RAFAEL GARCÍA HERREROS
La droga
del amor
U na señora estaba enferma. Aparentemen-
te, no revelaba nada. Pero ella sentía que
su enfermedad era mortal.
Ella, en la plenitud de su vida, pensaba con horror
en la muerte. En lo que significaba estar sola en una
tumba, lejos de los hijos y lejos de la luz. Imaginaba todo
aquello horrendo que precede el morir.
Ella sabía que un médico, uno sólo, poseía la única
medicina para su dolencia. Pero no se atrevía a comprarla.
Le parecía demasiado sencilla y extraña.
Ella tenía conocimiento seguro de que sólo le
quedaban ocho días para resolverse porque el médico,
después, marcharía con su droga a otra parte.
El médico la llamaba diariamente y le suplicaba que
aceptara su droga. Él, en verdad, no tenía ningún interés
personal. Día tras día le recordaba que sólo le quedaban
ocho días para recuperar su salud.
La señora le tomó disgusto al galeno. No quería
hablar con él ni quería oírlo. De vez en cuando, el médico
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CUENTOS TOMO II
hablaba por televisión y la dama, irremediablemente,
apagaba el televisor.
Un sentimiento de lucha interior, desconocida,
se había apoderado de aquella paciente. El médico era
maravillosamente acertado, pero su remedio era sencillo
y extraño. La enferma no sabía si optar por la droga o por
la muerte.
No quedaban sino siete días para morir o para tomar
el remedio. En su alma luchaban la avaricia y la vida, el
amor a la salud y el amor al dinero...
El médico estaba también angustiado por la suerte
de la señora. Él sabía que era el único que podía curarla...
Pero su remedio era demasiado sencillo. Y la paciente
estaba acostumbrada a drogas complicadas y vanas.
La señora se había tornado taciturna. Sus hijos lo
notaban. La sirvienta se preguntaba: “¿Qué tendrá la
señora? ... ¿Porqué estará tan pálida?...”.
Este cuento es posible que sea tu historia... Quizá
tu único remedio sea el sencillo caldo del Banquete del
Millón, la droga del amor al prójimo... Remedio para la
melancolía, remedio para la implacable tristeza de tu
vida... Remedio para una existencia hasta ahora inútil y
vacía...
Este remedio puede ser el único que te cure
realmente... y que dé, ante Dios, justificación a todos tus
años pasados en el olvido de la misión existencial.
Puede suceder, muy bien, que Dios esté pendiente
de la resolución que tomes esta noche de ir o no ir, para
mirarte con buenos ojos, para separar de ti su mirada de
perdón.
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