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COADO0408 - Fidel Prado - Aqui Murio Un Valiente

Buena novela del oeste
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COADO0408 - Fidel Prado - Aqui Murio Un Valiente

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CAPITULO PRIMERO

UNA SORPRESA DOLOROSA

Jackson Clayton, con la faz contraída por una rabia dolorosa que
era incapaz de reprimir, se encaró con Rex, su hijo, y señalándole
la puerta, exclamó fieramente:
—Esto se ha concluido, Rex... Es inútil cuanto he intentado para
hacer de ti un hombre decente y trabajador. Has cumplido
veintidós años, los más inútiles de cualquier vida y aun no has
podido enorgullecerte de saber que el pan y los porotos que has
comido un solo día, lo debiste a tu esfuerzo. Te has convertido en
un haragán, que sólo sirve para alternar en las tabernas, jugar,
beber y hacer el amor de mala manera a las infelices muchachas
del poblado. Has perdido una buena ocasión de formalizar tus
relaciones con Berta, que aburrida de tu proceder te ha enviado a
paseo y sólo sirves para desesperarme y desesperar a todos los de
esta casa.
»Esto no puede continuar. Te doy un plazo definitivo de una
semana para que busques trabajo y te las entiendas por ti solo. No
te pediré nada de lo que ganes y ojalá sea mucho, pero tampoco
volverás a recibir de mí un solo centavo. Y en cuanto a tu hermana
Katy, como me entere de que Sigue encubriéndote y te da algún
dinero para tus malditos vicios, tomaré con ella las medidas que
estime oportunas.

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»No pienses que cambiaré de opinión porque ella, como
siempre, me lo suplique. Me avergüenzo de ayudarte a ser un ser
despreciable y si quieres continuar siéndolo, al menos que no
tenga que culparme a mí mismo de ser el principal causante de
ello. El pueblo entero me censura más que a ti por mi blandura y
mi tolerancia y temo que esto llegue demasiado lejos. Hasta ahora,
has cubierto más que bien tus necesidades a costa mía y de tu
hermana, pero un día, tu declive por la pendiente te va a hacer
rodar demasiado bajo y antes de que cometas cualquier locura que
acabe de empeorar tu situación y me ponga a mí más en ridículo,
quiero acabar con esto. O buscas trabajo y te conviertes en un
hombre decente, o desapareces de aquí y que yo no vuelva a saber
del santo de tu nombre. Malo o bueno lo que hagas, que no llegue
a mis oídos y no tenga que sufrir por tu causa más de lo que llevo
sufrido.
»Esto es cuanto tengo que decirte. Procura aprovechar el plazo y
resolver la situación cuanto antes, porque pasada una semana te
negaré la entrada en esta casa.
Y el irritado viejo, dando media vuelta volvió la espalda a su
hijo y le dejó en el porche.
Rex, tenso y ceñudo, con la cabeza baja, se sentó en el banco
que había pegado a la pared y quedó como distraído contemplando
sin fijeza el paisaje que se abría ante sus ojos. Un paisaje vulgar,
constituido por la tierra abierta en surcos para arrojar la semilla y
sobre la superficie rayada un cielo azul claro, con un sol alegre y
luminoso que prendía oro en la amarilla o pardusca sementera.
Como Jackson, su padre, había afirmado, Rex era un muchacho
de veintidós años cumplidos, alto y espigado, agraciado de
facciones, aunque la vida intensa y nada sana que llevaba,
marcaban en su rostro las huellas de la disipación y la bebida.
Podía haber sido un buen agricultor como su padre o un
excelente vaquero, pues en el poco tiempo que prestó servicios en

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un rancho, había apuntado condiciones de buen peón, pero
abúlico, perezoso, más amante de la diversión y el vicio que del
trabajo, se había abandonado neciamente y ahora él mismo se
daba cuenta de que era muy tarde para iniciar una vida de
regeneración. Estaba marcado para engrosar la región de los sin
ley y más o menos tarde acabaría saltando la débil raya divisoria
que hasta entonces había respetado, quizá porque, como el
agricultor había asegurado, entre él y Katy le habían facilitado los
medios para evitar dar aquel pequeño salto.
Pero ahora la cosa iba a variar de aspecto, Jackson era tardo en
tomar resoluciones, pero cuando las tomaba era de granito para
mantenerlas. Rex sabía lo que significaba aquel ultimátum y debía
meditar sobre él.
Y meditaba, claro era que meditaba. Como si un sexto sentido le
hubiese advertido con anterioridad de lo que se le avecinaba,
llevaba algún tiempo pensando en una solución... Una solución
nada fácil, pero que tenía que resolver ahora con premura.
Su meditación fue cortada por la presencia de Katy, su hermana.
Katy era una muchacha linda, graciosa y llena de nervio que
contaba dos años más que su hermano Rex. De estatura media,
morena sin exageración, con los ojos muy negros y los labios muy
rojos, poseía una belleza serena y algo picante, que se adueñaba de
la voluntad de todo el que trataba con ella.
Trabajadora como pocas, llevaba el timón de la pequeña
hacienda ayudando mucho a su madre, cuando no acudía también
en auxilio del autor de sus días trabajando en la tierra como un
peón más y era de un carácter tan dulce, bondadoso y sensible, que
en todo momento estaba dispuesta a ayudar a cualquiera, aunque
fuese a costa del propio sacrificio.
Adoraba a su hermano Rex, a pesar de todos sus defectos. Era el
único hermano que tenía, junto a él se había desarrollado su
infancia y parte de su pubertad y aunque no dejaba de reconocer la

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inutilidad y el mal comportamiento del muchacho, sólo por evitar
disgustos a sus padres y por el cariño que sentía a Rex le había
sacado algunas veces de diversos conflictos, sacrificando sus
modestos ahorros que con tanto afán guardaba para su ya
anunciada y próxima boda con Lane Sherman, el cajero del Banco
ganadero del poblado.
Estos sacrificios monetarios de la muchacha habían, sido
descubiertos por su padre y Jackson, con sobrada razón, quería
cortarlos de raíz. Entendía que un vago como Rex no tenía
derecho a ir retrasando la boda de la muchacha, al comerse
aquellos pocos dólares que ella necesitaba para ir preparando su
ajuar.
Katy se acercó a Rex y dejando posar dulcemente su mano sobre
el hombro de él, dijo:
—Vamos, Rex, la comida ya está a punto. Entra.
—Déjame —la rechazó él con brusquedad—. No tengo apetito.
—Vamos, Rex, no seas así. Me das pena y quisiera tener en mi
mano la solución de tu problema. Comprendo que nuestro padre
tiene razón y tú debes comprenderlo igual... Rex, ¿por qué no lo
haces, siquiera por mí?
El la rechazó bruscamente, replicando:
—Déjame, Katy, no me sermonees tú también. Estoy harto de
oír siempre lo mismo y ya no tengo nervios para aguantarlo... Me
echa... Bueno, pues me iré... Claro que me iré y resolveré mi vida
por mi propia cuenta. ¿Crees acaso que me voy a morir de hambre
porque me neguéis un plato de porotos? Pues no, no lo verán
vuestros ojos.
—Rex, no digas simplezas. Debes seguir los consejos de nuestro
padre y...
—Guárdate tus consejos y los suyos. He dicho que resolveré mi
asunto yo solo y... ¡vaya si lo resolveré!

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Y con una brusquedad agresiva se levantó del banco y a grandes
zancadas se alejó de la cabaña.
Katy emitió un profundo suspiro de angustia y sintió que dos
lágrimas fáciles a la explosión acudían a sus ojos. Adivinaba que
el conflicto familiar no tendría fácil solución y temía por su
hermano.

***

Un sábado, dos días después, los empleados del Banco ganadero


se preparaban para abandonar el trabajo. Además de sábado era
final de mes y el trabajo había sido intenso para poder tener
ultimado el arqueo y balance de fin de jornada.
Lane Sherman, el cajero, era un hombre quizá demasiado joven
para un cargo de aquella responsabilidad, aunque se tratase de
llevar el movimiento económico de un Banco pueblerino. Contaría
poco más de los veinticinco años y había entrado cuando sólo
tenía dieciséis como ayudante de contabilidad, para en muy pocos
años ascender a cajero, a la muerte del titular acaecida un año
atrás.
Lane, alto, fuerte, varonil y de una elegancia poco común entre
hombres de su clase, había sabido granjearse la simpatía no sólo
del director de la entidad, sino de sus compañeros y de los
clientes. Era atento, bien educado, competente y trabajador y
aquellas excelentes dotes de empleado, eran su más seguro escudo
en el cargo. Lane llevaba tres años largos hablando con Katy, la
hija de Jackson Clayton, el agricultor. Este era un hombre también
de reconocida solvencia moral, aunque no se tratase de un gran
terrateniente.
Lane estaba preparando todo lo concerniente a la boda. No
quería casarse con precipitación sin antes disponer de lo más
necesario para un hogar, pero tampoco quería demorar mucho el

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acontecimiento. Anhelaba poner término a su noviazgo y vivir una
vida tranquila y sosegada dentro de su modestia.
Las puertas del Banco estaban a punto de cerrarse, cuando el
director entró en las oficinas y acercándose a Lane preguntó:
— ¿Está todo listo, muchacho?
—Casi todo, señor Payne. Tengo todos los balances reunidos y
sólo me falta repasarlos para comprobar que no hay error y hacer
los cómputos. No he podido hacerlo, pero lo tengo reunido en una
carpeta y esta tarde, después del almuerzo, emplearé un par de
horas y lo dejaré todo arreglado. El lunes por la mañana cuando
entremos al trabajo se lo entregaré para su examen.
—Gracias, Lane, se lo agradeceré, porque lo necesito. Tengo
algunas peticiones de préstamos y quiero antes de decidir, saber
cómo están nuestros saldos.
Se despidió abandonando el Banco. El personal recogió
cuidadosamente todo el material y daban las dos cuando Lane,
seguido de los cuatro subalternos, abandonaba el edificio.
Lane salió el último y cerró con llave la puerta, asegurándose de
que quedaba bien cerrada. Luego, se guardó las llaves, pues él
sería quien el lunes abriese, según costumbre.
Sólo existían dos llaves del Banco. Una en poder del director y
otra la que él se reservaba.
El cajero salió charlando con sus compañeros y aun antes de
comer, fue invitado a tomar un whisky. El ayudante de caja
acababa de ser padre de una criatura y había querido celebrar el
suceso invitando a sus compañeros.
Después de tomar el whisky y discutir algunos puntos del
trabajo, Lane se dirigió a casa de sus tíos con los que vivía. El
joven se había quedado huérfano siendo casi un niño y habían sido
sus tíos los que se cuidasen de su educación, hasta que estuvo en
condiciones de empezar a valérselas por sí solo.

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Lane saludó alegremente a los dos viejos y se sentó a la mesa ya
preparada. Sentía prisa por realizar aquella operación inexcusable
y después terminar el trabajo pendiente, para gozar de su asueto
visitando a Katy. Y fue entonces, al sentarse a la mesa y mirar
hacia las horas futuras del día, cuando se dio cuenta de que con la
charla, había dejado olvidada en la caja la carpeta de los balances.
Malhumorado comentó:
— ¡Maldita sea!... Tenía que hacer un trabajo urgente y me he
dejado los papeles en el Banco.
— ¿Es que vas a trabajar fuera de las horas de oficina, Lane? —
preguntó su tía con reproche.
—Debo hacerlo así, tía. Hoy es fin de mes y me queda algo por
resolver. Cosa de dos o tres horas nada más. Cuando haya comido,
volveré en busca de la carpeta.
Suerte para él era que poseía la llave y no tendría que molestarse
en ir en busca del director para pedírsela. La sacó del bolsillo, la
introdujo en la cerradura y después de pasar al interior, cerró
cuidadosamente para evitar sorpresas.
Había alcanzado el pequeño vestíbulo, cuando se detuvo
inquieto y con el oído atento. Si no era ilusión de sus sentidos al
otro lado de la opaca cristalera, dentro de las oficinas, había oído
ruido y esto, lógicamente, era inadmisible, porque en el Banco no
quedaba nadie después de la hora de cierre.
Alarmado, buscó el pequeño revólver que poseía en previsión de
posibles contingencias y amartillándolo con decisión, avanzó de
puntillas hacia la puerta y volvió a escuchar.
Ya no era posible la duda. Alguien había dentro de la oficina y
quien fuese, no podía estar allí más que con una misión clara y
determinada: la de forzar la caja.
Y un estremecimiento angustioso le sacudió todo el cuerpo. No
podía explicarse cómo habían podido entrar, pues la cerradura no
estaba forzada, lo había comprobado al abrir.

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¿Cuántos serían los atracadores? Erguido junto a la puerta se
quedó dudando. No sabía si irrumpir por sorpresa en las oficinas o
retroceder para dar la voz de alarma y pedir auxilio.
Su vacilación fue breve. Si salía y provocaba la alarma, estaba
seguro de que quien estuviese tratando de desvalijar el Banco se
defendería y habría tiros. Posiblemente de los disparos saldría
alguna víctima inocente que él debía evitar y lo haría con
exposición de su propia vida.
Si lograba sorprender a quien fuese, la ventaja estaría de su lado
y no le daría tiempo a disparar, en el caso de que lo intentase. Lo
mejor era la sorpresa y se decidió valientemente por ella.
Empuñó suavemente el manillar de la puerta de entrada a la
oficina y observó que cedía con facilidad. Ya bien asido, empujó
con sumo cuidado la hoja para que no produjese ruido alguno y
poder echar un vistazo a través de la rendija. Si lo conseguía,
tendría tiempo de abarcar la situación y saber el número de
salteadores con los que tendría que habérselas.
Entreabrió tan suavemente que la puerta no produjo el menor
ruido y cuando la abertura se lo permitió, miró a través de ella.
Pronto comprobó que sólo se trataba de un ladrón. Estaba vuelto
de espaldas a él, inclinado sobre la caja fuerte y manipulaba en la
cerradura con algo que tenía en la mano. A sus pies, había un rudo
martillo y un ancho escoplo.
Lane se sintió más aliviado al comprobar que tendría que
enfrentarse con un solo hombre y con decisión empujó
bruscamente la puerta hasta abrirla por completo y presentando la
boca del revólver apuntando al intruso, gritó con voz firme:
— ¡Arriba las manos! ¡Rápido o disparo!
El salteador vibró como un muelle e incorporándose, giró el
cuerpo presentando el frente al cajero, al tiempo que llevaba la
mano al costado para sacar su «Colt», pero un doble grito de
asombro al brotar de sus gargantas paralizó sus movimientos:

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— ¡Rex!
— ¡Lane!
Una palidez mortal había cubierto el rostro de los dos hombres y
cada uno por un distinto sentimiento. Rex, por verse sorprendido
en aquel acto delictivo y más por la última persona que él hubiese
querido que se enterase de su reprochable acción y Lane, por el
dolor y la angustia que le producía saber que el salteador era nada
menos que el hermano de la mujer a quien amaba. Los dos se
contemplaron por unos instantes con rabia infinita y Rex más
impetuoso, bramó:
— ¡Tú, maldito sea tu corazón! ¿A qué has venido?
Lane adivinando en Rex el deseo brutal de eliminarle para tapar
su boca, en lugar de contestar a la pregunta, advirtió:
—No muevas esa mano, Rex... no la muevas, porque aunque
seas quien eres, dispararé sobre ti. Entre tu cochina e inútil vida y
la mía, la elección no es dudosa.
Avanzó paso a paso sin pestañear, pendiente de la brutal
reacción de Rex. Sabía que sus vidas pendían de un delgado hilo y
quería evitar que las armas tronasen mortalmente.
Rex mordiendo las palabras, amenazó:
—No avances, Lane... No avances, porque te mataré.
—No te daré tiempo, Rex. Piénsalo.
—Es igual. Me matarás, pero... jamás te casarás con mi
hermana. Ella no consentirá unir su vida al hombre que...
Lane de un salto felino, le afianzó la mano tensa y trató de
desarmarle. Rex intentó defenderse y usar del arma, pero el joven
cajero, más vigoroso, más rabioso quizá que él y más decidido a
no permitir que Rex usase del arma, apretó la mano del joven con
una fuerza que parecía centuplicada por la ira. Rex, nada blando,
intentó desasir la presa para disparar y Lane, antes de darle tiempo
de intentarlo, aplicó un duro golpe en el cráneo del salteador con
el cañón del arma y obligó a Rex a emitir un aullido de dolor.

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Esto le impulsó de un modo inconsciente a pretender llevar la
mano al lugar golpeado y aquel movimiento bastó para que Lane
pudiese afianzar el revólver de su contrario y de un brutal tirón,
arrancarlo del cinto con la funda adherida a él.
Seguro de haberle anulado, le soltó retrocediendo para volver a
encañonarle. Ahora, le tenía a su albedrío y ya nada tenía que
temer de él.
Rex medio atontado por el golpe, lo miró con ojos que la rabia
había encendido en tonos sanguinolentos y bramó:
—Bien, ¿qué haces que no disparas?
—Yo no soy un asesino como tú pretendías serlo.
— ¡Claro! ¡Tú no te jugabas la libertad y yo sí!
— ¿Fue culpa mía que la hipotecases en una acción tan indigna
como ésta? Tu carrera reprochable pretendías culminarla con una
acción tan baja y miserable. De vago y hombre inútil convertido
en salteador. ¿Es ese el ejemplo que has recibido de los tuyos?
— ¿Quieres no sermonearme más? Siempre me has odiado
como a una rata sarnosa y de haber podido, me hubieses anulado
para siempre. Ya lo has conseguido. ¿Qué esperas para ultimar tu
obra? Ganarás una recompensa a costa de mi prisión, te ensalzará
todo el poblado por tu rasgo de valor y... es posible que mi
hermana se arrodille a tus pies agradeciéndote lo que hagas
conmigo.
Lane, que sudaba como un condenado, pues estaba pensando
precisamente en el dolor que podía causar a su prometida y a sus
padres, adivinaba toda la malsana intención de las palabras de
Rex. Le estaba tendiendo una sólida cadena para anularle y llevar
a sus labios rebosantes de hiel, la copa de la amargura en sus
futuras relaciones con Katy.
Lane con voz ronca, afirmó:
—Eres doblemente vil y canalla, Rex. No sólo te ensucias con
esta acción, sino que vas a echar sobre el honor de los tuyos el

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cieno y la vergüenza de tus actos. ¿Por qué no te habrán
despenado de una vez en una de las muchas peleas que has
sostenido con los de tu igual?
—Será porque fui más valiente y hábil que ellos, pero no
sucedió y la cuestión es ésta. ¿Qué haces que no me sacas de aquí
con el revólver apoyado en la espalda y me entregas al sheriff?
—Lo haré, si éste es tu deseo, Rex. Lo que pueda suceder entre
tu hermana y yo después está por saber, lo que no tiene duda
alguna, es lo que va a suceder contigo. Irás a un presidio para
muchos años y de esto no te salvará nadie. Tengo en mis manos tu
libertad y sólo yo puedo decidir sobre ella.
—Cierto y eres tan generoso y tan ecuánime que sabrás usar de
ella dignamente.
— ¿Pretendes desesperarme? ¿Olvidas que puedo disparar sin
responsabilidad alguna? Te he sorprendido tratando de forzar la
caja y todos me elogiarían por haberte suprimido. Creo que si
estuviese seguro de no producir un nuevo e innecesario dolor a los
tuyos, lo haría de buena gana, aunque no soy un sanguinario. Al
final me lo agradecerían, porque si no lo hago yo ahora, alguien lo
hará algún día y ese dolor inmerecido no se lo evitará nadie.
—Es posible, pero tampoco les evitarás el dolor de que fueses tú
precisamente quien lo hiciese, sin esperar a que el trabajo lo
realizase otro... si pudiese.
—Te comprendo. Estás buscando un escudo para tu seguridad
en el amor que nos tenemos tu hermana y yo. Has sido tan indigno
toda tu vida, que no sólo has pagado su cariño con oprobio sino
que la has explotado vilmente y ahora, sin hacerlo, suplicas tu vida
a cambio de que ella siga protegiéndote aún sin saberlo. Eres lo
más despreciable que ha pisado la tierra.
—Está bien, Lane. Todo esto son discursos, ¿qué decides?
—Cumplir con mi deber —repuso el joven fieramente—.
Entregarte. Vamos... sal por delante.

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El rostro de Rex se cubrió de mortal palidez al oírle. Le había
estado incitando creído que no se atrevería a hacerlo y había
abusado de la ironía. El miedo le dominó y cambiando de tono,
suplicó:
—Lane, tú no puedes hacer esto... por ella.
— ¿Ahora lo crees así? ¿Por quién me has tomado?
—No puedes hacerlo, Lane. La matarías de vergüenza y aunque
lo dudes yo quiero mucho a mi hermana, porque ha sido conmigo
demasiado buena, Lane... haz algo, no ya por mí, sino por ella...
— ¿Crees que puedo creer que no es el miedo el que te dicta
ahora esta súplica?
—Te juro que no, Lane. Escúchame y después decide. Yo estaba
dispuesto a marcharme, porque mi padre me había dado un plazo
de una semana para cambiar de vida o abandonar esto y quería
irme pero no tenía dinero y lo necesitaba, por esto decidí asaltar el
Banco. Me escondí esta mañana en el desván sin que nadie me
viese y esperé a que no hubiese nadie para desvalijar la caja y
tener lo preciso para escapar. Lo hubiese hecho inmediatamente,
dejándoos a todos tranquilos para siempre. Yo te prometo que si
me dejas salir sin entregarme, me iré inmediatamente y mi
hermana se evitará el dolor de verme en un presidio y tú no estarás
expuesto a que ella te tome en consideración que me hayas
entregado al presidio y hayas emborronado el honor de los míos.
A fin de cuentas, no llegué a forzar la caja ni me llevé nada de
ella. Si tú no lo dices, nadie sabrá que he intentado desvalijar el
Banco.
Lane sostenía una lucha terrible entre su amor a la joven, entre
el dolor y el deshonor que podía arrojar sobre ellos y entre su
deber y su honradez, pero la imagen de Katy pudo más que todas
las cosas y con voz ronca, exclamó:
—Es algo que no mereces, Rex; algo que me estará pesando
toda la vida sobre la conciencia como una losa de piedra, pero por

18—
los tuyos más que por mí, voy a darte esta oportunidad que no
debía ofrecerte. ¿Me prometes salir inmediatamente de aquí y no
volver... a menos que lo hagas rehabilitado y convertido en un
hombre de provecho?
—Te lo juro por el amor de mi hermana que es lo único que
quiero en el mundo.,
—Está bien. Recoge esas herramientas y disponte a salir delante
de mí.
—No, esto no... Me verían y...
—Si sales conmigo, aunque te vean, nadie tiene por qué pensar
mal. Ibas a ser mi futuro cuñado y aunque tu conducta no es grata
a la gente, todavía no te conoce nadie como ladrón y salteador. Sal
por delante y déjate de escrúpulos idiotas.
Rex se dispuso a obedecer. Recogió el martillo y el escoplo y se
lo guardó en los bolsillos. Lane vació de cápsulas el revólver y se
lo entregó.
El cajero, completamente aplanado, buscó la carpeta y la
recogió. Luego salió al vestíbulo con Rex.
Ya allí, llevó la mano al bolsillo, sacó sesenta dólares que tenía
y entregándoselos, dijo:
—Toma, para que tengas con qué llegar lo más lejos posible.
Cuando esta noche vaya a ver a tu hermana quiero saber que ya no
estás en el pueblo. Si te encuentro en él iré a ver al sheriff y le
daré cuenta de todo.
Y abriendo la puerta le hizo salir delante de él. Rex se apresuró a
abandonarle para dirigirse a la casa de sus padres y Lane, casi
dando traspiés a causa de la terrible emoción que le embargaba, se
dirigió de nuevo a la morada de sus tíos.

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20—
CAPITULO II

UNA PARTIDA BORRASCOSA

Rex no perdió tiempo en abandonar Colton, el pequeño poblado


de la parte central de Utah, donde había visto por vez primera la
luz del sol y donde había transcurrido su joven e inútil vida en un
ambiente equívoco del que, a pesar de todo, no podría conservar
un grato recuerdo.
Cuando llegó a la cabaña se dirigió a su dormitorio, seleccionó
un poco de ropa que metió en un viejo saco de viaje y lo llevó a la
corraliza donde guardaba su caballo, única cosa de valor que
poseía y que más de una vez había hipotecado para jugar al póker.
Sólo a la generosidad de su hermana debía haber podido
conservarlo, pues si ella no hubiese abonado el importe de sus
empeños a cuenta del caballo, a aquellas horas ya no sería suyo.
Rex sentía mucha prisa por escapar. Parecía sentir una sensación
de vergüenza ante el temor de tener que enfrentarse de nuevo con
Lane. Le parecía que él no iba a poseer fuerza de voluntad
bastante para guardar el terrible secreto y aunque Rex era un
hombre despreocupado le causaba rubor que su hermana llegase a
tener noticia de su innoble acción y quería evitarse el tormento de
tener que permitir que ella le mirase a los ojos y pudiese leer en
ellos la culpa de sus actos. Tampoco quería despedirse de la

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muchacha. Sabía el dolor que le iba a causar y no merecía la pena
producírselo. A fin de cuentas, todos y cada uno se alegrarían de
su ausencia que les libraría de la pesadilla que él suponía en sus
vidas.
Era media tarde, cuando, desde la ventana, descubrió a Katy
dirigiéndose a los sembrados para ayudar a su padre. Era el
momento ideal para no ser visto, y sacando el caballo de la
corraliza lo llevó de la brida un buen trecho y luego, saltando a la
silla, se alejó con dirección norte.
Cuando dejó atrás las últimas casas del poblado y volvió la
vista, sintió por vez primera en su vida un vacío hondo dentro de
él. Aunque frívolo y despreocupado, empezaba a darse cuenta de
lo que iba a significar para él perder el cobijo del hogar, aunque
frío por su culpa, y el afecto sincero y magnánimo de su hermana.
De allí en adelante carecería de hogar propio y de una mano
cariñosa que se preocupase de él aun sin merecerlo.
Y fue entonces cuando calibró con todo su valor lo que
significaba para él el cariño de Katy. Jamás podría olvidarla por
lejos que se ausentase y jamás le pagaría la más mínima parte de
cuanto había hecho por él. Y esta consideración le llevó a otra
faceta de su afecto por Katy. Era en ese momento solemne de su
vida, cuando al recordar la escena del Banco ponderó lo próximo
que había estado de matar a Lane sólo para cerrar su boca y evitar
que éste pudiese divulgar su hazaña y llevarle a un presidio.
Lo ponderaba, no por él ahora, sino por ella, y pensaba con
miedo en el daño irreparable que le hubiese causado, pagando mal
por bien, de haber matado al hombre que lo constituía todo en su
vida Hubiese sido un nuevo Caín cuya conciencia, por
empedernida que estuviese, no le habría dejado conciliar el sueño
en los días que le restasen de vida.
Y se alegraba infinito de la actitud de Lane. Siempre le había
odiado, porque sabía que Lane también le odiaba a él, pero aquel

22—
acto de magnanimidad atenuaba un tanto el rencor y, sin poder
evitarlo, le agradecía lo que había hecho por él.
Ya todo se había roto y el ayer quedaba a su espalda. Una nueva
vida mala o buena, quizá más mala que buena, se abría ante él y
tendría que resolverla por sí solo. Ya no encontraría el lecho
preparado y el plato en la mesa ni conseguiría con halagos o
lamentaciones los cuatro o cinco dólares para sus vicios. Ahora,
todo aquello tendría que procurárselo por sí solo y no sabía cómo
ni cuándo lo conseguiría.
Tenía sesenta dólares en el bolsillo, los mismos que Lane le
había entregado. Con ellos debería empezar a defenderse hasta que
su sino decidiese cómo habría de procurarse el resto de allí en
adelante.
Su caballo caminaba a buen paso, siguiendo la dirección paralela
a la sierra. La espina dorsal un tanto retorcida en medio círculo del
Spanish Fort Feak, se distendía a su derecha y su pensamiento
empezaba a fijarse en Provo, el nutrido poblado próximo al lago
Wtah, donde acaso pudiese encontrar un ambiente propicio para
iniciar su nueva ruta.
Tenía por delante unas sesenta millas de distancia bordeando la
cadena montañosa que debería rebasar por su parte más alejada
para alcanzar el poblado. Una jornada dura, si tenía en cuenta que
con las prisas no se había procurado vituallas en su saco de viaje y
tendría que alimentarse durante un par de días hasta llegar a
Provo.
Cierto era que podía hacer escalas en el viaje. No era un
proscrito ni un perseguido, gracias a la generosidad de Lane, y
nadie podía pedirle cuentas de sus actos ni de sus idas y venidas.
Mientras tuviese dinero para pagar era libre como el ave para
posar el vuelo donde le pareciese.
Por ello, decidió hacer noche en Tucker. Las doce millas que le
separaban del poblado las ganaría con facilidad poco después de

—23
anochecer. Al día siguiente seguiría ruta para pernoctar en Thistle
y luego, en un viaje más prolongado, se encontraría en Provo.
Después, la incógnita del mañana, pero esto no parecía
preocuparle mucho de momento. Hombres como él fácilmente
adaptables a todos los climas, tenían muchas posibilidades de
decidir su camino, porque ya la delimitación de la Ley estaba
saltada aunque fuese en esencia.
Según sus cálculos, llegó a la diez de la noche a Tucker y
cansado, buscó la posada, cenó y se acostó. Quizá por vez primera
en su vida no sintió la irresistible atracción de las tabernas y el
juego pudiendo en él más que cualquier otro sentimiento.
Por la mañana, desayunó, montó a caballo y emprendió la ruta
con arreglo al plan trazado. Anhelaba llegar a Provo y todo lo
sacrificaba a este deseo.
Llegó también de noche, pero esta vez su voluntad flaqueó.
Llevaba dos días sin beber, sin ver unos naipes y sentir la
sensación inquietante del albur y no podía aguantar más.
Necesitaba como una válvula de expansión oler el whisky saborear
su acre perfume, manosear unas cartas entre sus dedos duros y
curtidos y gozar de la incierta emoción de la fortuna.
Por ello, después de buscar alojamiento y cenar, decidió hacer
una visita a las tabernas del poblado.
Thistle no era una urbe muy populosa, pero tampoco un pequeño
villorrio de la ruta. Poseía ferrocarril y un enclave con el central
que descendía hacia el Sur y era ruta obligada para Provo, o bien
para cruzar hacia el Oeste, camino de Payson.
Por ello se veía bastante concurrido y a diario se observaban
rostros nuevos de marchantes que paraban unas horas, para
después desaparecer como habían llegado. Cuando llegó a la
posada y contrató su habitación, observó que en ella había
bastante movimiento. La hospedería se hallaba casi toda ocupada

24—
y en el comedor pudo comprobar que se reunían casi dos docenas
de huéspedes.
Cuando le destinaron una pequeña mesa en un rincón y en tanto
le servían la cena, se entretuvo en examinar los rostros de cuantos
le rodeaban y no tardó en fijar su atención en cuatro hombres que
no muy lejos de él ya estaban atacando los bien colmados platos y
gastando bromas, al parecer inocentes.
Pero pese a su trivial conversación y a su aspecto de simples
peones de algún rancho, el ojo observador de Rex y su costumbre
de alternar con gente no muy recomendable, creyó descubrir en
ellos algo más de lo que aparentaban.
Para vaqueros los consideraba demasiado talludos. Eran ya
hombres de treinta y tantos años, de aspecto rudo y curtido, de
ademanes bruscos y sobre todo, de mirar incierto. Mientras reían
se les notaba ese aspecto inconfundible de los vaqueros que no
sabiéndose seguros en ningún sitio, viven siempre alerta, mirando
de soslayo en derredor y con el brazo presto a volar a la cintura en
busca del «Colt», única garantía de sus vidas y su libertad.
Pero esto era muy corriente en el Oeste. Hombres temerosos de
algo los había a cientos y unos mejor y otros peor, ningún poblado
se libraba de su presencia.
Rex los estuvo examinando atentamente, tanto, que sus rasgos
quedaron impresos en su retina con tal fuerza, que posiblemente
les volvería a reconocer aunque pasaran docenas de años sin
verlos. Era un instinto propio de hombres que como él estaban
destinados a seguir una misma e inquieta ruta.
Entre los cuatro había uno que atraía más su atención que los
demás. Era más enérgico, más autoritario y sus ademanes eran los
del hombre que está acostumbrado a mandar y a ser obedecido.
Rex le catalogó como el jefe del cuarteto, y hombre áspero y
decidido si no estaba equivocado.

—25
Antes de que el joven concluyese de cenar el cuarteto abandonó
el comedor, pero Rex estaba seguro de volver a encontrarlos en
alguna taberna del poblado. No tenían aspecto de hombres que se
retirasen decentemente a dormir a horas normales ni que perdiesen
su tiempo paseando a la luz de la luna.
Sin saber por qué, sintió tal curiosidad hacia ellos, que cuando
terminó su cena y se dispuso a salir, se acercó al mostrador de
recepción y preguntó al empleado:
—Oiga, ¿quiere decirme quiénes son estos cuatro hombres que
acaban de salir juntos hace unos minutos?
— ¿Cuatro? Ah, sí; son vaqueros, según han dicho y regresan de
entregar un pequeño hatajo de astados en Scofield. Si le interesan
sus nombres aquí los tiene:
Y le mostro el libro de entrada.
Rex lo examinó con curiosidad, sus nombres eran: Alan Fisher,
Tiny Dunham, Rudd Shingles y Robert Wayne.
A juzgar por el orden de inscripción, Rex juzgó que el que
consideraba como jefe era el llamado Fisher. Dando las gracias
salió a la calzada. Esta se hallaba sumida en sombras, pero a lo
largo de la calle, se destacaban varias lámparas que se mecían al
fresco de la noche, colgadas sobre las jambas de algunas puertas.
Correspondían, según pudo comprobar después, a las varias
tabernas abiertas al público.
Rex caminó lentamente por la calzada, echando vistazos al
interior de las tabernas a través de las puertas giratorias, hasta que
al llegar a una de ellas descubrió sentados ante una mesa a tres de
los cuatro huéspedes sospechosos, con los que había alternado en
el comedor de la fonda.
Faltaba uno, pero no el que él consideraba como jefe y lo buscó
con curiosidad, debía haberse quedado en otro establecimiento,
porque no consiguió localizarle, Rex se sentó no muy lejos de

26—
ellos y pidió whisky. Parecía un hombre aburrido, deseando que
alguien le brindase un rato de esparcimiento.
Sin saber por qué miró casi con insolencia al terceto.
La curiosidad se había mezclado con algo de antipatía y en
aquellos momentos su desasosiego parecía reclamar dentro de él
un dinamismo agrio y peligroso, algo que calmase con virulencia
la desazón que le estaba dominando, al dejar volar su pensamiento
hacia atrás y pensar en todo lo que le había sucedido en aquel par
de días memorables.
Alan Fisher, pareció observar aquella mirada un poco burlona y
apagada de Rex y con acento aburrido exclamó:
—Es lástima que Payne se haya quedado con ese amigo que
encontró en el camino, porque podríamos haber organizado una
pequeña partida de poker. Resulta muy aburrido beber sin hacer
nada y más aburrido irse a la cama tan temprano.
Otro del trío indicó:
—No creo que falte por aquí alguien que quiera echar una
partida con unos vaqueros tontos. Mataríamos un par de horas
antes de irnos a dormir.
—No estaría mal, Tiny —afirmó Fisher— una partidita
modesta, porque nuestros sueldos no nos permiten exponer
mucho, ya lo sabes.
—Claro, claro... a dólar la apuesta máxima.
Fue entonces cuando Alan miró con descaro a Rex y le preguntó
sonriendo:
— ¡Eh, amigo! usted que parece tan aburrido como nosotros,
¿no quiere entretenerse un poco jugando un póker?
Rex con gesto inocente, contestó:
—No soy un gran jugador, pero siendo una cosa modesta puedo
exponerme.
—Pues acérquese. Será una partida de amigos.

—27
Rex cambió de sitio, pero algo le puso en guardia. Por ello,
colocó su asiento de forma que la mesa no le privase de libertad de
movimiento si necesitaba emplearse con velocidad y sin estorbos.
Pidieron una baraja y empezaron a jugar. La partida parecía
tranquila y monótona. Nada observaba en sus compañeros de
juego y por un momento llegó a pensar si se habría equivocado al
juzgarlos.
Pero a la hora de estar jugando sin que las pérdidas y ganancias
mereciesen la pena de ser tenidas en cuenta, su práctica del
ambiente empezó a descubrirle ciertos detalles que le obligaron a
sonreír. Los naipes nuevos que les habían entregado presentaban
ahora a su aquilatado tacto, ciertas menudas marcas que, a través
del juego, el trío estaba practicando en los naipes.
Y empezó a tomar nota de ellas. Eran marcas que sólo hombres
acostumbrados a jugar mucho y con gente peligrosa podían captar.
Y así, observó cómo los ases estaban marcados en una esquina y
los reyes en el centro. No tardando mucho aquellos tipos estarían
en condiciones de apropiarse de las bazas a su capricho, pues eran
hábiles barajando y repartiendo las cartas.
Más atento que nunca seguía intensamente el manejo de los
naipes, sobre todo cuando Alan los repartía. Por dos veces, recibió
dobles parejas de reyes y damas y un trío de ases pero cuando
inició el envite y Alan le revocó más alto sobrepasando la tasa que
se habían fijado, rechazó el envite con gran sorpresa de su
contrincante que no se explicaba cómo no había aceptado las
cartas que le había facilitado, aunque a la hora de descubrir el
juego, él podía haber mostrado un poker o una escalera de color en
su contra.
Y Rex, sonriendo para sus adentros, decidió dar una lección de
aquello a sus rivales. También él había aprendido mucho con el
tiempo y sabía hacer con los naipes lo que quería, aunque los
hubiese marcado otro.,

28—
Y con una habilidad extraordinaria cuando le tocó dar las cartas,
lo hizo de tal forma, que entregó a Alan un poker de reyes, al
tiempo que se reservaba para él uno de ases.
Lo hizo con tanta maestría, que no permitió que nadie pudiese
captar las cartas que se había reservado. Los dos compañeros de
Alan tiraron sus cartas y sólo quedó Fisher frente a Rex.
Este tenía sus naipes bien ocultos en su mano y parecía indeciso.
Alan indicó que estaba servido y Rex fue en busca de una carta.
—Si no le parece mal —dijo Fisher— abro con cinco dólares.
—Creo que puedo doblarlos —indicó Rex.
—En este caso, ¿por qué no nos jugamos el resto? —preguntó
su contrincante.
—Son cuarenta dólares los que poseo —dijo Rex— acepto.
—Contra un poker de reyes —indicó Fisher extendiendo las
cartas.
—Una gran jugada, si el mío no fuese de ases —repuso Rex
sonriendo con burla.
El falso vaquero tradujo aquella sonrisa de burla y se envaró.
Comprendía que aquel tipo inocente le estaba gastando una broma
muy pesada y su orgullo de hombre hábil no aceptaba, que nadie
le zarandease en aquel terreno.
Medio levantándose, indicó:
— ¿Me permite?
Y tomando las cartas las examinó indicando la esquina con la
pequeña marca.
—Oiga —dijo amenazador—. ¿Es ésta su habilidad? Estos
naipes están marcados.
—En efecto y los de usted también, ¿lo olvida? Me ha costado
una hora descubrir que lo habían realizado ustedes y he creído
llegado el momento de que todos nos aprovechemos de la ventaja.
Fisher se puso completamente en pie y Rex le imitó. El primero
con gesto amenazador, preguntó:

—29
— ¿Quiere acusarme de que yo los he marcado?
—Quiero demostrarles nada más que no nací tonto. Eso es todo.
Reinó un breve espacio de angustioso silencio en el que los
cuatro con los brazos tensos, parecían inclinados a llevar las
manos al costado. Rex se había retirado lo suficiente del asiento
para no sentir impedimento alguno a la hora de actuar y Alan, con
el rostro contraído por la rabia, parecía sostener consigo mismo
una fuerte lucha, entre su deseo de pelear y algo que le aconsejaba
no hacerlo.
Con un brusco movimiento aflojó su brazo diciendo a sus
compañeros:
—Quietos... No es momento de pelear. Ahí tiene su dinero,
amigo, pero... le aconsejo que ponga mucha distancia entre su
caballo y los nuestros, porque si alguna vez nos encontramos en
algún sitio... terminaremos este asunto de otra manera.
—Si alguna vez nos encontramos no me apartaré de la senda que
lleve marcada.
Alan se separó de la mesa, añadiendo:
—Vámonos, muchachos. Hay que buscar a Rudd e irnos a
dormir. Mañana nos aguarda una buena jornada.
Y como si nada hubiese ocurrido abandonaron la mesa, dejando
sobre ella el dinero que Fisher había perdido. Rex lo recogió,
guardándoselo, y quedó pensativo. No se explicaba por qué aquel
trío que había estado en condiciones ventajosas para hacerle
frente, se había retractado de la pelea, demostrando una cobardía
que él estaba seguro no poseían.
Y tras mucho pensar, lo achacó a que el miedo les impedía amar
gresca. Cuarenta dólares seguramente no valían tanto como su
libertad y algo les atemorizaba obligándoles a tragarse su rabia.
Pero no por eso podía desdeñarlos. Sabía que si volvían a
encontrarse en otras condiciones, no vacilarían en liquidar aquel

30—
asunto a su manera y debía tenerles presente en cualquier
momento.
Rex permaneció en la taberna un buen rato. Había aumentado su
pequeño capital, pues antes ganaba ya unos veinte dólares y
aunque todo reunido no era mucho, significaba unos días más de
despreocupación. Era más de la una cuando decidió retirarse a la
posada, pero al abandonar el bar, sintió el miedo de que le
estuviesen esperando a la salida para largarle algún tiro en la
obscuridad. Esto era muy corriente entre gente de aquella calaña.
Esperó hasta que un par de clientes se decidieron a abandonar la
taberna y confundido con ellos salió a la calzada. Nada sucedió y
amparándose en las sombras de las fachadas, se alejó camino de la
fonda.
Cuando llegó a ella, entró con precaución y subió a su cuarto sin
producir ruido. No era cobarde, pero conocía a aquella clase de
gente y sabía que no podría confiarse en lo más mínimo.
Ya en su habitación colocó una silla en posición inestable contra
la puerta, puso sobre ella la jofaina de metal, apoyada sobre el
tablero y se acostó con el revólver bajo la cabeza. Cualquier
intento de forzar la entrada sería denunciado por aquel aparato al
caer.

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32—
CAPÍTULO III

CUANDO DESPIERTA UNA CONCIENCIA

Despertó cerca de las nueve y vistiéndose con cierta premura,


descendió al comedor. Tenía prisa en desayunar para emprender el
camino de Provo.
Antes de entrar en el comedor, sintió curiosidad por saber qué
había sido del notable cuarteto y al pasar por delante del
mostrador preguntó al encargado:
— ¿Qué ha sido de Alan Fisher y sus compañeros?
— ¡Ah!... salieron hace un rato.
— ¿Quiere decir que se han ido del poblado?
—Pues no lo sé. La habitación la habían pagado por adelantado.
Si vuelven, habrán de abonarla de nuevo.
Despreocupándose de ellos, entró en el comedor donde le
sirvieron el desayuno. Estaba casi concluyendo cuando su oído
afinado captó el algo apartado, pero característico vibrar de unas
detonaciones.
Se levantó intrigado y miró hacia fuera por las dos ventanas que
daban a la calzada. Nada anormal descubrió y se preguntó qué
habría sucedido. Hasta que de repente estalló la conmoción. La
calle se pobló de hombres y mujeres que corrían, asustados y
alguien refugiándose en la fonda, clamó:

—33
—Ha sido horrible... Asaltaron el Banco y al huir los ladrones,
el señor Warren, el cajero, salió tras ellos dando gritos de alarma.
Dispararon sobre él y le clavaron varias balas en el cuerpo. Allí
está, en la plaza, con la cabeza hundida en el polvo. ¡Oh, qué cosa
más terrible!
El encargado de la fonda acertó a preguntar:
— ¡Dios de Dios! ¿Quién lo hizo?
—No sé... He oído decir, que eran cuatro... parecían vaqueros y
escaparon hacia el Norte.
Rex sintió un extraño estremecimiento al oír la noticia. Para él,
no había duda sobre la identidad de los salteadores. Habían sido
los cuatro falsos vaqueros que se hospedaran allí hasta momentos
antes y ahora se explicaba por qué la noche anterior habían
rehuido pelearse con él. Tenían planeado el asalto al Banco y la
situación no merecía provocar la reyerta y con ella hacer abortar
sus planes.
Siguiendo un impulso irresistible abandonó la fonda y corrió
siguiendo el flujo de la gente camino del Banco. Cuando llegó a la
plaza ésta estaba casi atestada de vecinos y a unas doce yardas del
Banco un bulto yacía tumbado sobre el polvo.
Pero junto a él descubrió algo que erizó sus cabellos y pareció
prender fuego en sus venas.
El sheriff había acudido con premura, pero también había
acudido una bella mujer que sostenía en brazos una niña. La
mujer, se había dejado caer en tierra junto al caído y pugnaba por
abrazarse a él, clamando como una loca. Sus gritos de angustia
eran algo que impresionaba al más frío.
Alguien junto a Rex, explicó:
—Es la mujer de Warren, el cajero. Llevaban dos años casados y
tenían esa niña de seis meses. Él era un excelente hombre y se
querían mucho. Ahora...

34—
El hombre frío y egoísta que siempre había sido Rex, pareció
fundir su temperamento de hielo en un Volcán de emoción y rabia.
Jamás había visto llorar a una mujer joven y linda, con una
criatura inocente en sus brazos, junto al marido asesinado vilmente
en cumplimiento de su deber y algo nunca experimentado le
embargó. No supo si fueron las lágrimas y gritos desgarradores de
la infeliz mujer, si las muecas inocentes que la criatura, ajena a la
tragedia, hacía con sus manitas delicadas, si el cuerpo joven y
destrozado del hombre pundonoroso que se sacrificó por una
obligación excesiva o si el recuerdo antipático de aquellos cuatro
tipos que habían pretendido estafarle jugando al póker, lo que sí
tuvo conciencia de que era cierto fue que su odio hacia los cuatro
salteadores estalló en su pecho, como un volcán y retirándose de la
plaza, retrocedió hacia la fonda.
Allí había un grupo de personas, entre ellas alguien que había
visto cómo los bandidos escapaban del poblado a galope tendido y
acercándose al vecino, preguntó:
— ¿Cuál fue su dirección exacta?
— ¿Cuál había de ser, amigo? La del monte. Mientras galopen
bordeándole, siempre tendrán un refugio donde hacerse fuertes si
fuesen perseguidos, aunque dudo mucho que nadie lo haga. El
sheriff, como habrá visto, continúa en la plaza, en lugar de estar
galopando tras ellos y si así es, puede suponer la causa. Se cree
muy pobre en fuerzas para perseguir a cuatro salteadores a un
tiempo y antes que verse como el pobre cajero, cree que está
mejor en el poblado.
Rex comprendió la terrible verdad de los comentarios del
parlanchín vecino y abandonó el grupo para subir a su habitación.
Por la escalera, iba pensando tenso en algo que tenía mucha
analogía con lo que acababa de presenciar.
El cuerpo del cajero asesinado y el dolor inenarrable de aquella
mujer, le habían hecho retroceder el pensamiento dos días atrás,

—35
cuando él, por un impulso análogo había estado a punto de
provocar una escena parecida, privando de la vida a un hombre
joven y honrado y asesinando al mismo tiempo, el amor y el
corazón de una mujercita buena, amante y dichosa que le amaba,
con el agravante, de que aquella mujer era su hermana, la que le
había colmado de cariño y le había resuelto infinidad de pequeños
conflictos.
Y sintió horror al pasado y miedo de lo que había estado a punto
de realizar. Si lo hubiese hecho, él sería un ser tan aborrecible
como aquellos cuatro tipos y ahora que sentía odio hacia ellos,
calibraba el que pudo provocar por su parte, no sólo entre sus
conocidos sino entre sus propios familiares.
Y algo le volvió al revés en pocos momentos. Se había lanzado a
una vida inútil y ociosa, sin objetivo alguno y la providencia
parecía haber levantado ante sus ojos escritos con sangre y
dibujado con muerte la futura senda a seguir. Su vida, que hasta
entonces había carecido de objeto y contenido ya tenía uno noble,
decente, hermoso y hasta rehabilitador. Lo que nadie parecía
dispuesto a hacer, lanzarse tras los salteadores, seguir su pista, lo
haría él, costase lo que costase y acabaría con ellos donde
consiguiese localizarles. Fisher le había amenazado con saldar la
deuda si el destino les ponía de nuevo frente a frente y él ayudaría
al destino, si podía, a que así sucediese, pero no para facilitar al
bandido el saldo a su favor sino para ser él quien le pasase la
factura de aquel crimen repugnante, que no, sólo había truncado
una vida joven y beneficiosa, sino que había destrozado tres vidas
a la par y la felicidad de un hogar.
Estaba dispuesto a realizar aquella hazaña costase lo que
costase. Cierto que para ello carecía de medios económicos, sólo
poseía poco más de un centenar de dólares, pero los estiraría,
ahorraría lo posible y cuando se le terminasen, si su obra no había
llegado a feliz término, no era problema. El mundo del vicio en el

36—
Oeste era muy extenso y el vicio sería el que pagase los gastos.
Esto estaba decidido y él era un hombre tozudo cuando se decidía
a realizar algo, aunque no fuese moral y decente.
Apresuradamente recogió sus pocos efectos, descendió al
vestíbulo para abonar su cuenta y saltando a la silla, se dirigió al
almacén en busca de provisiones de las que carecía. Ahora, la vida
muelle de los poblados quizá le estuviese vedada en mucho tiempo
y debía estar preparado para convertirse en un nómada de las
praderas y los montes. Una vida nueva, desconocida para él, pero
que no dejaría de poseer su encanto.
Después de emplear casi la mitad de sus ahorros en las
adquisiciones previstas y de reforzar sus medios agresivos y
defensivos con material para sostener un ataque o asedio,
abandonó el poblado y tomó la dirección que suponía habían
tomado los fugitivos. También él bordearía el monte, ciñéndose a
sus estribaciones y lo rastrearía buscando huellas. Si la fortuna le
acompañaba, bien, y si no... Paciencia y a esperar. Fisher y sus
hombres no se iban a morir repentinamente de vergüenza por lo
hecho ni seguramente permanecerían, mucho tiempo, ocultos.
Cuando trascurriese cierto tiempo y se juzgasen a salvo volverían
a empezar. Hombres que vivían del atraco y del latrocinio no
renunciaban a esta clase de vida mientras tuviesen probabilidades
de ponerla en práctica.
Rex salió a la pradera bajo la caricia de un sol glorioso. El
campo todo verde, era como una alfombra de esmeralda tendida
bajo los cascos de su caballo y a la izquierda, las arrugas y
desgarrones de las estribaciones del monte formaban una
caprichosa línea ondulante, que ascendía y descendía a su paso,
irguiéndose por detrás en altivos farallones, impresionantes masas
rocosas, zonas tupidas de árboles centenarios, por cuyo interior
quizá nunca se grabó la huella de un pie humano y por encima

—37
recortado por los dientes caprichosos del monte un cielo azul,
inflamado de oro, que ponía como un jocundo dosel al escenario.
Rex, erguido en la silla, cabalgaba con los ojos fijos en la
pradera buscando algún rastro que seguir. Desgraciadamente, la
hierba altísima y tupida no se prestaba a descubrir la huella
impresa de ninguna herradura. Cierto era que a veces se fijaba en
manojos de hierba tronchados, pero esto no decía nada en
concreto. Por allí cabalgaba mucha gente, ganado a veces,
buceaban conejos y liebres, rastreaban reptiles y nadie podía
asegurar que tan pequeños signos acusasen forzosamente el paso
de los cuatro indeseables.
Pero para Rex había una cosa segura. Fisher y su pequeña
cuadrilla había huido hacia el Norte y aquella parte de Utah, la
más poblada, estaba muy lejos de la divisoria de Idaho, mientras
en cambio ofrecía la densidad de poblados como Provo, Payson,
Park City, Ogden, Brigham y Logen, todos ellos, exceptuando
Payson, casi en línea recta. También existía la posibilidad de que
tratasen de esfumarse en Salt Lake City, aunque no creía que
mereciese una tan larga carrera un vulgar atraco a un pequeño
Banco de poblado rural.
Lo casi seguro era que tras una más o menos larga carrera, se
refugiasen en los pueblos densos más cercanos. Si Provo iba a ser
su primera meta, allí recalaría para realizar gestiones y si
fracasaba, se trasladaría a Payson y luego... pues el destino le
señalaría la ruta. Fuese cual fuese no tenía otra cosa que hacer. Se
había impuesto aquella misión y la intentaría, costase lo que
costase.
Y esto le produjo una satisfacción jamás sentida, y volvió sus
pensamientos hacia Katy y se preguntó qué concepto orgulloso le
merecería a la muchacha si algún día llegaba a tener conocimiento
de aquel acto suyo tan contrario a lo que se podía esperar de él.

38—
Durante todo el día caminó rozando las estribaciones de los
montes y dándose a ver con claridad. Aun exponiéndose a recibir
una lluvia de plomo, quería servir de reclamo a los salteadores,
pues estaba seguro de que si Fisher se hallaba escondido en algún
lugar próximo a las estribaciones del monte y le descubría, no le
dejaría pasar de largo sin intentar cobrarse la deuda que tenían
pendiente.
Pero llegó la noche, se iba aproximando al poblado y nada había
turbado la placidez de su viaje.
Esto le puso de mal humor. Ahora sentía ansia y prisas de
enfrentarse con la cuadrilla de Fisher y liquidar aquel asunto. Le
parecía que mientras no lo consiguiese iba a estar preso en una red
invisible, que no le permitiría tomar iniciativas propias.
Entró en Provo bien corrida la noche y cuando buscó la posada
lo primero que hizo fue asegurarse de que no coincidiría de nuevo
con sus enemigos en un mismo alojamiento. Por ello, cuando
preguntó si se hospedaban allí y dio sus nombres, advirtiendo que
eran cuatro le contestaron que ni les conocían, ni se habían
presentado cuatro viajeros al tiempo.
Tranquilo por la contestación, entregó su caballo para que le
atendiesen y decidió dar una vuelta por los garitos y tabernas del
poblado. Podían hospedarse en algún otro sitio y hallarse en Provo
sin que él lo supiese.
Pero perdió el tiempo casi hasta la madrugada sin descubrir
rastro de ellos.
Se retiró contrariado. Ahora empezaba a sospechar que no iba a
ser tan fácil como él había creído volver a tropezar con la
cuadrilla. El miedo a la búsqueda les obligaría a rehuir los lugares
más peligrosos y seguramente estarían escondidos algún tiempo o
se alejarían cuanto pudiesen, para distanciar más la posible pista.
Tendría que armarse de paciencia, esperar circunstancias más
favorables, estar atento a cuanto sucediese en torno a él, por si de

—39
nuevo daban otro golpe y denunciaban su presencia en algún sitio
y acaso se viese obligado a recorrer demasiada tierra en busca del
odioso cuarteto, pero había arraigado tanto en él el deseo de
acabar con ellos, que no escatimaría esfuerzo alguno por
conseguirlo ni se sentiría desalentado por la pérdida de tiempo.
A pesar de su extensión, el mundo era un pañuelo y nadie podía
asegurar no encontrarse con quien menos lo sospechase en alguna
de sus cuatro puntas.

***

Transcurrió más de un mes sin que sus gestiones diesen el más


leve fruto. Rex se movilizaba continuamente de un poblado a otro,
haciendo preguntas, registrando rostros... Todo inútil, parecía
como si la tierra se los hubiese tragado para siempre.
Y por muy parco que se mostró en usar del dinero que poseía,
Llego un día en que al realizar un angustioso arqueo de sus
posibilidades económicas, descubrió que todo su capital consistía
en nueve dólares.
Esta comprobación, más la rabia que sentía por el fracaso,
volvieron a hacer de él el hombre áspero e impetuoso que era.
Sentía su sangre arder sin encontrar una válvula de expansión para
desahogar su ira y debía buscarla.
Hasta que una noche entró en Park City, un importante poblado
que por su conexión con el ferrocarril que conducía a la capital del
Lago Salado, siempre se veía muy concurrido.
Cuando su caballo penetró levantando oleadas de polvo por su
calle principal, Rex presintió que aquel poblado iba a ser la
iniciación de una serie de sucesos que darían satisfacción a sus
ansias peleadoras y le proporcionarían más motivos para no sentir
el aburrimiento. Preparaba una aparición apoteósica que diese

40—
mucho que hablar y sólo le faltaba escoger el escenario para su
desarrollo.
Aquella noche recorrió unos cuantos locales de los más
concurridos, estudió su situación, no dejó de visitar ninguna sala
de juego y apuntó en su memoria cuantos datos creyó útiles para
sus futuros planes.
A última hora desdeñó los grandes locales por algunos otros más
sórdidos, en los que la clientela era más dudosa y quizá más
peligrosa también. Aún no había encontrado lo que andaba
buscando y necesitaba descubrirlo cuanto antes.
En «Lake Bar», uno de los últimos que visitó, le interesó más
que los restantes. La clientela no era tan numerosa porque el local
resultaba poco espacioso, pero poseía una pequeña habitación
interior, donde descubrió reunidos ante una mesa de «faraón»,
hasta una docena de tipos mal vestidos y peor encarados, que a
pesar de su aspecto, parecían poseer oro en abundancia y habían
formado una timba en la que se cruzaba una importante cantidad
de dinero.
Allí no se usaban fichas como en otros locales, para frenar la
codicia de posibles salteadores. Allí todo era dinero acuñado y en
gran cantidad.
Y Rex estimó que aquello era lo que necesitaba y andaba
buscando.
El golpe tenía que prepararlo muy bien y a base de derrochar
mucha audacia y valentía. Cualquier detalle mal medido, cualquier
descuido o falta de previsión, pondría fin a su carrera de
obstáculos.
Y Rex, fríamente, decidió dar el golpe aquella misma noche.
Abandonó el local después de su preliminar estudio y salió a la
calzada.
Se dirigió a la fonda en busca de su caballo, se aseguró de que el
saco de viaje estaba intacto con sus almacenadas provisiones y

—41
repasó los dos revólveres de que se había provisto en previsión de
necesitar ambos en algún momento de apuro, y con todo listo
volvió al «Lake Bar» y dejó el caballo sin trabar a la puerta. Con
los dos revólveres escondidos en las bocamangas de su chaqueta,
prestos a escurrirse a sus manos con un simple movimiento,
atravesó el bar, un tanto menos concurrido que una hora antes
cuando lo visitó por primera vez y con paso tranquilo se dirigió
rectamente a la pequeña sala de juego.
El salón estrecho y mal ventilado, estaba recargado de una
atmósfera casi irrespirable. Olía a sudor y a tabaco malo, una
neblina azul sucio nublaba la llama de las dos lámparas que
alumbraban el local, formando en torno a ellas como un extraño
halo y un recio murmullo de voces, risas, juramentos y gritos
exaltados, formaban el concierto adecuado para un cuadro tan
extraño como aquél.
Una docena de hombres duros, mal encarados, sin afeitar desde
hacía muchos días, se agrupaban en torno a la mesa; se oía el
tintineo de las monedas de oro al chocar cuando eran arrastradas
por el «croupier» o los puntos y todos embebidos en las
incidencias del juego, no tenían ojos más que para fijarlos en los
naipes que se iban mostrando cara a la luz de las lámparas.
Rex echó un vistazo por encima del hombro de uno de los
puntos y calculó el dinero que había sobre el tapete. Posiblemente
con lo que el «croupier» tenía amontonado junto a él, habría unos
tres mil dólares. La cantidad bien merecía la pena de arriesgarse y
Rex no lo dudó más.
Se separó un par de yardas de la mesa, cubrió la salida con su
cuerpo y bien colocado para poder abarcar a todos a un tiempo,
empuñó los dos «Colt», los mostró firmes y rectos hacia la mesa y
ordenó con voz seca y metálica:
— ¡Manos arriba todo el mundo o disparo!

42—
La orden tajante e inesperada cogió a todos de sorpresa.
Hombres que vivían precisamente de usar aquellos métodos
expeditivos, no concebían que pudiesen ser víctimas de sus
propios procedimientos y cuando volvieron la cabeza en busca de,
quien así se había manifestado, se encontraron con la negra boca
de dos «Colt» cubriendo toda la mesa, en un ligero vaivén de
abanico que no daba lugar a dudas.
Rex, imperativo, temiendo una reacción inesperada de alguno,
volvió a ordenar:
— ¡Obedezcan o disparo, maldita sea su carroña!
Dos docenas de brazos se lanzaron hacia el techo en actitud
grotesca. Rex consideró dominada la situación porque ahora, el
primero que hiciese intención de bajar la mano, no llegaría a tocar
la punta del revólver. Avanzó más cubriendo la mitad del grupo
con cada revólver y ordenó nuevamente:
—Retrocedan vueltos de espaldas hacia la pared. Cuidado con
los brazos, no se los clave a alguno a la cadera. ¡Rápidos!
Echando chispas por los ojos, con las bocas contraídas por
muecas de cólera homicida, la docena de puntos con el «croupier»
incluido entre ellos, retrocedieron hacia el testero fronterizo,
obedeciendo la amenazadora orden y cuando formaban una fila
con las manos en alto apoyadas en la pared, Rex sonriente se
adelantó aún más para decir:
—Voy a empezar por el primero de mi izquierda. Saque su
revólver con sólo dos dedos y déjelo caer delicadamente al suelo
un poco apartado de sus pies. Cuidado, no usar más que dos
dedos, o no lo dejaré usar ninguno.
El primero obedeció y extrajo el revólver con los dos dedos,
dejándolo caer a su espalda. Inmediatamente, dio la misma orden
al siguiente y luego por turno, a los demás. Cinco minutos
después, doce «Colt» yacían tirados en el suelo.

—43
Rex con habilidad y sin perder de vista a sus contrarios, los fue
arrastrando con el pie hasta ponerlos a distancia de sus
propietarios. Cuando lo consiguió fue tomándolos uno a uno y
repartiéndoselos por los bolsillos, todo ello sin dejar de
encañonarles.
Desarmados, sólo corría el peligro de que alguno tuviese
escondida una doble arma y la usase en un momento de descuido,
pero tenía que correr el albur. Se acercó a la mesa y barriendo toda
clase de monedas hasta formar con ellas un montón empezó a
guardárselas donde le cabían, pues la impedimenta de aquella
docena de armas le ocupaba enormemente los bolsillos.
Pero aquella artillería en su poder era su salvaguardia y no podía
dejarla a merced de sus enemigos a la hora de marchar. Por ello,
acopló el dinero como pudo y cuando no dejó nada sobre el tapete,
advirtió:
—Y ahora, señores, voy a salir al bar y me tomaré un whisky a
su salud. Quiero advertir que el que asome la cabeza por esta
puerta mientras yo esté en el mostrador no la asomará dos veces.
Esperen diez minutos a probar y... ya veremos lo que sucede.
Volvió el brazo hacia atrás para abrir la puerta sin perder la cara
a los furiosos puntos y abrió. Luego, retrocediendo de espaldas,
tiró de la puerta y la dejó cerrada tras él.
Lo que iba a suceder a partir de aquel momento no lo sabía. Lo
había realizado todo con tanta facilidad y silencio que los clientes
del bar no se habían dado cuenta del atraco. Si los encerrados
despreciaban la advertencia juzgando que no se detendría en el bar
y se apresuraría a emprender la huida entonces podía cambiar el
panorama.
Por ello, con los dos revólveres empuñados, pero medio ocultos
tras los brazos, atravesó el local y salió a la calle y se dirigió al
caballo.

44—
Acababa de saltar a la silla e iniciar la huida, cuando a su
espalda, estalló una algarabía terrible. Alguien más osado, no
había poseído nervios para aguantar los diez minutos exigidos y
adivinando la táctica se había arriesgado a salir. Al descubrir que
el atracador no estaba en el bar, todos se habían lanzado como una
tromba hacia la puerta, dispuestos a impedir su fuga. Y lo que Rex
temía sucedió. Alguno en poder de más de un solo revólver, había
saltado a la calzada y varios disparos restallaron sobre el guirigay
de los gritos y las balas pasaron silbando amenazadoramente junto
al osado Rex.
Este se inclinó sobre el cuello de su montura y exigió de ésta
toda la velocidad que podía dar de sí. Ahora era cuestión de ver
quién resistía más a caballo y quién poseía la montura más rápida
y resistente para proseguir aquella trágica carrera.
A los disparos sucedió una serie de gritos rabiosos y de órdenes
tajantes y de modo inmediato, el clop, clop de los cascos de varios
caballos lanzándose a galope tendido tras él le anunció que la caza
iba a dar principio.
Aún vibraron varias detonaciones que quedaron lejos porque
Rex había conseguido ganar distancia, mientras los demás se
organizaban y pronto las armas dejaron de tronar y sólo las
herraduras de los caballos batían el piso iniciando la persecución.
Rex considerándose demasiado cargado de peso, se apresuró a ir
arrojando revólveres a tierra. En la obscuridad de la noche, sus
perseguidores no podrían darse cuenta de su maniobra y con ella,
aliviaría de peso a su montura, que bien lo iba a necesitar.
Rápidamente, el poblado había quedado atrás Cuando salió a
pradera descubierta, Rex volvió la vista tratando de fijar la
posición de sus perseguidores y descubrió las parpadeantes luces
del poblado formando un rosario nutrido de puntos luminosos,
mientras en la claridad espectral de la noche plateada divisó una
línea extendida y movible de jinetes que se esforzaban en ganar

—45
terreno tras él. Rex calculó que, cuando menos, seis o siete le
seguían los pasos y se dispuso a burlarlos. Tenía la noche por suya
en un terreno bastante áspero y confiaba en su estrella y decisión
para desorientarlos antes de la salida del sol.

46—
—47
CAPÍTULO IV

UNA HUIDA ALUCINANTE

Aquel paisaje lo conocía bastante bien el fugitivo, por haberlo


recorrido con calma en busca del rastro de Fisher y su cuadrilla y
este conocimiento le iba a servir de mucho para protegerse en la
fuga.
Así, cuando se encontró a cuatro o cinco millas de Park City,
enderezó el rumbo a su derecha. La dentada cresta de la sierra que
se dilataba hacia abajo con dirección a Provo le protegería,
brindándole un lugar seguro y si no apto para borrar su pista,
cuando menos excelente para su defensa.
Ya en la falda del monte, continuó galopando junto a él sin
abandonar el terreno llano. Se proponía apurar la resistencia de su
caballo alejándose cuanto le fuese posible y cuando el cansancio
agotase al animal, buscaría un refugio en los peñascales y se
escondería en ellos. Lo principal era cansar y desalentar a sus
perseguidores y si era posible, perderlos en la lejanía. Luego, el
monte sería un excelente protector para provocar la confusión en
ellos y posiblemente para hacerles desistir de aquella emocionante
carrera.
Faltarían aún un par de horas para que amaneciese cuando Rex
creyó observar que sus enemigos estaban bastante distanciados.
No captaba el rumor de los cascos de los caballos y el silencio que

48—
le rodeaba era absoluto. Y como su montura ya empezaba a aflojar
el trote, buscó un lugar apto por donde introducirse y penetrando
por entre unos peñascales que le brindaban una entrada bastante
espaciosa, se adelantó hacia el interior de la montaña.
El paisaje era áspero, difícil y escurridizo. La senda, si podía
llamársele senda por donde caminaba, era un piso duro con
cuestas retorcidas y como el animal amenazase con rodar al
intentar la escalada, desmontó, lo tomó de las bridas y caminó
delante de él, sirviéndole de guía.
La luz de las estrellas aminorada por las paredes rocosas que
encajonaban la senda, no le permitía ver con claridad el camino.
Lo tanteaba con cuidado, pues temía que sin sospecharlo, muriese
en alguna sima y se precipitase a ella cuando menos lo supusiese.
Por fin, tras media hora de ascensión y cuando sudaba como un
condenado por el esfuerzo, desembocó en una especie de oquedad
formada por un conglomerado de peñascales que al derrumbarse.
Dios sabía cuántos siglos atrás, habían formado un negro pozo
aprisionado por la masa roqueña.
Como refugio no estaba mal. Por lo que podía apreciar, no había
más entrada que la usada por él, pero como el día no le
descubriese otras posibilidades, tampoco tenía más salida.
El lugar poseía sus ventajas y sus inconvenientes. Podía ser bien
defendido para evitar el asalto, pero si sus enemigos poseían
aguante y medios y formaban un bloque, llegaría un momento en
que no tendría más remedio que intentar abrirse paso a tiros, si
quería forzarlo, o sucumbir dentro defendiéndose como un tigre.
Estaba tan cansado, que decidió no buscar más. Confiaba en que
por listos que fuesen sus contrarios no lo serían tanto que lograsen
descubrir su rastro en tan poco tiempo. Dormiría allí unas horas y
por la mañana, abandonaría aquel refugio para buscar otro más
apto. Dejó suelto al caballo, desenrolló su manta que extendió
sobre el piso cubierto de hierba y se tumbó en ella pesadamente.

—49
Durante algunos minutos consiguió permanecer despierto con el
oído atento para captar cualquier ruido sospechoso pero el silencio
reinante era tan solemne, tan agobiador, que, poco a poco, sus
párpados se fueron cerrando y terminó por quedar profundamente
dormido.

***

Despertó con el sol bastante alto. Había dormido más de lo que


se propusiera, pero aquel descanso le había sido utilísimo como
también a su montura. Ahora, ambos frescos, podían emprender la
ruta de nuevo si su mala suerte no hacía que volviesen a ponerse
sobre los pasos de sus perseguidores.
Rex sintió hambre. Su caballo había ramoneado algo, pero él
llevaba sin probar bocado desde hacía muchas horas, por ello,
antes de reemprender la marcha decidió satisfacer el hambre.
Rebuscó en su saco alguna conserva y un trozo de torta dura y lo
devoró con excelente apetito.
Pero cuando terminó su modesto desayuno, echó en falta el
agua. También su caballo la reclamaba con suaves relinchos y
entendió que antes de partir, debía buscar algún manantial donde
saciar su sed. En terrenos de aquella naturaleza, no podían faltar
los desplomes de agua procedentes del deshielo de las altas
cumbres.
Abandonó el refugio llevando el caballo de la brida y trató de
orientarse buscando lugares distintos que el que había empleado
para ascender hasta allí. El camino recorrido no le había
denunciado la presencia del agua y no podía abandonar el monte
sin antes dar de beber a su sediento caballo.
Al albur se internó por un laberinto de sendas, retorcidas que
daban la sensación de hundirse en la montaña más que ascender,
pero el agua no aparecía por parte alguna.

50—
Huraño y malhumorado, estuvo a punto de retroceder
renunciando a la búsqueda. Era preferible pasar algunas horas de
sed hasta llegar a algún lugar poblado, que exponerse a quedar
perdido en aquel caos de piedras y tupida vegetación.
Llegó a un punto donde se detuvo rabioso y giró los ojos en
torno suyo. Entonces, al hacerse el silencio absoluto en torno a él,
creyó captar el rumor sordo de una fuerte masa de agua, pero el
murmullo que los ecos producían al recoger el rumor de la caída,
le desorientaba.
Entonces, dejó el caballo, buscó a su alrededor y descubriendo
una masa de piedras superpuestas que formaban como una extraña
escalera, decidió ascender por ella hasta la cúspide. Desde allí
podría abarcar el panorama a sus pies y descubrir de dónde
procedía el rumor del agua.
No sin trabajo y peligro consiguió escalar el extraño monolito. A
cada avance, la piedra parecía repeler las suelas de sus botas,
como si se negase a dejarse profanar por la planta del hombre,
pero Rex, con tesón, logró ir ascendiendo hasta coronar la
pirámide.
Una enorme piedra bastante lisa servía de remate. Cuando puso
su pie en ella se irguió, secándose el sudor que perlaba su frente.
Y al tender la vista hacia abajo, quedó impresionado por el
grandioso y selvático paisaje. La torrentera nacía entre dos
enormes farallones frente a él, a unas doscientas yardas, y el agua,
en catarata, descendía saltando entre enormes peñascos formando
abanicos de espuma maravillosamente blanca, para al final,
hundirse en un tajo transversal que la recogía fingiendo una
enorme e hirviente caldera.
Luego el agua, formando una especie de estrecho río que quizá
debía ser bastante profundo a causa del caudal que embalsaba, se
deslizaba buscando espacios libres entre los peñascales y formaba,

—51
hasta perderse de vista, un extraño y retorcido reptil de plata que
espejeaba al sol de la mañana.
Tras admirar el hermoso paisaje, Rex se sintió desalentado. No
veía camino fácil para trasladar el caballo al otro lado y hacerle
beber. Quizá él pudiese descender con peligro por la vertiente
opuesta a la que acababa de escalar pero su caballo...
El hilo de sus reflexiones quedó roto por un seco estampido que
vibró en infinidad de ecos. Rex sintió el silbido trágico de la bala y
como si una mano invisible le tocase la cabeza arrancándole el
sombrero. Este voló como un cuervo gris y cayó rebotando por las
desigualdades del monolito, para perderse Dios sabía dónde.
Rex no esperó el aviso de un nuevo saludo. Se aplastó contra la
lisa peña y tiró del revolver cuando varias detonaciones más
vibraban sonoramente, pero ya sin alcanzarle.
Una maldición escapó de su contraída garganta. No sabía cómo,
pero sus perseguidores debían haber encontrado su pista y ahora
estaba sucediendo lo que más había temido; le tenían sitiado en
aquel alto peñasco, donde les sería imposible subir a buscarle,
pero del que no podría descender fácilmente para recuperar su
caballo.
Destilando hiel, se arrastró por la peña y aventuró un gesto
audaz, asomando la cabeza. Abajo, donde había dejado su
montura, dos hombres acechaban con los revólveres empuñados.
Se habían apoderado del caballo y ya podía despedirse de él para
siempre.
Rabioso, preparó el revólver, asomó veloz cabeza y brazos y
disparó hacia abajo. Un alarido de agonía siguió al disparo y una
sonrisa mordaz se dibujó en el duro semblante del fugitivo.
De momento se había cobrado el precio de la montura con una
vida. Lo que sucediese después estaba por ver. Media docena de
rápidas detonaciones restallaban por diversos lugares en la parte
baja, pero él podía sonreírse de aquel esfuerzo. Mientras les

52—
dominase por altura nada tenía que temer de ellos, en cambio, sí
tenían mucho que temer de él.
Pero no les creía tan infantiles que se expusiesen a caer sin
defensa. El aviso había sido mortal y tomarían sus precauciones
para evitarse nuevas bajas. Quizá se decidiesen a acampar al pie
de los peñascales en espera de que la necesidad le obligase a
descender.
Ya de nada le serviría sin caballo, pero tampoco podía
permanecer allí expuesto a morir de hambre y de sed, si decidían
en serio formar el cerco.
Se arrastró al otro lado de la pequeña plataforma y aventuró una
nueva mirada hacia su izquierda. Abajo unos peñascos formaban
algunas fisuras y en una, le pareció descubrir un trozo de ropa,
quizá el vuelo de la chaqueta de alguno de sus enemigos allí
escondido al acecho.
Esperó en vano a que hiciese algún movimiento que le
descubriera y como no sucediese así, buscó una piedra de regular
tamaño y la lanzó hacia el lugar donde se refugiaba su enemigo.
La piedra rebotó en el borde del refugio y el forajido, con
movimiento instintivo, asomó medio cuerpo y el brazo armado del
revólver para disparar hacia arriba. No llegó a hacerlo. Rex
disparó rápido y seguro y el emboscado, emitiendo un grito ronco
de dolor, se escurrió hacia afuera, cayendo de costado, a la vista
del joven. Pero Rex no pudo ver más. De nuevo dispararon contra
él, no sabía desde dónde y los proyectiles le amenazaron
dramáticamente.
Ya había eliminado a dos, pero si como calculaba, sus
perseguidores eran siete u ocho, aún debía quedar media docena y
después de aquel sangriento escarmiento no se aventurarían a que
se repitiese.
Pero esperanzado con cazar a alguno más, empezó a moverse de
un extremo a otro de la plataforma, buscándoles, aunque en vano.

—53
No descubría a ninguno, ni siquiera su caballo y parecía como si
hubiesen huido después de acusar aquellas dos bajas.
Pero él estaba convencido de que no era así. Ahora menos que
nunca renunciarían a la venganza y no debía contar con aquella
posibilidad. Quedarían allí al acecho y por su parte, debía buscar
otro lugar más apto para la huida.
Sus ojos se volvieron hacia el cauce de la torrentera. Si lograba
descender por aquel conglomerado peligroso, como había
ascendido por el lado contrario, podría lanzarse al agua, nadar a
favor de la corriente y alejarse por aquel cauce abierto, hasta
encontrar un lugar apto para la salida. No le quedaba otro remedio
y no debía perder tiempo en ponerlo en práctica.
Con decisión se asomó por el reborde contrario y examinó la
dura bajada. Con tranquilidad de nervios podía hacerse, pero si se
veía acosado, mal camino era aquél para descender y al mismo
tiempo defenderse y evitar ser alcanzado. Sin dudarlo un
momento, buscó el lugar más a propósito para el descenso y,
procurando dominar su tensión de nervios, empezó a bajar.
Se trataba de una bajada de más de cincuenta yardas. Algo,
además, de peligroso, mareante, pues el temor de perder pie y
rodar por aquellos cantiles como un trágico muñeco, agarrotaba
sus manos y hacía torpes sus pies sin poder evitarlo.
Pero apelando a toda su valentía, continuó descendiendo y
cuando había ganado ocho o nueve yardas, consiguió alcanzar una
pequeña plataforma donde tomarse un descanso, sin temor a
perder el equilibrio.
Se volvió cara a la catarata apoyando la espalda en la roca para
limpiarse el sudor que escapaba de su frente, cuando un nuevo
disparo restalló de súbito y la peña junto a él, escupió el rebote de
la bala con pequeños fragmentos de roca. Rex, lívido, giró la vista
y descubrió en lo alto de un picacho, a la distancia máxima que un

54—
revólver podía alcanzar, un hombre en pie apuntándole con
cuidado.
Se inclinó veloz cuando vibraba un nuevo disparo y sacando el
revólver, disparó a su vez. El agresor vaciló un momento en lo alto
del picacho y luego, como si le hubiesen empujado por la espalda,
se desplomó hacia el abismo de un modo impresionante.
Rex, con ojos desorbitados, le vio cómo caía rebotando sobre los
salientes del farallón; a cada tropiezo el cuerpo adquiría una forma
grotesca distinta, hasta que un reborde más saliente le recibió,
deteniendo su caída. Allí quedó cara al sol, con los brazos
colgando fuera de la plataforma.
Rex, pálido, sintió que sus piernas temblaban. La suerte le había
ayudado a eliminar un nuevo enemigo, pero, ¿dónde surgiría el
próximo y hasta cuándo le auxiliaría la fortuna? Estaba en un
lugar crítico y si continuaba allí clavado, terminarían por cazarle.
Febrilmente, exponiéndose a perder el equilibrio y rodar hacia el
abismo, continuó el descenso. A cada yarda que ganaba sus ojos
giraban desorbitados, buscando el lugar por donde le llegaría la
muerte como le había llegado a sus contrarios y una fiebre extraña
se había apoderado de él.
Había conseguido descender la mitad del camino, cuando de
nuevo tronaron los «Colt». Ahora, no era uno, sino varios y los
disparos procedían de diversas alturas. Parecía un sitio en regla,
pues cuatro hombres situados en un ancho triángulo, intentaban
cazarle antes de que consiguiese descender al llano.
Rex buscó un lugar donde afianzarse y trató de hacerles frente.
Pronto comprobó con relativa tranquilidad que la distancia no
permitía a ninguno colocar los proyectiles donde anhelaban.
Estaban demasiado retirados y si no cambiaban de lugar, gastarían
plomo inútilmente.
Cuando comprobó la ineficacia del esfuerzo, se desentendió de
ellos y continuó el descenso. Quizá le diesen tiempo a llegar a la

—55
parte baja, antes de que encontrasen otras alturas más
aprovechables.
Y tenso, con toda su alma puesta en lo que hacía continuó
bajando entre sudores de agonía y resoplidos de extenuación a
causa del esfuerzo.
Sus enemigos desaparecieron de las alturas. Quizá en un último
ímpetu, tratasen de acercarse más a él. Mucho tenían que correr
para conseguirlo, pues ya estaba alcanzando el llano y la torrentera
se abría ante él a cincuenta yardas de distancia.
Cuando llegó al pie del monolito se detuvo y aspiró con ansia.
Sentía en el pecho una fiera opresión, que parecía robarle el aire
para respirar.
Un tanto más sereno echó a andar rápidamente. El piso era
quebradizo, sembrado de piedras, baches y obstáculos y tenía que
saltar sobre ellos para avanzar hacia su destino.
A su izquierda, casi lamiendo el camino que tenía que recorrer,
descendía en plano muy agudo un enorme farallón. Liso en su casi
totalidad, sólo presentaba como una franja o cornisa hacia el
promedio que sobresalía aproximadamente una yarda.
Hallábase casi a la mitad de él, cuando un ruido ensordecedor le
obligó a levantar la cabeza y el terror paralizó sus pies. En lo alto,
dos hombres empujaban grandes trozos de peñascal que
descendían rebotando sobre la lisa superficie. Rex sintió la
sensación de que le aplastarían y se pegó a la pared cerrando los
ojos para no ver cómo la muerte le llegaba sin poder defenderse
contra ella.
Pero el destino le protegía. Los peñascales al descender rodando
por la lisa pared, iban a chocar contra la cornisa y al hacerlo,
saltaban como pelotas, describían una trágica parábola en el vacío
y salían despedidos hacia delante, chocando contra el suelo a más
de media docena de yardas del fugitivo.

56—
Esto lo observó en un momento en que una fuerza irresistible le
obligó a abrir los ojos. Cuando comprobó que la suerte seguía
protegiéndole esperó pegado a la pared y los aplastantes impactos
terminaron de rodar inútilmente. Sus enemigos habían agotado el
material disponible para aquel último ataque y ya nada podían
intentar para obstaculizar sus planes.
Desesperadamente, echó a correr hacia el cauce de la torrentera.
Aun le siguieron unos disparos que lanzados desde arriba, podían
ser peligrosos en la caída pero los sorteó y llegó al borde del agua.
Rápidamente aseguró su dinero en el bolsillo del chaleco, en los
de los pantalones y el resto en el interior de la chaqueta y sin
vacilar se arrojó al agua. Sufrió tan terrible impresión, que casi le
paralizó la frialdad de la corriente. Agua de los glaciares parecía
hielo y sus carnes recibían el dolor de cuchillos adentrándose en
ellas.
En un supremo esfuerzo braceó y agitó las piernas tratando de
nadar con rapidez para vencer la presión del frío. La corriente era
impetuosa, ciega y le arrastraba fieramente, amenazando con
lanzarle contra las orillas, que a cada minuto variaban de forma a
causa de sus innumerables y continuadas revueltas.
Rex se sentía vencer por la torrentera. Su cuerpo pesaba más que
de ordinario a pausa del peso del oro que había atesorado en sus
bolsillos, pero antes se dejaría hundir en el fondo, que
desprenderse de él. Todas las vicisitudes sufridas en menos de
veinticuatro horas habían nacido de la posesión de aquel tesoro y
con él moriría o con él se salvaría.
El rápido le arrastraba haciéndole bailotear como un pelele en la
riada. Debido a la estrechez del cauce, la fuerza de la corriente era
más tremenda y el fugitivo medio helado, poseído de la más alta
angustia, braceaba sacando la cabeza hacia fuera y levantándose
cuando podía en busca de un lugar donde arribar.

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Pero las orillas de dura piedra, formaban una barrera
infranqueable. Estaban bastante más altas que el caudal del agua y
no podía alcanzarlas e izarse.
Y fue una terrible lucha entre la vida y la muerte, que ésta
parecía ganar. Rex se deslizaba veloz sobre el cauce, girando
como un muñeco y hasta tropezando algunas veces contra las
duras paredes, cuando se revolvía con brusquedad y el náufrago
adivinaba que de un momento a otro, no podría sostenerse en el
agua y se hundiría como una pesada roca.
Hasta que súbitamente, al dar una brusca vuelta, la torrentera se
ensanchó de una manera desorbitada, el agua perdió la arrolladora
fuerza que llevaba debido a la expansión que tomaba y Rex sintió
el alivio de poder nadar con menos agobio.
Miró en torno a él. Ahora, las riberas eran bajas, de tierra, con
sauces en las orillas y algunos remansos que se metían tierra
adentro. La esperanza le dio nuevas fuerzas y con un supremo
esfuerzo, nadó hacia uno de los remansos en busca de tierra firme.
Cinco minutos más en el agua y no hubiese conseguido salir de
allí., Cuando alcanzó el remanso y se asió con desesperación a los
escurridizos sauces, tuvo que permanecer un buen rato hundido
dentro del agua, sólo con los hombros y la cabeza fuera porque
carecía de energías para salir a la orilla.
Y cuando se repuso un poco, con un trabajo sobrehumano,
porque sus carnes parecían congeladas a causa de la frialdad del
agua, realizó un último esfuerzo y se arrastró por el fango hasta
reposar en tierra firme. Estuvo a punto de quedarse cara al cielo
mirando al sol pero el instinto le advirtió que no podía hacerlo.
Por ello, con desgana, se despojó de las chorreantes prendas
colgándolas de unas ramas y luego, con hierba seca, se frotó los
ateridos miembros hasta provocar la reacción.

58—
La sangre empezaba a adquirir su ritmo normal, un calor
violento sacudió su cuerpo y se sintió más aliviado pero incapaz
de dar un solo paso.
Un sueño irresistible le invadía y temiendo quedarse dormido
hasta más allá de la caída de la tarde en que el sol dejaría de
calentar, arrastró grandes montones de hierba, formó con ellos un
enorme montón e introduciéndose entre ella, sólo con la cabeza
fuera, se entregó al descanso. Cuando despertase, sus ropas ya
estarían en condiciones de ser usadas y sería el momento de
preocuparse del futuro inmediato; de momento, bien ganado tenía
aquel descanso que no creyó llegar a alcanzar después de los
terribles peligros sufridos.
Y poco a poco, sus párpados se fueron cerrando y Rex se
sumergió en las regiones del vacío.

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CAPÍTULO V

PURGATORIO AL INFIERNO

Las estrellas lucían intensamente en un cielo completamente


negro cuando despertó del pesado y reparador sueño. Sus ojos
parpadearon intensamente al enfrentarse con la serenidad de la
llanura del cielo y durante algunos segundos, su memoria le fue
infiel para recordar nada de cuanto le había sucedido. Fue preciso
un proceso de recuperación mental para que poco a poco, los
trazos de su odisea se fuesen marcando con precisión, hasta
situarle en el momento real de su vida.
Y cuando recordó, sintió una sacudida de frío en toda su medula.
A pesar de la protección de la hierba, la humedad y el frío de la
orilla de la torrentera se filtraban por su escaso abrigo y le llegaba
a los huesos.
Se levantó frotándose con ahínco y a tientas buscó su ropa. El
árbol donde la había tendido no estaba retirado y pudo localizarlo
fácilmente.
Pero las prendas estaban tiesas y heladas. Tuvo que escobarlas
bien para darles flexibilidad y luego, se apresuró a embutirse en
ellas.
Se acordó del revólver y del dinero. Con el primero, no podría
contar ya hasta que no volviese a limpiarlo y engrasarlo y en
cuanto al dinero, el oro nada habría sufrido y respecto al papel

60—
moneda, tenía que examinarlo para comprobar si había quedado
inservible.
Pero allí estaba y era lo principal. Más tarde se ocuparía de
agenciarse lo más preciso, aunque de momento no sabía dónde se
encontraba y menos cómo podría salir de aquel laberinto de rocas
y bosque absolutamente desconocido para él.
Miró hacia el cielo. La noche era densa, pero pareció adivinar
que a no tardar mucho, el día volvería a romper. En cuanto
amaneciese, se pondría en camino e intentaría la proeza de
abandonar el monte.
Trataba de recordar sus pasos por él para orientarse. Si la
memoria no le era infiel, primero se había adentrado casi en línea
recta hacia el Sur. Si trazaba una línea recta hacia el Este, más
tarde o más temprano tenía que volver a alcanzar las estribaciones
del macizo montañoso y encontrarse de nuevo en la pradera.
Aquello era lo que tenía que intentar. Tener siempre a su espalda
el cauce del torrente para estar seguro que se alejaba de las
entrañas del monte.
Sentado en la hierba se entregó a una profunda meditación.
Ahora tenía dos misiones que seguir; una cuidar de no enfrentarse
de nuevo con sus perseguidores de los que no sabía qué habría
sido de ellos, y otra, empezar a buscar de nuevo la pista de Fisher
y su pequeña cuadrilla.
Una hora más tarde, el rosicler de la amanecida empezó a
dibujarse por Oriente. Una explosión de bajas e inflamadas nubes
anunció el lecho del sol y poco después éste rompió en rayos
oblicuos que doraron la tierra y prendieron ramalazos amarillos en
la obscura masa del cauce.
Rex se puso en pie dispuesto a emprender el camino. Sentía una
terrible desazón en el estómago y temía las muchas horas que
pasaría sintiendo la mordedura del hambre, hasta poder llegar a
sitio donde la facilitasen comida.

—61
Esta sensación era nueva para él. Siempre había encontrado la
mesa puesta a la hora de sentir tal necesidad y desconocía el
tormento del hambre. Quizá por ello empezaba a hacérsele más
duro y llegaría un momento en que constituyese su más terrible
obsesión.
Apretando los dientes con rabia, echó a andar. El terreno que se
abría ante él era llano, tapizado de fresca hierba y durante algún
trecho, la jornada no sería muy pesada.
Más al frente, el paisaje se elevaba de nuevo en montículos,
pequeñas quebradas y detrás, como un telón, se erguían más altos
farallones, detrás... ya no alcanzaba a ver lo que le cerraría el paso.
Cuando dejó atrás la parte de pradera que nacía junto al pequeño
río, empezó a ascender por unas laderas de rojiza tierra, que más
tarde se partían en pequeñas barrancas. Tomando la dirección de
una, ascendió hasta alcanzar de nuevo el esquisto en sendas
tortuosas que terminaban en pequeñas planicies. Luego, se abrían
estrechos cañones, cañadas diminutas, trozos de pradera y
montículos corridos, que se veía obligado a escalar para no
separarse de la línea recta que se había trazado. Mediado el día, la
sed y el hambre le vencían. Un risco de aún verdes moreras
salvajes, atrajo su atención y comió de ellas con avidez. Más tarde,
tuvo la suerte de descubrir un manantial a flor de tierra y saciar la
horrible sed que le devoraba. El sol era como un maldito horno
que le obligaba a sudar copiosamente sin un breve descanso y
sentía las ropas pegadas al cuerpo y el olor del sudor atufándole de
continuo.
Vanamente miraba al cielo siguiendo la carrera del astro rey.
Ahora, anhelaba que cayese la noche para verse libre de aquel
tormento durante unas cuantas horas y recuperar las fuerzas que
iba derrochando en aquel caminar áspero e incierto, cuyo fin no
vislumbraba.

62—
Y cuando la serenidad del atardecer empezó a cubrir el paisaje,
se dejó caer al pie de unas rocas y respirando con ansia, se tumbó
cara al cielo aún azul y luminoso. Y pesadamente se durmió.
Debía haber perdido más de media docena de libras en aquella
penosa jornada y quién sabía las que aún había de perder antes de
verse fuera de aquel infierno de piedra.
Durmió con algo de fiebre y sufrió terribles pesadillas, pero el
nacimiento del día le devolvió a la vida, cansado y deshecho, más
con ánimos para no entregarse a la desesperación.
Calculaba que durante el día anterior había ganado algunas
millas y por muy adentro que se encontrase en el monte, no podía
ser tanto que en un día más, a lo sumo en dos, no lograse verse al
otro lado de él.
Se levantó con pesadez e inició la marcha. Los pies le escocían
como si tuviese fuego en ellos, debido a que el roce de las botas
irritaba la piel, pero nada podía hacer por remediarlo, porque por
allí no podía andar descalzo y el hambre volvía de nuevo a
manifestarse fieramente.
El cansancio retrasaba su marcha. Arrastraba las pesadas botas
como si sus suelas fuesen de plomo y a veces, veíase obligado a
detenerse para tomar aliento, porque la fatiga le vencía cada vez
más.
Y cuando tendía la vista al frente, su desesperanza era trágica.
Sólo descubría taludes enhiestos irguiéndose majestuosos hacia el
cielo como si de antemano quisieran mostrar a su mirada la
barrera trágica que le oponían para impedirle adquirir la libertad
de horizontes que tanto estaba anhelando.
A media tarde se declaró vencido. Sus ojos enrojecían tendiendo
un velo indeciso y cárdeno frente a él, las sienes le latían con
fuerza y sentía que sus carnes abrasaban como si tuviese dentro de
su sangre una hoguera encendida. O se tomaba un nuevo reposo o
caería enfermo para no levantarse más.

—63
Miró alrededor. Un pequeño cañón se abría ante él. Quizá al otro
lado encontrase, como otras veces, alguna explanada herbórea
donde tumbarse y realizando un último esfuerzo, se adentró por él.
Pero cuando estaba a punto de hallar la salida se detuvo, oteando
el aire. Si sus sentidos no le engañaban, olía a humo, a salvia
quemada, algo que denunciaba la presencia de algún ser humano,
quizá algún leñador de las montañas, y esto pareció galvanizar sus
músculos.
Tenía que localizar la hoguera y a la persona o personas que la
habían encendido. De encontrarlas quizá dependiese su
supervivencia.
Siguió avanzando penosamente y al llegar a la salida se detuvo
examinando el paisaje que se abría ante él. El corte desembocaba
en una pequeña cañada cubierta de césped. Una larga y tosca
choza se levantaba casi pegada a la pared de roca y frente a ella,
ardía alegremente el fuego.
En el crepúsculo gris, las llamas adquirían viveza y a su
resplandor descubrió una silueta tosca y grande, de rostro barbudo,
que manipulaba en una sartén puesta a las brasas. Chirriaba el
tocino y el acre perfume del cerdo llegaba a la nariz del
hambriento fugitivo.
Y aún vio más. Descubrió una docena de magníficos caballos
que ramoneaban por la pradera.
Rex se mostró indeciso. Aquel tipo no debía ser leñador a juzgar
por los caballos; quizá fuese un solitario de las quebradas, que se
dedicaba a la cría de cuadrúpedos, o un cuatrero escondido en las
entrañas del monte, pero fuese quien fuese, sólo él podía ayudarle
y estando solo, no le parecía que constituiría un grave peligro para
él.
Pero llevaba oro encima y esto era peligroso. No podía
abandonarlo ni ocultarlo mejor y tenía que exponerse a lo que el
destino le deparase.

64—
Lo único que podía hacer e hizo en previsión, fue reunir todos
los billetes que conservaba y esconderlos entre el cuero de sus
botas. Si se veía obligado a perder el oro, cuando menos salvaría
una parte del botín.
Realizada la operación, avanzó decidido. La incógnita era la
clase de recibimiento que aquel hombre le haría pero nada podría
oponer, porque su revólver estaba inservible y para nada valía.
Después de dar unos cuantos pasos en terreno abierto, decidió
llamar la atención del solitario de la montaña. Era mejor hacerlo
de lejos que echarse sobre él inopinadamente, por la reacción que
su presencia podía provocar.
Y deteniéndose con los brazos en alto, gritó con voz
enronquecida:
— ¡Eh, amigo! ¿Puede prestar ayuda a un extraviado de la
montaña?
El hombre de la hoguera, al oír su voz, llevó con viveza la mano
al costado y el cañón de un revólver brilló a las saetas de la
hoguera. Su voz también bronca advirtió:
— ¡Quieto! ¡Arriba las manos!
—Las tengo alzadas, compañero. No tema, no soy ningún
salteador. Soy un pobre proscrito que se ha extraviado en el monte
y vengo medio muerto de hambre y cansancio.
El barbudo le miró intensamente y repuso:
—Acérquese así como está... Vamos...
Rex obedeció avanzando hacia él. Cuando estuvo a su lado, el
solitario se apresuró a despojarle del revólver. Luego, más
aplomado, gruñó:
— ¿Quién es usted y cómo diablos ha llegado aquí?
Rex tenía preparada una historia que justificase su presencia allí
sin levantar sospechas y dejándose caer sobre la hierba junto al
fuego, murmuró:

—65
—Oh, llevo tres días perdido en este maldito monte sin comer ni
beber. Creí no poder seguir adelante. Ha sido horrible, pero no
tenía otro remedio o hubiese caído en manos del sheriff. Tenía que
exponerme.
— ¿Por qué?
—Tuve una pelea con un sobrino del sheriff, y le clavé dos balas
en el vientre. Inmediatamente me vi perseguido y tuve que galopar
de firme, pero después de muchas horas y de ver cómo mi caballo
caía reventado, tuve que abandonarlo e introducirme en la
montaña. Aun en ella, me persiguieron, pero me arrojé a una
torrentera, y perdieron mi pista. Cuando salí, muy lejos de allí, me
encontré en un bronco paisaje que he ido dejando atrás como he
podido. Ya la fiebre y el hambre me devoraban y ha sido cuando
descubrí su hoguera. ¿Cree que puede facilitarme algo de comer?
No soy rico, pero estoy en disposición de pagarle ese inmenso
favor.
— ¡Hum!... ¿De dónde procede?
—De Thistle.
— ¡Hum!... ¿De Thistle? ¿Y se llama?
—Rex.
Su interlocutor estaba en pie mirándole fijamente y sin decidir.
Rex aguardaba tenso la contestación.
— ¿Es usted vaquero? —preguntó.
—No. Mi padre era y es un pequeño agricultor.
—Ya... ¿Qué hará después?
—No lo sé. Quisiera orientarme y poder seguir hacia el Norte,
buscando cruzar la, divisoria.
—Eso está muy largo, amigo. Lo seguro es que le cojan antes.
—Trataré de evitarlo.
—Bueno, siéntese. Añadiré un poco de tocino y, café.
Mientras lo hacía, preguntóle Rex:
— ¿Está acaso muy lejos de tierra llana?

66—
—Eso según. Si se pudiese cruzar en línea recta, acaso una
milla, pero no puede ser. La salida es difícil para el que no la
conoce y algo larga, más careciendo de caballo.
—Sí, el mío cayó reventado. Por cierto que he observado que
posee usted unos cuantos caballos muy buenos. Quizá si alguno no
fuese caro pudiese adquirirlo.
— ¡Ajú!... Pues... no son míos... bueno, quiero decir
completamente. Tengo un socio; él los adquiere, yo los, cuido y
aquí cuando hay ocasión, se venden.
Rex no hizo comentario alguno a la extraña explicación. Había
adivinado que el socio robaba caballos, los escondía allí y cuando
encontraban facilidades los vendían.
— ¿Y es obstáculo esto para venderme el más modesto?
—Pues... no sé. Bueno, tiempo habrá de hablar de esto. Quizá si
mi socio regresa pronto, podamos tratar el asunto. Creo que el
tocino está ya a punto.
Sobre una piedra, le ofreció un trozo de torta amasada por él
mismo y un buen trozo de tocino. Rex lo devoró con ansia sin
dejar de mirar a su compañero.
Luego, le ofreció un pote de café que le supo a gloria y tras
aquella sensación de bienestar, sintió un sueño aplastante.
— ¿Hay inconveniente en que duerma unas horas? Estoy
rendido.
—Puede hacerlo. Detrás de la cabaña, en el corral, hay hierba
apilada, aprovéchela.
—Gracias; tengo tanto sueño y estoy tan derrengado, que
seguramente no despertaré hasta que el sol esté bien alto.
—Por mi parte, puede dormir hasta el Día del Juicio.
Le indicó un lado de la choza y le acompañó. Rex descubrió
detrás de ella una empalizada con toscas pesebreras y algunos
montones de hierba.
—Ahí tiene su lecho.

—67
—Gracias, amigo. Nunca le agradeceré bastante la ayuda que
me ha prestado.
—Bah, no tiene importancia. Aquí puede descansar tranquilo
porque no es fácil que lleguen sus perseguidores.
Rex se dejó caer sin ni siquiera despojarse de las botas y pocos
minutos más tarde roncaba estrepitosamente.
Su anfitrión abandonó un par de veces la hoguera para echarle
un vistazo. Cuando comprobó que dormía sonrió de una manera
expresiva y encendiendo su pipa, se echó un rifle a la espalda y se
encaminó a una fisura que se abría hacia el Oeste y que debía
conducir a la salida del monte.
Escaló unas peñas y miró al cielo. Dentro de media hora o poco
más, las sombras empezarían a cubrir la cañada. Y apenas si
habían transcurrido quince minutos cuando de la entrada del
estrecho paso surgió muy bien modulado un agrio y extraño canto;
era una perfecta imitación del canto de la chotacabra. El solitario
respondió imitando al cuclillo.
Y después de descender al cañón, avanzó algunas yardas hasta
que de repente surgieron en el corte cuatro jinetes avanzando en
sentido contrario.
El que iba en cabeza, preguntó:
— ¿Qué hay, Averell? ¿Nada de particular?
—Algo, aunque no gran cosa, Alan. Vamos, antes que se haga
de noche y te contaré lo que sucede.
Camino de la choza dio cuenta de la presencia del fugitivo. Alan
con gesto agrio, repuso:
—No me gusta eso, Averell... hasta ahora, nuestro refugio ha
sido algo ignorado. La presencia de este tipo rompe el misterio y
si le dejamos salir... estamos expuestos a ser denunciados.
—Bueno... pero no le hemos dejado salir y ahí está durmiendo
como un lirón. Lo que haya que hacer con él lo decidiremos más
tarde. ¿Qué noticias traes?

68—
—Ninguna. Hemos recorrido la sierra por varios puntos, pero no
hemos descubierto nada sospechoso. Creo que, como siempre,
habrán renunciado a localizarnos.
—Eso es bueno. Tenemos un magnífico refugio y desde él
abarcamos toda la zona del monte. Creo que aún podemos dar
unos cuantos buenos golpes antes de decidirnos a abandonar esto.
Llegaron a la cabaña desmontando. Después de dejar libres los
caballos, Alan preguntó:
— ¿Qué sabes de ese tipo? ¿Tiene dinero?
—No lo sé. Me habló de pagar la comida, aunque dijo estar muy
mal de dinero. Luego me propuso la compra de uno de los
caballos. Me parece que oculta algunas cosas.
—Las descubriremos nosotros. ¿De modo que su asunto sucedió
en Thistle? Es coincidencia. Desde que asaltamos el Banco de ese
poblado, andamos escondidos y no hemos vuelto a visitar poblado
alguno. Quizá nos dé algún informe útil. ¿Dónde está?
—En el corral.
—Vamos a verle.
Los cinco se encaminaron al corral. Rex, dormido cara al cielo,
no se había dado cuenta de la presencia de los bandidos.
Y cuando Alan fijó su mirada en él, su rostro se contrajo,
primero de rabia y luego, de salvaje alegría. Señalándole con el
dedo, se volvió a sus compañeros, diciendo:
— ¿Le reconoces, Tiny, y tú, Rudd?
—Claro que le reconocemos, Fisher. Es el tipo que te hizo
trampas con la baraja en la taberna de Thistle y se quedó con tu
dinero.
—Justamente. El que acertó a descubrir las marcas que
habíamos hecho en los naipes y se valió de ellas para burlarse de
mí con mis propias armas. Creo que el diablo me quiere bien
porque le prometí saldar este asunto si volvíamos a encontrarnos

—69
alguna vez y aquí le tienes. Él solito ha venido a darme esta
satisfacción.
— ¿Qué hago, entonces? ¿Le despierto a tiros? —preguntó
Averell.
—No. Puesto que está convertido en un plomo, déjale dormir y
que se reponga. A la hora de la paliza quiero que esté en
condiciones de aguantar y no se desmaye en seguida. Nosotros
venimos también muy cansados y es mejor que repongamos
fuerzas. Mañana por la mañana arreglaremos este asunto.

70—
—71
CAPÍTULO VI

CON LA GUADAÑA AL CUELLO

Tan profundo y pesado fue el sueño de Rex, que no se dio


cuenta de la llegada de los hombres por quieres había corrido
tantas fatigas, ni siquiera advirtió que el día había roto hacía
mucho rato. Seguía dormido con un sueño reparador y soñando
quién sabía qué cosas agradables o adversas.
Fisher y sus hombres habían dormido turnándose en velar por si
el prisionero despertaba, pero a la salida del sol seguía sin dar
señales de vida. Averell preparó el desayuno para todos y cuando
lo hubieron devorado, Fisher, encendiendo su pipa comentó con
ironía:
—Bueno, creo que ha llegado la hora de ofrecer su almuerzo a
ese tipo. Vamos, muchachos, porque será muy divertido ver la
cara que pone cuando despierte.
Se encaminaron a la corraliza formando corro alrededor de Rex.
Fisher le sacudió con la punta de su bota, gritando:
— ¡Eh, amigo, arriba; su desayuno está listo!
Rex abrió los ojos con trabajo y paseó la embotada mirada
alrededor. Durante algunos instantes contempló como idiotizado
los rostros que le examinaban con ironía y llegó a restregarse los
párpados preguntándose si estaría soñando. Le parecía que aún

72—
estaba bajo los efectos de una pesadilla y que, aunque despierto,
no se había podido librar de ella.
Pero la voz burlona de Fisher le volvió a la insospechada
realidad.
— ¿Qué le sucede, amigo? ¿Es que aún no nos conoce?
No era pesadilla, era algo más serio y dramático. Rex adivinó lo
que le esperaba y se preparó para hacerle frente. La crueldad del
destino se había burlado de él llevándole donde pretendía, pero
con todas las ventajas a favor de los sanguinarios salteadores.
Con elasticidad felina saltó poniéndose en pie. Los cinco
formaban un círculo estrecho que no le permitían romperlo.
Tratando de aparecer sereno, exclamó:
—Una sorpresa poco agradable, lo reconozco, pero no está en
mi mano evitarla.
—Veo que es usted comprensivo. ¿Recuerda que le hice una
promesa?
—La recuerdo. Le supo muy mal perder con sus propias
trampas.
—En efecto. Quizá fuese por la falta de costumbre, pero de esto
hablaremos ahora. ¿Cómo ha llegado usted aquí?
—Ese es un asunto muy largo, que creo que ya nada tiene que
ver con esto.
—Quizá sí. Ha contado usted un cuento a mi compañero.
—Él me ha contado a mí otro y estamos en paz.
—Posiblemente, pero no conmigo. Necesito saber cómo
descubrió este refugio.
—No fue por mi propio gusto, puedo asegurarlo. Me vi obligado
a huir de otro jaleo en que me vi metido y la suerte caprichosa me
trajo aquí-
— ¿Algún golpe más productivo que el que dio conmigo?
Tengo entendido que trae usted dinero.

—73
Rex rechinó los dientes. Su oro, ya no le serviría de nada porque
le despojarían de él, pero lo peor iba a ser que quizá también le
despojasen de la vida sin haber podido cumplir la promesa que se
había hecho a sí mismo.
Ellos eran cinco y estaban armados. El, uno y carecía de
revólver.
—Mis economías son escasas —repuso—, lo justo para adquirir
un caballo.
—No le llegará, supongo. Antes tiene que pagarme a mí y yo
cobro muchos intereses por mis préstamos, cuando me los
arrancan contra mi voluntad.
—Necesito un caballo. Estoy dispuesto a entregar lo que poseo a
cambio de él.
—No le llegará, ni siquiera le hará falta. Lamento decírselo.
Rex comprendió el significado de la siniestra afirmación.
Estaban dispuestos a deshacerse de él y poco podría hacer para
evitarlo.
Y en un impulso de feroz desesperación, decidió ser él quien
rompiese las hostilidades. Antes que dejarse matar fríamente de un
tiro, caería peleando como un tigre.
Fisher no era el enemigo que tenía más cerca pero había otro y
tanto daba él como cualquiera. Con un rapidísimo y veloz
movimiento de brazo, lanzó el puño al mentón de Averell y le
colocó tan feroz impacto, que el bandido cayó hacia atrás como un
peso muerto, sin siquiera poder enterarse de dónde le había caído
aquel golpe de gracia.
La pelea estaba iniciada. Rex trató de lanzarse sobre Fisher antes
de que éste emplease el revólver, pero al parecer, el bandido no
estaba dispuesto a terminar con él de modo tan fulminante. Quería
aplastarle, prolongar su agonía, machacarle a golpes y lo haría
hasta verle caer destrozado en tierra.

74—
Los cuatro, a una seña del jefe, cayeron sobre el muchacho. Este
había perdido facultades después de la terrible odisea de aquellos
días, pero el sueño reparador de la noche anterior y el alimento
ingerido, le habían devuelto parte de sus energías. Como era joven
y fuerte iba a resultar un enemigo duro, al que costaría trabajo
hacerle morder la hierba.
Fisher salió rebotando al ser alcanzado en el mentón cuando
dejaba caer su puño sobre la sien del muchacho. El bandido rodó
por tierra emitiendo rugidos de ira y se levantó más furioso,
lanzándose sobre él cuando sus compañeros le abrumaban a
golpes.
Rex se defendía como le era posible. Su pie derecho se había
clavado en el estómago de Wayne, obligándole a devolver el
desayuno entre vómitos violentos; Tiny Dunhan sangraba por
labios y nariz como un cerdo y Rex también tenía el rostro
cubierto de sangre a causa de un profundo corte en una ceja.
Su defensa era heroica pero estéril. A cada minuto su rostro
presentaba un estado más lastimoso, aunque sus contrarios no se
hallaban mucho mejor que él.
Pero Rex se preguntaba por qué no habían aireado el revólver
como medio más expeditivo. Era del género tonto encajar tantos
golpes cuando un tiro todo lo habría solucionado.
Pensaba en esto mirando a través del velo rojizo que cubría sus
ojos, cuando recibió un terrible golpe que le envió rodando como
una pelota por la hierba. Aturdido, mareado, sin fuerzas para
levantarse, rodó y gimió sin poder evitarlo y cuando intentaba
incorporarse, dos terribles puntapiés en los costados que le
levantaron en vilo le produjeron la sensación de dos terribles
hachazos clavándosele hasta lo más profundo de su ser. Después
de aquello se sintió incapaz de moverse. Estaba a punto de perder
el sentido y todo le daba vueltas, en tanto que su cuerpo parecía
haber sido fraccionado en pedazos.

—75
Y de repente, dos poderosos brazos le levantaron como a una
pluma, alguien le sujetó por la espalda obligándole, contra su
voluntad a permanecer erguido, aunque flácido y después... una
visión terrible; la de Fisher con el rostro descompuesto frente a él,
moviendo fieramente sus brazos y aplicándole sus terribles puños
en el rostro, como si fuesen mazas de pedernal.
Rex no pudo resistir el último y más alucinante castigo y con un
gemido de agonía, se desplomó en brazos de sus enemigos como
un muñeco de paja.
Wayne que le sujetaba, le dejó caer con rabia y gruñó:
—No sé por qué le hemos dado esta oportunidad de defenderse.
Es duro como el esquisto y bien se ha cobrado el castigo. Un tiro
lo hubiese arreglado todo.
—Sí —bramó Fisher, restañándose la sangre que le brotaba de
varias heridas recibidas—, pero yo no creí que fuese tan bronco,
que resistiese tanto una paliza combinada de los cuatro. Quería
hacerle sufrir un buen rato y aunque lo he conseguido, no estoy
muy satisfecho. Aún merece más.
— ¿Qué pretendes? ¿Darle otra oportunidad de que nos mande a
dormir como ha enviado a Averell?
—No. Ya no habrá más peleas. Cuando vuelva en sí, recibirá la
sorpresa final. Pienso llevarle a rastras hasta la sima del lado Norte
y dejarle rodar al fondo como una pelota, pero quiero que se dé
cuenta de que va a morir y cómo.
Luego, señalándole, dijo:
—Registradle; veremos qué dinero lleva.
El registro produjo enorme sorpresa. Rex conservaba en los
bolsillos bien repartida una cantidad de oro que podía calcularse
en unos dos mil dólares.
— ¡Diablo! —Clamó Fisher—. ¿Dónde habrá dado este golpe
tan estupendo? Dos mil dólares... que me ahorquen si esperaba
encontrar en sus bolsillos más de sesenta.

76—
Lo depositó todo en su sombrero que recogió pisoteado de la
hierba y ordenó:
—Arrastradle a la corraliza. Me temo que después de la paliza
recibida tarde muchas horas en volver en sí.
—Yo no esperaría a eso, jefe. Le...
—Basta. Lo he dispuesto así y así será. Cuidaos de Averell, lo
necesita.
Entre dos le cogieron, arrastrándole a la choza donde volcaron
sobre él algunos baldes de agua. Poco más tarde el bandido volvía
en sí.
—Sangre de satanás —bramó—; ¿qué mula me ha coceado que
me duele tanto aquí?
—Tu amigo el forastero, Averell. Te acarició el morro y ya
ves...
— ¡Oh, es cierto... ahora lo recuerdo! Dime, ¿dónde está ese
coyote? Voy a devolverle la caricia con una piedra de veinte
libras.
—No te molestes. Ya recibió lo suyo y no se enteraría. Fisher ha
ordenado que no se le haga nada hasta que vuelva en sí. Quiere
divertirse arrojándole vivo en la sima Norte para que se entere.
—Bueno, no está mal, pero... antes le haré unas caricias en la
piel con la punta del cuchillo, para que llegue más alegre... Siento
aquí algo como si me hubiesen aplicado un tizón encendido.
Y se acariciaba con delicadeza el mentón, que parecía una
extraña breva bien madura a causa de la morada hinchazón que le
había producido el golpe.
Los bandidos, entretanto, habían apelado a lavar bien sus rostros
para restañar la sangre. Hombres duros y curtidos en las peleas,
acusaban las señales de aquellos golpes como algo no muy
importante, pero interiormente les dolía más el orgullo maltrecho
de haberse dejado zurrar que las lesiones en sí.
Cuando estuvieron listos, Fisher ordenó a Tiny Dunham:

—77
—Quédate vigilándole mientras nosotros hacemos una
descubierta por el monte. Ahora más que nunca hay que estar
alerta, porque... si persiguen a este tipo, pueden descubrirnos a
nosotros por carambola.
Y se alejó seguido de sus otros dos compañeros, desapareciendo
por el mismo lugar por donde llegaron el día anterior.
Era más de mediodía cuando Rex abrió los párpados de un modo
mecánico, sin moverse de la postura en que le habían dejado.
Quizá de intentarlo, al menos en aquel momento, no lo hubiese
conseguido.
Su cabeza, completamente mareada, no coordinaba las ideas.
Sentía dentro de ella como si grandes y pesados cañones rodasen
sobre sus sesos y el dolor y latido de sus sienes era tal, que le
parecía que iba a estallarle el cráneo de un momento a otro.
Además, su garganta era como un nido de garras de tigre. Sentía
un raspazo sangrante dentro de ella y su lengua reseca como el
esparto le arañó el paladar al moverla. Estaba completamente
destrozado y era mejor no hacer ningún movimiento, porque
cualquiera que hiciese aumentaba su dolor.
Y volvió a cerrar los ojos para no marearse. Ahora sólo tenía un
sentido útil; el del oído. Y algo llegó a él que le iluminó para el
trágico futuro que le aguardaba. Wayne charlaba con Averell,
explicándole una vez más lo que había sido la feroz lucha y
comentaba furioso:
—Y Fisher está loco. Después de haberle aplicado el castigo
como él quería, debimos habernos deshecho de él sin
contemplación, pero aún quiere más. Dice que cuando recobre el
conocimiento y se dé cuenta de lo que le rodea, quiere arrastrarle
hasta el borde de la sima y dejarle rodar por ella. Una tontería.
—Sí, pero que será muy divertido. Oye, ¿a cuánto vamos a tocar
del dinero que le han encontrado?
—No sé... creo que guardaba unos dos mil dólares.

78—
— ¿Dónde daría tan buen golpe?
—No lo sé, pero... a lo mejor, nos enteraremos un día cuando
dejemos esto... Yo conozco a muchos del oficio en la región, pero
éste me es desconocido. Seguramente viene de cualquier otro
Estado.
Siguieron conversando sobre Rex y éste, inmóvil, con los ojos
cerrados y el oído atento, no dejó de captar hasta la última sílaba
de aquella amenazadora charla.
Ahora sabía por qué no le habían despachado de un tiro. Fisher
era un sanguinario, que sólo sentía satisfechos sus instintos de
fiera con suplicios de un refinamiento digno del más cruel apache.
Y angustiado se preguntaba qué podría hacer para librarse de
aquella muerte inicua. Ahora carecía de fuerzas para volver a
hacerles frente y harían con él lo que les viniese en gana.
Medio abrió los ojos. Los dos rufianes se habían sentado junto a
una piedra y con una resobada baraja, estaban jugando a cuenta
del dinero que le habían quitado. Ninguno estaba frente a él y esto
le permitiría, algún ligero movimiento para probar las fuerzas que
le podían quedar y darse cuenta de la clase de dolores que
agobiaban su esqueleto.
Pronto comprobó que lo más duro de la paliza, salvo los dos
puntapiés que recibiera, lo había encajado en el rostro y la cabeza.
Esta era la que más le atormentaba, pues al más ligero
movimiento, parecía que le estallaban barrenos que amenazaban
con hacerla saltar en pedazos.
El resto de los miembros no le dolían mucho y podía moverlos
con relativa facilidad, pero esto era muy poco si la cabeza no le
regía para sostenerse en pie.
Mientras los dos salteadores jugaban, Rex se había entregado a
la reflexión. Sabía lo que le esperaba como final y tenía que
intentar algo para eludirlo.

—79
Al parecer, mientras estuviese privado de conocimiento, no
pondrían en práctica su siniestro plan. Sabiéndolo, podía prolongar
aquel estado de inanición aparente mientras le conviniese. Quizá si
lo alargaba hasta llegar la noche, ésta le ayudase a poder encontrar
algún resquicio por donde evadirse y al mismo tiempo, le
facilitaría poder recobrarse un poco.
Lo que le extrañaba, era que Fisher y dos de sus compañeros no
hubiesen comparecido. No se explicaba su ausencia, pero debía
tener una justificación.
Siempre con los ojos semicerrados, no perdía de vista, a través
de los párpados, los movimientos de sus guardines. Estos volvían
la cabeza de vez en cuando para echarle un vistazo, pero
tranquilos por su inmovilidad, proseguían el juego.
Y así fue transcurriendo el tiempo hasta que llegó la media
tarde. La partida terminó por cansancio de los dos jugadores y
Averell, guardando los naipes, comentó:
—No sé por qué Fisher pierde tanto tiempo registrando el
monte. Hasta ahora, nada ha sucedido.
—Es cierto, pero... ahí tienes a ese sapo. Lo mismo que él llegó
aquí, podían llegar otros y...
Enmudeció bruscamente. Como si sus palabras hubiesen sido
una profecía. De lejos, pero con perfecta claridad, llegaron los
ecos de varios disparos. Estos se repitieron y aunque sin gran
intensidad, continuaron vibrando.
Los dos bandidos se miraron inquietos. Dunham comentó
nervioso:
—Apostaría a que Fisher y nuestros compañeros han
descubierto algo peligroso. Este tiroteo lo indica.
— ¿Qué debemos hacer? —Preguntó Averell—. A lo mejor son
más que ellos y necesitan ayuda.
Tiny dudó. Luego de echar un vistazo a Rex que seguía inmóvil
como una piedra, apuntó:

80—
—Creo que podríamos adelantarnos hasta los calveros del otro
lado del cañón y echar un vistazo. Desde allí se domina bien la
parte baja y si se trata de alguien cuyo paso ha interceptado Fisher,
podemos ayudarle si lo necesita.
—Pero, ¿qué hacemos con este tipo?
—Todavía está convertido en una momia, pero aunque no lo
estuviese, no creo que pudiera mover una mano después de la
paliza recibida. ¿Vamos?
Se decidieron y saltando a las sillas se dirigieron al pequeño
cañón por donde habían regresado a la cañada Fisher y sus
compañeros.
Rex, con el corazón palpitándole violentamente, les vio partir
sin mover un solo músculo para no despertar su alarma, pero
cuando estuvieron lejos de su alcance, se incorporó
trabajosamente y les vio en el momento en que desaparecían por la
fisura.
El bravo joven no lo pensó más. Si no aprovechaba aquel único
momento, nada podría hacer después y girando el cuerpo, trató de
ponerse en pie.
Se fue incorporando con angustioso trabajo. A medida que
tomaba una posición vertical, la cabeza parecía negarse a
sostenerle y cuando se puso en pie, dio varios traspiés
amenazando con caer de nuevo.
Pero como le fue posible dio algunos pasos hasta alcanzar un
balde con agua que había junto a la entrada de la cabaña. Metió en
él la cabeza zambulléndose varias veces y luego lo tomó con
trabajo y lo vertió sobre el cráneo, sintiendo la agradable
sensación del agua fresca reanimándole un poco.
Se movía con dificultad, pero se movía. La cabeza peleaba con
su fuerza de voluntad, pero ésta era enorme, porque defendía su
vida y así, en esta lucha, consiguió alcanzar el grupo de caballos
que pacían por la hierba.

—81
Escogió el que le pareció mejor. No tenía silla, lo que era un
inconveniente y nervioso, entró en la cabaña. Colgadas, en ella,
había dos sillas de repuesto. Tomó una y con manos temblorosas
consiguió acoplarla al caballo que se dejó ensillar noblemente.
Lo principal lo tenía. Le faltaban armas y provisiones, pero no
podía mostrarse exigente. Con poder escapar de la terrible muerte
que le esperaba debía conformarse.
Y casi gateando para subir al caballo, consiguió acomodarse en
él y meter los pies en los estribos. Obligó al animal a echar a andar
y cuando lo hizo, le asaltó un temor. ¿Por dónde huiría? No sabía
de más de dos salidas: por donde él había llegado y por donde los
salteadores habían desaparecido. Como la elección no era dudosa,
tenía que escoger la primera.
Después... todo dependería de muchas cosas. Primero, de que
Fisher y sus secuaces tardasen más o menos en regresar, después,
de que él supiese o pudiese elegir lugares poco propios a un
rastreo fácil y por último, del tiempo que le diesen a despegarse de
ellos. La tarde estaba bastante vencida y dos horas más tarde la
noche haría imposible toda persecución inmediata. Estos factores
decidirían su suerte y sin pensarlo más, lanzó el caballo por el
cañón por donde había penetrado en la cañada.
Al ponerse en marcha tuvo que inclinarse sobre el cuello de su
montura para no salir despedido. La cabeza le daba horribles
vueltas con el vaivén del trote y era incapaz de mantenerse
erguido. Dejaría que el animal tomase la iniciativa de la carrera y
acaso de su inteligencia dependiese su inmediata salvación o su
próxima y segura muerte.

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CAPÍTULO VII

LOBOS DE LA MISMA CAMADA

Una imprevista circunstancia era la que iba a decidir la suerte


del prisionero.
Fisher y sus dos acompañantes que no se confiaban lo más
mínimo sabiendo que eran buscados a causa de varios y audaces
golpes que habían dado en la comarca, vivían en perpetua alarma.
Aquel refugio del monte era bastante seguro y lo habían
descubierto por casualidad, pero no podían asegurar que en un
rastreo a fondo no pudiese ser descubierto por sus perseguidores.
Y por esta razón, mientras permanecían allí emboscados, no
dejaban de vigilar durante el día, dominando las alturas. Al menor
asomo de búsqueda que descubriesen retrocederían y a todo
galope, abandonarían su guarida antes de que sus enemigos les
acorralasen dentro de ella.
Las horas habían transcurrido en perfecta calma. La soledad de
los picachos y cortadas era absoluta y nada denunciaba que se
hallasen en peligro de ser descubiertos.
Pero a media tarde, cuando Fisher malhumorado y dolorido
estaba decidido a regresar a la cabaña para consumar su venganza,
Wayne, que había ascendido a la cumbre de un picacho, emitió un
silbido extraño y se apresuró a iniciar el descenso.

84—
Tanto Fisher como Rudd que se hallaban más abajo,
palidecieron al captar la señal. Esta era la de alarma y el corazón
les dijo que las horas de tranquilidad habían terminado para ellos.
Wayne descendió casi rodando por la pendiente y excitado, dijo:
—Fisher, he descubierto allá lejos por lo menos cuatro jinetes,
que por distintas sendas parecen buscar un mismo rastro. Están a
la izquierda, aún a distancia, pero tú conoces esto bien y por la
dirección que siguen, fatalmente vendrán a desembocar en el
cañón.
— ¿Dices que son cuatro?
—Quizá más, pero sólo he descubierto cuatro.
—Bien, no son muchos, porque nosotros somos tres y gozamos
de más ventaja. Vuelve al lugar que has abandonado. Tú, Redd,
corre a aquel calvero y toma posesión de él y yo subiré a ese cerro.
Así formaremos un triángulo que les cerrará el paso.
Se separaron para tomar posiciones y cuando habían escalado
las alturas, sus rifles quedaron pegados a la piedra prontos a
vomitar plomo.
Cuando Fisher coronó el cerro descubrió los cuatro jinetes que
seguían avanzando con precaución. Lo que no le gustó fue advertir
que iban muy separados y distanciados entre sí. La sorpresa sólo
podrían emplearla contra el primero que avanzase más de lo
prudente, pero después no habría sorpresa con los otros.
De todas formas, si eliminaban a uno quedarían tres para tres y
en aquella igualdad de número no temían a nadie.
Transcurrió más de un cuarto de hora. Los intrusos avanzaban
sin confiarse lo más mínimo, como si presintiesen que en
cualquier momento podían caer en una trampa y estas
precauciones afianzaban más a Fisher en la creencia de que era a
ellos a quienes estaban rastreando. Lentamente iban ganando
terreno. Uno de ellos se adelantaba en línea recta hacia el sitio
donde Fisher aguardaba con el rifle tenso en sus manos, pero otro

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se perdió de vista al rodear unos altos peñascales y ya no se dio a
ver de nuevo.
Los otros dos, uno más a la derecha y otro a la izquierda, se
habían detenido a retaguardia y examinaban unos picachos. El más
avanzado desmontó y se dispuso a escalar la altura para mejor
abarcar el paisaje en torno a él.
El primero consiguió llegar hasta casi el pie del cerro y se
dispuso a bordearle. Fisher entendió que ya no debía dejarle que
siguiese adelante y bajando el cañón del rifle, disparó.
El jinete emitió un terrible aullido de agonía y salió despedido
de la silla, en tanto el caballo asustado emprendía un galope
furioso buscando los lugares más favorables para la fuga.
El disparo se expandió en múltiples ecos por el monte y de
modo inmediato los otros tres jinetes se apresuraron a usar sus
armas, aunque al albur, pues no acertaban a descubrir a sus
agresores.
Pero las pequeñas nubes de blanco humo que despedían las
armas les denunciaron y contra las alturas concentraron también
los rifles, aunque sin muchas probabilidades de eliminar a sus bien
resguardados enemigos.
Los tres que aún quedaban con vida se replegaron uniéndose
para una mejor defensa y buscando la protección de los peñascales
decidieron seguir la táctica de sus contrarios. Si no les podían
atacar, tampoco les permitirían que les cazasen alegremente.
Y así, durante mucho rato, estuvieron malgastando plomo, pues
ni unos ni otros conseguían coger a sus contrarios desprevenidos.
Aquel prolongado y estéril tiroteo fue el que provocó la alarma
en Averell y Dunham y les obligó a acudir en ayuda de sus
compañeros.
Guiándose por los disparos consiguieron localizar a Fisher, a
quien llamaron a gritos. El jefe de la cuadrilla, al darse cuenta de
su presencia, les ordenó escalar el cerro para unirse a él.

86—
— ¿Qué pasa? —preguntó Tiny.
—No lo sé —gruñó Fisher—. Hemos sorprendido a cuatro
jinetes que caminaban rastreando el terreno y he conseguido
eliminar a uno, pero los otros tres están bien resguardados y no
hay forma de obligarles a dar la cara... ¿Por qué habéis venido?
—Nos asustó la intensidad de los disparos y temimos que
estuvieseis enfrentándoos con mayor número de enemigos.
— ¿Y el prisionero?
—Convertido en un muñeco. No da señales de vida.
—Hicisteis mal en dejarle abandonado,
— ¿Crees que aunque volviese en sí, cosa que dudo, podría
arrastrarse siquiera? Le hemos dejado descoyuntado.
—Bien, lo urgente es deshacernos de esos tipos. No podemos
permitir que retrocedan porque correrían a dar cuenta del
descubrimiento y formarían una partida mayor para perseguirnos.
Hay que acabar con ellos.
— ¿Cómo? —Preguntó Tiny—. No parece que estén muy
dispuestos a dar la cara.
—En efecto, pero... nosotros conocemos esto mejor. Tú quédate
aquí en mi puesto y tú, Averell, sígueme. Vamos a dar un rodeo
por aquellas depresiones y a situarnos a su espalda. Cuando oigáis
que disparamos por detrás de su refugio, descended y avanzad
como podáis para estrechar el cerco. Espero cogerles a todos en su
trampa.
Dejó al bandido y con Averell descendió, retrocediendo para
deslizarse por unas trochas que les permitirían haciendo un amplio
círculo, situarse a espaldas de sus perseguidores.
La tarde estaba próxima a caer y tenían que darse prisa, pues, si
llegaba la noche sin poner término a la situación, corrían el peligro
de que sus contrarios pudiesen escapar, amparándose en la
oscuridad y la configuración del terreno.

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Veinte minutos más tarde habían conseguido su intento y
trepando por unos altos ribazos, pegándose a ellos para no
descubrirse, alcanzaron la cresta.
En la parte fronteriza, agazapados entre los peñascos, medio
descubrieron las figuras de los tres emboscados. Fisher disparó
sobre uno, pero el proyectil se estrelló contra la peña, arrancándole
duros fragmentos sin alcanzar el blanco.
Los tres se escondieron aún más, sabiéndose en trágica situación
y ya no fue posible una nueva sorpresa.
—Es inútil que tratéis de resistir. Somos muchos y estamos
rodeando vuestra posición. Lo mejor es que os entreguéis sin
lucha y quizá salvéis la vida.
Hubo un momento de silencio. Luego, alguien con tantos
pulmones como Fisher para gritar, bramó:
—Un momento. Creo haber reconocido la voz del que ha
hablado. Si él es capaz de reconocer la mía... creo que podremos
entendernos.
Fisher se envaró. Después de la advertencia creyó, en efecto,
reconocer el timbre de aquella voz, pero la sonoridad del monte la
desfiguraba un tanto.
Para asegurarse, contestó:
—Dime con qué inicial empieza tu nombre.
—Te la diré y dime después si el tuyo empieza con la que yo
creo. La letra inicial de mi nombre es L.
— ¿L y luego G?
—Sí.
—La mía es A y F.
— ¡Fisher!
— ¡Gayle!
La voz de los dos interlocutores volvió a gritar, ordenando:
—Alto el fuego. Son amigos.

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Unos y otros abandonaron sus precauciones y avanzaron hasta
encontrarse. Fisher y el llamado Gayle se adelantaron con las
manos extendidas.
— ¡Rayos del infierno! —Bramó Gayle—. ¿Quién iba a decir
que me iba a estar tiroteando con un viejo amigo?
—Eso mismo digo yo, Gayle. ¿Quién iba a suponerte aquí, en la
sierra, rastreando algo? Creí que éramos nosotros el motivo de
vuestra presencia.
—Y nosotros creíamos que el hombre que andamos tratando de
cazar hace unos días, tenía aquí su guarida y gente que le
amparase... Bueno, Fisher. Me has matado a un amigo, pero no
puedo culparte, yo te habría matado a ti de no haberte reconocido.
¿Cómo es que andas por estos lugares?
—Esto pregunto yo. Mi campo de operaciones es éste y mi
refugio no está lejos.
—Nosotros estamos aquí circunstancialmente. Llevamos varios
días a la caza de un tipo que nos hizo una jugada ridícula, ridícula
para nosotros, en un garito de Park City. Entró por sorpresa con
dos revólveres en la mano, nos obligó a ponernos cara a la pared y
nos desarmó, robándonos todo el dinero que había sobre la mesa.
Unos tres mil dólares en oro y billetes.
«Inmediatamente salimos en su persecución y le hemos estado
pisando los talones durante unos días. Más atrás, en el monte, le
sorprendimos y estuvimos a punto de cazarle, pero el diablo es su
aliado. Nos tumbó cuatro compañeros y logró escapar, arrojándose
al cauce de una torrentera. Hemos seguido el curso de ella y hasta
hemos descubierto por dónde salió del agua, pero después el
terreno no se mostró propicio y perdimos la pista. Estábamos
dispuestos a no dejarle escapar porque, además de vengar la
afrenta, necesitamos recuperar el dinero. No puede andar lejos y
además carece de caballo y de provisiones. Por mi vida te juro que
no abandonaré el monte hasta dar con su maldita carroña.

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Los hombres de Fisher miraron a éste expresivamente, pero el
bandido, tenso, no hizo un gesto que denunciase lo que todos
estaban pensando. Se limitó a decir:
—Bueno, Gayle, todo lo que puedo hacer es ofrecerte refugio
por esta noche. La tarde muere y nada podéis hacer por aquí
perdidos.
—Y yo te lo agradezco. Ha sido una suerte encontrarte al cabo
del tiempo que no nos vemos.
—En efecto, pero espera un poco. Yo también tengo que tomar
precauciones por si acaso. Voy a enviar a uno de los hombres por
delante para que compruebe que no hay peligro alguno.
Se acercó a Wayne y ordenó en voz baja:
—Adelántate y pégale dos tiros al prisionero. No conviene que
hable, por si canta que nos hemos quedado con el dinero.
Wayne asintió y montando a caballo partió por delante del
grupo.
Fisher, a paso lento, guio a sus nuevos compañeros. Por el
camino pidió a Gayle detalles de lo sucedido y las señas
personales del atracador.
Cuando estuvo convencido de que era su prisionero, exclamó:
—Gayle, me parece que yo te voy a solucionar la búsqueda,
pero... no estoy muy seguro aún. Yo he capturado a un tipo de las
señas que dices y hemos tenido con él una pelea terrible. Puedes
comprobarlo por las señales que aún lucimos mis compañeros y
yo. Quería capturarle vivo para que hablase, pues le creí un espía
persiguiéndonos, pero no fue posible y tuvimos que acabar con él
a tiros. Si es el que buscas, siento decirte que no llevaba encima
más que cuatro billetes de diez dólares.
—No es posible...
—Puedes creerlo. Quizá, si como dices se vio obligado a
lanzarse a la corriente, el peso del oro era para él una condena de

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irse al fondo y se despojó de él. Entre la vida y la muerte, el oro no
tiene valor.
El bandido, apretando los dientes, clamó:
—Bien... quizá tengas razón..., pero si es él... volveré a recorrer
la orilla de la torrentera en busca del dinero. A lo mejor, lo
escondió en algún sitio con ánimo de volver en su busca cuando
pudiese hacerlo sin peligro.
—Eso pudiera ser.
Siguieron avanzando y cuando enfocaban el cañón que conducía
a la guarida, Wayne, a todo galope, retrocedía a su encuentro.
Fisher adivinó algo trágico y apretando los dientes, gritó:
— ¿Qué sucede, Wayne?
—El preso... ¡se ha escapado!
Una horrible maldición escapó también de los labios del
bandido.
— ¡Sangre de satanás!... ¿Cómo ha podido ser esto?
—No sé, Alan... tú sabes cómo había quedado. Humanamente
no podía moverse.
Fisher para justificar lo que había dicho a su compañero se
encaró con éste, advirtiendo:
—Es inexplicable. Le habíamos colocado dos proyectiles en el
pecho y le dejamos moribundo, o al menos esto creíamos nosotros.
Como estaba sin sentido, decidimos no ocuparnos de él de
momento. Si moría, mala suerte y si recobraba el sentido,
queríamos someterle a un duro interrogatorio. Es algo que no me
explico.
Gayle había quedado un tanto mohíno. Parecía adivinar que le
estaban mintiendo, pero no podía comprobarlo y no se atrevía a
provocar una riña con su compañero, sobre todo estando éste y sus
hombres sobre aviso.
Por otra parte, podía ser cierto que se hubiese despojado del oro
al arrojarse a la torrentera. Era suicida desafiar una corriente como

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aquélla con algunas libras de peso supletorio que podían poner su
vida en peligro.
Malhumorado, contestó:
—Lo siento, de verdad que lo siento, porque ya que no logramos
recuperar el dinero, al menos me hubiese agradado machacarle la
cabeza. ¿Crees que se puede rastrear su marcha?
—Se podría, Gayle, pero... fíjate en el cielo. Ya casi es de
noche, habría que esperar a mañana y el terreno, ya lo has
comprobado, es repelente a las huellas. Podíamos perder mucho
tiempo y dar lugar a que abandone el monte y denuncie nuestra
presencia echando sobre nosotros los sheriffs y comisarios de la
demarcación. Más lo siento yo que tú, porque aquí teníamos un
seguro refugio y ahora tendré que abandonarlo más que al paso.
Por fin, con la luz del crepúsculo, alcanzaron la cañada. Todos
iban tensos y furiosos y el que más, Fisher, que no parecía
dispuesto a perdonar a sus dos compañeros que hubiesen dejado
escapar al prisionero. Pronto comprobó que faltaba uno de los
caballos. Ahora estaba seguro de que la persecución sería
infructuosa, pues un hombre tan duro como aquel no se dejaría ya
cazar después de la prueba recibida.
Mientras sus huéspedes desmontaban y se acomodaban, Fisher
se acercó a Dunham censurando amenazador:
—Debía agujerearos el vientre por imbéciles.
—Quizá esto debiéramos hacerlo nosotros contigo, pues nadie
más que tú tuvo la culpa. Despojado del dinero, ¿por qué no
consentiste en eliminarle rápidamente? Yo estuve a punto de
hacerlo cuando acudimos en tu auxilio, pero no quise tener
tonterías contigo y lo dejé. Cúlpate a ti mismo de todo.
Fisher se mordió los labios. Su compañero tenía razón.
—Bien, ya no tiene remedio —afirmó—. Mañana por la mañana
lo prepararemos todo y abandonaremos esto. Tengo algunos
proyectos y nos correremos hacia el Sur para ponerlos en práctica.

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Aquí tengo la lista de algunos Bancos rurales que carecen de
importancia y que, sin embargo, manejan bastantes fondos.
Podemos dar algún golpe en ellos y luego seguir hacia la divisoria.
La noche se había echado encima. Averell se ocupó de preparar
cena para todos, mientras los dos cabecillas cambiaban
impresiones sobre su vida desde que se encontraron por última
vez, hacía casi un año, en Arizona.
Después de cenar y fumar una pipa decidieron acostarse al aire
libre. Montarían alternativamente una guardia por si acaso, y a la
mañana siguiente realizarían los preparativos de marcha.
Al salir el sol ya estaban todos en pie. Mientras Averell disponía
el desayuno, sus compañeros prepararon dos caballos que debían
llevarse también. Fisher quería venderlos antes de lanzarse a
nuevas aventuras.
Cuando sobre las diez, todo estuvo preparado Fisher preguntó:
— ¿Dónde piensas dirigirte ahora, Gayle?
—Pues... Daré una vuelta por Provo y más tarde, es posible que
me dirija al Norte. Ese tipo estropeó todos nuestros planes, pues
cerca de Park City, tenía estudiado un golpe a una «remuda» de
magníficos caballos y ahora ya no sé si llegaremos a tiempo. ¿Y
tú?
—Yo bajaré hacia el Sur. De momento no me dejaré ver en
ningún poblado de la cuenca, porque ya somos conocidos. Seguiré
bordeando la sierra por si necesito refugiarme en ella y más
adelante, el diablo dirá.
— ¿Qué harás con los caballos?
—Hay un traficante en las estribaciones del monte que se
quedará con ellos. Me los pagará peor que lo que quisiera, pero no
es momento de escoger.
Emprendieron la marcha y Fisher, que conocía muy bien el
terreno que pisaba, guio a sus compañeros de forma que antes de
caer la tarde, alcanzaban la falda del monte.

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—Bueno —dijo señalando el llano desde las alturas— ahí tienes
la pradera y casi enfrente, pocas millas más abajo, Provo.
Nosotros seguiremos por entre las cortadas y lo dejaremos a
nuestra izquierda. Cuando venda los caballos, veré lo que haré.
Ambos forajidos se despidieron. Gayle lo hacía con el
sentimiento de no poder comprobar si Fisher se había quedado con
su dinero, pero el salteador era hombre demasiado avispado, y
tanto él como sus hombres, habían mantenido una actitud
expectante que no había dado lugar a iniciativas peligrosas.
Cuando Fisher les vio perderse por las grietas hacia la pradera
sonrió divertido, diciendo:
—Se va con la impresión de que nos hemos guardado su dinero,
pero no me creerá tan tonto para que se lo regale después de lo que
expusimos por conseguirlo. Si se lo dejaron quitar por un solo
hombre siendo casi una docena... en justicia, merecía que le
hubiesen pegado cuatro tiros por imbécil.
—Sí —comentó Tiny— pero me parece que tampoco nosotros
hemos sido muy listos. Le despojamos del oro, en total unos dos
mil dólares, pero por lo que ese tipo ha dicho eran tres mil, y el
resto estaba en papel. Registramos mal al prisionero y debió
esconder el resto en alguna parte. ¡Maldito sea su esqueleto!
Como volviera a encontrarle, le sacaría el resto de su piel en tiras.
Y tras este «agradable» comentario, la cuadrilla se perdió por las
sinuosidades del terreno, para no darse a ver y salir a la llanura
muy por bajo de Provo y los pueblos próximos a él.

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CAPÍTULO VIII

SORPRESA

El caballo de Rex dejado a su propio instinto se perdió por entre


un laberinto de altas rocas, pasos retorcidos, sendas en pendiente o
trozos llanos y claros, sin que Rex apenas se diese cuenta del
paisaje que recorría. Su cabeza era un caos, los ojos se le nublaban
hasta borrar los contornos de cuanto se alzaba ante su vista y sólo
se daba cuenta de que caminaba, que se alejaba de la guarida de
los salteadores y de que la tarde moría con rapidez, amenazando
con tragarle en su oscuro velo. Al tormento del dolor añadía el
horrible de la sed, una sed torturadora como jamás la había sentido
en su vida y como no creía que podría volver a resistir.
El caballo seguía caminando, unas veces a buen trote, otras al
paso, según el camino que se abría ante él, pero caminaba, y ya el
sol se había eclipsado y las sombras inundaban el feroz paisaje y
la luna surgía por detrás de unos picachos plateados y el animal
firme, descansado, sin freno, continuaba avanzando, como si algo
le empujase hacia un destino marcado que sólo él fuese capaz de
conocer.
Y de repente, nunca supo Rex cuánto había caminado hasta
aquel momento, el animal se detuvo, olfateó, relinchó y avanzando
unas cuantas yardas, se detuvo inclinando la cabeza y estirando el
cuello.

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Rex perdió el punto de apoyo de las manos y abrió los ojos.
Algo como un espejo lleno de luz de luna, brillaba por bajo de él.
El instinto le advirtió que era agua y dejándose escurrir del animal
cayó sobre la hierba junto al cauce del arroyo.
Se arrastró como un reptil y metió la cabeza en la fresca linfa.
La sensación de ahogo le obligó a sacarla, pues era tal su sed y el
ardor de su cabeza que la frigidez del líquido elemento le causaba
un bienestar inefable.
Bebió con más ansia que el caballo, bebió hasta hartarse, hasta
sentir su estómago casi hinchado y luego, de nuevo empezó a
sumergir la cabeza en el agua una y muchas veces, hasta que el
frío de la misma le entró en la sangre y casi llegó a no sentir la
agradable sensación. Pero como si hubiese sido una medicina se
sintió enormemente aliviado. Sus dolores ya no eran tan
agobiantes, su vista se aclaraba y la razón adquiría más
sensibilidad al momento que vivía.
Había escapado de la muerte, estaba seguro de ello, pero aún
corría peligro. Si era capaz de mantenerse toda la noche a caballo
y el animal aguantaba también, estaba seguro de haber dejado
atrás el peligro para siempre. Volvió a subir con menor trabajo a la
silla y arreó al animal, pero esta vez conscientemente no le dio
dirección alguna; que su instinto continuase la obra iniciada y que
se salvasen o se perdiesen los dos por designios de la suerte.
Y siguió caminando. El caballo no corría, tanteaba
prudentemente el terreno, parecía orientarse con el olfato y la
selvatiquez del monte desfilaba en todas las formas imaginables
por los ojos del joven, sin que éste pudiese apreciar en forma
alguna lo que era aquel paisaje lunar ni los terribles peligros que
de él había ido bordeando.
Sólo sabía que se alejaba del lado de Fisher y los suyos, que su
cabeza ya no le martirizaba tanto y que, entre las piernas tenía un
animal maravilloso, con más inteligencia que muchos hombres.

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Y llegó un momento en que jinete y montura se sintieron
cansados, tanto, que al enfocar un terreno llano el caballo se
detuvo por propia voluntad y relinchó como avisando que no
estaba dispuesto a continuar adelante.
Rex se dio cuenta y se apeó. Su mano temblorosa acarició el
morro del caballo y después miró en tomo a él. Se hallaba en un
trozo descampado, pero a su derecha, se erguía un talud. Dirigió el
caballo hacia allí y se detuvo.
Entre una mella del talud, se escapaba un rumor suave. Era
agua. Un pequeño regato que escupía la roca. El lugar era
magnífico para acampar y decidió hacerlo.
Volvió a la vida con el sol bastante alto. El caballo se había
refugiado a la sombra del paredón para evitar la fiereza del sol y
Rex, más descansado, menos atormentado por los dolores, le
sonrió agradecido.
Luego se levantó y le llevó en busca del regato. El caballo lo
despreció, señal de que ya antes lo había descubierto por su cuenta
y como la noche anterior, bebió con ansia, se zambulló durante
media hora en el recio hilo de agua que caía de lo alto,
recibiéndolo en plena cabeza y cuando se retiró parecía dueño de
sus acciones.
No se sentía bien ni mucho menos. Tenía las cejas con dos
buenas cortaduras, un pómulo hinchado, en el labio superior
notaba un escozor tremendo y la oreja derecha tenía un desgarrón
en su parte baja. Por otra parte, le dolían las articulaciones de la
cadera a causa de las dos terribles patadas que había recibido, pero
todo aquello era soportable comparado con lo que había pasado
hasta el momento. Estaba mucho mejor y si nada sucedía lo estaría
más a medida que transcurriesen las horas.
No queriendo perder tiempo volvió a saltar a la silla y
acariciando al animal, ordenó dulcemente:

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—Adelante, amigo. Mi vida te pertenece y la dejo a merced de
tu instinto. Haz conmigo lo que creas que debes hacer.
El animal emprendió la marcha y Rex siguió con curiosidad sus
pasos. Escogía las sendas, los repechos, las hondonadas o los
descensos y mediado el día, emprendía la subida de una terrible
cuesta, que parecía que iba a conducirles a las cumbres del monte.
Rex sintió miedo de que se extraviase y estuvo a punto de
obligarle a variar de dirección, pero la curiosidad de saber dónde
llegarían pudo más y le dejó.
Y cuando coronaron la cumbre Rex elevó los Ojos al cielo y dio
gracias al instinto del caballo. Desde allí se divisaba a sus pies, a
cosa de una milla de distancia, las estribaciones de la sierra y
detrás, la ansiada llanura bañada por la fuerte luz del sol.
Loco de alegría, abrazó al caballo colmándole de elogios. Nunca
como entonces había sentido tanto cariño por un animal y eso que
si Rex tuvo alguna vez sentimientos amorosos para alguien, aparte
de su hermana, fue para su caballo, ahora perdido y en manos de
sus perseguidores.
Las angustias que le embargaban temiendo la persecución o el
extravío en las entrañas del monte se disiparon, sus dolores
parecieron menguar con el descubrimiento y animando al noble
animal a seguir, le dejó que continuase orientándose para
descender a la llanura. Ahora que ya no le preocupaba su precario
porvenir, sintió curiosidad por sus enemigos. Para él era una
incógnita lo que le había sucedido a la cuadrilla de Fisher. Sabía
que algo les había obligado a usar las armas, pero desconocía cuál
fue el motivo y su resultado.
Lo más probable, según estimó, era que si les andaban
rastreando por sus latrocinios en la comarca, hubiesen sido
descubiertos por las autoridades. Si así era, posiblemente habrían
tenido mucho de qué ocuparse antes que pensar en él y si las cosas

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les habían ido mal, lo más cierto sería que se viese obligado a no
pensar más en seguir su pista.
Esto era algo que le causaba pesar. Se había aficionado a la idea
de ser él quien se tomase la justicia por su mano y le escocía tener
que ceder aquel placer a las autoridades legales. Cierto era que a
ellas correspondía la caza y captura de aquellos desalmados, pero
él tenía algo personal que vengar en ellos y este saldo de cuentas
era el que no le agradaba ceder a nadie.
El caballo inició el descenso. No era cosa fácil, pues la gran
altura que habían ganado empezaba a inclinarse con violencia
hacia el llano por sendas escurridizas y peligrosas, pero el animal
poseía instinto y sabía sortear el peligro de aquellas bajadas.
Poco a poco el terreno se fue haciendo más fácil al descenso.
Las retorcidas sendas no presentaban un plano inclinado tan agudo
y a veces, conseguía alcanzar trozos llanos que le aliviaban del
esfuerzo. Una lenta carrera de obstáculos, que supo sortearla muy
bien y casi en línea recta del punto de partida.
El sol se eclipsaba en la lejanía cuando por fin dejaban a su
espalda las asperezas del monte. El paisaje se dilataba, ahora plano
y verdegueante, pero a su vista no se erguía la silueta de ningún
poblado. Rex ignoraba dónde podía hallarse, ni cuál sería el
pueblo más cercano que encontraría.
Y lo ansiaba con toda su alma. Le dolía todo el cuerpo como si
tuviese alfileres clavados en los huesos, de nuevo le atormentaba
la sed y también el estómago reclamaba una atención que llevaba
muchas horas sin recibir.
Un pueblo próximo sería la meta de sus presentes ilusiones.
Encontraría en él una buena cena, agua fresca con que saciar la
sed, pienso y pesebre para su noble montura y un blando lecho
para él donde descansar y reponerse de sus dolorosos quebrantos.
Si lo encontraba aquella noche se prometía no salir de él hasta
haberse recuperado completamente.

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Tras un momento de vacilación se apeó, rebuscó entre el cuero
de sus botas los arrugados billetes que tan oportunamente había
escondido y los guardó en su bolsillo, luego, tomó un puñado de
tierra y lo lanzó al aire. Este lo arrastró hacia el Sur y Rex, sin
vacilar, volvió a la silla y tomó la dirección del viento.
Caminó casi tres horas sin descubrir poblado alguno. Una
incomprensible desorientación se había apoderado de él y se
preguntaba, si no habría salido a algún lugar desconocido que le
alejase de todas las rutas frecuentadas, como un náufrago se ve
arrojado a una isla desierta cuando cree hallarse próximo a la costa
anhelada.
Hasta que por fin, al filo de las doce, descubrió en la lejanía un
conglomerado de luces que parpadeaban casi imperceptiblemente
en las azuladas sombras de la noche. Ya tenía a la vista lo que con
tanto ahínco andaba buscando. Obligó al caballo a forzar su trote y
cuando se hallaba próximo al poblado un vago recuerdo se avivó
en su memoria. Si no había perdido el sentido de las dimensiones
varias veces captadas, aquel poblado, era Thistle, el mismo que
abandonara muchos días atrás en persecución de Fisher y su
cuadrilla.
Penetró a paso lento por la calle principal y torció por una
calleja en busca de la posada donde había estado la vez anterior.
Para llegar a ella tuvo que cruzar por la plaza donde se hallaba
instalado el Banco.
Y al enfrentarse con él, sus recuerdos se avivaron trágicamente.
El edificio se hallaba cerrado, la plaza solitaria y bañada por la luz
de la luna, pero la imaginación del nómada revivía con trazos de
fuego la trágica escena que presenciara aquella mañana y le
parecía estar viendo con los ojos de la imaginación, el cadáver del
cajero hundido en el polvo y junto a él, la estampa impresionante
de su pobre esposa, desmelenada, con el rostro contraído y los
ojos bañados en lágrimas, abrazando al muerto con un brazo en

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tanto con el otro sostenía a la infeliz criatura que manoteaba
inocentemente ajena a la tragedia que se iniciaba en su joven vida.
Y rechinó los dientes con rabia sin poder evitarlo. Había tenido
al alcance de sus manos a los sanguinarios salteadores que
cometieron aquel nefando crimen y la mala suerte le había
impedido cumplir su promesa y castigarlos como merecían.
Se pasó la mano por los ojos para borrar la visión y dejó la plaza
atrás para alcanzar la posada. En ésta reinaba una absoluta
tranquilidad. Había pasado la hora de la cena y el comedor se
hallaba desierto.
El empleado, al verle, le reconoció y saludándole con galantería
comentó:
—Buenas noches, amigo, ¿otra vez por aquí?
—Sí, otra vez. Voy de regreso al Sur. ¿No habrá medio de
comer algo? Vengo hambriento y sediento y aunque comprendo
que no es hora hábil le agradecería que me proporcionase algo que
llevar a la boca.
—Bueno, quizá algo en frío haya en la cocina. Parece que está
usted muy agotado y... aunque no soy curioso, observo que no trae
usted el rostro en muy buenas condiciones.
—En efecto, he pasado una odisea bastante agria en las
estribaciones del monte. Me vi perseguido por una cuadrilla de
salteadores y tuve con ellos una pelea más que regular. Conseguí
evadirme de sus manos con peligro, pero no sin acusar las huellas
de sus puños.
—Me hago cargo. Parece que esta parte de la cuenca no está
ahora muy segura. Se han dado algunos golpes en la comarca y la
gente anda un poco asustada.
— ¿Se refiere a la cuadrilla de aquel tipo que se hospedó aquí
cuando yo estuve la otra vez?
—Se sospecha que sean ellos, pero no se sabe con seguridad.

102—
—Oiga, ¿qué sucedió con aquella pobre mujer? Me refiero a la
esposa del cajero asesinado.
—Fue horrible. Casi murió de la impresión, pero salvó la vida.
El director del Banco se ha portado muy bien con ella y le asignó
como pensión el sueldo que tenía su marido. Era lo obligado en
atención a que él se jugó la vida por defender los intereses del
Banco. Claro que con eso no le devolverán su marido ni la
felicidad de su hogar, pero cuando menos ella y su hija no se
morirán de hambre.
—Sí, fue algo impresionante. ¿No han encontrado huellas de
aquellos miserables?
—Nada. Realizaron indagaciones durante muchos días, pero no
encontraron rastro de ellos. Debieron perderse en el monte y
cruzar al otro lado. Después, se cansaron de perder el tiempo y ya
no se ha hecho nada más.
Rex guardó silencio. Si los informes que le daba el empleado de
la fonda eran exactos, no se hacía idea aproximada de quiénes
fueron los que se tirotearon con la cuadrilla de Fisher cuando él
estaba prisionero.
Pero como no sentía deseo alguno de dar más detalles, ni contar
sus andanzas por el monte, se guardó para él cuanto sabía.
El empleado abandonando el mostrador, dijo:
—Siéntese por ahí y haré que le busquen algo que llevar a la
boca.
—Sí y llame a un mozo para que se haga cargo de mi caballo.
Está tan hambriento y sediento como yo.
El empleado desapareció por el pasillo del fondo y Rex pasó al
comedor débilmente iluminado por una sola lámpara.
Sintió fuera los pasos de un mozo atendiendo al caballo y poco
después le servían un trozo de pollo frío, unas lonchas de jamón,
dos trozos de carne adobada, tarta de manzanas y alguna fruta del
tiempo.

—103
Todo lo devoró con ansia, rociado con vino de California y
cuando sintió saciada su hambre pidió le indicasen la habitación
que le habían destinado.
Ya en ella se desnudó con fatiga, pues le dolían todos los huesos
al doblarse. Cuando se despojó de las botas los calcetines eran un
puro pingajo y las plantas de los pies casi le sangraban del
continuo roce.
Pero no se sentía con ánimo ni de darles un ligero baño. Sólo
sentía un ansia infinita de tumbarse, adquirir una posición
horizontal y sumirse en la blandura del lecho para dar a sus huesos
el descanso merecido.
Y no tuvo tiempo para pensar en nada. Apenas se tumbó algo
invisible tiró de sus párpados y minutos más tarde dormía
pesadamente.

* * *

Durmió con pesadez hasta mediada la tarde del día siguiente.


Sobre las cinco despertó envarado y levantándose llenó la jofaina
con agua del cubo de latón que encontró junto a ella y se lavó
durante mucho rato, hasta desentumecer sus sentidos.
La frescura del agua le alivió. Más tarde fueron sus doloridos y
escocidos pies los que recibieron también el beneficio de un baño,
pero fue entonces cuando se dio cuenta de que carecía de ropa
para mudarse y de utensilios con que rasurar sus barbas crecidas
de muchos días.
No podía salir de aquella manera y necesitaba adquirir lo más
preciso, para ello vióse obligado a llamar a uno de los mozos
entregándole dinero para que de momento le adquiriese una muda,
calcetines y un revólver. Después iría a la barbería del poblado y
se cuidaría del resto de su aseo.

104—
Casi anochecía cuando con ropa limpia que había desterrado de
su cuerpo el olor sudoroso que le acompañara tantos días, entraba
en la barbería y ya las sombras se habían adueñado del poblado,
cuando regresaba a la fonda a realizar su comida primera de aquel
día.
Mientras le servían los platos su imaginación trabajaba
intensamente. De nuevo se encontraba en una encrucijada de la
que no sabía cómo salir. Por algún lugar no lejano de allí, debía
andar Fisher y su cuadrilla, si alguien no les había cazado durante
su fuga, pero no tenía la menor idea de dónde podrían hallarse.
Y lo malo era que nadie podía facilitarle ningún detalle que le
sirviese de pista. Lo seguro era que al saberse descubiertos
hubiesen cambiado de guarida y lo difícil sería localizarla de
nuevo.
Algo le decía que debía rebuscar de nuevo en el monte, pero éste
era inmenso, se dilataba en muchas millas de Norte a Sur y podía
suceder que mientras él perdía los días en una búsqueda
infructuosa, los salteadores se hallarían en algún poblado más o
menos lejano intentando de nuevo sus audaces golpes.
El problema era tan complejo y atormentador que ante la
imposibilidad de resolverlo, optó por no atormentarse más y
decidir en el momento que saltase a la silla para abandonar el
poblado.
Más tarde pensó en los enfurecidos indeseables a quienes había
despojado de su dinero. También ellos eran sus enemigos y le
habían perseguido con tesón. ¿Dónde habrían ido a parar después
de la inútil persecución que iniciaron tras él después del atraco?
¿Volvería a encontrarse con ellos? Debía no olvidarlos y
tenerlos en cuenta, pues les había causado unas cuantas bajas y su
odio hacia él sería enorme.

—105
Preocupado con todos aquellos problemas, comía
mecánicamente, con la mirada baja, el gesto desvaído y abstraído
por completo de cuanto le rodeaba.
Por lo temprano de la hora, el resto de los huéspedes aún no
habían acudido al comedor Sólo el que no probara bocado en todo
el día, estaba haciendo una comida que, como almuerzo, era tardía
y como cena demasiado temprana.
Los huéspedes entraban y salían cruzando por delante de la
puerta que comunicaba el comedor con el vestíbulo. Frente a la
puerta se levantaba el mostrador de recepción y el empleado
atendía a los clientes.
Rex se había sentado al fondo, en el testero que daba casi frente
a la puerta. A su derecha, pero a más de cinco yardas de él, se
abrían los huecos de las dos ventanas que daban a la calzada y por
las que se filtraba débilmente el resplandor de las lámparas
encendidas sobre la jamba de la puerta, para mejor señalar el
emplazamiento de la fonda.
Y súbitamente, cuando más distraído se hallaba y cuando menos
podía sospechar una sorpresa peligrosa, entre el barullo que se
formaba en el vestíbulo, llegó a sus oídos una voz que parecía
sonarle desde muy lejos, pero con un timbre conocido y aquella
voz preñada de rabia y amenaza, gritó:
— ¡Rayes del infierno... es él... el que nos asaltó en Park City!

CAPÍTULO IX

EL FINAL DE UNA PUGNA

Un movimiento instintivo de defensa obligó a Rex a escurrirse


del asiento por detrás de la mesa, al captar el nombre del poblado.

106—
Park City fue para él una revelación, pues le recordó, de golpe su
hazaña del garito donde se burlara de aquel grupo de indeseables.
Su movimiento defensivo fue tan oportuno que no había tenido
casi tiempo de esconderse debajo de la mesa, cuando tronaban
varias estruendosas detonaciones y los proyectiles se clavaban en
la pared, justamente donde un segundo antes se erguía su silueta.
Rex, en una reacción brutal, con todos sus sentidos alerta, se dio
cuenta del peligro y volcando la mesa con un horrible estrépito de
vajilla quebrada al estrellarse contra el suelo, hizo trinchera del
sólido tablero y desenfundando el revólver, disparó hacia la
puerta, dispuesto a no permitir que sus enemigos invadiesen el
comedor.
Los disparos salieron por el hueco y fueron como mortales
avispas a clavarse sobre el mostrador, en el que el empleado, al
captar las primeras detonaciones, se había protegido
escondiéndose como un conejo asustado.
Pero los asaltantes, duchos en aquella clase de peleas, se habían
apresurado a separarse del vano de la puerta y así como sus
disparos habían fallado, los de Rex se habían perdido sin encontrar
dónde hacer blanco.
Pero la situación para él era trágica. Tenían bloqueada la salida y
no le permitirían escapar si antes no conseguía eliminarles.
Pero esto no era fácil. Los tres supervivientes de la cuadrilla
habían tomado posiciones a ambos lados de la puerta y sólo
mostraban velozmente el brazo al asomarlo, para buscar a ciegas a
su enemigo.
Rex contestaba tratando de alcanzar a alguno, siquiera fuese en
los brazos para anularle como tirador, pero no lo conseguía. Bien
protegido por el tablero de la volcada mesa, disparaba
metódicamente cuando veía brillar el fogonazo de algún disparo y
sentía a la par el sordo golpeteo de los proyectiles contrarios
clavándose en la madera.

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El hall había quedado desierto al iniciarse la pelea. El que más y
el que menos, no quería exponerse a mascar plomo en un lance en
el que nada tenían que ver y solamente Rex y sus tres enemigos
eran los dueños de los bajos de la fonda.
Mientras acechaba a sus contrarios, el joven hacía trabajar su
imaginación para burlarles. Si no podía despacharlos, cosa que
parecía imposible, al menos tenía que intentar que no terminasen
por cazarle a él. La madera de la mesa era resistente, pero por dos
veces al alcanzar los proyectiles los rebordes, habían levantado
enormes astillas y en uno de aquellos intentos, podían alcanzarle a
él.
Y tras desechar todas las cosas que se le iban ocurriendo con
velocidad de vértigo, sólo una le pareció medio viable. Era en
extremo peligrosa, pero la situación lo era más y tenía que correr
el máximo riesgo para salvarla.
Lentamente, sin perder la posición defensiva que gozaba, fue
arrastrando poco a poco la mesa con dirección a las ventanas.
Quería aproximarse a ellas cuanto le fuese posible antes de
intentar la solución desesperada que había concebido.
Esta maniobra le permitió ganar un par de yardas, no mucho,
pero acaso, las suficientes para su idea.
Ahora, los proyectiles disparados de través eran más peligrosos
porque cogían un radio de acción más viable, pero esto era lo de
menos si podía cumplir todos los detalles del plan que había
concebido.
Y cuando estimó que debía ponerlo en práctica, levantó el
revólver por el reborde de la volcada mesa y en lugar de disparar
hacia la puerta, apuntó a las dos lámparas que ardían en el techo.
Los disparos fueron certeros, los adminículos estallaron como
granadas y el petróleo se derramó por el piso corriéndose en todas
direcciones y formando como una barrera extraña de llamas, que
amenazaba con hacer presa en todo el comedor.

108—
Y simultáneamente con los disparos, salió como un tigre y
corrió hacia una de las ventanas, lanzándose contra ella con el pie
levantado.
La dura bota hizo añicos los cristales y Rex saltó a su vez de
cabeza por el vano a la falsa acera, que corría a lo largo de la
fachada.
Rebotó en ella sordamente como una pelota de piedra, pero se
irguió con la flexibilidad de un gato y de un impulso poderoso
llegó hasta uno de los caballos parados frente a la ventana y saltó a
la silla.
Sus espuelas se clavaron con furia en los ijares del animal y éste,
al sentir el dolor, dio un fiero bote y salió disparado calzada arriba.
Mas su maniobra, aunque veloz y audaz, no pasó desapercibida
para los bandidos duchos en toda clase de trucos de aquella índole.
Les sorprendió el estallido de las lámparas, pero cuando oyeron
el estrépito de los cristales al ser pulverizados, uno de ellos gritó:
— ¡Afuera, que se escapa!
Y a todo correr, abandonaron el hall para salir a la calzada a
detenerle.
Pero Rex había sido más rápido. El caballo se alejaba a todo
galope, cuando ellos alcanzaban la salida y disparaban rabiosos
intentando detenerle.
Ya era tarde. Las sombras de la noche les impidieron fijar el
blanco y aunque los proyectiles pasaron silbando siniestramente,
junto al audaz Rex, no le alcanzaron.
Pero los encorajinados bandidos no podían encajar la nueva
burla, ni permitirle que se les escapase de nuevo. Velozmente
saltaron a las sillas de sus monturas para iniciar la persecución.
Más uno de ellos se había quedado sin montura. La que al azar
tomase el fugitivo pertenecía a uno de ellos y el desmontado, tras
emitir una blasfemia horrible, giró la turbia mirada en torno a él y
descubrió otros caballos a medio trabar frente a la puerta, entre

—109
ellos uno muy bueno que pertenecía a un ranchero que acababa de
llegar a la fonda.
El indeseable no se detuvo a pedir permiso ni a preguntar de
quién era el caballo. Saltó a él furioso y lo lanzó tras los de sus
compañeros que ya se alejaban calle arriba iniciando la caza.
Pronto, todo el estrépito que se había producido en el
establecimiento, cesó como por encanto, pero detrás de los
caballistas quedaba el rojo resplandor del petróleo haciendo presa
en el comedor de la fonda.
Minutos después todo se había borrado. El pueblo quedaba atrás
en las sombras de la noche y cuatro hombres duros, coléricos y
curtidos en toda clase de avatares, galopaban como rayos por la
pradera, en una pugna cruel en la que la muerte galopaba a la
grupa de los caballos en espera de su macabro botín.
Rex había escogido, sin saberlo, el mejor caballo de los tres, el
que pertenecía al llamado Gayle y esta elección del azar, le había
facilitado poder ganar una distancia relativa, pero lo suficiente
para que los varios intentos de detenerle a tiros fallasen, por
quedar los proyectiles demasiado cortos.
Este fracaso encendía más la ira de los perseguidores, porque
conociendo las facultades de aquel buen caballo, adivinaban que
sólo rindiéndole en una carrera feroz podrían poner a tiro de
«Colt» a su audaz jinete.
También Rex se había dado pronta cuenta de la valía del animal
y daba gracias al cielo por el acierto que tuvo al escoger. Si
pretendían alcanzarle tendrían que forzar mucho la resistencia de
sus monturas y además, éstas habrían de ser de la misma calidad
que la que él llevaba entre sus piernas.
El paisaje pintado en plata se desarrollaba terso y llano ante las
monturas. Ni un accidente, ni un desnivel, ni siquiera un trozo de
tupido bosque se dibujaba en la penumbra de la noche. Pradera y
más pradera y sobre ella, los cascos rítmicos y acompasados de

110—
cuatro veloces caballos, en una carrera trágica cuyo premio podía
ser la muerte.
Rex volvía de vez en cuando la cabeza y siempre descubría a su
zaga a sus perseguidores. Algo retrasados, era cierto, pero lo
suficientemente sobre él para no poder engañarlos en la dirección
a tomar.
Y temiendo los resultados de aquella dura pugna entendió que
sólo las estribaciones del monte podían favorecerle. Si conseguía
ganarlas, sus asperezas, sus accidentes, podían, facilitarle una
defensa ordenada, que costase caro a sus enemigos el intento de
aplastarle.
Y bruscamente giró hacia el Oeste, dispuesto a llegar a las
estribaciones del monte antes del amanecer. Si lo conseguía, las
sombras de la noche serían para él grandes aliadas y acaso les
condujese a una trampa donde en lugar de resultar la pieza, se
convirtiese en el cazador.
Sus perseguidores debieron darse cuenta de sus intenciones,
porque gritaban como ratas perseguidas y apelaban, aunque
inútilmente, a sus revólveres tratando de alcanzar al fugitivo.
Este, firme en su idea apremiaba al caballo y el animal se
excedía en el galope, consiguiendo distanciarse aún más de sus
perseguidores.
Y era aproximadamente la madrugada, cuando Rex consiguió
bordear el accidentado terreno próximo a la montaña, dejar atrás a
sus enemigos y sumirles en un complejo de dificultades para
seguir a ciegas su verdadera ruta.
Rex, muy alegre, continuaba galopando de una manera extraña.
Seguía una senda, la retorcía como si intentase retroceder, volvía
sobre sus pasos, cambiaba de ruta a cada momento y tejía con ello
un laberinto, que iba a dar mucho que hacer a sus enemigos.
Y cuando el sol empezaba a romper por Oriente, el infatigable
aventurero empezó a preocuparse en serio de su situación. Tenía

—111
que buscar un buen refugio, defendible fácilmente si era
descubierto y si era posible, tan oculto que le permitiese dormir
algún rato.
Por fin, entre el conglomerado de peñascos y demás accidentes
de la parte por donde había entrado descubrió una especie de
senda pina, que le condujo a unas alturas. Desde éstas, podía
defender la subida e impedir que nadie llegase hasta él. Tendrían
que conformarse con sitiarle y disparar desde abajo, pero con la
exposición de ser él el que mejores blancos pudiese efectuar.
Descendiendo del caballo, se apresuró a frotarle el cuerpo con
hierba seca para enjugar su sudor. No podía ofrecerle agua, porque
allí no la había, pero tampoco él podría bebería a pesar de sentir
tal necesidad. Ya seguro, rebuscó en sus bolsillos. Por fortuna,
siempre los llevaba con repuesto de proyectiles y aunque sólo
contaba con su revólver, tendría suficiente para resistir un regular
asedio.
Registró el saco de viaje del bandido. En él había alguna ropa y
un par de latas de conservas. Algo para apaciguar el hambre por
una vez, si lo necesitaba.
Pero al ahondar en el saco, descubrió una caja de proyectiles
para «Colt 45». El hallazgo le alegró, porque acaso fuese más útil
de momento, que las conservas. Y tomando posiciones sobre unos
peñascos, que dominaban las alturas, se decidió a esperar.
Pero el tiempo transcurría sin que sus perseguidores diesen
señales de vida y Rex empezó a pensar si habría maniobrado tan
hábilmente, que los hubiese llevado a perder su rastro.
Sentía sed, el calor apretaba, pues recibía el sol de pleno sin
atreverse a abandonar su observación y la influencia del pesado
ambiente le obligaba a cerrar los ojos aun sin querer.
Hasta que, contra todo esfuerzo, se quedó dormido sobre la
peña. Más que su voluntad, pudo la pesadez, el silencio y el
cansancio, ya que aún no se había repuesto del todo.

112—
Fue el caballo que le despertó al emitir un relincho que rebotó
en sus oídos como un clarín de guerra. De un modo mecánico,
llevó la mano al revólver que había quedado sobre la candente
piedra y empuñándolo miró hacia abajo y disparó.
Lo hizo muy a tiempo, porque uno de sus perseguidores estaba
escalando la senda silenciosamente y le faltaba muy poco para
tenerle al alcance de su revólver.
El disparo le entró al bandido por la cabeza. Su cuerpo se
desplomó rodando por la lisa peña y quedó como un sapo, abajo,
en la iniciación de la pendiente, mientras sus dos compañeros
disparaban buscándole, aunque sin poder acertarle.
Rex varió de posición para defender la senda y durante un buen
rato se cruzaron disparos ineficaces. Escarmentados, ni uno ni
otros osaban exponerse, temerosos de lo que les podía esperar en
el intento.
Y transcurrieron las horas con una monotonía abrumadora.
Todos parecían esperar algo insospechado que les facilitase la
victoria y quizá la esperaban al amparo de las sombras.
Cuando éstas llegaron, la situación se hizo angustiosa para Rex.
La luna no apareció por parte alguna y sólo el fulgor de las
estrellas prestaba una indecisa penumbra, incapaz de permitir
descubrir nada, más allá de dos pasos.
Rex temió la noche. Subido en la peña dominaba hasta cierto
punto la situación, pero no podría evitar que los bandidos
ascendiesen la pendiente y se situasen por debajo de él al acecho,
para cazarle.
Ambos parecían no tener ya prisa en acabar la pugna y,
posiblemente estaban pensando lo mismo que Rex esperaban el
imperio de las sombras para llevarlo a la práctica.
Y así murió la tarde y así la noche fue cayendo fría, silente y sin
más luz que la que derramaban muy tenuemente las estrellas.

—113
Rex se dispuso a hacer cara a lo inevitable. Se tendió de bruces
sobre la peña que le servía de plataforma y con el oído en tensión
para captar el más leve ruido que se produjese a su alrededor,
esperó la iniciativa de sus contrarios.
Pero el tiempo empezó a transcurrir lento y agobiante y los dos
bandidos no parecían dispuestos a dar señales de vida.
El sitiado no captaba el más leve rumor en tomo a él. Le dolían
los ojos de tenerlos abiertos excesivamente, buceando las sombras
y sus oídos, a fuerza de aguzarlos, le producían la sensación de
tener en ellos unas caracolas de mar, de esas que producen
eternamente el rumor del oleaje dentro de su concha. Era un ruido
leve, sordo, acompasado, que le privaba de captar otros más
terrenos y peligrosos para él.
Por dos veces creyó observar algo raro y por dos veces disparó
al albur su revólver, con la esperanza de acertar, pero la
contestación fue únicamente el eco de los disparos. Los bandidos
ni se dignaron responder con la misma voz de sus «Colt».
Rex se desesperaba sin acertar a comprender la táctica de los
indeseables, hasta llegó a sospechar si habrían levantado el campo,
desapareciendo, por entender que siendo dos, no eran muchos y no
habría sorpresa que gozar.
Pero la idea era absurda. Ellos estaban mejor situados para
dominar la salida y tenían mucho que vengar antes de renunciar
graciosamente a ello.
Y el tiempo siguió transcurriendo y Rex sentía como una garra
el silencio aplastante del monte. Era como un soporífero que se
fuese filtrando en su cuerpo hasta producirle la sensación
embriagadora del opio.
Por dos veces quedó en una situación tan abstracta, que al
reaccionar de modo inconsciente, se dio cuenta de que se estaba
dejando vencer por el sueño y gruñó maldiciones entre dientes

114—
para animarse con el sonido de su propia voz. Si se dejaba vencer
por el sueño, era tanto como entregar su vida a sus enemigos.
La sensación del miedo a que ello sucediese le obligó a ponerse
en pie en lo alto de la plataforma para ahuyentar el sueño y apenas
se había erguido, cuando por debajo de él explotó un disparo.
La bala subió rozándole casi el rostro. Rex, rabioso, giró el
cuerpo y disparó hacia abajo en dirección a la entrada.
Y un rugido penetrante, rabioso, propio de una fiera sacudió sus
nervios. El rugido se apagó casi tan veloz como había estallado y
no se repitió más.
Estaba seguro de haber alcanzado a uno de sus dos enemigos y
la sensación de agonía que encerraba el clamor de la víctima, le
hacía creer que la herida había sido mortal.
Ya no volvió a sentir sueño y amaneció sin que la paz reinante
se hubiese alterado.
Cuando las primeras claridades del día alumbraron su extraña
posición y asomó la cabeza por el reborde de la piedra, vio debajo
de él un cuerpo aplastado sobre la hierba. El revólver yacía a dos
pasos de él y el caído estaba completamente inmóvil.
El asunto estaba casi liquidado. Sólo tenía enfrente a un
enemigo. La igualdad era manifiesta salvo que él no sabía dónde
se hallaba emboscado y el rufián sí sabía por dónde él tendría que
surgir.
¿Qué podía hacer, aventurarse a intentar la salida o esperar a
que su enemigo forzase la situación?
Decidió esperar. Tenía el día por delante y nadie sabía lo que
podía suceder en aquel tiempo, pero poco antes de caer la tarde, la
sed le acosó de un modo alucinante. Llevaba muchas horas sin
probar el agua y el zarpazo del sol contribuía a resecar sus fauces
y a aumentar aquel tormento que a cada hora se hacía más
irresistible.

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Del bandido no sabía nada absolutamente. Guardaba un silencio
feroz y no acertaba a imaginar su actitud. Y la noche amenazó con
caer de nuevo. Si dejaba que las sombras le envolviesen sin
resolver la situación, corría el seguro riesgo de ser vencido por el
sueño y entonces, si su contrario le acechaba desde algún
escondite ignorado a la espera de aquel final acabaría con él de la
manera más estúpida que se podía matar a un hombre.
Y una rabia loca, exacerbada por la sed, le acometió al ponderar
la táctica de su enemigo. Él no podía consentirla y prefería morir
matando si era posible, antes que dejarse cazar grotescamente.
Y con todos sus nervios en tensión, esperó. Cuando el
crepúsculo empezó a hacerse denso se dejó deslizar de la piedra y
con el revólver amartillado y los ojos enrojecidos por la fiebre que
empezaba a apoderarse de él, se, tumbo sobre la piedra y
arrastrándose como un reptil, empezó a deslizarse hacia la salida
dispuesto a aceptar lo que el destino le tuviese reservado.
Avanzaba tan despacio, que el tiempo se le antojaba como una
losa de plomo sobre sus sentidos. La sensación del sueño se
acentuaba en él de tal forma que creía no poder continuar adelante.
A veces, hasta casi deseaba que le acertaran de un tiro, para
descansar definitivamente de aquel tormento que nunca había
sentido y sólo a un esfuerzo de voluntad terrible, debía mantenerse
despierto y seguir avanzando.
El angustioso reptar dio fin cuando alcanzó la salida de la senda.
En el crepúsculo incierto, registró el paisaje que se abría ante él
buscando a su enemigo. Tres caballos descansaban sobre la hierba
a cierta distancia. Los descubrió desdibujados, pero los reconoció
por el bulto; lo que no podía descubrir era al tercer enemigo que le
había estado sitiando.
Inmóvil, como un extraño lagarto, se desorbitaba buscándole.
Tenía que estar en algún sitio, pero sus enturbiados ojos no
acertaban a localizarle.

116—
Frente a la senda, a menos de veinte pasos, se destacaba un
regular peñasco de forma casi plana. Podía ocultar tras él a un
hombre y sospechó que fuese tras aquel parapeto natural donde se
hallase oculto.
Tenía que comprobarlo. Se quitó el sombrero, lo puso en el
cañón del revólver y levantó el brazo. El sombrero se movió en su
extraño soporte, pero no sucedió nada. Volvió a colocarse el
adminículo y continuó arrastrándose derecho hacia la piedra. El
brazo derecho estaba tenso, pronto a disparar.
Y así se fue acercando. Llegó un momento en que le pareció que
algo había brillado, sobre la parte plana del peñasco, algo como el
cañón de un revólver herido por el fulgor de una estrella y se
detuvo. La sensación podía ser real o soñada.
Más tarde continuó reptando y se aproximó tanto a la piedra,
que llegó un momento en que pudo comprobar que no había
soñado. Sobre ella, se apoyaba un revólver y sobresalía un brazo
estirado en la parte plana. Pero el brazo estaba inerte y una sonrisa
irónica plegó los labios de Rex, al explicarse el fenómeno; su
enemigo, como él, había sido víctima del sueño y la inmóvil
espera le había vencido.
Se puso en pie y avanzó cauteloso. Al llegar junto al pedernal,
descubrió al forajido con la cabeza apoyada en el reborde y el
cuerpo tendido a lo largo.
Fríamente empuñó el arma y gritó:
— ¡Acabemos de una vez este juego!
La voz enronquecida de Rex vibró como la sirena de un vapor y
el indeseable despertó bruscamente en una sacudida terrible.
Abrió los ojos y miró a su enemigo. Súbitamente recobró el
sentido de la realidad del momento y su brazo se movió para usar
el arma. No llegó a hacerlo, porque Rex, fríamente, disparó sobre
él por dos veces.

—117
El emboscado recibió los dos proyectiles en el pecho, casi a la
altura de la garganta, y con un rugido de agonía, se inclinó de
lado, rodó y terminó por encogerse grotescamente. Rex esperó,
pero como no volviese a mover un solo miembro, comprendió que
había muerto.
Una carcajada histérica brotó de su garganta. Lo que él temiera
que fuese su fin, había sido el fin de su enemigo, un final anodino,
obscuro y tonto, para un hombre de la envergadura de aquél.
Y de nuevo la sensación de abandono que tanto le había
acuciado se apoderó de él, pero esta vez de un modo manso y
tranquilo, sin inquietudes de ninguna especie. Sabía que el sueño
le agobiaba, pero sabía también que podía dormirse sin peligro
alguno, con la seguridad de volver a despertar a la vida y era para
él un placer tan inmenso saber eso, que se tumbó cara a las
estrellas y se quedó contemplándolas con arrobo, maravillado del
brillo que emanaba de ellas.
Y poco a poco, con una dulzura que iba saboreando
intensamente, sus párpados se cerraron, las estrellas quedaron
borradas de su retina, pero dentro, como si lo hubiese recogido
para su recreo, seguían brillando en la iniciación del profundo
sueño.

118—
—119
CAPÍTULO ÚLTIMO

COMO UN VALIENTE

Desde que Rex se marchó de Colton, la tranquilidad en la


hacienda de Jackson había renacido. El viejo se sentía más sereno,
aunque acaso, en el fondo, notase la angustia de la suerte de su
hijo; en cambio, Katy, había sufrido un serio disgusto con la
ausencia de su hermano. Lane se había guardado el secreto de la
marcha de Rex. Sabía lo que podía significar para la muchacha la
revelación de lo sucedido y la amaba demasiado para
proporcionarle aquel nuevo disgusto.
Pero poco a poco, la resignación entró en ellos y más tarde se
habló de verificar la boda.
Katy pareció alegrarse un tanto con la distracción que para ella
suponía la organización de todos los detalles. Lane había alquilado
una casita en las afueras a un traficante que se trasladaba, por una
larga temporada, a Oregón con sus familiares y de modo
inmediato se entregaron a la feliz tarea de escoger muebles,
decorar las habitaciones y prepararlo todo minuciosamente.
Todos los detalles habían sido cuidadosamente estudiados. El
padre de Katy y la tía de Lane, serían los padrinos, los novios
pasarían quince días en Provo, gozando de su luna de miel y el
Banco había concedido a Lane los quince días de vacaciones y una

120—
gratificación de tres meses de sueldo, por sus méritos contraídos
en el desempeño de su cargo.
Con objeto de no causar más trastornos de los necesarios al
Banco, Lane había acordado con Katy seguir al frente de la caja
hasta dos días antes de la boda. Se casaría un martes y él cesaría
en su actuación el sábado, mediado el día.
Todo estaba muy adelantado. Katy se sentía hondamente
satisfecha, aunque añoraba enormemente la ausencia de Rex,
tanto, que unos días antes del enlace dijo a Lane:
—Soy la mujer más feliz del mundo, querido, pero mi felicidad
sería completa si mi hermano estuviese presente a la hora de las
bendiciones. Con todos sus defectos, me quería a su modo y sé
que se alegraría de verme en ese glorioso trance.
—Bueno, no pienses en él. De las cosas que no tienen remedio,
más vale olvidarse.
— ¿Qué crees que habrá sido de Rex?
—No me atrevo a suponerlo, Katy, pero... creo que no debes
hacerte muchas ilusiones. Más vale que estés preparada por si un
día te llegan malas noticias de él.
—Me cuesta trabajo creerlo... Rex no era malo. Quizá con una
educación más rígida... se hubiese hecho de él un hombre, para
encarrilarle.
—Bueno, olvídalo... Creo que es mejor para todos.

***

La mañana del sábado, último día que Lane debía prestar sus
servicios en el Banco, hasta pasada su luna de miel, el joven
acudió al trabajo como de ordinario y, acometido de un
nervosismo extraño, trabajó con más intensidad que nunca. Quería
entregar al ayudante de caja todo el movimiento del Banco, no

—121
sólo al día, sino al minuto, y el reloj parecía acuciarle como
diciéndole que no lo iba a conseguir.
Sobre las nueve y media de la mañana, cuando sólo llevaba
media hora actuando, se presentó en la ventanilla un forastero que
parecía un peón de algún rancho y solicitó informes para el mejor
y más rápido envío de una cantidad que tenía que enviar a Salt
Lake City, a unos parientes suyos que vivían allí.
Lane le atendió dándole varias fórmulas para la transferencia. El
vaquero no parecía tener prisa para, marcharse y robó a Lane más
de un cuarto de hora en explicaciones que el cajero tuvo que
repetir, y que el peón, al parecer tardo de comprensión, no
entendía o entendía mal.
Por fin consiguió despacharle. El peón salió a la plaza, montó a
caballo y desapareció hacia el Norte.
Y no había transcurrido una hora, cuando cualquiera que le
hubiese visto en el Banco, le habría reconocido al verle otra vez en
el poblado ya de vuelta.
Pero esta vez en lugar de ir al Banco directamente, se había
detenido en una taberna de la calle principal a beber un whisky.
Aquella mañana hacía un calor sofocante, propio del mes de
agosto y el sol caía de plano sobre la calzada, inundándola de oro.
El vaquero, después de haber bebido el whisky, quedó un rato
bajo el sombrajo de la taberna, atascando y encendiendo su pipa.
Parecía indiferente, pero sus ojos no perdían de vista la calle por
su parte norte.
Así vio cómo un jinete subía por ella a paso lento y antes de
llegar a la taberna torcía por una calleja que conducía a la plaza y
desaparecía por ella.
No mucho más tarde, por otra calle transversal, cruzó otro
caballista siguiendo la misma dirección y por fin, un tercero
apareció en el extremo de la calle.

122—
El peón abandonó el sombrajo y lentamente cruzó para
encaminarse al Banco.
Cuando salió a la plaza inundada de sol, uno de los jinetes,
pegado a los porches, parecía muy entretenido en revisar los
estribos de su montura. Otro había dejado su caballo medio oculto
en un esquinazo y se ocultaba tras uno de los pilares de la plaza y
el tercero, se había parado a la misma puerta del Banco, con la
espalda recostada en la jamba.
La plaza, debido al calor reinante, se hallaba desierta y sólo un
perro vagabundo cruzó buscando la sombra de los soportales.
El peón se dirigió rectamente hacia el Banco y ganó los tres
escalones que conducían al vestíbulo. Al pasar junto al que se
apoyaba en la jamba, murmuró:
—Sígueme, listo.
Entró decidido y acercándose a la ventanilla sonrió a Lane que
recontaba el contenido de la caja, diciendo:
—Aquí estoy otra vez, amigo. Perdone que le interrumpa, pero
quiero hacer ese envío del que le hablé antes.
—Bien, allí, sobre el pupitre tiene impresos. Rellene uno y será
cursado.
El peón se dirigió al pupitre, tomó el impreso y sacando el
revólver que escondió en la manga derecha, se acercó de nuevo a
la ventanilla dejando el impreso sobre la repisa, diciendo:
—Oiga, ¿no podría rellenármelo usted? Yo apenas sé escribir y
no entiendo nada de lo que aquí dice.
Lane, paciente, tomó la pluma y poniéndose cara a la ventanilla,
dijo:
—Está bien. Dígame el nombre de la persona a quien va a hacer
el envío.
—Pues verá usted. Se llama...

—123
Levantó suavemente el brazo derecho que tenía pendiente,
pegado a la cristalera, y mostrándole la boca del revólver junto al
pecho, musitó débilmente:
—Ni una palabra o es usted hombre muerto.
Lane quedó petrificado ante el inesperado atraco. El cañón del
revólver pegaba en su pecho y estaba seguro de que al menor
movimiento el atracador no vacilaría en vaciarle el contenido del
arma.
Alan Fisher, pues él era el audaz asaltante, levantó un pie hacia
atrás para dar la señal a sus hombres que en aquel momento
entraban en el vestíbulo. Aquel movimiento de pie indicaba que el
cajero estaba ya anulado. Los tres avanzaron y uno se dirigió recto
a la puerta de entrada a las oficinas, dispuesto a entrar en ellas y
apoderarse del contenido de la caja.
Lane adivinó todo lo que se avecinaba. El dinero bajo su
custodia sería robado, su responsabilidad de cajero se vería
sometida al descrédito y quién sabía si aquello le costaría perder el
empleo y su situación a los ojos de Katy no iba a ser muy
brillante.
Y en un rasgo de pundonor y valor, decidió jugárselo todo a una
carta. Si caía, mala suerte, pero cuando menos nadie podría
tildarle de cobarde.
En una brava y brutal reacción, movió veloz su brazo y de un
zarpazo trató de apartar el arma que le apuntaba tan trágicamente.
El revólver se desvió lo suficiente para apartarlo de su pecho y el
arma se disparó al manotón, clavándose el proyectil en la pared
fronteriza en medio de la estupefacción de los cuatro empleados
que trabajaban dentro y que debido a la habilidad de Fisher, aún
no se habían enterado de lo que le estaba sucediendo.
Este, de un salto felino, se apartó de la ventanilla y alcanzó la
puerta de entrada, cuando Wayne, desde fuera, empuñaba el
manillar para abrirla. El bravo cajero, más veloz, consiguió echar

124—
el cerrojo y se arrojó al suelo cuando Fisher, en una reacción
salvaje, le buscaba para seguir disparando sobre él.
Los proyectiles no le alcanzaron. Alguien en un rasgo de valor
inconsciente, arrojó un pesado tintero sobre el hueco de la
ventanilla alcanzando a Fisher en la cara y la alarma se encendió
en unos instantes.
Los bandidos quedaron desconcertados. Fracasada la sorpresa,
los disparos debían haber puesto sobre aviso a algunos vecinos y
pronto acudirían a la plaza atraídos por el ruido. Había que hacer
algo y rápidamente, o se exponían a ser copados.
Pero Fisher no podía encajar el fracaso. Sangrando por la nariz,
donde había recibido el golpe, se corrió hacia la puerta rugiendo:
—Abridla a tiros. Pronto, o no conseguiremos nada.
Varios «Colt» se concentraron sobre el hueco donde se
atornillaba la cerradura y clavaron sus proyectiles en ella. La
fuerza del plomo destrozó el adminículo y la puerta quedó a
merced de los salteadores.
Pero aquellos segundos que habían perdido en la maniobra,
Lane los había aprovechado para tomar su revólver con decisión y
cuando la cerradura saltaba y la puerta cedía, enfiló el arma sobre
la abertura disparando fríamente.
Alguien emitió un bramido de dolor y cólera y la puerta dejó de
ceder. Todos habían comprendido que ya nada tenían que hacer y
que era muy peligroso continuar allí un minuto más.
Y a una orden tajante y colérica de Fisher, los cuatro corrieron
hacia la salida.

***

Rex había dormido muchas horas, no sabía cuántas y despertó


junto al cadáver del bandido, ya mediada la tarde.

—125
Ahora más que nunca sentía el tormento de la sed y necesitaba
calmarla. Levantándose, con una flojedad terrible, fue en busca de
su caballo, lo sacó al llano y después de apropiarse de los
revólveres y las municiones de los caídos, saltó a la silla y decidió
abandonar el monte.
Pero siguió sus estribaciones con la esperanza de encontrar
agua. Fue su caballo quien descubrió un regato y en él saciaron su
sed abrasadora.
Más tarde, emprendió viaje al Sur. Estaba desorientado y no
sabía dónde ir, pero habría de decidirlo en el primer poblado
donde arribase.
Fue en Tucker donde entró muy avanzada la noche y donde
durmió pesadamente hasta mediado el nuevo día. Y cuando su
espíritu, más sereno, se entregó a la meditación, el confuso
cerebro del joven se encontró en un laberinto del que no acertaba a
salir.
Se había deshecho de sus perseguidores, pero no tenía la menor
noción de dónde andaría Fisher y sus secuaces. Esto le
atormentaba, pues se había encariñado con la idea de enfrentarse
con ellos y saldar sus deudas y temía que el destino no se lo
permitiese.
Y de repente, empezó a añorar la tranquilidad de su hogar, la
dulce comprensión de Katy, el bienestar de que había gozado
hasta que se lanzara a la ventura y sin saber por qué, sintió unas
ganas terribles de volver a Colton.
¿Por qué no hacerlo? Nada se lo impedía, nada punible con
arreglo a las leyes había cometido y ahora que se sentía otro
hombre, acaso fuese tiempo de rectificar.
Quizá su hermana y Lane le creyesen cuando contase su odisea
y les diese cuenta del cambio sufrido al presenciar aquella triste
escena del asalto al Banco de Thisler. Había sido algo revelador
para él y bien podían creer en su regeneración súbita.

126—
Podía ayudar a su padre como era su deber y esto no le
impediría estar alerta sobre cualquier suceso que se desarrollase en
la región y si algún día llegaba a tener noticias de Fisher y su
banda, nada le impediría montar a caballo, lanzarse sobre los
salteadores y seguir su pista. Si lograba darles alcance y
enfrentarse con ellos, entonces... nadie dudaría de que el cambio
sufrido era cierto.
Y tanto le acució esta idea, que montado a caballo, se lanzó sin
vacilar por la senda que conducía a Colton.

***

Era casi mediodía, cuando descubrió los contornos del poblado


bajo la fiera caricia del sol. Sin saber por qué, sintió que su
corazón latía con celeridad y algo le subía a la garganta en un
nudo tremendo. Era el efecto de ponderar el recibimiento que los
suyos le harían al verle volver más flaco, más curtido y con la ropa
maltratada. Le creerían un derrotado, aunque llevaba en el bolsillo
casi un millar de dólares.
Entró lentamente por la calle principal, casi desierta. El polvo se
levantaba en oleadas que adquirían tonalidades de velo áureo y su
paso no despertaba atención alguna.
Y cuando había alcanzado la mitad de la calle, su oído aguzado
en tantos lances angustiosos, captó unas explosiones que para él
eran características. Era el tronar de algún revólver no muy lejos
de allí, hacia su izquierda.
Giró la cabeza y recordó la posición del Banco donde trabajaba
su futuro cuñado. ¿Sería posible que alguien hubiese intentado
asaltarlo? Sin saber por qué, se afianzó a esta posibilidad y hasta
la silueta de Fisher se irguió en su imaginación como un probable
candidato al asalto.

—127
Y lanzó su caballo al galope, cruzó por una de las callejas y salió
a la plaza.
En el interior del Banco, vibraban los disparos. Rex echó pie a
tierra y armado con dos revólveres corrió directamente hacia la
puerta.
Llegó a diez pasos de ella en el instante en que Fisher y sus
secuaces ganaban la salida a toda prisa. El encuentro fue brutal y
dramático porque ambos enemigos se reconocieron al instante.
Rex disparó veloz contra el grupo y el grupo lo hizo contra él. El
plomo, bien dirigido, hizo estragos y pronto los aterrados vecinos
que habían acudido a la plaza y asomaban a ella por diversas
bocacalles, quedaron aterrados al contemplar el trágico cuadro.
Robert Wayne, había caído de modo fulminante con la cabeza
atravesada por un certero disparo. Su cuerpo rebotó hacia atrás y
quedó atravesado grotescamente sobre los escalones de entrada al
edificio. Tiny Dunham, con el pecho atravesado, se arrastraba por
el polvo intentando rescatar su revólver caído, pero sin fuerzas
para llegar a él. Rydd Shingles, con un balazo en el muslo y otro
en el pecho, aun poseía ánimos para disparar hasta que agotó la
carga de su «Colt» y Fisher había caído frente a la puerta y, tirado
en tierra, buscaba a su enemigo tratando de acabar con él.
Rex no había salido mejor librado, arrojaba sangre por diversas
partes del cuerpo, pero con una rodilla medio doblada y otra
clavada en tierra, seguía disparando sobre Fisher y sólo cuando los
doce proyectiles de sus revólveres salieron disparados y el
percutor sonó en falso, se volcó de lado incapaz de resistir un
segundo más. Pero ya Fisher había caído para siempre. El cuerpo
del salteador había encajado cinco proyectiles y murió casi
instantáneamente.
La tragedia se desarrolló con tal velocidad que cuando los
aterrados testigos quisieron darse cuenta de ella, había terminado.

128—
El propio Lane que se había lanzado en pos de los salteadores al
iniciar éstos su huida, nada pudo hacer para intervenir. Cuando
ganaba la puerta, los disparos de Rex rectos hacia allí, le obligaron
a retroceder para no situarse en la trayectoria de las balas y cuando
pudo salir sin peligro, ya todo había terminado y para Lane fue
una terrible sorpresa reconocer a Rex encajar que había sido él
precisamente quien había batido heroicamente a la cuadrilla de
salteadores, con exposición de su propia vida.
El joven cajero, aterrado corrió en auxilio de Rex que se retorcía
en medio de horribles dolores y arrodillándose ante él, exclamó
roncamente:
— ¡Rex!... ¡Rex!... ¿Qué has hecho? ¿Cómo te encuentras?
—Bien, muy bien, Lane. No te preocupes por mí... Aquello de
entonces ya... no volverá a suceder...
—Calla, por favor. Aquello lo olvidamos tú y yo. Espera que te
llevaré en brazos a que te atienda el médico.
—No, Lane... no me muevas... estoy bien así... Sé lo que he
recibido y me harías sufrir en vano... Mis minutos están contados
y sólo quisiera despedirme de Katy antes de morir... Me quería
tanto y yo a ella... que no quisiera ir al infierno sin recibir su
perdón...
Lane no tuvo tiempo de contestar. La noticia del asalto al Banco,
se había corrido, como la pólvora y Katy, al tener noticias de ello,
había corrido como una loca hacia el local, temiendo que Lane
hubiese sido víctima de los atracadores.
La voz aterrada de la joven vibró en la plaza clamando:
— ¡Lane! ¡Lane!
Él se levantó para hacerse ver y calmar su inquietud. Rex sonrió
de un modo extraño porque la presencia de su hermana llamando
angustiada al que debía ser su marido le recordaba aquella otra
infeliz mujer a quien vio llorar con desesperación a la puerta de

—129
otro Banco, donde precisamente, aquellos mismos que ahora
yacían tumbados frente a él, habían cometido el crimen.
Lane corrió al encuentro de la joven diciendo:
— ¡Oh, Katy, qué desgracia! Yo estoy bien... ya lo ves, pero hay
algo que lamentar. Tu hermano...
Ella se llevó las manos al pecho clamando:
— ¡Oh, no me digas que fue él uno de los que...!
—Oh, no, Katy; al contrario, hizo frente a la banda y eliminó a
los cuatro, pero... está muy grave... allí lo tienes...
Ella corrió como una loca hacia el caído, gritando:
— ¡Rex! ¡Rex! ¡Hermano mío!
Se arrojó junto a él acompañado de Lane. Varios vecinos
empezaban a formar corro y alguien reclamaba fieramente que le
llevasen al médico, pero Rex, con un gesto de mano, suplicó:
—Un momento de... silencio... No hay nada que hacer, por
favor, no me atormenten más y déjenme tranquilo, pero antes
quiero que todos me oigan algo que tengo que decir.
Lane adivinando la confesión que iba a hacer, suplicó:
—Rex, por favor... cállatelo. Nadie...
—Es inútil, Lane, te agradezco el silencio guardado, pero voy a
rendir cuentas a Dios de mis actos y quiero hacer pública
confesión para que me perdonen en la tierra lo que no sé si tendrá
perdón allá arriba.
«Óiganme todos. Hace meses, yo pretendí asaltar este mismo
Banco... Sí, no miren con sorpresa... quise asaltarlo, porque era un
vago y un vicioso y necesitaba dinero. Fui sorprendido por mi
futuro cuñado y estuve a punto de matarle, sin siquiera pensar que
con ello mataría el corazón y la felicidad de mi hermana, el ser
que más he querido y la única que me ha querido a mí. Por
fortuna, no lo hice y Lane, magnánimo, prometió callar el intento
si desaparecía del poblado. El cumplió su palabra y yo me lancé al
albur por el Oeste.

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«Pero el destino me llevó a un poblado donde esta misma
cuadrilla asaltó al Banco y dio muerte al cajero. Yo vi cómo su
joven esposa, con un niñito en brazos lloraba con desesperación
ante el cadáver de su marido, y aquélla fue una revelación para mí.
Mi vida falsa y viciosa tendría un noble objetivo de allí en
adelante; buscar a Alan Fisher y su cuadrilla y acabar con ella.
Les perseguí días y días a través del norte de Utah y un día, el
destino caprichoso, me puso en sus manos en lugar de ponerlos en
las mías. Recibí la paliza más brutal que hombre alguno ha
recibido para poderlo contar y si escapé fue debido a un incidente
que aún desconozco. Pude escapar arrastrándome y perdí su pista.
»Y ahora, cuando maltrecho me dirigía aquí, dispuesto a
cambiar de vida, el destino, en compensación a aquello, me trajo
en el momento justo de poder intervenir y ajustar las cuentas que
con ellos tenía pendientes. Las extrañas y las mías. Si alguna
satisfacción puedo llevarme en el gran viaje, es la de haber
liquidado yo solo a estos lobos carniceros.
»E1 éxito bien vale una vida y me siento contento. Quizá en esto
el destino también haya intervenido. Es posible que mis buenos
propósitos de una hora, no se cumpliesen y mi enmienda
fracasase. Así, al menos, habré realizado algo hermoso y habré
muerto, no como un indeseable, sino como un valiente.
»Y ahora, hermana, perdóname lo malo que he sido. Pide a mi
padre que me perdone también y tú, Lane... olvida aquello, ahora...
porque ahora sí creo que lo puedes olvidar.
Tendió su mano al cajero que la estrechó con emoción. Katy
quiso besar a su hermano, pero éste con un movimiento convulso,
torció la cabeza y expiró.
Un silencio impresionante reinó en la plaza. Todos en pie y
descubiertos contemplaban el cadáver del bravo muchacho,
mientras su hermana arrojada sobre su cuerpo, le cubría de besos y
sollozaba.

—131
— ¡Rex!... ¡Rex!...

***

Han transcurrido muchos años desde aquella fecha trágica. El


suceso se olvidó hasta por los propios vecinos del poblado, como
se olvidaron otros muchos análogos acaecidos en el salvaje Oeste,
pero quedó algo como ejemplo y recuerdo para aliviar la memoria
de los olvidadizos y servir de comentario a los forasteros que
siguieron cruzando en tránsito por el poblado.
Al lado derecho de la puerta del Banco, el director ordenó
colocar una sencilla lápida, con una corta leyenda expresiva:

AQUI MURIO UN VALIENTE


Se llamaba
REX CLAYTON
5 de agosto del año 1883.

Y cuando los forasteros, intrigados, hacen preguntas con


respecto a la lápida, nunca falta un viejo vecino que recuerde el
suceso y conteste:
—Pues verá usted. Fue ese día 5 de agosto; yo lo presencié y vi
cómo Rex Clayton, con dos revólveres empuñados, se cargaba a la
cuadrilla de Alan Fisher. Fue algo hermoso, sí señor, porque Rex...
bueno, usted no lo creerá, pero él también había intentado asaltar
el Banco unos meses antes... Cosas del destino, forastero...

FIN

132—

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