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Como Si El Ruido Pudiera Molestar PDF

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GUSTAVO ROLDÁN
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GUSTAVO ROLDÁN

Nació el 16 de agosto de 1935 en Sáenz


Peña, Chaco. Escritor, traductor, coordina
talleres literarios de escritura y reflexión.
Recibió el Premio Casa de las Américas en
1989. Entre sus obras figuran: El camino de
la hormiga, Y el monte era una fiesta, Dragón, La
leyenda del bicho colorado, Historias del piojo.
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F
COMO SI EL RUIDO
P U D I E R A M O L E S TA R

ue como si el viento hubiera comenzado a


traer las penas. Y de repente todos los
animales se enteraron de la noticia.
Abrieron muy grandes los ojos y la boca, y se
quedaron con la boca abierta, sin saber qué decir.
Es que no había nada que decir.
Las nubes que trajo el viento taparon el sol. Y el
viento se quedó quieto, dejó de ser viento y fue un
murmullo entre las hojas, dejó de ser murmullo y
apenas fue una palabra que corrió de boca en boca
hasta que se perdió en la distancia.
Ahora todos lo sabían: el viejo tatú estaba a punto
de morir.
Por eso los animales lo rodeaban, cuidándolo, pero sin
saber qué hacer.
–Es que no hay nada que hacer –dijo el tatú con una
voz que apenas se oía–. Además, me parece que ya
era hora.
Muchos hijos y muchísimos nietos
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tatucitos miraban con una


tristeza larga en los ojos.
–¡Pero, don tatú, no puede ser!
–dijo el piojo–, si hasta ayer
nomás nos contaba todas las cosas
que le hizo al tigre.
–¿Se acuerda de las veces que lo
embromó al zorro?
–¿Y de las aventuras que tuvo con don
sapo?
–¡Y cómo se reía con las mentiras del sapo!
Varios quirquinchos, corzuelas y monos muy
chicos, que no habían oído hablar de la
muerte, miraban sin entender.
–¡Eh, don sapo! –dijo en voz baja un
monito–. ¿Qué le pasa a don tatú? ¿Por qué
mi papá dice que se va a morir?
–Vamos, chicos –dijo el sapo–, vamos hasta
el río, yo les voy a contar.
Y un montón de quirquinchos, corzuelas y
monitos lo sigueron hasta la orilla del río,
para que el sapo les dijera qué era eso de la
muerte.
Y les contó que todos los animales viven y
mueren. Que eso pasaba siempre, y que la
muerte, cuando llega a su debido tiempo, no
era una cosa mala.
–Pero don sapo –preguntó
una corzuela–,
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¿entonces no vamos a jugar más


con don tatú?
–No. No vamos a jugar más.
–¿Y él no está triste?
–Para nada. ¿Y saben por qué?
–No, don sapo, no sabemos...
–No está triste porque jugó mucho,
porque jugó todos los juegos. Por eso se
va contento.
–Claro –dijo el piojo–. ¡Cómo jugaba!
–¡Pero tampoco va a pelear más con el tigre!
–No, pero ya peleó todo lo que podía. Nunca lo
dejó descansar tranquilo al tigre. También por
eso se va contento.
–¡Cierto! –dijo el piojo–. ¡Cómo peleaba!
–Y además, siempre anduvo enamorado.
También es muy importante querer mucho.
–¡Él sí que se divertía con sus
cuentos, don sapo! –dijo la
iguana.
–¡Como para que no! Si más
de una historia la inventamos
juntos, y por eso se va
contento, porque le gustaba
divertirse y se divirtió mucho.
–Cierto –dijo el piojo–.
¡Cómo se divertía!
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–Pero nosotros vamos a


quedar tristes, don sapo.
–Un poquito sí, pero... –la
voz le quedó en la garganta
y los ojos se le mojaron al
sapo–. Bueno, mejor vamos a
saludarlo por última vez.
–¿Qué está pasando que hay tanto
silencio? –preguntó el tatú con esa voz que
apenas se oía–. Creo que ya se me acabó la cuerda.
¿Me ayudan a meterme en la cueva?
Al piojo, que estaba en la cabeza del ñandú, se le
cayó una lágrima, pero era tan chiquita que nadie se
dio cuenta.
El tatú miró para todos lados, después bajó la cabeza,
cerró los ojos, y murió.
Muchos ojos se mojaron, muchos dientes se
apretaron, por muchos cuerpos pasó un escalofrío.
Todos sintieron que los oprimía una piedra muy
grande.
Nadie dijo nada.
Sin hacer ruido, como si el ruido pudiera
molestar, los animales se fueron alejando.
El viento sopló y sopló, y comenzó a llevarse las
penas. Sopló y sopló, y las nubes se abrieron para que
el sol se pusiera a pintar las flores. El viento hizo ruido
con las hojas de los árboles y silbó entre los pastos secos.
–¿Se acuerdan –dijo el sapo– cuando hizo el trato con
el zorro para sembrar maíz?
Tomado de Como si el ruido pudiera molestar.
© 1986, Gustavo Roldán.
© 1998, Editorial Norma S.A.

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