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Schorske Viena Fin de Siglo

Este documento resume el libro "La Viena de fin de siglo. Política y cultura" de Carl E. Schorske. El autor realiza un estudio multidisciplinario de la Viena de fines del siglo XIX, analizando aspectos políticos, literarios, arquitectónicos y del psicoanálisis. Busca comprender cómo esta época funcionó como "caldo de cultura" para la cultura del siglo XX, a través del análisis de figuras como Kraus, Broch y Perutz. A pesar de críticas, el trabajo p

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Este documento resume el libro "La Viena de fin de siglo. Política y cultura" de Carl E. Schorske. El autor realiza un estudio multidisciplinario de la Viena de fines del siglo XIX, analizando aspectos políticos, literarios, arquitectónicos y del psicoanálisis. Busca comprender cómo esta época funcionó como "caldo de cultura" para la cultura del siglo XX, a través del análisis de figuras como Kraus, Broch y Perutz. A pesar de críticas, el trabajo p

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Carl E. Schorske, La Viena de fin de siglo. Política y cultura. Trad.

de Silvia Jawerbaum y
Julieta Barba. Buenos Aires: Siglo XXI, 2011.

En Historia. Las últimas cosas antes de las últimas (Buenos Aires: Las cuarenta, 2010),
Siegfried Kracauer se refiere a la relación entre el historiador, el pasado y su propia época, y la
imposibilidad de fijar con certeza el factor subjetivo y operativo en la escritura de la historia.
Para Kracauer, el historiador no es simplemente el hijo de su tiempo, en términos de
influencias contemporáneas, y tampoco puede decirse que su concepción del pasado sea una
expresión del interés presente: “Como Orfeo, el historiador debe descender a las regiones
inferiores para devolver los muertos a la vida” (ibíd.: 118). Efectivamente, La Viena de fin de
siglo. Política y cultura, en su segunda edición en español, plantea otro descenso, aunque no
infernal, sí hacia las profundidades de la psiquis moderna, del “inconsciente político” de lo que
entendemos como modernidad, para llevar a cabo el desciframiento de ese subtexto presente en
las controversias artísticas e intelectuales de la Viena de Fin-de-Siècle. Aunque la metáfora
órfica, en su vertiente mítica, cultual y enigmática, pareciera encontrarse en el extremo opuesto
de la propia tarea desmitificadora del historiador, según el mismo Kracauer, no pueden pasarse
por alto, por un lado, el componente artístico, o los elementos específicamente poéticos de la
obra historia en tanto “estructura verbal en forma de discurso en prosa narrativa” (White,
Hayden, Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo XIX. México DF: FCE,
2010, p. 14), es decir, los elementos relevados por historiografía actual, junto con la
perspectiva contemporánea de la Historia como historia(s), en términos subjetivos; y,
finalmente, el objetivo común a Kracauer y a Schorske: una “redefinición o una rehabilitación
de ciertos modos de pensar peculiares de los historiadores” (Kracauer, 2010: 236), modos que
trasciendan la fragmentación ubicua de la cultura pluralizada postnitzscheana (Schorske, 2011:
17ss.).
Como respuesta frente a la desconfianza y el pesimismo con respecto a las formas
historiográficas decimonónicas, y en otro punto en común con Kracauer, en conexión con su
postura acerca de la estructura no homogénea del universo histórico, Schorske se refiere a la
heterogeneidad de la sustancia cultural y las categorías que la definen, heterogeneidad que
surge a partir de Nietzsche (íd.) y que tiene como consecuencia la delimitación de los alcances
de cualquier generalización histórica y su imposibilidad de realizar una integración dialéctica
totalizadora, restringida por la atomización disciplinaria, en la modernidad. Desde este punto
de vista, la rehabilitación del pensamiento histórico, de la perspectiva y la tarea del historiador
deben realizarse mediante la “búsqueda empírica de pluralidades como condición previa de
patrones culturales unificadores” (ibíd.: 20).
También en vista de aquel factor subjetivo y operativo de la praxis histórica, el autor
toma como punto de partida una historización de las experiencias profesionales y políticas
propias, para localizar su objeto de estudio, la Viena de fines de siglo, ámbito de desintegración
política y social, como el espacio que funcionó como el “caldo de cultivo (…) de la cultura
ahistórica del siglo XX”, con el fin de realizar un estudio multidisciplinario sobre la base de lo
político, constituido por incursiones separadas en distintas ramas de la actividad cultural, tales
como la literatura, la arquitectura, la pintura, el psicoanálisis y la política.
La elección y el recorte de estas “escuelas vienesas” no resulta casual, en términos de
los grandes cambios culturales en el propio contexto de investigación a partir de 1947, en el
pasaje de “la esfera sociológica y pública al ámbito psicológico y privado” (Schorske, 2011:
21), es decir, en el alejamiento de la historia (social) como fundamento del conocimiento, hacia
formas y perspectivas subjetivas, centradas asimismo en “actores” y figuras individuales. En
las contradicciones propias del progreso pautado por la herencia decimonónica y su disolución
en el “alegre Apocalipsis” finisecular del Imperio austrohúngaro, apocalipsis que representaron
autores tan disímiles como Karl Kraus, Hermann Broch y Leo Perutz, se muestra la crisis
identitaria fundamental (crisis de la consciencia y el lenguaje), como un prisma que se
descompone y se desintegra, y sólo puede percibirse en sus aspectos políticos, sociales,
culturales e individuales aislados, un prisma que, sin embargo, da luz al siglo XX, y a nuestra
comprensión de la modernidad y de nuestra actualidad.
A pesar de los antecedentes en la ocupación con la cultura austrohúngara, como, por
ejemplo, el estudio literario fundamental de Claudio Magris, El mito habsbúrgico en la
literatura austríaca moderna [1963] (en español: México: UNAM, 1998), o varias
contribuciones aisladas de los años ’70, algunas incluidas en la compilación de Nicolás
Casullo, La remoción de lo moderno. Viena del 900 (Buenos Aires, Nueva Visión, 1991), y
abocadas al bosquejo de la atmósfera finisecular, a las temáticas de la ideología, la vanguardia
y la política, y a determinadas semblanzas epocales, la ocupación de Schorske desde los años
’50 resultó pionera a la luz de las investigaciones posteriores, en términos de su perspectiva
histórica y su enfoque multidisciplinario, que parte de la subjetividad del historiador hacia las
subjetividades y pluralidades modernas, en busca de patrones culturales unificadores.
Con mayor o menor acierto, y desde perspectivas históricas diversas, investigaciones
como el mencionado texto de Casullo, el de Allan Janik y Stephen Toulmin, La Viena de
Wittgenstein (Madrid: Taurus, 1974), o, mejor dicho, “La Viena de donde se fue Wittgenstein”,
como corrige el prologuista de Afinidades vienesas. Sujeto, lenguaje, arte (Barcelona:
Anagrama, 2003), de Josep Casals, también dedicado a la problemática, o la extensa
recopilación en alemán editada por Jürgen Nautz y Richard Vahrenkamp, Die Wiener
Jahrhundertwende (1993), en la que se reúnen las contribuciones presentadas en el simposio de
1991, en torno a la “modernidad vienesa”, tienen como punto de partida el trabajo iniciático de
Schorske, a pesar de las objeciones presentadas a su estudio, que pueden revisarse en el
artículo de Kurt Fischer, “Zur Theorie des Wiener Fin de siècle” (ibíd.: 110-127). Tales
estudios muestran la actualidad del presente texto con respecto a la discusión acerca de la
época y el concepto, “en el viraje hacia el siglo XXI” (ibíd.: 13).
Es cierto, sin embargo, el historiador es aquí menos un Orfeo en su descenso infernal, el
explorador de las ruinas o el invocador de lo subterráneo y sus espectros, de Kracauer (o de
Benjamin, para el caso); ni el Edipo modernista de las escuelas vienesas, que se rebela frente a
sus padres, en su obra subversiva y revolucionaria, en una suerte de rebelión edípica colectiva;
no es un prometeico héroe liberador del mito, pero tampoco la figura menos heroica de su
hermano Epimeteo, ciertamente más cercano a la caja de Pandora y su oculto contenido, en la
obra de Goethe. Para él, desmitificar el “mito habsbúrgico” en su Fin-de-Siècle, en su declive,
e historizarlo en su propia actualidad tampoco es perderse en un minotaurico laberinto de
pluralidades heterogéneas, sino quizás, reencontrar, el hilo de Ariadne, más allá de su
“melancólico lamento”, o los diferentes hilos de la cultura, y, como Aracne, convertido en
tejedor, entrelazarlos en la urdimbre diacrónica y la trama sincrónica de la tela de la historia
cultural, a fin de lograr el mayor esclarecimiento (Schorske, 2011: 19).

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