BIBLIOTECA VIRTUAL
MIGUEL DE CERVANTES
BIBLIOTECA AFRICANA
www.cervantesvirtual.com
Agnès Agboton
Zemi Kede. Eros en las narraciones
africanas de tradición oral
[Selección de cuentos]
Edición impresa
Agnès Agboton, Zemi Kede. Eros en las narraciones africanas de
tradición oral (2011)
En
Agnès Agboton, Zemi Kede. Eros en las narraciones africanas de
tradición oral (2011). José J. de Olañeta (ed.): Palma de Mallorca.
(pp. 45 – 52)
Edición digital
Agnès Agboton, Zemi Kede. Eros en las narraciones africanas de
tradición oral. [Selección de cuentos] (2014)
Inmaculada Díaz Narbona (ed.)
Biblioteca Africana – Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes
Febrero de 2014
Este trabajo se ha desarrollado en el marco del proyecto I+D
«Literaturas africanas en español. Mediación
literaria y hospitalidad poética desde los 90»
(FFI2010-21439) dirigido por la Dra. Josefina Bueno Alonso
Zemi Kede. Eros en las narraciones africanas de tradición oral
Agnès Agboton
El viejo y la tórtola
Me contaron una vez que, en un poblado, cuando todos los hombres se dirigían, muy de mañana,
a los campos donde cultivaban el ñame y la yuca, todas las hortalizas que les permitían comer, un
achacoso anciano se quedaba solo en una de las chozas. Los niños se entregaban a sus juegos o
habían ido, ya, a la lejana escuela; todas las mujeres se atareaban en el patio o en las cocinas,
majaban el grano en los grandes morteros, se dirigían al río a buscar agua y, así, el pobre viejo
permanecía tendido en su estera, tan inválido que cuando tenía sed, cuando necesitaba beber algo,
aunque sólo fuera un poco de agua, ni siquiera podía alcanzar la jarra que estaba en un rincón,
demasiado lejos de su yacija. Y nadie pasaba por allí, nadie entraba en la choza para poder ayudarle.
A veces, cuando deseaba algo y tenía dinero para adquirirlo -lo que no era muy frecuente- levantaba su
débil voz y si, por fortuna, alguien rondaba por los alrededores, algún niño se acercaba a él y le
ayudaba a contar las monedas, pues era casi incapaz de verlas, y accedía a comprar para él lo que
necesitaba. Pero eso ocurría muy pocas veces, la gente del poblado estaba muy ocupada y el anciano,
solo allí, daba mucha pena. Todos, al verle, exclamaban ¡tcho!, la palabra que mi pueblo utiliza para
expresar la lástima.
Cierto anochecer, la gente se reunió bajo el enorme mango que había en la plaza de la aldea y
hablaron, hablaron hasta ponerse de acuerdo en aliviar la suerte de aquel anciano achacoso.
Decidieron pues que algún niño permaneciera a su lado mientras los demás iban a trabajar los campos
o se ocupaban de las tareas domésticas. De ese modo, cuando necesitara algo podría, al menos,
recurrir al niño y conseguir que éste se lo procurara.
Entonces, después de que todos se hubieran puesto de acuerdo, la hermana menor del anciano
ofreció a uno de sus retoños para que se encargase de acompañarle. Era una niña de catorce años.
En el gran patio de la concesión, toda la familia del anciano, los hermanos y hermanas que habían
nacido del mismo padre, los esposos y las esposas, los hijos y los hijos de los hijos criaban también
pollos, gallinas y otras aves de corral. De modo que incluso en la habitación donde nuestro anciano
dormía, una gallina había decidido poner sus huevos muy cerca de la estera donde él solía tenderse.
La gallina se acercaba cloqueando, como si supiera que nada debía temer de aquel hombre tan viejo,
escarbaba un poco en la arena, picoteaba por aquí, picoteaba por allá cada vez, cerca del lugar donde
el anciano apoyaba su cabeza para descansar, puesto que, por aquel entonces, el suelo de las chozas
y de las habitaciones no era de cemento. Sí, ya sé, podéis comprenderme aunque no podáis
recordarlo, ¿verdad? Las cosas están cambiando mucho y es difícil imaginar, hoy, una choza cuyo
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suelo no tenga un buen grueso de cemento. Y, a decir verdad, también a mí me resulta difícil
acordarme de la última gallina que vi entrando en una choza.
Pues bien, cierto día de los meses frescos, cuando había comenzado ya a soplar el harmatán -el
viento del desierto-, los hombres de la aldea, antes de ponerse en camino hacia los campos y empezar
su labor cotidiana, encendieron en el patio una hoguera para caldear un poco aquel lugar. Entonces, al
verlo, la muchacha, que comenzaba a sentirse aterida por el fresco del amanecer, le dijo al anciano:
— Mira, abuelo, han encendido un buen fuego en el patio. Es hermoso y, además, da calor. ¿Por
qué no sales apoyándote en mí? Te sacaré un taburete muy cómodo y podrás calentarte un poco junto
a la hoguera. De ese modo, además, puedes distraerte viendo como trabajan las mujeres y salir de esa
habitación. Sin duda te gustará tomar un poco el aire.
El anciano dudaba. Sus miembros estaban entumecidos, tenía frío y no sabía si sus escasas
fuerzas le permitirían llegar hasta la hoguera cuyo chasquear podía oír.
— Vamos, abuelo, te sentará bien. Ven conmigo -insistió la niña.
Por fin, apoyándose en el hombro que se le ofrecía, el anciano fue poniéndose de pie y, pasito a
pasito, muy despacio, salió de la choza y se acercó al fuego. La muchacha había colocado allí, en
efecto, el mejor de los taburetes que había en la concesión. Era realmente cómodo y, gracias a su
ayuda, pudo sentarse en él para descansar de sus achaques, cubriéndose con un paño que le abrigaba
y le permitía, al mismo tiempo, abrir las piernas para estar más cómodo. Se llevó entonces a la boca
una pequeña astilla de esa madera que, hoy todavía, los aldeanos mascan para utilizar como cepillo de
dientes la pequeña escoba que va formándose.
Ahí lo tenemos, cómodamente sentado, mirando a su alrededor con sus fatigados ojos,
calentándose junto al fuego y frotando sus dientes, de vez en cuando, con aquella madera amarga. La
muchacha se había alejado un poco porque no la habían liberado de algunas tareas domésticas y el
anciano hacía ya algún tiempo que rumiaba las penas y las alegrías, también los placeres que habían
salpicado su vida cuando, de pronto, sintió el sincopado aleteo de una tórtola: frelelelé. El pájaro se
detuvo en una de las ramas del mango, miró a un lado y luego a otro con aquellos ojos despiertos,
siempre al acecho de cualquier peligro. Emprendió de nuevo el vuelo (frelelelé, sí) y fue a posarse
precisamente en... ¿No podéis imaginarlo? ¡No, claro que no! La tórtola buscó para descansar de su
vuelo la fláccida herramienta que descansaba bajo el paño del anciano. ¡Ah, en los cuentos pasan esas
cosas!
Y allí se quedó.
Pues bien, posada en aquel instrumento que había dejado de funcionar desde hacía mucho,
mucho tiempo, la tórtola rogó al pobre anciano que la ayudara, la protegiera, la salvara, que hiciera lo
posible por evitar que el águila que estaba persiguiéndola desde hacía ya algún tiempo -y que
comenzaba a cernerse ya muy arriba, en el cielo- clavara sus garras en su tierna carne.
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— Si así lo haces -prosiguió con un arrullo, mientras sus plumas acariciaban la arrugada
protuberancia de la entrepierna-, si así lo haces, te estaré muy agradecida. Sí, aleja de mí para siempre
esa terrible alimaña que me persigue.
Y el arrullo de la tórtola que aleteaba bajo el paño se llenó de promesas: puesto que había
advertido que su herramienta no funcionaba ya, cuando el águila hubiese desaparecido, la tórtola
lograría que aquella caprichosa cosa volviera a levantarse, perdiera las arrugas y se llenara de energía,
porque su aleteo iba a reforzarla, ¡ya lo creo! Y mucho.
— No lo dudes -siguió arrullando la tórtola-, tu herramienta volverá a funcionar y tanto que volverás
a sentir el deseo que te hacía feliz, querrás casarte de nuevo y tener hijos.
— ¿No te avergüenza burlarte así de un hombre viejo? ¿No tienes compasión? Apiádate de mí.
El pobre cerró por unos instantes sus ojos casi ciegos. Pensó en alguna de sus noches y suspiró:
— ¿Tener yo hijos? ¿Ahora? ¿Con la edad que tengo ya? –dijo- ¿Ponerme a... -sus manos
hicieron un elocuente gesto- cuando sólo estoy ya aguardando que la muerte venga a buscarme?
El destino es mayor y más fuerte que toda nuestra voluntad, que todos los seres humanos; nadie
sabe de qué son capaces los dioses, y el anciano lo sabía. Le dijo pues a la tórtola que podía
permanecer escondida donde se encontraba, si así se sentía protegida, que sus plumas no eran para
él una molestia, ni mucho menos, le gustaba mucho aquel suave roce.
Y la tórtola se acomodó en el fláccido miembro, en el inútil instrumento del viejo.
Entretanto, el águila cazadora seguía dando vueltas y vueltas, intentando divisar la presa que
tantas veces se le había escapado. Desde lo alto, las chozas le parecían guijarros diseminados en una
pequeña llanura por la que corrían, sin sentido aparente, algunas hormigas. Pero el águila nunca había
comido hormigas, sólo la tórtola le interesaba. Decidió descender un poco y planeó hasta acabar
posándose en el gran árbol que presidía el patio familiar.
Miró a todos lados, volviendo con rapidez la cabeza y descubrió, por fin, al anciano sentado cerca
del fuego.
— Hace ya tiempo que estoy persiguiendo a una tórtola –chirrió- y me parece que se ha refugiado
aquí, en esta choza. Si vives aquí, ten la amabilidad de entregármela porque es mía, es mi comida y no
he probado bocado desde ayer.
El viejo escuchaba inmóvil aquel graznido pero sentía, más aún, la suave caricia de las plumas de
la tórtola.
— Si me das ese pájaro -proseguía el águila- lograré que tus ojos vuelvan a recuperar su agudeza
de antaño. Podrás verlo todo como lo veo yo, podrás contemplar y obtener lo que desees y tu vista
tendrá fama en toda esta región.
El águila no se andaba por las ramas, aunque estuviera entonces posada en un mango. Acabó
prometiendo al anciano que podría conseguir todo lo que quisiera.
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— ¿Ah, caramba? ¿Es verdad eso? -le preguntó éste para disimular el hormigueo que sentía en la
entrepierna- y luego, añadió: — Márchate ahora y vuelve dentro de un rato. Yo encontraré tu tórtola;
por mucho que se haya escondido, si está en mi choza la buscaré y te la entregaré.
Entonces, el águila se despidió cortésmente y, antes de emprender el vuelo, dijo que regresaría
muy pronto. El anciano llamó pues a la muchacha que le había sido destinada para ayudarle y le pidió
que entrara en la choza, se acercara a la estera donde dormía y buscara alrededor, que buscara sobre
todo hacia donde solía descansar la cabeza pues era allí donde una gallina ponía y empollaba
regularmente sus huevos. Añadió que la cosa no le resultaría difícil pues, al despertar, había oído el
piar de algunos polluelos.
— Ve pues y toma uno, pero hazlo con mucho cuidado y, sobre todo, cuando me lo traigas procura
que el pájaro que tengo entre las piernas no pueda escuchar cómo pía el polluelo.
La muchacha, aunque se sintiera extrañada ante esa petición, obedeció en el acto pues, es bien
sabido, la palabra de un anciano no puede discutirse. Cuando salió de la choza llevaba en sus manos,
cuidadosamente unidas como si fuera un nido, un pequeño bulto envuelto en plumas amarillentas; se lo
entregó pues al viejo que, mirando a su alrededor, lo metió enseguida bajo su paño, junto a la tórtola
posada en su inútil herramienta.
Su fatigada vista no le permitió advertir el lento vuelo del águila que se acercaba y acercaba. Pero
no dejó de oír su aleteo cuando ésta se detuvo de nuevo en las ramas del árbol.
— Aquí estoy, padre; he regresado ya -graznó la enorme ave-. ¿Has encontrado mi tórtola?
¿Dónde está mi comida?
— La tengo aquí, a buen recaudo -repuso el anciano-. Presta atención porque voy a tirártela.
Metió entonces la mano entre sus piernas, agarró el polluelo y lo lanzó al aire sin que el pobre
tuviera tiempo de piar siquiera. El águila extendió de inmediato sus alas y, vlaa, vlaa, vlaa... echó a
volar, asió con sus garras al animalillo y, antes de alejarse, rozó con sus zarpas los ojos del anciano,
que recuperó de inmediato la vista.
El cuento no dice qué pensó el águila cuando se dispuso a devorar a su presa y advirtió que le
habían engañado. Sin duda se enojó mucho pero la cosa no tenía remedio ya, estaba lejos, el hombre
había recuperado la vista y, sin duda, la tórtola estaba fuera de su alcance ya.
Entretanto, en efecto, el viejo había tranquilizado ya a la tórtola que tan agradablemente le
acariciaba con sus alas.
— Pronto, pronto -le dijo-. El águila se ha marchado. No podrá matarte ni devorarte porque gracias
a mi astucia, está muy lejos ya.
La tórtola no quiso perder tiempo y se dispuso a emprender a su vez, el vuelo. Se irguió en el
fláccido instrumento que había caldeado con sus plumas y comenzó a aletear suavemente, kpo, kpo.
Una y otra vez rozaba el arrugado miembro, que comenzó a erguirse también, empezó a su vez a
hincharse y recuperar su antigua forma, e inició su propio aleteo siguiendo el ritmo que la tórtola le
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marcaba... Sí, aquella fatigada herramienta había recuperado su juventud y el viejo la sentía, de nuevo,
erecta y dura.
Me gustaría saber ahora si nuestro amigo pudo llevar a cabo lo que la tórtola le había prometido y
si el número de sus hijos se hizo mayor. Pero lo cierto es que la única consecuencia cierta de los
sucesos que os he narrado es el sufrimiento de las aves de corral y los pájaros más pequeños que,
desde entonces, son atacados sin cesar por el águila que, sin duda, pretende vengarse así del engaño
que sufrió.
A decir verdad, todavía hoy sucede así aunque pocos sepan que gracias a ello la herramienta de
algún anciano pueda seguir hurgando en la tierra húmeda y dejando caer en ella sus simientes.
No, no soy yo quien lo dice, ni tampoco el que me contó esa historia. Lo dice el propio cuento y los
cuentos saben muy bien lo que dicen.
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