¿Cómo hacer piedritas de los escombros?
Entramos a Diario pinchado de Mercedes Halfon por la foto donde tres mujeres sonríen
a la cámara. Las vemos de cerca y todo parece indicar que si bien han posado, no es un
momento de descanso; lo hacen sobre una montaña de escombros que parecen la
continuidad desmoronada de la pared que oficia de fondo en este encuadre. Recién en la
página 95 sabremos que se trata de las Trümmerfrauen, el escuadrón de mujeres que
retiró, a fines de 1945, setenta y cinco millones de metros cúbicos de escombros de la
ciudad de Berlín.
La sonrisa, los escombros –¿o menos pomposamente para la narradora
podríamos decir, la piedra, la piedrita en el zapato?–, y un fondo que se desmorona son,
tal vez, como en los mapas que la narradora no puede entender del todo, las signos
cartográficos de este diario que tiene la forma de la simpleza, la prolijidad, lo que está
lejos de haberse entreverado, pero sin embargo despliega una escritura donde quien lo
hace oscila permanentemente entre estar perdida y encontrarse. Diario pinchado escribe
en parte el ritmo de esos contrapuntos: entramos a él por una foto de mujeres poderosas,
pero sabremos también de las mujeres alemanas violadas por las tropas soviéticas;
entramos al diario por las Trümmerfrauen y sin embargo se le escribe al novio; la
narradora llega para encontrarse con él, y la única escena cargada de sensualidad se
trama alrededor de su amiga Franziska saliendo del lago como una ninfa nórdica; ella
escribe un cuaderno que se termina en el tiempo “no remunerado por institución alguna”
– “tiempo no prestigiado, tiempo perdido en Berlín”– y al novio, que ha ido a escribir
con una beca, lo vemos inmerso en “papeles” e “informes de escritura”.
Todo esto contado con una mirada “altiva”, “altanera”, como se nos dice, de
quien sabe que va a cumplir ligeramente mal el papel de la chica que viaja para visitar al
novio; por eso, la escena del llanto cuando dice –e imaginamos por primera vez un tono
dramático que hasta ahora ignorábamos– “¿Qué tren te vas a perder?”, es el momento
mimético –como los huevos fritos cocinados en tiempo real en la representación de
Ibsen– que cambia el curso de las cosas. El diario ha cumplido hasta aquí perfectamente
dos marcas del género: ser el registro no solo de lo que se ve y experimenta en el
cotidiano discurrir de los días, sino también de las lecturas que lo acompañan (Benjamin
principalmente, pero también las lecturas que se evocan como la de Ulrico Schmidt); y
ser el registro íntimo del desamor. Pero cuando el fondo de todo eso que ni siquiera ha
sido bien montado –el viaje a Berlín capital del siglo XXI, la beca, el encuentro, el
horizonte de la escritura marcada por lo desconocido– se desmorona como el precario
colchón inflable, se pone en escena un llanto no desprovisto de memoria actoral, y da
paso al ritmo de otra aventura. Es decir, era necesaria la mímesis como montaje, para
que el diario nos muestre que siempre estuvo hablando también de otra cosa.
A partir de la página 90 no importan demasiado ni el novio, ni Franziska, ni si
quiera el departamento que debe abandonarse (¿hay algo más estresante que las
mudanzas?, ¿y la mudanza en un lugar desconocido, en otro idioma que no se domina?,
¿y la mudanza de un lugar que no tiene con una ni una línea de conexión con el nombre
propio?). Como en La habitación alemana, hay un momento en el cual estas chicas que
viajan sin saber demasiado para qué cortan amarras de todo lo que pueda dar
justificación a sus movimientos. Pero en Diario pinchado, la narradora sale del bosque
para habitar otro espacio que es su contraparte accesoria: la casa de camping donde se
obtienen los elementos para la aventura en el bosque. Podríamos pensar que la casa de
camping es al bosque y su excursión de días anteriores, lo que el colchón pinchado a su
romance; sin embargo, como la mímesis ya se traspasó, la casa de camping es el espacio
donde se interrumpe toda espera. Hasta entonces la narradora ha estado escribiendo la
transformación de un duelo que se ignoraba, con la sonrisa altiva o el llanto dramático;
pero en el piso de ese campamento urbano es donde los escombros se hacen más
livianos que una piedrita en el zapato, que se sacude como a la indiferencia en el último
mail del novio.