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Zavaleta - Juana La Campa Te Vengará PDF

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JUANA LA CAMPA TE VENGARÁ

1970
CARLOS EDUARDO ZAVALETA
(peruano)

F
rente a este mi último amo me quedo en pie para no sentir de
cerca su casa bonita y llena de ventanales y libros por todas par-
tes, pero él me dice como nunca siéntate, Juana, vamos a hablar
como amigos, ya van tres años que trabajas en mi casa; pero
yo digo no, muchas gracias, estoy bien así no más. Me dice que
olvide a mis otros patronos por malos y perversos. Dice que por ser jóvenes
nos hemos llevado bien, siempre que yo haya cumplido con mis obligaciones
de cocinera y lavandera. Es la tercera o cuarta vez que me regaña por con-
testarle mal a su mujer, tan linda que me asusta cuando la veo.
Mientras agacho la cabeza me está diciendo quién soy, cómo salí de
Oxapampa hasta la cocina de mi primera ama ya muerta, cómo me sentí al
dejar el monte y subir a esa casa con ruedas y ronquidos que solo después
supe llamar camión. Me cuenta hasta cómo, sin saberlo, yo estaba resentida
de que mis padres me hubieran vendido por un corte de tocuyo de veinte
soles. Lo dejo hablar: debe ser cierto lo que dice un maestro de colegio de
Media como él. Después de todo, soy apenas una campa sin edad precisa
aunque joven, sin una partida de nacimiento o bautismo, sin nadie más en
el pueblo con mi forma de cabeza, cara y piernas. Dice que ha investigado
bien toda mi vida antes de recibirme en su casa y enseñarme a leer y escri-
bir tan bien como a cualquier señorita. Ahora eres otra, puedes pasar muy
bien por mi sobrina, me sonríe. Y te gusta leer revistas y periódicos más
que a mi mujer. ¿Te acuerdas cómo llegaste...? Y sigue y sigue hablando
como un loro: que lo haga si cree que va a cambiarme.
Pagaron por ti un corte de tocuyo de veinte soles en el mercado de
Oxapampa, dice; a tu lado se vendían plátanos para hacer pan, toda clase
de yuca y tapioca, piñas y paltas mejores que las que llevan a Lima y unos
monos chicos para comer, son ricos, ¿verdad?, especialmente la cabeza que se
la chupa durante horas. Tú eras otro monito gritón y miedoso, escondido en
los andrajos de tu madre. Claro que ella no te ofrecía en voz alta ni decía tu

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precio, pero los hombres de La Merced o San Ramón ya sabían cómo comprar
niñas. Ella les pidió dos cortes de tocuyo o seis tarros de anilina alemana,
o una lampa nueva, o dos machetes filudos y de buen tamaño, así fueran
usados. Pero dos de esos mercachifles, que metían desafiantes las botas en
el barro, le dijeron un corte de tocuyo o nada; y empezaron a irse para que
tu madre te cargara y los siguiera, rogándoles que te compraran de una vez.
¡Mamá! ¡Mamita! ¿No me oyes? ¿Has muerto o no? Nada sé de ustedes.
No te diste cuenta, sigue diciendo él. En cosa de un rato ya estabas
arriba en el camión de los mercachifles, sentada en la plataforma y mirando
al cholito de diez años que se había puesto entre los chanchos y tú, para que
no te comieran. Sin duda gritaste mucho viendo que tu madre te dejaba,
pero eso pasaría pronto o jamás, como todo en el mundo. Con el camión en
movimiento la tierra dio vueltas por primera vez para ti y el monte fue como
un solo árbol, cortado en dos por la cicatriz del camino, sobre el que ya caían
hojas y ramas para tratar de borrarlo. El cholito no entendió lo que pudiste
hablar y tú creíste por un momento que los chanchos, nuevos para ti, cons-
piraban en su propio lenguaje; subiendo entre muchas vueltas, terminaste
por gruñir como ellos y vomitar un embarrado de plátano y yuca que hizo
fruncir la cara del chico que se alejó de ti.
Oh, sí, veo a ese chiuchi, fruncido y asustado, como a un hermanito
que no tuve.
Cada vez que el vómito te exprimía haciendo crecer de dolor tu cabeza,
el camión se paraba, uno de los hombres abría la reja de atrás y los dos con
el chico bajaban a un chancho gritón y lo vendían en una puerta, no por un
corte de tocuyo sino por plata o billetes. Y otra vez la marcha, el vómito,
los fuertes latidos dentro o fuera de la cabeza, y de nuevo un chancho me-
nos que gruñía y pataleaba al despedirse. Y luego te quedaste solita en la
plataforma, porque hasta el chico fue vendido en otra puerta (lo creíste así
aunque solo había vuelto a su casa después de trabajar). El camión entró
por un camino muy largo lleno de gente y puertas, gente y puertas. En vez
de chozas había unos grandes bultos techados para la gente, y por todas
partes animales con ruedas como este, o más pequeños, moviéndose y pro-
duciéndote un dolor en los ojos y el estómago. Así conociste La Merced. En
la plaza te dejaron como en una jaula para que los curiosos te miraran, una
campa, oh una campa del monte, sentadita en la plataforma, envuelta en la
manta rota —lo único que te dejó tu madre—, y sin poder hablar, primero
porque apenas estabas aprendiendo a hacerlo cuando empezó este viaje, y
luego porque la boca de los curiosos era totalmente nueva y rara. Hasta que
tus dueños los apartaron, subieron adelante, se movió el gran animal con
ruedas y allá seguiste bajo el sol de la tarde por tierras que al fin se veían
un poco entre los árboles. Era San Ramón, donde una banda de viejos y
viejas se paseaba por la plaza y te descubrió en el camión, hasta que una
pareja de ellos pagó el precio y te llevó a su cocina cuadrada y pequeñita,

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con el suelo lleno de hormigas y cruzado por los viajes de cuyes y conejos;
te sentaste quieta como una gallina enferma, mirando el fogón de donde
sabías que tarde o temprano vendría la comida.
Me río si cree él que sufro con su cuento; me río y me tomo feliz esa
primera sopa que me dieron ahí en el suelo.
Después, cuando dijeron que mataste a la vieja, los guardias te pre-
guntaron por qué la escogiste a ella y no a tu amo, un tinterillo famoso por
sus maldades. Para mí es fácil de explicar: la vieja estuvo más cerca de ti
que el otro y te insultó desde el primer día, molesta porque no entendías
sus órdenes ni su mímica. Cuando abrió el pesebre con pocos chanchos, sin
duda para enseñarte a darles de comer el sango, te fuiste derecho a dormir
a ese lado; pero ella, con dos tirones de pelos, te volvió a la cocina para que
los cuyes y conejos te enredaran las piernas con sus chillidos y vocecitas.
Así comenzaron la muerte de la vieja, sus gritos señalándote el nombre de
las cosas mientras ella cogía las cosas mismas en alto, metiéndotelas por
los ojos; sus empujones en una dirección para que fueras en esa dirección;
sus miradas furiosas sobre las ollas para que aprendieras cómo hacía los
potajes; los golpes sobre ti y hasta sobre la escoba de ramas, si barrías mal;
y los extraños modos de conectar ese demonio llamado plancha, que a veces
podía servir para jugar con la ropa y a veces para quemarla tan bonito, ha-
ciéndole huecos en forma de plancha, y los huecos tan profundos que podían
irse hasta el suelo, a través de la ropa y la mesa.
Al principio la vieja fue un solo grito que no paraba, un gusano en tus
orejas. Con el tiempo su mirada no solo fueron sus ojos huecos con otros ojos
adentro, sino sus dientes medio quemados, su boca sin labios, su cuerpo de-
forme, barrigón y jorobado —ah, cómo te ríes ¿no?—, una maldición que te
miraba de arriba abajo, día y noche. Y todo mezclado con los nombres raros
que les ponía a las cosas y las órdenes absurdas de ir allá cuando te había
mandado acá, de cocinar esto cuando te había dicho barre no más, o limpia,
o plancha esa camisa del señor. La obedeciste, pero no como ella quería:
metiste a la olla otro animal, quemaste una parte de la cocina. Su cara se
encendió más que el fogón y te vino a quemar con un leño de la bicharra, y
cuando caíste y te hiciste un ovillo en el suelo, el mismo bulto que formaste
al llegar, una manchita miserable en la cocina...
¡Qué estará diciendo, habla muy rápido!, ¿a qué hora vuelvo a mi coci-
na? Después dirá que soy demorona.
… ella llamó al viejo de su marido y te señaló echando espuma por la
boca, hasta que el viejo se animó a probarte con los pies, y como estabas
dura, te metió los zapatos en la barriga y las piernas. Esa fue la primera
gran paliza, allá por 1945. ¿Me equivoco o no?
Si usted lo dice, así debe ser, señor.
Te quedó la lección aunque ella no lo soñara, ¿verdad? Aprendiste el nom-
bre de las cosas, una gran parte de lo que no debía hacerse, las costumbres del

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lavado en la acequia del pesebre, de ensuciarte y hacer del cuerpo solo junto a
las matas de chincho para el ají, de comer metiendo las manos en las ollas y
consumirte de sueño frente al fogón, pero de pie, y sin doblar las rodillas.
Anda, sigue no más. ¿Ya te cansaste? ¿Adónde irás a parar?
Crecías y abultabas más cada semana, pero solo supiste quién eras un
domingo que la vieja se tardó en la calle y creíste entrar en su dormitorio,
pero te metiste un buen trecho, casi un viaje, dentro del enorme espejo de
su ropero: tenías la cabeza en forma de canoa, en tu cara se veían las lí-
neas azules del tatuaje, tus dientes enfermos estaban muy flojos, tus pelos
eran una cortina estilo reina Cleopatra, sí, sí, eso me dijo una vez que su
mujer me pegó, para pasarme la mano: reina bien fregada y jodida como
yo, seguiste mirando tu cara larga como un cuchillo, esos brazos largos de
mono, esas piernas arqueadas de enana, al fin, al fin se atreve a insultarme,
y aquellos zapatones de soldado que te hacían arrastrar los pies... Entre
esos dos sitios, la cocina y el espejo del dormitorio, empezaste a contar los
días sin saber todavía los números, así como tampoco sabías ver el reloj, ese
aparatito brujo que estando lejos de la cocina tenía que ver con las ollas y
con los puños de la vieja que te entraban por las costillas. Hasta que una
mañana la cocina se te escapó corriendo y ya no pudiste volverla a su sitio.
Se movía y te engañaba por todas partes. Creíste haber parado la olla de
agua con agua, pero estaba seca y se partió sobre la candela en momentos
de entrar la vieja; después le llegó el turno a la leche, otra agua que sin
duda se había metido en la olla con su burra o vaca entera, se hinchó hasta
arrojar la tapa, chasna y chasna como la misma fiebre de la vieja que ya
había empezado a pegarte.
¡Bruta, animal, idiota!, gritó al preguntar qué tenías en la tercera olla.
No supiste el nombre pero la abriste: de la carne de varios días que habías
guardado para mordisquear solita salieron unos gusanos lindos, blancos y
gordos, incapaces de molestar a nadie y mucho más tranquilos que los cu-
yes de la cocina. La vieja dio un nuevo grito y te echó a la cara esos pobres
gusanos cuyos gemidos de dolor creíste oír. Y la carne estaba ahora por el
suelo, con lo valiosa que era siempre para ti, y entonces hubo que darle su
merecido con lo primero que hallaras, el cuchillo del tamaño de tu brazo
manejado solo para seguir el movimiento de la vieja, la invitación al cuchi-
llo ¿invitación?, ¿acaso es un baile? para unir a ambos como querían, junto
a la paletilla, dos veces y nada más, porque el viejo, con la misma brujería
del reloj, estando lejos descubrió lo que sucedía y llegó a tiempo o destiempo,
imposible decirlo.
Fue la primera patrona que maté, digo por fin, empezando a sudar.
No la mataste de veras, la heriste, dice él. La mató su marido por no
querer curarla hasta que la vieja reventó por la hemorragia del pulmón
agujereado: el hombre ni siquiera pensó en llamar a un médico.
Estaba enamorado de una señorita joven y linda, digo.

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Sí, sí, claro, y por eso divulgó la noticia de que su mujer estaba en-
ferma de neumonía, de costado como le llaman acá, para decir unos días
después que había muerto, y todavía la veló dos noches en ese pueblo donde
no se necesita un certificado de defunción para enterrar a nadie. Después
de todo le hiciste un gran favor y así el viejo pudo mudarse aquí a Tarma a
empezar su nueva vida con la otra mujer.
Y en el velorio estaba esa señorita, le cuento yo, pero él ya lo sabía.
La que fue después tu ama, dice.
Tan suavecita y buena al comienzo que no soñé cómo cambiaría. Se lo juro.
Tenía sus planes y por eso empezó a congraciarse contigo: te pasó la
mano por los pelos y cada domingo te llevó primero a misa y luego al mer-
cado por las calles llenas de tiendas, las tiendas llenas de telas, las telas
llenas de colores, los colores llenos de ojos que te miraban, ¡sigue, sigue, y yo
llena de felicidad, sin pensar en ollas ni sopas!, y tú llevando las canastas
por en medio de la gente, sin poder igualar el paso tan prosista de tu ama
joven. Después de pasar ella, los ojos de los hombres te envolvían mareados
como si también fueras alguien digna de admiración o envidia, mientras
oías frases claras y fáciles, sin comprenderlas aún.
Mameta, mameta, la llamabas: ¿qui cosa is puta? ¿Alguito bueno como
pan o ázucar?
¡Jajay, tarmeños, qué risa, igualito a lo que hablaba me está remedando!
¡Calla, cochina!, gritaba ella. ¿Quién te enseñó a decir eso?
Esos mochachos pasando ti luan decíu, constestabas tú.
¿A mí?, se sorprendía ella al comienzo, pero después largaba a reírse:
A ver, a ver ¿qué has oído que me decían esta vez?, preguntaba.
Cololendo.
Soltaba la risa y pedía: A ver, dilo de nuevo.
Cololendo.
Culo lindo, pronunciaba ella despacio, al fruncir la boca como para un
beso. Culo lindo: vamos, repite.
Cololendo.
Se apretaba el estómago de la risa, así como tú ahora, ya, ya, basta
Juana, cómo nos divertimos ¿no?, y bueno, así fue tomándote confianza,
recortándote ella misma el pelo, haciéndote cosquillas y regalándote sus
trajes usados, sus zapatos de tacón alto adonde subirse era muy difícil, o
llevándote a una casa que se llamaba cine y donde había un enredo de
sombras, un hombre que venía a ti con una vela encendida por un pasadizo
interminable, y detrás, en puntitas de pie, lo seguía un monstruo con los
colmillos afuera, babeando porque ya iba a comérselo, y a tu lado tu patrona
y un hombre gritaban cogidos de la mano y todos los niños del cine movían
sus sillas chillando menos que tú: al caerse la vela, el monstruo apretó las
manos sobre el cuello de todos y la gritería fue tal que debiste cerrar los ojos
decidida a no abrirlos más, hasta que del fondo surgió la lindura de un río

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con sus orillas tejidas de árboles y te quedaste fría, sintiendo que eso eras
tú, que de ahí venías, pero que ya era imposible volver, y seguiste mirando
con fuerza en los ojos, dispuesta a volar y meterte ahí, aunque el río se fue
y te quedaste con sed, sin comprender que tu ama en la oscuridad estaba
comiéndose la boca de ese hombre y que se abrazaban hasta hacer crujir las
sillas. Esa casa no se llamó para ti como se llamaba la película sino nada
más que El río, y varias veces volviste con tu ama y el hombre desconocido,
pero jamás viste de nuevo caer la vela ni la mano apretando todos los cue-
llos, ni el río o sus árboles que habían muerto para siempre, dejándote sola.
Se llamaba La venganza de no se quién, de un nombre raro, digo.
Una noche, después de lavar las ollas y ensartar el trozo de carne en
el alambre a la intemperie, tendiste en el suelo tu cama de pellejos donde
no tardarías en morir hasta resucitar mañana bien temprano. Empezaste
a cantar no sabías qué, una larga canción que te obligaba a repetir los so-
nidos y volver sobre ellos varias veces, quizá algo que duraría horas y días.
De repente se abre la puerta y entra algo así como el monstruo con la vela
encendida; coges el hacha de partir la carne y sin duda diste un grito. Tu
viejo patrón estaba ahí con el lamparín de querosene y finalmente te arrolló
y te dejó sin hacha, cogiéndote de los pelos:
¿Dónde está mi mujer? ¡Tú lo sabes! ¿Con quién va al cine?
¡Uy, señor, casi me muero!, grito yo también, y empiezo a temblar como
si viera otra vez al condenado. El viejo me quería matar, sí, sí, y yo entonces...
Al salir ya te había tirado al suelo con un par de puntapiés, te dejó
ardiendo y latiendo el cuerpo con tanta fuerza que se te fue el sueño hasta la
medianoche, cuando oíste gritar a la señora y nacieron otros ruidos salvajes
allá en el dormitorio. Sonriendo, casi feliz de que a ella también la golpeara,
te pusiste a dormir.
¡Ya quisiera, don! ¡Cómo se sabe que usted no estuvo ahí!
Bueno, como sea, a la mañana siguiente le tocó a la señora entrar en la
cocina, transformada su cara preciosa por la tunda del viejo. ¡Tú se lo contas-
te! ¡Fuiste tú, campa del demonio!, chillaba, y se te fue encima. Por un rato
pensaste en recoger el hacha, pero por la poca fuerza de sus manos cerraste
la puerta para castigarla de arriba abajo, de atrás adelante, en medio de
tantos pelos y ropas, tumbándola sobre tu cama de pellejos mientras lloraba
como una criatura. Sabías que el viejo había salido y así nadie podía robarte
esa felicidad. Te olvidaste, claro está, de los vecinos que oímos sus gritos de
auxilio y rebuscamos por toda la casa para dar con la pobre, que más lloraba
de susto que de dolor. Así, por fin, te conocí de cerca. Te había visto desde el
día que llegaste ahí al lado y siempre te miré con curiosidad, no lo niego.
¿Por mi cabeza fea como un mate, por mis rayas pintadas en la cara,
por mis piernas torcidas...?
No lo niego, porque eres campa y nada más, sin pensar en hacerte
daño. Te veía comprar el pan, recibir la leche en tu olla o acompañar a tu

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ama a misa o al mercado. Esa vez te di de tomar un calmante y me quedé
en la cocina a conversar contigo. ¿Te acuerdas? Los demás vecinos se fueron
con el cuento de que eras una salvaje y que, si estuviste casi por matar a tu
segunda ama, con toda seguridad que mataste a la primera.
Me acuerdo, pero usted me preguntaba tanto y yo tenía que cocinar.
Te vi hacer tan bien el locro de zapallo, hervir en su punto las ocas,
resbalar tan bien con ceniza el mote de trigo o maíz, hacer el arroz, lo más
difícil para una cocinera, además de barrer la casa de arriba abajo, que
desde ahí me dio la idea de traerte a mi casa.
Gracias por defenderme de los guardias, señor, pero usted sabe que
tarde o temprano me iré.
También he pensado en eso. Quizá te vayas a Lima donde a lo mejor
estudias para secretaria o te pones a trabajar en una tienda.
No se burle, don, no me engañe.
Y tú no me hagas pensar que eres tonta. ¿Por qué no te escapaste lue-
go de la pelea con tu patrona? Otra empleada hubiera pensado que el viejo
te mandaría en el acto a la cárcel, cosa que todos los vecinos dábamos por
seguro. Habría sido algo normal, ¿no? ¿Por qué volviste?
Medio que me río cerrada la boca y mirando a otro lado.
¿Quién se burla de quién? Te diré yo por qué: el viejo no te denunció,
aunque los guardias se lo pidieron, por miedo a que contaras cómo murió
su primera mujer; y además, iba a premiarte por haberle dado una paliza
a esta su segunda mujer que lo engañaba con el hombre del cine. Así, no
te pasó nada, y desde entonces (yo te miraba por la ventana de mi casa) te
lucías oronda por el patio, pasando el tiempo en peinarte y sacarte las lien-
dres y en hacer primero tus cosas. El viejo debió tomar otra muchacha para
la cocina y tú solamente lavarías la ropa, cantando en la acequia junto al
pesebre. Fue ahí donde asustaste a una señora Bolaños ¿no?
Hoy sí me río de golpe, sin tiempo de taparme los poquitos dientes
que me quedan.
No vi la escena pero la imagino, dice él. Tú y tu amiga la sirvienta de
la señora Bolaños cantaban felices y lavaban la ropa de sus patronas, cuan-
do la vieja Bolaños, esa flaca, ese hueso para perros, llega a la acequia y
empieza a regañar a tu amiga porque se demora mucho, porque dejó cortar-
se la leche del día anterior, porque se agarró dos panes en vez de uno... En-
tonces le da un segundo para responder, pero, con el susto, a la india se le
traba la lengua y solo se cubre la cara con los brazos, esperando los golpes.
Tienes la conciencia sucia y por eso tiemblas, dice ella. ¡Contéstame!, si bien
la otra ya olvidó con los nervios de qué se trataba y vuelve a taparse la cara.
Te frunces así para que digan que te pego, ¿no?, grita después y le va a tirar
de las trenzas cuando tú le das un empujón. Si le toca un pelo a mi amiga
yo la mato, le dices tranquilamente. O sea que mejor váyase volando. Y te
vuelves a la india para calmarla: No te asustes, Juana la Campa te vengará

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si algo te hacen. Con los ojos que se le salen la señora Bolaños retrocede y
grita: ¿Y quién eres tú para defenderla? ¡Campa salvaje! ¡Con razón matas a
tus patronas! ¡Campa salvaje!, pero ya lo dice saltando la pirca del pesebre
y corriendo por la calle principal, perseguida por ti.
Se me fue la risa: con los puñetes bien cerrados me veo persiguiendo a
esa vieja, pero también escapo de los guardias y de este mi nuevo amo que
corre detrás: lo estoy oyendo.
Menos mal que ese día corrimos y eso fue todo, ¿verdad, Juana? Te juro
que para mí lo peor fue por la noche, cuando ya había creído que todos en
el barrio dormiríamos en paz. Oí unos golpes raros en el suelo de tu casa
(todo se oye de una pared a otra en las casas de Tarma) y después no so-
lamente unos gritos de tu ama, sino gritos tuyos, cosa muy extraña, pues
siempre he pensado que tú eres más valiente y aguantas más el dolor que
cualquier hombre. Me vestí y corrí como un loco. Sin tocar el portón subí a
oscuras por el lado del pesebre y entré igualito que un ladrón; en la cocina
no estabas ni tampoco en la sala. Me metí corriendo en el dormitorio, como
si hubiera mucho sitio para correr, y te hallé, ¿recuerdas?, con las manos
cubriendo tus ojos, espantada de los hachazos que tu ama joven y bonita,
pero convertida en un monstruo, le daba al viejo en la cama, al viejo que
ya estaba muerto y que ella seguía despedazando entre manchas de san-
gre, una lluvia increíble que también me hizo gritar. Y luego te entregó
el hacha y te pidió a voces: ¡Dale tú también! ¡Te pagaré, Juana! ¡Dale tú
también! ¡Mátalo, por favor!
Suerte que usted vio la verdad, digo, temblando y sudando otra vez; el
pueblo entero iba a lincharme cuando ella dijo que yo lo había matado. Ya
era una costumbre decir que todo lo malo lo hacía yo, Juana la Campa.
Parece mentira que hayan pasado varios años de eso, que tú tengas
más de veinte y que yo siga enseñando en el mismo colegio, casado y con un
hijo. Estamos viejos ¿no, Juana?
Yo sí y hasta sin dientes, pero usted nunca, señor, digo. Por usted no
pasan los años; se le ve menor que yo.
Ya te haré componer esas muelas podridas desde tu niñez, si tú me
haces un gran servicio, dice él. Mira que te he defendido de los guardias y
te he enseñado a hablar, leer y escribir como a una señorita.
¿Cuál servicio, don?
Sé que hace tiempo quieres irte de mi casa aunque no lo digas. Quizá
solo esperes que arregle tus papeles, tu partida de bautismo y lo demás,
para luego escaparte a Lima el rato menos pensado.
Agacho los ojos pasando la lengua por mis encías duras como callos.
No te reprocho nada, pero debo viajar urgente a Lima para asuntos
de mi trabajo y no voy a dejar solos a mi mujer y mi hijo, sin nadie que les
cocine, lave y planche. Solamente dos meses, Juana; después vuelvo, arreglo
tus papeles y te vas adonde te dé la gana. ¿Qué dices?

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Mejor no se vaya, don.
Es que debo ir de todos modos.
Pero mejor sería...
Tengo que hacerlo.
Si es así está bien, señor.
Se queda asustado del poco rato que le costó convencerme y me mira
dos y tres veces, pero al fin me da la mano diciendo que hemos sellado un
compromiso y me deja ir después de tenerme una hora parada en su escri-
torio lleno de ventanales y libros.
Estoy cansada al volver a la cocina, pero todavía hay que lavar las
ollas, secar los platos y cubiertos uno por uno, quitar la ropa de los cordeles
del patio, echarle harta agua al filtro de piedra. Casi me muevo dormida
poniendo la mesa con las tazas del desayuno de mañana. Eso sí, trato de
abrir bien los ojos al devolver a su sitio los biberones del chiquito, que ya he
roto muchos y no quiero más líos con su madre. Por poco llego gateando a
mi cama en el suelo: tengo más de veinte años como él dice, y hablo y escribo
como una señorita, pero mi cama sigue siendo de inmundos pellejos llenos de
pulgas, hormigas y arañas. Me quito el traje regalado por ella y en vano pre-
tendo dormir con el discurso del señor en mis oídos, con el servicio que debo
hacerle. Dos meses sin él, y yo sola frente a su mujer bonita y limpia, blanca
igual que una sábana, sus pelos negros como la noche, su boca tan feliz cuan-
do lo mira y sus dientes tan bestias cuando me apuntan y odian, mientras
sus ojos se queman de veras en la luz. Y a cada rato empujándome con sus
uñas que rasgan. ¡Cuántas veces no le habré oído reírse de mi cabeza larga
como un chiclayo, de mis colmillos de Drácula (así los llama), de mi tatuaje
de chuncha! La soporto porque mi marido la está estudiando, les dice ella a
sus amigas; solo por eso. La estudia para escribir una tesis sobre la conducta
de los campas. Por mí la botaría mañana mismo y me buscaría una menos
salvaje y más limpia. Y sus amigas se ríen sin preguntar, eso no, si alguna
vez me han pagado un sueldo que no sea un traje viejo o una propina que me
da justo para la cazuela del cine, ahí donde solo suben los hombres.
Quiero dormir, pero también hay que levantarse y resolver esto cuanto
antes. No hay tiempo para caerse de sueño. Me visto de nuevo y muy calladi-
ta porque mi patrón sabe todo lo que sucede en la casa, día y noche. A él na-
die lo engaña. Vestirme en silencio, recoger mi atadito de ropa que por años
me ha esperado ahí, bajo el fogón, y escaparme con los zapatos viejos (tam-
bién regalados por ella) en la mano para no quedarme a solas con su mujer.
Me falta muy poco: apenas cruzar medio patio, quitar el pestillo,
abrir y juntar el portón y echarme a correr hasta el mercado donde siem-
pre hay camiones para Lima. Pero, ¿no ve?, ya él se dio cuenta. Ha pren-
dido su luz y grita: ¿Eres tú, Juana? Sigo mi camino rogando que todavía
tarde en vestirse, pero justo he llegado al Club Social Tarma cuando lo
veo corriendo con zapatillas y bata. Me da pena porque va a resfriarse

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con lo delicadito que es. Corro lo más que puedo, segura de ganar, fuerte
como soy, pero él es tan decidido que hace un gran esfuerzo y ya me pisa
los talones.
Un trecho más arriba está la plaza de armas llena de gente paseando
como en las retretas de los domingos. Hasta la medianoche se divierten
aquellos ociosos. Es ahí donde mi patrón llama a sus amigos, hombres y
mujeres, para formarme un cerco, me da el primer manotón y grita:
¡Atájenla! ¡Que no se vaya! ¡Yo la he comprado y no puede irse sin mi
autorización!
Entonces lo miro fijamente, sintiendo que las palabras están de su
lado y no me defenderán, y sé que los dos vemos a su mujer muerta en mi
cocina y que esta vez no habrá salvación.
Por favor, déjeme ir, le pido.
¡De ninguna manera!, dice él.
Se lo ruego, señor...
¡Nada, nada!
Y otra vez sé que él y yo vemos a su mujer muerta a mis pies en la
cocina, sin que él me defienda ante los guardias.
¿Por qué no la mata usted solo y me deja en paz?, digo en voz baja.
No sé de qué hablas, mujer.
Entonces grito:
¿Por qué no la mata usted solo y me deja en paz?
¡Calla, animal!, grita a su vez, más fuerte que yo, para después llamar
de nuevo a sus amigos: ¡Vamos, agárrenla entre todos!
¡Cuidado que me muerdas, campa!, dice el primero de ellos, y viene
contra mí, cerrando el cerco.

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