La Gastronomía en La Prensa Española Del Siglo XIX
La Gastronomía en La Prensa Española Del Siglo XIX
Resumen
En esta investigación, se ha analizado la gastronomía en la prensa española del siglo XIX a través del ca
tálogo online de la Biblioteca Nacional. Los resultados, casi todos inéditos, revelan la importante pre
sencia de la gastronomía en noticias, artículos y reportajes, y su desarrollo a partir de 1860, pero sobre
todo en las dos últimas décadas de la centuria. Igualmente, ha sido posible plantear una categorización,
así como esbozar parte de su historia y evolución en España.
Palabras clave: gastronomía, periodismo, siglo XIX, historia, publicidad.
Referencia normalizada
AGUIRREGOITIA MARTÍNEZ, Ainhoa y FERNÁNDEZ POYATOS, Mª Dolores (2015): ”La gastro
nomía en la prensa española del siglo XIX”. Estudios sobre el Mensaje Periodístico. Vol. 21, Núm. 1
(enerojunio), págs.: 1733. Madrid, Servicio de Publicaciones de la Universidad Complutense.
Sumario: 1. Introducción; 1.1. Fuentes y metodología. 2. A propósito de los términos gastronomía, cu
linario, coquinario. 3. El discurso gastronómico en la prensa del siglo XIX; 3.1. Historia de la gastrono
mía; 3.2. Teoría gastronómica; 3.3 Publicidad; 3.4. Recetas; 3.5. Curiosidades. 4. Conclusiones. 5.
Referencias bibliográficas.
1. Introducción
Hasta hace apenas una década, el interés por la gastronomía en España ha sido es
caso, centrándose la mayoría de la producción editorial en recetarios y noticias mu
chas veces de ámbito regional y local. Sin embargo, desde 1970 y sobre todo a partir
de la notoriedad alcanzada por renombrados cocineros su buen hacer y su labor di
vulgadora, los temas gastronómicos ocupan cada vez más espacio en los medios de
comunicación, así como en la investigación académica.
A mayor abundamiento, los estudios históricos europeos sobre la alimentación y
la gastronomía han arrinconado injustamente el papel desempeñado por España
1
Puede consultarse en la Biblioteca Nacional de Francia: http://gallica.bnf.fr/?lang=ES.
Bibliographie gastronomique: la cuisine, la table, l´office, les aliments, les vins, les
cuisiniers et les cuisinières, les gourmands et les gastronomes, l´economie domesti
que… depuis le XVe siècle jusqu´à nos tours, consistente en la recensión de 2.500
obras de contenido culinario.
También nuestro país se interesaba por este asunto placentero. Insólitos términos
derivados de gastronomía recoge Domínguez en su diccionario (1853: 849); gastro
logía y gastrolégico tendrán que ver con tratados de cocina y con “el arte de preparar
manjares finos y delicados”; gastromanía con la “pasión por la comida, por los man
jares suculentos y sabrosos”, mientras que gastromaníaco será aquel “afectado de gas
tronomía”. Todos tuvieron una vida corta y tan solo los dos últimos llegaron a 1918
para, después, desaparecer.
El vocablo más cercano en el uso a gastronomía fue el adjetivo culinario: “lo con
cerniente a la cocina” (Domínguez, 1853: 504), aunque hubo de esperar a 1970 para
ser además sustantivo con la acepción “Arte de guisar” (RAE, 1970: 396).
La voz más antigua relacionada con lo gastronómico fue coquinario; como adje
tivo, “lo que pertenece á la cocina”; como sustantivo equivalía a cocinero, siendo co
quinarius regius (coquinario real) el “Oficio de dignidad en los antiguos palacios de
nuestros Reyes, que cuidaba de lo que habia de comer la persona real” (RAE, 1780:
275). Esta voz latina remite a De re coquinaria (siglos IV o V), único recetario romano
preservado, en el que Apicius, su autor, plasmó sus costumbres alimentarias (Martí
nez Llopis, 1981: 59). Desde su origen, coquinario mantuvo invariable el significado,
ofreciendo además un uso bastante parco y siendo claramente superado por culinario,
quizá por la fonética más sencilla del último.
Al margen de estas definiciones, no se encuentran otras sobre la voz gastronomía;
por el contrario, en Francia sí lo precisó pronto Brillat Savarin en Fisiología del gusto2,
el tratado gastronómico más relevante del momento:
“Entiéndese por gastronomía el conocimiento razonado de cuanto al hombre se refiere
en todo lo que respecta á la alimentación. Tiene por objeto velar por la conservación del
hombre, empleando los mejores alimentos. Esto lo consigue dirigiendo con principios fijos,
á los que buscan, suministran ó preparan cosas capaces de convertirse en alimentos”. (Bri
llat Savarin, 1869: 58)
Es interesante observar cuándo aparecen estas voces en la prensa y cuándo son ad
mitidos en los diccionarios académicos. Coquinario se normaliza en 1780, pero no lo
encontramos en prensa hasta 1849; gastronomía y culinario se verifican antes en la
prensa que en los diccionarios: gastronomía en 1817, siendo aceptado por la RAE en
1852, y culinario en 1834, mientras la RAE no lo admitió hasta 1884. Esto es, siguen
procesos distintos. El fenómeno habitual es el segundo, confirmando que los diccio
narios son repertorios sancionados por el uso de la colectividad y, por lo tanto, las pa
labras solo llegan a ellos cuando abandonan su uso pasajero para hacerse general
(Alvar, 1992: web). Según esto, habría que entender que a lo largo del siglo XIX el
2
Se ha seguido la traducción del conde de Rodalquilar (1869).
gusto por la cocina (en su sentido más lúdico) se fue generalizando, al menos entre las
privilegiadas clases sociales que, además de alimentarse, disfrutaban con ello.
Respecto a coquinario, su precoz entrada en el diccionario no se ve corroborada en
la prensa; antes bien, su primer registro tarda más de sesenta años, hallándose en el re
lato “Sueño de un glotón” en La Ilustración de Madrid (3061849).
El vocablo gastronomía figura por primera vez en prensa a propósito de una des
pectiva reflexión sobre el sentido que debe darse a la Ilustración y su aplicación en di
ferentes países; en este caso, la Ilustración francesa era definida despreciativamente
como “el arte de dar sabor á la existencia física y de adornar la vida social [y a los fran
ceses habría que dejar] su gastronomía y erudición á la violeta” (Crónica científica y
literaria, 841817: 3).Con el significado actual, anunciando La gastronomía, ó los
placeres de la mesa, en La Abeja del Turia (481820: 4). Se trata de la traducción del
popular poema La gastronomie de Berchoux (1810), profusamente divulgado durante
meses en el Diario de Madrid, Mercurio de España, Nuevo diario de Madrid, entre
otros periódicos.
La primera referencia a culinario se descubre en La Revista española (421834)
en relación a un equívoco sobre qué artista culinario confitero a la sazón elaboró los
dulces para el baile de Abrantes. En general, se usa completando a sustantivos del
campo semántico de arte y, en sentido figurado, en comparaciones del ámbito político.
Otras voces como gastrolégico no llegaron a la prensa, o apenas subsistieron unos
años después de haber sido desterradas de los diccionarios; en este último caso, está
gastromanía, placer al que se consagran Luis XVI, monarca irresoluto y marido có
modo (La Voz, 911835: 1), y el parodiado vecino de El Moro Muza por su desen
frenada afición a la comida (2661863).
Y al contrario, la constancia y pervivencia de las expresiones gastronomía, culi
nario y coquinario en la prensa decimonónica puede servir para ratificar lo que ya han
hecho los estudios bibliográficos con la catalogación de más de dos mil obras hasta
el 1900, y es que la alimentación en su vertiente regalada, hedonista y artística fue al
canzado relevancia en nuestro país a lo largo del siglo XIX.
contenidos fueron variados, entre ellos destacan el idioma y la redacción de los menús
de la Casa Real3, el reconocimiento a los jefes de cocina, la carencia de buenos rece
tarios, la crítica a la imitación de la cocina francesa, la necesidad de una cocina na
cional y el olvido de la prensa para con la gastronomía.
Sobre el idioma en que debían redactarse los menús, Thebussem exhorta a usar el
castellano y no el francés, como era habitual; sobre su redacción, insta a que estén
exentos de faltas de ortografía, a que reúnan cierta belleza artística y tipográfica y a
que se rubriquen con el nombre del jefe de cocina como distinción a su labor (84
1876: 242243).
Respecto a los recetarios, si bien no son tan numerosos como los franceses, tampoco
parece cierto que sean tan escasos y pobres como sostienen los autores. Recientes es
tudios verifican abundantes ediciones en el siglo XIX, sobre todo a partir de la segunda
mitad, cuando se concentran más del cincuenta por cien de las publicaciones (Simón,
2003). Los temas fueron heterogéneos: agendas y almanaques culinarios para el ama
de casa, tratados de cocina económica, sencillos manuales de cocina, obras de repos
tería, licorería, helados y sorbetes, libros para órdenes religiosas, cocina de cuaresma,
diccionarios domésticos con recetas de fácil ejecución, excelentes tratados de presti
giosos gastrónomos Muro, López y Camuñas, Doménech, Praussols, reediciones de
obras antiguas como la de Altamiras y traducciones casi siempre del francés.
La crítica a la pretendida imitación de la cocina francesa discurre paralela al debate
sobre la existencia, o no, de una cocina nacional. Es Un cocinero de S.M. quien ad
vierte de las consecuencias derivadas de emular en exceso la cocina gala, siendo la más
grave el detrimento de nuestra mesa nacional (La Ilustración española y americana,
3071877: 7). Debaten los autores acerca de la conveniencia de procurar la unidad
gastronómica nacional que, reconocen, no existe, pues tenemos federada la cocina;
por ello, y porque en todas las comarcas españolas hay especialidades dignas de figurar
en las mesas de palacio, la forma de lograr una cocina nacional es pedir a cada región
su receta y formar así un repertorio de “manjares ilustres españoles” (15121877) y
“una colección ó mosaico de alimentos heterogéneos” (3011878).
El olvido de la gastronomía en la prensa que censuraba Thebussem no se corres
ponde del todo con la realidad. Sí fue innegable que La Ilustración española y ame
ricana “rompió la marcha” porque abordó temas críticos y trascendentales sobre
nuestra gastronomía; sin embargo, no lo fue que solo a partir de finales de la década
de 1870 algunos periódicos se ocuparan de reproducir listas de banquetes y de otros
asuntos. Como veremos después, ya desde principios del siglo XIX se constatan abun
dantes referencias en la prensa.
La aportación de estos dos eruditos al saber culinario fue retomada años más tarde
por Dionisio Pérez. Su Guía del buen comer español (1929) buscó recuperar la postrada
gastronomía española, reconociéndole a sus predecesores el haber sacado “a la cocina
española del olvido y postergación en que había caído, […] señalar los hurtos que en
3
En La Época también se publicaron algunas de estas cartas: Jigote de lengua apareció el
1841876 en la primera plana; la segunda respuesta de Un cocinero de S.M., el 1941876,
también en la portada.
ella habían hecho otras cocinas extranjeras y ponerla en estimación de los propios es
pañoles” (1929: 910). Idéntica intención hallamos casi cincuenta años después, cuando
Luján y Perucho proyectaron continuar la tarea de Dionisio Pérez (1972: 52).
La tríada compuesta por Thebussem y Un cocinero de S.M. primero, por Dionisio
Pérez, después y por Luján y Perucho por último, resalta la indiferencia cíclica que pa
decía la gastronomía española. Según ellos, el interés decayó en varias ocasiones fi
nales del siglo XIX, 1929 y 1972; desde las producción editorial, ya señalamos antes
su importancia; desde la prensa, hay testimonios de que la gastronomía fue un tema
que interesó a la sociedad del momento y, aunque incomparable a la importante culi
naria francesa, tampoco es cierto que fuera irrelevante y nula como se ha afirmado ha
bitualmente. Así se desprende de los resultados recuperados del catálogo online de la
Biblioteca Nacional concernientes a la prensa decimonónica y que, a continuación, se
muestran agrupados en cinco apartados: historia de la gastronomía, teoría gastronó
mica, publicidad, recetas y curiosidades.
Revista de España que en el número 28 de 1872 ofrece una larga estampa de más de
treinta páginas.
Igualmente, hallamos opiniones contrarias a las costumbres romanas, cuya gas
tronomía pronto convirtieron en una extremada licencia y corrupción; sus cocineros,
gente importante, “[eran buscados] con avidez, se les dispensaban las mayores consi
deraciones, y se les pagaba en proporción á su mérito. / Había en Roma un cocinero
á quien le daban cuatro talentos anualmente, que equivalen á unos 76,000 rs. vn. Marco
Antonio quedó tan satisfecho de uno de sus cocineros en el convite que dió á la reina
Cleopatra, que le agració con una ciudad por recompensa” (La Iberia, 731857: 3).
En los recorridos históricos, hay lugar también para la historia gastronómica es
pañola que, en general, recibe críticas negativas: se afirma que estábamos muy atra
sados, que nuestras fondas (incluso las más reputadas: Cotte, de Lhardy, Prosper,
Cisne, Perona) no son en nada comparables a la media francesa, y nuestra cultura e in
terés gastronómico se centra muchas veces en noticias de espectáculos bárbaros y
anecdóticos como el catalán que se zampó media vaca o el asturiano que se embuchó
un pienso de cebada en Aranjuez, es decir, no se comprende el verdadero significado
de la palabra gastronomía (La Iberia, 731857: 3).
Desde siglos, la gula ha sido uno de los siete pecados capitales para la moral cristiana
y, al parecer, se consideraba así el apetito desordenado, el exceso al comer y beber,
aunque también el hecho de disfrutar. En algunas columnas de la prensa decimonónica
no se distingue entre la glotonería y la gastronomía, formando los dos un totum revo
lutum indebido e inexacto:
“La gastronomía ó mejor dicho la glotoneria es el placer de las personas de espíritu co
rrompido, y la pasion de los necios cuando llegan á la edad madura, que sirve tan solo para
estimular el espíritu de los primeros y embrutecer el de los segundos”. (El Clamor público,
381856: 3)
cablos gastronómicos para los que urge una reforma académica urgente; y para ello
propone admitir en la Academia a un gran cocinero o bien obligar a los académicos a
estudiar los tecnicismos gastronómicos. Poco o nada debieron considerar desde la Aca
demia, pues ni accedieron a que un cocinero formara parte de ella, ni suprimieron las
voces criticadas que, hay que decirlo, siguen vigentes en el diccionario actual.
Se procura también prevenir sobre ciertos hábitos como el de comer helados por
la noche, tal y como leemos en el folletín de El Contemporáneo (1831865:1), que
se justifica porque afligen las vías digestivas; si hacemos caso del texto, parece ser que
los helados solo eran admisibles como “transición entre los platos calientes y los vinos
espirituosos de los postres”.
Otra práctica que se censura, y se recomienda subsanar, es la carencia de menús en
las fondas: “siempre saca el mozo lo que al amo de la fonda le place, puesto que el que
come no puede pedir porque no sabe lo que hay en la cocina” (El Clamor público, 14
91850: 3). El autor de este breve recomienda introducir el menú tal y como existía en
otros países; novedad que redundaría en los consumidores pues, además de poder comer
aquello que más les apeteciera, sabrían de antemano el precio de los platos. Esta me
jora, prosigue el autor, implicaría una auténtica publicidad para las fondas del país.
Un retrato nada favorable de las cocinas de las fondas y los obradores de reposte
rías y confiterías permite conocer su insuficiente higiene (El Clamor público, 2210
1850: 3). Se freía y asaba toda clase de alimentos “á puerta de calle”, provocando
densas nubes de humo que sofocaban y hacían “mal contraste al lado de lujosas tien
das”. En cuanto a las reposterías, los manjares estaban al descubierto “sitiados por
enjambres de insectos repugnantes, que aspirando los jugos los dejan exaustos de la
parte alimenticia”. Se aconseja corregir esta nociva costumbre con escaparates o redes
metálicas de mallas como las que utiliza Lhardy en su prestigiosa confitería.
3.3. Publicidad
Los anuncios se refieren sobre todo a cocineros, alimentos, fondas y establecimien
tos de alimentación. Son tipográficos, sin ilustraciones e informativos, como corres
ponde a esta publicidad primeriza; sin embargo, la presencia de elementales recursos
persuasivos el adjetivo, sobre todo el superlativo va progresivamente extendiéndose.
La mayoría carecen de sus marcas formales y distintivas para aproximarse a lo que
Castaños (2007: 341) denomina “publicidad disfrazada”.
Los cocineros brindan sus servicios en escuetos avisos. En el Diario de Madrid, se
anuncia Raucurel, “cocinero, que guisa bien y prontamente” (1791809: 3). Habi
tualmente se ofrecían para trabajar en casas particulares y para impartir “lecciones en
el arte culinario” (El Heraldo, 2121849: 4). Aunque más inusuales, se han encon
trado anuncios de cocineras que decían ser artistas en gastronomía: “Una señorita
francesa, perfectamente instruida en dicho arte, desea colocarse de cocinera en alguna
casa importante, por lo que daran excelentes informes” (Diario oficial de avisos de
Madrid, 631866: 3).
La publicidad de fondas era frecuente en los periódicos. Los asuntos son variados;
desde el precio de los cubiertos como el de la fonda pastelería de ServieLardy a 20
reales (El Español, 19121846: 4) hasta inauguraciones como la de la Fonda Espa
ñola, donde podía encontrarse desde “el bodegón español hasta la más refinada mesa
parisiense”, con gran una gran versatilidad al servir con esmero platos franceses co
telet á la papillot y españoles chuletas de ternera (El Clamor público, 591847:
3). Algunas fondas utilizaron como ventaja competitiva tener un reputado cocinero;
en la madrileña Fonda de Barcelona, estaba a cargo Seselli, “uno de los mas acredi
tados del arte culinario” (El Clamor público, 2581850: 4).
Otros anuncios nos ayudan a conocer cómo eran y qué servicios ofrecían los esta
blecimientos más acreditados. Así, la nueva fonda en la carrera de San Jerónimo, di
rigida por Mr. Prosper innova con un buen servicio, lujo, comodidad y variedad de
platos; allí, las familias pueden reunirse “en habitaciones sotto voce y las comidas
están al alcance de todos los bolsillos” (La España, 2591850: 4).
Uno de los más afamados de Madrid, y también uno de los que más noticias ge
neró en la prensa fue el de Lhardy, inaugurado en 1839 y vigente en la actualidad. Su
propietario Emilio Huguenin transformó el nombre del parisino Café Hardy en Lhardy,
y lo convirtió en su propio apellido (Altabella, 1978). Se localizaba en la Carrera de
San Jerónimo, que al parecer se había convertido en un escaparate gastronómico por
los muchos establecimientos que se abrieron allí; la casa de Prosper, las fondas de Pe
trona, Iberia, Dos Amigos, Caballo blanco y Leones atraían “gran número de trago
nes que ponen en movimiento sus incansables mandíbulas” (El Clamor público,
5101852: 3). Aunque, sin duda, fue el de Lhardy el que congregó a más personajes
famosos; banqueros, políticos, médicos, profesores, escritores… no faltaron en sus
salones románticos:
“El restaurant y repostería de Lhardy es el Senado de los gastrónomos: su cocina es
seria y clásica; sus salsas son indiscutibles, y no han estado nunca al alcance de todas las
fortunas. […] El público conocía sus pastelillos, embutidos y los manjares de repostería que
se expenden en la tienda del piso bajo; los hambrientos contemplaban en éxtasis las cabe
zas de jabalí que suelen exponerse en el escaparate, y diríase de ellos que estaban dis
puestos á luchar contra las fieras; la casa, á pesar de tener cuarenta y siete años de
antigüedad, parecía siempre de reciente fundación”. (La Ilustración española y americana,
15111886: 2).
3.4. Recetas
A lo largo del siglo XIX, los recetarios llegaron al mercado español generalmente de
dos formas: libros relevantes del arte gastronómico francés traducidos u originales
y los de autores españoles. Entre los primeros, las obras de Brillat Savarin, Carême y
Gouffé. Entre los españoles, abundan recetarios sin reflexiones culinarias, donde la pu
blicación de La mesa moderna del Dr. Thebussem y Un cocinero de S.M. fue una ex
cepción, lo que ha llevado a algunos estudiosos a afirmar que este siglo ofrece un
panorama de obras de cocina mediocres y de vulgaridad adocenada que en su mayo
ría han sido copiadas o traducidas del francés (Martínez Llopis, 1981: 358).
En España, la prensa divulgó recetas sobre todo en revistas para la mujer (El
Hogar) y, excepcionalmente, en semanarios de carácter lúdico como La Risa que decía
ser, entre otras obras, de gastronomía. Desde su primer número incluyó la sección ti
tulada “Ambigú” con diversos propósitos: educar en la mesa, enseñar a ser un eco
nómico y buen cocinero, repostero, pastelero y botillero, y dar noticia de “cuanto han
escrito de gastronomía los sabios de todas las naciones, sin olvidar los famosos gui
sos provinciales de España (La Risa, 241843: 12).
A pesar de su corta vida, apenas año y medio, recogió entre sus páginas ingenio
sos retratos de la mala educación en la mesa, reglas y consejos útiles que se han de ob
servar, recomendaciones sobre el arte de trinchar y servir y numerosas recetas bajo el
epígrafe “Manual del cocinero y cocinera” que comenzó en el tercer número (234
1843) y se mantuvo hasta el final (891844). Lamentablemente, no hubo ocasión para
los escritos de los sabios gastrónomos de todas las naciones, como anunció en su pri
mer número. Estos textos fueron extraídos del Manual del cocinero, cocinera y re
postero, con un tratado de confiteria y botillería, y un método para trinchar y servir
toda clase de viandas, y la cortesania y urbanidad que se debe usar en la mesa que
en 1828 tradujo del francés Mariano de Rementería y Fica. El del retrato de la mala
educación pudo servir, quizá, de inspiración a Larra para El castellano viejo, publicado
en 1832 en El pobrecito hablador.
El Hogar (18661867), órgano de la agencia de servicio del mismo nombre, con
tenía una sección de interés gastronómico arte de trinchar y arte culinario con indi
caciones de comidas que usa la clase media y que se componen de dos sopas un
plato volante y otro fuerte y su postre de repostería, pudiendo consistir el otro de fru
tas de la estación y advirtiendo que elegirán platos de fácil ejecución, esto es, senci
llas recetas autóctonas muy alejadas de las casi imposibles recetas francesas y, por
ende, de las mesas de aristócratas y burgueses enriquecidos: puré de patatas, croque
tas de ave, tostas de pan con manteca, conejo frito, rosquillas de Fuenlabrada, jamón,
salsa de anchoas…
Lo más destacado, sin embargo, fueron las numerosas recetas que a partir de la dé
cada de 1880, publican semanarios y almanaques. Se constatan en el Almanaque
BaillyBailliere (1897), La Ilustración española y americana (1899), Nuevo Mundo
(1899) e incluso algunos como El Universo ilustrado difunde en todos los números
entre 1886 y 1887 breves recetas en una sección llamada “Gastronomía”.
3.5. Curiosidades
En este grupo se han incluido noticias de contenido diverso; algunas sobre productos
de carácter insólito, como la columna que el Semanario pintoresco español dedica los
nidos del Tonquin, bocado regaladísimo en las grandes mesas y cuya recolección se
realiza dos veces al año, siendo los más apreciados “los de las cavernas más húmedas
y que los pájaros no han ensuciado todavía con la nidada: son mas blancos, limpios y
trasparentes que los demás. […] Los chinos dicen que no hay cosa mas estomacal, es
timulante y sana que este alimento; pero su único mérito consiste en el preció á que
se venden, porque lisongea á la vanidad de los ricos que los consumen” (381840: 7).
El Museo de familias publicó en 1839 (128145) un extenso reportaje sobre los
usos y costumbres en China: carácter, educación, atuendo, juegos, ceremonial y gas
tronomía, entre otras. Allí leemos que unas aves parecidas a las golondrinas hacían sus
nidos en las costas de Tonquin, Java y Cochinchina con pececillos y espuma de mar;
una vez que los abandonan, se recogían y vendían. Los nidos “se asemejan en figura
y tamaño á la corteza de un grueso limón adobado, y tienen la propiedad de dar á los
guisados en que se mezclan un gusto harto esquisito” (138).
Sobre las ostras, producto extraño en las mesas de entonces, encontramos una exé
gesis del tratado Ensayo sobre las ostras de 1818 del médico francés Pasquier, previ
niendo sobre los inconvenientes de la gula y avisando del desagradable rato de una
mala digestión (Crónica científica y literaria, 1111820: 4); sin embargo, estas reti
cencias se superaron y el molusco pasó a ser un bocado sabroso y excitante (El Mundo
ilustrado, 1880, nº 41: 11).
De las patatas sabemos que eran a mediados del siglo XIX un artículo de lujo y no
el producto indispensable y de gran consumo en nuestra dieta de hoy; este tubérculo
que antiguamente nadie comía en España, porque era el alimento de los cerdos, y que
después se ha considerado cosa despreciable y de poco valor, ha venido á ser un ramo
de lujo culinario: “Si Dios no lo remedía, ha de llegar el caso de que al convidar á
comer una persona rica á otra amiga suya, la diga, como cosa rara: «Tendremos un pla
tito de patatas fritas»” (El Espectador, 1661847: 4).
Otro producto valorado de forma muy distinta a la actual es el azafrán. Lo halla
mos en un folletín de El Heraldo, donde se reprende con dureza el uso que las coci
neras hacían, ya que “pone las salsas bonitas”. Tal condimento, leemos, lo omiten en
sus tratados MarieAntoine Carême y BrillatSavarin, referentes del arte culinario del
momento; sin embargo, en nuestro país, y en concreto en los campos de Murcia, le au
gura el autor un largo porvenir (1341850: 2).
El Genio de la libertad (2111856: 3) reproduce una noticia aparecida en Le Siècle
francés sobre la carne de caballo servida en varias escuelas de veterinaria. La reforma
de las costumbres gastronómicas en el país, dice el autor, propiciaría todo el carácter de
4. Conclusiones
Tras el análisis realizado, una primera evidencia parece clara: la gastronomía tuvo una
presencia importante en la prensa española del siglo XIX. Como se vio al principio de
este trabajo, los recientes estudios bibliográficos han puesto de relieve la abundante
producción editorial, lo que se refrenda, a su vez, por el importante peso que la gas
tronomía adquirió en las revistas y diarios de la época con noticias y artículos que,
según avanza la centuria, ocupan cada vez más espacio en sus páginas.
El célebre intercambio epistolar del Dr. Thebussem y Un cocinero de S.M.5, pu
blicado entre 1876 y 1882, fue probablemente el testimonio más riguroso del asunto
gastronómico en nuestro país. La investigación lo ha señalado siempre, coincidiendo
con los autores en la totalidad de sus afirmaciones; sin embargo, y como hemos se
ñalado, no se corresponden del todo con la realidad. Precisamente, nuestra investiga
ción nos lleva a disentir respecto al aserto de que la prensa tenía olvidada a la
gastronomía; al contrario, durante el siglo XIX, y sobre todo a partir de la década de
5
Dr. Thebussem es el pseudónimo de Mariano Pardo de Figueroa, Medina Sidonia (Cádiz),
1828. Estudio Latín y Filosofía y Derecho en Sevilla, Granada y finalmente Madrid, donde
obtuvo el grado de doctor en Jurisprudencia. Un cocinero de S.M es el pseudónimo de José
de Castro y Serrano, Granada 1829, donde se licenció en Medicina. Se trasladó después a la
Corte y alcanzó notoriedad como escritor.
1850, los periódicos fueron interesándose cada vez más por ella. En sus planas dieron
cabida a innumerables noticias, reflexiones y críticas. Su diversidad y abundancia ha
permitido proponer una original categorización formada por cinco grupos: historia de
la gastronomía, teoría gastronómica, publicidad, recetarios y curiosidades.
El primero ofrece noticias tanto de la Antigüedad como de la culinaria contempo
ránea; en él, Roma ocupa un lugar temprano y destacado. Acerca de la teoría gastro
nómica, su heterogeneidad permite abordar contenidos variados, donde la semblanza
de banquetes y la gula es una de las preocupaciones más sobresalientes. Junto a ellas,
la función social de las comidas, los hábitos y prácticas censuradas la inexistencia de
menús en los establecimientos, la insuficiente higiene de confiterías y fondas, permite
componer un retrato costumbrista pero, sobre todo, de la realidad objetiva de la gas
tronomía en España.
A través de la publicidad se muestra un repertorio de productos y servicios que
utilizaron esta técnica de comunicación comercial. Se han constatado escuetos avisos
de cocineros, de fondas, alimentos, almacenes y tiendas de ultramarinos. Se ha de su
poner, entonces, que existía una oferta y una demanda en este sector que diera sentido
a la inversión publicitaria, pues esta, además de utilizarse para la introducción de nue
vos productos, incrementa la demanda y acelera el consumo.
En cuanto a las recetas, el medio por excelencia para divulgarlas fueron los rece
tarios; sin embargo, podemos afirmar que, tras ellos, la prensa se convirtió en un so
porte estimable; y no solo las privativas de la mujer, sino que populares semanarios
satíricos como La Risa las publicaron desde sus inicios, e incluso otras prestigiosas re
vistas ilustradas La Ilustración española y americana, El Universo ilustrado ofre
cieron a sus lectores numerosas recetas, sobre todo en las dos últimas décadas del
siglo, cuando los asuntos gastronómicos ocupan más espacio en la prensa.
Por último, el grupo Curiosidades acapara noticias bien de productos insólitos en
la época las ostras, los nidos de Tonquin, bien de noticias luctuosas de conocidos per
sonajes, cuyos excesos en la mesa acabaron abruptamente.
Testimonios los referidos que, creemos, han de contribuir a un mayor conocimiento
del panorama gastronómico en España, pero también a plantear una revisión de cier
tas afirmaciones y teorías. Es necesario reivindicar y reconocer el papel de la prensa
como fuente de conocimiento para la gastronomía: la constatación de abundantes no
ticias significa también la conveniencia de abrir líneas de investigación en este campo,
lo que redundaría confiamos en sabrosas y nutridas aportaciones.
5. Referencias bibliográficas
ALTABELLA, José (1978): Lhardy. Panorama histórico de un restaurante román
tico 18391978. Madrid, Imprenta Ideal.
ALVAR, Manuel (1992): “Los diccionarios académicos y el problema de los neolo
gismos”, en El neologismo necesario. Madrid, EFE, pp. 5170: http://www.cer
vantesvirtual.com/obravisor/losdiccionariosacadmicosyelproblemadelosne
ologismos0/html/01099ca282b211dfacc7002185ce6064_6.html. [fecha de
consulta: 7 de marzo de 2014].