Jones Ibarlucia Sexología-en-Argentina
Jones Ibarlucia Sexología-en-Argentina
Sexología contemporánea en
Argentina: Usos y abordajes de la
perspectiva de género, el
feminismo, la diversidad sexual y
los derechos sexuales
Cita sugerida:
Ibarlucía, I.; Jones, D. (2008). Sexología contemporánea en Argentina: Usos y abordajes
de la perspectiva de género, el feminismo, la diversidad sexual y los derechos sexuales.
V Jornadas de Sociología de la UNLP, 10, 11 y 12 de diciembre de 2008, La Plata,
Argentina. En Memoria Académica. Disponible en:
http://www.memoria.fahce.unlp.edu.ar/trab_eventos/ev.6147/ev.6147.pdf
Introducción
Esta ponencia reflexiona sobre las vinculaciones de la sexología con la perspectiva de género,
el feminismo, la diversidad sexual y la perspectiva de derechos sexuales en el contexto
argentino contemporáneo.3 Exploramos los abordajes de las y los sexólogos de temáticas
relativas a la diversidad sexual, así como los usos de aportes del feminismo y las perspectivas
de género y de derechos sexuales, tanto en su práctica profesional como en su formación. Las
preguntas que intentamos responder son: a) ¿qué lugar ocupan estas temáticas y enfoques
dentro del campo de la sexología argentina contemporánea?; y b) ¿cómo se vinculan dichas
cuestiones con las matrices disciplinares y las tendencias hegemónicas de la sexología hoy
(como la “medicalización” y la “farmacologización”)?
Entendemos por “sexología” un área de estudio e intervención sobre la sexualidad, ya sea por
medio de la promoción de actividades de educación sexual o de acciones psicoterapéuticas o
médico-clínicas. Como campo de prácticas y conocimientos específicos, la sexología apareció
en la segunda mitad del siglo XIX e incluye a profesionales de diferentes disciplinas
científicas, especialidades médicas y no médicas. Con “perspectiva de género” designamos a
un conjunto de enfoques analíticos y propositivos que refieren al orden simbólico con que
cada cultura elabora la diferencia sexual (Lamas, 1996c: 332). Esto implica una concepción
construccionista del género pues, “si en diferentes culturas cambia lo que se considera
femenino o masculino, dicha asignación es una construcción social, una interpretación social
de lo biológico” (Lamas, 1996b: 110-111).4 Concebimos al género como un elemento
constitutivo de las relaciones sociales basadas en las diferencias que distinguen los sexos y
como una forma primaria de relaciones significantes de poder (Scott, 1996: 289-298). Esta
perspectiva de género no sólo brinda herramientas para interpretar los significados y
1
Licenciada en Sociología, Universidad de Buenos Aires.
2
Doctor en Ciencias Sociales, Universidad de Buenos Aires.
3
Agradecemos a las y los integrantes del Grupo de Estudios sobre Sexualidades (IIGG, UBA) sus críticas y
recomendaciones para esta ponencia.
4
Esto no supone desconocer los trabajos sobre la historicidad de la diferencia sexual “biológica”. Para una
síntesis de los orígenes y usos del término “género” (gender) en diferentes ciencias sociales, véase los artículos
de Scott (1996) y Lamas (1996b y 1996c). Para una revisión de los debates y tendencias más recientes en los
estudios de género, véase Bento (2006: 69-109).
1
conexiones entre diversas formas de interacción humana, sino que también ayuda a entender
cómo la diferencia se transforma en desigualdad (Lamas, 1996b: 116). Con “feminismo”
designamos a un conjunto de teorías sociales y prácticas políticas en abierta crítica a
relaciones históricas de dominación y opresión y, particularmente, a la desigualdad entre
mujeres y hombres, motivadas principalmente por la experiencia femenina. Si bien comparten
este piso común, existen diversas formas del feminismo (como teoría, como práctica, como
conciencia, como movimiento social internacional, nacional y local), así como distintos
feminismos (el feminismo cultural, el feminismo radical, el ecofeminismo, el
anarcofeminismo, el feminismo de la diferencia, el feminismo marxista, entre otros). Con
“diversidad sexual” nos referimos a aquellas prácticas e identidades que se apartan de, y
trasgreden, la heteronormatividad.5 Por último, por “perspectiva de derechos sexuales”
entendemos la reivindicación y/o el reconocimiento de derechos relativos a la sexualidad, lo
que “politiza relaciones sociales consideradas privadas o naturales, poniendo en cuestión los
límites instituidos entre lo privado y lo público, y entre lo natural y lo social” (Petracci y
Pecheny, 2007: 19).6 La noción de derechos sexuales es resultado de procesos sociopolíticos
de diversa índole, como la producción académica y el desenvolvimiento del feminismo, el
movimiento de mujeres y de minorías sexuales, así como de dos conferencias internacionales
recientes sobre derechos humanos (la Conferencia Internacional de Población y Desarrollo, El
Cairo 1994, y la IV Conferencia Internacional de la Mujer, Beijing 1995) (Petracci y Pecheny,
2007: 20).
Ahora bien: ¿por qué nos preguntamos por el uso de tales perspectivas y el abordaje de dichas
temáticas por parte de las y los sexólogos en la Argentina contemporánea? Primero y
principal, porque consideramos que cualquier estudio e intervención sobre la sexualidad que
omita estas dimensiones y enfoques tenderá a invisibilizar y reforzar desigualdades (sobre
todo de género y de orientación sexual, pero también de edad y de clase social) que resultan
opresivas para la vivencia de los deseos y prácticas eróticas de determinados grupos sociales.
Segundo, porque algunas y algunos sexólogos mencionan tales perspectivas y temáticas (en
5
“Con el término heteronormatividad nos referimos a la institucionalización de la heterosexualidad como
categoría universal, coherente, natural y estable, que funciona como patrón de prácticas y sentidos sexuales,
relaciones afectivas y modos de ser y estar en el mundo. Esta noción nos permite dar cuenta de la construcción
de normas, hábitos e instituciones que privilegian la heterosexualidad y que devalúan las prácticas no
heterosexuales y a quienes las realizan” (Moreno, 2008: 217).
6
“La politización pasa por mostrar que relaciones consideradas privadas están en realidad atravesadas por una
dimensión política, que relaciones percibidas como naturales son en realidad construidas social e históricamente”
(Petracci y Pecheny, 2007: 19).
2
las entrevistas que les hicimos y en los cursos de formación sexológica que ofrecen), por lo
que resulta pertinente ver en qué medida y cómo las adoptan.
7
Esta indagación se realizó entre julio y noviembre de 2007 a través de las siguientes estrategias: a) búsqueda
libre a través del buscador Google (páginas de Argentina) utilizando los descriptores: “sexología”, “sexólogo”,
“sexóloga”, “educación sexual”, “educador sexual”, “terapia sexual”, “medicina sexual” y “sexualidad humana”;
b) visita a los sitios web de las principales asociaciones que congregan a sexólogos y a los sitios personales de
algunos de las y los sexólogos referentes del campo en Argentina; c) acceso a sitios web de las principales
asociaciones internacionales de sexología (WAS, AISM); d) acceso a sitios web de algunas asociaciones médicas
nacionales de relevancia; e) búsqueda de publicaciones y artículos en bases de datos especializadas; f) acceso a
sitios web del Ministerio de Salud de la Nación y del Ministerio de Educación de la Nación; g) búsqueda en el
rubro “Profesionales/Médicos en Sexología” de la base de datos de las Páginas Amarillas de Argentina. Se
relevaron un total de 44 sitios web.
3
exploratorias con seis sexólogos y sexólogas. La segunda etapa del proyecto se propuso
indagar el perfil de las y los profesionales del campo y conocer sus posiciones frente a
diversos temas relativos a la sexualidad y la sexología. Realizamos entrevistas semi-
estructuradas con 12 profesionales seleccionados por ser referentes del campo sexológico
actual.8 La muestra quedó conformada por seis varones y seis mujeres; cuatro profesionales
médicos y ocho no médicos (cuatro de ellos, psicólogos); cuatro sexólogos educativos, cinco
sexólogos clínicos y tres especialistas en ambas áreas.
A partir de las entrevistas con los informantes clave y del análisis de la configuración
institucional del campo, pudimos comprobar que la sexología no goza aún de un estatus
epistemológico definido para quienes se reconocen como parte de dicho campo: algunos la
definen como una ciencia, otros la consideran una disciplina en formación y un tercer grupo la
ve como una síntesis de saberes provenientes de otras ciencias. Una explicación posible de
esta indefinición epistemológica radica en el hecho de que la sexología es fundamentalmente
un campo de prácticas. Tal como la perciben sus profesionales, antes que como una disciplina
científica orientada a estudiar la sexualidad humana9 y producir un corpus organizado de
conocimiento al respecto, la sexología se constituyó a partir del quehacer de determinados
8
Tres de estos profesionales habían sido entrevistados en la fase anterior.
9
La expresión “sexualidad humana” es utilizada frecuentemente en el propio campo sexológico: por ejemplo, su
principal institución local se llama Sociedad Argentina de Sexualidad Humana. Para las ciencias sociales de
corte construccionista esta expresión resulta redundante, pues no habría otra sexualidad que la humana.
4
especialistas (primero psiquiatras y después también psicólogos) en torno a ciertas
manifestaciones clínicas. Por lo general, la sexología no trabaja partiendo de un marco teórico
claro o explicitado ni se propone la discusión de conceptualizaciones acerca de la sexualidad,
lo que no significa que carezca de (o que no reproduzca) ciertas nociones específicas de
sexualidad. Según estas y estos profesionales, el conocimiento sexológico es
fundamentalmente un saber que proviene de la práctica clínica y del trabajo en terreno en
educación sexual, organizado en torno a experiencias que resultan eficaces para el tratamiento
o la intervención en las áreas que se manifiestan como problemáticas.
10
Estos cursos de posgrado no forman parte de una maestría ni de un doctorado.
11
Como parte de su campo laboral, otra actividad rentada a la que se dedican las y los sexólogos es la docencia
en cursos de formación en sexología clínica y/o educativa, dictados en institutos privados.
5
casos se plantea el acercamiento a la sexualidad en términos de problemas a prevenir o tratar,
poniendo el énfasis en los comportamientos seguros, la responsabilidad y/o el desempeño,
incluso cuando señalan buscar incrementar el placer de las personas que son objeto de
intervención (habitualmente bajo una lógica de desempeño). La dificultad para pensar la
sexualidad centrándose en el erotismo y el placer posiblemente descansa en que los orígenes
de la sexología se encuentran en la medicina (con un papel destacado de la psiquiatría) y la
psicología, y en el peso de estas disciplinas aún hoy en el campo sexológico. En cuanto a la
medicina, el surgimiento de la sexología estuvo ligado a la preocupación de la psiquiatría por
las desviaciones sexuales y, actualmente, tanto la corriente más medicalizadora de la
sexología clínica como la nueva especialidad médica denominada “medicina sexual”12
identifican/producen y pretenden solucionar nuevas disfunciones, bajo la exigencia (tácita o
explícita) del desempeño sexual. En lo que respecta a la influencia de la psicología -que en
este punto se superpone con la de la medicina-, en tanto la sexología surge como un campo
clínico, necesariamente tiene la mirada puesta en los problemas sexuales, que debe
diagnosticar y tratar.
Las tensiones que identificamos en el campo sexológico en gran medida se vinculan con este
carácter práctico de la sexología y con que se trata de un campo en el que convergen actores
de diversas formaciones profesionales. Desde el momento en que no existe un título
universitario de grado en sexología, un eje de tensiones surge al intentar distinguir a los
sexólogos formados como tales de aquellos especialistas de hecho. Ante la falta de un
reconocimiento oficial,13 las asociaciones profesionales del campo crearon un sistema de
acreditaciones como mecanismo de regulación y legitimación de sus prácticas y saberes ante
colegas y ante la sociedad en general. Esta iniciativa se entiende, a su vez, porque quienes
reclaman la posesión del saber sexológico procuran constantemente despegarlo del sentido
12
Encarnada principalmente en la figura del urólogo (sin formación sexológica), en los últimos 15 años la
“medicina sexual” ha adquirido un gran impulso como una nueva rama de la medicina dedicada específicamente
a la investigación y el tratamiento de las disfunciones sexuales. En 1990 se fundó la Sociedad Latinoamericana
de Impotencia (SLAI), capítulo regional de la International Society for Sexual and Impotence Research (ISSIR).
En 2004 Buenos Aires fue sede del 11º Congreso Mundial de Medicina Sexual, organizado por la ISSIR y
presidido por un urólogo argentino, donde se cambió el nombre de la sociedad que pasó a denominarse Sociedad
Internacional de Medicina Sexual (ISSM, por sus siglas en inglés). Estos eventos dan cuenta del avance de la
medicina (especialmente de la urología) sobre este campo acción y de la puja entre disciplinas por adjudicarse la
jurisdicción o el monopolio sobre el estudio de la sexualidad.
13
En Argentina la sexología no está incluida entre las especialidades médicas reconocidas por el Ministerio de
Salud de la Nación (Ministerio de Salud de la Nación, Resolución 1105/2006) ni en el Registro Único de
Profesionales de la Salud del mismo Ministerio. Esta situación no es exclusiva de nuestro país: algo similar
sucede en Francia, donde el título de sexólogo/a tampoco está regulado ni existe un registro oficial de
profesionales de esta área (Cfr. Giami y de Colomby, 2003).
6
común sobre la sexualidad (al que algunos denominan “sexosofía”14) y, a su vez, diferenciarse
de aquellos profesionales que abordan clínicamente la sexualidad de sus pacientes o hacen
educación sexual sin contar con formación sexológica.
Algunas tensiones al interior de la sexología derivan del carácter multiprofesional del campo.
El primer eje de tensión está dado por el hecho de que la mayor parte de las y los sexólogos
tiene un título universitario de grado, principalmente en medicina o psicología. Esto los ubica
en un lugar de superioridad (simbólica y, por lo general, institucional) frente a quienes arriban
al campo con una educación formalmente más baja: una parte importante de quienes se
dedican a la educación sexual tienen formación terciaria no universitaria.
Un tercer eje de tensiones deriva del poder de la biomedicina frente a otros saberes que, en el
ámbito de la sexología clínica, se ve potenciado por la creciente preponderancia de los nuevos
fármacos en el tratamiento de las disfunciones sexuales y el consecuente desplazamiento de
las psicoterapias. El apoyo que los sexólogos médicos obtienen por parte de los laboratorios
refuerza su poder y visibilidad ante el resto de los integrantes del campo.
A la vez, existe dentro del campo sexológico una significativa diferenciación disciplinaria
según sexo/género. Por lo general, los sexólogos son médicos y las sexólogas son psicólogas
o, en menor medida, profesoras en ciencias biológicas, licenciadas en obstetricia, licenciadas
en ciencias sociales, psicólogas sociales y trabajadoras sociales. A partir de la información
14
Utilizamos comillas cuando se trata de una categoría nativa.
7
obtenida mediante nuestra búsqueda electrónica construimos una base de 81 profesionales del
campo de la sexología: el 78% de los sexólogos varones son médicos, mientras el 80% de las
sexólogas son psicólogas o tienen una formación de base no médica. Esta división sexual del
trabajo sexológico se articula con las tensiones provenientes de la jerarquización de saberes y
profesiones. El poder de la biomedicina también parece operar como obstáculo en la adopción
de perspectivas de género y de derechos en la sexología.
15
En nuestro relevamiento identificamos las siguientes instituciones que reúnen a sexólogos en la actualidad:
Asociación Rosarina de Educación Sexual y Sexología (ARESS); Centro de Educación, Terapia e Investigación
en Sexualidad (CETIS); Asociación Argentina de Sexualidad Humana (AASH); Sociedad Argentina de
Sexualidad Humana (SASH); Instituto Kinsey de Sexología de Rosario; Asociación Argentina de Sexología y
Educación Sexual (AASES); Centro de Asistencia e Investigación y Educación en Sexualidad (CAIES);
Asociación Argentina de Educadores Sexuales (AAES); Instituto de Prevención y Educación en Salud y
Sexualidad (IPESS); Federación Sexológica Argentina (FESEA); Sociedad Cordobesa de Sexología
(SOCOSEX); Asociación Multidisciplinaria para la Salud y la Sexualidad (SexSalud); Asociación Sexológica
del Litoral (ASEL).
8
“trabajos libres”16 que tratan alguna cuestión de género (tres de ellos en mesas sobre
educación sexual y uno en una mesa sobre terapias sexuales).
En las entrevistas a sexólogos y sexólogas notamos como patrón común que la mención de la
perspectiva de género generalmente asume el carácter de un discurso políticamente correcto,
siendo a su vez indicador de cierta actualización profesional. ¿Por qué sería signo de
actualización y políticamente correcto en este contexto reconocer que se trabaja desde una
perspectiva de género? Por un lado, por la creciente aceptación social de la igualdad de
género como un horizonte deseable (y, como contrapartida, el rechazo a las expresiones más
flagrantes de la desigualdad de género), al menos entre los sectores medios urbanos en
Argentina, a los que pertenecen estas y estos sexólogos y los pacientes que atienden en su
consultorio. Por el otro, aludir a la perspectiva de género como parte de su marco de
intervención parece un modo de actualizar valores como la libertad y el goce sexual femenino,
que han sido reivindicados y promovidos por referentes de la sexología contemporánea
mundial, por lo menos desde la década de 1960 en Estados Unidos.
En otras palabras, lejos de estudiar y adoptar esta perspectiva, parece haber una invocación
ritual de la etiqueta (como carta de corrección y para pasar a otro tema), algo que quedó de
manifiesto cuando varios de los referentes (todos ellos varones) no supieron explicar en qué
consistía o cómo incorporaban la perspectiva de género en su práctica profesional o en los
cursos de formación que dictaban, a pesar de que minutos antes habían asegurado
enfáticamente estar familiarizados con, y utilizar, dicho enfoque. En varios casos, la adopción
de una perspectiva de género termina reducida a cambios en el lenguaje (paradigmáticamente,
el uso de “las y los”), se la confunde con la feminización o con el predominio de mujeres en
ciertos ámbitos (laborales o académicos) o se convierte en una declamación abstracta de
igualdad de derechos y oportunidades.
Creo que al operar en la práctica, tanto en educación como en la parte clínica, me parece
importante hacerlo desde una perspectiva de género, porque de hecho yo considero que tanto
varones como mujeres somos primero personas y merecemos igualdad de derechos y oportunidades.
Eso hace que, obviamente, yo en la consulta o en la formación diga: “las niñas y los niños”.
(Médico, sexólogo clínico y educador sexual)
16
Se llama así a todos los trabajos (ponencias, ensayos, etc.) que se presentan en respuesta a una convocatoria
abierta en torno a un eje temático, a diferencia de las conferencias y mesas redondas, cuya convocatoria es
cerrada a determinadas personas, a quienes se invita a hablar sobre un tema en particular.
9
Los movimientos feministas han sido muy fuertes y han tenido mucha influencia y algunas personas
de esos movimientos han hecho mucha fuerza por la perspectiva de género. Tal es así que nos
cuidamos, cuando hablamos, de decir “los y las” todo el tiempo. (Cientista social, educador sexual)
Sí, hay (perspectiva de género), porque el 80% de los médicos, los estudiantes en la facultad de
medicina, son mujeres (…) Yo en este momento todos mis médicos en este momento son mujeres, ¿te
dice algo esto? (…) Y son más estudiosas… Y los médicos son más, habilidad manual
probablemente, de cirugías, para las cosas técnicas… Pero creo que el mundo, le va a costar, pero
se tiene que resignar. La psicología la coparon las mujeres hace rato, hay una perspectiva de género
impresionante en la psicología. (Médico, sexólogo clínico)
Expresiones como “nos cuidamos cuando hablamos” o “el mundo se tiene que resignar”
aluden a una aceptación de la perspectiva de género (sea lo que esto signifique para cada
entrevistado), más por presión social (por la vigilancia entre pares y/o por el avance femenino
en ciertos ámbitos) que por convencimiento individual sobre la pertinencia e importancia de
adoptar dicha perspectiva en sus intervenciones. De las y los doce referentes entrevistados,
sólo tres sexólogas mostraron estar familiarizadas con una perspectiva de género. Dos de ellas
son psicólogas que podemos considerar “sexólogas históricas” por su papel protagónico en el
desarrollo de la sexología clínica en la década de 1980 en Argentina. La tercera es una
psicóloga social con una formación y práctica sexológica atípicas en relación al resto de
nuestros informantes: se formó íntegramente fuera de los ámbitos de educación universitaria
(primero en “abordajes de la corporalidad”, luego en psicología social y finalmente como
educadora sexual) y su trabajo está muy vinculado a organizaciones de base de mujeres. Estas
tres sexólogas se mostraron críticas respecto al bajo conocimiento e incorporación del
enfoque de género entre sus colegas y su visión coincide con nuestra percepción de que, hasta
el momento, dentro del campo sexológico la perspectiva de género ha sido adoptada
predominantemente en términos de corrección política.
10
asimetrías de poder, mandatos sexistas, etc.) como posibles determinantes o condicionantes de
la emergencia de cada tipo de problema.
Por otro lado, la cuestión del género también se manifiesta en los modos en que se concibe la
sexualidad masculina y la femenina, muchas veces “natural” y acríticamente, en la definición
y el tratamiento de las disfunciones sexuales de varones y mujeres. La centralidad adquirida
por el Sildenafil17 para tratar la disfunción eréctil refiere a una sexualidad predominantemente
orgánica, bioquímica y desprovista de cualquier aspecto relacional, al mismo tiempo que
refuerza el énfasis en el desempeño masculino ligado al funcionamiento del órgano sexual
(Cfr. Bozon, 2004). En cambio, la expectativa por la llegada de un “viagra femenino” (ya
disponible en Europa) que apunta a aumentar el deseo sexual pone en evidencia la
persistencia de una visión de la sexualidad de las mujeres como atravesada por la dimensión
relacional (el deseo), dimensión invisibilizada en las disfunciones masculinas tal como son
abordadas por los tratamientos farmacológicos actuales (Russo, s.f.).
Ahora se está investigando una sustancia inhalatoria, que se podría dar en mujeres para producir el
orgasmo y el aumento del deseo. Eso va a ser un golazo. Porque hay muchas mujeres que tienen
problemas de anorgasmia, inhibición del deseo. Son las consultas más frecuentes. (Médico, sexólogo
clínico)
17
Fármaco cuyo nombre comercial más conocido es Viagra, puesto en circulación en 1998 por el laboratorio
Pfizer.
11
dimensiones psíquicas, psicosociales y relacionales (constitutivas de la actividad sexual para
la concepción psicoanalítica) al rol de factores que pueden afectar o alterar la función sexual
(stress, depresión, ansiedad, etc.). Las investigaciones sobre la función sexual del hombre se
enfocan casi exclusivamente en la función eréctil y, más recientemente, en la eyaculación,
caracterizándose por la centralidad del pene y la simplicidad de su funcionamiento. Las
investigaciones recientes sobre la mujer abordan principalmente el deseo y la excitación (o su
debilidad) y dan un lugar central a las dimensiones psicológicas, emocionales y relacionales.
Además, las incipientes investigaciones de corte organicista sobre la sexualidad femenina
despiertan críticas mucho más fuertes que las suscitadas con la salida del Viagra, revelando la
persistencia y mayor aceptabilidad de las ideas organicistas en relación a la sexualidad
masculina. Las representaciones tradicionales sobre la sexualidad femenina como compleja y
de naturaleza espiritual y de la masculina como de naturaleza biológica y basada en los
impulsos permanecen y son reforzadas en la sexología actual mediante las innovaciones
desarrolladas por la medicina sexual (Giami, 2007).
Las y los sexólogos en Argentina se plantean numerosos desafíos para su campo profesional
tanto en lo que respecta a su fortalecimiento con miras a obtener un mayor reconocimiento
académico como de cara a encontrar respuestas a los nuevos interrogantes que ofrece el
contexto actual. En los últimos años han percibido cambios en las conductas y prácticas
sexuales que los enfrentan a situaciones novedosas tanto en el consultorio como en las
actividades educativas. Estos y estas profesionales consideran que la sexología debe ponerse
al servicio de la sociedad en el nuevo escenario.18 Sin embargo, es interesante que en sus
enumeraciones de los desafíos que les presenta el contexto actual no aparezcan la mayor
visibilidad de la diversidad sexual, ni algunos aflojamientos de la heteronormatividad
(reflejados, por ejemplo, en la ley de unión civil entre personas del mismo sexo y las
autorizaciones judiciales para “cambio” de sexo).
18
Las consignas de varios de los encuentros sexológicos realizados en los últimos años reflejan esta
preocupación de los sexólogos por comprender y responder a lo que se les presenta como un nuevo escenario
social y sexual: "Los escenarios de la sexualidad. Nuevos contextos sociales” (SASH, 2003), "Cambios
generacionales y sociales. Nexos entre lo público y lo privado en Sexualidad Humana" (FESEA, 2006) o “El
desafío de la sexología para el siglo XXI ante los nuevos comportamientos sexuales de jóvenes y adultos. La
respuesta desde la sexología” (AASES, 2008).
12
En todas las entrevistas, las y los profesionales indican que las consultas clínicas más
frecuentes que reciben son sobre problemas relacionados con la interacción sexual con parejas
del sexo opuesto (eyaculación precoz, disfunción eréctil, inhibición del deseo, entre los más
comunes) o con obstáculos para la conformación de relaciones de pareja (fobias, parafilias19).
Los numerosos casos clínicos comentados espontáneamente en las entrevistas en todas las
oportunidades refieren a relaciones de pareja heterosexuales o a la actividad sexual
heterosexual. Indican que la consulta de personas GLTTBI no es frecuente en la sexología
clínica. Sólo uno de los sexólogos clínicos comentó estar dedicándose también a la atención
de personas transexuales y travestis en su consultorio privado y en el hospital donde se
desempeña.20 Las cuestiones relativas a la diversidad sexual tampoco fueron mencionadas al
ser consultados acerca de los temas de los que se ocupa la sexología actualmente, más allá de
su propia experiencia clínica.
Debe tenerse en cuenta que la sexología clínica contemporánea está orientada principalmente
a resolver situaciones problemáticas en las relaciones sexuales de parejas heterosexuales, pues
deriva de, y se inscribe en, la “segunda ola” de la sexología (Bullough, 1994), marcada por la
publicación de los trabajos de William Masters y Virginia Johnson en las décadas de 1960 y
1970, y más adelante Helen Kaplan. Mientras que la primera ola de la sexología (de fines del
siglo XIX y principios del XX) tuvo como principal preocupación dar una explicación
biológica/científica a la sexualidad considerada anormal por su carácter extra-familiar y no
reproductivo (de allí el surgimiento de categorías como perversión primero y parafilias
después), en una segunda etapa la sexología dejó de lado su interés por la sexualidad
“desviada” para volcarse hacia la sexualidad “normal”. Así, la pareja heterosexual se
convirtió en “cliente privilegiado de los sexólogos. Al contrario de lo que ocurría a final del
siglo XIX, no se trata más de los excesos a ser restringidos, sino de la falta que debe ser
sanada” (Russo, s.f.), lo que se observa paradigmáticamente en la definición de las
19
Según el DSM-IV-TR de la Asociación Psiquiátrica Norteamericana (2000), la característica esencial de la
parafilia es la "presencia de fantasías sexualmente activantes, impulsos sexuales o conductas, intensas y
recurrentes que implican generalmente 1) objetos no humanos, 2) el sufrimiento o la humillación de uno mismo
o de la pareja o 3) niños u otras personas que no consienten, y que se presentan durante un período de al menos 6
meses". Además, las fantasías, los impulsos sexuales o las conductas, tienen que provocar un "malestar
clínicamente significativo" o un deterioro importante en una o más áreas del funcionamiento del individuo. El
DSM IV incluye en su clasificación ocho parafilias típicas (fetichismo, fetichismo transvestista, exhibicionismo,
voyeurismo, pedofilia, masoquismo sexual, sadismo sexual, frotteurismo) y una categoría genérica de “parafilias
no especificadas” que comprende otros siete tipos (escatología telefónica, necrofilia, parcialismo, zoofilia,
coprofilia, clismafilia, urofilia).
20
Señaló que él representa una excepción ante la resistencia de sus colegas médicos (sean sexólogos o de otras
especialidades) a la atención de este grupo de personas y de la resistencia de la justicia a reconocerles derechos
como el “cambio de sexo” mediante una intervención quirúrgica y de nombre en el documento.
13
disfunciones sexuales (falta de erección masculina, falta de orgasmo femenino, etc.).21
Además de este recorte preferencial de la sexología sobre la sexualidad heterosexual,
probablemente las actitudes discriminatorias o prejuiciosas de algunos profesionales
(comentadas por nuestros informantes) contribuyan al alejamiento de la población GLTTBI
de la consulta sexológica.
Los derechos sexuales aparecen escasamente en los materiales consultados: si bien algunas
asociaciones sexológicas indican adherir a la Declaración de los Derechos Sexuales emitida
por la World Association of Sexology (WAS) en 1999 y algunos profesionales hicieron
referencia a ella en las entrevistas, los derechos sexuales (muchas veces junto a los
reproductivos) están incluidos sólo en ocho de los 27 programas de cursos de formación
sexológica. A su vez, sólo uno de esos ocho cursos es exclusivamente de sexología clínica
(cuatro son cursos de formación de educadores sexuales y tres de formación conjunta en
sexología clínica y educación sexual). La menor inclusión de los derechos sexuales entre los
contenidos de la formación de sexólogos clínicos revela una premisa subyacente en este
campo: si algún sexólogo necesita saber de derechos es el educador sexual, como si en la
práctica clínica éstos no se pusiesen en juego. Al igual que la perspectiva de género, los
derechos sexuales tienen poca presencia en los encuentros sexológicos: en los realizados en
los últimos cinco años sólo registramos tres trabajos libres que abordaban este tema (en
relación con salud mental, programas de promoción de derechos para jóvenes y colectivos de
personas travestis).
21
En su análisis de la clasificación psiquiátrica de la sexualidad en el DSM, Russo (2006) llama la atención
sobre la preponderancia adquirida por las disfunciones de carencia (deseo sexual hipoactivo, trastorno de
aversión sexual, etc.), indicando la presuposición subyacente de un nivel normal, objetivamente verificable de
fantasías o deseo sexuales. El exceso de fantasías o un alto deseo sexual estarían dentro un parámetro de
normalidad, en una aceptación de la premisa moderna de que “cuanto más sexo, mejor”, mientras que aparece
como patología la “deficiencia” de la sexualidad (en lugar de la sexualidad “dislocada” de las antiguas
perversiones).
22
Nobleza obliga, tampoco la cuestión de la medicalización creciente de la sexualidad (con la producción de
nuevas disfunciones y medicamentos) forma parte de la agenda de los movimientos por los derechos sexuales
(Russo, s.f.), al menos en Argentina.
14
movimiento sexológico (ni en el pasado ni en el presente, ni a nivel internacional ni a nivel
local) a la lucha por los derechos sexuales23 que han llevado adelante el movimiento de
mujeres y el movimiento GLTTBI. Incluso entre los sexólogos y sexólogas educativas
entrevistadas, sólo una vinculó su trabajo al concepto de derechos humanos.24
Aunque reconocen la influencia que los movimientos feministas han ejercido sobre la
conceptualización y las reivindicaciones de la sexualidad, no ha habido una articulación
directa entre el campo sexológico y dichos movimientos. Si bien algunas feministas que
participan actualmente del movimiento de mujeres a inicios de los ochenta se vincularon con
la sexología (incluso formándose como sexólogas, como María Luisa Lerer), la mayoría de
ellas hoy se ha apartado de este campo volcándose a la militancia por los derechos de las
mujeres.25 Más allá de estas excepciones individuales significativas, no parecen existir puntos
de integración entre la sexología y estos colectivos, sino más bien recorridos paralelos y
esfuerzos duplicados.
Pero sería como por un lado, por otro, la sexología, el feminismo, los colectivos gays, lésbicas,
derechos humanos y falta generar una simetría diferente, profundizar vínculos. Se dispersa mucha
energía de esta manera. Porque quizás ustedes, nosotros, estamos trabajando en forma solitaria,
haciendo esfuerzos terribles... Es como muy la quinta personal, una cuota de antropofagia
interesante. (Psicóloga social, sexóloga educativa)
Algunos informantes señalan que son pocas las sexólogas que se identifican públicamente
como feministas y que incluso algunas se esfuerzan por evitar ser asociadas a ese rótulo.
Consideran que las posiciones “moderadas” han ganado terreno frente a identidades políticas
más fuertes, tanto dentro del campo profesional como en la sociedad en general. El siguiente
23
Uno de los referentes más visibles de la sexología clínica aseguró que “los derechos sexuales fueron
inventados por nosotros (…) en un congreso en Valencia, los derechos sexuales del ser humano, en Valencia, en
la WAS” (Médico, sexólogo clínico), refiriéndose al Congreso organizado por la WAS en la ciudad de Valencia
en 1997, donde se emitió una declaración que luego fue ratificada en la reunión de Hong Kong de la misma
asociación en 1999. Según otros estudios (Russo, s. f.), efectivamente la expresión “derechos sexuales” aparece
por primera vez en una declaración internacional en este Congreso de la WAS en Valencia en 1997.
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Cabe diferenciar a las y los referentes de nuestra muestra (estrictamente sexológica) de aquellas y aquellos
educadores sexuales que integran organizaciones que trabajan a nivel territorial bajo el paradigma de la
promoción de derechos y que no necesariamente se reconocen como sexólogos o han recibido formación
sexológica. El campo de la educación sexual en Argentina excede al campo sexológico para nutrirse de otras
prácticas, saberes y enfoques. Muchas y muchos educadores sexuales incorporan concepciones constructivistas
de la sexualidad y trabajan en el cuestionamiento de las normas de género tradicionales, en actividades a nivel
comunitario destinadas, por ejemplo, a prevenir embarazos no deseados e infecciones de transmisión sexual (por
ejemplo, en grupos de mujeres, talleres con jóvenes, etc.).
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Aunque no indagamos en profundidad este acercamiento a la sexología de algunas feministas, una conjetura a
explorar es se haya vinculado con la ola de liberalización sexual y liberación femenina de la década de 1980 en
Argentina más que con un interés por dedicarse profesionalmente a la sexología.
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testimonio sintetiza una tensión significativa alrededor de la educación sexual entre la
sexología, por un lado, y el feminismo (como enfoque) y la diversidad sexual (como
temática), por el otro, que da cuenta de los criterios de aceptabilidad social y supuesta
“universalidad” de determinadas temáticas que reclama la sexología.
En ciertos momentos, hay ciertos movimientos feministas que son muy radicales y muy duros, que
marketineramente no le convienen al movimiento sexológico. (…) Cuando se hizo en la Facultad de
Filosofía [y Letras de la UBA] este encuentro de sexualidades y género, (…) había una mesa de
docentes lesbianas, y la propuesta era que realmente los chicos tenían que aprender, en el aula, los
diferentes enfoques que podía tener y mostraban en un taller cómo armaban familias integradas con
travestis o dos mujeres. Y bueno, hacia adentro estamos de acuerdo que la cosa se vaya abriendo.
Pero marketineramente estas cosas como que espantan a la gente. Como que piensan “si la
educación sexual es ésa, no la queremos” (…) En cierto momento cuando estás haciendo alguna
cosa masiva y explicando qué es la educación sexual aparecen y te tiran abajo el trabajo de un año.
Porque la maestra de grado que trabaja en Pinamar o en Trenque Lauquen dice “no, no, yo nunca
voy a poder hablar esto”. (…) En cierto momento creo que tenemos que ser prudentes cuando
estamos luchando por una educación sexual a nivel más universal. (Cientista social, educador
sexual)
Evidentemente en su momento ha sido algo muy común y bastante aceptado; hoy en día no está
demasiado bien visto, o sea, ni feminista ni machista, como que una postura más moderada es la más
aceptada hoy en día por los colegas y por la gente en general. (Psicólogo, sexólogo clínico)
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Comentarios finales
La ausencia entre los sexólogos clínicos de las perspectivas de género y de derechos sexuales,
así como de un abordaje afirmativo de la diversidad sexual, en buena medida puede atribuirse
a la impronta biomédica y/o psicoanalítica en su formación. Su capacitación está estructurada
en torno a los conocimientos y herramientas de la práctica clínica (que, esquemáticamente,
supone diagnóstico, pronóstico y tratamiento), antes que proponer una revisión de las distintas
conceptualizaciones de la sexualidad, como podrían ser los estudios de género o una
sociología de la sexualidad.
La ausencia del lenguaje de derechos entre los sexólogos se explica en gran medida por el
hecho de que la corriente hegemónica de la sexología, la clínica crecientemente medicalizada,
no se interesa por “lo público” en general, sino que el foco está puesto en la interacción sexual
“privada” y de determinado nivel socioeconómico (pasible de ser tratada en el consultorio).
Al respecto, cabe retomar la diferenciación entre la sexología clínica y la orientada a la
educación sexual. Aunque estas dos áreas de intervención convergen bajo el paraguas de la
sexología –de hecho, las asociaciones sexológicas reúnen y forman a especialistas en ambas
áreas-, el campo de la educación en sexualidad incluye pero excede al sexológico. En
Argentina las actividades de educación sexual han sido asumidas no tanto por quienes se
forman y se identifican como sexólogos, sino fundamentalmente por grupos de mujeres y
organizaciones que desarrollan sus actividades de promoción de la salud y los derechos a
nivel comunitario. La educación sexual se nutre de prácticas y saberes provenientes de
múltiples áreas disciplinarias y muchas veces se desarrolla en ámbitos independientes del
campo sexológico. Esto supone un contacto más fluido con organizaciones y movimientos
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sociales que, sumado a la diversidad de disciplinas que lo integran, explica la mayor
legitimidad de la que gozan los aspectos socioculturales y, en particular, las perspectivas de
género y derechos en la vertiente educativa de la sexología.
Finalmente, debemos tener en cuenta que, más allá de la formación específica en sexología,
en la educación universitaria de grado de estas y estos profesionales la incorporación de los
estudios de género y/o sobre sexualidad es escasa (y en materias optativas) o directamente
nula, según el área disciplinar que se trate. La formación biomédica no brinda herramientas
para abordar cuestiones relativas a la sexualidad más allá de lo estrictamente anatómico-
fisiológico, ni una perspectiva de género y derechos para la prevención y el tratamiento en el
campo de la salud. En las ciencias sociales y la psicología, por su parte, existe un mayor
énfasis en la formación en cuestiones de género que en las relativas a sexualidades pero, en
ambos casos, la incorporación de estas temáticas requiere, por parte de quienes las enseñan,
grandes esfuerzos personales para lograr la inclusión de estos temas en la currícula (como
enfrentar descalificaciones por parte de sus colegas), y casi siempre como materias optativas
(Gogna et al., 2007). Recordemos que en Argentina la psicología es dominada por una
perspectiva psicoanalítica que ha tenido dificultades para “ver el género” y que no cuestiona
las visiones tradicionales sobre la sexualidad femenina (Plotkin, 2003).
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