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Mariologia Trabajo

1) El documento analiza varios dogmas marianos como la maternidad divina de María (Theotokos), promulgada en el Concilio de Éfeso en 431, la Inmaculada Concepción y la Asunción de María. 2) Explica que el título Theotokos ya era tradicional en el siglo IV aunque fue criticado por Nestorio. El Concilio de Éfeso condenó a Nestorio y aprobó que María es la madre del Verbo encarnado. 3) También analiza la virginidad perpetua de María, enfatizada en

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1) El documento analiza varios dogmas marianos como la maternidad divina de María (Theotokos), promulgada en el Concilio de Éfeso en 431, la Inmaculada Concepción y la Asunción de María. 2) Explica que el título Theotokos ya era tradicional en el siglo IV aunque fue criticado por Nestorio. El Concilio de Éfeso condenó a Nestorio y aprobó que María es la madre del Verbo encarnado. 3) También analiza la virginidad perpetua de María, enfatizada en

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ARQUIDIÓCESIS DE CIUDAD BOLÍVAR

SEMINARIO MAYOR “JESÚS, BUEN PASTOR”


MARIOLOGÍA
MIGUEL BRIZUELA 2º DE TEOLOGÍA

Resumen analítico explicativo de cada uno de los dogmas y al final, un cuadro


sinóptico donde refleje lo siguiente: - Dogma - Papa o concilio que lo promulga -
Fecha de promulgación - Proclamación o definición dogmática
El dogma mariano plantea un problema evidente a propósito de la naturaleza y de la
legitimidad del desarrollo dogmático. El dogma no tiene la finalidad de producir
afirmaciones nuevas, sino de sacar y de expresar de otra manera las implicaciones
racionales del mensaje que tiene su origen en las Sagradas Escrituras. Es absolutamente
fácil dar cuenta del paso que se produjo de la expresión: María, madre de Jesús, al título
María, madre de Dios, pero no ocurre lo mismo con la Inmaculada Concepción o la
Asunción de la Virgen. Estos dogmas no parecen tener un arraigo claro en la Escritura.
La Inmaculada Concepción, por ejemplo, fue criticada durante mucho tiempo, su
definición es curiosamente reciente. Por tanto, es infinitamente más difícil de establecer
la prueba de que estos dos dogmas se han transmitido por la tradición primitiva de la
Iglesia y pertenecen a la revelación que nos atestigua la Escritura.
THEOTOKOS
El título de madre de Dios (Theotokos) aparece en los textos cristianos a comienzos del
siglo IV, concretamente en Alejandro de Alejandría, el primero en reaccionar contra las
enseñanzas de Arrio. Cuando empezó a criticarlo Nestorio, el año 428, atacó de hecho
un título ya tradicional.
Lucas relata la anunciación del ángel a María (Cf. Lc 1,26-38), donde se establece un
diálogo entre ella y el ángel, éste le dice que concebirá un hijo que será llamado Hijo
del Altísimo (Lc 1,32), como sabemos, en la Biblia el nombre significa lo que en
realidad es la persona que lo lleva; Lucas está indicando que Jesús es verdaderamente
Hijo del Altísimo, Hijo de Dios; María por lo tanto es la madre del Hijo de Dios. Ella
sigue dialogando y preguntando cómo puede ser eso posible, puesto que no conoce
varón, no está en relaciones carnales con ningún hombre y el ángel le explica la manera
cómo va a
suceder, por la acción del Espíritu Santo, que cubrirá a María con su sombra y por eso
lo
que nacerá de ella será santo y será llamado Hijo de Dios (Lc 1,35). Lo que nace de
María es el Hijo de Dios; es Dios mismo, por lo tanto, María es Madre de Dios
(paridora de Dios, Theotokos).

La naturaleza humana del Hijo de Dios viene de María y de nadie más; la naturaleza
divina de Jesús viene de Dios y de nadie más, pero la persona de Jesús nace en nuestra
historia desde María, y ella es plenamente su madre.

En la época de la Iglesia primitiva, cuando se escribieron los evangelios, ya María tenía


una particular relevancia; encontramos un título especial dado a María, que representa
una reflexión teológica del pueblo creyente y al mismo tiempo una elaboración escrita
de parte del evangelista; en boca de Isabel, Lucas pone el hermoso título de María: la
madre de mi Señor; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? (Lc 1,43).

La teología alejandrina y la teología antioqueña tenía una cierta diferencia en cuanto a la


comprensión de conceptos filosóficos. Alejandría, con Cirilo como Patriarca, tenía una
visión más unitiva; las dos naturalezas de Cristo estaban completamente unidas,
formando una persona, que es el Verbo hecho carne. Por lo tanto, a María se le puede
llamar Madre de Dios (Theotokos) porque ella es la madre del Verbo encarnado, quien
es Dios. La teología de Antioquia, con el Patriarca Nestorio a la cabeza, veía más las
dos naturalezas de Cristo como separadas, resaltando la diferencia de ambas más que su
unión. Nestorio afirmó que no se podía llamar a María Theotokos sino Cristotokos, es
decir Madre de Cristo en vez de Madre de Dios.

La discusión teológica estaba centrada en la cristología más que en la mariología, y los


padres de la Iglesia trataban de ser fieles a la fe Nicena, al Concilio de Nicea donde se
había declarado con mayor precisión las dos naturalezas de Cristo. En el Concilio
Constantinopolitano I, reunido por el emperador Teodosio en el año 381, se había
expresado la fórmula del credo referente a la encarnación como: Et incarnatus est de
Spiritu Sancto et Maria virgine, esta expresión conserva un auténtico tono arcaico de las
más antiguas fórmulas del credo que sintetizaban la fe de la Iglesia ligada a la
revelación
bíblica y la tradición fiel al dato apostólico, y expresan el aporte materno de María para
la encarnación del Verbo, pero no explican la manera, la naturaleza del hecho, sino
solamente lo afirman como tal.

El emperador Teodosio II decreta el concilio en Éfeso, el mismo Nestorio quiso


convocarlo, y se da el año 431. Nestorio es condenado y se aprueba la doctrina de Cirilo
de Alejandría como acorde a Nicea. Las discusiones del concilio de Éfeso son
esencialmente cristológicas, pero la maternidad divina de María está en el centro de
ellas,
no como un agregado sino como algo fundamental.

Al final se puede resumir la doctrina aprobada de la siguiente manera: “las dos


naturalezas, humana y divina, diversas pero cada una perfecta en sus propios
atributos, convergen en una verdadera unidad mediante una misteriosa e inefable
convergencia y constituyen un solo Jesucristo, un solo Hijo, y aún en la unión que se
forma en el Señor Jesús permanecen intactas las diferencias específicas de cada una;
la unidad entre las dos ocurren en el mismo útero materno; el Verbo une a sí por
hipóstasis la naturaleza humana. Esta unión hipostática no es según la sustancia, sino
que es una subsistencia; ambas naturalezas subsisten. Así se da el intercambio de
atributos y el Verbo encarnado adquiere las características de la naturaleza humana,
por lo tanto, puede nacer verdaderamente de una mujer, puede padecer, puede morir
en una cruz y luego resucitar, puede ascender al cielo, y por lo tanto puede redimirnos
realmente.” El Verbo, generado del Padre, ha nacido de una mujer, no en el sentido de
que su naturaleza divina tuvo su origen en el vientre de María, sino que habiendo unido
a sí mismo la naturaleza humana por una unión hipostática, nació de una mujer.

De esta manera se le puede y debe decir a María Theotokos, para expresar claramente la
realidad de Cristo, para comprenderla mejor, para entender que ese Verbo es realmente
Dios, pero al mismo tiempo es realmente hombre, sin confusión ni separación de
naturalezas; esa unión se da en el útero de María y de ella por lo tanto nace el Mesías,
quien es verdadero Dios y verdadero hombre. Ella no es simplemente la paridora de
Dios como si el Verbo pasase sin involucrarla, sino que ella es realmente la madre del
Verbo encarnado, que se hizo hombre de verdad, pero que ese hombre es Jesús, el hijo
de María. El fruto bendito del vientre de María es el Verbo de Dios, la Palabra hecha
carne, es Dios mismo. María es Madre de Dios, Theotokos.

VIRGINIDAD PERPETUA
La Biblia enfatiza la virginidad de María; el evangelio de Mateo expresamente recuerda
la profecía de Isaías 7,14: He aquí que una doncella va a concebir y dará a luz un hijo a
quien le pondrán por nombre Emmanuel, que significa Dios con nosotros. (cf Mt 1,23).

La virginidad de María fue profecía esperada por el pueblo de Israel y al mismo tiempo
requisito para que ese Hijo fuese realmente el Hijo de Dios y no el hijo de cualquier
hombre. Lucas en su evangelio insiste también en este aspecto: Al sexto mes fue
enviado
por Dios el ángel Gabriel a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen
desposada con un hombre llamado José, de la casa de David; el nombre de la virgen
era María. (Lc 1,26-27) y más adelante en el relato de la anunciación la misma María
pregunta: «¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?» (Lc 1,34) y el ángel le
explica: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su
sombra; por eso el que ha de nacer será santo y será llamado Hijo de Dios. (Lc 1,35).

La doctrina de la Iglesia desde el comienzo mantuvo la virginidad de María, que está


entrelazada con la maternidad divina de María, una cosa va con la otra. La señal
prodigiosa de que una virgen iba a dar a luz sin concurso de varón supera todas las
señales que desde el comienzo del antiguo testamento marcaron el camino
extraordinario de Dios, como es el caso de la esterilidad de Sara y tantas otras mujeres
importantes de la Biblia, que por intervención de Dios quedan embarazadas; la misma
Isabel, esposa de Zacarías, queda embarazada después de mayor por una gracia especial
de Dios, quien de esta manera estaba marcando la era mesiánica, la llegada del
Salvador, puesto que Juan, el más grande de los profetas, fue el encargado de prepararle
el camino.

Desde el principio la Iglesia mantuvo la perpetua virginidad de María, la cual se afirmó


en varias ocasiones en concilios ecuménicos, con un valor dogmático. San Ignacio de
Antioquía utiliza la formula paulina de una manera más precisa diciendo: “Nacido
verdaderamente de una virgen”, para rebatir a los gnósticos de su tiempo quienes
afirmaban que Jesús había venido como el agua por el canal, que era María, y no había
tomado nada de ella. San Justino defiende la naturaleza humana de Cristo no la divina
como hizo Ignacio respecto de los gnósticos sino respecto de los judíos y paganos; se
refiere en su apología a la profecía de Isaías 7,14, y llega afirmar: “Nadie fuera de
nuestro
Señor Jesucristo ha sido generado de virgen”; al mismo tiempo rechaza cualquier
sentido
erótico de este nacimiento de la virgen, como lo hacían los mitos paganos. San Ireneo
de Lyon también habla de la virginidad de María para defender la divinidad de Cristo; si
hubiese nacido por semen de varón él sería un hombre cualquiera y no hubiese podido
redimirnos del pecado, y habla de la recapitulación, donde la virgen Eva cae por su
incredulidad, la Virgen María recupera por su fe. Además, Ireneo plantea la cuestión de
la virginidad durante el parto.

Los diferentes credos de las iglesias particulares casi todos nombraron específicamente
a María virgen, como es el caso del credo romano de inicios del siglo III, hecho por
Hipólito de Roma, y asumido por otras iglesias de Italia y de África. Jesucristo, que
nació del (de) Espíritu Santo y de (ex) María virgen. Al final el credo Niceno (325) y el
constantinopolitano (381), que quedaron para la Iglesia universal, afirman
específicamente lo mismo sobre María; esta trama de los credos tiene importancia
fundamental y autoridad eminente considerando que corresponde a la regla de la fe
única
inmutable e irreformable de la Iglesia, y que viene de los apóstoles.
El concilio de Constantinopla II (553) introduce la referencia de la virginidad perpetua
de María: “Tomó carne de la gloriosa Theotokos y siempre virgen María”. El Papa
Martín I convoca el concilio lateranense (649) donde en el tercer canon del concilio se
afirma en forma dogmática la perpetua virginidad de María: “Si alguno no confiesa,
según los santos padres, que la santa y siempre virgen e inmaculada María sea en
sentido propio y según verdad madre de Dios, en cuanto propiamente y
verdaderamente ha concebido del Espíritu Santo, sin semen, y ha dado a luz, sin
corrupción, permaneciendo aún después del parto su indisoluble virginidad, al mismo
Dios Verbo, nacido del Padre antes de todos los siglos, sea anatema”.

Este concilio, aunque no fue ecuménico, sin embargo, después el Papa Martín I envió
cartas a todas las iglesias de Oriente y Occidente, para que todos los fieles cristianos
aceptasen estas verdades piadosas de la recta doctrina. Es considerado por lo tanto como
un dogma mariano para la Iglesia universal.

INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA

Esta definición dogmática, junto con la última de la Asunción de María a los cielos fue
proclamada directamente por un Papa, ratificando su autoridad en la fe, y no dentro de
un concilio ecuménico, por eso los protestantes y ortodoxos se han opuesto a tomarlos
como norma de fe. Sin embargo, la afirmación dogmática papal no fue por un simple
capricho, en el caso de la Inmaculada, el Papa hizo una consulta por carta a la cual
respondió la mayoría de los Obispos en forma afirmativa, además de la historia de la
teología sobre la Inmaculada.

Lo que significa este dogma es exactamente lo siguiente: que la Virgen María, desde el
momento que fue concebida ella, fue preservada de toda mancha de pecado original.
Además, implica que ella permaneció sin pecado durante toda su vida, lo cual los
ortodoxos llaman la panagia, la toda santa. Esta definición dogmática tiene entonces
dos aspectos fundamentales, uno que es de contraste; la Virgen María no tuvo pecado y
el otro es de afirmación; la Virgen María por lo tanto estuvo llena de la gracia de Dios y
siempre mantuvo esa gracia.

En realidad, no podemos decir que este dogma está afirmado en la Biblia directamente;
sin embargo, hay varios indicios que apuntan a él. Cuando el ángel llama a María la que
ha sido favorecida, la llena de gracia por parte de Dios, y sigue: bendita entre todas las
mujeres el evangelista Lucas está indicando un aspecto de suma importancia y que
representó ya una reflexión teológica de los primeros cristianos. María recibió gracias
especialísimas que le hicieron tener una posición particularísima entre todas las mujeres
de la tierra.
El sentimiento de la Iglesia desde el comienzo fue de un gran respeto hacia María,
envuelta en el misterio de su Hijo. La percepción de la santidad de María estuvo
siempre en el corazón del pueblo cristiano. Desde Oriente se fue transmitiendo a
Occidente la doctrina de la santidad de María, la toda santa, y al mismo tiempo su
celebración litúrgica.

San Beda el Venerable, de Occidente, en el siglo VII ya en su lenguaje anticipa la


doctrina de la Inmaculada Concepción de María. En su homilía sobre la visitación
confirma que la devoción a la Virgen santa es un fenómeno religioso extenso y afirmado
hasta ahora sólidamente en la cristiandad de su tiempo. San Agustín de Hipona en
Occidente, afirma que María: “de ella necesariamente reconocemos en nuestro sentir
religioso que no tiene pecado”.

El franciscano Duns Scoto (+ 1308) reasume la redención preservativa de Anselmo. Así


Scoto plantea que la inmaculada concepción de María no es una excepción a la
redención universal de Cristo, sino que es un caso de perfecta y mayor eficacia salvífica
del único Mediador. Después del argumento de Scoto, los franciscanos siguieron
defendiendo la Inmaculada y las universidades aceptaron la doctrina de la Inmaculada
Concepción de María y siguiendo el ejemplo de la Sorbona de París (1496) se
empeñaron con juramento a defenderla.

El Papa Sixto IV (+ 1484) inició una serie de intervenciones pontificias a favor de la


Inmaculada Concepción. No toma ninguna postura definitiva, pero prohíbe a los
maculistas e inmaculistas de llamarse herejes mutuamente. El Concilio de Trento, en el
año 1546, no incluyó a María en el pecado original, aunque no declaró directamente el
dogma de la Inmaculada Concepción. Alejandro VII se declara a favor de la Inmaculada
Concepción con la bula Sollicitudo (1661) y prohíbe atacarla bajo cualquier manera.
Clemente XI contribuye también notablemente a la fe de la Inmaculada al aprobar como
precepto la fiesta de la Inmaculada Concepción para la Iglesia universal en 1708.

El Papa Pío IX hace un sondeo con la encíclica Ubi primum (1849) y el resultado es casi
absoluto a favor; de 603 obispos 546 están a favor de la definición dogmática de la
Inmaculada Concepción de María. Finalmente, el 8 de diciembre de 1854 el Papa Pío IX
pronuncia la fórmula de la definición dogmática cerrando una larga controversia
teológica. “Declaramos, pronunciamos y definimos, que la doctrina por la cual se dice
que la beatísima virgen María en el primer instante de su concepción, por gracia
singular y privilegio de Dios Omnipotente y en vista a los méritos de Jesucristo,
Salvador del género humano, ha sido preservada inmune de toda mancha de la culpa
original, es revelada por Dios y por lo tanto debe creerse firme y constantemente por
todos los fieles”.

Respecto a la celebración litúrgica, al comienzo del siglo VIII existió en Oriente una
fiesta de la concepción de Santa Ana derivada del protoevangelio de Santiago, apócrifo,
esta pasa a Europa, el centro de Italia (siglo IX) y luego rápidamente a Inglaterra, donde
la encontramos celebrada el 8 de diciembre con el título de Concepción de la Santísima
Virgen María”. Desde el siglo XII se entiende como concepción inmaculada. La fiesta
se difunde en Francia en este siglo a pesar de la oposición de San Bernardo a la doctrina
de la Inmaculada Concepción de María. Sixto IV aprueba con la constitución Cum
praeexelsa (1477) la misa y el oficio de la Concepción de María. Clemente XI pone
como precepto la fiesta de la “concepción de la beata virgen María inmaculada” y Pío
IX en 1863, después de la aprobación del dogma, publica un nuevo formulario y misa
para la Inmaculada Concepción.

LA ASUNCIÓN DE MARÍA
El último dogma decretado como tal por la Iglesia fue el de la Asunción de María,
aunque está presente en la Iglesia como creencia desde los primeros siglos, sin embargo,
fue declarado como dogma recientemente. Los ortodoxos hablan de la Dormición de
María. Hubo muchos siglos de diversa opinión respecto si María murió o no murió, pero
el Papa Juan Pablo II definió que María realmente murió para seguir el camino de
Cristo, y luego despertó, resucitó, en cuerpo y alma, en el Reino de Dios. La Asunción
de María significa que ella fue llevada al cielo en cuerpo y alma, lo que implica que su
cuerpo no se corrompió en la tumba, y que ella goza de la plena gloria de Dios junto con
su Hijo.

El primer padre de la Iglesia que plantea la cuestión del fin terrenal de María es
Epifanio de Salamina en su escrito Panarion (377). Conociendo la tradición palestina
no sabe qué responder y prefiere guardar el silencio que guardan las Escrituras: “La
Escritura ha mantenido el silencio más completo del prodigio para no suscitar un
estupor excesivo en el ánimo de los hombres. Personalmente no me atrevo a hablar,
prefiero quedarme en silencio y meditación… No pretende que ella sea inmortal, pero
no afirmamos tampoco que ella se haya muerto.”

En el siglo VI la situación cambia porque encontramos una clara alusión de la Asunción


de María en el obispo Teokteno de Livia; en la cual invita a celebrar “la fiesta de las
fiestas, la Asunción de la Siempre Virgen”, y afirma explícitamente que, así como Enoc
“fue asunto de este mundo porque a Dios le plugo, y no vio la muerte, a mayor razón
Dios asume a María en cuerpo y alma al paraíso de las delicias.”

A nivel litúrgico la fiesta comenzó a celebrase en Oriente desde tempranas edades de la


Iglesia y luego se difundió hacia Occidente. La teoría más probable es que esta fiesta se
comenzó a celebrar en Jerusalén en el lugar del sepulcro de María, y luego el
Emperador Mauricio (582-602) ordenó que esta celebración tuviera lugar en todo el
imperio. Esta fiesta se volvió muy popular hasta el punto que en el año 1000 se enumeró
entre los días que habían de guardar el reposo festivo. Los bizantinos celebran la fiesta
de la dormición de María, que se refiere al mismo punto. Para ellos es de suma
importancia y casi el sumum de su liturgia, el mes de agosto lo ocupan en mucho con
esa fiesta de María. Va precedida de 14 días de preparación y la celebran por una
semana. Su año litúrgico comienza en septiembre y termina el 31 de agosto, con lo cual
está marcado en su comienzo por la natividad de María y en su final por su dormición.
El concepto que coincide con los católicos es que María está en el cielo con Cristo, y
ese día se celebra su entrada en el cielo. Las reformas actuales no tocaron esta fiesta
mariana, al contrario la han enriquecido con formularios cada vez más elocuentes por su
significado.

Esta verdad dogmática mariana, la Asunción de María, significa que ella fue asunta al
cielo en cuerpo y alma. María fue asumida por Dios en su Reino celestial, ella vive para
siempre en la eternidad junto con su Hijo en el Reino del Padre Eterno. María goza de la
plenitud de la vida y de la libertad; ella puede actuar de muchas maneras e interactuar
con los seres humanos. Ella sigue realizando su labor en la historia de la salvación de
diversas maneras, sobre todo intercediendo por nosotros, orando, animándonos al
camino de la fe y protegiéndonos en el camino.

El día 1º de noviembre de 1950 el Papa Pío XII proclama solemnemente en la


Constitución Apostólica Munificentissimus Deus, la Asunción de María al cielo. Esta
declaración va precedida de una encuesta universal a los obispos y ya en el Concilio
Vaticano I 204 padres conciliares habían propuesto definir el dogma.

Dado que no hay una base bíblica concreta, sin embargo, la constitución apostólica
comienza afirmando que todas las consideraciones de los santos padres y teólogos
reposan en la Escritura como en su último fundamento. Luego propone el argumento de
que la Madre de Dios está unida muy íntimamente a su Hijo y comparte siempre su
suerte. Además, propone el argumento de que Cristo rindió honor a su Padre del Cielo,
pero también a su madre y la preservó de la corrupción. Además, pone el argumento de
María la Nueva Eva, que desde el siglo II (Justino e Ireneo) han proclamado la muy
íntima unión al Nuevo Adán en la lucha contra el enemigo infernal, como lo dice el
Génesis 3,15, llegó al triunfo total sobre el pecado y la muerte. Así como el triunfo
pleno implicó la gloriosa resurrección de Cristo, así mismo implicó la glorificación del
cuerpo virginal de María.

PAPA O
DOGMA CONCILIO FECHA PROCLAMACIÓN O DEFINICIÓN DOGMÁTICA

“La Virgen María sí es Madre de Dios porque su Hijo, Cristo,


es Dios”. "Si alguno no confesare que el Emmanuel (Cristo) es
Theotokos Concilio de 431 verdaderamente Dios, y que, por tanto, la Santísima Virgen es
Éfeso Madre de Dios, porque parió según la carne al Verbo de Dios
hecho carne, sea anatema".
“Si alguno no confiesa, según los santos padres, que la santa y
siempre virgen e inmaculada María sea en sentido propio y
según verdad madre de Dios, en cuanto propiamente y
Virginidad Concilio de 649 verdaderamente ha concebido del Espíritu Santo, sin semen, y
perpetua Letrán ha dado a luz, sin corrupción, permaneciendo aún después del
parto su indisoluble virginidad, al mismo Dios Verbo, nacido
del Padre antes de todos los siglos, sea anatema”.

"Declaramos, pronunciamos y definimos que la doctrina que


sostiene que la Santísima Virgen María, en el primer instante
de su concepción, fue por singular gracia y privilegio de Dios
Inmaculad Pío IX 8 de omnipotente en previsión de los méritos de Cristo Jesús,
a diciembre Salvador del género humano, preservada inmune de toda
Concepción de 1854 mancha de culpa original, ha sido revelada por Dios, por
tanto, debe ser firme y constantemente creída por todos los
fieles."
"Después de elevar a Dios muchas y reiteradas preces y de
invocar la luz del Espíritu de la Verdad, para gloria de Dios
omnipotente, que otorgó a la Virgen María su peculiar
benevolencia; para honor de su Hijo, Rey inmortal de los
siglos y vencedor del pecado y de la muerte; para aumentar la
Asunción Pío XII 01 de gloria de la misma augusta Madre y para gozo y alegría de
noviembre toda la Iglesia, con la autoridad de nuestro Señor Jesucristo,
de 1950 de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y con la
nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma
divinamente revelado que La Inmaculada Madre de Dios y
siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrenal,
fue asunta en cuerpo y alma a la gloria del cielo".

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