PORFIRIO BARBA-JACOB
EL POETA DE LA MUERTE
PUBLICACIONES DEL INSTITUTO CARO Y CUERVO
SERIES MINOR
I
FEDERICO LEO, Literatura romana, Traducción castellana
directa del alemán, anotada y provista de adiciones
bibliográficas y de varios índices alfabéticos, por Pe-
dro Urbano González de la Calle.
II
RAFAEL TORRES QUINTERO, Bibliografía de Rufino José
Cuervo.
III
LUIS FLÓREZ, Lengua española.
IV
GUIDO MANCINI, San Isidoro de Sevilla: Aspectos litera-
rarios. Anexo: Textos.
V
LUIS FLÓREZ, Temas de castellano: Notas de divulgación.
VI
CARLOS ARTURO CAPARROSO, DOS ciclos de lirismo co-
lombiano.
VII
CARLOS VALDERRAMA ANDRADE, El pensamiento filosófico
de Miguel Antonio Caro.
VIII
CECILIA HERNÁNDEZ DE MENDOZA, Introducción a la es-
tilística.
IX
P. U. GONZÁLEZ DE LA CALLE, Contribución al estudio
del Bogotano
X
CARLOS D. HAMILTON, Nuevo lenguaje poético: de Silva
a Neruda.
XI
OSCAR GERARDO RAMOS, La odisea: un itinerario humano.
PUBLICACIONES DEL INSTITUTO CARO Y CUERVO
SERIES MINOR
XII
GERMAN POSADA MEJIA
PORFIRIO BARBA-JACOB
EL POETA DE LA MUERTE
BOGOTA
. 1970
ES PROPIEDAD
IMPRENTA PATRIÓTICA DEL INSTITUTO CARO Y CUERVO — BOGOTÁ.
Dir,
geliebte Ana,
auf die ich mein ganzes Leben lang gewartet habe,
und die Du mich jetzt mil Deiner Liebe vom Tode befreist,
widme ich dieses Buch.
28. Juli 1970.
PRELIMINARES
Este libro fue escrito en Alemania Occidental, en la prima-
vera de 1958, ¡hace ya 12 años! Fue presentado a la Facultad de
Filosofía de la Universidad de Hamburgo, como tesis para optar
al título de doctor en filosofía.
El autor guarda gratitud perdurable al profesor doctor Ro-
dolfo Grossmann, su Doktorvater y maestro alemán, entonces
director del Instituto Ibero-Americano de Investigaciones Cien-
tíficas, de esa Universidad; así como a los colaboradores del pro-
fesor Grossmann en ese Instituto, particularmente al doctor Hans
Schneider, a la doctora Erika Lorenz y a la señora María von
Wevell.
El libro estaba dirigido, en primer término, a un círculo de
lectores universitarios y extranjeros. Al frente de sus páginas iba
un Vorwort o preámbulo, escrito en alemán, que aparece tradu-
cido a continuación.
PORFIRIO BARBA-JACOB
El poeta colombiano Porfirio Barba-Jacob (1883-
1942) es una de las figuras más importantes de la lírica
hispanoamericana moderna. Barba-Jacob y la poetisa chi-
lena Gabriela Mistral (1889-1957), que ganó el Premio No-
bel de Literatura en 1945, son, a mi entender, los represen-
tantes más destacados del post-modernismo, la generación
poética que floreció en la América española entre 1910 y
1925. Generación que, desde el punto de vista de la histo-
ria literaria, señala el tránsito de las corrientes del Nove-
cientos a los movimientos poéticos de mediados del si-
glo XX. Pues Barba-Jacob y la Mistral aparecen des-
pués del modernismo, la escuela literaria que fue im-
puesta por el poeta centroamericano Rubén Darío (1867-
1916), y que dominó desde 1895 hasta 1910 en todo el ám-
bito de la lengua castellana; y aparecen antes de la nueva
poesía vanguardista de los años 1925-1940 que, luego de
haber superado las audacias de los "ismos", está poseída
por un espíritu social, como se revela en la obra del pe-
ruano César Vallejo (1895-1938), y, ante todo, en la del
chileno Pablo Neruda (n. 1904), autor del Canto gene-
ral (1950).
Barba-Jacob es un poeta de la muerte. La idea de la
muerte, concebida como la destrucción definitiva del
existir humano, es el motivo conductor de su pensa-
miento poético. Cantor agonista, agitado por la angustia
12 PRELIMINARES
y la desolación, este americano interpreta la vida como
tiempo para la muerte, y al hombre como ser para Ella
(el Sein-zum-Tode heideggeriano), de una manera pre-
existencialista. En este sentido, su obra está ligada a las
tendencias literarias y filosóficas de la Europa actual. Al
lado de los españoles Miguel de Unamuno (1864-1936)
y Antonio Machado (1875-1939), Barba-Jacob podría ser
considerado como uno de los precursores hispánicos del
Existencialismo. En forma análoga a Rilke en Alemania,
este poeta parece anunciar en América, desde 1906, las
concepciones ideológicas de un Heidegger, el pensador
de la existencia, del tiempo y de la muerte, cuya obra
Sein und Zeit aparece en 1927.
Este ensayo de interpretación de la poesía de Barba-
Jacob trata de analizar su pensamiento poético. Por pen-
samiento poético se entiende aquí la Weltanschauung, la
visión del mundo que el autor revela en su obra, o sea
una interpretación lírica de la vida y de sus grandes mo-
tivos. Y puesto que el gran motivo de la vida es, para
Barba-Jacob, la muerte, esta obra seguirá la ruta interior
del poeta en busca de la gran vivencia ignorada.
El libro se compone de la Introducción y de dos par-
tes: las Visiones de vida y las Visiones de muerte, que a
su vez se dividen en diferentes capítulos.
En la Introducción se exponen los conceptos básicos
del trabajo, y los principales rasgos literarios, biográficos
y bibliográficos del poeta.
En las Visiones de vida se revela su concepción del
mundo, de la naturaleza, de la vida, de la infancia, del
amor y del dolor. En el curso del análisis se establece que
el poeta, en su juventud, llevado de su amor a los seres
y a la creación, inicialmente canta con optimismo todos
PORFIRIO BARBA-JACOB 13
los motivos vitales: mundo, naturaleza, vida, infancia,
amor, dolor...; pero luego, en la plenitud de su vida,
dominado por un temple de ánimo pesimista y negativo,
va ensombreciendo sus visiones cada vez más, hasta lle-
gar a identificarlas con la negrura de la muerte. Casi
nunca se ha dado expresión en lengua castellana a una
visión tan desesperada de la existencia. Pues el poeta bus-
ca en todos los fenómenos vitales la huella de la muerte;
para él, la muerte domina el mundo, el mundo está
muerto.
En las Visiones de muerte se estudia la actitud del
poeta ante la muerte misma, ante la destrucción absoluta
de los seres y las cosas, actitud tan radical que trasciende
toda posibilidad humana de vivenciar la muerte. El can-
to de la muerte es un nuevo viaje del infierno. Pero, a
diferencia de Dante en la Divina Commedia, el poeta es-
tá ahora solo. No tiene a Virgilio a su lado. Está solo.
Barba-Jacob reconoce la impotencia del hombre ante la
presencia todopoderosa de la muerte. Este reconocimien-
to le lleva en un principio a la rebeldía, pero luego le
hunde en la angustia y la desolación inacabables. El poe-
ta va tan lejos en sus visiones mortales, que su propia
poesía llega a aniquilarse. La vivencia de la muerte des-
truye espiritualmente a Porfirio y a su obra poética. El,
el príncipe sombrío, es un profeta del reino de la muerte.
EL ENCUENTRO
Paráfrasis de El hombre que parecía un caballo,
por Rafael Arévalo Martínez (Guatemala, 1914).
EL SEÑOR DE ARETAL
El encuentro ocurrió en Guatemala, país de quetza-
les, un día de 1914. Fue entonces cuando se conocieron
los dos escritores. Uno era Porfirio Barba-Jacob, el gran
poeta colombiano de la muerte, que gozaba entonces de
un prestigio literario poco sólido, y el otro era Rafael
Arévalo Martínez, el fino prosista guatemalteco que
llegaría a ser uno de los maestros de la litereatura centro-
americana.
Eran hombres jóvenes y de la misma edad: Barba-
Jacob tenía entonces treinta y un años, y Arévalo Martí-
nez treinta. El primero había viajado largamente por
Colombia, Cuba y México, al paso que el otro no había
salido nunca de su tierra natal.
Desde el momento en que los presentaron, Arévalo
Martínez quedó deslumbrado por la extraordinaria ri-
queza intelectual del poeta colombiano, y dijo entonces,
en líricas palabras:
Este es el hombre que esperabas; este es el hombre
por el que te asomabas a todas las almas desconocidas,
16 PRELIMINARES
porque ya tu intuición te había afirmado que un día se-
rías enriquecido por el advenimiento de un ser único.
La avidez con que tomaste, percibiste y arrojaste tantas
almas que se hicieron desear y defraudaron tu esperanza,
hoy será ampliamente satisfecha: inclínate y bebe de esta
agua1.
Así lo revela El hombre que parecía un caballo, ge-
nial relato que Arévalo Martínez escribió entonces para
narrar su encuentro con Barba-Jacob, y que habría de ser
consagrado, en todo el ámbito hispanoamericano, como
"el cuento más original de su generación" 2. Según el es-
critor argentino Anderson Imbert, este cuento "vale en
sí —más allá de su interés anecdótico— como visión
delirante. Tiene una atmósfera de pesadilla, de poesía,
que la conocimos en Jean Lorrain y hoy la reconocemos
en Franz Kafka" 3.
A su valor artístico, El hombre que parecía un ca-
ballo une su gran valor psicológico y de interpretación
1
RAFAEL ARÉVAI.O MARTÍNEZ, El hombre que parecía un caballo
(Guatemala, 1914), en sus Obras escogidas: prosa y poesía, Guatemala,
Editorial Universitaria, 1959, págs. 197-207.
Yo he estado en relación epistolar con el maestro Arévalo Martínez
desde 1960, a raíz de los primeros intentos de publicación de este libro,
que fue escrito en 1958. Andando el tiempo, en abril de 1969, casi un año
después de haber elaborado este prólogo "apócrifo", que no es más que
una paráfrasis de El hombre que parecía un caballo, le envié el original a
don Rafael, a Guatemala, pidiéndole su parecer y su venia para publicarlo.
Pocos días después, el maestro me comunicó su conformidad con el prólogo
y me autorizó para que lo publicara al frente de este volumen. Gracias le
doy aquí a tan noble espíritu, el mejor amigo e intérprete de la personali-
dad de Porfirio.
2
ENRIQUE ANDERSON IMBERT, Historia de la literatura hispanoameri-
cana, México, Fondo de Cultura Económica, Buenos Aires, 1961 (Brevia-
rios, 89 y 156), 2 vols., II, 8 1 .
3
Ibid., 81-82.
EL ENCUENTRO 17
humana. Este relato es la mejor semblanza del hombre
Barba-Jacob que se haya escrito jamás.
Porfirio, que en los días de El hombre que parecía
un caballo se hacía llamar Ricardo Arenales, aparece allí
con el nombre de El señor de Aretal.
Una fotografía de ese tiempo, muestra a Barba-Jacob
con un rostro largo y oscuro, de enérgica fealdad, y unos
ojos grandes y negros, luminosos, de mirada diabólica,
que reflejan un terror satánico a la vida. Brilla en esos
ojos el fuego de la muerte. Todo Porfirio, todo el miste-
rio de su poesía, cuyo reino sombrío no era de este
mundo, está ya en aquel rostro 4 .
II
EL OFICIANTE DE LOS TOPACIOS
En esa misma escena de la presentación, Barba-Jacob
empezó a revelar sus versos al deslumhrado Arévalo Mar-
tínez, quien luego habría de decir, en su barroca imagi-
nería modernista, tan en boga entonces:
Empezó el señor de Aretal a desprenderse, para ob-
sequiarnos, de los traslúcidos collares de ópalos, de ama-
tistas, de esmeraldas y de carbunclos que constituían su
íntimo tesoro.
Minutos, horas después de que se conocieran, y ya
en la habitación de Porfirio, el colombiano decidió pre-
sentar a su nuevo amigo todas las vertientes de su poesía.
4
Esa fotografía aparece en la obra de J. B. JARAMILLO MEZA, Vida
de Porfirio Barba-Jacob, segunda edición, Bogotá, 1956. entre las págs.
208 y 209.
18 PRELIMINARES
Sacó su primer collar de topacios, o mejor dicho, su
primera serie de collares de topacios, traslúcidos y bri-
llantes. Sus manos se alzaron con tanta cadencia que el
ritmo se extendió a tres mundos. Por el poder del ritmo,
nuestra estancia se conmovió toda en el segundo piso,
como un globo prisionero, hasta desasirse de sus lazos
terrenos y llevarnos en un silencioso viaje aéreo.
Inesperadamente, el narrador declara:
Pero a mí no me conmovieron sus versos, porque
eran versos inorgánicos. Eran el alma traslúcida y ra-
diante de los minerales; eran el alma simétrica y dura
de los minerales.
¿ Qué ha pasado ? ¿ Se ha derrumbado ya — mons-
truo de pies de barro— el ídolo que acaba de encontrar?
Todavía no. El fino guatemalteco admira aún, por sobre
todo, la dimensión intelectual de su amigo, pero rechaza
su dimensión poética, cuyo sentido no ha pentrado toda-
vía; le seduce raramente, pero no la comprende por
completo, como él mismo dirá.
Y entonces el oficiante de las cosas minerales sacó
su segundo collar. ¡Oh, esmeraldas, divinas esmeraldas!
Y sacó el tercero. ¡Oh, diamantes, claros diamantes! Y
sacó el cuarto y el quinto, que fueron de nuevo topacios,
con gotas de luz, con acumulamientos de sol, con partes
opacamente radiosas. Y luego el séptimo: sus carbunclos.
Sus carbunclos eran casi tibios; casi me conmovieron co-
mo granos de granada o como sangre de héroes; pero
los toqué y los sentí duros.
De todas maneras, el alma de los minerales me in-
vadía; aquella aristocracia inorgánica me seducía rara-
EL ENCUENTRO 19
mente, sin comprenderla por completo. Tan fue esto así
que no pude traducir las palabras de mi Señor interno,
que estaba confuso y hacía un vano esfuerzo por volverse
duro y simétrico y limitado y brillante, y permanecí
mudo.
Y entonces, en imprevista explosión de dignidad
ofendida, creyéndose engañado, el Oficiante me quitó su
collar de carbunclos, con movimiento tan lleno de vio-
lencia, pero tan justo, que me quedé más perplejo que
dolorido.
III
EL HOMBRE DEL PASADO
La abrupta actitud de Arévalo Martínez ante la poe-
sía de Barba-Jacob no era, entonces, del todo injustifica-
da. ¿Por qué?
Primero, porque Porfirio estaba en el período inicial
de su carrera poética; a punto de salir de él y a un paso
de la plenitud (1915-1925), a un paso..., pero no había
llegado todavía. Sus versos de aquel tiempo primero te-
nían, sin duda, la dureza mineral de que hablaba su
amigo 5.
Luego, porque Porfirio fue siempre un retórico me-
nor al servicio de un lírico genial, al contrario de lo que
se ha dicho de otros poetas propiamente modernistas.
Barba-Jacob era un gran poeta lírico y un discreto versi-
ficador. Gran pensador poético y discreto maestro del
estilo.
5
Sólo se han conservado nueve o diez poemas de esa etapa inicial,
y sin duda muy retocados en años posteriores por el propio poeta.
20 PRELIMINARES
Su obra adolece de limitaciones formales. Sus versos
son de buen material y están noblemente labrados; pero
son versos de corte tradicionalista, muy dentro de la lí-
nea ortodoxa del post-modernismo —el último Rubén
Darío, todo González Martínez, toda Gabriela Mistral—.
Carecen de virtud expresiva, de originalidad formalmen-
te creadora, esa originalidad que ha de brotar a borbo-
tones en los poetas vanguardistas, pocos años después
— Vicente Huidobro, César Vallejo, Pablo Neruda—.
En los propios días de El hombre que parecía un ca-
ballo, un escritor cubano se preguntaba si Barba-Jacob
"pertenecía al presente o era ya del pasado", como recuer-
da el poeta 6 .
Todo lo cual no impide que se considere a Porfirio
un alto, un altísimo poeta, que obtiene su grandeza de
una vivencia y de un reflejo personalísimos de la muerte.
Para mi gusto, es el primer lírico de su generación en la
América española y, a su lado, sólo puede hablarse de los
maestros cantores del mundo hispánico: Darío, Unamu-
no, Antonio Machado, Vallejo, Neruda...
Era deslumbrante como hombre y como poeta. De
su fulgencia humana han dado testimonio sus mejores
amigos, poetas y escritores de América: Arévalo Martí-
nez, Leopoldo de la Rosa, González Martínez, Alfonso
Reyes, José Vasconcelos, Rafael Heliodoro Valle, Jara-
millo Meza y otros. De su brillo poético no queda testi-
monio igual. Su poesía embriagaba a las multitudes que
6
PORFIRIO BARBA-JACOB, La divina tragedia, el poeta habla de sí
mismo (1920), en sus Antorchas contra el viento, Bogotá, 1944, pág. 53,
y en sus Poemas intemporales, México, 1944, pág. 22.
EL ENCUENTRO 21
le oían; pero la verdad es que muy pocos la han com-
prendido. Místico diabólico, místico de una muerte sin
redención, su pensamiento poético ha probado ser inac-
cesible para los profanos, y sólo han llegado a él unos
pocos iniciados que han pasado por una larga etapa de
contemplación.
Arévalo Martínez — alma zahori — supo entrever
las limitaciones retóricas de Porfirio y su profundidad
insondable, al decir:
a mí no me conmovieron sus versos, porque eran versos
inorgánicos,
y luego:
aquella aristocracia inorgánica me seducía raramente, sin
comprenderla por completo.
Y, al correr del tiempo, el maestro de Guatemala ha
modificado su rechazo poético inicial. Después de 1914,
ha escrito varios ensayos para enaltecer la obra lírica de
Barba-Jacob y la ha publicado en un volumen: Rosas
negras (1933). Luego, recordando este libro, ha dicho
en una entrevista informal:
Me tachaban, por aquel tiempo, de ser muy egoísta,
muy personalista, yo y nada más que yo... Pero al sen-
tir sobre mi cabeza la gloria de Barba-Jacob, descansé
porque me dije: no soy egoísta, tengo generosidad y me
alucina la presencia del genio 7.
Y luego, en abril de 1960, ha escrito en una carta:
7
ALFONSO ENRIQUE BARRIENTOS, Un gran poeta habla de sí mismo, en
Nivel, núm. 47, México, D. F., 25 de noviembre de 1962, pág. 4.
22 PRELIMINARES
Cada día se me agiganta más Barba-Jacob. Lo creo
el poeta más grande de América...
Rubén murió en tinieblas, que no supo disipar su
intuición. Barba-]acob sí las disipó. El sabía, desde muy
joven; sabía todo lo que un hombre puede saber... Yo
supe tanto como él muy tarde: a los 65 años 8.
IV
EL HOMBRE INTEMPORAL
A pesar de aquella ruptura inicial, el poeta y el es-
critor no se separaron inmediatamente, y Arévalo Mar-
tínez pudo seguir observando al asombroso personaje.
Y yo, en aquellos instantes, me asomé al pozo del
alma del Señor de los topacios. Vi reflejadas muchas co-
sas. ..
¡Oh las cosas que vi en aquel pozo! Ese pozo fue
para mí el pozo mismo del misterio...
Ese pozo reflejaba el múltiple aspecto exterior en la
personal manera del señor de Aretal. Algunas figuras
estaban más vivas en la superficie del agua: se reflejaban
los clásicos, ese tesoro de ternura y de sabiduría de los
clásicos; pero sobre todo se reflejaba la imagen de un
amigo ausente, con tal pureza de líneas y tan exacto co-
lorido, que no fue uno de los menos interesantes atrac-
tivos que tuvo para mí el alma del señor de Aretal, este
8
Son palabras de una carta que el maestro Arévalo Martínez me es-
cribió el 12 de abril de 1960.
EL ENCUENTRO 23
paralelo darme el conocimiento del alma del señor de la
Rosa, el ausente amigo tan admirado y tan amado 9.
Por encima de todo se reflejaba Dios. Dios, de quien
nunca estuve menos lejos. La gran alma que a veces se
enfoca temporalmente. Yo comprendí, asomándome al
pozo del señor de Aretal, que éste era un mensajero di-
vino. Traía un mensaje a la humanidad: el mensaje hu-
mano, que es el más valioso de todos. Pero era un men-
sajero inconsciente. Prodigaba el bien y no lo tenía con-
sigo.
Prodigaba el bien y no lo tenía consigo. Expresión
sagacísima que arroja luz sobre la personalidad de ese
hombre contradictorio, de genio lírico, y que es el prin-
cipio de una nueva decepción de Arévalo Martínez, muy
justificada y duradera esta vez.
V
EL HOMBRE QUE PARECIA UN CABALLO
Entonces el narrador exclama:
. . . De pronto, en el ángel transparente del señor
de Aretal, empezó a formarse una casi inconsistente nu-
becilla oscura. Era la sombra proyectada por el caballo
que se acercaba.
Porfirio frecuentaba el trato de personas vulgares y,
a veces, hablaba como una persona vulgar.
9
Se refiere al poeta colombiano Leopoldo de la Rosa (1886-1963),
amigo y compañero de Barba-Jacob, en Colombia y en México, a lo largo
de muchos años. A lo que parece, en los días de El hombre que parecía
un caballo (1914), Leopoldo de la Rosa estaba en Colombia todavía.
24 PRELIMINARES
. . . Sentí claramente que algo se rompía entre no-
sotros. Que nuestros señores internos se alejaban y que
venía abajo, en silencio, un divino equilibrio de cristales.
Y se lo dije: —Señor de Aretal, usted ha roto nuestras
divinas relaciones en este mismo instante.
El día siguiente... yo marchaba a su vera apagado
¡y lejos de él! Iba pensando en que jamás el misterio me
había abierto tan ancha rasgadura para asomarme, como
en mis relaciones con mi extraño acompañante. Jamás
había sentido tan bien las posibilidades del hombre; ja-
más había entendido tanto al dios íntimo como en mis
relaciones con el señor de Aretal.
El escritor se resigna entonces a pensar en su nuevo
amigo como en un hombre solamente y no como en un
mensajero divino. En su idioma de místico terrenal dice:
Cuando me resigné a encontrar un hombre en el se-
ñor de Aretal, volvió de nuevo el encanto de su maravi-
llosa presencia. Amaba a mi amigo. Pero me era impo-
sible desechar la melancolía del dios ido.
A esta altura, surgió a la vida plena el conocimiento,
a través de sucesivas visiones, la impresión de Arévalo
Martínez de que aquel hombre se asemejaba por miste-
rioso modo a un caballo.
... El señor de Aretal estiraba el cuello como un ca-
ballo.
... El señor de Aretal caía como un caballo.
El señor de Aretal movía los brazos como mueven
las manos los caballos de pura sangre.
... El señor de Aretal veía como un caballo.
EL ENCUENTRO 25
... El señor de Aretal se acercaba a las mujeres como
un caballo.
Veía así, de lado...
VI
EL HOMBRE SIN ESPIRITU
. . . El espíritu de cristales del señor de Aretal se te-
ñía de las cosas ambientes...
Pero esto era triste a veces porque a veces las cosas
ambientes eran obscuras o de colores mancillados: ver-
des de estercolero, palideces verdes de plantas enfermas...
Porque indefectiblemente el señor de Aretal reflejaba
el espíritu de su acompañante. Un día lo encontré, ¡a él,
el noble corcel!, enano y meloso. Y como en un espejo,
vi en la estancia a una persona enana y melosa... Aretal
era un caballo de alquiler más.
Otra ocasión, y a la mesa de un bullanguero grupo
que reía y bebía, Aretal fue un ser humano más, uno más
del montón... Era un caballo de circo... Otra vez fue
un jayán. Se enredó en palabras ofensivas con un hom-
bre brutal... Era un caballo que daba coces.
Y entonces, al fin, apareció en el plano físico una
pregunta que hacía tiempo formulaba: ¿Cuál es el ver-
dadero espíritu del señor de Aretal? Y la respondí pron-
to. El señor de Aretal, que tenía una elevada mentali-
dad, no tenía espíritu: era amoral. Era amoral como un
caballo...
Propuse el tema a la elevadísima mente de mi ami-
go y ésta lo aceptó en el acto. Me hizo una confesión:
26 PRELIMINARES
—Sí: es cierto. Yo, a usted que me ama, le muestro la
mejor parte de mí mismo. Le muestro a mi dios interno.
Pero, es doloroso decirlo, entre dos seres humanos que
me rodean, yo tiendo a colorearme del color del más
bajo. Huya de mí cuando esté en una mala compañía.
VII
EL HOMBRE SIN AMOR
Sobre la base de esta percepción, me interné más en
su espíritu. Me confesó un día, dolorido, que ninguna mu-
jer lo había amado. Y sangraba todo él al decir esto. Yo
le expliqué que ninguna mujer lo podía amar, porque
él no era un hombre, y la unión hubiera sido monstruosa.
El señor de Aretal no conocía el pudor, y era indelicado
en sus relaciones con las damas como un animal. Y él:
—Pero yo las colmo de dinero.
—También se lo da una valiosa finca en arrenda-
miento.
Y él:
—Pero yo las acaricio con pasión.
—También las lamen las manos sus perrrillos de lanas.
Y él:
—Pero yo las soy fiel y generoso; yo las soy humil-
de; yo las soy abnegado.
—Bien; el hombre es más que eso. Pero ¿las ama
usted?
—Sí, las amo.
EL ENCUENTRO 27
—Pero ¿las ama usted como un hombre? No, ami-
go, no. Usted rompe en esos delicados y divinos seres mil
hilos tenues que constituyen toda una vida. Esa última
ramera que le ha negado su amor y ha desdeñado su di-
nero, defendió su única parte inviolada: su señor inter-
no; lo que no se vende. Usted no tiene pudor.
VIII
LA PROFECIA DEL AMOR
Y ahora oiga usted mi profecía: una mujer lo redi-
mirá. Usted, obsequioso y humilde hasta la bajeza con
las damas; usted, orgulloso de llevar sobre sus lomos una
mujer bella, con el orgullo de la hacanea favorita, que
se complace en su preciosa carga, cuando esa mujer bella
lo ame, se redimirá: conquistará el pudor.
La profecía de Arévalo Martínez no llegaría a cum-
plirse. El propio poeta sería el primero en anunciar el
fracaso de la profecía. Con palabras brotadas de la ingra-
titud, Barba-Jacob, aludiendo a sí mismo como a Maín
Ximénez, dirá:
He de recordar mis relaciones con Rafael Arévalo
Martínez, el hemipléjico de mi tragicomedia, mal augur
de Maín Ximénez... ¡Maín Ximénez no se redimió al
fin por una mujer, como tú me decías, mi amigo de Gua-
temala, sino por virtud del canto! A aquel espíritu lleno
de deseo de ver, no de deseo de amar, porque la angos-
tura de su moral no se lo permitía, le parecí un ser en
28 PRELIMINARES
extremo raro. Hizo entonces su primorosa novelilla...
El hombre que parecía un caballo. Dizque era mi cari-
catura. Yo, francamente, no creo tener la sencillez ni la
inocencia del señor de Aretal10.
Porfirio se equivocaba también. La verdad es que
Barba-Jacob no se renovó como hombre, sino que se hun-
dió cada vez más en el sin sentido de su vida errabunda
y extraviada, hasta morir, fulminado por la tuberculosis,
en la ciudad de México, en enero de 1942; y su renova-
ción poética fue más un sacrificio prometeico que un
renovarse: murió por revelar la muerte a los mortales.
Murió por nosotros, de una manera profundamente reli-
giosa. Su renovación fue, pues, poética, metafísica, místi-
ca. Vencido el hombre, vencido el amor del poeta, su
creación poética se renueva en nosotros (en ti, lector ocu-
padísimo, y en mí, desocupado escritor), venciendo la
fatalidad del tiempo y de la muerte, a la cual Porfirio
cantó con tan inspirada energía.
IX
EL HOMBRE SIN AMIGOS
Y otra hora propicia a las confidencias, continúa
Arévalo Martínez.
—Yo no he tenido nunca un amigo—. Y sangraba
todo él al decir esto. Yo le expliqué que ningún hombre
10
P. BARBA-JACOB, La divina tragedia..., en Antorchas, pág. 55, y en
Poemas, pág. 24.
EL ENCUENTRO 29
le podría dar su amistad, porque él no era un hombre, y
la amistad hubiese sido monstruosa. El señor de Aretal
no conocía la amistad y era indelicado en sus relaciones
con los hombres, como un animal.
Conocía sólo el camaraderismo. Galopaba alegre y
generoso en los llanos, con sus compañeros...; pero lue-
go se separaba indiferente de su compañero de una hora
lo mismo que de su compañero de un año. El caballo, su
hermano, muerto a su lado, se descomponía bajo el dom-
bo del cielo, sin hacer asomar una lágrima a sus ojos...
Porfirio declara:
—Yo estoy más allá de la moral.
—Usted está más acá de la moral: usted está bajo la
moral. Pero el caballo y el ángel se tocan, y por eso usted
a veces me parece divino. San Francisco de Asís amaba
a todos los seres y a todas las cosas, como usted; pero, ade-
más, las amaba de un modo diferente; pero las amaba
después del círculo, no antes del círculo, como usted.
Y él entonces:
—Soy generoso con mis amigos, los cubro de oro.
—También se lo da una valiosa finca en arrenda-
miento, o un pozo de petróleo, o una mina en explo-
tación.
Y él:
—Pero yo les presto mil pequeños cuidados. Yo he
sido enfermero del amigo enfermo y buen compañero
de orgía del amigo sano.
30 PRELIMINARES
Y yo:
—El hombre es más que eso: el hombre es la solida-
ridad. Usted ama a sus amigos, pero ¿los ama con amor
humano? No; usted ofende en nosotros mil cosas im-
palpables. Yo, que soy el primer hombre que ha amado
a usted, he sembrado los gérmenes de su redención. Ese
amigo egoísta que se separó, al separarse de usted, de un
bienhechor, no se sintió unido a usted por ningún lazo
humano. Usted no tiene solidaridad con los hombres.
—Usted no tiene pudor con las mujeres, ni solidari-
dad con los hombres, ni respeto a la Ley. Usted miente,
y encuentra en su elevada mentalidad, excusa para su
mentira, aunque es por naturaleza verídico como un ca-
ballo. Usted adula y engaña y encuentra en su elevada
mentalidad, excusa para su adulación y su engaño, aun-
que es por la naturaleza noble como un caballo. Nunca
he amado tanto a los caballos como al amarlos en usted.
Comprendo la nobleza del caballo: es casi humano.
Usted ha llevado siempre sobre el lomo una carga
humana: una mujer, un amigo... ¡Qué hubiera sido de
esa mujer y de ese amigo en los pasos difíciles sin usted,
el noble, el fuerte, que los llevó sobre sí, con una gene-
rosidad que será su redención! El que lleva una carga,
más pronto hace el camino. Pero usted las ha llevado
como un caballo. Fiel a su naturaleza, empiece a llevar-
las como un hombre.
EL ENCUENTRO 31
X
EL SECRETO DE LA ESFINGE
Me separé del señor de los topacios, y a los pocos
días fue el hecho final de nuestras relaciones. Sintió de
pronto el señor de Aretal que mi mano era poco firme,
que llegaba a él mezquino y cobarde, y su nobleza de
bruto se sublevó. De un bote rápido me lanzó lejos de
sí. Sentí sus cascos en mi frente. Luego un veloz galope
rítmico y marcial, aventando las arenas del Desierto.
Volví los ojos hacia donde estaba la esfinge en su eterno
reposo de misterio, y yo no la vi. ¡La esfinge era el se-
ñor de Aretal que me había revelado su secreto, que era
el mismo del Centauro!
Era el señor de Aretal que se alejaba en su veloz ga-
lope, con rostro humano y cuerpo de bestia.
G. P. M.
24 de mayo de 1968.
INTRODUCCION
I
POESÍA Y PENSAMIENTO POETICO
Este libro sobre la poesía de Porfirio Barba-Jacob se
ocupa principalmente del pensamiento poético del gran
lírico colombiano. Por pensamiento poético se entiende
en estas páginas la visión del mundo que el autor revela
en sus versos, o sea una interpretación lírica de la vida y
de sus grandes motivos. Como en el curso de la exposi-
ción se trata de demostrar, para este poeta, que fue hom-
bre de extraña condición y de genio sombrío, el gran
motivo de la vida es la muerte.
Vivir es esperar la muerte, y es la vida sólo tiempo
para ella, como ser para ella es el hombre.
Ya nuestra vida es tiempo, parece decir Barba-Jacob
con su contemporáneo Antonio Machado; y parece tam-
bién anunciar, paralelamente a Rainer Maria Rilke, el
Sein-zum-Tode de Martin Heidegger. Ya se ha hablado
de la posible condición pre-existencialista del poeta ame-
ricano (cuya época de florecimiento puede situarse entre
1915 y 1925), como uno de los precursores hispánicos de
ese movimiento filosófico contemporáneo, a la manera
de Miguel de Unamuno 1 .
1
"Ya puede afirmarse que, sin haberlo conocido, era uno de los
precursores del existencialismo", en R. H. V A L L E , Poemas desconocidos de
Porfirio Barba-Jacob, en América, núm. 57, México, septiembre de 1948,
36 INTRODUCCIÓN
La importancia de la poesía de Barba-Jacob no resi-
de, sin embargo, en su relación con las actuales corrien-
tes espirituales europeas, sino en la hondura y en la au-
tenticidad de sus visiones: en su aprehender líricamente
la realidad humana de la muerte. Poesía de impresio-
nante independencia. La muerte, tema fundamental de
la poesía y la filosofía de todos los tiempos, está vista allí
pág. 163. No me propongo entrar en este trabajo al estudio de la relación
de la poesía de Barba-Jacob con la filosofía; pero, en cuanto a Machado
y Unamuno, me remito a dos obras recientes de SEGUNDO SERRANO PON-
CELA: El pensamiento de Unamuno, México-Buenos Aires, Fondo de Cul-
tura Económica, 1953 (Breviarios, 7 6 ) , y Antonio Machado, su mundo y
su obra, Buenos Aires, Editorial Losada, 1954, en las cuales se estudia la
dimensión metafísica de los dos poetas-filósofos. Las palabras de Machado
que he citado en el texto proceden de uno de sus versos de juventud:
Al borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo, y nuestro sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para a g u a r d a r . . . Mas Ella no faltará a la cita.
ANTONIO MACHADO, Obras, México, Editorial Séneca, 1940 (Laberin-
to), pág. 70, poema xxxv. Estrofa de la cual ha dicho José Luis Arangu-
ren: "No creo que haya en la historia universal de la poesía una anticipa-
ción poética tan clara y terminante, en sólo cuatro versos, del sentimiento
de la vida subyacente a esa filosofía actual de la finitud temporal, del cui-
dado, de la desesperación... y el ser para-la-muerte, como la que expresa
aquí. A este propósito se h a b l a . . . de Miguel de Unamuno. Se habla del
'yo soy yo y mi circunstancia' de Ortega. ¿Por qué no hablar nunca del 'ya
nuestra vida es tiempo' a propósito de Sein und Zeit?" Cfr. RAMÓN DE
ZUBIRÍA, La poesía de Antonio Machado, Madrid, Editorial Gredos, 1955 (Bi-
blioteca Románica Hispánica), pág. 6 1 , nota 14. Como se verá en el
curso de estas páginas, en la poesía de Barba-Jacob se encuentran nume-
rosas sentencias de semejante temple espiritual, que le hermanan — segu-
ramente más que a ningún otro poeta o pensador americano contemporá-
n e o — con Unamuno, Machado y, acaso, Ortega. Y el americano conocía
bien la obra de los tres españoles; pero no creo en una influencia directa
de éstos sobre aquél, sino, a lo más, en una influencia tangencial. Siendo
I. POESÍA Y PENSAMIENTO POÉTICO 37
con los ojos de la intuición artística, y no con los de la
razón reflexiva. Gran poeta, gran pensador poético, Bar-
ba-Jacob no ha de ser considerado como un filósofo pro-
fesional, pues él, que había nacido con sabiduría anti-
gua, "no necesitaba disputar su puesto a la serpiente,
porque era su encantador" 2.
El autor de este trabajo no se enfrenta, pues, a un
conjunto de ideas filosóficas racionalmente expuestas,
sino a un sistema de intuiciones vitales artísticamente
expresadas. Pues sistema hay tanto en el arte como en la
ciencia; sólo que el sistema del arte está oculto: es su
visión del mundo, su Weltanschauung. Y es tarea del crí-
tico descubrirlo y revelarlo. Y su método será distinto del
que emplearía en el análisis de un pensamiento filosófi-
co. No ha de buscar una ideología propiamente dicha,
sino una cosmovisión lírica; tratando de organizar inte-
lectualmente un panorama artístico que es, en su aparien-
cia externa, enigmático y tempestuoso; tratando, en fin,
de develar el secreto sistema de la poesía. Ha de hallar
ante todo un núcleo central, un Leitmotiv de las ideas
totalmente contemporáneos por la época de su producción — primer ter-
cio del siglo X X — , se trata, más bien, de un asombroso paralelismo. El
maestro indiscutible de Barba-Jacob es — ya se verá — Rubén Darío, maes-
tro a su vez de Machado y cantor no menos angustiado y agonista, en su
plenitud, que sus profundos sucesores. En definitiva: Unamuno, Machado
y Barba-Jacob fueron poetas metafísicos, cantores de la vida y la muerte,
preocupados por el sentido y el fin de la existencia. Por lo que toca a su
contenido puramente literario, en este trabajo habrá oportunidad de con-
frontar las actitudes de ellos y de otros poetas semejantes, como Manrique,
Quevedo, Baudelaire, Darío, Vallejo, Neruda.
2
R. H. VALLE, Poemas desconocidos..., loc. cit., pág. 162.
38 INTRODUCCIÓN
poéticas, que domine toda la visión del mundo, y al cual
se sometan los motivos secundarios.
Siendo la contemplación de la muerte el motivo con-
ductor y la meta de la acción poética de Porfirio Barba-
Jacob 3, la ruta y organización de este estudio estarán
dadas por la trayectoria interna del autor en busca de la
gran vivencia desconocida.
II
SIGNIFICACION DEL POETA
Porfirio Barba-Jacob es uno de los grandes poetas
hispanoamericanos del siglo XX, y como tal fue recono-
cido en sus días de triunfo en los países que fuera re-
corriendo a lo largo de su existencia errabunda y extra-
viada 4. Poeta, periodista, interlocutor incomparable, hom-
bre de extraordinaria riqueza espiritual, gozó en el am-
biente literario de esos países —México, Centro-América,
Cuba, Perú y otros, a más de su nativa Colombia— de
un prestigio comparable al de un Darío o un Chocano,
3
La condición mortal de esta poesía ha sido puesta de relieve, entre
otros, por Daniel Arango, en su prólogo al libro de BARBA-JACOB, Antor-
chas contra el viento, Bogotá, 1944 (Biblioteca Popular de Cultura Colom-
biana, 40), págs. 11-14. Ultimamente, el escritor italiano Ugo Gallo ha
dicho sabiamente del poeta que "la sua gamma sensibile è eccezionalmente
varia; il filo conduttore è un ansia, ora accorata, ora ribelle, sempre cam-
peggiante nel pozzo della sua solitudine, un attesa del fantasma della mor-
te", en Storia della letteratura ispano-americana, Milano, 1954, pág. 324.
4
"Se me reducirá acaso a unas cuantas páginas de antología, con la
asignación de 'errabaundo y extraviado' ", en P. B.-J., La divina tragedia,
el poeta habla de sí mismo (1920), en Antorchas contra el viento, pág. 70.
II. SIGNIFICACIÓN DEL POETA 39
los bardos multitudinarios de América. Rubén Darío
acababa de morir, y Barba-Jacob era mirado a menudo
como su legítimo sucesor, como el nuevo gran maestro
de la poesía americana. En México, donde residió por
más de veinte años, tierra que él llamara su patria espi-
ritual, fue considerado como lírico de geniales visiones,
compañero de González Martínez, López Velarde y Al-
fonso Reyes, las tres altas figuras de la poesía "post-mo-
dernista" mexicana (ca. 1915-1925).
Sin embargo, Barba-Jacob no llegó nunca al recono-
cimiento definitivo. El mismo se oponía a la publicación
de su obra en forma de libro. En las tres ediciones de
sus versos que circularon por América en los últimos
años de su vida, una de México, otra de Guatemala y
otra de Colombia, no intervino la voluntad del poeta 5 .
El se había dado a conocer en periódicos y revistas de
sus países; pero se negaba, gran intransigente, a la reco-
pilación. Pues no estaba igualmente orgulloso de toda
su obra. Entendía la desigualdad que en ella reina. Por
saberse genial, como el que más lo fuera, no se recono-
cía todo él en muchos de sus versos, siempre agitados in-
teriormente, pero a veces de corte fatalmente gastado,
producto de un retórico tradicionalismo. He aquí el fac-
tor negativo de su poesía, que tanto ha contribuído a su
aislamiento. Estrofas inmortales alternan en ella con otras
5
Las tres ediciones fueron: Rosas negras, edición de Rafael Arévalo
Martínez, Guatemala, 1932-1933; Canciones y elegías, México, Alcancía,
1932-1933; y La canción de la vida profunda y otros poemas, edición de
J. B. Jaramillo Meza, Manizales (Colombia), 1937. Ninguna de ellas fue
autorizada directamente por el poeta, como consta en su carta a Jaramillo
Meza, 20 de agosto de 1937, transcrita en la obra de éste, Vida de Porfirio
Barba-Jacob, segunda edición, Bogotá, 1956, págs. 162-164.
40 INTRODUCCIÓN
de versificación lánguida y arcaizante, plenas de insis-
tencia en los lugares comunes de la estética recibida.
Barba-Jacob no tuvo la preparación literaria adecua-
da a su talento creador: fue un autodidacto improvisa-
do. La vida trashumante que siempre llevó y la necesi-
dad en que se viera de ganar el sustento trabajando en
el periodismo más sensacionalista, le impidieron forjarse
una auténtica cultura humanística. Y él fue consciente de
su propia flaqueza. Sabía mejor que nadie que su in-
quietud interior era mayor que su capacidad de cons-
trucción formal, y que ese desequilibrio de sus faculta-
des daba origen a la desigualdad de su producción. Sos-
pechaba que la posteridad le reduciría "a unas cuantas
páginas de antología" 6 ; y, en el otoño de su vida, habla-
ba de sus poemas como de "opaca y transida labor de
antaño", ya distante de su espíritu; los consideraba como
obra de un poeta ya muerto, con quien no quería iden-
tificarse. Sin embargo, no renegaba de ellos 7 : ¡no podía
olvidar que por boca de aquel poeta desaparecido habían
hablado "el dolor, el terror y la esperanza...!" 8.
Todo ello explica, en parte, el que Barba-Jacob no
llegara a alcanzar la aclamación continental hispanoame-
ricana, y el olvido a que han sido condenados aquellos
versos extraños después de la muerte del autor, que
ocurrió en la ciudad de México, en enero de 1942. Pre-
sente aún en la plena belleza de sus versos más popula-
res, como la Canción de la vida profunda (1915), Barba-
Jacob va perdiendo actualidad en el conjunto total de
6
La divina tragedia..., loe. cit., pág. 70.
7
Claves (1931), en Antorchas, pág. 73.
8
La divina tragedia. .., loc. cit., pág. 70.
II. SIGNIFICACIÓN DEL POETA 41
su obra, va pasando a la historia, "como uno de tantos
signos de la cronología literaria" 9.
Mas esta actitud de la posteridad inmediata resulta
una tremenda injusticia. (El único país que ha rendido
a Porfirio homenajes póstumos dignos de su grandeza es
Colombia — su patria raigal —, de la cual estuvo él casi
siempre ausente). La verdad es que Barba-Jacob es un
lírico inmenso, y el olvido procede de falta de compren-
sión literaria. Al estudiar detenidamente su obra poética,
se le va descubriendo en toda su significación. Es verdad
que muchos de sus versos carecen de originalidad expre-
siva; pero más verdad es aún que sus poemas capitales
son obras de acabada perfección, que el número de estos
poemas no es en ningún modo despreciable, que en mu-
chas estrofas indiferentes brotan como relámpagos, de
repente, intuiciones geniales, hallazgos inauditos, visio-
nes espectrales de la vida y de la muerte. Y la verdad
más clara es que el pensamiento poético de Barba-Jacob,
el sistema de sus visiones mortales, es uno de los más
densos y prolongados de la literatura castellana moderna
de ambos mundos. Así resulta del análisis de su obra.
Barba-Jacob ocupa un sitio de excepción en Améri-
ca, en el que sólo podrían acompañarle los creadores ab-
solutos, los cuatro o cinco poetas contemporáneos de más
extendido prestigio hispánico, como son Rubén Darío,
Gabriela Mistral, César Vallejo, Pablo Neruda. En todos
ellos aparece el tema de la muerte: en el Darío agoni-
zante de los últimos años, en la Mistral surgiente de la
juventud, en el Vallejo de siempre, en el Neruda de Re-
9
"Se me contemplará como uno de tantos signos de la cronología
literaria", en P. B.-J., Claves, loc. cit., pág. 78.
42 INTRODUCCIÓN
sidencia en la tierra, joven maestro universal. Mas en to-
dos ellos aparecen también —gloriosamente— los otros
temas de la poesía, como la vida, el amor, la esperanza.
Barba-Jacob, en cambio, es poeta de una sola cuerda, ex-
clusivo y unilateral. Pero en su cuerda es, sin duda, el
más sistemáticamente hondo y trágico de los poetas de
América, el más unitario, el más filosófico. Es el gran
poeta americano de la muerte.
Cala más profundamente que ninguno de sus com-
patriotas americanos en el abismo de los sentimientos
doloridos y desolados del ser, y en la ondeante condición
humana. Su obra representa, en último término, los pa-
sos de un hombre que va en busca de la muerte. A ella
y sólo a ella canta. Todos los elementos anteriores a la
muerte que hay en su poesía, los elementos vitales, como
naturaleza, infancia, belleza, y los elementos agónicos,
como lujuria, dolor, aparecen sólo en función de muer-
te. Son, no más, anuncio de la dueña de la vida, de la
gran dominadora y maestra.
Ya en sus más antiguos poemas, escritos en la pri-
mera juventud, Porfirio aborda valientemente, intempes-
tivamente, el problema capital de la poesía lírica, o sea
la representación profunda de la vida, como en estos dos
versos inolvidables de 1906:
¡Oh noche del camino, vasta y sola,
en medio de la muerte y del amor! 10
10
Antorchas, pág. 88: ¡Oh noche! (poema que en su versión ante-
rior se titulaba Lamentación baldía).
II. SIGNIFICACIÓN DEL POETA 43
La vida está representada por un camino nocturno,
y en él el poeta no encuentra más que amor o muerte.
Muerte y amor, motivos esenciales de vida y poesía, ya
no abandonarán los cantos del colombiano.
Por el peculiar y extraño rumbo de su propia exis-
tencia, sin embargo, Barba-Jacob se aparta voluntaria-
mente del amor entendido en su más noble sentido, y
expresa únicamente el amor de la carne, con ambigua
pasión e inusitado desenfreno, con la turbulencia del
poeta maldito que celebra sus "ocho pecados capitales" 11.
No, él no será el cantor del buen amor. Será el cantor
de la muerte, del dolor, la lujuria y la muerte, del dolor
y la lujuria como presagios de la muerte —dolor defini-
tivo—, de la muerte como culminación del dolor hu-
mano. Poesía que obtiene su grandeza de su visión agó-
nica del hombre, de su trágico sentimiento de la vida,
de su trágico sentimiento de la muerte. Bardo del Nue-
vo Mundo, Barba-Jacob se sitúa en la más poderosa de las
tradiciones líricas castellanas. He aquí su intemporali-
dad: poeta de la muerte, hermano de Manrique, de Que-
vedo, de Unamuno y Machado; pero, a diferencia de los
españoles, muerte sin fin, muerte sin más allá, muerte
definitiva.
Históricamente Porfirio Barba-Jacob pertenece a una
generación que se revela contra la estética ornamental
del Modernismo hispanoamericano, en busca de una ex-
presión más profunda y más intensa, más plena de con-
tenido anímico. Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Gon-
zález Martínez, maestros del movimiento, son los pro-
11
"Donde gustar tus ocho pecados capitales": verso de La hora co-
barde, en R. H. V A L L E , Poemas desconocidos.. ., loc. eit., pág. 165.
44 INTRODUCCIÓN
pios iniciadores de la reacción anti-modernista en Amé-
rica, como en España habrían de serlo —cada cual por
diversa ruta— Miguel de Unamuno, Antonio Machado
y Juan Ramón Jiménez. De esta corriente forma parte
Barba-Jacob, y quien más se acerca a él en la cronología
literaria hispanoamericana es Gabriela Mistral, que sur-
gió en la segunda década de este siglo y que llegaría a
ser —ella sí— maestra continental. Barba-Jacob y la
Mistral son herederos del Modernismo rubeniano, del
cual se independizan; son las dos grandes figuras de esa
generación que florece hacia 1920, y que representa una
transición a la audacia avantgardiste y a la ambición
universal de los poetas nuevos, como Huidobro, Vallejo,
Neruda, Nicolás Guillen, Carrera Andrade, y otros.
Barba-Jacob es un hijo de su tiempo, y en la arqui-
tectura retórica de su obra está aún cerca de la estética
modernista que se empeña en superar; la influencia de
Rubén Darío, concretamente, se manifiesta a lo largo de
toda su producción (como más de una vez se observa
en el presente estudio); el tono melancólico, profundo y
"anti-rubeniano" del propio Darío en su última etapa, ha
sido adaptado y recreado por Porfirio con asombrosa
maestría. Mas, en cuanto al mensaje interior de su obra,
Porfirio Barba-Jacob es un poeta intemporal, que se en-
frenta con propias armas a los motivos últimos de la
existencia humana. Un poeta filosófico que, ocupándose
del tema eterno de la muerte, obtiene de él una visión
originalísima, porque lo aborda desde la perspectiva de
su personal vivencia. En este sentido, es un solitario, un
maestro sin escuela ni huella alguna en los poetas poste-
riores de América. Para encontrarle semejantes entre sus
III. TRAYECTORIA DE SU VIDA 45
contemporáneos, habría que acudir a dos grandes solita-
rios de España: Unamuno y Machado. En los tres palpita
esa preocupación trascendente por el destino del hom-
bre, que cada cual resuelve a su manera y que les con-
vierte en poetas de la meditación existencial.
III
TRAYECTORIA DE SU VIDA 1 2
El nombre original del poeta es Miguel Angel Oso-
rio. En el transcurso de los años adoptará sucesivamente
los seudónimos de Maín Ximénez, Ricardo Arenales y
Porfirio Barba-Jacob — nombre definitivo —.
Nace el 29 de julio de 1883, en Santa Rosa de Osos,
pequeña ciudad del Departamento de Antioquia, Colom-
bia, en plena magnitud de los Andes suramericanos. De
origen campesino, es hijo de un abogado pobre; por la
rama materna tiene, sin embargo, antepasados distingui-
dos. Niño de pocos meses, sus padres lo encomiendan al
cuidado de sus abuelos paternos, a cuyo lado vive una
infancia libre y feliz. Su educación, muy incompleta.
Soldado en la guerra civil de los Mil Días, de 1901 a
1902, y maestro de escuela. Por aquella época inicia su
12
En este brevísimo esquema de la vida de Barba-Jacob, sigo muy de
cerca la Noticia biográfica de R. H. V A L L E , El mundo hechicero de Barba-
Jacob, en Revista de América, n ú m . 16, Bogotá, abril de 1946, págs. 38-
39, que es, en su brevedad, el más puntual registro de la trayectoria hu-
mana del poeta. Utilizo también el ensayo biográfico de Jaramillo Meza,
Vida, que contiene valiosas informaciones sobre algunas épocas de su exis-
tencia (1883-1906, 1915, 1927, 1940-1942). Por último, me valgo de otras
fuentes, como la cronología de sus poemas, y como otros materiales, ano-
tados en la bibliografía final.
46 INTRODUCCIÓN
labor literaria, de la que sólo se conservan fragmentos.
Y vive entonces su única experiencia amorosa auténtica:
su frustrado noviazgo con Teresa Jaramillo Medina, la
Teresita de algunos de sus versos. Y un día, a la muerte
de su madre-abuela, se aleja para siempre de su tierra
natal; parte hacia el mar, en busca de nuevos horizon-
tes (1906).
En Barranquilla, el puerto colombiano sobre el Ca-
ribe, se consagra ya definitivamente a su obra poética:
con el nombre de Ricardo Arenales publica en opúsculo
su poema Campaña florida, en 1907; y este mismo año
abandona a Colombia, siguiendo, por la vía de Costa Rica,
Jamaica y Cuba, hacia México. De la ciudad de México
se dirige a Monterrey (1908), capital del Estado de Nue-
vo León, que gobierna el general Bernardo Reyes, padre
de Alfonso Reyes, amigo de Rubén Darío y Manuel José
Othón — y protector del Joven Arenales. Allí vive cin-
co años, entre 1908 y 1913. Continúa trabajando en su
obra poética e ingresa al periodismo: es el gran anima-
dor de la Revista Contemporánea, colabora en otros dia-
rios y llega a ser propietario de uno de ellos.
De Monterrey se traslada a San Antonio de Texas,
en los Estados Unidos. Se siente ya vinculado para siem-
pre a la vida mexicana: "el amor a México es mi única
fuerza", escribe entonces a un amigo; mas no olvida su
raigambre colombiana: "Los dos amores se me funden
en uno: Colombia es mi niñez y mi adolescencia, como
entre una bruma azul dorada con el oro del día nacien-
te; México es mi juventud y mi dolor: mis alaridos ca-
balgan en las brisas mexicanas".
De nuevo en la capital de México, en 1914, funda el
diario Churubusco, para defender patrióticos intereses.
III. TRAYECTORIA DE SU VIDA 47
En seguida va a Guatemala, donde conoce al escritor Ra-
fael Arévalo Martínez, quien escribirá la más estupenda
semblanza espiritual del colombiano errante en El hom-
bre que parecía un caballo. En 1915 se halla en Cuba:
en la hermosa isla, y en la plenitud de los treinta y dos
años, escribe algunos de sus poemas más celebrados, como
la Canción de la vida profunda, Un hombre, Elegía de
septiembre, Lamentación de octubre; cuenta con la pro-
tección de un compatriota generoso, el escritor J. B. Ja-
ramillo Meza, que será más tarde su "testamentario"
poético y su biógrafo.
Vuelve luego a Centro- América, y durante algunos
años viaja, escribe y funda periódicos por tierras de Hon-
duras, El Salvador, Guatemala (ca. 1915-1918). Regre-
sa a México por la ruta de Bélice; funda El Territorial
en el sur del país; de retorno en Monterrey, funda allí
El Porvenir (1919). Más tarde es reportero y editorialis-
ta en dos diarios de la ciudad de México (1921), Direc-
tor de la biblioteca pública en Guadalajara, en septiem-
bre de 1921. Acosado por dificultades económicas y por
malestares físicos, siempre trashumante, el poeta se halla
entonces en la cumbre de la madurez humana y litera-
ria: escribe el gran poema de su vida, Acuarimántima, su
odisea espiritual, y otras obras importantes, como la Ba-
lada de la loca alegría, Canción de la noche diamantina,
Canción de la soledad, Canción de un azul imposible, etc.
Expulsado de México por motivos políticos, vuelve
otra vez a Guatemala, donde funda El Imparcial (1922),
que será por muchos años el primer periódico de esa
capital; después de visitar una vez más a Honduras
(1925) y otros países centroamericanos se dirige al Pe-
rú. En Lima es redactor durante algunas semanas de La
Prensa (1926).
48 INTRODUCCIÓN
Regresa a Colombia en 1927, después de veinte años
de ausencia de la patria. Vuelve a su Antioquia natal, da
recitales de sus versos por varias ciudades del país, tra-
baja por poco tiempo en algunos periódicos de Bogotá.
Y a principios de 1930 se marcha... para no volver a la
tierra de sus mayores, en la que es un inadaptado, un
outsider. Retorna a Cuba. Estando allí decide regresar
— definitivamente— a México (1930), ya muy difundi-
do el nombre de Porfirio Barba-Jacob.
Es entonces un hombre agotado y enfermo. "Era
Porfirio sólo un despojo ambulante, un cuerpo enflaque-
cido, un alma sin posible redención": así le encuentra
en 1931 su amigo el poeta Enrique González Martínez 13.
Se dirige a Monterrey, pero fracasa al querer fundar la
revista Atalaya (1931). Es luego profesor de la Escuela
Normal en Chilpancingo, capital del Estado de Guerre-
ro. Otra vez en la capital mexicana, ingresa a la plana
mayor del diario Hoy (1934). Y es, por último, uno de
los fundadores del diario Ultimas Noticias de Excélsior,
en México, D. F., cuyo editoriales llaman extraordina-
riamente la atención.
Consumido por la tuberculosis, y tras de muy pro-
longados padecimientos, muere en la ciudad de México,
el 14 de enero de 1942.
***
Porfirio Barba-Jacob asombró a sus contemporáneos
por el fulgor de su palabra y de su espíritu, por su di-
mensión humana, extraordinaria para el bien y para el
13
Porfirio Barba-Jacob, huracán y canto, Homenaje a Barba-Jacob,
en América, n ú m . 47, México, abril de 1946, pág. 62.
III. TRAYECTORIA DE SU VIDA 49
mal. De ello nos han dejado testimonio sus mejores
amigos.
El escritor centroamericano Rafael Heliodoro Valle,
poeta, sabio y periodista, su camarada de toda la vida, su
"albacea" literario, se pregunta por su origen:
¿De qué subsuelo humano tan hondo, en que se entrelaza-
ban el ángel y el esperpento, surgió aquel rostro en que se refle-
jaban los rostros innumerables del abismo y la muerte? Tenía
cansancio milenario. . . En sus ojos ardía el cielo tropical de
América, y en su palabra ondulaba la voz de los ríos paternos... 14
Y el propio Valle le ve aún:
Vestido de negro, los ojos que no eran de este mundo, la sen-
sualidad vehemente que no conocía tregua... eran sus mejores ca-
maradas la incomodidad, la incertidumbre, la misteriosa bruma.
Unos cuantos libros, un cuaderno de apuntes: una figura flaca, mo-
rena, desgarbada; la memoria espejeante, la carcajada estentórea y
el vaso lleno del vino del Anáhuac l5.
Enrique González Martínez, el noble poeta de Méxi-
co, amigo y maestro de Porfirio, le conoció
también en sus horas malditas, cuando buscaba consuelo a sus in-
nominables crisis en los nepentes artificiales, cuando el acicate de
la droga le daba elocuencia a su palabra, fácil de suyo, pero de or-
dinario reprimida, y que entonces adquiría tonos iluminados y pro-
féticos 16.
En Guatemala, hacia 1914, cuando Arenales apenas
había llegado a los treinta años, Rafael Arévalo Martínez
había sido testigo del poder mágico de la palabra del co-
lombiano, a quien retrata como El hombre que parecía un
14
El mundo hechicero. . ., loc. cit., pág. 34.
15
Ibid., pág. 35.
16
Op. cit., pág. 60.
4
50 INTRODUCCIÓN
caballo, y a quien llama el "señor de Aretal" y el "señor de
los topacios". Arévalo Martínez cuenta cómo, al asomarse
al pozo de aquella alma misteriosa, vio reflejarse tres imá-
genes: los clásicos, el ausente amigo Leopoldo de la Ro-
sa, y Dios. "Por encima de todo se reflejaba Dios. Dios de
quien nuca estuve menos lejos", revela el escritor centro-
americano:
Yo comprendí, asomándome al pozo del señor de Aretal, que
éste era un mensajero divino. Traía un mensaje a la humanidad:
el mensaje humano, que es el más valioso de todos. Pero era un
mensajero inconsciente. Prodigaba el bien y no lo tenía consigo 17 .
Y en los días de su apogeo literario, en una revista
del pensador mexicano José Vasconcelos, amigo y pro-
tector del poeta, se le había llamado ya:
Desconcertante y altísimo cerebro, único en su fuerza, expre-
sión y misterio, que lleva una gran parte de la representación del
pensamiento hispanoamericano 18 .
IV
OBRA POETICA Y PROSAS
La obra poética de Barba-Jacob no es caudalosa: se
compone de unos setenta y cinco poemas, escritos entre
1906 y 1939 19. Su época de florecimiento puede situarse
17
El hombre que parecía un caballo y otros cuentos, Guatemala,
1951, pág. 12 (fechada en Guatemala, octubre de 1914, esta novela corta
fue publicada por primera vez en Quetzaltenango, Guatemala, 1915).
18
Cfr. R. H. VALLE, El mundo hechicero..., loc. cit., pág. 39.
19
En Antorchas contra el viento aparecen unas 80 poesías, de las
cuales hay que suprimir algunas que fueron rechazadas por el autor a
IV. OBRA POÉTICA Y PROSAS 51
entre 1915 y 1925, y sus años de mayor plenitud hacia 1920.
Conviene tener presente, por tanto, que él es un poeta
alejado de la actualidad por una distancia de siete u ocho
lustros.
Por el orden cronológico de su producción, esta
obra puede disponerse de la siguiente manera 20 :
1906: Parábola del retorno, Arbol viejo, ¡Oh noche!
(Barranquilla, Colombia).
1907: Espíritu errante (La Habana, Cuba).
1908: Canción ligera, El corazón rebosante.
1909: La estrella de la tarde (Monterrey, México).
1910: La carne ardiente.
1911: Retrato de un jovencito.
1914: El verbo innumerable (Cerrito del Carmen,
Guatemala).
1915: Canción de la vida profunda, Triste amor, Ele-
gía de septiembre, El triunfo de la vida, So-
berbia, Canción del tiempo y el espacio, Sa-
última hora. JARAMILLO M E Z A , Vida, pág. l41, hace ascender el número
a noventa, incluyendo algunas canciones que no han sido publicadas hasta
ahora en los libros del poeta y que aún no son, por lo tanto, del domi-
nio público; seguramente serán incorporadas a la edición definitiva de
Porfirio, que la Editorial Guadarrama, de Madrid, tiene el propósito de
publicar.
20
Disposición basada en Antorchas, passim, y en JARAMILLO M E -
ZA, Vida, págs. 178-194, y JARAMILLO M E Z A , La tierra de la infancia, Bogo-
tá, 1951, págs. 41-50 y 79-83. Aunque faltan datos fundamentales, esta dis-
posición ofrece interés biográfico y literario, pues permite acercarse a la evo-
lución interior del poeta.
52 INTRODUCCIÓN
piencia, Lamentación de octubre, Un hombre,
Canción innominada, La hora suprema, El
despertar, Parábola de los viajeros, La vieja
canción (La Habana).
1918: El pensamiento perdido, La dama de cabellos
ardientes (México).
1919: Los desposados de la muerte (Ciudad Juárez,
México).
1920: El són del viento (México).
1921: Acuarimántima (México, 1908-1921-1933); Can-
ción de la noche diamantina, Balada de la
loca alegría (México); Canción de la soledad,
Canción de un azul imposible, Elegía de Sayu-
la (Guadalajara); Corazón, En la muerte del
poeta (San Antonio, Texas, Estados Unidos).
1922: La reina, Los niños (Tela y La Ceiba, Hon-
duras).
1923: Futuro (Guatemala, 29 de junio de 1923).
1925: Canción de la hora feliz.
1927: Nuevas estancias (Manizales, Colombia).
1932: Elegía platónica.
1933: Sueños de Acapulco (Chilpancingo, México,
1933; México, 1939).
1934: Asfaltite, La casona (México).
IV. OBRA POÉTICA Y PROSAS 53
Se cuenta también con un conjunto de poemas no
fechados:
El cincuentón (1915?), El collar desatado, Doma-
dor, triunfador, Acto de agradecimiento, Pecado origi-
nal, Estancias, La infanta de las maravillas, Cintia delei-
tosa, Canción del día fugitivo, Elegía del marino iluso-
rio, Nueva canción de la vida profunda, La gracia incóg-
nita, Canción en la alegría, Paternidad, Imágenes, Canto
a Barranquilla, La ciudad de la estrella, El peregrino,
Nocturno, Virtud interior, Carbunclos, Soy como Asca-
nio, Canción delirante, Segunda canción delirante, Can-
ción sin motivo, Ante el mar, Introducción a la vida real,
Nocturno de Jalapa.
En los libros de Barba-Jacob figuran, también, algu-
nas composiciones que fueron suprimidas a última hora
por el autor:
Síntesis, La hermana, El rastro en la arena, Cancion-
cilla, Amigo espiritual, El espejo, Canción sin motivo,
¡Oh viento desmelenado!, Teresita.
Por último, existen dos poemas no recogidos en vo-
lumen, La hora cobarde y El poema de las dádivas, es-
critos al parecer entre 1910 y 1915, rechazados luego por
el autor, y que, sin embargo, presentan gran interés, no
sólo como objetos de arqueología literaria, sino como do-
cumentos de valor psicológico y estético, particularmente
el segundo 21 . Y existe también una serie de poesías de la
primera época, escritas aún en Colombia, hacia 1906 y 1907,
21
R. H. V A L L E , Poemas desconocidos..., loc. cit., págs. 164-172.
54 INTRODUCCIÓN
que no aparecen tampoco entre sus libros, pero que han
de ser incorporados a la futura edición definitiva de su
obra:
La tristeza del camino, Flor de romero, Mi vecina
Carmen, Campaña florida.
Tal es el material, ciertamente no muy numeroso, pero
de extraordinaria riqueza interior, que se ofrece al es-
tudioso de la poesía de Barba-Jacob.
***
"Por lo que hace a mis trabajos en prosa, nunca he
compuesto en mi vida ni una sola página que me parez-
ca digna de ser conservada", escribe Barba-Jacob a su
amigo Jaramillo Meza en 193722. El no daba importan-
cia a su labor periodística, que escribía "para ganar el
pan y nada más"'. No obstante, gozó de gran prestigio
como periodista de combate, al servicio de los gobiernos
de turno. En México y en Centro-América se recuerdan
aún sus editoriales, sus reportajes, sus panfletos, sus re-
latos folletinescos ("contrabandistas de drogas heroicas,
falsificadores de moneda, impostores que se ganaban fá-
cilmente la vida explotando la credulidad"). Cultivó tam-
bién la crítica literaria, y dejó más de una semblanza
interesante de personajes contemporáneos. Pero todo ello
lastrado por la improvisación y la premura. Su produc-
ción en prosa es muy numerosa, pues él era, por tempo-
22
Cfr. JARAMILLO MEZA, Vida, pág. 163.
IV. OBRA POÉTICA V PUOSAS 55
radas, un activísimo trabajador; mas sus trabajos no tie-
nen, en realidad, la elevación literaria que supieron dar
a sus escritos periodísticos un Martí o un Darío, maes-
tros del género en América.
Sería muy difícil recopilar una producción tan dis-
persa, "seguirle a lo largo del papel impreso, desde San
Antonio de Texas y Monterrey, hasta Guatemala y Li-
ma" 23. Se afirma que dejó inconclusos dos libros, uno
de ensayos, Filosofía del lujo, y otro de recuerdos, Niñez,
a los que él solía referirse en sus cartas y conversacio-
nes 24 .
Su correspondencia epistolar con escritores hispano-
americanos se encuentra reunida, al parecer, en un vo-
lumen inédito, junto con otro de artículos diversos25.
Entre los trabajos en prosa que han llegado, después
de su muerte al dominio público, figuran: un relato de
campaña (1902), de su época de soldado de la guerra
civil 26 ; diversos artículos, entre ellos uno sobre Alfonso
Reyes 27 ; y numerosas cartas, dirigidas a amigos de Co-
lombia y de México28. Lugar aparte ocupan los prólo-
23
R. H. VALLE, Poemas desconocidos..., loc. cit., págs. 161-162.
24
JARAMILLO MEZA, Vida, pág. 141.
25
Ibid., págs. 141-142.
26
MIGUEL ANGEL OSORIO, Departamento de Gobierno: Informe sobre
los acontecimientos de Santa Rita, cfr. JARAMILLO MEZA, Vida, págs. 21-28.
27
RICARDO ARENALES, Un encomio anónimo, en Páginas sobre Alfon-
so Reyes, II, 1946-1957, Monterrey, México, 1957, págs. 607-608. Algunas
publicaciones colombianas han reproducido, después de su muerte, artículos
y cartas del poeta.
28
Cartas a Jaramillo Meza; cfr. su Vida, págs. 159-194; R. H. V A -
LLE, Cartas inéditas de Barba-Jacob, en El Tiempo, Bogotá, 18 de febrero
de 1951, suplemento literario, pág. 1 (al pintor Toño Salazar, centroame-
ricano residente entonces en México, 1920-1921); R. H. V A L L E , Inéditos de
56 INTRODUCCIÓN
gos de sus libros, como La divina tragedia, el poeta ha-
bla de sí mismo (1920), Claves (1931), y otros, de ines-
timable interés biográfico y psicológico, fundamentales
para la comprensión de su espíritu y su pensamiento, y
auxiliares de su poesía, que es —indudablemente— la
clave de su intemporalidad y la expresión directa de la
parte de divinidad que alentaba en su alma.
Una observación sobre la frustrada Filosofía del lu-
jo: fue un libro en que el poeta cifraba grandes esperan-
zas y que llegó a considerar en un tiempo como su "obra
fundamental" 29 ; de él se conservan al parecer más de
veinte capítulos. A su elaboración le habían alentado las
palabras de su amigo Arévalo Martínez, que solía decir-
le: "Usted, amigo, tiene la enfermedad del absoluto..." 3 0
Y él mismo se sabía "un hombre metafísico", que "sen-
tía urgencia de absolver grandes cuestiones para echar
después los fundamentos de su propia ética" 31. Pero co-
mo no era un pensador de formación científica, sino un
intuitivo y un emotivo —nada menos que todo un poe-
ta—, parece haber naufragado en la ideación general y
Barba-Jacob, en Vida universitaria, VII, núm. 335, Monterrey, México, 21
de agosto de 1957, págs. 7 y 12 (dos cartas a Rafael Delgado Ocampo, hijo
adoptivo del poeta, fechadas en Monterrey, 23 y 25 de diciembre de 1930).
29
Carta inédita a D. Alfonso Mora Naranjo (ca. 1915?), en índice
Cultural, año V, núm. 19, Bogotá, fberero de 1955, pág. 443.
30
MANUEL JOSÉ JARAMILLO, Conversaciones de Barba-Jacob, Bogotá,
1946, pág. 9. La expresión rebrota en un verso del poema El pensamiento
perdido:
enfermedad sagrada que busca lo Absoluto.
(Antorchas, pág. 126).
31
Claves, loc. cit., pág. 75.
V. FRENTE A LA CRITICA 57
en el método de exposición. Uno de los capítulos ver-
saba sobre la filosofía del arte gótico, según su propia
afirmación32. Probablemente la obra fue inspirada, en
su origen, por un ensayo estético de Edgar Alian Poe,
sobre el lujo en el mobiliario: Philosophy of Furniture
(1840); ensayo que Porfirio pudo haber conocido en el
original o en la versión francesa de Charles Baudelaire,
Philosophie de l'Ameubleument (1852) 33. En todo caso:
un empeño de poetas. ¡Y vaya poetas!
V
FRENTE A LA CRITICA
Sobre la vida de Porfirio Barba-Jacob existen varios
libros interesantes, como la célebre novela corta El hom-
bre que parecía un caballo (1915) y otros escritos de Ra-
fael Arévalo Martínez, indispensables para todo acerca-
miento al hombre que había en el poeta 34 ; como su
Vida (1944), escrita por su fiel amigo Jaramillo Meza 35 ;
como sus Conversaciones (1946), evocadas por Manuel
32
Carta inédita a D. Alfonso Mora Naranjo, loc. cit.
33
Cfr. BAUDELAIRE, Oeuvres Completes, Traductions, EDCAR POE, His-
toires grotesques et serieuses, Paris, 1937, págs. 203-212.
34
A más de El hombre que parecía un caballo, ARÉVALO MARTÍNEZ
ha escrito Las noches en el Palacio de la Nunciatura, Guatemala, 1927, y
otros estudios muy importantes sobre la vida y la obra de Porfirio, su gran
amigo.
35
La primera edición de la Vida, se llama Porfirio Barba-Jacob, el
errante caballero del infortunio, Manizales, 1944.
58 INTRODUCCIÓN
José Jaramillo 36 ; como las valiosas indagaciones de Ra-
fael Heliodoro Valle, acaso su mejor conocedor 37; y, en
fin, como algunas recientes publicaciones hechas en Co-
lombia, vertidas hacia el estudio de su carácter38.
Sin embargo, la verdadera biografía interior del poe-
ta, que estudie a Barba-Jacob "desde dentro", que ilu-
mine su obra en función de su vida, y a la inversa, no
se ha escrito todavía. Ni este trabajo, que se ocupa de su
pensamiento poético, podría intentar tarea semejante.
No menos numerosa que esa literatura biográfica
es, por otra parte, la bibliografía sobre su obra poética.
La relación de estudios, prólogos, artículos, discursos y
comentarios sobre ella, tal como aparece en el índice bi-
bliográfico final, es muy extensa. Pero ninguno de ellos
aborda el tema de una manera sistemática. El propio
Jaramillo Meza declara que "el análisis definitvo de su
poesía no se ha ensayado todavía con acierto" 39. A pesar
del torrente de literatura que, durante años, suscitó en
Colombia la muerte del poeta, casi nada importante ha
quedado de aquel entusiasmo. La mayor parte de esos
estudios lleva el sello de la simpatía puramente cordial
y carece de carácter científico. Sin duda, el ensayo más
36
M. J. JARAMILLO, op. cit.
37
Valle ha publicado cuatro o cinco trabajos muy útiles, como los ci-
tados: El mundo hechicero... (1946). Poemas desconocidos... (1948),
Cartas inéditas... (1951), inéditos... (1957), etc.
38
Como: VÍCTOR AMAYA GONZÁLEZ, Barba-Jacob, hombre de sed y
de ternura, Bogotá, 1957, y una serie de artículos de otros autores, entre
ellos Manuel Mejía Vallejo. (Como ensayo de valoración literaria, que no
comparto, cabe destacar: HERNANDO VALENCIA G O E L K E L , Destino de Barba-
Jacob, en Mito, tomo II, núm. 8, Bogotá, 1956, págs. 98-106).
39
Vida, pág. 1-12.
V. FRENTE A LA CRITICA 59
hermoso es el que sirve de prólogo a la edición de An-
torchas contra el viento, escrito por Daniel Arango 40 .
En cuanto a este trabajo, que es obra de investiga-
ción y de interpretación y que se propone analizar me-
tódicamente la poesía de Barba-Jacob, el autor se reco-
noce deudor, en gran medida, de los escritores que le
han precedido, y ha hecho constar, en los casos corres-
pondientes, la procedencia de los juicios ajenos; como
también, en otros casos, su disconformidad con ellos. No
cree haber aportado a la comprensión de esta obra poé-
tica más novedad que el sistema y la meta de conoci-
miento: las visiones del mundo, entendidas a través de
la intuición de la muerte, que es el pensamiento gene-
rador de la obra, el móvil trascendental a que ha obe-
decido la inspiración del poeta 41 . Ni pretende haber reve-
lado la interpretación única y definitiva del secreto de
esos extraños versos: no ha agotado la dottrina che s'as-
conde sotto il velame degli versi strani42. Pero espera
40
Antorchas, págs. 11-38.
41"
La crítica de Caro puede llamarse filosófica, p o r q u e . . . pone de
manifiesto el pensamiento generador de una obra, el móvil trascendental
a que ha obedecido la inspiración del artista", en ANTONIO GÓMEZ RES-
TREPO, Caro, critico, en Crítica literaria, Bogotá, 1935, pág. 20. De este
modo, yo no he hecho más que aplicar a la poesía de Barba-Jacob los con-
ceptos científico-literarios del gran maestro del humanismo colombiano, Mi-
guel Antonio Caro. Y entre los modernos críticos literarios españoles, he
seguido particularmente las orientaciones de Pedro Salinas, Amado Alonso,
Dámaso Alonso, Carlos Bousoño y otros. Al maestro D. Santiago Montero
Díaz, catedrático de la Universidad de Madrid, debo muy valiosas ense-
ñanzas.
42
Palabras de D A N T E , en Divina Commedia, Inferno, Canto IX, versos
61-63, tomadas del terceto que originalmente formaba el lema del gran
poema Acuarimántinia:
O voi che avete gl'intellelti sani,
mirate la dottrina che s'asconde
sotto il veíame degli versi strani.
60 INTRODUCCIÓN
contribuir a su más cabal entendimiento. Y que el ejem-
plo de los maestros alemanes y españoles, a cuya autori-
dad apela, ampare la osadía de su empresa43.
43
La labor de investigación que ha supuesto este trabajo, la realicé
— ya en mi calidad de doctorando de la Universidad de Hamburgo y con-
tando siempre con la dirección del Profesor Grossmann — en Madrid, du-
rante el año de 1956 y los primeros meses de 1957. Minuciosa tarca de
acopio de materiales sobre el poeta en particular y sobre temas de crítica
literaria en general. Allá escribí, en la primavera de 1957, un trabajo sobre
El pensamiento poético de Porfirio Barba-Jacob, que considero únicamente
como planteamiento inicial del tema propuesto y como base para una obra
de más detenida interpretación, que es justamente ésta, que presenté como
tesis doctoral ante la Universidad de Hamburgo y que ahora publica el
Instituto Caro y Cuervo. (Aquel trabajo inicial, presentado ante la Univer-
sidad de Madrid, me permitió optar al grado de licenciado de esa Facultad
de Filosofía y Letras, que obtuve en junio de 1957; y luego fue publicado
en Thesaurus, tomo XII, Bogotá, 1957, págs. 81-132, merced a la gentileza
de mi maestro don José Manuel Rivas Sacconi, director del Instituto). Si-
guiendo el planteamiento general del primer trabajo, particularmente por
lo que toca a la introducción, realizo ahora un estudio completamente nue-
vo, de mucha mayor extensión en la consideración científica de la obra
poética de Barba-Jacob y de más honda cala en el análisis de los varios
motivos que la animan y que convergen todos a un fin: la visión de la
muerte de la vida, de la vida de la muerte.
PRIMERA PARTE
VISIONES DE VIDA
I
LA EVOLUCION POETICA
DE PORFIRIO BARBA-JACOB
Poeta filosófico —poeta ante todo—, Porfirio Barba-
Jacob es uno de los líricos castellanos contemporáneos de
mayor ambición metafísica, uno de los que más conscien-
temente y con mayor insistencia abordan las causas eternas
de la poesía y el pensamiento humanos. Como en los ver-
sos de su compatriota Silva, "allí la vida llora y la muer-
te sonríe..." 1 Y es también uno de los poetas que ma-
yor unidad presentan en su producción: obra de una sola
pieza, conjunto cerrado y total, como una catedral o una
sinfonía; unidad que desde el principio hasta el fin acu-
sa igual acento, igual preocupación originaria y trascen-
dente. A lo largo de los seis lustros y medio que la com-
prenden (1906-1939), esta poesía revela una evolución de
ritmo interno invariable, con su introducción, su apogeo
y su epílogo. Unidad de visión y de arquitectura que
recuerda, entre los poetas modernos del mundo occiden-
tal, a Baudelaire y sus Fleurs du mal (1857); para no
traer a la memoria el nombre de un común maestro del
1
GUILLERMO VALENCIA, Leyendo a Silva, en Carlos García Prada,
Poetas modernistas hispanoamericanos, Antología, Madrid, Ediciones Cultura
Hispánica, 1956, pág. 249.
64 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
francés y del colombiano, el nombre del autor de la Di-
vina commedia, que, al sentir de Porfirio, "inquiere tra-
zos de la celeste geometría" 2.
Introducción, apogeo y epílogo. Tres épocas pueden
distinguirse en la evolución poética de Barba-Jacob: la
época juvenil (1906-1915), la época de plenitud (1915-
1925), y la época final (1925-1939).
Al primer período pertenecen los aciertos iniciales
de ¡Oh noche! y, sobre todo, La estrella de la tarde, obra
maestra del joven Arenales, que ha sido comparada a la
Ballade des äuberlichen Lebens de Hugo von Hofmanns-
thal 3 ; a la segunda etapa corresponden las creaciones
definitivas de la Canción de la vida profunda, Elegía de
septiembre, Un hombre, La dama de cabellos ardientes,
2
Las tres épocas del poeta corresponden — no cronológicamente, pero
sí espiritualmente— a sus tres pseudónimos, respectivamente: Maín Ximé-
nez, Ricardo Arenales y Porfirio Barba-Jacob. En cuanto a las fuentes bi-
bliográficas, la edición definitiva de su obra poética está aún por aparecer:
ninguna de las colecciones publicadas hasta hoy acata del todo la última
voluntad del poeta, revelada a su amigo Jaramillo Meza, "el testamentario
de su poesía en Colombia", en una serie de cartas escritas poco antes de
morir (México, junio-julio 1941). Cfr. las obras ya citadas de Jaramillo
Meza, Vida, págs. 178-194, y La tierra de la infancia, págs. 41-50 y 79-83.
Contamos, sin embargo, con dos ediciones aprovechables: una mexicana, Poe-
mas intemporales, Editorial Acuarimántima, México, 1943-1944, reimpresa úl-
timamente por Compañía General de Ediciones, S. A., México, 1957 (Co-
lección Ideas, Letras y Vida), que supera en calidad tipográfica a todas
las demás y que es, hoy por hoy, la más asequible al público; y otra co-
lombiana, ya citada, Antorchas contra el viento (1944), que puede consi-
derarse como la más autorizada, por haber acogido, en parte, las versiones
de última hora. En lo sucesivo, en el curso de este trabajo, las notas se re-
ferirán a estas dos ediciones, adoptando las abreviaturas de A para Antor-
chas, e l para Poemas intemporales (1957). Así, la referencia a Dante,
transcrita en el texto, procede de: A 122, I 183.
3
SILVIO VILLEGAS, El valle del crepúsculo, en Sábado, Bogotá, Co-
lombia, 16 de febrero de 1944, págs. 4, 14.
I. LA EVOLUCIÓN POÉTICA DE BARBA-JACOB 65
Los desposados de la muerte, El son del viento, Acuari-
mántima, Balada de la loca alegría, Canción de la noche
diamantina, La reina, Futuro, y —entre otras, la últi-
ma — Canción de la hora feliz; de la época final son tan
sólo unas cuantas poesías, con rasgos de interés, pero que,
en conjunto, representan la desintegración poética del
autor: Porfirio está ya interiormente agotado por el es-
fuerzo creador de los años precedentes.
En cuanto a su actitud anímica, esta poesía se inicia
con cantos de amor a la naturaleza, que es la naturaleza
de su tierra antioqueña y de las tierras que el poeta va
recorriendo en sus primeros viajes. Es entonces poesía de
acento eglógico, de leves nostalgias y de plenitud del
goce juvenil, y en ella domina una visión optimista del
mundo; sin embargo, ya en esta primera etapa, aparece
también, entreverada con "el aroma de mis campos na-
tivos" 4, la representación de la vida como un camino
nocturno, en el que campean tan sólo el amor y la muer-
te: "¡Oh noche del camino, vasta y sola, / en medio de la
muerte y del amor!" 5 ; así como la pregunta por el sentido
de las cosas y por el más allá:
Me quedo preguntándome a mí mismo:
¿para qué sirve un á r b o l ? . . .
¿para oír el silencio de la noche? 6
¿Quién sabe en la noche que incuba las formas
de adusto silencio cubiertas,
qué brazo nos mueve, qué estrella nos guía? 7
4
Verso del soneto galante Teresita (ca. 1905), en ALBERTO U P E G U I
B E N Í T E Z , Egégesis literaria de las poesías de Barba-Jacob, Medellín, Colom-
bia, 1942, pág. 185.
5
A 88, I 175.
6
A 86, I 65.
7
A 89, I 66.
66 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
¿Quién puso en nuestro espíritu anhelante,
vago rumor de mares en zozobra,
emoción desatada,
quimeras vanas, ilusión sin obra?
Hermano mío, en la inquietud constante,
nunca sabremos n a d a . . . 8 .
Nunca sabremos nada. Esta oposición entre el mun-
do claro de la naturaleza y el mundo crepuscular de la
incertidumbre, se resolverá luego — en la época de pleni-
tud creativa— por la negación, por la oscuridad, por la
desolación. El crepúsculo se ha convertido en noche cerra-
da, y en ella la estrella de la tarde alumbrará sólo por
instantes. La contemplación de la naturaleza no desapa-
recerá nunca del todo, y traerá albas pasajeras a su co-
razón. Mas la noche persiste y lo domina todo: "allende
la última belleza que el [ser] conciba se extenderá siem-
pre 'una negrura que da vértigos'" 9 . Tal es la actitud
característica de la poesía de Barba-Jacob, a través de la
cual el poeta obtiene su originalidad y su grandeza.
En medio de la noche de la vida, el poeta no vis-
lumbra nada, nada más que la muerte (el amor es luju-
ria que hacia la muerte lleva); y toda su gran poesía no
significa más que un viaje profundo en busca de la muer-
te. Mas he aquí que Porfirio es un gran enamorado de
la vida, y son la ternura y la compasión hacia sus seme-
jantes los móviles de su sacrificio; pues él marcha hacia
la muerte como a un sacrificio: se sacrifica por amor
a sus semejantes. Quiere salvar a los hombres, salvarlos
de su olvido de la muerte. Quiere que conozcan la vi-
vencia de la muerte, antes de que mueran. Porfirio quie-
8
A 108, I 68.
9
A 42. (Fragmento del prólogo de un libro inédito, La diadema).
I. LA EVOLUCIÓN POÉTICA DE BARBA-JACOB 67
re preparar a los hombres para la muerte: que la miren
de frente, serenos, y acudan a ella como a una cita de
honor. Y él se ofrece en holocausto: seguro de perecer
en la demanda, Porfirio llega vivo a las proximidades
de la muerte, la contempla, revela su existencia a los hom-
bres — su omnipotente presencia, su estar ya latente en
todos los actos de la vida —, y muere. Porfirio muere
redimiéndonos de nuestro olvido. Poniéndonos en frente
de la muerte, que es la más alta verdad de la vida. Mís-
tico de la muerte, místico de un amor ignorado, sufre
por nosotros un dolor sin número ni nombre. Sufre por
nosotros.
Porfirio es, pues, de manera diabólica, un apóstol
y un redentor, que muere por revelarnos la muerte y
hacernos más clara y más honda la vida. Sentido pro-
fundamente religioso de su creación poética. El hombre
Barba-Jacob es un hermano menor del Hombre Jesús, o
su hijo menor, como Unamuno, que le cantara:
. . . Q u e eres, Cristo, el único
Hombre que sucumbió de pleno grado,
triunfador de la muerte, que a la vida
por Ti quedó encumbrada. Desde entonces
por Ti nos vivifica esa tu muerte,
por Ti la muerte se ha hecho nuestra madre,
por Ti la muerte es el amparo dulce
que azucara amargores de la vida;
por Ti, .. .
. . . el Hombre que dio toda su sangre
porque las gentes sepan que son hombres 10 .
10
MIGUEL DE UNAMUNO, Antología poética, selección y prólogo de
Luis Felipe Vivanco, Madrid, Ediciones Escorial, 1942, págs. 178-179. El
Cristo de Velásquez (1920), primera parte, IV: "¿En qué piensas Tú,
muerto, Cristo mío?".
68 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Este poeta dio —idealmente— toda la sangre, toda
la vida de su poesía, por encontrar la muerte y revelarla
a los mortales en sus versos. Tras la suprema contem-
plación — empresa sobrehumana, ultrahumana—, Por-
firio se desintegra espiritualmente, agotado por el esfuer-
zo creador y aniquilado por la vivencia mortal.
Así se le ve, en la etapa final de su obra, desorientado
y exhausto, prolongando débilmente algunos rasgos de la
plenitud o volviendo a temas semejantes a los de su juven-
tud, como el canto al esfuerzo y a la acción, por el cual
trataba — ya inútilmente — de renovarse. Era entonces
un hombre sin alma, vacío de fuerza poética, aunque con
inteligencia; un espectro viviente que no había perdido
la luminosa clarividencia de su ser anterior y que sabía
que la experiencia lívida de la muerte le había derribado,
como lo declara en sus últimos versos:
Eres falaz ¡oh Numen! La lívida Experiencia
truncó tu vuelo: se ciñó a tus rumbos
y hoy yaces en ruinas por el suelo 11.
El intento de renovación no fue producto de tardío
cambio de actitud, sino que se anunciaba ya en los días
de su apogeo literario. "Confieso que más de una vez me
ha parecido letal la amargura de estas canciones..." 12 .
Barba-Jacob había querido dar un vuelco radical a los
temas y la tónica general de su poesía, porque compren-
dió que, de tanto invocar a la muerte, todos los caminos
de la vida se le cerraban, y que su poesía y su vida espi-
11
A 162, I 153.
12
A 41.
I. LA EVOLUCIÓN POÉTICA DE BARBA-JACOB 69
ritual marchaban de consuno hacia la destrucción. Se di-
rigía al abismo, con pasos fatales; por un momento quiso
apartarse, pero ya era tarde.
Ya en 1920, en sus días triunfales, anunciaba su pro-
pósito de salvarse por el canto a la vida:
Voy a cantar la raza, la patria, los héroes de la Rusia idea-
lista que triunfan y gimen con T r o t z k i y L e n i n . . . Voy a can-
tar las m e n u d a s cosas familiares. . . Voy a levantar el vuelo
hacia la sinfonía poética — en cuanto es posible hacer sinfonías
con palabras — para escribir nuestra epopeya espiritual; pero así,
a relámpagos, como mi c o n d i c i ó n . . . Y, sobre todo, voy a can-
t a r m e a mí m i s m o 1 3 .
Quiso ser el cantor épico de América, y fracasó. Su
numen de poeta civil, manifiesto en cantos a ciudades
amadas — Medellín, Barranquilla, Quetzaltenango, Méxi-
co—, se revela poco vigoroso. Y, sin embargo, supo en-
trever con intuición profética el espíritu de la poesía
americana por venir:
. . . Un alma de h o m b r e sano cantando a la vida en la ale-
gría mística de la N a t u r a l e z a , a grito a b i e r t o . . . Un hombre-
h o m b r e . . . U n ebrio d e l a gloria d e Simón B o l í v a r . . . U n a u g u r
de la ventura de nuestra América hispana, toda temblor de ma-
terna p r o m e s a . . . Un bardo que acoja hoy la tristeza desespe-
rada de los humildes, que están locos de rabia y a m e n a z a n el
eje d i a m a n t i n o de esta sociedad i n i c u a . . . Un bardo que com-
prenda la justicia de la ira social, el oprobio de los millones
13
"La divina tragedia, el poeta habla de sí mismo" (1920), A 69,
I 35-36. El propósito de levantar el vuelo hacia la sinfonía poética para
escribir una epopeya espiritual, y de cantarse a sí mismo, lo realizó, en
gran parte. En 1921 dio su forma casi definitiva a Acuarimántima (1908,
1921, 1933), que es sinfonía poética grandiosa, odisea de su espíritu, canto
a sí mismos canto agonista.
70 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
frente a la ironía de los suelditos. . . Un hombre que advierta
en el giro de las horas el giro de la Edad, porque fluctuamos en
el crepúsculo de una Edad del m u n d o . . . Un alma así, un hom-
bre así, un bardo de los que resumen todo el clamor de su tiem-
po, no lo pide nuestra generación literaria, aunque seguramente
sí la que no es literaria, y nos lo demandará la posteridad 14 .
Fue solo el teorizante de esta poesía nacional ame-
ricana, que habían iniciado Andrés Bello, Rubén Darío y
Santos Chocano, y que culminaría en el Canto general
(1950) de Pablo Neruda. Barba-Jacob fue, en cierto mo-
do, el profeta de Pablo Neruda. La posteridad inmediata
exigió la aparición del mesiánico bardo. Porfirio sabía
lo que se decía. Pero él mismo no supo ser ese bardo es-
perado, ni otro distinto del que había sido siempre.
Al final de sus días, insistía en una nueva transfi-
guración. Hacia 1931, ya una vida en derrota, creía ha-
blar "desde un alba de otoño que anuncia reverbera-
ción", incorporándose con "nueva sensibilidad, nuevas
ideas y nuevo ánimo ante la vida". Quería tener aún fe
en el "hombre actual" y el "hombre futuro" que había
en él:
Mi verdadera plenitud empieza ahora, más allá de las tres
dimensiones. Y, a lo que parece, luz primaria y silencio polifó-
nico inundan de nuevo el éter y señalan, delante de mí, rutas
innumerables 15 .
El profetismo de Barba-Jacob falló esta vez. Su poe-
sía no se renovó, como él esperaba, pues que estaba muer-
ta, corroída en su base por su propia desesperanza. Aquel
14
A 59, I 27.
15
"Claves" (1931), A 73, 74, 79, I 38, 43.
II. MOTIVOS DE VIDA Y DE MUERTE 71
"príncipe sombrío" 16, Rey de la Muerte, no logró con-
vertirse en Rey de la Vida, a la manera de Oscar Wilde
— King of Life—, pues su reino no fue de este mundo:
hermano — si no del divino Jesús — del humano y mor-
tal Dostoyevski.
La voz de Porfirio era entonces un eco del pasado,
un eco aterrador por su sinestrismo y perenne por su
autenticidad. Autenticidad suicida y, no obstante, reden-
tora. Pues al invitar desde sus versos a rehacer su trayec-
toria lúgubre —el viaje del que él no retornó—, Por-
firio enseña a ser más humanos a los hombres.
II
MOTIVOS DE VIDA Y DE MUERTE
Los temas de la poesía de Barba-Jacob son los temas
de todos los grandes poetas que en el mundo han sido.
La vida, representada por el amor y la muerte, es, en de-
finitiva, el tema central de toda poesía y de todo arte 17 :
Porfirio mismo lo declara: "¡Oh noche del camino...!",
al igual que Leopardi:
Fratelli, a un tempo stesso, Amore e Morte,
Ingeneró la sorte.
16
JARAMILLO M E Z A , Vida, pág. 54.
17
DÁMASO ALONSO, en su estudio sobre "La poesía de Vicente Aleixan-
dre", afirma que "su tema central es el tema central —y ú n i c o — de la
poesía y de todo arte: la vida. Es decir, la muerte y el amor". Poetas espa-
ñoles contemporáneos, Madrid, Editorial Gredos, 1952 (Biblioteca Romá-
nica Hispánica), pág. 289. Esta idea es común a todo el pensamiento lite-
rario español contemporáneo, de Unamuno a Salinas, de Amado Alonso a
Bousoñó.
72 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Mas en Barba-Jacob, como en algunos capitales poe-
tas castellanos, todos los elementos de la vida y de la
poesía desembocan en uno: el aniquilamiento. Es este
americano moderno del linaje milenario de Manrique:
Recuerde el alma dormida,
avive el seso y despierte
contemplando
cómo se pasa la vida,
cómo se viene la muerte
tan callando...
Nuestras vidas son los ríos
que van a dar a la mar,
que es el morir;
allí van los señoríos
derechos a se acabar
y consumir;
allí los ríos caudales,
allí los otros medianos
y más chicos;
allegados son iguales
los que viven por sus manos
y los ricos 18 .
Gran desolado, Barba-Jacob es un poeta de la vida,
sí, pero como Manrique, poeta de la vida en presencia
18
Cfr. PEDRO SALINAS, Jorge Manrique o tradición y originalidad, se-
gunda edición, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1952, págs. 141-142,
146-147. (A propósito, el análisis de Salinas sobre "Jorge Manrique ante
la tradición de la Muerte: las Coplas", es una verdadera obra maestra de
crítica literaria, ejemplar e iluminadora).
II. MOTIVOS DE VIDA Y DE MUERTE 73
de la muerte, de la vida agonizando ante la muerte, de
la vida que se identifica con la muerte l9).
En su obra, de un extremo al otro, un solo cordel
tirante divide el horizonte. Y arriba está el azul; abajo,
el abismo. Vida y muerte enfrentadas; naturaleza y muer-
te, infancia y muerte, alegría y muerte, dolor y muerte,
amor y muerte, espíritu y muerte, esperanza y muerte,
horror y muerte, eternidad y muerte. ¡Muerte, muerte,
muerte!
En esta agónica unidad dislocada que es su poesía,
hay, sin embargo, un sistema oculto, igual que en la
sinfonía y en la catedral. Es el sistema de sus visiones del
mundo, condicionado por dos categorías internas: los
motivos de vida y los motivos de muerte. Son motivos
de vida todo lo que hay de vivo en esta poesía, todos los
elementos poéticos anteriores a la muerte: la propia vida,
el mundo, la naturaleza, la infancia, el amor, la mujer,
la lujuria, la alegría, el pecado, la poesía, el dolor, el es-
píritu, el sentimiento de fugacidad y de eternidad. Entre
los motivos de muerte, sólo la muerte reina, la eternidad
desesperada de la muerte. Ya en los motivos vitales se
anuncia y amenaza la muerte: está en todos los signos
de la vida, y, sobre todos, la anticipan el amor, la luju-
19
Sin embargo, su poesía no es poesía de muerte por la muerte, sino
de muerte por la vida: Porfirio busca la muerte para hacer más viva la
vida humana. De él se puede decir lo que ha dicho Pablo Neruda de Que-
vedo: "Quevedo me dio a mí una enseñanza clara y biolójica. No es el
transcurriremos en v a n o . . . sino la llave adelantada de las vidas. Si ya
hemos muerto, si venimos de la profunda crisis, perderemos el terror a
la muerte. Si el paso más grande de la muerte es el nacer el paso menor
de la vida es el morir. / Por eso la vida se acrecienta en la doctrina que-
v e d e s c a . . . " "Viaje al corazón de Quevedo", Viajes, Santiago de Chile,
Nascimento, 1955, págs. 18-19.
74 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
ria, el pecado, el dolor, la fugacidad. La vida es sólo el
primer grado de la muerte, y todas las cosas llevan a ella,
como los ríos al mar.
El estudio del pensamiento vitalista de Barba-Jacob
será, por lo tanto, base para la inteligencia de su pensa-
miento agonista y mortal, clave de su numen.
III
VISION DEL MUNDO
Hay en Barba-Jacob dos maneras de contemplación
del mundo, que corresponden a la época juvenil y la
época de plenitud del poeta, respectivamente. En la pri-
mera domina una actitud optimista y cordial hacia los
seres y la naturaleza, en tanto que en la segunda domina
una actitud pesimista y sombría, que se resuelve en an-
gustia y desesperanza. No hay, naturalmente, una sepa-
ración decidida entre estas dos posiciones, pues la segun-
da se anuncia ya en la primera (ya se ha visto cómo, en
medio del "aroma de mis campos nativos", aparecen la in-
terrogación angustiada y el lamento baldío), y, a su vez,
la primera actitud se prolonga, con intermitencias, a lo
largo de toda su obra. Mas la oposición subsiste.
El poeta nos cuenta, entre sus recuerdos de infancia,
que ya entonces "amaba la flor de San Juan, porque sus
hondos tonos violáceos tenían el color de mi represen-
tación del mundo" 20. Este color morado, que es el color
20
A 5 1 , I 20.
III. VISIÓN DEL MUNDO 75
de la Semana Santa, el de la pasión y muerte de Jesús,
preside la visión del mundo del poeta, desde su propia
niñez; con los años irá adquiriendo tonos más profun-
dos y sombríos, hasta acabar convirtiéndose en una os-
curidad sin esperanza. Pero, por lo pronto, en los años
de su juventud y en las horas de plenitud mística de
siempre, a tan siniestra visión se sobreponen los senti-
mientos de alegría por el goce de la vida y de serenidad
por la ternura hacia las cosas.
Y escuché que cantaban su canción de ambrosía
Pisinoe en la onda y en la onda Aglaopea.
El mundo como un cóncavo diamante parecía
henchido hasta los bordes por la amorosa idea 2 1 .
Es la época inicial, en que el mundo se le aparece
pleno de la idea del amor y la belleza. "Cuando alborea-
ba mi adolescencia, y el mundo ya no me parecía un es-
pectáculo — sino una granada, una brisa dulce y un jo-
ven amigo hermano de mi novia..." 2 2 . Idea que ya ha-
bía expresado en versos como estos:
y vi el mundo como una granada
que se abría 23 .
Era un mundo riente, iluminado por la luz de su
pensamiento:
21
A 196, I 130-131.
22
A 45, I 15. De su hermana Mercedes ha dicho también que era
"como una granada entreabierta en la delicia de castos festines". Y el her-
mano de su novia, Francisco Jaramillo Medina, llegaría a ser también poeta.
23
A 128, I 96.
76 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Bajo su luz, el mundo reía en la alborada,
y la alborada fue mi honda de David.
¡Oh ternura sin lágrimas de la luz aniñada
jugando en los racimos maduros de la vid! 2 4
Radiante Weltanschauung que inunda el corazón del
poeta, por ejemplo, al trabar conocimiento con uno de
Los desposados de la muerte:
Cuando le vi en el vano ejercicio de la vida
me pareció que me envolvía el rumor de una selva,
y me inundó el corazón la virtud musical de las aguas.
¡Hay almas tan melódicas como si fueran ríos
o bosques a las orillas de los ríos! 25.
La belleza del mundo aparece siempre cantada de
nuevo:
La noche es bella en su embriaguez de mieles,
la tierra es grata en su cendal de brumas;
vivir es dulce, con dulzor de trinos;
canta el amor, espigan los donceles;
se puebla el mundo, se urden los destinos... 26 .
Del dombo de los cielos se desprendió una estrella,
y su visión fue trazo de la belleza suma. .. 27
¿Dónde está mi visión: el parto místico,
el oro del octubre, el carro, el día,
tu voz dilecta, tu ademán jocundo;
en fin, la realidad suma y perfecta
de aquella hora del mundo,
24
A 125, I 169.
25
A 132. I 122.
26
A 144, 1 117.
27
A 212, I 164.
III. VISIÓN DEL MUNDO 77
con su fluir,
con su ondular,
entre el rumor
del espigal,
en la dulzura
del vivir? 28
El hombre aquel inclina la cabeza,
oye un tumulto lírico en su pecho,
y sus ásperas formas armonizan
del mundo con el plácido concierto 29 .
A menudo el procedimiento empleado para descri-
bir sus radiosas visiones se reduce a la enumeración:
Un monte azul, un pájaro viajero,
un roble, una llanura,
• —
un niño, una canción... 3 0
Y miro al mar ardiente, el monte flavo
que suaviza el azul, la estrella límpida
rielando en el rocío del capullo;
y en sus cunas los cándidos i n f a n t e s . . . 3 1
Yo he cruzado la senda que decora la grama
Y he visto ya las hierbas olorosas,
Y he visto ya las mieses abundantes
Y la sangre que brota de alguna herida abierta
28
A 191, I 120.
29
A 197, I 138.
30
A 108, I 68.
31
A 96, I 50.
78 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Y he visto ya los niños fraternales
Y he visto el mar, que todo lo compendia;
y más allá del mar la génesis del d í a . . . 32
De pronto, la enumeración de las cosas de la tierra
se llena de ardor y de pasión:
. .. Andando el tiempo, la vida y los países,
vi mil cosas. . . Vi arder la tierra en su extensión.
Paisajes de montañas, doncellas que suspiran,
danzar entre guirnaldas... La mies ya está madura
y al júbilo es el día, la noche a la pasión 33 .
De la visión objetiva del mundo, el poeta ha pasado
al sentimiento apasionado de su mundo; y, por la vía
de los sentidos, sus visiones van ganando en interiori-
dad, se van enriqueciendo de vida espiritual. Las cosas
van adquiriendo realidad en lo hondo de su alma. Sólo
es verdad su sueño:
Los que gozáis las cosas sin ímpetus ni vuelcos,
sin radiaciones íntimas, igual y cotidianamente fáciles;
y pensáis que la vida es esto que miramos,
y una ley, un amor, un ósculo y un niño;
los que decís: "Está amaneciendo",
y no lloráis el milagro del lirio del alba 3 4 .
32
A I75-176. I 78-79.
33
A 181-182, I 92.
34
A 186, I 104.
III. VISIÓN DEL MUNDO 79
Yo miraba el crepúsculo
y creía que eso era el crepúsculo.
¡Sí, tácita en la noche, la estrella está detrás! 3 5
En prosa nos explica cómo: "Yo antes veía el cre-
púsculo y creía que ese era el crepúsculo. Después supe
que el verdadero crepúsculo es el que está en lo íntimo
de nosotros..." 36 . Penetrado por este superior conoci-
miento, el poeta llega, a veces, a una divina comunión
con el paisaje circundante:
A veces, reclinado junto al balcón, contemplo
el bermellón del lienzo de lumbres del Ocaso,
el azul virginal, la nube, el sol, el ámbito...
Me miro en mí. . . La proyección etérea
de mi sombra en la luz hacia los montes. . .
Montes de Guatemala...
Me miro, miro el mundo, y aun escucho
vibrar el aire, arder — ¡amar!— de pensamiento
por divinos relámpagos innúmeros cruzados... 37
El mundo le es armonioso. La armonía preside el
temple de sus visiones. El tema de la armonía es uno de
los motivos conductores del gran poema sinfónico Acua-
rimántima, que representa la epopeya de su espíritu. No-
temos de paso que este tema había sido grato a Rubén
Darío, el gran maestro de Porfirio; en el prólogo a los
Cantos de vida y esperanza (1905), Rubén canta:
35
A 195, I 130.
36
A 69, I 35. Palabras que recuerdan otras de Novalis: "Nach
innen geht der geheimnisvoile W e g . In uns oder nirgends ist die Ewigkcit
mit ihren Welten, die Vergangenheit und Zukunft".
37
A 205, I 150.
80 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
. . . peregrino mi corazón y trajo
de la sagrada selva la armonía.
¡Oh, la selva sagrada! ¡Oh, la profunda
emanación del corazón divino
de la sagrada selva! ¡Oh, la fecunda
fuente cuya virtud vence al destino!
la eterna Vida sus semillas siembra,
y brota la armonía del gran Todo 3 8 .
Pues bien, el tema de la armonía se torna en Barba-
Jacob, de repente, complicado de matices sombríos:
¡Armonía! ¡Oh profunda, oh abscóndita Armonía!
Tenebrosa, recóndita Armonía..
¡Armonía! ¡Armonía! 39 .
¿Qué ha pasado? ¿Se ha quebrado inesperadamente
la serenidad de sus visiones? Así es, en realidad. A poco
andar por los caminos interiores de su poesía (Nach
innen geht der gcheimnisvolle Weg), se descubre que el
mundo ha herido la conciencia del poeta. Es ya la intro-
ducción a la angustia:
Turbaban mi consciencia en el precario
vivir, el ala inquieta, el viento vario,
fantasmas familiares,
38
En GARCÍA PRADA, Poetas modernistas, pág. 151.
39
A 93, 94, 107, I 47, 48, 6 1 .
III. VISIÓN DEL MUNDO 81
misterios presentidos,
amores y cantares
de jóvenes floridos,
el vino, el m a r , el día en el A c u a r i o 4 0 .
El mundo le resulta vacío e incomprensible. De nada
vale la rebeldía: "alzan sus puños en el vacío / los pen-
samientos" 41. Las cosas del mundo son vacías, vanas y
mudas:
Volví los ojos en repentina mirada atenta,
y vi las cosas... Había en todas una m u d e z . . .
Y . . . —¡oh desvarios!, ¡oh desvarios!— yo suspiraba:
"Espectros vanos, moldes vacíos
que hay que moverlos como las piezas del a j e d r e z . . . " 4 2 .
Esta condición del mundo y de las cosas, crea en el
poeta la angustia. Angustia trascendente que hace de
Barba-Jacob un poeta metafísico43, preocupado por el
problema del ser y del no ser (la inspiración es clara-
mente shakesperiana: To be or not to be.. .) 4 4 . He aquí
40
A 101, I 54-55.
41
A 97, I 5 1 .
42
A 152, I 205.
43
Un poeta metafísico, dice Serrano Poncela, es " u n poeta que ancla
en las aguas de la existencia, contempla su alrededor y se siente viviendo
como hombre en un m u n d o ininteligible, precario, contingente y lleno de
contradicciones, la principal de las cuales es vivir sin saber por q u é " . An-
tonio Machado, pág. 12. El mismo autor ha hablado de una tradición me-
tafísica de la poesía española, reducida a unos cuantos representantes: fray
Luis, Quevedo, Calderón, U n a m u n o y Machado. De igual manera podría
hablarse de una moderna corriente metafísica en la poesía americana, repre-
sentada, al menos, por Barba-Jacob, Vallejo y Neruda.
44
Barba-Jacob revela la inspiración hamletiana de su preocupación me-
tafísica: "El problema es otro. Más antiguo y más complejo que el del
6
82 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
que el poeta encuentra que su alma —su vocación poé-
tica— forma también parte del mundo (de ese mundo
que, a su vez, se hace real y verdadero en lo hondo de
su alma); así, turbarán su conciencia y le angustiarán
el vino, el mar, el día,
y la meliflua vocación interna:
sentir, cantar, en raptos doloridos
"ser yo", — "no ser" —, en sucesión alterna 45 .
De la angustia al dolor no hay más que un paso. El
poeta canta en raptos doloridos. He aquí la visión defi-
nitiva: el mundo está regido por el llanto. Porfirio, el
antiguo Main, lo revela al presentarse, de entrada, en el
poema Acuarimántima:
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto 4 6 .
Dolor y ebriedad nutrirán su cosmovisión. Frente
al dolor que el mundo le produce, el poeta, soberbio, ele-
Principe de Dinamarca. Parece cargado de explosivos. Rezuma de razón
pura y de razón práctica en dolorosas a l t e r n a t i v a s . . . Yo era, pues — i n -
tuitivamente—, un hombre metafisico.. ." A 75, I 40. Y pocos días antes
de morir decia al poeta colombiano Germán Pardo García: " . . . l a poesía
ha sido para mi la mejor recompensa. Recompensa de haber nacido, de
tener que morir, de sufrir y de encontrarme dentro del mundo. Esa es la
angustia h u m a n a . . . la eterna pregunta de Hamlet: ¿Soy? ¿No soy? ¿'A
dónde voy a ir? ¿Por qué he venido?" Cfr. JARAMILLO MEZA, Vida, págs.
118-119.
45
A 101, I 55.
46
A 93, I 47. La palabra embriaguez va entendida en el texto en su
sentido literal e inmediato; pero el poeta indudablemente se ha referido
también a la embriaguez de la inspiración poética y de la pasión amorosa.
III. VISIÓN DEL MUNDO 83
va la alegría ficticia y pasajera del vino y el placer. Pe-
sar ante la vida y la muerte, y, frente a ellas, como desa-
fío, los goces dislocantes. Dueños de su mundo, el llanto
y las orgías, serán ya constantes de su pensamiento poé-
tico. Mas Porfirio, pletórico de sabiduría antigua, cons-
tatará también
que la alegría es lúgubre; que rodarán marchitas
sus rosas en la onda de lúgubre vaivén.
Y que hay en las orgías un grito de pavura,
tras la sensualidad del goce juvenil 4 7 .
El goce que oponía al dolor y a la muerte, se le tor-
nará, a su vez, en llanto... Pena y más pena, desolación
sin fin, darán su tónica más honda a sus visiones de poe-
ta. Aquella Weltanschauung lila de su infancia y juven-
tud se ha ido ensombreciendo definitivamente, y se hace
cada vez más nocturna y más tétrica. La propia luz de
la mañana se le convierte en noche:
Hay en la plenitud de la mañana
un inútil rebase. Densa bruma
vendrá a cubrir el farallón lontano,
y la noche en la luz, la noche inmensa
parece que se palpa con la mano 4 8 .
Y ya no la mañana, sino el atardecer, se cierne sobre
el mundo, y abre paso a la noche, a la noche sin luz (real
o soñada):
47
A 160, I 93
48
A 164, I 152.
84 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
(El sol sus rayos amortigua.
Baja la tarde a la llanura,
doliente, lívida y exigua,
y la extensión bajo sus besos
es mas oscura, es mas o s c u r a . . . ; .
Bórranse los senderos en la sombra;
el corazón del monte está cerrado;
el perro del pastor trágicamente
aúlla entre las hierbas del vallado 50 .
Al fin, en el mundo sólo existe la noche.
Y al cabo, estar colmadas las noches de infortunio.
¡Qué silencio tan lóbrego! ¡Qué frío el corazón!
En la noche sin sueño en que croan las ranas,
qué fantasmas y cuánto delirio que pasó...
Un vino aurifulgente, de ensueño mortecino. . .
y un anhelo que no lo colma n a d a . . .
Entre tapiales rotos, la lúgubre altamiza:
sangrando en sus ruinas mi propio c o r a z ó n . . . 5 1 .
Y la noche — luego se verá — es ya vivencia de la
muerte. La vida se identifica con la muerte. Forma ciega
en negrura ilimitada, verso admirable de Porfirio, podría
sintetizar su concepción totalizadora del mundo, de su
propio mundo interior, en el cual La Reina es la Nada:
nihilismo absoluto52.
49
A 223, I 178.
50
A 108, I 68.
51
A 182, I 92.
52
A 155, I 111. El propio autor llama a este poema "grito nihilis-
ta", A 77, I 41.
III. VISIÓN DEL MUNDO 85
No parece hallarse actitud más sostenidamente deso-
lada entre sus contemporáneos de lengua castellana. No
es sólo el temor ante la futura muerte, que hace estreme-
cer a Miguel de Unamuno:
¡ T ú también morirás, morirá todo,
y en silencio infinito
d o r m i r á para siempre la e s p e r a n z a ! 5 3
Es más que eso: es la muerte que devora la vida,
como Saturno a sus hijos en el cuadro de Goya. En los
versos de Porfirio, la vida ya no existe. ¡Sólo la muerte!
Su temor no se crispa sólo ante la muerte, sino ante la
vida misma, que es ya la muerte. De querer buscar orí-
genes a su crispadura, habría que volver — trescientos
años atrás — a la poesía agonizante de Francisco de
Quevedo:
53
Antología, pág. 11: Para después de mi muerte (1907). Al decir
sus contemporáneos, me refiero a los poetas de su propia generación y de
la inmediatamente anterior; entre ellos Darío, Unamuno, Machado, Jimé-
nez, la Mistral, los modernistas españoles y americanos. Pues en la gene-
ración que sucede a la suya, Neruda, Residencia en la tierra (1925-1935),
y Vallejo, su obra entera (1918-1938), son agonistas que contemplan el
m u n d o igualmente muerto. Véase el poema de Vallejo, Estáis muertos (Tril-
ce, 1922), Poesías completas (1918-1938), recopilación y prólogo de César
Miró, segunda edición, buenos Aires, Editorial Losada, S. A., 1953, págs.
143-144. Y Neruda mira su poesía "solitaria en el m u n d o muerto". Cfr.
AMADO ALONSO, Poesía y estilo de Pablo Neruda, interpretación de una
poesía hermética, segunda edición, Buenos Aires, Editorial Sudamericana,
1951, pág. 320. Y hay que observar que Vallejo muere prediciendo su pro-
pia muerte, diciendo un Sermón sobre la muerte (1937) y cantando la Ima-
gen española de la Muerte (1937-1938); en cambio, la poesía de Neruda
se transforma a partir de 1936 en una poesía vitalista, de inspiración béli-
ca, social e histórica, que culmina en el Canto general (1950). Y sigue
siendo, hoy, vitalista, en la ternura religiosa de las Odas elementales (1954,
1956).
86 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Temo a la muerte, que mi miedo afea;
amo la vida, con saber es muerte:
tan ciega noche el seso me rodea 54 .
Ya no es Ayer; Mañana no ha llegado;
Hoy pasa, y es, y fue, con movimiento
que a la muerte me lleva despeñado.
Azadas son la hora y el momento,
que, a jornal de mi pena y mi cuidado,
cavan en mi vivir su monumento 5 5 .
En el hoy y mañana y ayer, junto
pañales y mortaja, y he quedado
presentes sucesiones de difunto 5 6 .
IV
NATURALEZA
La contemplación de la naturaleza crea en él una
visión plácida. En aquel canto de desolación que es toda
su obra, la naturaleza —como palmera en el desierto —
comporta un sentimiento sereno. Ella tiene para Porfirio
calidades divinas: está vista con ojos de poeta panteísta.
Y el contacto con esa divinidad crea sólo imágenes pu-
ras, hijas de un lírico misticismo contemplativo.
Recuérdese que su amor a la naturaleza arranca de
su misma infancia, vivida entre montañas, y que su pri-
mera poesía es, justamente, descriptiva o añorante de esas
54
QUEVEDO, Obras completas, II, Obras en verso, Edición crítica de
Luis Astrana Marín, Madrid, Aguilar, S. A. de Ediciones, 1952, pág.
452, vii.
55
Ibid., pág. 475, lxxxix.
56
Ibid., pág. 474, lxxxviii.
IV. NATURALEZA 87
montañas. Son las montañas de Antioquia, donde Por-
firio — citando una estrofa de su paisano el poeta Gre-
gorio Gutiérrez González — había oído en noches de lu-
na coros de peones,
cantando a todo pecho la guabina,
canción sabrosa, dejativa y ruda;
ruda cual las montañas antioqueñas
57
donde tiene su imperio y fue su c u n a . . . .
E r a en la época de la adolescencia, c u a n d o sus mejores
amigos — entre ellos el hermano de su novia, poeta tam-
bién— compartían su sentimiento de la naturaleza:
Francisco, hermano de ellas, Juan de Dios y Ricardo
amaban con mi amor las músicas del río;
las noches blancas, blancas, ceñidas de luceros;
las noches negras, negras, ardidas de cocuyos;
el són de las guitarras,
y, entre quimeras blondas, el azahar volando... 58 .
Pues bien, esta veta de amor a la naturaleza no se
apagará ya más, ni siquiera cuando arrecien las tormen-
tas del alma: el poeta conservará su emoción religiosa
ante los montes y los ríos, los caminos y el mar, el cielo
y el crepúsculo. Son sólo instantes, como breves oasis de
ternura, en medio del torbellino trágico del mundo.
Cruzando las campiñas, tiemblo bajo la gracia
de esta bondad augusta que me llena...
¡Oh dulzura de mieles! ¡Oh grito de eficacia!
¡Oh manos que vertisteis en mi espíritu
la sagrada emoción de la noche serena! 59 .
57
Cfr. A 44, I 14.
58
A 145, I 148.
59
A 91-92, I 76-77.
88 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
O bien
La noche azul me cubre;
mi frente se circunda
de lirios y de estrellas,
y nace mi bondad y va fluyendo;
y en la inquietud absorto,
sobre la hierba trémula,
mi corazón humilde
ama todas las cosas;
y siento hervir mi sangre,
y quiero derramarla,
y esta virtud cruenta
me va purificando. . . 60.
El poeta siente "el éxtasis divino del silencio / de-
bajo de los árboles..." 6 1 ; y encuentra que el campo
tiene virtudes sagradas, en cuyo contacto se aclara y se
conforta su propia vida:
¡Oh, qué gran corazón el corazón del campo
en esta noche azul y pura y reverente,
todo lleno de amor y de piedad sagrada
y fuerza suficiente!
Yo le escucho latir y comprendo mi vida:
me parece tan clara, tan profunda, tan simple,
y no pienso que soy un barro deleznable,
y que la brega es dura y corta 62 .
Cuatro elementos de la naturaleza, las montañas, el
cielo, el mar y el viento, merecen especial consideración:
60
A 218-219, I 172-173.
61
A 218, I 172.
62
A 217, I 171.
IV. NATURALEZA 89
son los cuatro rasgos esenciales de su contemplación del
mundo inanimado.
Las montañas, las amigas de su infancia, se le apa-
recen como deidades que duermen. (Interpretación que
está influida por la mitología azteca, sin duda; por la
leyenda que rodea a uno de los volcanes cercanos a la
ciudad de México, el Iztlaccíhuatl, que quiere decir jus-
tamente "mujer dormida"):
Montaña que el sol transfigura,
Tabor al febril mediodía,
silente deidad en la noche estelífera y pura 6 3 .
. . . sobre el pináculo donde el alcor culmina
(¡colmado, tibio seno de una deidad yacente!) 6 4 .
Los montes irradian el amor: "Más amor que estos
montes — ¿ en qué montes ? —" 65. Y son puros, más pu-
ros que su numen, que a semejanza de ellos se ilumina:
Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio de dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte 65.
El cielo está visto en los dos extremos del día: la
aurora y el ocaso; las dos encrucijadas del día y de la
noche; en ellos se verifica la vida y la muerte de la luz.
63
A 119, I 81.
64
A 112, I 190.
65
A 215, I 166.
66
A 94, I 48.
90 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Instantes de hermosura suprema. La aurora es, para el
poeta, clara, milagrosa, mística y sagrada: sentimientos
profundamente religiosos. Dios está en el alba.
Y el claro sortilegio de la aurora
bruñó mi lira y la libró de errumbre 67
los que decís: "Está amaneciendo",
y no lloráis el milagro del lirio del alba 68 .
Bajo el ala de luz del alba pura
que anuncia el parto místico del día 69.
¡Oh quién mirar pudiese la sombra iluminada
y como abierta en lampos de una aurora sagrada! 7 0
Frente a la tarde y al ocaso, se percibe una emoción
serena y compartida, que acerca el ocaso al ser humano;
uno y otro están regidos por igual temple de alma:
Y un incendio de estrellas se levanta
en tu pecho, tranquilo ante la tarde,
y en mi pecho en la tarde sosegado 71 .
. . . en las purpúreas horas
en que la tarde, conmovida, rinde
sus violetas al mar, y en los pinares
ardiente soplo de inquietud imprime,
ella, la joven lóbrega, se incendia
67
A 99, I 53.
68
A 186, I 104.
69
A 190, I 119.
70
A 212, I 164.
71
A 109, I 69.
IV. NATURALEZA 91
en albas de suavísimos matices,
mientras —cautivo de visión gozosa —
más allá de la tarde un niño r í e . . . 7 2 .
El acercamiento llega a la identidad, así en cuanto
al poeta como en cuanto a la figura misteriosa de La in-
fanta de las maravillas:
¡Oh tarde!, estoy en ti y estás en mí,
por milagrosa e íntima fusión. . . 73
De súbito hacia el fondo del campo enardecido,
una Infantina esbelta, una niña inasible,
que era las maravillas y el crepúsculo 74 .
Y otros sentimientos y actitudes invaden al poeta
ante el ocaso: la duda, la incertidumbre, la incompren-
sión, la conciencia de la imposibilidad del saber trascen-
dente:
Cuando las sombras fluyen bajo la luz eterna
del crepúsculo. ..
oigo, cual si brotaran de lúgubre cisterna,
vocablos inarmónicos, llamamientos vivaces
a que nadie responde, y epítetos procaces
como rojizos lampos de la pasión interna..
Y no comprendo nada 7 5 .
72
A 198, I 139.
73
A 236, I 196. (Canción sin motivo, suprimida a última hora por
el autor). Véase también A 158, 1 159 (La hermana, igualmente supri-
mida).
74
A 181, I 91.
75
A 112, I 190.
92 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Apoya tu fatiga en mi fatiga,
que yo mi pena apoyaré en tu pena,
y llora, como yo, por el influjo
de la tarde traslúcida y serena.
Nunca sabremos n a d a . . .
¿Qué voz suave, qué ansiedad divina
tiene en nuestra ansiedad su resonancia?
Todo inquirir fracasa en el vacío,
Hermano mío, en el impulso errante,
nunca sabremos n a d a . . .
76
Y sin embargo...
Hasta aquí, el sitio que ocupan las montañas y el
cielo (que surge o que se oculta) en las visiones de la
naturaleza en la poesía de Barba-Jacob. En cuanto a los
otros dos elementos mencionados, el mar y el viento, al-
canzan una significación más honda y prolongada. En
una palabra: en esta poesía el mar es un motivo de vida,
y el viento... Ya se verá.
Hombre de montaña, la vivencia del mar no le es
dada a Porfirio directamente, sino que él tiene que salir
a su encuentro. Los ríos de su Antioquia natal, presagio
del mar, le habían enseñado ya su melodía: él mismo nos
habla de su temprano amor a "las músicas del río" 77 .
Pero el descubrimiento del mar es posterior (entre
Colombia y Cuba, 1906-1907): su imagen le acompañará
ya para siempre:
76
A 108-109, I 68-69.
77
A 145, I 148; A 51, I 20: "Yo amaba sobre todo las a g u a s . . . "
IV. NATURALEZA 93
Y el mar abierto, a mí divinamente
su honda virtud hizo afluir entera:
gusté su y o d o . . . y la embriaguez ignota
de no sé qué sagrada primavera
bajo la paz de una ciudad remota 78 .
En prosa nos cuenta el poeta que el mar Caribe le
volvió místico: "volví a Dios mis entrañas" 79 . Y Dios
está en el mar, como en el alba; y el mar tiene calidades
divinas, como el resto de la naturaleza: es "la inexpre-
sada maravilla" 80, "la inmensidad sagrada" 81. Y el mar
tiene calidades humanas, o, mejor, el hombre tiene cali-
dades marinas: el mar está en el hombre.
La vida es clara, undívaga y abierta como un mar 82 .
...comprendo mi vida:
me parece tan clara, tan profunda, tan simple,
y tiene como el mar y el monte puro
su raíz en el tiempo sumergida... 83 .
Le pedí un ejemplo del ritmo seguro
con que yo pudiera gobernar mi afán.
Me dio un arroyuelo, murmurio nocturno...
¡Yo quería un mar! 8 4
78
A 99, I 53. La ciudad remota en su soñada Acuarimántima,
"una Jerusalem de poesía".
79
A 53, I 2 1 . "Dios no es el mar, está en el m a r . . . " , ha dicho
ANTONIO MACHADO, Obras, pág. 246, v.
80
A 90, I 100.
81
A 237, I 188
82
A 114, I 106
83
A 217, I 171
84
A 178, 1 86.
94 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
El mar es paradigma total: "Y he visto el mar que
todo lo compendia" 85 :
Y tiene virtudes espirituales, que se transmiten al
poeta:
Todo se ajusta a ley: el monte, el río,
el mar profundo en su profunda ciencia,
su áspero hervor y su nocturno brío 8 6 .
Pensando estoy... Mi pensamiento tiene
ya el ritmo, ya el color, ya el ardimiento
de un mar que alumbran fuegos ponentinos 87 .
No sólo el pensamiento tiene inspiración marina,
sino su propia poesía, en metáfora de caracol, en cuya
entraña susurra aún el cántico del mar:
Me basta oír el perennal ruido
que en la concha marina está sonando 8 8 .
Y eres el caracol, donde concentra
y fija el mar su cántico profundo 89 .
¡Mi lira tiene el trémolo del caracol marino,
y entre el dolor humano yo expreso otro dolor! 90
El poeta ha llegado, de la mano del mar, hasta el
dolor; y antes, la impasibilidad de la naturaleza le había
hundido por un momento en la angustia — aún no deses-
85
A 176, I 79.
86
A 177, I 82.
87
A 193, I 128.
88
A 183, I 94.
89
A 130, I 98.
90
A 196, I 131.
IV. NATURALEZA 95
perada— del alma en presencia de un universo que no
puede comprender; angustia metafísica que el poeta ha
sentido también al contemplar la vacuidad y banalidad
de las cosas del mundo. Pero, por lo demás, sus visiones
de la naturaleza han sido visiones entusiastas de plenitud
vital y serenas de arrobo místico. ¿Seguirán siendo siem-
pre de tal temple? Casi siempre; pues la naturaleza es
el mundo sin los hombres, es un mundo sin seres que
sufren. El dolor es del hombre. Porfirio parece recordar
los versos de Darío:
Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente 91 .
Por eso, su serenidad se descompone raras veces en
presencia de la naturaleza pura. Alguna vez, en una no-
che amarga, cuando muere su amigo el poeta López Ve-
larde, llega a negar la aurora, así como la vida y el amor
y todo lo demás:
Pero mi corazón balbuce ante la aurora:
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 9 2 .
Otra vez da una expresión desesperada a su angus-
tia cósmica:
los que no comprendéis el horror de la conciencia ante el Uni-
verso 93 .
91
Lo fatal, en GARCÍA PRADA, Poetas modernistas, pág. 161.
92
A 138, I 109.
93
A 186, I 104.
96 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Y otra vez, por último, el mar —fuente de vida —
le hace evocar la muerte:
Yo traje la visión de mis campos nativos
a la orilla del mar,
y la sentí borrarse, y tuve un calofrío
de vida y muerte.
Dilatando la vista
miré en redor la inmensidad sagrada...
Y quise hablar... Y el fácil movimiento
de mis labios contuve
¡como si el proferir una palabra
fuera tal vez mi muerte! 9 4 .
Mas esta actitud escalofriante no es la que predomi-
na; en otros lugares, al relacionar el sentimiento de la
naturaleza con el temor ante la muerte, adopta un equi-
librio sereno, que sorprende en tan grande agonista. Por
boca de un anciano nos dice (a la manera de Manrique:
Nuestras vidas son los ríos) que todos los caminos "dan
al mar" 95 ; expresión a la cual sigue —en el poema —
un silencio desolado, pero que no es aquella "forma cie-
ga en negrura ilimitada", aquel nihilismo en que todo
muere, hasta la propia muerte. Al contrario: la natura-
leza le hace mirar la muerte — caso único en el poeta —
con una mirada pía, casi con nostalgia:
Oigo el grito del mar que me penetra,
y un ansia de paz perenne me extenúa 96 .
94
A 237, I 198.
95
A 225, I 180.
96
A 104, I 58.
IV. NATURALEZA 97
El corazón del campo te dará su vigor
para entrar en el último sueño 9 7 .
Todas estas observaciones vienen a propósito del úl-
timo de los cuatro elementos naturales de su poesía, el
viento. La visión del viento experimenta una evolución
paralela a la de toda su poesía. En el principio ha sido
una brisa aromada, que representa la vida en flor de la
juventud; luego es un viento que va ganando en volu-
men, fuerza y velocidad — imagen del dolor humano —,
hasta convertirse en un huracán nocturno y asesino, por-
tador de la muerte, que representa la muerte misma.
Veamos. En los días de la mocedad, la vida ha sido
. . . la flébil brisa de la inquietud fecunda
. . . que remueve al paso tus huertos interiores
y en torno a ti mismo la vida entera inunda
de dulces y suaves y trémulos dolores 98 .
Da el azahar sus cálidos olores...
Las brisas cantan el ensueño ardiente...
Amor en corazones y pupilas
férvidas llamas de ternura enciende. . .99.
En aquel pueblo, olían las brisas a azahar 100 .
Viento juvenil, que es viento de Dios:
. . . El viento
riega efluvios de Dios por la pradera 101 .
97
A 217, I 171.
98
La hora cobarde, en R. H. V A L L E , Poemas desconocidos..., loc. cit.,
pág. 164.
99
A 203, I 145-146.
100
A 145, I 148 (A 146, I 149).
101
A 200, I 142.
7
98 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
¡El suspiro de Dios, que armonizaba el viento,
iba en mi pensamiento por el viento de Abril! 1 0 2 .
Mas he aquí que, de pronto, casi sin solución de
continuidad, la vida se le convierte en el viento del mal:
¡Es el viento, los mares del pecado!
Es un furioso viento, un invencible viento
103
de amor airado y trágico, de vinos, de alegría... .
Sordo rumor dilata el viento
en la mitad del claro día 104 .
El són del viento en la arcada
tiene la clave de mí mismo:
soy una fuerza exacerbada
y soy un clamor de abismo 105 .
Viento de vida, que es viento de muerte, y aniquila
por modos sutiles:
Un soplo helado trunca los frutos en agraz l 0 6 .
Las mieles del amor entre sus labios
congela un viento soporoso y triste 107 .
O bien se agiganta, y es ya el "huracán de la vida",
el destructor 108:
102
A 126, I 170.
103
La hora cobarde, loc. cit., pág. 164.
104
A 222, I 177.
105
A 134, I 124.
106
A 167, I 201.
107
A 197, I 139.
108
A 61, I 29: "el huracán de la vida".
IV. NATURALEZA 99
Ala bronca, de noche entenebrida,
rozó mi frente, conmovió mi vida
y en vastos huracanes se rompió 1 0 9 .
Y un huracán mi plenitud doblega 110.
Yo tuve ya un dolor tan íntimo y tan fiero,
de tan cruel dominio y trágica opresión,
que a tientas, en las ráfagas de su huracán postrero,
fui hasta la Muerte 1 1 1 .
En ese viento huracanado vuela la muerte del poeta
y de todos los hombres:
Después un viento. . . un viento. . . un viento. . .
¡y en ese viento mi alarido! 112 .
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener! 113 .
En su furia asesina, tras la destrucción de lo huma-
no, el viento se aniquila a sí mismo, para resurgir luego
y ser la única realidad universal, el todo y la nada, la
vida y la muerte:
No se oye nada.
Silencio y bruma, soplos de lo arcano.
La luz mentira, la canción mentira.
Sólo el rumor de un vago viento vano
volando en los velámenes expira 114 .
109
A 194, I 129.
110
A 102, I 56.
111
A 160, I 93.
112
A 137, 1 127; A 7 1 , I 37.
113
A 115, 1 107.
114
A 105, I 59; y A 140, I 112: "expira en los juncos un aura
lontana".
100 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Brilla en las lejanías invioladas
vaga ciudad, el viento da en los juncos,
los juncos gimen bajo el viento r u d o . . . 115 .
Es el viento de la eternidad, en cósmica visión uni-
taria de banalidad y acabamiento totales (visión en la
cual la grandeza del concepto no está servida por la gran-
deza de la expresión):
¡Es ya el Azul!. . .
Los ámbitos llena feliz pensamiento
que impele a la lumbre del día
el vuelo del ala y el ala del viento. ..
¡Alma mía, alma mía, alma mía,
qué cosa tan vana! 1 1 6 .
Es interesante observar el paralelismo de las visiones
del viento en Barba-Jacob y en otro gran poeta trágico
americano, el Neruda de Residencia en la tierra (1935);
poesía, como la de Porfirio, "de ensimismada soledad,
de angustia metafísica y de visión de muerte", según la
define Amado Alonso, su gran intérprete; y poesía, como
la de Quevedo y la de Barba-Jacob, "solitaria en el mundo
muerto", según la define el propio Neruda" 117. Parale-
lismo del viento, decíamos. En realidad, Alonso ha ob-
servado cómo, en el Neruda juvenil, la voz del viento es
un triste y hermoso cantar:
Hora de la nostalgia, hora de la alegría, hora de la soledad...
Bocina en que el viento pasa cantando.
115
A 94, I 48.
116
A 141, I 113.
117
Cfr. A. ALONSO, Neruda, pág. 320.
V. VIDA 101
Luego será la soledad, el ansia de la desesperación, la
angustiosa congoja del naufragio total, como el poeta
clama desde su Residencia:
Si existieras de pronto, en una costa lúgubre,
rodeada por el día muerto,
frente a una nueva noche,
llena de olas,
y soplaras en mi corazón de miedo frío,
soplaras en la sangre sola de mi corazón,
soplaras en su movimiento de paloma con llamas,
sonarían sus negras sílabas de sangre,
crecerían sus incesantes aguas rojas,
y sonaría, sonaría a sombras,
sonaría como la muerte,
llamaría como un tubo lleno de viento o llanto,
o una botella echando espanto a borbotones l l 8 .
V
VIDA
Barba-Jacob es, por su más célebre Canción, el poe-
ta de la Vida Profunda, o sea de los motivos internos de
la vida: unos móviles, fértiles o plácidos, otros sórdidos,
lúbricos o lúgubres, y otro, por último, que no tiene ad-
jetivo: es el de la muerte 119 . Para el bardo, hay días de
118
Ibid., págs. 15-16.
119
La observación de la falta de adjetivo para el día de la muerte,
es de Ugo Gallo, Storia, loc. cit. La Canción de la vida profunda (1915)
contiene siete estrofas y siete motivos; pero en su primitiva versión con-
tenía nueve estrofas: los otros dos motivos eran tímidos y frágiles. Cfr.
JARAMILLO MEZA, Vida, págs. 94-95.
102 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
movilidad, en que la vida es clara, undívaga y abierta;
días de fertilidad, en que el alma brota de ilusión; días
de placidez, en que todas las cosas nos hacen sonreír; y hay
días de sordidez, en que la noche nos sorprende tasando el
bien y el mal; días de lubricidad, días insaciados, de re-
novado estremecimiento; días lúgubres, en que el alma
gime, inconsolable, bajo el dolor del mundo; y hay tam-
bién un día en que levamos anclas, en que ya nadie nos
puede retener. He aquí, dispuestos en gradación ascen-
dente, los internos motivos, que son siete, tantos como
días tiene la semana. Del vagar, del divagar y del son-
reír, se pasa a la maldad, a la lujuria y al dolor, y, de és-
tos, repentinamente, a la muerte. En ella acaban, siem-
pre, los pasos de la vida. El canto a la vida profunda se
convierte en canto a la profunda muerte. El verso de
Dante Nell mezzo del cammin di nostra vita se transfor-
ma, como sugiere Darío: En medio del camino de nues-
tra muerte.
Ya se ha visto cómo Barba-Jacob, por inspiración
justamente dantesca, define la vida como un camino noc-
turno — la "selva obscura" del clásico—, bordeado por
el amor y la muerte, y que va a dar al mar. La imagen
vuelve a brotar en otro verso, y revelando igual origen:
¡Oh sórdido guía del viaje n o c t u r n o . . . ! 1 2 0 .
(la alusión parece referirse a una deidad satánica, igno-
ta, pero extraída del simbolismo de la Divina commedia:
Virgilio que guía a Dante en su viaje del infierno; la
120
A 178, I 86. Y en Parábola de los viajeros (1915), A 225, I 180,
el m u n d o y la vida llegan a parecerle también una nocturna "llanura de-
solada".
V. VIDA 103
vida del poeta sería, de este modo, un nuevo "giro del
Inferno" (y aun cabe recordar, entre otras, una fuente
más cercana: "La vieilleuse est une voyageuse de nuit",
de Chateaubriand). Y los días sórdidos, lúbricos y lúgu-
bres, y el día sin par ni adjetivo, inician al lector en esa
visión sombría de la vida, que es la más característica y
más propia del poeta. Mas no hay que olvidar el matiz
amable de sus primeras visiones: antes ha habido días
móviles, fértiles y plácidos; y al contemplarla, le ha pa-
recido que
la vida es clara, undívaga y abierta como un mar 121 .
Y aun ofrecerá otra definición más extensa de esta
vida en plenitud:
La vida es esto: un acto supremo, simple, puro,
una emoción, un ímpetu y un ansia de ideal;
fantasmas que su sombra dibujan sobre el muro;
ensueños que florecen, valor, amor leal.
Besar las manos fúnebres de temblorosa anciana;
flotar entre las nieblas del ser y del no ser,
y —húmedo por la leche de la ternura humana —
el verso en las praderas del sueño recoger 122 .
121
A 114, I 106.
122
A 116, I 83. (En Cancioncilla, suprimída por ;1 autor, A 207,
I 158, dice:
La vida es agua de un áureo río
y afluye al tiempo su honda de oro;
Lanzas, ¡oh Muerte!, tu soplo frío
y paralizas
la onda móvil del áureo río;
¡Corran tus aguas, sagrado río,
y afluya al tiempo tu onda de oro!)
104 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
(La reminiscencia de Shakespeare es, en este caso,
doble: las nieblas hamletianas del "to be or not to be", y
"the milk of human kindness", del verso subrayado por
el propio Porfirio). Es la época juvenil en que —con
menos ambición filosófica en el definir— la vida le re-
sulta simplemente grata, dulce y alegre: por instantes,
simplemente sublime:
¡La vida es grata! ¡Reposa y sueña! 1 2 3
. . . La vida es la alegría
y su aleatorio impulso nos lleva el corazón 124 .
¡Ah de la vida parva que no nos da sus mieles
sino con cierto ritmo y en cierta proporción 125 .
La noche es bella en su embriaguez de mieles,
la tierra es grata en su cendal de brumas;
vivir es dulce, con dulzor de trinos;
canta el amor, espigan los donceles,
se puebla el mundo, se urden los destinos... 126 .
¡Vivir es una experiencia sublime!,
¡vivir es un ejercicio sagrado! 127
La interpretación optimista de la vida se prolonga
aún: habla de "la armoniosa bondad de la vida"128, y
canta el milagro de su eterna renovación y juventud:
123
A 152, I 205.
124
A 182, 1 92.
125
A 142, I 115
126
A 144, I 117.
127
A 213, I 165.
128
A 200, I 162.
V. VIDA 105
"La Vida — pienso con el gran pagano —
cual la antorcha en los juegos de los dioses
pasa de mano en m a n o " . . . 129
¡Oh, no puede morir! Ella difunde
130
vigor perenne a un ritmo encadenado...
Eran horas de fe en la perennidad de la juvenil ple-
nitud: Porfirio celebra entonces El triunfo de la vida
(1915), que es afirmación de vida nueva y de futuro, en
generoso gesto:
Tú, que tramontas en el verde mayo,
y a quien las luces de fanal conspicuo
apenas esclarecen de soslayo,
¿presagias de tus nietos la fortuna
cuando flota en los valles de tu alma
cierta indecisa claridad de luna?
Ellos verán la danza de las h o r a s . . . 1 3 1
Y aun intenta, inspirado por Wilde, una Introduc-
ción a la vida real, canto a la energía y la acción del hom-
bre joven, "Rey de la Vida":
Ese del torso hercúleo, de la mirada brava,
del ágil salto y la emoción ligera,
tiene a la Gloria en nupcias prometida.
Como ramas de encino lo circundan
veinte años; la lívida Experiencia
no besa aún sus ojos virginales,
y es Rey de un claro Reino de ufanía. .. 132
129
A 123, I 184.
130
A 123, I 184.
131
A 172, 1 72.
132
A 238, I 209.
106 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Mas no hay que engañarse: la espléndida exaltación
vital durará poco. Poco después, desdiciendo lo dicho, de
una plumada, niega la existencia de la vida sensible y vi-
sible. La verdadera vida está en el fondo de nosotros,
vuelve a decir. La vida es sueño:
Los que no devanáis la ilusión del Espacio y el Tiempo,
y pensáis que la vida es esto que miramos,
y una ley, un amor, un ósculo y un n i ñ o . . . 133
Aquí la humana prole nace y muere;
aquí la humana prole gime y sueña.
Esto es real, ¡oh Ensueño Fugitivo!
Mirad la sombra en el cristal que fluye
sobre fondos de sombras verdinegras;
134
ved el árbol, la torre, el surco abierto. . .
Para Calderón la vida es sueño; para Shakespeare
la muerte es sueño: "To die, to sleep... to sleep... per-
chance to dream" (Hamlet); para Unamuno la vida es
sueño de la muerte, está soñada por una divinidad ul-
traterrena:
Eres sueño de un dios; cuando despierte
¿al seno tornarás de que surgiste?
¿Serás al cabo lo que un día fuiste?
¿Parto de desnacer será tu muerte? 135
Pues bien, Barba-Jacob parece adoptar, por un ins-
tante, la imagen de Unamuno, al preguntarse:
133
A 186, I 104.
134
A 215, I 167.
135
UNAMUNO, Antología, pág. 122: Muerte (1907).
V. VIDA 107
136
¿De qué divina mente formamos la ilusión?
Y, siguiendo una ruta paralela a la del maestro de
Salamanca, Porfirio se adentra en su sentimiento trágico
de la vida (y ahora la huella unamunesca resulta muy
improbable: se trata de dos Weltanschauungen herma-
nas y contemporáneas):
¡Es el viento, los mares del pecado!
Es un furioso viento, un invencible viento
de amor airado y trágico, de vinos, de alegría:
y por oculto azar oyes cada momento
las voces de la muerte y el canto de la orgía.
¡La Vida, la profunda Vida trémula y loca!
La de verdad: la Unica, de brillo transitorio
La sola grande y trágica que bajo el sol fecundo
no hay huerto que no agite ni hoguera que no encienda;
la que en impulsos bárbaros, al golpe de un acero,
duplica con la sangre la intensidad tremenda 137 .
Concepción trágica de la vida, en que ésta aparece
negada y afirmada por la muerte: la sangre derramada
recrea la intensidad vital. Eterno devenir, renovación
continua, perenne alternativa de vida y muerte, visión
espectral en que la vida aún triunfa: ¿no ha entreabierto
los ojos un niño en este instante?:
136
A 236, I 196 (Canción sin motivo, suprimida).
137
La hora cobarde, loc. cit., págs. 164-165, 166. Este poema, escrito
hacia 1910-1915, que define ya la vida como profunda y trágica, no pa-
rece secuela del clásico ensayo de Unamuno, Del sentimiento trágico de la
vida (1912), sino interpretación paralela. Por lo demás, el temple anímico
es muy diverso en los dos poetas pensadores.
108 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
La antorcha crepitante está en el viento
y de siglos a siglos va encendida;
la Muerte sopla su huracán violento,
y fulge más la antorcha de la v i d a . . . 1 3 8
Y en palabras de inspiración grandiosa (que recuer-
da la inspiración escultórica de la Coatlicue, obra maestra
del genio azteca, pétrea y sombría Weltanschauung, di-
vinidad de la vida y de la muerte, de la germinación y el
aniquilamiento):
¡. .. la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y cruel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
139
que al barro humilla y a Psiquis subleva! ,
canta a la vida como a la madre de la muerte, o sea del
misterio que humilla a la carne y subleva al espíritu. La
muerte es, aún, hija de la vida —una hija vengativa—.
Aún, se dice, porque más tarde el poeta volverá a su
vieja canción. La vida está, bajo todos los símbolos, do-
minada por la destrucción absoluta. Destrucción que
creará una vez más la vida, sólo para volver a destruirla,
y mostrar nuevamente su poderío. Se trocarán las accio-
nes: hija será la vida y madre la muerte.
Por lo pronto, el poeta se limita a constatar la con-
dición vana y nihilista de la vida. Inicialmente, al en-
138
A 138, I 109.
139
A 97, I 97.
V. VIDA 109
frentar al dolor y la muerte los más altos motivos de la
vida, como la belleza, el ensueño, el vigor, el amor, Por-
firio pregunta:
Morir... ¿Con que esta carne cerúlea, macerada
en los jugos del mar, suave y ardiente,
será por el dolor acongojada?
¿Y el ser bello en la tierra encantada,
y el soñar en la noche iluminada,
y la ilusión, de soles diademada,
y el vigor... y el a m o r . . . fue nada, n a d a ? 1 4 0
Afirma luego:
Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso,
y el verdor edénico, y el azul abril... l41.
"Fábrica de niebla, ruido del océano", son joyas y
palacios, las obras humanas; y lapidariamente declara:
Las cosas son la espuma del tiempo en nuestra mano;
la gloria es eco de una proeza urdida en sueños... 142 .
Nada encuentra en la naturaleza, la juventud, el
amor, nada en la vida:
¿En dónde está tu rosa ustoria, juventud,
ni el dolor del vesánico momento?
Nada en el triste desmayo lento
hacia la gota, los estertores y el a t a ú d . . . 143 .
140
A 193, I 128.
141
A 178, I 86.
142
A 118, I 85.
143
A 154, I 207.
110 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
"¡Nada, nada por siempre!":
Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada 144 .
Negación absoluta, en la cual se siente nuevamente
el eco secular de Quevedo, gran maestro, que ya hacia
1613 había cantado:
Cualquiera instante desta vida humana
es un nuevo argumento que me advierte
cuán frágil es, cuan mísera y cuán vana 145 .
(Idea poética que otro antepasado espiritual de Por-
firio, la Décima Musa mexicana, Juana Inés de la Cruz,
medio siglo después de Quevedo, aplicaría a su propio
retrato: "es cadáver, es polvo, es sombra, es nada"). Esta
intuición subyacente a toda concepción poético-vital de
Barba-Jacob, la banalidad y fugacidad de la vida, llega
a alcanzar una expresión de reciedumbre clásica:
¡Ah, cómo vuelca innúmero el instante,
la hora, que al nacer ya es fenecida;
y la miel del trigal y el labio amante
fue un sueño que se apaga y que se olvida 146 .
La hora que al nacer ya es fenecida. Verso espléndido
que revela, como ninguno, esa visión del mundo porfi-
144
A 96, I 50. (El espejo, suprimido, A 226, I 181, define así al
poeta:
.. . Don Nadie. Un hombre. Un loco. Nada.
Una sombra inquietante y pasajera.
Un odio. Un grito. Nada. N a d a ) .
145
QUEVEDO, Obras. II, págs. 447, ix, 452, viii y n. 1 (1613).
146
A 164, I 152.
V. VIDA 111
riano: un mundo, no ya agonizante, sino muerto del to-
do; un mundo dominado por la muerte, en fin, un mun-
do en que la vida es sierva e hija de la muerte, Nuestra
Señora la Muerte. Vida muerta, hora fenecida, tiempo
muerto. Vida, tiempo, muerte: he aquí los tres grandes
elementos de la totalidad que es este vivir poético: triple
unidad en que se identifican. La vida es tiempo de muerte
y tiempo para la muerte. Y el sentimiento trágico de la
vida y de la muerte será también sentimiento trágico del
tiempo. Para Barba-Jacob el hombre es prisionero del
tiempo, y el tiempo su carcelero y verdugo:
147
El tiempo, de quien eres un cautivo...
148
Opreso en la urna del d í a . . .
Mas todo fluye al ritmo del grano de la arena;
un soplo helado trunca los frutos en agraz 149 .
Todo el humano impulso lo circunscribe el día
— el pequeñuelo círculo del día —
burbuja de ilusión, burbuja vana
150
y que es ahora y no será m a ñ a n a . . . .
Todo pasa... es ahora y no será mañana... ¿dónde está
todo ?:
151
¡Un día! ¡Un día! ¿Qué es ahora? .
147
A 150, I 197.
148
A 83, I 11 (suprimido).
149
A 167, I 2 0 1 .
150
A 190, I 119.
151
A 215, I 167. En uno de sus últimos artículos, Barba-Jacob es-
cribe: "Querría escribir un poema sinfónico en cuyo fondo resonara un
canto religioso. Las voces deberán expresar un gran dolor humano repri-
112 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Esta interpretación temporalista y agonista de la vida
humana es la más característica del pensamiento poético
y filosófico contemporáneo. Participan de ella, de un
modo o de otro, hombres tan diversos como Darío y Ne-
ruda en América, Unamuno y Machado en España, Rilke
y Heidegger en Alemania. La idea de la vida como tiem-
po moribundo, está en la base de la Weltanschauung
existencialista. Limitando la atención a lo hispánico, Da-
río canta — en la tarde de su vida — la canción del amor
agónico, Unamuno, la de la inmortalidad, Machado, la
del tiempo, y Neruda —en las Residencias (1935)— la
de la muerte. A todos ellos angustia la labor de zapa del
tiempo asesino; y espigar en ellos su presencia no resul-
taría difícil — ya lo han hecho otros autores —, mas sería
tarea prolija, improcedente aquí. Baste hacer memoria
de unos cuantos ejemplos. Hay un verso de Pablo Ne-
ruda,
. . . el río que durando se destruye,
que es imagen espléndida de "la invisible e incesante la-
bor de autodesintegración a que se entregan todos los
seres vivos y todas las cosas inertes" 152. Verso hermano,
mido por la resignación... Que todo lo penetre, como un soplo místico,
la conciencia de la f u g a c i d a d . . . Todo p a s a . . . ¿Dónde está el canto?"
Predestinación, en Letras y Encajes, Medellín, Colombia, julio de 1943,
pág. 6466.
l52
ALONSO, Neruda, pág. 19. No debe olvidarse que tanto Darío como
Neruda son poetas agonistas en una determinada época de su producción
poética, la última de Darío y la segunda de Neruda (que está compren-
dida entre Veinte poemas de amor, 1924, y España en el corazón, 1937);
y que en el conjunto general de su obra uno y otro son poetas vitalistas,
cantores de vida, amor, patria, muerte y esperanza.
V. VIDA 113
en el ritmo y en la idea, de "la hora que al nacer ya es
fenecida" de Barba-Jacob. El río de la vida se destruye
en el tiempo, y el tiempo está ya muerto: ¿dónde está la
vida ?
Entre los poetas actuales, nadie alcanza una concien-
cia tan clara del tiempo como Antonio Machado. El mis-
mo ha definido la poesía como "palabra en el tiempo",
y ha forjado el Ya nuestra vida es tiempo que anticipa
en cuatro o cinco lustros —como observa J. L. Arangu-
ren — el Sein-zum-Tode heideggeriano:
Al borde del sendero un día nos sentamos.
Ya nuestra vida es tiempo, y nuestra sola cuita
son las desesperantes posturas que tomamos
para aguardar... Mas Ella no faltará a la cita 1 5 3 .
Daba el reloj las d o c e . . . y eran doce
golpes de azada en tierra...
. . . ¡Mi hora! —grité — 154 .
. . . El tiempo, el homicida
155
que nos lleva a la m u e r t e . . . .
Distingue a Machado, por último, la serenidad ante
la vivencia del tiempo y muerte; a pesar de las posturas
desesperantes, él espera a Ella con superior entereza, co-
mo a una cita de honor.
Esta visión de la finitud temporal tiene origen an-
tiguo, por lo demás. Tema predilecto de grandes espíri-
tus de hoy, sus raíces parecen hallarse en el estoicismo se-
nequista, dos mil años atrás. A modo ilustrativo, sea per-
I53
MACHADO, Obras, pág. 70, xxxv. Para la observación de J. L. Aran-
guren, ver la nota 1 de la Introducción de este trabajo.
154
Ibid., pág. 6 1 , xxxi.
155
Ibid., pág. 327, "Esto soñé".
8
114 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
mitida una leve indagación marginal, limitada, a cinco
figuras próceres: en relación con el devenir de la idea
poética del tiempo en el orbe cultural románico, en cuya
tradición se nutre el pensamiento de Barba-Jacob.
En el siglo XIX, Baudelaire, padre del simbolismo y
de toda la poesía moderna, canta saturnalmente al tiem-
po como el enemigo que devora la vida y vive de su san-
gre; el tiempo es ya vivencia de la muerte:
—O douleur! ô douleur! he Temps mange la vie,
Et l'obscur Ennemi qui nous ronge le coeur
Du sang que nous perdons croît et se fortifie! 156 .
Quevedo, compañero eterno, sigue clamando desde
el siglo XVII:
¡Cómo de entre mis manos te. resbalas!
¡Oh, cómo te deslizas, vida mía!
¡Qué mudos pasos traes, oh muerte fría,
pues con callado pié todo lo igualas! 157 .
¡Fue sueño Ayer; Mañana será tierra!
¡Poco antes, nada; y poco después, humo!
¡Y destino ambiciones, y presumo
apenas punto al cerco que me cierra! 158 .
Todo tras sí lo lleva el año breve
de la vida mortal, burlando el brío
al acero valiente, al mármol frío,
que contra el Tiempo su dureza atreve 159 .
156
CHARLES BAUDELAIRE, Die Blumen des Bösen, Deutsch und Fran-
zösisch, Hermann Luchterhand Verlag, Berlín, 1955 (Fleurs du mal, 1857),
pág. 40: "L'Ennemi".
157
QUEVEDO, Obras, II, pág. 452, viii.
158
Ibid., pág. 474, lxxxiv.
159
Ibid., pág. 485, ii.
V. VIDA 115
Ayer se fue; Mañana no ha llegado;
Hoy se está yendo sin parar un punto:
soy un Fue, y un Será, y un Es cansado 160 .
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en qué poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte 161 .
En el siglo XV, Manrique, en quien llega a plenitud
la tradición literaria de la muerte que es tan propia de la
Edad Media española, no es menos profundo en su ne-
gación de la vida en el tiempo: el tiempo pasa, fluye
continuamente, nunca es; la vida pasa... ¿dónde está la
vida ?:
Pues que vemos lo presente
cómo en un punto se es ido
y acabado,
si juzgamos sabiamente,
daremos lo no venido
por pasado.
No se engañe nadie, no,
pensando que ha de durar
lo que espera
más que duró lo que vio,
porque todo ha de pasar
por tal manera 162 .
Mil años antes que Manrique, San Agustín, otro de
los grandes angustiados por la idea del tiempo devasta-
dor, había insistido en la inapelable sentencia de la fuga-
cidad, "todo ha de pasar":
160
Ibid., pág. 474, lxxxviii.
161
lbid., pág. 486, v.
162
Cfr. SALINAS, Manrique, pág. 144. (Libro ejemplar, que contiene
numerosos ejemplos medievales de la literatura española sobre la m u e r t e ) .
116 PRIMERA PARTE: VISIONES I)E VIDA
Ex illo quod nondum est, per illud quod apatio caret,
in illud quod jam non est163.
Por último, en el siglo I de la era cristiana, escribe
Séneca, ese español romano, la sentencia Tempus te ta-
citum subruit (el tiempo tácito te va socavando), que
podría ser lema y leitmotiv de los modernos poetas ago-
nistas. A él remonta, al parecer, la idea del incesante
morir:
Cotidie morimur: cotidie enim demitur aliqua pars vitae,
et tune quoque, cum crescitnus, vita decrescit.. . Vsque
ad hesternum, quicquid transit temporis, periit; hunc
ipsum, quem agimus, diem cum morte dividimus. ..
Mors non una venit, sed quae rapil, ultima mors est164.
Veinte siglos de tradición filosófico-poética presti-
gian, pues, la visión del tiempo que penetra el pensa-
miento de los grandes poetas hispánicos contemporáneos,
cantores de la vida trágica, del tiempo fatal, de la muer-
te siempre presente, como son, entre otros, Darío, Una-
muno, Machado, Barba-Jacob y Neruda 165 . El tema es
antiguo, pero cada uno de estos poetas lo ha renovado
— "la vieja vida en orden tuyo y nuevo" —, porque lo
contempla desde su propia perspectiva, que es diversa
en todos. Es así como, en este coro de cantores, la voz de
Barba-Jacob tiene un timbre propio e inconfundible.
163
Cfr. Ibid., pág. 145.
164
Cfr. ALONSO, Neruda, pág. 291, nota.
l65
A los cinco nombres citados, cabría agregar — para completar la
lista de los grandes — los nombres de Juan Ramón Jiménez, Gabriela Mis-
tral, César Vallejo, Federico García Lorca y otros, en quienes aparece tam-
bién la preocupación vital-temporal-mortal de aquéllos.
V. VIDA 117
La originalidad de Barba-Jacob reside en la energía
y profundidad de sus vivencias poéticas, no menos que
en la posición que ante ellas adopta. Es la suya una de
las actitudes más dramáticas del espíritu hispánico. Pues
frente a esta visión temporal del mundo y de la vida, que
crea en él la angustia metafísica de los existencialistas
— el alma en presencia de la Nada —, el poeta llega a
dos situaciones sin esperanza: el rencor desesperado y la
alegría desesperada. El mismo ha hablado de su "resol-
ver en rencor desesperado la tortura de ser fugaz" 166, y
ha cantado a una alegría rencorosa como desafío a la
muerte:
Amor, Dolor, Ensueño. .. ¡El Alma
era grande y el día era pequeño!
Pero como en venganza lúgubre, este día
es para el goce estéril.. . 167 .
El hombre es ser para la muerte: tal es el último re-
conocimiento de Porfirio; pero no se resigna: quiere que
el goce airado de la vida le compense, si no le redima, de
la muerte. Quiere que el hombre sea también ser para
el goce; mas él, que tiene una visión y una experiencia
del goce totalmente sensuales, sin alma de amor, o, como
él dice, estériles, tiene que reconocer también que ese
gozar no le aleja de la muerte, sino que a ella le lleva por
más apresuradas rutas. Nada: que no hay solución ni
paz para este poeta. Su sentimiento de la vida es verda-
deramente trágico, porque trágica es su experiencia de
ella. Siendo, como ha sido, un espíritu profundamente
166
A 77, I 4 1 .
167
A 192, I 121.
118 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
enamorado y místico, el amor se le escapa y no ve a Dios.
No hay redención posible en su poesía. La vida es un ca-
llejón sin salida. Más allá... ¡la Nada!
VI
INFANCIA
Hay, no obstante, una época de la vida que sólo evo-
ca memorias felices en el alma del poeta: la infancia.
Barba-Jacob contempla la infancia con la misma emo-
ción pura con que ha contemplado la naturaleza que ha
rodeado su infancia y mocedad. Para él, que lleva fija,
muy dentro del alma, la visión de su tierra natal, de los
campos y montañas de Antioquia, patria de su niñez li-
bérrima, las imágenes de naturaleza e infancia se con-
funden, a las veces, en una sola visión noble y bienhe-
chora. La infancia es edad feliz, única en la vida de Por-
firio, y hacia ella se dirigen sus nostalgias de poeta.
Decíame cantando mi niñera
que a mi madrina la embrujó la l u n a . . .
Ya en las tórridas noches...
y en mi sueño de párvulo se inflama
un astro azul de abéñulas de o r o . . . 168 .
Un día en mi niñez. Crepúsculo inefable,
y, sin saber por qué, yo en la campiña profunda.
Brillaban unas flores en toda la campiña,
y, absorto en mis cinco años, temblando interrogué:
— Madre, ¿qué flor es ésta?— La flor de las maravillas... 1 6 9 .
168
A 127, I 95.
l69
A 181, I 91.
VI. INFANCIA 119
La abuela había podado el huerto.
Brotaban flores las astromelias de Sopetrán.
Yo, tremulante, de tiernos años, entre mis ángeles y mis
sollozos, oía el tiempo, de las campanas en el din-dán...
Suena un hora y anda un caballo —traque—que—traque—
como aquel día en que volvieron de Sopetrán 170 .
Cuando tú crezcas harás un viaje al Cauca hondo,
— ¡duérmete, niño bata-gulungo— al Cauca hondo,
con los botines en el hatillo o en el zurrón;
navegaremos en un barquito —¡bata-gulungo! —
y traeremos al abuelito
en el caballo del T i p i t ó n . . . 171 .
Saudade de la infancia que siente ya en la primera
juventud y canta en los primeros poemas:
. . . la heredad natía
canté, con ritmo de ideal retorno,
en la ingenua parábola temprana.
En el turquí del éter desleía
un nácar tenue mi primer mañana 1 7 2 .
Así se expresa en Acuarimántima, refiriéndose a la
Parábola del retorno (1906), en la cual sueña en el futu-
ro retorno a su solar antioqueño:
Señora, buenos días; señor, muy buenos d í a s . . .
Decidme, ¿es esta granja la que fue de Ricard?
¿No estuvo recatada bajo frondas umbrías?
¿No tuvo un naranjero, y un sauce, y un palmar?
170
A 151, I 204.
171
A 151, 1 204. (Véase también A 158, 1 159, suprimido).
172
A 98, I 52.
120 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
El viejo huertecito de perfumadas grutas
donde íbamos... donde iban los niños a jugar,
¿no tiene ahora nidos y pájaros y frutas?
Señora, ¿y quién recoge los gajos del pomar? 173 .
En prosa, el poeta trató de plasmar su añoranza rai-
gal en sus truncas memorias de Niñez; y en los prólogos
de sus libros, ha evocado con ternura y nostalgia los orí-
genes de su vida, su "lontananza física y espiritual" 174.
En elogio a la memoria de su madre abuela, la mujer
tutelar de su infancia, dice:
¡Qué lágrima te daría yo que encerrara todo cuanto queda
de puro en mí! ¡Qué libro te compondría yo que me integrara en
la pureza de mi corazón, sin los pasados extravíos! ¡Qué can-
ción en cuyas estrofas no vibrara el rugido de Satanás! ¡Qué
verso fraguado con otras palabras, las palabras con que tú des-
pertaste en mí el amor a la vaga poesía del mundo! 1 7 5 .
Es un ansia de volver a la infancia, no sólo a su geo-
grafía, sino a su pureza de corazón. Como fuga del mun-
do que vive, Porfirio anhela retornar el "azul imposible"
de sus primeros años:
Hacia el jardín de luz de la ilusión,
entre las brumas de la edad,
echo a volar mi corazón.
Consumido por la pasión
quiero volver a la infantilidad 176 .
Yo no sabía que tu sol, ternura,
da al cielo de los niños rosicler,
y que, bajo el laurel, el héroe rudo
algo de niño tiene que tener.
173
A 84, I 62.
174
A 74, I 39.
175
A 48, I 18.
176
A 180, I 90.
VI. INFANCIA 121
¡Oh, quién pudiera de niñez temblando,
a un alba de inocencia renacer! 177.
Edad de oro de los niños. La visión está impregnada
del más puro sentimiento:
Los niños son tranquilos y suaves:
trino en la noche, lampo de la aurora,
sus risas puras y sus ojos graves.
Divinamente saben la canción
del prodigioso ritmo suboído
que hace regocijar el corazón...
En sus almas recónditas se inicia
una virtud humana que aún se enconde;
mas cuando llega la ocasión propicia
y un genio llama, esa virtud r e s p o n d e . . . 1 7 8
La expresión alcanza, a veces, una tensa y contenida
belleza:
Musa solar, con nardos irreales
el cielo niño del abril decora;
y . . . este era el huerto de una reina mora
y un lirio que la aurora aljofaró 179 .
Mientras — cautivo de visión gozosa —
más allá de la tarde un niño r í e . . . 180 .
Un niño juega en medio de la calle,
y la luz, refracción en sus cabellos,
le nimba el puro rostro de destellos 181.
177
A 184, I 101.
178
A 156-157, I 87-88.
179
A 138, 1 109.
180
A 198, I 139.
181
A 205, I 150.
122 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
En tu ilusión, un hálito divino
te ha poblado de niños los instantes 182 .
El dulce niño pone el sentimiento
entre la pompa de jabón que fía
el lirio de su mano a la extensión 183 .
Y el corro de niños, que acuden al huerto patricio,
el alma riente, florida, desnuda,
y bajo las noches de errantes visiones
imprimen sus pies en la arena desnuda 184 .
Y, con íntimo reproche al curso extraviado de su
propia vida, el poeta canta a la paternidad:
Quien tiene un niño, ha ejercitado
divinamente el don de crear.
¡Quien tiene un niño sublima el mundo
y lo nutre de eternidad! 185 .
¡Un hijo del amor en mi amor he engendrado!
Roto el hilo invisible, que sus manos piadosas
den a la tierra fértil mi cuerpo inanimado 186 .
Sentimiento paternal que se expresa también en os-
curos símbolos:
En tanto, en la magnolia luminosa
su albura inviste una mujer soñada,
y su ardor lo concentra el azahar. . .
Sobre las playas de la Muerte, un día,
ella y yo nos pusimos a jugar.
182
A 105, I 59.
183
A 179, I 89.
184
A 208, I 160.
185
A 202, I 144.
186
A 117, I 84.
VI. INFANCIA 123
De las guirnaldas de aquel dulce juego,
un niño adviene: un nardo tremulante 187 .
En la hora del pesimismo, acepta el advenimiento
del hijo, pero. . .
¡Si es crimen dar renuevos a la materia oscura,
yo purgaré en mí mismo la erótica locura
de dos lobeznos tristes que amamantó el Destino! 188 .
Es así como la plenitud de las visiones de Barba-
Jacob se quiebra una vez más en temblor angustiado: la
presencia de la muerte ha hollado la infancia. Por un
momento, la infancia lo protege de la muerte:
La Muerte sopla su huracán violento,
y fulge más la antorcha de la vida:
189
¿un niño en este instante los ojos no entreabrió? .
Mas luego irrumpe la intuición agónica de siempre:
. . . La ardiente cabellera
flota en los manantiales de la vida,
y por mí, como un bosque en primavera,
la Muerte está de niños frutecida 190 .
Así habla, espectral, La dama de cabellos ardientes.
La infancia, como principio de la vida, y la muerte, co-
mo término de ella, son dos polos extremos que, en úl-
187
A 162, I 153.
188
A 118, I 85.
189
A 139, I 109.
190
A 130, I 98.
124 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
tima instancia, llegarán a tocarse y confundirse, como
antes naturaleza e infancia, y como siempre amor y muer-
te, amor y vida, vida y muerte, en una sola visión esca-
lofriante de acabamiento continuado.
VII
AMOR
La idea poética del amor en los versos de Barba-
Jacob es rica, compleja y extraña. En primer lugar, se
presenta como una idea amorosa que ilumina el mundo,
y su visión del mundo:
El mundo, como un cóncavo diamante, parecía
henchido hasta los bordes por la amorosa idea 191.
Fuera de esta visión que llevo ya conmigo,
¡oh amor!, ¡no busco nada!,
¡oh ardor!, ¡no quiero nada! 192.
Acuarimántima, la ciudad soñada, inexistente, en la
que todo bien, toda belleza y toda verdad hallarían asien-
to; en suma, la capital de la poesía, habría de ser una
ciudad de amor:
Fulgía en mi ilusión Acuarimántima.
Ciudad de bien, fastuosa, legendaria,
ciudad de amor y esfuerzo y ufanía
191
A 196, I 130.
192
A 176, I 79.
VII. AMOR 125
y de meditación y de plegaria;
una ciudad azúlea, egregia, fuerte,
una Jerusalem de poesía 193 .
La América española del futuro, Nuestra América
— donde se hará real Acuarimántima — "será impere-
cedera porque la estatuiremos sobre el amor", ha dicho
en prosa 194. "Seremos artífices del gran poema de la paz,
la justicia y la abundancia de la tierra. ¡El amor habrá
conquistado las murallas de Acuarimántima!" 195. En el
hombre hispanoamericano ha de brotar una "interpre-
tación del mundo merced a un alto ideal de amor" 196.
En verso, sin embargo, no llega a expresarse este mesiá-
nico amor; y el amor al mundo —aparte sus horas de
exaltación vital — se quedará en un sentimiento vago,
vagamente expresado. Dolorido amor de poeta por la
creación y la belleza, por los seres y las cosas.
Ningún tesoro en mi pobreza escondo.
Tengo un poco de a m o r . . . ¿Y no le tienen
las bestias más humildes? 197 .
Y en la inquietud absorto,
sobre la hierba trémula,
mi corazón humilde
ama todas las cosas... 198 .
Amor al mundo que el poeta ha buscado fuera del
mundo: amor trascendental:
193
A 99, I 53.
194
A 67, I 3 3 .
195
A 67, I 34.
196
A 63, I 30.
197
A 170, I 67.
198
A 218-219, I 173.
126 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Mis manos se alzaron al ámbito
para medir la inmensidad;
pero mi corazón buscaba ex ámbito
la luz, el amor, la verdad 199 .
Es un amor espiritual, que inicialmente había tra-
tado de realizarse en una dimensión humana, cuando
fueron los días de noviazgo con Teresa, como luego se
verá; pero más tarde ese amor de espíritu no se dirige ya
a la mujer — mirada como ser para el goce — y ascien-
de a territorios metafísicós. Y frente a ese amor ex ám-
bito, ya casi místico, se levanta el amor carnal, que en
este peregrino poeta existe como sensualidad desbordan-
te, vertida al goce corporal de las mujeres — al princi-
pio— y a la pasión de los homosexuales —después—, a
la cual él mismo —desgarrador en su sinceridad— no
se atreve a dar sin más el nombre de amor. Hay, pues,
una oposición clara, claramente cantada, entre la pasión
turbia y destructora de los sentidos, y esa ternura poético-
filosófica que el mundo le inspira. (Sentimiento de ter-
nura que constituye, junto con la intuición de la muerte,
el móvil generador de su creación poética).
En conjunción divina:
amor, amor, aspiración de espíritu,
amor, amor, ¡la carne deletérea! 200 .
. . . el amor
sensual trocado en un sublime amor 2 0 1 .
199
A 136, I 126.
200
A 239, I 211.
201
A 162, I 153.
VII. AMOR 127
El amor en mi sangre se hacía llamaradas
mis sienes vi de lampos circundadas.
y yo quise volar a cumbres nunca holladas.
Pero mi amor interno me fue melancolía 202 .
El poeta ha hablado de su capital "empeño de hacer
surgir del hombre bestial el hombre espiritual" 203. Vigo-
roso empeño poético y humano que aparece en versos
como:
Así me impulso al aura de la vida,
y así mi Musa en su ilusión liviana
de que brote la carne un lirio místico.
Bestia de los demonios poseída,
¡oh carne, es hora ya del don eucarístico!
Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga:
yo soy tú. . . 204 .
Con pavor mi carne ruge sus locuras.
Mi alma en ese rugir va.
Y me abraso en llamas de lúgubre anhelo,
en una gozosa desesperación. ..
Mas un d í a . . . ¡un día llegaré hasta el cielo
con las llamaradas de mi corazón! 205 .
Carne espiritualizada: música de suaves melodías:
202
A 189, I 118-119.
203
A 77, I 4 1 .
204
A 95, I 49.
205
A 235, I 195.
128 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
206
Y se llenó de espíritu la arcilla de mi carne .
Y por él (anhelo espiritual) a m o , en fin, y por el sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de t o r t u r a . . . 2 0 7 .
Jamás lucero alguno vertió desde la altura,
sobre el escueto p á r a m o , m á s dulce claridad
que el pensamiento m í o sobre mi carne i m p u r a ,
hecha, por él, florida de bien y de verdad 2 0 8 .
Esta noble visión del amor espiritual está relaciona-
da, en cierto modo, con la evocación poética de Teresa,
la novia de sus mocedades. La presencia de Teresa y el
alejamiento de ella, son acontecimientos definitivos en la
vida del poeta, y vale la pena detenerse a contemplar su
huella en la creación de arte. De los propios días de su
noviazgo, hacia 1905, data el soneto a Teresita: "Eres
tierna y lozana... / . . . el aroma de mis campos nati-
vos" 209. Todos los otros textos son muy posteriores y
están henchidos de una vaga nostalgia (Teresa fue la
única mujer importante en la vida de Porfirio, después
de su madre abuela Benedicta). El nos dice en prosa que
al recuerdo de sus amores con Teresa "se abre en su co-
razón una violeta lúgubre" 210; y se queja del fin de
206
A 237, I 198.
207
A 98, I 52.
208
A 125, I 169.
209
U P E G U I BENÍTEZ, Exégesis, pág. 185. (Soneto suprimido por el
autor; es el más antiguo de sus poemas recogidos en libros, y aún de im-
perfecta elaboración).
210
A 47, I 17.
VII. AMOR 129
"aquellos amores que parecían una designación de su
raza, fallidos en una escena ridícula con la señora ma-
dre..." 2 1 1 . En verso, las evocaciones se suceden raudas:
La mujer y la gloria con puños ternezuelos
llamaron quedamente a mi alma infantil.
¡Oh, mis primeros ímpetus! ¡Oh, mis nocturnos vuelos!
Tuve una novia... Me parece que fue en abril... 212 .
¡Oh juventud. . . y el corazón... y Ella,
música en el silencio del palmar!
Brilla en mi cielo temblorosa estrella,
y el corazón, la juventud y Ella
me infunden vago anhelo de cantar 2 1 3 .
¡Oh sombra vaga, oh sombra de mi primera novia!
Era como el convólvulo — la flor de los crepúsculos —,
y era como las teresitas: azul crepuscular.
Nuestro amor semejaba paloma de la aldea,
grato a todos los ojos y a todos familiar 214 .
¡Yo volvería!
Luna en San Pablo, novia de siempre,
yo volvería, aun en abril... 215 .
A un doncel ciñe la fértil Musa
y a un bardo espera la blonda niña,
una antioqueña flor de Israel
que enjugue a besos su frente, triste bajo el laurel.
211
A 61, I 29.
212
A 195, I 130.
213
A 200, I 142.
214
A 145, I 148.
215
A 129, I 97.
9
130 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
¡La vida es grata! ¡Reposa y sueña!
Tal vez aún llegue la ardiente niña,
una antioqueña boca-de-miel... 216 .
Y aquella niña del amor florido
y oloroso y ritual y enardecido,
el seno como un fruto no oprimido,
y un dulzor en los besos diluido,
y un no sé q u é . . . que túrbanme el sentido 2 1 7 .
En uno de sus poemas deconocidos, por último, Por-
firio evoca a Teresa más detenidamente:
Era dulce, pequeña, intranquila,
con los bucles de un bronce de gloria,
con la voz infantil e insinuante
y las manos leves, candidas e inquietas.
Fingían sus ojos rendidos
al mirar, dos profundas violetas;
su menuda presencia exhalaba
un bíblico aroma de mirra y de ungüento,
y toda su carne temblaba
como tiembla un rosal bajo el viento.
A su amor arribé muy temprano,
al cantar de la alondra primera,
y me vieron rondar sus jardines
las noches de luna de la primavera.
Mas pasó cual la sombra de un ave
sobre un lírico estanque dormido,
y quedaron vibrando, vibrando
sus palabras de miel en mi oído.
Y esta fue toda entera su dádiva:
¡la visión de unos ojos azules
2I6
A 152, I 205.
217
A 100, I 54.
VII. AMOR 131
d o n d e un l a m p o indeciso se esconde,
y u n a voz de frescuras edénicas
que a través de mis males r e s p o n d e ! 2 1 8 .
Mas pasó cual la sombra de un ave, ha dicho. En la
Canción de un azul imposible ha dicho también la muer-
te de su amor:
D e s p u é s . . . la v i d a . . . el t i e m p o . . . el m u n d o ,
¡y al fin mi a m o r desfalleció como un convólvulo!
¡Oh A m o r ! Tu emblema sea el convólvulo,
la flor de los crepúsculos! 219 .
Cuando la sombra de su novia ha pasado para siem-
pre, y la vida y el tiempo asesinan su amor, Porfirio re-
nuncia al amor. Su amor será en lo sucesivo un senti-
miento trascendental, de inspiración artística: nada tiene
ya que ver con la mujer en cuanto tal. Desde luego, no
renuncia al trato sensual de la mujer. Quedan bastantes
testimonios de la juventud mujeriega y calavera del poe-
ta. El mismo nos da la clave de ese amor sin amor en El
poema de las dádivas: donde relata la historia de las dá-
divas femeninas de su mocedad. Después de la evocación
de Teresa, cuya dádiva fue sólo "la visión de unos ojos
azules", fluye en el Poema un río de memorias lúbricas:
La otra tenía un encanto terrible
y el a m o r de las Reinas de Oriente,
y no sé q u é avidez tan p r o f u n d a . . .
218
El poema de las dádivas, en R. H. V A L L E , Poemas desconocidos.. .,
loc. cit., págs. 168-169. (Obra de juventud, este poema fue rechazado lue-
go por el autor).
219
A 146, I 149.
132 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
La tercera, de manos liliales,
olorosa a reliquias antiguas,
destilaba venenos letales
en dulces palabras exiguas.
Y esta fue, simplemente, su dádiva:
la experiencia de amores extraños,
de un trémulo busto, de un alma inasible...
la pena inconforme del goce perdido...
y, después de todo,
¡la inquieta avaricia de un nuevo sentido!
La otra, que ardía en mil llamas ocultas
era fértil, reidora, violenta,
y a trueque de un beso, de un mimo, de un canto,
con secreto orgullo gustaba su afrenta.
Era mía, era mía, era m í a . . .
¡Y después!, ¡y después! cuántas manos
al haz de mis nervios asidas...
cuántas trémulas sierpes de fuego...
cuántas torres de orgullo, rendidas...
La u n a . . .
La o t r a . . .
Las unas, volubles, pérfidas y locas;
las otras, ardidas en llamas constantes;
discretas acaso, de un dulce misterio,
o acaso extenuadas y siempre anhelantes.
La dama fortuita, de tenues perfiles,
melancólica, unciosa y extraña,
se asoma en la honda cisterna del tiempo
en vuelta en un halo de luz de la tarde;
la postrera, de impulsos diabólicos,
me dejó coronado de espinas:
mi corazón entregué a sus antojos
VII. AMOR 133
y le estrujaron sus manos dañinas.
¡Mujeres de un tiempo florido y lejano!
¡Mujeres de un tiempo duro, tempestuoso!
las que dan, malignas, vino peligroso...
las que piden bellos madrigales
y dardos ocultos en las breves glosas
que van a adularlas...
¡mujeres que ponen su soplo en las rosas
para deshojarlas! 220 .
Este poema recuerda mucho la Canción de otoño en
primavera (1905) de Rubén Darío. Tanto el Poema como
la Canción son exaltaciones de la pasión carnal por la
mujer, muy auténtica en los dos bardos: sólo que en Da-
río, amante enamorado, la "sed de amor no tiene fin"
y se lamenta la fuga de la "juventud, divino tesoro" 221,
al paso que en Barba-Jacob, amante sin ilusión, las mu-
jeres cantadas son "mujeres de un tiempo florido y le-
jano", recordadas sin ternura, como seres candidos, ma-
lignos, serviles o crueles. A lo largo de toda su poesía,
por lo demás, discurren otras figuras femeninas, casi to-
das cubiertas de bruma, misteriosas, inasibles, irreales,
que dan más bien la sensación de figuras ornamentales,
puestas por el poeta en circulación con un significado y
un valor entendidos. Pues consta que Porfirio, pasada la
embriaguez lúbrica de su juventud, se retiró para siem-
220
El poema de las dádivas, loc. cit., págs. 169-172. La larga trans-
cripción queda justificada por el interés del poema — literaria y psicológi-
camente considerado — y por su desconocimiento.
221
Canción de otoño en primavera, en GARCÍA PRADA, Poetas moder-
nistas, págs. 167-170.
134 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
pre del trato —carnal o espiritual— con las mujeres: a
partir de entonces, será un ejemplo característico del
hombre que no quiere saber nada de la mujer: polo
opuesto del Don Juan hispánico o del homme à femmes
de todas las latitudes. Las causas de su actitud y de su
reflejo en su poesía, escapan a los límites del presente
estudio, y sería tema más adecuado para investigadores
de otro tipo de ciencias, sea la medicina, sea la psicolo-
gía. Pero es necesario constatar el hecho. El propio poeta
ha hablado de la postrera mujer de aquel tiempo lejano,
la "de impulsos diabólicos", que le "dejó coronado de es-
pinas". Pues bien: he aquí que en su poesía aparecen
mujeres simbólicas, como La dama de cabellos ardientes,
imagen de la lujuria siempre insaciada, o La infanta de
las maravillas, imagen de las flores y la tarde, o como
aquella misteriosa "mujer soñada" que inviste su blan-
cura en la magnolia y que un día se pone a jugar con el
poeta "sobre las playas de la Muerte", en juego dulce del
que adviene un niño: "un nardo tremulante" 222. O como
aquella vestal de Acuarimántima, llamada Imali, sacer-
dotisa del culto al Amor, mujer de sentido no menos im-
penetrable, a la que Maín Ximénez, el poeta, asesina en
sus trágicos sueños:
Y mi mano sacrilega se tiñe
de tu sangre, ¡oh Imali!, ¡oh vestal mía!
Mas no fue mi ternura, fue un furor...
Si de nuevo a mis ojos resurrecta,
te pudiese inmolar, te inmolaría.
223
¿Ya ves, oh Imali, que no fue mi amor? .
222
A 162, I 153.
223
A 103, I 57.
VII. AMOR 135
Y hay aún otras figuras de mujeres concretas, per-
sonas de carne y hueso, con extraños nombres, como
Cintia o Fantina, o con nombres no dichos ("Un varo-
nil silencio, Un goce arcano" 2 2 4 ), descritas todas en ac-
titudes de ardorosa lujuria:
Ah, cómo en el amor estás ardida:
se va entreabriendo el alhelí de un beso
en tu boca, de múrice teñida,
y desnuda y nevada
tu carne a mi deleite fue ofrendada.
Ya en la propicia oscuridad, desnuda,
tu carne tiembla y lánguida me oprime:
doliente y zahareño
grita mi corazón: "¡Si está desnuda!"
¡Cuán lindo el pie, tan ágil y sedeño,
cuán tibio el muslo!... Ah, dueña de tu d u e ñ o . . . 2 2 5 .
Con todo, Cintia mía, en la noche nevada
junta a mi carne lívida tu carne sonrosada... 2 2 6 .
Como una flor arcana, llameando
bajo el turquí del cielo apareció.
Fue su amor mi almohada matutina;
su seno azul, de gota coralina
en el pezón, de noche mi almohada.
Y era esencia tan dulce y regalada
la de su carne en flor, la de su boca
por enjambre de besos habitada,
la de su axila —¡leche con canela! —
que un ansia de gozarla me extenuó 2 2 7 .
224
A 230, I 188.
225
A 230, I 188.
226
A 118, I 85.
227
A 185, I 102.
136 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Y cual las aguas túrbidas de un río
que rompe un viento en procelosa huella,
gimió de amor mi corazón sombrío
y suspiró mi mocedad por Ella.
— "Fantina — dije con ahogadas voces
que al brotar abrasábanme la lengua —:
quiero hundir mis mejillas en la falda
de tu traje, que apenas roza el viento,
entreverar un lirio en tu g u i r n a l d a . . . 2 2 8 .
Con pasión descarnada están dichas estas visiones
carnales; sin embargo, el lector avezado cree percibir en
ellas un sonido falso, un dejo fantástico y extraño; no
tienen la autenticidad de aquellas mujeres dadivosas de
antaño, ya cándidas, ya crueles. Parece como... si nunca
hubieran existido; como si fueran símbolos de otras pa-
siones.
¿Quién es aquella chica mexicana de Jalisco, aquella
Romelia tan radial, tan tónica, tan clara como la luz de
Guadalajara?:
Y yo pensé en Romelia y en su imposible amor 2 2 9 .
228
A 110, I 75.
229
A 147, I 155. ¿Y cómo ha de entenderse la más célebre de todas
sus estrofas, aquella de la Canción de la vida profunda (1915), A 114,
I 106-107:
Y hay días en que somos tan lúbricos, tan lúbricos,
que nos depara en vano su carne la mujer;
tras de ceñir un talle y acariciar un seno,
la redondez de un fruto nos vuelve a estremecer?
Acaso la única evocación femenina auténtica que figura entre sus
libros actuales — dejando aparte el recuerdo de Teresa — es la de la Ba-
lada de la loca alegría (1921), A 143, 1 116.
VII. AMOR 137
Amor imposible. El poeta rechaza el amor, o se sien-
te rechazado por él. Ante un amigo se lamenta de que
"ninguna mujer lo había amado" 230 ; en sus poemas el
lamento suena a desafío:
La paz es mi enemigo violento,
y el amor mi enemigo sanguinario 2 3 1 .
Ni un albo amor, ni un odio me estremece,
forma ciega en negrura ilimitada. . . 232 .
Al hablar dejo la palabra trunca:
el tiempo es breve y el vigor escaso,
y la Amada ideal no vino nunca 2 3 3 .
No tuve amor, y huían las hermosas
delante de mis furias monstruosas.
Lauros negros mi oprobio me ciñó 2 3 4 .
Aldeanas del Cauca con olor de azucena;
montañesas de Antioquia, con dulzor de colmena;
infantinas de Lima, unciosas y augurales,
y princesas de México, que es como la alacena
familiar que resguarda los más ricos panales. . .
(La referencia a las limeñas es, no obstante, imaginaria, porque la
estancia del poeta en el Perú es posterior, en un lustro, a la fecha de la
Balada). A su amigo Arévalo Martínez, que desde los días de El hombre
que parecía un caballo (1914), Como allí consta, le había augurado la re-
dención por obra de una mujer, le dice: "¡Main Ximénex no se redimió
al fin por una mujer, como tú me decías, mi amigo de Guatemala, sino
por virtud del canto!", A 56, I 24 (1920).
230
ARÉVALO MARTÍNEZ, El hombre que parecía un caballo, pág. 21,
231
A 104, I 57-58.
232
A 155, I 111.
233
A 98, I 52.
234
A 194. I 129.
138 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
El amor fue mi parte dispensada
235
en el festín de sombras de la n a d a . . . .
Aparecen entonces los versos "consagrados a la exal-
tación de su sensualismo pagano, a la glorificación de la
más innoble de las pasiones humanas", según palabras
de uno de los amigos del poeta 236 . Es un himno a la lu-
juria indiferenciada, un himno de alegría frenética que
acaba en letal desolación. Se trata, sin duda, de una de
las más desusadas y amorales expresiones de sensualidad
que hayan brotado en verso castellano. Y aquí acaba la
labor de la investigación literaria. Baste recordar que el
poeta canta profusamente la pasión homosexual, en ver-
sos muy conocidos, que deben su difusión, tanto a su
valor artístico como a la extrañeza de sus motivos (que
no carecen de antecedentes en la literatura). Porque es
verdad innegable que algunas estrofas de esos poemas
malditos están impregnadas de una profunda belleza:
igual que en los grandes poetas malditos. Los desposados
de la muerte, Balada de la loca alegría, Canción deliran-
te, Elegía del marino ilusorio, Canción del día fugitivo,
Canción de la soledad, Nueva canción de la vida profun-
da, El rastro en la arena (luego rechazado por el poeta),
Elegía platónica, El són del viento, Acuarimántima y
otros, contienen las estrofas que representan a Porfirio
en el coro de los cantores proscritos.
"Me está reservada una celebridad rencorosa... Pero
yo no soy un moralista del amor... me conformo con
235
A 230, I 189.
236
JARAMILLO MEZA, Vida, pág. 68. (Estas palabras fueron escritas en
1934 y aparecen en el prólogo a La Canción de la vida profunda y otros
poemas, 1937).
VII. AMOR 139
ser un ruiseñor equivocado"237. El poeta ha hablado
también de versos cuya publicación "no es posible toda-
vía"238. Sufre por la vejación de que es objeto, pero cree
hallar consuelo en su propia inspiración:
Lauros negros mi oprobio me ciñó.
Mas un lúgubre Numen me consuela.
Vuela el tiempo, mi Numen canta y vuela,
¡y nadie ha sido más feliz que yo! 2 3 9 .
Mas con toda su negación de la moral tradicional, el
ruiseñor equivocado vive horas de cristiano arrepenti-
miento:
¡sólo yo pierdo la inefable esencia
de la vida inocente, porque crío
tu gusano letal, Concupiscencia! 240 .
Y el recuerdo puro de Teresa, la novia de antaño,
no le abandona; más tarde ha de reconocerse equivocado:
Yo no sabía que la paz profunda
del afecto, los lirios del placer,
la magnolia de luz de la energía,
lleva en su blando seno la mujer.
Mi sien rendida en ese seno blando,
un hombre de verdad quisiera ser. . .
¡Pero la vida está acabando,
y ya no es hora de aprender! 241 .
237
A 70, I 36-37, y JARAMILLO MEZA, Vida, pág. 69.
238
Cfr. JARAMILLO MEZA, Vida, pág. 68.
239
A 194, I 129.
240
A 177, I 82.
241
A 184, I 101.
140 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
El poeta ama y odia a la vez sus bajos placeres, y
sabe que, a la postre, el goce de ellos se tornará en ce-
niza:
Carne, bestia, mi Amiga y mi Enemiga:
yo soy tú, que por leyes ominosas,
cual vano mimbre que meció una espiga
te haces nada en el polvo de las cosas... 242 .
Amor. Deleite. Horror. Pavesas. Nada.
¡Nada, nada por siempre! 243 .
Reaparece entonces la visión agónica de la vida que
es tan propia y tan íntima del poeta: en pleno goce del
amor, siente sollozar su corazón agonizante y rechaza
rotundamente aquel goce y aquel amor:
Amor, por tu delicia y tu frecuencia,
por los valles letárgicos de la carne encantada
— de un humo azul la blándula almohada,
de un prócer vino la brumosa esencia—,
sosiégase en la noche la frente conturbada.
Y la alondra no canta todavía
ni mueve sus saetas el reló.
Pero mi corazón solloza en su agonía:
— ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 2 4 4 .
También la carne le lleva hacia la muerte. Ese amor
de la carne, ese "arcano sentido del amor" 245, tiene para él
resonancias mortíferas. Y los donceles de sus poemas son
desposados de la muerte246. Nunca más clara la identi-
242
A 95-96, I 49.
243
A 96, I 50.
244
A 139, I 110.
245
A 144, I 117.
246
A 132-133, I 122-123.
VII. AMOR 141
dad entre el amor y la muerte, o, en este caso, entre la
pasión y la muerte 247. Y en los rojos cabellos de La da-
ma de cabellos ardientes, personificación simbólica de la
lujuria desatada, está la muerte insondable:
. . . la Dama me ahondó tan blandamente
por el muelle jardín de su regazo,
tan íntima en la sombra refulgente
me ciñó las guirnaldas de su abrazo,
que me adormí, dolido y sonriente.
Me envolvió en sus cabellos,
ondeantes y rojos,
y está la Muerte en ellos,
insondables los o j o s . . . 2 4 8 .
En vano buscaríase, entre los poetas que hemos dado
en llamar agonistas, los hermanos visionarios de Barba-
Jacob, una posición ante el amor semejante a la de éste.
Se encontraría, desde luego, en otro orden de tradición
poética, desde los griegos hasta la actualidad. Mas los
grandes temerosos de la muerte han sido, casi siempre,
grandes enamorados de la mujer, entusiastas del amor,
ebrios de vida. En el propio Manrique, el ascético medi-
tador sin ilusiones, se percibe un aroma de sensualidad
inconfundible, en añoranza casi involuntaria:
¿Qué se hicieron las damas,
sus tocados, sus vestidos,
sus olores?
¿Qué se hicieron las llamas
de los fuegos encendidos
de amadores?
247
Identidad que ha establecido de nuevo Vicente Aleixandre, La des-
trucción o el amor (1935).
248
A 131, I 99.
142 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
¿Qué se hizo aquel trovar,
las músicas acordadas
que tañían?
¿Qué se hizo aquel danzar
y aquellas ropas chapadas
que traían? 249 .
Y Quevedo, el Maestre de la Muerte, es el Gran
Maestre del Amor. "Quiero que veáis... —explica su dis-
cípulo Neruda — el duelo inacabable, su combate de amor
y de pasión con la vida y su resistencia hacia la reduc-
ción de la muerte. A veces la pasión lo hunde en la tierra,
lo hace más poderoso que la misma muerte y a veces la
muerte de todas las cosas invade un loco territorio de pa-
siones carnales. Sólo un poeta tan carnal pudo llegar a
tal visión espectral del fin de la vida. No hay en la his-
toria de nuestro idioma un debate lírico de tanta exas-
perada magnitud entre la tierra y el cielo"250. La vida
se acrecienta en la doctrina quevedesca, porque en ella
el amor triunfa de la muerte; algunos de sus sonetos
amorosos son los únicos tratados que han horadado el
más allá; jamás el grito del hombre fue más altanero. El
hombre se sobrepone por primera vez a la destrucción.
"Trágica concepción gloriosa de la vida y de la muerte":
De esotra parte de la muerte dura
vivirán en mi sombra mis cuidados,
y más allá del Lethe mi memoria.
Triunfará del olvido tu hermosura,
mi pura fe y ardiente, de los hados,
y el no ser, por amar, será mi gloria 251.
249
Cfr. SALINAS, Manrique, pág. 169.
250
NERUDA, Viajes, págs. 32-33.
251
QUEVEDO, Obras, II, pág. 65, xix.
VII. AMOR 143
Alma a quien todo un Dios prisión ha sido,
venas que humor a tanto fuego han dado,
medulas que han gloriosamente ardido,
su cuerpo dejarán, no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrán sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado 2 5 2 .
Y entre los contemporáneos hispánicos, el gran can-
tor del amor es Rubén Darío, que lo enfrenta igualmen-
te a la muerte. Con el amor se triunfa de la muerte, o
al menos, se llega a ella sin rencor.
Abrasaos en esa llama
y respirad
ese perfume que embalsama
la Humanidad.
Aún vencen muerte, tiempo y hado
las amorosas;
en las tumbas se han encontrado
mirtos y rosas.
En nosotros la Vida vierte
fuerza y calor.
¡Vamos al reino de la Muerte
por el camino del Amor! 253 .
En Barba-Jacob no. El amor es pasión desnuda, ago-
tamiento físico sin rodeos, que conduce al agotamiento
definitivo de la vida. El poeta se aproxima cada vez más
a la destrucción. Acaso podría encontrarse un paralelo
252
Ibid., pág. 72, xlv.
253
Poema del otoño (1910), en GARCÍA PRADA, Poetas modernistas,
págs. 189, 190, 191.
144 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
a los cantos dionisíacos de Porfirio, en los cantos nada
apolíneos de Baudelaire, cuando celebra la pasión des-
tructora de su amante mulata, Juana Duval:
Sur ta chair le parfum rôde
Comme autour d'un encensoir;
Tu charmes comme le soir,
Nymphe ténébreuse et chaude.
Ah! les philtres les plus forts
Ne valent pas ta paresse,
Et tu connais la caresse
Qui fait revivre les mortsl
Tes hanches sont amoureuses
De ton dos et de tes seins,
Et tu ravis les coussins
Par tes poses langoureuses.
Quelquejois, pour apaiser
Ta rage mystérieuse,
Tu prodigues, sérieuse,
La morsure et le baiser;
Tu me déchires, ma brune,
Avec un rire moqueur,
Et puis tu mets sur mon coeur
Ton oeil doux comme la lune 254 .
Tu me déchires... Hay, tanto en Baudelaire como
en Barba-Jacob, un afán de aniquilamiento por medio
de la desenfrenada vivencia carnal y de los paraísos arti-
ficiales, a los que fueron tan dados el francés y el ame-
ricano. No es la muerte inevitable y superada de un Que-
vedo o un Darío; es la muerte buscada y encontrada, an-
ticipadamente, a través del goce que disloca. El poeta está
llegando a la destrucción.
254
BAUDELAIRE, Die Blumen, págs. 174-176: Chanson d'apres-midi.
VIII. DOLOR 145
La doctrina nihilista de Barba-Jacob encierra, sin em-
bargo, un secreto jamás expresado. Palpita dentro de su
poesía un amor oculto, humano y extraterreno: el verda-
dero amor de Porfirio. Porque él busca la muerte a través
de la pasión carnal — y de todas las formas de la vida —
justamente por amor a la vida y a los mortales. Paradoja
mística. Aquella ternura dolorida que le inspiraban los
seres y las cosas, convertida en un sentimiento poético tras-
cendental, le mueve a marchar al encuentro de la muer-
te, para contemplarla y revelar su rostro a los mortales,
antes de que mueran. ¡Que nadie la olvide! Místico de
un amor ignorado, místico de la muerte, se sacrifica por
amor a sus semejantes. Muere por que ellos vivan más
intensamente, fortalecidos por la suprema sabiduría, la
de la muerte. Las rutas de Porfirio son satánicas, pero su
meta es redentora. Redentor diabólico, apóstol de una
extrañísima religión poética, cuyos ritos sagrados están
en las misas negras, las orgías y las bacanales, el poeta
ha llegado, por amor, a la destrucción.
VIII
DOLOR
De la vida a la muerte a través del dolor. El dolor
es la antesala del infierno, es ya vivencia de la muerte.
Y su poesía es poesía de dolor, arte agónico, enfrentado
a los dos extremos humanos del vivir y del morir.
He aquí el libro que me representa, el fruto amargo
de mi saber. Resume los esfuerzos de muchos años de
experiencia honda y seria del dolor humano... Es la
impresión valerosa, con tristeza imperial vestida, de imá-
10
146 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
genes y representaciones de un alma solitaria, y el grito
desolado de esa alma en sus precarios fulgores, ante la
inanidad de todo y la Muerte como límite.
Diadema de lágrimas de la inteligencia, que ciñe
mi corazón defraudado. Sucesión confusa de tragedias
espirituales 255.
De este modo dramático quiso presentar el poeta
uno de sus libros; y en otro de sus prólogos dice de sí
mismo: "El poeta se abandona en las ráfagas de la pa-
sión, penetra en las más lóbregas comarcas del dolor
humano..." 2 5 6 . El dolor es móvil del canto: poseemos
"una noción universal de la armonía como principio
estático. Incorporando a ella nuestro dolor, la hacemos
dinámica. Existe el dolor como principio dinámico en
arte; incorporando a él nuestra noción de la armonía, lo
fijamos en el tiempo..." 2 5 7 . En Acuarimántima decla-
ra, en la introducción, su propósito de cantar y perpe-
tuar su dolor, en un mundo regido por el llanto:
Vengo a expresar mi desazón suprema
y a perpetuarla en la virtud del canto.
Yo soy Maín, el héroe del poema,
que vio, desde los círculos del día,
regir el mundo una embriaguez y un llanto 2 5 8 .
Dolor, desazón, llanto. Su propia poesía es una can-
ción de lágrimas, lamentos y alaridos: al final se con-
vertirá en un lúgubre alarido de muerte:
255
A 41.
256
A 77, I 41.
257
A 63, I 30.
258
A 93, 1 47.
VIII. DOLOR 147
Yo, Rey del reino estéril de las lágrimas,
yo, Rey del reino vacuo de las rimas. .. 259 .
Como el tono del mar cuaja en la perla,
cuaje en esta canción aquel rumor:
sea un lamento
que va en el viento
por mi temblor y mi dolor... 260 .
perfecta en sí la estrofa del lamento
y la vida en anhelo y ardimiento
y a impulso de los ritmos estelares 261 .
De simas no sondadas subía a las estrellas;
un gran dolor incógnito vibraba por su acento:
Y supo cosas lúgubres, tan hondas y letales,
que nunca humana lira jamás esclareció,
y nadie ha comprendido su trágico l a m e n t o . . . 2 6 2 .
. . . Ráfagas lúgubres
baten el alma, raen la carne;
tormentas sordas de mares lóbregos
rasgan las velas de mi razón.
Algo para este anhelo divino
que va en la onda desesperada de mi canción 263 .
259
A 94, I 48.
260
A 191, I 120.
261
A 93, I 47.
262
A 159, I 103.
263
A 153, I 206. Esa onda desesperada trae al recuerdo, involuntaria-
mente, las dos Canciones desesperadas, de Miguel de Cervantes y de Pablo
Neruda (1924).
148 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
. . . ¿En olvido
mi ser se m u e r e , mi canción no d u r a ,
y fui no más un lúgubre alarido? 2 6 4 .
Después u n v i e n t o . . . u n v i e n t o . . . un viento...
¡y en ese viento mi a l a r i d o ! 2 6 5 .
"México es mi juventud y mi dolor; mis alaridos ca-
balgan en las brisas mexicanas", ha escrito también 266 .
Su dolor es un dolor sin nombre, incomparable:
Dolor sin vocablos, abscóndito, ardiente;
guirnalda de oprobios que a b r u m a la frente,
y un lloro en la noche que un astro r e d i m e . . .
¡Mis ojos no vean el solemne día
en que ya la Gloria mi nombre sublime!
Dolor, oblación, poesía, corona l e j a n a . . .
¡Alma mía, qué cosa tan v a n a ! 2 6 7 .
Yo tuve ya un dolor tan íntimo y tan fiero,
de tan cruel dominio y trágica opresión,
que a tientas, en las ráfagas de su huracán postrero,
fui hasta la M u e r t e . . . Un alba se hizo en mi c o r a z ó n 2 6 8 .
Sé m á s : mi egregia Musa, de hieles abrevada,
en noches sin aurora y en llantos de agonía,
por el fatal destino de dioses e n g a ñ a d a ,
ya no creerá en n a d a . . . ni aun en la P o e s í a . . . 2 6 9 .
Su dolor es un dolor inédito, desconocido. "Confieso
que más de una vez me ha parecido letal la amargura
264
A 95, I 49.
265
A 137, I 127, y A 7 1 , I .37.
266
Carta a un amigo, hacia 1913. Cfr. R. H. V A L L E , El mundo hechi-
cero..., loe. cit., pág. 39.
267
A 140, I 112-113.
268
A 160, I 9 3 .
269
A 160, I 9 3 .
VIII. DOLOR 149
de estas canciones... He planteado de nuevo, bajo la
inocencia de las rimas, el duelo inenarrable de la materia
con el espíritu que en ella parece reverberar, y complico
el dolor antiguo de la lira con un dolor que no conoció
ninguno de los grandes desolados. En medio de la orgía
se oyen las acres negaciones de la soberbia lúgubre, y en
la tremenda actitud de la Musa se podría ensayar una
mística de Satán" 270. Un dolor nuevo y único.
Que fui por los instintos inmolado
ante el ara de un dios; que un soplo frío
de lóbrego misterio he suscitado;
271
que un dolor nuevo está en el plectro m í o . . . .
Y luego... ser el arbitro de mi torpe destino
actor en mis tragedias, verdugo de mi honor. . .
¡Mi lira tiene el trémolo del caracol marino,
y entre el dolor humano yo expreso otro dolor! 272 .
¡Nadie supo en la tierra sombría
mi dolor, mi temblor, mi pavura! 2 7 3 .
Un gran dolor incógnito vibraba por su acento;
274
y nadie ha comprendido su trágico lamento. .. .
Dolor del cual le redime la locura hechizante de su
poesía:
¡Compensé mi dolor con mi locura,
y nadie ha sido más feliz que yo!
270
A 41.
271
A 106, I 60.
272
A 196, I 131.
273
A 119, I 81.
274
A 159, I 103.
150 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Lauros negros mi oprobio me ciñó.
Mas un lúgubre Numen me consuela.
Vuela el tiempo, mi Numen canta y vuela,
¡y nadie ha sido más feliz que yo! 2 7 5 .
Y la hermosura de la naturaleza le consuela de su
dolor, igualmente. El ha hablado de la amargura de sus
canciones, "hasta cuando la estrella de la tarde, símbolo
de la belleza, baña de suave claridad el sombrío panora-
ma interior"276. Así se comprende, por lo tanto, aquel
llanto silencioso:
Dolor sin vocablos, abscóndito, ardiente;
guirnalda de oprobios que abruma la frente,
277
y un lloro en la noche que un astro redime... .
Venus le consuela; el anhelo de belleza le hace su-
perior al dolor:
Y por él (anhelo) amo, en fin, y por el sueño
con una honda transfusión divina
de la luz en mi carne de tortura
¡puesto que está la estrella vespertina
sobre el horror de esta prisión oscura! 278 .
Por lo demás, Porfirio no rehuye el dolor; como ha
sido valeroso en el goce, será valeroso en la pena. Sabe
que el dolor le purifica. Su dolor es puro, y depura su
poesía:
275
A 194, I 129.
276
A 41.
277
A 140, I 113.
278
A 98. I 52.
VIII. DOLOR 151
Que un dolor nuevo está en el plectro mío,
y el plectro, en el dolor, purificado 279 .
Mi numen, fuerte, no es aquel tan puro
como el cerrado corazón de un monte;
pero sobre sus ruinas de inocencias
haré brillar, ebrio de dolor puro,
una gota de luz del corazón del monte 2 8 0 .
Fui rosa negra de mil rosas rojas
del vicio en las ocultas floraciones...
Mas el azul en mi dolor heroico
abrió su abismo de fulgencias puras,
soles remotos, nébulas, centellas,
y estuve opreso por las lumbres de ellas
del hilo de oro del collar del día;
y un anhelar de espacio dio sus alas
a mi desconcertada poesía 281 .
¡Qué noche, noche ustoria que conmovió la vida
y enardeció las almas y depuró el dolor...
A quien miró la estrella con mirar arrobado,
hasta el penar la lumbre le tiene diademado,
282
y un brillo de la lumbre lleva en la mente opreso...
Dolor de hermosura irresistible, que dijo su compa-
triota Rafael Pombo 283 . Dolor de belleza y de poesía, do-
lor puro, que se opone al dolor de su vida, a su propio
dolor humano, y lo eleva a la altura del arte. Represen-
tado en la poesía, Porfirio llega a olvidar su dolor de
hombre:
279
A 106, I 60.
280
A 94, I 48.
281
A 104, I 58.
282
A 213, I 165.
283
RAFAEL POMBO (1833-1912), Noche de diciembre.
152 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
Retumba en mi recuerdo mi alarido,
mi estéril tiempo en mi inquietud suprema.
El trágico dolor ha concluido.
Yo soy Maín, el héroe del poema 284 .
¿Olvido? ¡Imaginaciones, imaginaciones! El dolor
persiste:
Vivir aquí, labrando la tierra de Sayula,
porque me diese un día, a cambio de sudor
— ya extinta mi inquietud, calladas mis canciones—,
¡paz!, ¡paz en mis entrañas!, ¡silencio en mi redor!
— ¡Imaginaciones!
— ¡Imaginaciones! 2 8 5
La angustia dolorida es una lumbre que continúa "ar-
diendo congenitamente a las propias raíces de su persona-
lidad" 286 :
Yo soy esa sombra doliente,
nimbada de ensueño y amor y tortura,
que por luengos caminos fatales
287
persigue otra sombra fantástica y p u r a . . . .
Y al cabo, estar colmadas las noches de infortunio.
¡Qué silencio tan lóbrego! ¡Qué frío el corazón!
Entre tapiales rotos, la lúgubre altamiza:
sangrando en sus ruinas mi propio corazón...
Y en medio de mi pena, yo siempre me decía:
— ¿Dónde estará la Infanta?... 288.
284
A 105, I 59.
285
A 147-148, 1 156.
286
A 76, I 40.
287
A 210-211, 1 162-163.
288
A 182, I 92.
VIII. DOLOR 153
En mis siete dolores primarios se resume,
como en alejandrino paradigma,
la escala del dolor que el mal asume.
Tenebrosa, recóndita a r m o n í a . . . 2 8 9 .
Y hay días en que somos tan lúgubres, tan lúgubres,
como en las noches lúgubres el llanto del pinar.
El alma gime entonces bajo el dolor del mundo,
y acaso ni Dios mismo nos pueda consolar 290 .
Los que no habéis gemido de horror y de pavor,
como entre duras barras, en los abrazos férreos
de una pasión inicua,
mientras se quema el alma en fulgor iracundo,
muda, lúgubre,
vaso de oprobio y lámpara de sacrificio universal,
¡Vosotros no podéis comprender el sentido doloroso
de esta palabra: ¡Un hombre!291.
Y brota, por fin, el ritornello eterno: dolor y muerte
se aproximan hasta confundirse; el dolor es vivencia de
la muerte, y morir es el dolor total:
M o r i r . . . ¿Conque esta carne cerúlea, macerada
en los jugos del mar, suave y ardiente,
será por el dolor acongojada? 292 .
Por eso, al dolor de la vida, que es dolor de la muer-
te, va aparejado el terror ante la vida y la muerte. El poe-
ta ha dicho ya que para comprender el sentido doloroso
de la palabra hombre, es necesario haber gemido de
289
A 94, I 48.
290
A 115, I 107.
291
A 186-187, I 104-105.
292
A 193, I 128.
154 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
horror y de pavor. Y su poesía es poesía de terror, como
lo expresa en un verso excelente:
Rima errante por noches de pavura 2 9 3 .
Dolor, terror... y también esperanza. La esperanza
de una utópica Acuarimántima, capital ideal de la Amé-
rica española. No una esperanza de vida ultraterrena, de
la que poco espera esta poesía ("¡Alma mía... qué cosa
tan vana!") 294 ; sino una esperanza para las generacio-
nes futuras, en cuya memoria vivirá su espíritu. Por todo
ello, la virtud de su canto está en fijar su dolor y su es-
peranza .
El poeta se remite a la prueba del tiempo y de la
posteridad:
Se me reducirá acaso a unas cuantas páginas de antología
con la asignación de "erabundo y extraviado"! ¡Pero algún grito
mío subsistirá, porque por mi boca han hablado el dolor, el terror
y la esperanza...! ¡YAcuarimántima fulge en la lejanía! 296 .
Dolor ante la muerte de la vida, terror ante la vida
de la muerte, esperanza más allá de la vida y de la muer-
te. ¡Acuarimántima fulge en la lejanía!
En definitiva, el dolor de Barba-Jacob es verdadera-
mente sin par. No tiene igual. En la dilatada represen-
tación del dolor —como en la extraña del amor y en la
profunda de la muerte— sobresale entre los poetas que
le son cercanos y familiares. Su dolor es un dolor desola-
do, interminable, con voluntad de perduración; dolor de
293
A 95, I 49.
294
A 141, I 113.
295
A 7 1 , I 37.
296
A 70, I 36.
VIII. DOLOR 155
hispanoamericano (América, patria del dolor), que com-
parten poetas como Darío, Gabriela Mistral, Vallejo y
Neruda, aunque éstos raramente alcanzan la claridad y
plasticidad visionarias del Porfirio agonista.
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque esa yo no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser, y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido, y un futuro terror. . .
y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos...
297
RUBÉN DARÍO .
. . . mis sienes jaspea
la ceniza precoz de la muerte. En mis días,
como la lluvia eterna de los polos, gotea
la amargura con lágrimas, lenta, salobre y fría.
Mientras arde la llama del pino, sosegada,
mirando a mis entrañas pienso qué hubiera sido
un hijo mío, infante con mi boca cansada,
mi amargo corazón y mi voz de vencido.
Y en qué huertas en flor, junto a qué aguas corrientes
lavara, en primavera, su sangre de mi pena,
si fui triste en las landas y en las tierras clementes,
y en toda tarde mística hablaría en mis venas.
298
GABRIELA MISTRAL .
Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!
Golpes como el odio de Dios; como si ante ellos,
297
Lo fatal, en GARCÍA PRADA, Poetas modernistas, pág. 161.
298
Antología, Santiago de Chile, Empresa Editora Zig-Zag, 1947. (Bi-
blioteca Premio Nobel), págs. 152-153: Poema del hijo, ii.
156 PRIMERA PARTE: VISIONES DE VIDA
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el a l m a . . . ¡Yo no sé!
Son pocos, pero s o n . . . Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.
299
CÉSAR VALLEJO .
Un tiempo total como un océano,
una herida confusa como un nuevo ser,
abarcan la tenaz raíz de mi alma
mordiendo el centro de mi seguridad.
Qué espeso latido se cimbra en mi corazón
como una ola hecha de todas las olas,
y mi desesperada cabeza se levanta
en un esfuerzo de salto y de muerte.
Hay algo enemigo temblando en mi certidumbre,
creciendo en el mismo origen de las lágrimas,
como una planta desgarradora y dura
hecha de encadenadas hojas amargas.
300
PABLO NERUDA .
Dolor americano. Estos cuatro textos escogidos al
azar son, como los versos de Barba-Jacob, "rima errante
por noches de pavura". Frente a ellos hay un dolor eu-
ropeo más sereno: el dolor sabio y tranquilo de un fran-
cés, el dolor nostálgico y bueno de un andaluz castellano,
el dolor orgulloso de un catalán.
Sois sage, ô ma Douleur, et tiens-toi plus tranquille.
Tu réclamais le Soir; il descend; le voici:
Une atmosphère obscure enveloppe la ville,
299
Poesías completas, pág. 23: Los heraldos negros (1918).
300
Cfr. ALONSO, Neruda, pág. 26.
VIII. DOLOR 157
Aux uns portant la paix, aux autres le souct.
Pendent que des mortels la multitude vile,
Sous le fouet du Plaisir, ce bourreau saris mercí,
Va cueillir des remords dans la fête servile,
Ma Douleur, donne-moi la mam...
Entends, ma chère, entends la douce Nuil qui marche!
301
CHARLES BAUDELAIRE .
La causa de esta angustia no consigo
ni vagamente c o m p r e n d e r siquiera;
pero recuerdo y, recordando, d i g o :
— Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
ANTONIO MACHADO302.
No ho diría en va, perquè
hi ha el dolor, que és orgullós:
és només per al joiós
que la vida ja el seu ple.
Cal fer pura a tot o re
la jugada, como si ho jos:
qui no morí d'amorós,
l'amor no el prendrà a mercè.
303
CARLES RIBA .
Dolor moribundo, el de Porfirio Barba-Jacob: Y, en
mármol negro, el Numen desolado 304.
301
Die Blumen, pág. 270: Recueillement.
302
Obras, págs. 112-113, lxxvii.
303
CARLES RIBA, Obra poética, antología. Texto original y versiones
castellanas, Madrid, ínsula, 1956, pág. 218, xxvi (Sahatge cor, Barcelona,
1952, pág. 69, xxvi).
304
A 139, I 110.
SEGUNDA PARTE
VISIONES DE MUERTE
I
EL CANTO DE LA MUERTE
Estamos ya en el ámbito de la muerte, en su centro
mismo. Hasta ahora el poeta había estado siempre al bor-
de de la muerte, bordeándola. Pero ya ha llegado al fin
de su ruta interior. Ahora está en la vorágine ensordece-
dora de la muerte, que es como un gigantesco remolino
enloquecido que gira al rededor del poeta y cuyo eje
pasa por su corazón. Vivencia de la muerte: vivencia
destructora, que asesina continuamente su corazón, para
engendrarlo siempre de nuevo, y volver a destruirlo, en
alterna sucesión de vida y muerte, en perpetua agonía
aniquilante. Poeta entre la vida y la muerte, poeta agó-
nico por excelencia es Porfirio. Poeta de agonía que, en
último término, está más cerca de la muerte que de la
vida: poeta muriente, moribundo: moriturus que no sa-
luda a César alguno; que sólo saluda, rencoroso, sober-
bio, fiero en su desolación, a la reina de la vida, que no
es otra que Ella.
Altísima poesía, altísima filosofía las de este poeta
americano, que supo de la existencia y la victoria de la
muerte l, como pocos poetas o pensadores de América
1
ALONSO DE OROZCO, Victoria de la muerte (Madrid, 1921). Cfr.
SANTIAGO MONTERO DÍAZ, Cervantes, compañero eterno, Madrid, 1957,
pág. 85: "La idea de la muerte en la obra de Cervantes".
11
162 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
han sabido de ellas, acaso más que ninguno. (De querer
encontrar antecedentes americanos antiguos a estas visio-
nes, cabría pensar ante todo en Netzahualcóyotl y los
poetas aztecas de la muerte; les acerca el Anáhuac que
unos y otro amaron). Altísima visión de este poeta filo-
sófico que —identificándose con los más hondos espíri-
tus de la tierra— conoció ser la meditatio mortis la más
alta de las meditaciones humanas, fuente de la poesía y
la filosofía2.
El poeta marcha solo a través de su reino sombrío.
Sigámosle. Contemplemos sus actitudes y sus voces ante
los panoramas que va, él solo, descubriendo. Nuevo viaje
del infierno: Dante sin Virgilio. Solo.
Así como la reflexión sobre la muerte es la primera
realidad del espíritu, así la propia muerte es la primera
realidad de la vida, la única esencial. Poco es todo lo de-
más, pues que todo se torna muerte:
No hay nada grande, nada, sino la Muerte... En vano
querrá un ardiente Numen, tras líricos empeños,
aprisionar la turba de los silfos risueños
o descubrir las líneas de un rostro sobrehumano.
Las cosas son la espuma del tiempo en nuestra mano;
la gloria es eco de una proeza urdida en sueños;
joyeles y palacios de exóticos diseños
son fábrica de niebla, ruido del oceano... 3.
2
La idea de la muerte como inspiradora de la poesía y la filosofía,
ha sido expresada, entre otros, por Platón, Cicerón, Schopenhauer, San-
tayana, Heidegger, Unamuno.
3
A 118, I 85.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 163
La muerte es señora de omnipotente presencia. Está
presente en la vida, como la noche en la luz, y "parece
que se palpa con la mano":
Hay en la plenitud de la mañana
un inútil rebase. Bruma densa
vendrá a cubrir el farallón lontano,
y la noche en la luz, la noche inmensa
parece que se palpa con la mano 4 .
Muerte y vida se destruyen y recrean mutuamente,
en odio y en amor inacabable:
La antorcha crepitante está en el viento
y de siglos a siglos va encendida;
la Muerte sopla su huracán violento,
y fulge más la antorcha de la vida:
¿un niño en este instante los ojos no entreabrió?
Pero mi torvo corazón no olvida:
— ¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 5
El poeta ha afirmado la renovación de la vida para
negarla luego. Porque la muerte ha de vencer eterna-
mente: la vida fulge sólo para mostrar el triunfo de la
muerte. Canta La dama de cabellos ardientes:
¡Todo por mí! La ardiente cabellera
flota en los manantiales de la vida,
y por mí, como un bosque en primavera,
la Muerte está de niños frutecida 6.
La muerte es dueña del universo, y el polvo reina:
4
A 164, I 152.
5
A 138, I 109.
6
A 130, I 98.
164 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
La Muerte viene, todo será polvo;
polvo de Hidalgo, polvo de Bolívar,
polvo en la urna, y, rota ya la urna,
polvo en la ceguedad del aquilón! 7 .
Porfirio lo revela a todos los hombres, al dirigirse a
un amigo:
Te hablo en la triste vanidad del verso.
Tú en la Muerte rendido, yo en la Muerte,
ni un grito apenas del afán del mundo
podrá hallar eco en la oquedad vacía.
El Polvo reina, el Polvo, el iracundo... 8
La muerte es la meta de la vida, que en ella ha de
acabar inexorablemente. Habrá días de plenitud, móvi-
les, fértiles, plácidos, y habrá días de agostamiento, sór-
didos, lúbricos, lúgubres... y podrán volver los días cla-
ros y volver los sombríos... tanto d a . . . unos y otros no
son más que pasos contados hacia otro día final:
Mas hay también ¡oh Tierra! un d í a . . . un d í a . . . un día
en que levamos anclas para jamás volver...
Un día en que discurren vientos ineluctables.
¡Un día en que ya nadie nos puede retener!9
El poeta, por otra parte, ha estado en contacto con
la muerte desde su primera juventud, casi desde la niñez.
El mismo ha dicho que de niño "amaba la flor de San
Juan, porque sus hondos tonos violáceos tenían el color
de mi representación del mundo" 10; y en verso habla de
las manos violáceas de la muerte:
7
A 144, I 117.
8
A 144, I 117.
9
A 115, I 107.
10
A 51, I 20.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 165
Con sus manos violáceas, en la tarde riente:
ya mi ansiedad la Muerte apaciguó 11 .
De modo que su visión del mundo viene a identifi-
carse con su idea de la muerte. Idea que ya aparece en
sus primeros escritos —su protohistoria lírica—, como
una novela desaparecida, Virginia, en la que se hablaba de
la tortura incruenta del pensamiento, la pena irremediable de
m o r i r . . . , el sutil dolor de amar. Este a m o r . . . va regando en
el corazón el sutil polvillo de la muerte 12 ;
o como en una comedia también desparecida, La muerte
de Córdoba (1905), en la que, a propósito del asesinato
del general José María Córdoba, uno de los próceres de
la Independencia suramericana, vencedor en Ayacucho
(1824), se lamentaba del
M o r i r . . . Morir tan joven...
13
Morir cuando en la senda...
Y en los más antiguos versos conocidos está vista ya la
condición transitoria del vivir, que es
ir con fatales pasos hacia el fatal abismo 14.
Vale recordar que su experiencia de la muerte no es
puramente literaria, sino también vivida y real: la muer-
11
A 139, I 110.
12
Cfr. JARAMILLO MEZA, Vida, págs. 35-36.
13
Cfr. PEDRO RODRÍGUEZ MIRA, Oro y verbena, Medellín, Colombia,
1946, pág. 155.
14
A 88, I 175 (Verso que recuerda Lo fatal y otros de Darío).
166 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
te de su madre abuela y la ruptura de sus amores con
Teresa, ruptura que significó para él una muerte espiri-
tual ("¡se abre en mi corazón una violeta lúgubre!" 15 ),
son acontecimientos que le condicionan para siempre,
como espíritu agonizante. El propio autor declara insis-
tentemente, en prosa y en verso, su condición de poeta
de la muerte. Su poesía es la impresión valerosa, con tris-
teza imperial vestida, de imágenes y representaciones de
un alma solitaria, y el grito desolado de esa alma en sus
precarios fulgores, ante la inanidad de todo y la Muerte
como límite 16.
Y él escucha siempre "las voces de la muerte" l7, y
canta su canto, como lo declara en forma solemne:
Acoger las tinieblas que nos envuelven, la ceguedad del des-
tino, la iracundia de la vida, el soplo de pavor que viene del lado
de allá de la muerte, y resolver tanta negrura en la fulgencia in-
declinable del Ideal 1 8 . La muerte que me roza con sus a l a s . . .
ayes, amores, alaridos... 19 . . . Un alma de hombre... cantando
su horror lúgubre, cruzado de relámpagos de m u e r t e . . . 2 0 .
15
A 47, I 17; y A 145, I 149: "La Muerte horrible — ¡un tajo si-
lencioso! — / tronchó la espiga en que granaba mi alegría: / ¡murió mi
m a d r e ! . . . La cabellera rubia de Teresa / me ilumina el llanto".
16
A 4 1 . "La obsesión que le perseguía aun en los instantes más
alejados de toda preocupación, era la idea de la muerte. Llevaba consigo,
en sus viajes repentinos e imprevistos, un esqueleto de tosca factura. Con-
versaba, en tono burlesco, con aquel curioso tótem y parecia consolarse de
la fatalidad de su destino, que no por común es menos terrible". ANTONIO
ZELAYA, El poeta maldito y santanizante de Colombia, en Sábado, Bogotá,
Colombia, 16 de diciembre de 1944, pág. 2.
17
La hora cobarde, loc. cit., pág. 165.
18
A 61, I 28.
19
A 61-62, I 29.
20
A 59, I 27.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 167
O como lo declara en forma familiar, en cartas a sus
amigos:
. . . Ahora no tengo ya duda alguna con respecto a ciertas
cosas fundamentales. Me acuerdo, a propósito, de aquellos ver-
sos de Machado:
Un golpe de ataúd en tierra es algo
perfectamente serio 21 .
Todo esto me interesa, me exalta, me hace sentir la reno-
vación y ver la muerte, que es uno de mis resortes espirituales 22 .
Su numen es un Numen desolado23 al que acompa-
ña siempre "il fantasma della morte" 24, y que, a su vez,
persigue eternamente la sombra de la muerte:
Un lecho de espadañas que abrasará el estío,
25
y tú, Fantasma bruno, que siempre me acompañas... .
Y soy esa sombra doliente,
nimbada de ensueño y amor y tortura,
que por luengos caminos fatales
persigue otra sombra fantástica y p u r a . . . 2 6
Y ante la luz, en vela mi sentido
para advertir la sombra que al olvido
27
al ser impulsa y no sabemos cuándo. ..
21
Cfr. R. H. V A L L E , Cartas inéditas de Barba-Jacob, en El Tiempo,
Bogotá, 18 de febrero de 1951, suplemento literario, pág. 1. Los versos de
Machado pertenecen al poema "En el entierro de un amigo", en Obras,
pág. 41, iv.
22
Carta inédita a D. Alfonso Mora Naranjo, en índice Cultural, V,
19, Bogotá, febrero de 1955, pág. 443.
23
A 139, I 110.
24
GALLO, Storia, loc. cit.
25
A 148, I 156.
26
A 210-211, I 162-163.
27
A 183, I 94.
168 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
La idea de la muerte que se cierne sobre el poeta en
marcha, sobre el romero, quien la esquiva o la contem-
pla a la distancia, está dicha repetidamente:
Y como los cruzados medioevales,
ceñíme al torso fúlgida coraza
y fuime en pos de la ciudad cautiva,
burlando la guadaña de la Muerte
y la fortuna a mi querer esquiva 28 .
Y fui después un numen transitorio,
sombra y canción en la embriagante tierra,
un sino raro y un deleite raro.
Ya el crepúsculo estivo el día cierra
y lejos brilla un tenebroso faro 29.
Su musa es nocturna y agónica, y la conduce un des-
tino fatal:
Sé más: mi egregia Musa, de hieles abrevada,
en noches sin aurora y en llantos de agonía,
por el fatal destino de dioses engañada,
30
ya no creerá en nada.. . ni aun en la Poesía... .
En definitiva: el poeta ha buscado su inspiración en
la muerte: su declaración no puede ser más clara, ni más
profunda, ni más trascendental:
Tronco en la plenitud, hudió mi alma
su raíz en el légamo de muerte
que nutre las corolas de la vida,
y dio el perfume infuso en su ramaje.
28
A 99, I 53.
29
A 102, I 55-56.
30
A 160, I 93.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 169
Vuela el perfume,
mas se consume 31 .
Barba-Jacob adopta dos actitudes fundamentales ante
la muerte: una vitalista y otra agonista. Son las dos acti-
tudes fundamentales que ha adoptado ya ante la vida.
Vitalmente, juvenilmente, absurdamente, soberbiamente,
al principio, afirma querer morir:
Qué vana es la vida, qué inútil mi impulso,
y el verdor edénico, y el azul abril...
¡Oh sórdido guía del viaje nocturno!:
¡Yo quiero morir! 3 2
O bien habla de la muerte sin temor: es una muerte
buena:
El corazón del campo te dará su vigor
para entrar en el último sueño... 33
¡Un hijo del amor en mi amor he engendrado!
Roto el hilo invisible, que sus manos piadosas
den a la tierra fértil mi cuerpo inanimado 3 4 .
Y supe que el principio y el fin mío
no marcan las fronteras ni estatuyen los tiempos
y aprendí la virtud del valle y de los légamos,
y se llenó de espíritu la arcilla de mi carne 35 .
O bien habla de la muerte sin dolor: es una muerte
bella:
31
A 101, 1 55.
32
A 178, I 86.
33
A 217, I 171.
34
A 117, 1 84.
35
A 237, I 198.
170 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
. . . y perdí a mi madre abuela Benedicta. Un lampo de claridad
divina me iluminó sobre sus despojos inanimados, y no sentí do-
lor: ¡ni una lágrima! Comprendí la epopeya... ¿Cómo no creer
que era digna del descanso aquella mujer, que había pasado en-
cendiendo antorchas de a l m a s ? . . . ¿Cómo no aceptar sin pro-
testas dolorosas la paz final de la s a n t a ? . . . ¿Cómo no advertir
que ya reposaba?... ¿Cómo no creer que la muerte era para ti
bella como tu rostro, suave como tus efusiones, tranquila como
tu ensueño en los jardines de m a r z o ? . . . 36 .
La contemplación de la muerte puede ser una viven-
cia renovadora:
Yo tuve ya un dolor tan íntimo y tan fiero,
de tan cruel dominio y trágica opresión,
que a tientas, en las ráfagas de su huracán postrero,
fui hasta la Muerte... Un alba se hizo en mi corazón 3 7 .
Y la hora de la muerte puede ser mirada como "la
hora feliz":
¡Y estoy sereno! En medio del obscuro "Algún día",
de la sed, de la fiebre, de los mortuorios ramos
— ¡el día del adiós a todo cuanto amamos! —
yo evocare esta hora y me diré a mí mismo,
sonriendo virilmente: —"Poeta, ¿en qué quedamos?"
Y llenaré mi vaso de sombras y de abismo...
¡el día del adiós a todo cuanto amamos! 38
Mas luego aparece la actitud angustiada y agonista
frente a la muerte. Es entonces la imagen de la destruc-
ción vista por un espíritu destruyéndose: la muerte vista
36
A 47-48, I 17.
37
A 160, I 9 3 .
38
A 160, I 9 3 .
I. EL CANTO DE LA MUERTE 171
por un moribundo. Documento de ultratumba, testimo-
nio estremecedor, único en la literatura castellana mo-
derna. A tan espectral profundidad no le acompañan ya
ni Unamuno ni Machado. Porfirio está solo ante la muer-
te, mirándola a los ojos, y ha de pentrar por ellos hasta el
fondo del alma. Barba-Jacob quiere descubrir el alma de
la muerte.
Inicialmente habla de simple tristeza ante la muerte:
Si ya mi juventud presiente la cercana
hora otoñal, de fuerza menguante y abolida,
y tengo la recóndita tristeza inenarrable
de aquel que entra en la muerte sin conocer la vida 39 .
O de simple temor: Ante el mar tiembla al evocar la
muerte:
Dilatando la vista
miré en redor la inmensidad sagrada,
como el hombre que sube entre la noche
a la cumbre más alta.
Y quise hablar... Y el fácil movimiento
de mis labios contuve
¡como si el proferir una palabra
fuera tal vez mi muerte! 4 0
Y aun hablará de Ella en tono sin esperanza, y, no .
obstante, sin la desolación huracanada que no está dis-
tante:
Tú, bajo el golpe, lívido e inerte,
marchita ya tu varonil belleza,
buscarás en los limbos de la Muerte
dónde rendir la fúnebre c a b e z a . . . 4 1 .
39
La hora cobarde, loc. cit., pág. 166.
40
A 237, I 198.
41
A 174, 1 74.
172 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
El poeta quiere escapar a la presencia de la Muerte,
pero se convence de ser irrealizable su propósito:
Busco una vida simple y, a espaldas de la Muerte,
no triunfar, no fulgir, oscuro trabajar,
pensamientos humildes y sencillas acciones
hasta el día en que, al fin, habré de reposar.
— ¡Imaginaciones!
— ¡Imaginaciones! 42
Por ello, a pesar de la muerte, frente a Ella, el poeta
sueña y canta; ama la belleza y el arte, hace y vive poe-
sía; su verso es ya casi un reto:
Ruiseñor de la selva encantada
que preludias el orto abrileño:
a pesar de la fúnebre Muerte y la sombra y la nada,
yo tuve el ensueño 43 .
Y de paso recuerda la sublevación del alma ante el
misterio de la muerte, al conjurar la vida como a madre
del nacer y del morir:
¡ . . . la iracunda
vida que ante mis ojos se renueva,
germinal y cruel, ciega y profunda;
madre de los mil partos y el misterio
que al barro humilla y a Psiquis subleva! 44
Del reto y la sublevación, el poeta pasa al rencor y
a la fiereza contra la Muerte:
42
A 147, I 155.
43
A 119, I 80.
44
A 97, I 5 1 .
I. EL CANTO DE LA MUERTE 173
Cuando me muera, dadme a lo menos un pensamiento,
y atad mis manos con el cordaje de mi l a ú d . . .
que el nudo sea muy apretado,
porque a la Muerte se rinde fiero
y rencoroso mi corazón 45 .
Diversas situaciones surgen de su rencoroso rendi-
miento. Por un momento, en un gesto de absoluta desola-
ción, el poeta clama por su propia muerte:
¡Un hueco en tus entrañas, tierra dura!
¡Soledad, un refugio en tus entrañas!
¡Tu ojo sin vista, lobreguez impura! 4 6
Pero luego, cobrando fuerza de la propia virtud de su
espíritu, el poeta logra superar este sentimiento auto-des-
tructivo, y, también por un momento, se llena de sere-
nidad y de valor:
¡Sé digna de este horror y de esta nada,
y activa y valerosa, oh alma mía! 47
Pero la muerte sigue allí. No hay escapatoria. Ser
para la muerte es condición última del hombre. Lo sabe
Porfirio, como lo sabe Heidegger, y como "los pocos sa-
bios que en el mundo han sido". La vida es un callejón
sin salida. Y, por paradójico que parezca, la respuesta
más permanente de este poeta ante la realidad de la
muerte es la alegría. La alegría exaltada de las orgías y
las bacanales. Si el poeta ha de ser para la muerte, tam-
bién ha de ser para la alegría. Vamos al reino de la muer-
45
A 154, 1 207.
46
A 103, I 57.
47
A 96, I 50.
174 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE M U E R T E
te, por el camino de la alegría. La fiesta pagana. El vino
y las danzas, doncellas y donceles: la Balada de la loca ale-
gría. He aquí que es la suya una alegría loca y desolada,
una alegría agonizante:
Viaje loco, locuras innúmeras,
y, contra la Muerte, coros de alegría...
Flautista del Norte, la orgía pagana,
pavor en la orgía...
¡Alma mía, qué cosa tan vana! 48
Alegría como anticipada venganza contra la muer-
te, alegría muerta. La exaltación de los sentidos enmu-
dece ante la presencia todopoderosa. Y la misma insis-
tencia en proclamar el ardor vital de la alegría está reve-
lando su nadidad, su desolación irredimible. El poeta sa-
be "que la alegría es lúgubre" 49 . Los polos opuestos de la
vida y la muerte se acercan y se unifican una vez más.
El polvo rema. Los pasos de la vida están contados, no
llegarán lejos.
Y, sin embargo, ¡que estalle la danza! Es la Balada
de la loca alegría, de la alegría desesperanzada:
Mi vaso lleno —el vino de Anáhuac —
mi esfuerzo vano —estéril mi pasión —
soy un perdido —soy un marihuano —
a beber, a danzar al són de mi canción...
¡Reíd, danzad al soplo de Dionisos que embriaga el corazón!
La Muerte viene, todo será polvo
bajo su imperio...
48
A 140, I 112.
49
A 160, I 93.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 175
. .. Alzad el canto,
reíd, danzad en báquica alegría
y haced brotar la sangre que embriaga el corazón.
La Muerte viene, todo será polvo:
polvo de Hidalgo, polvo de Bolívar,
polvo en la urna, y, rota ya la urna,
¡polvo en la ceguedad del aquilón!
Tú en la Muerte rendido, yo en la Muerte,
ni un grito apenas del afán del mundo
podrá hallar eco en la oquedad vacía.
El Polvo reina, el Polvo, el Iracundo...
¡Alegría! ¡Alegría! ¡Alegría! 50
El poeta ha llegado a la locura desenfrenada. Está
sobrepasando ya los límites de la posibilidad humana de
sentir, de comprender — y de desesperar. Y, a pesar de
ello, no se detiene aún. Quiere describirnos aún la figura
de la muerte. Ya ha hablado de una "sombra fantástica v
pura" 51, "la sombra que al olvido / al ser impulsa" 52, del
"fantasma bruno" que siempre le acompaña 53 , de las "ma-
nos violáceas" de la muerte 54 , de "las voces de la muerte"
que oye constantemente 55 ; y también ha hablado de sus
ojos insondables, que están en los cabellos ardientes de
la Dama del pecado:
50
A 142-144, I 115-117.
51
A 211, I 163.
52
A 183, I 94.
53
A 148, 1 156.
54
A 139, I 110.
55
La hora cobarde, loc. cit., pág. 165.
176 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
Me envolvió en sus cabellos,
ondeantes y rojos,
y está la Muerte en ellos,
insondables los ojos... 56
Mas, no satisfecho con estas descripciones objetivas,
el poeta se propone representarnos la muerte por medio
de símbolos y metáforas de elementos naturales. Para
ello, trata de comunicarnos su sentimiento de la muerte
en el cielo, en el mar, y en el campo, y, sobre todo, en el
viento. Es en el viento donde la siente más viva: ya sea
un viento diminuto: "soplo que extingue al paso la fla-
ma de la vida" 57 ; ya una ventisca58, ya un viento ineluc-
table, que discurre el día en que ya nadie nos puede re-
tener 59 ; ya un huracán: "la Muerte sopla su huracán
violento"60, como se ha visto en páginas anteriores, en
el capítulo que trata de la visión de la naturaleza. Y no
sólo la muerte en abstracto, la destrucción absoluta de los
seres y las cosas, sino la experiencia poética que él obtiene
de la muerte y su propia muerte futura, las relaciona
Barba-Jacob con su vivencia del viento. Sabe que en su
obra "un soplo frío de lóbrego misterio he suscitado" 61,
y que, por el dolor, "en las ráfagas de su huracán pos-
trero fui hasta la Muerte..." 6 2 . En Futuro (1923), es-
pecie de testamento poético, escrito el día de su cuadra-
gésimo aniversario, se define como "una llama al viento"
y pide que de él se diga en su muerte:
56
A 131, I 99.
57
A 126, I 170.
58
A 169, I 203.
59
A 115, 1 107.
60
A 138, 1 109.
61
A 106, I 60.
62
A 160, I 93.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 177
Era una llama al viento y el viento la apagó 6 3 .
Y presiente la llegada de su muerte como un jinete
apocalíptico que galopa en el viento:
Después un viento... un viento... un viento...
¡y en ese viento mi alarido! 64.
Con saña agonista se complace en imaginar maca-
bramente la hora de su tránsito mortal:
Seré errabundo... Seré desmesurado... Envejeceré en el
noble ejercicio de la lira y en el amargo ejercicio de un trabajo
sin idealidad... Se me rechazará al fin de los periódicos...
Iré a los hospitales, como Verlaine. .. Después un viento...
un viento... un viento... y en ese viento mi alarido 6 5 .
En su poema En la muerte del poeta, tragedia gro-
tesca y sin sentido (1921), hablan "voces caritativas" ante
su cadáver (diciendo palabras de inseguro gusto literario,
mas de muy seguro temblor humano):
—Cuando te mueras harás un viaje como este loco...
—De sueños turbios y versos claros estaba loco:
—¡Dios lo perdone!
—¡Tanto vagar!...
—¡Tanto soñar!...
—¡Tanto anhelar!...
—El pobre hombre se fue arruinando poquito a poco
y al fin ha m u e r t o . . .
—Ya hiede un poco...
—¡Alzad, amigos, alzad y vámosle a sepultar! 66
63
A 159, I 103.
64
A 7 1 , I 37; A 137, I 127.
65
A 7 1 , I 37.
66
A 154, I 207-208.
l2
178 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
El poeta contempla su cuerpo inanimado en La hora
suprema (1915):
Y ha de venir, sin que mis oros valgan,
mi amor esplenda ni mi gloria brille,
pálido espectro que pondrá en mi carne
sudor de angustia y mortecinos tintes.
Tendré, por gaje del dolor heroico,
sus hielos en mi boca que hoy sonríe,
y un lino de la tierra por sudario
de mi ambición impetuosa y libre...
Mas al rodar al tenebroso abismo,
aún clamaré con mi última energía,
firme en mí ley, seguro de mí mismo:
¡Mi hora no ha llegado todavía!. 67
Y en la muerte de un poeta amigo, Barba-Jacob se ve
a sí propio muerto:
Y al fin, quietud... El mortuorio túmulo,
loas lúgubres, flores, oro postumo,
y, en mármol negro, el numen desolado.
Con sus manos violáceas, en la tarde riente,
ya mi ansiedad la Muerte apaciguó.
Alguien diga en mi nombre, un día, vanamente:
¡No! ¡No! ¡No! ¡No! 6 8 .
Así, tras de afirmar la muerte, el poeta termina por
negarla; mas no en beneficio de la vida, sino de la nada.
Nihilismo total: es la inexistencia de todo, hasta de la
nada. "Nada... / ¡Oh Reina, rencorosa y enlutada! 69 .
67
A 204, I 146-147.
68
A 139, I 110.
69
A 155, I 111.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 179
Barba-Jacob no interrumpe su análisis de la muerte,
con la suya propia. Continúa su investigación poética, por
ejemplo, al oponer el amor a la muerte. A veces la muerte
le resulta absurda ante la presencia del placer carnal, y a
veces, las más, este placer le resulta absurdo ante la pre-
sencia de la muerte:
Morir... ¿Conque esta carne cerúlea, macerada
en los jugos del mar, suave y ardiente,
será por el dolor acongojada?
¿Y el ser bello en la tierra encantada,
y el soñar en la noche iluminada,
y la ilusión, de soles diademada,
y el vigor... y el a m o r . . . fue nada, nada? 7 0 .
¿Y a qué tu sombra, oh noche del lúbrico ardimiento,
si entre mi corazón ardía el tenebrario? 71 .
Amor, por tu delicia y tu frecuencia,
por los valles letárgicos de la carne encantada
Pero mi corazón solloza en su alegría:
—¡No! ¡No! No! ¡No! 7 2 .
En definitiva, Porfirio resuelve la oposición de amor
y muerte al unificarlos y consubstanciarlos. (Vid. supra).
Clásica concepción romántica: Fratelli, a un tempo stesso,
Amore e Morte.. , Y La dama de cabellos ardientes es
imagen de pasión, tanto como de muerte: en los cabellos
70
A 193, I 128.
71
A 104, I 58.
72
A 139, I 110.
180 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
de ella, está Ella con sus ojos insondables73. Así, en el
"supremo grito" de la carne, en el acto vital quintaesen-
ciado, en la vida entera, aparece siempre su contrafigura,
la muerte. Leitmotiv melódico de esa sinfonía poética
que es la obra de Barba-Jacob en su conjunto, cuyo nom-
bre más apropiado sería El canto de la muerte. Pues a
ello se dirige toda la acción poética suya: a revelar la
presencia latente de la muerte en todas las actitudes hu-
manas, a evitar la sorpresa de su llegada, por medio de
la meditación y la vivencia continua de ella. Que lo más
propio e íntimo en el vivir es el morir, como lo es el es-
queleto en el cuerpo humano; de modo que el hombre
lleva dentro de sí su propia muerte: ¡va atado a ella, a ella
crucificado! (Rilke: Herr, gib jedem seinen eigenen
Tod).
El canto de la muerte. Nueva danza macabra. Ya se
ha visto, en los capítulos anteriores, las Visiones de vida,
cómo Barba-Jacob descubre agazapada a la muerte en el
envés del mundo, de la naturaleza, de la vida, de la in-
fancia, del amor, del dolor. Y no es cosa de insistir en
ello. Pero vale la pena recordar los títulos de sus poemas
agonistas más significativos, sus cantos de la muerte:
Acuarimántima (1908-1921-1933), Canción de la vida pro-
funda (1915), Elegía de septiembre (1915), Un hombre
(1915), La hora suprema (1915), La dama de cabellos
ardientes (1918), Los desposados de la muerte (1919),
El són del viento (1920), Canción de la noche diaman-
tina (1921), Balada de la loca alegría (1921), Canción
73
A 131, I 99.
I. EL CANTO DE LA MUERTE 181
de la soledad (1921), En la muerte del poeta (1921), La
reina (1922), Futuro (1923), Canción de la hora feliz
(1925), Canción del día fugitivo (s. f.), entre otros.
Una observación tangencial: Barba-Jacob escribe
siempre Muerte con mayúscula; privilegio que sólo otor-
ga a muy pocas palabras más: Musa, acaso Numen...
Y sus adjetivos predilectos tienen los hondos matices violá-
ceos y moribundos de su Weltanschauung: sombrío,
nocturno, fúnebre, soporoso, triste, amargo, tétrico, lú-
gubre, tenebroso, fatal, mortecino, lóbrego, lúbrico, vano,
sórdido, mortal, desolado, estéril, cruel, profundo, ensan-
grentado, ruin, oscuro, lascivo, sacrilego, lívido, horrible,
trágico, letárgico, letal, frío, tremendo, siniestro, sober-
bio, desdeñoso, turbulento, sensual, doloroso, negro, ren-
coroso, iracundo, arcano, torvo, fugaz, entenebrido, mons-
truoso, huraño, solo, sordo, mudo, ronco, desesperado,
fiero, frustrado, trunco, loco, ¡y cuántos más de este
jaez!
¡Cuánta insistencia en la negación de la vida! ¡Cuán-
ta voluntad de afirmación de lo sombrío y lo fugaz! ¡Qué
energía al hundirse en las tinieblas del No Ser! ¡Cuánta
muerte! ¡Es, sin duda, mucha muerte para un solo hom-
bre! ¡Y la muerte acaba con él! Barba-Jacob sabía que
habría de sucumbir ante la siempre victoriosa. Su visión
de la muerte está dominada por el sentimiento de impo-
tencia humana frente al gran misterio. De allí su deses-
peración, luego su vana rebeldía, más allá su aparente
serenidad —producto de su valor desolado—, y más le-
jos aún, por fin, su desolación absoluta, la muerte mis-
ma, su muerte misma. Porfirio llega tan lejos en sus vi-
siones de ultratumba, que, unificándose a las postre con
la muerte, asesina su poesía, sucumbe, desaparece.
182 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
Alguna vez ha hablado de su serenidad ante la muer-
te: "¡Y estoy sereno!... Y llenaré mi vaso de sombras y
de abismo... ¡el día del adiós a todo cuanto amamos!" 74
No es la serenidad del cristiano esperanzado, que confía
en el más allá; es la serenidad del orgulloso, del que se
sabe inmenso, del que confía en la supervivencia terrena
de su espíritu por acción de su arte. (Dios apenas apa-
rece invocado como ser todopoderso en su poesía... Por-
firio es un místico satánico, un místico de la muerte) 75.
Actitud extraña en poeta de lengua española, y, aunque
plena de coraje, es actitud engañosa. Porque su serenidad
se torna pronto en una desolación innominada, que es
el propio morir. Llegado el momento en que el poeta
trasciende la posibilidad humana de vivenciar la muerte,
su poesía se desploma y desintegra. Ha desafiado a la
muerte y la muerte todopoderosa ha ganado la partida.
El poeta sabía que así había de acabar: en derrota y en
muerte. Y no ha cejado. Su grito de combate se convierte
en un alarido pavoroso.
74
A 160, I 93.
75
A 4 1 : "En medio de la orgía se oyen las acres negaciones de la
soberbia lúgubre, y en la tremenda actitud de la Musa se podría ensayar
una mística de Satán". Barba-Jacob se define a sí mismo como un místico
diabólico; y cabría agregar: Rey de la Muerte, Prometeo sin dioses, Profeta
apocalíptico por amor a la vida, Anticristo generoso, Redentor satánico,
místico de la aniquilación definitiva, en una palabra: místico. Poeta pro-
fundamente religioso, Porfirio es el apóstol de una religión de artistas
desolados — a la que no son extraños Hölderlin, Poe, Baudelaire, Nietzsche,
Kierkegaard, Dostoievski, R i l k e — que descienden a las simas del Mal
por nostalgia del Bien. Fieros amadores de la creación divina. Mártires del
espíritu, que se sacrifican por sus semejantes, al marchar hacia la Muerte
para hacer más intensa la Vida. Quieren que los hombres conozcan su des-
tino de hombres. "Todos los hombres son mortales", que asevera César
Vallejo. ¡Y que todos obren como tales!
II. EL PRÍNCIPE SOMBRÍO 183
La sombra del poeta continúa su viaje infernal: sólo
la sombra, porque el alma del poeta ha muerto. El poeta
sigue marchando más solo que nunca: ya sin él mismo.
Estamos en el reino de la muerte.
II
EL PRINCIPE SOMBRÍO
En las Visiones de vida, al tratar del mundo y la na-
turaleza, de la vida, del amor y del dolor, se han com-
parado las actitudes de Barba-Jacob con las de otros poe-
tas de concepciones semejantes, como Quevedo, Baude-
laire, Unamuno, Machado, Neruda, y otros. Siendo todos
ellos poetas agonistas, su representación de la vida se tor-
na casi siempre, por arte de una magia sombría, en re-
presentación de la muerte. Bien decía Darío que el verso
de Dante, Nell mezzo del cammin di nostra vita, se con-
vierte: en medio del camino de la muerte. Holgaría, por
lo tanto, la comparación detenida de los temas de estas
Visiones de muerte. Ya se ha visto cómo Quevedo en-
cuentra la superación de la muerte en el amor. En Bau-
delaire la muerte está vista como un motivo puramente
artístico, con curiosidad y con impaciencia: "O Mort,
vieux capitaine, il est temps! levons l'ancre!" 76 . Unamu-
no arranca a la lira de la muerte una vibración estreme-
cedora, como:
76
Die B l u m e n , pág. 438 (428-438): "Le Voyage".
184 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
¡Oye la voz que sale de la t u m b a
y te dice al oído
este secreto:
¡yo ya no soy, h e r m a n o !
Vuelve otra vez, repite:
¡yo ya no soy, h e r m a n o ! 77 .
Distingue a Unamuno, sin embargo, el no detenerse
en el acto del morir y preocuparse fundamentalmente
por el tema de la inmortalidad del alma:
¿Y cuál ha sido el más extrañado resorte en la vida de nues-
tro pueblo español sino el ansia de sobrevivir, que no a otra cosa
viene a reducirse lo que dicen ser nuestro culto a la muerte?
No culto a la muerte, no, sino culto a la inmortalidad 7 8 .
Machado se sabe acompañado siempre por la muer-
te: "Conmigo irás mientras proyecte sombra / mi cuer-
p o . . . " 79. Pero es propia de él la serenidad ante su pre-
sencia: la mira de frente, con superior entereza, y habla
de una cita futura, con el tono en que se habla de una
cita de honor.
En cuanto a los poetas americanos, Rubén Darío,
que fue el cantor de la vida y del amor en plenitud, has-
ta celebrar la belleza de la muerte: "Es semejante a Dia-
na, casta y virgen como ella..." 80, será al fin el cantor del
77
Antología, págs. 10-11: "Para después de mi muerte".
78
Cír. SERRANO PONCELA, Unamuno, pág. 261.
79
MACHADO, Obras, pág. 66, xxxix: "Arde en tus ojos un misterio,
virgen. . .".
80
Coloquio de los centauros, en Prosas profanas (1896). Cfr. DARÍO,
Obras escogidas. II, Poesías, Madrid, 1910, pág. 99.
II. EL PRÍNCIPE SOMBRÍO 185
amor agónico y del terror ante la fatalidad del tránsito
definitivo:
El ánfora funesta del divino veneno
que ha de hacer por la vida la tortura interior,
la conciencia espantable de nuestro humano cieno
y el horror de sentirse pasajero, el horror
de ir a tientas, en intermitentes espantos,
hacia lo inevitable desconocido, y la
pesadilla brutal de este dormir de llantos
¡de la cual no hay más que Ella que nos despertará! 81
Gabriela Mistral, que surgió cantando la desolación
de su amor segado por la muerte, y siendo dueña de una
sabiduría agonista muy auténtica —que le hermana a
Barba-Jacob—, derivó luego a poetisa de la vida, por la
ternura hacia los niños y por el anhelo de redención de
los humildes. Y, por último, Vallejo y Neruda, sucesores
de Barba-Jacob, la Mistral y Darío, llegan a alcanzar, en
pleno apogeo de la embriaguez surrealista, por la vías
del sueño inexpresable, un conocimiento de la muerte
que prolonga y renueva las vivencias espectrales de los
predecesores.
A nuestro entender, no obstante, ninguno de los poe-
tas hispánicos modernos presenta un testimonio de la
muerte tan lúcido, sostenido y profundo como el de
Barba-Jacob. Ningún otro bardo de España o de América
— posterior a Quevedo— se ha enfrentado a la muerte
tan hondamente, tan prolongadamente como él. Ningún
otro ha construido un sistema de visiones de muerte tan
luminosamente estructurado, tan valeroso. Pofirio Barba-
81
Nocturno, en Cantos de vida y esperanza (1905). Cfr. Ibid., pág. 160.
186 SEGUNDA PARTE: VISIONES DE MUERTE
Jacob es, entre todos ellos, el Poeta de la Muerte, el Prín-
cipe Sombrío 82.
82
Príncipe y Rey se llama a sí mismo Barba-Jacob, tanto en prosa
como en verso: "Soy el príncipe fatuo de la rima, el príncipe llagado, pero
fatuo, el príncipe ciego, pero f a t u o . . . " (A 7 1 , I 3 7 ) . "Yo, Rey del reino
estéril de las lágrimas, / yo, Rey del reino vacuo de las r i m a s . . . " (A 94,
I 4 8 ) . En sus conversaciones gustaba de compararse con "el príncipe tris-
te", el de la máscara radiante durante el día y el rostro desolado durante
la noche (cfr. A. ZELAYA, El poeta maldito..., loc. cit.). Se cuenta que
sus amigos solían llamarle "el Príncipe sombrío" (cfr. JARAMILLO MEZA,
Vida, pág. 54), por alusión, sin duda, a Satanás, el Príncipe de las Tinie-
blas — símil grato a Porfirio— De hecho, R. H. V A L L E le nombra "rey
de un gran reino sombrío", de un m u n d o desolado (cfr. Poemas descono-
cidos..., pág. 163). Y un escritor mexicano de provincia le recuerda
también así: "El escepticismo legante, mundano, de Barba-Jacob, dejó una
de las huellas más peligrosas en nuestro ambiente literario. Muchos meses
— a ñ o s — vivimos bajo el desamparo de ese Príncipe Diabólico". (R.
ARREOLA CORTÉS, Cinco poetas en Morelia, en La Espiga y el Laurel, Mo-
relia, México, agosto de 1947, pág. 13). De igual manera, los editores de
Poemas intemporales (México, 1944-1957) relatan cómo, a la muerte de
Rubén Darío, entre 1920 y 1925, se intentó declarar a Barba-Jacob "Príncipe
de los Poetas Americanos" — i n t e n t o frustrado— (Ibid., 1957, pág. 7 ) .
Y Príncipe de la Poesía le llaman aún sus amigos colombianos (JARAMILLO
MEZA, Vida, pág. 54, AMAYA GONZÁLEZ, Barba-]acob, págs. 49-51). No-
sotros acogemos la designación de Príncipe sombrío, entendiéndola en todos
los sentidos anteriores y en uno más: el que constituye el Leitmotiv de este
estudio, que ha tratado de interpretar la poesía de Barba-Jacob como gran
poesía de la muerte y al propio Porfirio como Rey de la Muerte (interpre-
tación cercana, acaso, a la sugerida por R. H. Valle en su frase: "rey de
un gran reino sombrío").
EPILOGO EN YERBABUENA
DOCE AÑOS DESPUÉS (NOTA DE ERUDICIÓN)
Aunque fue redactado íntegramente en 1958, este
libro representa el esfuerzo de muchos años de elabora-
ción intelectual (1941-1957) en torno a la poesía de Bar-
ba-Jacob.
La mayor parte de él fue publicada, en forma frag-
mentaria y dispersa, durante los años de 1958, 1962 y
1970, en varias revistas de Colombia, Venezuela y México.
Al entregarlo ahora a las prensas del Instituto Caro
y Cuervo, para su publicación definitiva, dejo intacto el
manuscrito original, tal como he hecho antes con mis
viejos escritos. A la altura de 1970, no quiero modificar
este trabajo, porque ya no es del todo mío. Pertenece al
pasado, y, para mí, sólo representa una época de mi flaca
evolución intelectual. Por lo demás, yo podría hacer al-
teraciones menores, de erudición al uso, que casi siempre
me importaron poco, pero no podría cambiar lo esencial
de la faena de interpretación. Creo que esta labor es acep-
table, y que la imagen que di hace doce años de la poe-
sía de Porfirio sigue teniendo validez hoy.
Tengo noticia de algunos trabajos que se han escrito
en todos estos años sobre el mismo tema, y espero que se
continúe produciendo literatura al respecto, por obra de
escritores que vean lo que yo no supe ver, para que, en-
tre todos, nos acerquemos, cada vez más, a las esencias
líricas del príncipe sombrío de la poesía americana.
188 EPÍLOGO EN YERBABt'ENA
La situación bibliográfica de su obra es, hoy, básica-
mente igual a la que se describe en las páginas de este
libro. Todavía no existe una buena edición de sus versos,
una edición crítica, con valor de documento literario,
útil para los investigadores; y las más dignas de atención
siguen siendo: Antorchas contra el viento (Bogotá, 1944),
y Poemas intemporales (segunda edición, México, 1957),
que son las dos que yo utilicé al escribir este trabajo. Pocos
años después, aparecieron unas pretendidas Obras com-
pletas de Barba-Jacob (Medellín, 1962), que recogen
abundente material en verso y en prosa, pero son produc-
to de la premura editorial y carecen de todo rigor cien-
tífico; pueden ser de relativa utilidad, si se logra reco-
nocer los peligrosos errores de que están plagadas.
Un trabajo de investigación muy importante, en
cuanto al proceso creativo del poeta se refiere, es la bi-
bliografía que elaboró, a lo largo de muchos años, Ra-
fael Heliodoro Valle, gran hombre de letras y amigo de
Porfirio. Fue publicada en Colombia, en forma incon-
clusa, después de la muerte del sabio, por gentil instan-
cia de su mujer (Bibliografía de Porfirio Barba-Jacob, en
Thesaurus, tomo XV, Bogotá, 1960). Es cantera inagota-
ble, a donde acudirán los estudiosos contemporáneos y
futuros de la obra de Barba-Jacob.
RECUERDOS DEL PORVENIR
He dicho antes que considero válida mi labor de
interpretación del arte de Porfirio; pero no creo que sea
la única posible, ni que sea definitiva o imperecedera.
Barba-Jacob y Pablo Neruda me han enseñado que todo
lo que vive ha de morir, que la muerte vive, y, por lo
PORFIRIO EN EL INFIERNO 189
tanto, este libro, como todas las obras humanas y algu-
nas divinas, como todo verdor, perecerá, a semejanza de
"la hora que al nacer ya es fenecida" y "el río que du-
rando se destruye". ¡Vive la muerte! Pero, frente a la
destrucción de lo vivo cercano, volverá luego a brotar
la primavera, y, para el caso, frente a la desaparición de
esta idea de Porfirio, surgirá una nueva imagen del poe-
ta. ¡Vive la vida! La vida sobre todo. Lo que nos intere-
sa es la canción de la vida profunda. Si amábamos la
muerte, la amábamos por amor a la vida, y porque, más
allá del mundo y de nuestro paso por la tierra, quería-
mos encontrar una vida nueva, henchida de eternidad
y de infinito. Pues debe morir el que ha de renacer. Re-
surrección inacabable. Vida sin fin. ¡Vive esa vida! Vive
la poesía intemporal. Y que viva la imagen futura de
esa poesía. No importa que esa nueva imagen haya
de brotar de pluma ajena a nuestras manos. Vive Por-
firio.
PORFIRIO EN EL INFIERNO
Y aquí te dejo, Porfirio, grande hermano diabólico,
admirado enemigo, señor de las tinieblas. Aquí te dejo
dialogando por algún tiempo con gente que tú no cono-
ciste cuando vagabas, sensual y triste, por islas de tu
América. Habla con ellos, comunícales tu evangelio, ins-
píralos, pero ten compasión de ellos. No los hieras tanto
como heriste a quienes te vieron por el mundo. Apiádate
de esta pobre gente. Como el divino Baudelaire, yo te
imploro: ¡Satanás, ten piedad de su larga miseria! Trá-
talos con la comprensión, la ternura que nadie tuvo con-
tigo. Sé superior al infortunio y a la muerte, pues que
190 EPÍLOGO EN YERBABUENA
vives. (Te hago vivir yo, a quien tú conviertes en un pe-
queño dios, que con su mano te crea, te recrea, te vuelve
a lanzar al torrente de la vida). Habla con ellos. .. Ini-
cíalos en el culto de la vida, del amor y la muerte, del
más allá, pero no les reveles el último sentido de esos ex-
tremos. No les digas todo. Ayúdales a descubrir los gran-
des misterios, pero no vayas con ellos hasta el fondo de
la desoladora verdad. Deja que, en última instancia, cada
uno la descubra por sí solo, a través de su propia expe-
riencia. No lastres con el peso de tu sabiduría espectral
a esta pobre gente. No los asesines. Acaso alguno de ellos
logre triunfar del trágico destino de soledad, desamparo
y aniquilamiento que es propio de casi todos los mor-
tales. Acaso alguno de ellos pueda conquistar el amor y
llegar a la tierra prometida. Acaso...
En recompensa, espero que te sea leve la fiereza de
tu morada infernal y que, redimido por la espiritualidad
de tu mensaje, algún día asciendas a las nieblas de tu so-
ñada Acuarimántima.
(Desde aquí sueño que tu amarga sonrisa de luzbel
generoso se ilumina de piedad y de ternura. ¡Abur!)
G. P. M.
Instituto Caro y Cuervo.
Yerbabuena, cerca de Bogotá.
27 de julio de 1970.
BIBLIOGRAFIA
I
OBRAS DE PORFIRIO BARBA-JACOB
1) EDICIONES BASICAS
Rosas negras, Guatemala, Edición de Rafael Arévalo Martínez,
1932-1933.
Canciones y elegías, México, Edición de Alcancía, 1932-1933.
La canción de la vida profunda y otros poemas, Manizales (Co-
lombia), Edición de J. B. Jaramillo Meza, 1937.
El corazón iluminado, Bogotá, 1942 (Biblioteca Popular de Cul-
tura Colombiana, núm. 40).
Poemas intemporales, México, Editorial Acuarimántima, 1943-
1944. Reedición: México, Compañía General de Ediciones,
1957 (Colección Ideas, Letras y Vida).
Antorchas contra el viento (reedición de El corazón iluminado),
Bogotá, Edición de Daniel Arango, 1944 (Biblioteca Po-
pular de Cultura Colombiana, núm. 40).
2) OTRAS EDICIONES
Porfirio Barba-Jacob, Estudio de Rafael Maya, en Cuadernillos
de Poesía Colombiana, núm. 4, y en Universidad Católica
Bolivariana, IV, núm. 14, Medellín (Colombia), febrero-
marzo de 1940.
En la muerte de Porfirio Barba-Jacob, Estudio y selección de Ga-
briel Henao Mejía, en Cuadernillos de Poesía Colombiana,
núm. 12, y en Universidad Católica Bolvariana, VIII, núm.
24, Medellín, febrero-marzo de 1942.
13
194 BIBLIOGRAFÍA
Seis canciones de Porfirio Barba-Jacob, en Hojas de Poesía, n ú m .
1, Bogotá, febrero de 1942.
ALBERTO UPEGUI B E N I T E Z , Exégesis literaria de las poesías de Bar-
ba-Jacob, Medellín, 1942.
Quince poemas de Porfirio Barba-Jacob, Selección y estudio de
Carlos García Prada, México, 1942 (Colección literaria de la
Revista Iberoamericana, A, n ú m ; 1).;
Sus mejores versos, en Cuadernillos de Poesía, núm. 7, Bogotá,
La G r a n Colombia, 1944.
Poemas, en Cántico, V, n ú m . 13, Bogotá, 1948.
RAFAEL HELIODORO VALLE, Poemas desconocidos de Porfirio Barba-
Jacob, en América, n ú m . 57, México, septiembre de 1948.
Doce poemas de Porfirio Barba-Jacob, en J. B. JARAMILLO M E Z A ,
Vida de Porfirio Barba-Jacob, segunda ed., Bogotá, 1956,
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ÍNDICE GENERAL
PRELIMINARES
Pág.
Porfirio Barba-Jacob .. 11
El encuentro 15
INTRODUCCION
I. Poesía y pensamiento poético 35
II. Significación del poeta 38
III. Trayectoria de su vida 45
IV. Obra poética y prosas 50
V. Frente a la crítica 57
PRIMERA PARTE
VISIONES DE VIDA
I. La evolución poética de Porfirio Barba Jacob 63
II. Motivos de vida y de muerte 71
III. Visión del mundo 74
IV. Naturaleza 86
V. Vida 101
VI. Infancia 118
VII. Amor 124
VIII. Dolor 145
204 ÍNDICE
Pág.
SEGUNDA PARTE
VISIONES DE MUERTE
I. El canto de la muerte 161
II. El Príncipe Sombrío 183
EPÍLOGO EN YERBABLENA ... 187
BIBLIOGRAFIA
I. Obras de Porfirio Barba-Jacob 193
II. Obras sobre Porfirio Barba-Jacob 194
III. Obras generales 199
SE ACABO DE IMPRIMIR ESTE LIBRO
EL DÍA 9 DE DICIEMBRE DE 19 7 0,
EN LA IMPRENTA PATRIOTICA DEL INS-
TITUTO CARO Y CUERVO, YERBABUENA.
LA EDICION ESTUVO AL CUIDADO DE
ISMAEL ENRIQUE DELGADO TELLEZ.
L A V S D EO