de “ciencias sociales” propia
mente latinoamericanas, y perduraría todavía hasta entrada la década
4
Octavio Ianni (1971, p. 174) refiere una amplia lista de obras que tratan la cuestión,
lo que muestra una creciente preocupación por el dependentismo ideológico en la época,
por ejemplo: O. Fals Borda, Ciencia propia y colonialismo intelectual, México, Nuestro
Tiempo, 1970; A. Salazar Bondy, ¿Existe una filosofía de nuestra América?, México, Si
glo XXI, 1968; Eliseo Verón, Conducta, estructura y comunicación, Buenos Aires, Jorge
Álvarez, 1968.
54
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de 1970 en algunas universidades impulsado por varios intelectuales
latinoamericanos.
La ciencia política en América Latina, no obstante, hasta esos años
seguía teniendo un “bajo nivel” en relación con aquella que se desa
rrollaba sobre todo en Estados Unidos. La ciencia política latinoame
ricana –en palabras de Víctor Flores Olea– era “tradicionalista”, pues
las técnicas y los métodos de investigación científica, en su momento
novedosos en Estados Unidos y Europa, “a nosotros nos han llegado,
o comienzan a llegarnos, con particular retraso” (Flores, 1965, p. 293)
producto de la dependencia política y económica que se refleja tam
bién en lo cultural. Al respecto, Flores Olea ejemplifica:
En el siglo xix asimilamos las ideas del liberalismo democrático y des
pués el positivismo cuando ya estas tendencias habían recorrido un buen
trecho en Europa; en este siglo –el xx–, algunas de las corrientes filosó
ficas alemanas (principalmente las que definen a las ciencias sociales
como “ciencias del espíritu”),5 que han tenido marcada influencia en
muchas de nuestras universidades y medios académicos, nos llegaron
también con retraso. Incluso cuando ya era evidente que habían hecho
crisis en su lugar de origen. La historia se repite hoy por lo que hace a la
ciencia política moderna; con la agravante de que su penetración tardía
en nuestro medio se encuentra en con una tradición cultural que, en más
de un sentido, se le opone (Flores, 1965, p. 294).
La introducción de la ciencia política, en su sentido específico
como ciencia empírica tal y como se le concibe en el siglo xxi, impli
có –como se ha señalado– la reorganización o reajuste de las univer
sidades para darle cabida; los rasgos del “tradicionalismo” que aún
persisten en varios centros de estudio radica precisamente en las in
fluencias intelectuales y culturales de la subordinación de la discipli
na a otras que se consideraban –y se consideran todavía– “más gene
rales” como el derecho o la sociología (Flores, 1965, p. 294).
Mientras el formalismo fue abandonado en otras partes del mun
do, en América Latina se reforzó dado el nivel de institucionalización
de las escuelas de derecho, pero también ante el poco reconocimiento
5
Lo mismo sucedía en Argentina hasta principios de los años sesenta del siglo xx
(cfr. Bulcourf y D’Alessandro, 2006, pp. 133 y ss.).
55
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que, todavía hasta los años sesenta del siglo xx, los politólogos no habían
alcanzado (Nun, 1965, p. 288) y en algunos casos –como en países
del Cono Sur– lo perdieron. Pero las mismas universidades lati
noamericanas trataron de ofrecer opciones ante la creciente saturación
de las carreras tradicionales que se empieza a percibir desde los años
sesenta, sea de manera espontánea o deliberada. Para cultivar una dis
ciplina primero hay que formar a los cultores, es así que la ciencia po
lítica (tanto al singular como al plural) se convierte en alternativa
frente al derecho, y lo mismo sucede con la economía frente a la con
taduría, y la antropología y la sociología frente a la filosofía (Kaplan,
1973, p. 15). De esta manera se percibe ya desde esos años una de
manda que, sin embargo, no será satisfecha con amplitud sino hasta
mediados de la década de 1980.
56
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IV
Una disciplina “sociologizada”
Las décadas de 1960 y 1970 fueron un periodo muy favorable para
el florecimiento de la ciencia política en América Latina; no obstante,
con significativas divergencias entre los países. Durante la segunda
mitad de los años sesenta se observa una diferencia respecto a los
años anteriores en el desarrollo de la disciplina. En 1959 el jurista y
politólogo español Manuel García-Pelayo funda el Departamento de
Estudios Políticos (hoy Instituto) en la Universidad Central de Vene
zuela. Para 1966, en Chile, con el apoyo del Banco Interamericano de
Desarrollo (bid), se crea dentro de la estructura de la Facultad Lati
noamericana de Ciencias Sociales (Flacso) –fundada en 1957–1 la Es
cuela Latinoamericana de Ciencia Política y Administración Pública
(elacp), la cual comienza a publicar en 1970 la Revista Latinoameri-
cana de Ciencia Política, lo que representaba un primer esfuerzo de
carácter regional para la consolidación de la disciplina, y un año an
tes, en 1969, se crea el Instituto de Ciencia Política en la Universidad
Católica de Chile (uc). En esos mismos años –en 1966– se funda la
Asociación de Ciencia Política con el objetivo de sentar las bases para
la cooperación y la difusión de la disciplina en ese país, no obstante,
tuvo sólo una breve duración. En Brasil se funda el Departamento de
Ciencia Política en la Universidad Federal de Minas Gerais y el Insti
tuto Universitario de Investigación de Río de Janeiro (iuperj). Otras
1
La Flacso tuvo origen en las resoluciones de la unesco en 1956 durante la Confe
rencia Latinoamericana de Ciencias Sociales en Río de Janeiro.
57
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escuelas de ciencias políticas se crean en la misma década, como en
Cuba (1961), Guatemala (1968) y Costa Rica (1968).2 En Perú se crea
en los años sesenta la carrera de ciencia política en la Universidad Ca
tólica (pupc), pero con una existencia efímera. Incluso los alumnos
que llegaron a terminar la especialidad, antes de su cierre solicitaron
a las autoridades que se les otorgara el título de sociólogo dado que la
profesión de politólogo era todavía una “osadía” (cfr. Gómez, 2008,
p. 42). En 1968, en Colombia se crea el Departamento de Ciencia Po
lítica en la Universidad de los Andes; según Bejarano y Wills (2005,
p. 112) no fue coincidencia que fuese en una universidad privada, ya
que en el país había un contexto político efervescente, una comunidad
estudiantil muy politizada y en las universidades públicas se desarro
llaba una “sociología comprometida”. Para Leal (1994, pp. 97-98),
había dos factores que en esos años aventajaron la educación privada
sobre la pública: una crisis académica progresiva en los estableci
mientos oficiales y la demanda de la clase media por aumentar su es
tatus social. Esta situación se presentaba en otros países con diversos
grados de intensidad, la movilización social de la época fue producto
de las transformaciones modernizadoras de las últimas décadas y ello
se reflejaba en las universidades y su oferta educativa.
En los años sesenta en México, y en específico en la unam, la
ciencia política gozó de una estabilidad sin igual que le permitió con
solidarse y afirmarse, no obstante el bajo número de estudiantes y
egresados (González, 1968, p. 157); al inicio de esa década se obser
vó una mayor preocupación por la teoría especializada y las investi
gaciones basadas en datos empíricos. Una ventaja que no fue aprecia
da en la década siguiente cuando la disciplina entró en una etapa de
ideologización –sobre todo marxista– producto entre otras cosas de la
masificación de las universidades (véase Estrada, 1984).
A finales de esa década y principios de la de 1970, en América La
tina las condiciones económico-políticas llevan a la polarización de la
sociedad, manifestándose inconformidades en algunos países y per
mitiendo la aparición (o reaparición) de los militares en la escena pú
blica. Los golpes de Estado en algunos países afectaron seriamente el
2
Así como en el periodo anterior, las primeras escuelas y facultades de ciencia políti
ca fueron producto de una escisión dentro de las facultades de derecho, lo mismo sucedió
en esos años en Costa Rica, cfr. Rodríguez-Zamora, 2006.
58
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desarrollo de la disciplina. Para algunos politólogos, estos eventos
cambiaron totalmente su vida truncando completamente su desarrollo
profesional (véase Fernández, 2005, p. 70). En Argentina, entre 1966
y 1976 –dos golpes de Estado– emigran varios profesores y pensado
res de la política a otros países como México, Estados Unidos de
América y España, mientras quienes deciden permanecer sufren la
parálisis de la actividad académica (Mazzocone et al., 2009, p. 616).
El golpe de 1976 en Argentina fue el más severo, llevó al cierre de
muchas carreras de ciencia política y la casi disolución de las todavía
pequeñas y precarias comunidades científicas que apenas unos años
antes se habían constituido, pero sobre todo a la persecución de cien
tíficos sociales argentinos. Como señalan Bulcourf y D’Alessandro
(2003, pp. 158 y ss.), durante el llamado “Proceso de Reorganización
Nacional”, las actividades intelectuales vinculadas a la política que
no estuvieran al servicio del régimen eran vistas con sospecha de sub
versión, y por tanto, quienes las desarrollaban corrían el peligro de
muerte, desaparición o tortura. Los pocos centros de investigación re
currieron a la autocensura y a tratar temas poco vinculados con la dis
ciplina para poder sobrevivir. De allí la expresión acuñada por Grego
rio Klimovsky de llamar “las universidades de las catacumbas” en las
que, sin embargo, se mantuvieron mínimos, pero al fin, espacios de
reflexión crítica. Por ello algunos centros privados se convirtieron en
prácticamente los únicos ámbitos de trabajo para los politólogos.
Marcos Kaplan, uno de los científicos sociales latinoamericanos más
importantes de la segunda mitad del siglo xx y estudioso precisamente
de la politología en la región, sufrió dos veces el exilio. Una vez en 1967
hacia Chile, con la llegada del general Juan Carlos Oganía, y en 1975 ha
cia México, cuando el clima político de ese país avecinaba más con
frontaciones severas. Un año antes, en 1974, fue asesinado uno de sus
mentores, Silvio Frondizi, a manos de sicarios peronistas bajo el go
bierno de Isabel Perón. En alguna ocasión Marcos Kaplan –según se
ñala Becerra (2005, p. 6)–, refiriéndose a los excelentes científicos so
ciales argentinos que habían huido de su país por motivos políticos
debido a la persecusión de las dictaduras, mencionó: “Argentina ha
sido un país con capacidad para crear intelectuales y científicos socia
les, y una capacidad aún mayor para frustarla”. Ya para 2012, la diás
pora de politólogos argentinos, prácticamente 30 años despúes de la
transición a la democracia en ese país, es muy alta en comparación
59
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con países como Brasil y Uruguay. No se trata ya de una migración
forzada por motivos políticos, pero si quizá impulsada por factores
económicos como lo fue la crisis de 2001, pero más aún la calidad de
trabajo que ofrecen las instituciones en otros países en comparación
con aquellas argentinas (véase Freidenberg y Malamud, 2012).
En 1973 se cierra la elacp en Chile y posteriormente se trata de
subsanar la ausencia de los estudios de ciencia política creándose en
la Universidad de Valparaíso la Licenciatura en Historia con mención
en ciencia política (Fuentes y Santana, 2005, p. 18), pero con poco
éxito dadas las condiciones políticas del país. Ya bajo el régimen de
Pinochet, ni siquiera las actividades de la Asociación de Ciencia Polí
tica pudieron sostenerse. En Cuba desapareció la Escuela de Ciencias
Políticas y sus funciones son absorbidas por la escuela de cuadros del
partido comunista de Cuba, desapareciendo su rol de ciencia social
(Alzugaray, 2005, p. 141). Pero en otros países como en Brasil y Mé
xico, la disciplina no se vio truncada a pesar de los autoritarismos. La
diferencia fue quizá que en estos países el autoritarismo fue “menos
duro” que en otros (sin dejar de señalar la gravedad del asunto, com
parativamente en Brasil la dictadura militar fue “menos severa” que
en Argentina, Chile y Uruguay, mas no por ello menos autoritaria, y en
México era un autoritarismo bajo un partido hegemónico). Lo mismo
sucede en Colombia y Venezuela, donde fue precisamente durante la
década de 1970 que se inicia el proceso de profesionalización de los
estudios políticos (Leal, 1994, p. 118).
En Brasil, el régimen militar reprimió a los sectores de la comuni
dad científica y académica más activos en la oposición, pero por otro
lado posibilitó la ampliación de una red de instituciones ligadas a la
ciencia y la tecnología. Al inicio de la dictadura y hasta 1969 se hacía
patente una línea dura dentro de la cúpula militar, pero ya en 1974,
con el cambio generacional, aumentó la influencia de posturas más
favorables al desarrollo científico y la convivencia menos conflictiva
con la comunidad académica (Spina, 1997, p. 104). La reforma univer
sitaria de 1968 amplió el mercado de docentes universitarios, investi
gadores, becas de estudio, etc., favoreciendo la expansión de las cien
cias sociales, especialmente la ciencia política. Un año antes se funda
la Associação Brasileira de Ciência Política con el objetivo de estimu
lar el desarrollo de la disciplina en dicho país. Una encuesta realizada
por la misma asociación en 1969 muestra que la mayoría de los poli
60
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tólogos tenían una formación en derecho, y sólo unos pocos en socio
logía y ciencia política. No obstante, las materias y textos que los entre
vistados comentaban eran ya propiamente de ciencia política, lo que
mostraba una diferencia importante con sus predecesores (Michetti y
Miceli, 1969).
Los golpes militares tuvieron como efecto la migración de profe
sores argentinos, chilenos y uruguayos a países como México y Vene
zuela. En este último se aprovechó positivamente el “shock externo”
para ampliar el interés sobre fenómenos latinoamericanos y no sólo
internos, favoreciendo los estudios comparados principalmente en la
Universidad Central de Venezuela (ucv), donde, con la experiencia
de los estudios políticos dirigidos por García-Pelayo, se funda en
1973 la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos, y posterior
mente el Centro de Estudios del Desarrollo (Cendes) (Álvarez y Dah
dah, 2005, p. 247). En México fueron, sobre todo, las universidades
públicas como El Colegio de México, la unam, la sede de la Flacso-
México y la Universidad Autónoma Metropolitana (uam) –esta últi
ma fundada en 1974 como proyecto modernizador de la educación
después del movimiento estudiantil de 1968– quienes cobijaron a va
rios de los exiliados de la dictaduras en el Cono Sur y su llegada sig
nificó una bocanada de renovación para el desarrollo de la disciplina
en dicho país, a tal grado de que algunos señalan los años setenta
como la década del auge de la ciencia política en México por la difu
sión de nuevos estilos de investigación, la consolidación de literatura
especializada y sobre todo la creación de nuevos centros3 y áreas de
investigación y docencia (Bokser, 1999, p. 37).
Durante este periodo predominaron en la ciencia política latinoa
mericana los estudios de tipo sociológico, principalmente los enfo
ques estructural-funcionalista y marxista, en ambos existía obvia
mente una pluralidad de puntos de vista que compartían algunos
elementos en común. Dentro del marxismo, además de las propias co
rrientes internas, había una especie de marxismo militante que pugna
ba por una ciencia política más allá de las aulas y los centros de inves
tigación. En algunos países más que en otros, como en Brasil, México
3
En 1974 se creó el Centro de Investigación y Docencia Económicas (cide), en 1975
la Revista de Estudios Políticos en la unam, además de la ya citada Universidad Autóno
ma Metropolitana (uam).
61
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y Perú, imperaban fuertemente, además de los marxistas en sus diver
sas corrientes, los análisis derivados de la teoría de la dependencia y
las críticas al desarrollismo. Convivían, no obstante, otras perspecti
vas de análisis empírico de corte anglosajón, pero con poco impacto
en la academia. El predominio que llegó a alcanzar el marxismo en
esos años fue en parte producto de los movimientos políticos mundia
les de los años sesenta, que impactaron también el pensamiento polí
tico de la región. Los éxitos iniciales de la Revolución cubana (1959),
así como la difusión de algunos aspectos de revolución cultural en
China (1966), tales como considerar a la ciencia como parte de la
ideología “burguesa”, llevan a varios intelectuales y académicos a re
tomar el marxismo que había sido relegado ya en los años treinta y
cuarenta del siglo xx. Así, a finales de los años sesenta y durante toda
la década de 1970, el marxismo fue el paradigma dominante en casi
todos los círculos intelectuales de América Latina, sobre todo en Uru
guay, Perú y México.4 Sobre este último caso, estudiosos de la ciencia
política mexicana señalaron en su momento que la solidez de los aná
lisis marxistas “sigue dejando que desear”, y que el principal obstácu
lo de dicha corriente –que tenía una posición dominante en las univer
sidades e incluso hasta los años noventa– era “el acartonamiento, el
mecanicismo y la inflexibilidad en su aplicación” (Meyer y Camacho,
1979, p. 29). Y si bien la ciencia política había ya dejado atrás el do
minio de filosofía –sobre todo la normativa–, no hizo lo mismo con la
ideología (Merino, 1999, p. 16). La visión de cómo se concebía la idea
de la ciencia política en América Latina en esos años se nota en las
palabras de un filósofo chileno de la época:
Si los nuevos contenidos de las ciencias sociales en América Latina, im
puestos a ellos por la realidad misma, proyectan perspectivas revolucio
narias, entonces cabe demandar que consecuentemente su desarrollo
preste atención a los problemas más propios de la revolución: análisis de
clases y términos de las alianzas entre las clases interesadas en la revolu
ción; estructuras políticas y modalidades de lucha por el poder; funda
4
Incluso, en uno de los primeros diccionarios sobre ciencia política propiamente di
cha en México, la voz “Ciencia Política” está redactada con una fuerte tendencia al mar
xismo incluyendo un subapartado “La ciencia política en la obra de los clásicos marxistas”
(cfr. Bayona, 1978, p. 245).
62
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mentos, carácter y formas concretas de Estados nacionales; papel de la
violencia en la mantención y transformación de los sistemas de poder;
estrategia y táctica revolucionaria para la conquista del poder; aún, pro
blemas de la transición al socialismo [...] Se requiere una elaboración de
teoría política, para lo cual el marxismo ofrece los más valiosos funda
mentos, que se hace necesario desarrollar y que ciertamente no sustitu
yen el análisis de la realidad misma (García, 1975, pp. 54-55).
Llanamente se puede decir que si para inicios del siglo xxi, en los
congresos de ciencia política, las ponencias que se consideran más
científicas son aquellas que muestran correlaciones y regresiones, a
finales de los años sesenta y setenta lo eran aquellas que pugnaban
por una visión revolucionaria de la realidad, no era la democracia el
tema central, sino la revolución o la transición al socialismo. Lo mis
mo afirma Cansino (1998, p. 438), para quien la perspectiva marxista
fue la más influyente en América Latina durante esos años y sólo des
pués de la caída del socialismo real se fue diluyendo al grado que hoy
prácticamente es difícil identificar a un autor que se declare abierta
mente marxista.
En esos años, según Nikolaus Wertz, se publicaban textos de intro
ducción a la ciencia política, pero se trataba, en general y casi exclu
sivamente, de presentaciones de los conceptos clásicos de la política
según el modelo de Europa y Estados Unidos, y los pocos libros exis
tentes como exposiciones de la política propia del país eran una ex
cepción a la regla y casi todos con una impronta marxista (Wertz,
1995, p. 136). Incluso, algunos de los politólogos que estaban cons
cientes de la necesidad de avanzar de una ciencia política amplia o
tradicional a una más rigurosa sostenían que dicha especificidad resi
día en la “sociología política” y no en su expresión más amplia como
“ciencias políticas”, ya que aquella era la que había progresado más
en el desarrollo y la utilización de métodos de estudio empíricos (De
Souza, 1958, pp. 14-32).
Por su parte, Flores Olea, en referencia a los estudios politológicos
que se desarrollaban en América Latina, señalaba:
Es verdad que la inmensa mayoría de esos trabajos están lejos de llenar
los requisitos mínimos de una ciencia política en sentido estricto (ellos
se sitúan más bien en el campo de los estudios “tradicionales”); pero
63
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también es verdad que, con frecuencia, nos ofrecen datos, observacio
nes, análisis parciales, que son de inestimable valor. La ciencia política
en y sobre América Latina no debe olvidarlos; ellos contribuyen a acla
rar las causas y objetivos de los principales movimientos políticos lati
noamericanos, sus características esenciales, sus métodos y estrategia,
sus procesos de organización e institucionalización (o disgregación) etc.,
y representan una indudable fuente de sugerencias y estímulos para la in
vestigación política concreta (1967, p. 293).
Algunos libros de la época que hoy se consideran clásicos en la li
teratura politológica latinoamericana, como Siete ensayos de inter-
pretación de la realidad peruana (1928) de José Carlos Mariátegui;
La democracia en México (1965) de Pablo González Casanova; Sub-
desarrollo y revolución (1969) de Ruy Mauro Marini; Estudios sobre
los orígenes del peronismo (1971) de Miguel Murmis, y Juan Carlos
Portantiero, o La violencia en Colombia (1962) de Guzmán, Fals y
Umaña, son ejercicios de sociología e historia atentos a las estructu
ras económico-sociales influidos por la mirada totalizadora del mar
xismo, pero al mismo tiempo contienen la búsqueda de la comple
mentariedad teórica y metodológica. Estos y otros autores como
Medina Echavarría –autor de Consideraciones sociológicas sobre el
desarrollo económico (1963)– y Gino Germani –autor de Política y
sociedad en una época de transición (1965)– , además de los segui
dores del desarrollismo y la teoría de la dependencia –como Cardoso
y Faletto (1969)–, se pueden considerar con razón como precursores
de la ciencia política (Werz, 1995, p. 136).
La Sociología política de Duverger (1968) y otros libros similares
se leían como tratados esenciales para el estudio de la política, enten
diéndose el poder como variable dependiente y las diversas dimensio
nes de la sociedad (micro, macro, etc.) como variables independien
tes. De allí que el estudio de la política era una mezcla de sociología y
ciencia política: “los sociólogos hacen ciencia política” (Fernández,
2005, p. 64), pero también los economistas y los juristas, quienes si
guieron liderando los centros de investigación y docencia. El conduc
tismo o behaviorismo, considerada la corriente fundacional de la
ciencia política moderna estadounidense, tuvo un impacto muy desi
gual en la disciplina en Latinoamérica. Pocos trabajos se publicaban
con esta perspectiva; por ejemplo, en México, país donde incluso era
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una corriente muy conocida pero poco practicada, quizá por prejui
cios y razones ideológicas, pero también por el reducido dominio de
los métodos cuantitativos (Meyer y Camacho, 1979, pp. 23-24). Ob
viamente los trabajos existentes de tal corriente sobre dicho país y
América Latina eran (y son) de estudiosos estadounidenses en su ma
yoría; mientras que en Brasil, por el contrario, fue muy bien aceptada,
aunque no predominante, en todas las universidades salvo algunas
como en Minas Gerais. Estos aspectos aún continúan vigentes en va
rios países como en Venezuela, Ecuador y Bolivia, y en menor medi
da en Brasil, México y Argentina, por mencionar.
Si en el periodo jurídico-institucionalista la naciente ciencia polí
tica latinoamericana se ocupaba de temas del Estado a un nivel alto de
abstracción, en el periodo sociológico centró su atención a temas más
concretos como la cultura, la formas autoritarias del ejercicio del po
der y, sobre todo, la relación de la región con el resto del mundo
(Werz, 1995, p. 138), y absorbiendo también las teorías sobre el desa
rrollo político, entendido como la contrucción del Estado y la nación,
que se desarrollaban en las universidades estadounidenses, sobre todo
sus enfoques más importantes: el neoinstitucionalista, el economicis
ta, el de la cultura política y el del sistema social (Pasquino, 1974, pp.
34-35). Todavía a principios de los años ochenta, Norbert Lechner
identificaba cuatro principales líneas de investigación que se desarro
llaron en las tres décadas precedentes; en todas, “el Estado es [el]
tema central en el debate político y en las preocupaciones sociológi
cas en América Latina”: una que nace con la sociología moderna en la
región bajo la influencia de las teorías del cambio social y del desa
rrollo político; otra que se vincula con el pensamiento de la cepal y
que trata al Estado como agente del desarrollo económico; una tercera
vinculada con los estudios de la dependencia, que a diferencia de la
anterior, no pugna por la reforma del aparato estatal sino que se plan
tea la revolución de las estructuras sociales; y finalmente, una cuarta
línea, el estudio del estado autoritario y la crisis del pensamiento pro
ducto de las contradicciones sociales (Lechner, 1981, pp. 302-303).
La existencia de escuelas y facultades de ciencia política, los leves
pero firmes impulsos individuales para su desarrollo y la efervescen
cia intelectual para comprender los eventos de la época entre los años
sesenta y setenta contrastan con la baja o nula identificación con la
disciplina. En dicho periodo no había politólogos, en sentido estricto
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–o al menos como hoy se entiende–, y los paradigmas dominantes no
eran propiamente politológicos, y más aún, había cierta incomodidad
con los modelos de pensamiento existentes y se buscaba crear una
ciencia política más ad hoc a la idiosincrasia latinoamericana.
El rol del politólogo todavía era desconocido o incierto. Según el
sociólogo argentino Marcos Kaplan, los cientistas políticos en esos
años no eran todavía un grupo profesional reconocido y valorado en
las sociedades de América Latina. La necesidad de su existencia y su
funcionalidad no aparecían evidentes para el público medio ni para
ningún grupo significativo e influyente fuera de la academia. Más
aún, en varias universidades latinoamericanas había –y aún persiste
en muchos casos– indiferencia e incluso hostilidad hacia las ciencias
sociales, sobre todo hacia aquellas disciplinas que desarrollan un senti
do crítico sobre la explicación de la sociedad, así como a la invención
y la innovación (Kaplan, 1973, p. 35). La sola denominación ciencia
política –dice Kaplan– y “su objeto manifiesto subrayan el carácter
peligroso, potencialmente subversivo, de la actividad” y prosigue “su
situación institucional es también incierta. En el mejor de los casos,
constituyen enclaves tolerados en las universidades y en los órganos
gubernamentales” (Kaplan, 1970, pp. 53-54, cursivas mías).
Esta visión negativa sobre la disciplina tenía también raíces en una
percepción general sobre los estudiantes de ciencias sociales en las
universidades latinoamericanas que pervivió durante casi todo el si
glo xx. Vistos como uno de los cuerpos más activos políticamente
dentro de cada país, los estudiantes de ciencias sociales se centraban
“en el estudio de la determinación y los fines de la sociedad entera”,
consecuentemente, los estudiosos de las “ciencias políticas” se distin
guían por su intensa participación en las actividades estudiantiles, no
obstante, una apatía generalizada: “los estudiantes de algunas disci
plinas como historia, sociología, tienden a exhibir el más alto grado
de participación activa” en tanto que en otras carreras se presenta lo
contrario (véase Solari, 1968, p. 60 y passim.). Ésta era una situación
paradójica: allí donde las escuelas y facultades tenían un mayor grado
de institucionalización, la participación política tenía una tendencia
hacia la pasividad; al contrario, allí donde la organización disciplina
ria era todavía débil comparativamente, como era el caso de las cien
cias políticas, la participación era más intensa.
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En la búsqueda de ocupar un espacio más vasto en las ciencias –en
el sentido amplio del término–, es también que en este periodo los
científicos sociales, y en particular quienes se dedican a la ciencia po
lítica, llevan a cabo reflexiones introspectivas sobre la necesidad de
desarrollar una disciplina propiamente latinoamericana:
La imposición de pautas correspondientes a los centros de Estados Uni
dos ha elevado niveles de exigencia en cuanto a objetivos, organización,
técnicas y equipos también la existencia y el despliegue de actitudes in
dependientes e imitativas, la aceptación acrítica, la identificación incon
dicional, la mimetización, no sólo respecto a las teorías, los modelos y
los métodos, sino incluso respecto a las falsas o defectuosas imágenes
sobre América Latina que provienen de algunos centros metropolitanos.
En muchos cientistas latinoamericanos ha existido un sentido de minus
valía que impide asumir y desarrollar plenamente las propias posibilida
des de autonomía (Kaplan, 1970, p. 69).
Pocos años antes, durante la Conferencia sobre Tensiones en el
Hemisferio Occidental, celebrada en El Salvador, Bahía, el politólogo
e intelectual mexicano Daniel Cosío Villegas señalaba algo similar:
La verdad de las cosas es que nosotros los latinoamericanos (los indivi
duos y las instituciones) no estudiamos del todo nuestros problemas, o
los estudiamos tarde o de manera insuficiente. Entonces ocurre que, al
vernos forzados por alguna razón a opinar sobre ellos, tratamos de repa
rar nuestra desidia acudiendo a los estudios hechos por sabios europeos
y norteamericanos, y sobre fenómenos análogos (real o falsamente aná
logos). Tras esta primera tragedia, viene la segunda: pronto descubrimos
que esos estudios nos ayudan poco o nada, e incluso que nos hacen caer
en la trampa de creerlos válidos […] Tratándose, sin embargo, de fenó
menos humanos, con una fuerte, inconfundible raíz histórica, las varian
tes que ofrecen pueden hacer inoperantes las conclusiones basadas en
condiciones europeas o norteamericanas (1963, pp. 317 y ss.).
Pero es quizá en El cesarismo en América Latina (1965) de Peral
ta Pizarro donde se hace evidente la idea de crear una ciencia política
netamente latinoamericana; mediante su análisis, el autor logra (o tra
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ta de) hacer una interpretación de los sistemas políticos latinoameri
canos con el objetivo, entre otros, de que
...América Latina no puede ser examinada con las anteojeras de un pre
sunto campo perfecto en lo político y social, campo que a menudo se
asocia a lo que nos pueda deparar el viejo continente; los términos de
mocracia, estado jurídico, civilización, no diremos que nuestros países
sufren una quiebra fundamental. Lo que sucede es más complejo; hay
una refractación de ellos en las condiciones peculiares del ámbito ameri
cano (Peralta, 1965, p. 10).
Para Peralta Pizarro, como muchos otros, América Latina tiene (o
tenía) una realidad particular que no es fácil de comprender bajo los
parámetros de las ciencias sociales europeas o estadounidenses, porque
quienes practican esa ciencia provienen de medios culturales total
mente diferentes, pero también “sociólogos e historiadores sudameri
canos, los cuales en muchos casos, “distorsionan la perdurabilidad de
nuestros rasgos determinantes por la exclusiva fijación mental de fórmu
las que tratan de ser adaptadas a golpes de martillo en la complejidad
sociológica de la América Ibérica” (p. 146).
En síntesis, para varios politólogos de la época, América Latina
tiene una estructura social tan diferente y una raigambre histórica úni
ca que de ellos no pueden surgir instituciones democráticas similares
a las europeas o estadounidenses, y por ello, los conceptos y teorías
de la politología y sociología dominante proveniente de tales regiones
no es compatible con la realidad latinoamericana, más aún, al utilizar
las, lo único que se logra es distorsionar la realidad en vez de com
prenderla.
Al mismo tiempo, la ciencia política a la americana seguía viendo
a Latinoamérica como parte del area studies y en la cual la propia
ciencia latinoamericana estaba todavía lejos de “conversar” con aqué
lla. Kaufman (1971) señalaba que todavía era necesario el desarrollo
de conceptos y de un lenguaje científico que al menos permitiera ver
daderas investigaciones del tipo cross-national y sobre todo el desa
rrollo de teorías alejadas de la idiosincrasia y la singularidad que per
mitieran la comparación con otras regiones y países. Ya desde finales
de la década de 1950 y en la década de 1960 América Latina era cen
tro de atención de la politología estadounidense, que buscaba enten
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der los cambios económicos experimentados en la región desde 1930
y sobre todo los cambios en los sistemas oligárquicos, el surgimiento
de la política de masas y el populismo. Pero en la década de 1970 di
versos trabajos intensificaron la influencia de la ciencia política nor
teamericana. Investigadores nacidos o no en Estados Unidos, pero
educados en dicho país, adquirieron gran notoriedad ante una ciencia
política latinoamericana exigua en estudios empíricos y con una fuer
te tendencia al sociologismo principalmente marxista. Las investiga
ciones de Philippe C. Schmitter sobre el corporativismo (1971), de
Alfred Stephan sobre los militares en Brasil (1971), así como los tex
tos de Guillermo O’Donnell (1972) y más adelante el de Juan J. Linz
y Stephan (1978) son representativos de la influencia que la ciencia
política estadounidense tuvo en la producción del conocimiento sobre
América Latina y en los politólogos de la región en las décadas si
guientes (véase Munk, 2007a). La crítica hacia la ciencia política es
tadounidense de la época, elaborada por José Luis Orozco (1978), estaba
dirigida precisamente a señalar que en general esta ciencia tenía un
sesgo reduccionista y en sus afanes antiideológicos terminaba por
crear no un “sistema empírico”, sino un sistema formal y axiomático,
estático, privado de un contenido cultural universalista. Sin embargo, no
toda la politología estadounidense cabría en la crítica de Orozco, más
bien apenas una parte y que no es necesariamente seguida en dicho
país. Pero lo relevante es que, precisamente, dicha crítica representa
todavía ese rechazo a “conversar” con la politología estadounidense
por considerarla ajena a la realidad latinoamericana.
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V
El impacto de la democratización
A partir de la década de 1980 en adelante, y sobre todo en la pri
mera década del siglo xxi, se desarrollan –sobre todo en los últimos
años y en mayor número– estudios propiamente de ciencia política en
sentido estricto, alejados del formalismo jurídico, en el cual se trata
de dejar atrás las teorías sociológicas y sobre todo la impronta del
marxismo, aunque no siempre con mucho éxito. La política latinoa
mericana es objeto de análisis no sólo de los propios estudiosos en la
región, sino que es ya también centro de atención de politólogos de
otras latitudes, principalmente de universidades en Estados Unidos.
Si bien, como ya se mencionó, América Latina ya estaba en la agenda
de investigación de la politología estadounidense, sobre todo después de
la Revolución cubana, es a partir de las transiciones a la democracia
que se renueva ampliamente dicho interés fundándose centros y pro
gramas de especialización, lo que ha permitido que en los países lati
noamericanos se introduzcan con mayor fuerza las corrientes domi
nantes de la ciencia política estadounidense (cfr. Hartlyn, 2010).
Dicho periodo comienza precisamente con los procesos de demo
cratización en la región y coincide en buena medida con el desarrollo
de la infraestructura para los estudios politológicos, principalmente
en Argentina, México y Brasil, expandiéndose también en varias uni
versidades privadas de estos y otros países; y si bien en el resto de la
región se llegan a compartir las corrientes intelectuales dominantes,
no así las estructuras de investigación. La disciplina se empieza a di
fuminar en otros países donde su presencia era muy reducida, como
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en Bolivia, donde entre 1983 y 1986 se crean las carreras de ciencia
política en algunas universidades (Varnoux, 2005). En otros, como en
Venezuela donde se habían mantenido los estudios politológicos en un
nivel aceptable, tiene un crecimiento especialmente pronunciado (Ál
varez y Dahdah 2005). En Colombia, desde finales de los años ochenta
y durante toda la década de 1990, se presenta un crecimiento de insti
tutos y programas dedicados a la ciencia política en universidades pú
blicas y privadas (Bejarano y Wills, 2005, p. 116).1 Pero en otros paí
ses, principalmente en Centroamérica, la ciencia política como
disciplina académica autónoma continúa siendo prácticamente inexis
tente en las universidades públicas (por ejemplo, Panamá) y sólo se
mantiene como carrera en algunas privadas (por ejemplo, en El Sal
vador).
En Argentina a partir de 1983 se recupera en poco tiempo el im
pulso que fue truncado por la dictadura. Si bien la democracia trajo
consigo de nuevo un fuerte interés por las ciencias sociales por parte
del Estado, éste no tenía los recursos suficientes para llevar a cabo
una política científica expansiva. A pesar de ello se inició una nueva
etapa en la ciencia política argentina revitalizando el interés por la de
mocracia y su consolidación. En la Universidad de Buenos Aires, en
1984 se presenta el Informe Strasser para la creación de la carrera de
ciencia política en la Facultad de Derecho, a la que le siguen otras
universidades públicas y privadas (U. Torcuato di Tella, U. Católica
Argentina, U. de San Andrés, entre otras), y se fundan nuevos centros
de investigación como el Centro Latinoamericano para el Análisis de
la Democracia (clade) y el Centro de Investigaciones Europeo-Lati
noamericano (eural) que se sumaron a los ya existentes.
Durante la dictadura en Uruguay, los militares habían irrumpido
violentamente en la Universidad, así que los pocos politólogos logra
ron apoyarse en centros de investigación privados, muchos de ellos
creados en la década de 1970; pero en 1985 se crea el Instituto de
Ciencia Política dentro de la Facultad de Ciencias Sociales, separan
do así las cátedras que se ofrecían en las facultades de Derecho y Eco
nomía, en 1989 se crea la licenciatura y en 1991 la Revista Uruguaya
de Ciencia Política (Garcé, 2005, pp. 236 y ss.).
1
En 2012, en la Universidad de la Sabana en Colombia se crea la Carrera en Ciencias
Políticas dentro de la Facultad de Derecho.
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En 1990 Lechner señalaba que en Chile existía una doble parado
ja: fuerte desarrollo del análisis político con un bajo grado de institu
cionalización de la disciplina (cit. por Fernández, 2005, p. 63). Una
afirmación que contrasta con el hecho de que a partir de los años
ochenta en Chile se crean más instituciones favorables a su desarro
llo, en 1981 se crea el Instituto de Ciencia Política en la Universidad
de Chile, dos años antes el Instituto de la Universidad Católica co
mienza a publicar la Revista de Ciencia Política y en 1982 instaura un
programa de posgrado en la materia, posteriormente la iniciativa pri
vada funda un centro para la investigación politológica y en 1986 se
funda la Asociación Chilena de Ciencia Política.
En Perú, la ciencia política nuevamente aparece en 1988, y esta
vez en una institución pública, en la Universidad Nacional Federico
Villareal (unfv), y diez años después, en medio de la efervescencia
política de la década de 1990, se crea la Maestría en Ciencia Política
y le seguiría igualmente una institución privada, la Pontificia Univer
sidad Católica del Perú (pupc). Unos años antes, en 1991 se fundó el
Instituto Superior de Ciencia Política y Ciencias Sociales “Voltaire”
con el objetivo de formar analistas políticos, muchos de los cuales
promovieron la institucionalización de la disciplina en ese país. Pero
a partir del 2000, una vez que quiebra el régimen fujimorista, la ciencia
política en Perú adquiere mayor difusión no sólo en la academia –apa
reciendo nuevas instituciones, sobre todo privadas, que ofrecen el
grado–, sino en los medios, donde el rol del politólogo empieza a ser
reconocido como un experto en las cuestiones estrictamente políticas
(Gómez Híjar, 2008, pp. 48 y ss.).
La creación de nuevas instituciones fue el motor que llevó a repen
sar los paradigmas dominantes en la disciplina y a integrar enfoques
que anteriormente sólo pocos politólogos utilizaban en el estudio de
la realidad latinoamericana. A diferencia de las décadas anteriores, a
simple vista no existe un paradigma dominante, los politólogos se
apoyan en instrumentos estadísticos, recurren a diversos esquemas
teóricos en boga, como la elección racional y el neoinstitucionalismo.
Ya no es el enfoque lo que define la agenda de investigación, sino los
temas. En el caso de México, la ciencia política se liberó de la socio
logía, pero perdura la tradición histórica (Loaeza, 2005, p. 201). Aun
que lo mismo puede decirse para Brasil, Perú, Colombia y Venezuela.
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Para algunos, el retorno a la democracia no tuvo un impacto posi
tivo en la disciplina e incluso ven la relación entre ciencia política y
democracia como una visión elitista propia de los estadounidenses.
En ciertos países subsisten algunas perspectivas que influyen el análi
sis sobre la política, como sucedía en Bolivia a inicios de los años
ochenta: allí dónde se crean las licenciaturas en ciencia política toda
vía imperaban las perspectivas marxistas dominantes en los años se
tenta. Cuestión que es superada en los años subsecuentes (Varnoux,
2005, p. 95). En 1997, un politólogo venezolano (Bansart, 1997) se
ñalaba que era imposible estudiar ciencia política y no asumir ningu
na postura política. Pero más aún, señalaba que la disciplina en Amé
rica Latina debía ser una herramienta del politólogo para la acción o
la praxis política. Dicha afirmación es todavía parte de la impronta
del marxismo dominante del periodo anterior, pero se puede observar
que si bien varios estudiosos de la política en los años ochenta se asu
mían como marxistas ello no se reflejaba necesariamente en los análi
sis y estudios publicados. Ello es patente en el caso de Perú, donde ya
existía una larga tradición de análisis, pero fue hasta la década de
1990 que, según Martín Tanaka (2005), se comienzan a observar tra
bajos politológicos que dialogan con la ciencia política estadouniden
se. Mientras que en México existía el dilema (real), que la debilitó –o
no hizo crecer a la disciplina–, entre la dedicación a la investigación o
a la práctica política; quienes se dedicaban a la primera se encontra
ban con un sistema político muy cerrado que no ofrecía datos empíri
cos, y entre los existentes muchos eran dudosos.
También el arribo y difusión de la democracia en la región abrió
un amplio abanico de propuestas de análisis poniendo a América La
tina como foco de atención de muchos politólogos europeos y nortea
mericanos. Si bien hacía años que el análisis de la política latinoame
ricana había contribuido sistemáticamente al desarrollo de la ciencia
política en el mundo, fueron los procesos de democratización de los
años ochenta que abrieron diversas líneas de investigación respecto a
las reformas políticas y económicas en la región, quizá similar al im
pulso que los procesos de descolonización de la segunda posguerra
del siglo dieron a la corriente de estudios sobre el desarrollo político
en los años sesenta y setenta (cfr. Munck, 2007b).
Todavía a principios de la década de 1970 América Latina era una
región relativamente marginal en los esfuerzos de elaboración de “ca
74
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tegorías de análisis para la comparación intercultural y la compren
sión de los procesos denominados de desarrollo político”. Las catego
rías de análisis recientes en esos años en los estudios políticos habían
emanado empíricamente del análisis de los países emergentes de Asia
y África (Fortín, 1971), la corriente, por ejemplo, de los estudios del
desarrollo político, había surgido del análisis de los procesos de des
colonización en África subsahariana y del estudio de la consolidación
de los Estados en Asia sudoriental, por ejemplo, los sistemas políticos
no occidentales (Lucian W. Pie) o la aplicación del esquema estructu
ral funcionalista de Almond (The Politics of the Developing Areas,
1960). Algunos politólogos como Schmitter, Stephan y O’Donnell
empiezan a introducir el estudio de la política en América Latina con
mayor impacto que en décadas anteriores, sobre todo el análisis sobre
el quiebre de las democracias. Posteriormente serán estos y otros po
litólogos norteamericanos quienes desarrollaran líneas de investiga
ción ligadas al estudio de los procesos de transición en la región. Aho
ra bien, el estudio comparado en y sobre los países de la región no era
nuevo, lo relevante es que precisamente a partir de los procesos de de
mocratización la ciencia política latinoamericana empieza a ver más a
Estados Unidos y sus métodos de investigación, reduciendo así la in
fluencia, aunque no totalmente, de las perspectivas que habían domi
nado la disciplina en los periodos anteriores.
En el contexto de revitalización de la disciplina, a mediados de los
años ochenta aparece un texto del sociólogo argentino Torcuato di Te
lla (1985) que ejemplifica la necesaria transición que requieren los
análisis sobre la realidad latinoamericana de la época. Di Tella ponía
de relieve la profundidad que sobre los fenómenos ofrece el análisis
histórico y también el sociológico, el cual, según el autor, no puede
aferrarse a marcos teóricos predefinidos como sucedía con el marxis
mo y el estructural-funcionalismo. “El marco teórico no es algo que
se adopta, sino que se elabora, se corrige y se adapta sobre la marcha”
(1985, p. 41). Para Di Tella, el marxismo perdió su rol profético (res
pecto a las sociedades y su posible transformación al socialismo),
pero su componente teórico básico (el rol central de las clases socia
les en la determinación de los fenómenos políticos, culturales e ideo
lógicos) sigue estando vigente. Mientras el marxismo exige una pro
fundización en factores históricos causales identificando los grupos
sociales (clases) y su impacto en las decisiones y configuraciones es
75
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tructurales, el funcionalismo (todavía vigente su diseño epistemológi
co) estudia un elemento (x), sus consecuencias (c1, c2, … cn) y sus
efectos (f1, f2…, fn) tratando de identificar y explicar los elementos
y efectos causales (1985, p. 64). Di Tella busca la integración teórica
como un nuevo punto de partida para el análisis de la política latinoa
mericana bajo la idea de que no es posible saber con exactitud si los
factores causales van a estar presentes. Por ello propugna por la dis
gregación conceptual y una subdivisión de los fenómenos, así como
reivindica el eclecticismo. Pero Di Tella tiene todavía –no obstante–
en mente de manera fuerte la perspectiva sociológica del estudio de la
política. Aboga por un pensamiento ecléctico no de una ciencia polí
tica, sino de una sociología política a la cual concibe casi como supe
rior a otras ciencias sociales que se aboquen a este ámbito.
Ya a finales de la década de 1990, cuando la democracia en la re
gión se estaba afirmando, César Cansino (1998) elaboró un breve
análisis sobre los diagnósticos de la realidad latinoamericana de los
últimos años que varios intelectuales y politólogos habían desarrolla
do. Cansino, sin embargo, parte desde el inicio con un prejuicio hacia
los autores, y con cierta incredulidad respecto de los análisis existen
tes sobre la democracia en la región:
Trataré de demostrar que la mayoría de los diagnósticos con los que con
tamos sobre el presente latinoamericano y en particular sobre las dificul
tades para avanzar en la democracia y para afirmar procesos de desarro
llo socioeconómico más equilibrados y equitativos, han fracasado o son
francamente insuficientes para dar cuenta de la complejidad de la reali
dad de la región (Cansino, 1998, p. 435).
Más allá de las subjetividades, lo relevante del análisis de Cansino
es la concisa revisión de la producción intelectual en los campos de la
filosofía y la ciencia política en América Latina de las décadas de
1980 y 1990 apoyándose en el conocido esquema de Gabriel Almond
(1990) de las “mesas separadas”. Recordemos que para Almond, en la
ciencia política “prevalece una incómoda fragmentación” y observa
que es un malestar anímico. La división o fragmentación no es sola
mente de métodos o enfoques, sino de un cruce entre dimensiones
ideológicas y metodológicas. En la dimensión metodológica están los
extremos blandos, es decir, estudios densamente descriptivos y aque
76
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llos estudios filosóficos abiertos a las pruebas empíricas y los análisis
lógicos; mientras que en los extremos duros están los estudios de ca
rácter cuantitativo, econométrico, aquéllos con modelos matemáticos,
análisis estadísticos e incluso con experimentos y simulación compu
tarizada. En la dimensión ideológica está la izquerda: los marxistas,
los teóricos de la “política crítica”, los dependentistas y los teóricos
del sistema mundial. En el extremo derecho están los (neo)conservado
res que favorecen, entre otras cosas, el libre mercado y la limitación a
la influencia del Estado. Apoyándose en una conocida metáfora y
combinando las dos dimensiomes, Almond considera que el estado
actual de la ciencia política es como “cuatro mesas separadas”:
a) La izquierda blanda, donde se encuentran quienes comparten el
postulado metametodológico de que el mundo no puede enten
derse en función de esferas y dimensiones separadadas, sino
como una totalidad espacial-temporal. En esta escuela se en
cuentran los marxistas ortodoxos, para quienes la objetividad
no es apropiada, ven a la ciencia política con un compromiso
ideológico y puede (y debiera) integrarse a la lucha política e
integrar sus actividades con los compromisos de la izquierda; el
principal cometido de la izquierda blanda –señala Almond– es
la impugnación del profesionalismo en la ciencia política; en
esta perspectiva se encuentran autores tales como Horkheimer,
Adorno, Marcuse, Lukáks, Perry Anderson, Goran Therborn, en
tre muchos otros, además de los dependentistas como Cardoso
y Faletto.
b) La derecha dura, contrariamente a la izquierda dura, es ultra
profesional en cuanto a metodología, y su fortaleza es un vasto
arsenal de metodologías científicas: deductivas, estadísticas y
experimentales. Propende a considerar las formas de análisis
histórico y descriptivo como productos menores de la ciencia
política. Sin embargo, los modelos del interior difieren en los
grados de convicción de sus resultados. En este cuadrante se
encuentra el movimiento de la elección pública, por un lado la
escuela de Virginia con James Buchanan y Gordon Tullok, y
por otro la escuela de Rochester fundada por William Riker y
con amplia influencia en la ciencia política contemporánea.
Pugnan por un menor papel del Estado en la distribución de la
77
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riqueza, argumentan que la economía privada es más eficiente y
suponen que las decisiones políticas se basan en un consenso
racional.
c) La derecha blanda es la corriente de politólogos con metodolo
gías tradicionales, pero que se ubican en el lado derecho del es
pectro ideológico, “la Ilustración y la Revolución científica son
los enemigos”. Esta perspectiva considera que la (nueva) cien
cia política no sólo es amoral, sino que tampoco es generadora
realmente de conocimiento, pues no ha creado algo importante
que no conocieran ya los clásicos. Las verdades están fuera de
tiempo, del espacio y de cualquier contexto. Para esta corriente,
representada por Leo Strauss y sus seguidores, la filosofía pos
maquiaveliana propició el relativismo moral y el deterioro de la
virtud cívica, y la ciencia política conductista es producto de
gradado de este deterioro moral.
d) La izquierda dura emplea una metodología científica para pro
bar proposiciones socialistas y de las teorías de la dependencia.
Aquí se encuentran los cuantificadores del sistema mundial,
que en el siglo xxi han aprovechado muy bien las nuevas técni
cas derivadas de la computación, como el análisis estadístico y
de redes. Pero ésta es una corriente que no ha logrado crear un
consistente aparato explicativo, ya que sus resultados no han
reflejado lo que sus convicciones les inducen.
Según Almond, estas cuatro posturas ponen a la mayoría de los
politólogos en una situación incómoda, ya que no se acepta fácilmen
te que alguna de ellas se adjudique el profesionalismo de la disciplina
ni mucho menos que escriba su historia. “La historia de la ciencia po
lítica –escribe Almond– no apunta a ninguna de estas apartadas mesas,
sino más bien hacia la porción central en donde [están] los partidarios
de metodologías mixtas y aspiran a la objetividad”.
Cansino (1988) ordena de forma similar en dos dimensiones, una
ideológica (izquierda y derecha) y otra metodológica (suave y dura),
el pensamiento político latinoamericano de los últimos veinticinco
años. La dimensión metodológica suave, según Cansino, es aquella
donde se ubican los autores que no adoptan el método científico rigu
roso, sin embargo, muchos de sus argumentos analíticos han tenido
implicaciones teóricas para la comprensión de la política en la región.
78
Buscando_identidad.indd 78 09/07/14 17:14
Cerca de dicha dimensión se pueden ubicar algunos científicos socia
les que “abrevan en el paradigma marxista” e incluso a los diversos
estudiosos que se adscriben al movimiento posmodernista de origen
europeo para pensar el presente latinoamericano. En el otro extremo,
en la dimensión metodológica dura, Cansino ubica a politólogos, so
ciólogos y antropólogos que emplean métodos demostrativos “más o
menos” rigurosos, que siguen y al mismo tiempo tratan de enriquecer
las perspectivas institucionalistas y la teoría social contemporánea.
Cuadro 2. Adaptación de Cansino del esquema de Almond
Dimensión Ideológica
Izquierda Derecha
Blanda Tradición marxista Intelectuales liberales
Dimensión
metodológica Dura “Culturalistas” y Enfoques empiristas y
sociólogos funcionalistas
En la dimensión ideológica de izquierda, Cansino ubica a la tradi
ción marxista y sus diversas variantes, tanto extremas como modera
das; mientras que en la dimensión de la derecha ubica a aquellos que
comulgan con las doctrinas liberales, así como a los “transitólogos” –los
cuales abundaron a finales de la década de los noventa– y a quienes com
parten la asociación entre capitalismo y democracia como necesaria y
reducen la noción de democracia al ejercicio electoral y parlamenta
rio.
De esta forma, Cansino combina las dos dimensiones clasificando
así a los estudiosos latinoamericanos de las dos décadas que le intere
sa analizar. La derecha dura son los politólogos adscritos plenamente
a los enfoques empiristas y funcionalistas provenientes de la ciencia
política desarrollada sobre todo en Estados Unidos, los transitólogos
tales como Guillermo O’Donnell, Manuel Antonio Garretón, Marcelo
Cavarozzi, entre otros (incluso Cansino se autoinserta en esta dimen
sión en la época de sus primeros trabajos). En la derecha suave esta
rían los intelectuales afines a la teoría liberal de finales del siglo xx,
como Octavio Paz y Enrique Krauze en México, Mario Vargas Llosa
en Perú, y José Guilherme Merquior, Celso Lafer, Ciro Ferreira Go
mes y Roberto Mangabeira en Brasil. En la izquierda dura se encon
79
Buscando_identidad.indd 79 09/07/14 17:14
trarían los intelectuales “culturalistas”, como Néstor García Canclini,
Jesús Martín Barbero, entre otros; y los “sociólogos” como Sergio
Sermeño, Francisco Zapata y Hugo Zemelman. En la izquierda suave
estarían aquellos que se han aferrado al marxismo y que en realidad
han tenido poco éxito por la inconsistencia de sus discursos y porque
los hechos han superado su dogma, en este grupo se encontrarían Pa
blo González Casanova, Atilio Borón, Edelberto Torres Rivas, entre
otros. Finalmente, suma dos enfoques que “no admiten clasificacio
nes exactas”, pero que son igualmente influyentes para pensar el pre
sente latinoamericano: los posmodernos, aquellos que son proclives a
adoptar esquemas europeos (Baudrillard, Lyotard, Vattimo, etc.) para
explicar la realidad latinoamericana, como Rigoberto Lanz y Roberto
Follari; y los desarrollistas, que como su nombre lo indica, “basan sus
reflexiones de la región en la noción de desarrollo”, como Marcos
Kaplan, Francisco Weffort, Albert O. Hirschmann y otros.
Más allá de la clasificación, lo paradójico del análisis de Cansino
es que haya ubicado incluso a literatos (Paz y Vargas Llosa, por ejem
plo) como influyentes en el pensamiento político de la región, así
como a varios sociólogos y los posmodernos. Ello mostraría cómo en
gran parte los politólogos en esos años tenían (o tienen todavía) un
bajo predominio en la discusión de los asuntos políticos y sobre todo
que existe cierto recelo hacia la metodología empírica como base de
la demostración de las afirmaciones, cuando es precisamente la base
de las ciencias sociales. El artículo de Cansino tiene un objetivo muy
claro, como introducir su preferencia por una perspectiva de análisis
(la “metapolítica” y la sociedad civil) y menos un examen de la poli
tología de esos años; empero, la clasificación que hace de los autores
es ilustrativa de la misma imagen que se tiene de los politólogos: des
de la perspectiva de Cansino (y de otros), pareciera que su campo de
estudio es permeable y abierto a todo tipo de disciplinas, sociales y
humanísticas, el politólogo latinoamericano es uno más, entre poetas,
intelectuales y literatos, se mueve en una disciplina que tiene un obje
to de estudio que no es de su exclusividad, pero sobre todo, su rol
frente a otros pensadores de la política puede ser incluso disminuido.
Pero es precisamente en esos años que se inicia la discusión y el
empuje de la ciencia política de corte (en mayor medida) empírica, y
se retoman los argumentos del conductismo que prácticamente esta
ban ya rebasados en otros países. A pesar de que para varios politólo
80
Buscando_identidad.indd 80 09/07/14 17:14
gos (por ejemplo, Dahl, 1961) dicho paradigma había sido superado,
lo interesante es que incluso una rápida lectura de los “dogmas de fe
conductistas” de principios de la década de 1950, se parecen mucho a
las posturas de algunos politólogos duros más citados.
Siguiendo a Somit y Tanenhaus (1988, pp. 222-224), los presu
puestos centrales del paradigma conductista son: i) la ciencia política
puede convertirse en una ciencia capaz de predicción y explicación;
ii) debe ocuparse principalmente, si bien no exclusivamente, de los
fenómenos que en realidad pueden ser observados; iii) los datos de
ben cuantificarse y los “hallazgos” deben basarse en datos cuantifica
bles, pues sólo la cuantificación puede hacer posible el descubrimiento
y establecimiento preciso de relaciones y regularidades; iv) la investi
gación debe estar orientada hacia la teoría y dirigida hacia la misma;
v) debe encaminar sus esfuerzos a favor de la investigación pura y ol
vidar los proyectos de investigación aplicada; vi) la verdad o la false
dad de los valores (democracia igualdad, libertad, etc.) no pueden es
tablecerse científicamente y se encuentran fuera del alcance de toda
investigación legítima. De allí que los politólogos deban abandonar
los “grandes temas”, excepto aquellos donde puedan ser analizados
mediante acontecimientos empíricos (por ejemplo, los votos); vii) los
científicos políticos deben ser más interdisciplinarios, pues la política
es sólo una forma de conducta, y viii) la ciencia política debería vol
verse más consciente de sí misma y más crítica respecto a su metodo
logía, desarrollando y utilizando modelos matemáticos y simulación
estadística.
Como sucedió a finales del siglo xix y principios del xx cuando el
positivismo era la moda intelectual “dominante” –no la única– tanto
en Europa como en Estados Unidos, así como en América Latina, hoy
se podría decir que nuevamente se presenta una situación de sintonía
entre las ciencias sociales que se hace y desarrolla en Estados Unidos
y Europa y la que se practica en Latinoamérica. Aquello que se puede
llamar neopositivismo es la moda imperante en las ciencias sociales
en la región.
Es posible afirmar que en la ciencia política contemporánea –pero
en otras ciencia sociales también– ha triunfado el cientificismo (o po
sitivismo). Las técnicas actuales de análisis politológico –las cuales
contienen un alto contenido estadístico y lenguaje matematizante–
han extendido el método epistemológico de las ciencias naturales jus
81
Buscando_identidad.indd 81 09/07/14 17:14
tificando su “necesidad” en la búsqueda de la cientificidad y, presupo
nen como nunca antes la neutralidad ideológica del científico social y
posibilidad de la objetividad que se encuentra en las ciencias exactas.
Aunque esta “neutralidad” puede estar asociada, como lo argumenta
ron ya desde hace décadas los críticos de esta perspectiva, a una vi
sión conformista de la realidad social que pugnaría por la afirmación
del statu quo y la inhibición del cambio social. Fenómenos que es
capan a la cuantificación, como los movimientos sociales de alcance
nacional e internacional, la protesta, como la otra cara del apoyo polí
tico o confianza social, etc., son fenómenos generalmente marginales
–aunque no marginados del todo– en el estudio politológico contem
poráneo.
82
Buscando_identidad.indd 82 09/07/14 17:14
VI
La institucionalización de la disciplina
Sin duda los procesos de democratización en América Latina, en
la década de 1980 trajeron un fuerte impulso para los estudios polito
lógicos. Los procesos de liberalización y de transición de los regíme
nes en la región, las primeras elecciones democráticas, el (re)surgi
miento de los partidos políticos, así como la aparición de nuevos
movimientos sociales, los procesos de integración económica regiona
les, y los cambios en la escena internacional como la desintegración
de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), la desapa
rición de los regímenes socialistas en Europa del Este y la creciente
influencia de la Unión Europea en la política internacional, necesita
ban la interpretación de profesionales en asuntos políticos, el uso de
novedosos enfoques y diferentes herramientas analíticas. Dicho contex
to favoreció la aparición de nuevos programas de estudio, faculta
des, escuelas y centros de análisis político, así como de publicaciones
especializadas en las materias de la ciencia política, la administra
ción pública, las políticas públicas y las relaciones internacionales,
entre otras. Pero fue un crecimiento desigual si se compara entre los
países de la región: en algunos no existe siquiera la carrera en las
universidades, en otros, donde sí existe, hay una diversidad de enfo
ques sobre lo que es o debería ser la disciplina, lo que dispersa el
conocimiento; las publicaciones en algunos países de la región son
pocas, en otras abundan pero no todas son de calidad, y finalmente,
83
Buscando_identidad.indd 83 09/07/14 17:14
la comunidad de politólogos es reducida respecto al número de po
blación.
Los programas de licenciatura en ciencia política (cuadro 3) se
concentran entre 6 y 9 países, siendo Argentina (22% del total), Brasil
(12%) y México (29%) los países con mayor número. Empero, en
programas de posgrado –maestrías y doctorados– el número es signi
ficativamente menor: Argentina concentra 27% de los programas de
maestría, Chile 16%, Brasil 13% y Venezuela 11%, mientras que Mé
xico apenas 9%. Y en relación con los programas de doctorado, el nú
mero disminuye, de los 33 programas existentes (2005), Argentina
tiene más del 50%, Brasil 19%, mientras que México apenas 12%, al
igual que Venezuela.
En todos los países existen varios programas de posgrado en ciencias
sociales, que en la última fase ofrecen materias y seminarios en cien
cia política, empero no se consideran programas de la disciplina stric-
tu sensu, ya que dicha especialización depende en mucho de los pro
gramas de investigación individual de los alumnos y sus profesores, y
menos de los programas en sí mismos. Lo anterior muestra que a pe
sar del boom de la disciplina en la región, a nivel de la enseñanza –en
los años noventa la ciencia política era una ciencia casi desconocida
en algunos países como Ecuador y Perú (Gómez Híjar, 2008, p. 43;
Mejía et al., 2005)–, el desarrollo de la disciplina misma es todavía
muy reducido; es decir, se han formado politólogos, pero éstos no
crean –o muy pocos lo hacen– ciencia política en sí.
84
Buscando_identidad.indd 84 09/07/14 17:14
Cuadro 3. La ciencia política en América Latina: revistas, docencia y
asociaciones
Asociación
Revistas Programas Programas Programas
País 1 2 2 2 de Ciencia
Académicas Licenciatura Maestría Doctorado 3
Política
Argentina 12 33 27 15 Si
Bolivia 0 4 2 0 Si
Brasil 20 18 13 6 Si
Chile 16 11 16 1 Si
Colombia 9 15 6 0 Si
Costa Rica 3 1 1 1 No
Cuba 0 0 1.7 1 No
Ecuador 2 2 1 1 Si
El Salvador 0 0 1 0 No
Guatemala 0 3 3 0 No
Honduras 0 0 1 0 No
México 26 43 9 4 Si
Panamá 0 0 0 0 Si
Perú 2 2 2.5 0 No
Puerto Rico 1 1 0 0 No
R. Dominicana 0 2 4 0 No
Uruguay 1 1.5 .75 0.5 Si
Venezuela 10 9 11 4 Si
1
Datos de Latindex, noviembre 2010.
2
Datos tomados de Altman (2005), quien asigna 1 si existe un programa específico en ciencia política, .5
si el programa ofrece la disciplina como especialización, y .75 si no tienen promociones anuales.
3
Véase el cuadro 6.
El caso de México es interesante porque a pesar de ser uno de los
países más grandes de la región, con mayores recursos dedicados a la
85
Buscando_identidad.indd 85 09/07/14 17:14
disciplina y ser uno de los primeros países en la región en fundar una
facultad en la materia, tiene la mayor disparidad en relación con los
programas de licenciatura versus programas de posgrado. Además de
ser considerado uno de los “grandes” de la disciplina, la producción
intelectual, en términos de investigación y publicaciones, todavía hace
unos años se afirmaba que no compite ni está a la altura de la ciencia
política que se desarrolla en otros países de iguales dimensiones:
Debe decirse que la ciencia política mexicana sigue estando en la perife
ria. La traducción de textos del inglés, del francés y del alemán, en ese
orden, supera con creces a la producción mexicana que se lee en el ex
tranjero. Y ésta suele ser influyente sólo cuando se refiere a asuntos
mexicanos, mediante el uso de teorías construidas fuera del país. Es ver
dad que ha dejado de ser una ciencia política provinciana: los profesores
e investigadores de tercera generación suelen mantener relaciones inter
nacionales más o menos intensas, y varias de nuestras casas de estudio
han conseguido muy sólidas reputaciones en el exterior gracias a la cali
dad académica de los egresados que salen a tomar un posgrado. Pero no
puede ocultarse que la producción intelectual de la ciencia política de
México todavía no consigue un sitio propio entre los principales debates
de Occidente. En pocas palabras, aún tenemos una ciencia política de
importación (Merino, 1999, pp. 17-18, cursivas mías).
Empero, tal situación no es exclusiva de México. Mientras que en
el ámbito de la enseñanza en América Latina las escuelas y facultades
de ciencia política crecen, la investigación y difusión de alto nivel se
desarrollan en gran parte en pequeños archipiélagos, una situación
que se ha acentuado en la primera década del siglo xxi, casi siempre
copiando el modelo de docencia e investigación estadounidense y con
poca comunicación entre universidades públicas y privadas (cfr.
Aguilar Rivera, 2009). Ello se debe en gran parte a que en las univer
sidades privadas latinoamericanas –principalmente– y centros de éli
te públicos donde se enseña ciencia política se han desarrollado si
guiendo los cánones de la academia estadounidense (por ejemplo,
Universidad de los Andes en Colombia, el itam y cide en México,
Universidad Católica de Chile, Torcuato di Tella y El Salvador en Ar
gentina, entre otras), y en algunos casos prácticamente copiándolos y
ufanándose de ello. Sobre el caso del Instituto de Ciencia Política de
la Universidad Católica de Chile, se señala:
86
Buscando_identidad.indd 86 09/07/14 17:14
La ciencia política de este Instituto y de varias otras entidades académi
cas de hoy han recibido y siguen recibiendo un estilo, una impronta do
cente y una investigación típicamente anglosajona, norteamericana más
precisamente. Y, al día de hoy, es fuertemente tributario de la tradición
norteamericana (Fernández, 2005, p. 67).
En las universidades públicas los programas de estudio –y sus len
tos y progresivos cambios– de la disciplina han contenido una visión
–quizá para algunos demasiado– heterogénea de la política, conci
biendo una ciencia política “más amplia” que va más allá de los temas
que “imponen” los más difundidos enfoques politológicos de corte
anglosajón (elecciones, políticas públicas, instituciones). Por ejem
plo, con relación a la ciencia política que se desarrolla en la unam en
México, en 1990 un investigador de dicha institución señalaba:
A diferencia de las instituciones de enseñanza privada (que concebimos
más como institutos de capacitación que como verdaderos centros uni
versitarios), las universidades públicas no pueden modificar sus planes y
programas de estudio con la celeridad de las cambiantes condiciones del
mercado laboral, entre otras muchas razones porque estas últimas sirven
a un conjunto heterogéneo de demandas –muchas veces contradicto
rias–, tanto públicas como privadas, gubernamentales como partidistas,
patronales como sindicales, etc., y no a intereses específicos de ciertos
grupos o sectores como en el caso de las instituciones privadas (De la
Garza, 1990, citado en De la Garza 1992, p. 126).
En síntesis, el desarrollo y estado actual de la ciencia política lati
noamericana ha diluido en gran parte las disputas ideológicas que la
caracterizaron en décadas pasadas, sobre todo en el periodo identifi
cado por la fuerte influencia de la sociología, pero ha abierto una nue
va disputa –en términos de Almond– entre duros y blandos con espe
cial atención en los métodos y técnicas de la disciplina, entre aquellos
que pugnan por una ciencia política inclinada hacia las técnicas cuan
titativas (datos sin teoría) y quienes continúan promoviendo una cien
cia política más heterogénea, inclinada hacia la interpretación teórica,
narrativa e histórica.
Siguiendo a Merino (1999, pp. 16-17), los primeros generalmente
se han formado en las universidades estadounidenses –a nivel posgra
87
Buscando_identidad.indd 87 09/07/14 17:14
do– y se caracterizan por compartir la consigna según la cual sólo
existe lo que puede ser medido, desarrollan una ciencia política cen
trada en métodos cuantitativos y estadísticos, varios esgrimen a su fa
vor las corrientes vinculadas con el rational choice –ya nombrada
como ciencia política positiva– y se apoyan fuertemente en los pro
gramas avanzados de cómputo. Mientras que los segundos se han for
mado en Europa o en las propias universidades latinoamericanas, son
herederos de las perspectivas formalistas centradas en el estudio del
Estado, de los análisis históricos de los procesos políticos y tienden a
apoyarse en las teorías del llamado neoinstitucionalismo, entre otras.
Por otro lado, las comunidades académicas con politólogos con
doctorado no crece en la medida de la existencia de los programas de
estudio, y de allí, quizá, las divisiones entre los académicos; es decir,
pareciera que el boom de la disciplina no ha logrado aumentar la ne
cesaria formación de especialistas e investigadores de alto nivel, lo
que quizá explicaría la persistencia de los dilemas intelectuales y es
tructurales a su interior. Si bien es cierto que lograr tal nivel exige,
más que una mayor dedicación, una verdadera vocación por la cien
cia, todavía no parece existir una suficiente difusión, posiblemente
apenas acentuada en los últimos años, de que para que la ciencia polí
tica en la región logre más notoriedad y, por tanto, una mayor interac
ción con otras regiones, se requiere de politólogos con una formación
más allá del grado de licenciatura, con el amplio conocimiento de las
modernas metodologías y técnicas de investigación que ofrecen una
mayor consistencia a las afirmaciones científicas, y por tanto, en las
aportaciones al desarrollo de la disciplina en la región.
A pesar del largo proceso de desarrollo de la ciencia política, in
cluso dentro de los países más grandes de la región como México,
Brasil, Chile y Argentina, todavía son pocas las publicaciones acadé
micas o especializadas en la materia con consistente periodicidad, y
más aún, la comunidad de politólogos es reducida respecto a otros
países de similares dimensiones.
Las publicaciones especializadas representan el espacio natural de
los académicos para presentar y difundir los resultados de investiga
ción. Incluso, en la actualidad, se premia más la publicación de un ar
tículo académico que de un libro, porque gracias a las nuevas tecnolo
gías de la información son más accesibles, requieren un lenguaje
claro y conciso, y en su brevedad se encuentran hallazgos específicos
88
Buscando_identidad.indd 88 09/07/14 17:14
que coadyuvan a la comunidad científica en la búsqueda de respues
tas a las preguntas de investigación, la reformulación de éstas, o la
elaboración de nuevas hipótesis de trabajo. Conviene citar amplia
mente a la especialista argentina Hebe M. C. Vessuri:
La investigación científica que no está publicada no existe. La publica
ción en una revista de prestigio reconocido asegura la prioridad en la
producción de un resultado, acrecienta el crédito académico de un cien
tífico, legitima su actividad y permite la existencia de sistemas de comu
nicación científica ligados a procesos activos de persuación, negocia
ción, refutación y modificación, mediante los cuales el significado de las
observaciones científicas, al igual que las interpretaciones teóricas, tien
de a ser selectivamente construido y reconstruido en el campo científico
(Vessuri, 1987, p. 125).
Las publicaciones especializadas regularmente se guían por crite
rios de dictamen de doble ciego, lo que trata de asegurar el anonimato
en la evaluación de los artículos o resultados de investigación, aunque
a veces ello no suceda así (cfr. Gould, 2013, p. 20). Las revistas espe
cializadas que cubren este requisito, además de una periodicidad
constante y un acceso a sus contenidos con facilidad –entre otros–,
acceden a ciertos índices. La mayoría de los académicos “serios” de
la disciplina buscan publicar sólo en revistas indexadas o que estén en
proceso de serlo. A mayor número de indexaciones, mejor calidad en
la difusión de los resultados de las investigaciones. Empero, América
Latina no se distingue por tener una política científica consistente, in
cluso entre los países más “grandes” como Brasil, México, Colombia
y en menor medida Argentina y Venezuela, las diferencias son abis
males: en algunos no existen siquiera políticas científicas que tengan
una rango amplio y una existencia a largo plazo, la subestimación de
la ciencia en la mayoría de los países de la región se refleja en las ca
rencia de publicaciones científicas que aparezcan con regularidad
(García y Sotolongo, 1999, p. 243). En América Latina muchas de las
revistas científicas tienen una existencia efímera, se publican uno o
dos números y luego entran en un proceso de “hibernación” y ocasio
nalmente publican un tercer y cuarto número. La “hibernación” puede
ser larga hasta que finalmente se cierra. La mayoría de las publicacio
nes son respaldadas por las universidades, por lo que se enfrentan a la
continua falta de recursos y la baja comprensión del mercado (véase
89
Buscando_identidad.indd 89 09/07/14 17:14
Ardila, 1999, pp. 213 y ss.), así como la endeble estabilidad del cuerpo
editorial que por lo regular no recibe mayor compensación económica
y el trabajo que desarrolla lo hace “por amor al arte”. Ahora bien, las
publicaciones electrónicas han facilitado relativamente la edición de
revistas científicas en la primera década del siglo xxi, aunque ello no
ha reducido las dificultades que todo el proceso editorial conlleva.
La cantidad de revistas de ciencia política –y sus áreas de especia
lización– en América Latina es exiguo, incluso si se sumaran aquellas
que se publican en la penísula ibérica –región con la cual la comuni
dad politológica comparte e interactúa intensamente–, y por tanto en
lenguas española y portuguesa, apenas se alcanzaría con cierta difi
cultad a sumar cien títulos relativos a la disciplina. Mientras que en
lengua inglesa, que domina el mercado de las publicaciones científi
cas, suman 590 journals según la lista de “preferibles” que en 2012
publicó la Australian Political Studies Association.1 No sólo son toda
vía pocas las publicaciones especializadas en ciencia política en Amé
rica Latina, sino que las existentes no “compiten” en el contexto in
ternacional. En dos clasificaciones muy difundidas entre la comunidad
politológica, Ranking Political Science Journals: Reputational and
Citational Approaches (Giles y Garand, 2007) y Comparative Jour-
nal Ratings: A Survey Report (McLean, Blais, Garand, Giles, 2009),
no aparece ninguna revista publicada en lengua española –sí aparecen
las revistas de las asociaciones italiana, francesa y alemana de ciencia
política–, y de aquellas dedicadas al estudio de la política en la región
sólo aparece Latin American Politics and Society, editada por la Uni
versidad de Miami. La Red de Revistas Científicas de América Latina
y el Caribe, España y Portugal (Redalyc) registró en 2010 que en
América Latina existen 31 revistas en el área de política (cuadro 4),
de las cuales 18 se ocupan de temas del área (es decir, ciencias políti
cas en sentido amplio), mientras el resto –e incluso algunas de las más
importantes– tratan temas de sociología (8), relaciones internaciona
les (3), cultura (1) y estudios territoriales (1). México es el país que
más revistas publica (11), de las cuales 5 son de ciencia política, le si
gue Brasil con 5 revistas, de las cuales 3 son de la disciplina o espe
cializadas.
1
apsa Preferred Journal List, en <http://www.auspsa.org.au/sites/default/files/final_
apsa_2013_ranked_journal_list.xlsx>.
90
Buscando_identidad.indd 90 09/07/14 17:14
Cuadro 4. Revistas latinoamericanas sobre política (2010, base Redalyc)
Latin Sociological Inter. Political Index
Buscando_identidad.indd 91
País Nombre Organización Área Scielo
Index Abstracts Science Abst. totales
Argentina Theomai Red Int. de Política Si No No No 10
Investigadores
Theomai
Rev. Arg. de eudeba Política Si No No No 1
Ciencia Política
Brasil Dados U. Cándido Sociología Si Si Si No 11
Mendes
Opinião Pública U. E. de Campinas Política Si Si No No 7
Rev. Bras. de Ass. Na. de Sociología Si Si No No 7
Ciências Sociais Pós-Grad. e
Pesquisa em C.
Sociais
Rev. Bras. de Universidade Política Si No No No 3
Estudos Políticos Federal de Minas
Gerais
Rev. Bras. de Instituto Brasileiro Política Si No No No 4
Política de Relações
Internacional Internacionais
91
09/07/14 17:14
92
Cuadro 4. (Continuación)
Latin Sociological Inter. Political Index
Buscando_identidad.indd 92
País Nombre Organización Área Scielo
Index Abstracts Science Abst. totales
Chile Política U. de Chile Política Si No No No 2
Rev. de Ciencia U. Católica de Política Si No Si Si 8
Política Chile
Sociedad Hoy U. de Concepción Política Si No No No 2
Colombia Colombia U. de los Andes RI Si Si No No 11*
Internacional
Reflexión Política U. Autónoma de Política No No No No 1
Bucaramanga
Costa Rica Rev. de Ciencias U. de Costa Rica Sociología Si No No No 8
Sociales
Ecuador Íconos Flacso-Ecuador Política Si Si No No 9
México Convergencia U. A. Estado de Sociología Si Si No No 13
México
El Cotidiano U. Autónoma Sociología Si No No o 2
Metropolitana
Espacios Públicos U. A. Estado de Política Si No No No 2
México
09/07/14 17:14
Cuadro 4. (Continuación)
Latin Sociological Inter. Political Index
País Nombre Organización Área Scielo
Index Abstracts Science Abst. totales
Buscando_identidad.indd 93
México Estudios Sociales ciad a.c. Sociología Si No No No 5
(cont.)
Foro Colmex RI Si Si No No 14 **
Internacionala
Perfiles Flacso-México Sociología Si Si No No 8
Latinoamericanos
Polis U. Autónoma Política No No No No 1
Metropolitana
Política y Cultura U. Autónoma Política Si Si No Si 17*, **
Metropolitana
Política y cide Política No No Si No 6
Gobiernoa
Rev. Mex. de C. unam Política Si Si Si No 14v
Políticas y
Sociales
Rev. Mex. de Asociación RI Si No No No 4
Estudios Mexicana de
Canadienses Estudios sobre
Canadá, A.C.
93
09/07/14 17:14
94
Cuadro 4. (Continuación)
Latin Sociological Inter. Political Index
Buscando_identidad.indd 94
País Nombre Organización Área Scielo
Index Abstracts Science Abst. totales
Puerto Rico Caribbean Studies U. de Puerto Rico Cultura Si No No No 9
Uruguay Rev. Uru. De U. de la República Política No No No Si 1
Ciencia Política
Venezuela Aldea Mundo U. de los Andes Política Si No No No 6
Cuadernos del U. Central de Sociología Si No No Si 8
cenides Venezuela
Provincia Cieprol Territorial No No No Si 4
Utopía y Praxis U. del Zulia Política No No No No 6
*Está integrada a Pro Quest, índice de abstracts de revistas en ciencia política a nivel internacional.
** wapsa, World Wide Political Science Abstracs.
a
No aparecen en el Redalyc, pero dado que se incluye en otros índices se incluyó aquí.
09/07/14 17:14
En Chile, dos universidades –una pública y una privada– publican
igual número de importantes revistas politológicas, una de las cuales
–Revista de Ciencia Política– se ha publicado sin interrupción desde
su fundación en 1979, aunque no es la única dedicada pura y exclusi
vamente a la disciplina, como algunos han señalado (cfr. Altman,
2005), lo que si es cierto es que es una de las dos revistas, junto a Po-
lítica y Gobierno del cide en México, que en los últimos años se han
centrado en publicar preferentemente investigaciones con metodolo
gía cuantitativa, y son el claro ejemplo de la ciencia política tendiente
a la hiperespecialización en temáticas, sobre todo electorales e insti
tucionales.
La Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales es quizá la
única publicación que desde su fundación en 1952 ha mostrado en sus
páginas las diversas etapas de la ciencia política en la región, al inte
grar en sus artículos diversas perspectivas analíticas que van desde la
historia, la sociología y la psicología política, incluyendo artículos
que utilizan las más diversas metodologías, desde las cualitativas has
ta las cuantitativas sin observarse cierta preferencia. Ahora bien, no
obstante el significativo número de revistas, no todas cumplen con
ciertos requisitos de calidad que las ubique en índices internacionales
a la par de otras publicaciones en el mundo. Argentina es el país que
en la base de datos consultada, cuenta con tan sólo dos revistas en la
disciplina, y ello se debe a la inconsistente periodicidad que tienen
muchas de sus publicaciones recientes, y a la desaparición de las pri
meras revistas de la disciplina durante las dictaduras a mediados de la
segunda mitad del siglo xx.
De las 30 revistas que registra Redalyc –más Foro Internacional
fundada en 1960–, 10 están indizadas en Sociological Abstracts y
apenas 4 en la International Political Science Abstracts. Si bien la ma
yoría se encuentran en Latindex, base de publicaciones en su mayoría
latinoamericanas (30), apenas 6 revistas se ubican en índices interna
cionales de la disciplina y, por tanto, se consideran competentes a ni
vel internacional.
Por otro lado, en la clasificación del Latindex (datos de noviembre
de 2012), uno de los índices con mayor existencia en la región (fun
ciona desde 1994), se revisaron las revistas latinoamericanas dedica
das a la ciencia política y sus disciplinas afines (administración públi
ca y relaciones internacionales); al no circunscribir el análisis, sólo
95
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las revistas que específicamente se consideran de ciencia política (por
ejemplo, Revista de Ciencia Política) e incluir a aquellas que tratan
uno o más temas propios de la disciplina (por ejemplo, Revista Brasi-
leira de Politica Internacional), se amplía el rango de su diversidad.
La justificación está en los argumentos anteriormente expuestos: en
términos de Bobbio (1981), la ciencia política en la región ha sido en
tendida a lo largo de su corta historia –o larga, según se vea– en senti
do amplio. Según Latindex, existen cien revistas indexadas que se pu
blican en la región con cierta regularidad, además de que la mayoría
publican artículos una vez que han pasado por el filtro del dictamen
de doble ciego. Prácticamente, la cuarta parte (25.49%) se publica en
México, seguido por Brasil (19.6%) y Chile (15.6%). Argentina, que
en cuanto a programas de doctorado concentra el mayor número en la
región, apenas publica 11.76% de las revistas de la disciplina, seguido
por Colombia con 8.8%.
Cuadro 5. Indexación de revistas latinoamericanas de ciencia
política (Base Latindex 2012)
Indexadas en más
Indexadas
País Total de revistas de
entre 5 y 10 índices
10 índices
México 27 5 9
Brasil 20 3 3
Chile 16 3 0
Argentina 12 1 2
Venezuela 10 6 2
Colombia 9 3 2
Costa Rica 3 0 1
Ecuador 2 0 1
Puerto Rico 1 1 0
Fuente: Elaboración propia.
96
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Respecto al número de revistas indexadas, en México se concentra
el mayor número de publicaciones (9 de 27) que se encuentran en más
de 10 índices internacionales, por lo que se consideran competentes a
nivel internacional. Brasil le sigue con apenas 3 (hasta 2010), aunque
en 2013 se pueden ya contabilizar 6 en total (Stumpf y Baquero,
2013, p. 118), mientras que Argentina, Venezuela y Colombia apenas
con dos. Esta disparidad contrasta no sólo con el número de progra
mas de estudio, pues siguiendo a Altman (2005), Argentina tiene más
programas que México, y con las asociaciones de politólogos –hasta
2012.
Varias de las asociaciones que concentran a la comunidad polito
lógica –de las existentes hasta el 2013 (cuadro 6)– se crearon o co
menzaron a tener mayor visibilidad a partir de los años ochenta, como
los casos de Argentina, Brasil, Chile –ya mencionado más arriba– y
México. En 1957 se creó en Argentina la Asociación Argentina de
Ciencia Política (aacp) con una marcada impronta del derecho, pues
estuvo liderada por abogados constitucionalistas y especialistas en
derecho público, lográndose afiliar años después a la Internacional
Political Science Association (ipsa). Si bien fue significativa en el
contexto latinoamercano, en la aacp no se concebía a la ciencia polí
tica como una disciplina autónoma, sino como una tarea académica
desprendida del derecho público (Lesgart, 2007, p. 123).
Cuadro 6. Asociaciones de politólogos en América Latina
Año de
País Nombre
fundación
Argentina Asociación Argentina de Ciencia Política (aacp) 1957a
Sociedad Argentina de Análisis Político (saap) 1982
Asociación Nacional de Politólogos (anap)* 2008
Brasil Asociación Brasileña de Ciencia Política (abcp) (1986**) 1997
Bolivia Asociación Boliviana de Ciencias Políticas a 2002
Chile Asociación Chilena de Ciencia Política (1966*)1983
Colombia Asociación Colombiana de Ciencia Política 2007
97
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Cuadro 6. (Continuación)
Ecuador Asociación Ecuatoriana de Ciencia Política 2013
México Colegio Nacional de Ciencias Políticas y 1974
Administración Públicaa
Asociación Nacional de Estudiantes de Ciencia
Política y Administración Pública A.C. (anecpap)* 1994
Consejo Mexicano de Investigación en Ciencia 2012
Política (Comicip)
Asociación Mexicana de Ciencias Políticas 2012
(Amecip)
Panamá Comisión Permanente de Ciencia Política a 2004
Uruguay Asociación Uruguaya de Ciencia Política (1993*) 2009
Venezuela Academia de Ciencias Políticas y Sociales b
1915
Regional Asociación Latinoamericana de Ciencia Política 2002
(Alacip)
Regional red iberpol de Asociaciones Iberoamericanas de 2012
Ciencia Política
Fuente: Elaboración propia con datos al 2012 de cada país.
* Agrupa también a estudiantes.
** Antecedente de la asociación actual.
a
No funcionan con periodicidad y prácticamente ha desaparecido.
b
No es sólo de ciencia política.
Para 1983 se funda la Sociedad Argentina de Ciencia Política
(saap), en contrapartida a la aacp cuando ésta se negó a aceptar a los
politólogos que regresaban del exilio forzado por la dictadura previa
(Bulcourf y D’Alessandro, 2003). La saap logró consolidar al gremio
de los politólogos argentinos y fortalecer la autonomía de la discipli
na en las universidades de ese país. Hasta la fecha, la saap ha realiza
do 11 congresos nacionales de ciencia política en diferentes regiones
del país; publicando en un primer momento el Boletín saap y actual
mente la Revista saap (Bulcourf y Cardozo, 2013, p. 69).
Como se puede observar, Argentina es el país con menos publica
ciones indexadas, pero tiene un alto número de programas de doctorado
y de maestría –y siguen creciendo–, y desde los años ochenta, lleva a
98
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cabo congresos nacionales y cuenta con una reconocida organización
gremial que agrupa a la mayoría de los politólogos de ese país, a la
cual se le sumó en 2008 una asociación que congrega a los estudian
tes de grado y posgrado. Por su parte, México tiene un gran número
de programas –en los tres grados– y publicaciones en ciencia política
y disciplinas afines, pero hasta 2012 no contaba con una asociación
permanente de politólogos; según Godofredo Vidal (2011), esta situa
ción mantenía a la disciplina en un estado de inmadurez teórica y me
todológica, así como la ausencia de serias reflexiones sobre su estado
actual en dicho país. En 1974, en México se creó el Colegio Nacional
de Ciencias Políticas y Sociales, pero no funcionó con regularidad y
prácticamente ha desaparecido, siendo la Sociedad Mexicana de Es
tudios Electorales (1986) la organización que concentró a gran parte
de los politólogos de dicho país durante muchos años. Paradójica
mente, antes de que los profesionistas con título se asociaran, los es
tudiantes de ciencias políticas y administración pública en México se
organizaron desde 1994 en la Asociación Nacional de Estudiantes de
Ciencia Política y Administración Publica (anecpap), manteniendo
una consistente actividad nacional. Sobre el caso de México, Merino
señala:
Si en 1974, cuando se creó el Colegio Nacional de Ciencias Políticas y
Administración Pública –la asociación que agrupa a los politólogos en
dicho país– […] apenas lograron reunir algo más de cien firmas entre
quienes habían obtenido el título de la licenciatura, para mediados de los
años ochenta la carrera ya se impartía en más de veinte planteles univer
sitarios. Por fortuna, nunca fue una carrera multitudinaria. Pero en esa
cuarta década los estudiantes de ciencia política ya se contaban por cen
tenas, mientras que hacia 1993 esos estudiantes ya rebasaban los dos mi
llares (Merino, 1999, pp. 13-14).
Empero, dicho colegio no funcionó con regularidad –y aún hoy no
se sabe si continúa o no–, y ante la imperiosa necesidad de contar con
una asociación permanente de politólogos, dos esfuerzos se concreta
ron en 2012. Por un lado, se creó la Asociación Mexicana de Ciencia
Política (Amecip), la cual organizó un concurrido congreso interna
cional en 2013, bajo el auspicio de la Universidad de Guanajuato, en
la ciudad que lleva el mismo nombre. Mientras que por otro, se fundó
99
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el Consejo Mexicano de Investigación en Ciencia Política (Comicip),
que concentra a varios de los más renombrados politólogos en el país que
se desempeñan en su mayoría en universidades que tienen sede en la
Ciudad de México.
Es en la primera década del siglo xxi cuando se crearon más aso
ciaciones impulsadas por la difusión de la disciplina en la región: Bo
livia, Colombia, Perú, Panamá y Uruguay, así como la Asociación La
tinoamericana de Ciencia Política (Alacip), creada en gran medida
por el impulso de varios politólogos interesados en el estudio de la re
gión, como el profesor Manuel Alcántara de la Universidad de Sala
manca, entre otros. Así como la creación de la red iberpol de Aso
ciaciones Iberoamericanas de Ciencia Política, fundada en 2012 por
iniciativa de Fernando Vallespín, presidente de la Asociación Españo
la de Ciencia Política y de la Administración (aecpa) y que reúne a las
asociaciones de Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Ecuador, México
y Uruguay. Ecuador fue de los últimos países en crear una asociación
de politólogos, formada en junio y obteniendo apenas en diciembre
de 2013 el reconocimiento oficial por las autoridades de educación de
ese país. Empero, el número de asociaciones de politólogos en Amé
rica Latina todavía es muy reducido, y en varios países donde existen,
éstas no llevan a cabo reuniones con regularidad ni publican una re
vista que refleje el punto de vista del gremio en cada país, salvo Brasil
y Argentina –aunque con irregular periodicidad en este último.
A pesar de lo anterior, la vitalidad de la disciplina comienza a ob
servarse con los numerosos congresos que se desarrollan, tanto nacio
nales como regionales que reúnen no sólo a politólogos, sino también
a sociólogos, antropólogos, estudiosos del derecho, economistas, psicó
logos, etc., lo que mostraría que la disciplina en Latinoamérica se
concibe como una ciencia transdisciplinar y todavía menos en sentido
estricto.
Ahora bien, ¿para que sirve un politólogo? En casi todos los países
de la región, el rol del politólogo aún no es claro para toda la sociedad
–como sucede también con otras disciplinas–, salvo en los mismos
centros de enseñanza; en general –aunque en Perú y Argentina, que en
los últimos años ha cambiado la percepción–, los egresados de las ca
rreras de ciencia política no son contratados como tales, porque “la
sociedad civil no sabe que es un politólogo ni para que sirve” (Suá
rez-Íñiguez, 1989, p. 84). Además, el periodo entre los años sesenta y
100
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setenta, donde imperaron los enfoques sociológicos dentro de la dis
ciplina, en el contexto de la masificación de las universidades en
América Latina, dejó una impronta negativa sobre todo en las univer
sidades públicas, pues todavía en algunos sectores gubernamentales
consideran peyorativamente a los politólogos como de “izquierda”,
son mirados con recelo, y más aún, se desconfía de sus conocimien
tos.
Pero el Estado es el principal empleador de los politólogos en
América Latina comparado con Estados Unidos, donde más del 80%
de los egresados en la disciplina tienden a trabajar en las universida
des (Meyer y Camacho, 1979, p. 43; Álvarez y Dahdah, 2005, p. 257).
En la última década, las salidas laborales de los politólogos se han di
versificado, pero mientras en algunos países en ciertos sectores hay
mayor demanda, en otros no existe. En Ecuador, por ejemplo, donde
la disciplina es relativamente nueva, las dificultades de inserción labo
ral se han convertido en un obstáculo para la profesionalización, pues no
existen incentivos para especializarse más allá de lo que reclama un
mercado centrado en asesorías y consultorías que no requieren am
plios conocimientos en la materia (Mejía et al., 2005). En Argentina
...sólo un pequeño porcentaje de graduados en ciencia política (entre 10
y 20%) se consagra a la actividad académica. Si bien otros politólogos
realizan tareas docentes o de formación con cierta frecuencia, éstas no
constituyen su ocupación principal. Un porcentaje similar al anterior
cuelga el diploma y trabaja en áreas no relacionadas con la disciplina
(Malamud, 2006, p. 122).
En Perú, precisamente después del periodo “autoritario” de Alber
to Fujimori, la denominación o autodenominación de politólogo em
pezó a ser reconocida para dar mayor credibilidad y seriedad a las
opiniones vertidas en los medios de comunicación, y ya en los últi
mos años, la mayoría de los politólogos que logran ser identificados
en las esferas del gobierno, en los medios y otros sectores de la socie
dad se desempeñan en universidades privadas o han adquirido su pos
grado en el extranjero.
No obstante esta dinámica, el rol del politólogo en la región, en la
segunda década del siglo xxi, empieza a adquirir una posición privi
legiada si se le compara con aquel que se desempeña en otras latitu
101
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des, y es quizá por ello que la comunidad observada al nivel de las
asociaciones es reducido, pues los (nuevos) politólogos se desempe
ñan en la política, los medios, en el ámbito de la consultoría e incluso
en la iniciativa privada; tantos ámbitos que se dispersan. Al respecto
O’Donnell señala:
La gran diferencia es que el límite de las fronteras entre la academia y la
política es mucho más difusa en América Latina que en Estados Unidos.
Eso significa que la definición social y política de tu rol en cada sociedad
es diferente. En América Latina, se supone que eres una especie de actor
político. Lo que tu digas es potencialmente un evento político. A veces
puede ser un riesgo, pero es también más estimulante e interesante. En
Estados Unidos, en contraste, a veces siento la falta de excitación que te
da la cercanía de los hechos del mundo real. En Estados Unidos tienes
todas las ventajas de ser un observador que está bien protegido. Pero ello
tiene un costo, que puedes quedar tan desconectado de la realidad, que
tus trabajos pueden perder cierto toque, cierto vigor, cierto élan. Y éstos
son componentes importantes de la ciencia política (O’Donnnell, 2007,
p. 283).
En qué medida esta forma de desempeño del politólogo afecta el
desenvolvimiento de la disciplina en la región es cuestionable. El ace
lerado desarrollo, aunque desigual, habrá que repetirlo, de la ciencia
política latinoamericana no ha sido suficiente para colocarse en la are
na de la ciencia política más competitiva a nivel internacional. En un
muy difundido trabajo de Simon Hix (2004), A Global Ranking of Po-
litical Science Departments, no aparece ninguna institución latinoa
mericana. Si bien la metodología empleada puede ser cuestionable
(artículos publicados en revistas de lengua inglesa), lo relevante es
que todavía los politólogos latinoamericanos dialogan poco con la
ciencia política internacional. Quizá los pocos que publican en revis
tas internacionales y en inglés u otra lengua distinta al español están
convencidos de tal necesidad. Sin embargo, ello no los hace necesa
riamente competitivos, pues no es el idioma sino la relevancia de la
temática tratada para la ciencia misma y para la política en específico.
Como ha señalado Aguilar Rivera (2009) para el caso mexicano, pero
que se puede ampliar a toda la región, la ciencia política que se desa
rrolla en Latinoamérica tiende a ser autorreferencial: algunas revistas
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sólo publican textos de académicos de la misma universidad que patro
cina dichas revistas sin más filtro que el comité editorial y sin evalua
dores externos. Mientras que en aquellas publicaciones con arbitraje,
que más arriba se señaló su importancia, tienen sesgos que demeritan
su supuesta “calidad”. Aguilar Rivera señala:
A diferencia de lo que ocurre en los grandes departamentos de ciencia
política de las universidades de Estados Unidos, los comités de evalua
ción en las instituciones de enclave a menudo abdican de su juicio críti
co. Detrás de esta claudicación se encuentra una fantasía: que la publica
ción en ciertas revistas es en sí misma un criterio objetivo e inatacable de
la calidad sustantiva del trabajo académico. ¿Para qué discutir la sustan
cia, los méritos intrínsecos o la relevancia de lo producido? (2009).
Resumiendo, en las últimas décadas, a nivel estructural la ciencia
política latinoamericana vive un proceso de crecimiento acelerado
con la creación de escuelas, facultades y programas de licenciatura en
varios países, pero no de forma homogénea, abriendo una brecha en
tre países donde “abundan” programas académicos relativos a la dis
ciplina y otros donde apenas es conocida. El número de revistas rela
tivas a la disciplina no es exiguo, pero todavía es menor en relación
con los programas académicos existentes, y más aún, las revistas que
pudieran considerarse de calidad son pocas y algunas con una tenden
cia a sesgar el tipo de artículos que publican. Las asociaciones de po
litólogos han crecido, pero en menor consonancia con el número de
programas de estudio existentes, mostrando que no todos quienes es
tudian ciencia política se suman a la comunidad o que no existen in
centivos para agregarse. Por otro lado, se ha afirmado el pluralismo
tanto metodológico como paradigmático, pero igualmente con diver
gencias entre países y en el interior de éstos; no obstante, la politolo
gía latinoamericana empieza a abrirse y comunicarse con aquella que
se desarrolla en otras latitudes del mundo occidental.
103
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VII
¿Dónde está la ciencia política hoy?
La ciencia política es una empresa académica transnacional, las
redes de investigación no se circunscriben sólo a un país, las universi
dades y centros de investigación fomentan la interacción de sus
miembros: investigadores, profesores y alumnos, por ello la ciencia
política latinoamericana al mismo tiempo, poco a poco, se va enfren
tando a los dilemas que ha arrastrado la disciplina a nivel mundial
desde que se inició su proceso de autonomía de otras disciplinas y
consolidación interna. ¿Qué es la ciencia política?, ¿qué hace un poli
tólogo?, ¿para qué sirve la ciencia política? Son quizá las preguntas
que persiguen continuamente a los estudiantes que por primera vez se
acercan a la disciplina para evaluar si desean estudiarla como carrera
de grado. Empero, son también algunas de las preguntas que siguen a
los politólogos profesionales desde hace décadas, pero que se derivan
de cuestiones teórico-metodológicas más profundas. A finales de la dé
cada de 1920, Walter Lippman (1929) señalaba: “Nadie toma la cien
cia política en serio, pues nadie está convencido de que sea una ciencia
o que tenga influencia importante sobre la política”. Para 1965, cua
renta años después, David Truman (citado por G. A. Almond, 2005, p.
97), en el marco de un congreso de la American Political Science As
sociation, decía con palabras igualmente pesimistas:
Como Raquel, la amada pero estéril esposa de Jacobo, que se preguntaba
a sí misma y a Dios cada mañana: “¿Estoy encinta?, o lo estaré?”, así
105
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cada vez, cada presidente de esta asociación, en estos eventos anuales se
preguntan: “¿Somos una ciencia?, o ¿podremos serlo?”
En el siglo xxi es factible –nuevamente– preguntarse: ¿Es ya la
ciencia política una “verdadera” ciencia? La respuesta es sí, sin duda.
Ello se puede constatar no sólo en los numerosos congresos anuales
nacionales e internacionales que llevan a cabo las diversas asociacio
nes de politólogos en el mundo, sino en las decenas de publicaciones
especializadas que sobre la disciplina existen hoy en diversas lenguas
y que son referencia obligada para los estudiosos, y sobre todo en la
creciente oferta académica en ciencia política de grado y posgrado en
muchas universidades públicas y privadas en el mundo.
Comparada con otras ciencias sociales, la ciencia política es aún
una ciencia joven, en proceso de maduración. Es heredera de diversas
tradiciones de pensamiento político, sobre todo de la filosofía y la
teoría políticas, pero su afirmación, como la conocemos hoy, se inició
apenas en la segunda posguerra sobre todo en universidades estadou
nidenses y europeas. La gran conquista de la ciencia política en este
periodo fue lograr su autonomía frente a otras disciplinas que también
estudian el poder, como la filosofía, el derecho, la sociología, entre
otras. Como señala David Easton:
La situación de la ciencia política a mediados del siglo xx es la de una
disciplina en busca de su propia identidad. Como resultado de los esfuer
zos hechos por resolver esta crisis de identidad, ha afirmado su voluntad
de constituirse como una disciplina autónoma e independiente con es
tructura sistemática propia. El factor que más ha contribuido a ello ha
sido la recepción e integración en profundidad de los métodos científicos
(1974, p. 355).
Lograr dicha autonomía no fue un camino fácil de recorrer. Fue
precisamente el desarrollo de la metodología comparativa, en el sen
tido amplio del término, lo que permitió que la ciencia política logra
se su lugar entre otras disciplinas, y quizá menos que la integración de
los métodos científicos que señala Easton. De allí que no es casuali
dad que en las obras que casi todos los más reputados politólogos re
fieran “política comparada” como sinónimo de ciencia política, de
mostrando la validez de la sentencia de Almond (1966, p. 115), quien
106
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ha señalado que “no tiene sentido hablar de política comparada en el
ámbito de la ciencia política, porque si ésta es una ciencia, entonces
por definición es comparativa”.
La (persistente) fractura metodológica
El análisis del desarrollo de la ciencia, como forma de conoci
miento propio de las sociedades modernas, está intrínsecamente rela
cionada con la sociedad en la que se desarrolla. Marx y Engels, por
ejemplo, consideraban esta relación con base en sólo algunos elemen
tos causales tales como las bases económicas (la estructura) y las
ideas (la super estructura). La ciencia es entonces el reflejo de las re
laciones entre la estructura y la superestructura: “Las ideas dominan
tes en cada época han sido siempre las ideas de la clase dominante”.
Pero también es cierto que hay momentos de incompatibilidad entre
el sistema de las ideas y la estructura que explican el desarrollo del
conocimiento. Es esta relación entre estructuras y sistemas de ideas lo
que explica el interés de la ciencia sobre determinados problemas,
pero también en cómo se desarrolla precisamente el conocimiento so
bre los mismos (Merton, 1977a, pp. 68 y ss.). Respecto a la ciencia
política, coincide el argumento que Sartori (1971, p. 3) señalaba en el
primer número de la Rivista Italiana di Scienza Política: “La noción
de ‘ciencia política’ se entiende en relación con dos variables: 1) el
grado de organización del saber –pensamiento científico– y 2) el gra
do de diferenciación estructural de los agregados humanos –configu
raciones sociales”.
Durante muchos años se desarrolló la ciencia política sin método;
hoy la disciplina está consolidada gracias a que precisamente, para al
canzar su autonomía de otras disciplinas, se centró en desarrollar sus
métodos. Aunque todavía las fronteras de la disciplina no estén clara
mente definidas ni deslindadas de las ciencias sociales que la rodean
de manera clara (Sorauf, 1967, p. 11). Empero, hoy resurgen nuevos
cuestionamientos tales como: ¿fue el camino correcto?; ¿es la ciencia
política una ciencia incomprendida? En el contexto latinoamericano,
tales cuestionamientos adquieren mayor relevancia si tomamos en
cuenta que la disciplina en la región está en un momento crucial: un
107
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crecimiento de la disciplina sin comparación respecto de las décadas
pasadas.
Los análisis introspectivos de la ciencia política regularmente se
centran en las teorías y los métodos, la epistemología en sí; pero en
los últimos años también han reaparecido cuestiones que tratan de de
terminar el status científico de la ciencia política respecto de otras
ciencias sociales (véase Strasser, 1977, p. 16). Tales cuestionamientos
son válidos en la medida que buenas respuestas legitiman la discipli
na y al mismo tiempo señalan las disyuntivas a las que está sujeta.
Uno de los últimos grandes cuestionamientos surgió en el verano del
2000 cuando apareció un movimiento anónimo, denominado “Peres
troika”, dentro de la American Political Science Association (apsa),
difuminando un correo electrónico en el cual llamaban la atención por
un cambio paradigmático dentro de la asociación, señalando crítica
mente los sesgos dentro de la disciplina en Estados Unidos; calificán
dola de parroquial, con una tendencia parcial hacia la metodología
cuantitativa, la teoría de la elección racional, la estadística y el uso de
modelos formales (Monroe, 2005, p. 1). En el conjunto de análisis
que se derivaron de ese famoso movimiento quedó de manifiesto que
la inconformidad era más profunda e iba más allá de la apsa, sino en
todos los países donde se desarrolla la disciplina. El movimiento “Pe
restroika” no deplora ni trata de inhibir el estudio de la política con
métodos de análisis empírico, sino de mostrar que los resultados lo
grados con tales orientaciones no son tan fructíferos como para justifi
car su hegemonía dentro de la disciplina (Zambernardi, 2008, p. 49).
Como se señaló más arriba, la actual ciencia política es heredera
de aquélla de corte “institucionalista”, practicada ampliamente hasta
las décadas de 1950 y 1960 –y aún hoy, pero en menor medida–, muy
cercana a las disciplinas del derecho y la sociología, e igualmente he
redera directa de las diversas tradiciones de estudios que nacieron de
la conjunción de varias disciplinas que aún hoy conocemos como
“ciencias políticas”. Era una ciencia a la cual, según R. A. W. Rhodes
(1995, p. 53), no le preocupaba la metodología, o al menos no como
en la actualidad existe, pues era una ciencia que se limitaba a descri
bir y explicar las instituciones y las acciones políticas, y –siguiendo a
Heller (1933, p. 25)– se cuidaba muy poco –y lo sigue haciendo– de
guiar la conducta política para una actuación acertada. La investiga
ción sistemática sobre la política no estaba difundida en todo el mun
108
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do. El institucionalismo, como paradigma dominante, no hacía refe
rencia sobre cómo debía producir el conocimiento. Dicha ciencia
política, identificada como “tradicional”, atraía continuamente a sus
filas a las mejores mentes allí dónde se estudiaba la política, pero las
ideas y los descubrimientos poco cambiaban con el pasar de los años
(Easton, 1968, p. 46).
Durante muchos años las ciencias sociales, y consecuentemente la
ciencia política, se negaron a aceptar el positivismo y el neopositivis
mo como modelo a seguir, pues se consideraba que eran propios de la
ciencias naturales, no obstante que precisamente la generalización del
método científico permitió hablar de la unidad de la ciencia en contra
posición a las construcciones lógicas del racionalismo apriorístico de
los sistemas filosófico-religiosos (Neurath, 1958, p. 31). La polémica
entre Eric Voegelin (1952) y Hans Kelsen (1954) es el ejemplo de la
tensión en el contexto de la transición hacia la nueva ciencia política.
Para Voegelin, la ciencia política estaba siendo destruida por el posi
tivismo debido a su intento de volverse objetiva por medio de la ex
clusión rigurosamente metodológica de todo “juicio de valor”, y al
mismo tiempo, esa destrucción sirvió para ponderar por encima las
proposiciones objetivas respecto de los juicios de valor, que por su pro
pia naturaleza son subjetivos y, por tanto, no científicos (cfr. Kelsen,
2006, p. 34). Muy al contrario, Kelsen abogaba por una ciencia social
subsidiaria de los ideales de objetividad y pureza metodológica, con
una cuidadosa distinción entre ciencia e ideología (Arnold, 2006, pp.
252 y ss.).
Años antes, Herman Heller, en 1933, más severo y escéptico, se
ñalaba que, dominada por el empirismo y el positivismo, la ciencia
política, más que alejarse de la metafísica, se convertía en antifilosó
fica, lo cual supone que “todos los anhelos políticos justificados pueden
deducirse mediante el análisis de hechos de experiencia”, pero la
ciencia política –continúa Heller– dista mucho de haber logrado la an
siada objetividad (Heller, 1933, p. 53). Diez años después, Benedetto
Croce (1945), menos escéptico, ubica a la ciencia política empírica
como parte del interés perpetuo de conocer los hechos privados de
“espiritualidad” tratando de clasificar y determinar leyes empíricas
para determinar caracteres y relaciones, concordancias y discordan
cias de los efectos (Croce, 1945, pp. 44 y ss.).
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Esta tensión se explica –en parte– porque hasta antes de la década
de 1950 se tenía la tendencia de hablar de las ciencias políticas en
plural, costumbre que, según Duverger (1978, p. 537), disimulaba,
más o menos, la idea de que todas las ciencias sociales, e incluso to
das las ciencias humanas, tienen relación más o menos directa con la
vida política, de modo que no existe un saber especial del saber polí
tico. La ciencia política, al singular, como ciencia autónoma surgió
en la segunda posguerra, y con mayor precisión, en Estados Unidos,
derivada de las condiciones de estabilidad social en ese país, en con
traste con lo que sucedía en Europa; sin por ello ser una “ciencia esta
dounidense”, pues fueron en gran medida científicos sociales euro
peos quienes, habiendo emigrado a dicho país, aprovecharon las
capacidades institucionales y las tendencias científicas de aquellos
años para sentar las bases de la disciplina que hoy conocemos. La
nueva ciencia de la política nació con el “conductismo”, producto de
un movimiento iniciado en la Universidad de Chicago entre las déca
das de 1920 y 1930, enarbolando ciertas premisas respecto a los da
tos, los métodos, los conceptos y sobre todo nuevas metas teóricas.
Estos elementos, que para otras ciencias parecían obvios, no lo eran
para la ciencia política. En palabras de David Easton (1968, p. 21), la
“ciencia política es probablemente la última de las ciencias sociales
que ha sentido los efectos de la razón cientifica en su forma más desa
rrollada”, es decir, ese movimiento hacia normas de investigación
más exactas y exigentes.
Difícilmente puede decirse que el “conductismo” fue un movi
miento monolítico y universalmente aceptado, pero sí provocó una
serie de confrontaciones que delimitaron la vieja y la nueva ciencia
política (Sorauf, 1967, p. 24). Más aún, el conductismo se enfrentó a
aquellos que dentro de la misma disciplina pusieron en duda que los mé
todos empíricos bastaran para realizar descubrimientos sobre los
hombres y las instituciones y articular proposiciones teóricas. En
1959 James K. Pollok señalaba:
La experiencia ha mostrado que el método cuantitativo, aunque útil y
aun indispensable en el estudio de ciertos tipos de comportamiento
político que se prestan a la cuantificación, no es muy provechoso para
tratar con las relaciones más vitales que constituyen la estructura del po
der. También parece claro que los recientes énfasis en la metodología
110
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alejan a sus devotos del mundo práctico, conduciéndoles a un reino de
abstracciones autosuficientes. Este “nuevo escolasticismo”, como ha
sido justamente llamado, está más plenamente desarrollado en la
sociología, pero también ha dejado sentir su impacto en la ciencia
política, como puede verse si se consulta parte de nuestra literatura re
ciente, repleta de símbolos matemáticos (Pollok, 1959, p. 174).
La cuestión de qué tan adecuado era introducir métodos rigurosos
para la investigación política se mezcló con el problema de su fracaso para
la ciencia social en general (Easton, 1968, p. 22). Al respecto, Chris
tian Bay señalaba:
Muchos de los análisis sobre el comportamiento político generalmente
no logran articular realmente sus indicadores sobre los valores y sus des
viaciones, y el impacto político de esta supuesta literatura neutral es por
lo general conservadora y tiene un sentido especialmente antipolítico
(1967, p. 13).
En poco tiempo se argumentó que el conductismo desaparecería
(Dahl, 1961, p. 770) y se hablaba del “posconductismo” como una
contracultura dentro de la disciplina; una tendencia intelectual per
suasiva que tenía el objetivo de repensar el camino de la ciencia polí
tica. A diferencia del conductismo, que propuso en su momento una
vía –quizá muy estrecha para muchos–, el posconductismo ofreció
respuestas muy eclécticas (Ricci, 1984, p. 189).
Como se puede notar, la fractura metodológica que notó Almond
(1990) no es reciente, ya desde finales de los años cincuenta del siglo
xx Charles S. Hyneman (1959), y mucho antes que el movimiento
“Perestroika” en el 2000, había notado que en la ciencia política esta
dounidense era muy marcada. Hanyman se preguntaba sobre los con
flictos dentro de la ciencia política estadounidense: “¿Qué tanto he
mos estudiado?; ¿qué caminos debemos seguir?, ¿cómo tratar los
valores?, ¿qué hacemos con los clásicos?” A cada pregunta se presen
taban al menos dos grupos de respuestas a las que correspondía a po
siciones casi irreconciliables unas con las otras. Estos conflictos eran
relevantes, pero sobresalía aquel que miraba la cuestión del método
en la disciplina: “Una parte sustancial de un conflicto intelectual del
cual está plagado la ciencia política estadounidense tiene que ver con
111
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la cuestión metodológica. Y estas diferencias respecto a la posición
metodológica refuerzan las diferencias respecto otros aspectos, como
la definición de cuál es nuestro objeto central de estudio” (Hyneman,
1959, p. 151). Hyneman propugnaba por una ciencia política que se
asemejase a las ciencias naturales no en la búsqueda de la exactitud,
sino de regularidades que permiten encontrar causas y efectos, apoya
dos en el arsenal teórico acumulado a lo largo de los años respecto al
pensamiento político.
La difícil autonomía
Como se señaló más arriba, la ciencia política tiende a seguir mo
das, aunque no siempre de la misma forma (Rhodes, 1997, p. 67). Es
un hecho que el pluralismo de paradigmas y metodológico es una vir
tud de la misma disciplina. La diversa sucesión de paradigmas, pri
mero del conductismo como una crítica al institucionalismo y la teo
ría del Estado, luego la aparición de la teoría de sistemas y los estudios
del desarrollo, y posteriormente la teoría de la acción racional; el neo-
institucionalismo es una muestra de ello. El pluralismo no sólo es de
perspectivas, dentro de cada campo de especialización o subdiscipli
na, tales como la política comparada, la administración pública, las
relaciones internacionales, la comunicación política o la teoría políti
ca normativa, conviven igualmente grandes corrientes ideológicas y
teorías en continua tensión (Molina, 2007, p. 19). Su fuerte presencia
quizá explica la (re)aparición de la fractura metodológica.
Recapitulando, la ciencia política logró consolidarse una vez que
asumió los presupuestos del positivismo, no porque existiera una fe
ciega en éstos, sino porque le permitieron, sobre todo, desprenderse
de su dependencia hacia otras disciplinas. A diferencia de otras for
mas de conocimiento como la filosofía, la ciencia necesita del método
y fue la búsqueda y el desarrollo del método comparado que le permi
tió a la ciencia política consolidarse como tal. Pero las “revueltas”
contra la ciencia y dentro de la ciencia son un ejemplo más de la de
pendencia que tiene la disciplina y quienes la practican con la socie
dad en la cual se desarrolla (Merton, 1977b, p. 356). ¿Cuál es el ori
gen entonces del resurgimiento de las fracturas dentro de la ciencia
política?, ¿o es que éstas nunca han desaparecido?
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A principios de la década de 1970, Giovanni Sartori se pregunta
ba: “¿Cuál es el balance […] de la cientificidad del ejercicio del poli
tólogo? La mayoría se lamenta que la ciencia política no sea todavía
demasiado ‘ciencia’” (Sartori, 1972, p. 256). Por otro lado, se critica
ban los excesos del hiperfactualismo al cual había empujado la revo
lución conductista y que los mismos impulsores habían reconocido.
Sartori señalaba que el abandono del proyecto conductista sólo prefi
guraba que “el navegar de la ciencia política continuará siendo peli
groso y difícil” dado que a veces se negaba la política y a veces la po
lítica se comía a la ciencia (Sartori, 1972, p. 263).
Para Almond (1990), como ya se abundó más arriba, desde la apa
rición del conductismo se desarrollaron dos (nuevas) fracturas inter
nas, una ideológica –izquierda y derecha– y otra metodológica –dura
y blanda–, que han hecho prevalecer una incómoda fragmentación.
Dichas fracturas son más claras en la influyente ciencia política esta
dounidense, pero también se pueden observar en Europa y en Améri
ca Latina. Con el tiempo, y como consecuencia de los cambios en la
política mundial, la fractura ideológica se ha desvanecido, aunque no
ha desaparecido. Pero es la fractura metodológica la que más se ha
abierto dando lugar a una disputa intelectual que parece invisible. Si
guiendo el modelo de Almond (1990), en esta fractura metodológica
se visualizan dos grupos:
Los hard-liners, o la línea dura, en la cual se encuentran los auto
res que desarrollan estudios de carácter cuantitativo, econométrico y
estadístico. En este polo se promueve el uso de sofisticados progra
mas estadísticos para elaborar análisis politológico. No sólo se trata
de encontrar asociaciones para explicar las variables dependientes,
sino que prácticamente se exige encontrar correlaciones estadísticas.
Con el apoyo de la computadoras, y gracias al desarrollo de software
sofisticado de las últimas décadas, se ha privilegiado el “aumento del
número de casos”, lo que “facilita” el uso de correlaciones y regresio
nes estadísticas. Aquí se encuentran los –viejos y nuevos– seguidores
del rational choice, por ejemplo, J. Buchanan, W. Ricker, y en los úl
timos años G. Tsebelis, A. Prezeworski y Rein Taagepera.
Los soft-liners, o la línea blanda, donde se encuentran los autores
y estudios que privilegian el análisis histórico, descriptivo y cualitati
vo. En este polo se privilegia la elaboración de conceptos y categorías
de análisis antes que la cuantificación, la comprensión antes que el
113
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análisis estadístico, así como la valoración de los procesos políticos,
desde una perspectiva histórico-sociológica y no una mera suma de
eventos a lo largo del tiempo. En esta línea se encuentran los seguido
res de los que podríamos denominar “métodos tradicionales” como
G. Sartori, S. Huntington, R. A. Dahl, T. Scokpol, J. Linz y otros.
La ciencia política ha avanzado, pero sería un error considerar que
la fractura metodológica no es más que una curiosidad intelectual: por
un lado, en las últimas décadas los hard-liners han reforzado su posi
ción en el interior de la disciplina, no porque hayan desarrollado me
jores teorías, o hayan logrado explicar mejor los fenómenos políticos
–cierto, algunos se explican mejor desde ciertas perspectivas, como
las elecciones y las decisiones políticas–, sino porque se han benefi
ciado de los avances en la computación y de las nuevas tecnologías de
la información.
Dicho reforzamiento ha tenido como consecuencia una insatisfac
ción hacia dicha corriente dominante –de allí la posición del movi
miento “Perestroika” (2000), y de Sartori (2004)– y al mismo tiempo
una limitación a la innovación fuera de los cánones metodológicos
preponderantes, dada la dinámica interna de la disciplina que se mue
ve por mecanismos endógenos como la propia formación universita
ria y las publicaciones especializadas. La línea dura ha impactado
fuertemente el corpus metodológico de la ciencia política. El famoso
libro de Gary King, Robert O. Keohane y Sidney Verba, Designing
Social Inquiry –por muchos conocido como el kkv– publicado por
primera vez en 1994, se presentó con el objetivo –quizá pretensioso–
de “hacer más científica la investigación cualitativa” bajo el argu
mento de que la lógica de investigación cuantitativa y cualitativa en
realidad eran la misma: la inferencial (King et al., 1994, p. 18). La
idea es que la ciencia política puede obtener buenas generalizaciones
sobre lo inobservado a partir de lo observado. Empero, entre las reco
mendaciones sobre todo dirigidas a los jóvenes politólogos era que en
el diseño de la investigación, para lograr mejorar las generalizacio
nes, se aumentaran el número de observaciones. Para muchos no pa
saron desapercibidas sus controversiales “recomendaciones”, que en
estricto sentido ponderan la investigación cuantitativa como superior
a la cualitativa, y prácticamente desdeñando en cierta medida la teoría
y la filosofía políticas. Como David D. Laitin (1995) notó, el discurso
del kkv trataba de conciliar el lenguaje soft de la ciencia política con
114
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la línea hard de los seguidores del lenguaje estadístico (Laitin, 1995,
p. 454). El kkv asumió que su idea podía generar un lenguaje uni
ficado en la ciencia política, empero termina ponderando a los méto
dos cuantitativos por sobre otros, y desconociendo que los avances de
la ciencia política –y de las ciencias sociales en general– no han de
pendido de la lógica inferencial en la investigación, sino de la buena
construcción de teorías de las cuales se pueden extraer buenas hipóte
sis. Como sabemos, King, Keohane y Verba tuvieron una amplia res
puesta y análisis a sus presupuestos en el libro coordinado por Henry
E. Brady y David Collier (Rethinking Social Inquiry, 2004), donde en
un balance de las convergencias y divergencias en torno a la influyen
te obra en cuestión señalaron –de manera resumida– que para llevar a
cabo buenas inferencias causales son necesarios los fundamentos teó
ricos, además de que muchas aportaciones de los métodos cualitati
vos no pueden ser menospreciados por no ceñirse a los cánones del
cuatitativismo, entre otras (Collier, Seawright y Munck, 2004, p. 46).
Brady, con sarcasmo, señaló que kkv era una buen sermón, pero no
teología, es decir, tenía buenas intenciones pero no ofrecía algo tras
cendente (Brady, 2004, p. 66).
Los hard-liners no están de acuerdo, sobre todo, con el pluralismo
metodológico, y con cierta presunción han resucitado los principios
del positivismo extremo que supone es portadora de la verdad “meto
dológica” para llegar al saber politológico. La defensa de esta situa
ción se resume en las afirmaciones de J. Colomer (2004, p. 358), para
quien “un signo evidente de debilidad teórica” de la ciencia política
actual es que “todavía se siga colocando a los autores llamados ‘clási
cos’ en el mismo nivel –o incluso más alto– que a los investigadores
contemporáneos”, y continúa, “casi ningún escrito de Maquiavelo o
de Montesquieu o de la mayoría de los demás habituales en la lista sa
grada sería hoy aceptado para ser publicado en una revista académica
con evaluadores anónimos”.
En su afán de mejorar su posición dominante, argumentan que el
futuro inmediato de la ciencia política es emular a las ciencias duras,
como la física, hasta llegar a tener una metodología de estudio igual o
superior a la economía. Rein Taagepera (2008) ha llevado al extremo
el argumento al señalar que, no obstante la amplia difusión de los mé
todos estadísticos en las ciencias sociales, sus resultados son en es
tricto sentido descriptivos. Taagepera no tiene dudas de que la impor
115
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tación de métodos de otras ciencias poco ha ayudado a la ciencia
política, y apela a que si realmente los politólogos desean hacer cien
cia, ésta debe asumir algunas presunciones de las ciencias “duras” y
pasar de ser una ciencia que describe a una ciencia que prescribe
(Taagepera, 2008, pp. 12-13). La visión de Taagepera es, en sí, el cla
ro ejemplo de la línea dura dentro de la disciplina; empero logra al
mismo tiempo señalar que la lógica en el uso de métodos estadísticos
“sofisticados” en el análisis político adolece precisamente de lógica:
se asume que las variables independientes (xn) interactuan con la de
pendiente (y) de manera simultánea, cuando en realidad hay una se
cuencia interactiva (Taagepera, 2008, pp. 56-57).
Los soft-liners, por su parte, argumentan que la ciencia política
contemporánea ha olvidado la teoría y la filosofía, así como las gran
des preguntas, y sobre todo, ha hecho del rigor metodológico el obje
tivo de la investigación. Para algunos es paradójico el uso indiscrimi
nado de modelos estadísticos, como si su mero uso hiciese más
“científicas” nuestras afirmaciones; tomando otra vez el ejemplo de
las ciencias duras, Coleman (1986) señala que “mucho de lo que cono
cemos sobre la física fue descubierto sin el beneficio de los modernos
sistemas de comprobación”. Stanley Hoffman, un fuerte defensor del
método histórico tradicional, ha señalado irónicamente que “el estu
dio ideal en la ciencia política contemporánea es el análisis compara
do de la regulación sanitaria de la pasta en ciento cincuenta países. De
esta manera, existe un número suficiente de casos para hacer genera
lizaciones y ni siquiera es necesario comer un espagueti: lo único que
basta son los datos” (citado por Cohn, 1999, p. 31).
La fractura metodológica, entre la línea dura y la línea blanda, es
persistente, primero con la aparición del conductismo, y ahora con la
presencia “dominante” de quienes promueven fuertemente los méto
dos cuantitativos. De allí que después de más de cincuenta años de
desarrollo de la ciencia política (al singular), todavía importantes po
litólogos tienen una visión de la profesión que refleja cierta indefini
ción en el interior de la disciplina y cierto temor hacia su cientifici
dad. Algunos de los más influyentes politólogos1 no están convencidos
de ser científicos políticos, como Robert H. Bates, para quien los
1
De aquí en adelante se hace referencia a las entrevistas que aparecen en Munck y
Snyder, 2007.
116
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científicos son aquellos que hacen “ciencias duras” y pueden compro
bar sus hipótesis, y él “sólo pocas veces se ha sentido científico”.
Adam Przeworski incluso llega a señalar que en los últimos años han
sido los economistas, y no los politólogos, quienes han llevado a cabo
mejores aportaciones a la política comparada. Otros politólogos,
como James C. Scott, piensan que la disciplina está entre la ciencia y
el arte; más aún, señala que los politólogos no deben aspirar a aseme
jarse a las ciencias naturales ya que el rigor metodológico ha llevado
a la ciencia política contemporánea a centrarse en cuestiones triviales.
Otros, aun reconociendo los desarrollos de las últimas décadas, no es
tán convencidos de ser “científicos”, como David Collier, porque la
ciencia política “poco se parece a las ciencias naturales”, o prefieren
definirse scholars –como Huntington– y no scientist, al contrario de
como se asume Theda Skocpol, una de las mejores representantes del
análisis histórico-político. Empero, otros como Barrington Moore Jr.,
Arend Lijphart y Juan Linz, aunque convencidos de ser científicos,
señalan que en las ciencias sociales esta identificación no puede tener
el mismo sentido que en las ciencias naturales.
Es necesario repetirlo de nuevo: la ciencia política la definen a fi
nal de cuentas quienes la practican (Stoker, 1997, p. 19), y estas dubi
taciones de varios de los principales maestros de la disciplina mues
tran cierta incomodidad con su estado actual, pero también deberían
ser una preocupación para los futuros politólogos, porque para ser
una verdadera ciencia, no sólo es importante que otras comunidades
científicas la consideren como tal, se requiere que la misma comuni
dad que desarrolla los estudios en torno a los fenómenos tratados
debe estar convencida de que lo que se hace se hace bien y se hace de
forma científica.
La tragedia de Maquiavelo o el dilema de la aplicabilidad de la
ciencia política
No sólo las fracturas en el interior de la ciencia política generan
cierta incomodidad entre los politólogos. Uno de los dilemas subya
centes en la ciencia política es la aspiración de incidir en la realidad
política. Para Almond, la ciencia política ha hecho importantes apor
taciones al antiquísimo anhelo mundial de aplicar el poder del cono
117
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cimiento a los trágicos dilemas del mundo de la política. Según Mor
genthau, la aplicabilidad de la ciencia política no reside en el
descubrimiento de la verdad sobre la política, sino en su contribución
a la estabilidad de la sociedad. Y agrega:
Una ciencia política que no es odiada ni respetaba, sino tratada con indi
ferencia, como innocuo pasatiempo, es probable que no se haya retirado
a una esfera que existe más allá de los intereses positivos o negativos de
la sociedad [...] La retirada a lo trivial, formal, metódico, puramente teó
rico, remotamente histórico –en resumen, a lo no aplicable políticamen
te– es señal indudable de una ciencia política “no polémica”, que no tie
ne amigos ni enemigos, porque no tiene aplicación a los grandes
problemas políticos que interesan a la sociedad [...] En su preocupación
predominante por lo inaplicable, devalúa implícitamente los problemas
importantes en la política (Morgenthau, 1968, p. 115).
En opinión de Michel Oakeshott (1998, p. 27), la ciencia política
se ha deslindado de la filosofía política en su afán de responder a la
cuestión, ¿que hará el gobierno?, y no sólo eso, ¿cómo lo hará?,
¿quién o quienes intervendrán? Ahora bien, debemos tener en cuenta
que el pensamiento político que dio pauta al posterior nacimiento de
la ciencia política moderna, fue el que se circunscribió al ejercicio del
poder y del gobierno. En la actualidad, la diversidad de posturas me
todológicas y enfoques tiene una fuerte carga simbólica de pragmatis
mo donde subyace el anhelo práctico, y por ello la fragmentación se
considera una virtud. El que los contenidos de la ciencia política ha
yan derivado en análisis conceptual, y aparentemente se hayan aleja
do de la práctica política, tiene quizá su origen en el siguiente dramá
tico ejemplo histórico de la difusa y a veces nula capacidad de influir
en la política, si ésta no se ejerce.
A mediados de 1526, se avizora una guerra que signaría cómo el
Estado, en tanto estructura real de poder, se impondría sobre el poder
divino de la Iglesia. Francia y los diversos poderes señoriales de Ita
lia, es decir, la Liga Santa, estaban decididos a defender el poder pa
pal, mientras que el emperador Carlos V movilizaba astutamente sus
frentes políticos y militares. En Florencia, el conde Pietro Navarra,
enviado del papa Clemente VII, decide reforzar las murallas para pre
parar y defender la ciudad de cualquier asalto. Para ese entonces, ape
118
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nas si se recuerda a Nicolás Maquiavelo como funcionario de la Can
cillería en tiempos de la República. Era más bien conocido como
escritor de obras teatrales, su Mandrágora y el Asno de oro eran su
carta de presentación. Ya había quedado de manifiesto su erudición en
los asuntos militares cuando escribió El arte de la guerra, pero nadie
o muy pocos solicitaban su consejo. La fortuna le favorece y es reque
rido por el conde para que lo auxilie, de modo que tiene frente a sí la
oportunidad de demostrar su competencia en los asuntos militares tal
y como lo hizo en su tratado. Se dirige a Roma y presenta un proyecto
de fortificación que es elogiado; aboga por la creación de una nueva
magistratura de la cual, evidentemente, él sería el responsable (Viroli,
1998, pp. 283-286). Maquiavelo retorna al Palazzo Vecchio y de mo
mento se imagina ser de nuevo el secretario. Mientras tanto, Carlos V
ya controla Milán y es factible que tome toda Italia. Maquiavelo deja
sus fortificaciones en Florencia, ya que se le encarga la misión de re
ordenar la milicia que se encuentra en Marignano. Allí, trata de disci
plinar las tropas en la medida de lo posible. Camina entre los campa
mentos, toma notas y platica con Juan de Médicis, un hombre
verdaderamente entregado a la guerra. Maquiavelo era hábil en la
conversación, y si de asuntos militares se trataba, él llevaba la delan
tera. Un día Juan de Médicis lo reta a ordenar treinta mil infantes de la
manera habilidosa como hablaba y como lo había plasmado y enseña
do en El arte de la guerra (Ridolfi, 1691, pp. 275-276). El campa
mento estaba en la Abadía de Casetto, y Matteo Bandello, un domini
co comensal de Juan de Médicis, recuerda en una dedicatoria al
mismo este momento tan significativo en la vida de Maquiavelo:
Deberíais recordar aquel día que nuestro ingenioso messer Nicolás de
Maquiavelo, junto a Milán, quiso hacer aquel ordenamiento de infantes
del que mucho antes en su libro del arte militar difusamente había trata
do. Conocióse entonces cuánta diferencia hay entre quien sabe y nunca
ha puesto en acto lo que sabe, a quien además de saber ha metido muchas
veces las manos, como suele decirse, en la masa, y deducido el pensa
miento y concepto de su ánimo en obra exterior [...] Messer Nicolás
aquel día nos tuvo al sol más de dos horas a la espera, para ordenar tres
mil infantes según el orden que había descrito, sin que jamás consiguiera
ordenarlos. Pero él hablaba de eso tan bien y tan claramente, y con sus
palabras mostraba ser la cosa tan fácil, que yo que no sé nada del tema
119
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creía, oyendo sus razones y discursos, que rápidamente podría ordenar
aquella infantería. [...] Entonces, viendo vos que messer Nicolás no iba a
terminar tan pronto, me dijisteis: “Bandello, quiero que todos nosotros
salgamos de este fastidio y nos vayamos a comer”. Y tras decir a Ma
quiavelo que se apartase y os dejase hacer; en un abrir y cerrar de ojos,
con la ayuda de los tamborcillos, ordenasteis a aquella gente en varios
modos y formas, con admiración grandísima de quienes allí estaban (ci
tado por Villicañas, 1999, p. 35).
Muchas historias similares se han escrito, entre las últimas está la
experiencia de Michael Ignatieff en Fire and Ashes: Success and Fai-
lure in Politics (2013), donde hace un recuento de las vicisitudes, las
angustias y contradicciones a las cuales se enfrenta un hombre de
ciencia –y en este caso de ciencia política precisamente– cuando de
cide aventurarse en las turbulentas aguas de la política en las cuales el
éxito es la suma de fracasos, los ideales cosechados en la academia
son poco útiles para tomar decisiones, y donde todas las variables son
impredecibles. Pero la ciencia política no es una ciencia que se apli
que así, a rajatabla, sus contribuciones y su aplicabilidad van más allá
de la cotidianidad de la política. Como ya se señaló más arriba, si
guiendo a Herman Heller (1933), la política no se puede enseñar, se
aprende en la práctica, mientras que la ciencia política sí se puede en
señar, cultivar y sus contribuciones, parafraseando a Maquiavelo, im
pactan a los bosques, no tanto a las particularidades de los árboles.
A finales del siglo xx, la desconfianza hacia la ciencia, iniciada
por una mala lectura de sus contribuciones al mundo y sus repercusio
nes, y el surgimiento del posmodernismo empeñado en hacer relativo
toda idea y pensamiento, disminuyendo su capacidad de predicción, y
por otro lado, la cíclica idea de la posibilidad de formular un todo teó
ricamente llevando a los científicos “duros” a especular metafísica
mente, poco han permeado en el centro de la heurística científica,
pero hacen necesario crear una barrera que impida que lo hagan. La
ciencia política, además de basarse en la lógica y en un lenguaje defi
nido, claro y conciso, como bien lo propuso Sartori hace años en su
obra La política (1979), necesita revitalizarse in continuum, conside
rar las posibilidades de acumulación del conocimiento, consolidar un
lenguaje estrictamente politológico no sólo en su metodología, y pug
nar por conservar el monopolio de su ámbito de estudio para que sus
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aportaciones, ya sea de carácter descriptivo o resolutivo, tengan la vi
gencia necesaria que permita un desarrollo más amplio. Como ya se
dijo, la ciencia política la definen, a final de cuentas, quienes la prac
tican, y el estigma de Maquiavelo se llevará siempre a cuestas; pero la
disciplina, evidentemente ya consolidada, debe avanzar por ahora con
sus propias fortalezas.
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VIII
El futuro de la ciencia política
en américa latina
A pesar de las diferencias que existen ente los países de la región,
sobre todo en relación con el grado de institucionalización –tanto a
nivel estructural como intelectual–, la ciencia política en América La
tina se ha insertado en el contexto internacional al adoptar en gran
medida ciertas pautas organizativas que la ubican en la misma medida
que aquella que se desarrolla en Estados Unidos o Europa, principal
mente. Comparando las estructuras de investigación y docencia que
existen a principios del siglo xxi con aquellas existentes en la década
de 1950 se observa un cambio cuantitativo muy amplio. Poco a poco
ha dejado de ser una disciplina aislada en pequeños centros de inves
tigación dentro de un mar de escuelas y facultades de derecho, econo
mía y sociología, a tener un lugar propio en los espacios universitarios
públicos y privados, así como en instituciones ad hoc a la disciplina,
con grandes comunidades de alumnos, profesores e investigadores en
crecimiento continuo sin llegar por ello a la masificación.
Empero, además de los dilemas propios de la disciplina señalados
anteriormente, la ciencia política latinoamericana tiene sus propios di
lemas y desafíos futuros. Éstos se enmarcan igual (y nuevamente)
tanto en el plano estructural como en el intelectual. En el primero se
observa la necesidad de la creación (todavía) de más estructuras dedi
cadas a la disciplina, así como programas de estudio en ciencia política
en aquellos países donde todavía no existe. En donde sí hay, se obser
va, por un lado, la necesidad de una descentralización y ampliación
del desarrollo de la disciplina en otras regiones. Países como México,
123
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Perú y Colombia, y en menor medida Argentina y Brasil, concentran
su oferta educativa e investigación de alto nivel de la disciplina en
sólo una o dos ciudades, generalmente las más importantes (Ciudad
de México, Lima, Bogotá, Buenos Aires, Río de Janeiro, Quito, entre
otras). Mientras que en otros países, principalmente en Centroaméri
ca, la disciplina prácticamente no tiene espacios de desarrollo y su en
señanza a nivel de carrera profesional es inexistente. Por otro lado, en
algunas universidades, sobre todo aquellas que se masificaron en las
décadas de 1970 y 1980, es necesario un cambio generacional que
aleje a la disciplina del formalismo jurídico que arrastra desde los años
cincuenta, y de la ideologización que alcanzó y permeó en los años se
tenta.
La paradoja es que, mientras en algunos centros se desarrolla una
ciencia política que arrastra el formalismo jurídico y el sociologismo
de las décadas pasadas, en otros se desarrolla una ciencia política en
dogámica, donde los politólogos se autopublican y sólo se leen entre
sí, muchos más –la mayoría– autoorganizan eventos, seminarios y
coloquios para “alabarse” los unos a los otros, sin crítica ni diálogo
serio, promoviendo un aislamiento de las discusiones que circundan
otras universidades, y considerando equivocadamente que dicho
comportamiento o tal forma de hacer ciencia política es funcional a la
disciplina. La ciencia política latinoamericana enfrenta constante
mente ciertos dilemas producto de su status de ciencia abierta, enten
diendo esta idea no necesariamente circunscrita al ámbito académico,
sino que tiene una interesante interacción con el mundo de la política
que termina contaminando sus bases de estructuración de pensamien
to, ideas y desarrollo científico. Dado que los politólogos fueron du
rante décadas una comunidad relativamente aislada de la discusión
política, el arribo de la democracia abrió muchos espacios que des
bordaron la necesidad de voces “especializadas” para explicar y en
tender los cambios que se presentaban. Muchos politólogos ingresa
ron a la arena de la discusión mediática sobre los problemas políticos
sacrificando la ciencia por la divulgación, y la pertinencia de la inves
tigación por la opinión, al grado que existe una difundida imagen del
politólogo-opinólogo, y quienes asumen este rol hacen poca o nula in
vestigación empírica llevando a una distorsión de la disciplina misma.
Estos dilemas tienen origen, quizá indirecto, en la débiles fronte
ras que apenas existen entre lo que dentro de la misma disciplina se
124
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considera ciencia o seudociencia. La interpretación de Imre Lakatos
(1970) sobre el desarrollo de la ciencia ofrece algunas líneas para ar
gumentar lo anterior, ya que su explicación –cabe recordar– va más
allá de las revoluciones científicas de T. S. Kuhn y el falsacionismo de
Popper. De manera muy sintética, Lakatos señala que la “ciencia no
sólo es ensayo y error” como afirmó Popper, pues dicha dinámica, de
hecho, sólo es parte de una ciencia pero no es su núcleo central. Tam
poco se puede decir que la ciencia sólo se basa en compartir ciertos
paradigmas, sino que también, y siguiendo a Lakatos, éstos son pro
gramas de investigación que tienen un “núcleo firme”; es decir, aque
lla parte del paradigma que no es discutible o puesto en duda, y el
cual debe ser protegido por uno o varios “cinturones protectores”, lo
que implica que el desarrollo e investigaciones en torno al núcleo va
yan ampliando su universo explicativo. Incluso, señala Lakatos, los
programas de investigación tienen una “heurística negativa”, la cual
se trata de técnicas dirigidas a solventar anomalías en el proceso de
investigación basado en los presupuestos del “núcleo”. La ciencia po
lítica, como hemos visto, comparte una variedad de núcleos, pero al
tratar temáticas que trascienden inmediatamente al interés público, o
mejor dicho, al tratar temas de interés público, su núcleo o núcleos, en
sus diversos programas de investigación, son constantemente mani
pulados. Si además de ello agregamos la “incómoda fragmentación”
que fuertemente subsiste en la dimensión metodológica, pareciera que
la ciencia política es una disciplina débil.
De acuerdo con Gerardo L. Munck (2007c, pp. 11 y ss.), la “cali
dad” de la producción del conocimiento de la política latinoamerica
na se observa a partir de a) las principales estrategias de investiga
ción, b) sus fortalezas y c) debilidades en torno a dos aspectos del
proceso de investigación: la generación de teorías y el análisis empí
rico en sus dos vertientes (cuantitativo y cualitativo). En relación con
la generación de “teorías”, Munck señala que en las últimas décadas
se desarrollaron dos estrategias: una dirigida a la formación de con
ceptos a la luz de trabajos clásicos de la teoría política y social, y otra
hacia la teorización inductiva, informal, de alcance medio. La fortale
za de estas dos estrategias se encuentra en que, por un lado, crearon
propuestas de nuevos conceptos o la redefinición de los existentes, y
por otro, en la formulación de teorías complejas sensibles al rol de los
actores y la dimensión histórica de la política. Respecto al análisis
125
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empírico, Munck señala que el análisis cualitativo es una estrategia
dominante en las agendas de investigación sobre América Latina,
mientras que se observa al análisis cuantitativo como estrategia se
cundaria. Estas estrategias han logrado fortalecer una tradición de
acumulación de información sobre los acontecimientos políticos;
pero tienen, desde el punto de vista de Munck, ciertas debilidades
desde el punto de vista metodológico: en la generación de teorías
identifica cuatro, tales como falta de claridad y consenso sobre los
conceptos claves, vínculos poco claros entre las agendas parciales y,
por tanto, una base débil par integrar teorías, así como la falta de una
formulación explícita de modelos de medición. Pero también una ten
dencia a confrontar anomalías simplemente agregando nuevas varia
bles de una manera ad hoc, así como la falta de desarrollo de modelos
causales explícitamente formulados. Sin embargo, es en el análisis
empírico donde se encuentran las debilidades más significativas: la
investigación no integra análisis cuantitativo y cualitativo; se privile
gia este último, pero por lo mismo no hay un abordaje sistemático a la
generación de datos, lo que conlleva a dificultades inherentes para
controlar las variables (muchas variables, pocos casos), y por tanto,
dificultad para evaluar los argumentos. Por último, respecto al análi
sis cuantitativo, señala Munck, no se genera el número suficiente de
datos que midan los conceptos usados en muchas de las teorías clave
y series de tiempo largas, lo que conlleva también a la falta de prue
bas para comprobar teorías complejas, con sus consecuentes proble
mas metodológicos.
Para ejemplificar se puede tomar una temática que durante casi
dos décadas fue el programa de investigación central de la politología
en América Latina: las transiciones a la democracia. Dicha agenda de
investigación significó el verdadero nacimiento (o renacimiento, se
gún se vea) de la ciencia política en la región, pero poco aportó a la
disciplina a nivel internacional, en tanto que se importaban los con
ceptos y los casos se elegían de forma ad hoc para “comprobar” cier
tas teorías e hipótesis.1 Como señala López-Alvez (1998) respecto a
1
Un ejemplo de ello se encuentra en el texto de Soledad Loaeza, Entre lo posible y lo
probable (2008, p. 124), en el cual, sin comentar, citar o comparar otros conceptos, la au
tora da un significado único al concepto de “transición”: “Que entendemos como el paso
de un régimen de partido hegemónico a un régimen pluripartidista”. Dicha conceptualiza
126
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las diversas compilaciones de los muchísimos estudios que sobre las
transiciones en América Latina existían a finales de los años noventa:
La mayoría de los autores usan diferente conceptualización, y no especi
fican el porqué de los casos escogidos. La falta de definición conceptual,
o más bien, la falta de consenso en las definiciones usadas, son un viejo
problema del método comparado. La parroquialidad en el tratamiento
de cada país subsiste como si no importara que el propósito general de
compilar un volumen fuera el de erradicar esta tendencia. Por regla ge
neral, los casos se conciben intelectual e históricamente en una subcultu
ra académica y teórica creada por la literatura y los paradigmas estable
cidos en las historias nacionales sobre cada caso. En ellas, un número
dado de convenciones y conceptos son los dominantes en la interpreta
ción de ese particular país o región; así, no es sorprendente que dentro de
la misma “ciencia social” la conceptualización de los casos difiera (Ló
pez-Alvez, 1998, p. 22).
Poco después, la temática de la transición evolucionó a la cuestión
de “qué tipo” de democracias se habían instaurado o creado en la re
gión y su “calidad”. Ahora bien, fue precisamente el estudio de la demo
cracia lo que fortaleció ciertas líneas de investigación robusteciendo
el conocimiento de –citando los más importantes– los partidos políti
cos y los sistemas electorales, la sociedad civil y los movimientos so
ciales, la construcción de instituciones democráticas y las políticas
públicas, la reforma a las instituciones de justicia y las relaciones de
los poderes fácticos con los poderes formales, entre otros.
No obstante, en algunos países, dada cierta ideologización o
“compromiso político” asumido por los politólogos, la democracia se
considera un proyecto inacabado, por lo que el concepto de transición
se ha estirado quizá innecesariamente, en algunos casos, hasta perder
su especificidad de proceso de corta duración. ¿Existió o existe aún
un núcleo fuerte en tales programas o agendas de investigación?, ¿se
creó un cinturón protector tan amplio para proteger dicho núcleo? No
es posible responder afirmativamente a dichas preguntas, pues prácti
camente existieron tantos programas de investigación como procesos
ción sólo se aplica al caso de México, y representa precisamente un ejemplo de parroquia
lismo en la ciencia política.
127
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de transición a la democracia en la región. Es necesario repetirlo, la
ciencia política en la región se ha fortalecido gracias a la democracia
misma, pero ahora tiene retos que van más allá de las estructuras,
como romper con las corrientes propias de la coyuntura que han soli
dificado conceptos que no explican fenómenos más allá de cierto es
pacio y tiempo, el excesivo uso de metodologías ajenas a la disciplina
con un bajo nivel de la utilización de la metodología de la compara
ción. Sobre esto último, subsiste una extendida idea de que la com
paración existe sólo si es entre países, lo que denota que paradójica
mente siendo la metodología por excelencia de la disciplina, ésta
todavía sea tan “desconocida”.
Nuevos retos enfrenta la ciencia política latinoamericana, fenóme
nos políticos que requieren interpretaciones novedosas y la relectura
de los clásicos: la emergencia de nuevos actores que retan el poder
hegemónico del Estado, como el crimen organizado transnacional y
las grandes empresas que dominan las economías, lo que requiere en
sí mismo el alejamiento de la estrecha lectura de lo que es el Estado
en términos jurídicos, todavía dominante en algunos sectores, así
como un uso más estructurado de la metodología de la comparación.
Junto a lo anterior, quizá cabría que señalar que, aunque el parroquia-
lismo es difundido en mayor o menor medida en todas las disciplinas
en cada país que se desarrolla, en algunos es más acentuado que en
otros. Sólo por ejemplificar, la publicación en 1996 del A New Hand-
book of Political Science, de Robert Goodin y Hans-Dieter Klinge
mann (ed. esp. 2001), se celebró como una de las mejores colecciones
de ensayos sobre el estado actual de la ciencia política, con la notoria
salvedad, señalada en su momento por Marsh y Savgny (2004), que
representaba la visión de la ciencia política norteamericana, y sobre
todo, algunas de las corrientes dominantes que poco representan la
pluralidad de la disciplina en el mundo. Lo mismo puede decirse de
América Latina, donde sólo pocos centros y facultades de investiga
ción politológica dialogan con aquéllos de otras latitudes. Otros, en
su afanosa búsqueda de salir del parroquialismo, copian los modelos,
como ya hemos señalado, perdiendo originalidad y olvidando las rea
lidades nacionales.
Pero más allá de estos dilemas, la ciencia política latinoamericana
no puede ni debe, en esta (su) época de mayor auge, tomar seriamente
los argumentos fatalistas y viscerales que proclaman una crisis, muer
128
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te o desaparición de la disciplina sólo porque ésta se ha especializado
y casi logrado su autonomía del derecho, la filosofía y la sociología,
principalmente. No ha existido época en la cual no aparezcan profetas
del fatalismo en el conocimiento, y la disciplina politológica no esta
rá exenta jamás de ello. En la actualidad se presentan dos categorías
de pensamiento con cierta fuerza: la seudociencia y el posmodernis-
mo, las cuales, como señala Alan Sokal (2008, p. 335), parecen opo
nerse, pues la primera se caracteriza por una credulidad extrema, sus
seguidores creen en teorías o fenómenos que la corriente de la ciencia
dominante rechaza por considerarlos totalmente inverosímiles; mien
tras que el posmodernismo se caracteriza por un escepticismo extre
mo y sus partidarios ponen en duda teorías que la corriente dominante
de la ciencia establece como inamovibles, más allá de la duda razona
ble. Ambas corrientes se presentan con mayor agudeza en las ciencias
sociales, y por ende, en la ciencia política. La seudociencia política se
presenta sobre todo en los medios de comunicación, donde las meras
opiniones se toman como argumentos unívocos y verdaderos, aunque
no tengan ningún respaldo empírico y metodológico a sus espaldas.
Mientras que el posmodernismo politológico pareciera abogar por re
volver y combinar teorías y metodologías sin detenimiento ni análisis
serio y detallado de otras ciencias y aplicarlas al estudio de los fenó
menos políticos, como si el simple hecho de argumentar con concep
tos ajenos a la disciplina significara revitalizarla y encaminarla hacia
una nueva ontología.
Tampoco se puede abogar por una democratización in extremis de
la disciplina, porque la ciencia es por esencia elitista y de otra forma
perdería su condición. La ciencia se distingue precisamente por dife
renciarse de los diversos tipos de lenguajes que sirven para compren
der al mundo (común, religioso, etc.), porque crea uno especializado
y a su alrededor comunidades epistémicas que lo desarrollan. La cien
cia política latinoamericana, no obstante su ventajosa posición de diá
logo con la política real –como señaló O’Donnell–, para seguir profe
sionalizándose, debe pugnar por defender sus ámbitos de estudio,
abogar por ser una ciencia aplicable –no necesariamente aplicada, en
sentido estricto– en la medida de los posible, pero sobre todo, no debe
claudicar y abandonar su naturaleza de ciencia social interpretativa y
comprensiva porque de ello depende su propio futuro.
129
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Apéndice
Politólogos y ciencia política
en América Latina
Como ya se argumentó en las páginas precedentes, desde finales
del siglo xx, la ciencia política latinoamericana ha mantenido un
constante crecimiento: creación de carreras de grado y posgrado en
universidades donde no existían, aumento de publicaciones especiali
zadas, una mayor presencia de politólogos en las discusiones sobre
los problemas políticos y sociales y también una mayor representa
ción en la administración pública. El análisis de la ciencia política en
la región se ha profundizado, pues existe un creciente interés entre los
propios politólogos por saber la historia y el estado actual de la disci
plina, permitiendo tener un mejor panorama de esta ciencia aún joven
en el contexto de las ciencias sociales: saber de dónde venimos, dón
de estamos y quizá prever hacia dónde vamos. A pesar de las visiones
fatalistas sobre su futuro (Sartori, 2004), la ciencia política está más
viva que nunca, y avanza no obstante sus fracturas internas. Desde la
década de 1990, la fractura ideológica se desvaneció, pero la metodo
lógica, que trata precisamente sobre los métodos, sigue abierta.
Inspirado en un ejercicio similar que se llevó a cabo en Brasil en
1969 por la Asociación Brasileña de Ciencia Política (Michetti y Mi
celi, 1969) durante los meses de septiembre y noviembre de 2013,
dentro de este proyecto de investigación, se aplicó una encuesta a 150
politólogos latinoamericanos.1 Si bien no se alcanzó el 100% de las
1
La encuesta fue semiabierta, dirigida a 150 politólogos que se desempeñaran en al
guna institución pública o privada de América Latina. La invitación se realizó vía correo
131
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respuestas de las 67 preguntas realizadas, las respuestas obtenidas
permiten tener una aproximación más a los politólogos en la región.
Origen y formación. La mayoría de quienes respondieron a la en
cuesta son de nacionalidad mexicana (34.5%), siguiendo la argentina
(14.28), colombiana (12%), brasileña (9%), entre otras (gráfica 1). El
65.15% son hombres y 34.85% son mujeres. La edad promedio es de
37 años; sobresale que los profesores e investigadores (94 en total)
adscritos a alguna universidad tienen una edad promedio de 43 años.
107 encuestados señalaron su grado académico: 52.3% cuenta con
doctorado, 37.4% con maestría y 38% con licenciatura. Varios estu
diaron un doctorado pero no han obtenido el grado (13%); 27.4% es
tudió su doctorado en la misma universidad donde obtuvo su grado de
licenciatura, 29% en el mismo país, pero en otra universidad, mien
tras que 43% en una universidad en el extranjero. Es de resaltar que
poco más de la mitad de quienes obtuvieron el doctorado han tenido
la oportunidad de publicar su tesis.
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Gráfica 1. Nacionalidad de los politólogos encuestados (%)
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Autoidentificación y desempeño. Muchos politólogos no saben
qué decir cuando alguien que no conoce la disciplina confunde la profe
sión politológica con la de político. Se les preguntó cómo se auto
electrónico a profesores de al menos dos universidades de 15 países de América Latina.
Las respuestas se recibieron entre los meses de septiembre y noviembre de 2103. Respon
dieron 132 politólogos, de los cuales 94 son profesores de tiempo completo. Se presentan
los datos marginales con un nivel de confianza del 95%.
132
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identificaban: 55% se considera politólogo a secas, otros se adscriben
a algunas especializaciones: internacionalista, filósofo o teórico de la
política. 122 señalaron en dónde se desempeñaban: 60.6% en alguna
universidad o centro de investigación de carácter público, mientras
que 25% en alguna de carácter privado; sólo 9.8% en el gobierno y
apenas 4.9% en el sector privado.
Gráfica 2. Autoidentificación
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Aquellos que contestaron a la pregunta: “¿Usted qué respondería a
un alumno que está interesado en estudiar Ciencia Política? ¿Qué
hace un politólogo?”, ofrecieron una serie de respuestas heterogéneas
tales como: estudia el poder, estudia científicamente la política, anali
za las relaciones entre las instituciones, es un asesor en el más amplio
sentido del término, “es un híbrido de las ciencias sociales”, “contri
buye a la generación y aplicación de conocimiento sistemático en
cuestiones relacionadas con el Estado, el gobierno y la acción públi
ca”; “estudia los procesos e instituciones políticas”, o “analiza la polí
tica, da clases y suele realizar trabajos de investigación que ayudan a
la formación de otros politólogos. Si es muy exitoso, a veces tiene im
pacto en las decisiones políticas, incluso indirectamente”; “es una
persona que es capaz de pensar y transformar el entorno que le rodea”.
Las universidades y centros de investigación (públicos y privados)
son todavía el principal lugar para el desempeño del politólogo, sobre
todo de aquellos que tienen maestría o doctorado, pocos de los que
respondieron a la encuesta se desempeñan en instituciones guberna
mentales, y los menos en instituciones del sector privado.
133
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Gráfica 3. Dónde se desempeñan
Grafico los politólogos
3. Dónde se desempeñan los politólogos
Institución privada (no educativo) 4.9%
Institución de Gobierno (no educativo) 9.8%
Centro de Investigación privado 3.3%
Centro de Investigación público 6.6%
Universidad Privada 21.3%
Universidad Pública 54.1%
Respecto a las áreas de interés (podían seleccionar dos opciones),
la mayoría se enfoca a los ámbitos locales y nacionales, evidentemen
te con una referencia significativa hacia la región latinoamericana.
Resulta interesante que apenas unos pocos observan a América del
Norte o Europa, siendo que son las regiones que políticamente tienen
más impacto en la política de la región. Muy lejanos aparecen Europa
del Este y Asia, mientras que África parece ser una región de nulo in
terés entre los politólogos latinoamericanos.
Gráfica 4. Principales
áreas de interés
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Como señaló Max Weber (1919 [pub.1967]), la ciencia es una vo
cación y la ciencia política evidentemente no es la excepción. En casi
todos los países latinoamericanos existen politólogos que se dedican
a vivir de la ciencia política, y no tanto para la ciencia política, por
134
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ello es necesario excluir a aquellos que viven de dar conferencias (cfr.
Zaid, 2012) y no de divulgar el conocimiento, en términos monetarios
¿vale la pena dedicarse a la ciencia política? Tomando en cuenta que
la mayoría de los encuestados se desempeña en la investigación y la
docencia, dedicarse a la politología no los hará millonarios, aunque
quizá si tengan una mejor calidad de vida. Apenas poco más del 9%
gana más de 4 000 dólares mensuales, mientras que 30% entre 3 000 y
4 000 dólares (gráfica 4).2
Gráfica 5. Salario mensual base promedio de los politólogos en Amé-
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Formación intelectual. La mayoría de los politólogos considera
como clásicos de la disciplina a Platón, Aristóteles, Thomas Hobbes y
Nicolás Maquiavelo. Otros nombraron, como autores influyentes en
su formación, las obras de Alexis de Tocqueville, Max Weber, Karl
Marx, Norberto Bobbio, Robert A. Dahl, Juan Linz, Giovanni Sartori,
John Elster, John Rawls, Jürgen Habermas, Arend Lijphart, Gianfran
co Pasquino, Guillermo O’Donnell, William Riker, entre otros.
Ante el reactivo: “Enliste los libros esenciales que usted considera
que todo estudiante de ciencia política debe conocer para desempe
ñarse en la profesión”, las respuestas fueron heterogéneas, con una
combinación de textos clásicos como de los autores ya mencionados.
Sobresalen en primer lugar textos clásicos como las obras de Platón,
La República; Aristóteles, La política; Thomas Hobbes, El Leviatán;
2
Estas cifras no cuentan los fondos extraordinarios para la investigación ni las becas
extraordinarias. El tipo de cambio es de la segunda semana de enero de 2014: 1 dólar =
0.73 euros. Se redondearon las cifras.
135
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Nicolás Maquiavelo, El príncipe; J. J. Rousseau, El contrato social;
Alexis de Tocqueville, La democracia en América, entre otros. Pero
también con la inclusión de otros autores contemporáneos tales como
Giovanni Sartori, Partidos y sistemas de partidos (1976); Martha
Nussbaum, La fragilidad del bien (1995); Daron Acemoglu y James
A. Robinson, Por qué fracasan los países (2012); G. King, K. Keoha
ne y S. Verba, El diseño de la investigación social (1994); Anthony
Downs, Teoría económica de la democracia (1957); Roberth Dahl,
La poliarquía (1972); pero también manuales de ciencia política
como el de Rafael del Águila (1997) o el de Gianfranco Pasquino
(2011).
Frente a la pregunta: “¿A quiénes considera los clásicos de la cien
cia política en América Latina?”, entre las respuestas obtenidas el au
tor más mencionado fue Guillermo O’Donnell, seguido en menor me
dida por José Carlos Mariátegui, Pablo González Casanova, Marcos
Kaplan, Fernando H. Cardoso y Enzo Faletto, Jorge Lanzaro, Manuel
Antonio Garretón, Marcelo Cavarozzi, Jorge Alonso, Ernesto Laclau,
Atilio Borón y Jorge Carpizo. Algunos señalaron directamente que
“no hay” politólogos latinoamericanos que puedan ser considerados
como clásicos. Entre los politólogos contemporáneos que los encues
tados consideran como relevantes, aparecen mencionados muchos estu
diosos en pleno proceso de consolidación científica, tales como Ste
ven Levitsky (estadounidense), Aníbal Pérez Liñán y Gerardo L.
Munck, argentinos que han hecho su carrera en Estados Unidos; Da
vid Altman (Chile), Daniel Buquet (Uruguay), Víctor Alarcón Olguín
y María Amparo Casar (México), Simón Pachano (Ecuador), Daniel
Chasqueti (Uruguay), Fernando Limongi (Brasil), Martín Tanaka
(Perú) y Flavia Freidenberg (argentina que se desempeña en España).
Entre las revistas académicas más consultadas: American Political
Science Review; Journal of Democracy; Democratization; Latin
American Perspectives y Comparative Politics. Y entre las latinoa
mericanas: Revista de Ciencia Política (Chile); Revista Mexicana de
Sociología Política y Gobierno (México); seguidas de América Lati-
na Hoy (España); Dados (Brasil), y Nueva Sociedad (Argentina). No
existió una respuesta común a la razón del porqué la consulta a estas
revistas respecto de otras menos mencionadas, las razones para pon
derarlas como “importantes” fueron tan variadas como su mención,
es decir, las revistas más consultadas lo son simplemente porque allí
136
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se encuentra la información que se desea, no porque sean mejores en
sí mismas.
Muy pocos, sólo 36, señalaron que ha publicado en revistas indexa
das, y apenas 30 terminaron respondiendo respecto a las ventajas y des
ventajas de publicar en revistas indexadas. Más de la mitad de éstos
–29– consideran que los tiempos de dictaminación de los artículos cien
tíficos son muy largos, que no siempre están bien elaborados los infor
mes o poco ayudan a mejorar el artículo, pero sobre todo, que existen
sesgos metodológicos, ideológicos o de otra índole en las revistas aca
démicas en la selección de artículos para que sean publicados.
El debate fútil. Respecto de los argumentos vertidos por Giovanni
Sartori en ¿Hacia dónde va la ciencia política? (2004) y repetido de
manera acrítica y visceral por algunos otros académicos, no existe en
tre los encuestados un consenso. Apenas 19% está totalmente de
acuerdo con tales argumentos, y 41% parcialmente de acuerdo.
Gráfica 6. Sobre los argumentos de G. Sartori: ¿Hacia dónde va la
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La explicación respecto a su postura frente a tal argumento fue
igualmente variada, pero la coincidencia es que Sartori, si bien acier
ta en algunas partes de su argumentos, también llega a exagerar. Las
percepciones sobre la respuesta que Joseph Colomer publicó en 2004
a los argumentos de Sartori fueron prácticamente similares en cuanto
al acuerdo/desacuerdo, y más aún, pocos han escuchado la polémica
que desató en algunos círculos el mail de “Mr. Perestroika” en 2000,
por lo que este “supuesto” debate parece tener pocos seguidores de
uno y otro lado. Lo que si resulta interesante es la percepción que
137
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comparten muchos politólogos encuestados: la ciencia política ha lo
grado ubicarse como una ciencia social relevante en el mundo acadé
mico, pero en América Latina no lo ha logrado en la misma medida
que en Europa y en Estados Unidos.
Estos datos apenas ofrecen un brevísimo acercamiento a la profe
sión del politólogo en la región, sobre todo en las universidades lati
noamericanas. Todavía queda por profundizar en varios aspectos,
pero se observa que existe una heterogeneidad en la formación y en
los intereses académicos e intelectuales. Es de notarse que, si bien en
tre los politólogos existe una preferencia por los asuntos locales y na
cionales, también hay interés por comparar, o al menos tener muy
presente lo que sucede en toda la región. Sobresale que, a diferencia
de la década de 1970 y aún en la de 1980, en las cuales dominaban au
tores marxistas entre las lecturas preferidas, hoy la literatura que se
considera esencial para la disciplina es heterogénea y no domina una
corriente en específico. La ciencia política en América Latina está en
crecimiento, pero falta todavía demostrar a la sociedad que las discu
siones politológicas no son “mesas de café”, y que la ciencia política
es ciencia básica, pero también es ciencia aplicada, y sobre ello toda
vía queda mucho por trabajar.
138
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Índice
Presentación . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 9
Prólogo . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 11
I. Introducción . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 17
II. Historiar la ciencia política . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 25
III. La influencia jurídico-institucionalista . . . . . . . . . . . . . . 47
IV. Una disciplina “sociologizada” . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 57
V. El impacto de la democratización . . . . . . . . . . . . . . . . . . 71
VI. La institucionalización de la disciplina . . . . . . . . . . . . . 83
VII. ¿Dónde está la ciencia política hoy? . . . . . . . . . . . . . . . 105
La (persistente) fractura metodológica . . . . . . . . . . . . . . 107
La difícil autonomía. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 112
La tragedia de Maquiavelo o el dilema de la
aplicabilidad de la ciencia política. . . . . . . . . . . . . . . . . . 117
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VIII. El futuro de la ciencia política en América Latina . . . . 123
Apéndice. Politólogos y ciencia política
en América Latina . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 131
Bibliografía . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 139
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