Un solo cuerpo y un solo Espíritu
Pablo, “prisionero por Cristo”, exhorta a los efesios a que “andéis como pide la vocación a la que
habéis sido convocados”. De diversas maneras y complementarias podemos describir cuál es
nuestra vocación de seguidores de Jesús. El núcleo de ella es que, gracias a Jesús, “somos
hijos de Dios y hermanos de todos los hombres”.
De ser hijos y hermanos, tirando de ese hilo, es lógico que debemos ser humildes, amables,
comprensivos, sobrellevarnos con amor, luchando por mantener esa unidad de hijos y
hermanos.
Otra figura que San Pablo emplea, también en esta lectura, es que nuestro vocación es la de ser
un solo cuerpo. Cristo la cabeza, y nosotros el resto del cuerpo. ¿Cómo viven los miembros de
un mismo cuerpo entre ellos? Entre ellos nunca hay luchas, se busca el bien común, el de
todos… la unidad y no la desunión reina entre ellos.
Los cristianos tenemos un solo Señor, a nuestro Padre Dios. A nadie de este mundo le tenemos
como nuestro Señor, como nuestro Dios. A nuestros hermanos les debemos querer hasta dar la
vida por ellos, pero nunca tenerles como nuestro Dios y Señor. “Un solo Señor”, y por lo tanto
una sola fe, un solo bautismo. También estamos animados por un solo Espíritu, que mantiene
viva la esperanza de nuestra única meta: el encuentro definitivo con Dios, que nos resucitará
después de nuestra muerte a una vida de total felicidad y por toda una eternidad… Esto es a lo
que estamos llamados, esta es nuestra vocación.
¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe hacer?
¿Cómo no querer dialogar, en todas nuestras circunstancias, con Jesús, nuestro Maestro y
Señor? Tenemos que reconocer que algunas veces no acabamos de entender sus palabras. Por
ejemplo, lo que nos dice en el evangelio de hoy. Parece que nos echa en cara que sabiendo
interpretar bien el aspecto de la tierra y del cielo, y hoy mejor que nunca gracias a los
meteorólogos que nos brindan sus enseñanzas en la radio, en la televisión… “no sabéis
interpretar el tiempo presente”. “¿Cómo no sabéis juzgar vosotros mismos lo que se debe
hacer?”.
En cuanto a nuestra conducta personal, lo que debemos hacer, creo que nos resulta
normalmente fácil saberlo siguiendo el evangelio. La cosa se oscurece para saber cómo predicar
el evangelio en esta sociedad cada vez más descristianizada, cómo dirigirnos a muchos de esos
hombres y mujeres que, al menos, de entrada dicen no necesitar la buena noticia de Jesús, ni de
Dios. En más de una ocasión, no sabemos cómo adentrarnos en los ambientes
descristianizados para ofrecerles a Jesús y su evangelio.
Como tenemos confianza con Jesús, nos podemos dirigir a Él, con ánimo orante y suplicante, y
pedirle que nos envíe su luz y su fuerza para cumplir con nuestra misión de evangelizadores en
el siglo XXI.
Queridos hermanos:
Jesús se queja de que sus contemporáneos saben interpretar muy bien el tiempo atmosférico,
pero no son capaces de descubrir los signos del Reino en medio del tiempo histórico que viven:
tienen al Mesías que les comunica la buena nueva y realiza signos, pero están cerrados y siguen
esperándolo como si no estuviese ya entre ellos.
No son capaces de acoger el tiempo de gracia y de reconciliación que les ofrece mientras van de
camino. Nos puede pasar lo mismo a nosotros; es verdad que, por vivir en la ciudad, puede que
ya no seamos tan expertos en escudriñar las señales atmosféricas, pero sí sabemos informarnos
de ellas muy bien a través de los medios modernos. Somos expertos en muchas otras cosas,
como en las tablas de resultados deportivos, en las novedades literarias y musicales y, sobre
todo, en el avance de las nuevas tecnologías, pero quizá sólo estamos acumulando información
o esclavizándonos de las técnicas. A lo mejor tampoco nosotros estamos leyendo con
profundidad de fe el sentido del momento histórico que vivimos.
Todo lo que está sucediendo a nivel mundial por esta pandemia ha cambiado radicalmente
nuestras vidas ¿De qué es signo? ¿Cómo leemos este duro y convulsionado momento que nos
toca vivir? ¿Bastará con decir que se trata de una crisis mundial que ya pasará, como han
pasado otras? ¿No será una llamada a pensar a fondo en las causas que nos han traído hasta
este punto? Para un cristiano no basta con pensar que este fuerte chaparrón ya pasará y que
mientras tanto sólo debe protegerse de la mejor manera posible, necesita escuchar con fe al
Señor que nos vuelve a recordar las bienaventuranzas y nos enseña a vivir de otro modo: una
vida pobre que renuncia a los excesos y que cuida de los demás, y sabe de austeridad,
esfuerzo, solidaridad, respeto, transparencia y creatividad. Llama la atención el papel que
Cáritas y otras organizaciones eclesiales está teniendo en este momento social; los cristianos no
podemos quedarnos quietos ante el sufrimiento de tantos hermanos, es un signo que nos invita
a descubrir las llamadas actuales de Jesús. En realidad, la historia social y nuestras propias
historias están cargadas de muchos signos claros de la presencia del Reino, que nos invitan a
despertar y a comprometernos.