Stampa Piñeiro Leopoldo - Los Galeones de Las Especias
Stampa Piñeiro Leopoldo - Los Galeones de Las Especias
Nahaleh, este libro que inicié en su ausencia.
INTRODUCCIÓN
Durante la reunión, hablamos de todo un poco, primero, naturalmente de AMPER
y su proyecto y luego de la situación internacional, en la que España ya preparaba para
el año siguiente tres acontecimientos de gran calado: los Juegos Olímpicos de Barcelona,
la 1.ª Cumbre Iberoamericana y la Exposición Universal de Sevilla, dentro de las
conmemoraciones del Quinto Centenario del Descubrimiento de América.
Debí explicar con cierta vehemencia al ministro el protagonismo histórico, aunque
fuera indirecto, que ocupaba Indonesia en la celebración del Quinto Centenario. El
verdadero propósito de Colón —dije— había sido llegar a la Especiería, a las islas
Molucas indonesias, y en su travesía se topó con América. Al almirante Soederman —
hombre de mar, al fin y al cabo— le gustó la idea que vinculaba a Cristóbal Colón con
las especias de su país. Era el modo de asociarlo:
—Escriba usted sobre ello ahora que es embajador de España en Indonesia. Yo le
presentaré el libro y se lo avalo.
Asentí, aunque el ministro solo se había comprometido al aval y a la presentación.
Pero Antonio López, atento a la conversación, terció rápido:
—Si el embajador escribe ese libro, AMPER lo financia.
Y así nació el proyecto que llevaría el sello del Ministerio de Telecomunicaciones
indonesio, el sello de AMPER y el de la Embajada.
Viajé a las Molucas, concretamente a las islas de Ternate y Tidore, lo que no resultó
fácil, porque el acceso en avión era escaso y complicado, y solo lo logré en un avión
CASA acogido por el ministro Soederman. Pasamos dos días. Mi mujer, Sira Sebastián
de Erice, ya fallecida, que era fotógrafa profesional, tomó fotos de las ruinas de los
fuertes españoles y me acompañó por los parajes y vericuetos de aquellas dos islas
volcánicas. En Tidore, me fijé en una playita cerca del embarcadero de Rum, a los pies
de los restos de un fuertefactoría, Rum, que sin duda fue abrigo de los españoles
durante su presencia en la isla. Pensé que sería el lugar adecuado para erigir una placa
con la que recordar a Juan Sebastián Elcano, que fondeó no lejos de ese lugar, si un día
el buqueescuela pasaba por aquellas aguas.
Cierto pudor me impidió aparecer como autor de un proyecto que promocionaba la
Embajada. Una sensación difícil de explicar me contuvo. Pero la obra necesitaba un
autor. Recurrí al catedrático Antonio GarcíaAbasolo y a expertos en historia de
Filipinas, como José Luis Porras y Rafael RodríguezPonga, a quienes había pedido una
participación para el libro sobre un interesante aspecto del relato, como era Filipinas, y,
con su permiso, les coloqué como autores. Caballerosamente aceptaron y, al agradecer
los ejemplares que les envié una vez publicado, reconocieron mi autoría en una carta
que me remitieron. No le dimos más trascendencia al asunto.
Veintisiete años después, otro Quinto Centenario, esta vez del descubrimiento del
estrecho con Magallanes, que abrió la ruta del Atlántico hasta Filipinas y de la Primera
Circunnavegación de la Tierra por Juan Sebastián Elcano, me ofrece la oportunidad de
presentar sobre la gesta de Elcano y sobre la presencia española en las Molucas, una
edición corregida y aumentada, como tradicionalmente se decía. Algo corregida y
mucho aumentada, pero la ocasión lo reclama. EDAF, siempre atenta a dar acogida al
relato de los hechos históricos, ha tenido la amabilidad de editarla.
Una historia así no debe dejar de relatarse. La reiteración de aquellos hechos es al
mismo tiempo reiteración del homenaje que merecieron y siguen mereciendo.
TeheránMadrid. Enerojulio de 2019
1
Las especias
E L IMPERIO ESPAÑOL EN LAS INDIAS fue, en buena medida, la consecuencia de la
búsqueda de las especias. Así dicho es una afirmación simplificadora de una
realidad muchísimo más compleja, pero observando con distancia los orígenes
de aquel contexto histórico, no tendremos más remedio que aceptar que hay cierto
sentido en la afirmación, aunque me salte los matices del debate.
afirmar que «cuando Colón se topó con América no iba buscando un mundo nuevo,
sino uno viejo», aquel cuya evocación dibujaba un orbe donde crecían los aromas, los
sabores y las fragancias en formas vegetales diversas, rodeado de un aura ultraterrena
surgida de aquellas leyendas medievales en las que se creía que las especias brotaban en
el Paraíso.
Cierto es que ese aspecto casi mágico no desdeñaba otro más material: el
astronómico valor de las especias.
Antes de que Colón y de que los cartógrafos y geógrafos detectasen la fuente de
esas delicias vegetales, nuestros antepasados pensaban que las especias eran mercancías
de otro mundo. La ruta de las caravanas demostró que no era así. Después de
cosecharse en lejanas tierras, las especias llegaban a los mercados de Venecia, Brujas y
Londres a través de una oscura maraña de rutas que recorrían más de la mitad del
planeta conocido . 2
Habituales desde las épocas faraónicas, China e India habían comerciado con ellas
desde los puertos centenarios de Basora, Yedda, Mascate o Aqaba, a través de la
antigua, lenta e inacabable Ruta de la Seda, que nacía en el este de China y recorría Asia
central, Persia o Arabia, para que la preciada carga terminase en Alejandría, Alepo o
Bizancio y continuara hacia el Mediterráneo; o por el Danubio hasta Europa Occidental.
Turner traza en su libro el apasionante itinerario, salpicado de notas inteligentes y
de buen gusto, que acompañan el relato de esa aventura del comercio de las especias y
que llevaron consigo durante miles de años una variedad de mensajes muy poderosos.
Patricio Hidalgo Nuchera, en un cuidado trabajo realizado en la Universidad
Autónoma de Madrid que se apoya en Chaunu , penetra también en los detalles de ese
3 4
tráfico y aporta datos de mucho interés.
Los orígenes de la ruta de las especias nos hablan de transacciones en tiempos
romanos y de Alejandro Magno. Cuando Roma declinó, el Índico se convirtió en un mar
árabe por donde las especias tuvieron su tráfico marinero. Pero sin necesidad de irnos
tan lejos, baste apuntar que a partir de la Edad Media las rutas se ramificaron.
Los trayectos terrestres partían de China, y al alcanzar la India se bifurcaban. Uno
llegaba hasta el estrecho de Ormuz, en la entrada del golfo Pérsico, continuaba a través
de Persia y seguía hasta Tabriz para dirigirse a Trebisonda, en la costa sur del mar
Negro. Allí, en la ciudad de Tana, estaban asentados los mercaderes genoveses que
distribuían productos hacia las ciudades bálticas y los puertos mediterráneos. El otro
camino terrestre partía desde la India y seguía despaciosamente los valles del Éufrates y
el Tigris para concluir su recorrido en los mercados de Constantinopla. Desde allí, con
ritmo de cuentagotas, y a través de los comisionistas árabes, bizantinos y judíos, las
especias eran distribuidas en Europa y en los mercados escandinavos.
La alternativa marítima a estas rutas terrestres también tenía dos ramales. Las
sendas marinas tenían su origen común en las regiones productoras de especias, es
decir, las Molucas, Borneo, Java, Ceilán y Malaca. Desde Malaca una de las rutas
remontaba hasta el fondo del golfo Pérsico y, desde allí, en un largo transporte,
franqueaba el desierto y desembocaba en Palestina o en Alepo, en Siria. La otra travesía,
navegaba por el Índico y se acercaba a las costas del mar Rojo; una vez desembarcada la
carga, seguía en caravanas hasta El Cairo, donde las especias se tasaban y vendían antes
de ser enviadas a Alejandría. Los agentes de la banca de Venecia estaban asentados en
la ciudad y, desde sus factorías, se encargaban de despacharlas hasta los muelles de la
costa italiana, donde un puñado de intermediarios venecianos las distribuían a Francia,
Alemania e Inglaterra a precios disparatados. Europa era el otro gran centro de
consumo de especias. Patricio Hidalgo distingue tres grandes espacios, el
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Mediterráneo, Flandes y el Báltico. El primero marcaba la frontera de la cristiandad con
Oriente y con los musulmanes. Venecia recibía especias a cambio de armas y plata. En
Flandes eran los tejidos, las telas flamencas y los bordados los que se cambiaban por
pimienta, nuez moscada, canela y sedas, pero también por sal y vino mediterráneo. Por
último, el Báltico recibía en los estrechos daneses y en las ciudades de la Hansa, las
especias y las sedas contra el hierro y el cobre.
Las especias se cotizaban porque eran el sabor de la vida. El sabor secreto de la
vida. Solo los que las recolectaban sabían dónde crecían, y muy pocos conocían a dónde
se enviaban. Nadie tenía una imagen de conjunto. El tráfico estaba dividido en partes y
pasaban de un proveedor comisionista a otro. El trazo de su itinerario era confuso a
propósito. La ausencia de claridad guardaba el misterio, y de alguna manera eso
incrementaba el precio. De una copa de vino especiado con clavo, lo único que podía
saberse con seguridad era su origen: las Molucas, pero no su travesía. Cuanto más lejos
de sus orígenes viajaban, más interesantes se volvían, mayores pasiones despertaban,
mayor era su valor y más disparatadas eran las propiedades que se les atribuían. Eso es
lo que Turner ha llamado «la ley del aumento del exotismo», que enuncia así:
Un abrigo de pieles es normal en Moscú y un lujo en Miami. Cuando el mundo era un lugar
inconmensurablemente mayor, lo mismo ocurría con las especias. Lo que era especial en Asia se volvía
prodigioso en Europa6.
Por ello, cuando Constantinopla cae en manos de los turcos en 1453, y con ella se
desmorona el último vestigio del Imperio Romano de Oriente, se produce la segunda
crisis y se eleva por tierra una intangible pero sólida barrera de control e influencia
musulmana que va a separar los ricos y sofisticados mercados de Asia de los de la
Europa cristiana. Y por mar sucede lo mismo. El océano Índico terminó
transformándose en un lago islámico. El Mediterráneo se cerró. Las especias ya no
llegarán con ritmo fluido por aquel camino que habían iniciado Venecia y Génova, que
actuaban como distribuidores de aquellas cargas de desorbitados precios, y las naciones
de la cristiandad no se aventurarán hacia Asia en busca del oro vegetal.
El resultado es que Génova perderá pocos años después sus factorías en el mar
Negro, ante la expansión turco otomana, lo que marcará la ruina de su comercio. Por
ello se volcará en Andalucía buscando rutas alternativas y su banca financiará y
apoyará más adelante las expediciones españolas de Colón y de Magallanes en busca de
la India por la ruta marítima del oeste. La gran beneficiada, por el contrario, va a ser la
Señoría de Venecia, que conservará el control y la venta exclusiva de las mercancías de
lujo que llegaban por la ruta marítima del mar Rojo , cobrando sumas descomunales.
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A partir de ahora, para que las especias siguiesen llegando a las mesas europeas de
los príncipes, de los lores, de los banqueros, de los aristócratas, de los arzobispos, de los
almirantes y de los abades, había que crear nuevos caminos que no fuesen los
mantenidos hasta entonces por el Mediterráneo oriental y que flexibilizasen el
despiadado y costosísimo monopolio veneciano.
¿Dónde se encontraban las especias?
Durante muchos siglos la localización de las islas de la Especiería fue uno de los
secretos más celosamente guardados por los pilotos, mercaderes y navegantes. El
negocio de sus transacciones había quedado en manos de comerciantes indios y
marinos chinos. En la Edad Media los árabes los remplazaron e hicieron de
intermediarios.
El islam se estaba extendiendo paulatinamente por el mar, tanto hacia el Oeste —
costa occidental de África hasta Mozambique— como hacia el Este –—Indias Orientales
indonesias, hasta Joló y Mindanao—. Era un islam de mercaderes. Más plácido, y
transmitido de modo distinto al difundido en Persia y en la península arábiga, con la
espada y la batalla. Los mercaderes, al tiempo que propagaban su fe, constituían
sultanatos y principados. Por donde quiera que los cristianos europeos se aventurasen a
viajar por Oriente, se encontraban con que los musulmanes se les habían adelantado, de
manera que hacia 1500 la producción y el mercado de especias estaba en manos de los
mahometanos . 8
Las especias —se pensaba en Europa— nacían en recónditos lugares de Oriente
lejano que solo los musulmanes sabían y controlaban. Y esa situación debía cambiar. No
solo porque esa gran franja geográfica del islam, que se extendía desde Marruecos hasta
la actual Indonesia, cortaba por la mitad las rutas de las especias, sino por una razón
ideológica de peso: la fijación cristiana de que «las especias eran la vaca lechera
musulmana» , señala Turner, y ello tenía que terminar para que no fuera Occidente
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quien financiase a los mahometanos.
mundo misterioso que proporcionaba sedas, telas finas, perfumes exóticos y, sobre
todo, especias, permanecían vivos. Habían sido muchos los misioneros y comerciantes
que habían visitado la China de los khanes y, aunque no todos escribieron sus
experiencias, fue suficiente que lo hiciera Marco Polo para hacer vibrar la imaginación
de los europeos. Unos y otros hicieron presentir al mundo occidental y cristiano la
existencia de unas tierras a Oriente que reunían dos deslumbrantes condiciones: ser un
campo de expansión espléndido y posible del cristianismo y la fuente de unos recursos
de extraordinaria riqueza para el comercio.
Toscanelli trataba de probar que Asia se alargaba tanto hacia el Este, que China
estaba solo a corta distancia de Europa. Para Colón este fue el dato que necesitaba. Los
mapas de Toscanelli, enviados a Fernando Martins, llegaron a manos de Colón. La
conclusión parecía obvia: si el mundo era redondo, el acceso a la Especiería se podía
lograr también navegando hacia el Oeste. Que el mundo era redondo no lo discutía
nadie en los ámbitos educados de finales del siglo XV. La duda que aún permanecía era
su dimensión. El globo se divide en 360 grados, de manera que si se conoce el tamaño
de un grado se sabe el del globo. En el Ecuador un grado abarca 60 millas náuticas. Sin
embargo, Colón, al medir el grado, le asignó el equivalente de 45 millas náuticas, con lo
que redujo en un 25 % el tamaño de la Tierra. Pero aún persistía la incertidumbre sobre
la extensión de Eurasia. Algunos le otorgaban una superficie hasta de tres cuartas partes
de la circunferencia del globo, alrededor de 290 grados. Para Colón, en un globo tan
pequeño y con esas dimensiones de Asia, no cabían más de 3000 millas náuticas de mar
abierto. La verdad es que había tierra a esa distancia al oeste de Europa, pero no era
Asia, aunque Colón no lo supiera.
De acuerdo con estos cálculos, se pensaba que la llegada a la Especiería estaba al
alcance de la mano. Se podía evitar, por lo tanto, que las mercancías de Oriente
siguieran llegando a través de intermediarios desde el Este y que los países occidentales
siguieran llenando de oro los bolsillos del infiel.
Ya hemos referido cómo los astrólogos y los geógrafos daban por descontada la
redondez de la Tierra y cómo la gran incógnita no era la forma esférica del globo, sino la
distancia entre los dos extremos del mundo conocido. Cristóbal Colón creía con fe ciega
en las tesis de Ptolomeo, que en sus tratados dejaba intuir que el mundo asiático —que
él imaginaba mayor en extensión de lo que en realidad es— no debía encontrarse muy
alejado de Europa. Toscanelli reforzaba esa creencia al mantener que el camino por el
Oeste para llegar a la Especiería no solo era plausible, sino más asequible que el
emprendido por los portugueses por el Este.
Con ese bagaje conceptual Colón presentó su proyecto a los reyes de Castilla y de
Aragón. El 3 de agosto de 1492 se hizo a la mar desde el puerto de Palos. El 12 de
octubre de ese mismo año, el almirante y sus hombres llegaban a la isla de Guanahaní.
A su regreso, en marzo de 1493, fue recibido en triunfo en el salón del Tinell del barrio
gótico de Barcelona por los reyes Isabel y Fernando. El resto de la historia es bien
conocido.
La llegada a las Indias de la expedición liderada por Cristóbal Colón significó un
paso de gigante, un auténtico hito en la historia de la humanidad, una revolución en la
geografía universal. No solo en términos geográficos. Desde la perspectiva material,
más inmediata, el estímulo fundamental para la expansión había sido el abastecimiento
de productos para los mercados occidentales, en particular las especias, cuyo origen se
situaba en una zona imprecisa conocida como la Especiería. Colón creyó que había
llegado a ella cuando desembarcó en las Indias en 1492. Existen explicaciones más o
menos complejas de por qué buscaba especias. «La respuesta más sencilla, aunque
también la más superficial, es que las especias eran valiosísimas y que su valor derivaba
de que resultaban insustituibles, escasas y difíciles de obtener» . 11
Pero el verdadero drama de 1492 es que Colón había prometido oro y especias y, en
vez de eso, lo que a su regreso a España ofreció «fueron retorcidas interpretaciones de
viejos mitos» . Los veinticinco primeros años tras el descubrimiento del nuevo
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continente por Colón acabaron siendo una sucesión de desilusiones. Aunque sus éxitos
eran colosales, desde muchos puntos de vista, sin embargo, había fracasado en su
búsqueda de especias en las Indias.
Los portugueses, por su parte, insistieron en su intento por el Este. Vasco da Gama
llegó a la India y, paulatinamente, los portugueses consiguieron desplazar a los
musulmanes del dominio naval en el océano Índico. Pedro Álvares Cabral remató la
labor de Da Gama. Siguiendo sus pasos, partió en 1500 en un viaje exploratorio, con
trece barcos. Cabral hizo el grato descubrimiento de que los comerciantes árabes no
tenían con qué responder a la terrible artillería naval de los portugueses. El bombardeo
de Calcuta fue definitivo. Las especias, pimienta negra de Malabar y canela de Ceilán,
se cargaron a partir de entonces en naos de Portugal.
Entretanto los financieros se frotaban las manos. Desde Amberes hasta Augsburgo
los grandes banqueros de Europa miraron a la distante y lejana Portugal con interés
renovado, pues era evidente que en esa competición hacia la Especiería, Portugal
llevaba ventaja. Podía ser una fuente de ducados de oro. Había lanzado a sus
navegantes para bordear las costas africanas, doblar el cabo de Buena Esperanza y
llegar a la India y a la bahía de Malaca, que era el puerto más rico de Oriente, el punto
en el que todas las especias orientales partían hacia el oeste. Desde Malaca hasta la
Especiería, no era tampoco un paseo, pero se trataba de aguas conocidas y de rutas ya
cruzadas. No era difícil el acceso. Antonio de Abreu y Francisco Serrao —ya trataremos
de ellos en su momento— llegaron a Ternate desde el puerto de Malaca en el año 1512.
Portugal se iba a asentar en las Molucas y a tratar de conseguir el monopolio de las
mercaderías más deseadas en las ferias y lonjas del mundo.
Ternate y Tidore concentraban la mayor parte de los bosques de claveras. Las islas
constituyen dos conos volcánicos que surgen de las aguas del océano Pacífico a una
altura de 1729 metros sobre el nivel del mar, separadas por un canal de apenas
kilómetro y medio. «El único don con el que la Naturaleza había adornado a Ternate y
Tidore —escriben Willard Hanna y Des Alwi— eran los árboles del clavo, de hojas
lujuriantes de forma parecida al laurel, que cubrían y enmarcaban las laderas de los
volcanes» . La naturaleza había adornado —y mucho— a aquellas islas de una de las
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especias más anheladas en el mercado, casi de modo exclusivo en todo orbe. Antes de
Des Alwi, el cronista Bartolomé Leonardo de Argensola ya lo aseguraba en 1609: «La
liberalidad con que las concedió el cielo para solas estas islas fue negada a todo el
espacio del orbe» . 14
Hoy es otra cosa. No solo las Molucas indonesias siguen produciendo clavo. Crece
en Madagascar, India y Sri Lanka. Francia fue el país pionero en la plantación de las
claveras cuando en 1770 sustrajo algunas plantas y consiguió llevárselas a las islas
Mauricio. Después, se lograría su introducción en Zanzibar, Brasil, Antigua y Guayana.
Pero en 1512, como había hecho Portugal, quien llegase a las Molucas, a comerciar
en las islas de la Especiería, podía estar seguro de que ante él se abría un porvenir
brillante. España no había podido realizar una expansión similar. En primer lugar,
porque la bula papal le impedía adentrarse por esas cómodas rutas orientales, pero
sobre todo porque Portugal llevaba gran ventaja. Había iniciado su aventura oceánica
hacía más de un siglo reservándose la explotación exclusiva de los recursos a través de
esos caminos marítimos.
Carte Particulière des Isles Moluques. También conocidas como las Molucas, las islas Molucas o simplemente
Maluku, las Molucas son en la actualidad parte de Indonesia. El mapa fue dibujado por el cartógrafo francés Jacques
Nicolas Bellin en 1760 para Histoire générale des voyages, obra de Antonine de Prévost d’Exile. Representa las islas de
Herij, Ternate, Tidore, Pottebackers, Timor, Machian y Bachian.
A España le quedaba la otra posibilidad que los europeos tenían para llegar a Asia:
lanzarse por Occidente hacia el interior del mar «Tenebroso», en una navegación jamás
realizada. Competir.
Las especias estuvieron presentes desde ese momento en todos los desafíos que se
plantearon entre España y Portugal. Fue el motivo de sus duelos marinos. Portugal
llevaba la delantera, la iniciativa, el mejor acceso y los dividendos: «Por lo que puedo
conjeturar de mis peregrinaciones por el mundo (…) creo que el rey de Portugal, si
continúa como ha empezado, es probable que acabe siendo el rey más rico del mundo»,
declaraba diez años después de la llegada de Da Gama a la India un viajero italiano
llamado Ludovico Varthema. Era una suposición razonable, apunta Turner , y es que, si 15
Los imperios asiáticos creados por Portugal, Inglaterra y los Países Bajos surgieron
de la búsqueda de la canela, el clavo y la pimienta. Lo mismo podría decirse —y ya lo
hemos dicho— del Imperio español americano. Como señala —desmitificador y exacto
— Jack Turner: «Colón, Gama y Magallanes eran buscadores de especias antes de
convertirse en descubridores» . 16
¿Qué eran realmente las especias?
Categorizar las especias es un ejercicio de cierta complicación al que vamos a renunciar.
A principios del siglo XV el florentino Francesco Pegolotti escribió una guía
comercial en la que enumeraba 188 especias. En ella incluía desde las almendras hasta
las naranjas o el alcanfor y el azúcar . Listado exagerado —a mi juicio— que permitiría
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Dejemos a Pegolotti, pues esos son otros derroteros ajenos a lo que pretendemos
relatar aquí; ahora bien, lo que sí es relevante señalar, y ese es un rasgo común, es que la
mayoría de las especias consideradas como tales brotaban en espacios geográficos
lejanos, desconocidos, arriesgados e inaccesibles a Occidente.
Antes de que los españoles descubrieran las Indias, las especias mejores y más
raras eran, casi por definición, asiáticas. Y hacia Asia se dirigió el esfuerzo de la
búsqueda y conquista de mercados.
Existe un halo misterioso en todo lo que las rodea.
La propia definición de especia es debatida, porque no se sabe muy bien cómo
situarla en el universo vegetal. La especia puede ser corteza, raíz, brote, flor, goma,
estigma, semilla, resina o fruto; su enigma, o parte de él, radica en sus cualidades
químicas, en sus raros aceites esenciales y sus oleorresinas. De hecho, gran parte de sus
funciones pertenecen a un mundo volátil creado por la Naturaleza para proteger a la
planta que les da vida o a la que ellas se la proporcionan.
Como alimento, realmente no tienen la menor significación. Ese conglomerado de
aceites aromáticos y de síntesis químicas de las especias no aportan elementos
nutritivos. No hay en ellas vitaminas, calcio o minerales. La clave de su éxito reside en
su aroma. Radica en la capacidad de crear todo un mundo de sabores que se recrean en
el paladar. La vainilla, la canela, el anís, el clavo o los saboreos sazonados de pimienta,
el jengibre, la mostaza o el chile. Retoques de gastronomía que auguran todo un festín.
Los botánicos las idealizan menos y nos explican que la composición de las
especias desempeña un papel secundario en el metabolismo de la planta, pero que su
razón de ser es una forma de respuesta evolutiva o de defensa que tiene esta a través de
los siglos, para contrarrestar las amenazas de los parásitos, las bacterias, los insectos, los
hongos o los patógenos presentes en el medio tropical en el que habita y se desarrolla.
Dicho de otro modo, las especias son una rareza botánica. Un recurso defensivo. Para
determinados insectos, los vaporosos aromas del clavo o la canela no son más que un
montón de toxinas . 19
De entre todas ellas, tres —la nuez moscada, el clavo y la canela— se producían en
las minúsculas islas moluqueñas de Ternate y Tidore, y el clavo de olor y la nuez
moscada tenían en esas islas su cuna exclusiva y única, aunque también se recogían en
las vecinas de Moti, Maktian, Gilolo (o Halmahera) y Batjan. Ese capítulo de especias y
galeones que marcó un hito en la historia de España de los siglos XVI y XVII es el que nos
interesa.
Canela. El árbol de la canela es de hoja perenne, tiene de 10 a 15 metros de altura, y procede de Sri Lanka. Se
aprovecha como especia su corteza interna, que se obtiene pelando y frotando las ramas.
El 80 % de su valor nutricional lo componen los carbohidratos y un 53 % de su
textura es fibra alimentaria. Su contenido de azúcar o proteínas es mínimo.
En El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha, Cervantes, para poner de manifiesto
la riqueza y esplendor de las bodas del rico Camacho, se refiere, entre el lujo y la
abundancia, al sumun de la riqueza:
Las especias de diversas suertes no parecía haberlas comprado por libras, sino por arrobas, y todas
estaban de manifiesto en una grande arca.
Aunque, después de todo, su valor se debía ciertamente a razones menos mágicas,
y se la apreciaba no tanto por el «grato sabor con que enriquecían una cocina poco
refinada, como en sus virtudes conservantes o encubridoras» . 20
Ya era mencionada en la Biblia como una especia aromática muy apreciada. En los
tiempos que tratamos, la canela fue el primer gran alijo de los portugueses. En 1505 la
primera expedición lusitana hizo escala en la isla de Sri Lanka, Ceilán, y cobró un
tributo de 150 quintales de canela al rey de Gale. A partir de ahí las lonjas de Lisboa
fueron llenándose de ella, para frustración de la Casa de la Contratación de Sevilla, que
no conseguía que en las expediciones de las Indias se estibaran en las naos fardos de
canela.
Su reputación estaba tan prestigiada que, en 1541, en el otro extremo del mundo,
Gonzalo Pizarro y Francisco de Orellana buscaban como locos al este de Ecuador el País
de la Canela, pues el capitán general Gonzalo Díaz de Pineda dijo haber encontrado
árboles con aroma a canela a su regreso de una expedición a los Andes. Cerca de 220
españoles y 3000 indígenas buscaron inútilmente sin hallarlos los árboles de Díaz de
Pineda. Una vez más, los esfuerzos españoles por encontrar las especias en las Indias
quedaban condenados al fracaso.
La nuez moscada es otra de las joyas vegetales. Crece en un árbol muy parecido al
melocotonero y permanentemente verde. Myristica fragans se llama en latín. Sus ramas y
sus hojas son más estrechas que las del árbol del melocotón. Tiene una altura media que
puede oscilar entre los 5 y los 15 metros y necesita un clima marítimotropical para
crecer adecuadamente. La nuez moscada es, en realidad, la semilla del árbol. La baya
está cubierta por un arilo o cobertura carnosa. Cuando esta se seca y se separa del fruto
recibe el nombre de «macis» y también es considerada como una especia, de manera
que el árbol de la nuez moscada es fuente de dos especias distintas. No puede darse
mayor generosidad.
Nuez moscada. Originaria de Indonesia, la nuez moscada es una planta perenne de cuyo fruto se obtiene un
grano duro cubierto de una membrana. Este grano es precisamente la especia.
El árbol igualmente produce aceites esenciales que se obtienen de la destilación de
la nuez molida, y manteca de nuez, que también se comercializan. Ese aceite incoloro y
ligeramente amarillento, que sabe a nuez, se utiliza como saborizante alimentario en
jarabes y bebidas. Nadie hubiera podido pensar entonces que los aceites de esa buscada
especia iban a ser utilizados para dar sabor a una de las bebidas más populares 500 años
después: la CocaCola.
Su origen radica en las islas Banda de Indonesia, muy próximas a las Molucas, y
por supuesto en Ternate y Tidore. Viejos relatos transmiten la noticia de su utilización
en los primeros monasterios budistas. Quizás las emociones alucinógenas de moderada
intensidad o las sensaciones relajantes parecidas a las producidas por el cannabis,
fueron experimentadas por los monjes, ya que cuando se superan los 10 gramos de
dosis de esa semilla se pueden producir esos efectos, que pueden prolongarse, pues
contiene derivados de anfetamina. Conocida por romanos y medievales, e introducida
en Europa por los árabes en el siglo XI, terminó en las naves portuguesas, que
comerciaron con ella durante el siglo XVI hasta que los holandeses arrebataron a
Portugal el comercio de las especias de la Especiería. Llegaremos a ello.
Antes de que las nueces maduren, el capullo florece tomando el aspecto de una
rosa roja, pero cuando la nuez sazona, el capullo se cierra sobre sí abrazando la nuez y
la cáscara de la misma, de tal modo y sin orden ni concierto que se pensaría que ambas
son una misma cosa, señalan Des Alwi y Willard Hanna . Cuando fructifica, los locales
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varean las ramas como se hace con la aceituna. La almendra de la nuez moscada se
suelta y la semilla y el fruto se vende al peso.
La nuez tiene un sabor dulce y aromático. Hoy está presente en múltiples guisos
desde la cocina bávara que las utiliza en abundancia en la producción de las famosas
weisswurst hasta en los currys de la cocina india.
A la nuez moscada se la atribuyeron en el pasado múltiples virtudes y, ¡cómo no!,
sus discutidas cualidades afrodisíacas fueron puestas de relieve para incrementar
interés, sabor y quizás precio de esa especia vegetal aromática y picante que se
adaptaba tanto a los platillos dulces de la India como a los salados de Oriente Medio.
Más tarde, cuando el análisis químico pudo desentrañar sus secretos, se constató la
presencia saludable de cobre, potasio y magnesio en su núcleo con aplicaciones
variadas sobre nuestro organismo: antioxidante, regulador del azúcar en la sangre,
metabolizador de carbohidratos y analgésico para los dolores articulares y musculares.
Como frecuentemente sucedía con aquellos productos lujosos y caros con los que se
comerciaba en monopolio, bien fuera la fina porcelana de Sajonia o los valiosos
productos de la Especiería, el secreto rodeaba su manufactura o recolección y, por
supuesto, el secreto de la fórmula que lo generaba, o la raíz que lo producía, no podía
salir de los límites de quien lo creaba.
Siempre había quien trataba de escamotearlos, tentado por el contrabando. Hernán
Cortés vio la posibilidad de que algunas de las naves expedicionarias españolas trajesen
plantas de especias en barriles o botas, desde las Molucas hacia Nueva España, y
ordenó a Álvaro de Saavedra que se indagase el proceso de cultivo de las especias y se
procurase «muy disimuladamente de enviar en los navíos algunas plantas en sus botas
con tierra, o en otra manera que a vos os parezca que puedan venir más sanas para se
plantar acá» . 22
Sugirió incluso que con el necesario secreto con que debía llevarse a cabo la gestión,
se llevase a Nueva España algún isleño que supiese tratar y curar las plantas. La
condición para ello era que fuese «por su voluntad o del señor de la tierra, porque de
otra manera sería facerles descubrimiento».
Esa especie de espionaje botánico, señalan Juan Génova y Fernando Guillén , tenía 23
sus riesgos y, en caso de ser descubiertos por los moluqueños, los españoles deberían
afirmar que las llevaban para que el conquistador de México «vea la manera dellas e no
para otro efecto» , una excusa que no creo que pasase el suspicaz filtro de los habitantes
24
del archipiélago de la Especiería.
Con el transcurso de los años, los holandeses controlaron el mercado de clavo y
nuez moscada y las plantas salieron de los límites de las Molucas. Después de
cosecharse en los bosques de nuez moscada de Banda o a la sombra de los conos
volcánicos de Ternate y Tidore, lo más probable es que se estibaran en uno de los botes
que iban y venían entre las islas del archipiélago, como siguen haciendo hoy día, y
terminasen en un barco rumbo a las costas de India o de América. Siglos después las
especias asiáticas se expandieron en las Américas con tanto éxito que la antillana
Granada es hoy uno de los mayores productores de nuez moscada. El árbol, y por tanto
la nuez, que en el siglo XVI eran una rareza que crecía solo en la Especiería, están hoy
diseminados no solo en las Molucas indonesias, sino en China, Malasia, la isla de
Granada, India y Sri Lanka.
Clavo. El árbol del clavo o clavero es nativo de Indonesia. Sus botones secos se denominan clavos de olor o
girofles.
Hablemos ahora del clavo, o clavo de olor, como también se le llama. Era la especia
que faltaba por conseguir en el tablero exótico conocido por los navegantes medievales.
La pimienta negra crecía en Guinea o a lo largo de toda la costa de Malabar, o en
Jamaica, o en La Española; la canela se daba en Ceilán y en China —la casia— y el
jengibre en los bosques lluviosos tropicales de India y Tailandia, pero el clavo de olor,
brotaba solo en las minúsculas islas gemelas Tidore y Ternate y en algún que otro
pequeño islote de los alrededores. El clavo es el botón floral seco del árbol conocido
como Syzgium aromaticum. Ese es su nombre científico. El Syzgium aromaticum es nativo
de esas islas y de ningún otro sitio más. El árbol del clavo, de crecimiento muy lento, se
da en tierras húmedas o volcánicas, ricas en materia orgánica y dotadas de buen
drenaje. Algunas exageraciones o malentendidos, aparecen en las descripciones de
Bartolomé Leonardo de Argensola, que aseguraba que los claveros que poblaban
aquellas islas, «altísimos peñascos cubiertos de la silvestre fragancia de sus clavos»,
estaban bañados por el mar. «Agua marina los entretiene; dañaríales la dulce» , y 25
describe con detalle literario la flor del clavo:
Los españoles antiguamente lo llamaron girofe y después clavos, porque lo parecen en la figura. La
cabeza de los garyofilos, atravesada de cuatro pequeños dientes, muestra forma de estrella. Es una planta
semejante al laurel, pero de mayor copa26.
Sus botones florales —flores que aún no se han abierto— y secos, se denominan
clavo de olor o girofles. Argensola detallaba el proceso de maduración y el cambio en
los colores:
…cuando empieza a florecer arroja suavidad eficacísima en el olor, produce en lo más levantado…
innumerables racimos como los del sauco y de madreselva; nacen blancos, más crecidos son verdes; la
tercera sazón que los madura, los pone colorados mostrando su virtud interior, en la variedad aparente
de los colores (…) Tendidos al sol, en tres días quedan secos, y de color entre cenicienta y prieta 27.
«Las claveras nacen sin beneficio alguno como todos los árboles de peñascos»,
observa Argensola, y «estos son los bosques de estas islas», dice refiriéndose a Tidore y
Ternate, «porque chupan en sí todo el favor del cielo» . 28
Es un árbol elegante y duro, de crecimiento pausado. Ya lo dice Argensola: «un
árbol de peñasco». Puede alcanzar una altura de 10 a 20 metros. Tiene hojas
puntiagudas de las que en botánica llaman lanceoladas. El verde de sus hojas es
perenne. El entorno climático donde crece es cálido y no soporta las heladas o el frío.
La flor, aún no abierta, contiene un aceite esencial que es el responsable del aroma:
el eugenol. Toda una legión de componentes se suma a ese aceite, formado por ácidos y
taninos sobre los que evidentemente no vamos a extendernos. Es un árbol, en suma, que
arraiga sobre el suelo fértil de las cenizas volcánicas, pero a cierta altura, donde las
noches son frescas y donde a lo largo del día recibe una brisa cálida del mar que trae
humedad y que envuelve a los árboles con temperatura de invernadero. Quizás todas
esas condiciones climáticas hacían que el árbol clavero no fuera tan fácil de encontrar en
la geografía del mundo conocido.
Además de sus cualidades para sazonar, enriquecer, matizar o subrayar sabores en
los paladares medievales y renacentistas, el clavo se encontraba en la base de la
confección de dos productos de lujo muy apreciados: los inciensos y los perfumes.
Era uno de los productos que abundaba entre las mercancías que se transportaban
por la Ruta de la Seda. Antiguo y caro, el incienso era regalo de reyes para reyes, como
sabemos por las crónicas de las dinastías seleúcidas y persas, la mitología grecorromana
y la Biblia en sus relatos sobre Moisés o la Epifanía del Señor.
El clavo fue asimismo básico en la elaboración de perfumes. En la Edad Media, las
«pomas» o pomanders, que eran una especie de joyas elaboradas en metales preciosos y
que contenían en su interior especias y esencias, fueron los precedentes del perfume.
También lo fueron las aguas aromatizadas con especias. En el Renacimiento, Florencia y
Venecia se convirtieron en las capitales del perfume y de los aceites esenciales naturales
o fragancias, que se extraían de los vegetales o de algunas especias —no de todas— y
que se destilaban sin descomponerse. Ahí dominaba el clavo aromático que competía
con los aromas más populares, como la violeta, la rosa, la lavanda o el almizcle. A la
parte vegetal del clavo —o de la flor— se le añadía agua en cantidad suficiente para que
quedase completamente bañada. Al cabo de horas se producía la maceración y se
procedía a la destilación, una técnica adquirida de los árabes, con un disolvente líquido
como el alcohol y un fijador. En el alambique se destilaba alcohol que servía de soporte
a las esencias.
Cuando la alquimia dejó paso a la química y el vidrio soplado sustituyó a los viejos
envases, la perfumería evolucionó notablemente. Los maestros de fragancias naturales
se profesionalizaron creando el oficio de perfumista, que estudiaba y catalogaba las
familias olfativas, florales, cítricas, aromáticas, orientales… como bases de los perfumes
y creaba verdaderas joyas con las botellitas de cristal que los guardaban y los estuches
que los protegían . 29
En síntesis, ambos productos, incienso y perfume, se elaboraban ya desde hacía
mucho tiempo, pero alcanzaron un mayor grado de sofisticación en el Renacimiento y
eran, cabe decirlo, artículos de consumo diario en los palacios, mansiones de la
burguesía, catedrales, monasterios y fortalezas. El clavo, aunque también la canela y la
vainilla, se buscaron con ahínco para la elaboración de perfumes especiados. Si a ello se
agrega que aquel también se apreciaba como elemento curativo y afrodisíaco, se
entiende que sus precios alcanzasen cotas inimaginables. Solo un kilo de clavo costaba
aproximadamente siete gramos de oro puro en el siglo XVI. El valor de dos ducados de
oro.
La cosecha se hacía esperar, pero se pagaban bien: «Recompensan estas plantas con
su abundancia la suspensión de la tardanza; de manera que, habiendo enriquecido de
ella todas las gentes, anualmente llegan los derechos de la Corona Real a dos millones
poco más o menos» . 30
El mismo autor estimaba que la producción anual de clavo en Ternate era de 4000
bahares. El bahar, procedente de la voz griega baros, quiere decir carga. El bahar
equivalía a unos 186,7 kilos. Si las cinco islas de Molucas cosechaban anualmente 4000
bahares, según refiere Argensola, quiere ello decir que la producción de clavo llegaba a
los 746 000 kilos anuales.
El kilo de clavo se vendía por 7 gramos de oro, que era la cantidad de oro puro en
la moneda de 2 ducados. Por lo tanto 746 000 kilos —si las informaciones que nos
transmite Argensola eran correctas— tendrían un precio de 1 492 000 ducados de oro.
Esa era la cosecha anual, de la que Ternate se llevaba una gran parte, donde el
portugués Serrao se había instalado cómodamente para iniciar el comercio vía Malaca y
Goa, con Lisboa.
Las pruebas son demasiado fragmentarias para establecer un patrón de precios
generalizado, pero de lo que no cabe duda es de que en cada etapa del largo viaje desde
Oriente a Occidente, un intermediario distinto —árabe, turco o judío— incrementaba el
precio, de manera que cuando llegaban a Europa, el valor de las especias era
astronómico; había aumentado un mil por cien . 31
Había quien afirmaba que por el precio de una libra de azafrán (460 gramos) podía
comprarse un caballo. Aunque habría que ver qué clase de caballo. En fin, hay quien
estima, utilizando valores simétricos a los modernos que un quintal correspondía a 100
libras castellanas o 46 kilos de hoy. En aquella época podían comprarse 100 libras de
pimienta en Goa o Calcuta por el equivalente a 3000 y 4000 dólares de nuestros días. Ese
mismo quintal de 100 libras castellanas se vendía en Venecia por un precio
comprendido entre los 100 000 y 120 000 dólares de hoy día. Es decir, 27 veces su valor
inicial. Con la nuez moscada el comercio era todavía más lucrativo. El quintal de nuez
moscada comprado en las Molucas a 3000 o 4000 dólares podía venderse en París o
Londres por un precio que, si lo actualizásemos, alcanzaría 2 100 000 dólares, 600 veces
su coste de producción . Los precios —y las diferencias entre origen y cliente final—
32
eran aún mayores con la canela.
Lo veremos después, pero adelantaremos que para los portugueses —y eso era lo
que pretendían también los castellanos— llegar al origen de las especias significaba
saltarse toda la cadena de intermediarios, de manera que, si se conseguía, se
desplomarían los precios del producto en los mercados del Mediterráneo. Ello
permitiría a Lisboa vender más barato (aunque todavía a una cotización elevada y con
grandes márgenes) al reducir sus costes, y hacerlo a precios más competitivos que los
que se fijaban en las lonjas venecianas y genovesas. Además, no depender de lentas
caravanas ajenas, sino de sus propias naos, aseguraba un suministro regular. Así
planeado, Lisboa inauguraría el mayor monopolio de venta de especias en Europa.
Ellas fueron el motor de toda expedición. Cuando los grandes descubridores y
navegantes resquebrajaron los conceptos de la ignorancia y de la fantasía medievales
entonces, escribe Turner:
Sacaron los reinos del oro y de las especias a la prosaica luz del día y los pusieron en el punto de
mira del negociante y del inversor capitalista. La gran era de las especias fue también la era que aniquiló
su misterio33.
Terminó el misterio y comenzó el tintineo de los ducados y los doblones.
¿Para qué servían las especias?
Si tanta era la pasión por lograr su posesión y el control de sus orígenes; si tan elevado
era el precio por su escasez en los mercados y su dificultad en conseguirlas, ¿qué es lo
que escondían las especias para despertar esa turbadora obsesión por poseerlas?
Nadie se adentraba en el océano a descubrir pasajes ignotos, preñados de peligros,
de dudas y de interrogantes si lo que se perseguía no tenía gran valor. Y lo tenían.
El gran papel lo jugaron «en los espantosos guisos que tanto gustaban a nuestros
antepasados» . Cierto es que, sin la existencia de la refrigeración, la carne y el pescado,
34
y de hecho todos los alimentos, tendían a pudrirse. Las intoxicaciones alimentarias eran
un riesgo presente. Hoy día pueden ser graves si no se tratan a tiempo. En la Edad
Media y en el Renacimiento solían ser mortales. El riesgo era particularmente alto con el
pescado. Sobre todo, en verano.
Trucos y ocurrencias siempre existieron para preservar el frescor de los alimentos.
Al emperador Carlos I le llegaban las langostas pescadas en las costas de Santander en
un envoltorio de paja prensada, dentro del cual se había introducido nieve de la
almacenada en los neveros de la montaña, pozos cavados en invierno con paredes
reforzadas de piedra o pizarra, que la preservaban hasta el verano. Y así las
transportaban hasta Valladolid o El Escorial. Pero eso era excepcional. Como también lo
era el diseño de grandes estanques, en Yuste o en La Granja, para mantener el pescado
vivo y fresco. Felipe II recuerda en uno de sus memoriales sobre el Real Sitio de
Aranjuez la necesidad de que «acaben el estanque grande porque si no se acaba este
verano no habrá donde poner el pescado este invierno» . Pero lo habitual era que los
35
alimentos corrieran el peligro de corromperse. Las especias, sin duda, eran un remedio
contra esos peligros. De acuerdo con las doctrinas médicas imperantes en esa época
inicial del Renacimiento, el efecto conservante se explicaba por las supuestas
propiedades de las especias de carácter «secante» y «abrasador», que cortaba la fetidez
producida por el exceso de humedad que es lo que había originado la podredumbre,
aunque, de hecho, lo que las especias hacían era encubrirla. Una de las muchas virtudes
de las especias radicaba en la capacidad de disimulo. La carne pasada quedaba
disfrazada en la fragancia de los aromas vegetales. Ahora bien, «la carne pasada no
disminuía ni un céntimo su precio en el mercado, pues a los criados les traía sin cuidado
que los invitados de su señor enfermasen o muriesen, con tal de que en la mesa se
presentasen muchos platos y distintos» . Las salsas, colmadas de especias, ayudaban.
36
Aunque hay que ceñir el escollo a sus justos términos. Si bien es cierto que el problema
de la carne y el pescado era real, se llegó a exagerar con la idea de que toda la carne y el
pescado, en época medieval o renacentista, se servía pasado.
noviembre—, la carne no consumida se sazonaba o se salaba. Nadie mejor que Miguel
de Cervantes, testigo privilegiado del mundo que describimos por haberlo vivido en su
época, para desmentir la fábula generalizada de la carne mala y dar cuenta de las
prácticas de fogón y olla de entonces, que luego plasmó en sus obras.
También en el capítulo relativo a las bodas de Camacho, en el Quijote, Cervantes
describe la preparación de la carne fresca dispuesta para el festín, asada o cocida al
instante:
Lo primero que se le ofreció a la vista de Sancho fue, espetado en un asador de un olmo entero, un
entero novillo. Las ollas embebían y encerraban en sí carneros enteros (…) como si fueran palominos. Las
liebres ya sin pellejo y las gallinas sin pluma (…) estaban colgadas de los árboles para sepultarlas en ollas
que no tenían número; los pájaros y caza de diversos géneros eran infinitos, colgados de los árboles para
que el aire los enfriase.
Nada denota prácticas que no se realicen hoy día y en ellas se desprende una
esmerada —aunque pantagruélica— elaboración de la carne cazada o sacrificada.
usaban para aromatizar el agua fresca. El té de Ceilán con barritas de canela se bebió
desde siempre.
Ciertas o no, las consecuencias del uso de las especias se apreciaban tanto en
aquello relativo a la fragancia, al perfume, al buen olor, como en el cuidado del paladar
y el esmero en los sabores de los guisos que merecían ser servidos en «la plata de los
platos donde un árbol de plata labrada en la concavidad de sus platas recogía el jugo de
los asados y en la plata de los platos fruteros, de bandejas redondas coronadas por una
granada de plata» que magistralmente describe la primera página del Concierto barroco
de Alejo Carpentier. Las especias —qué duda cabe— eran un lujo de una élite.
La canela molida se usaba ampliamente en repostería, y entera, se utilizaba para
sazonar y era un ingrediente muy extendido en Oriente para muchas salsas de curry.
Su uso analgésico no debe olvidarse. La canela, por ejemplo, se utilizaba para sanar
las heridas de la lengua y era común que se chupase o lamiese para sedar el dolor y
cicatrizar las papilas gustativas. También se consumía para combatir los resfriados,
gripe y bronquitis por sus efectos antibacterianos, chupando las ramitas del árbol o la
propia corteza o en infusiones. El clavo era conocido por sus efectos desinfectantes y fue
utilizado como antiséptico, incluso hasta las guerras napoleónicas. El dolor de muelas y
las aftas se combatieron tradicionalmente con él. Y la nuez moscada era considerada
como un calmante para los nervios o un remedio para tratar problemas digestivos o
neutralizar infecciones debido a sus propiedades antibacterianas.
El jengibre no solo se empleó en repostería, sino que sus rizomas tiernos, carnosos
y jugosos y de fuerte sabor se consideraron un potente aliado del sistema inmune y un
moderador del azúcar en la sangre.
Pero regresemos a la geografía. El mundo entraba en los años iniciales del siglo XVI.
Después de 27 años de travesías, cábalas y viajes accidentados, ya se conocían los
lugares de origen de las especias. Los monarcas de Portugal estaban convencidos de
que las islas de las Especias se encontraban en su esfera de influencia y acción, trazada
en el Tratado de Tordesillas. El problema era que los monarcas de España pensaban lo
mismo refiriéndose a sus derechos sobre el archipiélago. Se habían descubierto sus
señas geográficas, sus coordenadas.
A partir de ahora comenzaba la lucha y la carrera para llegar el primero a ellas.
2
Las naos y los galeones
La nao
En sus inicios, la nao fue exclusivamente un buque de transporte. La de combate era la
galera. Sin embargo, el desarrollo de la artillería naval fue la razón esencial para que se
fuera transformando en un buque de guerra, recibiendo entonces el nombre general de
«nao de armada».
Durante la época que corresponde a la segunda mitad del siglo XIV hasta finales del
XV —en la era de los descubrimientos— las naos de guerra son todas mercantes y
artilladas para ser puestas al servicio de la Corona mediante los correspondientes
contratos de asiento . Hasta el momento, la nao era la embarcación más probada, la más
40
segura y la más capaz de todo lo que flotaba en las costas y mares de Europa. Para su
construcción se echaba mano de las maderas nativas europeas. El roble proporcionaba
tablones, listones y traviesas de materia segura y fuerte para los elementos
estructurales, sobre todo para la quilla, la auténtica espina dorsal de la nave; pero
también para el puente y las cuadernas. El pino, más blando y barato, se empleaba para
los mástiles y vergas, y luego, el tingladillo, o tablas solapadas de diversas maderas, se
utilizaba para el forro. Pero todo esto no se encontraba a pie de astillero.
Preparar una expedición oceánica, calculada al menos para dos años y que las
vicisitudes de las travesías podían prolongar por más tiempo, precisaba que los
elementos técnicos y materiales para la construcción de las naos fuesen de la mejor
calidad posible. Nunca se había hecho, pero se intuía que el esmero en los materiales y
el rigor en el diseño eran las mínimas garantías para asegurar el resultado que se
pretendía.
De manera que era vital la búsqueda de buenas maderas con que nutrir el armazón
de la nao, que fuesen muy fuertes en la quilla y resistentes en los costados; acomodar
los mástiles sin nudos, elevados y que soportasen bien la presión de los vientos, y tener
a mano plomo en planchas, muy necesarias para cubrir el casco y preservarlo en lo
posible de la acción de los moluscos acéfalos —conocidos como «broma»— y de su
labor destructiva en las maderas sumergidas . Despreocuparse en eso podía acarrear
41
trágicas consecuencias. Así es como la Santa Catalina comenzó a hacer agua que
42
«entraba por mucha parte», en su travesía desde El Callao a Manila, hasta el punto en
que «quedó sin ser más vista».
Nao del siglo XVI. Grabado de Pieter Brueghel el Viejo realizado en 1565.
Era preciso además tener a mano grandes cantidades de brea y pez para el
calafateado de la nao, una operación vital. Consistía en meter estopa entre las tablas de
la obra viva y sellarla con brea. Se aplicaba luego una mezcla de resina y sebo con la
43
que se untaba todo el casco; a la obra muerta se le administraba resina de pino y aceite
44
de ballena.
Estos elementos debían procurarse en un área geográfica tan extraordinariamente
amplia, que ello explica no solo la dificultad para abastecerse de todos ellos, sino
también el tiempo que debía emplearse en conseguirlo. Además, para ese proceso eran
necesarias relaciones comerciales establecidas y vinculaciones personales con
armadores, suministradores y financieros, tanto en España como en el resto de Europa,
lo que no siempre era sencillo. Señala Francisco Solano que en cualquier archivo de un
gran comerciante del siglo XVI era normal encontrar pruebas documentales de estos
contactos para modelar las ofertas y demandas de los mercados internos e
internacionales. Decenas de pedidos, facturas y recibos.
A pesar de estos esfuerzos, España carecía de casi todo lo que se precisaba y que se
ha citado en líneas anteriores y distaba mucho de estar equipada adecuadamente para
ocupar el papel destacado entre las potencias navales. Estos inconvenientes en la
construcción naval, ni que decir tiene que entorpecían a su vez adoptar un papel
marítimo determinante entre las potencias navales . Salvo el hierro y la madera —e
45
incluso esta con reservas—, todo lo que una galera, una nao o un galeón necesitaba
había de importarse. La madera del sur y levante peninsular no era demasiado apta
para las naos con vocación atlántica y había que recurrir a los bosques de Suecia; los
carpinteros debían venir de Marsella, Venecia y Génova porque los de Vizcaya y
Guipúzcoa no daban abasto; el velamen, el cáñamo para las jarcias y las municiones se 46
traían de Nápoles; el plomo de Austria o Hungría; los maderos para los palos, el
alquitrán y la brea, del Báltico, vía Flandes; el estaño de Inglaterra; los lienzos, el
velamen y el algodón de Bretaña y las armas de Milán.
Casi el 90 % del coste de material se gastaba en Italia, Flandes y Francia. Dentro de
la Península también la dispersión de proveedores ralentizaba el ritmo de la
construcción naval. Valencia proporcionaba bermellón; Almadén azogue y Vizcaya,
lonas y hierro. Todo ello llegaba con la lentitud y el ritmo que dominaban la época.
Para Juan Génova y Carlos Vila, el término nao resulta ambiguo . Igualmente
48
alguno de los autores del siglo XVII, señalan que la nave, la nao, no era más que un bajel
de alto bordo con mucha capacidad para contrastar las tempestades y las olas. Es decir,
la nao era un velero de cierto porte. Por lo tanto, y saliendo al paso de muchas y
complejas diferenciaciones y comparaciones, Juan Génova y Carlos Vila concluyen
señalando que naos o navíos equivalían a embarcaciones de tres palos y bauprés , con 49
velas cuadradas tanto en el trinquete como en el mayor y, finalmente una vela latina en
el palo de mesana . 50
Las naos portaban a bordo botes más pequeños, una barca o un batel, que iban a
remo, y se utilizaban para bajar a tierra o realizar operaciones de embarque y
desembarque. Iban amarradas durante las travesías, pero en las tormentas las olas se las
podían llevar. En esos casos, y para evitar que arrancasen todo a su paso, las echaban al
mar antes de que estallase el vendaval. Sacrificar de modo inmisericorde algo tan
necesario para las travesías nos da la idea de la falta de espacio a bordo que impedía
incluso poder conservar un elemento tan valioso cuando venían mal dadas.
Los castillos de proa y popa habían tenido un papel básico durante la Edad Media
como plataforma dominante para utilizar con ventaja las armas de corto alcance y para
dificultar o impedir el abordaje en los puntos más vulnerables del navío. Lo que sucedió
fue que el desarrollo posterior de la artillería les hizo perder importancia; en primer
lugar porque ofrecían mucho blanco y además porque eran pantallas cuando había
vientos desfavorables . Pero se conservan con la nao.
51
Las naos se obraban con un tonelaje de entre 100 y 500 toneles. Conversiones
métricas aparte, la reconstrucción de réplicas conmemorativas de aquellas naos llevadas
a cabo en España en los últimos años han podido proporcionar una idea aproximada
del porte de las originales. La réplica de la Santa María de Cristóbal Colón arqueó 180
toneladas, medidas de acuerdo con el actual sistema métrico decimal.
Además de la carabela, que era un tipo de nao más pequeña, existían otros barcos
más ligeros, sin cubierta, de poco calado, de remos y vela, que acompañaban a las flotas,
delante de ellas, en labor de reconocimiento. Este tipo de embarcaciones, más ligeras,
estaban presentes como acompañantes en algunas expediciones. Las zabras o pataches,
las galeotas, la fragata y los bergantines (el «velero bergantín» popularizado por el
poema de Espronceda La canción del pirata) eran barcos más maniobreros y tenían como
misión explorar las costas, detectar los bajos y reconocer ensenadas y radas para el
abrigo de las flotas. Marchaban generalmente delante —a vanguardia como se diría en
tierra— con las misiones de dar seguridad y reconocer.
Su dotación oscilaba entre los 120 y los 180 hombres, de los cuales tres cuartas
partes eran «gente de armas» y el resto «gente de mar» —pilotos, maestre, marineros,
grumetes y pajes—.
La nao fue evolucionando hasta convertirse en un tipo de embarcación híbrida, con
modificaciones, a la que se llamó galeón. Sin embargo, los términos nao y galeón se
fueron confundiendo por su uso indistinto. Así, el «galeón de ManilaAcapulco» era
también conocido como «nao de China».
El galeón
El galeón no sustituyó a las naos. De hecho, lo que se produjo fue una evolución a lo
largo de la cual ambos tipos de buques convivieron, de manera que se mezclaron
indistintamente en los mares, sobre todo a partir del siglo XVII. Nao fue sinónimo de
navío, aunque durante la década de 1580 hubo un intento de diferenciación gradual al
irse asociando el término galeón con los nuevos barcos de guerra construidos por orden
del rey. Desde esa perspectiva, Carlos Canales y Miguel del Rey aportan su explicación
52
para tratar de desmadejar el dúo naogaleón, sintetizando las normas de entonces que
tendían a catalogar a los navíos como mercantes y a los galeones como buques de
guerra. En efecto, una ordenanza de 1607 —fecha de un periodo algo avanzado sobre el
que hemos iniciado nuestro estudio, aunque encaja en él— estableció normas para la
construcción de dos tipos de navíos: el merchante y el de guerra.
La ordenanza separaba con claridad los galeones de «merchante» —dedicados al
tráfico de mercaderías y pasaje, aunque fueran ligeramente artillados para su protección
— de los galeones de Armada, que tenían una clara misión como barcos de guerra, para
dar su amparo a las flotas mercantes o combatir a los nutridos enemigos, muchos en el
Atlántico y algunos menos en el Pacífico. Los galeones de Armada debían tener al
menos entre 15 y 30 toneladas más que los dedicados al comercio. La palabra galeón,
continúan explicando los autores, había alcanzado un enorme prestigio en España.
Galeones eran las naves más blasonadas de la Empresa de Inglaterra y lo eran las que
surcaban el Atlántico y el Pacífico con los exploradores en misiones de descubrimiento
y rescate. Y galeones eran los que cada vez más surgían de los astilleros portugueses,
holandeses e incluso franceses. A partir de Felipe III, el término «navío» quedó
asimilado al buque mercante y «galeón» al buque de guerra. Pero, como vemos, hasta
ese momento la identificación de nao o galeón no fue taxativa. Ni excluyente. El dúo
naogaleón fue compatible a lo largo de la historia naval española.
No existe una definición precisa del galeón español como afirman López de
Mendoza, Fernandez Duro, Artiñano y Monteleón. La primera descripción documental
concreta referente a los galeones de escolta se encuentra en un asiento fechado en 1540
para la contratación de buques con destino a la Guarda del Mar de Poniente de España:
galeones que arquean de 300 a 500 toneladas y son tenidos como «navíos de armada
muy aptos para la patrulla anticorsaria» . 53
En el panorama histórico que corresponde a una parte del siglo XVI y a todo el XVII
—subrayan Juan Génova y Carlos Vila— destacó el galeón como prototipo del buque de
guerra español, aunque inicialmente se construyese como mercante. Su tamaño se
acomodaba a diversas circunstancias; así, los destinados a la Armada de la Guarda de la
Carrera de Indias, que llevaban al Nuevo Mundo el papel sellado y el azogue para la
purificación de la plata, limitaban su calado para pasar holgadamente la barra de
Sanlúcar .54
El galeón siempre impuso mucho respeto. Que fuese conocido por las flotas
adversarias que se le enfrentaron como «el castillo del mar» era un calificativo que no se
ganaba gratis. Su diseño, al parecer, asociaba las características de las naos mercantes y
de las galeras de guerra mediterráneas. Era bueno para el transporte y para el combate.
Resultó una lograda síntesis de mercancía y pólvora, que nació como resultado de la
necesidad. Surgió para cubrir la urgencia de la Corona de disponer de un navío que
combinase la capacidad de carga de la nao con la velocidad y maniobrabilidad de la
carabela; un buque que fuese más largo y estrecho que la nao y más corto y ancho que
la galera; un mercante armado con cañones en las bandas y en los castillos. Hay quien
estima, en este debate prolongado en el que se entrecruzan y se comparan portes,
calados, velamen y tonelaje, que el diseño del galeón fue la respuesta a la urgencia de
asociar tanto la capacidad de combate como las exigencias del tráfico comercial, y
quizás esa sea la mejor síntesis conceptual para definirlo. El galeón no solo protegía a
los buques mercantes y combatía cuando era necesario, sino que era capaz de
transportar una cantidad considerable de pasajeros y cargamento para la Corona.
España creó así una «distinguida línea marítima», como la califica Carla Rahn Phillips , 55
que a partir de 1550 terminó siendo el barco de combate más común en todas las flotas
europeas.
Disponía el galeón de un castillo de proa relativamente bajo; de una zona abierta a
poca profundidad en la cubierta superior del barco, conocida como combés y situada en
medio del buque y de un alcázar y una toldilla a popa . Las estructuras elevadas que
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suponían sus castillos de proa y popa le conferían al navío una cierta silueta de luna
creciente sobre el agua, escribe Carla Rahn . El bauprés y los tres mástiles —trinquete,
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mayor y mesana— le daban también empaque y apostura. Navegaba con velas cuadras
empujadas por vientos portantes. Pero según los expertos no navegaba bien ciñendo.
El galeón ha sido considerado como el antecesor del navío de línea.
Se trataba de un buque poderoso y bien artillado. Carla Rahn, en su documentada
obra sobre el galeón San José, describe con precisión los trazos característicos de la
construcción de este tipo de naves que por espacio de más de 200 años fueron en gran
parte responsables de la defensa de las flotas mercantes que viajaron entre España y las
Indias y desde allí a Filipinas. La característica de los grandes navíos que generalizaron
el nombre de «galeones», además de sus castillos de proa y popa, eran las dimensiones,
la anchura de manga de la cubierta inferior, propia ciertamente, de los buques con
vocación de carga . Era marinero, porque su vocación era navegar océanos. Era también
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un poderoso transporte de carga, con amplia capacidad en sus bodegas. Era un buque
de guerra fuertemente artillado. Pero era lento. Claro que a quién importaba que lo
fuera si su misión era transportar no solo el cargamento oficial —los caudales del rey—
y los pasajeros que trabajaban para la Corona, sino también las armas y los soldados de
la Carrera de Indias. El factor que debía primar no era la velocidad, sino su resistencia y
estabilidad.
Se construían en serie, en tiradas de dos: primero la nao capitana y la nao almiranta
que eran las que mandaban. Luego continuaba la serie de galeones construidos de dos
en dos. La estandarización, en aquellas épocas, era imposible. Los barcos no eran
iguales, entre otras cosas porque la quilla medía 60 codos, es decir, de 35 a 40 metros, y
al depender de la dimensión del tronco de un árbol, las longitudes no eran parejas,
aunque el diseño del barco así los estableciese. No era fácil encontrar dos troncos
exactamente iguales.
Uno de los problemas más debatidos a la hora de la construcción naval del galeón
fue la determinación de su porte y sus dimensiones. Las normas para la cubicación o
arqueo seguían criterios detallados. El porte de un buque se medía en toneladas. Nada
tienen que ver esas toneladas con las utilizadas hoy para medir los desplazamientos de
los buques. La tonelada de entonces equivalía a la capacidad de un tonel para el
transporte de mercancías o «dos pipas de vino o agua de las de veinte arrobas y media
que se hacen en el arrabal de la Carretería de Sevilla, frontero al río» . 60
De este modo, los buques, sólidos y bien construidos, eran perfectamente capaces
de soportar las travesías oceánicas. Luego a ello debían añadirse los riesgos y los
imponderables que acompañaban a esas tripulaciones baqueteadas por la escasez de
alimento, las enfermedades y la falta de agua: tormentas, huracanes, corrientes, bajos y
arrecifes inadvertidos e interminables esperas en puertos calurosos de aguas templadas
propicias a la proliferación de los moluscos en las quillas que arruinaban galeones y
travesías. Era evidente que con alguna frecuencia se hundían —en menor número de lo
que se cree—, pero no porque fuesen cáscaras de nuez atravesando los mares y
abandonadas a su fortuna, sino por la brega y el trajín de las travesías y el uso
continuado, que hacían que a partir de unas fechas los barcos fueran más vulnerables. Y
la vida media de la nao o el galeón no llegaba a superar los cinco años. Ahora bien, eso
no cambiaba su precio. En Sevilla, al calor del floreciente negocio del comercio indiano,
todo se vendía. Incluso naos y galeones fatigados y medio quebrados. La ciudad entera,
y los intereses que se despertaban, giraban en torno al río y a su tráfico naval.
Lope de Vega, que vivió en Sevilla en 1603, compuso allí su obra de teatro El arenal
de Sevilla, que ya en sus primeros compases recoge el diálogo entre doña Laura y doña
Urbana en su paseo hacia los muelles del Arenal. También refleja el ambiente de cómo
toda Sevilla vivía la actividad del tráfico de las naves y de los muelles del Guadalquivir
donde se cargaban las mercancías de ultramar:
Tanta galera y navío
mucho al Betis engrandece.
Otra Sevilla parece
que está fundada en el río.
El diseño
Para cubrir las rutas indianas —y no digamos si estas se prolongaban hasta la Especiería
— hacían falta «los mejores navíos que navegan por la mar» , como escribió el asturiano
61
Entre sus logros reformadores, debe destacarse la reestructuración del sistema de
flotas y el establecimiento del método de convoyes. Ya lo veremos más adelante. Lo
básico de su experiencia y de sus recomendaciones se encuentra detallado en su
memorial publicado en 1556. En él se describe el modelo naval, que duró nada menos
que dos siglos. Digo esto porque entre los párrafos de ese texto se encuentran
reflexiones críticas y también claras denuncias sobre las corruptelas, manipulaciones y
abusos en el diseño de naos y galeones, y en general sobre la construcción naval, que
revelan que Menéndez de Avilés era profundo conocedor de aquel mundo de astilleros,
puertos y singladuras . Era muy consciente de que los buques de la Carrera de Indias, a
62
pesar de la importancia que la propia Carrera tenía para la economía de la Monarquía
Hispánica, no eran los mejores. Las largas demoras en los puertos indianos, a la espera
de la carga, destrozaban los barcos; la broma, especialmente en aquellas aguas cálidas,
consumía las quillas; los maestres alteraban las estructuras, ampliando las bodegas para
almacenar más mercancía; las naos con más peso y con esos cambios se volvían más
lentas, tardaban un mes de más en hacer la travesía, y las obras de carpintería que
alzaban, haciendo cubiertas y toldos, volvían las naos «tormentosas y no marineras» . 63
Carla Rahn Phillips estima que no pasaba de diez años el promedio de vida útil de
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los galeones al servicio de la Corona y, para algunos, ese cálculo era optimista, pues no
le otorgaban más de cinco.
Menéndez de Avilés era aún más restrictivo en sus propuestas en Memorial sobre
navegación, y sugería que el tope se colocaba en tres años de vida útil:
Se podrá mandar que, pasados tres años que serán gastados los navíos que ahora navegan en la
Carrera de las Indias, no puedan visitar navío para cargar para Indias, habiendo navegado en levante o
poniente de dos años arriba.
Y en la redacción del memorial volvemos a encontrar esa referencia limitativa hacia
la vida de la nave:
…se ha de mandar que, pasados los dichos tres años, no se pueda visitar para la Carrera de Indias
navío que pase de las cuatrocientas toneladas.
En 1543 ya había advertido de que los buques que se vendían en Sevilla eran viejos
«porque hay grandes compradores y grandes precios y no se ven los daños que
llevan» . Con el comercio de las Indias en fase de expansión, la demanda de buques
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aumentaba. La especulación se desbocaba y se compraba lo que había en el mercado,
fuese bueno o malo. Bernardino de Mendoza, recuerda Esteban Mira , ya lo volvió a 66
advertir en 1548: «…los navíos eran flacos y mal acondicionados».
Todavía en fecha tan tardía como el siglo XVIII, no se había puesto remedio al
deterioro de los galeones ante las inclemencias del tiempo. Legentil, un navegante
francés que vivió algún tiempo en Manila, lo constataba, y se escandalizaba de los
precios de mantenimiento y reparación de los galeones:
Los manileños tienen excelentes carpinteros y debe reconocerse que el trabajo de Cavite es hecho de
manera excelente. La reparación de los galeones está muy bien realizada, pero a precio excesivo.
Y sospechaba que abusaban:
El rey ganaría mucho si pudiese tener en Manila un constructor naval o un oficial celoso, eficaz y
experimentado en la construcción naval67.
Y los galeones necesitaban esas reparaciones prácticamente cada seis meses:
Cuando regresan de Nueva España a Filipinas están completamente desmantelados. En más de seis
meses que están abandonados al deterioro de la influencia de la atmósfera y del calor del sol, se puede
fácilmente ver los daños que las embarcaciones han sufrido por las fuertes lluvias y las altas temperaturas
que soportan durante los meses de julio a febrero68.
Años antes de estas declaraciones, Pedro de Avilés culpaba en su denuncia a los
dueños de las naos, es decir, a los vendedores, de la pobre calidad de las embarcaciones.
Surcaban mares de levante a poniente y «cuando sus dueños entienden que están
cascados y trabajados (…) los envían a vender a Sevilla». En Sevilla se trajinaba con
todo, fuera bueno o malo, viejo o nuevo. Y, sobre todo, con las naves para América, ya
que se sabía que, entre las largas travesías y los tiempos muertos en los puertos
americanos, las naves quedaban destrozadas «por lo mucho que allá se detienen, que
hacen mucha costa con ellas y porque les pasa la broma» . En suma, quedaban
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convertidas en muchos casos en maderamen obsoleto que se desechaba en las Indias y,
como se decía en el lenguaje de la época, «les daban al través».
Por ello, en Sevilla, los compradores que sabían que esa nao, al final, la «habían de
echar de través», bien en Tierra Firme, bien en Cuba o Santo Domingo, la desmontaban
en gran parte para ampliarla en su porte y poder estibar más carga. En Sevilla
hormigueaban los buscavidas y los ociosos, como diría PérezReverte, y entre estos, los
maestres corruptos y algún comerciante ambicioso. Lo cierto era que, de hecho, muchos
de aquellos barcos terminaban por ser auténticos depósitos de carga que se
abandonaban al llegar a las Indias. Si llegaban.
La suma de cosas para «dádiva» o regalo que llevaba la Trinidad o la Victoria de la
expedición de MagallanesElcano nos da una idea del espacio que podía necesitar tan
abundante y variada carga: tejidos de seda, brocados, piezas de lino, tazas de vidrio,
frazadas de paño, chupas y capas, espejos grandes y medianos, vestidos, terciopelos,
algunas sillas, cuchillos, tijeras, peines, velas, cirios, linternones, candelas, hachas,
herramientas y aparejo, escudillas, cubiertos, y a ello se unían las municiones para la
artillería, bien de hierro o bien de piedra, la de los arcabuces y su propia pólvora, las
lanzas, coseletes, armas blancas, las pipas de agua y las botas de vino, las tinajas de
alimentos, los barrilillos de salmuera, las cargas de salazones, las tinajas de aceite, las
mechas, y todo eso sin haber embarcado todavía ni un solo fardo de clavo, que luego
almacenarían por quintales. Consignatarios, proveedores y armadores, presionaban
para ampliar espacios.
Con las obras de ampliación de las naos, o galeones, la quilla y el costado no
sufrían, pero metían mayores velas, quitaban jarcias y desalojaban la artillería de las
bandas para almacenarlas debajo de la cubierta. Obviamente, para pasar la inspección
de los funcionarios de la Casa de la Contratación, antes de zarpar ponían las piezas de
artillería en orden «en el río de Sevilla para cuando lo visitaban» y al salir a la mar las
quitaban y «las echan debajo de la cubierta» de tal forma que las naos terminaban
«desarmadas, de modo que cualquier navío las puede ofender».
Los navíos, durante la navegación, «como están sacados de proporción, no pueden
sufrir tanta carga arriba», terminaban siendo «muy zorreros en la mar» y mucho más
lentos, pues los que solían navegar en dos meses tardaban más de tres.
Como el frenético negocio de las Indias absorbía todo, no existía interés por parte
de los armadores en construir naves nuevas ni en poner orden —«en Sevilla dan poco
más por la nao nueva que por la vieja»—. Los que lo hacían las aprovechaban para otros
viajes, y las naos navegaban «en Levante y en Poniente» antes de llevarlas a vender a
Sevilla, que era «cuando sienten que están de poco provecho» . Ello explica, si no todos,
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el gran número de naufragios debidos a las tormentas. Unas naos lentas, sacadas de
proporción, estibadas hasta los topes y con mala marinería acopiaban todos los
ingredientes para el perfecto desastre.
Y digo que la marinería en muchas ocasiones era mala, porque, con frecuencia,
muchos de los marineros hacían trampa. Puestos de acuerdo con el maestre, en vez de
regresar a la Península se quedaban en América. En efecto, una parte importante de
esos marineros no eran tales, sino pasajeros particulares que se «enrolaban» como
marineros y pagaban al maestre la «soldada» que recibían como marineros alistados,
para que, una vez llegados a las Indias, los dejase allá donde comenzaban una nueva
vida. De otro modo, si solicitaban viajar a las Indias como un pasajero particular, no
siempre se autorizaba su partida, y además debían pagar el precio del pasaje. Con este
procedimiento, cuando llegaban a puerto en América, la nao, que ya había vendido sus
mercancías, se quedaba sin marineros, ya que gran parte de ellos se esparcían por el
territorio de las Indias. Y la nao se convertía en un estorbo. La solución era la ya
comentada: «daban con ella al través».
Galeón del siglo XVI acompañado de una galera. Grabado de Pieter Brueghel el Viejo realizado en 1565.
De este 23,2 %, se hundieron 249 en Cuba y aguas caribeñas próximas; otros 150 en
torno a Florida; 152 en la costa atlántica de lo que hoy es el territorio de los Estados
Unidos; 63 alrededor de Haití y la República Dominicana y 60 próximos a Panamá. Del
informe se desprende la impresionante conclusión de que el 91,2 % de los naufragios se
debieron a tormentas y huracanes. Y es que —ya denunciaba la situación Menéndez de
Avilés— «al tiempo de una tormenta, no hay marineros que sepan navegar y por ser las
naos ruines y los marineros pocos, se pierden muchos navíos».
Los naufragios también podían obedecer a otros factores como el desconocimiento
de la ruta a seguir, la impericia del piloto, la sobrecarga o el mal estado del navío.
Incluso se ocasionaron naufragios intencionados para robar la carga . 72
En cuanto al Pacífico —y solo referido al galeón AcapulcoManila, según tesis de
Francisco Cruz—, de los 108 buques que hicieron la Carrera de Filipinas en 250 años,
solo 26 se hundieron o desaparecieron, un 24 %, es decir, un porcentaje muy similar al
del Atlántico norte. A pesar de que opina que «el número de naufragios y de pérdidas
durante los doscientos cincuenta años que aproximadamente duró la navegación a
Filipinas, fue muy grande» , aunque no especifica la cifra.
73
En la construcción de las naos, su diseño inicial contemplaba un arqueo inicial de
aproximadamente 500 toneladas. La Corona las encargaba y pagaba de acuerdo con el
tonelaje. Pero su tamaño fue disminuyendo y pasó de 300 toneladas a 120 . No se sabe 74
exactamente si ello obedeció a la experiencia de buscar naves más maniobreras, si lo que
pesó en la decisión fueron las restricciones financieras o ambas cosas a la vez, como
señala Annie Baert. La eslora pasó después de 30 metros a 47 y su arqueo se elevó de
75 76
240 toneladas a 1550. En 1666 apareció una nueva medida ideal que fijaba 500 y 700
toneladas y, en 1679, una de 800 toneladas.
Caro, porque ya hemos visto que en la Carrera de Indias duraban entre cuatro y
diez años, e incluso menos.
Los constructores trabajaban sin planos. Seguían las tradiciones basadas en las
llamadas proporciones áureas, aunque los textos oficiales se referían al tonelaje, es
decir, su capacidad de carga expresada en toneles, nociones difíciles de cuantificar hoy
día. Las medidas eran ideadas por el constructor, aunque el Consejo de Indias debía
aprobarlas. La capacidad de carga del galeón, para poder transportar las provisiones
durante las largas travesías y las mercancías del rey, de los particulares y de los
contrabandistas y proteger todo ello con la artillería embarcada, fue aumentando
durante el siglo XVII. Ello creaba los problemas de espacio que hemos visto, pero
también chocaba con las limitaciones en la eslora que afectaban al calado del buque.
Todas las naves dedicadas al comercio con las Indias quedaban sujetas a estas
restricciones de construcción, ya que el calado estaba pensado para que las naos
pasasen holgadamente dos obstáculos ineludibles en sus travesías a las Indias; uno en la
salida, al cruzar la desembocadura del Guadalquivir, y otro posible en la arribada a las
costas americanas, si el galeón al final de su singladura ponía proa a la bocana del
puerto de Veracruz.
Y estas exigencias al comienzo de las travesías de todos los galeones las imponían
geográficamente Sevilla y Veracruz, porque ambos eran puertos de salida y de llegada,
y los astilleros debían construir los galeones para que pudieran pasar la barra de arena
de Sanlúcar y la de San Juan de Ulúa, a la entrada del puerto de Veracruz.
La construcción naval desde Nueva España y Filipinas
La construcción de tantos barcos generaba, por otra parte, una triste realidad evidente:
los montes se diezmaban, desparecían los bosques y se imponía la necesidad de una
urgente repoblación forestal. Tanto Carlos I como Felipe II dictaron ordenanzas para
todo el reino dictaminando la repoblación de los montes y prohibiendo la venta de
madera al exterior. Pese a los esfuerzos, la sangría en montes y bosques continuó.
Hacia 1585 la flota española de Felipe II, incluyendo la pesquera, la mercante y la
armada, podría estimarse en 300 000 toneladas, lo que suponía unos tres millones de
metros cúbicos de madera labrada. A razón de cincuenta árboles buenos por hectárea en
bosques viejos, lo que significaba haber tenido que talar 120 000 hectáreas en los
mejores montes. Y aún quedaba pendiente el esfuerzo de la Jornada de Inglaterra, de la
llamada Armada Invencible, que significó esfuerzos en la construcción de suficientes
barcos, hasta el de punto que tuvieron que firmarse contratos para la provisión de
pertrechos navales, y ante todo la adquisición de madera del Báltico.
Por ello, los astilleros peninsulares no daban más de sí.
En las Indias
La presencia en las Indias y, sobre todo, las iniciativas incansables de Hernán Cortés
para armar escuadras que navegasen el Pacífico, mitigaron los elevados costes de
construcción de las armadas y las servidumbres de las talas en la geografía de la
Península. El primer navío construido por los españoles en América fue en 1496,
llegando a alcanzar cierta economía de escala por iniciativa de Cortés. Los primeros
astilleros se establecieron en Zacatua y en Tehauntepec.
Los de La Habana alcanzaron gran desarrollo más tarde al escasear la madera en la
Península. Guayacán, caoba, cedro y teca se incorporaron como abundantes y preciadas
maderas a la manufactura naval en las Indias o se transportaban para ser utilizadas en
la Península. A ello se unieron otras materias primas innovadoras como la estopa de
coco y brea de Guatemala para calafatear las junturas de la trabazón, mientras los palos
de laurel, de mejor calidad que el pino europeo, se utilizaban para la construcción de
masteleros y vergas.
En Filipinas
Por razones de lejanía y de coste y por motivoss de orden práctico amparados en el
tráfico del galeón ManilaAcapulco, se inició en los astilleros de Filipinas la
construcción naval, avanzado ya el siglo XVII. Resistentes maderas de las islas fueron
empleadas en la construcción de las naves. Para el armazón se utilizaba teca; en las
ligazones y en las uniones, en la quilla, el timón y las piezas interiores, se colocaba una
madera conocida como molave. Para el casco de la nao se usaban tablas de lañang, de
gran flexibilidad, y bitog para la quilla, una madera medianamente dura y de densidad,
de gran resistencia a la intemperie. Para los cabos, cordajes, aparejos, jarcias…, se
empleaba el abacá o cáñamo de Manila . Los palmerajes provenían del apitong, un
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árbol de gran tamaño con ramas muy altas y de tronco cilíndrico. La abundancia de
madera de gran calidad, junto con la gran destreza de los operarios autóctonos para
trabajar la materia prima y el metal, dio lugar a unos magníficos buques . 78
Hubo astilleros en Cavite —la mayoría de la construcción naval filipina se hizo allí
—, pero también en Bagatao, Mindoro, Sual y Sorsogón, empleándose gran cantidad de
operarios chinos y malayos.
La construcción naval en tiempos de Carlos I
Hay que dar por cierto que Carlos I no tuvo marina propia, una marina militar del
Estado utilizando conceptos actuales, afirma Cervera Pery . No existían flotas
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permanentes. Al igual que la mayor parte de los gobernantes del siglo XVI, el emperador
Carlos organizaba sus fuerzas navales cuando las necesitaba. La urgencia decidía. Y
llegado el momento se suscribían contratos con armadores privados, como ya hemos
señalado. En lenguaje de hoy, diríamos que la Corona subcontrataba sus flotas. Álvaro
de Bazán, padre del marqués de Santa Cruz, y el genovés Andrea Doria, por citar dos
casos bien conocidos, fueron los mayores contratistas del emperador, a los que se
unieron pequeños astilleros cántabros o vascos.
La financiación de las armadas
¿De dónde podían salir los ingresos para las flotas necesarias y cuáles eran los retos?
La base financiera de Carlos I, cuando este comenzó su reinado, era Castilla. Trigo
y lana.
La producción cerealista, en años de buenas cosechas, aumentaba el excedente para
la exportación, y la lana, especialidad de Castilla, hacía el resto. Pero lana y trigo no
eran muy compatibles. Las tendencias preferentes de la economía castellana se
inclinaban más por el esquileo que por las cosechas. Desde el siglo XIII los ganaderos
habían desarrollado una poderosa corporación, la Mesta, que situaba el pastoreo y sus
derechos por encima de cualquier otra actividad económica. La Mesta era muy
poderosa y, aunque el trigo aportaba pingües ingresos, siempre que había conflicto
entre la agricultura y la ganadería, la Mesta hacía valer su influencia.
El cereal y el barbecho fueron perdiendo peso ante las tendencias prioritarias que
marcaba la ganadería lanar. Menos agricultura significaba más paro en los campos.
Como la actividad pastoril exigía menor mano de obra que la labranza, tampoco el
cuidado de los rebaños pudo absorber a los agricultores ociosos. Muchos hombres
quedaron sin trabajo, de manera que pudieron ser reclutados por los ejércitos, tan
precisados de ellos por la política exterior de Carlos I.
La Mesta era básicamente la lana. Y la lana era la exportación. Los exportadores
eran preponderantes en el norte, en Castilla la Vieja y en la costa cantábrica. Allí —en
Castilla— la poderosa ciudad de Burgos se había enriquecido gracias al comercio lanar,
incluso desde antes del descubrimiento de América, y había terminado por convertirse
en el centro de los seguros marítimos. En Burgos se había asentado un nutrido grupo de
comerciantes españoles dedicados al negocio del textil ovejero castellano, que generaba
doblones de a dos con incesante ritmo en las ferias de Medina. Eran conocidos como el
grupo de los banqueros burgaleses. Sus agentes extranjeros se expandían por Brujas,
Amberes, Nantes y Florencia. Los comerciantes de Burgos también tenían sus
agrupaciones de intereses en Medina del Campo, punto estratégico por sus conocidas
ferias y conexión europea en el comercio lanar.
En Sevilla, más cosmopolita, los españoles tenían que vérselas con la fuerte
competencia de los banqueros genoveses, desplazados por los musulmanes de sus
bases, desde donde operaban en el mar Negro. Poco a poco —y sobre todo a raíz de la
expedición de Magallanes— los banqueros de Burgos también se fueron acercando a
Sevilla, que terminó detentando el monopolio del comercio y transacciones con las
Indias. Pero no por capricho. En favor de Sevilla jugaba un factor decisivo: que ya era
un centro administrativo, comercial y financiero y por lo tanto disponía de personal
cualificado y tejido burocrático a través del cual podía controlar las nuevas empresas
utilizando Cádiz, Palos y Sanlúcar como puertos en la costa atlántica . 80
La elección de los puertos desde donde zarpaban las expediciones y a los que las
naos regresaban luego desde la Indias, dependía de la iniciativa privada. Ya hemos
visto cuáles eran las ventajas que adornaban a Sevilla. Cádiz y Sevilla eran puertos
elegidos por Colón. Y no solo él. De hecho, todas las expediciones organizadas entre
1492, fecha del descubrimiento de América, y 1510, partieron desde Andalucía. Los
puertos de Sevilla y los tres del golfo de Cádiz —Sanlúcar, Cádiz y Palos de la Frontera
— fueron escogidos por los expertos de la época.
La apasionada apuesta de Hernán Cortés por incorporar el Pacífico al virreinato de
Nueva España facilitará la apertura de nuevos puertos y astilleros, como veremos.
El comercio ultramarino
Cuando la fiebre del acceso a la Especiería despertó, el comercio basado en compañías
fue dando pie a un primitivo tipo de capitalismo. La financiación de la banca genovesa,
después del descalabro que sufrieron sus agencias en el mar Negro, se unió a la
alemana y a la napolitana, abriéndose paso a través de las contribuciones de los
accionistas (bewindhebber). Las compañías habitualmente se formaban para cada viaje, al
final del cual se repartían los beneficios y terminaba el contrato entre los accionistas. La
aportación de banqueros, tratantes o comerciantes era fundamental, no tanto a la hora
de financiar la construcción naval, en la que habitualmente no participaban, como en la
decisión de apoyar la empresa o expedición.
La acción financiera, la contratación del capital, se hacía en Sevilla. A partir de la
instauración de la Casa de la Contratación es cuando da comienzo de una forma
rígidamente organizada el control del comercio transatlántico. Una de las primeras
medidas, imprescindible para el ejercicio de ese control, fue la selección de los puertos
de salida de España y llegada a las Indias de los barcos que componían la Carrera de
Indias.
El puerto, prácticamente único, tanto de salida como de llegada en España, fue el
de Sevilla. Pero el puerto sevillano no debemos entenderlo en su sentido estricto, como
el de las riberas del río. El monopolio sevillano no pretendía concentrarse solamente en
sus muelles y atracaderos del Guadalquivir, sino extenderse a una serie de ellos en toda
la región, de la que Sevilla era su capital interior y a la que la necesaria organización
burocrática, geografía y financiera, elegía como opción adecuada frente a todas las
demás.
Pero detenerse a hablar del monopolio de Sevilla significaría ignorar la función que
desempeñaron otras regiones de España. Si Sevilla iba a disfrutar del monopolio del
comercio con las Indias, el norte de España, y especialmente Vizcaya, ejercía el
monopolio del comercio con el norte de Europa y primordialmente la contratación de
las flotas. Si la especialidad de Castilla era la lana, la de Vizcaya se basaba en el hierro.
El fácil acceso a los mercados exteriores a través del puerto de Bilbao, señala Lynch, era
un importante factor de expansión. Pero no todo se iba. Un porcentaje significativo del
mineral se utilizaba en la forja para la producción local de clavos, anclas y armas. El
número de forjas estimadas en el siglo XVI, especialmente en Guipúzcoa, se situaba entre
80 y 300 . Con estos datos en mente fácil resulta deducir que las costas vizcaína y
81
guipuzcoana no solo eran centros básicos del sector metalúrgico, sino también de
fabricación y ejecución de la industria naval. Contaban además con buenos suministros
de madera y de hierro locales, (aunque a medida que los astilleros incrementaron su
labor en calidad y cantidad, tuvieron que importar casi todo) y con una situación
geográfica favorable en la ruta comercial entre Castilla y Flandes, lo que potenciaba la
industria en Vizcaya.
Había más de lo que se piensa de producción en equipo.
Ello sucedía en los primeros compases del reinado de Carlos I. Después, los
conflictos con los Países Bajos complicarían de algún modo esta fluida relación.
A diferencia de ellos, en los astilleros catalanes faltaba el estímulo de un comercio
activo y la madera local que los aprovisionaba era de calidad inferior. Cataluña no
estaba en condiciones de desempeñar una función similar en el Mediterráneo, pues la
decadencia catalana, ya evidente en el siglo XV, era ya total cuando el emperador Carlos
I accedió al trono . 82
Su actividad marítima había quedado reducida a una navegación de proximidad y
cabotaje, con un comercio de escasa envergadura con Marsella y las islas Baleares. Eran
raras las ocasiones en que sus barcos se aventuraban a navegar hasta Cerdeña o Sicilia o
hasta los presidios del norte de África. Desafortunadamente Cataluña, alejada de las
zonas de pesca del norte de Europa y sin un comercio activo en el Mediterráneo, no
podía ofrecer ni marineros para las flotas de Carlos I ni condiciones para la construcción
naval. Efectivamente, el declive de la flota mercante catalana produjo a su vez el
descenso de la construcción naval, la pérdida de mano de obra y la privación de unos
mandos experimentados. Desaparecida la tradición de la industria naval, era difícil
sustituirla y Carlos I ni lo intentó. Hasta tal punto llegaba la paralización de la costa
catalana que, cuando en 1562 Felipe III decidió poner en marcha un programa de
construcción y armamento naval, tuvo que conceder contratos a astilleros italianos y,
para intentar revitalizar el arsenal de Barcelona, se vio obligado a utilizar técnicos
genoveses . 83
Por lo que se refiere a la marinería, Carlos I sufría una importante escasez de gente
capaz de manejarse con soltura en las galeras de su flota en el Mediterráneo. Al carecer,
además, de remeros suficientes, la flota española de galeras tuvo que echar mano de un
gran número de presidiarios e indeseables castigados por la ley (galeotes) con los que
llenar sus naos. A pesar de lo cual el emperador no podía hacer frente a todas sus
necesidades. Debía buscarse siempre marineros españoles y «si no los hubiere se
incluya a soldados». Pero el asunto era más complejo de lo que parecía, porque el cargo
de marinero estaba muy mal retribuido y en segundo lugar porque no había candidatos
suficientes para abastecer a todos los buques de la Carrera de Indias y del resto de las
flotas. Por ello fue frecuente, al menos a lo largo del siglo XVI, la utilización de
marineros extranjeros, que no siempre estaban bien preparados, por lo que se decía de
ellos, en expresión de la época, que «no sabían marinear los barcos» . Ante los
84
crecientes compromisos marítimos que planteó el descubrimiento de América, aunque
con dificultad, un número mayor de excelentes marineros españoles, especialmente
procedentes de Vizcaya y de Andalucía —que sí estaban preparados en el arte de la
navegación—, comenzaron a tomar parte en las travesías del Atlántico . 85
Escenarios del despliegue naval de Carlos I
Al igual que sus rivales europeos, España no desarrolló sus armadas de forma aislada,
sino en el contexto de las necesidades marítimas para el comercio, el transporte y la
pesca. Y también —o, sobre todo— para el combate. Sin embargo, como emperador de
la cristiandad asumió su rol para atender y proteger aquellas partes de Europa, en
especial Europa Oriental y el Mediterráneo, hacia donde se encaminaba la capacidad de
acometida turca. No obstante, el Turco no disfrutó del monopolio de la amenaza a
Carlos I. Las guerras de Italia —Génova y Nápoles— reclamaban defender los intereses
que había heredado de Fernando de Aragón, su abuelo, y que deben estar presentes en
nuestra consideración sobre el escenario mediterráneo.
A las obligaciones de Carlos I como emperador y como eximio representante de la
casa de Habsburgo, se ha atribuido por numerosos autores la quiebra de ese principio
asentado en tiempo de sus abuelos, los Reyes Católicos, de conquistar, dominar y
finalmente ser dueños del mar. La unión peninsular de Isabel y Fernando, hacía
presagiar que el nuevo Estado que nacía iba a convertirse en un conjunto
eminentemente marítimo, al constituir una península, por tanto ceñido gran parte de su
perímetro de agua, y aislada de Europa, condición que muy pronto se vería reforzada
por el descubrimiento de América que, además de ser un magnífico estimulante para
hacer progresar el tráfico mercantil y, por lo tanto, el poder naval, supondría un
esfuerzo colectivo dirigido a que los españoles volcasen sus energías a la mar . No fue 86
así.
La política europea quebrantó esa vocación peninsular para convertir el país en
continental e incluso en mundial cuando traspasó las fronteras de Europa. Por ello, el
esquema doméstico de Isabel y Fernando que inicialmente pivotaba sobre el
Mediterráneo y sobre una proyección americana, más profundamente atendida —si es
que ello hubiera podido mantenerse sin alteraciones—, se derrumbó muy rápidamente.
Era muy difícil conservar el dominio del mar al estar siempre expuesto a los golpes de
cualquier potencia en varios frentes, y para sostenerlo era necesario poseer una gran
constancia, una perfecta y cerrada vocación naval y unas fuerzas que fallaron ante la
excesiva cantidad de obligaciones y compromisos durante el siglo XVI y en las primeras
87
décadas del siglo XVII, como consecuencia de las obligaciones de la dinastía reinante.
Océano Atlántico
portuguesas prácticamente desde el comienzo de la Carrera de Indias al Nuevo Mundo.
No se trató de un enfrentamiento frontal, sino de corso pirático. Fue un goteo de
acciones aisladas. La única acción naval de envergadura que enfrentó a escuadras de
uno y otro lado fue la de las Terceras, en 1582, donde Álvaro de Bazán derrotó sin
paliativos a la escuadra corsaria francesa mandada por el condotiero Felipe Strozzi.
Jacques de Sorés o Roberto Baal son nombres que salpican la historia de la acción
pirática francesa en el Atlántico y el Caribe, en La Habana, en los establecimientos
españoles en la costa cubana y en Cartagena de Indias, plazas todas que estaban sin
defensas en la época. Pedro Menéndez de Avilés limpió a sangre y fuego la Florida, que
se había convertido en refugio de piratas hugonotes.
Algo más tarde, las pequeñas islas de Martinica, Guadalupe, San Martín, San
Bartolomé y Santa Lucía, fueron presas capturadas en las Antillas que los franceses
conquistaron a partir de 1634.
A esa acción corsaria francesa le seguirá otra inglesa, entre los años 1580 y 1630, la
de los Drake, Hawkins, Walter Raleigh («Guatarrá») en Vigo, Bayona, Cabo Verde,
Santo Domingo y Cartagena de Indias, aunque esa oleada continuó más tarde, en 1655
en Jamaica, con éxito, y en Santo Domingo, donde terminó en fracaso.
Los holandeses tomaron el relevo a partir de 1621, al comprender que la mejor
manera de combatir a Felipe II era atacar en las Indias Occidentales. Las Pequeñas
Antillas fueron sobre todo su objetivo. Clavaron su bandera «en los arrabales del
Caribe» y más tarde en las costas de Brasil, además de intentar penetrar en la costa
89
americana del Pacífico.
En cualquier caso, el ataque pirático a las naos y galeones bien artillados de la Flota
de Indias tuvo un impacto mínimo. Uno de los cuadros de registro de entrada de naos
entre los años 1548 y 1555 tomado de un libro de registro de la Casa de la Contratación,
conservado en el Archivo de Indias, y que reproduce Jesús Salgado en su obra,
demuestra que durante esos ocho años, del total de 540 buques que atravesaron el
Atlántico en viaje a las Indias —el más peligroso, ya que los barcos venían cargados de
90
plata y oro— solo dejaron de llegar cuatro, de los cuales probablemente la mitad se
perdieron por avería y solo dos por acción de los piratas; es decir, un 0,2 % de pérdidas.
Esa media fue la que se mantuvo, como veremos, hasta el final del tráfico de Indias y
del galeón de ManilaAcapulco. Y añade Jesús Salgado: «En la Segunda Guerra
Mundial las pérdidas de buques aliados en el tráfico atlántico por acción de los
submarinos alemanes llegó a ser de un 26 %. Claro que los bravos submarinos alemanes
eran muchísimo más eficaces que los, por lo regular, cobardes piratas del Caribe» . 91
Mediterráneo
La ocupación otomana de Egipto (1517) acercará Estambul al Magreb mientras, bajo el
pretexto de defender a los emiratos de los ataques castellanos y portugueses, piratas de
religión musulmana se mudarán al norte de África, llevando consigo un bagaje de
experiencias y técnicas ensayadas en las aguas de levante. Nace así Berbería. La
América turca. Pronto Argel se convertirá en la gran capital de los renegados.
Primero fueron los hermanos de Barbarroja los que se instalaron en Argel (1516),
que se convirtió en un dominio otomano; después, cada verano un enjambre de falúas y
bergantines partían del puerto argelino para asaltar poblaciones y navíos de los
Habsburgo en España e Italia. En 1541 se intentó asaltar la ciudad por las tropas de
Diego de Vera. El emperador acudió al frente de sus fuerzas. Sin embargo, la expedición
de castigo no tuvo éxito.
Océano Pacífico
Las siete flotas enviadas a la Especiería en la época carolina, que totalizaron 23 naos, son
un exponente muy claro del esfuerzo que la Corona dedicó al Pacífico, y que es objeto
preferente de estudio de este libro. A él contribuyeron los astilleros del norte de España
y de las costas del Pacífico del virreinato de Nueva España.
La construcción naval en tiempos de Felipe II
Con Felipe II la construcción naval se disparó. No solo tenía que consolidar la ruta
comercial hacia las Indias reforzando —y mucho— las armadas para la Carrera de
Indias, sino que debía seguir manteniendo su flota de galeras en el Mediterráneo, que
aún no estaba limpio de enemigos porque la amenaza turca seguía latente. Además de
ello, tuvo que reforzar y vigilar la expansión marítima hacia el Pacífico y atender la ruta
comercial que se había abierto entre Filipinas y Nueva España a través del galeón
ManilaAcapulco. La incorporación de la Corona de Portugal en 1581 le obligaría
además a asumir como propia la Carrera de Indias Orientales portuguesa, y eso
implicaba enfrentarse a holandeses e ingleses en el golfo Pérsico, en India y en las
Molucas. Y, sobre todo, suponía muchos más gastos. Por último, no pudo dejar sin
cuidado las rutas de comercio con Flandes y el norte de Europa, amenazadas por los
rebeldes holandeses y sus aliados ingleses.
Felipe II, además de continuar con el incremento de los programas de construcción
naval, comenzó a influir en el diseño tradicional de los barcos y de su armamento
embarcado. Lo cierto es que los años previos a 15611564, la política naval se había
caracterizado por la improvisación. En ese ambiente surgieron una serie de iniciativas
legislativas, memoriales y propuestas para crear un sistema de navegación eficaz . La 92
construcción naval evolucionó así, basada en los informes que, cada vez más, generaban
las juntas de marinos y armadores que se fueron formando por encargo del monarca.
Escenarios para el despliegue de flotas de Felipe II
Con la única excepción de seis meses, el rey luchó incansablemente en conflictos que
parecían no tener fin, durante las cuatro décadas de su reinado. Tuvo que enfrentarse al
mismo tiempo con diversos adversarios: franceses, turcos, ingleses y holandeses . Ello 93
le obligó a diseñar una estrategia mundial, por tanto, oceánica —en el Atlántico y en el
Pacífico—, con España como centro principal y las Indias tendidas entre los dos
océanos, como eje vicario pero principalísimo. En otras palabras, los compromisos
«extraibéricos» del Imperio fueron fraguando toda una serie de exigencias orientadas al
cuidado de toda aquella extensa herencia territorial formada por América; las
posesiones en las Indias Orientales; las Filipinas y su expansión oceánica; Italia; Flandes;
el Mediterráneo y las plazas africanas.
Mediterráneo
No era un mar, sino más bien una sucesión de llanuras líquidas comunicadas entre sí,
según acertada expresión de Braudel . Esa llanura marítima, formaba un
94
microescenario histórico en el que España tuvo que enfrentarse una y otra vez con la
mayor amenaza durante los reinados de Carlos I —como hemos visto— Felipe II y
Felipe III: los turcos. El envite no era solo político, que no era poco; la lucha de la
Monarquía Hispánica contra el Imperio otomano llevaba además la impronta del
choque religioso como si fuese una Cruzada tardía. En las aguas del Mediterráneo se
ventilaba el enfrentamiento entre la cristiandad y el islam. Esa misión, consistente en
poner coto a la expansión otomana, formó parte del acervo de responsabilidades, tanto
de Carlos I como de Felipe II.
Por ello recurrió a un despliegue ofensivo eficaz, aunque los brotes de las flotas
turcas y los piratas berberiscos le obligaron a alguna campaña defensiva. Las defensas
de Orán y Alcazarquevir contra los ataques piratas de Dragut en 1563 fueron un
ejemplo de esto último; pero a partir de este año la estrategia cambió de signo:
recuperación del peñón de Vélez en 1564; socorro a Malta y derrota de los sitiadores
otomanos, en 1565; combate naval de Lepanto en 1571 y toma y pérdida de Túnez
(15731574).
Al término del siglo XVI, y concretamente a lo largo de la última década (1590 a
1600), la Corona fue consciente de que las rutas marítimas y el dominio del mar eran
esenciales para el mantenimiento de la Monarquía Hispánica y de que esa característica
de esencialidad obligaba a la Corona a protegerse al máximo, a paliar los aspectos más
vulnerables y a protegerlos de las agresiones de las flotas de las demás potencias
europeas, Inglaterra, Holanda y Francia.
Océano Atlántico
De toda la lista de gastos bélicos, la partida más abultada en los desembolsos de Felipe
II se había destinado a la formación de una flota en el Mediterráneo. Cuando el rey se
asentó en Lisboa, conducido a ello por la unión de las dos Coronas, varió su punto de
vista. El foco de su interés se desplazó hacia el Atlántico. Los rebeldes holandeses, con
una eficaz y creciente actividad, y los ingleses, no le dejaban otra opción. El corsarismo
aumentó y, por tanto, la urgencia de acertar con un modelo eficaz fue siendo cada vez
más perentoria. Drake atacó Arica, El Callao y Panamá y Cavendish, por su parte, lo
intentó en Santiago, aunque salió escarmentado.
Por primera vez, el rey entró en contacto con el ambiente, el marco y las reglas que
gobernaban el rico comercio ultramarino. Esos dos años en los que permaneció en
Portugal le abrieron los ojos. Tenía la satisfacción de ver desde su ventana del palacio
del Paço de Ribera, la llegada de los grandes galeones que venían del océano. Las flotas
españolas que iban a América podían utilizar ahora el puerto de Lisboa . 95
Las Azores, cuya defensa era fundamental ya que aseguraban las rutas
ultramarinas del comercio atlántico y las expediciones a América, se convirtieron en
una prioridad y fueron defendidas en una de las batallas navales más memorables del
siglo XVI, en Terceira, donde la escuadra española mandada por don Álvaro de Bazán , 96
infligió en 1582 una aplastante derrota a las 60 naves de la escuadra francesa de Felipe
Strozzi en las aguas de la isla Terceira y de la isla de Sao Miguel . 97
Con la Corona de Portugal, unida a la de España, Felipe II alcanzó el cénit de su
estatus. Los consejeros reales estimaban que Portugal era clave para lograr el éxito en
todas partes, «freno de Flandes» o eficacísimo y absoluto instrumento y remedio para
reducir su sublevación. Otros le indicaban que desde Portugal se podía minar con toda
efectividad el comercio holandés y privar a los rebeldes del acceso a las especias y la sal.
Luego, no fue tanto.
Mar del Norte
En los mares fríos de Europa, llevó a cabo «una táctica de contención derivada de las
luchas de Flandes y del mar del Norte, con directa intervención de Francia e Irlanda» . 98
gobierno de los Países Bajos se basaban en la presencia del Ejército de Flandes, que sin
un apoyo naval adecuado se quedaba al aire. No existió esa cobertura naval. Auxilios,
refuerzos, armas y víveres para los rebeldes entraban por las costas de Zelanda, isla de
Walcheren…, sin que ninguna armada española interviniera impidiéndolo. Alguna, de
vez en cuando…
Pero la política de paños calientes no solucionó el problema. Siempre se acudía
tarde. Se enviaban flotas desde España «capaces de reforzar la debilidad hispana en las
aguas flamencas o se buscaba construir y aprestar un conjunto de navíos en el canal de
la Mancha», que protegiesen las posesiones españolas en los Países Bajos . Pero el éxito100
era provisional y caro. Y a veces solo era caro y no había tal éxito, como sucedió en el
caso de la flota del duque de Medinaceli en 1572, que regresó sin intervenir, debido al
mal tiempo, y en el canal de la Mancha fue atacada por los holandeses que destruyeron
muchos navíos.
La clave para recuperar los Países Bajos radicaba en el dominio de los mares y el
obstáculo principal se encontraba en la ausencia de medios, de recursos, de dinero, ya
que el costo de la guerra con Holanda había rebasado todas las predicciones . No había 101
más caudales para nuevas flotas. No obstante, el gobernador Recasens insistía ante
Felipe II en 1573 en que era esencial hacerse con el control de los mares, de modo que
«enviase armada superior y hacer el esfuerzo de una vez». Pero Flandes consumía las
rentas del gobierno y la plata americana. Precisamente en ese año de 1573, los gastos de
Felipe en Flandes fueron aproximadamente cuatro veces superiores a los de 1566. A
Bruselas se enviaba alrededor de un millón y medio de ducados al año. Y en 1575 Felipe
declaró la tercera bancarrota.
La Jornada de Inglaterra en 1588 puso además de manifiesto la necesidad de una
armada permanente y específica para los asuntos del norte europeo.
La falta de liquidez de la Corona y la urgencia por reponer con nuevos galeones los
que se perdían en naufragios contra los arrecifes o los bajíos en el Atlántico y en el
102 103
Caribe obligó a depender del suministro de naves a través de la construcción y de la
financiación privada. Esta tendencia se agudizó a partir de la segunda mitad del XVII, en
torno a 1650. Con ello, la Corona fue perdiendo paulatinamente el control sobre la
construcción de sus naves, un control estricto que se había establecido y consolidado
durante el periodo de Felipe II, pero que desapareció con Felipe III, en uno de los
momentos críticos de la lucha en las Molucas contra los holandeses.
Océano Pacífico
La Especiería había pasado a segundo plano tras el Tratado de Zaragoza con Carlos I,
pero los ataques holandeses a Portugal obligaban a una defensa activa en Goa, Macao,
en la costa Malabar y en las Molucas, hostigadas por los holandeses. Goa proclamó rey
a Felipe II en 1581.
Inglaterra y Holanda temían el poder hegemónico de España, ahora, con la unión
de las dos Coronas, todavía más con el Imperio portugués, pero había más intereses a
defender. Cavendish lo intentó en Filipinas y las islas Marianas, donde fue rechazado.
También hizo de las suyas otro corsario británico, Richard Hawkins, que atacó
Valparaíso, Quintero, Arauco y Pisco, aunque fue hecho prisionero por la armada del
virrey del Perú mandada por Beltrán de Castro que derrotó a la flota del británico y le
tomó prisionero . 104
Los holandeses trataron de saquear plazas y galeones en Filipinas. En 1599 salió de
Rotterdam una expedición que mandaba Oliverio van Noort. Frente a las costas de
Manila se enfrentó con la flota del oidor de Manila, Ambrosio de Morga. Y en las
Molucas, ya lo veremos, hubo combates navales en 1604, 1609, 1617, 1620 y 1622.
Y no se podía atender a tantos frentes. Todo ello incidía, claramente, en el número
de armadas expedicionarias hacia las Indias y no digamos ya hacia el Pacífico y hacia
las Molucas e incluso las Filipinas, donde los intereses compartidos con Lisboa debían
defenderse contra los holandeses que se proyectaban también en Asia.
Durante el reinado de Felipe II, a consecuencia de la unión de los reinos de España
y Portugal y de las nuevas rutas oceánicas ya descubiertas, la amplitud de territorios
marítimos era ya enorme. El rey necesitaba ordenar y sobre todo financiar al menos
cinco categorías de flotas distintas a lo largo del mundo:
—Galeones artillados para las armadas de la Carrera de Indias y los galeones mercantes
de sus flotas que, partiendo desde Sevilla y Cádiz, cruzaban el Atlántico hasta Tierra
Firme (tocando en los puertos de Cartagena de Indias y Portobelo); o hasta el
virreinato de Nueva España (puertos de Veracruz y San Juan de Ulúa) de aquel
extenso territorio que comprendía las Floridas, Texas, las Provincias Internas, Sonora,
Sinaloa, Nueva Vizcaya, Nuevo México, Coahula, Nuevo León y Nueva Santander; o
al virreinato del Perú, cuyos territorios abarcaban lo que hoy son Panamá, Chile, Perú
—con el importante puerto de El Callao—, Colombia, Bolivia, Ecuador, Argentina,
Paraguay, Uruguay y Filipinas, para retornar después a Cuba y a la Península. Esta
ruta comercial se regularizó para la protección de la travesía del Atlántico de los
asaltos piratas y de las escuadras de los enemigos ingleses, holandeses y franceses.
Además, la Armada de Barlovento, una institución naval cuyos galeones patrullaban
y protegían a las naos de la Carrera de Indias de estos asaltos, se concentraba en las
Antillas Menores y el Caribe, lugar más común de los ataques.
—Naos y galeones para el comercio con Flandes, que cubrían la ruta Santander
Ámsterdam y la de las posesiones norte europeas de Felipe II heredadas de su padre
el emperador Carlos I, es decir, Borgoña, Brabante y los Países Bajos, de los que era
soberano. La ruta se fue haciendo cada vez más vulnerable a medida que se
intensificó la sublevación de los Países Bajos contra el rey.
—Galeones portugueses de la Carrera de las Indias Orientales que salían de Lisboa y
bordeaban África arribando a Goa, Malaca y las Molucas, para luego volver con las
cargas de especias orientales. La lucha se centró significativamente contra los buques
holandeses de la VOC. Al mismo tiempo los galeones defendían el comercio en
puntos calientes del golfo Pérsico como el Comorán persa, Ormuz y la isla de Qeshm,
contra los propios persas, ayudados por ingleses.
—Galeón de ManilaAcapulco. En defensa del tráfico, sobre todo en la vertiente del
Pacífico en su arribada a El Callao . 105
No había dinero para tanto galeón. No había tanto galeón para tanta flota. Y la
ausencia de dinero —que la guerra de Flandes fagocitaba— amenazaba siempre
seriamente la continuidad de las rutas comerciales hispanas, especialmente a partir de
1650.
A lo largo de la mayor parte del reinado de Felipe II, la producción de la costa
septentrional española se situó al límite de su capacidad. Las expectativas de los
beneficios del comercio con las Indias hicieron de la construcción naval un negocio
rentable. En el siglo XVI la mayor parte de los barcos utilizados en la Carrera de Indias,
en el Atlántico, habían sido construidos en astilleros vascos; pero enseguida entraron en
liza los astilleros en tierras del Nuevo Mundo y de Filipinas. Se obraban más barcos de
los que se podían pagar.
La financiación de las flotas de Felipe II
La proyección mundial naval obligó también —lo repetiremos— a una exigencia de
financiación muy elevada si se querían mantener intactas las rutas marítimas y
construir barcos específicos para esas necesidades. Por lo tanto, el mayor problema que
Felipe II tenía en el diseño de sus flotas era el dinero. Mantener tres armadas oceánicas
y dos de galeras y naos era muy caro. Además de ello, financiar las actividades
mercantiles en Europa y pagar ejércitos y campañas en las guerras con los rebeldes de
los Países Bajos, Francia, Inglaterra; combatir al islam en el Mediterráneo y en las
Alpujarras e invertir en los proyectos interiores, desde los comerciales hasta los
universitarios, rozaba una y otra vez los límites de la bancarrota. Felipe II debió hacer
frente a los gastos que le ocasionaba tener que mantener un programa naval diverso,
amplio y costoso.
Durante su reinado, la Hacienda Real se declaró en bancarrota tres veces —en 1557,
1575 y 1596—, aunque en realidad se trató de suspensiones de pagos, técnicamente muy
bien elaboradas según la economía moderna, pero completamente desconocidas
entonces.
Felipe II heredó de su padre una deuda de 20 millones de ducados, pero los
ingresos de la Corona se doblaron al poco de llegar al trono. Las rentas de América
supusieron entre un 10 % y un 20 % de la riqueza de la Corona y ayudaron a estabilizar
la economía drenada por las crisis de los Países Bajos y la política en el Mediterráneo,
que consumían unos seis millones de ducados al año.
Los ingresos de otras partes del Imperio —Países Bajos, Nápoles, Milán y Sicilia—
se gastaban en sus propias necesidades, y cuando la unión de las dos Coronas —
española y portuguesa— se produjo, aquello se tradujo en un gran esfuerzo económico
para Castilla, que pasó a costear la defensa marítima de su extenso imperio —sobre
todo desde Ormuz hasta la Molucas— sin que Lisboa aportase nada al conjunto. A
usurpaçao dos Filipes le salió muy barata a Portugal y carísima a Castilla.
Con este panorama como trasfondo, debe reconocerse que el interés por dotar de
medios humanos y materiales a la ruta de la Especiería supuso un esfuerzo colosal —
del que hablaremos— y que solo podía sostenerse si el rico comercio de las especias
equilibraba los ingentes gastos de la monarquía.
Vida a bordo durante las travesías
En cada flota las unidades básicas fueron las naos y más tarde, los galeones. Por nao, ya
lo hemos apuntado, pero lo repetimos, debe entenderse un término genérico que se
refiere a barcos mayores que las carabelas y que estaban dotados de castillo de proa;
altas estructuras a popa, llamadas alcázar y tolda; aparejo redondo en el palo de
107
trinquete y palo mayor y vela latina en el palo de mesana y bauprés, en proa.
En las naos, igual que en los galeones, el espacio estaba obviamente limitado. Las
comodidades de alojamiento eran mínimas. Solo el capitán de mar y aquellos mandos
con cierta jerarquía como el piloto, disponían de un camarote privado situado a popa, y
la mayor parte de las veces ese lujo estaba asignado solo al capitán de la embarcación.
Sobre su cámara se encontraba la del piloto. El maestre, se alojaba en la santabárbara y
los artilleros con él. El capellán, si lo había, lo hacía en la toldilla.
Idénticas condiciones a las del capitán de la nave eran aplicables al «capitán de
guerra». Si a bordo navegaban otros capitanes de infantería al mando de la fuerza
embarcada, aquel debía compartir su cámara con ellos.
El mayor número de hombres en la dotación —habitualmente no había mujeres en
aquellas duras travesías — lo componían los marineros. Eran los más diestros y
109
expertos en su oficio. Su edad oscilaba entre los 21 y los 33 años. No llevaban uniforme,
sino una blusa con capucha o un sayuelo de paño atado a la cintura y zaragüelles o
pantalones anchos que bajaban hasta los tobillos. Con toda probabilidad irían descalzos
a bordo, aunque en algunos casos se sabe que calzaron alpargatas. Unos bonetes de lana
roja eran utilizados como prendas de cabeza.
En una nao de 100 a 300 toneladas, el porcentaje de marineros oscilaba alrededor de
20, aunque Annie Baert apunta que las listas de tripulantes de las expediciones de
Mendaña y Quirós (1595) consultadas por ella solo registraban un máximo de 12
marineros, si bien también aclara que se embarcaron esclavos que, aunque no eran
registrados como marineros, ayudaban en las maniobras y tareas propias de la
navegación.
El segundo grupo de gente embarcada lo formaban los grumetes, también llamados
mozos. Más jóvenes que los marineros —entre 17 y 20 años de edad— desempeñaban
las tareas fatigosas a que las navegación les obligaba y aprendían el duro oficio de la
mar, obedeciendo generalmente las órdenes de los marineros. Así, trepaban por los
obenques , permanecían en las gavias escrutando el horizonte, avistaban tierra,
110 111
desembarcaban para hacer aguada, buscar leña y transportar todo a la nave, entre otras
ocupaciones. En las estadísticas que conocemos, su número rondaba entre 8 y 15 para
una nao de 100 a 300 toneladas.
Los marineros, y ya no digamos los cargos superiores como pilotos o maestres,
imponían su autoridad y criterio sobre los grumetes. En algún caso abusando de ellos
hasta extremos denunciables. En plena travesía del Atlántico se arrestó a un maestre
siciliano llamado Antón Salomón, por haber sido sorprendido realizado el «pecado
nefando» con un grumete, habiendo constancia de que lo había ejecutado antes en
numerosas ocasiones. En la escala en la bahía de Santa Lucía (Río de Janeiro) el maestre
fue ejecutado. Al grumete se le perdonó, ya que había sido obligado por la autoridad de
su superior . 112
El tercer grupo, por último, lo constituía el de los pajes, prácticamente niños. Se
edad oscilaba entre los 8 y los 10 años. Los más afortunados de ellos embarcaban como
recomendados o paniaguados al servicio de un oficial. Los demás, con menor fortuna,
debían ocuparse de las tareas más incómodas bajo las órdenes del guardián. Tenían que
cambiar cada media hora las ampolletas, es decir los relojes de arena, y haciendo sonar
una campana recitaban una oración rimada:
Una va de pasada y en dos muele;
más molerá si mi Dios querrá;
a mi Dios pidamos que buen viaje hagamos;
y a la Madre de Dios y abogada nuestra;
que nos libre de agua, de bombas y tormenta.
Al final gritaba hacia proa: «¡Ah de proa! ¡Alerta y vigilante!».
Otra de sus obligaciones consistían en invocar las letanías, baldear las cubiertas del
barco, obedecer a los grumetes y marineros y declamar la fórmula para desear las
113
buenas noches a todos:
Amén y Dios nos de buenas noches,
buen viaje, buen pasaje haga la nao,
señor capitán y señor maestre y buena compañía.
En los galeones y naos las tripulaciones, la gente de mar, se dividía en gente de
cabo (marineros y grumetes) y gente de guerra (soldados embarcados). La gente de
remo o chusma (galeotes y remeros) se encontraba en las galeras.
La dimensión de las dotaciones dependía del tipo de barco y de su porte, pero
debemos calcular un número que oscilaba entre 50 y 60 personas por nave. La
expedición de Magallanes llevó 250 personas en las cinco naos que la componían y la de
Jofre de Loaysa, 450 en sus siete naves.
En buques de mayor porte, pensemos en un galeón de 500 toneladas, la fórmula
consistía en 103 hombres de mar y 121 soldados.
Los tripulantes tenían que convivir, la mayor parte de las veces, con animales vivos
a bordo, embarcados como reserva de víveres frescos o destinados a reproducirse en los
territorios a descubrir: cabras, gallinas, terneras, cerdos o vacas —como fue el caso de la
flota de Magallanes—, por no hablar de los perros que auxiliaban a los soldados en las
exploraciones.
Los víveres que los navegantes podían embarcar solo alcanzaban para doce meses,
lo que acarreaba la ineludible necesidad de abastecerse en tierra, cuando eso era
posible. Además de los animales vivos y su reserva como víveres frescos, el barco
llevaba alimentos conservados bajo la responsabilidad del contramaestre. Los que mejor
resistían eran la harina, el bizcocho, la carne y el pescado en salmuera o salado y secado,
el vino, el vinagre, el aceite y la manteca.
Las aceitunas se transportaban en unas tinajas de pasta tosca, de color claro o beige,
que tenían una panza ovoide y un fondo redondeado. En los restos excavados del
galeón San Diego, se han encontrado muchos de esos recipientes pesados y sólidos que
se colocaban en los galeones por capas, unas sobre otras, en un lecho de paja separadas
por trozos de madera.
También cargaban atún y sardinas en barriletes; pescado seco y salmueras; partes
de carne de cerdo y muslos de gallina conservados en salazón; cortes salados de vacuno
y aceite en tinajas.
En las bodegas se alineaba un mundo de jarras y tinajas, o toneles y barricas, cuya
cuidada estiba servía también para lastrar el buque. El vino se embarcaba en botas.
Queso de Mallorca y castañas de Génova y de Galicia eran parte de la dieta.
A la carga de víveres se añadía la de otros efectos. Figuraban en los memoriales de
carga menciones a las candelas de sebo, linternones, hachas y velas de cera, platos y
escudillas, pares de alpargatas, herramientas y aparejos, costales y barrilejos para el
agua y el vino.
Los alimentos frescos como las frutas y verduras, se consumían durante los
primeros días. Después, si la travesía se alargaba en exceso, comenzaban a aparecer los
primeros síntomas del escorbuto provocado por la carencia de vitamina C. Otros
alimentos eran objeto de ataque de los insectos que se encontraban a bordo, como las
cucarachas o el gorgojo, que daban cuenta de lentejas, garbanzos, frijoles y maíz.
Víveres frescos y sanos eran los que proporcionaba la pesca, pero en el Pacífico
intertropical —pobre en peces— no se recurría a ello a menudo. Hubo incluso casos de
intoxicación con una especie, la ciguatera, un pescado venenoso cuya carne está
contaminada por toxinas como la cignatoxina y la maitotoxina.
El agua la repartía un alguacil, y en los galeones existía un despensero encargado
de proporcionar las raciones. Las barricas —donde el agua terminaba pudriéndose—
dieron paso en el siglo XVII, y sobre todo en las Molucas y Filipinas, al almacenamiento
en grandes tinajas de cerámica o de barro, que la preservaban mejor.
El aseo personal era precario. El agua estaba racionada y lavar la ropa solo era
posible en las escalas. «En el agua dulce residía el punto más débil de aquellas empresas
—anota con acierto Annie Baert —, imponiéndose a cualquier otro motivo puramente
114
geográfico, determinando la decisión de detenerse o no» en las costas o islas avistadas
durante las travesías y manteniendo permanentemente a los marineros en estado de
rebelión latente. El lavado de la cara y las manos se hacía con agua de mar que izaban
en cubos
Eso hacía que la higiene fuese mínima y que la invasión de pulgas, piojos y
chinches tomase forma de legión en los rellenos de los colchones, en las costuras de las
ropas y entre las tablas de cubierta. Solo sumergiéndolos en el mar, ropa y tejidos
podían librarse de ellos. Otra plaga eran las cucarachas y los roedores que causaban
daño a los víveres almacenados.
Las letrinas se limitaban a unas tablas agujereadas, por encima del agua —asiento
que pendía sobre las olas—, llamadas «jardines», aunque en el caso de los galeones las
letrinas de los oficiales se encontraban en la galería o plataforma exterior, protegidas
por una pasarela que rodeaba la popa.
La artillería embarcada
Una vez construida la nave, lista para cargar la mercancía, preparada para zarpar con la
carga estibada en viaje mercantil o en expedición de descubrimiento, el gran problema
que planteaba era el de su protección. Protección ante las embravecidas fuerzas de la
Naturaleza y protección ante los ataques de corsarios o piratas. La solución al segundo
de estos problemas radicaba en artillar las naves para su defensa. Sin embargo, la
excesiva carga de piezas artilleras podía plantear problemas a la hora de combatir
contra el primero de ellos: la inestabilidad de la nave sobrecargada. Había que calcular
con cuidado extremo que la estiba y el peso de la artillería no alterasen la capacidad
marinera del barco frente a vientos, corrientes y tormentas. Dicho de otro modo, y con
palabras de José Manuel Sanjurjo, la estabilidad de la nave y su fortaleza estructural
suponían una limitación infranqueable a la hora de determinar el peso y calibre de las
piezas que se podían embarcar . 115
Desde sus inicios, en la Carrera de Indias las naos fueron siempre armadas. Hay
noticias tempranas, en noviembre de 1526, de la nao Santa Maria de la Luz, de 110
toneladas, que, a su regreso a España y a la altura de Faro, capturó 12 barcas piratas de
moros. Prueba de que las naos no eran solo embarcaciones comerciales . Su artillería 116
habitualmente estaba constituida por cuatro o seis lombardas gruesas, dos cañones y de
10 a 14 falconetes .117
Las piezas que servían variaban mucho en peso y calibres, según las naves. El
artillado de la Armada fue siempre muy dispar, a juicio de Magdalena de Pazzis Pi . Se 118
conocen hasta dieciséis tipos de armas. Las naos embarcaban sobre todo una amplia
variedad de cañones ligeros, llamados de borda, menos pesados que los de grueso
calibre.
En el siglo XVI —objeto principal de nuestro interés sobre las naves de la Especiería
— las piezas navales de grueso calibre, o pesadas, no se diferenciaban de las terrestres y
se montaban igualmente sobre cureñas de madera del mismo tipo. Todo ello dificultaba
su maniobra a bordo y reclamaba más espacio para las piezas.
Por el contrario, las piezas ligeras y móviles descansaban sobre una horquilla, lo
que les permitía girar y ampliar los ángulos para hacer fuego. Lógicamente tenían un
alcance menor que las macizas piezas que embarcaron luego los galeones, ya que
estaban forjadas e imaginadas para diferente propósito. Se trataba de armas menudas
de tiro tenso y de retrocarga, por lo cual eran fáciles y rápidas de utilizar. La escasez de
munición —de pelotería o balas de cañón— obligaba a su importación, bien desde
Milán o de las provincias holandesas.
En embarcaciones ligeras y de calado menor, así lo veremos en las luchas en las
Molucas, los isleños, los portugueses y los españoles mantenían sacres y versos en las
proas de sus piraguas o juncos.
Esa pluralidad y variedad de armas y calibres se justificaba por varios motivos:
—Según la trayectoria, los disparos podían ser de tiro tenso o de tiro elíptico.
Pertenecían al grupo de tiro tenso algunas piezas llamadas «gruesas», culebrinas,
bombardas y medias culebrinas. Mientras que los morteros proyectaban una
trayectoria elíptica.
—Según el tipo de proyectil, las piezas también eran distintas. Las culebrinas lanzaban
balas de hierro colado a gran distancia, mientas que la artillería pedrera tenía un
alcance muy inferior.
Las características técnicas y tácticas de cada tipo de pieza artillera que montaban
los galeones de armada y las naos, según el almirante GarcíaParreño , serían en
119
esencia las siguientes:
—En primer lugar, destacaban los «cañones», que eran de dos tipos: normales y
bastardos.
Entre los cañones «bastardos» había tres categorías, según sus calibres: el
«rebufo», el «crepante» y el «berraco», de 15, 16 y 17 centímetros.
Los alcances variaban entre los 1000 y 1200 metros para las piezas
«normales» y entre 800 y 1000 para los cañones «bastardos», aunque
dependiendo de la longitud del tubo: a mayor longitud, mayor alcance.
—Seguían en importancia por su alcance e impacto, las «culebrinas», que eran piezas de
caña larga. Se cargaban por la culata e iban montadas sobre una horquilla, situadas a
proa. Se distinguían entre «legítimas», de 14 centímetros de calibre y 4,48 metros de
longitud, que disparaba balas de 16 libras, y «media culebrina», que tiraba balas de
10 libras, es decir, una munición de 4 a 5 kilos.
Sus alcances eran menores que los de los cañones; 600 metros para la
culebrina y 400 para la media.
—En una escala menor se situaban los «sacres», que lanzaban bolas de hierro de 7 a 9
centímetros de calibre, o bolaños de 5 a 8 libras. Los sacres normalmente iban
emplazados en las bandas de las naos. La pieza era desmontable; la rabera y la caña
podían separarse. Se clavaban en la borda de la nao. Su misión era utilizarse a muy
corta distancia, contra personal, en los momentos previos al abordaje. Su alcance era
de 450 metros.
—Los «pedreros» eran piezas de mediano calibre, semejantes a las medias culebrinas,
lanzaban balas de piedra en lugar de las de hierro.
—Algo menores eran los «falconetes», piezas de artillería correspondientes al «octavo
de culebrina», cuyo peso de bala era de dos libras y media. Su calibre era de 6
centímetros y tenía un alcance máximo de 30 metros, y finalmente, el «esmeril»,
también llamado «ribadoquín», era una pieza ligera, como el falconete de 5
centímetros de calibre y un alcance de 200 metros.
El 28 de septiembre de 1534 se publicó una ordenanza por la que se mandaba a los
oficiales de la Casa de la Contratación, realizar una visita de inspección a las naves que
fueran a partir a las Indias para verificar, entre otras comprobaciones, que iban
debidamente armadas. Los fraudes de los armadores en connivencia con los maestres
eran constantes, sobre todo a partir de 1543, año en que se reguló el modelo de
navegación en flotas.
Movidos por la codicia, ambos propiciaban reformas en los cascos para aumentar la
capacidad de la nave hasta incluso un tercio del porte y así almacenar más mercancías.
Pero ello se hacía en grave detrimento de la estabilidad, de la seguridad y de la
capacidad de maniobra de los barcos. Se volvían más lentos, menos maniobreros, más
pesados, y la artillería —que a fin de cuentas les molestaba— quedaba inutilizada o
arrumbada debajo de las cubiertas. Poco pudo hacerse y muchas naves lo pagaron en
tormentas o ataques corsarios. No obstante, el texto de la ordenanza no podía ser más
claro y recomendaba impasible y machaconamente que el armamento debía ir
embarcado —y digo embarcado y no, del barco— porque la artillería de una nave no
formaba parte integrante de la misma. Se situaba a bordo para el viaje o la travesía
específica y se retiraba cuando llegaba a puerto.
La ordenanza de 1534 dividía tres grupos de naos, según su porte, y determinaba
su armamento:
En el caso de las naves de entre 100 y 170 toneles, deberían llevar a bordo dos
lombarderos o artilleros para servir las siguientes piezas:
—Un sacre de bronce de 920 kilos.
—Un falconete de bronce de unos 552 kilos actuales. Era un cañoncito liviano, de borda,
que giraba sobre un soporte. Se cargaba por detrás. La dotación de munición era de
50 bolas de un calibre entre 5 y 7 centímetros. La pieza tenía una longitud variable,
pues las había de 1,35 metros y otras hasta de 3 metros y medio. Su cometido
principal era provocar daños a las tripulaciones enemigas, lanzando bolas de metralla
(o «polladas») como las piezas artilleras del siglo XVIII y comienzos del XIX, aunque en
ocasiones se sustituían por balas de arcabuz.
—Seis piezas de hierro gruesas con munición de hierro.
—Doce versos de hierro. El verso —que derivaba del portugués, berço— era un cañón
de 157 centímetros de largo y 5 de diámetro, de retrocarga, es decir, que se
alimentaba por detrás. Tenía un peso de unos 90 kilos y disparaba bolaños de piedra
caliza.
—Doce arcabuces.
Para las naves mayores, de entre 170 y 220 toneles, se ordenaba:
—Media culebrina de bronce de unos 1400 kilos . Iba montada sobre una horquilla,
120
generalmente a proa.
—Un falconete de bronce, como en el caso anterior.
—Ocho lombardas o bombardas de hierro colado, con un alcance de 1200 metros de tiro
rasante.
—Dieciocho versos.
—Veinte arcabuces.
Y por último, la nave entre 220 y 270 toneles debía llevar:
—Media culebrina de 32 quintales, o un cañón de 40 a 42 quintales.
—Dos sacres (de 644 a 920 kilos).
—Un falconete, de 12 quintales (552 kilos).
—Diez lombardas gruesas o pasamuros con munición de hierro. La lombarda tenía un
alcance medio de unos 800 a 1000 metros; aunque quizás su alcance eficaz, pleno,
estuviera en la frontera de los 400.
—Veinticuatro versos.
—Treinta arcabuces.
Como tantas veces sucedía, el exacto cumplimiento de la ordenanza no se llevaba a
cabo. Los propios comerciantes y armadores eran quienes evitaban artillar de forma
adecuada a las naves, con la finalidad de ganar espacio para la estiba y limitar el peso
que soportase la nao. Su mayor temor, decían, no eran tanto los ataques de piratas y
corsarios a los que podían rechazar con los tiros de los sacres y falconetes, sino las
tormentas y riesgos de naufragio contra los que nada se podía hacer y en los que el
excesivo peso del número de piezas de artillería podía complicar más las cosas. Palabras
que sonaban mucho a excusa. Ya hemos visto que este era un argumento falaz, porque a
la hora de decidir cómo se dividía y distribuía el peso que debía soportar la nao,
siempre daban prioridad a la carga. Y por «querer llevar más toneladas de mercancías»
los maestres mandaban «hacer obras de carpintería» y alzar y hacer «cubiertas, puentes
y toldos y otras obras muy dañosas» que hacían que las naos «vienen a ser tormentosas
y no marineras». Eso es lo que denunciaba Juan Melgarejo doce años después de que lo
hiciera Menéndez de Avilés y antes —en 1548— Bernardino de Mendoza. La corrupción
en ese sentido era endémica: «…las sacan de sus cimientos (…) haciéndolas mayores
que por lo poco las acrecientan el tercio mayores de lo que eran» a través de «edificar en
ellas muchas obras».
La conclusión es que, al manipular la estructura de la nao, se producía una pérdida
de equilibrio, estabilidad y maniobrabilidad, lo que le restaba posibilidades de seguir a
flote durante las tormentas. Ya me he referido a que de los 681 naufragios estudiados
por la Subdirección General de Patrimonio Histórico del Ministerio de Cultura en el 121
Tampoco estaría ajeno al desastre del naufragio el estado de las naos que, bien
fuera porque el propietario tuviera miedo de perder las nuevas y enviaba las de
desecho, bien por la gran demanda de buques para hacer la Carrera de Indias, lo cierto
es que se solían aprestar para ella las naos que no reunían las más idóneas condiciones
para la navegación transoceánica . Además, por mucho que quisieran abrir más
122
espacios, había obra muerta imprescindible que no podía tocarse sin alterar la nave y —
muy importante— la carga del material de apoyo ocupaba un espacio no desdeñable y
no se podía disponer de ella de un plumazo. Era básico para la nave guardar a buen
recaudo las libras de mecha cocida, los quintales de pólvora para el cañón y la pólvora
para la arcabucería, que era distinta, el azufre, la pez, la brea o alquitrán para el
calafateado o para el mantenimiento de las cureñas que sostenían los cañones más
pesados. Las municiones de hierro o piedra también se almacenaban cuidadosamente
de manera que contribuyeran a conservar y mantener el equilibrio de la nave.
Imaginaremos, por lo tanto, que el cumplimiento de ese preciso listado contenido
en la ordenanza de 1534 resultó a la hora de la verdad una exigencia más teórica que
real y que se llegaría a un equilibrio entre el armamento que se precisaba, los espacios
ampliados para mantener más carga y aquellos necesarios para guardar y custodiar el
material de apoyo. La práctica debió ser la que decidió.
En cuanto al armamento ideal para cada buque, Alonso de Chaves en su Espejo de
navegantes comunicó su propia experiencia, fruto de sus travesías y de las enseñanzas
transmitidas por los pilotos a la Casa de la Contratación. En su obra escrita aconsejaba
sobre el número apropiado de cañones que debían embarcarse y su posición dentro de
los buques . Chaves reducía el armamento pesado para una nao de 200 toneles:
123
—Seis lombardas
—Cuatro pasamuros
Y aumentaba la artillería ligera y mosquetes de la infantería a:
—Cuarenta versos
—Veinte arcabuceros y escopeteros.
La defensa y seguridad de las naves no terminaba con la artillería embarcada. A
todo ello habría que añadir toda una panoplia de ballestas, lanzas, picas, dardos de
lanzar, botafuegos, arpeos, cohetes, espadas y puñales útiles para el abordaje, que
formaban parte del armamento de los soldados.
Normalmente en un galeón el promedio de gente de guerra embarcada rondaba los
54 arcabuceros y 40 mosqueteros al mando de un capitán, que tenía como subordinados
a un alférez y a un sargento, todos ellos gente de fibra que completaban su dotación con
2 tambores, 1 pífano, 1 abanderado, 5 cabos de escuadra y 15 aventajados.
A esos 120 soldados debían unirse los artilleros o lombarderos, que permanecían en
las naos o galeones y no bajaban a tierra en las expediciones de conquista o exploración.
Es obvio que, durante el combate, cuando se producía la aproximación entre naves
adversarias, la artillería embarcada podía jugar un papel destructivo, y de hecho así era,
pero los alcances de las piezas de la época y su escasa precisión no permitían inferir
daños considerables a los barcos enemigos a distancias apreciables. Recordemos que las
piezas embarcadas que reunían una mayor potencia eran las lombardas, con un alcance
medio de 800 a 1000 metros, pero su alcance efectivo, es decir, donde hacían daño al
casco de la nao enemiga, se reducía a 400 metros. Los sacres, versos o falconetes eran
eficaces a muy corta distancia y se utilizaban en los momentos previos al abordaje
lanzando metralla contra el personal adversario, pero su munición no producía efecto
contra las sólidas bandas de buena madera del buque enemigo.
La imprecisión artillera contra blancos en movimiento era lo normal. El modo de
reducirla y ser preciso era la cercanía. El contralmirante Víctor Larenas lo resume al
señalar que en el combate naval el equivalente al cuerpo a cuerpo era el abordaje, es
decir, la expresión más común de combate.
Pero si no llegaba al abordaje o no interesaba hacerlo, el método de atacar era
recurrir a una de las dos maneras aludidas. El tiro «a desarbolar» se utilizaba cuando la
finalidad del combate era hacer presa, es decir, tomar el barco enemigo para quedarse
con él y el cargamento. En ese caso los tiros de la artillería iban dirigidos a la
arboladura, cubiertas y castillos del buque atacado, es decir, a la obra muerta. Y así
paralizarlo. Esa era la táctica pirática, para apresar la nave.
La fase de aproximación, en duelo artillero, duraba poco tiempo, ya que el alcance
de los cañones era corto, aunque ambos, tiempo y alcance, fueron aumentando más
tarde, durante el siglo XVIII.
Tras la fase de aproximación, que rara vez era resolutiva, se llegaba al choque
definitivo: el abordaje. Entonces entraban en juego las piezas de artillería ligera, los
sacres, los versos, los esmeriles y los falconetes, para «barrer la cubierta» con sus tiros
de metralla o tiros rasantes de sus balas hasta llegar a la colisión de los dos buques, al
asalto y al cuerpo a cuerpo, usando las armas portátiles de las que estaban bien dotadas
las tripulaciones.
La artillería de los galeones del siglo XVII era otra cosa. Montaban piezas más serias
y numerosas. Un galeón de tipo medio podía embarcar sesenta piezas de artillería. Los
galeones de armada llevaban entre cincuenta y ochenta. Claro que también era ya otra
época más adelantada y las piezas ligeras más primitivas que se encontraban en las
naos de finales del XV y del XVI estaban ya en desuso y no se embarcaban en los
galeones. En algún momento en la transición del siglo XV al XVI, se inventaron las portas
giratorias, lo cual permitió instalar piezas de mayor calibre en las cubiertas inferiores
resolviendo el problema de la estabilidad . 124
Con la aparición del galeón, o durante su evolución, la artillería se dispuso en cada
cubierta, de modo que pudieran cubrir todo el horizonte («a la redonda»). Pero los
cañones eran las armas más grandes y pesadas que se conocían. No existía en el mundo
de entonces artefacto más pesado sobre ruedas (las ruedas de las cureñas de madera)
que el cañón, terrestre o naval. El cañón de bronce de avancarga, era además más difícil
de municionar y más grande que los antiguos de hierro y retrocarga. Por ello requería
mayor amplitud en cubierta. Por si fuera poco, necesitaban un complejo sistema de
poleas para frenar el retroceso . Precisaban espacio y una atenta y cuidadosa vigilancia
125
sobre su reflujo. De alguna manera el tamaño y el peso de los cañones empezaba a
condicionar la fisonomía del buque. Había que hacer barcos más grandes.
Y se construyeron mayores. El artillado comenzó así a ser potente y numeroso,
pudiendo llegar a 26 piezas en la primera cubierta; 24 en la segunda y 6 —tres por
banda— en los altos de la falconera de popa y 4 por la banda de proa . A final del siglo
126
XVII y durante el XVIII —y nos salimos del marco temporal de las naos de la Especiería—
esos mismos galeones navegaban artillados con piezas que rondaban los 40 o 50
cañones. Los de mayor calibre se denominaban cañones de batir (así se llamaban en los
ejércitos, en tierra). El peso de la munición oscilaba entre 7 y 40 libras. Las piezas se
montaban, por motivos de seguridad, en las cubiertas inferiores, en las secciones
centrales, con las más potentes a proa.
A pesar de que la ordenanza citada de 1534 trató de introducir cierto método en la
variedad a la hora de artillar los buques, la evolución fue lenta, pues, dicho sea de paso,
esa variedad estaba justificada ante la multitud de factores que concurrían a la hora de
armar una nave dependiendo del porte del buque, de la misión encomendada, del
marco de la expedición…, pero lo cierto es que dibujaba una realidad muy compleja y
difícil de gestionar. Solo a finales del siglo XVI y a comienzos del XVII se consiguió
imponer un moderado orden.
De nuevo me referiré a la exploración del pecio del galeón San Diego y del hallazgo
de sus restos, que presentan un enorme interés por lo que se refiere a las piezas de
artillería embarcadas. Entre 1588 —fecha de la expedición de la Armada Invencible en la
Jornada de Inglaterra— y 1600 fecha datada del hundimiento del San Diego, existe una
horquilla de tiempo en que las distintas piezas artilleras fabricadas tienden a
homogeneizarse. Es un periodo de normalización de modelos . 127
resultado de una técnica más asequible, ya que la temperatura de fusión del bronce es
inferior a la del hierro. Las piezas de bronce eran el futuro, y los galeones más
modernizados comenzaban a llevarlas a bordo. El San Diego embarcaba diez piezas
largas relativamente nuevas —construidas en la última década de los mil quinientos, a
finales del siglo XVI—, tres piezas cortas y un solo pedrero. El conjunto de bocas de
fuego pesaba 13,5 toneladas, quizás 20, si se añaden las cureñas de madera que no se
recuperaron del pecio. Las piezas elegidas eran generalmente largas, reforzadas o muy
reforzadas.
Concretamente el San Diego embarcaba:
—Un medio cañón de 12 libras de bala (119 mm) 1141 kilos de peso y una longitud de
2,79 metros.
—Cinco sacres, que rozaban o pasaban los 3 metros de longitud. Uno de 8 libras de bala
(102 mm) y 3,54 metros de longitud; otros tres de cinco libras de bala (calibres 93,91 y
90) y longitudes de 2,96, 2,95 y 2,94 metros, y pesos entre 920 y 961 kilos y un último
sacre de 3 libras de bala (77 mm) de 2,98 metros de longitud y 894 kilos de peso.
—Dos falcones de 2 libras de bala (68 mm) de 2,25 y 2,33 metros de longitud y 492 y 469
kilos de peso.
—Tres medios sacres de 3 libras (76 mm) y 2,58, 2,72 y 2,54 metros y 610 y 706 kilos de
peso.
—Una culebrina de 15 libras de bala (133 mm) de 3,85 metros de larga y 2288 kilos de
peso
—Un cañón pedrero portugués, la antigualla del arsenal embarcado, de 5,5 kilos de bala
de piedra; 2,7 metros de longitud y 741 kilos de peso.
—Otro pedrero portugués de similares medidas, aunque algo más pequeño.
La gran oportunidad que la excavación del San Diego nos ofrece es conocer no solo
el inventario de las piezas embarcadas en un galeón, de un gran navío de alta mar, sino
comprobar físicamente las medidas, el peso y el calibre de las armas a bordo. El San
Diego no es un modelo repetitivo y estándar que nos proporcione la exacta información
de cómo estaban artillados todos los galeones de la época, pues la uniformidad aún
estaba lejos de exigirse, pero sí una tendencia de cómo evolucionaban hacia la
normalización las piezas que embarcaban y sus características.
cubierta por las maderas astilladas que volaban durante los combates navales al final
del siglo XVIII y durante el XIX, fueron más numerosas que las que se producían por
impactos directos de cañón o tiro de mosquetería.
Esa exhibición artillera causaba pánico en los piratas, que además debían
economizar pólvora y municiones porque no podían aprovisionarse regularmente de
ellas. Ahora bien, cuando una nave era presa de ataques piratas o corsarios —sobre
todo cuando se trataba de naves aisladas— las esperanzas de sobrevivir eran nulas.
«Por no ser descubiertos, tomarán las mercancías y haciendas que llevaren y echarán los
navíos con la gente al fondo como suelen hacer», escribía Menéndez de Avilés . 130
muy por delante de cualquiera de sus rivales por lo que respecta a la revitalización del
poder real y al desarrollo de los instrumentos de gobierno.
La unión peninsular —no estoy incluyendo a Portugal en ella— se había asentado
por tradición y por decreto sobre las bases de la religión. La religión cristiana. La unión,
cimentada en el lazo personal de los monarcas de Castilla y Aragón, iba a convertir a
España en uno de los primeros Estadosnación, unido, pacífico y más poderoso que
ningún otro en Europa . Solo Navarra y Granada quedaron, de momento, fuera de
134
aquel conjunto. El primero de los reinos permaneció durante unos años como territorio
satélite de Francia, el otro —por poco tiempo— como reino independiente nazarí.
Al dotar a España de un aparato estatal, aceptando las limitaciones constitucionales
de la unión que habían forjado, los Reyes Católicos liquidaron el pasado y construyeron
la base sobre la que sus sucesores podrían erigir un estado nacional . El final de la 135
llamada Reconquista frente a los musulmanes y la creación de esta estructura estatal
unitaria cristalizaba con éxito el proyecto de Castilla y Aragón. Ello ocurría el 1 de enero
de 1492.
Por lo que se refería al comercio, este debía ir más allá de los esquemas medievales
que cifraban en la exportación de la lana y de algunas materias primas toda la actividad
exterior. Debían reducirse las cargas interiores, reformar los impuestos e incrementar la
posibilidad de acceder a las rutas de comercio que ofrecían la India, China y el mundo
de las especias, una oportunidad que no había que desperdiciar. El 17 de abril se
firmaron capitulaciones con Colón.
Por último, para favorecer lo anterior —cohesión y economía— España tenía que
dominar el mar.
Nadie puede negar el interés de los Reyes Católicos por el mar. Instituciones como
la Universidad de Mareantes de Sevilla, la Casa de la Contratación, establecida en 1503;
los 1000 navíos con los que España contaba al final de su reinado o la proliferación de
estudios y tratados como El arte de marear de fray Antonio de Guevara mostraban la
excelente base para que, a nuestra condición geográfica, claramente marítima, se uniera
una mentalidad asimismo marítima.
Se ha señalado en ocasiones que el poder naval se ha asentado siempre sobre tres
puntos de apoyo bien definidos: geografía, recursos y voluntad política clarividente. De
esta combinación bien conjugada debía surgir un planteamiento correcto.
La estrecha correlación entre voluntad política, apoyada en recursos económicos y
fuerza naval, ha sido una constante en la historia de otros imperios, no solo en la
Monarquía Hispánica.
El Imperio británico es un claro ejemplo de esto. Y ha estado siempre en el ADN
político de los ingleses. Recordemos que en pleno siglo XVIII, época florida del Imperio,
el imaginario popular creó en 1740 la conocida tonada Rule Britannia, donde el mandato
angélico de la canción (Rule Britannia! Britannia rule the waves!) exhorta y aconseja que
Britania gobierne sobre las olas, y así la nación nunca será esclavizada, es decir, que el
secreto desvelado por los ángeles guardianes (the Guardian Angels), que lo saben todo,
radicaba en el dominio del mar para que Gran Bretaña floreciera grande y en libertad.
Otro tanto sucede con los Estados Unidos que emprenden su proyecto extracontinental
e imperial a través de su proyección marítima frente a Cuba, Puerto Rico y Filipinas en
1898 en su guerra contra España.
Así inició Portugal su «Imperio de la pimienta», dominando los mares a partir del
siglo XV, afirmándose en la riqueza de su comercio con Oriente y en su deseo de liderar
la navegación mundial.
Así lo hizo Holanda que, saliendo de sus reducidas dimensiones geográficas, y sin
disponer de materias primas ni buenas comunicaciones, estableció un extraordinario
poder naval, comercial y un Imperio basado, en buena parte, en el tráfico de las
especias, gracias a los recursos proporcionados por la VOC.
Y Gran Bretaña —ruling the waves— comenzó a ser fuerte y a dominar el mundo
con su Compañía de las Indias Occidentales apoyada en los soldados de las casacas
rojas y, ante todo y sobre todo, en la Royal Navy.
¿Y España? ¿Podría construir un imperio tratando de dominar a la vez esa doble
prolongación atlántica y mediterránea, que se iban a constituir en dos auténticos feudos
navales de Castilla y Aragón?
Qué duda cabe de que esa interrelación entre voluntad política y fuerza naval
presidió el comienzo de la Monarquía Hispánica desde finales del siglo XV. La unión
peninsular de Isabel y Fernando, y la de los Habsburgo poco después, dieron luz a una
nueva y sólida entidad política que se proyectaba más allá de su contorno primitivo.
Para ello, el control del mar era una necesidad esencial. Y ello se iba a lograr a través de
la sucesión de cuatro pasos esenciales.
En un segundo paso, las energías se acomodaron a lograr este empeño. Pero, en el
tránsito hacia la Especiería, que era el objetivo primordial y originario, la respuesta no
fue la Especiería, fueron las Indias.
Y para llegar a él, no cejaría en la consumación de un cuarto desafío, rastreando y
finalmente hallando el acceso al nuevo océano a través del estrecho que la llevaría a su
propósito inicial.
Pero no conviene adelantar acontecimientos. Detengámonos en el segundo paso.
La competición por ganar el comercio y el mar
Las dos potencias navales predominantes en Europa al final de la década de los 80 y 90
del siglo XV estaban echando un pulso no solo por ganar la carrera y descubrir las
derrotas más audaces para acceder a los mercados de las especias, sino para conquistar
el mar con los diseños avanzados de sus naves y monopolizar los centros de tráfico. La
llamada de las especias era común y ambas naciones tenían experimentados navegantes
para alcanzarlas. Simplificando el enorme cúmulo de problemas que debían enfrentar
Castilla y Portugal en esa carrera, podríamos decir que el esencial se reducía a saber
quién de las dos iba a llegar antes. Había comenzado, realmente, la carrera de las rutas
navales.
Esos años marcaron el incesante desafío entre las dos superpotencias navales de la
época, Portugal por levante, Castilla por poniente. Se había inaugurado la historia
bifurcada en dos direcciones: el Este y el oeste. Ello generó una gran tensión entre las
cortes de España y Portugal. En Lisboa temían que Castilla se adelantase en el objetivo
de llegar a la India y desde allí alcanzar las Molucas.
Se auguraba una época de conflictos y enfrentamientos y se llegó a la conclusión de
que era necesario establecer un tratado hispanoportugués o una mediación reflexiva y
científica que pusiese orden y sentase las reglas de juego de las empresas exploradoras
y adjudicase a cada una su jurisdicción en las tierras y mares descubiertos y por
descubrir.
El resultado fue la bula pontificia de Alejandro VI (1493) que perfilaba un límite
divisorio entre las zonas de la acción descubridora de España y de Portugal. El
documento trazaba 100 leguas al occidente de las islas Azores y Cabo Verde, una línea
que dividía al mundo de polo a polo (meridiano) indicando la jurisdicción castellana y
portuguesa al oeste y este de la misma. Aunque la propia bula comenzaba señalando
que el dictamen papal se hacía motu proprio, era evidente que los reyes españoles
debieron ejercer las correspondientes presiones que no dejaron otra alternativa al
pontífice más que salir del paso con deliberada ambigüedad . Pero las indefiniciones y
137
titubeos podían ser el germen de futuros conflictos. De hecho, lo fueron. El trazado no
satisfizo a la corte de Portugal y no digamos a los monarcas de Francia e Inglaterra, que
aunque nadie les daba juego —precisamente por eso— dudaban de la autoridad papal
para repartir el mundo entre esas dos naciones, aunque fueran las mayores potencias
navales de la época . 138
En síntesis, el texto no había dejado satisfecho a casi nadie.
Hubo presiones de Lisboa ante el pontífice, que tuvo que redactar un nuevo texto
aclaratorio. La corrección papal de las coordenadas de la bula Inter Coetera situaba la
línea a 370 leguas en vez de a 100. Ello beneficiaba a Portugal, que ganaba el territorio
de Brasil, pero otorgaba a España más espacio hacia el oeste y por tanto en el Pacífico.
Ambas líneas de influencia fueron aceptadas y reconocidas por los reyes de España y
Portugal en el Tratado de Tordesillas en 1494, aun cuando subsistieron interpretaciones
que darían lugar a disensiones en el futuro.
Pese a ese apaño pontificio de última hora, el conflicto podía estallar al discutirse
las zonas grises y las Molucas estaban en una de ellas.
En el lado portugués hubo también experimentos, tanteos y ensayos. Al regreso de
Colón de las Indias, y espoleados por su éxito, los portugueses redoblaron sus
iniciativas marítimas y en 1498 Vasco da Gama consiguió llegar hasta la costa Malabar,
que era el epicentro del comercio mundial de las especias. Vasco da Gama terminó
aquello que Colón había dejado incompleto en 1492. El portugués llegó por el Este a las
especias de la India cuando Colón había fracasado por el oeste. Vasco da Gama acabó
encontrando lo que Cristóbal Colón había buscado en vano: una ruta nueva a un
mundo antiguo . 139
Los beneficios obtenidos por el cargamento de pimienta llevado por Da Gama a su
regreso a Lisboa fueron fabulosos . El júbilo en Lisboa fue inenarrable, ya que a partir
140
de esa fecha la corte de Portugal se aseguraba la posibilidad de llegar a las Molucas
siguiendo la ruta oriental, y entre las cargas de pimienta de la India y las de clavo y
canela que proyectaba traer desde las Molucas soñaba con un suculento y garantizado
suministro de especias. En 1503 los lusitanos llegaban a Ceilán (Sri Lanka), y sus naos
hacían abundante acopio de canela, una vez que negociaron la provisión y recogida con
los naturales. Desde 1505 a 1509 el proyecto portugués fue tomando cuerpo, de tal
manera que Lisboa empezó a planificar la sustitución del monopolio musulmán por
otro portugués apoyado en una serie de poderes permanentes: un virreinato, fortalezas,
factorías y una armada que iba a permanecer en la India , con Goa como base
141
comercial, política, logística y militar.
Ahora bien, la sustitución de la ruta mediterránea por la portuguesa en el tráfico de
especias fue realidad durante solo tres años. El cansancio hizo que en 1516 se
reanudaran las comunicaciones, con lo que Venecia y Alejandría, junto con Lisboa,
continuaron durante el siglo XVI con el aprovisionamiento de las especias a Europa . 142
Pero mientras esto se iba a ir materializando con los años, en 1499 la situación de
subordinación comercial en la que España podría quedar ante su rival naval se percibía
como manifiesta y proyectaba un panorama afligido sobre la corte de Fernando el
Católico. Solo podría romperse esa tendencia al alcanzar la fuente de las especias por la
ruta de occidente. La financiación que estas supondrían ayudaría a sostener el caro
entramado de la presencia en las Indias y la gestión de la acción descubridora en la que
Castilla se hallaba comprometida y que tan costosa estaba saliendo . 143
Era necesario obtener esa fuente de posibles riquezas. Y luego administrarla. El rey
Fernando debía conseguir, como fuera, el acceso a los focos productores de especias a
través de la ruta opuesta a la que estaban utilizando los portugueses. Había que hacerlo
siguiendo la derrota del poniente. Por occidente. La Especiería, además, según se creía,
se encontraba en la zona adjudicada a España por el Tratado de Tordesillas y ello daba
al esfuerzo toda la cobertura jurídica y moral.
Los «viajes andaluces»
Por este nombre se conocieron las cuatro expediciones que zarparon el año 1499 y que
perseguían el propósito de encontrar la ruta de occidente. Es decir, buscaban el paso a
un mar cuya existencia, aunque no se conocía, se intuía que proporcionaría el acceso a
la Especiería. Las iniciativas de los «viajes andaluces» respondían al estudio cartográfico
de los antiguos textos de Ptolomeo y Toscanelli, pero sobre todo se asentaban en la fe. Y
la fe no es la creencia ni la convicción. Se tiene o no se tiene. Y aquellos hombres la
tenían.
Alonso de Ojeda, inauguró el primero de aquellos viajes en 1499. Ojeda era ya un
veterano del Atlántico, y antes había acompañado a Colón en su segunda expedición a
América en 1493. Entonces permaneció en La Española, desde donde tomó parte en
algunas jornadas menores de descubrimiento y conquista. En 1496 regresó a España.
Una vez en Sevilla se desligó de Colón. Negoció personalmente capitulaciones con los
Reyes Católicos, quienes además le encomendaron comprobar la veracidad de los
informes de Colón sobre las riquezas del Nuevo Mundo. Tres años después estaba
preparado, y en ese año de 1499 se embarcó con Américo Vespucio (14991500) en el
primer «viaje andaluz» que les llevó al Orinoco y a las islas de Trinidad, aunque
planteó, entonces y ahora, algunas incógnitas. Siempre sus singladuras tenían como
finalidad la búsqueda del pasaje a la India, sin embargo, no lograron nada. Esta primera
expedición terminó en noviembre de ese año y regresó a Cádiz sin haber descubierto la
existencia de un mar que continuase por poniente hacia el Maluco. Volvió con pocas
riquezas y muchos indígenas.
La segunda armada que igualmente zarpó en 1499 fue la de Pedro Alonso Niño y
Cristóbal Guerra. Niño se asoció con un comerciante sevillano fabricante de galleta,
Luis Guerra, que le impuso como condición llevar a su hermano Cristóbal en la
empresa. Pedro Alonso Niño había sido piloto nada menos que de la Santa María de
Colón en el primer viaje del descubrimiento de América y asimismo se enroló con
Colón en el segundo (14941496). La Corona le había reconocido el título de piloto
mayor. El rey Fernando, en su afán de tantear doscientas leguas a uno y otro lado de lo
descubierto por Colón, consideró urgente organizar expediciones de comprobación. Ya
hemos visto cómo lo hizo con Ojeda.
Ahora Pedro Alonso Niño debía dirigir la suya (14991500). Llevó una sola carabela
con 33 tripulantes de pasaje. Zarpó en junio de 1499 y siguió la ruta de Ojeda. Tocaron
en las costas de Paria y luego en la isla Margarita. La isla, que era un auténtico vivero de
perlas, proveyó a los españoles de enormes cantidades. Obtuvieron 96 libras
—«cargaron perlas como si fuera paja» algunas «tan gruesas como avellanas»— y otras
mercaderías. Pero de la existencia de un mar a poniente no encontraron ni rastro.
Pero eso eran viejas glorias. Los privilegios de Colón terminaron después de su último
viaje a América y con ello se desvanecieron muchas de las prerrogativas y exenciones
pactadas con los reyes. Al anularse el monopolio colombino en los viajes de
descubrimiento, cualquiera podía postularse para contratar una capitulación. Vicente
Yáñez Pinzón capituló un viaje descubridor el 6 de junio de 1499 zarpando de Palos con
cuatro carabelas pagadas a sus expensas. Llegó a Cabo Verde y singló hacia el sureste
para alcanzar la costa brasileña en enero de 1500. Descubrió las costas bajando hasta el
cabo de San Agustín y la desembocadura del río Amazonas, recogiendo palo de Brasil,
el palo tintóreo, pero tampoco pudo hallar pruebas de la existencia de la Mar del Sur.
Los expedicionarios regresaron a España el 30 de septiembre de 1500.
Tanta actividad sin respuesta terminó en frustración, aunque los esfuerzos no iban
a decaer. Una vez fundada en Sevilla la Casa de la Contratación, en 1503, la exploración
adquirió una intensidad mayor.
La impaciencia por descubrir ese mar navegable hacia la Especiería se tradujo en
que la Casa organizase entre 1501 y 1513 tres expediciones más: la de Alonso de Ojeda
(1502); la de Diego de Nicuesa (1511) y la de Juan Ponce de León (15121513). Hubo otra
tardía de Juan Díez de Solís (15151516).
Movido por el instinto descubridor y la fe, Alonso de Ojeda lo intentó de nuevo en
1502. Fletó cuatro carabelas con el apoyo financiero de los mercaderes sevillanos Juan
de Vergara y García de Campos. Sin embargo, sus singladuras le llevaron nuevamente a
las costas venezolanas. El resultado de este, su segundo viaje, fue un fracaso en
descubrimientos y riquezas que acabó dando con Ojeda en la cárcel de La Española. Allí
debió terminarse su fe.
El rey Fernando de Aragón, el Católico, deseaba impulsar y reorganizar de modo
ordenado las expediciones y sobre todo tener información más aquilatada para verificar
la situación. Para ello convocó en 1505 una junta en Toro. A la asamblea estaban
emplazados Vicente Yáñez Pinzón y Américo Vespucio, ente otras figuras notables que,
además de poseer un gran conocimiento teórico, cartográfico y geográfico, se habían
batido con las olas en sus expediciones de 1492 y 1499. El objetivo de las conversaciones
de Toro, junto con la gobernación de lo ya descubierto, se centraba en comprobar la
certidumbre de la existencia de la vía interoceánica y las posibilidades de su hallazgo.
Todas las conversaciones teóricas en el fondo eran simples, como sabían los navegantes
allí convocados, porque las teorías no se veían complicadas por la realidad. En su caso,
sin embargo, ellos aportaban la vivencia de las realidades que habían vivido y que
habían navegado.
Ese impulso real, que se vio aplazado por la renuncia de la corona por el monarca
en favor de su hija Juana (1506), fue olvidado por algunos meses.
Fallecido Felipe el Hermoso, Felipe de Borgoña, en 1506, e inhabilitada la reina
Juana la Loca para gobernar, el rey don Fernando de Aragón se hizo cargo de la
regencia de Castilla. Fue entonces —en 1508— cuando convocó la Junta de Burgos
invitando nuevamente a Américo Vespucio y a Yáñez Pinzón e incorporando esta vez a
nuevas figuras como Juan Díaz de Solís —que sería el descubridor del Río de la Plata
145
en 1516— y Juan de la Cosa, cartógrafo de primer orden.
La tragedia se cebaría en él. En ese año y con el objetivo de pedir cuentas a Vasco
Núñez de Balboa, que actuaba como gobernador de hecho de Darién, se enfrentó a este.
Al actuar en Darién como si fuese la máxima autoridad, Balboa se había rebelado contra
Nicuesa. Por ese motivo, cuando este último llegó a Darién tuvieron malos verbos.
Debido a los manejos de Balboa, que manipuló a los colonos para que le impidieran
tomar posesión como gobernador, Nicuesa fue obligado a regresar en una nao que
estaba en muy malas condiciones, como no era infrecuente. En su viaje una tormenta
sorprendió a la nao en el Caribe y la hundió. Diego de Nicuesa se ahogó en el naufragio.
Ese mismo año de 1513, Vasco Núñez de Balboa emprendió viaje desde Santa
María, a través del istmo de Panamá. El valeroso extremeño, espadachín consumado y
polizón ocasional, supo por el hijo de un cacique indio de la existencia de un mar
inmenso y muy próximo. Podía ser una de tantas leyendas nacidas y propagadas en el
mundo indígena, pero Núñez de Balboa decidió comprobarlo. En los primeros días del
otoño de 1513 desembarcó en Acla y atravesó el istmo panameño. Apoyándose en las
experiencias de los indígenas conocedores de todos los secretos de la selva, Núñez de
Balboa progresó por las florestas panameñas con 77 españoles, algunos guías indígenas
y una jauría de perros.
Se internaron por las cordilleras de la región del río Chucunaque , donde los
146
rumores de los indígenas sobre la existencia del desconocido mar, se hacían más
intensos. De acuerdo con ellos, desde la cima de esas cordilleras se podía ver un amplio
mar. Y así fue como antes del mediodía del 25 de septiembre de 1513, llegó al pie de una
altura desde de la cual le indicaron que podía avistar el océano. Eran las diez de la
mañana. El gobernador Balboa mandó detenerse a la hueste y subió solo hasta la
cumbre. Deseaba ser el primer español que divisara el nuevo océano. En unos minutos
coronó la montaña y contempló, solo y en silencio, la majestuosidad del mar. Allí se
extendía la extensa llanura oceánica de la Mar del Sur, del océano Pacífico.
Cuatro días después, Balboa descendería hacia las playas del océano en lo que se
llamaría más tarde Punta Buena Vista, en el golfo de San Miguel. Con peto y espaldar,
solo y con agua hasta las rodillas, Balboa recitó en alta voz la larguísima pieza retórica a
la que el protocolo de potestad y dominio acostumbraba . Tomó posesión en nombre de
147
don Fernando y doña Juana, reyes de Castilla y de León y de Aragón, cortando el agua
con el filo de su espada que mantenía en la mano derecha, mientras la espuma salada
salpicaba el estandarte que sostenía en la izquierda. Luego salió a la playa y con su
puñal grabó los nombres del rey Fernando y de la reina Juana y tres cruces en tres
árboles, en nombre de la Santísima Trinidad.
Los indios miraban asombrados todo aquello, al decir de Fernández de Oviedo, sin
comprender la causa de tanto júbilo ni el porqué de tanta ceremonia. Pero Balboa,
Valderrábano, el clérigo Andrés Vera, Francisco Pizarro y los otros setenta y cuatro
testigos más de su hueste sabían que con su presencia ante este descubrimiento estaban
certificando lo que era un paso de gigante en la historia de la humanidad, y abriendo a
España la gran cancela hacia la ruta occidental de las especias.
Ahora, una vez que el enigma de la mar del sur se desvaneció, quedaba llegar a él.
A partir de 1513 los expedicionarios, que ya sabían que existía el mar del Sur,
buscarán con tanto ahínco como escaso éxito el «paso» hacia él. La carrera hacia la
Especiería se intensificó y se aceleró. Pero el progreso ofrecido por Balboa iba a
coincidir con otro celebrado por los portugueses. El descubrimiento de Balboa se
produjo el mismo año y el mismo mes en que los portugueses, en una decisión audaz,
desde Malaca llegaban a las Molucas. Sin embargo, los lusitanos lo guardaron en secreto
—posiblemente porque no estaban seguros de si las Molucas estaba en zona portuguesa
o castellana— y el virrey Alfonso de Alburquerque tardó tres años en comunicarlo a la
corte de Lisboa.
¿Cómo sucedió?
Francisco Serrao, un amigo de Magallanes, se encontraba entonces en la ciudad de
Malaca. Su puerto era el punto de partida desde donde se suministraban todas las
especias de Asia hacia el oeste. Malaca no era la Especiería, pero acortaba mucho el
camino hacia ella. Y Serrao tenía instrucciones de continuar hacia Banda. A juicio de la
corte española las islas Molucas, en las que los portugueses pretendían instalarse, se
encontraban en el centro de la zona concedida a España y por lo tanto debían
pertenecerle. No estaba tan claro que la situación geográfica de las islas Molucas las
situase en el lado portugués, como pretendía la corte de Lisboa, o en el lado español
como pretendía la corte de Carlos I, pero los lusitanos no se iban a detener en ese debate
y mientras tanto fueron dando pasos significativos para llegar al minúsculo
archipiélago de las Molucas. Francisco Serrao, al frente de una expedición portuguesa
zarpó desde Langthor, en Banda, y llegó a Ambon. Desde allí, concretamente desde
Hitu, declaró su intención de llegar a las islas de Ternate y Tidore. Y lo hizo.
Finalmente se instaló en Ternate, como veremos más adelante. El comercio de clavo
comenzó así a ser, tímida pero exclusivamente, portugués, y llegaba a través de Malaca
y Goa a Lisboa, aunque en España y en el resto de Europa se ignorase aún. A partir de
ese momento a los portugueses no les iba a importar tanto que los castellanos intentasen
llegar a la Especiería por el nuevo mar que en esas mismas fechas había descubierto el
extremeño Balboa hacia occidente, porque ellos ya estaban asentados allí donde el clavo
florecía, aunque por su tranquilidad y la de su mercado preferían que no lo hicieran.
Pero en la corte de Fernando el Católico, el descubrimiento de Balboa sí que vino a
espolear la necesidad de hallar el tránsito de océano a océano. En 1515 el lebrijano Juan
Díez Solís, piloto mayor de la Casa de la Contratación armó su flota —consciente y ya
sabedor de que había un océano al otro lado— para hallar el «paso». Avales no le
faltaron. La expedición estaba sostenida por el propio rey Fernando de Aragón, con
4000 ducados de oro, en un desesperado intento por localizar el paso, el portillo hacia
148
las aguas del Pacífico. Y los pertrechos y aparejos de la flotilla fueron financiados a
golpe de ducado por el burgalés don Cristóbal de Haro quien, con buen instinto, jugaba
con las dos barajas —la portuguesa y la castellana— pensando en el clavo, la canela y la
nuez moscada.
Ante el clima de sospecha de que los portugueses rondaban ideando la destrucción
de las naves, el apresto de las tres carabelas de Díez Solís y la preparación de la
expedición se realizó en Lepe en el más estricto secreto. La capitana, Santa María de la
Merced, tenía un porte de 60 toneles, siendo 30 el de cada una de las otras dos carabelas.
Las tres naves escaparon al intento de sabotaje de los portugueses, que lo pretendieron
en serio al conocer la proximidad de la partida de la pequeña flota. Al fin, zarparon
desde Sanlúcar en octubre. Su viaje les llevaría desde Tenerife hasta el Río de la Plata;
Brasil, el cabo Navidad, el río de los Santos Inocentes y, finalmente, hasta Punta del Este
y Maldonado. Entre Carmelo y Punta Gorda, Solís bajó a explorar con un ayudante. Los
indios charrúas —«los indios tenían emboscados muchos flecheros»— los atacaron,
descuartizaron sus cuerpos, los asaron y los devoraron en presencia del resto de los
expedicionarios, que desde la nao vieron impotentes aquellos hechos. El resto de la
expedición de Díez Solís regresó a España en septiembre de 1516 con las manos vacías.
Ni que decir tiene que el «paso» no fue hallado.
Unos meses más tarde, en enero de 1516, falleció Fernando II de Aragón, Fernando
el Católico, rey de Aragón y regente de Castilla, sin que las expediciones a lo largo del
Nuevo Mundo hubieran sido capaces de hallar el mar del Sur que pudiera conducirles a
la Especiería.
Portugal había serenado sus inquietudes, pero eso no significaba que a la Corona
portuguesa dejaran de preocuparle las iniciativas castellanas por el oeste, obsesionadas
por encontrar la comunicación interoceánica. Lisboa temía perder el monopolio del
comercio con Oriente. La creencia de que Asia estaba cerquísima del Nuevo Mundo, y
que solo un estrecho océano separaba a ambos continentes, no tranquilizaba a la corte
del rey Manuel, que temía que las naves castellanas se colaran en las Molucas por la
puerta de atrás.
La suerte, sin embargo y hasta ahora, había favorecido a los portugueses, quienes
—si bien es cierto que no pudieron encontrar el «paso» hacia la Especiería— habían
logrado llegar en 1513 a las Molucas. Por fin, en septiembre de 1516, el virrey portugués
Alfonso de Alburquerque comunicó oficialmente desde Goa al rey Manuel de Portugal
la llegada de Francisco Serrao a las Molucas. El anuncio ya era público. Desde la isla de
Ternate, Portugal comenzaba a dominar el tráfico del clavo, la canela y la nuez
moscada. Se abría un mundo impensado para la corte lusitana que veía cómo los
tonelillos y fardos de clavo, las cajas y pacas de 220 libras de canela, las sacas de
pimienta negra y los barrilitos de nuez moscada que llegaban a su puerto en el Tajo
pronto se distribuían a los comerciantes para terminar formando parte de guarniciones,
adobos, salsas, aliños, guisos, perfumes e inciensos de toda Europa. Lisboa ya
remplazaba a Venecia en el monopolio del comercio de las especias y había ganado la
partida a Castilla.
Pasado el luto por la muerte de Fernando el Católico y acogido en España el nuevo
rey Carlos I, ahora sí que su corte no tenía más remedio que redoblar los esfuerzos para
alcanzar la Especiería, si no quería quedarse definitivamente atrás.
Sin embargo, Carlos I sería poco más tarde elegido emperador del Sacro Imperio
con el título de Carlos V de Alemania , y su idea imperial impondría nuevas exigencias.
149
Con los años, la estrategia naval del Imperio se iría definiendo en función de su
estrategia política, y esta no sería tanto americana o asiática, como europea. Y Europa
era un barril de pólvora que le ardía y explotaba a Carlos I en Francia, en Inglaterra, a lo
largo del Mediterráneo turco y, más tarde, en Flandes. Bien señala José Cervera Pery
que, cuando Carlos I —rey— se bifurcó y actuó en Carlos V —emperador— los
intereses de ambos se contrapusieron. Entonces España se vio obligada, en no pocos
casos, a abdicar posiciones . Cuando España mandó en el mar, mandó igualmente en el
150
resto del mundo, y al dejar de ser absoluto este dominio, se inició un proceso de
decadencia . 151
L A EXPLORACIÓN EN EL LITORAL AMERICANO había evidenciado la existencia de una
masa continental distinta a Asia. Aquello no era la Especiería. Aquello no eran
las tierras del Gran Khan, del Ofir o de Cipango. Aquello era un territorio nuevo.
La sospecha de que existía un mar al otro lado de ese continente o masa de tierra y un
paso «al otro lado» había puesto en marcha un carrusel de exploraciones realizadas al
servicio de Francia, Inglaterra y Portugal en las costas orientales de América del Norte y
del Sur. Y por supuesto las españolas, de las que ya hemos hablado en el capítulo
anterior. A partir del itinerario de Colón, decenas de naves, con los «viajes andaluces»
de 1499, de Alonso de Ojeda, Pedro Alonso Niño, Vicente Yáñez Pinzón y Diego de
Lepe, pusieron rumbo hacia al sur para tratar infructuosamente de buscar lo que, a fin
de cuentas, nunca encontraron.
Los portugueses, sin embargo, tuvieron en Francisco Serrao un avanzado en su
penetración en las Molucas. Serrao había llegado a Ambon (Hitu) y declaró su intención
de arribar a las islas de Ternate y de Tidore, pues ambas formaban sultanatos distintos y
estaban enemistados desde hacía tiempo. Los respectivos reyes, el sultán Bolief de
Ternate y el sultán Almanzor de Tidore, enemigos acérrimos y perdurables, vieron en la
llegada de los portugueses una ocasión para ganar su confianza y utilizar a los europeos
contra el otro.
Los ternates enviaron emisarios a Hitu, en Ambon, para ofrecer acogida a Serrao y
llegaron antes que sus rivales de Tidore.
Para deleite de los ternates y desmayo de los tidores, Serrao eligió zarpar a la isla
de Ternate, la más poblada y, posiblemente,
—debió pensar él— la más fuerte de las dos. El sultán Bolief, que conducía la isla con
poder absoluto, le recibió con los brazos abiertos y le agasajó con fiestas, banquetes y
honores, llegando a adoptarle con el tiempo, como su consejero privado. El buen pie de
la llegada de los portugueses y estos felices episodios descritos marcarían el comienzo
de un súbito e intenso tráfico comercial entre la isla de Ternate y Malaca —el puerto
más rico de Oriente— y, por lo tanto, de una época que se adivinaba gloriosa y fértil,
para los lusitanos y para sus faldriqueras. Pronto Serrao se convirtió en una especie de
visir del sultán, facilitó los intercambios comerciales con Portugal y se rodeó de
riquezas y de un apañado harén que debió endulzar su vida en la isla.
Poco fue el tiempo que transcurrió hasta que Antonio Miranda de Acevedo, el
comandante de la primera flota de entidad suficiente, desembarcase en Ternate para
sentar las bases del comercio. No estableció ninguna de modo permanente, pero Serrao
y Miranda de Acevedo inauguraron los tratos mercantiles con los moluqueños, que
incluían también el negocio de compra de clavo en la isla de Batjan —otra de las islas
próximas—, lo que vaticinaba, si las cosas continuaban por ese camino, la instauración
de un suculento monopolio portugués en el tráfico moluqueño de canela y clavo
dirigido al mercado europeo.
En apariencia —escribe Turner— todo iba a pedir de boca para Portugal, pero las
millas y largas singladuras que habían tenido que recorrer para viajar desde el este de la
India hasta las Molucas habían sido una desagradable sorpresa para Abreu y Serrao. La
gran distancia navegada venía a sugerir que no resultaba ni mucho menos improbable
que se hubiesen pasado del hemisferio portugués al español . Los españoles recelaron.
152
Aquello olía a engaño. Y entre los portugueses, no solo Abreu y Serrao, sino otros
cartógrafos y avezados navegantes, se planteaban también la duda.
Uno de los que compartía la sospecha era un portugués de noble linaje, nacido en
Sabrosa, Oporto o Vila Nova de Gaia, porque, como sucede con algunos grandes
hombres del XV, su lugar de nacimiento se discute. Magalhaes o Magallanes, como se le
conoce en España, estuvo asociado a la corte de Juan II de Portugal desde muy joven.
Todo indicaba en él y en su trayectoria una vida de servicio a la monarquía lusa de la
dinastía Avís. En su juventud se había alistado en la Armada de India, por lo que estaba
familiarizado con rutas, vientos y corrientes de aquellas latitudes. Había permanecido
largo tiempo en Goa, participando en combates y expediciones, lo que, sin duda, habían
forjado en él una personalidad sólida, aventurera e inquieta. En 1509 tomó parte junto
con su amigo Francisco Serrao en la campaña de la conquista de Malaca a las órdenes
de Diogo Lopes de Sequeira. La amistad con Serrao va a ser un elemento determinante
en la vida de Magallanes. El episodio de Malaca no salió bien y se vieron forzados a
regresar a Goa sin resultados. Sin embargo, Magallanes fue fortaleciendo su amistad
con Serrao. Ambos volverían a Malaca en una nueva jornada militar en 1511, al mando
de Alfonso de Alburquerque —esta vez con éxito—, que sometió la ciudad. Tras ello,
Magallanes puso rumbo a Portugal, posiblemente para disfrutar del botín, como era
habitual en aquellos tiempos tras el asedio a una plaza sitiada, conseguido en la toma
de Malaca.
Efectivamente, un marino experto como era Magallanes debió deducir que las
distancias entre las Molucas y Malaca que se desprendían del relato de la
correspondencia de Serrao indicaban que, muy posiblemente, la Especiería se hallaba
más al este de lo que los portugueses reconocían y que en realidad vendría a situarse en
la mitad del globo que Tordesillas había asignado a los castellanos. Tenía sentido llegar
allí por una ruta distinta, y quizás más fácil, a la ya conocida. Magallanes sopesó la idea
de viajar siguiendo la ruta del oeste para buscar el «paso» que conducía al mar
descubierto por Balboa.
El marino portugués, que ha sido retratado como un hombre de carácter complejo,
cojitranco a resultas de unas heridas en campaña, áspero, antipático, pero muy seguro
de sí mismo, no disfrutaba del mejor ambiente en la corte de Manuel I como para hacer
propuestas aventuradas. Hacía poco tiempo que había recibido una dura negativa al
solicitar al rey un aumento simbólico en sus estipendios militares y un mando naval
acorde con su experiencia y los servicios prestados.
«Vuelto a Portugal —escribe Leonardo de Argensola— no le hicieron merced, antes
se juzgó por agraviado y sintiendo el disfavor pasó a Castilla…» . 153
Magallanes nunca perdonó la negativa. Lo tomó como un agravio personal. Esa
podría haber sido una de las razones que explicasen su despecho, pero como debía ser
de los que perdían sin quejarse, pasado un tiempo, aunque decepcionado e insatisfecho,
resolvió explicar en la corte del rey Manuel su plan de viaje a las Molucas por la ruta
occidental, buscando el apoyo real y su financiación. Los portugueses, que ya habían
llegado a las Molucas por la ruta del Este, no veían beneficio alguno en intentarlo por el
Oeste en una travesía desconocida que, además, les llevaría a enfrentarse seguramente
con sus vecinos castellanos. Lo cierto es que la oferta de Magallanes no encontró eco.
Fue la gota que colmó el vaso. Preguntó entonces altivamente a su rey —al menos eso se
dijo— si podía ofrecer sus servicios a otra Corona y obtuvo un afirmativo desprecio por
respuesta.
Entonces tomó la resolución de dirigirse a la corte de Carlos I en demanda de lo
que le habían negado en su país.
En una de sus misivas a Serrao, Magallanes escribió que pronto se reuniría con él
en Ternate, añadiendo misterioso: «si no por la ruta portuguesa, entonces por la de
Castilla». Estaba decidido a intentar el camino de poniente. Aunque a nadie se le
escapaba que intentarlo por «la de Castilla» se encontraba en la dirección opuesta a los
deseos de Lisboa. Porque, si la dirección geográfica que iba a perseguir no era ya
ningún secreto, la dirección política era arriesgada al contrariar al rey Manuel I.
Magallanes sabía que navegando hacia el oeste —si la tierra era redonda, y ello era
desde hacía tiempo un axioma poco discutible entre los geógrafos— el acceso a la
Especiería debía ser más corto y más rápido que por la ruta del Este, teniendo que
bordear el territorio de África, doblar el cabo de Buena Esperanza y remontar luego
hacia el Índico, para poner proa hacia Goa, llegar estrecho de Malaca, navegar el mar de
Banda y el mar de Java y, finalmente, arribar al archipiélago de las Molucas.
Además, la ruta occidental no era tan desconocida. Ya la había intentado Colón, y
Magallanes tenía al menos dos ventajas sobre él. Sabía que América no eran las Molucas
y sabía también —pues Núñez de Balboa lo había certificado en 1513— que existía un
mar extenso al otro lado, que conducía a Oriente.
Sin embargo, le quedaba un largo recorrido para conseguir, primero el interés del
rey de España, luego su apoyo y, finalmente, su financiación. Todo ello sin contar con la
hostilidad, ataques y obstáculos con los que los portugueses tratarían de abortar su
iniciativa.
Sería don Cristóbal de Haro quien iba a jugar un relevante papel en esta iniciativa
de Magallanes. Cristóbal de Haro, burgalés, banquero, comerciante —probablemente de
origen judío—, mantenía unas fluidas relaciones con los banqueros alemanes de la casa
Fugger al principio del siglo XVI. Como Portugal era donde entonces bullían los
negocios en su expansión hacia la India y la Especiería, Haro se instaló en Lisboa, donde
hizo fortuna gracias a la explotación de azúcar de Madeira. En 1513, cuando los
portugueses alcanzaron las Molucas, aunque lo hicieran de tapadillo, y Núñez de
Balboa descubrió el Pacífico, don Cristóbal de Haro llegó a la conclusión de que las
inversiones y el negocio acompañarían a aquel que llegase al Maluco descubriendo el
«paso» a la mar del Sur por la ruta del oeste, lo que facilitaría un viaje más rápido —se
pensaba entonces— hacia las islas de las especias. Se equivocaba en esta apreciación
don Cristóbal de Haro, pero este es un asunto distinto que tocaremos en su momento.
En el año 1513, De Haro, desde sus dependencias en Portugal y al servicio del rey
Manuel, decidió que había llegado el momento de participar en el descubrimiento del
«paso» por el que se accedía al nuevo océano y financió la expedición clandestina —ya
lo hemos visto— de Nunho Manuel y su flota portuguesa, que llegó hasta el estuario
del Río de la Plata. Pero, aunque Cristóbal de Haro, desde su visión de negocio, no
cejase en su idea de que esa ruta más corta podía ser una fuente de dividendos, la corte
de Lisboa no estaba realmente interesada en arriesgarse a través de la ruta del oeste
cuando ya había alcanzado Oriente por la del Este. En lo que sí estaba interesada era en
que no lo intentasen otros, y especialmente Castilla.
La guerra de Navarra y la primera guerra con Francia (15211526) estallarían dos
años después, impidiendo que el monarca pudiera dedicar más atención a su política
americana. A pesar de ello, Carlos I, apoyado por su Consejo, trató desde el primer
momento de su llegada a España en 1517 de imprimir de nuevo un impulso a las
empresas de ultramar, de manera que le pudiesen facilitar —pensaba el rey— el flujo de
fondos necesarios para llevar a cabo sus proyectos europeos. Eso significaba apostar por
los banqueros castellanos que iniciaban una tímida competencia con los omnipresentes
banqueros genoveses. En la Casa de la Contratación de Sevilla eran los genoveses los
que mandaban. Con tiento y sigilo, Cristóbal de Haro y los demás burgaleses fueron
infiltrando a los suyos. Uno de ellos, don Juan de Aranda, llegó incluso a ocupar el
cargo de factor de la Casa de la Contratación.
Animado por esa idea, Haro y Aranda trataron de recuperar sus contactos
portugueses enviando misivas secretas a sus amigos de Portugal para que reclutasen
navegantes y cosmógrafos con que nutrir las empresas españolas hacia el Pacífico.
Realmente lo que hacían era muy peligroso y bien lo pagó más tarde Haro con la
incautación de sus bienes. Algunos se jugaban la vida y no era sencillo en aquella
bulliciosa Sevilla, muy penetrada de espías al servicio de Portugal, escapar de la
vigilancia en estos asuntos.
Todo el discurso iba dirigido a acotar espacios de conflicto con los portugueses.
Nadie quería plantear al rey Carlos I un proyecto que le pudiera enfrentar con su vecino
y amigo, el rey Manuel de Portugal. Por ello los argumentos, las pruebas y la cartografía
mostrada insistían en que la Especiería y sus riquezas, se situaban en la zona atribuida a
España. Es decir, que el «trazo» —como se llamaba a la línea de demarcación— incluía a
las Molucas en la zona asignada a Castilla.
Aquello eran palabras mayores. La Casa de la Contratación, no obstante, no quiso o
quizás no pudo entonces apoyar una empresa de ese porte, aunque de nuevo la
influencia de Juan de Aranda fue determinante. Aranda terció para que el proyecto no
se desinflara y tuviera lugar un encuentro entre Magallanes, Faleiro, Cristóbal de Haro
y el monarca español, que terminaría siendo fundamental.
Después de un noviazgo fulminante, Magallanes contrajo matrimonio con Beatriz
Barbosa, hija del teniente de alcaide del Real Alcázar de Sevilla, quien se unió al grupo
de influencias. El cardenal Cisneros les escuchó en audiencia y el Consejo Real les llamó
para que se personasen en Valladolid. En enero de 1518 les recibió allí Carlos I, mientras
el embajador portugués y el cónsul lusitano en Sevilla conspiraban contra el proyecto.
Magallanes tenía un bagaje sólido de argumentos para convencer al Consejo Real
de Carlos I. El portugués había establecido buena relación con los cosmógrafos
portugueses y extranjeros que entonces se encontraban en Lisboa. Uno de ellos fue el
alemán Martín de Behaim, que había pertenecido a la prestigiosa Junta dos
Mathematicos portuguesa, descubridora de la técnica de navegar mediante las tablas de
declinación del sol. En 1492, a instancias de su colega George Holzschuher, Behaim
construyó el primer globo terráqueo en Nüremberg. Era un talento ganador. A su vuelta
a Lisboa trabajó sobre sus planisferios y en 1505 apuntó a la existencia del paso
meridional de Tierra Firme hacia la latitud 40. Magallanes le trató y siguió sus teorías.
En primer lugar, el viaje se llevaría a cabo por mares de Castilla, con lo que se
evitaba el conflicto y la competencia con Portugal.
Estaba además persuadido de que la existencia de una serie de grandes islas a lo
largo de la travesía hacia la Especiería haría que las singladuras hacia el Maluco fueran
más fáciles o al menos más cómodas.
Las discusiones debieron prolongarse, pues Magallanes y Faleiro siguieron a la
corte itinerante de Carlos I hasta Zaragoza y Barcelona, abundando en la tesis de que el
meridiano acordado en Tordesillas era aproximadamente el 46 de longitud oeste.
Siendo, así las cosas —señala De la Cierva—, el antimeridiano sería, por lo tanto, el 134
de longitud este, que casi cortaba el límite oriental de las Molucas. Es decir, que
Magallanes y Faleiro casi no se equivocaban . No obstante, en 1517 no se sabía lo que
155
muchos años más tarde se llegó a conocer con los medios de la moderna geografía; es
decir, que las Molucas, y no solo las Molucas sino también las islas Filipinas, eran parte
de la demarcación portuguesa. Pero la historia presente no puede corregir la pasada.
ordenaba:
…descubrir en términos que nos pertenecen (a la Corona) y son nuestros en el mar océano, dentro de
los límites de nuestra demarcación, islas, tierrafirmes y ricas especierías.
Carlos I reconocía que Magallanes había acatado iniciar el dicho descubrimiento al
servicio de la Corona: «movido (…) por nos servir y el servicio que de ello Nos
recibimos y nuestra corona real es acreditada».
Estas ideas clave las reiteró el emperador en las cartas que dirigió a Magallanes y
Faleiro en la misma fecha, en Valladolid: «para que vayáis a descubrir por el mar
océano» y «guardareis vuestro servicio», confirmando lo que había ordenado en las
capitulaciones: «descubrir lo que hasta ahora no se ha hallado, que es en los límites de
nuestra demarcación, que hasta ahora no se ha descubierto y lo poner so nuestro
señorío y jurisdicción».
…habéis de ir derechamente a la ciudad de Sevilla a presentar vuestras provisiones y capitulaciones
a los nuestros oficiales de la dicha Casa de la Contratación de las Indias.
Siguiendo las taxativas instrucciones de Carlos I en su carta de 28 de marzo de
1522, Magallanes se presentó en Sevilla.
Ese mismo año de 1519 en el que Magallanes iba a partir a la búsqueda del «paso»
hacia las especias, la Monarquía Hispánica mostraba una actividad imparable. En la
distante Nueva España Cortés emprendía la conquista de México y concluía Alonso
Álvarez de Pineda la exploración del golfo de México desde La Española hasta tierras
de Florida, ya descubiertas por Juan Ponce de León en 1513. Quedaba además
descartada la existencia del «paso» hacía la Especiería a través de las regiones centrales
de América y el Caribe. Eso no significaba que España, al igual que Francia o Inglaterra
e incluso Portugal, renunciasen a seguir buscando el «paso» por Norteamérica, pero sus
esfuerzos se estrellarían contra la nada durante tres siglos, hasta que la expedición de
Amundsen lo consiguió por fin en 1904, en el siglo XX, cuando «ya las especias se
podían encontrar baratas en cualquier supermercado» . 157
La financiación de la expedición
Magallanes tenía la garantía de la Corona para la financiación de la mayor parte de la
empresa. Ahora de lo que se trataba era de convencer a una coalición de inversores de
que el negocio valía la pena, para que financiaran el resto.
Las expediciones a la Especiería fueron costeadas en partes proporcionales por la
Corona y por la iniciativa particular. En su propuesta original, Haro apuntaba a que él
estaba decidido a «armar a su costa» la flota evitando gastos a la Corona, a la que
ofrecía el tradicional 5 %. Pero ello fue denegado, como sabemos.
Se creó una asociación que unía a la Corona al concesionario y a los armadores, en
una empresa que revertía nuevas expectativas comerciales (las que surgirían del
comercio de las especias) y territoriales (la conquista de nuevas tierras para la Corona),
junto con beneficios para los expedicionarios y lucro para los armadores . 158
La armada de Magallanes fue prácticamente sufragada por la Corona en su
totalidad. De 8 334 352 maravedíes (unos 22 224 escudos de oro) que era el presupuesto
cifrado para la empresa, 6 545 209, es decir, unos 17 453 escudos, fueron aportados por
orden de Carlos I. Estamos hablando del 79% del gasto. Gran parte del resto, de los 1
334 335 maravedíes, corrieron a cargo de Cristóbal de Haro, y queda una cifra de 1455
escudos de oro, a la que no he podido seguir la pista.
Mucho más tímido fue el comportamiento de la banca extranjera. Las casas Fugger
y Welser, que tan activas se mostrarían más adelante en las sucesivas expediciones,
especialmente en las de Loaysa (1525) y Caboto (1526), esta vez no aventuraron su
capital en la empresa de Magallanes. Lo harían años más tarde a través de sus agentes o
interviniendo unidas al grupo genovés, como desde 1518 hizo Sebastian Schopel agente
de Welser.
La expedición se fue concibiendo como un cuidadoso proyecto de lujo.
Se aprestaron cinco naves de alto bordo que montaban tres palos y bauprés.
Magallanes mandaba la flota desde la nao Trinidad, de 110 toneladas y 63
tripulantes. El coste de la nao alcanzó los 270 000 maravedíes. Gaspar de Quesada era el
maestre de ella.
La Concepción, de 90 toneladas, llevaría al marino vasco Juan Sebastián Elcano. La
nao acogía 46 hombres de tripulación. Se pagó por ella la suma de 228 750 maravedíes.
La Victoria, de 85 toneles de porte, estaría gobernada por el portugués Joao Serrao.
A bordo acogía 46 tripulantes. Su precio fue de 300 000 maravedíes.
La mayor de todas era la nao San Antonio, de 120 toneles y 57 tripulantes, a cuyo
mando se encontraba Juan de Cartagena, oficial del rey Carlos I y que presidía el mando
de los cuatro oficiales que controlaban la expedición. Era la embarcación más cara de
toda la flota, 330 000 maravedíes.
Las provisiones y el armamento
Las provisiones se acopiaron con previsión, con la idea de asegurarse suministros para
dos años, aunque los cálculos de la distancia en los que creía Magallanes preveían un
periodo de travesía bastante más corto y menos duradero del que le esperaba.
cargas de ajos, pasas, miel, sal, almendras, membrillos e higos.
Se incluyeron animales vivos. Siete vacas, madres recientes, para tener leche fresca,
gallinas y algún carnero. Y agua, almacenada en botas, que se renovaría en las sucesivas
aguadas.
El 10 de agosto de 1519 los expedicionarios se presentaron ante las autoridades
competentes como era obligatorio. Se realizó la visita de inspección preceptiva a las
embarcaciones. Terminados los trámites, como era costumbre, asistieron a una misa en
la iglesia sevillana de Santa María de la Victoria, donde Magallanes recibió el estandarte
real de manos del corregidor de la ciudad, Sancho Martínez de Leiva. Tras ello, y
convertido en almirante, Magallanes juró fidelidad al rey de España, Carlos I, y los
demás capitanes y pilotos de la flota lo hicieron al almirante.
El gentío agolpado, la bulla, los acompañó hasta el muelle donde esperaban las
cinco naves. Y con la bendición de la curia, las apelaciones, plegarias y alabanzas a Dios,
las jaculatorias a la Virgen y las advocaciones a los santos protectores, se izaron las
velas y la flota, empavesada, comenzó despaciosamente a descender por el
Guadalquivir hacia Sanlúcar de Barrameda.
Llegada a Sanlúcar, la flota se tomó su tiempo antes de zarpar hacia su inexplorado
destino. A su llegada frente a la barra, los marineros, como era habitual, iniciaron sus
gestiones para completar la carga, terminaron las tareas de apresto y la logística y
embarcaron más víveres, pipas de agua y vino, lo que les llevó algunas semanas.
El armamento de mayor impacto se concentraba en la artillería embarcada en las
cinco naos. La flota montaba 3 lombardas gruesas, entre las de mayor peso y alcance, 7
falcones, y de entre las piezas ligeras 3 pasamanos y 58 versos. La pólvora se estimaba
en 50 quintales. Para su tamaño, misión y época, llevar 14 piezas de media cada una de
las naos no estaba nada mal, señala Agustín Rodríguez . El coste de las piezas se cifró
160
en 160 135 maravedíes y el de la pólvora artillera en 109 028. No se conoce el detalle de
las piezas distribuidas en cada nave, que se haría en función del porte de cada una.
Imagino que las mayores, la Trinidad y la San Antonio, embarcarían un mayor número
de piezas y posiblemente las de mayor calibre. Cuidar e incluso mimar las piezas
embarcadas era fundamental. Podía ser lo que diera la gran ventaja si surgían
enfrentamientos. Salvo las naves portuguesas con las que pudieran toparse, las naos de
las tierras de Oriente no tenían artillería. Ninguna los árabes. ¿Conocerían la artillería
los habitantes de Cipango y Catay?
La expedición de Magallanes se hace a alta mar
Transcurrió más de un mes en Sanlúcar, donde terminaron de estibar los víveres y la
carga de las «cosas para dádiva», antes de dar vela a la mar y navegar frente a las costas
de Marruecos. Durante esos días la temperatura de la tensión en la corte portuguesa
había aumentado.
En Lisboa ya habían percibido el error cometido con Magallanes, aunque tarde. El
navegante portugués formaba parte de un proyecto español decidido a conseguir por la
ruta de Occidente lo que Portugal había conseguido por el Oriente. Se trataba de una
decisión sin vuelta atrás. Magallanes, para más inri, había recibido el título de almirante
de la flota de la Corona y jurado fidelidad al emperador Carlos. Antes de que eso
hubiera ocurrido, en el último momento, los lusitanos habían intentado disuadirle por
todos los medios para que renunciase a la misión encomendada. Uno de los manejos
corrió a cargo de un espía que servía como cónsul al servicio del rey Manuel, Sebastián
Álvares, quien llegó a tentar a Magallanes con nombramientos y honores por encargo
del propio Manuel I. Álvares había visitado a Magallanes en su posada en Sevilla.
Había tratado de desaconsejarle que siguiera adelante con su proyecto. Pero fue inútil:
«…díjome que era punto suyo seguir lo empezado» . Álvares le había pedido, «como
161
su amigo y buen portugués», que midiera el daño que podía hacer a Portugal. El
navegante se había defendido señalando que no hacía daño a Portugal con su
expedición a tierras que eran de Castilla y el cónsul le replicó que «bastaba descubrir la
riqueza que ofrecía en la demarcación de Castilla, para hacer un gran daño a
Portugal» . Magallanes estaba tan resentido contra su rey que se negó a traicionar a
162
Carlos I que tan bien le había atendido. Tampoco sirvieron las amenazas de Álvares,
pintando un oscuro panorama en Portugal, donde todos —le dijo— le tenían por
traidor.
Más tarde fue el embajador de Manuel I ante la corte española, Álvaro da Costa,
quien solicitó una audiencia a Carlos I para convencer al rey de España de que no
siguiera adelante con el proyecto de Magallanes. Terminada la audiencia informó de
sus gestiones por carta a Manuel I el 28 de septiembre de 1519:
Os he detallado lo que he hecho en el asunto de Magallanes. ¡Dios sabe cuántos cuidados he tenido!
Encontrándose enfermo el señor de Chièvres hablé detenidamente con el rey. Le expliqué todas las
dificultades que provendrán de la empresa cuya realización ha ordenado, desgraciadamente, y cuánta
sorpresa ha causado verlo admitir a su servicio a súbditos de un príncipe amigo contra el sentir de este.
Ajena a todo esto, la flota llegaba el 1 de octubre a una ensenada en Tenerife, donde
fondearon e hicieron aguada.
En la formación de la expedición se había discutido y tenido en cuenta el equilibrio
que debía mantenerse entre portugueses y castellanos. El Consejo había tratado de
limitar a cinco el número de lusitanos, pero Magallanes consiguió multiplicarlo. Quizás
ese equilibrio no había sido bien medido. Lo cierto es que ese reparto de poder no había
ofrecido satisfacción a las expectativas de los castellanos, que veían limitado su papel al
de comparsas de Magallanes, Joan Serrao y otros pilotos portugueses. Se intuían
problemas de rangos y alcurnias.
Algo grave debió descubrir en Sevilla el alcaide Barbosa, suegro de Magallanes. El
veedor real, Juan de Cartagena, debía haber maniobrado contra Magallanes, y Barbosa
quiso ponerlo en conocimiento de su yerno. En una carabela ligera que iba rumbo a
Tenerife, envió Barbosa pliegos secretos para Magallanes en los que le alertaba de los
probables manejos que Juan de Cartagena llevaba entre manos. No se ha podido probar
nada de ello, pero el grado de sospecha entonces fue muy alto. Y se llegó a comentar
que Cartagena estaba en connivencia con la corte de Lisboa y había alertado a las
autoridades lusitanas sobre el rumbo de la flota española para frenar a Magallanes en la
mar mediante el envío de una escuadra. A la luz de lo que sucedería después en la
bahía de San Juan, esta hipótesis no es descartable.
Nunca lo sabremos a ciencia cierta, pero algo de todo esto debió transcender,
porque desde ese momento el ambiente entre los capitanes españoles y el almirante
portugués se enrareció. El recelo de Magallanes fue tal que ordenó de pronto a la flota
salir de Tenerife y dio claras órdenes al timonel de la nao capitana de variar rumbo y no
seguir el occidental, sino que tomó el rumbo africano de Sierra Leona para evitar, sin
duda, la amenaza del encuentro con una escuadra portuguesa que al parecer se había
enviado para darle caza.
Al constatar el extraño rumbo, Juan de Cartagena y Luis de Mendoza protestaron.
Creían que el cambio era producto de la impericia. Pidieron explicaciones. Pero
Magallanes dio la callada por respuesta y ordenó seguir su rumbo hacia Brasil. Es
probable que esta primera exigencia del veedor real determinase ya su conducta para
con él y con el resto de los capitanes. El cónsul portugués Álvares, que relató en su carta
al rey de Portugal el encuentro que había mantenido en Sevilla con Magallanes,
manifestó cómo en un momento le había dicho al marino que aunque «él creía ir por
capitán mayor, yo sabía lo contrario» . La frase, decidida a sembrar la duda en el
163
navegante, posiblemente le habría venido ahora a la cabeza.
Una vez en alta mar Magallanes entregó a los capitanes los sobres lacrados con los
mapas y derroteros hasta la costa de Brasil, siguiendo rumbos conocidos ya surcados en
los «viajes andaluces». Poco antes de llegar a las costas brasileñas, Cartagena provocó
otro incidente. Esta vez los hechos desembocarían en tropiezos graves. Juan de
Cartagena, además de su nombramiento como veedor real de la escuadra, que era
mucho, había recibido el mando directo de la nave San Antonio. Toda esta suma de
cargos se había concretado en que Cartagena viajase como «conjunta persona» de
Magallanes; pero como la escuadra no podía ser mandada conjuntamente por dos
personas, Cartagena quedaba subordinado a Magallanes a efectos de la jerarquía
efectiva de la flota. Mal asunto.
Siempre la bicefalia en el mando ha acarreado problemas. Este caso no fue una
excepción.
Además del conflicto que suscitaban los celos por el desequilibrio en la autoridad,
Magallanes no era la persona indicada para aceptar responsabilidades compartidas.
Encerrado en sí mismo, poco comunicativo, hosco en su comportamiento, no era el
almirante una persona hábil y discreta, inclinada a solucionar con rigor, pero también
con tacto, problemas de esta índole.
En aquel mundo donde el honor se medía en gestos, y las acciones y las conductas
se observaban con precisión quisquillosa, fue un craso error ese comportamiento. Más
espinoso aún era el asunto cuando con su actuación Cartagena no solo había obrado con
desconsideración hacia Magallanes, sino que había quebrado una obligación de
disciplina militar con su superior.
Aquello supuso la interrupción de la comunicación entre los dos barcos durante
varias noches. Con ese ambiente como trasfondo, la crisis no tardó en manifestarse
durante una reunión con todos los capitanes, incluido el veedor Cartagena. En un
momento de la sesión este tuvo la pretensión de exigir al almirante Magallanes que
consultase con los demás jefes los rumbos que se debían tomar, a lo que Magallanes se
negó. Protestó Cartagena —audacia infinita en una persona sin conocimiento ni
experiencia marinera, pues no era sino un contable de alto rango, pero contable, de la
Casa de la Contratación— y Magallanes ordenó al alguacil Espinosa que le arrestase.
Cartagena quedó preso «de pies en el cepo» . Las órdenes del almirante se cumplieron
164
y Luis de Mendoza, maestre de la Victoria solicitó la custodia del detenido que pasó a
esa nave. Antonio de Coca se encargó del mando de la San Antonio, en sustitución de
Cartagena.
Los capitanes castellanos aumentaron su inquina contra el almirante. Había quien
podía argumentar que, en la carta de abril de 1528 dirigida a Magallanes desde Aranda
de Duero, Carlos I señalaba que:
Yo he de nombrar personas que vayan con vos en dicha armada. Todo lo que hubiereis de hacer que
toque a nuestro servicio, lo hagáis tomando el parecer de dichas personas y con su acuerdo y siendo
todos juntos y conformes para ello y sobre todo vos encomiendo la conformidad de entre vosotros 165.
De hecho, los contenidos de estas líneas dieron pie a las exigencias de los capitanes
españoles frente a Magallanes, para que cumpliera el mandato real. Una interpretación
discutida y discutible que sin duda se encontró entre las razones que motivaron el
motín que se estaba fraguando, y que no estaba tampoco demasiado descaminada, pero
Magallanes lo interpretó como un atentado al principio de autoridad.
El 7 de enero de 1520 llegaron a los 32 grados sur y el día 11 alcanzaron un gran
estuario rematado por tres colinas sobre una costa baja. Se dice que en latín exclamó
alguien monte vidi. Estaban frente al lugar donde se fundará Montevideo.
El 4 de febrero recalaron en el golfo de San Matías. El mar se hizo mucho más
profundo. Magallanes lo interpretó como un presagio de que se aproximaban al
paralelo 40 en el que Martín de Behaim creía y documentaba que se encontraba el
«paso». No era así. El cosmógrafo de Nüremberg estaba equivocado. Durante el mes de
marzo recorrieron la costa de la Patagonia cuando se estaba acercando el invierno
austral. Magallanes buscaba un fondeadero. La bahía de San Julián iba a ser su
salvación. En una de las ensenadas se refugiaron. En abril las temperaturas en el puerto
de San Julián no pasan de los 9 grados, pero con el transcurso de pocas semanas pronto
llegarían a bajo cero. Encontraron leña, había pesca fácil, podían subsistir y prepararse
para invernar. No obstante, racionaron los víveres.
Aunque no lo sabían, estaban al lado del comienzo del «paso». Nadie lo intuyó. El
paisaje era algo desolado. Los habitantes, los indios tehuelches, no se habían mostrado
hasta el momento, con lo que ese temor no les inquietaba. Lo que preocupaba a las
dotaciones era esa incertidumbre sobre su situación; estaban cansados, no sabían dónde
se encontraban y tampoco tenían claro qué iban a hacer. Los capitanes castellanos se
inclinaban por regresar. La idea de conseguir más pertrechos era la dominante entre los
mandos y en gran parte de las dotaciones.
Magallanes no era consciente de que el motín se estaba fraguando. El 2 de abril,
Sábado de Gloria, se organizó una misa solemne de Pascua. Quesada y Mendoza no
asistieron. A la misa siguió una cena en la que Magallanes era el anfitrión. Ningún
capitán español se presentó.
La Concepción, la San Antonio y la Victoria, de Luis de Mendoza, estaban ya en
abierta sublevación. Amotinadas. A Magallanes solo le obedecían ya la Trinidad y el
patache Santiago.
El nuevo mando de la San Antonio recayó en Juan Sebastián Elcano. Hay sospechas
de que también formaba parte de la conspiración. El maestre de la Victoria, Elorriaga,
declaró que poco antes Elcano le había hecho llegar un mensaje para Magallanes
diciéndole que «todos los capitanes, oficiales, maestres y pilotos de la armada querían
hacer un requerimiento al señor capitán general para que les diese la derrota (rumbo)
que habían de llevar y por dónde debían de ir» . 166
Al día siguiente una barca de la San Antonio llevó un mensaje del rebelde Juan de
Quesada a la nave del almirante —la Trinidad— en el que refería «con torpes
explicaciones sobre el apresamiento de Mesquita» que había sido relevado del mando
por ser primo de Magallanes. En el texto, al parecer, ofrecían al almirante la obediencia
de los capitanes a condición de ser consultados en las decisiones graves.
Como era de esperar, Magallanes sometió a juicio a los rebeldes. Luis de Mendoza,
muerto ya en su pelea contra el alguacil Gómez de Espinosa, fue declarado traidor y su
cuerpo fue descuartizado con cabestrantes. A continuación, clavaron sus miembros en
estacas como se hacía con los condenados por este hecho. Gaspar de Quesada fue
decapitado y descuartizado el 7 de abril, como traidor a su rey. Juan de Cartagena no
podía ser condenado a muerte en su calidad de veedor real, y su capellán e instigador
asimismo del motín, Pedro Sánchez, tampoco podía ser pasado por las armas por su
condición de presbítero. Fueron ambos condenados al destierro y abandonados con
algunas provisiones en la fría región de Patagonia sin que nunca se volviera a saber de
ellos.
El puerto de San Julián fue declarado en 1943 por las autoridades argentinas como
lugar histórico nacional. Allí había tenido lugar el motín, las ejecuciones, los destierros y
la celebración de la primera misa en lo que luego sería el territorio argentino. Razones
para el recuerdo no faltaban.
Pero volvamos al relato de la escuadra de Magallanes, que tras superar el motín se
encontraba ya invernando en San Julián, pues las temperaturas en mayo son muy frías,
los cielos grises, las ráfagas heladas y la nieve omnipresente. En esas latitudes el
invierno castiga. Ocasionalmente hicieron salidas para explorar y encontrar de una vez
el «paso». Siguieron insistiendo hacia el sur, sin éxito. En una de estas salidas de
búsqueda, la Santiago fue sorprendida por un temporal. Al tratar de refugiarse en tierra,
chocó contra un arrecife. Sus 37 hombres lograron ponerse a salvo en tierra con una
buena parte de la carga y pertrechos de la nao, que terminó perdiéndose. Se cobijaron,
empapados y ateridos, dónde y cómo pudieron y enviaron a un grupo reducido a San
Julián, donde invernaba el resto de la expedición, para informarles del desastre. Once
días tardaron en aquella interminable caminata entre la nieve y el viento. Magallanes
envió de vuelta una partida de una treintena de hombres con víveres y vino y así
consiguieron socorrer a los naufragados. El 27 de julio, ya reunidos, esperaron que
pasase lo más duro del invierno.
En una de estas atentas singladuras de exploración, alguien divisó una entrada en
la costa a la que no dieron aparentemente importancia; pero Magallanes se interesaba
por cada rada, cada ensenada y cada entrante en la costa. Juan de Carvalho fue enviado
a reconocer una de ellas con un batel. Saltó a tierra. Los arrecifes se elevaban ante él y
decidió ganar altura para observar hacia dónde lleva la abertura. Es el 21 de octubre de
1520. Desde lo alto, Carvalho alcanza a ver varios planos de agua sin límites. Está en lo
que luego se llamó el cabo de las Once Mil Vírgenes —hoy simplemente cabo Vírgenes
168
— y en la Punta Dungenes, la boca oriental del estrecho. Dicho de otro modo, Carvalho
se encuentra ante la entrada de lo que hoy conocemos como Estrecho de Magallanes.
Habían hallado al final el «paso» que buscaba España desde los tiempos de Cristóbal
Colón. Era uno de los grandes descubrimientos de la historia de la humanidad . 169
Aún sin saberlo, doblaron lo que luego se llamó la Punta de Dungenes, una lengua
de tierra que penetraba en la margen norte del estrecho que acababan de hallar. Era el
punto más austral de la costa atlántica de América, de las Indias; el límite bioceánico
entre el Atlántico y el Pacífico, donde las aguas de los dos océanos se juntaban bajo las
rachas de vientos huracanados que hacían rodar olas de gran altura.
El estrecho de Magallanes en un mapa realizado en 1640 por el holandés Joannes Janssonius, titulado Tabula
Magellanica. El valor estratégico del estrecho en la navegación y el desarrollo del comercio fue incalculable.
El almirante ordenó dividirse. A los capitanes de la San Antonio y de la Concepción
les mandó navegar por el interior de la abertura, mientras él salió a alta mar con la
Trinidad acompañada de la Victoria.
Pasado el golfo que le sirvió de boca oriental, las dos primeras naves pasaron Punta
Anegada, «un bajío de hierbas que sale a la mar más de un tiro de arcabuz largo», como
escribiría de ella Sarmiento de Gamboa , y se adentraron por el canal hoy conocido
170
como Pequeño Gollete, que no terminaba entre las rocas escarpadas de los acantilados.
Se podía continuar hacia adelante.
El estrecho —como se sabe— es un canal irregular dividido en angostos pasillos y
zonas amplias, que se van alternando durante más de 530 kilómetros con bajos
peligrosos de arena oscura. Salieron del canal del Pequeño Gollete y desembarcaron con
algunos hombres en la bahía de San Felipe. Magallanes mandó comprobar con la sonda
la profundidad y le advirtieron de que era grande. A los dos días de exploración
viraron en redondo y regresaron al encuentro para reunirse con la Trinidad y la Victoria.
Toda la flota reunida navegó entonces por el camino que habían recorrido la Concepción
y la San Antonio. Fondearon a la salida del segundo Gollete o segunda Angostura y,
cuando se encontraron ante la bifurcación del estrecho, el almirante Magallanes mandó
a la San Antonio que explorase lo que hoy se llama el estrecho de la Magdalena, en cuyas
orillas se observaban animales extrañísimos como los lobos de mar —«si estos animales
pudieran correr serían bien temibles porque manifestaron ser muy feroces» — y los 171
pingüinos, de los que señalan que eran «ciertos patos sin apenas plumas, que no podían
volar, muy gordos y de buen comer» . 172
Estaban en la Tierra de Fuego. No eran fuegos producidos por escapes de gas
metano a través de las fisuras de las rocas, como se pensó más tarde. Las columnas de
humo que se percibían por todas partes procedían de las numerosas hogueras con que
los naturales se protegían del frío austral. Tierra de Humos fue bautizada por los
expedicionarios. Al emperador Carlos I le debió parecer mejor Tierra de Fuego y el
título perduró hasta hoy.
Pues bien, las constantes señales de humo daban un aspecto infernal a las costas y
los lobos de mar eran criaturas extrañas que nadie había visto hasta entonces y podrían
parecerles monstruosas. Alguno de los tripulantes pudo llegar a creer que era cierta la
teoría de que la Tierra era plana y que al transpasar sus límites más allá de los bordes se
caía en el infierno ¿Estarían frente a la entrada del infierno?
Mientras la San Antonio, que mandaba Mesquita, se dirigía a explorar el estrecho de
la Magdalena, Magallanes hizo que la Concepción buscase por todas partes una salida y
especialmente que avanzase por el Camino de Adelante, que hoy se denomina Forward
Reach. Ese era el paso auténtico.
Pero la San Antonio que mandaba nuevamente Álvaro de Mesquita, no realizó las
maniobras de exploración que le habían asignado. En un movimiento extraño, adelantó
su regreso a la cita con el resto de la escuadra y aprovechó la anchura del mar interior
donde se encontraba la isla de la Magdalena, para dar la vuelta y poner rumbo hacia
donde habían venido, para regresar a España. A bordo, el piloto portugués Estevao
Gomes estaba acaudillando un motín. Harto de Magallanes, dolido con él, pues le
acusaba de haberle arruinado el mando de una expedición que el rey Carlos I estaba a
punto de ofrecerle cuando surgió el proyecto magallánico, apresó a Mesquita, a quien
hirió durante la refriega y, puesto de acuerdo con gran parte o la totalidad de la
dotación, decidieron regresar a la Península. Así desertó la nao, atravesando los
escarpados acantilados con su tripulación aterida de frío y algunos de vergüenza, en
busca de medios para completar la expedición. Al menos esa fue la excusa que adelantó.
Siete meses después de los acontecimientos relatados, Estevao Gomes, el desertor,
el amotinado, desembarcará en Sevilla. Lo hizo el 6 de mayo de 1521. Por entonces hacía
diez días que Magallanes acababa de morir en la otra punta del mundo, en Filipinas. En
Sevilla tuvo Gomes la desfachatez de denunciar al almirante acusándole de temeridad
al proseguir su viaje. Lo que Gomes ignoraba era que con el descubrimiento del «paso»
hacia las Molucas, Magallanes había acertado. También le acusó de haber abandonado
al veedor real, Juan de Cartagena, en la bahía de San Julián.
Sin que nadie pudiera defender a Magallanes, su destino —y el de su familia—
estaban sentenciados. Triste y trágico infortunio. Sobre la familia se abatió la desgracia.
Todos sus bienes fueron confiscados. Su esposa doña Beatriz y sus hijos morirían dos
años después, en 1523, sin saber la suerte que había corrido su esposo y padre; sin
conocer su muerte y sin haber tenido el consuelo de saber que el objetivo final de su
expedición, es decir, llegar a las Molucas tal y como había ordenado Carlos I, había
tenido éxito, aunque su esposo no había podido liderarlo en su totalidad. Como
portugués al servicio de España, perdió en su tierra fortuna y gloria y se ganó el
oprobio de su patria. Estevao Gomes, cuya conducta se adivinaba como sospechosa, fue
encarcelado y embargados sus bienes, aunque más tarde el emperador le indultaría.
La travesía del Pacífico
Pero volvamos hacia atrás. Magallanes está punto de culminar la travesía del estrecho
con las tres naves que aún le quedan. El almirante había basado el plan de la expedición
en una representación errónea de la circunferencia de la Tierra. Si hubiera sabido la
enorme extensión oceánica que todavía tenía por delante, es probable que hubiera
desistido de su intento. Afortunadamente para la gloria de la historia, de la Corona, del
almirante y de los navegantes, astrólogos, pilotos, marineros, grumetes, banqueros y
funcionarios, nadie, ni siquiera el propio Magallanes, tenía idea de la inacabable masa
de agua que iban a travesar entre vientos cambiantes, casi sin comida ni agua. El
miércoles 28 de noviembre de 1520 dejaron por fin los estrechos y entraron en el océano.
Antonio Pigafetta nos dejó esta desolada crónica cuando la expedición se fue
adentrando en el Pacífico:
Para no morirse de hambre se vieron obligados a comer el cuero que cubría las
jarcias para evitar que la madera destruyera las cuerdas.
Este cuero, siempre expuesto al agua, al sol y a los vientos, estaba tan duro que era necesario
sumergirlo durante cuatro o cinco días en el mar para ablandarlo un poco; para comerlo lo poníamos
enseguida sobre las brasas. A menudo estábamos reducidos a alimentarnos de serrín y hasta las ratas, tan
repelentes para el hombre, habían llegado a ser un alimento tan delicado que se pagaba medio ducado
por cada una.
Lo peor fue el escorbuto:
Nuestra mayor desgracia era vernos atacados de una especie de enfermedad que hacía hincharse las
encías hasta el extremo de sobrepasar los dientes en ambas mandíbulas, haciendo que los enfermos no
pudiesen tomar ningún alimento. De estos murieron diecinueve173.
Así llegaron a Guam a comienzos de marzo de 1521. La tripulación de Magallanes
encontró un nombre apropiado para las islas: Los ladrones, porque los indígenas,
después de que la dotación de la Trinidad hiciese aguada y recogiese víveres, intentaron
llevarse el batel que les había traído a tierra. Hubo que quitárselo a golpes y descargas.
Recuperado todo, regresaron a la Trinidad bajo una lluvia de flechas. Se hicieron a la
vela y rebasaron —sin verlas— las islas Carolinas. El 16 de marzo alcanzaron otro
archipiélago de las incontables islas a las que Magallanes puso el nombre de San Lázaro
y que más tarde se conocerían como islas Filipinas.
«Durante este lapso de tres meses y veinte días, recorrimos más o menos cuatro mil
leguas en este mar que llamamos Pacífico, porque durante todo el curso de nuestra
travesía no experimentamos tormenta alguna» , escribió Pigafetta.
174
Los portugueses en Ternate
Tan pronto como llegó desde Ambon, Serrao inició averiguaciones con el objeto de
crear el establecimiento permanente en las islas que implantase la presencia portuguesa,
y comenzó a tejer acuerdos.
Informó a Goa y a Lisboa de la enemistad entre los sultanatos de ambas islas, de
manera que debía jugar su alianza con el sultán Bolief de Ternate o con el sultán
Almanzor de Tidore, ya que el compromiso de hacerlo con ambos parecía imposible.
Serrao sugirió al virrey de Goa elegir a Ternate, más poblada, más poderosa, más
influyente que Tidore y para él más hospitalaria. Después de firmar un acuerdo de
alianza con el sultán Bolief, Serrao se estableció y comenzó su trabajo. Conectó bien con
los que eran influyentes y, aunque estaba casado con una princesa indígena de Java,
corrió el bulo de que era la hija del sultán Almanzor de Tidore —sin que existiera base
para ello—, lo que le dio aún mayor predicamento entre los ternates y le permitió
incrementar su crédito y proyección. No en vano, el «hombre de hierro» que aparecía en
las profecías de los sultanes, tanto de una isla como de la otra, despojado ahora de su
armadura, vivía su historia de amor indígena y formaba parte de la corte de Ternate.
Con la idea fija de conseguir el monopolio sobre el comercio del clavo para
Portugal, el hábil Serrao solicitó licencia a Bolief para edificar un fuerte y una estación
comercial. Se le autorizó a ello. Esa construcción inicial es la que se denominó el
«castillo», que es como se refieren los historiadores locales al fuerte Sao Joao Batista,
cuyas ruinas aún están hoy en pie y que fue conocido más tarde con otros nombres,
como fuerte Gammalamma o fuerte de Nuestra Señora del Rosario. En 1840 la erupción
del volcán Gammalamma que domina la isla destruyó la mayoría de las casas de
Ternate y es más que probable que afectase a los fuertes —porque se construyeron
varios en la isla entre 1513 y 1610— y estos quedasen dañados, aunque de
Gammalamma perviven aún vestigios de importancia. Volveré sobre ello.
De alguna manera las dos tribus isleñas manipularon a los europeos para
utilizarlos en beneficio propio, con el clavo como excusa. Por ello, será cierto —como
veremos— que las islas, durante más de 150 años (15131663), no conocieron la paz.
El castillo de Ternate fue el primer baluarte de una nutrida serie de ellos que
concentraron durante décadas a las distintas fuerzas adversarias. Debía levantarse como
fuerte o fortaleza de piedra, rodeada de una muralla o empalizada, con facilidades para
el comercio, la defensa y el alojamiento residencial de su capitán —más tarde calificado
como gobernador— y de los mercaderes, soldados, marineros, artesanos, sirvientes,
mujeres y niños. Pero Serrao, falto de material y de tiempo, no pudo emprender
seriamente su construcción, aunque la inició. A la larga, la edificación del fuerte fue una
continua fuente de conflictos, pues el sultán percibía que el poder efectivo de la isla
radicaba más en esa fortaleza y lo que ello representaba que en su autoridad, pero eso
es prematuro relatarlo ahora.
Allí en Ternate, con la isla rival de Tidore enfrente, Serrao no pensaba en otra cosa
más que en limar asperezas entre ambas islas para fortalecer esa plataforma comercial
que estaba creando, centrada sobre todo en el comercio del clavo con Lisboa.
Esas dos islas, nos recuerdan Alwi y Hanna, no ofrecen a primera vista ningún
atractivo para el asentamiento humano.
Argensola narraba extasiado cómo «el humo de los volcanes es de diversos colores
porque el humos y corrupción de la tierra los exhala espesos y variados», o se refiere a
«las selvas aromáticas» cuya fragancia realmente se percibe en cuanto uno llega a las
177
islas. A ello hay que añadir los cocoteros, las palmeras datileras y las palmas de aceite
en nutridas concentraciones, que ofrecen a la vista un mar de grandes hojas en corona o
en forma de palma, de las que se desprende el fruto, dátil o coco, que alimenta al
cangrejo conocido en bahasa indonesio como el kepiting kenari. El nombre científico es
más prosaico, le denominan birgus latro, o «ladrón de palmeras». El kepiting es el
cangrejo más grande del mundo; puede llegar a pesar hasta 4 kilos y medir, de pata a
pata, cerca de un metro. Su cuerpo alcanza los 40 centímetros. Está dotado de unas
poderosísimas pinzas —que pueden llevarte un dedo por delante—, por lo que en algún
restaurante de Tidore los he visto guardados en jaulas de pájaros.
El cangrejo utiliza sus pinzas para alimentarse de fruta, nueces, semillas y, sobre
todo, de cocos ya caídos de las palmeras en la arena, aunque es buen trepador y puede
acceder a los que están aún en la palma.
Uno de los que fue gobernador portugués de la isla de Ternate, Antonio Galvao, «el
buen gobernador Galvao», como se le conoció en su día, cronista, administrador y
soldado, reproduciría veinticinco años más tarde, en 1544, en su obra Historia das
Molucas, el colorido y el bullicio de los animales exóticos y de las plantas, y se extendió
sobre curiosidades muy distintas a las que estaban acostumbrados:
A fin de enero las aves comienzan a poner huevos y a criar en los árboles que tienen su base dentro
del mar o en los ríos, para que las hormigas no se coman los huevos de las crías.178
Y a lo largo de su prolongada estancia en las Molucas, mantuvo toda la admiración
por lo que ofrecía la naturaleza:
Algunos pájaros son de tantos colores que no puede imaginarse. Otros son encarnados o coloreados
y los llaman nuri. Se considera los mejores para aprender a hablar. A los blancos se les llama kakatua y
parecen búhos y tienen crestas de plumas blancas en la cabeza y las encrespan y agitan mucho. 179
Todo era exuberante, salvaje, natural. Eso es lo que se ve, lo que se respira y lo que
se siente. Esa, al menos, fue también mi experiencia.
compañero de aventuras bélicas y amigo desde hacía años, Fernando Magallanes, se
dirigía a esas mismas islas en las que habían proyectado estar juntos años atrás, y a las
que nunca llegaría.
La muerte de Magallanes
Tras llegar a las islas de San Lázaro (Filipinas), la flota expedicionaria recaló en la isla de
Mindanao. Allí los expedicionarios enseñaron a los nativos muestras de las especias que
traían a bordo y estos señalaron sin dudarlo hacia el suroeste, donde se encontraban las
Molucas. Estaban sobre la buena pista.
Pigafetta se fijó, sin disimulo, en las mujeres:
Había jóvenes muy bonitas y casi tan blancas como nuestras europeas, y aunque eran ya adultas, no
por eso estaban menos desnudas; algunas tenían, sin embargo un pedazo de tela de corteza de árbol, que
les descendía desde la cintura hasta las rodillas; pero las otras estaban completamente desnudas 181.
Todos los hombres, jóvenes o viejos, iban desnudos sin más que una tira de
palmera que les cubría los genitales. Pigafetta comenta cómo le sorprendió una especie
de infibulación masculina:
Llevaban el prepucio cerrado con un pequeño cilindro de oro o de estaño, de un espesor liviano,
como de una pluma de ganso, que lo atraviesa de alto abajo, dejando al medio una abertura para el paso
de la orina y guarnecido en los extremos de cabezas parecidos a los de nuestros clavos grandes.
Lo que Pigafetta añade es aún más llamativo:
Me aseguraron que no se quitaban jamás esta especie de adorno, aun durante el coito; que eran sus
mujeres las que querían eso, siendo ellas las que preparaban de este modo desde la infancia a sus hijos:
pero lo que hay de cierto es que, a pesar de tan extraño aparato, todas las mujeres nos preferían a sus
maridos…182.
El 14 de abril de 1521 se levantó un tablado en la plaza del poblado, engalanado
con tapices y palmas. El rey ha accedido a ser bautizado y con él, la reina , que era 183
«joven y bella, se hallaba vestida por completo de una tela blanca y negra y tenía la
cabeza adornada con un gran sombrero hecho de hojas de palmeras en forma de
quitasol» . Ochocientas personas del pueblo fueron también bautizadas mientras una
184
guardia de soldados de la expedición, con armadura completa, daba escolta al rey, y la
escuadra castellana hacía una descarga de salvas con toda su artillería.
Durante los días que pasaron en Cebú se bautizó a todos los habitantes y a los de
las islas vecinas. Magallanes y sus tripulaciones fueron mimados por los indígenas, que
les regalaron para su alimentación arroz, maíz, limones, naranjas, miel, carne de cerdo y
de gallina, pescado y cocos. El coco tiene aporte de vitamina C, sobre todo el coco
tierno, con de 400 a 460 centímetros cúbicos de agua o leche de coco. El vino de palma,
que también tomaron, es una fuente de ácido ascórbico . Todo ello hizo que se
186
erradicase el escorbuto a bordo y que no hubiera defunciones por ese motivo. También
apreciaron el sagú, alimento principal de aquellas tierras, consistente en la médula de la
palmera, el palmito, con pescado.
Ante tan poderosos aliados de Huamabón, los caciques locales se sometieron a la
autoridad del rey indígena y le enviaron regalos que simbolizaban la adhesión. Hubo
sin embargo uno, el cacique de Mactán, llamado Silapulapu, que no se avino a la
sumisión. Magallanes lo tomó como un insulto personal y decidió dar una lección a
Silapulapu. Huamabón se lo desaconsejó, y también lo hicieron los maestres y pilotos
de su flota. Pero no por eso el portugués cambió de criterio.
El 27 de abril tres chalupas con 40 europeos armados, «provistos de coraza y casco»
y conducidos personalmente por Magallanes, pese a la protesta de los demás capitanes,
se dirigieron contra la vecina isla de Mactán escoltados por veinte praos en los que
navegaba su aliado, el reyezuelo de Cebú, Huamabón.
Los de Mactán los vieron llegar. Habían cavado fosos entre la orilla del mar y sus
casas a modo de trampas defensivas para frenar el ataque. Magallanes envió a un
emisario para que Silapulapu y los suyos reconocieran la soberanía de España y
obedecieran a Huamabón, rey cristiano de Cebú, en cuyo caso serían considerados
como amigos. De lo contrario «conocerían la fuerza de nuestras lanzas». Pero los isleños
«no se amedrentaron con nuestras amenazas, respondiendo que tenían también
lanzas…» , y pidieron que no se les atacase por la noche porque esperaban refuerzos
187
para equilibrar el número de los combatientes. Truco un tanto ingenuo que Pigafetta
comenta: «…lo que decían maliciosamente para animarnos a que les atacáramos
inmediatamente con la esperanza de que caeríamos todos en los fosos que habían
excavado entre la orilla del mar y sus casas».
Esperaron al día siguiente. Las barcas se acercaron, pero no pudieron llegar a la
playa, pues la marea estaba baja y había abundante piedra, de modo que los soldados
de Magallanes tuvieron que saltar a tierra con el agua hasta los muslos, lo que les
impedía avanzar con la rapidez necesaria.
Según el relato de Pigafetta, los 40 europeos, los más escogidos y valientes de su
compañía que llegaron a la playa, iban con coraza y casco, es decir, con la armadura de
188
coselete y morrión. El coselete se componía básicamente de peto, espaldar y escarcelas,
que eran las protecciones que cubrían los muslos, pero no las piernas. Llevaban la
armadura que utilizaban los tercios en Flandes o en Italia. Las réplicas exactas del
coselete que hoy día se hacen llegan a pesar 7,8 kilos, lo que debemos tener en cuenta
para calibrar la limitación a la movilidad que tendrían los hombres de Magallanes con
ese peso y avanzando en el agua, al margen del sofoco que les produciría el clima
tropical. Todos estos elementos deben ser tomados en consideración cuando
imaginemos las condiciones del combate.
Cerca de 1500 enemigos los esperaban escondidos tras una empalizada. Formaron
en tres grupos. Uno se preparó para contratacar de frente y los otros dos por cada uno
de los flancos. Magallanes dividió a la tropa en dos pelotones. Los mosqueteros y
ballesteros tiraron desde lejos durante media hora sin causar el menor daño a los
enemigos, o al menos muy poco, porque, aunque las balas y las flechas penetrasen sus
escudos, que eran de tablas delgadas, les herían en los brazos, pero no los detenían. El
fuego artillero de las bombardas de las naos hubiera sido lo más eficaz en esas
circunstancias, pero no alcanzaba debido a la distancia a la que les mantenían el poco
calado, los bajíos y las rocas. Los expedicionarios tuvieron, por lo tanto, que soportar
una lluvia de flechas envenenadas y de lanzas arrojadas a una distancia que cada vez se
acortaba más, sin protección en las piernas y con el mar a sus espaldas, lo que les
dificultaba una retirada rápida en caso de ser desbordados, como estaba ocurriendo.
Para alejar e intimidar a los atacantes, Magallanes ordenó que se destacasen algunos de
la tropa e incendiaran las cabañas del poblado indígena, lo que realizaron, aunque
cayeron allí dos de los expedicionarios. El resto regresó a la lucha.
El incendio de las cabañas enfureció a los indígenas. Como el número de atacantes
crecía, los hombres de Magallanes comenzaron a replegarse metiéndose de nuevo en el
mar en busca de las chalupas. Ya en el agua, tenían a los indígenas casi encima, a media
distancia. Los isleños concentraron su ataque contra Magallanes, a quien conocieron
inmediatamente al ser él quien daba las órdenes. El pequeño grupo de españoles que le
rodeaba y protegía siguió retrocediendo con él, luchando por espacio de «cerca de una
hora». Los indígenas, refiere Pigafetta, que estuvo en el combate, «nos arrojaban nubes
de lanzas de cañas, de estacas endurecidas al fuego, piedras y hasta tierra». Su número
parecía aumentar y se mostraban rabiosos por el incendio que había devorado veinte o
treinta de sus casas. El trecho entre unos y otros se acortó tanto que se llegó al cuerpo a
cuerpo. «Una flecha envenenada vino a atravesar una pierna del comandante», y un
isleño le dio con la lanza en la frente. Magallanes, furioso, le atravesó con la suya
dejándosela en el cuerpo. Sin tiempo para recuperarla, quiso tirar de su espada para
seguir luchando, pero el brazo derecho que tenía herido no le permitió hacer el gesto de
desenvainar. Los indígenas, que lo percibieron, se fueron en grupo hacia él y, viéndole
desarmado, le lanzaron un tajo en la pierna izquierda con un sable gayang, que le hizo
caer de bruces sobre el agua. Entonces los isleños se abalanzaron sobre él y fue el final.
Pigafetta reconoce que gracias a eso se salvaron los demás, que pudieron llegar a las
chalupas próximas y regresar a las naos.
Así murió Magallanes, a medio camino de la expedición que Juan Sebastián Elcano
terminaría, rodeando el globo terrestre por primera vez en la historia.
La muerte de Magallanes en la isla de Mactán había dejado por decidir la cuestión
del liderazgo de la expedición. Tras el fallecimiento, los expedicionarios eligieron como
generales a Duarte Barbosa y a Juan Serrano para remplazar al almirante. No tenían su
talla, pero la elección habría sido una aceptable componenda provisional de no ser por
la desgracia de la que, en gran medida, fue protagonista el portugués Barbosa.
Juan Carvalho (aquel que había avistado el «paso» del estrecho de Magallanes
desde el acantilado del cabo de las Once Mil Vírgenes) estaba en el grupo, pero regresó
pronto a las naves sospechando la mala fe de los indígenas. Al poco de esto, «se oyeron
gritos y clamores, y habiendo elevado anclas nos aproximamos con las naves a tierra,
disparando sobre las casas varios tiros de bombarda». Fue entonces cuando vieron a
«Juan Serrano, herido y atado, que era conducido hacia la playa, desde donde nos
suplicaba que no disparásemos más, porque sin eso, según decía, lo matarían» . 189
Habían asesinado a todos los demás, incluyendo a Barbosa, con la única excepción
del esclavo traidor que se había unido a los indígenas, quienes proponían cambiar la
vida de Serrano por mercaderías. Serrano suplicaba que para ello acercasen las chalupas
con las mercancías a la playa, ya que de lo contrario lo matarían. Pero Juan Carvalho —
ahora convertido en comandante— lo prohibió y se hicieron a la vela dejando atrás las
súplicas y los gritos de Serrano.
Brunei
En su aproximación a las Molucas, y ya solo con dos naos de las cinco que habían salido
de Sanlúcar, llegaron a Borneo el 8 de julio de 1521. El recibimiento de los isleños fue
cordial. Incluso excepcional. Pigafetta nos relata cómo aparecieron los naturales a bordo
de una gran piragua pintada toda ella de tonos dorados, llena de gente y remolcando
dos canoas. La recepción era una delegación real, una embajada, compuesta por ocho
ancianos que iban a bordo de las canoas, que arbolaban una bandera azul y blanca a
proa y en el extremo superior del palo un penacho de plumas de pavo real. No podían
exponerse con más lujo. Y eso fue solo el prólogo de lo que vino luego.
A los seis días llegó una nueva embajada, que desplegó el lujo y estilo de la
anterior: tres piraguas engalanadas de sedas, paños y banderas, acompañadas por
música y tambores. Los españoles les saludaron con una salva de honor. Los tripulantes
de las piraguas ofrecieron regalos que incluían huevos y miel, y les indicaron que
podían recoger leña, hacer aguada y comerciar cuanto quisieran. Después de los
sobresaltos de Cebú era como entrar en el Paraíso. Cumplidos estos trámites
preliminares, se organizó la visita al gobernador, primero, y más tarde al rey.
Una vez desembarcaron, sus anfitriones les organizaron el séquito para que
acudieran a la audiencia con el gobernador. Montados en elefantes cubiertos con
gualdrapas de seda y precedidos por doce cortesanos que cargaban en vasos de
porcelana los regalos que los expedicionarios habían traído, entraron en la casa del
gobernador, quien les festejó con «una cena de varios guisos». Al llegar la noche,
terminaron durmiendo en colchones de algodón forrados de seda y en sábanas de lino
de Camboya.
Al día siguiente el cortejo les llevó a la presencia del rey Siripada.
Trescientos hombres de la guardia del soberano, armados de puñales cuyas puntas
apoyaban sobre sus muslos, formaban en un salón tapizado de paños de seda. Todos los
que estaban en palacio real llevaban alrededor de la cintura paños de oro para «cubrir
sus vergüenzas, puñales con mangos de oro guarnecidos de perlas y pedrería y varios
anillos en los dedos» . 190
Bastante obeso, cercano a los cuarenta años, el rey tenía como norma estar servido
solo por mujeres, hijas de los principales habitantes de la isla. Nadie podía hablarle sino
por medio de uno de los oficiales de protocolo y este lo hacía al hermano del
gobernador, quien a través de una cerbatana colocada en un agujero de la pared
exponía el contenido de la embajada al rey. Le presentaron sus regalos, que el sultán de
Brunei apreció, correspondiendo a su vez con brocados y paños de oro y de seda. Se
sirvió un almuerzo acompañado de clavo de olor y canela y, después, se corrieron todas
las cortinas de brocado, se cerraron las ventanas y quedó flotando el aroma de las
especias. Bebieron un licor fabricado del arroz destilado . La habitación estaba
191
iluminada por dos grandes lámparas de aceite, de cuatro mechas cada una, «para cuyo
cuidado velaron continuamente dos hombres». Terminado el almuerzo y aquella larga
sobremesa, les acompañaron hacia la playa hasta sus naos. Les llevaban regalos y
víveres: once tazones de porcelana conteniendo carnes de diferentes animales —ternera,
capón, gallina y pavo— y otros, con varias especies de pescado. Todo aquello era un
gran contraste después de las amarguras sufridas en Cebú, rodeados de los indígenas
primitivos y viviendo en condiciones casi prehistóricas.
En Borneo permanecieron 42 días carenando las naos. El 29 de julio, próximos a
zarpar, una maniobra con los praos de Brunei que regresaban de una expedición de
castigo a otra isla confundió a Carvalho, que se sintió amenazado y levó anclas
abandonando en Borneo a varios europeos, entre ellos a su hijo. Con ello terminó de
perder completamente la confianza de sus hombres.
Ante la cobardía e incompetencia de Carvalho, Juan Sebastian Elcano, de acuerdo
con casi todos, le destituyó. Tomó el mando de la Victoria y el alguacil Gonzalo Gómez
de Espinosa, el de la Trinidad.
La llegada a las Molucas
La expedición, como hemos tenido ocasión de recordar, había sufrido todo tipo de
desastres, desde naufragios a motines, de nevadas a tifones tropicales y de
enfermedades a muertes en combate. Veintisiete meses después de dejar la barra de
Sanlúcar, surcaban las aguas de la Especiería. Habían cumplido la misión encomendada
por Carlos I.
Como señala Turner, «de todos los grandes viajes de la era de los descubrimientos,
la circunnavegación del globo llevada a cabo por Magallanes puede considerarse con 192
justicia el mayor, tanto por las privaciones soportadas como por la pura audacia de la
empresa», alabanzas que no son frecuentes en la pluma de un anglosajón cuando el
destinatario no le es próximo.
En su diario Pigafetta describió el histórico momento:
El miércoles 6 de noviembre, habiendo pasado estas islas 193, reconocimos otras cuatro bastante altas, a
catorce leguas hacia el Este. El piloto que habíamos tomado en Saranghani nos dijo que esas eran las islas
Molucas. Dimos entonces gracias a Dios y en señal de regocijo hicimos una descarga general de
artillería194.
Al día siguiente, el sábado 9, se presentó una piragua y dio vueltas alrededor de las
naves. El intérprete malayo informó a Elcano de que los isleños no eran ternates sino
súbditos del sultán Almanzor de Tidore. El sultán, que había escuchado la salva de
artillería, había enviado «a saber qué gente era, y de allí a poco rato llegó él mismo a
nuestras naves en un barquito» . 195
Después quiso subir a bordo de la Trinidad, y la piragua real y las chalupas de los
expedicionarios remaron hacia la nave donde se encontraban Elcano, Gómez de
Espinosa y las tripulaciones.
o al del navío» . 197
Argensola, que alude solo al hedor de los víveres corrompidos y al navío, elude con
cortesía decir nada sobre el de sus ocupantes. Almanzor, por el contrario, llegaba en
todo su esplendor a recibir a la flota:
Mostraba el sultán camisa tejida de oro, ceñida sobre ella un paño blanco (berania, el lino de
Camboya) que arrastraba; tocado por ambas sienes un velo de varios colores, no desemejante a las mitras
persianas.
La brisa esparcía la fragancia de las claveras y el aroma de las especias se difundía
por el mar y por la tierra. El sultán, sentado en la popa de la nao, estaba rodeado por un
círculo de aquellos hombres de miserable aspecto, a los que solo su tenacidad les había
hecho continuar la travesía. Almanzor les felicitó diciéndoles que hacía tiempo que
había soñado que algunas naves llegaban al Maluco desde países lejanos, y lo había
observado en la luna. Y les esperaba. Para los navegantes, la pura audacia de la empresa
se veía ahora recompensada por la acogida del sultán y por las perspectivas del trato y
del negocio con las especias —confiaban en ello— que brotaban en la isla y cuyo
perfume podían percibir.
«Cuando supo quienes éramos y cuál era el objeto de nuestro viaje, nos expresó que
tanto él como sus súbditos tendrían el gusto de ser los amigos y vasallos del rey de
España» . 198
Los españoles, que iban con miras más a corto plazo, solicitaron permiso para
cerrar contratos sobre el clavo de olor, y Almanzor se lo dio, añadiendo que «matasen a
quien les estorbase» , lo cual parecía ser una respuesta afirmativa.
200
El sultán les pareció «un moro de cerca de cuarenta y cinco años, bien conformado
y de hermoso rostro», al que Pigafetta retrata «sentado en una silla de terciopelo rojo y
cubierto con una manta de terciopelo amarillo al modo turco». Willard Hanna y Des
Alwi dicen de él que era «impulsivo, curioso, atento, alerta para aprender, fácil de
seducir con regalos y dispuesto a someter su vida y su reino al rey de una gran nación».
Pero era también «mendaz y conspirador» , algo común en la personalidad de los
201
dirigentes de entonces, cuando se accedía al poder y se permanecía en él a través de
métodos distintos a los actuales.
A la hora de presentar los regalos para Almanzor, de los cofres salieron las «cosas
para dádiva» adquiridas por la Casa de la Contratación y financiadas por la Corona. El
relato de las piezas es largo, pero tiene interés:
…una túnica, un corte delicado de lino, ocho yardas de paño escarlata, una pieza de seda brocada,
una pieza de damasco amarillo, algún paño indio bordado con oro y seda, una pieza de lino blanco de
Camboya, dos bonetes, seis collares de cuentas de cristal, algunas copas doradas y otros artículos202.
Su hijo el príncipe recibió también su correspondiente cuota de «dádivas», y así
continuaron hasta que el propio Almanzor les rogó desistir.
El domingo 10 tuvieron otra reunión con él. Avanzó en sus propósitos políticos
solicitando un estandarte real y el sello, proponiéndose que su hijo Calanopagi quedase
como vasallo del rey de España y luchase por él en Ternate y Tidore como soberano de
ambas islas. Claramente estaba sugiriendo a los españoles la conquista de Ternate y la
permanencia de las dos islas bajo el cetro real de su hijo Calanopagi. Era lo esperado.
No debemos otorgar excesiva importancia a esta exuberante declaración de amistad,
pues, aunque haya que salvar la sólida alianza que Tidore siempre mantuvo con España
—y a ella me he referido—, esos juramentos de fidelidad eterna, comentan con cierta
sorna Hanna y Alwi, ya los había hecho el sultán Bolief de Ternate hacia el rey Juan II
de Portugal, los hacía ahora Almanzor hacia el emperador Carlos I y los haría unos años
después el sultán Baab —sucesor de Bolief— hacia la reina Isabel I de Inglaterra,
cuando Drake pasó por las islas.
Pero no rompamos la escena, con el sultán indolentemente sentado en la popa de la
Trinidad, mientras trazaba planes y visiones de alianzas y vasallajes y los españoles
insistían con sus preguntas sobre el clavo. Como era domingo, no se hizo ninguna
compra, pero flotaba la inquietud en el ambiente y también la prisa, que iba a hacer que,
a partir del lunes, el propósito de los castellanos fuera llenar las naves hasta los bordes.
Almanzor lo percibió de inmediato. Pigafetta anotó esta parte de la conversación:
Viendo el interés que manifestábamos en cargar nuestras naves de clavo, nos dijo que no teniendo en
su isla bastante seco para llenar nuestros pedidos, iría a buscar a la isla de Batjan, donde esperaba
encontrar la cantidad que necesitábamos203.
La venta del clavo estaba controlada por el sultán y la corte, de modo que sin su
permiso no podían los naturales de la isla venderlo libremente. Por ello, si no había
suficiente para colmar la demanda, el sultán se ofrecía a coordinar la compra con otros
reyes o gobernadores de las islas vecinas como Majtan, Batjan, Mutir o Gilolo, en
quienes la presencia de las dos naves había despertado su curiosidad.
El gobernador de Mutir, señaló Almanzor, quería visitar a Elcano y a Espinosa en
Tidore. El sultán señaló a los españoles que era costumbre ofrecerle también presentes y
regalos en nombre del rey de España. Almanzor se encontraba algo agobiado al hacer
esta solicitud en nombre de Mutir. No quería aparecer como un pedigüeño,
especialmente cuando él había sido colmado con tantos regalos, y declaró que, «no tenía
nada que darnos, salvo su propia vida, para ofrecerla al rey, su soberano».
Pero sí tenía el sultán cosas que dar, al margen de su preciada vida, y los españoles
no cesaban de referirse a ellas. De manera que, algo avergonzado por no poder
reciprocar la generosidad de los hombres de Elcano y Espinosa, y encima solicitar
presentes para el gobernador de Mutir, el gobernador dio orden de comenzar de
inmediato la venta. Las transacciones para la compra del clavo se iniciaron con rapidez.
La unidad de medida que se manejaba era el bahar, que equivalía a 4 quintales y 6
libras. En aquella época el quintal no equivalía a 100 kilos, como está establecido hoy
día, sino que representaba 100 libras castellanas. Por lo tanto, el peso o capacidad total
del bahar era de 406 libras. La libra castellana de entonces equivalía a 460,093 gramos
nuestros. El cálculo exacto del bahar, por lo tanto, equivaldría a 186,797 kilos, casi 187
kilos de clavo.
Un bahar se cambiaba por quince brazadas de paño de mediana calidad, nos dice
Pigafetta. La brazada era la medida equivalente a la distancia existente entre los dos
brazos extendidos, que se calculaba aleatoriamente en 1,67 metros. De manera que
quince brazadas eran unos 25 metros de tela.
En resumen, en el trueque que nos explica Pigafetta, por 25 metros de paño de
mediana calidad recibían 187 kilos de clavo de olor. También podían obtener un bahar
cambiándolo por quince hachas o por treinta y cinco tazas de vidrio o por un quintal (46
kilos) de cobre.
«Habríamos sacado un buen partido de los espejos, pero la mayor parte se quebró
en el camino y el rey se apropió de casi todos los que habían llegado sanos».
Al parecer, se trataba de un negocio fabuloso. Y para ambas partes. A nosotros nos
resulta imposible advertir su extensión por no conocer los precios de los distintos
artículos que se cambiaban por el clavo, en los mercados de Europa.
Durante cuatro días se recogió clavo. Las especias se amontonaron y los barrilitos,
cuarteles y fardos repletos de ellas fueron llenando el almacén que habían construido en
Rum.
Los pobres habitantes de Ternate, que habían sido excluidos del comercio porque
en la isla dominaban los portugueses y las relaciones entre las dos islas eran tensas,
venían en canoas y korakoras para ofrecer a los hombres de Elcano y Gómez de
Espinosa clavo para vender. Sin embargo, el trato con los de Ternate debía ser casi
clandestino desde Tidore. Por otra parte, los expedicionarios habían recibido la promesa
de que tendrían pronto mucho más clavo y:
… como esperábamos recibir, no quisimos comprarlo a los otros isleños, contentándonos con
cambiarles víveres, ante lo cual los habitantes de Ternate se quejaban mucho 204.
Un antiguo amigo de Serrao, Pedro Antonio de Larosa, había llegado a Ternate a la
muerte de aquel. A través de uno de sus domésticos, Manuel, se había puesto en
contacto con la tripulación de la Victoria durante su estancia en Tidore y deseaba
encontrarse con los españoles. Fue invitado la noche del 12 de noviembre.
A lo largo de su conversación con los españoles, Lorosa aportó datos de mucho
interés. Uno de ellos se refería a la discreción y a la reserva con que los portugueses
mantenían su presencia en las Molucas, que hacía que «guardasen el más profundo
silencio acerca del descubrimiento de estas islas», hasta el punto de que el virrey en Goa
había retrasado por algunos años, incluso a las autoridades de Lisboa, el anuncio de su
llegada a Ternate. Y si no querían que lo que sucedía en las Molucas se supiese en
Lisboa, menos aún en Sevilla, pues «…muchos juncos van de Malaca a Banda a comprar
macis y nuez moscada, de donde pasan a las Molucas a cargar clavo». El viaje de Banda
a las Molucas no era largo. Se hacía en tres días. Allí cargaban clavo hasta los topes y en
quince días estaban de regreso en Malaca. «Este comercio —aseguraba Lorosa— es el
que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual lo oculta con empeño a los
españoles» , por si las Molucas estaban en la jurisdicción de Castilla. Ese era el motivo
205
por el que los portugueses estaban dispuestos a eliminar a cualquiera que pudiera
propagarlo. Teorías conspiratorias señalaron, efectivamente, el interés de Lisboa en
ocultar a Sevilla que desde Malaca las naos y juncos portugueses estaban haciendo una
fortuna con el clavo traído de las Molucas, que podía no ser suyo.
Por lo tanto, esconderlo a Sevilla podía entenderse, pero ¿por qué antes, los propios
portugueses de Ternate habían tardado tanto en comunicar su presencia en la isla y el
negocio a la corte de Portugal?
Al parecer, el círculo portugués de Ternate —Serrao y compañía— había querido
ocultar a Lisboa, o al menos disimular, ese fantástico tráfico de fardos y fardos de clavo,
ya que no todas las cargas de clavo recogidas en la isla terminaban en Lisboa. La
corrupción existente hacía que los capitanes y gobernadores del castillo de Ternate
distrajeran algún que otro quintal para sí mismos. Esa práctica fue muy frecuentada a lo
largo de los años sucesivos y algunos exgobernadores dieron con sus huesos en la cárcel
de Goa. Por todo ello, cuantos menos testigos, mejor.
Trinidad cuando zarpase, y así se decidió con todo secreto, pues, al fin y al cabo, estaban
desertando de los portugueses.
Añadió Lorosa —y esto afectaba directamente a la escuadra de Elcano— que, once
meses atrás, un barco grande que procedía de Europa había llegado a Malaca y desde
ese puerto zarpó hacia las Molucas para cargar clavo. Estaba al mando de un capitán
llamado Tristán de Meneses y refirió a Lorosa que la noticia más importante que por
entonces se comentaba en los corrillos de Lisboa era que una escuadra de cinco naves
había partido de Sevilla para ir a descubrir el Maluco en nombre del rey de España; y
que el de Portugal, que estaba doblemente irritado por esta expedición dirigida por uno
de sus súbditos que trataba de perjudicarle, había despachado buques al cabo de Buena
Esperanza y al de Santa María, para interceptarle el paso en el mar de las Indias, pero
no lo habían encontrado.
Había más. Al parecer el rey Manuel había insistido. Al saber que la escuadra había
pasado por otro mar y no por el cabo de Buena Esperanza, había dispuesto que el
gobernador de la India portuguesa, Diogo Lopes de Sequeira , enviase desde Goa seis
207
naves de guerra contra Magallanes. No lo había ejecutado Sequeira porque le llegaron
noticias de que los turcos planeaban atacar Malaca y se vio obligado a despachar una
flota contra la turca en el estrecho de La Meca.
Pero lo que sí parecía confirmarse era la noticia cierta de que al menos un galeón
bien artillado con dos baterías de bombardas, mandado por el capitán Francisco Faría,
una carabela y dos juncos portugueses rondaban la zona al encuentro de las naos
castellanas.
Elcano y Gómez de Espinosa tomaron buena nota de la situación, aunque no
precipitaron la salida y esperaron hasta que las naos estuviesen totalmente abastecidas
de carga.
Pero las existencias en Tidore se terminaron. El viernes 15 de noviembre el sultán
Almanzor dijo que había ordenado ir a Batjan a abastecerse de las cargas de clavo de
olor que se tenían preparadas para los portugueses —cuatrocientos bahares de clavo
seco—, que estos habían abandonado en dos juncos y que incluso estaban pagados . Y 208
además, dispuso que uno de sus hijos, Mossahap, fuese con una expedición a la isla de
Motir para buscar lo que faltaba.
Europa había dedicado y seguía dedicando energías extraordinarias al hallazgo de
la fuente de las especias. Ahora que ellos, los expedicionarios, castellanos, hambrientos
y agotados, estaban en aquel paraíso mágico de volcanes, indios, canela, clavo,
mercancías que parecían de otro mundo y toda esa retórica que acompañaba
habitualmente al orientalismo exquisito…, era el momento de aprovechar. Turner,
tantas veces citado, escribe con tino que a los conquistadores se les había asociado con
el brillo del oro y de la plata y no con el aroma de las especias. A fin de cuentas, ellos —
y los holandeses y los ingleses que vinieron un poco más tarde— buscaban todos los
mismos ruidos metálicos de los doblones y los escudos de oro al chocar entre sí, en las
bolsas de cuero repletas de ellos que se intercambiaban en los mercados de Venecia,
Brujas y Londres.
La presencia de los españoles en Tidore pronto motivó el deseo de los sultanes de
Batjan y Gilolo de visitarlos. El sultán de Gilolo fue el primero. Como ordenaba el
protocolo rindió visita a las naves. Allí recibió su parte correspondiente de «cosas para
dádiva»: una chupa de damasco verde, frazadas de paño rojo, algunos espejos, tijeras,
cuchillos, peines y tazas de vidrio dorado. Al día siguiente, el domingo 17 de
noviembre, volvió con su séquito y pidió que disparasen con las bombardas, con gran
contento por su parte. Se entretuvieron viendo cómo manejaban los expedicionarios las
ballestas, los mosquetes y los versos, «que es un arma más grande que un fusil» , 209
describe cándidamente Pigafetta. El de Batjan aplazó su visita unos días.
Los españoles, por su parte, eran invitados con frecuencia en la propia isla.
Pigafetta recordaba un banquete con una procesión de cincuenta mujeres vestidas con
paños de seda «desde la cintura hasta las rodillas». El vino de arroz era «tan claro como
el agua», pero era tan fuerte que toda la tripulación se embriagó. «Lo llaman arach» , 210
escribió el italiano. Las jóvenes marchaban de dos en dos, llevando a un hombre en
medio. Cada una sostenía una bandeja que contenía pequeños platitos con diferentes
guisos. Los hombres llevaban el vino en grandes vasos. Cuando el banquete hubo
terminado «las mujeres capturaron a algunos españoles y fue necesario darles algún
obsequio para que recuperasen su libertad los hombres», que posiblemente estarían
disconformes con el rescate, aunque las moluqueñas no debían ser tan agraciadas como
les habían parecido las jóvenes de Cebú, ya que al decir de Pigafetta:
…las mujeres son feas; andan desnudas como las de otras islas, cubriendo solo sus órganos genitales
con una tela hecha de corteza de árbol. Los hombres andan también desnudos y a pesar de la fealdad de
sus mujeres, son muy celosos. Se manifestaban disgustado de vernos algunas veces bajar a tierra con las
braguetas abiertas porque se imaginaban que esto podría ofrecer algunas tentaciones a sus esposas211.
Los expedicionarios, a quienes había llamado la atención el comportamiento de los
«moros» en Brunei, observaban que en Tidore tenían las mismas prácticas:
Los moros andan desnudos, como todos los habitantes de estas regiones (…) Adoran a Mahoma (sic)
y siguen su ley por cuya razón no comen jamás carne de puerco. Se lavan el trasero con la mano
izquierda, de la cual no se sirven jamás para comer, y no orinan de pie sino al uso de las mujeres. Se lavan
la cara con la mano derecha, pero no se frotan jamás los dientes con los dedos212.
descargaron en Rum ciento setenta y un cathils, unas 342 libras castellanas, equivalentes
a unos 157 kilos de clavo.
Las tripulaciones estaban exultantes. El clavo enviado por el rey era el primero que
iban a embarcar y, como ese era «el objeto de nuestro viaje» , en señal de alegría
214
sultán y con los isleños. Estaban contentos:
…hemos hecho, sin duda, un negocio bien ventajoso a pesar de que no hemos sacado toda la utilidad
que hubiéramos podido esperar, a causa de que deseábamos apresurar a toda costa nuestro regreso a
España216.
¿Por qué apresurar a toda costa el regreso a España?, como escribía Pigafetta.
Espinosa y Elcano sabían la razón después de su conversación con Lorosa en la que
les advirtió sobre el galeón portugués que andaba a la búsqueda. Pero no podían
hacerla pública. Almanzor, por su parte, iba a otro ritmo más despacioso y deseaba
capitalizar ante los otros sultanes de las islas su alianza con los poderosos españoles.
Tras haber vaciado el almacén y terminado de cargar las naos, deseaba invitar a todos a
una gran cena para festejar la carga, como al parecer era tradicional. Pero el recuerdo de
la emboscada de Cebú levantó sospechas entre los españoles y declinaron la invitación.
Aquello debió dolerle a Almanzor, que se había manifestado en todo momento como un
sincero amigo de los expedicionarios. Sospechó los motivos y le debió contrariar la
desconfianza.
Se sinceró indicando que la partida era poco usual porque, si las demás
tripulaciones de otros barcos que venían a cargar tardaban al menos treinta días, él les
había ayudado con todo su pueblo a hacerlo en muchísimo menos tiempo. Pero no era
con intención de apresurar la partida; señaló además que la estación no era apropiada
para navegar a causa de los bajíos que se encontraban cerca de Banda y en último lugar
aludió al riesgo de que los expedicionarios se encontrasen con naos portuguesas. Nada
de eso hizo mella en los españoles, que insistieron en marchar. La charla con Lorosa no
había turbado a Elcano y a Espinosa, pero sí que les había dispuesto a presionar a
Almanzor para que trabajase deprisa facilitando la venta y la carga del clavo. El
momento de partir había llegado. Almanzor, por su parte, y ajeno a la conversación que
los españoles habían tenido con Lorosa, no entendía la prisa y vio, a pesar de todo, que
sus argumentos no tenían efecto. Se sintió vejado:
Os devolveré todo lo que me habéis dado en nombre del rey de España, porque si partís sin dejarme
tiempo para preparar presentes dignos de vuestro rey, todos los soberanos mis vecinos dirán que el de
Tidore es un ingrato, que habiendo recibido obsequios de un tan poderoso monarca como el de Castilla,
no les enviaba nada en retorno.
Y para que vieran que intuía la razón de la prisa, indicó: «Dirán también que partís
así de prisa temiendo una traición mía, y toda mi vida quedaré yo con el nombre de
traidor». Mandó traer el Corán y juró por Alá entre sollozos, que siempre sería un fiel
amigo de España, lo que —por cierto— siempre cumplió. Ante esa actitud, que
emocionó a las tripulaciones, prometieron pasar aún quince días más en Tidore.
El 27 de noviembre Almanzor publicó un bando anunciando a todos los habitantes
de la isla que todo el mundo podía vender libremente clavo a los españoles, «lo que nos
permitió comprar una gran cantidad». Entre fardo de clavo y fardo de clavo, los
hombres de Elcano no daban descanso a la estiba en las dos naos. Como cada marinero
quería llevar a España todo lo que podía, cada uno cambiaba sus vestidos por clavo.
Al día siguiente, a pesar de ser viernes, la fiesta musulmana, llegó el rey de Matjan,
isla de donde les habían suministrado más clavo. No subió a bordo hasta el día
siguiente acompañado de Almanzor que, al saber que los españoles se habían quedado
sin regalos, mandó traer parte de los suyos para que se los ofrecieran al de Matjan, con
objeto de que trajese más clavo aún para Elcano y Espinosa. El 2 de diciembre el propio
Almanzor viajaría a la isla para que aceleraran el suministro.
El rey de Matjan era importante en la relación con Almanzor. El hermano del rey
de Batjan se iba a casar con una hija del rey de Tidore, de modo que Almanzor y su
colega de Batjan iban a emparentar. A Pigafetta el sultán de Batjan le pareció un ser
insólito y no deja de reseñar sobre él:
Se nos refirió una cosa muy extraña y fue que cada vez que iba a combatir a sus enemigos o quería
emprender alguna cosa muy importante, se sometía por dos o tres veces a los caprichos repugnantes de
uno de sus domésticos destinado a este objeto, lo mismo que lo hacía César con Nicomedes, según la
relación de Suetonio217.
El domingo 15 de diciembre llegó el sultán de Matjan a las aguas de Tidore. Digo a
las aguas, porque el protocolo no permitía que un rey visitante pusiera el pie en tierras
de otro, de modo que todos los encuentros eran en las piraguas, salvo que se diera
licencia para desembarcar. El protocolo que desplegaba el sultán batjaní no era para
tomárselo a broma: se presentaron él y su hermano —el futuro yerno de Almanzor— en
una embarcación grande con tres órdenes de remeros por cada lado, en número de
ciento veinte. La embarcación estaba adornada con varios pabellones decorados con
plumajes de loro, blancos, amarillos y rojos. Mientras bogaban, marcaban el
movimiento de los remos los timbales y la música. Almanzor otorgó permiso al sultán
de Batjan para bajar a tierra. Allí se selló un pacto de alianza con los españoles. En
presencia del sultán de Tidore y de todo su séquito, manifestó que estaba y estaría
siempre dispuesto a consagrarse al rey de España y que conservaría todo el clavo que
los portugueses habían dejado en la isla hasta la llegada de otra escuadra española.
Las naos recibieron velas nuevas. En ellas se pintó «la cruz de Santiago de Galicia»
con la inscripción: «Esta es la enseña de nuestra buena fortuna».
El 18 de diciembre todo se encontraba listo para la partida de las dos naos. Los
sultanes de Tidore, Gilolo y Batjan, así como el hijo del rey de Ternate habían venido a
despedir a la Trinidad y a la Victoria y a acompañarlas «hasta la isla de Mare»
(posiblemente Maitara). La Victoria largó velas la primera y se hizo mar afuera para
esperar a la Trinidad. Pero al poco advirtieron que la Trinidad no les seguía. La nao
levaba con mucho trabajo y empezaba a escorar . Regresaron para indagar lo que le
218
sucedía a la nao repleta de fardos de clavo y los marineros comprobaron que tenía una
considerable vía de agua en la bodega.
Parte del flete de la Trinidad tuvo que descargarse. Y aunque esa desestiba puso a la
nao de costado, aún persistían alarmantes muestras de infiltraciones de agua: «…el
agua entraba con gran fuerza, como por un tubo, sin que se pudiese descubrir el mal»,
testimonió Pigafetta.
Estuvieron achicando agua con las bombas, sin conseguir resultado alguno.
El sultán Almanzor se presentó a bordo. Ordenó que cinco de los indígenas que
estaban acostumbrados a permanecer más tiempo bajo el agua bucearan para encontrar
la vía. Durante media hora lo intentaron, sin conseguir averiguarlo. Almanzor no cejó y
mandó a buscar a otros tres que al parecer tenían la reputación de ser los mejores. A la
mañana siguiente llegaron los buzos, que se echaron al mar con los cabellos sueltos
porque imaginaban que el agua al entrar por la rotura atraería sus cabellos y les
indicaría el lugar donde se hallaba. Pero después de una hora de buceo tampoco
consiguieron saberlo.
Almanzor, siempre tan enfático, prometió traer doscientos cincuenta carpinteros
para arreglar la nave y propuso que durante ese tiempo la tripulación se quedara en la
isla, donde sus miembros serían tratados como sus propios hijos.
Elcano y Espinosa deliberaron sobre qué decisión tomar. Desde el motín de San
Julián, la relación que existía entre ellos no era la mejor. Elcano había estado claramente
del lado de Quesada y del veedor real, Juan de Cartagena, mientas que Espinosa había
sido quien de hecho había abortado la sublevación. Pero ahora no les quedaba más
remedio que entenderse y tomar una decisión clave.
La Victoria estaba bien, reparada, con velas nuevas, y sin problemas. Creían que
podía atravesar el Índico aprovechando los vientos de levante que empezaban a soplar,
y partir sola hacia España, con hombres y carga, por la vía de los portugueses, es decir,
doblando el cabo de Buena Esperanza. Aunque, eso sí, para asegurarse una mejor
navegación, determinaron dejar en tierra sesenta quintales de clavo, que debieron doler
a los marineros que habían recibido permiso para acumular una carga personal de
especias para su propio disfrute y que ahora veían mermar su parte.
Más complejo resultaba qué hacer con la Trinidad. Decidieron descargarla, repararla
e intentar el tornaviaje a Nueva España, hacia Darién, pues continuaban empeñados en
la creencia magallánica de que el Nuevo Mundo estaba próximo al Catay de Marco Polo
y que ya habían venteado en las Filipinas.
El sultán cumplió, como siempre hizo, y los 250 carpinteros se pusieron a su labor.
El caracolillo, es decir, la «broma» (teredo navalis), el xilófago que atacaba a las maderas
sumergidas y sobre todo en los mares cálidos, había hecho estragos, y el tableado del
casco estaba en peor estado del que se había pensado. El peso de la carga estibada y
almacenada en la bodega había facilitado que el agua entrase a su gusto entre los
tablones. Como atestiguó el propio Elcano «…se descubrió una gravísima vía de agua
en una de las naves, de tal modo que no se podía remediar sin descargarla» . Pero a 219
mediados de diciembre ya habían reparado algunos maderos y sellado las infiltraciones
lo mejor que pudieron.
Trinidad era reparada, Juan Carvalho y 47 hombres de la dotación —entre ellos los
citados Espinosa, Juan Bautista de Punzorol, Ginés de Mafra y Juan Rodríguez Sordo,
que lograron sobrevivir al desastre posterior de la Trinidad— y algunos miembros que
habían pertenecido a la dotación de la Victoria, que se quedaron apaciblemente en
Tidore a la espera de acontecimientos. En el almacén se depositaron especias, armas,
pertrechos, los aparejos sobrantes y las piezas de artillería recuperadas de la Concepción
y la Santiago.
Ese almacén iría creciendo con el tiempo y con la presencia española en Tidore. Yo
creo que el primer baluarte castellano se edificó sobre él o junto a él, y después sufrió
los avatares que lo destruyeron; lo volvieron a edificar y reconstruir sobre sus ruinas,
hasta lo que hoy queda de él. Se llamó fuerte Rum y más tarde San Lucas del Rume, y
estaba próximo al embarcadero, pero de ello habrá que hablar a partir de 1618, año en
que el gobernador español, Lucas Vergara Gabiria, ordenó su construcción . 221
La primera referencia que se recoge del puerto de Rum la hizo el fraile Cristóbal
Salvatierra en 1585 . Salvatierra la menciona así:
222
…la armada de los españoles —describía sesenta y cuatro años después de la llegada de Elcano—
que se encuentra junto a la tierra de Terrenate, entre ella y la isla de Tidore donde con otro yslotillo que
estaba entre medias, haze muy buen puerto y está a la vista de la fortaleza del territorio y las leguas del
Tidore; llamase a este puerto Rum.
La «fortaleza del territorio» a la que alude Salvatierra debía ser ese fuertealmacén
al que he aludido. Es casi la única construcción sólida que se encuentra en Tidore, si
exceptuamos el palacio de los sultanes que se hallaba en Marieku y el fuerte Torre.
De Rum, o San Lucas del Rume, no quedan más que restos. Ya nos referiremos a
esta edificación más adelante. Avancemos, sin embargo, que se trata de una atalaya
situada al norte del embarcadero de Rum que cuelga sobre la ensenada y está situada
muy a propósito para proteger a las korakoras y juncos que se acercasen al embarcadero
para recoger las cargas de clavo y transportarlas a las naves. Está emplazada frente a la
islita de Maitara y a una prudente distancia de Ternate, de la que la separa el canal de
un kilómetro de ancho en el que podría detectarse cualquier aproximación hostil. Las
vistas desde la atalaya protegían el almacén de sorpresas de los portugueses y ternates
y permitía controlar los posibles movimientos de los puertos de la isla rival. Esa misma
opinión la mantiene Marco Ramerini:
El lugar donde los españoles construyeron el fuerte de Rume, estaba ubicado en la parte noroeste de
la isla, frente a la isla de Maitara y dominaba el estrecho canal entre Tidore y Ternate. También estaba
aquí el mejor puerto de la isla de Tidore223.
En síntesis, todos estos indicios permiten suponer que la primitiva construcción de
Rum y su emplazamiento responderían a las necesidades de un fuertefactoría, propio
del primer asentamiento de los hombres de la expedición de Elcano y Espinosa, apto
para la custodia de la recolección de clavo como para la defensa de la preciosa carga y
de los que la custodiaban, y para depositar las piezas de artillería de las naos Concepción
y Santiago.
Elcano logra la primera circunnavegación de la Tierra
El 21 de diciembre zarpó al fin Elcano desde Tidore, atravesando luego el mar de Banda
y esquivando a los portugueses que dominaban la zona con su presencia. Durante esta
larguísima travesía la Victoria habrá de aferrar velas para soportar fuertes vientos del
oeste y noroeste, con grandísimas tormentas, lo que prueba el buen diseño de la nao,
que debía ser nueva y, al parecer, se había construido en Zarauz.
A comienzos de febrero del año 1522, la Victoria entraba en el océano Índico y los
vientos monzones la llevaron hacia la costa de África. El 18 de marzo, cuarenta días
después de partir de Timor, recalaron en una isla llamada hoy Ámsterdam en medio del
océano Índico, pero la geografía de la isla no les permitió desembarcar. Las
enfermedades, el frío y la falta de agua y víveres, empujaron a Elcano a intentar
remediar su suerte acercándose a la costa oriental africana . Subieron hasta 224
Mozambique. La carne se les había podrido por falta de sal y únicamente tenían arroz.
La nao hacía agua, pero siguieron su camino hasta el cabo de Buena Esperanza. Los
vientos de poniente habían desarbolado casi el palo mayor y la verga del trinquete. El 7
de junio cruzaron la línea equinoccial y a finales del mismo mes navegaron por las
proximidades del archipiélago de las Bisagos frente a la costa de la actual Guinea
Bissau .
225
Como escribiría Juan Sebastián Elcano en su informe a Carlos I:
No tocamos en tierra alguna, por temor al rey de Portugal, que tiene ordenado en todos sus
dominios de tomar esta armada a fin de que Vuestra Majestad no tenga noticia de ella 226.
Al aproximarse a Cabo Verde, Elcano decidió enviar a algunos portugueses de su
tripulación para obtener víveres. Para ello deberían decir que pertenecían a una nave
que venía de las Indias. Mandó al contador Martín Méndez con unos cuantos hombres y
esa vez tuvieron suerte. Volvieron a la Victoria con algunas vituallas. Pero había que
hacer varios viajes para ir aprovisionando la nave. En uno de ellos un marinero
portugués se delató a sí mismo y a sus compañeros. Una lancha portuguesa con
tripulación armada tomó presos a los doce que habían bajado a tierra . Elcano tuvo que 227
levar anclas, perseguido por cuatro naos portuguesas que salieron a darle caza, sin que
tuvieran éxito.
El 4 de agosto llegaron a vista de las Azores y dieron un rodeo para evitar de nuevo
a los portugueses y tomar los vientos favorables. El 4 de septiembre avistaron el cabo de
San Vicente y el 6 fondeaban, por fin, en Sanlúcar de Barrameda, casi tres años después
—faltaban 14 días— de su salida en 1519. Desde Sanlúcar subieron a Sevilla.
Confusos, musitaron a los oficiales del rey que les recibían cosas ininteligibles sobre
una vuelta al mundo que acaban de rematar . El rey, sin embargo, sabía de lo que
228
Los portugueses habían detenido en Cabo Verde a 13 expedicionarios más. Elcano
suplicó a Carlos I que gestionase su libertad, lo que se conseguiría poco después. De
esos prisioneros 10 eran españoles, el escribano, el despensero, dos artilleros, dos
sobresalientes, tres marineros y un grumete; uno era francés, el carpintero normando;
un marinero de Rodas y un indígena, Manuel.
Elcano rindió su informe al rey en el que subrayaba el cumplimiento del objetivo
de la misión, que era «descubrir la especiaría con el capitán Fernando de Magallanes», y
que alcanzaron las Molucas «al cabo de ocho meses de haber sucedido la muerte del
dicho capitán (Magallanes)». Ahora se presentaban ante el rey «dieciocho hombres
solamente, con una de las cinco naves que vuestra majestad envió a descubrir la
Especiería».
Recibidos en triunfo los navegantes por Carlos I, el emperador otorgó al capitán de
Guetaria la nobleza de armas con el escudo en cuya moto se lee Primus circumdedisti me
o «Fuiste el primero que me rodeó». El primero que lo hizo. Luego vendrían los demás.
La Victoria, de ochenta y cinco toneladas, o como se decía en la época de «85 toneles
de porte», era la segunda nave más pequeña de la expedición que zarpó con
MagallanesElcano. Sin embargo, su maltrecha y reparada bodega transportaba 381
sacos y barriletes de clavo y algo de alcanfor y canela junto con algunas perlas. El peso
neto de la carga de clavo se calculó en 524 quintales, una arroba y siete libras, lo que
venía a suponer una estiba de alrededor de 24 000 kilos . Al percibir que el clavo
230
pesaba menos que lo que figuraba en los libros de Tidore, Elcano respondió que lo que
cargaron fue clavo nuevo del árbol , que con el tiempo que transcurrió en la travesía de
231
la Victoria se «enjugó que no enmohecido y que ha venido seco y bien tratado y que si
alguna merma había en el peso» era por este motivo, ya que «la humedad de la mar no
humedece el clavo porque es caluroso y el clavo caliente».
El kilo de clavo se calculaba a un ducado, por lo que la carga de la Victoria debería
haberse vendido en 24 000 ducados de oro, lo que suponía casi 84 kilos de oro (9 000 000
de maravedíes).
Mientras se efectuaban los parabienes en el muelle de Sevilla, una de las partes
interesadas llevó a cabo un desglose sobre los gastos de la Victoria, algo que descubrió
trescientos años después Martín Fernández Navarrete . Los gastos de la empresa
232
La venta de 381 fardos de clavo en el mercado tuvo un beneficio neto modesto. Ya
hemos visto que supusieron 9 000 000 de maravedíes, y si deducimos los costes
mencionados arriba, el saldo que arroja es de 665 665 maravedíes de ganancia neta.
Muchos de los inversores, y sobre todo Haro, alzaron su voz para protestar por la
cortedad del beneficio. La decepción de los que habían aportado capital —al margen de
Haro— fue aún mayor porque los beneficios ni siquiera se habían materializado. Se
esperaba «quatrodoblar», como se decía en la época , lo que hubiese supuesto casi 89
233
000 ducados de oro, y no el precio bruto del valor del clavo de Elcano, que no pasaba de
24 000 ducados una vez deducidos los cuantiosos gastos, concretamente 22 224
ducados, con lo que quedaron netos 1176 ducados de oro de beneficio a repartir.
Turner lo ve desde el punto de vista práctico: «Un pequeño cargamento de clavo
financió la primera circunnavegación del globo terrestre »; pero el banquero burgalés
234
tenía otra opinión.
Al regreso de la Victoria el emperador Carlos I ordenó a través de una cédula que
dictó en Valladolid, que se entregase a Cristóbal de Haro —que había comprometido
5013 ducados de oro, la mayor parte en mercaderías — todo el clavo que la nave
235
transportaba. Haro envió un apoderado para recoger el cargamento que luego vendió a
Enrique Ehinger, agente de los Belzares, y obtuvo importantes réditos. Por lo tanto,
quien terminó sufriendo las mayores pérdidas fue la Corona, que había aportado 17 453
ducados de oro en la empresa.
El embajador portugués, Álvaro da Costa, se diría que intuyó o supo que el negocio
había sido de «poca importancia», ya que cuando nuevamente se quejó al emperador
Carlos I por la expedición de Magallanes, lamentó que «un negocio tan incierto y de tan
poca importancia» hubiese tensado las relaciones entre los dos monarcas. Sí, era cierto,
pero como señaló Elcano al rey Carlos I en su informe de 6 de septiembre de 1522 en
Sanlúcar:
…aquello que más debemos estimar y temer es que hemos descubierto y dado la vuelta a toda la
redondez del mundo y que yendo para el occidente hayamos regresado por el oriente.
Esa fue la gloria de Juan Sebastián Elcano y de la expedición financiada por la
Corona.
La frustración de los portugueses ante la epopeya de Elcano, que circunnavegó la
Tierra por vez primera en la historia, no tuvo límites. Y es que, al parecer, importaba
más la gloria que el oro. Ambos países, sin desdeñar el oro, otorgaban mayor valor a la
gloria de la travesía. El disgusto portugués fue evidente y la irritación del monarca fue
aún mayor por no haber podido impedir la expedición ni a su salida, en 1519, con las
maquinaciones de los cónsules y agentes portugueses en Sevilla, ni a su llegada, en
1522, cuando se enviaron galeones desde Cabo Verde para dar caza a la Victoria que ya
ponía proa a Sanlúcar bajo el mando de Juan Sebastián Elcano.
No obstante, los portugueses poco podían culpar a Magallanes de protagonizar la
vuelta alrededor del mundo, porque, recordemos que, cuando Elcano llegó a Sanlúcar
de donde había salido hacía tres años, y completó la vuelta al mundo por primera vez
en la historia de la humanidad, hacía exactamente un año, cuatro meses y seis días que
Magallanes había muerto.
La contrariedad, no obstante, se dilató en el tiempo, e incluso parece que aún se
atisban versiones disconformes en publicaciones y homenajes en el país vecino, con
ocasión del Quinto Centenario de la gesta.
El viaje supuso un gran coste en vidas, en pérdidas de naves, en aprestos y en
sueldos para tan poco beneficio. Las especias no lo compensaron, la gloria sí. Demos a
Magallanes la suya, porque el descubrimiento del estrecho que lleva su nombre fue una
gesta inigualable, y a Elcano y a la Corona de España la que les corresponde por la
llegada a las Molucas desde el oeste y por la primera circunnavegación de la Tierra.
La Trinidad en Tidore
¿Qué había sucedido entretanto con la Trinidad después de su rehabilitación en Tidore?
La nao, una vez reparada del estropicio ocasionado por el caracolillo y vuelta a
cargar con sus fardos de clavo, 800 quintales concretamente, se hizo a la mar el día 6 de
abril de 1522. Un total de 53 europeos, a quienes se había sumado el portugués Lorosa y
su familia, emprendieron viaje para tratar de regresar a las Indias por el Pacífico central.
Gómez de Espinosa mandaba la nave que había sido cuidadosamente revisada,
carenada y aderezada en casco y aparejo. El esmero de aquel trabajo venía exigido no
solo por el quebranto que la pobre nao había sufrido, sino por el hecho de que estaba a
punto de afrontar una travesía por latitudes y con tiempos imprevisibles que se
calculaba en dos mil leguas . 236
El día 20 de abril lograron llegar a las islas Marianas. El 3 de mayo vieron dos islas
pequeñas, que podían estar a 5 grados poco más o menos, a las que les pusieron el
nombre de San Antonio. Tomando bordos de una y otra banda por tener vientos
contrarios, remontaron al norte hasta 42 grados. Carecían ya de pan, vino, carne y
aceite. Se mantenían a base de agua y arroz y tenían que soportar un frío lacerante.
Comenzó la gente a morir. No tenían con qué cubrirse y, viendo cómo se deterioraba la
situación, determinaron regresar a las Molucas cuando casi habían alcanzado la isla
japonesa de Hukkaido . 237
El capitán Antonio de Brito y los supervivientes españoles
Mientras esto ocurría, los españoles que habían permanecido en Tidore, realmente una
decena, liderados por el escribano Juan de Campos, trataban de asentarse
paulatinamente en la isla y preparar las bases para iniciar ordenadamente el comercio
con las especias.
A la muerte de Francisco Serrao, el virrey portugués firmó el nombramiento de
Antonio de Brito como capitán del fuerte en Ternate. Sería él quien realmente iba a
asegurar la presencia portuguesa en el baluarte, completando su edificación. Para ello
iba a traer de Goa piedra de construcción y armas para la defensa.
Los españoles que habían quedado en guarnición en Tidore tendrán que vérselas
ahora con una nueva amenaza. En mayo de ese año de 1522, al día siguiente de que la
Trinidad zarpase con Gómez de Espinosa buscando el retorno a Nueva España, el
capitán Antonio de Brito iba a llegar a Ternate. A De Brito le vamos a ver jugar un
aciago papel con los españoles asentados en las Molucas a partir de ahora.
Las órdenes que traía eran muy concretas: construir definitivamente la fortaleza
que había diseñado Serrao en Ternate; establecer una robusta presencia comercial y
militar portuguesa en las Molucas y expulsar a los españoles que amenazaban la
soberanía de Portugal y el comercio de sus especias. La irritada corte portuguesa estaba
decidida a asentar su presencia en el archipiélago.
Antonio de Brito partió desde Goa con siete naves y cerca de 600 hombres. Se
reforzó en Banda con más efectivos e hizo mayor acopio de armamento y munición;
embarcó cañones de bronce, pólvora, mosquetes, equipamiento y materiales para la
edificación del fuerte, piedra de construcción, artesanos, marineros y soldados. A su
llegada fue recibido por una numerosa escolta de korakoras de Ternate. El príncipe
Tarrawese le dio la bienvenida, impresionado por el despliegue del que hacía gala el
nuevo gobernador y capitán de la fortaleza de Ternate.
Antonio de Brito era demasiado joven, demasiado inexperto y demasiado
impulsivo para aliviar tensiones, como las que existían entre los indígenas y los
portugueses, y las suyas propias con los castellanos. No tenía nada que ver con el papel
diplomático que había bordado Francisco Serrao, y además tenía órdenes concretas de
actuar sin contemplaciones. Con el fin de afirmar su autoridad, y al poco tiempo de
haber llegado a la isla, llevó a cabo dos gestos audaces: envió una expedición de castigo
a Batjan para someter a los campesinos que habían hostigado a los comerciantes
portugueses y remitió un ultimátum a los españoles que se encontraban en Tidore para
que abandonasen la isla.
Hubo resistencia. Las korakoras de uno y otro lado se enfrentaban en las aguas que
ceñían las dos islas, con suerte alternativa.
Mientras las escaramuzas tenían lugar y los españoles resistían con el apoyo de los
tidores, el capitán portugués Abreu se sorprendió una mañana con una aparición casi
espectral. La Trinidad de Gómez de Espinosa entraba como un buque fantasma por el
canal que separaba las islas de Tidore y Ternate, sin que los portugueses se atrevieran a
abordarla por el hedor que despedían nao y supervivientes. La remolcaron hacia
Ternate para examinarla. La nao estaba medio destrozada por travesías y huracanes.
Poco después, desembarcados los tripulantes —de los 53 que zarparon muchos habían
fallecido—, fueron hechos prisioneros por orden del capitán De Brito.
Entre ellos se encontraba Lorosa, que fue juzgado como traidor y decapitado.
Antonio de Brito ordenó confiscar todas las cartas, astrolabios, cuadrantes y libros de
navegación con las anotaciones y referencias a las islas descubiertas, así como lo que
quedaba de pertrechos y armas. La nao fue desguazada por completo y parte de sus
maderos se utilizaron en la construcción del fuerte Sao Joao Batista en Gammalamma
(futuro fuerte de Nuestra Señora del Rosario), a cuya tarea se consagraba De Brito con
pasión, y tomó la decisión de que era el momento de repatriar a los supervivientes de la
Trinidad y terminar con el reducto español en las islas. Informaba al rey de Portugal:
Púsose por escrito la hacienda del rey de Castilla y se tomaron las cartas y los astrolabios. Se empezó
a descargar la nao, que era vieja y que hacía mucha agua. La madera sirvió para la fortaleza y sus
aparejos para otros navíos238.
Resuelto a terminar con la situación, atacó el emplazamiento español en Tidore y
tomó prisioneros a los que se habían quedado guardando el almacén —el futuro fuerte
Rum—, que arrasó. De acuerdo con el informe enviado por De Brito después de su
ataque y asalto al almacén de los españoles en Rum, la «hacienda que restaba en Tidore
a los castellanos era 1125 quintales y 32 libras de cobre, 2000 libras de azogue, dos
quintales de hierro y tres lombardas de cepo de hierro, uno es pasamuro y dos
roqueiras, é 14 versos de hierro sin ninguna cámara».
Incautaron también «tres anclas de hierro, otra grande y otra quebrada, 9 ballestas,
12 espingardas, 32 petos, 11 servilheiras, 3 cascos, 4 anclas, 53 barras de hierro» y la
artillería incautada no terminaba con la referencia a las lombardas y versos
mencionados, puesto que incluían también en el inventario «6 versos de hierro, 2
falconetes de hierro, 2 bombardas gruesas de hierro con cuatro cámaras y 1275 quintales
de clavo» .239
Todo ello fue aprovechado por De Brito, que informaba:
Del cobre que tomé a los castellanos hice moneda para pagar gente (…) espero de acabar bien pronto
esta fortaleza (…) Escribo a Chainho para que me mande estaño para hacer monedas porque creo la
tomará esta gente mejor que la de cobre y con ella podrá comprarse clavo.
Las 2 bombardas gruesas, las 3 lombardas de cepo y los 2 falconetes, podrían pasar
a engrosar la artillería del Gammalamma, mientras que las piezas ligeras servirían para
artillar su flota de fustas, colocando los 6 versos, ya que los otros 14 que no tenían
cámara podrían apañarse, pero necesitarían arreglo.
Todos los prisioneros fueron llevados a Banda, donde muchos murieron. Unos
cuantos fueron recluidos en Cochin y posteriormente trasladados a Lisboa en 1526,
cuatro años después —entre ellos Gómez de Espinosa, el piloto Leone Pancaldo, el
artillero noruego Hans Vargue, Ginés de Mafra y Tomás Rodríguez—, desde donde
regresaron a España gracias a las gestiones del emperador Carlos I.
Quedaban así los portugueses dueños del archipiélago.
Una vez que liquidó la presencia castellana en Tidore, Antonio de Brito decidió
cumplir los otros objetivos asignados a su misión, que pasaban por institucionalizar la
presencia portuguesa en las islas a través de un creciente comercio y de la
administración del archipiélago, que él representaba como gobernador y comandante
de la fortaleza portuguesa de Ternate, cuya terminación figuraba como objetivo
prioritario en las órdenes que había recibido en Goa.
El emplazamiento elegido por Serrao, en la costa sureste de la isla de Ternate, se
encontraba cerca del palacio real del sultán, y al borde de la ciudad y de la ciudad vieja
de Gammalamma. Por las escasas noticias que tenemos de esa primitiva construcción, el
fuerte se rodeó de una empalizada de adobe con estructuras de caña y paja. Convertir
esa endeble obra en una edificación sólida, de piedra, no fue labor de meses, como
originalmente se pretendía, sino de décadas, en el transcurso de las cuales los sucesivos
capitanes portugueses, españoles y holandeses la fueron mejorando, pues el fuerte pasó
frecuentemente de unas manos a otras.
Cuando la primera piedra fue colocada, el 24 de junio de 1522, uno de los
capellanes portugueses bautizó la estructura como fuerte Sao Joao Batista en honor del
santo del día, si bien el fuerte o castillo sería llamado por los nativos Gammalamma o
Gamlamo y más tarde fue conocido por los españoles como fuerte de Nuestra Señora
del Rosario o Ciudad del Rosario. La zona donde está hoy aún se llama Kastela, de
indudable origen etimológico. Era la ciudad vieja de Ternate.
La pared exterior de la fortaleza encerraba un espacio de 26 o 27 brazas cuadradas
portuguesas y era un edificio de dos plantas . Ese día «dijeron solemne misa, celebrada
240
original tenía dos torres cuadradas, muros de treinta brazas laterales, un muro que
corría a lo largo de la fachada de la playa y una torre del homenaje central.
El capitán y sus maestros de obra marcaron los contornos con un vallado exterior
«con bastiones en forma de flor de lis y dos torres de pisos en los costados, con espacio
en el interior para almacenes, cuartel, residencia y diversas instalaciones útiles para el
comercio y la defensa» . 242
De Brito tomó la edificación como su propia obra maestra y a diario acudía para
verificar los progresos de la construcción que, para su frustración, progresaban con
perezosa lentitud. Se terminó en 1523, aunque el gobernador Antonio Galvao finalizó y
remató las defensas en 1536.
Hanna y Des Alwi señalan, a su vez, que el fuerte estaba protegido por un gran
cañón de bronce sobre muros de piedra y en su guarnición contaba al menos con 100
hombres bien armados.
L A REALIDAD DEL COMERCIO AMERICANO diferenció pronto las armadas que debían
ser enviadas a las Indias, en empresas de descubierta o de conquista, de aquellas
otras destinadas al mundo de las especias.
Para dirigir y controlar las primeras se creó la Casa de la Contratación de Sevilla en
donde, aparte de algunas armadas equipadas por la Corona, los particulares tenían un
papel protagonista en su sostenimiento y financiación.
Sin embargo, animados por el éxito del viaje de Elcano, se pensó que el comercio y
el tráfico de las especias debían tener un tratamiento distinto al de la Casa de Sevilla,
que llevaba camino de irse convirtiendo en la urbe financiera y comercial, básica y
capital en las operaciones importantes de importación y exportación a las Indias.
Castilla, vinculada desde la Edad Media al norte de Europa a través de los mercados de
Burgos, las dos Medinas y Valladolid, había ido perdiendo fuelle ante el empuje
sevillano. El proyecto de una Casa de la Contratación en La Coruña, que tratase y
controlase el negocio de la Especiería, significaba tanto la oportunidad de abrir y
organizar nuevas rutas y operaciones comerciales como la de la parcelar el monopolio
de Sevilla.
Pero, aunque la idea iba madurando, faltaba aún convencer al joven monarca y
quebrantar la resistencia del influyente grupo de poder de Sevilla asociado a la Casa de
la Contratación, que no veía con buenos ojos las iniciativas del establecimiento de otra
entidad de contratación que no fuera la andaluza. Peor aún, los rumores daban por
cierto que esa otra institución de la que se hablaba podría dirigir, controlar y
administrar nada menos que el suculento negocio del comercio de especias.
Si realmente La Coruña quería optar a albergar una Casa de la Contratación propia
que se encargase del tráfico de la Especiería, debía luchar contra dos competidoras de
peso para tener serias posibilidades de que su candidatura fuese elegida: una, la ciudad
de Sevilla. La otra, la que se había configurado como la capital europea de las especias:
Lisboa.
La Casa de la Contratación en Sevilla
La ciudad andaluza había tomado vuelo desde 1503, al establecer su Casa de la
Contratación, que era, hay que recordarlo, el primer organismo administrativo creado
para el Nuevo Mundo. De hecho, la Casa fue un auténtico hallazgo burocrático. La
extensión territorial del Imperio —la Monarquía Hispánica, como se llamaba entonces—
precisaba de una entidad dirigente que regulase y contratase el comercio y ordenase el
tráfico marítimo con las Indias. El nacimiento de ese establecimiento mercantil y
comercial se justificaba también por la necesidad de acabar con los viajes de exploración
y rescate de los particulares que iban en detrimento del control de la Corona en la
negociación indiana. El comercio necesitaba un cierto orden y unas garantías que
pusieran coto a los abusos y al desorden que comenzaban a imperar a manos de los
particulares, encomenderos, contrabandistas, soldados de fortuna y aventureros.
Las ventajas de Sevilla para albergar un centro de ese calado, habían sido varias, ya
que reunía una serie de cualidades que la hacían el lugar idóneo donde gravitasen todas
las actividades de gestión relativas al comercio y a la navegación con las Indias. Esas
cualidades seguían intactas en el momento en que se discutía la oportunidad de
organizar el tráfico comercial de las especias.
En primer lugar, disfrutaba de un buen puerto, excelente en capacidad y seguro
para protegerse de ataques exteriores. El puerto estaba, además, situado en la derrota
más corta para las Indias y eventualmente para las Molucas. Sevilla mantenía
igualmente una comunicación fácil con las zonas agrícolas circundantes, que permitían
el rápido aprovisionamiento de los navíos de armada, sobre todo en tres productos
básicos: trigo, aceite y vino . 243
Merece la pena, de modo breve, entrar a analizar los cometidos de la Casa de la
Contratación, con cierto detalle, pues no me resigno a omitir el hecho de que el
minucioso control y la eficaz organización de la Casa, fueron los ingredientes básicos
que lograron el comercio exitoso, ordenado y fructífero entre la Península, América y
Filipinas desde 1503 hasta su extinción en 1790.
La institución estaba regida por tres cargos: el factor, el tesorero y el escribano.
Todos ellos eran personas influyentes en aquella Sevilla de principios del siglo XVI. A
ellos les correspondía una amplia gama de cometidos de la mayor responsabilidad.
Entre sus funciones destacaban la compra y embarque de mercancías; el equipamiento y
abastecimiento de los buques y el acopio de todo tipo de aprestos navales, armas, piezas
de artillería y municiones, ya que no pertenecían a la nave, sino que se incorporaban a
ella como parte del aparejo. La Casa comprobaba y registraba nombre y datos de cada
marinero, oficial o pasajero, cada pieza de artillería y cada bulto de municiones,
mercancías o víveres . También tenían encomendada la gestión del oro, la plata, las
244
La institución ejercía asimismo misiones de protección y custodia. Para la caza y
destrucción de los corsarios, enviaba escoltas a los mercantes que irresponsablemente
navegaban aislados, una práctica vulnerable que fue corregida después por Menéndez
de Avilés cuando propuso el método de navegación en convoyes de la Carrera de
Indias. Valgan algunos ejemplos para ilustrarlo:
Doña Urbana: Mejor será que lleguemos
hasta la Torre del Oro,
y todo ese gran tesoro
que va a las Indias veremos.
Doña Laura: Como cubierto se embarca,
no mueve mis pasos tardos.
¿De qué sirve el ver en fardos
tanta cifra y tanta marca? . 245
Las órdenes del rey reflejaban, en ocasiones, la frustración de su Consejo ante el
continuo contrabando de tesoros que se antojaba prácticamente imparable, a pesar de
las estrictas inspecciones a las que se sometía a las flotas que llegaban. La única
esperanza de incrementar los ingresos de la Corona procedentes de las Indias consistía
en una extraordinaria diligencia por parte de los comandantes de la flota y maestres de
la plata. Lo cual no siempre era el caso . 246
En el comercio con las Indias, la Corona se reservaba el monopolio de los productos
caros: la sal, el tabaco, el papel sellado, el azogue, la pólvora y los naipes, mientras que
las demás mercaderías quedaban a disposición del particular.
Esta política que consagraba el monopolio, fue denunciada áspera y reiteradamente
por Inglaterra , Holanda y Francia y frente a la cual se airearon todo tipo de críticas
247
afiladas contra la intransigencia de la Corona de España, especialmente en Londres y
Ámsterdam. Fueron precisamente esas prácticas del monopolio y de exclusión del
comercio a los extranjeros, las que aplicarían la Corona británica y la corte holandesa
pocos años después, cuando estuvieron en condiciones de tener un imperio colonial
propio, productor de bienes y servicios. La práctica monopolística de británicos y
holandeses fue, en sus rasgos básicos, exactamente igual a la española, o más dura,
como reflejan casos de los Países Bajos en las Molucas talando los árboles claveros de las
plantaciones que no pertenecían a la VOC o castigando con pena de muerte al infractor
del monopolio.
Por su parte, la dirección mercantilista en el comercio de Gran Bretaña, prohibía a
los extranjeros comerciar en el interior de Inglaterra, penalizaba las importaciones,
subvencionaba las exportaciones y obligaba a las colonias a producir solo materias
primas y a comerciar únicamente con Inglaterra. No era, pues, una receta muy distinta a
la española, que habían criticado sin tasa. En sus colonias, ninguna compañía que no
fuese británica podía comprar ni hojas de té. Y ello permaneció así hasta la expansión de
las doctrinas del libre comercio (The Wealth of Nations) de Adam Smith, con cuya
aplicación trataba de minimizar el papel de las sociedades comerciales oligárquicas y
monopolísticas. ¡Pero eso no llegó hasta 1776, a punto de comenzar el siglo XIX!
Francia hizo lo mismo con sus colonias africanas.
en Sevilla como hoy día lo hacen todas las compañías consignatarias de navegación
modernas. Era una máquina bien engrasada, un modelo de organización burocrática
adelantada a su tiempo, que fue muy a la vanguardia de las compañías mercantiles
establecidas en otros países europeos y que solo a partir de 1599 —ese fue el caso de la
Compañía Británica de las Indias Orientales— se inspiraron en el modelo, aunque no
tuvieran idénticas características o misiones.
Las competencias náuticas de la Casa reflejaban también un espíritu científico y
avanzado. Pilotos y cosmógrafos, como Juan de la Cosa, Vicente Yáñez Pinzón o
Américo Vespucio, figuraron en las nóminas de la Casa de la Contratación. Este último,
desde 1508 recibió el nombramiento de piloto mayor, que fue el primer empleo
científico creado por la administración de Indias. El piloto mayor examinaba a los
pilotos de la Carrera de Indias y dibujaba, comprobaba y, en su caso corregía, las «cartas
de marear». Sucedieron a Américo Vespucio, nombres de peso como Juan Díaz Solís,
Sebastián Caboto o Rodrigo Zameno.
En 1512 se decretó la obligación de que el piloto mayor confeccionase un Padrón
Real, es decir, una especie de catálogo o manual de referencia que contuviera la
mención y descripción de todas las tierras descubiertas, del cual se obtendrían en
adelante todas las cartas de marear. De ese modo, con la información actualizada de
todos los descubrimientos contenida en el Padrón Real, se dibujaba la cartografía. El
padrón se iba completando y mejorando con los testimonios de los pilotos
expedicionarios, que tenían la obligación de informar, al regreso de sus viajes y
travesías, de cuantos nuevos datos hubieran descubierto; las reseñas y referencias eran
incorporadas por el piloto mayor y los cosmógrafos. Juan de la Cosa lo había iniciado en
1500 y la Casa perfeccionó y continuó su trabajo.
Dentro del espíritu científico que se impulsaba desde la Casa, no quiero dejar de
señalar un interesante capítulo relativo al desarrollo de las técnicas submarinas para la
recuperación de los galeones hundidos o de los objetos de valor que se encontraban en
ellos o para el desarrollo de la pesca de perlas. Las técnicas de recuperación submarina
249
de los galeones hundidos o la necesidad de proceder a reparaciones en alta mar bajo la
línea de flotación —señala quien fue jefa de investigación del Museo Naval de Madrid,
María Dolores Higueras— hicieron cada vez más necesaria la presencia de un buzo a
bordo de los buques, o «buzano» como se le llamó entonces. En las láminas en tinta
sepia que adornan el manuscrito Pesca de perlas y busca de galeones pueden verse algunos
ejemplos con sus correspondientes explicaciones:
Cosido en la baqueta en la parte que le cae enfrente de los ojos unos anteojos de Cristal con los cuales
ve todo lo que hay debajo del agua (…) y para coger aliento tiene en la misma baqueta, en la parte que
cae enfrente de la boca, una manga fecha de baqueta muy cosida.
Podían descender, según el manuscrito, hasta 25 brazas, es decir, casi 42 metros de
profundidad, aunque no creo que llegasen a trabajar nunca a esas profundidades. El
invento debió funcionar a honduras menores porque en el propio manuscrito se señala
por Pedro de Ledesma:
Esta invención la hice yo, el año 1623, en los dos cayos de Matacumbe para buscar los planes de los
dos galeones con la plata, la Margarita y el galeón de don Pedro Pasquier, hallé el uno en 3 braças250.
Más tarde, en la narración que del rescate hace Navarrete se refiere lo siguiente
251
respecto al galeón Santa Margarita hundido en 1622:
El capitán Gaspar de Vargas (…) se quedó a sacar la artillería y plata (…) Acerca de la plata de la
almiranta, el dicho capitán Gaspar de Vargas da buenas esperanzas de que sacará, porque estuvo en ella
cinco o seis días y sacó dos piezas de artillería de encima del alcázar…
Lámina de Busca de perlas y busca de galeones, publicado por Pedro de Ledesma en 1623. Sección de Manuscritos
del Archivo. Museo Naval de Madrid.
A la muerte de Isabel la Católica, su viudo, el rey Fernando de Aragón, autorizó a
los aragoneses a atravesar el océano e instalarse en las Indias con carácter público o
privado. Durante el reinado de Felipe II, se flexibilizó más la licencia ampliándose a
todo comerciante que quisiese dedicarse al tráfico con las Indias. La única condición que
se le exigía era ser español o extranjero católico, llevar residiendo en España un mínimo
de diez años y haber obtenido para este fin «carta de naturaleza» . No existían más 252
limitaciones con el pasaje. La cuestión huidiza de la trata de negros raramente estaba en
manos de los españoles que no tenían posesiones en África subsahariana. Fueron
principalmente los portugueses, expertos en este tipo de comercio, con territorios y
factorías en África, los asentistas de la renta de esclavos y a ellos se sumaron más tarde
los holandeses, genoveses e ingleses . 253
Lisboa, capital de las especias
Con una entidad como la Casa de la Contratación en Sevilla, el Concejo de La Coruña
necesitaría razones muy poderosas que pudieran justificar que una Casa de la
Especiería en su ciudad pudiera ser un fiel reflejo de la de Sevilla y, sobre todo, que
pudiera dominar, gestionar y controlar el complejo mundo del comercio de las especias.
Pero no solo era Sevilla. La ciudad andaluza mostraba su escepticismo a la hora de
pensar que La Coruña pudiera replicar el modelo que se había instaurado con la eficaz
y modélica Casa de la Contratación y aceptaba el reto, pero además estaba Lisboa. Esta
era una dificultad mayor. Contra Lisboa no se competía por duplicar el establecimiento
comercial de una entidad administrativa, aunque fuera de élite que, a fin de cuentas, era
un debate distinto sobre formas burocráticas. Lisboa, a poca distancia la ciudad gallega,
arrojaba dudas sobre la capacidad de La Coruña para batirla en el terreno comercial,
cuando en ese momento la ciudad lusa estaba destacando como la metrópoli de las
especias en Europa.
Portugal se había adelantado a Castilla en su llegada a la Especiería. Cierto era que
no se había establecido formalmente allí, tal y como exigían los complicados cánones de
las conquistas y que había muy serias dudas de si podía hacerlo. Nadie sabía a ciencia
cierta si el archipiélago de las especias se situaba o no dentro de los límites de la
demarcación española. La bula papal y el arreglo de Tordesillas eran textos plagados de
ambigüedades y frases analgésicas para no herir las susceptibilidades cartográficas de
ambos países. Los dos se atribuían el Maluco. Sin embargo, la sospecha generalizada,
tanto en Sevilla como en Lisboa, era que el trazo de Tordesillas incluía a las islas en la
jurisdicción del rey Fernando y de su hija la reina Juana. En cualquier caso, y todo ello
al margen de los debates teológicogeográficos, lo cierto es que los portugueses llevaban
comerciando con el clavo, la nuez moscada y la canela desde 1513, fecha en la que
Alfonso de Alburquerque alcanzó Malaca y desde allí promovió el comercio con la
Especiería a través de asentamientos provisionales como el de Serrao en Ternate.
Cuando las especias asiáticas habían comenzado a llegar al Mediterráneo, antes de
1500, el tráfico lo monopolizaban un puñado de mercaderes venecianos. Como afirma
magistralmente Turner, «aunque las especias se habían convertido ya en un sabor
compartido por todas las elites europeas, el suministro seguía estando en manos
italianas» . El éxito de Vasco da Gama, sin embargo, les abrió un futuro aterrador.
254
Los cargamentos comenzaron a llegar a Lisboa y los comerciantes lusitanos, que
eran plenamente conscientes de las dificultades de acceso de las especias perfumadas a
Venecia y Génova, empezaron a marcar unos precios algo más baratos que los de la
Señoría de Venecia. En Europa los más asombrados fueron los italianos, que eran
quienes más tenían que perder. Lisboa les dejó pasmados. En esas fechas llegaron a
Flandes dos barcos portugueses cargados de especias y enseguida comenzaron a
venderlas más baratas que los italianos, que durante tanto tiempo habían jugado con los
precios a su antojo e interés. Podían hacerlo porque sus costes eran infinitamente
menores al romper el cerco de los intermediarios que encarecían el intercambio con
Asia. Aun así, con precios más discretos que los italianos, las ganancias por las ventas
de los codiciados fardos generaban un torrente de ducados de oro que suscitaba las
envidias de todas las cortes europeas. El Atlántico estaba sustituyendo al Mediterráneo.
Lisboa se convirtió de este modo —eso nadie lo dudaba en los primeros compases
del siglo XVI— en la capital de las especias. Rebosaba riqueza. Controlaba ya la costa
malabar, auténtico imperio de la pimienta negra, y Alfonso de Alburquerque dominaba
militarmente las rutas comerciales desde la península arábiga hasta las Molucas. A
partir de entonces los comerciantes de todas las naciones tuvieron que pedir permiso
para navegar por aguas que habían recorrido libremente desde hacía siglos . Eran
255
tiempos, escribe Paternain , en los que el lusitano se abría camino con orgullo en sus
256
rutas coloniales. Bien es verdad que esta situación de perfecto monopolio para los
monarcas lusitanos duró hasta 1550 aproximadamente. En esas fechas se producirá la
«revancha mediterránea» , como la denomina Patricio Hidalgo, en el sentido de que la
257
antigua ruta de las especias se reanimó, recuperando una buena parte del tráfico de la
pimienta y, aunque, ello no quebró los intereses de Lisboa, sí que resurgieron,
coexistiendo con la vía atlántica, las viejas rutas de las especias. Con todo y con eso, los
lusitanos gozaron de cerca de cuarenta años de monopolio preferente.
Cuando se pensó en la Casa de la Contratación de La Coruña, Portugal llevaba diez
años de ventaja. Visto todo ello desde La Coruña, desbancar a Lisboa, o simplemente
competir con ella, era un reto laboriosísimo. Lisboa, por flotas experimentadas,
despliegue geográfico, mercados trabajados y situación próxima a los centros de
consumo europeos, exhibía distancias casi imposibles de colmar.
La Casa de la Contratación de La Coruña
A pesar de estos inconvenientes, algunas personas tuvieron fe en la idea de La Coruña.
Fernando de Andrade, miembro del Concejo de la ciudad, fue una de esas personas,
pero sobre todo destacó la naturalidad y el temple fogoso del banquero burgalés
Cristóbal de Haro, personaje atento a los detalles, cuya intervención ya había sido
determinante en la expedición de MagallanesElcano y que elaboró un memorial en el
que explicaba su apoyo a la creación de una empresa de este porte y su preparación
para ejecutarla. La biografía de Haro ya era de por sí indicativa de su capacidad de
iniciativa y actividad. Cristóbal de Haro, banquero con casa en Amberes desde 1508;
promotor desde Portugal de expediciones a la búsqueda de la Mar del Sur; asociado a
través de sus contactos con la Corona de Portugal y financiero significativo en las ferias
de Burgos y Medina del Campo, fue definitivo en la redacción del memorial al rey, en el
que resaltó las ventajas del establecimiento de una Casa de la Contratación en la ciudad
de La Coruña para el comercio de las especias.
Pero frente a Sevilla y Lisboa, ¿qué podía ofrecer La Coruña para que su proyecto
fuese tenido en consideración?
En el memorial entregado al rey se argumentaron algunas de las ventajas. Otras se
258
añadirían más tarde.
En rigor, nadie podía negar que el puerto de La Coruña fuese un magnífico abrigo,
seguro, protegido y, a diferencia del de Sevilla cuyo acceso era complicado, un
espléndido puerto abierto al mar y no un puerto interior. La navegación por el
Guadalquivir, además, imponía ciertas limitaciones que se reflejaban en la construcción
naval. Entre ellas, se exigía dictatorialmente a las naos un porte y un tonelaje menor, ya
que así lo obligaba el paso de la barra de Sanlúcar. De vez en cuando, se argumentaba
además desde La Coruña, que el grave inconveniente de los moluscos —la «broma»—
que se aferraban al casco de los barcos y lo agujereaban, no existía prácticamente en
aguas gallegas a diferencia de la ribera de Sevilla, fondeadero de agua dulce, donde en
la época de los grandes calores se criaba «mucho gusano que hace mucho daño en las
259
naos, y antes de que se despachen salen comidas».
En tiempos del rey Fernando el Católico, en 1511, había emergido la idea de otras
opciones para edificar la Casa de la Contratación de la Especiería, alternando nombres
como Laredo o San Vicente de la Barquera. Esa tentación parecía haber pasado, pero,
para anclar su candidatura, y diferenciarse de otros puertos del Cantábrico, La Coruña
iba a echar el resto desde la perspectiva fiscal y económica. El Concejo, que no estaba
dispuesto a que se astillase el proyecto, se comprometía a renunciar «a cualquier
derecho sobre las mercaderías que se descargasen en tierra y respetar los privilegios y
libertades que el rey otorgase a los mercaderes naturales y extranjeros» . No existían 261
fueros o privilegios que entorpecieran el libre comercio y limitasen la actividad de la
Corona. Todo eran facilidades.
Y luego, además, se argumentaban valiosas consideraciones comerciales sobre el
mercado.
El mercado de las especias era esencialmente europeo. La Coruña se encontraba
situada en el comienzo de la ruta que podía hacer llegar las especias a través del golfo
de Vizcaya, hasta los puertos del canal de la Mancha, del mar del Norte, a las ciudades
hanseáticas y al Báltico.
Debe decirse que el motivo que tuvimos el César (Carlos I) y nosotros, su Consejo, para que esta
negociación de la Especiería se tratara en el puerto gallego de La Coruña (…) a más de su seguridad para
dar abrigo a las naves, es que está situado en el lado de España que mira en camino recto y corto a la
Gran Bretaña262….
Y su competencia en precios era lo que rondaba en las cabezas de los promotores
cuando pensaban en el pulso que iban a echar a Lisboa. La política de precios
relativamente moderados sobre las especias, que había forzado Portugal, podía ser
combatida por La Coruña tirando aún los precios a la baja. Para los importadores de
especias europeos, estando La Coruña más próxima a los centros consumidores, «les era
más cerca y más seguro y breve y más ventajoso que Lisboa» . 263
Era el puerto más adecuado y más cercano, para abastecer a los mercados europeos
de manera más rápida y eficaz. Más que desde Sevilla. Incluso más que desde Lisboa.
«Estando en La Coruña, se decía en el memorial al rey, es como si se estuviese en
Flandes ».
264
Y aquí se abría el debate argumental sobre la oportunidad de abrir una Casa que
acopiase las especias cuando —a pesar de todos los pesares— Lisboa era dueña y señora
de ese mercado en toda Europa. Y la cuestión era capital porque no era una simple
cuestión comercial. Por encima de las cifras de quintales de las preciadas cargas que se
iban a desestibar en los muelles gallegos, lo que importaba era el control de los centros
de producción de dicho tráfico, el de los canales de comercialización y distribución y el
de los mercados de destino. No se trataba solo de acopiar mercaderías a buen precio
para obtener rentables beneficios. El valor, entidad y significado de las especias de
entonces solo tendría equivalencia si lo comparamos con lo que supuso y sigue
suponiendo, el petróleo en los siglos XX y XXI, y el acceso a los centros donde crecían el
clavo, la nuez moscada y la canela, era tan importante como lo es hoy mantener en la
misma órbita política a los países productores de crudo.
En una prosa un tanto rústica, Urdaneta reiteraba una y otra vez las especias y
cantidades que podrían importarse : 265
Se pueden traer del Maluco, en cada un año, seis mil quintales de clavo (…). Asimismo, se pueden
traer de las islas de Banda en cada año, seis mil quintales de nuez.
Asimismo, sabrá V. M. que hay en el Maluco mucho jengibre, que también se puede traer curándolo,
como traen los portugueses.
Asimismo, se puede recoger del Maluco la canela que hay en Bendenao haciendo trato e se puede
traer a España.
Asimismo se puede hacer de Maluco contratación a la Jaba con el rey de Dema, para que haya
pimienta, porque este rey de Dema tiene mucha pimienta en gran cantidad, y es enemigo de los
portugueses y tiene noticia de los castellanos e de las guerras que tuvimos en el Maluco con los
portugueses: por lo cual ha de holgar de ser amigo de los castellanos 266.
Para ello había proyectos. La flota que se preparaba con Jofre de Loaysa estaba
pensada para ir abriendo camino en esa dirección. La fuente de la riqueza castellana
vendría a bordo de galeones.
Además, La Coruña ofrecía productos agrarios y manufacturas de escaso costo, con
lo que las naves y su aprovisionamiento costarían la mitad que en Lisboa. La
distribución del cargamento se veía igualmente afectada al repercutir los precios más
baratos de La Coruña en el envío de flotas. Ello requería un esfuerzo adicional de
determinación y organización en competencia, pero los números parecían salir.
Todos estos argumentos los conocían los sevillanos y no importaban mucho a los
portugueses. Pero en la carrera de obstáculos en que las ciudades parecían enfrascadas,
siempre era oportuno colocar alguno para que el tropiezo del contrincante estuviese
garantizado. Inmediatamente, como señala Francisco Solano , fue aireado, sobre todo 267
por «voces andaluzas», un inconveniente del puerto gallego.
Se trataba del riesgo de la seguridad . Un barco de especias representaba una
268
Claro que a Portugal le sucedía otro tanto en torno al cabo San Vicente, pero el
debate en torno a este obstáculo se ceñía al duelo gallegoandaluz.
Desde la perspectiva geográfica, la costa cantábrica, en efecto, estaba óptimamente
situada para el tráfico mercantil que se pretendía, pero era cierto que perdía valor ante
el riesgo de la presencia de la piratería —especialmente la francesa— que rondaba por
el golfo de Vizcaya. Este peligro hacía desmerecer algo la candidatura gallega sobre
todo cuando se la comparaba con las ventajas de que gozaba la costa andaluza en
cuanto al viento y las corrientes. Las corrientes y los vientos eran fuerzas indómitas en
el norte de la Península y podían jugar muy malas pasadas en situaciones en las que la
velocidad y elección del momento oportuno eran fundamentales, especialmente en
casos de ataque.
Del proyecto de la Casa de la Especiería en La Coruña se enteraron también en
Francia. Y es de suponer que los corsarios se frotarían las manos. Valga un ejemplo de
lo que señalo. En 1524, es decir, casi un año después de la fecha de publicación del
decreto real por el que se funda la Casa de la Especiería en La Coruña, «catorce naves
francesas rondaban el cabo Finisterre» de modo amenazante, aunque la flota pirática
perdió cuatro de ellas «al enfrentarse con barcos vizcaínos» y ya desde 1521 se sabía
269
que en Brest una armada de «sesenta naos gruesas» se estaba organizando con destino
270
a Italia, aunque con intención también de importunar las costas cantábricas.
Ello significó que los puertos del norte de España debieron artillarse y en muchos
casos construyeron obras de defensa. El recetario de medidas de protección fue muy
variado. Los nuevos baluartes, fortificaciones y construcciones de guarda y custodia en
Santoña, en la propia Coruña, en Vigo, Bayona, San Sebastián, Fuenterrabía y Guetaria
—plaza fuerte a partir de 1521— fueron ejemplos de la defensa y resguardo de sus
puertos contra los «piratas y malhechores del mar desde Fuenterrabía hasta Bayona del
Miño» , ante quienes, como decía el rey Eduardo III, no valían treguas, amenazas ni
271
…e queremos que la dicha ciudad (La Coruña) e no en otra parte, se hagan las dichas armadas que
enviaremos a las dichas Indias de la Especiería e a ella vengan las que de las Indias de Especiería
vinieren273…
El inconveniente que representaba todo esto no radicaba tanto en el enfrentamiento
con los piratas y su casi segura derrota, como en las precauciones, trabajos y cuidados a
los que su presencia obligaba, y, sobre todo, en el coste económico que exigía ese
esfuerzo. El corsario o el pirata no se aventuraba nunca contra ciudades bien artilladas o
contra convoyes protegidos. Para sus ataques solía escoger naves aisladas. A pesar de
que la literatura y la desmedida propaganda anglosajona han exagerado las acciones
piratas contra los buques españoles, lo cierto es que esos asaltos fueron mínimos en la
mar y la mayoría de las veces terminaron condenados al fracaso. De los 11 000 buques
que hicieron el recorrido entre la Península y las Indias americanas en el periodo
comprendido entre 1540 y 1650, solo 107 barcos se perdieron por ataques piratas, dada
la efectividad del sistema de convoyes organizado por Felipe II. No llegaron al 2 % . 274
La contrariedad y el problema que realmente planteaban los corsarios y piratas era
el valor de la inversión que suponían las medidas de seguridad para la Corona. La
construcción de cualquier baluarte, fuerte o muralla, la fundición de cualquier cañón y
la dotación de cualquier hombre armado, centinela, lombardero, artillero o compañía de
infantes armados para proteger los puertos, las naves y, en última instancia, el
comercio, representaba pagar, pagar y pagar y, por tanto, una pérdida de beneficios. La
violencia era mala para el negocio , pero había que mantener al adversario a distancia y
275
se debían prever sus movimientos ya que, de otro modo, a mayor presencia corsaria
frente a las costas, mayor inversión en defensas, construcción amurallada y piezas de
artillería con las que dotar a los puertos y ciudades costeras.
Tanto los ambiciosos objetivos que se esperaban del suculento negocio, cifrados en
abundantes beneficios, como estas prevenciones de defensa frente al corsario afectaban
a Sevilla y a La Coruña. Por lo demás, no podían ser más opuestas. Ambas ciudades
discrepaban en todo, desde la calidad de sus puertos, hasta la proximidad o lejanía a los
mercados europeos y desde las corrientes y vientos, al riesgo de los moluscos que
arruinaban las quillas. Las dos ciudades parecían no participar de ningún otro elemento
en común que no fuera el oro y el miedo.
El joven rey Carlos I —todavía no emperador— debía ahora decidir si dejaba sola a
la Casa de la Contratación de Sevilla al frente de todo el comercio de las Indias
Occidentales y Orientales o si la hacía acompañar con la Casa de la Especiería de La
Coruña.
En 1520 el rey convocó Cortes en Galicia, que se reunieron en Santiago y en La
Coruña en marzo de ese año. Esa oportunidad fue aprovechada por los notables locales
para solicitar al monarca, a través del Concejo de la ciudad, nuevas oportunidades en el
momento en que las expediciones a la Especiería ofrecían una ocasión de riqueza. Si
Sevilla —con su Casa de la Contratación— se había convertido en la capital de las
Indias, el Moluco y sus especias podían hacer de La Coruña una «Sevilla norteña». O
más. Entre las personalidades gallegas que solicitaban esa concesión del monarca,
Hernando de Andrade aprovechó para ser escuchado por los flamencos del séquito real
y por los mercaderes burgaleses. Su intención era exponer en un memorial al rey una
muy pensada programación y una seriedad de objetivos que evidenciaban que los
antecedentes de La Coruña se habían gestado desde algún tiempo atrás. En el
pensamiento universalista de Carlos I el proyecto de desvincular Sevilla del negocio de
la Especiería, desmonopolizando el control ultramarino de aquella ciudad, ayudaría
mucho en la configuración de la Casa de La Coruña . 276
Los informes de Andrade tuvieron buen eco, pero el impulso final lo dio el retorno
de Juan Sebastián Elcano a Sanlúcar, que confirmaba así que la vuelta desde Occidente a
Oriente era factible y por lo tanto se sentaban las bases de lo que podría ser el gran
negocio de la Especiería.
A los tres meses de que Elcano llegase a Sanlúcar, el emperador emitió desde
Valladolid tres disposiciones legislativas importantes. En noviembre de 1522 se levantó
cualquier prohibición que restringiese la participación de extranjeros en el comercio:
…es mi intención y voluntad que los súbditos y vasallos de todos mis reinos y señoríos y los
alemanes y esterlines que son de la Corona de mi Sacro Imperio puedan armar y armen dichas armadas 277.
Otra capitulación con los armadores, les prometió privilegios y exenciones fiscales
y, sobre todo, protección regia, «seguro real nuestro».
El 24 de diciembre de 1522 el ya emperador Carlos, concedió a la ciudad de La
Coruña la real licencia para la creación de la Casa de la Especiería. Este decreto
señalaba:
…mandamos que en ella se haga e funde e resida la Casa de dicha Contrataçion por el tiempo que
nuestra merçed la voluntad fuere…
No tenía La Coruña ese armazón administrativo de su hermana sevillana, y hubo
que desarrollarlo poco a poco. Durante ese tiempo, en 1522, se dotaron los cargos de
factor y tesorero. En 1523 el tesorero era Bernaldino Menéndez y el factor primero el
financiero burgalés Cristóbal de Haro, a quien sucedió después Simón de Alcazaba.
Las armadas para la Especiería de la Casa de la Contratación de La
Coruña
Con el acuerdo de la ciudad se dispusieron locales, e incluso hornos, para el «despacho
de las armadas», a pesar de la creciente oposición y protestas de Sevilla, o como
escribiría Pedro Mártir de Anglería, «con suma molestia de la célebre ciudad de
Sevilla» , pero sin que ello importase a las comunidades de mercaderes genoveses,
279
toscanos, flamencos y alemanes, establecidas en Sevilla, pues la medida no contrariaba a
sus intereses. Frente a las quejas de los sevillanos, críticas y comparaciones aparte, lo
que se quiso hacer fue otro centro financiero y de distribución comercial, casi a la
misma altura de lo que se había organizado y cimentado en Sevilla, desde el cual se
pudiera organizar y administrar toda la complejidad que suponía el abastecimiento y
apresto de las armadas destinadas a la Especiería —que eran muchas— necesitadas de
unas atenciones y características técnicas y financieras distintas a las de las Indias.
Líneas de demarcación del Tratado de Tordesillas y del Tratado de Zaragoza. El tratado de Zaragoza delimitó
exactamente las zonas de influencia portuguesa y española en Asia.
La lógica explotación del triunfo no fue posible hasta 1524. Se esperaba que Carlos I
enviase de inmediato una nueva flota persiguiendo el éxito de Elcano. Sin embargo, esta
primera expedición enviada fue modesta y estuvo al mando de Estevao Gomes, uno de
los desertores de la flota de Magallanes —el piloto de la San Antonio, que fue perdonado
por el rey—, que aprestó una nao para llevar a cabo su viaje, con financiación de la
Corona en 490 500 maravedíes o 1308 ducados de oro.
Poca flota era la de Gomes después de tanto éxito con Elcano; pero las economías
regias estaban atravesando un mal momento. Los costes de los preparativos de las
armadas eran muy altos y la situación financiera del emperador no permitía dispendios.
Para sufragar gastos la Corona se había abierto al impulso de los particulares. A ello
respondía una de las tres reales cédulas, publicadas en Valladolid, a la que hemos
aludido, en la que se hacía toda una oferta y llamada por parte de la Corona para la
participación de los súbditos, incluidos los extranjeros del Sacro Imperio, en lo que
pretendía ser una empresa nacional, «la del Maluco» . La propuesta pretendía
283
capitalizar las expediciones mediante la captación de caudales, tanto individuales como
asociados, garantizaba los beneficios y confirmaba la protección oficial a través de un
seguro a la inversión. Por último, otorgaba facilidades y preferencias en la
comercialización de las especias, aplicando además reducción y, a veces, una exención
en tarifas e impuestos.
Con este marco económico y legal como trasfondo, la Casa de la Contratación de La
Coruña había previsto armar nada menos que cinco armadas —«cuatro expediciones»
además de «la inmediata»— para las que ofrecía «libre iniciativa para formar
compañías» en todas ellas. Se prometía y garantizaba no gravar con gastos y sueldos de
personal que, desde el inicio hasta la conclusión del viaje, correrían a costa de la
Corona.
Los particulares, incluidos los extranjeros o las compañías que los representasen y
que participasen en la armada con más de 10 000 ducados, tendrían derecho a «destacar
o dejar un factor en las islas, con los mismos derechos» que los que tuvieren los factores
de la Corona. Los particulares o las compañías que ingresasen productos para abastecer
las naos de las cinco flotas tendrían total franquicia.
Las naos dirigidas a las Molucas podrían también —si había conformidad de todos
— acceder a otras islas o tierras, siempre que estuviesen «dentro de la demarcación» de
Castilla.
Toda la carga de especias que llegase, se debía «ingresar en la Casa de La Coruña,
donde se pondría precio único con lo que hubiera en sus almacenes, para proteger los
precios». La tasación y los precios de venta «se organizarían de conformidad con los
armadores»; y las especias se venderían «en el mismo orden en que ingresasen en la
Casa».
Los beneficios podían ser del cuádruplo en cada expedición, y era tal el atractivo,
que captaba capitales, grandes y pequeños, empezando por el mismo Cristóbal de Haro,
que manifestaba después de algunos fiascos expedicionarios (González de Ávila,
Estevao Gomes, García de Moguer…): «si no fuera por las dichas condiciones y por la
esperanza de las otras armadas, yo no pusiera cosa alguna ». 284
El generalizado optimismo les hacía vender la piel del oso antes de haberlo cazado.
Con ese cuadro jurídico, garantista y colmado de un optimismo sin límites ante las
operaciones por venir, en 1525, y después del fiasco de Estevao Gomes, se iniciaron los
preparativos de una gran expedición. Esta vez se iba a ir a lo grande. Y al frente de todo
ello estaría fray García Jofre de Loaysa.
Apenas había zarpado Loaysa —cuyo viaje ahora veremos—, la impaciencia real y
las expectativas de los mercaderes no pudieron impedir armar una tercera flota desde
La Coruña, esta al mando de Diego García de Moguer, en 1526. Fue una expedición
compuesta por tres naves, financiada por inquietos y ansiosos comerciantes para buscar
la ruta de las especias siguiendo la derrota de Elcano y cruzando el estrecho de
Magallanes.
Pero García de Moguer se detuvo en el camino para explorar el Río de la Plata.
Navegó luego por el Paraná. Se encontró con Caboto y se unió a él. Exploró el estuario
del Plata, Uruguay y Buenos Aires y regresó a España, sin haber siquiera intentado
llegar a las Molucas, dilapidando así los 702 811 maravedíes, 1874 ducados de oro, de
los cuales 508 811 pertenecían a particulares como el corregidor de La Coruña, Rui
Basante, a los mercaderes Pedro Morales y Alonso de Salamanca y a los consabidos
inversores de la Casa de La Coruña, Hernando de Andrade y Cristóbal de Haro, que
habían realizado su inversión junto con los consejeros reales Beltrán y Samano. La
Corona participó con 194 000 maravedíes . 285
Antes de que todo esto ocurriera, la armada de Loaysa se había estado aparejando
hasta sus menores detalles en La Coruña. Treinta y siete armadores habían aportado sus
capitales para la expedición del comendador Loaysa. La flota había conseguido un
gigantesco apoyo financiero de 16 601 558 maravedíes. Eso suponía una suma de 44 270
ducados, casi 120 kilos de oro. La armada «del frenesí», como la califica Mariano
Cuesta, y a la que dedicamos el siguiente capítulo, estaba destinada a ser la joya de la
Casa de la Contratación de la Especiería de La Coruña.
6
La expedición de García Jofre de Loaysa (1525)
vez eran menores.
Además, la empresa de las especias iba dando pábulo al fomento de un incipiente
capitalismo, liderado por las compañías mercantiles y por las aportaciones individuales
de inversores, que convenían a la nueva economía de la monarquía y a la sociedad en su
conjunto, para sacarla de prácticas y tendencias medievales.
Como bien podía imaginarse, el éxito de Elcano no hizo más que espolear en la
corte y en Nueva España el deseo de emularle. No era la geografía la que mandaba, sino
la bolsa. En otras palabras, se abrió la espita de la ambición y del deseo de acceder a la
fuente de la riqueza que crecía en aquella parte del mundo y que los españoles habían
traído en la nave Santa María de la Victoria. Como en los mercados de Europa el precio
de las especias era astronómico, controlar ese mercado supondría una fuente de
ingresos segura y desbordante que por el momento no ofrecían los recién explorados
territorios de las Indias.
No había que engañarse, era el acceso a las especias lo que había estado siempre en
la mente de los navegantes, de los exploradores, de los armadores, de los banqueros, de
los mercaderes y de los tratantes y, sobre todo, de los monarcas al iniciar esa carrera
para llegar por el Este o por el Oeste al origen de su cultivo y sobre todo al control de
sus centros de tráfico.
Para la Monarquía Hispánica, Colón había prometido llegar a Catay y a las Indias
legendarias, «al lugar donde están las especias». Esa y no otra había sido su divisa y su
objetivo. En caso de éxito, el negocio era colosal, pues a cambio de una modesta
inversión para preparar el viaje, Colón prometía sacar a las Indias del reino de la fábula
e incluirlas en las rutas del comercio y la conquista hispánicos . 287
Pues bien, aquellas cosechas perfumadas de raíces, semillas, cortezas o estigmas,
que eran las especias, podían suponer la opulencia, la riqueza, la abundancia, y todo lo
que hemos descrito hasta ahora, pero en realidad lo único que las Indias habían
aportado por el momento eran unas míseras muestras de oro y sus anodinas especias , 288
además de «un Imperio de arena y mosquitos», como afirmaban los que se habían
burlado de Colón en la corte del rey Fernando . 289
Por ello, con el objeto de asegurar la nueva vía que Magallanes y Elcano habían
abierto, Carlos I, secundado por los españoles de las Indias en bloque, trató por todos
los medios de conseguir un establecimiento permanente en las islas de la Especiería y,
como le sugería Hernán Cortés, no simplemente para comerciar, sino para conquistarlas
y quedarse allí.
Esta idea subyacía en la creación de una nueva Casa de Contratación de La Coruña,
de la que ya hemos tratado.
Ahora bien, frente a este panorama de euforia castellana, poco tiempo pasó para
que, en el país vecino, la corte reaccionase airada reclamando sus derechos exclusivos
sobre las islas Molucas. Pero no se lo iban a dejar tan fácil a Lisboa. El acceso al Pacífico
conseguido por Magallanes había abierto ahora vía franca a la Especiería. Y colocaba en
el debate, nuevamente, dónde se situaba el «trazo» papal y a quién pertenecían las islas.
por lo tanto, no podían ser más estrechos. Ambos reyes eran o iban a ser doblemente
cuñados, y en aquella época, los parentescos, los linajes y las dinastías, tenían más valor
que las conexiones nacionales, pues el concepto de nación, aún difuso y desenfocado,
cedía ante el concepto de familia.
Las casas de Habsburgo, Avís, Valois, Estuardo, Borgoña, Medicis, Tudor o
Mecklemburg… representaban más en el elenco de relaciones políticas que los acuerdos
de Portugal, Monarquía Hispánica, Francia, Escocia o Dinamarca, por citar rápidamente
algunos ejemplos.
Claro que la familia era una cosa, por influyente que fuera en los designios de la
política internacional, y los técnicos, geógrafos, cartógrafos y navegantes, otra. La
sugerencia que avanzó Carlos I fue que una nave de cada país viajase a la zona para que
se dictaminara sobre la mar, escrutando meridianos y paralelos, cuál era la línea de
demarcación y que esta quedase fijada de una vez por todas. Lisboa se opuso. Carlos I
insistió en que los cartógrafos de uno y otro lado hablasen y discutieran. No obstante, lo
máximo que logró fue concertar una junta de geógrafos hispanoportugueses en Vitoria
que finalizó como había empezado. Gracias a la perseverancia del emperador Carlos,
que intentaba poner armonía en aquel mosaico de voluntades encontradas, se acordó
continuar estas reuniones en Elvas y Badajoz. Pero terminaron como el rosario de la
aurora. En las cartas y mapas que se desplegaban en las reuniones, la «línea de
demarcación» saltaba de un meridiano a otro «sin que hubiera poder humano que la
pudiera sujetar» . 291
Ya en 1524 era evidente que por ese camino no se iba a llegar a ningún sitio, y
Carlos I optó por acelerar el envío de una gran armada a la Especiería. La de García
Jofre de Loaysa, a la que hemos aludido en el capítulo anterior. En la corte española
contaban con que esta decisión les podría llevar a un previsible conflicto con los
portugueses, de manera que la expedición tomó un carácter más militar que la de
Magallanes . Por ello, entre otras medidas de prudencia, los preparativos para la
292
travesía se llevaron en secreto desde La Coruña.
Cristóbal de Haro y Bernaldino Meléndez, como factor y tesorero de la nueva Casa,
se habían empleado a fondo. Con la aquiescencia del regidor de la ciudad, que había
cedido terrenos, el factor Cristóbal de Haro ordenó construir lonjas, suministrar harinas
para elaborar la «galleta», aprovisionar las naos con pipas de vinos variados —
imprescindibles en esas expediciones—, barrilitos de anchoa, sacos de almendras,
tinajas de aceituna, bacalao, provisiones de leña y agua fresca, barricas de pólvora y
todos los aprestos que se requerían para el acondicionamiento de la armada
expedicionaria, a pesar de que una y otra vez las quejas y protestas que se alzaban en 293
Algunos notables gallegos, como el conde Hernando de Andrade, capitán general
de Galicia, o Vasco García, regidor de Betanzos, se precipitaron a colocar sus ahorros en
el proyecto que descollaba como la primera iniciativa sólida y prometedora de la joven
Casa de la Contratación gallega y lo apoyaron con 1428 ducados de oro. Los propios
protagonistas de la empresa —Jofre de Loaysa y Sebastián Elcano— participaron con
130 800 maravedíes, o lo que era lo mismo, 348 ducados de oro o 24 000 euros de hoy. A
ellos se unieron 35 armadores o accionistas financieros y, por supuesto, la Corona.
instrucciones de 5 de abril de 1525, el emperador ordenaba:
Efectivamente, era evidente que, en aquel prometedor, frondoso y ubérrimo paisaje de
inversiones y de futuros beneficios, los portugueses triscaban en otros pastos.
expedicionarios —siete— y de sus tripulaciones. Las siete naos se habían construido en
los astilleros de La Coruña y Vizcaya. Agustín Rodríguez detalla que tres eran de
299
construcción gallega y cuatro vascas, quizá guipuzcoanas. Los buques eran:
—Santa María de la Victoria, de 300 o 360 toneles, con García Jofre de Loaysa al mando,
capitana de la expedición.
—Sancti Spiritus, de 240 toneles, a las órdenes de Juan Sebastián Elcano.
—Anunciada, de 204 toneles, al mando del capitán Pedro de Vera.
—San Gabriel, de 156 toneles y gobernada por su capitán Rodrigo de Acuña.
—Santa María del Parral, de 96 toneles, que llevaba a bordo como capitán a Jorge
Manrique de Nájera.
—San Lesmes, de 86 toneles, con Francisco de Hoces como capitán.
—Santiago, patache de 60 toneles, al mando del capitán Santiago de Guevara.
Embarcaron un total de 450 hombres a las órdenes del comendador de la Orden
Hospitalaria de San Juan de Jerusalén, fray García Jofre de Loaysa, «gobernador y
capitán general de dicha armada y de dichas islas de Maluco, en tierras o provincias de
ellas», título conferido por Carlos I en sus órdenes de 5 de abril. Loaysa, «a falta de
experiencia en los caminos del mar, ostentaba un reluciente título de nobleza», señala
crítico Francisco Santiago , pero al «no tratarse de una navegación sino de una
300
expedición de asentamiento, las capacidades exigidas al jefe de ella excedían en muchos
sentidos a la pura pericia náutica, cosa que comúnmente se olvida», corrige Rodríguez
González . 301
Como segundo piloto mayor y guía de la expedición, viajaba a bordo de la Sancti
Spiritus Juan Sebastián Elcano, cuyas credenciales náuticas eran superiores a las de
cualquier otro piloto sobre tierra o mar en aquellas fechas. También navegaba en
aquella ocasión otro vasco valiente y eficaz, Andrés de Urdaneta, natural de Villafranca
de Ordizia, hijo del regidor de esa villa, don Juan Ochoa de Urdaneta, y tan apasionado
con las cosas del mar que el regidor convenció a Elcano para que lo llevase como paje a
sus 17 años. Andrés de Urdaneta dará días de gloria a las escuadras del emperador
Carlos y pasará a la historia como el descubridor del «tornaviaje», buscando —y
encontrando— los vientos favorables del norte, semejantes en el Pacífico a los que
Colón conocía sobre el Atlántico, asegurando así la carrera del Pacífico y de la Nueva
España: el viaje de retorno. Ese descubrimiento inauguró la arribada del galeón Manila
Acapulco en una ruta que duraría hasta 1816. Pero a ello llegaremos.
La expedición sumaba —al menos sobre el papel— todas las ventajas, parabienes y
buenos augurios que pudieran pensarse: Iba a navegar por rumbos ya sabidos; se
conocía la existencia del estrecho de Magallanes; la financiación española y extranjera
había acudido presta y en volumen; la confianza en el negocio de la Especiería era
obvia; la flota de siete naves era de las mayores levantadas en la época y congregaba a
bordo a la flor y nata de los marinos, pilotos y cosmógrafos; y sin embargo, pese a que
prometía ser una empresa madura e ideal, los pormenores de la expedición de Loaysa
tuvieron el común denominador del drama y de la mala suerte.
Desastre en el estrecho de Magallanes
La tormenta no cesó y el 16 de enero de 1526 causó daños a la nao capitana. La
moral decaía. El riesgo de las deserciones o el deseo de los marineros de volver a
España se pusieron pronto de manifiesto. Se estaba reproduciendo el clima de
desconfianza y temor ante las desgracias que se había vivido cinco años antes con la
flota de Magallanes.
Al desencadenarse la tormenta nuevamente, la Anunciada comenzó a garrear y a la
dotación le entró pavor, ya que la nao amenazaba con estrellarse contra los altos
acantilados. Entonces Elcano llegó donde estaba Pedro de Vera y le animó junto a su
tripulación aconsejando maniobras para ponerse a salvo en alta mar. Dos días después,
la Anunciada intentó de nuevo pasar el estrecho, donde se encontró a las demás naos, a
Urdaneta y a los naufragados de la Sancti Spiritus. Todo parecía presagiar la vuelta a la
calma, pero el 10 de febrero Pedro de Vera tomó el camino de fuga con la Anunciada y
puso rumbo a España. La nao se separó de la armada y jamás volvió a saberse de ella.
«No quiso venir a donde nosotros estábamos», señaló Urdaneta, «a la tarde desapareció
y nunca más la vimos». La escuadra había quedado reducida a cinco.
La San Lesmes, perdida y dispersa por la tormenta, desapareció también. Sobre ella
y su destino, todo fueron cábalas. Al parecer trató de cruzar el Pacífico en solitario y el
misterio de su paradero dio lugar a muchas y variadas especulaciones. Lo cierto es que
ni de ella ni de sus tripulantes volvió a haber noticias. Solo cuatro naves continuaron en
la flota.
Loaysa, con las naos restantes, decidió invernar en la bahía de Santa Cruz, pero dos
días después Rodrigo de Acuña también desertó, «…en tomando el batel, luego se hizo
a la vela, e que no sabían más del», y puso a la San Gabriel rumbo a Brasil, donde
esperaba cargar palo y especias. La San Gabriel volvió a España por la costa de Brasil,
después de tener que luchar contra tres galeones franceses. Rodrigo de Acuña trató de
negociar con ellos y fue hecho preso. Los franceses querían la nao española como trofeo
y botín, pero la tripulación supo rechazar el ataque enemigo y su capitán circunstancial
Martín de Valencia, consiguió meses después, el 28 de marzo de 1527, entrar con su nao
en el puerto gallego de Bayona.
A Loaysa le quedaban tres naves en su flota.
El ensordecedor rugir del mar, al encontrarse las aguas de los dos océanos y
mezclarse en corrientes, hacía temblar los cascos de las naos. Vientos repentinos e
implacables sacudían la flota.
El 6 de mayo se acercaron al puerto de San Juan. Allí permanecieron tres días
observando la nieve espesa que caía sobre las aguas del estrecho. No hay constancia de
que las tripulaciones de Loaysa llevasen ninguna ropa de abrigo, especialmente que
pudiera protegerles de la humedad y de esas temperaturas que muy probablemente no
esperaban. Es de suponer que utilizarían las frazadas y las telas que llevaban como
regalo, como «cosas para dádiva». Los chubascos de nieve producían cerrazones que
impedían ver la costa. La falta de visibilidad era total y les impedía navegar. El día 9
zarparon de nuevo y continuaron hasta el 28 de mayo, en que las naves terminaron la
travesía del estrecho. Las 305 millas marinas de infernal recorrido, es decir, unos 564
kilómetros, tardaron en ser atravesadas cuarenta y ocho días. Señala Agustín
Rodríguez, acertadamente, que el estrecho de Magallanes se había cobrado, de una
manera u otra, un duro precio a la expedición, que había perdido así tres de sus siete
buques, probando que no era la vía más adecuada para la navegación regular.
Apenas habían pasado el estrecho, a cincuenta leguas de cabo Deseado, cuando
otra tempestad se desató, dispersó la flota y aisló al patache Santiago, de 50 toneles, la
nave más pequeña de la escuadra.
El patache fue arrastrado por la corriente fría de Chile. Pronto se encontró en una
situación desesperada. Llevaba a bordo 55 personas y en sus bodegas cuatro quintales
de bizcocho en polvo y ocho pipas de agua. Era impensable que una nave de ese
reducido porte y con esas limitadas condiciones de víveres, pudiera lanzarse a atravesar
el océano, cuya extensión conocían por las referencias que Elcano habría dado. Las islas
más próximas —el archipiélago de Las Ladrones— estaban a dos mil doscientas leguas
de distancia. Los vientos empujaron al Santiago hacia el noreste y sus hombres
decidieron buscar la «Tierra de Cortés», es decir, las costas de Nueva España, y navegar
hacia ellas, que están a una distancia de ochocientas leguas, para fondear seguros. Así
fue como el 25 de julio llegaron a Tehuantepec. Uno de los marinos, de nombre
Aréizaga, se echó al agua en un cajón —a falta de barca o batel— y ganó la costa. Allí
reclamó ayuda. Acogidos por las autoridades virreinales, Cortés pudo obtener
información de primera mano y escuchar el relato detallado del viaje de Loaysa, con lo
que comprobó que las expediciones a la conquista de la Especiería, uno de sus
proyectos más apreciados, seguía adelante. La vocación de Cortés para la conquista del
Pacífico recibió con ello un acicate decisivo.
A Loaysa ya solo le quedaban dos naves en su escuadra, la capitana, la Victoria, y la
Santa María del Parral, dispersas y sin contacto entre ellas.
El gafe de la escuadra no había terminado. La tripulación de la Santa María del
Parral iba a protagonizar otro hecho despreciable al amotinarse ante tantas privaciones e
incógnitas, muy cerca ya de las Molucas. Los sublevados asesinaron al capitán Jorge
Manrique de Nájera, a su hermano y al tesorero de la expedición. Sin dirección ni
disciplina, terminaron embarrancando la nao en la isla de Sanguin —en la punta
septentrional de las Célebes—, cerca de Cebú, donde los indígenas mataron a la
mayoría e hicieron esclavos al resto.
«En esta isla de Sanguin —escribe Fernández Navarrete— dio al través la carabela
Santa María del Parral, después de que la gente de la nao matara al capitán. E como dicen
dieron al través, dieron los indios sobre ellos e mataron los más de ellos e los otros
prendieron» . 303
Muerte de Juan Sebastián Elcano
El agua potable se estaba terminando y los víveres escaseaban. Que pudieran aguantar
era cuestión de semanas. El 2 de julio el piloto Rodrigo Bermejo falleció. El 30 de julio lo
hizo el capitán general García Jofre de Loaysa. Todo apuntaba a que la causa había sido
la ciguatera, una toxina que se encuentra en las grandes algas de los arrecifes y que la
comen los peces grandes. Los pescados semipelágicos o los que habitan en arrecifes
coralinos, suelen portar este tóxico; externamente el pescado no delata nada alarmante
en su aspecto; sin embargo, cuando es ingerido por el ser humano se declara la
enfermedad que se manifiesta a través de intensos dolores abdominales, diarrea,
vómitos y nauseas que se pueden complicar con taquicardias, hipotensión y fallos
cardíacos. En una naturaleza tan deprimida y vulnerable como las de los
expedicionarios, este cuadro resultaba casi siempre fatal.
Juan Sebastián Elcano, hombre de mar, del paño más puro y mejor cortado, como
Paternain define a los marinos de su audacia y valía, asumió el mando de la nave, pero
305
también se encontraba enfermo —posiblemente por la misma causa— e hizo testamento
presintiendo su fin. En efecto, no duraría mucho el navegante guipuzcoano. El 4 de
agosto de 1526 falleció a bordo de la Santa María de la Victoria. El cadáver, envuelto en
un sudario y sujeto con ligaduras sobre una tabla, fue deslizado por la borda, en
silencio, hacia la profundidad del océano. Se iba uno de los más grandes marinos de
España.
El día 4 de septiembre fueron avistadas las islas de Los Ladrones, las Marianas. Al
fin podían obtener víveres y hacer aguada. La nao pronto se vio rodeada de pequeñas
embarcaciones o korakoras, como las llamaban en las Molucas. Los nativos se acercaron
a la afligida nave, azotada por vientos y mares. Y, de pronto, la tripulación de aquella
castigada embarcación recibió un saludo en español: «¡Buenos días señor capitán y
maestre y buena compañía!». Se trataba de Gonzalo de Vigo, un marinero gallego de la
perdida Trinidad, de la expedición MagallanesElcano, que se incorporó de inmediato a
la nave como intérprete. Hicieron aguada y permanecieron durante cinco días en los
que se aprovisionaron de víveres y tomaron a bordo a varios indígenas para que dieran
a las bombas de achique, trabajo que ya apenas podían hacer los marineros de la Santa
María de la Victoria, debilitados y enfermos. El 10 de septiembre largaron velas de nuevo
y Alonso de Salazar, ahora capitán de la nao, ordenó seguir el derrotero marcado por
Elcano poniendo proa a las islas Filipinas. Dos días después de zarpar Alonso de
Salazar falleció igualmente. A partir de ese momento no hubo acuerdo entre la
tripulación, dividida sobre quién debía ser el sucesor de Salazar y, para superar la
situación, se nombró una diarquía con Martín Íñiguez de Zarquizano y Hernando de
Bustamante. Llegaron sin mayores crisis a Mindanao el 2 de octubre, la gran isla que se
encontraba en disputa también entre los españoles y los portugueses ante la
incertidumbre del «trazo» de Tordesillas. La diarquía del mando se resolvió
confusamente en la madrugada cuando un grupo de marineros, entre los que estaba
Urdaneta, otorgó el liderazgo a Zarquizano, vasco de Elgóibar. O lo decidió él mismo.
El caso es que Bustamante no se atrevió a disputárselo.
flota de Loaysa hay que pensar que las «cosas para dádiva» también ocuparían un lugar
preferente en la expedición para apaciguar a los indígenas o mercadear para obtener
alimentos. A cambio de algunas de esas cosas, Urdaneta consiguió en Mindanao
gallinas, arroz, frutas y vino de palma, pero no duró muchos días más el trato, porque
los nativos, recelosos, se negaron a seguir haciéndolo. Tampoco daba la impresión de
que fuesen un pueblo amable:
Los nativos de la isla eran cafres, idólatras (…) la gente era ataviada, vestía paños de algodón, de
seda y de raso de China; andaban todos armados de azagayas y lanzas arrojadizas en las manos (…) 308.
En vista de que su objetivo quedaba cubierto solo a medias y que no parecía que los
indígenas quisieran continuar con sus tratos con los europeos, Martín Íñiguez de
Zarquizano ordenó zarpar el 15 de octubre rumbo a la vecina Cebú, de infausto
recuerdo, hasta que los vientos empujaron la nave a la isla de Talao donde, ahí sí, los
nativos, más amables, proporcionaron víveres.
La cortesía y amabilidad de los naturales de Talao, y sobre todo la insistencia de su
cacique, tenían como objetivo que los expedicionarios les ayudasen a atacar a uno de los
caciques rivales. Era una estratagema parecida a la utilizada contra Magallanes. En esta
ocasión Zarquizano no cayó en lo que hubiera podido ser una trampa y,
prudentemente, puso rumbo hacia las Molucas.
Y por fin alcanzaron la Especiería.
El largo camino oceánico terminaba aquí el 29 de octubre de 1526, al año, tres
meses y cuatro días de su partida de La Coruña. Como Urdaneta recordó en su diario,
de las 450 personas embarcadas en España solo 105 llegaban al Maluco; desde el
estrecho de Magallanes hasta la Especiería habían muerto en la nao capitana unos
cuarenta hombres . 309
Los indígenas de Gilolo eran vasallos del sultán de Tidore y tanto ellos como el
sultán de Gilolo, cuando vieron que eran castellanos y no portugueses, los recibieron
como amigos y les enviaron alimentos «suficientes como para cien hombres». El sultán
de Gilolo se extendió en explicaciones sobre las pésimas relaciones que mantenían con
los portugueses. Alonso de los Ríos aseguró que la presencia de la nao tenía como fin
favorecerles y defenderles de los enemigos y —evidentemente— «contratar con ellos
muchas mercaderías que traían».
Urdaneta añade un dato que los expedicionarios no habían conocido hasta ese
momento sobre Tidore:
…supimos que había portugueses en aquellas islas que hacían la guerra al rey de Tidore y los habían
destruido por ser amigos servidores del emperador.
La presencia española de los supervivientes de la expedición de MagallanesElcano
se había desvanecido hacía años con el ataque del capitán De Brito. Más tarde, el
gobernador portugués, García Enríquez, había ordenado otra nueva razia sobre Tidore
y había incendiado la capital de este sultanato rival. De eso hacía no mucho tiempo.
Un esclavo huido de los portugueses informó a Martín Íñiguez de Zarquizano y a
Urdaneta de que los portugueses tenían «una fortaleza de cal y canto en Ternate» , que 310
ya sabemos que era Gammalamma, construida por De Brito.
No tardaron los portugueses en reaccionar al detectar la nueva presencia de los
españoles en las Molucas. El 30 de noviembre un portugués llamado Francisco de
Castro llegó en un prao a Gilolo con pliegos del capitán del fuerte de Gammalamma,
García Enríquez, dirigidos a los españoles. En ellos manifestaba que las islas eran
propiedad de Portugal; les requería a que abandonasen aquellas tierras y les solicitaba
que le rindieran honores como gobernador de las Molucas en su fortaleza de la isla de
Ternate.
Los españoles negaron esas premisas y alegaron traer mandato del emperador para
construir un fuerte en las Molucas. Los portugueses pusieron el grito en el cielo al
escuchar esa pretensión como respuesta. Y con esto, se fue el portugués.
García Enríquez valoraba mientras tanto el oportuno momento de intervenir. El 29
de diciembre, una flotilla portuguesa compuesta de dos carabelas, una fusta y un batel
grande, salió en busca de la Victoria. Pidieron permiso para subir a bordo y los
portugueses entraron en la nao del emperador «e hicieron ciertos requerimientos para
que el capitán y la nao fuesen a su fortaleza» pues si no les llevarían a la fuerza. El
capitán español respondió que solo obedecía a su majestad el emperador y, en cuanto a
lo que decían «que por la fuerça le llevarían, que no respondía a tan gran vanidad, pues
que quando ellos eso tentasen, verían quan engañados vivían» . Y así los despidió.
311
El portugués, que se llamaba Fernando de Baldaya, volvió por tercera vez días más
tarde, con idénticas exigencias. Por escrito y de palabra conminó a los castellanos a que
abandonasen la isla, o de lo contrario enviaría sus barcos para expulsarlos por la fuerza.
Y eso fue lo que trató de hacer.
Y que no había que hacer sino lo que su majestad le mandaba y a quien aquello estorbase o tal
presumiese tentar, que él hallaría la respuesta y resistencia que el tiempo le mostraría y que en lo demás
no quería perder el tiempo en palabras.
Zarquizano añadió que «no sería razón que un capitán del emperador fuese a
someterse bajo la bandera del rey de Portugal» , que no insistiera, y que no volviese
312
más a realizar requerimientos porque, «sin gastar más papel ni tinta, los respondería de
otra manera» . 313
Brava respuesta que no admitía malentendidos. No quedaban muchas alternativas
que no fueran el recurso a las armas.
El sábado siguiente dobló la nao española el cabo Gilolo, y «yendo a la vela, a seis
leguas del cabo, le salieron dos galeones portugueses y una fusta y unos batelaços
grandes y hasta noventa praos para tomar la nao» . Sin embargo, las piezas de la nao
314
castellana —«…de muy gentiles tiros de bronce y fierro»— les impusieron respeto, y la
flotilla no se aproximó al alcance de los cañones. Posiblemente aquello no fuera más que
una misión preliminar de reconocimiento para calibrar la fuerza de los españoles. Pero
era claramente el prólogo de lo que pronto iba a suceder.
Los de Zarquizano estaban en inferioridad numérica respecto a los portugueses,
por lo que la alianza con Tidore resultaba vital para los españoles y también para los
tidores, al tiempo que Gilolo se beneficiaría de ella. Por lo tanto, animado Zarquizano
por el sultán de Gilolo para que no perdiese tiempo y se pusiese en contacto con Tidore,
envió una misión encabezada por Alonso de los Ríos y Urdaneta, que, como escribió
este:
…cuando llegamos a Tidore los jefes mostraron tanta alegría de nuestra llegada que era digno de
verse, y todo el pueblo siguió su ejemplo.
Los informes de este cordial recibimiento convencieron a Zarquizano para zarpar
directamente con la Victoria hacia Tidore, donde llegó el 1 de enero de 1527,
dirigiéndose a fondear «al sitio en que había estado el pueblo principal de la isla en la
parte del sudeste» . 315
La ciudad estaba ubicada en la parte oriental de la isla y había sido arrasada por los
portugueses hacía unos meses (1526). El recibimiento de los tidores fue cordial y hasta
entusiasta, como lo había sido cuando les visitara Alonso de los Ríos.
El pequeño gobernante, hijo del sultán Almanzor, recibió complacido la compañía
de Alonso de los Ríos, en la arruinada ciudad de Tidore, tras la razia de García
Enríquez. Recordaba la amistad que había mantenido su padre el sultán Almanzor con
los expedicionarios de Elcano, y se ofreció «a favorecer a los castellanos en todo lo que
pudiesen hasta morir» . Les contaron cómo se había producido la destrucción y el
316
incendio de sus ciudades y de sus bienes «por haber estado al servicio del emperador
(de España)» y los españoles pudieron ver «la destrucción y quemadura de las tierras
317
que les hicieron los portugueses».
Al día siguiente renovaron la alianza que había hecho Almanzor con Elcano y
Espinosa. Zarquizano sobre el misal, y el heredero de Tidore sobre el Corán, juraron
guardarse fidelidad.
Zarquizano y sus 105 hombres estaban decididos a cumplir las órdenes del
emperador, y allí iniciaron la construcción de un fuerte. Ante la actitud que habían
manifestado los portugueses de Ternate, esa defensa era además obligada y urgente. La
misma urgencia debieron percibirla los habitantes de Tidore, que temían que sus
vecinos de Ternate y los portugueses de García Enríquez se les echasen pronto encima
por ofrecer asilo a la nueva expedición española. Con el fin de paliar la amenaza,
inmediatamente se iniciaron unas pequeñas obras en un punto fortificado, «un reparo
de piedra y tierra y madera para poder poner alguna artillería». Construyeron tres
terraplenes defensivos para sus piezas de artillería, a base de cantos rodados, tierra
apelmazada o adobe y madera, que fue tomando forma con la ayuda de los naturales de
Tidore, incluidas las mujeres. Terminada la estructura, desembarcaron parte de la
artillería de la Santa María de la Victoria y la mitad de la gente, dejando la otra mitad en
la nao, ya que recelaban de que los portugueses fueran a echarla a pique. Estas obras de
fortificación resultaron mínimas, pues en quince días o menos que debió durar la obra,
no estaban para muchas gollerías. Levantaron las defensas cerca de los restos de la
población de Tidore, que se encontraba en el sitio de la actual ciudad de Soa Siu o, como
iría siendo habitual, sobre las ruinas.
Lopes de Castanheda describe el poblado real de Tidore —o lo que quedaba de él—
como una población situada a poca distancia del mar y rodeada «por una empalizada
en lugar de muralla» o «cercada de una tranqueira de duas faces» . Al parecer, la
318
fortaleza —el término fortaleza quizás sea muy exagerado— estaba ubicada dentro de
la ciudad —«la fortaleza dos castelhanos estaba dentro» —, con parte de la artillería,
319
cinco o seis piezas, protegiéndola.
Todavía el ir y venir de los emisarios continuó durante algún tiempo. Lo que no se
había solucionado en las juntas de Vitoria, Elvas o Badajoz parecía que se iba a dirimir
ahora a cañonazos.
Mientras tanto los españoles recibían víveres, arroz, gallinas, cabras…, esperando
el ataque portugués que parecía inevitable y «estuvieron cada día fortificándose, y
luego los indios començaron a reedificar y haçer sus casas porque las que primero
tenían avíanselas quemado los portugueses» . 320
El 17 de enero, a media noche, una fusta, un batel, un sampán y muchos praos
portugueses, con mucha artillería, se aproximaron con sigilo a la Santa María de la
Victoria. En la oscuridad, pretendían abordarla por sorpresa, pero el ruido de los remos
les delató. La guardia de la nao, que había situado piezas ligeras, algunas lombardas, en
uno de los salientes de la costa, los descubrió y abrió fuego: «Les tiraron con un tiro y
dio a la fusta y faltó muy poco para la echar a fondo» . Respondieron los portugueses
321
Victoria a recibir fuego de bombarda que impactó cerca del primer bombazo y mató a
un grumete, Jorge de Atan, hirió a tres marineros y produjo más daños en la estructura.
esa noche se retiró.
El viernes 18 de enero los portugueses volvieron a la carga con mucha artillería té
ora de comer. Las dos piezas de «artillería gruesa» de los españoles hicieron fuego
repetidamente, pero como estaban mal asentadas solo alcanzaron a la fusta con dos
impactos, y esta se retiró a reparar daños y a llevar los heridos a Ternate . Esa misma 324
Sin embargo, el combate había obligado a que la Victoria lanzase sus andanadas en
respuesta al fuego adverso. El retroceso de los cañones —además de los dos impactos
recibidos— terminó afectando a la estructura de la nao. Sus costados, deteriorados y
agrietados, se abrieron de manera irreparable por el efecto de las sacudidas de sus
propios cañones.
El relato de Fernández de Oviedo lo confirmó así:
La nao capitana en que avia ydo este capitán (García de Loaysa) y esos pocos que quedaron de la
armada, no estaba para navegar y se avia abierto toda… 325.
Zarquizano entendió que sin nave la expedición no tenía sentido. El proyecto había
fracasado. La Victoria había causado problemas desde el principio de la travesía.
Bastante había aguantado. Quiso cerciorarse Zarquizano de que no había reparación
posible, haciendo jurar al maestre, al piloto y a otras personas entendidas que según su
criterio la nao no podía navegar. Todos, resignados, lo confirmaron.
Entonces Zarquizano dio la orden más triste que un marino puede dar , la de
327
retirar todos los objetos aprovechables a bordo y prender fuego a su barco.
La última nave que quedaba de la expedición de Loaysa acabó tomando la forma
de una inmensa hoguera. Las acciones de Jácome Fugger, Bartolomé Welser; los ahorros
y los sueños de Hernando de Andrada y Vasco García; las contribuciones y proyectos
de Cristóbal de Haro, Juan van Zeller, Pablo Gamarra; junto con las millonarias
aportaciones de la Corona y todos esos ducados de oro invertidos en la nueva Casa de
la Contratación de La Coruña, se tradujeron en pavesas que quedaron flotando en el
aire de las islas más perfumadas y ricas de la Especiería, antes de transformarse en
cenizas y caer sobre la playa.
7
Españoles y portugueses.
La guerra en las Molucas
(15271530)
anterior.
La impaciencia era tal que en la corte no quisieron ni esperar noticias de Loaysa,
que había zarpado en 1525. Ya al año siguiente Carlos I decidió armar otra nueva
expedición, esta vez llevando al frente al veneciano Sebastian Caboto.
La expedición de Sebastián Caboto (1526)
Sin conocer aún la triste fortuna que se había abatido sobre la flota de Loaysa y lo arduo
y penoso que era surcar la ruta de Magallanes, el entusiasmo sobre la Especiería no
cesaba de atraer como un imán las inversiones y los capitales en compañías mercantiles
que se organizaban al efecto, muy cómodas además por estar cubierto el marco jurídico
decretado por el emperador para favorecer a la Casa de la Contratación de La Coruña.
Recordemos que la contribución de los armadores a los gastos de la expedición de
Loaysa había alcanzado cotas que ninguna empresa mercantil había logrado hasta
entonces. El capital español reunido llegó a los 2 485 998 maravedíes, mientras que los
alemanes aportaron 4 024 000 y el capital flamenco sumó 91 560 maravedíes.
maravedíes) . 334
La Corona, sin embargo, moderó su aportación. Si con Loaysa se había volcado,
participando con la astronómica cifra de 10 000 000 de maravedíes, con Caboto invirtió
en la empresa solamente 1 308 000. Y sintomático fue también que Cristóbal de Haro,
tan generoso con MagallanesElcano y con Loaysa, no aportase ni un ducado en la del
veneciano. Con todo, la suma total invertida llegó a los 9 476 592 maravedíes, o si
queremos traducirlos a ducados de oro, la imponente cifra de 25 278.
El 5 de abril de 1526, la escuadra de Caboto, de tres naos, partió de Sanlúcar de
Barrameda. Su misión era llegar a las islas de Tarsis, Ofir, Cipango y Catay, y también
auxiliar a los naúfragos de la expedición de Magallanes.
Siguiendo rumbos ya conocidos, llegó a las costas de Brasil. Allí encontró varios
náufragos de la expedición de Juan Díaz Solís (1516) que habían llegado hasta el Río de
la Plata y que testimoniaron el descubrimiento del Mar Dulce, llamado así por la
presencia de agua dulce en la desembocadura del Río de la Plata. Sebastián Caboto
quedó seducido por los relatos de estos supervivientes y, deseoso de ahondar en lo que
parecía abrir una puerta de leyenda hacia un mundo de riquezas, mantuvo
conversaciones secretas con los jefes de las factorías portuguesas establecidas en
Pernambuco.
Fue de este modo como el veneciano recibió confirmación de que Solís había
descubierto un río (el de la Plata) que conducía a regiones gobernadas por el legendario
rey Blanco. Ello prometía un mundo de aventuras, réditos, suculentos beneficios y
esperanzadoras fortunas; promesas y relatos, todos ellos, que en un veneciano no
podían caer en terreno baldío.
Al escuchar la leyenda contada por los brasileños, que además certificaban al poner
el relato en boca de uno de los náufragos de la expedición de Solís, llamado Alejo
García, todo cambió. Caboto, que era de los codiciosos del oro, cuya obtención juzgaba
fácil, y codicioso de rangos y honores, abandonó el proyecto de llegar a las Molucas,
que era el objetivo para el que se había financiado la expedición, y, siguiendo el curso
de la costa hacia el sur, decidió explorar la región que le habían descrito con tanto
detalle y entusiasmo.
Ese mismo año de 1526 ancló cerca del cabo de Santa María, en lo que hoy es Punta
del Este. En sus jornadas en tierra ordenó construir una nao que pudiera navegar por el
Mar Dulce. Caboto llegó hasta la boca del Río de la Plata y lo exploró hacia el interior.
Se internó en el río Paraná y coincidió allí con otro frustrado explorador de la
Especiería, Diego García de Moguer, que también se había desviado de la misión
encomendada por la Casa de la Contratación de la Especiería coruñesa y rondaba por
los estuarios.
Nada consiguió.
En agosto de 1530 el veneciano regresó con todo desparpajo a España. No había
cumplido ni uno de los objetivos ordenados. Como no podía ser de otra manera, al
llegar a Sevilla fue detenido y juzgado por desobediencia y por el despilfarro de los 9
479 592 maravedíes echados por la borda en sus singladuras por el Río de la Plata.
Había estafado a aquellos que habían financiado su expedición, entre los que estaba la
propia Corona, que había sufragado parte de la empresa. En los aprestos de su armada
habían intervenido también inversores particulares españoles que participaban como
armadores con una apreciable suma de 8462 ducados de oro. No se trataba de
inversores cualquiera. Entre ellos se encontraban funcionarios del Consejo de Su
Majestad, como el doctor Beltrán y don Juan Sámano, habituales en sus contribuciones
inversoras para las expediciones que partían de La Coruña, a los que esta vez se unían
otras personalidades como Pedro Mártir de Anglería o pesos pesados de la Casa de la
Especiería como Domingo de Ochandiano, junto con marinos y oficiales
expedicionarios, como el capitán Rojas, Martín Méndez, Gonzalo Núñez de Balboa —
hermano del descubridor del Pacífico— o Hernando Calderón, además de un nutrido
número de administrativos de la Casa de La Coruña, entre los que figuraban los
contadores Johan de Concha y Miguel Valdés, el tesorero Johan de Junco y así hasta
completar la lista de 74 hombres de negocios , mercaderes, administrativos, artesanos y
335
representantes de los armadores, a los que la impaciencia no les había permitido esperar
y no habían querido perder oportunidades, apuntándose con sus ahorros al gran
negocio de las especias con la cifra de 3 173 502 maravedíes.
Otro tanto ocurría con los 34 extranjeros que acudieron a capitalizar la empresa.
Genoveses, toscanos, lombardos, ingleses y alemanes aportaron 4 998 090 maravedíes, o
lo que, traducido a ducados, suponía 13 328, casi un millón de actuales euros . 336
Los Welser y Fugger, más tarde, pleitearían con la Corona, y en 1530 suscribieron
con el emperador un empréstito por la cuantiosa suma de 1 500 000 ducados que obligó
a hipotecar las rentas de los maestrazgos de las ordenes militares. Además, Cristóbal de
Haro, como compensación, obtuvo licencias en las Indias «en pago del alcance a su
favor en el cargo de las armadas del Maluco», por otros descalabros anteriores —
básicamente el de Loaysa—, porque en la expedición de Caboto, e ignoramos la razón,
ya se ha dicho que no aportó ni un maravedí.
Llamado a Inglaterra, fue nombrado secretario de Marina de Enrique VIII y piloto
del reino. La llegada de Caboto a Londres y el mimo con el que fue tratado este
personaje —exageradamente aplaudido en muchos trabajos de la historia de la
navegación— debe enmarcarse en el proyecto de la corte inglesa de ir preparando una
nueva generación de pilotos que permitiese al reino dotarse de una fuerza naval
mejorada. Con ello se buscaba ampliar los escasos conocimientos teóricos sobre
latitudes o navegación astronómica y así avanzar fuera de sus aguas, a lo que, al
parecer, Caboto contribuyó.
Pero regresando a la corte, en esa época itinerante en Granada, el emperador Carlos
seguía sin tener noticias ni de los hombres de la expedición MagallanesElcano que
habían quedado en las Molucas ni de la estelar armada del comendador Loaysa. El
océano Pacífico era una incógnita que no respondía.
Hernán Cortés y el Pacífico
Aunque la historia haya perpetuado a Hernán Cortés por sus acciones militares
terrestres, él estaba obsesionado por la necesidad de que Nueva España contase con una
fuerza significativa de unidades navales. Lo percibía como un instrumento urgente. Y lo
echaba en falta para consumar la expansión del virreinato. Poco después de que Balboa
descubriera el Mar del Sur, se llevaron a cabo expediciones exploratorias en América
Central y, respondiendo a la inquietud de Cortés, se construyeron algunos astilleros y
puertos para llevar a cabo la exploración de esa Mar del Sur en toda su amplitud . 337
Estaba gestando la ambición.
El proyecto de ensanchar los límites de las posesiones reales de Nueva España más
allá del Pacífico se basaba en la pretensión de incorporar otras islas y territorios que se
pudieran descubrir, imaginando además la riqueza que supondría para el virreinato el
comercio de las especias con el Maluco.
Con ese espíritu, Hernán Cortés había ordenado sus planes iniciando la
construcción naval en Nueva España. Dos carabelas y dos bergantines estaban
trabajándose en los astilleros de Zihuatanejo. Poco a poco fueron apareciendo otras
poblaciones marítimas como Zacatula, en el actual estado mexicano de Guerrero. No
había duda de que, al ir creando una cantera de astilleros en la fachada atlántica
americana, las naos se ahorrarían el viaje desde la Península Ibérica y la penosa travesía
del estrecho de Magallanes, lo que no era poco. En la franja del Pacífico pronto
comenzarían a levantarse Tehuantepec, La Navidad, Acapulco y Santiago, astilleros en
los que llegaron a armarse 25 naves entre 1523 y 1540. A ellos habría que añadir más
tarde, en la década de los treinta del XVI, el de Panamá y el de la isla de las Perlas,
iniciados en 1533, y El Realejo (1534), con una producción de varias naves al año . 338
Deseaba Cortés, según escribió al rey, que España se posesionase del Maluco no
solamente negociando con las islas (en rescate), sino uniéndolas al virreinato de Nueva
España:
…descubrir por aquí toda la Especiería y otras islas, si hobiere cerca de Maluco a Malaca y China (…)
de tal orden que V.M no haya la Especiería por vía de rescate, sino que la tenga por cosa propia y los
naturales (…) como rey y señor natural339.
Y así lo propuso en su tercera carta de relación el 15 de mayo de 1522 y lo reiteró en
la quinta carta al rey el 3 de septiembre de 1526.
Lo repito, la expansión hacia el Pacífico, resultaba casi obsesiva en Cortés. Tenía
además noticias muy directas de los esfuerzos que se estaban llevando a cabo para la
conquista de las Molucas. Recordemos que el patache Santiago de la expedición de
García de Loaysa llegó perdido a Macatban en el verano de 1526. El capellán, Juan de
Aréizaga, se presentó ante Cortés para relatarle la aventura y para indicarle que, muy
probablemente, las naves de Loaysa se encontraban ya en las Molucas.
Fuera por eso o por la convicción generalizada por Toscanelli de que la Especiería
no estaba lejos, lo cierto es que Cortés estimaba que, una vez encontrado el «paso» a la
mar del Sur, las Molucas y China estaban al alcance de la mano. Al alcance de Nueva
España. Ignoraba, y no solo él, que la extensión del Pacífico ocupaba nada menos que el
20 % de la circunferencia del globo terráqueo. Pero entonces no podían medirlo, ni
siquiera imaginarlo. Confiado en esa proximidad, Cortés mantenía la firme creencia de
que las Molucas y el Nuevo Mundo estaban «muy cerca». Y sobre las creencias no tiene
sentido discutir.
Con esas noticias y los deseos que le expresaba su virrey en la correspondencia,
Carlos I no pudo permanecer impasible, y el 20 de junio de 1526 ordenó transmitir
desde Granada una real cédula que contenía el mandato a Cortés de armar una flota
hacia poniente. La escuadra debería acudir a la búsqueda de los posibles supervivientes
de las armadas enviadas desde España al Maluco: la de Magallanes en 1519, una de
cuyas naves había quedado en Tidore con medio centenar de hombres; la segunda, en
1525, capitaneada por el comendador Loaysa, de la que no se tenían noticias salvo las
del patache Santiago, y por último la de Sebastián Caboto, despachada en abril de 1526,
dos meses antes de la firma de la real cédula, ignorando que este último no había
logrado llegar a las islas de la Especiería, porque ni siquiera lo había intentado, y se
había distraído por su propia voluntad y capricho por otro camino.
Carlos I era sensible a las ideas y a la pasión de Cortés y sus iniciativas navales. Y
sobre todo no deseaba que la búsqueda de la Especiería se desvaneciese como parecía
que se habían desvanecido las expediciones enviadas para su descubrimiento.
He visto por vuestras relaciones que habéis enviado, que hacéis memoria de las cuatro carabelas o
bergantines que teníades hechas y echados al agua en la costa del mar del Sur, y como decís que las
teníades hechas para el propósito de descubrimiento de la Especiería, por la gran confianza que Yo tengo
de vuestra voluntad para las cosas de nuestro servicio (…) he acordado de encomendaros a vos este
negocio…340
De esta interesante misiva merece la pena entresacar algunas líneas básicas:
En 1519 envié una armada de cinco naos a las nuestras islas de Maluco (…) que caen dentro de los
límites de nuestra demarcación (…) por nuestro capitán general Hernando de Magallanes (…) la nao
capitana llamada Trinidad quedó allá, porque hizo aguas con hasta cincuenta y siete hombres. Después, el
año pasado de mil quinientos veinticinco mandé enviar otra armada (…) con seis naos (…) por capitán
general Fr. García de Loaysa (…) con naos más gruesas (…) y ordené las que han de quedar en las dichas
islas (…) gobernándolas (…) El cual también ha de ir a las dichas islas del Maluco (…) para saber qué se
hizo de la dicha nao capitana, llamada Trinidad y de gente que en ella quedó en las dichas islas del
Maluco.
Y continuaba dictando el emperador:
Por ende, yo os encargo y mando, que luego que esta recibáis, con la diligencia e gran cuidado que el
caso requiere, e vos sabéis poner en las otras cosas que son a vuestro cargo, déis orden cómo dos de las
dichas carabelas o una de ellas con el bergantín o como mejor os pareciere (…) vayan en demanda de las
dichas islas de Maluco.
El mandato era claro.
Nueva España podría convertirse en el futuro en la base desde donde se armarían
las expediciones a las Molucas. Las flotas de este modo, reducirían costes, evitarían un
porcentaje apreciable de naufragios y otros peligros —al menos estadísticamente— y,
sobre todo, evitarían la temible travesía del estrecho descubierto por Magallanes, que se
revelaba ya como una arriesgada y derrochadora opción que había que desechar.
Demasiados meses, demasiadas millas, demasiados naufragios y demasiados muertos.
El destino de Martín Íñiguez y la tripulación de Loaysa en Tidore
¿Qué había sucedido mientras tanto en las Molucas con los supervivientes de la
expedición de Loaysa, que tanto preocupaba al emperador Carlos I? Habíamos dejado a
un centenar de españoles repartidos entre las islas de Gilolo y Tidore, al mando de
Íñiguez de Zarquizano, peleando contra los portugueses, una vez que se vieron
obligados a quemar la Santa María de la Victoria, incapaz de navegar tras los efectos de
las tormentas y de los combates.
Sin barcos, los españoles se vieron forzados a utilizar una fusta capturada y otra
que había sido construida por la gente de Gilolo para defenderse de los portugueses.
Mientras tanto se logró una tregua.
En mayo de 1527 llegaron al puerto de Malaca dos naves de Portugal. En una de
ellas viajaba don Jorge de Menesez, que venía con instrucciones de Goa, con refuerzos y
con órdenes de remplazar a don García Enríquez como nuevo capitán y gobernador del
castillo. A las pocas semanas se presentó en Ternate. El capitán Menesez comenzó con
actitud falsamente acomodaticia. En cuanto tuvo la ocasión, le hizo llegar un mensaje
haciéndole saber a Martín Íñiguez de Zarquizano «que le pesaba mucho aquella guerra
y le rogaba que hicieran treguas» . Martín Íñiguez contestó en el mismo sentido,
341
aunque insistiendo en el reconocimiento de la soberanía del emperador sobre las islas.
Estableció una relación clandestina con los jefes de Tidore y Gilolo, prometiéndoles
artillería y grandes dádivas para que asesinasen a los españoles, pero no logró que la
traición se materializase; recurrió incluso a ordenar que se envenenasen las aguas de un
pozo del que se servían los castellanos, aunque la bribonada se llegó a saber por la
delación de un clérigo portugués que no quiso que la matanza se llevase a cabo.
A pesar de ello, la tregua continuó. Hasta que una mañana los ternates atacaron a
los aliados de los españoles en Gilolo cuando sus praos estaban pescando. A los pocos
días, Urdaneta y los praos de Gilolo se tomaron la revancha con los ternates. Ello ponía
punto final a la tregua. Los portugueses culparon a Urdaneta. Íñiguez Zarquizano
calmó a los lusitanos, indicando que, si la versión portuguesa era la correcta, él mismo
ordenaría cortar la cabeza a Urdaneta. El propio Urdaneta aclaró después a Íñiguez de
Zarquizano la cuestión, culpando a los indígenas de Ternate de haber iniciado el
conflicto. Las espadas volvieron a estar en alto.
Los portugueses no veían modo de quebrar la alianza entre castellanos, tidores y
los habitantes de Gilolo. La presencia de los castellanos y su resistencia ante los
ocupantes del fuerte portugués de Ternate animaban al desafío contra los lusitanos en
las demás islas y eso se percibía en la fortaleza como una seria amenaza.
Los naturales de las islas empezaron a percibir vulnerabilidades en los lusitanos.
Ante estos signos de debilidad de los portugueses, reales o aparentes, se unió a la
alianza de Zarquizano con los sultanes de Gilolo y el príncipe heredero de Tidore uno
de los jefes de la isla de Matjan. Fue a rendir pleitesía al emperador. Pero los
portugueses reaccionaron en defensa de su principio de autoridad, y el pueblo del jefe
de Matjan, fue destruido en una furiosa razia. Muchos de sus seguidores terminaron
siendo asesinados y él se vio forzado a refugiarse en Tidore.
El 12 de julio de 1527 Martín Íñiguez Zarquizano falleció. Un cúmulo de sospechas
rodeó su muerte. Parece ser que fue envenenado por Fernando de Baldaya en un
intento por descabezar de la resistencia española. Sin embargo, la guerra no se detuvo.
En su sustitución fue elegido Hernando de la Torre, y las escaramuzas y golpes de
mano se volvieron incontables. A pesar de la superioridad de los portugueses en barcos,
hombres y armamento, no conseguían derrotar a los españoles. Ello despertó
admiración entre la población de las Molucas . 342
El prao, prahu en portugués, era un barco ligero, pero de gran capacidad de carga,
comúnmente empleado tanto por los mercaderes como por los piratas. Los praos de
guerra estaban especialmente artillados con numerosas lantacas en cubierta y medios
cañones a proa y popa. Normalmente se artillaba colocando en su proa o en su popa, o
en ambas si había piezas de sobra, un esmeril o un sacre, piezas de borda, giratorias,
muy eficaces cuando se perseguía a otras embarcaciones adversarias de idéntico porte.
El objetivo que perseguían ahora los portugueses era arrasar nuevamente Tidore, la
ciudad y los baluartes, en esta ocasión atacando a los castellanos que lideraban la
resistencia contra Menesez. Hacia el 27 de marzo de 1527 se presentaron en la costa de
la isla de Tidore dos praos portugueses bien armados que iban en misión de castigo a
Tidore. No esperaban que otro prao con Quichil Rade, hermano del sultán de Tidore, a
bordo, y el capitán Urdaneta con ocho castellanos, les salieran al paso. Pronto se
unieron los praos de Gilolo, dispuestos a abordar a los portugueses. En aquellas aguas,
ganar velocidad era vital para maniobrar, y ello no solo era cuestión de remos, sino de
tino y habilidad para esquivar los arrecifes. Urdaneta quiso que su prao se abarloase
con uno de los portugueses, pero estos, al ver lo que se les venía encima, no desearon
ponerse en riesgo y volvieron la proa hacia Ternate tan rápido como pudieron.
Los praos portugueses llevaban distancia. Una legua y media, indica Navarrete.
Les disparó Urdaneta con su artillería de proa y los portugueses aumentaron la
distancia bogando en huida.
El último disparo realizado desde el prao de Urdaneta fue temerario. Un barril de
pólvora que se hallaba descubierto en la cubierta ardió con las chispas que saltaron y se
quemaron «algunos castellanos y quince indios, seis de los quales murieron». Urdaneta,
que estaba cerca del barril, fue uno de los afectados. Se echó al agua e intentó después
acogerse al prao, pero no pudo.
Los portugueses, que vieron el fuego, regresaron para arremeter contra el prao de
Tidore y descubrieron a Urdaneta nadando. Le dispararon mientras estaba en el agua,
«y conosçidamente le quiso Dios guardar de muchos escopetaços que le tiraron»; pero
los praos de Gilolo se interpusieron y recogieron al capitán, al que llevaron a Tidore
«muy quemado y perdido, y estuvo diez días que no pudo hablar del mucho humo que
se le metió por las ventanas de las narices y por la boca, y tuvo bien que curarse de las
llagas del fuego» . 343
La expedición de Álvaro de Saavedra (1527)
Regresemos a Nueva España, donde Saavedra, ignorante de la guerra declarada entre
Portugal y España en las Molucas, tiene a punto su expedición dirigida a averiguar
noticias de los supervivientes de las expediciones anteriores, especialmente la de
Magallanes y la de Loaysa, a quienes hemos dejado luchando contra los portugueses en
Tidore.
Antes de que zarpase la flota, se llevó a cabo una revisión cuidadosa de las tres
naves y se aseguraron de que los procedimientos se ajustasen a las detalladas
instrucciones que Cortés, para la organización y disciplina de la expedición, había
dictado y que envió a su primo Álvaro de Saavedra Cerón, a quien nombró jefe de la
armada.
Siguiendo el estricto procedimiento, se estableció una relación de todo el personal
de mar y guerra embarcado, asignando los cargos o destinos que debían desempeñar.
Otro minucioso inventario describía los bastimentos, rescates, aparejos, artillería,
munición y armas . 344
Por expreso deseo del emperador Carlos, el objetivo de la expedición consistía en
localizar a Jofre García Loaysa y a los miembros de su tripulación, y a Caboto y los
suyos, sin detenerse hasta llegar a las Molucas, donde suponía que estaban. Era mucho
lo que se había puesto en juego en esas tres expediciones como para que el más grande
de los silencios fuera la respuesta a su misión. Era mucho el talento y la experiencia
naval que de modo irremediable se iban a perder sin dar con el paradero de vidas como
las del comendador García de Loaysa, Juan Sebastián Elcano o Andrés de Urdaneta; era
mucho valor contrastado de hombres fieles a la Corona, como los capitanes Santiago de
Guevara, Jorge Manrique de Nájera, Pedro de Vera, Rodrigo de Acuña o Martín Íñiguez
de Zarquizano, cuya fidelidad y audacia se iban a dilapidar, y era mucho el quebranto
económico que suponía la ruina de los barcos de las tres expediciones, por no hablar de
las inversiones millonarias que habían realizado los banqueros Cristóbal de Haro, las
casas de Fugger y Welser y las materializadas por la propia Corona.
Los cometidos de la misión de Saavedra quedaron extensamente redactados en una
orden de Hernán Cortes fechada el 28 de mayo de 1527.
Debía Saavedra hacer llegar los pliegos personalmente dirigidos al rey de Cebú, a
quien sin duda Cortés consideraba localizable a unas cuantas millas: «…y pues estamos
tan cercanos y en poca distancia de tiempo nos podemos comunicar…».
Hasta el punto de que se lo escribía en la misiva: «… yo resido en estas tierras, que
son muy cercanas a las vuestras…».
Iba aún más lejos, y esa insignificancia de la distancia que él creía le impulsaba a
ofrecer una cordial coordinación diaria: «Yo, cada día, pues estoy tan cerca, si fuere
necesario para su favor, os enviaré gente e todas las otras cosas que convenga» . 345
Saavedra debía informar asimismo del destino de la nao Trinidad, de la flota de
Magallanes, e ir a Cebú para rescatar , en el supuesto de que aún viviesen, a Juan
346
Serrano y a los que le acompañaban el día de la matanza. Respecto a Ternate y Tidore,
las instrucciones ordenaban a Saavedra apoderarse de las fortalezas portuguesas
levantadas en la zona de demarcación correspondiente a España:
S. M tiene noticia y es informado que los portugueses tienen en una de las dichas islas del Maluco
hecha una fortaleza, y manda que hayais información si es ansí y en qué lugar está, y quién la hizo o
mandó hacer contra la voluntad del rey o Señor de dicha isla y estando la dicha fortaleza en los límites y
demarcación del emperador nuestro Señor…347.
Le indicaba Hernán Cortés —experto en estas lides— que lo hiciera utilizando el
ataque por sorpresa —«poneros con los navíos en parte secreta»— para evitar las
ventajas que daban superioridad a los portugueses por el desequilibrio de fuerzas, e
incluso les recomendaba que se acercasen «fingiéndoos ser portugueses».
Las fortalezas, una vez conquistadas, habrían de mantenerse hasta la llegada de
refuerzos españoles —«que (…) la podáis tomar y sostener hasta ser yo avisado»—, y
preveía Cortés la formación de una sólida cabeza de puente —«poneis en ella toda la
artillería e bastimentos necesarios para la defensa y a la hora me enviareis dos navíos, o
todos, si allá os paresciese que dellos no teneis necesidad»— que sería reforzada por
efectivos desde Nueva España, pues «luego sereis socorrido y proveido de todo». Una
vez más, su desacertado concepto de las distancias en el Pacífico, influido por
Toscanelli, le hacía creer que esta operación sería factible antes de que fueran los
portugueses quienes se reforzasen desde Goa. Y Cortés, que nunca había renunciado a
sus afanes por explorar mundos, estaba dispuesto a hacer acto de presencia en la lucha,
incluso al mando: «… y si fuese necesario iré yo á lo hacer» . 348
La correspondencia dirigida al rey de Cebú y a los otros caciques de las islas estaba
redactada en latín, pues ese idioma culto es el que utilizaba la diplomacia del
emperador Carlos I. Realmente aquello no era muy práctico, aunque, a la vista del
desconocimiento del idioma de los caciques filipinos, hubiera dado igual la lengua en
que se hubiese redactado. Cortés, que sabía que las islas eran codiciadas por «diversas
naciones a causa de la Especiaría», consideraba que no sería difícil que Saavedra
encontrase intérpretes o que «halléis judíos u otras personas que las sepan leer» . 349
Una vez aclarados los términos básicos de la misión, se entraba en otro tipo de
detalles. La disciplina que se deduce de las instrucciones era severísima. Bajo pena de
muerte, nadie podía salir de las fortalezas que se suponía se iban a conquistar. Se
castigaba asimismo cualquier agravio a los nativos, con quien debían conducirse «sin
les faltar en cosa alguna» o a sus mujeres «porque los naturales de aquellas partes son
muy celosos e de ninguna cosa reciben mayor pena que de tratarles con sus mujeres
…», y en caso de cometer delito se debería corregir públicamente. Se prohibía, por
tanto, «que se junten a las mujeres de la tierra, ni en burlas…» , algo que no ocurrió con
350
Los pilotos no podían bajar a tierra; determinarían la posición de las islas avistadas
y las asentarían en las cartas de navegación. En cada nave iba un piloto que recibía
diariamente instrucciones del piloto mayor sobre la derrota a seguir.
Siguiendo lo dispuesto en la real cédula, Cortés preparó la flota de tres naos, que a
las órdenes de don Álvaro de Saavedra zarpó el 31 de octubre de 1527 desde
Zihuatanejo.
La escasa capacidad de las naos para ceñir les obligó a tomar vientos de
componente sur. Intentaron llegar hasta las islas Marianas. El 8 de noviembre les
complicó la navegación una avería de agua en la Florida, la nao capitana. Una nueva
avería el 15 de diciembre agravó la situación. Las otras dos naves, la Santiago, con
cuarenta y cinco hombres al mando de Luis de Cárdenas, y el bergantín Espíritu Santo,
con quince hombres y con Pedro de Fuentes como capitán, la adelantaron. Más tarde,
desde la capitana las perdieron de vista; días después desaparecieron. No hubo más
noticias de la nao ni del bergantín.
«La suerte que pudieron correr la nao Santiago y el bergantín Espíritu Santo —
escriben Juan Génova y Fernando Guillén— es uno de los trágicos misterios que la mar
guarda celosamente y que ha sido fuente de muchas hipótesis y leyendas» . 351
Allí no recibieron víveres y tuvieron que aguantar con paciencia los intentos de los
indígenas que trataron de varar la nave y cortar el cabo del ancla, lo que les impidieron
desde la nao, aunque «sin les faltar en cosa alguna», de acuerdo con las instrucciones
recibidas de Cortés. Durante la mañana del 25 de febrero de 1528, un hombre desde
tierra les hizo señales. Comprobaron que era uno de los supervivientes de la expedición
de Loaysa, llamado Sebastián del Puerto, que les contó una historia fantaseada sobre su
captura en Mindanao, cuando en realidad había desertado, harto de hambre y
penalidades. No obstante, informó de que los supervivientes habían sido vendidos a
mercaderes chinos por el cacique de Cebú. Aquello disuadió a Saavedra de visitarle y
entregarle las cartas en latín que le había dado Hernán Cortés.
Aparecieron otros dos supervivientes que los isleños llevaban maniatados y por los
que pidieron rescate. Se trataba de Sánchez y Romay, amotinados de la Santa María del
Parral de la flota de Loaysa, un par de bergantes a los que Saavedra creyó la versión que
le ofrecieron y acogió a bordo.
Saavedra llega a las Molucas
Hasta marzo de 1528 no apareció la Florida en las Molucas.
Fueron a fondear cerca de una isla, distante 40 leguas de las islas, llamadas Miao
(sic), aunque posiblemente sea Mori. Estando allí vieron aparecer tres korakoras entre
las que iba un junco perteneciente al gobernador del castillo portugués en Ternate, Jorge
Menesez. Al amanecer vieron más korakoras con bastimentos y pertrechos, que se
dirigían a la fortaleza de Ternate, el fuerte Gammalamma. Una de las embarcaciones se
acercó y preguntó por el origen del navío y si eran castellanos o portugueses. La
respuesta fue que eran súbditos del emperador y que venían de Nueva España. Al
advertir que se trataba de una nao española, los del korakora dieron media vuelta para
ir a informar con urgencia al gobernador portugués.
Días más tarde la Florida se aproximó a la costa de Gilolo. La nao fue vista desde
tierra —«unos veinte castellanos (…) vimos venir por la mar un navío» — por un
352
grupo de españoles que pidió al sultán de Gilolo ayuda para ir a ellos y averiguar de
quiénes se trataba. Fueron tres korakora y se acercaron a la nao que estaba en calma. A
lo largo de la conversación desde su korakora, los españoles de Gilolo trataron de
verificar —pues creían que podía tratarse de una trampa— si era cierto lo que decían
desde la nave, es decir, que eran castellanos y que venían mandados por Hernán Cortés
desde Nueva España. Despejadas las dudas, dos de los españoles que habían salido al
encuentro subieron a bordo alborozados. Allí informaron a Saavedra y a sus hombres
de la situación: que el grupo de españoles supervivientes de la expedición de Loaysa, al
que pertenecían, había quedado en Tidore y en Gilolo y resistían a los portugueses y a
sus aliados ternates; que el gobernador don García Enríquez había sido sustituido por
don Jorge Menesez, que ahora mandaba la fortaleza, y por don Fernando de Baldaya,
que dirigía las embarcaciones de portugueses y ternates; que frente a ellos, el burgalés
Hernando de la Torre conducía la resistencia de los castellanos y que no sumaban más
de 120 personas en la isla de Tidore, que defendían contra las pretensiones portuguesas.
El propio Hernando de la Torre relató esta situación de conflicto permanente en una
crónica titulada De lo ocurrido en las Molucas contra los Portugueses de la isla de Ternate,
desde su ingreso en aquellas islas hasta fin del año 1523 . 353
Saavedra estaba sorprendido de que existiese guerra entre los reinos de España y
Portugal «habiendo tan grande amistad entre el emperador y el rey de Portugal», pero
le advirtieron de que no confiase en los portugueses porque si podían echarle a pique lo
harían.
Menesez trataba de mantener las islas bajo control y para ello había traído de Goa
refuerzos, armas, equipos y la esperanza de lograrlo. Su gente no perdía un instante en
mantenerse alerta ante cualquier movimiento de los tidores. Por ello, la llegada de la
Florida extendería la alarma.
porque los portugueses en breve serían con ellos». Efectivamente, estaban aún hablando
cuando una fusta portuguesa, a las órdenes de Baldaya, se acercó «a reconocer qué
galeón era aquel» y a preguntar de dónde venía. Le respondieron que, desde Nueva
355
España, que el navío pertenecía al emperador y que venían otros dos detrás.
Baldaya invitó a Saavedra a mantener una entrevista en Gammalamma. El burgalés
receló pensando que la intención de Baldaya era detenerle. Insistió este para que la
Florida se dejase remolcar hasta el fuerte portugués de Ternate, pero, puesto que los dos
españoles que habían subido a bordo habían alertado a Saavedra sobre las condiciones
existentes, discutió con compostura, afirmando que su misión era ir a la isla de Tidore y
rescatar a los castellanos, si los había, y que si ese no era el caso iría a la fortaleza
portuguesa de Ternate. Rogaba que le dejase pasar para cumplir las órdenes del
emperador. Le dijeron los portugueses que no había ningún castellano porque hacía
cuatro meses una nao de Castilla había venido. Ellos les habían llevado a la fortaleza,
entregado bastimentos, carga y todo lo que necesitaron y les habían enviado a España.
Obviamente nada dijo del reciente combate en Tidore contra las fuerzas de Martín
Íñiguez de Zarquizano y menos de la razia para destruir el almacén español y de la
prisión y cautiverio de los supervivientes de la desgraciada nao Trinidad de Elcano,
detenidos y deportados en las peores condiciones.
«Y como el Saavedra tenía sabida la verdad (…) dixoles que él sabía de cierto que
avia en Maluco castellanos, y que estaban en la isla de Tidore: que por qué le deçian lo
que no era cierto».
Los portugueses, viendo que su treta no había surtido efecto y pensando que los
españoles estaban alertados, mandaron hacer fuego sobre la Florida con un cañón
grande pedrero que tenían a media proa de la fusta. Realizaron tres descargas, aunque
fallaron todas. La Florida era una nao que llevaba a bordo «12 hombres de mar y 38 de
guerra» , bien provistos de armas y equipo. Al ver la actitud hostil de los lusitanos,
356
respondió al fuego, pero la andanada, debido a la corta distancia y a la diferencia de
bordo —la nave española era más alta que las embarcaciones portuguesas—, les pasó
por encima sin causarles daño. Un repentino aguacero con rachas de viento, tan propio
del clima de aquellas islas, rompió la calma en que la ausencia de viento tenía detenida
a la Florida y la separó de las embarcaciones portuguesas, que aprovecharon para
continuar su fuego. Se entabló un duelo, aunque no causó daño a ninguno. La Florida
puso proa hacia el puerto de Gilolo, perseguida por los portugueses hasta que en las
proximidades salió al paso de los lusitanos una fusta bien armada de Gilolo que forzó
su retirada.
Saavedra aportaba 110 hombres a los 120 de Hernando de la Torre. Los términos
elogiosos hacia Álvaro de Saavedra que le dedica Hernando de la Torre en su informe
dan idea del alivio con el que recibió la presencia de los expedicionarios y de su
almirante. Era la constatación de que la Corona desde España y desde el virreinato de
Nueva España, tenían presentes a los españoles supervivientes en la Especiería.
Además del apoyo que supuso todo ello, Hernando de la Torre vio el cielo abierto
al recibir artillería, municiones, plomo para fabricarlas y botica para combatir las
enfermedades. Hasta ese momento solo contaba con la pequeña fortaleza de cal y canto,
en Soa Siu, en el sudoeste de la isla de Tidore, dos docenas de cañones y un prao cedido
por el rey de Gilolo y armado ligeramente. Pero en la tropa de Saavedra venían gente de
espada bien templada. Podrían a partir de ahora ofrecer una resistencia más robusta con
ese contingente de 230 hombres, lo que en aquellas islas no era fuerza menor,
aumentada por los guerreros tidores aliados.
En un sugestivo artículo Davide Maffi sintetiza el tipo de lucha que en el siglo XVII
se llevaba a cabo en las Indias contra los holandeses y los ingleses. Lo que describe
Maffi es perfectamente trasladable, a una escala proporcionada, a la lucha en las
Molucas . Las operaciones en la Especiería reprodujeron las tácticas de combate
357
utilizadas en Europa, con la notable diferencia de la ausencia de maniobras en campo
abierto y la inexistencia de caballería, y caracterizadas por los continuos asedios,
combates de acciones anfibias, desembarcos fuerzas para poder desalojar al enemigo de
una posición fortificada, asaltos contra fortalezas y el empleo de la artillería embarcada.
Una lucha que contemplaba, casi exclusivamente, el amplio uso de armas de fuego y
armas blancas, en la que raramente los bandos llegaban a la batalla campal y donde las
pésimas vías de comunicación dificultaban el traslado al interior de piezas de artillería.
Sin embargo, las instrucciones del emperador eran nítidas y Hernando de la Torre
poco podría esperar del refuerzo de Saavedra. No estaba previsto el refuerzo con los
hombres de la Florida, aunque en las instrucciones de Cortés figurase la orden de
apoderarse de las fortalezas portuguesas siempre que se hubiesen erigido en la
demarcación de España, y utilizar el ataque sorpresa para aprovechar la inferioridad de
fuerzas y esperar el refuerzo español. ¿Por qué no lo hicieron? No sabemos la respuesta
y no parece adecuado especular sobre los motivos de ello.
Debían seguir las órdenes y regresar a Nueva España para recabar ayuda y
asistencia a los españoles asentados en Tidore. Tenían que regresar. Pero antes había
que preparar la nao para el viaje de retorno a Nueva España. Dos meses tardaron en
carenarla. Hubieron de arrastrarla hacia la arena y vararla. Durante todo ese tiempo los
portugueses no cesaron en sus ataques, buscando dañar la nao definitivamente.
Fernando de Baldaya: si tomardes los castellanos y la galera; no dejéis ninguno de ellos vivo, porque
vienen a tomar y levantar las tierras del rey nuestro señor de Portugal, y envolvedlos en una vela de la
galera y echadlos en medio de la canal358 de la mar, por que no quede ninguno dellos vivo ni haya quien
vaya a decir a Castilla lo que pasa en esta tierra. Lo cual haced so pena de muerte y perdimiento de
vuestros bienes359.
No pudo ser.
La presencia española en la ciudad de Tidore había sido hasta entonces precaria y
accidentada. Después de la estancia de Elcano habían dejado cinco hombres y algunas
lombardas en el almacénfactoría que arrasó De Brito en 1522. En 1526, justo antes de
que llegara la expedición de Loaysa, los portugueses conducidos por el nuevo
gobernador García Enríquez, volvieron a arrasar la capital de Tidore y la incendiaron.
Lo había señalado Íñiguez de Zarquizano el 1 de enero de 1527:
…la ciudad principal se llama Tidore, está en la parte Este. Estaba completamente destruida e
incendiada por los portugueses a fines de 1526.
En aquella ocasión los españoles habían edificado tres baluartes para su artillería
pesada, aunque no todos los testimonios son conformes. Montemayor asevera que
«hicimos un baluarte manera de fortaleza de piedra solamente, donde fue colocada la
artillería» . Otros testigos mencionan dos baluartes con alguna artillería de la nao,
360
Si la fortaleza española de cal y canto de Ternate estaba situada donde hoy se
encuentra la actual ciudad de Soa Siu, es imposible hallar el menor trazo. La moderna
ciudad de Soa Siu ha absorbido los viejos alrededores que en su día albergaron los
fuertes y baluartes. Además, las fortificaciones en las islas se fueron construyendo sobre
los restos y ruinas de las que anteriormente se habían levantado. Y esta costumbre fue
una constante desde 1512 con el primer fuerte portugués de Serrao en Ternate, hasta los
modernizados baluartes holandeses de 1663.
Saavedra se ve obligado a regresar
Con la Florida ya reparada, Saavedra decidió regresar a Nueva España «para que desde
allí, como por mas corta via y mas brevemente, su majestad supiese las cosas que en las
islas del Maluco pasaban» . Zarpó de Tidore el 14 de junio de 1528. La larga travesía le
362
llevó a descubrir nuevas islas: Schouten, las llamadas Islas de Oro, Payne, Nueva
Guinea y las islas Almirante.
Hizo la flota aguada en Manus y dieron vela con rumbo norte, descubriendo las
Carolinas. Sin embargo, los vientos les empujaron nuevamente hacia las Molucas y no
les permitieron seguir el rumbo hacia América. No les fue posible hallar las corrientes
del «tornaviaje». Cerca del archipiélago, «en unas islas de negros que llaman Papuas»,
los portugueses que se encontraban a bordo, dirigidos por Simón de Brito Hidalgo y
Bernaldín Cordeiro, desertaron, llevándose el batel de la nao, que era necesario para
bajar a tierra, hacer aguada y conseguir qué comer. Sin el batel, continuar la navegación
era algo irrealizable. Ahora resultaba evidente que la petición de acogida de los
portugueses para regresar a España y «besar la mano del emperador» era una añagaza
para sabotear el regreso de Saavedra a Nueva España. El batel de los desertores,
arrastrado por los vientos y las corrientes, terminó en unos islotes donde murieron
todos salvo Simón de Brito y Fernando Romero, que en una canoa indígena lograron
llegar a Gilolo. Cuando la Florida regresó a Tidore de su frustrado viaje de vuelta y se
supo la verdad de lo ocurrido, Andrés de Urdaneta fue a buscarlos a Gilolo y los
encontró. Simón de Brito fue degollado y Cordeiro ahorcado, y sus despojos
notoriamente expuestos en lugares ostensibles para que sirvieran de ejemplo a sus
compatriotas de Ternate . 363
La Florida, una vez fracasado el intento del tornaviaje, entró nuevamente en Tidore
el 19 de noviembre de 1528, con sus enfermos, con su casco carcomido y con la triste
noticia de la dificultad, al parecer insuperable, del viaje de retorno . 364
las crónicas a las amantes de los personajes célebres. Hay quien calificó su actividad de
pirática durante este tiempo.
La guerra hispanoportuguesa en las Molucas (15271530)
La guerra entre lusitanos y españoles se generalizó durante un periodo de tres años de
escaramuzas, ataques y contrataques que abarcó desde enero de 1527 hasta octubre de
1530.
Apoyaban los indígenas ternates a los lusitanos, como siempre, mientras que los
naturales de Gilolo y Tidore se situaban, como era ya tradicional, al lado de los
españoles. La lucha fue un tanto desigual, ya que el contingente castellano era un
residuo de supervivientes de las expediciones de Elcano (1522), Loaysa (1527) y algún
lejano refuerzo, como el que aportó la expedición de Álvaro de Saavedra (1527), que
proporcionó oxígeno frente a los adversarios portugueses más numerosos y mejor
armados, y que además podían ser reforzados desde Malaca —y de hecho lo eran— con
más hombres, más armas, y más municiones y pertrechos.
A pesar del refuerzo que suponía la construcción de los baluartes y otras obras menores
de defensa, la ciudad de Tidore fue atacada nuevamente el 28 de octubre de 1529 por los
portugueses y sus aliados ternates, dispuestos a acabar con la resistencia española. Los
portugueses no podían haber elegido mejor momento porque 18 soldados españoles
habían sido enviados a Gilolo y otros 20 habían salido a combatir contra «una armada
de portugueses» en praos, cuyo enfrentamiento relata Gonzalo Fernández de Oviedo:
Vinieron a barloarse los unos con los otros y pelearon hasta que la noche les departió, y todavía
tomaron los nuestros un prao con hasta cien personas y dos versos de bronce en él y mataron a quasi
todos los indios. Y en ese mismo tiempo también andaba fuera la armada de Gilolo con todos los
castellanos que en Gilolo residían366.
Menesez se puso al frente de su fuerza —portugueses e indígenas ternates—, que
cruzó hacia la isla rival. Desembarcaron y se dirigieron hacia la ciudad. Cuando se
presentaron frente a los baluartes y la población de Tidore, los españoles intentaron
inicialmente resistir a lo largo del muro exterior que estaban construyendo a la entrada
de la ciudad, pero ante la superioridad numérica de los portugueses y de sus aliados
abandonaron las casas y se retiraron al interior de la fortaleza. Así lo atestiguó el propio
Hernando de la Torre:
…vinieron los portugueses que estaban en la isla de Ternate (…) con todo su poder con muchos
indios, sus amigos …367.
Hernando de la Torre, que estaba al mando, lo resumió sucintamente:
Los portugueses nos echaron por las armas de Tidore, donde teníamos una fortaleza de piedra seca y
toda la artillería y hacienda que teníamos para nuestro mantenimiento y dos fustas368.
De los 37 españoles que se encontraban dentro del fuerte solo 25 eran «gente de
guerra». Los otros 12 eran grumetes y pajes. Con esa exigua minoría no podía hacerse
frente a cerca de 400 portugueses.
Salió Hernando de la Torre del fuerte con 23 de sus hombres, quedándose 12 con
los portugueses al servicio del rey de Portugal —probablemente los pajes y grumetes—,
a los cuales el capitán Hernando de la Torre «hizo pregonar por traidores y que
confiscaba sus haciendas y bienes» , que en el caso de los grumetes y pajes debía ser
370
Los términos de la capitulación obligaron a los españoles a entregar los soldados
portugueses que habían capturado y la «galera tomada con toda la artillería y munición
que estaba en la fortaleza de Tidore y fuese del rey de Portugal y los esclavos huidos de
Ternate a Tidore». Una vez dueños del fuerte y de sus almacenes, los portugueses
«confiscaron muchas armas, 6 piezas de artillería gruesa de bronce, procedente de las
naos, y 25 de artillería ligera, versos y falcones, cuatro de grandes dimensiones, cuatro
pasamuros y ocho falcones, además de otros tiros pequeños» . El saqueo incluyó
372
recolectadas por los tidores para los españoles.
Muchos de los tidores se trasladaron a Gilolo en busca de protección por parte de
su antiguo aliado y de los españoles establecidos en aquella isla.
Pero, a pesar de la rendición, Menesez no estaba dispuesto a que los españoles se le
escapasen. En la ruta hacia el puerto de Zamafo salieron al paso seis praos portugueses
preparados para liquidar a los castellanos y a los refugiados tidores que iban con el
sultán Rade. Pelearon:
Al fin los castellanos tomaron uno de los praos a los portugueses con toda su gente, mataron al
capitán de dicho prao y a la mayor parte de la gente que con él venía374.
A su llegada a Zamafo decidieron no permanecer allí, sino regresar a Tidore en
cinco praos, con Alonso de los Ríos y el sultán Rade, y proseguir la lucha, pero les
informaron de que en la isla de Batán y en otras se sabía que habían arreglado paces con
Ternate y que en Tidore habían quedado portugueses en custodia, con lo cual tuvieron
nuevamente que cambiar de opinión y se volvieron al puerto de Zamafo. No iban a
abandonar la lucha a pesar de que esta iba teniendo cada vez menos sentido.
Imaginamos que no solo Hernando de la Torre, sino que las autoridades virreinales
—por no referirnos a la corte del emperador— irían paulatinamente rindiéndose a la
evidencia de que las jornadas del Maluco nada tenían ya que ver con el acopio de
especias y el comercio sosegado de las mismas que se había planteado originalmente.
Los acontecimientos habían resuelto que lo que se había previsto como una actividad
mercantil se hubiera convertido en puras expediciones de conquista.
Las circunstancias no ofrecían otras alternativas más pacíficas, ello era evidente,
pero es que, incluso aceptando las hostilidades como el único medio para mantenerse
en el archipiélago, los españoles disfrutaban de pocas bazas para ello.
La distancia con Nueva España era muy grande como para que el refuerzo y apoyo
en la lucha fuese eficaz. Había tres cosas imprescindibles —armamento, hombres y
naves— sobre las que se fundaba la resistencia. Y la carencia de esas tres cosas era
imposible de suplir. La pólvora era esencial, «pues es forzoso pelear con ella; y la
artillería, mosquetería y los arcabuces sin ella no son armas, sino estorbos» . La
375
fabricaban recogiendo salitre del mar, azufre de los volcanes y carbón vegetal de la
madera quemada en los bosques, lo que no dejaba de ser una artesanal chapuza. En
cuanto a los hombres de armas, el contingente total —y muchos eran marineros y no
«gente de guerra»— rebasaba escasamente el centenar. Por último, la falta de
embarcaciones hacía que su dependencia de las fustas y korakoras que les prestaban
Gilolo y Tidore fuese total. Por ello no podían utilizar con libertad sus líneas de
navegación en la mar, ni negárselas al adversario, porque ante la ausencia de medios
propios su movilidad, incluso entre islas, era muy reducida.
El conflicto, que duraba ya años, había hecho que las fuerzas y los recursos de cada
bando se concentrasen en torno a una serie de reductos fortificados en las islas. Ese fue
el motivo de la proliferación de baluartes, castilletes y fortalezas. Ellos albergaban a las
fuerzas combatientes y a sus cañones, pero también acogían a las familias de los
naturales. Señala con acierto Antonio Carlos Campo que fuera del refugio de esos
fuertes, el resto del territorio de las islas se convirtió en tierra de nadie, en zonas sin
habitar, donde una simple salida exploratoria en busca de agua o leña era arriesgada,
porque podía provocar ser capturado por las fuerzas enemigas. La naturaleza hostil del
terreno, en una geografía montañosa, con barrancos y vegetación frondosa, y el estado
de guerra continua forzaron a las poblaciones a agruparse alrededor de los recintos
amurallados, que a su vez se construían en las proximidades de la costa para facilitar la
comunicación entre otros fuertes o con otras islas. Porque todo desplazamiento, incluso
los que se llevaban a cabo entre los distintos fuertes amigos, se hacía exclusivamente
por mar . Por ese motivo era tan necesario para los españoles de las islas disponer de
376
medios para hacerlo, ya que, además, el acceso a los suministros y recursos venía
determinado por la llegada de embarcaciones, bien de las islas cercanas, bien de
archipiélagos más lejanos, por lo que el control de las aguas del archipiélago estuvo
siempre muy disputado.
Descrito en corto: la táctica aplicada en la lucha era doble. Para sobrevivir en la mar
trataban de utilizar las líneas de navegación para sí, negándoselas al enemigo. Para
diezmar al adversario en tierra, se aplicaba el código del escorpión: mira despacio, pica
rápido y vete más rápido todavía.
Después del último asalto a la ciudad de Tidore, los españoles que quedaban en el
archipiélago se habían refugiado en la isla de Gilolo. Sin embargo, se hallaban en una
situación de total desorden y no estaban en condiciones de proporcionar ayuda a nadie.
Algunos se habían pasado a los portugueses y otros habían buscado protección en una
montaña próxima. Urdaneta trató de reunir a las fuerzas españolas e intentó persuadir a
los de la montaña para que volviesen al establecimiento de Gilolo.
Decidido a asestar el golpe final, Menesez conspiraba en secreto con los indígenas
de Gilolo para que «matasen a los castellanos», prometiéndoles en premio algunas
lombardas y «tanta hacienda como ellos pidiesen».
En esas circunstancias De la Torre concluyó que la mejor opción para salir del paso
era pactar con los portugueses y terminar las continuas escaramuzas, y estableció
contacto con los portugueses. En un primer momento los españoles que estaban en
Zamafo trataron de convencer a Urdaneta de que acatase las condiciones de rendición
que Hernando de la Torre estaba negociado en Ternate para todos los españoles de las
Molucas. Pero Urdaneta, que había conseguido reunir a 75 españoles en Gilolo, no
estaba decidido a rendirse. Quizás expresaba los sentimientos de todo el grupo cuando
escribió en su relación:
Si abandonamos (Gilolo), deberemos abandonar a los habitantes a los portugueses que, al saber la
ayuda que los nativos nos han dado, pueden aniquilarlos para vengarse. Y para nosotros entregar Gilolo
significa entregar nuestra última posibilidad de completar el dominio de las Molucas.
Finalmente, De la Torre aceptó ir a Gilolo y encontrarse con sus compatriotas que
habían jurado luchar hasta el final contra los portugueses, preparándose para la última
resistencia y «desta manera tornó a ençenderse y reçucitar la guerra con los
portugueses, la qual duró bien cinco meses».
El Tratado de Zaragoza (1529)
En la primavera de 1529 se iba a producir un acontecimiento esencial que iba a influir
de modo definitivo en la presencia de la Monarquía Hispánica en las Molucas y en su
relación con Portugal.
El día 22 de abril de 1529 se firmaba en Aragón el Tratado de Zaragoza. Las guerras
con Francia requerían financiación y los 350 000 ducados que Portugal ofrecía por la
compra de los derechos españoles sobre las Molucas eran apreciados como socorro
providencial en las finanzas imperiales.
Vista con perspectiva, la operación negociada en el Tratado de Zaragoza estaba
cargada de lógica y contenido político.
El interés por la Especiería se había reducido notablemente en España. Durante
ocho años se había tratado de ganar las islas, abundantes en clavo y fuente de riquezas.
Hasta la fecha se habían enviado siete armadas , con un total de 24 naves, de las que
377
solo la Victoria de Elcano había regresado con especias. Las otras 23 habían
desaparecido o nunca llegaron a las Molucas y, si lo hicieron, quedaron allí.
La vía de occidente, a través del estrecho de Magallanes y de los dos océanos, había
demostrado ser larga, penosa e impracticable. La secuencia de los hechos había puesto
de manifiesto la extrema dificultad que para las naves españolas suponía cualquier viaje
de ida, y sobre todo de vuelta, desde el Extremo Oriente. A lo largo de esos ocho años,
las expediciones se habían ido convirtiendo más en militares que comerciales. La
pólvora se imponía al clavo y a la canela.
El conflicto abierto con Portugal estaba generando una guerra de desgaste que no
era factible ganar porque los refuerzos en hombres y en munición y en aprestos y
materiales se encontraban a miles de leguas de distancia. Por otra parte, la presencia de
las armadas portuguesas impedía forzar la vía del cabo de Buena Esperanza para
alcanzar España con cargas de especias.
El regreso a Nueva España no había sido posible. Sin encontrar los vientos y
corrientes adecuadas para hallar el tornaviaje, la opción de mercadear con especias vía
Filipinas y Nueva España era también imposible.
Todo parecían ser condiciones insalvables y, por otra parte ¿dónde habían quedado
los ansiados beneficios de las especias?
Simplemente, no existían.
Todo ello llevó a Juan III a ofrecer al emperador una tentadora operación de
compra de sus eventuales derechos sobre las Molucas. Ante el agobio financiero de
Carlos I, la cifra fue aceptada. La suma que el rey de Portugal brindaba por los derechos
sobre las lejanas islas, que muy pocos beneficios materiales habían aportado a la corte
española, suponía un alivio para las arcas imperiales, exhaustas tras ocho años de
guerra con Francia y el papado, apoyadas ahora por el primer oro que venía de las
Indias. Necesitaban el oro para las campañas y no para pagar su inminente boda con
Isabel de Portugal, como señala Turner: «los derechos españoles obtenidos con tanto
ingenio, sudor, dinero y sangre se vendieron para sufragar una boda regia» . 378
El autor australiano, siempre riguroso, elegante y preciso acertando en la diana,
esta vez erró el tiro. Un patinazo lo tiene cualquiera.
Lo cierto era que hacia las Molucas se habían realizado expediciones desde
diversos puntos de las Indias y desde la Península con unos resultados decepcionantes.
Todo ello había acabado produciendo un desencanto que terminó alcanzando su punto
culminante con la cesión o «empeño» de las Molucas . Al final, el gran mito de las
379
especias había resultado un sueño baldío. Al menos para España.
Con el texto del Tratado de Zaragoza en la mano, España se comprometía, de ahora
en adelante, a no despachar naves a la Especiería y a que todo cargamento de especias
que no fuera traído a España por súbditos o barcos portugueses, fuera embargado. Eso
sí, en cualquier momento el rey de España podía rescatar sus derechos devolviendo la
cantidad íntegra y anulando el tratado. Portugal, por su parte, asumía el compromiso
de no construir fortaleza alguna nueva en las Molucas ni en lugar alguno situado en la
nueva demarcación.
fin del delirio sobre las especias supuso igualmente el fin de aquel sueño.
Por eso no nos sorprende que el 26 de agosto de 1530 los portugueses y los
castellanos firmasen las paces en Ternate. No fue ajeno a esta decisión, además del
Tratado de Zaragoza, el descubrimiento de un complot del sultán de Ternate y el de
Gilolo contra los europeos. Los de Gilolo, especialmente, percibían el acuerdo de
Zaragoza como un abandono de la alianza que tradicionalmente les había unido a
España y les había protegido, no solo del yugo portugués, sino de la hostilidad de los
ternates. Se sentían traicionados.
Ahora el peligro que percibían los europeos de un levantamiento de los indígenas
contra ellos forzó la paz con los lusitanos en el archipiélago.
Nuevos tiempos se avecinaban, y no para bien.
No llegó con buen pie. Sus disposiciones sobre el monopolio del clavo, ciñéndolo al
mercado que marcaba la fortaleza, prohibiendo el comercio privado y destruyendo las
balanzas, pesos y medidas que se encontraban en manos de los particulares, crearon tal
atmósfera que pronto surgió un movimiento de queja contra su persona y un deseo de
insurrección, no solo entre los ternates, sino también entre los portugueses encabezados
por el joven caballero Vicente de Fonseca.
Pereira ordenó la detención del príncipe Bohejat, que de hecho estaba en una
especie de arresto domiciliario en el castillo. Una tarde, los insurrectos ternates y
portugueses dirigidos por Fonseca liberaron al príncipe y restauraron el comercio de las
especias en manos privadas. Pereira reaccionó tratando de detener a Fonseca y en el
curso de un intento tumultuoso de liberarle, se enfrentaron los dos; y Fonseca tiró un
pistoletazo al capitán Pereira, que murió de sus heridas el 27 de mayo de 1532.
De hecho, Fonseca quedó como gobernador de facto del castillo.
La ciudad y fortaleza de Soa Siu
Diogo do Couto describe la fortaleza como «un castillo arrezoado roqueiro» , 381
situado en la cima de una montaña a cierta distancia de la ciudad, pero que la dominaba
desde arriba. Sin embargo, el fuerte no debía ser tan inexpugnable como lo pinta Couto
y lo describieron sus apologetas, pues, como señala Marco Ramerini, no estaba tan
fortificado como podría parecer en una primera observación superficial, tenía pocos
hombres para su defensa y carecía de artillería . Se decía que la fortaleza estaba
382
El joven Fonseca terminó destituido, caído en desgracia y encadenado en la nao
que le llevó de regreso a Goa, mientras se esperaba a su sucesor.
Cierto es que, a pesar de la tregua existente con los portugueses, la situación no
dejaba de ser compleja. De hecho, nadie en Tidore ni en Ternate había visto una copia
del Tratado de Zaragoza o leído una cédula real que certificase el cambio. Pedro de
Montemayor fue enviado por Hernando de la Torre a Goa en enero de 1533 para
informarse de la situación acerca del virrey portugués de la India. El viaje no era corto,
y entre la travesía y la estancia, Montemayor no regresó hasta octubre de ese año.
Cuando volvió, lo hizo acompañado del nuevo gobernador portugués de las Molucas y
capitán de la fortaleza de Ternate, Tristán de Ataide, que llevaba cartas oficiales que
avalaban las negociaciones hispanolusas y el contenido del tratado.
A partir de ese momento los 17 supervivientes españoles que quedaban decidieron
regresar a España, de acuerdo con los portugueses. Se les entregó una ayuda metálica,
se requisaron todas las piezas de artillería y se les concentró en la fortaleza de Ternate,
mientras Tristán de Ataide ordenaba una expedición de castigo, para someter a Gilolo
—la isla que había sido aliada de Castilla—, quemando la ciudad.
Embarcaron a los españoles poco después. El 16 de febrero de 1534, De la Torre y
sus compañeros zarparon hacia Malaca y luego de ahí a Cochin, en la India. En enero de
1536 zarparon hacia Europa.
Urdaneta, sin embargo, decidió no regresar aún. Tenía pendientes cuentas con los
indígenas de Gilolo y Tidore. Había aprendido la lengua y se manejaba como uno de
ellos. Lo haría dos años más tarde. Pero los tiempos que se avecinaban para los viejos
aliados de Gilolo y Tidore no eran buenos.
A su vuelta, en la corte de Valladolid escribió un largo informe al emperador —
tratando de convencerle, ocho años después de que se hubiera firmado el Tratado de
Zaragoza— que las islas Molucas eran rentables:
V.S.M. sabrá que se puede traer de Maluco, si V.M. fuere servido de mandar tener contratación en
Maluco, en cada año seis mil quintales de clavo…
Era también sabido en los círculos próximos a la Especiería que Lisboa trataba de
minimizar el volumen de su negocio con Ternate, cuando todavía la soberanía de las
islas era debatida con España. En cuanto al volumen de los beneficios que estaba
obteniendo, prefería que pasasen algo desapercibidos en los mercados europeos.
Urdaneta, que conocía bien el transfondo de todo ello, no dejó de señalarlo a Carlos I:
V.S.M. sabrá, que aunque digan acá que el rey de Portugal no tiene provecho ninguno de Maluco
(…) no están bien al cabo los que piensan esto, porque con el trato del clavo é de la nuez que tienen en la
India, sin que lo vieren en estas partes, así el rey de Portugal como otras muchas personas portuguesas
adquieren é ganan mucha hacienda…
…porque aunque a Portugal no traigan sino quinientos quintales de clavo (…) é doscientos de nuez
en cada un año, llevan los dichos portugueses a Armuz (Ormuz) que está a la entrada del mar de Persia,
y venden en cada año mas de seis mil quintales de clavo (…) porque van a comprar a la dicha isla de
Armuz mercaderes moros toda la dicha especiería, é de ahí pasan a Arabia é a Persia é a toda Asia hasta
la Turquía383.
Pero Carlos I ya había decidido que no quería entrar en conflictos con Lisboa y
había renunciado a proseguir la carrera de las especias después de haber puesto tanto
ardor en ello.
Unos meses antes de que Urdaneta dirigiese este informe al rey Carlos I, Tristán de
Ataide dejó paso en las Molucas al nuevo gobernador, Galvao, que llegó a Ternate el 27
de octubre de 1536. Encontró Gammalamma medio arruinado, descuidado, y a la
población de ternates dispersa por las montañas. La moral de los portugueses de la isla
estaba en niveles mínimos y los precios de los alimentos eran impagables.
En la vecina Tidore la situación era la contraria. El príncipe Bohejat (Cachil Dayalo)
había logrado disciplinar fuerzas de varios miles de tidores y se decía que la fortaleza
reconstruida, desde donde regía a sus súbditos, era inexpugnable.
La primera reacción de Galvao fue ofrecer la paz a Bohejat. Pero su propuesta fue
declinada. Siguieron encuentros navales de korakoras y praos, entre las islas, para
probar las capacidades mutuas, y llegó el momento —tras la confesión de un prisionero
tidore que reveló dónde se encontraba la fortaleza de Soa Siu— de preparar la ofensiva
en condiciones. Una más, en ese trágico vaivén de razias y expediciones punitivas que,
con mortal monotonía, castigó a las dos islas durante décadas.
Galvao condujo la nueva razia, y la nueva ciudad de Soa Siu fue atacada pensando
que una vez capturada la ciudad se tomaría fácilmente la isla. Con sus fuerzas se
aproximó hasta los alrededores simulando una marcha hacia la ciudad con 170 soldados
portugueses, cuando en realidad era una maniobra de diversión que daba tiempo a que
120 esclavos y mercenarios se dirigieran hacia la fortaleza por un camino que se alejaba
de la ciudad. Pero el efecto sorpresa no tuvo éxito. A media legua de la subida hacia la
fortaleza, un nutrido contingente de tidores les cortó el paso. El príncipe Bohejat (Cachil
Dayalo) se colocó al frente de los tidores y el choque fue muy duro. Afortunadamente
para los portugueses el combate terminó con la muerte de Bohejat y la victoria les
permitió entrar en la fortaleza. El fuerte fue arrasado e incendiado el 21 de diciembre de
1536. Como las casas de la ciudad estaban construidas con madera y cañas, ardieron
rápidamente. Las obras defensivas fueron desmanteladas, lo que tomó algunos días.
También ardió la ciudad del sultán, sus obras defensivas, murallas y muros.
Galvao tomó prisioneros a los jefes de la isla de Tidore que habían estado durante
tanto tiempo con los españoles y que además de su propia lengua hablaban el castellano
y el vasco, dadas sus relaciones con los soldados y oficiales del emperador y rey de
España. Se expresaban asimismo en portugués por sus constantes contactos, para bien o
para mal, con los lusitanos de Ternate. Castanheda, afirma Ramerini, también confirma
el conocimiento del sultán de Tidore de los tres idiomas.
El sultán de Tidore se rindió a Galvao. Sus súbditos se refugiaron en una montaña
sobre la ciudad, en el periodo que transcurrió antes de la llegada de Villalobos.
Posiblemente se tratase de la reconstrucción en el mismo lugar que estaba Soa Siu.
La expedición de Ruy López de Villalobos (1542)
A pesar del «empeño» de Zaragoza, en los círculos económicos castellanos no se dejaba
de pensar en la Especiería. Los grandes banqueros damnificados al no poder recuperar
las inversiones realizadas en las armadas de las Molucas, aunque se les buscaron otras
compensaciones, comenzaron a hacer circular rumores que luego resultaron ser ciertos 384
En 1542 el virrey de Nueva España, Antonio de Mendoza (15351550), volvió a
desempolvar su viejo proyecto de enviar una armada a las islas de la Especiería. Lo
había concebido ya en 1538. Andrés de Urdaneta, tras su experiencia moluqueña, se
encontraba en España. En esas fechas, Pedro de Alvarado, gobernador de Guatemala,
deseaba probar suerte en el Pacífico y negoció un acuerdo con la Corona con el fin de
enviar una expedición a la Especiería. Alvarado, que era de los que compartía la
convicción de Hernán Cortés de que había que penetrar en el Pacífico, había buscado en
España a supervivientes de las empresas de la Especiería y no paró hasta llevarse a
Andrés de Urdaneta a Guatemala. Apunto este dato porque Alvarado, que como
inquieto capitán de Hernán Cortés miraba a Oriente y a la Especiería como la expansión
geográfica natural del virreinato de Nueva España, soñaba con ello desde su
nombramiento como adelantado en Guatemala. La ambición del descubrimiento y
conquista de las nuevas islas de Oriente y el deseo de alcanzar esos mercados
deslumbrantes del comercio de las especias, que entonces monopolizaban los
portugueses, bullían en la cabeza de todos aquellos que soñaban con descubrir y
conquistar.
España está en deuda con su nombre y con los hechos que informaron su vida.
¿Para cuándo una estatua de Andrés de Urdaneta que acompañe a otro vasco, Blas de
Lezo, y a Jorge Juan, en la plaza de Colón en Madrid, y que perpetúe su recuerdo entre
nosotros?
Pero aún quedaban a Urdaneta grandes hazañas —en 1565 sería el descubridor del
«tornaviaje»— que las iría culminando desde su regreso a Nueva España en 1538, como
hemos visto.
Volvamos ahora al sueño de la conquista de un dilatado imperio oceánico desde
Nueva España. Como he dicho, el virrey Mendoza cultivaba la idea de enviar una
nueva expedición a Oriente para expansionar Nueva España. La exploración de las islas
del Pacífico era su parcela preferida. Faltando Alvarado, el virrey quiso confiar el
mando de la expedición a Urdaneta, pero el guipuzcoano declinó la oferta, aunque esta
tesis parece que no tiene un serio fundamento y que solo circuló como rumor más tarde,
para agigantar la figura de Urdaneta.
Hubo de transcurrir un año para que el virrey armase una nueva expedición que
esta vez confió al malagueño Ruy López de Villalobos con pilotos experimentados en
las aguas de Oriente, como Hernando Lamedo, Hernando Alonso y Antón Pablo . Esta 386
armada no era como las demás. El Tratado de Zaragoza y sus cláusulas hicieron sentir
su peso, lo que parecía distorsionar su objetivo. Por primera vez el objetivo no era la
Especiería, porque sobre las Molucas y la Especiería las órdenes del emperador en las
capitulaciones eran claras:
…sobre las islas de los Malucos y Especiería, vos mando que lo guardéis como en ella (la
demarcación) se contiene y que no toquéis en cosa que pertenezca al serenísimo rey (de Portugal).
Los contenidos de las capitulaciones recogían que Alvarado, y en su sustitución
Villalobos como teniente de gobernación y capitán general de la armada, tendría la
exclusividad durante siete años en la exploración de las islas y tierras que se hallaran en
el Mar del Sur, hacia poniente, y que descubriera, conquistara y poblara.
La instrucción limitaba el alcance económico de la empresa que, sin embargo, era
amplia en otros horizontes.
Zarparon el 1 de noviembre de 1542 desde el puerto de La Navidad. La flamante
armada se componía de cuatro naves construidas en Acapulco: la nao Santiago, la
capitana, de 150 toneladas; el galeón San Jorge, de 120; la nao San Antonio, de 90, y la nao
San Juan de Letrán, de 60, además de la galeota San Cristóbal y el bergantín San Martín.
Sus tripulaciones oscilaban entre los 370 y los 400 hombres. La expedición tenía un
doble objetivo : deberían fundar un establecimiento en las islas que Villalobos
387
denominaba ya oficialmente como Filipinas y explorar durante su travesía la fantástica
isla de San Bartolomé, que se creía que era la isla mitologizada de Ofir, intermedia entre
Nueva España y las de Los Ladrones, donde no había podido recalar la nave capitana
de Loaysa.
solo el Pacífico les merecía consideración.
El 1 de febrero del año 1543 la armada de Villalobos llegó a Mindanao. La flota
permaneció allí durante 32 días sufriendo un hambre extrema. El 31 de marzo partió en
busca de alimentos.
Sobre la expedición abundan los testimonios de primera mano. Entre esos y otros
relatos de indudable valor documental, como los de García de Escalante y fray
Gerónimo de Santisteban, y algunos textos del tomo XV de la valiosa colección de
Martín Fernández de Navarrete, se dibuja con precisión el panorama afligido de
aquellas tripulaciones castigadas por el Pacífico.
A su llegada a Filipinas, la flota dedicó sus días a explorar y descubrir, pues ese era
el cometido ordenado en sus capitulaciones. En una de aquellas singladuras cercanas a
la isla de Sarangani, se desató un temporal. Las naves se dispersaron. La San Antonio fue
inmisericordemente zarandeada y se fue a pique mientras esperaba el regreso de la San
Cristóbal y del San Martín. El bergantín San Martín se hundió asimismo durante la
tormenta, y la galeota San Cristóbal se perdió para aparecer inesperadamente dos meses
después con una carga de arroz y otros alimentos. Días después, al regreso de una
inspección de exploración, la San Jorge se desmanteló en una borrasca y finalmente se
estrelló contra el litoral en Mindanao.
Se habían ido a pique tres de las seis naves de Villalobos y una se había extraviado.
Con ellas habían perdido mucha artillería, armas, hacienda, pertrechos y víveres. En
octubre de 1543, gracias a la reaparición de la San Cristóbal repleta de víveres, pudieron
aguantar en la isla de Sarangani, sin embargo, la enemistad de los isleños les aconsejó
evacuar y buscar fondeaderos más apacibles. La capitana San Antonio y los dos
bergantines, el San Cristóbal y otro apañado en Sarangani, era lo que quedaba de la flota,
porque la nao San Juan de Letrán terminó también por desorientarse en el Pacífico y, al
parecer, vivió unas aventuras sobre las que hoy aún se especula.
Navegaron después hacia las Molucas buscando refugio contra los vientos
contrarios y condujeron la nao hacia Gilolo.
Los portugueses, al verlos llegar, pensaron que la armada venía —una vez más— a
disputarles la posesión de las islas. No obstante, el emperador había autorizado y
reiterado al virrey Mendoza que la expedición zarpase, «con tal que no toquéis en el
Moluco, ni en cosa del serenísimo rey de Portugal, nuestro hermano» , de modo que los
389
lusitanos no tenían nada que temer. Les dijeron a los portugueses que venían muy
necesitados y que, una vez abastecidos, tornarían a Filipinas.
Villalobos alcanza las Molucas
La expedición llegó prácticamente desintegrada. Los restos de la desgraciada armada de
Villalobos acabaron por encontrar refugio en el norte de la isla de Gilolo. El sultán
Katara Bumi los acogió. Como vasallo que era del sultán de Tidore —una isla que
siempre, no me cansaré de repetirlo, había sido propicia y aliada a los españoles—
facilitó el contacto y la relación con su tribu.
Con la ayuda logística de los hombres de Villalobos, Katara Bumi construyó una
serie de baluartes sólidos alrededor de la residencia real para guardar la carga de la San
Antonio. Tan pronto como el sultán de Tidore supo de la presencia de los españoles
acudió en persona a Gilolo para pedirles que fuesen a su isla. El esquema que venía
reproduciéndose desde Elcano se representaba otra vez 22 años después. Los españoles
aceptaron con la condición de que «no se había de hacer la guerra a los portugueses, ni
a cosa suya, ni se les había de quitar su contratación de clavo» . Mientras tanto, el
390
sultán de Tidore proporcionó dos praos al factor real García de Escalante para tratar de
agrupar las naves dispersas de la expedición. En su misión invirtió cuatro largos meses.
A su vuelta a Tidore se encontró con la nao San Juan de Letrán que había inútilmente
intentado el tornaviaje.
Ambos sultanes, el de Gilolo —Katara Bumi— y el de Tidore, pronto urdieron su
plan contra Ternate, buscando el apoyo que esperaban de los hombres de Villalobos.
Aquello, nuevamente, estaba dando más juego al mosquete que al fardo de clavo. Pero
esta vez los españoles no estaban determinados a seguir su guerra contra Portugal.
Un contingente portugués llegó el 7 de agosto de 1543 y entregó a Villalobos una
carta de Gregorio de Castro (15401544), que había sucedido como capitán y gobernador
de la fortaleza de Ternate al capitán Antonio Galvao, exigiendo explicaciones sobre la
presencia de la flota en territorio portugués, a lo que Villalobos respondió, nada
convencido, que se encontraban dentro de la línea de demarcación de la Corona de
Castilla. La semana siguiente hubo una nueva protesta y nueva respuesta en términos
similares la una y la otra.
A partir de entonces, los tidores comenzaron a ofrecer cobijo a los esclavos huidos
de Ternate; atizaron las insurrecciones en la isla vecina e incluso persiguieron a los
cristianos portugueses, ante la indiferencia de Villalobos, que en este asunto miraba
para otro lado. Tidore se convirtió en el centro de la provocación animada por la
presencia española. En agosto de 1545, y para su defensa, hicieron construir en la cima
de una colina una fortaleza de piedra y decidieron «fortalecer un peñol y ençima del
hizo una fortaleza de piedra seca para se recoger allí si neçesario fuese» , como relató 391
García Escalanate.
Como señala Diogo do Couto, «esta fortaleza fue construida en el mismo lugar
donde fue destruida por Antonio Galvao», es decir, en Soa Siu. En la edificación de este
recinto también participaron los españoles de la expedición de Villalobos. El baluarte
«era unha fortaleza de pedra ençosso» situada en «un padastro que ficava sobre as
costas da cidada». La reaparición de este bastión en la isla de Tidore evidentemente
perturbó a los portugueses de Ternate, que exigieron de modo inmediato su
demolición, la entrega de la artillería y de la munición de las piezas. En 1551, tras largas
negociaciones entre el sultán de Tidore y Bernardo de Sousa, la fortaleza fue
desmantelada y «acabou de por tudo por terra», pero en Tidore y Ternate las
demoliciones duraban poco y en 1605, antes del ataque holandés, ya estaba de nuevo
reconstruida.
El portugués Gregorio de Castro no tardó en enviar nuevas misivas a Villalobos,
harto —como debía estar— de esa guerra irregular indirecta, que el español dirigía
entre bambalinas, apoyando razias y escapando a los encuentros directos. En aquella
época los cánones del honor exigían el enfrentamiento abierto y aborrecían la
emboscada o el golpe furtivo, que eran considerados más propios de bandidos que de
caballeros. De manera que el capitán De Castro propuso una alternativa a Villalobos: o
luchaban en combate campal —y presumiblemente era derrotado ante la clara
inferioridad numérica de los españoles— o se rendían y eran repatriados a España vía
Goa .392
La claudicación de Villalobos
Contra fuerzas superiores en número y mejor equipadas, Villalobos sabía que no podía
confiar mucho en la capacidad de combate de sus milicias tidores y de nativos de Gilolo
y, sobre todo, ni por un momento llegaría a pensar entrar en abierta contienda
contraviniendo expresamente la voluntad del emperador, que había ordenado no tocar
nada de lo que perteneciese a los portugueses en la Especiería. Por tanto, no hubo
combates.
Al capitán De Castro le sustituyó Jordán de Freitas, que tuvo una actitud menos
belicosa frente a los españoles. El nuevo capitán lusitano, deseoso de pacificar los
territorios, propuso a Villalobos que le ayudase a combatir y a someter al sultán de
Gilolo, que se unieran a él en una expedición contra Gilolo y compartieran luego el
botín.
La oferta era indecente y debía repugnar a cualquier conciencia, ya que implicaba
traicionar al sultán Katara Bumi que hospitalariamente había acogido a los
expedicionarios de Villalobos y romper con deslealtad la alianza tradicional con Gilolo.
Sin embargo, los españoles optaron por ello. No era un comportamiento muy loable ni
honroso, pero posiblemente la resistencia de las tripulaciones había llegado a su
término. Si después de tantas desventuras y vidas azarosas, lo único que se iban a llevar
eran las cicatrices como trofeo de años de combates y de sinsabores en los viajes, debían
aprovechar la ocasión, pensarían, ante la única opción que tenían. La idea de regresar a
España con las manos vacías no era algo que contemplasen.
Para vergüenza del medio centenar de españoles, estos se unieron así a los 200
portugueses del capitán Jordán de Freitas y a los hombres del sultán Hairun de Ternate,
con la finalidad de atacar Gilolo. Aquello fue un caos indescriptible. No obstante, los
españoles decidieron no delatar los lugares donde tenían escondidos sus pequeños
tesoros y riquezas los habitantes de Gilolo y no participaron en la pelea ni en el saqueo.
La nao Santiago, la capitana, estaba en tal mal estado que acabaron vendiéndola a
los portugueses y con su precio compraron clavo para su viaje de vuelta. Fue reparada
por los portugueses y concluyó su vida marinera navegando entre las Molucas y la
ciudad de Malaca, sirviendo al comercio de especias.
El capitán Jordán de Freitas terminó por aislar a los españoles y enviarlos en una de
las naos a Goa.
Durante el prolongadísimo viaje, que incluyó un mes de escala forzada en Ambon,
permanecieron recluidos en un atestado y miserable puerto. La mayoría murió de beri
beri, una enfermedad que se origina por deficiencia de vitamina B1, motivada por
dietas insuficientes o desequilibradas, que produce inmensa fatiga —en cingalés beri
significa «no puedo»— y que afecta al sistema nervioso y cardiovascular, produciendo
fallos cardíacos. El propio Villalobos falleció también de la enfermedad y fue atendido
en sus últimas horas por san Francisco Xavier. Solo una docena de supervivientes
regresó a España.
En 1558 murió el emperador Carlos I.
Su sucesor, Felipe II, no manifestó especial interés por las islas Molucas que, por
otra parte, desde el punto de vista jurídico se habían cedido a Portugal con motivo del
Tratado de Zaragoza. La extrema dificultad de la única vía castellana de acceso de
España a la Especiería y la inexistencia de una ruta de «tornaviaje» habían quedado de
manifiesto con la expedición de Loaysa y las que le sucedieron, al mando de Saavedra y
Villalobos. El escaso o nulo interés de gran parte de los súbditos de Carlos I por el
Oriente, a pesar de los privilegios ofrecidos, terminó por poner fin a aquella euforia
inicial por un territorio que se hallaba geográficamente en las antípodas . 393
De este modo, a partir del fallecimiento del emperador se abrió un paréntesis hasta
1581, cuando se produjo la unión de las Coronas de Portugal y España, que despertará
el interés de Felipe II por la defensa de los enclaves y territorios portugueses en Asia y,
nuevamente, por las Molucas, esta vez disputadas por los holandeses.
Ese lapso de silencio hacia las Molucas no significó apatía o indiferencia por parte
de la Corona en los asuntos de Asia. Brunei (1578), China y Siam y, sobre todo, Legazpi
y Urdaneta, certificaron que no fue así o, dicho en términos geográficos, Filipinas y el
descubrimiento del tornaviaje y la unión de Filipinas con Nueva España protagonizarán
esas dos décadas (15581578) de presencia española en Asia.
Muerte del sultán Hairun
El odio que se profesaban mutuamente el sultán Hairun y el capitán portugués
Mesquita transcendía los límites de lo razonable, suponiendo que el odio lo sea. Habría
que indagar las razones de ello, que no serían difíciles de encontrar en un personaje
desequilibrado y cruel como parecía ser el capitán Mesquita. Veterano soldado que
había servido en el golfo Pérsico, oportunista y ambicioso, su máxima pretensión era ser
nombrado capitán de la fortaleza de Ormuz, la pieza más rica de todas las plazas
fuertes portuguesas de ultramar, para lo cual estaba dispuesto a hacer todo tipo de
méritos. En su política diaria en Ternate, el sultán Hairun le molestaba en sus manejos
con el monopolio de las especias. Para poner fin a lo que a todas luces era una
animosidad evidente, el capitán portugués que mandaba la flota mercante que
anualmente cargaba las especias en las Molucas les aconsejó una pública reconciliación.
La ceremonia tuvo lugar. Hairun prometió paz y amistad y abrazó al portugués. Para
reafirmarlo pidió un Corán sobre el que jurar y se lo pasó después a Mesquita para que
hiciese lo mismo. Mesquita rechazó de malos modos el Corán y pidió una Biblia de la
capilla del castillo. La escena terminó en mutuo y acrecentado rencor.
El ácido incidente podía haber concluido ahí, pero cinco días después Hairun fue
convocado en secreto y con mucha reserva para que acudiera a la fortaleza a
conferenciar con Mesquita un delicado asunto. Tan pronto como traspasó una cancela
lateral, discreta, que le llevaba hacia el interior del castillo, Antonio Pimentel, sobrino de
Mesquita, le apuñaló por la espalda hasta matarle.
La cabeza del sultán fue clavada en una pica y su cuerpo desmembrado como se
hacía con los traidores. Los ternates, humillados y aterrados por este cruel
comportamiento del portugués, no olvidaron los hechos y, de entre todos ellos, el hijo
de Hairun, el príncipe Baab, decidió que, a su tiempo, llegaría la venganza.
Ternate expulsa a los portugueses (1575)
El príncipe Baab sucedió a su padre, Hairun, cuando fue asesinado. Hairun se había
ganado una fama —al parecer, merecida— de ser el campeón de los islamistas
moluqueños. Su hijo Baab y su nieto Said le seguirían por esa senda de persecución y
castigo de los cristianos que se encontraban asentados no solo en Ternate y Tidore, sino
en otras islas vasallas como Gilolo, Batjan, Matjan y Ambon.
Desde hacía tiempo, en cada expedición portuguesa, para imponer la disciplina a
los isleños del archipiélago, bien nutridas de korakoras ternates, Baab trataba de
asegurarse la comprensión de los indígenas y de recoger la frustración de los jefes
musulmanes de las poblaciones «disciplinadas».
Con paciencia y tacto, Baab fue urdiendo su red de invisibles complicidades con los
moluqueños para dar en su momento el golpe de gracia a la presencia europea en las
Molucas. El recuerdo de su padre, Hairun, desencadenó el apasionado deseo de Baab
de poner orden en el archipiélago y de expulsar a los europeos de la Especiería.
De hecho, Baab es considerado en Indonesia como el mejor y más honrado líder de
la historia de las Molucas, una figura agrandada hoy día por sus rasgos anticoloniales y,
además —ahora algo más apreciados—, por sus rasgos «yihadistas» en favor del islam.
Su tumba se conserva en Farmadiahi (Ternate), en lo alto de una montaña a la que
se llega tras un tortuoso acceso.
En su proyecto para prescindir del papel rector de los portugueses, Baab llegó a la
conclusión de que el único modo para terminar con ese control en las Molucas era poner
cerco a la fortaleza de Gammalamma, cuya fuerza estaba reducida a pocos efectivos.
Eso significaba igualmente controlar el mar, los accesos a la fortificación y prevenir los
posibles intentos de refuerzo que los lusitanos solicitarían de Goa o de Malaca.
Mesquita había sido remplazado y llamado a Goa, donde permanecía sin gran
reconocimiento.
Su sucesor, el capitán Nunho Pereira, tan pronto como tomó posesión de su cargo
percibió los movimientos de Baab con enorme preocupación. Posiblemente alertado
sobre lo que se estaba preparando, se las ingenió como pudo para solicitar refuerzos a
Goa, pero en el virreinato había carencia de barcos y de tripulaciones y la llamada cayó
en el olvido.
Nunho Pereira estaba en lo cierto. Al poco tiempo, Baab, al frente de un ejército de
nativos, puso cerco al fuerte, dispuesto a pedir la rendición de la guarnición
portuguesa.
Desde Goa, nadie hizo nada por socorrer al fuerte de Sao Joao Batista. El tiempo fue
avanzando y la paciencia de Baab en el cerco corría pareja con la inquietud de los
sitiados en el reducto. Mientras tanto, la miserable condición a la que estaban sometidos
los asediados se iba deteriorando. Comían gatos y fruta; no tenían apenas pólvora y la
escasa cantidad era insuficiente para sus mosquetes y nula para sus cañones.
Atravesaban una crisis de víveres y pertrechos a la que no veían fin con facilidad. En un
último esfuerzo el capitán Nunho Pereira consiguió enviar, no se sabe bien cómo, a
Gonsales Pereira Manramaque, para solicitar ayuda a Goa vía Borneo. La galeota en la
que viajaba Gonsales acabó estrellándose contra los arrecifes de Borneo y ahí terminó el
intento de llamada de socorro portuguesa. A Pereira no le quedaba otra opción que
negociar con el sultán Baab. Este se avino a un acuerdo, aunque subordinándolo a una
condición: que le entregasen al capitán Mesquita, tío del asesino de su padre y auténtico
muñidor del magnicidio. Pero Mesquita se encontraba en Goa, donde, por cierto, Baab
envió una embajada solicitando la entrega.
El sultán Baab nunca llegaría a saberlo. Quien sí murió entre los muros del fuerte
asediado por el mal del beriberi, fue el asesino material de Hairun, el portugués
Antonio Pimentel, que no había seguido a su tío a Goa y acabó así sus días junto a
muchos otros.
Pero a pesar de las conversaciones y de que las cosas no pintaban bien para él,
Pereira no rindió la fortaleza y prolongó el sitio por bastantes meses, hasta que los
asaltantes, que lograron finalmente piezas de artillería, abrieron una brecha en el muro.
Eso cambió todo. El príncipe Tolo, hermano de Baab, dio un ultimátum a los asediados.
A cambio de la rendición, salvarían su vida y propiedades. El capitán Pereira, como
responsable de la fortaleza portuguesa, negoció la capitulación que Tolo terminó
aceptando. Los portugueses fueron autorizados, si así lo elegían, a ir a la isla de Ambon
o entrar al servicio de Baab. Además de la expulsión de la isla, Baab impuso antes a los
portugueses la obligación de reconstruir y restaurar el fuerte Gammalamma, que
debería quedar en idénticas condiciones a las que tenía antes del sitio. Aceptados todos
los términos, Pereira y sus hombres apilaron las armas, dejaron en orden el castillo y lo
abandonaron desfilando por la puerta grande del fuerte. Algunos portugueses, casados
con mujeres ternates, decidieron quedarse al servicio de Baab. Otros fueron a Ambon.
Pero la mayoría, después de la reconstrucción del baluarte, se desplazaron a Tidore y se
unieron a los españoles.
El 15 de julio de 1575 los portugueses hicieron su salida definitiva de la isla de
Ternate, donde había permanecido desde 1512. Una vez expulsados, Baab se instaló en
Gammalamma que, restaurado por los portugueses, quedó convertido en una auténtica
residencia real que su padre, el sultán Hairun, y su abuelo, el sultán Bolief, habrían
envidiado.
Baab, que era un hombre inteligente, fue tolerante con las familias españolas y
portuguesas que aún permanecieron en las Molucas. Las aceptó con tal de que
estuvieran en Tidore, tradicional enemigo de Ternate y ahora reciente aliado. A Baab,
que llegó a mantener correspondencia con Felipe II, le interesaba que el comercio de
especias con los portugueses continuase, pero que a partir de ese momento se hiciese
sin intermediarios. Por primera vez desde la llegada europea, los locales habían
derrotado a los colonizadores . 394
El fuerte de los Reyes Magos
En 1578, cuando los portugueses ya habían sido expulsados de Ternate, empezaron la
construcción de este fuerte «al norte de Soa Siu» , a 750 o 1000 metros de la ciudad. Se
395
edificó a petición del sultán de la isla, para contrarrestar el poder de Baab, su rival de
Ternate, señala Ramerini . Los portugueses que lo edificaron —«en el lugar grande de
396
Tidore»— eran los refugiados, o al menos parte de ellos, que habían sido expulsados de
Ternate por el sultán. Al fuerte, lo llamaron fortaleza dos Reis Magos, porque se iniciaron
sus obras el 6 de enero de 1578 por orden de Sancho de Vasconcellos. La nueva obra era
«cuadrada con lados de 30 braças por cada parte», es decir, 64 metros de lado, por lo
397
tanto se trataba de una edificación más bien pequeña.
Grabado holandés anónimo, realizado en 1607, en el que se representa Gammalamma. La misma imagen fue más
tarde reproducida por Henri Chatelain en Vue et Description de QuelquesUns des Principaux Forts des Hollandois dans
les Indes, publicado en 1719.
En las cercanías del fuerte fue surgiendo un pequeño pueblo que acogió a unos 60
portugueses casados con ternateñas y sus familias mestizas, cinco soldados españoles
de alguna de las pasadas expediciones, comerciantes y nativos. Los jesuitas levantaron
«una capilla de 15 braças de largo y 7 de ancho y junto a ella hicieron un almacén, un
refectorio y una casa para niños» . 398
La fortaleza se describió como pequeña y de poca importancia. Sus murallas eran
399
Los holandeses, como veremos, lo asaltarán en 1605. A partir de ahí seguiremos su
historia.
El rastro de portugueses y españoles se estaba desvaneciendo en las Molucas.
8
Españoles y holandeses.
La guerra en las Molucas
(16091663)
Y
A HEMOS VISTO QUE LA PRESENCIA ESPAÑOLA en las Molucas no llegó a su fin con los
compromisos anunciados en el Tratado de Zaragoza (1529). No fue así. De
hecho, se prolongaría por un siglo más.
Las ruinas de alguno de los fuertes que se conservan hoy día, como los de Nuestra
Señora del Rosario, San Pedro y San Pablo, en la isla de Ternate, o el fuerte Rum, las
ruinas de Marieku o Torre en Tidore son testimonio de esa historia posterior a la firma
del tratado.
Porque a pesar de que el acceso a la Especiería por el Oeste se había revelado como
un viaje largo, agotador, peligroso y caro, y a pesar también del hastío y desgaste que
produjo la conflictiva y difícil presencia en las Molucas, el interés se renovó y hubo una
historia posterior.
Francisco Xavier llegó a pedir desde Goa que transmitieran al emperador Carlos I el
ruego de que no enviase más escuadras a realizar descubrimientos porque se iban
perdiendo una a una sus naves en aquellos arriesgadísimos viajes:
Hermano mío, Maestro Simón, os encarezco digáis al rey nuestro señor (a Manuel III) y a la reina (de
Portugal) que por descargo de su conciencia deberán dar aviso al emperador (Carlos I) o a los reyes de
Castilla que no manden más armadas por la vía de la Nueva España a descubrir Platareas porque cuantas
fueren todas se han de perder… Es piedad oír que parten muchas armadas de la Nueva España (…) y que
se pierden por el camino.
La unión de las dos Coronas (1580)
La unión de España y Portugal despertó de nuevo el interés por las islas Molucas en el
plano político español. Felipe II había jurado en las Cortes de Tomar (Lisboa) las leyes
portuguesas y entre ellas su compromiso de defender las posesiones africanas y
asiáticas de Portugal, decretando que se tomasen medidas «para castigar piratas y
presidiar las costas de África». En cuanto a Asia, había dispuesto en una real cédula,
clara y severa, dirigida a los gobernadores de Filipinas, la obligación de socorrer a
Portugal en las Molucas y en todos los Estados de la India, «valiéndose de la Nueva
España y de los otros reinos de Castilla».
Ayuda sí, y grandes dosis de autonomía también, pues el estatuto de Tomar, por el
que el rey reconoció lo que se denominó «exclusivismo lusitano», consagraba la
capacidad de decisión de Lisboa en la administración, construcción y ejecución de la
política portuguesa —incluyendo la política comercial—, que quedaba reservada a los
nacionales de ese país, al margen de la corte de Valladolid . Por lo tanto, el
402
«exclusivismo» se extendió igualmente al comercio y tráfico de las especias, pues una
de las «mercés, graças e privilegios» que Felipe II hizo al reino portugués fue la de que
no hubiera mudanza en los tratos de la India y de Guinea «e de outras partes
pertenecentes a este reino, assi descubertas como por descubrir», lo que incluía a las
islas de la Especiería.
Ahora bien, esas «mercedes», «gracias» y «privilegios» venían a coincidir —entre
otras medidas— con la exclusión ya impuesta a los españoles a que comerciasen en la
zona de la Especiería, asunto vedado por el Tratado de Zaragoza, pero nada impedía
que, por razones de la política internacional, Felipe II decidiese las medidas contra las
provincias de Flandes que estimase oportunas, aunque afectasen a Portugal, y ello a
pesar del «exclusivismo lusitano».
Las luchas contra los indígenas
De modo inmediato la expulsión de los portugueses de Ternate por el sultán Baab trajo
como consecuencia el final de la presencia europea en Tidore y Ternate. Los
portugueses continuaron presentes en Ambon y otras islas del archipiélago moluqueño.
Expedición de Gonzalo Ronquillo de Peñalosa (1582)
En 1580 don Gonzalo Ronquillo de Peñalosa, comendador de Santa Cruz de la Zarza y
regidor perpetuo de Arévalo, había llegado a Manila al frente de una expedición que
había zarpado de Nueva España para tomar posesión como gobernador general
sustituyendo a don Francisco de Sandre (15751580). A lo largo del periodo
comprendido entre 1565 y 1821, el cargo de gobernador general de Filipinas ostentaba
también las funciones de capitán general y presidente de la Real Audiencia. Esa
acumulación de cargos coincidía en Ronquillo. En su empeño reformador, Ronquillo
convirtió a la ciudad de Manila en la capital política y económica del archipiélago
filipino, estableció el palacio del gobernador en Intramuros y, desde allí, llevó a cabo
todas las actividades de su gobierno.
En estricto cumplimiento de la cédula real por la que el rey Felipe II ordenaba a los
gobernadores generales de Filipinas socorrer a las Molucas, Ronquillo determinó
desposeer al sultán Baas de su gobierno en Ternate. No solo se proponía volver al
estado de cosas anterior a la expulsión de los portugueses, sino que las especias
resultaban de nuevo atractivas; la infiltración de enemigos desde el sur preocupaba en
Manila, sobre todo después de las visitas de los ingleses, y el empuje de las órdenes
religiosas —poderosísimas en Filipinas— presionaba para no dejar a medias la
incipiente labor de evangelización llevada a cabo por los portugueses en las Molucas
durante los años pasados.
Además, ahora que los portugueses estaban fuera del archipiélago, surgía la
posibilidad de constituir una sola unidad administrativa entre Filipinas y las Molucas.
Pero para agregar las Molucas a las islas Filipinas, era preciso que los portugueses
hubieran estado en posesión tranquila de este último archipiélago, lo que no sucedía.
Con motivo de la unión de las dos Coronas, esa anexión se juzgaba a partir de ahora
más factible.
todo visitante europeo que pusiera el pie en Ternate debería descubrirse y quitarse los
zapatos. Recibía en Gammalamma dictando, más que negociando, los términos de los
contratos de clavo a todos los extranjeros que venían a las islas. Llegó a intercambiar
correspondencia con Felipe II y en 1579 recibió a Francis Drake. Esa visita enojó al
gobernador general, quien, de acuerdo con lo ordenado en la cédula real y espoleado en
su ánimo por los coqueteos del sultán con personajes como Drake, quedó convencido de
que había llegado el momento de dar una lección a Baab.
Los españoles que aún quedaban en esta isla acogieron a Dueñas y se mostraron
dispuestos a recibir el apoyo y a contribuir en el ataque. No pudieron ser más explícitos
en la expresión de su deseo para que la empresa se llevase a efecto.
Cruzó Dueñas luego a Ternate en misión exploratoria de las defensas de la isla. Y
se percató de la dificultad que entrañaba evitar los arrecifes que impedían navegar esas
aguas próximas y acercarse a Gammalamma con naves de cierto porte; sopesó los
riesgos para la navegación que suponían los bajos de arena y las barreras de coral;
estudió los pasos posibles para acceder a la costa; vio la fortaleza, situada en un terreno
elevado que hacía su asalto más difícil, y se entretuvo en observar cómo desembarcaban
los holandeses y contrataban las especias; exploró las amistades que con los ingleses
tenían y observó detenidamente el puerto.
A su regreso a Manila con los datos que trajo, Ronquillo preparó su fuerza. Hasta
trescientos españoles y más de mil quinientos filipinos se pusieron a las órdenes de
Pedro Sarmiento, después de que suministrase a la flota pertrechos, bastimentos y gente
de mar. Nos refiere Argensola que se embarcaron en tres navíos grandes y buen
número de otros menores . El sobrino del gobernador, Juan Ronquillo, llevaba la
404
misma autoridad que Sarmiento «para mar y para tierra».
La travesía resultó plácida y con viento a favor, pero no tanto como para llevarles
directamente a Ternate sin contratiempos, aspecto que tampoco pretendían, pues eso
hubiera destruido el efecto sorpresa que iban buscando. Viento y corrientes les dejaron
frente a la isla de Motir, más al sur. La flota, según opinión de Des Alwi , había
405
quedado al mando de un trío de incompetentes: Juan Ronquillo no se había destacado
nunca como guerrero; Pedro Sarmiento era un aventurero de limitadas cualidades y
vastas ambiciones, y como consejero de los dos viajaba Pablo de Lima, un negro
portugués de Ternate, casado con una mujer moluqueña de alto rango, «cristiana y pía»,
añade Argensola en el retrato que traza del señor de Lima, quien tenía enredos
familiares y pretensiones regias sobre Ternate y Motir.
En su arribada a Motir, Pablo de Lima lideró algunas victoriosas escaramuzas sobre
los locales, que terminaron por recibirle con ramos de palmas y reconocerle —aunque
fuera por tiempo breve— como señor y dueño de la isla que había sido de sus abuelos.
Aquello debió suponer una inflamación del «ego», que a Pablo de Lima, aun con todo,
debió saberle a poco.
Ni él, ni Ronquillo, ni Sarmiento sabían cómo continuar. No parecía existir un plan
de campaña ni siquiera elementalmente trazado, a la hora de atacar Ternate. El tiempo
transcurría sin que los expedicionarios decidieran qué acción tomar. Entretanto, se
dedicaron a agredir a los praos y galeras javaneses que comerciaban clavo con las islas,
dispersándolas en todas las direcciones.
aquella parte, cuya desembarcación resistieron los ternates».
Hubo alguna escaramuza y disparos. Pero al anochecer cesó la lucha. Con la
ventaja de la oscuridad fueron desembarcando las piezas de artillería para formalizar el
sitio. Sarmiento, asentada la artillería y bien atrincherado, comenzó a batir la fortaleza al
amanecer. El asedio se llevó a cabo con «furia» contra los ternates, pero no con la
suficiente «para desanimarlos, porque respondían con denuedo», testimonia Argensola.
Fue preciso ocupar otros lugares, como las alturas existentes en las proximidades, desde
las cuales «fatigaban los nuestros a los enemigos».
Las fuentes no son coincidentes y unas hacen referencia a las enfermedades que
amenazaban con diezmar a las tropas expedicionarias desembarcadas, a las que una
epidemia redujo a un tercio, y otras a la falta de pólvora o incluso, debilidad de la
artillería desembarcada para que los versos y falconetes hicieran mella en la piedra del
fortín. Es más que probable que Ronquillo fuera consciente de que el objetivo era
mucho más complicado que lo que habían pensado para ser batido con los medios que
tenía. Lo cierto es que pasados unos días —no se precisan cuántos— la fuerza
suspendió las operaciones, reembarcó y regresó a Manila con más pena que gloria,
quedando así en nada la primera expedición de conquista enviada desde las Filipinas.
Expedición del general Juan Morones (1584)
Del intento llevado a cabo por el general Morones, poco se conoce, salvo que tanteó el
asedio de Gammalamma en 1584, siguiendo las órdenes del gobernador general de
Filipinas, Santiago de Vera, y fracasó en el intento. Gammalamma era una complicada
pieza a batir y precisaba de artillería pesada, una pericia extrema para sortear los
accidentados alrededores y un dispositivo naval ágil para bloquear cualquier intento de
socorros, víveres o municiones que pudieran llegar desde otras islas. Por ese motivo
habría de esperarse seis años hasta que pudiera disponerse y arreglarse una expedición
bien dotada de naves, soldados y artillería. Esa iba a ser la de Gómez Pérez Desmariñas.
Expedición de Gómez Pérez Desmariñas (1590)
En 1590 el nuevo gobernador general de España en Filipinas, Gómez Pérez Desmariñas
(15901593), se empeñó en culminar los esfuerzos de sus antecesores.
Los espías que los gobernadores de Filipinas tenían en las Molucas eran numerosos
y bien organizados. En el caso de Gómez Pérez Desmariñas, su hermano Gaspar Gómez
acababa de acopiar información útil sobre la isla donde reinaba Baab.
Por las pesquisas de su hermano, cuando este llegó a Manila con noticias frescas, al
parecer el sultán de Ternate «no tenía sus cosas en mal estado» aunque grupos de sus
súbditos conspiraban y «muchos le amenazaban que se habían de rebelar». Pero eso era
así desde hacía años y años y no constituía un dato político que supusiera un inminente
riesgo de desestabilización. Más interesante fue la información militar que Gaspar
Gómez ofreció sobre Ternate y sobre las «dos fortalezas de Talangame» , es decir, la 407
Gaspar Gómez aconsejó a su hermano el gobernador que el ejército expedicionario
desembarcase y asaltase el fuerte «antes del amanecer, porque siempre con aquella
gente había sucedido bien todos los asaltos al cuarto del alba», y si la armada llegaba
«sin ser sentida, vencería sin falta». Aunque reconocía que el número de espías y
centinelas que desplegaba el sultán hacía poco probable la sorpresa. Por ello la clave
radicaba en el uso de la artillería. En ese sentido advirtió también que las naos y galeras
debían montar un buen número de versos de bronce y «otra mucha artillería», y
esperaba que el asalto se viera complementado con fuerzas de Tidore, de donde le
llegaban noticias de que apoyarían la expedición con embarcaciones livianas y kora
koras «que estaban aprestadas y con más de doscientos soldados, bien armados, con sus
cotas y capacetes» . 408
Desmariñas comenzó a armar una expedición bien dotada de galeras y al menos un
centenar de embarcaciones de porte menor, pero que acogieron a bordo a cerca de mil
soldados españoles y filipinos. Los barcos eran en parte propiedad de la Corona y el
resto de los particulares que los habían costeado (los llamados encomenderos) y que
cobrarían luego de la Hacienda Real. Hubo encomenderos voluntarios y otros forzosos.
Tal y como señala Argensola, «fueron alistados por amor y violencia y los rogados y
apremiados igualmente» . 409
La mayor parte de la expedición se concentró en Cebú, la capital de la Capitanía
General. Precisamente se había previsto que tanto el gobernador general Desmariñas
como su escolta y un abultado y escogido grupo de españoles se embarcasen en el
galeón, buque insignia de la flota, en medio de la expectación general ante lo que se
imaginaba como una empresa cargada de éxito. Todos los preparativos expedicionarios
parecían llevarse a cabo sin mayores contratiempos. No obstante, en aquel tumultuoso
reclutamiento nadie pareció otorgar importancia a la nutrida masa de remeros chinos —
250 hombres— de las dotaciones de algunas de las seis naves de Desmariñas. Las
galeras acostumbraban a llevar siete remeros por cada bancada y el número de bancos
oscilaba entre 20 por banda en las galeras pequeñas y 25 o 26 en las de mayor porte. En
este caso, la capitana, en la que embarcó Desmariñas, llevaba 28 bancos. Suponiendo
que las 6 galeras fueran las de menor porte, ello significaría que la escuadra necesitaba
en torno a 840 remeros, de los que 250 eran chinos. Des Alwi y Willard Hanna creen que
muchos de los remeros chinos no eran tales, sino contrabandistas enrolados. Sabemos
que Desmariñas ordenó que entre los chinos que se habían asentado en Manila para
dedicarse al comercio y a la contratación se seleccionasen 250 para armar y equipar la
nao capitana. Se les pagaría dos pesos al mes a cada uno. Se les aseguró que no habían
de ir encadenados sino sueltos y con sus armas para servir de soldados, y que solo
deberían bogar la galera en las calmas, en el caso de que las hubiere, y para doblar
algunas puntas. Este reclutamiento forzado se había llevado a cabo bajo la amenaza de
expulsarles de Manila si se oponían. De mal grado, antes que de bueno, lo aceptaron
ante la amenaza de expulsión. La advertencia se suavizaba con la promesa del pago de
una soldada que, aunque a los chinos les pareció insuficiente y no cesaron de protestar,
les acomodó a la disciplina que imponían los hombres de Desmariñas.
Para aplacar sus protestas se les reiteró que apenas se les ordenaría remar, ya que,
gracias a los vientos monzones que creían favorables, tendrían una cómoda travesía.
Pero los chinos no quedaron convencidos. Cerraron sus negocios en Manila, sus
mercados y sus tiendas y hasta las ventanas de sus casas, en una especie de histórico
anticipo de lo que luego serían las huelgas generales. Desmariñas lo consideró un motín
y no se anduvo con miramientos. Detuvo a 50 y los metió en una galera. Los demás,
atemorizados, se reunieron y completaron el número citado de 250.
La soldada ascendió a 80 pesos del sueldo del rey a cada uno, y repartieron 20 000
pesos entre los que quisieron ir. Formaron con ellos cinco compañías de 50 chinos, con
capitanes propios —cristianos— al frente.
Después de recoger la armada en Cebú, Desmariñas se detuvo en Manila, desde
donde salió el 17 de octubre con seis galeras, un galeón, una fusta, un fragatín y otras
muchas fragatas, korakoras y «virreyes» —un género de embarcación filipina—, «todos
estos bajeles de su majestad, y parte de vasallos que se ofrecieron a servirle con sus
personas y haciendas».
La fuerza embarcada ascendía a «mil españoles bien armados; más de cuatrocientos
arcabuceros de la comarca de Manila» y otros mil visayas, habitantes de las islas
situadas en la zona central del archipiélago filipino , en su mayoría cristianos y «gente
410
de lanzas, paveses, arcos y flechas», además de otros cuatrocientos chinos.
La armada se reunió a Cavite y zarparon el 19 de octubre. El 25 llegó a hacer noche
en la punta de Azufre de la isla de Manila. La galera de Desmariñas se apartó de las
otras —que no perdieron de vista la costa—, mientras que la del gobernador prefirió
«meterse a la mar». En esa punta, al parecer, «bramaba la corriente» y la galera no pudo
montar el cabo Azufre buscando abrigo. Pero la fuerza de la corriente la hizo garrear un
poco. Como se venía atrás, hubo que volverla al abrigo, y para ello «apretaron
excesivamente a los chinos en la boga», según nos relata Argensola.
Dice el historiador que bien por ser gente nueva «violentada al remo», o porque
venían cansados y hostigados por los que mandaban, lo cierto es que bogaban sin
demasiada energía. Peor lo tuvieron cuando sobrevinieron vientos contrarios que les
impidieron avanzar. En esos casos, nos relata Argensola, es «forzoso usar los remos y
fatigar a la chusma con el rigor y castigo ordinario que en galeras se usa». Al parecer,
411
fatigaron algo a la chusma.
El «rigor y castigo ordinario» no debió complacer a los chinos, que les pareció duro
y contrario a lo que el gobernador les había asegurado cuando les prometió que «serían
tratados con amor». Pero ni el látigo ni las amenazas, con resultar ofensivos, lo fueron
tanto como oír a Desmariñas, airado y severo, ordenándoles que «bogasen
varonilmente, ya que de otra manera les encadenaría y les cortaría el pelo». Para los
chinos eso era una injuria «digna de muerte», porque «tienen la honra pendiente de sus
cabellos que los crían curados y rubios y precianse de ellos como las damas en Europa,
y peinan en ellos su gusto y su reputación». Tras el incidente —que los chinos no
olvidaron— reposó la flota al abrigo tranquilo de la rada de la punta de Azufre.
Descansaron las tripulaciones y, habiendo estado jugando y bebiendo parte de la
noche, agobiados por el calor, dormían desnudos los españoles en la crujía, en la popa o
en las bancadas. Los chinos —que no olvidemos eran 250, mientras que la galera de
Desmariñas no llevaba con él más de 80 españoles— iban revestidos de una túnica o
camisa blanca, para que en medio de la oscuridad se reconocieran entre sí, y llevaban
también velas que habían escondido entre las túnicas blancas. Metieron mano a sus
catanas y, sigilosa y sistemáticamente, fueron apuñalando a los miembros de la
tripulación de la galera. Sin turbar el silencio comenzaron «a herir cada chino a su
vecino español».
La galera, ahora en poder de los chinos, se hizo a la vela. El hijo de Desmariñas que
oficiaba como segundo comandante de la flota a bordo de una de las galeras, al
enterarse de la tragedia ordenó el regreso inmediato a Manila del resto de la flota.
Los falsos remeros chinos condujeron la galera, de la que se apropiaron, hasta las
costas de China. Pagaron su impericia encallando la nave en las costas próximas a
Tonkín. El buque y la totalidad de la carga fueron confiscados por las autoridades
chinas, aunque permitieron que la tripulación, sin beneficio del saqueo, siguiera su
camino tierra adentro.
Pasado el tiempo, Luis Desmariñas no quiso ordenar otra expedición a las Molucas
después del fiasco inesperado. No sería hasta el gobierno de don Pedro Bravo de Acuña
cuando las circunstancias aconsejasen actuar nuevamente ante la pérdida de los fuertes
de Ternate y Ambon por los portugueses.
La guerra hispanoholandesa en las Molucas (16061663)
Después de los primeros éxitos de las potencias de la Península Ibérica, que duraron
prácticamente un siglo, el tráfico de especias, como dice Turner, «dio un giro
protestante». Como sigue apuntando Turner, los dos pueblos que las remplazaron,
holandeses y británicos, mejor organizados y con menos escrúpulos que ningún
mercader nunca visto, combatieron en aguas atlánticas o asiáticas a las potencias
católicas, combatieron entre sí y combatieron contra todos los rivales y contrabandistas
asiáticos que se les pusieran por delante, con tal de llevar especias al Herengracht de
Ámsterdam o al Peper Lane de Londres . A finales del siglo XVI los comerciantes
412
ingleses y holandeses hicieron su primera aparición en aguas asiáticas.
suministró herramientas de presión frente a los holandeses. La unión permitía colapsar
por medio del bloqueo el tráfico de especias y sal que, a cambio de mercancías,
realizaban los holandeses con Portugal, por lo que ocho años después de
institucionalizada la unión de las dos Coronas se proscribió llevar a cabo cualquier
operación comercial que tuviera origen o fin en las Provincias Unidas, quedando
cerrados al tráfico los puertos de Portugal y prohibiéndose recibir en ellos a buques que
enarbolasen pabellón holandés.
Las consecuencias de esta medida fueron nefastas para el Imperio portugués, pues
indirectamente originaron una de las causas del nacimiento de la política colonial
holandesa. Ello estimuló la incursión de Holanda hacia Oriente a la búsqueda de las
especias que antes conseguían en Lisboa y propició la presencia continua y ascendente
de buques holandeses en la Especiería. En otras palabras, los holandeses irían a
aprovisionarse de especias a las Indias y a las Molucas ellos mismos, con sus barcos y
sus hombres armados. Fue el principio de su imperio colonial . 414
La prohibición española trató de aplicar lo que, en lenguaje político de hoy día,
calificaríamos como «imposición de sanciones». Lo que sucedió es que por esa época
España ya no tenía el dominio del mar y pronto las naves de la Vereenigde Osstindische
Compagnie (VOC) —fundada en 1602— inundarían las aguas tropicales y hasta las del
océano Pacífico.
En 1591 la expedición del almirante Cornelis de Houtman, con cuatro naves y 284
hombres, ya había dado señales de que la VOC se tomaba muy en serio su despliegue
colonial sobre las Molucas. Pero no llegó más allá. La expedición no fue comercialmente
lucrativa, aunque tuvo un fuerte impacto psicológico y político, ya que los holandeses
quedaron convencidos de que tanto España como Portugal no eran invencibles y que las
fabulosas tierras de las especias estaban mal defendidas por las flotas hispano
portuguesas . A esta expedición preliminar pronto le seguirían las de Van Narwijk
415
(1599), Van der Hagen (1600), Van Noort (1600) y Van Neck (1601) y, más tarde, los
conflictos abiertos en aguas de Ternate y Tidore entre españoles y holandeses contra el
almirante Van Caerden (1608) y los almirantes Wittert (1609) Verhoef (1609) y Janszoon
Hoen (1609).
La expedición del capitán Van Narwijk (1599)
El 22 de mayo de 1599 llegó a la isla de Ternate la flota del capitán Wijbrand van
Narwijk, con dos buques holandeses, el Ámsterdam, de 200 toneles, con 60 hombres a
bordo, 6 cañones y 10 medios cañones, y el Utrecht, algo más reducido en capacidad y
hombres. El sultán Said, que gobernaba Ternate como sucesor de Baab, envió la
tradicional escolta de korakoras para recibir a la flota, que fondeó frente al
Gammalamma, en Talangame. En ese primer contacto —aún algo distante— el trueque
giró en torno a 600 libras de clavo frente a abalorios de cristal, vasos y objetos de vidrio.
El sultán Said subió a bordo y admiró la nave holandesa. El día 23 de agosto se llegó al
primer acuerdo sobre el establecimiento holandés en Ternate. Una limitada vanguardia,
cinco holandeses, desembarcaron para ir preparando la compra del clavo. Las naves de
Van Narwijk regresaron con clavo hasta los topes de sus bodegas, prometiendo —
obviamente— una próxima visita.
La primera expedición exploratoria no pasó de ahí.
La expedición del almirante Van der Hagen (1600)
La expedición del almirante Van Noort (1600)
Continuó su viaje expedicionario por el Pacífico hacia Filipinas, donde llegó con
tres de sus naves el 16 de octubre de 1600. En las aguas próximas a las posesiones
españolas de Filipinas, Van Noort se hizo pasar por francés —como vemos, era un
profesional de la estratagema del engaño—, mandado por el rey de España para
comerciar con las colonias.
Con este ardid enviaba chalupas a tierra para comprar a los indígenas arroz,
legumbres, fruta y hacer aguada. Aceptó incluso que algunos oficiales españoles
subieran a bordo, teniendo cuidado de poner en práctica el truco de cambiar las
banderas y mantener disfrazado como sacerdote católico a un marinero. No obstante, el
engaño holandés no duró mucho tiempo, pues el 22 de octubre, un negro llamado
Manuel Salvador, prisionero de los holandeses tras la captura del Buen Jesús, logró huir
a nado e informó a los españoles sobre la identidad de la flota. Van Noort, descubierto,
puso rumbo a Manila para intentar saquear la plaza o esperar presas sustanciosas.
La Audiencia de Manila recibió con preocupación la noticia de la presencia de los
holandeses y decidió fortificar la capital y el arsenal de Cavite. En el puerto se
encontraba un galeón mercante de 300 toneladas, el San Diego, construido en la isla de
Cebú y que esperaba el buen tiempo de la estación para dirigirse a Acapulco. Fueron
ese buque, otro de menor porte, el San Bartolomé, de 50 toneladas, un patache y otra
embarcación indígena los que formarían la base de la flota de Manila . 416
Antonio de Morga, un hombre de mediana edad para la época —35 años—, era
consejero y lugarteniente del gobernador general de las Filipinas, Luis Desmariñas. De
hecho, era el segundo personaje de mayor rango y mando en Filipinas y, por su
influencia con el gobernador, forzó las cosas para que su nombramiento al frente de la
flota fuese incuestionable, a pesar de su nula experiencia en la mar, pero solicitando al
gobernador que lo mantuviera en secreto. El propio San Diego, como galeón capitana,
fue armado para el combate. Los otros tres buques mencionados le acompañarían, y así
la pequeña flota se aprestó para la defensa de Manila. Fue preciso desplazar a los barcos
los cañones de bronce de los fuertes de Manila, de los que el San Diego recibió 14 y el
San Bartolomé otros 10. Unos cuantos más —no hay cifra— se embarcaron en el patache
que formaba parte de la flotilla.
Mientras tanto Van Noort, indolente y confiado, quedaba a la espera, con la idea de
dar caza al galeón del rey Santo Tomás, que era aguardado en Manila de su regreso de
Acapulco con el equivalente de dos años de renta de la nao de China y que se cifraba en
más de un millón y medio de piezas de plata. Tanto Van Noort como las autoridades de
Manila lo sabían y la tensión y angustia de unos y otros iba en aumento. Todo el
mundo, salvo el gobernador y Morga, ignoraba en Manila quién sería el almirante de la
flota. Varios oficiales experimentados se encontraban entre los que podían mandarla.
Entre ellos destacaba Juan Ronquillo, con experiencia en expediciones a las Molucas en
años anteriores. Por ello la designación de Morga, que había visto la oportunidad de
distinguirse, suscitó la indignación de los oficiales superiores cuando fue conocida. Para
intentar calmarles, el gobernador nombró vicealmirante de la flota a Juan de Alceda,
que mandaría el San Bartolomé . 417
Morga embarcó un número impresionante de soldados y mercenarios en su galeón
capitana, a los que se añadieron como parte del pasaje 150 nobles y oficiales de la
aristocracia española en Manila, llegando a sobrepasar las 450 personas embarcadas. El
San Diego iba cargado hasta los topes de la borda, con varios centenares de personas
embarcadas, mal lastrado, atiborrado de cajas, de vasijas, de grandes maletones y
arcones, de jaulas de gallinas y camas. Antonio de Morga, poco habituado a las cosas
del mar, no sabía cómo remediar aquel desorden indescriptible.
Ya en mar abierto, avistaron a los dos barcos holandeses y Oliver van Noort
comprendió que los españoles enfilaban la flota contra él, de manera que reforzó el
Mauritius con hombres de guerra del Eendracht y ordenó a este huir rumbo al oeste, para
que se dirigiese a Holanda con las preciosas informaciones recogidas sobre el comercio
y las defensas españolas.
El Mauritius largó la segunda andanada, que destruyó parte del aparejo y mató a
varias personas. El San Diego abrió fuego con una pieza de artillería ligera que estaba en
cubierta, pero el tiro quedó corto. A ello siguió un encarnizado combate entre el San
Diego y el Mauritius que duró seis horas y en el que las piezas de uno y otro, cribándose
mutuamente sin restricciones, jugaron su papel.
A la vista de que la situación se prolongaba, Morga, que porfiaba en juntarse contra
el buque holandés, ordenó su abordaje, y a ello se fue el San Diego, que impactó contra
el Mauritius de frente. La violencia del choque hizo que el Mauritius diera un bandazo.
Tras ello, se lanzaron garfios al grito de «muerte a los perros» y se utilizaron las anclas
de estribor para sujetar y retener al barco holandés. En ese momento los españoles
descorrieron los paños de tela que protegían el puente del San Diego de la mirada de los
enemigos, quienes descubrieron 300 hombres armados alineados en el puente del
galeón español. Los holandeses, que no eran más que 59, dispararon algunos tiros de
arcabuz y corrieron a refugiarse bajo cubierta. Los españoles, sin que hubiera
resistencia, saltaron sobre la cubierta del buque de Van Noort . 418
El grumete Juan Romero cuenta cómo él subió a lo alto del mástil para hacerse con
el pabellón azul, blanco y naranja de los OrangeNassau. Otro marino se apoderó del
estandarte de popa e izó en el Mauritius los colores españoles . Los oficiales volvieron a
419
toda prisa al San Diego para hacer su informe y entregar a Antonio de Morga las
banderas tomadas al enemigo como trofeo.
No quedaba más que recibir la orden del almirante y tomar prisioneros a los
holandeses que se escondían bajo la cubierta o combatirlos, pero Morga, en el San Diego,
se encontraba tumbado en el puente, lívido y postrado. «Pálido y desmayado», fueron
los adjetivos que utilizó el marinero Juan Giraldo. Le echaron agua por el rostro, pero
permaneció como si estuviera petrificado.
Los holandeses, aún escondidos bajo la cubierta, solicitaban gracia en su rendición,
pero comenzaron a mostrarse circunspectos ante la inacción de los españoles, que ni les
atacaban ni les conminaban a la capitulación. Habían pasado cinco horas desde el
abordaje. De repente comenzó a correr un rumor por el San Diego de que se había
abierto una importante vía de agua y el mar entraba a raudales llegando casi al primer
puente. Se decía incluso que algunos hombres se habían ahogado en la bodega. A las 14
horas el rumor era ya una realidad dramática. El San Diego, probablemente porque
como nave mercante era demasiado frágil para el combate naval, se había dislocado a
causa de los numerosos cañonazos que había tirado durante el encuentro y algunos que
había recibido.
Bien fuera por la violencia del choque al abordar a la nao holandesa, por los
cañonazos disparados, porque el agua había comenzado a entrar por las portas abiertas,
porque uno de los cañonazos del Mauritius hubiera abierto una vía o por todo ello a la
vez, lo cierto era que el agua penetraba sin control en el San Diego. Las bodegas
atiborradas de mercancías y objetos hacían imposible que allí se moviera nadie; el
desorden y el tumulto entre hombres y carga eran tales, que no había ni siquiera sitio
para cuidar de los heridos.
Alertado ante las voces de alarma que se oían en el San Diego y se extendían entre
los españoles que se encontraban en la cubierta del Mauritius, Van Noort recurrió a una
vieja artimaña de marino curtido: incendió su propia nave para obligar a sus hombres
—que no estaban muy convencidos— a subir al puente a combatir, y también para
asustar a los españoles, a los que no dejaba más que dos peligrosas opciones: o el San
Diego, amarrado al Mauritius, se incendiaba con él, o si se separaba, la vía de agua
abierta le hacía irse a pique. Morga, reaccionando tarde y mal, dio la orden de que se
cortasen las amarras que le unían al Mauritius para que no se propagase el incendio, y
puso proa a la cercana isla de Fortuna, a media legua del lugar del combate, cuando, de
pronto, a unos centenares de metros, el galeón se fue repentinamente a pique. Los
hombres se aferraron a todo lo que flotaba.
Los cuerpos de cinco españoles que habían permanecido en la cubierta del barco
holandés fueron arrojados al agua después de quitarles los medallones de plata que
contenían pequeños papeles sobre los que estaban escritas oraciones.
El San Bartolomé de Alceda se había apoderado del Eendracht tras una persecución
de dos horas, haciendo fuego que le astilló las vergas y le provocó enredos atroces en
las jarcias, para abordarlo finalmente. El vicealmirante holandés se rindió. Alceda
aceptó y prometió respetar la vida de todos los prisioneros.
Terminado el combate y la matanza, Van Noort escapó a toda vela sin preocuparse
del Eendracht.
La expedición de Cornelis van Neck (1601)
El almirante Van Neck zarpó desde Java hacia Ambon y, para ir estudiando las
posibilidades de asentamiento, estableció contactos con los poderosos e influyentes
caciques de Hitu, en una nueva misión exploratoria. No resultaba difícil cortejar a los
nativos proponiéndoles ayuda contra los portugueses y contra los españoles, con
quienes llevaban décadas de guerra.
El 2 de abril dos naves, Gouda y Ámsterdam, y cuatro pataches, pusieron proa desde
Java a Ternate, donde llegaron dos meses después. Como no podía ser de otro modo, el
sultán Said les recibió con los máximos honores. En esta segunda visita veía Said el
trazo firme de una fructífera relación.
Los portugueses refugiados en Tidore fueron avisados de la presencia de Van Neck
en Ternate. El sultán de Tidore ordenó escribir una carta para su homónimo de Ternate
en términos insultantes, afeándole el inicio de esta nueva relación con mercaderes
europeos. Said mostró el texto a los holandeses, que vieron así los puntos que calzaban
los de Tidore y no perdieron el tiempo en su deseo de eliminar cualquier oposición. Van
Neck ordenó un raid contra Tidore.
Los combates entre embarcaciones en esas aguas —eso aún no lo sabía el holandés
— no eran resolutivos. Los isleños, solos o con aliados, llevaban más de cien años
acosándose con korakoras y fustas artilladas y abordándose en combates. La experiencia
holandesa en el combate de korakoras no parece que fuera del todo afortunada para Van
Neck y sus hombres, sobre todo para Van Neck, que perdió tres dedos de su mano
derecha arrancados por un impacto de la munición de artillería ligera de los
portugueses, sin que la lucha se decidiera por ningún bando.
La expedición de Furtado de Mendoça y Juárez de Gallinato (1603)
Con esos antecedentes, y sobre todo con la preocupante alianza de los holandeses con
los ternates, el gobernador general de Filipinas, don Pedro Bravo de Acuña, mostró su
inquietud y desasosiego y decidió llevar a cabo algún tipo de acción para oponer
resistencia a los holandeses. Bravo de Acuña era hijo de don Luis Bravo, oficial de
Carlos I, con muchas campañas en Flandes a cuestas. Hombre esforzado y valiente. Los
fuertes nacen de los fuertes, y como escribió Argensola refiriéndose a él, «el águila no
engendra palomas» . Aunque situados en Filipinas desde 1565 y unidos políticamente a
420
Portugal desde 1580, a los españoles les estaba vedada la Especiería a causa del
«exclusivismo» concedido a Portugal. Sin embargo, el esfuerzo de los holandeses a
través de la VOC —privados del comercio ibérico— por apoderarse de las Molucas
facultaba a los españoles a intervenir en la zona. La expedición de Van Neck fue el
detonante.
Desde Goa, el virrey portugués Arias Saldaña mostró su inquietud ante la amenaza
que suponía la presencia agresiva de la recién creada VOC holandesa (1602) en el área,
y muy especialmente ante la fulminante campaña contra la presencia portuguesa. De
manera que decidió reaccionar aprestando hombres y naves que, despaciosamente,
desde Goa, irían proyectando su fuerza en el archipiélago, a través de Malaca, Ambon y
Ternate.
Reunió 420 soldados portugueses, que embarcaron en Goa en la flota que levantó.
El mando correspondía al general portugués Furtado de Mendoça. Su flota se componía
de naves de desembarco y de transporte de artillería, y estaba dividida en seis galeones,
dieciocho galeotas y una galera. Los temporales pasaron factura a la flota, que perdió la
galera, gobernada por Francisco de Sousa, y diecisiete galeotas mandadas por Andrés
Roíz, y con ellas buena parte de los abastecimientos, víveres y pólvora. En diciembre de
ese año de 1600, rehízo lo que pudo en Malaca.
En febrero de 1601 llegó a Ambon. Desembarcó la fuerza y fueron tomando las
fortalezas edificadas por los holandeses en tierra, hundiendo korakoras de rebeldes
amboinos en la mar, combatiendo así la «secreta confederación» que habían formado
entre «los levantados de Amboino y los Holandeses» . Hitu, Nao, Bemnao, Veranula y
421
Mamalá fueron plazas donde los hombres de Furtado de Mendoça lucharon bien contra
una resistencia de los locales, hirsuta y persistente. Era una tierra dura, «con infinitos
peñascos», que rodeaban poblados y ciudades. Los puntos fortificados eran
prácticamente inexpugnables al haber sido levantados en lugares elevados donde el
acceso era extremadamente difícil, entre «peñas tajadas (…) que apenas treparán
lagartos por ellas». Le costó seis meses a Furtado tomar posesión de la isla, aunque al
final ganó todos y cada uno de los combates. No obstante, la prolongada presencia en
Ambon le restó hombres y provisiones, de manera que el general vio comprometida su
misión contra Ternate.
La fuerza de Furtado de Mendoça no avanzaba sino muy despacio. Pero la prisa no
era la parte de la misión.
Por su parte, Bravo de Acuña, siguiendo el mandato de asistencia ordenado por
Felipe II, trató de preparar una fuerza expedicionaria que pusiera coto al avance
holandés, pero se encontró con serias dificultades, puesto que una expedición de ese
calado requería fondos. Era un proyecto caro. Bravo de Acuña envió al jesuita Gaspar
Gómez, que era el padre de la misión principal de Manila, como mensajero a la corte del
rey Felipe III para tantear y solicitar al soberano, que no era especialmente generoso, la
promesa de que la Corona financiase los gastos incluyendo un fondo reservado de 120
000 ducados. El duque de Lerma y el Consejo de Indias comprendieron la importancia
de la misión y la necesidad de un ejército que garantizase el éxito y que estuviese
capitaneado por el gobernador . El 20 de junio Felipe III aprobó que un contingente de
422
500 hombres, mandados por Juan de Esquivel, se embarcara hacia Nueva España con
destino a Filipinas.
La alarma saltó a finales de junio, cuando llegaron noticias de que los holandeses
de Van Neck —como vimos— trataban de expulsar a los portugueses también de
Tidore y completar de este modo el control de todo el archipiélago. Los barcos de la
VOC tenían orden de atacar a españoles y portugueses allí donde los encontrasen, por
tanto, ahora ya no había otra opción que la de apresurar el socorro a los portugueses y
lanzar a los holandeses fuera de las islas. Los intereses de Portugal —la unión de las dos
Coronas imponía responsabilidades— estaban en juego.
La flota recompuesta de Furtado de Mendoça ya no era la que zarpó de Goa, pero
aún arbolaba una imponente armada de cinco galeones, cuatro galeotas y doce kora
koras, y una fuerza de gente victoriosa, aunque, señala preciso y realista Argensola, «en
aquellos mares son tan frecuentes las infelicidades de la navegación, que ni la ufanía de
los buenos sucesos, ni el refresco proveído después de las victorias se les lucía en los
semblantes» . 423
Desde Filipinas, Bravo de Acuña envió una fuerza de 400 soldados y 649 remeros,
esta vez filipinos todos:
La gente de guerra se componía de 200 hombres bien armados y 175 arcabuceros,
35 mosqueteros, 22 marineros y algunos pilotos, tres artilleros y varios maestres y
oficiales. También embarcó la Compañía castellana de Filipinas. La infantería lo hizo en
la nao Santa Potenciana y en las fragatas San Antón, San Sebastián, San Buenaventura y San
Francisco. Cargaron a bordo 10 000 fanegas de arroz, 1500 jarros de barro con vino de
palma, 200 piezas de buey en salazón, sardinas, medicinas, pólvora, munición de cañón
y balas de arcabuz, cordaje y otros aprestos, todo ello al mando de Juan Juárez Gallinato
y de los capitanes Cristóbal Villagrá, Juan Fernández Torres y Tomás Bravo, sobrino del
gobernador.
El 7 de febrero de 1603 llegaron a la isla de Taolán, donde uno de los bajos del
arrecife de coral rajó la fragata San Antón, que se fue a pique, aunque lograron salvar a
tiempo las piezas de artillería y las armas, «lo demás quedó en el mar», sentencia
Argensola. Una quincena fue lo que duró su travesía hasta Ternate. A la vista de la isla,
la escuadra echó el ancla en la bahía de Talangame, a dos leguas del fuerte. El 14 de
febrero encontró a la flota del general Furtado de Mendoça con sus galeones, al pairo,
esperándole.
Después de los saludos de flotas y generales, se reunieron en consejo de guerra.
Gallinato insistía en que se debían quitar los bastimentos y recursos al enemigo
ordenando que las korakoras rodeasen la isla e impidieran cualquier ayuda o
suministro. No lo pensaba así Furtado de Mendoça, que a fin de cuentas tenía el mando
conjunto de la expedición y defendía otros puntos de vista.
después de hacerles esperar medio día, mandó el mensaje de que su plática sería solo
con el general Furtado de Mendoça o Juárez Gallinato.
Obedientes a las órdenes de Gallinato, las korakoras con los tidores a bordo salieron
en corso y encontraron un copioso botín de las embarcaciones que pretendían socorrer a
los sitiados. Abordaron dos juncos y un champán del que se apoderaron «matando y
cautivando a la gente, que era mucha y bien armada». Siguieron rodeando la isla y
cerraron el paso a cualquier tipo de socorro.
Furtado de Mendoça tomó «muestra de su gente» el 27 de febrero de 1603 en la
playa del enemigo. Daba pena verlos: «Los más, muchachos enfermos del beriberi y
poco diestros en el manejo del arcabuz, y pocos le traían, sino escopetillas de caza». Con
esa fuerza, que empezaba a debilitarse, los portugueses trataban de asaltar las
posiciones defendidas por holandeses y ternates.
Ese día saltaron a tierra los soldados de Juárez Gallinato. Eran 420, repartidos en
cuatro compañías. Poco después lo hizo la infantería castellana de Filipinas, formada en
tres cuerpos experimentados y lucidos, con mosqueteros y piqueros.
ligera, concretamente de cinco versos, con los que abrieron fuego ocasionando las
primeras bajas, matando a cinco españoles.
La artillería que se trajo la formaron cuatro piezas. Dos «esperas», que lanzaban
bala de trece libras, y dos «camelos» de tiros cortos, pedreros y de poco efecto para
batir, pues se deshacían cuando chocaban con la muralla, piedra contra piedra. Viendo
esto, Gallinato aconsejó al general que desembarcase la artillería pesada. Furtado
respondió que toda la que traía se reducía a la que veía, porque la más potente la había
dejado en las plazas de Ambon que había conquistado.
Las piezas pedreras que habían sido llevadas a tierra no tenían suficiente potencia
de impacto; «bombardeaban al aire», se lamenta Argensola. Mientras tanto, los ternates
y holandeses hacían fuego de contrabatería desde el bastión del Gammalamma, en la
banda del mar, con siete piezas pesadas que hacían daño a la fuerza conjunta hispano
portuguesa. El fuerte era todo terraplenado de cuatro brazas de alto y una media de
ancho:
Por la banda de tierra corría la muralla hasta el baluarte de piedra llamado Cachil Tulo, fortificado
por fuera con maderos gruesos, en el cual tenían tres piezas grandes y dos en la muralla, desde este
baluarte al de Nuestra Señora del Rosario427. Asimismo, tenían estos fuertes mucha cantidad de falcones y
versos428.
El domingo 16 salió el enemigo de su fuerte en tromba entre las cuatro y las cinco
de la tarde, para acometer y ganar la defensa donde estaba la artillería hispano
portuguesa. El asalto se realizó en tres direcciones: por el frente, por el monte y por la
playa. Javos y ternates, armados de kampilanes y picas, venían a docenas por todos los
sitios. Cachil Amuja, el príncipe hijo de Cachil Tulo, mandaba la fuerza de guerreros. En
la trinchera, los capitanes Pinto, Alonso Roldán y Villagrá dirigían la resistencia.
«Manuel Andrés, cabo de escuadra de Villagrá y otro portugués, que mostró gran valor,
murieron peleando, todos pasados con las picas».
Aprovechando ese respiro avanzaron hasta las proximidades del fuerte para batir
el revellín. Intentaron hacerlo desde otra trinchera que comenzaron a cavar. Una vez
terminada esta, los hombres que mandaban los capitanes Villagrá y Sebastián Suárez la
ocuparon. Las siete piezas del fuerte trataron de destruirla sin éxito, pero estaba claro
que la fortaleza ternate era muy difícil de conquistar solo con infantería, por la
adecuada protección de las defensas y el fuego artillero. Furtado de Mendoça no
disponía de cañones de mayor calibre y, además, la pólvora comenzaba a escasear.
El general convocó a los capitanes Villagrá, Gallinato, Antonio Andrea, Gonzalo de
Sequeira, Gaspar Pacheco, Juan Fernández de las Torres, Luis Melo Sampayo, Ruy
González, Lope de Almaida y algunos otros más, proponiendo que dieran su voto para
decidir qué se hacía. El consejo de guerra estuvo deliberando hasta que Furtado de
Mendoça declaró que ya no había apenas pólvora para continuar el asedio. Los
capitanes debían dar su voto razonado sobre qué hacer.
El voto de Gallinato, tras la consulta a los capitanes que hizo Furtado de Mendoça,
fue que «la necesidad que representa la pólvora la juzgamos esencial, pues es forzoso
pelear con ella; la artillería, mosquetería y los arcabuces, sin ella no son armas, sino
estorbos…» . Más claro no se podía ser.
430
Ante la penuria propia y la escasez de hombres y de pólvora, Gallinato advirtió que
según él —y como contraste— al enemigo «le sobra gente, artillería y municiones». Por
lo tanto, parecía más prudente poner final al envite.
Y de este modo tan imprevisto y frustrante, concluyó el intento de reconquistar
Ternate llevado a cabo por la expedición hispanoportuguesa.
Los holandeses capturan el fuerte de Tidore, Soa Siu (1605)
Por su parte, el sufrido fuerte de Tidore, tan castigado por los portugueses durante su
conflicto con los españoles, como vimos en el capítulo anterior, no iba a dejar de ser
objeto de sobresaltos después de que los naturales de la isla hubieran ayudado a
Furtado de Mendoça en su intento de conquista del Gammalamma. Lógicamente, los
ternates y los holandeses habían tomado buena nota de la coalición con los españoles y
los portugueses, e iban a ajustar cuentas ahora que las fuerzas de Furtado y Gallinato se
habían marchado.
Lo que había quedado de la antigua ciudad y fuerte de Tidore se había desplazado
a Sao Siu, donde la población terminó recogiendo a los españoles supervivientes y a los
portugueses casados con mujeres indígenas. La endeble aldea nunca estuvo protegida
por muros, aunque los de la arruinada fortaleza sirvieron para que sus habitantes
buscasen refugio durante el ataque holandés que se iba a producir en 1605, porque el
fuerte era demasiado pequeño para acomodar a todos.
El 2 de mayo de 1605, una flotilla holandesa formada por cinco naves, cuatro
moscas y 200 hombres a bordo, a las órdenes del vicealmirante Cornelis Bastiaensz, que
formaban parte de la flota del almirante Steven van der Hagen, llegó a la isla Tidore y
ancló cerca de la punta de Saconora.
Unos días después, en el puerto de la antigua capital de Tidore, frente a la ciudad,
tuvieron un encuentro con dos naos portuguesas que se encontraban fondeadas y que
ofrecieron alguna resistencia. En tierra, desde la ciudad, los defendían los portugueses y
los tidores, protegidos por unas trincheras que habían cavado en su proximidad. Los
holandeses terminaron por apoderarse de los barcos lusitanos tras una hora de combate.
Una vez que desembarcaron toda la artillería que los barcos lusos llevaban a bordo, los
prendieron fuego. En cualquier caso, a pesar de la apariencia, y a juzgar por las bajas de
uno y otro lado, el combate mantenido en el puerto no debió pasar de ser una
escaramuza más o menos aderezada con mucha pólvora. Los holandeses tuvieron tres
muertos y diecisiete heridos y los portugueses dos muertos y algunos heridos, cuyo
número no recogen las crónicas del jesuita Luis Fernandes, que es quien narra el
episodio .432
Pero eso fue lo que sucedió en el puerto. Sin embargo, y a pesar de cómo se habían
desarrollado los acontecimientos y de haber sido testigos de la facilidad con que los
holandeses de Bastiaensz habían destruido las dos naos, los portugueses de la fortaleza,
mandados por Pedro Alvares de Abreu, no se rindieron.
El fuerte estaba mal armado. Contaba solo con 11 piezas, y de estas 6 o 7 no podían
desplazarse. También el número de defensores era pequeño, pues no pasaba de 70
hombres, de los cuales solo 30 podían combatir.
El contraste con la potencia de fuego de la flota holandesa era abismal. Las naves
de Bastiaensz embarcaban cerca de 120 piezas de diferentes calibres y, por si ello fuera
poco, los holandeses pidieron ayuda al sultán de Ternate, que el día 16 de mayo les
asistió con catorce korakoras y cerca de 500 guerreros. Para cuando llegaron los ternates,
los holandeses dirigidos por el capitán JanszMol, que mandaba la nave Gelderlant, y
por el capitán Van der Verre, ya habían desembarcado —el día 14— cerca del fuerte.
Allí asaltaron y quemaron dos casares próximos, ubicados al norte y al sur del fuerte, y
continuaron su avance. Cavaron una especie de trinchera, protegida por barriles
repletos de tierra a modo de fajinas, en la que asentaron una batería de artillería que
comenzó a cañonear el fuerte, al tiempo que lo hacían también las piezas de mayor
calibre situadas en los barcos. A partir del 17 de mayo, el fuerte y sus dependencias
fueron fuertemente bombardeados durante dos días.
A pesar del martilleo masivo de los cañones holandeses, las pérdidas portuguesas
fueron mínimas. Esa noche se bajaron a tierra las piezas más serias, las de batir
murallas, y el día 19 estuvieron ya en condiciones de hacer mayor daño a los baluartes y
a las torres de piedra. Los barcos se acercaron más a la costa para participar también en
el masivo ataque.
La tropa holandesa, situada detrás de la batería, se vio reforzada por sucesivos
desembarcos de infantes, de manera que al amanecer todo estaba listo para seguir
avanzando hacia las defensas de la ciudad de Tidore o Soa Siu. Los impactos de las
piezas pesadas abrieron brecha en una de las paredes amuralladas y en otros edificios
separados, con lo que alcanzaron el polvorín, que explotó con estruendo, matando a
treinta personas. Los portugueses se vieron forzados a dejar el fuerte refugiándose más
arriba, en la ciudad del rey, o fortaleza dos Reis Magos, al norte de Soa Siu; a una distancia
que varía, según los testimonios, entre 750 metros y 1500 se elevaba un castillete que
acogió a los huidos.
El conocido grabado de De Bry que se reproduce en este libro muestra el ataque y
la captura del fuerte portugués de Tidore por parte de los holandeses en 1605. En la
parte derecha de la impresión, el baluarte portugués se representa con una torre en
llamas dentro de un recinto en el que se habían concentrado los ataques holandeses y
donde su artillería había logrado abrir la brecha. Esta parece adivinarse. Al lado, pero
fuera del contorno del baluarte, se aprecia la iglesia de los jesuitas y detrás las casas —
dibujadas con fachadas estilo holandés por el grabador De Bry— de las familias
portuguesas y de los refugiados españoles. En el centro, rodeados de una empalizada,
están la mezquita y el palacio real, o el Lugar Grande del Rey, Soa Siu, y, por último, al
fondo, sobre una colina, se divisa el fuerte donde los portugueses se refugiaron después
del ataque. En el ángulo izquierdo según se contempla el grabado, aparece lo que debe
ser el polvorín, ardiendo con enormes llamaradas y la gente huyendo despavorida.
Después de tanta alharaca, de tanto esfuerzo en la conquista y de tanta sangre, al
no tener suficientes hombres para proteger la fortaleza, los holandeses dejaron en
Tidore a unos pocos soldados en una granja.
La conquista de las Molucas en 1606
Ante la cumplida, y bien cumplida, amenaza holandesa de ocupar la isla de Tidore,
aliada perpetua de España a lo largo de las décadas, Pedro Bravo de Acuña reaccionó
decidido a poner freno a los holandeses y a incorporar las islas a la soberanía española.
En junio de 1604 ya había recibido despachos desde la corte de Valladolid, con firma y
rúbrica del rey Felipe III, en los que se le ordenaba que se pusiera personalmente al
frente de una expedición para expulsar a los holandeses de las Molucas.
La experiencia de fracasos acumulados hizo que esta vez la expedición se preparase
con minuciosidad, disponiendo con cálculo y reflexión el número preciso de naves,
transportes, armamento para los infantes, artillería ligera y piezas de calibre grueso,
pólvora y bastimentos. El objetivo era el Gammalamma, sede del poder de Ternate,
desde donde se controlaba política, comercial y militarmente gran parte del
archipiélago.
Pedro Bravo de Acuña, al mando por orden real, fue haciendo acopio de naves y
tropas en el puerto de Ilo Ilo, en la isla de Panay, cerca de la ciudad de Arévalo. La
situación de la isla, a medio camino entre Manila y Ternate, y la amplitud de su puerto,
capaz de albergar gran número de naves, hacían del lugar el punto ideal para reunir la
escuadra de conquista. Piqueros, arcabuceros y mosqueteros, en el mejor estilo de los
tercios viejos, con alguno de los capitanes curtidos en Flandes , se fueron concentrando
433
para ser embarcados en la escuadra.
La armada
La flota constaba de cinco navíos grandes, seis galeras y tres galeotas como las
galizabras de la Corona de Portugal. Una de ellas estaba a las órdenes de Pedro Álvarez
de Abreu, capitán mayor de la fuerza de Tidore, y las otras dos a cargo de Juan
Rodríguez Camelo, capitán mayor enviado desde Malaca por el general Andrés Furtado
de Mendoça. La escuadra se completaba con una galeota rasa para desembarcar la
artillería, repleta además con trescientos cestos de arroz; cuatro funcas fabricadas para
llevar bastimentos; dos champanes de a diez toneladas trasportando seis mil doscientos
cestos de arroz; dos lanchas inglesas en las que vinieron los portugueses cuando
salieron derrotados de Tidore; siete fragatas de su majestad; siete particulares y otros
siete champanes . 434
Sumaban en total, treinta y seis velas y 649 remeros, junto con 620 indígenas para el
servicio marítimo. En las tropas de infantería formaban en total, con sus oficiales, 1423
españoles. La flota embarcaba 75 cañones de variados calibres y estaba abastecida de
todos los pertrechos «para navegar, desembarcar, pelear y batir murallas» . 435
La infantería
Pascual Rodríguez, don Pedro Alarcón Pacheco, don Martín de Esquivel, don
Bernardino Alfonso, don Pedro Delgado y don Esteban de Alcázar. Las otras dos
unidades restantes que faltaban para cerrar la cuenta se habían movilizado en el campo
de Manila y tenían como capitanes a don Juan Guerra de Cervantes y don Cristóbal de
Villagrá.
Piqueros
Los infantes, a su vez, se dividían en piqueros, alabarderos, mosqueteros y arcabuceros.
Algunos historiadores han considerado que el principal problema de los combatientes
españoles de los tercios, era su apego a la pica, ya que parecían reacios a abandonar su
uso frente a las corrientes tácticas que ponían el acento en la potencia de fuego. En
campo abierto y frente a la caballería, la pica era esencial, pero en aquellas latitudes
tropicales de las Molucas, sin presencia de caballería enfrente y con una orografía
donde la maleza y el arbolado eran dominantes, la pica larga no tenía sentido. El asta se
acortó y, aunque en la documentación que maneja Argensola hay continuas referencias
a «las picas» utilizadas en la operación del asalto al Gammalamma, deben entenderse
como las «medias picas», que también eran de uso común en los teatros bélicos de
Europa.
Alabarderos
La alabarda tenía la ventaja de ser más corta que la pica y, en ciertos casos, más
contundente, por las tres funciones con las que se podía herir: la de su cuchilla en forma
de hacha, por un lado; la de peto de punza o de enganchar, por el opuesto; y la de su
uso como una lanza, por su punta. De hecho, era una pica con dos hojas laterales. Hasta
que se descubrió la bayoneta, me recordaba Julio Albi, la protección de los infantes que
portaban las pesadas armas de fuego como los arcabuces se llevaba a cabo rodeándolos
de una pequeña escolta armada de alabardas. Era la garantía de defensa contra la
caballería o contra infantes enemigos.
Mosqueteros
El mosquete hispano era un arma de gran potencia. Aunque se había podido aligerar su
peso para evitar el uso de la horquilla donde apoyarlo, seguía siendo una carga
sustancial. Los retrocesos de los mosquetes eran de tanta brusquedad que podían
causar daño y hematomas en los soldados que los utilizaban. Para evitarlo, muchos
llevaban una almohadilla para protegerse, lo que aliviaba el golpe. No obstante, el
problema del peso no había quien lo obviase. Nadie aguantaba más de media hora de
uso continuo del mosquete. Los mosqueteros eran, por tanto, soldados de envergadura
y resistencia, y por ello recibían mensualmente —cuando les pagaban— dos escudos
más que piqueros y arcabuceros.
El mosquete que holandeses y españoles utilizaron en las Indias y en Asia, era el de
llave de mecha y culata en forma de cola de pescado.
Arcabuceros
Las tropas que combatían en Europa habían eliminado el arcabuz de sus arsenales. Las
que luchaban en Alemania y Países Bajos ya no lo usaban. Por ejemplo, los franceses en
1620 —diez años después de lo que aquí se relata— eliminaron orgánicamente a los
arcabuceros y mantuvieron solo a los mosqueteros . El mosquete tenía más alcance,
437
El clima tropical y la geografía boscosa y abrupta hizo que los soldados y «gente de
guerra» sustituyeran el coselete de armadura por cueras y coletos de algodón o de
cordobán, más livianos . No obstante, siguieron usando el morrión como prenda de
438
cabeza, aunque posiblemente lo hicieran solo durante la acción. Llevarlo todo el tiempo
sobre el hombro, recalentado por el sol y soportando aquellas temperaturas, sería una
experiencia insufrible. En el museo de Ambon, pude comprobar cómo se calentaba una
de esas prendas de cabeza, solo con sacarla a la luz de sol diez minutos para hacerle una
fotografía.
Fuerzas indígenas
Los hombres de Bravo de Acuña transportaban en la escuadra, unos 1500 pampanguos
y tagalos como aliados, a los que se unieron los tradicionales socios de España en las
Molucas: los tidores. Los habitantes de las islas eran gente de complexión fuerte,
robusta, de pelo lacio, miembros fuertes y adictos a la guerra. En todo lo que no fuera
luchar eran perezosos. Dejaban la agricultura, mercado o la pequeña industria en manos
de las mujeres, que eran las que lo llevaban. Ellos eran ágiles en tierra y todavía más en
el agua; cuando nadaban lo hacían como los peces y cuando luchaban lo hacían con la
habilidad y destreza de los pájaros. Era un pueblo lascivo, falso y nada agradecido, pero
expertos en aprender rápido . Se las tenían que ver con sus vecinos, los indígenas
439
ternates, habituados a la pelea, apoyados por las armas holandesas y que lucharían al
abrigo de la fortaleza construida por los portugueses. La misión no era tan sencilla.
Joao de Barros, un escritor portugués de la época, decía de los tidores y los ternates
que: «Aunque pobres, su orgullo y presunción es tal que no se doblegan ante la
necesidad y no se someten a nada excepto a la espada que les acuchille o les atraviese» . 440
A cargo y mando del maestre de campo don Guillermo, formaban 344 indios
tagalos y pampanguos distribuidos en cuatro compañías a las órdenes de los capitanes
don Francisco Palaot, don Juan Lit, don Agustin Lont y don Luis.
El 15 de marzo de 1606, toda la flota zarpó del puerto de Ilo Ilo. Era la mayor
armada enviada a la Especiería que, esta vez, iba a la conquista de las Molucas sin
limitaciones ni tapujos. Tras una escala en el puerto de Mindanao, la capitana puso
rumbo a Ternate.
Sacudida la flota por una tempestad desencadenada poco después de zarpar, una
de las naos se perdió. Bravo de Acuña había ordenado al maestre de campo Juan de
Esquivel que llegase con la armada al puerto de Talangame en Ternate. Las galeras de
Pedro Bravo de Acuña acompañaron a los cinco navíos de Esquivel y a toda su escolta
de galeotas, fragatas, funcas y champanes, hasta sacarlos del estrecho de Sambuanga,
mientras sus seis galeras, con él a bordo de la capitana, seguían perezosas el rumbo,
costeando para hacer aguada que les durase hasta Ternate y evitando bajos y arrecifes.
La capitana de Bravo de Acuña puso rumbo directo a Ternate. Cuando llegó al
puerto de Talangame el día 26, pensó que allí iba a encontrar al resto de la armada. No
fue así. Las naves de Esquivel estaban en Tidore —posiblemente en Rum— a poco más
de dos leguas del puerto de Talangame. Lo que Acuña sí encontró en Talangame fue
«una hermosísima nave holandesa con treinta piezas de artillería y doce pedreros». Fue
un instante de estupor y sorpresa para españoles y holandeses. En cuanto se vieron,
abrieron fuego cañoneándose mutuamente. La de Holanda peleó con la de Bravo de
Acuña al paso de esta, metiendo en la capitana «balas de a diez y de a ocho libras»,
mientras, con urgencia y precipitación, algunos holandeses desembarcaron como
pudieron piezas ligeras de artillería y se atrincheraron con ellas y con los ternates,
esperando un encontronazo en tierra que ese día no se produjo. Entretanto, asombrada
la nao holandesa al encontrarse con una flota española, una vez repuesta de ese
desahogo artillero, salió a todo trapo para unirse a otras de la VOC cuyas velas se
divisaban lejanas en el horizonte.
Concluido este inesperado encuentro, el gobernador Acuña decidió concentrar su
flota y establecer la base logística en la vecina isla de Tidore, tierra aliada y de
fondeaderos más seguros. Allí propusieron al sultán la operación contra Ternate que,
como es de imaginar, fue acogida con el mayor entusiasmo. La rivalidad de ambas islas
seguía resistiendo el paso del tiempo. Eso no cambiaba con los siglos. Esa lealtad de
Tidore hacia España era enternecedora y siguió siéndolo más aún cuando don Pedro
Bravo de Acuña le expresó la voluntad del rey de España, manifestada en la orden que
le había dado, para que viniese a socorrerle desde Filipinas siempre que solicitase su
auxilio. Como contribución al combate, prometió el sultán una flota de korakoras y una
fuerza de 600 guerreros, según relatan las crónicas, aunque el número resulta a todas
luces exagerado, y «sorprendió a los españoles al conseguir ambas cosas» . 441
Se juntó un consejo de guerra. Con cierta preocupación por la presencia de la nave
holandesa con la que se habían enfrentado por la mañana, resolvieron decidir si se
empeñaban contra ella o no. Cuatro prisioneros holandeses que habían tomado en
Tidore dieron cuenta del número de piezas de artillería y fuerzas con que contaba la
nave. Dijeron que estaba cargada de clavo y que era una de las cinco pertenecientes al
vicealmirante Cornelis Bastiaensz que pelearon contra los portugueses cuando el
polvorín voló el fuerte de Tidore en 1605, y que esperaban a otra nave.
El consejo resolvió concentrarse en la prioridad, que era el asalto al Gammalamma,
pues las órdenes del rey eran recuperar el Maluco y no convenía preferir otra acción . 442
De esta manera se resolvió que, para guardar la mar y la tierra, se redujese toda la
fuerza de la armada a solo tres naves gruesas con número suficiente de gente de guerra
y de mar, encargándose de ella tres capitanes de reputación: Bernardino Alfonso,
Antonio Carreño de Valdés y Gil Sánchez de Carranza. De estos tres, murieron dos en la
lucha, quedando solo Carreño con vida.
El 1 de abril de 1606 fue el día señalado para iniciar el ataque sobre Ternate. Se
ejecutaron una serie de desembarcos coordinados en los puntos cercanos a Kaju Merah,
que resultaban ser los más accesibles en esa larga y rocosa costa.
Pero los ternates, que los esperaban desplegados en la cresta de la loma, eran
expertos guerreros, y sospecharon que la fuerza que subía monte arriba por la floresta,
con los gastadores abriendo camino por las laderas, tenía la intención de sorprenderles
por la espalda. Y se retiraron hacia el fuerte.
Bravo de Acuña ordenó bien a la gente, llevando la vanguardia el capitán
Gallinato. Como los ternates habían abandonado su posición en el exterior del fuerte, la
fuerza de vanguardia, gente de fibra, se fue adelantando a tiro de mosquete de la
muralla exterior del Gammalamma, es decir, a unos 100 metros. El capitán Gallinato
consideró que era una buena posición que convenía conservar hasta que cayera la
noche, para que entonces se pudiese desembarcar desde la galeota la artillería de batir y
al día siguiente atacar la muralla.
Con el calor pegajoso por la humedad que desprendían la tierra verde y la cercanía
del mar, los hombres de Acuña habían de medir el esfuerzo con cuidado al trepar por
las faldas escarpadas de aquellas islas hacia las empalizadas de los fuertes, para no caer
agotados, empapados de sudor a causa de los irrespirables coletos de cuero y con los
arcabuces al hombro.
Mientras tanto, desde el Gammalamma, el «enemigo ofendía con la furia de sus
tiros y de los mosquetes» a los españoles de las mangas y del escuadrón, hasta el punto
de que Gallinato ordenó un «cuerpo a tierra» oportuno para «evitar daño» y los efectos
de la escopetada.
Entre la posición que ocupaban los españoles echados «por tierra» y la muralla,
«había cuatro altos arboles fragosos y copados» donde los ternates tenían centinelas que
iban indicando a los ocupantes del fuerte los movimientos de la fuerza española que
desembarcaba y se aproximaba, y «advertían de la forma en que los Españoles
marchaban y de cuanto ordenaban y hacían» . 443
Acudió la vanguardia de Gallinato con algunos soldados a «ganar los árboles» y
derribaron a los centinelas enemigos. En su lugar, subieron centinelas españoles que se
dedicaron a la misma misión, esta vez en beneficio de los atacantes. Desde el fuerte
dispararon a las copas de los árboles sin éxito ni daño para los vigías, que siguieron
dando avisos a los que se encontraban abajo, que establecieron un eficaz sistema de
comunicación con las demás fuerzas.
El fuerte Gammalamma (15211663)
Vimos ya cómo el viejo fuerte de Gammalamma había sufrido cambios significativos
desde sus primeros cimientos en 1521, cuando se llamaba San Juan Bautista (Sao Joao
Batista) y era portugués.
El capitán Galvao completó las defensas en 1536. El antiguo fuerte portugués Sao
Joao Batista y sus dependencias quedaron convertidos en elegantes alojamientos y en
un auténtico palacio real del sultán Baab una vez que este expulsó a los portugueses en
1575. Baab lo amplió 5 kilómetros hacia el este, creando un complejo defensivo
importante. Detrás del fuerte Gammalamma, durante los últimos meses de la presencia
portuguesa, estos levantaron un baluarte que sería el origen del fuerte San Pedro y San
Pablo, del que luego hablaremos.
Los holandeses tomaron Gammalamma en 1605, un año antes del asalto de Pedro
Bravo de Acuña que ahora referimos.
En un conocido grabado de Agustin Constantin de Renneville, realizado antes de
444
que los españoles lo abandonasen definitivamente en 1662, y por lo tanto mucho tiempo
después de lo que describimos, se contempla el fuerte muy mejorado, con ese estilo casi
palaciego y construido con ocho bastiones, aunque estos no existían en el tiempo de la
expedición de Bravo de Acuña.
Hoy día, sus ruinas han sido limpiadas de maleza, las piedras han quedado sujetas
y los vallados se encuentran bien delimitados. Además, se ha ajardinado su interior con
parterres y jardineras —como las demás fortalezas de las islas— en un despliegue de
dudoso gusto, lo que le ha dejado un cierto aire kitsch algo pretencioso. Los vestigios de
los baluartes de las islas —qué duda cabe— están más limpios y transitables, pero su
acondicionamiento y desacertada rehabilitación les ha hecho perder ese aspecto
dramático y grave que les había otorgado el tempo lento de la historia.
El baluarte se encontraba «en la parte derecha de la muralla», algo alejado de los
árboles. El general juzgó que había que desalojarles de esa posición y envió al capitán
Juan de Cubas, «soldado muy antiguo de Flandes», para que fuese a tomarlo ladera
arriba por el interior del monte, con una fuerza de 30 mosqueteros. Pero el enemigo vio
a la columna y trató de flanquearla. «Con ánimo de estorbarla, echó un golpe de gente
fuera de su fuerte por la parte de la mar», pero el capitán Villagrá, que estaba atento a la
maniobra, envió a sus hombres a que se enfrentasen con los ternates, con los que trabó
escaramuza.
Desde el interior del fuerte, los ternates vieron que a Cubas no le habían detenido
en su avance e iba a llegar al baluarte con sus mosqueteros, y salieron de la fortaleza
para intentar pararle. Ganó Cubas la cumbre, y cuando se mostraba dispuesto a
acometer el baluarte, recibió fuego y tuvo que pedir «socorro de picas». A su llamada
acudieron los capitanes Vergara, Alarcón y Mendoza con 50 piqueros, pero antes de que
las picas llegasen en apoyo de los hombres de Cubas, salieron de la fortaleza más
indígenas ternates y javos, con lo cual la batalla se hizo más intensa.
Los vigías que estaban en las copas de los árboles dieron voces avisando de que
otro grupo enemigo se acercaba por la parte de la costa, con intención de cortar el paso
de la vanguardia española de Gallinato —«…se descubrió otro golpe de infieles por la
marina»— por lo que se ordenó que Villagrá saliese a pelear con ellos con una manga
de arcabuceros del capitán Cervantes, a cuyo cargo estaban todas las alabardas, que al
igual que las picas, serían más cortas que la alabarda ordinaria, la de 25 palmos.
Los mosqueteros de Cubas, arriba, cerca del baluarte, no podían contra todos los
indígenas ternates que estaban luchando porque no les había llegado el refuerzo
solicitado de los piqueros de Mendoza, Alarcón y Vergara. Al frente de los ternates se
encontraba Cachil Amuja, primo del sultán e hijo del príncipe Tolo. Argensola lo llama
«gallardo mozo» y lo alaba en el ataque a Ternate de 1603.
En esta ocasión también hizo sus alardes, y en la pelea contra las fuerzas de Juan de
Cubas —que estamos reseñando— se fue directamente hacia él «después de haberle
abrasado con un mosquetazo la falda y plumas del sombrero». Cubas y Amuja lucharon
cuerpo a cuerpo durante un buen rato. El veterano capitán de Flandes esgrimía su
espada y el príncipe ternate su kampilán. Argensola no da noticia detallada del
desenlace, aunque se sabe que se hirieron mutuamente. Ninguno de los dos murió.
Amuja figura entre los que prestaron vasallaje a Felipe III tras la rendición, y Argensola
los menciona durante la capitulación de Gammalamma cuando ambos se encontraron
de nuevo «y se acordaron de las heridas que se dieron, y quedaron amigos» . 445
Regresemos al combate frente al fuerte.
Peleaban por ambas partes, cuando los centinelas de las ramas volvieron a advertir
que al flanco derecho pedía Juan de Cubas más socorro, y se lo aportaron, por fin, los
capitanes Rodrigo de Mendoza y Pascual de Alarcón, llevando con ellos dos mangas de
arcabuceros. Una vez más advirtieron los centinelas desde las copas de los árboles que
los enemigos que peleaban contra el capitán Villagrá se retiraban hacia el muro .
446
Entonces Villagrá quedaba libre de enemigos, y como Juan de Cubas seguía pidiendo
insistentemente más refuerzos de picas y alabardas, esta vez acudió en su apoyo una
fuerza a las órdenes de los capitanes Villagrá y Cervantes, con un grupo de 50 españoles
de esos cuyas biografías se contaban por sus cicatrices, que cargaron sobre los indígenas
intercambiando una buena sarta de cuchilladas. Los ternates y los javos retrocedieron
sin orden a toda velocidad.
Asalto al fuerte Gammalamma por las fuerzas de Bravo de Acuña
Don Pedro Bravo de Acuña ordenó entonces a las banderas y picas que arremetieran
contra la muralla, y a una banda de mosqueteros y a la arcabucería, que estaba en esa
posición desde el comienzo del combate, que permaneciesen a retaguardia como
reserva, por si volvían los enemigos por el camino de la playa.
Con los capitanes Juan de Cubas y Cervantes al frente, y ayudándose los unos a los
otros, fueron trepando hasta arriba y escalaron la empalizada de piedra. Aquello debió
ser un revoltijo de tajos, cuchilladas, estocadas y empujones. Algunos, habiendo
recibido heridas, se desplomaron rodando. Entre los heridos cayó el capitán Cervantes
«cuando subió el primero a la muralla, con la intención de enarbolar el Estandarte Real.
Un bárbaro le dio una lanzada en un ojo y, cargando otros, le rebatieron hasta el suelo y
con lástima de todos murió a los siete días» . 447
A medida que se aproximaban hacia la muralla, el enemigo hizo jugar su «artillería
pesada, su arcabucería y mosquetería, varios artificios de fuego, piedras y otros
pertrechos de que los Holandeses les proveyeron» . Sin embargo, el avance español fue
448
muy rápido, y aunque los indígenas se habían refugiado tras la primera muralla, no les
dio tiempo a «meterse en la fortaleza antigua de los portugueses» que, en caso de
haberlo hecho, habría sido difícil desalojarlos, además de que los españoles hubieran
necesitado desembarcar la artillería de batir para derribar los muros.
Después del mediodía los ternates y los holandeses estaban tan agotados que
retrocedieron maltrechos y muchos de ellos se rindieron.
Se trataba ahora de tomar la fortaleza antigua de Gamma
lamma, cuartel general y residencia del sultán, donde también se refugiaba su familia y
varios holandeses de los que no estaban luchando. Bravo de Acuña ordenó desembarcar
de la galeota rasa las piezas pesadas, a pesar de las dificultades. El suelo falto de tierra
impedía henchir los cestones. Estorbaban los grandes pedregales para abrir las
trincheras, y subir las piezas desde las naos por la pendiente exigía un esfuerzo
desmedido. Las subieron como pudieron y, con enorme trabajo, entraron en posición las
dos piezas, que consiguieron batir algunos muros de la fortaleza. Acuña lo consiguió.
Arremetieron finalmente contra la fortaleza principal y la ganaron. Y la victoria fue
total.
Una vez dentro tomaron nada menos que 43 piezas de artillería grandes, de bronce,
que pertenecían a los holandeses, gran número de versos, municiones y bastimentos.
Conquistada la fortaleza tocó su turno a la ciudad y «entrada la gente en la ciudad, cada
cual se entregó al furor y al robo».
El palacio fue saqueado. Quien lo inició fue un soldado viejo, llamado Varela, cabo
de escuadra del fallecido capitán Cervantes. Escaleras arriba, entró en la sala y tomó un
aguamanil dorado situado en el aparador y dijo a los capitanes Vergara y Villagrá, que
ya estaban allí: «Señores, yo tomo esto en señal de que entré aquí con vuestras
mercedes». Y, ni corto ni perezoso, se llevó su aguamanil de oro, o dorado, a la vista de
todos. Una vez que Varela abrió la veda del botín, llegaron los demás soldados y el
palacio quedó —como dice Argensola— «expuesto a su codicia», con decenas de
soldados rapiñando el edificio.
Los españoles tuvieron al menos quince muertos, entre los que se contó el capitán
Cervantes, y veinte heridos. Pocos fueron entre españoles, tidores, ternates y algunos
holandeses, los que no resultaron con alguna herida. Murieron muchos ternates y javos,
al menos el doble que los de las fuerzas atacantes, y algunos holandeses, teniendo
«como ellos decían, por infelicidad el quedar con vida por cortesía y benignidad de los
nuestros» . Los soldados de Acuña encontraron un valioso botín y en la factoría
449
holandesa un tesoro de 2000 ducados junto con arcones llenos de mercaderías y grandes
depósitos de clavo.
Bravo de Acuña condecoró a los capitanes portugueses que habían tomado parte en
el combate y «les puso de su mano a los cuellos, cadenas de oro, de eslabones recios,
como entre soldados se usa, pidiéndoles que estimasen el reconocimiento de cuán
valerosamente habían peleado» . 450
El 10 de abril de 1606, nueve días después de la batalla, los españoles y los ternates
firmaron formalmente un tratado de paz en el gran salón del fuerte de Gammalamma,
aún marcado por los restos de la lucha y del saqueo. Después de la firma, el sultán Said
y su familia prestaron juramento de fidelidad a Felipe III.
Don Pedro Bravo de Acuña había traído con él desde Manila sesenta y cinco civiles
españoles, hombres y mujeres, quienes se establecieron en la ciudad de Nuestra Señora
del Rosario. Entre ellos había carpinteros, albañiles, armeros, toneleros, herreros y
personas con otros diversos oficios, de quienes se esperaba que sirvieran como modelo
ciudadano. El hábil gobernador general Acuña quedó complacido al haber establecido
las bases de una nueva y saludable sociedad, que consolido en Ternate y otras islas de la
Especiería la presencia española por espacio de 57 años.
En las Molucas permanecieron los españoles dueños del fuerte, ahora rebautizado
como Nuestra Señora del Rosario.
Gestionar la presencia española en Tidore no era sencillo. La isla, salvo de clavo,
frutas y agua, carecía de muchas cosas que debían ser proporcionadas desde Manila.
Las nuevas plazas eran conocidas por su desabastecimiento crónico, una situación que
se agravaba por la presencia hostil de las guarniciones holandesas en otras islas, que
disputaban a los españoles el territorio. Holanda tenía una flota más abundante; más
dinero que los españoles, lo que la VOC se encargaba además de aumentar; una
proximidad de sus bases logísticas en Java y en otros puntos de la Especiería y una
oportunista política de alianzas con los caciques y sultanes locales, con los que
compartía algún beneficio de las cargas de nuez moscada y clavo.
Intentos desde Manila para rentabilizar la cosecha de clavo en las zonas de control
español los hubo, pero esto nunca se logró, y lo poco o mucho que se obtenía era
gestionado por comerciantes portugueses que lo facturaban vía Malaca. Todas las
tentativas que hubo de comerciar el clavo por Manila, acabaron en fracaso . Y no se 452
explica muy bien por qué, ya que las grandes posibilidades comerciales que suponían el
establecimiento español en Filipinas, que atraía mercaderías chinas de sederías, telas de
lino, porcelanas, piedras preciosas y, en menor medida, especias, se basaban en el gran
elemento dinamizador del comercio asiático con el oeste: la plata americana que los
españoles introducían en Asia a través de su comercio.
A partir de 1580, con la unión de las dos Coronas, la plata peruana comenzó a afluir
más libremente hacia las arcas portuguesas, hasta el punto de que los lusitanos serán los
grandes difusores en Asia del real de plata de a 4 y de a 8, acuñados en las cecas de
Toledo, Potosí o Granada.
Sin embargo, el tráfico del clavo, que sin duda se produjo desde las posesiones
españolas en las Molucas, vía Manila, no fue tan significativo como el que se llevaba a
cabo en manos holandesas o portuguesas por la ruta del cabo de Buena Esperanza.
Intentos de revancha holandesa
Por su parte, los holandeses acusaron el golpe que supuso la pérdida de Ternate. A
partir de esa fecha —1606 fue un año luctuoso para ellos— no cesarían las expediciones
de las flotas de los Países Bajos —si cabe con mayor hostilidad—, tratando de recuperar
la isla a los españoles, controlar la Especiería y bloquear el socorro desde Manila.
Jacques L´Hermite
El almirante Matelieff inauguró este nuevo periodo de revancha holandesa y deseo de
desquite.
L´Hermite era el nombre del segundo en el mando del almirante Cornelis Matelieff
de Younger. El capitán de navío Jacques L´Hermite llegó con la flota de Matelieff en
1606. La componían 11 naos y un ejército holandés de 1200 hombres, con órdenes de
apoyar a los grupos rebeldes de ternates que se negaban a aceptar la soberanía
española. El sultán Said estaba en el exilio en Manila bajo custodia de los españoles. Sus
regentes en Ternate, el príncipe Hidayat y el príncipe Ali, tenían solo autoridad
nominal, pues los españoles eran quienes gobernaban la isla, mientras trabajaban para
la restauración de la dinastía del sultán.
Tanto Ali como Hidayat estaban en discreto e interesado contacto con los
holandeses en Ambon, especialmente Hidayat, que de hecho actuaba como virrey para
todas las islas del sur del archipiélago. Ni que decir tiene que ambos regentes no
cesaban de conspirar con los holandeses para que atacasen y expulsasen a los españoles
de Ternate.
L´Hermite se las ingenió para que le arreglaran una cita en la isla de Matjan, una
especie de improvisado consejo de guerra, con los príncipes Ali y Hidayat, para que le
confirmasen con ciertas garantías que con la fuerza que traía podría derrotar a la
guarnición española y tomar sus fuertes. Los regentes aconsejaron a los holandeses
establecer su base de operaciones en Ternate y, de modo más específico, en la villa
costera de Malayo, a medio camino entre dos fuertes españoles, donde —según le
dijeron al holandés— existían las ruinas, aún aprovechables, de un viejo fuerte
portugués.
No escarmentados, volvieron a intentar otra incursión, esta vez en la costa norte de
Ternate. Tuvieron más suerte. Allí no encontraron oposición y decidieron asentarse en
la isla, para lo que los restos del viejo fuerte portugués Malayo sirvieron a su propósito.
Las ruinas del fuerte Malayo, que es como siempre fue conocido por los españoles, y
que más tarde sería bautizado como Fort Orange por los holandeses, fueron elegidas
por encontrarse situadas en un lugar elevado y conservar ciertos lienzos de muralla
defensiva que hacían más fácil su reconstrucción. El fuerte sirvió como cuartel general
de la VOC en las Indias hasta su traslado a Batavia en 1619. Aunque el objetivo de
Matelieff era la expulsión de los españoles, L´Hermite sabía de la dificultad de la
empresa, por lo que optó por la paciencia y decidió cambiar de plan, estableciéndose en
fuerte Malayo. El 10 de junio de 1606 montaron seis cañones de bronce y dejaron la
fortaleza al mando del capitán Gerard Gerardszoon van der Bus, con 40 soldados
holandeses, con la promesa a los regentes de que enviarían más tropas desde Batam.
El fuerte Malayo
El ahora fuerte Orange probaría inmediatamente su utilidad al resistir un ataque de los
españoles exactamente al año siguiente. El 14 de junio de 1607, desplazándose
sigilosamente por la noche desde el fuerte de Nuestra Señora del Rosario, a través de
tortuosos caminos, una fuerza española al mando del maestre de campo Lucas Vergara,
compuesta por 180 hombres, cayó sobre el fuerte Malayo al amanecer, pero fue
rechazada después de un furioso combate cuerpo a cuerpo en el cual los 40 holandeses
y un centenar de ternates se impusieron. El combate del fuerte Malayo de 1607 fue una
de las pocas acciones terrestres entre holandeses y españoles en las islas. No quiere ello
decir que faltasen encuentros, pero la referida fue una de las acciones abiertas más
significativas.
Como bien habían advertido los regentes de Ternate, el fuerte Orange o Malayo se
encontraba a tres horas de camino de la antigua fortaleza Gammalamma (ahora
convertida en el fuerte español de Nuestra Señora del Rosario) y a media legua del
fuerte holandés denominado también Calamata, al lado de la actual laguna de la isla,
frente a la isla de Maitara.
La inexistente Tregua de los Doce Años (16091621)
Prácticamente nadie en Ternate, en Tidore, en Manila o en Ambon tomó esa tregua en
serio. Los grandes amos de la VOC instruyeron secreta y repetidamente a sus agentes
para que recurrieran a cualquier tipo de violencia que estimasen necesaria con objeto de
impedir el acceso al mercado de las especias a cualquier europeo, sin exceptuar a los
españoles, o sobre todo a los españoles, a pesar de la manida tregua. La noticia de la
pausa en las hostilidades en Europa sirvió para que los holandeses del fuerte Orange
tuvieran la oportunidad de comunicar a sus vecinos españoles del Nuestra Señora del
Rosario su intención de observar la tregua escrupulosamente, por lo que esperaban que
ellos hicieran lo mismo. En otras palabras, que a partir de esa fecha, españoles y
holandeses podrían sentarse en la mesa de negociaciones a parlamentar, desterrando la
violencia —ya que las puñaladas se darían por debajo de la mesa— en las Molucas y en
otros puntos. Claro que eso no se lo creía nadie.
La Tregua de los Doce Años entre España y los Países Bajos no tuvo repercusión
alguna en Asia. Durante los primeros años la piratería contra las naves ibéricas y contra
los juncos chinos que se dirigían a Manila constituyó una de las actividades principales
de la VOC. En el terreno del comercio de las especias, la crisis de los precios y la
competencia portuguesa convirtieron económicamente en insostenible para la VOC la
simple compra de especias en el archipiélago para venderlas en Europa. La estrategia de
la VOC se reorientó a la conquista militar de las plazas productoras de especias en las
Molucas . Querían todo.
453
El fuerte San Pedro y San Pablo (1609)
El lugar en el que se encuentra es inequívocamente un emplazamiento estratégico,
elevado sobre la costa, con un espléndido panorama sobre la isla de Maitara; frente a él
se ve también en toda su amplitud el canal que le separa de Tidore. Engullido hoy día
por la moderna ciudad de Ternate, la carretera que discurre sobre la costa, por la
cornisa próxima a él (Kota Janji), lleva como recuerdo el nombre de Santo Pedro.
Pablo estaba, construido por los españoles en 1606, después de la conquista de Ternate».
Argensola es quien señala que la fortaleza antigua de Ternate era «pequeña y no
capaz para grandes defensas», por lo cual estaba reducida a «un breve sitio». Sin
embargo, la nueva —San Pedro y San Pablo— «pareció levantada en parte eminente —
es decir, en una altura— mayor y más fuerte» y creció; «la cual, antes de salir de Ternate
(don Pedro de Acuña) dejó acabada, cerrada y terraplenada», ordenando que
permaneciesen en ella para la defensa ante cualquier invasión «seiscientos hombres,
agregados en seis compañías, seis capitanes, doce artilleros, sesenta y cinco gastadores,
treinta y cinco canteros; dos bergantines buenos y al maestre de campo Juan de
Esquivel, a cargo de todo el Maluco» . El fuerte, de acuerdo con las órdenes de Acuña,
456
debía tener «600 pies de centro y tres bastiones».
En términos muy similares, situándola en una altura «a la parte del volcán», que
dominaba el viejo fuerte de Ternate, la emplazaba Francisco Colin. Por su parte,
Gregorio de San Esteban en su Historia de las Molucas daba noticia de que el fuerte de
San Pedro estaba localizado «cerca de la ciudad de Ternate sobre una colina que
domina la ciudad» . O bien, como señalan Des Alwi y Willard Hanna, «a dos leguas de
457
distancia (de Gammalamma) en una posición elevada» y con «una guarnición de 200
soldados» . 458
En 1632, Pedro de la Fuente Urrez se refiere a él como el «fuerte nombrado Sant
Pedro, retirado en una eminencia de la ciudad del Rosario y fuerza de Ternnate»,
señalando que el capitán de la plaza es Juan de Acebedo; y en 1652 se da la noticia de
que se reedificó completamente «la fortaleza de San Pedro, separada de la principal de
Ternate».
Habría parecido normal que los oficiales y soldados acantonados en los fuertes y
baluartes hubieran aprovechado la ausencia de hostilidades para reforzar, renovar y
fortalecer las plazas fortificadas. Pero no ocurrió. Y no sucedió porque la tregua no se
respetó, aunque en ese año de 1609, se amplió a doce. Desde un principio fue una
solución insatisfactoria: por ella se reconocía de hecho la independencia de Holanda y,
por su propia naturaleza, esa pausa en las hostilidades tenía un carácter provisional y
dejaba sin resolver cuestiones importantes que afectaban a intereses esenciales de la
monarquía, como la penetración holandesa en las Indias Orientales (Molucas) y
Occidentales (América) . En ese sentido, las cosas no cambiaron y la guerra —silenciosa
459
y «no oficial»— continuó en la Especiería e incluso se recrudeció con el envío constante
de expediciones desde los Países Bajos.
Paulus van Caerden (1608)
El almirante Van Caerden había zarpado en 1608 con la intención de disputar a los
españoles su presencia en Ternate. Van Caerden, como los demás, hacía oídos sordos a
la tregua pactada en Europa entre España y los Países Bajos. Él fue, de todos los
almirantes con presencia en la zona, quien permaneció más tiempo en ella, aunque no
por elección propia. Fue hecho prisionero por los españoles, cautivo y rehén en el fuerte
de Nuestra Señora del Rosario. Aunque los servicios de Van Caerden en otros teatros de
operaciones habían sido realmente distinguidos, en las Molucas no fueron pocas las
ocasiones en las que fracasó con estrépito. Trajo con él una flota de siete naves y un
ejército de 300 soldados holandeses con los que sin duda habría podido asaltar sin
dificultades el fuerte español de Nuestra Señora del Rosario, o «la ciudad española de
Nuestra Señora del Rosario», como la calificaban los holandeses . Sin embargo, prefirió
460
conquistar primero la isla de Majtan, lo que le costó dos barcos y una treintena de bajas,
para después comprometerse en una pequeña operación de diversión con la intención,
aparentemente, de aislar las islas de Ternate y Tidore e interceptar a los buques
españoles.
En agosto de 1608, mientras navegaba desplegando una febril actividad de una a
otra isla, en aquellas aguas traidoras que escondían bajos y corales, Van Caerden
condujo a su buque insignia contra los arrecifes. Los exultantes españoles capturaron al
almirante y tomaron su nave como botín. Varios meses más tarde le liberaron junto a
otros diez prisioneros holandeses a cambio del rescate de 6000 ducados. El almirante
holandés asumió nuevamente el mando, pero, dado su desgraciado destino, aquel
pobre marino, huérfano del éxito, cayó en manos de los españoles una vez más cuando
su barco, el Goede Hope, fue capturado. Esta vez fue enviado a Manila, donde falleció.
Francoise Witter (1609)
Los holandeses intentaron dar una nueva orientación táctica y más imaginativa a sus
operaciones a través del almirante Francoise Witter, en 1609.
El marino holandés trató de establecer contacto con el sultán Modafar, hijo del
sultán Said. Negoció bien sus acuerdos sobre el comercio de especias y las ventajas que
pretendía, aprovechando la presencia holandesa en Fort Orange. Los pactos sobre el
monopolio del clavo fueron confirmados por los moluqueños, y Witter se prometió
llevar a cabo acciones más resueltas frente a los españoles, cuya presencia era cada vez
más molesta para Holanda. Pero viendo la dificultad de atacar el fuerte de Nuestra
Señora del Rosario, pensó que el mejor modo para neutralizar las acciones de los
españoles en Ternate, era paralizarlas en sus bases de partida. Para ello navegó hacia el
norte con la intención de bloquear Manila.
Ese era, entre otros, el valor de la presencia española en las Molucas. Campo López
comenta que, a pesar de las quejas de los gobernadores de Manila por el coste que
suponía el mantenimiento de Tidore y Ternate, y el envío de las flotas de asistencia y
socorro, lo cierto era que las fuerzas en las Molucas actuaban como parapeto o elemento
de diversión ante las escuadras enemigas que estaban bien pertrechadas desde Batavia
(Java) y que, generalmente, eran más sólidas y numerosas que las que habitualmente los
españoles podían enviar desde Filipinas para enfrentarlas.
461
Durante los meses de enero a marzo hacía entrada en Rum la flota procedente de
Manila cargada de armamentos, víveres, caudales, municiones, medicinas y repuestos.
Era la flota conocida como Socorro del Maluco.
Por ello Witter sabía lo que había que hacer y dónde había que golpear. Primero
dirigió sus ataques contra Ilo Ilo, en la isla de Panay, que era el punto de partida de los
socorros que siempre se hacían desde Filipinas a las Molucas. Pero el holandés tuvo la
mala fortuna de que, cuando su escuadra llegó a Ilo Ilo, se estaba preparando un
inminente «socorro» para Ternate y por esa razón los españoles estaban presentes,
preparados y en fuerza . Witter fue rechazado sin contemplaciones y con severas
462
pérdidas por las fuerzas del capitán Fernando de Ayala.
Por cierto, este esforzado capitán Ayala construiría en la costa oriental de Ternate el
fuerte Toluco en 1611. Un año después lo conquistaron los holandeses, que se lo
entregaron al sultán de Ternate. La pérdida de Toluco obligó a un repliegue de las
posiciones españolas en la isla, abandonando para siempre el norte.
Volvamos a Witter, batido por Ayala en Ilo Ilo, cuando se aventuró a atacarla sin
estar al corriente de que allí se concentraba una flota de socorro.
Pero en Manila gobernaba don Juan de Silva, animoso general, buen organizador e
infatigable gestor de las defensas y la fuerza de la capital filipina. Había traído de
Nueva España cinco compañías de infantería y conocía bien el problema de la falta de
guarnición. «Hallábame imposibilitado de todo; sin navíos, sin artillería, sin municiones
de guerra, sin bastimentos y sin un real con que remediar tantas faltas…», diría el
propio Silva.
Witter entró en la bahía en noviembre de 1609. La solidez de las fortificaciones de
campaña que habían preparado los españoles, le hicieron dudar sobre la conveniencia
del asalto en ese momento, y mantuvo a sus buques fondeados en Playa Honda sin
atreverse a iniciar la acción. Entretanto, su patache continuó dando bordadas y
apresando a todo barco que pretendiese entrar en la bahía.
De Silva, ya lo hemos visto, de pocos medios disponía, aunque aprovechó lo que
tenía a mano. Dos naos, un patache, dos galeras y cinco embarcaciones de menor
desplazamiento, fue la flota que improvisó a base de terminar los barcos y un galeón,
que aún estaban en astillero. Las naos portaban 22 y 26 piezas de artillería. Algunos de
los cañones habían sido fundidos recientemente para artillar apresuradamente la fuerza
naval, pero la parsimonia de Witter regaló tiempo a De Silva, que pudo incrementar el
número de sus hombres y de sus piezas.
Al comenzar el mes de abril de 1610 regresaron los holandeses a la bahía de Manila
para observar el estado de las defensas españolas, pero tras el nuevo reconocimiento
regresaron al fondeadero para continuar la lucrativa cacería de mercantes indefensos.
Pero en esta ocasión De Silva no se iba a quedar con los brazos cruzados
observando la cachaza marina del holandés. El 21 de abril, salió con el galeón capitana
San Juan Bautista, construido en Marinduque, el galeón almiranta Espíritu Santo, tres
pataches, dos galeras, dos galeotas, cuatro fragatas mercantes y otras de menor porte.
Sumaba unos 70 cañones y casi 800 hombres. Con esa fuerza, los españoles marcharon a
la búsqueda de la flota de Witter. Forzaron velas y, al amanecer del 24 de abril, se
encontraron con la escuadra holandesa en Playa Honda: tres galeones permanecían
fondeados y el patache seguía en alta mar buscando nuevas capturas. Hasta ese
momento habían asaltado 23 mercantes.
Cuando divisó a la flota española, Witter creyó que estaba compuesta por buques
viejos y mal armados. Levó anclas y se acercó a las naves del gobernador De Silva. En
seguida comenzó el cañoneo. El combate duró dos horas, y se impuso el número de
piezas y calibre de los españoles. Durante el enfrentamiento rindieron a la capitana del
almirante holandés. La almiranta española (Espíritu Santo), se acoderó a la almiranta
holandesa y, tras una dura lucha, esta se rindió al buque español. Los pataches de De
Silva se acercaron al tercer galeón holandés, el Aigle, al que pegaron fuego. La victoria
costó muy cara a los hispanofilipinos, que tuvieron 153 muertos y 70 heridos, pero los
holandeses terminaron el combate con dos naves capturadas y una incendiada, 134
prisioneros y 85 muertos, entre los que se encontró el confiado almirante Witter.
También se liberó a los españoles que los holandeses tenían cautivos y se tomaron 70
cañones que aliviaron la escasez artillera de Juan de Silva, además de dinero, joyas,
sedas, muchas municiones, pertrechos de jarcia y bastimentos . 463
Simon Janszoon Hoen (1609)
Este almirante holandés llevaba tiempo combatiendo en Banda, donde muchos de sus
hombres habían perecido en aquella complicada y sangrienta campaña contra los
naturales, que guio el almirante Verhoef.
Hoen no estaba dispuesto a arriesgarse en acciones temerarias contra los españoles.
Después de moverse con cautela alrededor de las islas durante algunas semanas,
decidió castigar al fuerte español de Tidore, el viejo fuerte de Marieku. Desembarcó en
1609 y puso sitio a la ciudad y fortaleza.
En 1609 un documento holandés describe Marieku como la segunda ciudad más
importante de la isla de Tidore después de la capital. Tenía un pequeño puerto y
también un muelle para galeras.
La primera noticia sobre la existencia de un fuerte español en Marieku nos llega
precisamente ese mismo año de 1609, cuando el gobernador de Ternate, Lucas Vergara,
después de la evacuación de los españoles durante el sitio que el almirante Hoen
sometió a Tidore, fortificó «el lugar de Marieku e hiço de nuebo los fuertes de
Marieco…» . 464
La utilidad de haber renovado la fortificación se probó en noviembre de ese mismo
año y en enero de 1610, antes de que las acciones en las Molucas remitieran algo ––
debido a la firma de la Tregua de los Doce Años—, aunque nunca se declaró en las islas
un cese de hostilidades. En ese periodo al que nos referimos, la flota de Simon Janszoon
Hoen volvió a las Molucas e intentó asediar Tidore nuevamente con un bloqueo naval
frente a la fortaleza de Marieku, a cuya defensa contribuyó la compañía de soldados del
capitán Pedro Zapata, entre los que se encontraba Juan de Medina Bermúdez. El
culpable de controlar Marieku y prevenir que fuese abastecida fue el buque
Middelburgh, mandado por el capitán Crackeel. Pero a pesar de sus esfuerzos, los
holandeses fracasaron en su intento de bloqueo.
Otra referencia al fuerte de Marieku se encuentra en la carta que el almirante Van
Carden envió en 1610 a altos administradores de la VOC, remitiendo un informe
detallado sobre la situación de los holandeses y su despliegue en Tidore. De él se
desprende que carecían de información sobre las defensas y baluartes de otros puntos
de la isla, mientras se informaba de la existencia de un fuerte en Marieku, que se
describe como «fortaleza situada frente a la isla de Ternate y especialmente de la ciudad
española de Nuestra Señora del Rosario». Sobre Marieku se decía que era donde vivían
algunos tidores y que los españoles habían rodeado el lugar con dos bastiones, donde
estacionaron 14 soldados, algunos pampamganos y dos cañones.
Los españoles, efectivamente, habían construido un pequeño bastión fortificado —
fortezinho se le llama en los informes portugueses—, ubicado en la costa de Tidore frente
a la ciudad española de Ternate, directamente en el nivel de la playa, que por necesidad
tenía que ser algo pequeño, quizás una simple pared con uno o dos bastiones;
probablemente, ni siquiera completamente de piedra, según algunos testigos. Su
guarnición normal estaba compuesta por 12 soldados. Hay otras definiciones más
precisas en las que se le califica de «fortezuelo de fajina con doce españoles y un cabo» . 465
El ataque tuvo lugar el 9 de febrero de 1613, según Silva. Al «cuarto del alba» los
holandeses comenzaron a cañonear con mucha intensidad contra los muros y
terraplenes de la pequeña guarnición defendida por Juan Centeno al frente de una
docena de españoles y otra de pampamganos. El comportamiento de los pocos soldados
españoles fue ejemplar «…no había más de 12 españoles y una o dos piececitas»,
mientras que Gerónimo Silva define como «grandes bellacos», como grandes cobardes,
a los indígenas pampamganos que defendían la aldea, que se pasaron al enemigo.
Prácticamente todos los defensores españoles e indígenas fueron asesinados, según
relata Gregorio de San Esteban . Así, los holandeses conquistaron Marieku finalmente.
466
Saboreada la victoria y transcurrido un breve tiempo, los holandeses comenzaron a
reconstruir el fuerte. La nueva estructura estaba formada por cuatro bastiones, a los que
denominaron Utrecht, Enckhuysen, Amersfort y Reali. La puerta de entrada se colocó
en el centro del muro que conectaba los dos bastiones situados a la orilla del mar. Entre
la puerta y la costa se encontraba el poblado indígena. La guarnición la formaban dos
compañías de infantería procedentes de Ambon.
Marieku es descrito por Rietbergen, al que cita Ramerini, como el lugar más rico de
toda la isla de Tidore, donde se producía la mejor calidad de clavo y de donde los
españoles se aprovisionaban de fruta y pescado para sus guarniciones. La pérdida de
Marieku fue, según el almirante holandés Pieter Both, un duro golpe para los españoles,
que se vieron privados de la principal fuente de sustento y única área de producción de
clavos de calidad que hasta entonces había permanecido bajo el control español. Desde
esa zona, además, los holandeses podían controlar el tramo inmediatamente enfrente de
Nuestra Señora del Rosario y, consecuentemente, la posibilidad de amenazar a los
barcos que acudían en misión de «socorro» a Ternate desde Manila, «la tenue conexión
con Manila que constituía su única posibilidad de supervivencia», como señala
Ramerini .467
Pero en este trajín de ataques y contrataques, la presión continua de los españoles
obligó a los holandeses a que lo abandonasen en 1622, con lo cual abortaron los planes
acariciados por la VOC de establecerse en Tidore. Marieku significaba un coste excesivo
para los holandeses, ya que mantener un fuerte con 60 soldados de guarnición y 17
piezas de artillería suponía sostener una infraestructura costosa en cañones y soldados.
Los ataques continuos de los españoles desde el fuerte Rume no estuvieron ajenos
tampoco a la decisión holandesa de abandonar todo y replegarse a Ternate.
sugieren la existencia de una guarnición española y una fortificación que se mantuvo
hasta 1646. En ese año, Juan Camacho de la Peña recibió la noticia de que los holandeses
venían con los cinco galeones que tenían fondeados en las proximidades del fuerte
Malayo, para desembarcar nuevamente en Marieku y tomarlo. Las órdenes que recibió
Camacho, que era jefe de las galeras de Ternate, fue que se adelantase y que demoliera
y arrasase la fortificación. Camacho debió cumplirlas al dedillo.
En 1920, Van de Wall no vio más que una pila o hileras de piedras con restos de
mampostería. Una gran parte de la muralla cubierta de arena. Algunos bloques de
piedra, que se cree que pertenecieron a la antigua fortaleza, aún son visibles entre la
vegetación del antiguo Marieku, que fue lo que yo pude contemplar en 1991.
El fuerte de Tacome fue la única fortificación al norte de Ternate en 1606. Se lo
entregaron los ternates a los españoles y, tras la capitulación de 1609, lo ocuparon los
holandeses y los nativos. Su lejanía le hizo ser víctima de muchos ataques, ya que los
españoles llegaban desde el sur por mar y lo asaltaron e incendiaron varias veces.
Joris van Spielbergen (1615)
De sus viajes (16141616) se escribieron crónicas —El Este y el Oeste, espejo de las Indias—
que relatan sus andanzas por el estrecho de Magallanes, la costa de Perú y la de
California, donde protagonizó razias piráticas contra las posesiones españolas en la
costa californiana y más tarde en las Molucas. Creía el holandés que aún podía socorrer
a los suyos que peleaban en las Molucas, pero al conocer la compleja situación del
archipiélago, creyó más oportuno atacar las Filipinas. Primero en Ilo Ilo. Allí fue
rechazado. Luego en Playa Honda, donde fondeó, como hizo Witter.
En Cavite, don Juan de Silva conservaba parte de la armada con la que había
escarmentado a Witter en 1610, que había incrementado y mejorado. La mandaba Juan
Ronquillo, que quiso dar un escarmiento a Spielbergen en Playa Honda. Los holandeses
volvieron a ser batidos donde también lo fuera Witter . 469
Spielbergen se dirigió al estrecho de San Bernardino con sus maltrechos buques con
intención de resarcirse de tanto daño y tratar de capturar, sin éxito, alguna presa. En
1617 regresó a Holanda.
El fuerte Rum o fuerte San Lucas del Rume (1618)
Ya en 1585 Cristóbal de Salvatierra daba noticia de la existencia del puerto de Rum y de
«una fortaleza del territorio»:
La armada (las fuerzas) de los españoles que está en el territorio, entre ella y la isla de Tidore donde
con otro yslotillo que estaba entre medias Haze muy Buen puerto, está a la vista de la fortaleza del
territorio y a dos leguas del Tidore, llámase este puerto Rume470.
En noviembre del año 1618 los españoles dirigidos por el gobernador de Ternate,
Lucas Vergara Gabiria, iniciaron la reconstrucción y reforzaron el viejo fortín de Rum . 471
Lo llamaron San Lucas del Rume, en honor al gobernador Vergara. Fue el sultán de
Tidore, al parecer, al ver la ciudad de Marieku invadida y ocupada por los holandeses
en 1613 y la pequeña fortificación que allí alzaron para protegerse, quien pidió a los
españoles que construyeran una fortaleza en un lugar «a continuación del fuerte
holandés de Marieku para rodearlos» y para curarse en salud. Vergara, junto con 150
españoles, muchos guerreros indígenas y acompañado por el príncipe Cachil Nero y
por los franciscanos Pedro de los Cobos y Gregorio de San Esteban, inauguraron el
renovado fuerte de San Lucas del Rume el 23 de noviembre de 1618.
Al viejo fortín ruinoso debieron hacerle algo más que blanquearlo. Gracias a Marco
Ramerini disponemos de una transcripción del propio fuerte de Rum basada en un
boceto que se conserva en la biblioteca de la Universidad de Leiden, y que representa la
costa oeste de Tidore. Se trata de un dibujo realizado por un soldado o navegante
anónimo holandés y que Walter Hellebrand —a quien Ramerini agradece la pista sobre
la existencia del apunte— comunicó.
En las cartelas del grabado hay una mención al fuerte «Rúmo». Ramerini señala
que lo que se observa en la representación gráfica «parece ser un pequeño fuerte o una
casamata situada en lo alto de una colina próxima al mar. El fuerte estaba cubierto de
un techo a dos aguas y tenía forma cuadrada». En el lado sur de la fortificación se
percibe una bandera española con la cruz de Borgoña, «que era la utilizada en los
tercios de infantería española durante el XVI y XVII». Se lee: Rumo. Hier hadde den
Spaignard een cleyne vasticht, es decir, «Rum. Aquí tenían los españoles una pequeña
fortaleza».
Varios documentos en español, a los que ha accedido Mario Ramerini, citan a los
capitanes, oficiales o soldados del fuerte de Rume. Lucas Vergara lo describe como una
fortificación cercana a Marieku que contrarrestaba la «enemiga del holandés y la del
Ternate de Marieku». Rodrigo de Mesa fue posiblemente su primer capitán, allá por
1619. Le sucedieron Francisco Ximénez en 1620 y el obispo Pedro de Mora, en 1621.
Una nueva y última expedición procedente de Filipinas en el año 1623, que
mandaba don Pedro de Heredia, sirvió para reforzar las defensas y mejorar el tráfico de
especias. En Rum había una factoría al mando del capitán Alonso Fajardo al frente de
«las fuerças de Rume». Pero a esas alturas los españoles dependían menos de Ternate
como centro de aprovisionamiento. Ahora comerciaban en otras islas y se levantó una
nueva factoríaalmacén en Macasar , cuyo sultán había convertido en atractivo puerto
472
para los diversos mercaderes europeos.
La flota española que llegaba anualmente desde Manila hasta Ternate, la del
Socorro del Maluco que comentábamos, no podía acercarse al puerto de Talangame
debido a los arrecifes y a los corales. La opción más segura y adecuada seguía siendo la
del embarcadero de Rum, el más cercano a Ternate y que además gozaba de la
protección artillera del fuerte de San Lucas del Rume. Desde el puerto de Rum, el
armamento, la munición, los caudales para el pago de oficiales y tropa, los víveres y los
bastimentos, se descargaban y se distribuían en korakoras o fustas, que los repartían a
los otros fuertes españoles: Nuestra Señora del Rosario, Santa Lucía (y San Francisco) de
Calamata, San Pedro y San Pablo y los propios fuertes de San Lucas del Rume y San
José de Chovo. Asimismo, la utilización de la galera que los españoles tenían en su
escuálida flota moluqueña, servía a este propósito, pues la galera a remo contrarrestaba
los vientos cambiantes en esas aguas y proporcionaba mayor versatilidad.
Alrededor de los años 1625 o 1626, el capitán Esteban Somoza y Losada fue
nombrado jefe del fuerte de Rume, donde permaneció durante unos meses. Le
sucedieron Francisco Alfaro (1630); Alonso Serrano (1632); Agustín Cepeda (16351639)
y Francisco de Zúñiga (16391640).
En agosto de 1632 Pedro de Heredia, gobernador español de Ternate, durante una
conversación con el sultán de Tidore fue informado por este de que los holandeses
tenían intención de dar un golpe de mano en el fuerte de Rume. Heredia trasladó la
información al capitán del fuerte, Alonso Serrano, para que pusiera en máxima alerta a
su compañía. Como había tres lugares en la fortaleza desde donde observar los
movimientos —es decir, las dos plataformas del fuerte una al nivel de la playa y la otra
en el edificio— y otra en el edificio del fuerte propiamente dicho, Heredia envió a un
pequeño refuerzo de 20 soldados y al capitán Andrés de Azcueta Menchaca para que
guarnecieran las plataformas del fuerte y reforzasen la guardia. Fuese porque los
holandeses tuvieron noticia del refuerzo o fuese porque la noticia del sultán era un
bulo, lo cierto es que nada sucedió después.
Al mes siguiente (17 de septiembre de 1632) el sultán volvió a dirigirse por carta a
Heredia alertándole sobre el riesgo de sublevación de los tidores. Aquello nuevamente
puso en situación de alerta máxima a los fuertes de Tidore y Rume, y se ordenó no
admitir a ningún indígena en los fuertes españoles en la isla. Pero tampoco esta vez
sucedió nada.
A través de un tercer aviso, esta vez del gobernador Heredia, se dio cuenta a
Serrano el 18 de octubre del mismo año, de que si alguna embarcación de la isla de Morí
venía con una bandera blanca, debía desconfiar, pues se trataba claramente de asesinos
y enemigos a los que había que rechazar. Rumores circularon sobre la existencia de un
«indio de Rume que estaba de acuerdo con los holandeses para traicionar a los
españoles».
Todos estos bulos, alarmas y rumores hicieron a Heredia sospechar que quien
podría tratar de urdir la traición era el propio sultán de Tidore, que a mediados de
noviembre quiso retirar 70 guerreros suyos presentes en Rume. En aquel momento
Heredia ordenó a Serrano que mantuviera al menos 40 tidores en la guarnición, porque
sospechaba que el sultán quería, con algún propósito inconfesable, debilitar la defensa
de Rume. Heredia lo reforzó enviando 40 soldados que hizo luego regresar en
diciembre de 1632 cuando, al parecer, las aguas volvieron a su cauce.
En diciembre saltó otro rumor, esta vez señalando al sultán de Ternate, Cachil
Hamja, a quien atribuían el deseo de querer capturar el fuerte Rume.
Nada, salvo la tensión cotidiana, volvió a alarmar a San Lucas del Rume desde
entonces, salvo el progresivo acercamiento del sultán de Tidore, Saifudin, a los
holandeses. Al final, el juego del sultán fue desvelado y, en 1639, fue ejecutado por los
españoles.
En 1647 el capitán Francisco Pérez Nabarro, piloto mayor, daba noticia que, no por
conocida, dejaba de ser menos interesante al reafirmar la posición del fuerte Rume:
El lugar donde los españoles construyeron el fuerte del Rume estaba ubicado en la parte noroeste de
la isla frente a la isla de Maitara y dominaba el estrecho canal entre Tidore y Ternate, también aquí estaba
el mejor puerto de la isla de Tidore donde a menudo los barcos europeos pararon 473.
Pasado el tiempo, hacia 1653, la fortificación quedó en tan mal estado que su obra
de «madera vieja y podrida» fue sustituida por una de cal y canto bajo el gobierno de
Francisco de Estaybar.
El fuerte de Santa Lucía de Calamata (1618)
En ese año, el sultán de Tidore había reclamado un fuerte al norte de la isla. Fue el de
Rum, como acabamos de ver. Rum era el punto de la costa de Tidore más cercano a la
de Ternate. Los holandeses viendo amenazadas sus posiciones por la proximidad del
fuerte Rum, respondieron rápidamente edificando un fuerte en Calamata, con el
objetivo de dificultar y vigilar las comunicaciones españolas entre ambas islas.
Ya hemos anticipado más arriba que los españoles no tardaron en reaccionar a la
respuesta holandesa en esta especie de juego de ajedrez con las fortalezas y los
baluartes que se movían en las dos islas como si se tratase de un tablero.
En 1618 el gobernador español Lucas Vergara Gaviria, viendo en peligro el fuerte
de San Pedro y San Pablo ante la proximidad del Calamata holandés, y especialmente
en ese momento en que gran parte de su guarnición se había trasladado al fuerte Rum,
decidió atacar el fuerte de los holandeses.
El 12 de diciembre de 1618, lo fundaron oficialmente. Como correspondía al día de
Santa Lucía, fue denominado como fuerte de Santa Lucía de Calamata. Su primer
capitán fue Juan de Chaves.
Con las dos plazas fuertes de Nuestra Señora del Rosario y de Santa Lucía de
Calamata, la isla quedó dividida entre españoles y holandeses, ocupando los primeros
la costa oriental y los holandeses la occidental. La isla de Ternate disponía de un único
puerto natural, Talagame, que se situaba entre el fuerte español de Santa Lucía de
Calamata y el holandés fuerte Orange, y que nunca fue dominado por ninguna de las
dos naciones europeas . 474
La imposibilidad de rendir los fuertes, cada vez mejor construidos, más sólidos y
mejor protegidos, dio pie a la lucha de emboscadas. Esta guerra de desgaste, basada en
el ardid y la sorpresa, encajaba en la estrategia tanto de unos como de otros que, ante la
falta de medios para la toma o el asalto, utilizaban la incesante debilitación de las
fuerzas del adversario. Por ese motivo la llegada de refuerzos solía traducirse en el
aumento de estratagemas para los que eran reforzados. Ese fue el caso del ataque en
1621, aprovechando la llegada de Pedro de Heredia. Entonces la guarnición de Santa
Lucía de Calamata atacó por espacio de tres horas el Calamata holandés. Las fuerzas del
capitán Rodrigo de Mendoza ocasionaron un considerable número de bajas (30
holandesas) frente a las 11 españolas . 476
El hecho volvió a repetirse en 1623 esta vez con motivo de la llegada del nuevo
gobernador Pedro de Heredia, cuando los españoles emboscados en el exterior del
Calamata holandés lograron dar muerte a cinco enemigos.
El goteo de bajas, unido a la continua presión, fueron factores que debieron pesar
en la decisión del gobernador general holandés de las Molucas quien, finalmente en
1623, ordenó abandonar Calamata y replegarse sobre el fuerte Malayo. Ramerini
mantiene que solo a regañadientes esta decisión fue aceptada por el gobernador de
477
El 3 de enero de 1624 los holandeses todavía no lo habían decidido, aunque la idea
de abandonarlo y demolerlo iba ganando terreno. Hasta 1625 fueron arrastrando la
solución de desmantelarlo debido a la presión y firmeza que los españoles mantenían
en esa área, que aconsejaba a los de Holanda hacerse fuertes allí. Pero la situación acabó
siendo insostenible y la guarnición se terminó marchando. Ni que decir tiene que el
abandono fue aprovechado por los españoles —en 1626— para ocuparlo, reconstruirlo,
bajo la dirección de su capitán, don Pedro de Jarjaquemada, rebautizarlo bajo el nombre
de San Francisco de Calamata y no abandonarlo hasta su evacuación de las Molucas en
1663.
En efecto, en 1626 los españoles se precipitaron a ocupar la posición. Las obras de
recuperación del fuerte San Francisco de Calamata están citadas por Ramerini, que se
hace eco de testimonios de soldados españoles —Juan de Heredia Ormaetegui, Vicente
Valenciano o el capitán Juan de Jara Quemada— que documentaron la participación en
la ocupación y en las labores de reconstrucción del fuerte. A través de Heredia podemos
saber que los españoles optaron por instalarse en el Calamata holandés (a partir de
ahora llamado San Francisco de Calamata), que debía ser más sólido y más defendible,
y que debido a la escasez de recursos en la zona y a la dificultad de la obtención de
materiales de construcción, la reedificación del nuevo fuerte se hizo a expensas de los
materiales del antiguo fuerte español Santa Lucía de Calamata. Con los dos fuertes de
Calamata en manos españolas y la expulsión de los holandeses de su baluarte en
Marieku (Tidore), que poco les duró, la libertad de acción de los españoles en Ternate
era ahora muy amplia. Obviamente, en estas circunstancias tenían las manos libres para
hostigar a los holandeses concentrados en el fuerte Malayo, y no fueron infrecuentes los
asaltos o intentos de asalto.
En 1627 tuvo lugar un ataque al mando del sargento mayor Pedro Palomino. En
1629, el sargento mayor Francisco González, capitán de Calamata, lideró una salida con
30 españoles hacia un numeroso grupo enemigo que se encontraba pescando (más de
100 ternates, márdicas y angleyes del fuerte Malayo). Emboscados en un manglar
localizado en las proximidades del fuerte, los españoles lanzaron el ataque, que se saldó
con decenas de muertos y 11 prisioneros.
Otra emboscada de renombre tuvo lugar en 1633. Unos 70 españoles, mandados
por el capitán Alonso Serrano, se mantuvieron emboscados durante dos días en las
afueras del fuerte Malayo. Se acercaron por la noche, en korakoras o fustas, moviéndose
sin ruido, ordenando a los hombres que al llegar a la costa no apoyasen los bicheros en
los ramajes, para no despertar a los pájaros y que estos dieran la alarma. Llegaron 50
procedentes de Nuestra Señora del Rosario y 20 de Calamata, degollando a los
centinelas de las garitas y quemando el barrio extramuros.
Ese año, el gobernador general de Manila, Cerezo de Salamanca, ante la pérdida de
naves del «socorro», malogradas en los ataques holandeses en años anteriores, dio la
orden de que el «socorro» fuese siempre escoltado por dos naves de guerra, cada una
con una compañía de infantería (que hacían así el relevo de la fuerza ya estacionada en
las Molucas).
En 1637, el gobernador Pedro de Mendiola, ayudado y espoleado por la llegada de
un gran «socorro» desde Manila, ordenó al sargento mayor González Cáceres lanzar un
nuevo asalto sobre la fuerza de fuerte Malayo. Las filas holandesas, que se habían
formado en el exterior del fuerte, tuvieron que replegarse al interior de las murallas.
Los acuerdos de Münster pusieron cierto freno a tanta emboscada y golpe de mano.
San Francisco de Calamata albergaba un total de 40 soldados entre españoles y
pampangos. Las órdenes del gobernador de Ternate, Fernández del Río, firmadas en el
fuerte de Nuestra Señora del Rosario el 28 de abril de 1649, confirman aún la existencia
de un estado de alerta y amplían la información sobre la vida cotidiana, como la
existencia de cultivos en el exterior de las murallas para avituallamiento de las tropas,
las visitas de los comerciantes para vender o intercambiar sus mercancías con los
soldados del fuerte, o el trueque de tabaco por ropa de los soldados . 479
El fuerte Tjsobbe o fuerte de San José de Chovo (1640)
En 1640 los españoles iniciaron la construcción de otro fuerte en la punta norte de la isla
de Tidore. Lo llamaron San José de Chovo, por asentarse en la punta Tjsobbe,
enfrentada al fuerte Malayo (Orange). San José de Chovo o fuerte Tsjobbe fue un buen
complemento al fuerte Rume, ya que por los vientos era el mejor puerto durante la
época del monzón.
Gerónimo de Silva menciona en 1613 «la punta de Chovo», pero no dice que
480
hubiera nada construido sobre ella.
Los holandeses empezaron a mencionarlo alrededor de 1643. Hay una alusión al
armamento del fuerte Chovo, motivada por el temor de que los españoles pudieran
colocar allí dos grandes piezas de artillería que alcanzasen el fuerte Orange, en la
481
vecina isla de Ternate, muy próximo a la punta de Tjsobbe, en Tidore. Según parece, el
gobernador Wouter Seroijen, para contrarrestar los posibles efectos de Chovo, mandó
construir un bastión en la playa de Ternate conocido popularmente como «Cállate la
boca», desde el que, a la distancia de un disparo de mosquete, tenía a su alcance
cualquier embarcación que pasase entre las islas de Ternate y Tidore, pudiendo
alcanzar también a Chovo.
Situación de los fuertes de Ternate y Tidore. La imposibilidad de rendir los fuertes, cada vez mejor construidos,
más sólidos y mejor protegidos, dio pie a la lucha de emboscadas. Esa guerra de desgaste encajaba en la estrategia tanto de
unos como de otros que, ante la falta de medios para un asalto, buscaban de manera incesante debilitar a las fuerzas del
adversario.
Un documento español de 1653 arroja luz sobre los trabajos preliminares del fuerte
al referir que, en 1643, Juan Camacho de la Peña se embarcó como soldado de la
482
compañía del gobernador de Ternate, Lorenço de Olaso, en el galeón San Juan Bautista.
En Ternate se le encomendó trabajar en la fortificación de «la fuerça de Chouo» y en la
construcción del puerto de Rume, en la isla de Tidore, cuya fortaleza fue mandada por
Manuel Correa (1640) y más tarde por Manuel Colindres (1643). Ambos lugares fueron
colocados en estado de defensa. La cárcel que estaba construida en el puerto de Rum se
trasladó al embarcadero de Chovo, siguiendo el consejo de Diego Rodríguez.
El mando del fuerte Chovo fue confiado en esa fecha a Juan de Heredia
Ormaztegui, que también procedía de Ternate y que luego fue remplazado como
capitán por Pedro Figueroa Pardo. El fuerte quedó definitivamente ubicado en un alto
promontorio que dominaba el estrecho entre ambas islas, que Pedro Figueroa definió
como «frontera del enemigo holandés y Ternate» . 483
Hasta 1661 no vuelve a haber referencias a Chovo en la documentación española, y
lo hace para dejar constancia de las obras en el fuerte, que se fue ampliando durante los
años 1653 y 1654 con nuevas viviendas para la infantería.
Según fuentes holandesas, el edificio fue abandonado por los españoles en 1661,
pero el dato no es correcto, ya que hasta 1663 el fuerte siguió albergando una pequeña
guarnición. En el año 1662, esta vez sí, el gobernador de Ternate, Agustín de Cepeda,
recibió órdenes del gobernador general de Filipinas, Manrique de Lara, para clausurarlo
y concentrar en sus alrededores —sobre todo en el embarcadero de Rum— los equipos
y bastimentos de todas las guarniciones de todas las islas, como veremos más adelante.
El último encontronazo antes de la Paz de Münster (1642)
Parecía que se preparaba el último fogonazo antes de silenciar las armas. El gobernador
Fernández del Río —en su primer mandato— ordenó al sargento mayor Pedro Figueroa
Pardo que dirigiese un ataque sobre el fuerte Malayo. Los españoles lo llevaron a cabo
el 27 de marzo de 1642, formándose en dos columnas. La primera progresó
directamente desde la playa y la segunda, que se había acercado con sigilo a la
proximidad de la muralla, quedó emboscada buscando el factor sorpresa ante unos
enemigos que les superaban en número. Los ternates salieron de Orange para
escarmentar a los atacantes, pero las cosas se torcieron para ellos. La muerte del
«sangaje» Cudavez, que mandaba la fuerza, y a quien el sargento mayor Figueroa cortó
la cabeza, provocó la retirada de los ternates hacia el interior del fuerte Orange, y los
españoles quedaron dueños del Rosado, que es como se llamaba a la explanada situada
a la entrada de la fortaleza holandesa . 485
No añadió nada al equilibrio de fuerzas esa escaramuza, pero pareció ser la rúbrica
final a un periodo de luchas que parecían inacabables.
La Paz de Münster de 1648
El Tratado de Münster, conocido igualmente como Paz de Westfalia, fue firmado el 24
de octubre de 1648. Oficialmente el texto sancionaba el fin de la Guerra de los Treinta
Años en Alemania y de la Guerra de los Ochenta Años entre España y los Países Bajos.
Pero los participantes, en la firma del documento de los Ochenta y de los Treinta
fueron lógicamente muchos más. Porque hubo más países implicados: el Sacro Imperio
Romano Germánico, Francia, Suecia, Dinamarca y las ya citadas Monarquía Hispánica y
las Provincias Unidas holandesas.
Salieron ganando la Francia del cardenal Mazarino, que terminó por convertirse en
potencia hegemónica en Europa; Holanda, que vio reconocida su independencia, y
Suecia, que mandó en el Báltico y obtuvo Pomerania, Wismar, Bremen y algunos
territorios más a costa de Alemania.
Dinamarca perdió sus posesiones, arrebatadas por Suecia; España tuvo que aceptar
la independencia de la República de Holanda, y el Sacro Imperio Romano Germánico
perdió peso al proclamarse la primacía de los príncipes alemanes, lo que de hecho
suponía la desvalorización y merma del poder del emperador.
Pero quizás lo más característico del Tratado de Münster fue que consagraba un
nuevo marco político en el que afloraba el nacimiento de las naciones, lo cual certificaba
el fin de la Monarquía Universal. Era el colapso ideológico de la idea que tuvo en su día
el emperador Carlos I. Un borrón y cuenta nueva en Europa.
El pomposo título II declaraba un perdón general a los Estados, de manera que:
Habrá en un lado y en el otro un olvido perpetuo, amnistía o perdón de todo lo que ha sido cometido
desde el inicio de estos problemas (…); todo lo que ha pasado en un lado y en otro (…), daños y gastos
(…), serán enterrados en el olvido eterno.
Entrando en la materia que nos interesa, el artículo V del tratado establecía normas
aplicables a españoles y holandeses en la Especiería, al señalar que:
Los españoles mantendrán su navegación del modo que la tienen al presente en las Indias Orientales,
sin poder extenderse más adelante, como también los habitantes de los Países Bajos se abstendrán de la
frecuentación de las Plazas, que los castellanos tienen en las Indias Orientales.
Se daba un año de plazo a partir de la fecha de conclusión del tratado en las Indias
Orientales, «porque es necesario mucho tiempo para avisar…».
En realidad, hasta que el tratado llegó a aplicarse transcurrieron cerca de dos años.
Los 79 artículos que lo componían y los referentes a la navegación y el comercio, que
fueron objeto de otro tratado separado, hicieron que, de hecho, hasta 1650 nadie
pudiera reprochar a otra de las partes los casos aislados de violencia.
En las Molucas, los que llevaban peleando varias décadas, y que tan escasa
atención habían prestado a la tregua de 1609, eran reacios a aplicar los términos de la
paz firmada en Europa. Seis meses después de la teórica entrada en vigor del tratado,
los españoles decidieron lanzar el último ataque sobre sus tradicionales enemigos
europeos.
responsabilizó de la acción desde el fuerte de Nuestra Señora del Rosario. Del Río, había
recibido noticias sobre la llegada próxima de una gran flota de 14 naves y 800 soldados
holandeses quienes, seguramente, no iban a presentarse cargados de buenas
intenciones. Temió Del Río la invasión de Ternate y acometió una serie de reformas y
preparativos para rechazar la eventualidad de un ataque, además de reclamar refuerzos
desde Filipinas. En la ciudad de Nuestra Señora del Rosario:
Reforzó los ocho baluartes que tenía el fuerte, así como la muralla que cerraba el
barrio de extramuros.
Reconstruyó San Pedro y San Pablo, rehecho una y otra vez al norte de la ciudad de
Gammalamma en la falda de la colina, con la idea de que fuera una segunda línea de
retirada si la ciudad tenía que ceder ante el ataque holandés.
Mejoró la defensa marítima al haber armado una nueva galera de 14 bancadas,
cuya utilidad ya había sido probada, consiguiendo detener los ataques sobre las
pequeñas embarcaciones propias y capturar a las enemigas, liberando a 18 españoles y
57 aliados locales .488
Concluido todo, decidió tomar la iniciativa y ejecutar el ataque, que respondía así a
una acción preventiva.
El primer combate a pesar de la Paz de Münster
El día 12 de febrero de 1649 tres barcos españoles procedentes de Manila consiguieron
fondear en el puerto de Rum evitando ser interceptados por los galeones holandeses
que habían ido a esperarlos en su aproximación a las Molucas. En Ternate, 150 soldados
de la guarnición española a las órdenes del sargento mayor Sánchez de la Cuesta,
estaban listos para acoger al cuerpo expedicionario. De este modo, los de Ternate fueron
reforzados por otros 200 españoles que trajo la flota. Sánchez de la Cuesta, asimismo,
tenía a su órdenes a 500 guerreros auxiliares: 200 pampangos de la isla de Luzón, que
habían venido con la escuadra de refuerzo; 200 márdicas, nativos locales cristianizados
y que habitaban en el arrabal extramuros de la ciudad de Nuestra Señora del Rosario, y
100 indígenas tidores más, al mando de su propio sultán, Cachil Said, gran amigo del
sargento mayor Martín Sánchez de la Cuesta, quienes se conocían desde 1640, cuando el
español mandaba el fuerte de Rume y desbarató un ataque conjunto ternateholandés
dirigido contra la isla de Tidore.
Pedro Fernández del Río ordenó conducir el ataque contra el fuerte Orange. Los
enemigos se encontraban acantonados en él. La guarnición se componía de una
compañía de «124 holandeses» , aunque fuentes diversas dan noticia de que en los años
489
de extraño que en 1649 rondase un número similar. Acompañaban a los holandeses
entre 300 y 500 ternates, según las fuentes que varían.
La táctica española no fue esta vez muy distinta a la utilizada en todos los demás
golpes de mano, emboscadas, razias o facciones, como se llaman a veces en fuentes
españolas, que se venían produciendo desde 1521. No podía haber otra con la fuerza
enemiga siempre recluida en los fuertes, cercanos a las playas o radas de difícil acceso
desde el mar. Los bastiones, a su vez, estaban naturalmente protegidos por la
vegetación de la isla, frondosa y tupida, y por la dificultad de la marcha entre peñascos
y rocas.
Sánchez de la Cuesta ordenó al ayudante Martín de Garay que se acercase con 10
soldados españoles y algunas tropas auxiliares indígenas a las puertas de acceso al
fuerte. Sánchez guardaría el paso principal y la retaguardia con el núcleo mayor de
fuerzas y una reserva (unos 60 soldados).
Los holandeses y ternates reaccionaron haciendo salir del fuerte a una tropa de
fuerzas locales para repeler la provocación. Chocaron bajo el baluarte de Punta Real, lo
que se saldó con la victoria de las fuerzas atacantes. El contingente, por uno y otro lado,
debía ser muy pequeño, de modo que los holandeses para terminar con la riña,
enviaron a una segunda fuerza —imagino que algo más nutrida— para desalojar a los
atacantes, cuyo número no debía ser tampoco significativo. El resultado fue el mismo.
El tercer intento fue más serio. En esta ocasión los holandeses decidieron salir ellos
mismos en número de 124 . Al combate acudieron 40 mosqueteros y, es de suponer, el
491
resto de los infantes serían piqueros y alabarderos. Pero las fuerzas atacantes sumaban
ya 200 hombres. Allí se enzarzaron por espacio de una hora, lo que daría tiempo a los
hombres de Sánchez de la Cuesta a reforzar a los de Garay. Otras fuentes lo confirman
también. Así, Juan de Ytamerren, uno de los soldados que combatió en el Rosado
Malayo y que decapitó a un soldado ternate, confirma que la duración de la lucha se
alargó por espacio de una hora.
de 40.
Dentro de las bárbaras costumbres bélicas de las islas, y los españoles se habían
contagiado de ellas, decapitar al enemigo era práctica común, pues la cabeza enemiga se
consideraba un trofeo de guerra. En esta acción los españoles cortaron 13 cabezas del
bando holandés, según relata el soldado José Cerillo, que se encontraba a las órdenes
del capitán Lázaro de Herrera.
El sargento mayor Sánchez de la Cuesta señala 18 muertos en las filas holandesas,
12 prisioneros y la pérdida de 65 mosquetes y arcabuces , cifra que hace pensar que los
493
mosqueteros eran más de los 40 que señalan Tiele y Heeres y menos de los 85 que
computa el sultán de Tidore.
Desde el lado holandés corroboran la derrota de sus fuerzas, exagerando el número
de atacantes, que el informe del gobernador general Cornelis van der Lijn, las hace
ascender a 250 mosqueteros españoles, reforzados por 600 tidores armados con espadas
y escudos. Pero coincide con Sánchez de la Cuesta al señalar el número de 11
prisioneros —entre ellos un capitán— llevados a Nuestra Señora del Rosario y 18
soldados decapitados en combate . 494
Mucho eco tuvo la victoria del combate en Manila. Al año siguiente, el 9 de marzo
de 1650, el gobernador español de Ternate, Pedro Fernández del Río, falleció de
enfermedad en la isla por la que tanto había combatido. Su fama perduró por algún
tiempo, como suelen hacerlo las famas menores. En la carta que se envió a todos los
regidores de Manila y a S. M. el rey, se reconocía que gracias a Fernández del Río
«ganaron singular reputación las armas de vuestra majestad en todo aquel archipiélago
y diferentes reinos que en él hay» . Así se informó desde Manila, el 6 de agosto de 1650,
495
a Felipe IV, que, posiblemente, nunca supo quién fue don Pedro Fernández del Río.
Un año después del asalto y combate del Rosado del Malayo, los holandeses
quisieron tomarse la revancha. El 22 de febrero de 1650, la flota de ayuda procedente de
Manila sufrió un ataque a la entrada de Ternate. El «socorro», al mando del gobernador
Francisco de Esteibar, se encontró al amanecer con dos naves de guerra holandesas que
le estaban esperando. Los holandeses querían desquitarse de la derrota sufrida en el
Rosado del Malayo. Pero no iba a resultarles tan fácil. Después de un combate de cuatro
horas, la flota española logró entrar en Ternate. Las armas no callaban y el recelo
continuaba.
Ello se comprueba en las instrucciones que Francisco de Esteibar dio el 9 de junio
de 1650, pues, aunque ya se reconociera el establecimiento de acuerdos derivados del
Tratado de Münster en las islas, se prohibía la entrada de cualquier visita enemiga a la
fortaleza, así como el intercambio comercial entre la zona española y la zona
neerlandesa . 496
Pero si, efectivamente, cesaron los enfrentamientos cara a cara, no terminaron las
tretas y emboscadas por vía interpuesta con los ternates y los tidores como activos
combatientes intermediarios. El sultán de Ternate intensificó su hostilidad hacia los
españoles, con el apoyo, consejo y ayuda material de Holanda. En Tidore, sin embargo,
los españoles no reaccionaron ante la provocación y se mantuvieron cautos y pacíficos.
Ello no fue entendido por los tidores, que perseveraron en sus ataques a los ternates y
holandeses. Al sultán de Tidore los tratados de paz de Westfalia le parecían algo muy
lejano y ajeno a las reyertas de aquellas islas. Interpretó la atonía de los españoles como
un cambio de actitud y la alianza se fue entibiando. El sultán siguió desobedeciendo las
llamadas a la templanza que continuamente le hacían los españoles. La política de
contención que con machacona insistencia ordenaba aplicar Manila, y el cambio de
dinastía en Tidore complicaron la situación aún más. El nuevo sultán Saifudin era muy
propicio al entendimiento con los holandeses. Desde hacía años había llevado a cabo
una política de acercamiento. Los halagos, las ayudas en armas y en dinero a las tribus
locales —que multiplicaron los holandeses—, surtieron su efecto. Los tidores de las
nuevas generaciones, incluido su nuevo sultán, no fueron una excepción.
El final (1663)
Los últimos años del dominio español en las Molucas fueron de gran dificultad.
Asediados por los sultanes de Ternate y Tidore, con la revuelta local propiciada y
lubricada por la VOC, el sultán Saifudin —cuyo padre había sido ejecutado en 1639 por
su acercamiento a los holandeses— firmó una alianza con la VOC que complicaba la
situación de los españoles en las islas. Por si fuera poco, acordó con la VOC destruir las
claveras de su isla a cambio de una compensación económica. En 1652, los holandeses,
después de desplazar a los portugueses y a los españoles en el cultivo y comercio del
clavo de olor, introdujeron en las Molucas una política conocida como «la extirpación».
Todos los árboles de clavo no controlados por la compañía fueron desarraigados. La
Compañía de las Indias Orientales limitó asimismo las toneladas que exportaba
anualmente para mantener los precios abusivamente altos. El excedente de cosecha fue
quemado o arrojado al mar. Era la dictadura del monopolio. La tiranía de la fragancia.
El clavo de olor, o era holandés o no sobrevivía.
Con este panorama como horizonte, los indígenas de ambas islas, con dinero y con
armamento facilitados por los holandeses, iniciaron asedios a los fuertes españoles . 497
Por ese motivo, en el año 1663, el gobernador de Filipinas, Sabiano Manrique de Lara,
decidió la evacuación y desmantelamiento de las fuerzas en las Molucas, que
comenzaban a ser una pesada carga económica y militar para las Filipinas.
La función la llevó a cabo el obispo Juan de Origuey, que acompañado por el oficial que
mandaba las fuerzas de Tidore, Diego de Salazar, capitán de las galeras de Ternate,
certificó que, en 1662, «la demolición y retiro fueron confiados al obispo Juan de
Origuey, quien trabajó personalmente allí, logrando transportar la artillería y las
municiones a Ternate».
En ese mismo año, el 2 de junio de 1663, los españoles abandonaron finalmente
todos los fuertes de las Molucas. Entre las murallas y baluartes que se mencionan como
derruidos, aparece el fuerte de San Pedro y San Pablo . Van de Wall, en su visita a las
499
Molucas y en la relación de las ruinas de las fortalezas que publicó en su conocido libro
de 1920 De Nederlandsche oudheden en de Molukken, refiere que aún se podían ver sus
ruinas situadas a la espalda de la ciudad española de Ternate y separadas por una
carretera. Los restos, no obstante, se encontraban prácticamente cubiertos de arena.
No fue así como las encontré yo en 1993 y, aunque su interior era una selva que
crecía entre piedras derruidas, el exterior presentaba aún restos muy aceptables de lo
que fue el fuerte.
En 1663 también el fuerte San Lucas del Rume fue desmantelado, aunque solo
parcialmente . Fue el último de todos los que abandonaron los españoles y se utilizó
500
como punto de concentración para la última flota después de que la ciudad de Ternate y
las otras guarniciones en las islas fueran destruidas e incendiadas por los propios
españoles en su definitivo repliegue a las Filipinas. Rume tuvo el privilegio de ser el
último bastión. El que protegía el puerto en manos españolas. Quizás fuera por eso, o
por la urgencia de la partida, la fortaleza solo fue desmantelada en una pequeña parte . 501
El padre Pareja dio noticia en 1670 de que «no quedaba piedra sobre piedra»,
porque todo había sido trasladado a Ternate por los holandeses para ser utilizado en
sus obras de fortificación . Van de Wall, que también tuvo oportunidad de visitar las
502
ruinas de Rume en 1920, señaló que una parte de la estructura de media luna en la
playa, estaba todavía en pie, al igual que el polvorín . 503
A lo largo del último día de mayo y los primeros de junio de 1663, las últimas
tropas españolas abandonaron Tidore. Era también el episodio final de una relación que
había comenzado hacía 142 años con la llegada de Elcano, precisamente a esa rada o
fondeadero de Rum, el 18 de noviembre de 1521.
CONCLUSIÓN
¿ M ERECIÓ LA PENA?
«Llegan con oro y parten con pimienta».
Pedro Alfonso de Lorosa, portugués asentado en Ternate, comentó a Pigafetta en
1521:
…todos los años muchos juncos van de Malaca a Bandán a comprar macis y nuez moscada de donde
pasan a las Molucas a cargar clavo. El viaje dese Bandán a las Molucas se hace en tres días y en quince se
va de Bandán a Malaca. Este comercio es el que produce mayores entradas al rey de Portugal, por lo cual
lo oculta con empeño a los españoles504.
I
Resultó evidente que quien salió ganando al descubrir su camino hacia las especias fue
Portugal, y que era la ruta oriental hacia ellas —la portuguesa— y no la occidental —la
española—, la que resultó rentable.
Al ahorrarse los intermediarios, las naos portuguesas permitieron asignar precios
más baratos en Lisboa y aun así obtener un beneficio sustancial. Fue una operación
hábil e inteligente. Por cada ducado invertido sacaban cien. Esa fue la gran jugada
portuguesa.
Sin embargo, el espectacular descubrimiento del Mar del Sur, intuido en las cortes
portuguesa y española pero descubierto por el extremeño Nuñez de Balboa, alentó el
sueño castellano de haber encontrado una vía rápida hacia la Especiería que llenaría las
arcas del emperador. Hacía falta, tan solo, localizar el paso hacia él, y Magallanes y su
flota castellana lo encontraron. El envite del emperador Carlos había resultado ganador.
Esa fue la gran jugada española.
Finalmente, sí era cierto, la ruta occidental se había descubierto; pero era dilatada
en tiempo y costosa en hombres, en naves y en caudales. Aquellas travesías eran el
prólogo de toda una serie sucesiva de desastres. Las flotas que alcanzaban las Molucas
lo hacían en cuadro. Seis expediciones fueron enviadas desde 1521 hasta 1543. Las
cuatro primeras salieron desde la Península. De todas ellas, no llegó más que un
insignificante y heroico porcentaje. Eran los tiempos náufragos. Al constatar el índice de
pérdidas en tan largas distancias, se ordenó que las demás lo hicieran desde Nueva
España o Filipinas, para ahorrarse la travesía del Atlántico y, sobre todo, el «paso» del
estrecho.
Pero, aun así, los porcentajes de éxito en las navegaciones continuaron siendo
mínimos. Las estadísticas son demoledoras. De las 26 naves que zarparon en esas seis
exploraciones , solo 6 de ellas arribaron a la Especiería y solo una regresó a su puerto
505
de origen, la Victoria de Elcano.
Por otra parte, el hecho de que alguna de esas 26 naves hubiera alcanzado las islas,
por gloriosas que hubieran sido sus singladuras, no cumplía el objetivo que deseaban el
emperador, los armadores y los inversores, pues la finalidad de la travesía hacia
aquellas islas seguía siendo el acopio de especias para el comercio. Y eso no era posible,
ya que en cuanto la nao tocaba las costas de la Especiería debía prepararse para
combatir contra la presencia portuguesa —lo que consumía todas las energías— y, una
vez vencidas las dificultades de los combates, debía recolectar el clavo, estibarlo en la
nao en churlas, toneles o barrilitos y retornar a su puerto de partida; algo que no fue
factible hasta la fecha del hallazgo del tornaviaje por Andrés de Urdaneta en 1565, es
decir, cuando ya se habían enviado y prácticamente perdido las seis flotas
expedicionarias.
Ni en la corte del emperador Carlos en Valladolid, ni en los patios y estancias del
palacio del virrey en Nueva España, ni en las salas de la Casa de la Contratación de
Sevilla, era eso lo que se esperaba. En síntesis, en contra de las predicciones de
Toscanelli, la realidad les enfrentaba a un viaje largo, peligroso y costoso que no
garantizaba el objetivo que se reclamaba de ellos, y que no era otro que lograr por la
ruta occidental lo que Portugal había conseguido, con mayor comodidad y éxito, por la
ruta oriental.
II
La presencia española en las Molucas fue de resistencia. Es cierto que llegaron a
asentarse contingentes expedicionarios durante largos años, alternando periodos de
calma con los de lucha como aliados de los tidores, en fragor cainita contra los ternates
y los portugueses, o bien fraguando alianzas con los indígenas tidores y los portugueses
—durante el periodo de la fusión de las dos Coronas— contra sus perpetuos
adversarios, los ternates y los holandeses. Pero la mayor parte del tiempo transcurrió en
un tedioso vaivén de golpes y contragolpes, entre las descargas de lombardas y sacres
de las fustas tripuladas por uno y otro bando que surcaban las aguas saladas y tibias de
la Especiería y los asaltos a los baluartes y fortalezas que, en medio de bosques de clavo,
trataban de custodiar aquellas islas.
En cualquier caso, esa estancia protegiendo la soberanía que siempre creyeron que
pertenecía a España fue tan honrosa en la lucha como estéril desde el punto de vista
comercial. Y ello fue así porque desde las Molucas era imposible, con especias o sin
ellas, navegar hacia España recreando la ruta que había inaugurado Juan Sebastián
Elcano. Lo impedían las flotas portuguesas, alertas para asegurar en exclusiva el uso del
mar y negárselo a los adversarios, bloqueando el acceso a las aguas del Índico y del
Atlántico, como más tarde hicieron los buques holandeses de la temible VOC.
Incluso el hallazgo de la ruta del tornaviaje, cuando finalmente se produjo y facilitó
el regreso a Nueva España, no solucionó las necesidades que suscitaba la presencia
militar y comercial española en la Especiería. El refuerzo de hombres, armas, pólvora,
aparejos y material desde México era lejano, tardío y costoso. No se podía competir con
la cómoda presencia de Portugal, que podía suministrar refuerzos desde Malaca en 18
días o incluso desde Goa, cuando —por el contrario— las jornadas desde Ternate o
Tidore hacia Nueva España eran de seis meses de navegación como promedio.
Con el fin de paliar estas dificultades, el recorrido de las flotas hacia la Especiería se
fue acortando más. Pronto quedaron clausuradas las expediciones que partían desde las
distantes Sanlúcar o La Coruña y se zarpó desde Nueva España, y finalmente desde las
Filipinas, para llegar a hasta Ternate y Tidore. La única opción viable y rentable iba a
ser la ruta de Manila a Tidore.
Vistas así las cosas, no resulta criticable el Tratado de Zaragoza (1529). Una mente
bien entrenada como la de Carlos I era consciente de que la actividad de una gran
empresa comercial fundamentada en un recorrido que daba la vuelta al mundo, un
mundo mayor y más peligroso de lo que se había creído, no podía ser un negocio
rentable. Con la venta al rey de Portugal de los debatidos derechos sobre las Molucas, se
reducía la tensión con el país vecino; el emperador apaciguaba un flanco que deseaba
que permaneciese en armonía y se procuraba fondos —350 000 ducados— necesarios
para la inminente guerra contra los turcos y contra Francia, como lo reclamaba una
política imperial deficitaria en sus finanzas.
Portugal sí que aprovechó desde 1512 el comercio con las especias que, entre unas
cosas y otras, le duró hasta que los holandeses expulsaron a la comunidad lusitana de la
isla de Ternate en 1575 y de la Especiería en 1605. Pero mientras tanto, durante esos casi
cien años, el valor de aquel colosal comercio costeó los gastos de la corte de Lisboa, de
sus flotas y del Imperio portugués.
Iván Obolensky realizó un cálculo con valores actualizados. En Goa, 125 libras de
pimienta negra podían comprarse por el equivalente a 3000 o 4000 dólares americanos
actuales. Esos mismos fardos de deseadas especias podían venderse en Venecia por un
precio que en la actualidad rondaría los 100 000 o 120 000 dólares. El quintal de nuez
moscada, que se adquiría en sumas equivalentes a los 3000 o 4000 dólares actuales,
podía llegar a adjudicarse a los consignatarios en Londres o en París por 2 100 000
dólares .
506
Quedaba claro que lo que había perseguido Hernán Cortés para Nueva España —
que era mucho más que mercadear en el ámbito geográfico mexicano— no pudo
cumplirse. Posiblemente él llegó a pensar, o al menos a desear, que la extensa tierra del
virreinato, proyectada hacia al Pacífico, quedase enmarcada en la abundancia que
podría proporcionar aquella almoneda pujante de especias y plata. Otro sueño
inalcanzable, sobre todo a la luz de la impresionante superficie del territorio que
abarcaba 14 países, actualmente soberanos, y 16 estados de los actuales Estados Unidos
de América . La financiación que él preveía para ese enorme territorio terminó
507
dispersada por los temporales, los vientos huracanados y las interminables distancias
de los océanos.
Ese proyecto oceánico de un virreinato que extendiera sus orillas desde las costas
del Atlántico, en el golfo de México, hasta los límites finales del océano Pacífico, donde
sus aguas rozaban las del mar de Banda, explica, sin embargo, el establecimiento
español en Filipinas —ante la dificultad de hacerlo en las Molucas— y revela el sentido
que tuvieron las expediciones de Villalobos (1542) y Legazpi (1546) para proveerse de
mercados y especias . 508
III
Pero bajando de las quimeras a la realidad, no estaría de más apuntar que la expansión
imperial o de la Monarquía Hispánica hacia Oriente fue siempre residual. Una vez que
el Tratado de Zaragoza zanjó la adscripción geográfica de las Molucas en favor de
Portugal, Filipinas quedó como la tímida excepción que justificó la presencia española
en el Lejano Oriente.
A pesar de ello, a raíz de la salida de Portugal de las islas de las especias, hubo
cuatro expediciones españolas que llegaron desde Filipinas a Ternate, Tidore o Jailolo,
509
con el objetivo de combatir a los locales o a los holandeses y recolectar clavo y nuez
moscada en la zona productora de las especias, aunque hubiera que abastecerse de ellas
con las armas y regresar con la carga. Y lo hicieron con éxito. Hubo aún algunas más,
como la de Juan de Silva en 1615, que fracasó por sublevación de la escuadra, y la de
Pedro de Heredia, con nueve barcos desde Manila, que, en 1623, coronó felizmente la
visita con abundante recolecta de clavo y otras especias. Hasta la regularización del
tráfico comercial —en otros tiempos y en otras condiciones—, a partir de 1640.
Ante la pasmosa voracidad del gasto que suponía organizar aquellas flotas, cabría
preguntarse: ¿a quién beneficiaban esas millonarias expediciones?; ¿por qué razón
persistieron en ello si el beneficio era tan escaso?
Las anheladas especias nunca formaron parte del tráfico exportador a España como
mercaderías. Simplemente, por todas las dificultades descritas no se llegaron a
comercializar, al menos hasta la segunda mitad del XVII.
El cambio tiene la fecha de 1640. Fue el momento de la separación de Portugal, lo
que permitió que España pudiera participar en el comercio de las especias, enviando a
Nueva España el clavo recolectado en su factoría de Ternate. A partir de ese momento,
España tuvo las manos libres para comerciar abiertamente. Entonces sí. Las enormes
posibilidades que ofrecía la plata de las Indias, en barras o amonedada en reales de a 8,
se tradujo en una realidad comercial fructífera con el galeón ManilaAcapulco. Ello
permitió a los comerciantes chinos atraer ingentes cantidades de plata a cambio de seda,
telas de lino, marfiles, joyas, porcelana blanquiazul, lacas, pedrerías y también especias.
La factoría que los españoles mantuvieron en Ternate dinamizó el comercio. Los
barriles se enviaban a Manila para que se cargasen en el galeón que los transportaba a
Acapulco. Desde allí, y solo en limitadas proporciones y casos, proseguían su viaje
hacia la Península Ibérica a través de Panamá, donde las recuas de mulas cruzaban el
istmo hasta llegar a la costa, para embarcar las cargas en la flota de Tierra Firme.
Los mercaderes establecidos en las Indias se quejaron de que las especias pudieran
terminar en Sevilla, y protestaron señalando que los señores del monopolio sevillano
del tráfico con el Nuevo Mundo deseaban, además de la prerrogativa que ya mantenían
en ultramar, incrementar su riqueza con las mercancías y con los productos vegetales de
Oriente. Para ellos no era un secreto —para nadie lo fue—, decían que la canela y el
clavo eran tan valiosos como el oro. De aquí que se opusieran a que el comercio de las
Molucas se enviase a Andalucía a manera de graciosa dádiva de los reyes.
En la balanza del comercio intervinieron de un lado los intereses del monopolio de
la Casa de la Contratación, que esta vez quedaron orillados, y de otro las legítimas
ambiciones y beneficios de los virreinatos de Ultramar. Entonces hubo especias para los
comerciantes, plata y beneficios para los distribuidores y alegría para los armadores.
Pero fue por breve tiempo. Apenas veintitrés años que no justificaron los ciento veinte
de naufragios y luchas.
IV
Por último, debe señalarse que el balance comercial de la conquista de la Especiería
quizás no resultaría aprobado. La cuenta de resultados, en puros términos comerciales,
arrojaría un abultado debe a la luz del insignificante valor conseguido en la transacción
de un comercio tan fabuloso como era el de las especias; lo mismo podría decirse ante la
dramática pérdida de centenares y centenares de vidas humanas en la tierra y en la mar,
los miles y miles de ducados de oro invertidos, y las docenas y docenas de naves
naufragadas.
Una parte de la historia de todos estos hechos que se han narrado yace en el fondo
del mar. Pero no es la más significativa. El mar —sin ninguna duda— está tan
íntimamente asociado a nuestra historia que debe ser una permanente referencia y
testimonio de ella. Pero no podemos resignarnos a contemplar los mares sin más, como
mudos testigos de ese pasado histórico porque, como escribió Alejandro Paternain:
«¿Qué huella dura en su superficie?»; y, ciertamente, en ella «no queda memoria y los
caminos tortuosos de los hombres, los vaivenes, los arranques y los arrepentimientos y
los retrocesos son borrados con pacífico o tormentoso desdén» . 510
Por ese motivo, para que no sea así, la referencia a esa memoria, a la de sus
hombres, a la de sus naves, a la de sus éxitos, a la de sus logros y a la de sus sacrificios
debe constar en el haber del balance de esa cuenta de resultados de la que hablaba. Y
repetirla una y otra vez. Y en ella hay que consignar la mención específica de los
triunfos, los alcances y las experiencias irrepetibles: el descubrimiento de un nuevo
océano que daría acceso a Asia por el occidente; la travesía del estrecho, al sur del
continente americano, que permitió la unión oceánica entre América y Asia; la primera
circunnavegación de la Tierra; el descubrimiento de las islas Filipinas, en las que los
españoles se asentarían hasta casi comienzos del siglo XX, y de otros archipiélagos
durante la travesía del Pacífico; el hallazgo de los vientos y las corrientes que hicieron
posible el tornaviaje y, gracias a ello, la creación de la ruta comercial ManilaAcapulco a
través del galeón que perpetuó más de 200 años ininterrumpidos de singladuras; y para
los creyentes, que siempre fueron mayoría en la Península y en las clases dirigentes de
las Indias, la evangelización y la expansión de la fe cristiana, que fue, sin duda, uno de
los logros que más valoraron.
No se consiguió tener a mano la Especiería y sus riquezas en un fácil y regular
trayecto por occidente. El precio alto de su acceso y el beneficio bajo tras su inversión, lo
desaconsejaron. Pero todo lo que se logró en aquel empeño fue mucho más de lo que
incluso, en sus sueños, en sus fantasías y en sus más optimistas quimeras, pudo
imaginar incluso Cristóbal Colón.
EPÍLOGO
Visita del buqueescuela
Juan Sebastián Elcano.
Recuerdo de la Armada
Q UE LAS ESPECIAS HAYAN PERDIDO CASI TODO SU BRILLO en el siglo XXI se debe en gran
parte a que ha desaparecido el misterio del tráfico y los lugares donde crecen .
Ha habido un tránsito de desilusión o desmitificación. El mito de aquellos fardos
y barriles de especias que iniciaban su viaje desde las desconocidas costas de la India y
511
las lejanas islas de Oriente, transportados en caravanas clareadas durante las noches por
la sola luz de la luna, o cargados en naves que recibían la implacable luz del sol de los
océanos, hoy son exportados en contenedores y se encuentran expuestos en las repisas
de los supermercados, siendo el neón la única luz que los ilumina.
Por ello, recuperar parte del recuerdo de lo que las especias fueron en su pasado, a
través de la lectura, siempre añade sigilo y misterio, y de paso, rinde homenaje a
aquellos que las buscaron, las hallaron y las transportaron por millas y leguas.
Por ese motivo, cuando terminé el libro Spain and the Moluccas. Galleons around the
World envié ejemplares a aquellas personas e instituciones en España y en Indonesia
que habían apoyado la idea; es decir, a las autoridades nacionales, regionales y
académicas y, por supuesto, a los sultanes de Tidore y Ternate.
Obviamente, no podía faltar en la lista de los destinatarios en España el almirante
jefe del Estado Mayor de la Armada, don Carlos Vila, un apasionado de la historia y
autor de varios trabajos y estudios, entre los que cabría destacar su participación
extensa en Los descubrimientos españoles en el Mar del Sur.
En mi carta del 12 de noviembre, en la que le enviaba el libro, le proponía el fondeo
y una ceremonia del buqueescuela Juan Sebastián Elcano, si en alguna ocasión se llevaba
a cabo un crucero de instrucción por aquella parte del mundo. Su respuesta llegó
después de las Navidades de 1991. El 17 de enero de 1992 recibí su serena contestación a
mi sugerencia, hecha con más apasionamiento que el que requería la sosegada
programación del crucero de instrucción:
Me comentas la posibilidad de que nuestro buque escuela Juan Sebastián Elcano, durante el crucero
del año que viene, visite Yakarta, fondeando previamente en la isla de Tidore —y añadía—; comparto tu
opinión sobre el interés histórico de la visita (…) Ello me ha impulsado a ordenar que se estudie este
asunto con todo interés, tratando de satisfacer tu propuesta.
El 22 de septiembre de 1992 me comunicó la magnífica noticia de que se incluían en
el LXIV Crucero de Instrucción los acontecimientos —Yakarta y Tidore— en ese año. El
buqueescuela zarpaba de Cádiz el 26 de septiembre y preveía realizar «el fondeo en
Tidore el 30/31 de marzo de 1993».
Ello ofrecía una oportunidad que no debía dejarse pasar. Le propuse que el buque
escuela fondease en aquellas aguas y que se rindiese un homenaje en el mismo lugar
donde Juan Sebastián Elcano y las tripulaciones de la Trinidad y la Victoria habían
desembarcado y se habían establecido 471 años atrás, cerca del embarcadero de Rum, la
primera factoría española en las Molucas.
El hecho de conmemorarlo suponía una experiencia cargada de simbolismo que
había que preparar a conciencia. Pensé que el mejor modo de prolongar el testimonio de
aquella hazaña era plasmarlo en una placa. Diseñé una de mármol negro (1,40 x 0,90 m)
que se descubriría durante la ceremonia. El texto que evocaba la ocasión estaba
redactado en tres idiomas —español, bahasa indonesio e inglés—, firmado por los
escudos de la Embajada de España en Yakarta y el buqueescuela de la Armada, Juan
Sebastian Elcano, y preparé la visita posterior al descubrimiento de la placa, con la visita
de la dotación del Elcano a los restos de los fuertes españoles.
A partir de ese momento, me comuniqué con el comandante del buque, el entonces
capitán de navío don Ángel Tajuelo Pardo de Andrade, a quien le informé de la
organización del homenaje y el descubrimiento de la placa y le propuse la asistencia de
la Compañía de Guardiamarinas, con bandera y banda, izado de banderas y, por
último, la colocación de coronas al pie de la placa inaugurada en memoria de la Trinidad
y la Victoria.
Su actitud entusiasta y colaboradora hizo que tanto los preparativos, la ceremonia y
la estancia posterior se coordinasen a la perfección con el programa que diseñamos
desde la embajada. Nada que extrañar, tratándose de la Armada. El resultado fue un
éxito desde todos los puntos de vista. El día 30 de marzo de 1993 atracó el Juan Sabastián
Elcano en el puerto de Ternate. Recordaré siempre el emocionante, elegante y
protocolario recibimiento a bordo, con los honores que se rinden a los embajadores de
España. Terminado el ceremonial, fueron invitados a bordo los gobernadores (bupatis)
de Ternate y de Tidore y autoridades locales, y todos nos trasladamos al embarcadero
de Rum.
Yo había elegido la playa de Rum. Durante mi visita, hacía dos años, había
imaginado ese lugar como el ideal para la colocación de una placa conmemorativa si un
día alguien decidía hacerlo. Y allí estaba el Juan Sebastián Elcano y toda su tripulación.
Allí la emplazamos. Al pie de los restos del antiguo fuertefactoría de San Lucas de
Rume, el último en ser evacuado por las fuerzas españolas en 1663.
Las autoridades de Tidore habían llevado a cabo un trabajo excepcional, limpiando
los accesos de la vegetación tropical; habilitando el soporte que mantenía la pesada
placa de mármol que el personal de la embajada dirigido por Miriam Padilla llevó
desde Yakarta; allanando la playa para que pudiera acoger cómodamente a la
formación de la fuerza desembarcada y acondicionando el lugar, de manera que
invitados y, sobre todo, mandos, oficiales, guardiamarinas, suboficiales y marinería
permanecieran en el lugar durante la ceremonia, con la mayor comodidad.
Los medios de comunicación habían aireado la celebración del evento, y no solo en
las Molucas, sino en Yakarta y otras ciudades indonesias.
Los habitantes de la isla de Tidore asistieron entre interesados y curiosos a aquella
ceremonia de evocación, que no esperaban, y aquel día tuvieron la oportunidad de
conocer que aquellos actos tenían que ver también con sus antepasados y que la
tripulación del barco llegado había querido reconocer y recordar.
La playa del embarcadero fue el marco que acogió la bandera portada por la
guardiamarina doña Esther Yáñez, escoltada por dos oficiales. Una vez en la playa se
escucharon los himnos, el discurso, la oración, y se llevó a cabo el rito de la entrega de
las coronas de flores de homenaje, que colocamos el comandante del buqueescuela,
don Ángel Tajuelo y yo; mi compañero el embajador de España en Malasia, don Manuel
Alabart —invitado por la conexión histórica evidente del territorio de su jurisdicción y
las especias—, y el gobernador de Tidore con algunas autoridades más.
El almuerzo posterior que el comandante Tajuelo ofreció a bordo estuvo cuidado
hasta el menor detalle por él y por el segundo al mando, el entonces capitán de fragata
don Juan Carlos Rodríguez Toubes. Yo había previamente invitado al acto, obviamente,
a los sultanes de Tidore y Ternate, a los que el comandante Tajuelo convidó al
almuerzo. Desde Yakarta les pedí que les preparasen tres bolsas de batik, cerradas con
una cinta con los colores de la bandera de España, que contenían unas muestras
simbólicas de clavo, nuez moscada y canela, que las islas producían, y solicité a los dos
sultanes que, junto conmigo, se las entregásemos al comandante Tajuelo al final del
almuerzo, para que se las ofreciera a S.M el rey don Juan Carlos I a su llegada a Madrid.
Recreamos así el rito de las especias.
Con esa liturgia de la entrega, tratábamos de rememorar la idea que subyacía en las
misiones expedicionarias del comercio de las especias ordenadas a lo largo de la historia
por SS.MM los reyes Carlos I, Felipe II, Felipe III y Felipe IV.
Hoy día el recuerdo permanece en la playa de Rum. Las autoridades de la isla,
perpetuando su generosa tradición de amistad con España, han construido un recinto
que es visitado por los turistas y los curiosos, con una tapia blanca que ciñe el espacio
donde está colocada la placa y la custodia.
1 Jack Turner. Las especias. Historia de una tentación. Pág. 41. Acantilado. Barcelona, 2018.
2Idem. Pag. 42.
3 Patricio Hidalgo Nuchera. Auge y caída del comercio de las especias. Universidad Autónoma de
Madrid. Madrid, 2018.
4 Pierre Chaunu. La expansión europea (siglos XIII al XV). Labor. Nueva Cío. Barcelona, 1982.
5Idem. Pág. 95.
6 J. Turner. Op. cit. Pág. 35.
7 P. Hidalgo Nuchera. Op. cit. Pág. 96.
8 Idem. Pág. 94, citando a John H. Parry, La época de los descubrimientos geográficos, 14501620. Ed.
Guadarrama. Madrid, 1964.
9 J. Turner. Op. cit. Pág. 42.
10Idem. Pág. 23.
11Idem. Pág. 41.
12Idem. Pág. 101
13 Willard A. Hanna y Des Alwi. Turbulent times past in Ternate and Tidore. Pág. 2. Editorial
Rumah Budaya. Banda Naira, 1990. Molucas. Indonesia
14 Bartolomé Leonardo de Argensola. Conquista de las Islas Molucas. Pág. 59. Editorial Miraguano
y Polifemo. Madrid, 1992.
15 J. Turner. Op. cit. Pág. 65.
16Idem. Pág. 81.
17Idem. Pág. 30.
18Idem. Pág. 27.
19Idem. Pág. 30
21 Willard A. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 6.
22 Fernández Navarrete. Colección de los viages y descubrimientos que hicieron por mar los españoles
desde fines del siglo XV. Tomo V. Págs. 416417.
23 Juan Génova y Fernando Guillén. «Viaje de Saavedra desde Nueva España» en op. cit.
24 Fernández Navarrete. Op. cit.
25 Bartolomé Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 59.
26Idem. Pág. 58.
27Ibidem.
28Idem
. Pág. 59.
29 En el interior de un estuche de cuero en forma de libro, que se encuentra en el Museo del
Perfume de Barcelona, pueden verse dos botellas de perfume de cristal y un pequeño
embudo para colmarlas, pertenecientes la reina María Antonieta. Magnífico es también el
estuche de cuero de color rojo o grana, ribeteado con una cenefa dorada, que enmarca las armas en oro
de la reina y que recuerda mucho el diseño de los estuches de Cartier para sus plumas estilográficas,
joyas o relojes.
30 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 59.
31 J. Turner. Op. cit. Pág. 42.
32 Ivan Obolensky. El comercio de las especias. Dynnamic Doingness Inc. Nueva York, 2013.
33 J. Turner. Op. cit. Pág. 98.
34 A. Franklin. La vie privée d’autrefois. Arts et métiers, modes, moeurs, usages des parisiens. Plon. París,
1895.
35 «Memoria de mano de Su Mgd de lo que es servido que se haga en Aranjuez» 11 de junio
de 1563. NB. Add. 28350, ff. 5255 cit. en Henry Kamen. Felipe de España. Pág. 193. Ed. Siglo
Veintiuno. Madrid, 1997.
36 J. Turner. Op. cit. Pág. 173.
37Idem. Pág. 175.
38Idem. Pág. 186
39 J. Turner. Op. cit. Pág. 278.
40 Jesús Salgado Alba. El buque de escolta en la Armada española. Pág. 47. Ed. Bazán. Madrid, 1989.
41 Esto no se llevó a cabo hasta muy avanzado el siglo XVI. Posteriormente se recurrió a
forrar los fondos de las naos con cobre, menos pesado, una solución británica que se
desarrolló en la segunda mitad del siglo XVIII. Vid. Agustín R. Rodríguez González, La
primera vuelta al mundo. Pág. 130. EDAF. Madrid, 2018.
42 La fragata Santa Catalina formaba parte de la expedición de Álvaro de Mendaña, que salió
de El Callao en abril de 1595. Estaba la nave tan deteriorada, con la obra muerta tan
podrida y posiblemente el casco tan afectado por la broma, que los marineros se referían a
ella como «El Santo Sepulcro». Se hundió durante la travesía antes de llegar a Filipinas.
43 La parte del casco que va sumergida.
44 Parte del casco que va desde la borda hasta la línea de flotación.
45 I. A. A. Thompson. Las galeras en la política militar española en el Mediterráneo durante el siglo XVI.
Manuscrito 24. Pág. 106. Keele University. School of History. Newcastle, 2006.
46 Aparejos y cabos de una embarcación.
47 Annie Baert. «Las condiciones prácticas de los viajes de Mendaña y Quirós». Revista Española
del Pacífico, n.º 4. Pág, 28. Madrid, enero de 1994.
48 Juan Génova Sotil y Carlos Vila Miranda. «Notas sobre la Náutica en los siglos XVI y XVII»,
en la colección Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Pág. 46. Editorial Naval.
Madrid, 1992.
49 Mástil grueso, horizontal, pero algo inclinado hacia arriba, que en la proa de los barcos sirve
para asegurar algunas velas o cabos.
50 J. Génova y C. Vila. Op. cit. Págs. 4647.
51Idem.
52 Carlos Canales y Miguel del Rey. Naves mancas. La Armada española a vela de cabo Celidonia a
Trafalgar. Pág. 47. EDAF. Madrid, 2015.
53 J. Salgado. Op. cit. Pág. 123.
54 J. Génova y C. Vila. Op. cit. Pág. 48.
55 Carla Rahn Phillips. El tesoro del San José. Muerte en el mar durante la Guerra de Sucesión española.
Pág. 21. Marcial Pons Historia. Madrid, 2000.
56Ibidem. Pág. 21.
57 Ibidem.
58Ibidem.
59 Pedro Ortiz Armengol. «Los galeones» en la obra El San Diego. Un tesoro bajo el mar. Pág.31.
Madrid, 1995.
60 Juan Génova y Carlos Vila. «Notas sobre la natural náutica en los siglos XVI y XVII» en
Descubrimientos españoles en el Mar del Sur, pág. 49, citando Fernández Duro pág. 462.
61 Esteban Mira Caballos, «Pedro Menéndez de Avilés diseñó el modelo de flotas de la Carrera
de Indias». Revista de Historia Naval. Págs. 1114. Madrid, 2006.
62 Idem. Pág. 11. Menéndez de Avilés fue también un estimado constructor de barcos y un
excelente cartógrafo. Construyó un buque que él mismo llamó «galeoncete», al cual los
expertos consideran el precedente fallido de las futuras fragatas.
63 E. Mira Caballos. Las armadas imperiales. La guerra en el mar en tiempo de Carlos V y Felipe II, págs.
193234. 2005, citando a Juan Melgarejo.
64 Carla Rahn Phillips. Seis galeones para el rey de España. La defensa imperial a principios del siglo XVII.
Págs. 47 y 48. Alianza Editorial. Madrid, 1991.
65 E. Mira Caballos, citando las Ordenanzas de la navegación. Palencia, 28 de septiembre de 1534.
AGI. Indiferente General 1961. L3, ff. 164v168r. Op. cit. Pág. 14.
66Ibidem.
67 Guillaume Legentil de la Galaisiere. Voyage dans les mer de l´Inde fait par lórde du Roi. Pág. 225.
Tomo II. París, 1779.
68Ibidem.
69
Memorial sobre la navegación de las Indias hecho por Pedro Menéndez de Avilés que fue capitán
general a la Nueva España y vino de ella en el año 1556. AGS Consejo de Castilla 46. Doc. 38.
Citado por E. Mira Caballos. Op. cit. Pág. 16.
70Ibidem.
71 Bernardino de Mendoza. Op. cit.
72 Genoveva Enríquez Macías. «Bucear en los archivos». Arqueología Subacuática. PH Boletín
40/41. Pág. 135. La versión preliminar del artículo fue originalmente publicada en la
revista argentina Noticias de Antropología. El texto de donde está tomada la cita corresponde
al artículo citado: «Bucear en los archivos», coordinado por Mónica Patricia Velentini y Genoveva
Enríquez Macías.
73 Francisco Santiago Cruz. La Nao de China. Pg. 132. Editorial Jus. México, 1962.
74 A. Baert. Op. cit. Pág. 31.
75 Longitud máxima.
76 Tonelaje o capacidad.
77 F. Santiago Cruz. Op. cit. Pág. 119.
78 Mariano Juan Ferragut. «El galeón de Manila». Pág. 41. Revista de Historia Naval. Cuaderno
monográfico nº 66. España en Filipinas. Octubre, 2012.
79 J. Cervera Pery. La estrategia naval del Imperio. Pág. 180. Ed. San Martín. Madrid, 1989.
80 John Lynch. Monarquía e Imperio en el reinado de Carlos V. Pág. 438. Santillana Ediciones
Generales. Madrid, 2007.
81 J. Lynch. Op. cit. Pág. 442.
82Idem. Pág. 214.
83Idem. Pág. 215.
84 E. Mira Caballos. Op. cit. Pág. 15.
85Idem. 214.
86 Fernando de Bordejé Morencos. «Los españoles y la mar». Militaria, revista de cultura militar,
número 1. Pág. 30. Editorial de la Universidad Complutense. Madrid, 1989.
87Idem. Pág. 31.
88 Para el conocimiento de la acción pirática contra los buques mercantes y de guerra de la
Armada española, en el periodo que comprende desde 1616 hasta 1800, es imprescindible
la detallada obra de Carlos Canales Torres y Miguel del Rey Vicente, Naves mancas. La
Armada española a vela de Cabo Celidonia a Trafalgar. Edaf 2011.
89 J. Salgado, citando al jesuita Padre Acosta. Op. cit. Pág. 82.
90 Destinos: Nueva España; Tierra Firme; Honduras; Cartagena; Cabo de la Vela; Santo Domingo;
Puerto de Plata; Monte Cristi; Habana; Santiago de Cuba; Puerto Rico y Jamaica.
91 J. Salgado. Op. cit. Pág. 115.
92 E. Mira Ceballos. Op. cit. Pág. 8.
93 Davide Maffi. «Los frentes militares, 15361598». Pág. 39. Desperta Ferro. Número especial V.
Madrid, 2013.
94 Braudel, Fernando. El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. Madrid, 1976.
95 Henry Kamen. Felipe de España. Págs. 256259. Siglo Veintiuno Editores. Madrid, 1997.
96 Diez naos guipuzcoanas, ocho portuguesas y castellanas, diez urcas flamencas y una
levantina y un patache. Entre unas cosas y otras, en realidad entraron en combate solo 25
bajeles de guerra.
97 Por parte española hubo 224 muertos y 550 heridos y, aunque no se perdió ningún barco,
todos quedaron con averías. Por parte francesa se perdieron 10 navíos grandes, y se calcula
que hubo unos 2000 muertos, entre ellos, el almirante Felipe Strozzi.
98 J. Cervera Pery. Op. cit. Pág. 115.
99 Magdalena de Pazzis Pi. «La Armada de los Austrias», pág. 94, dentro del estudio Felipe II y la
defensa de la monarquía. Real Sociedad Económica de Amigos del País. Valencia, 2001.
100Idem. Pág. 92.
101 H. Kamen. Op. cit. Pág. 153.
102 El 91,2 % de las pérdidas de naos y galeones se debió a tormentas y huracanes.
103 Bajos de piedra o arena donde se producía el riesgo de encallar.
104 Desde El Callao fue enviado a Sevilla y siempre lo trataron con cortesía. En sus memorias
elogiará la caballerosidad de sus enemigos. En 1602 fue puesto en libertad.
105 Notas sintetizadas del trabajo de Juan M. Castanedo «Construcción naval y expansión
marítima española» págs. 107 a 109. España y el Pacífico. Córdoba, 1977.
106Ibidem.
107 No significa que las velas fueran redondas, que en el galeón eran cuadras, sino que la
percha horizontal puede moverse en redondo.
108 Annie Baert. «Las condiciones prácticas de los viajes de Mendaña y Quirós a Oceanía».
Pág. 40. Revista Española del Pacífico n.º 4. EneroDiciembre 1994.
109 Excepciones las hubo siempre. En el segundo viaje de Mendaña (15951596) las
mujeres, e incluso los niños, formaron parte de la flota compuesta por cuatro naves
que zarpó de El Callao en junio, rumbo a las islas Salomón. Doña Isabel de Mendaña,
a la muerte de su marido, heredó el liderazgo de la expedición, que llegó a Manila el 11 de febrero de
1596.
110 Cabo grueso que sujetaba el extremo más alto de un palo a los costados del buque.
111 La gavia era una especie de jaula o garita situada en la parte superior de los palos y servía
para colocar el marinero de atalaya.
112 Agustín R. Rodríguez. La primera vuelta al mundo, pág. 67. EDAF. Madrid, 2018.
113 Delphine Tempère. Vida y muerte en alta mar. Pajes, grumetes y marineros en la navegación
española del siglo XVII. Pág. 107. Scholar. google.com. 2012.
114 A. Baert. Op. cit. Pág. 40.
116 Francisco Fernández González. Los barcos de la Conquista. Pág. 45. Santoña, 2000.
117 J. Salgado. Op. cit. Pág. 50.
118 Magdalena de Pazzis Pi. «La Armada de los Austrias», pág. 148, dentro del estudio
Felipe II y la defensa de la monarquía. Real Sociedad Económica de Amigos del País.
Valencia, 2001.
119 García Parreño y Jorge Kadem. Las armas navales españolas. E. Bazán. Madrid, 1982. Cit. por
J. Salgado. Op. cit. Pág. 126127.
121 Coordinado por el arqueólogo submarino Carlos León y las historiadoras navales Beatriz
Domingo y Genoveva Enríquez.
122 E. Mira. Op. cit. Pág. 14.
123 Alonso de Chaves. Espejo de navegantes. Pág. 227. Museo Naval de Madrid, 1983.
124 J. M. Sanjurjo. Op. cit.
125 Javier López Martín. «El artillado de las naves: el diseño de las piezas, su ubicación
en los barcos y los centros de producción durante los siglos XVI y XVII». Antropología.
Boletín Oficial del Instituto Nacional de Antropología e Historia n.º 100. Agosto 2015.
126www.Armada15001900.net.Artillería Naval.
128 J. M. Sanjurjo. Op. cit. Págs. 65 y 66.
129 Pieza de artillería naval, desarrollada en 1778 por la empresa escocesa Carron Iron
Founding, que utilizaba diversos tipos de proyectiles, aunque preferentemente usaba
los racimos de metralla, que rompían jarcias y velamen y arrancaban gran cantidad
de astillas en la obra muerta, produciendo estragos entre la marinería enemiga.
130 Menéndez de Avilés. Memorándum, citado por E. Mira. Op. cit. Pág. 19.
131 El Santa Ana en 1587, en California; el Nuestra Señora de la Encarnación en 1709, cerca
de Cavite; el Nuestra Señora de Covadonga en 1743, cerca de Filipinas, y el Santísima
Trinidad en 1762, próximo a Cavite.
132 Carlos León, arqueólogo submarino. Entrevista en El País, 24 de febrero de 2019.
133 John Lynch «La herencia de los Habsburgo» en Monarquía e Imperio en el reinado de Carlos V.
Pág. 111. Ed. El País. Madrid, 2007.
134Op. cit. Pág. 29.
135 J. Lynch. Op. cit. Pág. 53.
136 Como se lee en el decreto de Granada de 31 de marzo de 1492: «…los llamados judíos
si no son convertidos deberán ser expulsados del reino» y se les otorga permiso «…a
los anteriormente referidos judíos y judías a llevar consigo fuera de nuestras regiones
sus bienes y pertenencias por mar o por tierra exceptuando oro y plata, o moneda acuñada (…) u otro
artículo prohibido por las leyes del reinado».
137 Alfredo Cominges, Juan Génova, Gonzalo Molins, José M. Rodríguez Urdaiz, Mario
Romero y Juan Visa. «La primera circunnavegación» págs. 97 y ss, en la obra
Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Editorial Naval. Madrid, 1992.
139 Jack Turner. Op. cit. Pág. 50.
141Ibidem. Pág. 99
143 La Corona española cargó sobre sus espaldas la conquista y colonización, pero el
coste comenzó a ser tan alto que fue desentendiéndose de tales empresas y
confiándolas a los particulares. Este nuevo sistema fue el conocido como
«capitulaciones de conquista», llamadas también de poblamiento. El capitulante se asociaba con los
hombres de su propia hueste, de manera que cada soldado ponía una parte del capital representado
por su esfuerzo y sus armas. Los soldados de una hueste de conquista eran a la vez socios de dicha
empresa. Vid. M. Lucena. Op. cit. Pág. 60.
144 Como es sabido, su hermano Martín Alonso Yáñez Pinzón era el capitán de la Pinta.
146 Actualmente denominadas montañas Urrucallala.
147 Manuel Lucena. Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur. Pág. 80 y ss. Ediciones
Anaya. Madrid, 1988.
148 El ducado de oro, equivalente a medio doblón, tenía un peso de 3,6 gramos de oro y fue
una de las unidades de cuenta durante los siglos XVI y XVII.
149 En teoría, compartía la corona con su madre, la reina Juana.
150 José Cervera Pery. La estrategia naval del Imperio. Pág. 22. Ed. San Martín. Madrid, 1982.
151 Magdalena de Pazzis Pi. Felipe II y la lucha por el dominio del mar. Pág. 78. Ed. San Martín.
Madrid, 1989.
152 Jack Turner. Op. cit. Pág. 73.
153 Bartolomé Leonardo de Argensola. Conquista de las Molucas. Pág. 26. Miraguano y Polifemo
Ediciones. Madrid, 1992.
154 Ricardo de la Cierva. La gran historia de América. Capítulo 30. Pág. 468. Madrid, 1992.
155Ibidem.
156 «Los hechos acontecieron así y no son materia opinable. Son históricos porque hubo
testigos y las fuentes están a disposición de quien las quiera verificar». Manuel
Lucena en ABC, 11 de marzo de 2019. En las capitulaciones y confirmación de
capitulaciones del 22 de marzo de 1528, no hay ninguna referencia a Portugal salvo para decir que
Magallanes «es natural de esa nación y desde ahora por su propia iniciativa al total servicio, órdenes e
iniciativas de la Corona de España para acrecentarla por el trabajo y peligro que en ello habéis de
pasar». No hay ningún mandato real a Magallanes para que lleve a cabo la vuelta al mundo. Luego la
conclusión de que la primera vuelta al mundo fue una empresa portuguesa no se sostiene, ni en la
documentación histórica, ni en las abundantes fuentes que sobre el hecho existen. El mandato real era
llegar a «descubrir lo que hasta ahora no se ha hallado» y Magallanes cumplió al dar con el estrecho
que lleva su nombre. Ahora bien, no pudo «descubrir…, ricas especierías» pues murió antes, y la
llegada a las Molucas le correspondió a Elcano. Por último, el trayecto Tidore Sanlúcar, con el que se
completó la vuelta al mundo por obra exclusiva de Elcano, no estaba previsto. Elcano fue quien lo
decidió, y a él debe atribuirse el mérito y el éxito de la circunnavegación. Cuando se completó la vuelta
al mundo, Magallanes había muerto hacía un año y medio.
157 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 470
160 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 54.
161 Carta de Sebastian Álvares al rey de Portugal. 18 de julio de 1519, texto en M. Fernández
Navarrete. Op. cit. Tomo IV, doc. XV, pág. 153.
162Ibidem.
163 Carta de Sebastián Alvares al rey de Portugal. Op. cit. Tomo IV, doc. XV. Pág. 153.
164 Carta del contador Juan López de Recalde al obispo de Burgos. Hernández Navarrete. Op.
cit. Pág. 528. Tomo IV.
165 ES.41091.AGI/10.1.9/CONTRATACION 5090. L. A. Transliteración por Cristóbal Bernal.
166 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 72.
167 Emilio Lamo de Espinosa. Primo Viaggio Intorno al Globo Terracqueo. La Expedición Magallanes
Elcano 15191522. Pág. 10. Real Instituto Elcano. Madrid, 2016.
168 Descubierto el 21 de octubre, día en el que se conmemora el martirio de santa Ursula y
once mil vírgenes.
169 Ricardo de la Cierva. Op. cit. Pág. 474.
171
Antonio Pigafetta. «Primo Viaggio Intorno al Globo Terracqueo», publicado en
edición del Real Instituto Elcano La expedición de MagallanesElcano 15191522. Pág. 24.
Madrid, 2016.
172 J. P. Oliveira. Construtores do Imperio. Esfera dos Libros. Lisboa, 2017.
173 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 38.
174Ibidem.
175 Jack Turner. Op. cit. Pág. 71.
177 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 61.
178 Antonio Galvao. Historia das Molucas. 1544. Manuscrito. Archivo General de Indias. Sevilla.
179Ibidem.
180 Serrao moriría en marzo de 1521 y Magallanes en abril, apenas con un mes de diferencia.
181Op. cit. Pág. 63.
182Ibidem. Pág. 72.
183 Juana Isabel Catalina, fueron los nombres que le pusieron en honor de la madre de Carlos I,
de su mujer, y de la esposa del príncipe.
184 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 66.
185Idem. Pág. 67.
186 J. A. Almazán Altuzarra. Op. cit. Pág. 114.
187 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 74.
188 Relación de Maximiliano Transilvano. Doc. XXIV citado por Fernández Navarrete. Pág.
270. Op. cit.
189 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 7779.
190Idem. Pag. 89.
191 Claramente era el sake o arach, que hasta ahora no habían probado.
192 Esa afirmación precisa una importante corrección para que sea exacta: Magallanes no
llevó a cabo la circunnavegación del globo, como afirma Turner es esa frase. Tampoco
lo pretendía. Su objetivo, que cumplió, fue encontrar el «paso» hacia el Mar del Sur. Y
más tarde poder llegar a través de ese mar a las Molucas, que era el mandato del emperador, aunque
esto último no pudo realizarlo. La circunnavegación del globo se materializó un año y medio después
de que Magallanes hubiera muerto y fue iniciativa del piloto Juan Sebastián Elcano.
193 Se refiere a Zoar y Mean.
194 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 99.
196 La nao Trinidad.
197Ibidem.
198 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 100.
199Ibidem.
200 B. Leonardo de Argensola. Op. cit.
201 Willard A. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 22.
202Idem. Pág. 101.
203 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 122.
204Idem. Pág. 112.
205Idem. Pág. 108.
206Ibidem.
207 Fue nombrado 4.º gobernador de la India portuguesa en sustitución de Lopo Soares
de Albergaria. Desempeñó el cargo a partir de 1518 hasta 1522. Su labor fue
cuestionable, al parecer por un enriquecimiento abusivo, donde las especias debieron
jugar su papel. Este contrabando alcanzó incluso a los gobernadores de Goa. El caso al que nos
referimos de Diogo Lopes de Sequeira fue muy conocido. Enemigo de Vasco da Gama, se enfrentaron
también por la presencia española en las Molucas. Vasco da Gama, muy antiespañol, quería
deshacerse de la presencia española en Tidore y Ternate, que Lopes de Sequeira veía con más
flexibilidad.
208 Siete portugueses fueron en una carabela a recoger las cargas a Batjan. Terminada la
operación comercial, y a pesar de las recomendaciones del sultán, al parecer no
respetaron ni a las mujeres de los indígenas ni a las del mismo sultán, y fueron
ejecutados. El capitán de la carabela regresó a Malaca y dejó la carga en los dos juncos, pagada y sin
dueño.
209 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 108.
210Idem. Pág. 69.
211Idem. Pág. 111.
212Idem. Pág. 92.
213Idem. Pág. 112.
214Ibidem.
215 Entre la punta de Burné y la isla de Cimbonbón, los expedicionarios se encontraron
con un junco que venía de Burné. Le hicieron una señal para que se detuviese y no la
atendió: «…lo perseguimos, lo tomamos y lo saqueamos. Conducía al gobernador de
Palaoán con uno de sus hijos y a su hermano (…) No solamente nos dio todo lo que le pedimos, sino
que voluntariamente añadió cocos, plátanos, cañas de azúcar y vasos llenos de vino de palmera. Para
corresponder a su generosidad le devolvimos parte de sus puñales y fusiles, dándole además un
estandarte, un traje de damasco amarillo y quince brazas de tela. A su hijo le obsequiamos una capa de
paño azul, etc… y su hermano recibió un traje de paño verde. Hicimos también regalos a las personas
que iban con ellos, de suerte que nos separamos en buena armonía». (A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 95).
216 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 105.
217 A. Pigafetta. Op. cit. Pág. 119.
218 A. Cominges, J. Génova, G. Molins, J. M. Rodríguez de Urzaíz, M. Romero de Pazos
y J. A. Viscasillas. «La primera Circunnavegación». Pág. 148. Descubrimientos españoles
en el Mar del Sur. Editorial Naval. Madrid 1992.
219 Juan Sebastián Elcano. Informe al emperador Carlos I. A bordo de la nao Victoria. Sanlúcar,
6 de septiembre de 1522.
220
Molucas.
Crónica de Espinosa de Punzorol y de Ginés de Mafra y los testimonios de los
supervivientes de la Trinidad que consiguieron regresar en 1527. Información
procedente también de las cartas de Antonio de Brito que capturó la nao en las
221
Documenta Malucensia III, 16061682. 412, nota 3. Citado en Marco Ramerini. La storia
della presenza Spagnola nelle Isole Molucche: Le fortezze spagnole nelle ísola di Tidore 1521
1663. www.colonialoyage.com.
222 Relación de Cristóbal de Salvatierra. Jornada del Maluco. Terrenate, abril de 1585.
AGI Patronato. 46.R.20. Vid. Marco Ramerini. «Fuerte Rume. Las fortalezas
españolas en la isla de Tidore 15211663» dentro de Le fortezze spagnole….
223
Sitio web escrito y mantenido por Marco Ramerini, Florencia, Italia. «Fuerte de Rume» en
La storia della presenza Spagnola nelle Isole Molucche: Le fortezze spagnole nelle isola di
Tidore 15211663. www.colonialvoyage.com.
225Ibidem.
226 Juan Sebastián Elcano. Informe al emperador Carlos I. A bordo de la nao Victoria. Sanlúcar
6 de septiembre de 1522.
227 A. R. Rodríguez. Op. cit. Págs. 140 y 141.
228 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 480.
229
Baracaldo.
Un grumete de Santander; tres marineros andaluces de Sevilla, Huelva y Ayamonte;
un grumete y un marinero gallegos de Bayona; un marinero extremeño de Mérida; y
el capitán, el piloto, un grumete y un paje, vascos de Guetaria, Bermeo, Bilbao y
230 Existen varias cifras y cálculos sobre el precio y el coste de la expedición. En general
no difieren mucho entre sí, pero algunas diferencias se aprecian en diversas
publicaciones. Martín Fernández Navarrete en su Colección de los viajes y
descubrimientos que hicieron por mar los españoles desde fines del siglo XV Vol. 4º, Págs. 247248, ofrece
datos a los que gran parte de los tratadistas e historiadores han seguido y que ofrezco como base de
los cálculos.
231 A excepción de las cargas de Batjan incautadas a los portugueses.
232 Apuntes de los gastos que costó la descarga de la nao Victoria y noticia de la Especiería que
trajo de su viaje. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo IV.
233 Pleito y causa entre Cristóbal de Haro vecino y regidor de Burgos y S. M. sobre
armazones e intereses. 15 de septiembre de 1537. Citado por Francisco Solano. Op. cit.
Pág. 588.
234 J. Turner. Op. cit. Pág. 81.
235 Francisco Solano. Op. cit. Pág. 595.
236 Amancio Landín y Mario Romero de Pazos. «Gómez de Espinosa y su intento de
regreso por el Pacífico». Pág. 163 en Descubrimientos españoles en el Mar del Sur.
Editorial Naval. Madrid, 1992.
237Ibidem.
238 Antonio de Brito al rey de Portugal. Doc. nº XXX. Extracto de J. B. Muñoz del original
Corre de Tombo. Gov 18. Maz 2, n.º 25, en Fernández Navarrete. Op. cit.
239Ibidem.
240 H. Jacobs. Tratado sobre las Molucas, pág. 211.
241 Gaspar Correia. Leyendas de la India. Vol. II. Págs. 714715.
242 W. Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 33.
243 Carmen Galbis Diez. «La Casa de la Contratación». Pág. 133, contribución a la obra Archivo
General de Indias. Barcelona, 1995.
244 Clarence H. Haring. Comercio y navegación entre España y las Indias. Pág. 58. Fondo de
Cultura Económica. México, 1939.
245 Lope de Vega y Carpio. El arenal de Sevilla. Acto Primero, Escena Primera.
246 Carla Rahn Phillips. Op. cit. Pág. 67.
247 Incluso por la propia reina Isabel I, que ante la protesta del embajador español por
las acciones piráticas inglesas en la costa del Pacífico, le señaló que ello sucedía por la
prohibición que se hacía a las naciones de comerciar con las Indias.
248 Debería estudiarse un sistema que pudiera limitar o evitar que esta valiosa
información contenida en los archivos de la Casa de la Contratación, hoy en el
Archivo de Indias, se diseminase entre las personas que solo están interesadas en el
contenido de las naves y galeones españoles naufragados o los representantes de las empresas
cazatesoros, que lo utilizan para expoliar los pecios de buques españoles naufragados, con la finalidad
de rescatar y vender. La factibilidad de establecer un sólido y riguroso impuesto a satisfacer antes de
la consulta de la documentación, junto con la firma de un contrato que estableciese la obligación
jurídicamente exigible por la que, en caso de rescate, el investigador o la empresa que representase,
garantizase el compromiso de respetar la legislación española y las disposiciones de la Unesco sobre
patrimonio sumergido, podría ser una fórmula, siempre que los aspectos legales y fiscales lo
permitiesen. Como ejemplo de lo que digo, el profesor Eugene Lyon, del equipo del cazatesoros Mel
Fisher que entre 1974 y 1985 extrajo de los cayos de Florida 400 millones de dólares en oro y joyas del
Nuestra Señora de Atocha, estuvo trabajando ¡durante 15 años! en el Archivo General de Indias,
investigando documentos del naufragio. El pecio fue destrozado al ser excavado por Fisher y las
piezas del Atocha y el oro, vendidos en Estados Unidos y en subastas internacionales. Ni una pieza en
los museos navales españoles, ni en el Archivo de Indias.
249 Pedro de Ledesma. Busca de perlas y busca de galeones. 1623. Número 1035. Sección de
Manuscritos del Archivo. Museo Naval de Madrid.
250 Cinco metros.
251 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Vol. XII. Doc. 27.
252 C. Galvis Díez. Op. cit. Pág. 149.
253Ibidem.
254 Jack Turner. Op. cit. Pág. 163.
255Idem. Pág. 60.
256 Alejandro Paternain. La cacería. Pág. 89. Editorial Alfaguara. Barcelona, 2012.
258 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Apéndice. Doc. I. Tomo V. Pág. 193.
259 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 194.
260
Istvan Szaszdi LeónBorja. La Casa de la Contratación de La Coruña en el contexto de la
política regia durante el reinado de Carlos V. Universidad de Valladolid. Pág. 910.
Valladolid, 2008.
261 Istvan Szaszdi LeónBorja. La Casa de la Contratación de Sevilla y sus hermanas indianas. Pág.
122. Universidad de Sevilla. Sevilla, 2004.
262 P. Mártir de Angleria. Décadas del Nuevo Mundo. VIII. Pág. 530. Madrid, 1989.
263Ibidem.
264 «…estando en La Coruña la Especiería, es como si estuviese en Flandes, pues allí se
gasta la mayor parte y muy poquito en levante, es bien se ponga cuan mas cercano se
pueda poner de aquella navegación».
265 A pesar de que este informe está fechado trece años más tarde de los acontecimientos
que relatamos, no creo que el volumen de producción de especias a las que aludiría
Andrés de Urdaneta en 1537, fuera inferior al que se recogía en las Molucas en el
momento de la inauguración de la Casa de la Contratación de la Especiería de La Coruña, en 1524.
266 Informe de Andrés de Urdaneta al emperador Carlos V. Valladolid, 26 de febrero de 1537.
Vid. M. Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 438.
267 Francisco Solano. «Navíos y mercaderes en la ruta occidental de las Especias (1519
1563)», contribución separata a Viagem de Fernao Magalhanes e a questao das Molucas.
Centro de Estudios de Cartografía Antiga nº. 16. Pág. 587. Lisboa, 1975
268 Los gallegos se defendían señalando que si Sevilla pretendía acceder con las especias
a los puertos de Europa «no pasarían el cabo de San Vicente, donde allende de ser
muy peligroso y se suelen perder muchas naos, hay tiempo que se están cuatro y
cinco meses que no pueden doblar el cabo».
270Ibidem.
271 Mateo Escagedo Salmón. Crónica de la provincia de Santander. Tomo II. Pág. 194. Santander,
1922.
272
Pág. 23.
Francisco Ignacio de Cáceres Blanco. Los corsarios del Cantábrico. Pág. 15. Centro de
Estudios Montañeses. Santander, 1965. El pirata Pie de Palo fue el azote de las naves
laneras camino de Flandes hasta que su barco fue hundido por Menéndez de Avilés.
273 Real licencia del rey Carlos I.
274 Fernando Martínez Laínez. Tercios de España: Una infantería legendaria. EDAF. Madrid, 2012.
275 J. Turner. Op. cit. Pág. 63.
276 F. de Solano. Op. cit. Pág. 586.
277 «Real cédula a Cristóbal de Haro, factor de la Casa de Contratación de la Especiería».
Colección de documentos inéditos …. M. Fernández Navarrete. Op. cit.
278 Juan Gil. Mitos y utopías del descubrimiento II. El Pacífico. Pág. 24. Alianza Editorial. Madrid,
1989.
279 P. M. de Anglería. Décadas del Nuevo Mundo. Tomo VIII. Pág. 530. Madrid, 1989.
280 M. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo III. Pág. 95.
281Ibidem.
282 F. de Solano. Financiación de las armadas a la Especiería, cuadro y apéndice II. Op. cit.
283 Mariano Cuesta Domingo. «La Casa de la Contratación de La Coruña». Mar Océana n.º 16.
Pág. 60.
284 «Pleito y probanza de Cristóbal de Haro vecino y regidor de la ciudad de Burgos con el
fiscal de S. M.» cit. en F. de Solano. Op. cit. Pág. 589.
285 F. de Solano. Op. cit.
286 John Linch. Monarquía e Imperio. El reinado de Carlos V. Pág. 160. Ed. El País. Madrid, 2007.
287 Jack Turner. Op. cit. Pág. 43.
288 Un memorándum anónimo de 1496 afirmaba que las supuestas especias de las islas
americanas no valían nada. Colón trajo solo algunas raíces de jengibre, piñas y
mandiocas y el ají, es decir, el chile silvestre. A pesar de que las sospechas crecían,
nadie supo ver que en las Indias no había especias. Op. cit. Pág. 47.
289 Hugh Thomas. «El verdadero drama de 1492». Pág. 173. Revista de Política Exterior. Sevilla,
1992.
290 El cuadro pintado por Tiziano nos da una idea de la belleza y clase de la emperatriz
Isabel, tristemente fallecida muy joven, a los 35 años, en el palacio de Fuensalida de
Toledo. Dejó al emperador Carlos I sumido en una perpetua melancolía.
291 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 20 Ed. Jus. México, 1962.
292 Agustín R. Rodríguez González. Op. cit. Pág. 163.
293 Francisco de Solano. Op. cit. Pág. 857.
295 Diego de Covarrubias, que sería el futuro factor; Alonso de Solís, el nombrado para
desempeñar el cargo de tesorero, junto con el otro tesorero, Juan de Benavides, y el
contador Alonso de Tejada. Vid. Francisco de Solano. Op. cit. Apéndice V. Pág. 606.
296Idem. Pág. 598.
297Ibidem.
298 3 114 738 euros, de acuerdo con los cálculos que ofrece la paridad establecida en la
información de Emma Lira, citada más arriba.
299 A. R. Rodríguez. Op. cit. Pág. 165.
300 F. Santiago. Op. cit. Pág. 20.
301 A. R. Rodríguez. Op. cit. Pág. 164.
302 Relación que hace a S. M. Andrés de Urdaneta a su regreso del Maluco, de todo lo acaecido en
la Armada que fue al mando del Comendador Loaysa. El original se encuentra en el
Archivo General de Indias, en Sevilla, y es una fuente imprescindible para el
conocimiento de lo acaecido en la Especiería.
303
Martín Fernández Navarrete. Colección de viajes y descubrimientos que hizieron por mar los
españoles desde fines del siglo XV, con varios documentos inéditos concernientes a la historia
de la marina castellana y de los establecimientos españoles en Indias. Tomo IV. Págs. 436 y
437. Imprenta Real 1837.
304 En el siglo XVII se fabricaron de cobre, con una capacidad diez veces superior.
305 Alejandro Paternain. Op. cit. Pág. 160.
306 Más de 300 000 euros de hoy día.
307 Fernández Navarrete. Op. cit. Págs. 418.
308 Fernández Oviedo Gonzalo. Historia General y Natural de las Indias, citado por
Leoncio Cabrero «Las vicisitudes de la expedición de García Jofre de Loaysa». Pág. 6
en Estudios sobre las Filipinas y las islas del Pacífico. Madrid, 1989.
309 Fernando Guillén Salvetti y Carlos Vila Miranda. «La desdichada expedición de
García Jofre de Loaysa», en Descubrimientos españoles en el Mar del Sur. Tomo I. Pág.
210. Editorial Naval. Madrid, 1992.
310 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 58.
312 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág 62.
313Ibidem.
314Ibidem.
315 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 285.
316Ibidem.
317 Leonard Y. Andaya. «Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las
Molucas en las Islas de las Especias». Universidad de Auckland. Nueva Zelanda.
Ponencia presentada en el Simposio Descubrimiento de la Costa del Pacífico 1619 de
marzo de 1988, citando a Francisco Colín. S. J. Labor Evangélica, por el P. Pablo Castells. S. J. Barcelona,
19001902, Vol II, pág. 629.
318 Lopes de Castanheda. Historia do descubrimiento y conquista de India pelos portugueses. Libro
VIII, cap. 4, pág. 567. Citada por Marco Ramerinio. Op. cit.
319Ibidem.
320 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 70.
321Idem. Pág. 71
322 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 343.
323 Pedro de Montemayor al rey de Portugal desde Cochin. Fernández Navarrete. Op. cit. Doc.
XIX. Pág. 340. Tomo V.
324Ibidem.
325 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 74.
326 A. Rodríguez. Op. cit. Pág. 178.
327 Francisco santiago Cruz. Op. cit. Pág. 29.
328 Patricio Hidalgo Nuchera. Auge y caída del comercio de las especias, pág. 102, citando a Juan
Gil, Mitos y descubrimientos. Pág. 26.
329 Diecisiete armadores genoveses contribuyeron a los gastos de la expedición: Silvestre
de Breni; Francisco Leardo; Leonardo Cataneo; Niculoso Cataneo; Pedro Benedetto
de Vasiñana; Pedro Johan Salvago; Niculoso Forte; Anton del Visy; Lorenzo Vivaldi;
Zanobi Biduche; Jacome Boti; Johan Riberol; Girólamo Spinola; Luis Castellón; Gaspar de Negro;
Gaspar Cazaña y Octaviano de Breni.
330 Jacome Fantoni; Cebrian de Cartayo; Alberto Gualterotti; Pandolfo Velache; Andrea Veluti;
Johan Antonio Piccolonini; Scipion Chigi y Pedro Mártir de Anglería.
331 Bernardino de Mantua.
332 Richard Thorne; Roger Barlow; el propio Sebastián Caboto que lo hacía como inversor
inglés y Enrique Potimer.
335 Destacan en la lista con aportaciones muy abultadas, las mayores después de las de
la Corona, nombres catalanes o mallorquines como Miguel Rifus (421 091 mvs.),
Pedro Forcadel (152 955 mvs.), Johan Nadal (152 955), que bien pudieran ser socios de
una de las compañías inversoras. Lo mismo sucede con cuatro aportaciones idénticas por la cifra de
101 970 maravedies, a nombre de Juan de Valladolid, Johan Clarete, Roberto de Cernanes y Pedro
Tristán. Vid. F. de Solano. Op. cit. Apéndice V.
336 Concretamente 937 727 €.
338 Para conocer más sobre los astilleros en el Pacífico americano, es imprescindible
consultar el excelente y detallado estudio de Jorge León Sáenz, «Los astilleros y la
industria marítima en el Pacífico americano. Siglos XVI a XIX». Apéndice I. Diálogos.
Revista Electrónica de Historia Vol. 10. N.º1. Febreroagosto, 2009.
339 Lourdes DíazTrechuelo. «El Tratado de Tordesillas y su proyección en el Pacífico». N.º 4.
Pág. 12, citando Cartas y documentos. Pág. 91. Biblioteca Porrúa. México, 1963.
340 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 320.
341Idem. Pág. 78.
342 Leonard Y. Andaya. «Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las
Molucas en las Islas de las Especias». Universidad de Auckland, Nueva Zelanda.
Ponencia presentada con ocasión del «Descubrimiento de la Costa del Pacífico». 1619
de marzo de 1988.
343 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 75.
344 J. Génova Sotil y F. Guillén. Op. cit. Pág. 226.
345 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 451.
346 No descartaba luchar contra ellos y ordenaba a Saavedra que le informase de «…que
armas e fuerzas tienen, e la manera e disposición de la tierra para se poder conquistar
a caballo». Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 448.
347Op. cit. Pág. 449.
348Ibidem.
349 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 415
350Idem. Pág. 413.
351 J. Génova y F. Guillén. Op. cit. Pág. 238.
352Idem. Tomo V. Pág. 415.
353 El documento se encuentra en el Archivo General de Indias de Sevilla. Asimismo,
guarda el Museo Naval de Madrid once cartas de Hernán Cortés que contienen
órdenes e instrucciones para socorrer a la flota española en las Molucas, entre ellas
una dirigida «al rey de Tidore», de 26 de mayo de 1526, dándole las gracias en nombre del emperador
por la buena acogida otorgada a las tripulaciones de la armada de Magallanes que permanecieron en
la isla, una vez que zarpó la Victoria y quedó en Tidore la Trinidad con su dotación.
354
Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 111. Extracto de la navegación que hizo el general Álvaro
de Saavedra con las tres naos remitidas por Hernán Cortés desde las costas meridionales de
Nueva España a las Molucas en los años 1527 y 1528. Doc. V.
355 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Pág. 84.
356 Fernández Navarrete. Op. cit. Doc. V. Pág. 95. Tomo V.
358 Existe un canal de mar entre la isla de Tidore y la de Maitara, lo que puede servir de
referencia para fijar el lugar de la acción.
359 Galvao. Tratado dos descubrimientos. Pág. 226, citado por J. Génova y F. Guillén, Op. cit. Pág.
250.
362 G. Fernández de Oviedo. Op. cit. Tomo I de la segunda parte. Pág. 87.
363 J. Génova y F. Guillén. Op. cit. Págs. 255 y 256.
364 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 38. Editorial Jus. México, 1962.
365 R. de la Cierva. Op. cit. Pág. 710.
366 G. Fernández Oviedo. Op. cit. Pág. 90.
367 Relación de Hernando de la Torre de lo ocurrido en las Molucas contra los portugueses de la isla de
Ternate desde su ingreso en aquellas islas hasta el fin del año 1533. Pág. 355.
368 Carta de Hernando de la Torre a don Álvaro de Zúñiga. Gilolo. Marzo de 1532. Doc. nº 18.
Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 337.
369
Relación de Hernando de la Torre de lo ocurrido en las Molucas contra los portugueses de la
isla de Ternate desde su ingreso en aquellas islas hasta el fin del año 1533. Documento n.º 23.
Fernández de Navarrete. Op. cit. Tomo V. Págs. 353360 y Gaspar Correia Sendas de India.
Vol. III Pág. 359.
370 Declaración de Hernando de la Torre. Op. cit. Pág. 355.
371 Leonard y Andaya. Los primeros contactos de los españoles con el mundo de las Molucas….. Op.
cit.
372 Declaración de Francisco Paris, marinero de la nao Victoria. 25 de octubre de 1536. Doc. 23.
Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 337.
373 Declaración de Bernal Darias. Vid. Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V. Pág. 375.
374Ibidem.
375 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 271.
376 Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años». Págs. 137
138. Revista de Historia Militar, n.º 124. Madrid, 2018.
377 1. MagallanesElcano. Sanlúcar de Barrameda, 1519; 2. Andrés NiñoGil González
de Ávila. La Coruña 1519; 3. Andrés Niño Gil González de Avila. Isla de las Perlas,
1522; 4. Estevao Gomes. La Coruña, 1524; 5. García Jofre de Loaysa. La Coruña,
1525; 6. Sebastián Caboto. Sanlúcar de Barrameda, 1526 y 7. Álvaro de Saavedra. Zihuatanejo, 1527.
379 M. Cuesta Domingo. La Casa de Contratación de La Coruña. Op. cit. Pág. 77.
380 P. Hidalgo. Auge y caída del comercio de las especias. Op. cit. Pág. 103.
381
Diogo do Couto. «De Asia». Década V, parte 1, 147. Citado por Marco Ramerini en Las
defensas de la ciudad del Rey de Tidore: Lugar Grande del Rey (Soa Siu). Las fortalezas
españolas en la isla de Tidore 15211663.
382 M. Ramerini. Op. cit.
383 Informe de Andrés de Urdaneta al emperador Carlos V. Valladolid 26 de febrero de 1537. Vid.
Fernández Navarrete. Op. cit. Pág. 438.
384 P. Hidalgo. Op. cit. Pág. 103.
385 J. Turner. Op. cit. Pág. 44.
386 Francisco Santiago Cruz. La nao de China. Pág. 46. Editorial Jus. México 1962.
387 R. de la Cierva. «La conquista del Pacífico», en Gran Historia de América. Pág. 712.
388 Alejandro Paternain. Op.cit. Pág. 131.
389 Fernández Navarrete. Op. cit. Tomo V.
391 Relación de García Escalante Alvarado. AGI. Patronato 23. R.10 y Consuelo Varela. El viaje de don
Ruy López de Villalobos a las islas del Poniente, 15421548. Págs. 143 y 144.
392 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 73.
393 M. Cuesta Domingo. Op. cit. Pág. 87.
394 Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años. La
guerra en los confines coloniales asiáticos». Pág. 134. Revista de Historia Militar, n.º
124. Madrid, 2018.
395 ColinPastells. Trabajo Evangélico. Vol. III. Pág. 226, nota n.º 3, citado por M. Ramerini. Op.
cit.
396 M. Ramerini. «Fuerte de los portugueses (Fortaleza dos Reis Magos)». Op. cit.
397 La braça equivalía a 2,18 metros.
399 Anónimo. Livro das ciudades y fortalezas que tiene un corazón de Portugal. Temáticas partes de la
India. Lisboa, 1582. Hoja 66. Citado por M. Ramerini. Op. cit.
400 …em hum outeiro alto (que chamao de Cachilduquo) que fica senhoreando a cidade principal de
Ilha. Cit. por M. Ramerini del Livro das ciudades…. Op. cit.
401 Lourdes DíazTrechuelo. Op. cit. Pág. 14.
403 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 94.
404 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 157.
405 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 104
406 B. Leonardo de Argensola. Conquista de las islas Malucas. Pág. 158. Ed. Miraguano y
Polifemo. Madrid, 1992.
407 Hemos de entender que se trata de la fortaleza portuguesa reforzada por el sultán Baab.
408 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 186.
409Idem. Pág. 188.
410 Después de la colonización iniciada por Legazpi entre 1543 y 1565, los habitantes de
esa región central del archipiélago de Filipinas se convirtieron al cristianismo y
aceptaron la cultura occidental. En los siglos XVIII y XIX se produjeron algunos
levantamientos contra la presencia del Imperio siguiendo las huellas del levantamiento protagonizado
en 1622 por Francisco Dagohoy.
411 El término es de origen genovés. Ciüsma es la palabra que designaba al conjunto de
galeotes, en las galeras, y deriva del griego keleusma o canto acompasado del jefe de
remeros para ordenar el ritmo de la boga.
412 Jack Turner. Op. cit. Pág. 81.
413 Patricio Hidalgo Nuchera. Op. cit. Pág. 104, citando la tesis doctoral 52/87 de la que
es autor Fernando Jesús Bouza Álvarez, Portugal en la monarquía hispánica (15801640),
las Cortes de Tomar y la génesis del Portugal católico. Editorial de la Universidad
Complutense. Madrid, 1987.
414 P. Hidalgo Nuchera. Op. cit. Nota 36.
415 Franck Goddio. El San Diego. Un tesoro bajo el mar. Pág.45. CEPSAELF. Madrid, 1995.
416Ibidem.
417Ibidem.
418Idem. Pág. 68.
419Ibidem.
420 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 246.
421Idem. Pág. 256.
422 Antonio Campo López. «La conquista de las Molucas» Desperta Ferro. Pág. 62. «Los tercios
(V) Asia». Madrid, 2018.
423 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 262.
424Idem. Pág. 265.
425Idem. Pág. 267.
426Idem. Pág. 268.
427 Así se llamó el fuerte después de la conquista por los españoles mandados por don
Pedro Bravo de Acuña en 1606, como más adelante se verá. Leonardo de Argensola,
que escribió su relato después de este hecho, se refiere al bastión del Gammalamma
como Nuestra Señora del Rosario, aunque durante los hechos que describe aún no tenía ese nombre.
428 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 268.
429Idem. Pág. 269.
431Idem. Pág. 275.
432
Informe del hermano Luis Fernandes sobre la pérdida de Tidore y su viaje a Cebú, julio de
1605. Jacobs, Documenta Malucensia II, 15771606. Doc. n.º 179, pag. 699704, citado por
M. Ramerini. Op. cit.
433 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 136.
434 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Págs. 322 y 323.
435Ibidem.
436 Nieto del marqués de Montesclaros que había pasado de Italia a servir a su majestad en
Filipinas.
437 Antonio José Rodríguez Hernández. «Armas y pólvora para los soldados del rey».
Desperta Ferro. «Los Tercios (VI) 16601704». Número especial XIX. Desperta Ferro
Ediciones SLNE. Madrid, 2013.
440 Joao de Barros. Da Asia 4 vols. Madrid 1615. Cit. por Hanna y Des Alwi. Op. cit. Pág. 30.
441 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 132.
442 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Págs. 345325.
443 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 326.
444
El grabado lleva por título Ciudad y fuerte de Gamma Lamma en la isla de Ternate, cuyo
fuerte pertenece a los españoles, aunque cuando se realizó habían pasado cincuenta y
seis años desde el ataque de Bravo de Acuña.
445 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 332.
446 W. Hanna y D. Alwi (Op. cit. Págs. 132133) confunden este muro exterior del
antiguo fuerte portugués de Sao Joao Batista, más tarde llamado Gammalamma, con
el fuerte San Pedro y San Pablo que se elevará a espaldas de esta fortificación a partir
de 1606, pero que en la época del ataque que narramos no estaba aún construido del todo. Los autores
refieren en su libro citado que «Don Pedro (Bravo de Acuña) dividió a sus fuerzas en dos columnas
para converger en el recientemente construido fuerte de San Pedro y San Pablo que, más que el
Gammalamma, estaba dentro de las defensas de Ternate».
447 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 328.
448Ibidem.
449 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 329.
450Idem. Pág. 332.
451 A. C. Campo. Op. cit.
452 JeanNöel Sánchez Pons. Tiempos Malucos: España y sus islas de las Especias, 15651663, citado
por A. C. Campo López, Op. cit. Pág. 137.
453 Manuel Ollé. «Portugueses y castellanos en Asia oriental» dentro de Portugal na monarquia
hispánica. Pág. 263. Lisboa, 2013.
454
Situado en un outeiro alto, que por nao lhe ficar por padastro se occupou com hum baluarte
que se nelle fez, se señala en Livro das ciudades e fortalezas que a coroa de Portugal tem nas
partes da India, pág. 64, que cita Marco Ramerini en Ternate: el fuerte español de San Pedro.
455 Victor Ido van de Wall. De Nederlandsche oudheden in de Molukken, pág. 260. Ed. Martinus
Nijhoff, 1928. Citado en M. Ramerini. Op. cit.
456 B. Leonardo de Argensola. Op. cit. Pág. 345.
457
Gregorio de San Esteban. Historia de las Malucas. Pág. 50, cit. en M. Ramerini. Recogido de
Historia de las misiones de los franciscanos en las islas Malucas y Célebes. M. Ramerini. Op.
cit.
458 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 139.
460Viajes del almirante Pieter van Verhoeven, 1610. Cit. por M. Ramerini. Op. cit.
461 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 145.
463Op. cit. Pág. 117.
464 De Boy, en sus obras sobre los viajes del almirante Van Caerden. Informaciones de
Lucas Vergara Gaviria 1611. AGI Filipinas 60. N. 12. Tiele, cit. Marco Ramerini. Op.
cit.
466 Cit. en M. Ramerini. Op. cit. Fuerte de Marieco. Las fortalezas españolas en la isla de Tidore 1521
1663.
467Ibidem.
468 M. Ramerini. Op. cit.
469 Carlos MartínezValverde. Op. cit. Pág. 119.
470 Relación de Cristóbal de Salvatierra, Jornada del Maluco. Ternate. Abril 1585. AGI. Patronato, 4, R.
20. Cit. por M. Ramerini. Op. cit.
471Documento Malucensio III, 16061682. Pág. 412, nota 3, citado por Marco Ramerini. Op. cit.
472 W. Hanna y D. Alwi. Op. cit. Pág. 150.
473 Pedro Fernández de Rio. AGI. Indiferente, 113, N50. Testimonio del capitán Francisco Pérez
Nabarro. Piloto mayor. Cit. M. Ramerini. Op. cit.
474 Antonio Carlos Campo López. «La última batalla de la Guerra de los 80 años». Revista de
Historia Militar n.º 124. Pág. 138. Madrid, 2018.
475 M. Ramerini. Op. cit.
476 AGI. Filipinas, citado por M. Ramerini en «Confirmación de encomienda de Masbate». Op.
cit. Los fuertes españoles de Santa Lucía y Calamata de la isla de Ternate.
477 M. Ramerini. Op. cit.
478 M. Ramerini citando a Tiele y Heeres. Bouwstofen voor der geschiedenis der Nederlanden in den
Maleischen archipiel. Vol. II. Pág. 2. Gravenhave, 1895.
479 AGI, Filipinas, 52, N. 7. Confirmación de la encomienda de Laglag. Cit. en M. Ramerini. Op. cit.
480 «Carta que el rey de Tidore escribió al Gobernador don Gerónimo de Silva, Tidore 18 de
noviembre de 1615». A. A. W «Correspondencia» 99. Cit. M. Ramerini. Op. cit.
481 M. Ramerini. Fuerte Chobo. Las fortalezas españolas en la isla de Tidore 15211663. Op. cit.
482
Confirmación de encomienda de Bagatayan…Expedición de confirmación de las encomiendas
de Bagatayan, Pajo y Liloan en Cebú, Bislig y Catel en Caraga en Juan Camacho de la Peña.
Resuelto. 09101653. AGI Filipinas, 50, N. 40. Cit. M. Ramerini. Op. cit.
483Ibidem.
484 M. Ramerini, citando el informe del padre Pareja. Manila, 25 de enero de 1671.
485 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 149.
486 En las zonas donde estaban asentados en Brasil, fueron expulsados en 1654.
487 Ya había servido en las Molucas como gobernador entre los años 1642 y 1644, acrecentando
el poder militar en las islas. Vid. A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 148.
488 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 148, con referencias al AGI, Filipinas en «Carta de
Diego Fajardo sobre temas de gobierno», 4 de agosto de 1650; «Méritos de Pedro
Fernández del Río», mayo 1647; «Confirmación de encomienda de Santa Catalina», 18
de mayo de 1649; «Confirmación de encomienda de Sinait», 1 de abril de 1651 y «Petición de
Sebastiana de Mendizábal reclamando cierto dinero», 19 de junio de 1656.
489 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 151.
490Op. cit. Pág. 153.
491
una escaramuza.
Sigo creyendo que la guarnición debía estar en torno a los 200 hombres, ya que no
tendría sentido utilizar la totalidad de la fuerza holandesa del fuerte, si se mantiene
que eran 124 holandeses los que componían la guarnición, en una salida para repeler
492 A. C. Campo López, Op. cit. Pág. 153, citando a Tiele y Heeres. Bouwstoffen voor de
geschiedenis der Nederlanders in den Maleischen archipel. Vol III. Pág. 445. Gravenhage,
1895.
493 AGI, Filipinas, 52, N.12, «Confirmación de encomienda de San Nicolás» 2 de diciembre de
1666. Cit. A. C. Campo López. Pág. 154.
494Ibidem, citando a Tiele y Heeres, op. cit. Vol III. Pág. 445.
496 AGI. Filipinas. 51, N.14. «Encomienda de Abucay». Cit. por M. Ramerini. Op. cit.
497 A. C. Campo López. Op. cit. Pág. 156.
498 Ibidem.
499 Parece ser que los daños no fueron excesivos, porque el inspector holandés que visitó
el fuerte posteriormente lo juzgó reparable. Los españoles habían incendiado la
estructura. Se quemó el tejado del fuerte, el techo del polvorín y quedó derruida parte
de las murallas. El DaghRegister holandés confirmó la localización de la fortaleza «detrás de la ciudad
de Ternate y sobre una colina».
500 Sus últimos capitanes fueron Martín Sánchez de la Cuesta (1650); Francisco
Recabarren (1656), que en abril de ese año fue remplazado por Juan García como
interino, y cuatro capitanes durante 1661 y 1662: Pedro de la Mota (16561661); Juan
de Herrera (1661); Antonio de Ortega (1661), Hernando de Soto (1661), y Nicolás Jurado en 1662.
501 Inmediatamente pasó a manos de los holandeses. Un contingente de 50 soldados
ocupó el fuerte al que denominaron Romi. El comandante holandés se interesó por él
y lo visitó junto con el sultán de Tidore. Al parecer, se encontraba en excelentes
condiciones y solo la escalera y los balcones del fuerte superior habían sido destruidos. Algunas
estancias estaban repletas de leña y maderas, lo que indicaba la intención de los españoles de quemar
todo el inmueble antes de irse, pero algo o alguien —posiblemente los tidores—, les habían disuadido
de ello.
502
Tidore 15211663.
Miguel de Pareja al gobernador general Manuel de León. Manila, 25 de enero de
1671. Documento n.º 215.en Jacobs Documenta Malucensia III, 16061682 y nota 4,
citado por M. Ramerini. Op. cit. Fuerte de Rume. Las fortalezas españolas en la isla de
503 Cit. en M. Ramerini. Op. cit.
504 Pigafetta. Op. cit. Pág. 108.
1. Magallanes Elcano (1521). De la armada de cinco naves llegaron a las Molucas dos, y
505
regresó a España solo una.
2. Jofre de Loaysa (1525). Zarparon siete naves. Únicamente llegó una a las Molucas que no
pudo regresar a Nueva España.
3. Estevao Gomes (1524). Su flota constaba de cuatro naos. No llegó a la Especiería.
4. Sebastián Caboto (1526). Una nave realizó el viaje expedicionario. No llegó a las Molucas.
5. Álvaro de Saavedra (1528). De su flota de tres naves llegó una a las Molucas, que no pudo
volver a Nueva España.
6. Ruy Lopes de Villalobos (1543). Únicamente alcanzaron la Especiería dos de las seis
naves que componían su expedición. Ninguna regresó y la que sobrevivió fue hecha
prisionera por los portugueses.
506 Ivan Obolensky. Op. cit.
507 El virreinato de Nueva España estaba formado por los actuales países de México,
Guatemala, Belice, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Guadalupe, Cuba,
República Dominicana, Puerto Rico, Trinidad y Tobago, Filipinas y los estados de
California, Nevada, Colorado, Utah, Nuevo México, Arizona, Texas, Oregón, Washington, Oklahoma,
Luisiana, parte de la Columbia británica de la actual Canadá y las islas Marianas y Carolinas, aunque
en muchos de los territorios de los actuales Estados Unidos la presencia en las llamadas Provincias
Internas, era más bien nominal y los asentamientos expedicionarios no siempre fraguaban en ciudades
o presidios.
508 Patricio Hidalgo Nachera. Op. cit. Pág. 97.
509 Desde Filipinas se llegaron a enviar cuatro expediciones de cierta entidad a las Molucas:
1. Sebastián Ronquillo (1528). La flota la componían tres naves cuyas dotaciones
combatieron en Ternate.
2. Desmariñas (1590). Tuvo un motín a bordo y la flota no llegó a la Especiería.
3. Furtado de Mendoça y Juárez Gallinato (1603). De sus cuatro naves llegaron las cuatro,
pero debieron volver a Filipinas por falta de pólvora para el combate.
4. Bravo de Acuña (1606). Sus nueve naves llegaron a la Especiería, combatieron con
éxito sus dotaciones y derrotaron a los ternates y holandeses llevando de vuelta a
Manila un importante botín de clavo.
510 Alejandro Paternain. Op. cit. Pág. 221.
511 Jack Turner. Op. cit. Pág. 92.
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Los barcos reunidos por Cristóbal Colón para su primera expedición en busca de una ruta marítima a las islas de
las especias; de izquierda a derecha, la Niña, la Pinta y la Santa María. Dibujo de Rafael Monleón. Museo Naval, Madrid.
Antigua Casa de la Lonja, en Sevilla, sede del Consulado de Cargadoras a Indias, hoy lo es del Archivo de Indias.
La Casa de la Contratación tuvo sus despachos en las dependencias del alcázar en la zona denominada «de los almirantes».
En 1506 se construyeron almacenes y casas en la zona de la actual plaza de la Contratación. En 1553 se amplió la
superficie comprando el hospital de Santa Isabel. En la actualidad, el patio de la Montería del alcázar es de los escasos
vestigios que quedan de la antigua Casa de la Contratación que se trasladaría a Cádiz a mediados del XVI.
Las islas Molucas, mapa realizado en 1592 por el teólogo, cartógrafo y astrónomo flamenco Pieter Platevoit, uno
de los fundadores de la Compañía Holandesa de las Indias Orientales. Es conocido por introducir el método de proyección
de Mercator en los mapas de navegación y por desarrollar un nuevo sistema de medir la longitud.
El puerto de Indias, en el río Guadalquivir, en Sevilla, visto desde el barrio de Triana. En los siglos XVI y XVII
acogía a la flota de galeones y un gran número de embarcaciones venidas de América. El cuadro muestra la Giralda al
fondo, el puente de barcas a la izquierda y la Torre del Oro a la derecha. Obra atribuida a Alonso Sánchez Coello realizada
entre 1576 y 1600. Museo de América, Madrid.
Vista desde Ternate. En primer plano, la laguna. La isla de Maitara se percibe enfrente y al fondo se contempla la
isla de Tidore con su volcán en forma de cono.
Isla de Maitara próxima a la costa de Tidore, abundante en árboles de clavo de olor que cubren todas sus laderas.
La fotografía está tomada desde Ternate.
A la izquierda, un lombardero hace fuego con su pieza, típicamente naval, situada en la borda del bajel. Abajo,
falconete pedrero español del siglo XVI. Estas piezas pequeñas de artillería, iban montadas sobre una horquilla,y estaban
formadas por planchuelas de hierro reforzadas por manguitos para formar el tubo. Con un alcance máximo de unos 1200
metros, disparaba pelota de hierro de dos libras y media de peso. Museo Naval, Madrid.
De izquierda a derecha, rodelero, arcabucero y piquero de los tercios, en tiempos del emperador Carlos I. Dibujo
de Villegas para Álbum de la infantería española, del teniente general, conde de Clonard.
Fortaleza portuguesa de Malaca. Erigida después de la conquista de Malaca en 1511, y conocida formalmente
como fuerte de Malaca, tardó cinco meses en completarse su construcción.
Cañón portugués de hierro fundido, de 9 cm con ánima lisa, del siglo XVI, con el escudo de armas del papa
Gregorio XIII. Museo de Marina, Lisboa.
Cañón naval holandés del siglo XVII en la isla de Tidore, situado sobre un soporte de piedra. Fotgrafía de Sira
Sebastían de Erice.
A la derecha, kora kora de las Molucas armada con tres cañones. Abajo, tal y como las dibujo el francés Alphonse
Pellion durante su viaje realizado en1817.
Champán navegando en aguas de Formosa. Grabado de JeanFrancois de Galaup, para el libro The voyage of La
Pérouse round the world.
Las islas Molucas. Figura de las cinco islas donde crece el clavo y de su árbol. Del volumen II de El viaje de
Magallanes: un relato narrativo de la primera circunnavegación, obra de Antonio Pigafetta publicada en 1521. Pigafetta,
nacido en Vicenza, Italia, en 1480, fue uno de los 18 hombres, de los 265 de la tripulación inicial, que sobrevivieron al
viaje.
Tormenta en el estrecho de Magallanes, localizado en el extremo sur de Chile, entre la Patagonia, la isla Grande
de Tierra del Fuego y varias islas ubicadas al oeste de esta, hacia el océano Pacífico. La exploración de las tierras vecinas al
peligroso estrecho no ofrecía ningún interés para la expedición MagallanesElcano, que solo buscaba allí el paso para llegar
a los mares de la India.
Guerreros indígenas de Ternate durante la danza del Chacalele. Una larga historia de comercio y navegación dio
como resultado una gran mezcla de razas en la población autóctona de las Molucas.
Las islas Molucas en un mapa de Willem Blaeu que apareció publicado por primera vez en 1630 en Apéndice
Atlantis. Fue el primero en detallar a gran escala las islas, ya controladas por los holandeses. Muestra la naturaleza muy
boscosa del territorio y los fuertes recientemente construidos. El norte está en la dirección correcta, Ternate es la isla más a
la derecha, seguida de Tidore, Mare, Moti y Makian. El fondo es la isla Gilolo (Jailolo o Halmahera). En la parte superior
se encuentra la isla de Bacan.
Fernando de Magallanes (14801521). En 1519 comenzó, navegando por occidente, la aventura de llegar a las
Molucas situadas más allá del límite del Tratado de Tordesillas de 1494, con la intención de demostrar que pertenecían a
Castilla y no a Portugal. En 1521 cruzó el paso interoceánico que lleva su nombre, en el extremo sur de América y tomó
camino hacia el noroeste. La expedición española fue tocando tierra en varias de las islas de las hoy conocidas como
Filipinas, enfrentándose en muchas de ellas con los indígenas. Falleció en uno de esos combates. Obra anónima. Museo
Naval, Madrid.
Juan Sebastián Elcano. Nació en fecha desconocida, probablemente hacia 1476, en la villa de Guetaria, provincia
de Guipúzcoa. Primero en completar la vuelta al mundo, solicitó por su gesta a Carlos I el hábito de caballero de la Orden
de Santiago, la Capitanía Mayor de la Armada y un permiso para poder llevar armas de fuego. Todos esos honores le
fueron denegados Murió de escorbuto el 4 de agosto de 1526 a bordo de la nao Santa María de la Victoria, cuando
participaba en la expedición de García Jofre de Loaysa a las islas Molucas. Entre los testigos que firmaron su testamento
estaba otro célebre marino español, Andrés de Urdaneta.
El desembarco de Elcano y sus compañeros en Sevilla. Obra de Elías Salaverría realizada en 1919. Museo
Naval, Madrid.
Monumento a Elcano en Guetaria, realizado en 1922 con ocasión del 4.º centenario del viaje. El proyecto
escultórico, obra del palentino Victorio Cacho, en la línea del estilo Art Déco entonces en boga, se eleva sobre un antiguo
baluarte del siglo XVII de la muralla de la ciudad, que le sirve de zócalo.
Núñez de Balboa llega a la Mar del Sur el 25 de septiembre de 1513. Su descubrimiento fue un hito importante en
la larga búsqueda llevada a cabo por los españoles de una ruta marítima a Asia por occidente. Unos años más tarde,
Magallanes le daría el nombre de «pacífico» por encontrarse aguas tranquilas en la mayor parte de su travesía. Durante
todo el siglo XVI, varias expediciones españolas cruzaron el Pacífico desde México hasta Filipinas y las islas de las
Especias.
Castillo de San Antón, construido en la bahía de La Coruña, sede de la Casa de la Especiería desde diciembre de
1522 hasta 1573.
Monedas recuperadas del galeón San Diego. Las especias pronto generaron un auténtico caudal de oro y plata de
los inversores que financiaban las expediciones, de los armadores, de los comerciantes que se aprovisionaban de ellas, de los
comisionistas, de los proveedores y, finalmente, de los clientes europeos que pagana astronómicas sumas. Fotografía de
Albert Giordan publicada en El San Diego. Un tesoro bajo el mar.
Las expediciones iban bien pertrechadas de provisiones y carga. Estas tinajas de manufactura española,
recuperadas del galeón San Diego, hundido en combate contra los holandeses, son una muestra del cargamento que se
estibaba en las naos, junto con muchos otros elementos, además de los fardos y barriletes de especias que se fletaban a
bordo en los viajes de regreso aade la Especiería. Fotografía de Albert Giordan.
Tras desembarcar en Veracruz, Hernán Cortés come con los embajadores del soberano azteca Moctezuma. A
partir de 1530, una vez conquistado México, Cortés, como capitán general de los nuevos territorios, se dedicó a preparar
escuadras para las islas de la especiería y la exploración del océano Pacífico. Obra de Juan y Miguel González realizada en
1698. Museo de América, Madrid.
Morriones recuperados del galeón San Diego. Miden 21 centímetros de altura, 30 de ancho y tienen un diámetro
de 27. Pesan 2 y 3 kilos y son de cobre. Los soldados españolas llevaban como prenda de cabeza estos morriones o capacetes,
que utilizaban en sus combates en la mar o en los asaltos finales en tierra. En las Molucas se usaron con frecuencia entre
la «gente de guerra» en los combates en Ternate y Tidore. Fotografía de Albert Giordan.
Munición de artillería para cañones pedreros. Entre la artillería embarcada era frecuente que las naos llevasen
cañones pedreros, que, como su nombre indica, lanzaban munición de piedra, como los proyectiles que se aprecian en esta
imagen. Detalle de una fotografía de Albert Giordan.
El sultán de Tidore, durante un banquete con sus invitados holandeses. Pueden apreciarse los morriones de los
que simulan los combates, posiblemente soldados holandeses. Aunque el morrión apareció en Castilla a comienzos del siglo
XVI y estuvo asociado a los tercios de la Monarquía Hispánica, fue igualmente usado en la mayor parte de los países
europeos durante los siglos XVI y XVII. Grabado anónimo de mediados del siglo XVII. RIijksmuseum, Ámsterdam.
Guerrero maluco con un arcabuz, dibujo publicado en el Códice Boxer, mandado elaborar por Luis Pérez
Dasmariñas, gobernador de las islas Filipinas entre 1593 y 1596
La flota del almirante holandés Joris Spielbergen en la bahía de Manila. En sus proximidades salió derrotado en el
combate naval de Playa Honda, en abril de 1617, contra las naves de Juan Ronquillo. Los galeones españoles abordaron la
nave almiranta, Sol de Holanda, y otras dos naos y las echaron a pique. Grabado del libro del almirante Speculum
orientalis occidentalisque Indiae navigationum, publicado en 1619.
Fuerte Oranje, en Ternate, construido en 1606 por los holandeses, fue el centro administrativo de la Compañía
Holandesa de las Indias Orientales (VOC) antes de su traslado a Batavia.
La isla volcánica de Ambon, arriba, sobre una vista de la isla de Nera, en las islas Banda, que producen la nuez
moscada en las Molucas del Sur. El monte Ganapus está en erupción, junto a una vista en primer plano del fuerte Nassau
Belgica. Grabado de Johann Theodorus de Bry realizado en 1598.
Fuerte Tohula, o Santiago de los Caballeros, en Tidore; inexpugnable fortaleza en lo alto de una colina desde la
que se controlaba la principal población de la isla y la residencia del sultán.
El Mauritius y otros buques regresan de las Molucas y las Indias Orientales. Obra de Hendrick Cornelis Vroom
realizada en 1600. Rijskmuseum, Ámsterdam.
Prao de guerra artillado. En aquellas aguas peligrosas, donde abundaban arrecifes y bajos de arena, las naos de
gran calado no eran manejables. Los ternates y tidores, y muy pronto españoles, portugueses y holandeses, comenzaron a
utilizar praos con dos cañones en proa y otros dos a popa. Combinaban las velas bugis, con numerosos remeros a pie desde
las bordas. National Maritime Museum, Greenwich.
Fuerte español de San Francisco de Calamata, en Ternate. Se aprecia enfrente la isla de Maitara. A la derecha de
la fotografía y detrás, mayor y con su volcán cónico, la isla de Tidore.
Fuerte portugués de Gammalama, comenzado a construir por António de Brito el 24 de junio de 1522. Llamado
luego Nuestra Señora del Rosario, fue conquistado en 1606 por las fuerzas de Pedro Bravo de Acuña. Actualmente se
encuentra a unos 10 kilómetros de la moderna ciudad de Ternate. La vegetación, las raíces y las piedras sueltas y
desordenadas, lo invadían sin clemencia cuando tuve ocasión de visitarlo en 1991. Fotografías de Sira Sebastían de Erice.
Muralla exterior de las ruinas del fuerte San Pedro y san Pablo, una selva que crece entre piedras derruidas. Hace
ya años, aún se percibían entre la maleza los imponentes restos de una valla de piedras de cierto volumen, como la que se
ve en la fotografía, y otras muchos restos desperdigados por los alrededores.
El fuerte Torre, en Tidore, una obra defensiva frente a los portugueses, que tenían otra fortaleza cerca, en
Ternate. Fue erigido por el capitán burgalés Hernando de la Torre, de la expedición de Loaysa, en 1527. Allí acudió la nao
Florida, de Álvaro de Saavedra. La vieja ciudad de Tidore fue capturada por el almirante holandés Van der Hagen en mayo
de 1605.
Fuerte Toloko, también conocido como Tolukko. Fue construido por los portugueses en Ternate, a comienzos del
siglo XVI. En 1605 los holandeses lo capturaron y lo bautizaron como fort Hollandia. En 1611, la expedición española al
mando de Fernando de Ayala, que partió desde Filipinas por orden del capitán general Juan de Silva, lo capturó
desalojando a los holandeses, pero los españoles no lo ocuparon durante mucho tiempo, lo abandonaron en 1613. Fotografía
de Sira Sebastián de Erice.
Cañón recuperado del galeón San Diego. Se trata de una culebrina de calibre de 133 mm correspondiente a una
bala de fundición de 15 libras. Su longitud es de 3,85 m, o 13 pies de Castilla, y su peso 2288 kilos, o 50 quintales de
España. Esta pieza de artillería fue recuperada tras las excavaciones de arqueología submarina dirigidas por Franck
Goddio en 1993. El propio Goddio reconoció que algunos buceadores quedaron impresionados por el descubrimiento de
«un esqueleto encontrado bajo un cañón, con un casco y el puño de una espada próxima, que revelaban dramas
desconocidos». Fotografía de Albert Giordan.
La isla de Maitara, se encuentra entre Ternate y Tidore. En la foto se observa al buque escuela Juan Sebastián
Elcano dirigiendo la proa hacia el canal que separa Maitara de Tidore. El 30 de marzo de 1993 el buque arribó a las
Molucas donde sus mandos, guardiamarinas y marineros, tomaron parte en el acto de homenaje a Juan Sebastián Elcano y
a las tripulaciones de la Victoria y la Trinidad, organizado por la embajada de España en Yakarta. Fotografía de Sira
Sebastián de Erice.
Marzo de 1993. Honores a la bandera. Detrás de la bandera y su escolta, puede verse la isla de Maitara y las
barcas de los nativos de Tidore que contemplan el acto de homenaje a Elcano. Abajo, La compañía de guardiamarinas
presenta armas durante la interpretación del himno nacional de España, en la playa de Rum.
Formación de guardiamarinas del Juan Sebastián Elcano en la playa de Rum, cerca de los restos del antiguo
fuerte español San Lucas del Rumen, o fuerte Rum. La construcción del fuerte comenzó en 1618, tras aceptar una
propuesta del sultán de Tidore para erigir un asentamiento en el norte de la isla. Era una posición estratégica, pues
guardaba el mejor puerto natural de la isla y se encontraba en el punto de la costa de Tidore más próximo a Ternate.
Placa colocada en la playa de Rum dedicada a Juan Sebastián Elcano y a las tripulaciones de las naos Victoria y
Trinidad, después del acto de homenaje.
Zona acotada en la playa de Rum. Se puede divisar el recinto vallado en piedra blanca donde se encuentra la placa
conmemorativa colocada en 1993. Fotografía de M. Silva, www.magdabatik.com.
La compañía de guardiamarinas; el capitán de fragata Juan Carlos RodríguezToubes; el comandante del buque
escuela, Angel Tajuelo, y el embajador de España en Indonesia, Leopoldo Stampa, una vez finalizado el acto de homenaje a
los marinos españoles.