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¿PROHÍBE LA BIBLIA EL USO DE JOYAS, ADORNOS Y
MAQUILLAJE?
Sin lugar a duda has oído esas preguntas antes. A veces dichas preguntas proceden de no
creyentes que desean conocer la enseñanza bíblica al respecto, pero otras veces proceden de
creyentes que ya tienen años de pertenecer a alguna comunidad de creyentes donde, al menos
en teoría, tienen la Biblia como única regla de fe y conducta. Sin embargo, que una
congregación afirme estar apegada cien por ciento a la Biblia no significa que realmente lo
esté. Es más, a veces pareciera que nosotros, los mismos creyentes, somos tan culpables como
los fariseos de anteponer nuestros prejuicios, normas culturales y enseñanzas de hombres, a
la Palabra de Dios. Las palabras de Yeshúa/Jesús bien podrían aplicarse a muchos creyentes:
“…Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me
honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas
mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la
tradición de los hombres… y hacéis otras muchas cosas semejantes. Les decía también: Bien
invalidáis el mandamiento de Dios para guardar vuestra tradición…” (Marcos 7:6-13).
“…Atan cargas pesadas y difíciles de llevar, y las ponen sobre los hombros de los hombres...
Antes, hacen todas sus obras para ser vistos por los hombres…” (Mateo 23:4-5).
El apóstol Pablo habló también sobre la inutilidad de imponer reglas no bíblicas con el
propósito de parecer más santos basados en las apariencias y la religiosidad externa: “…Pues
si habéis muerto con Cristo en cuanto a los rudimentos del mundo, ¿por qué, como si
vivieseis en el mundo, os sometéis a preceptos tales como: ¿No manejes, ni gustes, ni aun
toques (en conformidad a mandamientos y doctrinas de hombres), cosas que todas se
destruyen con el uso? Tales cosas tienen a la verdad cierta reputación de sabiduría en culto
voluntario, en humildad y en duro trato del cuerpo; pero no tienen valor alguno contra los
apetitos de la carne…” (Colosenses 2:20-23).
El que una mujer deje de usar maquillaje, joyas y adornos puede parecer piadoso y hasta un
acto de humildad, pero sigue siendo inútil para evidenciar un verdadero cambio de corazón
y producir el nuevo nacimiento. En el asunto del maquillaje y las joyas, como en cualquier
otro tema que genere polémica entre creyentes, la Biblia tiene la última palabra.
I. ¿SE MENCIONAN LAS JOYAS EN LOS TIEMPOS BÍBLICOS?
La Biblia menciona el uso de joyería por parte de muchos de sus personajes. Si comenzamos
en Génesis, se nos dice que el criado de Abraham le regaló a la futura esposa de Isaac (hijo
de su amo) un pendiente de oro y dos brazaletes o pulseras de oro. El mismo siervo de
Abraham le puso a ella un pendiente en su nariz. (Génesis 24:22; 24:47). Pero éste no es un
caso aislado. Si continuamos estudiando el tema a través de la Biblia encontramos lo
siguiente:
1.- En el libro de Éxodo se nos relata que, por voluntad de Dios, cuando los israelitas salieron
de tierra de Egipto, bajo el liderazgo de Moisés, éstos llevaron con ellos vestidos, y alhajas
de plata y oro (Éxodo 12:35-36). El mismo Dios dio la indicación que se los pusieran sobre
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sus hijos e hijas y así despojarían al pueblo que por tantos años les había esclavizado (Éxodo
3:22). Esos mismos israelitas que salieron de Egipto, cuando caminaban por el desierto, sus
esposas, hijos e hijas se pusieron zarcillos de oro en sus orejas (Éxodo 32:2-3).
2.- Salomón hablándole a su amada le alabó su belleza y al hacerlo deja saber que ella llevaba
pendientes y collares (Cantares 1:10).
3.- José, el hijo de Jacob que terminó viviendo en Egipto, nunca olvidó al Dios de sus padres.
Por designio de Dios terminó siendo segundo después de Faraón. Nótese que José llevaba un
anillo en su mano como señal de autoridad (Génesis 41:42).
4.- Saúl, el primer rey de Israel, adornaba su brazo con un brazalete (2 Samuel 1:10).
5.- Daniel, que honró a Dios dentro de un pueblo pagano y llegó a ser incluso el tercer señor
del reino durante el reinado de Belsasar, llevaba una cadena de oro en su cuello (Daniel 5:29).
6.- Otro ejemplo es el de Ester, una joven candidata a ser reina del Imperio persa. Para
prepararse, ella aceptó recibir un “tratamiento de belleza” que, al parecer, incluía el uso de
“cosméticos” (Ester 2:7, 9, 12).
En la Biblia, y particularmente en el Tanáj o lo que se conoce como Antiguo Testamento,
hay comparaciones que relacionan las joyas con algo bueno. Por ejemplo, la Biblia dice que
alguien que da buenos consejos es como “zarcillo de oro y joyel de oro fino” (Proverbios
25:12). Al hablar del trato que le dio a la nación de Israel, Dios mismo se comparó con un
esposo que le regala a su esposa brazaletes, un collar, aretes y hasta joyas para la nariz. Estos
adornos hacían de la nación una esposa “muy, muy bella” (Ezequiel 16:10-13). Si para Dios
estas cosas fueran pecaminosas o malas, jamás hubiera usado esos elementos para referirse a
la belleza de su esposa Israel.
La Biblia no tiene una opinión desfavorable sobre el uso de joyas, maquillaje o adornos.
Por el contrario, en el contexto bíblico las joyas, maquillaje y adornos son empleados
como símbolos de la bendición o el favor de Dios. La Biblia condena el orgullo, la vanidad,
la arrogancia, la altivez y la soberbia, pecados que pueden estar presentes tanto en una mujer
que se maquilla, usa joyas y se adorna; así como en aquellas que no usan ninguna de esas
cosas. Pues la soberbia, el orgullo, la vanidad y la arrogancia son pecados del alma que poco
o nada tienen que ver con la apariencia, pero sí mucho con la actitud del corazón.
II. ¿DE DÓNDE NACE LA OPOSICIÓN DE ALGUNAS SECTAS O
DENOMINACIONES AL USO DE JOYERÍA POR PARTE DE LOS CREYENTES?
La Biblia registra el uso de joyas. Unos lo usaban como adorno, otros como señal de poder.
Ciertamente, nada en la Biblia indica una oposición por parte de Dios al uso de joyas.
Entonces ¿De dónde sacan algunas iglesias tal prohibición? Diríamos que probablemente se
debe a un mal entendimiento de la manera como un creyente llega a ser santo y también
probablemente porque quizá los líderes de esas denominaciones han adoptado esta conducta
como una norma personal para ellos y, erróneamente, están obligando a otros creyentes a
amoldarse a esas convicciones, so pena de catalogarles como inmaduros o carnales. Para
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lograr su propósito, muchos líderes religiosos y muchos creyentes mal informados (y, dicho
sea de paso, con poco conocimiento de la Biblia y su contexto histórico y cultural), a menudo
citan pasajes de la Biblia, y los sacan de su contexto para defender su posición errónea.
Analicemos algunos de esos pasajes:
1) PASAJES SACADOS DE CONTEXTO EN EL TANÁJ O ANTIGUO
TESTAMENTO:
Generalmente se suelen citar los siguientes textos bíblicos: “…Asimismo dice el Señor: Por
cuanto las hijas de Sión se ensoberbecen, y andan cuellierguidas y los ojos descompuestos;
cuando andan van danzando, y haciendo son con los pies: Por tanto, pelará el Señor la
mollera de las hijas de Sión, y el Eterno descubrirá sus vergüenzas. Aquel día quitará el
Señor el atavío de los calzados, y las redecillas, y las lunetas; los collares, y los joyeles, y
los brazaletes; las escofietas, y los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos
de olor, y los zarcillos; los anillos, y los joyeles de las narices; las ropas de remuda, los
mantoncillos, los velos, y los alfileres; los espejos, los pañizuelos, las gasas, y los tocados…”
(Isaías 3:16-23).
En ese texto se les dice a las hijas de Sion que el Señor les va a quitar el calzado, las redecillas,
las lunetas y otros accesorios de belleza, incluyendo los collares, pendientes, brazaletes,
cofias, los adornos con que se atavían las piernas, los partidores del cabello, los zarcillos, los
anillos y las joyas que llevan en sus narices, entre otras cosas. Según el texto, ellas eran
soberbias y vivían desvergonzadamente. Los versos del 17 al 25 suelen absorber a menuda
toda la atención de aquellos que los citan, ignorando tanto lo que se escribió antes como lo
que se escribió después de estos versos. Esto los lleva a pasar de largo ignorando el contexto.
Muchos creyentes, igualmente, se conforman con la explicación, la enseñanza o la
predicación y no toman tiempo para revisar en la misma Biblia lo que realmente enseña dicho
pasaje, cuando en realidad debieron haberse hecho las siguientes preguntas: ¿A quién se
dijo?, ¿Por qué se le dijo? y ¿Cuándo se le dijo?
¿Qué tal si respondemos a dichas preguntas? En primer lugar, las palabras de este pasaje
fueron dichas al reino de Judá (conocido como reino del sur, siendo Jerusalén su capital). En
esa época, la nación judía llevaba un estilo de vida apóstata, sin ninguna lealtad o fidelidad
hacia el Dios que les había sacado de Egipto. Dios los había tratado como a hijos y los había
engrandecido (Isaías 1:2-23), pero ellos se habían olvidado de Dios. En vez de servirle y
honrarle, ellos eran culpables de haber dejado al Eterno Dios, no expresar gratitud a Dios y
comportarse como si no pertenecieran Dios. Había falsedad religiosa; eran injustos para con
el huérfano y a las viudas no se les daba amparo alguno. El soborno era practicado en el
gobierno; el territorio se había llenado de ídolos. Dios estaba enojado con ellos y les hace
resaltar sus faltas. Antes Jerusalén era una ciudad fiel, llena de justicia y equidad, pero ahora
se comportaba como una “ramera”. Dios les llama gente pecadora, cargados de maldad;
generación de gente mala y depravada. Ellos habían dejado al Eterno. (Isaías 1:2,4, 21).
Ellos, por voluntad propia se habían rebelado contra el Señor y es el mismo Dios que por
medio del profeta les deja saber lo que les sucederá: Les va a quitar toda la protección y el
sustento. (Isaías 3:1-26). Dios está enojado tanto con los hombres como con las mujeres de
Judá. El Dios Soberano ha determinado juicio contra ellos. En cuanto a las mujeres, recibirán
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su parte en este juicio, no porque usen joyas sino por la actitud y el comportamiento de ellas.
Van por la vida mostrando soberbia e indiferencia (Isaías 3:16).
Ellos estaban viviendo en una sociedad que se había contaminado de costumbres traídas de
oriente, y de agoreros como los filisteos; hacían pacto con extranjeros que no honraban al
Eterno. Habían cambiado al Señor, que hizo el cielo, la tierra y a ellos mismos, por otros
objetos de culto (ídolos, imágenes) hechos por manos humanas. (Isaías 2:6-8). Es claro que
la ira de Dios no fue provocada porque las mujeres usaban joyas, sino que serían castigados
por haber dejado a Dios. Por cierto que, hablando de joyas, llama la atención que Dios use
las “joyas”, “lino fino” y “seda” para describir las bendiciones que había derramado sobre
Jerusalén. Esto no tendría sentido si Dios las considerara algo malo o pecaminoso.
Otro pasaje empleado a menudo lo encontramos en Ezequiel 16:1-6. En dicho pasaje Dios
les hace saber a los israelitas el juicio que vendrá sobre la nación por causa de su idolatría.
Dios, por medio de Ezequiel, les hace recordar su origen y lo que él, El Eterno, había hecho
por ellos. Dios habla de Jerusalén y, usando una metáfora, se caracteriza a la nación como si
fuera una mujer. En ese mensaje para Jerusalén Dios le dice que la ha amado, cuidado y
adornado. ¿Con qué la adornó? No fue con flores sino con joyas, lo cual carece de sentido si
tales objetos fueran malos en sí mismos.
Para un mejor entendimiento repasemos lo que dice Dios (Ezequiel 16:1-14). Ellos sabían
muy bien que lo que ellos habían llegado a ser como nación se debía al favor de Dios para
con ellos. Los sacó de Egipto; los cuidó en el desierto, allí no carecieron de agua, comida,
vestido ni calzado. Los hizo entrar a la tierra prometida y allí se convirtieron en una nación
grande y poderosa. Pero ellos, a pesar de que experimentaron todo eso, endurecieron sus
corazones y se volvieron aún más desobedientes. Se volvieron tan idólatras que llegaron hasta
sacrificar bebés a uno de sus ídolos. Ellos, al principio, tenían con Dios (en el sentido
espiritual) una relación como la de una esposa con su marido; pero al cambiar a Dios por
obras hechas por manos humanas, Dios llama a Jerusalén adúltera y, por tanto, la va a juzgar
según las leyes de las adúlteras, entregándola en manos de sus enemigos: Ellos vendrían a
destruir los lugares altos y derribarían los altares construidos para los ídolos; la despojarían
de sus ropas dejándola desnuda y descubierta. Además, les quitarían sus alhajas (Ezequiel
16:15-41), símbolo de la bendición de Dios. Literalmente, el reino del sur y su capital,
Jerusalén, fueron entregados a Nabucodonosor, rey de los babilonios. Ellos se llevaron todo
tesoro que había no solo en la ciudad, sino que en el mismísimo templo también. Por tanto,
dejó de ser una ciudad esplendorosa; ya no tenía el respaldo de Dios: había perdido toda
provisión.
Después de toda la explicación anterior, nos podemos dar la libertad de preguntar: ¿Qué tiene
que ver Isaías 3:16-23 y Ezequiel 16:39 con la prohibición a las mujeres que usen joyas,
adornos y maquillaje? ¡Absolutamente nada!
Algunos creen que el hecho de que la malvada reina Jezabel se pintara los ojos con pintura
negra (antimonio) prueba que maquillarse está mal (2 Reyes 9:30). Esto no es cierto. La
verdad es que Jezabel, quien practicó brujería y cometió asesinatos, fue juzgada por sus
acciones y no por su apariencia (2 Reyes 9:7, 22, 36, 37).
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2) PASAJES SACADOS FUERA DE CONTEXTO EN LOS ESCRITOS
APOSTÓLICOS:
Otro pasaje empleado por quienes prohíben el uso de maquillaje y joyas es 1 Timoteo 2:9-10
el cual nos dice: “…Asimismo que las mujeres se atavíen de ropa decorosa, con pudor y
modestia; no con peinado ostentoso, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos, sino con buenas
obras, como corresponde a mujeres que profesan piedad…”.
Aunque a simple vista podría parecer que Pablo prohíbe el uso de joyas (el maquillaje ni
siquiera se menciona), una lectura cuidadosa del texto nos muestra que Pablo no prohibía que
las mujeres usaran joyería, maquillaje, o el cabello trenzado; más bien él dice que las mujeres
no deben permitir que su apariencia externa se vuelva más importante que su belleza interior.
Creer que a Dios le molesta que sus hijos e hijas usen joyería o vistan bien es absurdo e
implica una valorización desmedida por la apariencia, lo cual contradice 1 Samuel 16:7, el
cual declara: “…porque el Eterno no mira lo que mira el hombre; pues el hombre mira lo
que está delante de sus ojos, pero el Eterno mira el corazón...”
1 Pedro 3:3-4 nos recuerda este aspecto espiritual: “…vuestro atavío no sea el externo de
peinados ostentosos, de adornos de oro o de vestidos lujosos, sino el interno, el del corazón
en el incorruptible ornato de un espíritu afable y apacible, que es de grande estima delante
de Dios...”. No hay nada de malo en usar joyería, maquillaje o peinados elaborados, en tanto
que sea hecho de una manera modesta. Una mujer no debe enfocarse tanto en su aspecto
externo, que llegue a descuidar su vida espiritual interior. Obviamente, la Biblia no se centra
en la apariencia física, pero sí destaca la importancia de tener un carácter “quieto y apacible”
(1 Pedro 3:3-4).
Al leer el contexto, nos damos cuenta de que el mensaje que la Biblia quiere transmitir aquí
es que la belleza interior es más importante que la apariencia exterior o los adornos (1 Pedro
3:3-6). Este punto también se enfatiza en otros versículos bíblicos (1 Samuel 16:7; Proverbios
11:22; 31:30; 1 Timoteo 2:9, 10).
La Biblia no prohíbe el uso de cosméticos, joyas o adornos; simplemente enseña que la
verdadera belleza de una mujer piadosa no reside en su apariencia externa, el
maquillaje o las joyas que ésta pueda usar, sino en su interior.
CONCLUSIÓN
¿De dónde nacen tantos mandamientos antibíblicos? ¿Por qué dentro de las congregaciones
surge la necesidad de buscar una santidad basada en la apariencia externa? Hasta cierto punto,
pareciera que dentro de cada creyente vive un falso fariseo deseando manifestarse. Y es que
dentro de cada hijo de Dios, por muy “liberal” que pueda considerarse, existe una tendencia
a querer mostrar a otros su santidad por medio de determinado tipo de conducta externa.
Permíteme ilustrar con un ejemplo lo que estoy diciendo. Conozco creyentes que afirman:
Yo soy santo porque no veo televisión, o no voy al cine, o no hago esto o lo otro. Detrás de
esta afirmación está el concepto de que, para ser santos, es necesario hacer o dejar de hacer
ciertas cosas de carácter externo. Pero la Biblia refuta este concepto. La Biblia dice que los
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creyentes somos santos por haber creído y aceptado al Mesías como nuestro Salvador; por
cuanto su muerte y resurrección fue lo que logró hacernos santos.
Colosenses 1:21-22 dice: “…Y a vosotros también, que erais en otro tiempo extraños y
enemigos en vuestra mente, haciendo malas obras, ahora os ha reconciliado en su cuerpo
de carne, por medio de la muerte, para presentaros santos y sin mancha e irreprensibles
delante de él…”.
En este pasaje bíblico queda claro que nuestra santidad no es el resultado de lo que hagamos
o dejemos de hacer, sino de lo que el Mesías ya hizo por nosotros en la cruz del Calvario. No
es correcto entonces pensar que, porque yo hago tal o cual cosa, o porque yo no hago esto o
aquello, soy santo. ¿Significará esto entonces que yo puedo vivir como un pagano porque mi
santidad no depende de lo que yo haga sea bueno o sea malo? Rotundamente no. Veamos lo
que dice 1 Pedro 1:15-16: “…Sino, como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros
santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy
santo…”.
Los que somos santos por la obra del Mesías en la cruz, debemos vivir vidas santas. La vida
en santidad es el resultado del carácter santo que nos dio Dios a los que verdaderamente
estamos en el Mesías. Porque soy santo, debo vivir en santidad, no al revés. No soy santo
porque hago o dejo de hacer ciertas cosas. Mi santidad es por lo que Dios ha hecho en Su
Hijo por mí en la cruz del Calvario. Con este antecedente entonces, no podemos decir que
una mujer es santa porque no usa cadenas, o aretes o maquillaje.
De la misma manera, tampoco podemos decir que una mujer no es santa porque usa cadenas,
anillos o maquillaje. Es posible que por sus propias convicciones cierto creyente haya llegado
a la conclusión que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje, pero este creyente no debe
obligar a otros que también hagan lo mismo so pena de que si no lo hacen, sean tildados de
carnales o inmaduros.
En la época en que el apóstol Pablo escribió la carta a los Romanos, el problema no era tanto
el usar o no cadenas, aretes, o maquillaje. El problema era comer o no cierto tipo de carne.
Veamos la conclusión a la que llegó el apóstol en Romanos 14:2-4 donde dice:
“…Porque uno cree que se ha de comer de todo; otro, que es débil, come legumbres. El que
come, no menosprecie al que no come, y el que no come, no juzgue al que come; porque Dios
le ha recibido. ¿Tú quien eres, que juzgas al criado ajeno? para su propio señor está en pie,
o cae; pero estará firme, porque poderoso es el Señor para hacerle estar firme...”
Aplicando este pasaje bíblico al asunto nuestro en particular diríamos que, si una hermana ha
decidido que puede usar cadenas, aretes o maquillaje, no debe despreciar al creyente que ha
decidido que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje. Igualmente, si una hermana ha
decidido que no debe usar cadenas, aretes o maquillaje, no juzgue al creyente que usa
cadenas, aretes o maquillaje. El apóstol Pablo nos deja una advertencia sobre este asunto en
Romanos 14:13 donde dice: “…Así que, ya no nos juzguemos más los unos a los otros, sin
más bien decidid no poner tropiezo u ocasión de caer al hermano...”
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Volviendo al tema de ¿Por qué algunas denominaciones prohíben el uso de cadenas, aretes,
maquillaje, por parte de las mujeres creyentes? Diríamos que probablemente se debe a un
mal entendimiento de la manera como un creyente llega a ser santo y también probablemente
porque quizá los líderes de esas denominaciones han adoptado esta conducta como una norma
personal para ellos y, erróneamente, están obligando a otros creyentes a amoldarse a esas
convicciones, so pena de catalogarles como inmaduros o carnales. Pero eso no es lo que
enseña la Biblia y ella, y no los hombres y sus preferencias y legalismos particulares, es la
única norma que debe regir nuestra conducta.