Experiencia, Explicación y La Búsqueda de La Coherencia. Giampiero Arciero y Vittorio F. Guidano
Experiencia, Explicación y La Búsqueda de La Coherencia. Giampiero Arciero y Vittorio F. Guidano
Giampiero Arciero
y Vittorio F. Guidano.
Hace casi diez años y sobre un trasfondo de diferentes tradiciones de pensamiento, ha emergido
dentro de la psicología cognitiva una nueva perspectiva conocida normalmente como
constructivista. El énfasis que este enfoque pone en la actividad personal y social de construcción
de significado y del sentido se refleja en una epistemología y una ontología de los procesos
cognitivos inconmensurables con las teorías racionalistas. A lo largo de la primera parte de este
artículo trazaremos los contornos de esta perspectiva delineando un grupo de presupuestos básicos
fundamentados en la tradición de la epistemología evolutiva por un lado y en la fenomenología
hermenéutica por el otro. La segunda parte tratará el tema de los procesos de regulación de la
identidad personal en el curso del fluir de la vida, mientras que en la parte final se delinearán
brevemente los principios de la psicoterapia y la psicopatología post-racionalista.
Por otro lado, si pensamos al individuo como una organización biológica única, somos llevados a
consideraciones complementarias a las precedentes. Desde este punto de vista, nuestro acceso al
mundo, nuestro ser-en-el-mundo, está vinculado al andamiaje emocional y perceptivo-motor
inseparable de nuestro cuerpo (Merlau-Ponty, 1962; Maturana, 1986; Maturana y Varela, 1987).
Nuestro mundo y nuestro conocimiento serían, ciertamente, diferentes si, por ejemplo, nuestra
percepción de los colores estuviese regulada por cuatro colores primarios en vez de tres, ¡como en
las palomas! Por lo tanto, estar biológicamente corporeizado implica otro aspecto ontológico
básico: más que ser impersonal, cada acto de conocimiento refleja el orden experiencial sobre el
que se funda, puesto que es inseparable de la unidad vital que lo produce (Guidano y Lioti, 1983;
Guidano, 1987; Guidano, 1991).
En consecuencia, más que emerger de un ingenio purificado de todas las creencias y opiniones a
través del control y gobierno de la razón, la cognición se configura como una acción originaria
inextricablemente conectada a la participación en una matriz socio-histórica compartida, la historia
personal y la organización biológica que la encarna. Por tanto, el conocer más que la representación
más o menos válida de una realidad externa, es la configuración continua de un mundo capaz de
volver coherente el fluir de la experiencia del individuo con el contexto histórico en el cual está
aconteciendo el vivir (Arciero, 1989; Arciero y Mahoney, 1989; Winograd y Flores 1986; Varela,
1987).
Lenguaje y experiencia
Si los mundos que llevamos adelante son co-dependientes de la propia experiencia (y nuestra
historicidad), el ordenamiento que ella asume en nuestra trama experiencial toma forma a partir de
nuestra praxis del vivir: en ella encuentra una coordinación el sentir y el actuar individual con el
sentir y el actuar de los demás. Es a partir de ella que el lenguaje humano se ha desarrollado,
permitiendo la reconfiguración de la experiencia y por tanto la coordinación recíproca a un nivel
diferente del acontecer de la praxis misma del vivir. [2]
La posibilidad de construir y compartir el significado de la propia experiencia a través del uso del
lenguaje debe haber favorecido las capacidades de adaptación de manera sensible; pensemos, por
ejemplo, en la posibilidad de la coordinación de las comunidades primitivas en la explotación de los
recursos y la evaluación de las oportunidades y peligros directamente ligados a la supervivencia, o
a la capacidad transmisión intergeneracional de la experiencia virtualmente preservada en una
narración. Es decir, la participación en la esfera lingüística permite hacer disponible para los
participantes la experiencia de cada uno, mientras que la progresiva diferenciación individual que
el uso del lenguaje promueve- favoreciendo el desarrollo de conductas de acción diversificadas,
incrementa las oportunidades de supervivencia para todos. Por lo tanto, si consideramos el lenguaje
como un todo, es decir como la organización espontánea de la conversación entre las generaciones
predecesoras, contemporáneas y futuras, no es posible distinguir la contribución de cada
participante; desde este punto de vista, el lenguaje se genera como un orden autónomo a un nivel
distinto del que los individuos usan. En cambio, si consideramos la unidad individual, llegamos a una
consideración diferente de la noción de subjetividad a la ofrecida por el racionalismo. De hecho, el
significado que damos a nuestra experiencia del vivir más que ser generada en la conciencia de un
sujeto que en soledad reflexiona sobre sí mismo, viene desde afuera: nos llega como sentido; toma
forma a través de un esfuerzo de apropiación (Ricoeur, 1983) de la propia experiencia mediado por
la comunidad sociocultural en la cual se es participe. La conciencia de sí mismo, por tanto, no es
dada; surge en el desarrollo y en la articulación, a través del uso del lenguaje, de la experiencia de
existir que es la condición ontológica irreducible de cada significado.
Por tanto, si por un lado el sujeto tiene un acceso significativo a la propia experiencia sólo a través
del uso de sistemas simbólicos que permiten el reordenamiento, es la estructura temporal de la
experiencia la que vincula cada posible reconfiguración simbólica. El conocimiento de sí mismo toma
forma así a través de una circularidad constitutiva entre los continuos acontecimientos de nuestro
vivir y, por otro lado, nuestro recomponerlos en tramas de significados (compartibles) que permiten
el ordenamiento estable de aquel acontecer. Los dos niveles son evidentemente irreductibles. De
hecho, en el caso de la inmediatez, la experiencia que cada uno de nosotros tiene es siempre
conjuntamente experiencia directa de sí mismo y del mundo. Sentirse-así en una situación dada
equivale a una forma de ser y, al mismo tiempo, una forma en que el mundo acontece. Es por esta
relación de co-pertenencia que el cómo sentimos y la experiencia inmediata del mundo son
irrefutables: de hecho, siempre somos como sentimos que somos (Olafson, 1988; Guidano 1991).
En cuanto al reordenamiento del acontecer del vivir, en cambio, la reconfiguración de la inmediatez
experiencial en una trama coherente de significados permite recomponer la experiencia y su
atribución a uno mismo o a los otros, generando así los límites de la propia identidad y la identidad
de los otros. De hecho, en virtud de esta dominancia sobre la experiencia de vivir que el lenguaje
permite- el sujeto se apropia de su propio existir. Este continuo hablar desde sí mismo (inmediatez
experiencial) y volver a uno mismo (el significado de la experiencia) subyace al proceso de
construcción de la identidad personal. Debido a este proceso de identificación, el individuo se pliega
sobre sí mismo y genera la unicidad de su propio mundo, su interioridad.
¡La soledad del sujeto de Descartes y Leibniz parece por tanto como el resultado de la apropiación
de sí mismo a través de la participación en un sentido compartido! Como ha resumido Madison
(1995) el sujeto reflexivo en busca de significado, de auto-comprensión, es un sujeto lingüístico, un
sujeto que es propenso a y que se conoce a sí mismo por medio del lenguaje que habita.
La Identidad Personal
En qué medida esta diferenciación corresponde a dos dimensiones irreducibles de ser se evidencia
en la confrontación entre los rasgos recurrentes de una personalidad y el mantener-se efectivo, por
ejemplo, hacia la realización de un proyecto de vida. En el primer caso, el proceso de ordenamiento
de la experiencia inmediata se organiza en patrones recurrentes en el tiempo (sameness), en el
segundo el quién de esa personalidad aparece en su individualidad, su estabilidad autónoma con
respecto al fluir de la vida. La relación entre estas dos dimensiones del ordenamiento de la
experiencia genera una serie de problemas mutuamente relacionados. En primer lugar, ¿qué
relación existe entre el sentido de permanencia de sí mismo (mismidad) y el acontecer continuo de
nuestro vivir (ipseidad)? Luego, ¿cómo la reconfiguración significativa de ese sentir y actuar genera
un sentido de cohesión unitaria de la propia experiencia? Y finalmente, ¿cómo toma forma la
coordinación mutua entre estos aspectos de la identidad personal?
Confrontados con el primer problema, debemos distinguir dos aspectos de la identidad que a
menudo se confunden y se superponen: por un lado, la inmediatez del propio acontecer ligado a las
circunstancias, por el otro la percepción casi condensada de la propia continuidad independiente de
las situaciones contingentes. Estas dos polaridades, cuya relación varía en el curso de vida individual,
reflejan dos formas diferentes de manifestarse del dominio emocional. En el primer caso, los
patrones de pre-comprensión emotivas recurrentes, en el segundo los estados emotivos episódicos.
Muchos autores en el curso de los últimos veinte años subrayando los aspectos recurrentes de unos
y las características intercurrentes de los otros, han distinguido la diferencia entre rasgos emotivos
y estados emocionales. En particular, los estudios basados en una perspectiva funcionalista de las
emociones discretas (Ekman 1984; Izard 1991; Malatesta 1990) han mostrado como los patrones de
predisposición emocional (rasgos) corresponden a una organización emocional estable, recurrente
y unitaria que asegura la continuidad del sentido de sí mismo (person-bound) mientras que el
evento emocional parece estar más relacionado a acontecimientos contingentes (situationally-
bound) y puede no ser integrado en un sentido de continuidad personal.
¿Qué relación existe entre estas dos dimensiones del dominio emocional? Visto desde la perspectiva
de la continuidad personal, la recurrencia de los estados emotivos en el tiempo se manifiesta en la
superposición entre el sentido de estabilidad y la experiencia inmediata. Un evento es integrado
dentro de una inmediatez perceptiva a través de la identificación de aquellas propiedades del
acontecer que se pueden referir al sentido de continuidad personal. Esto significa que una misma
predisposición emocional que se ha sedimentado en el curso del desarrollo personal proporcionará
las coordenadas para el continuo contacto con el mundo. Así, por ejemplo, para los evitantes, la
progresiva estabilización de un sentido de rechazo o pérdida unido a una organización emocional
personal centrada en la ira y la tristeza no sólo implica una anticipación trans-situacional del
rechazo/pérdida, sino que también guía la experiencia inmediata en términos de percepción y
acción. Por tanto, cualquier evento es decodificado en la inmediatez perceptiva a través de la
identificación de aquellas propiedades del acontecer que hacen referencia a la pérdida/rechazo; por
el otro lado, hay una marcada tendencia a generar, en el ambiente sociocultural al que pertenece,
las acciones posibles que sólo pueden ser comprendidas en términos de pérdida y decepción (pag.
125, Guidano, 1987).
La cohesión de los eventos en una totalidad inteligible es quizás la función más importante de
narración de sí mismo; en ella opera la síntesis de las dos dimensiones temporales de la experiencia.
La integración tiene lugar a través de la estructura propia de una historia que combina en una
totalidad significante la discontinuidad del acontecer. Desde esta perspectiva, cada historia
mantiene su coherencia e identidad en la medida que pueda asimilar los imprevistos de la vida
inesperados en un sentido de unicidad. La recomposición en una narración de la praxis del vivir
coincide con la construcción del personaje al cual aquellas acciones y emociones son referidas. De
hecho, en la historia se compone la atribución a sí mismo de la experiencia y por tanto la apropiación
de una variedad de situaciones que adquieren una valencia para el sujeto de esa historia. A este
respecto, la singularidad de una historia es construida simultáneamente a la unicidad de su
protagonista; por otro lado, la relación entre unidad y discontinuidad en la construcción de la
narración tiene como contraparte la dialéctica entre el recurrir de patrones emocionales
estabilizados que proporcionan al protagonista el sentido de permanencia en el tiempo, y la
variedad de situaciones emocionalmente significativas que perturba aquel sentido de continuidad
personal. Es ésta la dialéctica interna del personaje de la que surge su identidad narrativa. La
narración de sí mismo despliega aquellos aspectos inmutables del carácter al punto de integrar
aquellas emociones perturbadoras en una unidad coherente y articula aquella dialéctica interna en
el lenguaje. En este acto el sí mismo se apropia de su sentir y actuar modulando la experiencia de
su vivir a través de la estructuración de una cohesión coherente que corresponde a la continuidad
del sujeto de la historia y la unidad de la historia misma.
La recomposición de la experiencia del vivir en una conexión de significados es, por tanto, un
proceso de apropiación significativa de la experiencia que, en el curso del desarrollo es guiado por
adultos más competentes (Vigotsky, 1986) que modifica las experiencias de la cual depende y el
curso mismo de la praxis de vivir. La coordinación recíproca entre el dominio emocional y su
reconfiguración en una narración de sí mismo es un proceso regulado a múltiples niveles.
1) Ya desde las primeras fases de la vida, a la progresiva organización del dominio emocional
corresponde el ordenamiento de la relación con una persona emocionalmente recíproca. La
sedimentación de eventos emocionales en un sentido de permanencia de sí mismo toma forma, por
tanto, dentro de una relación estable, equilibrada y centrada alrededor de la distancia-proximidad
de una base segura de apego emocional.
Continuidad y discontinuidad
La relación entre la unidad y la discontinuidad tiene, entonces, como contraparte la relación entre
la organización emotiva básica y los eventos emocionales. De este modo, las circunstancias que
constelan la vida de una persona pueden ser asimiladas en una historia y por tanto en una identidad
narrativa si, por otro lado, las emociones que disparan pueden ser integradas en un sentido de
permanencia de sí mismo (dialéctica interna del personaje). Más específicamente, el evento
imprevisto pone en jaque la identidad narrativa generando emociones que perturban el sentido de
continuidad personal. La integración del evento en una narrativa de sí mismo en curso, por un lado,
reactivas temáticas emocionales y, con ellas, señales internas, imágenes, escenas, secuencias de
acciones y pensamientos; por el otro, cambia la dirección de la propia historia, modificando el
horizonte de las expectativas. Es decir, la asimilación de la experiencia inesperada implica, por un
lado, un reordenamiento retrospectivo del espacio histórico de la experiencia, por otro, el
reensamblaje de proyectos de vida coherentes con la revisión de la propia historia. En este sentido
la historia concreta de sí mismo madura continuamente en un presente tenso entre la memoria y la
ficción. Desde el punto de vista de la dinámica interna, la integración coherente del evento implica
una modulación de las tonalidades discordantes que son por tanto percibidas y reconocidas como
variaciones del sentido de continuidad personal. De hecho, cuanto más pueda la composición de los
eventos articular la propia experiencia en una unidad inteligible, más puede modular las oscilaciones
emocionales y perturbadoras y asimilarlas en un sentido de unidad personal. La cohesión de los
eventos de vida en la narración de sí mismo proporciona, así, un sentido de estabilidad dinámica en
el tiempo que se acompaña de una modulación igualmente estable del dominio emocional.
Los estudios sobre el procesamiento social y cognitivo de las emociones (Philippot y Rimé, 1998)
subrayan claramente la interdependencia entre la intensidad de los eventos, la activación de los
temas emocionales y su integración a través de la rumiación mental (mental rumination) y el
compartimiento social (social sharing). Cuanto más discordante sea la experiencia inmediata con
respecto al sentido en curso de estabilidad personal, más importantes llegan a ser los procesos de
re-elaboración a través del compartimiento social y la rumiación mental. La repetición narrativa de
una experiencia emocional pone en marcha los temas emocionales sedimentados y, así, facilita la
integración de las situaciones de vida que no son consistentes con la identidad narrativa
estructurada hasta ese momento. A menudo, las transiciones evolutivas y las etapas vitales,
disparando una modificación de la percepción de sí mismo, son la ocasión para la mayoría de
nosotros de comprometerse en alguna forma de revisión de la narrativa de sí mismo. La calidad de
la integración de estos desafíos evolutivos influenciará la habilidad para resolver posteriores
demandas evolutivas (Cicchetti, 1998). Menos frecuentemente, en el curso del ciclo de vida, eventos
tan inesperados y discordantes con respecto a la propia historia y el sentido en curso del sí mismo,
puede requerir una mayor reorganización de la identidad narrativa. Ante la imposibilidad de
integración coherente, el evento dispara una ruptura radical del sentido de continuidad,
determinando un efecto retroactivo en el ordenamiento de la experiencia e inevitablemente sobre
el horizonte de las expectativas de vida. La disgregación de la narración de sí mismo que sigue está
acompañada de una galvanización más intensa de los procesos de ordenamiento nucleares. La
profunda movilización de temas emocionales básicos en el curso de periodos críticos
(discontinuidad) asegura el sentido de permanencia de sí mismo y simultáneamente orienta los
esfuerzos del sujeto de reelaboración global de la propia identidad narrativa.
No sorprende, por tanto, los datos aparentemente contrapuestos que indican como en los
momentos de transición ocurren grandes transformaciones y discontinuidades, pero también una
magnificación de disposiciones básicas de la personalidad en vez de un cambio de las mismas (Caspi
y Moffit, 1991).
El éxito de una reorganización global del sentido de sí mismo depende de las capacidades de
reelaborar un nuevo equilibrio más flexible y abstracto que el previo- entre la experiencia crítica,
los temas ideo-afectivos que esta última ha disparado y las perspectivas de vida. Cada proceso de
revolución personal se acompaña, por tanto, de una reinterpretación profunda del propio pasado y
una reconstrucción de los proyectos existenciales y la misma praxis del vivir. Por otro lado, la
incapacidad de tal reelaboración, no permitiendo autoreferirse la perturbación crítica, no permite
reintegrar la discrepancia emotiva en un sentido de continuidad personal. Cuando esto ocurre, la
fuerte activación de temáticas emocionales básicas mantenida por la persistencia de la discrepancia-
determina, por un lado, la rigidez y concreción de la narración de sí mismo y, por el otro, un sentido
de extrañeza y de no pertenencia de la experiencia crítica. La manifestación de situaciones
psicopatológicas puede representar, entonces, el intento extremo que la persona realiza para
mantener un sentido de manejo de su propio sentir.
TRASTORNO Y TERAPIA
Principios de Psicopatología
La perspectiva que hemos ido delineando en el curso de los párrafos precedentes impone una
drástica revisión de la metodología que está a la base de las concepciones actuales en psicopatología
y psicología clínica. De hecho, si consideramos que la experiencia ya no se considera como
impersonal sino en términos de su significado para el individuo que la vive, la explicación de los
trastornos clínicos cambia inevitablemente; su génesis hay que buscarla, en efecto, en la historia de
las transformaciones de la identidad narrativa que el sujeto ha sido capaz de articular en el curso
del desarrollo del ciclo de vida.
Por otro lado, si como impone la metodología racionalista- el evento mental es considerado como
impersonal, la explicación del trastorno clínico no puede sino estar causada por procesos
impersonales. El cerebro, entonces, por su carácter de interioridad no percibida por mi cuerpo, se
convierte en el lugar y el medio de la explicación. La reducción de la experiencia personal a procesos
de bioquímica cerebral autoriza, entonces, tratar el trastorno mental en términos de evento neutro,
quizá genéticamente determinado, que ocurre en mi cerebro. Desde estas premisas no puede sino
deducirse una epistemología impersonal que orienta la identificación de los trastornos
psicopatológicos en base a las manifestaciones clínicas (causalmente relacionados a modificaciones
bioquímicas) eliminando la existencia particular de la persona.
Las perspectivas no cambian mucho si la explicación biológica del trastorno mental implícita en el
DSM IV- se sustituye por la explicación lógica-racional querida por los cognitivistas. En tal caso
también, el trastorno, que es visto en términos de no correspondencia de las propias
representaciones con un orden externo unívoco, es explicado en base a leyes que definen la
racionalidad e irracionalidad de la actividad cognitiva humana independientemente del sujeto que
la lleva adelante. Sin embargo, si la construcción de la identidad personal es comprendida como una
modalidad fiable de construir un mundo capaz de producir una cualidad de la experiencia inmediata
reconocible como el propio Sí Mismo (Guidano 1987), el trastorno clínico llega a ser comprensible
sólo a la luz de la dialéctica fundamental entre el dominio del hacer y el sentir y su recomposición
en una narrativa de sí mismo. Entonces, si por un lado diferentes organizaciones emocionales
orientan en el curso del ciclo de vida, la asimilación de la experiencia según diferentes modalidades,
por el otro, aquellos mismos patrones de significado personal podrán declinarse (en los
componentes somáticos, conductuales o emocionales) en ámbito normal, neurótico o psicótico, en
función de los niveles de articulación e integración de la experiencia en una cohesión unitaria de sí
mismo. El continuum normalidad neurosis psicosis puede ser comprendido sólo dentro de esta
mutua regulación. Mientras la normalidad coincide con una elaboración flexible y generativa de los
eventos críticos (la asimilación del evento discordante permite una progresión de la historia y una
articulación más amplia del sentido de sí mismo), en la condición neurótica la situación discrepante
es elaborada fuera del sentido de cohesión del sí mismo. Esto genera varios efectos:
Por tanto, según el nivel de flexibilidad y generatividad alcanzados en el curso del desarrollo
personal, una misma organización de significado puede ser elaborada según dimensiones diversas
de integración. Por ejemplo, haciendo de nuevo referencia a los evitantes, la misma experiencia
crítica de pérdida puede ser comprendida como un punto de cambio, que permite una relectura de
la historia personal y de las expectativas de vida (dimensión normal), o como una confirmación del
propio destino de exclusión atribuida a aspectos concretos de sí mismo (dimensión neurótica), o
finalmente, como reconfiguraciones delirantes del propio sentir que variaran según la polarización
emotiva; si es negativa (desesperación) con delirios y alucinaciones con temas de inadecuación
personal, ruina, culpa, etc.; si es positiva (rabia) con delirios persecutorios.
Como muestran los estudios sobre la recuperación de una experiencia emocional (Philippot y Rimé,
1998) la reelaboración conjunta de los eventos, para ser efectiva, debería centrarse, además de en
los hechos, en la exploración profunda de los sentimientos disparados por los eventos. De esta
forma, el terapeuta gradualmente refigura con el paciente: a) cómo la percepción inmediata del
evento ha disparado la discrepancia (la emoción con la cual el evento se advirtió, la percepción de
la situación y el contexto); el efecto que el evento produjo sobre el sentido en curso de la estabilidad
personal (activación de los temas ideo-afectivos y las diferentes emociones a ellos conectadas); b)
cómo el paciente integra la dialéctica entre mismidad (temas emocionales nucleares) e ipseidad
(situación emocional) en una cohesión inteligible (atribución de la acción y/o emoción a uno mismo
o a los otros, evaluaciones de la imagen de uno mismo -y de los otros- en curso, convicciones
sedimentadas, razones contingentes, explicaciones, etc.)
Por otro lado, el curso del proceso de articulación emotiva (eso que ocurre en la propia praxis de
vivir y cómo se hace coherente en una cohesión unitaria de sí mismo) está determinado
principalmente por la habilidad de comprensión que el paciente ha desarrollado en el curso de su
narración de vida, antes que por la profesionalidad del terapeuta. A tal propósito compartimos el
punto de vista de Cicchetti (1998) para el cual, aunque no sea inevitable, una adaptación positiva a
desafíos evolutivos aumenta la competencia y mejora la preparación para resolver de manera
funcional/adaptativa las tareas sucesivas del desarrollo. Por el contrario, una resolución
comprometida o inadecuada de pasajes críticos del desarrollo se resuelve en una probabilidad
disminuida de una adaptación positiva a las demandas evolutivas posteriores. Esto explica una
experiencia común de muchos terapeutas: esto es, cómo diferentes pacientes con idénticos
trastornos pueden en un caso reintegrar la discrepancia en el curso de pocas sesiones, mientras que
otros son capaces de generar pequeños cambios en un largo período de tiempo. Lo que indica,
además, que los procesos de reordenamiento del paciente constituyen la limitación fundamental
del desarrollo y duración de la terapia.
Bajo el perfil metodológico, la auto-observación es la práctica esencial para llevar adelante tanto la
evaluación como la intervención terapéutica. Adoptando un lenguaje entre lo cinematográfico y lo
literario, el terapeuta reconstruye con el paciente el contexto emocional-histórico y la situación
discrepante. Luego, como a través de una moviola (Guidano, 1991), el paciente es entrenado en
experimentar las escenas enfocando desde afuera las secuencias de los eventos para reconstruir un
significado coherente con la unidad de la historia- para después acercar el enfoque, recolocando la
escena- que se ha vuelto significativa en la secuencia entera. Al mismo tiempo, la reintegración de
las escenas críticas en una conexión inteligible se refleja en otras escenas (modificando el énfasis) y
sus conexiones (modificando el sentido). Las nuevas tonalidades emocionales que este proceso
permite reconocer y dar significado, pueden por tanto ser transformadas en iguales variaciones del
propio sentido de sí mismo y de la propia identidad narrativa. En las fases iniciales de la terapia, la
autoobservación guiada por el terapeuta capacita al paciente para distinguir entre la dimensión del
acontecer y la reconfiguración de este acontecer. El análisis conjunto de las secuencias de escenas
permite reconstruir tanto los patrones de coherencia interna subyacente a cualquiera de los eventos
problemáticos, como la forma en que el paciente se las refiere a sí mismo. En las fases más
avanzadas de la terapia, y luego en el análisis del estilo afectivo y la historia del desarrollo (infancia,
edad preescolar, niñez, adolescencia y juventud) este proceso de reformulación puede ser
ulteriormente facilitado por el entrenamiento del paciente para reconocerse como protagonista
(punto de vista subjetivo que permite explorar cómo era percibida la experiencia desde la
perspectiva de quien la vivía), como espectador (punto de vista objetivo que permite al paciente
captar los significados recurrentes en la conexión de las situaciones) y como autor (punto de vista
reflexivo que promueve la conciencia de la propia forma de integrar la experiencia) de la historia
que va narrando. La relectura de los episodios de la vida emocionalmente significativos desde varios
puntos de vistas determina la reactivación de las emociones relacionadas y simultáneamente una
modificación de las modalidades en la cual estas son evaluadas y autoreferidas. Esto, por un lado,
induce la recomposición de nuevos grupos de respuestas inmediatas a nivel subjetivo, expresivo y
fisiológico, generando una mayor flexibilidad en el sentido de estabilidad personal en curso (relación
mismidad-ipseidad). Por el otro, el reformular una secuencia de escenas en una cohesión inteligible
dispara el emerger de nuevos recuerdos, nuevas conexiones de los eventos y nuevas tonalidades
emocionales relacionadas con ellos. Esto se traduce en una recomposición de la relación entre los
recuerdos autobiográficos específicos (únicos para cada evento singular), conocimiento del evento
general (durante el propio periodo de vida) y temas de vida, simultáneo con un desplazamiento del
horizonte de las expectativas (narración de sí mismo). Esta recomposición del espacio de la
experiencia, que gradualmente toma forma en el curso de la revisión conjunta de la praxis del propio
vivir y de su historia, modifica simultáneamente la imagen habitual de sí mismo (el protagonista de
la historia); ésta va gradualmente reestructurándose a través de un proceso de apropiación de
nuevas experiencias que son integradas en una nueva cohesión de sí mismo modificación del punto
de vista actual de sí mismo. Es en este aumento de la flexibilidad a través de un incremento de la
integración de la experiencia que se acompaña de una modulación más articulada del dominio
emotivo- en lo que consiste el efecto terapéutico, el aspecto más importante de una psicoterapia
eficaz.
El próximo párrafo se mostrará cómo ha sido empleado este método durante el proceso terapéutico
con Richard, un cliente que pidió ayuda profesional por sus síntomas depresivos.
Es claro que esta división en fases se considera como un modo de simplificar la praxis operativa sin
ser exhaustivo del proceso terapéutico.
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[1] La posibilidad de reproducir actos mentales está en el centro del uso extensivo que la psicología
ha hecho de las tecnologías computacionales.
[2] Los estudios realizados en muchos ámbitos enfocan claramente como el lenguaje en las
civilizaciones pre-literarias se caracterizan por una adherencia total a la esfera de la acción
(Havelock, 1963; Ong, 1982)