Revista Fermentario, 14 (1), pp.
28-41, 2020
ISSN 1688-6151
ARTÍCULO | ARTIGO
Fermentario V. 14, N° 1 (2020)
ISSN 1688 6151
Instituto de Educación, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación,
Universidad de la República. www.fhuce.edu.uy
Faculdade de Educação, UNICAMP. www.fe.unicamp.br
LAICIDAD Y LIBERTAD DE CÁTEDRA, DOS PRINCIPIOS FUNDAMENTALES DE LA
EDUCACIÓN NACIONAL: ¿CÓMO ENTENDERLOS?1
LAICITY AND LIBERTY OF CHAIR, TWO FUNDAMENTAL PRICIPLES OF NATIONAL
EDUCATION: HOW UNDERAND THEM?
Andrea Díaz Genis2
Resumen
Este artículo pretende presentar un concepto actualizado sobre laicidad. Se abre a la
polémica de cómo entenderla, cuál es su fin en términos educativos, cuáles son los
conflictos a la hora de definir una idea de laicidad, o por qué es un concepto en disputa.
Con qué diferentes conceptos de laicidad nos encontramos. Y qué apertura tiene la
laicidad a la interculturalidad. Por otra parte, vincula la laicidad con otro principio
fundamental de la educación nacional; la libertad de cátedra. Cómo conceptualizarla, qué
la vértebra, a qué peligros se enfrenta.
1
Este articulo supone una reelaboración de dos artículos publicados en la prensa del Uruguay. Estos
son: «Qué le cabe a la laicidad hoy», en La Diaria, en:, y «La Libertad de Cátedra o qué tan libres
somos los docentes», también en La Diaria, en: https://ladiaria.com.uy/articulo/2020/5/la-libertad-
de-catedra-o-que-tan-libres-somos-los-docentes/.2020
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Doctora en Filosofía, profesora titular de Filosofía de la educación, Facultad de Humanidades y
Ciencias de la Educación de la Universidad de la República. Coordinadora de la Red Temática
sobre Laicidad de la Universidad de la República.
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Palabras clave: Laicidad, pluralidad, interculturalidad, educación, Libertad de cátedra,
peligros, fundamentos filosóficos.
Abstract
This article aims to present an updated concept on secularism. It opens to the controversy
of how to understand it, what is its purpose in educational terms, what are the conflicts
when defining an idea of secularism, or why it is a concept in dispute. What different
concepts of secularism do we find? And how open is secularism to interculturality. On
the other hand, it links secularism with another fundamental principle of national
education; academic freedom. How to conceptualize it, what the vertebra, what dangers
it faces.
Keywords: Secularity, plurality, interculturality, education. Chair freedom, dangers,
philosophical foundatio
La laicidad es un regulador de convivencia implicado en una serie de fenómenos y
conceptos que no son tan explícitos y unívocos como en principio podríamos pensar. Los
uruguayos, principalmente, tenemos una idea de laicidad muy arraigada, que conforma
tan fuertemente el relato acerca de lo que somos que la hemos naturalizado. Por eso nos
parece que nuestra forma de vivenciar y entender la laicidad es la única, cuando hay
múltiples formas y diferentes expresiones, según los países, regiones, momentos
históricos y contextos. Es sobre todo a partir de las situaciones de conflicto de posiciones
y perspectivas que emergen ideas de laicidad que entran en tensión y que nos hacen pensar
si estamos hablando todos de lo mismo cuando hablamos de laicidad. Es necesario que
nos demos la oportunidad de pensar más a fondo sobre ello.
Por cierto, no hay una única concepción de laicidad; se trata, en realidad, de un
concepto en disputa. Hay una laicidad que se hizo presente con mucha fuerza en el
Uruguay moderno.3 También algunos intérpretes hablan de «laicismo», entendido como
una postura que se llevó a la exageración o al exceso, que identificaba la laicidad con el
Estado a partir de una tendencia al anticlericalismo. Otros consideran que no existe tal
«laicismo» y que se trata de una forma de descalificar cierta forma de laicidad que intenta
ponerles límites o fin a ciertos privilegios de las iglesias. En su momento, el de la llamada
primera modernidad, la laicidad significó un avance trascendente y una identificación de
la educación con el movimiento de la razón, la libertad, la educación ciudadana y la
3
La separación de la Iglesia del Estado se concreta en Uruguay en la Constitución de 1919.
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ciencia positiva, contra la autoridad de la tradición, el poder de la religión católica y el
oscurantismo.
En términos ya más de fondo, podríamos hablar, grosso modo, de dos grandes tipos
de laicidad: una rígida y una flexible.4 Una laicidad rígida que se guía más tajantemente
por la separación entre Estado y religión, asociada al proceso de secularización, ligada a
una idea de neutralidad científica a partir de la modernidad, afirmada a través del
positivismo, en la que se identifica a la educación pública con la predominancia del saber
científico como saber legitimado y se separa tajantemente la expresión pública de la
privada a nivel religioso, complicando así la expresión de las diversas elecciones o
decisiones de valor conforme a las libertades de conciencia que nutren a la sociedad civil,
así como otras formas de entender el saber o el conocimiento.
Hay también una laicidad que se presenta como «flexible», que parte de una
búsqueda de equilibrio, aunque siempre inestable, entre igualdad y libertad de conciencia,
y que de esta manera se abre a las adecuaciones o acomodamientos que sean pertinentes
para habilitar la expresión de esas diferencias en términos de saberes, creencias o, incluso,
usos culturales (por ejemplo, permitir dar días libres a ciertos grupos religiosos por días
correspondientes a celebraciones de su religión, o habilitar que en la escuela pública, que
da un solo tipo de comida, que incluye, por ejemplo, la carne, pueda darse otro tipo de
alimentación aceptable para otras culturas o creencias, enseñar saberes de otras culturas
que no han sido reconocidas, etcétera). También pueden llamarse regímenes republicanos
liberales o pluralistas de laicidad.
Lo que define la laicidad son los dos grandes principios por los que se rige un Estado
democrático liberal: la igualdad y la libertad de conciencia. La igualdad alude a que el
Estado no puede optar por ninguna religión ni creencia metafísica o antimetafísica, en
tanto que todos los ciudadanos son iguales ante la ley y, por ende, el Estado no forma
parte de las opciones de vida o las cosmovisiones o creencias que adoptan los ciudadanos.
A la vez, el Estado garantizará la libertad de conciencia, en tanto que las personas tienen
el derecho a decidir por qué religión, creencia, opción metafísica o no, cosmovisión o
forma de entender la vida buena han de optar para su propia vida.
Para llevar a cabo la laicidad contamos con dos medios: la separación de la iglesia
del Estado y la imparcialidad del Estado ante visiones religiosas o creencias. Esto no
4
Me baso en algunos conceptos de Jocelyn Mclure y Charles Taylor (2011) sobre los regímenes de
laicidad.
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implica que el Estado sea ateo, o que no lo sea, o que sea anticlerical. Confundir el medio
con el principio ha sido una de las razones para tornar a la laicidad una cuestión mucho
más rígida de lo que debería ser (por ejemplo, tener como fin y no como medio la
separación del Estado con respecto a la religión5). Desequilibrar la balanza para el lado
de la igualdad mal entendida como neutralidad, y no como apertura a la diferencia, ha
sido otra de las razones que han dado como resultado una laicidad rígida. Como es un
concepto flexible que se mueve con los desafíos del paso del tiempo y los diferentes
conceptos de verdad de los sujetos históricos, a nosotros nos interesa hoy también pensar
en una laicidad en términos de apertura a la interculturalidad o multiculturalidad, en
tiempos en que el fenómeno de la inmigración es cada día más fuerte y surgen diferentes
problemas en la vida cotidiana que implican o no la apertura al mundo del otro con su
cultura, religiosidad, modos de ser y estar en el mundo, etcétera. Nos interesa rescatar una
laicidad que implique un diálogo entre culturas diferentes. Esto no supone que cada uno
viva en su mundo, ni es bueno que así sea. Existe la posibilidad, de un modo reflexivo,
no impositivo, y a partir de expresiones seculares, de poner en diálogo diferentes modos
de ver el mundo a partir de diferentes concepciones metafísicas, religiosas y culturales.
La posibilidad de establecer acuerdos entrecruzados o consensos sobrepuestos para
lograr sostener valores comunes, a partir de razones accesibles para todos los ciudadanos,
permite obtener la posibilidad de consensos.6
Por último, es importante recalcar el valor educativo de la laicidad y su conexión
con la importancia que tiene para el desarrollo de la autonomía. «El Estado liberal
defiende, por ejemplo, el principio según el cual los individuos son considerados agentes
morales autónomos, libres de definir su propia idea de una vida plena. El Estado
favorecerá, por ejemplo, el desarrollo de la autonomía crítica de los alumnos en los
colegios. Fomentando el desarrollo de la autonomía y exponiendo a los escolares a
distintas visiones del mundo y de las formas de vida, el Estado democrático y liberal hace
la tarea más difícil a los padres que intentan transmitir un universo particular de creencia
a sus hijos, y, aún más, a los grupos que desean sustraerse a la influencia de la sociedad
mayoritaria para perpetuar un estilo de vida basado más en el respeto a las tradiciones que
5 Pero esta separación implica también no discriminar a nadie por razones religiosas y no generar
ningún privilegio a una iglesia o religión determinada.
6
Esta es una idea que aparece en Rawls (1995).
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en la autonomía individual y el ejercicio de la opinión crítica» (Taylor y Mclure, 2011:
28-29).
La autonomía debe favorecer la crítica que, para ser tal, debe poder criticarlo todo,
incluso formas de entender el conocimiento que se han legitimado o que son dominantes
culturalmente y que no han dado paso a otras formas de saberes igualmente legítimos que
permanecen en la sombra o no son reconocidos.5 Partimos de la vigencia de lo que dijo
Reina Reyes en su momento, acerca de la importancia de crear una «actitud laica»,6 es
decir, una actitud abierta a la escucha de lo diferente y del diferente, una participación en
la idea de que la igualdad debe estar abierta a la diferencia. Lo que hace laica, en
definitiva, a una educación no solo es la selección de contenidos abierta a la diversidad
de fuentes culturales, sino también, y principalmente, la actitud tanto del docente como
del estudiante y de toda la institución educativa, que no deberían ser autoritarios,
dogmáticos o cerrados a la escucha de la diversidad, al pensamiento crítico y reflexivo de
las diferentes posturas frente a la realidad. Es muy importante este asunto: no hay laicidad
si de alguna manera no se genera un espacio para superar «tutorías» y abrirse a lo nuevo
y diferente que será construido a partir de un diálogo, en el contexto de una cultura
pluralista. No hay temas prohibidos para la laicidad, pues todo puede ser discutido,
analizado y expresado mediante el diálogo fundamentado entre diferentes de una forma
no impositiva, abierta y propiciando la toma de posiciones razonada. No hay educación
que no sea política, si por político se entiende la toma de posición frente a los hechos o
asuntos que le competen a un ciudadano, algo que no puede confundirse con
adoctrinamiento ni con proselitismo o propaganda.
Esta autonomía se desarrolla en el espacio educativo, en un Estado liberal
republicano y democrático, que no defiende las creencias particulares de un grupo, o las
ideas sobre la vida y los valores de un grupo en algún sentido particular, sino que aboga
precisamente por la apertura a la diversidad y a la diferencia, partiendo de una «ética
mínima»7 de respeto a la dignidad y solidaridad de los humanos en sus diferencias.
Obviamente, este Estado parte de ciertos valores constitutivos que defiende. Taylor
habla, en ese sentido, de solidaridad y defensa de los derechos humanos, igualdad y
libertad, propiciando a partir de esos valores la autonomía de los sujetos. El Estado laico
implica que no está sin partido, sino que toma partido.8 Dicen Taylor y McLure:
El Estado toma partido, entonces, a favor de los ciudadanos
permitiéndoles elegir su plan y modo de vida. De esta forma, el creyente
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o el ateo pueden vivir de acuerdo con sus convicciones, pero no pueden
imponer a los demás su idea del mundo (2011, p. 29, el énfasis es
nuestro).
Para terminar, cito las palabras de Norberto Bobbio: «El espíritu laico no es en sí
mismo una nueva cultura, sino la condición de convivencia de todas las posibles culturas»
(1999).
Libertad de cátedra y laicidad
La laicidad y la libertad de cátedra son dos principios que vertebran la educación nacional.
En la Ley General de Educación (LGE) (n.º 18437), en el artículo 11 aparece la definición
de dicha libertad cómo un principio general de la educación junto a otros principios
fundamentales como la obligatoriedad, universalidad, libertad de enseñanza, diversidad e
inclusión, participación, etcétera (Uruguay, 2009).
Sin embargo, la laicidad aparece también como principio, pero de la educación
pública estatal. Para la educación nacional estatal estos son dos principios fundamentales
absolutamente ligados entre sí. La libertad de cátedra debe ser entendida en un contexto
de laicidad, y la laicidad supone el ejercicio de libertad de cátedra. Si la laicidad combina
igualdad con libertad como principio, la forma de hablar de libertad en el contexto
educativo implica hablar de libertad de cátedra del profesor y de la libertad de opinión y
autonomía de los alumnos. Por esto me gustaría profundizar en este concepto como una
forma fundamental de desarrollar o entender el concepto de laicidad. La palabra cátedra,
etimológicamente viene del griego y luego deriva al latín, cathĕdra, que significa
‘asiento’. En un sentido general detentar una cátedra, es asumir compromiso y
responsabilidad a partir de un conocimiento y reconocimiento. La libertad específica
vinculada a la enseñanza es pues, la libertad de cátedra. Y según los niveles educativos,
los grados de autonomía de la institución, el tipo de centro del que estemos hablando, esta
libertad de cátedra tendrá mayor o menor amplitud. En nuestra legislación educativa se
llama libertad de cátedra a esta libertad aplicada a la enseñanza, en todos los niveles:
primario, secundario, básico y superior, y enseñanza terciaria universitaria y no
universitaria. Fue para nosotros sorprendente que en el proyecto de Ley de Urgente
Consideración (LUC) se quisiera sustituir, de la LGE,7 el término libertad de cátedra por
7
Me refiero a la modificación propuesta por el gobierno de la coalición en lo referente a la LGE.
Este tema se discute actualmente en el Senado de la República del Uruguay. Para ver la Ley de
Urgente Consideración consultar: https://www.republica.com.uy/wp-
content/uploads/2020/04/LEY-DE-URGENTE-CONSIDERACION-2020-V075175.pdf
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autonomía técnica. Por cierto, que la libertad de cátedra es una tradición arraigada y
ampliamente aceptada en nuestra sociedad que tiene que ver con la defensa de los valores
profundos de la democracia. Si vamos a la ley anterior que regía en nuestro país, la Ley
de Educación (n.º 15389) de 1985 se habla también de libertad de cátedra de los docentes
y de la libertad de pensamiento de funcionarios y educandos. En el texto completo de la
LUC que aparece ahora en el Parlamento se vuelve a poner libertad de cátedra y se agrega
un texto que colocamos en cursivas:
Artículo 11 (De la libertad de cátedra). El docente, en su condición de
profesional, es libre de planificar sus cursos realizando una selección
responsable, crítica y fundamentada de los temas y las actividades
educativas, respetando los objetivos y contenidos de los planes y
programas de estudio. Asimismo, los educandos tienen la libertad y el
derecho a acceder a todas las fuentes de información y de cultura, y el
docente el deber de ponerlas a su alcance, con un criterio de amplitud,
ecuanimidad y balance de puntos de vista que permita a los educandos
ejercer su libertad y formarse su propio juicio (Ley de Urgente
consideración, página 71, Consultada en
https://www.republica.com.uy/wp-content/uploads/2020/04/LEY-DE-
URGENTE-CONSIDERACION-2020-V075175.pdf, vista el 2 de
junio de 2020)
Si vamos nuevamente a la LGE, allí aparece el mismo concepto pero en relación con
la laicidad, aunque entendido como principio de la educación pública estatal.
Artículo 17. (De la laicidad). El principio de laicidad asegurará el
tratamiento integral y crítico de todos los temas en el ámbito de la
educación pública, mediante el libre acceso a las fuentes de
información y conocimiento que posibilite una toma de posición
consciente de quien se educa. Se garantizará la pluralidad de opiniones
y la confrontación racional y democrática de saberes y creencias (Ley
General de Educación, Ley 18437, Disponible en
https://www.ineed.edu.uy/images/pdf/-18437-ley-general-de-
educacion.pdf, consultada el 2 de junio de 2020, las negritas son
nuestras).
Consideramos que los contenidos que garantizan la autonomía del alumno y el
intento de evitar el abuso del docente ya están presentes con otras palabras en la idea de
laicidad que allí se presenta tal y como la desarrollamos en este mismo artículo.
Claro que no puede haber una libertad de cátedra que vaya contra la laicidad, en
términos de generar ese saber «integral y crítico», un libre acceso a las fuentes de
Para ver la crítica que hizo el Instituto de Educación de la FHCE de la Universidad de la República
a dicho proyecto de ley, ver: http://udelar.edu.uy/portal/2020/03/ley-de-urgente-consideracion-
hacia-un-nuevo-modelo-educativo/.
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información, con el fin de generar un sujeto autónomo (que es, por otra parte, la finalidad
educativa de la laicidad) que pueda tomar posición a partir de la confrontación racional
de saberes, creencias, pluralidad de opiniones etc.
Ya el estatuto de funcionario docente de la Administración Nacional de Educación
Pública8 –ANEP-, también habla, en sus primeros artículos, de la responsabilidad del
docente, del tratamiento integral de temas, de educación integral del alumno que propende
a un «libre y armónico desarrollo de su personalidad» (Administración Nacional de
Educación Pública (ANEP), 1993). Aquí habría que diferenciar claramente entre
proselitismo y política, entre adoctrinamiento y toma de posición de parte del docente y
del estudiante. Y esto no implica que no se haga un tratamiento integral e imparcial del
tema (aunque en sentido absoluto esto es imposible, pero sí un tratamiento equilibrado
que atienda a la pluralidad de posturas) o que tome en cuenta la ecuanimidad solicitada.
La libertad de cátedra es obviamente una libertad ejercida dentro de un marco o
contexto y con determinados límites. No es una libertad que pueda implicar abuso, no es
una libertad que vaya contra la laicidad del Estado o la libertad de conciencia y opinión
de los alumnos. Pero no implica neutralidad ni es ajena a la toma de posición o partido.
Se trata de una libertad que no es solo técnica a partir de la posibilidad de enseñar
de acuerdo a un programa eligiendo diversas estrategias, sino que tiene un trasfondo
filosófico de peso, construido a partir de grandes conquistas de la humanidad y teniendo
en cuenta derechos humanos fundamentales ligados a posibilidades emancipadoras.
La educación es política, toma posición frente a las cuestiones sociales, políticas y
culturales que tienen que ver precisamente con la defensa de valores democráticos. Lo
que no quiere decir que tiene partido político. Efectivamente, no tiene partido político,
pero sí es un acto político que involucra todo lo referente a la vida de la Polis (la palabra
política viene del griego πολις, es decir polis, es decir ‘ciudad-Estado’), una polis que
optó ser una democracia republicana defensora de derechos humanos, defensora de los
principios de la igualdad, dignidad y solidaridad humanas.
La libertad de cátedra en la Universidad pública
Vayamos ahora a la Universidad de la República.
8
Estatuto de Funcionario Docente, alojado en
https://www.anep.edu.uy/sites/default/files/images/Archivos/normativa/estatuto%20del%20funcionari
o%20docente_151130.pdf, visto el 2 de junio de 2020.
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La Universidad de la República se rige por su propia ley orgánica y allí se dice que:
Art. 3. Libertad de Opinión. La libertad de cátedra es un derecho
inherente a los miembros del personal docente de la Universidad. Se
reconoce asimismo a los órdenes universitarios, y personalmente a cada
uno de sus integrantes, el derecho a la más amplia libertad de opinión y
crítica en todos los temas, incluso aquellos que hayan sido objeto de
pronunciamientos expresos por las autoridades universitarias (Uruguay,
1958).
Aquí tenemos un sentido mucho más profundo y menos restringido de libertad de
cátedra. Se habla de la más amplia libertad de opinión en todos los temas, la posibilidad
de decir algo contrario o diferente a los temas que hayan sido objeto de pronunciamiento
de las autoridades universitarias.
La amplia opinión en todos los temas, condice también con los fines de la
Universidad de la República. Defender la ciencia y la cultura implica defender la libertad
de cátedra (Unesco, 2017). También contribuir a la comprensión pública y al estudio de
los problemas de interés general supone la posibilidad de tener libertad de opinión en
todos los temas.
Esta no se restringe a planes de estudio o programas, y no es una ley que plantee
una tan rigurosa vigilancia en relación con esa libertad que proclama, teniendo en cuenta
claro, el respeto a la más amplia opinión de los alumnos y a los «principios de justicia,
libertad, bienestar social, los derechos de la persona humana y la forma democrático-
republicana de gobierno» (Ley orgánica de la Universidad, Ley nro. 12.549, artículo 2,
fines de la Universidad, disponible en https://dgjuridica.udelar.edu.uy/ley-
organica/artículo)
Si tratamos de entender el texto de la Unesco con relación al tema vemos también
que la Recomendación de 1997 (Unesco, 2017), esta libertad de cátedra, proclamada,
tiene que ver con la libertad de investigar, la libertad de publicar los resultados de una
investigación sin verse restringido ni castigado por esos resultados, la posibilidad de
divulgarlos, de opinar y cuestionar la misma institución en la que trabaja sin censura, y
de decir cosas diferentes o contrarias a las que dicen las autoridades, sin ser castigados
por ello. Poder participar también de la gestión de las organizaciones a las que pertenecen.
También poder opinar sobre las acciones y gestión de sus instituciones. Implica una
libertad de enseñar, investigar y expresarse en todas las cuestiones y no solo en las que
tienen que ver con su investigación. Implica poder ser sujetos políticos.
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Es la máxima garantía que se da a nivel institucional a la libertad de expresión en
una institución educativa y esto implica autonomía de la institución con respecto al poder
político de turno. Y de los integrantes de la Institución amparados por la libertad de
pensamiento, expresión e investigación frente a la política de turno de la Universidad.
Es interesante constatar entonces que, si bien el Uruguay no elige para sí9 hacer una
distinción entre libertad de cátedra según los niveles, el nivel más profundo y amplio de
la libertad de cátedra lo tiene o debería tener la Universidad pública.10 Y esto implica,
autonomía política de la Universidad, y también libertad en el desarrollo de la
investigación, al menos en términos ideales o de principios.11 En este contexto, se
entiende que la estabilidad de los profesores en sus puestos de trabajo es fundamental
para la libertad de cátedra. Tal estabilidad sostiene la libertad de cátedra.
Uno de los grandes enemigos de la libertad de cátedra es el autoritarismo y el
corporativismo (hay muchos más).12 Un corporativismo que veta personas, filtra temas,
consagra algunos como aceptables y da por cerradas determinadas cuestiones. Lesiona
también la libertad de cátedra los grupos de poder que se aglutinan a partir de un
paradigma, un conjunto de ideas o modo de entender el mundo, o una forma de
comprender su trabajo académico científico a partir de liderazgos personales o de grupo,
9 En la tradición alemana se quiere hacer una distinción entre libertad de cátedra para la Universidad
con respecto a los demás niveles de enseñanza, que da que pensar. En los demás niveles se habla
de una autonomía pedagógica. Es decir, el único que tiene derecho a hablar de libertad de cátedra
es el que puede trasmitir conocimientos en un grado de amplitud siempre mayor e innovador en
tanto que es creador de conocimientos, es decir, investigador. Esto no sucede en los otros niveles
en tanto que no hay creación de conocimiento a través de la investigación. Ver Vidal (2004). Es
cierto que esta posición es muy discutible. En principio no participo de la idea de que por sí mismo
el que no investiga es simplemente reproductor del conocimiento.
10 No me voy a introducir en el tema complejo de qué tan libre puede ser la libertad de cátedra en una
universidad privada o en una universidad privada de tipo confesional, asunto más complejo aún. O,
directamente, si es posible defender la libertad de cátedra en este contexto. Este es un tema que ha
tratado en su momento el papa Juan Pablo II en su Encíclica Ex Corde Ecclesiae (1990). Lo cierto
es que deberíamos poder defender el hecho de que, en un contexto de Estado Laico, la máxima
expresión de libertad de cátedra la deberían tener, por principio, la o las universidades públicas.
11 Jacques Derrida habla de la libertad de cátedra como utopía que define a la Universidad como tal
en tanto «Universidad sin condición» (2010). Así se titula su gran aporte sobre el tema, como
mencionaremos más adelante.
12 El capitalismo que privilegia el interés económico o de lucro y que termina lesionando esta
libertad en tanto contamina la educación. La ausencia de perspectiva de género que termina
afirmando el privilegio del hombre sobre la mujer y limitando el acceso a la cátedra de las mujeres
y sus aportes a la ciencia y a la cultura. El colonialismo cultural que pone limite al acceso de la
pluralidad de fuentes, son todos aspectos centrales, que grosso modo limitan la libertad de cátedra.
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que impiden el paso a los que piensan diferente, parten de otros paradigmas o no son
simplemente de ese grupo.13
Más allá de esto, en términos de autonomía hay una ecuación que me parece
bastante clara, a menor autonomía de la Institución educativa menor libertad de cátedra.
A menor nivel educativo, más vigilancia y niveles más restringidos de libertad de cátedra.
Quiero aclarar que esto segundo está ligado a la mayor o menor posibilidad de autonomía
del alumno debido a su edad. Se supone que el mayor grado de autonomía de parte del
alumno en relación con el docente, la puede tener a partir de la mayoría de edad (aunque
no necesariamente). De ahí el extremo cuidado o la mayor vigilancia de esa autonomía
en los primeros años y niveles de la enseñanza. Y la menor autonomía del docente en esos
niveles en relación con las autoridades.
El valor de la libertad
Con relación a cuestiones filosóficas que no puedo desarrollar aquí y ahora, recordemos
dos textos célebres que fundamentan la libertad de cátedra desde la Filosofía, uno
moderno, y otro en el contexto de la crisis de la Modernidad.
El primero, el célebre texto «¿Qué es la ilustración?», Immanuel Kant (1981) asocia
la libertad de cátedra al progreso de la humanidad, a la libertad de investigación y de
ejercicio de una razón pública que habilita la crítica en todos los temas vinculados a la
investigación y a la posibilidad de divulgación pública por escrito de sus resultados.
Es parte del hacer efectivo el ideal educativo más alto de la ilustración que tiene
lema el sapere aude, es decir, atrévete a saber, atrévete a razonar sin tutela, a buscar una
verdad asumiendo todas las consecuencias y responsabilidades sin cortapisas por parte
del Estado. Esto supone superar una minoría de edad, es decir, ejercer una autonomía
respaldada por la razón que es la que nos hace libres. Si uno es ilustrado o va en camino
a la ilustración, debe preguntarse qué tan mayor o menor es la independencia de una
institución educativa con respecto al gobierno de turno, y qué tanto mayor o menor es la
independencia del docente en tanto investigador, de tener libertad de pensar e investigar
y de poder divulgar los resultados de su investigación en clase y fuera de ella.
En el caso de Derrida en su famoso texto La Universidad sin condición (2010), que
es una defensa del rol protagónico de las Humanidades en la crítica del statu quo en
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Los males que puede traer el Homo academicus, a partir de sus grupos de poder, analizado en el
libro que lleva este nombre de Pierre Bourdieu (2012).
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tiempos actuales o del papel que juegan en el desarrollo pleno de la libertad de cátedra.
Implica un defensa radical de una cierta forma de entender la universidad moderna
construida históricamente como un lugar utópico que defiende una libertad sin condición
o sea, la defensa del lugar de la búsqueda de una verdad que pone en cuestión lo saberes
y poderes vigentes:
Dicha universidad exige y se le debería reconocer en principio, además
de lo que se denomina la libertad académica, una libertad incondicional
de cuestionamiento y de proposición, e incluso, más aun si cabe, el
derecho de decir públicamente todo lo que exigen una investigación, un
saber y un pensamiento de la verdad. Por enigmática que permanezca,
la referencia a la verdad parece ser lo bastante fundamental como para
encontrarse, junto con la luz (Lux), en las insignias simbólicas de más
de una universidad (2010, p. 1).
Educación y libertad
La educación debe estar guiada la libertad. Claro que la libertad no es solo la del profesor
sino también del alumno y de la Institución autónoma (que conquista como decía Kant su
«mayoría de edad», es decir, un «atreve a saber»14). Pero si algo tiene la libertad, es que
no es calculable ni se puede constreñir y mucho menos prevenir. Partamos de que educar
es influir. Ser educable, quiere decir, ser influienciable. Ahora, el asunto es pensar cómo
esa influencia no le va a restar espacio al otro, va a respetar la autonomía y libertad del
otro tanto desde la función del profesor y a la institución educativa. Claro que hay que
cuidar la libertad en la educación y no tiene que ver solo con las normativas que la vigilan
que deben garantizar libertad y autonomía (cuanto más hay que vigilar la libertad mas
sospechosa es de no serlo), sino con la comprensión del sentido profundo de educar y su
delicadeza. La libertad es una fuerza y un poder que siempre corren el riesgo de ser
violentados.
La educación debe permitir que el otro sea. Que el otro haga otra cosa con aquello
que se le da, incluso que se le oponga. Educar, claro que no es repetir, pues lo que el otro
hace con lo que el profesor y la institución le da es lo no calculable.15 Es habilitar lo que
hacen los nuevos con lo viejo como decía Hannah Arendt, lo que hace el futuro con la
tradición.16 Pues estar educado quiere decir hacer otra cosa con esa influencia. Por eso, el
14 Sapere aude, dice el texto de Kant «¿Qué es la Ilustración?», hito histórico de la defensa de la
libertad de cátedra en Occidente a partir de la Modernidad (1981).
15 Aquí, en algunas ideas presentados por Antelo, en su texto «Notas sobre la (incalculable)
experiencia de educar de Estanislao Antelo» (Frigerio y Diker, 2005).
16
Ver Arendt (2016).
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mejor producto de la libertad es un alumno emancipado y una institución educativa
autónoma que habilita la independencia de sus miembros. Si la educación sigue a la
libertad, el pueblo educado también es libre, renueva la herencia, superándola en cada
nueva generación. Y sobre todo está capacitado para luchar contra cualquier tipo de
despotismo.
Para terminar, citaremos otra frase de uno de los intelectuales más destacados en
defensa de la laicidad, Norberto Bobbio, que da cuenta que ser laico es defender la idea
de libertad de cátedra tal como la hemos definido en este artículo:
Cuando decimos que un intelectual es laico, no intentamos atribuirle un
determinado sistema de ideas, sino que estamos diciendo que
independientemente de cuál sea su sistema de ideas, no pretende que
los demás piensen como él y rechaza el brazo secular para defenderlo
(1999, p. 2)
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