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Higiene Personal A Lo Largo de La Historia

El documento resume la historia de la higiene personal a lo largo de la historia. Los primeros seres humanos se bañaban en lagos y ríos. Los romanos construyeron grandes centros termales para el baño y la higiene personal hace más de 2000 años. A lo largo de la historia, diferentes civilizaciones como los egipcios, griegos y romanos valoraron la higiene personal y desarrollaron prácticas como el baño con agua y aceites perfumados, aunque el uso del jabón y el papel higiénico no se popularizó

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Higiene Personal A Lo Largo de La Historia

El documento resume la historia de la higiene personal a lo largo de la historia. Los primeros seres humanos se bañaban en lagos y ríos. Los romanos construyeron grandes centros termales para el baño y la higiene personal hace más de 2000 años. A lo largo de la historia, diferentes civilizaciones como los egipcios, griegos y romanos valoraron la higiene personal y desarrollaron prácticas como el baño con agua y aceites perfumados, aunque el uso del jabón y el papel higiénico no se popularizó

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HISTORIA DE LA HIGIENE PERSONAL

ASIGNATURA:

INSTALACIONES HIDRAULICAS Y SANITARIAS

PRESENTADO A:

YARLY ENITH MOSQUERA TORRES

PRESENTADO POR:

HENRY DAVID MOSQUERA MANYOMA

HERLIN ANTONIO RIVAS MOSQUERA

UNIVERSIDAD TECNOLOGICA DEL CHOCÓ

FACULTAD DE INGENIERIA

PROGRAMA DE INGENIERIA CIVIL

QUIBDÓ – CHOCÓ

2020
HIGIENE PERSONAL A LO LARGO DE LA HISTORIA

Las primeras” bañeras” que usaron las personas son casi tan antiguas como el planeta,
ocupan mucho espacio y no necesitan grifos, estamos hablando de los lagos, ríos y arroyos.
¿Desde cuando la gente se baña en sitios especiales?, sin lugar a duda los que más
valoraron el hábito higiénico del agua a través del baño fueron los romanos (27 a.C-476
d.C) que hace más de dos mil años construyeron enormes centros parecidos a los SPA
actuales. Las siglas SPA viene de “Salus per Aquam”, que significa “salud a través del
agua”. Estos centros eran increíbles ya que contaban con jardines, tiendas, bibliotecas, salas
de conferencia, galerías de arte.... podían albergar hasta 2500 personas. Además de una
práctica higiénica era una actividad social donde se reunía la población como lugar de ocio[
CITATION que19 \l 9226 ].

Ejemplo arqueológico emblemático de la mayor y más antigua bañera de carácter no


privado es el "Gran Baño de Mohenjo Daro", una especie de piscina municipal, con
escaleras que bajaban hasta el agua.5 Las bañeras individuales más antiguas se datan
en Babilonia hacia el 1800 a. C.[ CITATION que19 \l 9226 ].
La más antigua data del año 1700 antes de Cristo y se encuentra en el palacio de Cnosos en
Creta. En Grecia fueron muy populares y aparecen citadas varias veces en los escritos de
Homero. De ahí pasaron a Roma donde se popularizaron las termas aunque también
existían las bañeras en las casas donde se fabricaban de mármol, ónice, bronce o plata, así
como las solium donde se podían bañar sentados. En el siglo XVIII se inventaron en
Francia las bañeras con desagüe y en 1868 en Inglaterra Benjamin Maugham inventó el
baño de agua caliente que funcionaba con gas. En 1883 en Estados Unidos se empezaron a
producir bañeras de hierro fundido en Estados Unidos por la Kohler Company. [ CITATION
his13 \l 9226 ]
Esta falta de higiene se acompañaba de la inexistencia de letrinas, la población orinaba y
defecaba por las calles de la ciudad. En las casas existía un recipiente donde se realizaban
las necesidades y luego se echaba a la calle al grito de ¡agua va!.
Los animales convivían en las ciudades con el hombre e igualmente realizaban sus
necesidades por las calles. Ciudades como París eran lugares sucios y malolientes. Toda
esta suciedad y falta de higiene provocó la aparición de enfermedades transmisibles como
la peste que arrasaba con la población en poco tiempo.

Con respecto al inodoro su existencia tal como lo conocemos hoy no llegó hasta mediados
del siglo XIX, anteriormente la gente lo hacía detrás de un árbol, en medio del campo, en
un arroyo. Los griegos no tenían inconveniente en hacerlo en público, en medio de un
banquete algún noble podía pedirle a su esclavo que le acercara una vasija de plata y el amo
defecaba a la vista de todos, luego el esclavo se llevaba la vasija. y a seguir comiendo.
[ CITATION Kui13 \l 9226 ]

Los romanos lo hacían en letrinas públicas, fueron ellos quienes inventaron el orinal.

Con respecto al papel higiénico no apareció como tal hasta mediados del siglo XIX. Fue un
fracaso total, era muy caro y a la gente le parecía una tontería gastar dinero cuando podía
limpiarse con un montón de cosas que había por casa. Anteriormente la población se
limpiaba con lana, paja, hojas de maíz, nieve, agua, cáscaras de coco, etc. [ CITATION Kui13 \l
9226 ]

Como curiosidad había periódicos que se publicaban con un agujero para que una vez
leídos se pasara por un alambre o cuerda y sirviera como papel para limpiarse después de
defecar. 

El bidet se inventó antes que el inodoro y parece ser que Napoleón era gran admirador de
este utensilio, de hecho tenía uno de color rojo que dejo en herencia a su hijo
Serán los sumerios (3500) quienes comenzaron a preocuparse por el olor corporal y con
aquel fin utilizaban ciertas substancias aromáticas para combatirlo, e incluso restregaban su
piel con limones o naranjas. Menos expeditivos, los egipcios (2635 al 2155 a.C) afrontaban
el problema mediante baños aromáticos, tras los cuales se aplicaban por el cuerpo, en
particular en las axilas, aceites perfumados que se elaboraban con limón y canela por ser,
estos productos, los que más tardaban en ponerse rancios. Fueron los egipcios quienes,
eliminando el pelo de las axilas, paliaron en parte el problema del olor nauseabundo que a
menudo despedían, pero no lo hicieron porque conocieran la causa la existencia de las
bacterias que en esa zona del cuerpo se reproducen y mueren, descomponiéndose, sino
porque en un momento dado se puso de moda mostrar las axilas depiladas.
 Fue aquel pueblo quien descubrió el desodorante y comenzó a practicar la depilación.
Tanto la civilización griega, como la romana, aprendieron de Egipto las recetas para la
elaboración del desodorante, recetas que no iban mucho más allá de las habituales mezclas
de aromas y perfumes, únicos remedios capaces de paliar el problema, ahogando un olor
con otro. Poco más pudieron añadir los siglos siguientes…, hasta el XIX.
 Ello se explica en buena parte por la creencia, muy extendida, según la cual la salud del
cuerpo y del alma dependía del equilibrio entre los cuatro humores que se suponía que
integraban el cuerpo: sangre, pituita, bilis amarilla y atrabilis. Los malos humores se
evacuaban mediante procesos naturales como las hemorragias, los vómitos o la
transpiración, y cuando éstos no funcionaban se recurría a purgas o sangrías efectuadas por
los médicos. Lógicamente, la introducción de un quinto elemento extraño, como el agua, se
observaba con recelo. Se pensaba que el agua transportaba enfermedades a la piel y nada
mejor que unos poros bien obstruidos como medio para evitarlo.
Paradójicamente, el miedo a las enfermedades, incluidas la sífilis y la peste negra, es lo que
hace que el agua pierda la función en el aseo e higiene personal que había tenido.

Pero la opinión médica era que esa exposición al agua caliente podría abrir la piel y
permitir que la peste u otras enfermedades penetrasen. Los moralistas también denunciaron
el comportamiento depravado en los baños. Así, en 1538, Francisco I había cerrado las
casas de baño francesas y Enrique VIII de Inglaterra cerrará los baños de Southwark en
1546. Incluso los baños privados fueron juzgados como sospechosos. Según notas
meticulosas guardadas por Jean Héroard, el médico de la corte francesa, el joven Luis XIII,
nacido en 1601, no se dio un baño hasta que tenía casi siete años.

EGIPTO
Los egipcios se bañaban con aceites y ungüentos perfumados. Las jóvenes doncellas de
Egipto esperaban su baño de rodillas sobre esteras de juncos. La función de las esclavas era
verter sobre ellas aguas perfumadas con mirra, azafrán o canela.[ CITATION esp18 \l 9226 ]

Antes incluso de que cantara el gallo, el visir ya estaba en pie, listo para comenzar su labor
en tan alto puesto. Como cada día, nada más levantarse de la cama había hecho uso del
excusado que tenía junto a la habitación, se había dado una ducha a cubetazos dejados caer
por sus sirvientes. Tenemos noticias de estas actividades gracias a un texto inscrito en los
muros de las tumbas de varios visires de la dinastía XVIII[ CITATION esp18 \l 9226 ]
GRECIA

Algunos griegos, en especial los deportistas, no se bañaban, pues decían que ésto los hacía
débiles y les hacía perder el olor fuerte de los atletas. Sin embargo, la mayoría de los
griegos adoraban el baño. Les gustaba andar desnudos (gymnasiun proviene del griego
gymnos, que significa desnudez. Por tanto significa “el lugar desnudo”) y hacer ejercicio
hasta sudar de forma saludable, y tenían la costumbre de finalizar sus tareas diarias con un
baño comunal.[ CITATION esp18 \l 9226 ]

Las mujeres se esforzaban mucho en conseguir una piel limpia, nutrida y perfumada. Para
el rostro utilizaban una mascarilla que actuaba por la noche y la retiraban por la mañana
con leche. El resto del cuerpo lo sometían a una especie de peeling, embadurnándolo
primero con aceite de oliva y pasándole luego una piedra pómez o aplicando carbonato
cálcico. Esto funcionaba también como un sustituto de los jabones que fueron introducidos
más tarde. A continuación, las mujeres se lavaban con agua pura o mezclada con un aceite
aromático.

ROMA

Los baños en serio (los baños lánguidos) se inician con Roma. Nadie se ha bañado jamás
con tanta devoción como los romanos. .

El paso por las termas se convirtió en una exigencia diaria que regulaba el ritmo vital de
las jornadas vespertinas de los romanos. Sobre las cinco de la tarde todos los romanos, sin
importar la clase o estatus social, abandonaban sus quehaceres y acudían al unísono hacia
las magníficas y esplendorosas estancias reservadas para la higiene y el placer del cuerpo y
el espíritu. Hombres y mujeres por igual, acudían en busca del baño en sus distintas
modalidades. La salud y la higiene se aliaban con toda clase de placeres en ese espacio. La
asistencia a las termas estaba al alcance de todos, incluidos los más pobre ya que o bien
eran gratuitos, financiados por tanto por los respectivos emperadores o había que pagar un
precio insignificante y simbólico.[ CITATION esp18 \l 9226 ]

Los grandes baños de Caracalla tenían capacidad para mil seiscientos bañistas; los de
Diocleciano tenían un aforo de tres mil personas.

En cuanto a las letrinas los romanos eran


especialmente aficionados a combinar evacuación con conversación. Sus letrinas públicas
tenían en general veinte o más asientos dispuesto en íntima proximidad y la gente las
utilizaba con total desinhibición.

En realidad estas letrinas usadas por la mayoría tenían unas características higiénicas muy
avanzadas para su época, ya que disponían de una corriente interna de agua que mantenía el
lugar perfectamente drenado de residuos y de malos olores.

¿Qué hacían para limpiarse después de usar las letrinas? Había un canal de agua que corría
por el suelo delante de cada fila de asientos; los usuarios empapaban en el agua corriente
unas esponjas sujetas a palos y listos para limpiarse.

Los romanos no entendían de enfermedades infecciosas de la forma que lo hacemos ahora,


así que debemos pensar que el aseo debían hacerlo por simple placer y el uso  de las
letrinas  no lo hacían para evitar la propagación de enfermedades, sino que más bien era
para evitar que la gente tuviera que dejar la ciudad para ir a casa  a hacer sus necesidades o
evacuar en cualquier parte de la ciudad.
Edad Media

En el medioevo,
en España, París y Londres, los baños de los ciudadanos eran las esquinas y los patios de
las casas.

Durante la Edad Media la limpieza atrajo la atención de escritores, médicos y gente de la


Iglesia. En efecto, si los baños favorecían la higiene corporal, así como la prevención y el
tratamiento de diversas enfermedades, también se relacionaba con la prostitución, la
violencia y los excesos. Los eclesiásticos fueron enemigos incansables de esta práctica, que
sólo recomendaban a los enfermos. Los médicos, por su parte, prescribían el baño para
mantener la salud y erradicar la enfermedad. El musulmán Avicena, consideraba que tomar
baños de forma regular mantenía sano el organismo y facilitaba la expulsión de las
sustancias nocivas.

Incluso en las mejores casas, los suelos eran normalmente de tierra cubierta con cañas,
encubriendo «escupitajos, vómitos y orina de perros y hombres, cerveza derramada y restos
de pescado y otra porquería indecible», tal y como sucintamente resumió el teólogo y
viajero holandés Desiderius Erasmus (Erasmo de Rotterdam) en 1524. Un par de veces al
año se depositaban nuevas capas de cañas, pero los viejos excrementos no se retiraban, por
lo que, añadía Erasmus con abatimiento, «el sustrato podía permanecer imperturbable
durante veinte años». Efectivamente, los suelos eran un nidal enorme, favorecido por
insectos y roedores furtivos, la incubadora perfecta de la peste.

El dormir solía ser informal. Hoy en día «hacemos la cama» porque eso es lo que en
realidad se hacía en la Edad Media: extendías un jergón de tela o amontonabas un poco de
paja, buscabas una capa o una manta, y te apañabas lo más cómodamente posible.
En la Edad Media, la propagación de la peste obligó a la gente a replantearse su actitud con
respecto a la higiene y a pensar qué podía hacer para modificar su susceptibilidad a las
epidemias. Por desgracia, todo el mundo llegó a la conclusión equivocada. Las mejores
mentes del momento coincidieron en que el baño abría los poros de la epidermis y
fomentaba que los vapores mortales invadieran el organismo. La mejor política era, pues,
taponar los poros con suciedad. Durante los seiscientos años siguientes, la gente dejó de
bañarse, de mojarse incluso si podía evitarlo… y como consecuencia de ello pagó un
incómodo precio. Las infecciones pasaron a formar parte de la vida diaria. [ CITATION
esp18 \l 9226 ]

Es evidente que no todas estas terribles enfermedades estaban directamente relacionadas


con la higiene, pero la gente no lo sabía, ni le importaba. A pesar de que todo el mundo era
consciente de que la sífilis se transmitía por contacto sexual, algo que, claro está, podía
tener lugar en cualquier sitio, la enfermedad acabó imborrablemente asociada a las casas de
baños. En general, las prostitutas tenían prohibido acercarse a menos de cien pasos de las
casas de baños, establecimientos que al final acabaron clausurándose en toda Europa. Con
la desaparición de las casas de baños, la mayoría de la gente (que, todo hay que decirlo, ya
se lavaba poco) perdió la costumbre de lavarse.

«Lávate las manos a menudo, los pies de vez en cuando y la cabeza jamás», decía un
proverbio inglés. La reina Isabel, según cuenta una célebre cita, se bañaba fielmente una
vez al mes “lo necesite o no”. Bañarse no sería “el pan nuestro de cada día”, pero sí lavarse
aquellas partes más susceptibles de mancharse: cara, manos, axilas, pies y partes íntimas.

Para lugares inmundos, como las ciudades europeas de la Edad Moderna antes de que
llegara la revolución hidráulica del siglo XIX, carentes de alcantarillado y canalizaciones,
las calles y plazas eran auténticos vertederos por los que con frecuencia corrían riachuelos
de aguas sucias. En aumentar la suciedad se  encargaban también los numerosos animales
existentes: ovejas, cabras, cerdos y, sobre todo, caballos y bueyes que tiraban de los carros.
Como si eso no fuera suficiente, los carniceros y matarifes sacrificaban a los animales en
plena vía pública, mientras los barrios de los curtidores y tintoreros eran foco de
infecciones y malos olores.
BAÑOS ÁRABES

Los baños árabes guardan cierta similitud con las termas romana. Como en éstas, los
habitantes del barrio acudían allí para lavarse, cortarse el cabello, depilarse y recibir
masajes. Era un lugar de intensa vida social.
SIGLO XVII

Thomas Tyron, autor en 1683 de un libro sobre salud y bienestar, se quejaba de que el
«sucio y excesivo excremento» de las plumas resultaba atractivo para los bichos. Sugería en
su lugar paja fresca, y en grandes cantidades. Creía también (y con cierta justificación) que
las plumas solían estar sucias de la materia fecal de las estresadas e infelices aves de las que
se obtenían. Históricamente, el relleno básico más común fue la paja, cuyos pinchazos a
través de la tela eran un famoso tormento, pero la verdad es que solía utilizarse cualquier
cosa que se encontrara. Cuando uno no podía permitirse plumas, la lana o la crin de caballo
eran opciones más baratas, aunque solían oler fuerte. Además, la lana se infestaba de
polillas. El único remedio seguro contra ellas era extraer la lana y ponerla a hervir, un
proceso tedioso.[ CITATION esp18 \l 9226 ]

La Roma antigua en tiempos de los romanos y  Córdoba y Sevilla en tiempos de los árabes
estaban más limpias que París o Londres en el siglo XVII, en cuyas casas no había
desagües ni baños. ¿Qué hacían entonces las personas? Habitualmente, frente a una
necesidad imperiosa el individuo se apartaba discretamente a una esquina. El escritor
alemán Goethe contaba que una vez que estuvo alojado en un hostal en Garda, Italia, al
preguntar dónde podía hacer sus necesidades, le indicaron tranquilamente que en el patio.
La gente utilizaba los callejones traseros de las casas o cualquier cauce cercano. Los pocos
baños que había vertían sus desechos en fosas o pozos negros, con frecuencia situados junto
a los de agua potable, lo que aumentaba el riesgo de enfermedades.[ CITATION esp18 \l 9226 ]

Todo se reciclaba. Había gente dedicada a recoger los excrementos de los pozos negros
para venderlos como estiércol. Los tintoreros guardaban en grandes tinajas la orina, que
después usaban para lavar pieles y blanquear telas. Los huesos se trituraban para hacer
abono. Lo que no se reciclaba quedaba en la calle, porque los servicios públicos de higiene
no existían o eran insuficientes. En las ciudades, las tareas de limpieza se limitaban a las
vías principales, como las que recorrían los peregrinos y las carrozas de grandes personajes
que iban a ver al Papa en la Roma del siglo XVII, habitualmente muy sucia. Las
autoridades contrataban a criadores de cerdos para que sus animales, como buenos
omnívoros, hicieran desaparecer los restos de los mercados y plazas públicas, o bien se
encomendaban a la lluvia, que de tanto en tanto se encargaba arrastrar los desperdicios.

Tampoco las ciudades españolas destacaban por su limpieza. Cuenta Beatriz Esquivias
Blasco en su libro ¡Agua va! La higiene urbana en Madrid (1561-1761), que “era
costumbre de los vecinos arrojara a la calle por puertas y ventanas las aguas inmundas y
fecales, así como los desperdicios y basuras”. El continuo aumento de población en la villa
después a inicios del siglo XVIII agravó los problemas sanitarios.

En los hogares más pobres, se colgaban excrementos de vaca de los postes de la cama con
la creencia de que ahuyentaban las polillas.

SIGLO XVIII

 
En el siglo XVIII la forma más fiable de darse un baño era estar loco

En 1701, sir John Floyer argumentó a favor de los baños fríos como cura de un montón de
enfermedades. Su teoría era que al sumergir el cuerpo en agua fría se producía una
sensación de «Terror y Sorpresa» que tonificaba los sentidos embotados y fatigados.

La mayoría, sin embargo, combatía la suciedad y el olor camuflándolos con cosméticos y


perfumes o simplemente ignorándolos. Cuando todo el mundo apesta, nadie apesta.

Pero llegó un momento en que el agua se puso de repente de moda, aunque solo en su
vertiente medicinal. En 1702, la reina Ana acudió a Bath para tratarse la gota, una iniciativa
que fomentó considerablemente la reputación curativa de sus aguas y su prestigio, aunque
los problemas de Ana en realidad no tenían nada que ver con el agua y sí con su
sobrealimentación. Pronto empezaron a brotar como setas las ciudades balneario:
Harrogate, Cheltenham, Llandrindod Wells en Gales. Las ciudades costeras, sin embargo,
reivindicaban que las aguas curativas de verdad eran las del mar, aunque, curiosamente,
solo las de los alrededores de sus comunidades.

El pionero más famoso de las curas de aguas fue el doctor Richard Russell, que en 1750
escribió en latín un libro sobre las propiedades curativas del agua de mar.

Con el tiempo, la gente fue aceptando la idea de que mojarse de vez en cuando no era malo
y las teorías sobre la higiene personal que habían dominado el mundo durante tanto tiempo
sufrieron con ello un abrupto revés.

Giacomo Casanova, el aventurero italiano, comentó después de una visita a Londres la


frecuencia con la que había visto a la gente «aliviar sus esclusas» delante de todo el mundo
al borde de los caminos o junto a cualquier edificio. Pepys anota en su diario que su mujer
se ponía de cuclillas en la calle «para hacer sus cosas».

Tanta suciedad no podía durar mucho tiempo más y cuando los desagradables olores
amenazaban con arruinar la civilización occidental, llegaron los avances científicos y las
ideas ilustradas del siglo XVIII para ventilar la vida de los europeos. Poco a poco volvieron
a instalarse letrinas colectivas en las casas y se prohibió desechar los excrementos por la
ventana, al tiempo que se aconsejaba a los habitantes de las ciudades que arrojasen la
basura en los espacios asignados para eso. En 1774, el sueco Karl Wilhehm Scheele
descubrió el cloro, sustancia que combinada con agua blanqueaba los objetos y mezclada
con una solución de sodio era un eficaz desinfectante. Así nació la lavandina, en aquel
momento un gran paso para la humanidad.

SIGLO XIX
Jefferson hizo instalar en 1801 tres de los primeros inodoros con cisterna del mundo.
Funcionaban con cisternas situadas en la azotea que acumulaban el agua de lluvia.

El reverendo Henry Moule, un vicario de Dorset, inventó el inodoro de tierra a mediados


del siglo XIX. El inodoro de tierra consistía básicamente en una silla con orinal que
incorporaba un depósito de almacenamiento lleno de tierra que, al tirar con una manivela,
liberaba una dosis calculada de tierra en el receptáculo, camuflando con ello el olor y la
visión de los restos allí depositados. Pero fueron rápidamente superados por los inodoros
con cadena, que no solo camuflaban los excrementos, sino que además se los llevaban
envueltos en un torrente de agua.

Charles Dickens fue uno de los primeros en utilizar la palabra slum (barrios bajos), en una
carta fechada en 1851. Naturalmente, estas gigantescas masas de humanidad generaban
volúmenes impresionantes de excrementos, mucho más de lo que cualquier sistema de
pozos negros pudiera llegar a abarcar. En un informe bastante típico, un inspector hablaba
de haber visitado dos casas en St. Giles en las que los sótanos estaban llenos de suciedad
hasta una altura de casi un metro. En el exterior, continuaba el inspector, el patio estaba
cubierto por una capa de quince centímetros de excrementos. Habían dispuesto ladrillos a
modo de pasarela para que los ocupantes de la casa pudieran cruzar el patio.

Gran parte de estos detritos en estado de descomposición acababan yendo a parar al


Támesis con la esperanza de que la marea los arrastrara mar adentro. Pero las mareas, claro
está, se mueven en ambas direcciones, y la marea que se llevaba los desperdicios hacia el
mar los retornaba en gran parte de nuevo cuando volvía a subir.

Las epidemias asesinas eran habituales en el mundo escasamente higienizado previo a la


aparición de los antibióticos. Se estima que la epidemia de cólera de 1832 acabó con la vida
de sesenta mil británicos. Fue seguida en 1837-1838 por una devastadora epidemia de gripe
y por posteriores brotes de cólera en 1848, 1854 y 1867. Y a todos estos ataques contra la
tranquilidad del país se sumaron brotes mortales de fiebres tifoideas, fiebres reumatoides,
escarlatina, difteria y viruela, entre otras enfermedades

Snow nació en York, en 1813, en circunstancias modestas —su padre era un trabajador
normal y corriente—, y por mucho que esto tal vez influyera negativamente en su vida
social, le fue muy bien en cuanto a percepción y compasión, pues fue casi el único entre
todas las autoridades médicas de la época que no culpó a los pobres de sus enfermedades,
sino que comprendió que eran sus condiciones de vida lo que los hacía más vulnerables a
influencias que escapaban de su control. Nadie jamás había abordado el estudio de la
epidemiologia

En América la situación era distinta. Los que viajaban a Norteamérica se quedaban


sorprendidos al descubrir que las epidemias solían ser allí excepcionales y mucho más
benignas. Y había un buen motivo para ello: las comunidades norteamericanas eran en
general más limpias. No tanto porque sus habitantes fueran más melindrosos en sus
costumbres, sino porque sus pueblos y ciudades eran más abiertos y espaciosos, lo que
generaba una menor probabilidad de contaminación e infecciones.

Pero en lo que Norteamérica iba de verdad por delante del resto del mundo era en el
suministro de cuartos de baño privados. Y lo que impulsó el movimiento no fueron los
particulares, sino los hoteles. El primer hotel del mundo que ofreció un cuarto de baño en
todas sus habitaciones fue el Mount Vernon Hotel, en la localidad turística de Cape May,
Nueva Jersey
En Europa los ricos se mostraron inesperadamente reacios a incorporar los baños a su vida.
«Los cuartos de baño son para los criados», resolló un aristócrata inglés. O tal y como el
duque de Doudeauville respondió con altivez cuando se le preguntó si instalaría cañerías en
su nueva casa: «No estoy construyendo un hotel». Los norteamericanos, por otro lado,
sentían una atracción mucho mayor hacia los placeres del agua caliente y los inodoros con
cisterna

El autor de un manual de mediados del siglo XIX recomendaba limpiar una vez al año los
cuadros con una mezcla de «sal y orina añeja», aunque dejaba en manos del lector
determinar la orina de quién y hasta qué punto debía de ser añeja.

Las agotadoras tareas de limpieza se les asignaban a los criados. Hannah Cullwikc describe
una relación de las tareas que hacía cualquier día

“Abrí las contraventanas y encendí el fuego de la cocina. Sacudí el hollín en el agujero del
polvo y luego lo vacié de hollín. Barrí y saqué el polvo de las habitaciones y el recibidor.
Puse en marcha los fogones y preparé el desayuno. Limpié dos pares de botas. Hice las
camas y vacié los orinales. Limpié y lavé las cosas del desayuno. Limpié la bandeja; limpié
los cuchillos y preparé la comida. Lo limpié todo. Limpié la cocina; vacié una cesta. Llevé
dos pollos a la señora Brewer y volví con el recado. Preparé una tarta y desplumé y destripé
dos patos y los asé. Fregué de rodillas las escaleras y los suelos. Lustré el rascador de
zapatos de delante de la casa; fregué también de rodillas la acera de la calle. Lavé el
fregadero. Fregué de rodillas la despensa y fregué las mesas. Fregué los suelos de alrededor
de la casa y limpié las repisas de las ventanas. Serví el té al señor y la señora Warwick […]
Fregué de rodillas los suelos del retrete, el pasillo y la despensa. Lavé al perro y limpié los
lavamanos. Preparé la cena para que la sirviera Ann, pues yo estaba demasiado sucia y
cansada como para subir. Me lavé en una bañera y me fui a la cama.” Un día típico y
soporífero. Lo más excepcional de la jornada es que consiguiera darse un baño. La mayoría
de los días acaba sus entradas con un exhausto y fatalista «Me acosté con la suciedad
encima”.
Las labores de lavandería se menospreciaban hasta tal punto que en las casas más grande el
castigo para los criados solía ser hacer la colada. Era un trabajo agotador. En una casa de
campo de tamaño considerable, el personal podía fácilmente ocuparse de lavar a la semana
seiscientas o setecientas prendas, toallas y sábanas. Antes de 1850 no había detergentes y la
colada tenía que dejarse en remojo en agua jabonosa o lejía durante horas, después
aporrearse y fregarse con energía, hervirse durante una hora o más, aclararse repetidamente,
escurrirse a mano o (después de 1850) con la ayuda de un rodillo y sacarse a tender sobre
un seto o extenderse sobre el césped para secarla. El día de colada tocaba levantarse a las
tres de la mañana.

Las camas eran otra complicación. Dar la vuelta a los colchones y sacudirlos era una tarea
habitual, y pesada. Un colchón normal de plumas contenía dieciocho kilos de plumas.
Almohadas y cojines pesaban otro tanto, y todo eso tenía que vaciarse por completo de vez
en cuando para que las plumas se aireasen, pues, de lo contrario, empezaban a oler mal.

En el siglo XIX, el desarrollo del urbanismo permitió la creación de mecanismos para


eliminar las aguas residuales en todas las nuevas construcciones. Al tiempo que las tuberías
y los retretes ingleses (WC) se extendían por toda Europa, se organizaban las primeras
exposiciones y conferencias sobre higiene. A medida que se descubrían nuevas bacterias y
su papel clave en las infecciones —peste, cólera, tifus, fiebre amarilla—, se asumía que era
posible protegerse de ellas con medidas tan simples como lavarse las manos y practicar el
aseo diario con agua y jabón. En 1847, el médico húngaro Ignacio Semmelweis determinó
el origen infeccioso de la fiebre puerperal después del parto y comprobó que las medidas de
higiene reducían la mortalidad. En 1869, el escocés Joseph Lister, basándose en los trabajos
de Pasteur, usó por primera vez la antisepsia en cirugía. Con tantas pruebas en la mano ya
ningún médico se atrevió a decir que bañarse era malo para la salud.
SIGLO XX

No fue hasta la invención de los esmaltes cerámicos, hacia 1910, cuando las bañeras se
convirtieron por fin en un objeto duradero y atractivo. Por fin el mundo pudo disfrutar de
bañeras bonitas y que continuaban siendo bonitas durante mucho tiempo. Pero seguían
resultando carísimas.

Sin embargo, a medida que los fabricantes fueron mejorando los procesos de producción en
masa, los precios cayeron, y hacia 1940 un norteamericano podía ya comprarse el conjunto
completo del cuarto de baño — lavabo, bañera e inodoro— por 70 dólares, un precio que
casi cualquiera podía permitirse

SIGLO XXI

El resto creo que lo conocemos. En la actualidad: los baños diarios, las lejías, todo tipo de
productos para el suelo, aspiradoras, vaporetas y un sinfín de artilugios y productos,
mantienen nuestras casas y nuestros cuerpos limpios.
LINEA DE TIEMPO: Historia de la higiene
personal.
BIBLIOGRAFÍA

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