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La Llegada de Los Virreyes Al Nuevo Reino de Granada

Este documento describe la llegada de los virreyes al Nuevo Reino de Granada. Explica que los virreyes eran representantes del Rey español encargados de mantener la paz y el progreso en las colonias. Detalla que los primeros virreyes llegaban por barco a Cartagena y luego realizaban un largo viaje por el río Magdalena hasta Santa Fe de Bogotá, donde se les daba la bienvenida con grandes celebraciones públicas y religiosas. Finalmente, señala que aunque el viaje era difícil, la llegada de
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La Llegada de Los Virreyes Al Nuevo Reino de Granada

Este documento describe la llegada de los virreyes al Nuevo Reino de Granada. Explica que los virreyes eran representantes del Rey español encargados de mantener la paz y el progreso en las colonias. Detalla que los primeros virreyes llegaban por barco a Cartagena y luego realizaban un largo viaje por el río Magdalena hasta Santa Fe de Bogotá, donde se les daba la bienvenida con grandes celebraciones públicas y religiosas. Finalmente, señala que aunque el viaje era difícil, la llegada de
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ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 913

LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO


REINO DE GRANADA
POR
ROGER PITA PICO *

En un número anterior de la revista tuve la oportunidad de analizar las


celebraciones públicas en honor al poder monárquico1 . Dándole continuidad
a esta sugestiva temática sobre fiestas cívicas, se intentará abordar a conti-
nuación toda la parafernalia concerniente al arribo de los virreyes a tierra
neogranadina.
La extraordinaria distancia que aislaba a las Colonias de la base del impe-
rio español indujo tempranamente al Rey a nombrar representantes suyos
que mantuviesen la paz y el progreso en esos insondables parajes, un modelo
replicado de la experiencia dejada por el legendario imperio Romano. La
misma connotación de este oficio de virreyes como emisarios del Rey se
puede rastrear en el origen mismo de la palabra que provenía del latín vicereges
que significa vicarios. Así las cosas, se planteó entonces que a los adjudicatarios
de este nuevo cargo debía guardárseles casi la misma consideración y obe-
diencia que al jefe supremo y absoluto de toda la monarquía española2 .
Los primeros experimentos se concretaron mediante la creación de los
virreinatos de Nueva España y Perú. Pero en el suelo comprendido por la
Nueva Granada el máximo dirigente instaurado desde un principio fue el de
presidente de la Real Audiencia, investidura que mantuvo su predominio
desde mediados del siglo XVI hasta principios del XVIII.
Pero tras evaluar la creciente importancia política y económica de esta
jurisdicción, la Realeza resolvió en 1717 instalar allí el cargo de virrey, lo

* Politólogo Universidad de los Andes, Magíster Estudios Políticos Universidad Javeriana.


1 Véase: BHA XCIII (2006) 121-151.
2 Juan de Solórzano y Pereyra, Política Indiana, tomo IV, pp. 199-200.
914 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

cual de por sí le proporcionaba una elevada categoría dentro de la jerarquía


administrativa colonial. Con este título, el aludido territorio alcanzaba la mis-
ma preponderancia ostentada por los dos virreinatos preexistentes. Los moti-
vos esenciales que llevaron a la metrópoli a inclinarse por esa decisión fueron:
su vasta extensión, su considerable distancia de Lima que era la sede del
virreinato más cercano y las frecuentes fricciones del presidente de la Nueva
Granada con las Audiencias de Panamá y Quito3 . Era imperiosa la consoli-
dación de una figura descollante depositaria de una fuerza superior emanada
directamente del Monarca.
El sistema virreinal estuvo en vigor durante casi una centuria. Su nor-
mal desarrollo se vio afectado por dos interrupciones, la primera no mucho
tiempo después de su inauguración y que abarcó el periodo comprendido
desde 1723 hasta 1739, la cual se debió principalmente a que la economía
no mostraba signos de recuperación ni se habían podido evitar los fraudes,
desórdenes y escándalos que abundaban durante la época en que estaba un
presidente al frente del gobierno. La determinación de erigir nuevamente
el virreinato se atribuyó más que todo a la prioridad de recomponer el avance
productivo de esos dominios pero también a la de afianzar la autoridad
colonial ante las amenazas derivadas de la inminente guerra con Inglate-
rra4 . El segundo interregno se dio con ocasión del primer experimento re-
publicano entre 1810 y 1816.
A los pocos años de su creación, se había dispuesto que por la dignidad
misma que entrañaba la imagen virreinal y por su inmediata representación
de la Majestad, se hacía merecedora de una buena parte de los ritos y pre-
eminencias tributadas habitualmente a este supremo gobernante. Entre esas
ceremonias se contemplaba el recibimiento en las grandes ciudades com-
plementado con imponentes fiestas5 . Al aceptársele y alabarlo de esta for-
ma, simultáneamente se renovaba la dependencia hacia la Corona española.
Se sabe por fuentes documentales que a los presidentes se les alcanzó a
rendir homenajes, como por ejemplo la fiesta pública organizada en 1654
para la entrada de Dionisio Pérez Manrique6 . Incluso, llegaron a presentarse
excesos más allá de lo dictaminado por los protocolos. Hacia 1680 el presi-
dente Juan Fernández de Córdoba denunció ante el Consejo de Indias la
costumbre de recibir a los oidores y contadores casi con el mismo despliegue

3 José Antonio de Plaza, Memorias para la Historia de la Nueva Granada, p. 284.


4 Anthony McFarlane, Colombia antes de la Independencia, pp. 296 y 297.
5 Solórzano, op. cit., p. 209.
6 José Manuel Groot, Historia Eclesiástica y Civil de Nueva Granada, tomo I, p. 225.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 915

que se seguía a la llegada de los presidentes o de los arzobispos. Gracias a su


intervención, se pudo lograr que el Rey mandara rectificar esa improceden-
cia, y por lo tanto, se ordenó simplificar el recibo de aquellos funcionarios de
menor grado7 .
Al final, esa tradición de bienvenida revestiría mayores dimensiones con
aquellos seleccionados para ocupar el asiento virreinal. Eran solemnidades
en donde se revelaba la fuerte influencia irradiada por la Iglesia Católica,
institución clave en la preservación del orden y en el control ideológico en
una sociedad cada vez más compleja. Un indicativo de esta conjunción del
poder civil y religioso en torno a la figura virreinal era el hecho de que una de
las primeras acciones que debían ejecutar estas dignidades cuando arribaban
a una ciudad era ir derecho a la iglesia mayor. Otra prueba indiscutible fue el
carácter central de la misa y demás actos religiosos tributados en su recibi-
miento y en otras ceremonias cívicas que exigían su cabal asistencia.

Los avatares del viaje


El viaje trasatlántico que duraba varias semanas se convirtió en un
emprendimiento lleno de obstáculos, incluso para las distinguidas personali-
dades oficiales que eran objeto de especial consideración. Hacia 1740 el
virrey Sebastián de Eslava se vio resignado a esperar un tiempo prudente
para embarcarse a América debido a los embates bélicos con Inglaterra, si-
tuación por la cual tuvo que viajar escoltado de dos navíos de guerra dotados
con 600 hombres de marina8 . Por su parte, el virrey José Solís zarpó desde
Cádiz el 2 de julio de 1753 y solo llegó a Cartagena el 22 de agosto9 .
Regularmente, los recién nombrados ingresaban a través del puerto de
Cartagena, cuya noticia era conocida a los pocos días en Santa Fe aceleran-
do de esta forma los preparativos de recibimiento. En ese sitio de entrada a la
Nueva Granada, el tan esperado personaje se adelantaba a empaparse del
estado de la administración mientras se finiquitaban los preparativos del
fatigable viaje que lo conduciría a la sede oficial de gobierno.
Algunos alcanzaron a posesionarse en esta ciudad costera ya que había
una norma que permitía efectuarlo en cualquier paraje del Reino. Así lo hizo

7 Manuel Lucena Samoral, “Presidentes de Capa y Espada”, en: Historia Extensa de


Colombia, volumen III, tomo 2, pp. 312-313.
8 Sergio Elías Ortiz, “El Nuevo Reino de Granada. El Virreinato, 1719-1753”, en: Historia
Extensa de Colombia, volumen IV, tomo 1, p. 184.
9 Ortiz, op. cit., volumen IV, tomo 2, pp. 37 y 38.
916 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

a unos cuantos días de haber llegado a Cartagena el virrey Gil y Lemos en


presencia del comandante general de la provincia, los miembros del cabildo
y otras destacadas dignidades locales10 .
Como buen anticipo protocolario, el virrey Sebastián de Eslava recibió en
1740 homenajes de las autoridades cartageneras en el castillo de San Luis de
Bocachica. Tres días después desembarcó propiamente en la ciudad y tomó
posesión de su cargo11 .
Desde luego, había que disponer todo para el recibimiento y la estadía
transitoria. En esa ocasión, los festejos duraron tres días y tres noches con
iluminación general y antorchas en los balcones de la residencia temporal del
virrey y en la del gobernador. Hubo banquetes, refrescos, licores, más de
300 libras de dulces y bizcochuelos y otros agasajos que costaron más de
1.700 pesos de la renta de propios de la ciudad.
Tan pronto circulaba el rumor sobre su arribo al puerto de Cartagena, el
nuevo mandatario empezaba a recibir cartas de felicitaciones suscritas por
representantes oficiales de las más diversas latitudes.
Para avanzar hacia el interior, el trazado más acostumbrado en esa época
era el que seguía su rumbo por el río Grande de la Magdalena hasta el puerto
de Honda desde donde comenzaba por tierra el fragoso ascenso que condu-
cía hasta el altiplano cundiboyacense. Solo un gobernante rompió en 1776
con esa vieja usanza. Fue el virrey Manuel Antonio Flórez quien optó por
penetrar el enmarañado camino del Opón hasta salir a la ciudad de Vélez, a
donde se asomó después de siete jornadas de arduo trasegar. Esto con el fin
de inspeccionar por sí mismo las expectativas y beneficios de consolidar esta
vía y esquivar así los peligros que todavía ofrecía el Magdalena y la intrinca-
da ruta de Honda12 .
De antemano, se daban instrucciones para la composición de los cami-
nos. Para recibir al virrey Juan Díaz Pimienta en 1782, el regente Juan Fran-
cisco Gutiérrez de Piñeres y los demás miembros de la Real Audiencia
mandaron a los alcaldes y cabildos territoriales arreglar a la mayor brevedad
todos los trayectos y ramadas por los que debía transitar el recién designado
personaje para llegar a la capital13 .

10 Ernesto Restrepo Tirado, Gobernantes del Nuevo Reino de Granada durante el siglo XVIII,
p. 113.
11 Ortiz, op. cit., volumen IV, tomo 1, p. 184.
12 Groot, op. cit., p. 472.
13 AGN, Virreyes, tomo 9, f. 109r.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 917

Facsímile de la carta firmada por don Antonio Caballero y Góngora en la que comuni-
ca a la Real Audiencia la fecha de su entrada a Santa Fe para posesionarse como virrey.
Tomado de: AGN, Virreyes, tomo 5, f. 872r.
918 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Como preludio a la entrada a la capital del Reino, la comitiva virreinal


era receptora de festejos, banquetes y otros homenajes a medida que se
aproximaba a las principales poblaciones ribereñas como Mompós y Hon-
da, escalas obligadas en ese trayecto inaugural de reconocimiento del am-
plio territorio por gobernar. Eran a decir verdad, viajes muy inciertos y con
no pocas contingencias que incluían paradas inesperadas en sitios inhóspitos
y malsanos.
El virrey Alfonso Pizarro salió de Cartagena el 2 de marzo de 1750, se
detuvo en Mompós cuatro días a solicitud de los vecinos que querían
halagarlo. La travesía, según sus propias palabras, fue “muy penosa y
agotadora”, y prueba de ello fue que se demoró dos meses puesto que llegó
el 3 de mayo a Santa Fe14 . En 1797 el regidor Alonso de Acosta fue la
persona comisionada para preparar en Mompós el recibimiento del virrey
Pedro Mendinueta. Dentro de los tributos se incluyó una invitación a co-
mer a la cual fueron convidados los caballeros más prestantes de dicha villa
y cuyo costo total ascendió a 148 pesos15 .
No es necesario hacer mucho esfuerzo para imaginar las demoras provo-
cadas por los múltiples azares inherentes a la preparación y el recorrido de un
largo itinerario como este. Hechos fortuitos como el sorteado en 1796 por
Manuel de Herrera al expresar su preocupación por tener que dilatar una
semana más el envío de una falúa, tres champanes y la carroza que debían
salir de Mompós para el servicio del virrey Mendinueta, tras su arribo a
Cartagena. A pesar de su esmero no pudo contener el atraso debido a urgen-
tes reparaciones que requirieron las embarcaciones y a la meticulosa tarea de
armar el carruaje16 .
Así las cosas, un viaje que por lo regular duraba unos cuantos días podía
prolongarse hasta más de un mes. Los caprichos y el afán de curiosidad del
nuevo virrey, las condiciones climáticas, el afán de los lugareños por vene-
rarlo y saludarlo pudieron ser otros motivos de peso.
El virrey Juan Díaz Pimienta salió del embarcadero de Cartagena sin tro-
pa alguna el 22 de abril de 1782 y tardó treinta días en arribar a Honda. Su
viaje no pudo ser del todo placentero por cuanto traía ciertas dolencias mien-
tras que su esposa debió dar a luz en medio del periplo17 .

14 Ortiz, op. cit., volumen IV, tomo 1, p. 290.


15 AGN, Real Audiencia de Cundinamarca, tomo 19, ff. 946r y v.
16 AGN, Miscelánea, tomo 141, ff. 1.143r y v.
17 Pedro María Ibáñez, Crónicas de Bogotá, tomo I, pp. 40-41.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 919

En algún momento, fue tanto el fragor de los recibimientos que se hizo


preciso fijar medidas de control ante el inusitado auge de desórdenes. En
vista de la distracción que los vecinos tenían de sus trabajos, la ociosidad, los
escándalos y otras anomalías, el virrey Manuel Guirior decidió prohibir en
1772 la celebración de actos con ocasión del paso de personalidades de su
talla por los pueblos de tránsito entre Cartagena y la capital del Reino. Por lo
tanto, las autoridades de esas localidades debían excusarse de hacer gastos o
invertir caudales en ese propósito18 .

Comitiva y equipaje
Desde luego, el virrey no viajaba solo sino que se rodeaba de un séquito
que en el menor de los casos podía superar las diez personas. Familiares,
funcionarios de confianza, sirvientes personales y hasta cocineros de cabe-
cera componían la crecida comitiva.
El primero de los virreyes, Jorge de Villalonga, trajo desde Lima un secre-
tario con dos oficiales, un asesor, un caballerizo mayor, un capellán, dos
gentiles-hombres, dos ayudas de cámara, un médico, dos reposteros, un
despensero, dos cocineros, y otros que sumaron veintisiete plazas, además
de criados para caballerizas, lacayos, galopines y sirvientes mayores cuyo
número total alcanzaba las cuarenta personas.
Messía de la Zerda no se alejó mucho de estas proporciones puesto que se
trasladó seguido por una legión de 38 integrantes19 . Pero los anales de histo-
ria dan cuenta que Manuel Guirior se recordó por ser el que trajo consigo la
más nutrida cohorte de parientes y servidores, los mismos que embarcaría
posteriormente a Perú en donde ocupó también el solio virreinal20 .
Entre los acompañamientos más modestos figuraba el del virrey José Solís
con ocho familiares, tres oficiales de cámara, dos cocineros, dos reposteros y
cuatro criados21 . Otro de los más discretos fue Sebastián de Eslava quien
movilizó dos criados, un escribiente, un secretario, un mayordomo, un bar-
bero, un repostero, dos pajes, un sobrino que se desempeñó como capitán de
la guardia de caballería y un capitán de la compañía de alabarderos22 .

18 AGN, Milicias y Marina, tomo 130, f. 273r.


19 Germán Colmenares, Relaciones e Informes de los Gobernantes de la Nueva Granada,
tomo I, p. 13.
20 Groot, op. cit., p. 472.
21 Daniel Samper Ortega, Don José Solís. Virrey del Nuevo Reino de Granada, pp. 143-145.
22 AGN, Empleados Públicos de Bolívar, tomo 35, ff. 248r-249r.
920 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Estos personajes aprontaban varias maletas rebosantes de objetos perso-


nales como ropa, sombreros, libros y hasta la cama, pero también se asegura-
ron de empacar algunos artículos suntuosos y curiosos. Dentro de la larga
lista de equipajes que trasteaba el recién nombrado virrey Solís se inventaria-
ron los siguientes elementos23 :
• 38 cofres con ropa blanca y vestidos
• 1 sombrerera con sombreros de Su Excelencia
• 1 cofre con juegos de mantelería
• 1 caja larga de escopetas
• 2 cajones y un cofre con libros
• 2 cajones con cristalería y loza de la China
• 2 cajones con jabón, aceite y avíos de repostería
• 1 frasquera
• 2 arcas con catres
• 13 maletones de varios portes con camas de Su Excelencia y de su
familia
• 3 serones con una tienda de campaña
• 12 fardillos con seis balones de papel
• 1 cajón con elementos de la secretaría
• 5 escribanías o papeleras
• 2 arcas con tren de cocina
• 2 cofres con piezas de género y demás avíos para las libreas de pajes y
lacayos
• 1 caja con ropa de uso de un criado
• 1 cajón con sombreros para las libreas de pajes y lacayos

El recibimiento
La llegada de los virreyes a Santa Fe constaba de dos etapas plenamente
definidas. La primera era el denominado recibimiento que comenzaba con el
envío de una avanzada a Honda y finalizaba con el arribo a la capital para la

23 Samper, op. cit., p. 145.


ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 921

transmisión oficial de mando que comprendía además una serie de cenas y


bailes privados. La segunda era lo que se solía conocer como entrada pública,
consistente en la presentación del nuevo gobernante ante el pueblo en general
teniendo como feliz epílogo una multiplicidad de fiestas y diversiones.
Esa parte inicial, el recibimiento, era sin lugar a dudas uno de los aconte-
cimientos sociales más rimbombantes y memorables de cuantos se efectuaban
en Santa Fe. Su gran ceremoniosidad era solo equiparable con las celebra-
ciones públicas que se hacían en honor al Rey y a su familia.
Si había una ocasión en la que salía a flote todo el protocolo de la época
era justamente en medio de estos actos, tratando eso sí de emular los ritos y
formalidades seguidas en la sede del Imperio. A veces, los mismos homena-
jeados eran los más preocupados en que se manejaran cabalmente estas eti-
quetas. Antes de posesionarse como virrey, Jorge de Villalonga pidió a las
autoridades santafereñas que fuera recibido con todos los honores según el
ceremonial acostumbrado para tales personalidades en Nueva España y Perú24.
Primaban unos patrones jerárquicos reflejados en la fijación de un estricto
orden de entrada a recintos según el cargo, institución, dignidad o antigüe-
dad. Esa milimétrica colocación debía guardarse también en las procesiones,
en la ubicación de palcos y tarimas especiales, en los actos privados que
tenían lugar en las sedes de gobierno y hasta en los asientos de las iglesias.
En 1758 el Marqués del Villar pidió observar la etiqueta practicada en la
Corte de Lima, un compendio de 26 indicaciones que debía ser adaptado en
lo posible a las condiciones del Reino, esto con la intención de aprestarse a
recibir a su sucesor Solís de Cardona25 .
Tal como era previsible, este manual generó varias controversias y con-
sultas respecto a quienes eran partidarios de los parámetros antiguos y los
que propendían por innovar. Particularmente, los oidores de la Real Audien-
cia se mostraron muy escépticos con relación a la viabilidad de seguir pun-
tualmente aquel ceremonial por ser distintos unos lugares con otros y más
enmarañados aquí los caminos, además de la carencia momentánea de co-
ches y otros artilugios con los que los peruanos exhibían una mayor fastuosi-
dad. En conclusión, se revisó con suma minucia cada punto a efectos de
retomar lo que fuera asequible y obviar lo que se juzgara inconveniente26 .

24 Sergio Elías Ortiz, “Presidentes de Capa y Espada, 1654-1740”, en: Historia Extensa de
Colombia, volumen III, tomo 3, p. 348.
25 Biblioteca Nacional de Colombia, Manuscritos, libro 180, ff. 167r-177v.
26 AGN, Virreyes, tomo 13, ff. 8r-47v.
922 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Este catálogo utilizado para recibir a Solís y a algunos de los que le suce-
dieron en el cargo fue simplificado por otro redactado en 180327 . Para la
bienvenida del virrey Amar y Borbón se dispusieron nuevos ajustes y se
revivió la discusión sobre cada uno de los pormenores del ceremonial de la
recepción y la entrada pública. Aún se mantenía como eje de referencia el
protocolo seguido en Lima tratándose además de evaluar lo ejecutado en la
anterior ocasión.
Para dar una idea sobre el modo como se llevaba a cabo este programa de
bienvenida, se ha optado por seguir un documento que reposa en el Archivo
General de la Nación, el cual suministra valiosas pistas que permiten hacer
una reconstrucción con lujo de detalles28 . Lógicamente, es pertinente recal-
car que hubo algunas variaciones en distintas épocas pero en esencia se man-
tenían ciertas pautas centrales.
Según noticias de su salida de Cartagena se calculaba la llegada del virrey
a Honda y se anticipaba el envío de una guardia de caballería para que lo
acompañase en su marcha. A su vez, el mandatario entrante despachaba des-
de aquella villa un miembro de su comitiva para que en calidad de embajador
suyo noticiara en Santa Fe sobre su pronto arribo trayendo además una cre-
dencial que lo avalaba como nuevo sucesor.
En Facatativá el homenajeado era recibido y obsequiado por el alcalde de
segundo voto de la capital y protagonizaba allí los primeros encuentros amis-
tosos con los emisarios de las más conspicuas instituciones del Reino: Real
Audiencia, Tribunal de Cuentas, Real Hacienda, Cruzada, cabildos secular
y eclesiástico, universidades, colegios, religiones, comercio, milicias y otras
cuantas personas distinguidas.
Luego de haber alcanzado Fontibón era esperado en la iglesia por un
grupo de oidores que lo invitaban a asistir a un Te Deum para después cenar
y pasar la noche en esa población. Al otro día se organizaba una misa de
acción de gracias y proseguían los saludos de rigor con distintas comunida-
des y estamentos que se le presentaban por orden de jerarquía y antigüedad.
Luego, el coche virreinal enviado especialmente para la ocasión lo traslada-
ba hasta su siguiente escala, Puente Aranda, en donde se alistaba el alcalde
de primer voto para brindarle las deferencias requeridas.
Solo lo separaban de la capital unas pocas millas recibiendo a su paso por
las calles de esta ciudad el clamor y respeto del pueblo llano. Por lo general,

27 Ibáñez, op.cit., tomo II, p. 250.


28 AGN, Miscelánea, tomo 121, ff. 501r-502v, 508r y v.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 923

al día siguiente tenía lugar el encuentro entre los mandatarios entrante y sa-
liente. Sin embargo, es importante advertir que no siempre el empalme ocu-
rría en la capital. En diciembre de 1775, el virrey Manuel Guirior notificó su
decisión de bajar en el mes venidero a Cartagena con el fin de esperar a su
reemplazo Manuel Antonio Flórez y entregarle allí el mando. Esto lo hizo en
razón a la urgencia que tenía de viajar a Panamá para favorecerse de la esta-
ción de brisas imperantes en el mar Pacífico y abreviar de esta manera su
arribo al Perú a donde había sido promovido como nuevo virrey29 .
En medio del lucimiento de la tropa se llevaba a cabo el acto de transmi-
sión del mando que implicaba la entrega del bastón. Los presentes oían el
título de nombramiento y luego el virrey juraba sobre los Santos Evangelios
prometiendo responder con las obligaciones propias de un buen gobernante.
Se trataba a lo sumo de seguir la etiqueta de las Cortes europeas. A continua-
ción se transcribe el juramento hecho por el virrey Amar y Borbón ante escri-
bano el 23 de septiembre de 1803:
V.E. jura al Rey Nuestro Señor don Carlos IV de este nombre
(que Dios guarde) y a los Reyes de la Corona de Castilla y de
León, sus sucesores, por Dios Nuestro Señor y por los cuatro
evangelios y por el Real sello de S.M. sobre que tiene puestas
sus manos, que como presidente de esta Real Audiencia en que
su Majestad le ha proveído, obedecerá los reales mandatos que
en cualesquier modo se le hicieron: guardará el sigilo del Real
Acuerdo en lo que se deba guardar, como todo lo demás que
S.M. mandare se tenga en secreto y en cuanto le fuere posible
procurará V.E. el breve despacho de los pleitos civiles y crimi-
nales de esta Real Audiencia que por amor, desamor ni don, no
se desviará ni de la verdad ni del derecho, que guardará las or-
denanzas reales de esta Real Audiencia, las leyes del Reino, las
Reales órdenes y provisiones de S.M. enviadas y que se enviaren
para la buena administración de justicia, haciéndolas guardar en
los demás súbditos y vasallos de S.M. en su distrito; y que final-
mente procurará todo lo demás que por razón de dicho cargo de
presidente es obligado a hacer. A que dijo S.E.: sí juro! Si así lo
hiciere V.E., Dios Nuestro Señor le ayude en este mundo y en el
otro, y si no, se lo demande. A la conclusión dijo: Amén!. Con lo
cual quedó posesionado y recibido al uso y ejercicio de presi-
dente de esta Audiencia y Cancillería Real del Reino, y lo rubri-
có por ante mí de que certifico. Don Josef de Aguilar30.

29 AGN, Colección Enrique Ortega Ricaurte, caja 211, carpeta 772, ff. 156r y v.
30 AGN, Virreyes, tomo 10, ff. 276v-277r.
924 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

No obstante, la participación en este acto privado de posesión era reserva-


da únicamente para las más altas personalidades. Fue así como en esta oca-
sión se les negó la posibilidad de asistir al tesorero de la casa de la moneda,
los contadores y oficiales reales31 .
Entre tanto, las virreinas también eran objeto de un tratamiento especial
aunque no con la misma pompa acondicionada para sus esposos. Ellas eran
acogidas en Facatativá y Fontibón por las mujeres de los alcaldes y en Pala-
cio por las de los comisionados.
Obviamente, a medida que se hizo más frondosa la estructura burocrática
colonial, del mismo modo empezaron a emerger confusiones sobre las prefe-
rencias en la etiqueta de recibimiento. Cualquier perjuicio personal en ello
era percibido como una afrenta al honor alcanzado, y por supuesto, abría
paso a una álgida discusión que se llevaba hasta las últimas consecuencias
con tal de ver restituida la dignidad.
Uno de estos casos surgió a raíz de que en el pueblo de Fontibón el
cabildo eclesiástico se adelantó al cabildo secular de Santa Fe en brindar
las felicitaciones al nuevo virrey Messía de la Zerda. Resuelto a dirimir el
conflicto, su sucesor Manuel de Guirior comisionó en 1774 a un grupo
de oidores para que examinara el asunto cuyos resultados reconocieron
que la preeminencia le correspondía al órgano secular teniendo en consi-
deración las últimas cédulas al respecto y siguiendo puntualmente lo ob-
servado por el protocolo de Lima que había sido adoptado en la Nueva
Granada32 .
El 16 de septiembre de 1804 entró a Santa Fe el virrey Amar y Borbón
con su esposa Francisca Villanova, para cuya ocasión “…la casa estaba de
primor alhajada y abastecida”33 . Estos fueron algunos fragmentos del poema
recitado por José María Salazar, colegial de San Bartolomé, para enaltecer el
arribo de este mandatario:
Canto ahora las glorias de mi Patria,
el alma rebosando regocijos,
de Santafé la memorable dicha,
de su virrey el venturoso arribo.

31 AGN, Reales Cédulas y Órdenes, tomo 36, sin foliar.


32 AGN, Miscelánea, tomo 128, ff. 298r y v.
33 José María Caballero, Particularidades de Santafé, p. 53.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 925

Vosotras entretanto, almas ilustres


que moveros dejáis del patriotismo,
vuestra atención un rato suspendiendo
se la prestad a los acentos míos.

Y tu entusiasmo baja de la esfera


que llena de su faz Delio divino,
y mi pecho y espíritu acalora
cual rayo abrazador del alto Olimpo34 .
La parte solemne de estos recibimientos era amenizada por exuberantes
cenas y bailes engalanados. A las comidas se les colocaba especial énfasis
con adornos y demás lucimientos como cintas, ramilletes, sedas extranjeras y
hasta la contratación de expertos en repostería y la presentación de innova-
ciones exquisitas. Todos se esforzaban por tener listos los mejores cubiertos,
manteles y platos para esa ocasión.
Los alimentos ofrecidos combinaban productos queriendo sorprender al
nuevo gobernante con la extensa lista de frutos exóticos pero también com-
placiéndolo en la posibilidad de degustar algunos de los finos alimentos acos-
tumbrados en la lejana España.
Alfonso Pizarro llegó a Santa Fe en 1750 y se le recibió con repique de
campanas. Luego de tomar posesión hubo cena e iluminación general35 . Los
gastos causados para el recibimiento del virrey Pimienta con relación al ban-
quete, repostería y despensa desde el 26 de mayo en que entraron sus prime-
ros familiares hasta el 2 de julio de 1782, fueron de 395 pesos 3 6 .
Paradójicamente, su gobierno fue el más fugaz de todos ya que la muerte lo
sorprendió a tan solo dos días de haber asumido sus funciones.
Dentro de la heterogénea lista de carnes preparadas para el ingreso del
virrey Ezpeleta se relacionaron: 20 arrobas de carne seca, 2 terneras, 20 cer-
dos, 10 corderos, 20 docenas de chorizo, 8 libras de salchichón de Génova,
32 libras de salchicha, 50 jamones, 32 capones, 8 patos, 60 gallinas, 190
pollos, 20 pavos, 1 arroba de bagre, doncella, salmón, arencones, sardinas,
bacalao, atún y camarones.

34 Biblioteca Nacional de Colombia, Fondo Quijano 110, pieza 1.


35 Ortiz, op. cit., volumen IV, tomo 1, p. 291.
36 AGN, Miscelánea, tomo 54, ff. 689r-701v.
926 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Se compró una variada gama de frutas como: chirimoyas, anones, guaná-


banas, higos, ciruelas, manzanas, duraznos, piñas, granadillas, limas y na-
ranjas. Con respecto a los licores, se consumieron en total 7 botijas de vino
blanco, 6 botellas de vino de Alicante, 52 botellas de vino blanco de Burdeos
y 8 botellas de cerveza. Adicionalmente, se saborearon 4 arrobas de queso
de Tunja, 12 quesos de Flandes, avellanas, almendras, maní, aceitunas, pan
francés y pan español37 .
Para la bienvenida de Amar y Borbón se apropiaron más de 5.000 pesos en
solo comida y refrescos. Según José María Caballero, quien había sido testigo
de excepción puesto que ayudó en el servicio de la mesa: “…no hubo virrey a
quien se le hiciesen más obsequios de grandeza y aparato que a éste” 38 .
Paralelamente a estos festejos en la capital, se enviaban cartas a las autori-
dades provinciales y estas a su vez se responsabilizaban de avisar a las
parroquiales sobre el nombramiento del nuevo titular. Como respuesta a esto,
se dictaban bandos en las plazas públicas y calles principales con voz de
pregoneros y a son de cajas “…para que llegue a noticia de todos y ninguno
alegue ignorancia”. Con ello, se ponía de presente la obligación de obedecer
y guardar lealtad al nuevo emisario del Rey.
A su vez, estos mismos alcaldes, gobernadores y cabildantes hacían lle-
gar al recién posesionado efusivos mensajes de bienvenida en los que le brin-
daban su entera adhesión y admiración pero también se hacían sentir
funcionarios de distintos rangos que aprovechaban la oportunidad para ofre-
cer sus servicios, lograr alguna merced o demandar cambios dentro de la
estructura burocrática.
Algunos empleados pudieron viajar para expresar sus cumplimientos al
nuevo gobernante. En 1789 por ejemplo, el cabildo de la villa de Leiva deci-
dió designar a uno de sus miembros para que pasase a la capital a dar la
enhorabuena al virrey Francisco Gil y Lemos por su feliz arribo y posesión
de su cargo39 . Seguramente esta deferencia se tornaba más embarazosa para
las autoridades de latitudes más distantes.
Aunque las actividades en las demás ciudades y villas del virreinato eran
en realidad mucho más sencillas y cortas, lo cierto es que han quedado muy
pocas evidencias que permitan conocer de cerca cómo transcurrieron esos
eventos en provincia.

37 AGN, Real Hacienda, tomo 57, ff. 715r-749v.


38 Caballero, op. cit., p. 53.
39 AGN, Colección Enrique Ortega Ricaurte, caja 192, carpeta 706, f. 63r.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 927

Facsímile de la portada del poema escrito por el colegial José María Salazar en honor
al arribo del virrey Antonio Amar y Borbón a la ciudad de Santa Fe. Tomado de:
Biblioteca Nacional de Colombia, Fondo Quijano 110, pieza 1.
928 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Específicamente habría que resaltar los particulares informes sobre los


actos que se efectuaron entre el 4 y el 7 de septiembre de 1784 en la villa del
Socorro en obsequio a Caballero y Góngora por haber sido elevado al man-
do del Reino. Estas celebraciones tenían un significado especial y era su
trasfondo histórico por cuanto era apremiante en esa área fortalecer la lealtad
al poder monárquico después de los alborotos provocados allí un par de años
atrás por los Comuneros.
Las fiestas abarcaron prácticamente una semana pero un detalle que lla-
mó poderosamente la atención fue que el reporte no lo hizo el cabildo, el
alcalde o gobernador como solía ser habitual sino que corrió por cuenta de
una autoridad con mando militar, el corregidor don Luis Beltrán Pujol. En
los apartes mismos de la misiva estaba viva la alarma por el orden y la tran-
quilidad de sus habitantes: “…debo decirle que han estado tan decentes como
en una Corte y tanto honestas y quietas las gentes que ha sido cosa de admi-
rar que entre el concurso duplo que de ellas hubo no se hubiesen seguido ni
ofrecido cuestiones ni desgracias, antes sí bien todos alegres y conformes se
divirtieron y loaron a la superioridad de V.E.”40 .

La entrada pública
Además de este recibimiento protocolario, seguía la denominada entrada
pública, es decir, la presentación y jura solemne del nuevo gobernante ante el
pueblo. Estos eventos no se hacían inmediatamente sino luego de algún tiempo
de haber tomado posesión, período en el cual el virrey se enteraba detenida-
mente de las nuevas responsabilidades administrativas. Tres semanas des-
pués de haber llegado Pizarro se le organizó la entrada. El virrey Flórez pisó
Santa Fe el 10 de abril y la entrada solemne solo se dio el 26 de mayo41 . Solís
por su parte, arribó el 25 de noviembre de 1753 y la entrada tuvo lugar el 16
de diciembre42 .
Todo comenzaba con un pomposo recorrido desde la plaza de San Diego
hasta la plaza central en donde se hacía la jura delante del público en general.
Para ilustrar solo un ejemplo de la guía propuesta para la entrada del virrey
Amar y Borbón, se describe a continuación el orden exacto establecido en el
desfile por la calle real después de rendir el gobernante su juramento y haber
recibido las llaves de la ciudad:

40 AGN, Milicias y Marina, tomo 122, f. 379r.


41 Ortiz, op. cit., tomo 2, p. 200.
42 Ibíd., p. 45.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 929

1. Los batidores de la compañía de caballería de la guardia


2. Los ministros de vara a caballo
3. Los porteros y subalternos de los tribunales
4. El cabildo secular
5. Los ministros de la casa de la moneda y de la Real Hacienda, los con-
tadores de cuentas y oidores
6. En el medio y delante de Su Excelencia su gentil hombre con la espa-
da de Su Excelencia
7. Poco detrás de éste un paje con el guión
8. El excelentísimo señor virrey al medio entre los dos alcaldes ordina-
rios que le servían de palafreneros
9. El palio conducido por seis regidores que llevaban cintas pendientes
en las varas, las cuales eran cargadas por los lacayos de los regidores43 .
Una vez arribados a la plaza mayor, se cantaba el Te Deum y el gobernan-
te retornaba a palacio para atender los saludos de rigor. El protocolo con el
que se recibió a Solís estipulaba que después de la recepción pública podía el
virrey salir a la calle en coche tirado por mulas, usar sitial en el presbiterio de
las iglesias y recibir incienso durante las funciones religiosas44 .
Un elemento que le imprimió un toque de mayor lucimiento y marciali-
dad a los desfiles fue la participación de las crecientes milicias. En 1750 se
aprobó la formación de dos compañías de guardia del virrey, una de infante-
ría con sesenta hombres y otra de caballería con cien45 . Ezpeleta anotó en su
relación de mando que su tropa de seguridad se componía de 24 alabarderos
y 34 soldados de caballería.
Esta primera fase ceremonial era complementada con fiestas y jolgorios
que incluían en la mayoría de los casos corridas de toros, juegos de caña,
iluminación general de las calles, obras teatrales y saraos en palacio en honor
al nuevo delegado del Rey.
Para el caso específico del virrey Amar y Borbón, las fiestas abarcaron un
poco más de una semana a las que vinieron gentes de todos los rincones.
Hubo tres días de toros, noches iluminadas, fuegos artificiales de todos los

43 AGN, Milicias y Marina, tomo 114, f. 179r.


44 Ibáñez, op. cit., tomo I, p. 345.
45 AGN, Reales Cédulas y Órdenes, tomo 13, ff. 562r y v.
930 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

estilos y se echaron a volar algunos globos. Las celebraciones se sellaron


con cuatro noches animadas con bailes de máscaras en el coliseo a los que
asistió el homenajeado en compañía de su esposa. Los testimonios presen-
ciales de entonces dieron fe de lo vistoso y novedoso de aquellas danzas
europeas: “…era cosa digna de ver la diversidad de figuras tan extrañas que
sacaron, que parecía otro mundo u otro país”46 .

El alistamiento del palacio


Dentro de los preparativos para el recibimiento del virrey se incluía la
adecuación de una sede para que esta prominente personalidad pudiera go-
bernar desde allí con entera comodidad.
En un principio había que disponer de un sitio a su llegada a Cartagena.
Justamente para la residencia de Eslava en esa ciudad costera se hicieron las
siguientes adquisiciones: “Para ornato del palacio se compraron doce corti-
nas de tafetán carmesí, tres tapetes de Berbería para la tarima del sitial, dos
carpetas para la mesa de escribir, una cartera de damasco con guarnición de
oro para que firme S.E., 24 libras de bujías, diez y siete docenas de loza de
tierra, dos docenas de platos finos para poner los jarros y siete jarros de Nata.
En esto y en el aseo del palacio se gastaron 437 pesos”47 .
Con más veras, en la capital se debía tener todo listo por su calidad de
sede oficial de gobierno. La casa que alojó al primer virrey estaba ubicada en
la esquina oriental del costado sur de la plaza mayor. Según las crónicas, esta
edificación no era precisamente la más amplia y adecuada para tales desig-
nios. Se trató incluso de recurrir a la renta de aguardiente en la búsqueda
presurosa de recursos para construir una nueva.
Al saberse en 1753 la noticia sobre el arribo del recién nombrado virrey
José Solís, se dieron instrucciones al Tribunal de Cuentas para adelantar los
trabajos de reparación y ampliación con cargo a los gastos de justicia.
Hacia 1765 se emprendieron por orden del virrey Messía de la Zerda
algunos arreglos locativos que incluyeron la adecuación de oficinas, coche-
ras, caballerizas y empedrados. Los egresos sumaron en total 2.738 pesos
con cinco reales48 . Una década después se dispusieron nuevas refacciones
ante la cercana llegada del arzobispo virrey Caballero y Góngora49 .

46 Caballero, op. cit., p. 53.


47 Restrepo, op. cit., p. 69.
48 AGN, Gobierno Civil, tomo 7, ff. 48r-73v.
49 AGN, Real Audiencia de Cundinamarca, tomo 17, ff. 691r-694v.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 931

Desafortunadamente el edificio fue golpeado por dos terremotos, uno en


1743 y el segundo en 1785. Al año siguiente fue envuelto por un voraz in-
cendio que lo arruinó casi por completo, lo cual motivó al virrey Caballero y
Góngora a destinar preliminarmente 15.646 pesos y dos reales para su re-
construcción, más sin embargo la estrechez de las arcas impidieron su cabal
ejecución50 .
Dos años más tarde, ante el inminente advenimiento del recién nombrado
virrey Gil y Lemos, la Real Audiencia y el cabildo se declararon muy
inquietados ante el hecho de que aún no se habían podido finiquitar las repa-
raciones correspondientes. El mismo mandatario se comunicó desde Cartagena
expresando a las autoridades de Santa Fe su deseo para que se adelantaran
las obras apropiadas de modo que a su llegada estuviera todo debidamente
dispuesto, aclarando eso sí lo imprescindible que era guardar compostura en
los presupuestos pero sin menoscabo de la comodidad y decencia necesarias
para un inmueble de tal factura.
Luchando contra el tiempo y apremiados por la escasez de recursos en el
ramo de penas de cámara y de justicia, se procedió entonces a alquilar una
casa espaciosa que se ajustara a lo requerido y finalmente la escogida fue la
perteneciente al ilustre vecino santafereño don Francisco Sanz de Santamaría.
Esta sería la sede hasta el fin del dominio colonial albergando allí a cinco
gobernantes más. Su ubicación era ideal, por cuanto al igual que la anterior,
hacía parte del marco de la plaza mayor lo que facilitaba a su huésped quedar
a pocos pasos de la Real Audiencia y de la catedral, habilitando así su movi-
lización en las funciones públicas.
Se encargó de la preparación y adorno al oidor Joaquín de Inclán y del
esbozo de los planos al teniente coronel de artillería Domingo de Esquiaqui
quien por demás creyó útil el diseño de nuevas piezas para las oficinas del
despacho51 . Para los detalles, se consiguieron galones de oro y se mandó
traer damasco carmesí desde Cartagena para adornar los salones, se coloca-
ron mamparas en las puertas y se tapizaron las paredes con sedas mientras el
piso fue cubierto de 144 cargas de estera a falta de alfombras52 .
Finalmente, resultaron vanos los esfuerzos adicionales de los virreyes
Ezpeleta y Mendinueta por conseguir en la Corte la aprobación de los re-
cursos indispensables para renovar el antiguo palacio después del incen-

50 AGN, Virreyes, tomo 6, f. 1.089r.


51 AGN, Virreyes, tomo 11, ff. 541r-549v.
52 Ibáñez, op. cit., tomo II, pp. 88-89.
932 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

dio. Se presentaron dos propuestas, una de ellas muy ambiciosa formulada


por el ingeniero Esquiaqui que pretendía abarcar una extensa área del mar-
co de la plaza mayor para procurar no solo la instalación del virrey sino de
los altos tribunales. La otra solo aspiraba a la mitad del proyecto anterior
pero aún así el gobierno de Madrid la objetó por considerar que eran costos
muy desbordados que no estaba dispuesto a admitir debido a la atención de
otras prioridades53 .
En su informe de gobierno, el mismo Mendinueta denunció la incomodi-
dad y lo reducido de la sede en funcionamiento, situación que lo forzaba a vivir
con su familia en otro sitio diferente. Puso asimismo al descubierto algunos
despilfarros puesto que, según su criterio, con los gastos en arrendamiento y
los periódicos reparos ya se hubiera alcanzado a construir una nueva edifica-
ción54 . Finalmente, al ocupar la casa el último de los virreyes, Juan Sámano, le
fue agregada una construcción contigua para que le sirviera de despacho.

La dificultad de los gastos


Era evidente que la sola figura de los presidentes comprometía una menor
pompa y despliegue que la generada por los nuevos virreyes. En un comien-
zo, las mismas normas prescribían que a estos debía recibírseles con grandes
gastos55 .
Pero con el tiempo no demoraron en escucharse voces que criticaban los
excesivos costos. Precisamente, dentro de los motivos esbozados por la Co-
rona para suprimir el virreinato en la Nueva Granada, uno de los de mayor
consideración eran los crecidos desembolsos que implicaba el sostenimiento
del titular de ese gobierno:
... y ser más ajustado y conforme a las reglas de una buena eco-
nomía el extinguir este empleo para evitar los dispendios de tan-
tos caudales como es preciso se consuman en la manutención
del virrey, sus sueldos y los de sus guardias y otros gastos ma-
yores que son inevitables (de su casa y familia) que todo es pre-
ciso salga de la Real Hacienda o de los vasallos, haciendo falta
para satisfacer otros encargos más principales56.

53 Plaza, op. cit., pp. 402-403.


54 Eduardo Posada, “Palacio Virreinal”, en: Revista Contemporánea, Volumen I, No. 6 (marzo
de 1905), p. 533.
55 Solórzano, op. cit., p. 210.
56 José María Restrepo Sáenz, “El primer virrey don Jorge Villalonga”, en: BHA XXXII
(1945) 128-129.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 933

Estos gastos para mantener al emisario del Monarca iban cada vez más en
aumento; muchos de ellos fueron seriamente cuestionados por ser onerosos e
innecesarios. Según estimaciones del funcionario Francisco Silvestre, el monto
para preservar el “decoro” de tal dignidad había ascendido de 30.000 a 40.000
pesos en las décadas finales del siglo XVIII57 .
Tal como se ha podido advertir en los relatos hechos, fueron múltiples los
rubros que debieron asumir las autoridades fiscales con miras a la llegada de
estos mandatarios: la composición de caminos, el traslado de funcionarios, el
arreglo del palacio y del coche, las comidas privadas y fiestas populares.
Mientras que los alcaldes tenían a su cargo el recibimiento en las afueras de
la ciudad y la entrada pública, la Real Audiencia se encargaba de las cenas y
actos protocolarios en palacio.
Frecuentemente, las cifras globales fueron demasiado elevadas lo que
impulsó a tomar ciertos correctivos, tal como se hizo en 1759 cuando hubo
un serio llamamiento a limitar los recursos destinados a dichos recibimien-
tos58 . A pesar de esta instrucción, siguieron presentándose vaivenes en los
costos. Debido a que en el recibimiento de Gil y Lemos se habían destinado
2.175 pesos y en el de José de Ezpeleta 4.463, el virrey decidió fijar un tope
que no superara los 2.000 pesos para comida, despensa y repostería. Efecti-
vamente, esto fue lo que se ajustó en 1796 para recibir a Pedro Mendinueta59.
Intrigas, disputas y angustiantes llamamientos por falta de recursos fue-
ron la nota predominante. El presidente Antonio de la Pedroza, inconforme
por no haber recaído en él el nombramiento de nuevo virrey de la Nueva
Granada, se encargó de torpedear los preparativos de recibimiento para la
persona finalmente escogida para estrenar ese cargo, Jorge de Villalonga.
Fue así como pidió al cabildo secular de Santa Fe que corriese con los
gastos bajo la argucia de que las cajas reales estaban exhaustas, pero esta
razón era en realidad muy poco confiable debido a que él mismo había
reportado no hacía mucho tiempo al Consejo de Indias una situación bo-
yante en las arcas centrales.
Obviamente, los ediles protestaron por no tener tampoco con qué subven-
cionar estos gastos a menos que se les concediera el estanco de aguardiente.
Ante la negativa de Pedroza a esta propuesta, finalmente convinieron en afron-
tar la erogación paritariamente60 .

57 Francisco Silvestre, Descripción del Reyno de Santa Fe de Bogotá, p. 12.


58 AGN, Reales Cédulas y Órdenes, tomo 15, sin foliar.
59 AGN, Virreyes, tomo 6, ff. 1.089r y v.
60 Ortiz, op. cit.,volumen III, tomo 3, pp. 349-350.
934 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

En 1744 el cabildo de Cartagena se quejó por la falta de recursos en su


renta de propios para recibir a los virreyes debido a los abultados gastos
militares de la época. Como mal precedente, criticaron el hecho de haberse
destinado extraordinarias sumas con motivo del arribo del virrey Sebastián
de Eslava. Por eso pidieron al nivel central orientación para enfrentar esta
problemática. En respuesta a esto, una cédula expedida cuatro años después
exigió que en adelante los gastos no podían exceder los 1.500 pesos61 .
En determinados casos, las reservas eran prácticamente insuficientes para
abarcar todos los preparativos. Pero a pesar de que la misma ley mandaba
sacar de la renta de propios, lo atenuado de estos fondos hizo que esa respon-
sabilidad fuera depositada en los alcaldes. Este esfuerzo les era compensado
en parte con una contribución extraída de esa misma renta local. Así las co-
sas, la selección de estos empleados se convirtió en una decisión bien meti-
culosa puesto que además de cumplir con cierta solvencia moral debían contar
con una holgura económica capaz de sufragar esos gastos.
En 1757, tres años después de posesionado José Solís como virrey, el
alcalde ordinario de primer voto don José Miguel de Cabrera y Zubia se
quejó ante el cabildo santafereño de haber sido elegido sin previsión de
que a los pocos meses se produciría la entrada de aquel nuevo virrey a la
capital. Siendo así, pensaba que era mejor si hubieran escogido a una per-
sona con los caudales indispensables para desenvolverse en tan digna re-
presentación y no haberse fijado en él cuyo patrimonio escasamente le
permitía mantener a su extendida familia. Aún a pesar de estas cortedades,
reconoció haber hecho todos los esfuerzos que estuvieron a su alcance
para cumplir con decencia y decoro su tarea. En total, juró haber gastado
más de 6.000 pesos62 .
Tres años más tarde, el cabildo santafereño expresó honda preocupación
por las agotadas rentas de propios que frenaban el cubrimiento integral de los
gastos de recibimiento del entrante virrey Pedro Messía de la Zerda. Acosa-
dos por la premura del tiempo toda vez que la esperada personalidad había
anunciado ya la fecha de su llegada a la capital, y “desconsolados” al no
vislumbrar oportunidades para ofrecerle las atenciones y estimaciones inhe-
rentes a tan notable dignidad, los ediles tuvieron que apelar a la ayuda de
instancias centrales. Para ello, sacaron a relucir la ley 19, título 3º del libro 3º
de las leyes municipales, en la que se facultaba a las Reales Audiencias para

61 AGN, Reales Cédulas y Órdenes, tomo 10, ff. 689r-697v.


62 Samper, op. cit., pp. 150-152.
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 935

que se libraran hasta 12.000 pesos en el Perú y 8.000 en la Nueva España


con el fin de destinarlos a la recepción de los virreyes.
En síntesis, exigían que esta norma también tuviera aplicación en la Nue-
va Granada y con más razón para exaltar el restablecimiento del virreinato.
En aras de este propósito, se pidió al máximo tribunal librar en el ramo que
creyeren conveniente la cantidad justa para tributar las demostraciones de
afecto al nuevo mandatario63 . Fue así como desde 1776 cuando arribó el
virrey Manuel Antonio Flórez se acordó entregar como indemnización 1.000
pesos para el alcalde de primero voto y 800 para el de segundo voto64 .
Pero aún con la implementación de estas retribuciones, no fue extraño
que algunos alcaldes se vieran impulsados a pedir más compensación o que
requirieran estos dineros por adelantado para no fallar a su misión. José Ma-
ría Lozano y Antonio Nariño, alcaldes ordinarios de Santa Fe en 1789, ente-
rados de la presencia en Cartagena del recién nombrado virrey Ezpeleta y de
su próxima partida hacia la capital, se declararon incapaces de financiar los
costos del recibimiento en virtud a que en la anterior ocasión habían desem-
bolsado no solo las sumas giradas por el cabildo sino otras muchas de su
propio peculio. Tras sentirse impedidos para hacer aportes personales de-
mandaron a la sala capitular contribuir esta vez con todo lo que fuere necesa-
rio pero hubo un rápido pronunciamiento superior por parte de los integrantes
de la Real Audiencia negando de plano la propuesta por considerar que los
fondos asignados oficialmente por dicho cabildo eran más que suficientes65 .
En 1796, año en el cual tuvo lugar la llegada de Pedro Mendinueta, los
cabildantes santafereños en vista de la problemática suscitada con los alcal-
des intentaron sin éxito que fueran los regidores los que en adelante asumie-
ran ese encargo y que los gastos fueran cubiertos enteramente por la renta de
propios.
Ante tantas privaciones, se solía acudir al apoyo de los gremios de la
ciudad. El recién nombrado Pedro Messía de la Zerda comunicó desde
Cartagena al cabildo capitalino que era sabedor de la costumbre de hacer
contribuir a esos sectores económicos para el recibimiento de personalidades
de su categoría, pero optó por renunciar de antemano a ese obsequio porque
consideraba injusto pensionar al pueblo para tal ocasión66 .

63 AGN, Miscelánea, tomo 62, ff. 926r-927v.


64 AGN, Miscelánea, tomo 87, ff. 384r-400v.
65 AGN, Miscelánea, tomo 18, ff. 834r-836v.
66 Groot, op. cit., p. 398.
936 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

Al paso de cinco años, varios voceros de los gremios artesanales, entre


los que se agrupaban los barberos, carpinteros, sastres, zapateros, plateros,
talabarteros, herreros y albañiles, plantearon al unísono su clamor para que
no se les convocara más en las loas, saraos, danzas, comedias, máscaras o
cualquier otro homenaje de bienvenida a los virreyes. La razón primaria era
que la inmensa mayoría de ellos era gente pobre que vivía a expensas de su
trabajo lo que a duras penas les bastaba para aprovisionar a sus familias.
Denunciaron que con mucha frecuencia los maestros acosaban a los oficia-
les a rendir aportes que en la mayoría de las veces no podían cumplir, vién-
dose estos en el extremo de ceder hasta sus propias herramientas. El ambiente
de estancamiento que experimentaba la ciudad por aquellos momentos agra-
vaba aún más el estado de iliquidez.
Para que no fuera distorsionada su pretensión, estos trabajadores reafir-
maron estar prestos a manifestar abiertamente su regocijo hacia los virreyes y
fueron enfáticos en sostener que si tuvieran con qué no dudarían en ofren-
darlo todo en honor a esos máximos líderes. Con el propósito de sustentar
mejor el pedimento solicitaron aplicar en el Reino lo contemplado por una
cédula expedida en 1759 en la cual el Monarca, convencido de los desmedi-
dos gastos en los recibimientos de sus representantes en sus Colonias, man-
daba al cabildo de la ciudad de México no gravar para tal efecto a aquella
clase de vasallos. Finalmente, los artesanos lograron su cometido ya que el
fiscal de la Real Audiencia don Joseph Antonio Peñalver impartió instruc-
ciones a los regidores santafereños para que siguieran al pie de la letra el
contenido de esa ley67 .
Al final de la era colonial, las arcas permanecían prácticamente desfondadas
por efectos de la prolongada guerra con las huestes patriotas. Para la entrada
del último gobernante Juan Sámano, aunque los alcaldes de la capital habían
sido comisionados por el ayuntamiento para aprontar los gastos necesarios, a
los pocos días se decidió prescindir del ceremonial acostumbrado para estas
circunstancias y el nuevo jefe de gobierno tomó posesión en un acto muy
austero al cual no asistieron ni el cabildo ni los tribunales68 . Igual raciona-
miento se observó en las pocas fiestas en honor al Rey que tuvieron lugar en
esos agónicos años de dominio español.
En términos generales, los intereses se movieron entre el afán por mostrar
la mayor ostentación pero opacado por el particular cuidado en hacer rendir

67 AGN, Virreyes, tomo 6, ff. 1.078r-1.086v.


68 Ibáñez, op. cit., tomo III, pp. 449-450
ROGER PITA PICO: LA LLEGADA DE LOS VIRREYES AL NUEVO REINO DE GRANADA 937

los pocos fondos disponibles. Había que sacar muchas veces de improvisto
recursos frescos para estas celebraciones, pero sin obviar ni descuidar las
necesidades primarias y la dura problemática social de fondo. Fueron a decir
verdad, unas fiestas en medio de las cortedades y la pobreza.
Pero lo que no puede olvidarse es que aquellos eventos especiales de
recibimiento –aun con todas sus flaquezas y críticas– fueron espacios de
encuentro que de alguna manera coadyuvaron a articular lazos de solida-
ridad en una sociedad tan cerrada y segmentada como la de esa época
colonial.

Bibliografía
Archivo General de la Nación -AGN. Fondos: Colección Enrique Ortega Ricaurte, Empleados
Públicos de Bolívar, Gobierno Civil, Milicias y Marina, Miscelánea, Real Audiencia de
Cundinamarca, Real Hacienda, Reales Cédulas y Órdenes, Virreyes.
Biblioteca Nacional de Colombia. Manuscritos, Fondo Quijano.
Libros y artículos de revistas
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938 BOLETÍN DE HISTORIA Y ANTIGÜEDADES – VOL. XCIII No. 835 – DICIEMBRE 2006

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