Notas sobre la segunda de las Meditaciones Metafísicas
Descartes comienza con la segunda meditación en el estado de perplejidad y crisis en la que había
quedado sumido luego del final de la primera meditación. En esta situación, continúa siendo válida
la hipótesis del genio maligno. Esta hipótesis suponía la existencia de un ser todopoderoso que
concentraba todas sus fuerzas en tratar de engañarme en todos y cada unos de mis pensamientos.
Frente a esto, Descartes arriba a la primera de las certezas: que mientras piense, existe. ¿qué quiere
decir en esta frase? Descartes sostiene que el genio maligno, sin duda, puede engañarme sobre el
contenido de mis pensamientos, pero no puede hacerlo sobre el hecho de que soy yo quien tiene
dichos pensamientos. Asimismo, esto tiene otras consecuencias interesantes en el argumento
cartesiano. En términos del alcance temporal de dicha certeza, puesto que la misma, por el
momento, sólo es tal mientras yo este pensando.
Cabe aclarar que esta primer certeza, es decir, que yo soy, yo existo, al menos mientras estoy
pensando, va a permitirle construir un criterio de verdad, criterio de verdad que será la base
metafísica a partir de la cual reconstruirá luego todo el árbol del conocimiento. Partiendo entonces
de la subjetividad, el filósofo francés establece que toda idea, para ser considerada verdadera, debe
cumplir con los requisitos del criterio de verdad. Es decir, debe ser una idea clara y distinta (les
recomiendo que presten atención a la explicación que realiza la profesora Menacho en el capítulo
del libro de clases para ampliar las reflexiones sobre el criterio de verdad).
No debemos olvidar, de la misma manera que no lo hace Descartes, que encontrar esta primer
certeza no cancela de manera definitiva el impacto que tiene la hipótesis del genio maligno, que aún
puede engañarme sobre el contenido de mi pensamiento, inclusive aquellas ideas que tenga sobre
mi propia naturaleza. Así, Descartes se prepara para responder a una de las preguntas centrales de la
meditación, la pregunta de ¿Qué soy?. La manera de abordar la respuesta a dicha pregunta no es
directa. Descartes primero revisará antiguas suposiciones sobre la naturaleza de su yo, que irá
dejando de lado:
En primer lugar, revisa la suposición de que es un animal racional (en una definición que contiene
claros ecos escolásticos). Esta respuesta es dejado de lado, puesto que necesitaría antes definir que
es animal y que es racional, cosa que no puede hacer en este momento de la argumentación sin caer
en el error. En segundo lugar, Descartes se propone responder que es un cuerpo, pero esta respuesta
tampoco lo satisface, puesto que, en términos estrictos, nada lo distinguiría de los animales o los
cadáveres(es interesante notar que aquí se puede observar la manera en la que entra en juego la
concepción mecanicista cartesiana). Además, las características que atribuía al cuerpo, como el
moverse, el pensar, no son propias del mismo. La tercera suposición que revisa Descartes es si
acaso lo que él es es aquello que se conoce como Alma (no hay acá que pensar en el sentido
cristiano clásico del término). Pero de los atributos del alma (movimiento, sentir) sólo puede
vincularse con el pensar como característica propia de él. Así, finalmente, Descartes llega a la
respuesta de la pregunta que se había planteado, a afirmar que es una cosa que piensa. Aquí es
donde encontramos la famosa formulación cartesiana cogito ergo sum, la famosa sustancia pensante
(para explorar con más detalle las consecuencias argumentales que tiene la cosificación del sujeto,
los remito nuevamente al capítulo de Mónica Menacho).
En este punto, Descartes se dedica a estudiar con más detalle que es aquello que entiende por
pensar, expandiendo la noción inicial que tenía de dicha actividad para incluir al sentir, al dudar,
concebir e imaginar. Esto no quiere decir que la hipótesis del genio maligno, que nunca deja de
acecharnos, sea cancelada. Puede ser acaso que el genio maligno nos engañe en relación a lo que
creemos sentir, imaginar, concebir o pensar, pero no puede engañarnos frente al hecho de que somos
nosotros los que sentimos, imaginamos, concebimos o pensamos.
El último punto sobre el que quiero reflexionar en estas breves notas es en el argumento o ejemplo
de la cera. Este es un punto en que la formulación cartesiana nos juega un poco en contra. A primera
vista, el ejemplo pareciera indicarnos las características de una nueva sustancia, a saber, la sustancia
extensa. Pero Descartes no se propone esto, sino más bien dos cosas. En primer lugar, que es solo a
través del pensamiento, del pensar, que podemos concebir que el trozo de cera que ha estado
expuesto al calor del fuego es una y la misma cosa (Descartes llega a este punto luego de descartar
como opciones para conocer este dato a los sentidos y a la imaginación, puesto que ambas no
podrían dar cuenta de que sigue siendo la misma cera) Y en segundo, pero no menos importante, al
concebir con el pensamiento que la cera es una y la misma luego de que hayan cambiado sus
atributos secundarios no hacemos otra cosa que reforzar la certeza de que somos nosotros mismos
los que existimos, cuando creemos que la concebimos (recordemos que sigue presente la hipótesis
del genio maligno, por tanto, puede ser que lo que vimos o concebimos como un trozo de cera no
sea más que un engaño del genio, pero eso no invalida que nosotros somos los que creíamos ver o
concebir esa cera, y por ende, que existimos y que cada vez que creemos sentir o concebir algo,
reforzamos la certeza que tenemos sobre este hecho).