Estudios políticos (México)
versión impresa ISSN 0185-1616
Estud. polít. (Méx.) no.32 México may./ago. 2014
Teoría
La importancia de la ética en la formación de valor
público
The importance of ethics in the formation of public value
Ricardo Uvalle Berrones*
* Doctor en Ciencias Políticas y Sociales, orientación en Administración Pública, por la
UNAM. Profesor de Tiempo Completo en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales,
UNAM. Coordinador del Centro de Estudios en Administración Pública, Facultad de
Ciencias Políticas y Sociales, UNAM. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores,
nivel III.
Resumen
La hipótesis central del trabajo se orienta a destacar que la formación de valor ético no
es un asunto mercantil ni gerencial, sino que tiene como base las aportaciones de la
ética, debido a que aporta valores fundamentales para incentivar la conducta social y
el desempeño institucional sobre la base de que las sociedades necesitan conductas
honradas que estimulen la legalidad, la responsabilidad y el sentido de pertenencia a la
vida comunitaria. En este sentido, el enfoque del trabajo es más de carácter normativo
y explicativo, ya que se trata de un asunto que se inscribe en el sentido de la vida
estatal y la vida comunitaria para generar una atmósfera de confianza y mejor
certidumbre institucional.
Palabras clave: Valor público, Ética, Valor ético, Comunidad, vida pública.
Abstract
The central hypothesis of the work it is to highlight the formation of ethical value is not
a trade or management issue, it is based on the study of ethics, as it provides core
values to encourage the social behavior and institutional performance on the basis that
societies need honest behaviors that encourage legality, responsibility and a sense of
belonging to community life. In this sense, the focus of the work is more normative
and explanatory, considering that this is a matter which falls within the meaning of
state life and community life to create an atmosphere of trust and better institutional
certainty.
Key words: Public Value, Ethics, Ethical Value, Community, public life.
Introducción
Los sistemas políticos y administrativos transitan hoy día por sendas de mayor
exigencia, complejidad e interacción debido a la dinámica que tienen con la sociedad
civil. Esta dinámica se relaciona con la deliberación y el sentido de los problemas
colectivos, los cuales exigen de un tratamiento eficaz y con alta calidad en el
desempeño de la vida institucional. El escrutinio de los ciudadanos sobre el desempeño
de las instituciones públicas está aumentando por la pluralidad y diversidad de los
procesos que intervienen en las transformaciones aceleradas que viven las sociedades
contemporáneas. En este caso, las transformaciones de la democracia contemporánea
responden a los cambios que en el orden económico, político y social, dan lugar a
nuevas condiciones de vida, en las cuales la sociedad y el Estado ajustan sus vínculos,
procesos, sistemas de comunicación y prácticas de gestión, debido a que ahora las
políticas públicas se procesan de manera más abierta y los propios ciudadanos
intervienen de forma más organizada en el diseño y ejecución de las propias
estrategias públicas.
En este sentido, los temas vinculados con la eficiencia y el rendimiento de las
instituciones públicas están rodeados de un ambiente de mayor presión y exigencia, lo
que indica que los aparatos públicos no son ajenos a lo que sucede en la sociedad y,
por tanto, la gestión de los asuntos comunes debe tener escalas más altas de
eficiencia, ahora bien, considerando la importancia de la agenda pública y el papel
activo de las organizaciones civiles en la construcción y definición de las políticas
públicas, es importante una visión de reivindicacion institucional en el Estado y la
Administración Pública, siendo que ambas figuras están ubicadas en el centro del
quehacer público y, con ello, la bandera de la transparencia y efectividad son
indisolubles.
De este modo, la recuperación de la ética es asunto relevante, porque nutre y aporta
el mejor desempeño de la gestión institucional, ya que con su contenido normativo y
prescriptivo, contribuye a eliminar situaciones relacionadas con la opacidad, la
corrupción, los desfalcos, la cleptocracia, el patrimonialismo y la ilegalidad. Al
invocarse la ética como fuente de valores normativos que se orientan a conseguir
conductas ejemplares, es factible situar el sentido y filosofía del valor público,
entendido en la lógica del buen gobierno. La producción del valor público necesita no
solamente reglas institucionales y una eficiente gestión pública, sino también de
valores del buen obrar que permitan fortalecer los contenidos, objetivos y metas de las
políticas públicas. La producción del valor público, tarea central en las instituciones
administrativas y gubernamentales, es una tendencia que permea al servicio público,
con la exigencia de cuadros administrativos más comprometidos con el sentido de lo
público y la necesidad de que las democracias se acrediten mejor tanto como una
forma de gobierno, como un sistema funcional de vida para los ciudadanos y las
organizaciones sociales.
Por consiguiente, el objetivo de estas ideas consiste en contribuir al análisis y
explicación relacionados con la interacción compleja determinada entre la
Administración Pública y la sociedad civil, destacando la necesidad de que su nexo sea
mediado con valores que abonen en favor de la credibilidad y aceptación que son
fundamentales para las instituciones estatales y administrativas. Asimismo, contribuir
a puntualizar la importancia de la ética para favorecer que la calidad de vida en la
sociedad tenga valores consustanciales a la democracia, ya que ésta tiene fuerte
contenido ético desde el ángulo de la vida pública.
La hipótesis del trabajo se orienta a destacar que la formación de valor ético no es un
asunto mercantil ni gerencial, sino que tiene como base las aportaciones de la ética,
debido a que aporta valores fundamentales para incentivar la conducta social y el
desempeño institucional sobre la base de que las sociedades necesitan conductas
honradas que estimulen la legalidad, la responsabilidad y el sentido de pertenencia a la
vida comunitaria.
En este sentido, el enfoque del trabajo es más de carácter normativo y explicativo,
tomando en cuenta que se trata de un asunto que se inscribe en el sentido de la vida
estatal y la vida comunitaria para generar una atmósfera de confianza y mejor
certidumbre institucional.
Para fines de exposición, el trabajo se organiza del modo siguiente: 1. Contenido ético
de la democracia, 2. El servicio público en la democracia, 3. la Administración
benevolente, 4. La producción de valor público, 5. Conclusión.
Contenido ético de la democracia
Entendida como un sistema de vida, la democracia moderna se caracteriza por dar
cauce a los valores éticos que favorecen la convivencia de las personas, grupos y
organismos de la sociedad para asegurar la cooperación pública sobre la base del
entendimiento y la colaboración. La democracia tiene una concepción de la vida que
reivindica a las personas para que su sentido de realización sea pleno con base en
valores éticos que combinan ideales, reglas, actos y comportamientos (MAP, 1997: 35-
36) que favorecen la cohesión de la sociedad civil. Esto implica que el ser humano es el
centro del quehacer institucional y que se ha convertido en el referente más
importante para llevar a cabo la reproducción de la vida colectiva, tomando en cuenta
los valores de la sociedad moderna, entendida ésta como la sociedad civil. Si la
democracia reivindica a las personas en lo social, lo político y lo económico, significa
que la vida colectiva se rige por elementos positivos que apuntan por la creación de las
condiciones que favorecen mejores elementos de vida.
En la visión normativa de la democracia, el ser humano es portador de libertades
subjetivas privadas y libertades subjetivas públicas que lo protegen para que se realice
en las diversas facetas de los ámbitos civiles y políticos que se estructuran en el
arquetipo de la sociedad civil, la cual se organiza en término políticos en el Estado de
Derecho. Las primeras reconocen su ámbito de la privacidad e intimidad para que
organice su vida en razón de valores y preferencias que dan sentido al mundo de la
subjetividad. Las segundas conciernen al espacio público e implican que su conducta se
explica de acuerdo con otros, lo cual supone que se desenvuelven en un marco de
derechos y obligaciones que se formalizan en la comunidad civil y política organizada
en el Estado. Estos aspectos son testimonio de cómo la democracia proclama valores
que la definen como un sistema en favor de la vida de las personas y para ello se
diseñan normas y procedimientos que favorecen la convivencia de la pluralidad en
términos de la universalidad de las normas. La democracia desde el momento en que
define reglas de reconocimiento para todos, se caracteriza como un modo de vida que
articula valores normativos que tienen fuerte contenido ético.
Los valores de la democracia como la libertad, la igualdad, la equidad y el bienestar,
tienen compromiso ético desde el momento que son universales en la sociedad civil
moderna. Una de las ventajas de ésta consiste en que a partir de reglas generales que
son para todos, es factible reconocer el universo de cada persona e integrarlo a un
sistema de instituciones para que sean objeto de protección y reconocimiento. El
significado del Estado de Derecho como organización suprema de la sociedad, se
orienta a diseñar normas, universales (Sabater, 2007: 166) abstractas e impersonales
que incluyen a todos en el mundo de la formalidad escrita que es sancionada por el
Poder Legislativo. De este modo, las constituciones (Valadés, 2002: 107-108), las
leyes, los reglamentos, los códigos, los estatutos, responde no sólo a imperativo
políticos de orden y regulación, sino a imperativos éticos en los cuales la dignidad e
integridad de las personas es fundamental para que sean reconocidos como personas
civiles y como sujetos jurídicos. Le corresponde al Estado el diseño de normas que
invocan un importante contenido ético que se relaciona con el lugar que ocupa la
persona en la sociedad civil. Esta se integra por personas civiles y por ciudadanos que
responden al valor de que hay un marco de autorizaciones para que se dediquen con lo
mejor de su esfuerzo a lo que más les interesa, sobre la base de la ciudadanía
(Sabater, 2007: 161) que también los caracteriza en el orden político de la
democracia. Y al mismo tiempo son parte de una colectividad que se origina en las
relaciones de sociabilidad que se enlazan con las interacciones que llevan a cabo.
Si la sociedad civil moderna proclama y ha proclamado la existencia de personas libres
para que guíen sus acciones de manera libre y responsable, la democracia se ha
convertido en un sistema de vida que tiene capacidades para articular con eficiencia lo
individual y lo colectivo sobre la base de instituciones que enlazan a la comunidad con
el Estado, a fin de superar las deficiencias y carencias de la vida individual y
doméstica, dando vida a sistemas (Giddens, 2011: 116-117) sociales que organizan
pautas regulares sobre la base de la democracia política. Un atributo de la democracia
consiste en la forma de convivencia también considera valores éticos de importancia
creciente como la tolerancia, el respeto y la civilidad, entendidos como elementos
centrales para procesar la riqueza de la diversidad y la pluralidad. La tolerancia alude a
la importancia de saber escuchar al otro; de no romper las reglas del buen trato
cuando hay desacuerdos y en dialogar de manera razonable en materia de asuntos
colectivos.
El respeto significa que no hay agresión ni daño hacia el otro, no obstante las
diferencias de enfoque o criterio que se tenga frente a los problemas de la sociedad. La
civilidad se refiere a la reglas de vivir como ciudadano con apego a las reglas públicas
vigentes y que tienen como objetivo estructurar no sólo conductas correctas, sino
incentivos a favor de aquellos que se ciñen a las normas de interés general. La
contribución de la ética a la democracia es fundamental para el abordaje de asuntos
como la transparencia, la rendición de cuentas, el papel de las contralorías y la
impartición de justicia.
Los elementos destacados dan cuenta de que el sentido de lo público tiene como eje el
uso y distribución de los recursos públicos, lo cual obliga como imperativo, a
destinarlos a la atención de las necesidades sociales. La transparencia (Sabater, 2003:
93) es la vía para que los ciudadanos conozcan y evalúen lo que hace el gobierno de
manera accesible y visible para evitar las prácticas de opacidad, entendida como un
corrosivo que fomenta conductas antipúblicas que dañan al orden establecido y
provocan que la desconfianza se arraigue, hasta provocar formas de descrédito en la
vida pública. La rendición de cuentas se refiere a que las autoridades constituidas y el
cuerpo de administradores del Estado son responsables de lo que realizan y que deben
justificar ante la sociedad y los ciudadanos lo que llevan a cabo. Tiene como objetivo
evitar la impunidad en el ejercicio de los cargos públicos y la importancia de justificar
ante los gobernados tanto los logros como los errores o fracasos de la acción
gubernamental. Las contralorías, por su parte, son órganos de vigilancia y control para
monitorear de cerca el desempeño de los órganos públicos, sobre la base de preservar
la moral administrativa y asegurar el eficiente ejercicio de los recursos comunitarios,
procurando generar externalidades positivas, es decir, beneficios que favorecen a la
vida comunitaria. Para ello asumen un papel activo en el conocimiento de las prácticas
de gobierno para evitar la corrupción, la impunidad, el cohecho y la vigencia de
privilegios. Y la impartición de justicia también se caracteriza por postular valores
éticos que se refieren a la importancia de obrar con apego a la igualdad, la
imparcialidad y la pulcritud de los procesos relacionados con el mundo de las sanciones
y castigos.
Esto demuestra que la ética en la democracia no sólo es valor abstracto y normativo,
sino que se orienta a conductas con apego a la honradez y la responsabilidad. La
utilidad normativa de la ética consiste en que proporciona valores que una vez
interiorizados, guían a las personas para que sus conductas sean mejores incluso
ejemplares. Y para los responsables de la vida colectiva en condición de autoridades
con investidura, les proporciona valores y normas para que su actuación pública no sea
deleznable, sino ejemplar y decorosa.
El servicio público en la democracia
Un aspecto cardinal en la vida democrática relacionado con las creencias (Bilbeny,
2005: 54-55) para hacer las cosas, se refiere al vínculo entre gobernantes habitantes y
ciudadanos a partir de entender la importancia de las instituciones administrativas y
gubernamentales en los procesos de la vida asociada, por cuanto que son el medio que
estructuran los sistemas de gestión pública para producir beneficios y llevar a cabo su
distribución con alcance del bienestar colectivo. En sentido práctico, una forma de
visualizar lo que sucede en la vida colectiva de la sociedad civil moderna, consiste en
destacar que la relación de los gobernantes con los ciudadanos se ubica en relaciones
contractuales que implican compromisos recíprocos para contribuir a la vigencia
positiva del orden jurídico, administrativo, político y social, debido a que articula las
reglas del juego que posibilitan que las personas y los actores sociales conozcan con
anticipación los incentivos y sanciones que autorizan su desempeño en la esfera de la
sociedad civil y en su relación con el Estado. Esta situación significa que los gobiernos
se comprometen a garantizar la libertad, la propiedad y la seguridad de las personas,
definiendo normas jurídicas y ejerciendo los medios de la dominación estatal, además
de producir los bienes y servicios que favorecen el desarrollo de la vida productiva. Los
ciudadanos, por su parte, aceptan cumplir las normas vigentes, pagar impuestos,
comprometerse con los imperativos de la vida pública y adherir su lealtad con el orden
establecido y de ese modo estructurar mejor los incentivos que favorecen el mejor
desarrollo de la sociedad civil y los ciudadanos organizados, porque tienen, además,
derechos políticos reconocidos (Embrid, 1996: 41).
En este sentido, hay relaciones de reciprocidad entre los gobernantes y los ciudadanos.
En este marco de referencia se ubica el servicio público, ya que es el puente que
comunica a unos y a otros para hacer factible la tarea de gobernar y administrar la
vida colectiva con sentido de efectividad en el cumplimiento de las políticas públicas. El
servicio público no sólo implica normas y procedimiento para la actuación de las
autoridades, sino que proporciona los bienes y servicios que hacen posible el
rendimiento de la vida individual y colectiva, con base en el esquema de la economía
de mercado, la innovación productiva y la calidad del desarrollo social. Es un medio
que comunica al gobierno con la sociedad, a las autoridades con los gobernados y al
Estado con la vida colectiva. Por tal motivo, debe entenderse que el universo de su
acción está dado por seres humanos y que se debe evitar una idea cosificada de los
mismos, para evitar que la Administración Pública sea objeto de un enfoque
deshumanizado. Si gobernar en sentido estricto es tratar con seres humanos, sus
problemas, carencias y expectativas, eso implica que el servicio público tiene como
premisa la importancia de atender y procesar carencias comunes, con el concurso del
sistemas de instituciones que lo acreditan y justifican como la capacidad instalada de
los gobiernos para atenuar conflictos, distribuir recursos, procesar demandas y diseñar
políticas públicas idóneas para responder a las demandas en competencia.
Desde el momento en que se orienta a la atención y solución de problemas de los
gobernados, adquiere un significado ético por cuanto al trato y el respeto con la
condición humana. De igual modo, si la Administración Pública se relaciona con la
atención y respuesta de las necesidades domésticas que se traducen en problemas
públicos, su trato es con las personas que tienen no solamente condición civil como
sujetos jurídicos, sino un mundo de oportunidades y restricciones que se deben
atender con los recursos públicos, es decir, con los recursos comunitarios, los cuales se
tienen que destinar para la atención y solución de las necesidades colectivas, con base
en la vigencia de la agenda del gobierno. De esta manera, gobernar y administrar son
procesos que aluden al conjunto de la sociedad civil, dado que combinan el mundo de
lo individual y el mundo de lo colectivo, con objeto de producir el valor económico y
social que necesitan para aumentar el desempeño favorable de las personas y las
organizaciones civiles, comunitarias y sociales en un sentido de escala creciente. En
este caso, sin una concepción humana y ética del servicio público que es propia de las
sociedades democráticas contemporáneas, se incurre en despropósitos públicos que
lastiman la vida colectiva y alejan a los ciudadanos de las autoridades constituidas,
hasta provocar desencanto en lo que realizan los cuadros burocráticos (Weber, 2001:
21-25) y los líderes políticos.
El trato digno, respetuoso, sensible y cuidadoso hacia los ciudadanos, le confiere al
servicio público una dimensión no sólo humana, sino ética (Villoria, 2007: 119 y 120),
dado que para el orden social, jurídico y político, es fundamental que la legitimidad del
gobierno se sustente en un grado amplio de aceptación y reconocimiento, debido a los
valores que proclama con base en las tesis del liberalismo, la democracia y el
republicanismo. Por eso, el servicio público en sus vertientes de igualdad,
imparcialidad y mérito (Maguirre, 1997: 82) no es un privilegio que tienen a su cargo
los gobernantes, sino una responsabilidad que se vincula con las condiciones de vida
de la sociedad, los ciudadanos y las organizaciones civiles. Cuando los gobiernos
asumen conductas claras y respetuosas hacia los ciudadanos, en esa medida se
convierten en instituciones no sólo necesarias, sino responsables, dado que tienen con
la agenda institucional el procedimiento para atender y procesar las demandas que se
originan en los diversos campos de vida productiva y social. Esta visión indica que las
demandas de la comunidad hacia las autoridades se han de orientar por un
tratamiento no sólo eficiente, sino sensible, debido a que los problemas colectivos
expresan realidades humanas y no son únicamente un expediente a considerar en las
respuestas que se formulan a las peticiones de la población. El sentido humanista de
los gobiernos deviene del modo en qué abordan las carencias sociales y por la
estrategia que adoptan para convertirlas en problemas y luego en soluciones
institucionales, que son el producto de decisiones, recursos y acciones que son de
carácter colectivo. De ahí la importancia de que el servicio público (Rodríguez-Arana,
1997: 51) sea entendido en una óptica ética, humanista y meritocrática (Walzer,
1997: 146-147), ya que su importancia en la vida colectiva se acredita por la manera
en la cual los gobernantes y los ciudadanos establecen formas de comunicación en un
plano de demandas, decisiones, soluciones y recursos públicos a utilizar, considerando
la pluralidad de los problemas públicos, lo mismo que la pluralidad de las políticas
públicas, situación que implica reconocer que el ingreso al servicio público es con
elementos de calificación (Walzer, 1997: 146) aprobatoria y con merecimientos propios
para evitar el ejercicio de la discrecionalidad .
El sentido humanista del gobierno no se explica sin alusión a la ética y la filosofía del
humanismo social, porque son portadores de valores que lo obligan a tener un
desempeño no sólo satisfactorio para la comunidad, sino de trato sensible, tomando en
cuenta que en la sociedad civil hay públicos diversos que exigen trato considerado y
eficiencia acreditada para sus carencias y necesidades. La importancia del servicio
público no tiene discusión en las sociedades democráticas y posmodernas —más allá
de la modernidad (Campos, 2011: 89)—, debido a que el perfil de atención y
protección hacia los ciudadanos en razón de la ética, implica que la administración de
la sociedad no es un conjunto de procesos y pasos solamente racionales desde el
punto de vista instrumental, sino que considerando en ocasiones que los problemas
sociales se convierten en dramas humanos como la pobreza, la exclusión social, la
desigualdad, la marginación, es fundamental que la capacidad de las instituciones de
los gobiernos no sólo sean efectivas desde el punto de vista técnico, sino que
consideren con sensibilidad que la falta de calidad de vida provoca modificaciones
negativas en las condiciones y relaciones de vida. Es claro que ningún gobierno
prospera, si la población no vive con calidad.
Por tanto, los asuntos del desarrollo económico y social tienen valor humano y social,
no sólo de indicadores de medición o de fórmulas cuantitativas que expresan cifras y
estadísticas, orientados a medir tipos de desempeño con sentido de gobierno, sin
perder de vista que éste tiene la responsabilidad de generar mejores condiciones de
vida, considerando la importancia en la distribución de los bienes y servicios públicos
sobre la base de la equidad y la igualdad sociales. La recuperación ética del desarrollo
es fundamental para el diseño y cumplimiento de las políticas públicas, lo cual implica
la definición de valores, objetivos y metas sobre la base de que gobernar implica no
sólo ejercer recursos, sino saber distribuir beneficios con recursos escasos. La
importancia ética del desarrollo con la equidad y bienestar es fundamental en la visión
de los gobiernos para producir resultados estratégicos y efectivos. Implica que la
atención a los gobernados no es un asunto de improvisación ni buenos deseos, sino
que supone dar respuesta con eficiencia y responsabilidad al cúmulo de peticiones que
se formulan a la autoridad constituida y, por tal motivo, es fundamental proceder a
establecer prioridades de atención y recursos para evitar que la vida colectiva ingrese
a la fase de los rendimientos decrecientes, ya que implica que sus sistemas
productivos no desarrollan sus capacidades a plenitud, sino con limitaciones que
impiden a la sociedad civil la mejor expresión de su productividad, eficiencia y
bienestar compartido, asegurando la calidad ética de los servidores públicos
(Rodríguez-Arana: 51).
El compromiso del servicio público con la democracia lo sitúa en una franja de
compromisos y realizaciones que se orientan a que los ciudadanos reciban las ventajas
que conlleva la vida asociada sustentada en los valores de la democracia. Esto significa
que la suma de capacidades, pericias, precisión, velocidad, certidumbre, archivos,
continuidad (Weber, 2001: 55-56) que caracterizan al servicio público moderno, tienen
que orientarse a lograr no sólo el cumplimiento de las metas colectivas, sino el
desarrollo de las personas combinando la riqueza de su individualidad con los
imperativos de orden público. Si la democracia se caracteriza por postular que el
gobierno de los ciudadanos es la premisa fundamental que sustenta su efectividad
como forma de convivencia, intercambios, pluralidad, diversidad y realización, es
necesario que el servicio público sea un conjunto de capacidades afinadas y articuladas
para diseñar e implementar las políticas públicas que la sociedad, la economía y los
ciudadanos necesitan para su desarrollo. En este caso, el servicio público está
comprometido con el orden jurídico y político de la democracia (Villoria, 2007: 6 y 7),
así como producir el esquema de gobierno, con las estrategias que hagan posible
armonizar las iniciativas individuales y las aportaciones colectivas para potenciar el
desarrollo de la sociedad civil.
El servicio público en esta perspectiva, no debe entenderse únicamente como un
sistema de trámites, sino como un conjunto de valores que lo comprometen
éticamente con la sociedad y los ciudadanos, desde el momento en que se orienta a
definir las estrategias, procesos y políticas públicas que justifique que el Estado es la
organización política de la sociedad y que, por tanto, hace del servicio público el medio
que lo comunica con los ciudadanos, para procurar que sus condiciones de vida sean
mejores. De ahí que la importancia ética del servicio público no se debe perder para
evitar que se convierta en una caja de herramienta y en un procesador de expedientes
que administra de manera anónima a la sociedad y los ciudadanos.
Administración benevolente
Un aspecto básico en el aprovechamiento de la ética en los asuntos de la sociedad,
consiste en que la Administración Pública, entendida como una institución común y
general a todos los habitantes de la sociedad civil, asuma un papel benevolente para
que sus tareas y responsabilidades sean más puntuales y beneficiosas. Uno de los
factores clave en la integración de la sociedad civil, consiste su adhesión y defensa de
la libertad e igualdad, entendidos como medios que permiten una convivencia más
justa y equilibrada. En este caso, la benevolencia es un valor inspirado en la ética para
que sea considerado como una forma de respuesta hacia los ciudadanos. La
benevolencia implica buena voluntad hacia los demás y el respeto para que sean
atendidos con sensibilidad y eficiencia. Respecto a la Administración Pública, es
fundamental que atendiendo a la importancia de lo público y el sentido de lo público,
se asuma como la institución que no sólo tiene capacidades directivas y operativas,
sino una concepción de la vida en la cual las personas son el punto cardinal en la
atención del Estado. Esto significa que lo público de la Administración Pública deviene
de la savia social y de las relaciones de sociabilidad que articula para asegurar su papel
como el gobierno de la comunidad. Mientras que el sentido de lo público alude a su
compromiso de atender a todos por igual y con apego al goce de las libertades civiles y
políticas.
Por consiguiente, cuando la Administración Pública asume el compromiso de cuidar,
vigilar, incentivar y proteger la vida pública, se acredita como la institución que —con
apego a valores éticos— tiene conciencia para desempeñar un papel responsable. La
benevolencia de la Administración Pública es un pilar fundamental para entenderla de
manera positiva, dado que se ocupa de los gobernados en un sentido integral, del cual
se forman las capacidades individuales y colectivas que caracterizan la vida productiva
de la sociedad civil. La benevolencia (Frederickson, 1992: 24) de la Administración
Pública se acredita por su tarea social, implica que su papel en la comunidad no solo es
activo, sino necesario para dar cuerpo y articulación a los distintos elementos que dan
lugar a la economía de mercado, el intercambio de bienes y la distribución social del
excedente económico. En la idea de benevolencia se explica el sentido de servicio que
la Administración Pública tiene para dar vida al proceso de gobierno. El sentido de
servicio la compromete con un esquema de atención y procesamiento de las
prioridades que tienen como base la vigencia de la igualdad y la necesidad de que los
bienes y servicios públicos sean distribuidos con equidad entre los distintos grupos y
organizaciones de la sociedad civil. Esto implica que el sentido de servicio se enlaza
con valores que apuntan por el mejoramiento de la calidad, imperativo básico para
entender la lógica de la propia Administración Pública, así como la variedad de
compromisos que debe cumplir en la sociedad civil.
Si la tarea de la administración pública se relaciona con la benevolencia, es de
relevancia que contribuya a formar la buena conciencia de los ciudadanos para que se
adhieran a los valores democráticos de la vida moderna. Cuando se atiende y respeta a
los demás, se forman lazos de identidad que favorecen formas de cooperación más
vigorosas y ágiles. La extensión de los valores democráticos (Frederickson, 1992: 29)
es una tarea medular de la Administración Pública en el orden democrático, ya que
implica que debe formar las condiciones de aceptación del mismo, sobre la base de
relaciones de corresponsabilidad, que solamente se estimulan cuando se cumplen los
derechos y obligaciones que corresponden a los gobernantes y los gobernados. Los
valores democráticos que la Administración Pública proclama en la vida democrática
con sentido de utilidad pública, son la libertad, la igualdad, la equidad, el bienestar, la
tolerancia, la civilidad, la transparencia y la rendición de cuentas, a fin de evitar la
arbitrariedad (MAP, 1997: 35) en el ejercicio del poder público. Estos valores son el
núcleo que debe fortalecerse para que la vida colectiva tenga mayor identidad y los
ciudadanos se adhieran de manera voluntaria con el orden constituido. Sin apego a los
valores democráticos, la tarea de la Administración Pública no sería congruente con los
valores de la sociedad civil moderna. En este sentido, la creencia, adhesión y
aceptación de los valores democráticos son punto esencial para que el Estado de
Derecho se reconozca como la institución que tiene a su cargo la responsabilidad de
garantizar reglas de certidumbre para todos los miembros de la sociedad civil. Una
ventaja de la democracia es que los diversos públicos asociados e integrados a la vida
en común, tienen la oportunidad de gozar de los derechos civiles, sociales y políticos.
Ante ese esquema de valores que se proclaman para tener vigencia, la Administración
Pública tiene que asumir un desempeño benevolente que permita que la inclusión de
los ciudadanos en el orden político sea efectiva y que con sus acciones comunes
favorezca un clima de cooperación social que es fundamental para estructurar
oportunidades de realización en los marcos de la vida productiva.
El papel de la Administración Pública en este sentido es vital para contrarrestar las
desigualdades que lastiman la vida de las personas y los ciudadanos. Cuando la
desigualdad se extiende, hay fallas de gobierno que se trasladan a la Administración
Pública y ésta asume los costos de atender a los demás en un plano no equitativo ni de
igualdad. Por eso los servicios públicos se han de considerar como la respuesta
organizada y focalizada que la Administración Pública lleva a cabo para superar las
limitaciones domésticas (Rabonikof, 2005: 56), las insuficiencias de la vida privada y,
sobre todo, asegurar que la vida pública tenga los elementos constitutivos que han de
permitir la realización de los ciudadanos en el espacio de lo público. Un valor relevante
para la Administración Pública es la equidad social, entendida como un sistema de
oportunidades que consiste en dar a cada quien lo que merece. Si es la vida moderna,
los beneficios de los servicios públicos son universales y generales, lo cual implica que
en principio no hay motivo para negar a una persona el acceso al bienestar (Campos,
2011: 97) colectivo. La equidad social es uno de los compromisos más conspicuos de
la democracia con los habitantes de la sociedad civil y le corresponde a la
Administración Pública garantizarlos con políticas públicas que sean incluyentes y con
programas públicos que atienden la diversidad y pluralidad de la vida asociada. La
equidad social regida por el bien común (Campos, 2011: 93) responde a la idea de que
la Administración Pública tiene que ser benevolente, con lo cual se evita que las
disparidades sociales aumenten para desventaja de la vida colectiva. En este punto el
papel del administrador público consiste en hacer funcionar las instituciones
administrativas con apego a los valores democráticos. En este caso, el público
ciudadano tiene la oportunidad para desenvolver su vida en condiciones de mejores
oportunidades de vida, lo cual confiere al propio administrador público ventajas y así
fortalecer el orden político y social de la democracia. Cuando el administrador público
no se encierra en la oficina, el gabinete o las áreas burocráticas, contribuye a que el
desenvolvimiento del Estado sea más efectivo y equitativo, apoyándose en el sentido
de la ética de la responsabilidad (Weber, 208: 31). Se estimulan en los ciudadanos
formas de legitimidad que favorecen una mayor aceptación del orden establecido y con
ello la responsabilidad de los ciudadanos con las instituciones vigentes se fortalece aún
más.
Cuando los ciudadanos se apegan y asumen la responsabilidad como valor en la
democracia, se acredita la eficiencia de la Administración Pública para contribuir al
mejor fortalecimiento de la vida colectiva en términos de durabilidad, equidad y
aceptación. De este modo, la formación ética en el administrador público es importante
porque en él se condensa la acción de la Administración Pública que ha de permitir que
los ciudadanos no sólo sean adherentes al orden político vigente, sino defensores de
los valores democráticos que profesa y define, que debe preservar cumpliendo el
marco legal, los códigos de conducta, el ejercicio de la responsabilidad y la honradez
en la gestión pública (MAP, 1997: 59). La mejor defensa del orden político consiste en
que los ciudadanos lo acepten y reconozcan para que las instituciones que lo
conforman tengan un funcionamiento más efectivo y ceñido a las normas que en un
Estado de Derecho garantizan que la universalidad y generalidad de las normas se
aplica bajo los principios de imparcialidad y certidumbre. Así, cuando el administrador
público y la Administración Pública atienden con benevolencia a los ciudadanos, se
forma una atmósfera para que la responsabilidad moral y social de los ciudadanos sea
más efectiva y vigorosa, para tener confianza en las instituciones gubernamentales. En
la medida que las instituciones públicas cumplen su cometido, se favorece un sistema
de convivencia más articulado e integrado que indica el imperativo de asegurar la
cohesión de las distintas esferas de la sociedad con el orden prevaleciente.
Producción de valor público
Pieza fundamental en la visión de la vida democrática es, sin duda, la aportación de la
ética en la producción del valor público, expuesto por Mark Moore en su obra Gestión
Estratégica y creación de valor en el sector público (1984) y entendido como un
sistema que articula el perfil del buen gobierno con la vigencia de la Administración
Pública benevolente, tiene como referente que toda intervención (Merino, 2010: 31)
del Estado en la vida pública está cargada de valores relacionados con la orientación de
la democracia moderna. La democracia moderna, desde el momento en que es
portadora de valores que se comparten, socializan y universalizan, crea las bases para
que el diseño de las instituciones públicas sea entendido como la suma de incentivos,
restricciones, estímulos y sanciones que hacen posible que los valores se conviertan en
reglas, principios y normas que sustentan la eficacia de la convivencia pública. En este
sentido, el valor público es una categoría que permite situar que la democracia,
además de su importancia normativa, tiene los elementos para acceder a una etapa de
mejor calidad de vida, partiendo de la convivencia, la tolerancia, la equidad, la civilidad
y la responsabilidad que, como valores centrales en el comportamiento de las
instituciones, abren la oportunidad para pensar en términos de valor público, lo cual
implica la posibilidad de alcanzar una forma de vida apegada a formas de diálogo,
deliberación y persuasión que son fundamentales para identificar el desempeño de las
instituciones responsables de la administración y gobernación.
La categoría valor público se inscribe en la visión de las creencias valorativas (Aguilar,
2009: 19) y es un referente de calidad institucional (Aguilar, 2009: 11) que alude no a
la producción de bienes materiales, sino a la generación de los valores y evidencias
que permitan convalidar que la propia democracia tiene la capacidad para definir
elementos que permitan calificarla como un sistema de vida y como una forma de
gobierno que es no sólo diferente, sino mejor frente a otros modos de articular el
poder. La concurrencia de la sociedad, el Estado, los ciudadanos y el gobierno en los
espacios de la vida pública organizada en instituciones y pautas de conducta, le
confiere a la democracia ventajas esenciales para que sea entendida y asimilada como
un sistema de actores, relaciones, intercambios, debates y argumentos que la sitúan
con mejores ventajas comparativas que potencian sus formas de desempeño
institucional. En este caso, la producción de valor público se enlaza con el nuevo
patrón de la gobernanza, lo cual implica que la construcción y reproducción de la vida
pública es a través de tareas compartidas, responsabilidades definidas y políticas
públicas que responden a los puntos críticos de la vida asociada y que es factible
superar con acciones estratégicas que permiten superar contratiempos. El vínculo
entre gobernanza y valor público es indisoluble porque ahí se expresan los valores y
medios que es posible utilizar para alcanzar una convivencia más armónica, tener
mejores capacidades de gestión y responder más de cerca a las demandas de los
ciudadanos y las organizaciones de la sociedad.
Con la gobernanza orientada hacia la democracia, hay actores que en los marcos de la
pluralidad y diversidad aportan no sólo capacidades, sino información, recursos y
tecnologías que pueden extenderse hacia el diseño e implementación de las políticas
públicas, con lo cual el esquema de gobierno no es unicentrado, sino multicentrado,
para responder con eficacia a los procesos de democratización que se extienden a lo
largo y ancho de la sociedad civil. Con el valor público se alude a una condición de vida
que expresa la calidad institucional que se desea tener para procesar problemas y, lo
más importante, diseñar políticas públicas entendidas como acción intencional, acción
causal y actividad valorativa (Aguilar, 2009: 18) que se generen externalidades
positivas, es decir, ventajas y beneficios a los habitantes de la sociedad civil. El valor
público (Mariñez, 2011: 63) es un arquetipo a considerar desde la esfera de lo público
y situando el papel que desempeñan las organizaciones de la sociedad, los ciudadanos
y los poderes constituidos. Esto significa que el valor público se condensa en valores
institucionales que son fundamentales para considerarlos como orientadores en los
procesos colectivos y como incentivos que deben consolidarse para aumentar la
capacidad de gobierno —regulación, promoción, servicios, leyes (Mariñez, 2009: 63)—,
así como la eficiencia y los rendimientos de la vida asociada. Con el concurso de la
ética, el valor público tiene características normativas que esclarecen y definen las
formas de actuación que se deben conseguir a favor de la vida colectiva. La ética nutre
con su sentido normativo y prescriptivo el valor de la igualdad, la equidad, el
bienestar, la legalidad, la transparencia, la rendición de cuentas y la calidad de vida.
Estos valores son parte de las políticas públicas, las cuales tienen contenido de valor y,
en ese sentido, los objetivos y metas que proclaman, comprometen a los gobernados
para que las acciones colectivas se desarrollen de manera coherente en razón de que
responden a expectativas de los ciudadanos.
El valor público se asocia con lo óptimo, es decir, con lo mejor de la vida democrática y
lo mejor implica que la eficiencia social aumenta y que las condiciones de vida superan
etapas de vida que se consideraban lo óptimo en otros tiempos. Lo básico del valor
público es que se inscribe en fases progresivas que apuntan por constante
mejoramiento de las condiciones de vida. Por tanto, se institucionaliza a partir de
convenir que la propia democracia ha definido en las dos últimas décadas, valores que
tienden a revitalizarla como un sistema pacífico y productivo de convivencia. En la
medida que la ética nutre los planteamientos del valor público, es posible destacar la
importancia de las instituciones, porque a través de las mismas es como se acredita el
comportamiento del gobierno como un sistema de capacidades organizadas. En este
planteamiento, el valor público comprende la administración y procuración de justicia,
la producción y distribución de los bienes públicos, la satisfacción de los ciudadanos
con los bienes y servicios públicos, el goce social de los beneficios que se producen y
distribuyen, la atención sensible a los ciudadanos, la solución oportuna de sus
demandas, la calidad de la gestión pública, la medición del desempeño en las políticas
públicas, la disminución de los costos de transacción, la protección de los derechos de
propiedad, la conexión funcional de los espacios públicos y privados, la efectividad de
la transparencia, la eficiencia de la rendición de cuentas, la revaloración del servicio
público, la adhesión más abierta del servidor público con los valores de la democracia,
la ventaja de que los ciudadanos se involucren más en la toma de las decisiones
públicas y que se comprometan con los procesos de coproducción de políticas públicas
y la adopción de códigos de conducta que permitan la administración nítida y eficiente
de los recursos de la comunidad.
Desde la visión normativa que se debe traducir en mejores actitudes y tipos de
responsabilidad, se encuentra la ética de la responsabilidad, entendida en los marcos
de que cada persona y servidor público asuma los costos de su actuación, así como las
consecuencias de su obrar. La visión aplicada de la ética a los asuntos del gobierno,
implica que su valor normativo no sólo guía, sino que genera cambios en el modo de
hacer las cosas, en este caso, con apego al valor público que es una manera distinta
de puntualizar que las democracias no son sitios para relaciones clientelares ni
patrimoniales, sino un conjunto de reglas del juego que permiten una convivencia en la
cual los incentivos y las sanciones favorecen el evitar despropósitos públicos y
prácticas que dan su sentido e integridad como un sistema pacífico para la atención y
solución de los problemas mediante la ética de la deliberación (Mariñez, 2011: 64). No
menos importante en el referente del valor público es lo que concierne al desempeño
(Mariñez, 2011: 64) de la Administración Pública, entendida como el gobierno de la
comunidad. Al tener en sus ámbitos de responsabilidad la gestión de los recursos
comunitarios, la agenda de los problemas colectivos y el cumplimiento de las políticas
públicas, es fundamental que su desempeño responda a los valores de la eficiencia, la
eficacia y la economía. Si los recursos públicos son escasos, las demandas sociales
ascendentes y los diversos públicos luchan por los mismos, es básico el imperativo de
que la Administración Pública atiende a seres humanos, lo que implica que sus
capacidades de gestión han de tener un desempeño que se pueda convalidar.
Por tanto, la formación de valor público tiene que acreditarse con indicadores de
medición que aludan a formas de medición sobre cómo se aprovechan los recursos
públicos y cómo su aplicación produce mejores externalidades positivas a la sociedad
civil. La capacidad pública (Sunk, 2007: 527) de producir bienes y servicios no debe
ser solamente un ejercicio de generalidad e impersonalidad, sino que se debe conocer
cómo se impacta en lo específico la vida de los gobernados y si éstos elevan su calidad
de vida, tomando en cuenta la oferta del gobierno a través de un sistema de
compromisos públicos que asume. Por eso el valor público en la triada eficiencia,
eficacia y economía es medular para que la propia Administración Pública y los
administradores públicos (Sánchez, 2011: 35) tengan un sentido de mayor
responsabilidad al momento de ejercer los recursos, aplicar las políticas públicas y
conseguir el mejor cumplimiento de las metas colectivas.
El valor público de la Administración Pública se acredita cuando produce
universalmente los bienes y servicio públicos que la comunidad demanda y de manera
particular se acredita cuando los diversos grupos y públicos de la sociedad civil logran
mejorar sus condiciones de vida. Desde esta perspectiva, eficiencia, eficacia y
economía no son valores abstractos a la manera de los sistemas cerrados, sino que
son parte de sistemas abiertos de gestión pública que transitan por fases de conflicto,
cooperación y solución de problemas, con lo cual tienen elementos empíricos que
permiten medir su logro, en razón de los valores y políticas que se ha definido cumplir
con base en los programas de gobierno. El valor público desde la óptica de la gestión
pública es importante porque es el medio que las Administraciones Públicas tienen
para procesar y diseñar soluciones a los problemas que han ingresado a la agenda de
gobierno. Sin la atención cuidadosa a los procesos de gestión pública que lleva a cabo
la Administración Pública, no existe apoyo de los procesos técnicos y tecnológicos que
se han de articular en la eficiencia, la eficacia y la economía, para hacer factible los
datos fehacientes sobre el mejor desempeño institucional, considerando su
responsabilidad como el gobierno que articula la vida comunitaria. Relevante en la
generación de valor público, es que el ciudadano no sea considerado como cliente, sino
como un sujeto jurídico y político que no tiene una relación mercantil con la
Administración Pública, sino relaciones civiles que le confieren derechos y obligaciones
que se han de entender en un conjunto de relaciones recíprocas.
La visión del ciudadano como cliente (Cristensen y Langreid, 2005: 567) lo degrada y
degrada la vida pública porque la visión del Estado supermercado desplaza la condición
de los ciudadanos como pilar fundamental en la gestión del Estado de Derecho y la
administración pública benevolente. La categoría ciudadano como cliente alude a la
eficiencia económica, no a la visión del valor público que es una categoría más amplia
y comprensiva para destacar que las autoridades constituidas tienen el compromiso de
aprovechar mejor los recursos escasos, definir con claridad las reglas del juego que
son las instituciones, generar trato de sensibilidad y oportunidad con los problemas
públicos y propiciar un ambiente de intervención de grupos de la sociedad en la
atención y solución de los problemas colectivos.
En consecuencia, el nexo entre la ética y valor público es relevante para aludir a una
condición de vida que conjuga la equidad y el bienestar social, que son el punto
cardinal para que la sociedad civil y los ciudadanos tengan una comunicación más
abierta y recíproca. En tanto que la ética contribuye a la formación del valor público, es
significativo que la Administración Pública no sea confinada a la suma de procesos y
trámites que corresponden a las oficinas burocráticas, sino que es necesario que
fortalezca su contenido humano para que los ciudadanos sean ubicados en la
centralidad de los procesos públicos. De este modo, lo relevante en la formación del
valor público consiste en generar condiciones óptimas para que la equidad y el
bienestar se consoliden como valores y políticas que revitalizan la misión de la
Administración Pública (Aguilera, 2012: 185) en las tareas que desarrolla en la
sociedad civil. La aportación de la ética a la formación del valor público es importante
en la vitalidad de la democracia, la responsabilidad del servidor y en el desempeño de
las instituciones públicas.
El valor público es el desiderátum que alude a mejores condiciones de vida para que la
sociedad civil sea entendida como la suma de ciudadanos activos y organizados que
tiene el derecho para que las autoridades constituidas diseñen un sistema de
instituciones con capacidad para administrar y llevar a cabo la gobernación de la
sociedad sobre la base de un esquema de cooperación y responsabilidades acreditadas.
Conclusión
La aportación de la ética a los asuntos colectivos es inapelable, porque es portadora de
valores normativos que contribuyen a potenciar la calidad de la democrática teniendo
como referente principal el apego a la legalidad, la imparcialidad y la igualdad jurídica
y política. Esto implica que tiene normas, principios y prácticas que fortalecen al
ciudadano como el eje cardinal de la vida pública, y en ese sentido, la ética es un
sistema de valores y normas que postulan de manera positiva desarrollar mejores
conductas en favor de la vida colectiva, al conformar la conciencia individual con
sentido de ventajas colectivas. La ética alude al carácter normativo de los valores,
considerando que es posible ahondar en una mejor vida democrática que se sustenta
en el convencimiento de que la convivencia república y liberal tiene ventajas que se
pueden compartir a la manera de las externalidades positivas. Esto implica que en la
democracia los ciudadanos tienen las condiciones institucionales para llevar a cabo las
tareas que les corresponden, entre otras, intervenir en el diseño de las políticas
públicas de manera organizada y contribuir a que la calidad de vida en la sociedad civil
sea más fructífera.
La ética es portadora de un amplio contenido filosófico, humanista y social desde el
momento que su mundo tiende a definir reglas normativas que tienen como horizonte
la preservación del interés público, el bienestar general y el bienestar de los
ciudadanos. La recreación de la vida asociada con las aportaciones de la ética tienen
alcance de imperativo categórico, lo cual significa que la concepción que tiene de la
vida se finca en normas que tienen carácter positivo y realizador. Para los fines de la
vida institucional a cargo de los gobiernos es fundamental que el espacio público sea
regulado con el concurso de reglas diáfanas que, además de fijar ventajas,
restricciones y sanciones, tengan como incentivo las ventajas de obrar con sentido
constructivo en la vida democrática. Por eso, la ética tiene que ubicarse en el deber ser
de las cosas, lo que implica que moldea conductas y prácticas cuando se asumen con
el compromiso de hacer mejor y con mayor responsabilidad las actividades individuales
y sociales. Para la vida de los gobiernos, la ética es un caudal de valores que se
relacionan con los fines que han de cumplir.
En efecto, las tareas públicas que tienen a su cargo no se realizan en el vacío, sino con
base en los valores que definen a la sociedad civil y a la forma de gobierno que se
organiza en los marcos de la democracia. Lo público (Aguilera, 2012: 184) en la
democracia se estructura en formas de convivencia, intercambio e instituciones que
tienen a su cargo la función de elaborar preceptos que se ocupan de proteger tanto la
vida individual como la vida colectiva. En ambos núcleos de actuación, es fundamental
que las conductas se lleven a cabo considerando que lo colectivo de la sociedad y el
sentido público del Estado, se institucionalizan en normas de interés general que son
válidas para todos y que todos en condición de personas y ciudadanos deben cumplir.
Para esta tarea, la formación de la conciencia ciudadana necesita de las aportaciones
valorativas de la ética, porque son las que han contribuir a estimular el sentido de
convivencia y responsabilidad que haga posible la estructuración de la vida republicana
y liberal. Estos referentes son esenciales para los gobiernos cuando asumen el
compromiso de establecer para la vida comunitaria valores que nutran las prácticas
colectivas. En este caso, la formación y reproducción del valor público es una condición
de vida que se relaciona con nuevas condiciones que apuntan por el lado de la
gobernanza democrática, en el sentido que el espacio público tiene ahora no sólo con
mayor contenido plural y diverso, sino lo que implica para los gobiernos el imperativo
de hacer mejor las cosas, cumplir con ánimo ciudadano las políticas públicas, ampliar
la participación ciudadana, mejorar la representación política y generar en los
servidores públicos mayor conciencia sobre el sentido de sus deberes y formas de
actuación a favor del público ciudadano. El valor público tiene como punto partida y
producto final esencia ética, ya que ésta se enlaza con los valores que permiten a las
democracias instituirse como una variedad de reglas universales y generales para
contribuir a la inclusión social, política y económica de los habitantes de la sociedad
civil, postulando el derecho de las personas a vivir con equidad y bienestar.
El valor público es portador de una concepción más compleja de la vida en la sociedad
civil, porque forma parte de nuevas y mejores condiciones de vida que solamente es
factible acreditar con mejor capacidad de gobierno, cuadros administrativos más
responsables y eficientes y un estilo de Administración Pública que finca en la
recuperación del espacio público la savia social que la nutre, así como la legitimidad
que deben tener cuando es aceptada como la institución de lo común y que atiende y
procesa las demandas comunes, a las cuales ha de convertir en tipos de solución
institucional. El valor público aumenta el sentido público de la Administración Pública
desde el momento que expresa una propuesta de gobierno más abierta, directa y
sensible hacia los ciudadanos, para llevar a cabo la definición e implementación de las
políticas públicas. El valor público contiene lo público de la sociedad, lo público del
gobierno y el espacio público entendido como hogar común de los ciudadanos. En
consecuencia, el valor público identificado en el desempeño de los gobiernos tiene que
acreditarse con valores como la honradez, la legalidad, la responsabilidad, la justicia,
además del desempeño institucional.
Respecto a la sociedad, el valor público se nutre de los valores de la igualdad, la
equidad, el bienestar y el mejoramiento de la calidad de vida. Desde el mirador del
espacio público, se relaciona con la ética de la responsabilidad, la transparencia, la
rendición de cuentas y la evaluación pública. Respecto al modo de aprovechar mejor
los recursos públicos escasos, el valor público se estructura con la eficiencia social, el
rendimiento colectivo y la satisfacción de los ciudadanos por cuanto a la atención y
resultados de la acción del gobierno. No menos importante es que el valor público para
fines de la cohesión jurídica y política del Estado de Derecho se sustenta en la
constitucionalidad, la legalidad y la certidumbre. El carácter polifacético del valor
público es propio de las democracias competitivas, productivas, responsables y
eficientes. En este caso, el valor público para fines de gobierno, el cumplimiento de las
metas colectivas, se nutre de la ética y ésta aporta valores que son fundamentales
para la construcción de la gobernabilidad y la nueva gobernanza.
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