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Stampa Piñeiro Leopoldo - Los Galeones de Las Especias

Este documento introduce un libro sobre la presencia española en las islas Molucas de Indonesia y el papel de estas islas en la motivación de Cristóbal Colón para llegar a las Indias navegando hacia el oeste. Explica cómo surgió la idea del libro durante una conversación con un ministro indonesio. Luego, el autor viajó a las islas Molucas, realizó investigaciones y escribió el libro con financiamiento de empresas españolas y indonesias. El libro fue publicado en español, inglés e indonesio para mayor

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Este documento introduce un libro sobre la presencia española en las islas Molucas de Indonesia y el papel de estas islas en la motivación de Cristóbal Colón para llegar a las Indias navegando hacia el oeste. Explica cómo surgió la idea del libro durante una conversación con un ministro indonesio. Luego, el autor viajó a las islas Molucas, realizó investigaciones y escribió el libro con financiamiento de empresas españolas y indonesias. El libro fue publicado en español, inglés e indonesio para mayor

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Nahaleh, este libro que inicié en su ausencia.
INTRODUCCIÓN

E STE   LIBRO   DEBE   SU   RAZÓN   DE   SER 


a   una   conversación   mantenida   en   Yakarta
(Indonesia) en el año 1991. Estábamos en vísperas de la celebración del Quinto
Centenario   del   Descubrimiento   de   América.   En   España   los   eventos
conmemorativos no cesaban; lo mismo que en Iberoamérica, aunque con significados
ambivalentes. Contemplado desde Indonesia el acontecimiento parecía, a simple vista,
lejano y desvinculado y, sin embargo, no cabía duda de que las especias de las islas
Molucas indonesias habían jugado, en última instancia, un papel decisivo en la idea de
Colón de alcanzarlas navegando por el oeste.

La   ocasión   para   ponerlo   de   manifiesto   la   brindó   una   entrevista   de   trabajo   que


solicité al almirante Soesilo Soederman, a la que me acompañaba el presidente de la
empresa española AMPER, para un proyecto que su compañía estaba desarrollando o
iba a llevar a cabo en Indonesia.

El   almirante   Soederman   era   el   ministro   de   Turismo   y   Telecomunicaciones.   Al


ministro le interesaba primordialmente todo aquello que estuviera relacionado con el
turismo y a AMPER todo lo que tuviera relación con las telecomunicaciones, de manera
que había que enlazar los intereses de ambos para crear el clima adecuado con el fin que
la   propuesta   de   la   empresa   española   resultase   vista   con   buenos   ojos   por   parte   del
almirante Soederman.

Durante la reunión, hablamos de todo un poco, primero, naturalmente de AMPER
y su proyecto y luego de la situación internacional, en la que España ya preparaba para
el año siguiente tres acontecimientos de gran calado: los Juegos Olímpicos de Barcelona,
la   1.ª   Cumbre   Iberoamericana   y   la   Exposición   Universal   de   Sevilla,   dentro   de   las
conmemoraciones del Quinto Centenario del Descubrimiento de América.

Debí explicar con cierta vehemencia al ministro el protagonismo histórico, aunque
fuera   indirecto,   que   ocupaba   Indonesia   en   la   celebración   del   Quinto   Centenario.   El
verdadero   propósito   de   Colón   —dije—   había   sido   llegar   a   la   Especiería,   a   las   islas
Molucas indonesias, y en su travesía se topó con América. Al almirante Soederman —
hombre de mar, al fin y al cabo— le gustó la idea que vinculaba a Cristóbal Colón con
las especias de su país. Era el modo de asociarlo:

—Escriba usted sobre ello ahora que es embajador de España en Indonesia. Yo le
presentaré el libro y se lo avalo.

Asentí, aunque el ministro solo se había comprometido al aval y a la presentación.
Pero Antonio López, atento a la conversación, terció rápido:
—Si el embajador escribe ese libro, AMPER lo financia.

Y así nació el proyecto que llevaría el sello del Ministerio de Telecomunicaciones
indonesio, el sello de AMPER y el de la Embajada.

Viajé a las Molucas, concretamente a las islas de Ternate y Tidore, lo que no resultó
fácil, porque el acceso en avión era escaso y complicado, y solo lo logré en un avión
CASA acogido por el ministro Soederman. Pasamos dos días. Mi mujer, Sira Sebastián
de Erice, ya fallecida, que era fotógrafa profesional, tomó fotos de las ruinas de los
fuertes  españoles y me acompañó por los parajes  y vericuetos de aquellas  dos islas
volcánicas. En Tidore, me fijé en una playita cerca del embarcadero de Rum, a los pies
de   los   restos   de   un   fuerte­factoría,   Rum,   que   sin   duda   fue   abrigo   de   los   españoles
durante su presencia en la isla. Pensé que sería el lugar adecuado para erigir una placa
con la que recordar a Juan Sebastián Elcano, que fondeó no lejos de ese lugar, si un día
el buque­escuela pasaba por aquellas aguas.

A   mi   regreso   a   Yakarta   utilicé   bibliografía   variada,   trabajé   con   las   fotografías,


manejé   documentación   local,   recurrí   a   las   publicaciones   —que   eran   muy   escasas—
sobre las islas y aproveché las notas que había tomado sobre el terreno. Con todo ello
me dispuse a escribir lo que había prometido en mi reunión con el ministro. Contaba
con   la   financiación   de   AMPER   y   a   ella   sumé   la   de   algunas   empresas   indonesias   y
extranjeras en las que tenía amigos. Mi propósito era elaborar un libro de divulgación
amplia   que   realzase   la   presencia   de   España   en   la   Especiería   y   subrayase   el
protagonismo  de  Juan Sebastián Elcano  —un desconocido  para  la gran mayoría  del
mundo— en la primera circunnavegación de la Tierra. Ello exigía también que el texto
aportase mucha iconografía en color y suministrase fotos de las dos islas moluqueñas,
que no se encontraban en el mercado, especialmente de los lugares que quería resaltar.
El libro salió barato porque los costes de impresión en Indonesia eran muy asequibles y
la   labor   editorial   de   buena   calidad.   Las   fotografías,   de   las   que   mi   mujer   se   había
encargado en abundancia, recogían sobradamente la huella de la presencia española.
Decidí también, para mayor difusión, que el texto fuera en español, inglés y bahasa
indonesio. Los costes subieron algo, pero tenía holgado presupuesto para la traducción,
reprografía y edición. Además, me sobró para la placa que más tarde llevamos a Tidore
para colocarla con ocasión de la visita del buque­escuela Juan Sebastián Elcano. Situé en
lugar   preferente   los   logos   de   AMPER,   American   Express   Cards   —bajo   el   liderazgo
eficaz y generoso de Bill Pardos—, Garuda Indonesia, y añadí por mi parte el de la
Embajada de España, puesto que éramos los promotores de la idea, y para divulgar la
Expo 92 y el papel de Cooperación Internacional, que en ese momento todo era Expo y
Quinto Centenario.

Cierto pudor me impidió aparecer como autor de un proyecto que promocionaba la
Embajada. Una sensación difícil de explicar me contuvo. Pero  la obra necesitaba  un
autor.   Recurrí   al   catedrático   Antonio   García­Abasolo   y   a   expertos   en   historia   de
Filipinas, como José Luis Porras y Rafael Rodríguez­Ponga, a quienes había pedido una
participación para el libro sobre un interesante aspecto del relato, como era Filipinas, y,
con su permiso, les coloqué como autores. Caballerosamente aceptaron y, al agradecer
los ejemplares que les envié una vez publicado, reconocieron mi autoría en una carta
que me remitieron. No le dimos más trascendencia al asunto.

Veintisiete años después, otro Quinto Centenario, esta vez del descubrimiento del
estrecho con Magallanes, que abrió la ruta del Atlántico hasta Filipinas y de la Primera
Circunnavegación de la Tierra por Juan Sebastián Elcano, me ofrece la oportunidad de
presentar sobre la gesta de Elcano y sobre la presencia española en las Molucas, una
edición   corregida   y   aumentada,   como   tradicionalmente   se   decía.   Algo   corregida   y
mucho aumentada, pero la ocasión lo reclama. EDAF, siempre atenta a dar acogida al
relato de los hechos históricos, ha tenido la amabilidad de editarla.

Una historia así no debe dejar de relatarse. La reiteración de aquellos hechos es al
mismo tiempo reiteración del homenaje que merecieron y siguen mereciendo.

Teherán­Madrid. Enero­julio de 2019
1
Las especias

E L  IMPERIO   ESPAÑOL   EN   LAS  INDIAS  fue,  en buena  medida,  la consecuencia  de  la
búsqueda de las especias. Así dicho es una afirmación simplificadora de una
realidad muchísimo más compleja, pero observando con distancia los orígenes
de   aquel   contexto   histórico,   no   tendremos   más   remedio   que   aceptar   que   hay   cierto
sentido en la afirmación, aunque me salte los matices del debate.

Jack   Turner,   en   un   delicioso   libro   sobre   esos   apetecidos   condimentos ,   llega   a


1

afirmar que «cuando Colón se topó con América no iba buscando un mundo nuevo,
sino uno viejo», aquel cuya evocación dibujaba un orbe donde crecían los aromas, los
sabores y las fragancias en formas vegetales diversas, rodeado de un aura ultraterrena
surgida de aquellas leyendas medievales en las que se creía que las especias brotaban en
el Paraíso.

Cierto   es   que   ese   aspecto   casi   mágico   no   desdeñaba   otro   más   material:   el
astronómico valor de las especias.

Antes de que Colón y de que los cartógrafos y geógrafos detectasen la fuente de
esas delicias vegetales, nuestros antepasados pensaban que las especias eran mercancías
de   otro   mundo.   La   ruta   de   las   caravanas   demostró   que   no   era   así.   Después   de
cosecharse en lejanas tierras, las especias llegaban a los mercados de Venecia, Brujas y
Londres  a través de una oscura maraña de rutas que recorrían más de la mitad del
planeta conocido . 2

Habituales desde las épocas faraónicas, China e India habían comerciado con ellas
desde   los   puertos   centenarios   de   Basora,   Yedda,   Mascate   o   Aqaba,   a   través   de   la
antigua, lenta e inacabable Ruta de la Seda, que nacía en el este de China y recorría Asia
central, Persia o Arabia, para que la preciada carga terminase en Alejandría, Alepo o
Bizancio y continuara hacia el Mediterráneo; o por el Danubio hasta Europa Occidental.

Turner traza en su libro el apasionante itinerario, salpicado de notas inteligentes y
de buen gusto, que acompañan el relato de esa aventura del comercio de las especias y
que llevaron consigo durante miles de años una variedad de mensajes muy poderosos.
Patricio   Hidalgo   Nuchera,   en   un   cuidado   trabajo   realizado   en   la   Universidad
Autónoma de Madrid  que se apoya en Chaunu , penetra también en los detalles de ese
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tráfico y aporta datos de mucho interés.
Los  orígenes  de la ruta de las especias nos hablan de  transacciones en tiempos
romanos y de Alejandro Magno. Cuando Roma declinó, el Índico se convirtió en un mar
árabe por donde las especias tuvieron su tráfico marinero. Pero sin necesidad de irnos
tan lejos, baste apuntar que a partir de la Edad Media las rutas se ramificaron.

Los trayectos terrestres partían de China, y al alcanzar la India se bifurcaban. Uno
llegaba hasta el estrecho de Ormuz, en la entrada del golfo Pérsico, continuaba a través
de Persia y seguía hasta Tabriz para dirigirse a Trebisonda, en la costa sur del mar
Negro. Allí, en la ciudad  de  Tana, estaban  asentados los mercaderes  genoveses  que
distribuían productos hacia las ciudades bálticas y los puertos mediterráneos. El otro
camino terrestre partía desde la India y seguía despaciosamente los valles del Éufrates y
el Tigris para concluir su recorrido en los mercados de Constantinopla. Desde allí, con
ritmo de cuentagotas, y a través de los comisionistas árabes, bizantinos y judíos, las
especias eran distribuidas en Europa y en los mercados escandinavos.

La   alternativa   marítima   a   estas   rutas   terrestres   también   tenía   dos   ramales.   Las
sendas  marinas tenían  su origen  común  en las regiones productoras  de  especias,  es
decir,   las   Molucas,   Borneo,   Java,   Ceilán   y   Malaca.   Desde   Malaca   una   de   las   rutas
remontaba   hasta   el   fondo   del   golfo   Pérsico   y,   desde   allí,   en   un   largo   transporte,
franqueaba el desierto y desembocaba en Palestina o en Alepo, en Siria. La otra travesía,
navegaba por el Índico y se acercaba a las costas del mar Rojo; una vez desembarcada la
carga, seguía en caravanas hasta El Cairo, donde las especias se tasaban y vendían antes
de ser enviadas a Alejandría. Los agentes de la banca de Venecia estaban asentados en
la ciudad y, desde sus factorías, se encargaban de despacharlas hasta los muelles de la
costa italiana, donde un puñado de intermediarios venecianos las distribuían a Francia,
Alemania   e   Inglaterra   a   precios   disparatados.   Europa   era   el   otro   gran   centro   de
consumo   de   especias.   Patricio   Hidalgo   distingue   tres   grandes   espacios,   el
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Mediterráneo, Flandes y el Báltico. El primero marcaba la frontera de la cristiandad con
Oriente y con los musulmanes. Venecia recibía especias a cambio de armas y plata. En
Flandes eran los tejidos, las telas flamencas y los bordados los que se cambiaban por
pimienta, nuez moscada, canela y sedas, pero también por sal y vino mediterráneo. Por
último, el Báltico recibía en los estrechos daneses y en las ciudades de la Hansa, las
especias y las sedas contra el hierro y el cobre.

Las especias se cotizaban porque eran el sabor de la vida. El sabor secreto de la
vida. Solo los que las recolectaban sabían dónde crecían, y muy pocos conocían a dónde
se enviaban. Nadie tenía una imagen de conjunto. El tráfico estaba dividido en partes y
pasaban de un proveedor comisionista a otro. El trazo de su itinerario era confuso a
propósito.   La   ausencia   de   claridad   guardaba   el   misterio,   y   de   alguna   manera   eso
incrementaba el precio. De una copa de vino especiado con clavo, lo único que podía
saberse con seguridad era su origen: las Molucas, pero no su travesía. Cuanto más lejos
de sus orígenes viajaban, más interesantes se volvían, mayores pasiones despertaban,
mayor era su valor y más disparatadas eran las propiedades que se les atribuían. Eso es
lo que Turner ha llamado «la ley del aumento del exotismo», que enuncia así:

Un   abrigo   de   pieles   es   normal   en   Moscú   y   un   lujo   en   Miami.   Cuando   el   mundo   era   un   lugar
inconmensurablemente mayor, lo mismo ocurría con las especias. Lo que era especial en Asia se volvía
prodigioso en Europa6.

Los   comerciantes   mediterráneos   no   habían   estado   jamás   en   Extremo   Oriente,


donde se producían las mercaderías que les interesaban. No se habían arriesgado nunca
más allá de las fronteras de la cristiandad. Las Cruzadas y la Paz Mongólica (1250­1368)
lograron mantener abiertas las rutas terrestres del mar Negro. En los almacenes de sus
orillas, los genoveses dominaban el mercado. Pero el hundimiento del Imperio mongol
generó   una   crisis   que   interrumpió   el   tráfico   y   elevó   los   precios.   Superada   la   crisis,
genoveses   y   venecianos   hubieron   de   recurrir   a   los   intermediarios   musulmanes   que
controlaron las rutas hacia los puertos de Siria y Egipto.

Por ello, cuando Constantinopla cae en manos de los turcos en 1453, y con ella se
desmorona el último vestigio del Imperio Romano de Oriente, se produce la segunda
crisis y se eleva por tierra una intangible pero sólida barrera de control e influencia
musulmana que va a separar  los ricos y sofisticados mercados de Asia de los de la
Europa   cristiana.   Y   por   mar   sucede   lo   mismo.   El   océano   Índico   terminó
transformándose   en   un   lago   islámico.   El   Mediterráneo   se   cerró.   Las   especias   ya   no
llegarán con ritmo fluido por aquel camino que habían iniciado Venecia y Génova, que
actuaban como distribuidores de aquellas cargas de desorbitados precios, y las naciones
de la cristiandad no se aventurarán hacia Asia en busca del oro vegetal.

El resultado es que Génova perderá pocos años después sus factorías en el mar
Negro, ante la expansión turco otomana, lo que marcará la ruina de su comercio. Por
ello   se   volcará   en   Andalucía   buscando   rutas   alternativas   y   su   banca   financiará   y
apoyará más adelante las expediciones españolas de Colón y de Magallanes en busca de
la India por la ruta marítima del oeste. La gran beneficiada, por el contrario, va a ser la
Señoría de Venecia, que conservará el control y la venta exclusiva de las mercancías de
lujo que llegaban por la ruta marítima del mar Rojo , cobrando sumas descomunales.
7

A partir de ahora, para que las especias siguiesen llegando a las mesas europeas de
los príncipes, de los lores, de los banqueros, de los aristócratas, de los arzobispos, de los
almirantes   y   de   los   abades,   había   que   crear   nuevos   caminos   que   no   fuesen   los
mantenidos   hasta   entonces   por   el   Mediterráneo   oriental   y   que   flexibilizasen   el
despiadado y costosísimo monopolio veneciano.

¿Dónde se encontraban las especias?
Durante   muchos   siglos   la   localización   de   las   islas   de   la   Especiería   fue   uno   de   los
secretos   más   celosamente   guardados   por   los   pilotos,   mercaderes   y   navegantes.   El
negocio   de   sus   transacciones   había   quedado   en   manos   de   comerciantes   indios   y
marinos   chinos.   En   la   Edad   Media   los   árabes   los   remplazaron   e   hicieron   de
intermediarios.

El islam se estaba extendiendo paulatinamente por el mar, tanto hacia el Oeste —
costa occidental de África hasta Mozambique— como hacia el Este –—Indias Orientales
indonesias,   hasta   Joló   y   Mindanao—.   Era   un   islam   de   mercaderes.   Más   plácido,   y
transmitido de modo distinto al difundido en Persia y en la península arábiga, con la
espada   y   la   batalla.   Los   mercaderes,   al   tiempo   que   propagaban   su   fe,   constituían
sultanatos y principados. Por donde quiera que los cristianos europeos se aventurasen a
viajar por Oriente, se encontraban con que los musulmanes se les habían adelantado, de
manera que hacia 1500 la producción y el mercado de especias estaba en manos de los
mahometanos . 8

Las especias —se pensaba en Europa— nacían en recónditos lugares de Oriente
lejano que solo los musulmanes sabían y controlaban. Y esa situación debía cambiar. No
solo porque esa gran franja geográfica del islam, que se extendía desde Marruecos hasta
la actual Indonesia, cortaba por la mitad las rutas de las especias, sino por una razón
ideológica   de   peso:   la   fijación   cristiana   de   que   «las   especias   eran   la   vaca   lechera
musulmana» , señala Turner,  y ello tenía que  terminar  para que no fuera  Occidente
9

quien financiase a los mahometanos.

Sin embargo, ya en el siglo   XVI  la Especiería y sus islas eran bien conocidas. Su


situación   no   era   ya   un   secreto.   Otra   cosa   era   llegar   a   ellas.   Los   que   sabían   de   su
existencia   eran   conscientes   de   que   «su   acceso   estaba   más   allá   del   alcance   de   la
fantasía» . Pese a las dificultades, los estímulos para restablecer los contactos con ese
10

mundo   misterioso   que   proporcionaba   sedas,   telas   finas,   perfumes   exóticos   y,   sobre
todo, especias, permanecían vivos. Habían sido muchos los misioneros y comerciantes
que   habían   visitado   la   China   de   los   khanes   y,   aunque   no   todos   escribieron   sus
experiencias, fue suficiente que lo hiciera Marco Polo para hacer vibrar la imaginación
de   los  europeos.   Unos  y  otros  hicieron  presentir   al mundo   occidental   y  cristiano  la
existencia de unas tierras a Oriente que reunían dos deslumbrantes condiciones: ser un
campo de expansión espléndido y posible del cristianismo y la fuente de unos recursos
de extraordinaria riqueza para el comercio.

Toscanelli trataba de probar que Asia se alargaba tanto hacia el Este, que China
estaba solo a corta distancia de Europa. Para Colón este fue el dato que necesitaba. Los
mapas   de   Toscanelli,   enviados   a   Fernando   Martins,   llegaron   a   manos   de   Colón.   La
conclusión parecía obvia: si el mundo era redondo, el acceso a la Especiería se podía
lograr también navegando hacia el Oeste. Que el mundo era redondo no lo discutía
nadie en los ámbitos educados de finales del siglo  XV. La duda que aún permanecía era
su dimensión. El globo se divide en 360 grados, de manera que si se conoce el tamaño
de un grado se sabe el del globo. En el Ecuador un grado abarca 60 millas náuticas. Sin
embargo, Colón, al medir el grado, le asignó el equivalente de 45 millas náuticas, con lo
que redujo en un 25 % el tamaño de la Tierra. Pero aún persistía la incertidumbre sobre
la extensión de Eurasia. Algunos le otorgaban una superficie hasta de tres cuartas partes
de la circunferencia del globo, alrededor de 290 grados. Para Colón, en un globo tan
pequeño y con esas dimensiones de Asia, no cabían más de 3000 millas náuticas de mar
abierto. La verdad es que había tierra a esa distancia al oeste de Europa, pero no era
Asia, aunque Colón no lo supiera.

De acuerdo con estos cálculos, se pensaba que la llegada a la Especiería estaba al
alcance   de   la   mano.   Se   podía   evitar,   por   lo   tanto,   que   las   mercancías   de   Oriente
siguieran llegando a través de intermediarios desde el Este y que los países occidentales
siguieran llenando de oro los bolsillos del infiel.

Ya hemos referido cómo los astrólogos y los geógrafos daban por descontada la
redondez de la Tierra y cómo la gran incógnita no era la forma esférica del globo, sino la
distancia entre los dos extremos del mundo conocido. Cristóbal Colón creía con fe ciega
en las tesis de Ptolomeo, que en sus tratados dejaba intuir que el mundo asiático —que
él imaginaba mayor en extensión de lo que en realidad es— no debía encontrarse muy
alejado de Europa. Toscanelli reforzaba esa creencia al mantener que el camino por el
Oeste   para   llegar   a   la   Especiería   no   solo   era   plausible,   sino   más   asequible   que   el
emprendido por los portugueses por el Este.

Con ese bagaje conceptual Colón presentó su proyecto a los reyes de Castilla y de
Aragón. El 3 de agosto de 1492 se hizo a la mar desde el puerto de Palos. El 12 de
octubre de ese mismo año, el almirante y sus hombres llegaban a la isla de Guanahaní.
A su regreso, en marzo de 1493, fue recibido en triunfo en el salón del Tinell del barrio
gótico   de   Barcelona   por   los   reyes   Isabel   y   Fernando.   El   resto   de   la  historia   es   bien
conocido.

La llegada a las Indias de la expedición liderada por Cristóbal Colón significó un
paso de gigante, un auténtico hito en la historia de la humanidad, una revolución en la
geografía universal. No solo en términos geográficos. Desde la perspectiva  material,
más inmediata, el estímulo fundamental para la expansión había sido el abastecimiento
de productos para los mercados occidentales, en particular las especias, cuyo origen se
situaba   en  una  zona  imprecisa   conocida  como   la  Especiería.   Colón  creyó  que  había
llegado a ella cuando desembarcó en las Indias en 1492. Existen explicaciones más o
menos   complejas   de   por   qué   buscaba   especias.   «La   respuesta   más   sencilla,   aunque
también la más superficial, es que las especias eran valiosísimas y que su valor derivaba
de que resultaban insustituibles, escasas y difíciles de obtener» . 11
Pero el verdadero drama de 1492 es que Colón había prometido oro y especias y, en
vez de eso, lo que a su regreso a España ofreció «fueron retorcidas interpretaciones de
viejos   mitos» .   Los   veinticinco   primeros   años   tras   el   descubrimiento   del   nuevo
12

continente por Colón acabaron siendo una sucesión de desilusiones. Aunque sus éxitos
eran   colosales,   desde   muchos   puntos   de   vista,   sin   embargo,   había   fracasado   en   su
búsqueda de especias en las Indias.

Los portugueses, por su parte, insistieron en su intento por el Este. Vasco da Gama
llegó   a   la   India   y,   paulatinamente,   los   portugueses   consiguieron   desplazar   a   los
musulmanes del dominio naval en el océano Índico. Pedro Álvares Cabral remató la
labor de Da Gama. Siguiendo sus pasos, partió en 1500 en un viaje exploratorio, con
trece barcos. Cabral hizo el grato descubrimiento de que los comerciantes  árabes no
tenían con qué responder a la terrible artillería naval de los portugueses. El bombardeo
de Calcuta fue definitivo. Las especias, pimienta negra de Malabar y canela de Ceilán,
se cargaron a partir de entonces en naos de Portugal.

Entretanto los financieros se frotaban las manos. Desde Amberes hasta Augsburgo
los grandes banqueros de Europa miraron a la distante y lejana Portugal con interés
renovado,   pues   era   evidente   que   en   esa   competición   hacia   la   Especiería,   Portugal
llevaba   ventaja.   Podía   ser   una   fuente   de   ducados   de   oro.   Había   lanzado   a   sus
navegantes   para   bordear   las   costas   africanas,   doblar   el   cabo   de   Buena   Esperanza   y
llegar a la India y a la bahía de Malaca, que era el puerto más rico de Oriente, el punto
en  el que todas las especias orientales partían hacia el oeste. Desde Malaca hasta la
Especiería, no era tampoco un paseo, pero se trataba de aguas conocidas y de rutas ya
cruzadas. No era difícil el acceso. Antonio de Abreu y Francisco Serrao —ya trataremos
de ellos en su momento— llegaron a Ternate desde el puerto de Malaca en el año 1512.
Portugal se iba a asentar en las Molucas y a tratar de conseguir el monopolio de las
mercaderías más deseadas en las ferias y lonjas del mundo.

Ternate y Tidore concentraban la mayor parte de los bosques de claveras. Las islas
constituyen dos conos volcánicos que surgen de las aguas del océano Pacífico a una
altura   de   1729   metros   sobre   el   nivel   del   mar,   separadas   por   un   canal   de   apenas
kilómetro y medio. «El único don con el que la Naturaleza había adornado a Ternate y
Tidore  —escriben  Willard  Hanna y  Des Alwi—  eran los  árboles del  clavo, de  hojas
lujuriantes de forma parecida al laurel, que cubrían y enmarcaban las laderas de los
volcanes» . La naturaleza había adornado —y mucho— a aquellas islas de una de las
13

especias más anheladas en el mercado, casi de modo exclusivo en todo orbe. Antes de
Des Alwi, el cronista Bartolomé Leonardo de Argensola ya lo aseguraba en 1609: «La
liberalidad  con que  las concedió  el  cielo  para solas estas islas fue  negada a todo  el
espacio del orbe» . 14
Hoy es otra cosa. No solo las Molucas indonesias siguen produciendo clavo. Crece
en Madagascar, India y Sri Lanka. Francia fue el país pionero en la plantación de las
claveras   cuando   en   1770   sustrajo   algunas   plantas   y   consiguió   llevárselas   a   las   islas
Mauricio. Después, se lograría su introducción en Zanzibar, Brasil, Antigua y Guayana.

Pero en 1512, como había hecho Portugal, quien llegase a las Molucas, a comerciar
en las islas de la Especiería, podía estar seguro de que ante  él se abría un porvenir
brillante.   España   no   había   podido   realizar   una   expansión   similar.   En   primer   lugar,
porque  la bula papal le impedía  adentrarse  por esas cómodas rutas  orientales, pero
sobre todo porque Portugal llevaba gran ventaja. Había iniciado su aventura oceánica
hacía más de un siglo reservándose la explotación exclusiva de los recursos a través de
esos caminos marítimos.

Carte Particulière des Isles Moluques.  También conocidas como las Molucas, las islas Molucas o simplemente
Maluku, las Molucas son en la actualidad parte de Indonesia. El mapa fue dibujado por el cartógrafo francés Jacques­
Nicolas Bellin en 1760 para Histoire générale des voyages, obra de Antonine de Prévost d’Exile. Representa las islas de
Herij, Ternate, Tidore, Pottebackers, Timor, Machian y Bachian.
A España le quedaba la otra posibilidad que los europeos tenían para llegar a Asia:
lanzarse por Occidente hacia el interior del mar «Tenebroso», en una navegación jamás
realizada. Competir.

Las especias estuvieron presentes desde ese momento en todos los desafíos que se
plantearon entre  España y Portugal. Fue el motivo  de sus duelos marinos. Portugal
llevaba la delantera, la iniciativa, el mejor acceso y los dividendos: «Por lo que puedo
conjeturar de mis peregrinaciones por el mundo (…) creo que el rey de Portugal, si
continúa como ha empezado, es probable que acabe siendo el rey más rico del mundo»,
declaraba diez años después de la llegada de Da Gama a la India un viajero italiano
llamado Ludovico Varthema. Era una suposición razonable, apunta Turner , y es que, si 15

se   juzga   por   el   éxito   en   la   búsqueda   de   las   especias   y   por   la   opinión   de   sus


contemporáneos, Colón fracasó y Da Gama triunfó.

Los imperios asiáticos creados por Portugal, Inglaterra y los Países Bajos surgieron
de la búsqueda de la canela, el clavo y la pimienta. Lo mismo podría decirse —y ya lo
hemos dicho— del Imperio español americano. Como señala —desmitificador y exacto
—   Jack   Turner:   «Colón,   Gama   y   Magallanes   eran   buscadores   de   especias   antes   de
convertirse en descubridores» . 16

¿Qué eran realmente las especias?

Categorizar las especias es un ejercicio de cierta complicación al que vamos a renunciar.

A   principios   del   siglo  XV  el   florentino   Francesco   Pegolotti   escribió   una   guía
comercial en la que enumeraba 188 especias. En ella incluía desde las almendras hasta
las naranjas o el alcanfor y el azúcar . Listado exagerado —a mi juicio— que permitiría
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incluir   en   él   toda   una   serie   de   productos   que   se   adaptaran   a   ciertas   características


esenciales: aromáticos, escasos, duraderos y difíciles de conseguir.

Dejemos a Pegolotti, pues esos son otros derroteros ajenos a lo que pretendemos
relatar aquí; ahora bien, lo que sí es relevante señalar, y ese es un rasgo común, es que la
mayoría   de   las   especias   consideradas   como   tales   brotaban   en   espacios   geográficos
lejanos, desconocidos, arriesgados e inaccesibles a Occidente.

Antes  de   que  los españoles  descubrieran  las Indias,  las  especias  mejores   y  más
raras   eran,   casi   por   definición,   asiáticas.   Y   hacia   Asia   se   dirigió   el   esfuerzo   de   la
búsqueda y conquista de mercados.

Turner,   tantas   veces   citado,   define   el   relato   sobre   su   cultivo,   su   búsqueda,   su


comercio y su uso, como «un millar de enredadas y aromáticas madejas de la historia» . 18

Existe un halo misterioso en todo lo que las rodea.
La propia definición de especia  es debatida,  porque  no se sabe muy bien cómo
situarla en el universo vegetal. La especia puede  ser corteza, raíz, brote, flor, goma,
estigma,   semilla,   resina   o   fruto;   su   enigma,   o   parte   de   él,   radica   en   sus   cualidades
químicas, en sus raros aceites esenciales y sus oleorresinas. De hecho, gran parte de sus
funciones pertenecen a un mundo volátil creado por la Naturaleza para proteger a la
planta que les da vida o a la que ellas se la proporcionan.

Como alimento, realmente no tienen la menor significación. Ese conglomerado de
aceites   aromáticos   y   de   síntesis   químicas   de   las   especias   no   aportan   elementos
nutritivos. No hay en ellas vitaminas, calcio o minerales. La clave de su éxito reside en
su aroma. Radica en la capacidad de crear todo un mundo de sabores que se recrean en
el paladar. La vainilla, la canela, el anís, el clavo o los saboreos sazonados de pimienta,
el jengibre, la mostaza o el chile. Retoques de gastronomía que auguran todo un festín.

Los   botánicos   las   idealizan   menos   y   nos   explican   que   la   composición   de   las
especias desempeña un papel secundario en el metabolismo de la planta, pero que su
razón de ser es una forma de respuesta evolutiva o de defensa que tiene esta a través de
los siglos, para contrarrestar las amenazas de los parásitos, las bacterias, los insectos, los
hongos o los patógenos presentes en el medio tropical en el que habita y se desarrolla.
Dicho de otro modo, las especias son una rareza botánica. Un recurso defensivo. Para
determinados insectos, los vaporosos aromas del clavo o la canela no son más que un
montón de toxinas . 19

De entre todas ellas, tres —la nuez moscada, el clavo y la canela— se producían en
las   minúsculas   islas   moluqueñas   de   Ternate   y   Tidore,   y   el   clavo   de   olor   y   la   nuez
moscada tenían en esas islas su cuna exclusiva y única, aunque también se recogían en
las vecinas de Moti, Maktian, Gilolo (o Halmahera) y Batjan. Ese capítulo de especias y
galeones que marcó un hito en la historia de España de los siglos  XVI y XVII es el que nos
interesa.

Pero   antes   de   sumergirnos   en   el   relato   de   su   historia,   en   la   que   abundaron


travesías, guerras, alianzas y enemistades, conozcamos sus cualidades, su naturaleza y
sus atributos, exagerados a través de los siglos —el perfume del Paraíso, se las llegó a
llamar—, pero siempre asociados a la idea de profundizar la intensidad del sabor y
apreciados, defendidos y exigidos, cuando ello era posible, por la dictadura del paladar.

Comencemos   con   la   canela.   El   árbol   de   la   especia   se   conoce   en   botánica   como


Cinnamomum   zeylamicum.   No   era   genuino   de   las   islas   de   Ternate   y   Tidore,   aunque
personalmente los he visto en esta última isla. Es un árbol de aspecto esbelto, aunque
modesto. Termina siendo una tentación inevitable arrancar algún trozo de su corteza.
Claro que la canela no se saborea plenamente así. La especia se obtiene de la corteza
interna que se arranca del árbol cortándola en segmentos; se deja secar al sol y se espera
hasta que se curva y forma sabrosos barquillos. El árbol —porque aquí el mérito creador
de la especia no son ni sus hojas ni sus frutos sino el árbol mismo— es pequeño y sin
pretensiones. Su origen está localizado en Sri Lanka, y más concretamente en su zona
húmeda.   De   forma   es   muy   parecido   al   laurel,   que   prefiere   suelos   arenosos  y   clima
marítimo­tropical.   El   árbol   va   soltando   su   corteza,   o   se   le   extrae,   o   se   recoge   y
comercializa molida o en astillas.

Canela. El árbol de la canela es de hoja perenne, tiene de 10 a 15 metros de altura, y procede de Sri Lanka. Se
aprovecha como especia su corteza interna, que se obtiene pelando y frotando las ramas.

El 80 % de su valor nutricional lo componen los carbohidratos y un 53 % de su
textura es fibra alimentaria. Su contenido de azúcar o proteínas es mínimo.

Sobre  la canela se han dicho y  escrito  multitud de  elogios. Se la ha llamado  la


especia   del   amor   por   sus   supuestas   cualidades   como   afrodisíaco,   al   mejorar   la
circulación   sanguínea;   se   ha   dicho   que   las   sensaciones   que   provocaba   su   corteza
aromática rozaban lo mágico y se ha afirmado  igualmente que era la más mística y
poética de todas las especias, y —¡pobre canela!— se la cubrió también de oprobio por
la sencilla razón de que, entre todas, era la más cara. Se cuenta, y seguramente es una
invención popular, lo que hoy llamaríamos una leyenda urbana, que en 1530 uno de los
banqueros alemanes de Carlos I quemó pagarés del emperador en su chimenea donde
ardían   alimentando   el   fuego   ramas   de   canela.   Auténtica   muestra   de   la   fortuna   del
banquero   que   no   solo   arrojaba   al   fuego   los   pagarés   imperiales,   sino   que   lo   hacía
quemando las promesas de oro del emperador con la madera más cara del mundo.

En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes, para poner de manifiesto
la   riqueza   y   esplendor   de   las   bodas   del   rico   Camacho,   se  refiere,   entre   el   lujo   y   la
abundancia, al sumun de la riqueza:

Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estaban de manifiesto en una grande arca.
Aunque, después de todo, su valor se debía ciertamente a razones menos mágicas,
y se la apreciaba no tanto por el «grato sabor con que enriquecían una cocina poco
refinada, como en sus virtudes conservantes o encubridoras» . 20

Ya era mencionada en la Biblia como una especia aromática muy apreciada. En los
tiempos que tratamos, la canela fue el primer gran alijo de los portugueses. En 1505 la
primera   expedición   lusitana   hizo   escala   en   la   isla   de   Sri   Lanka,   Ceilán,   y   cobró   un
tributo de 150 quintales de canela al rey de Gale. A partir de ahí las lonjas de Lisboa
fueron llenándose de ella, para frustración de la Casa de la Contratación de Sevilla, que
no conseguía que en las expediciones de las Indias se estibaran en las naos fardos de
canela.

Su reputación estaba tan prestigiada que, en 1541, en el otro extremo del mundo,
Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana buscaban como locos al este de Ecuador el País
de la Canela, pues el capitán general Gonzalo Díaz de Pineda dijo haber encontrado
árboles con aroma a canela a su regreso de una expedición a los Andes. Cerca de 220
españoles y 3000 indígenas buscaron inútilmente sin hallarlos los árboles de Díaz de
Pineda. Una vez más, los esfuerzos españoles por encontrar las especias en las Indias
quedaban condenados al fracaso.

La nuez moscada es otra de las joyas vegetales. Crece en un árbol muy parecido al
melocotonero y permanentemente verde. Myristica fragans se llama en latín. Sus ramas y
sus hojas son más estrechas que las del árbol del melocotón. Tiene una altura media que
puede oscilar entre los 5 y los 15 metros y necesita un clima marítimo­tropical para
crecer adecuadamente. La nuez moscada es, en realidad, la semilla del árbol. La baya
está cubierta por un arilo o cobertura carnosa. Cuando esta se seca y se separa del fruto
recibe el nombre de «macis» y también es considerada como una especia, de manera
que el árbol de la nuez moscada es fuente de dos especias distintas. No puede darse
mayor generosidad.
Nuez moscada. Originaria de Indonesia, la nuez moscada es una planta perenne de cuyo fruto se obtiene un
grano duro cubierto de una membrana. Este grano es precisamente la especia.

El árbol igualmente produce aceites esenciales que se obtienen de la destilación de
la nuez molida, y manteca de nuez, que también se comercializan. Ese aceite incoloro y
ligeramente amarillento, que sabe a nuez, se utiliza como saborizante alimentario en
jarabes y bebidas. Nadie hubiera podido pensar entonces que los aceites de esa buscada
especia iban a ser utilizados para dar sabor a una de las bebidas más populares 500 años
después: la Coca­Cola.

Su origen radica en las islas Banda de Indonesia, muy próximas a las Molucas, y
por supuesto en Ternate y Tidore. Viejos relatos transmiten la noticia de su utilización
en los primeros monasterios budistas. Quizás las emociones alucinógenas de moderada
intensidad   o   las   sensaciones   relajantes   parecidas   a   las   producidas   por   el   cannabis,
fueron  experimentadas  por los monjes, ya que cuando se superan  los 10 gramos de
dosis de esa semilla se pueden producir esos efectos, que pueden prolongarse, pues
contiene derivados de anfetamina. Conocida por romanos y medievales, e introducida
en   Europa   por   los   árabes   en   el   siglo  XI,   terminó   en   las   naves   portuguesas,   que
comerciaron   con   ella   durante   el   siglo  XVI  hasta   que   los   holandeses   arrebataron   a
Portugal el comercio de las especias de la Especiería. Llegaremos a ello.

Antes de que las nueces maduren, el capullo florece tomando el aspecto de una
rosa roja, pero cuando la nuez sazona, el capullo se cierra sobre sí abrazando la nuez y
la cáscara de la misma, de tal modo y sin orden ni concierto que se pensaría que ambas
son una misma cosa, señalan Des Alwi y Willard Hanna . Cuando fructifica, los locales
21

varean las ramas como se hace con la aceituna. La almendra de la nuez moscada se
suelta y la semilla y el fruto se vende al peso.

La nuez tiene un sabor dulce y aromático. Hoy está presente en múltiples guisos
desde la cocina bávara que las utiliza en abundancia en la producción de las famosas
weisswurst hasta en los currys de la cocina india.

A la nuez moscada se la atribuyeron en el pasado múltiples virtudes y, ¡cómo no!,
sus   discutidas   cualidades   afrodisíacas   fueron   puestas   de   relieve   para   incrementar
interés,   sabor   y   quizás   precio   de   esa   especia   vegetal   aromática   y   picante   que   se
adaptaba tanto a los platillos dulces de la India como a los salados de Oriente Medio.
Más tarde,  cuando  el análisis químico  pudo desentrañar  sus secretos, se constató  la
presencia   saludable   de   cobre,   potasio   y   magnesio   en   su   núcleo   con   aplicaciones
variadas   sobre   nuestro   organismo:   antioxidante,   regulador   del   azúcar   en   la   sangre,
metabolizador de carbohidratos y analgésico para los dolores articulares y musculares.

Como frecuentemente sucedía con aquellos productos lujosos y caros con los que se
comerciaba   en   monopolio,   bien   fuera   la   fina   porcelana   de   Sajonia   o   los   valiosos
productos   de   la   Especiería,   el   secreto   rodeaba   su   manufactura   o   recolección   y,   por
supuesto, el secreto de la fórmula que lo generaba, o la raíz que lo producía, no podía
salir de los límites de quien lo creaba.

Siempre había quien trataba de escamotearlos, tentado por el contrabando. Hernán
Cortés vio la posibilidad de que algunas de las naves expedicionarias españolas trajesen
plantas   de   especias   en   barriles   o   botas,   desde   las   Molucas   hacia   Nueva   España,   y
ordenó a Álvaro de Saavedra que se indagase el proceso de cultivo de las especias y se
procurase «muy disimuladamente de enviar en los navíos algunas plantas en sus botas
con tierra, o en otra manera que a vos os parezca que puedan venir más sanas para se
plantar acá» . 22

Sugirió incluso que con el necesario secreto con que debía llevarse a cabo la gestión,
se   llevase   a   Nueva   España   algún   isleño   que   supiese   tratar   y   curar   las   plantas.   La
condición para ello era que fuese «por su voluntad o del señor de la tierra, porque de
otra manera sería facerles descubrimiento».

Esa especie de espionaje botánico, señalan Juan Génova y Fernando Guillén , tenía 23

sus riesgos y, en caso de ser descubiertos por los moluqueños, los españoles deberían
afirmar que las llevaban para que el conquistador de México «vea la manera dellas e no
para otro efecto» , una excusa que no creo que pasase el suspicaz filtro de los habitantes
24

del archipiélago de la Especiería.

Con el transcurso de los años, los holandeses controlaron el mercado de clavo y
nuez   moscada   y   las   plantas   salieron   de   los   límites   de   las   Molucas.   Después   de
cosecharse   en   los   bosques   de   nuez   moscada   de   Banda   o   a   la   sombra   de   los   conos
volcánicos de Ternate y Tidore, lo más probable es que se estibaran en uno de los botes
que iban y venían entre las islas del archipiélago, como siguen haciendo hoy día, y
terminasen en un barco rumbo a las costas de India o de América. Siglos después las
especias   asiáticas   se   expandieron   en   las   Américas   con   tanto   éxito   que   la   antillana
Granada es hoy uno de los mayores productores de nuez moscada. El árbol, y por tanto
la nuez, que en el siglo  XVI eran una rareza que crecía solo en la Especiería, están hoy
diseminados   no   solo   en   las   Molucas   indonesias,   sino   en   China,   Malasia,   la   isla   de
Granada, India y Sri Lanka.
Clavo. El árbol del clavo o clavero es nativo de Indonesia. Sus botones secos se denominan clavos de olor o
girofles.

Hablemos ahora del clavo, o clavo de olor, como también se le llama. Era la especia
que faltaba por conseguir en el tablero exótico conocido por los navegantes medievales.
La  pimienta negra crecía  en  Guinea  o a lo  largo  de  toda la costa de  Malabar,  o en
Jamaica, o en La Española; la canela se daba en Ceilán y en China —la casia— y el
jengibre en los bosques lluviosos tropicales de India y Tailandia, pero el clavo de olor,
brotaba   solo   en   las   minúsculas   islas  gemelas   Tidore   y   Ternate   y   en   algún   que   otro
pequeño islote de los alrededores. El clavo es el botón floral seco del árbol conocido
como Syzgium aromaticum. Ese es su nombre científico. El Syzgium aromaticum es nativo
de esas islas y de ningún otro sitio más. El árbol del clavo, de crecimiento muy lento, se
da   en   tierras   húmedas   o   volcánicas,   ricas   en   materia   orgánica   y   dotadas   de   buen
drenaje.   Algunas   exageraciones   o   malentendidos,   aparecen   en   las   descripciones   de
Bartolomé   Leonardo   de   Argensola,   que   aseguraba   que   los   claveros   que   poblaban
aquellas  islas, «altísimos peñascos cubiertos de la silvestre  fragancia de sus clavos»,
estaban   bañados   por   el   mar.   «Agua   marina   los   entretiene;   dañaríales   la   dulce» ,   y 25

describe con detalle literario la flor del clavo:

Los españoles antiguamente lo llamaron girofe y después clavos, porque lo parecen en la figura. La
cabeza de los garyofilos, atravesada de cuatro pequeños dientes, muestra forma de estrella. Es una planta
semejante al laurel, pero de mayor copa26.

Sus botones florales —flores que aún no se han abierto— y secos, se denominan
clavo de olor o girofles. Argensola detallaba el proceso de maduración y el cambio en
los colores:

…cuando empieza a florecer arroja suavidad eficacísima en el olor, produce en lo más levantado…
innumerables racimos como los del sauco y de madreselva; nacen blancos, más crecidos son verdes; la
tercera sazón que los madura, los pone colorados mostrando su virtud interior, en la variedad aparente
de los colores (…) Tendidos al sol, en tres días quedan secos, y de color entre cenicienta y prieta 27.
«Las   claveras   nacen   sin   beneficio   alguno   como   todos   los   árboles   de   peñascos»,
observa Argensola, y «estos son los bosques de estas islas», dice refiriéndose a Tidore y
Ternate, «porque chupan en sí todo el favor del cielo» . 28

Es un árbol elegante y duro, de crecimiento pausado. Ya lo dice Argensola: «un
árbol   de   peñasco».   Puede   alcanzar   una   altura   de   10   a   20   metros.   Tiene   hojas
puntiagudas   de   las   que   en   botánica   llaman   lanceoladas.   El   verde   de   sus   hojas   es
perenne. El entorno climático donde crece es cálido y no soporta las heladas o el frío.

La flor, aún no abierta, contiene un aceite esencial que es el responsable del aroma:
el eugenol. Toda una legión de componentes se suma a ese aceite, formado por ácidos y
taninos sobre los que evidentemente no vamos a extendernos. Es un árbol, en suma, que
arraiga sobre el suelo fértil de las cenizas volcánicas, pero a cierta altura, donde las
noches son frescas y donde a lo largo del día recibe una brisa cálida del mar que trae
humedad y que envuelve a los árboles con temperatura de invernadero. Quizás todas
esas condiciones climáticas hacían que el árbol clavero no fuera tan fácil de encontrar en
la geografía del mundo conocido.

Lo  que  convierte  al clavo  en verdaderamente  increíble  es su rareza  como  pieza


botánica. Antes de la Era Moderna, el clavo crecía únicamente —ya lo he dicho, pero me
interesa   repetirlo—   en  cinco   minúsculas  islas  volcánicas  al este   de  lo  que   hoy  es  el
archipiélago indonesio de las Molucas —Tidore, Ternate, Moti, Maktian y Batjan—, la
mayor de las cuales mide apenas 15 kilómetros de ancho.

Además de sus cualidades para sazonar, enriquecer, matizar o subrayar sabores en
los   paladares   medievales   y   renacentistas,   el   clavo   se   encontraba   en   la   base   de   la
confección de dos productos de lujo muy apreciados: los inciensos y los perfumes.

Los   inciensos   estaban   formados   por   materiales   de   una   planta   aromática


combinados con resinas o aceites de origen vegetal o animal. Las especias jugaban un
papel clave en su manufactura. Cortezas como la canela, maderas como el sándalo o
flores como el clavo se mezclaban rayadas y terminaban convertidas en un polvo que
formaba el preparado del material y que se juntaba con nitrato de potasio. Terminada la
mezcla, ya estaba lista para quemarse directamente —«traen guantes engrasados / y
perfumes   encendidos…»,   escribía   fray   Ambrosio   de   Montesino   en   1508—   o   para
extenderse   sobre   un   carbón   incandescente,   encendido,  iscendere  en   latín,   de   donde
deriva la palabra «incienso».

Era uno de los productos que abundaba entre las mercancías que se transportaban
por la Ruta de la Seda. Antiguo y caro, el incienso era regalo de reyes para reyes, como
sabemos por las crónicas de las dinastías seleúcidas y persas, la mitología grecorromana
y la Biblia en sus relatos sobre Moisés o la Epifanía del Señor.
El clavo fue asimismo básico en la elaboración de perfumes. En la Edad Media, las
«pomas» o pomanders, que eran una especie de joyas elaboradas en metales preciosos y
que contenían en su interior especias y esencias, fueron los precedentes del perfume.
También lo fueron las aguas aromatizadas con especias. En el Renacimiento, Florencia y
Venecia se convirtieron en las capitales del perfume y de los aceites esenciales naturales
o fragancias, que se extraían de los vegetales o de algunas especias —no de todas— y
que se destilaban sin descomponerse. Ahí dominaba el clavo aromático que competía
con los aromas más populares, como la violeta, la rosa, la lavanda o el almizcle. A la
parte vegetal del clavo —o de la flor— se le añadía agua en cantidad suficiente para que
quedase   completamente   bañada.   Al   cabo   de   horas   se   producía   la   maceración   y   se
procedía a la destilación, una técnica adquirida de los árabes, con un disolvente líquido
como el alcohol y un fijador. En el alambique se destilaba alcohol que servía de soporte
a las esencias.

El   producto   resultante   se   depositaba   en   un   vaso   de   cristal   donde   se   separaba


fácilmente el agua de la esencia. Nacían así las aguas de olor, perfumes líquidos muy
valorados y difíciles de obtener, amparados en fragancias orientales, y aromáticas como
era el caso del clavo, que eran guardados en una especie de barriletes de cristal.

Cuando la alquimia dejó paso a la química y el vidrio soplado sustituyó a los viejos
envases, la perfumería evolucionó notablemente. Los maestros de fragancias naturales
se profesionalizaron creando  el oficio  de perfumista,  que estudiaba  y  catalogaba las
familias olfativas, florales, cítricas, aromáticas, orientales… como bases de los perfumes
y creaba verdaderas joyas con las botellitas de cristal que los guardaban y los estuches
que los protegían . 29

En síntesis, ambos productos, incienso y perfume, se elaboraban ya desde hacía
mucho tiempo, pero alcanzaron un mayor grado de sofisticación en el Renacimiento y
eran,   cabe   decirlo,   artículos   de   consumo   diario   en   los   palacios,   mansiones   de   la
burguesía, catedrales, monasterios y fortalezas. El clavo, aunque también la canela y la
vainilla, se buscaron con ahínco para la elaboración de perfumes especiados. Si a ello se
agrega   que   aquel   también   se   apreciaba   como   elemento   curativo   y   afrodisíaco,   se
entiende que sus precios alcanzasen cotas inimaginables. Solo un kilo de clavo costaba
aproximadamente siete gramos de oro puro en el siglo  XVI. El valor de dos ducados de
oro.

La cosecha se hacía esperar, pero se pagaban bien: «Recompensan estas plantas con
su abundancia la suspensión de la tardanza; de manera que, habiendo enriquecido de
ella todas las gentes, anualmente llegan los derechos de la Corona Real a dos millones
poco más o menos» . 30
El mismo autor estimaba que la producción anual de clavo en Ternate era de 4000
bahares.   El   bahar,   procedente   de   la   voz   griega  baros,   quiere   decir   carga.   El   bahar
equivalía a unos 186,7 kilos. Si las cinco islas de Molucas cosechaban anualmente 4000
bahares, según refiere Argensola, quiere ello decir que la producción de clavo llegaba a
los 746 000 kilos anuales.

El kilo de clavo se vendía por 7 gramos de oro, que era la cantidad de oro puro en
la  moneda  de   2 ducados.  Por  lo  tanto  746  000 kilos  —si las informaciones que   nos
transmite Argensola eran correctas— tendrían un precio de 1 492 000 ducados de oro.
Esa   era   la   cosecha   anual,   de   la   que   Ternate   se   llevaba   una   gran   parte,   donde   el
portugués Serrao se había instalado cómodamente para iniciar el comercio vía Malaca y
Goa, con Lisboa.

Las  pruebas  son  demasiado   fragmentarias  para  establecer  un  patrón de   precios
generalizado, pero de lo que no cabe duda es de que en cada etapa del largo viaje desde
Oriente a Occidente, un intermediario distinto —árabe, turco o judío— incrementaba el
precio,   de   manera   que   cuando   llegaban   a   Europa,   el   valor   de   las   especias   era
astronómico; había aumentado un mil por cien . 31

Había quien afirmaba que por el precio de una libra de azafrán (460 gramos) podía
comprarse un caballo. Aunque habría que ver qué clase de caballo. En fin, hay quien
estima, utilizando valores simétricos a los modernos que un quintal correspondía a 100
libras castellanas o 46 kilos de hoy. En aquella época podían comprarse 100 libras de
pimienta en Goa o Calcuta por el equivalente a 3000 y 4000 dólares de nuestros días. Ese
mismo   quintal   de   100   libras   castellanas   se   vendía   en   Venecia   por   un   precio
comprendido entre los 100 000 y 120 000 dólares de hoy día. Es decir, 27 veces su valor
inicial. Con la nuez moscada el comercio era todavía más lucrativo. El quintal de nuez
moscada comprado en las Molucas a 3000 o 4000 dólares podía venderse en París o
Londres por un precio que, si lo actualizásemos, alcanzaría 2 100 000 dólares, 600 veces
su coste de producción . Los precios —y las diferencias entre origen y cliente final—
32

eran aún mayores con la canela.

Lo veremos después, pero adelantaremos que para los portugueses —y eso era lo
que  pretendían  también  los castellanos— llegar  al origen de  las especias  significaba
saltarse   toda   la   cadena   de   intermediarios,   de   manera   que,   si   se   conseguía,   se
desplomarían   los   precios   del   producto   en   los   mercados   del   Mediterráneo.   Ello
permitiría a Lisboa vender más barato (aunque todavía a una cotización elevada y con
grandes márgenes) al reducir sus costes, y hacerlo a precios más competitivos que los
que se fijaban en las lonjas venecianas y genovesas. Además, no depender de lentas
caravanas   ajenas,   sino   de   sus   propias   naos,   aseguraba   un   suministro   regular.   Así
planeado, Lisboa inauguraría el mayor monopolio de venta de especias en Europa.
Ellas   fueron   el   motor   de   toda   expedición.   Cuando   los   grandes   descubridores   y
navegantes resquebrajaron los conceptos de la ignorancia y de la fantasía medievales
entonces, escribe Turner:

Sacaron los reinos del oro y de las especias a la prosaica luz del día y los pusieron en el punto de
mira del negociante y del inversor capitalista. La gran era de las especias fue también la era que aniquiló
su misterio33.

Terminó el misterio y comenzó el tintineo de los ducados y los doblones.

¿Para qué servían las especias?

Si tanta era la pasión por lograr su posesión y el control de sus orígenes; si tan elevado
era el precio por su escasez en los mercados y su dificultad en conseguirlas, ¿qué es lo
que escondían las especias para despertar esa turbadora obsesión por poseerlas?

Nadie se adentraba en el océano a descubrir pasajes ignotos, preñados de peligros,
de dudas y de interrogantes si lo que se perseguía no tenía gran valor. Y lo tenían.

Los   romanos   ya   habían   sazonado   sabores   de   lo   que   consideraban   «el   Oriente


lascivo». Atribuían a las especias cualidades afrodisíacas capaces de generar actividades
innombrables   ante   el   pudor.   El   gusto   era   solo   uno   de   los   muchos   atractivos   de   las
especias. Sus usos eran tan variados como lo era su historia. Las especias se utilizaron
como   condimentos   en   la   preparación   de   carnes   y   pescados;   como   aromatizantes   de
origen   vegetal;   se   emplearon   en   la   elaboración   de   perfumes   y   como   conservantes
sirvieron para preservar la comida o para sazonarla.

El gran papel lo jugaron «en los espantosos guisos que tanto gustaban a nuestros
antepasados» . Cierto es que, sin la existencia de la refrigeración, la carne y el pescado,
34

y de hecho todos los alimentos, tendían a pudrirse. Las intoxicaciones alimentarias eran
un riesgo presente. Hoy día pueden ser graves si no se tratan a tiempo. En la Edad
Media y en el Renacimiento solían ser mortales. El riesgo era particularmente alto con el
pescado. Sobre todo, en verano.

Trucos y ocurrencias siempre existieron para preservar el frescor de los alimentos.
Al emperador Carlos I le llegaban las langostas pescadas en las costas de Santander en
un   envoltorio   de   paja   prensada,   dentro   del   cual   se   había   introducido   nieve   de   la
almacenada   en   los   neveros   de   la   montaña,   pozos   cavados   en   invierno   con   paredes
reforzadas   de   piedra   o   pizarra,   que   la   preservaban   hasta   el   verano.   Y   así   las
transportaban hasta Valladolid o El Escorial. Pero eso era excepcional. Como también lo
era el diseño de grandes estanques, en Yuste o en La Granja, para mantener el pescado
vivo   y   fresco.   Felipe   II   recuerda   en   uno   de   sus   memoriales   sobre   el   Real   Sitio   de
Aranjuez la necesidad de que «acaben el estanque grande porque si no se acaba este
verano no habrá donde poner el pescado este invierno» . Pero lo habitual era que los
35

alimentos corrieran el peligro de corromperse. Las especias, sin duda, eran un remedio
contra esos peligros. De acuerdo con las doctrinas médicas imperantes en esa  época
inicial   del   Renacimiento,   el   efecto   conservante   se   explicaba   por   las   supuestas
propiedades de las especias de carácter «secante» y «abrasador», que cortaba la fetidez
producida por el exceso de humedad que es lo que había originado la podredumbre,
aunque, de hecho, lo que las especias hacían era encubrirla. Una de las muchas virtudes
de   las   especias   radicaba   en   la   capacidad   de   disimulo.   La   carne   pasada   quedaba
disfrazada en la fragancia de los aromas vegetales. Ahora bien, «la carne pasada no
disminuía ni un céntimo su precio en el mercado, pues a los criados les traía sin cuidado
que los invitados de su señor enfermasen o muriesen, con tal de que en la mesa se
presentasen muchos platos y distintos» . Las salsas, colmadas de especias, ayudaban.
36

Aunque hay que ceñir el escollo a sus justos términos. Si bien es cierto que el problema
de la carne y el pescado era real, se llegó a exagerar con la idea de que toda la carne y el
pescado, en época medieval o renacentista, se servía pasado.

Las  especias eran caras, y «quienes tenían el dinero necesario  para pagarlas sin


duda podrían adquirir carne decente por mucho menos de lo que costaban las especias:
¿por qué iban a gastar especias buenas y caras en carne mala y barata? Los ingredientes
podridos eran una preocupación mayor para los pobres, y estos no tenían dinero para
comprar   especias» .   Y   después   de   las   matanzas   del   día   de   San   Martín   —el   11   de
37

noviembre—, la carne no consumida se sazonaba o se salaba. Nadie mejor que Miguel
de Cervantes, testigo privilegiado del mundo que describimos por haberlo vivido en su
época,   para   desmentir   la   fábula   generalizada   de   la   carne   mala   y   dar   cuenta   de   las
prácticas de fogón y olla de entonces, que luego plasmó en sus obras.

También en el capítulo relativo a las bodas de Camacho, en el  Quijote, Cervantes
describe la preparación de la carne fresca dispuesta para el festín, asada o cocida al
instante:

Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un
entero novillo. Las ollas embebían y encerraban en sí carneros enteros (…) como si fueran palominos. Las
liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma (…) estaban colgadas de los árboles para sepultarlas en ollas
que no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para
que el aire los enfriase.

Nada   denota   prácticas   que   no   se   realicen   hoy   día   y   en   ellas   se   desprende   una
esmerada —aunque pantagruélica— elaboración de la carne cazada o sacrificada.

No   solo   los   alimentos   se   vieron   beneficiados   por   las   especias.   También


demostraron su valor en las bebidas.  Entre  las recetas  sofisticadas, a la canela se le
reservó una de las misiones más antiguas y duraderas que se conocen: perfumar el vino
en   solitario   o   en   compañía   del   clavo   de   olor   y   de   la   naranja.   La   canela   o   el   clavo
permitían  rebajar  la  aspereza   de  los  vinos jóvenes  y  astringentes,  o  los potenciaban
moliendo   y   mezclando   diversas   especias   que   se   añadían   al   vino   tinto   o   blanco.
Asimismo lo endulzaban «con azúcar o miel para terminar filtrándolo con una tela,
aunque con la llegada de la tecnología del corcho y la botella en el siglo  XVI, la necesidad
de añadir especias al vino se volvió de pronto menos acuciante» . A veces también se 38

usaban para aromatizar el agua fresca. El té de Ceilán con barritas de canela se bebió
desde siempre.

Ciertas   o   no,   las   consecuencias   del   uso   de   las   especias   se   apreciaban   tanto   en
aquello relativo a la fragancia, al perfume, al buen olor, como en el cuidado del paladar
y el esmero en los sabores de los guisos que merecían ser servidos en «la plata de los
platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de
los asados y en la plata de los platos fruteros, de bandejas redondas coronadas por una
granada de plata» que magistralmente describe la primera página del Concierto barroco
de Alejo Carpentier. Las especias —qué duda cabe— eran un lujo de una élite.

La canela molida se usaba ampliamente en repostería, y entera, se utilizaba para
sazonar y era un ingrediente muy extendido en Oriente para muchas salsas de curry.

Su uso analgésico no debe olvidarse. La canela, por ejemplo, se utilizaba para sanar
las heridas de la lengua y era común que se chupase o lamiese para sedar el dolor y
cicatrizar   las   papilas   gustativas.   También   se   consumía   para   combatir   los   resfriados,
gripe y bronquitis por sus efectos antibacterianos, chupando las ramitas del árbol o la
propia corteza o en infusiones. El clavo era conocido por sus efectos desinfectantes y fue
utilizado como antiséptico, incluso hasta las guerras napoleónicas. El dolor de muelas y
las aftas se combatieron tradicionalmente con  él. Y la nuez moscada era considerada
como un calmante para los nervios o un remedio para tratar problemas digestivos o
neutralizar infecciones debido a sus propiedades antibacterianas.

El jengibre no solo se empleó en repostería, sino que sus rizomas tiernos, carnosos
y jugosos y de fuerte sabor se consideraron un potente aliado del sistema inmune y un
moderador del azúcar en la sangre.

Pero  entre  lo  más llamativo  de  las preciadas  cualidades  con las que,  fantasía o


realidad, se adornaban estos productos se encontraba —ya lo podemos imaginar— su
pretendido carácter afrodisíaco. El listado era enorme. Aún en nuestros días circulan
listas con especias a las que se atribuyen estos efectos. La albahaca en Italia; el anís en
Oriente Medio; el cardamomo en la India, donde goza de todo un recetario contenido
en   el  Kamasutra,   en   mezcla   con   el   jengibre   y   la   canela,   extendidos   sobre   cebolla   y
guisantes; el comino; el azafrán; la menta…, alabados por sus resultados euforizantes,
pero sobre todo la vainilla, el clavo, la nuez moscada.
En   la   literatura   medieval   y   en   la   renacentista   fueron   incesantes   los   relatos   de
fábulas,   poemas,   fórmulas   y   refranes   donde   la   canela,   el   clavo   o   la   nuez   moscada
jugaban   un   papel   protagonista   y   hegemónico   en   el   deseo   y   en   el   calor   frente   a   la
frigidez. También se describían con lujo de detalles recetas suculentas para esos logros:
piñones,   yemas   de   huevo,   rúcula,   sesos   y   pimienta   para   mejorar   la   esperma;   vinos
especiados; gotas de aceite de pimienta sobre el  perinoeum, en tres o cuatro dosis, con
éxito vigorizante…, y todo lo imaginable en esa especie de  marketing  medieval de las
afamadas  especias. Turner llega a firmar que «el tráfico  de especias  no lo motivaba
tanto el paladar como la entrepierna» . 39

Pero regresemos a la geografía. El mundo entraba en los años iniciales del siglo  XVI.
Después   de   27   años   de   travesías,   cábalas   y   viajes   accidentados,   ya   se   conocían   los
lugares de origen de las especias. Los monarcas de Portugal estaban convencidos de
que las islas de las Especias se encontraban en su esfera de influencia y acción, trazada
en el Tratado de Tordesillas. El problema era que los monarcas de España pensaban lo
mismo   refiriéndose   a   sus   derechos   sobre   el   archipiélago.   Se   habían   descubierto   sus
señas geográficas, sus coordenadas.

A partir de ahora comenzaba la lucha y la carrera para llegar el primero a ellas.
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Las naos y los galeones

L AS RUTAS MARÍTIMAS HACIA  ORIENTE  o hacia Occidente eran espacios desiertos de


agua salada. En ellos el desamparo era total. Los huracanes, las tormentas, los
vientos   borrascosos,   las   corrientes   y   el   oleaje   agitado   constituían   retos   que
parecían   insalvables   para  las  naves  de  finales  del   siglo   XV.  Llegar   a  través  de  estos
peligros conocidos y otros aún desconocidos a las tierras de la Especiería era objetivo
que nadie hasta entonces se había atrevido a abordar.

Sobre   la   incertidumbre   del   camino   a   recorrer,   entre   hipótesis   geográficas


tanteantes,   traslucía   la   pregunta   sobre   los   inconvenientes   técnicos   que   parecían
insalvables.   ¿Cómo   llegar?   ¿Qué   tipo   de   nave   sería   necesaria   para   emprender   una
misión así? ¿De qué medios se disponía para sobrevivir durante el intento? ¿Cómo se
materializarían esos proyectos? ¿Bastarían tripulaciones expertas y serían adecuados los
medios navales entonces existentes?

La nao

En sus inicios, la nao fue exclusivamente un buque de transporte. La de combate era la
galera. Sin embargo, el desarrollo de la artillería naval fue la razón esencial para que se
fuera transformando en un buque de guerra, recibiendo entonces el nombre general de
«nao de armada».

Durante la época que corresponde a la segunda mitad del siglo  XIV hasta finales del
XV  —en   la   era   de   los   descubrimientos—   las   naos   de   guerra   son   todas   mercantes   y
artilladas   para   ser   puestas   al   servicio   de   la   Corona   mediante   los   correspondientes
contratos de asiento . Hasta el momento, la nao era la embarcación más probada, la más
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segura y la más capaz de todo lo que flotaba en las costas y mares de Europa. Para su
construcción se echaba mano de las maderas nativas europeas. El roble proporcionaba
tablones,   listones   y   traviesas   de   materia   segura   y   fuerte   para   los   elementos
estructurales,   sobre   todo   para   la   quilla,   la   auténtica   espina   dorsal   de   la   nave;   pero
también para el puente y las cuadernas. El pino, más blando y barato, se empleaba para
los mástiles y vergas, y luego, el tingladillo, o tablas solapadas de diversas maderas, se
utilizaba para el forro. Pero todo esto no se encontraba a pie de astillero.

En   el   siglo  XVI,   terminada   la   Reconquista,   España   contaba   con   tres   focos   de


construcción naval: las Reales Atarazanas de Barcelona, que era el más importante en el
Mediterráneo; los astilleros de ribera en el golfo de Cádiz, en Puerto de Santa María,
Sanlúcar y Huelva, y los puertos cántabros de Santoña, Santander y Bermeo.

Preparar   una   expedición   oceánica,   calculada   al   menos   para   dos   años   y   que   las
vicisitudes   de   las   travesías   podían   prolongar   por   más   tiempo,   precisaba   que   los
elementos  técnicos y  materiales  para la construcción de las naos fuesen de la mejor
calidad posible. Nunca se había hecho, pero se intuía que el esmero en los materiales y
el   rigor   en   el   diseño   eran   las   mínimas   garantías   para   asegurar   el   resultado   que   se
pretendía.

De manera que era vital la búsqueda de buenas maderas con que nutrir el armazón
de la nao, que fuesen muy fuertes en la quilla y resistentes en los costados; acomodar
los mástiles sin nudos, elevados y que soportasen bien la presión de los vientos, y tener
a mano plomo en planchas, muy necesarias para cubrir el casco y preservarlo en lo
posible de la acción de los moluscos acéfalos —conocidos como «broma»— y de su
labor destructiva en las maderas sumergidas . Despreocuparse en eso podía acarrear
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trágicas   consecuencias.   Así   es   como   la  Santa   Catalina   comenzó   a   hacer   agua   que
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«entraba por mucha parte», en su travesía desde El Callao a Manila, hasta el punto en
que «quedó sin ser más vista».

Nao del siglo XVI. Grabado de Pieter Brueghel el Viejo realizado en 1565.

Era   preciso   además   tener   a   mano   grandes   cantidades   de   brea   y   pez   para   el
calafateado de la nao, una operación vital. Consistía en meter estopa entre las tablas de
la obra viva  y sellarla con brea. Se aplicaba luego una mezcla de resina y sebo con la
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que se untaba todo el casco; a la obra muerta  se le administraba resina de pino y aceite
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de ballena.

Estos elementos debían procurarse en un área geográfica tan extraordinariamente
amplia,   que   ello   explica   no   solo   la   dificultad   para   abastecerse   de   todos   ellos,   sino
también el tiempo que debía emplearse en conseguirlo. Además, para ese proceso eran
necesarias   relaciones   comerciales   establecidas   y   vinculaciones   personales   con
armadores, suministradores y financieros, tanto en España como en el resto de Europa,
lo que no siempre era sencillo. Señala Francisco Solano que en cualquier archivo de un
gran  comerciante  del siglo  XVI  era  normal encontrar  pruebas  documentales  de  estos
contactos   para   modelar   las   ofertas   y   demandas   de   los   mercados   internos   e
internacionales. Decenas de pedidos, facturas y recibos.

A pesar de estos esfuerzos, España carecía de casi todo lo que se precisaba y que se
ha citado en líneas anteriores y distaba mucho de estar equipada adecuadamente para
ocupar   el   papel   destacado   entre   las   potencias   navales.   Estos   inconvenientes   en   la
construcción   naval,   ni   que   decir   tiene   que   entorpecían   a   su   vez   adoptar   un   papel
marítimo  determinante entre las potencias navales . Salvo el hierro  y la madera —e
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incluso esta con reservas—, todo lo que una galera, una nao o un galeón necesitaba
había de importarse. La madera del sur y levante peninsular no era demasiado apta
para las naos con vocación atlántica y había que recurrir a los bosques de Suecia; los
carpinteros   debían   venir   de   Marsella,   Venecia   y   Génova   porque   los   de   Vizcaya   y
Guipúzcoa no daban abasto; el velamen, el cáñamo para las jarcias  y las municiones se 46

traían   de   Nápoles;   el   plomo   de   Austria   o   Hungría;   los   maderos   para   los   palos,   el
alquitrán   y   la   brea,   del   Báltico,   vía   Flandes;   el   estaño   de   Inglaterra;   los   lienzos,   el
velamen y el algodón de Bretaña y las armas de Milán.

Casi el 90 % del coste de material se gastaba en Italia, Flandes y Francia. Dentro de
la   Península   también   la   dispersión   de   proveedores   ralentizaba   el   ritmo   de   la
construcción   naval.   Valencia   proporcionaba   bermellón;   Almadén   azogue   y   Vizcaya,
lonas y hierro. Todo ello llegaba con la lentitud y el ritmo que dominaban la época.

En el siglo  XVI  los navíos más importantes de cada flota eran las naos. Nao es un


término genérico que se utilizaba para referirse a barcos mayores que las carabelas, con
castillo de proa, unas estructuras altas a popa —llamadas alcázar— aparejo redondo en
los   palos   trinquete   y   mayor   y   aparejo   latino   en   el   palo   de   mesana .   Estas   naos
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desempeñaron,   como   veremos,   un   papel   protagonista   en   la   época   de   los


descubrimientos y en la Carrera hacia la Especiería. Opinan los especialistas en diseño
naval   que   la   nao   era   una   evolución   de   las   cocas   medievales;   ambas   eran   barcos
mercantes de casco redondo y de un solo mástil con vela cuadrada. Las naos añadieron
al diseño de las cocas dos mástiles más, de modo que terminaron siendo tres (trinquete,
mayor y mesana), además de un castillo de popa, como hemos señalado.

Para   Juan   Génova   y   Carlos   Vila,   el   término   nao   resulta   ambiguo .   Igualmente
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alguno de los autores del siglo  XVII, señalan que la nave, la nao, no era más que un bajel
de alto bordo con mucha capacidad para contrastar las tempestades y las olas. Es decir,
la   nao   era   un   velero   de   cierto   porte.   Por   lo   tanto,   y   saliendo   al   paso   de   muchas   y
complejas   diferenciaciones   y   comparaciones,   Juan   Génova   y   Carlos   Vila   concluyen
señalando que naos o navíos equivalían a embarcaciones de tres palos y bauprés , con 49

velas cuadradas tanto en el trinquete como en el mayor y, finalmente una vela latina en
el palo de mesana . 50

Las naos portaban a bordo botes más pequeños, una barca o un batel, que iban a
remo,   y   se   utilizaban   para   bajar   a   tierra   o   realizar   operaciones   de   embarque   y
desembarque. Iban amarradas durante las travesías, pero en las tormentas las olas se las
podían llevar. En esos casos, y para evitar que arrancasen todo a su paso, las echaban al
mar   antes   de   que   estallase   el   vendaval.   Sacrificar   de   modo   inmisericorde   algo   tan
necesario para las travesías nos da la idea de la falta de espacio a bordo que impedía
incluso poder conservar un elemento tan valioso cuando venían mal dadas.

Los castillos de proa y popa habían tenido un papel básico durante la Edad Media
como plataforma dominante para utilizar con ventaja las armas de corto alcance y para
dificultar o impedir el abordaje en los puntos más vulnerables del navío. Lo que sucedió
fue que el desarrollo posterior de la artillería les hizo perder importancia; en primer
lugar   porque   ofrecían   mucho   blanco   y   además   porque   eran   pantallas  cuando   había
vientos desfavorables . Pero se conservan con la nao.
51

Las   naos   se   obraban   con   un   tonelaje   de   entre   100   y   500   toneles.   Conversiones
métricas aparte, la reconstrucción de réplicas conmemorativas de aquellas naos llevadas
a cabo en España en los últimos años han podido proporcionar una idea aproximada
del porte de las originales. La réplica de la Santa María de Cristóbal Colón arqueó 180
toneladas, medidas de acuerdo con el actual sistema métrico decimal.

Además de la carabela, que era un tipo de nao más pequeña, existían otros barcos
más ligeros, sin cubierta, de poco calado, de remos y vela, que acompañaban a las flotas,
delante de ellas, en labor de reconocimiento. Este tipo de embarcaciones, más ligeras,
estaban presentes como acompañantes en algunas expediciones. Las zabras o pataches,
las   galeotas,   la   fragata   y   los   bergantines   (el   «velero   bergantín»   popularizado   por   el
poema de Espronceda La canción del pirata) eran barcos más maniobreros y tenían como
misión  explorar  las costas, detectar  los bajos y  reconocer  ensenadas  y radas  para  el
abrigo de las flotas. Marchaban generalmente delante —a vanguardia como se diría en
tierra— con las misiones de dar seguridad y reconocer.

Su dotación oscilaba entre los 120 y los 180 hombres, de los cuales tres cuartas
partes eran «gente de armas» y el resto «gente de mar» —pilotos, maestre, marineros,
grumetes y pajes—.

La nao fue evolucionando hasta convertirse en un tipo de embarcación híbrida, con
modificaciones, a la que se llamó galeón. Sin embargo, los términos nao y galeón se
fueron confundiendo por su uso indistinto. Así, el «galeón de Manila­Acapulco» era
también conocido como «nao de China».

El galeón

El galeón no sustituyó a las naos. De hecho, lo que se produjo fue una evolución a lo
largo   de   la   cual   ambos   tipos   de   buques   convivieron,   de   manera   que   se   mezclaron
indistintamente en los mares, sobre todo a partir del siglo   XVII. Nao fue sinónimo de
navío, aunque durante la década de 1580 hubo un intento de diferenciación gradual al
irse asociando el término galeón con los nuevos barcos de guerra construidos por orden
del rey. Desde esa perspectiva, Carlos Canales y Miguel del Rey  aportan su explicación
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para tratar de desmadejar el dúo nao­galeón, sintetizando las normas de entonces que
tendían   a   catalogar   a   los   navíos   como   mercantes   y   a   los   galeones   como   buques   de
guerra. En efecto, una ordenanza de 1607 —fecha de un periodo algo avanzado sobre el
que hemos iniciado nuestro estudio, aunque encaja en él— estableció normas para la
construcción de dos tipos de navíos: el merchante y el de guerra.

La ordenanza separaba con claridad los galeones de «merchante» —dedicados al
tráfico de mercaderías y pasaje, aunque fueran ligeramente artillados para su protección
— de los galeones de Armada, que tenían una clara misión como barcos de guerra, para
dar su amparo a las flotas mercantes o combatir a los nutridos enemigos, muchos en el
Atlántico   y   algunos   menos   en   el   Pacífico.   Los   galeones   de   Armada   debían   tener   al
menos entre 15 y 30 toneladas más que los dedicados al comercio. La palabra galeón,
continúan   explicando   los   autores,   había   alcanzado   un   enorme   prestigio   en   España.
Galeones eran las naves más blasonadas de la Empresa de Inglaterra y lo eran las que
surcaban el Atlántico y el Pacífico con los exploradores en misiones de descubrimiento
y rescate. Y galeones eran los que cada vez más surgían de los astilleros portugueses,
holandeses   e   incluso   franceses.   A   partir   de   Felipe   III,   el   término   «navío»   quedó
asimilado al buque mercante y «galeón» al buque de guerra. Pero, como vemos, hasta
ese momento la identificación de nao o galeón no fue taxativa. Ni excluyente. El dúo
nao­galeón fue compatible a lo largo de la historia naval española.

No   existe   una   definición   precisa   del   galeón   español   como   afirman   López   de
Mendoza, Fernandez Duro, Artiñano y Monteleón. La primera descripción documental
concreta referente a los galeones de escolta se encuentra en un asiento fechado en 1540
para la contratación de buques con destino a la Guarda del Mar de Poniente de España:
galeones que arquean de 300 a 500 toneladas y son tenidos como «navíos de armada
muy aptos para la patrulla anticorsaria» . 53

En el panorama histórico que corresponde a una parte del siglo XVI y a todo el XVII
—subrayan Juan Génova y Carlos Vila— destacó el galeón como prototipo del buque de
guerra   español,   aunque   inicialmente   se   construyese   como   mercante.   Su   tamaño   se
acomodaba a diversas circunstancias; así, los destinados a la Armada de la Guarda de la
Carrera de Indias, que llevaban al Nuevo Mundo el papel sellado y el azogue para la
purificación   de   la   plata,   limitaban   su   calado   para   pasar   holgadamente   la   barra   de
Sanlúcar .54

El   galeón   siempre   impuso   mucho   respeto.   Que   fuese   conocido   por   las   flotas
adversarias que se le enfrentaron como «el castillo del mar» era un calificativo que no se
ganaba gratis. Su diseño, al parecer, asociaba las características de las naos mercantes y
de las galeras de guerra mediterráneas. Era bueno para el transporte y para el combate.
Resultó una lograda síntesis de mercancía y pólvora, que nació como resultado de la
necesidad. Surgió para cubrir la urgencia de la Corona de disponer de un navío que
combinase la capacidad de carga de la nao con la velocidad y maniobrabilidad de la
carabela; un buque que fuese más largo y estrecho que la nao y más corto y ancho que
la galera; un mercante armado con cañones en las bandas y en los castillos. Hay quien
estima,   en   este   debate   prolongado   en   el   que   se   entrecruzan   y   se   comparan   portes,
calados, velamen y tonelaje, que el diseño del galeón fue la respuesta a la urgencia de
asociar   tanto   la   capacidad   de   combate   como   las   exigencias   del   tráfico   comercial,   y
quizás esa sea la mejor síntesis conceptual para definirlo. El galeón no solo protegía a
los   buques   mercantes   y   combatía   cuando   era   necesario,   sino   que   era   capaz   de
transportar   una   cantidad   considerable   de   pasajeros   y   cargamento   para   la   Corona.
España creó así una «distinguida línea marítima», como la califica Carla Rahn Phillips , 55

que a partir de 1550 terminó siendo el barco de combate más común en todas las flotas
europeas.

Disponía el galeón de un castillo de proa relativamente bajo; de una zona abierta a
poca profundidad en la cubierta superior del barco, conocida como combés y situada en
medio del buque y de un alcázar y una toldilla a popa . Las estructuras elevadas que
56

suponían sus castillos de proa y popa le conferían al navío una cierta silueta de luna
creciente sobre el agua, escribe Carla Rahn . El bauprés y los tres mástiles —trinquete,
57

mayor y mesana— le daban también empaque y apostura. Navegaba con velas cuadras
empujadas por vientos portantes. Pero según los expertos no navegaba bien ciñendo.

El   rendimiento   de   la   vela   cuadrada   era   superior   para   navegar   con   vientos


favorables, lo que explicaba su utilización preferente en travesías transoceánicas como
eran las de las Indias o la Especiería, para lo que buscaban derrotas con predominio de
vientos largos . 58

El galeón ha sido considerado como el antecesor del navío de línea.

Se trataba de un buque poderoso y bien artillado. Carla Rahn, en su documentada
obra   sobre   el   galeón  San   José,   describe   con   precisión   los   trazos   característicos   de   la
construcción de este tipo de naves que por espacio de más de 200 años fueron en gran
parte responsables de la defensa de las flotas mercantes que viajaron entre España y las
Indias y desde allí a Filipinas. La característica de los grandes navíos que generalizaron
el nombre de «galeones», además de sus castillos de proa y popa, eran las dimensiones,
la  anchura  de  manga de   la cubierta  inferior,  propia  ciertamente,  de   los  buques   con
vocación de carga . Era marinero, porque su vocación era navegar océanos. Era también
59

un poderoso transporte de carga, con amplia capacidad en sus bodegas. Era un buque
de guerra fuertemente artillado. Pero  era lento. Claro que a quién importaba que lo
fuera si su misión era transportar no solo el cargamento oficial —los caudales del rey—
y los pasajeros que trabajaban para la Corona, sino también las armas y los soldados de
la Carrera de Indias. El factor que debía primar no era la velocidad, sino su resistencia y
estabilidad.

Se construían en serie, en tiradas de dos: primero la nao capitana y la nao almiranta
que eran las que mandaban. Luego continuaba la serie de galeones construidos de dos
en   dos.   La   estandarización,   en   aquellas   épocas,   era   imposible.   Los   barcos   no   eran
iguales, entre otras cosas porque la quilla medía 60 codos, es decir, de 35 a 40 metros, y
al depender de la dimensión del tronco de un  árbol, las longitudes no eran parejas,
aunque   el   diseño   del   barco   así   los   estableciese.   No   era   fácil   encontrar   dos   troncos
exactamente iguales.

Uno de los problemas más debatidos a la hora de la construcción naval del galeón
fue la determinación de su porte y sus dimensiones. Las normas para la cubicación o
arqueo seguían criterios detallados. El porte de un buque se medía en toneladas. Nada
tienen que ver esas toneladas con las utilizadas hoy para medir los desplazamientos de
los   buques.   La   tonelada   de   entonces   equivalía   a   la   capacidad   de   un   tonel   para   el
transporte de mercancías o «dos pipas de vino o agua de las de veinte arrobas y media
que se hacen en el arrabal de la Carretería de Sevilla, frontero al río» . 60

Tonelada   más   o   tonelada   menos,   no   era   un   asunto   baladí,   ya   que   tenía


repercusiones económicas de consideración, pues la Corona alquilaba a los particulares
los barcos que aportaba a ciertas expediciones descubridoras. El precio que la Corona
pagaba por ese arriendo se determinaba por medio de su arqueo. Cálculos complejos
que estimaban dimensiones, espacios muertos, artillería embarcada y munición, batel,
sumas de quilla y eslora… arrojaban al final un valor en toneladas.

De este modo, los buques, sólidos y bien construidos, eran perfectamente capaces
de   soportar   las   travesías   oceánicas.   Luego   a   ello   debían   añadirse   los   riesgos   y   los
imponderables que acompañaban a esas tripulaciones baqueteadas por la escasez de
alimento, las enfermedades y la falta de agua: tormentas, huracanes, corrientes, bajos y
arrecifes inadvertidos e interminables esperas en puertos calurosos de aguas templadas
propicias a la proliferación de los moluscos en las quillas que arruinaban galeones y
travesías. Era evidente que con alguna frecuencia se hundían —en menor número de lo
que   se   cree—,   pero   no   porque   fuesen   cáscaras   de   nuez   atravesando   los   mares   y
abandonadas   a   su   fortuna,   sino   por   la   brega   y   el   trajín   de   las   travesías   y   el   uso
continuado, que hacían que a partir de unas fechas los barcos fueran más vulnerables. Y
la vida media de la nao o el galeón no llegaba a superar los cinco años. Ahora bien, eso
no cambiaba su precio. En Sevilla, al calor del floreciente negocio del comercio indiano,
todo se vendía. Incluso naos y galeones fatigados y medio quebrados. La ciudad entera,
y los intereses que se despertaban, giraban en torno al río y a su tráfico naval.

Lope de Vega, que vivió en Sevilla en 1603, compuso allí su obra de teatro El arenal
de Sevilla, que ya en sus primeros compases recoge el diálogo entre doña Laura y doña
Urbana en su paseo hacia los muelles del Arenal. También refleja el ambiente de cómo
toda Sevilla vivía la actividad del tráfico de las naves y de los muelles del Guadalquivir
donde se cargaban las mercancías de ultramar:

Tanta galera y navío

mucho al Betis engrandece.

Otra Sevilla parece

que está fundada en el río.

El diseño

Para cubrir las rutas indianas —y no digamos si estas se prolongaban hasta la Especiería
— hacían falta «los mejores navíos que navegan por la mar» , como escribió el asturiano
61

Pedro  Menéndez  de Avilés. Sin ninguna duda,  Menéndez  de Avilés fue  uno  de los


grandes marinos que España aportó en el siglo  XVI. Personalidad fogosa, con un buen
historial de servicios a sus espaldas, a los 35 años fue nombrado capitán general de las
flotas de Indias. Mandó la Flota de Nueva España y la Armada de la Carrera en años
posteriores, 1557, 1562, 1563 y 1570. Su hoja de servicios estuvo adornada con otros
cargos como el de gobernador y capitán general de Cuba y adelantado de Florida. Fue
el   fundador   de   la   ciudad   de   San   Agustín   (Florida),   la   primera   alzada   en   el   actual
territorio de los Estados Unidos y, por tanto, la más antigua, y derrotó a los franceses de
Jean Ribault que organizaban sus escarceos por las costas de Florida.

Entre sus logros reformadores, debe destacarse la reestructuración del sistema de
flotas y el establecimiento del método de convoyes. Ya lo veremos más adelante. Lo
básico   de   su   experiencia   y   de   sus   recomendaciones   se   encuentra   detallado   en   su
memorial publicado en 1556. En él se describe el modelo naval, que duró nada menos
que   dos   siglos.   Digo   esto   porque   entre   los   párrafos   de   ese   texto   se   encuentran
reflexiones críticas y también claras denuncias sobre las corruptelas, manipulaciones y
abusos en el diseño de naos y galeones, y en general sobre la construcción naval, que
revelan que Menéndez de Avilés era profundo conocedor de aquel mundo de astilleros,
puertos y singladuras . Era muy consciente de que los buques de la Carrera de Indias, a
62

pesar de la importancia que la propia Carrera tenía para la economía de la Monarquía
Hispánica, no eran los mejores. Las largas demoras en los puertos indianos, a la espera
de la carga, destrozaban los barcos; la broma, especialmente en aquellas aguas cálidas,
consumía las quillas; los maestres alteraban las estructuras, ampliando las bodegas para
almacenar más mercancía; las naos con más peso y con esos cambios se volvían más
lentas, tardaban un mes de más en hacer la travesía, y las obras de carpintería  que
alzaban, haciendo cubiertas y toldos, volvían las naos «tormentosas y no marineras» . 63

Carla Rahn Phillips  estima que no pasaba de diez años el promedio de vida útil de
64

los galeones al servicio de la Corona y, para algunos, ese cálculo era optimista, pues no
le otorgaban más de cinco.

Menéndez de Avilés era aún más restrictivo en sus propuestas en  Memorial sobre
navegación, y sugería que el tope se colocaba en tres años de vida útil:

Se podrá mandar que, pasados tres años que serán gastados los navíos que ahora navegan en la
Carrera de las Indias, no puedan visitar navío para cargar para Indias, habiendo navegado en levante o
poniente de dos años arriba.

Y en la redacción del memorial volvemos a encontrar esa referencia limitativa hacia
la vida de la nave:

…se ha de mandar que, pasados los dichos tres años, no se pueda visitar para la Carrera de Indias
navío que pase de las cuatrocientas toneladas.

En 1543 ya había advertido de que los buques que se vendían en Sevilla eran viejos
«porque   hay   grandes   compradores   y   grandes   precios   y   no   se   ven   los   daños   que
llevan» . Con el comercio de las Indias en fase de expansión, la demanda de buques
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aumentaba. La especulación se desbocaba y se compraba lo que había en el mercado,
fuese bueno o malo. Bernardino de Mendoza, recuerda Esteban Mira , ya lo volvió a 66

advertir en 1548: «…los navíos eran flacos y mal acondicionados».

Todavía   en   fecha   tan   tardía   como   el   siglo   XVIII,   no   se   había   puesto   remedio   al
deterioro   de   los   galeones   ante   las   inclemencias   del   tiempo.   Legentil,   un   navegante
francés   que   vivió   algún   tiempo   en   Manila,   lo   constataba,   y   se   escandalizaba   de   los
precios de mantenimiento y reparación de los galeones:

Los manileños tienen excelentes carpinteros y debe reconocerse que el trabajo de Cavite es hecho de
manera excelente. La reparación de los galeones está muy bien realizada, pero a precio excesivo.

Y sospechaba que abusaban:
El rey ganaría mucho si pudiese tener en Manila un constructor naval o un oficial celoso, eficaz y
experimentado en la construcción naval67.

Y los galeones necesitaban esas reparaciones prácticamente cada seis meses:

Cuando regresan de Nueva España a Filipinas están completamente desmantelados. En más de seis
meses que están abandonados al deterioro de la influencia de la atmósfera y del calor del sol, se puede
fácilmente ver los daños que las embarcaciones han sufrido por las fuertes lluvias y las altas temperaturas
que soportan durante los meses de julio a febrero68.

Años antes de estas declaraciones, Pedro de Avilés culpaba en su denuncia a los
dueños de las naos, es decir, a los vendedores, de la pobre calidad de las embarcaciones.
Surcaban   mares   de   levante   a   poniente   y   «cuando   sus   dueños   entienden   que   están
cascados y trabajados (…) los envían a vender a Sevilla». En Sevilla se trajinaba con
todo, fuera bueno o malo, viejo o nuevo. Y, sobre todo, con las naves para América, ya
que   se   sabía   que,   entre   las   largas   travesías   y   los   tiempos   muertos   en   los   puertos
americanos, las naves quedaban destrozadas «por lo mucho que allá se detienen, que
hacen   mucha   costa   con   ellas   y   porque   les   pasa   la   broma» .   En   suma,   quedaban
69

convertidas en muchos casos en maderamen obsoleto que se desechaba en las Indias y,
como se decía en el lenguaje de la época, «les daban al través».

Por ello, en Sevilla, los compradores que sabían que esa nao, al final, la «habían de
echar de través», bien en Tierra Firme, bien en Cuba o Santo Domingo, la desmontaban
en   gran   parte   para   ampliarla   en   su   porte   y   poder   estibar   más   carga.   En   Sevilla
hormigueaban los buscavidas y los ociosos, como diría Pérez­Reverte, y entre estos, los
maestres corruptos y algún comerciante ambicioso. Lo cierto era que, de hecho, muchos
de   aquellos   barcos   terminaban   por   ser   auténticos   depósitos   de   carga   que   se
abandonaban al llegar a las Indias. Si llegaban.

La suma de cosas para «dádiva» o regalo que llevaba la Trinidad o la Victoria de la
expedición de Magallanes­Elcano nos da una idea del espacio que podía necesitar tan
abundante y variada carga: tejidos de seda, brocados, piezas de lino, tazas de vidrio,
frazadas de paño, chupas y capas, espejos grandes y medianos, vestidos, terciopelos,
algunas   sillas,   cuchillos,   tijeras,   peines,   velas,   cirios,   linternones,   candelas,   hachas,
herramientas y aparejo, escudillas, cubiertos, y a ello se unían las municiones para la
artillería, bien de hierro o bien de piedra, la de los arcabuces y su propia pólvora, las
lanzas, coseletes, armas blancas, las pipas de agua y las botas de vino, las tinajas de
alimentos, los barrilillos de salmuera, las cargas de salazones, las tinajas de aceite, las
mechas, y todo eso sin haber embarcado todavía ni un solo fardo de clavo, que luego
almacenarían   por   quintales.   Consignatarios,   proveedores   y   armadores,   presionaban
para ampliar espacios.
Con   las   obras   de   ampliación   de   las   naos,   o   galeones,   la   quilla   y   el   costado   no
sufrían, pero metían mayores velas, quitaban jarcias y desalojaban la artillería de las
bandas para almacenarlas debajo de la cubierta. Obviamente, para pasar la inspección
de los funcionarios de la Casa de la Contratación, antes de zarpar ponían las piezas de
artillería en orden «en el río de Sevilla para cuando lo visitaban» y al salir a la mar las
quitaban   y   «las  echan  debajo   de   la  cubierta»  de  tal  forma  que  las  naos  terminaban
«desarmadas, de modo que cualquier navío las puede ofender».

Los navíos, durante la navegación, «como están sacados de proporción, no pueden
sufrir tanta carga arriba», terminaban siendo «muy zorreros en la mar» y mucho más
lentos, pues los que solían navegar en dos meses tardaban más de tres.

Como el frenético negocio de las Indias absorbía todo, no existía interés por parte
de los armadores en construir naves nuevas ni en poner orden —«en Sevilla dan poco
más por la nao nueva que por la vieja»—. Los que lo hacían las aprovechaban para otros
viajes, y las naos navegaban «en Levante y en Poniente» antes de llevarlas a vender a
Sevilla, que era «cuando sienten que están de poco provecho» . Ello explica, si no todos,
70

el gran número de naufragios debidos a las tormentas. Unas naos lentas, sacadas de
proporción,   estibadas   hasta   los   topes   y   con   mala   marinería   acopiaban   todos   los
ingredientes para el perfecto desastre.

Y digo que la marinería en muchas ocasiones era mala, porque, con frecuencia,
muchos de los marineros hacían trampa. Puestos de acuerdo con el maestre, en vez de
regresar a la Península se quedaban en América. En efecto, una parte importante de
esos   marineros   no   eran   tales,   sino   pasajeros   particulares   que   se   «enrolaban»   como
marineros y pagaban al maestre la «soldada» que recibían como marineros alistados,
para que, una vez llegados a las Indias, los dejase allá donde comenzaban una nueva
vida. De otro modo, si solicitaban viajar a las Indias como un pasajero particular, no
siempre se autorizaba su partida, y además debían pagar el precio del pasaje. Con este
procedimiento, cuando llegaban a puerto en América, la nao, que ya había vendido sus
mercancías, se quedaba sin marineros, ya que gran parte de ellos se esparcían por el
territorio   de   las   Indias.   Y   la   nao   se   convertía   en   un   estorbo.   La   solución   era   la   ya
comentada: «daban con ella al través».

Quería   Menéndez   que   con   las   reformas   propuestas   en   su   memorial   esto   se


solucionase y la Casa de la Contratación lo controlara, pues «…en la contratación les
pedirán cuenta de los marineros que llevara, porque nunca se les pide» y ello era causa
de que se quedasen cada año y «de cada navío más de la mitad hay aún los dos tercios
de   las   naos   quedan   allá   al   través   todas».   Por   ello,   en   muchos   casos   sucedía   que,
«aunque la nao sea nueva y esté buena para volver a España, le es a su dueño más
ganancia dar con ella al través»; es decir se deshacía de ella por no buscar marineros
para   traerla,   ya   que   «le   costaría   más   que   ella   vale   y   los   que   las   traen»,   según   se
denunciaba en el memorial de Menéndez de Avilés.

Además,   y   por   si   fuera   poco,   la   bonanza   del   mercado   generó   un   exceso   de


demanda   que   adquirió   tal   magnitud   que   se   hubo   de   fletar   los   buques   que   estaban
disponibles, sin mirar demasiado ni su estado ni su arqueo. Así se entiende también que
ante las tempestades —aunque no de todas se podía salir indemne— el alto número de
naufragios fuera  inevitable,  porque  las naos y los galeones manipulados eran «muy
malos marineros al tiempo de las tormentas» . En el inventario de naufragios españoles
71

en   América,   redactado   en   2019   por   un   equipo   de   arqueólogos   y   funcionarios   de   la


Dirección General de Patrimonio Histórico del Ministerio de Cultura, se han cifrado en
681   los   barcos   perdidos   en   naufragios   en   el   Atlántico   norte.   Esos   681   naufragios
corresponden   solo   a   una   mínima   parte,   el   23,2   %   de   todas   las   pérdidas   de   naos   y
galeones de la Monarquía Hispánica hundidos en el periodo comprendido desde 1492
hasta 1898.

Galeón del siglo XVI acompañado de una galera. Grabado de Pieter Brueghel el Viejo realizado en 1565.

De este 23,2 %, se hundieron 249 en Cuba y aguas caribeñas próximas; otros 150 en
torno a Florida; 152 en la costa atlántica de lo que hoy es el territorio de los Estados
Unidos; 63 alrededor de Haití y la República Dominicana y 60 próximos a Panamá. Del
informe se desprende la impresionante conclusión de que el 91,2 % de los naufragios se
debieron a tormentas y huracanes. Y es que —ya denunciaba la situación Menéndez de
Avilés— «al tiempo de una tormenta, no hay marineros que sepan navegar y por ser las
naos ruines y los marineros pocos, se pierden muchos navíos».

Los naufragios también podían obedecer a otros factores como el desconocimiento
de la ruta a seguir, la impericia del piloto, la sobrecarga o el mal estado  del navío.
Incluso se ocasionaron naufragios intencionados para robar la carga . 72
En cuanto al Pacífico —y solo referido al galeón Acapulco­Manila, según tesis de
Francisco Cruz—, de los 108 buques que hicieron la Carrera de Filipinas en 250 años,
solo 26 se hundieron o desaparecieron, un 24 %, es decir, un porcentaje muy similar al
del Atlántico norte. A pesar de que opina que «el número de naufragios y de pérdidas
durante   los   doscientos   cincuenta   años   que   aproximadamente   duró   la   navegación   a
Filipinas, fue muy grande» , aunque no especifica la cifra.
73

En la construcción de las naos, su diseño inicial contemplaba un arqueo inicial de
aproximadamente 500 toneladas. La Corona las encargaba y pagaba de acuerdo con el
tonelaje. Pero su tamaño fue disminuyendo y pasó de 300 toneladas a 120 . No se sabe 74

exactamente si ello obedeció a la experiencia de buscar naves más maniobreras, si lo que
pesó en la decisión fueron las restricciones financieras o ambas cosas a la vez, como
señala Annie Baert. La eslora  pasó después de 30 metros a 47 y su arqueo  se elevó de
75 76

240 toneladas a 1550. En 1666 apareció una nueva medida ideal que fijaba 500 y 700
toneladas y, en 1679, una de 800 toneladas.

La   Corona   pagaba   en   tres   plazos:   un   25   %   al   encargo;   otro   25   %   con   el   casco


construido y el 50 % final al terminar la nave. El precio era de 46 ducados por tonelada;
cada ducado eran 3,6 gramos de oro de 24 quilates. Un galeón de los grandes, de 1200
toneladas, costaría de acuerdo con estos cálculos 200 kilos de oro.

Caro, porque ya hemos visto que en la Carrera de Indias duraban entre cuatro y
diez años, e incluso menos.

Los   constructores   trabajaban   sin   planos.   Seguían   las   tradiciones   basadas   en   las
llamadas   proporciones   áureas,   aunque   los   textos   oficiales   se   referían   al   tonelaje,   es
decir, su capacidad de carga expresada en toneles, nociones difíciles de cuantificar hoy
día. Las medidas eran ideadas por el constructor, aunque el Consejo de Indias debía
aprobarlas. La capacidad de carga del galeón, para poder transportar las provisiones
durante   las   largas   travesías   y   las   mercancías   del   rey,   de   los   particulares   y   de   los
contrabandistas   y   proteger   todo   ello   con   la   artillería   embarcada,   fue   aumentando
durante   el   siglo  XVII.   Ello   creaba   los   problemas   de   espacio   que   hemos   visto,   pero
también chocaba con las limitaciones en la eslora que afectaban al calado del buque.
Todas   las   naves   dedicadas   al   comercio   con   las   Indias   quedaban   sujetas   a   estas
restricciones   de   construcción,   ya   que   el   calado   estaba   pensado   para   que   las   naos
pasasen holgadamente dos obstáculos ineludibles en sus travesías a las Indias; uno en la
salida, al cruzar la desembocadura del Guadalquivir, y otro posible en la arribada a las
costas americanas, si el galeón al final de su singladura ponía proa a la bocana del
puerto de Veracruz.

Y estas exigencias al comienzo de las travesías de todos los galeones las imponían
geográficamente Sevilla y Veracruz, porque ambos eran puertos de salida y de llegada,
y los astilleros debían construir los galeones para que pudieran pasar la barra de arena
de Sanlúcar y la de San Juan de Ulúa, a la entrada del puerto de Veracruz.

La construcción naval desde Nueva España y Filipinas

La construcción de tantos barcos generaba, por otra parte, una triste realidad evidente:
los montes se diezmaban, desparecían los bosques y se imponía la necesidad de una
urgente repoblación forestal. Tanto Carlos I como Felipe II dictaron ordenanzas para
todo el  reino  dictaminando  la repoblación de  los montes y  prohibiendo  la venta de
madera al exterior. Pese a los esfuerzos, la sangría en montes y bosques continuó.

Hacia 1585 la flota española de Felipe II, incluyendo la pesquera, la mercante y la
armada, podría estimarse en 300 000 toneladas, lo que suponía unos tres millones de
metros cúbicos de madera labrada. A razón de cincuenta árboles buenos por hectárea en
bosques   viejos,   lo   que   significaba   haber   tenido   que   talar   120   000   hectáreas   en   los
mejores montes. Y aún quedaba pendiente el esfuerzo de la Jornada de Inglaterra, de la
llamada Armada Invencible, que significó esfuerzos en la construcción de suficientes
barcos,   hasta   el   de   punto   que   tuvieron   que   firmarse   contratos   para   la   provisión   de
pertrechos navales, y ante todo la adquisición de madera del Báltico.

Por ello, los astilleros peninsulares no daban más de sí.

En las Indias

La presencia en las Indias y, sobre todo, las iniciativas incansables de Hernán Cortés
para   armar   escuadras   que   navegasen   el   Pacífico,   mitigaron   los   elevados   costes   de
construcción   de   las   armadas   y   las   servidumbres   de   las   talas   en   la   geografía   de   la
Península.   El   primer   navío   construido   por   los   españoles   en   América   fue   en   1496,
llegando a alcanzar cierta economía de escala por iniciativa de Cortés. Los primeros
astilleros se establecieron en Zacatua y en Tehauntepec.

Los de La Habana alcanzaron gran desarrollo más tarde al escasear la madera en la
Península. Guayacán, caoba, cedro y teca se incorporaron como abundantes y preciadas
maderas a la manufactura naval en las Indias o se transportaban para ser utilizadas en
la Península. A ello se unieron otras materias primas innovadoras como la estopa de
coco y brea de Guatemala para calafatear las junturas de la trabazón, mientras los palos
de laurel, de mejor calidad que el pino europeo, se utilizaban para la construcción de
masteleros y vergas.

En   la   fachada   del   Pacífico   fue   en   Guayaquil   donde   se   levantaron   importantes


factorías para la fabricación naval, aprovechando la mano de obra abundante y sobre
todo las excelentes maderas inexploradas o inasequibles en la Península, como el roble
amarillo, el guachapelí, la maría, el canelo, el laurel, el bálsamo y el mangle.

En Filipinas

Por razones de lejanía y de coste y por motivoss de orden práctico amparados en el
tráfico   del   galeón   Manila­Acapulco,   se   inició   en   los   astilleros   de   Filipinas   la
construcción naval, avanzado ya el siglo  XVII. Resistentes maderas de las islas fueron
empleadas en la construcción de las naves. Para el armazón se utilizaba teca; en las
ligazones y en las uniones, en la quilla, el timón y las piezas interiores, se colocaba una
madera conocida como molave. Para el casco de la nao se usaban tablas de lañang, de
gran flexibilidad, y bitog para la quilla, una madera medianamente dura y de densidad,
de   gran   resistencia   a   la   intemperie.   Para   los   cabos,   cordajes,   aparejos,   jarcias…,   se
empleaba   el  abacá   o  cáñamo   de   Manila .  Los  palmerajes   provenían  del  apitong,  un
77

árbol de gran tamaño con ramas muy altas y de tronco cilíndrico. La abundancia de
madera de gran calidad, junto con la gran destreza de los operarios autóctonos para
trabajar la materia prima y el metal, dio lugar a unos magníficos buques . 78

Telas   y   paños   se   confeccionaban   en   la   provincia   de   Ilocos   y   los   metales   se


importaban de China, Japón y Macao.

Hubo astilleros en Cavite —la mayoría de la construcción naval filipina se hizo allí
—, pero también en Bagatao, Mindoro, Sual y Sorsogón, empleándose gran cantidad de
operarios chinos y malayos.

La construcción naval en tiempos de Carlos I

Con   Carlos   I   el   método   predominante   de   construcción   naval   fue   el   sistema   de


contratación por asiento. Este procedimiento consistía en establecer un precio previo —
a tanto la tonelada de arqueo— que se pagaba al constructor cuando la obra quedaba
concluida y se daba el visto bueno por parte del apoderado del rey. En suma, la Corona
pagaba por tonelada los buques que contrataba para que fuesen construidos. Cuando
los armadores que representaban intereses particulares trabajaban para la Corona, los
programas del emperador Carlos combinaban el sistema de contratación por asiento
con unas primas y exenciones fiscales. Es decir, quien terminaba aportando los ducados
de oro era la Real Hacienda que pagaba a los asentistas que construían las naos.

Hay que dar por cierto que Carlos I no tuvo marina propia, una marina militar del
Estado   utilizando   conceptos   actuales,   afirma   Cervera   Pery .   No   existían   flotas
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permanentes. Al igual que la mayor parte de los gobernantes del siglo  XVI, el emperador
Carlos organizaba sus fuerzas navales cuando las necesitaba. La urgencia decidía. Y
llegado el momento se suscribían contratos con armadores privados, como ya hemos
señalado. En lenguaje de hoy, diríamos que la Corona subcontrataba sus flotas. Álvaro
de Bazán, padre del marqués de Santa Cruz, y el genovés Andrea Doria, por citar dos
casos   bien   conocidos,   fueron   los   mayores   contratistas   del   emperador,   a   los   que   se
unieron pequeños astilleros cántabros o vascos.

En   su   tiempo   todas   las   embarcaciones   eran   aplicables   a   las   necesidades   de   la


navegación. Todas se armaban cuando era urgente y todas eran igualmente aptas para
pelear. El emperador las utilizaba en sus empresas marítimas acudiendo al embargo y
al flete.

La financiación de las armadas

¿De dónde podían salir los ingresos para las flotas necesarias y cuáles eran los retos?

La base financiera de Carlos I, cuando este comenzó su reinado, era Castilla. Trigo
y lana.

La producción cerealista, en años de buenas cosechas, aumentaba el excedente para
la exportación, y la lana, especialidad de Castilla, hacía el resto. Pero lana y trigo no
eran   muy   compatibles.   Las   tendencias   preferentes   de   la   economía   castellana   se
inclinaban más por el esquileo que por las cosechas. Desde el siglo   XIII  los ganaderos
habían desarrollado una poderosa corporación, la Mesta, que situaba el pastoreo y sus
derechos   por   encima   de   cualquier   otra   actividad   económica.   La   Mesta   era   muy
poderosa   y,  aunque  el   trigo   aportaba   pingües  ingresos,  siempre  que  había   conflicto
entre la agricultura y la ganadería, la Mesta hacía valer su influencia.

El cereal y el barbecho fueron perdiendo peso ante las tendencias prioritarias que
marcaba  la  ganadería  lanar.   Menos  agricultura  significaba  más  paro  en  los  campos.
Como  la actividad pastoril exigía menor mano de obra que la labranza, tampoco el
cuidado   de   los   rebaños   pudo   absorber   a   los   agricultores   ociosos.   Muchos   hombres
quedaron   sin   trabajo,   de   manera   que   pudieron   ser   reclutados   por   los   ejércitos,   tan
precisados de ellos por la política exterior de Carlos I.

La Mesta era básicamente la lana. Y la lana era la exportación. Los exportadores
eran preponderantes en el norte, en Castilla la Vieja y en la costa cantábrica. Allí —en
Castilla— la poderosa ciudad de Burgos se había enriquecido gracias al comercio lanar,
incluso desde antes del descubrimiento de América, y había terminado por convertirse
en el centro de los seguros marítimos. En Burgos se había asentado un nutrido grupo de
comerciantes españoles dedicados al negocio del textil ovejero castellano, que generaba
doblones de a dos con incesante ritmo en las ferias de Medina. Eran conocidos como el
grupo de los banqueros burgaleses. Sus agentes extranjeros se expandían por Brujas,
Amberes,   Nantes   y   Florencia.   Los   comerciantes   de   Burgos   también   tenían   sus
agrupaciones de intereses en Medina del Campo, punto estratégico por sus conocidas
ferias y conexión europea en el comercio lanar.

En   Sevilla,   más   cosmopolita,   los   españoles   tenían   que   vérselas   con   la   fuerte
competencia   de   los   banqueros   genoveses,   desplazados   por   los   musulmanes   de   sus
bases, desde donde operaban en el mar Negro. Poco a poco —y sobre todo a raíz de la
expedición de Magallanes— los banqueros de Burgos también se fueron acercando a
Sevilla,   que   terminó   detentando   el   monopolio   del   comercio   y   transacciones   con   las
Indias. Pero no por capricho. En favor de Sevilla jugaba un factor decisivo: que ya era
un centro administrativo, comercial y financiero y por lo tanto disponía de personal
cualificado y tejido burocrático a través del cual podía controlar las nuevas empresas
utilizando Cádiz, Palos y Sanlúcar como puertos en la costa atlántica . 80

La elección de los puertos desde donde zarpaban las expediciones y a los que las
naos regresaban  luego  desde  la Indias, dependía  de la iniciativa privada. Ya hemos
visto cuáles eran  las ventajas que  adornaban a Sevilla. Cádiz y Sevilla eran puertos
elegidos por Colón. Y no solo él. De hecho, todas las expediciones organizadas entre
1492,  fecha   del   descubrimiento  de  América,   y  1510,  partieron  desde   Andalucía.  Los
puertos de Sevilla y los tres del golfo de Cádiz —Sanlúcar, Cádiz y Palos de la Frontera
— fueron escogidos por los expertos de la época.

La apasionada apuesta de Hernán Cortés por incorporar el Pacífico al virreinato de
Nueva España facilitará la apertura de nuevos puertos y astilleros, como veremos.

El comercio ultramarino

Cuando la fiebre del acceso a la Especiería despertó, el comercio basado en compañías
fue dando pie a un primitivo tipo de capitalismo. La financiación de la banca genovesa,
después   del   descalabro   que   sufrieron   sus   agencias   en   el   mar   Negro,   se   unió   a   la
alemana   y   a   la   napolitana,   abriéndose   paso   a   través   de   las   contribuciones   de   los
accionistas (bewindhebber). Las compañías habitualmente se formaban para cada viaje, al
final del cual se repartían los beneficios y terminaba el contrato entre los accionistas. La
aportación de banqueros, tratantes o comerciantes era fundamental, no tanto a la hora
de financiar la construcción naval, en la que habitualmente no participaban, como en la
decisión de apoyar la empresa o expedición.

La acción financiera, la contratación del capital, se hacía en Sevilla. A partir de la
instauración   de   la   Casa   de   la   Contratación   es   cuando   da   comienzo   de   una   forma
rígidamente   organizada   el   control   del   comercio   transatlántico.   Una   de   las   primeras
medidas, imprescindible para el ejercicio de ese control, fue la selección de los puertos
de salida de España y llegada a las Indias de los barcos que componían la Carrera de
Indias.

El puerto, prácticamente único, tanto de salida como de llegada en España, fue el
de Sevilla. Pero el puerto sevillano no debemos entenderlo en su sentido estricto, como
el de las riberas del río. El monopolio sevillano no pretendía concentrarse solamente en
sus muelles y atracaderos del Guadalquivir, sino extenderse a una serie de ellos en toda
la región, de la que Sevilla era su capital interior y a la que la necesaria organización
burocrática,   geografía   y   financiera,   elegía   como   opción   adecuada   frente   a   todas   las
demás.

Por   el   contrario,   los   puertos   del   Mediterráneo,   muy   dependientes   de   vientos   y


corrientes para navegar por el estrecho de Gibraltar y vulnerables a los posibles ataques
de   los   piratas   berberiscos,   quedaban   excluidos   como   alternativa   geográfica   y   no
digamos como opción. Otro tanto sucedía con la costa cántabra, que no podía competir
con las ventajas de los puertos andaluces, en cuanto a vientos y corrientes, en unas
circunstancias   en   que   la   velocidad   y   la   elección   del   momento   oportuno   eran
fundamentales y escaseaban los pilotos preparados.

Pero detenerse a hablar del monopolio de Sevilla significaría ignorar la función que
desempeñaron otras regiones de España. Si Sevilla iba a disfrutar del monopolio del
comercio   con   las   Indias,   el   norte   de   España,   y   especialmente   Vizcaya,   ejercía   el
monopolio del comercio con el norte de Europa y primordialmente la contratación de
las flotas. Si la especialidad de Castilla era la lana, la de Vizcaya se basaba en el hierro.
El fácil acceso a los mercados exteriores a través del puerto de Bilbao, señala Lynch, era
un importante factor de expansión. Pero no todo se iba. Un porcentaje significativo del
mineral se utilizaba en la forja para la producción local de clavos, anclas y armas. El
número de forjas estimadas en el siglo  XVI, especialmente en Guipúzcoa, se situaba entre
80   y   300 .   Con   estos   datos   en   mente   fácil   resulta   deducir   que   las   costas   vizcaína   y
81

guipuzcoana   no   solo   eran   centros   básicos   del   sector   metalúrgico,   sino   también   de
fabricación y ejecución de la industria naval. Contaban además con buenos suministros
de madera y de hierro locales, (aunque a medida que los astilleros incrementaron su
labor   en   calidad   y   cantidad,   tuvieron   que   importar   casi   todo)   y   con   una   situación
geográfica favorable en la ruta comercial entre Castilla y Flandes, lo que potenciaba la
industria en Vizcaya.

Había más de lo que se piensa de producción en equipo.

Ello   sucedía   en   los   primeros   compases   del   reinado   de   Carlos   I.   Después,   los
conflictos con los Países Bajos complicarían de algún modo esta fluida relación.
A diferencia de ellos, en los astilleros catalanes faltaba el estímulo de un comercio
activo  y   la madera   local  que  los aprovisionaba  era  de   calidad  inferior.  Cataluña  no
estaba en condiciones de desempeñar una función similar en el Mediterráneo, pues la
decadencia catalana, ya evidente en el siglo  XV, era ya total cuando el emperador Carlos
I accedió al trono . 82

Su actividad marítima había quedado reducida a una navegación de proximidad y
cabotaje, con un comercio de escasa envergadura con Marsella y las islas Baleares. Eran
raras las ocasiones en que sus barcos se aventuraban a navegar hasta Cerdeña o Sicilia o
hasta los presidios del norte de  África. Desafortunadamente Cataluña, alejada de las
zonas de pesca del norte de Europa y sin un comercio activo en el Mediterráneo, no
podía ofrecer ni marineros para las flotas de Carlos I ni condiciones para la construcción
naval.   Efectivamente,   el   declive   de   la   flota   mercante   catalana   produjo   a   su   vez   el
descenso de la construcción naval, la pérdida de mano de obra y la privación de unos
mandos   experimentados.   Desaparecida   la   tradición   de   la   industria   naval,   era   difícil
sustituirla y Carlos I ni lo intentó. Hasta tal punto llegaba la paralización de la costa
catalana   que,   cuando   en   1562   Felipe   III   decidió   poner   en   marcha   un   programa   de
construcción y armamento naval, tuvo que conceder contratos a astilleros italianos y,
para   intentar   revitalizar   el   arsenal   de   Barcelona,   se   vio   obligado   a   utilizar   técnicos
genoveses . 83

Por lo que se refiere a la marinería, Carlos I sufría una importante escasez de gente
capaz de manejarse con soltura en las galeras de su flota en el Mediterráneo. Al carecer,
además, de remeros suficientes, la flota española de galeras tuvo que echar mano de un
gran número de presidiarios e indeseables castigados por la ley (galeotes) con los que
llenar sus  naos. A pesar de lo cual el emperador  no podía  hacer  frente  a todas  sus
necesidades.   Debía   buscarse   siempre   marineros   españoles   y   «si   no   los   hubiere   se
incluya a soldados». Pero el asunto era más complejo de lo que parecía, porque el cargo
de marinero estaba muy mal retribuido y en segundo lugar porque no había candidatos
suficientes para abastecer a todos los buques de la Carrera de Indias y del resto de las
flotas.   Por   ello   fue   frecuente,   al   menos   a   lo   largo   del   siglo   XVI,   la   utilización   de
marineros extranjeros, que no siempre estaban bien preparados, por lo que se decía de
ellos,   en   expresión   de   la   época,   que   «no   sabían   marinear   los   barcos» .   Ante   los
84

crecientes compromisos marítimos que planteó el descubrimiento de América, aunque
con   dificultad,   un   número   mayor   de   excelentes   marineros   españoles,   especialmente
procedentes de Vizcaya y de Andalucía —que sí estaban preparados en el arte de la
navegación—, comenzaron a tomar parte en las travesías del Atlántico . 85

Escenarios del despliegue naval de Carlos I

Al igual que sus rivales europeos, España no desarrolló sus armadas de forma aislada,
sino en el contexto de las necesidades marítimas para el comercio, el transporte y la
pesca. Y también —o, sobre todo— para el combate. Sin embargo, como emperador de
la  cristiandad  asumió   su  rol  para  atender  y   proteger  aquellas   partes   de   Europa,  en
especial Europa Oriental y el Mediterráneo, hacia donde se encaminaba la capacidad de
acometida   turca.   No  obstante,  el   Turco   no  disfrutó   del   monopolio  de  la  amenaza  a
Carlos I. Las guerras de Italia —Génova y Nápoles— reclamaban defender los intereses
que había heredado de Fernando de Aragón, su abuelo, y que deben estar presentes en
nuestra consideración sobre el escenario mediterráneo.

A las obligaciones de Carlos I como emperador y como eximio representante de la
casa de Habsburgo, se ha atribuido por numerosos autores la quiebra de ese principio
asentado   en   tiempo   de   sus   abuelos,   los   Reyes   Católicos,   de   conquistar,   dominar   y
finalmente   ser   dueños   del   mar.   La   unión   peninsular   de   Isabel   y   Fernando,   hacía
presagiar   que   el   nuevo   Estado   que   nacía   iba   a   convertirse   en   un   conjunto
eminentemente marítimo, al constituir una península, por tanto ceñido gran parte de su
perímetro de agua, y aislada de Europa, condición que muy pronto se vería reforzada
por el descubrimiento de América que, además de ser un magnífico estimulante para
hacer   progresar   el   tráfico   mercantil   y,   por   lo   tanto,   el   poder   naval,   supondría   un
esfuerzo colectivo dirigido a que los españoles volcasen sus energías a la mar . No fue 86

así.

La política europea quebrantó esa vocación peninsular para convertir el país en
continental e incluso en mundial cuando traspasó las fronteras de Europa. Por ello, el
esquema   doméstico   de   Isabel   y   Fernando   que   inicialmente   pivotaba   sobre   el
Mediterráneo y sobre una proyección americana, más profundamente atendida —si es
que ello hubiera podido mantenerse sin alteraciones—, se derrumbó muy rápidamente.
Era muy difícil conservar el dominio del mar al estar siempre expuesto a los golpes de
cualquier potencia en varios frentes, y para sostenerlo era necesario poseer una gran
constancia, una perfecta y cerrada vocación naval y unas fuerzas que fallaron ante la
excesiva cantidad de obligaciones y compromisos  durante el siglo XVI y en las primeras
87

décadas del siglo XVII, como consecuencia de las obligaciones de la dinastía reinante.

Océano Atlántico

El   Atlántico   fue   un   vivero   de   acciones   piráticas   contra   las   naos   españolas   y


88

portuguesas prácticamente desde el comienzo de la Carrera de Indias al Nuevo Mundo.

Las   oleadas   piráticas   tuvieron   varios   protagonistas   —franceses,   ingleses,


holandeses— que se alternaron a lo largo de los años, aunque en ocasiones coexistieran
todos en su intento de imponer el robo y el terror en la mar. La primera fase de piratería
atlántica tiene un claro signo francés, con un periodo dominante entre 1530 y 1585. La
acción   corsaria   es   producto   del   estado   de   guerra   semipermanente   entre   Carlos   I   y
Francisco I de Francia, y dura hasta 1580, reinando ya Felipe II en España y Enrique II
en Francia.

No se trató de un enfrentamiento frontal, sino de corso pirático. Fue un goteo de
acciones aisladas. La única acción naval de envergadura que enfrentó a escuadras de
uno y otro lado fue la de las Terceras, en 1582, donde  Álvaro de Bazán derrotó  sin
paliativos a la escuadra corsaria francesa mandada por el condotiero Felipe Strozzi.

Jacques de Sorés o Roberto Baal son nombres que salpican la historia de la acción
pirática   francesa   en   el   Atlántico   y   el   Caribe,   en   La   Habana,   en   los   establecimientos
españoles en la costa cubana y en Cartagena de Indias, plazas todas que estaban sin
defensas en la época. Pedro Menéndez de Avilés limpió a sangre y fuego la Florida, que
se había convertido en refugio de piratas hugonotes.

Algo   más   tarde,   las   pequeñas   islas   de   Martinica,   Guadalupe,   San   Martín,   San
Bartolomé y Santa Lucía,  fueron presas capturadas  en las Antillas que  los franceses
conquistaron a partir de 1634.

A esa acción corsaria francesa le seguirá otra inglesa, entre los años 1580 y 1630, la
de   los   Drake,   Hawkins,   Walter   Raleigh   («Guatarrá»)   en   Vigo,   Bayona,   Cabo   Verde,
Santo Domingo y Cartagena de Indias, aunque esa oleada continuó más tarde, en 1655
en Jamaica, con éxito, y en Santo Domingo, donde terminó en fracaso.

Los holandeses tomaron el relevo  a partir de 1621, al comprender que la mejor
manera   de   combatir   a  Felipe   II   era   atacar   en  las   Indias   Occidentales.   Las   Pequeñas
Antillas   fueron   sobre   todo   su   objetivo.   Clavaron   su   bandera   «en   los   arrabales   del
Caribe»   y más tarde en las costas de Brasil, además de intentar penetrar en la costa
89

americana del Pacífico.

En cualquier caso, el ataque pirático a las naos y galeones bien artillados de la Flota
de Indias tuvo un impacto mínimo. Uno de los cuadros de registro de entrada de naos
entre los años 1548 y 1555 tomado de un libro de registro de la Casa de la Contratación,
conservado   en   el   Archivo   de   Indias,   y   que   reproduce   Jesús   Salgado   en   su   obra,
demuestra   que   durante   esos   ocho   años,   del   total   de   540   buques   que   atravesaron   el
Atlántico en viaje a las Indias  —el más peligroso, ya que los barcos venían cargados de
90

plata y oro— solo dejaron de llegar cuatro, de los cuales probablemente la mitad se
perdieron por avería y solo dos por acción de los piratas; es decir, un 0,2 % de pérdidas.
Esa media fue la que se mantuvo, como veremos, hasta el final del tráfico de Indias y
del   galeón   de   Manila­Acapulco.   Y   añade   Jesús   Salgado:   «En   la   Segunda   Guerra
Mundial   las   pérdidas   de   buques   aliados   en   el   tráfico   atlántico   por   acción   de   los
submarinos alemanes llegó a ser de un 26 %. Claro que los bravos submarinos alemanes
eran muchísimo más eficaces que los, por lo regular, cobardes piratas del Caribe» . 91
Mediterráneo

La ocupación otomana de Egipto (1517) acercará Estambul al Magreb mientras, bajo el
pretexto de defender a los emiratos de los ataques castellanos y portugueses, piratas de
religión   musulmana   se   mudarán   al   norte   de   África,   llevando   consigo   un   bagaje   de
experiencias   y   técnicas   ensayadas   en   las   aguas   de   levante.   Nace   así   Berbería.   La
América turca. Pronto Argel se convertirá en la gran capital de los renegados.

Primero fueron los hermanos de Barbarroja los que se instalaron en Argel (1516),
que se convirtió en un dominio otomano; después, cada verano un enjambre de falúas y
bergantines   partían   del   puerto   argelino   para   asaltar   poblaciones   y   navíos   de   los
Habsburgo en España e Italia. En 1541 se intentó asaltar la ciudad por las tropas de
Diego de Vera. El emperador acudió al frente de sus fuerzas. Sin embargo, la expedición
de castigo no tuvo éxito.

Océano Pacífico

Las siete flotas enviadas a la Especiería en la época carolina, que totalizaron 23 naos, son
un exponente muy claro del esfuerzo que la Corona dedicó al Pacífico, y que es objeto
preferente de estudio de este libro. A él contribuyeron los astilleros del norte de España
y de las costas del Pacífico del virreinato de Nueva España.

La construcción naval en tiempos de Felipe II

Con Felipe II la construcción naval se disparó. No solo tenía que consolidar la ruta
comercial   hacia   las   Indias   reforzando   —y   mucho—   las   armadas   para   la   Carrera   de
Indias, sino que debía seguir manteniendo su flota de galeras en el Mediterráneo, que
aún no estaba limpio de enemigos porque la amenaza turca seguía latente. Además de
ello, tuvo que reforzar y vigilar la expansión marítima hacia el Pacífico y atender la ruta
comercial   que   se   había   abierto   entre   Filipinas   y   Nueva   España   a   través   del   galeón
Manila­Acapulco.   La   incorporación   de   la   Corona   de   Portugal   en   1581   le   obligaría
además   a   asumir   como   propia   la   Carrera   de   Indias   Orientales   portuguesa,   y   eso
implicaba   enfrentarse   a  holandeses   e   ingleses   en   el  golfo   Pérsico,   en   India   y   en   las
Molucas. Y, sobre  todo, suponía muchos más gastos. Por  último, no  pudo  dejar sin
cuidado las rutas de comercio con Flandes y el norte de Europa, amenazadas por los
rebeldes holandeses y sus aliados ingleses.

Felipe II, además de continuar con el incremento de los programas de construcción
naval,  comenzó   a   influir   en   el   diseño   tradicional   de   los   barcos   y   de   su   armamento
embarcado. Lo cierto  es que los años previos a 1561­1564, la política naval se había
caracterizado por la improvisación. En ese ambiente surgieron una serie de iniciativas
legislativas, memoriales y propuestas para crear un sistema de navegación eficaz . La 92

construcción naval evolucionó así, basada en los informes que, cada vez más, generaban
las juntas de marinos y armadores que se fueron formando por encargo del monarca.

Navegar por el Mediterráneo  no era  igual que  navegar por el Atlántico. En  las


flotas   de   Carlos   I   dominaba   la   galera,   barco   de   guerra   rápido   cuya   propulsión   era
versátil,   pues   podía   utilizar   tanto   la   vela   como   los   remos.   Los   nuevos   escenarios
reclamaban   más   diversidad,   distintos   barcos   y   mayor   variedad   de   flota.   Y   ya   no
digamos si las naves debían embarcar artillería de batir e impedimenta. Con Felipe II la
nao fue haciéndose galeón.

Un interesante  debate  interno se generó en 1580 cuando se detectó  que la vieja


armada   de   galeones   agalerados   o   galeras   agaleonadas,   que   había   ideado   Pedro
Menéndez   de   Avilés   en   1568,   ya   no   era   apta   para   el   servicio   ni   en   calidad   ni   en
cantidad. El rey decidió crear una Armada para la Defensa y Guarda de la Carrera de
Indias   y   solicitó   que   una   junta   definiera   el   barco   idóneo.   De   hecho,   se   crearon   dos
juntas, en Sevilla y en Santander, que polemizaron entre ellas y no llegaron a acuerdos.
Enzarzadas   en   opiniones   encontradas,   al   final   ganó   el   acalorado   debate   la   junta   de
Santander y a partir de sus propuestas se fue definiendo un diseño que se denominó
finalmente «galeón». En las juntas de 1581 y 1582, terminó por decidirse el diseño del
nuevo buque para la Carrera de Indias en sustitución de la Armada que había formado
con   inteligencia   y   maestría   Menéndez   de   Avilés.   El   galeón,   que   tuvo   varias
adaptaciones, cambios y evoluciones, terminó concitando la unanimidad a la hora de
decidir el diseño.

Escenarios para el despliegue de flotas de Felipe II

Con la única excepción de seis meses, el rey luchó incansablemente en conflictos que
parecían no tener fin, durante las cuatro décadas de su reinado. Tuvo que enfrentarse al
mismo tiempo con diversos adversarios: franceses, turcos, ingleses y holandeses . Ello 93

le obligó a diseñar una estrategia mundial, por tanto, oceánica —en el Atlántico y en el
Pacífico—,   con   España   como   centro   principal   y   las   Indias   tendidas   entre   los   dos
océanos,   como   eje   vicario   pero   principalísimo.   En   otras   palabras,   los   compromisos
«extraibéricos» del Imperio fueron fraguando toda una serie de exigencias orientadas al
cuidado   de   toda   aquella   extensa   herencia   territorial   formada   por   América;   las
posesiones en las Indias Orientales; las Filipinas y su expansión oceánica; Italia; Flandes;
el Mediterráneo y las plazas africanas.

Mediterráneo
No era un mar, sino más bien una sucesión de llanuras líquidas comunicadas entre sí,
según   acertada   expresión   de   Braudel .   Esa   llanura   marítima,   formaba   un
94

microescenario histórico en el que España tuvo que enfrentarse una y otra vez con la
mayor amenaza durante  los reinados  de Carlos I  —como  hemos visto— Felipe  II y
Felipe  III:  los turcos. El envite  no  era  solo  político, que  no  era  poco; la lucha  de la
Monarquía   Hispánica   contra   el   Imperio   otomano   llevaba   además   la   impronta   del
choque religioso como si fuese una Cruzada tardía. En las aguas del Mediterráneo se
ventilaba el enfrentamiento entre la cristiandad y el islam. Esa misión, consistente en
poner coto a la expansión otomana, formó parte del acervo de responsabilidades, tanto
de Carlos I como de Felipe II.

Por ello recurrió a un despliegue ofensivo eficaz, aunque los brotes de las flotas
turcas y los piratas berberiscos le obligaron a alguna campaña defensiva. Las defensas
de   Orán   y   Alcazarquevir   contra   los   ataques   piratas   de   Dragut   en   1563   fueron   un
ejemplo   de   esto   último;   pero   a   partir   de   este   año   la   estrategia   cambió   de   signo:
recuperación del peñón de Vélez en 1564; socorro a Malta y derrota de los sitiadores
otomanos, en  1565; combate   naval  de  Lepanto   en  1571 y  toma  y  pérdida   de  Túnez
(1573­1574).

Al término del siglo  XVI, y concretamente a lo largo de la última década (1590 a
1600), la Corona fue consciente de que las rutas marítimas y el dominio del mar eran
esenciales para el mantenimiento de la Monarquía Hispánica y de que esa característica
de esencialidad obligaba a la Corona a protegerse al máximo, a paliar los aspectos más
vulnerables   y   a   protegerlos   de   las   agresiones   de   las   flotas   de   las   demás   potencias
europeas, Inglaterra, Holanda y Francia.

Océano Atlántico

De toda la lista de gastos bélicos, la partida más abultada en los desembolsos de Felipe
II se había destinado a la formación de una flota en el Mediterráneo. Cuando el rey se
asentó en Lisboa, conducido a ello por la unión de las dos Coronas, varió su punto de
vista. El foco de su interés se desplazó hacia el Atlántico. Los rebeldes holandeses, con
una eficaz y creciente actividad, y los ingleses, no le dejaban otra opción. El corsarismo
aumentó y, por tanto, la urgencia de acertar con un modelo eficaz fue siendo cada vez
más perentoria. Drake atacó Arica, El Callao y Panamá y Cavendish, por su parte, lo
intentó en Santiago, aunque salió escarmentado.

Por primera vez, el rey entró en contacto con el ambiente, el marco y las reglas que
gobernaban   el   rico   comercio   ultramarino.   Esos   dos   años   en   los   que   permaneció   en
Portugal le abrieron los ojos. Tenía la satisfacción de ver desde su ventana del palacio
del Paço de Ribera, la llegada de los grandes galeones que venían del océano. Las flotas
españolas que iban a América podían utilizar ahora el puerto de Lisboa . 95
Las   Azores,   cuya   defensa   era   fundamental   ya   que   aseguraban   las   rutas
ultramarinas del comercio atlántico y las expediciones a América, se convirtieron en
una prioridad y fueron defendidas en una de las batallas navales más memorables del
siglo XVI, en Terceira, donde la escuadra española mandada por don Álvaro de Bazán , 96

infligió en 1582 una aplastante derrota a las 60 naves de la escuadra francesa de Felipe
Strozzi en las aguas de la isla Terceira y de la isla de Sao Miguel . 97

Con la Corona de Portugal, unida a la de España, Felipe II alcanzó el cénit de su
estatus. Los consejeros reales estimaban que Portugal era clave para lograr el éxito en
todas partes, «freno de Flandes» o eficacísimo y absoluto instrumento y remedio para
reducir su sublevación. Otros le indicaban que desde Portugal se podía minar con toda
efectividad el comercio holandés y privar a los rebeldes del acceso a las especias y la sal.
Luego, no fue tanto.

Mar del Norte

En los mares fríos de Europa, llevó a cabo «una táctica de contención derivada de las
luchas de Flandes y del mar del Norte, con directa intervención de Francia e Irlanda» . 98

La   táctica   defensiva,   demostró   ser   equivocada.   A   partir   de   1568,   cuando   estalló   la


rebelión de los Países Bajos, Inglaterra no cesó de inmiscuirse en apoyo de la causa
flamenca. Desde las bases de la isla de Wight corsarios y piratas ingleses apoyaban a los
rebeldes. Lo mismo sucedía desde el litoral francés del Havre. Todo ello, desde el punto
de vista político, situaba al mar del Norte y el canal de la Mancha en el ojo del huracán.
Por ello no se entiende cómo «la cobertura naval del colosal ejército que Felipe II puso
en   Flandes,   fue   siempre   débil» .   La   lucha   contra   la   rebelión   holandesa   y   el   buen
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gobierno de los Países Bajos se basaban en la presencia del Ejército de Flandes, que sin
un apoyo naval adecuado se quedaba al aire. No existió esa cobertura naval. Auxilios,
refuerzos, armas y víveres para los rebeldes entraban por las costas de Zelanda, isla de
Walcheren…, sin que ninguna armada española interviniera impidiéndolo. Alguna, de
vez en cuando…

Pero  la política de paños calientes no solucionó el problema. Siempre se acudía
tarde. Se enviaban flotas desde España «capaces de reforzar la debilidad hispana en las
aguas flamencas o se buscaba construir y aprestar un conjunto de navíos en el canal de
la Mancha», que protegiesen las posesiones españolas en los Países Bajos . Pero el éxito100

era provisional y caro. Y a veces solo era caro y no había tal éxito, como sucedió en el
caso de la flota del duque de Medinaceli en 1572, que regresó sin intervenir, debido al
mal tiempo, y en el canal de la Mancha fue atacada por los holandeses que destruyeron
muchos navíos.

La clave para recuperar los Países Bajos radicaba en el dominio de los mares y el
obstáculo principal se encontraba en la ausencia de medios, de recursos, de dinero, ya
que el costo de la guerra con Holanda había rebasado todas las predicciones . No había 101

más   caudales   para   nuevas   flotas.   No   obstante,   el   gobernador   Recasens   insistía   ante
Felipe II en 1573 en que era esencial hacerse con el control de los mares, de modo que
«enviase armada superior y hacer el esfuerzo de una vez». Pero Flandes consumía las
rentas del gobierno y la plata americana. Precisamente en ese año de 1573, los gastos de
Felipe en Flandes fueron aproximadamente cuatro veces superiores a los de 1566. A
Bruselas se enviaba alrededor de un millón y medio de ducados al año. Y en 1575 Felipe
declaró la tercera bancarrota.

La Jornada de Inglaterra en 1588 puso además de manifiesto la necesidad de una
armada permanente y específica para los asuntos del norte europeo.

La falta de liquidez de la Corona y la urgencia por reponer con nuevos galeones los
que se perdían en naufragios  contra los arrecifes o los bajíos  en el Atlántico y en el
102 103

Caribe obligó a depender del suministro de naves a través de la construcción y de la
financiación privada. Esta tendencia se agudizó a partir de la segunda mitad del  XVII, en
torno   a   1650.  Con  ello,  la   Corona   fue   perdiendo   paulatinamente   el   control  sobre   la
construcción de sus naves, un control estricto que se había establecido y consolidado
durante   el   periodo   de   Felipe   II,   pero   que   desapareció   con  Felipe   III,   en   uno   de   los
momentos críticos de la lucha en las Molucas contra los holandeses.

Océano Pacífico

La Especiería había pasado a segundo plano tras el Tratado de Zaragoza con Carlos I,
pero los ataques holandeses a Portugal obligaban a una defensa activa en Goa, Macao,
en la costa Malabar y en las Molucas, hostigadas por los holandeses. Goa proclamó rey
a Felipe II en 1581.

Inglaterra y Holanda temían el poder hegemónico de España, ahora, con la unión
de las dos Coronas, todavía más con el Imperio portugués, pero había más intereses a
defender. Cavendish lo intentó en Filipinas y las islas Marianas, donde fue rechazado.
También   hizo   de   las   suyas   otro   corsario   británico,   Richard   Hawkins,   que   atacó
Valparaíso, Quintero, Arauco y Pisco, aunque fue hecho prisionero por la armada del
virrey del Perú mandada por Beltrán de Castro que derrotó a la flota del británico y le
tomó prisionero . 104

Los holandeses trataron de saquear plazas y galeones en Filipinas. En 1599 salió de
Rotterdam  una   expedición  que  mandaba   Oliverio  van  Noort.  Frente  a  las  costas   de
Manila   se   enfrentó   con   la   flota   del   oidor   de   Manila,   Ambrosio   de   Morga.   Y   en   las
Molucas, ya lo veremos, hubo combates navales en 1604, 1609, 1617, 1620 y 1622.
Y no se podía atender a tantos frentes. Todo ello incidía, claramente, en el número
de armadas expedicionarias hacia las Indias y no digamos ya hacia el Pacífico y hacia
las Molucas e incluso las Filipinas, donde los intereses compartidos con Lisboa debían
defenderse contra los holandeses que se proyectaban también en Asia.

Durante el reinado de Felipe II, a consecuencia de la unión de los reinos de España
y Portugal y de las nuevas rutas oceánicas ya descubiertas, la amplitud de territorios
marítimos era ya enorme. El rey necesitaba ordenar y sobre todo financiar al menos
cinco categorías de flotas distintas a lo largo del mundo:

—Galeones artillados para las armadas de la Carrera de Indias y los galeones mercantes
de sus flotas que, partiendo desde Sevilla y Cádiz, cruzaban el Atlántico hasta Tierra
Firme   (tocando   en   los   puertos   de   Cartagena   de   Indias   y   Portobelo);   o   hasta   el
virreinato   de   Nueva   España   (puertos   de   Veracruz   y   San   Juan   de   Ulúa)   de   aquel
extenso territorio que comprendía las Floridas, Texas, las Provincias Internas, Sonora,
Sinaloa, Nueva Vizcaya, Nuevo México, Coahula, Nuevo León y Nueva Santander; o
al virreinato del Perú, cuyos territorios abarcaban lo que hoy son Panamá, Chile, Perú
—con el importante puerto de El Callao—, Colombia, Bolivia, Ecuador, Argentina,
Paraguay, Uruguay y Filipinas, para retornar después a Cuba y a la Península. Esta
ruta comercial se regularizó  para la protección de la travesía del Atlántico de los
asaltos piratas y de las escuadras de los enemigos ingleses, holandeses y franceses.
Además, la Armada de Barlovento, una institución naval cuyos galeones patrullaban
y protegían a las naos de la Carrera de Indias de estos asaltos, se concentraba en las
Antillas Menores y el Caribe, lugar más común de los ataques.

—Naos   y   galeones   para   el   comercio   con   Flandes,   que   cubrían   la   ruta   Santander­
Ámsterdam y la de las posesiones norte europeas de Felipe II heredadas de su padre
el emperador Carlos I, es decir, Borgoña, Brabante y los Países Bajos, de los que era
soberano.   La   ruta   se   fue   haciendo   cada   vez   más   vulnerable   a   medida   que   se
intensificó la sublevación de los Países Bajos contra el rey.

—Flota  de galeras  y  naos en el  Mediterráneo  para  luchar contra el  poder  otomano,


asegurar   la   presencia   española   en   Nápoles,   Sicilia   y   Cerdeña   y   mantener   libre   el
Mediterráneo de los asaltos del Turco y de los piratas berberiscos. Se trataba de un
área muy sensible después de Lepanto y de las actividades otomanas en apoyo de la
rebelión de las Alpujarras.

—Galeones portugueses de la Carrera de las Indias Orientales que salían de Lisboa y
bordeaban África arribando a Goa, Malaca y las Molucas, para luego volver con las
cargas de especias orientales. La lucha se centró significativamente contra los buques
holandeses   de   la   VOC.   Al   mismo   tiempo   los   galeones   defendían   el   comercio   en
puntos calientes del golfo Pérsico como el Comorán persa, Ormuz y la isla de Qeshm,
contra los propios persas, ayudados por ingleses.

—Galeón de Manila­Acapulco. En defensa  del tráfico, sobre todo en la vertiente del
Pacífico en su arribada a El Callao . 105

No había dinero para tanto galeón. No había tanto galeón para tanta flota. Y la
ausencia   de   dinero   —que   la   guerra   de   Flandes   fagocitaba—   amenazaba   siempre
seriamente la continuidad de las rutas comerciales hispanas, especialmente a partir de
1650.

A lo largo de la mayor parte del reinado de Felipe II, la producción de la costa
septentrional   española   se   situó   al   límite   de   su   capacidad.   Las   expectativas   de   los
beneficios  del   comercio   con  las  Indias  hicieron  de  la construcción  naval  un  negocio
rentable. En el siglo XVI la mayor parte de los barcos utilizados en la Carrera de Indias,
en el Atlántico, habían sido construidos en astilleros vascos; pero enseguida entraron en
liza los astilleros en tierras del Nuevo Mundo y de Filipinas. Se obraban más barcos de
los que se podían pagar.

La financiación de las flotas de Felipe II

En   el   reinado   de   Felipe   II   continuó   la   potenciación   de   los   programas   navales   y   la


Corona   comenzó   a   influir   en   el   diseño   tradicional   de   los   barcos   y   en   su   artillado,
incorporando nuevas dimensiones y características hasta convertirlos en símbolos de
poder. Eran la expresión de la soberanía sobre las vías oceánicas . 106

La proyección mundial naval obligó también —lo repetiremos— a una exigencia de
financiación   muy   elevada   si   se   querían   mantener   intactas   las   rutas   marítimas   y
construir barcos específicos para esas necesidades. Por lo tanto, el mayor problema que
Felipe II tenía en el diseño de sus flotas era el dinero. Mantener tres armadas oceánicas
y   dos   de   galeras   y   naos   era   muy   caro.   Además   de   ello,   financiar   las   actividades
mercantiles en Europa y pagar ejércitos y campañas en las guerras con los rebeldes de
los   Países   Bajos,   Francia,   Inglaterra;   combatir   al   islam   en   el   Mediterráneo   y   en   las
Alpujarras   e   invertir   en   los   proyectos   interiores,   desde   los   comerciales   hasta   los
universitarios, rozaba una y otra vez los límites de la bancarrota. Felipe II debió hacer
frente a los gastos que le ocasionaba tener que mantener un programa naval diverso,
amplio y costoso.

Durante su reinado, la Hacienda Real se declaró en bancarrota tres veces —en 1557,
1575 y 1596—, aunque en realidad se trató de suspensiones de pagos, técnicamente muy
bien   elaboradas   según   la   economía   moderna,   pero   completamente   desconocidas
entonces.
Felipe   II   heredó   de   su   padre   una   deuda   de   20   millones   de   ducados,   pero   los
ingresos de la Corona se doblaron al poco de llegar al trono. Las rentas de América
supusieron entre un 10 % y un 20 % de la riqueza de la Corona y ayudaron a estabilizar
la economía drenada por las crisis de los Países Bajos y la política en el Mediterráneo,
que consumían unos seis millones de ducados al año.

Los ingresos de otras partes del Imperio —Países Bajos, Nápoles, Milán y Sicilia—
se   gastaban   en   sus   propias   necesidades,   y   cuando   la   unión   de   las   dos   Coronas   —
española y portuguesa— se produjo, aquello se tradujo en un gran esfuerzo económico
para Castilla, que pasó a costear la defensa marítima de su extenso imperio —sobre
todo desde  Ormuz  hasta la Molucas— sin que  Lisboa aportase nada al conjunto.  A
usurpaçao dos Filipes le salió muy barata a Portugal y carísima a Castilla.

Con este panorama como trasfondo, debe reconocerse que el interés por dotar de
medios humanos y materiales a la ruta de la Especiería supuso un esfuerzo colosal —
del que hablaremos— y que solo podía sostenerse si el rico comercio de las especias
equilibraba los ingentes gastos de la monarquía.

Vida a bordo durante las travesías

En cada flota las unidades básicas fueron las naos y más tarde, los galeones. Por nao, ya
lo hemos apuntado, pero lo repetimos, debe entenderse  un término genérico  que se
refiere a barcos mayores que las carabelas y que estaban dotados de castillo de proa;
altas   estructuras   a   popa,   llamadas   alcázar   y   tolda;   aparejo   redondo   en   el   palo   de
107

trinquete y palo mayor y vela latina en el palo de mesana y bauprés, en proa.

En las naos, igual que en los galeones, el espacio estaba obviamente limitado. Las
comodidades de alojamiento eran mínimas. Solo el capitán de mar y aquellos mandos
con cierta jerarquía como el piloto, disponían de un camarote privado situado a popa, y
la mayor parte de las veces ese lujo estaba asignado solo al capitán de la embarcación.
Sobre su cámara se encontraba la del piloto. El maestre, se alojaba en la santabárbara y
los artilleros con él. El capellán, si lo había, lo hacía en la toldilla.

Idénticas condiciones a las del capitán de la nave eran aplicables al «capitán de
guerra».   Si   a   bordo   navegaban   otros   capitanes   de   infantería   al   mando   de   la   fuerza
embarcada, aquel debía compartir su cámara con ellos.

El   resto   de   la   dotación,   formada   por   marineros,   grumetes   y   pajes,   vivía   en   la


cubierta o en la bodega, a proa, durmiendo en el suelo sobre unas esteras. La superficie
de   la   que   disponían   no   era   más   de   1,5   metros   cuadrados   por   persona.   Sus   efectos
personales los guardaban en una caja . 108
Aquello estaba lejos de ser una sucursal del Paraíso.

El mayor número de hombres en la dotación —habitualmente no había mujeres en
aquellas   duras   travesías —   lo   componían   los   marineros.   Eran   los   más   diestros   y
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expertos en su oficio. Su edad oscilaba entre los 21 y los 33 años. No llevaban uniforme,
sino una blusa con capucha o un sayuelo de paño atado a la cintura y zaragüelles o
pantalones anchos que bajaban hasta los tobillos. Con toda probabilidad irían descalzos
a bordo, aunque en algunos casos se sabe que calzaron alpargatas. Unos bonetes de lana
roja eran utilizados como prendas de cabeza.

En una nao de 100 a 300 toneladas, el porcentaje de marineros oscilaba alrededor de
20,   aunque   Annie   Baert   apunta   que   las   listas   de   tripulantes   de   las   expediciones   de
Mendaña   y   Quirós   (1595)   consultadas   por   ella   solo   registraban   un   máximo   de   12
marineros,   si   bien   también   aclara   que   se   embarcaron   esclavos  que,   aunque   no   eran
registrados   como   marineros,   ayudaban   en   las   maniobras   y   tareas   propias   de   la
navegación.

El segundo grupo de gente embarcada lo formaban los grumetes, también llamados
mozos. Más jóvenes que los marineros —entre 17 y 20 años de edad— desempeñaban
las tareas fatigosas a que las navegación les obligaba y aprendían el duro oficio de la
mar,  obedeciendo  generalmente   las  órdenes  de   los  marineros.  Así,  trepaban  por  los
obenques ,   permanecían   en   las   gavias   escrutando   el   horizonte,   avistaban   tierra,
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desembarcaban para hacer aguada, buscar leña y transportar todo a la nave, entre otras
ocupaciones. En las estadísticas que conocemos, su número rondaba entre 8 y 15 para
una nao de 100 a 300 toneladas.

Los marineros, y ya no digamos los cargos superiores como pilotos o maestres,
imponían su autoridad y criterio sobre los grumetes. En algún caso abusando de ellos
hasta extremos denunciables. En plena travesía del Atlántico se arrestó a un maestre
siciliano   llamado   Antón   Salomón,   por   haber   sido   sorprendido   realizado   el   «pecado
nefando»   con   un   grumete,   habiendo   constancia   de   que   lo   había   ejecutado   antes   en
numerosas ocasiones. En la escala en la bahía de Santa Lucía (Río de Janeiro) el maestre
fue ejecutado. Al grumete se le perdonó, ya que había sido obligado por la autoridad de
su superior . 112

El tercer grupo, por último, lo constituía el de los pajes, prácticamente niños. Se
edad oscilaba entre los 8 y los 10 años. Los más afortunados de ellos embarcaban como
recomendados o paniaguados al servicio de un oficial. Los demás, con menor fortuna,
debían ocuparse de las tareas más incómodas bajo las órdenes del guardián. Tenían que
cambiar cada media hora las ampolletas, es decir los relojes de arena, y haciendo sonar
una campana recitaban una oración rimada:
Una va de pasada y en dos muele;

más molerá si mi Dios querrá;

a mi Dios pidamos que buen viaje hagamos;

y a la Madre de Dios y abogada nuestra;

que nos libre de agua, de bombas y tormenta.

Al final gritaba hacia proa: «¡Ah de proa! ¡Alerta y vigilante!».

Otra de sus obligaciones consistían en invocar las letanías, baldear las cubiertas del
barco, obedecer  a los grumetes y marineros   y declamar la fórmula para desear  las
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buenas noches a todos:

Amén y Dios nos de buenas noches,

buen viaje, buen pasaje haga la nao,

señor capitán y señor maestre y buena compañía.

En los galeones y naos las tripulaciones, la gente de mar, se dividía en gente de
cabo (marineros y grumetes)  y gente de guerra (soldados embarcados). La gente de
remo o chusma (galeotes y remeros) se encontraba en las galeras.

Las   tripulaciones   formaban   un   caleidoscopio   internacional   con   orígenes   en


distintos reinos. Generalmente los extranjeros procedían de Portugal, Génova, Flandes,
Venecia,   Toscana,   Lombardía,   Alemania,   Grecia,   Francia   y   algunos   indios.   No
superaban   el   20   %   del   personal   embarcado,   ya   que   había   limitaciones   a  la   hora   de
aceptarlos.   Las   ordenanzas   limitaban   a   6   el   número   de   marineros   extranjeros   que
podían ir a bordo, lo que no siempre se cumplía del todo.

La dimensión de las dotaciones dependía del tipo de barco y de su porte, pero
debemos   calcular   un   número   que   oscilaba   entre   50   y   60   personas   por   nave.   La
expedición de Magallanes llevó 250 personas en las cinco naos que la componían y la de
Jofre de Loaysa, 450 en sus siete naves.

En buques de mayor porte, pensemos en un galeón de 500 toneladas, la fórmula
consistía en 103 hombres de mar y 121 soldados.
Los tripulantes tenían que convivir, la mayor parte de las veces, con animales vivos
a bordo, embarcados como reserva de víveres frescos o destinados a reproducirse en los
territorios a descubrir: cabras, gallinas, terneras, cerdos o vacas —como fue el caso de la
flota de Magallanes—, por no hablar de los perros que auxiliaban a los soldados en las
exploraciones.

Los víveres que los navegantes podían embarcar solo alcanzaban para doce meses,
lo   que   acarreaba   la   ineludible   necesidad   de   abastecerse   en   tierra,   cuando   eso   era
posible.   Además   de   los   animales   vivos   y   su   reserva   como   víveres   frescos,   el   barco
llevaba alimentos conservados bajo la responsabilidad del contramaestre. Los que mejor
resistían eran la harina, el bizcocho, la carne y el pescado en salmuera o salado y secado,
el vino, el vinagre, el aceite y la manteca.

Las aceitunas se transportaban en unas tinajas de pasta tosca, de color claro o beige,
que   tenían   una   panza   ovoide   y   un   fondo   redondeado.   En   los   restos   excavados   del
galeón San Diego, se han encontrado muchos de esos recipientes pesados y sólidos que
se colocaban en los galeones por capas, unas sobre otras, en un lecho de paja separadas
por trozos de madera.

También cargaban atún y sardinas en barriletes; pescado seco y salmueras; partes
de carne de cerdo y muslos de gallina conservados en salazón; cortes salados de vacuno
y aceite en tinajas.

En las bodegas se alineaba un mundo de jarras y tinajas, o toneles y barricas, cuya
cuidada estiba servía también para lastrar el buque.  El vino se embarcaba en botas.
Queso de Mallorca y castañas de Génova y de Galicia eran parte de la dieta.

A la carga de víveres se añadía la de otros efectos. Figuraban en los memoriales de
carga menciones a las candelas de sebo, linternones, hachas y velas de cera, platos y
escudillas,  pares  de  alpargatas, herramientas  y aparejos, costales y barrilejos para el
agua y el vino.

Los   alimentos   frescos   como   las   frutas   y   verduras,   se   consumían   durante   los
primeros días. Después, si la travesía se alargaba en exceso, comenzaban a aparecer los
primeros   síntomas   del   escorbuto   provocado   por   la   carencia   de   vitamina   C.   Otros
alimentos eran objeto de ataque de los insectos que se encontraban a bordo, como las
cucarachas o el gorgojo, que daban cuenta de lentejas, garbanzos, frijoles y maíz.

Víveres frescos y sanos eran los que proporcionaba la pesca, pero en el Pacífico
intertropical —pobre en peces— no se recurría a ello a menudo. Hubo incluso casos de
intoxicación   con   una   especie,   la   ciguatera,   un   pescado   venenoso   cuya   carne   está
contaminada por toxinas como la cignatoxina y la maitotoxina.
El agua la repartía un alguacil, y en los galeones existía un despensero encargado
de proporcionar las raciones. Las barricas —donde el agua terminaba pudriéndose—
dieron paso en el siglo XVII, y sobre todo en las Molucas y Filipinas, al almacenamiento
en grandes tinajas de cerámica o de barro, que la preservaban mejor.

El aseo personal era precario. El agua estaba racionada y lavar la ropa solo era
posible en las escalas. «En el agua dulce residía el punto más débil de aquellas empresas
—anota con acierto Annie Baert —, imponiéndose a cualquier otro motivo puramente
114

geográfico, determinando la decisión de detenerse o no» en las costas o islas avistadas
durante las travesías y manteniendo permanentemente a los marineros en estado de
rebelión latente. El lavado de la cara y las manos se hacía con agua de mar que izaban
en cubos

Eso   hacía   que   la   higiene   fuese   mínima   y   que   la   invasión   de   pulgas,   piojos   y
chinches tomase forma de legión en los rellenos de los colchones, en las costuras de las
ropas   y   entre   las   tablas   de   cubierta.   Solo   sumergiéndolos   en   el   mar,   ropa   y   tejidos
podían librarse de ellos. Otra plaga eran las cucarachas y los roedores que causaban
daño a los víveres almacenados.

Las letrinas se limitaban a unas tablas agujereadas, por encima del agua —asiento
que pendía sobre las olas—, llamadas «jardines», aunque en el caso de los galeones las
letrinas de los oficiales se encontraban en la galería o plataforma exterior, protegidas
por una pasarela que rodeaba la popa.

La artillería embarcada

Una vez construida la nave, lista para cargar la mercancía, preparada para zarpar con la
carga estibada en viaje mercantil o en expedición de descubrimiento, el gran problema
que planteaba era el de su protección. Protección ante las embravecidas fuerzas de la
Naturaleza y protección ante los ataques de corsarios o piratas. La solución al segundo
de   estos   problemas   radicaba   en   artillar   las   naves   para   su   defensa.   Sin   embargo,   la
excesiva   carga   de   piezas   artilleras   podía   plantear   problemas   a   la   hora   de   combatir
contra el primero de ellos: la inestabilidad de la nave sobrecargada. Había que calcular
con cuidado extremo que la estiba y el peso de la artillería no alterasen la capacidad
marinera del barco frente a vientos, corrientes y tormentas. Dicho de otro modo, y con
palabras de José Manuel Sanjurjo, la estabilidad de la nave y su fortaleza estructural
suponían una limitación infranqueable a la hora de determinar el peso y calibre de las
piezas que se podían embarcar . 115

Desde sus inicios, en la Carrera de Indias las naos fueron siempre armadas. Hay
noticias   tempranas,   en   noviembre   de   1526,   de   la   nao  Santa   Maria   de   la   Luz,   de   110
toneladas, que, a su regreso a España y a la altura de Faro, capturó 12 barcas piratas de
moros. Prueba de que las naos no eran solo embarcaciones comerciales . Su artillería 116

habitualmente estaba constituida por cuatro o seis lombardas gruesas, dos cañones y de
10 a 14 falconetes .117

Las   piezas  que   servían   variaban  mucho  en  peso  y  calibres,  según   las  naves.   El
artillado de la Armada fue siempre muy dispar, a juicio de Magdalena de Pazzis Pi . Se 118

conocen hasta dieciséis tipos de armas. Las naos embarcaban sobre todo una amplia
variedad   de   cañones   ligeros,   llamados   de   borda,   menos   pesados   que   los   de   grueso
calibre.

En el siglo XVI —objeto principal de nuestro interés sobre las naves de la Especiería
— las piezas navales de grueso calibre, o pesadas, no se diferenciaban de las terrestres y
se montaban igualmente sobre cureñas de madera del mismo tipo. Todo ello dificultaba
su maniobra a bordo y reclamaba más espacio para las piezas.

Por el contrario, las piezas ligeras y móviles descansaban sobre una horquilla, lo
que les permitía girar y ampliar los ángulos para hacer fuego. Lógicamente tenían un
alcance   menor   que   las   macizas   piezas   que   embarcaron   luego   los   galeones,   ya   que
estaban forjadas e imaginadas para diferente propósito. Se trataba de armas menudas
de tiro tenso y de retrocarga, por lo cual eran fáciles y rápidas de utilizar. La escasez de
munición   —de   pelotería   o   balas   de   cañón—   obligaba   a   su   importación,   bien   desde
Milán o de las provincias holandesas.

Esa diversidad  artillera, ciertamente  complicaba lo que hoy llamaríamos cadena


logística   y   el   mantenimiento   del   armamento   del   buque,   pero   era   de   algún   modo
ineludible porque respondía a los distintos tipos de alcances de las piezas durante los
enfrentamientos.   Sacabuches,   sacres,   versos,   falconetes,   esmeriles   y   cerbatanas   eran
piezas ligeras que convivían con otras de calibre algo mayor, que veremos ahora. No
siempre juntaba una nave toda esa panoplia artillera, pero la que había respondía a
necesidades diversas, lo que obligaba a mantener un variado arsenal a bordo.

En embarcaciones ligeras y de calado menor, así lo veremos en las luchas en las
Molucas, los isleños, los portugueses y los españoles mantenían sacres y versos en las
proas de sus piraguas o juncos.

Esa pluralidad y variedad de armas y calibres se justificaba por varios motivos:

—Según  cual fuera  el objetivo, un barco  adversario  o las tripulaciones  enemigas, se


precisaban lombardas para impactar los cascos de las naves rivales a 400 metros, o
versos, culebrinas y sacres para barrer las cubiertas enemigas a corta distancia antes
del abordaje. O ambas cosas, cada una a su tiempo.
—Según el material de la pieza, estas podían ser de hierro colado, como ocurría con las
más antiguas, que además eran más pesadas, o de bronce, más ligeras.

—Según   la   trayectoria,   los   disparos   podían   ser   de   tiro   tenso   o   de   tiro   elíptico.
Pertenecían   al grupo   de  tiro  tenso   algunas  piezas  llamadas «gruesas»,   culebrinas,
bombardas   y   medias   culebrinas.   Mientras   que   los   morteros   proyectaban   una
trayectoria elíptica.

—Según el tipo de proyectil, las piezas también eran distintas. Las culebrinas lanzaban
balas de hierro  colado a gran distancia, mientas que la artillería pedrera  tenía un
alcance muy inferior.

Las características técnicas y tácticas de cada tipo de pieza artillera que montaban
los   galeones   de   armada   y   las   naos,   según   el   almirante   García­Parreño ,   serían   en
119

esencia las siguientes:

—En   primer   lugar,   destacaban   los   «cañones»,   que   eran   de   dos   tipos:   normales   y
bastardos.

Entre   los   «normales»   el   mayor   de   todos   era   llamado   «despertador»   o


«quebrantahuesos», cuyas balas de hierro pesaban 96 libras y su calibre era de 23
centímetros. El cañón común de batería era llamado «siflete» o «batemuro», y
utilizaba balas de 48 libras y tenía un calibre de 18 centímetros. El cañón medio
llevaba el apelativo de «brecante». Disparaba una bala de hierro de 24 libras y su
calibre era de 14,5 centímetros.

Entre los cañones «bastardos» había tres categorías, según sus calibres: el
«rebufo», el «crepante» y el «berraco», de 15, 16 y 17 centímetros.

Los   alcances   variaban   entre   los   1000   y   1200   metros   para   las   piezas
«normales»   y   entre   800   y   1000   para   los   cañones   «bastardos»,   aunque
dependiendo de la longitud del tubo: a mayor longitud, mayor alcance.

—Seguían en importancia por su alcance e impacto, las «culebrinas», que eran piezas de
caña larga. Se cargaban por la culata e iban montadas sobre una horquilla, situadas a
proa. Se distinguían entre «legítimas», de 14 centímetros de calibre y 4,48 metros de
longitud, que disparaba balas de 16 libras, y «media culebrina», que tiraba balas de
10 libras, es decir, una munición de 4 a 5 kilos.

Sus   alcances   eran   menores   que   los   de   los   cañones;   600   metros   para   la
culebrina y 400 para la media.
—En una escala menor se situaban los «sacres», que lanzaban bolas de hierro de 7 a 9
centímetros   de   calibre,   o   bolaños   de   5   a   8   libras.   Los   sacres   normalmente   iban
emplazados en las bandas de las naos. La pieza era desmontable; la rabera y la caña
podían separarse. Se clavaban en la borda de la nao. Su misión era utilizarse a muy
corta distancia, contra personal, en los momentos previos al abordaje. Su alcance era
de 450 metros.

—Los «pedreros» eran piezas de mediano calibre, semejantes a las medias culebrinas,
lanzaban balas de piedra en lugar de las de hierro.

—Algo menores eran los «falconetes», piezas de artillería correspondientes al «octavo
de   culebrina»,   cuyo   peso   de   bala   era   de   dos   libras   y   media.   Su   calibre   era   de   6
centímetros   y   tenía   un   alcance   máximo   de   30   metros,   y   finalmente,   el   «esmeril»,
también   llamado   «ribadoquín»,   era   una   pieza   ligera,   como   el   falconete   de   5
centímetros de calibre y un alcance de 200 metros.

El 28 de septiembre de 1534 se publicó una ordenanza por la que se mandaba a los
oficiales de la Casa de la Contratación, realizar una visita de inspección a las naves que
fueran   a   partir   a   las   Indias   para   verificar,   entre   otras   comprobaciones,   que   iban
debidamente armadas. Los fraudes de los armadores en connivencia con los maestres
eran   constantes,   sobre   todo   a   partir   de   1543,   año   en   que   se   reguló   el   modelo   de
navegación en flotas.

Movidos por la codicia, ambos propiciaban reformas en los cascos para aumentar la
capacidad de la nave hasta incluso un tercio del porte y así almacenar más mercancías.
Pero   ello   se   hacía   en   grave   detrimento   de   la   estabilidad,   de   la   seguridad   y   de   la
capacidad de maniobra de los barcos. Se volvían más lentos, menos maniobreros, más
pesados, y la artillería —que a fin de cuentas les molestaba— quedaba inutilizada o
arrumbada debajo de las cubiertas. Poco pudo hacerse y muchas naves lo pagaron en
tormentas o ataques corsarios. No obstante, el texto de la ordenanza no podía ser más
claro   y   recomendaba   impasible   y   machaconamente   que   el   armamento   debía   ir
embarcado —y digo embarcado y no, del barco— porque la artillería de una nave no
formaba parte integrante de la misma. Se situaba a bordo para el viaje o la travesía
específica y se retiraba cuando llegaba a puerto.

La ordenanza de 1534 dividía tres grupos de naos, según su porte, y determinaba
su armamento:

En el caso de las naves de entre 100 y 170 toneles, deberían llevar a bordo dos
lombarderos o artilleros para servir las siguientes piezas:

—Un sacre de bronce de 920 kilos.
—Un falconete de bronce de unos 552 kilos actuales. Era un cañoncito liviano, de borda,
que giraba sobre un soporte. Se cargaba por detrás. La dotación de munición era de
50 bolas de un calibre entre 5 y 7 centímetros. La pieza tenía una longitud variable,
pues   las   había   de   1,35   metros   y   otras   hasta   de   3   metros   y   medio.   Su   cometido
principal era provocar daños a las tripulaciones enemigas, lanzando bolas de metralla
(o «polladas») como las piezas artilleras del siglo XVIII y comienzos del XIX, aunque en
ocasiones se sustituían por balas de arcabuz.

—Seis piezas de hierro gruesas con munición de hierro.

—Doce versos de hierro. El verso —que derivaba del portugués,  berço— era un cañón
de   157   centímetros   de   largo   y   5   de   diámetro,   de   retrocarga,   es   decir,   que   se
alimentaba por detrás. Tenía un peso de unos 90 kilos y disparaba bolaños de piedra
caliza.

—Doce arcabuces.

Para las naves mayores, de entre 170 y 220 toneles, se ordenaba:

—Media culebrina de bronce de unos 1400 kilos . Iba montada sobre una horquilla,
120

generalmente a proa.

—Un falconete de bronce, como en el caso anterior.

—Ocho lombardas o bombardas de hierro colado, con un alcance de 1200 metros de tiro
rasante.

—Dieciocho versos.

—Veinte arcabuces.

Y por último, la nave entre 220 y 270 toneles debía llevar:

—Media culebrina de 32 quintales, o un cañón de 40 a 42 quintales.

—Dos sacres (de 644 a 920 kilos).

—Un falconete, de 12 quintales (552 kilos).

—Diez lombardas gruesas o pasamuros con munición de hierro. La lombarda tenía un
alcance medio de unos 800 a 1000 metros; aunque quizás su alcance eficaz, pleno,
estuviera en la frontera de los 400.
—Veinticuatro versos.

—Treinta arcabuces.

Como tantas veces sucedía, el exacto cumplimiento de la ordenanza no se llevaba a
cabo. Los propios comerciantes y armadores eran quienes evitaban artillar de forma
adecuada a las naves, con la finalidad de ganar espacio para la estiba y limitar el peso
que soportase la nao. Su mayor temor, decían, no eran tanto los ataques de piratas y
corsarios a los que podían rechazar  con los tiros de los sacres y falconetes, sino las
tormentas y riesgos de naufragio contra los que nada se podía hacer y en los que el
excesivo peso del número de piezas de artillería podía complicar más las cosas. Palabras
que sonaban mucho a excusa. Ya hemos visto que este era un argumento falaz, porque a
la   hora   de   decidir   cómo   se   dividía   y   distribuía   el   peso   que   debía   soportar   la   nao,
siempre daban prioridad a la carga. Y por «querer llevar más toneladas de mercancías»
los maestres mandaban «hacer obras de carpintería» y alzar y hacer «cubiertas, puentes
y toldos y otras obras muy dañosas» que hacían que las naos «vienen a ser tormentosas
y no marineras». Eso es lo que denunciaba Juan Melgarejo doce años después de que lo
hiciera Menéndez de Avilés y antes —en 1548— Bernardino de Mendoza. La corrupción
en ese sentido era endémica: «…las sacan de sus cimientos (…) haciéndolas mayores
que por lo poco las acrecientan el tercio mayores de lo que eran» a través de «edificar en
ellas muchas obras».

La conclusión es que, al manipular la estructura de la nao, se producía una pérdida
de equilibrio, estabilidad y maniobrabilidad, lo que le restaba posibilidades de seguir a
flote durante las tormentas. Ya me he referido a que de los 681 naufragios estudiados
por la Subdirección General de Patrimonio Histórico del Ministerio de Cultura   en el 121

Atlántico   y   la   zona   de   Centroamérica   y   Caribe,   621   se   debieron   a   huracanes   y


tormentas. Muy posiblemente  esa manipulación de las naos fuera  responsable de  la
pobre desenvoltura y gobierno de ellas durante las tempestades.

Tampoco estaría ajeno al desastre del naufragio el estado de las naos que, bien
fuera   porque   el   propietario   tuviera   miedo   de   perder   las   nuevas   y   enviaba   las   de
desecho, bien por la gran demanda de buques para hacer la Carrera de Indias, lo cierto
es que se solían aprestar para ella las naos que no reunían las más idóneas condiciones
para   la   navegación   transoceánica .   Además,   por   mucho   que   quisieran   abrir   más
122

espacios, había obra muerta imprescindible que no podía tocarse sin alterar la nave y —
muy importante— la carga del material de apoyo ocupaba un espacio no desdeñable y
no se podía disponer de ella de un plumazo. Era básico para la nave guardar a buen
recaudo las libras de mecha cocida, los quintales de pólvora para el cañón y la pólvora
para   la   arcabucería,   que   era   distinta,   el   azufre,   la   pez,   la   brea   o   alquitrán   para   el
calafateado   o   para   el   mantenimiento   de   las   cureñas   que   sostenían   los   cañones   más
pesados. Las municiones de hierro o piedra también se almacenaban cuidadosamente
de manera que contribuyeran a conservar y mantener el equilibrio de la nave.

Imaginaremos, por lo tanto, que el cumplimiento de ese preciso listado contenido
en la ordenanza de 1534 resultó a la hora de la verdad una exigencia más teórica que
real y que se llegaría a un equilibrio entre el armamento que se precisaba, los espacios
ampliados para mantener más carga y aquellos necesarios para guardar y custodiar el
material de apoyo. La práctica debió ser la que decidió.

En cuanto al armamento ideal para cada buque, Alonso de Chaves en su Espejo de
navegantes  comunicó su propia experiencia, fruto de sus travesías y de las enseñanzas
transmitidas por los pilotos a la Casa de la Contratación. En su obra escrita aconsejaba
sobre el número apropiado de cañones que debían embarcarse y su posición dentro de
los buques . Chaves reducía el armamento pesado para una nao de 200 toneles:
123

—Seis lombardas

—Cuatro pasamuros

Y aumentaba la artillería ligera y mosquetes de la infantería a:

—Cuarenta versos

—Veinte arcabuceros y escopeteros.

Además,   recomendaba   utilizar   armamento   incendiario   preparado   a   base   de


compuestos químicos inflamables, que se arrojaban al enemigo en alcancías de barro
rellenas de alquitrán y pólvora o de jabón con aceite, una vez encendidos. Asimismo,
sugería el empleo de granadas huecas con arpones y plumas.

La defensa y seguridad de las naves no terminaba con la artillería embarcada. A
todo ello habría que añadir toda una panoplia de ballestas, lanzas, picas, dardos de
lanzar,   botafuegos,   arpeos,   cohetes,   espadas   y   puñales   útiles   para   el   abordaje,   que
formaban parte del armamento de los soldados.

Normalmente en un galeón el promedio de gente de guerra embarcada rondaba los
54 arcabuceros y 40 mosqueteros al mando de un capitán, que tenía como subordinados
a un alférez y a un sargento, todos ellos gente de fibra que completaban su dotación con
2 tambores, 1 pífano, 1 abanderado, 5 cabos de escuadra y 15 aventajados.

A esos 120 soldados debían unirse los artilleros o lombarderos, que permanecían en
las naos o galeones y no bajaban a tierra en las expediciones de conquista o exploración.
Es obvio que, durante el combate, cuando se producía la aproximación entre naves
adversarias, la artillería embarcada podía jugar un papel destructivo, y de hecho así era,
pero los alcances de las piezas de la época y su escasa precisión no permitían inferir
daños considerables a los barcos enemigos a distancias apreciables. Recordemos que las
piezas embarcadas que reunían una mayor potencia eran las lombardas, con un alcance
medio de 800 a 1000 metros, pero su alcance efectivo, es decir, donde hacían daño al
casco de la nao enemiga, se reducía a 400 metros. Los sacres, versos o falconetes eran
eficaces   a   muy   corta   distancia   y   se   utilizaban   en   los   momentos   previos   al   abordaje
lanzando metralla contra el personal adversario, pero su munición no producía efecto
contra las sólidas bandas de buena madera del buque enemigo.

No  debe  olvidarse  que,  a diferencia  de  los enfrentamientos  de  los ejércitos  que


combatían en tierra y que fiaban más su éxito a la concentración de fuego mediante la
artillería, en el combate naval lo que dominaba era el viento y la maniobra. Es decir, el
medio en que luchaban estaba en constante movimiento. Ello complicaba la puntería y
la aproximación al adversario. La fase de aproximación al buque enemigo solo podía
hacerla, a su voluntad, el que estuviese a barlovento, de ahí la gran ventaja de ganar
barlovento   al   enemigo.   Barlovento   es   el   lugar   de   donde   viene   el   viento.   Ganar
barlovento significa ganar terreno al viento y sirve para llegar antes. Aprovechar las
rachas de viento y recortar metros al mar. Durante esta fase, el combate consistía en un
duelo artillero que comenzaba tan pronto se tuviese al barco contrario al alcance de la
artillería   pesada   propia.   Las   piezas   podían   emplearse   de   dos   formas:   «tirando   a
desarbolar» o «tirando a hundir».

La imprecisión artillera contra blancos en movimiento era lo normal. El modo de
reducirla y ser preciso era la cercanía. El contralmirante Víctor Larenas lo resume al
señalar que en el combate naval el equivalente al cuerpo a cuerpo era el abordaje, es
decir, la expresión más común de combate.

Pero   si no  llegaba  al abordaje   o  no   interesaba   hacerlo,  el  método   de  atacar   era
recurrir a una de las dos maneras aludidas. El tiro «a desarbolar» se utilizaba cuando la
finalidad del combate era hacer presa, es decir, tomar el barco enemigo para quedarse
con   él   y   el   cargamento.   En   ese   caso   los   tiros   de   la   artillería   iban   dirigidos   a   la
arboladura, cubiertas y castillos del buque atacado, es decir, a la obra muerta. Y así
paralizarlo. Esa era la táctica pirática, para apresar la nave.

El   tiro   «a   hundir»,   cuya   finalidad   era   destruir   por   hundimiento   al   enemigo,


consistía en apuntar al casco y preferentemente a la línea de flotación.

La fase de aproximación, en duelo artillero, duraba poco tiempo, ya que el alcance
de los cañones era corto, aunque ambos, tiempo y alcance, fueron aumentando más
tarde, durante el siglo XVIII.
Tras  la  fase   de  aproximación,  que   rara   vez  era   resolutiva,  se   llegaba  al  choque
definitivo: el abordaje.  Entonces entraban en juego  las piezas de artillería  ligera, los
sacres, los versos, los esmeriles y los falconetes, para «barrer la cubierta» con sus tiros
de metralla o tiros rasantes de sus balas hasta llegar a la colisión de los dos buques, al
asalto y al cuerpo a cuerpo, usando las armas portátiles de las que estaban bien dotadas
las tripulaciones.

La artillería de los galeones del siglo XVII era otra cosa. Montaban piezas más serias
y numerosas. Un galeón de tipo medio podía embarcar sesenta piezas de artillería. Los
galeones de armada llevaban entre cincuenta y ochenta. Claro que también era ya otra
época más adelantada y las piezas ligeras más primitivas que se encontraban en las
naos   de   finales   del  XV  y   del  XVI  estaban   ya   en   desuso   y   no   se   embarcaban   en   los
galeones. En algún momento en la transición del siglo XV al XVI, se inventaron las portas
giratorias, lo cual permitió instalar piezas de mayor calibre en las cubiertas inferiores
resolviendo el problema de la estabilidad . 124

Con la aparición del galeón, o durante su evolución, la artillería se dispuso en cada
cubierta,  de modo  que pudieran  cubrir  todo el horizonte («a la redonda»).  Pero  los
cañones eran las armas más grandes y pesadas que se conocían. No existía en el mundo
de entonces artefacto más pesado sobre ruedas (las ruedas de las cureñas de madera)
que el cañón, terrestre o naval. El cañón de bronce de avancarga, era además más difícil
de municionar y más grande que los antiguos de hierro y retrocarga. Por ello requería
mayor amplitud  en cubierta.  Por si fuera  poco, necesitaban un complejo sistema de
poleas para frenar el retroceso . Precisaban espacio y una atenta y cuidadosa vigilancia
125

sobre su reflujo. De alguna manera el tamaño y el peso de los cañones empezaba a
condicionar la fisonomía del buque. Había que hacer barcos más grandes.

Y se construyeron mayores. El artillado comenzó así a ser potente y numeroso,
pudiendo  llegar a 26 piezas en la primera cubierta; 24 en la segunda y 6 —tres  por
banda— en los altos de la falconera de popa y 4 por la banda de proa . A final del siglo
126

XVII y durante el  XVIII —y nos salimos del marco temporal de las naos de la Especiería—
esos   mismos   galeones   navegaban   artillados   con   piezas   que   rondaban   los   40   o   50
cañones. Los de mayor calibre se denominaban cañones de batir (así se llamaban en los
ejércitos, en tierra). El peso de la munición oscilaba entre 7 y 40 libras. Las piezas se
montaban,   por   motivos   de   seguridad,   en   las   cubiertas   inferiores,   en   las   secciones
centrales, con las más potentes a proa.

A pesar de que la ordenanza citada de 1534 trató de introducir cierto método en la
variedad a la hora de artillar los buques, la evolución fue lenta, pues, dicho sea de paso,
esa variedad estaba justificada ante la multitud de factores que concurrían a la hora de
armar   una   nave   dependiendo   del   porte   del   buque,   de   la   misión   encomendada,   del
marco de la expedición…, pero lo cierto es que dibujaba una realidad muy compleja y
difícil   de   gestionar.   Solo   a   finales   del   siglo   XVI  y   a   comienzos   del  XVII  se   consiguió
imponer un moderado orden.

De nuevo me referiré a la exploración del pecio del galeón San Diego y del hallazgo
de sus restos, que presentan un enorme interés por lo que se refiere a las piezas de
artillería embarcadas. Entre 1588 —fecha de la expedición de la Armada Invencible en la
Jornada de Inglaterra— y 1600 fecha datada del hundimiento del San Diego, existe una
horquilla   de   tiempo   en   que   las   distintas   piezas   artilleras   fabricadas   tienden   a
homogeneizarse. Es un periodo de normalización de modelos . 127

A bordo del  San Diego  solo hay ya piezas de bronce y de fabricación reciente. La


artillería   de   bronce   se   componía   de   piezas   fiables   que   no   se   corroían   y   que   eran
128

resultado de una técnica más asequible, ya que la temperatura de fusión del bronce es
inferior   a   la   del   hierro.   Las   piezas   de   bronce   eran   el   futuro,   y   los   galeones   más
modernizados   comenzaban   a  llevarlas   a   bordo.  El  San   Diego  embarcaba   diez   piezas
largas relativamente nuevas —construidas en la última década de los mil quinientos, a
finales del siglo  XVI—, tres piezas cortas y un solo pedrero. El conjunto de bocas de
fuego pesaba 13,5 toneladas, quizás 20, si se añaden las cureñas de madera que no se
recuperaron del pecio. Las piezas elegidas eran generalmente largas, reforzadas o muy
reforzadas.

Concretamente el San Diego embarcaba:

—Un medio cañón de 12 libras de bala (119 mm) 1141 kilos de peso y una longitud de
2,79 metros.

—Cinco sacres, que rozaban o pasaban los 3 metros de longitud. Uno de 8 libras de bala
(102 mm) y 3,54 metros de longitud; otros tres de cinco libras de bala (calibres 93,91 y
90) y longitudes de 2,96, 2,95 y 2,94 metros, y pesos entre 920 y 961 kilos y un último
sacre de 3 libras de bala (77 mm) de 2,98 metros de longitud y 894 kilos de peso.

—Dos falcones de 2 libras de bala (68 mm) de 2,25 y 2,33 metros de longitud y 492 y 469
kilos de peso.

—Tres medios sacres de 3 libras (76 mm) y 2,58, 2,72 y 2,54 metros y 610 y 706 kilos de
peso.

—Una culebrina de 15 libras de bala (133 mm) de 3,85 metros de larga y 2288 kilos de
peso

—Un cañón pedrero portugués, la antigualla del arsenal embarcado, de 5,5 kilos de bala
de piedra; 2,7 metros de longitud y 741 kilos de peso.
—Otro pedrero portugués de similares medidas, aunque algo más pequeño.

En  síntesis, vemos que  existía una gran diversidad  de piezas, puesto  que  están


representadas   siete   diferentes   categorías   y   ocho   diámetros   de   balas.   Sin   embargo,
empieza a apreciarse una cierta homogeneización, concretamente un predominio del
bronce sobre el hierro colado; una marcada preferencia por el arma larga sobre el arma
corta y una diversidad  de calibres  y piezas para satisfacer todos los alcances  en  las
diferentes fases de la lucha.

La gran oportunidad que la excavación del San Diego nos ofrece es conocer no solo
el inventario de las piezas embarcadas en un galeón, de un gran navío de alta mar, sino
comprobar físicamente las medidas, el peso y el calibre de las armas a bordo. El  San
Diego no es un modelo repetitivo y estándar que nos proporcione la exacta información
de cómo estaban artillados todos los galeones de la  época, pues la uniformidad aún
estaba   lejos   de   exigirse,   pero   sí   una   tendencia   de   cómo   evolucionaban   hacia   la
normalización las piezas que embarcaban y sus características.

Los   cañones   necesitaban   proyectiles   que   debían   almacenarse   cuidadosamente   y


administrar su uso con precaución. Los proyectiles, como se ha mencionado, podían ser
de  hierro   colado  o   de   piedra.   Los  de  hierro   se  utilizaban   para  dañar   el  casco  o   las
bandas de la nave adversaria con la intención de crear vías de agua o desequilibrarla
para   echarla   a   pique;   o,   si   había   suerte,   destrozar   los   palos   de   la   nave   contraria,
desarbolarla e impedir así su movimiento y maniobra, algo que era básico y esencial, no
solo para combatir, sino para poder sobrevivir en la mar. La munición de piedra jugaba
el mismo papel que la metralla de hierro en los campos de batalla napoleónicos. Los
pedreros a bordo lanzaban bolas de piedra que, al chocar con los numerosos objetos y
elementos   del   barco   atacado,   hacían   astillas   y   se   fragmentaban   ellos   mismos   en
multitud de esquirlas de piedra proyectándose —trozos de piedra y madera astillada—
a toda velocidad sobre las tripulaciones. Ello siguió siendo así cuando se introdujo el
sistema del disparo con carronadas . Según se comentaba, las bajas ocasionadas en la
129

cubierta por las maderas astilladas que volaban durante los combates navales al final
del siglo  XVIII  y durante el  XIX, fueron más numerosas que las que se producían por
impactos directos de cañón o tiro de mosquetería.

Esa   exhibición   artillera   causaba   pánico   en   los   piratas,   que   además   debían
economizar pólvora y municiones porque no podían aprovisionarse regularmente de
ellas. Ahora bien, cuando una nave era presa de ataques piratas o corsarios —sobre
todo cuando se trataba de naves aisladas— las esperanzas de sobrevivir eran nulas.
«Por no ser descubiertos, tomarán las mercancías y haciendas que llevaren y echarán los
navíos   con   la   gente   al   fondo   como   suelen   hacer»,   escribía   Menéndez   de   Avilés . 130

Representaban   el   0,8  %   de   los   naufragios  en   el   listado   de   pérdidas   españolas  en   el


Atlántico norte y en la Carrera de Filipinas, de los 108 buques que la hicieron en 250
años, solo 4 naves  fueron capturadas por los piratas después de un combate.
131

A   pesar   de   las   fantasías   a   las   que   nos   acostumbraron   las   producciones


cinematográficas, la historia nos dice que «daban más miedo los barcos españoles a los
piratas que al revés» . 132
3
Las grandes fechas hacia la Especiería.
De Colón a Magallanes

L OS REYES  CATÓLICOS   SOLO   HABÍAN   APORTADO,   y   no   fue   poco,   las   condiciones


mínimas de orden y unidad de la nueva nación. El proceso había solucionado los
problemas   de   la   construcción   del   Estado   antes   que   la   mayor   parte   de   sus
contemporáneos en Europa occidental . Desde ese punto de vista España se hallaba
133

muy por delante de cualquiera de sus rivales por lo que respecta a la revitalización del
poder real y al desarrollo de los instrumentos de gobierno.

La unión peninsular —no estoy incluyendo a Portugal en ella— se había asentado
por tradición y por decreto sobre las bases de la religión. La religión cristiana. La unión,
cimentada en el lazo personal de los monarcas de Castilla y Aragón, iba a convertir a
España en uno de los primeros Estados­nación, unido, pacífico y más poderoso que
ningún otro en Europa . Solo  Navarra  y Granada quedaron, de momento, fuera  de
134

aquel conjunto. El primero de los reinos permaneció durante unos años como territorio
satélite de Francia, el otro —por poco tiempo— como reino independiente nazarí.

Al dotar a España de un aparato estatal, aceptando las limitaciones constitucionales
de la unión que habían forjado, los Reyes Católicos liquidaron el pasado y construyeron
la base sobre la que sus sucesores podrían erigir un estado nacional . El final de la 135

llamada Reconquista frente a los musulmanes y la creación de esta estructura estatal
unitaria cristalizaba con éxito el proyecto de Castilla y Aragón. Ello ocurría el 1 de enero
de 1492.

Pero   para   avanzar   en   él   debían,   al   menos,   ir   progresando   y   ejecutando   tres


premisas: fortalecer más la cohesión interior; desarrollar el comercio como base de la
nueva economía y dominar el mar.

En   cuanto   a   la   primera   de   estas   exigencias,   qué   duda   cabe   de   que   la   cohesión


interior debía cimentarse sobre la unión política peninsular, con Castilla y Aragón como
pilares básicos y la unidad de credo religioso que reforzaba esa unión, algo esencial
para los parámetros de aquella época. El decreto firmado en Granada el 31 de marzo de
1492 sobre las opciones ofrecidas a los judíos de abandonar el reino o permanecer en él,
dentro de un Estado cristiano, iba en la dirección de fortalecer la afinidad y cohesión
interiores . La unidad de credo y religión era «la causa principal». Sin esa cohesión
136
fundamental   interna,   no   podían   plantearse   aventuras   atlánticas   y   proyectarse
racionalmente al otro lado del océano.

Por lo que se refería al comercio, este debía ir más allá de los esquemas medievales
que cifraban en la exportación de la lana y de algunas materias primas toda la actividad
exterior. Debían reducirse las cargas interiores, reformar los impuestos e incrementar la
posibilidad de acceder a las rutas de comercio que ofrecían la India, China y el mundo
de   las   especias,   una   oportunidad   que   no   había   que   desperdiciar.   El   17   de   abril   se
firmaron capitulaciones con Colón.

Por último, para favorecer lo anterior —cohesión y economía— España tenía que
dominar el mar.

Nadie puede negar el interés de los Reyes Católicos por el mar. Instituciones como
la Universidad de Mareantes de Sevilla, la Casa de la Contratación, establecida en 1503;
los 1000 navíos con los que España contaba al final de su reinado o la proliferación de
estudios y tratados como  El arte de marear  de fray Antonio de Guevara mostraban la
excelente base para que, a nuestra condición geográfica, claramente marítima, se uniera
una mentalidad asimismo marítima.

Se ha señalado en ocasiones que el poder naval se ha asentado siempre sobre tres
puntos de apoyo bien definidos: geografía, recursos y voluntad política clarividente. De
esta combinación bien conjugada debía surgir un planteamiento correcto.

La estrecha correlación entre voluntad política, apoyada en recursos económicos y
fuerza   naval,   ha   sido   una   constante   en   la   historia   de   otros   imperios,   no   solo   en   la
Monarquía Hispánica.

El Imperio británico es un claro ejemplo de esto. Y ha estado siempre en el ADN
político de los ingleses. Recordemos que en pleno siglo  XVIII, época florida del Imperio,
el imaginario popular creó en 1740 la conocida tonada Rule Britannia, donde el mandato
angélico de la canción (Rule Britannia! Britannia rule the waves!) exhorta y aconseja que
Britania gobierne sobre las olas, y así la nación nunca será esclavizada, es decir, que el
secreto desvelado por los ángeles guardianes (the Guardian Angels), que lo saben todo,
radicaba en el dominio del mar para que Gran Bretaña floreciera grande y en libertad.
Otro tanto sucede con los Estados Unidos que emprenden su proyecto extracontinental
e imperial a través de su proyección marítima frente a Cuba, Puerto Rico y Filipinas en
1898 en su guerra contra España.

Así inició Portugal su «Imperio de la pimienta», dominando los mares a partir del
siglo XV, afirmándose en la riqueza de su comercio con Oriente y en su deseo de liderar
la navegación mundial.
Así lo hizo Holanda que, saliendo de sus reducidas dimensiones geográficas, y sin
disponer de materias primas ni buenas comunicaciones, estableció un extraordinario
poder   naval,   comercial   y   un   Imperio   basado,   en   buena   parte,   en   el   tráfico   de   las
especias, gracias a los recursos proporcionados por la VOC.

Y Gran Bretaña —ruling the waves— comenzó a ser fuerte y a dominar el mundo
con su Compañía de las Indias Occidentales apoyada en los soldados de las casacas
rojas y, ante todo y sobre todo, en la Royal Navy.

¿Y España? ¿Podría construir un imperio tratando de dominar a la vez esa doble
prolongación atlántica y mediterránea, que se iban a constituir en dos auténticos feudos
navales de Castilla y Aragón?

Qué   duda   cabe   de   que   esa   interrelación   entre   voluntad   política   y   fuerza   naval
presidió el comienzo de la Monarquía Hispánica desde finales del siglo   XV. La unión
peninsular de Isabel y Fernando, y la de los Habsburgo poco después, dieron luz a una
nueva y sólida entidad política que se proyectaba más allá de su contorno primitivo.
Para ello, el control del mar era una necesidad esencial. Y ello se iba a lograr a través de
la sucesión de cuatro pasos esenciales.

En   primer   lugar,   España   tuvo   la   visión:   el   acceso   a   las   fuentes   de   riqueza   de


Oriente, a las especias de las Molucas por la ruta del oeste era el desafío que, una vez
conseguido, abriría paso a un destino próspero.

En un segundo paso, las energías se acomodaron a lograr este empeño. Pero, en el
tránsito hacia la Especiería, que era el objetivo primordial y originario, la respuesta no
fue la Especiería, fueron las Indias.

No   conforme   con   este   grandísimo   logro,   pero   que   no   daba   respuesta   a   su


aspiración, la Corona daría un tercer paso, buscando y comprobando que más allá de
las Indias había otro mar.

Y para llegar a él, no cejaría en la consumación de un cuarto desafío, rastreando y
finalmente hallando el acceso al nuevo océano a través del estrecho que la llevaría a su
propósito inicial.

Pero no conviene adelantar acontecimientos. Detengámonos en el segundo paso.

La competición por ganar el comercio y el mar

Las dos potencias navales predominantes en Europa al final de la década de los 80 y 90
del   siglo  XV  estaban  echando   un pulso   no  solo   por  ganar  la carrera   y  descubrir   las
derrotas más audaces para acceder a los mercados de las especias, sino para conquistar
el mar con los diseños avanzados de sus naves y monopolizar los centros de tráfico. La
llamada de las especias era común y ambas naciones tenían experimentados navegantes
para alcanzarlas. Simplificando el enorme cúmulo de problemas que debían enfrentar
Castilla y Portugal en esa carrera, podríamos decir que el esencial se reducía a saber
quién de las dos iba a llegar antes. Había comenzado, realmente, la carrera de las rutas
navales.

En   1488   los   portugueses   se   adelantaron.   Bartolomé   Días   dobló   el   cabo   Bojador


dejando   abierta   la   ruta   africana   hacia   la   India   por   el   Este.   Cuatro   años   después,   el
hallazgo   de   Colón   pareció   indicar,   en   1492,   que   los   españoles   habían   llegado   —se
pensaba erróneamente— o podían llegar antes que los portugueses si lo intentaban por
occidente.

Esos años marcaron el incesante desafío entre las dos superpotencias navales de la
época,   Portugal   por   levante,   Castilla   por   poniente.   Se   había   inaugurado   la   historia
bifurcada en dos direcciones: el Este y el oeste. Ello generó una gran tensión entre las
cortes de España y Portugal. En Lisboa temían que Castilla se adelantase en el objetivo
de llegar a la India y desde allí alcanzar las Molucas.

Se auguraba una época de conflictos y enfrentamientos y se llegó a la conclusión de
que era necesario establecer un tratado hispano­portugués o una mediación reflexiva y
científica que pusiese orden y sentase las reglas de juego de las empresas exploradoras
y   adjudicase   a   cada   una   su   jurisdicción   en   las   tierras   y   mares   descubiertos   y   por
descubrir.

El resultado fue la bula pontificia de Alejandro VI (1493) que perfilaba un límite
divisorio   entre   las   zonas   de   la   acción   descubridora   de   España   y   de   Portugal.   El
documento trazaba 100 leguas al occidente de las islas Azores y Cabo Verde, una línea
que dividía al mundo de polo a polo (meridiano) indicando la jurisdicción castellana y
portuguesa al oeste y este de la misma. Aunque la propia bula comenzaba señalando
que   el   dictamen   papal   se   hacía  motu   proprio,   era   evidente   que   los   reyes   españoles
debieron   ejercer   las   correspondientes   presiones   que   no   dejaron   otra   alternativa   al
pontífice más que salir del paso con deliberada ambigüedad . Pero las indefiniciones y
137

titubeos podían ser el germen de futuros conflictos. De hecho, lo fueron. El trazado no
satisfizo a la corte de Portugal y no digamos a los monarcas de Francia e Inglaterra, que
aunque nadie les daba juego —precisamente por eso— dudaban de la autoridad papal
para repartir el mundo entre esas dos naciones, aunque fueran las mayores potencias
navales de la época . 138

En síntesis, el texto no había dejado satisfecho a casi nadie.
Hubo presiones de Lisboa ante el pontífice, que tuvo que redactar un nuevo texto
aclaratorio. La corrección papal de las coordenadas de la bula  Inter Coetera  situaba la
línea a 370 leguas en vez de a 100. Ello beneficiaba a Portugal, que ganaba el territorio
de Brasil, pero otorgaba a España más espacio hacia el oeste y por tanto en el Pacífico.
Ambas líneas de influencia fueron aceptadas y reconocidas por los reyes de España y
Portugal en el Tratado de Tordesillas en 1494, aun cuando subsistieron interpretaciones
que darían lugar a disensiones en el futuro.

Pese a ese apaño pontificio de última hora, el conflicto podía estallar al discutirse
las zonas grises y las Molucas estaban en una de ellas.

En el lado portugués hubo también experimentos, tanteos y ensayos. Al regreso de
Colón   de   las   Indias,   y   espoleados   por   su   éxito,   los   portugueses   redoblaron   sus
iniciativas marítimas y en 1498 Vasco da Gama consiguió llegar hasta la costa Malabar,
que  era el epicentro  del comercio  mundial de las especias.  Vasco  da Gama terminó
aquello que Colón había dejado incompleto en 1492. El portugués llegó por el Este a las
especias de la India cuando Colón había fracasado por el oeste. Vasco da Gama acabó
encontrando   lo   que   Cristóbal   Colón   había   buscado   en   vano:   una   ruta   nueva   a   un
mundo antiguo . 139

Los beneficios obtenidos por el cargamento de pimienta llevado por Da Gama a su
regreso a Lisboa fueron fabulosos . El júbilo en Lisboa fue inenarrable, ya que a partir
140

de esa fecha la corte de Portugal se aseguraba la posibilidad de llegar a las Molucas
siguiendo la ruta oriental, y entre las cargas de pimienta de la India y las de clavo y
canela que proyectaba traer desde las Molucas soñaba con un suculento y garantizado
suministro de especias. En 1503 los lusitanos llegaban a Ceilán (Sri Lanka), y sus naos
hacían abundante acopio de canela, una vez que negociaron la provisión y recogida con
los   naturales.   Desde   1505  a  1509  el  proyecto  portugués  fue  tomando  cuerpo,  de  tal
manera que Lisboa empezó a planificar la sustitución del monopolio musulmán por
otro portugués apoyado en una serie de poderes permanentes: un virreinato, fortalezas,
factorías   y   una   armada   que   iba   a   permanecer   en   la   India ,   con   Goa   como   base
141

comercial, política, logística y militar.

La   gradual   ocupación   del   continente   americano   por   la   Corona   de   España   no


paralizó el movimiento de búsqueda del Oriente a través de Occidente, porque lo que
les interesaba era el acceso a las especias. En esta obsesiva búsqueda por llegar a la
Especiería por su ruta occidental, no fueron pocos los esfuerzos emprendidos por la
corte española después de los viajes de Cristóbal Colón. Los proyectos se concentraron
en iniciativas llevadas a cabo para descubrir primero un mar del Sur al otro lado de las
Indias y después —cuando Vasco Núñez de Balboa lo hallase en 1513—, el «paso» a ese
mar del Sur que conducía finalmente a la Especiería. Y los intentos de lo uno y de lo
otro no cesaron.
Desde   1499   hasta   1513,   es   decir,   durante   el   reinado   de   los   Reyes   Católicos   y
después durante la regencia de Fernando de Aragón y Juana de Castilla, al menos seis
armadas españolas se darían a la vela para encontrar la misteriosa mar del Sur que les
llevaría a la Especiería. La hazaña del portugués Vasco da Gama había creado cierto
nerviosismo en la corte española, al ver que Portugal iba ganando la carrera del acceso a
las Molucas. A partir de ahora no había tiempo que perder si se querían alcanzar los
territorios a los que Vasco da Gama había llegado por la ruta oriental. Si España no
accedía a esas tierras, su menoscabo iba a ser notable. La travesía y presencia de las
naos portuguesas en las costas de las especias daba a Portugal una descomunal ventaja
sobre los otros reinos europeos. Aun más, ello podría suponer la competencia abierta
con Venecia. Y en este duelo Venecia tenía las de perder. Las remesas de fardos de
pimienta, clavo, nuez moscada y canela, que atravesaban complicadas rutas hacia el
mar Rojo y se cargaban en caravanas por Siria, para llegar a Alejandría y desde allí
terminar   en   las   lonjas   y   almacenes   venecianos   en   un   goteo   incesante,   llegaban   con
lentitud irritante. Y sobre todo eran caras. Muy caras.

A   partir   de   ahora   Portugal   podría   ofrecer   especias   a   un   precio   mejor.   Y   si   el


suministro de jengibres, clavos de olor, pimienta negra, vainillas y nueces moscadas se
regularizaba en línea directa desde Oriente hasta el puerto de Lisboa a través de sus
flotas, no solo quebraría el monopolio de la Señoría veneciana, sino que la corte de
Lisboa establecería el suyo propio, se enriquecería y controlaría los mares y las finanzas.
De hecho, durante los años 1513, 1514 y 1515 el bloqueo portugués a toda nave que
fuera hacia el mar Rojo, golfo Pérsico o Mediterráneo iba a ser total. Se capturaba todo
navío no portugués  o desprovisto de «carta»  portuguesa.  Las galeras venecianas  no
siquiera se atrevían a dirigirse hacia Alejandría.

Ahora bien, la sustitución de la ruta mediterránea por la portuguesa en el tráfico de
especias   fue   realidad   durante   solo   tres   años.   El   cansancio   hizo   que   en   1516   se
reanudaran   las   comunicaciones,   con   lo   que   Venecia   y   Alejandría,   junto   con   Lisboa,
continuaron durante el siglo XVI con el aprovisionamiento de las especias a Europa . 142

Pero mientras esto se iba a ir materializando con los años, en 1499 la situación de
subordinación comercial en la que España podría quedar ante su rival naval se percibía
como   manifiesta   y   proyectaba   un   panorama   afligido   sobre   la   corte   de   Fernando   el
Católico. Solo podría romperse esa tendencia al alcanzar la fuente de las especias por la
ruta   de  occidente.   La financiación que   estas  supondrían   ayudaría   a sostener  el  caro
entramado de la presencia en las Indias y la gestión de la acción descubridora en la que
Castilla se hallaba comprometida y que tan costosa estaba saliendo . 143

Era necesario obtener esa fuente de posibles riquezas. Y luego administrarla. El rey
Fernando debía conseguir, como fuera, el acceso a los focos productores de especias a
través de la ruta opuesta a la que estaban utilizando los portugueses. Había que hacerlo
siguiendo la derrota del poniente. Por occidente. La Especiería, además, según se creía,
se encontraba en la zona adjudicada a España por el Tratado de Tordesillas y ello daba
al esfuerzo toda la cobertura jurídica y moral.

Los «viajes andaluces»

Por este nombre se conocieron las cuatro expediciones que zarparon el año 1499 y que
perseguían el propósito de encontrar la ruta de occidente. Es decir, buscaban el paso a
un mar cuya existencia, aunque no se conocía, se intuía que proporcionaría el acceso a
la Especiería. Las iniciativas de los «viajes andaluces» respondían al estudio cartográfico
de los antiguos textos de Ptolomeo y Toscanelli, pero sobre todo se asentaban en la fe. Y
la fe no es la creencia ni la convicción. Se tiene o no se tiene. Y aquellos hombres la
tenían.

Alonso de Ojeda, inauguró el primero de aquellos viajes en 1499. Ojeda era ya un
veterano del Atlántico, y antes había acompañado a Colón en su segunda expedición a
América en 1493. Entonces permaneció  en La Española, desde donde tomó parte en
algunas jornadas menores de descubrimiento y conquista. En 1496 regresó a España.
Una vez en Sevilla se desligó de Colón. Negoció personalmente capitulaciones con los
Reyes   Católicos,   quienes   además   le   encomendaron   comprobar   la   veracidad   de   los
informes   de   Colón   sobre   las   riquezas   del   Nuevo   Mundo.   Tres   años   después   estaba
preparado, y en ese año de 1499 se embarcó con Américo Vespucio (1499­1500) en el
primer   «viaje   andaluz»   que   les   llevó   al   Orinoco   y   a   las   islas   de   Trinidad,   aunque
planteó, entonces  y ahora, algunas incógnitas. Siempre  sus singladuras  tenían como
finalidad la búsqueda del pasaje a la India, sin embargo, no lograron nada. Esta primera
expedición terminó en noviembre de ese año y regresó a Cádiz sin haber descubierto la
existencia de un mar que continuase por poniente hacia el Maluco. Volvió con pocas
riquezas y muchos indígenas.

La segunda armada que igualmente zarpó en 1499 fue la de Pedro Alonso Niño y
Cristóbal  Guerra.  Niño se asoció  con un comerciante  sevillano fabricante de galleta,
Luis   Guerra,   que   le   impuso   como   condición   llevar   a   su   hermano   Cristóbal   en   la
empresa. Pedro Alonso Niño había sido piloto nada menos que de la  Santa María  de
Colón   en   el   primer   viaje   del   descubrimiento   de   América   y   asimismo   se   enroló   con
Colón   en   el   segundo   (1494­1496).   La   Corona   le   había   reconocido   el   título   de   piloto
mayor. El rey Fernando, en su afán de tantear doscientas leguas a uno y otro lado de lo
descubierto por Colón, consideró urgente organizar expediciones de comprobación. Ya
hemos visto cómo lo hizo con Ojeda.

Ahora Pedro Alonso Niño debía dirigir la suya (1499­1500). Llevó una sola carabela
con 33 tripulantes de pasaje. Zarpó en junio de 1499 y siguió la ruta de Ojeda. Tocaron
en las costas de Paria y luego en la isla Margarita. La isla, que era un auténtico vivero de
perlas,   proveyó   a   los   españoles   de   enormes   cantidades.   Obtuvieron   96   libras
—«cargaron perlas como si fuera paja» algunas «tan gruesas como avellanas»— y otras
mercaderías. Pero de la existencia de un mar a poniente no encontraron ni rastro.

El   tercer   viaje   de   las   expediciones   andaluzas   corrió   a   cargo   de   Vicente   Yáñez


Pinzón (1499­1500). Los Yáñez eran una familia adinerada de Palos, con larga tradición
marinera. Sus miembros, después de sus experiencias en el viaje del descubrimiento y
de las incursiones posteriores, no podían permanecer indiferentes ante las constantes
expediciones y proyectos que se llevaban a cabo y que partían con frecuencia de Palos.
Tanto Vicente como su hermano Martín Alonso habían colaborado activamente en los
preparativos del viaje del descubrimiento. Vicente fue el capitán de la carabela  Niña . 144

Pero eso eran viejas glorias. Los privilegios de Colón terminaron después de su último
viaje a América y con ello se desvanecieron muchas de las prerrogativas y exenciones
pactadas   con   los   reyes.   Al   anularse   el   monopolio   colombino   en   los   viajes   de
descubrimiento, cualquiera podía postularse para contratar una capitulación. Vicente
Yáñez Pinzón capituló un viaje descubridor el 6 de junio de 1499 zarpando de Palos con
cuatro carabelas pagadas a sus expensas. Llegó a Cabo Verde y singló hacia el sureste
para alcanzar la costa brasileña en enero de 1500. Descubrió las costas bajando hasta el
cabo de San Agustín y la desembocadura del río Amazonas, recogiendo palo de Brasil,
el palo tintóreo, pero tampoco pudo hallar pruebas de la existencia de la Mar del Sur.
Los expedicionarios regresaron a España el 30 de septiembre de 1500.

La   empresa   de   Diego   de   Lepe   (1499­1500),   el   cuarto   viaje   andaluz,   resultó   un


estrepitoso   fracaso.  Armó  dos  naves   y   realizó   su  viaje  siguiendo  la  ruta  de  Vicente
Yáñez   Pinzón,   llegando   más   al   sur   de   lo   que   sus   antecesores   habían   logrado.   Tocó
también el cabo de San Agustín en Brasil, incluso antes de que lo hiciera la expedición
de Pedro Álvarez Cabral, a quien se le adjudica la gloria, y navegó más al sur, a lo largo
de la costa americana, pero encontró el paso.

Tanta actividad sin respuesta terminó en frustración, aunque los esfuerzos no iban
a decaer. Una vez fundada en Sevilla la Casa de la Contratación, en 1503, la exploración
adquirió una intensidad mayor.

La   propia   institución   que   había   nacido   para   entender   todo   lo   concerniente   al


comercio de las Indias y su avío, aparejo y despacho de flotas, se encargó asimismo de
organizar nuevas expediciones, tanto de descubrimiento como de asentamiento. Entre
las   funciones   de   la   Casa   —como   se   detallará   más   adelante—   además   de   la   gestión
comercial, las atribuciones náuticas formaban parte destacada de sus cometidos. Desde
el comienzo de su actuación, la Casa de la Contratación tuvo vinculaciones con pilotos,
cosmógrafos,   cartógrafos,   maestros   dibujantes   de   cartas   y   artesanos   versados   en   la
precisa   creación   de   instrumentos   náuticos.   Ello   supuso   un   paso   adelante   en   el
conocimiento más preciso de las rutas y en la preparación cuidadosa de los viajes de
exploración. Todo se guardaba documentado. Todo se encontraba medido. De todas
esas expediciones a descubrir se conservaron —y aún se conservan— en los fondos de
la Casa las relaciones de gastos efectuados en el apresto y aparejo de las naos.

La impaciencia por descubrir ese mar navegable hacia la Especiería se tradujo en
que la Casa organizase entre 1501 y 1513 tres expediciones más: la de Alonso de Ojeda
(1502); la de Diego de Nicuesa (1511) y la de Juan Ponce de León (1512­1513). Hubo otra
tardía de Juan Díez de Solís (1515­1516).

Movido por el instinto descubridor y la fe, Alonso de Ojeda lo intentó de nuevo en
1502. Fletó cuatro carabelas con el apoyo financiero de los mercaderes sevillanos Juan
de Vergara y García de Campos. Sin embargo, sus singladuras le llevaron nuevamente a
las   costas   venezolanas.   El   resultado   de   este,   su   segundo   viaje,   fue   un   fracaso   en
descubrimientos y riquezas que acabó dando con Ojeda en la cárcel de La Española. Allí
debió terminarse su fe.

El rey Fernando de Aragón, el Católico, deseaba impulsar y reorganizar de modo
ordenado las expediciones y sobre todo tener información más aquilatada para verificar
la   situación.   Para   ello   convocó   en   1505   una   junta   en   Toro.   A   la   asamblea   estaban
emplazados Vicente Yáñez Pinzón y Américo Vespucio, ente otras figuras notables que,
además de poseer un gran conocimiento teórico, cartográfico y geográfico, se habían
batido con las olas en sus expediciones de 1492 y 1499. El objetivo de las conversaciones
de Toro, junto con la gobernación de lo ya descubierto, se centraba en comprobar la
certidumbre de la existencia de la vía interoceánica y las posibilidades de su hallazgo.
Todas las conversaciones teóricas en el fondo eran simples, como sabían los navegantes
allí convocados, porque las teorías no se veían complicadas por la realidad. En su caso,
sin  embargo,  ellos  aportaban  la  vivencia  de   las realidades  que   habían  vivido   y  que
habían navegado.

Ese impulso real, que se vio aplazado por la renuncia de la corona por el monarca
en favor de su hija Juana (1506), fue olvidado por algunos meses.

Fallecido Felipe el Hermoso, Felipe de Borgoña, en 1506, e inhabilitada la reina
Juana   la   Loca   para   gobernar,   el   rey   don   Fernando   de   Aragón   se   hizo   cargo   de   la
regencia   de   Castilla.   Fue   entonces   —en   1508—   cuando   convocó   la   Junta   de   Burgos
invitando nuevamente a Américo Vespucio y a Yáñez Pinzón e incorporando esta vez a
nuevas figuras como Juan Díaz de Solís  —que sería el descubridor del Río de la Plata
145

en 1516— y Juan de la Cosa, cartógrafo de primer orden.

Tras   las   discusiones   de   rigor,   en   la   junta   se   decidió   enviar   una   expedición   a


Centroamérica para explorar un posible canal o paso interoceánico que permitiera llegar
a las islas de la Especiería.
La expedición corrió a cargo de Diego de Nicuesa (1511), que en la junta reunida en
Burgos había sido nombrado gobernador de Veragua (Nicaragua, Costa Rica y parte de
Panamá). Nicuesa efectuó una expedición que resultó muy desdichada y que no llegó a
sitio alguno.

La tragedia se cebaría en él. En ese año y con el objetivo de pedir cuentas a Vasco
Núñez de Balboa, que actuaba como gobernador de hecho de Darién, se enfrentó a este.
Al actuar en Darién como si fuese la máxima autoridad, Balboa se había rebelado contra
Nicuesa.   Por   ese   motivo,  cuando   este   último   llegó   a  Darién   tuvieron   malos  verbos.
Debido a los manejos de Balboa, que manipuló a los colonos para que le impidieran
tomar   posesión   como   gobernador,   Nicuesa   fue   obligado   a   regresar   en   una   nao   que
estaba en muy malas condiciones, como no era infrecuente. En su viaje una tormenta
sorprendió a la nao en el Caribe y la hundió. Diego de Nicuesa se ahogó en el naufragio.

La   última   de   las   expediciones,   antes   de   que   Núñez   de   Balboa   descubriera   el


Pacífico, fue la de Ponce de León (1512­1513), conquistador de La Florida y de Puerto
Rico, donde mantuvo una excelente relación con el cacique Agucibana. Ponce de León
había sido otro de los navegantes veteranos de la tripulación de Cristóbal Colón en su
viaje de 1493. Tratando de buscar el paso, bordeando las costas de Florida, Ponce dio
con   otro   de   los   espectaculares   hallazgos   geográficos   de   aquellos   años:   localizó   la
corriente   del   golfo   de   México.   Hubiera   querido   desembarcar   y   explorar   las   costas,
aunque la hostilidad de los indígenas, los seminolas, se lo impidió.

Ese   mismo   año   de   1513,   Vasco   Núñez   de   Balboa   emprendió   viaje   desde   Santa
María, a través del istmo de Panamá. El valeroso extremeño, espadachín consumado y
polizón   ocasional,   supo   por   el   hijo   de   un  cacique   indio   de   la  existencia   de   un   mar
inmenso y muy próximo. Podía ser una de tantas leyendas nacidas y propagadas en el
mundo indígena, pero Núñez de Balboa decidió comprobarlo. En los primeros días del
otoño de 1513 desembarcó en Acla y atravesó el istmo panameño. Apoyándose en las
experiencias de los indígenas conocedores de todos los secretos de la selva, Núñez de
Balboa progresó por las florestas panameñas con 77 españoles, algunos guías indígenas
y una jauría de perros.

Se   internaron   por   las   cordilleras   de   la   región   del   río   Chucunaque ,   donde   los
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rumores   de   los   indígenas   sobre   la   existencia   del   desconocido   mar,   se   hacían   más
intensos. De acuerdo con ellos, desde la cima de esas cordilleras se podía ver un amplio
mar. Y así fue como antes del mediodía del 25 de septiembre de 1513, llegó al pie de una
altura desde de la cual le indicaron que podía avistar el océano. Eran las diez de la
mañana.   El   gobernador   Balboa   mandó   detenerse   a   la   hueste   y   subió   solo   hasta   la
cumbre. Deseaba ser el primer español que divisara el nuevo océano. En unos minutos
coronó la montaña y contempló, solo y en silencio, la majestuosidad del mar. Allí se
extendía la extensa llanura oceánica de la Mar del Sur, del océano Pacífico.
Cuatro días después, Balboa descendería hacia las playas del océano en lo que se
llamaría más tarde Punta Buena Vista, en el golfo de San Miguel. Con peto y espaldar,
solo y con agua hasta las rodillas, Balboa recitó en alta voz la larguísima pieza retórica a
la que el protocolo de potestad y dominio acostumbraba . Tomó posesión en nombre de
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don Fernando y doña Juana, reyes de Castilla y de León y de Aragón, cortando el agua
con el filo de su espada que mantenía en la mano derecha, mientras la espuma salada
salpicaba el estandarte que sostenía en la izquierda. Luego salió a la playa y con su
puñal grabó los nombres del rey Fernando y de la reina Juana y tres cruces en tres
árboles, en nombre de la Santísima Trinidad.

Los indios miraban asombrados todo aquello, al decir de Fernández de Oviedo, sin
comprender   la   causa   de   tanto   júbilo   ni   el   porqué   de   tanta   ceremonia.   Pero   Balboa,
Valderrábano,  el clérigo Andrés  Vera, Francisco Pizarro  y  los otros setenta y cuatro
testigos más de su hueste sabían que con su presencia ante este descubrimiento estaban
certificando lo que era un paso de gigante en la historia de la humanidad, y abriendo a
España la gran cancela hacia la ruta occidental de las especias.

Ahora, una vez que el enigma de la mar del sur se desvaneció, quedaba llegar a él.

Aunque   por   diferentes   razones,   el   descubrimiento   de   la   Mar   del   Sur   produjo


nerviosismo en las cortes de Portugal y de España, empeñadas cada una por su lado en
hallar la vía de comunicación que desembocase en el nuevo mar descubierto.

El   espionaje   entre   ambas   potencias   se   intensificó.   Portugal   armó   una   flota


clandestina   aventurándose   a   surcar   las   aguas   atlánticas   americanas   prohibidas   para
Lisboa por el Tratado de Tordesillas. La expedición iba al mando de Nunho Manuel y
Juan de Lisboa, y estaba sufragada por el burgalés don Cristóbal de Haro, banquero
afincado en Portugal y con negocios cuantiosos en Lisboa. La expedición de Nunho
Manuel (1513­1514) consiguió llegar hasta la Patagonia, cerca de donde efectivamente
Magallanes localizaría el «paso» cinco años después. Pero él no lo encontró.

A  partir   de  1513 los expedicionarios,  que   ya  sabían  que  existía   el  mar  del   Sur,
buscarán  con tanto  ahínco  como  escaso   éxito  el «paso» hacia  él.  La carrera  hacia la
Especiería   se   intensificó   y   se   aceleró.   Pero   el   progreso   ofrecido   por   Balboa   iba   a
coincidir   con   otro   celebrado   por   los   portugueses.   El   descubrimiento   de   Balboa   se
produjo el mismo año y el mismo mes en que los portugueses, en una decisión audaz,
desde Malaca llegaban a las Molucas. Sin embargo, los lusitanos lo guardaron en secreto
—posiblemente porque no estaban seguros de si las Molucas estaba en zona portuguesa
o castellana— y el virrey Alfonso de Alburquerque tardó tres años en comunicarlo a la
corte de Lisboa.

¿Cómo sucedió?
Francisco   Serrao,   un   amigo   de   Magallanes,   se   encontraba   entonces   en   la   ciudad   de
Malaca.   Su   puerto   era   el   punto   de   partida   desde   donde   se   suministraban   todas   las
especias de Asia hacia el oeste. Malaca no era la Especiería, pero acortaba mucho el
camino hacia ella. Y Serrao tenía instrucciones de continuar hacia Banda. A juicio de la
corte española las islas Molucas, en las que los portugueses pretendían instalarse, se
encontraban   en   el   centro   de   la   zona   concedida   a   España   y   por   lo   tanto   debían
pertenecerle. No estaba tan claro que la situación geográfica de las islas Molucas las
situase en el lado portugués, como pretendía la corte de Lisboa, o en el lado español
como pretendía la corte de Carlos I, pero los lusitanos no se iban a detener en ese debate
y   mientras   tanto   fueron   dando   pasos   significativos   para   llegar   al   minúsculo
archipiélago de las Molucas. Francisco Serrao, al frente de una expedición portuguesa
zarpó desde Langthor, en Banda, y llegó a Ambon. Desde allí, concretamente desde
Hitu, declaró su intención de llegar a las islas de Ternate y Tidore. Y lo hizo.

Finalmente se instaló en Ternate, como veremos más adelante. El comercio de clavo
comenzó así a ser, tímida pero exclusivamente, portugués, y llegaba a través de Malaca
y Goa a Lisboa, aunque en España y en el resto de Europa se ignorase aún. A partir de
ese momento a los portugueses no les iba a importar tanto que los castellanos intentasen
llegar a la Especiería por el nuevo mar que en esas mismas fechas había descubierto el
extremeño Balboa hacia occidente, porque ellos ya estaban asentados allí donde el clavo
florecía, aunque por su tranquilidad y la de su mercado preferían que no lo hicieran.

Pero en la corte de Fernando el Católico, el descubrimiento de Balboa sí que vino a
espolear la necesidad de hallar el tránsito de océano a océano. En 1515 el lebrijano Juan
Díez Solís, piloto mayor de la Casa de la Contratación armó su flota —consciente y ya
sabedor  de  que  había   un  océano  al  otro   lado—  para  hallar  el   «paso».  Avales   no   le
faltaron. La expedición estaba sostenida por el propio rey Fernando de Aragón, con
4000 ducados  de oro, en un desesperado intento por localizar el paso, el portillo hacia
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las aguas del Pacífico. Y los pertrechos y aparejos de la flotilla fueron financiados a
golpe de ducado por el burgalés don Cristóbal de Haro quien, con buen instinto, jugaba
con las dos barajas —la portuguesa y la castellana— pensando en el clavo, la canela y la
nuez moscada.

Ante el clima de sospecha de que los portugueses rondaban ideando la destrucción
de   las   naves,   el   apresto   de   las   tres   carabelas   de   Díez   Solís   y   la   preparación   de   la
expedición se realizó en Lepe en el más estricto secreto. La capitana, Santa María de la
Merced, tenía un porte de 60 toneles, siendo 30 el de cada una de las otras dos carabelas.
Las tres naves escaparon al intento de sabotaje de los portugueses, que lo pretendieron
en serio al conocer la proximidad de la partida de la pequeña flota. Al fin, zarparon
desde Sanlúcar en octubre. Su viaje les llevaría desde Tenerife hasta el Río de la Plata;
Brasil, el cabo Navidad, el río de los Santos Inocentes y, finalmente, hasta Punta del Este
y Maldonado. Entre Carmelo y Punta Gorda, Solís bajó a explorar con un ayudante. Los
indios   charrúas   —«los   indios   tenían   emboscados   muchos   flecheros»—   los   atacaron,
descuartizaron sus cuerpos, los asaron y los devoraron en presencia del resto de los
expedicionarios, que desde  la nao vieron impotentes  aquellos hechos. El resto  de la
expedición de Díez Solís regresó a España en septiembre de 1516 con las manos vacías.
Ni que decir tiene que el «paso» no fue hallado.

Unos meses más tarde, en enero de 1516, falleció Fernando II de Aragón, Fernando
el Católico, rey de Aragón y regente de Castilla, sin que las expediciones a lo largo del
Nuevo Mundo hubieran sido capaces de hallar el mar del Sur que pudiera conducirles a
la Especiería.

Portugal había serenado sus inquietudes, pero eso no significaba que a la Corona
portuguesa dejaran de preocuparle las iniciativas castellanas por el oeste, obsesionadas
por   encontrar   la   comunicación   interoceánica.   Lisboa   temía   perder   el   monopolio   del
comercio con Oriente. La creencia de que Asia estaba cerquísima del Nuevo Mundo, y
que solo un estrecho océano separaba a ambos continentes, no tranquilizaba a la corte
del rey Manuel, que temía que las naves castellanas se colaran en las Molucas por la
puerta de atrás.

La suerte, sin embargo y hasta ahora, había favorecido a los portugueses, quienes
—si bien es cierto que no pudieron encontrar el «paso» hacia la Especiería— habían
logrado llegar en 1513 a las Molucas. Por fin, en septiembre de 1516, el virrey portugués
Alfonso de Alburquerque comunicó oficialmente desde Goa al rey Manuel de Portugal
la llegada de Francisco Serrao a las Molucas. El anuncio ya era público. Desde la isla de
Ternate,   Portugal   comenzaba   a   dominar   el   tráfico   del   clavo,   la   canela   y   la   nuez
moscada.   Se   abría   un   mundo   impensado   para   la   corte   lusitana   que   veía   cómo   los
tonelillos   y   fardos   de   clavo,   las   cajas   y   pacas   de   220   libras   de   canela,   las   sacas   de
pimienta negra y los barrilitos de nuez moscada que llegaban a su puerto en el Tajo
pronto se distribuían a los comerciantes para terminar formando parte de guarniciones,
adobos,   salsas,   aliños,   guisos,   perfumes   e   inciensos   de   toda   Europa.   Lisboa   ya
remplazaba a Venecia en el monopolio del comercio de las especias y había ganado la
partida a Castilla.

Pasado el luto por la muerte de Fernando el Católico y acogido en España el nuevo
rey Carlos I, ahora sí que su corte no tenía más remedio que redoblar los esfuerzos para
alcanzar la Especiería, si no quería quedarse definitivamente atrás.

Sin embargo, Carlos I sería poco más tarde elegido emperador del Sacro Imperio
con el título de Carlos V de Alemania , y su idea imperial impondría nuevas exigencias.
149

Con   los   años,   la   estrategia   naval   del   Imperio   se   iría   definiendo   en   función   de   su
estrategia política, y esta no sería tanto americana o asiática, como europea. Y Europa
era un barril de pólvora que le ardía y explotaba a Carlos I en Francia, en Inglaterra, a lo
largo del Mediterráneo turco y, más tarde, en Flandes. Bien señala José Cervera Pery
que,   cuando   Carlos   I   —rey—   se   bifurcó   y   actuó   en   Carlos   V   —emperador—   los
intereses de ambos se contrapusieron. Entonces España se vio obligada, en no pocos
casos, a abdicar posiciones . Cuando España mandó en el mar, mandó igualmente en el
150

resto   del   mundo,   y   al   dejar   de   ser   absoluto   este   dominio,   se   inició   un   proceso   de
decadencia . 151

No   obstante,   ese   proceso   aún   tardaría   en   llegar.   Ahora   lo   que   se   abría   en   el


horizonte era la búsqueda del canal interoceánico que disputaría a Portugal el exclusivo
aprovechamiento del comercio de las especias. Era el turno de Magallanes.
4
Magallanes­Elcano.
Primera presencia en las Molucas

L A EXPLORACIÓN EN EL LITORAL AMERICANO   había evidenciado la existencia de una
masa continental distinta a Asia. Aquello no era la Especiería. Aquello no eran
las tierras del Gran Khan, del Ofir o de Cipango. Aquello era un territorio nuevo.
La sospecha de que existía un mar al otro lado de ese continente o masa de tierra y un
paso «al otro lado» había puesto en marcha un carrusel de exploraciones realizadas al
servicio de Francia, Inglaterra y Portugal en las costas orientales de América del Norte y
del  Sur.   Y  por   supuesto  las  españolas,  de   las  que   ya  hemos  hablado  en  el   capítulo
anterior. A partir del itinerario de Colón, decenas de naves, con los «viajes andaluces»
de 1499, de Alonso de Ojeda, Pedro Alonso Niño, Vicente Yáñez Pinzón y Diego de
Lepe, pusieron rumbo hacia al sur para tratar infructuosamente de buscar lo que, a fin
de cuentas, nunca encontraron.

Los portugueses,  sin embargo, tuvieron en Francisco Serrao un avanzado en su
penetración en las Molucas. Serrao había llegado a Ambon (Hitu) y declaró su intención
de arribar a las islas de Ternate y de Tidore, pues ambas formaban sultanatos distintos y
estaban   enemistados   desde   hacía   tiempo.   Los   respectivos   reyes,   el   sultán   Bolief   de
Ternate y el sultán Almanzor de Tidore, enemigos acérrimos y perdurables, vieron en la
llegada de los portugueses una ocasión para ganar su confianza y utilizar a los europeos
contra el otro.

Los ternates enviaron emisarios a Hitu, en Ambon, para ofrecer acogida a Serrao y
llegaron antes que sus rivales de Tidore.

Para deleite de los ternates y desmayo de los tidores, Serrao eligió zarpar a la isla
de Ternate, la más poblada y, posiblemente,

—debió pensar él— la más fuerte de las dos. El sultán Bolief, que conducía la isla con
poder absoluto, le recibió con los brazos abiertos y le agasajó con fiestas, banquetes y
honores, llegando a adoptarle con el tiempo, como su consejero privado. El buen pie de
la llegada de los portugueses y estos felices episodios descritos marcarían el comienzo
de un súbito e intenso tráfico comercial entre la isla de Ternate y Malaca —el puerto
más rico de Oriente— y, por lo tanto, de una época que se adivinaba gloriosa y fértil,
para los lusitanos y para sus faldriqueras. Pronto Serrao se convirtió en una especie de
visir   del   sultán,   facilitó   los   intercambios   comerciales   con   Portugal   y   se   rodeó   de
riquezas y de un apañado harén que debió endulzar su vida en la isla.

Poco   fue   el   tiempo   que   transcurrió   hasta   que   Antonio   Miranda   de   Acevedo,   el
comandante de la primera flota de entidad suficiente, desembarcase en Ternate para
sentar las bases del comercio. No estableció ninguna de modo permanente, pero Serrao
y  Miranda de  Acevedo  inauguraron los tratos mercantiles  con los moluqueños,  que
incluían también el negocio de compra de clavo en la isla de Batjan —otra de las islas
próximas—, lo que vaticinaba, si las cosas continuaban por ese camino, la instauración
de   un   suculento   monopolio   portugués   en   el   tráfico   moluqueño   de   canela   y   clavo
dirigido al mercado europeo.

Entretanto, y mientras Serrao  disfrutaba  del  éxito de su misión, las autoridades


portuguesas   del   virreinato   de   Goa,   y   en   la   recién   levantada   fortaleza   de   Malaca,
celebraban el logro marinero. No obstante, la turbadora incógnita que probablemente
abrigarían tanto el virrey Alfonso de Alburquerque como el capitán Abreu sería si sus
nuevas conquistas en las tierras de la Especiería estaban bien fundadas sobre una base
legal y sólida. Dicho de otro modo, si su presencia en las Molucas se ajustaba o no a lo
prescrito en el Tratado de Tordesillas.

En apariencia —escribe Turner— todo iba a pedir de boca para Portugal, pero las
millas y largas singladuras que habían tenido que recorrer para viajar desde el este de la
India hasta las Molucas habían sido una desagradable sorpresa para Abreu y Serrao. La
gran distancia navegada venía a sugerir que no resultaba ni mucho menos improbable
que se hubiesen pasado del hemisferio portugués al español . Los españoles recelaron.
152

Aquello   olía   a  engaño.  Y   entre   los  portugueses,   no   solo   Abreu   y   Serrao,   sino   otros
cartógrafos y avezados navegantes, se planteaban también la duda.

Uno de los que compartía la sospecha era un portugués de noble linaje, nacido en
Sabrosa,   Oporto   o   Vila   Nova   de   Gaia,   porque,   como   sucede   con   algunos   grandes
hombres del XV, su lugar de nacimiento se discute. Magalhaes o Magallanes, como se le
conoce en España, estuvo asociado a la corte de Juan II de Portugal desde muy joven.
Todo indicaba en él y en su trayectoria una vida de servicio a la monarquía lusa de la
dinastía Avís. En su juventud se había alistado en la Armada de India, por lo que estaba
familiarizado con rutas, vientos y corrientes de aquellas latitudes. Había permanecido
largo tiempo en Goa, participando en combates y expediciones, lo que, sin duda, habían
forjado en él una personalidad sólida, aventurera e inquieta. En 1509 tomó parte junto
con su amigo Francisco Serrao en la campaña de la conquista de Malaca a las órdenes
de Diogo Lopes de Sequeira. La amistad con Serrao va a ser un elemento determinante
en la vida de Magallanes. El episodio de Malaca no salió bien y se vieron forzados a
regresar a Goa sin resultados. Sin embargo, Magallanes fue fortaleciendo su amistad
con Serrao. Ambos volverían a Malaca en una nueva jornada militar en 1511, al mando
de Alfonso de Alburquerque —esta vez con éxito—, que sometió la ciudad. Tras ello,
Magallanes puso rumbo  a Portugal, posiblemente para disfrutar del botín, como era
habitual en aquellos tiempos tras el asedio a una plaza sitiada, conseguido en la toma
de Malaca.

Desde   ese   momento   las   vidas   de   Magallanes   y   Serrao   se   separaron.   Serrao   se


embarcó en otra expedición que le llevó a Ambon, en las Molucas, para pasar más tarde
a Ternate, como ya hemos visto líneas arriba, y establecerse en esa especie de paraíso
moluqueño que se labró. Magallanes no permaneció mucho tiempo ocioso y se enroló
en   las   campañas   africanas   del   rey   lusitano,   pero   decepcionado   de   la   vida   militar
abandonó África y volvió a Lisboa. A lo largo de los años siguientes, ambos amigos
mantuvieron una frecuente e interesante correspondencia. Desde Ternate, Serrao refería
su vida muelle asentado en la isla moluqueña y no cesaba de mencionar una y otra vez
los juncos que enviaba a Malaca cargados de clavo. Serrao y Magallanes continuaron
intercambiando sus impresiones a lo largo de esos siete años que mediaron desde que
Serrao llegó a Ternate (1512) y Magallanes se exilió en España (1519) buscando el apoyo
de la Corona.

Efectivamente,   un   marino   experto   como   era   Magallanes   debió   deducir   que   las
distancias   entre   las   Molucas   y   Malaca   que   se   desprendían   del   relato   de   la
correspondencia de Serrao indicaban que, muy posiblemente, la Especiería se hallaba
más al este de lo que los portugueses reconocían y que en realidad vendría a situarse en
la mitad del globo que Tordesillas había asignado a los castellanos. Tenía sentido llegar
allí por una ruta distinta, y quizás más fácil, a la ya conocida. Magallanes sopesó la idea
de   viajar   siguiendo   la   ruta   del   oeste   para   buscar   el   «paso»   que   conducía   al   mar
descubierto por Balboa.

El marino portugués, que ha sido retratado como un hombre de carácter complejo,
cojitranco a resultas de unas heridas en campaña, áspero, antipático, pero muy seguro
de sí mismo, no disfrutaba del mejor ambiente en la corte de Manuel I como para hacer
propuestas aventuradas. Hacía poco tiempo que había recibido una dura negativa al
solicitar al rey un aumento simbólico en sus estipendios militares y un mando naval
acorde con su experiencia y los servicios prestados.

«Vuelto a Portugal —escribe Leonardo de Argensola— no le hicieron merced, antes
se juzgó por agraviado y sintiendo el disfavor pasó a Castilla…» . 153

Magallanes nunca perdonó la negativa. Lo tomó como un agravio personal. Esa
podría haber sido una de las razones que explicasen su despecho, pero como debía ser
de los que perdían sin quejarse, pasado un tiempo, aunque decepcionado e insatisfecho,
resolvió explicar en la corte del rey Manuel su plan de viaje a las Molucas por la ruta
occidental, buscando el apoyo real y su financiación. Los portugueses, que ya habían
llegado a las Molucas por la ruta del Este, no veían beneficio alguno en intentarlo por el
Oeste en una travesía desconocida que, además, les llevaría a enfrentarse seguramente
con sus vecinos castellanos. Lo cierto es que la oferta de Magallanes no encontró eco.
Fue la gota que colmó el vaso. Preguntó entonces altivamente a su rey —al menos eso se
dijo— si podía ofrecer sus servicios a otra Corona y obtuvo un afirmativo desprecio por
respuesta.

Entonces tomó la resolución de dirigirse a la corte de Carlos I en demanda de lo
que le habían negado en su país.

En una de sus misivas a Serrao, Magallanes escribió que pronto se reuniría con él
en  Ternate, añadiendo  misterioso: «si no por la ruta portuguesa,  entonces por la de
Castilla».   Estaba   decidido   a   intentar   el   camino   de   poniente.   Aunque   a   nadie   se   le
escapaba que intentarlo por «la de Castilla» se encontraba en la dirección opuesta a los
deseos   de   Lisboa.   Porque,   si   la   dirección   geográfica   que   iba   a   perseguir   no   era   ya
ningún   secreto,   la   dirección   política   era   arriesgada   al   contrariar   al   rey   Manuel   I.
Magallanes sabía que navegando hacia el oeste —si la tierra era redonda, y ello era
desde   hacía   tiempo   un   axioma   poco   discutible   entre   los   geógrafos—   el   acceso   a   la
Especiería  debía  ser más corto y más rápido que por la ruta del Este, teniendo que
bordear el territorio de África, doblar el cabo de Buena Esperanza y remontar luego
hacia el Índico, para poner proa hacia Goa, llegar estrecho de Malaca, navegar el mar de
Banda y el mar de Java y, finalmente, arribar al archipiélago de las Molucas.

Además, la ruta occidental no era tan desconocida. Ya la había intentado Colón, y
Magallanes tenía al menos dos ventajas sobre él. Sabía que América no eran las Molucas
y sabía también —pues Núñez de Balboa lo había certificado en 1513— que existía un
mar extenso al otro lado, que conducía a Oriente.

Sin embargo, le quedaba un largo recorrido para conseguir, primero el interés del
rey de España, luego su apoyo y, finalmente, su financiación. Todo ello sin contar con la
hostilidad,  ataques y obstáculos con los que  los portugueses  tratarían de  abortar su
iniciativa.

Sería don Cristóbal de Haro quien iba a jugar un relevante papel en esta iniciativa
de Magallanes. Cristóbal de Haro, burgalés, banquero, comerciante —probablemente de
origen judío—, mantenía unas fluidas relaciones con los banqueros alemanes de la casa
Fugger   al   principio   del   siglo  XVI.   Como   Portugal   era   donde   entonces   bullían   los
negocios en su expansión hacia la India y la Especiería, Haro se instaló en Lisboa, donde
hizo   fortuna   gracias   a   la   explotación   de   azúcar   de   Madeira.   En   1513,   cuando   los
portugueses   alcanzaron   las   Molucas,   aunque   lo   hicieran   de   tapadillo,   y   Núñez   de
Balboa descubrió el Pacífico, don Cristóbal de Haro llegó a la conclusión de que las
inversiones y el negocio acompañarían a aquel que llegase al Maluco descubriendo el
«paso» a la mar del Sur por la ruta del oeste, lo que facilitaría un viaje más rápido —se
pensaba entonces— hacia las islas de las especias. Se equivocaba en esta apreciación
don Cristóbal de Haro, pero este es un asunto distinto que tocaremos en su momento.

En el año 1513, De Haro, desde sus dependencias en Portugal y al servicio del rey
Manuel, decidió que había llegado el momento de participar en el descubrimiento del
«paso» por el que se accedía al nuevo océano y financió la expedición clandestina —ya
lo hemos visto— de Nunho Manuel y su flota portuguesa, que llegó hasta el estuario
del Río de la Plata. Pero, aunque Cristóbal de Haro, desde su visión de negocio, no
cejase en su idea de que esa ruta más corta podía ser una fuente de dividendos, la corte
de Lisboa no estaba realmente interesada en arriesgarse a través de la ruta del oeste
cuando ya había alcanzado Oriente por la del Este. En lo que sí estaba interesada era en
que no lo intentasen otros, y especialmente Castilla.

Esa   ausencia   de   iniciativa   portuguesa   y   la   modificación   de   la   política   del   rey


Manuel  I, obstaculizando en sus dominios la actividad comercial  de los extranjeros,
forzaron   a   Cristóbal   de   Haro   a   regresar   a   España   en   busca   de   un   monarca   mejor
dispuesto a cooperar como cliente. La corte castellana vivía en esos momentos instantes
de desconcierto tras la muerte de don Fernando en enero de 1516. Iniciaba su tanteante
reinado su nieto Carlos I, en unos momentos de sinsabores en Castilla y Aragón, pues la
guerra   de   las   Comunidades   (1519­1522)   y   de   las   Germanías   (1519­1523)   estaban
perfilando el pesado prólogo de su reinado.

La guerra de Navarra y la primera guerra con Francia (1521­1526) estallarían dos
años después, impidiendo que el monarca pudiera dedicar más atención a su política
americana. A pesar de ello, Carlos I, apoyado por su Consejo, trató desde el primer
momento   de   su   llegada   a   España   en   1517   de   imprimir   de   nuevo   un   impulso   a   las
empresas de ultramar, de manera que le pudiesen facilitar —pensaba el rey— el flujo de
fondos necesarios para llevar a cabo sus proyectos europeos. Eso significaba apostar por
los banqueros castellanos que iniciaban una tímida competencia con los omnipresentes
banqueros genoveses. En la Casa de la Contratación de Sevilla eran los genoveses los
que mandaban. Con tiento y sigilo, Cristóbal de Haro y los demás burgaleses fueron
infiltrando a los suyos. Uno de ellos, don Juan de Aranda, llegó incluso a ocupar el
cargo de factor de la Casa de la Contratación.

En   su   relación   con   Magallanes,   Cristóbal   de   Haro   se   unió   con   entusiasmo   al


proyecto desde el primer instante, estimulado por la idea de lanzar otra expedición más
para encontrar el «paso» que les permitiría llegar rápido a las Molucas e importar las
especias  a un coste menor. El fervor animoso  de Haro y de  algún otro más, estaba
sustentado   en   la   creencia   muy   arraigada   y   muy   común   entonces,   imbuida   por
Toscanelli, que estimaba que la circunferencia de la Tierra medía 26 600 kilómetros en
vez de los 32 040 auténticos, y que el Pacífico de Balboa, era un mar corto, de manera
que Asia estaba muy próxima, calculándose la distancia entre España y Catay en unos
9633 kilómetros cuando, en realidad, les separan 20 300. Según esta opinión, una vez
orillado el continente americano la distancia a la Especiería sería breve.

Animado   por   esa   idea,   Haro   y   Aranda   trataron   de   recuperar   sus   contactos
portugueses enviando misivas secretas a sus amigos de Portugal para que reclutasen
navegantes   y   cosmógrafos   con   que   nutrir   las   empresas   españolas   hacia   el   Pacífico.
Realmente   lo   que   hacían   era   muy   peligroso   y   bien   lo   pagó   más   tarde   Haro   con   la
incautación   de   sus   bienes.   Algunos   se   jugaban   la   vida   y   no   era   sencillo   en   aquella
bulliciosa   Sevilla,   muy   penetrada   de   espías   al   servicio   de   Portugal,   escapar   de   la
vigilancia en estos asuntos.

Además   de   Cristóbal   de   Haro,   Magallanes   contaba   con   la   colaboración   de   otro


portugués, Rui Faleiro, fino navegante, cosmógrafo y astrólogo, con quien había ido
perfeccionando   la   búsqueda   de   su   expedición   hacia   las   Molucas.   Tanto   Magallanes
como Faleiro trataron de aprovechar el apoyo político de Cristóbal de Haro y Juan de
Aranda,   para   elevar   un   memorial   al   emperador   Carlos   I   en   el   que,   dando   por
descontado   el   éxito   en   la   expedición,   solicitaban   reconocimientos,   una   generosa
compensación económica, honores y beneficios. Naturalmente, un proyecto de viaje de
ese calado debía someterse previamente a la aprobación de la Casa de la Contratación
antes de presentarse al rey.

En   septiembre   de   ese   mismo   año   de   1517,   en   el   que   tantas   cosas   estaban


sucediendo, Magallanes y Faleiro fueron recibidos en la Casa de la Contratación. Faleiro
trató de seducir a los cartógrafos, factores y pilotos con sus cálculos demostrativos que
sugerían   que   las   Molucas   se   encontraban   dentro   de   la   demarcación   española,
argumentos   reforzados   por   la   experiencia   contrastada   y   personal   del   propio
Magallanes, en la misma dirección.

Todo el discurso iba dirigido a acotar espacios de conflicto con los portugueses.
Nadie quería plantear al rey Carlos I un proyecto que le pudiera enfrentar con su vecino
y amigo, el rey Manuel de Portugal. Por ello los argumentos, las pruebas y la cartografía
mostrada insistían en que la Especiería y sus riquezas, se situaban en la zona atribuida a
España. Es decir, que el «trazo» —como se llamaba a la línea de demarcación— incluía a
las Molucas en la zona asignada a Castilla.

Aquello eran palabras mayores. La Casa de la Contratación, no obstante, no quiso o
quizás   no   pudo   entonces   apoyar   una   empresa   de   ese   porte,   aunque   de   nuevo   la
influencia de Juan de Aranda fue determinante. Aranda terció para que el proyecto no
se desinflara y tuviera lugar un encuentro entre Magallanes, Faleiro, Cristóbal de Haro
y el monarca español, que terminaría siendo fundamental.
Después de un noviazgo fulminante, Magallanes contrajo matrimonio con Beatriz
Barbosa, hija del teniente de alcaide del Real Alcázar de Sevilla, quien se unió al grupo
de influencias. El cardenal Cisneros les escuchó en audiencia y el Consejo Real les llamó
para que se personasen en Valladolid. En enero de 1518 les recibió allí Carlos I, mientras
el embajador portugués y el cónsul lusitano en Sevilla conspiraban contra el proyecto.

El   Consejo   Real   que   atentamente   escuchó   a   Magallanes   y   a   Faleiro   estaba


compuesto por el gran canciller Sauvage; el embajador Adriano, cardenal de Utrecht; el
insaciable Guillermo de Croy, señor de Chièvres, cazador de doblones de a dos —como
ironiza   De   la   Cierva—   y   el   resucitado   obispo   de   Burgos,   don   Juan   Rodríguez   de
Fonseca, rehabilitado por Carlos I tras el ostracismo a que le había sometido el cardenal
Cisneros .154

Magallanes tenía un bagaje sólido de argumentos para convencer al Consejo Real
de   Carlos   I.   El   portugués   había   establecido   buena   relación   con   los   cosmógrafos
portugueses y extranjeros que entonces se encontraban en Lisboa. Uno de ellos fue el
alemán   Martín   de   Behaim,   que   había   pertenecido   a   la   prestigiosa   Junta   dos
Mathematicos portuguesa, descubridora de la técnica de navegar mediante las tablas de
declinación del sol. En 1492, a instancias de  su colega George Holzschuher,  Behaim
construyó el primer globo terráqueo en Nüremberg. Era un talento ganador. A su vuelta
a   Lisboa   trabajó   sobre   sus   planisferios   y   en   1505   apuntó   a   la   existencia   del   paso
meridional de Tierra Firme hacia la latitud 40. Magallanes le trató y siguió sus teorías.

Para   ganarse   al   Consejo   Real,   Magallanes   apoyaba   su   íntima   convicción   en   su


propia   experiencia   como   navegante   y   en   las   enseñanzas   y   pistas   que   desvelaba   el
planisferio de Behaim, que Magallanes se había llevado de la Casa da India portuguesa.
El navegante portugués, después de desgranar sus ideas sugirió un plan con dos puntos
argumentales realmente muy sólidos.

En primer lugar, el viaje se llevaría a cabo por mares de Castilla, con lo que se
evitaba el conflicto y la competencia con Portugal.

En   segundo   lugar,   y   de   acuerdo   con   sus   cálculos   apoyados   en   la   cartografía


aportada y en sus tesis, las Molucas se encontraban dentro de la demarcación castellana.
A   mayor   abundamiento,   la   presencia   permanente   era   uno   de   los   requisitos   de   la
conquista y Portugal no lo había hecho, a excepción de la presencia espléndida y aislada
de Francisco Serrao que Magallanes conocía bien.

Estaba además persuadido de que la existencia de una serie de grandes islas a lo
largo de la travesía hacia la Especiería haría que las singladuras hacia el Maluco fueran
más fáciles o al menos más cómodas.
Las   discusiones   debieron  prolongarse,  pues   Magallanes  y   Faleiro   siguieron  a  la
corte itinerante de Carlos I hasta Zaragoza y Barcelona, abundando en la tesis de que el
meridiano   acordado   en   Tordesillas   era   aproximadamente   el   46   de   longitud   oeste.
Siendo, así las cosas —señala De la Cierva—, el antimeridiano sería, por lo tanto, el 134
de   longitud   este,   que   casi   cortaba   el   límite   oriental   de   las   Molucas.   Es   decir,   que
Magallanes y Faleiro casi no se equivocaban . No obstante, en 1517 no se sabía lo que
155

muchos años más tarde se llegó a conocer con los medios de la moderna geografía; es
decir, que las Molucas, y no solo las Molucas sino también las islas Filipinas, eran parte
de la demarcación portuguesa. Pero la historia presente no puede corregir la pasada.

El   Consejo   Real   aprobó   el   proyecto   de   Magallanes   y   el   rey   Carlos   I   recibió


complacido   a   los   portugueses.   Los   armó   caballeros   de   Santiago   y   ordenó   que   se
redactasen capitulaciones. La Capitulación y asiento que sus majestades doña Juana y
don Carlos mandaron tomar a Magallanes y Faleiro sobre el descubrimiento de las islas
de  las Especias, pues así se bautizó  el proyecto, fue firmado  en Valladolid el 22 de
marzo de 1518.

El   objetivo   de   la   expedición   era   la   Especiería.   Y   nada   más .   El   emperador


156

ordenaba:

…descubrir en términos que nos pertenecen (a la Corona) y son nuestros en el mar océano, dentro de
los límites de nuestra demarcación, islas, tierrafirmes y ricas especierías.

El   rey   no   regalaba   monopolios,   y   por   lo   tanto   se   reservaba   el   derecho   de   que


también otras personas pudieran ser enviadas para «descubrir por la vía del oeste (…)
para buscar el estrecho de aquellos mares».

Carlos I reconocía que Magallanes había acatado iniciar el dicho descubrimiento al
servicio   de   la   Corona:   «movido   (…)   por   nos   servir   y   el   servicio   que   de   ello   Nos
recibimos y nuestra corona real es acreditada».

Estas ideas clave las reiteró el emperador en las cartas que dirigió a Magallanes y
Faleiro   en   la   misma   fecha,   en   Valladolid:   «para   que   vayáis   a   descubrir   por   el   mar
océano» y  «guardareis  vuestro  servicio», confirmando  lo  que había ordenado  en  las
capitulaciones: «descubrir lo que hasta ahora no se ha hallado, que es en los límites de
nuestra   demarcación,   que   hasta   ahora   no   se   ha   descubierto   y   lo   poner   so   nuestro
señorío y jurisdicción».

Haro   quiso   costear   la   expedición,   lo   que   Carlos   I   no   consintió,   dejando   que


financiase solo —como veremos— una quinta parte para el avío de las naves, corriendo
la Corona con el resto.
El   rey   se   comprometió   a   organizar   la   flota   —«yo   vos   mandaré   armar   cinco
navíos»— y le ordenó que sin dilación fuese a Sevilla para echar a andar la expedición:

…habéis de ir derechamente a la ciudad de Sevilla a presentar vuestras provisiones y capitulaciones
a los nuestros oficiales de la dicha Casa de la Contratación de las Indias.

Siguiendo las taxativas instrucciones de Carlos I en su carta de 28 de marzo de
1522, Magallanes se presentó en Sevilla.

Durante   el   primer   semestre   de   1519,   Magallanes   fue   ayudado   por   el   celo   y   la


influencia de su suegro. A pesar de las intensas intrigas portuguesas por apartarle del
proyecto de la expedición, que veían como una amenaza para Lisboa como emporio de
las especias, no dejó de impulsar los preparativos del viaje hacia las Molucas.

Ese mismo año de 1519 en el que Magallanes iba a partir a la búsqueda del «paso»
hacia las especias, la Monarquía Hispánica mostraba una actividad imparable. En la
distante Nueva España Cortés emprendía la conquista de México y concluía Alonso
Álvarez de Pineda la exploración del golfo de México desde La Española hasta tierras
de   Florida,   ya   descubiertas   por   Juan   Ponce   de   León   en   1513.   Quedaba   además
descartada la existencia del «paso» hacía la Especiería a través de las regiones centrales
de América y el Caribe. Eso no significaba que España, al igual que Francia o Inglaterra
e incluso Portugal, renunciasen a seguir buscando el «paso» por Norteamérica, pero sus
esfuerzos se estrellarían contra la nada durante tres siglos, hasta que la expedición de
Amundsen   lo   consiguió   por   fin   en   1904,   en   el   siglo   XX,   cuando   «ya   las   especias   se
podían encontrar baratas en cualquier supermercado» . 157

La financiación de la expedición

Magallanes tenía la garantía de la Corona para la financiación de la mayor parte de la
empresa. Ahora de lo que se trataba era de convencer a una coalición de inversores de
que el negocio valía la pena, para que financiaran el resto.

Las expediciones a la Especiería fueron costeadas en partes proporcionales por la
Corona y por la iniciativa particular. En su propuesta original, Haro apuntaba a que él
estaba  decidido  a «armar a su costa» la flota evitando gastos a la Corona, a la que
ofrecía el tradicional 5 %. Pero ello fue denegado, como sabemos.

Se creó una asociación que unía a la Corona al concesionario y a los armadores, en
una   empresa   que   revertía   nuevas   expectativas   comerciales   (las   que   surgirían   del
comercio de las especias) y territoriales (la conquista de nuevas tierras para la Corona),
junto con beneficios para los expedicionarios y lucro para los armadores . 158
La   armada   de   Magallanes   fue   prácticamente   sufragada   por   la   Corona   en   su
totalidad. De 8 334 352 maravedíes (unos 22 224 escudos de oro) que era el presupuesto
cifrado para la empresa, 6 545 209, es decir, unos 17 453 escudos, fueron aportados por
orden de Carlos I. Estamos hablando del 79% del gasto. Gran parte del resto, de los 1
334 335 maravedíes, corrieron a cargo de Cristóbal de Haro, y queda una cifra de 1455
escudos de oro, a la que no he podido seguir la pista.

Mucho más tímido fue el comportamiento de la banca extranjera. Las casas Fugger
y Welser, que tan activas se mostrarían más adelante en las sucesivas expediciones,
especialmente   en   las   de   Loaysa  (1525)   y   Caboto   (1526),   esta   vez  no   aventuraron   su
capital en la empresa de Magallanes. Lo harían años más tarde a través de sus agentes o
interviniendo unidas al grupo genovés, como desde 1518 hizo Sebastian Schopel agente
de Welser.

El   negocio   de   la   Especiería   era,   lógicamente,   menos   arriesgado   llevarlo   a   cabo


desde Lisboa, con inversiones, transacciones y arreglos en el mercado portugués, que
iniciarlo desde Sevilla. Además, poderosas razones políticas desde Lisboa —Welser y
Fugger estaban también  allí asentados— prohibían la contribución o asistencia a un
proyecto   rival que   en  Portugal  se  entendía   como  una  amenaza  a sus  intereses.  Ello
explicaría también la ausencia, aunque fuera disfrazado, de capital portugués. Por otra
parte, los mercaderes de Portugal llevaban negociando desde 1513 vía Malaca. ¿Para
qué iba nadie a arriesgarse a importar especias a la aventura en un viaje de incierto
destino hacia el Oeste, cuando desde el Este el clavo, la canela y la pimienta llegaban
por vía segura desde Malaca, y sus precios abultaban de oro las talegas y faltriqueras de
los banqueros y negociantes del Tajo?

Comercialmente   era   más   prudente   estar   al   abrigo   de   Lisboa.   También


políticamente,   como   he   señalado,   pues   no   cabría   desconocer   cómo   las   gastaban   los
miembros de la vecina corte, ofendida por la competencia y dispuesta a la venganza
ante   lo   que   consideraba   un   agravio.   La   represión   fue   feroz   hacia   todos   aquellos
portugueses o extranjeros con intereses en Portugal, comprometidos o conectados de
alguna manera con la expedición de Magallanes organizada por la Corona de España.
El compañero, confidente y colaborador de Magallanes, Rui Faleiro, terminó en prisión
en  Portugal.  Y  no  fue   el  único. Aunque  lo  peor  ocurrió   años  más  tarde   cuando   las
expediciones   a   la   Especiería   se   fueron   sucediendo   y   Cristóbal   de   Haro   participó
activamente en su generosa financiación. Los bienes y propiedades que mantenía en
Lisboa fueron incautados sin contemplaciones, como represalia.

La expedición se fue concibiendo como un cuidadoso proyecto de lujo.

Se aprestaron cinco naves de alto bordo que montaban tres palos y bauprés.
Magallanes   mandaba   la   flota   desde   la   nao  Trinidad,   de   110   toneladas   y   63
tripulantes. El coste de la nao alcanzó los 270 000 maravedíes. Gaspar de Quesada era el
maestre de ella.

La Concepción, de 90 toneladas, llevaría al marino vasco Juan Sebastián Elcano. La
nao acogía 46 hombres de tripulación. Se pagó por ella la suma de 228 750 maravedíes.

La Victoria, de 85 toneles de porte, estaría gobernada por el portugués Joao Serrao.
A bordo acogía 46 tripulantes. Su precio fue de 300 000 maravedíes.

El  Santiago  era   la   unidad   más   pequeña   del   convoy,   con   75   toneladas   y   32


tripulantes. Fueron 187 000 maravedíes el precio del patache.

La mayor de todas era la nao  San Antonio, de 120 toneles y 57 tripulantes, a cuyo
mando se encontraba Juan de Cartagena, oficial del rey Carlos I y que presidía el mando
de los cuatro oficiales que controlaban la expedición. Era la embarcación más cara de
toda la flota, 330 000 maravedíes.

En   total  embarcaron   243  hombres.   En   su   mayoría   la   marinería   se   componía   de


vascos, castellanos, andaluces y gallegos (139), mientras que el resto se repartía entre
portugueses (41); italianos (21); franceses (19); griegos (8) alemanes (2), flamencos (5) un
inglés, algún árabe y el cronista Pigafetta, a quien debemos una detallada crónica de la
expedición.

Las provisiones y el armamento

Las provisiones se acopiaron con previsión, con la idea de asegurarse suministros para
dos años, aunque los cálculos de la distancia en los que creía Magallanes preveían un
periodo de travesía bastante más corto y menos duradero del que le esperaba.

Bizcocho,   vino   de   Jerez,   habas,   garbanzos,   lentejas,   aceite   de   oliva,   sardinas   en


escabeche, barriles de pescado en salazón, quesos y tocino seco fueron la base de la
dieta. Cargaron también vinagre de Moguer, en botijas, del que se servían además como
desinfectante del agua y también para fregar dependencias . Completaban los víveres
159

cargas de ajos, pasas, miel, sal, almendras, membrillos e higos.

Se incluyeron animales vivos. Siete vacas, madres recientes, para tener leche fresca,
gallinas y algún carnero. Y agua, almacenada en botas, que se renovaría en las sucesivas
aguadas.

El 10 de agosto de 1519 los expedicionarios se presentaron ante las autoridades
competentes como era obligatorio. Se realizó la visita de inspección preceptiva a las
embarcaciones. Terminados los trámites, como era costumbre, asistieron a una misa en
la iglesia sevillana de Santa María de la Victoria, donde Magallanes recibió el estandarte
real   de   manos   del   corregidor   de   la   ciudad,   Sancho   Martínez   de   Leiva.   Tras   ello,   y
convertido  en almirante, Magallanes juró  fidelidad  al rey  de España, Carlos I, y los
demás capitanes y pilotos de la flota lo hicieron al almirante.

El gentío agolpado, la bulla, los acompañó hasta el muelle donde esperaban  las
cinco naves. Y con la bendición de la curia, las apelaciones, plegarias y alabanzas a Dios,
las jaculatorias a la Virgen y las advocaciones a los santos protectores, se izaron las
velas   y   la   flota,   empavesada,   comenzó   despaciosamente   a   descender   por   el
Guadalquivir hacia Sanlúcar de Barrameda.

Llegada a Sanlúcar, la flota se tomó su tiempo antes de zarpar hacia su inexplorado
destino. A su llegada frente a la barra, los marineros, como era habitual, iniciaron sus
gestiones   para   completar   la   carga,   terminaron   las   tareas   de   apresto   y   la   logística   y
embarcaron más víveres, pipas de agua y vino, lo que les llevó algunas semanas.

La   expedición   hacia   lo   desconocido   iba,   como   es   de   suponer,   bien   armada.   El


mayor gasto —se habían empleado en ello 110 910 maravedíes— fue para 100 coseletes
o cotas de malla; a ellos se unieron 60 ballestas —caras— y 50 arcabuces. Entre otras
armas ofensivas se contaban 95 docenas de dardos; 200 picas y 1100 lanzas, número que
parece algo exagerado para los 243 tripulantes, pero si ese fue el cálculo que realizaron,
sus buenas razones tendrían. Las 200 rodelas se podrían distribuir ampliamente para la
seguridad   de   la   tripulación,   que   contaría   además   con   su   armamento   personal,   de
espadas, dagas o puñales.

El armamento de mayor impacto se concentraba en la artillería embarcada en las
cinco naos. La flota montaba 3 lombardas gruesas, entre las de mayor peso y alcance, 7
falcones, y de entre las piezas ligeras 3 pasamanos y 58 versos. La pólvora se estimaba
en 50 quintales. Para su tamaño, misión y época, llevar 14 piezas de media cada una de
las naos no estaba nada mal, señala Agustín Rodríguez . El coste de las piezas se cifró
160

en 160 135 maravedíes y el de la pólvora artillera en 109 028. No se conoce el detalle de
las piezas distribuidas en cada nave, que se haría en función del porte de cada una.
Imagino que las mayores, la Trinidad y la San Antonio, embarcarían un mayor número
de   piezas   y   posiblemente   las   de   mayor   calibre.   Cuidar   e   incluso   mimar   las   piezas
embarcadas   era   fundamental.   Podía   ser   lo   que   diera   la   gran   ventaja   si   surgían
enfrentamientos. Salvo las naves portuguesas con las que pudieran toparse, las naos de
las tierras de Oriente no tenían artillería. Ninguna los árabes. ¿Conocerían la artillería
los habitantes de Cipango y Catay?

La expedición de Magallanes se hace a alta mar
Transcurrió más de un mes en Sanlúcar, donde terminaron de estibar los víveres y la
carga de las «cosas para dádiva», antes de dar vela a la mar y navegar frente a las costas
de Marruecos. Durante esos días la temperatura de la tensión en la corte portuguesa
había aumentado.

Cuando   las   gestiones   de   Magallanes   se   conocieron   en   Portugal,   la   reacción   fue


alarmante.   El   despecho   de   Manuel   I   generó   un   clima   hostil   contra   el   navegante.
Algunos de los súbditos de rey portugués fueron partidarios de recuperar a Magallanes
con promesas y mercedes, pero los que estaban en la línea opuesta sugirieron lisa y
llanamente la idea de matarlo. Ya durante su estancia en Sevilla, el obispo Rodríguez
Fonseca, al saber cómo pintaba la situación, le había llegado a poner una escolta. Con el
tiempo transcurrido las cosas habían ido a peor.

En Lisboa ya habían percibido el error cometido con Magallanes, aunque tarde. El
navegante portugués formaba parte de un proyecto español decidido a conseguir por la
ruta de Occidente lo que Portugal había conseguido por el Oriente. Se trataba de una
decisión sin vuelta atrás. Magallanes, para más inri, había recibido el título de almirante
de   la  flota   de   la   Corona   y   jurado   fidelidad   al  emperador   Carlos.   Antes   de   que   eso
hubiera ocurrido, en el último momento, los lusitanos habían intentado disuadirle por
todos los medios para que renunciase a la misión encomendada. Uno de los manejos
corrió a cargo de un espía que servía como cónsul al servicio del rey Manuel, Sebastián
Álvares, quien llegó a tentar a Magallanes con nombramientos y honores por encargo
del   propio   Manuel   I.   Álvares   había   visitado   a   Magallanes   en   su   posada   en   Sevilla.
Había tratado de desaconsejarle que siguiera adelante con su proyecto. Pero fue inútil:
«…díjome que era punto suyo seguir lo empezado» . Álvares le había pedido, «como
161

su   amigo   y   buen   portugués»,   que   midiera   el   daño   que   podía   hacer   a   Portugal.   El
navegante   se   había   defendido   señalando   que   no   hacía   daño   a   Portugal   con   su
expedición a tierras que eran de Castilla y el cónsul le replicó que «bastaba descubrir la
riqueza   que   ofrecía   en   la   demarcación   de   Castilla,   para   hacer   un   gran   daño   a
Portugal» . Magallanes estaba tan resentido contra su rey que se negó a traicionar a
162

Carlos I que tan bien le había atendido. Tampoco sirvieron las amenazas de Álvares,
pintando   un   oscuro   panorama   en   Portugal,   donde   todos   —le   dijo—   le   tenían   por
traidor.

Más tarde fue el embajador de Manuel I ante la corte española, Álvaro da Costa,
quien  solicitó una audiencia a Carlos I para convencer  al rey  de España de que  no
siguiera adelante con el proyecto de Magallanes. Terminada la audiencia informó de
sus gestiones por carta a Manuel I el 28 de septiembre de 1519:

Os he detallado lo que he hecho en el asunto de Magallanes. ¡Dios sabe cuántos cuidados he tenido!
Encontrándose enfermo el señor de Chièvres hablé detenidamente con el rey. Le expliqué todas las
dificultades que provendrán de la empresa cuya realización ha ordenado, desgraciadamente, y cuánta
sorpresa ha causado verlo admitir a su servicio a súbditos de un príncipe amigo contra el sentir de este.

Cuando   el   rey   de   Portugal   recibió   la   misiva   de   su   embajador,   la   armada   de


Magallanes acababa de zarpar hacía ocho días. De este modo, Manuel I comprobó que
había cometido el mismo error que el rey Juan II con Cristóbal Colón. Al rey portugués
no le quedó  más alternativa que revestirse de amor propio y declarar  a Magallanes
traidor. A partir de entonces para Lisboa fue un rebelde cuya expedición se ordenó
aniquilar para que «no quedase memoria de ella».

Ajena a todo esto, la flota llegaba el 1 de octubre a una ensenada en Tenerife, donde
fondearon e hicieron aguada.

En la formación de la expedición se había discutido y tenido en cuenta el equilibrio
que   debía   mantenerse   entre   portugueses   y   castellanos.   El   Consejo   había   tratado   de
limitar a cinco el número de lusitanos, pero Magallanes consiguió multiplicarlo. Quizás
ese equilibrio no había sido bien medido. Lo cierto es que ese reparto de poder no había
ofrecido satisfacción a las expectativas de los castellanos, que veían limitado su papel al
de   comparsas   de   Magallanes,   Joan   Serrao   y   otros   pilotos   portugueses.   Se   intuían
problemas de rangos y alcurnias.

Algo grave debió descubrir en Sevilla el alcaide Barbosa, suegro de Magallanes. El
veedor real, Juan de Cartagena, debía haber maniobrado contra Magallanes, y Barbosa
quiso ponerlo en conocimiento de su yerno. En una carabela ligera que iba rumbo a
Tenerife, envió Barbosa pliegos secretos para Magallanes en los que le alertaba de los
probables manejos que Juan de Cartagena llevaba entre manos. No se ha podido probar
nada de ello, pero el grado de sospecha entonces fue muy alto. Y se llegó a comentar
que   Cartagena   estaba   en   connivencia   con   la   corte   de   Lisboa   y   había   alertado   a   las
autoridades lusitanas sobre el rumbo de la flota española para frenar a Magallanes en la
mar mediante el envío de una escuadra. A la luz de lo que sucedería después en la
bahía de San Juan, esta hipótesis no es descartable.

Nunca   lo   sabremos   a   ciencia   cierta,   pero   algo   de   todo   esto   debió   transcender,
porque desde ese momento el ambiente entre los capitanes españoles y el almirante
portugués se enrareció. El recelo de Magallanes fue tal que ordenó de pronto a la flota
salir de Tenerife y dio claras órdenes al timonel de la nao capitana de variar rumbo y no
seguir el occidental, sino que tomó el rumbo africano de Sierra Leona para evitar, sin
duda, la amenaza del encuentro con una escuadra portuguesa que al parecer se había
enviado para darle caza.

Al constatar el extraño rumbo, Juan de Cartagena y Luis de Mendoza protestaron.
Creían   que   el   cambio   era   producto   de   la   impericia.   Pidieron   explicaciones.   Pero
Magallanes   dio   la   callada   por   respuesta   y   ordenó   seguir   su   rumbo   hacia   Brasil.   Es
probable que esta primera exigencia del veedor real determinase ya su conducta para
con él y con el resto de los capitanes. El cónsul portugués Álvares, que relató en su carta
al   rey   de   Portugal   el   encuentro   que   había   mantenido   en   Sevilla   con   Magallanes,
manifestó cómo en un momento le había dicho al marino que aunque «él creía ir por
capitán   mayor,   yo   sabía   lo   contrario» .   La   frase,   decidida   a   sembrar   la   duda   en   el
163

navegante, posiblemente le habría venido ahora a la cabeza.

Una vez en alta mar Magallanes entregó a los capitanes los sobres lacrados con los
mapas y derroteros hasta la costa de Brasil, siguiendo rumbos conocidos ya surcados en
los «viajes andaluces». Poco antes de llegar a las costas brasileñas, Cartagena provocó
otro   incidente.   Esta   vez   los   hechos   desembocarían   en   tropiezos   graves.   Juan   de
Cartagena,   además   de   su   nombramiento   como   veedor   real   de   la   escuadra,   que   era
mucho, había recibido el mando directo de la nave  San Antonio. Toda esta suma de
cargos   se   había   concretado   en   que   Cartagena   viajase   como   «conjunta   persona»   de
Magallanes;   pero   como   la   escuadra   no   podía   ser   mandada   conjuntamente   por   dos
personas,   Cartagena   quedaba   subordinado   a   Magallanes   a   efectos   de   la   jerarquía
efectiva de la flota. Mal asunto.

Siempre la bicefalia en el mando ha acarreado  problemas. Este caso no fue una
excepción.

Además del conflicto que suscitaban los celos por el desequilibrio en la autoridad,
Magallanes   no   era   la   persona   indicada   para   aceptar   responsabilidades   compartidas.
Encerrado  en  sí  mismo,  poco   comunicativo,  hosco  en  su  comportamiento,  no   era  el
almirante una persona hábil y discreta, inclinada a solucionar con rigor, pero también
con tacto, problemas de esta índole.

Los   capitanes   de   las   naves   estaban   obligados   a   informar   personalmente   al


almirante de la flota, cuando había terminado el día, de todo lo que había ocurrido en
ellas. Ese breve informe —obligatorio de un subordinado a su mando— se conoce en el
lenguaje   castrense   como   «dar   la   novedad».   El   caso   es   que   una   noche   el   veedor
Cartagena se negó a dar personalmente la novedad a Magallanes que, a bordo de la
Trinidad, enarbolaba el pabellón de almirante de la expedición. Al parecer Cartagena
encargó el cometido a uno de sus propios subalternos.

En aquel mundo donde el honor se medía en gestos, y las acciones y las conductas
se observaban con precisión quisquillosa, fue un craso error ese comportamiento. Más
espinoso aún era el asunto cuando con su actuación Cartagena no solo había obrado con
desconsideración   hacia   Magallanes,   sino   que   había   quebrado   una   obligación   de
disciplina militar con su superior.
Aquello supuso la interrupción de la comunicación entre los dos barcos durante
varias  noches.  Con  ese   ambiente   como   trasfondo,  la  crisis   no  tardó  en   manifestarse
durante   una   reunión   con   todos   los   capitanes,   incluido   el   veedor   Cartagena.   En   un
momento de la sesión este tuvo la pretensión de exigir al almirante Magallanes que
consultase con los demás jefes los rumbos que se debían tomar, a lo que Magallanes se
negó.   Protestó   Cartagena   —audacia   infinita   en   una   persona   sin   conocimiento   ni
experiencia marinera, pues no era sino un contable de alto rango, pero contable, de la
Casa de la Contratación— y Magallanes ordenó al alguacil Espinosa que le arrestase.
Cartagena quedó preso «de pies en el cepo» . Las órdenes del almirante se cumplieron
164

y Luis de Mendoza, maestre de la Victoria solicitó la custodia del detenido que pasó a
esa nave. Antonio de Coca se encargó del mando de la  San Antonio, en sustitución de
Cartagena.

Los capitanes castellanos aumentaron su inquina contra el almirante. Había quien
podía argumentar que, en la carta de abril de 1528 dirigida a Magallanes desde Aranda
de Duero, Carlos I señalaba que:

Yo he de nombrar personas que vayan con vos en dicha armada. Todo lo que hubiereis de hacer que
toque a nuestro servicio, lo hagáis tomando el parecer de dichas personas y con su acuerdo y siendo
todos juntos y conformes para ello y sobre todo vos encomiendo la conformidad de entre vosotros 165.

De hecho, los contenidos de estas líneas dieron pie a las exigencias de los capitanes
españoles frente a Magallanes, para que cumpliera el mandato real. Una interpretación
discutida   y   discutible   que   sin   duda   se   encontró   entre   las   razones  que   motivaron   el
motín que se estaba fraguando, y que no estaba tampoco demasiado descaminada, pero
Magallanes lo interpretó como un atentado al principio de autoridad.

Después   de   pasar   la   Navidad   en   Río   de   Janeiro,   donde   hicieron   aguada,   el


almirante sustituyó a Antonio de Coca por Álvaro de Mesquita, que era pariente suyo,
al mando de la  San Antonio. Cartagena pasó, aún como detenido, de la  Victoria  a la
Concepción, donde se encontraba Elcano.

Las   incomodidades   excedían   al   sufrimiento.   Las   discordias   engendraron   tanta


impaciencia   que   los   capitanes   Juan   de   Cartagena,   Gaspar   de   Quesada   y   Luis   de
Mendoza determinaron matar o prender a Magallanes.

El 7 de enero de 1520 llegaron a los 32 grados sur y el día 11 alcanzaron un gran
estuario rematado por tres colinas sobre una costa baja. Se dice que en latín exclamó
alguien monte vidi. Estaban frente al lugar donde se fundará Montevideo.

El 4 de febrero recalaron en el golfo de San Matías. El mar se hizo mucho más
profundo.   Magallanes   lo   interpretó   como   un   presagio   de   que   se   aproximaban   al
paralelo   40   en   el   que   Martín   de   Behaim   creía   y   documentaba   que   se   encontraba   el
«paso». No era así. El cosmógrafo de Nüremberg estaba equivocado. Durante el mes de
marzo   recorrieron   la   costa   de   la   Patagonia   cuando   se   estaba   acercando   el   invierno
austral.   Magallanes   buscaba   un   fondeadero.   La   bahía   de   San   Julián   iba   a   ser   su
salvación. En una de las ensenadas se refugiaron. En abril las temperaturas en el puerto
de San Julián no pasan de los 9 grados, pero con el transcurso de pocas semanas pronto
llegarían a bajo cero. Encontraron leña, había pesca fácil, podían subsistir y prepararse
para invernar. No obstante, racionaron los víveres.

Aunque no lo sabían, estaban al lado del comienzo del «paso». Nadie lo intuyó. El
paisaje era algo desolado. Los habitantes, los indios tehuelches, no se habían mostrado
hasta el momento, con lo que ese temor no les inquietaba. Lo que preocupaba a las
dotaciones era esa incertidumbre sobre su situación; estaban cansados, no sabían dónde
se encontraban y tampoco tenían claro qué iban a hacer. Los capitanes castellanos se
inclinaban por regresar. La idea de conseguir más pertrechos era la dominante entre los
mandos y en gran parte de las dotaciones.

Magallanes no era consciente de que el motín se estaba fraguando. El 2 de abril,
Sábado de Gloria, se organizó una misa solemne de Pascua. Quesada y Mendoza no
asistieron. A la misa siguió una cena en la que Magallanes era el anfitrión. Ningún
capitán español se presentó.

Mientras   tanto,   a   bordo   de   la  Concepción  se   empezaron   a   vivir   los   primeros


momentos del motín. La niebla de la noche encubrió al capitán Gaspar de Quesada, que
liberó a Juan de Cartagena, y con treinta castellanos armados salieron en un bote y se
dirigieron   a   la  San   Antonio.   La   abordaron.   Allí   detienen   a   su   capitán,   Álvaro   de
Mesquita, y matan a uno de sus cuñados en la pelea. Juan de Cartagena recupera el
mando de la nao a raíz del motín. Ahora solo les queda detener a Magallanes. La San
Antonio queda declarada nave independiente del mando de Magallanes.

La  Concepción,  la  San  Antonio  y  la  Victoria,  de  Luis   de  Mendoza,  estaban   ya  en
abierta sublevación. Amotinadas. A Magallanes solo le obedecían ya la  Trinidad  y el
patache Santiago.

El nuevo mando de la San Antonio recayó en Juan Sebastián Elcano. Hay sospechas
de que también formaba parte de la conspiración. El maestre de la  Victoria, Elorriaga,
declaró   que   poco   antes   Elcano   le   había   hecho   llegar   un   mensaje   para   Magallanes
diciéndole que «todos los capitanes, oficiales, maestres y pilotos de la armada querían
hacer un requerimiento al señor capitán general para que les diese la derrota (rumbo)
que habían de llevar y por dónde debían de ir» . 166

Emilio   Lamo   de   Espinosa,   presidente   del   Real   Instituto   Elcano,   comenta   en   la


introducción al facsímil del diario de Pigafetta  que publicó el instituto que no dejaba
167
de ser intrigante el silencio total que el cronista mantuvo a lo largo de todas las páginas
de su escrito sobre Juan Sebastián Elcano, a quien no mencionó ni una sola vez. Y se
pregunta «¿Por qué ese injusto y total olvido de quien, a la postre, le salvó la vida
conduciendo la nave que lo llevaría a buen puerto? Sin duda, Pigafetta no le perdonó a
Elcano la revuelta contra Magallanes en la costa patagónica, y quién sabe si tuvo otras
querellas que no quiso relatar».

Al día siguiente una barca de la San Antonio llevó un mensaje del rebelde Juan de
Quesada   a   la   nave   del   almirante   —la  Trinidad—   en   el   que   refería   «con   torpes
explicaciones sobre el apresamiento de Mesquita» que había sido relevado del mando
por ser primo de Magallanes. En el texto, al parecer, ofrecían al almirante la obediencia
de los capitanes a condición de ser consultados en las decisiones graves.

Magallanes   les   ordenó   subir   a   bordo.   Pero   los   comisionados   declinaron   la


invitación. Entonces Magallanes, con la excusa de negociar y remitir proposiciones en
una carta, envió a la  Victoria  una barca con cinco hombres decididos, que escondían
armas   bajo   sus   capas,   al   mando   del   alguacil   Gómez   de   Espinosa.   El   capitán   de   la
Victoria, Luis de Mendoza, les recibió. El alguacil le entregó el pliego que traía de parte
de   Magallanes,   y   mientras   Mendoza   estaba   enfrascado   en   la   lectura   de   la   carta,   el
alguacil Espinosa saltó sobre él y le cosió a puñaladas en el cuello. Entretanto, otro bote
con   quince   hombres   armados   a   las   órdenes   de   Duarte   Barbosa   abordó   la   nave   y
recuperaron la Victoria.

Al día siguiente intentan hacerse a la mar la  San Antonio  y la  Concepción, las dos


únicas   que   quedaban   amotinadas,   pero   Magallanes   les   bloquea   el   paso.   La  Trinidad
tiene un breve combate contra la  San Antonio  y esta última se rinde. La  Concepción  lo
hace sin resistencia.

Como era de esperar, Magallanes sometió a juicio a los rebeldes. Luis de Mendoza,
muerto ya en su pelea contra el alguacil Gómez de Espinosa, fue declarado traidor y su
cuerpo fue descuartizado con cabestrantes. A continuación, clavaron sus miembros en
estacas   como   se   hacía   con   los   condenados   por   este   hecho.   Gaspar   de   Quesada   fue
decapitado y descuartizado el 7 de abril, como traidor a su rey. Juan de Cartagena no
podía ser condenado a muerte en su calidad de veedor real, y su capellán e instigador
asimismo del motín, Pedro Sánchez, tampoco podía ser pasado por las armas por su
condición   de   presbítero.   Fueron   ambos  condenados   al  destierro   y   abandonados   con
algunas provisiones en la fría región de Patagonia sin que nunca se volviera a saber de
ellos.

El puerto de San Julián fue declarado en 1943 por las autoridades argentinas como
lugar histórico nacional. Allí había tenido lugar el motín, las ejecuciones, los destierros y
la celebración de la primera misa en lo que luego sería el territorio argentino. Razones
para el recuerdo no faltaban.

Pero volvamos al relato de la escuadra de Magallanes, que tras superar el motín se
encontraba ya invernando en San Julián, pues las temperaturas en mayo son muy frías,
los   cielos   grises,   las   ráfagas   heladas   y   la   nieve   omnipresente.   En   esas   latitudes   el
invierno castiga. Ocasionalmente hicieron salidas para explorar y encontrar de una vez
el   «paso».   Siguieron   insistiendo   hacia   el   sur,   sin   éxito.   En   una   de   estas   salidas   de
búsqueda, la Santiago fue sorprendida por un temporal. Al tratar de refugiarse en tierra,
chocó contra un arrecife. Sus 37 hombres lograron ponerse a salvo en tierra con una
buena parte de la carga y pertrechos de la nao, que terminó perdiéndose. Se cobijaron,
empapados y ateridos, dónde y cómo pudieron y enviaron a un grupo reducido a San
Julián, donde invernaba el resto de la expedición, para informarles del desastre. Once
días tardaron en aquella interminable caminata entre la nieve y el viento. Magallanes
envió   de   vuelta   una   partida   de   una   treintena   de   hombres   con   víveres   y   vino   y   así
consiguieron   socorrer   a  los  naufragados.   El   27  de   julio,   ya   reunidos,   esperaron   que
pasase lo más duro del invierno.

Y   de   este   modo   aguantaron,   con   algunos   periodos   de   escaso   movimiento,


recuperando la carga de la Santiago, acercándose sin saberlo al borde del «paso» junto al
paralelo 52 sur. Y así llegaron al mes de octubre. Desde junio hasta el 21 de octubre
habían cubierto cinco meses de invernada.

En una de estas atentas singladuras de exploración, alguien divisó una entrada en
la costa a la que no dieron aparentemente importancia; pero Magallanes se interesaba
por cada rada, cada ensenada y cada entrante en la costa. Juan de Carvalho fue enviado
a reconocer una de ellas con un batel. Saltó a tierra. Los arrecifes se elevaban ante él y
decidió ganar altura para observar hacia dónde lleva la abertura. Es el 21 de octubre de
1520. Desde lo alto, Carvalho alcanza a ver varios planos de agua sin límites. Está en lo
que luego se llamó el cabo de las Once Mil Vírgenes  —hoy simplemente cabo Vírgenes
168

— y en la Punta Dungenes, la boca oriental del estrecho. Dicho de otro modo, Carvalho
se encuentra ante la entrada de lo que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes.
Habían hallado al final el «paso» que buscaba España desde los tiempos de Cristóbal
Colón. Era uno de los grandes descubrimientos de la historia de la humanidad . 169

Aún sin saberlo, doblaron lo que luego se llamó la Punta de Dungenes, una lengua
de tierra que penetraba en la margen norte del estrecho que acababan de hallar. Era el
punto más austral de la costa atlántica de América, de las Indias; el límite bioceánico
entre el Atlántico y el Pacífico, donde las aguas de los dos océanos se juntaban bajo las
rachas de vientos huracanados que hacían rodar olas de gran altura.
El estrecho de Magallanes en un mapa realizado en 1640 por el holandés Joannes Janssonius, titulado  Tabula
Magellanica. El valor estratégico del estrecho en la navegación y el desarrollo del comercio fue incalculable.

El almirante ordenó dividirse. A los capitanes de la San Antonio y de la Concepción
les mandó navegar por el interior de la abertura, mientras  él salió a alta mar con la
Trinidad acompañada de la Victoria.

Pasado el golfo que le sirvió de boca oriental, las dos primeras naves pasaron Punta
Anegada, «un bajío de hierbas que sale a la mar más de un tiro de arcabuz largo», como
escribiría de ella Sarmiento de Gamboa , y se adentraron por el canal hoy conocido
170

como Pequeño Gollete, que no terminaba entre las rocas escarpadas de los acantilados.
Se podía continuar hacia adelante.

El estrecho —como se sabe— es un canal irregular dividido en angostos pasillos y
zonas   amplias,   que   se   van   alternando   durante   más   de   530   kilómetros   con   bajos
peligrosos de arena oscura. Salieron del canal del Pequeño Gollete y desembarcaron con
algunos hombres en la bahía de San Felipe. Magallanes mandó comprobar con la sonda
la   profundidad   y   le   advirtieron   de   que   era   grande.   A   los   dos   días   de   exploración
viraron en redondo y regresaron al encuentro para reunirse con la Trinidad y la Victoria.
Toda la flota reunida navegó entonces por el camino que habían recorrido la Concepción
y la  San Antonio. Fondearon a la salida del segundo Gollete o segunda Angostura y,
cuando se encontraron ante la bifurcación del estrecho, el almirante Magallanes mandó
a la San Antonio que explorase lo que hoy se llama el estrecho de la Magdalena, en cuyas
orillas se observaban animales extrañísimos como los lobos de mar —«si estos animales
pudieran  correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces» — y los 171

pingüinos, de los que señalan que eran «ciertos patos sin apenas plumas, que no podían
volar, muy gordos y de buen comer» . 172
Estaban   en   la   Tierra   de   Fuego.   No   eran   fuegos   producidos   por   escapes   de   gas
metano a través de las fisuras de las rocas, como se pensó más tarde. Las columnas de
humo que se percibían por todas partes procedían de las numerosas hogueras con que
los   naturales   se   protegían   del   frío   austral.   Tierra   de   Humos   fue   bautizada   por   los
expedicionarios. Al emperador  Carlos I le debió  parecer  mejor Tierra de Fuego y el
título perduró hasta hoy.

Pues bien, las constantes señales de humo daban un aspecto infernal a las costas y
los lobos de mar eran criaturas extrañas que nadie había visto hasta entonces y podrían
parecerles monstruosas. Alguno de los tripulantes pudo llegar a creer que era cierta la
teoría de que la Tierra era plana y que al transpasar sus límites más allá de los bordes se
caía en el infierno ¿Estarían frente a la entrada del infierno?

Mientras la San Antonio, que mandaba Mesquita, se dirigía a explorar el estrecho de
la Magdalena, Magallanes hizo que la Concepción buscase por todas partes una salida y
especialmente que avanzase por el Camino de Adelante, que hoy se denomina Forward
Reach. Ese era el paso auténtico.

Pero la San Antonio que mandaba nuevamente Álvaro de Mesquita, no realizó las
maniobras de exploración que le habían asignado. En un movimiento extraño, adelantó
su regreso a la cita con el resto de la escuadra y aprovechó la anchura del mar interior
donde se encontraba la isla de la Magdalena, para dar la vuelta y poner rumbo hacia
donde habían venido, para regresar  a España. A bordo, el piloto portugués Estevao
Gomes   estaba   acaudillando   un   motín.   Harto   de   Magallanes,   dolido   con   él,   pues   le
acusaba de haberle arruinado el mando de una expedición que el rey Carlos I estaba a
punto de ofrecerle cuando surgió el proyecto magallánico, apresó a Mesquita, a quien
hirió   durante   la   refriega   y,   puesto   de   acuerdo   con   gran   parte   o   la   totalidad   de   la
dotación,   decidieron   regresar   a   la   Península.   Así   desertó   la   nao,   atravesando   los
escarpados acantilados con su tripulación aterida de frío y algunos de vergüenza, en
busca de medios para completar la expedición. Al menos esa fue la excusa que adelantó.

Siete meses después de los acontecimientos relatados, Estevao Gomes, el desertor,
el amotinado, desembarcará en Sevilla. Lo hizo el 6 de mayo de 1521. Por entonces hacía
diez días que Magallanes acababa de morir en la otra punta del mundo, en Filipinas. En
Sevilla tuvo Gomes la desfachatez de denunciar al almirante acusándole de temeridad
al proseguir su viaje. Lo que Gomes ignoraba era que con el descubrimiento del «paso»
hacia las Molucas, Magallanes había acertado. También le acusó de haber abandonado
al veedor real, Juan de Cartagena, en la bahía de San Julián.

Sin que nadie pudiera defender a Magallanes, su destino —y el de su familia—
estaban sentenciados. Triste y trágico infortunio. Sobre la familia se abatió la desgracia.
Todos sus bienes fueron confiscados. Su esposa doña Beatriz y sus hijos morirían dos
años después,  en 1523, sin saber la suerte que había corrido  su esposo y padre;  sin
conocer su muerte y sin haber tenido el consuelo de saber que el objetivo final de su
expedición, es decir, llegar a las Molucas tal y como había ordenado Carlos I, había
tenido   éxito,   aunque   su   esposo   no   había   podido   liderarlo   en   su   totalidad.   Como
portugués   al   servicio   de   España,   perdió   en   su   tierra   fortuna   y   gloria   y   se   ganó   el
oprobio de su patria. Estevao Gomes, cuya conducta se adivinaba como sospechosa, fue
encarcelado y embargados sus bienes, aunque más tarde el emperador le indultaría.

La travesía del Pacífico

Pero volvamos hacia atrás. Magallanes está punto de culminar la travesía del estrecho
con las tres naves que aún le quedan. El almirante había basado el plan de la expedición
en una representación errónea de la circunferencia de la Tierra. Si hubiera sabido la
enorme   extensión   oceánica   que   todavía   tenía   por   delante,   es   probable   que   hubiera
desistido de su intento. Afortunadamente para la gloria de la historia, de la Corona, del
almirante y de los navegantes, astrólogos, pilotos, marineros, grumetes, banqueros y
funcionarios, nadie, ni siquiera el propio Magallanes, tenía idea de la inacabable masa
de   agua   que   iban   a   travesar   entre   vientos   cambiantes,   casi   sin   comida   ni   agua.   El
miércoles 28 de noviembre de 1520 dejaron por fin los estrechos y entraron en el océano.

Pero   entonces   les   esperaba   lo   peor.   La   galleta   estaba   agusanada   y   el   agua,


maloliente y de sabor nauseabundo, se cubría de verdín en las pipas. Los hombres de la
flota estaban cada día más atormentados por las dudas, por el calor y por los parásitos,
aunque   imaginaban   que   las   Molucas   iban   a   aparecer   de   un   momento   a   otro   en   el
horizonte.

Antonio   Pigafetta   nos   dejó   esta   desolada   crónica   cuando   la   expedición   se   fue
adentrando en el Pacífico:

Navegamos durante el espacio de tres  meses y  veinte días, sin  probar ni un  alimento  fresco. El


bizcocho que comíamos ya no era pan, sino un polvo mezclado de gusanos que habían devorado toda su
sustancia, y que además tenía un hedor insoportable por hallarse impregnado de orines de rata. El agua
que nos veíamos aun obligados a beber estaba igualmente podrida y hedionda.

Para no morirse de hambre se vieron obligados a comer el cuero que cubría las
jarcias para evitar que la madera destruyera las cuerdas.

Este   cuero,   siempre   expuesto   al   agua,   al   sol   y   a   los   vientos,   estaba   tan   duro   que   era   necesario
sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos
enseguida sobre las brasas. A menudo estábamos reducidos a alimentarnos de serrín y hasta las ratas, tan
repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado
por cada una.

Lo peor fue el escorbuto:
Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las
encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no
pudiesen tomar ningún alimento. De estos murieron diecinueve173.

Así llegaron a Guam a comienzos de marzo de 1521. La tripulación de Magallanes
encontró   un   nombre   apropiado   para   las   islas:   Los   ladrones,   porque   los   indígenas,
después de que la dotación de la Trinidad hiciese aguada y recogiese víveres, intentaron
llevarse el batel que les había traído a tierra. Hubo que quitárselo a golpes y descargas.
Recuperado todo, regresaron a la  Trinidad  bajo una lluvia de flechas. Se hicieron a la
vela   y   rebasaron   —sin   verlas—   las   islas   Carolinas.   El   16   de   marzo   alcanzaron   otro
archipiélago de las incontables islas a las que Magallanes puso el nombre de San Lázaro
y que más tarde se conocerían como islas Filipinas.

«Durante este lapso de tres meses y veinte días, recorrimos más o menos cuatro mil
leguas  en este mar que llamamos Pacífico, porque  durante todo el curso de nuestra
travesía no experimentamos tormenta alguna» , escribió Pigafetta.
174

Los portugueses en Ternate

Habíamos   abandonado   en   el   relato   las   noticias   sobre   el   compañero   y   amigo   de


Magallanes, Francisco Serrao, soldado, comerciante, aventurero, vividor y protagonista
de la presencia avanzada portuguesa en las Molucas y más concretamente en la isla de
Ternate, a donde llegó allá por 1512 en un junco robado a unos piratas desde Hitu
(Ambon).

Los  portugueses  —como se decía  en la corte  española— no  se habían asentado


formalmente   en   las   Molucas,   pero   no   cabía   duda   de   que   llevaban   ventaja   a   los
españoles.

Tan pronto como llegó desde Ambon, Serrao inició averiguaciones con el objeto de
crear el establecimiento permanente en las islas que implantase la presencia portuguesa,
y comenzó a tejer acuerdos.

Informó a Goa y a Lisboa de la enemistad entre los sultanatos de ambas islas, de
manera   que   debía   jugar   su   alianza   con   el   sultán   Bolief   de   Ternate   o   con   el   sultán
Almanzor de Tidore, ya que el compromiso de hacerlo con ambos parecía imposible.
Serrao   sugirió   al   virrey   de   Goa   elegir   a   Ternate,   más   poblada,   más   poderosa,   más
influyente que Tidore  y para  él más hospitalaria. Después  de firmar  un acuerdo  de
alianza con el sultán Bolief, Serrao se estableció y comenzó su trabajo. Conectó bien con
los que eran influyentes y, aunque estaba casado con una princesa indígena de Java,
corrió el bulo de que era la hija del sultán Almanzor de Tidore —sin que existiera base
para   ello—,   lo   que   le   dio   aún   mayor   predicamento   entre   los   ternates   y   le   permitió
incrementar su crédito y proyección. No en vano, el «hombre de hierro» que aparecía en
las profecías de los sultanes, tanto de una isla como de la otra, despojado ahora de su
armadura, vivía su historia de amor indígena y formaba parte de la corte de Ternate.

Con   la   idea   fija   de   conseguir   el   monopolio   sobre   el   comercio   del   clavo   para
Portugal, el hábil Serrao solicitó licencia a Bolief para edificar un fuerte y una estación
comercial.   Se   le   autorizó   a   ello.   Esa   construcción   inicial   es   la   que   se   denominó   el
«castillo», que es como se refieren los historiadores locales al fuerte Sao Joao Batista,
cuyas ruinas aún están hoy en pie y que fue conocido más tarde con otros nombres,
como fuerte Gammalamma o fuerte de Nuestra Señora del Rosario. En 1840 la erupción
del   volcán   Gammalamma   que   domina   la   isla   destruyó   la   mayoría   de   las   casas   de
Ternate   y  es  más que   probable  que   afectase   a los  fuertes  —porque   se  construyeron
varios   en   la   isla   entre   1513   y   1610—   y   estos   quedasen   dañados,   aunque   de
Gammalamma perviven aún vestigios de importancia. Volveré sobre ello.

Francisco   Serrao   fue   aceptado   como   consejero   de   Bolief;   el   fuerte   comenzó   a


levantarse y gracias a su influencia se inició un fructífero tráfico comercial. Decenas de
fardos de clavo y de otras especias fueron transportados entre Ternate y Malaca por la
flota mandada por el  capitán Antonio  Miranda  de  Azevedo,  y la presencia  lusitana
quedó apuntalada por el establecimiento de la factoría de Ternate y por otra en la isla
de Batjan.

Alwi   y   Hanna,   en   una   visión   retrospectiva   de   la   presencia   portuguesa   en   las


Molucas, en lo que se dio en llamar el Siglo Portugués (1512­1605), consideran que los
lusitanos no llegaron nunca a ser más de mil, esparcidos por Ternate, Batjan y Gilolo, y
que fueron incapaces de establecer  una Paz Lusitania en el archipiélago, entre  otras
cosas, por las tremendas rivalidades entre los sultanes y caciques isleños, asociándose a
las   diversas   facciones   europeas   —españoles   y   holandeses—   y   peleando   entre   ellos
mismos.

De   alguna   manera   las   dos   tribus   isleñas   manipularon   a   los   europeos   para
utilizarlos en beneficio propio, con el clavo como excusa. Por ello, será cierto —como
veremos— que las islas, durante más de 150 años (1513­1663), no conocieron la paz.

El   castillo   de   Ternate   fue   el   primer   baluarte   de   una   nutrida   serie   de   ellos   que
concentraron durante décadas a las distintas fuerzas adversarias. Debía levantarse como
fuerte o fortaleza de piedra, rodeada de una muralla o empalizada, con facilidades para
el comercio, la defensa y el alojamiento residencial de su capitán —más tarde calificado
como   gobernador—   y   de   los   mercaderes,   soldados,   marineros,   artesanos,   sirvientes,
mujeres   y   niños.   Pero   Serrao,   falto   de   material   y   de   tiempo,   no   pudo   emprender
seriamente su construcción, aunque la inició. A la larga, la edificación del fuerte fue una
continua fuente de conflictos, pues el sultán percibía que el poder efectivo de la isla
radicaba más en esa fortaleza y lo que ello representaba que en su autoridad, pero eso
es prematuro relatarlo ahora.

Allí en Ternate, con la isla rival de Tidore enfrente, Serrao no pensaba en otra cosa
más que en limar asperezas entre ambas islas para fortalecer esa plataforma comercial
que estaba creando, centrada sobre todo en el comercio del clavo con Lisboa.

La   Naturaleza   había   regalado   a   Ternate   y   a   Tidore   el   privilegio   de   ser   las


suministradoras originales y exclusivas del brote de flor conocido por clavo de olor.
Como escribió Turner: «A principios del siglo  XVI, y varios milenios antes, era la única
fuente de clavo en la Tierra» . El incienso, la carne y el pescado sazonado con su aroma,
175

los   perfumes,   las   cualidades   curativas   y   afrodisíacas   que   se   le   atribuían,   quedaban


encerradas en la flor que crecía en esas dos simétricas islas volcánicas que se elevaban
1729 metros sobre el nivel del mar. Cada una de ellas «mide una cuarta parte de la
extensión de Ibiza» , comentan Willard Hanna y Des Alwi, y forman ambas auténticos
176

conos   volcánicos   rodeados   por   anillos   de   corales   sumergidos,   peligrosos   para   la


navegación. Las islas soportan los monzones, que dejan torrentes de agua que fluyen
por las laderas alternando con la sequía total.

Esas dos islas, nos recuerdan Alwi y Hanna, no ofrecen a primera vista ningún
atractivo para el asentamiento humano.

El   terreno,   rocoso   en   tierra   firme   o   pantanoso   cerca   de   la   costa,   se   burla   de


cualquier intento de plantar, sembrar o cultivar. La agricultura se rinde ante lo hirsuto
de su suelo. Pedregales, roca volcánica y monte bajo tropical impiden la siembra. Y, sin
embargo, todo este panorama hostil queda ampliamente compensado por la belleza de
su flora salvaje, por los bosques de árboles de clavo, por los palmerales, por las lagunas
y por su fauna. Cacatúas blancas, papagayos, aves del paraíso y palomas de plumaje
verde   se   mezclan   en   un   esplendor   policromático.   Y   en   la   costa,   dentro   y   fuera   del
arrecife, abundan todo tipo de peces que ofrece el catálogo tropical de especies marinas.

Argensola narraba extasiado cómo «el humo de los volcanes es de diversos colores
porque el humos y corrupción de la tierra los exhala espesos y variados», o se refiere a
«las selvas aromáticas»  cuya fragancia realmente se percibe en cuanto uno llega a las
177

islas. A ello hay que añadir los cocoteros, las palmeras datileras y las palmas de aceite
en nutridas concentraciones, que ofrecen a la vista un mar de grandes hojas en corona o
en   forma   de  palma,  de  las  que  se  desprende   el  fruto,   dátil  o  coco,  que   alimenta  al
cangrejo conocido en bahasa indonesio como el  kepiting kenari. El nombre científico es
más   prosaico,   le   denominan  birgus   latro,   o   «ladrón   de   palmeras».   El  kepiting  es   el
cangrejo más grande del mundo; puede llegar a pesar hasta 4 kilos y medir, de pata a
pata, cerca de un metro. Su cuerpo alcanza los 40 centímetros. Está dotado de unas
poderosísimas pinzas —que pueden llevarte un dedo por delante—, por lo que en algún
restaurante de Tidore los he visto guardados en jaulas de pájaros.

El cangrejo utiliza sus pinzas para alimentarse de fruta, nueces, semillas y, sobre
todo, de cocos ya caídos de las palmeras en la arena, aunque es buen trepador y puede
acceder a los que están aún en la palma.

Uno de los que fue gobernador portugués de la isla de Ternate, Antonio Galvao, «el
buen   gobernador   Galvao»,   como   se   le   conoció   en   su   día,   cronista,   administrador   y
soldado,   reproduciría   veinticinco   años   más   tarde,   en   1544,   en   su   obra  Historia   das
Molucas, el colorido y el bullicio de los animales exóticos y de las plantas, y se extendió
sobre curiosidades muy distintas a las que estaban acostumbrados:

A fin de enero las aves comienzan a poner huevos y a criar en los árboles que tienen su base dentro
del mar o en los ríos, para que las hormigas no se coman los huevos de las crías.178

Y a lo largo de su prolongada estancia en las Molucas, mantuvo toda la admiración
por lo que ofrecía la naturaleza:

Algunos pájaros son de tantos colores que no puede imaginarse. Otros son encarnados o coloreados
y los llaman nuri. Se considera los mejores para aprender a hablar. A los blancos se les llama  kakatua  y
parecen búhos y tienen crestas de plumas blancas en la cabeza y las encrespan y agitan mucho. 179

Todo era exuberante, salvaje, natural. Eso es lo que se ve, lo que se respira y lo que
se siente. Esa, al menos, fue también mi experiencia.

Y   en   ese   marco,   Francisco   Serrao   pasaba   plácidamente   su   vida   —que


desgraciadamente a partir de esos años sería corta — sin saber aún que su entrañable
180

compañero de aventuras bélicas y amigo desde hacía años, Fernando Magallanes, se
dirigía a esas mismas islas en las que habían proyectado estar juntos años atrás, y a las
que nunca llegaría.

La muerte de Magallanes

Tras llegar a las islas de San Lázaro (Filipinas), la flota expedicionaria recaló en la isla de
Mindanao. Allí los expedicionarios enseñaron a los nativos muestras de las especias que
traían a bordo y estos señalaron sin dudarlo hacia el suroeste, donde se encontraban las
Molucas. Estaban sobre la buena pista.

Magallanes   dio   un   descanso   a   sus   tripulaciones   y   pasadas   unas   jornadas   se


desplazaron luego a Cebú. El esclavo de Magallanes, que entendía la lengua local, hizo
de intérprete. Fueron bien recibidos por el cacique local, el rey Humabón, que agasajó al
almirante con regalos, oro y jengibre. Humabón, que deseaba llevarse lo mejor posible
con   los   poderosos   extranjeros,   estaba   dispuesto   a   complacerlos   en   todo   lo   que   le
pidiesen.

Pigafetta se fijó, sin disimulo, en las mujeres:

Había jóvenes muy bonitas y casi tan blancas como nuestras europeas, y aunque eran ya adultas, no
por eso estaban menos desnudas; algunas tenían, sin embargo un pedazo de tela de corteza de árbol, que
les descendía desde la cintura hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas 181.

Todos   los   hombres,   jóvenes   o   viejos,   iban   desnudos   sin   más   que   una   tira   de
palmera que les cubría los genitales. Pigafetta comenta cómo le sorprendió una especie
de infibulación masculina:

Llevaban el prepucio cerrado con un pequeño cilindro de oro o de estaño, de un espesor liviano,
como de una pluma de ganso, que lo atraviesa de alto abajo, dejando al medio una abertura para el paso
de la orina y guarnecido en los extremos de cabezas parecidos a los de nuestros clavos grandes.

Lo que Pigafetta añade es aún más llamativo:

Me aseguraron que no se quitaban jamás esta especie de adorno, aun durante el coito; que eran sus
mujeres las que querían eso, siendo ellas las que preparaban de este modo desde la infancia a sus hijos:
pero lo que hay de cierto es que, a pesar de tan extraño aparato, todas las mujeres nos preferían a sus
maridos…182.

El 14 de abril de 1521 se levantó un tablado en la plaza del poblado, engalanado
con tapices y palmas. El rey ha accedido a ser bautizado y con  él, la reina , que era 183

«joven y bella, se hallaba vestida por completo de una tela blanca y negra y tenía la
cabeza   adornada   con   un   gran   sombrero   hecho   de   hojas   de   palmeras   en   forma   de
quitasol» . Ochocientas personas del pueblo fueron también bautizadas mientras una
184

guardia de soldados de la expedición, con armadura completa, daba escolta al rey, y la
escuadra castellana hacía una descarga de salvas con toda su artillería.

Cuando   fue   cayendo   la   noche,   el   rey   y   la   reina   se   acercaron   a   la   playa   donde


estaban   acampadas   parte   de   las   tripulaciones,   «complaciéndose   en   oír   el   estrépito
inocente de las bombardas, que antes tanto les había atemorizado» . 185

Durante los días que pasaron en Cebú se bautizó a todos los habitantes y a los de
las islas vecinas. Magallanes y sus tripulaciones fueron mimados por los indígenas, que
les regalaron para su alimentación arroz, maíz, limones, naranjas, miel, carne de cerdo y
de  gallina, pescado  y  cocos. El coco  tiene  aporte  de  vitamina C, sobre  todo  el coco
tierno, con de 400 a 460 centímetros cúbicos de agua o leche de coco. El vino de palma,
que   también   tomaron,   es   una   fuente   de   ácido   ascórbico .   Todo   ello   hizo   que   se
186

erradicase el escorbuto a bordo y que no hubiera defunciones por ese motivo. También
apreciaron el sagú, alimento principal de aquellas tierras, consistente en la médula de la
palmera, el palmito, con pescado.

Ante tan poderosos aliados de Huamabón, los caciques locales se sometieron a la
autoridad del rey indígena y le enviaron regalos que simbolizaban la adhesión. Hubo
sin   embargo   uno,   el   cacique   de   Mactán,   llamado   Silapulapu,   que   no   se   avino   a   la
sumisión. Magallanes lo tomó como un insulto personal y decidió dar una lección a
Silapulapu. Huamabón se lo desaconsejó, y también lo hicieron los maestres y pilotos
de su flota. Pero no por eso el portugués cambió de criterio.

El 27 de abril tres chalupas con 40 europeos armados, «provistos de coraza y casco»
y conducidos personalmente por Magallanes, pese a la protesta de los demás capitanes,
se dirigieron contra la vecina isla de Mactán escoltados por veinte praos en los que
navegaba su aliado, el reyezuelo de Cebú, Huamabón.

Los de Mactán los vieron llegar. Habían cavado fosos entre la orilla del mar y sus
casas   a   modo   de   trampas   defensivas   para   frenar   el   ataque.   Magallanes   envió   a   un
emisario   para   que   Silapulapu   y   los   suyos   reconocieran   la   soberanía   de   España   y
obedecieran   a   Huamabón,   rey   cristiano   de   Cebú,   en   cuyo   caso   serían   considerados
como amigos. De lo contrario «conocerían la fuerza de nuestras lanzas». Pero los isleños
«no   se   amedrentaron   con   nuestras   amenazas,   respondiendo   que   tenían   también
lanzas…» , y pidieron que no se les atacase por la noche porque esperaban refuerzos
187

para equilibrar el número de los combatientes. Truco un tanto ingenuo que Pigafetta
comenta:   «…lo   que   decían   maliciosamente   para   animarnos   a   que   les   atacáramos
inmediatamente   con   la   esperanza   de   que   caeríamos   todos   en   los   fosos   que   habían
excavado entre la orilla del mar y sus casas».

Esperaron al día siguiente. Las barcas se acercaron, pero no pudieron llegar a la
playa, pues la marea estaba baja y había abundante piedra, de modo que los soldados
de  Magallanes  tuvieron   que   saltar  a  tierra   con  el   agua   hasta  los  muslos,  lo   que   les
impedía avanzar con la rapidez necesaria.

Según el relato de Pigafetta, los 40 europeos, los más escogidos y valientes de su
compañía  que llegaron a la playa, iban con coraza y casco, es decir, con la armadura de
188

coselete y morrión. El coselete se componía básicamente de peto, espaldar y escarcelas,
que   eran   las   protecciones   que   cubrían   los   muslos,   pero   no   las   piernas.   Llevaban   la
armadura   que   utilizaban   los   tercios   en   Flandes   o   en   Italia.   Las   réplicas   exactas   del
coselete que hoy día se hacen llegan a pesar 7,8 kilos, lo que debemos tener en cuenta
para calibrar la limitación a la movilidad que tendrían los hombres de Magallanes con
ese  peso  y  avanzando  en  el agua, al margen  del sofoco  que  les produciría  el clima
tropical.   Todos   estos   elementos   deben   ser   tomados   en   consideración   cuando
imaginemos las condiciones del combate.
Cerca de 1500 enemigos los esperaban escondidos tras una empalizada. Formaron
en tres grupos. Uno se preparó para contratacar de frente y los otros dos por cada uno
de   los   flancos.   Magallanes   dividió   a   la   tropa   en   dos   pelotones.   Los   mosqueteros   y
ballesteros   tiraron   desde   lejos   durante   media   hora   sin   causar   el   menor   daño   a   los
enemigos, o al menos muy poco, porque, aunque las balas y las flechas penetrasen sus
escudos, que eran de tablas delgadas, les herían en los brazos, pero no los detenían. El
fuego   artillero   de   las   bombardas   de   las   naos   hubiera   sido   lo   más   eficaz   en   esas
circunstancias, pero no alcanzaba debido a la distancia a la que les mantenían el poco
calado, los bajíos y las rocas. Los expedicionarios tuvieron, por lo tanto, que soportar
una lluvia de flechas envenenadas y de lanzas arrojadas a una distancia que cada vez se
acortaba  más,  sin  protección  en  las  piernas  y  con el  mar  a  sus espaldas,   lo   que  les
dificultaba una retirada rápida en caso de ser desbordados, como estaba ocurriendo.
Para alejar e intimidar a los atacantes, Magallanes ordenó que se destacasen algunos de
la   tropa   e   incendiaran   las   cabañas   del   poblado   indígena,   lo   que   realizaron,   aunque
cayeron allí dos de los expedicionarios. El resto regresó a la lucha.

El incendio de las cabañas enfureció a los indígenas. Como el número de atacantes
crecía, los hombres de Magallanes comenzaron a replegarse metiéndose de nuevo en el
mar en busca de las chalupas. Ya en el agua, tenían a los indígenas casi encima, a media
distancia. Los isleños concentraron su ataque  contra Magallanes, a quien conocieron
inmediatamente al ser él quien daba las órdenes. El pequeño grupo de españoles que le
rodeaba y protegía siguió retrocediendo con él, luchando por espacio de «cerca de una
hora». Los indígenas, refiere Pigafetta, que estuvo en el combate, «nos arrojaban nubes
de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra». Su número
parecía aumentar y se mostraban rabiosos por el incendio que había devorado veinte o
treinta de sus casas. El trecho entre unos y otros se acortó tanto que se llegó al cuerpo a
cuerpo. «Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna del comandante», y un
isleño   le   dio   con   la   lanza   en   la   frente.   Magallanes,   furioso,   le   atravesó   con   la   suya
dejándosela en el cuerpo. Sin tiempo para recuperarla, quiso tirar de su espada para
seguir luchando, pero el brazo derecho que tenía herido no le permitió hacer el gesto de
desenvainar. Los indígenas, que lo percibieron, se fueron en grupo hacia él y, viéndole
desarmado, le lanzaron un tajo en la pierna izquierda con un sable gayang, que le hizo
caer de bruces sobre el agua. Entonces los isleños se abalanzaron sobre él y fue el final.
Pigafetta reconoce que gracias a eso se salvaron los demás, que pudieron llegar a las
chalupas próximas y regresar a las naos.

Así murió Magallanes, a medio camino de la expedición que Juan Sebastián Elcano
terminaría, rodeando el globo terrestre por primera vez en la historia.

La muerte de Magallanes en la isla de Mactán había dejado por decidir la cuestión
del liderazgo de la expedición. Tras el fallecimiento, los expedicionarios eligieron como
generales a Duarte Barbosa y a Juan Serrano para remplazar al almirante. No tenían su
talla, pero la elección habría sido una aceptable componenda provisional de no ser por
la desgracia de la que, en gran medida, fue protagonista el portugués Barbosa.

El   esclavo   malayo   de   Magallanes   fue,   realmente,   la   causa   de   la   tragedia   que


sucedió   más   tarde.   A   la   muerte   del   almirante,   el   malayo   se   consideró   libre   de   su
vínculo. Barbosa llevó el asunto con gran torpeza, maltratándolo y recordándole que su
condición   de   esclavo   perduraba.   Este,   como   venganza   y   para   deshacerse   de   los
españoles,   tramó   con   el   rey   de   Cebú,   el   «bautizado»   Huamabón,   apoderarse   de   las
naves, de las mercancías y de las armas, y le propuso un plan para exterminar a las
tripulaciones y hacerse con los barcos. La traición se tramó en torno a una comida a la
que Huamabón invitó a todos con el pretexto de regalar al rey de España pedrerías,
como un presente en su calidad de vasallo. Juan Serrano sospechó algo, pero no así
Barbosa, que decidió acudir con 24 de sus hombres y prácticamente obligó a ello a su
compañero. Pigafetta se salvó porque se quedó a bordo, ya que tenía la cara hinchada a
causa de una herida en la frente producida por una flecha envenenada en el combate en
el que murió Magallanes.

Juan   Carvalho   (aquel   que   había   avistado   el   «paso»   del   estrecho   de   Magallanes
desde el acantilado del cabo de las Once Mil Vírgenes) estaba en el grupo, pero regresó
pronto a las naves sospechando la mala fe de los indígenas. Al poco de esto, «se oyeron
gritos y clamores, y habiendo elevado anclas nos aproximamos con las naves a tierra,
disparando sobre las casas varios tiros de bombarda». Fue entonces cuando vieron a
«Juan   Serrano,   herido   y   atado,   que   era   conducido   hacia   la   playa,   desde   donde   nos
suplicaba que no disparásemos más, porque sin eso, según decía, lo matarían» . 189

Habían asesinado a todos los demás, incluyendo a Barbosa, con la única excepción
del esclavo traidor que se había unido a los indígenas, quienes proponían cambiar la
vida de Serrano por mercaderías. Serrano suplicaba que para ello acercasen las chalupas
con las mercancías a la playa, ya que de lo contrario lo matarían. Pero Juan Carvalho —
ahora convertido en comandante— lo prohibió y se hicieron a la vela dejando atrás las
súplicas y los gritos de Serrano.

Con   la   merma   de   la   tripulación,   reducida   por   los   asesinatos   a   manos   de   los


indígenas,   no   podían   manejarse   las   tres   naos,   de   manera   que,   después   de   vaciarla,
retirar la artillería y aprovechar todo lo que fuese útil a bordo, decidieron quemar la
más castigada. Así terminó su misión la  Concepción, cerca de una punta de una isla
llamada Bohol, donde fondearon.

Brunei

En su aproximación a las Molucas, y ya solo con dos naos de las cinco que habían salido
de Sanlúcar, llegaron a Borneo el 8 de julio de 1521. El recibimiento de los isleños fue
cordial. Incluso excepcional. Pigafetta nos relata cómo aparecieron los naturales a bordo
de una gran piragua pintada toda ella de tonos dorados, llena de gente y remolcando
dos canoas. La recepción era una delegación real, una embajada, compuesta por ocho
ancianos que iban a bordo de las canoas, que arbolaban una bandera azul y blanca a
proa y en el extremo superior del palo un penacho de plumas de pavo real. No podían
exponerse con más lujo. Y eso fue solo el prólogo de lo que vino luego.

A   los   seis   días   llegó   una   nueva   embajada,   que   desplegó   el   lujo   y   estilo   de   la
anterior:   tres   piraguas   engalanadas   de   sedas,   paños   y   banderas,   acompañadas   por
música y tambores. Los españoles les saludaron con una salva de honor. Los tripulantes
de   las   piraguas   ofrecieron   regalos   que   incluían   huevos   y   miel,   y   les   indicaron   que
podían   recoger   leña,   hacer   aguada   y   comerciar   cuanto   quisieran.   Después   de   los
sobresaltos   de   Cebú   era   como   entrar   en   el   Paraíso.   Cumplidos   estos   trámites
preliminares, se organizó la visita al gobernador, primero, y más tarde al rey.

Una   vez   desembarcaron,   sus   anfitriones   les   organizaron   el   séquito   para   que
acudieran   a   la   audiencia   con   el   gobernador.   Montados   en   elefantes   cubiertos   con
gualdrapas   de   seda   y   precedidos   por   doce   cortesanos   que   cargaban   en   vasos   de
porcelana  los regalos  que  los  expedicionarios  habían  traído,  entraron  en  la casa  del
gobernador,   quien   les   festejó   con   «una   cena   de   varios   guisos».   Al   llegar   la   noche,
terminaron durmiendo en colchones de algodón forrados de seda y en sábanas de lino
de Camboya.

Al día siguiente el cortejo les llevó a la presencia del rey Siripada.

Trescientos hombres de la guardia del soberano, armados de puñales cuyas puntas
apoyaban sobre sus muslos, formaban en un salón tapizado de paños de seda. Todos los
que estaban en palacio real llevaban alrededor de la cintura paños de oro para «cubrir
sus vergüenzas, puñales con mangos de oro guarnecidos de perlas y pedrería y varios
anillos en los dedos» . 190

Bastante obeso, cercano a los cuarenta años, el rey tenía como norma estar servido
solo por mujeres, hijas de los principales habitantes de la isla. Nadie podía hablarle sino
por   medio   de   uno   de   los   oficiales   de   protocolo   y   este   lo   hacía   al   hermano   del
gobernador,   quien   a   través   de   una   cerbatana   colocada   en   un   agujero   de   la   pared
exponía el contenido de la embajada al rey. Le presentaron sus regalos, que el sultán de
Brunei apreció, correspondiendo a su vez con brocados y paños de oro y de seda. Se
sirvió un almuerzo acompañado de clavo de olor y canela y, después, se corrieron todas
las   cortinas   de   brocado,   se   cerraron   las   ventanas   y   quedó   flotando   el   aroma   de   las
especias.   Bebieron   un   licor   fabricado   del   arroz   destilado .   La   habitación   estaba
191

iluminada por dos grandes lámparas de aceite, de cuatro mechas cada una, «para cuyo
cuidado velaron continuamente dos hombres». Terminado el almuerzo y aquella larga
sobremesa,   les   acompañaron   hacia   la   playa   hasta   sus   naos.   Les   llevaban   regalos   y
víveres: once tazones de porcelana conteniendo carnes de diferentes animales —ternera,
capón, gallina y pavo— y otros, con varias especies de pescado. Todo aquello era un
gran contraste después de las amarguras sufridas en Cebú, rodeados de los indígenas
primitivos y viviendo en condiciones casi prehistóricas.

En Borneo permanecieron 42 días carenando las naos. El 29 de julio, próximos a
zarpar, una maniobra con los praos de Brunei que regresaban de una expedición de
castigo   a   otra   isla   confundió   a   Carvalho,   que   se   sintió   amenazado   y   levó   anclas
abandonando en Borneo a varios europeos, entre ellos a su hijo. Con ello terminó de
perder completamente la confianza de sus hombres.

Ante la cobardía e incompetencia de Carvalho, Juan Sebastian Elcano, de acuerdo
con casi todos, le destituyó. Tomó el mando de la Victoria y el alguacil Gonzalo Gómez
de Espinosa, el de la Trinidad.

La llegada a las Molucas

El   6   de   noviembre   de   1521,   las   Molucas   —auténtico   objetivo   de   la   expedición—


aparecieron por fin a la vista de las tripulaciones de la Victoria y de la Trinidad.

La expedición, como hemos tenido ocasión de recordar, había sufrido todo tipo de
desastres,   desde   naufragios   a   motines,   de   nevadas   a   tifones   tropicales   y   de
enfermedades a muertes en combate. Veintisiete meses después de dejar la barra de
Sanlúcar, surcaban las aguas de la Especiería. Habían cumplido la misión encomendada
por Carlos I.

Como señala Turner, «de todos los grandes viajes de la era de los descubrimientos,
la circunnavegación del globo llevada a cabo por Magallanes  puede considerarse con 192

justicia el mayor, tanto por las privaciones soportadas como por la pura audacia de la
empresa», alabanzas que no son frecuentes en la pluma de un anglosajón cuando el
destinatario no le es próximo.

En su diario Pigafetta describió el histórico momento:

El miércoles 6 de noviembre, habiendo pasado estas islas 193, reconocimos otras cuatro bastante altas, a
catorce leguas hacia el Este. El piloto que habíamos tomado en Saranghani nos dijo que esas eran las islas
Molucas.   Dimos   entonces   gracias   a   Dios   y   en   señal   de   regocijo   hicimos   una   descarga   general   de
artillería194.

Los   expedicionarios   creían   que   Francisco   Serrao,   el   amigo   de   Magallanes,


continuaba en Ternate. Fondearon en un lugar conocido como Bastiong­Talangane, que
era el único puerto seguro de la isla. Enseguida se informaron de que tanto Serrano
como el sultán Bolief habían muerto y que este había sido sucedido por el inexperto
príncipe Tarrawese. Elcano pensó con juicio acertado que lo mejor era no detenerse allí.
Dos   días   después,   el   viernes   8,   echaron   anclas   en   aguas   de   la   vecina   Tidore,   muy
posiblemente en Rum, tres horas antes de la puesta de sol, «yendo a fondear cerca de
tierra, en veinte brazas de agua, haciendo una descarga de toda nuestra artillería».

Al día siguiente, el sábado 9, se presentó una piragua y dio vueltas alrededor de las
naves. El intérprete malayo informó a Elcano de que los isleños no eran ternates sino
súbditos  del sultán Almanzor de Tidore. El sultán, que había escuchado  la salva de
artillería, había enviado «a saber qué gente era, y de allí a poco rato llegó él mismo a
nuestras naves en un barquito» . 195

En   señal   de   respeto   salieron   los   castellanos   a   su   encuentro   en   las   chalupas   y


Almanzor los hizo entrar en su piragua, sentado bajo un gran parasol de seda.

Después quiso subir a bordo de la Trinidad, y la piragua real y las chalupas de los
expedicionarios   remaron   hacia   la   nave   donde   se   encontraban   Elcano,   Gómez   de
Espinosa y las tripulaciones.

El   aspecto   de   los   supervivientes,   sin   embargo,   no   debía   ser   muy   decoroso.


Llevaban   semanas   aguantando   una   repugnante   dieta   de   bizcocho   endurecido,
ablandado con agua corrompida, y cuando se acabó el bizcocho continuaron con serrín
con excrementos de rata, todo ello mezclado, llegando a mascar el cuero de las jarcias
con   los   dientes   medio   sueltos   en   las   encías   inflamadas   y   sangrantes   a   causa   del
escorbuto.   Argensola   nos   describe   el   momento   en   el   que   el   sultán   subió   a   bordo:
«Entrando en la capitana , se tapó las narices con los dedos al olor de nuestras viandas
196

o al del navío» . 197

Argensola, que alude solo al hedor de los víveres corrompidos y al navío, elude con
cortesía decir nada sobre el de sus ocupantes. Almanzor, por el contrario, llegaba en
todo su esplendor a recibir a la flota:

Mostraba   el   sultán   camisa   tejida   de   oro,   ceñida   sobre   ella   un   paño   blanco   (berania,   el   lino   de
Camboya) que arrastraba; tocado por ambas sienes un velo de varios colores, no desemejante a las mitras
persianas.

La brisa esparcía la fragancia de las claveras y el aroma de las especias se difundía
por el mar y por la tierra. El sultán, sentado en la popa de la nao, estaba rodeado por un
círculo de aquellos hombres de miserable aspecto, a los que solo su tenacidad les había
hecho   continuar   la   travesía.   Almanzor   les   felicitó   diciéndoles   que   hacía   tiempo   que
había soñado que algunas naves llegaban al Maluco desde países lejanos, y lo había
observado en la luna. Y les esperaba. Para los navegantes, la pura audacia de la empresa
se veía ahora recompensada por la acogida del sultán y por las perspectivas del trato y
del   negocio   con   las   especias   —confiaban   en   ello—   que   brotaban   en   la   isla   y   cuyo
perfume podían percibir.

Almanzor   se   reveló   como   un   astuto   estratega.   Al   conocer   los   planes   de   los


españoles,   que   sustancialmente   pasaban   por   asentarse   en   la   Especiería,   que
consideraban suya, y echar a los portugueses, enseguida percibió la oportunidad de
trazar   una   necesaria   alianza   frente   a   sus   tradicionales   enemigos,   los   ternates,   que
estaban apoyados por Portugal en la isla de enfrente.

«Cuando supo quienes éramos y cuál era el objeto de nuestro viaje, nos expresó que
tanto él como sus súbditos tendrían el gusto de ser los amigos y vasallos del rey de
España» . 198

Si   realmente   eran   los   españoles   enemigos   de   Portugal,   el   sultán   de   Tidore   les


invitaba a su reino, a bajar a tierra, «permanecer en ella como en nuestra propia casa» y
les otorgaba licencia para cargar clavo. En un arrebato de entusiasmo y exaltación de la
amistad   ante   sus   nuevos   aliados,   Almanzor   declaró   que   «por   amor   al   rey   nuestro
soberano, quería que en adelante su isla no se llamase más Tidore, sino Castilla» . 199

Lo   cierto   es   que,   independientemente   de   estas   manifestaciones   espontáneas   de


repentina   devoción,   Tidore   fue   a   partir   de   ese   momento,   y   durante   la   prolongada
presencia   española   en   las   Molucas,   el   aliado   permanente   frente   a   los   portugueses,
ternates u holandeses, contra los que la Corona de los Habsburgo españoles se enzarzó
hasta bien mediado el siglo XVII. Para Tidore resultaba fundamental y Almanzor lo supo
ver desde el principio.

Los   españoles,   que   iban   con   miras   más   a   corto   plazo,   solicitaron   permiso   para
cerrar contratos sobre el clavo de olor, y Almanzor se lo dio, añadiendo que «matasen a
quien les estorbase» , lo cual parecía ser una respuesta afirmativa.
200

El sultán les pareció «un moro de cerca de cuarenta y cinco años, bien conformado
y de hermoso rostro», al que Pigafetta retrata «sentado en una silla de terciopelo rojo y
cubierto con una manta de terciopelo amarillo al modo turco». Willard Hanna y Des
Alwi   dicen   de   él   que   era   «impulsivo,  curioso,   atento,  alerta   para   aprender,   fácil   de
seducir con regalos y dispuesto a someter su vida y su reino al rey de una gran nación».
Pero   era   también   «mendaz   y   conspirador» ,   algo   común   en   la   personalidad   de   los
201

dirigentes de entonces, cuando se accedía al poder y se permanecía en él a través de
métodos distintos a los actuales.

A la hora de presentar los regalos para Almanzor, de los cofres salieron las «cosas
para dádiva» adquiridas por la Casa de la Contratación y financiadas por la Corona. El
relato de las piezas es largo, pero tiene interés:
…una túnica, un corte delicado de lino, ocho yardas de paño escarlata, una pieza de seda brocada,
una pieza de damasco amarillo, algún paño indio bordado con oro y seda, una pieza de lino blanco de
Camboya, dos bonetes, seis collares de cuentas de cristal, algunas copas doradas y otros artículos202.

Su hijo el príncipe recibió también su correspondiente cuota de «dádivas», y así
continuaron hasta que el propio Almanzor les rogó desistir.

El domingo 10 tuvieron otra reunión con él. Avanzó en sus propósitos políticos
solicitando un estandarte real y el sello, proponiéndose que su hijo Calanopagi quedase
como vasallo del rey de España y luchase por él en Ternate y Tidore como soberano de
ambas islas. Claramente estaba sugiriendo a los españoles la conquista de Ternate y la
permanencia de las dos islas bajo el cetro real de su hijo Calanopagi. Era lo esperado.
No debemos otorgar excesiva importancia a esta exuberante declaración de amistad,
pues, aunque haya que salvar la sólida alianza que Tidore siempre mantuvo con España
—y a ella me he referido—, esos juramentos de fidelidad eterna, comentan con cierta
sorna Hanna y Alwi, ya los había hecho el sultán Bolief de Ternate hacia el rey Juan II
de Portugal, los hacía ahora Almanzor hacia el emperador Carlos I y los haría unos años
después   el   sultán   Baab   —sucesor   de   Bolief—   hacia   la   reina   Isabel   I   de   Inglaterra,
cuando Drake pasó por las islas.

Pero no rompamos la escena, con el sultán indolentemente sentado en la popa de la
Trinidad, mientras trazaba  planes  y visiones  de alianzas y  vasallajes  y  los españoles
insistían   con   sus   preguntas   sobre   el   clavo.   Como   era   domingo,   no   se   hizo   ninguna
compra, pero flotaba la inquietud en el ambiente y también la prisa, que iba a hacer que,
a partir del lunes, el propósito de los castellanos fuera llenar las naves hasta los bordes.
Almanzor lo percibió de inmediato. Pigafetta anotó esta parte de la conversación:

Viendo el interés que manifestábamos en cargar nuestras naves de clavo, nos dijo que no teniendo en
su   isla   bastante   seco   para   llenar   nuestros   pedidos,   iría   a   buscar   a   la   isla   de   Batjan,   donde   esperaba
encontrar la cantidad que necesitábamos203.

La venta del clavo estaba controlada por el sultán y la corte, de modo que sin su
permiso no podían los naturales de la isla venderlo libremente. Por ello, si no había
suficiente para colmar la demanda, el sultán se ofrecía a coordinar la compra con otros
reyes   o   gobernadores   de   las   islas   vecinas   como   Majtan,   Batjan,   Mutir   o   Gilolo,   en
quienes la presencia de las dos naves había despertado su curiosidad.

El gobernador de Mutir, señaló Almanzor, quería visitar a Elcano y a Espinosa en
Tidore. El sultán señaló a los españoles que era costumbre ofrecerle también presentes y
regalos en nombre del rey de España. Almanzor se encontraba algo agobiado al hacer
esta   solicitud   en   nombre   de   Mutir.   No   quería   aparecer   como   un   pedigüeño,
especialmente cuando él había sido colmado con tantos regalos, y declaró que, «no tenía
nada que darnos, salvo su propia vida, para ofrecerla al rey, su soberano».
Pero sí tenía el sultán cosas que dar, al margen de su preciada vida, y los españoles
no   cesaban   de   referirse   a   ellas.   De   manera   que,   algo   avergonzado   por   no   poder
reciprocar   la   generosidad   de   los   hombres   de   Elcano   y   Espinosa,   y   encima   solicitar
presentes   para   el   gobernador   de   Mutir,   el   gobernador   dio   orden   de   comenzar   de
inmediato la venta. Las transacciones para la compra del clavo se iniciaron con rapidez.

El   lunes   se   recogieron   cargas   de   clavo   y   el   martes   el   rey   ordenó   construir   un


almacén   al   que   llevaron   todas   las   que   habían   ido   acopiando   el   día   anterior,
despachando   a   tres   de   los   expedicionarios   para   que   las   cuidasen.   A   partir   de   ese
momento se fijó el valor de las mercaderías que pensaban dar a cambio de clavo.

La unidad de medida que se manejaba era el bahar, que equivalía a 4 quintales y 6
libras. En aquella época el quintal no equivalía a 100 kilos, como está establecido hoy
día, sino que representaba 100 libras castellanas. Por lo tanto, el peso o capacidad total
del  bahar  era de 406 libras. La libra castellana de entonces equivalía a 460,093 gramos
nuestros. El cálculo exacto del  bahar, por lo tanto, equivaldría a 186,797 kilos, casi 187
kilos de clavo.

Un  bahar  se cambiaba por quince brazadas de paño de mediana calidad, nos dice
Pigafetta. La brazada era la medida equivalente a la distancia existente entre los dos
brazos   extendidos,   que   se   calculaba   aleatoriamente   en   1,67   metros.   De   manera   que
quince brazadas eran unos 25 metros de tela.

En resumen, en el trueque que nos explica Pigafetta, por 25 metros de paño de
mediana calidad recibían 187 kilos de clavo de olor. También podían obtener un bahar
cambiándolo por quince hachas o por treinta y cinco tazas de vidrio o por un quintal (46
kilos) de cobre.

«Habríamos sacado un buen partido de los espejos, pero la mayor parte se quebró
en el camino y el rey se apropió de casi todos los que habían llegado sanos».

Al parecer, se trataba de un negocio fabuloso. Y para ambas partes. A nosotros nos
resulta   imposible   advertir   su   extensión   por   no   conocer   los   precios   de   los   distintos
artículos que se cambiaban por el clavo, en los mercados de Europa.

Durante cuatro días se recogió clavo. Las especias se amontonaron y los barrilitos,
cuarteles y fardos repletos de ellas fueron llenando el almacén que habían construido en
Rum.

Los pobres habitantes de Ternate, que habían sido excluidos del comercio porque
en la isla dominaban los portugueses y las relaciones entre las dos islas eran tensas,
venían   en   canoas   y  kora­koras  para   ofrecer   a   los   hombres   de   Elcano   y   Gómez   de
Espinosa clavo  para vender.  Sin embargo, el trato con los de Ternate debía  ser  casi
clandestino desde Tidore. Por otra parte, los expedicionarios habían recibido la promesa
de que tendrían pronto mucho más clavo y:

…  como   esperábamos   recibir,   no   quisimos   comprarlo   a   los   otros   isleños,   contentándonos   con
cambiarles víveres, ante lo cual los habitantes de Ternate se quejaban mucho 204.

Si   Francisco   Serrao   hubiera   estado   en   Ternate,   las   cosas   habrían   discurrido


posiblemente por otros cauces, pero Serrao había muerto en marzo de 1521. Hacía tan
solo unos meses. Corrieron rumores de que aquella muerte inesperada y rápida había
sido   causada   por   envenenamiento   llevado   a   cabo   por   el   propio   sultán   Almanzor,
cuando el portugués le visitó en su corte de Tidore con la misión de arreglar un enlace
matrimonial entre una princesa de Tidore y un príncipe  de Ternate. La versión que
amparaba   la   teoría   de   la   conspiración   argumentaba   que   aquellos   del   entorno   de
Almanzor   que   no   eran   partidarios   de   la   paz   con   Ternate   llevaron   a   cabo   el
envenenamiento del portugués. Independientemente de la veracidad de esta versión,
muy   débil   por   otra   parte   y   sin   sustento   documental   alguno,   lo   cierto   era   que   la
desaparición de Serrao y de su amigo Magallanes privaban a la expedición de un cierto
marco   de   distensión   luso­castellana   que   la   presencia   de   ambos   portugueses   habría
facilitado. Las cosas ahora no eran así.

Un antiguo amigo de Serrao, Pedro Antonio de Larosa, había llegado a Ternate a la
muerte   de   aquel.   A   través   de   uno   de   sus   domésticos,   Manuel,   se   había   puesto   en
contacto   con   la   tripulación   de   la  Victoria  durante   su   estancia   en   Tidore   y   deseaba
encontrarse con los españoles. Fue invitado la noche del 12 de noviembre.

A lo largo de su conversación con los españoles, Lorosa aportó datos de mucho
interés. Uno de ellos se refería a la discreción y a la reserva con que los portugueses
mantenían su presencia en las Molucas, que hacía que «guardasen  el más profundo
silencio acerca del descubrimiento de estas islas», hasta el punto de que el virrey en Goa
había retrasado por algunos años, incluso a las autoridades de Lisboa, el anuncio de su
llegada a Ternate. Y si no querían que lo que sucedía  en las Molucas se supiese en
Lisboa, menos aún en Sevilla, pues «…muchos juncos van de Malaca a Banda a comprar
macis y nuez moscada, de donde pasan a las Molucas a cargar clavo». El viaje de Banda
a las Molucas no era largo. Se hacía en tres días. Allí cargaban clavo hasta los topes y en
quince días estaban de regreso en Malaca. «Este comercio —aseguraba Lorosa— es el
que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual lo oculta con empeño a los
españoles» , por si las Molucas estaban en la jurisdicción de Castilla. Ese era el motivo
205

por   el   que   los   portugueses   estaban   dispuestos   a   eliminar   a   cualquiera   que   pudiera
propagarlo.   Teorías   conspiratorias   señalaron,   efectivamente,   el   interés   de   Lisboa   en
ocultar a Sevilla que desde Malaca las naos y juncos portugueses estaban haciendo una
fortuna con el clavo traído de las Molucas, que podía no ser suyo.
Por lo tanto, esconderlo a Sevilla podía entenderse, pero ¿por qué antes, los propios
portugueses de Ternate habían tardado tanto en comunicar su presencia en la isla y el
negocio a la corte de Portugal?

Al parecer, el círculo portugués de Ternate —Serrao y compañía— había querido
ocultar a Lisboa, o al menos disimular, ese fantástico tráfico de fardos y fardos de clavo,
ya   que   no   todas   las   cargas   de   clavo   recogidas   en   la   isla   terminaban   en   Lisboa.   La
corrupción   existente   hacía   que   los   capitanes   y   gobernadores   del   castillo   de   Ternate
distrajeran algún que otro quintal para sí mismos. Esa práctica fue muy frecuentada a lo
largo de los años sucesivos y algunos exgobernadores dieron con sus huesos en la cárcel
de Goa. Por todo ello, cuantos menos testigos, mejor.

Lo   que   Lorosa   «acababa   de   expresarnos   —señaló   Pigafetta—   era   en   extremo


interesante para nosotros, por lo cual procuramos persuadirle de que se embarcase en
nuestra   compañía   para   Europa,   haciéndole   esperar   que   el   rey   de   España   le
recompensaría muy bien» . Eso determinó a Lorosa a embarcarse con su familia en la
206

Trinidad cuando zarpase, y así se decidió con todo secreto, pues, al fin y al cabo, estaban
desertando de los portugueses.

Añadió Lorosa —y esto afectaba directamente a la escuadra de Elcano— que, once
meses atrás, un barco grande que procedía de Europa había llegado a Malaca y desde
ese puerto zarpó hacia las Molucas para cargar clavo. Estaba al mando de un capitán
llamado Tristán de Meneses y refirió a Lorosa que la noticia más importante que por
entonces se comentaba en los corrillos de Lisboa era que una escuadra de cinco naves
había partido de Sevilla para ir a descubrir el Maluco en nombre del rey de España; y
que el de Portugal, que estaba doblemente irritado por esta expedición dirigida por uno
de sus súbditos que trataba de perjudicarle, había despachado buques al cabo de Buena
Esperanza y al de Santa María, para interceptarle el paso en el mar de las Indias, pero
no lo habían encontrado.

Había más. Al parecer el rey Manuel había insistido. Al saber que la escuadra había
pasado  por otro  mar y  no  por el  cabo  de Buena  Esperanza,  había  dispuesto  que  el
gobernador de la India portuguesa, Diogo Lopes de Sequeira , enviase desde Goa seis
207

naves de guerra contra Magallanes. No lo había ejecutado Sequeira porque le llegaron
noticias de que los turcos planeaban atacar Malaca y se vio obligado a despachar una
flota contra la turca en el estrecho de La Meca.

Pero lo que sí parecía confirmarse era la noticia cierta de que al menos un galeón
bien artillado con dos baterías de bombardas, mandado por el capitán Francisco Faría,
una   carabela   y   dos   juncos   portugueses   rondaban   la   zona   al   encuentro   de   las   naos
castellanas.
Elcano   y   Gómez   de   Espinosa   tomaron   buena   nota   de   la   situación,   aunque   no
precipitaron la salida y esperaron hasta que las naos estuviesen totalmente abastecidas
de carga.

Pero las existencias en Tidore se terminaron. El viernes 15 de noviembre el sultán
Almanzor dijo que había ordenado ir a Batjan a abastecerse de las cargas de clavo de
olor que se tenían preparadas  para los portugueses  —cuatrocientos  bahares  de clavo
seco—, que estos habían abandonado en dos juncos y que incluso estaban pagados . Y 208

además, dispuso que uno de sus hijos, Mossahap, fuese con una expedición a la isla de
Motir para buscar lo que faltaba.

Europa había dedicado y seguía dedicando energías extraordinarias al hallazgo de
la fuente de las especias. Ahora que ellos, los expedicionarios, castellanos, hambrientos
y   agotados,   estaban   en   aquel   paraíso   mágico   de   volcanes,   indios,   canela,   clavo,
mercancías   que   parecían   de   otro   mundo   y   toda   esa   retórica   que   acompañaba
habitualmente   al   orientalismo   exquisito…,   era   el   momento   de   aprovechar.   Turner,
tantas veces citado, escribe con tino que a los conquistadores se les había asociado con
el brillo del oro y de la plata y no con el aroma de las especias. A fin de cuentas, ellos —
y los holandeses y los ingleses que vinieron un poco más tarde— buscaban todos los
mismos ruidos metálicos de los doblones y los escudos de oro al chocar entre sí, en las
bolsas de cuero repletas de ellos que se intercambiaban en los mercados de Venecia,
Brujas y Londres.

La presencia de los españoles en Tidore pronto motivó el deseo de los sultanes de
Batjan   y   Gilolo   de   visitarlos.  El   sultán   de   Gilolo   fue   el   primero.   Como   ordenaba   el
protocolo rindió visita a las naves. Allí recibió su parte correspondiente de «cosas para
dádiva»: una chupa de damasco verde, frazadas de paño rojo, algunos espejos, tijeras,
cuchillos,   peines   y   tazas   de   vidrio   dorado.   Al   día   siguiente,   el   domingo   17   de
noviembre, volvió con su séquito y pidió que disparasen con las bombardas, con gran
contento por su parte. Se entretuvieron viendo cómo manejaban los expedicionarios las
ballestas,   los   mosquetes   y   los   versos,   «que   es   un   arma   más   grande   que   un   fusil» , 209

describe cándidamente Pigafetta. El de Batjan aplazó su visita unos días.

Los   españoles,   por   su   parte,   eran   invitados   con   frecuencia   en   la   propia   isla.
Pigafetta recordaba un banquete con una procesión de cincuenta mujeres vestidas con
paños de seda «desde la cintura hasta las rodillas». El vino de arroz era «tan claro como
el agua», pero era tan fuerte que toda la tripulación se embriagó. «Lo llaman  arach» , 210

escribió el italiano. Las jóvenes marchaban de dos en dos, llevando a un hombre en
medio. Cada una sostenía una bandeja que contenía pequeños platitos con diferentes
guisos.   Los   hombres   llevaban   el   vino   en   grandes   vasos.   Cuando   el   banquete   hubo
terminado «las mujeres capturaron a algunos españoles y fue necesario darles algún
obsequio   para  que  recuperasen   su libertad  los hombres»,  que   posiblemente  estarían
disconformes con el rescate, aunque las moluqueñas no debían ser tan agraciadas como
les habían parecido las jóvenes de Cebú, ya que al decir de Pigafetta:

…las mujeres son feas; andan desnudas como las de otras islas, cubriendo solo sus órganos genitales
con una tela hecha de corteza de árbol. Los hombres andan también desnudos y a pesar de la fealdad de
sus mujeres, son muy celosos. Se manifestaban disgustado de vernos algunas veces bajar a tierra con las
braguetas abiertas porque se imaginaban que esto podría ofrecer algunas tentaciones a sus esposas211.

Los expedicionarios, a quienes había llamado la atención el comportamiento de los
«moros» en Brunei, observaban que en Tidore tenían las mismas prácticas:

Los moros andan desnudos, como todos los habitantes de estas regiones (…) Adoran a Mahoma (sic)
y   siguen   su   ley   por   cuya   razón   no   comen   jamás   carne   de   puerco.   Se   lavan   el   trasero   con   la   mano
izquierda, de la cual no se sirven jamás para comer, y no orinan de pie sino al uso de las mujeres. Se lavan
la cara con la mano derecha, pero no se frotan jamás los dientes con los dedos212.

La noche del 24 de  noviembre,  el sultán Almanzor ajustó  con gran pompa una


nueva visita a las dos naos castellanas. Las  kora­koras  escoltaban su piragua, mientras
acompañaban   la   boga   de   las   paladas   con   el   son   de   los   timbales.   Así   pasó   entre   la
Trinidad  y   la  Victoria  que   le   saludaron   con   varias   descargas   de   bombardas   para
manifestarle respeto. Anunció que, en virtud de las órdenes que había dado, en cuatro
días «nos traería una cantidad considerable de clavo» . Efectivamente, el lunes día 25,
213

descargaron en Rum ciento setenta y un cathils, unas 342 libras castellanas, equivalentes
a unos 157 kilos de clavo.

Las tripulaciones estaban exultantes. El clavo enviado por el rey era el primero que
iban   a   embarcar   y,   como   ese   era   «el   objeto   de   nuestro   viaje» ,   en   señal   de   alegría
214

dispararon   varios   tiros   de   lombarda.   Ahora   había   llegado   el   tiempo   prudente   de


prepararse para partir. «Una parte de nuestras mercaderías provenía de los juncos de
que  he   hablado   ya» ,  indicaba   Pigafetta;   el  resto   era  el   negociado  en   Tidore  con   el
215

sultán y con los isleños. Estaban contentos:

…hemos hecho, sin duda, un negocio bien ventajoso a pesar de que no hemos sacado toda la utilidad
que hubiéramos podido esperar, a causa de que deseábamos apresurar a toda costa nuestro regreso a
España216.

¿Por qué apresurar a toda costa el regreso a España?, como escribía Pigafetta.

Espinosa y Elcano sabían la razón después de su conversación con Lorosa en la que
les   advirtió   sobre   el   galeón   portugués   que   andaba   a   la   búsqueda.   Pero   no   podían
hacerla pública. Almanzor, por su parte, iba a otro ritmo más despacioso y deseaba
capitalizar ante los otros sultanes de las islas su alianza con los poderosos españoles.
Tras haber vaciado el almacén y terminado de cargar las naos, deseaba invitar a todos a
una gran cena para festejar la carga, como al parecer era tradicional. Pero el recuerdo de
la emboscada de Cebú levantó sospechas entre los españoles y declinaron la invitación.
Aquello debió dolerle a Almanzor, que se había manifestado en todo momento como un
sincero   amigo   de   los  expedicionarios.  Sospechó  los  motivos  y   le  debió   contrariar   la
desconfianza.

Se   sinceró   indicando   que   la   partida   era   poco   usual   porque,   si   las   demás
tripulaciones de otros barcos que venían a cargar tardaban al menos treinta días, él les
había ayudado con todo su pueblo a hacerlo en muchísimo menos tiempo. Pero no era
con intención de apresurar la partida; señaló además que la estación no era apropiada
para navegar a causa de los bajíos que se encontraban cerca de Banda y en último lugar
aludió al riesgo de que los expedicionarios se encontrasen con naos portuguesas. Nada
de eso hizo mella en los españoles, que insistieron en marchar. La charla con Lorosa no
había  turbado  a Elcano  y a Espinosa, pero  sí  que  les había  dispuesto  a presionar  a
Almanzor   para   que   trabajase   deprisa   facilitando   la   venta   y   la   carga   del   clavo.   El
momento de partir había llegado. Almanzor, por su parte, y ajeno a la conversación que
los españoles habían tenido con Lorosa, no entendía la prisa y vio, a pesar de todo, que
sus argumentos no tenían efecto. Se sintió vejado:

Os devolveré todo lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin dejarme
tiempo para preparar presentes dignos de vuestro rey, todos los soberanos mis vecinos dirán que el de
Tidore es un ingrato, que habiendo recibido obsequios de un tan poderoso monarca como el de Castilla,
no les enviaba nada en retorno.

Y para que vieran que intuía la razón de la prisa, indicó: «Dirán también que partís
así de prisa temiendo una traición mía, y toda mi vida quedaré yo con el nombre de
traidor». Mandó traer el Corán y juró por Alá entre sollozos, que siempre sería un fiel
amigo   de   España,   lo   que   —por   cierto—   siempre   cumplió.   Ante   esa   actitud,   que
emocionó a las tripulaciones, prometieron pasar aún quince días más en Tidore.

El 27 de noviembre Almanzor publicó un bando anunciando a todos los habitantes
de la isla que todo el mundo podía vender libremente clavo a los españoles, «lo que nos
permitió   comprar   una   gran   cantidad».   Entre   fardo   de   clavo   y   fardo   de   clavo,   los
hombres de Elcano no daban descanso a la estiba en las dos naos. Como cada marinero
quería llevar a España todo lo que podía, cada uno cambiaba sus vestidos por clavo.

Al día siguiente, a pesar de ser viernes, la fiesta musulmana, llegó el rey de Matjan,
isla   de   donde   les   habían   suministrado   más   clavo.   No   subió   a   bordo   hasta   el   día
siguiente acompañado de Almanzor que, al saber que los españoles se habían quedado
sin regalos, mandó traer parte de los suyos para que se los ofrecieran al de Matjan, con
objeto de que trajese más clavo aún para Elcano y Espinosa. El 2 de diciembre el propio
Almanzor viajaría a la isla para que aceleraran el suministro.

El rey de Matjan era importante en la relación con Almanzor. El hermano del rey
de Batjan se iba a casar con una hija del rey de Tidore, de modo que Almanzor y su
colega de Batjan iban a emparentar. A Pigafetta el sultán de Batjan le pareció un ser
insólito y no deja de reseñar sobre él:

Se nos refirió una cosa muy extraña y fue que cada vez que iba a combatir a sus enemigos o quería
emprender alguna cosa muy importante, se sometía por dos o tres veces a los caprichos repugnantes de
uno de sus domésticos destinado a este objeto, lo mismo que lo hacía César con Nicomedes, según la
relación de Suetonio217.

El domingo 15 de diciembre llegó el sultán de Matjan a las aguas de Tidore. Digo a
las aguas, porque el protocolo no permitía que un rey visitante pusiera el pie en tierras
de otro, de modo que todos los encuentros eran en las piraguas, salvo que se diera
licencia para desembarcar. El protocolo que desplegaba el sultán batjaní no era para
tomárselo a broma: se presentaron él y su hermano —el futuro yerno de Almanzor— en
una embarcación grande  con tres  órdenes de remeros por cada lado, en número  de
ciento  veinte.  La embarcación estaba  adornada con varios pabellones decorados  con
plumajes   de   loro,   blancos,   amarillos   y   rojos.   Mientras   bogaban,   marcaban   el
movimiento de los remos los timbales y la música. Almanzor otorgó permiso al sultán
de Batjan para bajar a tierra. Allí se selló un pacto de alianza con los españoles. En
presencia  del sultán de Tidore y de  todo  su séquito, manifestó  que estaba y  estaría
siempre dispuesto a consagrarse al rey de España y que conservaría todo el clavo que
los portugueses habían dejado en la isla hasta la llegada de otra escuadra española.

Como   aún   quedaban   días,   el   jueves   y   el   viernes   las   tripulaciones   castellanas


compraron más clavo y a mejor precio, porque los lugareños sabían que la flota estaba a
punto de partir. A medida que el final de la estancia se acercaba, se incrementaron las
visitas de Almanzor a bordo. Rogó que no navegasen por la noche a causa de los bajos,
lamentó de veras la proximidad de la partida anunciada y, por último, solicitó que para
su defensa contra Ternate le dejasen alguna artillería. Elcano les dio fusiles y cuatro
barriles   de   pólvora,   de   los   tomados   a   los   juncos   indígenas,   pero   no   culebrinas   o
lombardas porque precisaba de ellas.

Las naos recibieron velas nuevas. En ellas se pintó «la cruz de Santiago de Galicia»
con la inscripción: «Esta es la enseña de nuestra buena fortuna».

Habían  sido  46 días  los que  pasaron los expedicionarios  en Tidore,  negociando


precios, reponiéndose de sus fatigas y participando en fiestas colosales ofrecidas por el
sultán Almanzor, como las que tuvieron lugar al celebrar Santa Bárbara o conmemorar
la Inmaculada Concepción. Sin embargo, el idílico y paradisíaco mundo en el que los
españoles estaban viviendo terminó y los comandantes de la flota determinaron que
había llegado el momento de zarpar.

El 18 de diciembre todo se encontraba listo para la partida de las dos naos. Los
sultanes de Tidore, Gilolo y Batjan, así como el hijo del rey de Ternate habían venido a
despedir   a   la  Trinidad  y   a   la  Victoria  y   a   acompañarlas   «hasta   la   isla   de   Mare»
(posiblemente Maitara). La  Victoria  largó velas la primera y se hizo mar afuera para
esperar a la  Trinidad. Pero  al poco advirtieron que la  Trinidad  no les seguía. La nao
levaba con mucho trabajo y empezaba a escorar . Regresaron para indagar lo que le
218

sucedía a la nao repleta de fardos de clavo y los marineros comprobaron que tenía una
considerable vía de agua en la bodega.

Parte del flete de la Trinidad tuvo que descargarse. Y aunque esa desestiba puso a la
nao   de   costado,   aún  persistían   alarmantes   muestras   de   infiltraciones  de   agua:  «…el
agua entraba con gran fuerza, como por un tubo, sin que se pudiese descubrir el mal»,
testimonió Pigafetta.

Estuvieron achicando agua con las bombas, sin conseguir resultado alguno.

El sultán Almanzor se presentó a bordo. Ordenó que cinco de los indígenas que
estaban acostumbrados a permanecer más tiempo bajo el agua bucearan para encontrar
la vía. Durante media hora lo intentaron, sin conseguir averiguarlo. Almanzor no cejó y
mandó a buscar a otros tres que al parecer tenían la reputación de ser los mejores. A la
mañana siguiente llegaron los buzos, que se echaron al mar con los cabellos sueltos
porque   imaginaban   que   el   agua   al   entrar   por   la   rotura   atraería   sus   cabellos   y   les
indicaría   el   lugar   donde   se   hallaba.   Pero   después   de   una   hora   de   buceo   tampoco
consiguieron saberlo.

Almanzor, siempre tan enfático, prometió traer  doscientos cincuenta carpinteros
para arreglar la nave y propuso que durante ese tiempo la tripulación se quedara en la
isla, donde sus miembros serían tratados como sus propios hijos.

Elcano y Espinosa deliberaron sobre qué decisión tomar. Desde el motín de San
Julián, la relación que existía entre ellos no era la mejor. Elcano había estado claramente
del lado de Quesada y del veedor real, Juan de Cartagena, mientas que Espinosa había
sido quien de hecho había abortado  la sublevación. Pero  ahora no les quedaba más
remedio que entenderse y tomar una decisión clave.

La  Victoria  estaba bien, reparada, con velas nuevas, y sin problemas. Creían que
podía atravesar el Índico aprovechando los vientos de levante que empezaban a soplar,
y partir sola hacia España, con hombres y carga, por la vía de los portugueses, es decir,
doblando   el   cabo   de   Buena   Esperanza.   Aunque,   eso   sí,   para   asegurarse   una   mejor
navegación, determinaron dejar en tierra sesenta quintales de clavo, que debieron doler
a   los   marineros   que   habían   recibido   permiso   para   acumular   una   carga   personal   de
especias para su propio disfrute y que ahora veían mermar su parte.
Más complejo resultaba qué hacer con la Trinidad. Decidieron descargarla, repararla
e intentar el tornaviaje a Nueva España, hacia Darién, pues continuaban empeñados en
la creencia magallánica de que el Nuevo Mundo estaba próximo al Catay de Marco Polo
y que ya habían venteado en las Filipinas.

Permanecieron   en   Tidore   algunos   de   ellos,   que   prefirieron   quedarse   antes   que


regresar a España, «bien fuese por el temor de que la nave no pudiese resistir un viaje
tan largo, o ya porque, recordando  todo lo que habían sufrido  antes de llegar a las
Molucas, hubiesen  temido  perecer  de hambre  en medio del  océano». Juan Carvalho
quedó en Tidore con cincuenta y tres europeos. Todos ellos bajo el mando del alguacil
Gonzalo Gómez de Espinosa, capitán de la  Trinidad, con la que intentaría regresar a
Nueva España una vez reparada, y del maestre genovés Juan Bautista de Punzorol.

El sultán cumplió, como siempre hizo, y los 250 carpinteros se pusieron a su labor.
El caracolillo, es decir, la «broma» (teredo navalis), el xilófago que atacaba a las maderas
sumergidas y sobre todo en los mares cálidos, había hecho estragos, y el tableado del
casco estaba en peor estado del que se había pensado. El peso de la carga estibada y
almacenada   en   la   bodega   había   facilitado   que   el   agua   entrase   a   su   gusto   entre   los
tablones. Como atestiguó el propio Elcano «…se descubrió una gravísima vía de agua
en una de las naves, de tal modo que no se podía remediar sin descargarla» . Pero a 219

mediados de diciembre ya habían reparado algunos maderos y sellado las infiltraciones
lo mejor que pudieron.

Quedaron   en   Tidore   cinco   hombres   al   frente   del   pequeño   almacén:   Juan   de


Campos, como escribano, el maestre Pedro Lombardero, Luis del Molino, Alonso de
Cota y Diego de Arias, todos hombres de armas . A estos cinco se unieron, mientras la
220

Trinidad  era   reparada,   Juan   Carvalho   y   47  hombres   de   la  dotación  —entre   ellos   los
citados Espinosa, Juan Bautista de Punzorol, Ginés de Mafra y Juan Rodríguez Sordo,
que lograron sobrevivir al desastre posterior de la Trinidad— y algunos miembros que
habían   pertenecido   a   la   dotación   de   la  Victoria,   que   se   quedaron   apaciblemente   en
Tidore a la espera de acontecimientos. En el almacén se depositaron especias, armas,
pertrechos, los aparejos sobrantes y las piezas de artillería recuperadas de la Concepción
y la Santiago.

Ese almacén iría creciendo con el tiempo y con la presencia española en Tidore. Yo
creo que el primer baluarte castellano se edificó sobre él o junto a él, y después sufrió
los avatares que lo destruyeron; lo volvieron a edificar y reconstruir sobre sus ruinas,
hasta lo que hoy queda de él. Se llamó fuerte Rum y más tarde San Lucas del Rume, y
estaba próximo al embarcadero, pero de ello habrá que hablar a partir de 1618, año en
que el gobernador español, Lucas Vergara Gabiria, ordenó su construcción . 221
La primera referencia que se recoge del puerto de Rum la hizo el fraile Cristóbal
Salvatierra en 1585 . Salvatierra la menciona así:
222

…la armada de los españoles —describía sesenta y cuatro años después de la llegada de Elcano—
que se encuentra junto a la tierra de Terrenate, entre ella y la isla de Tidore donde con otro yslotillo que
estaba entre medias, haze muy buen puerto y está a la vista de la fortaleza del territorio y las leguas del
Tidore; llamase a este puerto Rum.

La «fortaleza del territorio» a la que alude Salvatierra debía ser ese fuerte­almacén
al que he aludido. Es casi la única construcción sólida que se encuentra en Tidore, si
exceptuamos el palacio de los sultanes que se hallaba en Marieku y el fuerte Torre.

De Rum, o San Lucas del Rume, no quedan más que restos. Ya nos referiremos a
esta edificación más adelante. Avancemos, sin embargo, que se trata de una atalaya
situada al norte del embarcadero de Rum que cuelga sobre la ensenada y está situada
muy a propósito para proteger a las kora­koras y juncos que se acercasen al embarcadero
para recoger las cargas de clavo y transportarlas a las naves. Está emplazada frente a la
islita de Maitara y a una prudente distancia de Ternate, de la que la separa el canal de
un kilómetro de ancho en el que podría detectarse cualquier aproximación hostil. Las
vistas desde la atalaya protegían el almacén de sorpresas de los portugueses y ternates
y permitía controlar los posibles movimientos de los puertos de la isla rival. Esa misma
opinión la mantiene Marco Ramerini:

El lugar donde los españoles construyeron el fuerte de Rume, estaba ubicado en la parte noroeste de
la isla, frente a la isla de Maitara y dominaba el estrecho canal entre Tidore y Ternate. También estaba
aquí el mejor puerto de la isla de Tidore223.

En síntesis, todos estos indicios permiten suponer que la primitiva construcción de
Rum y su emplazamiento responderían a las necesidades de un fuerte­factoría, propio
del primer asentamiento de los hombres de la expedición de Elcano y Espinosa, apto
para la custodia de la recolección de clavo como para la defensa de la preciosa carga y
de los que la custodiaban, y para depositar las piezas de artillería de las naos Concepción
y Santiago.

Elcano logra la primera circunnavegación de la Tierra

El 21 de diciembre zarpó al fin Elcano desde Tidore, atravesando luego el mar de Banda
y esquivando a los portugueses que dominaban la zona con su presencia. Durante esta
larguísima travesía la  Victoria  habrá de aferrar velas para soportar fuertes vientos del
oeste y noroeste, con grandísimas tormentas, lo que prueba el buen diseño de la nao,
que debía ser nueva y, al parecer, se había construido en Zarauz.
A comienzos de febrero del año 1522, la Victoria entraba en el océano Índico y los
vientos monzones la llevaron hacia la costa de  África. El 18 de marzo, cuarenta días
después de partir de Timor, recalaron en una isla llamada hoy Ámsterdam en medio del
océano   Índico,   pero   la   geografía   de   la   isla   no   les   permitió   desembarcar.   Las
enfermedades,   el   frío   y   la   falta   de   agua   y   víveres,   empujaron   a   Elcano   a   intentar
remediar   su   suerte   acercándose   a   la   costa   oriental   africana .   Subieron   hasta 224

Mozambique. La carne se les había podrido por falta de sal y únicamente tenían arroz.
La nao hacía agua, pero siguieron su camino hasta el cabo de Buena Esperanza. Los
vientos de poniente habían desarbolado casi el palo mayor y la verga del trinquete. El 7
de junio cruzaron la línea equinoccial y a finales del mismo mes navegaron por las
proximidades   del   archipiélago   de   las   Bisagos   frente   a   la   costa   de   la   actual   Guinea
Bissau .
225

Como escribiría Juan Sebastián Elcano en su informe a Carlos I:

No   tocamos   en   tierra   alguna,   por   temor   al   rey   de   Portugal,   que   tiene   ordenado   en   todos   sus
dominios de tomar esta armada a fin de que Vuestra Majestad no tenga noticia de ella 226.

Al aproximarse a Cabo Verde, Elcano decidió enviar a algunos portugueses de su
tripulación para obtener víveres. Para ello deberían decir que pertenecían a una nave
que venía de las Indias. Mandó al contador Martín Méndez con unos cuantos hombres y
esa vez tuvieron suerte. Volvieron a la  Victoria  con algunas vituallas. Pero había que
hacer   varios   viajes   para   ir   aprovisionando   la   nave.   En   uno   de   ellos   un   marinero
portugués   se   delató   a   sí   mismo   y   a   sus   compañeros.   Una   lancha   portuguesa   con
tripulación armada tomó presos a los doce que habían bajado a tierra . Elcano tuvo que 227

levar anclas, perseguido por cuatro naos portuguesas que salieron a darle caza, sin que
tuvieran éxito.

El 4 de agosto llegaron a vista de las Azores y dieron un rodeo para evitar de nuevo
a los portugueses y tomar los vientos favorables. El 4 de septiembre avistaron el cabo de
San Vicente y el 6 fondeaban, por fin, en Sanlúcar de Barrameda, casi tres años después
—faltaban 14 días— de su salida en 1519. Desde Sanlúcar subieron a Sevilla.

En   Sevilla   les   aguardaba   el   triunfo.   Descendieron   en   silencio.   La  Victoria


permaneció   custodiada   con   guardias   de   la   Casa   de   la   Contratación   preservando   su
preciosa carga de clavo. En procesión, descalzos, en camisa y con un cirio encendido en
la mano que alguien se aprestó a entregarles, se dirigieron a la iglesia de Santa María de
la Victoria donde habían oído misa hacía tres años, antes de que la expedición partiera,
acompañados por la ciudad entera, ahora como entonces.

Confusos, musitaron a los oficiales del rey que les recibían cosas ininteligibles sobre
una vuelta al mundo que acaban de rematar . El rey, sin embargo, sabía de lo que
228

hablaban.   Llegaron   18   supervivientes.   De   ellos,   11   españoles ;   3   de   Rodas,   los   dos


229
pilotos y un marinero; un artillero de Aquisgrán; un marinero griego; un lombardo,
Pigafetta, y un marinero francés de Saona.

Los portugueses habían detenido en Cabo Verde a 13 expedicionarios más. Elcano
suplicó a Carlos I que gestionase su libertad, lo que se conseguiría poco después. De
esos   prisioneros   10   eran   españoles,   el   escribano,   el   despensero,   dos   artilleros,   dos
sobresalientes, tres marineros y un grumete; uno era francés, el carpintero normando;
un marinero de Rodas y un indígena, Manuel.

Elcano rindió su informe al rey en el que subrayaba el cumplimiento del objetivo
de la misión, que era «descubrir la especiaría con el capitán Fernando de Magallanes», y
que alcanzaron las Molucas «al cabo de ocho meses de haber sucedido la muerte del
dicho   capitán   (Magallanes)».   Ahora   se   presentaban   ante   el   rey   «dieciocho   hombres
solamente,   con   una   de   las   cinco   naves   que   vuestra   majestad   envió   a   descubrir   la
Especiería».

Recibidos en triunfo los navegantes por Carlos I, el emperador otorgó al capitán de
Guetaria la nobleza de armas con el escudo en cuya moto se lee Primus circumdedisti me
o «Fuiste el primero que me rodeó». El primero que lo hizo. Luego vendrían los demás.

La Victoria, de ochenta y cinco toneladas, o como se decía en la época de «85 toneles
de   porte»,   era   la   segunda   nave   más   pequeña   de   la   expedición   que   zarpó   con
Magallanes­Elcano.   Sin   embargo,   su   maltrecha   y   reparada   bodega   transportaba   381
sacos y barriletes de clavo y algo de alcanfor y canela junto con algunas perlas. El peso
neto de la carga de clavo se calculó en 524 quintales, una arroba y siete libras, lo que
venía   a   suponer   una   estiba   de   alrededor   de   24   000   kilos .   Al   percibir   que   el   clavo
230

pesaba menos que lo que figuraba en los libros de Tidore, Elcano respondió que lo que
cargaron fue clavo nuevo del árbol , que con el tiempo que transcurrió en la travesía de
231

la Victoria se «enjugó que no enmohecido y que ha venido seco y bien tratado y que si
alguna merma había en el peso» era por este motivo, ya que «la humedad de la mar no
humedece el clavo porque es caluroso y el clavo caliente».

El kilo de clavo se calculaba a un ducado, por lo que la carga de la Victoria debería
haberse vendido en 24 000 ducados de oro, lo que suponía casi 84 kilos de oro (9 000 000
de maravedíes).

Mientras se efectuaban los parabienes en el muelle de Sevilla, una de las partes
interesadas llevó a cabo un desglose sobre los gastos de la Victoria, algo que descubrió
trescientos   años   después   Martín   Fernández   Navarrete .   Los   gastos   de   la   empresa
232

habían  sido notables. En el coste de  la expedición se debía  computar la pérdida  de


cuatro de las cinco naves; a eso se debían añadir los sueldos, las recompensas para el
piloto y los adelantos; en la suma de gastos, tenía que ir incluida la artillería que no era
del barco y las armas, y luego estaban los aparejos y todo el coste por la adquisición de
víveres   y   vituallas;   y,  ¡cómo   no!,  las   cosas   para   dádiva   o   regalos:  martillos,  faroles,
tambores,   pez   y   alquitrán,   guantes,   cochinilla   de   Valencia,   terciopelos   de   colores,
plomo, espejos, seis astrolabios, veinte libras de azafrán, brújulas, peines y otros gastos.
Todos   los   costes   de   la   expedición   mencionados   sumaron   finalmente   8   334   335
maravedíes.

La venta de 381 fardos de clavo en el mercado tuvo un beneficio neto modesto. Ya
hemos   visto   que   supusieron   9   000   000   de   maravedíes,   y   si   deducimos   los   costes
mencionados arriba, el saldo que arroja es de 665 665 maravedíes de ganancia neta.

Muchos de los inversores, y sobre todo Haro, alzaron su voz para protestar por la
cortedad del beneficio. La decepción de los que habían aportado capital —al margen de
Haro— fue aún mayor porque los beneficios ni siquiera se habían materializado. Se
esperaba «quatrodoblar», como se decía en la época , lo que hubiese supuesto casi 89
233

000 ducados de oro, y no el precio bruto del valor del clavo de Elcano, que no pasaba de
24   000   ducados   una   vez   deducidos   los   cuantiosos   gastos,   concretamente   22   224
ducados, con lo que quedaron netos 1176 ducados de oro de beneficio a repartir.

Turner lo ve desde el punto de vista práctico: «Un pequeño cargamento de clavo
financió la primera circunnavegación del globo terrestre »; pero el banquero burgalés
234

tenía otra opinión.

Al regreso de la Victoria el emperador Carlos I ordenó a través de una cédula que
dictó en Valladolid, que se entregase a Cristóbal de Haro —que había comprometido
5013   ducados   de   oro,   la   mayor   parte   en   mercaderías —   todo   el   clavo   que   la   nave
235

transportaba. Haro envió un apoderado para recoger el cargamento que luego vendió a
Enrique  Ehinger, agente de los Belzares, y obtuvo importantes réditos. Por lo tanto,
quien terminó sufriendo las mayores pérdidas fue la Corona, que había aportado 17 453
ducados de oro en la empresa.

El embajador portugués, Álvaro da Costa, se diría que intuyó o supo que el negocio
había sido de «poca importancia», ya que cuando nuevamente se quejó al emperador
Carlos I por la expedición de Magallanes, lamentó que «un negocio tan incierto y de tan
poca importancia» hubiese tensado las relaciones entre los dos monarcas. Sí, era cierto,
pero como señaló Elcano al rey Carlos I en su informe de 6 de septiembre de 1522 en
Sanlúcar:

…aquello que más debemos estimar y temer es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la
redondez del mundo y que yendo para el occidente hayamos regresado por el oriente.

Esa fue la gloria de Juan Sebastián Elcano y de la expedición financiada por la
Corona.
La frustración de los portugueses ante la epopeya de Elcano, que circunnavegó la
Tierra por vez primera en la historia, no tuvo límites. Y es que, al parecer, importaba
más la gloria que el oro. Ambos países, sin desdeñar el oro, otorgaban mayor valor a la
gloria de la travesía. El disgusto portugués fue evidente y la irritación del monarca fue
aún mayor por no haber podido impedir la expedición ni a su salida, en 1519, con las
maquinaciones de los cónsules y agentes portugueses en Sevilla, ni a su llegada, en
1522, cuando se enviaron galeones desde Cabo Verde para dar caza a la Victoria que ya
ponía proa a Sanlúcar bajo el mando de Juan Sebastián Elcano.

No obstante, los portugueses poco podían culpar a Magallanes de protagonizar la
vuelta alrededor del mundo, porque, recordemos que, cuando Elcano llegó a Sanlúcar
de donde había salido hacía tres años, y completó la vuelta al mundo por primera vez
en la historia de la humanidad, hacía exactamente un año, cuatro meses y seis días que
Magallanes había muerto.

La contrariedad, no obstante, se dilató en el tiempo, e incluso parece que aún se
atisban  versiones disconformes en publicaciones y  homenajes en el país vecino, con
ocasión del Quinto Centenario de la gesta.

El viaje supuso un gran coste en vidas, en pérdidas de naves, en aprestos y en
sueldos para tan poco beneficio. Las especias no lo compensaron, la gloria sí. Demos a
Magallanes la suya, porque el descubrimiento del estrecho que lleva su nombre fue una
gesta inigualable, y a Elcano y a la Corona de España la que les corresponde por la
llegada a las Molucas desde el oeste y por la primera circunnavegación de la Tierra.

La Trinidad en Tidore

¿Qué había sucedido entretanto con la Trinidad después de su rehabilitación en Tidore?

La nao, una vez reparada del estropicio ocasionado por el caracolillo y vuelta a
cargar con sus fardos de clavo, 800 quintales concretamente, se hizo a la mar el día 6 de
abril de 1522. Un total de 53 europeos, a quienes se había sumado el portugués Lorosa y
su familia, emprendieron viaje para tratar de regresar a las Indias por el Pacífico central.
Gómez   de   Espinosa   mandaba   la   nave   que   había   sido   cuidadosamente   revisada,
carenada y aderezada en casco y aparejo. El esmero de aquel trabajo venía exigido no
solo por el quebranto que la pobre nao había sufrido, sino por el hecho de que estaba a
punto   de   afrontar   una   travesía   por   latitudes   y   con   tiempos   imprevisibles   que   se
calculaba en dos mil leguas . 236

El día 20 de abril lograron llegar a las islas Marianas. El 3 de mayo vieron dos islas
pequeñas, que podían estar a 5 grados poco más o menos, a las que les pusieron el
nombre   de   San   Antonio.   Tomando   bordos   de   una   y   otra   banda   por   tener   vientos
contrarios,   remontaron   al   norte   hasta   42   grados.   Carecían   ya   de   pan,   vino,   carne   y
aceite. Se mantenían a base de agua y arroz y tenían que soportar un frío lacerante.
Comenzó la gente a morir. No tenían con qué cubrirse y, viendo cómo se deterioraba la
situación, determinaron regresar  a las Molucas cuando casi habían alcanzado  la isla
japonesa de Hukkaido . 237

Del  medio   centenar   de  expedicionarios  que   iniciaron  la aventura   de  la  Trinidad


solamente regresaron a las Molucas su capitán y diecisiete hombres.

El capitán Antonio de Brito y los supervivientes españoles

Mientras esto ocurría, los españoles que habían permanecido en Tidore, realmente una
decena,   liderados   por   el   escribano   Juan   de   Campos,   trataban   de   asentarse
paulatinamente en la isla y preparar las bases para iniciar ordenadamente el comercio
con las especias.

A la muerte de Francisco Serrao, el virrey portugués firmó el nombramiento de
Antonio de Brito como capitán del fuerte en Ternate. Sería él quien realmente iba a
asegurar la presencia portuguesa en el baluarte, completando su edificación. Para ello
iba a traer de Goa piedra de construcción y armas para la defensa.

Los españoles que habían quedado en guarnición en Tidore tendrán que vérselas
ahora con una nueva amenaza. En mayo de ese año de 1522, al día siguiente de que la
Trinidad  zarpase   con   Gómez   de   Espinosa   buscando   el   retorno   a   Nueva   España,   el
capitán Antonio de Brito iba a llegar a Ternate. A De Brito le vamos a ver jugar un
aciago papel con los españoles asentados en las Molucas a partir de ahora.

Las órdenes que traía eran muy concretas: construir definitivamente la fortaleza
que  había diseñado  Serrao  en Ternate; establecer  una robusta presencia  comercial  y
militar   portuguesa   en   las   Molucas   y   expulsar   a   los   españoles   que   amenazaban   la
soberanía de Portugal y el comercio de sus especias. La irritada corte portuguesa estaba
decidida a asentar su presencia en el archipiélago.

Antonio   de  Brito   partió  desde  Goa con siete   naves  y  cerca  de   600 hombres.  Se
reforzó en Banda con más efectivos e hizo mayor acopio de armamento y munición;
embarcó  cañones  de   bronce,   pólvora,  mosquetes,   equipamiento   y   materiales   para  la
edificación del fuerte, piedra de construcción, artesanos, marineros y soldados. A su
llegada   fue   recibido   por   una  numerosa   escolta   de  kora­koras  de   Ternate.   El   príncipe
Tarrawese le dio la bienvenida, impresionado por el despliegue del que hacía gala el
nuevo gobernador y capitán de la fortaleza de Ternate.
Antonio   de   Brito   era   demasiado   joven,   demasiado   inexperto   y   demasiado
impulsivo   para   aliviar   tensiones,   como   las   que   existían   entre   los   indígenas   y   los
portugueses, y las suyas propias con los castellanos. No tenía nada que ver con el papel
diplomático que había bordado Francisco Serrao, y además tenía órdenes concretas de
actuar sin contemplaciones. Con el fin de afirmar su autoridad, y al poco tiempo de
haber llegado a la isla, llevó a cabo dos gestos audaces: envió una expedición de castigo
a   Batjan   para   someter   a   los   campesinos   que   habían   hostigado   a   los   comerciantes
portugueses y remitió un ultimátum a los españoles que se encontraban en Tidore para
que abandonasen la isla.

Hubo resistencia. Las kora­koras de uno y otro lado se enfrentaban en las aguas que
ceñían las dos islas, con suerte alternativa.

Mientras las escaramuzas tenían lugar y los españoles resistían con el apoyo de los
tidores, el capitán portugués Abreu se sorprendió una mañana con una aparición casi
espectral. La  Trinidad  de Gómez de Espinosa entraba como un buque fantasma por el
canal que separaba las islas de Tidore y Ternate, sin que los portugueses se atrevieran a
abordarla   por   el   hedor   que   despedían   nao   y   supervivientes.   La   remolcaron   hacia
Ternate para examinarla. La nao estaba medio destrozada por travesías y huracanes.
Poco después, desembarcados los tripulantes —de los 53 que zarparon muchos habían
fallecido—, fueron hechos prisioneros por orden del capitán De Brito.

Entre   ellos   se   encontraba   Lorosa,   que   fue   juzgado   como   traidor   y   decapitado.
Antonio de Brito ordenó confiscar todas las cartas, astrolabios, cuadrantes y libros de
navegación con las anotaciones y referencias a las islas descubiertas, así como lo que
quedaba de pertrechos y armas. La nao fue desguazada por completo y parte de sus
maderos se utilizaron en la construcción del fuerte Sao Joao Batista en Gammalamma
(futuro fuerte de Nuestra Señora del Rosario), a cuya tarea se consagraba De Brito con
pasión, y tomó la decisión de que era el momento de repatriar a los supervivientes de la
Trinidad y terminar con el reducto español en las islas. Informaba al rey de Portugal:

Púsose por escrito la hacienda del rey de Castilla y se tomaron las cartas y los astrolabios. Se empezó
a  descargar  la nao,  que  era vieja y  que  hacía  mucha  agua. La  madera  sirvió  para  la fortaleza  y sus
aparejos para otros navíos238.

Resuelto a terminar con la situación, atacó el emplazamiento español en Tidore y
tomó prisioneros a los que se habían quedado guardando el almacén —el futuro fuerte
Rum—, que arrasó. De acuerdo con el informe enviado por De Brito después de su
ataque y asalto al almacén de los españoles en Rum, la «hacienda que restaba en Tidore
a los castellanos era  1125 quintales  y 32 libras de  cobre,  2000 libras de azogue, dos
quintales   de   hierro   y   tres   lombardas   de   cepo   de   hierro,   uno   es   pasamuro   y   dos
roqueiras, é 14 versos de hierro sin ninguna cámara».
Incautaron también «tres anclas de hierro, otra grande y otra quebrada, 9 ballestas,
12 espingardas, 32 petos, 11 servilheiras, 3 cascos, 4 anclas, 53 barras de hierro» y la
artillería   incautada   no   terminaba   con   la   referencia   a   las   lombardas   y   versos
mencionados,   puesto   que   incluían   también   en   el   inventario   «6   versos   de   hierro,   2
falconetes de hierro, 2 bombardas gruesas de hierro con cuatro cámaras y 1275 quintales
de clavo» .239

Todo ello fue aprovechado por De Brito, que informaba:

Del cobre que tomé a los castellanos hice moneda para pagar gente (…) espero de acabar bien pronto
esta fortaleza (…) Escribo a Chainho para que me mande estaño para hacer monedas porque creo la
tomará esta gente mejor que la de cobre y con ella podrá comprarse clavo.

Las 2 bombardas gruesas, las 3 lombardas de cepo y los 2 falconetes, podrían pasar
a engrosar la artillería del Gammalamma, mientras que las piezas ligeras servirían para
artillar su flota de fustas, colocando los 6 versos, ya que los otros 14 que no tenían
cámara podrían apañarse, pero necesitarían arreglo.

Todos   los   prisioneros   fueron   llevados   a   Banda,   donde   muchos   murieron.   Unos
cuantos   fueron   recluidos   en   Cochin   y   posteriormente   trasladados   a   Lisboa   en   1526,
cuatro   años  después   —entre   ellos  Gómez   de   Espinosa,   el   piloto   Leone   Pancaldo,   el
artillero  noruego  Hans Vargue, Ginés de Mafra y Tomás Rodríguez—,  desde donde
regresaron a España gracias a las gestiones del emperador Carlos I.

Quedaban así los portugueses dueños del archipiélago.

Una vez que liquidó la presencia castellana en Tidore, Antonio de Brito decidió
cumplir los otros objetivos asignados a su misión, que pasaban por institucionalizar la
presencia   portuguesa   en   las   islas   a   través   de   un   creciente   comercio   y   de   la
administración del archipiélago, que él representaba como gobernador y comandante
de   la   fortaleza   portuguesa   de   Ternate,   cuya   terminación   figuraba   como   objetivo
prioritario en las órdenes que había recibido en Goa.

El emplazamiento elegido por Serrao, en la costa sureste de la isla de Ternate, se
encontraba cerca del palacio real del sultán, y al borde de la ciudad y de la ciudad vieja
de Gammalamma. Por las escasas noticias que tenemos de esa primitiva construcción, el
fuerte se rodeó de una empalizada de adobe con estructuras de caña y paja. Convertir
esa endeble obra en una edificación sólida, de piedra, no fue labor de meses, como
originalmente se pretendía, sino de décadas, en el transcurso de las cuales los sucesivos
capitanes portugueses, españoles y holandeses la fueron mejorando, pues el fuerte pasó
frecuentemente de unas manos a otras.
Cuando   la   primera   piedra   fue   colocada,   el   24   de   junio   de   1522,   uno   de   los
capellanes portugueses bautizó la estructura como fuerte Sao Joao Batista en honor del
santo del día, si bien el fuerte o castillo sería llamado por los nativos Gammalamma o
Gamlamo y más tarde fue conocido por los españoles como fuerte de Nuestra Señora
del Rosario o Ciudad del Rosario. La zona donde está hoy aún se llama Kastela, de
indudable origen etimológico. Era la ciudad vieja de Ternate.

La pared exterior de la fortaleza encerraba un espacio de 26 o 27 brazas cuadradas
portuguesas y era un edificio de dos plantas . Ese día «dijeron solemne misa, celebrada
240

mucho   con   la   artillería   de   los   barcos» .   Según   la   descripción   de   Correia,   el   fuerte


241

original  tenía  dos  torres   cuadradas,  muros  de  treinta  brazas   laterales,  un  muro   que
corría a lo largo de la fachada de la playa y una torre del homenaje central.

El capitán y sus maestros de obra marcaron los contornos con un vallado exterior
«con bastiones en forma de flor de lis y dos torres de pisos en los costados, con espacio
en el interior para almacenes, cuartel, residencia y diversas instalaciones útiles para el
comercio y la defensa» . 242

De Brito tomó la edificación como su propia obra maestra y a diario acudía para
verificar   los  progresos  de   la  construcción   que,   para  su  frustración,  progresaban   con
perezosa lentitud. Se terminó en 1523, aunque el gobernador Antonio Galvao finalizó y
remató las defensas en 1536.

Hanna y Des Alwi señalan, a su vez, que el fuerte estaba protegido por un gran
cañón de bronce sobre muros de piedra y en su guarnición contaba al menos con 100
hombres bien armados.

El   «castillo­palacio­ciudad»   daba,   naturalmente,   al   puerto,   pero   estaba   bien


resguardado porque el atacante que quisiera acercarse por mar y hacer valer el poder de
fuego de su artillería embarcada contra los bastiones del fuerte tenía que sortear dos
arrecifes de coral y dos bancos de arena sumergidos en la boca del puerto, lo que hacía
casi imposible la aproximación para una nao bien artillada. Ese accidentado acceso era
solo practicable para embarcaciones de mínimo calado. Y la potencia de ataque, en ese
caso, disminuía drásticamente. Podía aguantar sitios o lanzar desde su base operaciones
punitivas por tierra o por mar, a aquellos que amenazasen su seguridad o su comercio.
Todos   los   que   estaban   bajo   su   abrigo,   capitán,   mercaderes,   soldados,   capellanes   o
incluso   esclavos,   tenían   su   oportunidad   y   sacaban   su   tajada   en   las   importaciones   y
exportaciones.   Prácticamente   todos   llegaban   con   una   mano   delante   y   otra   detrás,   y
regresaban a Goa o a Portugal con fardos de clavo. Con lo cual el interés por mantener
el status quo creado era compartido unánimemente.
5
El comercio de las especias.
La Casa de la Contratación de La Coruña

L A REALIDAD DEL COMERCIO AMERICANO  diferenció pronto las armadas que debían
ser enviadas a las Indias, en empresas de descubierta o de conquista, de aquellas
otras destinadas al mundo de las especias.

Para dirigir y controlar las primeras se creó la Casa de la Contratación de Sevilla en
donde, aparte de algunas armadas equipadas por la Corona, los particulares tenían un
papel protagonista en su sostenimiento y financiación.

Sin embargo, animados por el éxito del viaje de Elcano, se pensó que el comercio y
el tráfico de las especias debían tener un tratamiento distinto al de la Casa de Sevilla,
que  llevaba   camino  de  irse   convirtiendo   en  la  urbe   financiera  y  comercial,   básica  y
capital   en   las   operaciones   importantes   de   importación   y   exportación   a   las   Indias.
Castilla, vinculada desde la Edad Media al norte de Europa a través de los mercados de
Burgos,   las   dos   Medinas   y   Valladolid,   había   ido   perdiendo   fuelle   ante   el   empuje
sevillano.   El   proyecto   de   una   Casa   de   la   Contratación   en   La   Coruña,   que   tratase   y
controlase   el   negocio   de   la   Especiería,   significaba   tanto   la   oportunidad   de   abrir   y
organizar nuevas rutas y operaciones comerciales como la de la parcelar el monopolio
de Sevilla.

Pero, aunque la idea iba madurando, faltaba aún convencer al joven monarca y
quebrantar la resistencia del influyente grupo de poder de Sevilla asociado a la Casa de
la Contratación, que no veía con buenos ojos las iniciativas del establecimiento de otra
entidad de contratación que no fuera la andaluza. Peor aún, los rumores daban por
cierto   que   esa   otra   institución   de   la   que   se   hablaba   podría   dirigir,   controlar   y
administrar nada menos que el suculento negocio del comercio de especias.

Si realmente La Coruña quería optar a albergar una Casa de la Contratación propia
que se encargase del tráfico de la Especiería, debía luchar contra dos competidoras de
peso para tener serias posibilidades de que su candidatura fuese elegida: una, la ciudad
de Sevilla. La otra, la que se había configurado como la capital europea de las especias:
Lisboa.

La Casa de la Contratación en Sevilla
La   ciudad   andaluza   había   tomado   vuelo   desde   1503,   al   establecer   su   Casa   de   la
Contratación, que era, hay que recordarlo, el primer organismo administrativo creado
para el  Nuevo  Mundo. De hecho, la Casa fue un auténtico  hallazgo  burocrático.  La
extensión territorial del Imperio —la Monarquía Hispánica, como se llamaba entonces—
precisaba de una entidad dirigente que regulase y contratase el comercio y ordenase el
tráfico   marítimo   con   las   Indias.   El   nacimiento   de   ese   establecimiento   mercantil   y
comercial se justificaba también por la necesidad de acabar con los viajes de exploración
y  rescate  de los particulares  que  iban en detrimento  del control de la Corona en la
negociación   indiana.   El   comercio   necesitaba   un   cierto   orden   y   unas   garantías   que
pusieran coto a los abusos y al desorden que comenzaban a imperar a manos de los
particulares, encomenderos, contrabandistas, soldados de fortuna y aventureros.

Las ventajas de Sevilla para albergar un centro de ese calado, habían sido varias, ya
que reunía una serie de cualidades que la hacían el lugar idóneo donde gravitasen todas
las actividades de gestión relativas al comercio y a la navegación con las Indias. Esas
cualidades   seguían   intactas   en   el   momento   en   que   se   discutía   la   oportunidad   de
organizar el tráfico comercial de las especias.

En primer lugar, disfrutaba de un buen puerto, excelente en capacidad y seguro
para protegerse de ataques exteriores. El puerto estaba, además, situado en la derrota
más   corta   para   las   Indias   y   eventualmente   para   las   Molucas.   Sevilla   mantenía
igualmente una comunicación fácil con las zonas agrícolas circundantes, que permitían
el  rápido  aprovisionamiento de  los navíos de  armada, sobre  todo en tres productos
básicos: trigo, aceite y vino . 243

La   ciudad   ya   disponía   en   1503,   de   una   entidad   sólida   y   eficaz   dotada   de   una


organización   ordenada,   basada   en   las   ordenanzas   fundacionales   que   detallaban   sus
atribuciones en el ámbito comercial, náutico y judicial.

Merece la pena, de modo breve, entrar a analizar los cometidos de la Casa de la
Contratación,   con   cierto   detalle,   pues   no   me   resigno   a   omitir   el   hecho   de   que   el
minucioso control y la eficaz organización de la Casa, fueron los ingredientes básicos
que lograron el comercio exitoso, ordenado y fructífero entre la Península, América y
Filipinas desde 1503 hasta su extinción en 1790.

La institución estaba regida por tres cargos: el factor, el tesorero y el escribano.
Todos ellos eran personas influyentes en aquella Sevilla de principios del siglo   XVI. A
ellos   les  correspondía  una  amplia gama de   cometidos  de   la  mayor  responsabilidad.
Entre sus funciones destacaban la compra y embarque de mercancías; el equipamiento y
abastecimiento de los buques y el acopio de todo tipo de aprestos navales, armas, piezas
de artillería y municiones, ya que no pertenecían a la nave, sino que se incorporaban a
ella como parte del aparejo. La Casa comprobaba y registraba nombre y datos de cada
marinero,   oficial   o   pasajero,   cada   pieza   de   artillería   y   cada   bulto   de   municiones,
mercancías o víveres . También tenían encomendada la gestión del oro, la plata, las
244

perlas   y   las   piedras   preciosas   procedentes   de   América   y   pertenecientes   a   la   Real


Hacienda y, en fin, se ocupaban de la administración, de los manifiestos de carga de los
buques, de reseñar sus entradas y salidas, del listado de los pasajeros, de las mercancías
y de los bienes. Y no, en último lugar, de las cuentas de la Casa, que se consignaban en
los libros correspondientes.

La institución ejercía asimismo misiones de protección y custodia. Para la caza y
destrucción de los corsarios, enviaba escoltas a los mercantes que irresponsablemente
navegaban aislados, una práctica vulnerable que fue corregida después por Menéndez
de   Avilés   cuando   propuso   el   método   de   navegación   en   convoyes   de   la   Carrera   de
Indias. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:

En   1512,   por   orden   de   la   Casa   de   la   Contratación,   dos   barcos   zarparon   hacia


Canarias a la caza de dos buques corsarios franceses que andaban al acecho de naos
procedentes de las Indias; al año siguiente, una real cédula ordenó a los funcionarios de
la Casa que enviaran carabelas armadas para patrullar las costas de Cuba en previsión
de ataque de los piratas franceses; en 1521, ante la captura de dos carabelas cargadas de
caudales por piratas franceses, se despachó una escuadrilla de naos de guerra al mando
de don Pedro Manrique para recorrer las aguas del cabo de San Vicente; en ese mismo
año,   la   Casa   de   la   Contratación   prohibió   la   navegación   de   buques   sueltos   —fáciles
presas— desde la salida de Sevilla en viaje de ida y desde la salida de La Habana en
viaje   de   regreso   y   en   1522   equipó   tres   carabelas   al   mando   de   Domingo   Alonso   de
Amilivia, para escoltar hasta Canarias once barcos en viaje a las Indias.

El   cuidado,   atención,   disciplina,   seguridad   y   control   de   todo   esto   no   era   una


cuestión baladí. Además de evitar el latrocinio y las pérdidas de las propiedades de los
particulares, la Casa debía velar por los intereses fiscales de la Corona. En su nombre se
cobraban dos tipos de impuestos al tráfico de mercaderías: el llamado de Avería y el de
Almojarifazgo.   Los   impuestos   se   recaudaban   para   contribuir   a   los   gastos   de
mantenimiento de las armadas y al sostenimiento de ellas, que escoltaban a las flotas
comerciales y que eran costosos, y más para las enflaquecidas arcas de la Monarquía
Hispánica, agobiadas y consumidas por los permanentes gastos de los compromisos de
su política exterior.

El   exhaustivo   control   no   siempre   conseguía   impedir   el   contrabando.   Los


funcionarios de la Contratación llevaban listados exactos y meticulosos de los fardos y
zurrones, con los sellos y cifras de la Casa marcados a fuego, que contenían mercancías
minuciosamente escudriñadas.
Lope de Vega, que posiblemente fue testigo de las maniobras de estiba en las naos
durante el tiempo que vivió en Sevilla (1603), lo recoge en el diálogo entre doña Laura y
doña Urbana:

Doña Urbana: Mejor será que lleguemos

hasta la Torre del Oro,

y todo ese gran tesoro

que va a las Indias veremos.

Doña Laura: Como cubierto se embarca,

no mueve mis pasos tardos.

¿De qué sirve el ver en fardos

tanta cifra y tanta marca?  . 245

Aquellos   fardos   cargaban   terciopelos   de   Valencia,   tafetanes   de   Toledo,   calzado,


sombreros, bayetas, trigo, papel, libros, cuero, vidrio, hierro, herramientas y armas; y en
botas, barriles y tinajas, se transportaba vino, aceite de oliva, vinagre y aceitunas. Pero
siglos   más   tarde,   al   excavar   algunos   pecios   y   relacionar   algunas   piezas   de   la   carga
encontrada con los manifiestos oficiales, se pudo comprobar —en más de un caso— que
el contrabando, sobre todo en los viajes de regreso a Sevilla, no era una práctica inusual,
especialmente en lo relativo a pedrería y joyas no declaradas.

Las órdenes del rey reflejaban, en ocasiones, la frustración de su Consejo ante el
continuo contrabando de tesoros que se antojaba prácticamente imparable, a pesar de
las   estrictas   inspecciones   a   las   que   se   sometía   a   las   flotas   que   llegaban.   La   única
esperanza de incrementar los ingresos de la Corona procedentes de las Indias consistía
en una extraordinaria diligencia por parte de los comandantes de la flota y maestres de
la plata. Lo cual no siempre era el caso . 246

En el comercio con las Indias, la Corona se reservaba el monopolio de los productos
caros: la sal, el tabaco, el papel sellado, el azogue, la pólvora y los naipes, mientras que
las demás mercaderías quedaban a disposición del particular.

Al   margen   de   esos   productos   reservados   a   la   Corona,   existía   un   monopolio


comercial en todos los territorios del Imperio, tanto en las operaciones de compraventa
como   del   transporte   de   todo   tipo   de   mercancías   y   personas   entre   las   Indias   y   la
Península. A las operaciones de compraventa de mercaderías y a su transporte, solo
podían acceder los españoles autorizados para ello por la Corona, a través de la Casa de
la Contratación,

Esta política que consagraba el monopolio, fue denunciada áspera y reiteradamente
por Inglaterra , Holanda y Francia y frente a la cual se airearon todo tipo de críticas
247

afiladas contra la intransigencia de la Corona de España, especialmente en Londres y
Ámsterdam.   Fueron   precisamente   esas   prácticas   del   monopolio   y   de   exclusión   del
comercio a los extranjeros, las que aplicarían la Corona británica y la corte holandesa
pocos años después, cuando estuvieron en condiciones de tener un imperio colonial
propio,   productor   de   bienes   y   servicios.   La   práctica   monopolística   de   británicos   y
holandeses  fue, en sus rasgos básicos, exactamente  igual a la española, o más dura,
como reflejan casos de los Países Bajos en las Molucas talando los árboles claveros de las
plantaciones que no pertenecían a la VOC o castigando con pena de muerte al infractor
del monopolio.

Por su parte, la dirección mercantilista en el comercio de Gran Bretaña, prohibía a
los   extranjeros   comerciar   en   el   interior   de   Inglaterra,   penalizaba   las   importaciones,
subvencionaba   las   exportaciones   y   obligaba   a   las   colonias   a   producir   solo   materias
primas y a comerciar únicamente con Inglaterra. No era, pues, una receta muy distinta a
la española, que habían criticado sin tasa. En sus colonias, ninguna compañía que no
fuese británica podía comprar ni hojas de té. Y ello permaneció así hasta la expansión de
las   doctrinas   del   libre   comercio   (The   Wealth   of   Nations)   de   Adam   Smith,   con   cuya
aplicación trataba de minimizar el papel de las sociedades comerciales oligárquicas y
monopolísticas. ¡Pero eso no llegó hasta 1776, a punto de comenzar el siglo XIX!

Francia hizo lo mismo con sus colonias africanas.

Pues   bien,   la   Casa   verificaba   minuciosamente   el   desarrollo   del   monopolio


comercial   con   América   y   toda   la   tramitación   de   los   documentos   relativos   a   las
mercancías y a la navegación. Cada barco que navegaba entre Sevilla y las Indias tenía
que registrarse en la Casa a la ida y a la vuelta. Los manifiestos de carga de las naves
eran cuidadosamente anotados . Nave, compañía y cargamento quedaban registrados
248

en Sevilla como hoy día lo hacen todas las compañías consignatarias de navegación
modernas. Era una máquina bien engrasada, un modelo de organización burocrática
adelantada a su tiempo, que fue muy a la vanguardia de las compañías mercantiles
establecidas en otros países europeos y que solo a partir de 1599 —ese fue el caso de la
Compañía Británica de las Indias Orientales— se inspiraron en el modelo, aunque no
tuvieran idénticas características o misiones.

Las competencias náuticas de la Casa reflejaban también un espíritu científico y
avanzado.   Pilotos   y   cosmógrafos,   como   Juan   de   la   Cosa,   Vicente   Yáñez   Pinzón   o
Américo Vespucio, figuraron en las nóminas de la Casa de la Contratación. Este último,
desde   1508   recibió   el   nombramiento   de   piloto   mayor,   que   fue   el   primer   empleo
científico   creado   por   la   administración   de   Indias.   El   piloto   mayor   examinaba   a   los
pilotos de la Carrera de Indias y dibujaba, comprobaba y, en su caso corregía, las «cartas
de marear». Sucedieron a Américo Vespucio, nombres de peso como Juan Díaz Solís,
Sebastián Caboto o Rodrigo Zameno.

En 1512 se decretó la obligación de que el piloto mayor confeccionase un Padrón
Real,   es   decir,   una   especie   de   catálogo   o   manual   de   referencia   que   contuviera   la
mención   y   descripción   de   todas   las   tierras   descubiertas,   del   cual   se   obtendrían   en
adelante todas las cartas de marear. De ese modo, con la información actualizada de
todos los descubrimientos contenida en el Padrón Real, se dibujaba la cartografía. El
padrón   se   iba   completando   y   mejorando   con   los   testimonios   de   los   pilotos
expedicionarios,   que   tenían   la   obligación   de   informar,   al   regreso   de   sus   viajes   y
travesías, de cuantos nuevos datos hubieran descubierto; las reseñas y referencias eran
incorporadas por el piloto mayor y los cosmógrafos. Juan de la Cosa lo había iniciado en
1500 y la Casa perfeccionó y continuó su trabajo.

Dentro del espíritu científico que se impulsaba desde la Casa, no quiero dejar de
señalar un interesante capítulo relativo al desarrollo de las técnicas submarinas para la
recuperación de los galeones hundidos o de los objetos de valor que se encontraban en
ellos  o para el desarrollo de la pesca de perlas. Las técnicas de recuperación submarina
249

de los galeones hundidos o la necesidad de proceder a reparaciones en alta mar bajo la
línea de flotación —señala quien fue jefa de investigación del Museo Naval de Madrid,
María Dolores Higueras— hicieron cada vez más necesaria la presencia de un buzo a
bordo de los buques, o «buzano» como se le llamó entonces. En las láminas en tinta
sepia que adornan el manuscrito Pesca de perlas y busca de galeones pueden verse algunos
ejemplos con sus correspondientes explicaciones:

Cosido en la baqueta en la parte que le cae enfrente de los ojos unos anteojos de Cristal con los cuales
ve todo lo que hay debajo del agua (…) y para coger aliento tiene en la misma baqueta, en la parte que
cae enfrente de la boca, una manga fecha de baqueta muy cosida.

Podían descender, según el manuscrito, hasta 25 brazas, es decir, casi 42 metros de
profundidad, aunque no creo que llegasen a trabajar nunca a esas profundidades. El
invento debió funcionar a honduras menores porque en el propio manuscrito se señala
por Pedro de Ledesma:

Esta invención la hice yo, el año 1623, en los dos cayos de Matacumbe para buscar los planes de los
dos galeones con la plata, la Margarita y el galeón de don Pedro Pasquier, hallé el uno en 3 braças250.

Más tarde, en la narración que del rescate hace Navarrete   se refiere lo siguiente
251

respecto al galeón Santa Margarita hundido en 1622:
El capitán Gaspar de Vargas (…) se quedó a sacar la artillería y plata (…) Acerca de la plata de la
almiranta, el dicho capitán Gaspar de Vargas da buenas esperanzas de que sacará, porque estuvo en ella
cinco o seis días y sacó dos piezas de artillería de encima del alcázar…

La   lista   de   atribuciones   de   la   institución   incluía   también   las   judiciales   en   los


terrenos civil y mercantil. Estas funciones se llevaban a cabo por jueces­oficiales que
eran asistidos por letrados y jurista de la Casa de la Contratación.

Una   inspección   sobre   autorizaciones   y   licencias   a   los   pasajeros   cerraba   las


competencias de la Casa. No todo el que quisiera podía embarcarse hacia ultramar. Para
pasar a las Indias era preciso obtener una licencia especial controlada por la Casa, que
además la vigilaba minuciosamente —a través de los libros de registro de pasajeros—
para   evitar   que   embarcase   persona   no   autorizada   o   conversos   penitenciados   por   la
Inquisición o descendientes de moros o de judíos.

Lámina de Busca de perlas y busca de galeones, publicado por Pedro de Ledesma en 1623. Sección de Manuscritos
del Archivo. Museo Naval de Madrid.

A la muerte de Isabel la Católica, su viudo, el rey Fernando de Aragón, autorizó a
los aragoneses a atravesar el océano e instalarse en las Indias con carácter público o
privado. Durante el reinado de Felipe II, se flexibilizó más la licencia ampliándose a
todo comerciante que quisiese dedicarse al tráfico con las Indias. La única condición que
se le exigía era ser español o extranjero católico, llevar residiendo en España un mínimo
de diez años y haber obtenido para este fin «carta de naturaleza» . No existían más 252

limitaciones con el pasaje. La cuestión huidiza de la trata de negros raramente estaba en
manos   de   los   españoles   que   no   tenían   posesiones   en   África   subsahariana.   Fueron
principalmente   los   portugueses,   expertos   en   este   tipo   de   comercio,   con   territorios   y
factorías en África, los asentistas de la renta de esclavos y a ellos se sumaron más tarde
los holandeses, genoveses e ingleses . 253

Lisboa, capital de las especias

Con una entidad como la Casa de la Contratación en Sevilla, el Concejo de La Coruña
necesitaría   razones   muy   poderosas   que   pudieran   justificar   que   una   Casa   de   la
Especiería en su ciudad pudiera ser un fiel reflejo de la de Sevilla y, sobre todo, que
pudiera dominar, gestionar y controlar el complejo mundo del comercio de las especias.

Pero no solo era Sevilla. La ciudad andaluza mostraba su escepticismo a la hora de
pensar que La Coruña pudiera replicar el modelo que se había instaurado con la eficaz
y modélica Casa de la Contratación y aceptaba el reto, pero además estaba Lisboa. Esta
era una dificultad mayor. Contra Lisboa no se competía por duplicar el establecimiento
comercial de una entidad administrativa, aunque fuera de élite que, a fin de cuentas, era
un debate distinto sobre formas burocráticas. Lisboa, a poca distancia la ciudad gallega,
arrojaba dudas sobre la capacidad de La Coruña para batirla en el terreno comercial,
cuando  en ese momento la ciudad lusa estaba destacando  como la metrópoli de las
especias en Europa.

Portugal se había adelantado a Castilla en su llegada a la Especiería. Cierto era que
no se había establecido formalmente allí, tal y como exigían los complicados cánones de
las conquistas y que había muy serias dudas de si podía hacerlo. Nadie sabía a ciencia
cierta   si   el   archipiélago   de   las   especias   se   situaba   o   no   dentro   de   los   límites   de   la
demarcación española. La bula papal y el arreglo de Tordesillas eran textos plagados de
ambigüedades y frases analgésicas para no herir las susceptibilidades cartográficas de
ambos países. Los dos se atribuían el Maluco. Sin embargo, la sospecha generalizada,
tanto en Sevilla como en Lisboa, era que el trazo de Tordesillas incluía a las islas en la
jurisdicción del rey Fernando y de su hija la reina Juana. En cualquier caso, y todo ello
al margen de los debates teológico­geográficos, lo cierto es que los portugueses llevaban
comerciando  con el clavo, la nuez moscada y la canela desde  1513, fecha en la que
Alfonso  de  Alburquerque   alcanzó  Malaca  y   desde  allí   promovió  el   comercio  con   la
Especiería a través de asentamientos provisionales como el de Serrao en Ternate.
Cuando las especias asiáticas habían comenzado a llegar al Mediterráneo, antes de
1500, el tráfico lo monopolizaban un puñado de mercaderes venecianos. Como afirma
magistralmente   Turner,   «aunque   las   especias   se   habían   convertido   ya   en   un   sabor
compartido   por   todas   las   elites   europeas,   el   suministro   seguía   estando   en   manos
italianas» . El éxito de Vasco da Gama, sin embargo, les abrió un futuro aterrador.
254

Los cargamentos comenzaron a llegar a Lisboa y los comerciantes lusitanos, que
eran plenamente conscientes de las dificultades de acceso de las especias perfumadas a
Venecia y Génova, empezaron a marcar unos precios algo más baratos que los de la
Señoría   de   Venecia.   En   Europa   los   más   asombrados   fueron   los   italianos,   que   eran
quienes más tenían que perder. Lisboa les dejó pasmados. En esas fechas llegaron a
Flandes   dos   barcos   portugueses   cargados   de   especias   y   enseguida   comenzaron   a
venderlas más baratas que los italianos, que durante tanto tiempo habían jugado con los
precios   a   su   antojo   e   interés.   Podían   hacerlo   porque   sus   costes   eran   infinitamente
menores  al romper el cerco  de los intermediarios que encarecían  el intercambio  con
Asia. Aun así, con precios más discretos que los italianos, las ganancias por las ventas
de los codiciados fardos generaban un torrente de ducados de oro que suscitaba las
envidias de todas las cortes europeas. El Atlántico estaba sustituyendo al Mediterráneo.

Lisboa se convirtió de este modo —eso nadie lo dudaba en los primeros compases
del siglo  XVI— en la capital de las especias. Rebosaba riqueza. Controlaba ya la costa
malabar, auténtico imperio de la pimienta negra, y Alfonso de Alburquerque dominaba
militarmente   las   rutas   comerciales   desde   la   península   arábiga   hasta   las   Molucas.   A
partir de entonces los comerciantes de todas las naciones tuvieron que pedir permiso
para   navegar   por   aguas   que   habían   recorrido   libremente   desde   hacía   siglos .   Eran
255

tiempos, escribe Paternain , en los que el lusitano se abría camino con orgullo en sus
256

rutas   coloniales.   Bien   es   verdad   que   esta   situación   de   perfecto   monopolio   para   los
monarcas lusitanos duró hasta 1550 aproximadamente. En esas fechas se producirá la
«revancha mediterránea» , como la denomina Patricio Hidalgo, en el sentido de que la
257

antigua ruta de las especias se reanimó, recuperando una buena parte del tráfico de la
pimienta   y,   aunque,   ello   no   quebró   los   intereses   de   Lisboa,   sí   que   resurgieron,
coexistiendo con la vía atlántica, las viejas rutas de las especias. Con todo y con eso, los
lusitanos gozaron de cerca de cuarenta años de monopolio preferente.

Cuando se pensó en la Casa de la Contratación de La Coruña, Portugal llevaba diez
años de ventaja. Visto todo ello desde La Coruña, desbancar a Lisboa, o simplemente
competir   con   ella,   era   un   reto   laboriosísimo.   Lisboa,   por   flotas   experimentadas,
despliegue   geográfico,   mercados   trabajados   y   situación   próxima   a   los   centros   de
consumo europeos, exhibía distancias casi imposibles de colmar.

La Casa de la Contratación de La Coruña
A pesar de estos inconvenientes, algunas personas tuvieron fe en la idea de La Coruña.
Fernando de Andrade, miembro del Concejo de la ciudad, fue una de esas personas,
pero   sobre   todo   destacó   la   naturalidad   y   el   temple   fogoso   del   banquero   burgalés
Cristóbal   de   Haro,   personaje   atento   a   los   detalles,   cuya   intervención   ya   había   sido
determinante en la expedición de Magallanes­Elcano y que elaboró un memorial en el
que explicaba su apoyo a la creación de una empresa de este porte y su preparación
para ejecutarla. La biografía de Haro ya era de por sí indicativa de su capacidad de
iniciativa y actividad. Cristóbal de Haro, banquero con casa en Amberes desde 1508;
promotor desde Portugal de expediciones a la búsqueda de la Mar del Sur; asociado a
través de sus contactos con la Corona de Portugal y financiero significativo en las ferias
de Burgos y Medina del Campo, fue definitivo en la redacción del memorial al rey, en el
que resaltó las ventajas del establecimiento de una Casa de la Contratación en la ciudad
de La Coruña para el comercio de las especias.

Hernando  de Andrade, capitán general de Galicia, acompañó al banquero  en el


apoyo a su proyecto e incluso invirtió, junto al regidor, de Betanzos, Vasco García, 1428
ducados de oro en la expedición que zarparía desde La Coruña más adelante, la de
García Jofre de Loaysa, y de la que en su momento hablaremos.

Pero frente a Sevilla y Lisboa, ¿qué podía ofrecer La Coruña para que su proyecto
fuese tenido en consideración?

En el memorial entregado al rey  se argumentaron algunas de las ventajas. Otras se
258

añadirían más tarde.

En rigor, nadie podía negar que el puerto de La Coruña fuese un magnífico abrigo,
seguro,   protegido   y,   a   diferencia   del   de   Sevilla   cuyo   acceso   era   complicado,   un
espléndido   puerto   abierto   al   mar   y   no   un   puerto   interior.   La   navegación   por   el
Guadalquivir, además, imponía ciertas limitaciones que se reflejaban en la construcción
naval. Entre ellas, se exigía dictatorialmente a las naos un porte y un tonelaje menor, ya
que así lo obligaba el paso de la barra de Sanlúcar. De vez en cuando, se argumentaba
además desde La Coruña, que el grave inconveniente de los moluscos —la «broma»—
que se aferraban al casco de los barcos y lo agujereaban, no existía prácticamente en
aguas gallegas a diferencia de la ribera de Sevilla, fondeadero de agua dulce, donde en
la época de los grandes calores se criaba «mucho gusano  que hace mucho daño en las
259

naos, y antes de que se despachen salen comidas».

La   idea   prevalente   en   estos   argumentos   era   demostrar   que   la   situación   de   La


Coruña estaba libre de esas hipotecas y desembarazada de servidumbres geográficas.
Estimulada   por   los   augurios,   que   parecían   prometedores,   la   ciudad   mostraba   su
disposición a realizar notables mejoras. El Concejo se comprometía a ayudar en el pago
de la construcción de un gran muelle para la estiba y descarga de las naos, y aceptaba
que se levantasen tres baluartes para dar seguridad y servicio como medida protectora
frente al ataque de los corsarios. El barrio viejo, entre la iglesia de Santiago y el castillo,
y junto al convento de San Francisco, era el sitio perfecto para construir unos almacenes
y la Casa de la Contratación, defendidos por la vieja muralla del puerto . 260

En tiempos del rey Fernando el Católico, en 1511, había emergido la idea de otras
opciones para edificar la Casa de la Contratación de la Especiería, alternando nombres
como Laredo o San Vicente de la Barquera. Esa tentación parecía haber pasado, pero,
para anclar su candidatura, y diferenciarse de otros puertos del Cantábrico, La Coruña
iba a echar el resto desde la perspectiva fiscal y económica. El Concejo, que no estaba
dispuesto   a   que   se   astillase   el   proyecto,   se   comprometía   a   renunciar   «a   cualquier
derecho sobre las mercaderías que se descargasen en tierra y respetar los privilegios y
libertades que el rey otorgase a los mercaderes naturales y extranjeros» . No existían 261

fueros o privilegios que entorpecieran el libre comercio y limitasen la actividad de la
Corona. Todo eran facilidades.

Y luego, además, se argumentaban valiosas consideraciones comerciales sobre el
mercado.

El mercado de las especias era esencialmente europeo. La Coruña se encontraba
situada en el comienzo de la ruta que podía hacer llegar las especias a través del golfo
de Vizcaya, hasta los puertos del canal de la Mancha, del mar del Norte, a las ciudades
hanseáticas y al Báltico.

Debe decirse que el motivo que tuvimos el César (Carlos I) y nosotros, su Consejo, para que esta
negociación de la Especiería se tratara en el puerto gallego de La Coruña (…) a más de su seguridad para
dar abrigo a las naves, es que está situado en el lado de España que mira en camino recto y corto a la
Gran Bretaña262….

Y su competencia en precios era lo que rondaba en las cabezas de los promotores
cuando   pensaban   en   el   pulso   que   iban   a   echar   a   Lisboa.   La   política   de   precios
relativamente   moderados   sobre   las   especias,   que   había   forzado   Portugal,   podía   ser
combatida por La Coruña tirando aún los precios a la baja. Para los importadores de
especias europeos, estando La Coruña más próxima a los centros consumidores, «les era
más cerca y más seguro y breve y más ventajoso que Lisboa» . 263

Era el puerto más adecuado y más cercano, para abastecer a los mercados europeos
de manera más rápida y eficaz. Más que desde Sevilla. Incluso más que desde Lisboa.
«Estando   en  La Coruña,  se  decía  en  el  memorial  al  rey,  es  como   si se  estuviese  en
Flandes ».
264

Y aquí se abría el debate argumental sobre la oportunidad de abrir una Casa que
acopiase las especias cuando —a pesar de todos los pesares— Lisboa era dueña y señora
de ese mercado en toda Europa. Y la cuestión era capital porque no era una simple
cuestión comercial. Por encima de las cifras de quintales de las preciadas cargas que se
iban a desestibar en los muelles gallegos, lo que importaba era el control de los centros
de producción de dicho tráfico, el de los canales de comercialización y distribución y el
de los mercados de destino. No se trataba solo de acopiar mercaderías a buen precio
para   obtener   rentables   beneficios.   El   valor,   entidad   y   significado   de   las   especias   de
entonces   solo   tendría   equivalencia   si   lo   comparamos   con   lo   que   supuso   y   sigue
suponiendo, el petróleo en los siglos XX y XXI, y el acceso a los centros donde crecían el
clavo, la nuez moscada y la canela, era tan importante como lo es hoy mantener en la
misma órbita política a los países productores de crudo.

En una prosa un tanto rústica, Urdaneta reiteraba una y otra vez las especias y
cantidades que podrían importarse : 265

Se pueden traer del Maluco, en cada un año, seis mil quintales de clavo (…). Asimismo, se pueden
traer de las islas de Banda en cada año, seis mil quintales de nuez.

Asimismo, sabrá V. M. que hay en el Maluco mucho jengibre, que también se puede traer curándolo,
como traen los portugueses.

Asimismo, se puede recoger del Maluco la canela que hay en Bendenao haciendo trato e se puede
traer a España.

Asimismo se puede hacer de Maluco contratación a la Jaba con el rey de Dema, para que haya
pimienta,   porque   este   rey   de   Dema   tiene   mucha   pimienta   en   gran   cantidad,   y   es   enemigo   de   los
portugueses   y   tiene   noticia   de   los   castellanos   e   de   las   guerras   que   tuvimos   en   el   Maluco   con   los
portugueses: por lo cual ha de holgar de ser amigo de los castellanos 266.

Para ello había proyectos. La flota que se preparaba con Jofre de Loaysa estaba
pensada para ir abriendo camino en esa dirección. La fuente de la riqueza castellana
vendría a bordo de galeones.

Además, La Coruña ofrecía productos agrarios y manufacturas de escaso costo, con
lo   que   las   naves   y   su   aprovisionamiento   costarían   la   mitad   que   en   Lisboa.   La
distribución del cargamento se veía igualmente afectada al repercutir los precios más
baratos   de   La   Coruña   en   el   envío   de   flotas.   Ello   requería   un   esfuerzo   adicional   de
determinación y organización en competencia, pero los números parecían salir.

Todos estos argumentos los conocían los sevillanos y no importaban mucho a los
portugueses. Pero en la carrera de obstáculos en que las ciudades parecían enfrascadas,
siempre era oportuno colocar alguno para que el tropiezo del contrincante estuviese
garantizado. Inmediatamente, como señala Francisco Solano , fue aireado, sobre todo 267

por «voces andaluzas», un inconveniente del puerto gallego.
Se   trataba   del   riesgo   de   la   seguridad .   Un   barco   de   especias   representaba   una
268

fortuna.   Su   pérdida   lo   era   también   para   los   accionistas,   armadores,   mercaderes,


inversores   y,   en   última   instancia,   para   la   Corona.   Con   el   fin   de   evitarlo   había   que
estudiar cuidadosamente la defensa de los puertos y de la zona circundante, ya que las
rutas cantábricas atraían a los corsarios franceses —sobre todo hugonotes—, a quienes
resultaba más práctico, más cómodo y, por supuesto, mucho más barato, esperar a las
naos cargadas de especias o de caudales, y saquearlas en el golfo de Vizcaya o en las
proximidades de Vigo —las islas Cíes eran una madriguera de corsarios—, bien a la ida
o a la vuelta de su misión a Inglaterra o a las ciudades de la Hansa, que hacer un viaje
largo, costoso y peligroso para ir a buscarlas en medio del Atlántico y atajarlas en alta
mar.

Claro que a Portugal le sucedía otro tanto en torno al cabo San Vicente, pero el
debate en torno a este obstáculo se ceñía al duelo gallego­andaluz.

Desde la perspectiva geográfica, la costa cantábrica, en efecto, estaba óptimamente
situada para el tráfico mercantil que se pretendía, pero era cierto que perdía valor ante
el riesgo de la presencia de la piratería —especialmente la francesa— que rondaba por
el golfo de Vizcaya. Este peligro hacía desmerecer algo la candidatura gallega sobre
todo   cuando   se   la   comparaba   con   las   ventajas   de   que   gozaba   la   costa   andaluza   en
cuanto al viento y las corrientes. Las corrientes y los vientos eran fuerzas indómitas en
el norte de la Península y podían jugar muy malas pasadas en situaciones en las que la
velocidad   y   elección   del   momento   oportuno   eran   fundamentales,   especialmente   en
casos de ataque.

Del proyecto de la Casa de la Especiería en La Coruña se enteraron también en
Francia. Y es de suponer que los corsarios se frotarían las manos. Valga un ejemplo de
lo que señalo. En 1524, es decir, casi un año después de la fecha de publicación del
decreto real por el que se funda la Casa de la Especiería en La Coruña, «catorce naves
francesas rondaban el cabo Finisterre» de modo amenazante, aunque la flota pirática
perdió cuatro de ellas «al enfrentarse con barcos vizcaínos»  y ya desde 1521 se sabía
269

que en Brest una armada de «sesenta naos gruesas»  se estaba organizando con destino
270

a Italia, aunque con intención también de importunar las costas cantábricas.

Ello significó que los puertos del norte de España debieron artillarse y en muchos
casos construyeron obras de defensa. El recetario de medidas de protección fue muy
variado. Los nuevos baluartes, fortificaciones y construcciones de guarda y custodia en
Santoña, en la propia Coruña, en Vigo, Bayona, San Sebastián, Fuenterrabía y Guetaria
—plaza fuerte  a partir de 1521— fueron ejemplos de la defensa y resguardo  de sus
puertos contra los «piratas y malhechores del mar desde Fuenterrabía hasta Bayona del
Miño» , ante quienes, como decía el rey Eduardo III, no valían treguas, amenazas ni
271

concesiones . Incluso  llegó  a pensarse  —y  de  hecho  se  iniciaron los preparativos—,


272
construir armadas en La Coruña para la Especiería, que el entusiasmo de Hernando de
Andrade quiso levantar, para que comerciasen, pero también para que se defendiesen
—al disponer de todos los elementos de combate a bordo— en sus viajes de ida y de
vuelta. Una vez constituida la Casa de La Coruña, el emperador ordenó formarlas en su
real licencia, con la doble misión de viajar a la Especiería y de protegerse de los ataques
en sus salidas:

…e queremos que la dicha ciudad (La Coruña) e no en otra parte, se hagan las dichas armadas que
enviaremos   a   las   dichas   Indias   de   la   Especiería   e   a   ella   vengan   las   que   de   las   Indias   de   Especiería
vinieren273…

El inconveniente que representaba todo esto no radicaba tanto en el enfrentamiento
con los piratas y su casi segura derrota, como en las precauciones, trabajos y cuidados a
los   que   su   presencia   obligaba,   y,   sobre   todo,   en   el   coste   económico   que   exigía   ese
esfuerzo. El corsario o el pirata no se aventuraba nunca contra ciudades bien artilladas o
contra convoyes protegidos. Para sus ataques solía escoger naves aisladas. A pesar de
que la literatura y la desmedida propaganda anglosajona han exagerado las acciones
piratas contra los buques españoles, lo cierto es que esos asaltos fueron mínimos en la
mar y la mayoría de las veces terminaron condenados al fracaso. De los 11 000 buques
que   hicieron   el   recorrido   entre   la   Península   y   las   Indias   americanas   en   el   periodo
comprendido entre 1540 y 1650, solo 107 barcos se perdieron por ataques piratas, dada
la efectividad del sistema de convoyes organizado por Felipe II. No llegaron al 2 % . 274

La contrariedad y el problema que realmente planteaban los corsarios y piratas era
el  valor de la inversión que suponían las medidas de seguridad  para la Corona. La
construcción de cualquier baluarte, fuerte o muralla, la fundición de cualquier cañón y
la dotación de cualquier hombre armado, centinela, lombardero, artillero o compañía de
infantes   armados   para   proteger   los   puertos,   las   naves   y,   en   última   instancia,   el
comercio, representaba pagar, pagar y pagar y, por tanto, una pérdida de beneficios. La
violencia era mala para el negocio , pero había que mantener al adversario a distancia y
275

se debían prever sus movimientos ya que, de otro modo, a mayor presencia corsaria
frente a las costas, mayor inversión en defensas, construcción amurallada y piezas de
artillería con las que dotar a los puertos y ciudades costeras.

Tanto los ambiciosos objetivos que se esperaban del suculento negocio, cifrados en
abundantes beneficios, como estas prevenciones de defensa frente al corsario afectaban
a Sevilla y a La Coruña. Por lo demás, no podían ser más opuestas. Ambas ciudades
discrepaban en todo, desde la calidad de sus puertos, hasta la proximidad o lejanía a los
mercados   europeos   y   desde   las   corrientes   y   vientos,   al   riesgo   de   los   moluscos   que
arruinaban las quillas. Las dos ciudades parecían no participar de ningún otro elemento
en común que no fuera el oro y el miedo.
El joven rey Carlos I —todavía no emperador— debía ahora decidir si dejaba sola a
la   Casa   de   la   Contratación   de   Sevilla   al   frente   de   todo   el   comercio   de   las   Indias
Occidentales y Orientales o si la hacía acompañar con la Casa de la Especiería de La
Coruña.

En 1520 el rey convocó Cortes en Galicia, que se reunieron en Santiago y en La
Coruña en marzo de ese año. Esa oportunidad fue aprovechada por los notables locales
para solicitar al monarca, a través del Concejo de la ciudad, nuevas oportunidades en el
momento en que las expediciones a la Especiería ofrecían una ocasión de riqueza. Si
Sevilla   —con   su   Casa  de   la   Contratación—   se   había   convertido   en  la   capital   de   las
Indias, el Moluco y sus especias podían hacer de La Coruña una «Sevilla norteña». O
más.   Entre   las   personalidades   gallegas   que   solicitaban   esa   concesión   del   monarca,
Hernando de Andrade aprovechó para ser escuchado por los flamencos del séquito real
y por los mercaderes burgaleses. Su intención era exponer en un memorial al rey una
muy   pensada   programación   y   una   seriedad   de   objetivos   que   evidenciaban   que   los
antecedentes   de   La   Coruña   se   habían   gestado   desde   algún   tiempo   atrás.   En   el
pensamiento universalista de Carlos I el proyecto de desvincular Sevilla del negocio de
la  Especiería,   desmonopolizando  el   control  ultramarino   de  aquella  ciudad,  ayudaría
mucho en la configuración de la Casa de La Coruña . 276

Los informes de Andrade tuvieron buen eco, pero el impulso final lo dio el retorno
de Juan Sebastián Elcano a Sanlúcar, que confirmaba así que la vuelta desde Occidente a
Oriente era factible y por lo tanto se sentaban las bases de lo que podría ser el gran
negocio de la Especiería.

A   los   tres   meses   de   que   Elcano   llegase   a   Sanlúcar,   el   emperador   emitió   desde
Valladolid tres disposiciones legislativas importantes. En noviembre de 1522 se levantó
cualquier prohibición que restringiese la participación de extranjeros en el comercio:

…es   mi   intención   y   voluntad   que   los   súbditos   y   vasallos   de   todos   mis   reinos   y   señoríos   y   los
alemanes y esterlines que son de la Corona de mi Sacro Imperio puedan armar y armen dichas armadas 277.

Otra capitulación con los armadores, les prometió privilegios y exenciones fiscales
y, sobre todo, protección regia, «seguro real nuestro».

Una   tercera   disposición,   animaba   a   las   potencias   económicas,   asociaciones


familiares, comerciales, compañías extranjeras…, a que contribuyesen con su esfuerzo,
colaboración y financiación al apresto de las armadas de la Especiería.

El 24 de diciembre de 1522 el ya emperador Carlos, concedió a la ciudad de La
Coruña   la   real   licencia   para   la   creación   de   la   Casa   de   la   Especiería.   Este   decreto
señalaba:
…mandamos que en ella se haga e funde e resida la Casa de dicha Contrataçion por el tiempo que
nuestra merçed la voluntad fuere…

La   llegada   de   Elcano,   como   ya   hemos   comentado,   abrió   la   espita   del


apasionamiento   por   la   Especiería.   El   entusiasmo   por   el   Maluco   no   podía   ser   más
desbordante . 278

No tenía La Coruña ese armazón administrativo de su hermana sevillana, y hubo
que desarrollarlo poco a poco. Durante ese tiempo, en 1522, se dotaron los cargos de
factor y tesorero. En 1523 el tesorero era Bernaldino Menéndez y el factor primero el
financiero burgalés Cristóbal de Haro, a quien sucedió después Simón de Alcazaba.

Las armadas para la Especiería de la Casa de la Contratación de La
Coruña

Con el acuerdo de la ciudad se dispusieron locales, e incluso hornos, para el «despacho
de   las   armadas»,   a   pesar   de   la   creciente   oposición   y   protestas   de   Sevilla,   o   como
escribiría   Pedro   Mártir   de   Anglería,   «con   suma   molestia   de   la   célebre   ciudad   de
Sevilla» ,  pero   sin  que   ello   importase   a   las  comunidades   de   mercaderes   genoveses,
279

toscanos, flamencos y alemanes, establecidas en Sevilla, pues la medida no contrariaba a
sus intereses. Frente a las quejas de los sevillanos, críticas y comparaciones aparte, lo
que   se   quiso   hacer   fue   otro   centro   financiero   y   de   distribución   comercial,   casi   a   la
misma altura de lo que se había organizado y cimentado en Sevilla, desde el cual se
pudiera organizar y administrar toda la complejidad que suponía el abastecimiento y
apresto de las armadas destinadas a la Especiería —que eran muchas— necesitadas de
unas atenciones y características técnicas y financieras distintas a las de las Indias.

Líneas de demarcación del Tratado de Tordesillas y del Tratado de Zaragoza. El tratado de Zaragoza delimitó
exactamente las zonas de influencia portuguesa y española en Asia.

Tras   la   noticia   de   la   llegada   de   Elcano,   que   se   extendió   como   un   reguero   de


pólvora, y la licencia real para que La Coruña centralizase el comercio con las Molucas,
todo se convirtió en facilidades. El optimismo surgía en cualquier punto, se preparaba
con entusiasmo la armada de Jofre de Loaysa en la ciudad gallega y en los astilleros de
sus costas, donde ahora todo esfuerzo se había convertido en fácil disponibilidad, y en
las  aldeas  de  las proximidades,  autoridades,  operarios,  artesanos y  el común de  los
habitantes colaboraban en lo que se les demandaba. Las abundantes áreas boscosas de
la zona eran garantía para los astilleros y fácil provisión de otros materiales necesarios
como hierro, plomo, velámenes, jarcias…, géneros que podían llegar desde Vizcaya y
Castilla y, cuando no, desde Flandes. «En Galicia, decían, las cosas las tienen más a
mano   y   de   mejor   precio»   y,   además,   se   preveía   la   posibilidad   de   reparar   en   los
280

astilleros  las naos que  viniesen  de  las Indias  «para las tornar a enviar  de  la propia


manera que se hace en Portugal a mucho menos coste que en ninguna parte» . 281

La lógica explotación del triunfo no fue posible hasta 1524. Se esperaba que Carlos I
enviase de inmediato una nueva flota persiguiendo el éxito de Elcano. Sin embargo, esta
primera expedición enviada fue modesta y estuvo al mando de Estevao Gomes, uno de
los desertores de la flota de Magallanes —el piloto de la San Antonio, que fue perdonado
por el rey—, que aprestó una nao para llevar a cabo su viaje, con financiación de la
Corona en 490 500 maravedíes o 1308 ducados de oro.

Acudieron   a   la   financiación   otras   personas   como   el   doctor   Diego   Beltrán,   del


Consejo de Su Majestad, don Juan de Sámano, también consejero del rey, y el conde don
Hernando de Andrade, capitán general de Galicia. Por último, no podía faltar el factor
de la Casa de la Contratación de la Especiería, don Cristóbal de Haro. Entre todos ellos
contribuyeron con 75 000 maravedíes, unos 200 ducados de oro, lo que no era una cifra
suculenta .282

La   humilde   expedición   de   Estevao   Gomes   fue   la   primera   en   zarpar   desde   La


Coruña para dirigirse a las Molucas. Pero el portugués no lo haría tampoco esta vez,
pues   condujo   su   nave   a   la   costa   oriental   de   Norteamérica,   ya   que   había   querido
convencer al rey de que habría un paso hacia las Molucas por el norte. Con su carabela,
la Anunciada, y 29 hombres de tripulación, llevó a cabo la exploración de la costa de lo
que hoy es Nueva Escocia hasta Florida.

Poca flota era la de Gomes después de tanto éxito con Elcano; pero las economías
regias   estaban   atravesando   un   mal   momento.   Los   costes   de   los   preparativos   de   las
armadas eran muy altos y la situación financiera del emperador no permitía dispendios.
Para sufragar gastos la Corona se había abierto al impulso de los particulares. A ello
respondía   una   de   las   tres   reales   cédulas,   publicadas   en   Valladolid,   a   la   que   hemos
aludido, en la que se hacía toda una oferta y llamada por parte de la Corona para la
participación  de  los súbditos,  incluidos los extranjeros  del  Sacro   Imperio,  en  lo  que
pretendía   ser   una   empresa   nacional,   «la   del   Maluco» .   La   propuesta   pretendía
283

capitalizar las expediciones mediante la captación de caudales, tanto individuales como
asociados, garantizaba los beneficios y confirmaba la protección oficial a través de un
seguro   a   la   inversión.   Por   último,   otorgaba   facilidades   y   preferencias   en   la
comercialización de las especias, aplicando además reducción y, a veces, una exención
en tarifas e impuestos.

Con este marco económico y legal como trasfondo, la Casa de la Contratación de La
Coruña había previsto armar nada menos que cinco armadas —«cuatro expediciones»
además   de   «la   inmediata»—   para   las   que   ofrecía   «libre   iniciativa   para   formar
compañías» en todas ellas. Se prometía y garantizaba no gravar con gastos y sueldos de
personal   que,   desde   el   inicio   hasta   la   conclusión   del   viaje,   correrían   a   costa   de   la
Corona.

Los particulares, incluidos los extranjeros o las compañías que los representasen y
que participasen en la armada con más de 10 000 ducados, tendrían derecho a «destacar
o dejar un factor en las islas, con los mismos derechos» que los que tuvieren los factores
de la Corona. Los particulares o las compañías que ingresasen productos para abastecer
las naos de las cinco flotas tendrían total franquicia.

Las naos dirigidas a las Molucas podrían también —si había conformidad de todos
— acceder a otras islas o tierras, siempre que estuviesen «dentro de la demarcación» de
Castilla.

Toda la carga de especias que llegase, se debía «ingresar en la Casa de La Coruña,
donde se pondría precio único con lo que hubiera en sus almacenes, para proteger los
precios». La tasación y los precios de venta «se organizarían de conformidad con los
armadores»; y las especias se venderían «en el mismo orden en que ingresasen en la
Casa».

Los beneficios podían ser del cuádruplo en cada expedición, y era tal el atractivo,
que captaba capitales, grandes y pequeños, empezando por el mismo Cristóbal de Haro,
que   manifestaba   después   de   algunos   fiascos   expedicionarios   (González   de   Ávila,
Estevao Gomes, García de Moguer…): «si no fuera por las dichas condiciones y por la
esperanza de las otras armadas, yo no pusiera cosa alguna ». 284

Pero   las   consecuencias   desfavorables   de   las   expediciones   eran   a   menudo


amortiguadas a través de otros privilegios, concesiones y compensaciones en las Indias
Occidentales.   Ello   garantizaba   que,   mientras   se   organizasen   expediciones   hacia   las
Molucas, los inversores particulares participarían con esos privilegios reconocidos. Otra
cuestión  distinta era  saber  quién  compensaba  a las arcas del  emperador  en caso  de
fiascos expedicionarios. Estaba claro que nadie, e incluso hubo inversores insatisfechos
que se dedicaron a pleitear contra la Corona.
Una vez terminadas las cinco armadas, tanto las naos como los aparejos podrían ser
tomados   por   la   Corona   o   por   los   particulares,   en   subasta   pública,   repartiéndose   lo
recaudado conforme a derecho.

El generalizado optimismo les hacía vender la piel del oso antes de haberlo cazado.
Con ese  cuadro  jurídico,  garantista y colmado de  un optimismo  sin límites ante las
operaciones por venir, en 1525, y después del fiasco de Estevao Gomes, se iniciaron los
preparativos de una gran expedición. Esta vez se iba a ir a lo grande. Y al frente de todo
ello estaría fray García Jofre de Loaysa.

Apenas había zarpado Loaysa —cuyo viaje ahora veremos—, la impaciencia real y
las expectativas de los mercaderes no pudieron impedir armar una tercera flota desde
La Coruña, esta al mando de Diego García de Moguer, en 1526. Fue una expedición
compuesta por tres naves, financiada por inquietos y ansiosos comerciantes para buscar
la   ruta   de   las   especias   siguiendo   la   derrota   de   Elcano   y   cruzando   el   estrecho   de
Magallanes.

Pero García de Moguer se detuvo en el camino para explorar el Río de la Plata.
Navegó luego por el Paraná. Se encontró con Caboto y se unió a él. Exploró el estuario
del  Plata, Uruguay y Buenos Aires y regresó a España, sin haber siquiera intentado
llegar a las Molucas, dilapidando así los 702 811 maravedíes, 1874 ducados de oro, de
los  cuales   508 811  pertenecían  a  particulares  como  el  corregidor  de   La  Coruña,  Rui
Basante, a los mercaderes Pedro Morales y Alonso de Salamanca y a los consabidos
inversores de la Casa de La Coruña, Hernando de Andrade y Cristóbal de Haro, que
habían   realizado   su   inversión   junto   con   los   consejeros   reales   Beltrán   y   Samano.   La
Corona participó con 194 000 maravedíes . 285

Antes de que todo esto ocurriera, la armada de Loaysa se había estado aparejando
hasta sus menores detalles en La Coruña. Treinta y siete armadores habían aportado sus
capitales   para   la   expedición   del   comendador   Loaysa.   La   flota   había   conseguido   un
gigantesco apoyo financiero de 16 601 558 maravedíes. Eso suponía una suma de 44 270
ducados,   casi   120   kilos   de   oro.   La   armada   «del   frenesí»,   como   la   califica   Mariano
Cuesta, y a la que dedicamos el siguiente capítulo, estaba destinada a ser la joya de la
Casa de la Contratación de la Especiería de La Coruña.
6
La expedición de García Jofre de Loaysa (1525)

L A   VUELTA   AL   MUNDO   FUE,   SIN   DUDA,   UN   ACONTECIMIENTO   en   la   historia   de   la


humanidad   que   se   apuntaba   en   el   haber   del   Imperio   español.   El   emperador
había creído —como lo hicieran sus abuelos con Colón— en el proyecto que le
presentó Magallanes. Añadida a ello la tenacidad de los expedicionarios guiados por
Juan Sebastián Elcano, habían conseguido entre todos una hazaña inédita. El buen juicio
del emperador Carlos estimó además que la llegada a las Molucas y el dominio del
Pacífico podrían significar una buena reserva financiera para la Monarquía Hispánica,
porque no solo la gloria y la fama blasonaban los cuarteles del escudo de armas del
emperador. Las insignias heráldicas que representaban los territorios que lo componían
necesitaban dorarse. Los Países Bajos precisaban activos cuyos pagos se financiaban con
los empréstitos de los bancos de Génova, Augsburgo y Amberes. Había que sufragar los
gastos de la propia Castilla y también se debían cubrir los que iban creciendo y que,
poco a poco, se hacían costosos en Nápoles, Milán y Sicilia , cuyas aportaciones cada
286

vez eran menores.

Además, la empresa de las especias iba dando pábulo al fomento de un incipiente
capitalismo, liderado por las compañías mercantiles y por las aportaciones individuales
de inversores, que convenían a la nueva economía de la monarquía y a la sociedad en su
conjunto, para sacarla de prácticas y tendencias medievales.

Como bien podía imaginarse, el éxito de Elcano no hizo más que espolear en la
corte y en Nueva España el deseo de emularle. No era la geografía la que mandaba, sino
la bolsa. En otras palabras, se abrió la espita de la ambición y del deseo de acceder a la
fuente de la riqueza que crecía en aquella parte del mundo y que los españoles habían
traído en la nave Santa María de la Victoria. Como en los mercados de Europa el precio
de   las   especias   era   astronómico,   controlar   ese   mercado   supondría   una   fuente   de
ingresos segura y desbordante que por el momento no ofrecían los recién explorados
territorios de las Indias.

No había que engañarse, era el acceso a las especias lo que había estado siempre en
la mente de los navegantes, de los exploradores, de los armadores, de los banqueros, de
los mercaderes y de los tratantes y, sobre todo, de los monarcas al iniciar esa carrera
para llegar por el Este o por el Oeste al origen de su cultivo y sobre todo al control de
sus centros de tráfico.
Para la Monarquía Hispánica, Colón había prometido llegar a Catay y a las Indias
legendarias, «al lugar donde están las especias». Esa y no otra había sido su divisa y su
objetivo.   En   caso   de   éxito,   el   negocio   era   colosal,   pues   a   cambio   de   una   modesta
inversión para preparar el viaje, Colón prometía sacar a las Indias del reino de la fábula
e incluirlas en las rutas del comercio y la conquista hispánicos . 287

Pues bien, aquellas cosechas perfumadas de raíces, semillas, cortezas o estigmas,
que eran las especias, podían suponer la opulencia, la riqueza, la abundancia, y todo lo
que   hemos   descrito   hasta   ahora,   pero   en   realidad   lo   único   que   las   Indias   habían
aportado por el momento eran unas míseras muestras de oro y sus anodinas especias , 288

además   de   «un   Imperio   de   arena   y   mosquitos»,   como   afirmaban   los   que   se   habían
burlado de Colón en la corte del rey Fernando . 289

Por ello, con el objeto de asegurar la nueva vía que Magallanes y Elcano habían
abierto, Carlos I, secundado por los españoles de las Indias en bloque, trató por todos
los medios de conseguir un establecimiento permanente en las islas de la Especiería y,
como le sugería Hernán Cortés, no simplemente para comerciar, sino para conquistarlas
y quedarse allí.

Esta idea subyacía en la creación de una nueva Casa de Contratación de La Coruña,
de la que ya hemos tratado.

Ahora bien, frente a este panorama de euforia castellana, poco tiempo pasó para
que, en el país vecino, la corte reaccionase airada reclamando sus derechos exclusivos
sobre las islas Molucas. Pero no se lo iban a dejar tan fácil a Lisboa. El acceso al Pacífico
conseguido por Magallanes había abierto ahora vía franca a la Especiería. Y colocaba en
el debate, nuevamente, dónde se situaba el «trazo» papal y a quién pertenecían las islas.

El   rey   de   Portugal,   Manuel   I,   había   fallecido   en   1521   antes   de   que   Elcano


concluyese su viaje alrededor del mundo, de manera que no pudo ver terminada lo que
él consideró una máxima infamia. Le había sucedido su hijo Juan III. El nuevo monarca
era  consciente de que las políticas matrimoniales tan del  gusto de la  época podrían
mitigar tensiones. En ese año de 1522, Juan III concertó con Carlos I una doble unión
matrimonial entre las casas reinantes de España y Portugal. Se acordó que el rey Juan III
se casaría con Catalina de Austria, hermana de Carlos I, y tres años más tarde —en 1525
— se concertó la boda del propio Carlos I con la infanta Isabel de Portugal —una de las
mujeres más bellas de la época —, que era hermana de Juan III. Los nexos de familia,
290

por lo tanto, no podían ser más estrechos. Ambos reyes eran o iban a ser doblemente
cuñados, y en aquella época, los parentescos, los linajes y las dinastías, tenían más valor
que las conexiones nacionales, pues el concepto de nación, aún difuso y desenfocado,
cedía ante el concepto de familia.
Las   casas   de   Habsburgo,   Avís,   Valois,   Estuardo,   Borgoña,   Medicis,   Tudor   o
Mecklemburg… representaban más en el elenco de relaciones políticas que los acuerdos
de Portugal, Monarquía Hispánica, Francia, Escocia o Dinamarca, por citar rápidamente
algunos ejemplos.

En   justa   reciprocidad   a   los   gestos   amistosos   de   Juan   III,   Carlos   I   eligió   la


diplomacia y no el conflicto, a la hora de tratar de solventar las diferencias con Lisboa, y
con su familia portuguesa, sobre las Molucas.

Claro que la familia era una cosa, por influyente que fuera en los designios de la
política   internacional,   y   los   técnicos,   geógrafos,   cartógrafos   y   navegantes,   otra.   La
sugerencia que avanzó Carlos I fue que una nave de cada país viajase a la zona para que
se dictaminara sobre la mar, escrutando  meridianos y paralelos, cuál era la línea de
demarcación y que esta quedase fijada de una vez por todas. Lisboa se opuso. Carlos I
insistió en que los cartógrafos de uno y otro lado hablasen y discutieran. No obstante, lo
máximo que logró fue concertar una junta de geógrafos hispano­portugueses en Vitoria
que finalizó como había empezado. Gracias a la perseverancia del emperador Carlos,
que intentaba poner armonía en aquel mosaico de voluntades encontradas, se acordó
continuar estas reuniones en Elvas y Badajoz. Pero terminaron como el rosario de la
aurora.   En   las   cartas   y   mapas   que   se   desplegaban   en   las   reuniones,   la   «línea   de
demarcación» saltaba de un meridiano a otro «sin que hubiera poder humano que la
pudiera sujetar» . 291

Ya en 1524 era evidente que por ese camino no se iba a llegar a ningún sitio, y
Carlos I optó por acelerar el envío de una gran armada a la Especiería. La de García
Jofre de Loaysa, a la que hemos aludido en el capítulo anterior. En la corte española
contaban   con   que   esta   decisión   les   podría   llevar   a   un   previsible   conflicto   con   los
portugueses,   de   manera   que   la   expedición   tomó   un   carácter   más   militar   que   la   de
Magallanes .   Por   ello,   entre   otras   medidas   de   prudencia,   los   preparativos   para   la
292

travesía se llevaron en secreto desde La Coruña.

Después   del   fallido   intento   de   Estevao   Gomes,   el   viaje   expedicionario   que


planteaba   García   de   Loaysa   quería   representar   la   estabilidad,   la   normalidad   en   el
comercio de las especias, si es que eso era posible, e imitar modos y procedimientos de
la Casa de Sevilla, que estaban dando buen resultado en las Indias. A ello respondía el
estreno de la Casa de la Contratación de La Coruña, la de la Especiería, exclusiva para el
comercio de las codiciadas especias. Las expectativas eran ambiciosas. Con el «paso»
hacia el Pacífico descubierto, el negocio parecía asegurado.

Cristóbal de Haro y Bernaldino Meléndez, como factor y tesorero de la nueva Casa,
se habían empleado a fondo. Con la aquiescencia del regidor de la ciudad, que había
cedido terrenos, el factor Cristóbal de Haro ordenó construir lonjas, suministrar harinas
para   elaborar   la   «galleta»,   aprovisionar   las   naos   con   pipas   de   vinos   variados   —
imprescindibles   en   esas   expediciones—,   barrilitos   de   anchoa,   sacos   de   almendras,
tinajas de aceituna, bacalao, provisiones de leña y agua fresca, barricas de pólvora y
todos   los   aprestos   que   se   requerían   para   el   acondicionamiento   de   la   armada
expedicionaria, a pesar de que una y otra vez las quejas y protestas  que se alzaban en 293

Sevilla mostraban su oposición y su celosa reprobación ante lo  que consideraban  la


quiebra de su derecho. De su monopolio.

Por   el   contrario,   los   banqueros   y   los   comerciantes   estaban   entusiasmados.   La


Coruña iba a abrir una etapa —que se presumía brillante— canalizando las especias por
vía de poniente cuando tan solo unas millas más al sur, Lisboa las traía por la vía de
levante. Loaysa podía representar ante todo un buen negocio si su viaje triunfaba. Y por
ese triunfo merecía la pena arriesgarse. Y arriesgarse era invertir.

En   la   financiación   participaron   armadores   flamencos,   Juan   Vanzeller,   Pablo   de


Gamarra y Joan de Latamba, que contribuyeron con 91 560 maravedíes, cifra modesta si
se compara con los 4 024 000 —unos 754 500 euros — aportados por la banca alemana
294

de   Jácome   Fugger   y   sobrinos   y   de   Bartolomé   Welser.   Entre   los   españoles   hubo   un


nutrido número de escribanos y administrativos —al margen de los oficiales y marinos
— que aportaron cada uno de ellos —fueron 11 personas— 70 ducados de oro.

Algunos notables gallegos, como el conde Hernando de Andrade, capitán general
de Galicia, o Vasco García, regidor de Betanzos, se precipitaron a colocar sus ahorros en
el proyecto que descollaba como la primera iniciativa sólida y prometedora de la joven
Casa de la Contratación gallega y lo apoyaron con 1428 ducados de oro. Los propios
protagonistas de la empresa —Jofre de Loaysa y Sebastián Elcano— participaron con
130 800 maravedíes, o lo que era lo mismo, 348 ducados de oro o 24 000 euros de hoy. A
ellos se unieron 35 armadores o accionistas financieros y, por supuesto, la Corona.

La   expedición   se   había   trabajado   muy   concienzudamente.   Una   prueba   de   la


determinación   del   emperador   en   sus   instrucciones,   que   constituía   la   prueba
incontestable de la intención de establecer en la Especiería una factoría que inaugurase
el comercio con La Coruña, fue que, entre la dotación de las naos, embarcaron cuatro
administrativos de la futura «Casa de Contratación a fundar en el Maluco» . En las 295

instrucciones de 5 de abril de 1525, el emperador ordenaba:

Nos   mandamos   ir   al   presente,   una   armada   a   continuación   y   contratación   de   la   especiería   a   las


nuestras islas del Maluco, donde habemos mandado que se haga el asiento y casas de contratación que
para el trato de ellas y de las naos que de presente van en dicha armada… 296.

Como   señala   Francisco   de   Solano   en   su   estudio   sobre   la   financiación   de   las


expediciones a las Molucas, ahí estaban los concesionarios, los marinos y oficiales y los
administrativos.   Y   dentro   del   grupo   numeroso   de   mercaderes,   fuera   cual   fuera   su
procedencia   y   postura,   los   grupos   extranjeros   ofrecían   una   aportación   masivamente
importante. No había nombres portugueses entre ellos. Los lusitanos participaron como
comprometidos   y   actuantes   en   la   empresa,   pero   faltaban   firmas   cualificadas . 297

Efectivamente, era evidente que, en aquel prometedor, frondoso y ubérrimo paisaje de
inversiones y de futuros beneficios, los portugueses triscaban en otros pastos.

La   de   Loaysa   era   una   de   las   expediciones   más   caras   y   más   generosamente


financiadas hasta la fecha —16 601 558 maravedíes —, debido  al número de barcos
298

expedicionarios —siete— y de sus tripulaciones. Las siete naos se habían construido en
los  astilleros  de  La Coruña  y  Vizcaya. Agustín  Rodríguez   detalla  que  tres  eran  de
299

construcción gallega y cuatro vascas, quizá guipuzcoanas. Los buques eran:

—Santa María de la Victoria, de 300 o 360 toneles, con García Jofre de Loaysa al mando,
capitana de la expedición.

—Sancti Spiritus, de 240 toneles, a las órdenes de Juan Sebastián Elcano.

—Anunciada, de 204 toneles, al mando del capitán Pedro de Vera.

—San Gabriel, de 156 toneles y gobernada por su capitán Rodrigo de Acuña.

—Santa   María   del   Parral,   de   96   toneles,   que   llevaba   a   bordo   como   capitán   a   Jorge
Manrique de Nájera.

—San Lesmes, de 86 toneles, con Francisco de Hoces como capitán.

—Santiago, patache de 60 toneles, al mando del capitán Santiago de Guevara.

Embarcaron un total de 450 hombres a las órdenes del comendador de la Orden
Hospitalaria   de   San   Juan   de   Jerusalén,   fray   García   Jofre   de   Loaysa,   «gobernador   y
capitán general de dicha armada y de dichas islas de Maluco, en tierras o provincias de
ellas», título conferido por Carlos I en sus  órdenes de 5 de abril. Loaysa, «a falta de
experiencia en los caminos del mar, ostentaba un reluciente título de nobleza», señala
crítico   Francisco   Santiago ,   pero   al   «no   tratarse   de   una   navegación   sino   de   una
300

expedición de asentamiento, las capacidades exigidas al jefe de ella excedían en muchos
sentidos a la pura pericia náutica, cosa que comúnmente se olvida», corrige Rodríguez
González . 301

Como segundo piloto mayor y guía de la expedición, viajaba a bordo de la Sancti
Spiritus  Juan   Sebastián   Elcano,   cuyas   credenciales   náuticas   eran   superiores   a   las   de
cualquier   otro   piloto   sobre   tierra   o   mar   en   aquellas   fechas.   También   navegaba   en
aquella ocasión otro vasco valiente y eficaz, Andrés de Urdaneta, natural de Villafranca
de Ordizia, hijo del regidor de esa villa, don Juan Ochoa de Urdaneta, y tan apasionado
con las cosas del mar que el regidor convenció a Elcano para que lo llevase como paje a
sus 17 años. Andrés de Urdaneta dará días de gloria a las escuadras del emperador
Carlos   y   pasará   a   la   historia   como   el   descubridor   del   «tornaviaje»,   buscando   —y
encontrando—   los   vientos   favorables   del   norte,   semejantes   en   el   Pacífico   a   los   que
Colón conocía sobre el Atlántico, asegurando así la carrera del Pacífico y de la Nueva
España: el viaje de retorno. Ese descubrimiento inauguró la arribada del galeón Manila­
Acapulco en una ruta que duraría hasta 1816. Pero a ello llegaremos.

La expedición sumaba —al menos sobre el papel— todas las ventajas, parabienes y
buenos   augurios   que   pudieran   pensarse:   Iba   a   navegar   por   rumbos   ya   sabidos;   se
conocía la existencia del estrecho de Magallanes; la financiación española y extranjera
había  acudido  presta  y en  volumen;  la confianza en el  negocio  de  la Especiería  era
obvia; la flota de siete naves era de las mayores levantadas en la época y congregaba a
bordo a la flor y nata de los marinos, pilotos y cosmógrafos; y sin embargo, pese a que
prometía ser una empresa madura e ideal, los pormenores de la expedición de Loaysa
tuvieron el común denominador del drama y de la mala suerte.

La   escuadra   zarpó   de   La   Coruña   el   25   de   julio   —día   de   Santiago—   de   1525.


Hicieron aguada en la Gomera y el 14 de agosto tomaron rumbo sur. El 18 de agosto,
ocurrió la primera desgracia; el mástil del palo mayor de la nao capitana se rompió
debido a la mar gruesa. Al día siguiente la situación empeoró. La Victoria así averiada
abordó a la Santa María del Parral y le impactó en la popa abatiéndole el palo de mesana.
Con lo cual, la vela latina, que era la que ayudaba al timón, quedó inservible. El 5 de
septiembre casi se pierden la San Gabriel y el Santiago persiguiendo a un buque que se
creyó francés. Le dieron caza. Los capitanes de ambos barcos se disputaron la presa y al
final la dejan ir.

Desastre en el estrecho de Magallanes

El   14   de   enero   de   1526   llegaron   al   cabo   de   las   Vírgenes   y   comenzaron   a   intentar


atravesar el estrecho de Magallanes sacudidos por temporales y aguantando nevadas.
Echaron el ancla en el cabo de las Vírgenes, que poco abrigo pudo darles. Al amanecer
estalló un temporal que embraveció las aguas. Las olas llegaron hasta la mitad de los
mástiles y la Sancti Spiritus empezó a garrear, es decir, fondeada como estaba, comenzó
a desplazarse hacia atrás trayéndose arrastrada el ancla. Elcano ordenó sacar la vela del
trinquete y encallar la nao antes de que se fuese a pique, pero, a pesar de las maniobras,
la Sancti Spiritus se fue contra las rocas. Los tripulantes lograron llegar a tierra en unos
botes. La nave naufragó y solo la aparición de la  Anunciada, la  San Lesmes  y la  Santa
María   del   Parral  les   dio   esperanza   de   ser   rescatados.   Se   ahogaron   nueve   hombres.
Urdaneta recogió en su diario  cómo Elcano le ordenó que fuera con media docena de
302
hombres   para   socorrer   a   los   náufragos,   a   los   que   encontraron   al   atardecer   del   día
siguiente, y recuperar el material disponible de la Sancti Spiritus. Ya solo quedaban seis
naos.

La tormenta no cesó y el 16 de enero de 1526 causó daños a la nao capitana. La
moral   decaía.   El   riesgo   de   las   deserciones   o   el   deseo   de   los   marineros   de   volver   a
España   se   pusieron   pronto   de   manifiesto.   Se   estaba   reproduciendo   el   clima   de
desconfianza y temor ante las desgracias que se había vivido cinco años antes con la
flota de Magallanes.

Al desencadenarse la tormenta nuevamente, la Anunciada comenzó a garrear y a la
dotación   le   entró   pavor,   ya   que   la   nao   amenazaba   con   estrellarse   contra   los   altos
acantilados. Entonces Elcano llegó donde estaba Pedro de Vera y le animó junto a su
tripulación aconsejando maniobras para ponerse a salvo en alta mar. Dos días después,
la Anunciada intentó de nuevo pasar el estrecho, donde se encontró a las demás naos, a
Urdaneta y a los naufragados de la Sancti Spiritus. Todo parecía presagiar la vuelta a la
calma, pero el 10 de febrero Pedro de Vera tomó el camino de fuga con la Anunciada y
puso rumbo a España. La nao se separó de la armada y jamás volvió a saberse de ella.
«No quiso venir a donde nosotros estábamos», señaló Urdaneta, «a la tarde desapareció
y nunca más la vimos». La escuadra había quedado reducida a cinco.

La San Lesmes, perdida y dispersa por la tormenta, desapareció también. Sobre ella
y su destino, todo fueron cábalas. Al parecer trató de cruzar el Pacífico en solitario y el
misterio de su paradero dio lugar a muchas y variadas especulaciones. Lo cierto es que
ni de ella ni de sus tripulantes volvió a haber noticias. Solo cuatro naves continuaron en
la flota.

Loaysa, con las naos restantes, decidió invernar en la bahía de Santa Cruz, pero dos
días después Rodrigo de Acuña también desertó, «…en tomando el batel, luego se hizo
a la vela, e que no  sabían más del», y  puso  a la  San  Gabriel  rumbo  a Brasil, donde
esperaba cargar palo y especias. La  San Gabriel volvió a España por la costa de Brasil,
después de tener que luchar contra tres galeones franceses. Rodrigo de Acuña trató de
negociar con ellos y fue hecho preso. Los franceses querían la nao española como trofeo
y botín, pero la tripulación supo rechazar el ataque enemigo y su capitán circunstancial
Martín de Valencia, consiguió meses después, el 28 de marzo de 1527, entrar con su nao
en el puerto gallego de Bayona.

A Loaysa le quedaban tres naves en su flota.

Repararon   la   nao   capitana,   la  Victoria,   como   pudieron,   durante   el   mes   que


estuvieron acogidos al refugio del río Santa Cruz, donde hicieron acopio de víveres. Las
condiciones de pesca eran muy fáciles, ya que en la bajamar incluso se podía coger el
pescado   a   mano.   Allí   probaron   también   carne   de   foca.   El   23   de   marzo,   una   vez
recompuestas las naos y acopiados víveres y agua, abandonaron Santa Cruz para tratar
de pasar el estrecho en un segundo intento. Esta vez lo lograron el 12 de abril y las naos
llegaron al puerto de la Concepción. El 16 de abril cruzaron el estrecho de las Nieves,
llamado así porque las nieves tienen un tono azulado «por la antigüedad de estar sin
derretirse», anotó Urdaneta. Les impresionó la noche que tenía «más de veinte horas»,
ya   que,   efectivamente,   las   horas   de   luz   en   el   invierno   austral   se   reducen   a   seis,   a
diferencia del verano, donde son 20.

El   ensordecedor   rugir   del   mar,   al   encontrarse   las   aguas   de   los   dos   océanos   y
mezclarse   en   corrientes,   hacía   temblar   los   cascos   de   las   naos.   Vientos   repentinos   e
implacables sacudían la flota.

El  6  de  mayo   se  acercaron  al  puerto  de  San  Juan. Allí  permanecieron   tres  días
observando la nieve espesa que caía sobre las aguas del estrecho. No hay constancia de
que las tripulaciones de Loaysa llevasen ninguna ropa de abrigo, especialmente que
pudiera protegerles de la humedad y de esas temperaturas que muy probablemente no
esperaban. Es de suponer que utilizarían las frazadas y las telas que llevaban como
regalo, como «cosas para dádiva». Los chubascos de nieve producían cerrazones que
impedían ver la costa. La falta de visibilidad era total y les impedía navegar. El día 9
zarparon de nuevo y continuaron hasta el 28 de mayo, en que las naves terminaron la
travesía del estrecho. Las 305 millas marinas de infernal recorrido, es decir, unos 564
kilómetros,   tardaron   en   ser   atravesadas   cuarenta   y   ocho   días.   Señala   Agustín
Rodríguez,   acertadamente,   que   el   estrecho   de   Magallanes   se   había   cobrado,   de   una
manera u otra, un duro precio a la expedición, que había perdido así tres de sus siete
buques, probando que no era la vía más adecuada para la navegación regular.

Apenas habían pasado el estrecho, a cincuenta leguas de cabo Deseado, cuando
otra tempestad se desató, dispersó la flota y aisló al patache Santiago, de 50 toneles, la
nave más pequeña de la escuadra.

El patache fue arrastrado por la corriente fría de Chile. Pronto se encontró en una
situación desesperada. Llevaba a bordo 55 personas y en sus bodegas cuatro quintales
de   bizcocho   en   polvo   y   ocho   pipas   de   agua.   Era   impensable   que   una   nave   de   ese
reducido porte y con esas limitadas condiciones de víveres, pudiera lanzarse a atravesar
el océano, cuya extensión conocían por las referencias que Elcano habría dado. Las islas
más próximas —el archipiélago de Las Ladrones— estaban a dos mil doscientas leguas
de   distancia.   Los   vientos   empujaron   al  Santiago  hacia   el   noreste   y   sus   hombres
decidieron buscar la «Tierra de Cortés», es decir, las costas de Nueva España, y navegar
hacia ellas, que están a una distancia de ochocientas leguas, para fondear seguros. Así
fue   como   el   25   de   julio   llegaron   a   Tehuantepec.   Uno   de   los   marinos,   de   nombre
Aréizaga, se echó al agua en un cajón —a falta de barca o batel— y ganó la costa. Allí
reclamó   ayuda.   Acogidos   por   las   autoridades   virreinales,   Cortés   pudo   obtener
información de primera mano y escuchar el relato detallado del viaje de Loaysa, con lo
que   comprobó   que   las   expediciones   a   la   conquista   de   la   Especiería,   uno   de   sus
proyectos más apreciados, seguía adelante. La vocación de Cortés para la conquista del
Pacífico recibió con ello un acicate decisivo.

A Loaysa ya solo le quedaban dos naves en su escuadra, la capitana, la Victoria, y la
Santa María del Parral, dispersas y sin contacto entre ellas.

El gafe de la escuadra no había terminado. La tripulación de la  Santa María del
Parral iba a protagonizar otro hecho despreciable al amotinarse ante tantas privaciones e
incógnitas, muy cerca ya de las Molucas. Los sublevados asesinaron al capitán Jorge
Manrique   de   Nájera,   a   su   hermano   y   al   tesorero   de   la   expedición.   Sin   dirección   ni
disciplina,   terminaron   embarrancando   la   nao   en   la   isla   de   Sanguin   —en   la   punta
septentrional   de   las   Célebes—,   cerca   de   Cebú,   donde   los   indígenas   mataron   a   la
mayoría e hicieron esclavos al resto.

«En esta isla de Sanguin —escribe Fernández Navarrete— dio al través la carabela
Santa María del Parral, después de que la gente de la nao matara al capitán. E como dicen
dieron al través, dieron los indios sobre ellos e mataron los más de ellos e los otros
prendieron» . 303

Quedaba,   por   lo   tanto,   la   nao   capitana,   la  Santa   María   de   la   Victoria,   sola   en   el


océano. El calor crecía. El sol calentaba en lo alto y hacía burbujear el alquitrán de las
junturas.   Loaysa   cayó   enfermo.   Tanto   él   como   la   nao   estaban   en   unas   condiciones
pésimas. Las tormentas, un incendio que había sufrido a bordo el 12 de abril provocado
por una caldera de brea y las distancias recorridas habían causado a la nave graves
daños.   El   agua   se   filtraba   por   las   tablazones,   y   necesitaba   ser   constantemente
bombeada,  lo que terminaba de agotar a la tripulación, que chapoteaba  entre  aguas
malolientes. Las bombas de achique de entonces eran unos primitivos mecanismos  de 304

madera  y cuero, y el trabajo de bombear era enormemente  fatigoso. Mucho más en


hombres agotados, gran parte de ellos enfermos de escorbuto.

Muerte de Juan Sebastián Elcano

El agua potable se estaba terminando y los víveres escaseaban. Que pudieran aguantar
era cuestión de semanas. El 2 de julio el piloto Rodrigo Bermejo falleció. El 30 de julio lo
hizo el capitán general García Jofre de Loaysa. Todo apuntaba a que la causa había sido
la ciguatera, una toxina que se encuentra en las grandes algas de los arrecifes y que la
comen los peces grandes. Los pescados semipelágicos o los que habitan en arrecifes
coralinos, suelen portar este tóxico; externamente el pescado no delata nada alarmante
en   su   aspecto;   sin   embargo,   cuando   es   ingerido   por   el   ser   humano   se   declara   la
enfermedad   que   se   manifiesta   a   través   de   intensos   dolores   abdominales,   diarrea,
vómitos   y   nauseas   que   se   pueden   complicar   con   taquicardias,   hipotensión   y   fallos
cardíacos.   En   una   naturaleza   tan   deprimida   y   vulnerable   como   las   de   los
expedicionarios, este cuadro resultaba casi siempre fatal.

Juan Sebastián Elcano, hombre de mar, del paño más puro y mejor cortado, como
Paternain  define a los marinos de su audacia y valía, asumió el mando de la nave, pero
305

también se encontraba enfermo —posiblemente por la misma causa— e hizo testamento
presintiendo  su fin. En efecto, no duraría mucho el navegante guipuzcoano. El 4 de
agosto de 1526 falleció a bordo de la Santa María de la Victoria. El cadáver, envuelto en
un   sudario   y   sujeto   con   ligaduras   sobre   una   tabla,   fue   deslizado   por   la   borda,   en
silencio, hacia la profundidad del océano. Se iba uno de los más grandes marinos de
España.

El día 4 de septiembre fueron avistadas las islas de Los Ladrones, las Marianas. Al
fin podían obtener víveres y hacer aguada. La nao pronto se vio rodeada de pequeñas
embarcaciones o kora­koras, como las llamaban en las Molucas. Los nativos se acercaron
a la afligida nave, azotada por vientos y mares. Y, de pronto, la tripulación de aquella
castigada   embarcación   recibió   un   saludo   en   español:   «¡Buenos   días   señor   capitán   y
maestre y buena compañía!». Se trataba de Gonzalo de Vigo, un marinero gallego de la
perdida Trinidad, de la expedición Magallanes­Elcano, que se incorporó de inmediato a
la nave como intérprete. Hicieron aguada y permanecieron durante cinco días en los
que se aprovisionaron de víveres y tomaron a bordo a varios indígenas para que dieran
a las bombas de achique, trabajo que ya apenas podían hacer los marineros de la Santa
María de la Victoria, debilitados y enfermos. El 10 de septiembre largaron velas de nuevo
y Alonso de Salazar, ahora capitán de la nao, ordenó seguir el derrotero marcado por
Elcano   poniendo   proa   a   las   islas   Filipinas.   Dos   días   después   de   zarpar   Alonso   de
Salazar   falleció   igualmente.   A   partir   de   ese   momento   no   hubo   acuerdo   entre   la
tripulación,   dividida   sobre   quién   debía   ser   el   sucesor   de   Salazar   y,   para   superar   la
situación, se nombró una diarquía con Martín Íñiguez de Zarquizano y Hernando de
Bustamante. Llegaron sin mayores crisis a Mindanao el 2 de octubre, la gran isla que se
encontraba   en   disputa   también   entre   los   españoles   y   los   portugueses   ante   la
incertidumbre   del   «trazo»   de   Tordesillas.   La   diarquía   del   mando   se   resolvió
confusamente en la madrugada cuando un grupo de marineros, entre los que estaba
Urdaneta, otorgó el liderazgo a Zarquizano, vasco de Elgóibar. O lo decidió él mismo.
El caso es que Bustamante no se atrevió a disputárselo.

Cuando   la   nao   llegó   a   Mindanao,   la   tripulación   estaba   ya   exhausta.


Afortunadamente el fondeo en Guam había aliviado parte de la carencia de víveres y de
agua, pero ese había sucedido un mes atrás y desde entonces habían tenido que batallar
con   el   calor   sofocante   en   esa   llanura   líquida   que   era   el   océano   Pacífico.   Ahora   en
Mindanao, la misión fundamental era proveerse de alimentos recurriendo al trueque de
mercancías o bien de las armas. La zona asiática, como otras de economía primitiva,
basaba en simples operaciones de trueque sus transacciones comerciales. Objetos de lo
más   variado   servían   como   escala   valorativa   en   los   intercambios,   desde   el   cobre   en
barras y amonedado, hasta el estaño en ollas, manillas, calderos…, y también tejidos,
cascabeles o espejos.

En   los   documentos   de   la   contabilidad   de   cualquier   armada   existía   siempre   un


capítulo importante que hacía referencia a las «mercadurías» y «otras cosas de dádiva».
En la expedición de Magallanes ese capítulo ascendía a la considerable cifra de 1 679 769
maravedíes o casi 4500 ducados de oro   y comprendía —ya lo hemos visto— desde
306

azogue   y   piezas   de   paños   de   distintos   colores,   hasta   cuchillos   de   Alemania,   tijeras,


espejos chicos o libras de cristalino «que son diamantes de todos los colores» . En la 307

flota de Loaysa hay que pensar que las «cosas para dádiva» también ocuparían un lugar
preferente en la expedición para apaciguar a los indígenas o mercadear para obtener
alimentos.   A   cambio   de   algunas   de   esas   cosas,   Urdaneta   consiguió   en   Mindanao
gallinas, arroz, frutas y vino de palma, pero no duró muchos días más el trato, porque
los nativos, recelosos, se negaron a seguir haciéndolo. Tampoco daba la impresión de
que fuesen un pueblo amable:

Los nativos de la isla eran cafres, idólatras (…) la gente era ataviada, vestía paños de algodón, de
seda y de raso de China; andaban todos armados de azagayas y lanzas arrojadizas en las manos (…) 308.

En vista de que su objetivo quedaba cubierto solo a medias y que no parecía que los
indígenas   quisieran   continuar   con   sus   tratos   con   los   europeos,   Martín   Íñiguez   de
Zarquizano   ordenó   zarpar   el   15   de   octubre   rumbo   a   la   vecina   Cebú,   de   infausto
recuerdo, hasta que los vientos empujaron la nave a la isla de Talao donde, ahí sí, los
nativos, más amables, proporcionaron víveres.

La cortesía y amabilidad de los naturales de Talao, y sobre todo la insistencia de su
cacique, tenían como objetivo que los expedicionarios les ayudasen a atacar a uno de los
caciques rivales. Era una estratagema parecida a la utilizada contra Magallanes. En esta
ocasión   Zarquizano   no   cayó   en   lo   que   hubiera   podido   ser   una   trampa   y,
prudentemente, puso rumbo hacia las Molucas.

La  Santa María de la Victoria,  de Martín Íñiguez de Zarquizano,


llega a las Molucas

Y por fin alcanzaron la Especiería.

El   largo  camino   oceánico  terminaba  aquí  el   29  de   octubre  de   1526,  al  año,  tres
meses y cuatro días de su partida de La Coruña. Como Urdaneta recordó en su diario,
de   las   450   personas   embarcadas   en   España   solo   105   llegaban   al   Maluco;   desde   el
estrecho   de   Magallanes   hasta   la   Especiería   habían   muerto   en   la   nao   capitana   unos
cuarenta hombres . 309

El   4   de   noviembre   los   supervivientes   de   la   única   nave   que   quedaba   en   la


expedición llegaron a la isla de Gilolo y entraron en el puerto de Zamafo. Urdaneta
describe cómo el capitán Martín Íñiguez de Zarquizano le envió a él en un prao, junto
con Alonso de los Ríos y otros cinco marineros, para que llevasen pliegos dirigidos a los
sultanes  de Tidore y Gilolo. En ellos se decía  que el emperador había enviado siete
naves al Maluco; que una sola había llegado a puerto, pero que las otras venían detrás.
En la misiva de Martín Íñiguez de Zarquizano les adelantaba que traía con él artillería,
nao y gente para favorecerles como leales amigos de Su Majestad y que estaban con
ellos contra quienes quisieran hacerles la guerra, bien fueran portugueses o naturales de
otras islas.

Los indígenas de Gilolo eran vasallos del sultán de Tidore y tanto ellos como el
sultán de Gilolo, cuando vieron que eran castellanos y no portugueses, los recibieron
como amigos y les enviaron alimentos «suficientes como para cien hombres». El sultán
de Gilolo se extendió en explicaciones sobre las pésimas relaciones que mantenían con
los portugueses. Alonso de los Ríos aseguró que la presencia de la nao tenía como fin
favorecerles y defenderles de los enemigos y —evidentemente— «contratar con ellos
muchas mercaderías que traían».

Urdaneta   añade   un   dato   que   los   expedicionarios   no   habían   conocido   hasta   ese
momento sobre Tidore:

…supimos que había portugueses en aquellas islas que hacían la guerra al rey de Tidore y los habían
destruido por ser amigos servidores del emperador.

La presencia española de los supervivientes de la expedición de Magallanes­Elcano
se   había   desvanecido   hacía   años   con   el   ataque   del   capitán   De   Brito.   Más   tarde,   el
gobernador portugués, García Enríquez, había ordenado otra nueva razia sobre Tidore
y había incendiado la capital de este sultanato rival. De eso hacía no mucho tiempo.

Un esclavo huido de los portugueses informó a Martín Íñiguez de Zarquizano y a
Urdaneta de que los portugueses tenían «una fortaleza de cal y canto en Ternate» , que 310

ya sabemos que era Gammalamma, construida por De Brito.

No tardaron los portugueses en reaccionar al detectar la nueva presencia de los
españoles   en   las   Molucas.   El   30   de   noviembre   un   portugués   llamado   Francisco   de
Castro llegó en un prao a Gilolo con pliegos del capitán del fuerte de Gammalamma,
García   Enríquez,   dirigidos   a   los   españoles.   En   ellos   manifestaba   que   las   islas   eran
propiedad de Portugal; les requería a que abandonasen aquellas tierras y les solicitaba
que le rindieran honores como gobernador de las Molucas en su fortaleza de la isla de
Ternate.

Los españoles negaron esas premisas y alegaron traer mandato del emperador para
construir   un  fuerte   en  las  Molucas.   Los  portugueses   pusieron  el   grito  en   el  cielo  al
escuchar esa pretensión como respuesta. Y con esto, se fue el portugués.

Los   hombres   de   Íñiguez   de   Zarquizano   consiguieron   más   víveres   en   la   isla   de


Erabo   el  sábado  1  diciembre   y  el   resto  del   mes  recorrieron   la  costa  de  Gilolo.  Aún
estaban en el puerto de Zamafo, situado en la costa noroeste de Gilolo, cuando supieron
que   el   sultán   de   Tidore,   Almanzor,   que   tan   hospitalario   se   había   mostrado   con   los
españoles de la expedición de Elcano, había fallecido recientemente, ocho días antes de
la   llegada   de   Zarquizano   a   las   islas,   y   que   ahora   gobernaba   como   regente   la   reina
madre, pues su hijo, el príncipe heredero, no tenía más de nueve años.

García Enríquez valoraba mientras tanto el oportuno momento de intervenir. El 29
de diciembre, una flotilla portuguesa compuesta de dos carabelas, una fusta y un batel
grande,   salió   en   busca   de   la  Victoria.   Pidieron   permiso   para   subir   a   bordo   y   los
portugueses entraron en la nao del emperador «e hicieron ciertos requerimientos para
que el capitán y la nao fuesen a su fortaleza» pues si no les llevarían a la fuerza. El
capitán español respondió que solo obedecía a su majestad el emperador y, en cuanto a
lo que decían «que por la fuerça le llevarían, que no respondía a tan gran vanidad, pues
que quando ellos eso tentasen, verían quan engañados vivían» . Y así los despidió.
311

El portugués, que se llamaba Fernando de Baldaya, volvió por tercera vez días más
tarde, con idénticas exigencias. Por escrito y de palabra conminó a los castellanos a que
abandonasen la isla, o de lo contrario enviaría sus barcos para expulsarlos por la fuerza.
Y eso fue lo que trató de hacer.

Íñiguez   Zarquizano   contestó   al   requerimiento   repitiendo   que   había   venido   a


aquellas tierras por mandato de su cesárea majestad el emperador y rey de Castilla, y
que las mencionadas tierras no eran de quienes el portugués decía:

Y que no había que hacer sino lo que su majestad le mandaba y a quien aquello estorbase o tal
presumiese tentar, que él hallaría la respuesta y resistencia que el tiempo le mostraría y que en lo demás
no quería perder el tiempo en palabras.

Zarquizano   añadió   que   «no   sería   razón   que   un   capitán   del   emperador   fuese   a
someterse bajo la bandera del rey de Portugal» , que no insistiera, y que no volviese
312

más a realizar requerimientos porque, «sin gastar más papel ni tinta, los respondería de
otra manera» . 313
Brava respuesta que no admitía malentendidos. No quedaban muchas alternativas
que no fueran el recurso a las armas.

El sábado siguiente dobló la nao española el cabo Gilolo, y «yendo a la vela, a seis
leguas   del   cabo,   le   salieron   dos   galeones   portugueses   y   una   fusta   y   unos   batelaços
grandes y hasta noventa praos para tomar la nao» . Sin embargo, las piezas de la nao
314

castellana —«…de muy gentiles tiros de bronce y fierro»— les impusieron respeto, y la
flotilla no se aproximó al alcance de los cañones. Posiblemente aquello no fuera más que
una misión preliminar de reconocimiento para calibrar la fuerza de los españoles. Pero
era claramente el prólogo de lo que pronto iba a suceder.

Los de Zarquizano estaban en inferioridad numérica respecto a los portugueses,
por lo que la alianza con Tidore resultaba vital para los españoles y también para los
tidores, al tiempo que Gilolo se beneficiaría de ella. Por lo tanto, animado Zarquizano
por el sultán de Gilolo para que no perdiese tiempo y se pusiese en contacto con Tidore,
envió una misión encabezada por Alonso de los Ríos y Urdaneta, que, como escribió
este:

…cuando llegamos a Tidore los jefes mostraron tanta alegría de nuestra llegada que era digno de
verse, y todo el pueblo siguió su ejemplo.

Los informes de este cordial recibimiento convencieron a Zarquizano para zarpar
directamente   con   la  Victoria  hacia   Tidore,   donde   llegó   el   1   de   enero   de   1527,
dirigiéndose a fondear «al sitio en que había estado el pueblo principal de la isla en la
parte del sudeste» . 315

La ciudad estaba ubicada en la parte oriental de la isla y había sido arrasada por los
portugueses hacía unos meses (1526). El recibimiento de los tidores fue cordial y hasta
entusiasta, como lo había sido cuando les visitara Alonso de los Ríos.

El pequeño gobernante, hijo del sultán Almanzor, recibió complacido la compañía
de   Alonso   de   los   Ríos,   en   la   arruinada   ciudad   de   Tidore,   tras   la   razia   de   García
Enríquez. Recordaba la amistad que había mantenido su padre el sultán Almanzor con
los expedicionarios de Elcano, y se ofreció «a favorecer a los castellanos en todo lo que
pudiesen   hasta   morir» .   Les   contaron   cómo   se   había   producido   la   destrucción   y   el
316

incendio de sus ciudades y de sus bienes «por haber estado al servicio del emperador
(de España)»  y los españoles pudieron ver «la destrucción y quemadura de las tierras
317

que les hicieron los portugueses».

Al   día   siguiente   renovaron   la   alianza   que   había   hecho   Almanzor   con   Elcano   y
Espinosa. Zarquizano sobre el misal, y el heredero de Tidore sobre el Corán, juraron
guardarse fidelidad.
Zarquizano   y   sus   105   hombres   estaban   decididos   a   cumplir   las   órdenes   del
emperador,  y allí iniciaron la construcción de un fuerte.  Ante  la actitud  que  habían
manifestado los portugueses de Ternate, esa defensa era además obligada y urgente. La
misma   urgencia   debieron   percibirla   los   habitantes   de   Tidore,   que   temían   que   sus
vecinos de Ternate y los portugueses de García Enríquez se les echasen pronto encima
por   ofrecer   asilo   a   la   nueva   expedición   española.   Con   el   fin   de   paliar   la   amenaza,
inmediatamente se iniciaron unas pequeñas obras en un punto fortificado, «un reparo
de   piedra   y   tierra   y   madera   para   poder   poner   alguna   artillería».   Construyeron   tres
terraplenes  defensivos para sus piezas de artillería,  a base de cantos rodados, tierra
apelmazada o adobe y madera, que fue tomando forma con la ayuda de los naturales de
Tidore,   incluidas   las   mujeres.   Terminada   la   estructura,   desembarcaron   parte   de   la
artillería de la Santa María de la Victoria y la mitad de la gente, dejando la otra mitad en
la nao, ya que recelaban de que los portugueses fueran a echarla a pique. Estas obras de
fortificación resultaron mínimas, pues en quince días o menos que debió durar la obra,
no estaban para muchas gollerías.  Levantaron las defensas  cerca  de los restos de la
población de Tidore, que se encontraba en el sitio de la actual ciudad de Soa Siu o, como
iría siendo habitual, sobre las ruinas.

Lopes de Castanheda describe el poblado real de Tidore —o lo que quedaba de él—
como una población situada a poca distancia del mar y rodeada «por una empalizada
en   lugar   de   muralla»   o   «cercada   de   una   tranqueira   de   duas   faces» .   Al   parecer,   la
318

fortaleza —el término fortaleza quizás sea muy exagerado— estaba ubicada dentro de
la ciudad —«la fortaleza dos castelhanos estaba dentro» —, con parte de la artillería,
319

cinco o seis piezas, protegiéndola.

La   práctica   totalidad   de   los   puntos   fortificados   o   baluartes   en   las   dos   islas   en


conflicto se iría modificando a lo largo de la historia moluqueña. Durante los 150 años
de lucha entre españoles, portugueses, holandeses, ternates y tidores, todos los fuertes
pasaron por ser destruidos, reparados de nuevo, vueltos a destruir y luego a reparar.
Soa Siu o el Lugar Grande del Rey no fue una excepción. El fuerte, castillete o reducto
fue   conocido  con varios nombres:  Fuerte  del   rey   de  Tidore,  Lugar  Grande  del   Rey,
Gomafo, Gomaffa (por los holandeses) o Samafo.

En   la   costa   y   a   poca   distancia   de   la   fortificación   de   Soa   Siu   y   de   la   playa,   se


encontraba fondeada la Santa María de la Victoria, la sufrida nave que era lo único que
quedaba de la flota de Loaiza.

Todavía el ir y venir de los emisarios continuó durante algún tiempo. Lo que no se
había solucionado en las juntas de Vitoria, Elvas o Badajoz parecía que se iba a dirimir
ahora a cañonazos.
Mientras tanto los españoles recibían víveres, arroz, gallinas, cabras…, esperando
el   ataque   portugués   que   parecía   inevitable   y   «estuvieron   cada   día   fortificándose,   y
luego   los   indios   començaron   a   reedificar   y   haçer   sus   casas   porque   las   que   primero
tenían avíanselas quemado los portugueses» . 320

El 17 de enero, a media noche, una fusta, un batel, un sampán y muchos praos
portugueses,   con   mucha   artillería,   se   aproximaron   con   sigilo   a   la  Santa   María   de   la
Victoria. En la oscuridad, pretendían abordarla por sorpresa, pero el ruido de los remos
les delató. La guardia de la nao, que había situado piezas ligeras, algunas lombardas, en
uno de los salientes de la costa, los descubrió y abrió fuego: «Les tiraron con un tiro y
dio a la fusta y faltó muy poco para la echar a fondo» . Respondieron los portugueses
321

con   fuego   artillero.   Respondió   también   la  Victoria.   Un   impacto   desde   la   fusta


portuguesa dio en la nao por la banda de estribor   y le agujereó el casco. Volvió la
322

Victoria a recibir fuego de bombarda que impactó cerca del primer bombazo y mató a
un grumete, Jorge de Atan, hirió a tres marineros y produjo más daños en la estructura.

Entonces   respondieron   las   piezas   pesadas   de   la   artillería   de   Zarquizano   en   el


intercambio   de   fuego   de   cañón.   Las   lombardas   de   la   nao  Victoria,   que   estaban
eficazmente   servidas,   produjeron   algunas   bajas   entre   los   portugueses,   haciéndoles
mucho daño —lhe fez muito danho — y causando impactos en el batel de la flotilla que
323

esa noche se retiró.

El viernes 18 de enero los portugueses volvieron a la carga con mucha artillería té
ora   de   comer.   Las   dos   piezas   de   «artillería   gruesa»   de   los   españoles   hicieron   fuego
repetidamente, pero  como estaban mal asentadas solo alcanzaron a la fusta con dos
impactos, y esta se retiró a reparar daños y a llevar los heridos a Ternate . Esa misma 324

tarde   hubo   alguna   escaramuza   en   tierra   entre   15   de   los   ballesteros   y   arcabuceros


españoles   y   soldados   portugueses.   Sabiendo   que   algunos   portugueses   habían
desembarcado en el lugar en que refugió su fusta, y que descansaban despreocupados
después de comer, los arcabuceros se acercaron y les acuchillaron, con el saldo de dos
portugueses y dos líderes ternates muertos. Aquello no desanimó a los lusitanos, que
regresaron más tarde con otra fusta en la que una bandera llevaba escrito el lema «a
sangre y fuego» y se fueron hacia la nao disparando con su artillería ligera.

El   sábado   19,   con   la   amanecida,   se   presentaron   nuevamente   los   portugueses,


disparando muchos tiros, que fueron respondidos por la Victoria con mayor intensidad.
Debido   a   la   distancia   y   al   movimiento   en   el   agua   de   la   fusta,   los   disparos   de   la
lombarda contra la Victoria eran imprecisos. Además, las lombardas no alcanzaban su
fuego efectivo a más de 400 metros. Si se quería mayor precisión había que acercarse
algo   más   para   batir   un   objetivo   que   estaba   en   la   costa,   como   la  Victoria.   Pero   al
aproximarse mucho quedaban bajo el fuego de las lombardas de la nao española y de
las piezas gruesas de Soa Siu.
Para   echar   a   pique   a   un   buque,   que   era   lo   que   pretendían   los   portugueses,   la
puntería tenía que hacerse de forma que la bala diese en la medianía del casco. Por ello,
buscando   tener   mayor   alcance,   los  portugueses   que   atacaban   a  la  Santa  María   de   la
Victoria  introdujeron más carga de pólvora que la que recomendaba la prudencia en
aquellas piezas de hierro. La relativa debilidad del espesor de las paredes del ánima del
cañón de hierro requería una carga impulsiva menor que la que se usaba en los cañones
de bronce; el caso es que, a eso del mediodía, uno de los cañones de hierro reventó. Con
ello terminó el ataque y regresaron a Ternate.

Sin embargo, el combate había obligado a que la Victoria lanzase sus andanadas en
respuesta al fuego adverso. El retroceso de los cañones —además de los dos impactos
recibidos— terminó afectando a la estructura de la nao. Sus costados, deteriorados y
agrietados,   se  abrieron  de   manera   irreparable  por  el   efecto  de  las  sacudidas  de   sus
propios cañones.

El relato de Fernández de Oviedo lo confirmó así:

La nao capitana en que avia ydo este capitán (García de Loaysa) y esos pocos que quedaron de la
armada, no estaba para navegar y se avia abierto toda… 325.

Zarquizano entendió que sin nave la expedición no tenía sentido. El proyecto había
fracasado.   La  Victoria  había   causado   problemas   desde   el   principio   de   la   travesía.
Bastante había aguantado. Quiso cerciorarse Zarquizano de que no había reparación
posible, haciendo jurar al maestre, al piloto y a otras personas entendidas que según su
criterio la nao no podía navegar. Todos, resignados, lo confirmaron.

Además,   habían   gastado   12   quintales   de   pólvora   de   las   escasas   reservas   de   la


Victoria. A partir de ahora no podían ni navegar ni combatir . 326

Entonces   Zarquizano   dio  la  orden   más  triste   que   un  marino   puede  dar ,  la  de
327

retirar todos los objetos aprovechables a bordo y prender fuego a su barco.

La última nave que quedaba de la expedición de Loaysa acabó tomando la forma
de una inmensa hoguera. Las acciones de Jácome Fugger, Bartolomé Welser; los ahorros
y los sueños de Hernando de Andrada y Vasco García; las contribuciones y proyectos
de   Cristóbal   de   Haro,   Juan   van   Zeller,   Pablo   Gamarra;   junto   con   las   millonarias
aportaciones de la Corona y todos esos ducados de oro invertidos en la nueva Casa de
la Contratación de La Coruña, se tradujeron en pavesas que quedaron flotando en el
aire de las islas más perfumadas y ricas de la Especiería, antes de transformarse en
cenizas y caer sobre la playa.
7
Españoles y portugueses.
La guerra en las Molucas
(1527­1530)

E L   EMPERADOR   NO   TUVO   NOTICIAS   DE   TODOS   ESTOS   AVATARES .  Entusiasmado  por  la


expedición de Elcano, apenas podía controlar su impaciencia por desplegar sus
estandartes en las Molucas. En palabras de Juan Gil, que repite Patricio Hidalgo
Nachera, «el entusiasmo por el Maluco no podía ser más desbordante» . A ello había
respondido  la expedición de  García  Jofre  de  Loaysa que  hemos visto  en el capítulo
328

anterior.

La impaciencia era tal que en la corte no quisieron ni esperar noticias de Loaysa,
que   había   zarpado   en   1525.   Ya   al   año   siguiente   Carlos   I   decidió   armar   otra   nueva
expedición, esta vez llevando al frente al veneciano Sebastian Caboto.

La expedición de Sebastián Caboto (1526)

Sin conocer aún la triste fortuna que se había abatido sobre la flota de Loaysa y lo arduo
y penoso que era surcar la ruta de Magallanes, el entusiasmo sobre la Especiería no
cesaba de atraer como un imán las inversiones y los capitales en compañías mercantiles
que se organizaban al efecto, muy cómodas además por estar cubierto el marco jurídico
decretado por el emperador para favorecer a la Casa de la Contratación de La Coruña.

Recordemos que la contribución de los armadores a los gastos de la expedición de
Loaysa   había   alcanzado   cotas   que   ninguna   empresa   mercantil   había   logrado   hasta
entonces. El capital español reunido llegó a los 2 485 998 maravedíes, mientras que los
alemanes aportaron 4 024 000 y el capital flamenco sumó 91 560 maravedíes.

Pero   si   la   expedición   de   Loaysa   había   atraído   importantes   caudales   privados


españoles y extranjeros, en las respetables cantidades que hemos reseñado, la de Caboto
la superó. Llegaron a 3 173 502 maravedíes solo las cifras del capital español repartidos
entre   nombres   que   luego   veremos,   y   a   esa   lista   se   unieron   en   busca   de   beneficios
inversores   genoveses   (3   171   033   maravedíes),   toscanos   (598   380   maravedíes),
329 330

lombardos  (25 491 maravedíes), ingleses  (795 306 maravedíes) y alemanes  (407 880


331 332 333

maravedíes) . 334
La Corona, sin embargo, moderó su aportación. Si con Loaysa se había volcado,
participando con la astronómica cifra de 10 000 000 de maravedíes, con Caboto invirtió
en la empresa solamente 1 308 000. Y sintomático fue también que Cristóbal de Haro,
tan generoso con Magallanes­Elcano y con Loaysa, no aportase ni un ducado en la del
veneciano.  Con  todo,  la  suma  total  invertida   llegó  a  los  9  476  592  maravedíes,   o  si
queremos traducirlos a ducados de oro, la imponente cifra de 25 278.

El 5 de abril de 1526, la escuadra de Caboto, de tres naos, partió de Sanlúcar de
Barrameda. Su misión era llegar a las islas de Tarsis, Ofir, Cipango y Catay, y también
auxiliar a los naúfragos de la expedición de Magallanes.

Siguiendo rumbos ya conocidos, llegó a las costas de Brasil. Allí encontró varios
náufragos de la expedición de Juan Díaz Solís (1516) que habían llegado hasta el Río de
la   Plata   y   que   testimoniaron   el   descubrimiento   del   Mar   Dulce,   llamado   así   por   la
presencia  de agua dulce en la desembocadura  del Río de la Plata. Sebastián Caboto
quedó seducido por los relatos de estos supervivientes y, deseoso de ahondar en lo que
parecía   abrir   una   puerta   de   leyenda   hacia   un   mundo   de   riquezas,   mantuvo
conversaciones   secretas   con   los   jefes   de   las   factorías   portuguesas   establecidas   en
Pernambuco.

Fue   de   este   modo   como   el   veneciano   recibió   confirmación   de   que   Solís   había
descubierto un río (el de la Plata) que conducía a regiones gobernadas por el legendario
rey   Blanco.   Ello   prometía   un   mundo   de   aventuras,   réditos,   suculentos   beneficios   y
esperanzadoras   fortunas;   promesas   y   relatos,   todos   ellos,   que   en   un   veneciano   no
podían caer en terreno baldío.

Al escuchar la leyenda contada por los brasileños, que además certificaban al poner
el   relato  en  boca   de  uno  de   los  náufragos  de   la  expedición  de  Solís,  llamado   Alejo
García, todo cambió. Caboto, que era de los codiciosos del oro, cuya obtención juzgaba
fácil, y codicioso de rangos y honores, abandonó el proyecto de llegar a las Molucas,
que era el objetivo para el que se había financiado la expedición, y, siguiendo el curso
de  la costa hacia el sur, decidió  explorar la región que  le habían  descrito  con tanto
detalle y entusiasmo.

Ese mismo año de 1526 ancló cerca del cabo de Santa María, en lo que hoy es Punta
del Este. En sus jornadas en tierra ordenó construir una nao que pudiera navegar por el
Mar Dulce. Caboto llegó hasta la boca del Río de la Plata y lo exploró hacia el interior.
Se   internó   en   el   río   Paraná   y   coincidió   allí   con   otro   frustrado   explorador   de   la
Especiería,   Diego   García   de   Moguer,   que   también   se   había   desviado   de   la   misión
encomendada por la Casa de la Contratación de la Especiería coruñesa y rondaba por
los estuarios.
Nada consiguió.

En agosto de 1530 el veneciano regresó con todo desparpajo a España. No había
cumplido ni uno de los objetivos ordenados. Como no podía ser de otra manera, al
llegar a Sevilla fue detenido y juzgado por desobediencia y por el despilfarro de los 9
479 592 maravedíes echados por la borda en sus singladuras por el Río de la Plata.
Había estafado a aquellos que habían financiado su expedición, entre los que estaba la
propia Corona, que había sufragado parte de la empresa. En los aprestos de su armada
habían intervenido también inversores particulares españoles que participaban como
armadores   con   una   apreciable   suma   de   8462   ducados   de   oro.   No   se   trataba   de
inversores   cualquiera.   Entre   ellos   se   encontraban   funcionarios   del   Consejo   de   Su
Majestad, como el doctor Beltrán y don Juan Sámano, habituales en sus contribuciones
inversoras para las expediciones que partían de La Coruña, a los que esta vez se unían
otras personalidades como Pedro Mártir de Anglería o pesos pesados de la Casa de la
Especiería   como   Domingo   de   Ochandiano,   junto   con   marinos   y   oficiales
expedicionarios, como el capitán Rojas, Martín Méndez, Gonzalo Núñez de Balboa —
hermano del descubridor del Pacífico— o Hernando Calderón, además de un nutrido
número   de   administrativos   de   la   Casa   de   La   Coruña,   entre   los   que   figuraban   los
contadores Johan de Concha y Miguel Valdés, el tesorero Johan de Junco y así hasta
completar la lista de 74 hombres de negocios , mercaderes, administrativos, artesanos y
335

representantes de los armadores, a los que la impaciencia no les había permitido esperar
y   no   habían   querido   perder   oportunidades,   apuntándose   con   sus   ahorros   al   gran
negocio de las especias con la cifra de 3 173 502 maravedíes.

Otro tanto ocurría con los 34 extranjeros que acudieron a capitalizar la empresa.
Genoveses, toscanos, lombardos, ingleses y alemanes aportaron 4 998 090 maravedíes, o
lo que, traducido a ducados, suponía 13 328, casi un millón de actuales euros . 336

Los Welser y Fugger, más tarde, pleitearían con la Corona, y en 1530 suscribieron
con el emperador un empréstito por la cuantiosa suma de 1 500 000 ducados que obligó
a hipotecar las rentas de los maestrazgos de las ordenes militares. Además, Cristóbal de
Haro, como compensación, obtuvo licencias en las Indias «en pago del alcance a su
favor   en   el   cargo   de   las   armadas   del   Maluco»,   por   otros   descalabros   anteriores   —
básicamente el de Loaysa—, porque en la expedición de Caboto, e ignoramos la razón,
ya se ha dicho que no aportó ni un maravedí.

En   el   juicio,   Caboto,   como   obvio   resulta   suponer,   fue   declarado   culpable   y


deportado el 1 de febrero de 1532 a Orán, plaza conquistada por España hacía tan solo
unos   años.   Bien   hubiera   podido   quedarse   allí   por   algún   tiempo,   pero,
incomprensiblemente, el emperador le perdonó al año siguiente y el veneciano regresó
a   Sevilla,   donde   fue   admitido   nada   menos   que   en   la   Casa   de   la   Contratación,
disfrutando del bien pagado cargo de piloto mayor, que ocupó hasta 1547.
Hombre   conflictivo,   se   reveló   como   un   auténtico   especialista   en   demoliciones,
arrasando las relaciones y contactos que encontraba a su paso. Ni que decir tiene que
salió mal de su nueva ocupación y, después de varias disputas con los cosmógrafos de
la Casa de la Contratación de Sevilla, fue despedido.

Llamado a Inglaterra, fue nombrado secretario de Marina de Enrique VIII y piloto
del   reino.   La   llegada   de   Caboto   a   Londres   y   el   mimo   con   el   que   fue   tratado   este
personaje   —exageradamente   aplaudido   en   muchos   trabajos   de   la   historia   de   la
navegación— debe enmarcarse en el proyecto de la corte inglesa de ir preparando una
nueva   generación   de   pilotos   que   permitiese   al   reino   dotarse   de   una   fuerza   naval
mejorada.   Con   ello   se   buscaba   ampliar   los   escasos   conocimientos   teóricos   sobre
latitudes   o   navegación   astronómica   y   así   avanzar   fuera   de   sus   aguas,   a   lo   que,   al
parecer, Caboto contribuyó.

Pero regresando a la corte, en esa época itinerante en Granada, el emperador Carlos
seguía  sin  tener  noticias ni de los hombres  de la expedición Magallanes­Elcano  que
habían  quedado  en las Molucas ni de  la estelar  armada  del comendador Loaysa. El
océano Pacífico era una incógnita que no respondía.

Hernán Cortés y el Pacífico

Aunque   la   historia   haya   perpetuado   a   Hernán   Cortés   por   sus   acciones   militares
terrestres, él estaba obsesionado por la necesidad de que Nueva España contase con una
fuerza significativa de unidades navales. Lo percibía como un instrumento urgente. Y lo
echaba en falta para consumar la expansión del virreinato. Poco después de que Balboa
descubriera el Mar del Sur, se llevaron a cabo expediciones exploratorias en América
Central y, respondiendo a la inquietud de Cortés, se construyeron algunos astilleros y
puertos para llevar a cabo la exploración de esa Mar del Sur en toda su amplitud . 337

Estaba gestando la ambición.

El proyecto de ensanchar los límites de las posesiones reales de Nueva España más
allá del Pacífico se basaba en la pretensión de incorporar otras islas y territorios que se
pudieran descubrir, imaginando además la riqueza que supondría para el virreinato el
comercio de las especias con el Maluco.

Con   ese   espíritu,   Hernán   Cortés   había   ordenado   sus   planes   iniciando   la
construcción   naval   en   Nueva   España.   Dos   carabelas   y   dos   bergantines   estaban
trabajándose  en   los  astilleros  de   Zihuatanejo.  Poco   a  poco  fueron   apareciendo   otras
poblaciones marítimas como Zacatula, en el actual estado mexicano de Guerrero. No
había   duda   de   que,   al   ir   creando   una   cantera   de   astilleros   en   la   fachada   atlántica
americana, las naos se ahorrarían el viaje desde la Península Ibérica y la penosa travesía
del   estrecho   de   Magallanes,   lo   que   no   era   poco.   En   la   franja   del   Pacífico   pronto
comenzarían a levantarse Tehuantepec, La Navidad, Acapulco y Santiago, astilleros en
los que llegaron a armarse 25 naves entre 1523 y 1540. A ellos habría que añadir más
tarde, en la década de los treinta del  XVI, el de Panamá y el de la isla de las Perlas,
iniciados en 1533, y El Realejo (1534), con una producción de varias naves al año . 338

Deseaba Cortés, según escribió al rey, que España se posesionase del Maluco no
solamente negociando con las islas (en rescate), sino uniéndolas al virreinato de Nueva
España:

…descubrir por aquí toda la Especiería y otras islas, si hobiere cerca de Maluco a Malaca y China (…)
de tal orden que V.M no haya la Especiería por vía de rescate, sino que la tenga por cosa propia y los
naturales (…) como rey y señor natural339.

Y así lo propuso en su tercera carta de relación el 15 de mayo de 1522 y lo reiteró en
la quinta carta al rey el 3 de septiembre de 1526.

Lo repito, la expansión hacia el Pacífico, resultaba casi obsesiva en Cortés. Tenía
además noticias muy directas de los esfuerzos que se estaban llevando a cabo para la
conquista   de   las   Molucas.   Recordemos   que   el   patache  Santiago  de   la   expedición   de
García de Loaysa llegó perdido a Macatban en el verano de 1526. El capellán, Juan de
Aréizaga, se presentó ante Cortés para relatarle la aventura y para indicarle que, muy
probablemente, las naves de Loaysa se encontraban ya en las Molucas.

Fuera por eso o por la convicción generalizada por Toscanelli de que la Especiería
no estaba lejos, lo cierto es que Cortés estimaba que, una vez encontrado el «paso» a la
mar del Sur, las Molucas y China estaban al alcance de la mano. Al alcance de Nueva
España. Ignoraba, y no solo él, que la extensión del Pacífico ocupaba nada menos que el
20 %  de  la circunferencia  del  globo  terráqueo.  Pero  entonces no  podían  medirlo, ni
siquiera imaginarlo. Confiado en esa proximidad, Cortés mantenía la firme creencia de
que las Molucas y el Nuevo Mundo estaban «muy cerca». Y sobre las creencias no tiene
sentido discutir.

Con esas noticias y los deseos que le expresaba su virrey en la correspondencia,
Carlos I no pudo  permanecer  impasible, y el 20 de junio de 1526 ordenó transmitir
desde Granada una real cédula que contenía el mandato a Cortés de armar una flota
hacia poniente. La escuadra debería acudir a la búsqueda de los posibles supervivientes
de las armadas enviadas desde España al Maluco: la de Magallanes en 1519, una de
cuyas naves había quedado en Tidore con medio centenar de hombres; la segunda, en
1525, capitaneada por el comendador Loaysa, de la que no se tenían noticias salvo las
del patache Santiago, y por último la de Sebastián Caboto, despachada en abril de 1526,
dos   meses   antes   de   la  firma   de   la  real   cédula,   ignorando   que   este   último   no   había
logrado llegar a las islas de la Especiería, porque ni siquiera lo había intentado, y se
había distraído por su propia voluntad y capricho por otro camino.

Carlos I era sensible a las ideas y a la pasión de Cortés y sus iniciativas navales. Y
sobre todo no deseaba que la búsqueda de la Especiería se desvaneciese como parecía
que se habían desvanecido las expediciones enviadas para su descubrimiento.

La   carta   que   el   emperador   dirigió   a   «nuestro   gobernador   y   capitán   general   de


Nueva España», con fecha 20 de junio de 1526, era más que una orden, era la ayuda
oficial   que   Cortés   esperaba   para   un   ambicioso   proyecto   de   descubrir   y   conquistar
tierras del Oriente:

He visto por vuestras relaciones que habéis enviado, que hacéis memoria de las cuatro carabelas o
bergantines que teníades hechas y echados al agua en la costa del mar del Sur, y como decís que las
teníades hechas para el propósito de descubrimiento de la Especiería, por la gran confianza que Yo tengo
de vuestra voluntad para las cosas de nuestro servicio (…) he acordado de encomendaros a vos este
negocio…340

De esta interesante misiva merece la pena entresacar algunas líneas básicas:

En 1519 envié una armada de cinco naos a las nuestras islas de Maluco (…) que caen dentro de los
límites de nuestra demarcación (…) por nuestro capitán general Hernando de Magallanes (…) la nao
capitana llamada Trinidad quedó allá, porque hizo aguas con hasta cincuenta y siete hombres. Después, el
año pasado de mil quinientos veinticinco mandé enviar otra armada (…) con seis naos (…) por capitán
general Fr. García de Loaysa (…) con naos más gruesas (…) y ordené las que han de quedar en las dichas
islas (…) gobernándolas (…) El cual también ha de ir a las dichas islas del Maluco (…) para saber qué se
hizo de la dicha nao capitana, llamada  Trinidad  y de gente que en ella quedó en las dichas islas del
Maluco.

Y continuaba dictando el emperador:

Por ende, yo os encargo y mando, que luego que esta recibáis, con la diligencia e gran cuidado que el
caso requiere, e vos sabéis poner en las otras cosas que son a vuestro cargo, déis orden cómo dos de las
dichas carabelas o una de ellas con el bergantín o como mejor os pareciere (…) vayan en demanda de las
dichas islas de Maluco.

El mandato era claro.

Nueva España podría convertirse en el futuro en la base desde donde se armarían
las expediciones a las Molucas. Las flotas de este modo, reducirían costes, evitarían un
porcentaje apreciable de naufragios y otros peligros —al menos estadísticamente— y,
sobre todo, evitarían la temible travesía del estrecho descubierto por Magallanes, que se
revelaba   ya   como   una   arriesgada   y   derrochadora   opción   que   había   que   desechar.
Demasiados meses, demasiadas millas, demasiados naufragios y demasiados muertos.
El destino de Martín Íñiguez y la tripulación de Loaysa en Tidore

¿Qué   había   sucedido   mientras   tanto   en   las   Molucas   con   los   supervivientes   de   la
expedición de Loaysa, que tanto preocupaba al emperador Carlos I? Habíamos dejado a
un centenar  de españoles repartidos entre las islas de Gilolo y Tidore, al mando de
Íñiguez   de   Zarquizano,   peleando   contra   los   portugueses,   una   vez   que   se   vieron
obligados a quemar la Santa María de la Victoria, incapaz de navegar tras los efectos de
las tormentas y de los combates.

Sin barcos, los españoles se vieron forzados a utilizar una fusta capturada y otra
que había sido construida por la gente de Gilolo para defenderse de los portugueses.
Mientras tanto se logró una tregua.

En mayo de 1527 llegaron al puerto de Malaca dos naves de Portugal. En una de
ellas viajaba don Jorge de Menesez, que venía con instrucciones de Goa, con refuerzos y
con órdenes de remplazar a don García Enríquez como nuevo capitán y gobernador del
castillo. A las pocas semanas se presentó en Ternate. El capitán Menesez comenzó con
actitud falsamente acomodaticia. En cuanto tuvo la ocasión, le hizo llegar un mensaje
haciéndole saber a Martín Íñiguez de Zarquizano «que le pesaba mucho aquella guerra
y   le   rogaba   que   hicieran   treguas» .   Martín   Íñiguez   contestó   en   el   mismo   sentido,
341

aunque insistiendo en el reconocimiento de la soberanía del emperador sobre las islas.

Ante   el   nuevo   clima   de   moderación   las   hostilidades   cesaron,   pero   prosiguió   el


interminable   debate,   de   un  lado   y   de   otro,  sobre   la   propiedad   de   las  Molucas.   Los
castellanos pidieron a Menesez que les entregase a su antecesor García Enríquez por
haber «echado a pique una nao del emperador». El capitán portugués debió percibir
que estas actitudes estaban muy alejadas del sometimiento de los castellanos y que no
iba a ser factible ni echarlos ni que voluntariamente se fuesen. Por lo tanto, recurrió a
astucias más turbias para deshacerse de sus enemigos.

Estableció una relación clandestina con los jefes de Tidore y Gilolo, prometiéndoles
artillería y grandes dádivas para que asesinasen a los españoles, pero no logró que la
traición se materializase; recurrió incluso a ordenar que se envenenasen las aguas de un
pozo del que se servían los castellanos, aunque la bribonada se llegó a saber por la
delación de un clérigo portugués que no quiso que la matanza se llevase a cabo.

A pesar de ello, la tregua continuó. Hasta que una mañana los ternates atacaron a
los aliados de los españoles en Gilolo cuando sus praos estaban pescando. A los pocos
días, Urdaneta y los praos de Gilolo se tomaron la revancha con los ternates. Ello ponía
punto   final   a   la   tregua.   Los   portugueses   culparon   a   Urdaneta.   Íñiguez   Zarquizano
calmó a los lusitanos, indicando que, si la versión portuguesa era la correcta, él mismo
ordenaría cortar la cabeza a Urdaneta. El propio Urdaneta aclaró después a Íñiguez de
Zarquizano   la   cuestión,   culpando   a   los   indígenas   de   Ternate   de   haber   iniciado   el
conflicto. Las espadas volvieron a estar en alto.

Los portugueses no veían modo de quebrar la alianza entre castellanos, tidores y
los   habitantes   de   Gilolo.   La   presencia   de   los   castellanos   y   su   resistencia   ante   los
ocupantes del fuerte portugués de Ternate animaban al desafío contra los lusitanos en
las demás islas y eso se percibía en la fortaleza como una seria amenaza.

Los naturales de las islas empezaron a percibir vulnerabilidades en los lusitanos.
Ante   estos   signos   de   debilidad   de   los   portugueses,   reales   o   aparentes,   se   unió   a   la
alianza de Zarquizano con los sultanes de Gilolo y el príncipe heredero de Tidore uno
de   los   jefes   de   la   isla   de   Matjan.   Fue   a   rendir   pleitesía   al   emperador.   Pero   los
portugueses reaccionaron en defensa de su principio de autoridad, y el pueblo del jefe
de Matjan, fue destruido en una furiosa razia. Muchos de sus seguidores terminaron
siendo asesinados y él se vio forzado a refugiarse en Tidore.

El 12 de julio de 1527 Martín Íñiguez Zarquizano falleció. Un cúmulo de sospechas
rodeó   su   muerte.   Parece   ser   que   fue   envenenado   por   Fernando   de   Baldaya   en   un
intento por descabezar de la resistencia española. Sin embargo, la guerra no se detuvo.
En  su sustitución fue elegido  Hernando  de  la Torre, y  las escaramuzas  y  golpes  de
mano se volvieron incontables. A pesar de la superioridad de los portugueses en barcos,
hombres   y   armamento,   no   conseguían   derrotar   a   los   españoles.   Ello   despertó
admiración entre la población de las Molucas . 342

La   presencia   física   de   los   españoles   se   encontraba   repartida   entre   el   puerto   de


Zamafo,   en   Gilolo,   y   las   proximidades   de   la   ciudad   de   Tidore,   donde   estaban
construyendo una nao que al final quedó en nada por la dificultad en el trabajo con las
maderas locales. Raro era el día en que no se encontraban en el mar praos y canoas de
un  lado y de  otro  y trababan  combate.  Urdaneta  capitaneaba la fuerza de  praos de
Tidore y de Gilolo.

El prao, prahu en portugués, era un barco ligero, pero de gran capacidad de carga,
comúnmente empleado tanto por los mercaderes como por los piratas. Los praos de
guerra estaban especialmente artillados con numerosas lantacas en cubierta y medios
cañones a proa y popa. Normalmente se artillaba colocando en su proa o en su popa, o
en ambas si había piezas de sobra, un esmeril o un sacre, piezas de borda, giratorias,
muy eficaces cuando se perseguía a otras embarcaciones adversarias de idéntico porte.

Los   remeros   de   las   embarcaciones   moluqueñas   iban   fuertemente   armados   con


picas, cuchillos, espadas,  lanzas de bambú  y escudos. Mosquetes  y pistolas no eran
parte   del   arsenal   corriente   en   las   Molucas,   aunque   sí   en   las   islas   Filipinas,   según
numerosas referencias de la época.
Las tripulaciones llevaban armas de fabricación de forjas locales: kris, que eran unas
dagas de hoja ondulada, y  kampilanes  o cimitarras de doble filo, que se utilizaban a
modo de sable, más para dar hachazos y golpes de filo y contrafilo, que para atravesar
el cuerpo del contrario. Eran las temibles armas de los remeros de los praos y kora­koras.

El objetivo que perseguían ahora los portugueses era arrasar nuevamente Tidore, la
ciudad   y   los   baluartes,   en   esta   ocasión   atacando   a   los   castellanos   que   lideraban   la
resistencia contra Menesez. Hacia el 27 de marzo de 1527 se presentaron en la costa de
la isla de Tidore dos praos portugueses bien armados que iban en misión de castigo a
Tidore. No esperaban que otro prao con Quichil Rade, hermano del sultán de Tidore, a
bordo,   y   el   capitán   Urdaneta   con   ocho   castellanos,   les   salieran   al   paso.   Pronto   se
unieron los praos de Gilolo, dispuestos a abordar a los portugueses. En aquellas aguas,
ganar velocidad era vital para maniobrar, y ello no solo era cuestión de remos, sino de
tino y habilidad para esquivar los arrecifes. Urdaneta quiso que su prao se abarloase
con uno de los portugueses, pero estos, al ver lo que se les venía encima, no desearon
ponerse en riesgo y volvieron la proa hacia Ternate tan rápido como pudieron.

Los praos portugueses llevaban distancia. Una legua y media, indica Navarrete.
Les   disparó   Urdaneta   con   su   artillería   de   proa   y   los   portugueses   aumentaron   la
distancia bogando en huida.

El último disparo realizado desde el prao de Urdaneta fue temerario. Un barril de
pólvora que se hallaba descubierto en la cubierta ardió con las chispas que saltaron y se
quemaron «algunos castellanos y quince indios, seis de los quales murieron». Urdaneta,
que estaba cerca del barril, fue uno de los afectados. Se echó al agua e intentó después
acogerse al prao, pero no pudo.

Los portugueses, que vieron el fuego, regresaron para arremeter contra el prao de
Tidore y descubrieron a Urdaneta nadando. Le dispararon mientras estaba en el agua,
«y conosçidamente le quiso Dios guardar de muchos escopetaços que le tiraron»; pero
los praos de Gilolo se interpusieron y recogieron al capitán, al que llevaron a Tidore
«muy quemado y perdido, y estuvo diez días que no pudo hablar del mucho humo que
se le metió por las ventanas de las narices y por la boca, y tuvo bien que curarse de las
llagas del fuego» . 343

La expedición de Álvaro de Saavedra (1527)

Regresemos a Nueva España, donde Saavedra, ignorante de la guerra declarada entre
Portugal y España en las Molucas, tiene a punto su expedición dirigida a averiguar
noticias   de   los   supervivientes   de   las   expediciones   anteriores,   especialmente   la   de
Magallanes y la de Loaysa, a quienes hemos dejado luchando contra los portugueses en
Tidore.
Antes de que zarpase la flota, se llevó a cabo una revisión cuidadosa de las tres
naves   y   se   aseguraron   de   que   los   procedimientos   se   ajustasen   a   las   detalladas
instrucciones   que   Cortés,   para   la   organización   y   disciplina   de   la   expedición,   había
dictado y que envió a su primo Álvaro de Saavedra Cerón, a quien nombró jefe de la
armada.

Siguiendo el estricto procedimiento, se estableció una relación de todo el personal
de mar y guerra embarcado, asignando los cargos o destinos que debían desempeñar.
Otro   minucioso   inventario   describía   los   bastimentos,   rescates,   aparejos,   artillería,
munición y armas . 344

Por expreso deseo del emperador Carlos, el objetivo de la expedición consistía en
localizar a Jofre García Loaysa y a los miembros de su tripulación, y a Caboto y los
suyos, sin detenerse hasta llegar a las Molucas, donde suponía que estaban. Era mucho
lo que se había puesto en juego en esas tres expediciones como para que el más grande
de los silencios fuera la respuesta a su misión. Era mucho el talento y la experiencia
naval que de modo irremediable se iban a perder sin dar con el paradero de vidas como
las del comendador García de Loaysa, Juan Sebastián Elcano o Andrés de Urdaneta; era
mucho valor contrastado de hombres fieles a la Corona, como los capitanes Santiago de
Guevara, Jorge Manrique de Nájera, Pedro de Vera, Rodrigo de Acuña o Martín Íñiguez
de Zarquizano, cuya fidelidad y audacia se iban a dilapidar, y era mucho el quebranto
económico que suponía la ruina de los barcos de las tres expediciones, por no hablar de
las inversiones millonarias que habían realizado los banqueros Cristóbal de Haro, las
casas de Fugger y Welser y las materializadas por la propia Corona.

Los cometidos de la misión de Saavedra quedaron extensamente redactados en una
orden de Hernán Cortes fechada el 28 de mayo de 1527.

Debía Saavedra hacer llegar los pliegos personalmente dirigidos al rey de Cebú, a
quien sin duda Cortés consideraba localizable a unas cuantas millas: «…y pues estamos
tan cercanos y en poca distancia de tiempo nos podemos comunicar…».

Hasta el punto de que se lo escribía en la misiva: «… yo resido en estas tierras, que
son muy cercanas a las vuestras…».

Iba aún más lejos, y esa insignificancia de la distancia que él creía le impulsaba a
ofrecer una cordial coordinación diaria: «Yo, cada día, pues estoy tan cerca, si fuere
necesario para su favor, os enviaré gente e todas las otras cosas que convenga» . 345

Saavedra debía informar asimismo del destino de la nao  Trinidad, de la flota de
Magallanes, e ir a Cebú  para rescatar , en el supuesto  de  que aún viviesen, a Juan
346

Serrano y a los que le acompañaban el día de la matanza. Respecto a Ternate y Tidore,
las   instrucciones   ordenaban   a   Saavedra   apoderarse   de   las   fortalezas   portuguesas
levantadas en la zona de demarcación correspondiente a España:

S. M tiene noticia y es informado que los portugueses tienen en una de las dichas islas del Maluco
hecha una fortaleza, y manda que hayais información si es ansí y en qué lugar está, y quién la hizo o
mandó hacer contra la voluntad del rey o Señor de dicha isla y estando la dicha fortaleza en los límites y
demarcación del emperador nuestro Señor…347.

Le indicaba Hernán Cortés —experto en estas lides— que lo hiciera utilizando el
ataque   por   sorpresa   —«poneros   con   los   navíos   en   parte   secreta»—   para   evitar   las
ventajas que daban superioridad a los portugueses por el desequilibrio de fuerzas, e
incluso les recomendaba que se acercasen «fingiéndoos ser portugueses».

Las fortalezas, una vez conquistadas, habrían de mantenerse hasta la llegada de
refuerzos españoles —«que (…) la podáis tomar y sostener hasta ser yo avisado»—, y
preveía Cortés la formación de una sólida cabeza de puente —«poneis en ella toda la
artillería e bastimentos necesarios para la defensa y a la hora me enviareis dos navíos, o
todos, si allá os paresciese que dellos no teneis necesidad»— que sería reforzada por
efectivos desde Nueva España, pues «luego sereis socorrido y proveido de todo». Una
vez   más,   su   desacertado   concepto   de   las   distancias   en   el   Pacífico,   influido   por
Toscanelli,   le   hacía   creer   que   esta   operación   sería   factible   antes   de   que   fueran   los
portugueses quienes se reforzasen desde Goa. Y Cortés, que nunca había renunciado a
sus afanes por explorar mundos, estaba dispuesto a hacer acto de presencia en la lucha,
incluso al mando: «… y si fuese necesario iré yo á lo hacer» . 348

La correspondencia dirigida al rey de Cebú y a los otros caciques de las islas estaba
redactada   en   latín,   pues   ese   idioma   culto   es   el   que   utilizaba   la   diplomacia   del
emperador  Carlos  I.  Realmente   aquello  no  era  muy  práctico,   aunque,  a  la  vista  del
desconocimiento del idioma de los caciques filipinos, hubiera dado igual la lengua en
que se hubiese redactado. Cortés, que sabía que las islas eran codiciadas por «diversas
naciones   a   causa   de   la   Especiaría»,   consideraba   que   no   sería   difícil   que   Saavedra
encontrase intérpretes o que «halléis judíos u otras personas que las sepan leer» . 349

Una vez aclarados los términos básicos de la misión, se entraba en otro tipo de
detalles. La disciplina que se deduce de las instrucciones era severísima. Bajo pena de
muerte,   nadie   podía   salir   de   las   fortalezas   que   se   suponía   se   iban   a   conquistar.   Se
castigaba asimismo cualquier agravio a los nativos, con quien debían conducirse «sin
les faltar en cosa alguna» o a sus mujeres «porque los naturales de aquellas partes son
muy celosos e de ninguna cosa reciben mayor pena que de tratarles con sus mujeres
…»,  y  en  caso  de   cometer  delito  se   debería  corregir  públicamente.  Se   prohibía,  por
tanto, «que se junten a las mujeres de la tierra, ni en burlas…» , algo que no ocurrió con
350

los   expedicionarios   de   Elcano   en   Tidore,   donde   —según   la   obra   de   Des   Alwi—   el


propio   sultán   Almanzor   fue   dadivoso   propiciando   la   relación   —aunque   fuera
circunstancial—   de   las  mujeres   tidores   y   los   expedicionarios.   Pero   Cortés   no   quería
complicaciones.

Tampoco   se   permitió   «a   las   mozas   de   dudosa   fama»   que   embarcasen   en   la


expedición, de manera que los navegantes debieron añadir a las penalidades a las que
les sometió el Pacífico con sus tormentas, aguaceros, sed, hambre y enfermedades un
comportamiento sumamente casto a lo largo de toda su misión.

Los pilotos no podían bajar a tierra; determinarían la posición de las islas avistadas
y las asentarían en las cartas de navegación. En cada nave iba un piloto que recibía
diariamente instrucciones del piloto mayor sobre la derrota a seguir.

El  juego   de  naipes  y  el  de  los dados  —muy  restringido  o  prohibido   en  Nueva


España— se toleraba como desahogo de las tripulaciones.

Daba,   en   fin,   órdenes   para   ir   observando   las   posibilidades   de   negocio,   tratos


comerciales, datos que los mercaderes pudieran proporcionar durante los contactos de
los expedicionarios con los indígenas y comerciantes durante la travesía.

Siguiendo lo dispuesto en la real cédula, Cortés preparó la flota de tres naos, que a
las   órdenes   de   don   Álvaro   de   Saavedra   zarpó   el   31   de   octubre   de   1527   desde
Zihuatanejo.

La   escasa   capacidad   de   las   naos   para   ceñir   les   obligó   a   tomar   vientos   de
componente   sur.   Intentaron   llegar   hasta   las   islas   Marianas.   El   8   de   noviembre   les
complicó la navegación una avería de agua en la  Florida, la nao capitana. Una nueva
avería   el   15   de   diciembre   agravó   la   situación.   Las   otras   dos   naves,   la  Santiago,   con
cuarenta y cinco hombres al mando de Luis de Cárdenas, y el bergantín Espíritu Santo,
con quince hombres y con Pedro de Fuentes como capitán, la adelantaron. Más tarde,
desde la capitana las perdieron de vista; días después desaparecieron. No hubo más
noticias de la nao ni del bergantín.

«La   suerte   que   pudieron   correr   la   nao  Santiago  y   el  bergantín  Espíritu   Santo  —
escriben Juan Génova y Fernando Guillén— es uno de los trágicos misterios que la mar
guarda celosamente y que ha sido fuente de muchas hipótesis y leyendas» . 351

Continuó   la   nave   de   Saavedra   hacia   poniente   navegando   sola   con   vientos


favorables que la llevaron hacia las Carolinas o las Marshall, pues no está claro en los
relatos, atravesando las aguas que dejaban aparecer de vez en cuando islotes de los
archipiélagos y atolones del Pacífico. En algunos, en las islas de Los Ladrones, hicieron
aguada y recogieron leña. Finalmente llegaron a Mindanao.
Mapa publicado en 1858 con las posesiones españolas en Filipinas y en las islas adyacentes.

Allí no recibieron víveres y tuvieron que aguantar con paciencia los intentos de los
indígenas que trataron de varar la nave y cortar el cabo del ancla, lo que les impidieron
desde la nao, aunque «sin les faltar en cosa alguna», de acuerdo con las instrucciones
recibidas de Cortés. Durante la mañana del 25 de febrero de 1528, un hombre desde
tierra les hizo señales. Comprobaron que era uno de los supervivientes de la expedición
de Loaysa, llamado Sebastián del Puerto, que les contó una historia fantaseada sobre su
captura   en   Mindanao,   cuando   en   realidad   había   desertado,   harto   de   hambre   y
penalidades. No obstante, informó de que los supervivientes habían sido vendidos a
mercaderes chinos por el cacique de Cebú. Aquello disuadió a Saavedra de visitarle y
entregarle las cartas en latín que le había dado Hernán Cortés.

Aparecieron otros dos supervivientes que los isleños llevaban maniatados y por los
que pidieron rescate. Se trataba de Sánchez y Romay, amotinados de la Santa María del
Parral de la flota de Loaysa, un par de bergantes a los que Saavedra creyó la versión que
le ofrecieron y acogió a bordo.

Saavedra llega a las Molucas

Hasta marzo de 1528 no apareció la Florida en las Molucas.

Fueron a fondear cerca de una isla, distante 40 leguas de las islas, llamadas Miao
(sic), aunque posiblemente sea Mori. Estando allí vieron aparecer tres  kora­koras  entre
las que iba un junco perteneciente al gobernador del castillo portugués en Ternate, Jorge
Menesez.   Al   amanecer   vieron   más  kora­koras  con   bastimentos   y   pertrechos,   que   se
dirigían a la fortaleza de Ternate, el fuerte Gammalamma. Una de las embarcaciones se
acercó   y   preguntó   por   el   origen   del   navío   y   si   eran   castellanos   o   portugueses.   La
respuesta   fue  que  eran   súbditos del   emperador   y  que   venían  de  Nueva  España.  Al
advertir que se trataba de una nao española, los del kora­kora dieron media vuelta para
ir a informar con urgencia al gobernador portugués.

Días más tarde la Florida se aproximó a la costa de Gilolo. La nao fue vista desde
tierra   —«unos   veinte   castellanos   (…)   vimos   venir   por   la   mar   un   navío» —   por   un
352

grupo de españoles que pidió al sultán de Gilolo ayuda para ir a ellos y averiguar de
quiénes se trataba. Fueron tres kora­kora y se acercaron a la nao que estaba en calma. A
lo   largo   de   la   conversación   desde   su  kora­kora,   los   españoles   de   Gilolo   trataron   de
verificar —pues creían que podía tratarse de una trampa— si era cierto lo que decían
desde la nave, es decir, que eran castellanos y que venían mandados por Hernán Cortés
desde Nueva España. Despejadas las dudas, dos de los españoles que habían salido al
encuentro subieron a bordo alborozados. Allí informaron a Saavedra y a sus hombres
de la situación: que el grupo de españoles supervivientes de la expedición de Loaysa, al
que pertenecían, había quedado en Tidore y en Gilolo y resistían a los portugueses y a
sus aliados ternates; que el gobernador don García Enríquez había sido sustituido por
don Jorge Menesez, que ahora mandaba la fortaleza, y por don Fernando de Baldaya,
que dirigía las embarcaciones de portugueses y ternates; que frente a ellos, el burgalés
Hernando de la Torre conducía la resistencia de los castellanos y que no sumaban más
de 120 personas en la isla de Tidore, que defendían contra las pretensiones portuguesas.
El propio Hernando de la Torre relató esta situación de conflicto permanente en una
crónica titulada  De lo ocurrido en las Molucas contra los Portugueses de la isla de Ternate,
desde su ingreso en aquellas islas hasta fin del año 1523 . 353

Saavedra estaba sorprendido de que existiese guerra entre los reinos de España y
Portugal «habiendo tan grande amistad entre el emperador y el rey de Portugal», pero
le advirtieron de que no confiase en los portugueses porque si podían echarle a pique lo
harían.

Menesez trataba de mantener las islas bajo control y para ello había traído de Goa
refuerzos, armas, equipos y la esperanza de lograrlo. Su gente no perdía un instante en
mantenerse alerta ante cualquier movimiento de los tidores. Por ello, la llegada de la
Florida extendería la alarma.

Inmovilizada la nao  por la calma, seguía  esta conversación en la cubierta  de la


Florida cuando los castellanos que habían subido a bordo pidieron ayuda urgente, pues
«andaban a lombardadas con un pueblo de Ternate que se había alzado contra su rey,
que era el sultán de Gilolo» . Y de modo inmediato dijeron que «aprontasen la artillería
354

porque los portugueses en breve serían con ellos». Efectivamente, estaban aún hablando
cuando  una fusta portuguesa, a las  órdenes de Baldaya, se acercó  «a reconocer  qué
galeón era aquel»   y a preguntar de dónde venía. Le respondieron que, desde Nueva
355

España, que el navío pertenecía al emperador y que venían otros dos detrás.
Baldaya invitó a Saavedra a mantener una entrevista en Gammalamma. El burgalés
receló  pensando que la intención de Baldaya era detenerle.  Insistió este para que la
Florida se dejase remolcar hasta el fuerte portugués de Ternate, pero, puesto que los dos
españoles que habían subido a bordo habían alertado a Saavedra sobre las condiciones
existentes, discutió con compostura, afirmando que su misión era ir a la isla de Tidore y
rescatar  a los castellanos, si los había, y que si ese  no era el caso iría a la fortaleza
portuguesa   de   Ternate.   Rogaba   que   le   dejase   pasar   para   cumplir   las   órdenes   del
emperador. Le dijeron los portugueses que no había ningún castellano porque hacía
cuatro meses una nao de Castilla había venido. Ellos les habían llevado a la fortaleza,
entregado bastimentos, carga y todo lo que necesitaron y les habían enviado a España.
Obviamente   nada   dijo   del   reciente   combate   en   Tidore   contra   las   fuerzas   de   Martín
Íñiguez de Zarquizano y menos de la razia para destruir el almacén español y de la
prisión y cautiverio  de  los supervivientes  de la desgraciada  nao  Trinidad  de  Elcano,
detenidos y deportados en las peores condiciones.

«Y como el Saavedra tenía sabida la verdad (…) dixoles que él sabía de cierto que
avia en Maluco castellanos, y que estaban en la isla de Tidore: que por qué le deçian lo
que no era cierto».

Los portugueses, viendo que su treta no había surtido efecto y pensando que los
españoles   estaban   alertados,   mandaron   hacer   fuego   sobre   la  Florida  con   un   cañón
grande pedrero que tenían a media proa de la fusta. Realizaron tres descargas, aunque
fallaron todas. La Florida era una nao que llevaba a bordo «12 hombres de mar y 38 de
guerra» , bien provistos de armas y equipo. Al ver la actitud hostil de los lusitanos,
356

respondió al fuego, pero la andanada, debido a la corta distancia y a la diferencia de
bordo —la nave española era más alta que las embarcaciones portuguesas—, les pasó
por encima sin causarles daño. Un repentino aguacero con rachas de viento, tan propio
del clima de aquellas islas, rompió la calma en que la ausencia de viento tenía detenida
a   la  Florida  y   la   separó   de   las   embarcaciones   portuguesas,   que   aprovecharon   para
continuar su fuego. Se entabló un duelo, aunque no causó daño a ninguno. La  Florida
puso proa hacia el puerto de Gilolo, perseguida por los portugueses hasta que en las
proximidades salió al paso de los lusitanos una fusta bien armada de Gilolo que forzó
su retirada.

Saavedra aportaba 110 hombres a los 120 de Hernando de la Torre. Los términos
elogiosos hacia Álvaro de Saavedra que le dedica Hernando de la Torre en su informe
dan   idea   del   alivio   con   el   que   recibió   la   presencia   de   los   expedicionarios   y   de   su
almirante. Era la constatación de que la Corona desde España y desde el virreinato de
Nueva España, tenían presentes a los españoles supervivientes en la Especiería.

Además del apoyo que supuso todo ello, Hernando de la Torre vio el cielo abierto
al   recibir   artillería,   municiones,   plomo   para   fabricarlas   y   botica   para   combatir   las
enfermedades. Hasta ese momento solo contaba con la pequeña fortaleza de cal y canto,
en Soa Siu, en el sudoeste de la isla de Tidore, dos docenas de cañones y un prao cedido
por el rey de Gilolo y armado ligeramente. Pero en la tropa de Saavedra venían gente de
espada bien templada. Podrían a partir de ahora ofrecer una resistencia más robusta con
ese   contingente   de   230   hombres,   lo   que   en   aquellas   islas   no   era   fuerza   menor,
aumentada por los guerreros tidores aliados.

En un sugestivo artículo Davide Maffi sintetiza el tipo de lucha que en el siglo  XVII
se llevaba a cabo en las Indias contra los holandeses y los ingleses. Lo que describe
Maffi   es   perfectamente   trasladable,   a   una   escala   proporcionada,   a   la   lucha   en   las
Molucas .   Las   operaciones   en   la   Especiería   reprodujeron   las   tácticas   de   combate
357

utilizadas en Europa, con la notable diferencia de la ausencia de maniobras en campo
abierto   y   la   inexistencia   de   caballería,   y   caracterizadas   por   los   continuos   asedios,
combates de acciones anfibias, desembarcos fuerzas para poder desalojar al enemigo de
una posición fortificada, asaltos contra fortalezas y el empleo de la artillería embarcada.
Una lucha que contemplaba, casi exclusivamente, el amplio uso de armas de fuego y
armas blancas, en la que raramente los bandos llegaban a la batalla campal y donde las
pésimas vías de comunicación dificultaban el traslado al interior de piezas de artillería.

Sin embargo, las instrucciones del emperador eran nítidas y Hernando de la Torre
poco podría esperar del refuerzo de Saavedra. No estaba previsto el refuerzo con los
hombres   de   la  Florida,   aunque   en   las   instrucciones   de   Cortés   figurase   la   orden   de
apoderarse   de   las   fortalezas   portuguesas   siempre   que   se   hubiesen   erigido   en   la
demarcación de España, y utilizar el ataque sorpresa para aprovechar la inferioridad de
fuerzas y esperar el refuerzo español. ¿Por qué no lo hicieron? No sabemos la respuesta
y no parece adecuado especular sobre los motivos de ello.

Debían   seguir   las   órdenes   y   regresar   a   Nueva   España   para   recabar   ayuda   y
asistencia a los españoles asentados en Tidore. Tenían que regresar. Pero antes había
que preparar la nao para el viaje de retorno a Nueva España. Dos meses tardaron en
carenarla. Hubieron de arrastrarla hacia la arena y vararla. Durante todo ese tiempo los
portugueses no cesaron en sus ataques, buscando dañar la nao definitivamente.

Primero cañonearon a la  Florida  sin llegar a tocarla. Más tarde, el 4 de mayo de


1528, aproximaron una galera artillada con las mismas intenciones hostiles. Pero otra
fusta capitaneada por el toledano Alonso de los Ríos les cortó el paso. Los hombres de
Alonso de los Ríos se dieron cuenta de que la galera portuguesa venía bien artillada,
pero ya era tarde para rectificar: «estábamos ya tan cerca los unos de los otros, que
grande mengua nos sería volvernos huyendo, e nos tendrían a cobardía los indios». De
manera que la fusta se arrimó para combatir al abordaje y así compensar su inferioridad
de fuego. Anduvieron peleando «tres horas grandes» en las que los españoles perdieron
cuatro   hombres   y   resultaron   heridos   todos.   Los   hombres   de   Alonso   de   los   Ríos
terminaron por rendir la embarcación portuguesa, que incautaron, y causaron un gran
número   de   bajas   —ocho   muertos   entre   los   que   se   incluyó   su   capitán   Fernando   de
Baldaya—   y   quedaron   muy   mal   heridos   los   demás.   En   el   interior   de   la   galera
encontraron un  pliego  con las  órdenes  que  Fernando  de  Baldaya había  recibido  del
capitán   de   la   fortaleza   de   Ternate,   el   portugués   Jorge   Menesez.   Eran   claras   y
terminantes. Le mandaba lo siguiente:

Fernando de Baldaya: si tomardes los castellanos y la galera; no dejéis ninguno de ellos vivo, porque
vienen a tomar y levantar las tierras del rey nuestro señor de Portugal, y envolvedlos en una vela de la
galera y echadlos en medio de la canal358 de la mar, por que no quede ninguno dellos vivo ni haya quien
vaya a decir a Castilla lo que pasa en esta tierra. Lo cual haced so pena de muerte y perdimiento de
vuestros bienes359.

No pudo ser.

La presencia española en la ciudad de Tidore había sido hasta entonces precaria y
accidentada. Después de la estancia de Elcano habían dejado cinco hombres y algunas
lombardas en el almacén­factoría que arrasó De Brito en 1522. En 1526, justo antes de
que   llegara   la   expedición   de   Loaysa,   los   portugueses   conducidos   por   el   nuevo
gobernador García Enríquez, volvieron a arrasar la capital de Tidore y la incendiaron.
Lo había señalado Íñiguez de Zarquizano el 1 de enero de 1527:

…la   ciudad   principal   se   llama   Tidore,   está   en   la   parte   Este.   Estaba   completamente   destruida   e
incendiada por los portugueses a fines de 1526.

Cuando   los   hombres   de   Loaysa   llegaron   a   la   isla   aliada   (1527),   ya   lo   vimos,


construyeron a toda prisa una fortaleza de piedra y tierra en la ciudad principal de la
isla, Tidore. Los portugueses  habían tratado  de someterla sin  éxito durante  la lucha
contra la Santa María de la Victoria en la playa, combatiendo contra los supervivientes de
las expediciones de Loaysa mandados por el propio Martín Íñiguez de Zarquizano.

En aquella ocasión los españoles habían edificado tres baluartes para su artillería
pesada,   aunque   no   todos   los   testimonios   son   conformes.   Montemayor   asevera   que
«hicimos un baluarte manera de fortaleza de piedra solamente, donde fue colocada la
artillería» .   Otros   testigos   mencionan   dos   baluartes   con   alguna   artillería   de   la   nao,
360

situados   sobre   el   arrecife   en   defensa   de   la   nave ,   e   incluso   existen   versiones


361

portuguesas   más   fantasiosas,   como   la   de   Gaspar   de   Correa,   que   se   refieren   a   «una


fortaleza rodeada de un foso de agua».

Si   la fortaleza  española de   cal y   canto   de  Ternate  estaba   situada  donde  hoy  se
encuentra la actual ciudad de Soa Siu, es imposible hallar el menor trazo. La moderna
ciudad de Soa Siu ha absorbido  los viejos alrededores  que en su día albergaron  los
fuertes y baluartes. Además, las fortificaciones en las islas se fueron construyendo sobre
los restos y ruinas de las que anteriormente se habían levantado. Y esta costumbre fue
una constante desde 1512 con el primer fuerte portugués de Serrao en Ternate, hasta los
modernizados baluartes holandeses de 1663.

Saavedra se ve obligado a regresar

Con la Florida ya reparada, Saavedra decidió regresar a Nueva España «para que desde
allí, como por mas corta via y mas brevemente, su majestad supiese las cosas que en las
islas del Maluco pasaban» . Zarpó de Tidore el 14 de junio de 1528. La larga travesía le
362

llevó   a   descubrir   nuevas   islas:   Schouten,   las   llamadas   Islas   de   Oro,   Payne,   Nueva
Guinea y las islas Almirante.

Hizo la flota aguada en Manus y dieron vela con rumbo norte, descubriendo las
Carolinas. Sin embargo, los vientos les empujaron nuevamente hacia las Molucas y no
les permitieron seguir el rumbo hacia América. No les fue posible hallar las corrientes
del «tornaviaje». Cerca del archipiélago, «en unas islas de negros que llaman Papuas»,
los portugueses que se encontraban a bordo, dirigidos por Simón de Brito Hidalgo y
Bernaldín Cordeiro, desertaron, llevándose el batel de la nao, que era necesario para
bajar a tierra, hacer aguada y conseguir qué comer. Sin el batel, continuar la navegación
era   algo   irrealizable.   Ahora   resultaba   evidente   que   la   petición   de   acogida   de   los
portugueses para regresar a España y «besar la mano del emperador» era una añagaza
para   sabotear   el   regreso   de   Saavedra   a   Nueva   España.   El   batel   de   los   desertores,
arrastrado  por  los  vientos  y  las  corrientes,  terminó  en   unos  islotes  donde   murieron
todos salvo Simón de Brito y Fernando Romero, que en una canoa indígena lograron
llegar a Gilolo. Cuando la Florida regresó a Tidore de su frustrado viaje de vuelta y se
supo   la   verdad   de   lo   ocurrido,   Andrés   de   Urdaneta   fue   a   buscarlos   a   Gilolo   y   los
encontró.   Simón   de   Brito   fue   degollado   y   Cordeiro   ahorcado,   y   sus   despojos
notoriamente   expuestos   en   lugares   ostensibles   para   que   sirvieran   de   ejemplo   a   sus
compatriotas de Ternate . 363

La Florida, una vez fracasado el intento del tornaviaje, entró nuevamente en Tidore
el 19 de noviembre de 1528, con sus enfermos, con su casco carcomido y con la triste
noticia de la dificultad, al parecer insuperable, del viaje de retorno . 364

La   fuerza   castellana   en   las   islas   continuó   dividida   entre   la   propia   Tidore   y   un


pequeño destacamento de 27 soldados que mandaba Andrés de Urdaneta en la vecina
Gilolo.

El   joven   Urdaneta,   nacido   en   Villafranca   de   Ordicia   (Guipúzcoa),   hacía   sus


primeras armas a su aire y modo en el Pacífico, mientras vivía en Gilolo una apasionada
historia de amor con la malaya más hermosa de la isla , que es como siempre definen
365

las crónicas a las amantes de los personajes célebres. Hay quien calificó su actividad de
pirática durante este tiempo.
La guerra hispano­portuguesa en las Molucas (1527­1530)

La guerra entre lusitanos y españoles se generalizó durante un periodo de tres años de
escaramuzas, ataques y contrataques que abarcó desde enero de 1527 hasta octubre de
1530.

Apoyaban los indígenas ternates a los lusitanos, como siempre, mientras que los
naturales   de   Gilolo   y   Tidore   se   situaban,   como   era   ya   tradicional,   al   lado   de   los
españoles.   La   lucha   fue   un   tanto   desigual,   ya   que   el   contingente   castellano   era   un
residuo de supervivientes de las expediciones de Elcano (1522), Loaysa (1527) y algún
lejano refuerzo, como el que aportó la expedición de Álvaro de Saavedra (1527), que
proporcionó   oxígeno   frente   a   los   adversarios   portugueses   más   numerosos   y   mejor
armados, y que además podían ser reforzados desde Malaca —y de hecho lo eran— con
más hombres, más armas, y más municiones y pertrechos.

Los   aliados   de   las   islas   de   Gilolo   y   de   Tidore   reclamaban   de   los   españoles   el


amparo de su guarnición, el apoyo de sus armas y, sobre todo, la protección de su
artillería,   mientras   ellos   proporcionaban   un   mayor   número   de   guerreros   y   un   gran
trasiego de praos y kora­koras, que servían para desplazarse rápidamente por las aguas
del archipiélago. Los españoles supervivientes se habían dividido entre Gilolo y Tidore
para tener mayor movilidad en los frentes y para apoyar a los respectivos sultanes en su
lucha cainita contra Ternate, con hombres y, sobre todo, con artillería. Gilolo pidió una
guarnición española para defenderse de 20 hombres y dos piezas pesadas. La artillería
restante, una vez que la Santa María de la Victoria había quedado reducida a cenizas, fue
embarcada en los praos de los nuevos aliados de Gilolo. Se trataba de piezas ligeras —
versos o sacres— muy útiles en los enfrentamientos con los praos o las fustas enemigas.
Las piezas de mayor alcance y calibre, que por su peso no podían embarcarse en las
fustas   o   praos,   fueron   transportadas   a   los   baluartes   de   Tidore.   No   quedaban   otras,
porque las que se habían desembarcado en su día, pertenecientes a las naos  Santiago,
Concepción y Trinidad, de la expedición de Elcano, habían sido capturadas por el capitán
De Brito en 1522.

La   ciudad   de   Tidore   es   atacada   por   las   fuerzas   del   gobernador


Menesez

A pesar del refuerzo que suponía la construcción de los baluartes y otras obras menores
de defensa, la ciudad de Tidore fue atacada nuevamente el 28 de octubre de 1529 por los
portugueses y sus aliados ternates, dispuestos a acabar con la resistencia española. Los
portugueses no podían haber elegido mejor momento porque 18 soldados españoles
habían sido enviados a Gilolo y otros 20 habían salido a combatir contra «una armada
de portugueses» en praos, cuyo enfrentamiento relata Gonzalo Fernández de Oviedo:
Vinieron a barloarse los unos con los otros y pelearon hasta que la noche les departió, y todavía
tomaron los nuestros un prao con hasta cien personas y dos versos de bronce en  él y mataron a quasi
todos   los   indios.   Y   en   ese   mismo   tiempo   también   andaba   fuera   la   armada   de   Gilolo   con   todos   los
castellanos que en Gilolo residían366.

Efectivamente,   con   todas   estas   acciones   la   guarnición   de   Tidore   había   quedado


reducida a 37 castellanos y nueve versos de artillería. Dos traidores en su interior, un
portugués llamado maestre Fernando y el castellano Fernando de Bustamante, iban a
informar sobre la situación delatando el exiguo número de sus compañeros de armas.
Bustamante había viajado con la  Victoria  de Elcano y más tarde se había embarcado
como oficial en la armada de Loaysa, pero celoso y vengativo porque no había sido
elegido como capitán a la muerte de Íñiguez Zarquizano, se confabuló con el portugués
y   con   la   reina   regente   de   Tidore   —dolida   también   con   sus   súbditos,   que   habían
asesinado a su amante, un esclavo de un portugués—, y en esa suma de agravios y
deseos   de   venganza   los   tres   determinaron   informar   a   los   portugueses   de   Ternate
escribiendo a Jorge Menesez y avisándole de que la mayoría de los castellanos y los
indígenas tidores se encontraban fuera de la fortaleza.

Menesez se puso al frente de su fuerza —portugueses e indígenas ternates—, que
cruzó  hacia la isla rival.  Desembarcaron  y  se dirigieron  hacia la ciudad.  Cuando  se
presentaron frente a los baluartes y la población de Tidore, los españoles intentaron
inicialmente resistir a lo largo del muro exterior que estaban construyendo a la entrada
de la ciudad, pero ante la superioridad numérica de los portugueses y de sus aliados
abandonaron las casas y se retiraron al interior de la fortaleza. Así lo atestiguó el propio
Hernando de la Torre:

…vinieron los portugueses que estaban en la isla de Ternate (…) con todo su poder con muchos
indios, sus amigos …367.

Los   portugueses   incendiaron   toda   la  ciudad   de   Tidore   e   iniciaron   un   asedio   al


fuerte español. «Requirieron a los castellanos que se diesen, si no que combatirían toda
la   fortaleza   y   los   matarían   a   todos».   Hubo   un   grupo   que   decidió   que   era   mejor
«defenderse   y   morir   al   servicio   de   su   majestad   y   de   su   honra,   pero   la   mayoría   se
opuso». Ese otro grupo indicó que: «si procuraban tirar con la lombarda que dentro
tenían   en   la   fortaleza   y   con   ella   matar   a   algún   portugués,   después   los   portugueses
procurarían matarlos a todos e no recibir alguno merced».

Hernando de la Torre, que estaba al mando, lo resumió sucintamente:

Los portugueses nos echaron por las armas de Tidore, donde teníamos una fortaleza de piedra seca y
toda la artillería y hacienda que teníamos para nuestro mantenimiento y dos fustas368.
De los 37 españoles que se encontraban dentro del fuerte solo 25 eran «gente de
guerra». Los otros 12 eran grumetes y pajes. Con esa exigua minoría no podía hacerse
frente a cerca de 400 portugueses.

Después   de   discutir   los   términos   de   un   armisticio   entre   los   portugueses   y


Hernando de la Torre, se permitió a los españoles abandonar la fortaleza a condición de
que salieran de la isla de Tidore en el bergantín que tenían y en dos praos que les
prestaría   Menesez,   para   ir   al   puerto   de   Zamafo,   en   Gilolo,   de   manera   que   «no   se
asentasen en ninguna de las cinco islas de clavo» . 369

Salió Hernando de la Torre del fuerte con 23 de sus hombres, quedándose 12 con
los portugueses al servicio del rey de Portugal —probablemente los pajes y grumetes—,
a   los   cuales   el   capitán   Hernando   de   la   Torre   «hizo   pregonar   por   traidores   y   que
confiscaba sus haciendas y bienes» , que en el caso de los grumetes y pajes debía ser
370

exigua   o   nula.   La   residencia   real   de   Tidore   fue   incendiada   de   nuevo   y   se   borró


completamente la presencia española en la isla . 371

Los términos de la capitulación obligaron a los españoles a entregar los soldados
portugueses que habían capturado y la «galera tomada con toda la artillería y munición
que estaba en la fortaleza de Tidore y fuese del rey de Portugal y los esclavos huidos de
Ternate   a   Tidore».   Una   vez   dueños   del   fuerte   y   de   sus   almacenes,   los   portugueses
«confiscaron muchas armas, 6 piezas de artillería gruesa de bronce, procedente de las
naos, y 25 de artillería ligera, versos y falcones, cuatro de grandes dimensiones, cuatro
pasamuros   y   ocho   falcones,   además   de   otros   tiros   pequeños» .   El   saqueo   incluyó
372

«mucho   cobre   y   hierro,   holandas  y   paños  de   vestir,   cuchillos  y   mucha  mercería   de


bacinetes   y   vidrios» ,   además   de   tres   cajas   de   piezas   de   coral   y   todas   las   especias
373

recolectadas por los tidores para los españoles.

Muchos de los tidores se trasladaron a Gilolo en busca de protección por parte de
su antiguo aliado y de los españoles establecidos en aquella isla.

Pero, a pesar de la rendición, Menesez no estaba dispuesto a que los españoles se le
escapasen. En la ruta hacia el puerto de Zamafo salieron al paso seis praos portugueses
preparados para liquidar a los castellanos y a los refugiados tidores que iban con el
sultán Rade. Pelearon:

Al fin los castellanos tomaron uno de los praos a los portugueses con toda su gente, mataron al
capitán de dicho prao y a la mayor parte de la gente que con él venía374.

A su llegada a Zamafo decidieron no permanecer allí, sino regresar a Tidore en
cinco praos, con Alonso de los Ríos y el sultán Rade, y proseguir la lucha, pero les
informaron de que en la isla de Batán y en otras se sabía que habían arreglado paces con
Ternate y que en Tidore habían quedado portugueses en custodia, con lo cual tuvieron
nuevamente que cambiar de opinión y se volvieron al puerto de Zamafo. No iban a
abandonar la lucha a pesar de que esta iba teniendo cada vez menos sentido.

Imaginamos que no solo Hernando de la Torre, sino que las autoridades virreinales
—por no referirnos a la corte del emperador— irían paulatinamente rindiéndose a la
evidencia   de  que   las jornadas  del  Maluco   nada  tenían  ya  que  ver   con  el  acopio  de
especias y el comercio sosegado de las mismas que se había planteado originalmente.
Los acontecimientos habían resuelto que lo que se había previsto como una actividad
mercantil se hubiera convertido en puras expediciones de conquista.

Las circunstancias no ofrecían otras alternativas más pacíficas, ello era evidente,
pero es que, incluso aceptando las hostilidades como el único medio para mantenerse
en el archipiélago, los españoles disfrutaban de pocas bazas para ello.

La distancia con Nueva España era muy grande como para que el refuerzo y apoyo
en   la   lucha   fuese   eficaz.   Había   tres   cosas   imprescindibles   —armamento,   hombres   y
naves— sobre  las que se fundaba la resistencia. Y la carencia de esas tres cosas era
imposible   de   suplir.   La   pólvora   era   esencial,   «pues   es   forzoso   pelear   con   ella;   y   la
artillería,   mosquetería   y   los   arcabuces   sin   ella   no   son   armas,   sino   estorbos» .   La
375

fabricaban recogiendo  salitre del mar, azufre de los volcanes y carbón vegetal de la
madera quemada en los bosques, lo que no dejaba de ser una artesanal chapuza. En
cuanto a los hombres de armas, el contingente total —y muchos eran marineros y no
«gente   de   guerra»—   rebasaba   escasamente   el   centenar.   Por   último,   la   falta   de
embarcaciones hacía que su dependencia de las fustas y  kora­koras  que les prestaban
Gilolo   y   Tidore   fuese   total.   Por   ello   no   podían   utilizar   con   libertad   sus   líneas   de
navegación en la mar, ni negárselas al adversario, porque ante la ausencia de medios
propios su movilidad, incluso entre islas, era muy reducida.

El conflicto, que duraba ya años, había hecho que las fuerzas y los recursos de cada
bando se concentrasen en torno a una serie de reductos fortificados en las islas. Ese fue
el motivo de la proliferación de baluartes, castilletes y fortalezas. Ellos albergaban a las
fuerzas   combatientes   y   a   sus   cañones,   pero   también   acogían   a   las   familias   de   los
naturales.   Señala   con   acierto   Antonio   Carlos   Campo   que   fuera   del   refugio   de   esos
fuertes, el resto del territorio de las islas se convirtió en tierra de nadie, en zonas sin
habitar, donde una simple salida exploratoria en busca de agua o leña era arriesgada,
porque podía provocar ser capturado por las fuerzas enemigas. La naturaleza hostil del
terreno, en una geografía montañosa, con barrancos y vegetación frondosa, y el estado
de guerra  continua forzaron a las poblaciones a agruparse  alrededor  de los recintos
amurallados, que a su vez se construían en las proximidades de la costa para facilitar la
comunicación entre otros fuertes o con otras islas. Porque todo desplazamiento, incluso
los que se llevaban a cabo entre los distintos fuertes amigos, se hacía exclusivamente
por mar . Por ese motivo era tan necesario para los españoles de las islas disponer de
376
medios   para   hacerlo,   ya   que,   además,   el   acceso   a   los   suministros   y   recursos   venía
determinado   por   la   llegada   de   embarcaciones,   bien   de   las   islas   cercanas,   bien   de
archipiélagos más lejanos, por lo que el control de las aguas del archipiélago estuvo
siempre muy disputado.

Descrito en corto: la táctica aplicada en la lucha era doble. Para sobrevivir en la mar
trataban  de utilizar las líneas de navegación para sí, negándoselas al enemigo. Para
diezmar al adversario en tierra, se aplicaba el código del escorpión: mira despacio, pica
rápido y vete más rápido todavía.

Después del último asalto a la ciudad de Tidore, los españoles que quedaban en el
archipiélago se habían refugiado en la isla de Gilolo. Sin embargo, se hallaban en una
situación de total desorden y no estaban en condiciones de proporcionar ayuda a nadie.
Algunos se habían pasado a los portugueses y otros habían buscado protección en una
montaña próxima. Urdaneta trató de reunir a las fuerzas españolas e intentó persuadir a
los de la montaña para que volviesen al establecimiento de Gilolo.

Decidido a asestar el golpe final, Menesez conspiraba en secreto con los indígenas
de   Gilolo   para   que   «matasen   a   los   castellanos»,   prometiéndoles   en   premio   algunas
lombardas y «tanta hacienda como ellos pidiesen».

En esas circunstancias De la Torre concluyó que la mejor opción para salir del paso
era   pactar   con   los   portugueses   y   terminar   las   continuas   escaramuzas,   y   estableció
contacto  con los portugueses.  En  un primer  momento  los  españoles  que  estaban  en
Zamafo trataron de convencer a Urdaneta de que acatase las condiciones de rendición
que Hernando de la Torre estaba negociado en Ternate para todos los españoles de las
Molucas.   Pero   Urdaneta,   que   había   conseguido   reunir   a   75   españoles   en   Gilolo,   no
estaba decidido a rendirse. Quizás expresaba los sentimientos de todo el grupo cuando
escribió en su relación:

Si abandonamos (Gilolo), deberemos abandonar a los habitantes a los portugueses que, al saber la
ayuda que los nativos nos han dado, pueden aniquilarlos para vengarse. Y para nosotros entregar Gilolo
significa entregar nuestra última posibilidad de completar el dominio de las Molucas.

Finalmente, De la Torre aceptó ir a Gilolo y encontrarse con sus compatriotas que
habían jurado luchar hasta el final contra los portugueses, preparándose para la última
resistencia   y   «desta   manera   tornó   a   ençenderse   y   reçucitar   la   guerra   con   los
portugueses, la qual duró bien cinco meses».

El Tratado de Zaragoza (1529)
En la primavera de 1529 se iba a producir un acontecimiento esencial que iba a influir
de modo definitivo en la presencia de la Monarquía Hispánica en las Molucas y en su
relación con Portugal.

El día 22 de abril de 1529 se firmaba en Aragón el Tratado de Zaragoza. Las guerras
con Francia requerían financiación y los 350 000 ducados que Portugal ofrecía por la
compra   de   los   derechos   españoles   sobre   las   Molucas   eran   apreciados   como   socorro
providencial en las finanzas imperiales.

Vista con perspectiva, la operación negociada en el Tratado de Zaragoza estaba
cargada de lógica y contenido político.

El interés por la Especiería se había reducido  notablemente en España. Durante
ocho años se había tratado de ganar las islas, abundantes en clavo y fuente de riquezas.
Hasta la fecha se habían enviado siete armadas , con un total de 24 naves, de las que
377

solo   la  Victoria  de   Elcano   había   regresado   con   especias.   Las   otras   23   habían
desaparecido o nunca llegaron a las Molucas y, si lo hicieron, quedaron allí.

La vía de occidente, a través del estrecho de Magallanes y de los dos océanos, había
demostrado ser larga, penosa e impracticable. La secuencia de los hechos había puesto
de manifiesto la extrema dificultad que para las naves españolas suponía cualquier viaje
de ida, y sobre todo de vuelta, desde el Extremo Oriente. A lo largo de esos ocho años,
las   expediciones   se   habían   ido   convirtiendo   más   en   militares   que   comerciales.   La
pólvora se imponía al clavo y a la canela.

El conflicto abierto con Portugal estaba generando una guerra de desgaste que no
era   factible   ganar   porque   los   refuerzos   en   hombres   y   en   munición   y   en   aprestos   y
materiales se encontraban a miles de leguas de distancia. Por otra parte, la presencia de
las   armadas   portuguesas   impedía   forzar   la   vía   del   cabo   de   Buena   Esperanza   para
alcanzar España con cargas de especias.

El   regreso   a   Nueva   España   no   había   sido   posible.   Sin   encontrar   los   vientos   y
corrientes adecuadas para hallar el tornaviaje, la opción de mercadear con especias vía
Filipinas y Nueva España era también imposible.

Todo parecían ser condiciones insalvables y, por otra parte ¿dónde habían quedado
los ansiados beneficios de las especias?

Simplemente, no existían.

En   el   teatro   de   Europa,   los   gastos   ocasionados   por   la   política   exterior   del


emperador Habsburgo, que desembocaba en largas, sangrientas y costosas campañas,
parecía no tener fin. En 1527 ni Carlos I ni su enemigo Francisco I de Francia disponían
ya de caudales para seguir batallando. Se habían enfrentado en Navarra (1521) —un
fiasco   francés—,   después   en   el   Milanesado   en   1523;   nuevamente   en   Milán   en   las
campañas de 1525, en las que salieron derrotados los franceses y su rey prisionero, y
finalmente   en   el   saco   de   Roma   contra   su   aliado   el   papa   (1527).   En   1529   el   ejército
francés, que nuevamente había invadido Milán y Nápoles, fue derrotado. En julio de ese
mismo año el papa y el emperador se reconciliaron.

Al   rey   de   Portugal   no   le   inquietaban   las   guerras   que   enfrentaban   a   España   y


Francia   en   el   norte   de   Italia   y   en   el   territorio   galo,   aunque   se   creía   que   los
acontecimientos en Italia aconsejarían también a España apaciguar el flanco portugués,
según inteligente observación del embajador luso Azevedo en carta a su rey Juan III en
septiembre de 1528.

Incluso   para   el   emperador   Carlos   —argumentaban   en   Lisboa—   la   oferta   podía


resultar atractiva, ya que, si se acordaba la nueva demarcación, además de que el rey de
España recibiría las ansiadas remesas de ducados para paliar su carencia de caudales,
los   españoles   podrían   poner   fin   a   sus   refriegas   con   Portugal,   dando   carpetazo   a   la
secular tensión castellano­portuguesa en sus expansiones ultramarinas. Por ese motivo
se pensaba que la propuesta de Juan III a Carlos I podía tener éxito, aunque ello diera al
traste con años de euforia española por la Especiería.

Lo   contrario   desasosegaba   a   la   corte   de   Lisboa,   que   no   cesaba   de   vigilar   con


inquietud   el   peligro   que,   para   el   monopolio   portugués,   suponían   las   expediciones
castellanas a las Molucas. Si los 350 000 ducados eran el precio del final de la presencia
española en las Molucas, y de la tranquilidad portuguesa, bien pagados estaban.

Todo   ello   llevó   a   Juan   III   a   ofrecer   al   emperador   una   tentadora   operación   de
compra de sus eventuales derechos  sobre las Molucas. Ante el agobio  financiero  de
Carlos I, la cifra fue aceptada. La suma que el rey de Portugal brindaba por los derechos
sobre las lejanas islas, que muy pocos beneficios materiales habían aportado a la corte
española,   suponía   un   alivio   para   las   arcas   imperiales,   exhaustas   tras   ocho   años   de
guerra con Francia y el papado, apoyadas ahora por el primer oro que venía de las
Indias. Necesitaban el oro para las campañas y no para pagar su inminente boda con
Isabel de Portugal, como señala Turner: «los derechos españoles obtenidos con tanto
ingenio, sudor, dinero y sangre se vendieron para sufragar una boda regia» . 378

El autor australiano, siempre riguroso, elegante y preciso acertando en la diana,
esta vez erró el tiro. Un patinazo lo tiene cualquiera.

Lo   cierto   era   que   hacia   las   Molucas   se   habían   realizado   expediciones   desde
diversos puntos de las Indias y desde la Península con unos resultados decepcionantes.
Todo ello había acabado produciendo un desencanto que terminó alcanzando su punto
culminante con la cesión o «empeño» de las Molucas . Al final, el gran mito de las
379

especias había resultado un sueño baldío. Al menos para España.

Con el texto del Tratado de Zaragoza en la mano, España se comprometía, de ahora
en adelante, a no despachar naves a la Especiería y a que todo cargamento de especias
que no fuera traído a España por súbditos o barcos portugueses, fuera embargado. Eso
sí, en cualquier momento el rey de España podía rescatar sus derechos devolviendo la
cantidad íntegra y anulando el tratado. Portugal, por su parte, asumía el compromiso
de no construir fortaleza alguna nueva en las Molucas ni en lugar alguno situado en la
nueva demarcación.

Con   ello,   Castilla   perdía   las   Molucas,   abandonaba   a   la   pequeña   guarnición   en


Tidore y Gilolo, regresaban por vía portuguesa los náufragos que, allí perdidos y para
alegría   de   los   comerciantes   sevillanos,   que   se   alzaban   definitivamente   con   el
monopolio , desaparecía la Casa de la Contratación de la Especiería en La Coruña. El
380

fin del delirio sobre las especias supuso igualmente el fin de aquel sueño.

Por   eso   no   nos   sorprende   que   el   26   de   agosto   de   1530   los   portugueses   y   los
castellanos firmasen  las paces en  Ternate.  No  fue  ajeno  a esta decisión, además  del
Tratado de Zaragoza, el descubrimiento de un complot del sultán de Ternate y el de
Gilolo   contra   los   europeos.   Los   de   Gilolo,   especialmente,   percibían   el   acuerdo   de
Zaragoza   como   un   abandono   de   la   alianza   que   tradicionalmente   les   había   unido   a
España y les había protegido, no solo del yugo portugués, sino de la hostilidad de los
ternates. Se sentían traicionados.

Ahora el peligro que percibían los europeos de un levantamiento de los indígenas
contra ellos forzó la paz con los lusitanos en el archipiélago.

Nuevos tiempos se avecinaban, y no para bien.

El   3   de   noviembre   de   1530   Menesez   fue   sustituido   por   otro   nuevo   capitán   y


gobernador del fuerte portugués de Ternate, Gonzalo de Pereira. No solo sustituyó a
Menesez, sino que lo arrestó y lo mandó encadenado a Goa —corrupciones por medio
—, desde donde lo enviaron a Lisboa y luego a Brasil, y allí se desvaneció su rastro.
Pereira venía con dos misiones encomendadas: incrementar el monopolio y la cosecha
de producción de clavo, y exigir a la regente de Ternate y al príncipe Bohejat materiales
y obreros para la reconstrucción y ampliación del fuerte.

No llegó con buen pie. Sus disposiciones sobre el monopolio del clavo, ciñéndolo al
mercado que marcaba la fortaleza, prohibiendo el comercio privado y destruyendo las
balanzas, pesos y medidas que se encontraban en manos de los particulares, crearon tal
atmósfera que pronto surgió un movimiento de queja contra su persona y un deseo de
insurrección, no solo entre los ternates, sino también entre los portugueses encabezados
por el joven caballero Vicente de Fonseca.

Pereira   ordenó   la   detención   del   príncipe   Bohejat,   que   de   hecho   estaba   en   una
especie   de   arresto   domiciliario   en   el   castillo.   Una   tarde,   los   insurrectos   ternates   y
portugueses dirigidos por Fonseca liberaron al príncipe y restauraron el comercio de las
especias en manos privadas. Pereira reaccionó tratando de detener a Fonseca y en el
curso de un intento tumultuoso de liberarle, se enfrentaron los dos; y Fonseca tiró un
pistoletazo al capitán Pereira, que murió de sus heridas el 27 de mayo de 1532.

De hecho, Fonseca quedó como gobernador de facto del castillo.

La ciudad y fortaleza de Soa Siu

Le  faltó  tiempo  al nuevo  capitán para tratar  de  reducir  a Tidore  y nuevamente  fue


atacada y saqueada por los portugueses de Fonseca en una de esas razias que monótona
y salvajemente se reproducían cada cierto tiempo, conducidas por los portugueses y sus
aliados ternates. El sultán de Tidore y sus súbditos abandonaron una vez más las ruinas
de la ciudad castigada, desplazándose en esta ocasión a una montaña, de complicado
acceso, donde buscaron refugio. Ahí se iniciaron los trabajos de reconstrucción de una
nueva fortaleza, Soa Siu o el Lugar Grande del Rey o Gomafo, pues por todos esos
nombres era conocida, que fue construida inmediatamente después de la retirada de los
soldados españoles de Loaysa y Saavedra. De hecho, las fuentes comienzan a hablar de
ello a partir de la época del capitán y gobernador Galvao (1536­1540). Se trataba de la
Ciudad Grande del Rey o la vieja ciudad de Soa Siu. Al parecer se dividía en tres partes:
la exterior fortificada con muros y bastiones, y que estaba ubicada a lo largo de la playa;
más   arriba,   se   encontraba   la   ciudad   y,   en   las   cercanías,   hacia   el   interior,   estaba   la
fortaleza del sultán emplazada sobre una roca cortada a la que se podía llegar por un
camino estrecho y empinado después de una subida de más de una legua.

Diogo   do   Couto   describe   la   fortaleza   como   «un   castillo   arrezoado   roqueiro» , 381

situado en la cima de una montaña a cierta distancia de la ciudad, pero que la dominaba
desde arriba. Sin embargo, el fuerte no debía ser tan inexpugnable como lo pinta Couto
y   lo   describieron   sus   apologetas,   pues,   como   señala   Marco   Ramerini,   no   estaba   tan
fortificado  como podría  parecer  en una primera  observación superficial,  tenía pocos
hombres   para   su   defensa   y   carecía   de   artillería .   Se   decía   que   la   fortaleza   estaba
382

construida   con   ayuda   de   los   españoles   que   se   habían   infiltrado   en   la   isla   y


proporcionado   mosquetes,   cañones,   y   munición   en   cantidades   generosas.   Pero   los
españoles se habían evaporado de aquellos escenarios por la tregua existente entre ellos
y los lusos, y las defensas de la nueva fortificación estaban formadas por mucha rama
de palma, caña y empalizadas de cáñamo, aunque la estructura del palacio del sultán
era más sólida y estaba más trabajada.

El joven Fonseca terminó destituido, caído en desgracia y encadenado en la nao
que le llevó de regreso a Goa, mientras se esperaba a su sucesor.

Cierto es que, a pesar de la tregua existente con los portugueses, la situación no
dejaba de ser compleja. De hecho, nadie en Tidore ni en Ternate había visto una copia
del Tratado de Zaragoza o leído una cédula real que certificase el cambio. Pedro de
Montemayor   fue   enviado   por   Hernando   de   la   Torre   a   Goa   en   enero   de   1533   para
informarse de la situación acerca del virrey portugués de la India. El viaje no era corto,
y   entre   la   travesía   y   la   estancia,   Montemayor   no   regresó   hasta   octubre   de   ese   año.
Cuando volvió, lo hizo acompañado del nuevo gobernador portugués de las Molucas y
capitán de la fortaleza de Ternate, Tristán de Ataide, que llevaba cartas oficiales que
avalaban las negociaciones hispano­lusas y el contenido del tratado.

A partir de ese momento los 17 supervivientes españoles que quedaban decidieron
regresar a España, de acuerdo con los portugueses. Se les entregó una ayuda metálica,
se requisaron todas las piezas de artillería y se les concentró en la fortaleza de Ternate,
mientras Tristán de Ataide ordenaba una expedición de castigo, para someter a Gilolo
—la isla que había sido aliada de Castilla—, quemando la ciudad.

Embarcaron a los españoles poco después. El 16 de febrero de 1534, De la Torre y
sus compañeros zarparon hacia Malaca y luego de ahí a Cochin, en la India. En enero de
1536 zarparon hacia Europa.

Urdaneta, sin embargo, decidió no regresar aún. Tenía pendientes cuentas con los
indígenas de Gilolo y Tidore. Había aprendido la lengua y se manejaba como uno de
ellos. Lo haría dos años más tarde. Pero los tiempos que se avecinaban para los viejos
aliados de Gilolo y Tidore no eran buenos.

A su vuelta, en la corte de Valladolid escribió un largo informe al emperador —
tratando de convencerle, ocho años después de que se hubiera firmado el Tratado de
Zaragoza— que las islas Molucas eran rentables:

V.S.M. sabrá que se puede traer de Maluco, si V.M. fuere servido de mandar tener contratación en
Maluco, en cada año seis mil quintales de clavo…

Era también sabido en los círculos próximos a la Especiería que Lisboa trataba de
minimizar el volumen de su negocio con Ternate, cuando todavía la soberanía de las
islas   era   debatida   con   España.   En   cuanto   al   volumen   de   los   beneficios   que   estaba
obteniendo,   prefería   que   pasasen   algo   desapercibidos   en   los   mercados   europeos.
Urdaneta, que conocía bien el transfondo de todo ello, no dejó de señalarlo a Carlos I:
V.S.M. sabrá, que aunque digan acá que el rey de Portugal no tiene provecho ninguno de Maluco
(…) no están bien al cabo los que piensan esto, porque con el trato del clavo é de la nuez que tienen en la
India, sin que lo vieren en estas partes, así el rey de Portugal como otras muchas personas portuguesas
adquieren é ganan mucha hacienda…

En   realidad,   gran   parte   del   volumen   de   lo   que   conseguían   en   las   Molucas   lo


facturaban   vía   Malaca­Goa   hasta   la   isla   de   Ormuz,   una   de   las   plazas   fuertes   más
afamadas   en   la   vía   portuguesa   hacia   la   Especiería.   En   1500   los   jesuitas   y   agustinos
habían llegado a Ormuz, donde habían construido una iglesia, una residencia para los
frailes agustinos y un recinto o fortaleza­almacén, dotado de gruesos muros en los que
se había labrado el escudo de armas de su fundador, Alfonso de Alburquerque. Todo
ello quedaba coronado por dos torres pequeñas. Aquel recinto fue creciendo a lo largo
del primer tercio del siglo XVII. La isla se fue convirtiendo en el lugar donde se daban
cita las mercaderías de especias y sedas procedente de la India, la Especiería y la Ruta
de la Seda y, por lo tanto, en uno de los puntos más ricos del Oriente.

…porque aunque a Portugal no traigan sino quinientos quintales de clavo (…) é doscientos de nuez
en cada un año, llevan los dichos portugueses a Armuz (Ormuz) que está a la entrada del mar de Persia,
y venden en cada año mas de seis mil quintales de clavo (…) porque van a comprar a la dicha isla de
Armuz mercaderes moros toda la dicha especiería, é de ahí pasan a Arabia é a Persia é a toda Asia hasta
la Turquía383.

Pero Carlos I ya había decidido que no quería entrar en conflictos con Lisboa y
había renunciado a proseguir la carrera de las especias después de haber puesto tanto
ardor en ello.

Unos meses antes de que Urdaneta dirigiese este informe al rey Carlos I, Tristán de
Ataide dejó paso en las Molucas al nuevo gobernador, Galvao, que llegó a Ternate el 27
de   octubre   de   1536.   Encontró   Gammalamma   medio   arruinado,   descuidado,   y   a   la
población de ternates dispersa por las montañas. La moral de los portugueses de la isla
estaba en niveles mínimos y los precios de los alimentos eran impagables.

En la vecina Tidore la situación era la contraria. El príncipe Bohejat (Cachil Dayalo)
había logrado disciplinar fuerzas de varios miles de tidores y se decía que la fortaleza
reconstruida, desde donde regía a sus súbditos, era inexpugnable.

La primera reacción de Galvao fue ofrecer la paz a Bohejat. Pero su propuesta fue
declinada.   Siguieron   encuentros   navales   de  kora­koras  y   praos,   entre   las   islas,   para
probar las capacidades mutuas, y llegó el momento —tras la confesión de un prisionero
tidore que reveló dónde se encontraba la fortaleza de Soa Siu— de preparar la ofensiva
en condiciones. Una más, en ese trágico vaivén de razias y expediciones punitivas que,
con mortal monotonía, castigó a las dos islas durante décadas.
Galvao condujo la nueva razia, y la nueva ciudad de Soa Siu fue atacada pensando
que   una   vez   capturada   la   ciudad   se   tomaría   fácilmente   la   isla.   Con   sus   fuerzas   se
aproximó hasta los alrededores simulando una marcha hacia la ciudad con 170 soldados
portugueses, cuando en realidad era una maniobra de diversión que daba tiempo a que
120 esclavos y mercenarios se dirigieran hacia la fortaleza por un camino que se alejaba
de la ciudad. Pero el efecto sorpresa no tuvo éxito. A media legua de la subida hacia la
fortaleza, un nutrido contingente de tidores les cortó el paso. El príncipe Bohejat (Cachil
Dayalo) se colocó al frente de los tidores y el choque fue muy duro. Afortunadamente
para   los   portugueses   el   combate   terminó   con   la  muerte   de   Bohejat   y   la  victoria   les
permitió entrar en la fortaleza. El fuerte fue arrasado e incendiado el 21 de diciembre de
1536. Como las casas de la ciudad estaban construidas con madera y cañas, ardieron
rápidamente. Las obras defensivas fueron desmanteladas, lo que tomó algunos días.
También ardió la ciudad del sultán, sus obras defensivas, murallas y muros.

Galvao tomó prisioneros a los jefes de la isla de Tidore que habían estado durante
tanto tiempo con los españoles y que además de su propia lengua hablaban el castellano
y el vasco, dadas sus relaciones con los soldados y oficiales del emperador y rey de
España. Se expresaban asimismo en portugués por sus constantes contactos, para bien o
para mal, con los lusitanos de Ternate. Castanheda, afirma Ramerini, también confirma
el conocimiento del sultán de Tidore de los tres idiomas.

El sultán de Tidore se rindió a Galvao. Sus súbditos se refugiaron en una montaña
sobre   la   ciudad,   en   el   periodo   que   transcurrió   antes   de   la   llegada   de   Villalobos.
Posiblemente se tratase de la reconstrucción en el mismo lugar que estaba Soa Siu.

La expedición de Ruy López de Villalobos (1542)

A pesar del «empeño» de Zaragoza, en los círculos económicos castellanos no se dejaba
de pensar en la Especiería. Los grandes banqueros damnificados al no poder recuperar
las inversiones realizadas en las armadas de las Molucas, aunque se les buscaron otras
compensaciones, comenzaron a hacer circular rumores que luego resultaron ser ciertos 384

de   que   en   las   islas   había   supervivientes   de   las   expediciones   de   Magallanes­Elcano,


Loaysa y Saavedra. A ello ayudó el hecho de que hacia 1536 comenzaran a retornar a
España   parte   de   estos   supervivientes.   Poco   después   lo   haría   también   Andrés   de
Urdaneta. Ello hizo que hacia 1540 resurgiese el interés por la Especiería.

En  1542 el virrey  de Nueva España, Antonio de Mendoza (1535­1550), volvió a
desempolvar su viejo proyecto de enviar una armada a las islas de la Especiería. Lo
había concebido ya en 1538. Andrés de Urdaneta, tras su experiencia moluqueña, se
encontraba en España. En esas fechas, Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala,
deseaba probar suerte en el Pacífico y negoció un acuerdo con la Corona con el fin de
enviar   una   expedición   a   la   Especiería.   Alvarado,   que   era   de   los   que   compartía   la
convicción de Hernán Cortés de que había que penetrar en el Pacífico, había buscado en
España a supervivientes de las empresas de la Especiería y no paró hasta llevarse a
Andrés   de   Urdaneta   a   Guatemala.   Apunto   este   dato   porque   Alvarado,   que   como
inquieto capitán de Hernán Cortés miraba a Oriente y a la Especiería como la expansión
geográfica   natural   del   virreinato   de   Nueva   España,   soñaba   con   ello   desde   su
nombramiento   como   adelantado   en   Guatemala.   La   ambición   del   descubrimiento   y
conquista   de   las   nuevas   islas   de   Oriente   y   el   deseo   de   alcanzar   esos   mercados
deslumbrantes   del   comercio   de   las   especias,   que   entonces   monopolizaban   los
portugueses,   bullían   en   la   cabeza   de   todos   aquellos   que   soñaban   con   descubrir   y
conquistar.

Girolamo   Priuli,   un   diarista   veneciano,   había   calculado   en   1501   que,   cuando


Malaca controlaba el tráfico del clavo y la nuez moscada, por cada ducado invertido se
sacaban   100.   Descubrir   nuevas   islas,   desear   alcanzar   nuevos   mercados   era   lo   más
parecido a la «fiebre del oro» que se viviría en el Oeste norteamericano cuatrocientos
años después. Al fin y al cabo, como decía Turner, el deseo fue siempre el padre del
descubrimiento . 385

Alvarado   hizo   partícipe   de   su   proyecto   oriental   a   Urdaneta,   que   no   tardó   en


aceptarlo. Ello requería la aprobación del virrey Mendoza, que a su vez era un firme
partidario de la expansión hacia el Pacífico, y que había previsto ejecutar algo similar.
La   muerte   de   Alvarado   dejó   a   Urdaneta   sin   amigo   y   sin   proyecto.   Pero   el   marino
guipuzcoano tuvo la suerte de apoyarse en el gobernador de Nueva Galicia, otro vasco
de talla, Cristóbal de Oñate, quién escribió al virrey Mendoza informando del paradero
de Urdaneta. Mendoza no tardó en comprender el valor que tenía para el virreinato la
presencia y los servicios que podría prestar el marino vasco, y le invitó a permanecer en
Nueva España, nombrándole además corregidor en la mitad de los pueblos de Avalos,
extensa   región   comprendida   al   sur   de   los   actuales   estados   de   Jalisco   y   Colima,   al
noroeste de Michoacán.

España está en deuda con su nombre y con los hechos que informaron su vida.
¿Para cuándo una estatua de Andrés de Urdaneta que acompañe a otro vasco, Blas de
Lezo, y a Jorge Juan, en la plaza de Colón en Madrid, y que perpetúe su recuerdo entre
nosotros?

Pero aún quedaban a Urdaneta grandes hazañas —en 1565 sería el descubridor del
«tornaviaje»— que las iría culminando desde su regreso a Nueva España en 1538, como
hemos visto.

Volvamos ahora al sueño de la conquista de un dilatado imperio oceánico desde
Nueva   España.   Como   he   dicho,   el   virrey   Mendoza   cultivaba   la   idea   de   enviar   una
nueva expedición a Oriente para expansionar Nueva España. La exploración de las islas
del   Pacífico   era   su   parcela   preferida.   Faltando   Alvarado,   el   virrey   quiso   confiar   el
mando de la expedición a Urdaneta, pero el guipuzcoano declinó la oferta, aunque esta
tesis parece que no tiene un serio fundamento y que solo circuló como rumor más tarde,
para agigantar la figura de Urdaneta.

Hubo de transcurrir un año para que el virrey armase una nueva expedición que
esta vez confió al malagueño Ruy López de Villalobos con pilotos experimentados en
las aguas de Oriente, como Hernando Lamedo, Hernando Alonso y Antón Pablo . Esta 386

armada no era como las demás. El Tratado de Zaragoza y sus cláusulas hicieron sentir
su peso, lo que parecía distorsionar su objetivo. Por primera vez el objetivo no era la
Especiería, porque sobre las Molucas y la Especiería las órdenes del emperador en las
capitulaciones eran claras:

…sobre   las   islas   de   los   Malucos   y   Especiería,   vos   mando   que   lo   guardéis   como   en   ella   (la
demarcación) se contiene y que no toquéis en cosa que pertenezca al serenísimo rey (de Portugal).

Los contenidos de las capitulaciones recogían que Alvarado, y en su sustitución
Villalobos  como  teniente   de  gobernación  y  capitán general   de  la  armada,  tendría   la
exclusividad durante siete años en la exploración de las islas y tierras que se hallaran en
el Mar del Sur, hacia poniente, y que descubriera, conquistara y poblara.

La instrucción limitaba el alcance económico de la empresa que, sin embargo, era
amplia en otros horizontes.

Zarparon el 1 de noviembre de 1542 desde el puerto de La Navidad. La flamante
armada   se   componía   de   cuatro   naves   construidas   en   Acapulco:   la   nao  Santiago,   la
capitana, de 150 toneladas; el galeón San Jorge, de 120; la nao San Antonio, de 90, y la nao
San Juan de Letrán, de 60, además de la galeota San Cristóbal y el bergantín San Martín.
Sus  tripulaciones oscilaban entre  los 370 y los 400 hombres.  La expedición  tenía  un
doble   objetivo :   deberían   fundar   un   establecimiento   en   las   islas   que   Villalobos
387

denominaba ya oficialmente como Filipinas y explorar durante su travesía la fantástica
isla de San Bartolomé, que se creía que era la isla mitologizada de Ofir, intermedia entre
Nueva España y las de Los Ladrones, donde no había podido recalar la nave capitana
de Loaysa.

El   26   de   diciembre   llegaron   a   la   vista   de   las   islas   Marshall   que   ellos   llamaron


Corales. Echaron el ancla frente a una de ellas, a la que denominaron San Esteban. El 6
de enero de 1543 descubrieron asimismo varias islas más en la misma latitud que las
Corales.   Navegando   hacia   el   oeste   dieron   con   otra   que   les   pareció   tan   agradable   y
hermosa que la pusieron el nombre de isla de los Jardines, pero fracasaron en uno de los
objetivos   de   la   misión,   que   era   desembarcar   en   la   isla   de   San   Bartolomé,   pues   una
tempestad se lo impidió cuando se hallaban casi a su altura.
Los españoles empezaban a dominar ya los rumbos de aquel mar con los galeones,
aquellos castillos navales que espumaban las aguas de los dos océanos en los que se
imponía   la   presencia   de   la   Corona   de   España.   Con   tantas   millas   encima,   escribe
Paternain , el Mediterráneo les parecía una batea; el Atlántico, un lagunón insípido, y
388

solo el Pacífico les merecía consideración.

El 1 de febrero del año 1543 la armada de Villalobos llegó a Mindanao. La flota
permaneció allí durante 32 días sufriendo un hambre extrema. El 31 de marzo partió en
busca de alimentos.

Sobre la expedición abundan los testimonios de primera mano. Entre esos y otros
relatos   de   indudable   valor   documental,   como   los   de   García   de   Escalante   y   fray
Gerónimo   de   Santisteban,   y   algunos   textos   del   tomo   XV   de   la   valiosa   colección   de
Martín   Fernández   de   Navarrete,   se   dibuja   con   precisión   el   panorama   afligido   de
aquellas tripulaciones castigadas por el Pacífico.

A su llegada a Filipinas, la flota dedicó sus días a explorar y descubrir, pues ese era
el cometido ordenado en sus capitulaciones. En una de aquellas singladuras cercanas a
la isla de Sarangani, se desató un temporal. Las naves se dispersaron. La San Antonio fue
inmisericordemente zarandeada y se fue a pique mientras esperaba el regreso de la San
Cristóbal  y   del  San   Martín.   El   bergantín  San   Martín  se   hundió   asimismo   durante   la
tormenta, y la galeota San Cristóbal se perdió para aparecer inesperadamente dos meses
después  con una carga de arroz y otros alimentos. Días después,  al regreso  de  una
inspección de exploración, la  San Jorge  se desmanteló en una borrasca y finalmente se
estrelló contra el litoral en Mindanao.

Se habían ido a pique tres de las seis naves de Villalobos y una se había extraviado.
Con ellas habían perdido mucha artillería, armas, hacienda, pertrechos y víveres. En
octubre de 1543, gracias a la reaparición de la San Cristóbal repleta de víveres, pudieron
aguantar en la isla de Sarangani, sin embargo, la enemistad de los isleños les aconsejó
evacuar   y   buscar   fondeaderos   más   apacibles.   La   capitana  San   Antonio  y   los   dos
bergantines, el San Cristóbal y otro apañado en Sarangani, era lo que quedaba de la flota,
porque la nao San Juan de Letrán terminó también por desorientarse en el Pacífico y, al
parecer, vivió unas aventuras sobre las que hoy aún se especula.

Navegaron   después   hacia   las   Molucas   buscando   refugio   contra   los   vientos
contrarios y condujeron la nao hacia Gilolo.

Los portugueses, al verlos llegar, pensaron que la armada venía —una vez más— a
disputarles   la   posesión   de   las   islas.   No   obstante,   el   emperador   había   autorizado   y
reiterado al virrey Mendoza que la expedición zarpase, «con tal que no toquéis en el
Moluco, ni en cosa del serenísimo rey de Portugal, nuestro hermano» , de modo que los
389
lusitanos   no  tenían   nada  que   temer.  Les  dijeron   a  los  portugueses  que  venían   muy
necesitados y que, una vez abastecidos, tornarían a Filipinas.

Villalobos alcanza las Molucas

La expedición llegó prácticamente desintegrada. Los restos de la desgraciada armada de
Villalobos acabaron por encontrar refugio  en el norte  de la isla de Gilolo. El sultán
Katara   Bumi   los  acogió.   Como   vasallo   que   era   del   sultán   de   Tidore   —una  isla   que
siempre,  no  me  cansaré  de   repetirlo,   había   sido   propicia y   aliada a  los  españoles—
facilitó el contacto y la relación con su tribu.

Con la ayuda logística de los hombres de Villalobos, Katara Bumi construyó una
serie de baluartes sólidos alrededor de la residencia real para guardar la carga de la San
Antonio. Tan pronto como el sultán de Tidore supo de la presencia de los españoles
acudió en persona a Gilolo para pedirles que fuesen a su isla. El esquema que venía
reproduciéndose desde Elcano se representaba otra vez 22 años después. Los españoles
aceptaron con la condición de que «no se había de hacer la guerra a los portugueses, ni
a cosa suya, ni se les había de quitar su contratación de clavo» . Mientras tanto, el
390

sultán de Tidore proporcionó dos praos al factor real García de Escalante para tratar de
agrupar las naves dispersas de la expedición. En su misión invirtió cuatro largos meses.
A su vuelta a Tidore se encontró con la nao  San Juan de Letrán  que había inútilmente
intentado el tornaviaje.

Ambos sultanes, el de Gilolo —Katara Bumi— y el de Tidore, pronto urdieron su
plan contra Ternate, buscando el apoyo que esperaban de los hombres de Villalobos.
Aquello, nuevamente, estaba dando más juego al mosquete que al fardo de clavo. Pero
esta vez los españoles no estaban determinados a seguir su guerra contra Portugal.

Un contingente portugués llegó el 7 de agosto de 1543 y entregó a Villalobos una
carta de Gregorio de Castro (1540­1544), que había sucedido como capitán y gobernador
de la fortaleza de Ternate al capitán Antonio Galvao, exigiendo explicaciones sobre la
presencia   de   la   flota   en   territorio   portugués,   a   lo   que   Villalobos   respondió,   nada
convencido, que se encontraban dentro  de la línea de demarcación de la Corona de
Castilla. La semana siguiente hubo una nueva protesta y nueva respuesta en términos
similares la una y la otra.

A partir de entonces, los tidores comenzaron a ofrecer cobijo a los esclavos huidos
de  Ternate;  atizaron las insurrecciones  en la isla vecina e incluso persiguieron a los
cristianos portugueses,  ante la indiferencia de Villalobos, que en este asunto miraba
para   otro   lado.   Tidore   se   convirtió   en   el   centro   de   la   provocación   animada   por   la
presencia española. En agosto de 1545, y para su defensa, hicieron construir en la cima
de una colina una fortaleza de piedra y decidieron «fortalecer un peñol y ençima del
hizo una fortaleza de piedra seca para se recoger allí si neçesario fuese» , como relató 391

García Escalanate.

Como señala Diogo do Couto, «esta fortaleza fue construida en el mismo lugar
donde fue destruida por Antonio Galvao», es decir, en Soa Siu. En la edificación de este
recinto también participaron los españoles de la expedición de Villalobos. El baluarte
«era  unha fortaleza  de pedra  ençosso» situada  en «un padastro  que  ficava sobre  as
costas da cidada». La reaparición de este bastión en la isla de Tidore evidentemente
perturbó   a   los   portugueses   de   Ternate,   que   exigieron   de   modo   inmediato   su
demolición, la entrega de la artillería y de la munición de las piezas. En 1551, tras largas
negociaciones   entre   el   sultán   de   Tidore   y   Bernardo   de   Sousa,   la   fortaleza   fue
desmantelada   y   «acabou   de   por   tudo   por   terra»,   pero   en   Tidore   y   Ternate   las
demoliciones duraban poco y en 1605, antes del ataque holandés, ya estaba de nuevo
reconstruida.

El portugués Gregorio de Castro no tardó en enviar nuevas misivas a Villalobos,
harto  —como  debía  estar—  de  esa guerra  irregular  indirecta,  que  el  español dirigía
entre bambalinas, apoyando razias y escapando a los encuentros directos. En aquella
época   los   cánones   del   honor   exigían   el   enfrentamiento   abierto   y   aborrecían   la
emboscada o el golpe furtivo, que eran considerados más propios de bandidos que de
caballeros. De manera que el capitán De Castro propuso una alternativa a Villalobos: o
luchaban   en   combate   campal   —y   presumiblemente   era   derrotado   ante   la   clara
inferioridad numérica de los españoles— o se rendían y eran repatriados a España vía
Goa .392

La claudicación de Villalobos

Contra fuerzas superiores en número y mejor equipadas, Villalobos sabía que no podía
confiar mucho en la capacidad de combate de sus milicias tidores y de nativos de Gilolo
y,   sobre   todo,   ni   por   un   momento   llegaría   a   pensar   entrar   en   abierta   contienda
contraviniendo expresamente la voluntad del emperador, que había ordenado no tocar
nada   de   lo   que   perteneciese   a   los   portugueses   en   la   Especiería.   Por   tanto,  no   hubo
combates.

Al capitán De Castro le sustituyó Jordán de Freitas, que tuvo una actitud menos
belicosa   frente   a   los   españoles.   El   nuevo   capitán   lusitano,   deseoso   de   pacificar   los
territorios, propuso a Villalobos que le ayudase a combatir y a someter al sultán de
Gilolo, que se unieran a él en una expedición contra Gilolo y compartieran luego el
botín.

La oferta era indecente y debía repugnar a cualquier conciencia, ya que implicaba
traicionar   al   sultán   Katara   Bumi   que   hospitalariamente   había   acogido   a   los
expedicionarios de Villalobos y romper con deslealtad la alianza tradicional con Gilolo.
Sin embargo, los españoles optaron por ello. No era un comportamiento muy loable ni
honroso,   pero   posiblemente   la   resistencia   de   las   tripulaciones   había   llegado   a   su
término. Si después de tantas desventuras y vidas azarosas, lo único que se iban a llevar
eran las cicatrices como trofeo de años de combates y de sinsabores en los viajes, debían
aprovechar la ocasión, pensarían, ante la única opción que tenían. La idea de regresar a
España con las manos vacías no era algo que contemplasen.

Para vergüenza del medio centenar  de españoles, estos se unieron así a los 200
portugueses del capitán Jordán de Freitas y a los hombres del sultán Hairun de Ternate,
con la finalidad de atacar Gilolo. Aquello fue un caos indescriptible. No obstante, los
españoles   decidieron   no   delatar   los   lugares   donde   tenían   escondidos   sus   pequeños
tesoros y riquezas los habitantes de Gilolo y no participaron en la pelea ni en el saqueo.

La nao Santiago, la capitana, estaba en tal mal estado que acabaron vendiéndola a
los portugueses y con su precio compraron clavo para su viaje de vuelta. Fue reparada
por los portugueses y concluyó su vida marinera navegando entre las Molucas  y la
ciudad de Malaca, sirviendo al comercio de especias.

El capitán Jordán de Freitas terminó por aislar a los españoles y enviarlos en una de
las naos a Goa.

Durante el prolongadísimo viaje, que incluyó un mes de escala forzada en Ambon,
permanecieron recluidos en un atestado y miserable puerto. La mayoría murió de beri­
beri,   una   enfermedad   que   se   origina   por   deficiencia   de   vitamina   B1,   motivada   por
dietas  insuficientes o desequilibradas, que produce inmensa fatiga —en cingalés  beri
significa «no puedo»— y que afecta al sistema nervioso y cardiovascular, produciendo
fallos cardíacos. El propio Villalobos falleció también de la enfermedad y fue atendido
en   sus   últimas   horas   por   san   Francisco   Xavier.   Solo   una   docena   de   supervivientes
regresó a España.

En 1558 murió el emperador Carlos I.

Su sucesor, Felipe II, no manifestó especial interés por las islas Molucas que, por
otra parte, desde el punto de vista jurídico se habían cedido a Portugal con motivo del
Tratado   de   Zaragoza.  La   extrema   dificultad   de   la  única   vía   castellana   de   acceso   de
España a la Especiería y la inexistencia de una ruta de «tornaviaje» habían quedado de
manifiesto con la expedición de Loaysa y las que le sucedieron, al mando de Saavedra y
Villalobos. El escaso o nulo interés de gran parte de los súbditos de Carlos I por el
Oriente, a pesar de los privilegios ofrecidos, terminó por poner fin a aquella euforia
inicial por un territorio que se hallaba geográficamente en las antípodas . 393
De este modo, a partir del fallecimiento del emperador se abrió un paréntesis hasta
1581, cuando se produjo la unión de las Coronas de Portugal y España, que despertará
el interés de Felipe II por la defensa de los enclaves y territorios portugueses en Asia y,
nuevamente, por las Molucas, esta vez disputadas por los holandeses.

Ese lapso de silencio hacia las Molucas no significó apatía o indiferencia por parte
de la Corona en los asuntos de Asia. Brunei (1578), China y Siam y, sobre todo, Legazpi
y Urdaneta, certificaron que no fue así o, dicho en términos geográficos, Filipinas y el
descubrimiento del tornaviaje y la unión de Filipinas con Nueva España protagonizarán
esas dos décadas (1558­1578) de presencia española en Asia.

Muerte del sultán Hairun
El   odio   que   se   profesaban   mutuamente   el   sultán   Hairun   y   el   capitán   portugués
Mesquita transcendía los límites de lo razonable, suponiendo que el odio lo sea. Habría
que indagar las razones de ello, que no serían difíciles de encontrar en un personaje
desequilibrado   y   cruel   como   parecía   ser   el   capitán   Mesquita.   Veterano   soldado   que
había servido en el golfo Pérsico, oportunista y ambicioso, su máxima pretensión era ser
nombrado   capitán   de   la   fortaleza   de   Ormuz,   la   pieza   más   rica   de   todas   las   plazas
fuertes  portuguesas de ultramar, para lo cual estaba dispuesto  a hacer todo tipo de
méritos. En su política diaria en Ternate, el sultán Hairun le molestaba en sus manejos
con   el   monopolio   de   las   especias.   Para   poner   fin   a   lo   que   a   todas   luces   era   una
animosidad   evidente,   el   capitán   portugués   que   mandaba   la   flota   mercante   que
anualmente cargaba las especias en las Molucas les aconsejó una pública reconciliación.
La ceremonia tuvo lugar. Hairun prometió paz y amistad y abrazó al portugués. Para
reafirmarlo pidió un Corán sobre el que jurar y se lo pasó después a Mesquita para que
hiciese lo mismo. Mesquita rechazó de malos modos el Corán y pidió una Biblia de la
capilla del castillo. La escena terminó en mutuo y acrecentado rencor.

El ácido incidente podía haber concluido ahí, pero cinco días después Hairun fue
convocado   en   secreto   y   con   mucha   reserva   para   que   acudiera   a   la   fortaleza   a
conferenciar con Mesquita un delicado asunto. Tan pronto como traspasó una cancela
lateral, discreta, que le llevaba hacia el interior del castillo, Antonio Pimentel, sobrino de
Mesquita, le apuñaló por la espalda hasta matarle.

La cabeza del sultán fue clavada en una pica y su cuerpo desmembrado como se
hacía   con   los   traidores.   Los   ternates,   humillados   y   aterrados   por   este   cruel
comportamiento del portugués, no olvidaron los hechos y, de entre todos ellos, el hijo
de Hairun, el príncipe Baab, decidió que, a su tiempo, llegaría la venganza.

Ternate expulsa a los portugueses (1575)
El príncipe Baab sucedió a su padre, Hairun, cuando fue asesinado. Hairun se había
ganado   una   fama   —al   parecer,   merecida—   de   ser   el   campeón   de   los   islamistas
moluqueños. Su hijo Baab y su nieto Said le seguirían por esa senda de persecución y
castigo de los cristianos que se encontraban asentados no solo en Ternate y Tidore, sino
en otras islas vasallas como Gilolo, Batjan, Matjan y Ambon.

Desde hacía tiempo, en cada expedición portuguesa, para imponer la disciplina a
los   isleños   del   archipiélago,   bien   nutridas   de  kora­koras  ternates,   Baab   trataba   de
asegurarse   la   comprensión   de   los   indígenas   y   de   recoger   la   frustración   de   los   jefes
musulmanes de las poblaciones «disciplinadas».

Con paciencia y tacto, Baab fue urdiendo su red de invisibles complicidades con los
moluqueños para dar en su momento el golpe de gracia a la presencia europea en las
Molucas. El recuerdo de su padre, Hairun, desencadenó el apasionado deseo de Baab
de poner orden en el archipiélago y de expulsar a los europeos de la Especiería.

De hecho, Baab es considerado en Indonesia como el mejor y más honrado líder de
la historia de las Molucas, una figura agrandada hoy día por sus rasgos anticoloniales y,
además —ahora algo más apreciados—, por sus rasgos «yihadistas» en favor del islam.

Su tumba se conserva en Farmadiahi (Ternate), en lo alto de una montaña a la que
se llega tras un tortuoso acceso.

En su proyecto para prescindir del papel rector de los portugueses, Baab llegó a la
conclusión de que el único modo para terminar con ese control en las Molucas era poner
cerco a la fortaleza de Gammalamma, cuya fuerza estaba reducida a pocos efectivos.
Eso significaba igualmente controlar el mar, los accesos a la fortificación y prevenir los
posibles intentos de refuerzo que los lusitanos solicitarían de Goa o de Malaca.

Mesquita   había   sido   remplazado   y   llamado   a   Goa,   donde   permanecía   sin   gran
reconocimiento.

Su sucesor, el capitán Nunho Pereira, tan pronto como tomó posesión de su cargo
percibió   los   movimientos   de   Baab   con   enorme   preocupación.   Posiblemente   alertado
sobre lo que se estaba preparando, se las ingenió como pudo para solicitar refuerzos a
Goa, pero en el virreinato había carencia de barcos y de tripulaciones y la llamada cayó
en el olvido.

Nunho Pereira estaba en lo cierto. Al poco tiempo, Baab, al frente de un ejército de
nativos,   puso   cerco   al   fuerte,   dispuesto   a   pedir   la   rendición   de   la   guarnición
portuguesa.
Desde Goa, nadie hizo nada por socorrer al fuerte de Sao Joao Batista. El tiempo fue
avanzando   y  la  paciencia  de   Baab   en  el  cerco  corría  pareja  con  la  inquietud  de  los
sitiados en el reducto. Mientras tanto, la miserable condición a la que estaban sometidos
los asediados se iba deteriorando. Comían gatos y fruta; no tenían apenas pólvora y la
escasa   cantidad   era   insuficiente   para   sus   mosquetes   y   nula   para   sus   cañones.
Atravesaban una crisis de víveres y pertrechos a la que no veían fin con facilidad. En un
último esfuerzo el capitán Nunho Pereira consiguió enviar, no se sabe bien cómo, a
Gonsales Pereira Manramaque, para solicitar ayuda a Goa vía Borneo. La galeota en la
que viajaba Gonsales acabó estrellándose contra los arrecifes de Borneo y ahí terminó el
intento de llamada de socorro portuguesa. A Pereira no le quedaba otra opción que
negociar con el sultán Baab. Este se avino a un acuerdo, aunque subordinándolo a una
condición: que le entregasen al capitán Mesquita, tío del asesino de su padre y auténtico
muñidor del magnicidio. Pero Mesquita se encontraba en Goa, donde, por cierto, Baab
envió una embajada solicitando la entrega.

No   se   llevaron   al   capitán   en   esa   ocasión,   pero   sí   meses   después.   El   virrey


portugués, que no tenía la mejor opinión de Mesquita y que deseaba al mismo tiempo
mantener una relación estable con Ternate, ordenó que regresase a las Molucas en una
nao,   encadenado,   para   que   fuera   juzgado   por   Baab.   Durante   el   viaje,   el   mercante
portugués en el que iba fue abordado en el puerto de Yapara, saqueado e incendiado.
Durante el asalto Mesquita murió a manos de los piratas.

El sultán Baab nunca llegaría a saberlo. Quien sí murió entre los muros del fuerte
asediado   por   el   mal   del   beri­beri,   fue   el   asesino   material   de   Hairun,   el   portugués
Antonio Pimentel, que no había seguido a su tío a Goa y acabó así sus días junto a
muchos otros.

Pero a pesar de las conversaciones y de que las cosas no pintaban bien para  él,
Pereira  no rindió la fortaleza  y prolongó  el sitio  por bastantes meses,  hasta que los
asaltantes, que lograron finalmente piezas de artillería, abrieron una brecha en el muro.
Eso cambió todo. El príncipe Tolo, hermano de Baab, dio un ultimátum a los asediados.
A cambio de la rendición, salvarían su vida y propiedades. El capitán Pereira, como
responsable   de   la   fortaleza   portuguesa,   negoció   la   capitulación   que   Tolo   terminó
aceptando. Los portugueses fueron autorizados, si así lo elegían, a ir a la isla de Ambon
o entrar al servicio de Baab. Además de la expulsión de la isla, Baab impuso antes a los
portugueses   la   obligación   de   reconstruir   y   restaurar   el   fuerte   Gammalamma,   que
debería quedar en idénticas condiciones a las que tenía antes del sitio. Aceptados todos
los términos, Pereira y sus hombres apilaron las armas, dejaron en orden el castillo y lo
abandonaron desfilando por la puerta grande del fuerte. Algunos portugueses, casados
con mujeres ternates, decidieron quedarse al servicio de Baab. Otros fueron a Ambon.
Pero la mayoría, después de la reconstrucción del baluarte, se desplazaron a Tidore y se
unieron a los españoles.
El 15 de julio de 1575 los portugueses hicieron su salida definitiva de la isla de
Ternate, donde había permanecido desde 1512. Una vez expulsados, Baab se instaló en
Gammalamma que, restaurado por los portugueses, quedó convertido en una auténtica
residencia real que su padre, el sultán Hairun, y su abuelo, el sultán Bolief, habrían
envidiado.

Baab,  que   era  un  hombre  inteligente,  fue   tolerante  con las  familias  españolas   y
portuguesas   que   aún   permanecieron   en   las   Molucas.   Las   aceptó   con   tal   de   que
estuvieran en Tidore, tradicional enemigo de Ternate y ahora reciente aliado. A Baab,
que llegó a mantener correspondencia con Felipe II, le interesaba que el comercio de
especias con los portugueses continuase, pero que a partir de ese momento se hiciese
sin   intermediarios.   Por   primera   vez   desde   la   llegada   europea,   los   locales   habían
derrotado a los colonizadores . 394

El fuerte de los Reyes Magos

En 1578, cuando los portugueses ya habían sido expulsados de Ternate, empezaron la
construcción de este fuerte «al norte de Soa Siu» , a 750 o 1000 metros de la ciudad. Se
395

edificó a petición del sultán de la isla, para contrarrestar el poder de Baab, su rival de
Ternate, señala Ramerini . Los portugueses que lo edificaron —«en el lugar grande de
396

Tidore»— eran los refugiados, o al menos parte de ellos, que habían sido expulsados de
Ternate por el sultán. Al fuerte, lo llamaron fortaleza dos Reis Magos, porque se iniciaron
sus obras el 6 de enero de 1578 por orden de Sancho de Vasconcellos. La nueva obra era
«cuadrada con lados de 30 braças  por cada parte», es decir, 64 metros de lado, por lo
397

tanto se trataba de una edificación más bien pequeña.

Grabado holandés anónimo, realizado en 1607, en el que se representa Gammalamma. La misma imagen fue más
tarde reproducida por Henri Chatelain en Vue et Description de Quelques­Uns des Principaux Forts des Hollandois dans
les Indes, publicado en 1719.
En las cercanías del fuerte fue surgiendo un pequeño pueblo que acogió a unos 60
portugueses casados con ternateñas y sus familias mestizas, cinco soldados españoles
de alguna de las pasadas expediciones, comerciantes y nativos. Los jesuitas levantaron
«una capilla de 15 braças de largo y 7 de ancho y junto a ella hicieron un almacén, un
refectorio y una casa para niños» . 398

La fortaleza se describió  como pequeña y de poca importancia. Sus murallas eran
399

de   piedra   y   barro.   Se   había   construido   en   un   cerro   alto   llamado   Cachilduquo,   que


dominaba   la   ciudad   principal   de   la   isla   donde   residía   el   sultán .   La   ciudad   se
400

encontraba   a   un   tiro   de  berço  (es   decir,   de   un   cañón   ligero,   llamado   en   castellano


«verso», cuyo alcance era de 300 a 400 metros).

Los holandeses, como veremos, lo asaltarán en 1605. A partir de ahí seguiremos su
historia.

El rastro de portugueses y españoles se estaba desvaneciendo en las Molucas.
8
Españoles y holandeses.
La guerra en las Molucas
(1609­1663)

Y
A HEMOS VISTO QUE LA PRESENCIA ESPAÑOLA en las Molucas no llegó a su fin con los
compromisos   anunciados   en   el   Tratado   de   Zaragoza   (1529).   No   fue   así.   De
hecho, se prolongaría por un siglo más.

Las ruinas de alguno de los fuertes que se conservan hoy día, como los de Nuestra
Señora del Rosario, San Pedro y San Pablo, en la isla de Ternate, o el fuerte Rum, las
ruinas de Marieku o Torre en Tidore son testimonio de esa historia posterior a la firma
del tratado.

Porque a pesar de que el acceso a la Especiería por el Oeste se había revelado como
un viaje largo, agotador, peligroso y caro, y a pesar también del hastío y desgaste que
produjo la conflictiva y difícil presencia en las Molucas, el interés se renovó y hubo una
historia posterior.

Sin   embargo,   ello   no   fue   inmediato.   El   rotundo   fracaso   de   la   expedición   de


Villalobos (1543) abrió un largo paréntesis de más de veinte años en el que ninguna
nave española cruzó el Pacífico, escribe Lourdes Díaz­Trechuelo . Hasta el propio san
401

Francisco Xavier llegó a pedir desde Goa que transmitieran al emperador Carlos I el
ruego   de   que   no   enviase   más   escuadras   a   realizar   descubrimientos   porque   se   iban
perdiendo una a una sus naves en aquellos arriesgadísimos viajes:

Hermano mío, Maestro Simón, os encarezco digáis al rey nuestro señor (a Manuel III) y a la reina (de
Portugal) que por descargo de su conciencia deberán dar aviso al emperador (Carlos I) o a los reyes de
Castilla que no manden más armadas por la vía de la Nueva España a descubrir Platareas porque cuantas
fueren todas se han de perder… Es piedad oír que parten muchas armadas de la Nueva España (…) y que
se pierden por el camino.

Sin   embargo,   el   descubrimiento   del   tornaviaje   aliviaría   parte   de   estos


inconvenientes.   Gracias   a   ese   hallazgo   de   Urdaneta,   la   conexión   marítima   entre
Filipinas   y   Nueva   España   (el   galeón   Manila­Acapulco)   cambió   el   sentido   de   esas
peligrosas travesías. Se había dado ya carpetazo a las expediciones organizadas desde
Sanlúcar o La Coruña hacia la Especiería —casi ya olvidadas— y se puso punto final a
los arriesgados viajes desde la costa americana del Pacífico. Ahora resultaba más barato
acceder a las Molucas desde Filipinas con ruta, singladuras y rumbos seguros y poder
continuar hacia Nueva España desde Filipinas.

La unión de las dos Coronas (1580)

La unión de España y Portugal despertó de nuevo el interés por las islas Molucas en el
plano político español. Felipe II había jurado en las Cortes de Tomar (Lisboa) las leyes
portuguesas   y   entre   ellas   su   compromiso   de   defender   las   posesiones   africanas   y
asiáticas   de   Portugal,   decretando   que   se   tomasen   medidas   «para   castigar   piratas   y
presidiar las costas de África». En cuanto a Asia, había dispuesto en una real cédula,
clara   y   severa,   dirigida   a   los   gobernadores   de   Filipinas,   la   obligación   de   socorrer   a
Portugal en las Molucas y en todos los Estados de la India, «valiéndose de la Nueva
España y de los otros reinos de Castilla».

Ayuda sí, y grandes dosis de autonomía también, pues el estatuto de Tomar, por el
que   el   rey   reconoció   lo   que   se   denominó   «exclusivismo   lusitano»,   consagraba   la
capacidad de decisión de Lisboa en la administración, construcción y ejecución de la
política portuguesa —incluyendo la política comercial—, que quedaba reservada a los
nacionales   de   ese   país,   al   margen   de   la   corte   de   Valladolid .   Por   lo   tanto,   el
402

«exclusivismo» se extendió igualmente al comercio y tráfico de las especias, pues una
de las «mercés, graças e privilegios» que Felipe II hizo al reino portugués fue la de que
no   hubiera   mudanza   en   los   tratos   de   la   India   y   de   Guinea   «e   de   outras   partes
pertenecentes a este reino, assi descubertas como por descubrir», lo que incluía a las
islas de la Especiería.

Ahora bien, esas «mercedes», «gracias» y «privilegios» venían a coincidir —entre
otras medidas— con la exclusión ya impuesta a los españoles a que comerciasen en la
zona de la Especiería, asunto vedado por el Tratado de Zaragoza, pero nada impedía
que, por razones de la política internacional, Felipe II decidiese las medidas contra las
provincias de Flandes que estimase oportunas, aunque afectasen a Portugal, y ello a
pesar del «exclusivismo lusitano».

En   ese   sentido   en   1586   los   puertos   de   la   Península   Ibérica   fueron   cerrados   al


comercio   y   a   los   buques   holandeses,   con   lo   cual   se   produjo   de   hecho   lo   que   hoy
llamaríamos sanciones y que entonces se denominaba bloqueo a la adquisición de las
especias por parte de los Países Bajos. Ello traería las consecuencias que veremos.

Las luchas contra los indígenas
De modo inmediato la expulsión de los portugueses de Ternate por el sultán Baab trajo
como   consecuencia   el   final   de   la   presencia   europea   en   Tidore   y   Ternate.   Los
portugueses continuaron presentes en Ambon y otras islas del archipiélago moluqueño.

Desde   que   Felipe   II   había   ordenado   apoyarles   en   sus   derechos   territoriales   en


África y Asia, las fuerzas españolas desde Filipinas estaban en disposición de cumplir el
mandato real cuando fuera necesario.

Expedición de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa (1582)

En 1580 don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, comendador de Santa Cruz de la Zarza y
regidor perpetuo de Arévalo, había llegado a Manila al frente de una expedición que
había   zarpado   de   Nueva   España   para   tomar   posesión   como   gobernador   general
sustituyendo   a   don   Francisco   de   Sandre   (1575­1580).   A   lo   largo   del   periodo
comprendido entre 1565 y 1821, el cargo de gobernador general de Filipinas ostentaba
también   las   funciones   de   capitán   general   y   presidente   de   la   Real   Audiencia.   Esa
acumulación de cargos coincidía en Ronquillo. En su empeño reformador, Ronquillo
convirtió   a   la   ciudad   de   Manila   en   la   capital   política   y   económica   del   archipiélago
filipino, estableció el palacio del gobernador en Intramuros y, desde allí, llevó a cabo
todas las actividades de su gobierno.

En estricto cumplimiento de la cédula real por la que el rey Felipe II ordenaba a los
gobernadores   generales   de   Filipinas   socorrer   a   las   Molucas,   Ronquillo   determinó
desposeer   al   sultán  Baas   de   su  gobierno   en  Ternate.   No   solo   se   proponía   volver   al
estado   de   cosas   anterior   a   la   expulsión   de   los   portugueses,   sino   que   las   especias
resultaban de nuevo atractivas; la infiltración de enemigos desde el sur preocupaba en
Manila, sobre todo después de las visitas de los ingleses, y el empuje de las  órdenes
religiosas   —poderosísimas   en   Filipinas—   presionaba   para   no   dejar   a   medias   la
incipiente labor de evangelización llevada a cabo por los portugueses en las Molucas
durante los años pasados.

Además,   ahora   que   los   portugueses   estaban   fuera   del   archipiélago,   surgía   la
posibilidad de constituir una sola unidad administrativa entre Filipinas y las Molucas.
Pero   para   agregar   las  Molucas   a   las  islas  Filipinas,  era   preciso   que   los   portugueses
hubieran estado en posesión tranquila de este último archipiélago, lo que no sucedía.
Con motivo de la unión de las dos Coronas, esa anexión se juzgaba a partir de ahora
más factible.

Decidido  a ello, el gobernador formó un grupo para que fuera preparando  una


expedición   con   intención   de   derrocar   a   Baab.   Ronquillo   confió   a   su   sobrino   Juan
Ronquillo la conquista de Ternate.
Desde las Molucas, el sultán Baab controlaba ahora cómodamente el comercio del
clavo. Los portugueses se habían visto forzados a abandonar su grandiosa factoría en la
fortaleza de Ternate por una más modesta en la isla de Tidore. Baab se estaba creciendo.
Hanna y Alwi dicen de él que su comportamiento era tan arrogante como lo sería el de
cualquier aristócrata europeo . En su endiosamiento había dispuesto por decreto que
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todo visitante europeo que pusiera el pie en Ternate debería descubrirse y quitarse los
zapatos. Recibía en Gammalamma dictando, más que negociando, los términos de los
contratos de clavo a todos los extranjeros que venían a las islas. Llegó a intercambiar
correspondencia  con Felipe  II   y  en  1579 recibió   a Francis  Drake.  Esa visita  enojó   al
gobernador general, quien, de acuerdo con lo ordenado en la cédula real y espoleado en
su ánimo por los coqueteos del sultán con personajes como Drake, quedó convencido de
que había llegado el momento de dar una lección a Baab.

Lo   primero   que   necesitaba   el   grupo   del   gobernador   Ronquillo   era   información


adecuada y renovada sobre el sultán, su ejército, la isla y sus defensas, que completase
la que le iban proporcionando sus espías. Para actualizar esa labor envió a uno de sus
ayudantes,   el   soldado   Francisco   de   Dueñas,   con   la   misión   de   tomar   notas   sobre   el
estado de las defensas de Ternate. Este «mudó el traje, con el cual y su semblante, que
no le desemejaba de los naturales, y la lengua de ellos, que hablaba con destreza, llegó a
Tidore».

Los españoles que aún quedaban en esta isla acogieron a Dueñas y se mostraron
dispuestos a recibir el apoyo y a contribuir en el ataque. No pudieron ser más explícitos
en la expresión de su deseo para que la empresa se llevase a efecto.

Cruzó Dueñas luego a Ternate en misión exploratoria de las defensas de la isla. Y
se percató de la dificultad que entrañaba evitar los arrecifes que impedían navegar esas
aguas   próximas   y   acercarse   a   Gammalamma   con   naves   de   cierto   porte;   sopesó   los
riesgos  para la navegación que  suponían los bajos de arena  y las barreras  de coral;
estudió los pasos posibles para acceder a la costa; vio la fortaleza, situada en un terreno
elevado que hacía su asalto más difícil, y se entretuvo en observar cómo desembarcaban
los holandeses y contrataban las especias; exploró las amistades que con los ingleses
tenían y observó detenidamente el puerto.

A su regreso a Manila con los datos que trajo, Ronquillo preparó su fuerza. Hasta
trescientos españoles y más de mil quinientos filipinos se pusieron a las  órdenes  de
Pedro Sarmiento, después de que suministrase a la flota pertrechos, bastimentos y gente
de   mar.   Nos   refiere   Argensola   que   se   embarcaron   en   tres   navíos   grandes   y   buen
número   de   otros   menores .   El   sobrino   del   gobernador,   Juan   Ronquillo,   llevaba   la
404

misma autoridad que Sarmiento «para mar y para tierra».
La travesía resultó plácida y con viento a favor, pero no tanto como para llevarles
directamente a Ternate sin contratiempos, aspecto que tampoco pretendían, pues eso
hubiera destruido el efecto sorpresa que iban buscando. Viento y corrientes les dejaron
frente   a   la   isla   de   Motir,   más   al   sur.   La   flota,   según   opinión   de   Des   Alwi ,   había
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quedado al mando de un trío de incompetentes: Juan Ronquillo no se había destacado
nunca como guerrero; Pedro Sarmiento era un aventurero de limitadas cualidades y
vastas   ambiciones,   y   como   consejero   de   los   dos   viajaba   Pablo   de   Lima,   un   negro
portugués de Ternate, casado con una mujer moluqueña de alto rango, «cristiana y pía»,
añade   Argensola   en   el   retrato   que   traza   del   señor   de   Lima,   quien   tenía   enredos
familiares y pretensiones regias sobre Ternate y Motir.

En su arribada a Motir, Pablo de Lima lideró algunas victoriosas escaramuzas sobre
los locales, que terminaron por recibirle con ramos de palmas y reconocerle —aunque
fuera por tiempo breve— como señor y dueño de la isla que había sido de sus abuelos.
Aquello debió suponer una inflamación del «ego», que a Pablo de Lima, aun con todo,
debió saberle a poco.

Ni él, ni Ronquillo, ni Sarmiento sabían cómo continuar. No parecía existir un plan
de campaña ni siquiera elementalmente trazado, a la hora de atacar Ternate. El tiempo
transcurría   sin   que   los   expedicionarios   decidieran   qué   acción   tomar.   Entretanto,   se
dedicaron a agredir a los praos y galeras javaneses que comerciaban clavo con las islas,
dispersándolas en todas las direcciones.

Pero   el   sultán   Baab,   que   ya   había   tenido   noticia   de   la   presencia   de   la   flota   de


Ronquillo por aquellas aguas, estaba preparado para recibir esa excéntrica amalgama de
guerreros expedicionarios que finalmente apareció en las costas de Ternate. El fuerte,
como señalamos en otro lugar, había sido ampliado y reforzado especialmente en sus
baluartes, con lo que un ataque frontal reducía sensiblemente cualquier posibilidad de
triunfo.

Baab   no   era   un   objetivo   fácil   de   batir.   Había   liderado   una   confederación


moluqueña de islas, desde Sulawesi (las Célebes) hasta Papúa Nueva Guinea, y había
expulsado a los portugueses de Ternate, a los que obligó a refugiarse en Ambon, si bien
algunas familias portuguesas pasaron a la vecina isla de Tidore, donde se reunieron con
los pocos españoles dispersos que allí residían.

Por  fin llegó  la flota aproximándose a la costa. Los expedicionarios del  general


Pedro   Sarmiento   y   de   Ronquillo   lograron   desembarcar   en   Talangame,   el   puerto   de
Ternate, pero bajo fuego de los ternates. Escribe Argensola : «Nuestra gente saltó por
406

aquella parte, cuya desembarcación resistieron los ternates».
Hubo   alguna   escaramuza   y   disparos.   Pero   al   anochecer   cesó   la   lucha.   Con   la
ventaja de la oscuridad fueron desembarcando las piezas de artillería para formalizar el
sitio. Sarmiento, asentada la artillería y bien atrincherado, comenzó a batir la fortaleza al
amanecer.   El   asedio   se   llevó   a   cabo   con   «furia»   contra   los   ternates,   pero   no   con   la
suficiente «para desanimarlos, porque respondían con denuedo», testimonia Argensola.
Fue preciso ocupar otros lugares, como las alturas existentes en las proximidades, desde
las cuales «fatigaban los nuestros a los enemigos».

Las fuentes no son coincidentes y unas hacen referencia a las enfermedades que
amenazaban con diezmar a las tropas expedicionarias desembarcadas, a las que una
epidemia  redujo  a un tercio, y otras a la falta de pólvora o incluso, debilidad  de la
artillería desembarcada para que los versos y falconetes hicieran mella en la piedra del
fortín.   Es   más   que   probable   que   Ronquillo   fuera   consciente   de   que   el   objetivo   era
mucho más complicado que lo que habían pensado para ser batido con los medios que
tenía.   Lo   cierto   es   que   pasados   unos   días   —no   se   precisan   cuántos—   la   fuerza
suspendió   las  operaciones,   reembarcó   y   regresó   a  Manila   con   más  pena   que   gloria,
quedando así en nada la primera expedición de conquista enviada desde las Filipinas.

Expedición del general Juan Morones (1584)

Del intento llevado a cabo por el general Morones, poco se conoce, salvo que tanteó el
asedio   de   Gammalamma  en   1584,   siguiendo   las  órdenes   del   gobernador   general   de
Filipinas, Santiago de Vera, y fracasó en el intento. Gammalamma era una complicada
pieza   a   batir   y   precisaba   de   artillería   pesada,   una   pericia   extrema   para   sortear   los
accidentados alrededores y un dispositivo naval ágil para bloquear cualquier intento de
socorros, víveres o municiones que pudieran llegar desde otras islas. Por ese motivo
habría de esperarse seis años hasta que pudiera disponerse y arreglarse una expedición
bien dotada de naves, soldados y artillería. Esa iba a ser la de Gómez Pérez Desmariñas.

Expedición de Gómez Pérez Desmariñas (1590)

En 1590 el nuevo gobernador general de España en Filipinas, Gómez Pérez Desmariñas
(1590­1593), se empeñó en culminar los esfuerzos de sus antecesores.

Los espías que los gobernadores de Filipinas tenían en las Molucas eran numerosos
y bien organizados. En el caso de Gómez Pérez Desmariñas, su hermano Gaspar Gómez
acababa de acopiar información útil sobre la isla donde reinaba Baab.

Por las pesquisas de su hermano, cuando este llegó a Manila con noticias frescas, al
parecer el sultán de Ternate «no tenía sus cosas en mal estado» aunque grupos de sus
súbditos conspiraban y «muchos le amenazaban que se habían de rebelar». Pero eso era
así desde hacía años y años y no constituía un dato político que supusiera un inminente
riesgo   de   desestabilización.   Más   interesante   fue   la   información   militar   que   Gaspar
Gómez ofreció sobre Ternate y sobre las «dos fortalezas de Talangame» , es decir, la 407

vieja   portuguesa   y   la   ampliada.   En   ellas   el   ejército   de   Baab   se   hallaba   armado   con


arcabuces en número sustancial y a él se habían unido los indígenas de otras partes de
las islas —«otros reinos»— que peleaban con armas arrojadizas, kampilanes y paveses, y
estaban equipados en algunos casos de coseletes y morriones que los portugueses les
habían   vendido   a   cambio   de   clavo   y   nuez   moscada.   Ternate,   de   este   modo,   se
encontraba bien guardada.

Gaspar Gómez aconsejó a su hermano el gobernador que el ejército expedicionario
desembarcase   y   asaltase   el   fuerte   «antes   del   amanecer,   porque   siempre   con   aquella
gente había sucedido bien todos los asaltos al cuarto del alba», y si la armada llegaba
«sin   ser   sentida,   vencería   sin   falta».   Aunque   reconocía   que   el   número   de   espías   y
centinelas que desplegaba el sultán hacía poco probable la sorpresa. Por ello la clave
radicaba en el uso de la artillería. En ese sentido advirtió también que las naos y galeras
debían   montar   un   buen   número   de   versos   de   bronce   y   «otra   mucha   artillería»,   y
esperaba  que  el  asalto   se  viera   complementado  con  fuerzas  de  Tidore,  de  donde   le
llegaban noticias de que apoyarían la expedición con embarcaciones livianas y  kora­
koras «que estaban aprestadas y con más de doscientos soldados, bien armados, con sus
cotas y capacetes» . 408

Se   trataba   de   un   plan   sumamente   arriesgado   y   difícil   de   ejecutar,   aunque   con


posibilidades de tener éxito si se coordinaba bien la acción de desembarco con piezas de
artillería y abundante número de kora­koras que penetrasen entre los bancos de arena y
los arrecifes, para desembarcar en masa.

Desmariñas comenzó a armar una expedición bien dotada de galeras y al menos un
centenar de embarcaciones de porte menor, pero que acogieron a bordo a cerca de mil
soldados españoles y filipinos. Los barcos eran en parte propiedad de la Corona y el
resto de los particulares que los habían costeado (los llamados encomenderos) y que
cobrarían luego de la Hacienda Real. Hubo encomenderos voluntarios y otros forzosos.
Tal y como señala Argensola, «fueron alistados por amor y violencia y los rogados y
apremiados igualmente» . 409

La mayor parte de la expedición se concentró en Cebú, la capital de la Capitanía
General. Precisamente se había previsto que tanto el gobernador general Desmariñas
como  su escolta y  un abultado  y  escogido  grupo  de  españoles  se embarcasen  en  el
galeón, buque insignia de la flota, en medio de la expectación general ante lo que se
imaginaba como una empresa cargada de éxito. Todos los preparativos expedicionarios
parecían llevarse a cabo sin mayores contratiempos. No obstante, en aquel tumultuoso
reclutamiento nadie pareció otorgar importancia a la nutrida masa de remeros chinos —
250   hombres—   de   las   dotaciones   de   algunas   de   las   seis   naves   de   Desmariñas.   Las
galeras acostumbraban a llevar siete remeros por cada bancada y el número de bancos
oscilaba entre 20 por banda en las galeras pequeñas y 25 o 26 en las de mayor porte. En
este caso, la capitana, en la que embarcó Desmariñas, llevaba 28 bancos. Suponiendo
que las 6 galeras fueran las de menor porte, ello significaría que la escuadra necesitaba
en torno a 840 remeros, de los que 250 eran chinos. Des Alwi y Willard Hanna creen que
muchos de los remeros chinos no eran tales, sino contrabandistas enrolados. Sabemos
que Desmariñas ordenó que entre los chinos que se habían asentado en Manila para
dedicarse al comercio y a la contratación se seleccionasen 250 para armar y equipar la
nao capitana. Se les pagaría dos pesos al mes a cada uno. Se les aseguró que no habían
de ir encadenados sino sueltos y con sus armas para servir de soldados, y que solo
deberían  bogar la galera en las calmas, en el caso de que las hubiere, y para doblar
algunas puntas. Este reclutamiento forzado se había llevado a cabo bajo la amenaza de
expulsarles de Manila si se oponían. De mal grado, antes que de bueno, lo aceptaron
ante la amenaza de expulsión. La advertencia se suavizaba con la promesa del pago de
una soldada que, aunque a los chinos les pareció insuficiente y no cesaron de protestar,
les acomodó a la disciplina que imponían los hombres de Desmariñas.

Para aplacar sus protestas se les reiteró que apenas se les ordenaría remar, ya que,
gracias a los vientos monzones que creían favorables, tendrían una cómoda travesía.

Pero los chinos no quedaron convencidos. Cerraron sus negocios en Manila, sus
mercados y sus tiendas y hasta las ventanas de sus casas, en una especie de histórico
anticipo de lo que luego serían las huelgas generales. Desmariñas lo consideró un motín
y no se anduvo con miramientos. Detuvo a 50 y los metió en una galera. Los demás,
atemorizados, se reunieron y completaron el número citado de 250.

La soldada ascendió a 80 pesos del sueldo del rey a cada uno, y repartieron 20 000
pesos entre los que quisieron ir. Formaron con ellos cinco compañías de 50 chinos, con
capitanes propios —cristianos— al frente.

Después de recoger la armada en Cebú, Desmariñas se detuvo en Manila, desde
donde salió el 17 de octubre con seis galeras, un galeón, una fusta, un fragatín y otras
muchas fragatas, kora­koras y «virreyes» —un género de embarcación filipina—, «todos
estos bajeles de su majestad, y parte de vasallos que se ofrecieron a servirle con sus
personas y haciendas».

La fuerza embarcada ascendía a «mil españoles bien armados; más de cuatrocientos
arcabuceros   de   la   comarca   de   Manila»   y   otros   mil   visayas,   habitantes   de   las   islas
situadas en la zona central del archipiélago filipino , en su mayoría cristianos y «gente
410

de lanzas, paveses, arcos y flechas», además de otros cuatrocientos chinos.
La armada se reunió a Cavite y zarparon el 19 de octubre. El 25 llegó a hacer noche
en la punta de Azufre de la isla de Manila. La galera de Desmariñas se apartó de las
otras —que no perdieron de vista la costa—, mientras que la del gobernador prefirió
«meterse a la mar». En esa punta, al parecer, «bramaba la corriente» y la galera no pudo
montar el cabo Azufre buscando abrigo. Pero la fuerza de la corriente la hizo garrear un
poco.   Como   se   venía   atrás,   hubo   que   volverla   al   abrigo,   y   para   ello   «apretaron
excesivamente a los chinos en la boga», según nos relata Argensola.

Dice el historiador que bien por ser gente nueva «violentada al remo», o porque
venían   cansados   y   hostigados   por   los   que   mandaban,   lo   cierto   es   que   bogaban   sin
demasiada energía. Peor lo tuvieron cuando sobrevinieron vientos contrarios que les
impidieron avanzar. En esos casos, nos relata Argensola, es «forzoso usar los remos y
fatigar a la chusma  con el rigor y castigo ordinario que en galeras se usa». Al parecer,
411

fatigaron algo a la chusma.

El «rigor y castigo ordinario» no debió complacer a los chinos, que les pareció duro
y contrario a lo que el gobernador les había asegurado cuando les prometió que «serían
tratados con amor». Pero ni el látigo ni las amenazas, con resultar ofensivos, lo fueron
tanto   como   oír   a   Desmariñas,   airado   y   severo,   ordenándoles   que   «bogasen
varonilmente, ya que de otra manera les encadenaría y les cortaría el pelo». Para los
chinos eso era una injuria «digna de muerte», porque «tienen la honra pendiente de sus
cabellos que los crían curados y rubios y precianse de ellos como las damas en Europa,
y   peinan   en   ellos   su   gusto   y   su   reputación».   Tras   el   incidente   —que   los   chinos   no
olvidaron— reposó la flota al abrigo tranquilo de la rada de la punta de Azufre.

Descansaron las tripulaciones y, habiendo estado jugando y bebiendo parte de la
noche, agobiados por el calor, dormían desnudos los españoles en la crujía, en la popa o
en las bancadas. Los chinos —que no olvidemos eran 250, mientras que la galera de
Desmariñas no llevaba con él más de 80 españoles— iban revestidos de una túnica o
camisa blanca, para que en medio de la oscuridad se reconocieran entre sí, y llevaban
también  velas que habían escondido entre las túnicas blancas. Metieron mano a sus
catanas   y,   sigilosa   y   sistemáticamente,   fueron   apuñalando   a   los   miembros   de   la
tripulación  de  la  galera.   Sin turbar  el  silencio  comenzaron  «a herir   cada  chino   a su
vecino español».

El   gobernador   general   Desmariñas,   que   se   encontraba   debajo   de   la   escotilla


durmiendo  con una linterna o candela,  despertó.  Los chinos llamaron pidiendo  que
saliese   a   poner   orden   en   la   «pendencia   que   tenían   los   castillas»   y   él,   abriendo   la
escotilla, se asomó por ella y sacó inmediatamente medio cuerpo. Los chinos cargaron
contra él con sus alfanjes y le hirieron de muerte; le abrieron la cabeza y con las picas lo
alancearon y atravesaron con ferocidad. Viéndose morir, se retiró de la escotilla y llegó
hasta su cama, donde falleció desangrado.
De su nutrida tripulación no sobrevivieron más allá de diez; algunos, seriamente
heridos, lograron echarse al agua y nadar hasta ser rescatados por los barcos menores
de aquella expedición abortada. Los españoles que estaban en las otras embarcaciones
junto a tierra, aunque habían visto las lumbres y habían sentido los ruidos en la galera
capitana, nunca imaginaron que el motín se estaba produciendo.

La galera, ahora en poder de los chinos, se hizo a la vela. El hijo de Desmariñas que
oficiaba   como   segundo   comandante   de   la   flota   a   bordo   de   una   de   las   galeras,   al
enterarse de la tragedia ordenó el regreso inmediato a Manila del resto de la flota.

Los falsos remeros chinos condujeron la galera, de la que se apropiaron, hasta las
costas   de   China.   Pagaron   su   impericia   encallando   la   nave   en   las   costas   próximas   a
Tonkín.   El   buque   y   la   totalidad   de   la   carga   fueron   confiscados   por   las   autoridades
chinas,   aunque   permitieron   que   la   tripulación,   sin   beneficio   del   saqueo,   siguiera   su
camino tierra adentro.

Pasado el tiempo, Luis Desmariñas no quiso ordenar otra expedición a las Molucas
después del fiasco inesperado. No sería hasta el gobierno de don Pedro Bravo de Acuña
cuando las circunstancias aconsejasen actuar nuevamente ante la pérdida de los fuertes
de Ternate y Ambon por los portugueses.

La guerra hispano­holandesa en las Molucas (1606­1663)

Después de los primeros éxitos de las potencias de la Península Ibérica, que duraron
prácticamente   un   siglo,   el   tráfico   de   especias,   como   dice   Turner,   «dio   un   giro
protestante».   Como   sigue   apuntando   Turner,   los   dos   pueblos   que   las   remplazaron,
holandeses   y   británicos,   mejor   organizados   y   con   menos   escrúpulos   que   ningún
mercader   nunca   visto,   combatieron   en   aguas   atlánticas   o   asiáticas   a   las   potencias
católicas, combatieron entre sí y combatieron contra todos los rivales y contrabandistas
asiáticos que se les pusieran por delante, con tal de llevar especias al Herengracht de
Ámsterdam   o   al   Peper   Lane   de   Londres .   A   finales   del   siglo   XVI  los   comerciantes
412

ingleses y holandeses hicieron su primera aparición en aguas asiáticas.

Con   la   unión   de   las   dos   Coronas,   España   había   incorporado   nuevas


responsabilidades geográficas de proporciones inéditas hasta la fecha. Ello conllevaba la
opción de navegar y comerciar en regiones hasta ahora vedadas . Y, del mismo modo,
413

suministró herramientas de presión frente a los holandeses. La unión permitía colapsar
por   medio   del   bloqueo   el   tráfico   de   especias   y   sal   que,   a   cambio   de   mercancías,
realizaban   los   holandeses   con   Portugal,   por   lo   que   ocho   años   después   de
institucionalizada  la  unión  de  las  dos  Coronas  se  proscribió   llevar  a  cabo  cualquier
operación   comercial   que   tuviera   origen   o   fin   en   las   Provincias   Unidas,   quedando
cerrados al tráfico los puertos de Portugal y prohibiéndose recibir en ellos a buques que
enarbolasen pabellón holandés.

Las consecuencias de esta medida fueron nefastas para el Imperio portugués, pues
indirectamente   originaron   una   de   las   causas   del   nacimiento   de   la   política   colonial
holandesa. Ello estimuló la incursión de Holanda hacia Oriente a la búsqueda de las
especias que antes conseguían en Lisboa y propició la presencia continua y ascendente
de   buques   holandeses   en   la   Especiería.   En   otras   palabras,   los   holandeses   irían   a
aprovisionarse de especias a las Indias y a las Molucas ellos mismos, con sus barcos y
sus hombres armados. Fue el principio de su imperio colonial . 414

La prohibición española trató de aplicar lo que, en lenguaje político de hoy día,
calificaríamos como «imposición de sanciones». Lo que sucedió es que por esa época
España ya no tenía el dominio del mar y pronto las naves de la Vereenigde Osstindische
Compagnie (VOC) —fundada en 1602— inundarían las aguas tropicales y hasta las del
océano Pacífico.

En 1591 la expedición del almirante Cornelis de Houtman, con cuatro naves y 284
hombres, ya había dado señales de que la VOC se tomaba muy en serio su despliegue
colonial sobre las Molucas. Pero no llegó más allá. La expedición no fue comercialmente
lucrativa, aunque tuvo un fuerte impacto psicológico y político, ya que los holandeses
quedaron convencidos de que tanto España como Portugal no eran invencibles y que las
fabulosas   tierras   de   las   especias   estaban   mal   defendidas   por   las   flotas   hispano­
portuguesas .  A  esta   expedición  preliminar  pronto   le  seguirían  las  de   Van  Narwijk
415

(1599), Van der Hagen (1600), Van Noort (1600) y Van Neck (1601) y, más tarde, los
conflictos abiertos en aguas de Ternate y Tidore entre españoles y holandeses contra el
almirante Van Caerden (1608) y los almirantes Wittert (1609) Verhoef (1609) y Janszoon
Hoen (1609).

La expedición del capitán Van Narwijk (1599)

El  22  de  mayo   de  1599 llegó   a la isla  de  Ternate  la  flota  del  capitán  Wijbrand  van
Narwijk, con dos buques holandeses, el  Ámsterdam, de 200 toneles, con 60 hombres a
bordo, 6 cañones y 10 medios cañones, y el Utrecht, algo más reducido en capacidad y
hombres.   El   sultán   Said,   que   gobernaba   Ternate   como   sucesor   de   Baab,   envió   la
tradicional   escolta   de  kora­koras  para   recibir   a   la   flota,   que   fondeó   frente   al
Gammalamma, en Talangame. En ese primer contacto —aún algo distante— el trueque
giró en torno a 600 libras de clavo frente a abalorios de cristal, vasos y objetos de vidrio.
El sultán Said subió a bordo y admiró la nave holandesa. El día 23 de agosto se llegó al
primer acuerdo sobre el establecimiento holandés en Ternate. Una limitada vanguardia,
cinco holandeses, desembarcaron para ir preparando la compra del clavo. Las naves de
Van   Narwijk   regresaron   con   clavo   hasta   los   topes   de   sus   bodegas,   prometiendo   —
obviamente— una próxima visita.

La primera expedición exploratoria no pasó de ahí.

La expedición del almirante Van der Hagen (1600)

Ternate había sido perdida  por los portugueses  en 1575, como ya vimos. El capitán


Nunho Pereira, rindió la plaza y los portugueses terminaron refugiándose en Ambon, y
algunos núcleos en Tidore. Ambon, situada en el centro del amplio archipiélago de las
Molucas, era la mayor de todas aquellas islas. Se encuentra al norte del mar de Banda,
en la cadena volcánica que rodea el mar. Los portugueses habían llegado en 1512 y la
habían convertido en el nuevo centro de actividades comerciales, pero en 1600 se rindió
a los holandeses de Van der Hagen, que terminó expulsando a los lusitanos. Enseguida,
el holandés manifestó su intransigencia religiosa prohibiendo la religión católica que, de
alguna manera y aunque en minorías, había sido implantada por los portugueses. Para
extender   su   presencia,   Van   der   Hagen   solicitó   refuerzos   y   le   ayudaron   los   ternates
llegados para combatir contra Gilolo. Los holandeses,  con esta fructífera expedición,
sometieron casi a la totalidad de las Molucas y por supuesto a la rica y productiva isla
de Ambon. Surtieron de armas y pólvora a los indígenas amigos y se implantaron en el
archipiélago.

La expedición del almirante Van Noort (1600)

El  año siguiente,  en 1600, iniciado ya el siglo   XVII, partió de Róterdam  una flota de


cuatro naves que mandaba Oliver van Noort. Después de singladuras piráticas en la
costa española del Perú, se apoderó en Valparaíso de un barco español. Puso proa hacia
al   norte   esperando   adueñarse   de   alguna   de   las   naves   que   se   dirigían   a   Acapulco,
llevando en sus buques la bandera española y un marinero vestido de fraile en la popa,
para engañar a las posibles presas.

Continuó su viaje expedicionario por el Pacífico hacia Filipinas, donde llegó con
tres  de  sus naves el 16 de octubre  de 1600. En las aguas próximas a las posesiones
españolas   de   Filipinas,  Van  Noort  se  hizo  pasar   por   francés   —como  vemos,  era   un
profesional   de   la   estratagema   del   engaño—,   mandado   por   el   rey   de   España   para
comerciar con las colonias.

Con   este   ardid   enviaba   chalupas   a   tierra   para   comprar   a   los   indígenas   arroz,
legumbres,   fruta   y   hacer   aguada.   Aceptó   incluso   que   algunos   oficiales   españoles
subieran   a   bordo,   teniendo   cuidado   de   poner   en   práctica   el   truco   de   cambiar   las
banderas y mantener disfrazado como sacerdote católico a un marinero. No obstante, el
engaño   holandés   no   duró   mucho   tiempo,   pues   el   22   de   octubre,   un   negro   llamado
Manuel Salvador, prisionero de los holandeses tras la captura del Buen Jesús, logró huir
a nado e informó a los españoles sobre la identidad de la flota. Van Noort, descubierto,
puso rumbo a Manila para intentar saquear la plaza o esperar presas sustanciosas.

La Audiencia de Manila recibió con preocupación la noticia de la presencia de los
holandeses   y   decidió   fortificar   la   capital   y   el   arsenal   de   Cavite.   En   el   puerto   se
encontraba un galeón mercante de 300 toneladas, el San Diego, construido en la isla de
Cebú y que esperaba el buen tiempo de la estación para dirigirse a Acapulco. Fueron
ese buque, otro de menor porte, el  San Bartolomé, de 50 toneladas, un patache y otra
embarcación indígena los que formarían la base de la flota de Manila . 416

Antonio de Morga, un hombre de mediana edad para la  época —35 años—, era
consejero y lugarteniente del gobernador general de las Filipinas, Luis Desmariñas. De
hecho,   era   el   segundo   personaje   de   mayor   rango   y   mando   en   Filipinas   y,   por   su
influencia con el gobernador, forzó las cosas para que su nombramiento al frente de la
flota fuese incuestionable, a pesar de su nula experiencia en la mar, pero solicitando al
gobernador que lo mantuviera en secreto. El propio  San Diego, como galeón capitana,
fue armado para el combate. Los otros tres buques mencionados le acompañarían, y así
la pequeña flota se aprestó para la defensa de Manila. Fue preciso desplazar a los barcos
los cañones de bronce de los fuertes de Manila, de los que el San Diego recibió 14 y el
San Bartolomé otros 10. Unos cuantos más —no hay cifra— se embarcaron en el patache
que formaba parte de la flotilla.

Mientras tanto Van Noort, indolente y confiado, quedaba a la espera, con la idea de
dar caza al galeón del rey Santo Tomás, que era aguardado en Manila de su regreso de
Acapulco con el equivalente de dos años de renta de la nao de China y que se cifraba en
más de un millón y medio de piezas de plata. Tanto Van Noort como las autoridades de
Manila   lo   sabían   y   la   tensión   y   angustia   de   unos   y   otros   iba   en   aumento.   Todo   el
mundo, salvo el gobernador y Morga, ignoraba en Manila quién sería el almirante de la
flota. Varios oficiales experimentados se encontraban entre los que podían mandarla.
Entre ellos destacaba Juan Ronquillo, con experiencia en expediciones a las Molucas en
años anteriores. Por ello la designación de Morga, que había visto la oportunidad de
distinguirse, suscitó la indignación de los oficiales superiores cuando fue conocida. Para
intentar calmarles, el gobernador nombró vicealmirante de la flota a Juan de Alceda,
que mandaría el San Bartolomé . 417

Morga embarcó un número impresionante de soldados y mercenarios en su galeón
capitana,   a  los  que   se   añadieron   como   parte   del   pasaje   150   nobles   y   oficiales   de   la
aristocracia española en Manila, llegando a sobrepasar las 450 personas embarcadas. El
San Diego  iba cargado hasta los topes de la borda, con varios centenares de personas
embarcadas,   mal   lastrado,   atiborrado   de   cajas,   de   vasijas,   de   grandes   maletones   y
arcones, de jaulas de gallinas y camas. Antonio de Morga, poco habituado a las cosas
del mar, no sabía cómo remediar aquel desorden indescriptible.

Uniendo   su  impaciencia  a  su   impericia,   Morga  estaba   decidido   a  sorprender   al


enemigo, del que se sabía que se encontraba cerca de la bocana de la bahía de Manila.
Tenía   urgencia   por   zarpar   lo   más   rápidamente   posible.   El   día   13   de   diciembre   los
centinelas de tierra informaron que dos navíos holandeses se encontraban anclados por
la noche cerca de una punta llamada en la  época Punta Ballestégui, actual Punta de
Fuego. Morga pasó la noche en un pequeño puerto en la isla de Mariveles, cercano a la
flota adversaria, y, al amanecer del 14 de diciembre de 1600, el galeón  San Diego  levó
anclas y se fue hacia donde se encontraban los holandeses sin avisar al San Bartolomé,
que zarparía más tarde.

Ya   en   mar   abierto,   avistaron   a   los   dos   barcos   holandeses   y   Oliver   van   Noort
comprendió  que los españoles enfilaban la flota contra  él, de manera que reforzó el
Mauritius con hombres de guerra del Eendracht y ordenó a este huir rumbo al oeste, para
que se dirigiese a Holanda con las preciosas informaciones recogidas sobre el comercio
y las defensas españolas.

El  Mauritius  se situó en posición de combate para iniciar el choque contra el  San


Diego, que llegó con gran adelanto sobre el  San Bartolomé, al tiempo que el  Eendracht
abandonaba la escena con viento de popa. El buque holandés abrió el combate y lanzó
una andanada que causó daños al  San Diego. El almirante Morga ordenó responder,
pero no sucedió nada. Entonces, Morga preguntó a un artillero qué piezas estaban en
condiciones para disparar y este le contestó que todas. Le mandó entonces disparar. El
artillero le respondió que no podía disparar ninguna, ya que el navío estaba demasiado
cargado y el agua entraba por las bocas de los cañones.

El  Mauritius  largó la segunda andanada, que destruyó parte del aparejo y mató a
varias personas. El San Diego abrió fuego con una pieza de artillería ligera que estaba en
cubierta, pero el tiro quedó corto. A ello siguió un encarnizado combate entre el  San
Diego y el Mauritius que duró seis horas y en el que las piezas de uno y otro, cribándose
mutuamente sin restricciones, jugaron su papel.

A la vista de que la situación se prolongaba, Morga, que porfiaba en juntarse contra
el buque holandés, ordenó su abordaje, y a ello se fue el San Diego, que impactó contra
el Mauritius de frente. La violencia del choque hizo que el Mauritius diera un bandazo.
Tras ello, se lanzaron garfios al grito de «muerte a los perros» y se utilizaron las anclas
de   estribor  para  sujetar  y  retener  al barco  holandés.  En ese   momento   los  españoles
descorrieron los paños de tela que protegían el puente del San Diego de la mirada de los
enemigos,   quienes   descubrieron   300   hombres   armados   alineados   en   el   puente   del
galeón español. Los holandeses, que no eran más que 59, dispararon algunos tiros de
arcabuz   y   corrieron   a   refugiarse   bajo   cubierta.   Los   españoles,   sin   que   hubiera
resistencia, saltaron sobre la cubierta del buque de Van Noort . 418

El grumete Juan Romero cuenta cómo él subió a lo alto del mástil para hacerse con
el pabellón azul, blanco y naranja de los Orange­Nassau. Otro marino se apoderó del
estandarte de popa e izó en el Mauritius los colores españoles . Los oficiales volvieron a
419

toda   prisa   al  San   Diego  para   hacer   su   informe   y   entregar   a   Antonio   de   Morga   las
banderas tomadas al enemigo como trofeo.

No   quedaba   más   que   recibir   la   orden   del   almirante   y   tomar   prisioneros   a   los
holandeses que se escondían bajo la cubierta o combatirlos, pero Morga, en el San Diego,
se encontraba tumbado en el puente, lívido y postrado. «Pálido y desmayado», fueron
los adjetivos que utilizó el marinero Juan Giraldo. Le echaron agua por el rostro, pero
permaneció como si estuviera petrificado.

Entretanto, el  San Bartolomé, ajeno al desenlace, se acercó al  Mauritius  por la otra


banda y le soltó una andanada a bocajarro. Algunos españoles que estaban sobre la
cubierta del buque holandés gritaron al San Bartolomé que cesase el fuego, que la nave
holandesa   ya   había   sido   capturada,   y   Naveda,   secretario   particular   del   almirante
Morga, proclamó a voces desde el San Diego que el barco pertenecía ya al rey de España,
que había que detener los disparos y perseguir al Eendracht.

Los holandeses, aún escondidos bajo la cubierta, solicitaban gracia en su rendición,
pero comenzaron a mostrarse circunspectos ante la inacción de los españoles, que ni les
atacaban   ni   les   conminaban   a   la   capitulación.   Habían   pasado   cinco   horas   desde   el
abordaje.  De   repente   comenzó  a  correr   un  rumor   por   el  San   Diego  de  que  se   había
abierto una importante vía de agua y el mar entraba a raudales llegando casi al primer
puente. Se decía incluso que algunos hombres se habían ahogado en la bodega. A las 14
horas   el  rumor  era   ya  una  realidad  dramática.  El  San  Diego,  probablemente   porque
como nave mercante era demasiado frágil para el combate naval, se había dislocado a
causa de los numerosos cañonazos que había tirado durante el encuentro y algunos que
había recibido.

Bien   fuera   por   la   violencia   del   choque   al   abordar   a   la   nao   holandesa,   por   los
cañonazos disparados, porque el agua había comenzado a entrar por las portas abiertas,
porque uno de los cañonazos del Mauritius hubiera abierto una vía o por todo ello a la
vez,   lo   cierto   era   que   el   agua   penetraba   sin   control   en   el  San   Diego.   Las   bodegas
atiborradas   de   mercancías   y   objetos   hacían   imposible   que   allí   se   moviera   nadie;   el
desorden y el tumulto entre hombres y carga eran tales, que no había ni siquiera sitio
para cuidar de los heridos.
Alertado ante las voces de alarma que se oían en el San Diego y se extendían entre
los españoles que se encontraban en la cubierta del Mauritius, Van Noort recurrió a una
vieja artimaña de marino curtido: incendió su propia nave para obligar a sus hombres
—que  no  estaban muy convencidos— a subir al puente  a combatir, y también  para
asustar a los españoles, a los que no dejaba más que dos peligrosas opciones: o el San
Diego, amarrado  al  Mauritius, se incendiaba  con  él, o si se separaba,  la vía de agua
abierta le hacía irse a pique. Morga, reaccionando tarde y mal, dio la orden de que se
cortasen las amarras que le unían al Mauritius para que no se propagase el incendio, y
puso proa a la cercana isla de Fortuna, a media legua del lugar del combate, cuando, de
pronto,   a   unos   centenares   de   metros,   el   galeón   se   fue   repentinamente   a   pique.   Los
hombres se aferraron a todo lo que flotaba.

Van Noort ordenó  sofocar el incendio  que  había provocado, que debía  ser  más


humo que fuego, y recuperó el control del  Mauritius. A pesar de las súplicas de los
españoles náufragos que nadaban pidiendo auxilio, los holandeses mataron sin piedad
a lanzazos, tiros de mosquete e incluso a cañonazos a los que se aproximaban a su
buque con la esperanza de ser rescatados. Desaparecieron ahogados 350 hombres de los
que, al menos 60, pertenecían a la nobleza española de Filipinas. Los demás, incluido
Antonio Morga, lograron salvarse a nado.

Los cuerpos de cinco españoles que habían permanecido en la cubierta del barco
holandés fueron arrojados al agua después de quitarles los medallones de plata que
contenían pequeños papeles sobre los que estaban escritas oraciones.

El San Bartolomé de Alceda se había apoderado del Eendracht tras una persecución
de dos horas, haciendo fuego que le astilló las vergas y le provocó enredos atroces en
las   jarcias,   para   abordarlo   finalmente.   El   vicealmirante   holandés   se   rindió.   Alceda
aceptó y prometió respetar la vida de todos los prisioneros.

Terminado el combate y la matanza, Van Noort escapó a toda vela sin preocuparse
del Eendracht.

La expedición de Cornelis van Neck (1601)

El   almirante   Van   Neck   zarpó   desde   Java   hacia   Ambon   y,   para   ir   estudiando   las
posibilidades   de   asentamiento,   estableció   contactos   con   los   poderosos   e   influyentes
caciques de Hitu, en una nueva misión exploratoria. No resultaba difícil cortejar a los
nativos   proponiéndoles   ayuda   contra   los   portugueses   y   contra   los   españoles,   con
quienes llevaban décadas de guerra.
El 2 de abril dos naves, Gouda y Ámsterdam, y cuatro pataches, pusieron proa desde
Java a Ternate, donde llegaron dos meses después. Como no podía ser de otro modo, el
sultán Said les recibió con los máximos honores. En esta segunda visita veía Said el
trazo firme de una fructífera relación.

Los portugueses refugiados en Tidore fueron avisados de la presencia de Van Neck
en Ternate. El sultán de Tidore ordenó escribir una carta para su homónimo de Ternate
en   términos   insultantes,   afeándole   el   inicio   de   esta   nueva   relación   con   mercaderes
europeos. Said mostró el texto a los holandeses, que vieron así los puntos que calzaban
los de Tidore y no perdieron el tiempo en su deseo de eliminar cualquier oposición. Van
Neck ordenó un raid contra Tidore.

Los combates entre embarcaciones en esas aguas —eso aún no lo sabía el holandés
—   no   eran   resolutivos.   Los   isleños,   solos   o   con   aliados,   llevaban   más   de   cien   años
acosándose con kora­koras y fustas artilladas y abordándose en combates. La experiencia
holandesa en el combate de kora­koras no parece que fuera del todo afortunada para Van
Neck y sus hombres, sobre todo para Van Neck, que perdió tres dedos de su mano
derecha   arrancados   por   un   impacto   de   la   munición   de   artillería   ligera   de   los
portugueses, sin que la lucha se decidiera por ningún bando.

Sin   embargo,   la   presencia   holandesa   y   ese   ataque   crearon   la   alarma   y,   con   el


tiempo, la noticia terminó llegando a Goa y a Manila.

La expedición de Furtado de Mendoça y Juárez de Gallinato (1603)

Con esos antecedentes, y sobre todo con la preocupante alianza de los holandeses con
los ternates, el gobernador general de Filipinas, don Pedro Bravo de Acuña, mostró su
inquietud   y   desasosiego   y   decidió   llevar   a   cabo   algún   tipo   de   acción   para   oponer
resistencia  a  los holandeses.  Bravo   de  Acuña  era   hijo   de  don Luis  Bravo,  oficial   de
Carlos I, con muchas campañas en Flandes a cuestas. Hombre esforzado y valiente. Los
fuertes nacen de los fuertes, y como escribió Argensola refiriéndose a él, «el águila no
engendra palomas» . Aunque situados en Filipinas desde 1565 y unidos políticamente a
420

Portugal   desde   1580,   a   los   españoles   les   estaba   vedada   la   Especiería   a   causa   del
«exclusivismo»   concedido   a   Portugal.   Sin   embargo,   el   esfuerzo   de   los   holandeses   a
través  de la VOC —privados del  comercio  ibérico— por apoderarse  de  las Molucas
facultaba a los españoles a intervenir en la zona. La expedición de Van Neck fue el
detonante.

Desde Goa, el virrey portugués Arias Saldaña mostró su inquietud ante la amenaza
que suponía la presencia agresiva de la recién creada VOC holandesa (1602) en el área,
y muy especialmente ante la fulminante campaña contra la presencia portuguesa. De
manera   que   decidió   reaccionar   aprestando   hombres   y   naves   que,   despaciosamente,
desde Goa, irían proyectando su fuerza en el archipiélago, a través de Malaca, Ambon y
Ternate.

Reunió 420 soldados portugueses, que embarcaron en Goa en la flota que levantó.
El mando correspondía al general portugués Furtado de Mendoça. Su flota se componía
de naves de desembarco y de transporte de artillería, y estaba dividida en seis galeones,
dieciocho galeotas y una galera. Los temporales pasaron factura a la flota, que perdió la
galera, gobernada por Francisco de Sousa, y diecisiete galeotas mandadas por Andrés
Roíz, y con ellas buena parte de los abastecimientos, víveres y pólvora. En diciembre de
ese año de 1600, rehízo lo que pudo en Malaca.

En febrero de 1601 llegó a Ambon. Desembarcó la fuerza y fueron tomando las
fortalezas   edificadas   por   los   holandeses   en   tierra,   hundiendo  kora­koras  de   rebeldes
amboinos en la mar, combatiendo así la «secreta confederación» que habían formado
entre «los levantados de Amboino y los Holandeses» . Hitu, Nao, Bemnao, Veranula y
421

Mamalá fueron plazas donde los hombres de Furtado de Mendoça lucharon bien contra
una resistencia de los locales, hirsuta y persistente. Era una tierra dura, «con infinitos
peñascos»,   que   rodeaban   poblados   y   ciudades.   Los   puntos   fortificados   eran
prácticamente  inexpugnables  al haber  sido levantados en lugares  elevados donde  el
acceso   era   extremadamente   difícil,   entre   «peñas   tajadas   (…)   que   apenas   treparán
lagartos por ellas». Le costó seis meses a Furtado tomar posesión de la isla, aunque al
final ganó todos y cada uno de los combates. No obstante, la prolongada presencia en
Ambon le restó hombres y provisiones, de manera que el general vio comprometida su
misión contra Ternate.

La fuerza de Furtado de Mendoça no avanzaba sino muy despacio. Pero la prisa no
era la parte de la misión.

Por su parte, Bravo de Acuña, siguiendo el mandato de asistencia ordenado por
Felipe   II,   trató   de   preparar   una   fuerza   expedicionaria   que   pusiera   coto   al   avance
holandés, pero se encontró con serias dificultades, puesto que una expedición de ese
calado requería fondos. Era un proyecto caro. Bravo de Acuña envió al jesuita Gaspar
Gómez, que era el padre de la misión principal de Manila, como mensajero a la corte del
rey Felipe III para tantear y solicitar al soberano, que no era especialmente generoso, la
promesa de que la Corona financiase los gastos incluyendo un fondo reservado de 120
000 ducados. El duque de Lerma y el Consejo de Indias comprendieron la importancia
de   la  misión   y   la  necesidad   de   un  ejército   que   garantizase   el  éxito   y   que   estuviese
capitaneado por el gobernador . El 20 de junio Felipe III aprobó que un contingente de
422

500 hombres, mandados por Juan de Esquivel, se embarcara hacia Nueva España con
destino a Filipinas.
La alarma saltó a finales de junio, cuando llegaron noticias de que los holandeses
de   Van   Neck   —como   vimos—   trataban   de   expulsar   a   los   portugueses   también   de
Tidore y completar de este modo el control de todo el archipiélago. Los barcos de la
VOC tenían orden de atacar a españoles y portugueses allí donde los encontrasen, por
tanto, ahora ya no había otra opción que la de apresurar el socorro a los portugueses y
lanzar a los holandeses fuera de las islas. Los intereses de Portugal —la unión de las dos
Coronas imponía responsabilidades— estaban en juego.

Entretanto,   los   portugueses   de   Furtado   de   Mendoça   siguieron   su   curso   hacia


Ternate. La larga campaña de Ambon había mermado fuerzas y recursos de la flota. En
la última fase de la expedición, y ante los combates que se preveían posiblemente como
más dilatados y severos, Furtado necesitaba apoyo. Por ello envió emisarios a Filipinas
en demanda de socorro. El jesuita Andrés Pereira y el capitán Antonio Brito Fogaza
llegaron a Cebú a fines de julio y se entrevistaron con Bravo de Acuña. Las cartas de
Mendoça eran explicitas, de manera que el gobernador general reunió consejo de guerra
e impartió órdenes para la urgente ejecución del refuerzo. El gobernador español de
Filipinas dispuso organizar una fuerza expedicionaria con lo que tenía preparado para
marchar   contra   los   rebeldes   de   Joló,   cambiando   así   el   archipiélago   filipino   por   el
moluqueño.   La   fuerza   inicial   se   componía   de   200   españoles   y   varios   centenares   de
filipinos   a   las   órdenes   del   sargento   mayor   Juárez   de   Gallinato,   que   fue   reclutando
algunos más.

La flota recompuesta de Furtado de Mendoça ya no era la que zarpó de Goa, pero
aún arbolaba una imponente armada de cinco galeones, cuatro galeotas y doce  kora­
koras, y una fuerza de gente victoriosa, aunque, señala preciso y realista Argensola, «en
aquellos mares son tan frecuentes las infelicidades de la navegación, que ni la ufanía de
los buenos sucesos, ni el refresco proveído después de las victorias se les lucía en los
semblantes» . 423

Desde Filipinas, Bravo de Acuña envió una fuerza de 400 soldados y 649 remeros,
esta vez filipinos todos:

La gente de guerra se componía de 200 hombres bien armados y 175 arcabuceros,
35   mosqueteros,   22   marineros   y   algunos   pilotos,   tres   artilleros   y   varios   maestres   y
oficiales. También embarcó la Compañía castellana de Filipinas. La infantería lo hizo en
la nao Santa Potenciana y en las fragatas San Antón, San Sebastián, San Buenaventura y San
Francisco. Cargaron a bordo 10 000 fanegas de arroz, 1500 jarros de barro con vino de
palma, 200 piezas de buey en salazón, sardinas, medicinas, pólvora, munición de cañón
y balas de arcabuz, cordaje y otros aprestos, todo ello al mando de Juan Juárez Gallinato
y de los capitanes Cristóbal Villagrá, Juan Fernández Torres y Tomás Bravo, sobrino del
gobernador.
El 7 de febrero de 1603 llegaron a la isla de Taolán, donde uno de los bajos del
arrecife de coral rajó la fragata San Antón, que se fue a pique, aunque lograron salvar a
tiempo   las   piezas   de   artillería   y   las   armas,   «lo   demás   quedó   en   el   mar»,   sentencia
Argensola. Una quincena fue lo que duró su travesía hasta Ternate. A la vista de la isla,
la escuadra echó el ancla en la bahía de Talangame, a dos leguas del fuerte. El 14 de
febrero encontró a la flota del general Furtado de Mendoça con sus galeones, al pairo,
esperándole.

Después de los saludos de flotas y generales, se reunieron en consejo de guerra.
Gallinato   insistía   en   que   se   debían   quitar   los   bastimentos   y   recursos   al   enemigo
ordenando   que   las  kora­koras  rodeasen   la   isla   e   impidieran   cualquier   ayuda   o
suministro. No lo pensaba así Furtado de Mendoça, que a fin de cuentas tenía el mando
conjunto de la expedición y defendía otros puntos de vista.

Antes   de   iniciar   el   ataque,   intentaron   ofrecer   al   sultán   y   a   los   holandeses   la


capitulación.   Los   capitanes   Villagrá   y   Gonzalo   Sequeira   saltaron   a   tierra   con   una
bandera de paz, para tratar de hablar con el sultán «de paces y otros medios». Aquello
tenía más de artimaña para observar el terreno antes del asalto que de sincero deseo de
parlamentar.   La   intención   de   Villagrá   —esas   eran   sus   órdenes—   era   reconocer   los
accesos a la fortaleza, situada en terreno elevado, por ello, y «fingiendo ocasión, entró
por   el   matorral   y   reconoció   todo   cuanto   por   aquella   parte   pudo» .   Pero   el   sultán,
424

después de hacerles esperar medio día, mandó el mensaje de que su plática sería solo
con el general Furtado de Mendoça o Juárez Gallinato.

Obedientes a las órdenes de Gallinato, las kora­koras con los tidores a bordo salieron
en corso y encontraron un copioso botín de las embarcaciones que pretendían socorrer a
los sitiados. Abordaron dos juncos y un champán del que se apoderaron «matando y
cautivando a la gente, que era mucha y bien armada». Siguieron rodeando la isla y
cerraron el paso a cualquier tipo de socorro.

El  cerco  duró  un tiempo  en el que  los de  la fortaleza terminaron sus víveres  y


comenzaron a comer lo que encontraban: hierbas, frutas y «otros sustentos débiles». Las
mujeres comenzaron a desertar buscando amparo en el campo hispano­portugués.

Furtado de Mendoça tomó «muestra de su gente» el 27 de febrero de 1603 en la
playa del enemigo. Daba pena verlos: «Los más, muchachos enfermos del beri­beri y
poco diestros en el manejo del arcabuz, y pocos le traían, sino escopetillas de caza». Con
esa   fuerza,   que   empezaba   a   debilitarse,   los   portugueses   trataban   de   asaltar   las
posiciones defendidas por holandeses y ternates.
Ese día saltaron a tierra los soldados de Juárez Gallinato. Eran 420, repartidos en
cuatro compañías. Poco después lo hizo la infantería castellana de Filipinas, formada en
tres cuerpos experimentados y lucidos, con mosqueteros y piqueros.

El   1   de   marzo   se   ordenó   preparar   todos   los   pertrechos   en   tierra   y   avanzó   la


vanguardia compuesta de dos banderas lusitanas con un total de 200 portugueses y una
bandera castellana formada por 100 hombres. El 3 de marzo inició el ataque Furtado de
Mendoça con dos de sus banderas, otra castellana en vanguardia, tres en retaguardia y
«el estandarte de Cristo».

Aguardaba  el enemigo con más de 700 hombres en el fuerte  de Gammalamma,


mientas que el contingente hispano­luso avanzaba por la playa con poco espacio debido
a la pleamar. Ello no permitía progresar más que de tres en fondo, por existir entre la
playa y la banda de tierra una barranca muy alta y sobre ella un zacatal, es decir, un
campo con hierba alta y espesa. Detrás del zacatal se encontraba la línea avanzada de
los enemigos, armados con «mosquetes, ollas de pólvora y piedras, que no eran  las
armas   con   las   que   más   ofendían   a   los   nuestros» .   Disponían   asimismo   de   artillería
425

ligera,   concretamente   de   cinco   versos,   con   los   que   abrieron   fuego   ocasionando   las
primeras bajas, matando a cinco españoles.

El   enemigo   peleaba   a   cubierto   y   desde   una   posición   dominante.   Los   ternates


acometieron con tanto entusiasmo, que en la primera carga hicieron perder el terreno
ganado a los hombres de Gallinato. Hubo momentos de duda. Juárez de Gallinato se
indignó   cuando   miró   las   banderas   «que   le   acompañaban   en   la   vanguardia   con   los
trescientos hombres y hallólas a sus espaldas y muy poca gente con ellas». En el último
«acometimiento» no llegaban a veinte los soldados.

Para paliar el hueco  que había dejado  la castigada vanguardia de Gallinato, las


banderas de retaguardia avanzaron «avergonzando a los tardíos» y apoyándose en las
compañías que imprimían «alientos nuevos», arremetieron contra el improvisado punto
fortificado   de   los   ternates,   protegidos   tras   el   zacatal.   El   asalto   se   llevó   a   cabo   «tan
apretadamente»,   calando   picas   y   haciendo   fuego   de   arcabuz,   que   conquistaron   el
puesto y llegaron hasta los cinco versos, de los que se apropiaron. Todo lo perdieron los
ternates, además de una gran parte de su gente. Una vez en la línea recién conquistada,
trataron los españoles de atrincherarse, aunque el enemigo les molestaba atacándola por
dos veces para que no prosiguieran haciendo cestones, e impidiendo la construcción del
asentamiento de la futura batería. Todo ello, sobra decirlo, costaba muchas bajas a los
ternates,   que   se   acercaban   a   cuerpo   limpio.   Por   este   mismo   motivo,   la   trinchera   se
terminó sin mayor oposición y Gallinato pudo dar aviso para que avanzase la fuerza y
se alojasen a cubierto, trayendo «el estandarte de Cristo y sus banderas». Con la caída
de la noche el combate terminó. Al día siguiente, los hombres de Gallinato siguieron
con dificultad progresando desde su refugio y cavaron otra trinchera a doscientos pasos
de la fortaleza del enemigo. El general exigió abrir una nueva a cien pasos, para que
pudiera albergar la artillería, a pesar de que «todos vieron con cuán notorio riesgo se
intentó» .426

La artillería que se trajo la formaron cuatro piezas. Dos «esperas», que lanzaban
bala de trece libras, y dos «camelos» de tiros cortos, pedreros y de poco efecto para
batir, pues se deshacían cuando chocaban con la muralla, piedra contra piedra. Viendo
esto,   Gallinato   aconsejó   al   general   que   desembarcase   la   artillería   pesada.   Furtado
respondió que toda la que traía se reducía a la que veía, porque la más potente la había
dejado en las plazas de Ambon que había conquistado.

Las piezas pedreras que habían sido llevadas a tierra no tenían suficiente potencia
de impacto; «bombardeaban al aire», se lamenta Argensola. Mientras tanto, los ternates
y holandeses hacían fuego de contrabatería desde el bastión del Gammalamma, en la
banda del mar, con siete piezas pesadas que hacían daño a la fuerza conjunta hispano­
portuguesa. El fuerte era todo terraplenado de cuatro brazas de alto y una media de
ancho:

Por la banda de tierra corría la muralla hasta el baluarte de piedra llamado Cachil Tulo, fortificado
por fuera con maderos gruesos, en el cual tenían tres piezas grandes y dos en la muralla, desde este
baluarte al de Nuestra Señora del Rosario427. Asimismo, tenían estos fuertes mucha cantidad de falcones y
versos428.

El domingo 16 salió el enemigo de su fuerte en tromba entre las cuatro y las cinco
de   la   tarde,   para   acometer   y   ganar   la   defensa   donde   estaba   la   artillería   hispano­
portuguesa. El asalto se realizó en tres direcciones: por el frente, por el monte y por la
playa. Javos y ternates, armados de kampilanes y picas, venían a docenas por todos los
sitios. Cachil Amuja, el príncipe hijo de Cachil Tulo, mandaba la fuerza de guerreros. En
la   trinchera,   los   capitanes   Pinto,   Alonso   Roldán   y   Villagrá   dirigían   la   resistencia.
«Manuel Andrés, cabo de escuadra de Villagrá y otro portugués, que mostró gran valor,
murieron peleando, todos pasados con las picas».

Pero   los   españoles   contratacaron   y   el   «enemigo   volvió   las   espaldas   dejando


muertos a los capitanes que su rey estimaba y se retiró a la fortaleza» . 429

Aprovechando ese respiro avanzaron hasta las proximidades del fuerte para batir
el revellín. Intentaron hacerlo desde otra trinchera que comenzaron a cavar. Una vez
terminada esta, los hombres que mandaban los capitanes Villagrá y Sebastián Suárez la
ocuparon. Las siete piezas del fuerte trataron de destruirla sin éxito, pero estaba claro
que   la   fortaleza   ternate   era   muy   difícil   de   conquistar   solo   con   infantería,   por   la
adecuada   protección   de   las   defensas   y   el   fuego   artillero.   Furtado   de   Mendoça   no
disponía de cañones de mayor calibre y, además, la pólvora comenzaba a escasear.
El general convocó a los capitanes Villagrá, Gallinato, Antonio Andrea, Gonzalo de
Sequeira,   Gaspar   Pacheco,   Juan   Fernández   de   las   Torres,   Luis   Melo   Sampayo,   Ruy
González, Lope de Almaida y algunos otros más, proponiendo que dieran su voto para
decidir  qué se hacía. El consejo de guerra estuvo deliberando  hasta que Furtado de
Mendoça   declaró   que   ya   no   había   apenas   pólvora   para   continuar   el   asedio.   Los
capitanes debían dar su voto razonado sobre qué hacer.

El voto de Gallinato, tras la consulta a los capitanes que hizo Furtado de Mendoça,
fue que «la necesidad que representa la pólvora la juzgamos esencial, pues es forzoso
pelear con ella; la artillería, mosquetería y los arcabuces, sin ella no son armas, sino
estorbos…» . Más claro no se podía ser.
430

Ante la penuria propia y la escasez de hombres y de pólvora, Gallinato advirtió que
según él —y como contraste— al enemigo «le sobra gente, artillería y municiones». Por
lo tanto, parecía más prudente poner final al envite.

Aquella   noche   reembarcaron   la   artillería   y,   al   día   siguiente,   comenzaron   a


replegarse hacia la playa. La expedición se retiraba.

Furtado   de   Mendoça   lo   justificó   porque   «la   Armada   estaba   sin   ningunas


municiones, por haber dos años que había salido de Goa y tenerla toda consumida en
las ocasiones que se habían ofrecido (…) en diez días de batería se arruinó un pedazo
grande  de un baluarte,  donde  estaba  toda su fuerza  y  en ellos se consumió toda la
pólvora que traía esta Armada» . 431

Y de este modo tan imprevisto y frustrante, concluyó el intento de reconquistar
Ternate llevado a cabo por la expedición hispano­portuguesa.

Los holandeses capturan el fuerte de Tidore, Soa Siu (1605)

Por su parte, el sufrido fuerte de Tidore, tan castigado por los portugueses durante su
conflicto con los españoles, como vimos en el capítulo anterior, no iba a dejar de ser
objeto   de   sobresaltos   después   de   que   los   naturales   de   la   isla   hubieran   ayudado   a
Furtado de Mendoça en su intento de conquista del Gammalamma. Lógicamente, los
ternates y los holandeses habían tomado buena nota de la coalición con los españoles y
los portugueses, e iban a ajustar cuentas ahora que las fuerzas de Furtado y Gallinato se
habían marchado.

Lo que había quedado de la antigua ciudad y fuerte de Tidore se había desplazado
a Sao Siu, donde la población terminó recogiendo a los españoles supervivientes y a los
portugueses casados con mujeres indígenas. La endeble aldea nunca estuvo protegida
por   muros,   aunque   los   de   la   arruinada   fortaleza   sirvieron   para   que   sus   habitantes
buscasen refugio durante el ataque holandés que se iba a producir en 1605, porque el
fuerte era demasiado pequeño para acomodar a todos.

El   2   de   mayo   de   1605,   una   flotilla   holandesa   formada   por   cinco   naves,   cuatro
moscas y 200 hombres a bordo, a las órdenes del vicealmirante Cornelis Bastiaensz, que
formaban parte de la flota del almirante Steven van der Hagen, llegó a la isla Tidore y
ancló cerca de la punta de Saconora.

Unos días después, en el puerto de la antigua capital de Tidore, frente a la ciudad,
tuvieron un encuentro con dos naos portuguesas que se encontraban fondeadas y que
ofrecieron alguna resistencia. En tierra, desde la ciudad, los defendían los portugueses y
los tidores, protegidos por unas trincheras que habían cavado en su proximidad. Los
holandeses terminaron por apoderarse de los barcos lusitanos tras una hora de combate.
Una vez que desembarcaron toda la artillería que los barcos lusos llevaban a bordo, los
prendieron fuego. En cualquier caso, a pesar de la apariencia, y a juzgar por las bajas de
uno   y   otro   lado,   el   combate   mantenido   en   el   puerto   no   debió   pasar   de   ser   una
escaramuza más o menos aderezada con mucha pólvora. Los holandeses tuvieron tres
muertos y diecisiete heridos y los portugueses dos muertos y algunos heridos, cuyo
número   no   recogen   las   crónicas   del   jesuita   Luis   Fernandes,   que   es   quien   narra   el
episodio .432

Pero eso fue lo que sucedió en el puerto. Sin embargo, y a pesar de cómo se habían
desarrollado los acontecimientos y de haber sido testigos de la facilidad con que los
holandeses de Bastiaensz habían destruido las dos naos, los portugueses de la fortaleza,
mandados por Pedro Alvares de Abreu, no se rindieron.

El fuerte estaba mal armado. Contaba solo con 11 piezas, y de estas 6 o 7 no podían
desplazarse.   También   el   número   de   defensores   era   pequeño,   pues   no   pasaba   de   70
hombres, de los cuales solo 30 podían combatir.

El contraste con la potencia de fuego de la flota holandesa era abismal. Las naves
de Bastiaensz embarcaban cerca de 120 piezas de diferentes calibres y, por si ello fuera
poco, los holandeses pidieron ayuda al sultán de Ternate, que el día 16 de mayo les
asistió con catorce kora­koras y cerca de 500 guerreros. Para cuando llegaron los ternates,
los holandeses dirigidos por el capitán Jansz­Mol, que mandaba la nave  Gelderlant, y
por el capitán Van der Verre, ya habían desembarcado —el día 14— cerca del fuerte.
Allí asaltaron y quemaron dos casares próximos, ubicados al norte y al sur del fuerte, y
continuaron   su   avance.   Cavaron   una   especie   de   trinchera,   protegida   por   barriles
repletos de tierra a modo de fajinas, en la que asentaron una batería de artillería que
comenzó a cañonear el fuerte, al tiempo que lo hacían también las piezas de mayor
calibre situadas en los barcos. A partir del 17 de mayo, el fuerte y sus dependencias
fueron fuertemente bombardeados durante dos días.
A pesar del martilleo masivo de los cañones holandeses, las pérdidas portuguesas
fueron   mínimas.   Esa   noche   se   bajaron   a   tierra   las   piezas   más   serias,   las   de   batir
murallas, y el día 19 estuvieron ya en condiciones de hacer mayor daño a los baluartes y
a las torres de piedra. Los barcos se acercaron más a la costa para participar también en
el masivo ataque.

La tropa holandesa, situada detrás de la batería, se vio reforzada por sucesivos
desembarcos   de   infantes,   de   manera   que   al   amanecer   todo   estaba   listo   para   seguir
avanzando hacia las defensas de la ciudad de Tidore o Soa Siu. Los impactos de las
piezas pesadas abrieron brecha en una de las paredes amuralladas y en otros edificios
separados, con lo que alcanzaron el polvorín, que explotó con estruendo, matando a
treinta personas. Los portugueses se vieron forzados a dejar el fuerte refugiándose más
arriba, en la ciudad del rey, o fortaleza dos Reis Magos, al norte de Soa Siu; a una distancia
que varía, según los testimonios, entre 750 metros y 1500 se elevaba un castillete que
acogió a los huidos.

El conocido grabado de De Bry que se reproduce en este libro muestra el ataque y
la captura del fuerte portugués de Tidore por parte de los holandeses en 1605. En la
parte derecha de la impresión, el baluarte portugués se representa con una torre en
llamas dentro de un recinto en el que se habían concentrado los ataques holandeses y
donde su artillería había logrado abrir la brecha. Esta parece adivinarse. Al lado, pero
fuera del contorno del baluarte, se aprecia la iglesia de los jesuitas y detrás las casas —
dibujadas   con   fachadas   estilo   holandés   por   el   grabador   De   Bry—   de   las   familias
portuguesas y de los refugiados españoles. En el centro, rodeados de una empalizada,
están la mezquita y el palacio real, o el Lugar Grande del Rey, Soa Siu, y, por último, al
fondo, sobre una colina, se divisa el fuerte donde los portugueses se refugiaron después
del ataque. En el ángulo izquierdo según se contempla el grabado, aparece lo que debe
ser el polvorín, ardiendo con enormes llamaradas y la gente huyendo despavorida.

Ese   19   de   mayo   de   1605,   el   fuerte   portugués   de   Tidore   fue   dolorosamente


conquistado una vez más. Las bajas portuguesas que antes de la explosión del polvorín
habían sido mínimas, no más de dos o tres personas, ascendieron a 73 muertos y 13
heridos al término de la acción, que solo costó a los atacantes 2 muertos y 8 heridos.

Después de tanta alharaca, de tanto esfuerzo en la conquista y de tanta sangre, al
no   tener   suficientes   hombres   para   proteger   la   fortaleza,   los   holandeses   dejaron   en
Tidore a unos pocos soldados en una granja.

La conquista de las Molucas en 1606

Ante la cumplida, y bien cumplida, amenaza holandesa de ocupar la isla de Tidore,
aliada perpetua de España a lo largo de las décadas, Pedro Bravo de Acuña reaccionó
decidido a poner freno a los holandeses y a incorporar las islas a la soberanía española.
En junio de 1604 ya había recibido despachos desde la corte de Valladolid, con firma y
rúbrica del rey Felipe III, en los que se le ordenaba que se pusiera personalmente al
frente de una expedición para expulsar a los holandeses de las Molucas.

La experiencia de fracasos acumulados hizo que esta vez la expedición se preparase
con   minuciosidad,  disponiendo   con  cálculo   y  reflexión   el  número   preciso  de  naves,
transportes, armamento para los infantes, artillería ligera y piezas de calibre grueso,
pólvora y bastimentos. El objetivo era el Gammalamma, sede del poder de Ternate,
desde   donde   se   controlaba   política,   comercial   y   militarmente   gran   parte   del
archipiélago.

Pedro Bravo de Acuña, al mando por orden real, fue haciendo acopio de naves y
tropas en el puerto de Ilo Ilo, en la isla de Panay, cerca de la ciudad de Arévalo. La
situación de la isla, a medio camino entre Manila y Ternate, y la amplitud de su puerto,
capaz de albergar gran número de naves, hacían del lugar el punto ideal para reunir la
escuadra de conquista. Piqueros, arcabuceros y mosqueteros, en el mejor estilo de los
tercios viejos, con alguno de los capitanes curtidos en Flandes , se fueron concentrando
433

para ser embarcados en la escuadra.

La armada

La   flota   constaba   de   cinco   navíos   grandes,   seis   galeras   y   tres   galeotas   como   las
galizabras de la Corona de Portugal. Una de ellas estaba a las órdenes de Pedro Álvarez
de   Abreu,   capitán   mayor   de   la   fuerza   de   Tidore,   y   las   otras   dos   a   cargo   de   Juan
Rodríguez Camelo, capitán mayor enviado desde Malaca por el general Andrés Furtado
de   Mendoça.   La   escuadra   se   completaba   con   una   galeota   rasa   para   desembarcar   la
artillería, repleta además con trescientos cestos de arroz; cuatro funcas fabricadas para
llevar bastimentos; dos champanes de a diez toneladas trasportando seis mil doscientos
cestos   de   arroz;   dos   lanchas   inglesas   en   las   que   vinieron   los   portugueses   cuando
salieron derrotados de Tidore; siete fragatas de su majestad; siete particulares y otros
siete champanes . 434

Sumaban en total, treinta y seis velas y 649 remeros, junto con 620 indígenas para el
servicio marítimo. En las tropas de infantería formaban en total, con sus oficiales, 1423
españoles. La flota embarcaba 75 cañones de variados calibres y estaba abastecida de
todos los pertrechos «para navegar, desembarcar, pelear y batir murallas» . 435

La infantería

El   maestre   de   campo   don   Juan   de   Esquivel   mandaba   sobre   doce   compañías   de


infantería española.
De entre estas, cuatro se habían levantado en Andalucía: la suya, y las otras tres,
que se encontraban bajo las órdenes de los capitanes don Pablo Garucho, don Pedro
Sevil y don Lucas de Vergara Gaviria. Otras seis compañías procedían del virreinato de
Nueva España y a su frente formaban los capitanes don Rodrigo de Mendoza , don 436

Pascual   Rodríguez,   don   Pedro   Alarcón   Pacheco,   don   Martín   de   Esquivel,   don
Bernardino   Alfonso,   don   Pedro   Delgado   y   don   Esteban   de   Alcázar.   Las   otras   dos
unidades restantes que faltaban para cerrar la cuenta se habían movilizado en el campo
de Manila y tenían como capitanes a don Juan Guerra de Cervantes y don Cristóbal de
Villagrá.

Piqueros

Los infantes, a su vez, se dividían en piqueros, alabarderos, mosqueteros y arcabuceros.
Algunos historiadores han considerado que el principal problema de los combatientes
españoles de los tercios, era su apego a la pica, ya que parecían reacios a abandonar su
uso frente a las corrientes tácticas que ponían el acento en la potencia de fuego. En
campo abierto y frente a la caballería, la pica era esencial, pero en aquellas latitudes
tropicales   de   las   Molucas,   sin   presencia   de   caballería   enfrente   y   con   una   orografía
donde la maleza y el arbolado eran dominantes, la pica larga no tenía sentido. El asta se
acortó y, aunque en la documentación que maneja Argensola hay continuas referencias
a «las picas» utilizadas en la operación del asalto al Gammalamma, deben entenderse
como  las  «medias  picas», que  también  eran  de uso  común en los teatros bélicos  de
Europa.

Alabarderos

La   alabarda   tenía   la   ventaja   de   ser   más   corta   que   la   pica   y,   en   ciertos   casos,   más
contundente, por las tres funciones con las que se podía herir: la de su cuchilla en forma
de hacha, por un lado; la de peto de punza o de enganchar, por el opuesto; y la de su
uso como una lanza, por su punta. De hecho, era una pica con dos hojas laterales. Hasta
que se descubrió la bayoneta, me recordaba Julio Albi, la protección de los infantes que
portaban las pesadas armas de fuego como los arcabuces se llevaba a cabo rodeándolos
de   una   pequeña   escolta   armada   de   alabardas.   Era   la   garantía   de   defensa   contra   la
caballería o contra infantes enemigos.

Mosqueteros

El mosquete hispano era un arma de gran potencia. Aunque se había podido aligerar su
peso   para   evitar   el   uso   de   la   horquilla   donde   apoyarlo,   seguía   siendo   una   carga
sustancial.   Los   retrocesos   de   los   mosquetes   eran   de   tanta   brusquedad   que   podían
causar daño y hematomas en los soldados que los utilizaban. Para evitarlo, muchos
llevaban   una   almohadilla   para   protegerse,   lo   que   aliviaba   el   golpe.   No   obstante,   el
problema del peso no había quien lo obviase. Nadie aguantaba más de media hora de
uso continuo del mosquete. Los mosqueteros eran, por tanto, soldados de envergadura
y resistencia, y por ello recibían mensualmente —cuando les pagaban— dos escudos
más que piqueros y arcabuceros.

El mosquete que holandeses y españoles utilizaron en las Indias y en Asia, era el de
llave de mecha y culata en forma de cola de pescado.

Arcabuceros

Las tropas que combatían en Europa habían eliminado el arcabuz de sus arsenales. Las
que luchaban en Alemania y Países Bajos ya no lo usaban. Por ejemplo, los franceses en
1620 —diez años después de lo que aquí se relata— eliminaron orgánicamente a los
arcabuceros y mantuvieron solo a los mosqueteros . El mosquete tenía más alcance,
437

mayor   precisión   y   mayor   capacidad   de   penetración,   por   lo   que   progresivamente   el


arcabuz   fue   desapareciendo   de   las   formaciones.   Desde   el   punto   de   vista   técnico,   el
mosquete era el paso siguiente al arcabuz me comenta Julio Albi. Aquí, en las campañas
de la Especiería, esa rareza era aún utilizada.

El clima tropical y la geografía boscosa y abrupta hizo que los soldados y «gente de
guerra»   sustituyeran   el  coselete  de  armadura   por   cueras  y   coletos  de  algodón  o   de
cordobán, más livianos . No obstante, siguieron usando el morrión como prenda de
438

cabeza, aunque posiblemente lo hicieran solo durante la acción. Llevarlo todo el tiempo
sobre el hombro, recalentado por el sol y soportando aquellas temperaturas, sería una
experiencia insufrible. En el museo de Ambon, pude comprobar cómo se calentaba una
de esas prendas de cabeza, solo con sacarla a la luz de sol diez minutos para hacerle una
fotografía.

Fuerzas indígenas

Los hombres de Bravo de Acuña transportaban en la escuadra, unos 1500 pampanguos
y tagalos como aliados, a los que se unieron los tradicionales socios de España en las
Molucas:   los   tidores.   Los   habitantes   de   las   islas   eran   gente   de   complexión   fuerte,
robusta, de pelo lacio, miembros fuertes y adictos a la guerra. En todo lo que no fuera
luchar eran perezosos. Dejaban la agricultura, mercado o la pequeña industria en manos
de las mujeres, que eran las que lo llevaban. Ellos eran ágiles en tierra y todavía más en
el agua; cuando nadaban lo hacían como los peces y cuando luchaban lo hacían con la
habilidad y destreza de los pájaros. Era un pueblo lascivo, falso y nada agradecido, pero
expertos   en   aprender   rápido .   Se   las   tenían   que   ver   con   sus   vecinos,   los   indígenas
439

ternates, habituados a la pelea, apoyados por las armas holandesas y que lucharían al
abrigo de la fortaleza construida por los portugueses. La misión no era tan sencilla.
Joao de Barros, un escritor portugués de la época, decía de los tidores y los ternates
que:   «Aunque   pobres,   su   orgullo   y   presunción   es   tal   que   no   se   doblegan   ante   la
necesidad y no se someten a nada excepto a la espada que les acuchille o les atraviese» . 440

A   cargo   y   mando   del   maestre   de   campo   don   Guillermo,   formaban   344   indios
tagalos y pampanguos distribuidos en cuatro compañías a las órdenes de los capitanes
don Francisco Palaot, don Juan Lit, don Agustin Lont y don Luis.

El 15 de marzo de 1606, toda la flota zarpó del puerto de Ilo Ilo. Era la mayor
armada enviada a la Especiería  que, esta vez, iba a la conquista de las Molucas  sin
limitaciones ni tapujos. Tras una escala en el puerto  de Mindanao, la capitana puso
rumbo a Ternate.

Sacudida la flota por una tempestad desencadenada poco después de zarpar, una
de las naos se perdió. Bravo de Acuña había ordenado al maestre de campo Juan de
Esquivel que llegase con la armada al puerto de Talangame en Ternate. Las galeras de
Pedro Bravo de Acuña acompañaron a los cinco navíos de Esquivel y a toda su escolta
de galeotas, fragatas, funcas y champanes, hasta sacarlos del estrecho de Sambuanga,
mientras sus seis galeras, con él a bordo de la capitana, seguían perezosas el rumbo,
costeando para hacer aguada que les durase hasta Ternate y evitando bajos y arrecifes.

La capitana de Bravo de Acuña puso rumbo directo a Ternate. Cuando llegó al
puerto de Talangame el día 26, pensó que allí iba a encontrar al resto de la armada. No
fue así. Las naves de Esquivel estaban en Tidore —posiblemente en Rum— a poco más
de dos leguas del puerto de Talangame. Lo que Acuña sí encontró en Talangame fue
«una hermosísima nave holandesa con treinta piezas de artillería y doce pedreros». Fue
un instante de estupor y sorpresa para españoles y holandeses. En cuanto se vieron,
abrieron fuego cañoneándose mutuamente. La de Holanda peleó con la de Bravo de
Acuña al paso de esta, metiendo en la capitana «balas de a diez y de a ocho libras»,
mientras,   con   urgencia   y   precipitación,   algunos   holandeses   desembarcaron   como
pudieron   piezas   ligeras   de   artillería   y   se   atrincheraron   con   ellas   y   con   los   ternates,
esperando un encontronazo en tierra que ese día no se produjo. Entretanto, asombrada
la   nao   holandesa   al   encontrarse   con   una   flota   española,   una   vez   repuesta   de   ese
desahogo  artillero, salió  a todo  trapo  para  unirse a otras de  la VOC cuyas velas  se
divisaban lejanas en el horizonte.

Concluido este inesperado encuentro, el gobernador Acuña decidió concentrar su
flota   y   establecer   la   base   logística   en   la   vecina   isla   de   Tidore,   tierra   aliada   y   de
fondeaderos más seguros. Allí propusieron al sultán la operación contra Ternate que,
como es de imaginar, fue acogida con el mayor entusiasmo. La rivalidad de ambas islas
seguía resistiendo el paso del tiempo. Eso no cambiaba con los siglos. Esa lealtad de
Tidore hacia España era enternecedora y siguió siéndolo más aún cuando don Pedro
Bravo de Acuña le expresó la voluntad del rey de España, manifestada en la orden que
le había dado, para que viniese a socorrerle desde Filipinas siempre que solicitase su
auxilio. Como contribución al combate, prometió el sultán una flota de kora­koras y una
fuerza de 600 guerreros, según relatan las crónicas, aunque el número resulta a todas
luces exagerado, y «sorprendió a los españoles al conseguir ambas cosas» . 441

Se juntó un consejo de guerra. Con cierta preocupación por la presencia de la nave
holandesa  con la que  se habían enfrentado  por la mañana, resolvieron decidir  si  se
empeñaban   contra   ella   o   no.   Cuatro   prisioneros   holandeses   que   habían   tomado   en
Tidore dieron cuenta del número de piezas de artillería y fuerzas con que contaba la
nave. Dijeron que estaba cargada de clavo y que era una de las cinco pertenecientes al
vicealmirante   Cornelis   Bastiaensz   que   pelearon   contra   los   portugueses   cuando   el
polvorín voló el fuerte de Tidore en 1605, y que esperaban a otra nave.

El consejo resolvió concentrarse en la prioridad, que era el asalto al Gammalamma,
pues las órdenes del rey eran recuperar el Maluco y no convenía preferir otra acción . 442

De esta manera se resolvió que, para guardar la mar y la tierra, se redujese toda la
fuerza de la armada a solo tres naves gruesas con número suficiente de gente de guerra
y   de   mar,   encargándose   de   ella   tres   capitanes   de   reputación:   Bernardino   Alfonso,
Antonio Carreño de Valdés y Gil Sánchez de Carranza. De estos tres, murieron dos en la
lucha, quedando solo Carreño con vida.

El 1 de abril de 1606 fue el día señalado para iniciar el ataque sobre Ternate. Se
ejecutaron una serie de desembarcos coordinados en los puntos cercanos a Kaju Merah,
que resultaban ser los más accesibles en esa larga y rocosa costa.

La   marina,   es   decir,   la   playa,   no   tenía   mucho   espacio   y   obligaba   a   la   fuerza   a


avanzar en hilera de cinco soldados. Bravo de Acuña y el sultán de Tidore resolvieron
que continuasen poco a poco —y sin empeñarse— algunos de los que progresaban por
la   playa,   al   mismo   tiempo   que   abría   camino   hacia   el   monte   un   buen   número   de
gastadores   indios   pampaganos   y   tagalos,   dando   tajos   a   la   maleza,   despejando   el
matorral, la espesura y las hierbas altas, de manera que otra columna que les seguía
fuera tras ellos subiendo por la pendiente para ejecutar una maniobra de diversión que
obligase al enemigo a dividir sus fuerzas, mientras sus soldados trataban de converger
en  tanteante progreso  sobre el Gammalamma, que era el centro  de la defensa de la
ciudad de Ternate.

Pero   los   ternates,   que   los   esperaban   desplegados   en   la   cresta   de   la   loma,   eran
expertos guerreros, y sospecharon que la fuerza que subía monte arriba por la floresta,
con los gastadores abriendo camino por las laderas, tenía la intención de sorprenderles
por la espalda. Y se retiraron hacia el fuerte.
Bravo   de   Acuña   ordenó   bien   a   la   gente,   llevando   la   vanguardia   el   capitán
Gallinato. Como los ternates habían abandonado su posición en el exterior del fuerte, la
fuerza   de   vanguardia,   gente   de   fibra,   se   fue   adelantando   a   tiro   de   mosquete   de   la
muralla exterior del Gammalamma, es decir, a unos 100 metros. El capitán Gallinato
consideró   que   era   una   buena   posición   que   convenía   conservar   hasta   que   cayera   la
noche, para que entonces se pudiese desembarcar desde la galeota la artillería de batir y
al día siguiente atacar la muralla.

Con el calor pegajoso por la humedad que desprendían la tierra verde y la cercanía
del mar, los hombres de Acuña habían de medir el esfuerzo con cuidado al trepar por
las faldas escarpadas de aquellas islas hacia las empalizadas de los fuertes, para no caer
agotados, empapados de sudor a causa de los irrespirables coletos de cuero y con los
arcabuces al hombro.

Mientras tanto, desde el Gammalamma, el «enemigo ofendía con la furia de sus
tiros y de los mosquetes» a los españoles de las mangas y del escuadrón, hasta el punto
de que Gallinato ordenó un «cuerpo a tierra» oportuno para «evitar daño» y los efectos
de la escopetada.

Entre la posición que ocupaban los españoles echados «por tierra» y la muralla,
«había cuatro altos arboles fragosos y copados» donde los ternates tenían centinelas que
iban indicando a los ocupantes del fuerte los movimientos de la fuerza española que
desembarcaba   y   se   aproximaba,   y   «advertían   de   la   forma   en   que   los   Españoles
marchaban y de cuanto ordenaban y hacían» . 443

Acudió la vanguardia de Gallinato con algunos soldados a «ganar los  árboles» y
derribaron a los centinelas enemigos. En su lugar, subieron centinelas españoles que se
dedicaron a la misma misión, esta vez en beneficio de los atacantes. Desde el fuerte
dispararon a las copas de los árboles sin éxito ni daño para los vigías, que siguieron
dando avisos a los que se encontraban abajo, que establecieron un eficaz sistema de
comunicación con las demás fuerzas.

El fuerte Gammalamma (1521­1663)

Vimos ya cómo el viejo fuerte de Gammalamma había sufrido cambios significativos
desde sus primeros cimientos en 1521, cuando se llamaba San Juan Bautista (Sao Joao
Batista) y era portugués.

El capitán Galvao completó las defensas en 1536. El antiguo fuerte portugués Sao
Joao Batista y sus dependencias quedaron convertidos en elegantes alojamientos y en
un auténtico palacio real del sultán Baab una vez que este expulsó a los portugueses en
1575.   Baab   lo   amplió   5   kilómetros   hacia   el   este,   creando   un   complejo   defensivo
importante. Detrás del fuerte Gammalamma, durante los últimos meses de la presencia
portuguesa, estos levantaron un baluarte que sería el origen del fuerte San Pedro y San
Pablo, del que luego hablaremos.

Los holandeses tomaron Gammalamma en 1605, un año antes del asalto de Pedro
Bravo de Acuña que ahora referimos.

En un conocido grabado  de Agustin Constantin de Renneville, realizado antes de
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que los españoles lo abandonasen definitivamente en 1662, y por lo tanto mucho tiempo
después de lo que describimos, se contempla el fuerte muy mejorado, con ese estilo casi
palaciego y construido con ocho bastiones, aunque estos no existían en el tiempo de la
expedición de Bravo de Acuña.

Hoy día, sus ruinas han sido limpiadas de maleza, las piedras han quedado sujetas
y los vallados se encuentran bien delimitados. Además, se ha ajardinado su interior con
parterres y jardineras —como las demás fortalezas de las islas— en un despliegue de
dudoso gusto, lo que le ha dejado un cierto aire kitsch algo pretencioso. Los vestigios de
los baluartes de las islas —qué duda cabe— están más limpios y transitables, pero su
acondicionamiento   y   desacertada   rehabilitación   les   ha   hecho   perder   ese   aspecto
dramático y grave que les había otorgado el tempo lento de la historia.

Pero   regresemos   a   1606,   cuando   los   hombres   de   Gallinato   avanzaban   en


vanguardia   y   el   enemigo   ocupaba   una   posición   junto   al   baluarte   que   denominaban
Cachil Tulo, en honor del príncipe ternate Tulo, que era hermano del sultán.

El baluarte se encontraba «en la parte derecha de la muralla», algo alejado de los
árboles. El general juzgó que había que desalojarles de esa posición y envió al capitán
Juan de Cubas, «soldado muy antiguo de Flandes», para que fuese a tomarlo ladera
arriba por el interior del monte, con una fuerza de 30 mosqueteros. Pero el enemigo vio
a la columna y trató de flanquearla. «Con ánimo de estorbarla, echó un golpe de gente
fuera de su fuerte por la parte de la mar», pero el capitán Villagrá, que estaba atento a la
maniobra, envió a sus hombres a que se enfrentasen con los ternates, con los que trabó
escaramuza.

Desde el interior del fuerte, los ternates vieron que a Cubas no le habían detenido
en su avance e iba a llegar al baluarte con sus mosqueteros, y salieron de la fortaleza
para   intentar   pararle.   Ganó   Cubas   la   cumbre,   y   cuando   se   mostraba   dispuesto   a
acometer el baluarte, recibió fuego y tuvo que pedir «socorro de picas». A su llamada
acudieron los capitanes Vergara, Alarcón y Mendoza con 50 piqueros, pero antes de que
las   picas   llegasen   en   apoyo   de   los   hombres   de   Cubas,   salieron   de   la   fortaleza   más
indígenas ternates y javos, con lo cual la batalla se hizo más intensa.
Los vigías que estaban en las copas de los árboles dieron voces avisando de que
otro grupo enemigo se acercaba por la parte de la costa, con intención de cortar el paso
de la vanguardia española de Gallinato —«…se descubrió otro golpe de infieles por la
marina»— por lo que se ordenó que Villagrá saliese a pelear con ellos con una manga
de arcabuceros del capitán Cervantes, a cuyo cargo estaban todas las alabardas, que al
igual que las picas, serían más cortas que la alabarda ordinaria, la de 25 palmos.

Los mosqueteros de Cubas, arriba, cerca del baluarte, no podían contra todos los
indígenas   ternates   que   estaban   luchando   porque   no   les   había   llegado   el   refuerzo
solicitado de los piqueros de Mendoza, Alarcón y Vergara. Al frente de los ternates se
encontraba Cachil Amuja, primo del sultán e hijo del príncipe Tolo. Argensola lo llama
«gallardo mozo» y lo alaba en el ataque a Ternate de 1603.

En esta ocasión también hizo sus alardes, y en la pelea contra las fuerzas de Juan de
Cubas —que estamos reseñando— se fue directamente hacia  él «después de haberle
abrasado con un mosquetazo la falda y plumas del sombrero». Cubas y Amuja lucharon
cuerpo   a  cuerpo   durante   un   buen   rato.   El  veterano   capitán  de   Flandes   esgrimía   su
espada   y   el   príncipe   ternate   su  kampilán.   Argensola   no   da   noticia   detallada   del
desenlace,  aunque se sabe que  se hirieron mutuamente.  Ninguno de  los dos murió.
Amuja figura entre los que prestaron vasallaje a Felipe III tras la rendición, y Argensola
los menciona durante la capitulación de Gammalamma cuando ambos se encontraron
de nuevo «y se acordaron de las heridas que se dieron, y quedaron amigos» . 445

Regresemos al combate frente al fuerte.

Peleaban por ambas partes, cuando los centinelas de las ramas volvieron a advertir
que al flanco derecho pedía Juan de Cubas más socorro, y se lo aportaron, por fin, los
capitanes Rodrigo de Mendoza y Pascual de Alarcón, llevando con ellos dos mangas de
arcabuceros. Una vez más advirtieron los centinelas desde las copas de los árboles que
los   enemigos   que   peleaban   contra   el   capitán   Villagrá   se   retiraban   hacia   el   muro .
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Entonces Villagrá quedaba libre de enemigos, y como Juan de Cubas seguía pidiendo
insistentemente más refuerzos de picas y alabardas, esta vez acudió en su apoyo una
fuerza a las órdenes de los capitanes Villagrá y Cervantes, con un grupo de 50 españoles
de esos cuyas biografías se contaban por sus cicatrices, que cargaron sobre los indígenas
intercambiando una buena sarta de cuchilladas. Los ternates y los javos retrocedieron
sin orden a toda velocidad.

Asalto al fuerte Gammalamma por las fuerzas de Bravo de Acuña

Don Pedro Bravo de Acuña ordenó entonces a las banderas y picas que arremetieran
contra la muralla, y a una banda de mosqueteros y a la arcabucería, que estaba en esa
posición   desde   el   comienzo   del   combate,   que   permaneciesen   a   retaguardia   como
reserva, por si volvían los enemigos por el camino de la playa.

Con los capitanes Juan de Cubas y Cervantes al frente, y ayudándose los unos a los
otros, fueron trepando hasta arriba y escalaron la empalizada de piedra. Aquello debió
ser   un   revoltijo   de   tajos,   cuchilladas,   estocadas   y   empujones.   Algunos,   habiendo
recibido heridas, se desplomaron rodando. Entre los heridos cayó el capitán Cervantes
«cuando subió el primero a la muralla, con la intención de enarbolar el Estandarte Real.
Un bárbaro le dio una lanzada en un ojo y, cargando otros, le rebatieron hasta el suelo y
con lástima de todos murió a los siete días» . 447

A medida que se aproximaban hacia la muralla, el enemigo hizo jugar su «artillería
pesada,   su   arcabucería   y   mosquetería,   varios   artificios   de   fuego,   piedras   y   otros
pertrechos de que los Holandeses les proveyeron» . Sin embargo, el avance español fue
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muy rápido, y aunque los indígenas se habían refugiado tras la primera muralla, no les
dio   tiempo   a   «meterse   en   la   fortaleza   antigua   de   los   portugueses»   que,   en   caso   de
haberlo hecho, habría sido difícil desalojarlos, además de que los españoles hubieran
necesitado desembarcar la artillería de batir para derribar los muros.

Después   del   mediodía   los   ternates   y   los   holandeses   estaban   tan   agotados   que
retrocedieron maltrechos y muchos de ellos se rindieron.

Se trataba ahora de tomar la fortaleza antigua de Gamma­

lamma, cuartel general y residencia del sultán, donde también se refugiaba su familia y
varios holandeses de los que no estaban luchando. Bravo de Acuña ordenó desembarcar
de la galeota rasa las piezas pesadas, a pesar de las dificultades. El suelo falto de tierra
impedía   henchir   los   cestones.   Estorbaban   los   grandes   pedregales   para   abrir   las
trincheras,   y   subir   las   piezas   desde   las   naos   por   la   pendiente   exigía   un   esfuerzo
desmedido. Las subieron como pudieron y, con enorme trabajo, entraron en posición las
dos piezas, que consiguieron batir algunos muros de la fortaleza. Acuña lo consiguió.
Arremetieron finalmente contra la fortaleza principal y la ganaron. Y la victoria fue
total.

Una vez dentro tomaron nada menos que 43 piezas de artillería grandes, de bronce,
que pertenecían a los holandeses, gran número de versos, municiones y bastimentos.
Conquistada la fortaleza tocó su turno a la ciudad y «entrada la gente en la ciudad, cada
cual se entregó al furor y al robo».

El palacio fue saqueado. Quien lo inició fue un soldado viejo, llamado Varela, cabo
de escuadra del fallecido capitán Cervantes. Escaleras arriba, entró en la sala y tomó un
aguamanil dorado situado en el aparador y dijo a los capitanes Vergara y Villagrá, que
ya   estaban   allí:   «Señores,   yo   tomo   esto   en   señal   de   que   entré   aquí   con   vuestras
mercedes». Y, ni corto ni perezoso, se llevó su aguamanil de oro, o dorado, a la vista de
todos. Una vez que Varela abrió la veda del botín, llegaron los demás soldados y el
palacio   quedó   —como   dice   Argensola—   «expuesto   a   su   codicia»,   con   decenas   de
soldados rapiñando el edificio.

Los españoles tuvieron al menos quince muertos, entre los que se contó el capitán
Cervantes, y veinte heridos. Pocos fueron entre españoles, tidores, ternates y algunos
holandeses, los que no resultaron con alguna herida. Murieron muchos ternates y javos,
al   menos   el   doble   que   los   de   las   fuerzas   atacantes,   y   algunos   holandeses,   teniendo
«como ellos decían, por infelicidad el quedar con vida por cortesía y benignidad de los
nuestros» .   Los   soldados   de   Acuña   encontraron   un   valioso   botín   y   en   la   factoría
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holandesa un tesoro de 2000 ducados junto con arcones llenos de mercaderías y grandes
depósitos de clavo.

El   sultán   Said,  los  príncipes   tidores   y   varios   holandeses,   se   rindieron   a   Acuña.


Tomó   el   gobernador   general   Pedro   Bravo   de   Acuña   posesión   de   las   fortalezas,
enarbolando las banderas —la gloria solemne de los estandartes, que diría Rubén Darío
— y haciéndolas tremolar con las armas de la Corona de España y el nombre de Felipe
III, nuestro Señor, con salva de música y artillería.

Bravo de Acuña condecoró a los capitanes portugueses que habían tomado parte en
el combate y «les puso de su mano a los cuellos, cadenas de oro, de eslabones recios,
como   entre   soldados   se   usa,   pidiéndoles   que   estimasen   el   reconocimiento   de   cuán
valerosamente habían peleado» . 450

El 10 de abril de 1606, nueve días después de la batalla, los españoles y los ternates
firmaron formalmente un tratado de paz en el gran salón del fuerte de Gammalamma,
aún marcado por los restos de la lucha y del saqueo. Después de la firma, el sultán Said
y su familia prestaron juramento de fidelidad a Felipe III.

La   recuperación   de   Ternate,   o   mejor   diríamos   la   conquista,   puesto   que   Ternate


nunca había estado bajo soberanía española, ni siquiera a través de alianza o vasallaje,
sino que fue portuguesa hasta su expulsión, se saldó con un éxito. A pesar de la unión
dinástica entre Portugal y España, la conquista hizo que las Molucas pasasen a manos
españolas. A plena soberanía española. Para las autoridades de Manila la derrota de los
lusos ante el sultán de Ternate en 1575 había provocado la pérdida de sus derechos de
soberanía, con lo cual los españoles pasaban a ser dueños del sultanato de Ternate por
derecho de conquista . 451

Don Pedro Bravo de Acuña había traído con él desde Manila sesenta y cinco civiles
españoles, hombres y mujeres, quienes se establecieron en la ciudad de Nuestra Señora
del   Rosario.   Entre   ellos   había   carpinteros,   albañiles,   armeros,   toneleros,   herreros   y
personas con otros diversos oficios, de quienes se esperaba que sirvieran como modelo
ciudadano. El hábil gobernador general Acuña quedó complacido al haber establecido
las bases de una nueva y saludable sociedad, que consolido en Ternate y otras islas de la
Especiería la presencia española por espacio de 57 años.

Bravo   de   Acuña   se   llevó   al   sultán   Said   y   a   su   familia   a   Manila   para   evitar


eventuales revueltas, y la flota regresó a Filipinas. Cuando la escuadra con el ejército
victorioso del gobernador a bordo se acercó a las murallas de Manila, dispararon sus
naves   una   salva   de   artillería.   Respondieron   al   saludo   los   arcabuces   de   la   capital   y
entraron vencedores en la plaza. No faltaron arcos triunfales y las inscripciones que en
ellos se suelen poner a los vencedores.

En las Molucas permanecieron los españoles dueños del fuerte, ahora rebautizado
como Nuestra Señora del Rosario.

Con la conquista española de  Ternate y el acuartelamiento  de una fuerza  en  el


fuerte de Nuestra Señora del Rosario (antiguo Gammalamma), se planteaba a partir de
ahora la necesidad de abastecerla de víveres, ayudas, armamento, aprestos, sueldos y
refuerzos, que necesariamente debían llegar desde Filipinas a través del «socorro» de
los galeones.

Gestionar la presencia española en Tidore no era sencillo. La isla, salvo de clavo,
frutas y agua, carecía de muchas cosas que debían ser proporcionadas desde Manila.
Las nuevas plazas eran conocidas por su desabastecimiento crónico, una situación que
se agravaba por la presencia hostil de las guarniciones holandesas en otras islas, que
disputaban a los españoles el territorio. Holanda tenía una flota más abundante; más
dinero   que   los   españoles,   lo   que   la   VOC   se   encargaba   además   de   aumentar;   una
proximidad de sus bases logísticas en Java y en otros puntos de la Especiería y una
oportunista   política   de   alianzas   con   los   caciques   y   sultanes   locales,   con   los   que
compartía algún beneficio de las cargas de nuez moscada y clavo.

Intentos desde Manila para rentabilizar la cosecha de clavo en las zonas de control
español   los   hubo,   pero   esto   nunca   se   logró,   y   lo   poco   o   mucho   que   se   obtenía   era
gestionado   por   comerciantes   portugueses   que   lo   facturaban   vía   Malaca.   Todas   las
tentativas que hubo de comerciar el clavo por Manila, acabaron en fracaso . Y no se 452

explica muy bien por qué, ya que las grandes posibilidades comerciales que suponían el
establecimiento español en Filipinas, que atraía mercaderías chinas de sederías, telas de
lino, porcelanas, piedras preciosas y, en menor medida, especias, se basaban en el gran
elemento  dinamizador del comercio asiático con el oeste: la plata americana que los
españoles introducían en Asia a través de su comercio.
A partir de 1580, con la unión de las dos Coronas, la plata peruana comenzó a afluir
más libremente hacia las arcas portuguesas, hasta el punto de que los lusitanos serán los
grandes difusores en Asia del real de plata de a 4 y de a 8, acuñados en las cecas de
Toledo, Potosí o Granada.

Efectivamente,   si   el   motor   del   comercio   occidental   en   sus   relaciones   con   Asia


continuaron siendo las especias, el del oriental lo fue la plata. La producción local era
insuficiente y no podía satisfacer las demandas de Asia. Gracias al saldo muy positivo
de su comercio con Occidente, Asia, donde no se batía moneda, se procuraba a través de
sus operaciones mercantiles parte del metal precioso que resellaba con marcas chinas
sobre las piezas de plata de 8 reales, que utilizaba como medio de pago propio.

Sin embargo, el tráfico del clavo, que sin duda se produjo desde las posesiones
españolas en las Molucas, vía Manila, no fue tan significativo como el que se llevaba a
cabo en manos holandesas o portuguesas por la ruta del cabo de Buena Esperanza.

Intentos de revancha holandesa

Por su parte, los holandeses acusaron el golpe que supuso la pérdida de Ternate. A
partir de esa fecha —1606 fue un año luctuoso para ellos— no cesarían las expediciones
de las flotas de los Países Bajos —si cabe con mayor hostilidad—, tratando de recuperar
la isla a los españoles, controlar la Especiería y bloquear el socorro desde Manila.

Jacques L´Hermite

El almirante Matelieff inauguró este nuevo periodo de revancha holandesa y deseo de
desquite.

L´Hermite era el nombre del segundo en el mando del almirante Cornelis Matelieff
de Younger. El capitán de navío Jacques L´Hermite llegó con la flota de Matelieff en
1606. La componían 11 naos y un ejército holandés de 1200 hombres, con órdenes de
apoyar   a   los   grupos   rebeldes   de   ternates   que   se   negaban   a   aceptar   la   soberanía
española. El sultán Said estaba en el exilio en Manila bajo custodia de los españoles. Sus
regentes   en   Ternate,   el   príncipe   Hidayat   y   el   príncipe   Ali,   tenían   solo   autoridad
nominal, pues los españoles eran quienes gobernaban la isla, mientras trabajaban para
la restauración de la dinastía del sultán.

Tanto   Ali   como   Hidayat   estaban   en   discreto   e   interesado   contacto   con   los
holandeses en Ambon, especialmente Hidayat, que de hecho actuaba como virrey para
todas   las   islas   del   sur   del   archipiélago.   Ni   que   decir   tiene   que   ambos   regentes   no
cesaban de conspirar con los holandeses para que atacasen y expulsasen a los españoles
de Ternate.

L´Hermite se las ingenió para que le arreglaran una cita en la isla de Matjan, una
especie de improvisado consejo de guerra, con los príncipes Ali y Hidayat, para que le
confirmasen   con   ciertas   garantías   que   con   la   fuerza   que   traía   podría   derrotar   a   la
guarnición   española   y   tomar   sus  fuertes.   Los   regentes   aconsejaron   a   los  holandeses
establecer  su base de operaciones en Ternate y, de modo más específico, en la villa
costera   de   Malayo,   a   medio   camino   entre   dos   fuertes   españoles,   donde   —según   le
dijeron   al   holandés—   existían   las   ruinas,   aún   aprovechables,   de   un   viejo   fuerte
portugués.

A   pesar   de   los   planes   conjuntos   entre   L´Hermite,   Ali   y   Hidayat,   la   acción


concertada no fue sobre Ternate, donde la fuerza de los españoles e indígenas ternates
afines podía oscilar entre 500 o 600, sino contra Tidore, donde solo había 50 soldados.
No gustó la propuesta a los regentes, que les pareció poco y, además, orientada hacia
Tidore,   pero   no   tuvieron   más   remedio   que   aceptar   esta   iniciativa   para   probar   la
coordinación de los holandeses y la flota de kora­koras ternates. A mediados de abril de
1606 reunieron 100 embarcaciones. El desembarco en Tidore guiado por L´Hermite fue
un   fiasco   y   la   pequeña   fuerza   de   asalto   fue   repelida   con   un   furioso   fuego   por   los
defensores.

No escarmentados, volvieron a intentar otra incursión, esta vez en la costa norte de
Ternate. Tuvieron más suerte. Allí no encontraron oposición y decidieron asentarse en
la isla, para lo que los restos del viejo fuerte portugués Malayo sirvieron a su propósito.
Las ruinas del fuerte Malayo, que es como siempre fue conocido por los españoles, y
que más tarde sería bautizado como Fort Orange por los holandeses, fueron elegidas
por encontrarse situadas en un lugar elevado y conservar ciertos lienzos de muralla
defensiva que hacían más fácil su reconstrucción. El fuerte sirvió como cuartel general
de la VOC en las Indias hasta su traslado a Batavia en 1619. Aunque el objetivo de
Matelieff   era   la   expulsión   de   los   españoles,   L´Hermite   sabía   de   la   dificultad   de   la
empresa, por lo que optó por la paciencia y decidió cambiar de plan, estableciéndose en
fuerte Malayo. El 10 de junio de 1606 montaron seis cañones de bronce y dejaron la
fortaleza   al   mando   del   capitán   Gerard   Gerardszoon   van   der   Bus,   con   40   soldados
holandeses, con la promesa a los regentes de que enviarían más tropas desde Batam.

El fuerte Malayo

El ahora fuerte Orange probaría inmediatamente su utilidad al resistir un ataque de los
españoles   exactamente   al   año   siguiente.   El   14   de   junio   de   1607,   desplazándose
sigilosamente por la noche desde el fuerte de Nuestra Señora del Rosario, a través de
tortuosos caminos, una fuerza española al mando del maestre de campo Lucas Vergara,
compuesta   por   180   hombres,   cayó   sobre   el   fuerte   Malayo   al   amanecer,   pero   fue
rechazada después de un furioso combate cuerpo a cuerpo en el cual los 40 holandeses
y un centenar de ternates se impusieron. El combate del fuerte Malayo de 1607 fue una
de las pocas acciones terrestres entre holandeses y españoles en las islas. No quiere ello
decir  que   faltasen encuentros,  pero  la  referida  fue  una  de  las  acciones abiertas  más
significativas.

Como bien habían advertido los regentes de Ternate, el fuerte Orange o Malayo se
encontraba   a   tres   horas   de   camino   de   la   antigua   fortaleza   Gammalamma   (ahora
convertida en el fuerte español de Nuestra Señora del Rosario) y a media legua del
fuerte holandés denominado también Calamata, al lado de la actual laguna de la isla,
frente a la isla de Maitara.

Ese   lugar   denominado   Calamata,   desde   el   que   se   divisaba   el   fuerte   Malayo


(Orange), marcaría la frontera entre la zona española, al oeste y sur de la isla y la zona
holandesa al norte y este de la misma.

La inexistente Tregua de los Doce Años (1609­1621)

Prácticamente nadie en Ternate, en Tidore, en Manila o en Ambon tomó esa tregua en
serio. Los grandes amos de la VOC instruyeron secreta y repetidamente a sus agentes
para que recurrieran a cualquier tipo de violencia que estimasen necesaria con objeto de
impedir el acceso al mercado de las especias a cualquier europeo, sin exceptuar a los
españoles, o sobre todo a los españoles, a pesar de la manida tregua. La noticia de la
pausa en las hostilidades en Europa sirvió para que los holandeses del fuerte Orange
tuvieran la oportunidad de comunicar a sus vecinos españoles del Nuestra Señora del
Rosario su intención de observar la tregua escrupulosamente, por lo que esperaban que
ellos   hicieran   lo   mismo.   En   otras   palabras,   que   a   partir   de   esa   fecha,   españoles   y
holandeses podrían sentarse en la mesa de negociaciones a parlamentar, desterrando la
violencia —ya que las puñaladas se darían por debajo de la mesa— en las Molucas y en
otros puntos. Claro que eso no se lo creía nadie.

La Tregua de los Doce Años entre España y los Países Bajos no tuvo repercusión
alguna en Asia. Durante los primeros años la piratería contra las naves ibéricas y contra
los juncos chinos que se dirigían a Manila constituyó una de las actividades principales
de   la   VOC.   En   el   terreno   del   comercio   de   las   especias,   la   crisis   de   los   precios   y   la
competencia portuguesa convirtieron económicamente en insostenible para la VOC la
simple compra de especias en el archipiélago para venderlas en Europa. La estrategia de
la VOC se reorientó a la conquista militar de las plazas productoras de especias en las
Molucas . Querían todo.
453
El fuerte San Pedro y San Pablo (1609)

En   1609   los   españoles,   ya   asentados   en   Ternate,   comenzaron   los   trabajos   de


recuperación   del   fuerte   San   Pedro   y   San   Pablo,   que   era   un   modesto   baluarte   a   la
espalda de la fortaleza Gammalamma. Fue el gobernador Lucas Vergara quien ordenó
las   obras.   El   fuerte   antiguo,   el   antiguo   Gammalamma   ternateño,   fue   asimismo
restaurado   y   reconstruido   después   del   asalto   de   las   tropas   de   Bravo   de   Acuña   y
permaneció como Ciudad del Rosario o fuerte de Nuestra Señora del Rosario, nombre
que aún tenía cuando yo lo visité en el año 1991.

Sin embargo, el fuerte San Pedro  y San Pablo  no había salido a escena en esos


procelosos años de combates en la isla. El fuerte, que se conoció con los nombres de San
Pedro y San Pablo, Fuerza Nueva, Santo Pedro y Kastela, tras el cambio de nombre para
adaptarlo al «bahasa» es actualmente denominado como benteng (fuerte) Kota Janji.

El lugar en el que se encuentra es inequívocamente un emplazamiento estratégico,
elevado sobre la costa, con un espléndido panorama sobre la isla de Maitara; frente a él
se ve también en toda su amplitud el canal que le separa de Tidore. Engullido hoy día
por   la   moderna   ciudad   de   Ternate,   la   carretera   que   discurre   sobre   la   costa,   por   la
cornisa próxima a él (Kota Janji), lleva como recuerdo el nombre de Santo Pedro.

Sus   orígenes   son   indudablemente   portugueses.   Parece   que   éstos,   durante   su


prolongada estancia en Ternate, iniciaron una construcción modesta, algo parecido a un
baluarte, con algunas piezas de artillería ligera y que lo asentaron sobre una altura,
detrás de la ciudad fortificada de Gammalamma , concretamente a dos leguas de ella.
454

Se   refiere   a   él,   coincidiendo   con   el   emplazamiento   detrás   de   la   ciudad   de


Gammalamma, el holandés Victor Ido van de Wall , cuando dice que «San Pedro y San
455

Pablo estaba, construido por los españoles en 1606, después de la conquista de Ternate».

Argensola es quien señala que la fortaleza antigua de Ternate era «pequeña y no
capaz   para   grandes   defensas»,   por   lo   cual   estaba   reducida   a   «un   breve   sitio».   Sin
embargo, la nueva —San Pedro y San Pablo— «pareció levantada en parte eminente —
es decir, en una altura— mayor y más fuerte» y creció; «la cual, antes de salir de Ternate
(don   Pedro   de   Acuña)   dejó   acabada,   cerrada   y   terraplenada»,   ordenando   que
permaneciesen  en ella para la defensa ante cualquier invasión «seiscientos hombres,
agregados en seis compañías, seis capitanes, doce artilleros, sesenta y cinco gastadores,
treinta   y   cinco   canteros;   dos   bergantines   buenos   y   al   maestre   de   campo   Juan   de
Esquivel, a cargo de todo el Maluco» . El fuerte, de acuerdo con las órdenes de Acuña,
456

debía tener «600 pies de centro y tres bastiones».

En términos muy similares, situándola en una altura «a la parte del volcán», que
dominaba   el   viejo   fuerte   de   Ternate,   la   emplazaba   Francisco   Colin.   Por   su   parte,
Gregorio de San Esteban en su Historia de las Molucas daba noticia de que el fuerte de
San   Pedro   estaba   localizado   «cerca   de   la   ciudad   de   Ternate   sobre   una   colina   que
domina la ciudad» . O bien, como señalan Des Alwi y Willard Hanna, «a dos leguas de
457

distancia (de Gammalamma) en una posición elevada» y con «una guarnición de 200
soldados» . 458

En 1632, Pedro de la Fuente Urrez se refiere a él como el «fuerte nombrado Sant
Pedro,   retirado   en   una   eminencia   de   la   ciudad   del   Rosario   y   fuerza   de   Ternnate»,
señalando que el capitán de la plaza es Juan de Acebedo; y en 1652 se da la noticia de
que se reedificó completamente «la fortaleza de San Pedro, separada de la principal de
Ternate».

Habría parecido normal que los oficiales y soldados acantonados en los fuertes y
baluartes  hubieran aprovechado la ausencia de hostilidades para reforzar, renovar y
fortalecer las plazas fortificadas. Pero no ocurrió. Y no sucedió porque la tregua no se
respetó,   aunque  en  ese   año   de  1609, se  amplió  a  doce.  Desde  un  principio   fue  una
solución insatisfactoria: por ella se reconocía de hecho la independencia de Holanda y,
por su propia naturaleza, esa pausa en las hostilidades tenía un carácter provisional y
dejaba  sin resolver cuestiones importantes que afectaban a intereses  esenciales de la
monarquía,   como   la   penetración   holandesa   en   las   Indias   Orientales   (Molucas)   y
Occidentales (América) . En ese sentido, las cosas no cambiaron y la guerra —silenciosa
459

y «no oficial»— continuó en la Especiería e incluso se recrudeció con el envío constante
de expediciones desde los Países Bajos.

Paulus van Caerden (1608)

El  almirante Van Caerden había zarpado en 1608 con la intención de disputar a los
españoles su presencia en Ternate. Van Caerden, como los demás, hacía oídos sordos a
la   tregua   pactada   en   Europa   entre   España   y   los   Países   Bajos.   Él   fue,   de   todos   los
almirantes con presencia en la zona, quien permaneció más tiempo en ella, aunque no
por elección propia. Fue hecho prisionero por los españoles, cautivo y rehén en el fuerte
de Nuestra Señora del Rosario. Aunque los servicios de Van Caerden en otros teatros de
operaciones habían sido realmente  distinguidos, en las Molucas no fueron pocas  las
ocasiones en las que fracasó con estrépito. Trajo con él una flota de siete naves y un
ejército   de  300  soldados  holandeses  con  los  que   sin  duda   habría   podido  asaltar   sin
dificultades el fuerte español de Nuestra Señora del Rosario, o «la ciudad española de
Nuestra Señora del Rosario», como la calificaban los holandeses . Sin embargo, prefirió
460

conquistar primero la isla de Majtan, lo que le costó dos barcos y una treintena de bajas,
para después comprometerse en una pequeña operación de diversión con la intención,
aparentemente,   de   aislar   las   islas   de   Ternate   y   Tidore   e   interceptar   a   los   buques
españoles.
En agosto de 1608, mientras navegaba desplegando una febril actividad de una a
otra   isla,   en   aquellas   aguas   traidoras   que   escondían   bajos   y   corales,   Van   Caerden
condujo a su buque insignia contra los arrecifes. Los exultantes españoles capturaron al
almirante y tomaron su nave como botín. Varios meses más tarde le liberaron junto a
otros diez prisioneros holandeses a cambio del rescate de 6000 ducados. El almirante
holandés   asumió   nuevamente   el   mando,   pero,   dado   su   desgraciado   destino,   aquel
pobre marino, huérfano del éxito, cayó en manos de los españoles una vez más cuando
su barco, el Goede Hope, fue capturado. Esta vez fue enviado a Manila, donde falleció.

Francoise Witter (1609)

Los holandeses intentaron dar una nueva orientación táctica y más imaginativa a sus
operaciones a través del almirante Francoise Witter, en 1609.

El  marino  holandés  trató  de  establecer  contacto  con el  sultán Modafar,  hijo  del
sultán Said. Negoció bien sus acuerdos sobre el comercio de especias y las ventajas que
pretendía, aprovechando la presencia holandesa en Fort Orange. Los pactos sobre el
monopolio   del  clavo   fueron  confirmados  por  los moluqueños,  y  Witter   se  prometió
llevar a cabo acciones más resueltas frente a los españoles, cuya presencia era cada vez
más molesta para Holanda. Pero  viendo la dificultad de atacar el fuerte  de Nuestra
Señora   del   Rosario,   pensó   que   el   mejor   modo   para   neutralizar   las   acciones   de   los
españoles en Ternate, era paralizarlas en sus bases de partida. Para ello navegó hacia el
norte con la intención de bloquear Manila.

Ese era, entre otros, el valor de la presencia española en las Molucas. Campo López
comenta que, a pesar de las quejas de los gobernadores de Manila por el coste que
suponía el mantenimiento de Tidore y Ternate, y el envío de las flotas de asistencia y
socorro, lo cierto era que las fuerzas en las Molucas actuaban como parapeto o elemento
de diversión ante las escuadras enemigas que estaban bien pertrechadas desde Batavia
(Java) y que, generalmente, eran más sólidas y numerosas que las que habitualmente los
españoles podían enviar desde Filipinas  para enfrentarlas.
461

Durante los meses de enero a marzo hacía entrada en Rum la flota procedente de
Manila cargada de armamentos, víveres, caudales, municiones, medicinas y repuestos.
Era la flota conocida como Socorro del Maluco.

Por ello Witter sabía lo que había que hacer y dónde había que golpear. Primero
dirigió sus ataques contra Ilo Ilo, en la isla de Panay, que era el punto de partida de los
socorros que siempre se hacían desde Filipinas a las Molucas. Pero el holandés tuvo la
mala   fortuna   de   que,   cuando   su   escuadra   llegó   a   Ilo   Ilo,   se   estaba   preparando   un
inminente   «socorro»   para   Ternate   y   por   esa   razón   los   españoles   estaban   presentes,
preparados   y   en   fuerza .   Witter   fue   rechazado   sin   contemplaciones   y   con   severas
462

pérdidas por las fuerzas del capitán Fernando de Ayala.

Por cierto, este esforzado capitán Ayala construiría en la costa oriental de Ternate el
fuerte   Toluco   en   1611.   Un   año   después   lo   conquistaron   los   holandeses,   que   se   lo
entregaron  al sultán de Ternate. La pérdida  de  Toluco obligó  a un repliegue  de  las
posiciones españolas en la isla, abandonando para siempre el norte.

Volvamos a Witter, batido por Ayala en Ilo Ilo, cuando se aventuró a atacarla sin
estar al corriente de que allí se concentraba una flota de socorro.

En   vista   del   fracaso,   el   holandés   decidió   caer   sobre   Manila,   suponiéndola


desguarnecida precisamente por el socorro de tropas con el que acababa de toparse.

Pero en Manila gobernaba don Juan de Silva, animoso general, buen organizador e
infatigable   gestor   de   las   defensas   y   la   fuerza   de   la   capital   filipina.   Había   traído   de
Nueva España cinco compañías de infantería y conocía bien el problema de la falta de
guarnición. «Hallábame imposibilitado de todo; sin navíos, sin artillería, sin municiones
de   guerra,   sin   bastimentos  y   sin   un  real   con   que   remediar   tantas  faltas…»,   diría   el
propio Silva.

Witter entró en la bahía en noviembre de 1609. La solidez de las fortificaciones de
campaña que habían preparado los españoles, le hicieron dudar sobre la conveniencia
del asalto en ese momento, y mantuvo a sus buques fondeados en Playa Honda sin
atreverse   a   iniciar   la   acción.   Entretanto,   su   patache   continuó   dando   bordadas   y
apresando a todo barco que pretendiese entrar en la bahía.

De Silva, ya lo hemos visto, de pocos medios disponía, aunque aprovechó lo que
tenía   a   mano.   Dos   naos,   un   patache,   dos   galeras   y   cinco   embarcaciones   de   menor
desplazamiento, fue la flota que improvisó a base de terminar los barcos y un galeón,
que aún estaban en astillero. Las naos portaban 22 y 26 piezas de artillería. Algunos de
los cañones habían sido fundidos recientemente para artillar apresuradamente la fuerza
naval, pero la parsimonia de Witter regaló tiempo a De Silva, que pudo incrementar el
número de sus hombres y de sus piezas.

Al comenzar el mes de abril de 1610 regresaron los holandeses a la bahía de Manila
para observar el estado de las defensas españolas, pero tras el nuevo reconocimiento
regresaron al fondeadero para continuar la lucrativa cacería de mercantes indefensos.

Pero   en   esta   ocasión   De   Silva   no   se   iba   a   quedar   con   los   brazos   cruzados
observando la cachaza marina del holandés. El 21 de abril, salió con el galeón capitana
San Juan Bautista, construido en Marinduque, el galeón almiranta  Espíritu Santo, tres
pataches, dos galeras, dos galeotas, cuatro fragatas mercantes y otras de menor porte.
Sumaba unos 70 cañones y casi 800 hombres. Con esa fuerza, los españoles marcharon a
la búsqueda  de la flota de Witter. Forzaron velas y, al amanecer del 24 de abril, se
encontraron   con   la   escuadra   holandesa   en   Playa   Honda:   tres   galeones   permanecían
fondeados   y   el   patache   seguía   en   alta   mar   buscando   nuevas   capturas.   Hasta   ese
momento habían asaltado 23 mercantes.

Cuando divisó a la flota española, Witter creyó que estaba compuesta por buques
viejos y mal armados. Levó anclas y se acercó a las naves del gobernador De Silva. En
seguida comenzó el cañoneo. El combate duró dos horas, y se impuso el número de
piezas y calibre de los españoles. Durante el enfrentamiento rindieron a la capitana del
almirante holandés. La almiranta española (Espíritu Santo), se acoderó a la almiranta
holandesa y, tras una dura lucha, esta se rindió al buque español. Los pataches de De
Silva se acercaron al tercer galeón holandés, el Aigle, al que pegaron fuego. La victoria
costó muy cara a los hispano­filipinos, que tuvieron 153 muertos y 70 heridos, pero los
holandeses   terminaron   el   combate   con  dos  naves   capturadas   y   una   incendiada,   134
prisioneros   y   85   muertos,   entre   los   que   se   encontró   el   confiado   almirante   Witter.
También se liberó a los españoles que los holandeses tenían cautivos y se tomaron 70
cañones que aliviaron la escasez artillera de Juan de Silva, además de dinero, joyas,
sedas, muchas municiones, pertrechos de jarcia y bastimentos . 463

Simon Janszoon Hoen (1609)

Este almirante holandés llevaba tiempo combatiendo en Banda, donde muchos de sus
hombres   habían   perecido   en   aquella   complicada   y   sangrienta   campaña   contra   los
naturales, que guio el almirante Verhoef.

Hoen no estaba dispuesto a arriesgarse en acciones temerarias contra los españoles.
Después   de   moverse   con   cautela   alrededor   de   las   islas   durante   algunas   semanas,
decidió castigar al fuerte español de Tidore, el viejo fuerte de Marieku. Desembarcó en
1609 y puso sitio a la ciudad y fortaleza.

En 1609 un documento holandés describe Marieku como la segunda ciudad más
importante   de   la   isla   de   Tidore   después   de   la   capital.   Tenía   un   pequeño   puerto   y
también un muelle para galeras.

La primera noticia sobre la existencia de un fuerte español en Marieku nos llega
precisamente ese mismo año de 1609, cuando el gobernador de Ternate, Lucas Vergara,
después   de   la   evacuación   de   los   españoles   durante   el   sitio   que   el   almirante   Hoen
sometió   a   Tidore,   fortificó   «el   lugar   de   Marieku   e   hiço   de   nuebo   los   fuertes   de
Marieco…» . 464
La utilidad de haber renovado la fortificación se probó en noviembre de ese mismo
año y en enero de 1610, antes de que las acciones en las Molucas remitieran algo ––
debido a la firma de la Tregua de los Doce Años—, aunque nunca se declaró en las islas
un cese de hostilidades. En ese periodo al que nos referimos, la flota de Simon Janszoon
Hoen volvió a las Molucas e intentó asediar Tidore nuevamente con un bloqueo naval
frente a la fortaleza de Marieku, a cuya defensa contribuyó la compañía de soldados del
capitán   Pedro   Zapata,   entre   los   que   se   encontraba   Juan   de   Medina   Bermúdez.   El
culpable   de   controlar   Marieku   y   prevenir   que   fuese   abastecida   fue   el   buque
Middelburgh,   mandado   por   el   capitán   Crackeel.   Pero   a   pesar   de   sus   esfuerzos,   los
holandeses fracasaron en su intento de bloqueo.

Otra referencia al fuerte de Marieku se encuentra en la carta que el almirante Van
Carden   envió   en   1610   a   altos   administradores   de   la   VOC,   remitiendo   un   informe
detallado   sobre   la   situación   de   los   holandeses   y   su   despliegue   en   Tidore.   De   él   se
desprende que carecían de información sobre las defensas y baluartes de otros puntos
de   la   isla,   mientras   se   informaba   de   la   existencia   de   un   fuerte   en   Marieku,   que   se
describe como «fortaleza situada frente a la isla de Ternate y especialmente de la ciudad
española de Nuestra Señora del Rosario». Sobre Marieku se decía que era donde vivían
algunos tidores y que los españoles habían rodeado el lugar con dos bastiones, donde
estacionaron 14 soldados, algunos pampamganos y dos cañones.

Los españoles, efectivamente, habían construido un pequeño bastión fortificado —
fortezinho se le llama en los informes portugueses—, ubicado en la costa de Tidore frente
a la ciudad española de Ternate, directamente en el nivel de la playa, que por necesidad
tenía   que   ser   algo   pequeño,   quizás   una   simple   pared   con   uno   o   dos   bastiones;
probablemente,   ni   siquiera   completamente   de   piedra,   según   algunos   testigos.   Su
guarnición   normal   estaba   compuesta   por   12   soldados.   Hay   otras   definiciones   más
precisas en las que se le califica de «fortezuelo de fajina con doce españoles y un cabo» . 465

Hoen   no   consiguió   sus   propósitos,   pero   en   1613   los   holandeses   insistieron.


Iniciaron su ofensiva. En los primeros días de febrero, la flota, compuesta por 4 barcos
de guerra y uno de carga, se dirigió a Tidore. Uno de los barcos naufragó debido al mal
tiempo entre las islas de Makian y Motir. Según Silva se trataba de la nao capitana, y
con ella se perdieron 45 piezas de artillería y la mayor parte del dinero para el pago de
las guarniciones. De los 300 hombres a bordo solo se salvaron 40. Los otros barcos de la
flota   llegaron   a   Ternate   buscando   aprovisionamiento   y   refuerzos.   Durante   la
medianoche del 8 de febrero de 1613, los barcos holandeses, mandados por Pieter Both,
7  kora­koras  y muchos botes ligeros transportaron a más de 800 soldados europeos y
guerreros indígenas desde Ternate a Tidore.

El ataque tuvo lugar el 9 de febrero de 1613, según Silva. Al «cuarto del alba» los
holandeses   comenzaron   a   cañonear   con   mucha   intensidad   contra   los   muros   y
terraplenes   de   la   pequeña   guarnición   defendida   por   Juan   Centeno   al   frente   de   una
docena de españoles y otra de pampamganos. El comportamiento de los pocos soldados
españoles   fue   ejemplar   «…no   había   más   de   12   españoles   y   una   o   dos   piececitas»,
mientras que Gerónimo Silva define como «grandes bellacos», como grandes cobardes,
a   los   indígenas   pampamganos   que   defendían   la   aldea,   que   se   pasaron   al   enemigo.
Prácticamente   todos   los   defensores   españoles   e   indígenas   fueron   asesinados,   según
relata Gregorio de San Esteban . Así, los holandeses conquistaron Marieku finalmente.
466

Saboreada la victoria y transcurrido un breve tiempo, los holandeses comenzaron a
reconstruir el fuerte. La nueva estructura estaba formada por cuatro bastiones, a los que
denominaron Utrecht, Enckhuysen, Amersfort y Reali. La puerta de entrada se colocó
en el centro del muro que conectaba los dos bastiones situados a la orilla del mar. Entre
la puerta y la costa se encontraba el poblado indígena. La guarnición la formaban dos
compañías de infantería procedentes de Ambon.

Marieku es descrito por Rietbergen, al que cita Ramerini, como el lugar más rico de
toda la isla de Tidore, donde se producía la mejor calidad de clavo y de donde los
españoles se aprovisionaban de fruta y pescado para sus guarniciones. La pérdida de
Marieku fue, según el almirante holandés Pieter Both, un duro golpe para los españoles,
que se vieron privados de la principal fuente de sustento y única área de producción de
clavos de calidad que hasta entonces había permanecido bajo el control español. Desde
esa zona, además, los holandeses podían controlar el tramo inmediatamente enfrente de
Nuestra   Señora   del   Rosario   y,   consecuentemente,   la   posibilidad   de   amenazar   a   los
barcos que acudían en misión de «socorro» a Ternate desde Manila, «la tenue conexión
con   Manila   que   constituía   su   única   posibilidad   de   supervivencia»,   como   señala
Ramerini .467

Pero en este trajín de ataques y contrataques, la presión continua de los españoles
obligó a los holandeses a que lo abandonasen en 1622, con lo cual abortaron los planes
acariciados por la VOC de establecerse en Tidore. Marieku significaba un coste excesivo
para los holandeses, ya que mantener un fuerte con 60 soldados de guarnición y 17
piezas de artillería suponía sostener una infraestructura costosa en cañones y soldados.
Los   ataques   continuos   de   los   españoles   desde   el   fuerte   Rume   no   estuvieron   ajenos
tampoco a la decisión holandesa de abandonar todo y replegarse a Ternate.

No   hay   mucha   información   —indica   Ramerini—   sobre   la   posterior   ocupación


española de Marieku, pero el fuerte se menciona entre las fortalezas españolas del Livro
das plataforma das fortalezas da India . Los documentos que hacen referencia a Marieku
468

sugieren la existencia de una guarnición española y una fortificación que se mantuvo
hasta 1646. En ese año, Juan Camacho de la Peña recibió la noticia de que los holandeses
venían   con  los  cinco   galeones   que   tenían   fondeados   en   las  proximidades   del   fuerte
Malayo, para desembarcar nuevamente en Marieku y tomarlo. Las órdenes que recibió
Camacho, que era jefe de las galeras de Ternate, fue que se adelantase y que demoliera
y arrasase la fortificación. Camacho debió cumplirlas al dedillo.

En 1920, Van de Wall no vio más que una pila o hileras de piedras con restos de
mampostería.   Una   gran   parte   de   la   muralla   cubierta   de   arena.   Algunos   bloques   de
piedra, que se cree que pertenecieron a la antigua fortaleza, aún son visibles entre la
vegetación del antiguo Marieku, que fue lo que yo pude contemplar en 1991.

El fuerte de Tacome fue la única fortificación al norte de Ternate en 1606. Se lo
entregaron los ternates a los españoles y, tras la capitulación de 1609, lo ocuparon los
holandeses y los nativos. Su lejanía le hizo ser víctima de muchos ataques, ya que los
españoles llegaban desde el sur por mar y lo asaltaron e incendiaron varias veces.

Joris van Spielbergen (1615)

De sus viajes (1614­1616) se escribieron crónicas —El Este y el Oeste, espejo de las Indias—
que   relatan   sus   andanzas   por   el   estrecho   de   Magallanes,   la   costa   de   Perú   y   la   de
California,   donde   protagonizó   razias   piráticas   contra   las   posesiones   españolas   en   la
costa californiana y más tarde en las Molucas. Creía el holandés que aún podía socorrer
a  los   suyos  que  peleaban   en  las  Molucas,  pero   al conocer   la compleja  situación  del
archipiélago,   creyó   más   oportuno   atacar   las   Filipinas.   Primero   en   Ilo   Ilo.   Allí   fue
rechazado. Luego en Playa Honda, donde fondeó, como hizo Witter.

En   Cavite,   don   Juan   de   Silva   conservaba   parte   de   la   armada   con   la   que   había
escarmentado a Witter en 1610, que había incrementado y mejorado. La mandaba Juan
Ronquillo, que quiso dar un escarmiento a Spielbergen en Playa Honda. Los holandeses
volvieron a ser batidos donde también lo fuera Witter . 469

Spielbergen se dirigió al estrecho de San Bernardino con sus maltrechos buques con
intención de resarcirse de tanto daño y tratar de capturar, sin éxito, alguna presa. En
1617 regresó a Holanda.

El fuerte Rum o fuerte San Lucas del Rume (1618)

Ya en 1585 Cristóbal de Salvatierra daba noticia de la existencia del puerto de Rum y de
«una fortaleza del territorio»:

La armada (las fuerzas) de los españoles que está en el territorio, entre ella y la isla de Tidore donde
con otro yslotillo que estaba entre medias Haze muy Buen puerto, está a la vista de la fortaleza del
territorio y a dos leguas del Tidore, llámase este puerto Rume470.
En noviembre del año 1618 los españoles dirigidos por el gobernador de Ternate,
Lucas Vergara Gabiria, iniciaron la reconstrucción y reforzaron el viejo fortín de Rum . 471

Lo llamaron San Lucas del Rume, en honor al gobernador Vergara. Fue el sultán de
Tidore, al parecer, al ver la ciudad de Marieku invadida y ocupada por los holandeses
en 1613 y la pequeña fortificación que allí alzaron para protegerse, quien pidió a los
españoles   que   construyeran   una   fortaleza   en   un   lugar   «a   continuación   del   fuerte
holandés de Marieku para rodearlos» y para curarse en salud. Vergara, junto con 150
españoles, muchos guerreros indígenas y acompañado por el príncipe Cachil Nero y
por los franciscanos Pedro  de los Cobos y Gregorio de San Esteban, inauguraron  el
renovado fuerte de San Lucas del Rume el 23 de noviembre de 1618.

La   edificación   se   asentó   en   un   lugar   alto   donde   los   disparos   de   la   artillería


holandesa no podían llegar. De hecho, en esa atalaya es donde estaba situado el fuerte y
la altura del risco es de 116 metros sobre la costa que baña el pie de la loma.

Al viejo fortín ruinoso debieron hacerle algo más que blanquearlo. Gracias a Marco
Ramerini  disponemos de una transcripción del  propio  fuerte  de Rum basada en  un
boceto que se conserva en la biblioteca de la Universidad de Leiden, y que representa la
costa   oeste   de   Tidore.   Se   trata   de   un   dibujo   realizado   por   un   soldado   o   navegante
anónimo holandés y que Walter Hellebrand —a quien Ramerini agradece la pista sobre
la existencia del apunte— comunicó.

En las cartelas del grabado hay una mención al fuerte «Rúmo». Ramerini señala
que lo que se observa en la representación gráfica «parece ser un pequeño fuerte o una
casamata situada en lo alto de una colina próxima al mar. El fuerte estaba cubierto de
un techo a dos aguas y tenía forma cuadrada».  En el lado sur de la fortificación se
percibe   una   bandera   española   con   la   cruz   de   Borgoña,   «que   era   la   utilizada   en   los
tercios   de   infantería   española   durante   el  XVI  y  XVII».   Se   lee:  Rumo.   Hier   hadde   den
Spaignard een cleyne vasticht, es decir,  «Rum. Aquí tenían los españoles una pequeña
fortaleza».

La   edificación   tenía   dos   plantas,   una   ubicada   al   nivel   de   la   playa   —donde,


veremos,   ahora   se   encuentra   la  placa   que   se  colocó   en   1993  en   memoria   de   Elcano
rubricada por la Embajada de España en Indonesia y el buque escuela  Juan Sebastián
Elcano—, y otra sobre la colina que domina el puerto y el canal entre Tidore y Ternate.

Varios documentos en español, a los que ha accedido Mario Ramerini, citan a los
capitanes, oficiales o soldados del fuerte de Rume. Lucas Vergara lo describe como una
fortificación cercana a Marieku que contrarrestaba la «enemiga del holandés y la del
Ternate de Marieku». Rodrigo de Mesa fue posiblemente su primer capitán, allá por
1619. Le sucedieron Francisco Ximénez en 1620 y el obispo Pedro de Mora, en 1621.
Una   nueva   y   última   expedición   procedente   de   Filipinas   en   el   año   1623,   que
mandaba don Pedro de Heredia, sirvió para reforzar las defensas y mejorar el tráfico de
especias. En Rum había una factoría al mando del capitán Alonso Fajardo al frente de
«las fuerças de Rume». Pero a esas alturas los españoles dependían menos de Ternate
como centro de aprovisionamiento. Ahora comerciaban en otras islas y se levantó una
nueva factoría­almacén en Macasar , cuyo sultán había convertido en atractivo puerto
472

para los diversos mercaderes europeos.

La   flota   española   que   llegaba   anualmente   desde   Manila   hasta   Ternate,   la   del
Socorro del Maluco  que  comentábamos, no podía acercarse  al puerto  de Talangame
debido a los arrecifes y a los corales. La opción más segura y adecuada seguía siendo la
del   embarcadero   de   Rum,   el   más   cercano   a   Ternate   y   que   además   gozaba   de   la
protección   artillera   del   fuerte   de   San   Lucas   del   Rume.   Desde   el   puerto   de   Rum,   el
armamento, la munición, los caudales para el pago de oficiales y tropa, los víveres y los
bastimentos, se descargaban y se distribuían en kora­koras o fustas, que los repartían a
los otros fuertes españoles: Nuestra Señora del Rosario, Santa Lucía (y San Francisco) de
Calamata, San Pedro y San Pablo y los propios fuertes de San Lucas del Rume y San
José de Chovo. Asimismo, la utilización de la galera que los españoles tenían en su
escuálida flota moluqueña, servía a este propósito, pues la galera a remo contrarrestaba
los vientos cambiantes en esas aguas y proporcionaba mayor versatilidad.

Alrededor   de   los   años   1625   o   1626,   el   capitán   Esteban   Somoza   y   Losada   fue
nombrado   jefe   del   fuerte   de   Rume,   donde   permaneció   durante   unos   meses.   Le
sucedieron Francisco Alfaro (1630); Alonso Serrano (1632); Agustín Cepeda (1635­1639)
y Francisco de Zúñiga (1639­1640).

Ternate, en un grabado  de finales  del siglo   XVII.  Aunque se ve en primer plano uno  de los  fuertes, la isla


mantenía el mismo aspecto que cuando llegaron por primera vez los europeos.
Vista   de   la   isla   de   Ambon   hacia   1620.  En   1605   el  fuerte   portugués   Victoria   fue   tomado   por   la   Compañía
Holandesa de las Indias Orientales para hacerse con el monopolio de la lucrativa producción de clavo. Inicialmente, su
primer gobernador holandés, Frederik Houtman mantuvo buenos contactos con los jefes amboneses, pero no duraron
mucho; la compañía no tardó en organizar expediciones punitivas para contrarrestar la venta de clavos a sus rivales.

En agosto de 1632 Pedro de Heredia, gobernador español de Ternate, durante una
conversación con el sultán de  Tidore  fue  informado  por  este  de que  los holandeses
tenían intención de dar un golpe de mano en el fuerte de Rume. Heredia trasladó la
información al capitán del fuerte, Alonso Serrano, para que pusiera en máxima alerta a
su   compañía.   Como   había   tres   lugares   en   la   fortaleza   desde   donde   observar   los
movimientos —es decir, las dos plataformas del fuerte una al nivel de la playa y la otra
en el edificio— y otra en el edificio del fuerte propiamente dicho, Heredia envió a un
pequeño refuerzo de 20 soldados y al capitán Andrés de Azcueta Menchaca para que
guarnecieran   las   plataformas   del   fuerte   y   reforzasen   la   guardia.   Fuese   porque   los
holandeses  tuvieron noticia del refuerzo  o fuese  porque la noticia del sultán era un
bulo, lo cierto es que nada sucedió después.

Al mes siguiente (17 de septiembre de 1632) el sultán volvió a dirigirse por carta a
Heredia alertándole sobre el riesgo de sublevación de los tidores. Aquello nuevamente
puso en situación de alerta máxima a los fuertes de Tidore y Rume, y se ordenó no
admitir a ningún indígena en los fuertes españoles en la isla. Pero tampoco esta vez
sucedió nada.

A   través   de   un   tercer   aviso,   esta   vez   del   gobernador   Heredia,   se   dio   cuenta   a
Serrano el 18 de octubre del mismo año, de que si alguna embarcación de la isla de Morí
venía con una bandera blanca, debía desconfiar, pues se trataba claramente de asesinos
y enemigos a los que había que rechazar. Rumores circularon sobre la existencia de un
«indio   de   Rume   que   estaba   de   acuerdo   con   los   holandeses   para   traicionar   a   los
españoles».
Todos   estos   bulos,   alarmas   y   rumores   hicieron   a   Heredia   sospechar   que   quien
podría tratar de urdir la traición era el propio sultán de Tidore, que a mediados de
noviembre   quiso   retirar   70   guerreros   suyos   presentes   en   Rume.   En   aquel   momento
Heredia ordenó a Serrano que mantuviera al menos 40 tidores en la guarnición, porque
sospechaba que el sultán quería, con algún propósito inconfesable, debilitar la defensa
de   Rume.   Heredia   lo   reforzó   enviando   40   soldados   que   hizo   luego   regresar   en
diciembre de 1632 cuando, al parecer, las aguas volvieron a su cauce.

En   diciembre   saltó   otro   rumor,   esta   vez   señalando   al  sultán   de   Ternate,   Cachil
Hamja, a quien atribuían el deseo de querer capturar el fuerte Rume.

Nada, salvo la tensión cotidiana, volvió a alarmar a San Lucas del Rume desde
entonces,   salvo   el   progresivo   acercamiento   del   sultán   de   Tidore,   Saifudin,   a   los
holandeses. Al final, el juego del sultán fue desvelado y, en 1639, fue ejecutado por los
españoles.

En 1647 el capitán Francisco Pérez Nabarro, piloto mayor, daba noticia que, no por
conocida, dejaba de ser menos interesante al reafirmar la posición del fuerte Rume:

El lugar donde los españoles construyeron el fuerte del Rume estaba ubicado en la parte noroeste de
la isla frente a la isla de Maitara y dominaba el estrecho canal entre Tidore y Ternate, también aquí estaba
el mejor puerto de la isla de Tidore donde a menudo los barcos europeos pararon 473.

Pasado el tiempo, hacia 1653, la fortificación quedó en tan mal estado que su obra
de «madera vieja y podrida» fue sustituida por una de cal y canto bajo el gobierno de
Francisco de Estaybar.

El fuerte de Santa Lucía de Calamata (1618)

En ese año, el sultán de Tidore había reclamado un fuerte al norte de la isla. Fue el de
Rum, como acabamos de ver. Rum era el punto de la costa de Tidore más cercano a la
de Ternate. Los holandeses viendo amenazadas sus posiciones por la proximidad del
fuerte   Rum,   respondieron   rápidamente   edificando   un   fuerte   en   Calamata,   con   el
objetivo de dificultar y vigilar las comunicaciones españolas entre ambas islas.

Ya hemos anticipado más arriba que los españoles no tardaron en reaccionar a la
respuesta   holandesa   en   esta   especie   de   juego   de   ajedrez   con   las   fortalezas   y   los
baluartes que se movían en las dos islas como si se tratase de un tablero.

En 1618 el gobernador español Lucas Vergara Gaviria, viendo en peligro el fuerte
de San Pedro y San Pablo ante la proximidad del Calamata holandés, y especialmente
en ese momento en que gran parte de su guarnición se había trasladado al fuerte Rum,
decidió atacar el fuerte de los holandeses.

En   una   decisión   inmediata,   ordenó   que   la   galera   transportase   soldados   desde


Tidore para que, en conjunción con los de San Pedro y San Pablo, atacasen el Calamata.
Nuevamente la acción se desarrolló, como de costumbre, por la noche, con una columna
de   80   soldados   españoles   apoyados   por   40   tidores   y   20   márdicas   (ternates
cristianizados)  que  llegó  al  amanecer   a las  proximidades   del  fuerte.   Viendo   que  las
garantías   de   éxito   eran   pocas,   ya   que   el   número   de   atacantes   y   las   municiones   no
bastaban  para una empresa  tan complicada como asaltar un fuerte  bien guarnecido,
decidieron acampar en la llanura situada enfrente de la fuerza holandesa, esperando
que estos hicieran una salida para combatir en términos de mayor igualdad. Como los
holandeses no salían de la fortaleza, la presencia de los acampados se fue prolongando.
Finalmente,   las   tiendas   dieron   paso   a   la   construcción   de   un   fuerte   provisional,
utilizando troncos de árboles y la fajina del terreno sobre el que acamparon. De manera
que lo que iba a ser un ataque terminó convirtiéndose en la creación de un nuevo fuerte
español, al establecer un punto fortificado muy próximo a la línea enemiga, a escasa
distancia del Calamata holandés.

El 12 de diciembre de 1618, lo fundaron oficialmente. Como correspondía al día de
Santa   Lucía,   fue   denominado   como   fuerte   de   Santa   Lucía   de   Calamata.   Su   primer
capitán fue Juan de Chaves.

Con   las   dos   plazas  fuertes   de   Nuestra   Señora   del   Rosario   y   de   Santa  Lucía   de
Calamata, la isla quedó dividida entre españoles y holandeses, ocupando los primeros
la costa oriental y los holandeses la occidental. La isla de Ternate disponía de un único
puerto   natural,   Talagame,   que   se   situaba   entre   el   fuerte   español   de   Santa   Lucía   de
Calamata y el holandés fuerte Orange, y que nunca fue dominado por ninguna de las
dos naciones europeas . 474

La cercanía  entre  ambos Calamatas, donde los enemigos estaban separados  por


escasos metros, hizo que ambos bandos vivieran en un estado de alerta continua. En
cuanto algún grupo pequeño de soldados o un habitante de la población refugiada salía
de  la protección de  las murallas, corría  el riesgo de ser sorprendido  y  atacado. Ir  a
buscar leña o a por agua podía terminar con un trágico final . 475

La imposibilidad de rendir los fuertes, cada vez mejor construidos, más sólidos y
mejor protegidos, dio pie a la lucha de emboscadas. Esta guerra de desgaste, basada en
el ardid y la sorpresa, encajaba en la estrategia tanto de unos como de otros que, ante la
falta   de   medios   para   la   toma   o   el   asalto,   utilizaban   la   incesante   debilitación   de   las
fuerzas  del adversario. Por ese motivo la llegada de refuerzos solía traducirse en el
aumento de estratagemas para los que eran reforzados. Ese fue el caso del ataque en
1621, aprovechando la llegada de Pedro de Heredia. Entonces la guarnición de Santa
Lucía de Calamata atacó por espacio de tres horas el Calamata holandés. Las fuerzas del
capitán   Rodrigo   de   Mendoza   ocasionaron   un   considerable   número   de   bajas   (30
holandesas) frente a las 11 españolas . 476

El hecho volvió a repetirse en 1623 esta vez con motivo de la llegada del nuevo
gobernador   Pedro   de   Heredia,   cuando   los   españoles   emboscados   en   el   exterior   del
Calamata holandés lograron dar muerte a cinco enemigos.

El goteo de bajas, unido a la continua presión, fueron factores que debieron pesar
en la decisión del gobernador general holandés de las Molucas quien, finalmente en
1623,   ordenó   abandonar   Calamata   y   replegarse   sobre   el   fuerte   Malayo.   Ramerini
mantiene   que solo a regañadientes esta decisión fue aceptada por el gobernador de
477

Ternate,   Le   Febvre,   pues   en   el   informe   que   dirigió   al   gobernador   general   de   las


Molucas,   De   Carpentier,   no   cesó   de   insistir   en   la   importancia   de   mantenerse   en
Calamata, siendo consciente de que de otro modo el fuerte iba a ser inmediatamente
ocupado —como así fue— por las fuerzas españolas desde sus puestos de Santa Lucía
de Calamata y de San Pedro y San Pablo . 478

El 3 de enero de 1624 los holandeses todavía no lo habían decidido, aunque la idea
de  abandonarlo   y   demolerlo  iba  ganando   terreno.   Hasta  1625  fueron  arrastrando  la
solución de desmantelarlo debido a la presión y firmeza que los españoles mantenían
en esa área, que aconsejaba a los de Holanda hacerse fuertes allí. Pero la situación acabó
siendo insostenible y la guarnición se terminó marchando. Ni que decir tiene que el
abandono fue aprovechado por los españoles —en 1626— para ocuparlo, reconstruirlo,
bajo la dirección de su capitán, don Pedro de Jarjaquemada, rebautizarlo bajo el nombre
de San Francisco de Calamata y no abandonarlo hasta su evacuación de las Molucas en
1663.

En efecto, en 1626 los españoles se precipitaron a ocupar la posición. Las obras de
recuperación del fuerte San Francisco de Calamata están citadas por Ramerini, que se
hace eco de testimonios de soldados españoles —Juan de Heredia Ormaetegui, Vicente
Valenciano o el capitán Juan de Jara Quemada— que documentaron la participación en
la ocupación y en las labores de reconstrucción del fuerte. A través de Heredia podemos
saber que los españoles optaron por instalarse en el Calamata holandés (a partir de
ahora llamado San Francisco de Calamata), que debía ser más sólido y más defendible,
y que debido a la escasez de recursos en la zona y a la dificultad de la obtención de
materiales de construcción, la reedificación del nuevo fuerte se hizo a expensas de los
materiales del antiguo fuerte español Santa Lucía de Calamata. Con los dos fuertes de
Calamata   en   manos   españolas   y   la   expulsión   de   los   holandeses   de   su   baluarte   en
Marieku (Tidore), que poco les duró, la libertad de acción de los españoles en Ternate
era ahora muy amplia. Obviamente, en estas circunstancias tenían las manos libres para
hostigar a los holandeses concentrados en el fuerte Malayo, y no fueron infrecuentes los
asaltos o intentos de asalto.

Desde   San   Francisco   de   Calamata   los   españoles   continuaron   con   su   política   de


hostigamiento   y  guerra   de  atrición  contra  ternates   y  neerlandeses   que  se  atrevían   a
aventurarse al sur de su fuerte principal, el fuerte Malayo.

En 1627 tuvo lugar un ataque al mando del sargento mayor Pedro Palomino. En
1629, el sargento mayor Francisco González, capitán de Calamata, lideró una salida con
30 españoles hacia un numeroso grupo enemigo que se encontraba pescando (más de
100   ternates,   márdicas   y   angleyes   del   fuerte   Malayo).   Emboscados   en   un   manglar
localizado en las proximidades del fuerte, los españoles lanzaron el ataque, que se saldó
con decenas de muertos y 11 prisioneros.

Otra emboscada de renombre tuvo lugar en 1633. Unos 70 españoles, mandados
por el  capitán Alonso  Serrano, se mantuvieron emboscados durante  dos días en  las
afueras del fuerte Malayo. Se acercaron por la noche, en kora­koras o fustas, moviéndose
sin ruido, ordenando a los hombres que al llegar a la costa no apoyasen los bicheros en
los ramajes, para no despertar a los pájaros y que estos dieran la alarma. Llegaron 50
procedentes   de   Nuestra   Señora   del   Rosario   y   20   de   Calamata,   degollando   a   los
centinelas de las garitas y quemando el barrio extramuros.

Ese año, el gobernador general de Manila, Cerezo de Salamanca, ante la pérdida de
naves del «socorro», malogradas en los ataques holandeses en años anteriores, dio la
orden de que el «socorro» fuese siempre escoltado por dos naves de guerra, cada una
con una compañía de infantería (que hacían así el relevo de la fuerza ya estacionada en
las Molucas).

En 1637, el gobernador Pedro de Mendiola, ayudado y espoleado por la llegada de
un gran «socorro» desde Manila, ordenó al sargento mayor González Cáceres lanzar un
nuevo   asalto   sobre   la   fuerza   de   fuerte   Malayo.   Las   filas   holandesas,   que   se   habían
formado en el exterior del fuerte, tuvieron que replegarse al interior de las murallas.

Años   más   tarde,   el   nuevo   gobernador,   Francisco   Suárez   de   Figueroa,   lanzó   al


ataque   a   100   españoles   mandados   por   el   capitán   Bernabé   de   la   Plaza,   que   terminó
igualmente obligando a los holandeses a retirarse sobre fuerte Malayo, con bajas.

Los acuerdos de Münster pusieron cierto freno a tanta emboscada y golpe de mano.
San   Francisco   de   Calamata   albergaba   un   total   de   40   soldados   entre   españoles   y
pampangos. Las órdenes del gobernador de Ternate, Fernández del Río, firmadas en el
fuerte de Nuestra Señora del Rosario el 28 de abril de 1649, confirman aún la existencia
de   un   estado   de   alerta   y   amplían   la   información   sobre   la   vida   cotidiana,   como   la
existencia de cultivos en el exterior de las murallas para avituallamiento de las tropas,
las   visitas   de   los   comerciantes   para   vender   o   intercambiar   sus   mercancías   con   los
soldados del fuerte, o el trueque de tabaco por ropa de los soldados . 479

El fuerte Tjsobbe o fuerte de San José de Chovo (1640)

En 1640 los españoles iniciaron la construcción de otro fuerte en la punta norte de la isla
de   Tidore.   Lo   llamaron   San   José   de   Chovo,   por   asentarse   en   la   punta   Tjsobbe,
enfrentada al fuerte Malayo (Orange). San José de Chovo o fuerte Tsjobbe fue un buen
complemento al fuerte Rume, ya que por los vientos era el mejor puerto durante la
época del monzón.

Gerónimo   de   Silva   menciona   en  1613   «la  punta   de   Chovo»,   pero   no   dice   que
480

hubiera nada construido sobre ella.

Los holandeses empezaron a mencionarlo alrededor de 1643. Hay una alusión al
armamento del fuerte Chovo, motivada por el temor de que los españoles pudieran
colocar   allí  dos  grandes  piezas  de  artillería   que  alcanzasen  el  fuerte  Orange,   en  la
481

vecina isla de Ternate, muy próximo a la punta de Tjsobbe, en Tidore. Según parece, el
gobernador Wouter Seroijen, para contrarrestar los posibles efectos de Chovo, mandó
construir un bastión en la playa de Ternate conocido popularmente como «Cállate la
boca»,   desde   el   que,   a   la   distancia   de   un   disparo   de   mosquete,   tenía   a   su   alcance
cualquier   embarcación   que   pasase   entre   las   islas   de   Ternate   y   Tidore,   pudiendo
alcanzar también a Chovo.
Situación de los fuertes de Ternate y Tidore. La imposibilidad de rendir los fuertes, cada vez mejor construidos,
más sólidos y mejor protegidos, dio pie a la lucha de emboscadas. Esa guerra de desgaste encajaba en la estrategia tanto de
unos como de otros que, ante la falta de medios para un asalto, buscaban de manera incesante debilitar a las fuerzas del
adversario.

Un documento español de 1653 arroja luz sobre los trabajos preliminares del fuerte
al  referir  que,  en   1643,  Juan  Camacho   de  la  Peña   se  embarcó  como  soldado   de   la
482

compañía del gobernador de Ternate, Lorenço de Olaso, en el galeón San Juan Bautista.
En Ternate se le encomendó trabajar en la fortificación de «la fuerça de Chouo» y en la
construcción del puerto de Rume, en la isla de Tidore, cuya fortaleza fue mandada por
Manuel Correa (1640) y más tarde por Manuel Colindres (1643). Ambos lugares fueron
colocados en estado de defensa. La cárcel que estaba construida en el puerto de Rum se
trasladó al embarcadero de Chovo, siguiendo el consejo de Diego Rodríguez.

El   mando   del   fuerte   Chovo   fue   confiado   en   esa   fecha   a   Juan   de   Heredia
Ormaztegui,   que   también   procedía   de   Ternate   y   que   luego   fue   remplazado   como
capitán por Pedro Figueroa Pardo. El fuerte quedó definitivamente ubicado en un alto
promontorio que dominaba el estrecho entre ambas islas, que Pedro Figueroa definió
como «frontera del enemigo holandés y Ternate» . 483
Hasta 1661 no vuelve a haber referencias a Chovo en la documentación española, y
lo hace para dejar constancia de las obras en el fuerte, que se fue ampliando durante los
años 1653 y 1654 con nuevas viviendas para la infantería.

Según fuentes holandesas, el edificio fue abandonado por los españoles en 1661,
pero el dato no es correcto, ya que hasta 1663 el fuerte siguió albergando una pequeña
guarnición. En el año 1662, esta vez sí, el gobernador de Ternate, Agustín de Cepeda,
recibió órdenes del gobernador general de Filipinas, Manrique de Lara, para clausurarlo
y concentrar en sus alrededores —sobre todo en el embarcadero de Rum— los equipos
y bastimentos de todas las guarniciones de todas las islas, como veremos más adelante.

En   1670,   después   de   su   destrucción,   el   informe   del   padre   Miguel   de   Pareja   al


gobernador de Filipinas, Manuel de León, certificaba que «el estado del fuerte que los
españoles llamaron “Cubo” (sic) está tan alterado que no hay memoria de ello» . 484

El último encontronazo antes de la Paz de Münster (1642)

Parecía que se preparaba el último fogonazo antes de silenciar las armas. El gobernador
Fernández del Río —en su primer mandato— ordenó al sargento mayor Pedro Figueroa
Pardo que dirigiese un ataque sobre el fuerte Malayo. Los españoles lo llevaron a cabo
el   27   de   marzo   de   1642,   formándose   en   dos   columnas.   La   primera   progresó
directamente   desde   la   playa   y   la   segunda,   que   se   había   acercado   con   sigilo   a   la
proximidad   de   la  muralla,  quedó   emboscada   buscando  el   factor   sorpresa   ante  unos
enemigos   que   les   superaban   en   número.   Los   ternates   salieron   de   Orange   para
escarmentar   a   los   atacantes,   pero   las   cosas   se   torcieron   para   ellos.   La   muerte   del
«sangaje» Cudavez, que mandaba la fuerza, y a quien el sargento mayor Figueroa cortó
la cabeza, provocó la retirada de los ternates hacia el interior del fuerte Orange, y los
españoles quedaron dueños del Rosado, que es como se llamaba a la explanada situada
a la entrada de la fortaleza holandesa . 485

No añadió nada al equilibrio de fuerzas esa escaramuza, pero pareció ser la rúbrica
final a un periodo de luchas que parecían inacabables.

La Paz de Münster de 1648

El Tratado de Münster, conocido igualmente como Paz de Westfalia, fue firmado el 24
de octubre de 1648. Oficialmente el texto sancionaba el fin de la Guerra de los Treinta
Años en Alemania y de la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos.

Pero los participantes, en la firma del documento de los Ochenta y de los Treinta
fueron lógicamente muchos más. Porque hubo más países implicados: el Sacro Imperio
Romano Germánico, Francia, Suecia, Dinamarca y las ya citadas Monarquía Hispánica y
las Provincias Unidas holandesas.

Salieron ganando la Francia del cardenal Mazarino, que terminó por convertirse en
potencia   hegemónica   en   Europa;   Holanda,   que   vio   reconocida   su   independencia,   y
Suecia,   que   mandó   en   el   Báltico   y   obtuvo   Pomerania,   Wismar,   Bremen   y   algunos
territorios más a costa de Alemania.

Dinamarca perdió sus posesiones, arrebatadas por Suecia; España tuvo que aceptar
la independencia de la República de Holanda, y el Sacro Imperio Romano Germánico
perdió   peso   al  proclamarse   la  primacía   de   los  príncipes   alemanes,   lo   que   de   hecho
suponía la desvalorización y merma del poder del emperador.

Pero quizás lo más característico del Tratado de Münster fue que consagraba un
nuevo marco político en el que afloraba el nacimiento de las naciones, lo cual certificaba
el fin de la Monarquía Universal. Era el colapso ideológico de la idea que tuvo en su día
el emperador Carlos I. Un borrón y cuenta nueva en Europa.

El pomposo título II declaraba un perdón general a los Estados, de manera que:

Habrá en un lado y en el otro un olvido perpetuo, amnistía o perdón de todo lo que ha sido cometido
desde el inicio de estos problemas (…); todo lo que ha pasado en un lado y en otro (…), daños y gastos
(…), serán enterrados en el olvido eterno.

Entrando en la materia que nos interesa, el artículo V del tratado establecía normas
aplicables a españoles y holandeses en la Especiería, al señalar que:

Los españoles mantendrán su navegación del modo que la tienen al presente en las Indias Orientales,
sin poder extenderse más adelante, como también los habitantes de los Países Bajos se abstendrán de la
frecuentación de las Plazas, que los castellanos tienen en las Indias Orientales.

Es   decir,   a   cambio   del   reconocimiento   de   los   derechos   holandeses   en   aquellos


territorios que no se hallasen bajo el control español, Holanda aceptaba la soberanía
española   en   Filipinas,   se   comprometía   a   no   ampliar   sus   posesiones   en   las   Indias
Orientales y, de acuerdo con el contenido de este artículo V, los Países Bajos afirmaban
asimismo el derecho a la conservación por parte de España de los fuertes en Ternate y
Tidore y a la navegación por las aguas que les rodeaban. Hubo asimismo un arreglo con
Holanda sobre los territorios americanos, donde esta renunciaba a la extracción de sal
en Punta de Araya (Venezuela), a condición de que se reconociese la soberanía sobre
algunas islitas caribeñas, como Guayana, Aruba, San Martín, Antillas holandesas y el
territorio de Nueva Ámsterdam . 486

Se daba un año de plazo a partir de la fecha de conclusión del tratado en las Indias
Orientales, «porque es necesario mucho tiempo para avisar…».
En realidad, hasta que el tratado llegó a aplicarse transcurrieron cerca de dos años.
Los 79 artículos que lo componían y los referentes a la navegación y el comercio, que
fueron   objeto   de   otro   tratado   separado,   hicieron   que,   de   hecho,   hasta   1650   nadie
pudiera reprochar a otra de las partes los casos aislados de violencia.

En   las   Molucas,   los   que   llevaban   peleando   varias   décadas,   y   que   tan   escasa
atención habían prestado a la tregua de 1609, eran reacios a aplicar los términos de la
paz firmada en Europa. Seis meses después de la teórica entrada en vigor del tratado,
los   españoles   decidieron   lanzar   el   último   ataque   sobre   sus   tradicionales   enemigos
europeos.

En   Ternate,   el   gobernador   de   las   islas   Molucas,   Pedro   Fernández   del   Río ,   se


487

responsabilizó de la acción desde el fuerte de Nuestra Señora del Rosario. Del Río, había
recibido noticias sobre la llegada próxima de una gran flota de 14 naves y 800 soldados
holandeses   quienes,   seguramente,   no   iban   a   presentarse   cargados   de   buenas
intenciones. Temió Del Río la invasión de Ternate y acometió una serie de reformas y
preparativos para rechazar la eventualidad de un ataque, además de reclamar refuerzos
desde Filipinas. En la ciudad de Nuestra Señora del Rosario:

Reforzó los ocho baluartes que tenía el fuerte, así como la muralla que cerraba el
barrio de extramuros.

Reconstruyó San Pedro y San Pablo, rehecho una y otra vez al norte de la ciudad de
Gammalamma en la falda de la colina, con la idea de que fuera una segunda línea de
retirada si la ciudad tenía que ceder ante el ataque holandés.

Mejoró la defensa marítima al haber armado una nueva galera de 14 bancadas,
cuya   utilidad   ya   había   sido   probada,   consiguiendo   detener   los   ataques   sobre   las
pequeñas embarcaciones propias y capturar a las enemigas, liberando a 18 españoles y
57 aliados locales .488

Concluido todo, decidió tomar la iniciativa y ejecutar el ataque, que respondía así a
una acción preventiva.

El primer combate a pesar de la Paz de Münster

El día 12 de febrero de 1649 tres barcos españoles procedentes de Manila consiguieron
fondear en el puerto de Rum evitando ser interceptados por los galeones holandeses
que habían ido a esperarlos en su aproximación a las Molucas. En Ternate, 150 soldados
de   la   guarnición   española   a   las   órdenes   del   sargento   mayor   Sánchez   de   la   Cuesta,
estaban listos para acoger al cuerpo expedicionario. De este modo, los de Ternate fueron
reforzados por otros 200 españoles que trajo la flota. Sánchez de la Cuesta, asimismo,
tenía a su órdenes a 500 guerreros auxiliares: 200 pampangos de la isla de Luzón, que
habían venido con la escuadra de refuerzo; 200 márdicas, nativos locales cristianizados
y que habitaban en el arrabal extramuros de la ciudad de Nuestra Señora del Rosario, y
100 indígenas tidores más, al mando de su propio sultán, Cachil Said, gran amigo del
sargento mayor Martín Sánchez de la Cuesta, quienes se conocían desde 1640, cuando el
español mandaba el fuerte de Rume y desbarató un ataque conjunto ternate­holandés
dirigido contra la isla de Tidore.

Pedro Fernández del Río ordenó conducir el ataque contra el fuerte Orange. Los
enemigos   se   encontraban   acantonados   en   él.   La   guarnición   se   componía   de   una
compañía de «124 holandeses» , aunque fuentes diversas dan noticia de que en los años
489

inmediatamente anteriores la cifra era de 205 en 1647 y de 270 en 1648 . Nada tendría 490

de extraño que en 1649 rondase un número similar. Acompañaban a los holandeses
entre 300 y 500 ternates, según las fuentes que varían.

La táctica española no fue esta vez muy distinta a la utilizada en todos los demás
golpes  de mano, emboscadas, razias o facciones, como se llaman a veces en fuentes
españolas, que se venían produciendo desde 1521. No podía haber otra con la fuerza
enemiga siempre recluida en los fuertes, cercanos a las playas o radas de difícil acceso
desde   el   mar.   Los   bastiones,   a   su   vez,   estaban   naturalmente   protegidos   por   la
vegetación de la isla, frondosa y tupida, y por la dificultad de la marcha entre peñascos
y rocas.

No  existían prácticamente  espacios aptos para el  despliegue,  ni tenía  sentido  el


combate en campo abierto porque allí, en las islas de Tidore y Ternate, apenas había
campo abierto. De manera que el asalto de Martín Sánchez de la Cuesta tuvo que ser
como   lo   habían   sido   todos:   acercarse   sigilosamente,   aprovechar   el   factor   sorpresa,
provocar la salida del adversario, atacar y replegarse.

Y   eso   fue   lo   que   hicieron.   Los   hispano­tidores   se   dirigieron   al   fuerte   Malayo


(Orange para los holandeses) tomando el control de todos los pasos que conducían a las
tapias   de   piedra   del   fuerte.   El   combate   iba   a   tener   lugar   en   el   Rosado   del   Malayo,
explanada que constituía el único lugar menos poblado de matorrales, casi una pradera.

Sánchez de la Cuesta ordenó al ayudante Martín de Garay que se acercase con 10
soldados   españoles   y   algunas  tropas   auxiliares   indígenas   a   las  puertas   de   acceso   al
fuerte. Sánchez guardaría el paso principal y la retaguardia con el núcleo mayor de
fuerzas y una reserva (unos 60 soldados).

Los holandeses y ternates reaccionaron haciendo salir del fuerte a una tropa de
fuerzas locales para repeler la provocación. Chocaron bajo el baluarte de Punta Real, lo
que se saldó con la victoria de las fuerzas atacantes. El contingente, por uno y otro lado,
debía   ser   muy   pequeño,   de   modo   que   los   holandeses   para   terminar   con   la   riña,
enviaron a una segunda fuerza —imagino que algo más nutrida— para desalojar a los
atacantes, cuyo número no debía ser tampoco significativo. El resultado fue el mismo.

El tercer intento fue más serio. En esta ocasión los holandeses decidieron salir ellos
mismos en número de 124 . Al combate acudieron 40 mosqueteros y, es de suponer, el
491

resto de los infantes serían piqueros y alabarderos. Pero las fuerzas atacantes sumaban
ya 200 hombres. Allí se enzarzaron por espacio de una hora, lo que daría tiempo a los
hombres de Sánchez de la Cuesta a reforzar a los de Garay. Otras fuentes lo confirman
también.   Así,   Juan   de   Ytamerren,   uno   de   los   soldados   que   combatió   en   el   Rosado
Malayo y que decapitó a un soldado ternate, confirma que la duración de la lucha se
alargó por espacio de una hora.

Los   españoles,   no   obstante,   conscientes   de   la   imposibilidad   de   mantener   por


mucho   tiempo   el   cerco   de   la   fortaleza   o   ir   más   allá   en   su   ataque,   se   replegaron
satisfechos por la cantidad de prisioneros conseguidos y de armas capturadas.

En  el  espinoso  capítulo  de las bajas las fuentes  españolas y  tidores  coincidirán,


aunque no las del adversario, como es lógico.

Para   el   sultán   de   Tidore   fueron   94   la   suma   de   muertos   en   combate,   heridos   y


prisioneros del bando holandés. Entre los muertos destacan un capitán holandés, un
cabo de la tropa y dos tambores o cajas de guerra. Se retiraron maltrechos al interior del
fuerte   Malayo   11  soldados  europeos,   holandeses,   desheredados   de   la   gloria   y   de   la
fortuna. También se destaca la captura de 85 mosquetes (sic), quizás exagerada porque
la cifra de los mosqueteros que Campo López da citando a Tiele y Heeres , no pasaba 492

de 40.

Dentro de las bárbaras costumbres bélicas de las islas, y los españoles se habían
contagiado de ellas, decapitar al enemigo era práctica común, pues la cabeza enemiga se
consideraba un trofeo de guerra. En esta acción los españoles cortaron 13 cabezas del
bando holandés, según relata el soldado José Cerillo, que se encontraba a las órdenes
del capitán Lázaro de Herrera.

El sargento mayor Sánchez de la Cuesta señala 18 muertos en las filas holandesas,
12 prisioneros y la pérdida de 65 mosquetes y arcabuces , cifra que hace pensar que los
493

mosqueteros eran más de los 40 que señalan Tiele y Heeres  y menos de los 85 que
computa el sultán de Tidore.

Desde el lado holandés corroboran la derrota de sus fuerzas, exagerando el número
de  atacantes, que el informe  del gobernador general  Cornelis van der  Lijn, las hace
ascender a 250 mosqueteros españoles, reforzados por 600 tidores armados con espadas
y   escudos.   Pero   coincide   con   Sánchez   de   la   Cuesta   al   señalar   el   número   de   11
prisioneros   —entre   ellos   un   capitán—   llevados   a   Nuestra   Señora   del   Rosario   y   18
soldados decapitados en combate . 494

Mucho eco tuvo la victoria del combate en Manila. Al año siguiente, el 9 de marzo
de   1650,   el   gobernador   español   de   Ternate,   Pedro   Fernández   del   Río,   falleció   de
enfermedad en la isla por la que tanto había combatido. Su fama perduró por algún
tiempo, como suelen hacerlo las famas menores. En la carta que se envió a todos los
regidores  de Manila y a S. M. el  rey,  se reconocía  que  gracias a Fernández  del  Río
«ganaron singular reputación las armas de vuestra majestad en todo aquel archipiélago
y diferentes reinos que en él hay» . Así se informó desde Manila, el 6 de agosto de 1650,
495

a Felipe IV, que, posiblemente, nunca supo quién fue don Pedro Fernández del Río.

Un   año   después   del   asalto   y   combate   del   Rosado   del   Malayo,   los   holandeses
quisieron tomarse la revancha. El 22 de febrero de 1650, la flota de ayuda procedente de
Manila sufrió un ataque a la entrada de Ternate. El «socorro», al mando del gobernador
Francisco de Esteibar, se encontró al amanecer con dos naves de guerra holandesas que
le estaban esperando. Los holandeses querían desquitarse de la derrota sufrida en el
Rosado del Malayo. Pero no iba a resultarles tan fácil. Después de un combate de cuatro
horas,   la   flota   española   logró   entrar   en   Ternate.   Las   armas   no   callaban   y   el   recelo
continuaba.

Ello se comprueba en las instrucciones que Francisco de Esteibar dio el 9 de junio
de 1650, pues, aunque ya se reconociera el establecimiento de acuerdos derivados del
Tratado de Münster en las islas, se prohibía la entrada de cualquier visita enemiga a la
fortaleza,   así   como   el   intercambio   comercial   entre   la   zona   española   y   la   zona
neerlandesa . 496

No   fue   hasta   el   «socorro»   del   año   siguiente,   1651,   cuando   el   gobernador   de


Filipinas dio órdenes de no enfrentarse a las naos holandesas y de informarles sobre las
paces firmadas en Europa. Aquello puso fin a los enfrentamientos directos.

Pero si, efectivamente, cesaron los enfrentamientos cara a cara, no terminaron las
tretas  y  emboscadas   por   vía  interpuesta   con  los  ternates   y   los  tidores   como   activos
combatientes   intermediarios.   El   sultán   de   Ternate   intensificó   su   hostilidad   hacia   los
españoles, con el apoyo, consejo y ayuda material de Holanda. En Tidore, sin embargo,
los españoles no reaccionaron ante la provocación y se mantuvieron cautos y pacíficos.
Ello no fue entendido por los tidores, que perseveraron en sus ataques a los ternates y
holandeses. Al sultán de Tidore los tratados de paz de Westfalia le parecían algo muy
lejano y ajeno a las reyertas de aquellas islas. Interpretó la atonía de los españoles como
un cambio de actitud y la alianza se fue entibiando. El sultán siguió desobedeciendo las
llamadas   a   la   templanza   que   continuamente   le   hacían   los   españoles.   La   política   de
contención   que   con   machacona   insistencia   ordenaba   aplicar   Manila,   y   el   cambio   de
dinastía en Tidore complicaron la situación aún más. El nuevo sultán Saifudin era muy
propicio al entendimiento con los holandeses. Desde hacía años había llevado a cabo
una política de acercamiento. Los halagos, las ayudas en armas y en dinero a las tribus
locales   —que  multiplicaron  los  holandeses—,   surtieron  su  efecto.  Los tidores  de   las
nuevas generaciones, incluido su nuevo sultán, no fueron una excepción.

El final (1663)

Los   últimos   años   del   dominio   español   en   las   Molucas   fueron   de   gran   dificultad.
Asediados   por   los   sultanes   de   Ternate   y   Tidore,   con   la   revuelta   local   propiciada   y
lubricada por la VOC, el sultán Saifudin —cuyo padre había sido ejecutado en 1639 por
su acercamiento a los holandeses— firmó una alianza con la VOC que complicaba la
situación de los españoles en las islas. Por si fuera poco, acordó con la VOC destruir las
claveras de su isla a cambio de una compensación económica. En 1652, los holandeses,
después de desplazar a los portugueses y a los españoles en el cultivo y comercio del
clavo de olor, introdujeron en las Molucas una política conocida como «la extirpación».
Todos los árboles de clavo no controlados por la compañía fueron desarraigados. La
Compañía   de   las   Indias   Orientales   limitó   asimismo   las   toneladas   que   exportaba
anualmente para mantener los precios abusivamente altos. El excedente de cosecha fue
quemado o arrojado al mar. Era la dictadura del monopolio. La tiranía de la fragancia.
El clavo de olor, o era holandés o no sobrevivía.

Con este panorama como horizonte, los indígenas de ambas islas, con dinero y con
armamento facilitados por los holandeses, iniciaron asedios a los fuertes españoles . 497

Por ese motivo, en el año 1663, el gobernador de Filipinas, Sabiano Manrique de Lara,
decidió   la   evacuación   y   desmantelamiento   de   las   fuerzas   en   las   Molucas,   que
comenzaban a ser una pesada carga económica y militar para las Filipinas.

De   acuerdo   con   las   órdenes   de   Manrique   de   Lara,   el   desmantelamiento   de   los


fuertes   españoles   siguió   un   protocolo   preciso   que   consistía   en   transportar   todo   el
material (municiones, artillería y aprestos) desde las fortalezas desmanteladas hasta la
«fortaleza   del   Rumen»,   en   la   isla   de   Tidore,   determinado   como   el   último   lugar   en
demolerse, ya que amparaba al puerto más importante y seguro de la isla en manos de
los españoles . Una compañía fue enviada para demoler Chovo y las otras fortalezas.
498

La función la llevó a cabo el obispo Juan de Origuey, que acompañado por el oficial que
mandaba las fuerzas de Tidore, Diego de Salazar, capitán de las galeras de Ternate,
certificó   que,   en   1662,   «la   demolición   y   retiro   fueron   confiados   al   obispo   Juan   de
Origuey,   quien   trabajó   personalmente   allí,   logrando   transportar   la   artillería   y   las
municiones a Ternate».
En ese mismo año, el 2 de junio de 1663, los españoles abandonaron finalmente
todos los fuertes de las Molucas. Entre las murallas y baluartes que se mencionan como
derruidos, aparece el fuerte de San Pedro y San Pablo . Van de Wall, en su visita a las
499

Molucas y en la relación de las ruinas de las fortalezas que publicó en su conocido libro
de 1920  De Nederlandsche oudheden en de Molukken, refiere que aún se podían ver sus
ruinas  situadas a la espalda de  la ciudad  española de Ternate  y separadas  por una
carretera. Los restos, no obstante, se encontraban prácticamente cubiertos de arena.

No fue así como las encontré yo en 1993 y, aunque su interior era una selva que
crecía entre piedras derruidas, el exterior presentaba aún restos muy aceptables de lo
que fue el fuerte.

En   1663  también   el   fuerte   San  Lucas   del   Rume   fue   desmantelado,   aunque   solo
parcialmente . Fue el último de todos los que abandonaron los españoles y se utilizó
500

como punto de concentración para la última flota después de que la ciudad de Ternate y
las   otras   guarniciones   en   las   islas   fueran   destruidas   e   incendiadas   por   los   propios
españoles en su definitivo repliegue a las Filipinas. Rume tuvo el privilegio de ser el
último bastión. El que protegía el puerto en manos españolas. Quizás fuera por eso, o
por la urgencia de la partida, la fortaleza solo fue desmantelada en una pequeña parte . 501

El   padre   Pareja   dio   noticia   en   1670   de   que   «no   quedaba   piedra   sobre   piedra»,
porque todo había sido trasladado a Ternate por los holandeses para ser utilizado en
sus obras de fortificación . Van de Wall, que también tuvo oportunidad de visitar las
502

ruinas de Rume en 1920, señaló que una parte de la estructura de media luna en la
playa, estaba todavía en pie, al igual que el polvorín . 503

A lo largo del último día de mayo y los primeros de junio de 1663, las  últimas
tropas españolas abandonaron Tidore. Era también el episodio final de una relación que
había comenzado hacía 142 años con la llegada de Elcano, precisamente a esa rada o
fondeadero de Rum, el 18 de noviembre de 1521.
CONCLUSIÓN

¿ M ERECIÓ LA PENA?

«Llegan con oro y parten con pimienta».

En   esa   frase   se   resumía   la   relación   de   los   comerciantes   y   marinos   de   las   naos


portuguesas con los mercaderes de la costa india de Malabar. Y otro tanto podía decirse
sobre   las   operaciones   que   llevaban   a   cabo   con   el   clavo   y   la   nuez   moscada   de   las
Molucas.

Pedro Alfonso de Lorosa, portugués asentado en Ternate, comentó a Pigafetta en
1521:

…todos los años muchos juncos van de Malaca a Bandán a comprar macis y nuez moscada de donde
pasan a las Molucas a cargar clavo. El viaje dese Bandán a las Molucas se hace en tres días y en quince se
va de Bandán a Malaca. Este comercio es el que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual
lo oculta con empeño a los españoles504.

I
Resultó evidente que quien salió ganando al descubrir su camino hacia las especias fue
Portugal, y que era la ruta oriental hacia ellas —la portuguesa— y no la occidental —la
española—, la que resultó rentable.

Hasta entonces, en cada etapa de ese largo viaje desde Oriente  a Occidente,  un


intermediario diferente incrementaba el precio de fardos, sacos y barriletes, de modo
que, cuando llegaban a Europa, las especias habían alcanzado un valor astronómico. A
veces, un mil por cien.
Ataque holandés a Tidore en 1605. La presencia española en las Molucas transcurrió en un vaivén de golpes y
contragolpes entre todos los bandos que, con asaltos a baluartes y fortalezas en medio de bosques de clavo, trataban de
custodiar aquellas islas. Grabado de Simon Frisius realizado entre 1606 y 1610. Rijksmuseum, Ámsterdam.

Al ahorrarse los intermediarios, las naos portuguesas permitieron asignar precios
más baratos en Lisboa y aun así obtener un beneficio sustancial. Fue una operación
hábil   e   inteligente.   Por   cada   ducado   invertido   sacaban   cien.   Esa   fue   la   gran  jugada
portuguesa.

Sin embargo, el espectacular descubrimiento del Mar del Sur, intuido en las cortes
portuguesa y española pero descubierto por el extremeño Nuñez de Balboa, alentó el
sueño castellano de haber encontrado una vía rápida hacia la Especiería que llenaría las
arcas del emperador. Hacía falta, tan solo, localizar el paso hacia él, y Magallanes y su
flota castellana lo encontraron. El envite del emperador Carlos había resultado ganador.
Esa fue la gran jugada española.

A   pesar   de   todo,   la   travesía   del   Atlántico   —aunque   conocida—   no   evitaba


temporales y huracanes. Y aún quedaba embocar el estrecho de Magallanes. Un largo y
penoso cruce por las aguas de Tierra de Fuego. El «paso» era interminable y traidor con
las naves. En él las corrientes imprevistas las hacían derivar y los vientos abatir a su
capricho. Además, a las islas de la Especiería no se llegaba nada más doblar el cabo de
Hornos.   La   ruta   era   todavía   larga,   muy   larga.   Cuando   las   naves   terminaban   de
franquear aquel canal oceánico, se abría ante ellas el desafío de atravesar el Pacífico,
inmenso, caluroso, exangüe, donde la muerte diezmaba a las naves, de capitán a paje,
para llegar al final a las islas de la Especiería en las que había que combatir casi a diario
para mantenerse en ellas.

Finalmente, sí era cierto, la ruta occidental se había descubierto; pero era dilatada
en tiempo y costosa en hombres, en naves y en caudales. Aquellas travesías eran  el
prólogo de toda una serie sucesiva de desastres. Las flotas que alcanzaban las Molucas
lo   hacían   en   cuadro.   Seis   expediciones   fueron   enviadas   desde   1521   hasta   1543.   Las
cuatro   primeras   salieron   desde   la   Península.   De   todas   ellas,   no   llegó   más   que   un
insignificante y heroico porcentaje. Eran los tiempos náufragos. Al constatar el índice de
pérdidas  en tan largas distancias, se ordenó que las demás lo hicieran desde Nueva
España o Filipinas, para ahorrarse la travesía del Atlántico y, sobre todo, el «paso» del
estrecho.

Pero,   aun   así,   los   porcentajes   de   éxito   en   las   navegaciones   continuaron   siendo
mínimos. Las estadísticas son demoledoras. De las 26 naves que zarparon en esas seis
exploraciones , solo 6 de ellas arribaron a la Especiería y solo una regresó a su puerto
505

de origen, la Victoria de Elcano.

Por otra parte, el hecho de que alguna de esas 26 naves hubiera alcanzado las islas,
por gloriosas que hubieran sido sus singladuras, no cumplía el objetivo que deseaban el
emperador,   los   armadores   y   los   inversores,   pues   la   finalidad   de   la   travesía   hacia
aquellas islas seguía siendo el acopio de especias para el comercio. Y eso no era posible,
ya   que   en   cuanto   la   nao   tocaba   las   costas   de   la   Especiería   debía   prepararse   para
combatir contra la presencia portuguesa —lo que consumía todas las energías— y, una
vez vencidas las dificultades de los combates, debía recolectar el clavo, estibarlo en la
nao en churlas, toneles o barrilitos y retornar a su puerto de partida; algo que no fue
factible hasta la fecha del hallazgo del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565, es
decir,   cuando   ya   se   habían   enviado   y   prácticamente   perdido   las   seis   flotas
expedicionarias.

Ni en la corte del emperador Carlos en Valladolid, ni en los patios y estancias del
palacio del virrey en Nueva España, ni en las salas de la Casa de la Contratación de
Sevilla,   era   eso   lo   que   se   esperaba.   En   síntesis,   en   contra   de   las   predicciones   de
Toscanelli,   la   realidad   les   enfrentaba   a   un   viaje   largo,   peligroso   y   costoso   que   no
garantizaba el objetivo que se reclamaba de ellos, y que no era otro que lograr por la
ruta occidental lo que Portugal había conseguido, con mayor comodidad y éxito, por la
ruta oriental.

II
La   presencia   española   en   las   Molucas   fue   de   resistencia.   Es   cierto   que   llegaron   a
asentarse   contingentes   expedicionarios   durante   largos   años,   alternando   periodos   de
calma con los de lucha como aliados de los tidores, en fragor cainita contra los ternates
y los portugueses, o bien fraguando alianzas con los indígenas tidores y los portugueses
—durante   el   periodo   de   la   fusión   de   las   dos   Coronas—   contra   sus   perpetuos
adversarios, los ternates y los holandeses. Pero la mayor parte del tiempo transcurrió en
un tedioso vaivén de golpes y contragolpes, entre las descargas de lombardas y sacres
de las fustas tripuladas por uno y otro bando que surcaban las aguas saladas y tibias de
la Especiería y los asaltos a los baluartes y fortalezas que, en medio de bosques de clavo,
trataban de custodiar aquellas islas.
En cualquier caso, esa estancia protegiendo la soberanía que siempre creyeron que
pertenecía a España fue tan honrosa en la lucha como estéril desde el punto de vista
comercial. Y ello fue así porque desde las Molucas era imposible, con especias o sin
ellas,   navegar   hacia   España   recreando   la   ruta   que   había   inaugurado   Juan   Sebastián
Elcano. Lo impedían las flotas portuguesas, alertas para asegurar en exclusiva el uso del
mar y negárselo a los adversarios, bloqueando el acceso a las aguas del  Índico y del
Atlántico, como más tarde hicieron los buques holandeses de la temible VOC.

Incluso el hallazgo de la ruta del tornaviaje, cuando finalmente se produjo y facilitó
el  regreso  a Nueva España, no  solucionó  las necesidades  que suscitaba la presencia
militar y comercial española en la Especiería. El refuerzo de hombres, armas, pólvora,
aparejos y material desde México era lejano, tardío y costoso. No se podía competir con
la cómoda presencia de Portugal, que podía suministrar refuerzos desde Malaca en 18
días  o incluso desde  Goa, cuando —por el contrario— las jornadas desde  Ternate o
Tidore hacia Nueva España eran de seis meses de navegación como promedio.

Con el fin de paliar estas dificultades, el recorrido de las flotas hacia la Especiería se
fue acortando más. Pronto quedaron clausuradas las expediciones que partían desde las
distantes Sanlúcar o La Coruña y se zarpó desde Nueva España, y finalmente desde las
Filipinas, para llegar a hasta Ternate y Tidore. La única opción viable y rentable iba a
ser la ruta de Manila a Tidore.

Vistas así las cosas, no resulta criticable el Tratado de Zaragoza (1529). Una mente
bien  entrenada  como la de Carlos I era  consciente  de que la actividad de una gran
empresa  comercial  fundamentada  en un recorrido  que  daba  la vuelta al mundo, un
mundo  mayor  y   más  peligroso  de   lo  que  se   había  creído,   no  podía  ser  un  negocio
rentable. Con la venta al rey de Portugal de los debatidos derechos sobre las Molucas, se
reducía la tensión con el país vecino; el emperador apaciguaba un flanco que deseaba
que permaneciese en armonía y se procuraba fondos —350 000 ducados— necesarios
para la inminente guerra  contra los turcos y contra Francia, como lo reclamaba  una
política imperial deficitaria en sus finanzas.

Portugal sí que aprovechó desde 1512 el comercio con las especias que, entre unas
cosas y otras, le duró hasta que los holandeses expulsaron a la comunidad lusitana de la
isla de Ternate en 1575 y de la Especiería en 1605. Pero mientras tanto, durante esos casi
cien años, el valor de aquel colosal comercio costeó los gastos de la corte de Lisboa, de
sus flotas y del Imperio portugués.

Iván Obolensky realizó un cálculo con valores actualizados. En Goa, 125 libras de
pimienta negra podían comprarse por el equivalente a 3000 o 4000 dólares americanos
actuales. Esos mismos fardos de deseadas especias podían venderse en Venecia por un
precio que en la actualidad rondaría los 100 000 o 120 000 dólares. El quintal de nuez
moscada, que se adquiría  en sumas equivalentes a los 3000 o 4000 dólares actuales,
podía llegar a adjudicarse  a los consignatarios en Londres  o en París por 2 100 000
dólares .
506

Si   estas   cifras,   calculadas   aproximadamente,   sorprenden   por   su   exceso   y


desproporción, imaginemos el impacto que debió causar la carga de la nave Victoria de
Elcano  a su llegada a Sanlúcar con 520 quintales de clavo. Y pensemos la alegría  y
excitación que se hubiera producido en los muelles si, en vez de la  Victoria, las cinco
naves de la flota hubieran regresado en idénticas condiciones. Esos eran los cálculos que
se hacían en las lonjas sevillanas y que sobrepasaban, por mucho, las expectativas de
«quadruplicar»   el   precio,   que   era   a   lo   más   que   aspiraban   los   armadores   y   los
consignatarios antes de que las naves de la Especiería zarpasen desde los muelles de
Triana o de La Coruña.

Por   eso,   los   números   empujaban   a   intentarlo   a   pesar   de   todo.   El   Tratado   de


Zaragoza (1529) fue observado hasta cierto punto —ambiguamente con Villalobos—,
pero desde luego no lo fue en absoluto una vez que los holandeses expulsaron a los
portugueses de las Molucas.

Quedaba claro que lo que había perseguido Hernán Cortés para Nueva España —
que   era   mucho   más   que   mercadear   en   el   ámbito   geográfico   mexicano—   no   pudo
cumplirse. Posiblemente él llegó a pensar, o al menos a desear, que la extensa tierra del
virreinato,   proyectada   hacia   al   Pacífico,   quedase   enmarcada   en   la   abundancia   que
podría   proporcionar   aquella   almoneda   pujante   de   especias   y   plata.   Otro   sueño
inalcanzable,   sobre   todo   a   la   luz   de   la   impresionante   superficie   del   territorio   que
abarcaba 14 países, actualmente soberanos, y 16 estados de los actuales Estados Unidos
de   América .   La   financiación   que   él   preveía   para   ese   enorme   territorio   terminó
507

dispersada por los temporales, los vientos huracanados y las interminables distancias
de los océanos.

Ese proyecto oceánico de un virreinato que extendiera sus orillas desde las costas
del Atlántico, en el golfo de México, hasta los límites finales del océano Pacífico, donde
sus   aguas   rozaban   las   del   mar   de   Banda,   explica,   sin   embargo,   el   establecimiento
español en Filipinas —ante la dificultad de hacerlo en las Molucas— y revela el sentido
que tuvieron las expediciones de Villalobos (1542) y Legazpi (1546) para proveerse de
mercados y especias . 508

III
Pero bajando de las quimeras a la realidad, no estaría de más apuntar que la expansión
imperial o de la Monarquía Hispánica hacia Oriente fue siempre residual. Una vez que
el   Tratado   de   Zaragoza  zanjó   la  adscripción   geográfica   de   las   Molucas   en  favor   de
Portugal, Filipinas quedó como la tímida excepción que justificó la presencia española
en el Lejano Oriente.

A pesar de ello, a raíz de la salida de Portugal de las islas de las especias, hubo
cuatro  expediciones españolas que llegaron desde Filipinas a Ternate, Tidore o Jailolo,
509

con el objetivo de combatir a los locales o a los holandeses y recolectar clavo y nuez
moscada en la zona productora de las especias, aunque hubiera que abastecerse de ellas
con las armas y regresar con la carga. Y lo hicieron con éxito. Hubo aún algunas más,
como la de Juan de Silva en 1615, que fracasó por sublevación de la escuadra, y la de
Pedro de Heredia, con nueve barcos desde Manila, que, en 1623, coronó felizmente la
visita con abundante recolecta de clavo y otras especias. Hasta la regularización del
tráfico comercial —en otros tiempos y en otras condiciones—, a partir de 1640.

Ante la pasmosa voracidad del gasto que suponía organizar aquellas flotas, cabría
preguntarse:   ¿a   quién   beneficiaban   esas   millonarias   expediciones?;   ¿por   qué   razón
persistieron en ello si el beneficio era tan escaso?

Las anheladas especias nunca formaron parte del tráfico exportador a España como
mercaderías.   Simplemente,   por   todas   las   dificultades   descritas   no   se   llegaron   a
comercializar, al menos hasta la segunda mitad del XVII.

El cambio tiene la fecha de 1640. Fue el momento de la separación de Portugal, lo
que permitió que España pudiera participar en el comercio de las especias, enviando a
Nueva España el clavo recolectado en su factoría de Ternate. A partir de ese momento,
España tuvo las manos libres para comerciar abiertamente. Entonces sí. Las enormes
posibilidades que ofrecía la plata de las Indias, en barras o amonedada en reales de a 8,
se   tradujo   en   una   realidad   comercial   fructífera   con   el   galeón   Manila­Acapulco.   Ello
permitió a los comerciantes chinos atraer ingentes cantidades de plata a cambio de seda,
telas de lino, marfiles, joyas, porcelana blanquiazul, lacas, pedrerías y también especias.

La factoría que los españoles mantuvieron en Ternate dinamizó el comercio. Los
barriles se enviaban a Manila para que se cargasen en el galeón que los transportaba a
Acapulco.   Desde   allí,   y   solo   en   limitadas   proporciones   y   casos,   proseguían   su   viaje
hacia la Península Ibérica a través de Panamá, donde las recuas de mulas cruzaban el
istmo hasta llegar a la costa, para embarcar las cargas en la flota de Tierra Firme.

Los mercaderes establecidos en las Indias se quejaron de que las especias pudieran
terminar en Sevilla, y protestaron señalando que los señores del monopolio sevillano
del tráfico con el Nuevo Mundo deseaban, además de la prerrogativa que ya mantenían
en ultramar, incrementar su riqueza con las mercancías y con los productos vegetales de
Oriente. Para ellos no era un secreto —para nadie lo fue—, decían que la canela y el
clavo eran tan valiosos como el oro. De aquí que se opusieran a que el comercio de las
Molucas se enviase a Andalucía a manera de graciosa dádiva de los reyes.

Pese   al   complicado   entramado   legal   y   burocrático   que   regía   el   comercio   y   las


pretensiones  de  los  mercaderes  sevillanos,  el  tráfico  entre  Nueva   España  y   las  islas
Filipinas   floreció   tardíamente   en   la  segunda   mitad  del   siglo  XVII;  y   solo   las  migajas
llegaron a Sevilla.

En la balanza del comercio intervinieron de un lado los intereses del monopolio de
la Casa de la Contratación, que esta vez quedaron orillados, y de otro las legítimas
ambiciones y beneficios de los virreinatos de Ultramar. Entonces hubo especias para los
comerciantes, plata y beneficios para los distribuidores y alegría para los armadores.
Pero fue por breve tiempo. Apenas veintitrés años que no justificaron los ciento veinte
de naufragios y luchas.

IV
Por último, debe señalarse que el balance comercial de la conquista de la Especiería
quizás no resultaría aprobado. La cuenta de resultados, en puros términos comerciales,
arrojaría un abultado debe a la luz del insignificante valor conseguido en la transacción
de un comercio tan fabuloso como era el de las especias; lo mismo podría decirse ante la
dramática pérdida de centenares y centenares de vidas humanas en la tierra y en la mar,
los   miles   y   miles   de   ducados   de   oro   invertidos,   y   las   docenas   y   docenas   de   naves
naufragadas.

Una parte de la historia de todos estos hechos que se han narrado yace en el fondo
del   mar.   Pero   no   es   la   más   significativa.   El   mar   —sin   ninguna   duda—   está   tan
íntimamente   asociado   a   nuestra   historia   que   debe   ser   una   permanente   referencia   y
testimonio de ella. Pero no podemos resignarnos a contemplar los mares sin más, como
mudos   testigos   de   ese   pasado   histórico   porque,   como   escribió   Alejandro   Paternain:
«¿Qué huella dura en su superficie?»; y, ciertamente, en ella «no queda memoria y los
caminos tortuosos de los hombres, los vaivenes, los arranques y los arrepentimientos y
los retrocesos son borrados con pacífico o tormentoso desdén» . 510

Por   ese   motivo,   para   que   no   sea   así,   la   referencia   a   esa   memoria,   a   la   de   sus
hombres, a la de sus naves, a la de sus éxitos, a la de sus logros y a la de sus sacrificios
debe constar en el haber del balance de esa cuenta de resultados de la que hablaba. Y
repetirla   una   y   otra   vez.   Y   en   ella   hay   que   consignar   la   mención   específica   de   los
triunfos,   los   alcances   y   las  experiencias   irrepetibles:   el   descubrimiento   de   un   nuevo
océano que  daría  acceso a Asia por el occidente;  la travesía  del estrecho,  al sur del
continente americano, que permitió la unión oceánica entre América y Asia; la primera
circunnavegación de la Tierra; el descubrimiento de las islas Filipinas, en las que los
españoles   se   asentarían   hasta   casi   comienzos   del   siglo   XX,   y   de   otros   archipiélagos
durante la travesía del Pacífico; el hallazgo de los vientos y las corrientes que hicieron
posible el tornaviaje y, gracias a ello, la creación de la ruta comercial Manila­Acapulco a
través del galeón que perpetuó más de 200 años ininterrumpidos de singladuras; y para
los creyentes, que siempre fueron mayoría en la Península y en las clases dirigentes de
las Indias, la evangelización y la expansión de la fe cristiana, que fue, sin duda, uno de
los logros que más valoraron.

No se consiguió tener a mano la Especiería y sus riquezas en un fácil y regular
trayecto por occidente. El precio alto de su acceso y el beneficio bajo tras su inversión, lo
desaconsejaron. Pero todo lo que se logró en aquel empeño fue mucho más de lo que
incluso,   en   sus   sueños,   en   sus   fantasías   y   en   sus   más   optimistas   quimeras,   pudo
imaginar incluso Cristóbal Colón.
EPÍLOGO
Visita del buque­escuela
Juan Sebastián Elcano.
Recuerdo de la Armada

Q UE LAS ESPECIAS HAYAN PERDIDO CASI TODO SU BRILLO  en el siglo XXI se debe en gran
parte a que ha desaparecido el misterio del tráfico y los lugares donde crecen .
Ha habido un tránsito de desilusión o desmitificación. El mito de aquellos fardos
y barriles de especias que iniciaban su viaje desde las desconocidas costas de la India y
511

las lejanas islas de Oriente, transportados en caravanas clareadas durante las noches por
la sola luz de la luna, o cargados en naves que recibían la implacable luz del sol de los
océanos, hoy son exportados en contenedores y se encuentran expuestos en las repisas
de los supermercados, siendo el neón la única luz que los ilumina.

Por ello, recuperar parte del recuerdo de lo que las especias fueron en su pasado, a
través   de   la   lectura,   siempre   añade   sigilo   y   misterio,   y   de   paso,   rinde   homenaje   a
aquellos que las buscaron, las hallaron y las transportaron por millas y leguas.

Por ese motivo, cuando terminé el libro Spain and the Moluccas. Galleons around the
World  envié ejemplares a aquellas personas e instituciones en España y en Indonesia
que   habían   apoyado   la   idea;   es   decir,   a   las   autoridades   nacionales,   regionales   y
académicas y, por supuesto, a los sultanes de Tidore y Ternate.

Obviamente, no podía faltar en la lista de los destinatarios en España el almirante
jefe del Estado Mayor de la Armada, don Carlos Vila, un apasionado de la historia y
autor   de   varios   trabajos   y   estudios,   entre   los   que   cabría   destacar   su   participación
extensa en Los descubrimientos españoles en el Mar del Sur.

En mi carta del 12 de noviembre, en la que le enviaba el libro, le proponía el fondeo
y una ceremonia del buque­escuela Juan Sebastián Elcano, si en alguna ocasión se llevaba
a   cabo   un   crucero   de   instrucción   por   aquella   parte   del   mundo.   Su   respuesta   llegó
después de las Navidades de 1991. El 17 de enero de 1992 recibí su serena contestación a
mi   sugerencia,   hecha   con   más   apasionamiento   que   el   que   requería   la   sosegada
programación del crucero de instrucción:

Me comentas la posibilidad de que nuestro buque escuela Juan Sebastián Elcano, durante el crucero
del año que viene, visite Yakarta, fondeando previamente en la isla de Tidore —y añadía—; comparto tu
opinión sobre el interés histórico de la visita (…) Ello me ha impulsado a ordenar que se estudie este
asunto con todo interés, tratando de satisfacer tu propuesta.

El 22 de septiembre de 1992 me comunicó la magnífica noticia de que se incluían en
el LXIV Crucero de Instrucción los acontecimientos —Yakarta y Tidore— en ese año. El
buque­escuela zarpaba de Cádiz el 26 de septiembre y preveía realizar «el fondeo en
Tidore el 30/31 de marzo de 1993».

Ello ofrecía una oportunidad que no debía dejarse pasar. Le propuse que el buque­
escuela fondease en aquellas aguas y que se rindiese un homenaje en el mismo lugar
donde   Juan   Sebastián   Elcano   y   las   tripulaciones   de   la  Trinidad  y   la  Victoria  habían
desembarcado y se habían establecido 471 años atrás, cerca del embarcadero de Rum, la
primera factoría española en las Molucas.

El hecho de conmemorarlo suponía una experiencia cargada de simbolismo que
había que preparar a conciencia. Pensé que el mejor modo de prolongar el testimonio de
aquella hazaña era plasmarlo en una placa. Diseñé una de mármol negro (1,40 x 0,90 m)
que   se   descubriría   durante   la   ceremonia.   El   texto   que   evocaba   la   ocasión   estaba
redactado   en   tres   idiomas   —español,   bahasa   indonesio   e   inglés—,   firmado   por   los
escudos de la Embajada de España en Yakarta y el buque­escuela de la Armada,  Juan
Sebastian Elcano, y preparé la visita posterior al descubrimiento de la placa, con la visita
de la dotación del Elcano a los restos de los fuertes españoles.

A partir de ese momento, me comuniqué con el comandante del buque, el entonces
capitán   de   navío   don   Ángel   Tajuelo   Pardo   de   Andrade,   a   quien   le   informé   de   la
organización del homenaje y el descubrimiento de la placa y le propuse la asistencia de
la   Compañía   de   Guardiamarinas,   con   bandera   y   banda,   izado   de   banderas   y,   por
último, la colocación de coronas al pie de la placa inaugurada en memoria de la Trinidad
y la Victoria.

Su actitud entusiasta y colaboradora hizo que tanto los preparativos, la ceremonia y
la estancia posterior  se coordinasen a la perfección  con el programa que  diseñamos
desde la embajada. Nada que extrañar, tratándose de la Armada. El resultado fue un
éxito desde todos los puntos de vista. El día 30 de marzo de 1993 atracó el Juan Sabastián
Elcano  en   el   puerto   de   Ternate.   Recordaré   siempre   el   emocionante,   elegante   y
protocolario recibimiento a bordo, con los honores que se rinden a los embajadores de
España. Terminado el ceremonial, fueron invitados a bordo los gobernadores (bupatis)
de Ternate y de Tidore y autoridades locales, y todos nos trasladamos al embarcadero
de Rum.
Yo   había   elegido   la   playa   de   Rum.   Durante   mi   visita,   hacía   dos   años,   había
imaginado ese lugar como el ideal para la colocación de una placa conmemorativa si un
día alguien decidía hacerlo. Y allí estaba el Juan Sebastián Elcano y toda su tripulación.

Allí la emplazamos. Al pie de los restos del antiguo fuerte­factoría de San Lucas de
Rume, el último en ser evacuado por las fuerzas españolas en 1663.

Las autoridades de Tidore habían llevado a cabo un trabajo excepcional, limpiando
los accesos de la vegetación tropical; habilitando el soporte  que  mantenía la pesada
placa   de  mármol  que  el   personal  de   la  embajada   dirigido   por   Miriam   Padilla  llevó
desde   Yakarta;   allanando   la   playa   para   que   pudiera   acoger   cómodamente   a   la
formación   de   la   fuerza   desembarcada   y   acondicionando   el   lugar,   de   manera   que
invitados   y,   sobre   todo,   mandos,   oficiales,   guardiamarinas,   suboficiales   y   marinería
permanecieran en el lugar durante la ceremonia, con la mayor comodidad.

Los medios de comunicación habían aireado la celebración del evento, y no solo en
las Molucas, sino en Yakarta y otras ciudades indonesias.

Los habitantes de la isla de Tidore asistieron entre interesados y curiosos a aquella
ceremonia   de  evocación, que   no  esperaban,   y  aquel  día  tuvieron  la  oportunidad   de
conocer   que   aquellos   actos   tenían   que   ver   también   con   sus   antepasados   y   que   la
tripulación del barco llegado había querido reconocer y recordar.

La   playa   del   embarcadero   fue   el   marco   que   acogió   la   bandera   portada   por   la
guardiamarina doña Esther Yáñez, escoltada por dos oficiales. Una vez en la playa se
escucharon los himnos, el discurso, la oración, y se llevó a cabo el rito de la entrega de
las coronas de flores de homenaje, que colocamos el comandante del buque­escuela,
don Ángel Tajuelo y yo; mi compañero el embajador de España en Malasia, don Manuel
Alabart —invitado por la conexión histórica evidente del territorio de su jurisdicción y
las especias—, y el gobernador de Tidore con algunas autoridades más.

El almuerzo posterior que el comandante Tajuelo ofreció a bordo estuvo cuidado
hasta el menor detalle por él y por el segundo al mando, el entonces capitán de fragata
don Juan Carlos Rodríguez Toubes. Yo había previamente invitado al acto, obviamente,
a   los   sultanes   de   Tidore   y   Ternate,   a   los   que   el   comandante   Tajuelo   convidó   al
almuerzo. Desde Yakarta les pedí que les preparasen tres bolsas de batik, cerradas con
una   cinta   con   los   colores   de   la   bandera   de   España,   que   contenían   unas   muestras
simbólicas de clavo, nuez moscada y canela, que las islas producían, y solicité a los dos
sultanes  que, junto conmigo, se las entregásemos al comandante Tajuelo  al final del
almuerzo, para que se las ofreciera a S.M el rey don Juan Carlos I a su llegada a Madrid.
Recreamos así el rito de las especias.
Con esa liturgia de la entrega, tratábamos de rememorar la idea que subyacía en las
misiones expedicionarias del comercio de las especias ordenadas a lo largo de la historia
por SS.MM los reyes Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV.

Hoy día el recuerdo permanece en la playa de Rum. Las autoridades de la isla,
perpetuando su generosa tradición de amistad con España, han construido un recinto
que es visitado por los turistas y los curiosos, con una tapia blanca que ciñe el espacio
donde está colocada la placa y la custodia.
1 Jack Turner. Las especias. Historia de una tentación. Pág. 41. Acantilado. Barcelona, 2018.

2Idem. Pag. 42.

3   Patricio   Hidalgo  Nuchera.  Auge  y   caída  del  comercio  de   las   especias.   Universidad   Autónoma   de
Madrid. Madrid, 2018.

4 Pierre Chaunu. La expansión europea (siglos XIII al XV). Labor. Nueva Cío. Barcelona, 1982.

5Idem. Pág. 95.

6 J. Turner. Op. cit. Pág. 35.

7 P. Hidalgo Nuchera. Op. cit. Pág. 96.

8 Idem. Pág. 94, citando a John H. Parry,  La época de los descubrimientos geográficos, 1450­1620. Ed.
Guadarrama. Madrid, 1964.

9 J. Turner. Op. cit. Pág. 42.

10Idem. Pág. 23.

11Idem. Pág. 41.

12Idem. Pág. 101

13   Willard   A.  Hanna   y  Des   Alwi.  Turbulent   times   past   in   Ternate  and   Tidore.  Pág.   2.   Editorial
Rumah Budaya. Banda Naira, 1990. Molucas. Indonesia

14  Bartolomé Leonardo de Argensola. Conquista de las Islas Molucas. Pág. 59. Editorial Miraguano
y Polifemo. Madrid, 1992.

15 J. Turner. Op. cit. Pág. 65.

16Idem. Pág. 81.

17Idem. Pág. 30.

18Idem. Pág. 27.

19Idem. Pág. 30

20   Alfredo   Cominges   Bárcena.   «La   primera   circunnavegación»   en   la   obra  Descubrimientos


españoles en el Mar del Sur, Tomo I. Pág. 90. Editorial Naval.Madrid, 1992.

21 Willard A. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 6.
22   Fernández Navarrete.  Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles
desde fines del siglo XV. Tomo V. Págs. 416­417.

23 Juan Génova y Fernando Guillén. «Viaje de Saavedra desde Nueva España» en op. cit.

24 Fernández Navarrete. Op. cit.

25 Bartolomé Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 59.

26Idem. Pág. 58.

27Ibidem.

28Idem

. Pág. 59.

29  En el interior de un estuche de cuero en forma de libro, que se encuentra en el Museo del
Perfume   de   Barcelona,   pueden   verse   dos   botellas   de   perfume   de   cristal   y  un   pequeño
embudo para colmarlas, pertenecientes la reina María Antonieta. Magnífico es también el
estuche de cuero de color rojo o grana, ribeteado con una cenefa dorada, que enmarca las armas en oro
de la reina y que recuerda mucho el diseño de los estuches de Cartier para sus plumas estilográficas,
joyas o relojes.

30 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 59.

31 J. Turner. Op. cit. Pág. 42.

32 Ivan Obolensky. El comercio de las especias. Dynnamic Doingness Inc. Nueva York, 2013.

33 J. Turner. Op. cit. Pág. 98.

34  A. Franklin. La vie privée d’autrefois. Arts et métiers, modes, moeurs, usages des parisiens. Plon. París,
1895.

35  «Memoria de mano de Su Mgd de lo que es servido que se haga en Aranjuez» 11 de junio
de 1563. NB. Add. 28350, ff. 52­55 cit. en Henry Kamen. Felipe de España. Pág. 193. Ed. Siglo
Veintiuno. Madrid, 1997.

36 J. Turner. Op. cit. Pág. 173.

37Idem. Pág. 175.

38Idem. Pág. 186

39 J. Turner. Op. cit. Pág. 278.

40 Jesús Salgado Alba. El buque de escolta en la Armada española. Pág. 47. Ed. Bazán. Madrid, 1989.
41   Esto no se llevó a cabo hasta muy avanzado el siglo   XVI. Posteriormente se recurrió a
forrar   los   fondos   de   las   naos   con   cobre,   menos   pesado,   una   solución   británica   que   se
desarrolló en la segunda mitad del siglo   XVIII. Vid. Agustín R. Rodríguez González,  La
primera vuelta al mundo. Pág. 130. EDAF. Madrid, 2018.

42  La fragata Santa Catalina formaba parte de la expedición de Álvaro de Mendaña, que salió
de   El   Callao   en   abril   de   1595.   Estaba   la   nave   tan   deteriorada,   con   la   obra  muerta   tan
podrida y posiblemente el casco tan afectado por la broma, que los marineros se referían a
ella como «El Santo Sepulcro». Se hundió durante la travesía antes de llegar a Filipinas.

43 La parte del casco que va sumergida.

44 Parte del casco que va desde la borda hasta la línea de flotación.

45  I. A. A. Thompson. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI.
Manuscrito 24. Pág. 106. Keele University. School of History. Newcastle, 2006.

46 Aparejos y cabos de una embarcación.

47  Annie Baert. «Las condiciones prácticas de los viajes de Mendaña y Quirós». Revista Española
del Pacífico, n.º 4. Pág, 28. Madrid, enero de 1994.

48  Juan Génova Sotil y Carlos Vila Miranda. «Notas sobre la Náutica en los siglos  XVI y XVII»,
en la colección Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Pág. 46. Editorial Naval.
Madrid, 1992.

49  Mástil grueso, horizontal, pero algo inclinado hacia arriba, que en la proa de los barcos sirve
para asegurar algunas velas o cabos.

50 J. Génova y C. Vila. Op. cit. Págs. 46­47.

51Idem.

52   Carlos Canales y Miguel del Rey.  Naves mancas. La Armada española a vela de cabo Celidonia a
Trafalgar. Pág. 47. EDAF. Madrid, 2015.

53 J. Salgado. Op. cit. Pág. 123.

54 J. Génova y C. Vila. Op. cit. Pág. 48.

55  Carla Rahn Phillips. El tesoro del San José. Muerte en el mar durante la Guerra de Sucesión española.
Pág. 21. Marcial Pons Historia. Madrid, 2000.

56Ibidem. Pág. 21.

57 Ibidem.

58Ibidem.
59   Pedro Ortiz Armengol. «Los galeones» en la obra  El San Diego. Un tesoro bajo el mar. Pág.31.
Madrid, 1995.

60   Juan   Génova   y   Carlos   Vila.   «Notas   sobre   la   natural   náutica   en   los   siglos   XVI  y  XVII»   en
Descubrimientos españoles en el Mar del Sur, pág. 49, citando Fernández Duro pág. 462.

61  Esteban Mira Caballos, «Pedro Menéndez de Avilés diseñó el modelo de flotas de la Carrera
de Indias». Revista de Historia Naval. Págs. 11­14. Madrid, 2006.

62 Idem. Pág. 11. Menéndez de Avilés fue también un estimado constructor de barcos y un
excelente cartógrafo. Construyó un buque que él mismo llamó «galeoncete», al cual los
expertos consideran el precedente fallido de las futuras fragatas.

63  E. Mira Caballos. Las armadas imperiales. La guerra en el mar en tiempo de Carlos V y Felipe II, págs.
193­234. 2005, citando a Juan Melgarejo.

64  Carla Rahn Phillips. Seis galeones para el rey de España. La defensa imperial a principios del siglo  XVII.
Págs. 47 y 48. Alianza Editorial. Madrid, 1991.

65  E. Mira Caballos, citando las Ordenanzas de la navegación. Palencia, 28 de septiembre de 1534.
AGI. Indiferente General 1961. L­3, ff. 164v­168r. Op. cit. Pág. 14.

66Ibidem.

67  Guillaume Legentil de la Galaisiere. Voyage dans les mer de l´Inde fait par lórde du Roi. Pág. 225.
Tomo II. París, 1779.

68Ibidem.

69
Memorial sobre la navegación de las Indias hecho por Pedro Menéndez de Avilés que fue capitán
general a la Nueva España y vino de ella en el año 1556. AGS Consejo de Castilla 46. Doc. 38.
Citado por E. Mira Caballos. Op. cit. Pág. 16.

70Ibidem.

71 Bernardino de Mendoza. Op. cit.

72  Genoveva Enríquez Macías. «Bucear en los archivos». Arqueología Subacuática. PH Boletín
40/41.   Pág.   135.   La   versión   preliminar   del   artículo   fue   originalmente   publicada   en   la
revista argentina Noticias de Antropología. El texto de donde está tomada la cita corresponde
al artículo citado: «Bucear en los archivos», coordinado por Mónica Patricia Velentini y Genoveva
Enríquez Macías.

73 Francisco Santiago Cruz. La Nao de China. Pg. 132. Editorial Jus. México, 1962.

74 A. Baert. Op. cit. Pág. 31.

75 Longitud máxima.
76 Tonelaje o capacidad.

77 F. Santiago Cruz. Op. cit. Pág. 119.

78   Mariano Juan Ferragut. «El galeón de Manila». Pág. 41.  Revista de Historia Naval. Cuaderno
monográfico nº 66. España en Filipinas. Octubre, 2012.

79 J. Cervera Pery. La estrategia naval del Imperio. Pág. 180. Ed. San Martín. Madrid, 1989.

80   John   Lynch.  Monarquía   e   Imperio   en   el   reinado   de   Carlos   V.   Pág.   438.   Santillana   Ediciones
Generales. Madrid, 2007.

81 J. Lynch. Op. cit. Pág. 442.

82Idem. Pág. 214.

83Idem. Pág. 215.

84 E. Mira Caballos. Op. cit. Pág. 15.

85Idem. 214.

86   Fernando de Bordejé Morencos. «Los españoles y la mar».  Militaria, revista de cultura militar,
número 1. Pág. 30. Editorial de la Universidad Complutense. Madrid, 1989.

87Idem. Pág. 31.

88  Para el conocimiento de la acción pirática contra los buques mercantes y de guerra de la
Armada española, en el periodo que comprende desde 1616 hasta 1800, es imprescindible
la detallada obra de Carlos Canales Torres y Miguel del Rey Vicente,  Naves mancas. La
Armada española a vela de Cabo Celidonia a Trafalgar. Edaf 2011.

89 J. Salgado, citando al jesuita Padre Acosta. Op. cit. Pág. 82.

90  Destinos: Nueva España; Tierra Firme; Honduras; Cartagena; Cabo de la Vela; Santo Domingo;
Puerto de Plata; Monte Cristi; Habana; Santiago de Cuba; Puerto Rico y Jamaica.

91 J. Salgado. Op. cit. Pág. 115.

92 E. Mira Ceballos. Op. cit. Pág. 8.

93   Davide Maffi. «Los frentes militares, 1536­1598». Pág. 39.  Desperta Ferro. Número especial V.
Madrid, 2013.

94 Braudel, Fernando. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Madrid, 1976.

95 Henry Kamen. Felipe de España. Págs. 256­259. Siglo Veintiuno Editores. Madrid, 1997.
96   Diez   naos   guipuzcoanas,   ocho   portuguesas   y   castellanas,   diez   urcas   flamencas   y   una
levantina y un patache. Entre unas cosas y otras, en realidad entraron en combate solo 25
bajeles de guerra.

97  Por parte española hubo 224 muertos y 550 heridos y, aunque no se perdió ningún barco,
todos quedaron con averías. Por parte francesa se perdieron 10 navíos grandes, y se calcula
que hubo unos 2000 muertos, entre ellos, el almirante Felipe Strozzi.

98 J. Cervera Pery. Op. cit. Pág. 115.

99  Magdalena de Pazzis Pi. «La Armada de los Austrias», pág. 94, dentro del estudio Felipe II y la
defensa de la monarquía. Real Sociedad Económica de Amigos del País. Valencia, 2001.

100Idem. Pág. 92.

101 H. Kamen. Op. cit. Pág. 153.

102 El 91,2 % de las pérdidas de naos y galeones se debió a tormentas y huracanes.

103 Bajos de piedra o arena donde se producía el riesgo de encallar.

104  Desde El Callao fue enviado a Sevilla y siempre lo trataron con cortesía. En sus memorias
elogiará la caballerosidad de sus enemigos. En 1602 fue puesto en libertad.

105   Notas  sintetizadas   del  trabajo   de  Juan  M.  Castanedo   «Construcción   naval   y  expansión
marítima española» págs. 107 a 109. España y el Pacífico. Córdoba, 1977.

106Ibidem.

107   No significa que las velas fueran redondas, que en el galeón eran cuadras, sino que la
percha horizontal puede moverse en redondo.

108   Annie Baert. «Las condiciones prácticas de los viajes de Mendaña y Quirós a Oceanía».
Pág. 40. Revista Española del Pacífico n.º 4. Enero­Diciembre 1994.

109   Excepciones   las   hubo   siempre.   En   el   segundo   viaje   de   Mendaña   (1595­1596)   las
mujeres, e incluso los niños, formaron parte de la flota compuesta por cuatro naves
que zarpó de El Callao en junio, rumbo a las islas Salomón. Doña Isabel de Mendaña,
a la muerte de su marido, heredó el liderazgo de la expedición, que llegó a Manila el 11 de febrero de
1596.

110 Cabo grueso que sujetaba el extremo más alto de un palo a los costados del buque.

111  La gavia era una especie de jaula o garita situada en la parte superior de los palos y servía
para colocar el marinero de atalaya.

112 Agustín R. Rodríguez. La primera vuelta al mundo, pág. 67. EDAF. Madrid, 2018.
113   Delphine  Tempère.  Vida y muerte en alta  mar. Pajes,  grumetes y marineros  en  la navegación
española del siglo XVII. Pág. 107. Scholar. google.com. 2012.

114 A. Baert. Op. cit. Pág. 40.

115  José Manuel Sanjurjo Gil. «La artillería naval en el siglo  XVIII». Pág. 62. En Arsenales


y construcción naval en el siglo de la Ilustración. Cuadernos monográficos del Instituto
de Historia y Cultura Naval, n.º 41. Madrid, 2002.

116 Francisco Fernández González. Los barcos de la Conquista. Pág. 45. Santoña, 2000.

117 J. Salgado. Op. cit. Pág. 50.

118  Magdalena de Pazzis Pi. «La Armada de los Austrias», pág. 148, dentro del estudio
Felipe II y la defensa de la monarquía. Real Sociedad Económica de Amigos del País.
Valencia, 2001.

119  García Parreño y Jorge Kadem. Las armas navales españolas. E. Bazán. Madrid, 1982. Cit. por
J. Salgado. Op. cit. Pág. 126­127.

120   Una culebrina de esa época, la  Santa Rufina, obsoleta en el siglo  XIX, pero aún a


bordo de la fragata Nuestra Señora de las Mercedes, hundida en combate en 1804, fue
rescatada y analizada en 2017. El peso de la pieza era de 2 toneladas y media, un
poco más del doble de la media culebrina a la que se refería la ordenanza, y su longitud de 3,8 metros.
Otra de ellas, encontrada en este mismo pecio que intentó expoliar la empresa caza tesoros Odyssey,
llevaba el nombre de Santa Bárbara y, con 4,30 metros de longitud y 2800 kilos de peso, era aún mayor.

121  Coordinado por el arqueólogo submarino Carlos León y las historiadoras navales Beatriz
Domingo y Genoveva Enríquez.

122 E. Mira. Op. cit. Pág. 14.

123 Alonso de Chaves. Espejo de navegantes. Pág. 227. Museo Naval de Madrid, 1983.

124 J. M. Sanjurjo. Op. cit.

125  Javier López Martín. «El artillado de las naves: el diseño de las piezas, su ubicación
en los barcos y los centros de producción durante los siglos  XVI y XVII». Antropología.
Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia n.º 100. Agosto 2015.

126www.Armada15001900.net.Artillería Naval.

127   Michel Decker. «La Artillería» contribución a la obra  El San Diego. Un tesoro bajo el mar.


Págs. 212 y 213. ELF­CEPSA. Madrid, 1995.

128 J. M. Sanjurjo. Op. cit. Págs. 65 y 66.
129   Pieza de artillería naval, desarrollada en 1778 por la empresa escocesa Carron Iron
Founding, que utilizaba diversos tipos de proyectiles, aunque preferentemente usaba
los racimos de metralla, que rompían jarcias y velamen y arrancaban gran cantidad
de astillas en la obra muerta, produciendo estragos entre la marinería enemiga.

130 Menéndez de Avilés. Memorándum, citado por E. Mira. Op. cit. Pág. 19.

131  El Santa Ana en 1587, en California; el Nuestra Señora de la Encarnación en 1709, cerca
de Cavite; el  Nuestra Señora de Covadonga  en 1743, cerca de Filipinas, y el  Santísima
Trinidad en 1762, próximo a Cavite.

132 Carlos León, arqueólogo submarino. Entrevista en El País, 24 de febrero de 2019.

133  John Lynch «La herencia de los Habsburgo» en Monarquía e Imperio en el reinado de Carlos V.
Pág. 111. Ed. El País. Madrid, 2007.

134Op. cit. Pág. 29.

135 J. Lynch. Op. cit. Pág. 53.

136  Como se lee en el decreto de Granada de 31 de marzo de 1492: «…los llamados judíos
si no son convertidos deberán ser expulsados del reino» y se les otorga permiso «…a
los anteriormente referidos judíos y judías a llevar consigo fuera de nuestras regiones
sus bienes y pertenencias por mar o por tierra exceptuando oro y plata, o moneda acuñada (…) u otro
artículo prohibido por las leyes del reinado».

137  Alfredo Cominges, Juan Génova, Gonzalo Molins, José M. Rodríguez Urdaiz, Mario
Romero   y   Juan   Visa.   «La   primera   circunnavegación»   págs.   97   y   ss,   en   la   obra
Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Editorial Naval. Madrid, 1992.

138   Manuel Lucena.  Descubrimiento de América. Novus Mundus. Pág. 32. Ed. Anaya. Madrid,


1988.

139 Jack Turner. Op. cit. Pág. 50.

140   Patricio Hidalgo Nuchera.  Auge y caída del comercio de las especias. Pág. 98. Universidad


Autónoma de Madrid.

141Ibidem. Pág. 99

142   P. Hidalgo Nuchera.  Op. cit. Pág. 100 y P. Chaunu  Conquista y explotación de los nuevos


mundos. Pág. 75. Ed. Labor. Barcelona, 1984.

143   La Corona española cargó sobre sus espaldas la conquista y colonización, pero el
coste   comenzó   a   ser   tan   alto   que   fue   desentendiéndose   de   tales   empresas   y
confiándolas   a   los   particulares.   Este   nuevo   sistema   fue   el   conocido   como
«capitulaciones de conquista», llamadas también de poblamiento. El capitulante se asociaba con los
hombres de su propia hueste, de manera que cada soldado ponía una parte del capital representado
por su esfuerzo y sus armas. Los soldados de una hueste de conquista eran a la vez socios de dicha
empresa. Vid. M. Lucena. Op. cit. Pág. 60.
144 Como es sabido, su hermano Martín Alonso Yáñez Pinzón era el capitán de la Pinta.

145   Contrabandista   en   su   juventud,   ya   había   participado   con   Yáñez   Pinzón   en   1508   en   la


búsqueda del «paso».

146 Actualmente denominadas montañas Urrucallala.

147  Manuel Lucena. Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur. Pág. 80 y ss. Ediciones
Anaya. Madrid, 1988.

148  El ducado de oro, equivalente a medio doblón, tenía un peso de 3,6 gramos de oro y fue
una de las unidades de cuenta durante los siglos XVI y XVII.

149 En teoría, compartía la corona con su madre, la reina Juana.

150 José Cervera Pery. La estrategia naval del Imperio. Pág. 22. Ed. San Martín. Madrid, 1982.

151  Magdalena de Pazzis Pi. Felipe II y la lucha por el dominio del mar. Pág. 78. Ed. San Martín.
Madrid, 1989.

152 Jack Turner. Op. cit. Pág. 73.

153  Bartolomé Leonardo de Argensola. Conquista de las Molucas. Pág. 26. Miraguano y Polifemo
Ediciones. Madrid, 1992.

154 Ricardo de la Cierva. La gran historia de América. Capítulo 30. Pág. 468. Madrid, 1992.

155Ibidem.

156  «Los hechos acontecieron así y no son materia opinable. Son históricos porque hubo
testigos   y   las   fuentes   están   a   disposición   de   quien   las   quiera   verificar».   Manuel
Lucena   en  ABC,   11   de   marzo   de   2019.   En   las   capitulaciones   y   confirmación   de
capitulaciones del 22 de marzo de 1528, no hay ninguna referencia a Portugal salvo para decir que
Magallanes «es natural de esa nación y desde ahora por su propia iniciativa al total servicio, órdenes e
iniciativas de la Corona de España para acrecentarla por el trabajo y peligro que en ello habéis de
pasar». No hay ningún mandato real a Magallanes para que lleve a cabo la vuelta al mundo. Luego la
conclusión de que la primera vuelta al mundo fue una empresa portuguesa no se sostiene, ni en la
documentación histórica, ni en las abundantes fuentes que sobre el hecho existen. El mandato real era
llegar a «descubrir lo que hasta ahora no se ha hallado» y Magallanes cumplió al dar con el estrecho
que lleva su nombre. Ahora bien, no pudo «descubrir…, ricas especierías» pues murió antes, y la
llegada a las Molucas le correspondió a Elcano. Por último, el trayecto Tidore­ Sanlúcar, con el que se
completó la vuelta al mundo por obra exclusiva de Elcano, no estaba previsto. Elcano fue quien lo
decidió, y a él debe atribuirse el mérito y el éxito de la circunnavegación. Cuando se completó la vuelta
al mundo, Magallanes había muerto hacía un año y medio.

157 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 470

158   Francisco   de  Solano.   «Navíos  y   mercaderes   en   la   ruta   occidental   de   las   especies


(1519­1563)». Pág. 592. Separata de  A viagem de Fernao de Magalhaes e a questao das
Molucas. Centro de Estudos de Cartografia Antiga. N.º 16. Lisboa, 1975.
159   Javier   Ángel   Almazán   Altuzarra.  Estudio   clínico   y   epidemiológico   de   la   primera
circunnavegación a la Tierra. Pág. 84. Universidad Autónoma. Madrid, 2015.

160 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 54.

161  Carta de Sebastian Álvares al rey de Portugal. 18 de julio de 1519, texto en M. Fernández
Navarrete. Op. cit. Tomo IV, doc. XV, pág. 153.

162Ibidem.

163 Carta de Sebastián Alvares al rey de Portugal. Op. cit. Tomo IV, doc. XV. Pág. 153.

164  Carta del contador Juan López de Recalde al obispo de Burgos. Hernández Navarrete. Op.
cit. Pág. 528. Tomo IV.

165 ES.41091.AGI/10.1.9/CONTRATACION 5090. L. A. Transliteración por Cristóbal Bernal.

166 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 72.

167  Emilio Lamo de Espinosa. Primo Viaggio Intorno al Globo Terracqueo. La Expedición Magallanes­
Elcano 1519­1522. Pág. 10. Real Instituto Elcano. Madrid, 2016.

168   Descubierto el 21 de octubre, día en el que se conmemora el martirio de santa Ursula y
once mil vírgenes.

169 Ricardo de la Cierva. Op. cit. Pág. 474.

170   Pedro Sarmiento de Gamboa.  Viage por el estrecho de Magallanes por el capitán Sarmiento de


Gamboa en los años 1579 y 1580. Pág. 273. 1768.

171
  Antonio   Pigafetta.   «Primo   Viaggio   Intorno   al   Globo   Terracqueo»,   publicado   en
edición del Real Instituto Elcano La expedición de Magallanes­Elcano 1519­1522. Pág. 24.
Madrid, 2016.

172 J. P. Oliveira. Construtores do Imperio. Esfera dos Libros. Lisboa, 2017.

173 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 38.

174Ibidem.

175 Jack Turner. Op. cit. Pág. 71.

176   W. Hanna y Des Alwi.  Turbulent times Past in Ternate and Tidore. Pág.1. Rumah Budaya.


Banda Naira. Moluccas. Indonesia, 1990.

177 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 61.

178 Antonio Galvao. Historia das Molucas. 1544. Manuscrito. Archivo General de Indias. Sevilla.
179Ibidem.

180 Serrao moriría en marzo de 1521 y Magallanes en abril, apenas con un mes de diferencia.

181Op. cit. Pág. 63.

182Ibidem. Pág. 72.

183  Juana Isabel Catalina, fueron los nombres que le pusieron en honor de la madre de Carlos I,
de su mujer, y de la esposa del príncipe.

184 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 66.

185Idem. Pág. 67.

186 J. A. Almazán Altuzarra. Op. cit. Pág. 114.

187 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 74.

188   Relación de Maximiliano Transilvano. Doc. XXIV citado por Fernández Navarrete. Pág.
270. Op. cit.

189 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 77­79.

190Idem. Pag. 89.

191 Claramente era el sake o arach, que hasta ahora no habían probado.

192  Esa afirmación precisa una importante corrección para que sea exacta: Magallanes no
llevó a cabo la circunnavegación del globo, como afirma Turner es esa frase. Tampoco
lo pretendía. Su objetivo, que cumplió, fue encontrar el «paso» hacia el Mar del Sur. Y
más tarde poder llegar a través de ese mar a las Molucas, que era el mandato del emperador, aunque
esto último no pudo realizarlo. La circunnavegación del globo se materializó un año y medio después
de que Magallanes hubiera muerto y fue iniciativa del piloto Juan Sebastián Elcano.

193 Se refiere a Zoar y Mean.

194 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 99.

195   Bartolomé Leonardo de Argensola.  Conquista de las islas  Molucas. Pág. 29. Miraguano y


Polifemo Ediciones. Madrid, 1992.

196 La nao Trinidad.

197Ibidem.

198 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 100.

199Ibidem.
200 B. Leonardo de Argensola. Op. cit.

201 Willard A. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 22.

202Idem. Pág. 101.

203 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 122.

204Idem. Pág. 112.

205Idem. Pág. 108.

206Ibidem.

207  Fue nombrado 4.º gobernador de la India portuguesa en sustitución de Lopo Soares
de   Albergaria.   Desempeñó   el   cargo   a   partir   de   1518   hasta   1522.   Su   labor   fue
cuestionable, al parecer por un enriquecimiento abusivo, donde las especias debieron
jugar   su   papel.   Este   contrabando   alcanzó   incluso   a   los   gobernadores   de   Goa.   El   caso   al   que   nos
referimos de Diogo Lopes de Sequeira fue muy conocido. Enemigo de Vasco da Gama, se enfrentaron
también   por   la   presencia   española   en   las   Molucas.   Vasco   da   Gama,   muy   antiespañol,   quería
deshacerse   de   la   presencia   española   en   Tidore   y   Ternate,   que   Lopes   de   Sequeira   veía   con   más
flexibilidad.

208  Siete portugueses fueron en una carabela a recoger las cargas a Batjan. Terminada la
operación   comercial,   y   a   pesar   de   las   recomendaciones   del   sultán,   al   parecer   no
respetaron   ni   a  las   mujeres   de   los   indígenas   ni   a   las   del   mismo   sultán,   y   fueron
ejecutados. El capitán de la carabela regresó a Malaca y dejó la carga en los dos juncos, pagada y sin
dueño.

209 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 108.

210Idem. Pág. 69.

211Idem. Pág. 111.

212Idem. Pág. 92.

213Idem. Pág. 112.

214Ibidem.

215  Entre la punta de Burné y la isla de Cimbonbón, los expedicionarios se encontraron
con un junco que venía de Burné. Le hicieron una señal para que se detuviese y no la
atendió: «…lo perseguimos, lo tomamos y lo saqueamos. Conducía al gobernador de
Palaoán con uno de sus hijos y a su hermano (…) No solamente nos dio todo lo que le pedimos, sino
que voluntariamente añadió cocos, plátanos, cañas de azúcar y vasos llenos de vino de palmera. Para
corresponder   a su   generosidad  le  devolvimos  parte  de   sus   puñales  y   fusiles,  dándole  además   un
estandarte, un traje de damasco amarillo y quince brazas de tela. A su hijo le obsequiamos una capa de
paño azul, etc… y su hermano recibió un traje de paño verde. Hicimos también regalos a las personas
que iban con ellos, de suerte que nos separamos en buena armonía». (A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 95).
216 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 105.

217 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 119.

218  A. Cominges, J. Génova, G. Molins, J. M. Rodríguez de Urzaíz, M. Romero de Pazos
y J. A. Viscasillas. «La primera Circunnavegación». Pág. 148. Descubrimientos españoles
en el Mar del Sur. Editorial Naval. Madrid 1992.

219  Juan Sebastián Elcano. Informe al emperador Carlos I. A bordo de la nao Victoria. Sanlúcar,
6 de septiembre de 1522.

220
Molucas.
  Crónica   de  Espinosa   de  Punzorol  y   de  Ginés   de   Mafra  y   los  testimonios  de   los
supervivientes   de   la  Trinidad  que   consiguieron   regresar   en   1527.   Información
procedente   también   de   las   cartas   de   Antonio   de   Brito   que   capturó   la   nao   en   las

221
Documenta Malucensia III, 1606­1682. 412, nota 3. Citado en Marco Ramerini.  La storia
della presenza Spagnola nelle Isole Molucche: Le fortezze spagnole nelle ísola di Tidore 1521­
1663. www.colonialoyage.com.

222   Relación de Cristóbal de Salvatierra. Jornada del Maluco. Terrenate, abril de 1585.
AGI   Patronato.   46.R.20.   Vid.   Marco   Ramerini.   «Fuerte   Rume.   Las   fortalezas
españolas en la isla de Tidore 1521­1663» dentro de Le fortezze spagnole….

223
 Sitio web escrito y mantenido por Marco Ramerini, Florencia, Italia. «Fuerte de Rume» en
La storia della presenza Spagnola nelle Isole Molucche: Le fortezze spagnole nelle isola di
Tidore 1521­1663. www.colonialvoyage.com.

224   A.   Cominges,   J.   Génova,   G.   Molins,   J.   M.   Rodríguez   de   Urzaiz,   M.   Romero   y   J.   A


Viscasillas. Op. cit. Pág. 150.

225Ibidem.

226  Juan Sebastián Elcano. Informe al emperador Carlos I. A bordo de la nao Victoria. Sanlúcar
6 de septiembre de 1522.

227 A. R. Rodríguez. Op. cit. Págs. 140 y 141.

228 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 480.

229
Baracaldo.
 Un grumete de Santander; tres marineros andaluces de Sevilla, Huelva y Ayamonte;
un grumete y un marinero gallegos de Bayona; un marinero extremeño de Mérida; y
el  capitán, el piloto, un  grumete y un  paje, vascos  de Guetaria, Bermeo,  Bilbao y

230  Existen varias cifras y cálculos sobre el precio y el coste de la expedición. En general
no   difieren   mucho   entre   sí,   pero   algunas   diferencias   se   aprecian   en   diversas
publicaciones.   Martín   Fernández   Navarrete   en   su  Colección   de   los   viajes   y
descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo   XV  Vol. 4º, Págs. 247­248, ofrece
datos a los que gran parte de los tratadistas e historiadores han seguido y que ofrezco como base de
los cálculos.

231 A excepción de las cargas de Batjan incautadas a los portugueses.

232  Apuntes de los gastos que costó la descarga de la nao Victoria y noticia de la Especiería que
trajo de su viaje. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo IV.

233   Pleito y causa entre Cristóbal de Haro vecino y regidor de Burgos y S. M. sobre
armazones e intereses. 15 de septiembre de 1537. Citado por Francisco Solano. Op. cit.
Pág. 588.

234 J. Turner. Op. cit. Pág. 81.

235 Francisco Solano. Op. cit. Pág. 595.

236   Amancio Landín y Mario Romero de Pazos. «Gómez de Espinosa y su intento de
regreso   por   el   Pacífico».   Pág.   163   en  Descubrimientos   españoles   en   el   Mar   del   Sur.
Editorial Naval. Madrid, 1992.

237Ibidem.

238   Antonio de Brito al rey de Portugal. Doc. nº XXX. Extracto de J. B. Muñoz del original
Corre de Tombo. Gov 18. Maz 2, n.º 25, en Fernández Navarrete. Op. cit.

239Ibidem.

240 H. Jacobs. Tratado sobre las Molucas, pág. 211.

241 Gaspar Correia. Leyendas de la India. Vol. II. Págs. 714­715.

242 W. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 33.

243  Carmen Galbis Diez. «La Casa de la Contratación». Pág. 133, contribución a la obra Archivo
General de Indias. Barcelona, 1995.

244   Clarence   H.   Haring.  Comercio   y  navegación  entre   España   y las   Indias.  Pág.   58.  Fondo   de
Cultura Económica. México, 1939.

245 Lope de Vega y Carpio. El arenal de Sevilla. Acto Primero, Escena Primera.

246 Carla Rahn Phillips. Op. cit. Pág. 67.

247  Incluso por la propia reina Isabel I, que ante la protesta del embajador español por
las acciones piráticas inglesas en la costa del Pacífico, le señaló que ello sucedía por la
prohibición que se hacía a las naciones de comerciar con las Indias.
248   Debería   estudiarse   un   sistema   que   pudiera   limitar   o   evitar   que   esta   valiosa
información   contenida   en   los   archivos   de   la   Casa   de   la   Contratación,   hoy   en   el
Archivo de Indias, se diseminase entre las personas que solo están interesadas en el
contenido   de   las   naves   y   galeones   españoles   naufragados   o   los   representantes   de   las   empresas
cazatesoros, que lo utilizan para expoliar los pecios de buques españoles naufragados, con la finalidad
de rescatar y vender. La factibilidad de establecer un sólido y riguroso impuesto a satisfacer antes de
la consulta  de  la documentación,  junto  con  la firma de  un  contrato  que estableciese  la obligación
jurídicamente exigible por la que, en caso de rescate, el investigador o la empresa que representase,
garantizase el compromiso de respetar la legislación española y las disposiciones de la Unesco sobre
patrimonio   sumergido,   podría   ser   una   fórmula,   siempre   que   los   aspectos   legales   y   fiscales   lo
permitiesen. Como ejemplo de lo que digo, el profesor Eugene Lyon, del equipo del cazatesoros Mel
Fisher que entre 1974 y 1985 extrajo de los cayos de Florida 400 millones de dólares en oro y joyas del
Nuestra   Señora   de   Atocha,   estuvo   trabajando   ¡durante   15   años!   en   el   Archivo   General   de   Indias,
investigando  documentos  del  naufragio.  El  pecio  fue  destrozado  al  ser  excavado  por  Fisher   y  las
piezas del Atocha y el oro, vendidos en Estados Unidos y en subastas internacionales. Ni una pieza en
los museos navales españoles, ni en el Archivo de Indias.

249   Pedro   de   Ledesma.  Busca   de   perlas   y   busca   de  galeones.   1623.   Número   1035.   Sección   de
Manuscritos del Archivo. Museo Naval de Madrid.

250 Cinco metros.

251 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Vol. XII. Doc. 27.

252 C. Galvis Díez. Op. cit. Pág. 149.

253Ibidem.

254 Jack Turner. Op. cit. Pág. 163.

255Idem. Pág. 60.

256 Alejandro Paternain. La cacería. Pág. 89. Editorial Alfaguara. Barcelona, 2012.

257   Patricio Hidalgo Nuchera.  Auge y caída del comercio de las especias. Pág. 101. Universidad


Autónoma de Madrid.

258 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Apéndice. Doc. I. Tomo V. Pág. 193.

259 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 194.

260
  Istvan Szaszdi León­Borja.  La Casa de la Contratación de La Coruña en el contexto de la
política   regia   durante   el   reinado   de   Carlos   V.   Universidad   de   Valladolid.   Pág.   910.
Valladolid, 2008.

261  Istvan Szaszdi León­Borja. La Casa de la Contratación de Sevilla y sus hermanas indianas. Pág.
122. Universidad de Sevilla. Sevilla, 2004.

262 P. Mártir de Angleria. Décadas del Nuevo Mundo. VIII. Pág. 530. Madrid, 1989.
263Ibidem.

264  «…estando en La Coruña la Especiería, es como si estuviese en Flandes, pues allí se
gasta la mayor parte y muy poquito en levante, es bien se ponga cuan mas cercano se
pueda poner de aquella navegación».

265  A pesar de que este informe está fechado trece años más tarde de los acontecimientos
que relatamos, no creo que el volumen de producción de especias a las que aludiría
Andrés de Urdaneta en 1537, fuera inferior al que se recogía en las Molucas en el
momento de la inauguración de la Casa de la Contratación de la Especiería de La Coruña, en 1524.

266  Informe de Andrés de Urdaneta al emperador Carlos V. Valladolid, 26 de febrero de 1537.
Vid. M. Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 438.

267  Francisco Solano. «Navíos y mercaderes en la ruta occidental de las Especias (1519­
1563)», contribución separata a  Viagem de Fernao Magalhanes e a questao das Molucas.
Centro de Estudios de Cartografía Antiga nº. 16. Pág. 587. Lisboa, 1975

268  Los gallegos se defendían señalando que si Sevilla pretendía acceder con las especias
a los puertos de Europa «no pasarían el cabo de San Vicente, donde allende de ser
muy peligroso y se suelen perder muchas naos, hay tiempo que se están cuatro y
cinco meses que no pueden doblar el cabo».

269   Alfredo Elías Martínez y José María Vega Ferreira.  Betanzos y su provincia en la época del


emperador Carlos V. Pág. 194.

270Ibidem.

271  Mateo Escagedo Salmón. Crónica de la provincia de Santander. Tomo II. Pág. 194. Santander,
1922.

272
Pág. 23.
 Francisco Ignacio de Cáceres Blanco. Los corsarios del Cantábrico. Pág. 15. Centro de
Estudios Montañeses. Santander, 1965. El pirata Pie de Palo fue el azote de las naves
laneras camino de Flandes hasta que su barco fue hundido por Menéndez de Avilés.

273 Real licencia del rey Carlos I.

274 Fernando Martínez Laínez. Tercios de España: Una infantería legendaria. EDAF. Madrid, 2012.

275 J. Turner. Op. cit. Pág. 63.

276 F. de Solano. Op. cit. Pág. 586.

277   «Real cédula a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de Contratación de la Especiería».
Colección de documentos inéditos …. M. Fernández Navarrete. Op. cit.

278  Juan Gil. Mitos y utopías del descubrimiento II. El Pacífico. Pág. 24. Alianza Editorial. Madrid,
1989.
279 P. M. de Anglería. Décadas del Nuevo Mundo. Tomo VIII. Pág. 530. Madrid, 1989.

280 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo III. Pág. 95.

281Ibidem.

282 F. de Solano. Financiación de las armadas a la Especiería, cuadro y apéndice II. Op. cit.

283  Mariano Cuesta Domingo. «La Casa de la Contratación de La Coruña». Mar Océana n.º 16.
Pág. 60.

284   «Pleito y probanza de Cristóbal de Haro vecino y regidor de la ciudad de Burgos con el
fiscal de S. M.» cit. en F. de Solano. Op. cit. Pág. 589.

285 F. de Solano. Op. cit.

286 John Linch. Monarquía e Imperio. El reinado de Carlos V. Pág. 160. Ed. El País. Madrid, 2007.

287 Jack Turner. Op. cit. Pág. 43.

288  Un memorándum anónimo de 1496 afirmaba que las supuestas especias de las islas
americanas   no   valían   nada.   Colón   trajo   solo   algunas   raíces   de   jengibre,   piñas   y
mandiocas y el ají, es decir, el chile silvestre. A pesar de que las sospechas crecían,
nadie supo ver que en las Indias no había especias. Op. cit. Pág. 47.

289  Hugh Thomas. «El verdadero drama de 1492». Pág. 173. Revista de Política Exterior. Sevilla,
1992.

290  El cuadro pintado por Tiziano nos da una idea de la belleza y clase de la emperatriz
Isabel, tristemente fallecida muy joven, a los 35 años, en el palacio de Fuensalida de
Toledo. Dejó al emperador Carlos I sumido en una perpetua melancolía.

291 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 20 Ed. Jus. México, 1962.

292 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 163.

293 Francisco de Solano. Op. cit. Pág. 857.

294   En el trabajo de Emma Lira. «La primera vuelta al mundo».  National Geographic  de


septiembre de 2019, se establece una paridad, interesante, entre maravedíes y euros.
De acuerdo con esa información, un euro equivaldría a 5,33 maravedíes.

295  Diego de Covarrubias, que sería el futuro factor; Alonso de Solís, el nombrado para
desempeñar el cargo de tesorero, junto con el otro tesorero, Juan de Benavides, y el
contador Alonso de Tejada. Vid. Francisco de Solano. Op. cit. Apéndice V. Pág. 606.

296Idem. Pág. 598.

297Ibidem.
298   3   114   738   euros,   de   acuerdo   con   los   cálculos   que   ofrece   la   paridad   establecida   en   la
información de Emma Lira, citada más arriba.

299 A. R. Rodríguez. Op. cit. Pág. 165.

300 F. Santiago. Op. cit. Pág. 20.

301 A. R. Rodríguez. Op. cit. Pág. 164.

302 Relación que hace a S. M. Andrés de Urdaneta a su regreso del Maluco, de todo lo acaecido en
la   Armada   que   fue   al   mando   del   Comendador   Loaysa.   El   original   se   encuentra   en   el
Archivo   General   de   Indias,   en   Sevilla,   y   es   una   fuente   imprescindible   para   el
conocimiento de lo acaecido en la Especiería.

303
 Martín Fernández Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos que hizieron por mar los
españoles desde fines del siglo XV, con varios documentos inéditos concernientes a la historia
de la marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias. Tomo IV. Págs. 436 y
437. Imprenta Real 1837.

304 En el siglo XVII se fabricaron de cobre, con una capacidad diez veces superior.

305 Alejandro Paternain. Op. cit. Pág. 160.

306 Más de 300 000 euros de hoy día.

307 Fernández Navarrete. Op. cit. Págs. 418.

308   Fernández   Oviedo   Gonzalo.  Historia   General   y   Natural   de   las   Indias,   citado   por
Leoncio Cabrero «Las vicisitudes de la expedición de García Jofre de Loaysa». Pág. 6
en Estudios sobre las Filipinas y las islas del Pacífico. Madrid, 1989.

309   Fernando   Guillén   Salvetti   y   Carlos   Vila   Miranda.   «La   desdichada   expedición   de
García Jofre de Loaysa», en  Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Pág.
210. Editorial Naval. Madrid, 1992.

310 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 58.

311   Gonzalo Fernández de Oviedo.  Historia general y natural de las Indias, Islas y Tierra


Firme   del   Mar   Océano.   Tomo   primero   de   la   segunda   parte.   Pág.   69.   Imp.   Real
Academia de la Historia. Madrid, 1852.

312 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág 62.

313Ibidem.

314Ibidem.

315 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 285.
316Ibidem.

317  Leonard Y. Andaya. «Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las
Molucas   en   las   Islas   de   las   Especias».   Universidad  de   Auckland.   Nueva   Zelanda.
Ponencia presentada en el Simposio Descubrimiento de la Costa del Pacífico 16­19 de
marzo de 1988, citando a Francisco Colín. S. J. Labor Evangélica, por el P. Pablo Castells. S. J. Barcelona,
1900­1902, Vol II, pág. 629.

318  Lopes de Castanheda. Historia do descubrimiento y conquista de India pelos portugueses. Libro
VIII, cap. 4, pág. 567. Citada por Marco Ramerinio. Op. cit.

319Ibidem.

320 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 70.

321Idem. Pág. 71

322 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 343.

323  Pedro de Montemayor al rey de Portugal desde Cochin. Fernández Navarrete. Op. cit. Doc.
XIX. Pág. 340. Tomo V.

324Ibidem.

325 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 74.

326 A. Rodríguez. Op. cit. Pág. 178.

327 Francisco santiago Cruz. Op. cit. Pág. 29.

328  Patricio Hidalgo Nuchera. Auge y caída del comercio de las especias, pág. 102, citando a Juan
Gil, Mitos y descubrimientos. Pág. 26.

329  Diecisiete armadores genoveses contribuyeron a los gastos de la expedición: Silvestre
de Breni; Francisco Leardo; Leonardo Cataneo; Niculoso Cataneo; Pedro Benedetto
de Vasiñana; Pedro Johan Salvago; Niculoso Forte; Anton del Visy; Lorenzo Vivaldi;
Zanobi   Biduche;   Jacome   Boti;   Johan   Riberol;   Girólamo   Spinola;   Luis   Castellón;   Gaspar   de   Negro;
Gaspar Cazaña y Octaviano de Breni.

330  Jacome Fantoni; Cebrian de Cartayo; Alberto Gualterotti; Pandolfo Velache; Andrea Veluti;
Johan Antonio Piccolonini; Scipion Chigi y Pedro Mártir de Anglería.

331 Bernardino de Mantua.

332   Richard Thorne; Roger Barlow; el propio Sebastián Caboto que lo hacía como inversor
inglés y Enrique Potimer.

333   Lorenzo   de   Nüremberg,   representante   de   la   banca   Fugger,   y   Ambrosio   Alfinger,   que


actuaba en nombre de la banca Welser.
334   Francisco   de   Solano   «Navíos   y   mercaderes».   Comparación   del   capital   privado
español y extranjero invertido en las armadas de Jofre de Loaysa y Caboto. Pág. 593.
Separata de A Viagem de Fernao de Magalhaes e a questao das Molucas. Lisboa, 1975.

335  Destacan en la lista con aportaciones muy abultadas, las mayores después de las de
la   Corona,   nombres   catalanes   o   mallorquines   como   Miguel   Rifus   (421   091   mvs.),
Pedro Forcadel (152 955 mvs.), Johan Nadal (152 955), que bien pudieran ser socios de
una de las compañías inversoras. Lo mismo sucede con cuatro aportaciones idénticas por la cifra de
101 970 maravedies, a nombre de Juan de Valladolid, Johan Clarete, Roberto de Cernanes y Pedro
Tristán. Vid. F. de Solano. Op. cit. Apéndice V.

336 Concretamente 937 727 €.

337   Juan  Génova Sotil y Fernando  Guillén Salvetti. «Viaje de Saavedra desde Nueva


España». Capítulo V de la obra  Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I.
Pág. 223. Editorial Naval. Madrid, 1992.

338   Para  conocer  más  sobre  los  astilleros  en  el Pacífico  americano,  es  imprescindible
consultar el excelente y detallado estudio de Jorge León Sáenz, «Los astilleros y la
industria marítima en el Pacífico americano. Siglos XVI a XIX». Apéndice I. Diálogos.
Revista Electrónica de Historia Vol. 10. N.º1. Febrero­agosto, 2009.

339  Lourdes Díaz­Trechuelo. «El Tratado de Tordesillas y su proyección en el Pacífico». N.º 4.
Pág. 12, citando Cartas y documentos. Pág. 91. Biblioteca Porrúa. México, 1963.

340 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 320.

341Idem. Pág. 78.

342  Leonard Y. Andaya. «Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las
Molucas   en   las   Islas   de   las   Especias».   Universidad  de   Auckland,   Nueva   Zelanda.
Ponencia presentada con ocasión del «Descubrimiento de la Costa del Pacífico». 16­19
de marzo de 1988.

343 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 75.

344 J. Génova Sotil y F. Guillén. Op. cit. Pág. 226.

345 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 451.

346  No descartaba luchar contra ellos y ordenaba a Saavedra que le informase de «…que
armas e fuerzas tienen, e la manera e disposición de la tierra para se poder conquistar
a caballo». Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 448.

347Op. cit. Pág. 449.

348Ibidem.

349 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 415
350Idem. Pág. 413.

351 J. Génova y F. Guillén. Op. cit. Pág. 238.

352Idem. Tomo V. Pág. 415.

353   El documento se encuentra en el Archivo General de Indias de Sevilla. Asimismo,
guarda   el   Museo   Naval   de   Madrid   once   cartas   de   Hernán   Cortés   que   contienen
órdenes e instrucciones para socorrer a la flota española en las Molucas, entre ellas
una dirigida «al rey de Tidore», de 26 de mayo de 1526, dándole las gracias en nombre del emperador
por la buena acogida otorgada a las tripulaciones de la armada de Magallanes que permanecieron en
la isla, una vez que zarpó la Victoria y quedó en Tidore la Trinidad con su dotación.

354
 Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 111. Extracto de la navegación que hizo el general Álvaro
de Saavedra con las tres naos remitidas por Hernán Cortés desde las costas meridionales de
Nueva España a las Molucas en los años 1527 y 1528. Doc. V.

355 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 84.

356 Fernández Navarrete. Op. cit. Doc. V. Pág. 95. Tomo V.

357   Davide Maffi. «Las peculiaridades de la guerra en América».  Desperta Ferro. «Los


Tercios   (IV)   América   ss.  XVI­XVII»   Pág.   16.   Número   especial   XI.   Desperta   Ferro
Ediciones SLNE. Madrid, 2013.

358   Existe un canal de mar entre la isla de Tidore y la de Maitara, lo que puede servir de
referencia para fijar el lugar de la acción.

359  Galvao. Tratado dos descubrimientos. Pág. 226, citado por J. Génova y F. Guillén, Op. cit. Pág.
250.

360   Carta de Pedro de Montemayor, escrita desde Chochín  al rey de Portugal. Chochín  14


Janeiro 1533. Documento 19. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 343.

361   Lopes de Castanheda.  Historia do descubrimiento e conquista da India pelos portugueses. Liuro


VIII. Ap. 42. Pág. 441.

362 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Tomo I de la segunda parte. Pág. 87.

363 J. Génova y F. Guillén. Op. cit. Págs. 255 y 256.

364 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 38. Editorial Jus. México, 1962.

365 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 710.

366 G. Fernández Oviedo. Op. cit. Pág. 90.

367 Relación de Hernando de la Torre de lo ocurrido en las Molucas contra los portugueses de la isla de
Ternate desde su ingreso en aquellas islas hasta el fin del año 1533. Pág. 355.
368  Carta de Hernando de la Torre a don Álvaro de Zúñiga. Gilolo. Marzo de 1532. Doc. nº 18.
Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 337.

369
Relación de Hernando de la Torre de lo ocurrido en las Molucas contra los portugueses de la
isla de Ternate desde su ingreso en aquellas islas hasta el fin del año 1533. Documento n.º 23.
Fernández de Navarrete. Op. cit. Tomo V. Págs. 353­360 y Gaspar Correia Sendas de India.
Vol. III Pág. 359.

370 Declaración de Hernando de la Torre. Op. cit. Pág. 355.

371  Leonard y Andaya. Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las Molucas….. Op.
cit.

372  Declaración de Francisco Paris, marinero de la nao Victoria. 25 de octubre de 1536. Doc. 23.
Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 337.

373 Declaración de Bernal Darias. Vid. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 375.

374Ibidem.

375 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 271.

376  Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años». Págs. 137­
138. Revista de Historia Militar, n.º 124. Madrid, 2018.

377   1.­ Magallanes­Elcano. Sanlúcar de Barrameda, 1519; 2.­ Andrés Niño­Gil González
de Ávila. La Coruña 1519; 3.­ Andrés Niño­ Gil González de Avila. Isla de las Perlas,
1522; 4.­ Estevao Gomes. La Coruña, 1524; 5.­ García Jofre de Loaysa. La Coruña,
1525; 6.­ Sebastián Caboto. Sanlúcar de Barrameda, 1526 y 7.­ Álvaro de Saavedra. Zihuatanejo, 1527.

378   J. Turner.  Las especias. Historia de una tentación. Págs. 79 y 80. Ed. Acantilado. Barcelona,


2018.

379 M. Cuesta Domingo. La Casa de Contratación de La Coruña. Op. cit. Pág. 77.

380 P. Hidalgo. Auge y caída del comercio de las especias. Op. cit. Pág. 103.

381
  Diogo do Couto. «De Asia». Década V, parte 1, 147. Citado por Marco Ramerini en  Las
defensas de la ciudad del Rey de Tidore: Lugar Grande del Rey (Soa Siu). Las fortalezas
españolas en la isla de Tidore 1521­1663.

382 M. Ramerini. Op. cit.

383 Informe de Andrés de Urdaneta al emperador Carlos V. Valladolid 26 de febrero de 1537. Vid.
Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 438.

384 P. Hidalgo. Op. cit. Pág. 103.

385 J. Turner. Op. cit. Pág. 44.
386 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 46. Editorial Jus. México 1962.

387 R. de la Cierva. «La conquista del Pacífico», en Gran Historia de América. Pág. 712.

388 Alejandro Paternain. Op.cit. Pág. 131.

389 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V.

390   Escalante,   citado   por   Roberto   Barreiro­Meiro   Fernández   y   Amancio   Landín


Carrasco.   En   «La   expedición   de   Ruy   López   de   Villalobos»   en  Descubrimientos
españoles en el Mar del Sur. Tomo II. Ed. Naval. Madrid, 1992.

391 Relación de García Escalante Alvarado. AGI. Patronato 23. R.10 y Consuelo Varela. El viaje de don
Ruy López de Villalobos a las islas del Poniente, 1542­1548. Págs. 143 y 144.

392 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 73.

393 M. Cuesta Domingo. Op. cit. Pág. 87.

394   Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años. La
guerra en los confines coloniales asiáticos». Pág. 134.  Revista de Historia Militar, n.º
124. Madrid, 2018.

395  Colin­Pastells. Trabajo Evangélico. Vol. III. Pág. 226, nota n.º 3, citado por M. Ramerini. Op.
cit.

396 M. Ramerini. «Fuerte de los portugueses (Fortaleza dos Reis Magos)». Op. cit.

397 La braça equivalía a 2,18 metros.

398   Lopes de Castanheda en  Historia do descubrimiento y conquista de India pelos portugueses.


Libro VIII, cap. 57, pág. 660. Op. cit. Cap. 4, pág. 567.

399  Anónimo. Livro das ciudades y fortalezas que tiene un corazón de Portugal. Temáticas partes de la
India. Lisboa, 1582. Hoja 66. Citado por M. Ramerini. Op. cit.

400   …em hum outeiro alto (que chamao de Cachilduquo) que fica senhoreando a cidade principal de
Ilha. Cit. por M. Ramerini del Livro das ciudades…. Op. cit.

401 Lourdes Díaz­Trechuelo. Op. cit. Pág. 14.

402   Patricio Hidalgo Nuchera.  Auge y caída del comercio de las especias. Pág. 107. Universidad


Autónoma de Madrid.

403 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 94.

404 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 157.

405 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 104
406   B.   Leonardo   de   Argensola.  Conquista   de   las   islas   Malucas.   Pág.   158.   Ed.   Miraguano   y
Polifemo. Madrid, 1992.

407 Hemos de entender que se trata de la fortaleza portuguesa reforzada por el sultán Baab.

408 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 186.

409Idem. Pág. 188.

410  Después de la colonización iniciada por Legazpi entre 1543 y 1565, los habitantes de
esa   región   central   del   archipiélago   de   Filipinas   se   convirtieron   al   cristianismo   y
aceptaron   la   cultura   occidental.   En   los   siglos   XVIII  y  XIX  se   produjeron   algunos
levantamientos contra la presencia del Imperio siguiendo las huellas del levantamiento protagonizado
en 1622 por Francisco Dagohoy.

411  El término es de origen genovés. Ciüsma es la palabra que designaba al conjunto de
galeotes, en las galeras, y deriva del griego keleusma o canto acompasado del jefe de
remeros para ordenar el ritmo de la boga.

412 Jack Turner. Op. cit. Pág. 81.

413  Patricio Hidalgo Nuchera. Op. cit. Pág. 104, citando la tesis doctoral 52/87 de la que
es autor Fernando Jesús Bouza Álvarez, Portugal en la monarquía hispánica (1580­1640),
las   Cortes   de   Tomar   y   la   génesis   del   Portugal   católico.   Editorial   de   la   Universidad
Complutense. Madrid, 1987.

414 P. Hidalgo Nuchera. Op. cit. Nota 36.

415 Franck Goddio. El San Diego. Un tesoro bajo el mar. Pág.45. CEPSA­ELF. Madrid, 1995.

416Ibidem.

417Ibidem.

418Idem. Pág. 68.

419Ibidem.

420 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 246.

421Idem. Pág. 256.

422  Antonio Campo López. «La conquista de las Molucas» Desperta Ferro. Pág. 62. «Los tercios
(V) Asia». Madrid, 2018.

423 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 262.

424Idem. Pág. 265.
425Idem. Pág. 267.

426Idem. Pág. 268.

427  Así se llamó el fuerte después de la conquista por los españoles mandados por don
Pedro Bravo de Acuña en 1606, como más adelante se verá. Leonardo de Argensola,
que escribió su relato después de este hecho, se refiere al bastión del Gammalamma
como Nuestra Señora del Rosario, aunque durante los hechos que describe aún no tenía ese nombre.

428 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 268.

429Idem. Pág. 269.

430   «Respuesta   de   Juárez   de   Gallinato   a   la   proposición   del   general   Andrés   Furtado   de


Mendoça». Vid. B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 271.

431Idem. Pág. 275.

432
Informe del hermano Luis Fernandes sobre la pérdida de Tidore y su viaje a Cebú, julio de
1605. Jacobs, Documenta Malucensia II, 1577­1606. Doc. n.º 179, pag. 699­704, citado por
M. Ramerini. Op. cit.

433 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 136.

434 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Págs. 322 y 323.

435Ibidem.

436   Nieto del marqués de Montesclaros que había pasado de Italia a servir a su majestad en
Filipinas.

437   Antonio José Rodríguez Hernández. «Armas y pólvora para los soldados del rey».
Desperta Ferro. «Los Tercios (VI) 1660­1704». Número especial XIX. Desperta Ferro
Ediciones SLNE. Madrid, 2013.

438   Davide Maffi. «Las peculiaridades de la guerra en América».  Desperta Ferro. «Los


Tercios   (IV)   América   ss.  XVI­XVII».   Número   especial   XI.   Pág.14.   Desperta   Ferro
Ediciones SLNE. Madrid, 2013.

439   Willard Hanna y Des Alwi.  Turbulent times past in Ternate and Tidore. Pág. 33. Editorial


Yayasan Warisan dan Budaya. Banda Naira. Molucas, 1990.

440 Joao de Barros. Da Asia 4 vols. Madrid 1615. Cit. por Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 30.

441 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 132.

442 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Págs. 345­325.

443 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 326.
444
 El grabado lleva por título Ciudad y fuerte de Gamma Lamma en la isla de Ternate, cuyo
fuerte pertenece a los españoles, aunque cuando se realizó habían pasado cincuenta y
seis años desde el ataque de Bravo de Acuña.

445 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 332.

446   W.   Hanna   y   D.   Alwi   (Op.   cit.   Págs.   132­133)   confunden   este   muro   exterior   del
antiguo fuerte portugués de Sao Joao Batista, más tarde llamado Gammalamma, con
el fuerte San Pedro y San Pablo que se elevará a espaldas de esta fortificación a partir
de 1606, pero que en la época del ataque que narramos no estaba aún construido del todo. Los autores
refieren en su libro citado que «Don Pedro (Bravo de Acuña) dividió a sus fuerzas en dos columnas
para   converger   en   el  recientemente   construido   fuerte   de   San   Pedro   y   San   Pablo   que,   más   que   el
Gammalamma, estaba dentro de las defensas de Ternate».

447 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 328.

448Ibidem.

449 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 329.

450Idem. Pág. 332.

451 A. C. Campo. Op. cit.

452  Jean­Nöel Sánchez Pons. Tiempos Malucos: España y sus islas de las Especias, 1565­1663, citado
por A. C. Campo López, Op. cit. Pág. 137.

453  Manuel Ollé. «Portugueses y castellanos en Asia oriental» dentro de Portugal na monarquia
hispánica. Pág. 263. Lisboa, 2013.

454
 Situado en un outeiro alto, que por nao lhe ficar por padastro se occupou com hum baluarte
que se nelle fez, se señala en Livro das ciudades e fortalezas que a coroa de Portugal tem nas
partes da India, pág. 64, que cita Marco Ramerini en Ternate: el fuerte español de San Pedro.

455  Victor Ido van de Wall. De Nederlandsche oudheden in de Molukken, pág. 260. Ed. Martinus
Nijhoff, 1928. Citado en M. Ramerini. Op. cit.

456 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 345.

457
 Gregorio de San Esteban. Historia de las Malucas. Pág. 50, cit. en M. Ramerini. Recogido de
Historia de las misiones de los franciscanos en las islas Malucas y Célebes. M. Ramerini. Op.
cit.

458 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 139.

459   Julio Albi de la Cuesta, en su introducción a  Sitio de Breda, de Hermann Hugo. Pág. 22.


Edición de Julio Albi con Balkan Editores. Madrid, 2001.

460Viajes del almirante Pieter van Verhoeven, 1610. Cit. por M. Ramerini. Op. cit.
461 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 145.

462   Carlos  Martínez­Valverde.  «Conflictos,   amenazas   y  combates   en   los   dominios  de


España en el Pacífico y mares de Poniente durante el reinado de la Casa de Austria».
Revista de Historia Militar n.º 75. Pág. 116. Madrid, 1993.

463Op. cit. Pág. 117.

464  De Boy, en sus obras sobre los viajes del almirante Van Caerden. Informaciones de
Lucas Vergara Gaviria 1611. AGI Filipinas 60. N. 12. Tiele, cit. Marco Ramerini. Op.
cit.

465   «Carta   dirigida   a   S.   M   por   don   Gerónimo   de   Silva,   Terenate»   en   A.   A.   W.


«Correspondencia» 121. Memorial Grau y Montfalcon, 1637. Blair y Robertson, citados
por M. Ramerini. Op. cit.

466  Cit. en M. Ramerini. Op. cit. Fuerte de Marieco. Las fortalezas españolas en la isla de Tidore 1521­
1663.

467Ibidem.

468 M. Ramerini. Op. cit.

469 Carlos Martínez­Valverde. Op. cit. Pág. 119.

470 Relación de Cristóbal de Salvatierra, Jornada del Maluco. Ternate. Abril 1585. AGI. Patronato, 4, R.
20. Cit. por M. Ramerini. Op. cit.

471Documento Malucensio III, 1606­1682. Pág. 412, nota 3, citado por Marco Ramerini. Op. cit.

472 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 150.

473  Pedro Fernández de Rio. AGI. Indiferente, 113, N50. Testimonio del capitán Francisco Pérez
Nabarro. Piloto mayor. Cit. M. Ramerini. Op. cit.

474  Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años». Revista de
Historia Militar n.º 124. Pág. 138. Madrid, 2018.

475 M. Ramerini. Op. cit.

476  AGI. Filipinas, citado por M. Ramerini en «Confirmación de encomienda de Masbate». Op.
cit. Los fuertes españoles de Santa Lucía y Calamata de la isla de Ternate.

477 M. Ramerini. Op. cit.

478  M. Ramerini citando a Tiele y Heeres. Bouwstofen voor der geschiedenis der Nederlanden in den
Maleischen archipiel. Vol. II. Pág. 2. Gravenhave, 1895.

479 AGI, Filipinas, 52, N. 7. Confirmación de la encomienda de Laglag. Cit. en M. Ramerini. Op. cit.
480  «Carta que el rey de Tidore escribió al Gobernador don Gerónimo de Silva, Tidore 18 de
noviembre de 1615». A. A. W «Correspondencia» 99. Cit. M. Ramerini. Op. cit.

481 M. Ramerini. Fuerte Chobo. Las fortalezas españolas en la isla de Tidore 1521­1663. Op. cit.

482
Confirmación de encomienda de Bagatayan…Expedición de confirmación de las encomiendas
de Bagatayan, Pajo y Liloan en Cebú, Bislig y Catel en Caraga en Juan Camacho de la Peña.
Resuelto. 09­10­1653. AGI Filipinas, 50, N. 40. Cit. M. Ramerini. Op. cit.

483Ibidem.

484 M. Ramerini, citando el informe del padre Pareja. Manila, 25 de enero de 1671.

485 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 149.

486 En las zonas donde estaban asentados en Brasil, fueron expulsados en 1654.

487  Ya había servido en las Molucas como gobernador entre los años 1642 y 1644, acrecentando
el poder militar en las islas. Vid. A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 148.

488  A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 148, con referencias al AGI, Filipinas en «Carta de
Diego Fajardo sobre temas de gobierno», 4 de agosto de 1650; «Méritos de Pedro
Fernández del Río», mayo 1647; «Confirmación de encomienda de Santa Catalina», 18
de   mayo   de   1649;   «Confirmación   de   encomienda   de   Sinait»,   1   de   abril   de   1651   y   «Petición   de
Sebastiana de Mendizábal reclamando cierto dinero», 19 de junio de 1656.

489 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 151.

490Op. cit. Pág. 153.

491
una escaramuza.
 Sigo creyendo que la guarnición debía estar en torno a los 200 hombres, ya que no
tendría sentido utilizar la totalidad de la fuerza holandesa del fuerte, si se mantiene
que eran 124 holandeses los que componían la guarnición, en una salida para repeler

492  A. C. Campo López, Op. cit. Pág. 153, citando a Tiele y Heeres. Bouwstoffen voor de
geschiedenis der Nederlanders in den Maleischen archipel. Vol III. Pág. 445. Gravenhage,
1895.

493  AGI, Filipinas, 52, N.12, «Confirmación de encomienda de San Nicolás» 2 de diciembre de
1666. Cit. A. C. Campo López. Pág. 154.

494Ibidem, citando a Tiele y Heeres, op. cit. Vol III. Pág. 445.

495   AGI, Filipinas, 31, N.23, citado por A. C. Campo López.  Op. cit. Pág. 149. «Carta a los


regidores de Manila sobre varios asuntos» 6 de agosto de 1650.

496 AGI. Filipinas. 51, N.14. «Encomienda de Abucay». Cit. por M. Ramerini. Op. cit.
497 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 156.

498 Ibidem.

499  Parece ser que los daños no fueron excesivos, porque el inspector holandés que visitó
el   fuerte   posteriormente   lo   juzgó   reparable.   Los   españoles   habían   incendiado   la
estructura. Se quemó el tejado del fuerte, el techo del polvorín y quedó derruida parte
de las murallas. El Dagh­Register holandés confirmó la localización de la fortaleza «detrás de la ciudad
de Ternate y sobre una colina».

500   Sus   últimos   capitanes   fueron   Martín   Sánchez   de   la   Cuesta   (1650);   Francisco
Recabarren (1656), que en abril de ese año fue remplazado por Juan García como
interino, y cuatro capitanes durante 1661 y 1662: Pedro de la Mota (1656­1661); Juan
de Herrera (1661); Antonio de Ortega (1661), Hernando de Soto (1661), y Nicolás Jurado en 1662.

501   Inmediatamente pasó a manos de los holandeses. Un contingente de 50 soldados
ocupó el fuerte al que denominaron Romi. El comandante holandés se interesó por él
y   lo   visitó   junto   con   el   sultán   de   Tidore.   Al   parecer,   se   encontraba   en   excelentes
condiciones   y   solo   la   escalera   y   los   balcones   del   fuerte   superior   habían   sido   destruidos.   Algunas
estancias estaban repletas de leña y maderas, lo que indicaba la intención de los españoles de quemar
todo el inmueble antes de irse, pero algo o alguien —posiblemente los tidores—, les habían disuadido
de ello.

502
Tidore 1521­1663.
  Miguel de Pareja al gobernador general Manuel de León. Manila, 25 de enero de
1671.   Documento   n.º   215.en   Jacobs  Documenta   Malucensia   III,   1606­1682  y   nota   4,
citado por M. Ramerini.  Op. cit.  Fuerte de Rume. Las fortalezas españolas en la isla de

503 Cit. en M. Ramerini. Op. cit.

504 Pigafetta. Op. cit. Pág. 108.

         1.­ Magallanes­ Elcano (1521). De la armada de cinco naves llegaron a las Molucas dos, y
505

regresó a España solo una.

2.­  Jofre de Loaysa (1525). Zarparon siete naves. Únicamente llegó una a las Molucas que no
pudo regresar a Nueva España.

3.­ Estevao Gomes (1524). Su flota constaba de cuatro naos. No llegó a la Especiería.

4.­ Sebastián Caboto (1526). Una nave realizó el viaje expedicionario. No llegó a las Molucas.

5.­  Álvaro de Saavedra (1528). De su flota de tres naves llegó una a las Molucas, que no pudo
volver a Nueva España.

6.­  Ruy Lopes de Villalobos (1543). Únicamente alcanzaron la Especiería dos de las seis
naves que componían su expedición. Ninguna regresó y la que sobrevivió fue hecha
prisionera por los portugueses.

506 Ivan Obolensky. Op. cit.
507   El virreinato de Nueva España estaba formado por los actuales países de México,
Guatemala, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Guadalupe, Cuba,
República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Filipinas y los estados de
California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington, Oklahoma,
Luisiana, parte de la Columbia británica de la actual Canadá y las islas Marianas y Carolinas, aunque
en muchos de los territorios de los actuales Estados Unidos la presencia en las llamadas Provincias
Internas, era más bien nominal y los asentamientos expedicionarios no siempre fraguaban en ciudades
o presidios.

508 Patricio Hidalgo Nachera. Op. cit. Pág. 97.

509 Desde Filipinas se llegaron a enviar cuatro expediciones de cierta entidad a las Molucas:

1.­   Sebastián   Ronquillo   (1528).   La   flota   la   componían   tres   naves   cuyas   dotaciones
combatieron en Ternate.

2.­ Desmariñas (1590). Tuvo un motín a bordo y la flota no llegó a la Especiería.

3.­   Furtado de Mendoça y Juárez Gallinato (1603). De sus cuatro naves llegaron las cuatro,
pero debieron volver a Filipinas por falta de pólvora para el combate.

4.­   Bravo de Acuña (1606). Sus nueve naves llegaron a la Especiería, combatieron con
éxito sus dotaciones y derrotaron a los ternates y holandeses llevando de vuelta a
Manila un importante botín de clavo.

510 Alejandro Paternain. Op. cit. Pág. 221.

511 Jack Turner. Op. cit. Pág. 92.
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Los barcos reunidos por Cristóbal Colón para su primera expedición en busca de una ruta marítima a las islas de
las especias; de izquierda a derecha, la Niña, la Pinta y la Santa María. Dibujo de Rafael Monleón. Museo Naval, Madrid.

Antigua Casa de la Lonja, en Sevilla, sede del Consulado de Cargadoras a Indias, hoy lo es del Archivo de Indias.
La Casa de la Contratación tuvo sus despachos en las dependencias del alcázar en la zona denominada «de los almirantes».
En 1506 se construyeron almacenes y casas en la zona de la actual plaza de la Contratación. En 1553 se amplió la
superficie comprando el hospital de Santa Isabel. En la actualidad, el patio de la Montería del alcázar es de los escasos
vestigios que quedan de la antigua Casa de la Contratación que se trasladaría a Cádiz a mediados del XVI.
Las islas Molucas, mapa realizado en 1592 por el teólogo, cartógrafo y astrónomo flamenco Pieter Platevoit, uno
de los fundadores de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Es conocido por introducir el método de proyección
de Mercator en los mapas de navegación y por desarrollar un nuevo sistema de medir la longitud.

El puerto de Indias, en el río Guadalquivir, en Sevilla, visto desde el barrio de Triana. En los siglos  XVI y XVII
acogía a la flota de galeones y un gran número de embarcaciones venidas de América. El cuadro muestra la Giralda al
fondo, el puente de barcas a la izquierda y la Torre del Oro a la derecha. Obra atribuida a Alonso Sánchez Coello realizada
entre 1576 y 1600. Museo de América, Madrid.

Vista desde Ternate. En primer plano, la laguna. La isla de Maitara se percibe enfrente y al fondo se contempla la
isla de Tidore con su volcán en forma de cono.
Isla de Maitara próxima a la costa de Tidore, abundante en árboles de clavo de olor que cubren todas sus laderas.
La fotografía está tomada desde Ternate.

Galeón de finales  del siglo  XVI  y principios del  XVII. Obra de Rafael Monleón publicada en  Diccionario de


Construcción Naval. Museo Naval, Madrid.
Octavo de cañón español de bronce, de 70 mm de calibre y 112 cm de longitud, fundido en el siglo  XVI. Museo
Naval, Madrid.

A la izquierda, un lombardero hace fuego con su pieza, típicamente naval, situada en la borda del bajel. Abajo,
falconete pedrero español del siglo XVI. Estas piezas pequeñas de artillería, iban montadas sobre una horquilla,y estaban
formadas por planchuelas de hierro reforzadas por manguitos para formar el tubo. Con un alcance máximo de unos 1200
metros, disparaba pelota de hierro de dos libras y media de peso. Museo Naval, Madrid.
De izquierda a derecha, rodelero, arcabucero y piquero de los tercios, en tiempos del emperador Carlos I. Dibujo
de Villegas para Álbum de la infantería española, del teniente general, conde de Clonard.

Fortaleza portuguesa de Malaca. Erigida después de la conquista de Malaca en 1511, y conocida formalmente
como fuerte de Malaca, tardó cinco meses en completarse su construcción.
Cañón portugués de hierro fundido, de 9 cm con  ánima lisa, del siglo  XVI, con el escudo de armas del papa
Gregorio XIII. Museo de Marina, Lisboa.

Cañón naval holandés del siglo XVII en la isla de Tidore, situado sobre un soporte de piedra. Fotgrafía de Sira
Sebastían de Erice.

A la derecha, kora kora de las Molucas armada con tres cañones. Abajo, tal y como las dibujo el francés Alphonse
Pellion durante su viaje realizado en1817.
Champán navegando en aguas de Formosa. Grabado de Jean­Francois de Galaup, para el libro  The voyage of La
Pérouse round the world.
Las islas Molucas. Figura de las cinco islas donde crece el clavo y de su árbol. Del volumen II de  El viaje de
Magallanes: un relato narrativo de la primera circunnavegación, obra de Antonio Pigafetta publicada en 1521. Pigafetta,
nacido en Vicenza, Italia, en 1480, fue uno de los 18 hombres, de los 265 de la tripulación inicial, que sobrevivieron al
viaje.

Tormenta en el estrecho de Magallanes, localizado en el extremo sur de Chile, entre la Patagonia, la isla Grande
de Tierra del Fuego y varias islas ubicadas al oeste de esta, hacia el océano Pacífico. La exploración de las tierras vecinas al
peligroso estrecho no ofrecía ningún interés para la expedición Magallanes­Elcano, que solo buscaba allí el paso para llegar
a los mares de la India.
Guerreros indígenas de Ternate durante la danza del Chacalele. Una larga historia de comercio y navegación dio
como resultado una gran mezcla de razas en la población autóctona de las Molucas.

Las islas Molucas en un mapa de Willem Blaeu que apareció publicado por primera vez en 1630 en  Apéndice
Atlantis. Fue el primero en detallar a gran escala las islas, ya controladas por los holandeses. Muestra la naturaleza muy
boscosa del territorio y los fuertes recientemente construidos. El norte está en la dirección correcta, Ternate es la isla más a
la derecha, seguida de Tidore, Mare, Moti y Makian. El fondo es la isla Gilolo (Jailolo o Halmahera). En la parte superior
se encuentra la isla de Bacan.
Fernando de Magallanes (1480­1521). En 1519 comenzó, navegando por occidente, la aventura de llegar a las
Molucas situadas más allá del límite del Tratado de Tordesillas de 1494, con la intención de demostrar que pertenecían a
Castilla y no a Portugal. En 1521 cruzó el paso interoceánico que lleva su nombre, en el extremo sur de América y tomó
camino hacia el noroeste. La expedición española fue tocando tierra en varias de las islas de las hoy conocidas como
Filipinas, enfrentándose en muchas de ellas con los indígenas. Falleció en uno de esos combates. Obra anónima. Museo
Naval, Madrid.

Juan Sebastián Elcano. Nació en fecha desconocida, probablemente hacia 1476, en la villa de Guetaria, provincia
de Guipúzcoa. Primero en completar la vuelta al mundo, solicitó por su gesta a Carlos I el hábito de caballero de la Orden
de Santiago, la Capitanía Mayor de la Armada y un permiso para poder llevar armas de fuego. Todos esos honores le
fueron denegados Murió de escorbuto el 4 de agosto de 1526 a bordo de la nao   Santa María de la Victoria,  cuando
participaba en la expedición de García Jofre de Loaysa a las islas Molucas. Entre los testigos que firmaron su testamento
estaba otro célebre marino español, Andrés de Urdaneta.
El desembarco de Elcano y sus compañeros en Sevilla. Obra de Elías Salaverría realizada en 1919. Museo
Naval, Madrid.

Monumento   a   Elcano   en   Guetaria,   realizado   en   1922   con   ocasión   del  4.º   centenario   del  viaje.   El   proyecto
escultórico, obra del palentino Victorio Cacho, en la línea del estilo Art Déco entonces en boga, se eleva sobre un antiguo
baluarte del siglo XVII de la muralla de la ciudad, que le sirve de zócalo.
Núñez de Balboa llega a la Mar del Sur el 25 de septiembre de 1513. Su descubrimiento fue un hito importante en
la larga búsqueda llevada a cabo por los españoles de una ruta marítima a Asia por occidente. Unos años más tarde,
Magallanes le daría el nombre de «pacífico» por encontrarse aguas tranquilas en la mayor parte de su travesía. Durante
todo  el  siglo  XVI, varias  expediciones   españolas  cruzaron  el Pacífico   desde  México  hasta  Filipinas  y las  islas  de las
Especias.

Castillo de San Antón, construido en la bahía de La Coruña, sede de la Casa de la Especiería desde diciembre de
1522 hasta 1573.
Monedas recuperadas del galeón San Diego. Las especias pronto generaron un auténtico caudal de oro y plata de
los inversores que financiaban las expediciones, de los armadores, de los comerciantes que se aprovisionaban de ellas, de los
comisionistas, de los proveedores y, finalmente, de los clientes europeos que pagana astronómicas sumas. Fotografía de
Albert Giordan publicada en El San Diego. Un tesoro bajo el mar.

Las   expediciones   iban   bien   pertrechadas   de   provisiones   y   carga.   Estas   tinajas   de   manufactura   española,
recuperadas del galeón  San Diego,  hundido en combate contra los holandeses, son una muestra del cargamento que se
estibaba en las naos, junto con muchos otros elementos, además de los fardos y barriletes de especias que se fletaban a
bordo en los viajes de regreso aade la Especiería. Fotografía de Albert Giordan.
Tras desembarcar en Veracruz, Hernán Cortés come con los embajadores del soberano azteca Moctezuma. A
partir de 1530, una vez conquistado México, Cortés, como capitán general de los nuevos territorios, se dedicó a preparar
escuadras para las islas de la especiería y la exploración del océano Pacífico. Obra de Juan y Miguel González realizada en
1698. Museo de América, Madrid.
Morriones recuperados del galeón San Diego. Miden 21 centímetros de altura, 30 de ancho y tienen un diámetro
de 27. Pesan 2 y 3 kilos y son de cobre. Los soldados españolas llevaban como prenda de cabeza estos morriones o capacetes,
que utilizaban en sus combates en la mar o en los asaltos finales en tierra. En las Molucas se usaron con frecuencia entre
la «gente de guerra» en los combates en Ternate y Tidore. Fotografía de Albert Giordan.

Munición de artillería para cañones pedreros. Entre la artillería embarcada era frecuente que las naos llevasen
cañones pedreros, que, como su nombre indica, lanzaban munición de piedra, como los proyectiles que se aprecian en esta
imagen. Detalle de una fotografía de Albert Giordan.
El sultán de Tidore, durante un banquete con sus invitados holandeses. Pueden apreciarse los morriones de los
que simulan los combates, posiblemente soldados holandeses. Aunque el morrión apareció en Castilla a comienzos del siglo
XVI  y estuvo asociado a los tercios de la Monarquía Hispánica, fue igualmente usado en la mayor parte de los países
europeos durante los siglos XVI y XVII. Grabado anónimo de mediados del siglo XVII. RIijksmuseum, Ámsterdam.

Guerrero   maluco   con   un   arcabuz,   dibujo   publicado   en   el  Códice   Boxer,  mandado   elaborar   por   Luis   Pérez
Dasmariñas, gobernador de las islas Filipinas entre 1593 y 1596
La flota del almirante holandés Joris Spielbergen en la bahía de Manila. En sus proximidades salió derrotado en el
combate naval de Playa Honda, en abril de 1617, contra las naves de Juan Ronquillo. Los galeones españoles abordaron la
nave almiranta,  Sol de Holanda, y otras dos naos y las echaron a pique. Grabado  del libro  del almirante   Speculum
orientalis occidentalisque Indiae navigationum, publicado en 1619.

Fuerte Oranje, en Ternate, construido en 1606 por los holandeses, fue el centro administrativo de la Compañía
Holandesa de las Indias Orientales (VOC) antes de su traslado a Batavia.
La isla volcánica de Ambon, arriba, sobre una vista de la isla de Nera, en las islas Banda, que producen la nuez
moscada en las Molucas del Sur. El monte Ganapus está en erupción, junto a una vista en primer plano del fuerte Nassau
Belgica. Grabado de Johann Theodorus de Bry realizado en 1598.

Fuerte Tohula, o Santiago de los Caballeros, en Tidore; inexpugnable fortaleza en lo alto de una colina desde la
que se controlaba la principal población de la isla y la residencia del sultán.
El Mauritius y otros buques regresan de las Molucas y las Indias Orientales. Obra de Hendrick Cornelis Vroom
realizada en 1600. Rijskmuseum, Ámsterdam.

Prao de guerra artillado. En aquellas aguas peligrosas, donde abundaban arrecifes y bajos de arena, las naos de
gran calado no eran manejables. Los ternates y tidores, y muy pronto españoles, portugueses y holandeses, comenzaron a
utilizar praos con dos cañones en proa y otros dos a popa. Combinaban las velas bugis, con numerosos remeros a pie desde
las bordas. National Maritime Museum, Greenwich.
Fuerte español de San Francisco de Calamata, en Ternate. Se aprecia enfrente la isla de Maitara. A la derecha de
la fotografía y detrás, mayor y con su volcán cónico, la isla de Tidore.
Fuerte portugués de Gammalama, comenzado a construir por António de Brito el 24 de junio de 1522. Llamado
luego Nuestra Señora del Rosario, fue conquistado en 1606 por las fuerzas de Pedro Bravo de Acuña. Actualmente se
encuentra   a   unos   10   kilómetros   de   la   moderna   ciudad   de   Ternate.   La   vegetación,   las   raíces   y  las   piedras   sueltas   y
desordenadas, lo invadían sin clemencia cuando tuve ocasión de visitarlo en 1991. Fotografías de Sira Sebastían de Erice.

Muralla exterior de las ruinas del fuerte San Pedro y san Pablo, una selva que crece entre piedras derruidas. Hace
ya años, aún se percibían entre la maleza los imponentes restos de una valla de piedras de cierto volumen, como la que se
ve en la fotografía, y otras muchos restos desperdigados por los alrededores.
El   fuerte   Torre,  en   Tidore,  una   obra   defensiva  frente   a   los   portugueses,   que   tenían   otra  fortaleza   cerca,   en
Ternate. Fue erigido por el capitán burgalés Hernando de la Torre, de la expedición de Loaysa, en 1527. Allí acudió la nao
Florida, de Álvaro de Saavedra. La vieja ciudad de Tidore fue capturada por el almirante holandés Van der Hagen en mayo
de 1605.

Fuerte Toloko, también conocido como Tolukko. Fue construido por los portugueses en Ternate, a comienzos del
siglo XVI. En 1605 los holandeses lo capturaron y lo bautizaron como fort Hollandia. En 1611, la expedición española al
mando   de   Fernando   de   Ayala,   que   partió   desde   Filipinas   por   orden   del   capitán   general   Juan   de   Silva,   lo   capturó
desalojando a los holandeses, pero los españoles no lo ocuparon durante mucho tiempo, lo abandonaron en 1613. Fotografía
de Sira Sebastián de Erice.
Cañón recuperado del galeón San Diego. Se trata de una culebrina de calibre de 133 mm correspondiente a una
bala de fundición de 15 libras. Su longitud es de 3,85 m, o 13 pies de Castilla, y su peso 2288 kilos, o 50 quintales de
España. Esta  pieza  de  artillería  fue  recuperada tras  las  excavaciones  de  arqueología  submarina  dirigidas  por  Franck
Goddio en 1993. El propio Goddio reconoció que algunos buceadores quedaron impresionados por el descubrimiento de
«un   esqueleto   encontrado   bajo   un   cañón,   con   un   casco   y   el   puño   de   una   espada   próxima,   que   revelaban   dramas
desconocidos». Fotografía de Albert Giordan.

La isla de Maitara, se encuentra entre Ternate y Tidore. En la foto se observa al buque­ escuela  Juan Sebastián
Elcano  dirigiendo la proa hacia el canal que separa Maitara de Tidore. El 30 de marzo de 1993 el buque arribó a las
Molucas donde sus mandos, guardiamarinas y marineros, tomaron parte en el acto de homenaje a Juan Sebastián Elcano y
a las tripulaciones de la  Victoria  y la  Trinidad,  organizado por la embajada de España en Yakarta. Fotografía de Sira
Sebastián de Erice.
Marzo de 1993. Honores a la bandera. Detrás de la bandera y su escolta, puede verse la isla de Maitara y las
barcas de los nativos de Tidore que contemplan el acto de homenaje a Elcano. Abajo, La compañía de guardiamarinas
presenta armas durante la interpretación del himno nacional de España, en la playa de Rum.
Formación de guardiamarinas del  Juan Sebastián Elcano  en la playa de Rum, cerca de los restos del antiguo
fuerte  español  San  Lucas  del  Rumen,  o  fuerte  Rum.  La   construcción   del  fuerte   comenzó   en  1618,  tras   aceptar  una
propuesta del sultán de Tidore para erigir un asentamiento en el norte de la isla. Era una posición estratégica, pues
guardaba el mejor puerto natural de la isla y se encontraba en el punto de la costa de Tidore más próximo a Ternate.

Placa colocada en la playa de Rum dedicada a Juan Sebastián Elcano y a las tripulaciones de las naos Victoria y
Trinidad, después del acto de homenaje.
Zona acotada en la playa de Rum. Se puede divisar el recinto vallado en piedra blanca donde se encuentra la placa
conmemorativa colocada en 1993. Fotografía de M. Silva, www.magdabatik.com.

La compañía de guardiamarinas; el capitán de fragata Juan Carlos Rodríguez­Toubes; el comandante del buque­
escuela, Angel Tajuelo, y el embajador de España en Indonesia, Leopoldo Stampa, una vez finalizado el acto de homenaje a
los marinos españoles.

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