PROPAGANDA DE LA GUERRA DEL GOLFO
La guerra del Golfo (1990-1991) fue la primera manifestación de un escenario bélico virtual
devenido en desencanto. Desencanto que se inicia con un vejamen moral patrocinado por la
Organización de Naciones Unidas, quien da luz verde al enfrentamiento apoyado por una
población en principio opositora, que muta su voluntad conquistada en el engaño,
argumentado en las atrocidades producidas por el país enemigo Irak en territorio kuwaití.
Desencanto de un combate donde las imágenes transmutan el enfrentamiento tradicional del
campo de batalla, en el ocultamiento que propone la tecnología con sus disparos desde
mundos de distancia; donde la destrucción provocada por la guerra se vuelve una celebración
de fuegos artificiales y la crueldad de la muerte tan sólo una construcción fantasmagórica.
Desencanto de los propios sobrevivientes que regresaron creyendo burlar la muerte, sin saber
del flagelo que silenciosamente albergaban en su cuerpo: los efectos de la medicación sin
control que su país les administró, con el convencimiento de que los protegería de las armas
químicas, pero sin advertirles de sus potenciales efectos colaterales.
También conocida como Operación Tormenta del Desierto, fue organizada por Estados Unidos
secundado por varias naciones aliadas, entre ellas Afganistán, Argentina, Arabia Saudita,
Australia, Bangladesh, Bélgica, Canadá, Checoslovaquia, Corea del Sur, Dinamarca, Egipto,
Emiratos Árabes Unidos, España, Estados Unidos, Francia, Grecia, Hungría, Italia, Kuwait,
Marruecos, Países Bajos, Nueva Zelanda, Pakistán, Polonia, Portugal, Reino Unido y Siria,
contando además con la venia internacional de la ONU.
El desencadenante fue la invasión de Irak al emirato de Kuwait, el 2 de agosto de 1990, con la
intención de anexarlo a su territorio, debido a las deudas cuantiosas que debía afrontar
después de la guerra con Irán. Estados Unidos (antiguo aliado y proveedor de armas químicas
al dictador Sadam Hussein en dicha guerra), respondió a la invasión enarbolando su bandera
de nación libertadora y abogando por los derechos internacionales de Kuwait, primero con
bloqueos económicos pronunciados desde las Naciones Unidas, y más tarde dada su negativa a
abandonar el territorio kuwaití, interviniendo militarmente el 15 de enero de 1991.
La aplastante victoria de las fuerzas aliadas sucedió en tan sólo 42 días. Las tropas iraquíes
abandonaron Kuwait. La crisis económica y social iraquí dejó un saldo de más de un millón de
muertos en los primeros años posteriores a la guerra.
Si de construir ficciones se trata, el fin de la guerra fría con la disolución de la Unión Soviética,
dejaba a EEUU como única superpotencia y con la necesidad de instalar y consolidar su
poderío a nivel mundial. El desborde de Sadam Hussein en su intención de recuperar a Kuwait
argumentando su antigua pertenencia al territorio al territorio iraquí, previo a la colonización
británica, no fue suficiente testimonio para encubrir el verdadero objetivo de la invasión: su
necesidad extrema de apropiarse de las reservas petrolíferas del Emirato para sanear sus
cuantiosas deudas, producto de la devastadora guerra con Irán.
Su desacertada decisión le dio a Estados Unidos la excusa perfecta para desarrollar el guion
estratégico que los consagraría como los héroes de la humanidad, mientras su intencionalidad
real subyacía a la farsa: domesticar a Irán al control capitalista, profundizar su hegemonía en la
región instalando bases de control económico y político y someter a los aliados históricos de
Irak (China y Rusia, principales importadores de petróleo iraquí) y a sus propios aliados, a
presenciar el despliegue de su poderío militar; instalando a los ojos del mundo quien es la
potencia imperante del Nuevo Orden Mundial.
En efecto: “los acontecimientos tienen mayores probabilidades de aparecer como noticias
cuanto mayor sea su escalada y cuanto más dramático, repentino o violento sea su carácter”
(Hall, 1980). Esto fue lo que les permitió efectuar la inoculación estratégica de una ficción, es
decir, un desvío de la realidad intencionalmente dramático.
El escenario estaba planteado, la intencionalidad del fin a buen resguardo; sólo faltaba
adicionar un motivo ampliamente justificado para dar sustento a la guerra, ya que la mayoría
del pueblo americano no adhería al conflicto bélico. La estrategia sería entonces deshumanizar
al supuesto enemigo y establecer como objetivo deliberado la desinformación, auspiciado por
los medios televisivos.
La televisión propone la imagen de un mundo lleno de violencias y delitos, de guerras étnicas y
odios raciales, contemplación cotidiana de un entorno amenazador, incomprensible e
inquietante, del que conviene ante todo retraerse y protegerse, una sucesión absurda de
desastres absolutamente incomprensibles y en los que no se puede intervenir. Así se introduce
hábilmente, poco a poco, una filosofía pesimista de la historia que estimula más el
retraimiento y la resignación, que la rebelión y la indignación.
Así surge la historia de Nayira, una niña kuwaití que testificó en una audiencia efectuada en el
congreso de los EEUU sobre las atrocidades cometidas por las fuerzas iraquíes en Kuwait,
aseverando ver a soldados iraquíes irrumpir en el hospital con la intención de robar
incubadoras, arrancando a 300 bebés de ellas, y arrojándolos al frío suelo para dejarlos morir.
Este comité reunido era de carácter no oficial, por tanto, no acarreaba problemas legales por
declaraciones falsas, aunque sus dichos fueron avalados por la Fundación Kuwait Libre,
Amnistía Internacional y el mismísimo presidente Bush padre.
El odio irracional hacia Sadam Hussein no se hizo esperar. El periodismo amarillo y
sensacionalista del mundo se hizo eco de estas imágenes, catapulta segura a la guerra
deseada, ambicionada por el gobierno y que una empresa de Relaciones Públicas Hill &
Knowltown hizo posible, sustentando un argumento macabro con la complicidad de la hija del
embajador kuwaití, la emocionada Nayira transmitida hasta el hartazgo en las pantallas
televisivas, reafirmando el lema: “miente, miente que algo quedará”.
El 15 de enero de 1991, con el logrado consentimiento de los ciudadanos americanos y el visto
bueno de la ONU comenzaron los enfrentamientos bélicos, donde el arma infalible era sin
duda la propaganda y su poderío de conformar una opinión pública doblegada a los intereses
políticos; intereses que disfrazan al Estado del Norte como guardián benevolente de la
libertad, mientras encubren su intención verdadera: la instalación del terrorismo mediático a
escala mundial.
La propaganda manipula a los hombres; al gritar libertad se contradice a sí misma. La falsedad
es inseparable de ella. Para la propaganda incluso la verdad se convierte en un simple medio
más para conquistar seguidores; la propaganda altera la verdad en cuanto la pone en su boca.
El portaviones de este armamento informativo organizado fue la cadena de noticias CNN,
encargada de transmitir al instante, en continuidad y al mundo la blasfemia noticiosa
convertida en espectáculo y desprovista de toda instancia de análisis posible.
Al demonizado Hussein se le sumó una treta mediática más: la marea negra que se esparció
por las aguas del Golfo Pérsico, un desastre ecológico de proporciones inenarrables, de
acuerdo a los dichos y a las imágenes transmitidas en las noticias.
La CNN confirmó la intencionalidad del dictador de contaminar las aguas, al abrir las
compuertas de sus pozos de petróleo. Asimismo, difundió imágenes de un ave totalmente
cubierta de petróleo en la costa. A pesar de que otra agencia de noticias informó que se
trataba de un buque petrolero de bandera iraquí, que había sido bombardeado por los EEUU
creyendo que allí se ocultaban armas químicas, y que el ave en cuestión pertenecía a una
especie que no habitaba en las costas del golfo, no alcanzó para desmentir al gigante
informativo. La guerra al derecho a la información estaba declarada.
Con la misma estrategia de imágenes más cercanas a la realidad de un juego de video que a lo
que se conocía hasta el momento como un terreno de guerra, las corresponsales transmitían
desde las cabinas de los aviones los bombarderos, o desde las unidades de combate terrestre.
Siempre puntos estratégicos desde donde las imágenes no evidenciaran el drama real de una
matanza masiva.
No se ven lágrimas ni se ve sangre, sólo un espectáculo de luz y sonido vendido al mundo
como una guerra quirúrgica que distinguía objetivos militares de su población civil. Una
impoluta guerra incruenta de “bombas inteligentes” que dejaron un saldo de cientos de miles
de muertos. Los relatos acerca de guerras, desde las narraciones históricas de Heródoto y los
poemas épicos de Homero, han estado unidos al uso de la propaganda. Entonces no se trataba
de escribir la historia objetiva sino de incitar o provocar emociones, positivas o negativas, para
conformar la voluntad de la población, las más de las veces tergiversando o manipulando los
hechos a favor de la cultura dominante.