Comportamiento suicida en
niños y adolescentes
Por
Josephine Elia
, MD, Sidney Kimmel Medical College of Thomas Jefferson University
Última revisión completa mar. 2019
DATOS CLAVE
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El comportamiento suicida es una acción destinada a lastimarse uno
mismo e incluye los gestos de suicidio, los intentos de suicidio y el
suicidio consumado. En la ideación suicida existen pensamientos y
planes de suicidio. Los intentos de suicidio son actos autolesivos que
podrían provocar la muerte, como, por poner un ejemplo, colgarse o
ahogarse.
Un evento estresante puede conducir al suicidio en niños que sufren trastornos
de la salud mental como la depresión.
Los niños con riesgo de suicidio están deprimidos o ansiosos, abandonan sus
actividades, hablan sobre asuntos relacionados con la muerte o sufren cambios
repentinos de comportamiento.
Los miembros de la familia y los amigos deben considerar seriamente todas las
amenazas o intentos de suicidio.
Los profesionales de la salud tratan de determinar la gravedad del riesgo de
suicidio.
El tratamiento conlleva la hospitalización si el riesgo es alto, la administración de
fármacos para tratar otros trastornos mentales y el asesoramiento individual y
familiar.
(Véase también Conducta suicida en adultos.)
El suicidio es muy poco frecuente antes de la pubertad y es principalmente un problema
asociado a la adolescencia, en particular entre los 15 y los 19 años de edad, y a la vida
adulta. No obstante, el suicidio también se da en preadolescentes, y este problema
potencial no debe ser subestimado.
En Estados Unidos, el suicido es la segunda o tercera causa de muerte en adolescentes.
Se producen unas 2000 muertes al año por esta causa. Y aún debe tenerse en cuenta
que probablemente un cierto número de las muertes atribuidas a accidentes, como los
de vehículos y armas de fuego, sean en realidad suicidios.
Son muchos más los jóvenes que intentan el suicidio que los que lo logran. Los Centros
para el control y la prevención de enfermedades proporcionaron la siguiente información
acerca de los estudiantes de secundaria en Estados Unidos en 2015:
El 17% de los estudiantes de secundaria consideraron seriamente intentar
suicidarse en el año anterior.
El 13% elaboró un plan de suicidio el año anterior.
El 8% de los estudiantes intentaron suicidarse una o más veces el año anterior.
El 29% de los estudiantes lesbianas, gays o bisexuales (LGB) intentaron
suicidarse al menos una vez el año anterior, en comparación con el 6% de los
estudiantes de secundaria heterosexuales.
Con frecuencia, las tentativas de suicidio implican la existencia de cierta ambivalencia en
relación con el deseo de morir y suelen ser una forma de pedir ayuda.
En los adolescentes estadounidenses, los chicos sobrepasan a las chicas en suicidios
consumados en una proporción superior a 4 a 1. Sin embargo, las chicas son de 2 a 3
veces más propensas a intentar el suicidio.
¿Sabías que...?
El suicidio es la segunda o la tercera causa de muerte en adolescentes en
Estados Unidos.
Factores de riesgo
Los pensamientos suicidas no siempre conducen a la conducta suicida, pero son un
factor de riesgo para esta última. Varios factores influyen de forma característica en el
hecho de que los pensamientos suicidas se transformen en comportamientos suicidas.
Con frecuencia hay un problema de salud mental subyacente y un acontecimiento
estresante que lo desencadena. Entre los eventos estresantes se encuentran
La muerte de un ser querido
Un suicidio que ha tenido lugar en el colegio o en cualquier otro grupo de
compañeros
El fracaso de una relación amorosa
Un cambio de entorno familiar o habitual (escuela o vecindario) o el alejamiento
de los amigos
Ser humillado por familiares o amigos
Sufrir acoso en la escuela, especialmente para los estudiantes lesbianas, gays,
bisexuales y transexuales (LGBT)
El fracaso escolar
Problemas con la ley
Sin embargo, ese tipo de eventos estresantes son bastante frecuentes entre los niños, y
raramente conducen a comportamientos suicidas si no hay otros problemas
subyacentes.
Los problemas subyacentes más frecuentes son los siguientes:
Depresión: los niños o los adolescentes con depresión tienen sentimientos de
desesperanza y de impotencia que limitan su capacidad para considerar
soluciones alternativas a problemas urgentes.
Alcohol o consumo de drogas : el abuso de alcohol o el consumo de drogas
disminuyen las inhibiciones frente a acciones peligrosas y alteran la anticipación
de las consecuencias.
Escaso control de los impulsos: los adolescentes, en particular los que
presentan un trastorno por comportamiento perturbador, como el trastorno disocial ,
actúan impulsivamente, sin pensar.
Otros trastornos mentales y físicos también pueden aumentar el riesgo de suicidio. Entre
ellos se incluye la ansiedad, la esquizofrenia, los traumatismos craneoencefálicos y
el trastorno de estrés postraumático .
A veces, los niños y los adolescentes que intentan suicidarse están enfadados con
parientes o amigos, son incapaces de controlar la ira y dirigen su enfado contra sí
mismos. Desean manipular o castigar a otras personas («Se arrepentirán después de
que yo muera»). Las dificultades de comunicación con los padres pueden contribuir al
riesgo de suicidio.
En ocasiones, el comportamiento suicida se presenta cuando el niño imita las acciones
de otras personas. Por ejemplo, un suicidio al que se ha dado mucha publicidad, como el
de una persona célebre, a menudo viene seguido de otros suicidios o intentos de
suicidio. De igual modo, los suicidios por imitación ocurren en las escuelas o institutos.
El suicidio es más probable en familias en las que los trastornos del estado de ánimo son
frecuentes, especialmente si existen antecedentes familiares de suicidio u otro
comportamiento violento.
Diagnóstico
Identificación del riesgo por parte de los padres, médicos, maestros y amigos
Padres, médicos, profesores y amigos ocupan una posición en la que es posible
identificar a los niños propensos a intentar el suicidio, particularmente los que han tenido
algún cambio de comportamiento reciente. Los niños y adolescentes con frecuencia solo
confían en sus compañeros, que deben ser fuertemente alentados a no guardar un
secreto que pueda conducir a la trágica muerte del niño suicida. Los niños que expresan
abiertamente pensamientos de suicidio tales como «Ojalá no hubiera nacido» o
«Quisiera dormir y no despertar» representan un riesgo pero, de la misma manera, los
niños con signos más sutiles, como retraimiento social, retroceso en el nivel escolar o
acciones de desprendimiento de posesiones favoritas, también sufren un riesgo
potencial.
Los profesionales de la salud representan dos papeles clave:
Valoración de la seguridad del niño suicida y de la necesidad de hospitalización
Tratamiento de los trastornos subyacentes, como la depresión o el consumo de
drogas
Prevención
Preguntar directamente al niño en riesgo sobre sus ideas de suicidio puede sacar a la luz
aspectos importantes que estén contribuyendo al malestar del niño. La identificación de
estos aspectos, puede, a su vez, propiciar intervenciones significativas.
En algunas comunidades existen líneas telefónicas de información y asistencia directa
con servicio ininterrumpido (ver Intervención en suicidios: Red nacional de prevención
del suicidio (en Estados Unidos, National Suicide Prevention Lifeline) ) que proporcionan
acceso rápido a una persona amable y comprensiva que puede dar un consejo inmediato
y asistencia para obtener más ayuda. Aunque es difícil comprobar que estos servicios
realmente reducen el número de muertes por suicidio, son útiles para orientar a los niños
y a sus familias a la hora de obtener los recursos adecuados.
Las siguientes estrategias pueden contribuir a reducir el riesgo de suicidio:
Obtener atención eficaz para los trastornos mentales y físicos, y para el consumo
de sustancias
Ser capaz de acceder fácilmente a los servicios de salud mental
Conseguir el apoyo de la familia y de la comunidad
Aprender formas de resolver pacíficamente los conflictos
Limitar el acceso por parte de los medios de comunicación al contenido
relacionado con el suicidio
Poseer creencias culturales y religiosas que rechacen el suicidio
Los programas de prevención del suicidio pueden ayudar. Los programas más efectivos
son aquellos que intentan asegurarse de que el niño tenga lo siguiente:
Un ambiente de crianza alentador
Un fácil acceso a los servicios de salud mental
Una escuela u otra institución social que promueva el respeto por las diferencias
individuales, raciales y culturales
En Estados Unidos, el Suicide Prevention Resource Center (Centro de Recursos para la
Prevención del Suicidio) enumera algunos de los programas, y la National Suicide
Prevention Lifeline (1-800-273-TALK) (Teléfono Nacional de Ayuda para la Prevención
del Suicidio) ofrece intervención de urgencia para personas que amenazan con
suicidarse.
TABLA
Identificación de los niños y adolescentes en riesgo de suicidio
Tratamiento
A veces la hospitalización
Precauciones para prevenir futuros intentos
El tratamiento de cualquier trastorno que contribuya al riesgo de suicidio
La remisión a un psiquiatra y la psicoterapia
Los niños que expresan pensamientos relacionados con el deseo de hacerse daño a sí
mismos o que intentan suicidarse necesitan una valoración urgente en el servicio de
urgencias del hospital. Cualquier tipo de intento de suicidio debe tomarse en serio,
porque un tercio de los suicidios consumados han tenido un intento de suicidio previo, en
ocasiones aparentemente trivial, como, por ejemplo, haciéndose arañazos superficiales
en la muñeca o tomando unos cuantos comprimidos. Cuando los padres o las personas
responsables minimizan un intento de suicidio fracasado, los niños pueden considerar
esta respuesta como un desafío y el riesgo de un suicidio subsiguiente aumenta.
Una vez que la amenaza mortal ha sido superada, el médico decide si es necesaria la
hospitalización del niño. Esta decisión depende del riesgo que corre al permanecer en
casa y de la capacidad de la familia para proporcionar apoyo y seguridad física al niño.
La hospitalización es la manera más segura de proteger al niño y por lo general se indica
si los médicos sospechan que el niño tiene un trastorno de salud mental grave, como la
depresión.
El grado de seriedad de un intento de suicidio puede estimarse mediante diversos
factores, entre los cuales se encuentran los siguientes:
Cuando el intento de suicidio no fue algo espontáneo, sino cuidadosamente
planeado (por ejemplo, el dejar una nota póstuma indica un intento planeado)
Cuando se tomaron medidas para evitar ser descubierto
El tipo de método empleado; por ejemplo, el uso de un arma significa mayor
probabilidad de muerte que la ingestión de pastillas
Cuando efectivamente hubo lesión
Qué estado mental tenía el niño cuando intentó suicidarse
Es de vital importancia distinguir el intento de suicidio de sus consecuencias reales; por
ejemplo, el adolescente que ingiere píldoras inofensivas que él cree mortales debe
considerarse en riesgo extremo.
Si la hospitalización no es necesaria, las familias de los niños que regresan a casa
deben asegurarse de no tener armas de fuego en el hogar y de que los fármacos
(incluidos los fármacos sin receta médica) y los objetos punzantes se encuentren en un
sitio seguro o bajo llave. Incluso con estas precauciones, evitar un suicidio es muy difícil,
y no existen medidas comprobadas para un prevención satisfactoria.
Los médicos tratan cualquier trastorno que pueda tener el niño y que contribuya al riesgo
(como la depresión o el trastorno bipolar ). Pero dicho tratamiento no puede eliminar el
riesgo de suicidio. Aunque ha habido preocupaciones referentes a que el tratamiento con
antidepresivos pueda aumentar el riesgo de suicidio en algunos adolescentes
(ver Fármacos antidepresivos y suicidio ), no tratar la depresión probablemente sea igual
o más peligroso. Los médicos controlan cuidadosamente a los niños que toman
antidepresivos y prescriben sólo pequeñas cantidades que no serían letales si se toman
todas al mismo tiempo.
Por lo general remiten al niño a un psiquiatra, que puede proporcionar el tratamiento
farmacológico adecuado y a un terapeuta, que puede proporcionar psicoterapia, así
como terapia cognitivo-conductual. El tratamiento es más eficaz si el médico de atención
primaria sigue participando.
Si el suicidio se consuma
Los familiares de niños y adolescentes que se han suicidado tienen reacciones
complejas, como el duelo, la culpa o la depresión. Sienten que sus actividades cotidianas
no tienen ya ningún propósito ni esperanza. Les resulta difícil continuar viviendo. El
asesoramiento o el consejo les ayudará a entender el contexto psiquiátrico del suicidio y
a reflexionar y reconocer las dificultades del niño antes del suicidio. Entonces, podrán
entender que el suicidio no fue culpa suya.
Después de un suicidio, el riesgo de suicidio puede aumentar en otras personas de la
comunidad, especialmente en los amigos y compañeros de clase de la persona que
cometió suicidio. Se dispone de recursos (como a toolkit for schools ) para ayudar a las
escuelas y comunidades después de un suicidio. Funcionarios de la escuela y de la
comunidad pueden organizar que estén disponibles profesionales de la salud mental
para consulta e información.
Las Amenazas de los Niños: ¿Cuándo hay que
Tomarlas en Serio?
No. 65 (Revisado 01/02)
Todos los años hay tragedias en las que los niños disparan y matan a personas después de
haberlas amenazado. Cuando esto ocurre, todos se preguntan, "¿cómo pudo haber ocurrido?"
y "¿por qué no tomamos en serio la amenaza?"
La mayor parte de las amenazas que hacen los niños y los adolescentes no se llevan a cabo.
Muchas de dichas amenazas son la forma que tiene el niño de hablar para hacerse el tosco, o
fuerte, o para llamar la atención. Algunas veces estas amenazas son una reacción a daño
percibido, rechazo o ataque.
¿Cuáles de las amenazas hay que tomar en serio?
Ejemplos de situaciones potencialmente peligrosas o de situaciones de emergencia con un niño
o adolescente incluyen:
amenazas o avisos de que van a hacerle daño o van a matar a alguien
amenazas o avisos de que se van a hacer daño o se van a matar
amenazas de que se van a ir de la casa
amenazas de que van a hacerle daño o van a destruir alguna propiedad.
Los siquiatras de niños y adolescentes y otros profesionales de la salud mental están de
acuerdo en que es muy difícil el poder predecir con completa certeza el comportamiento futuro
de un niño. El comportamiento pasado de una persona, sin embargo, es todavía una de las
mejores maneras de poder predecir el comportamiento futuro. Por ejemplo, un niño con un
historial de comportamiento violento o agresivo es más probable que lleve a cabo sus
amenazas y que se comporte de manera violenta.
¿Cuándo es mayor el riesgo asociado con las amenazas de los niños y los
adolescentes?
La presencia de una o más de las siguientes situaciones aumenta el riesgo de un
comportamiento violento o peligroso:
comportamiento violento o agresivo en el pasado (incluyendo arranques o
arrebatos de rabia incontrolables)
acceso a revólveres u otras armas
llevar un arma a la escuela
haber tratado de suicidarse o hacer amenazas de que se va a suicidar
historial de comportamiento violento en la familia o de atentados de suicidio
culpar a otros y/o incapacidad para aceptar responsabilidad por sus propias
acciones
experiencia reciente de humillación, vergüenza, pérdida o rechazo
forzar o intimidar a los pares o a niños menores
un patrón de amenazas
ser víctima de abuso o negligencia (física, sexual o emocional)
ser testigo de abuso o violencia en el hogar
evidencia de temas sobre la muerte o depresión en conversaciones, en
expresiones escritas, en la selección de sus lecturas o en trabajos de arte
preocupación con temas y actos de violencia en los programas de
televisión, cines o teatros, música, revistas, tirillas cómicas, juegos de video
y el internet
enfermedades mentales, tales como depresión, manía, sicosis, o desorden
bipolar
uso del alcohol o de las drogas ilícitas
problemas de disciplina en la escuela o en la comunidad (comportamiento
delictivo)
destrucción de propiedad o vandalismo en el pasado
crueldad con los animales
incendio premeditado
relaciones pobres con sus pares y/o aislamiento social
envolvimiento con cultos o gangas
poca o ninguna supervisión o respaldo por parte de los padres u otros
adultos que se preocupan o cuidan de él.
¿Qué se debe de hacer si los padres y otros están inquietos o preocupados?
Cuando un niño hace una amenaza seria no se debe de descartar como si estuviese hablando
en vano. Los padres, maestros y otros adultos deben de hablar de inmediato con el niño. Si se
determina que el niño está en peligro y el niño se niega a hablar, es argumentativo, contesta a
la defensiva, o contiúa expresando pensamientos y planes peligrosos, hay que hacer arreglos
para una evaluación inmediata por un profesional de la salud mental con experiencia en la
evaluación de niños y adolescentes. La evaluación de cualquier amenaza seria ha de ser hecha
en el contexto del comportamiento pasado del niño individual, su personalidad y los factores
causantes de estrés en el presente. En una situación de emergencia, o si el niño o la familia se
niegan a recibir ayuda, puede que sea necesario hacer contacto con la policía local para
conseguir ayuda o llevar al niño a la sala de emergencias más cercana para que sea evaluado.
Los niños que han hecho amenazas serias tienen que ser supervisados con mucho cuidado
mientras esperan la intervención del profesional. La evaluación inmediata y el tratamiento
apropiado continuo de los jóvenes que hacen amenazas serias pueden ayudar al niño en
problemas y pueden disminuir el riesgo de una tragedia.
Vea también:
See also: Your Child (1998 Harper Collins) / Your
Adolescent (1999 Harper Collins)
Click here to order Your Child from Harper Collins
Click here to order Your Adolescent from Harper Collins
Cómo Conseguir un Siquiatra de Niños y Adolescentes
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ext. 154.
Las múltiples caras del suicidio en la clínica psicológica
The many faces of suicide in the psychological clinic
Enrique Echeburúa
Facultad de Psicología, Universidad del País Vasco (UPV/EHU), España
Correspondencia a:
Resumen
El objetivo de este artículo es mostrar las diferentes formas clínicas en que se
manifiestan las conductas suicidas, ponerlas en conexión con los diferentes
trastornos mentales, mostrar los signos de alarma y discutir las posibles decisiones
clínicas que se le ofrecen al terapeuta. La demanda terapéutica en relación con el
suicidio está constituida por tres tipos de pacientes: a) aquellos que han
sobrevivido a un intento de suicidio; b) los que acuden a la consulta manifestando
ideación suicida; y c) los que tienen ideación suicida pero aún no la han expresado
verbalmente. La alianza terapéutica empática con el paciente y la colaboración con
la familia desempeñan un papel muy importante. Se señalan los objetivos
terapéuticos en las diversas circunstancias y la necesidad de centrarse en el cambio
de los factores modificables para contrarrestar el peso de los no modificables. Se
indican algunas sugerencias para la investigación futura.
Palabras clave: suicidio, signos de alarma, trastornos mentales, factores de riesgo y
de protección, y objetivos terapéuticos.
Abstract
The aim of this paper is to show the different clinical forms in which suicidal
behaviors manifest, put them in connection with various mental disorders, display
warning signs, analyze risk and protective factors and discuss the possible clinical
decisions that therapist can take. Relevant information about factors associated
with completed and attempted suicide is discussed. Therapeutic demand regarding
suicidal behaviors includes three types of patients: a) patients who have survived a
suicide attempt; b) patients who seek treatment because of persistent thoughts of
suicide; and c) patients with suicidal ideation but without having expressed it to
anyone. The empathic therapeutic alliance with the patient and collaboration with
family play a very important role. Therapeutic goals according to problems
frequently encountered in the clinic, as well as the need to focus on changing
modifiable factors to counteract the weight of non-modifiable factors, are
commented. Suggestions for future research are outlined.
Keywords: suicide, warning signs, mental disorders, risk and protective factors,
therapeutic aims.
Introducción
Si bien la definición de suicidio parece relativamente clara etimológica y
conceptualmente (muerte producida por uno mismo con la intención precisa de
poner fin a la propia vida), el término resulta polisémico. De hecho, más allá del
suicidio consumado, las conductas suicidas que aparecen en la clínica psicológica se
presentan de forma muy diversa, responden a motivaciones distintas y requieren,
por ello, de vías de intervención también diferentes (Grupo de Trabajo, 2011).
El suicidio es una urgencia vital ubicada no sólo en un contexto biográfico de
pérdida de la salud de la persona, sino también de debilitamiento de sus redes
afectivas y sociales. Así, en la toma de decisiones de una persona que se implica en
una conducta suicida hay tres componentes básicos: a) a nivel emocional, un
sufrimiento intenso; b) a nivel conductual, una carencia de recursos psicológicos
para hacerle frente; y c) a nivel cognitivo, una desesperanza profunda ante el
futuro, acompañada de la percepción de la muerte como única salida. Por ello, el
suicidio no es un problema moral. Es decir, los que intentan suicidarse no son
cobardes ni valientes, sólo son personas que sufren, que están desbordadas por el
sufrimiento y que no tienen la más mínima esperanza en el futuro (Bobes, Giner y
Saiz, 2011).
Sin embargo, muchas personas que llevan a cabo una conducta suicida no quieren
morirse (de hecho, son muchas más las tentativas suicidas que los suicidios
consumados), lo único que quieren es dejar de sufrir y por eso pueden estar
contentos de no haber muerto una vez que el sufrimiento se ha controlado (Spirito
y Donaldson, 1998).
El suicidio constituye un problema de salud pública. Según la Organización Mundial
de la Salud (Värnik, 2012), cada año se suicidan en el mundo entre 800.000 y
1.000.000 de personas (tasa de 11.4 personas por cada 100.000 habitantes), lo
que sitúa al suicidio en una de las cinco primeras causas de mortalidad. Pero los
intentos de suicidio son 10 o 20 veces más numerosos. Hay más personas que
fallecen por su propia voluntad que la suma total de todos los muertos provocados
por homicidios y guerras, lo que no deja de resultar sorprendente. Por lo que a
España se refiere, todos los años se producen de 2.500 a 4.500 suicidios
consumados y en torno a 25.000-50.000 intentos de suicidio. La tasa de suicidios
consumados en España es seis veces mayor que la de víctimas de asesinatos (500-
600) y tres veces mayor que la de víctimas de accidente en carretera (1.131 en
2014), con la diferencia de que respecto a éstas no se percibe una reacción similar
(a nivel preventivo, por ejemplo) por parte de la sociedad (Sáiz y Bobes, 2014).
Más allá de estas cifras oficiales, probablemente por debajo de las reales en un
10%-30% (Giner y Guija, 2014), el impacto psicológico de la conducta suicida
alcanza directa y dramáticamente a los familiares del suicida. No se puede dejar de
lado a los seres queridos de la persona que se ha matado. El suicidio es,
probablemente, la muerte más desoladora que existe. A los supervivientes, además
del dolor de la pérdida, les queda con frecuencia la vergüenza de revelar el motivo
real del fallecimiento y el sentimiento de culpa por lo que se pudo haber hecho y no
se hizo.
El objetivo de este artículo es mostrar las diferentes formas clínicas en que se
manifiestan las conductas suicidas, ponerlas en conexión con los diferentes
trastornos mentales, mostrar los signos de alarma y discutir las posibles decisiones
clínicas que se le ofrecen al terapeuta en estas circunstancias.
Suicidio, edad y sexo
Las formas de presentación de las conductas suicidas en la clínica (en concreto, la
letalidad de la conducta, los métodos utilizados, las motivaciones específicas y el
riesgo de reincidencia) varían mucho en función de la edad y del sexo (Grupo de
Trabajo, 2011; Spirito y Donaldson, 1998).
Suicidio y edad
Si bien el suicidio se produce fundamentalmente en las edades medias de la vida,
hay actualmente dos picos crecientes en las cifras obtenidas: la
adolescencia/juventud (el 25% del total de suicidios consumados) y la vejez. A
medida que avanza la edad, la ratio entre las tentativas de suicidio y el suicidio
consumado es menor, lo que implica que en las personas adultas una gran parte de
las tentativas suicidas acaba por consumarse.
Por lo que a los adolescentes y jóvenes se refiere, los desencadenantes de la
tentativa de suicidio o del suicidio consumado son los siguientes: a nivel clínico, el
consumo abusivo de alcohol/drogas o la aparición de una depresión o de un brote
psicótico; a nivel ambiental, un entorno familiar y social deteriorado, un desengaño
amoroso (las tormentas emocionales son más intensas a estas edades), una
orientación sexual no asumida, el fracaso escolar reiterado o el acoso o ciberacoso;
y a nivel psicológico, la presencia de algunas características de personalidad, como
impulsividad, baja autoestima, inestabilidad emocional o dependencia emocional
extrema. Es decir, se trata mayoritariamente de chicos de carácter impulsivo y
agresivo, con depresión, ansiedad u otro tipo de psicopatología, que, además,
abusan del alcohol u otras drogas. Este es, a grandes rasgos, el perfil de los
adolescentes que acaban quitándose la vida. Ocurre, sin embargo, que muchos
adolescentes utilizan métodos menos efectivos, como la ingestión de fármacos o los
cortes superficiales en los antebrazos, que suponen una poderosa llamada de
atención respecto al malestar emocional en que se encuentran y que alteran la
dinámica familiar/social, pero que no entrañan un peligro directo para su vida, al
menos a corto plazo (Spirito y Donaldson, 1998).
A su vez, las personas adultas pueden experimentar una sensación de fracaso
personal, laboral y familiar o un reproche social que les sume en una profunda
desesperanza. Si a esta situación se añade la presencia de soledad, de una red
pobre de apoyo social, de trastornos mentales (depresión especialmente) o de
enfermedades crónicas incapacitantes o con mal pronóstico, estas personas
planifican el acto, lo realizan aisladamente y pueden usar métodos rápidos y
efectivos, tales como la precipitación, el ahorcamiento, el atropello por un tren o el
recurso a un arma de fuego.
Por último, el suicidio es más frecuente en personas ancianas, más si están solas,
deprimidas (lo que no siempre se diagnostica adecuadamente, al confundirse con el
deterioro cognitivo) y con enfermedades incapacitantes. Los ancianos pueden no
dar señales ni haber cometido tentativas previas de suicidio. Entre las motivaciones
de los ancianos figuran la soledad, en el caso de la pérdida de pareja o de
abandono de los hijos, la sensación de ser una carga para los demás y las
enfermedades crónicas graves, sobre todo cuando generan depresión, malestar,
incapacidad funcional y aislamiento social. Los ancianos realizan menos intentos
autolíticos que los jóvenes, pero utilizan métodos más efectivos al intentarlo, lo que
lleva a una mayor letalidad (Värnik, 2012).
Suicidio y sexo
La incidencia del suicidio entre las mujeres es tres o cuatro veces menor que entre
los hombres porque su habilidad letal o, lo que es más importante, su
determinación para provocarse la muerte resultan inferiores. Entre las posibles
razones de este hecho se encuentran la misión de la mujer como protectora de la
vida y su mayor rechazo hacia la violencia, por lo que recurre a métodos más
pasivos y silenciosos, tales como la intoxicación con fármacos o la inhalación de
monóxido de carbono.
Asimismo, los hombres son más impulsivos, tienen una menor tolerancia al
sufrimiento crónico, les cuesta más buscar ayuda ante el sufrimiento y están más
afectados por trastornos adictivos. En tanto, el mayor índice de suicidios masculinos
guarda relación con la forma en que el hombre vive sus dificultades personales: a)
el hombre soporta peor la soledad o la ruptura de pareja; b) no suele hablar de sus
problemas, por lo que no libera su carga de sufrimiento; y c) vive en general con
mayor estrés y angustia su actividad laboral (Echeburúa, González-Ortega, Corral y
Polo-López, 2011).
Las mujeres realizan tres veces más tentativas de suicidio que los hombres, pero
éstos consiguen consumar el suicidio tres veces más que las mujeres. Las
tentativas de suicidio entre las mujeres responden más a una llamada de atención,
especialmente entre las jóvenes, y muestran una propensión a este tipo de
conductas cuando están afectadas por problemas interpersonales graves (violencia
de pareja, abuso sexual, infidelidades reiteradas, etcétera).
En resumen, los suicidios consumados se dan más en hombres de cierta edad, con
una premeditación clara y con métodos expeditivos (ahorcamiento, precipitación o
armas de fuego), mientras que las tentativas de suicidio aparecen más en mujeres
jóvenes que recurren de forma impulsiva a la ingestión de fármacos y que revelan
con esta conducta extrema, a modo de mecanismo de huida, la existencia de un
problema emocional que les genera un gran malestar y que desborda sus recursos
de afrontamiento (Värnik, 2012).
Variantes de la conducta suicida
Las conductas suicidas se pueden manifestar de distintas formas en la clínica. Estas
diversas manifestaciones adquieren un modo de presentación específico y pueden
revelar en la persona afectada unas motivaciones, un pronóstico e incluso unas vías
de intervención que varían de unos casos a otros (Grupo de Trabajo, 2011).
A un nivel conductual, la conducta suicida puede mostrar diferentes caras: el
suicidio consumado, el suicidio frustrado, las tentativas de suicidio o parasuicidios y
los equivalentes suicidas. En el caso del suicidio consumado, el sujeto consigue
intencionadamente acabar con su vida. Por el contrario, en el caso del suicidio
frustrado, a pesar de que el sujeto tiene una intención inequívocamente suicida y
ha utilizado un procedimiento habitualmente letal (ahorcamiento, precipitación,
arma de fuego), el suicidio no se consuma por la inexperiencia del sujeto en el
manejo del método, por la rápida intervención de los servicios médicos, de la
comunidad familiar o social, o, simplemente, por azar (Spirito y Donaldson, 1998).
Mención aparte merecen las tentativas de suicidio o parasuicidios. La persona se
causa deliberadamente un daño, sin la intención aparente de quitarse la vida, con
consecuencias no-fatales, pero que pueden accidentalmente llevar a la muerte, y
con el recurso a procedimientos habitualmente no letales, como la ingestión de
fármacos o las autolesiones superficiales. El objetivo de esta conducta extrema es
manipular a personas próximas y producir cambios en el entorno. Se trata de una
llamada de atención con diversas finalidades: vengarse de alguien, mostrar lo
desesperado que se está, buscar ayuda, averiguar si alguien le quiere realmente,
huir temporalmente de algo insoportable o mostrar lo mucho que le quiere a una
persona. Con frecuencia el sujeto está en una posición ambivalente: desea morir si
su vida continúa de la misma manera y desea vivir si se producen cambios
significativos en ella (Blasco-Fontecilla et al., 2010).
Es importante en estos casos llevar a cabo el diagnóstico diferencial entre
el suicidio frustrado y el parasuicidio. En el primer caso se realiza una planificación
por adelantado, el método elegido es objetivamente muy peligroso y el sujeto se
arrepiente claramente por no haber conseguido su objetivo. Así, por ejemplo,
cualquier persona que planifique detenidamente su muerte o decida quitarse la vida
ahorcándose, ahogándose o mediante el uso de armas de fuego o con saltos al
vacío y no lo consiga, es muy probable que lo vuelva a intentar y lo logre.
A su vez, los equivalentes suicidas se refieren a conductas habituales en las que
una persona se expone voluntariamente de forma regular a situaciones de riesgo o
peligro extremo que escapan a su control, como la conducción temeraria de
vehículos o la implicación al límite en deportes de riesgo, o se involucra en
conductas que deterioran gravemente su salud, recurriendo, por ejemplo, al
consumo abusivo de alcohol o drogas.
A un nivel cognitivo, pueden aparecer las amenazas suicidas, que suponen una
ideación suicida específica expresada al entorno, pero en la que todavía no existen
conductas encaminadas a la consecución de la muerte. Sin embargo, las amenazas,
sobre todo cuando vienen acompañadas de un plan suicida, pueden predecir una
posible conducta suicida en un futuro cercano. Por último, la ideación
suicida, frecuentemente no expresada a otras personas, se refiere a pensamientos
sobre el suicidio que suelen ser duraderos en el tiempo. No se trata meramente de
una falta de ganas de vivir, sino de un deseo activo persistente de poner fin a la
vida.
En definitiva, el suicidio se mueve a lo largo de un continuo de diferente naturaleza
y gravedad, que oscila desde la mera ideación (idea de la muerte como descanso,
deseos de muerte, ideación suicida y amenazas) hasta la gradación conductual
creciente (gestos, tentativas y suicidio consumado) (Spirito y Donaldson, 1998).
Suicidio y trastornos mentales
El suicidio surge cuando la persona afectada siente que la vida es ya insoportable y
que la muerte es la única vía de escape, ya sea del dolor físico o emocional, de la
enfermedad terminal, de los problemas económicos, de las pérdidas afectivas o de
otras circunstancias, como la soledad o humillación. Si bien cerca del 80% de las
personas que consuman el suicidio están afectadas por un trastorno mental, no
siempre es así (Chesney y Goodwin, 2014; Federación Mundial para la Salud
Mental, 2010).
Suicidio por balance
A veces existe el suicidio por balance cuando una persona, a pesar de sus esfuerzos
prolongados durante mucho tiempo, llega a una situación económica, familiar o
social en que para ella la vida carece ya de valor y de sentido o en que se
encuentra sin fuerzas para afrontar más dificultades. Es decir, hay un hastío de la
vida y una pérdida radical del deseo de vivir (Bobes et al., 2011).
Los suicidios por balance se dan principalmente en personas mayores, que
consideran que en el futuro no van a enriquecer su proyecto de vida, que no van a
desarrollarse más ni ellos ni sus familias y que realizan un examen existencial y
vital con un tinte negativo y sin ninguna proyección de cara al futuro. Esta situación
se agrava cuando el estado de salud es negativo y les supone una limitación
importante en su vida cotidiana.
Hay ciertas variables que constituyen un factor de riesgo para la implicación en un
suicidio por balance (Baca-García et al., 2005): dimensiones de personalidad, como
la impulsividad y la rigidez cognitiva; estados afectivos, como la desesperanza;
distorsiones cognitivas, como la sobregeneralización en el recuerdo autobiográfico
negativo o las atribuciones de responsabilidad excesiva en los fracasos; estrategias
defectuosas de resolución de problemas; y, por último, algunas situaciones
familiares o sociales, como la soledad, la humillación o estar en un callejón sin
salida en las relaciones interpersonales.
Este riesgo aumenta cuando ha habido antecedentes de suicidio en la familia. De
hecho, en algunas familias existen lealtades invisibles, algo así como reglas
irracionales que se transmiten de padres a hijos a la hora de resolver conflictos.
Suicidio y trastornos mentales
La depresión, acompañada de una profunda desesperanza, y el trastorno
bipolar están presentes en, al menos, el 80% de los suicidios. El estado de ánimo
melancólico es destructor porque la depresión-soledad y la autoagresividad se
potencian entre sí y contrarrestan el deseo natural de vivir. Así, un 15%-20% de
las personas con depresión pueden intentar un suicidio, sobre todo cuando son
mayores, viven solas y han intentado suicidarse con anterioridad. A veces, la
depresión se asocia al dolor de una enfermedad física o miedo a tenerla en un
futuro próximo, como puede ocurrir en el caso del diagnóstico de un cáncer
maligno. Sin embargo, las enfermedades crónicas por sí mismas no llevan al
suicidio, sino que son un factor de riesgo sólo cuando se acompañan de
desesperanza (Federación Mundial para la Salud Mental, 2010; Grupo de Trabajo,
2011).
Los pacientes con depresión corren más riesgo de cometer suicidio en la fase inicial
del trastorno o cuando el tratamiento ya ha comenzado a surtir efecto o incluso
después del alta hospitalaria. Al deseo de aniquilarse se une su menor inhibición y
apatía; antes, en medio de la depresión, ni siquiera tienen fuerza para eso.
Además, la inhibición y apatía responden mejor al tratamiento, pero los
sentimientos profundos de desesperanza tardan más en desaparecer.
Los trastornos adictivos, como el alcoholismo, la dependencia de otras drogas y el
juego patológico, sobre todo en las fases avanzadas y cuando hay una alta
impulsividad de por medio, constituyen un factor de riesgo alto para el suicidio. En
estos casos los pacientes suelen presentar una depresión secundaria, asociada a la
falta de salida en una situación de deterioro físico y psicosocial que perciben como
insuperable (Echeburúa, Salaberría y Cruz-Sáez, 2014).
Los trastornos psicóticos están también muy asociados al suicidio. En general, el
25%-50% de los pacientes con esquizofrenia, condicionados por alucinaciones o
ideas delirantes, pueden intentar suicidarse alguna vez en su vida con métodos más
cruentos o atípicos, como el suicidio con un hacha o el autoapuñalamiento múltiple
con un cuchillo de cocina o con unas tijeras, y no avisan con antelación de sus
intenciones. En ellos se da el suicidio impulsivo, que surge de forma espontánea,
imprevista y sin deliberación previa. El riesgo es mayor en los jóvenes varones
durante la primera etapa de la enfermedad, en los pacientes con recaídas crónicas
y en los primeros meses después de un alta hospitalaria, así como en los psicóticos
que padecen además síntomas depresivos. Debido a que este trastorno es poco
frecuente en la población general (1%), no contribuye de forma importante a la
tasa de suicidio global (Popovic et al., 2014).
El trastorno límite de la personalidad (TLP), caracterizado por impulsividad e
inestabilidad emocional, está muy relacionado con los intentos y conductas
suicidas. Alrededor de un 10% de las personas con TLP se suicidan, mientras que el
otro 90% tan sólo amenaza con ello o lo intenta, incluso varias veces (Blasco-
Fontecilla et al., 2009; Esbec y Echeburúa, 2014).
Otro trastorno mental ligado con el suicidio es la anorexia, especialmente en
mujeres en las fases avanzadas del trastorno, cuando son ya adultas jóvenes y han
fracasado en el ideal inalcanzable de la perfección física. En el caso de las pacientes
con anorexia suele haber una comorbilidad con la depresión, que, a su vez, es
resultado del agravamiento del cuadro clínico, del aislamiento social, de la
depauperación personal y de la falta de esperanza en el futuro (Franko et al.,
2013).
El método de suicidio elegido puede dar luz sobre la intencionalidad de la persona
suicida, como ya se ha indicado, pero también puede relacionarse con la posible
existencia de un trastorno mental. Si bien el suicida recurre a los métodos que
tiene más a mano (el policía al arma de fuego; el habitante de la ciudad, a la
precipitación; el hombre rural, al ahorcamiento), cuanto más violento es el método
elegido, más incidencia de patologías psiquiátricas subyacentes suele haber (Grupo
de Trabajo, 2011).
En resumen, el suicidio es mucho más probable cuando está presente la depresión,
bien de forma pura (en la depresión mayor o en el trastorno bipolar) o de forma
comórbida con los trastornos adictivos o con la anorexia. En tanto, el riesgo de
suicidio está siempre presente en las personas diagnosticadas con un TLP y muy
frecuentemente en las afectadas por una anorexia. Ello no quita que haya suicidios
que resulten imprevisibles y, por tanto, muy difíciles de prevenir. En estos casos el
suicidio adquiere un carácter espasmódico, como una especie de acting out, un
impulso que se convierte en acto.
Signos de alarma de riesgo suicida
Los principales signos de alarma son los siguientes: los intentos previos de suicidio,
sobre todo si se ha recurrido a métodos potencialmente letales; los antecedentes
de suicidio en la familia; y la expresión verbal, más o menos explícita, de un
sufrimiento desbordante y del propósito de matarse (en forma de gestos o
amenazas suicidas), mucho más aún cuando hay una planificación de la muerte
(cambios en el testamento o notas de despedida) (Mann, Apter, Bertolote, Beautris,
Currier y Haas, 2005).
Todo ello se potencia cuando hay un agravamiento de un trastorno psicopatológico
o de una enfermedad crónica dolorosa o cuando se produce un aislamiento social
in-deseado. Acerca de las tensiones vitales múltiples, como la conflictividad
familiar, la pérdida de empleo y una situación económica desfavorable, el
descubrimiento de un escándalo político o económico, los desengaños amorosos o
el fallecimiento reciente de un familiar cercano, éstas tienen un valor predictivo sólo
en personalidades vulnerables con tendencias impulsivas y agresivas y con pocas
respuestas de afrontamiento (Blasco-Fontecilla et al., 2010).
A nivel cognitivo, la desesperanza, sobre todo cuando viene acompañada de
pensamientos suicidas reiterados (anticipación imaginaria de la muerte), es
probablemente el sentimiento más suicidógeno. De hecho, convendría invertir el
dicho popular de "mientras hay vida, hay esperanza " por "mientras hay esperanza,
hay vida". A veces la desesperanza puede venir acompañada de ira, rabia o deseos
de venganza. En estos casos hay una expresión de gran sufrimiento o de angustia
emocional.
Factores de riesgo y factores de protección
Si todas las personas que tienen un trastorno mental grave o que sufren un suceso
vital adverso de gran intensidad no acaban por suicidarse, ello quiere decir que hay
factores de riesgo y factores de protección que modulan la decisión adoptada. La
estimación del riesgo suicida de un paciente debe tener en cuenta este tipo de
factores (Ayuso-Mateos et al., 2012; Mann et al., 2005) (figura 1).
Figura 1.
Riesgo del comportamiento suicida (Mann et al., 2005, modifado).
Factores de riesgo
En las personas en riesgo puede haber algunos factores predisponentes, como
haber sufrido sucesos traumáticos en la infancia, tener una historia previa de
intento suicida o de suicidio en la familia, mostrar un nivel alto de impulsividad/
inestabilidad emocional o carecer de recursos de afrontamiento adecuados. Esta
predisposición puede interactuar con ciertos factores precipitantes, como la fase
aguda de un trastorno mental, los pensamientos suicidas, el fácil acceso a métodos
letales, el acoso o algún acontecimiento vital adverso reciente, sobre todo si genera
humillación profunda. La vulnerabilidad psicológica se acentúa si se suman ciertas
circunstancias psicosociales, como estar separado o sin pareja o verse obligado a
hacer frente a situaciones vitales estresantes intensas o duraderas, como una
enfermedad crónica, el abandono de sus seres queridos o la pérdida de estatus
social. En concreto, el aislamiento social es especialmente relevante en ancianos y
adolescentes (Blasco-Fontecilla et al., 2010).
Algunos de estos factores son modificables (trastornos mentales, situación de
estrés, estrategias de afrontamiento o aislamiento social), pero otros, sin embargo,
resultan in-modificables (sexo, edad, historia familiar, conducta suicida previa o
salud física) (Bobes et al., 2011; WHO, 2014).
El nivel de riesgo aumenta proporcionalmente al número de factores presentes, si
bien algunos tienen un peso específico mayor que otros en función de las
circunstancias individuales de cada persona.
Factores de protección
Muchas personas pueden estar afectadas a lo largo de su vida por sucesos
adversos, enfermedades crónicas dolorosas, trastornos mentales o situaciones de
soledad y, sin embargo, se muestran resistentes a los pensamientos y conductas
suicidas (Ayuso-Mateos et al., 2012).
Esta capacidad de resistencia se relaciona con algunas dimensiones de
personalidad, como una autoestima adecuada, una flexibilidad cognitiva o una
impulsividad controlada, con una estabilidad emocional y con unos recursos
psicológicos de afrontamiento apropiados, especialmente en el ámbito de la
resolución de conflictos o de las habilidades sociales. Asimismo, el repertorio de
valores del sujeto, de tipo religioso, espiritual o altruista, puede neutralizar hasta
cierto punto los pensamientos derrotistas o la ideación suicida (Mann et al., 2005).
Ciertos factores sociales y familiares desempeñan también un papel protector. Así,
por ejemplo, tener relaciones sociales ricas, estar integrado culturalmente, contar
con apoyo familiar y tener hijos pequeños (sobre todo, en el caso de las mujeres)
potencian la capacidad de resistencia ante el suicidio. Incluso los animales
domésticos (los perros especialmente) pueden constituir un escudo protector contra
las tendencias suicidas de sus dueños porque son expresivos, ofrecen compañía y
alegran a sus dueños (WHO, 2014).
Un factor protector de gran importancia es ponerse a tratamiento médico o
psicológico (y seguir adecuadamente las prescripciones terapéuticas) cuando una
persona está afectada por un trastorno mental grave o por un dolor crónico (WHO,
2014).
Decisiones clínicas en relación con el suicidio
La demanda terapéutica en relación con el suicidio está constituida por tres tipos de
pacientes: a) los que tienen ideación suicida pero aún no la han expresado
verbalmente; b) los que acuden a la consulta manifestando pensamientos suicidas
reiterados; y c) aquellos que han sobrevivido a un intento de suicidio (Bobes et al.,
2011).
La presencia o sospecha de ideación suicida requiere la atención a la posible
patología de base y la definición de los objetivos terapéuticos a corto plazo que se
van a abordar en la consulta: los pensamientos suicidas, la desesperanza o la
prevención de conductas suicidas. En la entrevista se debe favorecer la
comunicación de los síntomas, sentimientos y pensamientos del paciente, así como
facilitar que éste y sus allegados se impliquen en la toma de decisiones (Grupo
de Trabajo, 2011).
Si un paciente no expresa directamente pensamientos suicidas pero es un sujeto de
riesgo (con trastornos mentales graves, con enfermedades crónicas incapacitantes,
con intentos suicidas previos o con un profundo malestar emocional), hay que
preguntarle directamente por ellos. Esto no aumenta el riesgo de suicidio. Se trata
de valorar el grado en el que el sujeto ha transformado un vago deseo de morir en
una decisión concreta de matarse. De hecho, más del 50% de los suicidas
consumados expresan más o menos veladamente sus intenciones o han mostrado
signos de alarma a familiares o profesionales (Grupo de Trabajo, 2011).
Cuando un paciente consulta directamente por ideación suicida, la escucha
empática contribuye a aliviar el malestar emocional. La estrategia básica en estos
casos es el intento del terapeuta de restablecer algún atisbo de esperanza y
contrarrestar la anticipación imaginaria de su muerte con otras formas efectivas de
solución de problemas. El clínico debe favorecer el control, la autoestima y la
capacidad de hacer frente a los problemas, así como promover una mayor
participación e integración en el entorno familiar y social. La Organización Mundial
de la Salud da orientaciones específicas sobre la manera de preguntar, el momento
de hacerlo y el contenido de las preguntas (cit. en Grupo de Trabajo, 2011) (tabla
1).
Tabla 1. Recomendaciones de cómo, cuándo y qué preguntar sobre ideación
suicida.
Fuente: Organización Mundial de la Salud (WHO, 2014).
Si un paciente ha tenido ya un intento de suicidio, sobre todo si ha sido reciente, el
riesgo de consumación del suicidio aumenta en las semanas posteriores, por lo que
es preciso un seguimiento exhaustivo en las primeras semanas (ayuda terapéutica,
red de apoyo familiar y social, organizaciones comunitarias) y una atención
específica a los problemas psicológicos o trastornos mentales planteados. La
adopción de un método suicida letal, como el empleo fallido de un arma de fuego
por ejemplo, y la planificación por adelantado agravan el pronóstico y requieren
una intervención más intensiva, con el recurso a la hospitalización si es preciso. Es
muy importante prestar atención a la actitud después del intento y a la disposición
para el tratamiento. No es lo mismo manifestar alivio por ver que se está vivo,
sentirse arrepentido por lo hecho o agradecido a quienes le han ayudado, que
sentirse fracasado por no haber culminado el intento (Ayuso-Mateos et al., 2012;
Sáiz et al., 2014).
En todos los casos es importante prestar atención a la visión en el túnel. La persona
que entra en la lógica suicida no ve otra salida, por lo que hay que abrirle el
horizonte, hacerle ver que no está solo y que siempre hay caminos alternativos. Por
ello, hay que prestar atención específica a los problemas actuales del paciente, a
las situaciones de estrés, a los trastornos mentales, a las enfermedades físicas, al
consumo de alcohol/drogas y a la presencia de ideación suicida. Se trata de
potenciar las fortalezas del paciente y sus recursos de afrontamiento, así como de
consolidar el apoyo familiar, social y, en su caso, de los grupos comunitarios
(Chesney y Goodwin, 2014).
Sea cual sea el tratamiento psicológico utilizado, es recomendable promover la
formación de una alianza terapéutica sólida entre el paciente y el terapeuta y
contar con el apoyo del entorno. Los objetivos terapéuticos pueden centrarse,
según los casos, en las autolesiones, la ideación suicida, la desesperanza o las
conductas suicidas. Los tratamientos cognitivo-conductuales, basados en sesiones
individuales, son los que han mostrado mayor evidencia empírica, junto con la
terapia conductual-dialéctica en el caso de los pacientes aquejados de TLP (Tarrier,
Taylor y Gooding, 2008). La terapia interpersonal ha mostrado también ser útil en
adultos con conducta suicida, en mayores de 60 años con depresión e ideación
suicida y en adolescentes con riesgo de suicidio (Tang, Jou, Ko, Huang y Yen,
2009).
En ocasiones es necesaria la hospitalización del paciente en función de las
siguientes variables: la gravedad clínica del episodio; la planificación y letalidad del
plan; el riesgo suicida inmediato del paciente; la patología psiquiátrica de base o la
presencia de comorbilidades; y la falta de apoyo familiar o social (Grupo de
Trabajo, 2011).
Un último aspecto de gran interés en la clínica -y poco tratado sistemáticamente
hasta el momento- es el tratamiento del duelo de los familiares de las personas
suicidadas. Los allegados pueden mostrar sentimientos de culpa, preguntarse por
qué lo hizo o por qué no hicieron ellos algo más para evitar la muerte del suicida,
vivir lo ocurrido como una mancha en la familia y sentir otras muchas emociones
negativas, como angustia, vergüenza o autodesprecio, así como llegar a
experimentar el reproche de personas del entorno, lo que genera aislamiento y
estigmatización (Cerel, Mcintosh, Neimeyer, Maple y Marshall, 2014).
Conclusiones
El suicidio siempre ha estado rodeado de una aureola de silencio y de miedo al
efecto de contagio (del que, por cierto, no hay una evidencia empírica), pero esto
puede impedir los esfuerzos de prevención. Muchas personas que se quitan la vida
lo han hablado antes o avisan, de una forma u otra, de su posible suicidio.
Cualquier anuncio de muerte autoinducida debe encender siempre una luz roja de
alarma (Mann et al., 2005; Saiz y Bobes, 2014).
Al margen de la utilidad de las distintas escalas disponibles, tales como las Escalas
de Depresión de Beck (BDI-II) (ítem 7) (Beck, Brown y Steer, 1996) o Hamilton
(HDRS) (ítem 3) (1960) o la Escala de Desesperanza (Beck, Weissman, Lester y
Trexler, 1974), la entrevista clínica con el paciente y con los familiares desempeña
un papel muy importante para valorar adecuadamente el problema planteado
(Grupo de Trabajo, 2011).
Los objetivos terapéuticos deben centrarse en el cambio de los factores
modificables para contrarrestar el peso de los factores inmodificables y en la
inducción al paciente de algún tipo de esperanza y de control sobre su conducta
(Bobes et al., 2011; Saiz et al., 2014; Tarrier et al., 2008).
Hay algunos retos importantes en el ámbito de la investigación del suicidio para los
próximos años: a) detectar personas de alto riesgo y evaluar correctamente el
riesgo de suicidio con herramientas diagnósticas adecuadas; b) establecer
estrategias apropiadas de intervención basadas en la evidencia (Echeburúa,
Salaberría, Corral y Polo-López, 2010); c) diseñar programas específicos para
jóvenes y adolescentes, así como para personas ancianas; d) poner en marcha
medidas concretas dirigidas sobre todo a las personas más vulnerables, para
reducir los factores de riesgo (abuso de alcohol y drogas, exclusión social,
depresión y estrés); y e) proponer programas psicoeducativos efectivos, de tipo
preventivo, para familiares de personas que han cometido un intento de suicidio
(WHO, 2014).
Por último, hay que poner un gran énfasis en la prevención primaria con los niños y
adolescentes en la familia y en la escuela. Se trata de prestarles un apoyo afectivo
incondicional, de acostumbrar a los adolescentes a que pidan ayuda cuando la
necesiten y de enseñarles a afrontar emociones y situaciones negativas (porque los
adolescentes tienen una tendencia terrible a dramatizar). Se trata también de
evitar que un problema que se repite mucho, como el bajo rendimiento académico
o el consumo de drogas, se convierta en el único tema de conversación y de
aumentar las oportunidades de compartir con los hijos actividades gratificantes de
forma regular.
Referencias
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Diez cosas que los padres pueden hacer
para prevenir el suicidio
A medida que los niños se convierten en adolescentes, es más difícil para los padres
saber cómo se sienten y qué están pensando. ¿Cuándo los cambios de temperamento se
convierten en algo en algo de preocupación?
Es importante saber qué factores pueden poner al adolescente en riesgo del
suicidio. Invierta algo de su tiempo en leer estas 10 formas de ayudar a prevenir
que una tragedia ocurra. Entre más sepa, estará mejor preparado para entender
qué puede poner en riesgo a su niño.
1. No permita que la depresión o la ansiedad de un
adolescente aumente sin control.
Tal vez su hijo simplemente esté teniendo un mal día, pero podría ser algo más si dura
más de una par de semanas.
Realidad: 9 de cada 10 adolescentes que se quitan la vida cumplían el criterio para un
diagnóstico de problemas o trastornos psyquiátricos o mentales, más de la mital de
ellos con trastornos del estado de ánimo, tales como la depresión o ansiedad.
Las personas deprimidas suelen aislarse, cuando en secreto están llorando para que se
les rescate. Muchas veces sienten demasiada vergüenza para comunicar su tristeza a
otros, incluidos a mamá y papá. Los hombres en particular pueden intentar ocultar sus
emociones debido a la creencia errónea de que exhibir vulnerabilidad es una muestra de
debilidad.
No esperemos a que los jóvenes vengan a nosotros con sus problemas. Toque a su
puerta, siéntese en la cama y dígale, “Te noto triste. ¿Hay algo de lo que te gustaría
hablar? Tal vez te puedo ayudar”.
2. Escuche a su hijo adolescente, incluso cuando no
está hablando.
No todos, pero la mayoría de los menores que están pensando en el suicidio (a lo que se
le llama ideación suicida) transmiten su estado mental atormentado por medio de
conductas conflictivas. Los estudios han descubierto que un rasgo común de las familias
destrozadas por el suicidio de un hijo o una hija es la mala comunicación entre los
padres y el hijo. Sin embargo, existen por los general tres o más factores o
circunstancias que están presentes al mismo tiempo en la vida del niño cuando él o ella
están pensando en quitarse la vida.
Estas incluyen, pero no se limitan a las siguientes:
Pérdida mayor (por ejemplo, rompimiento de una relación o muerte)
Abuso de sustancias
Presión social o parte de pares
Acceso a las armas de fuego
Humillación pública
Una enfermedad crónica
Agresividad o falta de reflexividad
Historial de suicidio en la familia
Si su instinto le dice que un adolescente podría ser un peligro para sí mismo, preste
atención a sus instintos y no permita que se quede solo. En este caso, es mejor exagerar
que restarle importancia. Lea: Como comunicarse con su adolescente.
3. Nunca ignore las amenazas de suicido como un
melodrama típico de los adolescentes.
Cualquier declaración escrita o verbal que diga "Me quiero morir" o "Ya no me importa
nada" debe considerarse con seriedad. Con frecuencia, los menores que intentan
suicidarse les dijeron a sus padres en repetidas ocasiones que pretendían matarse. La
mayoría de la investigación sustenta que las personas que amenazan abiertamente con el
suicidio, en realidad no intentan hacerlo y que la amenaza es sólo un llamado
desesperado pidiendo ayuda. Aunque esto es cierto en muchos casos, ¿qué padre o
madre se arriesgaría a equivocarse.
Cualquiera de estas otras llamada de auxilio requieren de su
atención y acción inmediata y de pedir ayuda a un
profesional lo más pronto posible:“Nada me importa”.
“Me pregunto cuántas personas vendrían a mi funeral”.
“A veces quisiera solo dormirme y no volver a despertar”.
“Todos estarían mejor sin mí".
“No tendrás que preocuparte por mí por mucho tiempo”.
Cuando un adolescente empieza a hacer comentarios poco disimulados como esos o
directamente admite que está pensando en suicidarse, intente no sobresaltarse (“¡¿Qué,
estás loco?!”) ni menospreciar (“¡Qué cosa más ridícula dices!”). Sobre todo, no le
diga, “¡No lo dices en serio!”; aunque es probable que usted esté en lo correcto. Esté
dispuesto a escuchar sin juzgar a lo que realmente está diciendo, que es: “Necesito tu
amor y atención porque siento muchísimo dolor y no puedo con esto yo solo”.
Ver a un hijo tan perturbado podría romperle el corazón a cualquier padre. Sin embargo,
el enfoque inmediato debe ser consolarlo; después podrá expresar lo que usted siente.
En voz calmada puede decir, “Entiendo. Realmente has de sentir mucho dolor por
dentro".
4. Busque ayuda profesional de inmediato.
Si la conducta de su hijo adolescente le tiene preocupado, no espere a comunicarse con
el pediatra. Contacte a un proveedor de salud mental en su localidad que trabaje con
niños para que le haga una evaluación a su niño lo más pronto posible para que su hijo o
hija puedan empezar a recibir terapia o asesoramiento si no corren el riesgo de hacerse
daño a sí mismos. Sin embargo, llame a la línea telefónica de ayuda o grupo de apoyo
en su comunidad o vaya a la sala de urgencias si usted cree que su niño está
considerando seriamente el suicidio o puede hacerse daño a sí mismo.
5. Comparta sus sentimientos.
Hágale saber a su hijo que no está solo y que todos nos sentimos tristes o deprimidos a
veces, incluso las mamás y los papás. Sin minimizar su angustia, reconfórtelo
diciéndole que esos malos momentos no durarán para siempre. Dígale que las cosas
realmente van a mejorar y que usted puede ayudarle durante la terapia y otros
tratamientos para que las cosas mejoren para él o ella.
6. Anímelo para que no se aísle de la familia y los
amigos.
La mayoría de veces es mejor estar con otras personas que estar solo. Pero no lo obligue
si dice que no.
7. Recomiende el ejercicio.
La actividad física tan simple como caminar o tan vigorosa como levantar pesas, puede
aminorar la depresión leve a moderada.
Existen varias teorías que explican por qué:
Hacer ejercicio hace que una glándula del cerebro libere endorfinas, una sustancia que
se cree que mejora el estado de ánimo y reduce el dolor. Las endorfinas también
reducen la cantidad de cortisol en la circulación. El cortisol que es una hormona que se
ha vinculado con la depresión.
El ejercicio distrae a las personas de sus problemas y les hace sentir mejor de sí
mismos.
Los expertos recomiendan ejercitarse de treinta a cuarenta minutos al día, de dos a
cinco días a la semana.
Cualquier forma de ejercicio funciona; lo que es importante es que los jóvenes
disfruten la actividad y lo hagan de forma constante.
8. Anime a su hijo para que no se exija demasiado
por ahora.
Hasta que la terapia comience a hacer efecto, es probable que no sea momento para
asumir responsabilidades que podrían resultar abrumadoras. Sugiera que divida las
tareas grandes en tareas más pequeñas y manejables siempre que sea posible y que
participe en sus actividades que disfrute y que le causen menos estrés. El objetivo es
volver a fomentar la confianza y la autoestima.
9. Recuérdele a un adolescente que esté bajo
tratamiento que no espere resultados inmediatos.
La terapia conversacional o los medicamentos suelen tomar tiempo para mejorar el
estado de ánimo, por lo que no debe sentirse desilusionado ni culparse si no se siente
mejor de inmediato.
10. Si usted tiene armas de fuego en el hogar,
guárdelas en un lugar seguro o cámbielas a otro
lugar hasta que la crisis pase.
Realidad: Suicido con armas de fuego entre los jóvenes estadounidense alcanzó su
mayor cifra en 12 años en el 2013, en los cuales la mayoría de las
muertes involucraban un arma de fuego que pertenecía a un miembro de la familia, de
acuerdo con un informe de el Centro Brady para Prevenir Violencia con Armas de
Fuego. Cualquiera de estas muertes podrían haber sido evitadas si el arma de fuego
no estuviera disponible.
Si sospecha que su hijo o hija es suicida, sería una buena medida mantener el alcohol y
los medicamentos bajo llave; incluso las medicinas de venta libre.
LAS DOCTORAS RECOMIENDAN - Podcast
Suicidio en las adolescentes latinas: ¡si no estaba preocupado, preocúpese!
Dra. Edith Bracho-Sánchez, MD
Suicidio infantil
Suicidio Infantil
Suicidio infantil: un fenómeno complejo
y difícil de explicar
Siendo un tabú con numerosas causas, el suicidio infantil es un tema
delicado que muchas veces es difícil de diagnosticar. Apenas estudiado a
nivel internacional, la incidencia del suicidio infantil parece, sin embargo,
haber aumentado en los últimos años.
Definición
Un niño o adolescente suicida es un menor de edad
que planea o intenta acabar con su vida.
El término “suicidio infantil” designa el acto por el cual un niño provoca su
propia muerte de manera voluntaria. En la mayoría de los casos, esto no
significa simplemente un deseo de morir, sino que aparece como el último
recurso para escapar de un gran sufrimiento o de una situación para la cual el
niño no encuentra salida.
Un intento de suicidio es definido como un acto –no exitoso- a través del cual el
niño expresa un deseo de lastimarse, poniéndose en peligro, con la intención
de provocar su propia muerte.
Los intentos de suicidio no son siempre intentos fallidos. Muchos son
considerados como un intento desesperado de llamar la atención hacia los
problemas o sentimientos de maltrato que el niño experimenta.
Datos mundiales sobre el suicidio infantil
El suicidio infantil es un tema tabú en la mayoría de países. Aunque entre
adolescentes está siendo crecientemente investigado, hay pocos estudios
científicos acerca del suicidio de niños más pequeños (menores de 13 años de
edad), y no hay datos acerca de la incidencia de este fenómeno a nivel
internacional. Sin embargo, se sabe que las razones que llevan a los niños a
suicidarse son muy diferentes de aquellas que motivan a los adultos.
El suicidio infantil a veces es difícil de
diagnosticar, ya que los niños viven tienen mayor dificultad que los adultos para
expresar sus conflictos o su infelicidad. El suicidio de los niños más pequeños
es, además, confundido con o pensado como un accidente: muchas veces
atribuido a apoyarse en las ventanas o cruzar la calle en el momento
equivocado, por ejemplo. Además, la muerte de niños huérfanos y/o los que
viven en la calle no suelen ser investigadas o siquiera registradas por las
autoridades de algunos países, lo cual dificulta poseer estadísticas o realizar
estudios.
Según algunos de los pocos estudios que existen al respecto -la mayoría,
llevados a cabo en países industrializados-, la mayoría de los niños que logran
suicidarse son generalmente varones, mientras que la mayoría de los intentos
de suicidio son realizados por niñas.
Un estudio realizado en Estados Unidos revela que el suicidio es la cuarta
causa de mortalidad entre niños de 10 a 14 años, y la tercera en niños mayores
de 15. Incluso ha llegado a reportarse el suicidio de un niño de 7 años. Según
dos estudios suizos realizados en 2004 en niños de entre 11 y 15 años, y de
entre 16 y 20 años, aproximadamente el 8% de las niñas y el 3% de los niños
admitieron haber realizado un intento de suicidio al menos una vez en su vida.
La mayoría de estos estudios observan una tendencia creciente del suicidio
infantil y un incremento en los comportamientos de riesgo que antes solo era
atribuido a los adolescentes.
Causas de suicidio en niños y adolescentes
El fin de la infancia y el comienzo de la
adolescencia suelen ser períodos difíciles que presentan múltiples desafíos,
tales como cambios hormonales, mayores responsabilidades escolares o
laborales o relaciones personales turbulentas, entre otros, lo cual puede llevar
a tener pensamientos negativos.
Sin embargo, hablar de un único factor precipitante sería incorrecto. Aunque un
hecho significativo, tal como la pérdida de un ser querido, divorcio de los
padres, mudanzas, agresiones, etc., puedan empujar a un niño a suicidarse,
estos suelen ser la gota que colma el vaso. Es entonces preferible hablar de
múltiples causas y de circunstancias agravantes.
Factores personales
Los factores más frecuentemente señalados son psicológicos (depresión,
ansiedad, personalidad anti-social…) y comportamentales (agresividad, abuso
de alcohol o drogas).
Factores familiares
El entorno familiar también juega un importante papel si
no logra brindar al niño una atmósfera suficientemente segura durante todo su
crecimiento. El abandono, la negligencia, el abuso o la pérdida de parámetros
culturales (como en el caso de una reubicación forzada) y la falta de proyectos
de futuro, pueden fomentar tendencias suicidas. En general, el aislamiento
social o afectivo es una importante causa de suicidio.
Otros factores
También deben ser considerados otros factores que acontecen algunas veces
o que son específicos de un país en particular, como la ciber-dependencia
(adicción a videojuegos o internet), acoso en el colegio o violencia debido a la
orientación sexual o por pertenecer a una minoría.
Por ejemplo, en Japón, donde las autoridades no han logrado controlar este
fenómeno, el maltrato y el acoso escolar fueron responsables por 14 de los 40
suicidios que fueron reportados entre 1999 y 2005.
El caso de las minorías
La tasa de suicidio entre jóvenes en la comunidad india de Brasil, y de
aborígenes en Australia, por ejemplo, es cuatro veces más alta que la tasa
nacional de suicidios de esos países debido a la violencia física y psicológica,
así como a la discriminación social.
Prevención del suicidio infantil
Detectando actitudes suicidas
Detectar y comprender los signos antes de que los niños lleven a cabo sus
impulsos es importante a la hora de tomar las medidas necesarias para
prevenir un suicidio. Los padres y otras personas cercanas al niño deben
prestar atención a su comportamiento y a sus actividades de forma que sea
posible detectar signos que sugieran la presencia de depresión o pensamientos
suicidas.
A continuación observamos una lista de síntomas que podrían ser
preocupantes, especialmente si varios de ellos se manifiestan al mismo tiempo:
– Trastorno del sueño (dormir mucho o muy poco)
– Pérdida del apetito y/o peso
– Aislamiento
– Pérdida del interés en las actividades preferidas
– Absentismo escolar
– Agresividad física o psicológica
– Abuso de alcohol o drogas
– Falta de preocupación por la apariencia e higiene
– Correr riesgos innecesarios
– Interés por la muerte
– Envío de mensajes preocupantes por internet
– Malas notas o problemas escolares inusuales
– Dificultad para concentrarse
– Pensamientos negativos respecto de las propias cualidades y logros
Pasos a seguir
Lo más importante es la atención de los miembros de la familia y del
personal educativo , quienes deben apoyar al niño y no descuidar o
desacreditar sus sentimientos y problemas, especialmente si está atravesando
un período estresante o cambios profundos en su vida. Debe hacerse un
esfuerzo por eliminar gradualmente los pensamientos suicidas o
comportamientos destructivos.
Los miembros del personal educativo (maestros, médicos escolares) deberían
ser entrenados para detectar signos de alarma y responder ante ellos. Aquellos
padres que sospechan que su hijo tiene pensamientos suicidas pueden, en la
mayoría de los países, contactar líneas de ayuda y asesoramiento o consultar
sitios en internet. Los mismos niños pueden usar estos servicios si no
encuentran a nadie cercano a ellos con quien hablar acerca de sus conflictos.
Si los síntomas revelan una situación seria, es importante que el niño sea
asesorado por un médico para determinar si sufre problemas mentales o
comportamentales. Esto debería derivar en un tratamiento adecuado:
tratamiento psicológico o psiquiátrico, prescripción de medicación y, de ser
necesario, internación hospitalaria.
¿CÓMO DETECTAR UNA IDEACIÓN
SUICIDA EN ADOLESCENTES?
Según la OMS (Organización Mundial de la Salud), el suicidio es la
segunda causa de muerte entre adolescentes.
No todos/as los/as adolescentes llegan a tener una ideación suicida
pero si se da el caso, es bueno tener en cuenta determinadas
cuestiones. Y es por eso que queremos ayudar a los padres a identificar
determinados comportamientos o señales que puedan indicar que están
pasando por un momento difícil y pueden estar teniendo ideación suicida.
Queremos resaltar que no sólo por tener uno de estos
comportamientos hay que pensar que el/la adolescente está
teniendo ideación suicida, se tienen que dar un conjunto de
comportamientos no habituales en él/ella. Tales como:
Cambios de conducta y de carácter:
Aunque en el/la adolescentes los altibajos emocionales y del estado
de ánimo son normales, cuando hay una ideación suicida estos
cambios son mucho más llamativos y distintos a su forma de ser
habitual. Así mismo hay que estar atentos ante el consumo de drogas,
querer “cerrar temas”, hacer cartas de despedida…
Aislamiento social prolongado:
No hablamos aquí del “típico” aislamiento del/la adolescente buscando
la intimidad de su dormitorio como algo necesario y habitual en esta
etapa, sino del aislamiento en el que no sólo no quiere comunicarse
con vosotros, sus padres, sino que tampoco quiere hacerlo con su
grupo de iguales.
Tristeza:
Si vuestro/a hijo está más triste de lo normal, tiene una visión del
mundo o de sí mismo negativa y tiene una perspectiva muy pesimista
respecto a su futuro.
Problemas de rendimiento y absentismo:
Si está teniendo cambios significativos en cuanto a la concentración a
la hora de hacer sus tareas escolares y ha bajado su rendimiento o
habéis tenido conocimiento de que se salta clases.
Autolesiones o intentos previos de suicidio:
Si os habéis enterado o habéis visto que vuestro/a hijo/a se
autolesiona. Las autolesiones son comportamientos que emplean
algunos/as adolescentes con el fin de poder dar salida a un malestar
emocional que no saben cómo manejar. Los intentos previos también
deben tomarse en cuenta.
Si vuestro/a hijo/a se comporta de forma impulsiva
y/o agresiva en su forma de actuar:
Aunque, por regla general, los/as adolescentes tienden a la
impulsividad y no a la reflexión, cuanto más impulsivo/a sea un/a
adolescente en su conducta habitual, más posibilidades hay de este
tipo de planteamientos suicidas.
CONSEJOS PARA PREVENIR UNA
IDEACIÓN SUICIDA
Por tanto, y ante todo lo anteriormente expuesto, queremos aportaros
algunos consejos para actuar ante la ideación suicida de vuestro/a hijo/a
adolescente o para prevenirla:
Siempre hay que hacer caso y darle importancia si os
verbaliza o descubrís que vuestro/a hijo/a tiene una
ideación suicida:
Es muy importante que ante una ideación suicida o signos de que
pudiera haberla, no lo toméis a la ligera o penséis que “son cosas de
adolescentes y que ya se le pasará”, ni tampoco reprendáis, ni os
enfadéis puesto que su intención no es desafiar. Tener en cuenta que
en este tipo de problemas la detección precoz puede evitar graves
consecuencias.
Validar sus emociones:
Es necesario que dejéis que se exprese emocionalmente como
necesite y que vosotros le deis una respuesta empática y
comprensiva. No confrontar con la idea, ni minimizar la situación o el
sentimiento. Acompañarle, acogerle y contenerle en estos momentos
porque, aunque no lo exprese, necesita que le transmitáis seguridad.
Evitar momento de tensión familiar:
En estos momentos, vuestro/a hijo/a necesita poder estar en un
ambiente que le devuelva la estabilidad y tranquilidad que él mismo no
tiene. Intentar evitar peleas familiares o momentos de tensión que
puedan afianzarle la idea negativa del mundo que le rodea.
Tratar de comunicaros con vuestro/a hijo/a para
encontrar las causas de esa ideación:
Buscar momentos de tranquilidad para hablar con vuestro/a hijo/a
desde la serenidad y haciéndole ver que entendéis que está
pasándolo mal y que vais a estar ahí siempre que os necesite.
Prestadle atención pero no le interroguéis desde vuestra angustia.
Tener presente que detrás de una ideación suicida hay otro problema
que hay que solucionar.
Enseñarle la temporalidad de las situaciones:
Enseñarle que nada es para siempre y que los problemas tienen
solución pero que hay que buscarla en el lugar y la forma adecuados.
Si para ello, hay que pedir ayuda, no pasa nada. Es de personas
inteligentes pedir ayuda cuando se necesita.
Compartir los problemas nos ayuda a solucionarlos:
Los/as adolescentes tienden a pensar que lo que están viviendo no le
sucede a nadie más, que nadie les puede comprender y se aíslan.
Enseñarle que hablar de nuestros problemas nos aporta posibles
soluciones que nosotros no habríamos descubierto solos.
Si vuestro hijo pasa mucho tiempo “enganchado” a
las redes:
Es necesario que tratéis reducir el tiempo negociando con ella/el, no
prohibir. Tenéis que saber que estar en contacto con páginas en las
que aparecen chicos/as que han intentado el suicidio como manera de
solucionar problemas, es perjudicial y puede aumentar la probabilidad
de que lo haga.
Si está aislado socialmente de forma prologada:
Fomentar la práctica de aficiones saludables que puedan realizarse en
grupo (deporte, música, cine etc.). Cuando los/as hijos/as llegan a la
adolescencia, los padres pensamos que ya no nos necesitan tanto y
tendemos a dejar de “acercarnos” a ellos/as. Sin embargo, ellos/as
necesitan saberse queridos y aceptados por eso importa expresarles
que su compañía os agrada y proponerle hacer cosas en común. Esto
influirá en una sana autoestima.
Tratar que esté acompañado/a el mayor tiempo
posible:
Si habéis descubierto señales o comportamientos que indican
claramente una posible ideación suicida, tratar que vuestro/a hijo/a
esté acompañado y quitar de su alcance cualquier medio lesivo (objeto
punzante, medicamentos, etc.) y preservarle de situaciones en la que
pueda hacerse daño. Si es necesario, llame o acuda al servicio de
Emergencias.
Buscar ayuda psicológica:
Los padres no podemos hacer de psicólogos con nuestros hijos,
buscar ayuda profesional. Cuando las situaciones nos desbordan o no
sabemos cómo solucionarlas, hay que buscar ayuda experta. También
es bueno buscarla para vosotros como padres, porque es posible que
las emociones derivadas de las circunstancias os superen y os afecten
personalmente no dejando que veáis con claridad lo que está
sucediendo. De esta manera es difícil poder ayudar bien a vuestro
hijo/a.
PÍDENOS AYUDA SI LA
NECESITAS
Si a lo largo de todo este proceso, te surgen dudas sobre cómo actuar,
puedes comunicarte con nosotros.
Ayúdanos a que tu hijo/a conozca el Teléfono ANAR de Ayuda a Niños y
Adolescentes 900 20 20 10. Está atendido por psicólogos, apoyados por
trabajadores sociales y abogados. Atendemos las 24 horas, todos los
días del año. Es una línea segura: anónima, confidencial y gratuita.
Tú como adulto, también puedes encontrar asesoramiento psicológico,
social y jurídico en el Teléfono ANAR del Adulto y la Familia 600 50 51
52.
ENTREVISTAS ANAR
Diana Díaz, directora del Teléfono ANAR, nos cuenta las claves más
importantes a tener en cuenta ante las autolesiones y la
ideación suicida en adolesc
Cinco señales de alerta para
prevenir el suicidio infantil
El matoneo, la pérdida de un año escolar y la intolerancia al fracaso son
algunos de los motivos que conducen a los menores a cometer este acto.
Cinco señales de alerta para prevenir el suicidio infantil Foto: Creative Commons
Las noticias no dejan de hablar sobre el juego de la Ballena Azul que ya ha
cobrado la vida de varios menores de edad en Colombia. La dinámica,
compuesta por cincuenta retos, tiene como última fase el suicidio. Padres de
familia y la comunidad educativa se encuentran preocupados ante los alcances
de esta moda que afecta la salud emocional de los niños.
De acuerdo a un informe del área de Salud Mental de la Universidad de La
Sabana, la pérdida del año escolar, la baja autoestima, los sentimientos
excesivos de culpabilidad, el consumo de drogas, la intolerancia al fracaso y
ser víctima de acoso son las principales señales que alertan sobre una
tendencia suicida en niños y adolescentes.
El informe señala que el fracaso escolar es la causa de por lo menos el 5 % de
los casos de suicidio infantil. Al mismo tiempo, entre el 5 % y el 10 % de los
menores que son víctimas de matoneo han pensado en algún momento en
auto agredirse.
Lea: Cómo prevenir las consecuencias de la Ballena Azul
Para Yahira Guzmán, psiquiatra y jefe del área de Salud Mental de la
institución, el tema del suicidio con los niños se debe tratar, según la edad, de
forma abierta, espontánea y natural. No como algo positivo pero tampoco como
un tabú. “El suicidio se tiene que asumir como un evento que no debe ser
glorificado. Al hablar del tema los padres se deben respaldar con información
sólida sobre la prevención y los factores de riesgo, pero nunca de manera
explícita ni con detalles”, señala la experta.
Según cifras recientes de Medicina Legal, que fueron analizadas en el informe,
al 31 de marzo de 2017 se han suicidado 65 niños con edades entre los 5 y 17
años; de ellos un caso se presentó en menores de 5 a 9 años, 35 episodios en
chicos de 10 a 14 años y 29 eventos en adolescentes entre 15 y 17 años. De
esta cifra, 36 suicidios los han cometido hombres y los 29 restantes han sido
mujeres menores de edad.
Le puede interesar: "13 reasons why": ¿una apología al suicidio?
¿Cuáles son los factores de riesgo y que se pueden detectar a tiempo
para prevenir el suicidio infantil?
De acuerdo con el informe de la universidad y las recomendaciones de los
expertos, estos son los cinco factores de riesgo detectables para prevenir el
suicidio en los niños.
1. Fracaso escolar: No le exija ni presione al niño para que dé resultados
académicos que no puede dar. Antes que ser competitivos, los menores deben
ser felices en el colegio. Recuerde, perder un año es la causa de por lo menos
el 5 % de la ideación suicida.
2. Bullying: Los pequeños víctimas de matoneo están en riesgo de quitarse la
vida. Entre el 5 % y el 10% de los menores afectados por esta conducta
pueden llegar a presentar pensamientos suicidas.
3. Soledad y aislamiento: Permanecer solos en casa y sin acompañamiento,
hace sentir a los niños desatendidos y a pensar cosas que seguramente
acompañados no pensarían. Por ejemplo, hacerse daño o consultar contenido
inapropiado, sexualmente explícito o con mensajes suicidas en Internet.
4. Riesgo de imitación: Esta conducta es más frecuente en adolescentes y se
presenta cuando la persona se da cuenta o se entera que un amigo o
compañero tuvo una conducta suicida como: cortaduras en brazos, cuello o
piernas; o consumo mezclado de medicamentos o drogas que pueden ser
letales.
5. Cambios de comportamiento: No solo se trata que dejen de comer o de
dormir, o que les empiece a ir mal en el estudio; cualquier cambio del niño en la
forma de comer, dormir, vestir, actuar o si se pone más irritable de lo normal,
son signos de alarma que padres y cuidadores deben tener en cuenta.
Lea también: Así es el dramático mundo de los hipersensibles.
¿Cómo prevenir el suicidio en los niños?
De acuerdo a los expertos, estos son siete consejos para que los padres
hablen sobre el suicidio en casa con sus hijos.
1. Si se presenta un intento o acto suicida en los compañeros del niño, trate el
tema de manera abierta y natural. “¿Tú qué piensas?, ¿Qué opinas?, ¿Qué has
sabido?”: Son preguntas que deben hacerse sin rodeo.
2. No hable con ellos de suicidio solo porque vio una noticia en televisión, la
escuchó en la radio o la leyó en la prensa. La clave es tratar el tema desde las
causas y hacer un ejercicio con el menor para que comprenda las razones que
llevaron a su compañero a hacerse daño.
3. Tenga una buena comunicación con sus hijos. Esta es la clave para generar
confianza con el menor y que le cuente lo bueno y lo malo; nunca lo juzgue y
siempre muéstrele que de cada mala acción hay un aprendizaje. Recuerde,
nada es urgente ni para siempre.
4. Si se da cuenta que el niño intentó hacerse daño, no se alarme
exageradamente. No pregunte por el método que utilizó sino por las razones
que lo llevaron a tomar esta decisión.
5. Enséñele al menor a entender el fracaso como una oportunidad. Explíquele
que en la vida se pueden presentar pérdidas emocionales, económicas y
afectivas. Esto le permitirá fortalecer su carácter y le ayudará a entender que
para superar las pérdidas no es necesaria la auto agresión.
6. No menosprecie ni minimice las conductas autoagresivas sencillas. Cortarse
intencionalmente con hojas de papel o lesionarse con objetos cortopunzantes
como una cuchilla de afeitar, son un llamado de atención para entrar a discutir
el tema y saber qué está pasando.
7. No deje visiblemente medicamentos, venenos o fertilizantes que estén al
alcance de los niños.
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Tratamiento en la emergencia del paciente suicida
Heliane Bastos
Cita: Alcmeon, Revista Argentina de Clínica Neuropsiquiátrica, vol. 12, Nº 1, marzo de 2006, págs.
5 a 15. www.alcmeon.com.ar
El comportamiento suicida abarca los gestos suicidas, los intentos de suicidio
y el suicidio consumado. Los planes de suicidio y las acciones que tienen
pocas posibilidades de llevar a la muerte son llamados gestos suicidas. Las
acciones suicidas con intención de muerte pero que no logran su propósito se
llaman intentos de suicidio.
Según ha señalado la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio
constituye un problema de salud pública muy importante pero en gran medida
prevenible, que provoca casi la mitad de todas las muertes violentas y se
traduce en casi 1.000.000 de víctimas al año, además de unos costos
económicos valuados en miles de millones de dólares.
La OMS define el intento de suicidio como “un acto no habitual, con resultado
no letal, deliberadamente iniciado y realizado por el sujeto, para causarse auto
lesión o determinarla sin la intervención de otros, o también ocasionarla por
ingesta de medicamentos en dosis superior a la reconocida como
terapéutica”(1,2,3,4).
Epidemiología
En el mayor estudio realizado hasta la fecha en los Estados Unidos (llamado
ECA) sobre prevalencia de enfermedades psiquiátricas en la comunidad
general en 18.000 sujetos mayores de 18 años, 2,9% reportaron que habían
intentado suicidarse en algún momento de sus vidas. Todos ellos presentaban
alguna forma de patología psiquiátrica.
Globalmente, el suicidio representa el 1,4% de la carga mundial de
morbilidad. En 2001 los suicidios registrados en todo el mundo superaron la
cifra de muertes por homicidio (500 000) y por guerras (230 000). Se
encuentra entre las 10 primeras causas de muerte. El suicidio es la causa del
30 por ciento de las muertes entre los estudiantes universitarios y del 10 por
ciento de las muertes en personas entre 25 y 34 años. Es la segunda causa de
muerte entre los adolescentes. Durante 2003 en la República Argentina se
suicidaron 818 adolescentes y jóvenes de entre 15 y 24 años (con una
proporción de 3,6 varones por cada mujer); eso significa una tasa de 19,6
varones adolescentes y jóvenes que mueren por suicidio por cada 100.000
habitantes varones de la misma edad (superando por más de 5 puntos por cien
mil la tasa de varones de todas las edades, que es de 15,1 por cien mil) (Tabla
1).
Tabla 1
Las tasas de suicidio son mayores en las áreas urbanas que en las rurales (1,2,4).
La tasa de suicidio es mas alta en el sexo masculino y presenta una gran
variación (Tabla 2) y parece influir en parte el contexto cultural. La razón es
relativamente baja en zonas de Asia (por ejemplo, 1,0:1 en China, 1,6:1 en
Filipinas, 1,5:1 en Singapur), alta en varios países de la antigua Unión
Soviética (6,7:1 en Belarús, 6,2:1 en Lituania) y muy alta en Chile (8,1:1) y
Puerto Rico (10,4:1).
En promedio, parece que hay cerca de tres suicidios masculinos por cada
suicidio femenino y esto es más o menos constante en diferentes grupos de
edad, con la excepción de la vejez avanzada, cuando los hombres tienden a
presentar tasas aun más altas. En términos generales, la diferencia entre los
sexos en cuanto a las tasas de suicidio en los países asiáticos es más reducida
que en otros sitios del mundo.
Las diferencias a menudo grandes de las tasas entre los países y según el sexo
muestran cuán importante es que cada país vigile sus tendencias
epidemiológicas para determinar qué grupos de población corren un riesgo
mayor de suicidio(5).
La prevalencia del suicidio entre los caucásicos es aproximadamente el doble
de la observada en otras razas, si bien recientemente en los Estados Unidos se
ha informado una tasa más alta en los afro estadounidenses. Esta modalidad
de una prevalencia más elevada en los caucásicos también se ha comunicado
en Sudáfrica y Zimbabwe. Las excepciones a la tasa generalmente superior en
los caucásicos se encuentran en las antiguas repúblicas soviéticas de Armenia,
Azerbaiyán y Georgia0111(6,7).
El hecho de pertenecer al mismo grupo étnico parece asociarse con tasas
similares de suicidio, como sucede en el interesante ejemplo que ofrecen
Estonia, Finlandia y Hungría, países que tienen todos tasas muy altas, a pesar
de que Hungría está geográficamente muy distante de Estonia y Finlandia. Por
el contrario, grupos étnicos diferentes, aunque vivan en el mismo lugar,
pueden tener tasas muy disímiles de suicidio. En Singapur, por ejemplo, los
chinos y los indios tienen tasas mucho más altas que los malayos (8).
Las tasas de suicidio son con frecuencia más elevadas en los grupos indígenas,
por ejemplo, en algunos de estos grupos de Australia, China (Provincia de
Taiwán) y Canadá y Estados Unidos(9,10,11).
Sin embargo, más del 70 por ciento de las personas que se suicidan son
mayores de 40 años y la frecuencia aumenta dramáticamente en los mayores
de 60 años, sobre todo en los varones.
En contraste, los intentos de suicidio son más frecuentes antes de llegar a la
mediana edad. Son particularmente frecuentes entre las adolescentes solteras y
entre los solteros alrededor de los 30 años. Aunque las mujeres intentan
suicidarse con una frecuencia tres veces mayor que los hombres, éstos
consuman el suicidio en una proporción cuatro veces mayor que ellas.
Se estima que existe una proporción de 8:1 entre los intentos y las muertes por
suicidio, aunque existen amplias diferencias según edad y género.
De aquellos que intentaron el suicidio y fallaron, una tercera parte tuvieron
otro intento en el curso del año siguiente(1,2,3,4).
El comportamiento suicida
El comportamiento suicida viene determinado por un gran número de causas
complejas, tales como la pobreza, el desempleo, la pérdida de seres queridos,
una discusión, la ruptura de relaciones y problemas jurídicos o laborales. Los
antecedentes familiares de suicidio, así como el abuso de alcohol y
estupefacientes, y los maltratos en la infancia, el aislamiento social y
determinados trastornos mentales, como la depresión y la esquizofrenia,
también tienen gran influencia en numerosos suicidios. Las enfermedades
orgánicas y el dolor discapacitante también pueden incrementar el riesgo de
suicidio (Tabla 3)(1,2,4).
El suicidio es a menudo el acto final de una serie de comportamientos
autodestructivos. El comportamiento autodestructivo es especialmente
frecuente entre las personas con experiencias traumáticas en su niñez,
especialmente las que padecieron abusos o negligencia o el sufrimiento de un
hogar monoparental, quizás porque éstas son más propensas a tener mayores
dificultades en establecer relaciones profundas y seguras. Los intentos de
suicidio son más probables entre mujeres maltratadas, muchas de las cuales
también sufrieron abusos de niñas.
El alcohol incrementa el riesgo de conducta suicida porque agrava los
sentimientos depresivos y disminuye el autocontrol. Alrededor de la mitad de
los que intentan el suicidio están intoxicados en el momento de hacerlo.
Puesto que el alcoholismo por sí mismo, particularmente si hay ingestión
exagerada de forma aguda, causa a menudo sentimientos profundos de
remordimiento en los periodos entre una ingestión y otra, los alcohólicos son
particularmente propensos al suicidio incluso cuando están sobrios.
La autoagresión violenta puede ocurrir durante un cambio de humor hacia una
depresión profunda pero transitoria. Los cambios de humor pueden estar
causados por fármacos o por enfermedades graves.
Una persona que está experimentando un cambio de su humor hacia la
depresión es, con frecuencia, consciente sólo de modo parcial, y
probablemente después, recuerde sólo vagamente su intento de suicidio. Los
que padecen epilepsia, especialmente aquellos con epilepsia del lóbulo
temporal, con frecuencia experimentan episodios depresivos breves pero
intensos lo que, unido a la disponibilidad de fármacos para tratar su
enfermedad, incrementa el factor de riesgo para la conducta suicida.
Además de la depresión, existen otros trastornos mentales que aumentan el
riesgo de suicidio. Los esquizofrénicos, por ejemplo, frecuentemente sufren de
depresión y son más propensos a intentar el suicidio que aquellos que no
tienen dicho trastorno. Los métodos de suicidio que eligen los esquizofrénicos
pueden ser insólitos y con frecuencia violentos. En la esquizofrenia los
intentos de suicidio acaban generalmente en la muerte. El suicidio puede
ocurrir en las primeras fases de la enfermedad y puede ser la primera
indicación clara de que la persona padecía esquizofrenia (12,13).
Cuando la idea de culpa es agobiante, la expiación necesaria se traduce en
suicidio. Poldinger, luego de una profunda observación del suicida dice que el
80% de los individuos que culminaron en suicidio, ya lo habían anunciado,
que el 50% de los suicidas había consultado al médico el mes anterior y que el
25% de los suicidas había hecho la consulta una semana antes.
Freedman-Kaplan-Sadock mencionan la diferencia de su ocurrencia en las
depresiones reactivas moderadas, de nivel neurótico y las más profundas de
categoría psicótica. En estas últimas, evidentemente el riesgo es mucho
mayor.
En aquellos cuadros depresivos asociados a una manifiesta histeria, en pleno
período de estado, hay anuncios e intentos suicidas. Pero, hay casi siempre
“anuncios más o menos melodramáticos”. El hecho suele producirse,
efectivamente, ante un auditorio. Por lo general, el recurso no es idóneo para
lograr la muerte. El enfermo no se arroja al vacío, ni se dispara un tiro, ni
piensa en tirarse a las vías. Elige el corte en el antebrazo, toma fármacos
comunes, etcétera. El objeto es llamar la atención, con alto contenido
histriónico, y consecutivo a situaciones conflictivas explosivas. Es un intento
“utilitario” en el sentido de conseguir algún objetivo en el entorno.
En cambio los intentos suicidas del deprimido severo, suelen planearse,
generalmente en cierto secreto y el cuidado que pone en su ejecución hace que
casi siempre culmine en muerte. En su comienzo, el sujeto suele manifestar a
quienes le rodean que “es mejor terminar con todo, así no se puede vivir, esto
no tiene arreglo, es mejor desaparecer”. Es decir explicita su idea
autodestructiva. Pero hasta aquí hay ambivalencia: se piensa en el suicidio,
pero se resiste a la idea.
Sin embargo, el riesgo aumenta, cuando el individuo parece tranquilizarse,
cesa la ambivalencia, desaparece la disyuntiva y la lucha interior;
generalmente la resolución ha sido tomada y ahora se elabora la ejecución del
acto.
La resolución suicida es, esencialmente un elemento de la esfera afectiva. Por
lo tanto, el nivel cultural del sujeto, las apelaciones a su alta capacidad de
razonamiento, no tienen sentido. Tampoco debe confiarse, en absoluto, en que
la psicoterapia, en esa situación, pueda brindar resultados y en todo caso,
implica un riesgo tan alto que no puede ser asumido. La idea suicida no es un
razonamiento, sino un sentimiento(12,13,14).
Tratamiento en la emergencia
Asegurar la supervivencia y prevenir
El punto inicial del tratamiento es asegurar la supervivencia del paciente. El
segundo es la prevención de nuevos intentos, inmediatos o a largo plazo.
La familia y el suicida
Además es muy importante convencer a la familia del riesgo suicida, el cual,
frecuentemente, no es percibido en su real importancia. A veces, la familia
reacciona con frases como “El suicidarse, no, él no haría eso... No, son
palabras, lo que pasa es que está un poco triste, nada más... Ya lo dijo otras
veces y nunca hizo nada... No, no tendría valor... No lo creo, es muy religioso
y quiere mucho a su familia... etcétera”. Y, después, las consabidas
invocaciones a su voluntad, “le decimos que ponga voluntad, que se ayude,
que debe pensar en otra cosa, que salga, que se distraiga...” “yo le digo que no
puede estar así...” Esto, revela, por parte de los allegados, una resistencia
inconsciente a aceptar la idea de suicidio y también, a veces, en aceptar alguna
responsabilidad propia frente al tema(14,15,16,17,18).
En ocasiones, algún familiar, o la familia toda, hace su oculto y sutil mensaje
incitante al suicidio: la desvalorización, la crítica despiadada, las quejas en
cuanto a que “así no se puede vivir...” y la implícita o a veces explícita
asignación de responsabilidades o culpas, agravan y ayudan a la
determinación(19,20,21,22,23).
Suele existir un personaje omnipotente en la familia que insiste en
hipervalorar el vínculo, piensa que mientras más cercano debe ser más
efectivo, o la actitud alegre y euforizante de alguien que cree que contagiará al
enfermo de ese estado de ánimo. Todas estas son fantasías, basadas por fin en
una sobrevaloración de las posibilidades personales de los integrantes del
entorno. En algún caso, se inicia una especie de competencia, para ver quién
anima más al enfermo(4,13,14,23).
Es de primordial importancia conversar con la familia y se debería tratar, de
detectar a la, o a las personas más responsables y confiables para el apoyo del
enfermo(13,14,23).
Control inmediato de la ansiedad y los impulsos
Como la etiología más frecuente del intento de suicidio son los estados
depresivos en general, sus síntomas suelen ser los más evidentes.
Desde el punto de vista farmacológico el control de los mismos suele aparecer
entre dos y tres semanas después de iniciado el antidepresivo. Por lo tanto, la
inmediata prescripción de antidepresivos no tiene efecto práctico para el
momento en el cual se deben tomar determinaciones.
La ansiedad y el insomnio tienen efectos altamente negativos sobre el control
de impulsos y sobre la determinación suicida en particular.
La intervención farmacológica más importante en urgencias es el control de
estos dos síntomas y la elección del tipo de medicamento depende de las
características de impulsividad del paciente.
En caso de historia de pobre control de impulsos, donde el individuo
manifiesta dificultad en posponer la satisfacción de necesidades y deseos
urgentes y en controlar los efectos a que ellos pueden dar lugar
(comportamiento impulsivo, generalizado de palabra y obra) y donde los
deseos y necesidades son de carácter compulsivo y tienen que ser efectuados
inmediatamente con poca o ninguna consideración hacia las consecuencias,
las benzodiacepinas pueden incrementar dicha impulsividad.
En tal sentido, se debe elegir un antipsicótico atípico a dosis muy bajas:
clozapina 6,25-25mg por día, risperidona 0,25-1mg por día, u olanzapina
1,25-5 mg por día. Tanto la clozapina como la olanzapina pueden inducir
somnolencia, efecto secundario que debe tenerse en cuenta para así prescribir
el total o la mayoría de la dosis a la hora de dormir.
En el resto de los pacientes deben utilizarse benzodiacepinas de alta potencia,
como el alprazolam o lorazepam. Las variaciones individuales en la respuesta
son muy amplias y la dosificación debe tener en cuenta la respuesta inicial,
valorada a las dos horas de administrada por vez primera.
La internación
Una vez controlada la ansiedad, se plantea el problema de la continuidad del
tratamiento, ya que éste debe seguirse en forma ambulatoria. Es prudente
iniciarlo por medio de una hospitalización general breve (24-48 horas) (20,21,22).
En el caso de excelente respuesta a la sedación, con un ambiente familiar
estructurado y responsable, una patología psiquiátrica leve y una historia de
buen control de impulsos, donde el paciente puede expresar y manejar afectos
urgentes, deseos y necesidades de manera adaptativa, puede lograr un balance
basado en la realidad entre deseos y necesidades por una parte y la
posibilidades y limitaciones del ambiente por otra y además puede
experimentar conscientemente sensaciones fuertes, deseos y necesidades, sin
permitir que se expresen en la acción, en estos casos, el paciente podrá
continuar su tratamiento ambulatoriamente (14,15,16,17,18,19,25,27).
Si algunos de esos puntos no se cumplen, es prudente optar por una
hospitalización breve que garantice control adecuado tanto del sueño como del
control de la ansiedad, y que permita un tiempo para que algunas
circunstancias ambientales puedan ser reflexionadas y en consecuencia
controladas por el paciente.
Si la patología psiquiátrica es evidente, o si el intento de suicidio ocurrió bajo
efecto de tóxicos y existe historia de uso frecuente, abuso o adicción, el
tratamiento debe hacerse en clínica u hospital especializado, pues las
posibilidades de recurrencia son altas.
El circuito de la serotonina
Se ha examinado la eficacia de la farmacoterapia para modificar los procesos
neurobiológicos que son la base de ciertos trastornos psiquiátricos, incluidos
los que están relacionados con el comportamiento suicida, por ejemplo,
señalaron que la paroxetina quizá sea eficaz para reducir el comportamiento
suicida. La razón de la elección de la paroxetina fue que el comportamiento
suicida se ha asociado con una disminución de la función de la serotonina.
Se sabe que la paroxetina es un inhibidor selectivo de la recaptación de la
serotonina (ISRS) y que, como tal, aumenta la disponibilidad de serotonina
para la transmisión neural de señales. En un estudio de doble ciego efectuado
durante un año, se compararon los efectos de la paroxetina y un placebo
administrados a pacientes que tenían antecedentes de tentativas de suicidio y
habían intentado suicidarse recientemente. Estos pacientes no habían padecido
depresión grave, pero la mayoría presentaba un “trastorno de la personalidad
del grupo B” (que incluye los trastornos de la personalidad antisocial,
narcisista, limítrofe e histriónica). Los resultados indicaron que el
mejoramiento de la función de la serotonina con un ISRS, en este caso la
paroxetina, puede reducir el comportamiento suicida en los pacientes con
antecedentes de intentos de suicidio, pero no en los que sufren depresión
grave(3,13,25,27).
La contraindicación de la psicoterapia profunda
La psicoterapia profunda en el caso de una situación álgida (riesgo de
suicidio, ansiedad, componente psicótico, etcétera) no tiene cabida. Más aún,
insistimos en que la exploración del inconsciente y la psicoterapia
introspectiva están contraindicadas formalmente. El análisis de motivaciones
inconscientes puede producir en el paciente desasosiego y angustia al
descubrir elementos negativos de su historia vital, agranda el cuadro. No es
este el momento, en el cual, más adelante, ya mejorado el paciente, podrá ser
considerado ese tratamiento (Freedman-Kaplan-Sadock, ob. cit. pág. 1176)
(Vidal - Bleichmar - Usandivaras, ob. cit. pág. 143).
La aproximación psicoterápica, en ese momento álgido, debe ser de apoyo, y
así debe continuar hasta cesado el cuadro.
Sin embargo, se debe insistir en luchar contra las ideas de culpa, ruina,
indignidad, pesimismo. Es preciso desvalorizar estos sentimientos, quitarles
vigor, minimizándolos. Presentar su porvenir aceptable es imprescindible (14).
TEC
El electroshock fue la primera terapia realmente efectiva para la depresión y
para otras enfermedades. Según Cerletti este tratamiento es de elección en las
tendencias suicidas.
En la depresión psicótica grave es también está indicado. También
corresponde en el estupor depresivo, negativismo, y en los casos de fracaso de
la medicación antidepresiva.
Además el tratamiento está especialmente indicado en pacientes con
hipertensión, enfermedad cardiaca, mal estado general, daño hepático,
etcétera.
Este tratamiento ha sido objeto de un descrédito muy difundido, presentándolo
como algo muy semejante a una agresión sádica al individuo, o como un
castigo, o como procedimiento arcaico.
En ciertos casos valdría la pena aceptar que esta terapia reviste menores
riesgos que impregnar masivamente de ciertos fármacos (que tienen siempre
formas de intolerancia) durante un tiempo de 45-60 días, que efectuar
electroshock, como queda dicho, de tan reducidas secuelas. La más común de
éstas, la hipomnesia, desaparece a los 60- 90 días de finalizado el tratamiento.
Recordemos que, como dice Freedman-Kaplan-Sadock (ob. cit.) este
tratamiento mejora o cura el episodio depresivo en más de un 80% de los
cuadros y que, alrededor del 50% de los pacientes que no mejoraron con el
tratamiento farmacológico, resulta beneficiado (14).
Psicoterapia a corto plazo
En las intervenciones conductuales, un trabajador de salud mental realiza
sesiones de terapia con el paciente para analizar el comportamiento y los
pensamientos suicidas anteriores y actuales y, mediante la indagación, trata de
establecer conexiones con posibles factores subyacentes. Los resultados
iniciales en cuanto a la eficacia de este tipo de tratamiento son prometedores,
pero todavía no hay ninguna respuesta concluyente.
Un estudio efectuado en Oxford examinó a pacientes de 16 a 65 años de edad,
en alto riesgo de múltiples intentos de suicidio, que habían sido asistidos en
una unidad de urgencias después de ingerir una sobredosis de medicamentos
antidepresivos. Los pacientes recibieron el tratamiento ordinario para los
intentos de suicidio o el tratamiento ordinario junto con una intervención
breve “orientada al problema”, una forma de psicoterapia a corto plazo que se
concentró en el problema identificado como el más perturbador para el
paciente. El estudio encontró un beneficio significativo para el grupo
experimental (los que recibían la intervención junto con el tratamiento
ordinario) seis meses después del tratamiento, en cuanto a una disminución de
las tasas de intentos repetidos de suicidio. Lamentablemente, esta diferencia
ya no fue significativa cuando se reevaluó a los sujetos después de 18 meses.
Un estudio realizado en los Estados Unidos examinó la eficacia de la terapia
conductual dialéctica con pacientes que presentaban trastornos de la
personalidad limítrofe, disfunciones conductuales múltiples, trastornos
mentales importantes y antecedentes de múltiples intentos de suicidio. La
terapia conductual dialéctica es un tratamiento concebido para los pacientes
crónicamente suicidas, que usa el análisis de comportamientos y una
estrategia de solución de problemas. Durante el primer año posterior al
tratamiento, los pacientes que recibieron la terapia hicieron menos intentos de
suicidio que los que habían recibido el tratamiento ordinario.
Otra investigación efectuada en los Estados Unidos que adoptó un enfoque de
terapia conductual examinó a pacientes con antecedentes de intentos de
suicidio. El objetivo era ver si mostraban un “déficit en el pensamiento futuro
positivo”, es decir, si carecían de esperanzas y expectativas para el futuro. Si
era así, el estudio procuró establecer si tal déficit podría modificarse mediante
una intervención psicológica breve conocida como “terapia conductual
cognoscitiva con la ayuda de un manual” (TCCM). En esta intervención, el
problema se soluciona con la orientación de un manual, con el fin de
estandarizar el tratamiento. Se asignó aleatoriamente a los pacientes la TCCM
o el tratamiento ordinario para los intentos de suicidio y se volvió a evaluar a
los pacientes después de seis meses. El estudio encontró que los pacientes con
antecedentes de intentos de suicidio mostraban menos esperanzas y menos
expectativas positivas para el futuro que el grupo de testigos pareados de la
comunidad. Después de la intervención de TCCM, sus expectativas mejoraron
significativamente, mientras que los que recibieron el tratamiento ordinario
solo presentaron una mejora marginal(1,2,25,26).
Se deben realizar más investigaciones que examinen la contribución relativa
de los factores psicosociales y biológicos en el comportamiento suicida. Un
mayor acoplamiento de los dos tipos de factores en los programas de
investigación permitiría lograr importantes adelantos en el conocimiento
actual del suicidio. Un campo particularmente prometedor es la investigación
en rápida expansión de la genética molecular, donde, entre otras cosas, hay
ahora mayor conocimiento acerca del control del metabolismo de la
serotonina(25,26,28).
Conclusiones
Es importante reconocer que el suicidio se puede evitar y que el hecho de
tener acceso a los medios necesarios para suicidarse es tanto un factor de
riesgo relevante como un determinante del suicidio. Por lo tanto cualquier acto
o amenaza suicidas deben ser tomados en serio. El 20 por ciento de las
personas que intentan suicidarse repite el intento en el plazo de un año. Todas
las personas que realizan gestos suicidas o que intentan suicidarse necesitan
ser tratadas. Cerca del 10 por ciento de todos los intentos de suicidio resultan
mortales.
Aunque a veces un suicidio consumado o un intento de suicidio se presenta
como algo totalmente sorpresivo o chocante, incluso para los familiares
cercanos, los amigos y los compañeros, generalmente existen signos
premonitorios. En general, los que se suicidan están deprimidos y por ende el
paso práctico más importante para prevenir el suicidio es diagnosticar y tratar
correctamente la depresión. Sin embargo, el riesgo de suicidio se incrementa
cerca del comienzo del tratamiento de la depresión, cuando la persona se
vuelve más activa y decidida pero aún sigue deprimida.
Un buen cuidado psiquiátrico y social después de un intento de suicidio es el
mejor modo de prevenir nuevos intentos de suicidio.
Como muchas personas que se suicidan ya habían previamente intentado
hacerlo, se debe realizar un asesoramiento psiquiátrico inmediatamente
después del intento. El medico debe tratar de identificar los problemas que
contribuyeron al acto y planear un tratamiento apropiado, manifestando una
empatía que exprese serenidad y que tienda permanentemente a mantener un
clima de respeto explícito, lo que implica no emitir juicios apresurados con
respecto a la conducta del paciente.
Hay que llevar a cabo más investigaciones clínicas sobre la función causal de
las afecciones coexistentes, por ejemplo la interacción entre la depresión y el
abuso del alcohol. También debe haber mayor énfasis en los subgrupos de la
población según la edad (ya que el suicidio en las personas de edad tiene
características diferentes del suicidio en los jóvenes), la personalidad y el
temperamento. La obtención de imágenes cerebrales es otro campo que
requiere más esfuerzos de investigación. Debería haber más investigaciones
sobre la función de la hostilidad, la agresión y la impulsividad en el
comportamiento suicida.
Se necesita una inversión importante tanto en la investigación como en las
actividades preventivas. Aunque los estudios a corto plazo contribuyen a una
mejor comprensión de por qué ocurre el suicidio y qué se puede hacer para
prevenirlo, son necesarios estudios longitudinales para conocer plenamente la
función de los factores biológicos, psicosociales y ambientales en el suicidio.
También se requieren evaluaciones rigurosas y a largo plazo de las
intervenciones. Hasta la fecha, la mayoría de los proyectos han sido de corta
duración, con poca o ninguna evaluación.
Finalmente, las actividades de prevención del suicidio serán ineficaces si no se
establecen en el marco de planes a gran escala elaborados por equipos
multidisciplinarios que incluyan a funcionarios del gobierno, planificadores y
trabajadores de la atención de salud e investigadores y profesionales de
diversas disciplinas y sectores. Las inversiones importantes en la
planificación, los recursos y la colaboración entre estos grupos contribuirán a
reducir este trascendente problema de salud pública.
Bibliografía
1.- Montoya B, Ivan D. Epidemiología del Suicidio. En Boletín Epidemiológico de Antioquia.
Dirección Seccional de Salud de Antioquia. 1996: 253-60.
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12.- Pies RD. Clinical manual of psychiatric diagnosis and treatment: A biopsychosocial
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13.- Stahl SM. Psicofarmacologia: Bases neurocientíficas e aplicações clínicas. Rio de Janeiro
(RJ): Medsi; 1998.
14.- Kaplan, Harold y Sadock, Benjamin. Manual de Psiquiatría de Urgencias, Editorial Médica
Panamericana, 199
Se quiere suicidar, ¿Qué puedo hacer?.
Recomendaciones contra el suicidio para
familiares y amigos
El suicidio tiene una connotación distinta para el que lo ejerce y el familiar. Es
fundamental conocer cómo piensa la persona que llega a atentar contra sí mismo,
y facilitar algunas pautas de prevención para los familiares y amigos.
El suicidio aparentemente se nos presenta como una solución permanente ante
un intenso dolor emocional, mental o físico para quien lo ejerce, por ello será
importante hacerles entender que la desesperanza,el dolor y el vacío son
estados temporales, no permanentes. Terminan pasando.
El suicidio puede ser el resultado de un acto impulsivo repentino o de una
planificación muy cuidadosa. La mayoría de las personas que piensan en
suicidarse realmente no quiere morir,lo que desea es liberarse del sufrimiento.
Tendremos por tanto que encontrar otras maneras de resolver esos sentimientos.
El apoyo de la familia y/o los amigos, los tratamientos farmacológicos y la
psicoterapia ayudarán a evitar el intento de suicidio.
Recomendaciones para los familiares:
Preguntar y escuchar a nuestro familiar , hablar directamente sobre la
idea del suicidio. Esto aliviará su tensión. Es muy importante que actuemos con
respeto, lo que le indicará que nos preocupa y que deseamos ayudarle. Pese al
malestar tan grande que esta idea produce al familiar, es recomendable no
discutir y mucho menos minimizar estas ideas.
Tomarlo en serio. La mayor parte de las personas que han intentado
suicidarse, previamente expresaron su intención. Esto nunca debe ser
considerado como un chantaje o manipulación.
Atentos a las señales de alerta. El suicidio y/o sus intentos, en muchas
ocasiones, se puede prevenir y muy importante que aprendamos a detectar las
señales que nos advierte de ello, las llamadas señales de alerta
Señales de alerta
La aparición de alguna de estas señales puede indicarnos que alguien está
pensando en acabar con su vida, pero el hecho de que en ocasiones estas
señales no aparezcan, no indica que no pueda darse el intento.
Señales de alerta verbales:
Comentarios negativos sobre su futuro: “No valgo para nada”, “Esta vida
es un asco”, “
Comentarios negativos sobre sí mismo o sobre su vida:“Lo mío no tiene
solución”,
Comentarios relacionados con el acto suicida o la muerte, ha
manifestado que se quiere suicidar:“No deseo seguir viviendo “No merece la
pena seguir viviendo”,
Despedidas verbales o escritas.:“Siempre te querré”.
Señales de alerta no verbales
Cambio significativo en la conducta respecto a la mantenida
anteriormente
Aparición de heridas recientes en alguna de parte del cuerpo.
Regalar objetos muy personales, preciados y queridos.
Cerrar asuntos pendientes.
Preparación de documentos para cuando uno no esté (p.e. testamento,
seguro de vida, etc.).
¿Qué hacer ante una situación de riesgo?
Teléfonos de emergencia
Llamar a los Servicios de Emergencias Médicas a través del 112 (SAMUR,
SUMMA).
Acudir a Urgencias del Hospital más cercano.
En caso que reciba tratamiento psiquiátrico, ponerse en contacto inmediato
con su especialista de referencia.
Informar a las personas más cercanas de la situación que está atravesando
su familiar y de la importancia de darle apoyo.
Vigilar posibles herramientas para cometer el suicidio
Retirar de su entorno todo tipo de material que pueda ser usado para este
fin.
Si ha fracasado en un intento y vuelve a intentarlo, puede que utilice un
método más letal al previamente usado.
La precipitación es el segundo método de suicidio más frecuente en España
en el medio urbano, y en el medio rural, el ahorcamiento, por ello es
recomendable mantener especial atención si se vive en un domicilio alto.
Si se está tomando medicación, mantener un control sistemático en el
acceso a lo fármacos. Nunca deberá tomar más medicación que la pautada
por su médico.
No dejarle solo
Si se mantiene contacto con amigos y familiares, puede desahogarse y
expresar su malestar, y ellos devolverle una visión más realista y optimista de la
situación.
Esta forma de comprensión y cuidado será fundamental ya que los amigos
pueden llegar donde muchas veces los familiares no alcanzan. Pedid su
colaboración
Acompañar a vuestro familiar, siendo cariñosos, sin ser invasivos, transmitir
esperanza e ilusión por el futuro, ayudar a relativizar las cosas.
Hablar
No juzgarle. No reprocharle su manera de pensar o actuar.
Tomar las amenazas en serio, no criticar, no discutir, no utilizar
sarcasmos, ni desafíos. Minimizar sus ideas es una actitud equivocada.
No entrar en pánico.
Adoptar una disposición de escucha auténtica y reflexiva.
Comprender que, por muy extraña que parezca la situación, nuestro
familiar está atravesando por un momento muy difícil en su vida.
Emplear términos y frases amables y mantener una conducta de respeto
Hablar de su idea de cometer suicidio abiertamente y sin temor
Conocer los motivos que le llevan a querer acabar con su vida y barajar
alternativas para solucionarlo o brindar apoyo emocional si ya no tiene
solución.
Estar atento a las señales de alarma.
Cuidarnos a nosotros mismos
No podemos dejar a un lado el cuidado o autocuidado de la familia. Debemos ser
conscientes de que es posible que no podamos controlar a nuestro familiar
todo el tiempo, asumir que tenemos limitaciones.
En caso necesario, los familiares y el entorno de la persona con riesgo suicida
también deben solicitar ayuda.
Os animo a usar este espacio como desahogo, tanto si eres una persona que se
haya plateado el suicidio como si eres un familiar que ha sufrido esta situación. En
ambos casos vuestra aportación podría ayudar a muchos lectores que fueran
a dar con esta página.
Guía para Trabajar el Suicidio en Terapia si
eres profesional de la PsicologíaTiempo de
Lectura: 10 minutos
PUBLICADO EN 23 SEPTIEMBRE, 2017 POR JON ASENSI
23
Sep
Contenidos
Clasificaciones del Suicidio
Los 4 Tipos de Suicidio según Durkheim
Las 3 Tipologías Básicas de Suicidio según el Ministerio de Salud
Las 3 categorías del Suicidio según el programa SUPRE de la OMS
Los 2 Tipos de Derivación según las características del Sujeto
Primeras medidas en terapia
¿Cómo afrontar el suicidio en terapia?
Qué hacer y qué no hacer en terapia
Qué, Cómo y Cuándo preguntar
Técnicas para el Tratamiento de la Conducta Suicida
Asumir que puedes fallar
Lectura Recomendada
¿Te gustaría saber cómo tratar el suicidio en terapia? ¿Quieres
conocer las técnicas más eficaces para el tratamiento de la
conducta suicida? Con esta guía podrás conocer las claves
fundamentales del tratamiento psicológico de la conducta
suicida, así como datos y estadísticas sobre el suicidio en
España, las diferentes clasificaciones del suicidio que existen y
sobre todo, sabrás qué hacer y qué no hacer a la hora de tratar
el suicidio en terapia.
Última Actualización: 6 de Septiembre de 2017
Este artículo está escrito por el psicólogo Jon Asensi.
El suicidio en nuestra sociedad es una realidad incómoda, algo tabú
de lo que uno se avergüenza. En nuestra profesión de
psicólogos, el suicidio es una realidad a la que nos vamos a
tener que enfrentar tarde o temprano y no nos podemos permitir
el lujo de no tener las habilidades y los conocimientos apropiados
llegado el momento.
En este artículo, mi intención es ofrecerte datos realistas sobre el
suicidio y exponer las habilidades más útiles e interesantes para
poder hacer frente a esta problemática a un nivel profesional.
Si nos atenemos a los datos más recientes, en España se
suicidan, cada año, unas 4000 personas (siempre aproximado,
teniendo en cuenta la dificultad de la recogida de datos sobre ésta
temática), cifra que se sitúa por encima de las muertes en
accidentes de tráfico. Estos datos ya son de por sí alarmantes, pero
los casos que nosotros vamos a ver en terapia no son “suicidas”,
si no “Gente que se quiere suicidar”, que es algo más difícil de
estimar, aunque los datos indican que son 10 o 20 veces más que
aquellos que se consiguen suicidar.
Descarga aquí la infografía sobre el suicidio de la OMS
Para empezar a diferenciar, el “suicida” es aquella persona que ya
ha puesto fin a su vida, mientras que “aquellos que tienen intención
suicida” no lo han hecho pero están empezando a elaborar planes e
ideas para llevarlo a cabo.
Esta diferenciación es importante a nivel terapéutico ya que la
carga emocional negativa de la palabra “suicida” es tremenda como
para que una persona la tenga que soportar (como he mencionado
al principio, es incluso vergonzosa).
Por una cuestión de comodidad gramatical, en este artículo
voy a llamarlos “suicidas” a pesar de que dejaré al margen
de las estadísticas de tratamientos de terapia, por razones
bastante obvias, al grupo que ya ha puesto fin a su vida.
Clasificaciones del Suicidio
Para continuar con la diferenciación, podemos hablar de distintos
tipos de suicidas y de distintas clasificaciones según la
aproximación que elijamos.
Los 4 Tipos de Suicidio según Durkheim
En los años 60, el sociólogo Emile Durkheim estableció una
clasificación de los suicidios basándose en las razones por las que
se suicidaban, siempre desde una perspectiva de la sociedad (como
buen sociólogo que era) habló de 4 tipos de suicidios:
1. Suicidio altruista
El sujeto se suicida en pro de la sociedad, por ejemplo, creer que es
una carga para los demás o que ya ha cumplido su misión en la
sociedad.
2. Suicidio Egoísta
El sujeto se suicida por sentirse poco integrado en la sociedad o
como castigo hacia ella. Hay víctimas de acoso que se suicidan
como castigo hacia sus agresores y a su entorno.
3. Suicidio Anómico
El sujeto se suicida debido a déficits que tiene la estructura social
para proveer a ciertos individuos. Aquí el ejemplo lo tenemos en
aquellas personas que, durante la crisis, se han suicidado por ver
hundidos sus negocios o embargados sus hogares.
4. Suicidio Fatalista
El suicidio se comete porque la sociedad posee unas normas
demasiado estrictas. Tirando de ejemplo literario, “Romeo y Julieta”
encajaría perfectamente en esta definición.
Las 3 Tipologías Básicas de Suicidio según el
Ministerio de Salud
Más recientemente, en 2011, el Ministerio de Salud publicó su
“Guía de Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la
Conducta Suicida” en la que se habla de tres tipologías básicas
dentro del marco de la Atención Primaria en centros médicos y de
salud:
1. Cuando han sobrevivido a un intento previo de suicidio.
2. Cuando acuden a consulta manifestando ideación suicida.
3. Cuando poseen ideación suicida pero aún no la manifiestan
verbalmente.
Las 3 categorías del Suicidio según el programa
SUPRE de la OMS
En ésta misma guía se habla también de la clasificación que hace
el programa SUPRE de la OMS. En este programa, siendo el más
detallado, se distinguen entre tres categorías en función del
riesgo de suicidio:
1 | Riesgo Bajo
La persona ha tenido algunos pensamientos suicidas del estilo de
“no quiero seguir adelante”, “desearía estar muerto”, “estarán mejor
sin mí” pero no hay ningún plan para llevarlos a cabo.
2 | Riesgo Medio
La persona tiene pensamiento suicidas y planes para llevar a cabo
un suicidio, pero no es inmediato.
3 | Riesgo Alto
La persona tiene un plan definido, medios para llevarlo a cabo y
planea hacerlo inmediatamente. Lo que ha de primar para
clasificarlo de “alto riesgo” es la elaboración del plan.
Los 2 Tipos de Derivación según las
características del Sujeto
En este programa se especifican además dos tipos de
derivaciones según las características del sujeto, por lo que
podemos hablar de derivación urgente (de carácter inmediato) y
derivación preferente (en el margen de una semana):
Derivación Urgente
Presencia de tentativas previas
Presencia de enfermedad mental grave
Conducta suicida grave reciente
Expresión de intencionalidad de suicidio
Situación sociofamiliar de riesgo o falta de soporte
En casos en los que se dude sobre la gravedad de la ideación
o riesgo de intento inmediato
Derivación Preferente
Alivio tras la entrevista
Expresión de intención de control de impulsos suicidas
Aceptación del tratamiento y medidas de contención pactadas
Ausencia de factores clínicos de riesgo
Apoyo sociofamiliar efectivo
Primeras medidas en terapia
Como terapeutas es fundamental saber cómo reaccionar ante un
caso de intento de suicidio en terapia, no sólo a un nivel técnico
sino también a un nivel empático y actitudinal.
El intento de suicidio te lo vas a encontrar de dos formas:
1. Demandado de una manera explícita por el paciente o por el
profesional que te lo haya derivado.
2. Descubrimiento a medida que van avanzando las sesiones y
el/la paciente te lo confiese.
¿Cómo afrontar el suicidio en terapia?
No obstante, a pesar de que las situaciones pueden ser diversas, la
forma de afrontarlo va a ser muy parecida. El afrontamiento del
suicidio en terapia comienza mucho antes de que el cliente te
hable sobre sus intentonas particulares.
Comienza hablando en terapia sobre el suicidio, tocando
temas como las estadísticas reales o los mitos sobre suicidio,
preguntándole directamente si ha tenido pensamientos
suicidas o sobre hacerse daño. Al comenzar a hablar sobre
éstas cosas su nivel de ansiedad bajará (entre otras cosas
porque derribarás sus tabúes, hablarás tú primero, le
mostrarás que no le juzgas…) sin aumentar el riesgo de
conducta suicida. Aún así, hay que tener en cuenta que la
reducción de ansiedad no va a hacer que desaparezcan las
intenciones suicidas.
Cuando aparezca el tema del suicidio en terapia lo primero que
has de hacer es priorizar este tema por encima de cualquier otro
y evaluarlo para poder saber el grado de elaboración del plan de
suicidio que tiene la persona.
Es una de las pocas situaciones en las que puedes saltarte algunas
de las “normas del psicólogo”, ya que debes:
Alargar la sesión si es necesario
Dar tu número personal
Retrasar y cancelar sesiones con poca antelación (las
posteriores a la del suicida)
Qué hacer y qué no hacer en terapia
Qué hacer
Escuchar, mostrar empatía y mantener la calma
Mostrar apoyo y preocupación
Tomar en serio la situación y evaluar el riesgo
Preguntar acerca de los intentos previos
Explorar posibilidades diferentes al suicidio
Preguntar acerca del plan de suicidio
Ganar tiempo, pactar un contrato de no suicidio que dure hasta la siguiente sesión e ir renovandolo
Identificar otros apoyos
Quitar y controlar los medios, si es posible
Tomar acciones, contar a otras personas, obtener ayuda
Si el riesgo es alto, permanecer con la persona
Qué no hacer
Ignorar la situación
Mostrarse consternado o en pánico
Decir que todo estará bien
Retar a la persona a seguir adelante
Hacer parecer el problema como algo trivial
Dar falsas garantías
Jurar guardar secreto
Dejar a la persona sola
Fuente: Guía de Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta
Suicida.
Qué, Cómo y Cuándo preguntar
Qué preguntar
Para descubrir la existencia de un plan suicida: ¿Alguna vez has elaborado planes para acabar con tu vida? ¿Ti
cómo lo harías?
Para indagar sobre el posible método: ¿Tienes pastillas, insecticidas, armas o algo similar?
Para obtener información sobre si la persona se ha fijado alguna meta: ¿Has decidido cuándo vas a llevar a ca
lo vas a hacer?
Cómo preguntar
¿Te sientes infeliz o desvalido?
¿Te sientes desesperado?
¿Te sientes incapaz de afrontar cada día?
¿Sientes la vida como una carga?
¿Sientes que la vida no merece vivirse?
¿Sientes deseos de suicidarte?
Cuándo preguntar
Después de que se haya establecido la empatía y la persona se sienta comprendida.
cuando el paciente se sienta cómodo expresando sus sentimientos.
Cuando el paciente está en el proceso de expresar sentimientos negativos de soledad, impotencia.
Fuente: Guía de Práctica Clínica de Prevención y Tratamiento de la Conducta
Suicida.
Técnicas para el Tratamiento de la Conducta
Suicida
A corto y medio plazo
Razones para vivir: Elabora una lista de razones del cliente
para seguir viviendo. Vale cualquiera, pero preferiblemente se
buscan positivas y a largo plazo.
Tareas incompatibles: Acuerda con tu paciente una lista de
tareas, preferiblemente agradables, que sean completamente
incompatibles con el método de suicidio elegido debido al
lugar de realización, la gente, los materiales disponibles…
Chantaje emocional: Se busca que tome consciencia de
todas las consecuencias que conlleva el suicidio: “¿Quién
encontrará tu cadáver?”, “¿En qué estado estará tu cuerpo
cuando lo encuentre?”,“¿Cómo crees que le sentará?”, “¿Le
marcará para toda la vida?”, “¿Qué pensarán tus hijos de ti si
te matas?”, “¿Hablarán mal de tu familia y tus amigos a sus
espaldas?”. Puedes discurrir con él o ella cómo ocurrirá toda
la secuencia del suicidio, desde la preparación hasta el
descubrimiento del cadáver y sus consecuencias para su
círculo social cercano, pasando por todos los detalles
emocionales y escatológicos que puedan haber pasado por
alto.
A medio y largo plazo
Pros y contras del suicidio: Elabora una lista con los pros y
contras de suicidarse. Cuidado con ésta técnica si no hay
suficientes Pros. Se emplea sobretodo para poder discutir la
idea del suicidio.
Resolución de problemas: Para analizar las posibles
alternativas al suicidio. Es bueno combinarla con los Pros y
Contras para evaluar cada alternativa.
Discusión cognitiva de las ideas suicidas: Se trata de
rebatir los pensamientos negativos presentes en la conducta
suicida según los principios de la Discusión Cognitiva. Los
pensamientos a discutir serían del estilo de : “No puedo
soportar más este dolor”, “El mundo estaría mejor sin mí”,
“Quiero descansar”, “Es la única solución”, “Mi vida no tiene
sentido”…
Proyección temporal con refuerzo positivo: Se trata de
hacer que tu paciente cree una imagen de sí mismo dentro de
un año, de cómo se ve a sí mismo finalizada la terapia, con
todas las estrategias aprendidas y su situación mejorada. El
objetivo es crear una imagen que actúe como refuerzo
positivo de la terapia para momentos de gran desesperanza,
que además sirve para aumentar la motivación hacia la
terapia.
Asumir que puedes fallar
Siempre va a existir la posibilidad de que fallemos. En otras
terapias, fallar significa cambiar el tipo de técnica empleada,
cambiar de profesional, dejar de venir, alargar la terapia… En estos
casos significa que el paciente ha muerto.
La muerte de un paciente siempre nos va a afectar porque, por
muy profesionales que seamos, la vinculación está ahí. Lo que no
debemos permitir es que ello nos afecte más de lo apropiado:
no podemos dejar que afecte a nuestras vidas o a las demás
terapias que llevemos.
¿Cómo puedes conseguir esto? Ciertamente es algo difícil, porque
requiere de fortaleza y entrenamiento por tu parte, pero te
puedes aplicar el cuento de tus propias terapias y darte
autoinstrucciones a ti mismo/a, además de trabajar con el concepto
de la “aceptación de lo ocurrido”.
“No habría podido hacer más por ella”, “Es solo un caso
entre decenas que he atendido y el resto ha salido bien”,
“Esto no quiere decir que sea mal/a profesional”, “Para bien o
para mal, todo pasa”… Éstas son sólo algunas de las
muchas frases que podemos incluir, pero claro, debemos
incluir aquellas que nos sirvan a nosotros.
No obstante, es bueno incidir en la idea de que hemos de tener muy
claro que la posibilidad de que se suicide siempre va a estar
ahí, y va a ser algo que tendremos que aceptar, pero después
nuestra vida va a seguir y tendremos que tratar a más gente que se
merecerá que estemos con ellos al 100%.
Será por eso que el trabajo hacia uno mismo con actitudes de
aceptación sobre lo que ha ocurrido, nos va a resultar fundamental
para tratar con pacientes de éste tipo, ya que, como se menciona
anteriormente, son casos que dejan devastado emocionalmente al
profesional que los atiende.
¿Tienes alguna duda o sugerencia o hay alguna cosa que no
haya incluido en este artículo y no entiendes cómo se me ha
podido olvidar? Déjame un comentario en este mismo post y te
prometo que te responderé cuanto antes.
Si te ha gustado este artículo te agradecería que la compartieras en
las redes sociales con tus colegas psicólog@s. Gracias de
antemano 🙂