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Una hora de literatura*
B. Sanín Cano
En una aldea de clima suave y húmedo: temperatura media
veintinueve grados; vientos fríos por la noche, procedentes
de tierras altas y lejanas, muy a menudo invisibles a causa de
las nubes bajas. El pueblecito se llama San Mamerto a causa
de haber sido propietario del terreno donde están ubicadas
la calle única, la escuela, la iglesia y dos docenas de casas, un
señor Mamerto Guillén, muerto hace cincuenta años.
La escuela es un local de dos piezas: una espaciosa donde
caben veinte escaños y una desairada plataforma para el maes-
tro; otra más pequeña donde guardan los niños el sombrero,
si lo tienen, y el maestro algunos útiles de enseñanza. La sala
grande tiene tres ventanas que dan a la calle y dos grandes
puertas sobre un amplio corredor limitado por el patio, donde
hay dos almendros, un árbol de caucho, algunas higuerillas y
maleza invasora. De la calle alcanzan a ver los transeúntes que
pasan por la acera al maestro en su plataforma y a los niños
* B. Sanín Cano, Tipos, obras, ideas, Bogotá: Universidad Externado de Colombia,
2001.
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en los duros e inelegantes escaños con que los ha obsequiado
el vecindario.
Frente a la escuela, al otro lado de la calle, hay una charca
de algunos metros cuadrados que en la estación seca se reduce
considerablemente, y durante las lluvias se extiende hasta la
mitad de la calle. Allí suelen acudir los patos y gansos de la
vecindad a recrearse bajo las miradas prevenidas y los guiños
amenazantes de un cerdo consentido por las autoridades.
Son las dos de la tarde y los niños empiezan a entrar a la
escuela bajo un sol canicular que agosta las calabaceras del
otro lado de la calle. El maestro Calixto Penagos ha escrito
varias veces a las autoridades competentes para encarecer la
necesidad de que se cambien las horas de clase. Según él se
debía pedir la asistencia de los niños de cuatro a seis de la
tarde. Entre las dos y las cuatro el calor impide toda labor de
la mente. Además esos chicos sentados en escaños, recibiendo
en oleadas voluminosas la luz del sol y el calor de la calle sobre
los rostros insofisticados, no pueden concentrar la atención en
nada y acaban por dormirse, no obstante la voz clara y pene-
trante del maestro.
Es viernes. A las dos de la tarde de este día el maestro
enseña, como él dice, “un poco de literatura colombiana”.
Han venido casi todos los niños. El señor Penagos monta
a la plataforma. Pone los codos sobre una mesa después de
haberse sentado, pide atención muy ceremoniosamente, y en
un gran silencio intimidante empiezan las interrogaciones:
– A ver, Alberto, dice, ¿quién escribió La Perrilla?
– No sé, maestro, confiesa desembarazadamente Alberto.
– Póngase de pies. Tengo dicho que no me digan maestro,
sino señor Penagos.
Hay un silencio más impresionante que el de principios
de la clase. Alberto permanece de pies unos instantes pero
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la actitud sobre los talones no lo ilumina. No añade palabra.
Su ignorancia queda confirmada y, por orden del maestro, se
sienta.
– A ver, dice Penagos, usted, Abraham, póngase en pie y
diga quién escribió La Perrilla.
El niño se levanta, mira a todos lados, se ruboriza como
una vestal, y acepta doloridamente que él tampoco sabe.
Con mucha paciencia el maestro da orden de que se siente
y continúa:
– A ver, Antonio, Antonio Avellaneda, levántese y diga
usted, que es un alumno juicioso y atento, quién escribió La
Perrilla.
Antonio se pone rojo como una guinda. A poco empieza
a llorar y entre sollozos dice entrecortadamente:
– ¡Yo no fui, señor Penagos!, y continúa sollozando.
En ese momento, como la aldea es tan pequeña, pasa frente
a las ventanas de la escuela Pablo Avellaneda, ebanista, padre
del niño Antonio, y por el timbre de la voz reconoce que los
sollozos son de su descendiente. Se asoma a la ventana, pide
permiso para entrar, penetra en el salón, saluda al maestro.
Quiere enterarse. El maestro informa:
– Le pregunté a este niño quién escribió La Perrilla, y
entre lágrimas y congojas me responde que no fue él quien
la escribió. El ebanista toma la palabra:
– Señor Penagos, dice. Nosotros, aunque humildes, somos
gentes de ley y abnegados. Este niño ha aprendido en su casa
a respetar la verdad con entendimiento. Si él dice que no ha
escrito La Perrilla, debe usted creerle. Es lo pundonoroso.
Con gesto de superioridad, el maestro asintió y el ebanista
retiró su cuerpo de aquel asilo de la niñez estudioso.
En ese momento, entró a la escuela el inspector escolar.
Notó que había un ambiente de poca serenidad y preguntó
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que había venido a hacer el ebanista con quien se había tro-
pezado en la puerta.
Con una paciencia sublime el maestro dijo:
– Le pregunté a Antonio Avellaneda quién había escrito
La Perrilla. Se puso a llorar y dijo que él no había sido. Entró
por casualidad su padre y me aseguró que el niño había sido
educado en el respeto a la verdad y no decía mentiras, que si
su hijo decía que él no había escrito La Perrilla era menester
creerle.
El inspector, por su parte, tenía algo que observar, y muy
solemnemente dijo en voz baja para conocimiento del maestro
tan solamente:
– Señor Penagos: conozco al ebanista y a toda su familia
y recuerdo la vida y obras de su padre y abuelo. Son todos
unos embusteros. Si el niño Avellaneda dice que no escribió
La Perrilla, se puede asegurar con toda certidumbre que fue
él quien lo hizo. A mí por lo menos no me queda duda.
El maestro suspendió la clase y les dio a los niños quince
minutos de recreo, antes de la hora destinada a la aritmética.
Baldomero Sanín Cano