Jean-Pierre Tardieu
resistencia de los negros en el
virreinato de méxico
(siglos xvii-xviii)
Tiempo Emulado
Historia de América y España
55
La cita de Cervantes que convierte a la historia en “madre de la
verdad, émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo
pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo porvenir”,
cita que Borges reproduce para ejemplificar la reescritura polémica
de su “Pierre Menard, autor del Quijote”, nos sirve para dar nombre
a esta colección de estudios históricos de uno y otro lado del Atlán
tico, en la seguridad de que son complementarias, que se precisan,
se estimulan y se explican mutuamente las historias paralelas de
América y España.
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Jean-Pierre Tardieu
Resistencia de los negros
en el virreinato de México
(siglos xvi-xvii)
Iberoamericana - Vervuert - 2017
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París
Índice
Introducción 13
Primera parte
Alienaciones
Capítulo 1
El caso de Juan Garrido 23
1.1. Los negros y la conquista 23
1.1.1. Los teocacatzacti o “ dioses sucios” 23
1.1.2. El papel de los negros en la conquista 25
1.2. Lo que se sabe de Juan Garrido 29
1.2.1. La visión de Peter Gerhard 29
1.2.2. Las proposiciones de Ricardo E. Alegría 32
1.3. Juan Garrido, ¿un buscón negro en las Indias? 33
1.3.1. Origen del nombre 33
1.3.2. Algunas aclaraciones 35
Anexo iconográfico 41
Capítulo 2
El caso de Estebanico (1527-1537) 47
2.1. La expedición de Pánfilo de Narváez 48
2.1.2. Preparativos y contexto 48
2.1.2. La adversidad del sino 49
2.1.3. El episodio de la isla de Mal Hado 52
2.2. La odisea de Cabeza de Vaca 54
2.2.1. El buhonero 54
2.2.2. El esclavo 54
2.2.3. El chamán 55
2.3. Hacia el desenlace 61
2.3.1. Aspectos mesiánicos 61
2.3.2. Visión predestinacionista y utopía profética 63
Segunda parte
Rechazos
Capítulo 3
El motín de negros bozales
en La Rinconada, Veracruz (1669) 75
3.1. Los hechos 76
3.1.1. Contextualización 76
3.1.2. La expedición 77
3.1.3. El motín 79
3.2. El efímero reinado del crar Bomba 81
3.2.1. Un protocolo insólito 81
3.2.2. Interpretaciones 83
Anexo documental 88
Capítulo 4
Cimarronaje 89
4.1. Vacilaciones: entre prevención y represión 90
4.1.1. Antecedentes 90
4.1.2. Medidas preventivas 97
4.1.3. De la represión a la negociación 116
4.2. Vuelta a la represión 129
4.2.1. Por el camino de Veracruz 129
4.2.2. Por el camino de Acapulco 131
A. Anexo documental 134
A1. Asiento con el capitán Álvaro de Baena 134
A2. Asiento con el capitán Pedro Ochoa de Ugarte 136
B. Anexo iconográfico 140
Capítulo 5
El desafío de Yanga 143
5.1. El reino de Yanga 144
5.1.1. Las referencias 144
5.1.2. El palenque principal 146
5.2. La guerra contra los “yanguicos” 150
5.2.1. Los preparativos de Pedro González de Herrera 150
5.2.2. Las fuerzas antagónicas 152
5.2.3. El enfrentamiento 156
5.3. La reducción de los “yanguicos” 163
5.3.1. La fundación de San Lorenzo de los Negros 163
5.3.2. Rebrotes de resistencia 167
5.4. Otras represiones 170
Anexos 174
A. Anexo documental 174
A1. Capitulaciones con Yanga 174
A2. Fundación del presidio de Córdoba 174
B. Anexo iconográfico 176
Capítulo 6
De San Lorenzo de los Negros
a San Lorenzo de Cerralvo (1636-1676) 177
6.1. La segunda fundación del pueblo 178
6.1.1. Tensiones y nuevas capitulaciones 178
6.1.2. Cuestión de la mudanza 182
6.2. El conflicto con la villa de Córdoba 184
6.2.1. Cuestión de competencias 184
6.2.2. Fidelidad de los vecinos de San Lorenzo 187
Anexo documental 206
A.1. Comisión del capitán don Pedro Salgado y Castro, 1646 206
A.2. Comisión de don Antonio Sentís, 1673 206
A.3. Certificado de don Álvaro Ordóñez Barón, 1641 207
Tercera parte
Conjuraciones
Capítulo 7
Psicosis en México 213
7.1. Alertas del siglo xvi 213
7.1.1. Los sucesos de 1537 213
7.1.2. El alboroto de 1574 219
7.2. Coronación de un rey negro (1608) 220
7.2.1. La visión del virrey Luis de Velasco 221
7.2.2. La visión del alcalde del crimen López de Azoca 222
Anexo documental 225
Carta del alcalde del crimen sobre los sucesos de 1608 225
Capítulo 8
Conjuración de negros en México (1612) 229
8.1. La visión oficiosa 230
8.1.1. El autor de la relación 230
8.1.2. Situación de los negros en México 231
8.1.3. El complot 237
8.1.4. Medidas preventivas 240
8.2. La visión de un español del común 246
8.2.1. El complot 246
8.2.2. El castigo 248
8.3. La visión de un indio principal 250
8.3.1. El complot 251
8.3.2. El castigo 252
Anexo documental 256
Conclusión 275
Bibliografía 279
Aman e codician naturalmente todas las cria-
turas del mundo la libertad, cuanto más los
hombres, que han entendimiento sobre todas
las otras, e mayormente en aquellos que son de
noble corazón.
Alfonso X el Sabio, Las Siete Partidas.
Partida cuarta, Título XXII “De la libertad”.
… ellos se havían retirado a aquel lugar, por
libertarse de la crueldad y de la perfidia de los
españoles, que sin algún derecho, pretendían ser
dueños de su libertad; que favoreciendo Dios
una causa tan justa, havían, hasta entonces,
conseguido gloriosas victorias de todos los espa-
ñoles que havían venido a prehenderlos. Que
en asaltar los lugares y haciendas de los españo-
les, no hacían sino recompensarse, por fuerza de
las armas, de lo que injustamente se les negaba.
Mensaje de Yanga al capitán Pedro González
de Herrera.
Introducción
Con motivo de las últimas conmemoraciones de la abolición de la es-
clavitud en Hispanoamérica, los movimientos afrodescendientes, en
pos de la reconstrucción identitaria,1 valorizaron a los adalides de la
resistencia negra en contra de la sociedad dominante. Citaremos, por
ejemplo, a los “reyes” Bayano, de Panamá;2 Miguel, de Barquisime-
to (Venezuela),3 a mediados del siglo xvi; y Benkos, de Cartagena de
Indias (Colombia),4 a principios del xvii; “capitanes” cimarrones que
alcanzaron una dimensión de índole mítica.
En México, sucedió igual con Yanga, caudillo de una comunidad
que, durante varios decenios, entre fines del siglo xvi e inicios del xvii,
puso en peligro el tránsito por el camino real de Veracruz, robando
mercancías, matando a quienes se oponían, raptando indias y saquean-
do haciendas o estancias. Hasta que el virrey Luis de Velasco el Mozo,
en su segundo mandato, decidió acabar con él. El prestigioso cabecilla,
a cambio de la libertad para su comunidad, se vio obligado en 1609
a aceptar la reducción a un pueblo, no muy distante de su palenque
mayor, llamado desde entonces San Lorenzo de los Negros. Pero los
vecinos no dejaron de manifestar una altiva autonomía que desembocó
en una segunda fundación, la de San Lorenzo de Cerralvo. Ello por
supuesto, como en Panamá, no terminó con el cimarronaje, al cual tan
sólo podía dar fin una manumisión general.
Yanga, en 1860, fue proclamado héroe nacional. Por decreto de 5
de noviembre de 1932, San Lorenzo cambió de nombre, adoptando
el de su héroe epónimo.5 La república de México fue el primer país de
1. Véase, por ejemplo, Mosquera/Pardo/Hoffmann (2002).
2. Bayano, uno de los primeros héroes de la resistencia cimarrona, personaje central
de un trabajo nuestro titulado Cimarrones de Panamá. La forja de una identidad
afroamericana en el siglo xvi (2009).
3. Fray Pedro de Aguado (1919: vol. II, 183-250).
4. Escalante (1964: 114-115).
5. Otra prueba de reconocimiento es el hecho de que el hospital general de Córdoba
14 JEAN-pierre tardieu
Hispanoamérica en adoptar semejantes medidas, lo cual no menguó
el pesimismo de Gonzalo Aguirre Beltrán, quien, en la introducción a
la segunda edición (1972) de su estudio La población negra de México
(1946), no vaciló en declarar que “a diferencia de otros países herma-
nos del Continente donde los estudios etnohistóricos del negro se han
desenvuelto de modo sorprendente, México sigue negándose a recono-
cer la importancia de la contribución africana”.6
Las cosas ya habían empezado a cambiar desde el extranjero, en par-
ticular con los trabajos de Edgar F. Love, Peter Boyd-Bowman y, prin-
cipalmente, la tesis de Colin Palmer.7 Pero en México, fue menester
esperar el final del siglo xx y el principio del xxi para que abundasen
los estudios sobre los afromexicanos, más precisamente para la región
de Veracruz.8 Y, desde México, la valiosa dedicación de Luz María Mar-
tínez Montiel se extendió a todo el continente con la publicación de
tres volúmenes que compilan artículos de los mejores especialistas en
estudios afrohispanoamericanos.9
Ahora bien, los grandes muralistas les habían tomado la delantera a
los etnohistoriadores. En los frescos del Palacio Nacional, Diego Rivera
no sólo representó a Juan Garrido, sino que consagró varios espacios
hondamente significativos a los negros de Nueva España. José Clemen-
te Orozco, en su visión revolucionaria, no se olvidó de Yanga. Y José
Gordillo situó al caudillo cimarrón al lado de Cuauhtémoc en su Canto
escogió como nombre el del héroe negro. Con el tiempo, y por varios motivos
que a este trabajo no le corresponde exponer, desapareció el fenotipo negro del
actual pueblo de Yanga, aunque sigue encontrándose en pueblos de la comarca.
6. Aguirre Beltrán (1972: 11). Una discípula del maestro, Sagrario Cruz-Carretero,
en su introducción a The African Presence in México (2006), catálogo de la
exposición itinerante del mismo nombre, se demora en la resistencia de los
mexicanos a admitir su “tercera raíz”.
7. Love (1967: 89-103) evoca muy rápidamente la de Yanga y la conspiración
de 1612 en México. Boyd-Bowman (1969: 134-151) trata de la esclavitud
en Puebla (procedencia, nombres, compra-venta, ocupaciones, cimarronaje,
criminalidad). Palmer (1971) estudia detenidamente estos diferentes aspectos
para todo el virreinato. Nuestras referencias remitirán a esta edición de la tesis.
Más asequible es la edición posterior, Slaves of the White God: Blacks in Mexico,
1570-1650 (1976).
8. Citaremos algunas de ellas: Cruz Carretero (1992); Chávez Hita (2001); Naveda
Chávez Hita (1987); Del Valle Pavón (1997, 2001); Winfield Capitaine (1984);
Castañón González (2002).
9. Martínez Montiel (1993, 1995).
introducción 15
a los héroes pintado en 1952.10 Últimamente, la Comisión Especial de
Apoyo a los Festejos del Bicentenario de la Independencia y Cente-
nario de la Revolución de la Cámara de Diputados proyectó inscribir
con letras de oro en el Muro de Honor del Palacio Legislativo de San
Lázaro el nombre de Gaspar Yanga, al lado de los de Jacinto Canek y
Valerio Trujano, héroes de origen indígena.11
Del personaje de Yanga se ha apoderado también la literatura mexi-
cana. Guillermo Sánchez de Anda, por ejemplo, le consagró una no-
vela12 que evocaremos más adelante. De momento, quisiéramos decir
cuánto nos extrañaron los avatares de la posteridad del héroe y de sus
compañeros en la obra del novelista Jordi Soler La última hora del últi-
mo día (2007),13 continuación de Los rojos de ultramar (2004). El tema
versa sobre una agrupación de republicanos catalanes en La Portugue-
sa, propiedad situada en la selva veracruzana. El capítulo 13 trata de sus
relaciones con los descendientes de Ñanga (otra grafía para “Yanga”).
Ambos grupos, debido a su marginalidad, acabaron por experimentar
cierta solidaridad. El autor hace de Yanga un “príncipe de los Dincas,
hijo del rey de los Bora del Alto Nilo, al suroeste de Gondoco”.14 Si le
10. Véanse nuestros comentarios en los capítulos consagrados a Juan Garrido y
Yanga.
11. Pitalúa Torres (2010: 16).
12. Sánchez de Anda (1998).
13. Soler (2007: 157-182).
14. El autor confiesa en su novela haberse inspirado en Negros y chinos de Veracruz
del historiador Cosme Villagrán. El origen presentado por el novelista es el
que suministran a sus lectores varios manuales de vulgarización, debido al
error de Vicente Riva Palacio, ministro y nieto de Vicente Guerrero, segundo
presidente de la república, que tenía una ascendencia negra. Para V. Riva
Palacio, en 1870, Yanga era un miembro de la tribu de los yanga-bara, en el
Alto Nilo, de la nación de los dincas, al sudoeste de Gondocoro. Véase Riva
Palacio (s. a.: 549).
Evoca la equivocación el escritor Moya Palencia (2006: 248). Según éste,
Yanga sería oriundo de Byanga o Nyanga, caserío que se encontraba a orillas
del río Cacheu, en la actual Guinea Bissau. Habría sido proclamado rey de no
haberle raptado un tío suyo, quien lo vendió a los portugueses. Pasó a poder de
negreros españoles, los cuales lo trasladaron a Nueva España (2006: 249). En
las reseñas de Internet, se encuentran referencias aún más extrañas que las de V.
Riva Palacio. Una de ellas asevera que Yanga era de origen “brang”, “espacio que
ocupa la actual Guinea y donde gobernaba la familia real de Gabón” (sic).
Mucho más verosímil es la proposición de Nicolás Ngou-Mve, experto
en los orígenes bantúes de los esclavos de Nueva España. Se pregunta el
16 JEAN-pierre tardieu
presta una actitud digna del personaje histórico, no pasa igual con los
últimos herederos de su comunidad. Desempeñan un papel burlesco,
dedicándose a ceremonias “vodú” (¡!) de magia negra, solicitadas por
los catalanes para acabar con el dictador español, sin contar con otros
aspectos irrisorios que no hace al caso apuntar aquí. Todo ello concurre
a plasmar una visión hondamente negativa. Pero, al fin y al cabo, no
se nos ocurrirá poner en tela de juicio la libertad del autor de una obra
de ficción.
Esta referencia literaria nos incitó a concretar un proyecto en el que
ya llevábamos algún tiempo pensando, o sea, estudiar la resistencia de
los negros a los esquemas esclavistas imperantes en los primeros tiem-
pos del virreinato novohispano15, reanudando un tema que tratamos
en relación con otras provincias de las Indias occidentales españolas.
Cabe ponerse de acuerdo sobre el sentido del término “resistencia”,
para no caer en la trampa de la univocidad. ¿Qué es la resistencia, sino
el hecho de oponerse una fuerza a la acción o a la violencia de otra?
En el acto pensamos pues en la violencia como respuesta a la violencia.
Pero es sabido que la violencia no es la única manera de resistir. De un
modo paradójico, a plazo más o menos largo, la adhesión a los esque-
mas sociales imperantes pudo ser una forma de resistencia pasiva muy
provechosa para las víctimas del esclavismo.
Y esta resistencia empezó desde los albores de la colonia. Sin pasar
por el aro de la alienación más completa, Juan Garrido, el negro que
por primera vez sembró trigo en el Nuevo Mundo, no hubiera tenido
la oportunidad de mandar al Consejo de Indias una probanza con el
fin de solicitar el premio de sus servicios. Algo más tarde, el desastre de
la expedición de Pánfilo de Narváez a La Florida le permitió a Esteba-
nico borrar de un modo muy pragmático las diferencias con sus amos,
historiador gabonés si la etnia “bran”, a la que se refiere el jesuita Laurencio
hablando de Yanga, no correspondería a los “bram” o “brama” (“bavarama”) de
África Central. Véase Ngou-Mve (1997: 40).
G. Castañón González (2002: 121 y 123), en cuanto a los orígenes de
Yanga, se apoya en la proposición de V. Riva Palacio, aunque no descarta la de
N. Ngou-Mve.
15. Para lo que toca a los diferentes aspectos de la esclavitud de los negros en
México —su sitio en la sociedad colonial, su dimensión religiosa, el acceso a la
libertad—, remitimos a los diferentes estudios evocados y, en particular, a los de
C. Palmer (1974, 1976).
introducción 17
desempeñando un papel de primera magnitud en el descubrimiento
del sur de los actuales Estados Unidos.
Incluso la resistencia activa se diversificó según las circunstancias.
Podía manifestarse desde el desembarco de los esclavos bozales en Ve-
racruz, movidos por la ingenua esperanza de volver a África, como
ocurrió con el motín de La Rinconada en 1669. En México —y quizá
más que en otros “reinos”— la sociedad colonial se caracterizaba por
una honda contradicción entre la necesidad de mano de obra servil,
cada vez más apremiante, y la psicosis suscitada por su rebeldía, siendo
la libertad el bien más precioso del hombre, según admitía la legisla-
ción castellana de Las Siete Partidas. Así que el cimarronaje, o sea, el
hecho para los esclavos de echarse al monte, llegó a ser una preocupa-
ción esencial de las autoridades, que nunca consiguieron dominar el
fenómeno. Hasta cuando se creían a punto de acabar con las resisten-
cias más férreas, se veían obligadas a negociar, transformándose pues
la reducción en un mal menor para los cimarrones, que alcanzaban no
sólo la dignidad de hombres libres, sino también la facultad de vivir en
comunidades autónomas. Fue el caso de la del “rey” Yanga.
Y, por si fuera poco, la aparente sumisión, controlada a través de
las cofradías religiosas, podía generar un fermento de levantamiento.
Pruebas de esto son las diversas amenazas que conoció la capital del
virreinato a fines del siglo xvi y a principios del xvii.16
16. Aludimos más arriba al interés de V. Riva Palacio por los negros de Nueva
España. En una de sus obras, Teodoro, negro de grandes cualidades humanas,
participó en la conjuración de 1612. Véase: Monja casada, virgen y mártir,
edición y prólogo de Antonio Castro (1988 [1868]).
Primera parte
Alienaciones
En la península ibérica, a diferencia de lo que ocurrió en los otros paí-
ses de la cristiandad, las guerras de reconquista favorecieron el mante-
nimiento del esclavismo tanto en el campo cristiano como en el musul-
mán. Además, desde la mitad del siglo xv, las expediciones portuguesas
y andaluzas por las costas del África occidental trajeron a los mercados
de Lagos y de Sevilla gran número de esclavos, a los cuales se añadían
los siervos llegados a los puertos del Mediterráneo con la mediación de
los magrebíes.1
Después del descubrimiento y de la colonización de las islas del
Caribe, todos los conquistadores, de cualquier importancia, que pa-
saban a Tierra Firme llevaban consigo pajes de armas comprados en
las gradas de la catedral de Sevilla. Así, antes de iniciarse la trata
negrera con el fin de satisfacer las necesidades en mano de obra de
sustitución, los indígenas percibieron a los esclavos negros como
compañeros de los conquistadores. Éste fue el primer aspecto de la
servidumbre de los africanos en el Nuevo Mundo, el cual perduró
hasta el final de la conquista. Hernán Cortés en el imperio azteca,
Francisco Pizarro en el Tawantinsuyu, Pedro Valdivia frente a los
araucos de Chile, y sus émulos acudieron a las aptitudes guerreras de
aquellos seres, obligados, muy a pesar suyo, a ponerlas al servicio de
sus dueños.2
La documentación archivística o las crónicas, que solían pasar
por alto las hazañas de la gente humilde para acordarse tan sólo de
los caudillos, evocan sin embargo a unos de sus compañeros de ori-
gen africano. Fue el caso de Juan Garrido, quien, en su probanza de
1538, o sea al final de su vida, proclamó su fidelidad a Cortés a la vez
que protestó contra la ingratitud de sus jefes; o de Estebanico, uno
1. Véase a este respecto Verlinden (1964), Hernando (2003).
2. No nos demoraremos en este aspecto por haberlo desarrollado detenidamente en
Tardieu (2000: 15-31).
22 JEAN-pierre tardieu
de los cuatro sobrevivientes de la expedición a La Florida de Pánfilo
de Narváez (1537), al lado de Cabeza de Vaca. Tanto el uno como el
otro dieron pruebas de una completa adhesión a los esquemas menta-
les de los conquistadores. Pero esta alienación, sería pecar de ingenuo
no admitirlo, traducía un profundo anhelo de resistir a lo destructor
de la condición servil.
Capítulo 1
El caso de Juan Garrido
Antes de entrar en materia, dejemos sentado que no se habría efectua-
do la conquista del Nuevo Mundo sin los africanos proporcionados
a los conquistadores por los negreros lusos. Hecho este presupuesto,
resulta difícil rastrear quiénes eran estos hombres e imaginar cuál se-
ría su estado de ánimo, dada la “invisibilidad” del esclavo negro, bien
semoviente, cuyos orígenes importaban un comino, a no ser que se
relacionaran con aptitudes precisas.1 Buen ejemplo es el caso de Juan
Garrido, uno de los más famosos entre estos compañeros de armas
de los conquistadores de Nueva España, conocido por haber sido el
primero en sembrar trigo en el Nuevo Mundo. Llamó la atención de
varios estudiosos, quienes se vieron obligados a admitir que, a fin de
cuentas, muy poco se sabía de él.
Un posible indicio en cuanto a sus orígenes, suministrado por la
documentación archivística portuguesa que comentaremos a conti-
nuación, nos incitará a interesarnos también por este personaje, mu-
cho más misterioso de lo que consintió decirlo, y a preguntarnos, in-
tentando reconstruir su mentalidad, por el motivo de su silencio.
1.1. Los negros y la conquista
1.1.1. Los teocacatzacti o “dioses sucios”
Entre las tropas reunidas por Hernán Cortés para cumplir con la mi-
sión confiada por el gobernador de Cuba, Diego Velázquez, no falta-
ban negros, esclavos comprados por sus dueños para servirles como
pajes de armas, o libres alistados para cumplir las ruines faenas que
solían corresponderles. Francisco López de Gómara, al tratar de los
1. Tardieu (2002: 59-71).
24 JEAN-pierre tardieu
preparativos, alude tan sólo a “ciertos negros”,2 sin precisar su número
ni sus ocupaciones. Fray Diego Durán se refiere de un modo muy
vago a la “gente de servicio, de negros y criados” que acompañaba a
los trescientos hombres de Cortés.3 Bernal Díaz del Castillo, testigo
fidedigno, tan sólo evoca la presencia de un esclavo que acompañaba
a Juan Sedeño, “el más rico soldado que hubo en toda la armada”. Sus
recursos le permitieron poner a la disposición de su jefe un navío, una
yegua y un negro, “porque en aquella sazón no se podía hallar caballos
ni negros si no era a peso de oro”.4 Además de su escaso número, es de
añadir que las crónicas de la conquista observan el silencio más com-
pleto acerca de estos negros, a cuyo comportamiento muy pocas veces
aluden, salvo en casos llamativos por diversos motivos.
El primero de ellos era la reacción de los naturales frente a estos
hombres cuyo fenotipo difería del aspecto de los recién llegados. Es
conocida la interpretación que, en un primer tiempo, dieron los indí-
genas a la intromisión de los españoles en su existencia. En 1518, unos
mensajeros le dijeron al emperador Moctezuma: “Señor, dignos somos
de muerte. Oye lo que hemos visto, lo que hemos hecho. Tú nos posis-
te en guarda a la orilla del la mar. Hemos visto unos dioses dentro de la
mar y fuimos a recibirlos…”.5 Al parecer todo lo que no encajaba con
los conocimientos de los aztecas era de origen divino, así que cuando
volvieron los españoles en 1519, se les siguió tratando de dioses, como
escribió fray Toribio de Benavente o Motolinía: “A los españoles lla-
maron teteuh, que quiere decir dioses, y los españoles corrompiendo
el vocablo decían teules…”.6 No insistiremos en estas creencias ya bien
estudiadas, sino para recordar que se pusieron a pensar los mexicanos
que tenían algo que ver con el dios Quetzalcóatl.7 Confirmaban esta
hipótesis todos los agüeros consultados. Pero quedaba por encontrar
una explicación de la diferencia que presentaban los negros.
2. Gómara (1946: 301).
3. Durán (1995: vol. 1, 590).
4. Díaz del Castillo (1984: vol. 1, 124).
5. Thomas (1994: 78).
6. Benavente (“Motolinía”) citado por Thomas (1994: 143).
7. Para ciertos historiadores, la presentación de los españoles como teules sería
una construcción posterior a la conquista. Explica Townsend (2003: 659-687)
que la palabra teul tiene por lo menos dos acepciones y que también se podía
traducir por “impostor humano de lo divino o diabólico”. Para más información
al respecto, consúltese Montano (2008: 601-624).
El caso de Juan Garrido 25
Fray Bernardino de Sahagún, en Historia general de las cosas de Nue-
va España, evocó la perplejidad de los mensajeros enviados por Mocte-
zuma a los navíos de Cortés, quienes trataron
… de cómo tenían [los españoles] las caras blancas y los ojos garzos, y los
cabellos rojos y las barbas largas, y de cómo venían algunos negros entre
ellos que tenían los cabellos crespos y prietos.8
La mitología azteca no carecía de recursos para presentar una cone-
xión causal. El mismo cronista añadió algo más lejos que si Moctezuma
“tenía que aquellos [los españoles] eran dioses que venían del cielo”,
también pensaba que los negros “eran dioses venidos del cielo”9.
Escuchemos a fray Juan de Torquemada, autor de Monarquía in-
diana:
… començaron desde entonces a traerles Mantenimientos comunes, de
los que los Indios comían, así de Pan, como de carne, y otras Frutas, y
Raíces, que ellos preciaban mucho, y como vieron que los comían, conti-
nuaron en regalarlos con ellas, y se consolaban mucho por ver que tenían
Manjares, con que poder aplicar a estos Hombres, que entonces tenían
por Dioses, y no solo a los Españoles, pero a los Negros, los reverenciaron
como a tales, y les llamaban Teocacatzacti (que quiere decir Dioses Sucios,
o Negros).10
1.1.2. El papel de los negros en la conquista
Los indios, después de darse cuenta de la realidad, seguían descono-
ciendo la condición servil de los negros y sólo veían en ellos compañe-
ros de los temidos españoles. Durante la conquista del imperio azteca,
como luego en otras empresas parecidas a través del nuevo continente,
se aprovecharon los negros del sentimiento de temor que infundían
para compensar su estrechez, actitud que notaron tanto fray Toribio de
Benavente como fray Juan de Torquemada. Cortés, preparándose para
la toma de Tenochtitlán, ordenó a sus hombres, asegura éste, “que no
se tratase mal a los Indios amigos, sino que con ellos se tuviese mucha
8. Sahagún (1981: vol. IV, 33).
9. Ibíd.
10. Torquemada (1986: vol. 1, 418).
26 JEAN-pierre tardieu
amistad”. Así, dos negros suyos merecieron la horca, por haberles pare-
cido cosa de poca monta robarle a un indio una gallina y dos mantas.
Motolinía, si no condena la extrema severidad de su dueño, da a en-
tender que los apuros sufridos por los siervos los incitó a este atropello,
aseverando que “no tenían cosa de más valor”,11 lo cual parece muy
verosímil. Dado el precio de los esclavos, era significativa la decisión
del conquistador.
El episodio de la conquista en el que las crónicas se refieren más al
papel desempeñado por los esclavos negros es el enfrentamiento del
conquistador con Pánfilo de Narváez, encargado por Diego Velázquez
de poner fin a su empresa solitaria. Viose obligado Cortés a dejar Te-
nochtitlán para dirigirse a Veracruz, donde, en poco tiempo, desbarató
a su adversario. Distaba mucho Narváez de pensar que tenía Cortés
tantas posibilidades de reaccionar, dejándose coger casi por sorpresa.
Gonzalo de Sandoval, informa fray Juan de Torquemada, consiguió lle-
gar hasta su alojamiento situado en una “torre” (templo), que precedía
un aposento donde permanecían unos negros, criados y posiblemente
guardias personales del caudillo. Al oír los ruidos provocados por la
intrusión, uno de ellos salió con lumbre en mano para ver lo que esta-
ba pasando. Le mataron con dos golpes de pica y pasaron adelante los
agresores.12
Presentándose Cortés, se le acercó otro negro de Narváez, que tenía
fama de chocarrero, para intentar granjearse su benevolencia:
Díjole muchas gracias, y que cuando oyó decir: “cierra, cierra”, creyó que
era suya la victoria, y que le dijo: “este es mi gallo”, y que se subió a un
árbol, y que hasta entonces había estado allí, temiendo que los enalbarda-
les no le cazasen con las palas en el horno que llevaban; y esto dijo por los
“escaupiles”, y por las largas picas13 que llevaban los soldados de Cortés.
11. Ibíd. (1986: vol. 1, 526); Benavente (Motolinía) (1985: 325).
12. Herrera (1991: vol. 2, 182).
13. Bernal Díaz del Castillo explica qué eran estas picas. Cortés, antes de dirigirse
a Veracruz para enfrentarse a Narváez, mandó que se repartiesen entre sus
hombres trescientas de ellas, hechas con lanzas que utilizaban los vecinos de un
pueblo cercano a México. Las navajas de pedernal que llevaban en su punta se
sustituyeron por dos hierros; véase Díaz del Castillo (1991: 339).
El caso de Juan Garrido 27
Divertido por la anécdota, le premió el conquistador con una mo-
neda de oro de un valor de doscientos ducados, siguiendo el siervo con
sus halagos que no carecían de gracia:
… bailó con ella, dijo, entre otras correrías: “Capitán, tan bien habéis
hecho la guerra, y vencido con esto, como con vuestro esfuerzo; si me
echáredes a cadena, sea de esto, que a fe que a los que las echáredes tales,
no se os vayan presto”.14
Otros negros de Narváez dieron pruebas más torpes de adulación.
Tocaban sus pífanos y tambores gritando: “Viva, viva la gala de los
romanos, que siendo tan pocos han vencido a Narváez y sus soldados”.
Uno, llamado Guidela y calificado de “gracioso truhán”, decía a voces:
“Mirad que los romanos no han hecho tal hazaña”. Como no consen-
tían callarse, Cortés mandó que se prendiese al atabalero, un tal Tana,
medio loco.15
Según López de Gómara, esta guerra le costó mucho a Diego Ve-
lázquez, “la honra y un ojo a Pánfilo de Narváez, y muchas vidas de
indios que murieron, no a hierro, sino de enfermedad”. Les contaminó
un negro víctima de viruelas,
el cual las pegó en la casa que lo tenía en Cempoallan, y luego un indio a
otro, y como eran muchos, y dormían y comían juntos, cundieron tanto
en breve, que por toda aquella tierra anduvieron matando.16
14. Torquemada (1986: vol. 1, 488). Escena recopilada por Herrera (1991: 183-
184).
15. Díaz del Castillo (1991: 359). Orozco y Berra se refirió a estas dos anécdotas
(1978: 346).
16. López de Gómara (1985: 150). Torquemada se refiere de un modo más explícito
a los efectos de esta epidemia entre los naturales (1986: vol. 1, 488-489). Bernal
Díaz del Castillo, testigo fidedigno, afirma también que un negro de Narváez fue
el vector de la epidemia, acudiendo a un clásico juego de palabras: “Y volvamos
ahora al Narvaez y a un negro que traia lleno de viruelas, que harto negro fué en
la Nueva España, que fué causa que se pegase e hinchese toda la tierra dellas, de
lo cual hubo gran mortandad; que, según dicen los indios, jamás tal enfermedad
tuvieron, y como no la conocian, lavábanse muchas veces, y a esta causa se
murieron gran cantidad dellos. Por manera que negra la ventura de Narváez, y
mas prieta la muerte de tanta gente sin ser cristianos” (Díaz del Castillo 1947:
127). Herrera pone en duda el hecho de que fuera un negro de Narváez el que
contaminó a los indios: “Muchos tienen opinión, que este mal no sucedió de
la contagión del negro, porque afirmaban, que de cierto en cierto tiempo, esta
28 JEAN-pierre tardieu
Dichos negros, después de la derrota de su jefe, pasaron a las filas
del vencedor. ¿Venía Juan Garrido entre la gente de Narváez? En la
probanza hecha por Juan Tirado en el pleito contra Hernán Cortés en
1529, el testigo Andrés de Monxaraz afirma que, la misma noche en
que llegó Cortés al lugar donde se encontraba Narváez, le prendió un
espía llamado Garrido.17 El mismo Narváez, en la residencia de Hernán
Cortés hecha en 1529, declaró, por mediación del licenciado Ceballos,
que le robó el conquistador “todos sus bienes e xoyas e armas e caba-
llos e municion, oro e plata y esclavos e provision que tenia, ansi en la
dicha ciudad de campuel, como en diez e ocho navios que tenia en la
mar”.18 Hugh Thomas, apoyándose en Francisco de Icaza,19 piensa que
Juan Garrido pudo llegar con los hombres reclutados por Cortés.20
El propio Cortés muy pocas veces alude a la participación de los
esclavos negros en sus empresas. En la quinta carta dirigida a Carlos
V, el 3 de septiembre de 1526, tratando de su expedición más allá de
Tabasco hacia la población de Zaguatán, evoca la ayuda prestada por
los indios de Coazacoalco. Le mandaron veinte canoas cargadas de bas-
timentos. Mientras cruzaba un río con estas embarcaciones, se ahogó
un esclavo negro. Luego, al pasar otro río, el de Chilipán, con destino
al pueblo del mismo nombre, se ahogó otro esclavo.21
enfermedad, y otras, eran ciertas, y generales en las Indias; y el no haber tocado
a los Castellanos, parece que trae apariencia de razón” (1991: 184). Ahora bien,
para Fernando de Alva Ixtlilxóchitl, descendiente de los señores de Tezcoco y
México, no había duda alguna al respecto. La epidemia hizo estragos incluso
entre los indios más encumbrados, de ahí la pujanza del recuerdo: “…fue en
México tan grande y tan general el daño que hicieron las viruelas que pegó
el negro de Narváez que perecieron muchos millares de naturales y entre ellos
murió el rey Cuitlahuatzin, que había gobernado sólo cuarenta y siete días y
asimismo murió Totoquihuatzin rey de Tlacopa” (2000: 293).
17. Colección de documentos inéditos (1864: vol. XXVI, 544).
18. Ibíd. (1864: vol. XXVII, 108-109). Hernando de Ceballos, en la denuncia ante
el rey que interpuso en contra de Cortés en nombre de Pánfilo de Narváez, evocó
el secuestro por el conquistador de sus esclavos personales: “Y al dicho mi parte
robaron e saquearon todos sus bienes, oro e plata e joyas e jaeces, e tres caballos,
e tres esclavos negros” (Colección de documentos para la historia de México [1980:
442]).
19. Véase más abajo.
20. Icaza (1969: vol. 1, 98); citado por Thomas (1994: 186).
21. Cortés (1946: vol. 1, 120 y 121).
El caso de Juan Garrido 29
Acabada la conquista, para sacar el mejor provecho de sus tierras,
el marqués del Valle dio varias instrucciones para la compra de siervos.
El 10 de febrero de 1530, según una escritura del escribano sevillano
Gómez Álvarez de Aguilera, Juan de Villarreal, de la orden de Calatra-
va, estante en Sevilla, vendió a don Hernán Cortés un esclavo negro
de 25 años llamado Juan Garrido, natural de Guinea, por 60 ducados
de oro.22 Por supuesto, este esclavo no tenía nada que ver con el per-
sonaje que nos interesa aquí. El 16 de enero de 1533, el conquistador
dio su poder al licenciado Núñez para comprar quinientos esclavos.23
No insistiremos en este aspecto que no tiene una relación directa con
nuestro tema.
En su probanza de 1538, afirmó rotundamente Juan Garrido “…e
servydo a V. M. en la conquista e pasificación desta Nueva España
desde que pasó a ella el Marqués del Valle y en su compañía me hallé
presente a todas las entradas e conquista e pacificaciones que se an
hecho siempre con el dicho Marqués…”. En el mismo documento
alude rápidamente a su participación en la conquista de San Juan de
Puerto Rico y de Cuba con Diego Velázquez, en el descubrimiento de
La Florida con Juan Ponce de León y de las “yslas que estan desa parte
de la mar del sur” (Baja California) donde pasó “muchas hambres y ne-
cesidades”. Por fin proclama “yo fui el primero que hizo la yspiriencia
en esta Nueva España para sembrar trigo e ver si se dava en ella…”.24
1.2. Lo que se sabe de Juan Garrido
1.2.1. La visión de Peter Gerhard
Lo que se sabe de Juan Garrido se debe en buena parte al trabajo de
Peter Gerhard, presentado en un artículo titulado “A Black Conquis-
tador in Mexico”, publicado en 1978.25 El historiador se valió de los
datos recogidos por Francisco de Icaza en su Diccionario autobiográfico
22. Archivo de Protocolos de Sevilla (en adelante A. P. S.), Oficio VII, Libro 1,
escribanía de Gómez Álvarez de Aguilera, en cuaderno.
23. Véase: Cortés (2003: 327).
24. Alegría, infra, pág. 127. Archivo General de Indias, México 204, N. 3, 1.
“Información a pedimento de Juan Garrido de color negro”. La probanza está
fechada en 27 de septiembre de 1538.
25. Gerhard (1978: 451-459).
30 JEAN-pierre tardieu
de conquistadores y pobladores de Nueva España.26 Según éstos, el negro
Juan Garrido, después de convertirse al cristianismo en Lisboa, se tras-
ladó a Castilla, donde se quedó siete años, antes de cruzar el mar con
destino a Santo Domingo. Permaneció el mismo tiempo en el territo-
rio, a partir del cual visitó otras islas, en particular la de Puerto Rico
donde residió una temporada aún más larga. Después, se fue a Nueva
España, donde presenció la toma de Tenochtitlán y participó en otras
conquistas. Acompañó a Cortés en el descubrimiento de las islas (Baja
California) y fue el primero en sembrar trigo. Hasta aquí el resumen
de la reseña de Icaza.
Gerhard formuló la hipótesis de que Juan Garrido llegara al Nuevo
Mundo en 1510, al lado quizá de un español llamado Pedro Garrido,
quien acompañó luego a Cortés a México, a no ser que se le llamara así
por su aspecto físico (“Juan Garrido can be roughly translates as ‘hand-
some John’”). Tampoco descarta la posibilidad de que viniese con Juan
Núñez Sedeño, un compañero de Cortés, información suministrada
por el Diccionario Porrúa de historia, biografía y geografía de México.27
Pero, añade, Manuel Orozco y Berra le puso entre los negros que se
alistaron entre los hombres de Pánfilo de Narváez, quien desembarcó
en Veracruz en 1520. Fuera lo que fuere, estuvo presente en el sitio de
Tenochtitlán, y su apellido apareció por primera vez en una decisión
del cabildo de México, con fecha de 8 de marzo de 1524, que concedió
un solar para el establecimiento de una forja por la calzada de Tacaba,
al salir de la ciudad, pasada la ermita de Juan Garrido. Lucas Alamán
identificó el santuario, modestamente edificado por el mismo Juan Ga-
rrido en este lugar en conmemoración de los españoles muertos al huir
de Tenochtitlán durante la Noche Triste, al cual sucedió la iglesia de
San Hipólito de los Mártires.28
Luego, entre 1523 y 1525, se dirigió nuestro personaje con An-
tonio de Carvajal hacia las tierras calientes de Michoacán y las costas
de Zacatula. De regreso a México, habría sembrado trigo por primera
vez en el Nuevo Mundo. Gerhard cita el testimonio del conquistador
Andrés de Tapia que proponemos a continuación:
26. Dos volúmenes publicados en Madrid en 1923.
27. La reseña del diccionario se inspiraría en la Historia verdadera de Bernal Díaz del
Castillo.
28. Alamán (1844-1849: vol. II, 285-286).
El caso de Juan Garrido 31
Al marqués, acabado de ganar México, estando en Cuyoacan, le llevaron
del puerto un poco de arroz [e] iban entre ello tres granos de trigo [y]
mandó a un negro horro que lo sembrase: salió el uno, y como los dos no
salían, buscáronlos y estaban podridos. El que salió llevó cuarenta y siete
espigas de trigo. De esto hay tanta abundancia que el año de 1539 yo
merqué buen trigo, digo extremado, a menos de real la hanega; y aunque
después al marqués le llevaron trigo, iba mareado y no nació. De este gra-
no es todo y hase diferenciado por las tierras do[nde] se ha sembrado, y
uno parece lo de cada provincia, siendo todo de este grano.29
Volviendo a la presentación de Gerhard, se vale luego de la crónica
de Gil González Dávila para identificar a este negro horro con Juan
Garrido, “a servant of Hernando Cortés”.30 Nuestro personaje se dedi-
29. Tapia (1988: 121). Francisco López de Gómara hizo de Juan Garrido un esclavo
de Cortés, error revelador de su poco conocimiento del caso:
Un negro de Cortés, que se llamaba, según pienso, Juan Garrido, sembró en
un huerto tres granos de trigo que halló en un saco de arroz; nacieron los dos,
y uno de ellos tuvo ciento y ochenta granos. Tornaron luego a sembrar aquellos
granos, y poco a poco hay infinito trigo: da uno ciento, y trecientos, y aun mas
lo de regadío y puesto a mano; y siembran uno, siegan otro, y otro está verde,
y todo a un mesmo tiempo; y así, hay muchas cogidas por año. A un negro y
esclavo se debe tanto bien. No se da, ni da tanto la cebada, que yo sepa (López
de Gómara 1946: vol. 1, 452).
Diego Rivera reprodujo el error en su mural del Palacio Nacional de México
(véase el anexo iconográfico).
El conquistador insistió en la cuarta carta mandada al emperador, el 15
de octubre de 1524, en la necesidad de que se diesen órdenes a la Casa de
Contratación de Sevilla para que “a esta tierra se traigan plantas de todas suertes”.
Véase Cortés (1946: 116). Así, Juan Garrido no habría hecho más que cumplir
con la voluntad de Cortés, cuya preocupación se expresó de un modo muy claro
en esta última cita. Ahora bien, Pedro Mártir de Anglería, bien informado de los
sucesos de Nueva España, no sólo por la documentación puesta a su disposición
sino por la información personal suministrada por los españoles de regreso del
Nuevo Mundo, aseveró que para los indígenas el trigo no podía sustituir al maíz:
En estas regiones de Tenochtitlán, como hace frío por la distancia del mar
y la proximidad de altas montañas, aunque caen dentro de la zona tórrida a
dieciocho grados, si se siembra nuestro trigo prevalece y se hacen más grandes
las espigas, y también los granos. Pero como tienen tres clases de granos de maíz,
blanco, amarillo y colorado, entre ellos tiene más estimación la harina de esas
varias clases, y la tienen por más saludable que no la del trigo (Anglería 1989:
500).
30. González Dávila (1649-1655: vol. 1, 8).
32 JEAN-pierre tardieu
caba al cultivo de una huerta suya cerca de la ermita que construyó, sin
poder residir, asevera el historiador, en el centro de la ciudad, reservado
a los solares de los “vecinos”. Se le habría concedido uno en la Calle
de la Agua el 10 de febrero de 1525, año en que obtuvo el cargo de
portero del cabildo con un sueldo de 30 pesos anuales. También hacía
de pregonero y se dedicaba al mantenimiento del acueducto de Cha-
pultepec por 50 pesos al año. En 1527, perdió el cargo de pregonero
y se transformó en minero en la provincia de Zacatula. No le resultó
provechosa la busca de oro y volvió con deudas a su huerta de México.
Ello no le impidió seguir a Cortés en su expedición a la mítica isla que
se reveló ser la península de California, de donde regresó tan modesto
como antes. En 1536, se encontraba de nuevo en México, apareciendo
dos veces en escrituras dirigidas al procurador de causas de la ciudad.
Hasta aquí pues la sustancia de lo que propuso Gerhard a sus lectores.
1.2.2. Las proposiciones de Ricardo E. Alegría
En 1990, Ricardo E. Alegría brindó nuevos aportes sobre el personaje
en su libro Juan Garrido, el conquistador negro en las Antillas, Florida,
México y California,31 valiéndose de la documentación sacada de las
crónicas de la conquista y de los archivos de México y de Sevilla, y
en particular de la probanza que dirigió el negro en 1538 al Consejo
de Indias para obtener alguna merced por sus servicios, que presen-
ta en apéndice documental. Estudia detenidamente el historiador la
actuación de Juan Garrido al lado de Juan Ponce de León, durante la
conquista y la pacificación de la isla de Boriquén, o sea, Puerto Rico
(1508-1510), en el descubrimiento de la “Isla de Biminí” o La Florida
(1513), en las expediciones contra los indios caribes de las islas Gua-
dalupe y Dominica (1515) y, por fin, en la conquista de La Florida
(1521). Esta empresa fue la última para Ponce de León. Herido por
una seta envenenada, se refugió en Cuba, donde, antes de morir, deci-
dió mandar un socorro a Hernán Cortés. Se podría pensar que nuestro
hombre embarcó en la “nao de Ponce de León” que llegó a Veracruz.
Opina R. Alegría que Juan Garrido y Juan Cortés, el “esclavo negro del
Capitán General” de quien habla Antonio de Herrera, son una misma
persona, aunque el primero era libre.32 Recuerda que fue Francisco de
31. Alegría (2004)
32. Ibíd. (2004: Década II, Lib. X, cap. XIII, vol. 2, 204).
El caso de Juan Garrido 33
Gómara, personaje bien informado por haber sido capellán de Cor-
tés en España, quien atribuyó por primera vez la siembra del trigo a
Juan Garrido. Se demora también en el comentario de tres dibujos del
Códice Durán y del Códice Azacatitlán que representan a un paje de
armas negro, lanza en mano, al lado de Cortés. Si se toma en cuenta lo
que dijo el mismo Juan Garrido en su probanza, podría efectivamente
tratarse de nuestro personaje. Sin volver sobre la mayor parte de los
aspectos desarrollados por el autor, basados en un valioso análisis de
los datos existentes, llamaremos la atención en algunos a la luz de un
documento que se encuentra en anexo.
Deduce el historiador que Garrido pasó de África a Portugal en-
tre 1494 y 1495, para hacerse cristiano, procedente de “los pequeños
reinos africanos existentes entre el río Senegal y la región de Guinea.
También es posible, añade, que procediese de la región del Congo o
Angola, a donde ya habían llegado los traficantes portugueses a fines
del siglo xv.”33 Pero nada sustenta la hipótesis de que “debió haber
pertenecido a la clase dominante de un reino africano”, o de que “fue
miembro de la realeza o de sus representantes”.
1.3. Juan Garrido, ¿un buscón negro en las Indias?
1.3.1. Origen del nombre
Según Corominas, a partir de 1335, el término “garrido” significaría
“gallardo”, “hermoso” como subraya Gerhard. Anteriormente significó
“travieso, ligero de cascos, juguetón, lascivo, deshonesto”. Hasta ahora,
nada que nos enseñe algo sobre nuestro personaje. En cambio, lo que
viene después es mucho más interesante. El vocablo era, añade el filólo-
go, “probablemente participio del verbo garrir, lat. GARRIRE ‘charlar,
parlotear’, ‘gorjear’”.34 Todavía sigue existiendo el verbo “garrir”, de uso
arcaico, asegura el Diccionario de la Real Academia (1956), con el senti-
do de “charlar” y luego de “gritar como el loro”. Al bautizarle, ¿quizá le
dieron a Juan como gentilicio el apodo, algo irónico, correspondiente
a su capacidad de mimetismo lingüístico, algo como los loros?
33. Ibíd. (2004: 22).
34. Corominas (1976), ad vocem.
34 JEAN-pierre tardieu
Intentaría entonces “arrimarse al más poderoso”, como muchos de
estos míseros ganapanes que se pusieron al servicio de algún antiguo
soldado de la Reconquista deseoso de lucirse más allá del mar Océano.
Según A. Franco Silva, no faltaban los negros libres que se “enrolaban
en navíos para ir a buscar trabajo y fortuna en las Indias”.35 Muchos
“desempeñaron un papel auxiliar junto al conquistador”. Nos intere-
samos hace algunos años por el movimiento de los criados negros y
mulatos de Sevilla al Nuevo Mundo en la primera mitad del siglo xvi,
aprovechándonos del Catálogo de Pasajeros a Indias durante los siglos
xvi-xvii y xviii. La primera referencia de un negro libre, Francisco, se
remonta al 5 de febrero de 1510. En las siguientes no se encuentra
ningún indicio sobre el paso de Juan Garrido.36 Ello nos incita a pensar
que efectivamente salió Juan Garrido de Sevilla antes de 1510. Quizá
lo más cómodo para él sería alistarse entre los hombres a quienes reclu-
taban los conquistadores. El 9 de junio de 1508, por ejemplo, Diego
de Nicuesa, en nombre de Alonso de Ojeda, firmó un asiento con la
Corona, según el cual ésta le concedió el permiso de trasladar a 200
hombres a la tierra de “Uicaba i Veragua”.
Vicenta Cortés Alonso señala que en 1506, procedente de Santo
Tomé, llegó a Valencia un esclavo de nueve años, llamado Juan Garri-
do.37 Entre 1513 y 1519, acerca del comercio con La Española, surgen
varias escrituras con referencias a un tal Juan Garrido en los libros
notariales de Sevilla. Aunque, como veremos, hay pocas posibilidades
de que se trate del mismo individuo, no dejaremos de evocarlas a con-
tinuación. El 27 de mayo de 1511, en una escritura de la escribanía de
Manuel Segura, Fernando de Cantillana, jubetero en Sevilla, collación
de Santa María, dio poder a Antón Cansino, maestre de la nao La
Guerrera, para que cobrase lo que le debían a Juan Fernández Valiente,
35. Franco Silva (1979: 269-270).
Se encuentran referencias al paso de estos negros libres en los libros notariales
del Archivo de Protocolos de Sevilla. Por ejemplo, el 16 de octubre de 1501, el
negro Pedro, criado del mercader genovés Jácome de Servanis, fue obligado a
servir a Juan de Sarara en la isla Española durante dos años “en cavar y sacar oro
y en cuanto le ordenasen”; A. P. S., Escribanía de Bernal González de Vallesillo,
signatura 9-101, fol. 604.
36. Catálogo de Pasajeros a Indias durante los siglos xvi-xvii y xviii redactado por el
personal facultativo del Archivo General de Indias bajo la dirección del director del
mismo Don Cristóbal Bermúdez Plata (1940-1946). Véase: Tardieu (1994, 13-
24).
37. Cortés Alonso (1972).
El caso de Juan Garrido 35
Diego Fernández Miruelo, Juan Garrido y Jorge, su compañero, estan-
tes en la isla de La Española.38 Este Juan Garrido se habría aprovechado
del comercio de los “géneros de Castilla”, o sea de la ropa procedente
de la península que tanto se necesitaba en las Indias. No se precisa la
raza de Juan Garrido, aunque el hecho de que sólo se cite el nombre de
su compañero, como se estilaba para los negros, podría ser un indicio.
Ahora bien, si damos un salto de seis años, aparecen de nuevo el
nombre y el apellido de Juan Garrido, pero esta vez como vecino de
Málaga y maestre de la nao La Magdalena que pertenecía a Ginés de
Carrión, vecino de Triana. Ambos personajes se obligaron, en una es-
critura de un libro del escribano Francisco de Castillar con fecha de 19
de noviembre de 1517, a pagar a Juan de Espinosa Salado y a Francisco
de Fuentes 360 ducados de oro que éste les había prestado para el abas-
tecimiento y el despacho de la nao para el viaje que estaban preparando
con destino a Santo Domingo, Cuba y San Juan de Ulúa.39 Esta nueva
circunstancia hace poco verosímil la hipótesis de que este Juan Garrido
no se diferenciara del nuestro. Por si fuera poco, el 25 de octubre de
1519, una escritura de la escribanía de Bernal G. Valdesillo evoca un
contrato de fletamento entre Juan Garrido, maestre de la nao Sancti
Spiritu y el bachiller Álvaro Mohedas para que éste cargue en dicha nao
seis esclavos y una caja de vestidos para llevarlos a Santiago de Cuba.40
Al fin y al cabo, no faltaban los Juan Garrido en Sevilla, blancos
o negros, lo cual, dejando de lado los problemas de cronología, resta
importancia a la seductora hipótesis emitida más arriba según la cual
nuestro personaje y João Garrido fueran la misma persona.
1.3.2. Algunas aclaraciones
Las ambiciones de Juan Garrido en el Nuevo Mundo, por supuesto,
tenían sus límites. Pero la lectura de la probanza nos convence de
que hizo cuanto estuvo en su poder para salir de apuros, participan-
do con ánimo en no pocas expediciones, varias de ellas peligrosas,
poniéndose al servicio de grandes conquistadores, a quienes cita con
evidente orgullo.
38. A. P. S., Oficio IV, Libro II, Escribanía de Manuel Segura, fol. 1 615.
39. A. P. S., Oficio V, Libro V, Escribanía de Francisco de Castillar, fol. 438.
40. A. P. S., Oficio XV, Libro III, Escribanía de Bernal G. Valdesillo, fol. 482.
36 JEAN-pierre tardieu
Al lado de Juan Ponce de León, gobernador, o mejor dicho “ca-
pitán” de la isla de San Juan de Puerto Rico, participó en todas las
actividades de su jefe. A éste, el rey don Fernando le había mandado
una Real Cédula, con fecha de 13 de septiembre de 1510, para que
tuviera “mucho cuidado en la población de la isla de San Juan y en
sacar oro”.41 Las exigencias del conquistador frente a los indígenas
suscitaron un levantamiento que justificó las medidas tomadas por
la Corona. Ésta mandó a la isla a Juan Cerón como alcalde mayor y
a Miguel Díaz de Aux como alguacil mayor, para reducir a los indios
alzados.42 Otra cédula del mismo día, o sea de 25 de julio de 1511,
exigió de Juan Ponce de León que les entregase las varas de justicia
“ayudándoles y favoreciéndoles en la pacificación…”.43 Juan Garrido
debió de luchar al lado del conquistador con motivo de la represión.
Pese a la responsabilidad de Ponce de León, no dejó de mani-
festarle su agradecimiento el soberano, recomendando por ejemplo
el 25 de julio de 1511 a Miguel de Pasamonte, tesorero general de
Indias, que satisficiese sus nuevas empresas.44 El 24 de diciembre de
1511, se concedió por real provisión a los vecinos y moradores de la
isla de San Juan
la facultad y licencia conçedida a todos los que por mandado real vayan
a las islas y tierra firme hasta ahora descubiertas o descubrir, para que
puedan hacer guerra a los caribes de las islas de Trinidad, San Bernardo,
Fuente, las Barbados, Dominica, Matenino, Santa Lucía, San Vicente,
la Asunción, Tabaco, Mayo y Barú, y puerto de Cartagena y los puedan
cautivar y llevar a las partes e islas que quieran, vender y aprovecharse
de ellos sin incurrir a pena alguna ni pagar derechos algunos, con tal
que no los vendan ni lleven fuera de las Indias.45
De la probanza de Juan Garrido de 1538 se deduce que acom-
pañó a su protector en esta caza a los indios caribes por las Antillas
menores. Pero muy pronto se ordenó a los reales oficiales de La Es-
pañola que tomasen asiento con Juan Ponce de León para la “po-
blación” de “la isla de Biminí”, en realidad La Florida, para la cual
41. A. G. I., Indiferente, 418, L. 2, fols. 143v-144.
42. A. G. I., Indiferente, 418, L. 3, fols. 135-136v.
43. Ibíd. (fols. 139v-139r).
44. Ibíd. (fols. 139v-140).
45. Ibíd. (fols. 213-214v).
El caso de Juan Garrido 37
tendría que partir antes de un año.46 Se conoce lo que siguió merced
a los trabajos evocados más arriba.
Insiste Juan Garrido en su fidelidad a Hernán Cortés, a través de
sus tribulaciones que le hicieron conocer “muchas hambres y nece-
sidades”. A cambio, afirma, no le dio “salaryo ny repartimiento de
indios ni otra cosa…”. En la pregunta 10 propuso que los testigos
confirmasen sus dichos, a saber “que nunca el marques ni otro go-
vernador de los que después el an sydo me an dado ni gratificado
cosa ninguna a mi ni a mi muger por lo qual padecimos mucha
necesidad”.
Ahora bien, a Juan Garrido le atribuyeron pequeños puestos mu-
nicipales en la nueva ciudad de México, oficios de los más modes-
tos, reservados a menudo después para los negros libres. Poseía por
cierto una huerta e incluso un solar en el recinto urbano, pero no le
permitían vivir según lo que estimaba ser su rango. El subrayar que
no le habían premiado sus servicios con algún “repartimiento de
indios” traduce su estado de ánimo: en sus adentros se consideraba
tan digno de tal merced como los otros conquistadores, y le dolía
la diferencia de trato.47 La probanza hace resaltar la amargura de un
hombre defraudado en sus esperanzas, consciente de la ingratitud de
los jefes cuando tenía que mantener a una familia.48 Por supuesto,
tenían interés los que solicitaban el favor real en dramatizar su situa-
ción. Se adivina en este caso que lo que más le hirió a Juan Garrido
fue la falta de reconocimiento de su valor, el cual obviamente no
46. Ibíd. (fols. 252-255v).
47. No faltaron los negros cuyos servicios en la conquista se premiaron con una
encomienda. Dos casos se destacaron en la guerra de Chile. Pedro de Valdivia
honró al esclavo Juan Valiente con la encomienda de los indios de Toquigua,
situada entre los ríos Maule y Ñuble. Véase Quiroga (1984, 49-50). En 1579,
se le concedió al mulato Juan Beltrán, hijo de una esclava, una encomienda de
500 naturales cerca de Valdivia; véase Antonio Vázquez de Espinosa, Compendio
y descripción de las Indias Occidentales. Sevilla, citado por R. Mellafe, ibíd., 99-
100. En Nueva España, precisamente en la provincia de Pánuco, se atribuyeron
dos encomiendas a “Benito el Negro” y “Juan de Villanueva el Negro”, pero
Peter Gerhard (1978: 453-454) duda de sus orígenes africanos, pareciendo que
el segundo era más bien morisco.
48. En su declaración liminar sólo alude a su esposa, de quien no sabemos si era
negra o india. En cambio, dos testigos, Alonso Martín de Jerez y Rodrigo de
Salvatierra que le conocían desde hacía por lo menos veinte años, hablan de “sus
hijos”, zambaigos (o zambos) en caso de que su madre fuera indígena.
38 JEAN-pierre tardieu
se podía poner en tela de juicio, y de su ingenio, sin el cual quizá
no se hubiese adaptado tan temprano el trigo al suelo de las Indias
occidentales.
Algunas aclaraciones acerca de la vida de Juan Garrido en Mé-
xico se pueden sacar de las actas del cabildo de la ciudad.49 Como
sabemos, ya era propietario en 1524 de un solar concedido por los
regidores, sito en la calzada de Atacaba, según una referencia del
cabildo con fecha de 15 de marzo a una petición de Juan Ochoa
de Heralde, a quien se le otorgó un solar colindante con el de Juan
Garrido. La calle, que debía quizá su nombre al río Tacubaya, que
llevaba a Chapultepec, al suroeste de la ciudad, distaba de ser cén-
trica. La concesión de dicho solar, o más bien huerta, según actas
posteriores, era obviamente una manifestación de agradecimiento
por los servicios pasados.50
Unos meses más tarde, o sea, el 5 de agosto de 1524, aparece de
nuevo el nombre del negro, con motivo del salario por el cargo de
portero del cabildo. Consistía el puesto en llamar a los regidores a
sesiones, lo cual corresponde al oficio de pregonero evocado por los
estudios citados más arriba, y preparar la sala de reunión. Subía el
sueldo a treinta pesos de oro anuales efectivamente, pagados en tres
veces, con una deducción de dos pesos por cada día de ausencia.51
Como no le alcanzaría para vivir, solicitó Juan Garrido otro modesto
cargo municipal, concedido dos semanas después, el 19 de agosto de
1524. Le tocaría mantener en buen estado la acequia que llevaba a
la ciudad el agua de las lomas de Chapultepec, que no pasaría muy
lejos de su huerta de Atacaba, impidiendo que “puercos ni yndios no
la ensucien”. Esta medida higiénica da a entender que no faltaban las
pocilgas por las tierras que cruzaba la acequia y es de suponer que
Juan Garrido se dedicaba también a la crianza de cerdos en su huer-
ta. Insisten los regidores en la necesidad de que los vecinos puedan
tener agua limpia para sus necesidades familiares y también para las
huertas de los alrededores de la ciudad. De ahí un sueldo superior al
de portero, o sea, cincuenta pesos.52 El mantenimiento de la acequia
comprendía también el de los árboles de la calzada de Tacaba, según
49. Traducción paleográfica del primer libro de Actas de Cabildo de la Ciudad de México
publicadas por acuerdo de fecha de 27 de diciembre de 1870 (1871).
50. Ibíd. (1871: 4).
51. Ibíd. (1871: 14).
52. Ibíd. (1871: 15).
El caso de Juan Garrido 39
la orden de pago firmada el 4 de enero de 1525 por cuatro meses y
medio.53
O no dio satisfacción Juan Garrido, o sus ambiciones no se li-
mitaron a la limpieza de la acequia. El 29 de diciembre de 1524,
acudieron los regidores a unos indios de México. Cada diez días, a
cada uno se le pagaría su trabajo con cinco mantas y cinco fanegas
de maíz.54 Pero el 13 de enero, se le entregó a Juan Garrido el tercio
del salario debido como portero.55
El 4 de agosto de 1525 los regidores le dieron, a petición suya, los
títulos de propiedad de su “solar y huerta” en el camino de Chapul-
tepec, y de “un solar que ansy mesmo tiene en esta ciudad”. Así no
se le negó al negro una merced que se solía conceder a los primeros
conquistadores. Por si cupiera alguna duda, el acta no deja ninguna
duda al respecto:
Este dia Juan Garrido por su peticion que presento pidio que los dichos
señores le hagan merced de le dar por servido un solar e huerta que el
tiene en esta dicha ciudad camino de Chapultepeque e un solar que
ansy mesmo tiene en esta ciudad e por los dichos señores vista le dieron
por servido a dicho Juan Garrido e le mandaron dar titulo de ello en
forma.56
A fines de 1526, seguía desempeñando Juan Garrido su puesto
de portero del cabildo, según consta de la orden de pago con fecha
de 10 de diciembre.57 No duró mucho más en él, nombrando los
regidores el 15 de febrero de 1527 para ocuparlo a Daniel de Bustos,
con el mismo sueldo.58 Recibieron “el juramento e solenidad que en
tal caso se requiere”, lo cual deja suponer que se exigió lo mismo de
Juan de Garrido, sin que fueran un estorbo sus orígenes. Entonces
se fue Juan Garrido de minero a Zacatula. Una de las causas de su
renuncia y salida de México bien pudo ser el pago irregular de su
sueldo, si nos atenemos a una decisión del cabildo del 19 de no-
viembre de 1538. En esta fecha, consintieron los regidores tomar en
cuenta una petición suya relacionada con los treinta pesos que se-
53. Ibíd. (1871: 20).
54. Ibíd. (1871)
55. Ibíd. (1871: 21).
56. Ibíd. (1871: 42).
57. Ibíd. (1871: 100).
58. Ibíd. (1871: 110).
40 JEAN-pierre tardieu
guía debiéndole la ciudad de su último año de portero. No lo hicie-
ron sin que se viera obligado a argüir de su derecho y jurar en debida
forma. El acta patentiza la estrechez económica que experimentaba
a la sazón, año en que redactó su probanza para solicitar de la Co-
rona el premio de sus servicios. No aparece de nuevo su apellido en
los libros de cabildo, y se adivina un patético final de vida para este
hombre, otrora valiente y dinámico, abandonado ya por sus fuerzas
y sus deudores.59
Juan Garrido era un hombre de muchas agallas para enfrentarse
a las dificultades evocadas en la probanza dirigida al Consejo de
Indias. Este ser, de “gran entendimiento”, como se solía decir en
aquella época, consiguió superar la adversidad sacando fuerza de
flaqueza, arrimándose a la gente más encumbrada. Conoció una
evolución poco común, en una época en que la trata todavía no
había totalmente deshumanizado al negro. Pero, al final de una vida
excepcional, se adivina cierto rencor frente a una sociedad que no le
agradeció sus servicios y su fidelidad. Por eso se decidió a solicitar
de la Corona, con mucho pudor, reparación del agravio. En esto
se diferenciaba del personaje de Quevedo, Pablos, quien determinó
pasar a Indias, “a ver si, mudando mundo y tierra, mejoraría [su]
suerte”, viéndose obligado a reconocer: “Y fueme peor […] pues
nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar, y no de
vida y costumbres”. El sí que mudó de vida, pero ni aun así. Por lo
menos le quedaba una certidumbre, el haberse portado como un
hombre de honor, lo cual afirmó con insistencia en su probanza. Le
provocaba un hondo malestar a Juan Garrido el hiato que medía
entre este concepto de sí mismo y la actitud de la sociedad colonial
en que había puesto todas sus esperanzas. Las proezas del personaje
no bastaban para hacer olvidar el borrón de su raza, motivo por el
cual se echaría tierra encima de su solicitud.
59. Cuarto libro de las Actas de Cabildo de la Ciudad de México (1889: 153).
EL CASO DE JUAN GARRIDO 41
Anexo iconográfico
A1. Láminas de Historia de las Indias de Nueva España e islas de
Tierra Firme de fray Diego Durán
Fray Diego Durán (1538-1588), Historia de las Indias de Nueva
España e islas de Tierra Firme (1581). México: Cien de México, 1995,
Lámina 57.
La lámina corresponde al capítulo LXXIII: “De cómo los
tlaxcaltecas tuvieron junta y consejo sobre recibir al Marqués, de paz,
y entregalle la ciudad, y del gran recibimiento que le hicieron”, ibíd.,
605.
Todos fueron de aquel parecer y se concertaron de luego ir y postrarse ante el
Marqués y ofrecerse a su servicio y ofrecelle muchos presentes; y como lo pen-
saron y determinaron así lo pusieron por obra, y tomando consigo muchos de
sus principales se fueron con los mejores presentes que pudieron y fuéronse a
donde el Marqués estaba: y venidos ante él le hicieron mucha reverencia y ofre-
ciéndole los presentes y dándole muchas rosas, y sartas de ellas que le echaron
42 JEAN-PI ERRE TARDIEU
al cuello, le saludaron y hicieron una larga plática, la cual declaró Marina
al Marqués, la cual solo contenía el ofrecerse con sus personas y bienes a su
servicio y principalmente al de su majestad […].
Como se ve, el texto no hace ninguna alusión al paje de armas
o mozo de espuelas negro que acompaña al conquistador. Es posible
que el pintor indio (tlacuiloani) le añadiera en su dibujo acorde a una
representación convencional bien arraigada en la mentalidad indígena.
En cambio, se olvidó de la Malinche, mucho menos exótica para él, a
no caber duda. Véase nuestro comentario más arriba sobre la reacción
de los indios frente al fenotipo negro.
Fray Diego Durán (1538-1588), Historia de las Indias de Nueva España
e islas de Tierra Firme (1581). México: Cien de México, 1995. Lámina 58.
La lámina corresponde al capítulo LXXIV: “De cómo el Marqués del
Valle fué recibido en México de Montezuma y de sus grandes con mucha
solemnidad y contento y aposentado en las casas reales de la ciudad y muy
bien servidos y de la prisión del rey Montezuma”, ibíd., 611-612.
Luego que supo como llegaba al mismo lugar, haciéndose poner en hombros, como
abía venido, le salió al encuentro, el cual como vido al Marqués baxó de la ha-
EL CASO DE JUAN GARRIDO 43
maca, lo cual como Don Hernando Cortes vido, apeose del caballo en que venía
y fuele a abrazar, haciéndole gran reverencia, y lo mesmo hizo el rey Montezuma,
humillándosele con mucha humildad y reverencia, dándole la buena venida; y
tomando de mano de uno de sus grandes un muy rico collar de oro, todo de muchas
piezas de oro y piedras muy preciosas, se lo echó al cuello y en la mano le puso un
muy galano y curioso plumaje, labrado a manera de rosa: sin esto le puso un sartal
de rosas al cuello y una guirnalda de rosas en la cabeza […].
Si se puede hablar de “invisibilidad” del negro en las crónicas espa-
ñolas, y en particular en la de Durán, en cambio la pareja “conquista-
dor-paje negro”, con el tiempo, llegó a ser un tópico en la mente de los
indios. Así que resultaría poco probable que el negro situado al lado de
Cortés fuera el mismo Juan Garrido. La representación, de un tamaño
reducido en comparación con el de Cortés y de Moctezuma, se inscri-
biría en los cánones indígenas.
A2. Murales de Diego Rivera, Palacio Nacional de México
Diego Rivera, Murales del Palacio Nacional de México
Francisco López de Gómara
Conquista de México. Vol. 2, 365, Ed. Iberia Mex. 1870
44 JEAN-pierre tardieu
[…] Un negro de Cortes que se llamaba Juan Garrido senbró en un huerto
tres granos de trigo que halló en un saco de arroz; nacieron los dos y uno de
ellos tuvo ciento y ochenta granos. Tornaron luego á sembrar aquellos granos
y poco a poco hay infinito trigo: da uno ciento y trescientos y aun más lo de
regadío y puesto a mano; siembran uno siegan otro, y otro esta verde, y todo a
un mesmo tiempo y asi hay muchas cogidas por año. A un negro y esclauo se
debe tanto bien. No se da, ni da tanto la cebada que yo sepa.
Fue la crónica de López de Gómara la que inspiró al muralista
para representar a Juan Garrido, como revela el texto pintado en un
trasfondo más claro que el resto del conjunto, de un color grisáceo
significativo.
La obra se refiere a las tareas reservadas al esclavo negro, según la
legislación vigente, destacándose el personaje de Juan Garrido en el
centro por su estatura. A la derecha, el mayordomo de la hacienda está
vigilando las faenas, con látigo en mano, daga en la cintura y espada en
el costado. A la izquierda, aparece la evocación técnica de la molienda
de la caña y de la elaboración del azúcar, con el empleo de la fuerza
hidráulica para mover las ruedas del ingenio y de las pailas para cocer
el zumo, visión sugestiva de los peligros que amenazaban al trabajador
de una hacienda azucarera.
EL CASO DE JUAN GARRIDO 45
46 JEAN-PI ERRE TARDIEU
Huelga insistir en el compromiso de la representación. Por si hu-
biera alguna duda, en el panel superior, entre las víctimas de la coloni-
zación española sometidas a la carimba, aparece un esclavo negro con
una monstruosa carlanca en el cuello. Su mirada atónita interroga al
espectador.
Esta contextualización explica las distorsiones ideológicas introdu-
cidas por el muralista, en lo que se refiere a la representación de Juan
Garrido. No aparece como compañero de armas de los conquistadores,
situación que, como sabemos, reivindicó en su probanza, sino como
esclavo de un fundo agrícola. Valiéndose de la crónica de López de
Gómara y de la caracterización tradicional del negro (labios abultados,
prognatismo pronunciado, zarcillos en las orejas y calzón corto de tra-
bajo), Rivera desacreditó la realidad histórica de su personaje para en-
salzar los aportes a Nueva España del africano, víctima del surgimiento
de una nueva sociedad, basado en la explotación de la raza esclavizada
y de la raza sometida.
Capítulo 2
El caso de Estebanico (1527-1537)
Cortés, dando pruebas de magnanimidad, le perdonó la vida a Pánfilo
de Narváez, mandado por Diego Velázquez, gobernador de Cuba, para
reducirle a obediencia. Sin esto, unos años más tarde, no hubiera po-
dido Narváez lanzarse, con el beneplácito de Carlos V, en una empresa
personal hacia espacios situados por el norte de Nueva España, que
formarían La Florida.
Dicha expedición, que empezó en 1527, dio lugar a los aconteci-
mientos evocados a continuación. Llegaron al conocimiento público
merced a la relación escrita entre 1537 y 1540 por uno de los sobre-
vivientes, Álvar Núñez Cabeza de Vaca, con el título de Naufragios.1
A su lado desempeñó un papel nada desdeñable el negro Estebanico.
La obra brinda las primeras descripciones etnológicas de los pueblos
indígenas del sur de los actuales Estados Unidos. Pero sus aspectos
predestinacionistas traducen, de parte de un conquistador, una ruptu-
ra epistemológica de gran alcance en una época en que la defensa del
indio distaba de haberse impuesto.2 En este contexto pues se insertó la
1. Véase el texto en Núñez Cabeza de Vaca (2000: 35-131). El verdadero título es:
La relacion que dio Alvaro Nuñez Cabeça de Vaca de lo acaecido en las Indias en
la armada donde yva por governador Pámphilo de Narváez, desde el año de veynte
y siete hasta el año de treinta y seys que bolvio a Sevilla con tres de su compania.
Apareció tan sólo en 1749 el de Naufragios.
2. No aparecen estos aspectos en las referencias del primer cronista oficial de las
Indias, Gonzalo Fernández de Oviedo, en la edición de Sevilla de 1535 de
Historia general y natural des las Indias, Islas y Tierra-firme del Mar Océano,
elaboradas a partir de otros dos testimonios personales de Cabeza de Vaca, uno
escrito y otro oral. Sólo se encuentran en la segunda edición publicada en 1547
en Salamanca. Se consultará la edición de Juan Pérez de Tudela Bueso (1992:
287-315). Señala el autor sus fuentes al principio y al fin de su relación. Se
inspiró del informe mandado en 1539 desde La Habana a la Real Audiencia de
Santo Domingo en la isla de La Española por los tres blancos que salieron ilesos
de la expedición: Álvar Núñez Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes y Alonso del
Castillo. Tuvo también a su disposición la memoria que Cabeza de Vaca dirigió
48 JEAN-pierre tardieu
actuación de Estebanico, hondamente marcada por sus orígenes africa-
nos, que le permitió superar su condición servil y le puso a la altura de
sus amos, cuya deuda a su respecto es obvia.
2.1. La expedición de Pánfilo de Narváez
2.1.2. Preparativos y contexto
Había llegado la conquista de Cortés hasta la altura del río Pánuco que
desemboca en el mar Caribe. Pero se tenía conocimiento, merced a una
expedición emprendida por Ponce de León, de “la isla de la Florida”,
situada más hacia el norte, llamada así por haber sido descubierta el
Domingo de Resurrección (Pascua Florida) de 1512. Había intentado
en vano meterse tierras adentro, obligándole los indígenas al retiro. En
1519, Francisco de Garay mandó a Alonso de Pineda con el propósito
de buscar un estrecho para pasar al Mar del Sur, o sea, al Pacífico. Na-
vegando por las costas de la península, descubrió el Misisipí, bautizado
río del Espíritu Santo. En 1527, logró Garay de Carlos V el derecho
de colonizar estas nuevas tierras, y se dirigió hacia Pánuco. Debido
a la mala acogida de los hombres de Cortés, no siguió adelante, co-
rrespondiéndole en definitiva a Pánfilo de Narváez la responsabilidad
de adueñarse de dicho territorio.3 El flamante gobernador encabezó la
empresa el 17 de junio de 1527. Cinco navíos con unos 600 hombres
a bordo, entre los cuales estaban varios negros, zarparon del puerto de
Sanlúcar de Barrameda, en el Guadalquivir.
Entre los responsables nombrados por la Corona se encontraba Ál-
var Núñez Cabeza de Vaca, con los títulos de tesorero real y alguacil
mayor. Pocas cosas se saben del personaje, de familia desahogada, naci-
do entre 1490 y 1507, por lo menos en lo que se refiere al periodo an-
terior a su aventura. Como premio de ésta, recibió en 1537 el gobierno
de la región del Río de la Plata. Por el sur de Brasil, llegó en 1542 a
Asunción donde no consiguió imponerse. Víctima de una sedición,
fue exiliado por el Consejo de Indias a Orán donde quedó ocho años.
al rey, prestada por el mismo autor, pero prefirió la versión destinada a la Real
Audiencia por parecerle más clara. Entre los motivos que le llevaron a preferir el
primer escrito, quizá se encuentren las proposiciones predestinacionistas de que
vamos a tratar.
3. Véase la introducción por Roberto Ferrando (Núñez Cabeza de Vaca 2000: 6-8).
El caso de Estebanico 49
Rehabilitado se desempeñó como oidor en la Real Audiencia de Sevilla
hasta su muerte en 1560.
Quedó cuarenta y cinco días la flota en Santo Domingo, donde
completó sus pertrechos. Se aprovecharon de la escala ciento cuarenta
hombres para tomar las de Villadiego. En Santiago de Cuba, un hura-
cán acabó con sesenta hombres y veinte caballos. Por si fuera poco, se
enfrentó la expedición con otras dos tempestades antes de llegar a las
costas de La Florida el martes 12 de abril de 1528.4
2.1.2. La adversidad del sino
Dos días después, en Jueves Santo, echó el ancla en una bahía5 desde
la cual se divisaban algunas habitaciones. El Viernes Santo se efectuó
el desembarque de los españoles que dieron con un poblado aban-
donado. No obstante, el gobernador tomó posesión del territorio en
nombre del emperador. Presentáronse los indios el sábado, manifestan-
do con señales amenazadoras su voluntad de que se fuesen los recién
llegados, aunque se alejaron sin pasar al acto.
El Lunes de Pascua, adentráronse los hombres en las tierras, es-
tableciéndose un primer contacto con un poblado, donde hallaron
trozos de tejidos que les parecieron venir de Nueva España y, lo más
importante para ellos, algunos indicios de oro, lo cual no dejó de sus-
citar su interés. Interrogados con señales, los vecinos contestaron que
el oro procedía de una provincia muy lejana, llamada Apalache, don-
de abundaba. Se dirigió un grupo hacia esta región, viéndose al poco
4. G. Fernández de Oviedo, cuya experiencia americana le abrió los ojos, protestó
en contra de lo mal preparado de las expediciones de conquista cuya finalidad
consistía en saciar la codicia de aventureros poco escrupulosos con la complicidad
de frailes ingenuos o interesados. Sumían en la desgracia a no poca gente, de
cortos alcances, cegados por “falsos discursos”: “Querría yo que me dijesen
qué les predicaron esos frailes e Pánfilo de Narváez a aquellos españoles que
tan ciegos se fueron, dejando sus patrias tras falsas palabras. Y por muchos que
mueren, nunca escarmientan. ¿Quién los había certificado haber visto aquel oro
que buscaban? ¿Qué pilotos llevaban tan expertos en la navegación, pues que ni
conocieron la tierra, ni supieron dar razón de dónde estaban? ¿E qué guías e qué
intérpretes llevaron? ¡Oh temerario destino!”. Viene a continuación una crítica
despiadada de Pánfilo de Narváez, buen servidor de Diego Velázquez en Cuba,
pero pésimo capitán. Véase Fernández de Oviedo (1992: 290-291).
5. Moore Haven, según R. Romero.
50 JEAN-pierre tardieu
tiempo obligado al regreso. El primero de mayo, informó Narváez a
sus hombres de su voluntad de seguir adelante. Los navíos buscarían
por la costa un puerto natural, del cual los pilotos creían tener noticia.
Cabeza de Vaca expresó sus dudas, basadas en la ignorancia de lo que
les esperaba y la falta de víveres. Más valía, a su parecer, ir por un fon-
deadero seguro para la flota, donde se instalase la expedición con el fin
de darse al descubrimiento con plena seguridad.
Después de no pocas tergiversaciones, empezó la verdadera empresa
con trescientos hombres, cuarenta de los cuales tenían caballo. Trans-
currieron quince días sin que diesen con pueblo o víveres. Después
de cruzar un río, toparon con doscientos indios de comportamiento
hostil. Hechos presos cinco o seis de ellos, les guiaron hasta su poblado,
ubicado a media legua, donde abundaban los maizales. Encabezando
a unos cuarenta españoles, volvió Cabeza de Vaca hacia atrás en busca
de un buen puerto. Por fin podía empezar la expedición hacia Apala-
che. Los indios encontrados huían en el acto. Cambiaron el relieve y
la vegetación, cediendo el sitio a altos montes y a árboles de gran copa.
El día siguiente de San Juan, se efectuó la tan anhelada llegada. Con la
esperanza de conseguir víveres y oro, huelga decirlo, se olvidaron los
españoles de sus trabajos. En el primer pueblo, sólo había mujeres y
niños; luego unos hombres intentaron un ataque antes de huir rápida-
mente.
En la relación, adopta la descripción una precisión metódica que
irá ampliándose después. El pueblo, conformado por cuarenta chocitas
de paja edificadas al abrigo de las grandes tormentas, muy frecuentes
en estos parajes, lo rodeaban montes y pantanos. Acabaron por volver
los indígenas para reclamar a sus mujeres y niños, quienes les fueron
restituidos. Pero el gobernador retuvo a un cacique como rehén, de ahí
una nueva agresión con incendio de las chozas donde se albergaban los
españoles. Hecho esto, los indios se refugiaron en los pantanos, eficaz
protección natural. Al día siguiente, esta vez con la ayuda de un pue-
blo vecino, agredieron de nuevo a los intrusos que sufrieron un sitio
de veinticinco días. Tan sólo alcanzaron efectuar tres salidas por los
alrededores muy accidentados y pantanosos. Frente a la hostilidad de
la naturaleza y de los indígenas, decidió el gobernador dirigirse hacia
el suroeste con el fin de encontrar el mar y dar con el pueblo de Aute,
donde, según los indios, hallarían abundantes víveres. La travesía de
una laguna, cubierta con árboles derribados por las tormentas, les dio
a los indígenas la oportunidad de asaetar a los invasores sin gran riesgo.
El caso de Estebanico 51
Se demora el autor en la evocación de la imponente constitución de
los naturales,6 su fuerza, su agilidad y su habilidad en el manejo de
poderosos arcos, tan gordos como un brazo humano y de once a doce
palmas de largo. A doce pasos, no erraban su blanco. Ocurrió otra
agresión el octavo día del viaje, llegando la expedición el día siguiente
a Aute, que había sido quemado.
A Cabeza de Vaca le encargó de nuevo el gobernador buscar un
camino hacia el mar con la ayuda de los capitanes Alonso del Castillo
y Andrés Dorantes, acompañados por cincuenta infantes y siete jine-
tes. Llegaron a una bahía cubierta de ostras, pero alejada de la costa.
Durante su ausencia, sus compañeros sufrieron un ataque que les puso
en peligro. A duras penas la expedición se encaminó hacia el lugar re-
conocido por el autor. Eran numerosos los enfermos y algunos jinetes
amenazaban con abandonarla. Para prever el porvenir se saquearon las
reservas de maíz de Aute. En la costa se construyeron lanchas con me-
dios rudimentarios: las camisas se hicieron velas y las crines de caballos,
maromas, pese a los asaltos permanentes de parte de los alabamas.7
Provocaron diez bajas, muriendo cuarenta hombres de hambre y de
enfermedades. El primero de septiembre, sólo quedaba un caballo por
haber sido comidos los otros; de ahí el nombre de Bahía de los Caba-
llos dado al lugar.
Luego, durante siete días, las lanchas pasaron de una bahía a otra,
antes de llegar a una isla situada en un estrecho bautizado San Miguel.8
Duró treinta días el vagabundeo de los españoles agobiados por el ca-
lor y la sed. Les sorprendió una tormenta en un islote donde les fue
preciso beber agua del mar, lo cual originó la muerte de cinco de ellos.
Siguiendo por la costa, acabaron por cruzar a unos indios de apariencia
pacífica cuyo jefe ofreció pescado a cambio de una parte del maíz que
les quedaba. Sin embargo, un ataque por sorpresa les incitó a embar-
carse de nuevo, una vez amainada otra tempestad. A los tres días de
navegación, dieron en un estuario con una canoa de indios a quienes
pidieron agua. Les siguieron un griego, Doroteo Teodoro, y un negro.
Esta es la primera evocación de los negros de la expedición, aunque el
6. Aquí empieza la recurrente valoración de los rasgos físicos del indio. Se sabe
que esta visión apareció por primera vez en el Diario de Cristóbal Colón,
reanudándola Bartolomé de las Casas cuyos escritos mayores son posteriores a
nuestra obra.
7. Según R. Ferrando, se trataba de los alabamas, enemigos de los apalaches.
8. Dicho estrecho correspondería a la desembocadura del Misisipí.
52 JEAN-pierre tardieu
autor no suministra información alguna en cuanto a su identidad y su
condición: ¿tratábase de un esclavo o de un hombre libre? Cabeza de
Vaca le sitúa en el mismo plan que el griego, calificándoles a ambos de
“cristianos”. En las crónicas de la conquista, servía de un modo general
el término para designar a los españoles por oposición a los indígenas
sin cristianizar. Aparentemente, se esfumaban las diferencias debido a
las circunstancias. Los indios dejaron a dos de los suyos como rehenes,
pero volvieron, olvidándose del agua prometida, con el fin de intentar
recuperarles sin devolver a los dos “cristianos”. Pertenecían a la etnia de
los tunicas, distinguiéndose por su larga cabellera libre y protegiéndose
el cuerpo con mantas de pieles de martas.
Frente a la actitud agresiva de los tunicas, los españoles se dieron a
la fuga, volviendo a su vagabundeo. Llevados por las corrientes marí-
timas durante dos días, tomaron tierra por poco tiempo, incitándoles
el miedo a hacerse de nuevo al mar. Un sálvese quien pueda puso fin
a la cohesión del grupo, corriendo cada embarcación su propia suerte.
2.1.3. El episodio de la isla de Mal Hado
Quienes se quedaron con Cabeza de Vaca sólo tuvieron para comer
medio puñado de maíz diario. El 6 de noviembre de 1528, naufragó su
embarcación cerca de una isla. Pronto se vieron rodeados por un cente-
nar de indios caravaucas provistos de arcos. Al día siguiente, a cambio
de cencerros y perlas de pacotilla, estos indígenas les trajeron pescado
y raíces, posiblemente mandioca. A los pocos días reembarcaron los
naufragados, desapareciendo tres de ellos debido a la furia del mar.
Perdieron los sobrevivientes cuanto poseían, encontrándose del todo
desnudos para hacer frente a un riguroso frío: eran una fiel representa-
ción de la muerte, asevera el cronista. Regresaron pues a la costa donde
felizmente les recogieron unos indios hospitalarios. No obstante, se
apoderó de ellos el miedo, pánico, de ser sacrificados, atizado por quie-
nes conocían las prácticas de los aztecas. Sin embargo, encontraron de
nuevo a uno de los grupos de que se habían separado. Por acercarse
la mala estación, pasaron el invierno en el sitio, mandando a los más
robustos en busca de Pánuco que, a su modo de ver, no podía distar
mucho. El hambre suscitó incluso unos casos de antropofagia.9 De
9. El vía crucis de estos hombres indignó a Fernández de Oviedo: “¡Inmenso
Dios, qué trabajos tan excesivos para tan corta vida como la del hombre! ¡Qué
El caso de Estebanico 53
los ochenta hombres de los dos grupos reunidos, pronto no quedaron
más de quince. Por añadidura, se extendió una dolencia de estómago
entre los indios achacada a los españoles. De no haber intervenido
uno de los indígenas, hubieran experimentado los intrusos una mala
suerte, de ahí el nombre dado por los naufragados al lugar, o sea, “isla
de Mal Hado”.10 Suministra la relación alguna información sobre estos
caravaucas. Tres meses al año, sólo consumían ostras. Si faltaba leña,
abundaban los mosquitos. Se erguían las viviendas de esteras trenzadas
en amontonamientos de conchas. Compartieron los españoles sus con-
diciones de vida hasta el fin de abril de 1529. El desamparo de estos
seres les llevó a ver en los náufragos a hombres dotados de poderes
sobrenaturales. Les invitaron a imitar a sus chamanes que curaban a
los enfermos soplando por las partes enfermas de su cuerpo, aspirando
el mal con incisiones o con cauterización. Privados de alimentos, los
reacios acabaron por transformarse en curanderos. Si aceptaban valerse
de su soplo, lo acompañaban trazando señales de la cruz en los enfer-
mos y rezando el Pater noster, el Ave María y oraciones dirigidas a la
Divina Providencia, la cual, aseguraron, se dignó oírles.11 Los enfermos
empezaron a recobrar la salud, expresando su agradecimiento con hu-
mildes dádivas en concepto de alimentos, de pieles curtidas y de otros
modestos objetos.
tormentos tan inauditos para un cuerpo humano! ¡Qué hambres tan intolerables
para una persona tan flaca! ¡Qué desaventuras tan extremadas para carne tan
sensible!”. No dejó de volver el cronista a la impericia de Narváez, causa de todos
estos males (1992: 298). Las exclamaciones retóricas dan a la relación un rasgo
patético que no aparece en la memoria de Cabeza de Vaca, el cual observa una
gran sobriedad. Hablan ciertos comentarios de la progresión del héroe hacia
una transformación interior: “Il vit l’épreuve dans le dépassement et l’ascèse”,
afirma Patrick Menget en la introducción a su traducción (1980: 41). Nuestra
proposición final integrará esta evolución del personaje.
10. La ubica R. Ferrando a la altura de Galveston.
11. A este respecto, G. Fernández de Oviedo, llevado de cierto realismo, no
se olvida de recordar que se inspiraban de prácticas bien conocidas entre los
medios populares en España: “e los cristianos lo hacían así, aunque estaban
más acostumbrados a trabajos que a hacer milagros. Pero en virtud de Dios
confiados, santiguándolos e soplándolos, de la manera que lo hacen en Castilla
aquellos que llaman saludadores, e los indios en el momento sentían mejoría en
sus enfermedades…: (1992: 305). Un poco más adelante, el cronista, aunque
no rechaza del todo una posible intervención divina, no deja de expresar cierta
reserva en cuanto a los resultados: “… e a lo menos si los cristianos no los
sanaban a todos, los indios creían que los podían sanar” (1992: 306).
54 JEAN-pierre tardieu
Pero fue creciendo el hambre, y los españoles siguieron su camino,
sin Cabeza de Vaca esta vez, quien había caído enfermo.
2.2. La odisea de Cabeza de Vaca
2.2.1. El buhonero
Ya no pudo el tesorero real aguantar la vida espartana de los caravau-
cas. Se hizo buhonero, pasando de un pueblo a otro por un radio de
cuarenta a cincuenta leguas para trocar conchas por pieles curtidas, tin-
tura de ocre destinada a adornos corporales, sílex y cañas para flechas.
Debido a esta actividad, que dejaba de ejercer en invierno, le acogían
por doquier con mucha benevolencia. Pasaron así seis años, durante los
cuales no logró convencer a un español que había permanecido en la
isla, Lope de Oviedo. Cada año le proponía que saliese con él en busca
de sus compatriotas. Cuando por fin aceptó, se marcharon acompa-
ñados por algunos indios. Después de cruzar varias corrientes de agua
llegaron a una bahía —según ellos la del Espíritu Santo—12, donde
unos indígenas les informaron de la presencia a corta distancia de tres
de sus parecidos, reducidos a esclavitud. Eran los únicos sobrevivientes
de un grupo de españoles de la expedición que habían perecido de
hambre o de frío. Al enterarse de los maltratos que sufrían de parte de
los indios, prefirió Lope de Oviedo reunirse de nuevo con sus antiguos
huéspedes insulares.
Otra vez solo, Cabeza de Vaca tuvo la posibilidad de encontrar a
sus congéneres, Alonso del Castillo y Andrés Dorantes, y al negro Este-
banico. Esperaron seis meses antes de escapar, aprovechando una baja
de vigilancia de los indios con motivo de la cosecha de tunas. Ello sig-
nificaba un profundo cambio en el estatuto del antiguo tesorero real,
atribuido como esclavo al dueño de Dorantes.
2.2.2. El esclavo
Así se vio obligado Cabeza de Vaca a compartir la desgraciada existen-
cia de estos seres. Cuando carecían de raíces, pescado o caza, estaban
reducidos a comer arañas, huevos de hormigas, gusanos, lagartijas, ser-
12. Correspondería al Misisipí o al río Mobile.
El caso de Estebanico 55
pientes venenosas e incluso tierra o madera. Para consumirlas, reducían
en polvo las espinas de los pescados. Los bohíos, que llevaban a hom-
bros durante sus traslados en busca de alimentos, se hacían con esteras
atadas a cuatro arcos. El mejor momento era la recolección de tunas,
que se conservaban secas. Para protegerse de la plaga de los mosqui-
tos, estos indios encendían hogueras con leña podrida o mojada cuyo
humo los mantenía a distancia y se desplazaban con tizones en mano.
Excelentes cazadores, competían en carreras con los mismos ciervos y
cazaban bisontes13 cuyo pellejo servía para hacer ropa y calzado. Eran
también mentirosos redomados e incorregibles borrachos que, ahítos
después de una buena comida, gustaban de darse al baile. Por la menor
riña, se separaban los diferentes clanes, aunque, olvidado el motivo, no
dejaban de juntarse de nuevo.
Pronto se dio cuenta Cabeza de Vaca que la huida era imposible.
Privado de sus compañeros como consecuencia de una de estas riñas,
intentó evadirse tres veces. Reunidos otra vez los clanes adversarios,
los tres “cristianos” pusieron su plan en ejecución, logrando por fin
escapar. Divisaron una humareda hacia la cual se dirigieron, y luego a
un indio a quien el negro Estebanico se encargó de perseguir. Llegaron
así a un pueblo que les brindó buena acogida. El chamán ofreció su
casa a Dorantes y Estebanico, y otro de estos indios avavares recogió a
Castillo y Cabeza de Vaca.
2.2.3. El chamán
Muy pronto a los recién llegados les tomaron por curanderos. Así de-
cidieron pasar el invierno en el pueblo donde se pusieron a curar a
los enfermos, como lo había hecho antes Cabeza de Vaca, salvándoles
a menudo de la muerte. Se extendió su fama por toda la comarca,
atrayendo a gente desde muy lejos.14 Les tomaban por “hijos del sol”,
creencia de la que ya se habían beneficiado en un primer tiempo los
conquistadores de los aztecas. Como sabemos, éstos no les negaron
tal origen a los esclavos negros por permitirles su mitología integrarles
13. “Vacas” escribió el autor por desconocer esta clase de ovinos.
14. Cabeza de Vaca habla de cutalches, malicones, coayos, susolas, atayos, que
pertenecían, según R. Ferrando, a los caddos.
56 JEAN-pierre tardieu
entre los “dioses sucios”.15 Ni siquiera Estebanico pudo rechazar las
solicitaciones de los indios y vino a ser médico muy a pesar suyo.16
—¿Quién era Estebanico?
No se explaya el cronista sobre la identidad del esclavo de Dorantes,
usando el diminutivo “-ico”, a menudo empleado para designar a los
esclavos, bautizados de un modo muy sumario por los negreros. Sin
embargo, concluyó su obra estipulando que se trataba de un negro
“alárabe”. La precisión no da a entender que era “árabe”, como declara
el editor Roberto Ferrando, sino más bien que había sido entregado
a los esclavistas por árabes, lo cual difiere mucho. P. Menguet, por su
parte, presenta a Estebanico como un moro de Marruecos.17 Ahora
bien, debido a su historia, no confundían los españoles los términos
“moro” y “negro”, y, por si cupiera alguna duda, los cronistas G. Fer-
nández de Oviedo y Garcilaso de la Vega el Inca, al evocar a Estebani-
co, le califican de “negro”. La solución al problema, la encontramos en
el mismo texto de Cabeza de Vaca, quien califica a su compañero de
“negro alárabe, natural de Azamor”. Se trataba de uno de estos negros
(o de sus descendientes) capturados por los marroquíes para venderles
a los negreros ibéricos en el puerto de Azamor, presidio portugués de la
costa atlántica de Marruecos.18 A este puerto y al de Mogador llegaban
las caravanas negreras procedentes de los reinos wolofes de Senegal e
incluso de Tombuctú. Luego se enviaba a las víctimas al puerto luso de
Lagos, desde el cual algunos de ellos pasaban a Sevilla. Una vez en el
gran puerto del Nuevo Mundo, se les proponía a la venta por las gradas
de la catedral donde los candidatos a conquistadores solían adquirir a
los pajes de armas necesarios para sus empresas. Estebanico sería pues
15. Véase Torquemada (1986: vol. 1, 418).
16. Resulta del todo errónea la aseveración de Bernard Lesfargues y Jean-Marie
Auzias según la cual al negro Estebanico se le excluyó de un modo extraño de
estas prácticas. Véase su traducción de la obra de Álvar Núñez Cabeza de Vaca
con el título de Relation de voyage (1979: 28).
17. Menget (1980: 11). Rieupeyrout (1992), novela inspirada en los escritos de su
héroe, califica también a Estebanico de marroquí.
18. Se trata del puerto actual de Azemmur, en la provincia de Casablanca. La antigua
factoría romana de Azama, en la desembocadura del Oum er-Rebia, perteneció
a Portugal hasta 1542, año en que el sultán Said Muhammad al-Shaykh liberó el
puerto de Agadir. Véase Ogot (1998: 160-161). Sigue poseyendo Azemmur una
muralla portuguesa del siglo xvi.
El caso de Estebanico 57
de origen senegalés o sudanés (Malí actual), y quizá de una proceden-
cia aún más lejana, dadas las múltiples reventas.
No le costaría mucho trabajo a Estebanico cumplir con las obliga-
ciones de curandero. En todas las civilizaciones africanas, y en parti-
cular por las costas del África occidental, los curanderos negros habían
adquirido un profundo conocimiento de las potencialidades curativas
de su flora, extremadamente diversificada. Dichos curanderos acompa-
ñaban sus prácticas con rituales mágicos destinados a marcar honda-
mente la sicología de sus enfermos, alcanzando de este modo resulta-
dos somáticos nada desdeñables en ciertos casos. No afirmaremos que
Estebanico era uno de estos curanderos; pero, dada la importancia de
la curandería en África, no podía desconocer su papel en el continente.
Y si no conocía las virtudes de las plantas de su tierra o no tenía a mano
las necesarias, en un contexto climático tan diferente, por lo menos, es
de suponer, no se había olvidado enteramente de las prácticas mágicas.
No le resultaría muy difícil a Estebanico adaptarse a las exigencias
de sus huéspedes. Más aun, debió de ser de mucha ayuda para Cabe-
za de Vaca y sus compañeros, poniendo a su disposición sus propias
habilidades miméticas. A éstos les tocaría adaptarlas a su concepto
ideológico. Como confiesa el mismo Cabeza de Vaca, los medios po-
pulares seguían acudiendo por necesidad a ritos comunes a todos los
chamanes del mundo: el “soplo” de un curandero español del siglo xvi
no diferiría mucho del “soplo” de un curandero africano, a no ser por
las “bendiciones”. Los peninsulares, algo confusos por su papel, no
omitían santiguar a los enfermos y trazar cruces en sus cuerpos, ape-
lando a la Divina Providencia. Según el autor, no les negaba su apoyo,
a no ser que estas prácticas intervinieran profundamente en la psique
y en el soma, íntimamente relacionados, de los enfermos, más aptos a
beneficiarse de tales procedimientos, debido a sus creencias, de lo que
pensarían los españoles. Tal era el poder conferido por los indígenas a
los flamantes curanderos que sus pacientes, según cuenta Cabeza de
Vaca, no dejaban de sentir gran alivio.
Asistimos en este caso a un sincretismo mágico forjado muy a pesar
suyo por nuestros personajes. Conjugaba prácticas curanderas de recios
abolengos español y africano, con creencias indígenas que, no lo olvi-
demos, tomaban a los recién llegados por “hijos del sol”, el dios de la
vida por antonomasia.
Al referirse a la experiencia de Cabeza de Vaca, el jesuita José de
Acosta, en Historia natural y moral de las Indias (1590), no pudo me-
58 JEAN-pierre tardieu
nos, al igual que Cabeza de Vaca, de acudir a la Divina Providencia
para explicar los aciertos de los aprendices de curanderos:
Que compeliéndoles los bárbaros a que les curasen de ciertas enferme-
dades, y que si no lo hacían les quitarían la vida, no sabiendo ellos parte
de medicina, ni teniendo aparejo para ella, compelidos de la necesidad
se hicieron médicos evangélicos, y diciendo las oraciones de la Iglesia, y
haciendo la señal de la cruz, sanaron aquellos enfermos. De cuya fama
hubieron de proseguir el mismo oficio por todos los pueblos, que fue-
ron innumerables concurriendo el Señor maravillosamente, de suerte que
ellos se admiraban de sí mismos, siendo hombres de vida común, y el uno
de ellos era un negro.19
Garcilaso de la Vega, en La Florida del Inca (1605), acordándose
quizá de lo escrito por Acosta, vio también en estos hechos los efectos
de la Providencia. A los sobrevivientes se les adoraba como dioses:
… el cual [Cabeza de Vaca] escapó con otros tres españoles y un negro y,
habiéndoles hecho Dios Nuestro Señor tanta merced que llegaron a hacer
milagros en su nombre, con los cuales habían cobrado tanta reputación y
crédito con los indios que les adoraron por dioses…20
El último reparo del teólogo nos parece trascendental, dada la jus-
tificación religiosa que propone del hecho: “y el uno de ellos era un
negro”. Obviamente, por falta de conocimientos al respecto, no podía
valerse el jesuita del sustrato africano evocado renglones arriba para ex-
plicar el comportamiento de Estebanico. En cambio, saca una conclu-
sión muy conforme a la enseñanza paulina según la cual Dios no hace
ninguna diferencia entre los creyentes, por muy humildes que sean:
como los españoles, Estebanico se transformó en instrumento de la Di-
vina Providencia, la cual se dignó interesarse por su suerte. Semejante
asimilación conllevaba el implícito postulado de que el negro adhería
plenamente a las creencias de sus dueños españoles, que le permitían
“justificarse por la fe”.
La travesía del desierto, sea por la Mauritania actual, sea por el
Sahara, explicaría en parte que Estebanico fuera uno de los cuatro so-
brevivientes de la expedición de Pánfilo de Narváez. Es el momento de
19. Acosta (1954: 243). P. Menget adoptó la expresión “médicos evangélicos” que le
pareció del todo adecuada (1980: 35).
20. Véase Garcilaso de la Vega (1986: 77).
El caso de Estebanico 59
acordarnos de las numerosas referencias de Cabeza de Vaca a la sed que
no dejó de atormentar a sus compañeros, hasta la muerte para algunos.
La experiencia adquirida por Estebanico en las caravanas negreras a
través del desierto —hambre, sed, calor, dificultad de orientación—
reforzó una resistencia ya natural, a diferencia de los peninsulares. Más
aun, éstos se beneficiaron de su ayuda también en este dominio. Sin
ella Cabeza de Vaca, Dorantes y Castillo ¿habrían salido de este infier-
no? A la perspicacia del virrey Antonio de Mendoza, tiempo después,
no se le escaparon estas aptitudes de Estebanico, naturales o adqui-
ridas, cuando se trató, como veremos más adelante, de formar una
expedición hacia la ciudad mítica de Cíbola.
Volviendo a la relación de Cabeza de Vaca, el contexto les era favo-
rable a los españoles. Efectivamente una leyenda hondamente arraiga-
da evocaba la actuación de un personaje a la vez respetado y temido,
nombrado Mala Cosa, un hombrecito barbudo. No vacilaba en prac-
ticar operaciones con un escalpelo de sílex para extraer un órgano. A
las preguntas de los indios, contestaba que su morada se encontraba
debajo de la tierra. No dejaban de mofarse los españoles de semejantes
aserciones, hablando a sus huéspedes de su Dios que les protegería. Sin
embargo, los indios presentaron amplias cicatrices como pruebas de
las obras de tan extraño personaje. En resumidas cuentas, a los cuatro
“cristianos” se les trataba bien, aunque trabajaban como los indígenas
con quienes quedaron ocho meses.
Aprovecharon la recolección de tunas para alejarse discretamente
con destino a otro pueblo, conformado por maliacones, donde pa-
decieron mayor hambre. Al recoger leña por el campo, las espinas les
ensangrentaban el cuerpo, y para soportar su calvario no tenían otro
remedio que pensar en el de Cristo. La referencia es significativa del
estado de ánimo de Cabeza de Vaca. Fue adquiriendo el suplicio un
alcance metafórico: no podía ser gratuito el haber llegado a ser émulo
del Redentor y sería menester sacar las debidas consecuencias. Cobraba
sentido el sufrimiento, desembocando en el rescate espiritual de los
indios, misión a la que volveremos.21
Con el objetivo de sobrevivir, Cabeza de Vaca se dedicó de nue-
vo a un modesto comercio de arcos, flechas, redes, esteras y cueros
21. P. Menget evoca el “apostolado del héroe”, estableciendo un interesante
paralelismo entre la experiencia de Cabeza de Vaca y la de san Pablo (1980: 30-
31).
60 JEAN-pierre tardieu
que curtía. Siguiendo con su busca, los cuatro compañeros pasaron de
un pueblo a otro, extraviándose a menudo. En uno de ellos, reinaba
tanta hambre que no se efectuaba el destete de los niños antes de los
doce años. Las tribus vivían con el temor permanente de sus vecinos.
Construían sus viviendas en los límites de las selvas más densas, pero
preferían dormir fuera para protegerse de ataques por sorpresa. En caso
de peligro, se conducía a las mujeres y a los niños a lo más hondo de la
selva por un estrecho sendero. Si no podían valerse de esta protección
natural, rodeaban los pueblos con fosos cubiertos con ramas. Entre los
indios aguenes, tuvo la oportunidad Cabeza de Vaca de asistir a una
de estas agresiones nocturnas que dejó a cinco muertos en el campo.
Los hombres no aminoraban su vigilancia y no se separaban nunca de
sus arcos, valiéndose de una visión y de un oído particularmente finos.
Se vieron de nuevo los españoles y su compañero negro en la obli-
gación de ejercer sus dotes de curanderos. Cabeza de Vaca se atrevió a
practicar una muy delicada operación quirúrgica en un herido con el
fin de extraer la punta de una flecha, que se había hundido cerca del
corazón. Le fue preciso hacer una larga incisión para sacarla y luego de-
tener la hemorragia con raspaduras de cuero. Cerró la incisión cosien-
do los dos bordes con puntos, que quitó después. En tales condiciones,
la fama de los españoles se extendió por los pueblos, siguiéndoles a
veces tres o cuatro mil personas para hacerse “soplar y santiguar”. Así
las cosas, llegaron al río Colorado.
A partir de este lugar, se enfrentaron al gran miedo de los indios.
Estebanico se encargaba entonces de contactarles. Su papel de media-
dor fue acentuándose con el tiempo, como si una posible semejanza
en los usos tradicionales y los modales adquiridos en una juventud
caracterizada por los intercambios étnicos le predispusieran a cierta fa-
cilidad para establecer contactos. En la región del río Grande, el grupo
conoció a los siparos, cazadores de bisontes, cuyas costumbres describe
el autor. Esta gente, dotada de una admirable anatomía, andaba a me-
nudo desnuda, con la salvedad de las mujeres cubiertas con pellejos de
ciervos curtidos. Solían guisar sus alimentos en agua que hacían hervir
con piedras calentadas. Por falta de lluvia, no conseguían sembrar maíz
regularmente. Allí también se percibió a nuestros hombres como seres
de excepción y se les pedían oraciones para obtener la tan esperada
lluvia.
Llega la relación a la estadía entre los indios pueblos, tras diecisiete
días de viaje con hambre. Algunas casas de su poblado eran de adobe,
El caso de Estebanico 61
y las otras de caña trenzada, tipo de hábitat común por más de cien
leguas. Por todas partes reinaba la abundancia, y a los viajeros les ofre-
cían maíz, frijoles, carne de ciervo, mantas de algodón, perlas de coral e
incluso turquesas. Recibió Cabeza de Vaca cinco esmeraldas proceden-
tes del norte, que perdió después. Andaban las mujeres correctamente
vestidas. Allí también se solicitaban las facultades curativas de los es-
pañoles y su bendición para los recién nacidos. Pasaban de un pueblo
a otro suscitando la mayor veneración de la gente, la cual daba por
seguro que venían del cielo. Hacían cuanto podían para mantener esta
fama, hablando lo menos posible, encargándose Estebanico de la co-
municación y de la busca de la información necesaria para el viaje. Esta
referencia merece un rápido comentario, relacionado a lo antedicho.
Era muy frecuente, y sigue todavía así, que un africano hablara varios
idiomas, debido a la corta extensión geográfica de estas lenguas, lo cual
facilitaba las aptitudes lingüísticas. Pese a su dominio de seis lenguas y
al manejo del lenguaje de los signos, los españoles no conseguían ha-
cerse entender, y, dándose cuenta de su incapacidad de competir con
Estebanico en este dominio, se sirvieron de una destreza comunicativa
adquirida por el negro en sus años africanos.
Aprovechándose de su fama, intentaban los españoles inculcar al-
gún que otro rudimento de cristianismo a sus huéspedes, aptos, se-
gún ellos, para una enseñanza más amplia a no existir el obstáculo del
idioma. Esta percepción del indio no dista mucho de la que, años más
tarde, defendió el dominico Bartolomé de las Casas.22 De un modo
implícito, daba a entender Cabeza de Vaca que estos pueblos estaban
naturalmente dispuestos a recibir el mensaje evangélico. No se puede
descartar la posibilidad de que Estebanico desempeñara un gran papel
en la forja de esta toma de conciencia.
2.3. Hacia el desenlace
2.3.1. Aspectos mesiánicos
En uno de los pueblos cruzados, vio Castillo en el cuello de un indio
una hebilla de talabarte de espada y un clavo de herradura. Estos obje-
tos, les dijeron, los habían traído hombres barbudos, como los viajeros,
22. Véase Apologética Historia, en particular del capítulo XXXIV al capítulo XLVI.
62 JEAN-pierre tardieu
que “habían venido del cielo” con caballos, lanzas y espadas. Habían
usado estas armas contra los pueblerinos antes de volver por el mar
hacia el poniente. Esta expedición, que para nuestros hombres sólo
podía ser española, ya la habían integrado los indios en su mitología.
A estos preciosos indicios se añadieron otros de la misma índole, des-
pertando el mayor interés de los españoles, seguros de que no distaban
mucho de su meta. Se esforzaron en sosegar a sus huéspedes, sumidos
en la obsesión del regreso de estos malhechores que les había incitado a
abandonar sus bienes y sus cultivos para huir hacia los montes. En un
marco natural tan fértil, hizo hincapié el autor, daba gran lástima ver a
estos seres hambrientos, enfermos y atemorizados. Se habían repetido
dichas intrusiones que destruían los pueblos y se llevaban a la mitad de
los hombres, los niños y las mujeres, de modo que los sobrevivientes
no sabían muy bien a qué atenerse frente a los recién llegados. Pero,
debido al comportamiento de estos últimos, acabaron por entrar en
confianza, de ahí la conclusión del cronista:
Mas como Dios nuestro Señor fue servido de traernos hasta ellos, co-
menzáronnos a temer y acatar como los pasados y aun algo más, de que
no quedamos poco maravillados; por donde claramente se ve que estas
gentes todas, para ser atraídas a ser cristianos y a obediencia de la imperial
majestad, han de ser llevados con buen tratamiento, y que este camino es
muy cierto, y otro no.
Por los pueblos iban acumulándose las informaciones. Unos indios
tuvieron la oportunidad de espiar de noche las actuaciones de estos
intrusos que saqueaban los pueblos llevándose a muchos indígenas en-
cadenados. Con estas noticias, el espanto se apoderó de los naturales,
tranquilizados a duras penas por los españoles. Pero no quedaba la
menor duda: las huellas encontradas confirmaban las informaciones.
Cabeza de Vaca y Estebanico, acompañados por once indios, se fueron
en busca de estos blancos y dieron con cuatro españoles, los cuales
quedaron pasmados al verles. Su capitán, Diego de Alcaraz, les dijo que
se había extraviado. Luego Estebanico volvió por Dorantes y Castillo,
quienes no pudieron evitar que les siguiesen seiscientos indios.
Entre los sobrevivientes de la expedición y el pueblo de españoles
más cercano no mediaban más de treinta leguas. Compartieron con los
hombres de Alcaraz la generosidad de los indios, que acabaron por salir
de sus refugios ofreciendo sus víveres a los blancos. Estos se olvidaron
de mostrarse agradecidos, proponiendo a Cabeza de Vaca la reducción
El caso de Estebanico 63
de sus bienhechores a la esclavitud, lo que le costó harto trabajo evitar.
No se dejaron engañar los indios y no confundieron a los dos grupos,
diciendo que los cristianos [los de Alcaraz] mentían, porque nosotros ve-
níamos de donde salía el sol23, y ellos donde se pone; y que nosotros saná-
bamos los enfermos, y ellos mataban los que estaban sanos; que nosotros
veníamos desnudos y descalzos, y ellos vestidos y en caballos y con lanzas;
y que nosotros no teníamos cobdicia de ninguna cosa, antes todo cuanto
nos daban tornábamos luego a dar, y con nada nos quedábamos, y los
otros no tenían otro fin sino robar todo cuanto hallaban, y nunca daban
nada a nadie.
No admitieron fácilmente volver a su tierra24 para explotar la fer-
tilidad que permitía tres cosechas al año. De creer a Cabeza de Vaca
poco difería el país, donde abundaba el oro y la plata, de la tierra de
promisión bíblica, “y finalmente, es tierra que ninguna cosa le falta
para ser muy buena”.
Tras un penoso recorrido durante el cual murieron de sed algunos
españoles, los dos grupos alcanzaron Culiacán, en el estado actual de
Sinaloa. Luego, los cuatro sobrevivientes no tuvieron ninguna dificul-
tad para llegar a la capital del virreinato donde les honraron Hernán
Cortés y el virrey Antonio de Mendoza.
2.3.2. Visión predestinacionista y utopía profética
En las últimas páginas de su memoria, Cabeza de Vaca se demora en
la actitud de estos indios, integrándoles en una visión obviamente pre-
destinacionista.25 Evocando el fin de su odisea, insiste en sus esfuerzos
23. Merece citarse el comentario de Jacques Lafaye: “Álvar Núñez et ses compagnons,
se dirigeant de la Floride vers ce qu’ils croyaient être le Pánuco et qui faillit
être la Californie, étaient, stricto sensu, venus du côté du Soleil. Ce sens propre
est si important que, une fois la jonction réalisée avec des Espagnols venus du
Mexique, les rescapés continuent de bénéficier auprès des Indiens d’une faveur
qui est refusée aux autres chrétiens”. Véase Lafaye (1963: 142, separata).
24. Como notan B. Lesfargues y J.-M. Auzias, “le héros devient conducteur de
peuples” (1979: 39). P. Menget, en su traducción de Naufragios habla del carácter
mesiánico de su aventura (1980: 27).
25. La “predestinación” se refiere a la teoría teológica que sostiene que Dios escoge a
ciertas de sus criaturas humanas para prepararlas a la salvación. La favoreció san
Agustín, apoyándose en las epístolas de san Pablo a los Romanos (8, 26-30) y a
64 JEAN-pierre tardieu
y los de sus compañeros para traer a la “verdadera fe” a los indígenas
de Culiacán, quienes habían huido a los montes con el objetivo de
protegerse de las incursiones españolas. Les enseñaron los principales
dogmas cristianos, afirmándoles que con este propósito durante varios
años habían recorrido una parte del mundo. La conversión les llevaría
la seguridad, ya que se encargaban de defenderles contra los cristianos
mal intencionados. En buena teología, no dejaba de ser capcioso el
argumento por no diferenciarse mucho del chantaje. Pero, si tenemos
en cuenta la respuesta suministrada por esta gente, tal como la presenta
el cronista, todo le predisponía a manifestar su adhesión:
A esto respondieron a la lengua que ellos serían muy buenos cristianos,
y servirían a Dios; y preguntados en qué adoraban y sacrificaban, y a
quién pedían el agua para sus maizales y la salud para ellos, respon-
dieron que a un hombre que estaba en el cielo. Preguntámosles cómo
se llamaba, y dijeron que Aguar, y que creían que él había criado todo
el mundo y las cosas de él. Tornabábamosles a preguntar cómo sabían
esto, y respondieron que sus padres y abuelos se lo habían dicho, que de
muchos tiempos tenían noticia de esto, y sabían que el agua y todas las
buenas cosas las enviaba aquél. Nosotros les dijimos que aquél que ellos
decían, nosotros lo llamábamos Dios, y que ansí lo llamasen ellos, y lo
sirviesen y adorasen como mandábamos, y ellos se hallarían muy bien
de ello. Respondieron que todo lo tenían muy bien entendido, y que así
lo harían…26
los Efesios (1, 4-14), en contra del pelagianismo que confiaba más en los méritos
morales que en la gracia divina. Se desarrolló más tarde el movimiento entre los
calvinistas.
26. Otra vez, se mostró G. Fernández de Oviedo más prudente en el análisis de
la predisposición de los indios a recibir el mensaje cristiano. Quizá se inspiró
en parte del informe mandado a la Real Audiencia de Santo Domingo que
le parecía más “claro” que la memoria dirigida al rey. ¿Sería pues más oscura
la segunda versión?: “A todas aquellas gentes amonestaban e imponían estos
cristianos en que toviesen inclinación al cielo, e que a él alzasen los ojos: e puestas
las manos juntas, hincándose de rodillas, cuando tuviesen alguna nescesidad, se
encomendasen a Dios Todopoderoso. Y así ellos lo hacían, e creían que estos
cristianos venían del cielo, e holgaban mucho cuando les contaban algunas cosas
de allá; pero no se lo sabían dar a entender como quisieran, por falta de lengua,
porque si ésta tovieran, segund la fe e afición con que escuchaban e seguían a
los cristianos, e segund las pocas irronías e idolatrías que aquellas gentes tenían,
decían estos cristianos que escaparon, que sin dubda creían que fueran buenos
cristianos” (1992: 311).
El caso de Estebanico 65
Los cuatro compañeros no se contentaron con meras palabras y ac-
tuaron como defensores de los indios en contra de las exacciones de los
españoles en busca de esclavos. Convencieron a los indígenas de que
quitasen sus refugios montañosos para regresar a sus tierras y construir
allí sus casas, una de las cuales, con una cruz erguida en el umbral, se
reservaría para Dios. En caso de amenaza en el futuro, se presentarían
a esa gente como cristianos, sin armas pero con la cruz en mano, y le
ofrecerían la hospitalidad para transformarle así en amigos. ¿Hubieron
de aplicar tales consignas y cuáles fueron los resultados? No lo dice la
memoria, por no haber quedado el autor en la tierra. Parece sin embargo
que recobraron cierta serenidad. De conquistadores ávidos de riquezas,
nuestros españoles habrían venido a ser los iniciadores de una nueva co-
munidad que algo tendría que ver con una ciudad de Dios capaz de
hacer retroceder la codicia demoníaca de sus compatriotas. Este viraje,
en un plazo de varios años, no podía haberse producido sin las penosas
pruebas, verdadero camino de Dámaso que suscitó la emergencia de una
visión utópica, que se acotejará con los diversos intentos de reducción
posteriores, en particular los de los jesuitas.
Cabeza de Vaca, adoptando un tono profético, extiende su pro-
puesta a todos los indios encontrados. La Corona tenía que reconocer
su predisposición, de la que daba testimonio, y consentir en hacerse el
instrumento de la voluntad divina:
Dios nuestro Señor por su infinita misericordia quiera que en los días de
vuestra majestad y debajo de vuestro poder y señorío, estas gentes vengan
a ser verdaderamente y con entera voluntad sujetas al verdadero Señor,
que las crió y redimió. Lo cual tenemos por cierto que así será, y que
vuestra majestad ha de ser el que lo ha de poner en efecto (que no será tan
difícil de hacer); porque dos mil leguas que anduvimos por tierra y por la
mar en las barcas, y otros diez meses que después de salidos de cautivos,
sin parar anduvimos por la tierra, no hallamos sacrificios ni idolatría. En
este tiempo travesamos de una mar a otra, y por la noticia que con mucha
diligencia alcanzamos a entender, hay de una costa a la otra por lo más an-
cho docientas leguas, y alcanzamos a entender que en la costa del sur hay
perlas y mucha riqueza, y que todo lo mejor y más rico está cerca de ella.
A diferencia del posterior discurso de Bartolomé de las Casas, la pe-
roración de Cabeza de Vaca no separa la predicación del evangelio a los
indígenas de la explotación del medio ambiente, aunque no expone las
condiciones. De regreso a España, adonde llegó el 9 de agosto de 1537,
66 JEAN-pierre tardieu
poco faltó para que el aventurero cayese entre las manos de los piratas
franceses al acecho de los galeones españoles cargados de riquezas.
Difiere esta excepcional odisea de muchas expediciones en que los
españoles lo pasaron muy mal. Ninguna de ellas duró tanto, casi diez
años, y ninguna suscitó semejante inversión de los papeles y tal viraje
espiritual. Si los conquistadores españoles no vacilaban, en sus “entra-
das” en tierras infieles, a imponer una verdadera esclavitud a los indios
indefensos, situación que ilustró la memoria con anterioridad a los fa-
mosos escritos de Las Casas,27 Cabeza de Vaca, debido a las vicisitudes
de su vagabundeo por todo un continente, verdadero recorrido iniciá-
tico hacia la ascesis cristiano,28 llegó a olvidar todo rencor hacia los que
le redujeron al estado de servidumbre durante seis años —es verdad
que no hizo más que compartir su miseria— para acordarse tan sólo de
los beneficios que sacó de estos seres cuya humanidad no le planteaba
problemas.29 Según una concepción que remite al predestinacionismo,
compartida más tarde por otros muchos, entre los cuales el propio
Las Casas, todo les predisponía, según asevera, a acoger la Palabra. La
misma concepción permite justipreciar la insistencia del autor en las
dotes de curanderos de que él y sus compañeros fueron provistos. Hizo
de ellos la Providencia verdaderos taumaturgos, sin descartar, aspecto
significativo, a un negro, ser humano de los más modestos, quien se
transformó también en instrumento de Dios.30 Pero nuestro viajero
27. Véase la Brevísima relación de la destruición de las Indias (1552).
28. J.-L. Rieupeyrout, en la novela citada más arriba, pone esta evolución de realce:
“Il y avait dans la voix d’Álvar Núñez des résonnances de prêches autrefois
entendus et médités mais dépouillés de l’ostensible onction des gens d’Eglise.
A leur contraire, il semblait tirer et fortifier sa foi de l’expérience du malheur
vécu et du secours que Dieu avait toujours apporté en réponse à ses prières.
C’était une voix différente, d’une sincérité touchante et qui invoquait un Dieu
assurément différent. Plus généreux de sa miséricorde pour ses fils meurtris qui
portaient tous la même croix, au long de leur interminable Golgotha” (1992:
296).
29. Temple (1970) dice que la odisea de Cabeza de Vaca fue una verdadera ordalía
sin la cual no hubiera conseguido percibir la humanidad de los indios. Citado
por Yves Berger en el prefacio a la traducción de B. Lesfargues y J.-M. Auzias
(1979: 15).
30. J. Lafaye no parece compartir esta opinión cuando se pregunta si los “milagros”
no habrían nacido de “l’imagination d’Álvar Núñez, durant la traversée ou après
son retour en Espagne, pour les besoins d’une cause trop claire et alors qu’il était
séparé des seuls témoins qui auraient pu le contredire [.] Au reste, l’auraient-ils
El caso de Estebanico 67
seguía siendo un hombre de su tiempo, y por lo tanto, no pasó por alto
el beneficio que la Corona de España sacaría de la conquista de este
país fabuloso.
De un modo muy clásico, se consagra el final de la relación a la
exaltación de los compañeros de desgracia del autor: Alonso del Cas-
tillo, Andrés Dorantes y Estebanico, el último citado. Sin la ayuda
del negro, estos infelices, únicos sobrevivientes de varios centenares
de conquistadores, no podían haber regresado a la libertad, material
por supuesto pero principalmente espiritual, factor esencial, según la
teología paulina, de la liberación del mal, que les llevó a obrar en pro
del designio divino acerca de los indígenas. ¿No da a entender esta
presentación retórica que Álvar Núñez Cabeza de Vaca era plenamente
consciente de ello? Posiblemente fue su manera, poco convencional
para la época, de dar pruebas de su agradecimiento.
—¿Qué fue de Estebanico después?
G. Fernández de Oviedo se demora en la responsabilidad de Este-
banico en una nueva empresa hacia un país “muy rico” de que tenía
“conocimiento”.31 Pero es harina de otro costal que convendría cernir
más detenidamente un día, como lo hace notar Roberto Nadal.32 Con-
tentémonos aquí con resumir la presentación de la expedición efectua-
da por fray Marcos de Niza.33
Decidió el virrey Antonio de Mendoza, movido por la experiencia
de los sobrevivientes, mandar una misión pacífica hacia la región míti-
ca de Cíbola, dirigida por el franciscano Marcos de Niza, ayudado por
fait? Ce n’eût pas été leur intérêt. Autant de questions qui demeureront sans
doute à jamais sans réponse” (1963: 138). Dada la evolución espiritual del
personaje, nada impide creer que Cabeza de Vaca acabó por persuadirse de que
las curaciones que él y sus compañeros efectuaron, que remetían posiblemente
a procesos psicosomáticos, se debían a la Providencia. Al final de su artículo,
J. Lafaye estudia la interpretación que dieron a estas curaciones los cronistas
posteriores, y en particular la de Francisco de Gómara a propósito de un
muerto resucitado merced a la mediación de Cabeza de Vaca, quien, como sus
compañeros, se fiaba de Jesucristo (Historia de las Indias, B. A. E. 22. Madrid:
Ediciones Atlas, 1946, 182).
31. Fernández de Oviedo (1992: 350).
32. Nadal (1980: 49-55).
33. Colección de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización
de las posesiones españolas en América y Oceanía (1864-1865: vol. III).
68 JEAN-pierre tardieu
fray Honorato y unos indios. Estebanico les precedería como guía. Sa-
lió fray Marcos de San Miguel de Culiacán el 7 de marzo de 1539 y no
encontró ningún obstáculo de parte de pueblos que nunca habían visto
blancos. Tomándole por “un hombre del cielo”, se mostraron abiertos a
la enseñanza cristiana. Conforme iba adelantando hacia el norte, el ne-
gro enviaba buenas noticias, recogiendo informaciones sobre la mítica
Cíbola (Hawikuh, pueblo zuñi), una de las siete ciudades más allá de
las cuales se encontraban los tres reinos de Marata, Acús y Totonteac,
cuyas casas eran de piedra, con puertas adornadas con turquesas. Tres-
cientos indios, cargados de víveres, le acompañaban a Estebanico en su
búsqueda. Llegado al término, mandó mensajeros al gobernador de la
ciudad con la misión de ofrecerle en señal de amistad una calabaza con
cencerros y plumas. Presentaron a Estebanico como un curandero que
les quería hacer bien (así no habría renunciado a este poder). Enojado,
el gobernador tiró los presentes al suelo, amenazando con muerte a
los intrusos. Ello no le impidió al negro seguir su camino, llegando a
las puertas de la ciudad cuya entrada se le prohibió. Fueron detenidos
los recién llegados, y si Estebanico se salvó el pellejo, a ciertos de sus
compañeros les masacraron sin piedad. Por lo menos fue lo que declaró
un sobreviviente que consiguió reunirse con fray Marcos. En cambio,
otros dos aseguraron que Estebanico y sus compañeros habían sido
matados a flechazos. Sin embargo, no renunció fray Marcos a descubrir
la ciudad desde lejos antes de echarse hacia atrás.
Así se acabó la extraña empresa de conquista pacífica de lo que
corresponde al Nuevo México actual, donde mesianismo y codicia co-
rrían parejo, siendo Estebanico a no caber duda víctima de esta ambi-
güedad. El cronista Antonio de Herrera respetó escrupulosamente la
relación de fray Marcos en Historia General de los Hechos de los Caste-
llanos en las Islas i Tierra Firme del Mar Océano.34
No se demoró G. Fernández de Oviedo en las actuaciones del negro
“llamado Esteban”, según el criterio de la invisibilidad de los negros
evocada más arriba. En cambio, Gaspar de Villagrá en su poema épico
Historia de Nuevo México (1609) sitúa a Esteban en el mismo plan que
los otros miembros de la expedición:
Despues que en la Florida se perdieron,
Por aquel largo tiempo prolongado,
34. Véase Herrera (1991: vol. 3, 705-712).
El caso de Estebanico 69
El grande negro Esteuan valeroso,
Y Cabeça de Vaca memorable,
Castillo, Maldonado, sin segundo,
Y Andres Dorantes mas auentajado,
Todos singularissimos varones,
Pues en la tempestad mas fiera y braua,
De todas sus miserias y trabajos,
Por ellos quiso obrar la suma alteza,
Vna suma gradiosa de milagros,
Y como su Deidad con solo aliento,
Infundio espiritu de vida al hombre,
Y a otros sanó venditos de tu mano;
Assi passando aquestos valerosos,
Por entre aquestas barbaras naciones,
No solo a sus enfermos los sanauan,
Lisiados, paraliticos, y ciegos
Mas dauan tambien vida a sus difuntos,
Con solo vendicion y aliento santo,
Que por sus santas bocas respirauan…
Por haber sido hecho como ellos a su semejanza (“alta semejança”),
Dios le juzgó digno a Esteban de ser el instrumento de su Providencia.35
Es de precisar que los historiadores estadounidenses se interesaron
de muy cerca al personaje, como demuestra la consulta de los datos
disponibles en internet. Ciertas asociaciones intentan saber más sobre
sus orígenes, lo cual no es nada fácil. En la orden concedida a fray Mar-
cos, el virrey Antonio de Mendoza se refirió a Estebanico llamándole
“Esteban de Dorantes”, de lo cual se puede deducir una obvia condi-
ción servil. Aparece también en un escrito de Dorantes que le presenta
como su esclavo.36 A decir la verdad, la adversidad desmoronó las ba-
rreras sociales y puso de realce las excepcionales cualidades humanas de
Estebanico. Sería lo que concluyó Cabeza de Vaca de su experiencia.
35. Villagrá (2001: 82-84).
36. Véase Bishop (1933: 92). Dorantes, según Bishop, le habría vendido o dado
a Mendoza, posiblemente interesado por las capacidades poco comunes del
personaje; ibíd. (1993: 157).
70 JEAN-pierre tardieu
Odisea de Cabeza de Vaca y sus compañeros
Fuente: mapa de Patrick Menget, 1980.
Segunda parte
Rechazos
Nunca pensaron los portugueses y sus competidores castellanos al dar-
se, para compensar la falta de recursos naturales de las costas del África
occidental, al rapto de hombres negros, que su reducción a la esclavi-
tud no dejaría un día de plantear graves problemas. Gómez Eanes de
Zurara, en su crónica,1 aunque no niega lo patético del caso, lo pospo-
ne al inmenso beneficio que sacarían de su nueva condición, la cual les
brindaría la posibilidad de salvar su alma cuando a sus parientes que
permanecían en su tierra les esperaba el infierno. Era pecar de ingenuo
creer que las víctimas de los saqueos aceptarían de buen grado la pérdi-
da de libertad a cambio de un más allá del todo desconocido y extraño
a su cultura. Comentamos hace poco las resistencias e incluso el recha-
zo que manifestaron no pocos de estos esclavos en el sur de la península
ibérica y la amplificación de esta reacción natural en el Nuevo Mundo
con el desarrollo de la trata.2 No por ello abandonaron los negreros y
sus aliados el discurso sumamente hipócrita de la justificación religiosa
que siguió imperando hasta la abolición de ese comercio.
Desgraciadamente, para los primeros siglos, desaparecieron los li-
bros de a bordo que nos entregarían preciosas informaciones sobre las
reacciones de los africanos raptados desde el embarque hasta sus puer-
tos de destino. Lo que sabemos respecto al siglo xix permite imaginar
sin embargo el drama de estos seres y las patéticas soluciones que bus-
carían.3 Son aspectos bien conocidos hoy en día.
En cambio, se puede encontrar documentación acerca de su llega-
da al suelo americano, y en particular al virreinato de Nueva España.
Largo era el camino del puerto de Veracruz hasta la capital, de modo
que había oportunidades de escapar de la vigilancia de los negreros y
1. Zurara (1937).
2. Tardieu 2010.
3. No pocos esclavos intentaban tirarse al agua para volver a las orillas que había
abandonado el barco, ahogarse tragando su lengua, dejarse morir de hambre o
apoderarse del barco. Véase en particular Ortiz (1987).
74 JEAN-pierre tardieu
sus secuaces. En 1669, trescientos bozales creyeron ingenuamente en
La Rinconada haber vencido a sus raptores e intentaron estructurar a
su grupo de acorde a sus conceptos tradicionales.
Ignoraban que de esta manera poca suerte tenían de llevar a cabo
su propósito. Una vez los esclavos en poder de sus amos, si no adop-
taban la alienación para mejorar su condición, con la posibilidad de
alcanzar la libertad para ellos o sus descendientes, quedaba la huida, o
sea el cimarronaje, individual o colectivo, que se manifestó por todo el
continente hasta la abolición de la esclavitud. En Nueva España hubo
casos que dejaron una huella imborrable en la sociedad colonial, con
el reino de Yanga.
Capítulo 3
El motín de negros bozales
en La Rinconada, Veracruz (1669)
Hace años ya evocamos rápidamente un motín de esclavos bozales re-
cién desembarcados que se verificó en 1669, en La Rinconada, pueblo
del marquesado del Valle, entre Xalapa y la vieja Veracruz.1 Se rebeló
una partida de negros perteneciente al asiento de los Lomelín, pode-
rosos negreros, durante el recorrido del puerto a Puebla. El marqués
de Mancera avisó al Consejo de Indias en una carta fechada el 24 de
octubre de 1669. En su respuesta de 29 de julio de 1670, el Consejo
mandó que se le remitiese lo más pronto posible los autos del proceso.2
Las querellas de los damnificados ante la Real Audiencia habían susci-
tado una indagación criminal de parte de las autoridades.3 El informe
requerido, que envió Mancera el 25 de julio de 1671, no presenta nin-
gún interrogatorio de los insurgentes sobrevivientes, como fue el caso a
veces más tarde para ciertos levantamientos de dotaciones de haciendas
(v. gr.: Perú, Cuba). Sólo tenemos pues las declaraciones de los testigos,
o sea la “visión de los vencedores”, lo cual hace más arduo interpretar la
actitud de los amotinados. Intentaremos, sin embargo, sacar el mayor
provecho de estos testimonios para explicar el rápido fracaso de una
manifestación que bien podía haber puesto en peligro la seguridad de
la comarca por algún tiempo.
1. Tardieu (1984: 301).
2. A. G. I., México 45, N. 57.
3. Una Real Cédula del 14 de septiembre de 1619 suprimió los procesos en los casos
de delitos cometidos por negros cimarrones: “…porque en casos de motines,
sediciones y rebeldías con actos de salteamientos, y de famosos ladrones, que
suceden en las Indias con negros cimarrones, no conviene hacer proceso
ordinario criminal y se debe castigar las cabezas ejemplarmente…” (Lucena
Salmoral 2005: 160). La gravedad del caso explica la derogación.
76 JEAN-pierre tardieu
3.1. Los hechos
3.1.1. Contextualización
En 1669, corría el asiento portugués de Domingo Grillo y Ambrosio
Lomelín al que pertenecían los esclavos amotinados en la venta de La
Rinconada. El factor que dirigía la caravana de bozales era un miembro
de la misma familia Lomelín, don Agustín, quien encontró la muerte
en este lance.
Los dos asentistas de origen genovés, muy conocidos del gobierno
español por haber sido tesoreros de la Santa Cruzada, se comprome-
tieron a llevar 24.000 esclavos bozales a las Indias occidentales, o sea 3
500 negros cada año, por los puertos de Cartagena, de Veracruz y de
Portobelo. Pero, a diferencia de lo que pasaba antes, los italianos no
tratarían directamente con las factorías de la costa africana, sino que
habían previsto valerse de la mediación de los ingleses y de los holan-
deses. A los primeros les comprarían bozales en las islas de Jamaica y
de los Barbados antes de llevarles en sus propios barcos a los puertos
designados. La Corona se opuso al proyecto en un primer tiempo. Pero
quedaba otra posibilidad, la que brindaban los holandeses instalados
en Curazao. Tenían la gran ventaja de poseer importantes factorías en
África como las de San Juan de Mina, de Santo Tomé y de la desembo-
cadura del río Zaire. De 1666 a 1668, firmaron Grillo y Lomelín tres
contratos con los holandeses por 5.150 piezas de esclavos. El rescate
tendría lugar en Angola, Arda, o en “partes libres de la costa de Ango-
la”, datos que nos resultarán muy útiles para la continuación de este
trabajo.4 Entre 1669 y 1674, entraron en Veracruz 1.180 piezas o sea 1
434 cabezas, y entre ellos los bozales a quienes vamos a evocar.
Los acontecimientos presentados en estas líneas se verificaron en el
segundo período del asiento (1668-1674), en que Grillo defendió los
intereses de los herederos del finado Ambrosio Lomelín. Los asentistas
se habían reservado el derecho de nombrar a los factores, representan-
tes de la compañía en los puertos de desembarque. Con este motivo,
Agustín Lomelín se había trasladado a Cartagena y luego a Veracruz.
Los precios eran menos altos en este puerto que en Portobelo, lo cual
4. Para el ingreso de esclavos angolas en Nueva España antes de la época referida en
este estudio, véase: Ngou-Mve (1993).
El motín de negros bozales en La Rinconada 77
explicaría quizá cierto descuido de parte suya en la vigilancia de sus
esclavos por el camino a Puebla.5
3.1.2. La expedición
El gobernador de Veracruz, juez conservador del asiento, es decir, en-
cargado de velar por el respeto legal de los intereses de los asentistas, se
negó a atender las quejas de los perjudicados a raíz de las depredaciones
efectuadas por los bozales amotinados, o de los parientes de sus vícti-
mas, de ahí la decisión de éstos de acudir al mismo virrey y a la Real
Audiencia. El 24 de octubre de 1669, el marqués de Mancera ordenó
una averiguación judicial al doctor Frutos Delgado, alcalde del crimen
más antiguo de dicha jurisdicción. Comparecieron ante él diferentes
personas que presenciaron el motín o que participaron de la represión.6
Compuesta por trescientos esclavos, doscientos cincuenta hombres
y cincuenta mujeres, la partida de negros bozales dirigida por Agustín
Lomelín tenía Puebla como destino.7 Para los preparativos de la ex-
pedición, acudió el factor a los servicios del gobernador de la ciudad
y juez conservador del asiento, don Tomás de Morales. Éste contactó
con Esteban de Torres, dueño de recuas de mulas, para alquilar doce
cabalgaduras necesarias al transporte de los esclavos y de los víveres,
que se añadieron a otras, y una litera para el factor, imponiéndole su
precio, o sea ochenta pesos por la litera y once pesos por cada montura.
5. Para esta breve presentación del asiento de Grillo y Lomelín, nos hemos valido
de datos recogidos en Scelle (1906: 496-533) y Vega Franco (1984). Cita M.
Vega Franco una referencia significativa de un parecer del Consulado de Sevilla
a propósito de Veracruz con fecha de 2 de agosto de 1667: “…donde se sabe de
cierto que por ser poblado de indios no necesitan de tantos esclavos y los que hay
son arrieros cuyos dueños de ordinario van a Veracruz en las recuas donde toman
los que necesitan y es la razón por la cual en esta región valen menos los esclavos
que en Tierra Firme…” (ibíd. [1984: 187, nota 53]).
6. A. G. I., México, N. 57 A, fols. 1-42.
7. Para el papel que desempeñaban los esclavos en la economía de Puebla de los
Ángeles, se consultará: Boyd-Bowman (1969: 134-151). Dentro del marco
fijado por su estudio (1540-1556), el historiador precisa que se desempeñaban
como arrieros en las recuas de mulas o peones en las estancias. Se empleaba
también a algunos siervos en las minas de plata, en la industria textil, y de un
modo general en el sector artesanal. A este respecto, las cosas no debieron de
evolucionar mucho en los decenios que siguieron.
78 JEAN-pierre tardieu
Aceptó Torres deseoso de no disgustarle al gobernador, porque “apenas
salía comido por servido”. Quizá con el mismo propósito de disminuir
los gastos, no se contrató a más de dos guardas para vigilar a los bozales
durante el largo recorrido.
La jornada siguiente después de su salida, 2 de octubre, víspera del
día de san Francisco, llegaron a las cuatro de la tarde a una venta a poca
distancia del pueblo de La Rinconada, entre la vieja Veracruz y Xalapa.
Era una de las ventas que dependía totalmente de las actividades del ca-
mino.8 Según Juan López de Velasco, pertenecía al marqués del Valle9 y
se situaba a cinco leguas de Veracruz.10 El inglés Thomas Gage explicó en
1648 por qué era del todo imprescindible hacer una parada en este lugar:
Desde Xalapa fuimos a un lugar que los españoles llamaban La Rinco-
nada, que no es ni una ciudad ni un pueblo y, por tanto, no merecería
la pena mencionarla en esta relación si no fuera por dos cosas dignas de
mención. Este lugar está situado tan lejos de cualquier otra ciudad que
los viajeros no pueden hacer sus viajes bien sin repostar allí al mediodía,
o sin descansar allí por la noche o alejándose tres o cuatro millas fuera del
camino hacia alguna ciudad india. No hay más que una casa que los espa-
ñoles llaman venta y que equivale a lo que los ingleses llamamos “Inns”,
situada en el ángulo de un bajo valle que es el lugar más caluroso desde
San Juan de Ulhúa hasta México, pero allí están las mejores fuentes y
manantiales de todo el camino y el agua, aunque caliente por el calor del
sol, es tan dulce como la leche. El posadero, conociendo bien el calor de
los españoles, que siempre buscaban bebidas frescas y refrescantes, tiene
especial cuidado en dejar el agua en grandes vasijas de barro, que coloca
sobre una arena húmeda consiguiendo un agua tan fría que hace castañear
los dientes. El dulzor y la frescura de esta agua en un país tan caluroso y
abrasador resultó maravilloso para nosotros, que no pudimos encontrar
otro refresco para tan extraordinario calor. Además la provisión de carne
de buey, cordero, cabrito, gallinas, pavos, conejos, pollos y, sobre todo, co-
dornices era aquí tan abundante y barata que nos sorprendió gratamente.11
8. Véase Florescano Mayet (1987: 49).
9. Hernán Cortés, en una carta a Carlos V, con fecha de 10 de octubre de 1530,
evoca la posesión del pueblo: “Allí junto, cinco leguas de la ciudad de la Vera
Cruz, está un poblezuelo pequeño que se dice la Rinconada, y antes le llamaban
los indios Yzcalpan, y es uno de los que vuestra majestad me hizo merced, y
por virtud de ella tomé la posesión con los autos y diligencias necesarias ante
escribano público”; en Cartas de relación de Hernán Cortés al emperador Carlos V.
10. López de Velasco (1975: 100).
11. Gage (1987: 106). Otra fuente, la relación del viaje del comerciante inglés
El motín de negros bozales en La Rinconada 79
Los datos recogidos por el entonces fraile dominico dan a entender
el porqué de la parada de la caravana negrera en dicho lugar. Para el
dueño, poco acostumbrado al calor abrumador del valle, era una etapa
que le permitiría refrescarse, antes de hacer una buena cena. Allí tam-
bién encontraría víveres baratos para sus numerosos negros.
Don Agustín y sus criados se hospedaron, pues, en el aposento de
en medio y los esclavos se alojaron en los otros. En la madrugada si-
guiente, se amotinaron los negros.
3.1.3. El motín
Una hora antes del amanecer, los bozales, aprovechándose del sueño
de los guardias y de los huéspedes, se apoderaron de sus armas, entre
ellas tres escopetas y varias espadas, y acometieron con palos y piedras
a los españoles gritando: “Matar, matar”. Despertado por la vocería,
Esteban de Torres, al darse cuenta de lo que ocurría, huyó al monte,
de donde se dirigió a Veracruz para pedir auxilio. A casa del ventero,
el pardo Juan de León, se acogió el mozo de la litera en que iba don
Agustín, con un brazo herido, avisándole de que los negros les estaban
matando a todos. Muy pronto rodearon el humilde edificio los amo-
tinados, e intentaron prenderle fuego tirando en el techo de paja un
tiesto lleno de cenizas. No lo consiguieron, pero el sitio duró hasta las
once, hora en que el jefe ordenó a los sitiados que saliesen y se sentasen
en la tierra (“vos sali y senta”), a lo cual obedecieron el ventero, su mu-
jer, sus hijos y el mozo. Los negros exigieron que Juan de León enviase
por agua, acompañando a un mozo hasta un río distante media legua.
Destrozaron cuanto estaba a su alcance y se comieron los lechones y
las aves del corral.
Alertado por los que consiguieron huir de la venta, el gobernador
de La Rinconada pidió ayuda a don Joseph de la Higuera, alcalde ma-
yor de Xalapa. Salió del pueblo a las doce con cincuenta hombres, a
los que se unieron otros veinte procedentes del ingenio de azúcar de
don Francisco de la Higuera, hermano del alcalde. El sábado a las doce
llegaron al pueblo de La Rinconada donde encontraron al ventero y
a cuatro arrieros que también habían escapado. Con ellos estaba el
Roberto Tomson a Nueva España, informa que la venta de La Rinconada,
situada entre las tierras llanas y las altas, tenía en 1555 cinco o seis casas; véase
García Icazbalceta (1963: 26-27).
80 JEAN-pierre tardieu
mayordomo de la recua de Juan de Olivares, alguacil mayor de Perote,
herido por los negros, quienes además le habían matado un mozo. Al
enterarse de los sucesos, el corregidor de Veracruz se dirigió con cien
hombres hacia La Rinconada. Después de un corto enfrentamiento
con tanta gente, los bozales huyeron al monte, quedando muertos en la
refriega ocho o nueve de ellos con el capitán, y heridos unos cuarenta.
Se encontraron dos cadáveres liados en petates, los de don Agustín y
un criado suyo.
Miguel de Herrera, mayordomo de la recua de don Francisco de la
Higuera, también estaba hospedado en la venta cuando llegaron los
negros. Fue él quien vendió una botijuela de aguardiente a un mozo de
Lomelín para los bozales. Al poco tiempo, oyó la algazara evocada por
todos los testigos. Dedujo después que fue entonces cuando mataron al
factor y a un criado suyo. Luego dieron en acometer los amotinados a
cuantos estaban en la venta y en la caballeriza. Lograron escapar varios
arrieros de su furia, dirigiéndose a La Rinconada. El jueves los amo-
tinados le enviaron a Herrera un mozo de la venta para expresarle su
voluntad de volver a Veracruz con las mulas. Pudo ver los cadáveres del
factor, de su paje y de otros tres hombres, lo cual le indujo a aceptar la
orden del capitán de los insurgentes antes de que llegasen los socorros
de Veracruz.
Las declaraciones de los otros testigos confirmaron los hechos. Uno
de ellos vio caer a un hombre que gritaba: “Jesús, que me matan. A
las armas, cristianos”. Se trataría de Lomelín cuyo cuerpo degollado
entrevió un declarante. Al decir de Lorenzo Romero Jurado, dueño de
recua, los negros le habían atado los pies al factor para arrastrarle fuera.
Otro dijo haber visto a un negro dar con un palo en la cama donde se
había acostado, aunque no podía afirmar que se encontraba en ella en
el momento. Pese a la algarada, estaba seguro incluso de que los negros
tocaban un pífano.
Muy pronto se consiguió coger a los amotinados, incluso a los que
habían huido al monte, llevándoles a la casa de la armazón en Vera-
cruz, y se enterró a don Agustín y a sus compañeros en la iglesia de La
Rinconada. El balance del levantamiento de los bozales podía haber
sido mucho más grave de lo que era. Si descartamos el asesinato del
factor, de un paje suyo y de tres mozos de recua, por obvio motivo de
venganza, el capitán parece haber protegido la vida de los huéspedes y
de la familia del ventero, quienes consiguieron escapar salvos e ilesos,
pese a algunas contusiones o heridas. En cambio, los amotinados lo
El motín de negros bozales en La Rinconada 81
destrozaron todo en la venta, empezando por la litera, como símbolo
del poder de Lomelín. No perdonaron los modestos bienes del ven-
tero, como la ropa de su familia, y las mercancías de las recuas, ropa,
conservas, botijas de aguardiente, el azúcar y el melado del ingenio de
don Francisco de la Higuera o el azúcar de don Antonio de Ordeña,
vecino de la provincia de la nueva Veracruz. Algunos de estos arrieros
lo perdieron todo, no sólo las mulas y los aparejos, sino también el
dinero que traían. Se vieron obligados a protestar ante la justicia en
contra de la mala voluntad de Tomás de Morales. El juez conservador
intentó efectivamente amedrentarles, obligándoles a tomar lo que les
daba a modo de compensación.
El fiscal exigió el 16 de junio de 1671 el severo castigo de los “capi-
tanes y cauezas de dicho leuantamiento y motín”. Sería “un escarmien-
to para otros muchos deste genero de que abundan estas tierras”. A su
parecer,
ni los asentistas destas armaçones estan libres de graue culpa pues deuien-
dola imbiar (precediendo orden de su Magestad) con personas de valor,
espertas, cuidadoras, y que los trate como gente, parece embio estos con
quien era menos apta y que los conducia con gran penurria como parece
de dichas ynformaciones.
Daba a entender así claramente el fiscal que Agustín Lomelín ha-
bía sido víctima de su propia codicia y que el comportamiento de los
factores podía ser sumamente perjudicial para la paz social. El 18 del
mismo mes decidió la Real Audiencia mandar los autos al Consejo de
Indias.
3.2. El efímero reinado del crar Bomba
3.2.1. Un protocolo insólito
A todas luces, este motín de bozales recién desembarcados difería de
las amenazas de levantamiento de los negros urbanos o de los daños
cometidos por los cimarrones, severamente reprimidos anteriormente.
La encuesta no intentó saber si los negros habían premeditado su
actuación. Sin embargo, estarían esperando el momento más favorable
para librarse del cautiverio. Lo encontraron en la venta, aislada del
pueblo más cercano, o sea La Rinconada, lugar de descanso donde los
82 JEAN-pierre tardieu
huéspedes estaban despreocupados. El asombro fue total según confe-
saron los mozos y los arrieros, indefensos frente a la furia de los bozales,
excitados quizá por el aguardiente.
Según lo que se puede deducir de ciertos testimonios, el motín no
generó una situación anárquica. Muy pronto surgió una organización
piramidal, indicó Juan Morillo Velarde, de la recua de azúcar de don
Francisco de la Higuera: “… habían nombrado rey y un capitán de cada
casta”. Los negros, se acordó un compañero suyo, el español Juan Ga-
rrón de Contreras, le llamaban a este rey “Bomba grande y crar”. Otras
deposiciones confirmaron esta aseveración. El ventero Juan de León oyó
también que al rey le trataban de crar sus congéneres, y que éste llamaba
“capitanes” a los otros tres jefes que le asistían siempre. Si creemos a
Alonso Jurado, dueño de recua, estos capitanes eran cinco, y murieron al
lado de Bomba. El mestizo Juan de Aguilar, cargador de recua, merced a
la explicación de un negro medio ladino, se enteró de que el término crar
significaba “rey” en la lengua de los amotinados. El zambaigo Phelipe
Arias, residente en el ingenio de don Francisco de la Higuera, se refirió
a las tres reverencias que los bozales hacían a Bomba antes de dirigirle
la palabra. Al español Juan Díaz Ramón, que se dirigía a Veracruz para
vender una carga de chirimoyas, le llamó la atención que al “crar grande”
le “obedecian y respectaban con mucha veneración los demas negros”.
Aparentemente la organización estribaba en bases étnicas tradicionales,
que en parte podría elucidar el origen de la palabra crar.
En muy poco tiempo y casi de una manera natural, adoptaron los
bozales un protocolo insólito, dadas las circunstancias que de ningún
modo daban pie para ello. A este respecto, es de citar la deposición de
Miguel de Herrera. Le convocó Bomba
y habiendo entrado vido que el dicho negro Crar estaba comiendo y una
negra que llamaban reyna mujer de él, y otro negro viejo a su lado, y los
demas negros siruiendole a la mesa, y en ella un plato con gallina guisada,
y un plato mui grande de pescado bobo, asimismo guisado y luego que
entro este testigo el dicho reyezuelo le dio el plato de gallina para que
comiese, y por ser viernes lo tomo y se lo dio a un moço que iba con este
testigo, y el dicho reyezuelo le hiço que se sentase y comiese de el plato
de el bobo y por ultimo les dijo que el llamarlos era para que trujesen las
mulas los que las habian lleuado que no tubiesen miedo porque se que-
rian voluer a esta ciudad a que les respondieron que los lleuarian, y con
esto vido este testigo y los demas que hauiendo salido la mitad de los que
iban dieron tras de ellos los negros para matallos y este testigo le hablo al
El motín de negros bozales en La Rinconada 83
capitan que estaba comiendo con el dicho crar para que le hablase el qual
mando saliese el dicho capitan con este testigo y otro moço y los lleuo
hasta ponerlos en el camino que iba a la Rinconada.
La escena patentiza no sólo la autoridad natural de Bomba, sino
también su determinación de volver hacia atrás para regresar a su tierra.
Cumplía pues con la responsabilidad tradicional de un rey africano, a
saber, proteger a su pueblo en contra de agresiones exteriores.
La deposición del mestizo Joseph de Aguilar proporciona otros deta-
lles de mucho interés. Formaba parte del grupo a quien recibió Bomba:
El dicho crar se leuanto y los abraço y luego mando poner la mesa a los
negros que le estaban asistiendo y siruiendo y que en el dicho aposento
pusieron una mesa mediana con manteles y seruilletas, salero, cucharas,
y otras cosas de plata y les trajeron de comer en platos de plata, bouo
asado, pan y viscocho, y que al sentar se les hiço como cortesia y que no
entendiendolo este testigo y los demas el mesmo negro medio ladino que
le sauia, al entrar dijo que le hiciesen las tres reuerencias senta brancos que
asi lo manda el crar y que se sentaron entonces y el dicho crar se sento en
la cauezera de la dicha mesa, y a su lado la dicha negra su mujer, y que les
mando dar vino despues que el lo beuio, y que estaba vestido con unos
calçones de estafetan, y una camisa muy buena de Bretaña con la capa de
paño de Castilla acanelado, y su sombrero y que supo este testigo que todo
era y la plata de dicho don Agustin Lomelin su amo.
3.2.2. Interpretaciones
Varios detalles parecen significativos. Primero la extraña cortesía de
parte de un negro bozal para con gente de la raza dominadora. Luego,
el conocimiento de los usos occidentales en materia de mesa y de ves-
timenta, imposible de adquirir en unas cuantas semanas en los barra-
cones de las factorías en África o en Veracruz. A no caber duda, había
mucho más del aparente mimetismo o del deseo de compensación que
le habrían inducido a Bomba a vestirse con los despojos del vencido.
Por fin ¿cómo pasar por alto la palabra “brancos” usada por el ne-
gro medio ladino para dirigirse a los comensales de Bomba? La repitió
cuando los centinelas descubrieron la presencia cerca de la venta de un
mozo de Orizaba, advirtiendo a los que habían salido del aposento del
rey: “hui brancos, porque si no mori”. La orden dada en “media len-
84 JEAN-pierre tardieu
gua” al ventero, con el uso de “vos” (“vos sali y senta”12) sería un indicio
suplementario. O sea, que ambos personajes pertenecerían a una etnia
en contacto con los portugueses en la costa de África.
Si nos acordamos de lo dicho acerca de las factorías holandesas de
donde vinieron los bozales comprados por Grillo y Lomelín, las cosas
se aclaran un tanto. Buena parte de los amotinados, como el medio
ladino, procederían del Congo o de los reinos que lindaban con el río
Zaire, espacio antes dominado por los portugueses. Éstos consiguie-
ron imponer una amplia aculturación a los soberanos y a la nobleza
locales, quienes adoptaron los usos y costumbres del pueblo ibérico.
La relación de Filippo Pigafetta sobre el reino de Congo suministra
referencias muy útiles para interpretar el comportamiento de Bomba.
¿Sugiere el nombre del rey bozal una posible pertenencia al ducado
de Bamba, una de las seis provincias del reino, la mayor y la más rica?
Varios señores, aseguró el cronista, dependían de esta provincia, como
Antonio Mani Bamba (el subrayado es nuestro). Parece poco verosímil
esta hipótesis que no justificaría la evolución de la vocal “a” a la vocal
“o”. Entonces habría que buscar por otra parte. Jesús Fuentes Guerra
indica que en Kiyombe, expresión bantú, “bomba” significa “misterio”,
“secreto”,13 sentido que podría encajar con la situación descrita, máxi-
me si no olvidamos que los amotinados añadían el adjetivo “grande”
al nombre. Pero volvamos a Pigafetta. Los habitantes del Congo se
distinguían por su valor de guerreros, usando espadas importadas de
Portugal. Después de recibir la fe cristiana, los grandes de la corte real
empezaron a vestirse a la usanza portuguesa:
Ils revêtirent des manteaux, des capes, des paletots d’écarlate et de soie,
chacun selon ses moyens; ils se mirent à se coiffer de chapeaux et de bon-
nets à la mode portugaise; à porter au côté de larges épées.
Aspecto de sumo interés para nuestro propósito, el mimetismo se
extendió a la mesa:
Lorsque le roi se fut converti à la foi chrétienne, il réforma sa cour dans
une certaine mesure à l’imitation de celle du roi du Portugal, et d’abord
12. La expresión de esta orden pertenece a la “media lengua”, o “guineo”, evocados
en la literatura clásica. Véase Tardieu (1977: 100-147).
13. Fuentes Guerra (2002: 56). El término sigue siendo utilizado en la regla de palo-
monte (o regla conga).
El motín de negros bozales en La Rinconada 85
quant au service de la table quand il mange en public, on dresse une estra-
de à trois degrés, couverte de tapis des Indes; on y installe la table, avec un
siège de velours cramoisi piqué de clous d’or. Le roi y mange toujours seul:
personne ne peut s’asseoir à table avec lui; les princes restent couverts. Il
possède de la vaisselle d’or et d’argent.14
Bomba bien podía pertenecer a una de aquellas familias del antiguo
Congo que conocían la semiología de estos usos. Sería la única manera
de interpretar no sólo la naturalidad con que el crar los adoptó en la
venta de la Rinconada, lo cual parecería del todo inverosímil para un
bozal de los más humildes, sino también la aceptación de parte de sus
hombres y de su pequeña corte.
O. Dapper, quien se inspiró en parte de Pigafetta, también se refiere
al respeto de los súbditos por el rey del Congo, en particular con mo-
tivo de los banquetes que éste brindaba:
Ce magnifique festin étant fini, tous les conviéz se viennent jetter aux
pieds du Roi, témoignant par leurs baissements de tête, leurs battements
de mains et leurs genuflexions l’amour et la reconnaissance qu’ils ont pour
un prince si libéral. Ensuite on va passer l’après-dîner à prendre du tabac
et à boire du vin de palme en si bonne quantité que le Roi et toute sa cour
demeurent étendus sur la place.
Así se explicarían las tres reverencias que le hacían los bozales a
Bomba, según afirmaron los testigos.
Queda lo más difícil, o sea, la procedencia del término crar que has-
ta el momento no hemos conseguido elucidar. ¿Tendría algo que ver
este término con la palabra kikongo curuzu, que significaría “hermano
mayor” según el lingüista W. Megenney?15 Este sentido corresponde
perfectamente con la visión tradicional africana del poder real. Desgra-
ciadamente, resulta difícil justificar la evolución de la vocal “u”, a no
ser que los testigos hubieran confundido los fonemas, lo cual no era del
todo imposible, dadas las circunstancias que no daban lugar para una
perfecta comprensión.
De ser un bozal cualquiera, Bomba no hubiera sido elegido “rey”
con tanta facilidad por sus semejantes. En África, a estas alturas, la
autoridad no procedía del carácter de un individuo sino de su linaje, o
sea, que muy pocas veces se adquiría, sino que se heredaba en un con-
14. Le royaume de Congo et les contrées environnantes (1591) (2002: 95-96, 192).
15. Megenney (1999: 247.
86 JEAN-pierre tardieu
texto de índole mítica.16 Su cortesía con los blancos y su perfecto cono-
cimiento de sus costumbres delatan un origen poco común, marcado
por lo que quedaría en el Congo de los antiguos usos portugueses, pese
al transcurrir del tiempo desde la decadencia del antiguo reino que se
alejó del protector luso en 1561. Así que sería Bomba mwisikongo, es
decir noble, cuando muchos de sus compañeros debían de ser muba-
ta, o gente del campo. ¿Cómo entonces habría caído Bomba entre las
manos de los negreros holandeses? No sería muy azaroso proponer que
la reducción a la esclavitud de Bomba y de varios de sus congéneres
se debía al enfrentamiento entre el viejo reino del Congo y el reino
de Ndongo o Angola. El rey del Congo, Antonio I, fue derrotado en
1665 en Mbwila, pero, vencido el ejército dirigido por los portugueses
en 1670 en Soyo, el reino de Angola tuvo que abandonar su proyecto
de conquista.17
Las declaraciones de los testigos no ponen en tela de juicio cierta
compasión de Bomba por quienes no estuviesen directamente rela-
cionados con Agustín Lomelín y sus acompañantes. Protegió a varios
huéspedes de la animosidad de los bozales, evitando sin duda alguna
una masacre. Lo que deseaba el crar era restablecer el orden natural,
sin entrometerse en otro orden que no le concernía. Por eso no intentó
aprovecharse de la fuerza determinada de tanta gente enteramente so-
metida a su voluntad para asolar a la comarca, como lo hubieran hecho
los clásicos cimarrones, o por lo menos para establecer un palenque en
los montes adonde huyeron los bozales in fine para escapar de la repre-
sión. El desconocimiento del nuevo marco donde se encontraba no
basta para entender esta actitud. Lo que buscaba, como responsable de
su pueblo, era salvarle de la desgracia de la esclavitud, creyendo que le
sería posible volver a orillas del mar y desde allí regresar a su tierra. La
historiografía de la trata no carece de referencias a los levantamientos
a bordo de los barcos negreros motivados por este objetivo.18 De ahí
los tratos con ciertos arrieros. Frente a ellos se portó con una nobleza
natural, ignorando cualquier autoridad extraña a la suya ante la cual
hubiera podido quejarse de los excesos de don Agustín Lomelín, que
admitió el propio fiscal de la Real Audiencia. Para él no se trataba de
16. Claude Meillassoux dijo acertadamente que “le roi n’impose pas sa divinité à son
entourage, c’est ce dernier qui l’en affuble” (1998: 181).
17. Véase Vansina y Obenga (1998: cap. 19, 372-380).
18. Véanse, por ejemplo, Ortiz (1987: 150-151); Mannix y Cowley (1970: 111-
114) y Thomas (1988: 419-423).
El motín de negros bozales en La Rinconada 87
esto sino de la libertad natural del hombre. Cuando se dio cuenta de
que no era factible, se lanzó a la pelea con sus capitanes, con tanto
denuedo que fueron de los pocos que murieron, seguros, sin duda al-
guna, de que volverían de otra manera a la tierra de sus antepasados.19
Este acontecimiento pone de realce la impericia de los responsables
del comercio negrero, más atentos al lucro que a su propia seguridad.
Tal inconsciencia la compartían las autoridades locales, en este caso el
corregidor de Veracruz y juez conservador del asiento, que se hacían
cómplices para rebajar los costes de la internación, o sea el traslado de
los esclavos por un largo camino hasta el interior de las tierras. No es
menor la despreocupación de las autoridades superiores, pese a los te-
mores expresados reiteradamente en el pasado. Manifiesta de un modo
patente las contradicciones coloniales al respecto. Todo ello explica por
qué estos acontecimientos conmovieron al Consejo de Indias, al que
se había remitido las informaciones reunidas por el alcalde del crimen
don Frutos Delgado y por don Joseph de la Higuera. Con carta de 25
de julio de 1671, se exigió una encuesta en debida forma de parte del
virrey, el cual, el 17 de mayo de 1673, encargó del asunto a un oidor
de la Real Audiencia, don Juan Miguel de Aguito.20
Sorprende algo el hecho de que los negros no hubieran inten-
tado llevar más allá su ventaja echándose al monte. No hay expli-
cación fuera de la creencia en la posibilidad de volver al puerto de
desembarque y quizá al continente de extracción.21 De otra manera
no se puede entender la serenidad del crar hasta el último momento.
Sólo acudió a la extrema violencia cuando no hubo otra posibilidad,
portándose entonces como un auténtico guerrero. Por supuesto, no
entendieron nada de esto los testigos, más preocupados por el reem-
bolso de los bienes perdidos que por el drama vivido por los esclavos,
ni las autoridades del virreinato que no podían más que condenar los
excesos del factor.
19. Véase Tardieu (1999: 179-188).
20. A. G. N. M., Sección General de partes, vol. 13, exp. 167, fols. 191r-192r-v.
21. Véase Ortiz 1987.
88 JEAN-pierre tardieu
Anexo documental
Pueblo de Xalapa. 11 de diciembre de 1669. Testimonio de Joseph
de Aguilar, mestizo, cargador de recua
[…] y a llegar a ella [la venta], el dicho Diego Hernandez les dijo a este
testigo y a los demas que dezian los negros que no mirasen los cuerpos que
habia en la dicha venta muertos y que los llamaron alla dentro a un cuarto
que era el de los huespedes donde estaba aposentado un negro que llamaban
el crar que en su lengua a sauido este testigo que quiere decir Rey y que
supo lo habian hecho asi para obedecerle como vido lo ouedeçian todos
los dichos negros y que hauiendo entrado este testigo y otros çinco con el
de los que habian ydo aduertidos de otro negro medio ladino que seruia de
ynterprete, le hiçieron tres reuerençias al dicho crar y a una negra su mujer
que dezian ser la Reyna que estaba con el, y que el dicho crar se leuanto y les
abraço y luego mando poner la mesa a los negros que le estaban asistiendo
y siruiendo y que en el dicho aposento pusieron una mesa mediana con
manteles y servilletas, salero, cucharas, y otras cosas de plata y les trajeron
de comer en platos de plata, vouo asado, pan y viscocho, y que al sentarse
les hiço como cortesía y que no entendiendolo este testigo y los demas el
mismo negro medio ladino que se sauia, al entrar dijo que le hisiesen las
tres reuerençias senta brancos que asi lo manda el crar y que se sentaron
entonçes y el dicho crar se sento en la cauezera de la dicha mesa, y a su lado
la dicha negra su mujer, y que les mando dar vino despues que el lo beuio, y
que estaba vestido con unos calçones de tafetan, y una camisa muy buena de
Bretaña con la capa de paño de Castilla acanelado, y su sombrero y que supo
este testigo que todo era y la plata del dicho Don Agustin Lomelin su amo
y que hauiendo acauado de comer este testigo y los çinco que habian ydo
con el, porque los demas se habian quedado en el monte çerca de la venta
hasta ver lo que pasaba las espias que tenia puestas el dicho crar y caueza de
dichos negros descubrieron a un moço de oxizaba que era de los que con
este testigo y los demas habian salido del dicho pueblo para la dicha venta
a quien reconocio este testigo porque asi que comieron habian salido aca
fuera y dejado al dicho crar y a su mujer en su cuarto y cassa de huespedes
de la dicha venta, y como le descubrieron los dichos negros se alborotaron y
çercaron juntos la dicha venta guardando la casa del dicho crar y uno dellos
le dijo a este testigo y a los demas hui brancos porque si no mori y con eso
salieron huyendo y se fueron al dicho pueblo de la Rinconada.
Fuente: A. G. I., México 45, N. 57 A, fol. 25 r-26 v-r.
Capítulo 4
Cimarronaje
Desde el principio de la colonia, no aceptaron su condición los esclavos
negros, como aparece en los libros del cabildo de México, consiguiendo
algunos de ellos refugio entre los indios insumisos. Con el desarrollo
de las potencialidades económicas de Nueva España, y el recurso cada
vez mayor a la mano de obra servil, se hizo más acuciante el rechazo de
los cimarrones. No por ello consintieron los propietarios renunciar a
los aportes de la trata de los negros, pese a las advertencias. A las auto-
ridades virreinales les incumbía proteger el camino de la capital hasta
Veracruz,1 en particular cuando se efectuaba el traslado desde el puerto
a México de los géneros de Castilla o, en sentido contrario, de los
productos destinados a la península.2 Las pandillas de cimarrones del
1. Al fin del siglo xvi existían dos caminos más o menos paralelos: el “de los
Ángeles” o “de Puebla”, y el “de las Ventas”, más llano y por lo tanto de acceso
más fácil para las carretas, que pasaba por México-San Cristóbal-Tequicistlán-
Venta de Cáceres-Perote y Veracruz. Véase Florescano Mayet (1987: 25-26).
2. Para entender por qué los ataques de los cimarrones conseguían “paralizar” el
comercio por el camino en los principios del siglo xvii, remitimos a S. Florescano
Mayet:
Por el camino México-Veracruz transitan los metales preciosos (oro y
plata) procedentes del norte (Parral, Cuencamé, Charcas, Zacatecas, Catorce,
Guanajuato, etc.), del noreste (Pachuca, y Real del Monte), noroeste (Bolaños),
oeste (Tlalpujahua) y sur (Taxco, Temascaltepec, etc.), vía España; así como
productos agrícolas en bruto o semielaborados (maíz, trigo, cacao en semilla,
algodón en rama, frutas tropicales, vainilla, purga de Jalapa, añil, grana cochinilla,
índigo de Michoacán, cacao molido, azúcar); productos manufacturados (cueros
curtidos, paños, sarapes, bayetas y jergas); y productos y géneros procedentes de
Europa y Asia (vino, vinagre, pasas, especias, aceite, azafrán, plantas aromáticas,
licores finos, papel, hierro, acero, cordaje, sardinas, jabón, loza, lienzos, tafetanes,
holandillas, hilos, sedas, encajes de seda, calcetas, medias de estambre, y seda,
libros, armas, clavazón, cinceles, etc.). En suma, facilita el tránsito de todos los
productos y géneros exportados e importados por la Nueva España, además de
algunos producidos y consumidos internamente (1987: 38-39).
90 JEAN-pierre tardieu
Río Blanco acometían las carretas y las recuas de mulas de quienes, al
fin y al cabo, eran sus enemigos, movidos por un deseo no tan sólo de
venganza, sino principalmente de supervivencia. Por añadidura, con la
misma finalidad o la de raptar mujeres, estos fugitivos agredían las ha-
ciendas y los pueblos de indios. Pasaba igual en el camino de Acapulco
por donde transitaban las mercancías destinadas al galeón de Manila, o
procedentes de Filipinas. Es decir, que los cimarrones hacían peligrar la
economía del virreinato, lo cual preocupó sobremanera a los virreyes,
deseosos de acabar con esta amenaza por las buenas o por las malas.3
4.1. Vacilaciones: entre prevención y represión
4.1.1. Antecedentes
Tan pronto como en 1525 se planteó el problema del cimarronaje, si
tenemos en cuenta las deliberaciones del cabildo de México, aunque
todavía no se empleaba la expresión. Volveremos a esto más abajo. Se
juntaban incluso los negros fugitivos con indios rebeldes, zapotecas en
particular, según el cronista Antonio de Herrera:
También en este tiempo se habían huido a los zapotecas muchos esclavos
negros, y se andaban alzados por la tierra, y habían puesto en ellas mu-
chas cruces, y daban a entender que eran christianos; pero ellos mismos,
cansados de vivir fuera de sujeción, se pacificaron poco a poco, y los más
volvieron a sus amos.4
Parece muy optimista la visión de Herrera o, mejor dicho, de sus
informadores que creyeron que las cruces puestas por los fugitivos da-
ban a entender que no rechazaban la fe cristiana sino tan sólo la ser-
vidumbre impuesta por los españoles. Si no suministra ningún detalle
que nos permita deducir que se trataba para los huidos de protegerse
de esta manera en contra de una persecución motivada por una preten-
dida infidelidad, tampoco nada nos prohíbe emitir esta hipótesis, que
encaja con lo que veremos más adelante. Resulta además muy poco ve-
rosímil que dichos negros, hartos de las condiciones de vida impuestas
3. No hemos conseguido restituir la ortografía actual para todos los lugares
evocados en los manuscritos consultados.
4. Herrera (1991: Década Tercera, Libro quinto, capítulo VIII, vol. II, 446).
Cimarronaje 91
por el cimarronaje, se redujeran voluntariamente al poder de sus anti-
guos amos. Así, con Colin Palmer, se puede pensar que la conclusión
del cronista es errónea.5
No faltaron otras manifestaciones de alianza con los naturales. En
1549, señala C. Palmer, se produjeron en Nueva Galicia incursiones
destructivas de negros aliados con los irreductibles chichimecas.6 En
1576, la “Cañada de los negros” se transformó en un verdadero santua-
rio donde se refugiaban los fugitivos después de sus agresiones. Esca-
pando de la persecución, pasaron a comarcas vecinas de Nueva Galicia
como Yuriria, Patzcuaro y Celaya.7 En 1579, el deán y el cabildo cate-
dralicio de Guadalajara protestaron contra el ataque de una caravana
por cimarrones que desembocó en el robo de las mercancías y el asesi-
nato de los mercaderes. Los negros y mulatos huidos no vacilaban en
unirse con los chichimecas en estas empresas. El 3 de septiembre de
1575, a raíz de una queja de Gregorio de Pesquera, vecino de México
y dueño de un esclavo chichimeca huido y prendido por la justicia, el
virrey Martín Enríquez emitió una ordenanza que asimiló a los rebel-
des chichimecas con los esclavos huidos, fijando el mismo premio por
su captura.8
En 1560, Luis de Velasco el Viejo emprendió una amplia campaña
de represión contra los cimarrones, empezando por los esclavos mine-
ros que se habían refugiado en las sierras del pueblo de Tornacuxtla y
Atotonilco de Pedro de Paz. No eran muy numerosos, pero la cueva que
les servía de refugio era inaccesible. De allí salían para darse al saqueo,
juntándose a veces con los negros de las carboneras de Pachilea. Confió
el virrey la dirección de las operaciones al representante de la Corona
en las minas de Tornacuxtla, a saber, el alcalde mayor Pedro Gallo, a
quien respaldarían los corregidores y justicias comarcanos. Con el nú-
mero de indios que les pareciese, se dirigirían hacia los lugares señala-
dos por los informes de modo a prender a los fugitivos sin hacerles mal
5. Palmer (1974: 151).
6. La dificultad que experimentaban los españoles para dominar esta región procedía
en gran parte del hecho de que las tribus chichimecas “carecían de organización
política estable”, insiste Bernardo García Martínez. La “guerra chichimeca” duró
hasta fines del siglo xvi. Véase García Martínez (2009: 283-284). De este sistema
se aprovechaban los esclavos fugitivos para protegerse de la persecución de sus
amos o de la justicia.
7. Palmer (1974: 152-154).
8. A. G. N. M., General de parte 1, fol. 14r-v.
92 JEAN-pierre tardieu
tratamiento. Se manifestaba así el deseo de proteger al instrumento de
producción, que tanto necesitaban los mineros. Sin embargo, en caso
de resistencia armada, se les autorizaba acudir a la violencia como mal
menor “para que çesen los munchos daños y agrauios que de andar
alçados redunda”.9
A la sazón, eran los esclavos de las minas los que daban mayor pre-
ocupación al gobierno, en particular en Guanajuato, donde los cima-
rrones ponían en peligro las actividades de la comarca. En 1560, un
grupo de quince a veinte negros alzados salteaban a los caminantes y
“hacían muchos rrobos fuerças y otros delictos”. Al justicia mayor de
dichas minas, Bartolomé Palomino, le confió el virrey el 20 de noviem-
bre la misión de reunir un grupo de dueños de minas o “mineros” que
encabezaría a 150 naturales de Pénjamo, Guanimero y San Miguel, ar-
mados con arcos y flechas. Se le dio como consigna preservar la fuerza
de trabajo de los delincuentes, aunque no se le acusaría por no haber
conseguido cumplir este requisito:
…y si haciendo la dicha justiçia españoles e yndios que fueren en su
compañia lo que pudieren por los prender y auer sin muerte lision ny otro
mal tratamiento no fuere posible prenderlos en tal caso les puedan hazer
cualquier mal tratamiento que no se pudiere escusar.10
La represión incitó a los cimarrones a refugiarse entre los chichi-
mecas, lo cual obligó al virrey a adaptarse a esta situación, dirigién-
dose, el 8 de enero de 1561, a Juan Sánchez de Alanis, justicia mayor
de la provincia de Chichimecas. Con la ayuda de algunos españoles,
formaría una compañía de 150 indios procedentes de los pueblos de
Apaseo y San Miguel antes de encaminarse a las minas de Guanajuato.
Durante el trayecto, buscaría los lugares de refugio de los cimarrones
y procuraría prenderles en las condiciones contempladas más arriba.11
Por si fuera poco, se le concedió el mismo día a Bartolomé Palomino la
posibilidad de reclutar en los pueblos aledaños a más indios de lo que
le permitía la primera comisión. Ha llegado el momento de hacer hin-
capié en el papel que, a pesar suyo, se vieron obligados a desempeñar
los indígenas en este asunto. Eran buenos conocedores de las asperida-
des del terreno que aprovechaban los fugitivos para ponerse a salvo de
9. A. G. N. M., Mercedes 5-6/1, fol. 70r.
10. Ibíd. (fol. 158r).
11. Ibíd. (fol. 201r-v).
Cimarronaje 93
las persecuciones. No costaban caro a la administración y el uso de sus
armas tradicionales resultaba menos perjudicial y más certero que el de
los arcabuces manejados por los españoles.12
Por muy profunda que fuera la determinación del virrey, no con-
siguieron las autoridades de la provincia de Guanajuato acabar con el
cimarronaje que suscitaban las condiciones de trabajo en las minas.
Juan de Valdés, propietario de una estancia de ganado mayor sita en
el pueblo de Cuitzeo se quejó amargamente en 1582 al conde de La
Coruña, esgrimiendo argumentos que se harían clásicos al poco tiem-
po. Un grupo de negros huidos mataba sus reses, destruyendo así su
ganado, maltratando a los indios, llevándose a sus hijas y sus mujeres.
Resultaba imposible protegerse de sus excesos, dado su extrema movi-
lidad. Pasaban a caballo de una jurisdicción a otra por caminos ásperos
para refugiarse en montes inaccesibles. Le preocupaba más particular-
mente a Valdés un negro de las minas de Cultepec que se había dado
al abigeato en su estancia, robándole cantidad de ganado para matarlo
y venderlo. Entendió el virrey que uno de los obstáculos a la represión
era la falta de coordinación entre las diferentes jurisdicciones, de la
cual se aprovechaban los cimarrones. Por eso las autoridades de los
pueblos colindantes tendrían que unir sus esfuerzos para perseguir al
cimarrón.13
No por ello se mostraron más dispuestos los esclavos a aceptar su
condición. La documentación da muestras de su irreductibilidad. Se-
guían llegando al virrey informes preocupantes. A poca distancia de
Guanajuato, surgían palenques en que los fugitivos daban pruebas de
su capacidad de adaptación. El 20 de marzo de 1591, Luis de Velasco
el Mozo se conectó con el alcalde mayor del lugar, declarándole que
le habían informado de la existencia, en la sierra de Coyula, o sea, a
dos leguas tan sólo del pueblo, de una comunidad de cimarrones, con
sus casas, campos de maíz y algodón, “como si actualmente estubieren
en guinea”. Y, por si fuera poco, dicho palenque se encontraba a tiro
de arcabuz de las sementeras de los naturales, lo cual les hacía correr
un evidente riesgo.14 El 7 de agosto de 1599, el conde de Monterrey
puso de nuevo el asunto sobre el tapete en una carta al alcalde mayor
del puerto de Guatulco, debido a nuevas informaciones suministradas
12. Ibíd. (fol. 201v).
13. A. G. N. M., Indios 2, exp. 161, fol. 40r.
14. A. G. N. M., General de parte 4, fols. 94v-95r.
94 JEAN-pierre tardieu
por Alonso de Tarifa, vecino de la ciudad de Antequera. Si Gaspar de
Vargas, en su tiempo de alcalde mayor, intentó oponerse a que se per-
petuasen las rancherías cimarronas en la sierra de Coyula, había que
reanudar la lucha, de la cual le encargó el virrey. Los amos tomarían a
su cargo los costes de la expedición que juntaría a todos los españoles
de la jurisdicción con el número necesario de indios procedentes de
los pueblos vecinos. Se quemarían sus rancherías y sus sementeras y
se devolvería a los esclavos apresados a sus dueños, por cuya cuenta
correrían los gastos de captura. Y se tendría especial cuidado de que no
volviesen los cimarrones a asentarse en los mismos lugares.15 No cabe
duda de que esta vigilancia planteaba un problema espinoso, precisa-
mente en materia financiera.
A decir verdad, el cimarronaje amenazaba todo el sector minero en
Zacatecas, en la provincia de Pánuco, en la de Puebla de los Ángeles o
más precisamente en las minas de San Martín. Por cierto, se indemni-
zaba a los dueños de los fugitivos con el dinero de la caja de los negros,
que se alimentaba con sus cuotas, pero ¿hasta cuándo, se preguntaba el
virrey? Lo que sí no se podía compensar eran los daños que provocaban
para la economía local.16
Los negros de las estancias de ganado brindaban su hospitalidad a
sus congéneres fugitivos, lo cual ocurría en particular en la comarca
del río de Alvarado o por el camino que llevaba al ingenio de Orizaba.
Desde allí se daban a robar y saltear por los caminos. El 26 de abril de
1563, Luis de Velasco el Viejo recomendó a las autoridades locales que
buscasen en estas estancias a los esclavos huidos para expulsarles. Ade-
más, tendrían que oponerse a su regreso.17 Huelga insistir en lo arduo
de la tarea, que hubiera requerido de una vigilancia permanente.
La seguridad de los caminos era incumbencia de los corregidores.
En 1568, Velasco se lo hizo saber a Juan Holguín, corregidor de los
pueblos de Tepevalo. No sólo le tocaría mantener en buen estado las
ventas para la posada de los viajeros y mercaderes, sino que tendría que
acabar también con las amenazas de los cimarrones en los alrededores
de Ayacatlan y Teconavac, en cuyos pueblos no residían los corregido-
res. Con este motivo, se le darían todas las facultades necesarias para
15. A. G. N. M., General de parte 5, fol. 65r.
16. A. G. N. M., Mercedes 5-6/1, fols. 232v-233r.
17. Ibíd. (Mercedes 5-6/2, fols. 459v-460r).
Cimarronaje 95
intervenir fuera de su propia jurisdicción. Obviamente el ausentismo
de las autoridades dificultaba la represión del fenómeno.
Al fin y al cabo, muchos propietarios de esclavos de todas las Indias
occidentales estaban convencidos de que, sin una férrea represión, la
situación empeoraría. Los castigos habrían de ser disuasorios, siendo
la emasculación, a su modo de ver, uno de los mejores. El emperador
Carlos V se opuso a esta práctica el 15 de abril de 1540, en una Real
Cédula que vino a ser la ley 23, título 5, libro 7 de la Recopilación de
Leyes de los Reinos de las Indias: “Mandamos que en ningun caso se
execute en los Negros Cimarrones la pena de cortarles las partes…”.
Como precisa Manuel Lucena Salmoral, no surtió la legislación los
efectos esperados en Nueva España, si se tiene en cuenta el hecho de
que el arzobispo y los prelados de las órdenes de México, arguyendo
las normas del Concilio de Trento, que se acabó en 1563, se levantaron
contra lo horroroso del castigo: “Suplicamos a V. M. mande quitar
una crueldad que se usa algunas veces en estas partes y es que capan a
los negros que se huyen o traen armas, porque es excesivo y se siguen
inconvenientes y ofensas a Dios”.18 Según el historiador español, se
siguió emasculando a los negros al menos hasta 1545.19 Ahora bien,
el virrey Martín Enríquez, vista la incapacidad de las autoridades de
reprimir el fenómeno, particularmente en las comarcas de Veracruz, de
Pánuco y en las estancias de ganado mayor de Chichimecas, Almería
y Atlacotlaspa, mandó el 6 de noviembre de 1579 que se emasculase a
cualquier negro fugitivo. Se pregonaría la decisión por todos los lugares
necesarios, dando un plazo de veinte días a los huidos para que volvie-
sen al servicio de sus dueños.20
Evocaremos ahora un caso insólito que no dejó muchas huellas en
la documentación debido al poco riesgo que hizo correr a la economía
colonial; a saber, la existencia de cimarrones en islas de la costa del Pa-
cífico, al norte de Mazatlán. Se refiere a ellos el franciscano Jerónimo
de Zárate Salmerón en un libro acerca de expediciones emprendidas
entre 1538 y 1625 por un grupo de religiosos de su orden. Partieron
de México el 7 de marzo de 1602 unos hermanos menores y salieron de
Acapulco el 5 de mayo en tres naos. Pasaron así al puerto de Navidad,
al cabo de Corrientes y a las islas de Mazatlán. Llegados allí tomaron
18. Lucena Salmoral (2005: 140).
19. Más lógicamente sería hasta después de 1563.
20. A. G. N. M., Ordenanzas 2, fol. 232r-v.
96 JEAN-pierre tardieu
tierra, tratando de entrar en relación con indios que en un primer mo-
mento huyeron. Fray Antonio de la Asunción se fue a ellos, lo cual
les incitó a dar pruebas de benevolencia. El padre pidió entonces a un
negro de la expedición que llevase una espuerta de bizcocho para rega-
lárselo a los indígenas. No les asombró el aspecto del negro. Por lo con-
trario “se olgaron de ver el negro y dijeron como cerca de alli esta una
Ysla de Negros y que son sus amigos”.21 El jesuita Juan Amando Niel,
ajustando las memorias de Zárate Salmerón con sus propios apuntes de
viaje, precisa lo siguiente:
El puerto de Mazatlán tiene al rumbo del occidente unas yslas que se
llaman de San Juan y al norueste unas pobladas de esclavos zimarrones
que huidos de sus dueños se acogieron alli, y se han multiplicado y alli se
mantienen sin que nadie les moleste.22
Merece un breve comentario estas dos referencias complementa-
rias. No es exagerado afirmar que estos negros fugitivos hicieron en
su tiempo obra de descubridores, buscando un espacio cuya ocu-
pación no les hiciese entrar en rivalidad con los indígenas. Aparen-
temente no fue un mal cálculo ya que éstos, si nos atenemos a la
experiencia de fray Antonio de la Asunción relatada por Zárate Sal-
merón, no manifestaban su hostilidad frente a los intrusos. El medio
ambiente permitía el mantenimiento autónomo, transformándose
los cimarrones en pescadores que trocarían pescado por productos
agrícolas. ¿Perduró mucho este palenque insular? Es de suponer que,
andando el tiempo, se asimilaron sus vecinos a los indígenas de la
costa, produciéndose así una miscigenación que les protegió de una
eventual represión.
En 1526 se empezó a buscar soluciones que hiciesen la esclavitud
más soportable para sus víctimas. La Real Cédula dirigida el 9 de no-
21. A. G. N. M., Historia 2: “Relaciones de todas las cosas que en el Nuevo Mexico
se han visto, y sabido assi por Mar, como por Tierra, desde el año de 1538 hasta
el de 1625. Por el Pe Jeronimo de Zarate Salmeron, Predicador de la orden de los
Menores de la Provincia del Santo Evangelio dirigidas al Rmo Pe Fr Francisco de
Apodaca, Padre de la Provincia de Cantabria, y Comisario General de todas las
de esta Nueva España”, fols 102v-103r.
22. A. G. N. M., Historia 2: “Ajustamiento que a las Memorias del Padre Fr.
Jerónimo de Zarate, hizo el Pe Juan Amando Niel de la Compañia de Jesús”, fol.
140r.
Cimarronaje 97
viembre al gobernador de Nueva España no deja ninguna duda en
cuanto a la finalidad de la medida:
Asimismo soy informado que, para que los negros que se pasan a esas par-
tes se asegurasen, y no se alzasen y se ausentasen, y se animasen a trabajar y
servir a sus dueños con más voluntad, demás de casarlos, sería [convenien-
te] que sirviendo cierto tiempo, y dando cada uno a su dueño hasta veinte
marcos de oro por lo menos, y dende arriba lo que a vosotros pareciere,
según la calidad y condición y edad de cada uno…
La libertad se concedería ipso facto a las mujeres y a los hijos de
los beneficiarios, pese a la ley que precisaba que el casamiento con un
cónyuge libre no la otorgaba, contradiciendo en esto las disposiciones
de Las Siete Partidas.23 Los oficiales reales encargados de estudiar esta
proposición debieron de emitir un parecer negativo, de modo que no
se volvió a hablar de esta proposición, muy moderna para la época.
Lo que se puede retener es que el Consejo de Indias estaba buscando
una solución a las rebeliones que marcaron las islas del Caribe y Tierra
Firme en los años anteriores, sin por ello perjudicar los intereses inme-
diatos de los propietarios.
La disyuntiva en efecto era fomentar las potencialidades agrícolas
y mineras, satisfaciendo por lo tanto las peticiones en mano de obra
servil de los propietarios, cada vez más apremiantes, o preocuparse por
la seguridad no sólo en las ciudades sino también en los caminos de
México hacia los principales puertos del virreinato, Veracruz y Acapul-
co. De ahí las contradicciones que resaltan de la correspondencia de los
virreyes con el Consejo de Indias.
4.1.2. Medidas preventivas
Antes de ir más adelante, para mejor abarcar la situación, conviene
recordar algunos datos presentados por los mejores especialistas.24
23. A. G. I., Indiferente 421, L. 11, fol. 300. Herrera (1991: vol. II, 613). La ley
V del título XXII, Partida IV de Las Siete Partidas precisaba: “Casándose siervo
alguno con mujer libre, sabiéndolo su señor e no lo contradiciendo, hácese el
siervo libre por esto” (Alfonso X 2004: 671).
24. Bernardo de Balbuena no solo alude a las relaciones de Nueva España con
“Etiopia, África, Guinea” (Capítulo III), sino que evoca el gran número de
negros que la pueblan: “[Mira] La region Etiopica ahumada,/Y alli haziendo
98 JEAN-pierre tardieu
A Veracruz llegaron unos 70.000 esclavos durante el período de los
asientos portugueses, o sea, entre 1595 y 1640, según los cálculos
hechos por Enriqueta Vila Vilar.25 Gonzalo Aguirre Beltrán, apo-
yándose en Germán Latorre, habla para 1570 de 18.569 esclavos,
entre los cuales 10.595 estaban en México, 2.958 en Tlaxcala, 481
en Oaxaca, 1.765 en Michoacán, 2.375 en Nueva Galicia, 265 en
Yucatán y 130 en Chiapas.26 Si añadimos 2.000 cimarrones, el re-
sultado es muy equiparable con la referencia de Luis de Velasco el
Viejo. Ahora bien, en la misma época y en las mismas regiones,
la población de origen europeo se estima en 6.644 individuos, lo
que significa que los esclavos eran tres veces más numerosos que
los blancos, poniendo aparte a los 2.437 mulatos. Para 1646, el
mismo etnohistoriador calcula que los esclavos llegaban a 35.089
almas: 19.441 en México, 5.534 en Tlaxcala, 898 en Oaxaca, 3.295
en Michoacán, 5.180 en Nueva Galicia, 497 en Yucatán, 244 en
Chiapas. Como el elemento blanco había pasado a 13.780 habitan-
tes, los negros sólo eran 2,5 veces más abundantes que los blancos.
En cambio, los mulatos alcanzaban 116.529 individuos, o sea, que
eran casi 8,5 veces más numerosos que los blancos.27
— ¿Acabar con la trata?
Luis de Velasco, en una carta dirigida en 1553 a Carlos V, expresó
su preocupación acerca del número de negros, que superaba con mu-
cho al de los españoles en la capital del virreinato.28 Como su sed de
libertad representaba un peligro permanente para la estabilidad de la
colonia, el virrey sugirió a la Corona el envío de un buen número de
ellos a la conquista de las regiones sin pacificar. Convendría además
conceder menos licencias de esclavos, porque los negros alcanzaban
cosechas de su gente/Con los hollines de Faeton tiznada” (Epilogo); Balbuena
(1930: 99 y 140).
25. Vila Vilar (1977: 209).
26. Relaciones Geográficas de Indias (1920).
27. Aguirre Beltrán (1972: 205-234). Se consultará también Naveda Chávez Hita
(1987: 67-70).
28. No se trata en este acápite de dar una amplia visión de la esclavitud en Nueva
España. Sólo destacaremos ciertos aspectos directamente relacionados con
nuestro tema. Para más información, remitimos a estudios de índole general,
entre los cuales uno de los primeros es el de Palmer (1974).
Cimarronaje 99
ya el número de 20 000 y seguían creciendo.29 En 1568, reconoció
la Corona que recibía quejas sobre la gran cantidad de negros en esta
región.30 Ello no le impidió, el 7 de junio del mismo año, encargar al
virrey Martín Enríquez implantar ingenios de azúcar cerca de las costas
del mar del Norte y del mar del Sur, donde las tierras eran templadas
y de mucha agua, acudiendo al servicio de negros para no perjudicar
a los indios.31 Enríquez lamentó en 1574 que cada año llegaran tantos
negros. Sin embargo, no se podía prescindir de su presencia para las
minas y los otros servicios.32
Para este año tenemos algunas cifras relacionadas con los esclavos
mineros, proporcionadas por Juan López de Velasco en Geografía y des-
cripción universal de las Indias.33 Aunque es de suponer que son incom-
pletas y aproximativas:
29. Cartas de Indias (1974: 264-265).
30. Colección de documentos para la historia de la formación social de Hispano-américa.
1493-1810 (1953: vol. 1, 427).
31. Virreyes españoles en América durante el gobierno de la casa de Austria (México I)
(1976: 194).
32. Cartas de Indias (1974: 299-300).
33. López de Velasco (1975: 106, 108, 135, 137). Las minas de plata empezaron
a explotarse a partir de 1534 en Michoacán, Taxco y Zimpango, y luego en
Nueva Galicia, Zacatecas, Zimapán, Temascaltepec y Guanajuato. Desde 1535,
la Corona favoreció el empleo de la mano de obra servil para proteger a los
naturales de las consecuencias perjudiciales de esta explotación, llegando los
esclavos a representar una buena parte de los trabajadores, recalca C. Palmer. En
1570, en las minas de Zutepec, había 200 españoles, 200 indios y 500 negros. En
las de Gaachinango, se contaba a 30 españoles y 100 negros. En las de Zacatecas,
había un total de 300 españoles y 500 esclavos. Véase López de Velasco (1975:
80-83). Ocupaba también el esclavo un sitio preponderante en las haciendas
de azúcar. C. Palmer presenta cifras muy significativas para la época que nos
interesa: la Santísima Trinidad, ubicada en Xalapa, disponía de una dotación de
200 esclavos (1974: 75). Al lado del cultivo de la caña, las plantaciones de cacao
también requerían de los esclavos, aunque su explotación era menos penosa, en
particular en Colima, Huatulco, Acapulco y Oaxaca (1974: 76). Los excesos
padecidos en estos diferentes sectores de la economía novohispana, y también
en los obrajes textiles, donde eran numerosos los negros (1974: 103-109),
acarreaban una alta mortandad, explica C. Palmer: “Hard work, poor diet and
low resistance to diseases all played a role in reducing the slave population. The
mines, obrajes and sugar estates apparently suffered the highest mortality rates”
(1974: 85). Estos datos en que hacemos hincapié, nos permitirán entender las
motivaciones de los cimarrones y su férrea resistencia a la represión.
100 JEAN-pierre tardieu
Lugares Número de esclavos
Minas de Taxco 700
Los Ángeles (Puebla de) 500
Minas de Guadalajara
— Guachinango 100
— Guaxacatlán 100
— Cuytlapilco 50
Minas de Zacatecas 500
Total 1.950
A pesar de los temores expresados por los virreyes, debidos al gran
número de negros en las ciudades y de cimarrones en todas las provin-
cias, en particular en aquellas por donde pasaba el camino de Veracruz
a México, no decrecía la demanda de esclavos, contradicción ésta muy
característica de todos los “reinos” de las Indias occidentales en que se
expresaban aprehensiones parecidas.
En una carta a Felipe II, lamentó el 1 de abril de 1581 el conde de
La Coruña, Lorenzo Suárez de Mendoza, el estado de las minas de Za-
catecas.34 Muchas de ellas se encontraban cerradas por la disminución
del metal, pero también por la mortandad de los trabajadores indios
y negros. Importaba mandar “quantidad de negros” para seguir con
su explotación.35 Intentó mostrarse más persuasivo el virrey en 10 de
mayo de 1582, haciendo hincapié en el provecho para la real hacienda
de un aumento de la producción.36
A principios del siglo xvii, parece que se había establecido un deba-
te entre las más altas autoridades del virreinato. El licenciado Francisco
de León en una carta al Consejo de Indias, hizo hincapié en la con-
ciencia que tenían los negros de su superioridad numérica: “pues para
cada español ay diez u mas”. A su modo de ver, había que acabar con
34. Para mejor situar el problema de la mano de obra servil en las minas de Zacatecas,
se consultará Bakewell (1971).
35. Cartas de Indias 1974.
36. A. G. I., México 20, N. 91.
Cimarronaje 101
el comercio negrero. Y si no bastaba la reproducción vegetativa para
suministrar la mano de obra necesaria para los ingenios, los trapiches
de azúcar y los obrajes,37 era preciso acudir a los españoles vagabundos
cuyo comportamiento era lesivo para el virreinato: “y faltando este re-
curso se acomodaran a trabajar y servir muchos españoles vagamundos
y valdios que dañan mas y aprovechan en esa tierra”. Según el alto
funcionario, la situación era espinosa por manifestarse el cimarronaje
por doquier:
y no es de tan poca consideraçion este negocio que ia no haia lugares u
ranchos de a mas de 400 veçinos negros çimarrones que en lugares fuertes
y montañosos estan levantados y acometen y desvalijan a cuadrillas muy
grandes de pasajeros como cada dia lo vemos con harta confusion de ver
que no haia para esto remedio.38
Es obvio el pesimismo del oidor. Sin embargo, el recurso a la escla-
vitud de los negros era el mal menor, subrayó Luis de Velasco el Mozo
el 23 de junio de 1608:
Y muchos son los negros, mulatos y mulatas libres que hay en esta tierra,
porque la mala yerua siempre crece y no hay que fiar ni confiar dellos. Lo
que es posible se haze para tenellos sugetos y es mejor sufrillos aquí do
pueden ser castigados que en los pueblos de indios donde tendrán más
libertad y harán mayores excessos sin castigo.39
Subrayando la importancia de las minas para la economía del virrei-
nato, solicitó del rey el envío de “la mas cantidad de esclavos” posible,
a precios moderados para facilitar su adquisición por los mineros. Sería
no sólo un gran alivio para los indios naborías,40 a quienes afectaba
mucho el trabajo en las minas, sino también una medida muy útil para
la real hacienda.41 Al poco tiempo, aludió de nuevo a las presiones de
37. En 1602, el cabildo de México, protestando contra la Real Cédula de 1601
que exigía el empleo de negros en los obrajes, hizo hincapié en la imposibilidad
para los dueños de reunir las cantidades necesarias para adquirir la mano de
obra servil que requería un establecimiento mediano, o sea, entre 15 y 20 000
pesos. No se cumplió la orden, de modo que siguieron trabajando juntos indios
y negros. Véase Gibson (1981: 249, n.º 135-136).
38. A. G. I., México 72, R. 12, 178.
39. A. G. I., México 27, N. 52, fol. 3r.
40. Los naborías eran indios de servidumbre forzosa.
41. A. G. I., México 22, N. 24, fol. 5r.
102 JEAN-pierre tardieu
los dueños de minas que solicitaban “socorro de negros” “por ser la
gente una de las cossas mas precissas para el benefficio de los metales”.42
Volvió al mismo tema para hacerle presente al rey que no se podía uti-
lizar a los indios de repartimientos en las minas y que los naborías se
iban “acabando”. El Consejo de Indias, añadió, le informó que se había
avisado al asentista Reynel.43 Este enviaría a Nueva España 3 000 de
los 40 000 esclavos previstos para el Nuevo Mundo. Ahora bien, por
soler vender el asentista sus negros a 500 pesos cada uno, de contado
o a corto plazo, se veían los mineros en la imposibilidad material de
comprarles. No podían pagarles más de 300 pesos aproximadamente, a
plazos razonables en relación con el producto de las minas.44
En 1636, los mineros de Zacatecas le mandaron un procurador al
virrey Lope Díez Almendáriz, conde de Cadereita, para proponerle ela-
borar un asiento con el fin de importar 400 negros cada año, proposi-
ción transmitida al Consejo de Indias.45 El mismo responsable reanudó
su petición el 22 de julio de 1637.46 Antonio de Espinosa, factor de la
Real Hacienda de la provincia de Nueva Vizcaya, en una carta de 25 de
enero a la Corona, se había hecho portavoz de las reivindicaciones de
los mineros. La tierra, aseveró, se sustentaba con la plata que se sacaba
de las minas. Ahora bien, como no tenían los recursos suficientes, se
veían en la incapacidad de comprar a la mano de obra servil impres-
cindible para la producción del metal. Solicitó el envío de dos navíos
de negros a Veracruz para estos mineros, quienes efectuarían el pago a
plazos. El primero de diciembre de 1636, el Consejo de Indias pidió
más información al respecto al marqués de Cadereita.47
La Corona quería asegurarse del buen fundamento de las peticio-
nes. Exigió así del conde de Aliste un informe detallado sobre
la necesidad que estas Prouinçias tienen de esclauos negros para labrar las
minas, sementeras, yngenios de açucar, y otros ministerios, y que numero
42. A. G. I., México 22, N. 46, fol. 5.
43. Según el asiento firmado el 30 de enero 1595, Pedro Gómez Reynel tenía que
introducir 3500 esclavos cada año durante nueve años. Aparentemente no
concuerdan estas cifras con la referencia. Dirigiría a 2 000 de ellos a cualquier
lugar de las Indias, donde fuesen necesarios, como las minas. Véase Tardieu
(1981: 54).
44. A. G. I., México 24, N. 40, fol. 2.
45. A. G. I., México 33, cuad. II, fol. 28r.
46. Ibíd. (fol. 29).
47. A. G. N. M., Reales Cédulas 1, exp. 191, fol. 357r.
Cimarronaje 103
sera bastante, y los incombenientes que se podrian recreçer de traer es-
clauos negros a esta Nueva España.
Los negros bozales, contestó la Real Audiencia el 11 de julio de
1651, eran “mas a proposito que los yndios cuya diminución han
causado varias enfermedades que han padecido, con que se suplirá su
falta”. La Corona podría dar permiso para conducir a Nueva España
1.000 negros, la tercera parte hembras, “en lo qual ni se puede recelar
perjuicio alguno, antes reciua el Reyno especial beneficio para el de
sus labores, pastorias y seruicio por la falta que ay de este, como lo
concluye la informacion…”.48
Fuera lo que fuere, no se veía con buenos ojos en Madrid la intro-
misión de los virreyes o de los oficiales reales en la trata por el fraude
que originaba en materia fiscal. Por eso, el 1 de julio de 1636, se dio
la orden al marqués de Cadereita que remitiese al Consejo de Indias
todas las “arribadas” de negros. Por si fuera poco, lo dejó muy claro
el gobierno central en una carta circular dirigida a los virreyes de las
Indias occidentales con fecha de 5 de noviembre del mismo año, evo-
cando los inconvenientes que sufrió la Real Hacienda.49 Obviamente
aludía al contrabando que, según parece, aumentó con la secesión de
Portugal en 1640. El 13 de mayo de 1641, se avisó al virrey duque de
Escalona de los intentos de los portugueses de seguir de un modo clan-
destino con el comercio negrero hacia las posesiones españolas. A falta
de esclavos, había que acudir a los indígenas, como se estilaba en el
Perú, para la explotación de las minas. Incluso se tomó muy en serio un
estrafalario proyecto elaborado por algún arbitrista de los peores: ¿por
qué no se traían “de china negros cafres en las naos que de alli vienen
cada año que cuestan alli baratos”? Resulta arduo imaginar cómo los
cafres del África oriental podían llegar hasta China y de allí, a Filipi-
nas.50 Así surgió, digámoslo de paso, una proposición que reanudarían
los hacendados del siglo xix, cuando importaron chinos para sustituir
a los negros emancipados.
Los blancos, insistió en 1642 Juan de Palafox y Mendoza, corrían
un riesgo continuo, mezclándose los negros y los mulatos con los peo-
48. A. G. I., México 36, N. 57 B, fol. 1.
49. A. G. N. M., Reales Cédulas 1; exp. 155, fol. 152r.; segunda parte, exp. 154, fol.
147r-v.
50. A. G. N. M., Reales Cédulas 1, segunda parte, exp. 281, fol. 233.
104 JEAN-pierre tardieu
res elementos del país.51 Una de las soluciones para remediar el número
excesivo de estos dos componentes de la sociedad novohispana consis-
tía en formar compañías de negros y mulatos libres con el fin de defen-
der las costas de las incursiones extranjeras, proposición contemplada
por el Consejo de Indias el 6 de julio de 1663 en una carta al virrey,
conde de Baños. Interesa pues citar un largo extracto de la carta:
En mi Consejo Real de las Indias se ha entendido que sería de mucha
conveniencia para acudir a las ocasiones de guerra que se ofrecieren en
las costas de las Indias formar compañías de mulatos y negros libres, de
que hay gran número en ese Reino, y son gente de valor y habituada en
el trabajo y descomodidades que pelean con brío y reputación como se ha
experimentado en las que ha habido estos años y particularmente en el de
1655 cuando ingleses acometieron a la ciudad de Santo Domingo de la
Isla Española, que al paso que es gente humilde, si ven que se les abienta
con patentes de capitanes y otros puestos, a los que se señalaren, serán de
mucho servicio.52
Si no carecía de inconvenientes el proyecto, en especial el “de habi-
litarles en el manejo de las armas formando compañías y nombrando
oficiales para su gobierno”, asunto esquinado que merecía tenerse en
cuenta, era un mal menor, ya que en casos parecidos, calificados de
“accidentes de guerra”, era imposible “proveer de España con la breve-
dad que sería menester”. Llegando a lo nuestro, conviene hacer énfasis
en el hecho de que el Consejo reconocía las cualidades militares de los
mulatos y de los negros, rindiendo sin ambigüedad algún homenaje a
su “valor”, a su “brío” y a su “reputación”, aspecto cardinal para nuestro
tema, que no perderemos de vista en lo que se refiere a los cimarro-
nes —en particular los “yanguicos”— que les dieron mucha guerra a
las autoridades. Todo pasaba como si, recién extraídos del continente
africano, en que cada hombre era un guerrero en potencia, o pertene-
cientes a la segunda generación, no hubieran olvidado sus aptitudes
seculares, debido quizá a la adversidad de su condición. Dio el virrey
un parecer positivo, y no tardó el proyecto en concretarse en Veracruz.
A los seis años, Francisco de Torres, capitán de la compañía de mulatos
libres de la ciudad, y Diego Pérez, jefe de la de negros libres solicitaron
51. Virreyes españoles en América durante el gobierno de la Casa de Austria (1976: 39-
40).
52. C. D. H. F. S., vol. 2, t. 2, 510.
Cimarronaje 105
para sus milicianos la exención del tributo de doce reales impuesto a
los mulatos y negros libres.53
En 1675, lo veremos más abajo, se acudió a los negros de San Lo-
renzo de Cerralvo para formar parte de una compañía con este propó-
sito.
— Las normas de vigilancia
La mejor manera de evitar la fuga de los esclavos y la formación de
rancherías de cimarrones en los montes habría sido brindar a los sier-
vos condiciones de vida aceptables, aunque por muy dorada que fuera
la jaula, no dejara de ser jaula. Más arriba, hemos aludido rápidamente
a las veleidades del gobierno superior a este respecto. Era contar sin lo
arbitrario de la potestad domínica. De manera que no les quedaba más
a las autoridades del virreinato que aumentar la vigilancia. No hablare-
mos en las líneas siguientes de la política de la Corona o del gobierno
local en relación con los negros que, con la salvedad de unos casos, se
generalizó a todas las Indias occidentales, como la prohibición de lle-
var armas, de salir de noche, de montar a caballo, etc. A su dimensión
recurrente, prueba patente de su fracaso, aluden no pocos estudiosos.54
Para México, C. Palmer evocó detalladamente estos aspectos.55 Qui-
siéramos tan sólo hacer hincapié en la aplicación de algunas de estas
medidas en el virreinato, mostrando cómo traducían los temores de la
clase dominante.
El uso de armas por los esclavos e incluso por los negros libres,
aunque fuera para la defensa de los españoles, no dejaba de presentar
algún peligro. No sólo las utilizaban en sus riñas o para imponerse a los
naturales, sino que podían valerse de ellas en contra de los amos.56 En
53. Ibíd. (562).
54. Hemos tratado de estos aspectos en Tardieu (1984). Se consultará también
Lucena Salmoral (2002: 191-194).
55. Ibíd.: 148-150.
56. Una Real Cédula de 7 de agosto de 1535 prohibió que los negros de Veracruz
llevaran armas porque “se hacen en ella muchos insultos y delitos” (C. D. H.
F. S., vol. 1, 167). Acatando lo decidido por el Consejo de Indias, Antonio de
Mendoza emitió un mandamiento el 9 de noviembre de 1538 que amenazaba
con la pena de muerte y la pérdida de todos sus bienes a cualquiera que diese
o vendiese arma a un negro libre o esclavo o a un indio, sin su expresa licencia.
Véase Lucena Salmoral (2002: 57). También preveía el mismo texto prohibir
toda junta de más de tres negros de dueños diferentes. Las ordenanzas del cabildo
106 JEAN-pierre tardieu
México, se concedió especial atención al manejo por los negros de los
cuchillos carniceros, con que, en sus peleas, hacían heridas “incurables
y sin remedio”. El conde de La Coruña, en una ordenanza de 4 de ju-
nio de 1583, se opuso a la venta de tales cuchillos a los negros, a no ser
que fuesen despuntados, so pena de cien azotes públicos y de seis meses
de trabajo en un obraje con toba a los pies. Los mercaderes perderían
sus cuchillos y pagarían veinte pesos de multa.57
En las haciendas de ganado, los esclavos no podían prescindir de
ciertas armas, como lanzas, espadas, dagas, protegiéndose con cueras
de ante. Se valían de ellas en sus alborotos, “por ser gente belicosa y
viciosa” y no faltaban los muertos, de modo que se despoblaban las es-
tancias. Así hizo pregonar el conde de Monterrey, el 30 de septiembre
de 1600, la ordenanza de 5 de julio de 1556 que trataba de la prohibi-
ción para estos negros de portar armas parecidas, lo cual, por supuesto,
sería castigado con duras penas.58 Además, se puede pensar que se las
llevaban al huir de los fundos. En las villas y ciudades tampoco resulta-
ba fácil controlar el porte de armas. Ciertos personajes disfrutaban del
derecho concedido por la Corona de hacerse acompañar por esclavos
armados.59 Pero no se preocupaban por lo que hacían con ellas fuera
de Veracruz incluyeron el mandamiento virreinal el 26 de noviembre de 1539. El
9 de febrero de 1568, el rey pidió cuentas al respecto al presidente y a los oidores
de la Real Audiencia (C. D. H. F. S., vol. 1, 427).
57. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fols. 78r-80v.
58. Ibíd. (vol. 2, fol. 36r-v).
59. El 11 de agosto de 1552, el príncipe Felipe exigió de la Real Audiencia el control
de las licencias de porte de armas concedidas a los negros de las escoltas de gente
importante por que
[ha] acaecido o acaece muchos escandalos y alborotos, porque mientras
sus amos estan en Missa o en negocios, los dichos negros van a los pueblos, y
con las dichas armas ofenden a muchas personas en tal manera que ha acaecido
matar algunos españoles y mancar a indios, y que por ser esclavos de personas
favorecidas, se disimula con ellos el castigo dello, y las personas que en esto son
ofendidas quedan sin alcanzar justicia (Cedulario indiano recopilado por Diego de
Encinas 1945-1946: vol. 1, 389).
El 19 de mayo de 1568, el virrey Martín Enríquez obtuvo el permiso
de hacerse acompañar por algunos esclavos negros armados “por falta de
personas españolas”. Pero no podrían traerlas fuera de su presencia (C. D. H.
F. S., vol. 1, 433). El fiscal de la Audiencia, el doctor Pedro Melián informó al
Consejo de Indias el 3 de septiembre de 1646 que veinte negros alistados en
dos compañías de infantería de Veracruz entraron por las calles “con espadas y
Cimarronaje 107
de su presencia. Por esto, el 17 de noviembre de 1584, ya no se les per-
mitió a estos esclavos llevar armas si no fuese en compañía de sus amos
de sus domicilios a las casas reales, so pena de quitárselas los alguaciles
y de cincuenta azotes en la horca de la plaza.60 En 1586, el virrey puso
de nuevo el tema sobre el tapete.61 No eran pocos los negros y mulatos,
libres o esclavos, detenidos por llevar cuchillos u otras armas prohibi-
das, de ahí la decisión de Luis de Velasco del 4 de diciembre de 1607,
a saber: mandar a los infractores a trabajar en el desagüe de la laguna.62
El 8 de enero de 1609, el virrey quiso comprobar la validez de las licen-
cias concedidas con el fin de hacerse acompañar por negros armados,
dejando un plazo de 6 días para su exhibición. Mientras tanto, no se
usarían.63 El 24 de marzo de 1621, el presidente y los oidores de la Real
Audiencia tuvieron que poner de nuevo el tema sobre el tapete, por
llevar armas dichos esclavos o criados libres en lugares prohibidos y en
cualquier momento. Si no acompañasen a sus amos, merecerían 200
azotes y se les infligiría a los amos una multa de 500 pesos.64 Llegaban
delaciones al gobierno superior. Blas de Estrada y Vargas, vecino de la
nueva Veracruz informó al marqués de Cerralvo que un mulato, Mel-
chor de los Reyes, traía espada y daga sin tener licencia. En una carta
fechada el 6 de marzo de 1627, el virrey pidió cuentas a las autoridades
del puerto.65
Se concedían tales licencias en particular a los negros y mulatos
libres dueños de carretas o recuas de mulas que recorrían el camino de
Veracruz, con tal que no hubiesen cometido algún delito. Así, según
broqueles acuchillando a los que encontraban y mataron dos soldados españoles
del presidio”. Como consecuencia de este suceso, una Real Cédula con fecha
de 1 de noviembre de 1647 ordenó el desarme de los negros y mulatos de la
ciudad. Unos meses antes, el 30 de junio, al virrey, conde de Salvatierra, se le
recomendó poner orden en México: “los esclavos negros andan en esa ciudad
con armas y con más libertad de la que debieran y que resultan desto muertes y
otras desgracias que se deben obviar” (C. D. H. F. S., vol. 2, t. 2, 427). Por fin,
el 30 de diciembre de 1663, se opuso el Consejo de Indias a que los esclavos
del virrey, obispo de Puebla, de los oidores de la Audiencia o de otros ministros
portaran armas (ibíd., 513).
60. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fols. 86v-87r.
61. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fol. 102r-v.
62. Ibíd. (fols. 120v-121r).
63. Ibíd. (fol. 126v).
64. Ibíd. (vol. 4, fols. 26v-27r).
65. Ibíd. (fol. 82r-v).
108 JEAN-pierre tardieu
una ordenanza de 15 de octubre de 1550, dirigida al alcalde mayor de
Veracruz, ni el alguacil mayor ni sus tenientes les podrían quitar los
cuchillos.66 Ahora bien, a duras penas aceptaron las autoridades esta
decisión, viéndose el virrey obligado a volver sobre el asunto el 15 de
octubre de 1590. Nicolás Carsuchi de Abrego se hizo portavoz de los
mercaderes que no podían prescindir del servicio de esclavos armados
para proteger el traslado de sus mercancías en carretas. No entendían
por qué el alguacil mayor de Veracruz y sus tenientes se empeñaban en
quitarles sus cuchillos y otras herramientas para componer las carretas
si no cometían delitos con ellos. Más aun, no vacilaban en detener a
estos esclavos, exigiendo cinco pesos de sus amos para soltarles. Así que
Luis de Velasco le recordó al alcalde mayor sus obligaciones.67
En 1608, el cuarterón Matheo de la Serna, dueño de recua en An-
tequera y persona de caudal y crédito, declaró necesitar sus armas para
proteger sus mercancías de valor entre México, Oaxaca y Veracruz, por
caminos llenos de salteadores. Después de ver el parecer favorable del
fiscal de la Real Audiencia, el virrey le dio satisfacción en 21 de abril
de 1668.68 En 1677, el mulato Isidro Arias, hijo del capitán Francisco
Arias, también dueño de recua, solicitó que no le estorbasen los oficia-
les de justicia el uso de espada, daga y arcabuz. Sin estas armas, corrían
riesgo sus mercancías y su propia persona. El fiscal no se opuso a la
demanda, por lo menos cuando estuviera Arias de camino. En cambio,
de ningún modo podría traerlas en poblado. El virrey adoptó la propo-
sición el 19 de diciembre de 1677.69 En 1667, el alcalde del crimen de
la Real Audiencia le mandó al negro Pedro Romero y Rosas que dejase
de llevar espada, lo cual suscitó su protesta. Como soldado que fue en
Extremadura, no se le podía prohibir el porte de armas. Después del
visto bueno del fiscal, se le concedió la exención el 9 de noviembre de
1617.70
66. A. G. N. M., General de parte 4, fol. 2v.
67. A. G. N. M., General de parte 4, fols. 2v-3r.
68. Ibíd. (fol. 14r-v).
69. Ibíd. (vol. 6, fol. 50v-r).
70. A. G. N. M., Ordenanzas 5, fol. 12r-v. En cambio, el 6 de mayo de 1668, la
virreina gobernadora desatendió la solicitud de Agustín Rascón, mulato libre,
vecino de Cholula. Como hijo de padre noble, no le parecía excesivo “gozar de
los honores correspondientes a su estado y traer espada y daga para la defensa y
adorno de su persona” (C. D. H. F. S., vol. 2, t. 2, 543).
Cimarronaje 109
En una carta al Consejo de Indias con fecha de 3 de septiembre de
1646, el doctor Pedro Melián, fiscal de la Real Audiencia de México,
dio la voz de alarma:
…por no hauerse ejecutado esto como se deuia ha llegado a grande rela-
xaçion y desorden y sucede heridas y muertes asi de los amos de los mis-
mos negros y mulatos como de los otros españoles, y hazen resistençias a
las justiçias con tanto atrevimiento que obliga a mucho reparo…
En Veracruz, veinte negros y mulatos de las dos compañías de in-
fantería entraron en las calles con espadas y broqueles acuchillando a
los que encontraban y mataron a dos soldados españoles. Se desarmó
a los dichos negros y mulatos, pero se volvió a lo mismo, e incluso se
produjeron mayores excesos que antes.71
Como consecuencia del informe del doctor Melián, el 30 de junio
de 1647, el rey declaró su preocupación al conde de Salvatierra:
…los esclavos negros andan en esa çiudad [México] con armas y con mas
libertad de la que deuieran, y que resultan de esto muertes y otras des-
graçias que se deuen obiar, y hauiendose conferido sobre ello en mi con-
sejo Real de las indias con lo que dijo mi fiscal en el, ha parecido deziros
que de ninguna manera consintais semejante desorden, y hareis que se
ejecuten inviolablemente y sin dispensaçion las prohiuiçiones que çerca de
este punto estan dadas sin embargo de cualesquier privilegios o liçençias
que aya en contrario, pues en llegando a ser de perjuiçio para la causa pu-
blica se deuen rebocar para que se escusen inconvenientes de esta calidad.72
El 1 de octubre de 1647, el Consejo de Indias exigió del virrey que
le sometiese las peticiones de exención, prohibiendo el uso de las licen-
cias anteriormente concedidas hasta que tomase las decisiones conve-
nientes.73
Es inútil multiplicar los ejemplos. Bien mirado, en un contexto
urbano o rural, no era tan arduo para un negro o mulato, esclavo o
libre, poseer o encontrar armas, con el permiso de sus amos o sin él.
En caso de fuga, por cualquier motivo, cuesta trabajo imaginar que
las devolviera. Y, por si fuera poco, se había adiestrado en su manejo,
pudiendo formar así a compañeros suyos. A estas armas se añadían por
71. A. G. N. M., Mercedes 2, segunda parte, exp. 174, fols. 361-362r.
72. A. G. N. M., Reales Cédulas 2, exp. 146, fol. 315r.
73. A. G. N. M., Mercedes 2, segunda parte, exp. 174, fols. 361-362r.
110 JEAN-pierre tardieu
supuesto las que robaban los cimarrones por los caminos y en casas o
haciendas de españoles.74
Los dueños de esclavos solían señalar la fuga de sus siervos a las au-
toridades, pidiendo a veces su ayuda para buscarles. Pero faltaban los
medios de control de los negros y mulatos libres que intentaban con-
fundirse con los indígenas, y en cuyas casas los fugitivos encontraban
hospitalidad no sólo en los recintos urbanos sino también en el campo.
Dicho esto, ciertos negros y mulatos manifestaban su deseo de in-
visibilidad confundiéndose con los naturales merced a la vestimenta.
Haciendo caso omiso de la clasificación por castas impuesta por la admi-
nistración, las mulatas, e incluso las negras, se vestían a menudo como
las indias. De esta costumbre podían surgir riesgos de alianzas entre las
dos razas en contra de la sociedad dominante. Para las esclavas fugitivas,
era también una manera de escapar de la vigilancia de los alguaciles. En
junio de 1582, la situación determinó al conde de La Coruña a imponer
a las mulatas y negras el estricto respeto de la segregación indumentaria.
Si no se vistiesen como las españolas, se les condenaría a cien azotes por
las calles de México, castigo cuya gravedad ponía de manifiesto la preo-
cupación de los dirigentes.75
Si éstos no dejaban de protestar en contra del número de negros y
mulatos en la capital, les resultaba sin embargo harto laborioso dar una
cifra exacta, lo cual presentaba algún riesgo en caso de conflicto. Como
súbditos de la Corona, los libres debían un tributo, por lo cual era me-
nester levantar un padrón. En enero de 1579, Martín Enríquez confió la
cobranza al alguacil Miguel de Campo y el empadronamiento al escriba-
no Gonzalo de Carvajal. Se les dio a los concernidos veinte días para pre-
sentarse, declarando sus señas con precisión. Pasado el plazo, incurrirían
74. A través del siglo xvii, varias Reales Cédulas reiteraron la prohibición de que los
negros de Nueva España llevasen armas. La de 30 de junio de 1647 exigió “que
se ejecuten inviolablemente y sin dispensación las prohibiciones que acerca de
este punto están dadas, sin embargo de cualesquier privilegios o licencias que
haya en contrario”. El 30 de diciembre de 1663, se instó al mismo virrey, a los
oidores de la Audiencia y a los otros ministros para que cumplieran la orden de
quitarles las armas a los esclavos y mulatos de su servicio. En los “Capítulos de
las ordenanzas de gobierno de Nueva España relativos a esclavos”, se estipuló que
“ningún mercader, ni otra persona alguna, pueda dar ni vender, a ningún negro
o negra, mulato o mulata, libres ni esclavos, ningún género de armas ofensivas
ni defensivas, pólvora ni municiones, por ningún color ni causa, en poca, ni en
mucha cantidad so pena de vida”. Véase Lucena Salmoral (2002: 177, 183, 193).
75. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fol. 75r-v.
Cimarronaje 111
en un castigo de cincuenta azotes y tres pesos de multa.76 Ahora bien, la
ordenanza no debió de surtir los efectos esperados, a juzgar por otra de-
cisión al respecto, tomada por el conde de Priego en 1622. Otorgó una
prórroga de quince días al plazo fijado, denunciando la complicidad que
recibían los negros y mulatos libres de ciertos españoles. Lo más peligro-
so del caso, aunque no se lo decía de un modo explícito, no era tanto el
fraude fiscal, por muy importante que fuera, como la imposibilidad de
controlar este elemento poblacional, díscolo y reacio a la manera de ver
de los gobernantes, en un contexto espinoso, o sea, a los diez años del
intento de levantamiento contemplado más abajo. Por lo tanto, las penas
pasaron a doscientos azotes y un año de servicio en un obraje.77 Más que
renuencia o desidia por motivos económicos, que no se podían pasar
por alto, manifestaban los libres una voluntad de escapar del sistema de
control, como lo da a entender la recurrencia de las medidas. En enero
de 1633, se hicieron otros pregones para dejar bien sentada su obligación
a los libres.78 Ocurría, sin embargo, que se les eximiera del tributo a los
más ancianos. El 18 de abril de 1641, obtuvo esta merced Blas García
del marqués de Villena, por muy viejo e inútil, con una condición: de
ningún modo se efectuarían en su casa “juntas de negros, mestizos ni
mulatos”. Pese al tiempo transcurrido desde 1612, seguían latentes los
temores.79
Importaba también controlar la ubicación de los negros y mulatos
libres fuera del ámbito urbano. En 1574, Martín Enríquez confió al
alcalde ordinario de México, Hernán Gutiérrez Altamirano, la misión
de asentar con amos en la ciudad a cuantos tuviesen más de diez años.
Siendo benéfica la experiencia, la extendió a todo el virreinato, dejando
a los negros y mulatos un plazo de cincuenta días para entrar en servicio,
so pena de cien azotes públicos y de una multa de cuatro pesos de oro,
castigo que se infligiría también a los que huyeren. A las justicias de las
diferentes jurisdicciones les tocaría controlar el respeto de la disposición,
estableciendo la certificación adecuada, sin permitirles a los dichos ne-
gros y mulatos que pasasen de un amo a otro so pena de diez pesos. Al
final de cada año, enviarían una lista de los asientos a los secretarios de
la gobernación.80
76. Ibíd. (vol. 2, fol. 223r-v).
77. Ibíd. (vol. 4, fols. 41v-42r).
78. A. G. N. M., General de parte 7, exp. 520, fol. 340.
79. Ibíd. (vol. 8, exp. 108, fol. 79).
80. A. G. I., México 19, N. 143, fol. 1r.
112 JEAN-pierre tardieu
Una Real Cédula de 25 de noviembre de 1568 prohibía a los negros y
mulatos vivir en pueblos de indios. Otra, de 23 de septiembre de 1580,
dirigida a todas las Audiencias del Nuevo Mundo, les mandó que tuvie-
sen “mucho cuidado de ordenar que los dichos negros no vivan entre los
indios, ni tengan contrataciones con ellos, para que con esto se estorbe y
excusen los dichos daños que dello se han seguido y siguen”.81 No tuvo
más éxito en Nueva España que en otras provincias. Hicieron, sin em-
bargo, cuanto pudieron los virreyes para que se acatase la ley, atendiendo
las quejas de los indios al respecto. El conde de La Coruña dio la orden
de echar fuera a los mulatos que intentaban adueñarse de tierras perte-
necientes a los indios de Tehuatepec, en la provincia de Oaxaca, para
sus sembrados.82 El 11 de julio de 1592, mandó Luis de Velasco que se
expulsase a los negros y mulatos que en el partido de Huazpaltepec, de la
misma provincia de Oaxaca, causaban “muchos daños y agravios” a los
naturales desde las estancias de ganados mayores y menores.83 En 1632,
se seguía contemplando el problema. Alonso de Mesa, vecino y labrador
de la jurisdicción de Tehuacan, denunció al virrey la presencia en ella
de muchos negros, mulatos y mestizos que no dejaban de brindar su
hospitalidad a “hombres bagamundos y de mal vivir que causan notable
perjuiçio y daño en los dichos pueblos y a el en sus haçiendas aziendo
Robos y otros delitos”. El 12 de agosto, el virrey exigió del alcalde mayor
de Tehuacan y de sus tenientes la aplicación de la Real Cédula de 1568.84
En Nueva España, como en otras partes del Nuevo Mundo se intentó
proteger a los indios de los excesos cometidos por los negros y los mula-
tos, libres o esclavos. No insistiremos sobre este aspecto por haberlo desa-
rrollado en otras partes, contentándonos aquí con rápidas referencias. El
2 de julio de 1550, una ordenanza mandó que se detuviese a los negros
y mestizos que agraviasen y molestasen a los indios del pueblo de Cuau-
titlan. Les tomaban sus mantenimientos y les robaban sus productos en
el tianguez.85 A los indios de Coyoacán les pasaba igual con los frutos de
sus huertas y heredades, de modo que, el 11 de marzo de 1551, Luis de
Velasco amenazó con cien azotes a los negros que en tal delito incurrie-
sen.86 En Tacabuya, los negros y mulatos se introducían en las huertas de
81. Lucena Salmoral (2002: 132).
82. A. G. N. M., Indios 2, exp. 918, fol. 209v.
83. A. G. N. M., Indios 1, exp. 322, fols. 86v-87r.
84. A. G. N. M., General de parte 7, fol. 201r-v.
85. A. G. N. M., Mercedes 3, fol. 105 v.
86. A. G. N. M., Mercedes 3, fols. 285v-286r.
Cimarronaje 113
los indios donde quebraban las ramas de los frutales para llevar la fruta.87
En Guatitlan, los negros y mulatos, como los españoles y los mestizos,
entraban en las viviendas de los naturales para tomarles sus gallinas sin
pagarlas o pagándolas a menos precio, lo cual llevó a Martín Enríquez a
prohibir tal entrada.88 Si intentaban protestar las víctimas de los robos,
como denunció la ordenanza de 27 de diciembre de 1550, los negros les
maltrataban.89 El 25 de mayo de 1590, Luis de Velasco el Mozo, diri-
giéndose al alcalde mayor de las minas de Tlalpujahuc, exigió de él una
severa represión en contra de los esclavos. No vacilaban en maltratar a
los indios, quitándoles sus modestas pertenencias, de modo que éstos se
marchaban hacia otros lugares.90 La situación no difería en otras minas
donde coexistían negros o mulatos e indios. En Guautle, en la provincia
de Mezquitlan (Guerrero), se solía enviar a siete indios de servicio a las
minas del doctor Diosdado. De día y de noche, con tal sólo dos horas de
sueño, se veían obligados por el mayordomo y un negro suyo a trabajar
en el mortero o en la extracción y el “azogar” del metal. Ni les dejaban
comer y cenar. Y cuando no trabajaban, les ataban a un palo. Tanto les
azotaban y golpeaban que muchos de ellos se quedaron cojos o mancos,
cuando no se morían. No se les pagaba por su trabajo ni se les dejaba oír
misa los domingos y días festivos. Los que podían se ausentaban de su
pueblo.91 En 1617, según le informaron al virrey Fernández de Córdoba,
el mulato Juan Rodríguez de Soto, que se desempeñaba como intérprete
en el pueblo de Chilapa (Guerrero), se aprovechaba de la situación para
maltratar a los naturales y sus mujeres y quitarles lo que tenían usando
de violencia. De ahí la orden de expulsión dada por el virrey.92 El mismo
personaje atendió las súplicas de los naturales del barrio de Santiago y
San Sebastián en la ciudad de Puebla de los Ángeles. Algunos españoles,
mestizos, mulatos y negros entraban en sus casas para robarles sus pocos
bienes, como frazadas y piedras de moler. Les aporreaban tanto que co-
rrían el riesgo de perder la vida. Les quitaban sus mujeres para hacer de
ellas “mujeres de mal proceder”.93
87. A. G. N. M., Mercedes 5-6/1, fols. 76v-77r.
88. A. G. N. M., General de parte 1, fol. 69r.
89. A. G. N. M., Mercedes 3, fol. 227v.
90. A. G. N. M., Indios 4, exp. 626, fol. 80r.
91. A. G. N. M., Indios 6, segunda parte, exp. 312, fols. 68v-69r.
92. A. G. N. M., Indios 9, exp. 48, fols. 28v-29r.
93. A. G. N. M., Indios 9, exp. 147, fol. 71r.
114 JEAN-pierre tardieu
Cualquier transacción de los negros con los indios era motivo de es-
tafa. Martín Enríquez, el 28 de mayo de 1580, se opuso a que los negros
o mulatos libres siguiesen comprando grana por los pueblos de indíge-
nas por usar “de muchos fraudes”.94 El virrey se vio obligado también
a prohibir incluso que los negros les comprasen sal a los indios: o se la
tomaban por fuerza o se la pagaba a menos precio de lo que valía.95
Es sabido que no se le permitía a esta gente vivir en pueblos de indios,
no sólo por los malos tratos que les solían infligir, sino también porque
acogían en ranchos edificados en sabanas y montes “gente de mal vivir” y
esclavos fugitivos que se mantenían con los productos de sus sementeras y
asaltaban las haciendas vecinas. En 1623, se pidió a los alcaldes ordinarios
que informasen al contador del tributo sobre el número de esta gente en
sus distritos, y a los alcaldes de la Santa Hermandad que buscasen y que-
masen sus chozas. Así se acataba una Real Cédula despachada al respecto.96
Es de añadir que las ordenanzas de mesta preveían el reparto entre tierras
de ganadería vacuna u ovejuna y tierras de labranza, lo cual daba lugar a
infracciones que denunciaban los propietarios perjudicados. En 1629, por
ejemplo, Pedro Fernández de Asperilla, vecino de Puebla de los Ángeles y
dueño de ganados mayores y menores en la comarca de Veracruz, llamó
la atención del marqués de Cerralvo. Algunos negros y mulatos libres cul-
tivaban milpas de maíz en los montes de tierras calientes, donde también
construían ranchos, contraviniendo así las ordenanzas del gobierno. Por si
fuera poco, allí acogían “gente facinerosa” y negros cimarrones que come-
tían hurtos de vacas. Se imponía el cumplimiento de las disposiciones del
virrey Martín Enríquez fechadas el 23 de enero de 1564, que preveían el
reparto y el uso de las tierras, sin permitir excepciones lesivas para el interés
de muchos y la seguridad de todos. A los alcaldes les incumbiría visitar sus
jurisdicciones, exigiendo los títulos de propiedad.97
En el mismo año, una ordenanza de 6 de marzo les hizo obligación
a los negros y mulatos libres de ponerse al servicio de un amo en cuya
casa vivirían, so pena de doscientos azotes y cinco años de trabajo en
Filipinas. En cuanto a las mujeres, se les repartiría en conventos de mon-
jas, hospitales u obrajes para que sirviesen sin salario. La progresión de
los castigos valoriza la preocupación del gobierno.98 Se concedería exen-
94. A. G. N. M., Ordenanzas 2, fols. 255r-257v.
95. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fol. 48v.
96. A. G. N. M., Sección Ordenanzas 2, fol. 44r-v.
97. Ibíd. (vol. 4, fol. 34r-v).
98. Ibíd. (fols. 57r-58v).
Cimarronaje 115
ción a los oficiales y maestros debidamente examinados por los veedores
de los gremios, cuyas pruebas presentarían al secretario de gobernación
dentro de treinta días. Se castigaría a los infractores con una multa de
cien pesos y un destierro de la corte por tres años, mereciendo la misma
sanción toda falsificación de documentos.99
Uno de los lugares donde se hacía más difícil la coexistencia entre
los negros y los naturales eran los obrajes. No se cumplía la ordenanza
que prohibía el recurso a mano de obra indígena en estas unidades de
producción. Lo denunció el virrey el 30 de diciembre de 1613 para las
de Puebla.100
Antes de acabar con esta evocación de las medidas represivas, qui-
siéramos aludir a una proposición algo sorprendente de parte de fray
Toribio de Benavente o Motolinía al emperador Carlos V, en una carta
fechada el 3 de enero de 1555, destinada a refutar las posturas de fray
Bartolomé de Las Casas. Llama el seráfico arbitrista la atención del so-
berano sobre el hecho de que Nueva España está desamparada frente a
“nuestro adversario enemigo de todo bien, que siempre desea i procura
discordias i guerras”, por no tener “fuerza ni fortaleza alguna”.101 A su
parecer, el mejor lugar para construir tal edificio era la ciudad de los
Ángeles, o sea, Puebla, que bien conocía. No era la primera vez que el
famoso franciscano trataba de esta necesidad. Ya lo había hecho en Histo-
ria de los Indios de la Nueva España, justificando entonces la construcción
no por las amenazas de los franceses, sino por la inseguridad debida a la
poca densidad de los españoles frente a los indígenas: “Y hasta que en
esta Nueva España haya una casa fuerte y que ponga algún temor, no se
tiene la tierra por muy segura, por la gran multitud de gente de los natu-
rales. Pues se sabe que para cada Español hay quince mil Indios y más”.102
Ahora bien, en la carta introdujo otro argumento:
99. Ibíd. (vol. 2, fols. 36r-37v, 42v-43r).
100. A. G. N. M., Ordenanzas 2, fols. 136v-137r.
101. Motolinía no evoca nacionalidad alguna. Antes de que escribiera estas líneas,
muchos de los piratas que asaltaban los barcos españoles en el Caribe eran
franceses: Jean Terrier, François Le Clero (“Pie de Palo”), Jean d’Ango, Jean
Fleury (“Juan Florín”), quien se apoderó del tesoro que Cortés envió a Carlos V y
hecho preso en 1527, fue ahorcado por orden del mismo Carlos V. Entre 1552 y
1556, período en el que redactó su carta el fraile, se desarrollaba la quinta guerra
con los franceses. Enrique II, sucesor de Francisco I de Francia, se aprovechó de
las dificultades del emperador en Alemania para reanudar las hostilidades.
102. Motolinía (1985: cap. XVIII, § 453).
116 JEAN-pierre tardieu
…i aunque no fuese mas de por que estamos en tierra agena i los negros
son tantos que algunas veces han estado concertados de se levantar i matar
a los Españoles, i para esto la ciudad de los Angeles está en mejor medio i
comedio que ningun otro pueblo de la nueva España para se hacer en ella
una fortaleza.103
Parece que entre 1541, año en que Motolinía acabó su Historia, y
1555, efectuó, debido posiblemente a los acontecimientos de 1537 en
México,104 una toma de conciencia sobre el peligro que representaba la
presencia de los negros en Nueva España. Sabemos que de 1536, año en
que fue nombrado guardián del convento de Tlaxcala, hasta 1546, fecha
en que ocupó el cargo de vicario provincial de su orden, no estuvo pre-
sente en la capital del virreinato. Habría tomado plena conciencia de la
gravedad de los sucesos de 1537 tan sólo después de 1546. Así reanudó
su argumentación, a sabiendas de que desde Puebla de los Ángeles se po-
dría controlar con más facilidad el camino a Veracruz que amenazaban
los cimarrones, lo cual, pudo averiguar durante su estadía entre 1553 y
1554 como guardián del convento de Atlixco, al sur de Puebla.105 Es de
notar que no evoca de una manera explícita una posible alianza entre “el
adversario” y los cimarrones, la cual se verificó posteriormente en Pana-
má con la intervención del temido pirata Francis Drake. Fuera lo que
fuere, quedó el plan sin respuesta.
4.1.3. De la represión a la negociación
— Los alguaciles de campo
Según decisión del cabildo de México, alguien se encargaba ya de
buscar a los esclavos huidos en las afueras de la capital, de modo que los
regidores en su asamblea del 10 de enero de 1525 fijaron el pago de sus
servicios. Por cada preso y con un plazo máximo de tres días, cobraría
del dueño un peso de oro, y el dinero gastado para su manutención.
De otra manera, se le autorizaría vender al esclavo con el permiso de la
103. Benavente (1980). Cortés López cita la proposición de la carta de Motolinía
(2004: 293).
104. Véase el capítulo 7.
105. Para las actividades de fray Toribio entre 1536 y 1555, se consultará, de Georges
Baudot, la “Introducción biográfica y crítica” a su edición de Benavente (1985:
23-32).
Cimarronaje 117
justicia, disponiendo ésta de la cantidad restante. De no encontrarse al
dueño, se pregonarían las características del fugitivo en tres ocasiones
separadas por seis días. Hechos los pregones sin resultado, a la justicia le
tocaría “encomendar” al esclavo, es decir, ponerle al servicio de un amo
durante un año, al final del cual se le consideraría por “mostrenco”, o
sea sin dueño conocido. Entonces pertenecería a la Corona, según el
derecho.
A los dos años y medio, el 14 de junio de 1527, volvieron los regi-
dores sobre el tema. A los alguaciles de campo nombrados, los vecinos
Antón Cordero y Pedro Gallardo, les correspondería la busca de los
esclavos fugitivos, los cuales no eran forzosamente negros. Precisa la or-
denanza que podían ser indios enemigos reducidos a la esclavitud por su
comportamiento hostil. Tendrían dichos alguaciles la facultad de bus-
carles por los pueblos, y en particular en casas de los caciques, siempre
y cuando no hiciesen ningún daño a los naturales. Su salario no pasaría
de medio peso por un negro y de cuatro pesos por un indio. El mismo
día adoptó el cabildo una medida de extrema severidad que patentizaba
la gravedad de la situación. A un esclavo huido por más de treinta días,
se le condenaría a muerte.106
Martín Enríquez, el 6 de noviembre de 1579, tomó disposiciones
drásticas para atajar el mal. Notó primero que las autoridades de justicia
no cumplieron con sus obligaciones al respecto. Se multiplicaban los
daños provocados por los esclavos fugitivos en las comarcas de Veracruz
y Pánuco, en las estancias de ganado mayor de Chichimecas, Almería
y Tlacotlalpán. Por consiguiente, se emascularía sin más averiguación
a cualquier cimarrón cogido en los montes, lo cual no le eximiría de
los castigos merecidos por otros delitos. Se pregonaría esta amenaza en
México, Antequera, Veracruz, Tampico y donde fuese necesario, con-
cediéndoles a los fugitivos un plazo de veinte días para su regreso al
servicio de sus dueños, pasado el cual se les aplicaría la pena decretada.107
Con el tiempo, para que cumpliesen escrupulosamente con su mi-
sión, se aumentó de un modo considerable el premio otorgado a los
perseguidores por la captura de un cimarrón. Alcanzó los treinta pesos
por una primera detención y los cincuenta por una segunda. Sin embar-
go, el marqués de Guadalcázar tuvo que tomar en cuenta la protesta de
106. Traducción paleográfica del primer libro de Actas de Cabildo de la ciudad de México
publicadas por acuerdo de fecha 27 de diciembre de 1870 (1871: 23, 123).
107. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fol. 34r-v.
118 JEAN-pierre tardieu
los dueños cuando los alguaciles cogían fugitivos dentro de los límites
de las ciudades o de los pueblos donde vivían. No podrían exigir más
de seis pesos por una primera captura y doce por una segunda. Pero le
cortarían una oreja al esclavo antes de devolverle a su dueño.108
Siguió planteándose la cuestión del salario con las querellas de los
dueños de ganados menores que empleaban esclavos para la vigilan-
cia de sus ovejas, presentadas por Diego Sánchez de Orduña, Pedro
de Reoyos, Martín López Osorio y Pedro de Galves. Sus siervos se
veían obligados a apartarse del ganado para su sustento u otro motivo,
pretexto del que se aprovechaban los alguaciles para ponerles la mano
encima, exigiendo su debido, treinta o cincuenta pesos según el caso.
Ocurría entonces que el dinero gastado superase el valor del negro. Se
preguntaban estos ganaderos si no era mejor imponer a los negros una
pena corporal que les incitaría a servir mejor. En todo caso ¿por qué no
volver a lo dispuesto antes por Martín Enríquez, moderando el premio
concedido a los alguaciles a cuatro pesos? Se dejó convencer el virrey el
28 de febrero de 1626, reduciendo, en estas circunstancias, el premio
a dos pesos por una captura dentro del pueblo del dueño y a cinco en
el campo. El 12 de octubre de 1627, se aplicó lo decidido a las minas
de plata de Guanajuato, satisfaciendo así a Juan Altamirano Saavedra.109
Siguieron llegando las protestas al marqués de Cerralvo. El 22 de
octubre de 1629, atendió la súplica de doña Ana de Cabrera, vecina
de la villa de Carrión, mandando que no se le cobrase más de lo que
permitían las ordenanzas de Martín Enríquez. Respondió de la misma
manera el 13 de febrero de 1630 a la carta del doctor Pedro Sandoval,
canónigo de la catedral de México y propietario de haciendas e ingenios
en la jurisdicción de Cuernavaca;110 en 1643, a don Cristóbal Cano y
Molina, y dos años más tarde al capitán Juan de Orduña, quienes pro-
testaron contra el hecho de que no se les pagaba el trabajo de sus escla-
vos aprehendidos y puestos al servicio de otros amos por los alguaciles.111
Lo susodicho deja entender que no pocas de estas capturas lindaban
con lo ilegal, en la medida en que se las arreglaban los alguaciles para
colocar a los supuestos fugitivos en el servicio de propietarios de obra-
jes, minas, herrerías so pretexto de que no se conocía a sus dueños. Y
108. Ibíd. (vol. 2, fol. 13r).
109. Ibíd. (vol. 4, fols. 80v-81v).
110. Ibíd. (fols. 149r, 142-r-v).
111. A. G. N. M., General de parte 9, exp. 236, fol. 178r-v; exp. 285, fol. 214r-v.
Cimarronaje 119
en cuanto éstos conseguían manifestarse, entonces exigían el coste de
la manutención de los presos. El 26 de febrero 1626, Pedro de Gal-
ves, ganadero como sabemos, se levantó con energía en contra de tales
prácticas de que era víctima en sus propiedades de Salaya, Queretaro
y Puebla de los Ángeles. Habiendo consultado al doctor Diego de Ba-
rrientos, abogado de la Real Audiencia, el virrey Rodrigo Pacheco, mar-
qués de Cerralvo, consintió en darle satisfacción en cuanto al salario de
sus esclavos que se le entregaría después de la debida evaluación, lo cual
no le eximía por supuesto del premio debido a los aprehensores y del
reembolso de los costes de manutención.112
— Los alcaldes de la hermandad
El 13 de febrero de 1609, anunció Luis de Velasco al Consejo de
Indias que estaba instalando un tribunal de hermandad, sistema que,
añadiremos, existía desde hacía tiempo en Lima.113 A decir la verdad
no le tocaría “limpiar la tierra” tan sólo de los esclavos fugitivos, sino
también de todos los vagabundos, obligándoles a que se alistasen para la
guerra o algún nuevo descubrimiento. La dificultad era la falta de dine-
ro, lo cual le incitaba a buscar medios adecuados fuera del presupuesto.
Por el momento no se explayó más el virrey, pero, como veremos, ese
era el quid de la cuestión.114
Una ordenanza del virrey Martín Enríquez de 28 de marzo de 1575
preveía los derechos que debían pagar los dueños por la captura de sus
esclavos huidos. A decir verdad, antes de ir más lejos, hay que precisar
que esto daba lugar a muchos litigios, aprovechándose ciertas autorida-
des de la situación para hacer su agosto. Así Pedro Velázquez de Tapia,
vecino de las minas de Chichicapa, se quejó en 1604 ante el marqués
de Montesclaros por sus excesivas exigencias, solicitando el respeto de
la ordenanza de Enríquez, lo cual obtuvo en 15 de octubre del mismo
año.115
Una de las posibilidades era que se les concediese a los alcaldes de la
hermandad el derecho de cobrar cierta cantidad a los dueños de los ci-
marrones capturados. Fue lo que obtuvo el capitán de infantería Benito
112. A. G. N. M., Ordenanzas 4, fols. 80v-81v.
113. Según C. Palmer, Luis de Velasco el Viejo ya había establecido una Santa
Hermandad en 1553 (1974: 162).
114. A. G. I., México 27, N. 63, 1, fol. 4r.
115. A. G. N. M., Ordenanzas 2, fol. 159r.
120 JEAN-pierre tardieu
González del marqués de Guadalcázar el 30 de enero de 1615. Justificó
su petición por la existencia en los montes de su jurisdicción de ranche-
rías de negros huidos que robaban las recuas de mulas y los carros que
llevaban las mercancías, y saqueaban las estancias y las pesquerías. Para
prender a los malhechores, se veía obligado a reclutar a su costa gente
de armas y caballos. Así que se le autorizó para que, sin contar los gastos
de manutención hasta el entregue a los amos concernidos, cobrase cinco
pesos de oro por cualquier esclavo capturado sin esfuerzo; en caso con-
trario la compensación subiría a treinta pesos. Era lo que solían cobrar,
informó Guadalcázar, todos los capitanes de cimarrones.116
— Las comisiones
Cuando la fuga de esclavos perjudicaba de un modo excesivo a los
dueños, en particular en regiones estratégicas, éstos se dirigían perso-
nalmente al virrey para solicitar medidas adecuadas. El 6 de diciembre
de 1543, el gobierno superior mandó una carta a Jerónimo Hidalgo de
Montemayor, corregidor de Ypatlán, a instancias de Alonso de Villa-
nueva, quien se había enterado de la presencia en el término del pueblo
de varios esclavos suyos, para que les buscase y entregase a su propieta-
rio.117 Cuando fue necesario, Luis de Velasco acudió también a los servi-
cios de los corregidores. El 7 de julio de 1563, escribió al de Zingulver,
don Juan Rodríguez de San Jusepe, evocando los delitos cometidos por
ciertos negros del ingenio de Orizaba, que mataron españoles antes de
tomar la fuga. Le ordenó que saliese con vara de justicia para buscarles,
incluso fuera de su jurisdicción, con la ayuda de alguna gente, españoles
e indios. Le dio entera libertad de actuación y de elección en materia
de castigos.118 El alcalde mayor de Huatusco recibió órdenes parecidas
el 7 de agosto de 1599. Preocupaba la situación en su jurisdicción: ya
en 20 de marzo de 1591 se le había pedido más información respecto a
los cimarrones.119
116. A. G. I., México 136, R. 2, N. 22.
117. A. G. N. M., Mercedes 2, fol. 217r.
118. Ibíd. (vols. 5-6/2, fol. 319r).
119. A. G. N. M., General de parte 5, exp. 294, fol. 65; vol. 4, exp. 328, fol. 94.
El tenor de la carta de 1591 es el siguiente:
Yo he sido informado que en el monte que se dice Coyula [Cuijla], dos
leguas del dicho pueblo asisten de ordinario, tiempo de treinta años, unos negros
cimarrones y al presente los hay con sus casas, labores de maíz, algodones y otras
Cimarronaje 121
Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros, cuando las co-
sas empezaron a empeorar, se vio obligado a tomar medidas de más
amplitud, concediendo “comisiones” especiales para reprimir el cima-
rronaje en regiones donde comenzaba a ser una amenaza para la paz y la
economía. El 23 de agosto de 1606, se dirigió a don Pedro de Munguía
y Losa, corregidor de la nueva Veracruz. Con el título de “capitán de
cimarrones”, le encargó la aprehensión sin más dilación de los cimarro-
nes que hacían sus rancherías en los arcabucos y montes de la jurisdic-
ción, de que se habían olvidado las autoridades. En caso de descuido,
le amenazó con quitarle el puesto a favor de alguien más eficaz, ya que
no faltaban quienes habían expresado su deseo de dedicarse a semejante
misión.120
El año siguiente, el 28 de marzo, volvió Montesclaros a expresar su
preocupación. Habían llegado noticias preocupantes a la Real Audien-
cia, cuyo fiscal las puso en conocimiento del virrey. En la comarca de
Veracruz, huían los esclavos para acogerse a las rancherías de los cima-
rrones, desde las cuales agredían por los caminos a los españoles y a los
indios, y no vacilaban en matarles. Pese a haber confiado los virreyes
anteriores a los alcaldes mayores y corregidores de la vieja y nueva Ve-
racruz el cuidado de efectuar entradas para aprehender a los fugitivos y
castigarles, no se consiguieron los efectos esperados, debido a los mu-
chos y pesados cargos que tenían que cumplir. No le había quedado
cosas como si actualmente estuvieran en Guinea y que están un tiro de arcabuz
de las sementeras de los naturales.
En 1599, se mostró el virrey mucho más explícito:
En el monte de Coyula hay recogidos gran cantidad de negros y negras que
se han huido del servicio de sus amos así de la dicha ciudad como de esta y
de otras partes los cuales viven en sus rancherías y hacen sementeras de que
se sustentan, de que se sigue mucho daño y tiene inconveniente que allí se
perpetúen y permanezcan, pudiendo remediarse como lo hizo Gaspar Vargas,
siendo Alcalde Mayor del dicho puerto, que los sacó y echó, lo cual se debía
hacer ahora, pidiendo mándese proveerlo así y por mí visto por el presente
mando que luego que este mandamiento os sea mostrado hagáis juntar todos los
españoles que en esa jurisdicción hubiere y con un golpe de indios de los pueblos
de él vayáis a la parte y lugar donde los dichos negros y negras están y residen y
a costa de sus amos les queméis las rancherías, casas y sementeras que tuviesen
fechas y prendáis los que halláredes para entregarlos a cuyos fueren, cobrando de
sus dueños para ayuda del gasto y costa que en ello se tuviere (textos recopilados
por Aguirre Beltrán 1958: 59-60).
120. A. G. N. M., Cédulas Reales Duplicadas 5, exp. 134, fol. 28r.
122 JEAN-pierre tardieu
más solución al virrey que tomar en cuenta la proposición del fiscal,
confiando esta misión a un particular “que solo atendiese a la reforma-
ción y castigo de los dichos negros huidos”. Por lo cual había nombrado
el marqués a don Pedro de Munguía capitán de los cimarrones. Ahora
le daba un plazo de quince días para informarle sobre sus entradas, lo
cual nos permite deducir que Munguía no se señaló por su eficacia en
los meses que precedieron esta segunda carta.121
Sin embargo, se inspiró el virrey de la solución escogida para Vera-
cruz de modo a solucionar el mismo problema, pero en la costa del mar
del Sur; o sea, en la comarca del puerto de Acapulco. Allí, como es sabi-
do, llegaban en el galeón de Manila, los géneros de Filipinas y de China,
muy apreciados por los criollos no sólo de Nueva España, sino también
del virreinato del Perú, y desde allí se efectuaban los traslados de tropa
y de oficiales reales con la nao de Acapulco. Se había transformado el
puerto en lugar estratégico, de ahí la importancia del camino que lo
relacionaba con la capital. Ello no les pasó desapercibido a los esclavos
que huían de las haciendas vecinas, quienes acometían los almacenes
reales. Para controlarles, el virrey, el 8 de mayo de 1607, confió a Pedro
Flores de Acevedo, alcalde mayor del puerto, una comisión parecida a
la de Munguía en Veracruz.122
Si la vigilancia, basada en un sistema de espías y de delaciones —como
veremos más abajo—, permitió cortar por lo sano en los grandes centros
urbanos y en particular en México, no pasaba igual con el fenómeno rural
del cimarronaje. Luis de Velasco lo comentó con el visitador del virreinato,
licenciado Landeras de Velasco, quien mandó su parecer al Consejo de
Indias. Se mostraron de acuerdo ambos personajes en acudir a gente vo-
luntaria que se encargaría de la persecución de los fugitivos, según informó
el virrey el 29 de agosto de 1607.123
— Actuación del capitán Álvaro de Baena
Bajo los mandatos de los virreyes Gaspar de Zúñiga Acevedo, conde
de Monterrey (1595-1603), y de Juan de Mendoza y Luna, marqués de
Montesclaros (1603-1607), el capitán Álvaro de Baena, vecino de la nueva
121. Ibíd. (exp. 643, fol. 158r).
122. Ibíd. (exp. 763, fol. 188r).
123. A. G. I., México 27, N. 30, 2, fol. 2v.
Cimarronaje 123
Veracruz, desempeñó un papel relevante en la represión de los cimarrones
del camino de Veracruz.
Conviene decir algunas palabras acerca de este personaje, que tuvo
que vérselas con el Santo Oficio. En 1591, los inquisidores de México
se vieron en la circunstancia de contemplar su caso por una riña con
Juan de Villasaca, notario del Santo Oficio en Veracruz. Baena, alcal-
de ordinario del cabildo de la ciudad, se dedicaba como mercader a la
exportación de productos como la grana y a la importación de géneros
de España. En enero, en su presencia y en la de los oficiales reales, se
abrieron ciertas cajas de libros procedentes de la península para ver si
había en ellas cosas fuera de registro. A la Inquisición le tocaba efectiva-
mente comprobar que no llegasen al Nuevo Mundo libros prohibidos.
El notario ordenó que se llevasen las cajas a su casa para que las sellase
con el sello del Santo Oficio, lo cual no cumplió Baena. De ahí la queja
de Villasaca ante el tribunal de la Inquisición de México. A Baena, con-
vocado por los inquisidores, se le dio la ciudad por cárcel mientras se
resolviese su caso so pena de excomunión mayor y 500 pesos de multa
por cualquier infracción. Arguyó el inculpado de la imposibilidad de
quedarse en México, debido a sus obligaciones en Veracruz, donde la
flota estaba preparando su salida. Debía 70.000 pesos a la Real Caja y a
los maestres de la flota. Además, tenía que embarcar una gran cantidad
de grana y de moneda con destino a España. Por este motivo, solicitó
el permiso de ir al despacho de la flota, comprometiéndose a volver en
cuanto pudiese. Se lo permitieron los inquisidores bajo la debida fianza.
A fines de septiembre de 1591, fray Juan de Bobadilla, comisario del
Santo Oficio en Veracruz, intervino en su favor: “V. Sa use de misericor-
dia con el, que es un pobre y todo su mal lo tiene en que como es sordo
lo a de hablar todo, y asi yerre, que el se enmendara mandandoselo”.
Lo cual da a entender que no hubiera oído las órdenes del notario. Este
no compartía el mismo parecer, denunciando el odio y la enemistad de
Baena en su contra, con la complicidad de Jorge de Baeza, alguacil ma-
yor de la ciudad, “su mortal enemigo”. Aparentemente pues, el alcalde
ordinario intentaba defenderse de Villasaca acusándole a su vez ante
el Santo Oficio.124 No diremos más al respecto: el asunto nos permi-
te deducir que Baena no era cualquier vecino. Disfrutaba de un gran
poder económico en Veracruz, lo cual suscitaría profundos rencores,
pero también el apoyo de personajes de importancia. De ahí quizá la
124. A. G. N. M., Inquisición 213, n.º 30, fols. 298r-325r.
124 JEAN-pierre tardieu
indulgencia del propio comisario del Santo Oficio, lo cual no era poca
cosa, dadas las circunstancias. Lo que vamos a exponer a continuación
prueba que no le costó mucho trabajo a Baena salir de este mal paso.
En la represión del cimarronaje en la región de Veracruz, había su-
cedido, con el apoyo de Monterrey, al capitán Pedro de Ayala. Pero el
7 de noviembre de 1602, el virrey se vio obligado a intervenir en un
conflicto de competencias que, según Baena, estorbaba su actuación
en contra de los fugitivos. Cuando se estaba preparando para asaltar de
noche en los montes de Atocpa una gran ranchería de cimarrones, llegó
por una ladera Antón de la Parada, juez del nuevo camino del puerto
de San Juan de Ulúa, con una comisión que le permitía efectuar dicha
entrada. Como no tomó las precauciones necesarias, huyeron los ne-
gros, lo cual suscitó un gran descontento de parte de Baena y le incitó a
solicitar al virrey sobre sus prerrogativas. Monterrey tomó una decisión
salomónica para evitar los efectos negativos de tal competencia. A Bae-
na le tocaría actuar en las jurisdicciones de la vieja y nueva ciudad de
Veracruz hasta el río de Alvarado y las jurisdicciones de los pueblos de
Micanta y Xalapa. Antón de la Parada intervendría. fuera de estos lími-
tes. Se les prohibía terminantemente a los dos meterse en lo que no les
concernía. Si nos referimos a este percance anecdótico, es para subrayar
que estas competencias e incompetencias dificultaban la represión que
intentaban establecer los virreyes.125
A Baena le nombró Montesclaros, el 13 de junio de 1607, caudillo
de la compañía encargada de acabar con las exacciones cometidas en la
comarca del Río Blanco y la punta de Antón Lizardo. Se habían atre-
vido a saquear el pueblo de Tlalcoya, raptando esclavos en casas de sus
amos a las que prendían fuego, sin que ello suscitase la debida reacción
de las justicias de la nueva Veracruz, a quienes les incumbía el castigo,
por falta de medios admitió el virrey. A Baena le tocaría reunir a los
hombres necesarios, españoles, mestizos, indios y negros, para buscar
las rancherías de los fugitivos no sólo en la comarca de la vieja y nueva
Veracruz, del Río Blanco y de la punta de Antón Lizardo, sino también
en las jurisdicciones de Micantlatla, Cotlalpa, Tlalcoya, Zongolica, La
Rinconada, Huatusco, San Antonio, Orizaba, Xalapa y Río de Mede-
llín. Se le autorizaba para prender a todos los negros y mulatos de dichas
rancherías y encarcelarles en pueblos de españoles, y, en caso de resisten-
cia, se le concedía la facultad de matarles sin incurrir en delito alguno.
125. A. G. N. M., General de parte 6, fols. 115v-116r.
Cimarronaje 125
Se juzgaría sumariamente a los presos y se harían encuestas sobre los
españoles y mestizos que les hubieran prestado ayuda, aunque al virrey
le correspondería tomar una decisión al respecto. A las autoridades que
le pusiesen algún obstáculo o le negasen su apoyo, se les privaría de su
oficio. Se prohibía cualquier intervención que perjudicase la empresa,
provocando la fuga de los cimarrones. A los negros y mulatos libres de
la compañía, se les pagaría un salario en relación con lo dispuesto en el
concierto, cobrado del producto de las capturas. Para devolver los cima-
rrones presos a sus amos, se exigiría de éstos la cantidad de 30 pesos, se-
gún las normas vigentes. Si no se les encontrase, los esclavos capturados
pertenecerían al capitán y a su gente, después del pago del quinto real.
Por fin, se le entregaría a Baena una cantidad de 500 pesos suministrada
por un español con el fin de cubrir parte de los gastos de una expedición
contra los cimarrones. Acabó el virrey exigiendo del capitán que no se
demorase y rindiese cuentas de su actuación lo más pronto posible.126
En la probanza que levantó en 1608 al Consejo de Indias, declaró
Baena que había pasado más de treinta años de su vida al servicio de
la Corona. Más particularmente con motivo de las entradas contra los
cimarrones que robaban por los caminos y lugares de indios, y mataban
a los indígenas para raptarles mujeres e hijas. Consiguió prender a mu-
chos de ellos y, habiendo tenido noticia de una población suya, juntó
una cantidad de soldados para descubrirla. Acabó por dar, después de
grandes trabajos, con unos pueblos “en unos montes muy espesos entre
grandes cabernas” donde estaban avecindados más de dos mil negros sin
contar a las mujeres. Les acometió y quemó uno de estos pueblos del
que habían huido los vecinos. Persiguiéndoles con sólo tres soldados,
halló una montaña donde se había refugiado un escuadrón de más de
mil trescientos flecheros que le pusieron en gravísimo aprieto. Después
de reunir a su gente, les siguió y apretó de tal manera, según afirmó, que
se vieron obligados a tratar con los españoles para reducirse, con lo cual
cesaron los daños.127
Si la exageración con relación a las cifras se puede entender en tal
documento, no le resta interés en cuanto a la información suministrada
sobre la organización de los cimarrones. En caso de peligro, parece que
la consigna, para la gente del común, era huir hacia lugares donde tenía
126. A. G. I., México 127, R. 5, N. 75; A. G. N. M., Cédulas Reales Duplicadas 5,
exp. 803, fols. 188v-189v; véase el texto en anexos.
127. A. G. I., México 127, R. 5, N. 75.
126 JEAN-pierre tardieu
la posibilidad de ocultarse, como quizá las cavernas a que alude Álvaro
de Baena. Pero no pasaba igual para lo que bien podríamos calificar de
ejército, si nos atenemos a los términos usados por el capitán español
(“mas de tres mill y tresçientos negros flecheros en escuadron y ban-
dera tendida”), cuyo propósito consistía en desviar la atención de los
agresores, oponiéndoles una fuerte resistencia en lugares estratégicos,
en este caso una montaña, desde la cual podían asaetar a sus enemigos
sin correr mucho riesgo. De modo que no les quedaba a los persegui-
dos más que entrar en negociación con los persecutores en condiciones
ventajosas para ellos. Fue, según los dichos de Baena, el resultado de la
empresa.
En la segunda mitad del siglo xvii, los virreyes siguieron acudien-
do al sistema de las comisiones para reprimir el cimarronaje. Valga el
ejemplo de Domingo Luis, vecino de la ciudad de Yautepeque, en el
estado del Valle. A este dueño de un ingenio de azúcar, el conde de
Salvatierra le había confiado una “comisión para prender los negros y
mulatos cimarrones” que se huían de las haciendas del valle. Cada año
corría la tierra en busca de los fugitivos, en particular en la parte del río
Grande, donde solían retirarse por lo áspero de la tierra. Según afirmó,
consiguió limpiar toda la tierra por entonces, de ahí la decisión de los
alcaldes del crimen de la Real Audiencia de confirmar y ampliar dicha
comisión. En abril de 1663, solicitó una nueva comisión, arguyendo
que estaba dispuesto como antes a asumir los gastos. Sólo exigía que se
le permitiese compeler a quienes pudiesen salir con él y se pregonase
por México la prohibición para los negros y mulatos de llevar armas
ofensivas y defensivas. El fiscal de la Real Audiencia dio su visto bueno
el 26 de abril de 1663, y el conde de Baños despachó la comisión cua-
tro días después.128
— Intentos de negociación
Sin embargo, los cimarrones, muy difíciles de vigilar, no dejaron de
plantear un problema espinoso, según señaló Luis de Velasco el Mozo
en dos cartas al Consejo de Indias, de 9 de marzo y 23 de junio de 1608.
Diferían las opiniones sobre la manera de reducirles, sea por la paz sea
por la guerra. El virrey optaba por la primera solución por varios mo-
128. A. G. N. M., General de parte 11, fol. 333r-v.
Cimarronaje 127
tivos.129 Los dueños de los huidos no estaban nada dispuestos a tomar
a su cargo los gastos originados por la represión, y no había razón para
que la Real Hacienda se los restituyese. Por si fuera poco, dudaba el
virrey de la posibilidad de acabar de una vez con los cimarrones, dado
que solían refugiarse en lugares muy accidentados: “están encastillados
en tierra fragosa a que no se puede entrar sin mucho riesgo”. Y por
mucho que se hiciese, sería un cuento de nunca acabar. No dejaría de
producirse la huida de esclavos insatisfechos “porque aunque mueran
muchos han de quedar reliquias y como seminario para los que se fue-
ren huyendo”. Por eso, concluyó:
El visitador e yo estamos de acuerdo y otras algunas personas intelligentes
en que se admitan de paz y que pueblen y asienten y se les de la libertad que
piden con las limitaciones que fuere posible.
Si, una vez reducidos en pueblos, los cimarrones no respetasen los
convenios, “en tal caso quedaría la causa más justificada contra ellos
para hazelles guerra”.130
En la primera carta, declaró el virrey que los cimarrones de Vera-
cruz le habían hecho saber que estaban dispuestos a reducirse siempre y
cuando se les diese libertad. Por ello les había mandado algunas perso-
nas de confianza para tratar con ellos, en compañía de algunos padres
jesuitas encargados de catequizarles y amonestarles. Caso de no acertar
en su misión, se solicitaría la ayuda del general de la flota en cuanto
llegase al puerto para que prestase algunos soldados.
Si nos fijamos en la segunda carta, se establecieron negociaciones
entre los cimarrones de Veracruz y el poder, con la mediación de un
particular, encargado también de evaluar su número, reconocer la tierra
donde estaban instalados y el tipo de armas de que disponían, de modo
a preparar una posible reducción. Un fraile franciscano se quedó un mes
con ellos para confesarles y bautizar a sus hijos. Según él, su capitán era
129. No es de perder de vista que una Real Cédula de 7 de diciembre de 1541 les daba
facultad a los presidentes y oidores de las Reales Audiencias
[…] para que si dentro del tiempo que asignaren a los negros cimarrones
alzados, vinieren de paz y se redujeren a obediencia, o algunos de ellos, les
puedan perdonar por una vez las penas en que hubieren incurrido por haberse
ausentado y alzado del servicio de sus amos y obediencia a nuestras justicias
(Lucena Salmoral 2002: 62).
130. A. G. I., México 27, N. 43, 1, fol. 3v; N. 52, 1, fols. 6 y 7r-v.
128 JEAN-pierre tardieu
“negro de razón”, lo cual daba alguna esperanza para el porvenir de las
negociaciones. Pero al parecer del virrey, las exigencias de los cimarrones
a cambio de su reducción no se podían aceptar.
En su informe, con fecha de 17 de diciembre de 1608, Luis de Ve-
lasco trató del regreso del fraile a petición de los cimarrones. Había con-
seguido sosegarles, de modo que habían dejado de hacer daños. A decir
verdad, seguían manifestando sus recelos en cuanto a la determinación
de las autoridades de cumplir con su palabra, y solicitaban el respaldo
de la propia Corona.131 Requirió por ello Velasco una Real Cédula a este
respecto:
Pero estan temerosos de que no se les ha de guardar el asiento que con ellos
se tomare, y piden que se haga con ynteruençion de la autoridad rreal de V.
md y supuesto que el negoçio hasta ahora no tiene estado ni sabemos el que
tendra siendo V. md seruido se me podra enviar çedula para que ellos la
uean con orden de que yo haga el asiento y que el que hiziere se les guarde
y cumpla y se embie ante V. md para que se sirua de confirmallo y en el
interin se yra con ellos como el tiempo fuere mostrando asegurandolos y
trayendolos como pareçiere conveniente.132
En febrero de 1609, el fraile estaba de nuevo con los negros, pero no
había novedad y el virrey seguía esperando instrucciones de parte de la
Corona.133
A las cartas del virrey del 4, 6 y 9 de mayo de 1608, la Corona con-
testó el 20 de noviembre de 1608 manifestando su gran interés por la
reducción de los negros “alzados”. El 20 de diciembre del mismo año,
en respuesta a las cartas de 18, 20 y 23 de junio, el rey se remitió al
“buen celo” y a la “inteligencia” de Luis de Velasco para lo que convi-
niese en este asunto. Y, por fin, el 16 de mayo de 1609, avisó el Consejo
de Indias al virrey que se le enviaba la Real Cédula solicitada para la
reducción de los cimarrones.134 El tenor de dicha cédula es el siguiente:
Don Luis de Velasco, marques de Salinas, pariente, mi virrey gouernador
y capitan general de las provincias de la Nueua España, hauiendose enten-
131. Con mucha razón, Nietzsche, en Jenseits von Gut und Böse (1886), aseveró que el
esclavo ve con mal ojo las virtudes de los poderosos y que las considera lleno de
escepticismo y de desconfianza (fragmento 260).
132. A. G. I., México 27, N. 57, 1, fol. 2v.
133. A. G. I., México 27, N. 63, 1, fol. 4r.
134. A. G. I., México 1065, L5, 1, fols. 79r, 94v, 127r.
Cimarronaje 129
dido en mi consejo de las yndias que en la parte que en esa tierra llaman el
rio blanco estan alçados muchos negros vydos, perdido el miedo y respecto
deuido a mis ministros, y considerado quanto conviene acudir al remedio
de los ynconuenientes grandes que desto se siguen pareçio que se debria
hazerlo castigando a los dichos negros alçados como sus delitos y atrevi-
mientos lo mereçen, mas por vsar con ellos de mi acostumbrada clemençia
he resuelto que no solo no se haga esto pero que antes se trate de su redu-
cçion por medios suabes (presupuesto que conforme a lo que me escriuis
estauan ya quietos y ynclinados a reducirse ellos mismos), y assi os mando
que en la forma y como mejor os pareçiere procureis que se reduzgan por
bien aunque sea tomando para esto con ellos el asiento y con las condiçio-
nes que mas conuengan asegurandoles en mi nombre que todas ellas se les
guardaran y cumpliran como por la presente mando que se les guarden y
cumplan sin que falte cosa alguna y a mayor abundamiento se confirmara
el asiento que asi tomaredes con los dichos negros alçados ynuiandomelo
para ello, y de lo que hizieredes o fueredes haziendo en esto me avisareis
para que lo tenga entendido fecha en San Lorenzo el Real a diez y seis de
mayo de mill y seiscientos y nuebe años, yo el Rey, refrendada de Juan de
Ciriça y señalada de los del consejo.135
4.2. Vuelta a la represión
4.2.1. Por el camino de Veracruz
Así que por fin se había dignado el Consejo de Indias despachar la
Real Cédula que esperaban los cimarrones para reducirse. Pero era de-
masiado tarde. Antes de que llegase a destino la carta, Velasco le infor-
mó, el 24 de mayo de 1609, del fracaso de las negociaciones. Se habían
rebelado de nuevo so pretexto de que no se les garantizaría su libertad.
Echaron fuera de su pueblo a los frailes que estaban catequizándoles so
pretexto de que eran espías, y se dedicaron de nuevo al robo, al rapto de
esclavos y de negras e indias para unirse con ellas y multiplicarse. Eso
se debía, aseveró Velasco, a la mala influencia de mulatos y españoles de
las estancias de ganado vecinas, que, llevados de su interés particular, les
avisaban de cuanto se estaba preparando y les engañaban acerca de las
verdaderas intenciones del poder. Y por si fuera poco, había muerto el
135. Ibíd.
130 JEAN-pierre tardieu
capitán Manuel Carrillo, regidor de Veracruz, en quien habían puesto
su confianza los negros.
Dado el peligro, se vio obligado el virrey a tomar las medidas ade-
cuadas, abandonando pues toda idea de negociación para acudir de
nuevo a la represión. Es posible que influyera en su decisión un informe
que le enviara el obispo de Tlaxcala, don Alonso de la Mota y Escobar,
quien, en un memorial sobre su administración de la diócesis, se refirió
con fecha de 3 de diciembre de 1609 a una fechoría cometida por los
cimarrones por el camino a Veracruz que suscitó su indignación, y, por
ende, la del gobierno:
Estando durmiendo como a la una de la noche vinieron dos hombres vezi-
nos de la Puebla a dezirme como hauiendo desunzido carros que lleuaua a
la Veracruz junto al corral de Motecçuma, salieron con la luna una tropa
de negros de los alçados y dieron en los carros y se apoderaron dellos y le
robaron su caja do lleuaua su hato y como cien pesos y le mataron un her-
mano suyo de hasta XII años y le lleuaron dos yndias cassadas. Yo esperé
que fuese rompiendo el día y asi parti hauiendo puesto en orden de guerra
mis criados y el hato y llegue a los carros que estauan mas de dos leguas
adelante y halle ser así como dixeron, y al niño muerto con los yntestinos
de fuera y degollado, y la caja hecha pedaços y despojada, y los maridos
de las yndias que me dixeron les lleuaban sus mugeres y una criatura de
pecho. Yo hize lleuar al niño muerto a la estancia de Riuadeneira y le hice
enterrar en una capilla que alli ay. Y luego hize mensajero al Señor Virrey
con el auisso de lo sucedido. Y por no hauer soldados ni gente de hecho
por alli çerca no se dio auiso a nadie. Pudiera yo seguir el alcance con mis
criados y arcabuzes, pero ympidiolo mi estado y profesión, que no fue poco
el sufrimiento y fuerça que me hize viendo la gran crueldad que con aquel
niño ynocente tubieron.136
Se resolvió, pasada la estación de las lluvias, reunir una compañía de
quince o veinte soldados con un caudillo que, a su modo de ver, basta-
ría para prender a unos de los cimarrones, que tendrían que confesar el
número de sus compañeros y su ubicación en el monte, para preparar
luego una expedición represiva.137
136. Biblioteca Nacional de Madrid, Ms 6877: Aqui se hallara en este libro luz y Razon
de todas las cosas que e hecho en la administraçion de mi obispado de Tlaxcala, desde
que en el entre… Signatura: Ms 6877. Texto citado por Corro (1951: 10-11),
quien lo tomó de Aguirre Beltrán (1946).
137. A. G. I., México 27, N. 66, fol 4r-v.
Cimarronaje 131
En una carta del 30 de mayo de 1610, el marqués de Salinas se re-
firió a otra ranchería de negros alzados situada a unas leguas de Puebla
de los Ángeles. Dio con ella de improviso el provincial de la Herman-
dad, sin tener la posibilidad de prender más de a uno de ellos antes de
quemar sus viviendas. Lo que sí aseguraba el virrey era que no daban
mucho cuidado por situarse cerca de la ciudad y no tener mucha capa-
cidad de resistencia.138
4.2.2. Por el camino de Acapulco
Pero en el mismo año de 1609, más precisamente el 27 de marzo,
avisó el virrey a la Corona de las medidas que se había visto obligado a
tomar para atajar el paso a las amenazas de los cimarrones en la costa del
mar del Sur, o sea, el Pacífico, entre Colima y el puerto de Caratulco,
espacio que comprendía las jurisdicciones de Zacatula y de Acapulco.
Hacían, aseveró Velasco, “mucho daño por los caminos y puestos, es-
tancias y labores”. El 24 de mayo, volvió sobre el tema el marqués de
Salinas, haciendo hincapié en la gravedad de las amenazas de las tres
rancherías, que reunirían a más de 300 alzados, para la economía del
virreinato, “por la frecuencia y soledad de aquel camino de recuas que
van y vienen a la descarga de las naos de Philippinas”.139
Frente a la incapacidad de las autoridades locales de cumplir con
sus obligaciones, decidió nombrar a una persona de confianza para
tomar las cosas en mano, concediéndole una comisión parecida a la
de Álvaro de Baena. Se trataba del capitán Pedro Ochoa de Ugarte,
buen conocedor del asunto. Con el apropiado número de soldados, le
tocaría entrar “en las rancherías, montes, arcabucos y las demás partes
y lugares” donde estuviesen dichos cimarrones. No se le responsabili-
zaría de la muerte de los irreductibles, siempre y cuando les hubiera
requerido tres veces antes de atacarles. Las justicias locales le presta-
rían la ayuda necesaria al cometido. Gozaría de los poderes adecuados
para juzgar a dichos negros por los excesos cometidos, una vez hechas
las oportunas averiguaciones. Para cubrir los gastos, exigiría del dueño
de cada cimarrón capturado la cantidad de 30 pesos y vendería a los
que no tuviesen amos conocidos, pagando el quinto real al tesoro. En
cuanto a los negros que se rindiesen voluntariamente, les devolvería a
138. A. G. I., México 28, N. 4, fol. 3.
139. A. G. I., México 27, N. 66, fol. 4r-v.
132 JEAN-pierre tardieu
sus propietarios, exigiendo buen trato de éstos so pena de verse compe-
lidos a venderles a otros amos.140
Para la lucha contra los cimarrones, en los lugares más estratégicos
de Nueva España, los virreyes se encontraban en un aprieto. Era mani-
fiesto que las autoridades encargadas de la seguridad, a saber, los corre-
gidores y alcaldes mayores, distaban de dar entera satisfacción, debido,
admitieron los gobernantes, a sus múltiples cargos. Pero daban a enten-
der también que faltaban los recursos económicos, dada la desidia de
los propios dueños de los esclavos fugitivos en financiar las expedicio-
nes necesarias. También era muy perjudicial la connivencia entre ciertos
españoles y los fugitivos, que no dejaba de estorbar las intervenciones.
Así que no había otro recurso que acudir a intervenciones privadas en-
cabezadas por hombres de experiencia, buenos conocedores de los usos
de los cimarrones y del marco espacial de sus “rancherías” edificadas en
los montes. Como no se podía contar con su total desinterés, aunque
algunos de ellos invertían parte de su hacienda personal en el asunto,
era necesario establecer un contrato o asiento, también llamado “co-
misión” que le garantizase al “capitán de cimarrones” la esperanza de
sacar algún provecho de las entradas después de pagar a los hombres
contratados. Entre ellos se encontraban “soldados” españoles, pero tam-
bién indios adiestrados en el manejo de arcos y flechas, a menudo más
útiles en el contexto que las armas de fuego, y negros, que sabrían algo
de la sicología y del comportamiento de sus congéneres. Al capitán se le
conferían poderes extraordinarios de justicia, por lo menos en cuanto a
los castigos merecidos por los esclavos fugitivos. Se le supeditaban todas
las autoridades de los lugares recorridos por su expedición, lo cual, bien
mirado, no era poca cosa, transformándose ipso facto dicho capitán en
un auténtico déspota local, en lo que se relacionaba con la represión del
cimarronaje. Sólo dependía del virrey, quien esperaba que tales conce-
siones surtiesen los mejores efectos. Si Baena acertó en gran parte en su
empresa, fue su sucesor, Pedro González de Herrera, quien consiguió
derribar al temido Yanga. A decir la verdad, pese a las fuerzas alistadas,
parece que se trataba de una guerra de nunca acabar, de lo cual estarían
convencidos los propios virreyes, a juzgar por sus tergiversaciones.
140. A. G. I., México 27, N. 66, 3, fol. 1r-v. Véase el texto completo del asiento en
anexo.
Cimarronaje
Campo de actuación de los cimarrones entre el Río Blanco arriba y el camino de Veracruz (sur de Orizaba).
133
134 JEAN-pierre tardieu
Anexos
A. Anexo documental
A1. Asiento con el capitán Álvaro de Baena
[Parte a] Don Juan de Mendoza y luna marques de montesclaros por
quanto por carta y auisos que he tenido de diferentes personas he entendi-
do que el numero de los negros çimarrones que estan rrecogidos y alçados
en la jurisdiçion de la vieja y nueua veracruz rrio blanco y punta de anton
yçardo es muy grande y su libertad y atreuimiento mayor pues a llegado a
entrar al pueblo de tlalicoya a rrobar y saquear las casas y prender negros
de mestiços sacandolos de casas de sus amos y amenazando a los españoles
poniendo fuego a sus casas y haziendo otras ynsolençias que piden muy
breue y eficaz rremedio y comoquiera que pudiera no averlo avido por las
justiçias de la nueva veracruz a quyien se a encargado la prision y castigo
de los dichos çimarrones dandoles titulo de capitanes y comisiones para
hazer entradas no pareçe que esto a bastado porque con la ocupaçion de
la adminitraçion de la rreal justiçia se an hallado embarazados y no an
acudido a hazer entradas como convenia atento a lo qual y porque he sido
ynformado que la persona de albaro de baena vezino de la dicha çiudad
de la nueua ueracruz es a proposito para lo susodicho por auerse ocupado
en ello antes de agora por comision del señor conde de monterrey my
antesesor y thener mucha notiçia de las rancherías partes y lugares donde
los negros çimarrones asientan-por tanto por el presente en nombre de su
magd proveo y nombro al dicho aluaro de baena por capitan de los dichos
negros çimarrones y le doy comision y facultad quan bastante de derecho
se requiere para que por su persona y de los caudillos que nombrare haga
las entradas que le pareçiere con los soldados y yndios y negros y mestiços
que juntare y rrecogiere y con ellos pueda entrar y entre en las rancherias
montes y arcabucos y las demas partes y lugares donde los dichos çima-
rrones y negros huydos estuvieren poblados rrecogidos y alçados asi en las
dichas juridiçiones de la uieja y nueua Veracruz rrio blanco y punta de
Anton yçardo como en las juridiçiones de misantla tlacotalpan tlalucoya
songolica la rrinconada Guatusco san antonio oriçaua jalapa rrio de Me-
dellin y todas sus estançias montes poblados y despoblados y otras cuales-
quiera partes y lugares de las dichas jurisdiçiones donde los dichos negros
çimarrones estuuieren huydos y escondidos a los quales el dicho capitan
y la gente que con el y por su orden hiziere las dichas entradas puedan
prender y prendan con las negras mulatos y mulatas que se hallaren en su
compañía asi los que se uuieren huido de sus amos como los que alli uuie-
Cimarronaje 135
ren naçido y criado y si en las dichas entradas y prission de los tales negros
suçediere rresistirse y por no se querer dar ni rendir uuiere algunas muer-
tes se entiende que no se a de ser por quenta del dicho capitan aluaro de
uaena ny de la gente que con el fuere ni por ello an de tener cargo ni pena
alguna y toda la gente que prendiere de los dichos çimarrones los pondra
a rrecaudo en qualesquyer carçeles que yuiere en los dichos pueblos en la
guarda y custodia que conuiniere [parte b] que por el presente mando a
cualesquier juezes justiçias de su majestad de las partes y lugares donde
lo tal subçediere y en cuyas jurisdiçiones se hicieren las dichas entradas y
prisiones que en el uso de esta comission no pongan ni consienten poner
embargo ni impedimento alguno al dicho aluaro de baena antes le den y
le hagan dar todo el favor y ayuda que les pidiere y ouiere menester y las
carceles cepos grillos y prisiones necesarias para la dicha guarda y custodia
de los presos que ouiere demandado que por falta de las dichas justiçias no
se dexe de conseguir el buen efecto que se pretende so pena de priuacion
de sus officios y que se va por su quenta y Riesgo el daño que por su culpa
o negligencia se siguiere y assimesmo doy comission y facultad al dicho
capitan aluaro de baena que para todas las dichas entradas pueda apremiar
y apremie a que los negros y mulatos libres que bayan en su compañia
a las dichas entradas y prisiones dandoles por su trabajo la parte que les
cupiere de las presas conforme con ellos se conçertare y prohibo que otra
ninguna persona de ningun estado calidad y condicion que sea pueda
hazer las dichas entradas y prisiones en las dichas partes y lugares en esta
comission contenidas sino fuere el dicho aluaro de baena y las personas
que con el y con su horden entraren por los inconuinientes que se podrian
ofrecer de hazerlo en tiempos y occasiones que no sean de efecto sino de
ahuyentar y ausentar los negros de unas Rancherias para que se junten y
Recojan a otras so pena que seran castigados y se cobrara dellos el premio
que el dicho capitan y su gente ouieren de auer por las dichas prisiones
y otrosi doy comission y facultad al dicho capitan aluaro de baena para
que pueda hazer y haga juridicamente las averiguaciones que conuenga
en Razon de delitos y excesos muertes Robos y salteamientos que ouieren
hecho y causado los dichos negros cimarrones y los que dellos ouieren sido
capitanes y caudillos para que sean castigados conforme al derecho y para
ello pueda nombrar escribano ante quien pasar los autos y diligencias si
no lo uuiere publico y assi mesmo pueda hazer las dichas averiguaciones
para cualesquier personas españoles y mestizos que receptan y encubren
negros cimarrones o les den favor y ayuda y proceda a prission y fecha
la aueriguacion sumaria la embiara y remitira a esta corte al virrey que
gouernare para que prouea lo que mas conuenga y por el trabajo y Riesgo
que en lo susodicho uuiere de tener costas y gastos de su persona y de
los demas que en su compañia fueren a las dichas entradas aya y lleue el
136 JEAN-pierre tardieu
dicho capitan para si y para su gente treinta pesos de oro de minas de cada
pieça de esclauo o esclaua que prendiere fuera de poblado y en las dichas
Rancherias que es la cantidad que antes de agora se ha dado de premio a
las personas que han tenido a cargo las dichas entradas los quales dichos
pesos aya y cobre el dicho capitan de los dueños de los tales esclavos y si
algunos se prendieren que no tengan dueño conocido ni se halle hechas
las diligencias y pregones nesessarios en las dichas ciudades de la veracruz
y en la de los angeles y en esta corte y en la cabeçera de la jurisdicion don-
de sucedieren las tales prisiones en tal caso ha de ser y sea la presa para el
dicho capitan y gente que con el hizieren las dichas entradas pagando a su
majestad el quinto que le perteneçe en especie o su ualor a eleccion de los
oficios Reales de la dicha ciudad de la veracruz o de esta de mexico de mas
de lo que para que mejor se anime el dicho capitan a hazer las dichas en-
tradas le señale de ayuda de costa por esta uez los quinientos pesos de oro
comun que joseph de bañuelos vezino de la çiudad de los angeles por su
carta missiba ha ofrecido en nombre de un vecino del pueblo de salissoya
para ayuda a los gastos destas entradas los quales aya y cobre del susodicho
en conformidad de la dicha carta que para este efeto se le entregara ori-
ginalmente por el secretario ynfraescripto y se le aperçiue que con suma
brevedad haga las dichas entradas o algunas donde resulten buenos efectos
y se aseguren los pueblos y estancias que caen çerca de las rancherias de los
negros çimarrones como de su personna se fia y de lo que fuere haçiendo
me de auiso a mi o a quien me subçediere en el gobierno porque de otra
manera se le quitara y rreuocara esta comission y se proueera lo que mas
conuenga al seruicio de su magestad y seguridad de sus vasallos Fecha en
maxço a trece de junio de mill y seiscientos y siete años el marques de
montesclaros por mandado del virrey pedro de la torre.
Fuentes: Parte a A. G. I., México 127, R. 5, N. 75.
Parte b: A. G. N. M., Cédulas Reales Duplicadas 5, exp. 803, fols.
188v-189v.
A2. Asiento con el capitán Pedro Ochoa de Ugarte
Asiento que se tomo con el Capitan Pedro de Ochoa de Ugarte sobre la
pacificaçion de los negros alçados cerca del Puerto de Acapulco
Don Luis de Velasco caballero de la orden de Santiago virrey y lugarte-
niente del Rey nuestro señor gobernador y capitan general de la nueua
España, y pressidente de la audiençia y chancilleria real que en ella reside
etc. Por quanto he sido ynformado que en la costa de la mar del sur desde
Cimarronaje 137
la villa y jurisdiccion de colima corriendo la costa arriua hasta el puerto de
Caratulco en la qual se comprenden las jurisdicciones de çacatula puerto
de Acapulco y Ygualapa xicayan y Caratulco ay gran numero de negros
çimarrones que se an alçado y huido del seruiçio de sus amos los quales
estan situados y puestos en diferentes partes en sus rancherias, haziendo
mucho daño por los caminos y puestos estançias y labores y se puede reçe-
lar otros mayores daños que piden muy breue y eficaz remedio, y como
quiera que pudiera auerlo auido por las justiçias de cada uno de los dichos
distritos para prender y castigar los dichos negros çimarrones pareçe no
auerlo hecho por la ocupacion de sus oficios, atento a lo qual y porque
conuiene ataxar los dichos daños encargandolo a persona de entereza y
confiança, y porque la tengo de el capitan pedro ochoa de ugarte que
bien y fielmente acudira a lo que le fuere cometido y mandado de mas
de la notiçia que tiene de las rancherias partes y lugares donde los dichos
negros çimarrones asisten, por la pressente en nombre de suso proveo y
nombro al dicho pedro ochoa de ugarte por capitan de los dichos negros
çimarrones de la costa del mar del sur desde la dicha jurisdiçion de la villa
de colima hasta el dicho puerto de acapulco çacatula Acapulco y ygualapa
y xicayan y le doy comision y facultad para que por su persona y de los
caudillos que nombrare haga las entradas que le pareciere con los soldados
yndios y negros domesticos que juntare y recogiere y con ellos entre en las
rancherias montes arcabucos y las demas partes y lugares donde los dichos
negros çimarrones y los que se huuieren huido y estuuieren situados y po-
blados y anduvieren alçados en las dicha costa y jurisdiçiones della, segun
va declarado, y en todas sus estançias montes poblados y despoblados y
otras cualesquier partes dellas donde estuvieren, a los quales y el dicho
capitan y la gente que con el y por su orden hizieren las dichas entradas, y
las negras y mulatos y mulatas que se hallaren en su compañia assi los que
se huuieren huido del seruiçio de sus amos, y los que huuieren naçido y
criadose en las entradas y prision de los dichos negros subçediere resistirse
y por no se querer dar huuiere algunas muertes auiendoles Requerido
que se den una dos y tres vezes, se entienda que no a de ser por quenta
del dicho capitan ni de la gente que con el fuere, ni por ello an de tener
cargo ni pena alguna y toda la gente que prendiere de los dichos çimarro-
nes los prenda a recaudar en cualquiera carçel que huuiere en las dichas
jurisdiçiones con la guarda y custodia que conueniere y para ello mando
a cualesquier juezes y justiçias donde lo tal suçediere y en cuya jurisdiçion
se hizieren las dichas entradas y prisiones que en ello ni en parte de ello
le pongan ni consientan poner embargo ni ympedimento alguno antes le
hagan dar y den todo el favor y ayuda que les pidiere y fuere neçesario y
las carçeles cepo y grillos y prisiones que fueren menester para guarda de
los que prendiere de manera que por falta desto no se dexe de conseguir
138 JEAN-pierre tardieu
el buen effecto que se pretende so pena de privaçion de oficios y que sera
por su quenta y riesgo el daño que por su culpa y negligençias se siguiere si
para las dichas entradas fueren neçesarios algunos negros y mulatos libres
los compelen y apremien a ello para que vayan en su compañia, dandoles
por su trabajo la parte que les cupiere de las pressas como con ellos se
conçertare, y desde luego prohibo y defiendo que otra ninguna persona
de cualquier estado calidad y condiçion que sea pueda hazer ni haga las di-
chas entradas ni prisiones en las dichas partes y lugares sino fuere el dicho
capitan pedro de ochoa de ugarte y las personas que con el y por su parte
embiare por los ynconuenientes que se podrian ofrecer de las hazer en
tiempos de ocasiones que no sean de effecto ahuyentandolos y auisandose
los negocios de unas rancherias a otras, so pena que seran castigados, y se
cobrara dellos el premio que el y su gente ouiere de auer por las dichas pri-
siones, y si entendiere que los dichos negros çimarrones huuieren hecho
o cometido algunos exçessos de muertes Robos y otros delictos y los que
dellos huuieren sido capitanes y caudillos, haran en razon dello las aueri-
guaçiones y diligençias que conuengan para que sean castigados conforme
a derecho nombrando para ello escribano sino lo huuiere publico ni rreal
y que pasen ante el las dichas diligençias, y si conviniere hazerlas contra
cualesquiera personas españoles y mestizos que reçepten y encubran ne-
gros çimarrones dandoles favor y ayuda o que se siruan dellos, las haga y
proçeda a prission y con la aueriguaçion sumaria la embiara ante mi para
que visto prouea lo que conuenga y por el trabajo y ocupaçion y riesgo
que en lo susodicho ha de tener y costa y gastos de su persona y de los
demas que su. compañia fueren a las dichas entradas aya y lleue personas
y la dicha gente treinta pesos do oro de minas de cada pieça de esclauo
o esclaua que prendiere fuera de despoblado en las dichas Rancherias los
quales aya y cobre de los dichos dueños y si algunos se prendieren que
no tengan dueño conoçido ni se le halle hechas las diligençias y pregones
neçesarios en las dichas jurisdiçiones y en la de los Angeles y en esta cor-
te, en tal casso ha de ser y sea la pressa para el dicho capitan y gente que
con el hiziere las dichas entradas, pagando a su magestad el quinto que
le perteneçe en especie o su ualor a eleccion de los offiçiales reales desta
çiudad, con declaración que si algunos negros se uinieren a ellos mismos
ofreçiendose de paz, los Reçiua y embie y entregue a sus amos a los quales
aperçiba el buen tratamiento y que por la ausencia passada no los castigue
ni offenda so pena que seran compelidos y apremiados a uenderlos a otros
amos y las pressas de Ropa y otros bienes que les hallare y hiziere en las
dichas entradas auiendolo tomado con quenta y razon el dicho capitan
me dara notiçia para que uea como se ha de Repartir que para todo ello y
lo a ello anexo y dependiente le doy poder y facultad qual de derecho se
Requiere, y el dicho capitan tendra espeçial cuidado de darme quenta y
Cimarronaje 139
auiso de lo que se fuere haziendo en virtud de esta mi comision para que
se uea lo que se sigue deste effecto, y si conviniere se prouuera lo que mas
conuuenga a la quietud, seguridad y conseruaçion de los vasallos de su
magestad, fecho en Mexico a veynte y siete de março de mill y seisçientos
y nueue años Don luis de velasco.
Fuente: A. G. I., México 27, N. 66, 3, fol. 1r-v.
140 JEAN-pierre tardieu
B. Anexo iconográfico
-Mapa: Tetevtzinco, Santa María la Concepción y los Reyes Tecalpolco;
Taxco-A.G.N., México
Mapa de la exposición Cosmovisión indígena en los mapas novohispanos.
Archivo General de la Nación. México, julio de 2011
Cimarronaje 141
Referencias:
Tetevtzinco, Santa María la Concepción y los Reyes Tecalpolco;
Taxco
Fecha: 1622. A. G. N. México, Tierras, volumen 3331, expediente
24, foja 3
El pintor indígena, a la representación simbólica de los tres lugares
evocados, añade un rollo al que se encuentra atado un esclavo negro,
a juzgar por el pelo crespo del personaje. Ello daría a entender que se
trataba de un castigo recurrente en las minas y haciendas de la comarca
de Taxco. Es significativo el hecho de que el autor de esta representa-
ción fue un indio, movido quizá por un sentimiento de compasión,
situación sobre la que volveremos más abajo a propósito de los aconte-
cimientos de 1537.
Capítulo 5
El desafío de Yanga
El fraile franciscano que sustituyó a los jesuitas en la aproximación a los ci-
marrones del camino de Veracruz admitió, según refirió el propio virrey al
Consejo de Indias, que su capitán era “negro de razón”. De esa “racionali-
dad”, acorde con los criterios de la época, dio pruebas fehacientes. Primero,
solicitó los auxilios espirituales de un religioso, proclamando así su adhesión
a los esquemas ideológicos imperantes, de modo que no se podía justificar
una posible intervención militar con el pretexto de dar fin a prácticas bár-
baras que fuesen agravio a la “única y verdadera fe”. Al parecer, no denunció
el fraile ningún desliz sospechoso relacionado con sustratos tradicionales.
Luego, valiéndose de un contexto geográfico favorable, supo imponer dicho
capitán una relación de fuerza a las autoridades virreinales con el fin de que
renunciasen a la represión a todo trance a favor de una negociación, con
la mediación de algunos personajes de influencia. Convencido de lo inex-
pugnable de sus palenques, se atrevió a mostrar una exigencia desmedida,
solicitando la real garantía de la Corona para reducirse, quizá por haber oído
hablar de los convenios pactados, decenios atrás, con los cimarrones de Pa-
namá. Fuera lo que fuere, el capitán Yanga, cuyo nombre nunca aparece en
la correspondencia de los dirigentes locales con el Consejo,1 obtuvo para su
pueblo, después de resistir desesperadamente a las expediciones montadas
por los virreyes, lo que anhelaba, a saber, la libertad.2
1. Por este motivo, no encontramos ninguna ocurrencia del nombre de pila,
“Gaspar”, que le dan al héroe ciertos historiadores.
2. C. Palmer trata de la reducción del palenque de Yanga (1974: 165-169). Adriana
Naveda Chávez-Hita, refiriéndose acerca del palenque de Yanga (o Ñyanga,
según la ortografía adoptada) a los estudios no muy profundos de Henrique
Herrera Moreno (1892) y de Miguel García Bustamante (1988), precisa que “no
hay estudios que sobrepasen esa etapa y analicen a la población de carne y hueso
que protagonizó este episodio y posteriormente habitó y luchó por garantizar la
permanencia del asentamiento” (2012: 62). Desgraciadamente, la autora no sacó
todo el provecho de la documentación que tenía a su disposición, y no utilizó en
particular la que se encuentra a su alcance en el Archivo Nacional de México, lo
cual motivó en parte este capítulo y el siguiente.
144 JEAN-pierre tardieu
5.1. El reino de Yanga
5.1.1. Las referencias
Desde hace unos decenios, mucho se ha escrito acerca de la resistencia de
Yanga, principalmente a partir de la relación del jesuita Juan Laurencio al pa-
dre Rodrigo de Cabredo, visitador de la provincia jesuítica que había llegado
del Perú.3 Él y su colega Juan Pérez fueron nombrados capellanes castrenses
por Velasco para la compañía formada por Pedro González de Herrera. Los
documentos utilizados por los historiadores se encuentran en la Corónica y
historia religiosa de la Provincia de la Compañía de Jesús de México en Nueva
España,4 del jesuita Andrés Pérez de Rivas, y en la Historia de la provincia de
la Compañía de Jesús de Nueva España, del también jesuita Francisco Javier
Alegre,5 inspirada esta en la primera obra, que utilizaremos para este trabajo,
pareciéndonos útil añadir unos comentarios a lo ya dicho.6
3. Como hemos dado a entender en la introducción, Vicente Riva Palacio fue
uno de los primeros en interesarse por las rebeliones de los esclavos en Nueva
España. Inspirándose en la Historia de la Compañía de Jesús en Nueva España del
padre Alegre, la cual se apoyaba en la relación del padre Juan Laurencio (véase
más abajo), propuso un resumen del caso en México a través de los siglos, Tomo
segundo, El virreinato (1953: 549-550).
4. Pérez de Rivas (1896: vol. 1, 282-294). El autor, nacido en Córdoba (Andalucía)
en 1576, entró en la Compañía en 1602 y pasó a Nueva España en 1612. Dio
fin a su Corónica en 1654. Importa fijar con precisión este marco cronológico,
porque permite deducir que el jesuita llegó poco tiempo después de la reducción
de Yanga, lo cual le ofreció la oportunidad de manejar documentos y testimonios
de primera mano.
5. Alegre S. J. (1958: 175-183). El padre F. J. Alegre (1729-1788) se interesó en
particular por la obra de los jesuitas a favor de la enseñanza cristiana impartida a
los negros de Nueva España. A este respecto, se consultará el artículo de Kerson
(1955). David M. Davidson citó la obra de Andrés Pérez de Rivas (1654), de
la cual dice que la imprimió el padre Francisco Javier Alegre. Véase Davidson
(1981: 88-92). De Davidson se inspiró Martínez Montiel (1995: 630-632). El
capítulo que G. Castañón González dedica a la rebelión de Yanga y Francisco de
la Matosa se apoya en gran parte en A. Pérez de Rivas (1896: 111-123).
6. En el A. G. N. M., sección Historia, vol. 31, fols. 47v-56r, se encuentra una versión de
la guerra contra Yanga con el título “Alsamiento de los negros y origen del Pueblo de
San Lorenzo”. Forma parte de la obra manuscrita titulada Noticias de varias ciudades
en que un jesuita anónimo reunió varios textos. Se inspiró muy estrechamente en
la relación de Laurencio. C. Palmer señala la existencia del documento. N. Ngou-
Mve lo estudió en “El cimarronaje como forma de expresión del África bantú en la
América colonial: el ejemplo de Yangá en México” (1997: 27-51).
El desafío de Yanga 145
Antes de contemplar el análisis de los hechos por los dos jesuitas, interesa
evocar el prólogo de Pérez de Rivas, muy significativo del contexto y del
estado de ánimo de los dirigentes en 1608 frente a las actuaciones de los
cimarrones:
…La jornada que aquí tratamos tuvo su origen de que, habiéndose multiplica-
do en la Nueva España grandemente el número de los morenos etíopes que en
los navíos de armazones de ellos suelen venir de Angola y de otras partes de la
Etiopía, algunos de ellos, mal alentados y mal contentos de servir a sus amos,
comenzaron a hacerse fuga y retirarse a unas ásperas serranías, donde hallando
tierras y aguas a propósito para hacer sus sementeras y sustentarse, también sa-
lían a los caminos y otras estancias de los españoles, donde como gente forajida
salían a hacer sus asaltos, cautivando indios e indias, y tal vez no perdonaban
a los españoles. Y el mayor daño que se seguía del atrevimiento de los negros
Zimarrones, que así los llamaban, era que con el ejemplo de éstos, otros lo to-
maban para seguirlos, cuando se cansaban o les daban alguna ocasión sus amos,
y recibiéndolos de muy buena gana los Zimarrones, iban engrosando sus cáfilas.
Con esto no estaban seguros los caminos, en especial los más públicos y gene-
rales del reino, cuales son los que de México pasan a la Veracruz, puerto donde
llegan las flotas que vienen de España; sentíanse ya en la tierra estos daños tan
generales, los cuales, si no se reparaban con tiempo, comenzaban otros mayores
adelante, porque cada día se multiplicaban los Zimarrones con los que se les
llegaban y crecían sus fuerzas y los insultos que cometían. Y aunque algunas
vezes habían salido algunas justicias de aquellas comarcas acompañadas de otros
españoles, a castigar y aprehender a esta canalla fugitiva, no se había logrado el
intento, porque el puesto que habían escogido los negros para su morada y las
madrigueras que tenían, eran por extremo ásperas y dificultosas.7
Según Laurencio, llevaba Yanga en 1609 treinta años gobernando “con
elebados pensamientos” su reino cimarrón, lo cual haría remontar el prin-
cipio de su gobierno al año 1579. No era poca cosa el haber protegido la
independencia de sus súbditos durante tanto tiempo, y su fama, admitió el
jesuita, atrajo a numerosos fugitivos,8 deseosos de acogerse a “su autoridad y
7. Pérez de Rivas (1896: 283).
8. En cuanto a la identidad y a la condición de los cimarrones de la región, es
de citar el análisis de Adriana Naveda Chávez-Hita: “Los esclavos huían sin
distinción de sexo, edad, u oficio, ya que, según consta en los documentos, había
esclavos que escapaban cuando tenían más de sesenta años, y algunos que lo
hacían desde la adolescencia: huían tanto bozales como criollos, y era frecuente
que lo hicieran por parejas. Sería erróneo considerar que solo los esclavos menos
capacitados se fugaban, ya que tenemos registros de maestros de azúcar, herreros
146 JEAN-pierre tardieu
bellos modos”. Supo dotarles de una organización estructurada y adaptada,
reservándose, entrado en años, la administración civil y política, y confiando
el poder militar a un negro angola, Francisco de la Matosa, posiblemente
uno de los jagas a quienes aludiremos más abajo.
5.1.2. El palenque principal
El palenque principal de Yanga estaba protegido por la aspereza de la sierra
y la existencia de pantanos que dificultaban el camino. El real se encontraba
en Cofre de Perote, en los montes de Olmealca de la sierra de Zongolica.9
Dominaba un campo de buenos pastos, de sementeras de maíz, de tabaco y
calabazas. Tan sólo un estrecho sendero permitía el acceso al pueblo fortifica-
do por una muralla de peñascos.10 Por si fuera poco, lo cortaban primero un
puente hecho con un palo largo y tres puertas —la segunda más estrecha—
amarradas con fuertes bejucos de monte, y estaba en parte obstruido por
troncos y maleza. Por cada lado del camino se erguían altas empalizadas de
manera que no se pudiese agredir masivamente el campo. Desde lo alto de
grandes peñas, los defensores podían disparar flechas, tirar piedras y troncos
hacia los agresores que sólo progresarían individualmente.11 La configura-
ción permitía además un posible repliegue estratégico de un nivel a otro. Se
parece mucho el palenque de Yanga al de Bayano en Panamá, vencido por
Pedro de Ursúa a mediados del siglo xvi.12
y carpinteros que preferían la libertad de facto al estatus que su trabajo les daba
en el trapiche” (2001: 160).
9. En los alrededores de la antigua Veracruz, Los Tuxtlas, Xalapa y Orizaba, se concentraba
el mayor número de haciendas de caña. Véase Naveda Chávez-Hita (2012: 157).
10. El palenque de Yanga se puede comparar con Mapongo, donde se situaba la
morada del rey de Angola en el siglo xvii, según la descripción de Dapper:
Le Roi d’Angole demeure au dessus de Massingan, dans un village situé
sur une roche nommée Mapongo, qui a plus de dix lieuës de circuit, et dont
le sommet semble atteindre jusques aux nuës. Le pié de ce côtau est bordé de
plaines fertiles, baignées de ruisseaux d’eau douce, et on y trouve de tout ce qui
est nécessaire à la vie. Ce rocher n’est ouvert que d’un côté et inaccessible par
tout ailleurs: de sorte que ce Prince n’a rien à craindre ni de la Reine Xinga, ni
des Jagos Dapper (1686: 370).
Es posible que los “yanguicos” se inspiraran de lo que conocían en el reino de
Angola para transformar su refugio en fortaleza.
11. Pérez de Rivas (1896: 288).
12. Véase Tardieu (2009: 93-103).
El desafío de Yanga 147
Constaba el pueblo de sesenta casas y una iglesia. En el centro se erguía
un árbol muy alto que servía de atalaya desde la cual se vigilaban los alrede-
dores del cerro. Al pie del árbol se encontraba la morada de Yanga, centro del
gobierno, “en la cual se hacían las consultas de paz y guerra, como se colegía
de los muchos asientos y bancos que había dispuestos”. Esta referencia daría
a entender que no gobernaba de un modo despótico Yanga, a quien rodeaba
un senado que le aconsejaba en los casos difíciles.13 Según se enteraron luego
los españoles, ocupaban los cimarrones el lugar desde hacía tan sólo nueve
meses. Es decir, que su organización estratégica era dinámica y no dejaba de
buscar el lugar más adecuado para compaginar defensa y mantenimiento del
pueblo, capital del reino de Yanga.
13. Pérez de Rivas (1896: 290).
148 JEAN-pierre tardieu
Éste aparentemente no había rechazado la religión de la sociedad do-
minante, a juzgar por la existencia de una iglesia, igual que en el palenque
de Bayano, cuyas campanas repicaron los soldados al entrar en el campo
después de enarbolar el estandarte de su capitán. Sabemos que, durante las
negociaciones anteriores, los frailes franciscanos cumplieron con su misión
sin dificultad en un primer período. Más aún, cuando se produjo el ata-
que, estaba rezando el rey cimarrón en este edificio. Cabe preguntarnos,
sin embargo, si no había en las prácticas de los vecinos alguna heterogenei-
dad procedente de los sustratos africanos, hipótesis a la que nos incitarían
las rápidas referencias, evocadas más abajo, a la presencia de flechas hinca-
das delante del altar14 y la chupada de sangre, aunque la carta de Laurencio
no suministra desgraciadamente ninguna información al respecto, quizá
de un modo voluntario para no perjudicar en el futuro la misión evange-
lizadora. Vencido Yanga, se portó como buen cristiano, lo que no significa
que pasara igual para todos sus súbditos.
La descripción del pueblo y de los campos situados al pie del cerro es
muy significativa:
Nueve meses havía solamente que ocupaban este puesto, y se veían ya planta-
dos muchos plátanos y otros árboles frutales, muchas sementeras de maíz, de
frijol, de tabaco, de batatas, algodón, y otras legumbres, mucha abundancia de
gallinas, gran número de ganado y algunos telares, en que trabajaban las mu-
jeres, mientras que los hombres, la mitad se empleaban en la labor del campo,
y la otra mitad estaba destinada a la profesión de las armas.
Los despojos que se hallaron en el pueblo fueron considerables en ropa,
espadas, mucho maíz y otras provisiones de boca, algunos fusiles y no poca
moneda.
Estas pocas líneas ilustran los resultados de lo que llamó Laurencio los
“elebados pensamientos” de Yanga. Se notan primero los efectos de una
buena adaptación al marco ecológico que permitía primero una agricul-
tura y una ganadería diversificadas, de un gran provecho para el equilibrio
de la dieta, y luego el surgimiento de un proceso de transformación de los
productos con la artesanía textil, necesaria para la indumentaria. El reparto
de las tareas, por su aspecto convencional, recalca lo estructurado de la
sociedad cimarrona, que favorecía la estabilidad y la densidad demográfica
de la comunidad. A diferencia de lo que ocurría en muchas civilizaciones
africanas tradicionales, en ella los hombres no eran a la vez campesinos y
14. Pérez de Rivas (1896: 289).
El desafío de Yanga 149
guerreros, sino que se especializaban según las necesidades y quizá tam-
bién sus habilidades, lo que podía suponer una selección bien pensada,
reveladora de una gestión prospectiva. Prueba de ello son las abundantes
existencias —“considerables”, asevera Laurencio— de víveres y de objetos
manufacturados, acumulación realizada como prevención de calamidades
climáticas o estados de sitio. En estos almacenes, se encontraban armas,
espadas quizá forjadas por los propios cimarrones a partir de metales roba-
dos o logrados por trueque con algunos españoles que se habían resuelto
a aceptar su vecindad, e incluso fusiles que sólo podían provenir de los
saqueos, a no ser que existiera un tráfico clandestino de armas.15 De los
robos procederían también el ganado y los caballos de los negros. Si po-
seían los cimarrones “no poca moneda”, conseguida de igual manera, este
tesoro permitiría indudablemente cierto comercio. Por lo tanto, el reino de
Yanga no se replegaba en la autarcía, sino que disfrutaba de intercambios
económicos con el exterior.
Yanga
a-estratega
b-juez
c-mediación con
1 los antepasados
Consejo -Francisco de la Matosa
Capitán general
2 -Capitanes
Trabajadores Soldados
-campesinos
-artesanos
3
A-Dimensión B-Dimensión
civil militar
La “constitución” del palenque-estado de Yanga.
La “constitución” del palenque-estado de Yanga
Aplicando los criterios de Aristóteles (Política III, 14), se puede definir la “constitución”
del palenque-estado de Yanga de esta manera:
15. Con mucha razón insiste L. M. Martínez Montiel en que la dependencia de
las comunidades
1. Se asimilará cimarronas
el poder de Yanga a laenrealeza
el dominio
de los del armamento,
tiempos heroicos,enque
particular en alogente
se aplicaba
que concernía
consentidora los mosquetes
en dominios “no permitió
determinados. El reyunaes separación
estratega, total”.
juez yVéase Martínez
mediador con los
Montiel (1995: 613).
antepasados.
2. No se trata de una monarquía absoluta, en la medida en que existen:
— un senado constituido sin duda alguna por los ancianos o los compañeros más antiguos de
Yanga; son sus asesores en materia de gobierno civil y militar;
— un capitán general, lugarteniente de Yanga en el dominio militar (ingeniería militar,
guerra), con varios capitanes bajos sus órdenes.16
150 JEAN-pierre tardieu
Aplicando los criterios de Aristóteles (Política III, 14), se puede definir
la “constitución” del palenque-estado de Yanga de esta manera:
1. Se asimilará el poder de Yanga a la realeza de los tiempos heroicos,
que se aplicaba a gente consentidora en dominios determinados. El rey es
estratega, juez y mediador con los antepasados.
2. No se trata de una monarquía absoluta, en la medida en que existen:
— un senado constituido sin duda alguna por los ancianos o los com-
pañeros más antiguos de Yanga; son sus asesores en materia de go-
bierno civil y militar;
— un capitán general, lugarteniente de Yanga en el dominio militar
(ingeniería militar, guerra), con varios capitanes bajos sus órdenes.16
3. El pueblo compuesto por:
— los trabajadores (campesinos y artesanos): después de dedicarse a
las faenas agrícolas, los campesinos se recogen al palenque-ciuda-
dela,
— los soldados: se dedican a expediciones de saqueo y robo, defienden
el palenque-ciudadela y protegen la huida de los vecinos a otros
palenques de refugio en caso de necesidad.
No hay confusión en estas actividades, lo cual patentiza una evolución
notable en la estructuración socio-política de la comunidad.
5.2. La guerra contra los “yanguicos”
5.2.1. Los preparativos de Pedro González de Herrera
El 30 de mayo de 1610, Luis de Velasco el Mozo informó a la Corona de lo
hecho en contra de los cimarrones de Yanga, o, mejor dicho, de los del Río
de Labrado. Había puesto sus esperanzas en el capitán Pedro González de
Herrera,17 encargado de llevar a cabo la empresa de represión. Hubo varias
16. Como veremos, los negros conspiradores de México adoptaron también un
desdoblamiento del poder parecido con un jefe supremo y un estratega que se
aprovecharía de su experiencia militar.
17. Pérez de Rivas precisa que Pedro González de Herrera era un vecino acaudalado
de Puebla de los Ángeles y natural de Mérida en Extremadura. Puebla era la gran
ciudad más cercana a los puestos de los cimarrones (1896: 282).
El desafío de Yanga 151
y violentas refriegas que, si desalojaron a los negros de sus rancherías que
fueron quemadas con los bastimentos almacenados en ellas, no lograron
aniquilar sus fuerzas, dado que su perfecto conocimiento del terreno les
permitía huir de la persecución enemiga “por ser la tierra tan fragosa que
a cient passos se perdia el mas experimentado en ella”. No extraña pues
el resultado, situación común a todas las grandes resistencias cimarronas.
Ello no impidió, sin embargo, que se prendiese a unos cuantos negros e
incluso a algunas indias por ellos raptadas, indicio de que el proceso de
miscigenación ya había empezado entre los cimarrones al igual que en
otras circunstancias anteriores, como en Panamá. Pero, también como en
la segunda guerra contra los cimarrones de Bayano, los súbditos de Yanga
habían adoptado una organización territorial estratégica que les protegiese
de las agresiones urdidas por la sociedad dominante: “dellos no se pudo
saber mas de que tenian conçertado dividirse por diferentes partes de ma-
nera que no pudiessen ser hauidos todos juntos”. Se habían agrupado los
fugitivos en diferentes “rancherías” que se regían con cierta autonomía, de
modo que, incluso con los efectos del tormento, no pudiesen revelar su
ubicación los presos eventuales. Es de suponer que existían lugares secre-
tos de acogida para los casos de emergencia, ocultos en lo más denso del
monte, con los adecuados almacenes de víveres, lo cual hace patente el
optimismo de Velasco:
Y aunque el capitan corrio toda la tierra y hizo las diligencias que pudo no
hallo rastro ninguno. Tienesse por çierto que con la falta de bastimentos que
los huidos lleuauan y la que hauia en toda aquella sierra habran pereçido de-
mas que ellos no heran tantos como se entendia. Despues de este suceso no se
a sentido en toda aquella comarca un solo negro aunque siempre se a uiuido
con cuydado por ver si boluian a juntarse.
Si obviamente pecó de optimista el marqués, no incurrió en la más
completa ingenuidad. Decidió formar una compañía de vigilancia a las
órdenes de un capitán, encargada de recorrer los caminos de la comarca,
previo aviso de la Real Audiencia y de personas conocedoras de los lugares.
Pero las condiciones impuestas, que se justificarían como siempre por la
falta de presupuesto adecuado, anunciaban ya su futura impotencia. Se
limitaría su actuación en el tiempo y el número de hombres pasaría de
veinte a diez soldados, “procurando como se ha hecho en lo demas ahorrar
gastos”. El sueldo anual no excedería los trescientos pesos, o sea ciento
cincuenta menos de lo que cobraban los que servían con armas y caballos
en la frontera con los indios chichimecas. En cuanto al capitán, puesto que
152 JEAN-pierre tardieu
recaería en el mismo Pedro González de Herrera, se le gratificaría con al-
gún oficio de justicia por no llevar sueldo. Haciendo el balance financiero
de la expedición, el marqués de Salinas declaró su intención de reembolsar
el dinero prestado por la Real Caja, encargando a los oidores de la Real Au-
diencia, licenciados Diego Núñez Morquecho y Antonio Reyes, la misión
de encontrar los recursos idóneos.18
5.2.2. Las fuerzas antagónicas
Como se había de esperar, no sale la introducción de Alegre de lo con-
vencional. Fueron los esquemas sociales imperantes los que le incitaron
a preferir a la palabra “cimarrones”, corrientemente usada, la expresión
“negros bandidos”, de más impacto moral, que hacía de ellos los enemi-
gos de la sociedad cristiana. No se demora en sus exacciones, contentán-
dose con reproducir los tópicos más corrientes al respecto: “[sus] atenta-
dos ponían en continua inquietud los caminos, y las poblaciones todas,
desde Veracruz hasta México”. Pérez de Rivas aludió más directamente
a los acontecimientos que determinaron al virrey a tomar una decisión:
los cimarrones se habían apoderado de unos carros que llevaban a Mé-
xico la ropa procedente de España, desbaratando a la gente de servicio
y haciendo pedazos a un español que dirigía el convoy.19 Según Alegre,
el propósito del viceprovincial Martín Peláez, al enviar a Juan Lauren-
cio20 y Juan Pérez, de la casa profesa —acatando la solicitud del mismo
virrey—, no era tan sólo dispensar los auxilios espirituales a la tropa,
como la confesión antes de los enfrentamientos —lo cual evidencia los
riesgos incurridos—, sino “la salvación de aquellas pobres almas”. Pérez
de Rivas había precisado que también les tocaría tratar “de medios de
paz y de reducir a aquellos forajidos a puesto y sujeción conveniente”.21
Obviamente los dos jesuitas no hicieron más que asumir el discurso de
la época. Dicho esto, que merecía la pena apuntar, pasemos al propio
discurso de Laurencio, testigo ocular.
18. A. G. I., México 28, N. 9, 1, fol. 9.
19. Pérez de Rivas (1896: 284).
20. No era cualquier jesuita Juan Laurencio, según Pérez de Rivas: “Padre grave y de
grande religión y prudencia”, había sido rector del colegio de Puebla y llegó a ser
provincial, después de los acontecimientos referidos (1896: 284).
21. Pérez de Rivas (1896: 283).
El desafío de Yanga 153
Llama primero la atención la importancia de la tropa progresivamente
reunida por González de Herrera que alcanzó antes del ataque el número
de 550 individuos:22
— 100 soldados,
— otros tantos aventureros,
— 150 indios de arcos y flechas,
— 200 hombres entre españoles, mulatos y mestizos de las estancias
vecinas.
Este conjunto patentiza la determinación del capitán, pero también
su pragmatismo. Si los soldados de carrera no representan ni siquiera la
tercera parte de los efectivos, sería quizá por falta de recursos, pero también
porque González de Herrera no ignoraba que en el marco geográfico en
que iban a desarrollarse las operaciones, le serían de mucha utilidad los
indios flecheros por su conocimiento del terreno, su gran pericia y la faci-
lidad con que se encontrarían las municiones necesarias. A la tropa inicial
se agregó gente reclutada en los mismos lugares de intervención, con la
ayuda de los propietarios perjudicados por los cimarrones, sin distinción
de raza, debido a la alienación característica de la época, en la cual huelga
insistir. Por el mismo motivo tampoco faltaron esclavos, en particular los
que estaban al servicio personal del capitán. Ideó el caudillo una acertada
complementariedad en la organización de su compañía para aminorar los
gastos por un lado y por otro acudir en última instancia a los costosos
recursos técnicos, la artillería en este caso. Y fue lo que pasó efectivamente
con el sitio del pueblo fortalecido de Yanga en que los arcabuceros, una
vez hecho el trabajo de los indios flecheros, no erraron sus tiros, haciendo
estragos entre los resistentes. Formó parte de la estrategia el secreto sobre
la fecha de la salida, de manera que los cimarrones no se enterasen de los
preparativos con una lesiva antelación. Con este objetivo, se prohibió la
salida de México de cualquier negro desde la víspera del día previsto para
el principio de las operaciones, o sea, el 26 de enero de 1609.
Según las referencias recogidas de Laurencio por Pérez de Rivas, la “fac-
ción” de los negros no pasaba de 80 varones de pelea. Pero también se
encontraban en el palenque 24 negras, algunos indios e indias y un nú-
22. Pérez de Rivas (1896: 290).
154 JEAN-pierre tardieu
mero indeterminado de negrillos que huyeron con la ropa antes de que
ingresasen los españoles en el palenque.23
Laurencio, antes de describir las operaciones y con la finalidad de jus-
tificarlas, hizo hincapié en los excesos cometidos, que también merecen
algún comentario:
Estos [los cimarrones], a la sazón, andaban tan insolentes, que, en aquellos
mismos días, havían robado y prendido fuego a una estancia de campo, aun-
que no pudieron hacer presa en la gente, que se salvó por los pies. Pasaron
luego a una pastoría, donde robaron seis indias, llevaron preso a un español,
y quitaron a otro cruelmente la vida, habiéndole abierto la cabeza y recogida,
con las manos, la sangre que bebían con bárbaras supersticiones y ceremonias.
De creer a Laurencio, el comportamiento de los cimarrones en este
caso no se diferenció de la barbarie. No podía entender que para ellos se
trataba de sobrevivir, destruyendo cuanto podía amenazar su seguridad
y lanzando así advertencias sin darse cuenta que, al fin y al cabo, eran
contraproducentes. También el rapto de mujeres indias, como ya hemos
dicho, respondía al mismo propósito, dada la desproporción del sex ratio
entre los fugitivos. Pero lo más repulsivo de la referencia, qué duda cabe,
es la evocación del sacrificio ritual de un español, cuya sangre, abierta su
cabeza, bebieron “con bárbaras supersticiones y ceremonias”.24 No se equi-
vocó mucho el jesuita en la calificación del acto, aunque, claro está, no
entendió su alcance.
Prueba de ello son las referencias parecidas que presenta la relación
de Antonio Cavazzi de Montecuccolo, misionero capuchino italiano
en Congo, Matamba y Angola, escrita a petición de Propaganda Fide y
publicada en Bolonia en 1687.25 Gran parte del texto gira en torno a la
conversión de la mítica reina de Angola, o más bien dicho de Matamba
y Ndongo, Njinga Mbandi (1582-1663), a quien los portugueses, al
bautizarla, dieron el patronímico del gobernador de Luanda, de ahí el
apellido “doña Ana de Sousa”. Lo que nos interesa más directamente
de esta obra son las descripciones del comportamiento de la secta de
los jagas, cuyas costumbres adoptó la reina en lucha contra sus rivales
e incluso los portugueses, antes de regresar a la fe cristiana al final de
23. Pérez de Rivas (1896: 283).
24. La relación “Alsamiento de los negros y origen del Pueblo de San Lorenzo” no
pasó la expresión por alto.
25. Cavazzi da Montecuccolo (2010).
El desafío de Yanga 155
su vida. Los terribles jagas solían efectivamente comer a sus enemigos
vencidos o chupar su sangre. El capuchino ilustró su texto con treinta
acuarelas de un gran interés testimonial, que se reprodujeron bajo for-
ma de grabados. Felizmente se descubrió últimamente la serie de los
dibujos iniciales, publicada en la edición utilizada para este trabajo. La
reproducción XIII muestra de una manera muy realista a un jaga que
“succhia il sangue”. Ahora bien, lo que no indica el jesuita Laurencio
es que este rito no correspondía a la satisfacción de un instinto animal,
sino más bien al deseo de los guerreros de adueñarse de las fuerzas
vitales del enemigo vencido.26 Queda por saber cómo llegaron dichos
ritos a los cimarrones. Ya hemos aludido al origen “angola” de gran
parte de ellos, debido a la trata negrera dominada por los portugueses.
Según la relación de Cavazzi, uno de los castigos más usados por la
reina Njinga con sus adversarios consistía en mandarles “allende el mar
para servir en las minas de los blancos”. Sus cóleras no perdonaban ni
siquiera a la gente más encumbrada en la sociedad tradicional, como
los soberanos locales o soba. Hasta tal punto que a la administración de
Propaganda Fide le preocupaba el envío de muchos esclavos al Nuevo
Mundo, sin que “se los instruyera antes acerca de los misterios de la fe
y hubieran recibido el bautismo”. No resulta muy difícil entenderlo,
se temía que, una vez en las Indias occidentales, siguiesen practicando
sus ritos paganos.27
Por cierto, no podía ser Yanga uno de estos esclavos, si nos atenemos a
la aseveración de Laurencio: “Yanga era un negro de cuerpo gentil, bran de
nación, y de quien se decía, que, si no lo cautivaren fuera rey de su tierra”.
Pertenecería pues a la etnia de los abron, del interior del Ghana actual, o
sea, la antigua Costa del Oro. Pero no es de olvidar la proposición de Ni-
colás Ngou-Mve según la cual la etnia “bran”, a la que se refiere Laurencio,
correspondería a los “bram” o “brama” (“bavarama”) de África Central.28
Fuera lo que fuere, muchos de sus súbditos procederían del reino de Ma-
tamba o de Ndongo, donde imperaban las costumbres de los jagas y quizá
durante el reinado de la misma reina Njinga. En este caso, serían efectiva-
mente temibles guerreros, lo cual explica las dificultades que experimentó
González de Herrera para dominar a los “yanguicos”, como se llamó a los
26. Cavazzi da Montecuccolo (2010: 45).
27. Cavazzi da Montecuccolo (2010: 213, 221, 247, 249, 283, 304).
28. Ngou-Mve, (1997: 40).
156 JEAN-pierre tardieu
fugitivos encabezados por Yanga.29 Éste, por todas las Indias occidentales,
es el único caso que hemos encontrado de cimarrones a quienes se dio por
nombre un calificativo derivado del apellido de su cabecilla, lo cual sería
significativo de su cohesión y su determinación por una parte y del poder
sobre ellos del jefe epónimo por otra.
5.2.3. El enfrentamiento
Volvamos pues a la guerra que estaba iniciando el capitán español, quien
se aprovechó de una torpeza, o mejor dicho de una fanfarronería algo sor-
prendente de parte de un hombre de experiencia como Yanga.
En la campaña emprendida por sus fuerzas, se le había perdonado la
vida a un español, traído al real del caudillo cimarrón, el cual se portó con
magnanimidad, como un soberano ungido por la divinidad: “…no temas,
español, le dijo, no morirás, pues has visto mi semblante”. Es posible que,
con el tiempo, se creyera investido de alguna misión sagrada, de ahí el
comportamiento que no fue capaz de entender Laurencio —quien le cali-
ficó de soberbio—, pero muy representativo, a nuestro modo de ver, de un
providencialismo innegable. Aparece con gran nitidez en el mensaje para
el capitán español, confiado al prisionero,
en el que le decía, que ellos se havían retirado a aquel lugar, por libertarse de
la crueldad y de la perfidia de los españoles, que sin algún derecho, preten-
dían ser dueños de su libertad; que favoreciendo Dios una causa tan justa,
havían, hasta entonces, conseguido gloriosas victorias de todos los españoles
que havían venido a prehenderlos. Que en asaltar los lugares y haciendas de
los españoles, no hacían sino recompensarse, por fuerza de las armas, de lo que
injustamente se les negaba.30
Lo que tomó el jesuita por una prueba de orgullo, bien mirado, corres-
ponde a una refutación de la esclavitud de los negros digna de sus mejores
contrincantes, en particular del análisis elaborado por Las Casas, al final de
su vida, en Historia de las indias. No teniendo los españoles ningún dere-
cho legal para reducirles a servidumbre, podían los cimarrones defenderse
29. Pérez de Rivas (1896: 285).
30. El texto de esta carta aparece también en “Alsamiento de los negros y origen del
Pueblo de San Lorenzo”, fol. 49v.
El desafío de Yanga 157
en una guerra que ipso facto se transformaba en guerra justa.31 Esta refuta-
ción, que manifiesta “los elebados sentimientos” evocados por el religioso
renglones arriba, desemboca lógicamente en una justificación del com-
portamiento de los cimarrones: sus actuaciones, presentadas como excesos
abominables, no son más que defensa de su derecho y compensación de
las desgracias impuestas por la esclavitud. Y, por si fuera poco, las sitúa
hábilmente Yanga dentro del providencialismo cristiano: su resistencia du-
rante treinta años le parecía como una manifestación de la benevolencia
divina. Así que su retórica consistió en valerse de la propia ideología de sus
enemigos, poniendo el dedo en la llaga de su contradicción. Parecería pues
adecuado hablar de mesianismo de parte del cabecilla cuya adhesión a la fe
de la sociedad esclavista le suministró las armas dialécticas necesarias para
su defensa. Ahora bien, cabe preguntarse por su buena fe: ¿no sería pura
retórica este alegato, un desafío burlón frente a una sociedad que tanto
hablaba de justicia, dicho de otro modo, una inversión dialéctica de los
valores?
La inteligencia del personaje no le protegió pues de cierta ingenuidad,
que se tradujo también por el desafío a lo caballeresco que lanzó al capitán
español:
Que no tenía que pensar en medios de paz; sino que, conforme a sus ins-
trucciones, viniese luego a medir las armas con ellos; y para que no prestase
su cobardía ignorancia de los caminos, le enviaban el portador, a quien no
havían querido dar la muerte, porque le sirviese de guía y le escusase el trabajo
de buscarlos.
31. Este discurso se parece al que puso fray Diego Simón en los labios del rey Miguel,
antiguo esclavo de las minas de Barquisimeto en Venezuela, que se echó al monte
en 1552:
Y, en un llano, fuera de la empalizada con que lo dejaban cercado [el pueblo],
les hizo una plática, diciendo: que la razón que les había movido a retirarse de los
españoles, ya sabían había sido por conseguir su libertad, que tan injustamente
la podían procurar, pues habiéndolos Dios criado libres como las demás gentes
del mundo, y siendo ellos de mejor condición que los indios, a quienes el Rey
mandaba fuesen libres, los españoles los tenían sujetos y puestos tiránicamente
en perpetua y miserable servidumbre, usando esto sólo la nación española, sin
que en otra parte del mundo hubiese tal costumbre, pues en Francia, Italia,
Inglaterra y en todas otras partes eran libres. Y que también lo serían allí si
peleasen con el ánimo y brío que era razón en aquella jornada que iban, donde
se prometía darles la victoria en las manos… (fray Pedro Simón 1963, vol. 1,
208-215).
158 JEAN-pierre tardieu
Ingenuidad basada en una excesiva confianza en sí mismo, que evolu-
cionó en ciego mesianismo, de la cual se arrepintió después, al vencer los
españoles lo que pensaba ser una ciudadela inexpugnable. Apelaba así el
caudillo a una especie de juicio de dios.
Se olvidaba Yanga de que los españoles disfrutaban de una larga expe-
riencia militar. González de Herrera hizo edificar un real no muy lejos del
lugar donde suponía que se encontraban los cimarrones, a la manera de
lo que hicieron los Reyes Católicos con la construcción del real de Santa
Fe durante el sitio de Granada. Como los soldados de la Reconquista, se
estuvo preparando para un enfrentamiento de larga duración, almacenan-
do “provisiones de guerra y de boca”, preparando espiritualmente a sus
hombres con la ayuda de los dos jesuitas. Hasta el 21 de febrero, día en que
recibió al mensajero cuyas informaciones le permitieron acercarse a tres
leguas de la ciudadela rebelde. La amenaza no les impedía a los cimarrones
seguir con sus empresas de robo y saqueo en las cercanías de Orizaba, con
el propósito, asegura Laurencio, de ponerle la mano encima al español,
convencidos por fin de que había sido un error mandarle como mensajero.
Se transformaba así en precioso guía para sus enemigos. Habríase percata-
do Yanga, pero demasiado tarde, de su imprudencia.
Llegados los españoles al pie del cerro de la ciudadela, construyeron
otro real fortificado por una buena palizada, de donde salían para talar los
cultivos de los negros, a imitación de lo que se hizo también en contra de
los moros en la Vega de Granada. El día siguiente, por temor a posibles
emboscadas, se buscó en vano un sendero diferente del que se descubrió.
Luego se emprendió el ataque según una estrategia bien pensada. El 23 de
febrero, a las tres de la madrugada, confesados los hombres, su capitán dio
la señal de la acometida que se efectuó en tres olas sucesivas. Primero iban
los indios flecheros, encargados también de abrir el camino con sus ha-
chas y machetes. Luego venían los arcabuceros encabezados por el propio
capitán y luego, los otros, bajo el mando de un alférez, sobrino de Pedro
González. Conforme iba progresando la tropa, talaba las sementeras.
Avanzaba con la requerida prudencia por temor a una emboscada,
la cual se habría producido sin los ladridos de un perrillo que olfateó la
presencia de los enemigos. Al encontrarse los españoles al alcance de los
primeros defensores, éstos hicieron caer sobre los agresores, que se veían
obligados a adelantar separadamente, una lluvia de flechas, piedras y tron-
cos. Poco faltó para que un peñasco le quitase la vida al capitán, el cual
consiguió evitar a duras penas otro que le raspó las espaldas y mató a su
paje de armas. Los dos padres seguían al ejército, con un crucifijo y los
El desafío de Yanga 159
santos óleos en las manos. A Juan Pérez le hirió una piedra en la mejilla y
a Juan Laurencio le lastimó levemente otra y le penetró una flecha en una
pierna. Pese a una férrea resistencia, los agredidos tuvieron que retirarse ha-
cia su campo, distante media legua. Se hacía cada vez más difícil superar los
obstáculos amontonados por el sendero, pero se dio el caso que los negros
abandonaron más pronto de lo que se pensaba la defensa de las puertas.
Yanga, cuyas fuerzas ya no le permitían participar de la batalla, se ha-
bía recogido en la iglesia con las negras y las indias raptadas que rezaban
hincadas de rodillas delante del altar con velas encendidas en las manos.
Enterado de esto después de la derrota final, concluyó el jesuita “que al fin,
aunque facinerosos y perversos, obraba en ellos aún el amor y la venera-
ción a las cosas sagradas”.32 Aparentemente se negó Laurencio a conceder
demasiada importancia al estado de la iglesia tal como la encontraron los
españoles: delante del altar, había flechas hincadas en el suelo. ¿Simple
invocación a la Providencia cristiana para la protección de las armas de los
cimarrones o práctica relacionada con antiguos ritos africanos? Interesa
demorarse algo en esta extraña evocación. Apuntaremos dos hipótesis, la
primera relacionada con la Costa de los Esclavos y la segunda, con el anti-
guo reino Congo, perteneciente al área bantú.
¿No corresponderían estas flechas, o por lo menos estos objetos en for-
ma de flechas que vio Laurencio, a los símbolos de los ancestros, llamados
asê entre los pueblos de origen ewe, como los fon o los gun del antiguo
Dahomey?33 Por cierto, este reino distaba mucho de Angola, y no es nada
seguro que Yanga, por su origen, perteneciera a los achanti, grupo étnico
vecino de los adja que fundaron los primeros reinos que constituyeron
Dahomey. En este mismo espacio geográfico, se enterraba hierro en los
santuarios de Ogû, dios de los herreros, de la caza y de la guerra.34 De todas
formas, no se puede rechazar el hecho de que, si Yanga era bantú, entre
sus hombres algunos pertenecieran a dichas comarcas. Así se habría refu-
giado el cabecilla en la iglesia no tanto para rezar al dios de los cristianos
como para solicitar la protección de los antepasados, siendo fundamental
32. No cabe duda de que fue esta referencia de Laurencio la que le llevó a C. Palmer
a deducir que “Yanga remained in a church with the women offering fervent
prayers for the success of his troops” (1974: 167). No se preguntó el historiador
a quién se dirigían estos rezos.
33. Los asê, hincados en la tierra, tenían en su extremidad una especie de bandejita
en que se depositaban las ofrendas alimenticias a los antepasados. Véase De
Souza (s. a.: 26-31).
34. Para más, consúltese Parrinder (1950).
160 JEAN-pierre tardieu
la ancestrolalia en toda África.35 En este caso actuaría como sacerdote, y le
acompañarían las mujeres que estaban a su lado, desempeñando el papel
de médiums encargadas de transmitir los mensajes de los dioses. Y el árbol
que dominaba el palenque bien pudiera ser entonces un árbol sagrado,
relacionado con el culto a los ancestros, según los usos de la Costa de los
Esclavos en África occidental.36
Pero si en la Costa de los Esclavos, el herrero que trabajaba el hierro
(hountondji) desempeñaba un papel religioso trascendental, pasaba igual
en el antiguo reino Congo, en particular en la toma de poder de los reyes.
En esta área, señala Luc de Heusch, conocido especialista de los mitos
bantúes, los jefes manejaban tradicionalmente martillos de forja (nzundo)
que daban a entender que, como el herrero, eran responsables de la pros-
peridad general. El antropólogo remite a un cronista jesuita del siglo xvii
que evoca la participación del herrero en las ceremonias de investidura del
rey cristiano Pedro II en 1622. Con otros tres hombres, le tocaba golpear
dos barras de hierro para que produjeran sonidos comparables con los del
martillo en el yunque de la forja.37
A decir verdad, resulta algo difícil equiparar martillos a saetas. Enton-
ces, lo que sí podemos retener es el lazo íntimo entre la realeza y la herrería,
aspecto común entre las dos áreas africanas a que hemos aludido, cuyo
substrato se habría manifestado en la iglesia del palenque de Yanga.
Dicho esto, que no carece de interés para nuestro tema, volvamos a la
batalla. Después de noticias llenas de esperanza, acabaron por llegar las
malas con los primeros fugitivos. Intentó Yanga detener su huida, con-
tando con las defensas que obstaculizarían la progresión de la tropa. No
bien les dirigió un discurso alentador, consiguieron salvarlas sus enemigos.
Entonces empezó el sálvese quien pueda, huyendo los cimarrones a los
bosques vecinos. Como se estaba acercando el anochecer, después de pren-
der fuego a las casas, los agresores se acogieron a la iglesia y a otros edificios,
transformados en cuarteles.
El día siguiente, el capitán manifestó su benevolencia haciendo levantar
una bandera blanca en una eminencia, sin resultado alguno. Por lo con-
35. Nadie, entre los estudiosos que se interesaron por Yanga, se preguntó por su
actitud religiosa. G. Castañón González (2002: 116) encuentra sin embargo
sospechosa la interpretación dada por Laurencio de la religiosidad del personaje.
36. Véase Juhé-Beaulaton (1999: 102).
37. Heusch (2000: 106-112). El antropólogo tomó prestada la referencia al
coronamiento de Pedro II de L. Jadin (1975).
El desafío de Yanga 161
trario, respondieron los cimarrones con desafíos destinados a asustar a los
españoles:
…se atrevieron a enviar cartas de desafío, echando retos de que se habían de
comer en tasajos al capitán de soldados y a los Padres que con ellos iban, los
corazones; y entretenerse aquellos días con luminarias, zambras y vocería en
escarnio de los españoles.38
Por eso, dejando a algunos hombres en el puesto, persiguió González
de Herrera a los fugitivos. Se produjo un primer encuentro durante el cual
fueron heridos algunos españoles y un número más elevado de rebeldes
que dejaban rastros de sangre. Uno de sus jefes más valientes, atravesado
por dos balazos, cayó de lo alto de una cuesta, y no se le pudo sacar más
palabras antes de su muerte que “Así quiere el diablo”.39 Pero, al modo de
ver del guerrero, ¿a favor de quién actuaba el diablo?
Otra vez hizo levantar bandera blanca el capitán, dejando en el lugar
una cédula que prometía perdón general en caso de rendición. Mientras
tanto, Yanga se había refugiado en otra ranchería. La persecución resultó
particularmente difícil, según el capellán:
…fuimos en su busca y alcance; caminando una legua por camino tan estre-
cho y de tanta espesura, que muchos pasos íbamos como debajo de bóveda sin
ver cielo, ni poder ponernos en pie sino caminar a gatas…
Cuando por fin consiguieron descubrir la ranchería, ya la habían aban-
donado los cimarrones, dejando tan sólo a dos indios con una niña, a
quienes habían aporreado por no querer seguirles. Fueron ellos quienes
informaron a los soldados de que uno de los principales caudillos, hecho
maestro de campo, estaba muriendo en el monte de un balazo en la cara, y
que Yanga trataba de pasar a La Mixteca, “tierra fragosa y áspera” para ran-
chearse de nuevo allí.40 Un fugitivo a quien consiguieron apresar los espa-
ñoles prefirió morir colgado de un árbol primero que confesar el paradero
de sus compañeros, “respondiendo que ya él se confesaba con Dios en la
sabana (que así llaman al campo en lengua de la tierra)”. De una india que
vino muerta de hambre con su hija al real de los españoles, se supo que los
cimarrones, hambrientos y desarmados, habían matado a una mestiza que
no aceptó huir con ellos. Le habría pasado igual, si no hubiese conseguido
38. Pérez de Rivas (1896: 290).
39. Ibíd. (1896: 291).
40. Ibíd. (1896: 292).
162 JEAN-pierre tardieu
echarse por una barranca abajo. Según otro indio, compadre de Yanga, éste
estaba haciendo una canoa para pasar un río y caminar luego a La Mixte-
ca.41 Por fin decidió González de Heredia regresar a la ciudadela, a partir
de la cual organizó correrías continuas.
Con estas últimas referencias, se acaba la carta del padre Laurencio, por
haberle llamado el visitador Rodrigo de Cabredo para acompañarle en la
visita de la provincia. Quedó el padre Juan Pérez, quien no dejó constancia
de su actuación al lado de los españoles.
Las dos referencias al intento de Yanga de pasar a tierras de La Mixte-
ca, que acabamos de apuntar, merecen algún comentario. Las Relaciones
geográficas de los pueblos de Teozacualco y de Amoltepeque, establecidas
por órdenes del virrey Martín Enríquez en 1580, permiten entender el
propósito del fugitivo. El corregidor Hernando de Cervantes y el cura be-
neficiado de Teozalcualco evocan “una muy grande sierra, en la coronilla
de la cual está una peña muy grande, y en ella hay una concavidad del ta-
maño de una gran portada”. Tratando del pasado de los mixtecos, precisan
que no tenían fortalezas: “…por ser la tierra tan áspera, guarecíanse de sus
enemigos, cuando era menester, encima de un cerro muy alto”. Bien podía
ser entonces que el caudillo cimarrón pensara refugiarse en dichos lugares
de muy difícil acceso, como solían hacerlo los indígenas en épocas prehis-
pánicas. Cabe preguntarse también si el río que le detuvo en su huida no
era el que, según los mismos informadores, pasaba a seis leguas de Amol-
tepeque, o uno de sus afluentes: “A seis leguas deste pueblo, pasa un río
caudaloso, porque todas las aguas de la provincia mixteca se juntan en él.
No se puede vadear en tiempo de aguas si no es a nado, porque la mucha
corriente y piedra que tiene no consiente balsa”.42 Y, por fin, no es inútil
saber que estas tierras altas y frías no estaban lejos de tierras fértiles, según
apuntó Bernabé Cobo unos decenios más tarde. Saliendo de Oaxaca el 21
de enero de 1630 para dirigirse a Puebla, después de cruzar el marquesado
del Valle, llegó el jesuita a Guatlilla,
primer pueblo de la provincia de la Misteca tan celebrada, que dejado el ca-
mino real nos venimos por esta provincia, por ser más poblada y de tierra
fría. Es la Misteca alta y baja de las mejores tierras de la Nueva España, por la
mayor parte es doblada, si bien tiene grandes valles y llanadas, y toda es tierra
fertilísima.43
41. Ibíd.
42. Relaciones geográficas del siglo xvi: Antequera (1984: 159-150).
43. Cobo (1964: vol. 2, 467).
El desafío de Yanga 163
Todo da a entender pues que Yanga esperaba refugiarse en estas altas
tierras, “dobladas”, o sea, “quebradas”, que le brindarían una protección
natural contra la persecución de los españoles. A pesar de ser frías, su fer-
tilidad le ofrecía posibilidades de cultivo para asegurar la manutención de
sus súbditos. Es ésta otra prueba de una buena visión estratégica basada en
el conocimiento del terreno. No consiguió concretar su plan, debido sin
duda alguna al hostigamiento de González de Heredia, lo cual le indujo
quizá a negociar.
Es hondamente patética la última visión del cabecilla cimarrón. Es la
de un hombre entrado en años que, en su huida desesperada hacia un refu-
gio más seguro, dio con un obstáculo insuperable para sus escasas fuerzas.
¿No le habrían abandonado los antepasados o, mejor dicho, no le habrían
dado una señal que le tocaba interpretar? Tal vez fue entonces cuando se
efectuó la tremenda toma de conciencia de que ya había llegado el tiempo
de las negociaciones con el adversario. Se había acabado el del orgulloso
desafío, pero seguía animándole el deber de proteger a su pueblo haciendo
las paces con las autoridades a cambio de la libertad.44
5.3. La reducción de los “yanguicos”
5.3.1. La fundación de San Lorenzo de los Negros
Según Pérez de Rivas siguieron los encuentros y refriegas que debilitaban
mucho a los “yanguicos”. Se las arreglaron por fin para solicitar del virrey
condiciones para su reducción, según un esquema del que Yanga parecía
44. N. Ngou-Mve cree que fue convocado Yanga en México en 1612, con motivo
de las negociaciones con los españoles. Habría sido ahorcado y descuartizado
el 12 de mayo con los jefes de la conspiración; véase Ngou-Mve (2004: 16). Si
nos atenemos al estudio de G. Castañón González (2002: 131), esta hipótesis se
debería a Antonio Román García (1983), quien explica que la Real Audiencia
invitó a Yanga a la capital para discutir de la insumisión de los esclavos. Después
de tomar el parecer del cura de San Lorenzo, se dirigió a México adonde llegó
precisamente cuando se descubrió la conspiración, de modo que fue ejecutado
con los jefes de los rebeldes. Desconocemos las fuentes de A. Román García,
pero lo que sí podemos decir es que extraña algo que Yanga, muy entrado
en años, pudiera efectuar el viaje, dando además pruebas de una ingenuidad
insólita. Obviamente, Yanga forma parte de estos hombres excepcionales que no
pueden tener una muerte natural.
164 JEAN-pierre tardieu
estar bien enterado. Desgraciadamente, no sabemos nada del contexto de
las negociaciones.
Entregarían a las autoridades los fugitivos reunidos últimamente con
los cimarrones. Se les concedería otro puesto no lejano del antiguo, cuya
entrada prohibirían a los negros huidos, a quienes se comprometían buscar
y recoger por los montes para entregarles a sus dueños a cambio de una
modesta compensación. Por fin, protestaban de su fidelidad a Dios y al
rey, pidiendo al virrey un cura y un español encargado de la justicia. Así se
fundó San Lorenzo45 de los Negros, donde se juntaron unos 300 vecinos46,
a pocas leguas de la futura villa de Córdoba creada más tarde en 1618. Pos-
teriormente, se abandonó el determinante “de los Negros” a favor de otro
más prestigioso: “de Cerralvo” o “Serralvo”, en honor al virrey Rodrigo
Pacheco de Osorio, marqués de Cerralvo.
Un documento de la sección Inquisición del Archivo General de Mé-
xico suministra unos pocos detalles en cuanto a las negociaciones entre el
virrey y los cimarrones.47 El comisario de la nueva Veracruz, Juan Baltasar
de Morales, mandó con fecha de 8 de marzo de 1608 una carta al Tribunal
del Santo Oficio, recibida el 24 del mismo, según la cual un regidor de
la ciudad llamado Manuel Carrillo, encargado por el virrey de tratar con
los cimarrones, le había entregado una copia de las capitulaciones, cuyo
tenor se encuentra en anexos. Se deducirá de esto que fue necesario el visto
bueno del Santo Oficio para que se concretasen las capitulaciones, por lo
menos en lo que concernía el dominio religioso. Entonces o la Inquisición
no se enteró de las singularidades de las prácticas religiosas del palenque, o
la razón de estado le llevó a hacer la vista gorda. La segunda hipótesis resul-
ta poco verosímil, principalmente si recordamos que ni siquiera el mismo
Laurencio entendió las señales encontrados en la iglesia del palenque. No
45. Según Attolini (1947: 75); también Castañón González (2002: 117).
46. Pérez de Rivas (1896: 293). Resume Jane Landers las capitulaciones de este modo:
“Después de nueve años de batalla contra ellos [los españoles], y muriendo de
hambre, Yanga finalmente buscó la paz. Demandó y recibió libertad para todos
los que vivían en su asentamiento antes de 1608, así como la incorporación de
un poblado legítimo del cual Yanga y sus herederos serían los gobernadores, la
exclusión de los españoles de ese poblado (excepto en los días de mercado), y
una iglesia consagrada. En retorno, Yanga y su gente juraron vivir pacíficamente,
retornar a los escapados futuros a sus propietarios legítimos y servir a su monarca
con las armas cuando fueran requeridos” (Landers 2001: 149, n. 10).
47. A. G. N. M., Inquisición 283, fols. 186-187. Señalaron su existencia tanto C.
Palmer (1974) como D. Davidson (1981).
El desafío de Yanga 165
obstante, veremos más abajo que la actitud de los palenqueros, una vez
reducidos, no dejó de plantear algún problema.
El contenido del proyecto corresponde a lo referido por A. Pérez de
Rivas, con, además, cláusulas particulares en relación con la libertad para
los reducidos de escoger el lugar del pueblo de reducción, el gobierno del
pueblo confiado, además de Yanga y sus descendientes, a un cabildo con-
formado por regidores, la existencia de mercados o tianguez los lunes y jue-
ves, únicos días en que se aceptaría la presencia de españoles en el pueblo,
el pago del tributo debido por todos los negros y mulatos libres, las penas
en caso de demora en la devolución de los negros fugitivos, la posibilidad
sin embargo para éstos de quedarse en el pueblo a cambio de su valor. Y,
por si fuera poco, el justicia mayor no habría de ser mestizo ni criollo ni
letrado, sino un español “de capa y espada” y el cura sería forzosamente un
franciscano, condiciones que patentizaban ciertos rencores.
Al fin y al cabo, es evidente que estas capitulaciones les resultaban más
favorables a los “yanguicos” que las condiciones de reducción concedidas
en 1582 a los cimarrones de Bayano en Panamá48, que, a no caber duda,
conocía Yanga. Quizá ello explique el juicio emitido por el autor anónimo
de “Alzamiento de los negros y origen del Pueblo de San Lorenzo”:
[…] los negros han perseverado desde entonces en pacifica posecion de aquella
tierra, con bastante tranquilidad, y subordinacion a sus legitimos superiores.49
Desgraciadamente la documentación archivística no suministra infor-
mación sobre los primeros momentos de la existencia del pueblo de San
Lorenzo de los Negros. Sin embargo, en la sección Inquisición del A. G.
N. M. se encuentra un documento que patentiza las dificultades de los
yanguicos a adaptarse a su nueva situación.
Se trata de una declaración ante el comisario del Santo Oficio de Vera-
cruz, fray Baltasar de Morales, con fecha de 24 de marzo de 1609, hecha
para “descargo de su conciencia” por fray Alonso de Benavides, de la orden
de San Francisco.50 Oriundo de la isla de San Miguel, el declarante tenía
48. Véase Tardieu (2009). Adriana Naveda, por no comparar las diferentes
“capitulaciones” de reducción de los cimarrones de las Indias occidentales,
no entendió que las obligaciones hechas a la comunidad de Yanga, como por
ejemplo la prohibición de acoger de entonces en adelante a otros fugitivos y el
deber de perseguirles y entregarles a las autoridades, eran recurrentes.
49. A. G. N. M., Historia 31, fol. 56r.
50. A. G. N. M., Inquisición 284/2, n.º 77, fol. 715r-v.
166 JEAN-pierre tardieu
más de treinta años a la sazón y tenía a su cargo la “Reduccion de los negros
simarrones sercanos de esta jurisdicción”. Cuatro o cinco meses antes, o
sea, entre octubre y noviembre de 1608, estando entre los cimarrones, se
le planteó un problema para el casamiento de una mulata con un negro
que le había raptado. Ambos jóvenes deseaban dar un carácter válido a su
unión, a la cual se oponía la madre de la mulata. Como el fraile intentaba
informarse de lo que estaba pasando, le dijo uno de los negros que de todas
formas no podía ser válido el casamiento sin la licencia de la madre. El ar-
gumento extrañó al declarante, quien pidió explicaciones. Al fin y al cabo,
el negro reconoció su error. Lo interesante del caso es que, primero, a los
vecinos de San Lorenzo poco les importaban las normas canónicas en ma-
teria de casamiento, que parece haberle costado trabajo imponer al fraile.
Luego, importa evocar la identidad del negro, revelada por el declarante:
se trataba nada menos que de Francisco Angola, “esclavo de La Matosa”, es
decir, del mismo lugarteniente de Yanga, según los datos presentados más
arriba. Francisco, aunque se retractó después, se había hecho el portavoz
de sus compañeros, como da a entender la reacción muy significativa de
uno de ellos, llamado Francisco Macombo, que había sido esclavo de un
tal Villasala, el cual “dijo en otra ocasión que el casamiento del monte no
es como el de la ciudad”. Patentiza la salida las reticencias de los vecinos del
nuevo pueblo frente a la normalización.
Otro motivo de tensiones fue el no respeto por los vecinos de la abs-
tinencia de carne los viernes, sábados y vigilias, cuando pasaba un río a
media legua del pueblo y otros a dos leguas donde podían encontrar todo
el pescado necesario. Además, tenían abundancia de maíz, frijoles y frutos
de la tierra. Pese a sus advertencias, el cura pudo comprobar que seguían
comiendo carne en fechas prohibidas.
Pero quizá más grave resultó, a su modo de ver, una riña que tuvo
Alonso Bolador, “maestre de campo” de la ranchería donde moraba
Yanga, con los negros de la ranchería donde estaba el cura. La declara-
ción no deja bien claro el motivo, pero lo que sí llama la atención es la
reacción de Alonso frente a la proposición del doctrinero. Este quiso
sosegar a los negros proponiéndole a Alonso “que oyese misa para que
nuestro señor le alumbrase los ojos del alma”. La respuesta, por su
aspecto tajante, debió de herirle profundamente al franciscano: “Le
respondió el dicho maestre de campo con desprecio y enojo que no
queria su misa y que era un engañador”.
El comisario le ordenó a fray Alonso de Benavides que no divulgase
su declaración. Todo da que pensar que no surtió los efectos deseados
El desafío de Yanga 167
por el religioso. A decir verdad, algunos se preguntaban si los negros,
como gente ruda, dependían del Santo Oficio. En junio de 1589, plan-
teó el problema a los inquisidores el dominico fray Alonso de Morería,
como comisario de Chiapa. Le contestaron el 27 de julio con un tono
obviamente moderado:
…por agora solamente son reservados de esta jurisdicçion y se dexan a la
ordinaria los indios y asi se proçede contra todos los demas generos de gentes
negros mestizos y mulatos y lo que toca a la simpliçidad de los negros esto
quedara al [ilegible] de los jueces que arbitraran conforme a la capaçidad de
cada uno para declararle por yncurrido en excomunion o no según su maliçia
e instrucçion que ouieren tenido en las cosas de la fe.51
5.3.2. Rebrotes de resistencia
A todas luces, la reducción no había acabado con lo reacio de los yan-
guicos. Lo que vamos a exponer a continuación prueba que, además, no
acabó con el cimarronaje en la comarca.
Don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Guadalcázar, quien ocu-
pó su puesto de virrey en 1612, concedió especial atención al buen funcio-
namiento de la Hermandad para la represión de los palenques, otorgando
los mismos derechos a los alcaldes que a los capitanes de cimarrones. Fue
el caso de Benito González, capitán de infantería de Veracruz, nombrado
por el virrey alcalde de la Hermandad de dicha ciudad, quien le informó de
nuevos robos hechos en los carros y las recuas del camino, y en las estancias
y pesquerías. Para atajar el mal, necesitaba reclutar gente de armas y caballos
a su costa, por lo cual solicitó el derecho de cobrar treinta pesos de oro de los
dueños de esclavos cimarrones apresados en combate y cinco por los otros,
dándole satisfacción Guadalcázar el 30 de enero de 1615.52
51. A. G. N. M., Inquisición 142, n.º 68, fol. 260r-v. Obviamente, Adriana Naveda
no tuvo conocimiento del documento, de mucha importancia, que permite
afirmar que no hubo “acoso oficial”, como pretende el Santo Oficio en contra de
los negros de San Lorenzo de Cerralvo. Y, por si fuera poco, los casos que evoca
se resumen, salvo los que acabamos de tratar, a bigamia y hechicería amorosa
(1987: 70-71), que no eran específicos de cimarrones reducidos, sino resultados
muy comunes de convivencia con blancos e indios, como señalé en el caso del
Perú (Tardieu 1997).
52. A. G. I., México 136, R. 2, N. 22.
168 JEAN-pierre tardieu
En una carta al Consejo de Indias con fecha de 25 de mayo de 1618,
no dejó de evocar el virrey el optimismo de Luis de Velasco a que hemos
aludido. Las medidas de su predecesor, insistió, no surtieron los efectos es-
perados. Se había suprimido la compañía de diez soldados, establecida en
un presidio ubicado cerca del Río Blanco, tierra en la cual se encontraban
las rancherías de los cimarrones. El flamante virrey la puso de nuevo en
actividad e incluso triplicó el número de soldados que la componían, que
pasaron a treinta en marzo del mismo año, debido a un rapto de indias
en los pueblos vecinos. Se necesitó sacar seis mil pesos de las Reales Cajas
con el permiso de la Real Audiencia, cantidad cuyo reembolso se repartiría
luego entre los interesados, es decir los propietarios y los mercaderes. Se
vio obligado a admitir Guadalcázar que tuvo que aplazar la cobranza de la
deuda “porque se halla dificultad en que para la seguridad de los caminos
y vivienda de los indios se aya de llegar a esto teniendolo por cossa que
derechamente toca a Vuestra Majestad”. Se plantearon pues los mismos
problemas financieros que en Panamá unos decenios antes.
Deseoso de granjearse la benevolencia de los controladores del fisco
real, el virrey hizo entonces énfasis en su voluntad de aminorar los gastos
con la creación de una villa cerca del paraje donde se podría más fácilmen-
te organizar las expediciones de represión.53 En realidad, pese a la victoria
sobre Yanga y por mucho que se dijera, no habían cesado las fechorías
cometidas por los cimarrones en el camino. En los parajes de Totucla, Pal-
millas, Tumbacarretas y Totolonga seguían amenazando el traslado de las
mercancías, del tesoro real y de los bienes de particulares a Veracruz para
el embarque en los navíos de la flota. De manera que algunos vecinos del
pueblo de San Antonio de Huatusco, Juan de Miranda, García de Arévalo,
Andrés de Illescas y Diego Rodríguez se presentaron en México ante el
virrey Diego Fernández de Córdoba solicitando licencia para fundar en
aquellas partes una población que les permitiese protegerse de las “inva-
siones de los bárbaros”, o sea, de los cimarrones. El virrey ordenó una en-
cuesta previa sobre el clima y la fertilidad del lugar, exigiendo el 26 de abril
de 1617 que se le diese al nuevo pueblo el nombre de Córdoba, y por fin,
otorgó su licencia en la fecha de 29 de noviembre. Se aplicó la instrucción
real para fundaciones de pueblos, con la elección de cuatro regidores, a
quienes les tocaría escoger a dos alcaldes ordinarios entre sí para la justicia.54
53. A. G. I., México 29, N. 4, 1, fol. 1r-v.
54. A. G. N. M., Historia 31, fols. 31v-32r.
Don Alonso de la Mota y Escobar, obispo de Tlaxcala, en el memorial sobre
El desafío de Yanga 169
El acta de fundación, que se encontrará en anexos, justificaba la crea-
ción del presidio con dos compañías de quince hombres, encabezada por
un cabo cada una. Les tocaría cumplir las misiones impartidas, reunién-
dose en una sola fuerza de ser necesario, con la supeditación de un cabo al
otro. De ningún modo se dejaría campo libre a la improvisación, habiendo
de actuar los soldados con “evidente certeza […] que se puede conseguir
algun buen efecto de acometer repentinamente a los dichos negros e sus
rancherias”. La quinta parte de los gastos previstos, o sea seis mil pesos,
correría a cargo del fisco real y el resto se repartiría entre los interesados, es
decir los dueños de estancias y ganados, los encomenderos de la nueva Ve-
racruz, los dueños de los carros y recuas que llevaban las mercancías, según
un esquema establecido desde los acontecimientos de Panamá.55
El 31 de enero de 1619, anunció el marqués la prisión del caudillo
cimarrón que llevaba cincuenta años desafiando a las autoridades en las
sierras de Veracruz. Aunque no viene su nombre en la carta, dadas estas
precisiones temporales, posiblemente se trataría de un compañero de Yan-
ga. Así que la resistencia de ciertos “yanguicos”, pese a la reducción de su
jefe en 1609, duró mucho más.
En cuanto a los otros cimarrones que se habían juntado a Yanga des-
pués de 1608, fuera de aquellos a quienes se había matado o ajusticiado en
la administración de su diócesis, se refirió a la fundación de Córdoba propuesta
a Guadalcázar por unos vecinos de San Antonio de Huatusco:
[…] presentaron al Virrey marqués de Guadalcázar una cumplida relación
de lo muy conveniente que sería al servicio de Dios y del Rey el fundar una
villa de españoles en el paraje de Zacatepec, jurisdicción de Huatusco entre la
venta del dicho nombre y la Mata Redonda, junto al camino real de Veracruz,
para asegurarlo de los negros cimarrones que a él salían como en el de Totutla,
Tatolinga, Palmillas y Tumba Carretas, donde asaltaban recuas y carretas con
la plata del Rey y de particulares que conducían para el comercio de las flotas,
por ser montuosos y despoblados y por ende apropiados para asaltos y robos,
razón por la cual solicitaban en obvio de tales fechorías se les hiciera la merced
de asiento y planta de la dicha villa, con sus caballerías de tierra para sementeras,
puentes, ríos, pastos, abrevaderos, montes, ejidos, potreros y dehesa para sus
caballos, más la agregación a dicho puesto de ochenta indios de los pueblos de
Amatlán y Santa Ana, ambos de la misma jurisdicción, a quienes se exceptuaría
del servicio personal con el fin de ejercitarlos en el uso del arco y de la flecha
en ayuda de los españoles. Por todo lo cual pedían se les librase mandamiento
conveniente, a fin de que fundaran la villa de Córdoba… (Mota y Escobar en
Octaviano Corro [1951: 14-15], quien lo tomó de Aguirre Beltrán [1946: 17].
55. A. G. I., México 29, N. 4, 7, fols. 1-2.
170 JEAN-pierre tardieu
los enfrentamientos, el capitán de la expedición llevó a la cárcel de México
a treinta y seis personas cuyas causas remitió el virrey a la sala del crimen
de la Real Audiencia para que se hiciese justicia de los más culpados. Pese
a sus éxitos, la empresa no había conseguido exterminar del todo a los
apalencados, de modo que Guadalcázar decidió enviar de nuevo al capitán
con la misión de acabar con los restantes antes de fines de junio.
En el margen de la carta, los miembros del Consejo de Indias expresa-
ron su satisfacción, emitiendo el deseo de que en adelante no se sometiesen
a la justicia las causas de los presos, quienes, a su modo de ver, no merecían
tales atenciones:
Esta bien lo hecho y en cassos semejantes de motines sediçiosos y reuelados
con actos de salteamiento y de famosos ladrones no es conueniente reducirlos
a proçessos ordinario criminal sino castigar las caueças exemplarmente y a los
demas reduçillo a esclauitud y seruidumbre pues son de su naturaleça esclauos
y se urtaron de sus señores con lo qual se hara justiçia en la causa y se escusara
tiempo y processo.56
5.4. Otras represiones
El estudio de las probanzas de los soldados que sirvieron al marqués de
Salinas hace resaltar que, entre los más ilustres, algunos actuaron en la
represión de los cimarrones en varias partes del territorio. Fue el caso
del capitán Lupercio Despes, oriundo de Aragón, quien dedicó treinta
y ocho años de su vida al servicio del rey. En tiempo de guerra con los
indios chichimecas, puso a salvo muchos traslados de la plata extraída
de las minas, alcanzando uno de ellos más de quinientos mil pesos. Fue
él quien allanó la provincia de Sonsonete, donde tres escuadras de ci-
marrones mataron a muchos españoles, en particular a Diego Navarro
y a un hijo suyo, cerca de la villa de la Trinidad. Estos negros se habían
apalencado en terrenos poblados de cacaos (cacaguatales) y en el volcán
de Icalco, al cual subió el capitán, recorriendo en un día siete leguas a
pie. Siendo el primer español en haber llegado a la cumbre, hizo arca-
bucear al capitán de los cimarrones, consiguiendo prenderle, así como a
56. A. G. I., México 29, N. 17, fol. 1.
El desafío de Yanga 171
los capitanes de las otras escuadras. De este modo, se pacificó la tierra,
aseveró Despes.57
Al fin y al cabo, parece que Yanga se destacó de sus parecidos por
una gran propensión al gobierno político, quizá debido a sus orígenes,
según el padre Laurencio, pero que, en todo caso, se puede explicar por
una larga experiencia. La descripción de su refugio patentiza sus éxitos,
estratégicos y económicos, con la existencia de una economía autónoma
bien controlada, favorable por su visión prospectiva al desarrollo de la
comunidad que, por ende, se hacía muy atractiva para los fugitivos de
toda la comarca, de México a Veracruz. Hay indicios en el informe de
intercambios clandestinos con los españoles, que facilitaban las monedas
robadas en los saqueos de las recuas de mulas y de las carretas de mercan-
cías que transitaban por el camino.
Pero hay más: ciertas referencias relacionadas con el principio del en-
frentamiento evocan innegables indicios de africanía, en los cuales Lau-
rencio no quiso o no pudo demorarse. Bien mirado serían significativos
de otra dimensión de la personalidad de Yanga. No sólo era el caudillo de
los cimarrones, sino también su guía espiritual. La inculturación religio-
sa notada por el jesuita no hizo desaparecer del todo la fuerza del sustrato
africano, en particular en el dominio del culto a los ancestros.58
La relación esbozada por el jesuita deja entrever las contradicciones
de un viejo caudillo cimarrón, a la vez inteligente e ingenuo, que, seguro
de su buen derecho y de la protección de los antepasados, incurrió en
una confianza excesiva en sus propias fuerzas, rasgo que lindaba con una
tendencia aparentemente mesiánica59 o por lo menos providencialista,
pero relacionada a todas luces con las religiones ancestrales de África. No
cabe la menor duda de que el último enfrentamiento suscitó en él una
honda tensión sicológica que desembocó en un patetismo conmovedor.
Abandonado por los ancestros invocados en vano, no renunció Yanga
a su papel de protector, asumiendo sus responsabilidades hasta el final
antes de lograr del virrey unas capitulaciones particularmente ventajosas,
57. A. G. I., México 127, R. 5, N. 78 r-v.
58. Lo que acabamos de exponer explica que no podemos compartir la opinión
de C. Palmer, quien aseveró acerca del palenque de Yanga: “...the cimarrones
had suceded in creating on American soil a replica of a kingdom that existed in
Africa” (1974: 158).
59. ¿No tendría este mesianismo algo que ver con los movimientos que surgieron
posteriormente en el África bantú ocupada por los portugueses? Véase a este
respecto Ngou-Mve (2004).
172 JEAN-pierre tardieu
que les resultó a sus sucesores muy difícil defender en contra de la prepo-
tencia de los alcaldes de Córdoba, pese a las pruebas de fidelidad que no
dejaron de dar, como veremos en el capítulo siguiente.60
Avezado al mando y al gobierno, Yanga era un hombre de “razón”,61
según afirmó el franciscano. Lo fue por su capacidad de manejar concep-
tos tan elevados como los de libertad natural y guerra justa. Sus arrebatos
de fanfarronería y su tendencia al providencialismo, matizado por creen-
cias de recio abolengo africano, no le impidieron, cuando fue necesario,
dar pruebas de realismo y pragmatismo. Obviamente, Yanga distaba de
ser un bozal “rudo”.62
Consiguió construir una colectividad coherente, a partir de elemen-
tos dispares.63 Si nos fijamos en la definición presentada por Ernest Re-
nan,64 la “nación” es ante todo “un alma, un principio espiritual”, forjado
por dos factores:
60. Es de señalar que el diplomático Mario Moya Palencia se inspiró en el texto
del padre Laurencio para escribir su versión novelizada de la rebelión de Yanga
(2006: 241-257). G. Sánchez de Anda, en Yanga un guerrero negro, adoptó
un proceso novelístico algo parecido que, con el pretexto de una encuesta
periodística, entrevera presente y pasado. En el capítulo “Juan Laurencio, 1609”
reproduce textualmente la relación del jesuita (1998: 89-98). No fue el primero
en adoptar una forma novelizada. El propio V. Riva Palacio, aunque de un
modo menos sofisticado, intentó imaginar la existencia de Yanga como cabecilla
cimarrón en El libro rojo, haciéndole dialogar con su lugarteniente Francisco
de la Matosa. Evoca a continuación la conspiración de los negros de 1612 en
México, insistiendo en el ambiente de psicosis que suscitó entre los vecinos.
Véase Riva Palacio (2006: 228-238).
61. Se podría aplicar a Yanga lo que, en Fenomenología del Espíritu, dice Hegel
de la razón que transforma “al ser en un ser pensado”, capaz, pasando de la
“conciencia observadora” a la “conciencia actuante”, de “ajustar a sí mismo la
realidad objetal”.
62. Empleamos el calificativo “rudo” con el sentido de “pocos alcances” que le dieron
los concilios americanos del siglo xvi. De un modo común, se hablaba de “negro
chontal”.
63. La disparidad era étnica y también racial, con la exogamia forzosa que se
concretaba por el rapto de indias para suplir la falta de mujeres, que habían
practicado también los cimarrones de Panamá unos decenios antes (véase
Tardieu 2009). De seguir el proceso de miscigenación, se habrían “azambado”
los yanguicos, como los famosos mulatos de Esmeraldas a mediados del siglo xvi
(véase Tardieu 2006).
64. Renan (1928).
El desafío de Yanga 173
— el uno remite al pasado: es “la posesión común de una rica heren-
cia de recuerdos”, no sólo de glorias sino también de infortunios y de
duelos comunes;
— el otro remite al futuro: es el deseo de vivir juntos valorizando la
herencia.
La nación requiere “una plena conciencia de sí”, “un plebiscito de
cada día” que exprese tácitamente la libre adhesión al ideal común y a la
voluntad de vivir comúnmente.
El palenque-estado yanguico no distaba de satisfacer dichos requisi-
tos. No obstante, sólo hablaremos a su respecto de “esbozo de nación”.
Efectivamente, otra exigencia formulada por Renan es que el grupo, para
transformarse en nación, ha de enraizarse en un largo pasado, o sea en
la historia. Las circunstancias no le dejaron esta posibilidad al pueblo de
Yanga, obligándole a admitir la integración en el imperio colonial, el cual
se esforzó en los decenios siguientes en destruir su “alma”.
Intento de Yanga de refugiarse en La Mixteca.
174 JEAN-pierre tardieu
Anexos
A. Anexo documental
A1. Capitulaciones con Yanga
Las condiciones que piden los negros cimarrones de esta comarca:
1. Que sean libres todos los que se an huydo hasta el mes de setiembre
proximo passado y los de entonçes aca se boluera a sus dueños.
2. Que an de tener justicia mayor que no sea mestiso ni criollo ni letrado
sino de capa y espada.
3. Que no ha de auer casa ni morada de español dentro del pueblo sino
fuere quando fueren a los tiangues lunes y jueues que lo haran en su pueblo.
4. Que an de tener sus Regidores y forma de cabildo.
5. Que el capitan Yanga ques el mayoral dellos ha de ser gobernador y des-
pués del sus hijos y descendientes.
6. Que los negros que se huyeren de los puertos aca se obligan a traerlos a
sus dueños con tal que por el trabaxo les den dose pesos a los negros que los
fueren a buscar y mientras no los boluieren a sus dueños les daran otros de
los suyos que les siruan y que si no los boluieren que pagaren lo que valen.
7. Que dentro de año y medio se los ha de dar estas capitulaciones confirma-
das por su magestad y sino que se boluieran a su primer estado.
8. Que an de fundar su pueblo entre Rio blanco y las hasiendas de Ribade-
neira adonde ellos señalaren.
9. Que pagaran los tributos a su majestad como todos los demas negros y
mulatos horros de las indias.
10. La ultima condicion que piden es que les administren frayles francisca-
nos y no otros ningunos y que los ornamentos se an de hazer a costa de su
magestad para la iglesia.
11. Que acudiran con sus armas todas las vezes que su majestad tuuiese
necesidad de ellos para defender la tierra.
Fuente: A.G. N. M., Inquisición 283, fols. 186-187
A2. Fundación del presidio de Córdoba
En razon a los exçessos y delictos que a los negros çimarrones han hecho de
proximo matando a un español y llevandose doçe yndias las ocho cassadas
dexando a sus maridos maniatados […] y considerando que el despacho de la
flota que este pressente año a de yr a los Reynos de Castilla, esta tan cercano
y que sino se pone algun freno a los dichos negros podrian salir contra alguna
El desafío de Yanga 175
cuadrilla de carros o recuas y robarlas y continuar en sus excesos y delictos[…].
Se acordo que se pussiesse un pressidio de treynta soldados y dos cauos que
asistan en la parte y lugar que se les señalare diuididos en dos tropas con su-
bordinaçion que el un cauo a de tener al otro si conviniere juntarse los cuales
guarden la instrucçion que se les diere, advirtiendo que si las cossas se dispu-
sieren de manera que con evidente certeza parezca que se puede conseguir
algun buen efecto de acometer Repentinamente a los dichos negros en sus
Rancherias o en otra parte comoda lo puedan hazer con buena consideraçion
y acuerdo, y de manera que no se aventure a perder en la ocasion. Y la costa
que en ello se hiçiere se Reparta en cinco partes pagando su Magd la una, las
quatro los dueños de estançias y ganados mas cercanos a las Rancherias de los
dichos negros, y los encomenderos de la nueua çiudad de la Veracruz y dueños
de carros y Recuas, y entre las demas Personas que parecieren ser interesados
y por la neçesidad que ay de ocurrir brevemente al Remedio de lo suso dicho.
Mandaba y mando se saque de la Real caxa de la dicho çiudad seis mill pesos
de oro […]. Y se enteren despues de cobrados de las personas entre quienes se
an de repartir menos la quinta parte que a de pagar su Magd y se le escriva en
la flota lo acordado en esta razon.
México 25 de mayo 1618
Don Diego Fernández de Córdoba
176 JEAN-pierre tardieu
B. Anexo iconográfico
José Gordillo, Canto a los héroes
José Gordillo, Canto a los héroes (1952)
El fresco se encuentra en la pared de la escalera monumental del
antiguo palacio arzobispal de México. El muralista colocó a Yanga en-
tre los héroes de la nación mexicana. Es llamativa su situación espacial
entre el ceñudo Cuauhtémoc, de puños crispados, exponente de la re-
sistencia indígena a la conquista, en quien se apoya con un pronun-
ciado movimiento de solidaridad, y la determinada sor Juana Inés de
la Cruz, exponente de la resistencia femenina al machismo colonial,
representando estos tres personajes las conspicuas “raíces” de México.
El personaje central es el cura Hidalgo, quien dio el grito de Indepen-
dencia, quien lleva en mano el decreto de abolición de la esclavitud.
Capítulo 6
De San Lorenzo de los Negros
a San Lorenzo de Cerralvo (1636-1676)
¿Qué pasó en el pueblo de San Lorenzo de los Negros en los años
posteriores a su fundación? Muy poco se escribió al respecto. Naveda
Chávez-Hita se interesó algo por su evolución en los siglos xvii y xviii
en dos trabajos (2001; 2012). La documentación archivística no pro-
porciona a primera vista mucha información sobre la descendencia de
los “yanguicos”. ¿Se habrían adaptado a sus nuevas condiciones de vida?
Extraña algo este silencio, después de los dramáticos acontecimientos
que marcaron el final del reino de Yanga, y la represión ordenada por
el marqués de Guadálcazar contra los cimarrones que siguieron mani-
festándose en los mismos parajes. Si cavamos más hondo en fondos sin
relación directa con nuestro tema, parece que las cosas no pasaron con
tanta facilidad en San Lorenzo. La sección “Tierras” del A. G. N. M.
brinda informaciones sobre problemas de competencias entre San Lo-
renzo y la villa de Córdoba, lo cual no sorprende en la medida en que a
las dos poblaciones, de origen totalmente opuesto, se habían confiado
cometidos semejantes. A mediados del siglo xvii, dieron lugar a pleitos
ante la Real Audiencia de México que hicieron surgir un pasado no
tan tranquilo como se podría creer. Estallaron conflictos que desem-
bocaron en una nueva fundación del pueblo, después de firmarse otras
capitulaciones, las cuales no hicieron desaparecer las tensiones con la
villa. Sin embargo, dieron pruebas los negros de su buena voluntad, y,
movidos por el deseo de un futuro mejor, cumplieron con sus obliga-
ciones.1
1. Los documentos utilizados en este capítulo se encuentran en A. G. N. M.,
sección Tierras, Córdoba, vol. 120, fols. 15r-88v. Luz María Martínez Montiel,
apoyándose en la tesis de maestría de Miguel García Bustamante titulada “El
esclavo negro y el desarrollo económico de Veracruz durante el siglo xvii”, cita
un documento del A. G. I., México 94, N. 6, 370 fojas, que se parece mucho al
que analizamos. Véase Martínez Montiel (1995 633-643).
178 JEAN-pierre tardieu
6.1. La segunda fundación del pueblo
6.1.1. Tensiones y nuevas capitulaciones
Debido a una cuestión de límites entre la villa de Córdoba y el pue-
blo de San Lorenzo en 1654, el procurador de los negros ante la Real
Audiencia de México, con la finalidad de probar el buen derecho de
sus clientes, exhibió autos de la misma que echan luz sobre los acon-
tecimientos de los años anteriores a 1636. Según un despacho del
virrey Rodrigo Pacheco de Osorio, marqués de Cerralvo, habría esta-
llado un conflicto entre los vecinos de San Lorenzo y las autoridades
de la villa. El documento no suministra ninguna referencia precisa a
los hechos, concluyendo que a los negros del pueblo “se les perdonó
los delitos cometidos”. Aparentemente no debían de ser muy graves
las recriminaciones del gobernante, a juzgar por el término usado,
o sea, “delitos”. Las acusaciones en contra de los vecinos no mere-
cieron la calificación de “crímenes”, pero fueron lo bastante serias
como para entablar negociaciones que desembocaron en nuevas “ca-
pitulaciones”. Todo da a entender, como veremos más abajo, que los
vecinos de San Lorenzo, si no volvieron a las andadas, por lo menos
acogieron en su pueblo a esclavos huidos, haciendo caso omiso de su
obligación de entregarles a sus amos.2 Esta actitud debió de ser tan
común que se vieron obligadas las autoridades a tomar una decisión.
De ahí la redacción de un nuevo convenio que les imposibilitase a
los fugitivos buscar un refugio entre los negros libres del pueblo. Para
dar más solemnidad al acto, incluso adoptó el pueblo otro nombre, el
del mismo virrey. De entonces en adelante, se quedó con el calificati-
vo de San Lorenzo “de Cerralvo” [o “Serralbo”], rivalizando de cierta
manera con Córdoba en el dominio de la eponimía. Era también una
manera de significar la dependencia directa con el virrey, una garan-
tía personal que éste le daba.
2. Nos incita a emitir esta hipótesis lo que, en una época posterior, ocurrió en
Amapa. En las mismas condiciones que para San Lorenzo de los Negros, se
fundó el pueblo entre 1769 y 1770 para recoger a los cimarrones de las sierras de
Mazateopa, de la jurisdicción de Teutila, en las márgenes del río Amapa, a unas
leguas de Córdoba. En 1777, por varios motivos, se trató de suprimirlo. Uno de
ellos fue el siguiente: “Que los desertores que salen de Vera Cruz tienen el auxilio
que necesitan en el dicho Pueblo”. Véase Carrol y De los Reyes (1973: 49).
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 179
Las condiciones de tal protección eran las siguientes:
1. En materia de derecho
1.1. Se concedió libertad a todos los esclavos que se hubieran
acogido a las rancherías del pueblo desde hacía un año,
extendiéndose esta cláusula a sus mujeres e hijos, incluidos
los nacidos después.
Comentario: esta medida, que corresponde al punto de
más importancia en el despacho, nos da la clave del pro-
blema.
1.2. Se les prohibía a los vecinos el acoger a cualquier negro
o mulato, libre o esclavo, sin previo permiso de vecindad
otorgado por el virrey, so pena de vida para él huésped.
Comentario: corolario de la medida anterior, aunque se
expone más adelante en el documento. Amén de imposi-
bilitar la acogida de cimarrones, se quería evitar cualquier
contaminación por negros o mulatos procedentes del ex-
terior, manteniendo al pueblo en cierto aislamiento. La
extrema gravedad de la pena es significativa
1.3. Se concedió a los vecinos la posibilidad de fundar de uno a
tres pueblos en lugares señalados por el virrey, con las tie-
rras necesarias para su manutención, viéndose éstos obli-
gados a respetar las normas vigentes al respecto.
Comentario: se trataría de una exigencia de los vecinos,
correspondiente al crecimiento de la población, a la que
se habían añadido los recién llegados. La documentación
posterior no se refiere a estos pueblos, lo cual permite du-
dar de su creación oficial.
2. En materia de gobierno
2.1. El virrey nombraría a un corregidor o alcalde mayor, con
cuya asistencia se procedería a la elección de los otros ofi-
cios.
Comentario: si nos atenemos a la documentación poste-
rior, el alcalde mayor fue el de la población más cercana
que disfrutaba de tal cargo, a saber, la de San Antonio de
Huatusco.
180 JEAN-pierre tardieu
Este sería el quid del despacho, reivindicando los alcal-
des ordinarios de la villa de Córdoba preeminencia sobre
los de San Lorenzo. Los negros libres del pueblo eligieron
efectivamente cada año a un alcalde ordinario y a un re-
gidor, como consta de los autos que contemplaremos más
abajo.
2.2. Sería obligatoria la presencia de dicho alcalde mayor para
cualquier junta, como las reuniones del cabildo de las co-
fradías.
Comentario: se temían los efectos de la psicología de gru-
po, debido posiblemente a los sucesos de 1612 en México
que estudiaremos en el último capítulo.
3. En materia de fiscalidad
Los vecinos del pueblo pagarían los mismos tributos que los in-
dios de la comarca, con los mismos géneros, quedando al cargo
de la Corona los estipendios del cura doctrinero y el salario del
justicia.
Comentario: la asimilación con los indígenas respecto a la fis-
calidad impuesta a gente libre tomaría en cuenta una de las
reivindicaciones de los negros, quienes se consideraban como
“gente de la tierra”.
En cuanto a la segunda parte de la cláusula, era convencional
en dicho contexto. Existía en las capitulaciones establecidas con
Yanga, y en otras como las que aceptó Bayano en Panamá.
4. En materia de obras públicas
Se obligaban los vecinos a construir en cada pueblo una iglesia
decente y una vivienda para el cura doctrinero, así como unas
“casas reales” para el uso del alcalde mayor.
Comentario: se aplicarían así las normas vigentes en las leyes
de Indias para la edificación de pueblos, con la construcción de
edificios simbólicos de la ambivalencia del poder.
La enseñanza de la doctrina era un elemento de primera impor-
tancia para la asimilación a los esquemas vigentes que pasaba
por la aculturación.
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 181
5. En materia de seguridad
5.1. Se obligaban los vecinos del pueblo a buscar a todos los
esclavos huidos señalados por la justicia. En caso de no
poder encontrarles, tendrían que probar que no era por
culpa suya.
Comentario: la primera parte de la cláusula era convencio-
nal. No pasa igual con la segunda, que reforzaba la respon-
sabilidad de los vecinos, sin duda acusados en el pasado de
negligencia.
5.2. Se obligaban los vecinos del pueblo a acudir al servicio de
la Corona cuando se lo mandase el virrey en tiempo de
guerra, dirigiéndose a los lugares señalados.
Lo mismo en tiempo de paz cuando le pareciese conve-
niente al virrey.
Comentario: se trataba de prever cualquier ataque en la
costa, en particular en Veracruz, de parte del “enemigo”
por antonomasia, es decir, a la sazón, los piratas luteranos
que solían saquear los puertos y las tierras aledañas.
6. Se fijó un plazo de tres años para confirmación del Consejo de
Indias.
Comentario: como en las capitulaciones anteriores con otros
pueblos de cimarrones (véase el caso de Bayano, en que la Co-
rona tomó las cosas en mano), los negros pidieron la garantía
real, con el evidente deseo de acudir en caso de necesidad a
los privilegios de tipo medieval de las tierras de “realengo”. Se
establecían así lazos de dependencia directa con la Corona, de
carácter feudal.
La amplitud del plazo se explica por la duración de la travesía.
Veremos a continuación que, en el conflicto que estalló con la villa
de Córdoba, los vecinos de San Lorenzo de Cerralvo dieron pruebas
fehacientes de su respeto por las diferentes cláusulas de estas capitula-
ciones.
El 7 de noviembre de 1631, con mucho énfasis, el rey le manifestó
al marqués su satisfacción por haber resuelto el engorroso problema
de los negros de San Lorenzo, lo cual patentiza la importancia que le
concedía el Consejo de Indias:
182 JEAN-pierre tardieu
El cuydado y diligençia que abeys puesto en la reduçion de los negros
çimarrones y en las condiçiones con que los administrais, es conforme al
que acostrumbays en las cosas de mi seruiçio de que quedo con el agra-
deçimiento que es justo.3
6.1.2. Cuestión de la mudanza
No hay pruebas jurídicas de que se fundaran otros pueblos dependien-
tes de San Lorenzo de Cerralvo. En cambio, dieciocho años después de
aceptar las nuevas capitulaciones, los dirigentes expresaron su deseo de
mudar de sitio, lo cual originó un afanoso trámite. Las razones maneja-
das por los negros patentizan un incuestionable cambio de mentalidad.
Ya no tenían nada que ver con los cimarrones que se limitaron en un
primer tiempo a solicitar tierras lo bastante fértiles para mantener a sus
familias. En 1654, fecha de la petición, ya habían olvidado sus temores
y trataban de alejarse lo más posible del marco ecológico inhóspito que
había brindado su protección a sus padres. Se justificaron de la manera
siguiente ante la Real Audiencia:
[…] despues de lo qual parecieron ante mi los alcaldes y regidores de
dichos negros de San Lorenzo de Serraluo y me hisieron que dicho su pue-
blo estaua juntado en un pueblo mui incommodo y montes de animales
y sabandijas ponsoñosas y falta de tierra y pasto para cabalgaduras pade-
siendo la mesma incomodidad para ser visitada de justicias y ministros de
Doctrina especialmente en tiempo de aguas porque esta por medio mui
pedregoso y de mudarse a otro pueblo llamado las Palmillas seçaran estos
inconvenientes y se les seguira conocida utilidad.
Estas pocas líneas bastan para patentizar la visión prospectiva que
les animaba a los dirigentes del pueblo, prontos a olvidar un pasado
de desgracias. De ahí la exageración de la pintura que esbozaron rápi-
damente de su entorno. No renunciaban a mejorar las condiciones de
vida de su progenie. Hábilmente no se olvidaron de evocar la dificultad
de movilidad que hacía arduo el control administrativo y religioso pre-
visto por las capitulaciones, de manera a convencer a las autoridades
superiores. Con la misma finalidad, se comprometieron a construir la
iglesia y las casas reales en un lugar escogido por ellos, y no por el go-
3. A. G. N. M., Reales Cédulas 1, exp. 91.
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 183
bierno como ocurrió antes. Se trataba de un lugar llamado Las Palmi-
llas, bien conocido de ellos, ya que fue un paraje donde en los decenios
anteriores se manifestaban los cimarrones.
Ahora bien esta petición no era novedosa, y traducía una antigua
preocupación de parte de los vecinos, según admitió el fiscal de la Real
Audiencia, don Pedro Melián, consultado por el virrey. Merece la pena
exponer su parecer en su integridad por surgir en él muy a las claras la
opinión que se tenía de los vecinos de San Lorenzo. Pese al transcurrir
del tiempo no habían desaparecido los antiguos temores entre los re-
presentantes del poder:
[…] respondio que antes de agora an pretendido estos negros esto que al
presente y por justas consideraciones se les auia denegado teniendo por de
mucho inconveniente asercarlos tanto al camino Real y a la comunicaçion
y notiçias de aquellos pueblos sircumvezinos y en espeçial la çiudad de la
nueva Veracruz por el cuidado y recato a que obliga el yngenio y inclina-
cion desta gente y comoquiera que fueron de tan mala calidad los desinios
destos negros y que es mucho peligro y dificultad de castigar sus delictos
y reducirlos al seruiçio de sus dueños y obligase admitirlos y tolerarlos
en la forma que se pide se tubo por de mucha conveniencia retirarlos al
paraje donde estan que ellos eligieron para su agitación de modo que en el
cuerpo umano encaminan los buenos medios el mal umor que no pueden
extinguir a aquellas partes donde menos daño haga aunque se aya de en-
tender que oy estaran seguros y rendidos como se requiere se deuia excusar
toda ocaçion de experimentar lo contrario.
A través de los vecinos de San Lorenzo no veía el fiscal a súbditos
libres de la Corona, sino a antiguos esclavos fugitivos cuyas ruines in-
clinaciones atávicas no podía mejorar en absoluto el cambio de estatu-
to. Para él, el alejamiento del pueblo de los ejes de comunicación era
una cuestión de seguridad. Huelga insistir en esta visión despreciativa
del hombre negro, muy representativa de la mentalidad esclavista que
achacaba la resistencia de los esclavos a su mal genio.
Pero lo extraño es que el cabildo de Veracruz, consultado también
por el virrey, expresó un parecer del todo opuesto al del fiscal, quien, en
estas circunstancias, se había hecho el abogado del demonio:
[…] tenian por conveniente que el pueblo se San Lorenzo se mude de
sitio donde oy esta por ser muy aspero y montuoso y estar mui retirado
de la comunicaçion de los españoles y que el sitio de las Palmillas era muy
a proposito para la situaçion de dicho pueblo por estar cerca del camino
184 JEAN-pierre tardieu
Real donde facilmente puede ser visitado de las justicias como conuiene
que lo sea y bien administrado en lo espiritual y pueden ser de utilidad a
los pasajeros…
¿Cómo interpretar la oposición diametral entre los dos pareceres?
El del cabildo de Veracruz adoptó el discurso de los negros de San
Lorenzo posiblemente con segundas intenciones, que aparecerían en
las últimas palabras de la cita. Fiándose en la alienación de estos negros,
preocupados por mejorar lo ordinario, pensaría sacar algún provecho
de su conocimiento de la tierra para hacer más seguro el tránsito por el
camino real. Y veremos más adelante que efectivamente se acudió a sus
servicios para circunstancias particularmente delicadas.
Teniendo en cuenta este parecer favorable, el fiscal, el 19 de no-
viembre de 1651, dejó de oponerse al traslado del pueblo al puesto de
Las Palmillas, siempre y cuando se respetasen las condiciones de las
capitulaciones otorgadas por el marqués de Cerralvo. Dio también su
visto bueno el oidor Francisco Calderón y Romero. Ello no significó
que había desaparecido cualquier reticencia, a juzgar por la fecha en
que el alcalde mayor de San Antonio de Huatusco, el capitán Juan
Bruñón de Vértiz, dio la cuestión por zanjada. El 4 de enero de 1656,
obedeciendo el despacho del virrey, duque de Albuquerque, le signifi-
có su acuerdo a Sebastián Gómez, alcalde de San Lorenzo, después de
visitar el lugar con el fin de ver si era apto para la fundación. Se puso
de acuerdo con él sobre las calles, la plaza del nuevo pueblo y el plan
de la iglesia y de las casas reales. Entre quienes no veían con buen ojo
la mudanza se encontrarían los alcaldes ordinarios de Córdoba. Ha
llegado el momento de contemplar las relaciones entre los dos pueblos.
6.2. El conflicto con la villa de Córdoba
6.2.1. Cuestión de competencias
Con el desarrollo de Córdoba, los vecinos de San Lorenzo padecieron
abusos que denunciaron a partir de 1660 en una querella levantada ante
la Real Audiencia.4 Defendió sus intereses el procurador Luis Gómez de
4. Adriana Naveda (2012) trató superficialmente las condiciones del conflicto entre
las autoridades de Córdoba y el pueblo de San Lorenzo, que nos proponemos
explicitar por ser mucho más complejas de lo que dijo.
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 185
Escobar, siendo alcalde del pueblo el mulato Gaspar López y regidor, An-
tón Mateo. Con la actualización de las capitulaciones que presidieron a
la fundación de San Lorenzo, se les garantizó a los vecinos los derechos
otorgados anteriormente, en particular la elección cada año de un alcalde
ordinario y de un regidor, los cuales estarían sujetos a un alcalde mayor
nombrado por el virrey, en la circunstancia el de San Antonio de Huatus-
co en cuya jurisdicción estaba el pueblo. Ahora bien era sin contar con las
veleidades de dominación de Córdoba cuyas autoridades reivindicaban
la supeditación de los alcaldes de San Lorenzo. Con este pretexto, sus
alcaldes ordinarios, alguacil mayor y alguaciles no vacilaban en entrar en
el término de San Lorenzo, de día y de noche, para apropiarse de los fru-
tos del trabajo de los negros, según las alegaciones de éstos. Se oponían a
su salida al camino real, que distaba “dos tiros de arcabuz”, para cumplir
con sus obligaciones de perseguir a los cimarrones, y al envío de arrieros
a Veracruz. El 9 de agosto de 1664, despachó la Real Audiencia una Real
Provisión para que el alcalde mayor de San Antonio de Huatusco pusiese
fin a estos desmanes, prohibiendo la entrada en el pueblo de los alcaldes
ordinarios y de los alguaciles de Córdoba so pena de doscientos pesos de
multa.
Los alcaldes de la villa interpusieron apelación, viéndose obligados el
alcalde Hernando de Castro y el regidor Domingo Días a defender los
privilegios de su pueblo en contra de las ambiciones de los cordobeses,
que querían extender su poder a expensas de San Lorenzo. La fundación
de San Lorenzo, arguyeron, se había hecho dentro de los límites de su
jurisdicción. A su modo de ver, sus alcaldes podían conocer de todas las
causas criminales en San Lorenzo y oponerse a que los vecinos del pueblo
anduviesen con lanzas, escopetas, espadas y alfanjes. Además, les negaban
a sus autoridades la posibilidad de proceder contra indios o españoles.
Las cosas se demoraron mucho, tomando la Real Audiencia el 10
de marzo de 1672 una decisión salomónica. Recogió la Real Provisión
de 1664, concediendo a los alcaldes de Córdoba la facultad de conocer
de “todas las causas que se ofreciesen criminales ynfraganti y en las de
querellas” que correspondiesen al pueblo de San Lorenzo. Les tocaría
sustanciarlas, sin emitir fallo, lo cual se reservaría al alcalde mayor de
San Antonio de Huatusco. Además se les prohibió a los negros andar
con armas y usar de jurisdicción en contra de indios o de españoles. Así
que los vecinos de San Lorenzo, muy a pesar suyo, tuvieron que acatar
el auto de la Real Audiencia:
186 JEAN-pierre tardieu
En la villa de Cordoba a primero de agosto de 1672 año en cumplimiento
del auto de enfrente yo el escribano ley y notifique la Real sobrecarta de las
fojas antecedentes en sus personas a hernando de Castro Alcalde juan de Es-
pinosa rexidor y francisco Rodriguez alguacil mayor negros libres vecinos del
pueblo de San Lorenzo Serralbo desta juridicion auiendolo oydo la tomaron
en sus manos besaron y pusieron sobre sus cabezas con el respecto deuido y
dijeron que por si y en nombre de todos los vecinos y moradores del dicho
su pueblo la obedecian y obedecieron con la beneracion que deuen y que en
su cumplimiento estan prestos de guardar y cumplir lo que por dicha Real
prouision se les manda y esto dieron por su rrespuesta y lo firmo el dicho
alcalde Hernando de castro.
Así se acabó, pues, la altiva autonomía de los herederos de los “yangui-
cos”, colocándose su jurisdicción bajo el control de la villa de Córdoba,
edificada, no es de olvidar, con la finalidad de luchar contra los cimarro-
nes, misión que se había concedido en un primer tiempo a los vecinos de
San Lorenzo.
No faltaron los motivos de conflicto con los vecinos de Córdoba. Val-
ga por ejemplo lo que pasó en 1714. El abogado Francisco Fernández de
Córdoba, en nombre de los alcaldes y diversos oficiales de “la republica
del pueblo de San Lorenzo Serralvo” se querelló ante la Real Audiencia en
contra de Juan de Ávila, dueño de trapiche, quien, después de comprar
tierras colindantes con las del pueblo, habría cambiado de sitio las mo-
joneras, perjudicando así los intereses de los negros. Y, por si fuera poco,
el mismo personaje les dañaba con una tienda que había instalado en el
pueblo. Solicitaba el abogado reparación en lo que concernía los límites
y la tienda, a semejanza de lo que se practicaba en los pueblos de indios
donde la legislación no les permitía a los españoles tener actividades co-
merciales. Los oidores les concedieron su apoyo a los negros.
No por eso se dio por vencido el abogado de Ávila, arguyendo que
“es notorio el alivio que ellos reciuen en la tienda de mi parte”. Se le
ocurrió pedir un traslado del poder conferido por los negros a Fernández
de Córdoba, a lo cual contestó éste que no tenían para costearlo y que les
defendía “de balde”. Les acusó a los negros de haber destruido las antiguas
mojoneras y maltratado a los sirvientes de su parte que cortaban madera
en “sus” tierras. En cuanto a la tienda, se encontraba en una casa com-
prada por Ávila. Obedeciendo las órdenes de la Real Audiencia, la había
cerrado, lo que —colmo de hipocresía— amenguaba notablemente las
limosnas que brindaba a la iglesia en concepto de dinero, vino y harina
para hacer hostias. Pese a ello, los negros se prepararon para derribar la
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 187
casa, pasando a Córdoba “sin llamado de la justicia armados a pie y a
caballo con designio de motin”. Solicitó el abogado del alcalde ordinario
de la villa que hiciese restituir la casa a su parte en su estado primitivo,
condenando a los negros por los daños sufridos.5
Se adivinan claramente los motivos de Juan de Ávila cuando instaló
la tienda en el pueblo, donde la situación de monopolio le permitía im-
poner sus precios. Pero no parece ser la causa principal del descontento
de los negros. Habría que buscar por otro lado: ¿no despacharía Ávila en
esta tienda aguardiente producido en su trapiche? Así se entendería mejor
la referencia del abogado a los “daños y perjuicios” provocados por este
local. En cuanto al cambio de mojoneras, se explicaría por el deseo de
Ávila de cortar palo en las tierras de los negros, creyendo que éstos o no se
darían cuenta o se encontrarían en la incapacidad de probar su derecho.
El asunto patentiza la opinión que se tenía de ellos en Córdoba. ¿No sería
que se estaba favoreciendo su alcoholización para aminorar su resistencia?
Los sucesos posteriores refuerzan esta hipótesis.
En 1748 los representantes de San Lorenzo se quejaron al virrey:
“…son vexados y mortificados por los alcaldes ordinarios [de Córdo-
ba], por el alguacil mayor y otros ministros de justicia”. En 1768, ase-
veraron los hacendados de Córdoba “…haberse experimentado las pé-
simas consecuencias que han resultado a los negros del Pueblo de San
Lorenzo Serralbo, por haberlo desertado los más de ellos, repartiéndose
en distintas jurisdicciones llenos de miserias y necesidades, y lo que es
peor cometiendo innumerables insultos…”.6 No nos demoraremos en
estos aspectos que salen del marco temporal de este estudio.
6.2.2. Fidelidad de los vecinos de San Lorenzo
Para defenderse de las acusaciones de los alcaldes de la villa, los de San Lo-
renzo arguyeron que, desde la concesión de las segundas capitulaciones,
siempre se habían portado como fieles súbditos de la Corona, respetando
escrupulosamente las condiciones impuestas por el marqués de Cerral-
vo, particularmente en relación con la persecución de los cimarrones, la
5. A. G. N. M. Tierras 310, San Lorenzo de Cerralvo, fols. 243r-287v.
6. Archivo Municipal de Córdoba, vol. 24, 1748, fols. 17-42, y Archivo General de
la Nación, México, Tierras, vol. 3543, 2 de mayo de 1769, Naveda Chávez-Hita
(2001: 131).
188 JEAN-pierre tardieu
defensa contra los enemigos y el cumplimiento de misiones especiales en
que los negros habían desempeñado el papel de cuerpo de refuerzo.
A este respecto, la villa de Córdoba quiso arrimar el ascua a su sar-
dina. Hablando en nombre del cabildo, el regidor Joseph de Leyte
hizo hincapié en la obligación que le confió el acta de fundación, o
sea “tener toda la juridicion y camino real que por ella passe limpia de
negros zimarrones”. Cumpliendo con su deber, los vecinos apresaron a
muchos de ellos y les devolvieron a sus dueños. Hecho este preámbulo,
el regidor, el 2 de septiembre de 1676, ordenó una encuesta sobre el
número de esclavos fugitivos apresados por los alcaldes, los alguaciles
y los vecinos de la villa desde el año de 1619. Basándose en declaracio-
nes y en los autos originales conservados en el archivo del cabildo, el
escribano real Domingo Antonio Gómez, el 12 del mismo mes y año,
adelantó la cifra de 71 esclavos, negros y mulatos, varones y hembras.7
Ahora bien, sólo se refirió a la actuación de los alcaldes, alguaciles o
vecinos de la villa, haciendo caso omiso de los hechos de los negros de
San Lorenzo, quienes no dieron su brazo por torcer. Como se habían
quedado con las órdenes de misión o “comisiones”, y los certificados
correspondientes los exhibieron ante la Real Audiencia, para poner en
tela de juicio las aseveraciones de los alcaldes de Córdoba.
Se trata de un conjunto de 20 cartas autógrafas, 12 comisiones y 8
certificados despachados entre el 28 de junio de 1636 y el mes de abril
de 1673.8 Abarcan un espacio más reducido que la declaración del ca-
bildo, cuyo contenido se analiza en el cuadro de abajo. Las firmaron en
su gran mayoría alcaldes mayores de Córdoba que también ostentaban
el título de corregidor de Huatusco. No es inútil insistir en esta doble
dignidad. Si los alcaldes de San Lorenzo eludían toda dependencia con
relación a los alcaldes de la villa, en cambio el virrey les había puesto
bajo la jurisdicción del alcalde mayor de San Antonio de Huatusco. Di-
chas cartas constituían una prueba fehaciente de que los negros de San
Lorenzo habían cumplido con las obligaciones fijadas por el marqués
de Cerralvo, conviene a saber perseguir a los cimarrones de la comarca
en conformidad con las órdenes impartidas por las autoridades. No
todos los certificados se refieren a los resultados de sus expediciones,
7. A. G. N. M., Tierras 120, Córdoba, fol. 88v.
8. Adriana Naveda no tuvo la oportunidad de analizar estos documentos muy
significativos de la actitud de los negros de San Lorenzo que se encuentran en el
Archivo Nacional de México.
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 189
sin embargo, las cifras presentadas son significativas. En un espacio
de 37 años permitieron los vecinos del pueblo la detención de 48 es-
clavos fugitivos (o “forajidos” según la expresión comúnmente usada),
cuando el cabildo de Córdoba, para un marco temporal más amplio
de 20 años, tan sólo se refiere a 71 cimarrones. Consiguieron destruir
rancherías fortalecidas en lugares que ocuparon antes sus padres, con
sus cultivos, según el certificado de 9 de octubre de 1641. Pasó igual en
enero de 1643. En agosto de 1646, los esclavos apresados alcanzaron
la cifra de 26. Aparentemente no hubo muchos muertos, quizá porque
a los amos les interesaba que les cogiesen vivos. Las expediciones no
lograban siempre efectos, pero por lo menos conseguían dispersar a los
rancheados, lo cual ya era algo para la seguridad de las haciendas y del
camino real. Las comisiones por supuesto no les concedían a los negros
de San Lorenzo ningún poder de justicia. Sólo podían matar a los fu-
gitivos en último recurso. A los presos, les traían a la cárcel del pueblo,
especializada en esto, para ponerles a la disposición del alcalde mayor
de Córdoba. A éste le incumbía luego entregarles a sus amos.
En la mayoría de los casos, dicha autoridad se dirigió al alcalde de
San Lorenzo, encargado de encabezar a la tropa reunida para la perse-
cución de los fugitivos con a menudo el título de cabo, de capitán e
incluso de “caudillo de cimarrones”. A decir la verdad, no le dejaba la
posibilidad de elegir, aludiendo muy claramente a su obligación. El ca-
pitán Alonso Peralta y Mauleón, entre otros, no se olvidó recordárselo
a Cristóbal Gómez el 23 de enero de 1643: “porque los dichos negros
de San Lorenzo de zeralbo son obligados a sacar los dichos negros de
los montes y buscarlos y traerlos pressos”. En caso de fracaso de las
expediciones, varias comisiones —esta última en particular— reque-
rían pruebas de que habían hecho cuanto les fuera posible (los “testi-
monios” evocados por las capitulaciones). En junio de 1650, expresó
las mismas exigencias el capitán Juan Álvarez de Villarreal. En marzo
de 1673, Antonio Sentís incluso se mostró amenazador para con los
alcaldes de San Lorenzo. Merecerían una multa de 50 pesos, a lo cual
se añadiría un “castigo de todo rigor” de no cumplir con su deber.
Muy pocas veces se alude a la experiencia adquirida en tales empresas,
por ser comúnmente admitida. Sin embargo, Alonso Ordóñez Barón
reconoció en octubre de 1641 que Cristóbal Gómez era “baquiano en
el dicho paraje”.
190 JEAN-pierre tardieu
En cuanto a los hombres de la “tropa”9 de San Lorenzo, su cifra oscila-
ba entre 12 y 30, aunque parece que el número más común era 24. Para
mayor acierto, podían dividirse en dos grupos, como ocurrió a petición
del conde del Valle el 30 de julio de 1636. Salían del pueblo con “las
armas acostumbradas”, es decir, arcos y flechas. No encontramos nin-
guna referencia a cualquier arma de fuego, posiblemente porque no se
trataba de matar a los fugitivos, sino tan sólo de herirles para impedir
su fuga. Respecto a esto, los negros no carecían de destreza, por manejar
cotidianamente estos instrumentos en la caza y en su defensa contra fie-
ras y animales ponzoñosos. De esta habilidad dependió en gran parte su
supervivencia en el pasado. Además, la sociedad dominante no hubiera
aceptado que poseyeran arcabuces.
No todos los vecinos mostraban gran entusiasmo en obedecer las ór-
denes impartidas por la villa de Córdoba, a juzgar por los penas en caso
de desobediencia. No dejaban de ser disuasorios. En marzo de 1645, se
vieron amenazados los reacios con un castigo de 100 azotes. A esto añadió
30 pesos Ignacio Cortés de Vargas en abril de 1659. En 1649, la pena fue
de 200 azotes. Peor aún: cuando se trató en febrero de 1648 de desbaratar
una ranchería en “la otra parte” del Río Blanco, Francisco de la Higuera y
Ayala, no vaciló en hablar de muerte para los negros que desobedeciesen
a su alcalde Juan Pasqual. En algunos casos, las comisiones les dejaban a
los alcaldes la libertad de elegir el castigo más adecuado. Sea lo que fuere,
las cartas de comisiones solían amonestar a los negros con un tono peren-
torio, parecido al que adoptó el capitán Alonso Peralta y Mauleón el 23
de enero de 1643:
[…] y mando a todos los negros de el dicho pueblo de San Lorenzo le ayan
y tengan por su cauo y capitan y le obedezcan en todo lo que les hordenare
tocante a las diligencias de buscar los dichos negros forajidos…
Incluso se preveían castigos para los españoles que opusiesen algún
obstáculo al buen desarrollo de las expediciones, como en octubre de
1649.
Por no saber cuánto durarían las misiones, los alcaldes mayores de
Córdoba requerían para los negros la ayuda de las autoridades de los
lugares recorridos. Como éstas debían de manifestar ciertas reticencias,
que se explicarían por lo insólito de la situación, solían emplear un tono
9. No confundir, como lo hace A. Naveda (2001: 74), esta “tropa” con las milicias
de negros y mulatos, estructuras que se encontraban en contextos urbanos.
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 191
conminatorio. Así lo hizo por ejemplo el 8 de febrero de 1648 el capitán
Francisco de la Higuera y Ayala, al fijar los objetivos de Juan Pasqual:
[…] y adondequiera que llegare y pidiere fabor y ayuda se la den y lo que
huuieren menester y ninguna persona se lo estorba ni ympida pena de que
se procedera contra ella por todo rigor de justicia y a las de su majestad de
otras cualesquier juridiciones donde llegaren exorto y requiero en su Real
nombre y de la mia pido y suplico les den el auxilio que les pidieren pues es
en seruicio de las dos majestades…
A veces, debido a las circunstancias nada favorables, debía mostrarse
más explícito el alcalde mayor. El mismo personaje, poco tiempo después,
o sea, el 19 de septiembre de 1649, no dejó lugar a dudas:
[…] y cumplir con lo que su majestad mande de cuya parte Requiero a to-
das vuestras mercedes los señores, sus jueces y justiçias ante quien esta fuere
presentada y de la mia pido de merced les den a los dichos negros el favor y
auxilio que les pidieren, y el bastimento nesesario pagando los susodichos su
deuido haber, que en hacerlo vuestras mercedes asi administraran justicia y
cumpliran con lo que su magestad manda…
Siendo una obligación la persecución de los esclavos fugitivos, las co-
misiones no preveían premios. Sin embargo, dándose cuenta de que las
amenazas obviamente no bastaban para suscitar el entusiasmo de los veci-
nos de San Lorenzo, obligados a abandonar por un tiempo indetermina-
do familias y cultivos y arriesgar el pellejo, los alcaldes de Córdoba, en los
últimos años del periodo referido, cambiaron de actitud. Antonio Sentís,
en 1673, manejó a la vez la amenaza para con los alcaldes de San Lorenzo
y la promesa de un premio nada desdeñable para sus hombres, quienes
se verían obsequiados con la cantidad de 40 pesos. En este mismo año,
los dueños de esclavos huidos empezaron a prometer el pago de la inter-
vención, lo cual patentiza una significativa evolución. Con el tiempo, se
trabaron ciertos lazos entre algunas autoridades de Córdoba y los alcaldes
de los negros. Valga por ejemplo la carta dirigida el 27 de marzo de 1673
a Domingo Días por el alguacil mayor de la villa, Francisco de Solís. Con
un tono paternalista, que pensaba le honraría al negro, le trató de “hijo”
antes de impartirle la orden de salir de inmediato del pueblo con “todos
los hijos”. Por si fuera poco, imitando al alcalde mayor, amén de pagarles
su trabajo, se comprometió en agradecerlo “a todos los hijos”. Faltan los
elementos para ir más allá acerca de las relaciones entre las autoridades de
la villa y las del pueblo. Sin embargo, en casos de emergencia como éste
192 JEAN-pierre tardieu
—se trataba de atrapar a un negro armado que no vaciló en disparar— las
primeras se mostraron menos altivas por no poder prescindir de las habi-
lidades de los vecinos de San Lorenzo.
Los certificados adjuntos a veces a las comisiones valorizan el compor-
tamiento de los negros durante sus misiones. Les pareció que serían de
mucho peso ante la Real Audiencia, con motivo de sus diferendos con las
autoridades de Córdoba que de cierta manera caían presas en su propia
trampa, lo cual patentiza la inteligencia dialéctica de estos negros. Así
Bernabé Suárez, capitán de cimarrones, se dignó expresar su satisfacción
acerca de sus hombres con estos términos:
[…] los quales como buenos y fieles basallos con mucho cuydado y vigilan-
cia y diligencia acudieron y hizieron con toda diligencia todo lo que por mi
les fue hordenado sin que por su parte pereciere negligencia ni omision por
lo qual me parece son dignos y merecedores de la honrra y merced que su
magestad con su benigna liberalidad y franca mano sea seruido de hacerlos.
Un poco más tarde, el 12 de octubre de 1638, el capitán Alonso Ordó-
ñez Barón, alcalde mayor de Córdoba, no se mostró menos parco acerca
de la actitud de los 30 hombres encargados de buscar a los cimarrones:
[…] y acudiendo a todo lo que se les ordenaba asi de seruiçio de su mages-
tad como de la dicha compañia con gran bigilencia cuydado y asistencia
cumpliendo con las condiciones con que fueron admitidos a la gracia de su
majestad y perdonandoles su alzamiento.
Para los negros de San Lorenzo, no había mejores pruebas de su entera
lealtad que estos certificados y comisiones.10
10. David M. Davidson (1981: 93) apuntó que el viajero italiano Gemelli Careri, que
pasó por el pueblo en 1698, evocó su “prosperidad e industria”. Lo que le llamó la
atención al viajero fue primero el lugar, que se parecía a un pueblo del África negra
(“Guinea”), el buen aspecto físico de sus habitantes, su dedicación a la agricultura
y su fidelidad a su compromiso, o sea, devolver los esclavos fugitivos a sus dueños:
[…] I baited in the village of S. Lorenzo de los Negros, or S. Lorenzo of the
Blacks, in the midst of a wood. This place being all inhabited by Blacks, looks like
some part of Guinea, but their are handsome, and apply themselves to husbandry.
They are descended from some runaway slaves, and they were afterwards permitted
to remain free, upon condition they should not entertain any more fugitive Blacks,
but restore them to their owners; which they religiously observe (Gemelli Careri
1745: vol. IV, chap. II, “Of New Spain”, 525).
Captura de negros fugitivos por los negros de San Lorenzo de Cerralvo
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
28-VI-1636 Bernabé X 25 soldados Montes de Prender y
Suárez con las armas las ciudades castigar los
Capitán de que acos- de Veracruz, negros cima-
cimarrones tumbran Mizantla, rrones
Xalapa,
Orizaba,
San Antonio
Huatusco
30-VII-1636 Conde del X Hernando de 24 perso- Todos los pa- Id. - Presos:1
Valle Castro nas en dos rajes hasta el mulato, 5
tropas, una Río Blanco negros y 3
con Juan de negras
Castro, otra - Muertos: 2
con Gaspar negros
mulato
12-X-1638 Cap. Alonso X 30 negros Servicio de
Ordóñez con sus arcos S. M.
Barón, al- y flechas
calde mayor
de Córdoba
y corregidor
del partido
de Huatusco
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 193
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
31-V-1639 Diego de X Domingo 15 negros Buscar y
Riaño, ve- Angola prender
cino de la (cabo) 24 negros
ciudad de varones y
Cotatla hembras que
se huyeron
JEAN-pierre tardieu
del ingenio
de los herede-
ros de Pedro
Barroso
3-I-1641 Cap. Miguel X Prender 3 - Presos: 2
de Ribade- negros huidos negros y
neyra, alcal- de Antonio 2 negras
de mayor de Gómez,
Córdoba y vecino de
corregidor de Córdoba, 1
San Antonio negro huido
Huatusco de Antonio
Hernández,
alcalde de
Córdoba
194
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
9-X-1641 Cap. Alonso X Cristóbal 12 morenos Lugares don- Buscar algu- - Quema de
Ordóñez Gómez, de estaban nos negros una ranche-
Barón, (alcalde cabo alzados antes fugitivos ría fortale-
del grupo) los negros de cida con 6
San Lorenzo casas
- Quema de
2 milpas con
cantidad de
maíz, frijo-
les, camote,
cañas
- Presos: 5
- Los otros
negros hu-
yeron
2-I-1642 Cap. Miguel X Atrapar un - 1 preso
de Ribade- negro huido
neyra, alcal- de Roque
de mayor de Martín,
Córdoba y arrendatario
corregidor de de la hacien-
San Antonio da de Santia-
Huatusco go del conde
del Valle y
Lima
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 195
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
15-I-1643 Alonso de X Cristóbal Montes Buscar canti- - Quema de
Peralta y Gómez, (al- despoblados dad de negros las casas y
Mauleón, calde, cabo en la otra forajidos milpas
alcalde y capitán del banda del - Presos: 2
mayor de grupo) Río Blanco negros y 1
Córdoba y negra
JEAN-pierre tardieu
corregidor de
San Antonio
Huatusco
23-I-1643 Id. X Id. 24 negros Id. Entrar Id. - De no ha-
en cualquier llarlos, traer
jurisdicción testimonio
de haber
hecho las
diligencias
196
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
24-VII-1645 Miguel de X Mulato Gas- En muchas Hacer algu-
Vega par López de partes de esta nas entradas
Herrera “por jurisdicción, para prender
mi caudillo “cantidad dichos negros
de cimarro- de negros
nes” cimarrones
rancheados
que salen a
los caminos
y hacen mu-
chos robos y
salteos a los
arrieros y yn-
dios y otros
pueblos”
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 197
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
6-III-1645 Cap. Pedro X Cristóbal 24 negros En montes “Prender 100 azotes
Salgado y Gómez y con sus despoblados a todos y para los
Castro, Juan Pascual, armas acos- de Roblesco cualesquiera hombres que
alcalde alcaldes tumbradas y otras par- negros foraji- desobedez-
mayor de (Gómez=ca- tes, “mucha dos” can
Córdoba y bo y capitán) cantidad de
JEAN-pierre tardieu
corregidor de negros cima-
San Antonio rrones …los
Huatusco quales estan
salteando los
caminos en
el paraje que
llaman de
Los Esteros”
20-VIII- Id. X Id. Id. - Presos: 24
1646 negros ran-
cheados, 1
negro y
1 negra ca-
sados
198
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
26-I-1648 Cap. Gaspar X Los alcaldes “A una parte Prenderles Pena de
de Tamayo del pueblo y lugar don- y traerles castigo “con
alcalde de les seña- a la cárcel todo rigor”
mayor de lare ay una del pueblo
Córdoba y ranchería de “como es uso
corregidor de negros foraji- y costumbre”
San Antonio dos”
Huatusco
8-II-1648 Cap. Fran- X Juan Pas- 24 negros Ranchería en Buscar los Pena de
cisco de la qual, alcalde escogidos otra parte del negros y vida para los
Higuera y ordinario Río Blanco traerles hombres que
Ayala, desobedez-
alcalde can
mayor de
Córdoba y
corregidor de
San Antonio
Huatusco
9-XI-1648 Id. X Id. Id. “Hacen Prender Penas que
muchos da- los negros, pusiere Juan
ños y robos a quemar las Pasqual.
los pasajeros, rancherías
y recogen
cantidad de
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 199
negros”
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
19-IX-1649 Id. X Id. Prender a Penas a los
Manuel y que se opon-
Francisco, gan: 200
esclavos del pesos para
alférez Pedro españoles y
de Gatica, 200 azotes
JEAN-pierre tardieu
vecino de por las calles
Córdoba públicas
para negros,
mulatos o
mestizos
16-VI-1650 Cap. Juan X Miguel Jacin- 24 negros Parajes de “Prender todos “De no hallar
Álvarez de to, alcalde Otatitlán, los negros ci- los dichos
Villarreal, montes de marrones que negros traiga
alcalde mayor Chacal don- pudiese” testimonio de
de Córdoba y de “andan hauer hecho
corregidor de cantidad de las diligen-
San Antonio cimarrones cias”
Huatusco haciendo mal -penas para
y daño” los desobe-
dientes: las
que pusiese
Miguel Jacin-
to o su cabo.
200
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
28-IV-1659 Cap. Ignacio X Uno de los “Con los Ranchería “No se de Pena de 100
Cortés de alcaldes negros que le en otra parte lugar a que se azotes o 30
Vargas, pareciere” del Río Blan- junte mucha pesos para
alcalde co, montes cantidad y los negros
mayor de cercanos al de mayor desobedien-
Córdoba y pueblo de trauajo para tes
corregidor de Sealtepec prenderles”
San Antonio
Huatusco
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 201
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
27-III-1673 D. Antonio X Alcaldes “Con las Camino Real Buscar y Pena para los
Sentís, armas y prender un alcaldes: 50
alcalde de gente de este negro mozo pesos y casti-
Córdoba pueblo” alto de cuer- go “por todo
po, vestido rigor”
de azul, con
JEAN-pierre tardieu
una lanza y
una carabina,
y una mulata
que lleva una
capuza y una
montera.
Disparó y
huyó cuando
le querían
prender des-
pués de un
robo.
Recompensa:
40 pesos
202
Fecha Autoridad Co- Cer- Alcalde o Hombres Destino Cargo Resultado Penas por
mi- tifi- cabo de San desobedien-
sión cado Lorenzo de cia
Cerralvo
Francisco de X “Hijo Do- “sal desa con Id. Es de Juan
Solís, Algua- mingo Días” todos los Vázquez
cil mayor de hijos dese (“le pagaré
Córdoba pueblo esta su trabajo y
noche” lo agradeceré
a todos los
hijos”)
IV-1673 Nicolás X Alcaldes Coger al ne-
Blanco gro Caracas
(propietario que se huyó.
de un trapi- El dueño
che) pagará
Total 12 8 48
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 203
204 JEAN-pierre tardieu
Ahora bien el servicio que tenían que prestar los de San Lorenzo a
la Corona no se limitaba a la busca de los cimarrones y a la destruc-
ción de sus rancherías por lugares que bien conocían. Se utilizaban sus
aptitudes y su conocimiento del terreno en otros casos muy diferentes,
aunque siempre relacionados con la seguridad. Les correspondía su-
ministrar, por ejemplo, una escolta, al lado de los españoles, al convoy
de la plata del fisco real procedente de Guatemala hasta el puerto de
Veracruz, cuando transitaba por la jurisdicción de Córdoba. El justicia
mayor de la villa concedió con fecha del 2 de abril de 1666 a Juan de
la Cruz, alcalde de San Lorenzo, un certificado para valorizar la buena
conducta de sus hombres y, en particular, su puntualidad en obedecer
sus órdenes. Según consta de un certificado del alférez comisario del
traslado de la plata fechado el 24 de marzo de 1669, el alcalde Ber-
nardo de Castro y todos los vecinos del pueblo le brindaron la ayuda
necesaria para la guardia de las barras del metal precioso.También se
pensaba en las aptitudes guerreras de los negros de San Lorenzo cuan-
do se trataba de proteger el puerto en contra de posibles amenazas de
los enemigos, o sea los piratas. El 13 de junio de 1675, con permiso
del maestro de campo Francisco de Leyba, gobernador y teniente de
capitán general de Veracruz, se despachó un certificado al moreno libre
Gaspar de Panamá, cabo de un grupo de quince negros del pueblo,
incorporados en la compañía del capitán Nicolás Blanco, de la villa
de Córdoba, en virtud de una provisión del virrey. Se disponían a vol-
ver a San Lorenzo donde quedarían a las órdenes del gobernador. Por
primera vez, apunta el documento, los negros del pueblo acudieron al
socorro de la ciudad, aunque llegaron desarmados, a petición de las
autoridades de Córdoba, las cuales, al parecer, no se fiaban del todo
de ellos.
Este documento permite medir el camino recorrido por los vecinos
de San Lorenzo desde su fundación. Si no se portaron, en un primer
tiempo, con toda la pasividad que se esperaba, consiguieron sin em-
bargo convencer al marqués de Cerralvo que valía la pena fiarse de
ellos. Aparentemente, no estaban de acuerdo los vecinos de Córdoba,
por motivos de privilegios y de preeminencia, aunque no consiguieron
convencer al virrey de su buen derecho. Les resultaba trabajoso admitir
la libertad de dichos hombres, cuando la misión de la villa consistía
precisamente en luchar en contra del cimarronaje. La decisión salo-
mónica tomada en México, que consistía en colocar al pueblo en úl-
tima instancia bajo la jurisdicción del alcalde mayor de San Antonio
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 205
de Huatusco, por encima pues del alcalde de Córdoba a quien sólo se
le reservaba indagar los posibles delitos, no debió de surtir los efectos
esperados, confundiéndose a menudo las dos autoridades en el mismo
personaje. Fuera lo que fuere, en el periodo estudiado, se mostraron
leales los negros cumpliendo con sus obligaciones a satisfacción de las
autoridades cordobesas, a quienes obviamente no les preocupaba la
contradicción. Esta sumisión, si la miramos de más cerca, correspondía
a su deseo de protegerse en contra de la mala voluntad, como patentiza
el cuidado con que solicitaban y conservaban los certificados de buena
conducta. Incluso cuando se presentaban graves peligros que justifica-
ban el recurso a las aptitudes guerreras de los vecinos de San Lorenzo
por el gobierno superior, no dejaban las autoridades de Córdoba de
manifestar una mezquina desconfianza.
Los lugares del cimarronaje.
Camino México-Veracruz.
206 JEAN-pierre tardieu
Anexo documental
A.1. Comisión del capitán don Pedro Salgado y Castro, 1646
El capitan don Pedro Salgado y Castro alcalde mayor de la billa de cor-
doba y corregidor del pueblo de San Antonio Huatusco a cuyo cargo
esta la administraçion y justiçia de el pueblo de San Lorenzo de zeralvo
por su majestad. Por quanto a llegado a mi notiçia que en los montes
despoblados de Roblesco y otras partes ay mucha cantidad de negros
çimarrones huydos de sus amos los quales estan salteando los caminos
en el paraje que llaman de los esteros y para que lo susodicho tenga el
Remedio que requiere cumpliendo con lo que su majestad mando con
el capitulo de la fundaçion del dicho pueblo de san Lorenzo por el pre-
sente mando a cristobal gomez y juan pasqual alcaldes que al presente
son de el dicho pueblo que luego sin dilaçion alguna salgan veinte y
quatro negros con sus armas acostumbradas y recorran todos los dichos
montes y parajes y prendan a todos y cualesquiera negros forajidos que
hallaren y los traygan a buen recaudo ante mi para haçer, las diligençias
que conbengan y si acaso les Resistieren los maten=para lo qual nonbro
por cauo y capitan de los dichos veinte y quatro negros a cristobal gomez
alcalde de el dicho pueblo y por su falta o ausençia a juan pasqual alcalde
para que los obedezcan y cumplan sus ordenes en lo que tocare a dichas
presiones y todo lo demas que cerca de ellos les ordenaren lo qual guar-
den y cumplan pena de çien açotes en que desde luego doy condenados
a los inobedientes fecho en la villa de cordoba en seis de abril de mil y
seisçientos y quarenta y seis años.
Fuente: A. G. N. M., sección Tierras, Córdoba, vol. 120, fol. 45r.
A.2. Comisión de don Antonio Sentís, 1673
Alcaldes del Pueblo de san Lorenzo serraluo desta jurisdiçion visto este
mandamiento sin dilaçion alguna saldreis al camino Real con las armas y
gente de este Pueblo y procurareis inquirir si por el ha pasado un negro
moso alto de cuerpo vestido de azul con una mulata que lleba un capusa-
yo y una montera y si lo hallareis en esta jurisdiçion lo prended y a dicha
mulata y pressos y a buen recaudo los traed ante mi que assi importa
el seruiçio de su magestad lo qual hareis porque assi importa a su Real
seruiçio penas de cincuenta pessos y de que sereis castigados por todo
rigor de derecho y advertid que a tirado a la real justiçia con una carabina
De San Lorenzo de los Negros a San Lorenzo de cerralvo 207
fecho en la villa de cordoua a veinte y siete dias del mes de março de mil
y seiscientos y setenta y tres.
Don Antonio Sentís
Fuente: A. G. N. M., sección Tierras, Córdoba, vol. 120, fol. 63r
A.3. Certificado de don Álvaro Ordóñez Barón, 1641
Don aluaro ordoñez baron alcalde mayor que e sido de la billa de cordoba
y corregidor deste partido de Huatusco y capitan de infanteria española de
la miliçia congregada en ella por su majestad
certifico que abiendo tenido notiçia que en un paraje que llaman vicatar
donde estubieron alçados y Retirados los negros cimarrones que estan congre-
gados en el pueblo de san lorenzo de cerralbo abia algunos negros fugitibos
esclabos que tenian hecho nueba Rancheria atento ser obligados los dichos
negros congregados en el dicho pueblo a salir a buscar los fuxitibos de puertos
abajo para dar el Remedio que conbenia y atajar mayores daños y escusar los
gastos que podrian seguir a su magestad si creciera en numero la dicha Ran-
cheria, teniendo como tube satisfacion de cristobal gomez moreno alcalde que
el año pasado de seiscientos y treinta y nuebe era del pueblo y ser baquiano
en el dicho paraje le nombre y señale para que con doce morenos del dicho
pueblo fuese al dicho paraje con comision y nombramiento de cauo y capitan
de ellos e hiciese todas las diligencias posibles para deshaçer, quemar, y talar
la dicha Rancheria y prender los negros que en ella hallase, y abiendo ydo en
cumplimiento de lo por mi mandado con los dichos doce morenos a el dicho
paraje y assi allo en el una rancheria hecha a forma de plaça con seis cassas y
otro jacal hecho a modo de ermita y cantidad de bastimentos, maiz, frixoles,
camotes y caña y dos milpas en que estaban sembrados los dichos generos las
quales y casas quemo y talo y prendio en diferentes partes çinco negros y hicie-
ron fugados como todo constare de los autos que remiti al excelentisimo señor
marques de cadereyta virrey que fue des esta nueva españa y para que conste la
puntualidad cuydado y vigilancia con que el dicho cristobal gomez acudio en
esta ocasion al seruiçio de su majestad y a lo que por mi fue mandado como
en otras muchas ocasiones lo a echo y aber atajado estorbado que oy no aya
muy gruesa Rancheria en dicho paraje di la presente firmada de mi mano y
sellada con mi sello que es fecho en el pueblo de san juan coscomatepeque en
diez y nuebe dias del mes de octubre de mil y seis çientos y quarenta y un años.
Fuente: A. G. N. M., sección Tierras, Córdoba, vol. 120, fol. 40r-v.
Tercera parte
Conjuraciones
Dado el gran número de negros esclavos o libres en las urbes principa-
les de las Indias occidentales, los diferentes responsables administrati-
vos no dejaron de expresar su preocupación al Consejo de Indias, y en
particular los del virreinato de Nueva España, como hemos visto en los
capítulos procedentes.
No faltaron en efecto las amenazas e incluso los intentos de levan-
tamientos, desde los primeros momentos de la colonización. Valga,
por ejemplo, la rebelión de 1522 en La Española de los siervos de
la hacienda de Diego Colón, el propio hijo del descubridor, quienes,
encabezados por determinados cabecillas jolofes, estaban dispuestos a
aniquilar a sus opresores, enfrentándose con ellos en una auténtica ba-
talla campal. El cronista Gonzalo Fernández de Oviedo la describió
en Historia general y natural de las Indias1 valiéndose de los tópicos
de las novelas de caballería para valorizar las proezas de los españoles,
paladines de la nueva sociedad colonial, basada en la servidumbre. Las
rebeliones en Tierra Firme en los años siguientes fueron severamente
reprimidas por el peligro que representaban.
Pero nunca se consiguió ahogar el anhelo de libertad que animaba
a los esclavos, por ser guerreros avezados buena parte de los bozales.
Además, se habían olvidado los españoles —ingenua pero bien arraiga-
da contradicción— que como conquistadores habían sacado y seguían
sacando el mejor provecho de estas aptitudes. El traslado del cultivo
de la caña dulce al Caribe suscitó una ruptura drástica en la condición
servil. A los negros de la Conquista, pese a su situación jurídica, les
daría la impresión de que participaban de la gesta como pajes de armas
de sus dueños. Ahora bien, las nuevas exigencias de la colonización lo
cambiaron todo, con los excesos experimentados por los jornaleros ur-
banos y los trabajadores de los ingenios o de las minas, reactivando por
vía de consecuencia la idiosincrasia de los africanos y de sus descen-
1. Fernández de Oviedo (1992: 98-100).
212 JEAN-pierre tardieu
dientes. De ahí los incesantes levantamientos en los ingenios cubanos
de la primera mitad del siglo xix, que dejaban una honda impronta en
la mente de los criollos.
En México, si nos atenemos a las relaciones dirigidas a la Coro-
na, se había establecido una psicosis permanente. Culminó con los
acontecimientos de 1612 que dieron lugar a una feroz represión. El
poder abandonó las pasadas tergiversaciones por haber tomado plena
conciencia de la gravedad del caso y, más aún, de la capacidad de los
esclavos de sacar una extraordinaria fuerza de sus tradiciones, protegi-
das por una engañadora alienación que formaba parte de una estrategia
bien pensada.
Capítulo 7
Psicosis en México
Si para Luis de Velasco el Mozo el fomento de las minas requería de
la mano de obra servil, los esclavos eran también numerosísimos en la
misma capital de Nueva España o en sus afueras inmediatas, de acorde
con los conceptos socio-económicos de la época.1
No sólo servían los negros y mulatos para realzar el boato de las
familias decentes, que rivalizaban incluso con el número de esclavos
domésticos encargados de los quehaceres caseros o del servicio personal
—y en este caso compartirían de cierto modo su opulencia siempre y
cuando manifestaran la más completa alienación, condición sine qua
non para este desempeño—, sino que su trabajo en el sector artesanal
de la ciudad como jornaleros alquilados completaba los recursos de
sus dueños, siendo muchos de ellos gente modesta: artesanos, viudas,
huérfanos, monjas, o entidades religiosas. Sus condiciones de existen-
cia, a menudo pésimas, poniendo aparte las consecuencias inherentes
a su estatuto, no podían menos de suscitar un hondo descontento es-
tructural, cuya peligrosidad iba aumentando con su densidad que, lo
sabemos, acabó muy rápidamente por superar la de los blancos. Las
alertas en México ponían sobre ascuas a la sociedad dominante.
7.1. Alertas del siglo xvi
7.1.1. Los sucesos de 1537
En México, se reprimió duramente un primer intento de rebelión de
los esclavos en 1537.2 El 24 de septiembre, le avisaron al virrey Anto-
1. Véase C. Palmer (1974).
2. C. Palmer se refiere a esta primera amenaza en México, tratándola de “first slave
rebellion”, expresión excesiva a nuestro parecer, dado que no desembocó en algo
concreto (1974: 159-161). G. Castañón González (2002: 106-108) trata de
los sucesos de 1537 apoyándose en Vicente Riva Palacio (1953). Vicente Riva
214 JEAN-pierre tardieu
nio de Mendoza de los preparativos: “…tuve aviso de como los negros
tenian elegido un Rey, y concertado entrellos de matar a todos los
españoles, y alzarse con la tierra, y que los indios eran también en
ello…”. Aparentemente no se trataba sólo de un rito folklórico de ín-
dole compensatoria,3 sino de una amenaza tanto más grave cuanto que
acudía a una alianza con los indígenas, uno de los temores recurrentes
de la sociedad colonial en muchas partes de las Indias occidentales.
Consiguió enterarse Mendoza de la amenaza merced a un delator. Por
ser precisamente negro, no le concedió demasiada importancia, pero
no se descuidó de hacer unas investigaciones al respecto, mandando
espías de confianza entre los indios para saber si de veras se estaba pre-
parando algo en común con los naturales “escondidos”, o sea con los
indios hostiles a los españoles.
Halló algún rastro, si no acerca de la alianza, por lo menos con re-
lación a la conspiración de los negros. Hizo detener a los dirigentes y
al rey elegido por los negros, avisando a los españoles de las minas y de
los pueblos para que estuviesen sobre aviso y vigilasen a sus esclavos.
Estas precisiones dan de pensar que la indagación había sacado a luz
ramificaciones del caso en los diferentes centros de producción, sea
minera sea agrícola. A las minas de Amatepec, Mendoza mandó a un
representante personal, Francisco Vázquez de Coronado, hecho signi-
ficativo de su preocupación.
Los interrogatorios confirmaron las sospechas: “los negros que se
prendieron, confesaron la verdad de estar entrellos hecho ese concierto
de alzarse con la tierra”. Nada dice el virrey de los medios empleados,
pero es de suponer que correspondieron al castigo infligido a los acu-
sados. Dos docenas de negros fueron descuartizados públicamente, a
modo de advertencia. Hubo más en el dominio del horror. Algunos de
Palacio, después de explicar los motivos del recurso a la mano de obra negra en
el Nuevo Mundo, expuso los acontecimientos de 1537 (ibíd.: 239-241).
3. En 1475, los Reyes Católicos decidieron aprobar el agrupamiento de los negros
de Sevilla en una comunidad dirigida por un “mayoral” nombrado y pagado
por ellos, Juan de Valladolid, antiguo portero de su cámara, conocido como el
“conde negro”; véase: Pike (1968: 346). Se trasladó a las Indias occidentales la
posibilidad para los negros esclavos o libres de fundar cofradías, a imitación de
las que existían en varias ciudades de la península. Estas asociaciones religiosas
y de ayuda mutua disfrutaban de una organización jerarquizada (mayorales,
mayordomos) que servía de contrapeso a las tensiones de la esclavitud; véase
Tardieu (1997)
Psicosis en México 215
los negros rebeldes lograron huir de la represión, valiéndose Mendo-
za de indios fieles para perseguirles con la orden de traérselos vivos o
muertos. Así, le llevaron a cuatro negros y una negra “salados”. Si no
se pudo averiguar nada en cuanto a la culpabilidad de los naturales,
había indicios de que no ignoraban el proyecto de levantamiento de los
negros: de haberlo iniciado, “nos fuera mal quellos acabaran la cosa”.
Hecha referencia a los sucesos, el virrey pasó en su carta al análisis
del contexto. A su modo de ver, los negros no se hubieran atrevido a
preparar dicho levantamiento de no conocer las dificultades de la Co-
rona, en particular en materia de guerra, de cuyas noticias se enteraban
negros e indios por llegar la información sin ningún estorbo a Nueva
España. La demora de la flota había acentuado la confianza que tenían
en su fuerza y en la incapacidad de los españoles de resistirles. Por
añadidura, toque de remate para su ingenuidad, se había propalado el
rumor según el cual un fraile había dicho que en diez años no había de
llegar navío de España. Prueba de que, según Mendoza, era necesario
para la paz social mandar regularmente navíos a Nueva España, de
modo a imponer miedo y sosiego. De momento, quiso cerciorarse el
virrey de la posibilidad de resistir a semejantes amenazas. Se organizó
un alarde, a la vez para tranquilizar a los españoles y dar una adverten-
cia a los negros e indios díscolos. Dio ocasión para hacer un recuento
de las armas y de los caballos en posesión de la gente, hallándose hasta
620 caballos, de los cuales 450 serían útiles.
La conclusión del informe de Mendoza al Consejo de Indias es de
un gran pesimismo:
Visto esto, y que con no haber muchos negros en esta tierra, querían in-
tentar tan gran liviandad, me paresció de escrebir a V. M. que por agora
cesase de mandar enviar acá la cantidad de negros que tengo escrito que
se envien: porque habiendo mucha, y sucediendo otra cosa como esta,
podríannos poner en mucho trabajo y la tierra en términos de perderse.
Así pues, la conmoción impactó las decisiones del virrey, relacio-
nadas con el fomento económico que hasta entonces pasaba por la
trata de los negros, obligándole a dar por nula la petición levantada al
Consejo de Indias.4 Si fray Juan de Torquemada, tratando de esta con-
4. Carta de D. Antonio de Mendoza, virrey de Nueva España al emperador, dándole
cuenta de varios asuntos de su gobierno. 10 de diciembre de 1537; en Colección
de documentos inéditos relativos al descubrimiento, conquista y colonización de las
216 JEAN-pierre tardieu
juración, admitió que no llegó a tener efecto, no puso por ello en duda
la gravedad del caso, haciendo correr mucho riesgo la alianza de los ne-
gros con “los indios de esta ciudad, así de la parte de Tenuchtitla como
de esta de Tlateluco (que entonces eran muchos)”. Aparece claramente
bajo su pluma el temor de los españoles de verse atrapados, que justifi-
có la severidad del fallo. No evocó el fraile los detalles del castigo, pero
de un modo implícito reconoció su eficacia: “…y averiguándose, jurí-
dicamente se procedió contra los culpados y se hizo justicia de ellos; y
con este castigo quedó la tierra quieta y pacífica”.5
Bien podría ser que el fraile se inspirara de la obra del mestizo
Muñoz Camargo titulada Historia de Tlaxcala a cuyo autor cono-
cía, según parece. Aunque es más corta su referencia al intento de
rebelión de los negros de 1537, suministra Camargo informaciones
básicas. De creerle, los rebeldes habrían “convocado a los indios de
Santiago Tlatelolco y México”. El verbo daría a entender que la cons-
piración estaba a punto de concretarse. La ubicación de los indios
concernidos es más precisa, debido quizá a sus orígenes. Éstos ex-
plicarían también su silencio sobre la represión, en la que tomaron
gran parte otros indios, como indicó el mismo virrey. En cambio,
insistió el mestizo en el motivo del fracaso, o sea, la delación, con
una fórmula lapidaria: “La cual rebelión destruyó otro negro”.6 Sabía
de qué estaba hablando, por vivir en la época de los acontecimientos
en la corte virreinal como protegido de Mendoza, quien le encargó
en 1538, a pesar de su juventud, la enseñanza cristiana de los indios
traídos por Cabeza de Vaca, Andrés Dorantes, Castillo Maldonado y
Esteban “el negro” a quienes bien conoció.7
Otro documento de origen indígena, pero de índole muy diferente,
se refiere a la conjuración de 1537, o más bien al castigo de los diri-
gentes negros que parece haber conmovido a su autor. Se trata de uno
de los dibujos que se encuentra en el folio 45r del Codex Telleriano-Re-
mensis, acabado en los años 1562-1563 y depositado actualmente en
antiguas posesiones españolas de América y Oceanía, sacados en su mayor parte del
Real Archivo de Indias (1864-1884: vol. 2, 198-199).
5. Torquemada (1975: vol. 2, 365).
6. Muñoz Camargo (2002: 254-255).
7. Lo precisó en Descripción de la ciudad y provincia de Tlaxcala de las Indias y del
Mar Océano para el buen gobierno y ennoblecimiento dellas (1981: fol. 46v). Para
más a este respecto, véase Muñoz Camargo (2002: 10-11).
Psicosis en México 217
la Biblioteca Nacional de París.8 Pertenece a la tercera subdivisión de
la tercera sección que evoca los primeros decenios del período colonial
(fols. 25r-49r).9 El comentario en castellano no deja lugar a dudas en
cuanto a su sentido:
Este año de seis casas y de 1537 se quiseron alçar los negros en la ciudad
de mexico a los quales ahorcaron los ynventores dello humeava la estrella y
vuo un temblor de tierra el mayor que yo e visto aunque e visto munchos
por estas partes.
Codex Telleriano-Remensis, fol. 45r.
8. Codex Telleriano-remensis. Ritual, Divination, and History in a Pictorial Aztec
Manuscript (1995: 93).
9. Ibíd.: “The manuscript. History, Form, and Features” (1995: 124-128).
218 JEAN-pierre tardieu
Según señala el dibujo, la ejecución se efectuó en una plataforma
que bien podían ser los restos de una pirámide, quizá los del Templo
Mayor situado precisamente no muy lejos de la plaza mayor, el Zócalo
actual. La representación del condenado, ahogado por una cuerda que
cuelga de una horca rudimentaria, con una cruz en las manos atadas,
parece sumamente patética en un primer nivel. Los otros motivos re-
lacionan la escena con dos acontecimientos que marcaron la época,
significando que la ejecución le habría impactado tan hondamente al
pintor o tlacuiloani como la aparición de una estrella fugaz y un tem-
blor, señales de mal agüero para los indígenas. ¿Ignoraba la alianza de
los negros con sus congéneres?
La glosa, informa el análisis de los especialistas, es del dominico
Pedro de los Ríos, quien vivía en México a la sazón, como consta en la
documentación archivística, antes de pasar a Oaxaca y luego, a Puebla.
Estas precisiones no carecen de interés para nuestro tema. Los frailes
predicadores, antes de que llegasen los jesuitas, atendían a los negros en
el dominio espiritual, en particular merced a las cofradías de la Virgen
del Rosario. No extraña pues que se acordara fray Pedro de la conju-
ración. No es imposible que, como lego, sus superiores le hubieran
confiado, a él y a otros compañeros suyos, la humilde misión de acom-
pañar a los condenados in articulo mortis.
Sobre el significado implícito del dibujo, permítasenos proponer
ahora una hipótesis en relación con la cultura azteca, que de ningún
modo podía alcanzar el comentarista. ¿No habría visto el tlacuiloani la
ejecución a través de su mentalidad? ¿No pensaría que también los cris-
tianos, en caso de peligro, hacían sacrificios a sus dioses para granjearse
su benevolencia, como lo sugeriría la cruz puesta en las manos del negro
ajusticiado? Así se explicaría la ubicación por el pintor de la horca en
los restos de una pirámide, lugar donde se solían practicar los sacrificios
rituales, de una manera pública, como en la ejecución de 1537.
El mismo dibujo aparece en el Códice Vaticano A o, más precisamen-
te, en el Codex Vatic. Lat. 3758 de la Biblioteca Apostólica Vaticana,10
copia del Telleriano-remensis. Pero con la diferencia significativa de que
la reproducción, hecha posiblemente en 1562, carece del comentario
muy personal de fray Pedro de los Ríos, como testigo fidedigno, cuyo
interés no vio el nuevo tlacuiloani.
10. Anders, Jansen y García; véase “Primera parte: Historia del documento” (1996:
27-28).
Psicosis en México 219
En las otras amenazas evocadas a continuación, ya no se hablaría de
alianza de los negros con los indígenas.11 Primero, porque muy pron-
to se sintieron los esclavos lo bastante numerosos para prescindir de
su ayuda. Y luego, porque se las arregló la sociedad dominante para
separar a las dos razas. Hizo de los negros los instrumentos de explo-
tación de los indios, valiéndose de la tendencia de cada ser humano a
reproducir la violencia de que es víctima.12 El primero en notarlo fue
fray Toribio de Motolinía en Historia de los indios de la Nueva España,
denunciando el comportamiento de los conquistadores que pusieron
negros en sus repartimientos y encomiendas “para cobrar los tributos y
para entender en sus granjerías”.13 En 1603, fray Miguel Agia, en Servi-
dumbres personales de Indios, protestó contra esta situación escandalosa.
7.1.2. El alboroto de 1574
El menor alboroto provocaba un pánico difícil de dominar, señaló
Martín Enríquez a la Corona el 9 de enero de 1574. Corrían rumores
de un posible sublevamiento de los esclavos, que llegaron hasta los
alcaldes. Procedieron de unos negros que, después de actos de delin-
cuencia, se habían acogido a sagrado; más precisamente, al patio de la
iglesia de Santo Domingo. Se mandó a unos alguaciles a prenderles “y
con buena orden, la qual no guardaron los que lo auian de ejecutar”,
precisó el virrey. Al llegar los alguaciles, los negros entraron precipita-
11. Así se puede explicar el error en que incurrió uno de los primeros historiadores
que se interesaron por los alzamientos de negros en Nueva España: Querol y
Roso (1931-1932: cuaderno 90). Ni alude a la alianza con los indios al evocar la
conjuración de 1537, aunque hace hincapié en la “venganza del virrey” contra
los rebeldes que fueron “terriblemente descuartizados para ejemplo de los
levantiscos”. Por si fuera poco, después de contemplar el caso de 1612, concluye:
“De haber llegado a tener éxito satisfactorio para los negros alguna de
las rebeliones que tramaron, quizás hubieran puesto en grave trance al poder
virreinal español, pero ni supieron llegar al momento culminante de su empeño,
ni quisieron aprovechar elementos que, cual los indios, les hubieran podido
prestar una cooperación utilísima y eficaz” (124 y 140).
12. C. Gibson señala que los primeros incidentes ocurrieron principalmente en la
ciudad de México y sus alrededores: Tlatelolco, Coyoacán, Cuitlahuac, Tacabuya.
En muchas de las encomiendas y propiedades del valle, los capataces eran negros
(1981: 147, n. 38).
13. Benavente (1985: 119).
220 JEAN-pierre tardieu
damente en el santuario, “adonde auia mucha gente, y los que los auian
de prender tras ellos; y como la gente estaua alterada de lo que antes se
auia dicho de los negros, alborotaronse mas de lo que era menester”.14
Los perseguidos estaban al tanto de los usos que hacían de las iglesias
y cementerios lugares sagrados adonde tenían la facultad de acogerse.
Acudían de este modo a la inmunidad eclesiástica, como solía ocurrir
en los grandes centros urbanos de todas las Indias occidentales. De ahí,
algunos conflictos cuando las autoridades civiles se atrevían a trans-
gredir el derecho canónico, de los cuales incluso se aprovechaban los
esclavos cuando lo podían, sin que la Iglesia les negase su protección,
atenta al respeto de sus privilegios.
Obviamente el temor obsesivo de un posible levantamiento de los ne-
gros en México, debido a su gran número, daba al menor alboroto en
que estuviesen involucrados una dimensión desproporcionada, revelando
la psicosis que se había instalado en la mente de los vecinos y moradores.
7.2. Coronación de un rey negro (1608)
Por la misma ciudad se propalaron en 1609 rumores acerca de un al-
zamiento de los negros organizado en la noche de Reyes. Se habrían
reunido, con el pretexto de la fiesta, para elegir a un rey y a otros jefes.
Las indagaciones efectuadas por el virrey y los oidores de la Audiencia
probaron que no hubo tal intento, siendo todo “cosa de negros” como
escribió fray Juan de Torquemada:
Este mismo año de mil seiscientos y nueve hubo en esta ciudad un albo-
roto y rumor de alzamiento de negros, diciendo que la noche de los reyes
se habían juntado, en cierta parte, muchos de ellos y elegido rey y otros
con títulos de duques, condes y otros principados que hay en las repúbli-
cas; y aunque salió esa voz por la ciudad y de prima instancia alborotó los
ánimos de el virrey y los demás señores de la Audiencia, averiguando la
verdad se halló ser toda cosa de negros; pero por sí o por no, azotaron y
castigaron algunos y luego se le dio a todo perpetuo silencio; y pues en ello
no hubo nada, no quiero referir aquí muchas boberías que dicen pasaron
entre ellos aquella noche.15
14. Cartas de Indias (1974: 28).
15. Torquemada (1986: vol. II, 564). Juan Antonio Saco cita esta referencia (1879: 250).
Psicosis en México 221
7.2.1. La visión del virrey Luis de Velasco
Contrariamente a lo que aseveró el fraile, el suceso no conmovió tanto
al virrey como al alcalde del crimen de la Real Audiencia. Fue lo que
escribió el mismo Luis de Velasco al Consejo de Indias.
Dicho alcalde, doctor Luis López de Azoca, investigó sobre unos
rumores acerca de una junta de negros y mulatos, libres y esclavos,
que se había verificado con motivo de las pascuas de Navidad de
1608 en casa de unas negras o mulatas libres. No era ésta la primera
vez que se reunían así, gastando en comidas, bebidas y juegos gran
cantidad de dinero que debían haber hurtado a sus dueños, dedujo
Velasco. A diferencia de las veces anteriores, tomó la fiesta un cariz
inhabitual al elegir los negros y mulatos a un rey, una reina y otros
títulos. Como todo se hizo a puerta abierta y públicamente, se negó
el virrey a ver en esta elección más que un divertimiento. Se podía
tan sólo acusar a los comensales de haber desobedecido una orde-
nanza acerca de semejantes juntas que preocupaban sobremanera al
vulgo “que de menores prinçipios suele ynventar grandes çimeras”.
Los negros podían también excederse, tomando “avilantez”. Se pu-
sieron de acuerdo el virrey y el alcalde del crimen para “proceder
con advertencia y recato”. Sin embargo, López de Azoca cambió de
parecer y, llevado de su buen celo, decidió ahondar la investigación,
la cual no surtió los efectos esperados. El negocio pasó a la sala del
crimen, donde lo contemplarían los cuatro oidores. El virrey avisó al
Consejo que no presenciaría los debates para no conceder excesiva
relevancia a una causa “que se ha pretendido encareçer y exagerar”,
contentándose con asistir al fallo.16
Transparenta el informe cierta tensión entre los dos personajes, mo-
fándose algo el virrey de la ingenuidad del alcalde del crimen, aunque
no se atrevió a contradecirle abiertamente. Esto explica posiblemente
una larga carta de López de Azoca, con fecha del 18 de febrero de
1609, en que dio su explicación de los hechos al Consejo. Suministra
detalles de gran interés en cuanto a los usos y costumbres de estos ne-
gros urbanos.
16. A. G. I., México 27, N. 63, 1, fol. 3r.
222 JEAN-pierre tardieu
7.2.2. La visión del alcalde del crimen López de Azoca
El 30 del mes de diciembre pasado, un alguacil de vagabundos le avi-
só de la junta en casa de una negra libre de gran número de negros y
mulatos de ambos sexos que se verificó la víspera de Navidad. Nom-
braron por rey a un negro llamado Martín, esclavo de Baltasar Reyes,
el hombre más rico de la ciudad, y por reina a la negra en cuya casa
se verificaba el evento.17 Les coronaron, poniéndoles la corona en la
cabeza Francisco de Loya, esclavo repostero del virrey.
Previo permiso de Luis de Velasco, interrogó López de Azoca a cua-
renta y cinco testigos que le describieron detenidamente los hechos. Se
había sentado Martín en un sitial puesto en una tarima, a la sombra de
un dosel, con los pies en un cojín de terciopelo. Hincado de rodillas,
Francisco le coronó con un arco guarnecido de oropel, gritando des-
pués “Viva el rey”, exclamación repetida por los demás mulatos y ne-
gros. A uno de ellos se le ocurrió añadir “Viva el rey don Felipe tercero
nuestro señor”, suscitando una protesta durante la cual le hirieron con
una daga en la cara. Luego, el repostero, que seguía descubierto y de
rodillas, añadió: “Goce Vuestra Majestad muchos años en el reinado”,
haciéndole eco sus compañeros. Nombraron príncipes, duques, mar-
queses, secretario del rey, capitán de la guardia y otros cargos de casa
real. Hubo baile en que se pedía permiso a los reyes para bailar. Cuando
quiso salir el rey del cuarto a lo bajo de la casa, le fueron alumbrando
con hachas de cera blanca, apartando a la gente el capitán de la guardia
con bastón de oro y azul, espada en la cinta, y vestido con seda. Los
reyes cenaron en una mesa alta con Francisco, una mulata nombrada
princesa y su hija, que hacía de reina mora, ambas esclavas del alguacil
mayor de la ciudad. Les sirvieron los grandes y títulos descubiertos,
probando el gentilhombre de copa la bebida antes de ofrecerla al rey
de rodillas. Cenaron los grandes en otra sala, y luego todos volvieron a
bailar. Decidieron que la víspera de Reyes acudirían todos a la misma
casa. Hubo también una parodia de juicio en que la reina condenó a
una pena de cárcel a una negra, que se presentaba como doña Isabel
de Castilla, so pretexto de que hizo gestos a un grande delante de ella,
leyéndose (¿o se fingió leer?) un acta fechada en la corte a 26 de diciem-
bre de 1608. Una mulata que estuvo presente había maltratado antes
17. Varios estudiosos, debido a la coincidencia temporal, confundieron a Martín
con Yanga.
Psicosis en México 223
a una india y, como le reprehendió un español, se atrevió a decir que
“antes de mucho las españolas y todo abían de ser sus esclauas”.
Estos negros eran criollos, con la excepción de Martín, que vino
muy chiquito de Guinea. Como todos eran muy favorecidos por sus
amos, la gente más rica y poderosa de la ciudad, los alguaciles no ha-
bían osado prenderles después de la junta. Con un falso pretexto, el
alcalde hizo detener a cuatro entre los más principales, avisando luego
a los dueños de los otros que, so pena de perder todos sus bienes para
la Real Cámara, le entregasen a los negros culpados. Apelaron del auto
los amos a la sala del crimen donde se confirmó todo y se les amenazó
con pérdida de los esclavos involucrados y mil pesos de multa, amén de
proceder en contra de ellos con todo rigor. Total, que el alcalde detuvo
a veinticuatro negros y mulatos y siete negras y mulatas, sin contar a
otros culpados en rebeldía. El negocio le costó un mes de trabajo.
No renunciaron los amos a exigir otras averiguaciones y se temía
López de Azoca que no se castigase como debido a los culpables. Dio
cuenta al visitador licenciado Diego de Landera y Velasco, quien le ase-
guró que la sala del crimen contemplaría el negocio, y estaba seguro de
que el virrey estaría presente. Para él, era gravísimo el caso si se toma-
ba en cuenta la situación del país en que hizo pesadamente hincapié,
como se verá en las líneas siguientes extraídas de la carta:
yo lo tengo por negosio grauisimo y en que requiere exenplar y gran cas-
tigo en todos porque esta nueua España y ciudad de mexico tiene muy
gran suma de negros y mulatos libres u esclavos biben con gran libertad
y tienen grandes atrevimientos cada dia y cometen muchos delitos y ay
algunos pueblos de negros huydos y çimarrones de donde salen a rrouar y
saltear por los caminos en espeçial en los terminos de la Veracruz puerto
de Acapulco y en la jurisdision de yçucar y no engañen a V. magd que lo
prinçipal de que se an de guardar las yndias todas como quien los ha visto
es de negros y mulatos porque honestos se juntaran luego mui gran canti-
dad que ay de mestizos belicosos y muy balientes criollos y otros honbres
perdidos que an benido de castilla y no quieren trabajar y se lo biben de
andar bagando y en los tablajes.
Muy pesimista era la visión del alcalde del crimen, haciendo abulta-
mientos con los que obviamente no estaba del todo de acuerdo Luis de
Velasco. Aprovechó la oportunidad para condenar el laxismo de los vi-
rreyes que se negaban a dar licencia a los capitanes de cimarrones para
matar a los fugitivos que opusiesen resistencia. Sería preciso que el rey
224 JEAN-pierre tardieu
nombrase a un capitán de confianza para traer a los fugitivos al servicio
de sus amos, repartiendo entre éstos los gastos de la empresa. No se
podía correr el riesgo de un levantamiento y una posible alianza de los
cimarrones con los enemigos en los puertos de Veracruz y Acapulco.
Protestó el alcalde en contra de la mala voluntad de los oidores que
se negaban a mandar un traslado del negocio al Consejo de Indias, so-
licitando que éste les diese la orden requerida. Y acabó rechazando los
argumentos de los amos, según los cuales no era la primera vez que los
negros habían nombrado reyes y que todo era cuestión de borrachera
de mulatos y negros. Nunca, aseguró, se habían atrevido a tal provo-
cación frente al poder real. Había llegado el momento de ejecutar las
pocas ordenanzas elaboradas por los gobernadores y virreyes en materia
de esclavitud.18
Como admitió el mismo alcalde, muchos de los inculpados perte-
necían a la gente más empingorotada de la ciudad, de manera que su
suerte diferiría con mucho de la de los siervos del común, y más aun de
los cimarrones. La descripción suministrada al Consejo por López de
Azoca hace resaltar el evidente mimetismo compensador que les dicta-
ba su comportamiento paródico. Las ceremonias rituales de la sociedad
dominante les hacían soñar: en México como en Lima, eran suntuosas
las fiestas con que se rendía homenaje a los reyes y a los miembros de
la familia real.19 Incluso tenían algún conocimiento de la historia de
España —la reina mora, Isabel de Castilla—, de tanto escuchar roman-
ces en dichas fiestas, y no faltarían entre ellos negros o mulatos capaces
incluso de leerlos.
De modo que, recorriendo este largo y pormenorizado informe, el
lector no puede menos de compartir el parecer expresado por Luis de
Velasco. No cabe duda de que el alcalde del crimen, sensibilizado por
su misión, concedió demasiada importancia al asunto, atando cabos
donde no había que atarlos. Ello no impedía que estaba consciente
de cierto laxismo de parte de las autoridades, quienes se fiaban de la
lealtad de los esclavos, olvidándose de que por dorada que fuera la
jaula, no dejaba de ser jaula. Una chispa podía avivar el fuego de los
corazones entre los esclavos menos favorecidos que buscaban también
una compensación en las numerosas cofradías que servían de válvulas
18. A. G. I., México 73, R1, N. 4.
19. Véanse Périssat (2000); Calvo (1994).
Psicosis en México 225
de escape y donde, de igual manera, elegían responsables. Lo probaron
los acontecimientos de 1612, mucho más graves.
Anexo documental
Carta del alcalde del crimen sobre los sucesos de 1608
Por treinta de diciembre que agora paso del año de seiscientos y ocho un
alguacil de bagabundos me dio noticia que la vispera de nabidad veynte
y quatro de dicho mes se abian juntado y congregado muy gran cantidad
de negros y mulatos y negras y mulatas en casa de una negra libre y que
auian nombrado a un negro llamado martin esclauo de Baltasar Reyes
que es el hombre mas rico de esta ciudad por rrey y a la negra libre donde
se juntaron por rreyna y les abian coronado y puesto corona al Rey y a la
rreyna que se la puso un mulato libre llamado francisco de Loya que sirbe
de repostero al virrey don luis de Velasco. Communique el negocio con el
dicho visorrey y se acordo que yo hiziese informaçion çerca dello y ansi la
hize y e examinado quarenta y cinco testigos y auerigue que es verdad que
la dicha noche vispera de nauidad en casa de la dicha negra libre ubo muy
gran junta de negros y mulatos negras y mulatas y que alli al dicho negro
martin sentado en una silla puesta sobre una tarima y al sombra debajo de
un dozel y un sitial delante y los pies puestos en un cojin de terciopelo el
dicho francisco de loya repostero del viRey le puso una corona harmada
sobre un arco guarnecida de oropel e Hincado de Rodillas y descubierto y
abiendosela puesto dixo el dicho mulato biba el rey a alta voz y los demas
negros y mulatos que alli estauan respondieron todos biba el Rey y porque
un negro dixo biba el Rey don Felipe tercero nuestro señor le pusieron
mala cara y tubieron con el pendençia y le dieron un piquete con una daga
en el Rostro y luego el dicho Repostero del viRey descubierto y de Rodillas
como estaua dixo gose vra magd muchos años en el Reynado y lo mismo
Hizieron los demas negros y mulatos que alli estaban. Nombraron duques
condes marqueses principes capitan de la guardia secretario del Rey otros
muchos ofiçios y cargos en la casa rreal ubo gran bayle y Regoçijo y no
podian baylar sin licençia de los Reyes y teniendo neçesidad el Rey de salir
de la pieza donde estaua a lo bajo de la casa le fueron alumbrado con dos
achas de sera blanca y el capitan de la guardia yba con un baston de oro y
azul en cuerpo su espada en la zinta y bestido de seda apartando la gente
y haçiendo paso por donde abia de pasar el Rey senaron en una mesa alta
los reyes solos y el mulato que los corono y otras dos mulatas que abian
nombrado a la una por princesa y a otra hija suya que llamauan la rreyna
226 JEAN-pierre tardieu
mora anbas esclavas del alguacil mayor desta ciudad sirvieron a la mesa los
que abian nombrado por grandes y titulados descubiertos y el gentilhom-
bre de copa daba la bebida al Rey e Rodillas y probandola primero. Ubo
famosa zena =después senaron los que nombraron por grandes en otras
mesas y en otro aposento de por si y despues de auer senado tornaron a
baylar y acordaron entre todos que se olgasen aquella pascua en la dicha
casa y que la vispera de los Reyes acudiesen todos a ella que abia de auer
una muy gran junta esto es lo que puntualmente esta prouado que paso
en la junta tambien se aberiguo que se despacho un mandamiento que
dize estas palabras =la rreyna manda que sea presa doña Isabel de castilla
por ynrrespetable que hizo gestos a un grande delante de su magd fecho
en nuestra corte a veynte y seis de diciembre de mill y seiscientos y ocho
años don diego de Alcaraz secretario le [ilegible].de puño en Rostro=de
prision=y tambien averiguo que una mulata tratando mal a una yndia
en la plaza antes de la junta Reprehendiendola un español Respondio la
mulata que si y que antes de mucho las españolas y todo abian de ser sus
esclauas y esta mulata se hallo en la junta por dama de la rreyna.
Hase de adbertir que todos estos negros y negras mulatos y mulatas de la
congregaçion y junta y a quienes dieron los oficios son criollos y ninguno
nasio en guinea salbo martin que eligieron por Rey que dizen que bino
muy chiquito de guinea y se a criado en esta ciudad son muy favorecidos
por sus amos es la gente mas Rica y que mas puede en esta ciudad y es
de tal manera que los alguaciles no se an atrevido a prenderlos y luego al
principio antes que el negosio se deramara ni publicara mande a sus amos
de algunos que me los enbiaran a mi casa que tenia un negosio y desta
manera prendi a quatro de los mas principales y luego prouey a otro que
se notificase a los amos de los negros que Resultaria culpa contra ellos que
so pena de caher en mal caso perdimiento de los ofiçios y feudos reales
que tubiesen y de todos sus vienes para la camara Real y que se proçederia
contra ellos a mayor Rigor me entregasen y trajesen sus negros y mulatos
culpados e Hize parecer ante mi a los mismos amos y en mi presençia se
los e notifico el auto y en la notificaçion se dixo y declaro el negro que
cada uno abia de traer apelaron deste auto para la sala del crimen donde
se confirmo con que toda la pena fuese perdimiento del esclauo para la
camara con mas mill pesos y que se proçederia contra ellos a las mayores
penas que ubiese lugar mediante estas diligencias y otras que hize tengo
presos veynte y quatro negros y mulatos y siete negras y mulatas y contra
otros culpados se proçede en rebeldia cuya memoria ba con esta y de los
ofiçios que se les dieron y Repartieron en sustancia y fulminar este pro-
çeso me e detenido un mes y no a podido ser menos porque e acudido a
la audiençia y en oras extraordinarias y de noche y las fiestas e trabajado
en esto quando otros se estan olgando y reposando en casas el proceso
Psicosis en México 227
esta echa la sumaria Cargo a los [ilegible] citados sus amos si les quieren
defender Ratificados los testigos de la sumaria Ratificados ansimesmo to-
dos los Reos en sus confesiones y cada uno se Ratifica contra si mismo y
contra los presos [ilegible] ayer se pidio por parte de los amos un nueuo
termino de prueba y bien contra mi voluntad de se les concedieron ocho
dias=mucho temo que no a de auer en este negosio el Rigor y castigo que
se requiere y ansi e dado quenta al liçençiado diego de Landera y Velasco
y le e pedido que se halle a la viste y determinaçion deste pleyto no se Re-
solbio tomarla la hablara en su tiempo y tambien me olgara que se hallara
apreste el visorey yo lo tengo por negosio grauisimo y en que requiere
exenplar y gran castigo en todos porque esta nueua España y ciudad de
mexico tiene muy gran suma de negros y mulatos libres u esclavos biben
con gran libertad y tienen grandes atrevimientos cada dia y cometen mu-
chos delitos y ay algunos pueblos de negros huydos y çimarrones de donde
salen a rrouar y saltear por los caminos en espeçial en los terminos de la
Veracruz puerto de Acapulco y en la jurisdision de yçucar y no engañen
a V. magd que lo prinçipal de que se an de guardar las yndias todas como
quien los ha visto es de negros y mulatos porque honestos se juntaran
luego mui gran cantidad que ay de mestizos belicosos y muy balientes
criollos y otros honbres perdidos que an benido de castilla y no quieren
trabajar y se lo biben de andar bagando y en los tablajes Y a esto conbiene
que atiendan los visorreyes=Y algunas personas an pedido licençia para yr
a prender a estos negros y mulatos simarrones con facultad de que si se
pusiesen en Resistencia y de otra manera no pudiesen ser presos que los
puedan matar y en esto se a rreparado y no se les a dado liçençia=torno
a decir questa gente perdida es mucha y seria neçesario si V. magd dello
fuere seruido que con gente y capitan de confianza se procuren Reducir y
traer al seruiçio de sus amos estos negros y que la costa se rrepartiese entre
los amos de los negros conforme a la cantidad que cada uno tubiere y sino
se quisieren dar que los puedan matar libremente porque muy peor sera y
de mayor daño si ellos se alzan=y si al puerto de la Veracruz biniese algun
enemigo por mui cierto se tiene que los negros que alli estan poblados y
cimarrones acudiran al dicho puerto a fauoreser al enemigo y lo mismo
podria suceder en el puerto de Acapulco.
Diziendo mis compañeros que abia de enviar un treslado avansado del
proceso a vro real Consejo de las yndias uno dellos me respondio que no
lo podia ynbiar y que castigarian al escribano que lo signase y por escusar
pesadumbres y lo principal porque V. magd conbiene que bea este pleyto
en su consejo siendo V. magd seruido dello podra mandar a la sala del cri-
men que luego inhiben un treslado del dicho processo al dicho Rl Consejo
con un testimonio cerrado y sellado de los botos del acuerdo de los jueses
que lo sentenciaron= y aunque los amos de los negros y mulatos dizen que
228 JEAN-pierre tardieu
otras beses an nombrado Rey para olgarse no se hallara que ayan coronado
ninguno por tal y ansi lo confiesan los mismos Reos=tambien dizen que
estauan los negros borrachos y que hera borrachera de negros y mulatos de
sus mismas confusiones consta lo contrario porque tenian de antes prebe-
nido dosel debajo del qual se sento y corono el Rey y la rreyna y en dicho
doçel abia unas harmas de unos castillos prebinieron sitial tarima y estrado
donde estauan las sillas del Rey y la rreyna cojines de terciopelo sobre que
le Rey tenia puestos los pies Corona achas de sera blanca para alumbrar
al Rey nombramiento de grandes y titulos que nunca se auia echo todo
esto denota ser mas que borrachera y mas que olgar y los Gobernadores
y visorreyes an [ilegible] desta provincia de nueva España temerosos de
la libertad de los negros y mulatos y de su osadia por aber entonçes muy
pocos hicieron algunas hordenanzas que si se executasen seria cosa muy
neçesaria que son las siguientes [enumeración]
18 de febrero de 1609
Doctor Lopez de Açoca
Fuente : A. G. I., México 73, R1, N4.
Capítulo 8
Conjuración de negros en México (1612)
Sucesivamente, los virreyes Antonio de Mendoza y Martín Enríquez
informaron al Consejo de Indias de sus preocupaciones acerca de la
actitud de los esclavos urbanos, aunque no se demoraron en ellas.
Luis de Velasco, por el contrario, quitó importancia a los aconteci-
mientos de 1609, que, a sus ojos, no pasaban de pura anécdota. Para
el alcalde de la Real Audiencia, Luis López de Azoca, excesivamente
puntilloso según el marqués de Salinas, se estaban excediendo los
esclavos y poco faltaba para que estallase la válvula de escape.
A este respecto, las relaciones sobre el complot que los negros de
México intentaron concretar en 1612 suministran informaciones
de primera importancia. Hasta hoy en día no se ha encontrado una
versión oficial de los hechos dirigida al Consejo de Indias, lo cual
no deja de extrañar, dada la gravedad del caso. Sólo tenemos una
carta redactada por un alto personaje de la capital novohispana,
que valoriza de modo indirecto los motivos y los preparativos de la
rebelión, de los cuales se puede deducir unos aspectos socio-cultu-
rales de indudable origen africano.1 Suscitó la fracasada conspira-
ción una represión y una vigilancia drásticas, a la altura del miedo
de los vecinos de México, que perduró por varios decenios. Estas sí
que dejaron huellas en la documentación archivística. Ahora bien,
dos testigos oculares, el poeta Mateo Rosas de Oquendo y el indio
noble Chimalpahin Cuauhtlehuanitzin, suministraron en sus es-
critos unos testimonios que merecen la atención por un enfoque
contradictorio.
1. C. Palmer (1974: 169-173) estudia el alzamiento.
230 JEAN-pierre tardieu
8.1. La visión oficiosa
8.1.1. El autor de la relación
El texto reproducido más abajo pertenece a la sección “manuscritos”
de la Biblioteca Nacional de Madrid.2 Lo encabeza una dedicatoria al
marqués de Salinas, Luis de Velasco, quien se desempeñó dos veces
como virrey de Nueva España, entre 1590 y 1595 primero y luego en-
tre 1607 y 1611, año en que fue nombrado presidente del Consejo de
Indias. El autor de este informe sobre la conspiración urdida en 1612
por negros y mulatos de México no se refiere en ningún momento a su
identidad. No obstante, alude a los lazos de dependencia que le unían
al prócer, presentándose como “antiguo y fiel servidor” de su casa, po-
siblemente durante su segundo mandato. Le reitera su adhesión, de la
que, agrega, le dio pruebas en el pasado, en particular con motivo del
desagüe de la laguna de México.
El escrito no es un mero testimonio indirecto acerca de una situa-
ción que podía interesarle a Velasco por haberse enfrentado personal-
mente el antiguo virrey al problema que planteaban los negros en Mé-
xico.3 Concretamente, el autor fue, si no el dirigente de la represión,
por lo menos uno de sus actores. Informado de la conspiración, detuvo
a los culpables y les aplicó, con sus colegas, el castigo impuesto por la
justicia:
2. Relación del alçamiento que negros y mulatos libres y cautivos de la çiudad de Mexico
de la nueua hespaña pretendieron hazer en contra los españoles por cuaresma del año
de 1612 y del castigo que se hizo de las caueças y culpados (2010). Como hemos
señalado en el capítulo anterior, Luis Querol y Roso (1931-1932) se interesó por
este documento de un modo meramente descriptivo, aunque muy fiable.
3. Es de recordar que, según llevamos dicho, el alto mandatario había fomentado
la introducción de esclavos en Nueva España para la explotación de las minas
de Zacatecas y de Guanajuato. Entre la mano de obra servil suministrada de
1595 a 1615 por los negreros portugueses Pedro Gomes Reynel, João Rodrigues
Coutinho, Gonçalo Vaez Coutinho y Antonio Fernandes de Elvas, una gran
parte era de origen bantú, de ahí las referencias del documento a los negros
“angolas”. A este respecto, se consultará el estudio de Ngou-Mve, op. cit. (1993).
Los negros angolas corresponden al 69,3% de los 4674 africanos introducidos en
Veracruz por Gomes Reynel entre 1595 y 1601, y al 77% de los 6326 africanos
introducidos en el mismo puerto por João Rodrigues Continho; véase Ngou-
Mve (1997: 23-24).
Conjuración de negros en México 231
La misericordia de Dios […] remedio este graue daño haziendome sabi-
dor del, aunque flaco instrumento a tiempo que lo pude averiguar, pren-
der los culpados y encaminar con aiuda de mis compañeros el castigo que
en ellos se hizo…
De estas líneas se puede deducir que fue uno de los alcaldes de
la Audiencia Real, posiblemente de la sala del crimen. Descartaremos
al doctor Luis López de Azoca, de quien ya hemos hablado, por no
aparecer en la lista de las autoridades involucradas en la represión pre-
sentada por Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin
Cuauhtlehuanitzin, en su escrito sobre “La conjuración de los negros”
que evocaremos más abajo. Se trataría del doctor Antonio de Morga,
informado, como veremos, por dos portugueses que se enteraron por
casualidad de los preparativos. Conocemos también los acontecimien-
tos merced a la obra de fray Juan de Torquemada titulada Monarquía
indiana. Es de precisar que, por muerte del virrey-arzobispo fray Gar-
cía Guerra, gobernaba la Real Audiencia.
8.1.2. Situación de los negros en México
— Número y condición
Empieza el informe evocando el gran número de negros y de mulatos,
libres o esclavos, que había por todo el territorio.4 No era ninguna
novedad para el presidente del Consejo de Indias cuyo padre había
llamado la atención de Carlos V en 1553 sobre el peligro que hacía
correr al virreinato la presencia de tantos negros sedientos de libertad.
Para evitarlo, se le ocurrieron dos soluciones. La primera consistía en
mandar a buen número de ellos a la “pacificación” de tierras aún no
sometidas, y la segunda en no conceder tantas licencias de esclavos, por
pasar éstos de 20 000 individuos, cifra que no dejaba de crecer.5 En
1568, reconoció la Corona que estaba informada de no pocas quejas al
respecto.6 El virrey Martín Enríquez admitió los hechos en 1574, pero
4. Antonio Vázquez de Espinosa, quien visitó México precisamente en 1612,
asegura en su obra titulada Compendio y descripción de las Indias Occidentales que
conformaban la población de la capital del virreinato 15 000 españoles, 80 000
indios y 50 000 negros y mulatos; véase Palmer (1974: 83).
5. Cartas de Indias (1974: 264-265).
6. C. D. H. F. S. (1953: 427).
232 JEAN-pierre tardieu
las circunstancias, según aseveró, le obligaban a acudir a esa gente que
no sólo servía para realzar el tren de vida de los españoles sino que era
del todo imprescindible para el trabajo en las minas y en otros sectores
de la economía.7 A Luis de Velasco el Mozo le correspondió contem-
plar la situación en 1608, preocupándole mucho el comportamiento
de los negros y mulatos libres, “porque la mala yerua siempre crece”.
No se fiaba de ellos, pero más valía aguantarles en México, donde se
podía vigilarles, que aceptarles en los pueblos de indios donde sus abu-
sos quedarían impunes.8
Remitimos a las cifras presentadas en el capítulo 5, extraídas del
estudio de Gonzalo Aguirre Beltrán, que huelga repetir aquí. Al creci-
miento demográfico natural se agregaba, repara la relación, el aporte
continuo de la trata (“los que se traen de Guinea […] todos los años”).9
Ahora bien, vivían los esclavos en contacto permanente con los espa-
ñoles cuyas costumbres y debilidades conocían perfectamente (“apode-
rados de las casas de los Españoles”). A pesar de las medidas tomadas
por Luis de Velasco, se distinguían por su “mala y báruara inclinación”.
Sólo pensaban en lograr su libertad por cualquier medio. En cuanto a
la gente libre, muy atrevida, vivía en el ocio y el vicio. Estos tópicos,
tan trillados como llevados, esmaltaban todos los informes al respecto,
cualquiera que fuera su procedencia.
— Relaciones interétnicas
De hecho, patentiza el informe, los negros y mulatos eran conscientes
de su superioridad numérica sobre los blancos. Podían valerse de su
agilidad y de su libertad de movimiento para sacar el mejor prove-
cho de la configuración geográfica del territorio (“la tierra larga y en
muchas prouincias áspera y destemplada”), refugiándose entre los ci-
marrones, a quienes nunca se pudo reducir del todo. ¿Qué resistencia
les opondrían los blancos, menos acostumbrados al esfuerzo (“menos
7. Cartas de indias (1974: 299-300).
8. “[…] y muchos son los negros, mulatos y mulatas libres que hay en esta tierra
porque la mala yerua siempre crece y no hay que fiar ni confiar dellos. Lo que
es posible se haze para tenellos sugetos y es mejor sufrillos aquí do pueden ser
castigados que en los pueblos de indios donde tendrán más libertad y harán
mayores excessos sin castigo”.
A. G. I., México 27, n.º 52, fol. 3, carta de 23-VI-1608.
9. “Guinea”, término genérico que designaba África.
Conjuración de negros en México 233
usados en el trabajo”), desarmados, faltos de entrenamiento militar y
privados por la distancia de un posible socorro de la metrópoli?
Por si fuera poco, esta gente solía descargarse de sus obligaciones
en los indios, reduciéndoles así al estado de servidumbre (“como si
uerdaderamente fueran sus esclauos”10), y se mostraba cada vez más
reacia frente al trabajo. Sobre este punto tampoco carecía de datos la
Corona.11 El análisis de fray Miguel Agia en Servidumbres personales de
Indios (1603) se destacó por su gran severidad. La vida de los indios en
las haciendas de caña y en los obrajes, al lado de los esclavos, bien podía
compararse con la de los galeotes. Recaía en ellos todo el trabajo, sin
oposición de parte de los dueños.12
Según nuestro documento, tenían en gran parte la culpa de esta
situación las cofradías de negros y mulatos. Asombra la cifra citada
acerca de la de Nuestra Señora de la Merced. Colocada teóricamente
bajo la vigilancia de los frailes mercedarios, reunía a más de 1 500
hombres y mujeres. Sus “mayorales” habían trabado estrechas relacio-
nes con las asociaciones del mismo tipo existentes en México. Cuando
decidieron las autoridades acabar con la amenaza de alzamiento, fue
necesario detener a unos treinta cofrades “de los más ladinos e inteli-
gentes”. Durante su estadía en los calabozos de la ciudad, disfrutaron
de la solidaridad y de la atención de sus parecidos, lo cual evidencia su
autoridad y su prestigio.
Los virreyes no ignoraban la importancia de las cofradías de negros
y por lo tanto las amenazas que hacían cernir sobre la sociedad colo-
nial, como manifestó el 9 de enero de 1572 Martín Enríquez al Con-
sejo de Indias. En 1565, la Corona, solicitada por Alonso de Herrera,
había aceptado la creación de un hospital para los mulatos de México,13
y se planteaba el problema de saber si se haría otro para los negros. Le
10. Para el tema del indio, “esclavo de los esclavos”, remitimos a nuestro trabajo
Tardieu (2000).
11. Véase Tardieu (1990).
12. “[…] aunque en la forma y tratamiento tengo por peor el de Nueua España,
donde están como en galera el tiempo que les dura el trabajar en los dichos
ingenios y obrajes, particularmente los que trabajan de las puertas adentro donde
les tienen encerrados debaxo de llaue, y donde trabajan en compañía de negros,
que es lo peor que a los indios se puede dar, pues donde trabajan juntos, el peso
del trabajo cabe y carga sobre los miserables indios, sin remedios, y los dueños
gustan dello porque quieren que se mueran antes diez indios que un negro que
les costó su dinero” (Agia 1964: 64).
13. A. G. I., México 1089, L. 5, fol. 347v.
234 JEAN-pierre tardieu
pareció al virrey que a los amos les tocaba curar a los esclavos “porque
con cualquier ocasión destas, se juntan dos mill negros y de ay arriba”.
Aludió a las cofradías que se formarían con este motivo, concluyendo
[…] y asi, no siendo V. M. seruido de mandar otra cossa, bastan las que
ay, sin que se aumenten otras, que esta tierra es muy nueva y no esta aun
bien asentada; y asi, seria de pareçer que no lo hiziesen.14
Ello explicaría que durante varios decenios no se desarrollaron estas
asociaciones.15 Sin embargo, a principios del siglo xvii, se habrían es-
fumado las resistencias.
14. Cartas de Indias (1974: 284).
15. Luis Martínez Ferrer se interesó por este problema a través de un estudio sobre
la actuación del doctor Pedro López a favor de los negros de México, entre 1582
y 1597, con motivo de la epidemia del cocoliztle que les afectó particularmente
en 1576. Después de fundar el Hospital de los Desamparados en 1582 para
cuidar a los negros libres, con el beneplácito del virrey y del arzobispo, dirigió
dos memoriales a los padres del Tercer Concilio Provincial el 25 de enero y 9 de
abril de 1585 para solicitar la creación de una cofradía de negros:
Por lo qual, movido de caridad, he pensado un medio, si vuestra señoría
ilustrísima lo tiene por bueno, y es que, entre los de sus tierras y aun entre los
muy ladinos criollos, se elijan algunos quincuagenarios (…) como pareciere,
buenos cristianos, que los hay, y éstos se encarguen de que los cristianos oigan
(en) las fiestas misa por la mañana y sermón por la tarde, que se dará orden que le
haya para ellos, y confiesen a lo menos la cuaresma y comulguen los que tuvieren
para ello talento, y los amancebados se casen y se quiten de otros vicios.
Los miembros de la cofradía también se encargarían de catequizar a los
neófitos:
[…] hagan catequizar y bautizar, teniendo cada uno de estos ladinos minuta
de los que son a su cargo, y creo éstos harán en sus naturales más impresión
para atraerlos a esto, que religiosos. Y para ponerse esto en efecto y animar a los
ladinos y bozales para lo dicho, será necesario que vuestra señoría dé licencia y
mande que se instituya una cofradía o hermandad de negros en esta ciudad de
México, como hay en Sevilla, y en Lisboa, y en la ciudad de los Ángeles.
Según Pedro López, la ausencia de cofrades de negros en México se debía al “temor
que de estas juntas y congregaciones ha de resultar alguna rebelión o alzamiento” o
que en su bailes cometiesen “ofensas de Dios”. Lo cual explicaría que, el 9 de abril de
1585, rechazaron los padres conciliares la solicitud del médico. Parece sin embargo
que hubo unos intentos de creación en 1560 y 1577: la Cofradía de los Morenos y
Morenas del Derramamiento de la Sangre de Cristo, con sede en el convento de los
dominicos y otra bajo la advocación de san Benito de Palermo, ubicada en Santa
María la Redonda. Véase Martínez Ferrer (2008: 71-89).
Conjuración de negros en México 235
Estas agrupaciones de índole religiosa, cabe insistir, constituían
las únicas estructuras donde, so pretexto de devoción y ayuda mutua,
podían reunirse los negros y mulatos. Favorecieron, como había de
esperarse, unas prácticas poco ortodoxas que escandalizaron a menudo
a los frailes encargados de su control. De hecho, los corrales, alquila-
dos o comprados por las cofradías, se transformaban en conservatorios
de algunas costumbres ancestrales. Con mucha razón dijo Nina S. de
Friedemann que los cabildos negros eran “refugios de africanía”,16 lo
cual de ningún modo significa que eran “recreación de África”. Según
el informe, allí se elegía a los reyes y a las reinas de los negros, con una
pompa que, a nuestro modo de ver, traducía no sólo un profundo
anhelo de compensación, sino también una reivindicación identitaria.
El sepelio de Pablo, uno de los dirigentes angola de la cofradía de la
Merced,17 dio lugar, fuera de los cantos y de los bailes de circunstancia,
a “ceremonias y ritos bárbaros” que parecen corresponder a usos bien
determinados, de origen africano. Así decidieron los cofrades casar a
la viuda, María, con Pedro, “principal en su tierra”, a quien el finado
consideraba como su hermano.
La evocación de las exequias llama la atención por la descripción
del aseo mortuorio efectuado con vino y aceite y, principalmente, por
la escena del “muerto-renaciente”, expresión que tomamos prestada
del antropólogo Louis-Vincent Thomas, especialista de las religiones
africanas.18 Uno de los negros presentes se introdujo en la sepultura
y, después de haber sido rociado con vino y cubierto con tierra, salió
de ella hecho una furia blandiendo un arma con la que amenazaba a
la concurrencia. Así se portaban estos negros, aseveró nuestro alcalde,
antes de emprender una guerra. No se equivocó del todo, ya que este
rito bien podía remitir a la ceremonia de sepelio de los guerreros cuyo
fallecimiento, según las creencias africanas, no ponía término a su exis-
tencia. Además, nos preguntaremos si no procedería del mito de Osi-
ris. El dios egipcio permitía en efecto el paso de los muertos a la vida
eterna, siendo por lo tanto el fallecimiento un auténtico nacimiento.
16. Friedemann (1988).
17. No es inútil recordar que, para una mejor vigilancia, estas cofradías, monoétnicas
o pluriétnicas, de negros y/o mulatos, libres y/o esclavos, tenían a menudo su
sede en los conventos, y en particular en los de los frailes dominicos que solían
acoger a las cofradías del Rosario. Para más detalles al respecto, Tardieu (1997:
509-564).
18. L.-V. Thomas (1965).
236 JEAN-pierre tardieu
Así la lejana influencia de las religiones nilóticas habría llegado no sólo
a las regiones bantúes sino también hasta el Nuevo Mundo por medio
de los esclavos angolas. Pablo, quien se levantó en contra de la socie-
dad esclavista, era uno de estos guerreros, y su combate no se acababa
con la muerte.19 En el contexto de profunda exasperación evocada por
el informe, ¿cómo no ver el significado de esta práctica tradicional?
Además, los funerales en África, que suelen reunir a mucha gente, le
permiten tomar conciencia de su fuerza y de su unidad.20
Una de las críticas más violentas de semejantes ritos en todo el
continente surgió en una memoria dirigida en 1623 al juez de las
cofradías de Lima. Referíase a la de Nuestra Señora de los Reyes, co-
locada bajo la protección de los franciscanos y dueña de unos trein-
ta corrales que correspondían a varios orígenes étnicos. Acusó a sus
miembros de practicar durante los sepelios de cofrades ritos paganos
(“ritos de su gentilidad”) y libaciones fúnebres, que, a todas luces,
no eran más que reminiscencias del culto de los ancestros, caracte-
rístico de cualquier civilización africana. En tales lugares, prosigue
el documento, se concluían los amancebamientos y se efectuaban
hechicerías. Por si fuera poco, veía en estas estructuras autónomas
una amenaza de subversión:
Quien se puede fiar que alli no se forxen mil alçamientos y trayçiones, que
milagrosamente viuimos cercados de tantos enemigos.21
Pero el autor del documento, posiblemente informado de lo ocu-
rrido en México once años atrás, no insistió en estos ritos calificados
de “paganos”.
8.1.3. El complot
El informe pone de realce la estructuración de la conspiración que, de
creer los resultados de las indagaciones, se extendió a una gran parte de
la población de origen africano merced a las cofradías.
19. Para muchos pueblos africanos, según L.-V. Thomas, la muerte da paso a la
reencarnación que renueva a los vivos, asegurando así la continuidad de la
especie (1965: 217).
20. Véase L.-V. Thomas (1965: 217-219).
21. Véase Tardieu (1997).
Conjuración de negros en México 237
— Los preparativos
Para mejor probarlo, la inscribió el informador en un contexto histó-
rico que remontaba a 1608, o sea, al principio del segundo mandato
de Luis de Velasco. Se produjeron entonces unos acontecimientos pa-
recidos en los que estuvieron involucrados varios de los complotadores
de 1612. Como hemos visto, a raíz de la elección de un rey y de una
reina, que dio lugar a ciertos excesos festivos, don Luis López de Azoca,
alcalde de la sala criminal, detuvo a un grupo de negros y de mulatos,
libres o esclavos. Por no encontrar ninguna prueba de sedición, se con-
tentaron los jueces con ordenar un castigo corporal.22 A los mismos
hechos, de poca monta a su parecer, se refirió el padre Torquemada
en Monarquía indiana, aunque los situó en 1609.23 Como sabemos,
no dejaba de preocupar la actitud de los negros desde septiembre de
1537, momento en que el virrey Antonio de Mendoza desmanteló una
conspiración que urdieron con el pretexto de la elección de su rey. A
diferencia de lo que pasó en 1612, se preparó con la complicidad de
los indios, lo cual justificó una drástica represión que se manifestó con
el descuartizamiento de dos docenas de negros.24
En 1611, bajo el gobierno del arzobispo fray García Guerra, sucesor
del marqués de Salinas, se verificaron incidentes de mayor gravedad,
provocados por la muerte de una esclava de Luis Moreno de Monroy.
Con motivo de sus funerales, asevera nuestro documento, se congre-
garon más de 1 500 personas, miembros de la cofradía de Nuestra
Señora de la Merced. Achacando el fallecimiento a maltratos, no cesa-
ban de dar gritos de protesta. Salieron con el cuerpo de la difunta por
las calles de México, deteniéndose frente a los palacios del virrey y de
la Inquisición, y volvieron a casa del dueño, quien se vio en la obliga-
ción de defenderse con la ayuda de algunos españoles. Son evidentes
los móviles de la manifestación frente a la morada del sumo dirigente
colonial. Costaría más trabajo entender los de la segunda etapa, si no
se tuviera en cuenta la férrea actuación del Santo Oficio para el control
de los negros en México. Basta con revisar los legajos de la sección
Inquisición del Archivo Nacional para darse cuenta de que un alto
22. Para los hechos relatados por el mismo alcalde y la opinión del virrey, véase supra.
23. “[…] y pues en ello no hubo nada, no quiero referir aquí muchas boberías que
dicen pasaron entre ellos aquella noche”; citado por Saco (1974, 190). El mismo
autor relata los acontecimientos de 1612.
24. C. D. H. F. S. (1953: vol. 2, 198-199). Véase nuestro comentario más arriba.
238 JEAN-pierre tardieu
porcentaje de los reos fueron negros y mulatos, esclavos u horros, acu-
sados de errores en materia de fe debidos a menudo a la miseria y a la
destreza, como la hechicería, la blasfemia o el reniego. A este respecto,
remitimos al valioso trabajo de Solange B. Alberro, estipulando que
encontramos las mismas situaciones en Lima.25 Así manifestaron los
negros y mulatos de la capital virreinal su profundo hastío por lo que
considerarían como un ensañamiento injustificado o, por lo menos,
desproporcionado.
Infligió la justicia penas corporales a ciertos de los manifestantes,
condenando a los líderes a la venta fuera del territorio. Entre éstos se
encontraba el esclavo Diego, uno de los dirigentes de la cofradía. Pero,
preocupados por sus intereses inmediatos, no aplicaron los dueños el
fallo en contra de sus siervos, de modo que, bajo la dirección de Pablo,
nutrieron la exasperación de los cofrades de Nuestra Señora de la Mer-
ced y de otras agrupaciones religiosas.
Remetía más el complot a un deseo de venganza que a la voluntad
de crear una nueva sociedad. Entre los angolas de la cofradía y en la cé-
lula de coordinación con las otras asociaciones de negros y de mulatos,
se hablaba principalmente de masacre de los españoles y de saqueo. Se
aplazó la ejecución del proyecto, fijada para Navidad de 1611, debido
a la presencia de cuatro compañías de infantería destinadas a Filipinas.
El repentino fallecimiento de Pablo avivó la tensión entre los cons-
piradores. Escogieron para rebelarse el Jueves Santo, día en que las lar-
gas ceremonias alejaban a los dueños de sus domicilios. Darían tiempo
a los negros de la ciudad para apoderarse de sus armas, y a los de las
inmediaciones para juntarse con sus congéneres urbanos. Mientras
tanto, se reuniría toda clase de armas cortantes y contundentes con
las limosnas recogidas por las cofradías. Los curanderos, merced a los
conocimientos heredados de sus antepasados, formarían discípulos en-
cargados de fabricar venenos que se echarían en el agua y los alimentos
de los blancos. Iba calentándose la sangre de los confabuladores, quie-
nes, animados por el menor motivo de resentimiento, se complacían
en imaginar la matanza final. Tan sólo les perdonarían la vida a las mu-
jeres que pasarían al servicio de sus antiguos esclavos. A los problemas
de prelación, de cierta importancia en las sociedades africanas, se aña-
dieron las ambiciones personales de un grupo de mulatos. Llevaba toda
la razón el negro Antonio pensando que los conspiradores se perdían
25. Alberro (1978).
Conjuración de negros en México 239
mucho tiempo con el reparto de los puestos honoríficos. Así las cosas,
poca suerte había para que las autoridades no se enteraran de algo.
— El fracaso
De actuar con más sigilo, repara el informe, bien hubieran podido
los conspiradores poner a los dueños en un serio aprieto. No obstante,
el proyecto de destrucción de la sociedad esclavista estaba de antemano
condenado al fracaso. En un medio urbano, harto difícil era mantener
totalmente secretos los preparativos, aunque no hubieran entendido
por mera casualidad dos negreros portugueses ciertas amenazas profe-
ridas por una esclava exasperada en lengua “angola”, probablemente en
kikongo. Cabe precisar de paso que los súbditos de la Corona lusa no
faltaban en la capital novohispana. No pocos de ellos eran conversos
escapados del control del Santo Oficio peninsular, lo cual explica que
se les vigilaba de muy cerca, como patentizan los legajos de la Inquisi-
ción depositados en el Archivo Nacional. Dados sus orígenes, ciertos
de ellos se dedicaban al comercio negrero. La denuncia se inscribe pues
en el deseo no sólo de preservar un trato lucrativo, sino también de
manifestar una incuestionable adhesión al sistema colonial.
De hecho, disfrutaba el poder de una buena red de información,
en gran parte fundada en la alienación. ¿Cómo se habría enterado el
mercedario Juan de Tobar de lo que se estaba urdiendo, a no ser por la
confesión de ciertos cofrades? Así pues, no carecía de eficacia el control
religioso impuesto por las autoridades. Llevado del mismo escrúpulo,
denunció un esclavo de Juan de Ávila las actividades de Sebastián, un
viejo “brujo y hechicero”. Además, debido a la psicosis que reinaba
desde hacía algunos años en relación con los negros, los españoles esta-
ban sobre avisos. No se podía tomar por elucubraciones una conversa-
ción entre dos esclavos sobre el alzamiento, que oyó Isabel Davia.
Frente a las torpezas de los conspiradores, los más altos responsa-
bles del orden adoptaron una estrategia muy discreta de modo a no
despertar las sospechas. Las ceremonias públicas organizadas por el fa-
llecimiento de la reina, a que habían de asistir todas las cofradías, les
brindó la oportunidad de aprehender a los cabecillas. El Viernes Santo,
o sea el 20 de abril, ya se habían reunido todas las pruebas necesarias.
Acabados los oficios de Semana Santa, que se desarrollaron con la ma-
yor prudencia, empezó el proceso. El recurso a la tortura, moderado
240 JEAN-pierre tardieu
según la relación, aceleró las confesiones. Sin embargo, los registros no
permitieron encontrar importantes existencias de armas.
Las condenaciones infligidas a los principales responsables de la
conspiración (ahorcamiento, descuartizamiento y exposición de cabe-
zas cortadas) constituyeron una advertencia para el porvenir, así como
la ejecución solemne de las penas en la plaza mayor de México el 2
de mayo. Se ahorcó a 35 negros y mulatos, entre los cuales había 7
mujeres, cuyas cabezas se clavaron en las horcas el día siguiente. Sólo
se descuartizaron 6 cuerpos, por temer los médicos que el abandono
al aire libre de los miembros destrozados suscitase una epidemia. En
cuanto a los culpables de menor envergadura, se les condenó al destie-
rro perpetuo de Nueva España.
8.1.4. Medidas preventivas
— Medidas militares
Se reorganizó la defensa de la capital por barrios y se levantaron dos
compañías para la vigilancia de los lugares estratégicos. A este respecto
son significativas algunas probanzas cuyos autores destacaron su papel
en la vigilancia de la ciudad después de esta amenaza. El 29 de agosto
de 1615, el capitán Tomás de Suasnavar,26 natural de San Sebastián, en
la provincia de Guipúzcoa, declaró que, para “contener la traición de
los negros esclavos”, la Real Audiencia le nombró capitán de infantería
con la misión de levantar una compañía de la nación “cantabria”, es de-
cir de coterráneos suyos. Cumplió con las órdenes, juntando a más de
cuatrocientos hombres. Al poco tiempo, otros paisanos se les juntaron
con sus armas, mosquetes y arcabuces, alcanzando el conjunto el nú-
mero de mil hombres, a quienes mantuvo con su propio patrimonio,
incluso en lo que se refería a las municiones y a la pólvora, hasta que se
diese punto final al asunto.27 La rapidez de la reacción de las autorida-
des y de la organización de esta compañía patentiza la dimensión po-
pular de la conmoción. La gente adinerada como Suasnavar no vaciló
en poner sus bienes a la disposición de la sociedad esclavista.
A otra persona de confianza, Alonso Díaz, el oidor Villagómez,
quien sería el jefe del estado mayor de las operaciones, le confió la
26. Personaje citado por el informe al presidente Luis de Velasco.
27. A. G. I., México 133, R. 4, N. 35.
Conjuración de negros en México 241
vigilancia de las entradas de la ciudad, para evitar la conexión de los
negros de las afueras con los de México. Le tocó formar puestos en las
calzadas de Chapultepec y Coyoacán,28 repartiendo armas a su propia
costa entre la gente que los constituía, y hacer rondas todas las horas
entre ellos.29 Así que se puede hablar de una ciudad en estado de sitio.
— Medidas sociales
Entre el 2 y el 17 de abril de 1612 se reunieron varias veces los
oidores, licenciado Pedro de Otalara, licenciado Diego Núñez Mor-
quecho, doctor Juan de Quesada de Figueroa, licenciado Pedro Juárez
de Molina, doctor Marcos Guerrero y licenciado Alter de Villagómez,
para tomar medidas preventivas. En la primera reunión, adoptaron
las disposiciones más urgentes, en relación directa con las circunstan-
cias del motín. Prohibieron a todos los negros y mulatos de cualquier
condición que se juntasen en cofradías, bailes, en las calles, tianguez u
otras partes para no suscitar inquietud entre los vecinos y posibles “da-
ños e inconvenientes”, alusión a eventuales enfrentamientos y represa-
lias. Con ningún pretexto podrían reunirse más de tres dondequiera
que fuera y en cualquier momento, so pena de 200 azotes. Los priores
y vicarios de los conventos que abrigaban las cofradías no consenti-
rían sus asambleas, mereciendo los cofrades desobedientes el mismo
castigo. En cuanto a los mulatos y negros libres sin oficio, se les dio
un plazo de tres días para ponerse al servicio de un amo conocido, de
modo a evitar las consecuencias lesivas del ocio y del vagabundeo. Se
pregonaron estas decisiones en las plazas y en el tianguez, y se exigió de
los alcaldes y alguaciles especial cuidado en su aplicación.30
Doce días más tarde, o sea, el 14 de abril, el presidente y los oido-
res, después de insistir en lo anteriormente decidido, tomaron otra
serie de disposiciones. La primera iba relacionada con los entierros de
negros y mulatos, que solían atraer gran concurrencia. De entonces
28. Es de recordar que México, la antigua Tenochtitlán, ocupaba una isla de la
laguna de Texcoco, unida a tierra firme con las calzadas que llevaban a Tepeyácac
y Tenanyocán al norte, Tlacopán y Chapultepec al oeste, y Coyoacán al sur con
prolongación a Ixtapalapa, que constituían las únicas vías de acceso a la ciudad,
lo cual hacía más fácil su defensa. A lo largo de la de Chapultepec pasaba el
acueducto.
29. A. G. I., México 136, R. 5, N. 73.
30. A. G. N. M., Ordenanzas 1, fol. 146r-v.
242 JEAN-pierre tardieu
en adelante no podrían pasar de cuatro los asistentes a dichas cere-
monias, bajo castigo de 200 azotes. A los mercaderes se les prohibió,
so pena de la vida, la venta de armas ofensivas o defensivas, pólvora o
municiones a los mulatos y negros. Nadie, por muy encumbrado que
fuese, se haría acompañar por más de dos negros, mulatos o chinos.
De lo contrario, perderían a los excedentes, que serían vendidos a favor
de la cámara real, del juez y del denunciador. En fin se les negó a las
negras o mulatas, libres o esclavas, la posibilidad de llevar joyas de oro
o de plata, perlas, vestidos de seda de Castilla y pasamanos de oro o de
plata, sancionando a las insubordinadas con cien azotes y perdimiento
de tales prendas. A este respecto, confirmaron los oidores la ordenanza
despachada por el conde de Monterrey el 30 de junio de 1598. Se lle-
varían estas medidas al conocimiento público por pregones en todos
los pueblos de Nueva España. Los ministros de justicia y los alguaciles
se encargarían de aplicarlas con el mayor rigor, sin lo cual se les privaría
perpetuamente de sus oficios.31
El 16 de abril, volvió la Real Audiencia a las condiciones de vida
de los negros y mulatos libres. De no tener oficio propio, no se les ad-
mitiría casa particular. Tendrían que vivir en las de sus amos, y a éstos
les tocaría vigilarles. A los infractores se les castigaría con doscientos
200 azotes, como en los casos precedentes.32 El mismo día, impuso
normas excepcionales para Semana Santa, vedando las procesiones y
las disciplinas que solían infligirse los penitentes en ellas, bajo castigo
de cincuenta pesos y diez días de cárcel.33
En su reunión del 17, los oidores adoptaron varias disposiciones.
Los negros y mulatos libres autorizados a tener armas las exhibirían al
corregidor de la ciudad antes de dos días, viéndose amenazados con su
pérdida y cien azotes en caso de desobediencia.34 Decretaron un toque
de queda para todos los negros y mulatos de las ocho de la noche hasta
las cinco de la mañana, siendo condenados los transgresores a cien
azotes.35 Sin embargo, a los vecinos que se veían obligados a salir de
noche por las calles y calzadas, para rondas o quedarse de centinelas en
algún puesto, se les autorizaba a hacerse acompañar por sus negros o
31. Ibíd. (fols. 147r-148r). En anexo, se consultará la ordenanza.
32. Ibíd. (fol. 148r).
33. Ibíd. (fol. 150v).
34. Ibíd. (fol. 149r).
35. Ibíd.
Conjuración de negros en México 243
mulatos, pero sin armas, porque no se les podía dejar solos en casa sin
inconvenientes.36
Algún tiempo después se completaron estas medidas con otras or-
denanzas. Por ejemplo, el 11 de mayo se prohibieron los juegos de
barras y de bolos a que eran muy aficionados los negros. Se castigarían
las infracciones con diez años de destierro a cinco leguas de la ciudad.37
Pasado el temor, la Real Audiencia dio algunos pasos atrás con re-
lación a las medidas más difíciles de aplicar, como por ejemplo la su-
presión de las escoltas de negros armados con espada y daga a que
tenían derecho el presidente, los oidores y algunos dignatarios. El 2 de
septiembre de 1612, les devolvió estas preeminencias, permitiéndoles
que, a partir del 29 del mes, día de san Miguel, se hiciesen de nuevo
acompañar por dos negros con espadas.38
En cuanto a la ilicitud de reunirse, se mantuvo algún tiempo, inclu-
so en otras ciudades como Puebla de los Ángeles. En este lugar, el 18 de
mayo de 1618, el cabildo, a instancia del regidor Pedro de Uribe, pro-
curador mayor, siguió oponiéndose a todo tipo de reunión de negros y
mulatos en las plazas, calles y barrios de indios, ora para bailes ora para
juegos u otros entretenimientos que causaban riñas y muertes. A los
libres se les infligirían cien azotes y diez pesos de multa; a los esclavos,
que no podían ser condenados a penas pecuniarias, se les mandaría a la
cárcel, y se premiaría con un peso a los alguaciles que les detuviesen. El
marqués de Guadalcázar aprobó la decisión el 13 de junio.39
Debió de resultar muy difícil prolongar la interdicción de juntarse
para los negros, dada su densidad en México. El conde de Priego, en
una ordenanza fechada el 22 de abril de 1622, se vio obligado a poner
de nuevo el caso sobre el tapete. En las plazas, en las partes públicas y
en los zaguanes, pese a la ordenanza al respecto que no se había levan-
tado, se reunían los negros y mulatos, libres o esclavos, para jugar a los
naipes, a los dados, a las bolillas, lo que les incitaba a robar joyas y ropa
en las casas de sus amos o de particulares para venderlas a menor precio
de modo a tener con que jugar. A menudo eran criados o esclavos de
personajes privilegiados, no atreviéndose los alguaciles a prenderles y
castigarles. Habida cuenta de estas circunstancias que podían acarrear
36. Ibíd. (fol. 150r).
37. Ibíd. (fol. 152r).
38. Ibíd. (fols. 152v-153r).
39. A. G. N. M., Ordenanzas 3, fols. 77r-78v.
244 JEAN-pierre tardieu
algún peligro, el virrey actualizó la orden que prohibía la junta de más
de tres de estas personas, de día y de noche. Además, no se les autoriza-
ría vender cosa alguna, con la amenaza para los esclavos, de doscientos
azotes y de verse cortar una oreja, y, para los libres, de tres años en un
obraje, aunque estuviesen al servicio del mismo virrey, de los oidores
o de los alcaldes. En cuanto a los encubridores de los robos, serían
condenados a una multa de cien pesos aplicada a los hospitales y obras
pías y a cinco años de destierro. Los alguaciles de vagabundos asistirían
a los alguaciles mayores de corte y ciudad en la vigilancia por turno
de las plazas y tianguez para oponerse a estas juntas y juegos, dando
cuenta al virrey, con riesgo de suspensión de sus cargos por un año.40
Seguía latente, como prueba la gravedad de estas medidas, el miedo a
otra conspiración.
Si es de suponer que las cofradías de negros reaparecieron una vez
olvidados los sucesos, el virrey, conde de Priego, reanudó el 22 de mayo
1623 ciertas disposiciones tomadas en 1612, prohibiendo la participa-
ción de las cofradías de negros en las procesiones, so pena de severos
castigos, o sea doscientos azotes y tres años de trabajo en un obraje.41
En el decenio siguiente, no dejaron de manifestarse las reticencias fren-
te a la creación de cofradías de negros. En 1632, Juan Bran, Francisco
de la Cruz, Juan Congo y Fabián Bran, en nombre de los negros de
Tlaxcala, expresaron su deseo de fundar una en el convento de San
Francisco, bajo la advocación de la Virgen del Rosario, donde pudie-
sen enterrarse, decir misas por sus difuntos con las limosnas recogidas
entre ellos, recibir doctrina y frecuentar los sacramentos. Antes de dar
su respuesta, el virrey solicitó el 27 de abril del doctor Diego de Ba-
rrientos, gobernador de la ciudad, mayor información sobre el caso.
No se demoró la encuesta. El 8 de mayo contestó que no hallaba “yn-
conbeniente alguno en lo que pretenden los negros por ser muy pocos
los negros que ay en esta ciudad y no aberse experimentado ni visto
ynquietud entre ellos de poca ni de mucha importancia”. Con fecha
de 13 de mayo del mismo año, el gobierno superior les concedió la
licencia necesaria a dichos negros. Extraña sin embargo que esta funda-
ción se hiciera en el convento de los franciscanos, siendo la Virgen del
Rosario de la devoción particular de los dominicos, quienes acogían a
las cofradías que solían colocarse bajo esta protección. Pero lo más in-
40. A. G. N. M., Ordenanzas 4, fols. 40v-41r.
41. Ibíd. (fol. 60r-v).
Conjuración de negros en México 245
teresante es la condición impuesta por los servicios del virrey, los cuales
no les eximieron a los nuevos cofrades de las normas impuestas a raíz
del sublevamiento de 1612. Se les prohibió terminantemente hacer
juntas o cabildos sin asistencia de representantes no de los frailes, sino
de la justicia. A pesar del transcurrir del tiempo seguía vigente el temor
infundido por tales organizaciones cuya finalidad no pasaba en general
de la ayuda mutua y de la compensación litúrgica a la situación de sus
miembros.42 El capítulo LXXXIII de las “Ordenanzas de gobierno de
Nueva España relativos a esclavos” de 1677 reactualizó la mayor parte
de las disposiciones tomadas por los oidores en 1612, y en particular
las relacionadas con las cofradías:
Que los negros y mulatos no se junten en más número de tres en ninguna
parte pública ni secreta, de día ni de noche, a título de Cofradías, o en otra
manera, so pena de doscientos azotes a cada uno de los que se hallaren en
dichas juntas; y los Priores, Vicarios y Superiores de los conventos no los
consientan…43
Volviendo al informe de 1612, lo violento y lo expeditivo de la re-
presión permiten aquilatar lo hondo de la psicosis que reinaba en Mé-
xico, originada por la presencia de tantos negros, y la determinación
de las autoridades de poner coto al proceso de contestación del poder
esclavista que se estaba expresando desde el principio de la colonia a
través de las cofradías que, so color de devoción, fomentaban el mante-
nimiento de usos y costumbres africanos y el surgimiento de una toma
de conciencia profundamente peligrosa para la paz colonial.
Sin embargo, la conclusión adoptó un tono prudente. No era de
fiarse de la aparente sumisión de los negros después del terrible castigo,
porque de entonces en adelante esta gente “mal inclinada, mucha y
irritada”, no cometería los mismos errores. Del fracasado alzamiento
de los negros de México, da a entender la relación dirigida, no es de
olvidarlo, al mismo presidente del Consejo de Indias, se había de sacar
las debidas conclusiones que requerían una nueva política por parte de
la Corona en materia de esclavitud.
42. A. G. N. M., General de parte 7, exp. 131, fol. 97v, exp. 175, fol. 125r.
43. Lucena Salmoral (2005: 193).
246 JEAN-pierre tardieu
8.2. La visión de un español del común
Nos hemos demorado en el informe dirigido a Velasco por ser la visión si
no oficial por lo menos oficiosa de las autoridades, basada en minuciosas
indagaciones que pusieron de relieve las circunstancias y ramificaciones
de la conjuración. Justifica de cierta manera la severa legislación emiti-
da a continuación, que se mantuvo en los decenios siguientes. ¿Cómo
reaccionaron los españoles del común? Tenemos a nuestra disposición
un documento de índole muy diferente. Es un amplio pasaje del diario
de un “forastero” que, procedente del Perú donde se desempeñó como
secretario del virrey, hacía una estancia en la capital novohispana. Mateo
Rosas de Oquendo, más conocido por sus dotes de poeta, apuntó las
“cosas notables y de memoria” de que fue testigo en 1611 y los cinco
primeros meses del año siguiente, insertándolas en su Cartapacio poético.44
8.2.1. El complot
Entre el 28 de marzo de 1612, día en que empezó la investigación, y el
14 de mayo, fecha del ahorcamiento del último condenado, anotó de
un modo sistemático el poeta las noticias que le iban llegando al oído
acerca de la conspiración. Así que no presenta una visión global, sino la
evolución de la reacción popular de los españoles en relación directa con
las nuevas.
Ello explica que van apareciendo datos no evocados por la carta al
presidente del Consejo de Indias. En particular, respecto al negro angola
Pablo. No suministra el diarista ningún detalle en cuanto a su sepelio,
pero se demora en algo trascendental que pasó por alto el informe. Se-
gún parece, in articulo mortis, le invadieron los remordimientos y se dejó
asustar por el cariz que estaba tomando la conspiración. Lo cual le indu-
jo a revelarla a su confesor, un fraile de la Merced, e incluso a confiarle un
memorial donde venían los nombres de los conspiradores, con la misión
de entregarlo a la Real Audiencia en caso de muerte. Esperaba disfrutar
44. Rosas de Oquendo (1996: 48-51). Aunque se publicó de nuevo no hace mucho
tiempo la obra de A. Reyes, nos parece adecuado citar enteramente la relación
de Rosas de Oquendo en anexos para que el lector aquilate no sólo todas las
dimensiones de la conspiración sino también el dramatismo de la situación y sus
implicaciones.
Conjuración de negros en México 247
de bastante tiempo para oponerse a la concreción de los planes, con toda
su autoridad, de la cual era plenamente consciente por haber sido elegido
rey. La muerte se lo impidió, viéndose obligado el fraile a cumplir con
su promesa sin traicionar por ello el secreto de la confesión. No se refiere
Rosas de Oquendo a ninguna de las otras delaciones evocadas por la
relación al presidente Velasco.
En cuanto se enteraron los oidores de las revelaciones del memorial,
las indagaciones empezaron con una serie de detenciones de negros den-
tro y fuera de la ciudad. Con los efectos del tormento aplicado a muchos
de ellos, se reconstituyeron los planes urdidos por los conspiradores de
un modo metódico. En un primer tiempo, habrían tratado de suprimir
a buena parte de las mayores autoridades de la ciudad acudiendo al ve-
neno. Con este fin, se aprovecharon de los conocimientos de “yerbatero”
de un esclavo mulato del doctor Azoca, quien a cambio de una pingüe
retribución, les daba las hierbas necesarias que se ponían en los barriles
de agua repartidos por los negros aguadores. Los encuestadores consi-
guieron encontrar dos de estos barriles, pero pudo escapar el mulato des-
pués de las honras consagradas a la reina difunta, pretexto que se adoptó,
según el informe a Velasco, para detener a los dirigentes de las cofradías.
Ya no se supo de él a pesar de una recompensa de 500 pesos ofrecido por
la Real Audiencia. Habría sido lo bastante astuto para darse cuenta de
algo. Murieron envenenados varios personajes de la ciudad, como el doc-
tor Azoca, don Juan Altamirano, el alguacil mayor de corte, el deán Luis
de Robles y el propio inquisidor Bohórquez. Pero hubo más, de creer a
Rosas de Oquendo, quien se apoya en el rumor público: a este veneno
se debía el repentino fallecimiento del virrey, fray don García Guerra, el
20 de febrero de 1612.
Así se habría preparado el terreno, antes de actuar. La segunda etapa
se habría confiado a otro negro. Se trata de un esclavo del fiscal de la
Inquisición, elegido como rey por los negros. Había servido durante mu-
chos años a un capitán en Flandes, de modo que harto sabía del arte de la
guerra. Éste, arguyendo su avanzada edad, se negó a aceptar la elección,
pero se propuso como consejero. Habría forjado el plan que se concre-
taría en Semana Santa, periodo en que los españoles se dedicaban a sus
devociones. Se nombró así a doce capitanes. Uno se apoderaría con sus
hombres de las armas almacenadas en las Casas Reales; otro, del basti-
mento de la Alhóndiga; y otros, de la vigilancia de las calzadas de acceso a
la ciudad para impedir cualquier movimiento de españoles. Hecho esto,
se pegaría fuego a los santuarios más conocidos de México, a saber: las
248 JEAN-pierre tardieu
iglesias conventuales de Santo Domingo, San Francisco y San Agustín,
donde se habrían reunido los españoles con motivo de las ceremonias.
Obligados a salir, desprovistos de armas, no ofrecerían ninguna resisten-
cia a la muerte que, asevera el autor, perdonaría tan sólo a las criaturas de
menos de tres meses. Los conjurados no carecían de armas ni de dinero
que se encontraron en las cofradías con las botijas de veneno.
8.2.2. El castigo
La reacción de las autoridades, si tomamos en cuenta la evocación de Ro-
sas de Oquendo, fue rápida y drástica. No insistiremos en la descripción
de las medidas adoptadas para la seguridad de la ciudad, que no revelan
nada nuevo en comparación con el primer documento, limitándonos a
citar algunos detalles significativos de la determinación de los responsa-
bles. Se castigó sin piedad alguna a los negros que desobedecieron las ór-
denes impartidas por la Real Audiencia a propósito de la prohibición de
llevar armas. Así, el 6 de abril se condenó a la horca a un esclavo del so-
brino del difunto arzobispo. El 17, un bando mandó a todos los vecinos
que, so pena de muerte, se alistasen para la defensa de sus barrios. Pero,
pasado el miedo a una posible invasión que lanzó a todos hacia las cal-
zadas de acceso a la ciudad, sólo se mantuvo a dos compañías, confiadas
a gente de experiencia, don Fernando Altamirano y Tomás de Aguirre,
desarmando a las otras que se habían formado de un modo improvisado.
La represión estuvo a la altura de la conmoción. Obviamente se tra-
taba de tranquilizar a los vecinos y de dar una severa advertencia a los es-
clavos. Antes de ejecutar a los 35 dirigentes, el 2 de mayo, se les presentó
a la vindicta pública, lo cual apunta Rosas de Oquendo con insistencia:
Llebáronlos por las calles públicas, y decía el pregón: “Esta es la justicia que
manda hazer su Magestad a estos negros y negras, porque se querían alsar
y matar a todos los españoles: manda que sean ahorcados y hechos cuartos,
puestas las cabesas en las horcas”. Las quales fueron nuebe: ocho en cuadra y
una en medio, que era la antigua. Ahorcaban tres negros y luego una negra
junta. En esta horden se executó la dicha sentencia, y estubieron colgados
24 oras, y luego desquartizaron a sinco negros y a la mulata Rreyna, y todas
las cabesas se pusieron como dicho es, y los demás cuerpos descabezados se
enterraron.
Esta escenificación, bien planificada no sólo en el espacio sino tam-
bién en el tiempo, corresponde a un sentimiento muy ambiguo de parte
Conjuración de negros en México 249
de los espectadores, ávidos de compensación. No dista mucho de com-
partir Rosas de Oquendo su actitud de mirones. Por si hubiera alguna
duda, no pasa por alto la última ejecución que se efectuó doce días des-
pués, o sea, el 14 de mayo, evocada con términos muy parecidos:
Oy lunes, 14 de maio, ahorcaron a un negro del hermano de Alonso Días
el Alguazil, el qual era tundidor y prensador, que era de los culpados. Desía
el pregón “Esta es la justicia que manda hazer el Rrey nuestro señor a este
negro porque yntentó de matar a los españoles: manda que sea ahorcado y
echo cuartos.
Si su antiguo cargo en el Perú le permitió al autor relacionarse con
la gente de poder en México, no presenta sin embargo su relación un
aspecto indagatorio. Surgen bajo su pluma de un modo muy patético
no sólo el acuciante apremio de las autoridades, sino principalmente la
conmoción de la gente menuda entre los españoles, e incluso las mani-
festaciones físicas del temor originado por la amenaza de invasión de
la ciudad por los esclavos de las afueras. La psicosis fue creciendo del
28 de marzo hasta el 18 de abril, facilitando la transmisión de rumores
preocupantes, incluso para los jerarcas. El ambiente se iba haciendo apo-
calíptico, por así decirlo, quitándoles a todos su sentido común, pero
borrando también las barreras sociales para dar paso a un sentimiento de
solidaridad frente al peligro:
Miércoles de Tinieblas, a las ocho de la noche, ubo un rrebato que fueron
18 de abril, que se desía que estaban por la calsada de la Piedad mill negros.
Salió todo México a pie y a caballo con grandísimo ánimo, como leales
basallos del Rrey Don Felipe Tersero, nuestro señor. Ubo munchas luses por
calles y ventanas, porque hasía muy oscuro y estaba lloviendo, que era lásti-
ma de ver los pobres españoles por el lodo, y las muxeres y niños llorando a
las puertas y ventanas, que daba gran dolor.
Las reiteradas invocaciones a la providencia divina, de parte del poe-
ta, que demonizan a los supuestos conspiradores, patentizan un ambien-
te de fin de mundo. El miedo a los esclavos remite al temor infundido
por la Bestia apocalíptica. Cuando se enteró Rosas de Oquendo de que
el riesgo de invasión carecía de fundamento, exclamó con alivio: “Fue
Dios serbido que no ubo negro ninguno, aunque salió toda la gente asta
la Piedad”. Conforme iba informándose de los planes urdidos por los
negros, como el de matar a los españoles refugiados en las principales
iglesias, reaccionó de una manera idéntica: “Fue Dios serbido por su
250 JEAN-pierre tardieu
misericordia que no tubo efeto”. Igual, evocando al proyecto de enve-
nenar a los vecinos: “¡Bendito sea nuestro Señor que nos a librado por
su misericordia!”. Parece que fue esta amenaza la que le conmovió más
al poeta, quien ruega a Dios para que se descubra al responsable de la
empresa: “¡El Señor lo descubra para que sea castigado tan gran delito!”.
Aludiendo a la gente de una casa que escapó de la muerte por casualidad,
vio el autor en el hecho una manifestación de la providencia divina, la
cual hizo caso omiso de sus pecados.
Llegamos de este modo a la semiología del suceso. Aparece nítida-
mente en la conclusión, en conformidad con la mentalidad cristiano-
céntrica de la época. La conspiración de los negros de 1612 fue una
advertencia divina, lo que pone de realce el trauma de la población es-
pañola: “Fue misericordia de nuestro Señor no bever alguna xente de la
casa della, porque le sucediera lo mismo. ¡Sea su nonbre bendito en los
siglos y en la tierra, que tantas mersedes nos haze sin mirar a nuestros
grandes pecados!”.
8.3. La visión de un indio principal
Hemos hecho hincapié en las líneas anteriores en dos versiones de los
acontecimientos de 1612, la “oficiosa” y la popular. Existe otra, la de
Domingo Francisco de San Antón Muñón Chimalpahin Cuauhtlehua-
nitzin. Nacido en 1579, pertenecía el autor a la nobleza india de Chalco
y cursó sus estudios en el colegio franciscano de Tlatelolco. La relación
forma parte de una obra titulada Anales que abarca un amplio periodo
que va de 1258 a 1618.45 El estilo, característico del habla indígena, con
el empleo de diminutivos (“toditas”, “negrillos”), de expresiones colo-
quiales (“dizque”, “nomás”), de construcciones argumentativas paralelas
o acumulativas, le da una dimensión muy auténtica, que no tiene nada
45. Utilizamos la versión online, disponible en <http://www.biblioteca.tv/artman2/
publish/1612_314/La_conjuraci_n_de_los_negros_por_Chimalpahin_
Cuauh_631.shtml>. La obra completa original en náhuatl se halla en la Biblioteca
Nacional de Francia y es también conocida como Relaciones originales de Chalco
Amaquemecan, título de la edición de 1965 de Silvia Rendón en el Fondo de
Cultura Económica. La edición más moderna, paleográfica con traducción
directa del náhuatl por Rafael Tena, fue publicada por Conaculta, con el título
Las ocho relaciones y el memorial de Colhuacan, en 1998.
Conjuración de negros en México 251
que ver con la retórica de Rosas de Oquendo. Es uno de los motivos que
nos incitaron a presentar los dos textos en anexos.
8.3.1. El complot
El autor empezó a redactar su relación el mismo día del castigo impuesto
a los 35 negros condenados por la justicia, 28 hombres y 7 mujeres, o sea,
el miércoles 2 de mayo de 1612. Si parece que el autor no ignora nada
de la encuesta llevada a cabo por las autoridades, su escrito se diferencia
del primer texto analizado más arriba —siendo este aspecto común en
cierta medida con la relación de Rosas de Oquendo— por sus referen-
cias a los rumores populares que infundieron un hondo sentimiento de
psicosis en la población urbana. Insiste en el compromiso de todos los
responsables del gobierno y de la justicia: el presidente Pedro de Otalara,
los oidores Diego Núñez de Morquecho, Juan Quesada de Figueroa,
Antonio Rodríguez, Pedro Suárez de Longoria, Marcos Guerrero, Alter
de Villagómez, Pedro Juárez de Molina, Álvaro de Abaunza, el fiscal de
lo civil Vallecillo, los alcaldes de corte Antonio de Morga, Diego López
Bueno, Francisco de León y el fiscal del crimen, Valencia. Se trató pues
de una movilización general de todas las autoridades, con la vacancia del
puesto de virrey, lo cual permite justipreciar la gravedad del caso.
Los conjurados habrían aprovechado las procesiones del Jueves Santo
para matar a los españoles. Tenían la intención de elegir como reyes a un
negro y a una mulata, Isabel, cuyos poderes se habrían extendido por el
territorio entero. Todos los cargos, de cualquier índole, habrían pasado
a las manos de los negros, quienes, según un mimetismo al que hemos
aludido comentando los sucesos de 1609, habrían nombrado duques,
marqueses y condes. Su intención, bien mirado era sustituir a los españo-
les en todos sus privilegios, en particular con relación a los indios. Como
súbditos suyos, éstos les pagarían un tributo, y, por si fuera poco, recibi-
rían una marca en la cara, parecida a la herradura impuesta a los esclavos.
Bien fue posible efectivamente que los negros manifestaran entre sí este
anhelo de compensación.
Se demora Chimalpahin en la suerte reservada a las mujeres. Se per-
donaría la vida a las bonitas y aptas para dar a luz. Los negros se casa-
rían con ellas, conservando de su progenie únicamente a las hembras,
de manera que los varones no experimentasen la tentación de vengar a
sus madres y a sus abuelos blancos. Les pasaría igual incluso a las mon-
252 JEAN-pierre tardieu
jas, sin exceptuar a las propias hijas del antiguo virrey, Luis de Velasco,
presidente del Consejo de Indias. Sólo saldrían sanas e ilesas las ancia-
nas, quedándose en los monasterios para educar a las futuras monjas, es
decir, a las negras ingresadas posteriormente en las órdenes femeninas.
Merecerían también la muerte todos los sacerdotes, con la salvedad de
los carmelitas descalzos, de los franciscanos descalzos y de los jesuitas,
cuya sabiduría parecía imprescindible para la enseñanza impartida a los
hijos de los negros hasta que pudiesen sustituirles en sus cargos como
sacerdotes y ocupar los puestos de gobierno. Si bien esta excepción era
una prueba de la benevolencia de los negros por los miembros de estas
tres órdenes masculinas, se debía imponer la emasculación para que no
pudiesen procrear con las españolas.
8.3.2. El castigo
Siguió el cronista con mucho interés el castigo impuesto a los dirigentes
de la conjuración. No ignora el nombre del verdugo, el mulato Cristóbal
Transpipitl, encargado de quitarles la vida. Empezó su trabajo a las diez y
cuarto de la mañana, otra precisión significativa. Dada la importancia de
la faena, éste acudió por primera vez a la ayuda de su hijo para cumplir
con su obligación en “el patio del palacio” —se trataría más bien de la
plaza mayor, el actual Zócalo— donde se habían instalado nueve horcas
para colgar a los acusados. Llama la atención el ceremonial adoptado,
muy parecido al de un auto de fe. Llegaron los condenados en procesión,
después de un paseo, montados en caballos, por las calles de la ciudad:
“…les dieron a conocer a las gentes por las calles”. Como en un caso
instruido por la Inquisición, se acudió a la pedagogía del miedo, adver-
tencia para los demás negros. Antes de morir, se confesaron e invocaron a
Dios. Necesitó tres horas el verdugo para llevar a cabo su funesto trabajo.
A los dos días, es decir, el jueves 3 de mayo, se descolgó a los muertos.
“Justamente en la fiesta de la Santa Cruz”, añade el cronista, posible-
mente con una segunda intención. Ordenó la justicia que se partiesen
sus cuerpos en dos para colgarlos en todos los barrios de México. Se de-
capitó a 29 muertos cuyas cabezas se dejaron en las horcas. Los cuerpos
se trasladaron abajo del edificio de la Contaduría, donde unos negros de
la ciudad, cuando se fue la gente, les cubrieron con paños. Por fin, a las
seis de la tarde, se les dio sepultura en el hospital de Nuestra Señora de
la Misericordia, adonde les acompañaron con sus cantos ciertos clérigos
Conjuración de negros en México 253
y los hermanos de Juan de Dios. Recibieron las honras de la religión de
parte de algunos jesuitas, dominicos, franciscanos y agustinos.
En cuanto a los otros seis ahorcados, la justicia ordenó su descuar-
tizamiento en el mismo lugar del castigo para exponer sus restos en las
diferentes calzadas de acceso a la ciudad. Y si no se trató de la misma
manera a los demás, fue únicamente por miedo a un riesgo de epidemia:
[…] si a todos los muertos se van a descuartizar y se van a colgar en las calles
principales sus carnes, allí todo se pudriría: no está bueno lo que así se va
a hacer; su pestilencia, su hediondez, en enfermedad se convertirá; e inme-
diatamente con los vientos vendrá aquí dentro de la ciudad de México, de
nosotros se posesionará, con lo cual nos enfermará.
Poniendo aparte el sentimiento de piedad experimentado frente a
tanta crueldad, Chimalpahin se interroga por la veracidad de los rumo-
res y el buen fundamento de las confesiones. Dado el recurso al tormen-
to, no está seguro de que se hubiesen cumplido todas las amenazas que
concretaran el odio de los negros por la raza dominante:
[…] solamente lo sabe Nuestro Dios si es que así era, por motivo de que no
es verdad que van confesando algunos de lo que por fin fueron colgados;
nomás fueron diciendo: “sea por Dios que recibamos la sentencia de nuestra
muerte que sobre nosotros se ejecuta; que no sabemos nada por lo que se
determina sobre nosotros, que ya vamos pagando”.
¿Cómo no ver lo patético de estas palabras puestas por el cronista en
los labios de los negros antes de su ejecución? Dan a entender primero,
y muy a las claras, que los castigos excedieron con mucho las culpas.
Más que buscar las verdaderas responsabilidades, se trató de erradicar
toda posibilidad de resurgimiento del mal. Luego, es de subrayar que
el cronista nos depara la única referencia a “la visión de los vencidos”, si
podemos decirlo así. Al fin y al cabo, suscitaron la piedad de Chimalpahin
los excesos de la represión, quizá por pertenecer el personaje a la raza so-
metida, pese a la nobleza de sus orígenes. En esto pues se diferencia su
visión de la de Mateo Rosas de Oquendo.46
46. Alejandro Palma Castro llamó la atención en lo que opone a los dos autores
respecto a la conjuración. Rosas de Oquendo, considerando como justo el
escarmiento, da en la “paranoia colectiva” de los vecinos de México “tras la
sobrepoblación de esclavos y su papel esencial en el sostenimiento de la estructura
colonial”, olvidándose de los indios. Chimalpahin, en cambio, si bien no le deja
254 JEAN-pierre tardieu
La primera versión contemplada, consecuencia de las encuestas ofi-
ciales, valoriza lo bien estructurado de la conspiración para justificar una
reacción idónea de las autoridades. Las medidas adoptadas permiten
aquilatar la psicosis que se apoderó de los responsables, enfrentados a las
contradicciones surgidas tiempo atrás. La dimensión popular de las otras
dos versiones no oculta un enfoque muy diferente e incluso antagónico.
La visión de Rosas de Oquendo remite obviamente a una mentalidad
de clase, o más bien dicho, para no cometer un anacronismo, de “cas-
ta”. Se hace portavoz del español del común, dando paso a lo irracional
que transforma al negro en el enemigo por antonomasia de la sociedad
dominante. Chimalpahin, aunque no puede menos de hacer hincapié
en las posibles consecuencias de la conspiración para su raza, si hubiera
acertado, no renuncia a su sentido común y se niega a demonizar al ne-
gro. Y, por si fuera poco, no hace caso omiso de la piedad que le inculcó
la doctrina cristiana, enseñada paradójicamente por la sociedad colonial.
¿No es significativa la inversión de los valores?
¿Falta de realismo de parte de los conjurados? Sus jefes tenían en
mano cartas nada desdeñables, como la relación de fuerza impuesta
por el número de los negros, su papel en casa de la gente de poder, la
situación de México, aislada en la isla de Tenochtitlán. Su plan no carecía
de cierta dimensión estratégica, debida a la experiencia militar adquirida
en los campos de batalla de Italia por su consejero.
Pero es evidente que, de haber salido exitosa la empresa, a medio
plazo no hubieran podido resistir los rebeldes a un sitio de parte de las
fuerzas represivas procedentes de toda Nueva España. Habrían caído víc-
timas a su vez de la trampa de la insularidad, como los indígenas frente a
las tropas de Cortés. Sería lo que determinó Pablo a poner un término a
la conjuración, seguro de que la represión le costaría mucho a la comu-
nidad negra del reino. Aunque se hubiera impuesto silencio, el secreto
de los preparativos de la insurrección, compartido por demasiada gente
insuficientemente disciplinada, era un secreto a voces que no tardaría a
llegar a los oídos de las autoridades.
indiferente la “tragedia del indígena”, quien, de acertar la conspiración, “hubiera
ocupado el puesto más ínfimo en lugar de los esclavos”, no parece creer en una
sublevación generalizada. Dando pruebas de “envidiable cordura”, no les niega a
los conspiradores un “perdón cristiano”; véase Palma Castro (s. a.).
Conjuración de negros en México 255
Estrategia de los conjurados negros de 1612
“Y la trasa que abía dado era que se nonbrasen 12 capitanes, y el uno con su
compañía se apoderase de las Casas Rreales, donde están las armas; y otro se
apoderase de la Alhóndiga para el bastimento, y otros en cada calsada por que
no entrasen ni saliesen nadie, y en tropa por los Cantillos; y que, echa esta pre-
bensión, pegasen fuego a Santo Domingo, y a San Francisco, y a San Agustín,
que era lo más fuerte donde se podían fortalezer los españoles, y que al rruido del
fuego saldrían todos, y ansí harían su hecho muy a salbo, matándolos a todos sin
perdonar criatura de tres meses para arriba”.
Mateo Rosas de Oquendo
1. Asalto de las Casas Reales y de los principales santuarios durante
las ceremonias del Jueves Santo
256 JEAN-pierre tardieu
2. Control de las calzadas de acceso a México
Anexo documental
A.1. Relación del alçamiento que negros y mulatos libres y cautivos de
la çiudad de Mexico de la nueua hespaña pretendieron hazer en contra
los españoles por cuaresma del año de 1612 y del castigo que se hizo
de las caueças y culpados; informe con fecha del 25 de mayo de 1612
destinado a don Luis de Velasco, presidente del Consejo de Indias
[N. B. Se modernizó la puntuación]
[1 r.] A Don Luis de Velasco, marques de Salinas, Presidente del Consejo
Rl de las Indias
Por nobiembre de seiscientos y siete hizo V. Sa principio, hallandome a
su lado con açadon en las manos, al desagüe de Mexo, que después se
Conjuración de negros en México 257
continua a manifiesto prouecho y ciertas esperanças del fin pretendido,
con que V. Sa corto la cabeça al monstruo de la laguna mexicana que
con sus inundaçiones amenaça ruina desta ciudad, de su gran poblacion,
costosos y ricos edifficios y templos. Obra tan necessaria quanto deseada
de antecessores de V. Sa, pero de ninguno acometida por su grandeza y
dificultades, que todas las vençio el alto coraçon y esfuerço de V. Sa para
quien Dios tenia guardada esta gloria juntamente y en diversos tiempos
de ambos gobiernos de V. Sa, conociendo otro enemigo desta Republica,
negros y mulatos captiuos y libres, que en ella ay en tanto numero traidos
de fuera y nacidos dentro con vida licençiosa, mezclados con los españoles
y sus familias, y, anteveyendo V .Sa el peligro que podria auer y seguirse,
proueyo segun el estado de las cosas muchas en reformacion desta gente,
prouecho y seguridad del Reyno, con que se a ido entreteniendo la mala
y baruara inclinacion que siempre dieron de si muestras y señal de ani-
mos leuantados para procurar comoquiera que [1 v] fuese libertad con
dispendio y ruina de sus señores y la necessidad que tenian de freno duro
de afirmar que por entonces la grande prudencia de V. Sa alcanço no co-
nuenia ponersele tan recio ni darse por entendido de sus malos intentos.
No se atreuieron a declararse en ellos hasta que V. Sa salio deste Reyno,
que con ossadia y poco temor, faltando tan grande padre y defensor a
esta Republica, determinaron en diuersas juntas y platicas alçarse con ella,
matando y rrobando los españoles, hallandolos descuidados en sus casas,
y cometer otras atrocidades de lastima y sentimiento que solo pasarles por
imaginacion no puede causarle pequeño. La misericordia de dios, que no
permitte padezcan los buenos a bueltas de los que no lo son, remedio este
graue daño haziendome sabidor del, aunque flaco instrumento a tiempo
que lo pude aueriguar, prender los culpados y encaminar con aiuda de mis
compañeros el castigo que en ellos se hizo de que V. Sa sera informado por
esta relación. Eme atreuido a dedicarla a V. Sa por ser caso graue y trauajo
de antiguo y fiel seruidor de la casa de V. Sa, persuadido que si se acerto
en algo a sido por el principio que V. Sa dio en su tiempo a esta causa con
tan aduertidas prevenciones de que se a seguido este fin y porque, gouer-
nando V. S.a de tan alto lugar esta monarchia, ninguno puede tenerse
firme y seguro para lo de adelante sino es por la poderosa mano de V. Sa,
proueyendo lo que conuiniere para que se acabe o a lo menos minore tan
mala semilla en estas prouincias de que jamas se [2 r] cogera buen fruto.
Reciba V. Sa mi voluntad prostrada a sus pies, pues la tiene experimentada
de cerca, que con esta merced terne seguro el premio de mis seruicios.
Guarde Dios a V. S.a largos años como hemos menester. De México 25
de mayo, 1612.
258 JEAN-pierre tardieu
Relacion del alçamiento que negros y
mulatos libres y cautivos de la ciudad de
mexico de la nueua hespaña pretendieron
hazer contra los españoles por cuaresma
del Año de 1612 y del castigo que
se hizo de las caueças y culpados
El numero grande de negros y mulatos, cabtiuos y libres que ay en este
reyno en poblaciones, labores, baqueria y estançias y particularmente en
esta çiudad de Mexico, que se multiplica asi con los que nacen en la tierra
como con los que se traen de Guinea en navios de armazones por trato
y grangeria todos los años, y la libertad y licençia con que esta gente a
proçedido, por el regalo y buen tratamiento que tienen, vestidos y trajes
costosos, bayles, casamientos, cofradias y entierros, y los libres casas en
que viben de por si, atreuida y viciosamente, y que ni libres ni captiuos,
se ocupan en officios y ministerios seruiles, teniendo para esto subjetos a
los indios con tanto dominio y imperio como si uerdaderamente fueran
sus esclauos, a sido causa de que, oluidados de su condición y suerte,
ayan leuantado los pensamientos a que no an de seruir a sus dueños per-
sonalmente. Y viendose tantos y tan apoderados de las [2 r] casas de los
españoles, temidos y obedeçidos de los naturales, pretenden leuantarse
matando a sus señores y alçarse con la tierra y rebaños. Si esta gente no
fuera tan barbara e inclinada a libertad, atrocidades y delictos, pudierase
entender que este intento no era tan de temer, pues con razonable discurso
repararan en que, cuando poniendolo en execucion les sucediera bien, no
se podian conservar ni sustentar y al cabo auian de perecer. Mas siendo de
la calidad dicha y tantos en todas partes agiles y sueltos, a pie y a caballo,
la tierra larga y en muchas prouincias aspera y destemplada en que reco-
gerse y deffenderse de los españoles despues de rebuelta la feria, como los
negros alçados y cimarrones lo hazen sin auerlos podido reduzir ni allanar
en tantos tiempos, y que unos y otros se juntarian y ayudarian por gozar
de libertad y de las haziendas que robasen con conoçimiento de que los
españoles son inferiores en numero, menos usados en el trabajo, desarma-
dos y poco exercitados en la milicia en este reyno, lejos de españa de do
podrian ser socorridos, bien se puede recelar que estos negros y mulatos
que muchos son ladinos nacidos y criados entre los españoles podrian
enprender este hecho y animarse a ponerlo en execuçion.
En diuersos tiempos, los ss. virreyes se an preuenido en esta materia, vien-
do el conocido daño y riesgo della, disponiendo lo conuiniente para mo-
derar y refrenar su proceder, libertades, juntas y trages desta gente que,
aunque en esta parte se a hecho lo que se a podido, no a sido todo lo ne-
Conjuración de negros en México 259
cessario, a lo menos no se a executado con la precision y rigor que la causa
pedia, pues en diversas ocasiones an auido auissos, señales [3 r] e indiçios
de que trataron de su libertad que hasta ver mas parecio conveniente disi-
mularlo y no darse por entendidos.
El año pasado de 1608, gobernando segunda vez la nueva Hespaña el Sr
virrey don Luis de Velasco, gran cantidad de negros y mulatos libres y
captivos se juntaron diuersos dias y noches en casa de unos negros libres
por la pascua, haziendo entre si fiesta y representacion de un reynado, co-
ronando rey y reyna debajo de dosel y estrado, poniendole casa de mayor-
domos, capitan de la guarda y otros officios, titulando grandes y señores
de su corte con diuersos nombres y honores. Comieron y vanquetearon
hasta que, auiendo tenido deste hecho noticia el doctor luis lopez de aço-
ca, alcalde del crimen, prendió los que destos pudo auer a las manos y les
hizo processo que, visto definitiuamente en la sala, todavia parecio pasar
por este excesso sin atribuirlo a causa de alçamiento, ensayo ni preuençion
del, aunque, por razon de la junta que a los captiuos hera prohibida por
autos y vandos del gobierno, los que incurrieron en ellos fueron conforme
a sus penas castigados corporalmente.
Auiendo salido del gobierno el Sr Marques de Salinas a la Presidençia de
las Indias y quedado en su lugar gobernando el Sr Don fray garçia guerra,
arçobispo de Mexico, por el año de 1611, sucedio que aviendo muerto
una negra esclaua de luis moreno de monrroy, vezino de Mexico, y jun-
tandose a enterrarla la confradia de los negros del monasterio de Nra Sa
de la merçed en mas cantidad de 1500 negros y negras, pareçiendoles que
la negra auia fallecido mas por castigo y mal tratamiento de sus amos que
por enfermedad natural, sin que [3 v] desto ubiese çertidumbre ni presun-
çion alguna, los negros con mucha furia y alboroto arrebataron el cuerpo
de la difuncta y salieron con el por las calles de la çiudad por partes de la
tarde a la ora que auia de ser el entierro. Dando vozes y gritos lo lleuaron
a las casas reales de Palaçio en que el arçobispo residia y a la del Sancto
Officio de la inquisiçion y por otros lugares publicos, boluieron a la casa
de luis moreno de monrroy con piedras y alaridos, diciendole injurias y
amenazas, de que le obligaron a cerrar su puerta y defenderse con algunos
españoles con armas.
Luego que los alcaldes tubieron noticia deste excesso, hicieron processo y,
auiendo presso algunos de los conocidos, los açotaron y mandaron a sus
amos los vendiesen para fuera del Reyno, y entre ellos el mas prinçipal fue
un negro ladino viejo y antiguo en la tierra, esclauo de el tesorero Diego
matias de vera, llamado Diego, mayoral de la dicha confradia. Quedaron
los negros mas irritados por el castigo que se hizo en diego y sus com-
260 JEAN-pierre tardieu
pañeros, y sus dueños se descuydaron en dexarlos en la çiudad con que
vino a ser el daño mayor, pues estos persuadieron y trataron con los desta
y demas confradias tomasen vengança de los Hespañoles, los matasen y
robasen sus casas. Fue por principal y cabeça en esta sedicion un negro
Angola, mayoral de la misma confradia, esclavo de Juan de Caruajal, cle-
rigo, llamado Pablo, brioso y de mas determinacion que otros, casado con
una negra de la misma casta, llamada Maria, esclaua de christoual Henri-
quez, mercader, que estos auian de ser Rey y reyna. Desta platica se trato
diuersas veces entre los negros y de ponerla en execuçion por [4 r] pascua
de Navidad, fin de 611, que por auer en aquella sazon quatro compañias
de infanteria en la ciudad para el socorro de las islas Filipinas, les parecio
suspenderla para otra ocasion. Enfermo Pablo por Carnestolendas en casa
de su amo, donde uuo grande concurso de negros y negras a uisitarle y
curarle con muchos regalos como a persona tan de su respeto y vino a mo-
rir de la dolencia y sintieronlo mucho para auer de enterrar el cuerpo en
el monasterio de la Merced, se juntaron muchos negros con ceremonias y
ritos barbaros usados en su naçion de alaridos, cantos y danças. Lauaron
y regaron el cuerpo con vino y azeite, lo mismo la sepultura, metiose uno
viuo en ella y auiendole echado tierra y vino, se leuanto furioso con una
arma en la mano amenazando y esgrimiendo con ella, que esto hazen
quando an de emprender alguna guerra o alçamiento. Enterraron desta
manera el cuerpo publicamente y a uista de religiosos del dicho conuento
que, aunque les riñeron y quisieron estoruar las çeremonias de gentiles,
no lo pudieron. Boluieron a casa del amo del difunto juntos, llenose el
patio, çaguan y toda la calle de negros y negras donde con su passion y
sentimiento trataron y platicaron sobre el alçamiento y que se pusiese en
execuçion juebes sancto, quando los hespañoles estubiesen en diciplinas
y estaçiones, que se apoderasen a un tiempo de las casas y armas de sus
amos y matando los que encontrasen, se juntasen todos y rematasen este
hecho alçandose con la ciudad, que diesen notiçia desta determinaçion a
los demas negros y mulatos y a los de la comarca, fuera de la çiudad para
que concurriesen, que se aperçibiesen desde luego de las armas [4 v] que
cada uno pudiese con secreto y disimulacion, espadas, terciados, catanas,
machetes, cuchillos y dejarretaderas y otras enastadas, y de el dinero que
tenian de las limosnas de las cofradias se comprasen otras para proveer del-
las a los negros que no las ubiesen podido auer, remitiendose a otras juntas
y vistas para la resoluçion deste hecho. LLevaron la misma noche a Maria,
la viuda, a casa de Diego, esclauo de Diego Matias, donde boluieron a
la platica. Continuaronla otras vezes en la casa de un negro libre casado,
mayoral de la misma confradia, llamado andrés garcia, donde se juntaron
a comer y todo era platicar del caso. Offreçian el Reynado a diego el bie-
jo y el lo rehuso por su edad, y acordaron que lo fuese un negro que se
Conjuración de negros en México 261
trataua por hermano de Pablo difuncto, llamado Pedro, principal en su
tierra, esclauo de Leonor de morales, biuda, maestro de hazer calderas en
la calle de tacuba, y que este se casase con la viuda maria. Por otra parte
dauan a entender a los negros y mulatos de las otras cofradias que a su
tiempo se auia de elegir Rey de entre ellos como mas ladinos y practicos
en la tierra. Ayudo mucho y esforzo con estos negros en el alçamiento
Isabel, mulata esclava de Luis maldonado de Corral, Regidor de México,
que se persuadio auia de ser Reyna, y un mulato libre, moço y atreuido
con quien esta se entendia, cochero del Alcalde de corte, Don francisco
del Ojo Rey, en cuia casa y en la de otra su vezina tuuo algunos tratados y
juntos con Andres garcia y con Antonio, negro, su compañero, esclauo de
Luis Maldonado, y con francisco, mulato, y diego de la cruz, negro criol-
lo, esclavo de don gaspar de vera Rodrguez, exortandoles a que abrebiasen
en el hecho, dandoles dineros para hazer algunas diligençias, con que por
este y otro caminos [5 r] se iua encendiendo entre ellos cada dia mas la lla-
ma, que, como eran tantos y barbaros y lo sabian las negras, a qualquiera
enojo que tenían rebosaban con palabras sospechosas y preñadas contra
los españoles, dando a entender que breuemente los auian de matar los
varones todos y dejar viuas las mugeres, religiosas y seglares, para que los
siruiesen, y aprovecharse de ellas.
Al principio de la cuaresma, dos hombres portugueses que sabian la len-
gua angola y auian venido de guinea con esclauos oyeron una platica que
en la dicha lengua hazia una negra en una de las plaças desta çiudad,
quejándose de çierto maltratamiento que un español auia hecho a un ne-
gro porque aporreaua a un indio, en que amenaçaua y dezia que para la
semana sancta no quedaria español viuo y la çiudad estaria en poder de
los negros. Estos portugueses como poco platicos no se dieron maña a
conoçer la negra ni adonde viuia y pareçiendoles caso grave, hizieron una
carta sin firma contando el caso y, cerrada, la echaron en casa del doctor
Antonio de morga, alcalde más antiguo del audiençia, que otro dia la
lleuo a la sala del crimen y de alli la imbio a los oidores. Después, cerca de
la quarta dominica de quaresma, fray Juan de tobar, religioso y lector de
teologia del convento de nuestra Señora de la merced, vino a dar auiso al
licençiado don Pedro de Otalora, oydor mas antiguo del Audiençia, que
ya gouernaua por muerte del arçobispo don fray garçia guerra, que sabia
por muy cierto que la çiudad estaua a riesgo de alçamiento de los negros y
mulatos que auia de ser la semana sancta, apoderandose a un tiempo de las
armas y casas de sus amos, matandolos, y que la pascua de nauidad pasada
auian pensado hazerlo y se auia diferido para el Jueves sancto y que en las
juntas de sus confradias y en otras partes se trataua y acordaua este hecho
y que no podia declararse mas. El oidor junto acuerdo de oidores [5 v] y
alcaldes y les propuso el auiso que tenia. LLamose en el al dicho religioso
262 JEAN-pierre tardieu
que se afirmo en lo que auia dicho. Tratose de hazer alguna preuencion
con disimulacion y secreto para obiar este daño y encargose al Doctor
Antonio de Morga de restar y prender los mayorales y offiçiales de todas
las confradias de negros y mulatos como mas ladinos y sospechosos, dan-
do a entender era por causa differente, y de buscar camino por do entrar
a la auerigüaçion del delicto y castigo de los culpados. Auianse de hazer
la semana siguiente las honrras de la reyna nuestra Sra con el aparato y
pompa real que conbenia. Con esta occasion el alcalde, sabado antes de la
dominica quarta, hizo llamar algunos offiçiales de dichas confradias y les
dijo que era bien siruiesen de algo en las dichas honrras y que para ello le
diesen memoria de los estandartes, cera e insignias que en cada una auia.
Mandoles que el dia siguiente domingo en comiendo se juntasen todos
los officiales y le trugesen de cada confradia memoria en papel para les
ordenar lo que auian de hacer. Juntos en su casa, tomando por achaque
que faltauan dos negros, se enojo con ellos y los puso a todos en la carçel
de corte hasta que alli se acabasen de juntar, teniendo preuencion de Al-
guaciles al descuydo para llevarlos presos, que de otra manera fueran ma-
los de juntar y peores de auer a las manos por ser mas de treinta personas
libres y captiuos de los mas ladinos e inteligentes. No dejaron de recelarse
quando se uian lleuar presos de lo que podia ser y algunos dezian palabras
que lo dauan a entender. El alcalde les puso escuchas en la carcel de presos
españoles que disimuladamente les oyesen sus platicas y auisasen y aunque
pedian cada dia soltura, esta se les iua diffiriendo sin darles a entender
otra cosa y ellos dissimulauan lo mejor que podian su temor y sospecha,
mostrandose en la prission con [6 a] alegria, trayendoles los otros negros
las comidas y regalos a la carcel con grande abundancia. Aquella sema-
na se celebraron las honrras Reales con la demonstracion que se pudo
y con buena guardia de dos compañias de arcabuceros, de officiales que
estauan leuantados para celebrar la fiesta de la cruz que asistieron en ellas
por ostentacion y mayor ornato. Los negros pressos se iuan acabando de
desengañar que su prission era con mayor fundamento, lo mismo los de
fuera, y todos sentian el daño de su negoçio. Y asi dezian algunas cosas
por diuersas partes sobre la prission de los negros y amenazas que otros
hazian y palabras que se les soltauan. Una negra vieja ladina, esclaua de
un Juan de Auila, embio con un español un papel al alcalde con larga
Relacion de que sabia de un negro biejo llamado Sebastian, esclauo de
un Diego Ramirez, que era brujo y hechicero y que curandola de una
enfermedad, la auia untado y dado a entender usaba de malas artes y tenía
muchos disçipulos y consortes que las usaban y que estos hazian amenaças
a los españoles que los auian de matar con hechizos y con veneno en los
mantenimientos y aguas. Sobre que el alcalde le tomo su declaración con
cuydado, pero ni esta ni lo demas que se dezia no le satisfiço para proçeder
Conjuración de negros en México 263
a prisiones ni processar en forma y con publicidad en la materia y espe-
raua mejor y mas sierta occasion. Juebes doze de abril, despues de comer,
una Veatriz Dauia, biuda con una hija donzella, Isabel dabia, imbiaron a
dezir al alcalde que tenian que darle un auisso de mucha importançia. La
donzella testifico que el mismo dia por la mañana debajo de una ventana
de su casa, no alta del suelo de la calle, que tenia una celagia donde es-
taua en su labor, se auian encontrado dos negros de su barrio conocidos,
uno Antonio, esclauo del Regidor Luis maldonado, con Juan, esclauo de
[6 v] francisco de torrijos, obrajero, y que Juan dijo a Antonio “¿Que te
pareçe, hermano, de la prision de nuestros mayorales de las confradias?”,
y antonio le respondio “Nunca me parecieron bien estos cambalaches de
nuestros parientes ; siempre entendi auian de herrar en el negocio y auia-
mos de ser sentidos. Poca necessidad tenían de tratar de cetro y corona.
Mataran primero los hespañoles y después hizieran de la tierra lo que
quisieran” y otras razones a este proposito, y si sobre se los soltarian de la
carcel y si se podria, estando ellos presos continuar el alçamiento, y que se
auian despartido quedando se volverian a uer. Con estas testificaciones, el
alcalde procuro se hiziese luego la prission de los dos negros con recato y
secreto, que no pudo tener efecto hasta el biernes por la mañana. Que to-
mandole luego su declaracion el alcalde, particularmente por la de Anto-
nio, consto ser verdad lo que las mugeres depusieron y refirio en esta y en
otras declaraciones que despues hizo los tratados que auian tenido sobre el
alçamiento y los cabeças y prinçipales en el. Y lo mismo por otro auiso que
el dia siguiente dio a el alcalde Francisco de bustos y mariana de Uzeda su
muger y testificaçion de una negra suya llamada Francisca criolla, se siguio
el hilo y rastro de la pesquissa y aueriguacion del alçamiento.
Prendieronse muchos negros y mulatos y entre ellos los caudillos y capi-
tanes desta facion que algunos dellos eran de los que primero auia presso
con los quales sustançio la causa y processo hasta concluirla con todos
difinitivamente, en que se ocupo por particular comission de la sala sin
alçar mano hasta viernes sancto veinte de abril, que el siguiente dia la sala
de los alcaldes la vio. Parecio se diesen algunos tormentos que poco fue
menester para que, començandolos a dar, espontaneamente declarasen sus
delitos y se careasen y se ratificasen y depusiesen unos contra otros, una y
muchas vezes. [7 r] Hallaronseles cajas y ropa y algunas armas escondidas
con que difinitiuamente fueron condenados los principales culpados a
ahorcar y hazer quartos y las cabeças puestas en la plaça, perdimiento de
todos sus bienes los libres.
Executse publicamente en dos dias de mayo en nueue horcas altas que se
hizieron en la plaça mayor desde las nueue oras de la mañana hasta las
dos de la tarde, con grande concurso de gente. Fueron ahorcados juntos
264 JEAN-pierre tardieu
treinta y çinco negros y mulatos y entre ellos siete mugeres. Estubieron en
las horcas hasta el dia siguiente que fueron quitados de ellas dejando alli
las cabeças clauadas y solo se hizieron quartos seis cuerpos porque los me-
dicos dijeron que siendo tantos inficionarian el ayre y causarian enferme-
dad. A los demas se dio sepultura. Los demas presos cuyas culpas no eran
de tanta consideraçion y estauan sospechossos y algunos tambien eran
comprehendidos en los processos de los años antes, fueron desterrados
perpetuamente de la nueua Hespaña y islas adyacentes a ella y echados del
reyno con efecto. Los dias que duro el hazer los alcaldes la causa y castigo
desta gente, los oydores del audiencia por el gobierno mandaron deshazer
todas las confradias de negros y mulatos y que la semana sancta deste año
no ubiese disciplinas de españoles ni de indios y los officios de la semana
sancta se hiziesen con la solemnidad que otros años, cerrando las puertas
de las iglesias a prima noche. Quitaron las espadas y todo genero de armas
a negros y mulatos libres y captiuos, aunque fuesen de ministros. Renoua-
ron los autos del gobierno, prohibiendo juntas, bayles, entierros de negros
con concurso dellos, que los libres no viuiesen de por si, entrasen a seruir
o se ocupasen en officios. Quitaronles a ellos y a las negras y mulatas el
traer mantos, joyas, vestidos de seda y otros costossos. [7 v] Pusieron en
arma la çiudad, repartiendola por barrios con caudillos y cabeças que los
gobernasen. Leuantaronse dos compañias sueltas de mucha y muy luzida
soldadesca, una a cargo de don Fernando altamirano y velasco, cauallero
del áuito de Santiago, con título de teniente de capitán general, y otra
de vascongados a cargo de tomás de Aguirre y Suasnauar. Con estas que
duraron algunos dias se guarneçieron Casas Reales, cárcel de corte, sala
de armas, almazenes de polvora y caxa real, y otros puestos conuenientes,
con que la ciudad se aseguro de todo daño y sospecha. Hecho el castigo en
los delinquentes an quedado al parecer los negros tan Rendido y subjetos
a sus amos que los siruen con mas cuydado y sumission, y los libres se an
atemorizado y acobardado de manera que ya no se muestran ni parecen
en publico y con la libertad y liçençia que solían. Todavia ay poco que
fiar para lo de adelante desta gente que es mal inclinada, mucha y irrita-
da. Pues si boluiesen a tratar de la mesma platica, seria con mas recato y
preuençion para executarla a mayor daño, como se deue temer si no se
remedia con tiempo y mas de proposito.
Fuente: Biblioteca Nacional de Madrid, ms. 2010.
Conjuración de negros en México 265
A.2. “Memoria de las cosas notables y de memoria que an susedido
en esta ciudad de México de la Nueva España, desde el año de 1611
asta oy, sinco del mes de mayo de 1612”. Mateo Rosas de Oquendo.
Cartapacio poético, fols. 116 a 121r
[…] Murió este año de 1612 en México un negro llamado Pablo, de na-
ción Angola, que era de un Fulano Carabajal [entre renglones: “clérigo”]
y confesóse con un rreligioso de la [tachado: “compañía de”] Merced, al
qual descubrió cómo los negros de México estaban determinados de al-
sarse y matar a todos los españoles, y dióle un memorial en que declaraba
los que eran, y que a él le tenían alsado por rey; que si muriese lo diese el
memorial a los señores de la Rreal Audiencia, y que si biuiese él lo rreme-
diaría, que podía muncho. Murió primer domingo de cuaresma, y luego
el frayle dio el memorial y se comença a hazer dilixencia para prender
los culpados.-En 28 de março de este dicho año s’enpesaron a prender
negros y negras de México, y otros de fuera.-En 2 de abril se pregonó un
auto que ningún negro ni mulato trujese armas, pena de la vida, ni un
cuchillo.-En 6 de abril ahorcaron un mulato porque quebrantó el bando
trayendo un cuchillo. Era de Don Julepe, sobrino del Arzobispo que abía
muerto siendo virrey.-En 12 de abril se pregonó que ninguna negra ni
mulata truxese manto, ni perlas, ni cosa de oro, ni rropa, ni paño fino,
pena de 200 asotes.-En 13 de dicho mes se pregonó que ningún mercader
ni otra persona bendiese a ningún negro ni mulato, ni mulata, cuchillo, ni
arma ninguna, ni pólbora, pena de la vida y de 200 pesos.-En 17 de abril
se pregonó un bando que todos los besinos de México estantes y abitan-
tes se fuesen [a] alistar, pena de la vida, y todos fueron a la parte donde
se les mandó por sus barrios, para que tomasen armas y hisiesen guardia
como se les ordenase.-En 17 deste mes llebaron negros, tapadas las caras,
en casa del Alcalde de Corte, Morga, a darles tormento.-Y este dicho día
se pregonó que ninguna cofradía saliese de disiplina, ni nadie se asotase,
pena de sincuenta pesos.-Este dicho día pusieron más de dos mill honbres
de a pie por las calsadas y albarradas de posta, para guarda de la ciudad, y
duró quatro días el estar toda esta xente como dicho es.-Y otro día hubo
tanbién por las calsadas, con la misma orden de xente de a caballo, dos
mil honbres, antes más que menos.-Miércoles de Tinieblas, a las ocho de
la noche, ubo un rrebato que fueron 18 de abril, que se desía que estaban
por la calsada de la Piedad mill negros. Salió todo México a pie y a caballo
con grandísimo ánimo, como leales basallos del Rrey Don Felipe Tersero,
nuestro señor. Ubo munchas luses por calles y ventanas, porque hasía muy
oscuro y estaba lloviendo, que era lástima de ver los pobres españoles por
el lodo, y las muxeres y niños llorando a las puertas y ventanas, que daba
266 JEAN-pierre tardieu
gran dolor. Fue Dios serbido que no ubo negro ninguno, aunque salió
toda la gente asta la Piedad.-En 21 de abril se pregonó que todas las com-
pañías y xente alistada se juntasen en la Plasa, y fue para que entregasen las
armas y sólo quedasen quinientos honbres en dos compañías para guarda
de la ciudad; y fueron, la una de don Fernando Altamirano, Caballero del
Abito de Santiago y Teniente de Xeneral de la Rreal Audiencia, y la otra de
los biscayanos, Capitán Tomás de Aguirre [entre renglones: “Suasnava”].
Y cada día entra de guardia una en Palasio, y hasen sus guardias en todas
las calsadas y su rronda con muncha orden, para que no entre ni salga
negro.-Toda esta Pascua de Flores an ydo prendiendo negros y negras, y
ay munchos a quien ban dando tormento para yr averiguando de rraís la
verdad. Tenían nombrado a una mulata de Luis Maldonado, herrada, por
Rreyna, y nonbraron por Rrey a un negro del Fiscal de la ynquisión, que
abía sido de un Capitán de Flandes, donde estubo el negro muchos años,
y sabía muy bien formar un canpo, y rrespondió que no lo nonbrase por
Rrey, sino a otro más moso, que él sería Consejero. Y la trasa que abía
dado era que se nonbrasen 12 capitanes, y el uno con su compañía se
apoderase de las Casas Rreales, donde están las armas; y otro se apoderase
de la Alhóndiga para el bastimento, y otros en cada calsada por que no
entrasen ni saliesen nadie, y en tropa por los Cantillos; y que, echa esta
prebensión, pegasen fuego a Santo Domingo, y a San Francisco, y a San
Agustín, que era lo más fuerte donde se podían fortalezer los españoles,
y que al rruido del fuego saldrían todos, y ansí harían su hecho muy a
salbo, matándolos a todos sin perdonar criatura de tres meses para arriba.
Fue Dios serbido por su misericordia que no tubo efeto y se descubrió, y
prendieron a este negro y a esta mulata Rreyna.-En 2 de mayo [entre ren-
glones: “miércoles”], bíspera de la Santa Crus, sacaron [a] ahorcar y aser
cuarto a 27 negros y un mulato, y 6 negras y la mulata Rreyna, que fueron
todos 35. Llebáronlos por las calles públicas, y decía el pregón: “Esta es
la justicia que manda hazer su Magestad a estos negros y negras, porque
se querían alsar y matar a todos los españoles: manda que sean ahorcados
y hechos cuartos, puestas las cabesas en las horcas”. Las quales fueron
nuebe: ocho en cuadra y una en medio, que era la antigua [sin duda se
refiere a la horca antigua]. Ahorcaban tres negros y luego una negra junta.
En esta horden se executó la dicha sentencia, y estubieron colgados 24
oras, y luego desquartizaron a sinco negros y a la mulata Rreyna, y todas
las cabesas se pusieron como dicho es, y los demás cuerpos descabezados
se enterraron.-Halláronse en sus cofradías botixas de beneno que tenían
para echar en los labratorios [lavatorios] de los penitentes, para matallos,
y hallóseles armas y muncho dinero. Quitóseles todas las cofradías, y toda
la hasienda y sera que se halló, y demás cosas, se confiscó para la cámara
de su Magestad.-Echaron una yerba que era beneno en las aguas, de que
Conjuración de negros en México 267
murió muncha xente. Y se tiene por muy sierto que dieron beneno al
Arzobispo, de que murió, y al Dotor Asoca, y a Don Juan Altamirano, y
al Alguazil Mayor de Corte, y al Deán don Luis de Robles, y al inquisidor
Bohorques. Y este beneno daba un mulato que era del Dotor Asoca, que
se lo pagavan muy bien; que era su yntento yr matando a los gordos y
puderosos para hazer mexor su hecho.-Confesó uno que traían este mis-
mo beneno en los barriles de agua los negros aguadores, y se hallaron en
dos barriles la dicha hierba.¡Bendito sea nuestro Señor que nos a librado
por su misericordia! Esto es todo lo que a pasado hasta oy, sinco de mayo
del dicho año.-Ase pregonado que quien prendiere o matare a este dicho
mulato de Asoca, que daba el beneno, que se le darán quinientos pesos.
No a parecido asta agora. Hallóse en México quando se hisieron las onras
de la reyna y desde entonses se a desaparecido.¡El Señor lo descubra para
que sea castigado tan gran delito!-Estubieron las cabesas destos negros
ocho días en la horca, y al cabo dellos las quitaron por el mal olor que da-
ban.-Oy lunes, 14 de maio, ahorcaron a un negro del hermano de Alonso
Días el Alguazil, el qual era tundidor y prensador, que era de los culpados.
Desía el pregón “Esta es la justicia que manda hazer el Rrey nuestro señor
a este negro porque yntentó de matar a los españoles: manda que sea ahor-
cado y echo cuartos”.-En una casa de México conpraron una carga de agua
a un negro aguador, y luego hisieron con ella un poco de afrecho para unas
gallinas, y en punto que lo comieron cayeron todas muertas. Fue miseri-
cordia de nuestro Señor no bever alguna xente de la casa della, porque le
sucediera lo mismo.¡Sea su nonbre bendito en los siglos y en la tierra, que
tantas mersedes nos haze sin mirar a nuestros grandes pecados!-Llebaron a
España 38 negros y mulatos, los quales fueron a merced de su Magestad.
Fuente: Obras completas de Alfonso Reyes, t. VI, Capítulos de Literatura
Española. Primera y segunda series. Primera serie [1915-1919], capítulo
III: “Rosa de Oquendo en América”. Segunda reimpresión. México:
Fondo de Cultura Económica, 1996, 48-51.
268 JEAN-pierre tardieu
A.3. La “conjuración de los negros” por Chimalpahin
Cuauhtlehuanitzin
Hoy miércoles 2 del mes de mayo del año de 1612 fue cuando fueron
colgadas veintiocho personas de los negros; y de las negras, siete personas
fueron colgadas. En conjunto, todos los colgados suman treinta y cinco
personas; fueron colgados porque en ellos se aplicó lo que decretaron, so-
bre ellos recayó la sentencia, por motivo de lo que sobre ellos ya se refirió
arriba, que iban a rebelarse, que iban a matar a sus patrones españoles.
Así se dijo, así hicieron la información; que en Jueves Santo al hacer la
procesión, en las penitencias de los españoles los iban a hacer muertos.
Así dijeron los testigos, por cuyo motivo asustaron mucho en la referida
Semana Santa, con lo cual en ninguna parte pudieron hacer procesión. Y
que si los que hubieran encontrado a sus amos los españoles, que si justa-
mente los hubieran matado, que inmediatamente ellos gobernarían, que
un negro iba a hacerse rey y una mulata morisca que tomaría por esposa,
iba a hacerse reina; se llama Isabel, quien iba a gobernar en México y en
todos los pueblos, en todas partes de la Nueva España; que ya a todos los
negros se les habían dado los cargos allí donde iban a gobernar; algunos
para duques, algunos para marqueses, algunos para condes; que se había
hecho para que fuéramos sus súbditos, para que les entregáramos tributo,
para que les sirviéramos aún a ellos; a las gentes que somos de aquí, nos
iban a marcar las bocas con lo cual apareciera que son nuestros señores.
Y se dijo que, inmediatamente, a nadie dejarían de los varones españoles: ni los
viejitos varones de media vida, ni los jóvenes: en fin, con todo; los niños varones
a todos iban a matar, justamente los iban a acabar, con lo cual ya no serán ellos
quienes hagan que la mujer dé a luz, que ya no serán ellos quienes engendren ;
y que también iban a matar a las señoras, las ancianas que ya no tienen vida; y
ni las de media vida, ni las que acaso aún sean señoritas, si es que no son muy
blancas, que si no es que sean de muy bonita cara, a toditas las iban a matar si
hubieran podido, no más las escogerían; y que ya nomás dejarían a las señoras
que justamente fueran blancas, a las que justamente tuvieran bonita cara, aquel-
las de media vida; y a las muchachas, igualmente a todas las mocetonas, las que
justamente fueran de bonita cara; ya nomás a ellas no las matarían, las iban a
dejar con el fin de que las hicieran sus esposas los negros.
Y también dizque si acaso los negros, las hacían dar a luz las señoras, si engen-
draran en ellas sus hijos varones de distinta raza a la que se llama mulatos mo-
riscos que deberían nacer, dizque inmediatamente los matarían, no iban a vi-
vir, no les iban a criar; dizque si acaso engendrasen hijas, las llamadas mulatas
moriscas, dizque no las matarían, ya vivirían, las criarían, con el fin de cuando
Conjuración de negros en México 269
crecieran luego las casarían los negros, con lo cual justamente se convertirían
en negras por sus engendros, sus descendientes, el producto de su raza.
Y la causa, de los varones hijos, de los negros referidos que iban a engendrar
las señoras, el motivo de que no los iban a dejar vivir, que no los iban a
criar, (era) porque ellos pegarían (a sus padres) algún día, si es que crecían
con ellos, por lo que hicieron los negros a sus padres. Si hubieren muchos
moriscos, que se les recordaría por sus esposas, por sus madres de que son
españoles; que de ellas proviene buen linaje, buena descendencia, lo que no
tienen así de buena de sus padres los negros; con lo cual inmediatamente les
reprocharían, quizá luego les matarían a sus padres negros. Por esa causa de
que les iban a pegar, así decían que iban a hacer los negros, si es que hubie-
ran podido, si es que se hubiera podido, si es que se hubiera eso consumado.
Y que todas las cuidadoras de Dios, las monjas, encerradas en los monaste-
rios de México, que a toditas las sacarían, que las harían sus esposas los ne-
gros; que muchísimo hablaban sobre dos hijas del gobernador Don Luis de
Velasco, marqués de Salinas y Presidente del Consejo de Indias en España. Y
de sus referidas damas, una es viuda llamada Doña María Tircios, esta tenía
por esposo a Don Juan Altamirano. Y aún otras dos sacerdotisas, monjas, las
que allí están en el monasterio de Nuestra Señora Regina; la primera se lla-
ma Doña Beatriz de la Encarnación, abadesa de allí; la segunda Doña Isabel
de Jesús; y que ya nomás ellas las viejitas quedarían allí en los monasterios
para enseñar a las gentes.
Y que las mujeres negras iban a entrar en los monasterios, allí se irían a
encerrar, con lo cual ellas serían guardianas de Dios; en monjas se conver-
tirían; y que los sacerdotes establecidos en todas las estancias, que a todos
los matarían, les harían perder, y que ya nomás en tres partes los dejarían:
en primer lugar, a los sacerdotes carmelitas descalzos; en segundo término,
a los padres descalzos que están en San Diego, hijos de San Francisco; y
en tercer lugar, a los padres teatinos de la Compañía de Jesús. Que a estos
los dejarían por motivo de que les enseñarían, que les harían aprender a
sus hijos de los negros, con toda la sabiduría de cuanto saben; con lo cual
también ellos serían padres, harían misas los hijos de los negros, algunos
se harían oidores; en fin, en todas las cosas de gobierno en los españoles,
que de todo se lo apropiarían; que también ellos los negros en ellos irían,
también gobernarían. Y nomás los referidos sacerdotes de los tres grupos
les eran apreciados a los negros, con lo cual los iban a dejan, no los iban a
matar. Empero, para dejarlos vivir entre los negros, que a todos les quitarían
su miembro varonil, les quitarían su miembro progenitor, con lo cual en
ninguna parte podrían procrear hijos en las señoras, y así harían desaparecer
a todos los españoles.
270 JEAN-pierre tardieu
Todas estas cosas fueron dichas por los referidos negrillos y otras muchas
cosas que se dijeron, que no se puede citar todo aquí lo hablado; que muchí-
simo (habría) con ellos, que acaso dizque lo iban a hacer o acaso no mucho,
solamente lo sabe Nuestro Dios si es que así era, por motivo de que no es
la verdad que van confesando algunos de lo que por fin fueron colgados;
nomás fueron diciendo: “Sea por Dios que recibamos la sentencia de nues-
tra muerte que sobre nosotros se ejecuta; que no sabemos nada por que se
determina sobre nosotros, que ya vamos pagando”.
Y aquí están refieriéndose los nombres de todos los oidores gobernantes y
los alcaldes de Corte que estaban en el gobierno, los que justamente estaban
encargados del gobierno de México, que sin haber virrey gobernante, hicie-
ron justicia sobre los referidos negros, decretaron para que fuesen colgados,
con lo cual así se hizo en ellos. Así lo vio toda la gente, lo supo. El primer go-
bernante, el primer jefe suyo que había allí en la Audiencia Real, era el Lic.
Pedro de Otalara, Presidente; el Lic. Diego Núñez de Morquecho; el Dr.
Juan Quezada de Figueroa; el Lic. Antonio Rodríguez; el Lic. Pedro Suárez
de Longoria; el Dr. Don Marcos Guerrero; el Lic. Alter de Villa Gómez;
el Lic. Pedro Juárez de Molina; el Lic. Álvaro Gómez de Abaunza; el Lic.
Vallecillo, fiscal del Rey de lo civil. Y los alcaldes de la Corte: el Dr. Antonio
de Morga; el Lic. Diego López Bueno; el Lic. Don Francisco de León; el
Dr. Valencia, fiscal del Rey del crimen. Todos estos gobernantes hicieron la
justicia sobre los referidos treinta y cinco negros, los cuales fueron colgados
hoy, el referido día.
Y el que comenzó ya a colgar a las gentes, fue Cristóbal Transpipitl o mulato
a las diez horas y cuarto; fue cuando por primera vez le ayudó su hijo, que
entre los dos colgaron a las gentes allí en el patio del palacio; y ocho ma-
deros nuevos para colgar, por causa de los negros se erigieron para hacerse
nueve; en el ya tardado colgadero en pie, quedó parado en el centro; con
esos referidos ocho nueve colgaderos de madera para gentes, ya los cogieron,
nomás los llevaron en procesión, primeramente los pasearon sobre caballos,
los dieron a conocer a las gentes por las calles.
Y los tres que eran de más grande pecado, sobre ellos se dijo que en el centro
se colgasen. Y a los demás, nomás los llevaron a rodear en el referido nuevo
colgadero, con lo cual los fueron colgando; todos en paz fueron invocando,
fueron llamando a su Salvador Nuestro Dios; con lo cual murieron, todos
agonizando confesáronse. Y vinieron a terminar, colgaron a los referidos
negros, ya a la una. Justamente durante tres horas colgaron; y así a todos
los colgados, nomás así se les obscureció, toda la noche estuvieron colgados.
Muchos negros no fueron colgados ni los mulatos, aún estaban encerrados
en la cárcel de la Corte, esperando órdenes.
Conjuración de negros en México 271
Y apenas a los dos días, en jueves, con el cual fueron tres días del mes de
mayo en curso, justamente en la fiesta de la Santa Cruz, descolgaron a los
muertos de las horcas de madera. Y a estos mencionados muertos ordenaron
de la justicia que a todos se les abriera, que sus cuerpos se partieran en dos,
allá se colgarían en todas las calles grandes y barriadas que vienen a entrar
a México.
Y por esta causa inmediatamente se hizo un acuerdo en la Audiencia Real,
sobre ello discutieron los gobernantes; también allí se reunieron los docto-
res. Por lo que en acuerdo general se hizo nomás la decapitación de vein-
tinueve de los referidos muertos, y sus cabezas las atoraron arriba de las
horcas, y sus cuerpos los metieron allí abajo la Contaduría, todos ya nomás
sin cabeza. Allí los fueron a cubrir sus compañeros vivos, los negros, cuando
nadie estaba, que se hizo nomás así. Y luego por la tarde, ya como a las seis
horas, de allí los llevaron, los fueron a sepultar allá en el hospital de Nuestra
Señora de la Misericordia.
Y cuando los llevaron fueron cantando los clérigos, y los hermanos hijos
del Beato Juan de Dios les llevaron; y algunos de nuestros padres de Santo
Domingo y de San Francisco y de San Agustín y los padres de la Compañía
de Jesús, fueron a sepultar a la gente. Ya en seguida ellos los negros y menos
de los españoles; de los mexicanos algunos, de los que somos súbditos, ayu-
daron a cargar los muertos; no tenían andas, nomás en petates los llevaron a
enterrar. Y a los otros seis negros los descuartizaron, en el lugar de castigo los
castigaron; pero todos los que en globo iban a ser descuartizados, los demás,
por ellos decretaron; todos nomás fueron enterrados.
Ya se dijo, ya se refirió que nomás seis personas de las muertas las descuarti-
zaron, las fueron a colgar en todas las referidas calzadas que viene a entrar a
México. Y no fueron descuartizados todos los demás que se mencionaron,
nomás fueron sepultados, porque por ellos dijeron todos los sabios doc-
tores: “si a todos los muertos se van a descuartizar y se van a colgar en las
calles principales sus carnes, allí todo se pudriría: no está bueno lo que así
se va a hacer; su pestilencia, su hediondez, en enfermedad se convertirá; e
inmediatamente con los vientos vendrá aquí dentro de la ciudad de México,
de nosotros se posesionará, con lo cual nos enfermará”. Por esa razón de las
declaraciones de los doctores, con lo que se les refutó a los oidores gober-
nantes, allí se hizo el acuerdo referido, con lo cual nomás fueron sepultados
los demás muertos.
Fuente: <http://www.biblioteca.tv/artman2/publish/1612_314/La_
conjuraci_n_de_los_negros_por_Chimalpahin_Cuauh_631.shtml>
(13/03/2017).
272 JEAN-pierre tardieu
A.4. Ordenanzas de la Real Audiencia de Nueva España sobre las
juntas y trajes de los negros y mulatos. México, 14 de abril de 1612
Los señores Presidente y Oidores de la Audiencia Real de esta Nueva Espa-
ña, enterada de la desorden con que proceden los negros y mulatos libres y
esclavos, procurando obviar los daños e inconvenientes que pueden resul-
tar, ha hecho ordenanzas para que no traigan armas algunas, ni se junten
arriba de tres, ni tengan cofradías, y que los vagamundos tomen oficios
en ciertas penas, según se contiene en las dichas ordenanzas, demás de las
cuales, por obviar de todo punto cualquiera ocasión que tengan de hacer
las dichas juntas y traer las dichas armas y atajar la desorden que en el ves-
tir y usar de ropas finas y otras cosas han tenido que no es justo se permita
a semejantes personas, acordaron de hacer las ordenanzas siguientes:
Primeramente que de aquí adelante en ningún entierro de negro ni negra,
mulato ni mulata, libre o esclavo, se puedan hallar ni hallen más de cuatro
negros y cuatro negras, so pena de cada doscientos azotes de los que más
se hallaren.
2. Item, que ningún mercader ni otra persona cualquiera que sea, pueda
dar ni vender a ningún negro ni negra, mulato ni mulata, libres ni escla-
vos, ningún género de armas ofensivas ni defensivas, pólvora ni muni-
ciones, por ningún color ni causa, en poca ni en mucha cantidad, so pena
de la vida.
3. Item, que ninguna persona de cualquier calidad, oficio o preeminencia
que sea, pueda traer ni traiga en su acompañamiento más que tan sola-
mente dos negros o mulatos o chinos, so pena de perder los que de más
trajeren, aplicada su valor por tercias partes, cámara, juez y denunciador;
pero bien se les permite traer españoles, indios o mestizos, todos los que
quisieren.
4. Item, que ninguna negra ni mulata, libre ni cautiva, pueda traer ni trai-
ga ninguna joya de oro ni plata, ni perlas ni vestidos de seda de Castilla, ni
mantos de seda, ni pasamanos de oro ni de plata, so pena de cien azotes y
de perdimiento de los tales vestidos, joyas, perlas y lo demás, aplicado se-
gún de suso; aprobando como aprueban y confirman la ordenanza hecha
en esta razón por el Virrey Conde de Monterrey, su fecha a 30 de junio del
año 1598, para que se ejecute en cuanto no fuere contraria a ésta.
Y para que mejor se ejecuten y guarden las dichas ordenanzas, mandaban
y mandaron que habiéndose pregonado en esta dicha Ciudad, y lo mismo
Conjuración de negros en México 273
se haga en las otras ciudades y congregaciones de españoles de esta Nueva
España, todos los alguaciles y demás ministros de justicia tengan especial
cuidado y diligencia de la guarda y ejecución de las dichas ordenanzas,
por lo que importa al bien y conservación de esta república, so pena de
privación perpetua de sus oficios, y de quinientos pesos para la Cámara de
Su Majestad. Y así lo proveyeron y firmaron.
Fuente: Colección de documentos para la historia de la formación social
de Hispano-américa, 1493-1810 (C. D. H. F. S.), t. 2. Madrid: 1953,
182-183.
Conclusión
No le habrá escapado al lector la reiteración en estas páginas, tanto en
singular como en plural, del sustantivo “contradicción”. El término
aparece efectivamente desde la introducción que anuncia una parado-
ja esencial entre las numerosas peticiones de mano de obra servil de
la incipiente economía novohispana y los temores expresados por las
autoridades frente a las resistencias de sus víctimas. Y se hace hincapié
en el hecho de que los mismos virreyes, a pesar de una indudable toma
de conciencia de los peligros, acababan por ceder a las apremiantes
presiones, como sumos responsables del desarrollo que no dejaría de
suministrar pingües rentas a la Corona.
Si lo miramos de más cerca, las raíces de la contradicción se re-
montaban al inicio de la conquista. Se valieron entonces los españoles,
hemos señalado, de las aptitudes ancestrales, guerreras u otras, de sus
esclavos o de negros libres. Juan Garrido y Estebanico, dignos expo-
nentes de dicha circunstancia, intentaron así ir a lo suyo. Remitía al
más cándido irenismo creer que estas dotes no se volverían en contra
de la sociedad dominante con el paso a otra fase del esclavismo que
redujo al africano al estatuto de mero instrumento de trabajo. El lucro
generado por la intensificación de la trata negrera echaba abajo el prin-
cipio de precaución, siendo el motín de La Rinconada una buena ilus-
tración de las consecuencias de la ingenua codicia de las autoridades
locales. Y, por añadidura, la gente más encumbrada se dejaba obcecar
por su profunda vanidad. Muy a duras penas aceptaba prescindir de
sus escoltas de negros armados, cubriendo incluso sus desacatos a la
legislación represiva.
No extraña pues que los esclavos intentasen aprovecharse de es-
tas diferentes manifestaciones de contradicción del sistema esclavista,
siendo la más grave, sin duda alguna, la religiosa, como lo dio a enten-
der muy claramente el mismo Yanga en el mensaje mandado al capitán
González de Herrara que hemos escogido como epígrafe a este trabajo.
276 JEAN-pierre tardieu
La sociedad colonial se anduvo así dando rodeos hasta, después de
casi tres siglos de resistencia de los afromexicanos, el bando de abo-
lición firmado por Miguel Hidalgo el 6 de diciembre de 1810. Esta
primera proclamación de manumisión general en el Nuevo Mundo,
que amenazó de muerte a cualquier contraventor, parece hacer eco al
desafío de Yanga. Bien lo entendió el muralista José Gordillo1.
Se negaban los siervos a renunciar a su dignidad, por mucho que
se hiciera, por más resignación que se les predicara2, esgrimiendo las
estrategias de resistencia más adecuadas al contexto:
— resistencia individual interiorizada que se manifestaba por una
aparente alienación desarmante, o abiertamente declarada a través de
un indiscutible cimarronaje;
— resistencia colectiva surgida de la toma de conciencia de una
superioridad numérica dentro de las cofradías religiosas, verdaderos
palenques urbanos disfrazados, o en las rancherías serranas de negros
fugitivos, verdaderas cofradías civiles.
Si la primera modalidad no era tan peligrosa para la clase domi-
nante como la segunda, solía manifestarse una evolución de la una a
la otra.
De ahí la existencia de una psicosis permanente, difícil de imaginar
en nuestra época, reforzada por la debilidad del poder que, encon-
trándose entre la espada y la pared, vacilaba entre represión y nego-
ciación. De lo cual se aprovechaban tanto los cimarrones apalencados,
conscientes de que a sus enemigos les costaría harto trabajo hallar los
recursos necesarios para aniquilarles —posibilidad que por otra parte
dificultaba la protección de la naturaleza—, como las cofradías, que
contaban con el número de sus miembros y las ventajas sicológicas
fruto de la cohesión grupal.
A pesar de lo que afirmaron algunos, tiempo ha, ni los palenques ni
las cofradías eran intentos de recreación de África, debido a los efectos
de la alienación cultural, en particular en el dominio religioso, y de la
diversidad de procedencias, aunque sí resurgirían sustratos comunes,
como el culto a los muertos en el reino de Yanga en 1609 o durante
1. Véase el mural de José Gordillo comentado en p. 176.
2. Al virreinato de México se puede aplicar lo que dijimos acerca de la “teología de
la resignación” predicada por la Iglesia en el Perú; véase Tardieu (1997).
conclusión 277
la crisis de 1612 en México. El rechazo no se efectuó en contra del
cristianismo, al menos de un modo abierto, pese a que éste se hizo
aliado objetivo de la sociedad esclavista, sino en contra de la explota-
ción del hombre negro, según declaró Yanga en su desafío al poder. El
caudillo rebelde fue uno de los pocos que reivindicaron los derechos
de los negros reducidos a esclavitud, apelando a los conceptos jurídicos
comúnmente admitidos. Su actuación, como en 1552 la del rey Mi-
guel en Venezuela3, anunciaba el posterior surgimiento de un nuevo
componente social, el afroamericano, que dejó huellas profundas en
todos los dominios de la cultura, así como en la política. Nada que ver
pues con las rebeliones de los malés en la Bahía decimonónica, que sí
pretendían oponerse al cristianismo en nombre del islam, fe de nume-
rosos esclavos de origen hausa o nagó procedentes de la Nigeria actual4.
En pocas provincias del Nuevo Mundo tuvieron la oportunidad
de manifestarse entre los negros, esclavos o libres, personalidades tan
fuertes como las de Juan Galindo, compañero de los conquistadores;
Estebanico, uno de los descubridores del norte de Nueva España; y
Yanga, el defensor de la dignidad del hombre negro. Juan Valiente, que
se ilustró en la guerra de Chile, llegando a obtener una encomienda de
indios, procedía de Nueva España5. Sin hablar de asociaciones como
las cofradías de México, cuyo protagonismo no tuvo parangón en to-
das las Indias occidentales españolas.
Asimismo, en pocas provincias encontraron los negros tantas oca-
siones de afirmarse frente a la sociedad esclavista, de resistir con tanto
ahínco a su fuerza reductora, ya fuera haciendo alarde de la más com-
pleta sumisión, que no carecía sin embargo de profundas ambigüeda-
des —valgan los casos de Estebanico y de los vecinos de San Lorenzo
de Cerralvo—, o rebelándose abiertamente en contra del sistema, lo
cual se acompañaba con rebrotes culturales africanos de gran significa-
ción. Para el virreinato novohispano, se puede hablar de polifacetismo
de la resistencia negra, que se valió de todos los procedimientos a su
alcance… por muy contradictorios que parecieran.
Pero, al fin y al cabo, la supervivencia pasaba por el compromi-
so, por el aro de la sumisión a los esquemas coloniales, contando la
3. Tardieu (2013).
4. Véanse Rodrigues (1977: cap. 2); Reis (1987); Laviña y Ruiz Peinado (2006, en
particular, el capítulo 5).
5. Mellafe (1984: 49-50).
278 JEAN-pierre tardieu
sociedad dominante con el tiempo para asimilar a los reacios, a las
buenas o a las malas. Las autoridades no se dignaron tomar en cuenta
las modestas aspiraciones de Juan Garrido. A Estebanico se le confió
una misión desesperada en la que desapareció. No se encuentra ni una
vez el nombre de Yanga en la correspondencia oficial entre el virrey y el
Consejo de Indias. Todo pasó como si se tratara de mantener al negro
en la invisibilidad social. De un modo paradójico, en contadas pero
muy sonadas ocasiones, su “visibilidad” pasó por la mediación de quie-
nes eran, según los dichos de los responsables religiosos, “los esclavos
de los esclavos”: un anónimo tlacuiloani en 1537 y un noble cronista
indígena en 1612.
Bibliografía
FUENTES PRIMARIAS
FUENTES MANUSCRITAS
Archivo General de la Nación, México (A. G. N. M.)
Sección Reales Cédulas:
- Vol. 1, exp. 91; exp. 191, fol. 357r; exp. 155, fol. 152r.; segun-
da parte, exp. 154, fol. 147r-v; id., exp. 281, fol. 233.
- Vol. 2, exp. 146, fol. 315r.
Sección Cédulas Reales duplicadas:
- Vol. 5, exp. 134, fol. 28r; exp. 643, fol. 158r; exp. 763, fol.
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- Vol. 5, exp. 803, fols. 188v-189v.
Sección General de parte:
- Vol. 1, fols. 14r, 69r.
- Vol. 4, fols. 2v, 2v-3r, 94v, 94v-95r.
- Vol. 5, fols. 12r-v, 65r.
- Vol. 6, fols. 115v-116r.
- Vol. 7, fols. 97v, 201r-v, 340r.
- Vol. 8, fol. 79.
- Vol. 9, fols. 178r-v, 214r-v.
- Vol. 11, fol. 333r-v.
- Vol. 13, fols. 191r-192r-v.
Sección Historia:
- Vol. 2, “Relaciones de todas las cosas que en el Nuevo México
se han visto, y sabido assi por Mar, como por Tierra, desde el
280 JEAN-pierre tardieu
año de 1538 hasta el de 1625=Por el Pe Jeronimo de Zarate Sal-
meron, Predicador de la orden de los Menores de la Provincia
del Santo Evangelio dirigidas al Rmo Pe Fr Francisco de Apoda-
ca, Padre de la Provincia de Cantabria, y Comisario General de
todas las de esta Nueva España”, fols. 102v-103r.
- “Ajustamiento que a las Memorias del Padre Fr. Jeronimo de
Zarate, hizo el Pe Juan Amando Niel de la Compañia de Jesus”,
fol. 140r.
- Vol. 31, Noticias de varias ciudades:
- “Fundacion de la Villa de Cordova”, escrita por el Ba-
chiller Don Augustin de Villaroel, theniente de cura, y
sacristan Mayor de la Santa Yglesia Parroquial de la dicha
Ciudad”, fols. 31v-32r.
- “Alsamiento de los negros y origen del Pueblo de San
Lorenzo”, fols. 47v-56r.
Sección Indios:
- Vol. 2, exp. 161, fol. 40r; exp. 918, fol. 209v.
- Vol. 4, exp. 626, fol. 80r.
- Vol. 6, exp. 322, fols. 86v-87r; segunda parte, exp. 312, fols.
68v-69r.
- Vol. 9, exp. 48, fols. 28v-29r; exp. 147, fol. 71r.
Sección Inquisición:
- T. 142, n.º 68, fol. 260r-v.
- T. 213, n.º 30, fols. 298r-325r.
- T. 283, fols. 186-187.
- T. 284/2, n.º 77, fol. 715r-v.
Sección Mercedes:
- Vol. 2, fol. 217r; segunda parte, exp. 174, fols. 361-362r.
- Vol. 3, fols. 201r-v, 227v, 285v-286r.
- Vol. 5-6/1, fols. 70r, 76v-77r, 158r, 201r-v, 232v-233r.
- Vol. 5-6/2, fols. 319r, 459v-460r.
Sección Ordenanzas:
- Vol. 1, fols. 34r-v, 48v, 75r-v, 78r-80v, 86v-87r, 102r-v,120v-
121r, 126v, 146r-v, 147r-148r, 149r, 150r-v, 152r-v, 153r.
bibliografía 281
- Vol. 2, fols. 13r, 36r-37v, 42v-43r, 44r-44v, 136v-137r, 159r,
223r-v, 232r-v, 255r-257v.
- Vol. 3, fols. 77r-78v.
- Vol. 4, fols. 26v-27v, 40v-40r, 41v-42r, 57r-58v, 60r-v,
80v-81v, 82r-v, 86r-90r, 128v-129r, 142r-v, 149r.
- Vol. 6, fols. 50v-51r.
Sección Tierras:
- Vol. 120, Córdoba, fols. 15r-88v.
- Vol. 310, San Lorenzo de Cerralvo, fols. 243r-287v.
Archivo General de Indias, Sevilla (A. G. I.)
Sección Indiferente:
- Legajo 418,
L. 2, fols. 143v-144.
L. 3, fols. 135-136v, 139r-139r, 139v-140r, 213r-214v,
252r-255v.
Sección México:
- Legajo 19:
N. 143, fol. 1r.
- Leg. 20:
N. 91.
- Leg. 22:
N; 24, fol. 5r; N. 46, fol. 5.
- Leg. 24:
N. 40, fol. 2.
- Leg. 27:
N. 30, 2, fol. 2v; N. 43, 1, fol. 3v; N. 52, 1, fols. 3r, 6 v, 7r-v.;
N. 56; N. 57, 1, fol. 2v; N. 63, 1, fols. 3r, 4r; N. 64, fol. 2r.; N.
66, 1, fol. 4v-r; N. 66, B, fol. 1.
- Leg. 28:
N. 4, fol. 3; N. 9, 1, fol. 9.
- Leg. 29:
N. 4, fol. 1r-v y 4 D, fol. 1; N. 4, 7, fols. 1-2; N. 11, 1,4; N.
17, 1, fol. 1.
- Leg. 33:
cuad. II, fols. 28r, 29.
282 JEAN-pierre tardieu
- Leg. 36:
N. 57 B, fol. 1.
- Leg. 45:
N. 57 A, fols. 1-42. Testimonio de los Autos fechos sobre lo suce-
dido en la venta de la Rinconada, en el motin y leuantamiento de
los Negros Voçales.
- Leg. 72:
R. 12, fol. 178r.
- Leg. 73:
R. 1, N.4.
- Leg. 127:
R. 5, N. 75, N. 78r-v.
- Leg. 130:
R. 3, N. 18.
- Leg. 133:
R. 4, N. 35.
- Leg. 136:
R. 2, N. 22; R. 5, N. 73.
- Leg. 204:
N. 3, 1. Información a pedimento de Juan Garrido de color negro.
La probanza está fechada en 27 de septiembre de 1538.
- Leg. 1065:
L5, 1, fols. 79r, 94 r, 127r.
- Leg. 1089:
L5, fol. 347v.
Archivo de Protocolos de Sevilla (A. P. S.)
- Escribanía de Bernal González de Vallesillo, signatura 9-101,
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- Oficio IV, Libro II, Escribanía de Manuel Segura, fol. 1 615.
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- Oficio VII, Libro 1, Escribanía de Gómez Álvarez de Aguilera,
en cuaderno.
- Oficio XV, Libro III, Escribanía de Bernal G. Valdesillo, fol.
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bibliografía 283
Biblioteca Nacional de Madrid (B.N.M.)
Mota y Escobar, Alonso de la. Aqui se hallara en este libro luz y
Razon de todas las cosas que e hecho en la administraçion de mi
obispado de Tlaxcala, desde que en el entre…, ms. 6877.
Relación del alçamiento que negros y mulatos libres y cautivos de
la çiudad de Mexico de la nueua hespaña pretendieron hazer en
contra los españoles por cuaresma del año de 1612 y del castigo
que se hizo de las caueças y culpados, informe con fecha del 25 de
mayo de 1612 destinado a don Luis de Velasco, presidente del
Consejo de Indias, ms. 2010.
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