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La dictadura militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 contó con el decisivo

respaldo de los grandes grupos económicos nacionales y el financiamiento permanente


de los grandes bancos internacionales y los organismos internacionales de crédito, como
el Banco Mundial y el FMI. El saldo de su gestión fue el de miles de muertos y
desaparecidos, centenares de miles de exiliados, la derrota del Ejército argentino en
Malvinas, la multiplicación de la deuda externa por cinco, la destrucción de gran parte
del aparato productivo nacional y la quiebra y el vaciamiento de la totalidad de las
empresas públicas a causa de la corrupción de sus directivos y de la implementación de
una política económica que beneficiaba a los grupos económicos locales y extranjeros.

El 10 de diciembre de 1983, después de casi veinte años, el radicalismo volvía al


gobierno tras el triunfo de Raúl Alfonsín. Empujado por la fuerza de los organismos de
derechos humanos que nacían tras la feroz represión militar, el líder radical abrió las
puertas a las denuncias y a una primera investigación sobre los crímenes de lesa
humanidad cometidos durante la dictadura, que se reflejó en el informe de la
CONADEP y que permitió que fueran juzgadas las cúpulas militares en el Juicio a las
Juntas. Aunque insuficiente para algunos organismos, la política de derechos humanos
de Alfonsín fue severamente atacada por amplios sectores militares, que produjeron el
movimiento carapintada, los retrocesos hacia las Leyes de Obediencia Debida y Punto
Final, y el último intento guerrillero que culminó en la masacre de La Tablada. Pero lo
que había cambiado sustancialmente eran las bases económicas. Con el creciente
poderío de los grupos financieros y un mecanismo de endeudamiento externo
incontrolable, Alfonsín cedió ante las recetas liberales y no logró reencauzar una
economía desindustrializada y anémica. Con escaso apoyo social, frente a un peronismo
conspirativo y con los grupos económicos en contra, la hiperinflación obligó a Alfonsín
a renunciar antes de tiempo. Vendría el tiempo del “menemato”.

La caída del Muro de Berlín y el fin de la era del mundo bipolar se combinaron con el
avance de Estados Unidos hacia la región latinoamericana, cuya formulación más
emblemática en materia económica fue el Consenso de Washington, una serie de
medidas que establecían la aplicación en América Latina de un proyecto de corte
neoliberal. Carlos Menem, el candidato peronista que accedió a la presidencia en 1989,
procedió paradójicamente a implementar este programa, que se encontraba en las
antípodas de su prédica electoral y de los postulados históricos del peronismo. La
privatización de empresas estatales, como YPF, Aerolíneas Argentinas, Entel, Gas del
Estado, entre otras, fue acompañada por una apertura indiscriminada del mercado a los
productos y capitales extranjeros y por una política de “relaciones carnales” con los
Estados Unidos. El proyecto se completó con el Plan de Convertibilidad monetaria
impulsado por Domingo Cavallo y las renegociaciones de la deuda externa, que
provocaron una mayor dependencia y endeudamiento. El modelo suscitó el apoyo de los
sectores medios, que inicialmente se vieron beneficiados por la política monetaria y de
importación. Pero pronto comenzaron a hacerse visibles los efectos devastadores en
términos sociales y culturales, con una explosión de la desocupación y de la pobreza, y
con la visibilidad e impunidad de la corrupción a gran escala. A ello se sumaba una
política de “reconciliación” plasmada con los indultos a las cúpulas militares que
implementaron el Terrorismo de Estado y también a las guerrilleras. El descontento
social no se hizo esperar y algunos estallidos populares (Santiagueñazo y piqueteros en
CutralCó y General Mosconi) fueron acompañados por la convergencia política de
amplios sectores en lo que terminaría conformando el crítico y progresista espacio del
FREPASO y la posterior moderada Alianza en 1997, que con Fernando de la Rúa a la
cabeza, pondría fin al gobierno menemista en 1999, pero no al modelo neoliberal
implementado.

En las elecciones presidenciales del 24 de octubre de 1999, la candidatura de la ATJE,


integrada por De la Rúa y Carlos Álvarez, derrotó a Eduardo Duhalde y Ramón Ortega.
De la Rúa cesó como gobernador de Buenos Aires y tomó posesión como presidente de
la república el 10 de diciembre del mismo año.

Su gestión sufrió un temprano deterioro por la continuada y profunda recesión


económica y la delicada situación financiera. En agosto de 2000, la crisis llegó al
gobierno por las graves acusaciones contra el poder ejecutivo sobre sobornos
millonarios a senadores peronistas y aliancistas para sacar adelante una polémica
reforma del mercado de trabajo.

La crisis económica, obligó a De la Rúa a prescindir del ministro de Economía, José


Luis Machinea, sustituido por el titular de Defensa, Ricardo López Murphy, el 2 de
marzo de 2001. Este último presentó un plan de austeridad y fuertes recortes
presupuestarios que fue rechazado por los sindicatos. Ante la amenaza de una huelga
general, López Murphy fue destituido tras sólo catorce días en el cargo.

El 20 de marzo, De la Rúa designo ministro de Economía a Domingo Cavallo,


impulsor de la reforma que controló la inflación y estableció la paridad del peso con el
dólar durante la primera presidencia del peronista Carlos Menem. Varios dirigentes del
Frepaso expresaron su disgusto.

Cavallo logró un acuerdo internacional para renegociar la deuda, pero no resolvió los
desafíos más importantes, relacionados con el recorte del gasto público, el incremento y
la mejora de la fiscalidad y la reducción del enorme déficit.

El presidente de la república vio como su imagen sufría un nuevo desgaste al negociar


en agosto con el FMI otro préstamo multimillonario para evitar la bancarrota, bajo unas
condiciones draconianas que acentuaron inmediatamente los conflictos sociales. A
cambio de un crédito de 8000 millones de dólares, De la Rúa se comprometió a aplicar
un duro plan de ajuste, que asegurase «un crecimiento sostenible» y el pago de los
intereses de la deuda externa, que ascendían a 130 000 millones de dólares, el 45 % del
producto interior bruto (PIB) nacional.

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